Libro N° 9635. La Madre Naturaleza (2ª Parte De Los Pazos De Ulloa). Pardo Bazán, Emilia.
© Libro N° 9635. La Madre Naturaleza (2ª Parte De Los
Pazos De Ulloa). Pardo Bazán, Emilia. Emancipación. Febrero
26 de 2022.
Título original: © La Madre Naturaleza (2ª Parte De Los Pazos De
Ulloa). Emilia Pardo Bazán
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LA
MADRE NATURALEZA
(2ª Parte De Los Pazos De Ulloa)
Emilia Pardo Bazán
La Madre Naturaleza
(2ª Parte De Los Pazos De Ulloa)
Emilia Pardo Bazán
Title: La madre naturaleza (2ª parte de Los pazos de Ulloa)
Author: Emilia Pardo Bazán
Release Date: October 9,
2018 [EBook #58059]
Language: Spanish
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LA MADRE NATURALEZA ES
PROPIEDAD
NOVELISTAS
ESPAÑOLES CONTEMPORÁNEOS
LA
MADRE NATURALEZA
(2.A parte de Los Pazos de Ulloa)
POR
Emilia Pardo Bazán
TOMO I
Barcelona
Daniel Cortezo y C.A-Editores
Calle de Pallars (Salón de S. Juan)
{t.1-4}
1887
Establecimiento tipográfico-editorial de Daniel Cortezo y C.ª
I
Las nubes, amontonadas y de un gris amoratado, como
de tinta desleída, fueron juntándose, juntándose, sin duda á cónclave, en las
alturas del cielo, deliberando si se desharían ó no se desharían en chubasco.
Resueltas finalmente á lo primero, empezaron por soltar goterones anchos,
gruesos, legítima lluvia de estío, que doblaba las puntas de las yerbas y
resonaba estrepitosamente en los zarzales; luego se apresuraron á porfía,
multiplicaron sus esfuerzos, se derritieron en rápidos y {t.1-6}oblicuos hilos de agua, empapando la tierra,
inundando los matorrales, sumergiendo la vegetación menuda, colándose como
podían al través de la copa de los árboles para escurrir después tronco abajo,
á manera de raudales de lágrimas por un semblante rugoso y moreno.
Bajo un árbol se refugió la pareja. Era el árbol
protector magnífico castaño, de majestuosa y vasta copa, abierta con pompa casi
arquitectural sobre el ancha y firme columna del tronco, que parecía lanzarse
arrogantemente hacia las desatadas nubes: árbol patriarcal, de esos que ven con
indiferencia desdeñosa sucederse generaciones de chinches, pulgones, hormigas y
larvas, y les dan cuna y sepulcro en los senos de su rajada corteza.
Al pronto fué útil el asilo: un verde paraguas de
ramaje cobijaba los arrimados cuerpos de la pareja, guareciéndolos del agua
terca y furiosa; y se reían de verla caer á distancia y de oir cómo fustigaba
la cima del castaño, pero sin tocarles. Poco duró la inmunidad, y en breve
comenzó {t.1-7}la lluvia á correr por entre las
ramas, filtrándose hasta el centro de la copa y buscando después su natural
nivel. Á un mismo tiempo sintió la niña un chorro en la nuca, y el mancebo
llevó la mano á la cabeza, porque la ducha le regaba el pelo ensortijado y
brillante. Ambos soltaron la carcajada, pues estaban en la edad en que se ríen
lo mismo las contrariedades que las venturas.
—Se acabó...—pronunció ella cuando todavía la risa
le retozaba en los labios.—Nos vamos á poner como una sopa. Caladitos.
—El que se mete debajo de hoja dos veces se
moja—respondió él sentenciosamente.—Larguémonos de aquí ahora mismo. Sé sitios
mejores.
—Y mientras llegamos, el agua nos entra por el
peszcuezo, y nos sale por los pies.
—Anda, tontiña. Remanga la falda y tapémonos la
cabeza. Así, mujer, así. Verás qué cerquita está un escondrijo precioso.
Alzó ella el vestido de lana á cuadros, cubriendo
también á su compañero {t.1-8}y realizando el
simpático y tierno grupo de Pablo y Virginia, que parece anticipado y atrevido
símbolo del amor satisfecho. Cada cual asió una orilla del traje, y al afrontar
la lluvia, por instinto juntaron y cerraron bajo la barbilla la hendidura de la
improvisada tienda, y sus rostros quedaron pegados el uno al otro, mejilla
contra mejilla, confundiéndose el calor de su aliento y la cadencia de su
respiración. Caminaban medio á ciegas, él encorvado, por ser más alto, rodeando
con el brazo el talle de ella, y comunicando el impulso directivo, si bien el
andar de los dos llevaba el mismo compás.
Poco distaba el famoso escondrijo. Sólo necesitaron
para acertar con él bajar un ribazo, resbaladizo por la humedad, y lindante con
la carretera. Coronaban el ribazo grandes peñascales, y en su fondo existía una
cantera de pizarra, ahondada y explotada al construirse el camino real, y
convertida en profunda cueva; excelente abrigo para ocasiones como la presente.
Abandonada hacía tiempo por{t.1-9} los
trabajadores la cantera, volvía á enseñorearse de ella la vegetación,
convirtiendo el hueco artificial en rústica y sombrosa gruta. En la cresta y
márgenes del ribazo crecía tupida maleza, y al desbordarse, estrechaba la
entrada de la excavación: al exterior se enmarañaba una abundante cabellera de
zarzales, madreselvas, cabrifollos y clemátidas; dentro, en las
anfractuosidades del muro lacerado por la piqueta, anidaban vencejos,
estorninos y algún azor; los primeros salieron despavoridos, revoloteando,
cuando entró la pareja. Siendo muy bajo el sitio, é impregnado del agua que
recogía como una urna y del calor del sol que almacenaba en su recinto
orientado al mediodía, encerraba una vegetación de invernáculo, ó más bien de
época antediluviana, de capas carboníferas: escolopendras y helechos enormes
brotaban lozanos, destacando sobre la sombría pizarra los penachos de pluma de
sus vertebradas y recortadas hojas.
Aun cuando el escondrijo daba espacio{t.1-10} bastante, la pareja no se desunió al
acogerse allí, sino que enlazada se dirigió á lo más oscuro, sin detenerse
hasta tropezar con la pared, contra la cual se reclinó en silencio, al abrigo
de la remangada falda. Ni menos se desviaron sus rostros, tan cercanos, que él
sentía el aletear de mariposa de los párpados de ella, y el cosquilleo de sus
pestañas curvas. Dentro del camarín de tela, los envolvía suavemente el calor
mutuo que se prestaban: las manos, al sujetar bajo la barbilla la orla del
vestido, se entretejían, se fundían como si formasen parte de un mismo cuerpo.
Al fin el mancebo fué aflojando poco á poco el brazo y la mano, y ella apartó
cosa de media pulgada el rostro. La tela, deslizándose, cayó hacia atrás, y
quedaron descubiertos, agitados y sin saber qué decirse. Llenaba la gruta el
vaho poderoso de la robusta vegetación semi-palúdica, y el sofocante ardor de
un día canicular. Fuera, seguía cayendo con ímpetu la lluvia, que tendía ante
los ojos de la pareja refugiada una cortina de tur{t.1-11}bio
cristal, y ayudaba á convertir en cerrado gabinete el barranco donde con
palpitante corazón esperaban niña y muchacho que cesase el aguacero.
No era la vez primera que se encontraban así,
juntos y lejos de toda mirada humana, sin más compañía que la madre naturaleza,
á cuyos pechos se habían criado. ¡En cuántas ocasiones, ya á la sombra del
gallinero ó del palomar que conserva la tibia atmósfera y el olor germinal de
los nidos, ya en la soledad del hórreo, sobre el lecho movedizo de las espigas
doradas, ya al borde de los setos, riéndose de la picadura de las espinas y del
bigote cárdeno que pintan las moras, ya en el repuesto albergue de algún soto,
ó al pie de un vallado por donde serpeaban las lagartijas, habían pasado largas
horas compartiendo el mendrugo de pan seco y duro ya á fuerza de andar en el
bolsillo, las cerezas atadas en un pañuelo, las manzanas verdes; jugando á los
mismos juegos, durmiendo la siesta sobre la misma paja! ¿Entonces, á qué venía{t.1-12} semejante turbación al recogerse en la
gruta? Nada se había mudado en torno suyo; ellos eran quienes, desde el
comienzo de aquel verano, desde que él regresara del instituto de Orense á la
aldea para las vacaciones, se sentían inmutados, diferentes y medio tontos. La
niña, tan corretona y traviesa de ordinario, tenía á deshora momentos de calma,
deseos de ociosidad y reposo, lasitudes que la movían á sentarse en la linde de
un campo ó á apoyarse en un murallón, cuyo afelpado tapiz de musgo rascaba
distraidamente con las uñas. A veces clavaba á hurtadillas los ojos en el lindo
rostro de su compañero de infancia, como si no le hubiese visto nunca; y de
repente los volvía á otra parte, ó los bajaba al suelo. También él la miraba
mucho más, pero fijamente, sin rebozo, con ardientes y escrutadoras pupilas,
buscando en pago otra ojeada semejante; y al paso que en ella crecía el
instintivo recelo, en él sucedía á la intimidad siempre un tanto hostil y
reñidora que cabe entre niños, al aire despótico que adoptan{t.1-13} los mayores y los varones con las
chiquillas, un rendimiento, una ternura, una galantería refinada, manifestada á
su manera, pero de continuo. Ayer, aunque inseparables y encariñados hasta el
extremo de no poder vivir sino juntos y de que les costase todos los inviernos
una enfermedad la ausencia, cimentaban su amistad, más que las finezas, los
pescozones, cachetes y mordiscos, las riñas y enfados, la superioridad cómica
que se arrogaba él, y las malicias con que ella le burlaba. Hoy parecía como si
ambos temiesen, al hablarse, herirse ó suscitar alguna cuestión enojosa; no
disputaban, no se peleaban nunca; el muchacho era siempre del parecer de la
niña. Esta cortedad y recelo mutuo se advertía más cuando estaban á solas.
Delante de gente se restablecía la confianza y corrían las bromas añejas.
Con todo eso no renunciaban á corretear juntos y
sin compañía de nadie. Á falta de testigos, les distraía y tranquilizaba la
menor cosa: una flor, un fruto silvestre{t.1-14} que
recogían, una mosca verde que volaba rozando con la cara de la niña.
Impremeditadamente se escudaban con la naturaleza, su protectora y cómplice.
En la gruta, lo que les sacó de su momentáneo
embeleso, fué observar la vegetación viciosa y tropical del fondo. La niña,
gran botánica por instinto, conocía todas las plantas y yerbas bonitas del
país; pero jamás había encontrado, ni á la orilla de las fuentes, tan elegantes
hojas péndulas, tan colosales y perfumados helechos, tanto pulular de insectos
como en aquel lugar húmedo y caluroso. Parecía que la naturaleza se revelaba
allí más potente y lasciva que nunca, ostentando sus fuerzas genesiacas con libre
impudor. Olores almizclados revelaban la presencia de millares de hormigas; y
tras la exuberancia del follaje, se divisaba la misteriosa y amenazadora forma
de la araña, y se arrastraba la oruga negra, de peludo lomo. La niña los
miraba, estremeciéndose cuando al apartar las hojas descubría algún secreto{t.1-15} rito de la vida orgánica, el sacrificio de
un moscón preso y agonizante en la red, el juego amoroso de dos insectos
colgados de un tallo, la procesión de hormigones que acarreaban un cuerpo muerto.
Entre tanto llovía á más y mejor. Sin embargo, así
que hubo pasado cosa de una hora, el chubasco se aplacó casi repentinamente,
pareció que la gruta se llenaba de claridad, y una bocanada de fragancia húmeda
la inundó: el tufo especial de la tierra refrigerada y el hálito de las flores,
que respiran al salir del baño. También á los refugiados se les dilataron los
pulmones, y á un mismo tiempo se lanzaron fuera del escondrijo, hacia la boca
de la cueva.
Allí se pararon deslumbrados por inesperado
espectáculo. La atmósfera, en su parte alta, estaba barrida de celajes, diáfana
y serena: lucía el sol, y sobre el replegado ejército de nubes, se erguía
vencedor, con inusitada limpidez y magnificencia, un soberbio arco-iris, cuyo
arranque{t.1-16} surgía del monte del
Pico-Medelo, cogía en medio su alta cúspide, y venía á rematar, disfumándose,
en las brumas del río Avieiro.
No era esbozo de arcada borrosa y próxima á
desvanecerse, sino un semicírculo delineado con energía, semejante al pórtico
de un palacio celestial, cuyo esmalte formaban los más bellos, intensos y puros
colores que es dado sentir á la retina humana. El violado tenía la
aterciopelada riqueza de una vestidura episcopal; el añil cegaba con su
profunda vibración de zafiro; el azul ostentaba claridades de agua que refleja
el hielo, frías limpideces de noche de luna; el verde se tornasolaba con el
halagüeño matiz de la esmeralda, en que tan voluptuosamente se recrea la
pupila; y el amarillo, anaranjado y rojo parecían luz de bengala encendida en
el firmamento, círculos concéntricos trazados por un compás celestial con fuego
del que abrasa á los serafines, fuego sin llamas, ascuas, ni humo.{t.1-17}
A la vista del hermoso meteoro, aproximóse la
pareja, según la costumbre inveterada en los que se quieren, de expresarlo todo
acercándose.
—¡El Arco de la Vieja!—exclamó en dialecto la niña,
señalando con una mano al horizonte y cogiéndose con la otra á la ropa del
muchacho.
—Nunca ví otro tan claro. Si parece pintado, así
Dios me salve. Chica, qué bonito!
—¡Mira, mira, mira!—chilló ella.—¡El arco anda!
—¿Que anda? Tú estás loca... ¡Ay, pues anda y bien
que anda!
El arco se trasladaba en efecto, con dulce é
imponente lentitud, de manera teatral. Se vió un instante la cima del Pico
recortada sobre el fondo de vivos esmaltes; luego, poco á poco, el arco dejó
atrás la montaña y vino á coronar con su curva magnífica la profundidad del
valle. Mas ya palidecían sus tintas espléndidas, y se borraban sus líneas
brillantes, dejando como un vapor de colores, {t.1-18}delicadísimo
toque casi fundido ya con el firmamento, casi velado por la humareda de las
nubecill{t.1-19}as blancas, que vagaban y se
deshacían también.
A caminar por la carretera, fastidiosa de puro
cómoda, prefirieron seguir atajos en cuyo conocimiento eran muy duchos, y aun
cruzar los sembrados, desiertos á la sazón, pero donde, durante la noche entera
y la madrugada, cuadrillas de mujeres habían estado segando el centeno—á las
horas de calor no se siega, pues se desgrana la espiga madura.—No se daban
mucha priesa, al contrario, tácitamente estaban de acuerdo en no recogerse á
techado hasta entrada la noche. Apenas comenzaba á caer la tarde. El campo, fresco
y esponjado después de la tormenta y{t.1-20} el
riego de las nubes, oreado por suave vientecillo, convidaba á gozar de su
hermosura: cada flor de trébol, cada manzanilla, cada cardo, se había adornado
el seno con un grueso brillante líquido; y grillos y cigarrones, seguros ya de
que cesaba el diluvio, se atrevían á rebullirse en los barbechos, sintiendo con
deleite la caricia del sol sobre sus zancas ya enjutas.
Vagaba la pareja sin rumbo cierto, cuando, casi
debajo de sus cabezas, en un sendero que se despeñaba hacia el valle, divisaron
una figura rara, que se movía despaciosamente. A un mismo tiempo la
reconocieron ambos.
—¡El señor Antón el algebrista!
—¡El atador de Boán!
—¿A dónde irá?
—Aventuro algo bueno que á casa de la Sabia.
—¿Quién te lo dijo?
—Tiene la vaca más vieja muy malita.
—¿Vamos á ver?
—Corriente. Hay que baja{t.1-21}r
por las viñas; sino, es mucha la vuelta.
—Por las viñas. Ale.
—Dame la mano.
—¿Piensas que no sé bajar sola?
El descenso era casi vertical, y había que escalar
paredones y tener cuidado de no desnucarse al sentar el pie sobre los
guijarros; pero las cuatro piernas juveniles alcanzaron pronto al estafermo,
que caminaba dibujando eses al tropezar en cualquier canto de la senda. Iba el
señor Antón en mangas de camisa (por señas que la gastaba de estopa): chaqueta
terciada al hombro, y un pitillo tras la oreja derecha. Los pantalones pardos
lucían un remiendo triangular azul en el lugar por donde más suelen gastarse, y
otros dos, haciendo juego con el de las nalgas, en las perneras; de puro
cortos, descubrían el hueso del tobillo, cubierto apenas de curtida y
momificada piel, y los zapatos torcidos y contraídos como una boca que hace
muecas. Fuera del bolsillo interior de la chaqueta asomaba un libro empastado
en pergamino, cuyas esquinas{t.1-22} habían
roído los ratones y cuyas hojas atesoraban grasa suficiente para hacer el caldo
una semana.
Al sentir ruido de gente, volvió el rostro, que lo
tenía mas arrugado que una pasa, más sequito que un sarmiento, y con todas las
facciones inclinadas unas hacia otras, á manera de piedras de murallón que se
derrumba: la nariz desplomada sobre la barba, ésta remontada hacia la boca, y
las mejillas colgando en curtidos pellejos á ambos lados de la pronunciada
nuez. En los pómulos parecía como si le hubiesen pintado con teja dos rosetas
simétricas; los labios se le habían sumido; y de la abertura donde estuvieron
partían innumerables rayitas y plieguecillos convergentes, remedando el
varillaje de un paraguas. ¿Paraguas dijiste? No hay que omitir que bajo el codo
izquierdo sujetaba el señor Antón uno colosal, de algodón colorado rabioso, con
remates y contera de latón dorado; ni menos debe callarse que honraba su
cabeza, por encima de un pañuelo de{t.1-23} yerbas,
un venerable y caduco sombrero de copa alta, de los más empingorotados y de los
más apabullados también.
—Buenas tardes, señorito don Perucho y la
compaña...—dijo el vejestorio al alcanzarle la pareja. Era su voz opaca y
aguardentosa, pero no tan cascada como pedían sus años.
—¿A dónde va, señor Antón?—preguntó la niña.
—Para servir á vustede, señorita Manolita... ¡ahí á
curar una vaca en casa de la señora María la Sabia...!
—¿Qué le duele?
—Parece ser que le ha salido, dispensando vustedes,
una tumificación muy atroz en los cadriles... con perdón,
carraspo, aquí donde las personas humanas tenemos el hueso llamado líaco...
—¿Un lobanillo?
—Propiamente hablando, sí, señorito, un lobanillo.
Rióse Perucho, pues le hacia gracia la facha del
algebrista y su manía de aplicar á{t.1-24} todo
los cuatro términos de anatomía mal aprendidos en su libro ratonado. Moríase el
vejete por dar explicaciones difusas acerca de los padecimientos de sus
clientes, fuesen novillos, cerdos, canes, ó, como él decía, personas humanas,
que á todos indistintamente les sabía reparar los desperfectos, con su ciencia
heredada de encolar y recomponer la máquina animal. Ya llegaban al emparrado
que sombreaba la casa de la Sabia.
Era una casuca baja y construída con piedras mal
trabadas: adornábala principalmente un balcón ó solana de
madera, al cual nadie podía asomarse, por obstruirlo una barricada de enormes
calabazas, de amarilla corteza, rameada de verde; en una esquina colgaban á
secar ropas de recién nacido, y al través de ellas se abría paso una soberbia
mata de claveles reventones, rojo coral, que florecía en una olla
desportillada, con las raíces escapándose de la tierra negruzca que las
mantenía. A la puerta de la casa, una mujer moza, de rostro curtido ya,
desgranaba habas en{t.1-25} una criba; á sus
pies dos chiquillos de corta edad, con pelo casi blanco de puro rubio, se
revolcaban por el suelo jugando con las vainas de las habas. Cuando vió asomar
al algebrista y á los que él llamaba señoritos, levantóse la mujer con servilismo
obsequioso, pegando un moquete á los chiquillos, sin duda con el fin de
agasajar mejor á la visita; no contaban con él, y la misma sorpresa les impidió
llorar.
La pareja entró. Tenía la casa piso de tierra; una
escalera de madera conducía al sobrado ó cuarto alto; y en el bajo se notaba
una pintoresca mezcla de racionales é irracionales. El lar y
la chimenea con asientos de madera bajo su campana; la artesa de guardar el
pan; el horno de cocerlo; algunos taburetes con cuatro patas muy esparrancadas;
la cuna de mimbres de una criatura y el leito ó camarote de
tablas en que dormía el matrimonio que la había engendrado, eran los muebles
que pertenecían á la humanidad en aquel recinto. La animalidad invadía el{t.1-26} resto. Al través de una división de
tablones mal juntos pasaba el hálito caliente, el lento rumiar y los
quejumbrosos mugidos del ganado; gallinas y pollos escarbaban el suelo y huían
con señales de ridículo terror, renqueando, al acercárseles la gente; dos ó
tres palomas se paseaban, muy sacadas de buche y muy balanceadas de cuello,
esperando á que cayese alguna migaja; un marrano sin cebar, magro y peludo aún
como un jabalí, sopeteaba con el hocico, gruñendo sordamente, en una tartera de
barro donde nadaban berzas en aguachirle; un perro de esa raza híbrida llamada
en el país de pajar, completamente tendido en tierra, dormía; al
respirar, se señalaba bajo su piel la armazón del costillaje, y de cuando en
cuando, al posársele una mosca encima, un estremecimiento hacía ondular todos
sus músculos, y sacudía, sin despertarse, una oreja. Por un ventanillo, abierto
en el testero, entraban las avispas á comerse los gajos de cerezas maduras que
andaban rodando sobre la a{t.1-27}rtesa; y si fuese
posible prestar oído á unas trotadas menudas que allá arriba resonaban, se
comprendería que los ratones no andaban remisos en dar cuenta del poco maíz
restante de la cosecha anterior, ni de cuanto encontraban al alcance de los
dientes. En medio de esta especie de arca de Noé, reposaba inmóvil, sentada al
pie de la artesa, con los naipes mugrientos al alcance de la mano, la vieja
bruja de la Sabia.
Era su figura realmente espantable. Habíale crecido
el bocio enorme, hasta el punto de que se le viese apenas el verdadero rostro,
abultando más la lustrosa y horrible segunda cara sin facciones, que le caía
sobre el pecho, le subía hasta las orejas, y por lo hinchada y estirada
contrastaba del modo más repulsivo con el resto del cuerpo de la vieja, que
parecía hecho de raíces de árboles, y tenía de los árboles añosos la rugosidad
y oscuridad de la corteza, los nudos, las berrugas. Al ver entrar al algebrista y
la compaña, la bruja se enderezó y salió á recibirles,{t.1-28} no
sin echarse con sumo recato un pañuelo de algodón sobre los mechones de sus
greñas blancas.
La moza, entretanto, sacaba del establo á la
paciente, una vaca amarilla, y picándola con la aguijada, la empujaba fuera de
la casa, á sitio descubierto y claro. Cojeaba el infeliz animal, por culpa del
gran tumor que tenía en el ijar derecho; sus ojos estaban profundamente
tristes, como los de todo irracional ó niño enfermo. El sol pareció reanimar
algo á la vaca, y se le dilató el hocico respirando aire puro. Ya salía tras
ella el atador, poniendo la mano á guisa de pantalla ante los ojos, para que no
le estorbase el sol que declinaba.
—Hace falta quien treme del
animal—dijo, después de palpar aprisa el tumor.—Llama á tu hombre—añadió
dirigiéndose á la moza.
Habiendo Perucho ofrecido su ayuda, convino el
algebrista en que bastaría con él y con la moza para sujetar á la doliente, y
ordenó que la señora María se encargase de preparar la bizma de pez hirviendo.
Remangóse Perucho las mangas de chaqueta y camisa, y {t.1-29}arrodillándose,
asió con puño de hierro la pata del animal, asentándola y afirmándola en tierra
á fin de que no cocease con el dolor. El brazo del mancebo era membrudo,
atendida su edad, y la cuadratura de los músculos se diseñaba enérgicamente: sobre
el cutis, fino como raso, rojeaba á la luz moribunda del sol un vello denso y
suave. Su compañera le miraba con disimulo y atención, como si viese por
primera vez aquella cabeza cubierta de ensortijados bucles, aquellas perfectas
facciones trigueñas y sonrosadas, aquel cogote juvenil y fuerte como testuz de
novillo bermejo, aquellas espaldas fornidas donde la postura y el esfuerzo para
mantener inmóvil la pata del animal hacía sobresalir el omoplato. De chiquita,
la costumbre de ver á Pedro le impedía reparar su hermosura: ahora se le
figuraba descubrirla en toda su riqueza de pormenores esculturales, cosa que la
turbaba mucho y tenía bastante culpa de la cortedad y despego que mostraba al
quedarse con él á solas. Se avergonzaba la niña de no{t.1-30} ser
tan linda como su amigo; de ser casi fea.
También se recogió el atador las mangas de estopa,
y sacó de la faltriquera del pantalón una reluciente navaja de afeitar envuelta
en un trapo. Agachóse bajo la paciente, y empuñando el instrumento, con brioso
girar de muñeca y haciendo terrible fuerza en el pulgar, sajó casi en redondo
el lobanillo. Bramó y resopló de dolor la vaca, intentando huir; pero estaba
bien sujeta y el corte dado ya. Sin hacer caso de los mugidos angustiosos ni de
las inútiles sacudidas de la bestia, el señor Antón comenzó á esgrimir la
navaja casi de plano, desprendiendo la piel que cubría el tumor, y disecando
poco á poco, con certera diestra, sus raíces, como quien desprende de un
peñasco los tientos de un adherido pólipo. De rato en rato empapaba con trapos
la sangre que corría y le impedía ver. Cada raíz encubría otras más menudas, y
la navaja seguía escrutando los ijares del animal, persiguiendo las últimas
ramificaciones de la fea excrecencia. Ya casi la{t.1-31} tenía
desprendida, cuando la vaca, que parecía resignada con su suerte, dió de pronto
un empuje desesperado y supremo, logró soltar las patas, derribó de una patada
el sombrero de copa alta del algebrista y echó á correr furiosa. Ciega por el
terror, fué á batir contra la muralla del emparrado, donde la alcanzó Perucho.
La agarró del rabo primero, luego la cogió por los cuernos, y á remolque y á
empujones y á puñadas la trajo otra vez á la clínica. El señor Antón acusaba á
la moza de no valer nada, de haber aflojado la pata; y Manuela, con los ojos
brillantes y la sonrisa en los labios, se ofrecía á sustituir ventajosamente á
la aldeana.
—¡Jesús, alabando sea Dios, qué valiente de
señorita!—tartamudeó la Sabia, apareciendo en la puerta.
—Las que nos criamos en la montaña...—murmuró la
niña arrodillándose, y ciñendo con ambas manos, no muy blancas ni nada
endebles, el corvejón del animal.
—No hay cosa como las montañesas{t.1-32}—declaró dogmáticamente el atador,
encasquetándose otra vez su abollada bomba, sin la cual, al parecer, no era
dueño de todos los recursos de la ciencia quirúrgica.
—Remángate, Manola—aconsejó sin volver la cabeza
Pedro:—sino vas á ponerte perdida.
Notando que él no la miraba, Manolita se remangó.
Los chiquillos, rubios como el cerro, que presenciaban la operación absortos,
con la pupila dilatada y chupándose el dedo índice, quisieron también cooperar
al buen resultado, y vinieron á poner cada uno una manila en los corvejones de
la mártir. Poco duró el suplicio. El señor Antón, con su rapidez y maestría
acostumbradas, arrojaba ya triunfalmente hacia el campo más próximo una masa
sanguinolenta é informe, que era el núcleo del lobanillo y su aureola de raíces.
Entre un furioso y desesperado bramido de la vaca al sentir la pez hirviendo
que le abrasaba los tejidos, y un ¡carraspo! del algebrista
que se levantaba vencedor, se acabó la{t.1-33} operación
y la víctima fué de nuevo encerrada en el establo. Echáronle en el pesebre un
brazado de fresca yerba, y á poco su hocico húmedo, del cual se desprendía un
hilo{t.1-34} de baba, rumiaba con fruición la
dulce golosina.
Sin embargo, aún le quedaban al señor Antón deberes
facultativos que llenar en aquella casa. Le presentaron un ternero que andaba
malucho de desgano y rehusaba las cortezas de pan y la hierba más apetitosa. Le
abrió la boca al punto, sacóle de través la lengua, y declaró que tenía el
piojo. Pidió los ingredientes de sal y ajo, que metió en una bolsita de
lienzo; mojóla en vinagre, y frotó con ella los bordes de la lengua, para
levantar las escamillas en que consistía el mal: sacó luego del
bolsillo-estuche unas tijera{t.1-35}s de costura, y
cortó las escamas, dejando al choto en disposición de zamparse todos los prados
comarcanos. Tras el ternero vino un buey, cojo de la mano derecha: el doctor
reconoció que tenía el pulgón y que era preciso meterle entre
la pezuña un puñado de pólvora amasada y prenderle fuego. El caso era que no se
encontraba pólvora allí.
—Que vayan por ella á los Pazos—exclamó
servicialmente Perucho.
—Mientras van y vuelven llega la noche,
señorito—exclamó el atador,—y de aquí á Boán hay camino. Ya pasaré por aquí
mañana ó pasado lo más tarde, que me cumple verle la yegua al señor Angel. No
hay duda, que no muere el buey por eso.
Quedó aplazada la voladura del pulgón, pero no
consintió la Sabia en que se partiese el algebrista sin tomar un taco y echar
un cloris. Limpiándose el copioso sudor con el pañuelo de yerbas, sentóse
el señor Antón á la mesa, ante el zoquete de pan de centeno y el jarro de vino.
Entabló conversación con e{t.1-36}l ama de casa, no
habiendo querido los señoritos sentarse ni probar cosa alguna, porque les
divertía más presenciar la cómica escena y oir, cruzando ojeadas y risas, la
plática donosa que avivaban con sus preguntas. Estaba de buen humor el vejete,
como siempre que terminaba felizmente una operación y se veía con el pichel de
mosto delante. A las quejas de la Sabia, que se lamentaba de las enfermedades
de los animales con tono de abuela cuando deplora achaques de sus nietos,
respondía jocosamente el algebrista que, si no tuviese una riqueza en
ganado, no se le pondría el ganado enfermo nunca.
—¿A que á mí no se me mueren las vacas? En no las
teniendo... catá.
La bruja respondía á tan atinada observación con
otra muy filosófica y cristiana:
—Todos habernos de morir, si Dios quiere.
De tal respuesta tomó pie el algebrista para
procurar insinuarse, hablando del bocio de la vieja, y comprometiéndose á
extirpárselo con tanta prontitud como el tumor de la{t.1-37} vaca, fuera
el alma. Contó que precisamente acababa de realizar la misma operación en
un labrador rico de Gondás. De cuatro ó cinco tajos de navaja ¡zis,
zas! (y al decir zis, zas pasaba el dedo
por delante del cuello deforme de la Sabia) le había sajado el bocio
perfectísimamente, plantándole, para atajar la morragia, un
emplasto donde se misturaban trementina, diaquilón, confortativo, minio,
litargirio, incienso, pez blanca, pez dorada y pez negra...
—Vamos, pez de todos los colores—dijo Perucho
riendo.
—No haga burla, señorito, no haga burla... Pues
emplasto fué aquel que apretó, apretó, apretó (y el algebrista cerraba y
apretaba el puño con toda su fuerza) y á los quince días...
—¿Al campo santo?
—¡Quedó como si tal cosa, más contento que un cuco!
La sabiduría puede mucho, señorito!
La bruja no se resolvía á empecinarse.{t.1-38} Tantos años con aquello, y al fin iba
durando: luego no era cosa de muerte. Los animales... no tiene que ver con
las personas: si no se cuidan y se asisten, ni trabajan, ni dan leche, ni... En
vista de que allí no necesitaban médico las personas humanas, el
algebrista, después de dejar temblando el jarro, sacó el pitillo que llevaba
tras la oreja, encendiólo en las brasas del lar, se terció la chaqueta, y con
andar más que nunca dificultoso, tomó el camino del valle.
Acompañóle la pareja, divertida con su charla. Era
el señor Antón uno de esos personajes típicos, manifestación viviente, en una
comarca, de los remotos orígenes y misteriosas afinidades étnicas de la raza
que la habita. En el país se contaban muchos que ejercían la profesión de algebristas,
componiendo con singular destreza canillas rotas y húmeros desvencijados,
reduciendo lujaciones y extirpando sarcomas, merced á no sé qué ciencia infusa
ó tradición comunicada hereditariamente, ó recogida de labios de algún{t.1-39} compostor viejo á quien el
mozo había tomado los moldes; pero ninguno tan acreditado y
consultado en todas partes como el atador de Boan, que tenía fama
de poner la ceniza en la frente á los médicos de Orense y Santiago, habiendo
persona que vino expresamente desde Madrid, cuando todavía se viajaba en
diligencia, á que el señor Antón le curase una fractura. No desvanecían al
vejete las glorias científicas; pero sí le daban pretexto á descuidar la
labranza de sus tierras y entregarse á sabrosa vagancia cuotidiana por riscos y
breñas. Con su chaquetón al hombro en el verano, su montecristo de pardomonte
en invierno, y siempre el pitillo tras la oreja, la chistera calada sobre el
pañuelo, el paraguas colorado bajo el brazo y el libro grasiento en la
faltriquera, recorría haciendo eses los senderos del país, sintiendo en la
cabeza y en la sangre la doble efervescencia del aire puro y vivo de la montaña
y de la libación de mosto ó aguardiente hecha á los dioses lares de cada
enfermo. La atmósfera{t.1-40} candente, el
cierzo glacial, las claras mañanas primaverales, las templadas noches, la
borrasca, la bonanza, le tenían seco y oreado como un fruto de cuelga, como
esas manzanas tabardillas cuya piel se arruga y contrae y adoba más que el
mejor pergamino; y también, lo mismo que en ellas, la pulpa se concentraba
guardando toda su virtud y sabor. No había viejo mejor conservado, más templado
y rufo que el señor Antón: asegurábanlo las mozas trocando
maliciosos guiños, y lo confirmaban los mozos haciendo con la mano alzada y el
pulgar inclinado hacia la boca el ademán del que se atiza un buen traguete.
Nunca se le encontraba que no estuviese bajo la alegre influencia del jarro, ó
del sol, que tenía la virtud de hacerle fermentar en las venas la reserva de
espíritus alcohólicos. Entonces se desataba su locuacidad, y le gustaba sobre
todo platicar con los curas ó con los aldeanos viejos y duchos, en quienes, á
falta de instrucción, la experiencia de una larga vida ha desarrollado
cierta {t.1-41}inteligencia práctica,
haciéndoles depositarios del caudal del saber popular, ancho cauce de arena
donde á trechos brilla alguna partícula de oro ó algún diamante en bruto. El
señor Antón tenía su filosofía allá á su modo, mitad bebida en tres ó cuatro
librotes viejos, en tomos descabalados de Feijóo, en el Desiderio y Electo,
mitad inspirada por el espectáculo y la sugestión incesante de la madre
naturaleza, de árboles y estrellas, ríos y nubes. En su cráneo estrecho y
prolongado, verdadero cráneo céltico, bullían á veces viejas ideas
cosmogónicas, bocetos confusos de panteísmo y restos de cultos y creencias
ancestrales. Por lo cual, al meterse en honduras, solía decir muchos y muy
peregrinos despropósitos, mezclados con dictámenes y sentencias que sorprendían
al verlos salir de aquella boca plegada como la jareta de un bolsón, envueltas
en vaho aguardentoso y subrayadas por la risa de polichinela que establecía
inmediata comunicación entre su nariz y su barba.{t.1-42}
Encontrándolo más alumbrado que de costumbre,
moríase Perucho por tirarle de la lengua, y le seguía, llevando el dedo meñique
enganchado en el de Manuela y columpiando el brazo á compás, por hábito
inveterado de contacto cariñoso.
Chupaba el señor Antón su apestoso papelito,
sumiendo la boca de tal manera que, más que con los labios, parecía aspirar el
humo con la laringe. Al mismo tiempo iba filosofando sobre las enfermedades, la
vejez y la muerte.
—Mire, señorito, que esto de estar enfermo (aquí un
traspiés), le tiene su aquel, carraspo! Lee uno en libros, á lo mejor, que el
hombre es, como quien dice, un gusano, y viene la soberbia, y replica:—No,
gusano, no, que yo tengooó (ahuecó la voz enfáticamente), lo que no tiene un
gusanoooó! Pero llega la enfermedad, maina mainita (y remedaba
los movimientos del que se acerca muy cautelosamente á otro), y ya no se
diferencia el verme del hombre... carraspo! Porque{t.1-43} díganme: uso yo una navaja para estripar,
con perdón, las tumificaciones de las vacas y otra para las
personas humanas? No señor, que uso la misma, que aquí la llevo en el bolsillo
(y se golpeaba con fuerza el pecho). El emplasto ó la cataplasma, ¿se misturan
de otro modo? No señoóoor! Y en vista de ello...
—Resulta, señor Antón, que á usted no le parece
diferente un buey de un cristiano? Eh? Usted y yo valemos tanto como un
jumento?
—No sea tan materialista, señorito,
carraspo!... Son poquitos los que se hacen cargo de estas cosas perfundas...
¡Hay que abrir el ojo! ¿Tiene ahí un misto? Se me apaga el condenado del
pitillo. Estimando la molestia... Vamos al decir de que la gente como usted y
como yo, y las bestias, dispensando vustedes, padecen de los mismos males, y en
la botica no hay diferencias de remedios, y la vida se les viene y se les va
del mismo modo, y todos pasan su tiempo de chiquillos, porque los perritos
pequeños lloran y enredan como las{t.1-44} criaturas,
y luego á las personas humanas les llega la de andar tras de las mozas, y andan
que tolean, y también los perros se escapan de casa para perseguir
á las perras, con perdón, y las buscan, y riñen por causa de ellas, y las
obsequian como los señoritos á las señoritas... ¡Carraspoó!
Al llegar á este punto el discurso del atador,
Pedro soltó los dedos de Manuela para reir á carcajadas, y la montañesa le
acompañó, sofocando la risa en la boca con la punta del pañuelo.
—Pero eso ya se sabe, señor Antón... Vaya unas
noticias que da! Fresquitas!
—Poco y poco, poco y poco... (se ignora si el
algebrista lo decía pensando en que el camino tenía muchas piedras y él más
vino en el estómago, ó siguiendo la ilación de su tesis trascendental.) Vamos á
la custión... Digo, señorito, y no miento: un hombre valerá,
estamos conformes, más que los animales; pero poder... Vaya, poder, no puede
más que un buey; y cuando le llega la de cerrar{t.1-45} el
ojo, aunque sepa más que el rey Salimón, lo cierra... y abur. ¿Lo cierra ó no,
señorito?
—Según y conforme.... También los hay que se quedan
con él muy abierto—murmuró Pedro para hacer rabiar al atador.
—Desmasiado nos entendemos...—articuló éste
escupiendo, por el sitio en que algún día tuvo los colmillos, un chorro de
saliva negruzca, cuya proyección cortó limpiándose el agujero de la boca con el
dorso de la mano. Señorito, escuche y perdone.—¡A lo que me da que pensar,
carraspo! Esto del nacer, y del morir, y del enfermarse, y del comer, y del
beber ¡atención! (hizo aquí una ese más arqueada que ninguna), es un... un...
un aquel que puede más que los animales y los hombres juntos, á modo de una endrómena muy
grande, muy graaaande....
El algebrista tendía la mano y la giraba en
derredor, señalando con amplio ademán circular la profundidad del valle de
Ulloa, el anfiteatro de montañas que lo cierra, el río que espumaba cautivo en
la hoz, todo lo c{t.1-46}ual se dominaba desde el
sendero alto y escarpado. Pedro y Manuela, que habían vuelto á enganchar los
dedos por instinto, miraban hacia donde apuntaba el viejo, tratando de
comprender la idea rebozada en báquicos vapores que desde el cerebro del señor
Antón descendía trabajosamente hasta su lengua.
—Tan grande—añadía extendiendo ya los dos brazos
para mejor expresar la inmensidad—que me parece á mí, señorito, con perdón, que
es tan grande como el mundo... ¡Más aún, carraspo!
—¿Más que el mundo? ¡Quieto, vino, quieto!—exclamó
Pedro, significando que por boca del algebrista hablaba la borrachera.
—Más aún, sí señor. ¿De qué se pasma? Desmasiado
nos entendemos. Un hombre ha leído algo... ¿Tiene otro misto? Disimule.
—Ahí va la caja. ¿Con que se ha leído mucho?
Una sonrisa orgullosa dilató los plieguecillos de
la consabida jareta.
—El saber, como dijo el otro, no ocupa lugar... No
se burle, señorito, no se burle... ¿Desmasiado tendrá usted leído lo que llaman
el Treato... el Trato...
—¿Alguna comedia?
—¡¡Comedia!! Lo compuso un fraile, hablando con
respeto... un fraile de esta tierra, con más sabiduría que todos los de España
y del mundo entero juntos... Pues allí dice, ¡sí, señorito! que las estrellas
del cielo son como nosotros... ¡con perdón! como este universo-mundo de acá...
y que también allí nacen, y mueren, y comen, y andan atrás de las muchachas...
Al llegar aquí guiñó picarescamente el algebrista
el ojo izquierdo á la bóveda celeste, y como si obedeciese á un conjuro, el
hermoso lucero de Venus comenzó á rielar con dulce brillo en el sereno espacio.
—¡Hay que desengañarse, hay que
desengañarse!—prosiguió el viejo moviendo la cabeza, que, al oscilar sobre el
seco pescuezo, parecía una pasa pronta á desprenderse del rabo. Por muchas
vueltas que se le dé, esta{t.1-48} cosa grande,
grande, grandísima (y reiteraba el ademán de abarcar todo el valle con los
brazos), puede más que vusté, y que yo, y aquel, y que todos, ¡carraspiche! Yo
me muero, verbo en gracia; bien, corriente, sí señor; ¿y después? La cosa
grande se queda tan fresca. Yo me divertí mis carnes; pero de yo ya propiamente
no soy nada; se crían repollos, y patatas, y ortigas, y toda clas de
hortalizas... ¿me entiende?
—¿También de mi cuerpo se han de criar
repollos?—preguntó Manolita.
—Y ¡juy juy!—relinchó el algebrista, trompicándose
en una piedra por culpa del arrechucho de galantería que le entró.—Del cuerpo
de las señoritas buenas mozas se criará espliego, rositas de Mayo...
Adoptando de nuevo su gravedad filosófica, añadió:
—Pero no se ponga hueca... Le es igual...
igualito... Qué más tiene volverse chirivía ó malva de olor, carrás...
¿Quiérese decir que las estrellas del cielo, y las tierras, y el ma{t.1-49}inzo, y el cuerpo de vusté, y el mío, y
el del Papa, con perdón, y el espliego, y los repollos, y las vacas, y los
gatos, es todito lo mismo, disimulando vusté, y no hay que andar escoge de aquí
y escoge de allí... Todo lo mismo señorita, todo lo mismísimo... La cosa
grande!!
Al llegar aquí de su perorata le besó un canto en
la espinilla, y llevóse la mano á la pierna, exhalando un ay doliente; pero al
punto mismo, después de refregarse la parte dolorida y tirar con rabia del
cigarro, que se apagaba de vez, volvió á su tema, balbuciendo con lengua
todavía más estropajosa:
—La co... la cosa grande... se ríe de todo, sí
señor, de todo... Allá anda, carraspo... haciendo la burla á quien nace... y á
quien muere... y á los que buscamos las mo... mozas... de rumbo.... ¡juy! La
cosa... g... gran... no nació en jamás... ni se ha de morir... Buena gana
tiene... A cada a...ño... está... más... fres.... frescachona.... juy! vivan
las rap... rapazas... Arde, cigarro, arde, condenado, si quieres, que... te...
par...to...!{t.1-50}
—Echemos por las viñas, Manola—dijo Pedro á su
compañera.—El algebrista va hoy como un templo. Ya no se le sacan del cuerpo
sino barbaridades.
—¿Y si tropieza y cae al río?
—¡Qué disparate! Estaría muerto ya un millón de
veces, mujer, si fuese ca{t.1-51}paz de caerse. Anda
así toda la santa vida.
Libres ya del atador, tomaron un sendero más
practicable, que por entre tierras labradías y viñedos conducía al gran
castañar del solariego caserón de Ulloa. Aunque la luna, en cuarto creciente,
dibujaba ya sobre el cielo verdoso una fina segur, todavía la claridad del
crepúsculo permitía registrar bien el paisaje; pero al ir entrando bajo la
tenebrosa bóveda formada por el ramaje de los castaños, se encontró la pareja
envuelta en la oscuridad, y en no sé qué de pavoroso y sagrado, y fresco y
solemne{t.1-52}, como el ambiente de una iglesia. El
suelo estaba seco y mullido, como suele estar en verano el de los bosques, y el
pie lo hollaba con placer. No se oía más ruido que el rumor de las hojas,
melodioso como una música distante de la cual apenas se percibe el
acompañamiento. Instintivamente, Pedro y Manuela se aproximaron el uno al otro,
y sus dedos se engancharon con más fuerza; pero el sentimiento que ahora los
unía no era el mismo que allá en la gruta, sino una especie de comunión de los
espíritus, simultáneamente agitados, sin que ellos mismos lo comprendiesen, por
las ideas de muerte, de transformación y de amor, removidas en la grosera
plática del vejete borracho.
—¡Perucho!—murmuró ella alzando el rostro para
mirar el de su compañero, que en aquella sombra veía pálido y sin contornos.
—¿Qué quieres?—contestó él sacudiéndole el brazo.
—¿Qué me dices de todo eso?... ¡Cuántas{t.1-53} bobadas echó por aquella boca el señor
Antón!
—Está peneque, y chocho además.
—¿Me volveré yo rosa? ¿Malvita de olor?
—No tienes que volverte... Ya Dios te dió rosa y
clavel y cuantas flores hay.
—No empieces á meterte conmigo... ¡Que me enfado!
¿Y eso que dice de una cosa muy grande, que está en el cielo, y en la tierra, y
en todos los sitios?
—Muchos ratos también se me pone á mí aquí—murmuró
Pedro deteniéndose y señalando á la frente—que hay una cosa muy grande.... ¡y
tan grande!... Mayor que el cielo. ¿Sabes dónde, Manola? ¿A que no lo aciertas?
—¿Yo qué sé? ¿Soy bruja ó echo las cartas como la
Sabia?
El mancebo le tomó la mano, y la paseó por su
pecho, hasta colocarla allí, donde, sin estar situado el corazón, se percibe
mejor su diástole y sístole.
—Aquí, aquí, aquí—repitió con ardiente voz,
oprimiendo como para deshacerla la mano morena y fuerte de la muc{t.1-54}hacha, que se reía, tratando de soltarse.
—Majadero, brutiño, que me lastimas.
La soltó y ella siguió andando delante en silencio.
De cuando en cuando se percibía entre las hojas el corretear de una liebre, ó
resonaba el último gorjeo de un ave. A lo lejos arrullaban roncamente las
tórtolas, bien alimentadas aquellos días con los granos caídos en los surcos
del centeno. También se escuchaba, dominando la sinfonía con sordina del
follaje, el gemido de los carros que volvían cargados de haces de mies á las
eras.
—Manola, no corras tanto...—exclamó Pedro con voz
tan angustiada como si la chica se le escapase.—¡Ave María, mujer! Parece que
te van persiguiendo los canes. ¿Tienes miedo?
—No sé á qué he de tener miedo.
—Pues entonces, anda á modo, mujer... ¿Qué
diversión se nos pierde en los Pazos? ¡Mira que es bonita! Padrino estará
fumando un cigarro en el balcón, ó viendo cómo arreglan {t.1-55}las medas; mamá por allí, dando
vueltas en la cocina; papá en la era, eso de fijo... las chiquillas ya
dormirán... ¡va buena que dormirán! Oye, chica, la mano.
Trabáronse como antes por los dedos meñiques y
continuaron andando no muy despacio. El bosque se hacía más intrincado y
oscuro, y á veces un obstáculo, seto de maleza ó valla de renuevos de árboles,
les obligaba á soltarse de los dedos, á levantar mucho el pie y tentar con la
mano. Tropezó Manola en el cepo de un castaño cortado, y sin poderlo evitar
cayó de rodillas. Pedro se lanzó á sostenerla, pero ella se levantaba ya
soltando la carcajada.
—¡Vaya una montañesa, que tropieza en cualquier
cosa como las señoritas del pueblo! Por el afán de correr. Bien empleado.
—Pero si no se ve miaja. Rabio por salir pronto de
aquí.
—Para irte á la cama, ¿eh? ¿Para dejarme solito?
—Podías dar un repaso á los libros, haragán.
—Mujer... ¡para cochinos tres meses que{t.1-56} tiene uno de vacaciones! Yo antes pasaba
contigo todo el año... ¿no te acuerdas? Siempre, siempre andábamos juntos...
¡Qué vida tan buena! Y bien aprendíamos reunidos, más de lo que aprendo ahora
en clase... Apenas tenemos leído libros de la estantería! ¿Te acuerdas cuando
te enseñé las letras por uno que tiene estampas?
—Pero de la mitad nos quedábamos á oscuras. De
muchos sólo mirábamos las estampitas, aquellos monigotes tan descarados.
—Bueno, el caso es que estábamos más contentos,
¿eh? Yo al menos. ¿Y tú?
Calló la niña montañesa, tal vez porque un haz de
arbustos nuevos y un alto zarzal le cerraban el paso. Tuvieron que retroceder y
buscar entre los castaños la senda perdida.
—¿No me contestas? ¿Vas enfadada conmigo?
—No hay humor de hablar mientras esté uno en estas
negruras.
—Y después que salgamos al camino de la era, ¿me
das pa{t.1-57}labra de que rodearemos por los
sembrados?
—Sí, hombre, sí.
—Manola?
—Quée?
Deslizábase á la sazón la pareja por un estrecho
pasadizo de troncos de castaño, que apenas daba espacio á una persona de
frente. La oscuridad disminuía; acercábanse á la linde del bosque. La niña alzó
los ojos, vió la cara de su compañero y acompañó la interrogación de fingido
mal humor con una sonrisa, y entonces él se inclinó, le echó las manos á la
cabeza, y con una mezcla de expansión fraternal y vehemencia apasionada,
apretóle la frente entre las palmas, acariciándole y revolviéndole el cabello
con los dedos, al mismo tiempo que balbucía:
—Me quieres, eh? me quieres?
—Sí, sí—tartamudeaba ella casi sin aliento,
deliciosamente turbada por la violencia de la presión.
—¿Como antes? ¿como allá cuando éramos pequeñitos?
eh? ¿Como si yo viviese aquí?{t.1-58}
—Ay! me ahogas.... me arrancas pelo—murmuró Manola,
exhalando estas quejas con el mismo tono que diría:—Apriétame, ahógame más.—No
obstante, Pedro la soltó, contentándose con guiarla de la mano hasta que
salieron completamente del bosque y en vez de árboles distinguieron frente á sí
el carrerito que llevaba en derechura á la era de los Pazos.
Pero el mancebo torció á la izquierda, y Manola le siguió. Iban orillando un
sembrado de trigo, que en aquel país abundan menos y se siegan más tarde que
los de centeno. Si á la luz del sol un trigal es cosa linda por su frescura de
égloga, por los tonos pastoriles de sus espigas, amapolas, cardos y acianos, de
noche gana en aromas lo que pierde en colores, y parece perfumado colchón
tendido bajo un dosel de seda bordado de astros. Convida á tomar asiento el
florido ribazo alfombrado de manzanillas, cuya vaga blancura se destaca sobre
la franja de yerba; y allá detrás se oye el susurro casi imperceptible de los
tallos q{t.1-59}ue van y vienen como las ondas de una
laguna.
Dejóse caer Manola en el ribazo, sentándose y
recogiendo las faldas, y Pedro se echó enfrente de ella, boca abajo,
descansando el rostro en la mano derecha. Así permanecieron dos ó tres minutos,
sin pronunciar palabra.
—Debe de ser muy tarde—articuló la muchacha
agarrando algunos tallos de trigo y empuñándolos para sacudir las espigas junto
á la cara de Pedro.
—Silencio... ¿No te da gusto tomar el fresco, chuchiña?
Esta tarde no se paraba con el calor. ¿Ó tienes sed?
—No—contestó lacónicamente.
Transcurrió un momento, durante el cual Manola se
entretuvo en arrancar una por una flores de manzanilla, y juntarlas en el hueco
de la mano. Al fin la impacientó el obediente mutismo de su compañero.
—¿Qué haces, babeco?
—Te estoy mirando.
—¡Vaya una diversión!{t.1-60}
—Ya se ve. Como á ti ahora te ha dado por no
mirarme... Parece que te van á enfermar los ojos si me miras. Te has vuelto
conmigo más brava que un tojo.
Ella, entre arisca y risueña, siguió arrancando las
manzanillas silvestres. Un céfiro de los más blandos que jamás ha cantado poeta
alguno, un soplo que parecía salir de labios de un niño dormido, pasando luego
por los cálices de todas las madreselvas y las ramas de todas las mentas é
hinojos, se divertía en halagarle la frente, inclinando después las delgadas
aristas de la espiga madura. A pesar de sus fingidas asperezas, Manola sentía
un gozo inexplicable, una alegría nerviosa que le hacía temblar las manos al
recoger las manzanillas. Con todo el alborozo de una chiquilla saboreaba la
impresión nueva de tener allí, rendido, humilde y suplicante, al turbulento
compañero de infancia, el que siempre podía más que ella en
juegos y retozos, al que en la asociación íntima y diaria de sus vidas
representaba la fuerza, el vigor, la agilidad{t.1-61},
la destreza y el mando. Al sentirse investida por primera vez de la regia
prerrogativa femenina, al comprender claramente cómo y hasta dónde le tenía
sujeta la voluntad su Pedro, se deleitaba en aparentar mal humor, en torcerle
el gesto, en llevarle la contraria, en responderle secamente, en burlarse de él
con cualquier motivo, encubriendo así la mezcla de miedo y dicha, el ímpetu de
su sangre virginal, ardorosa y pura, que se agolpaba toda al corazón, y subía
después zumbando á los oídos produciéndole deleitoso mareo, al oir la voz de
Pedro, y sobre todo al detallar su belleza física. Justamente, mientras corría
aquel tan halagüeño céfiro, Manuela se absorbía en la contemplación de su
amigo, pero de reojo. La luminosa transparencia de la noche permitía ver los
graciosos rizos del mancebo cayendo sobre su frente blanca y tersa como el
mármol, y distinguir la lindeza de sus facciones y de sus azules ojos, que
entonces parecían muy oscuros.
—¿Cómo me querrá tanto, siendo y{t.1-62}o fea?—decía para sus adentros Manola; y de
repente, cogiendo todas las manzanillas, se las arrojó al rostro.
—A casa, á casa enseguida, que son las tantas de la
noche—murmuró arrodillándose, como si le costase trabajo incorporarse de una
vez. Ya estaba allí Pedro para auxiliarla. Cuando eran chiquillos solía dejarla
en el atolladero por algún tiempo hasta que pidiese misericordia, y reirse
descaradamente de sus apuros.... Ahora no se atrevería á hacerla rabiar: él era
el esclavo.
Volvieron á tomar el sendero. A poco se encontraron
en la era, vasto redondel cercado por una parte de estrecha muralla y de
manzanos gibosos. Por la otra, sobre el cielo estrellado, se destacaba la cruz
del hórreo, y más arriba subían las ramas inmóviles de una higuera. Alrededor,
las medas ó altos montículos de mies remedaban las tiendas de
un campamento ó la ranchería de una india. Ya no había allí nadie: por el suelo
quedaban todavía esparcidos {t.1-63}algunos
haces de la cosecha del día.
Un perro, ladrando hostilmente, se abalanzó contra
la pareja; mas al reconocerla, trocó los ladridos de cólera en delirantes
aullidos de alegría, se echó al suelo, se revolcó, gimió, y por último,
zarandeando la cola de un modo insensato, con la lengua fuera de las fauces,
trotando sobre la seca hierba del sendero, y volviéndose á cada segund{t.1-64}o, los precedió hasta los Pazos de Ulloa.
Subía la diligencia de Santiago el repecho que hay
antes de llegar á la villa de Cebre. Era la hora de mayor calor, las tres de la
tarde. La persona de más duras entrañas se compadecería de los viajeros
encerrados en aquel cajón, donde si toda incomodidad tiene su asiento, el que
lo paga suele contentarse con la mitad de uno.
Venía atestado el coche, que era de los más
angostos, desvencijados, duros y fementidos. En el interior, hombro contra
hombro del vecino del lado, é incrustadas las piernas en las{t.1-65} del frontero, se acomodaban cinco
estudiantes de carrera mayor en vacaciones, una moza chata, portadora de un
cesto de quesos, el notario de Cebre, y la mujer de un empleado de Orense, con
el apéndice de un niño de brazo. La atmósfera del interior era sol, sol
disuelto en polvo, sol blanquecino, crudo, implacable, centuplicado por la
oscura refracción de los puercos vidrios, que ningún viajero osaba bajar, por
temor de ahogarse entre la polvareda. La respiración se dificultaba: gotas de
sudor rezumaban de los semblantes, y moscas y tábanos—cuyo fastidioso enjambre
había elegido allí domicilio—se agolpaban en los pescuezos y labios,
chupándolas. No había modo de espantar á tan impertinentes bichos, porque ni
nadie podía revolverse, ni ellos, enconados por el ambiente de fuego, soltaban
la presa á dos tirones. Al desabrido cosquilleo del polvo en las fosas nasales
se unía el punzante mal olor de los quesos, y aun sobresalía el desapacible
tufo del correaje y el vaho nauseabundo tan peculiar á las diligencias{t.1-66} como el olor del carbón de piedra á los
vapores. A despecho de todas estas molestias y otras muchas propias de
semejante lugar, los estudiantes no perdían ripio, y armaban tal algazara y
chacota, secundándolos el notario, que sus dichos, más picantes que el aguijón
de los tábanos, habían parado como un tomate las orejas de la moza, la cual
apretaba su cesta de quesos lo mismo que si fuese el más perfumado ramillete
del mundo. La mujer del empleado, aunque nada iba con ella, creíase obligada
por sus deberes de buena esposa y madre de familia á suspirar á cada minuto levantando
los ojos al cielo, mientras abanicaba con un periódico al dormido vástago.
No disfrutaban mayor desahogo los de la berlina. De
ordinario era esta el sitio de preferencia; pero aquel día una especial
circunstancia lo había convertido en el más incómodo. Al salir de Santiago muy
de madrugada, los dos pasajeros que ya ocupaban las esquinas de la berlina
entrevieron con terror, á la dudosa luz del amanecer, otro pasaje{t.1-67}ro de dimensiones anormales, que se aproximaba á
la portezuela, sin duda con ánimo de subir y apoderarse del tercer asiento. Al
pronto no distinguieron sino un bulto oscuro, gigantesco, que exhalaba una
especie de gruñido, y se les ocurrió si sería algún animalazo extraño; pero
oyeron al mayoral—viejo terne conocido por el Navarro, aunque era,
según frase del país, más gallego que las vacas—exclamar, en el tono flamenco y
desenfadado que la gente de tralla cree indispensable requisito de su oficio, y
con la mitad del labio, pues el otro medio sujetaba una venenosa tagarnina:
—¡Maldita sea mi suerte! ¿Cura á bordo? Vuelco
tenemos.
Casi al mismo tiempo el pasajero de la esquina
izquierda, vivaracho, pequeño y moreno, tocó en el codo al de la derecha, que
era alto, y le dijo á media voz:
—Es el Arcipreste de Loiro... Veremos cómo se amaña
para pasar al medio... Nosotros no soltamos nues{t.1-68}tro
rincón... ¡Se prepara buen sainete!...
Miróle el otro viajero y encogióse de hombros, sin
responder palabra. Entre el mayoral y el zagal procuraban izar la humanidad del
Arcipreste hasta las alturas de la berlina: empresa harto difícil, pues
requería que el enorme vejestorio pusiese un pie en el cubo de la rueda, luego
otro en el aro, y luego le empujasen y embutiesen dentro por la estrecha
abertura de la portezuela. El viajero pequeño reía á socapa, calculando el
fracaso probable de la tentativa, por estar ocupado el rincón. Grande fué su sorpresa
al ver que el viajero alto llevaba la mano á su gorra de viaje, indicando un
saludo; y en seguida se corría hacia el asiento del centro, para dejar paso
franco; y después, viendo que ni aun así conseguían introducir al obeso y
octogenario Arcipreste, alargaba sus enguantadas manos y tiraba de él con
fuerza hacia el interior, logrando por fin que atravesase la portezuela y se
desplomase en el asiento del rincón, haciendo retemblar con su peso la berlina{t.1-69} y llenándola toda con su desmesurada
corpulencia, al paso que refunfuñaba un—Felices días nos dé Dios.
De soslayo—porque después de entrar el Arcipreste
nadie podía rebullirse y todos se encontraban extrictamente encajados,
prensados como sardina en banasta—el viajero chico insinuó á su compañero:
—¡Pero hombre, que se ha fastidiado usted! Ahora
tiene usted que aguantarse en el medio todo el viaje. ¡Ha sido usted un tonto!
El entremés era dejarle, á ver qué hacía.
Enarcó las cejas el viajero de los guantes, dudando
si mandar á paseo á aquel cernícalo ó darle una lección. Al fin se volvió, como
pudo, y dijo bajando la voz:
—Es un viejo y un sacerdote.
El viajero pequeño le miró con curiosidad,
arrugando el gesto, y procurando discernir mejor, á la pálida luz del amanecer,
las trazas del enguantado caballero. Parecíale hombre ya maduro, bien barbado,
descolorido de rostro, alto de estatura, no muy entrado en{t.1-70} carnes—sin
ser lo que se llama flaco—y vestido de un modo especialmente decoroso y
correcto, por lo cual el observador pensó:
—Este me huele á título ó diputado de los
conservadores. ¿Quién será, demonios, que no lo he visto nunca?—Y después de
reflexionar breves instantes:—De fijo—decidió es algún forastero que va á la
finca del marqués de las Cruces ó á la del de San Rafael... Claro. Allí todo el
mundo se come los santos y les hace el salamelé á los curas...
Pues el marqués de las Cruces no es, que á ese bien le conozco... El de San
Rafael, menos... ¡ojalá! Nos haría reventar de risa con sus dichos... señor más
ocurrente y más natural... ¿Será alguno de los maridos de las sobrinas? ¡Cá!
vendría la señora también con él. Pero, ¿quién rayos será?
Ya no tuvo punto de reposo el activo y bullidor
cerebro del viajero chico, á quien no en vano daban amigos y adversarios (de
las dos cosas tenía cosecha, á fuer de temible cacique) el sobrenombre
significativo de{t.1-71} Trampeta,
queriendo expresar la fertilidad en expedientes y enredos que le distinguía.
Toda la potencia escrutadora del intelecto trampetil se aplicó á despejar la
incógnita del misterioso viajero que cedía el asiento del rincón á los curas.
Con más atención que ningún novelista de los que se precian de describir con
pelos y señales; con más escama que un agente de policía que sigue una pista,
dedicóse á estudiar é interpretar á su modo los actos de su compañero de viaje,
á fin de rastrear algo. Después de que arrancó la diligencia, el viajero no
había hecho sino bajar un cristal, el que le tocaba enfrente, con ánimo sin
duda de mirar el paisaje; pero al convencerse de que no se veían por allí sino
los hierros del pescante y los pies zapatudos del mayoral, volvió á subirlo, y
se recostó en el respaldo, resignadamente, no sin lanzar una ojeada, de tiempo
en tiempo, hacia las ventanillas. Transcurrido un cuarto de hora, cuando ya
habían perdido de vista el pueblo, sacó una petaca fina, y abriéndola, la {t.1-72}ofreció á ambos compañeros sin hablar, pero con
ademán cortés. Trampeta alargó sus dedos peludos y cortos y cogió un cigarrillo
diciendo:—Se estima.—El Arcipreste entreabrió un ojo (iba como aletargado,
resoplando y con la cabeza temblona) y dijo que no con las cejas; al mismo
tiempo deslizó la incierta mano, que de puro gruesa parecía hidrópica, bajo el
balandrán, y exhibió una tabaquera de forma prehistórica, un gran fusique de
plata, que arrimó á la nariz, sorbiendo con notoria complacencia el rapé.
—No toma sino polvo... Está más viejo que la
Bula... Yo no sé cómo no ha reventado ya—exclamó Trampeta, sin cuidarse de
bajar la voz; por lo cual el otro viajero le amonestó algo severamente:
—Mire usted que este señor puede oir lo que usted
dice de él.
—¡Cá! Más sordo que una tapia—gritó Trampeta, como
para probar su aserto.—Aunque le dispare un cañón junto á la oreja, ni esto.
Siempre fué algo teniente{t.1-73}; pero
ahora ¡María Santísima! La sordera, como usted me enseña, es un mal que crece
mucho con los años. Y vamos á ver: ¿dirá usted al verlo tan acabado, que este
bendito Arcipreste fué un remeje que te remejerás de
elecciones, que nos dejaba á todos tamañitos? Hoy no es ni su sombra... En sus
tiempos era un demonio con sotana: no había quien se la empatase en toda la
provincia. Cuentan que una vez dió un puntapié á la urna... Sin ir más lejos,
allá cuando la Revolución, la gloriosa, ¿usté me entiende? que
andaban los carlistas muy alterados, como usté me enseña, por poco entre ese
condenado y otros de su laya me hacen perder una elección reñidísima, y me
sacan avante al Marqués de Ulloa contra el candidato del gobierno.
Al nombre del Marqués de Ulloa, el viajero
enguantado, que hasta entonces escuchaba como quien oye llover, y sin ocuparse
más que del cigarrillo suave que fumaba, prestó atención y aun intentó
volverse; pero esto no era factible, atendido que cada vez iban má{t.1-74}s apretados, porque el Arcipreste, reclinando la
cabeza en la esquina, y cubriéndose la cara con un pañuelo blanco, adoptaba
postura más cómoda, y ocupaba todavía más sitio.
—¿Dice usted que las elecciones en que figuró el
Marqués de Ulloa?...
—Sí señor, sí señor...—repuso Trampeta, todo
esponjado y contento de acertar con algo que interesaba al viajero y le hacía
dar señales de vida. Por cierto que después...
—El Marqués de Ulloa—interrumpió el viajero—es don
Pedro Moscoso, ¿verdad?
—El mismo que viste y calza. Por cierto que...
—¿El yerno del señor de la Lage?
No era sólo atención, era interés muy vivo lo que
revelaba el semblante del enguantado, y no pudiendo volver el cuerpo, torcía la
barba sobre el hombro, clavando en Trampeta sus ojos garzos y grandes, de
párpado marchito y enrojecido, como suelen tenerlo las personas que leen mucho
ó viven aprisa.
—Aajá—articuló Trampeta afirmando con{t.1-75} cabeza y manos y con todo el rebullicio de
cuerpo que consentía la apretura:—¡aajá! El mismito. ¿Al parecer usted lo
conoce?
No contestó el de los guantes, pero dijo con las
pupilas:—Siga usted.—Trampeta, aunque tan observador y ladino, no era capaz de
darse un punto á la lengua cuando ésta le picaba.
—¡Aquellas fueron unas elecciones... de la mar
salada! Quedó que contar de ellas en el país para veinte años... Y como además
de los líos que hubo en ellas, vino después la muerte del mayordomo del
marqués, que fué una cosa atroz...
A pesar de la sordera del Arcipreste, aquí bajó la
voz Trampeta, y sus ojos vivos, ratoniles, se posaron oblicuamente en el
clérigo. Este roncaba ya, con ahogado resuello de apoplético. El cacique se
tranquilizó y prosiguió:
—Lo despabilaron en un monte por mandato de los
mismos suyos; ni visto ni oído... ¡Un balazo l{t.1-76}impio,
de esos que dejan sequito á un hombre!
—Ese mayordomo...—murmuró el de los guantes,
fijando la vista en Trampeta, como si quisiera preguntarle algo; pero se
contuvo y no prosiguió. Afortunadamente para él, Trampeta no era hombre de
dejar cojo el cuento.
—Como usted me enseña, mi amigo, donde pasan
ciertas cosas siempre hay misterios y demoniuras... ¿Usted conoce al marqués?
Bueno: pues entonces ya sabe usted que vivía... mal arreglado, ó enredado, ó
embrutecido, como se quiera decir, con la hija de ese mayordomo que mataron...
¡y qué moza era, me valga Dios! Como unas flores. Pues cuando el marqués
determinó de casarse con la hija del señor de la Lage...
El enguantado hizo un movimiento.
—¿También lo conoció, eh?—preguntó Trampeta.
Dijo el viajero que sí con la cabeza, y el bueno
del Secretario prosiguió:
—Pues ¿usted me entiende? la boda del{t.1-77} señorito no le hizo maldita la gracia al
truchimán del mayordomo, que tenía más conchas que un galápago, y como no pudo
vengarse de otro modo, fué, y ¿qué hizo? Preparó las elecciones muy
preparaditas, y cuando el marqués estaba cerca de triunfar, no sé cómo judas lo
amañó...
Aquí la mirada de Trampeta se hizo más oblicua y
casi torva.
—En fin, que vendió completamente á su amo, lo
mismo que vende uno los cerdos en el mercado, con perdón: una jugarreta que le
costó al señorito la diputación, ni más ni menos... Y como usted me enseña...
al vengativo de Barbacana, que es más malo que la quina...
Pausa breve.
—¿Usted no sabrá quién es Barbacana? ¡Dios nos
libre! Entonces era el tirano del país; uno de esos tiranones terribles, como
usted me enseña... Ahora ya va de capa caída... los años le pesan... le tenemos
metido el resuello en el cuerpo... vaya si s{t.1-78}e
lo tenemos... ¿Usted irá á Orense? ¡pues pregúntele usted al gobernador qué
apunte es Barbacana...!
Al decir esto observaba Trampeta el rostro del
enguantado, á ver si la referencia al gobernador le producía efecto. Viendo que
no, pensó para su sayo:—No debe de ser diputado, ni cosa así.—Y añadió:
—En fin, que se cree... ¿Usted me entiende? que fué
Barbacana quien... (Ademán muy expresivo de despabilar una luz con los dedos.)
—¿Dice usted que mataron á ese hombre, al mayordomo
del marqués de Ulloa?—preguntó por fin el viajero de los guantes.—¿Y dónde, y
quién y por qué?
—¿Quién? Un satélite de Barbacana, un facineroso
malhechor relajado que se llama el Tuerto... Así que Barbacana tiene un
arachita, ya anda él muy campante por el país, metiendo miedos á todo dios...
¡Uno de tantos escándalos! Pero ahora les hemos de atar {t.1-79}corto de vez. ¿Dónde? En un monte, propiedad del
marqués... por el día y por el sol. ¿Por qué? Pues como dije, en venganza de
que le hizo al marqués perder las elecciones.
—Y la hija de ese hombre... ¿qué ha sido de
ella?—interrogó el viajero, acariciándose la barba con la enguantada mano, para
simular indiferencia que no sentía.
—Ese es otro cantar... ¿Usted ya sabrá que el
marqués enviudó de allí á poco?
Una tristeza, una angustia profunda se grabó en el
rostro del viajero. Si Trampeta le mirase, ahora sí que vería la alteración de
sus facciones. Pero Trampeta á la sazón encendía dificultosamente el cigarro.
—Enviudó, porque la señorita se puso tisis...
Parece que le dió muy mala vida por causa de la raida de la moza, y que andaba
San Benito de Palermo... Ella era poquita cosa; de poco estuche... Pss...
Aumentó la turbación del viajero al decir esto
Trampeta, y la revelaron visibles señales. Sus ojos, que tenían más de
pensativos que de brillantes, chispearon un momento;{t.1-80} frunció
el entrecejo, y por su frente despejada corrieron una tras otra, como olas,
tres ó cuatro arrugas bastante profundas. Respiró tan fuerte y hondo, que
Trampeta, volviéndose, le miró con mayor curiosidad aún.
—Parece que la historia le toca á este señor de
cerca... Tate... Hay que ver lo que se habla... ¡Me caso! No se me quita el
vicio de ser parlanchín.
Había amanecido del todo, disipándose la niebla; el
sol doraba ya con alegre reflejo las cimas de los árboles, las aguas de los
manantialillos que brincaban del monte á la carretera, los cristales de las
casitas que de trecho en trecho se asomaban curiosas con su cerca, sus dos
manzanos, su emparrado de vid, su meda de centeno junto al
hórreo. A aquella hora, en que el calor no hostigaba todavía á jacos ni á
viajeros, y la tierra despertaba impregnada de rocío nocturno, y el sol se
bebía la ligera brétema, no molestaría ir en la berlina, á no ser
por los ronquidos del Arcipreste, más hondos y atronadores cada vez,{t.1-81} por su estorboso volumen, por las
blasfemias del mayoral, por el olor desagradable del forro del coche. La
claridad diurna alumbraba las facciones del viajero de los guantes,
descubriendo en su barba corrida, bien recortada y no muy recia, unos cuantos
hilos de plata; en su dentadura una mella; en sus sienes lo ralo del pelo; en
sus mejillas, de piel fina y coloración mate, la azul señal de algunos granos
de pólvora incrustados bajo el cutis. A un lado y á otro de la nariz, los
quevedos de acero que solía gastar le habían labrado una especie de surco, rojo
ó amoratado. Su mirada, intensa, dulce, miope, tenía esa concentración propia
de las personas muy inteligentes, bien avenidas con los libros, inclinadas á la
reflexión y aun al ensueño.
El cacique, en guardia contra las preguntas que se
le pudiesen dirigir, esperaba; pero pasó un rato, y el viajero nada dijo:
suspiró como quien desahoga el pecho, y limpió con el pañuelo los quevedos,
cerrándolos cuidadosamente para no romperlos.{t.1-82} Trampeta
le atisbaba receloso.
—¡Borrico de mi!—pensó.—Dice que conoce al
marqués... Será su amigo, y no querrá más chismes... Aunque, don Pedro Moscoso
¡qué ha de ser amigo de ninguna persona tan así... tan decente!
Ocupábase el viajero, después de bajarse con
dificultad, en sacar de un cestito de paja un frasco blanco, forrado también de
paja hasta el gollete, con reluciente tapadera de metal.
—Gusta usted un trago de vermut?—dijo al cacique.
—No señor... Se aprecia... Llevo anís estrellado y
buen aguardiente, que es lo mejor para el flato estando en ayunas... Pero ya
maté el gusano antes de salir...
Bebió el enguantado por un vaso oblongo, recogió
todo, y desabrochando mal como pudo las correas de su manta de viaje, tomó de
dentro un libro, amarillo, con las hojas sin cortar. Abrió como unas veinte ó
treinta sirviéndose de un cortaplumas, mirando á{t.1-83} Trampeta
como en espera de que terminaría la crónica chismográfica tan brillantemente
comenzada. Vacilaba y deseaba hablar. Se decidió por fin...
—La hija del mayordomo...—articuló.
Qué tentación tan fuerte para el cacique! Más
fuerte que su virtud. Ya no pudo contenerse.
—Pues así que murió la señora, todo el mundo pensó
que el marqués se casaba con ella... porque la muchacha tenía un chiquillo, y
al marqués le había dado por tomarle un cariño atroz, de repente... así como á
la hija verdadera, la que tuvo de su señora, no le hacía apenas caso... Y por
cuanto salimos con que la moza apareció muy prendada y en tratos con un tal
Angel, el gaitero de Naya, un buen mozo también, y jurando y perjurando que el
chiquillo era hijo del gaitero dichoso... No hubo fuerzas humanas que la
disuadiesen: que me caso, que me caso, y va y se casa con su querido, y el
marqués, {t.1-84}por no apartarse del chiquillo,
los deja seguir de criados en casa, al frente de la labranza... y le da carrera
al muchacho, y me lo trae hecho un señorito... Y unos dicen que si esto, que si
aquello, que si lo otro, que si lo de más allá... Las lenguas, como usted me
enseña, no hay quien las ate, eh? y usted, un suponer, no va á ponerle un tapón
en la boca á todos.
Al llegar aquí Trampeta, el viajero frunció las
cejas otra vez. Después de dudar un instante, dijo reposada y cortésmente:
—Con permiso de usted...
Y tomando á sus pies, de entre el lío de la manta,
un libro, se puso á leer sosegadamente, aprovechando el paso de procesión con
que la diligencia subía ¡á la cumbre, á la cumbre!
Túvose Trampeta por chasqueado. Los indicios de
curiosidad é interés del viajero prometían plática larga y tendida, de esas que
de repente, en un coche de línea, convierten en amigos íntimos á los dos
indiferentes que un cuarto de hora antes dormita{t.1-85}ban
hombro contra hombro. Y héteme aquí que ahora el compañero se ponía á leer sin
hacerle más caso. Echó una mirada sesga al libro, por si algo rastreaba: nuevo
desengaño. El libro estaba en un idioma que Trampeta no conocía ni aun para
servirlo.
¿Hay hablador curioso que se resigne á no chistar,
dejando en paz á los que huyen de él refugiándose en un libro? Mil pretextos
encontró Trampeta para distraer á su vecino y llamarle la atención. Ya le
enseñaba un punto de vista, ya le nombraba un sitio, ya le bosquejaba en pocas
palabras y muchos guiños de inteligencia la historia del dueño de alguna
quinta. Fuese por cortesía ó porque le agradase, el enguantado atendía gustoso.
Cerraba el libro metiendo el dedo índice por entre dos páginas para no perder la
señal, y escuchaba, inclinando la cabeza, las indicaciones topográficas y
chismográficas del cacique.
Habrían andado cosa de tres horas, y ya el sol, el
polvo y los tábanos comenzab{t.1-86}an á crucificar á
los viajeros, cuando Trampeta tiró repentinamente de la manga al enguantado.
—Á bajarse tocan—le advirtió muy solícito como
quien presta un servicio notable.
—Decía usted?—exclamó el viajero sorprendido.
—¿No va á la finca del marqués de las Cruces? Pues
aquel es el soto. Mayoral! Para, mayoraal!
—No señor... Si no voy allí.
—Ah! Pensé.... Ha de dispensar.
La misma escena se repitió poco más adelante, en el
empalme del camino que conduce á la soberbia quinta del marqués de San Rafael.
Trampeta bien quisiera preguntar al enguantado—¿á dónde judas va entonces?—pero
con toda su petulante grosería de cacique mimado por personajes muy conspicuos,
dueño y señor feudal de un mediano trozo de territorio gallego, y por contera y
remate, mal criado y zafio desde sus años juveniles, supo, á fuer de listo,
notar en el semblante, modales y trazas del viajero mist{t.1-87}erioso
cierto no sé qué sumamente difícil de describir, combinación
de firmeza, de resolución y de superioridad, que sin violencia rech{t.1-88}azaba la excesiva curiosidad dejándola burlada.
Uno de los deleites más sibaríticos para el feroz
egoísmo humano, es ver—desde una pradería fresca, toda empapada en agua, toda
salpicada de amarillos ranunclos y delicadas gramíneas, á la sombra de un grupo
de álamos y un seto de mimbrales, regalado el oído con el suave murmurio del
cañaveral, el argentino cántico del riachuelo y las piadas ternezas que se
cruzan entre jilgueros, pardales y mirlos,—cómo vence la cuesta de la carretera
próxima, á paso de tortuga, el armatoste de la diligencia. Hace el pensamiento{t.1-89} un paralelo (fuente de epicúreos goces,
sazonados por el espectáculo del martirio ajeno), entre aquella fastidiosa
angostura y esta dulce libertad, aquellos malos olores y estas auras
embalsamadas, aquel ambiente irrespirable y esta atmósfera clara y vibrante de
átomos de sol, aquel impertinente contacto forzoso y esta soledad amable y
reparadora, aquel desapacible estrépito de ruedas y cristales y estos gorjeos
de aves y manso ruido de viento, y por último, aquel riesgo próximo y esta
seguridad deliciosa en el seno de una naturaleza amiga, risueña y penetrada de
bondad.
No todos razonan y analizan esta impresión con
lucidez; pero apenas hay quien no la sienta y saboree. Bien la definía y
paladeaba el médico de Cebre, Máximo Juncal, entretenido en echar un
cigarro, tumbado boca arriba en un pradillo de los más amenos que puede soñar
la imaginación. El médico vestía tuina de dril y calzaba zapatos de becerro; ni
cuello ni corbata tenía; su camisa de dormir, desabotonada, no tapaba unas
clavículas duras{t.1-90} y salientes como
pechuga de gallo viejo ya desplumado; en sus manos afianzaba el último número
de El Motín, donde acababa de leer las picardigüelas de un curiana allá
en Navalcarnero enviadas al periódico por un corresponsal rígidamente virtuoso,
que escribía «lleno de indignación.»
Desde que por la carretera, bastante más elevada
que el prado, vió Juncal asomar la nube de polvo que anuncia la proximidad de
un coche de línea, interrumpió la para él sabrosísima lectura de los sueltos
clerófobos, y alzando la cabeza, entre chupada y chupada, púsose á considerar
atentamente las trazas del gran mamotreto. Oyó el repiqueteo de los cascabeles
y campanillas, tan regocijado cuando el tiro trota, como melancólico cuando va
á paso de caracol. Vió luego aparecer el macho delantero, y á sus lomos el
flaco zagal, vestido de lienzo azul, con gorra de pelo encasquetada hasta la
nuca, aletargado completamente bajo la influencia de un sol de brasa.
Manteníase sin caer del caballo merced á un{t.1-91} milagro
de equilibrio y á la costumbre de andar así, pero lo cierto es que dormía.
Dormía también el mayoral; sólo que ese ya roncaba cínicamente, espatarrado en
el pescante, con la bota casi desangrada bajo el sobaco, el mango de la tralla
escurriéndosele de la mano, los carrillos echando lumbre y colgándole de los
labios un hilo de baba vinosa. Y dormitarían los caballos del tiro, si se lo
permitiesen los encarnizados y fieros tábanos y las pelmas de las moscas,
infatigables en lancetarles la piel. Los infelices jacos se estremecían,
coceaban, sacudían las orejas con frenesí, se mosqueaban con el rabo, y solían
arrancar al trote, creyendo huir de la tortura.
—Bueno va—pensó en alto el médico, riéndose sin
pizca de compasión.—El tiro campa por su respeto. Y apenas va cargado el coche!
No entiendo cómo no vuelca todos los días.
En efecto, desde lejos era el aspecto de la
diligencia sumamente alarmante. La base de la caja parecía angostísima en
relación con{t.1-92} la cúspide, que la formaba
una inmensa vaca ó imperial agobiada con cuádruple peso del que razonablemente
admitía. Por todas partes emergían de la polvorienta cubierta enormes baúles,
cajones descomunales, fardos de colchones, grupos de sillas, pues la mujer del
empleado trasladaba su ajuar enterito. Del cupé, que también iba atestado de
gente, sobresalían cestos con gallinas, y más líos, y más rebujos, y más
maletas, y otra tanda de cajones. No se comprendía, al ver la penosa oscilación
de la desproporcionada cabeza del carruaje sobre las endebles ruedas, que ya no
se hubiese roto un eje, ó que la mole no se rindiese á su propia pesadumbre.
Algo que entrevió Juncal al través de los cristales de la berlina, completó su
malicioso regocijo.
—Y para más, dentro va el Arcipreste de Loiro! Diez
ó doce arrobas de suplemento. Lo que es hoy.....
Al pensar esto el médico, llegaba el tiro á la
revuelta de un puentecillo tendido sobre un riachuelo de mezquino caudal—el
mismo{t.1-93} que corriendo entre mimbrales y
alisos regaba la pradería.—Era la revuelta asaz rápida; el tiro, entregado á su
propio impulso, la tomó muy en corto. Juncal se incorporó, soltando un terno.
No tuvo tiempo á más, porque en un santiamén, sin saberse cómo, toda la balumba
de coche y caballos se revolvió, se enredó, se hizo un ovillo, y al sentir el
peso del carruaje, que se inclinaba con crujido espantoso, encrespáronse los
caballos, relinchando de ira y susto, irguióse la lanza por cima del pretil del
puente, y el macho delantero, con el zagal encima, y tras él un caballo de
cortas, salieron despedidos con ímpetu, haciendo plaf! en
mitad del riachuelo, lo mismo que ranas. Avínole bien á la diligencia, que la
misma fuerza del empuje rompió cuerdas y tirantes, impidiéndole precipitarse
con el resto del tiro desde una altura no extraordinaria, pero suficiente para
hacerla añicos. Su peso descomunal la sujetó, volcada al borde del puente y
recostada en él.
Dicen personas expertas en esta clase de{t.1-94} lances, que ni los testigos oculares, ni
las víctimas, son capaces de referir puntualmente las peripecias que se suceden
en un abrir y cerrar de ojos, ni menos recordar de qué manera, guiado por el
instinto de conservación, se pone en salvo cada quisque.
Yacía tumbado el coche; el mayoral había despertado
rodando del pescante al suelo y abriéndose la cabeza, y sin duda por la
descalabradura se le refrescó y disipó la mona, pues ágil ya y despabilado, se
emperraba en aquietar y desenredar el tiro, metiéndose entre las bestias con
intrepidez salvaje, lidiando cuerpo á cuerpo, á coces y puñadas, con mulas y
machos, sin diferenciarse de ellos más que en las espantosas blasfemias que
escupía. En ventanillas y portezuelas fueron asomando cabezas, brazos, hombros,
hasta pies, pugnando por romper su cautiverio. Surgieron dos estudiantes,
tiraron por la moza, y la sacaron arrastro; y como se empeñase en recoger sus
quesos, vociferaron y la desviaron á empellones. La empleada salió{t.1-95} pálida como la cera, apretando
silenciosamente al niño que lloraba sin consuelo; luego el notario, echando
venablos; y por la portezuela de la berlina, poco menos amarillo que la
empleada, saltó Trampeta con una mano sangrando de la cortadura de un cristal.
Los del cupé, gente aldeana, descendían aturdidos de sorpresa. En el mismo
instante llegaba Juncal, á todo correr, al pie de la diligencia volcada.
—¿Qué es eso, hombre? ¿qué es eso?—preguntó á
Trampeta.
—Ya lo ve, Máximo... Hoy nacimos todos...—respondió
el cacique sin poder hablar del susto.—Míreme aquí, hom, si tengo cortada la
vena...
—Qué vena ni qué caracoles... Acudir á los que
quedan dentro, hombre... ¿Queda alguien? A ver...
Con ayuda de los estudiantes, tenía ya el mayoral
casi apaciguado el tiro, y sólo le faltaba reducir á una mula que, habiéndose
cogido la cabeza entre dos correas, á fuerza de patear se empeñaba en
ahorcarse. El médico{t.1-96} miró hacia el fondo
de la berlina. Salía de allí un ahogado y entrecortado ronquido, tan hondo como
el registro más grave de un órgano; y el médico vió á un viajero de buenas
trazas metido en la ardua faena de mover la masa gigante del señor Arcipreste,
y empujarla hacia la portezuela. Momentos antes Máximo Juncal se sentía animado
de los más siniestros propósitos contra la Iglesia en general y el clero
diocesano en particular; pero la vista del lastimoso cuadro le ablandó las
entrañas, que más que dañadas tenía curtidas por la hiel de un temperamento
bilioso, y sin hacer caso de la herida de Trampeta, que éste liaba con el
pañuelo, acudió en auxilio del viajero enguantado, á quien veía de espaldas,
llamando al notario para refuerzo.
—Empújelo usted hacia acá... Yo tiraré por la
pierna... ¡Eh! señor escriba, aguante usted aquí... coja este pie... así...
quietos... ya pasó un muslo... ¡Arráncate nabo! Ey... que me hundo, que me
hundo! ¡Apuntáleme, escriba de los demonios!{t.1-97}
Salió en vilo, sostenida por los puños de Juncal y
los fuertes brazos del notario, la mole del desventurado Arcipreste, que
dormido durante la catástrofe, no comprendía lo que pasaba, y se veía con sus
compañeros de viaje encima, y una astilla de la destrozada caja hincándosele en
un costado. Tal fué su estupor, que se le cortó el habla, y sólo exhalaba
sordos ronquidos de agonía. Apareció hecho una lástima, con el rostro amoratado
y congestionado, en desorden los venerables cabellos blancos, la cabeza y manos
no ya temblonas, sino perláticas, y el balandrán roto. Juncal torció el gesto,
y falló para sí:
—A sus años, esto echa á un hombre á la sepultura.
El caritativo viajero salió á su vez; tiempo era
ya. De la brega tenía destrozados los guantes y descompuesto el traje; con los
esfuerzos, se le había coloreado la tez y animado el rostro, quitándole, como
suele decirse, diez años de encima, ó mejor dicho revelando su verdadera edad,
más alrededor de los{t.1-98} treinta y pico que
de los cuarenta. Aproximósele Juncal muy solícito, y al fijar los ojos en él,
se echó atrás admirado.
—Usted dispense...—pronunció.—¡Soy capaz de
aventurar algo bueno á que es usted de la familia de la difunta señora de
Ulloa, doña Marcelina Pardo!
El viajero se sorprendió también.
—Su hermano para servir á usted—contestó.—¿Tanto me
parezco?
—Facción por facción, no señor: pero el aire, es
una cosa, como dicen aquí, escupida... Con que es usted...
—Gabriel Pardo de la Lage, para lo que usted guste
mandar. No cree usted que ahora convendría...
—Lo que conviene es que todos los pasajeros se
vengan á Cebre, y allí se curarán los heridos, y los asustados tomarán un trago
y un bocado para tranquilizarse... Al mayoral y al zagal les mandaremos gente
que ayude á enderezar el coche, y á llevar los caballos á la cuadra, que falta
les hace también... A {t.1-99}bien que en Cebre
ya de todas las maneras tenían que mudar tiro... Hay herrero que empalme la
lanza rota, y carpintero que eche un remiendo á la caja... El coche no ha
sufrido grandes desperfectos... Fue más el ruido que las nueces... El que tenga
que curar algo, á mi casa enseguidita... ¿Usted ha salido ileso, señor de
Pardo?
—Noto un dolor en este codo... Alguna rozadura.
—Veremos... Usted no se va á la posada, que se
viene á mi choza... Espero en Dios que podrá usted seguir el viaje.
—Mi propósito era bajarme en Cebre. Y en efecto me
he bajado, sólo más aprisa de lo que pensé.
Sonrióse al decir esto, y Juncal le encontró
«templado» y simpático. La caravana se puso en marcha: los estudiantes, de los
cuales sólo uno tenía un chichón en la frente, iban locuaces y jaraneros,
metiendo á barato el percance; la moza, antecogiendo su cestilla de quesos, que
al fin había logrado rescatar; la muj{t.1-100}er del
empleado cargada con su rorro, que se abría á puros llantos, sin que la madre
le diese más consuelo que decirle—calla que se lo hemos de contar á papá... á
papaíto,—Trampeta con la mano liada, seguro ya de no desangrarse y nuevamente
cebada la curiosidad al saber que el enguantado viajero era el propio cuñado
del marqués de Ulloa; el notario de Cebre, tan arrimadito á la moza chata, como
la moza á sus quesos; y el Arcipreste, cogido del brazo de Juncal, flaqueándole
las piernas, temblándo{t.1-101}le el cuerpo todo,
gimiendo y resoplando.
Los que no tenían casa ni amigos en Cebre, hubieron
de dar con sus molidos cuerpos en el mesón que allí toma nombre de fonda; el
Arcipreste fué á pedir hospitalidad á su correligionario el cacique Barbacana;
y al viajero de los guantes, ó sea don Gabriel Pardo, se lo llevó consigo el
médico, sin permitir que se cobijase bajo otro techo sino el suyo, porque desde
el primer instante le había entrado el cuñado del marqués,—y
cuenta que no simpatizaba fácilmente con las personas el bueno de Juncal.{t.1-102}
Agasajó á su huésped lo mejor que pudo y supo,
diciéndole á cada rato que su señora estaba ausente, pero
volvería dentro de un ratito, y entonces se sentarían á hacer
penitencia. A pesar de las ideas avanzadísimas de Juncal, que con la
revolución se habían acentuado aún más en sentido anticlerical y biliosamente
demagógico, guardóse bien de informar á don Gabriel de que la susodicha señora (nombre
con que se llenaba la boca), había sido una panadera de las famosas del pueblo
de Cebre: cierto que la de más almidonadas enaguas, limpias medias, rollizos
mofletes y alegres y churrusqueiros ojos que tenía el país.
Por sus muchos pecados, tropezó Juncal en aquel dulce escollo desde su llegada
á Cebre, y al fin, después de unos cuantos años de enharinamiento ilícito, un
día se fué, como el resto de los mortales, á pedir al párroco la sanción de lo
comenzado sin su venia. Y justo es añadir que á su mujer, tan jovial y sencilla
ahora como antes, se le daba un ardite de la posición social,{t.1-103} y solía decir á menudo:—Cuando yo
llevaba el pan á casa de don Fulano, ó de don Zutano...—Hasta por un resto de
afición á las cosas del oficio, había persuadido á su esposo á que adquiriese y
explotase un molino, poco distante del prado en que el médico presenció el
vuelco de la diligencia. Mientras el marido leía ó descansaba, la buena
de Catuxa, que así llamaba todo Cebre á la señora de don Máximo,
era dichosa ayudando al molinero á cobrar las maquilas, midiendo el grano,
regateando la molienda á sus antiguas colegas, charlando con ellas á pretexto
del negocio, y viviendo perpetuamente en la atmósfera de fino polvillo vegetal
á que sus poros estaban hechos.
Envuelta venía aún en flor de harina cuando entró
en la salita donde la esperaban Máximo y Gabriel; traía los brazos remangados y
el pelo gris como si se lo hubiesen recorrido con la borla impregnada, de
polvos de arroz, lo cual hacía más brillantes sus ojos, más límpido el sano
carmín de sus trigueñas{t.1-104} mejillas.
Saludó sin cortedad, con expansiva lisura, y don Gabriel por su parte empezó á
tratarla con tan reverente cortesía como á la más encopetada ricahembra; pero
en breve comprendió que la complacería mudando de tono, y hablóle con llaneza
festiva, sin renunciar por eso á mostrarse deferente y cortés. Ambos matices
los notó Juncal, que no tenía pelo de tonto, y creció su inclinación hacia el
viajero, que le parecía ahora tan discreto como caritativo antes.
Comieron en una ancha sala con pocos muebles:
Catuxa cerró casi del todo las maderas de las ventanas, por las cuales se
colaba una delgada cinta de luz, y ofreció á cada convidado una rama de nogal
con mucho follaje, para que mientras comían no se descuidasen en espantar las
moscas. No hizo ascos á la comida don Gabriel, y alabó como se merecían algunos
platos muy gustosos, los pollitos tiernos aderezados con guisantes, las sutiles
mantequillas trabajadas en figura de espantable culebrón, con ojos de azabach{t.1-105}e y una flor de borraja hincada de trecho en
trecho en el escamoso lomo. Tales primores gastronómicos revelaron á don
Gabriel que la señora de Juncal trataba bien á su marido y le hacía grata la
vida: así era en efecto, moral y físicamente, y por humillante que parezca esta
confusión de fuerzas tan distintas, el genio apacible y las mantequillas suaves
de Catuxa influían á partes iguales en sosegar la bilis del médico.
Mientras duró el festín, Juncal y su huésped
hablaron mucho del lance del vuelco, del escándalo de que menudeasen tanto, de
que en no multando á las empresas, éstas hacían su gusto, riéndose de quejas de
viajeros y piernas rotas. Informóse don Gabriel de los antecedentes de su
curioso compañero de viaje, y al referirle Juncal algunas de sus caciquescas
hazañas, se rió recordando la indignación con que Trampeta condenaba en
Barbacana otras muy parecidas. A los postres, notó el médico que su huésped
parecía molestado{t.1-106}, aunque haciendo
esfuerzos para disimularlo.
—¿Usted no se encuentra bien?
—No es nada... Parece como si este brazo se me
hubiese resentido un poco; me cuesta trabajo moverlo. No se apure usted
ahora... Cuando nos levantemos de la mesa tendrá la bondad de reconocérmelo, á
ver qué ha sido.
Quería Juncal verificarlo al punto, mas el huésped
afirmó que no valía la pena de darse prisa, y el médico en persona preparó el
café con una maquinilla de espíritu de vino, mientras Catuxa subía de la bodega
una botella de ron muy añejo, guarnecida de telarañas. Tal regalo fué, como
suele decirse, pedir el goloso para el deseoso; porque si bien don Gabriel no
se negó á gustar el rancio néctar, el caso es que Juncal le hizo la razón con
tanta eficacia, que se bebió de él casi la mitad. Siempre había sido Juncal,
aun en tiempos en que no se le caía de la boca la higiene, grande amigo del
licor de la Jamaica; pero, desde que se unió en santo vínculo á Catuxa, la
ignorante panadera le{t.1-107} obligó á
practicar lo que predicaba, cerrando bajo siete llaves el ron y dándoselo por
alquitara, ó en ocasiones muy singulares, como la presente.
Alzados los manteles, retiráronse Juncal y don
Gabriel al despacho del primero, donde había estantes de libros profesionales,
una cabeza desollada y asquerosísima, con un ojo cerrado y otro abierto, que
representaba el sistema venoso, estuches y carteras de lancetas y
bisturíes, y no pocos números del Motín y Las
Dominicales rodando por sillas, pupitre y suelo. Despojóse don Gabriel
de su americana de paño gris á cuadros; desabrochó el gemelo de su camisa y la
levantó para mostrar el brazo lastimado. Lo palpó Juncal, se lo hizo mover, y
observó concienzudamente, por las manifestaciones del dolor, de qué índole y en
qué punto residía la lesión. Dos ó tres veces notó en el semblante del viajero
indicios de que reprimía un ¡Ay! Con seriedad é interés le
dijo:
—No repare usted en quejarse... Estam{t.1-108}os á saber qué le duele, y cuánto y cómo.
—Si he de ser franco—respondió sonriendo don
Gabriel—me escuece unas miajas. Se conoce que al tratar de mover á aquel buen
señor de Arcipreste, todo el peso de su cuerpo y del mío juntos cargó sobre
este brazo, que hacía fuerza en la delantera de la berlina... Será una
dislocación del hueso.
—No señor; creo que no tiene usted nada más que un
tendón relajado, aunque el pronóstico de esta clase de lesiones es muy
aventurado siempre, y se lleva uno cada chasco, que da la hora. Si usted fuese
un labriego...
—¿Qué sucedería?
—Se lo voy á decir á usted con toda franqueza, por
lo mismo que estoy hablando con una persona que me parece altamente
ilustrada....
—Por Dios...
—No, no, mire usted que tengo buena nariz, y
ciertas cosas se conocen en el olor. Pues lo que haría si usted fuese uno de
esos que andan arando, sería llamar á un at{t.1-109}ador ó algebrista,
de los infinitos que hay por aquí....
—Curanderos?
—Componedores; son al curandero lo que al médico el
cirujano operador. Justamente aquí cerca tenemos uno, el más famoso diez leguas
en contorno, que hace milagros. Cuando yo llegué de la Universidad, llegué
lleno de fantasía, y me enfadaba si me decían que los algebristas pueden
reducir una fractura sin dejar cojo ó manco al paciente; después me fuí
convenciendo de que la naturaleza, así como es madre, es maestra del hombre, y
que el instinto y la práctica obran maravillas.... Con cuatro emplastos y cocimientos,
y sobre todo con la destreza manual, que esa raya en admirable...
Decía todo esto Juncal mientras aplicaba compresas
empapadas en árnica y vendaba el brazo de don Gabriel.
—Creo—respondió el paciente—que usted habla así por
lo mismo que domina su arte y no teme competencias. No todos los médicos
pensarán como usted en ese punto...{t.1-110}
—Pensar, tal vez, pero no quieren confesarlo; hasta
los hay que persiguen de muerte á los algebristas. Los más encarnizados aún no
son los médicos, sino los veterinarios,—porque los atadores curan
indistintamente á hombres y animales, no reconociendo esta división artificial
creada por nuestro orgullo. Eh?
El médico miró á don Gabriel como reclamando su
aquiescencia á este rasgo de osadía científica. Don Gabriel sonrió. Se había
terminado la cura, y bajaba la manga para vestirse otra vez.
—Y decir—murmuraba el médico ayudándole á pasar un
brazo por una manga—que se ha llevado usted ese barquinazo por meterse á
redentor de un hipopótamo de cura,..... de un parroquidermo! Suerte tuvo en dar
con usted. Yo lo dejo allí en escabeche para toda su vida.
Esto lo insinuaba Juncal con la secreta esperanza
de provocar al viajero á espontanearse en política, para saber cómo pensaba y
tene{t.1-111}r el gusto de discutir; pero se llevó
chasco, pues don Gabriel no se dió por aludido, contentándose con hacer un leve
ademán, que podía significar:—Usted y cualquiera persona regular obraría como
yo.
—Ahora—ordenó Máximo—procure usted no hacer con ese
brazo movimiento alguno, pues estas lesiones las cura la paciencia. Quietud y
más quietud.
—¡Qué diablura!—exclamó don Gabriel
incorporándose.—El caso es que para montar á caballo, tendré sin remedio que
usar de él... Porque es el izquierdo.
—Bah! Las caballerías de aquí, lo mismo se rigen
con la derecha que con la zurda. Mejor dicho, con ninguna de las dos. Ellas
hacen lo que les da la real gana, y salen disparadas así que ven una hembra, y
muerden, y bailan el walse, y otros excesos.... ¿A dónde quería usted ir? Si no
es indiscreción.
—De ninguna manera. Tengo que ir á la rectoral de
Ulloa, y después á los Pazos, á casa de... mi cuñado.{t.1-112}
En el rostro del médico se pintó un segundo la
irresolución, el temor de sobrar ó faltar que
tanto acucia á los que llevan mucho tiempo de vida campestre, sin trato que
pueda llamarse social. Al fin se determinó, y dijo con cordialidad suma:
—Don Gabriel, no me creerá tal vez, pero desde que
le ví me ha inspirado simpatía... vamos, yo soy así; soy muy raro; hay gentes
que no me llenan nunca, y usted me llenó incontinenti... Estoy con usted ya
como si le hubiese tratado toda la vida... No le pondero... Soy franco, y lo
que ofrezco lo ofrezco de corazón... Hoy es muy tarde ya para ir á donde usted
quiera; ni tampoco conviene que mueva el brazo, al menos en las primeras
veinticuatro horas. Ya que está en mi pobre choza, tenga la dignación de quedarse
en ella. Sábanas lavadas y cena limpia, no le han de faltar. Mañana por la
fresca, después que descanse, le doy mi yegüecita, que la gobernará con la
punta de un dedo, cojo otra hacanea, y le acompaño hasta la rectoral de Ull{t.1-113}oa... ó hasta el cabo del mundo, si se
precisa!
No era don Gabriel hombre capaz de contestar con
mil y tantos cumplimientos á una improvisación semejante. Tomó la diestra del
médico, la apretó, y dijo con sencillez afectuosa:
—Aquí me quedo, amigo Juncal... Y crea usted que
doy por bien empleado el percance.
Sintió Juncal que se ponía colorado de placer...
Para disimular la emoción, echó á correr hacia la puerta, gritando:
—Catalina.... Catalina!... Esposa.... Catalina!
Presentóse la lozana panadera, de mandil blanco lo
mismo que en sus buenos tiempos, con el pelo alborotado y una sonrisa
complaciente en su bermeja y apetecible boca.
—Prepararás la cama en el cuarto del armario
grande... Don Gabriel nos hace el favor de se quedar esta noche.
La sonrisa del ama de casa fué al oirlo más alegre
todavía; sus ojos chispearon, y pronunció con el acento gutural y{t.1-114} cantarín de las muchachas de Cebre:
—De hoy en un año vuelva á quedarse, señor, y que
sea con salú.
—Tray un pañuelo de seda,
mujer...—murmuró su esposo.—Hay que hacerle un sostén para el brazo malo.
Con prontitud y no sin gracia se quitó Catuxa el
que llevaba á la garganta, que era carmesí con lista negra, y ella misma lo ató
al cuello del forastero, diciendo mimosamente, con suavidad del todo galiciana:
—¿Queda así á gustiño, señor?
Don Gabriel agradeció sonriendo. El diminutivo, el
calor de la seda que había estado en contacto con la piel de la arrogante moza,
le produjeron el efecto de una caricia del país natal, á donde volvía por vez
prim{t.1-115}era después de una ausencia muy
prolongada.
El cuarto que dió Juncal á su huésped era en la
planta baja, cerca del comedor, y tenía puertecilla de salida á una especie de
patio ó corral, donde por el día escarbaba media docena de gallinas á la sombra
de un emparrado. Don Gabriel, al retirarse después de una cena no menos regalada
que la comida, sintió deseo de respirar el aire fresco de la noche; apagó la
vela, y alzando el pestillo se encontró en el corral. Sentóse en el banco de
piedra entoldado por la parra, y encendiendo un papelito y recostándose en la
pared, tibia aún del sol de todo el día, empezó á mirar {t.1-116}á la oscuridad. La cual era completa,
intensísima, sin que la disipase estrella alguna; una de esas noches como boca
de lobo, en que le parece á uno más infinito el espacio, más alto é inaccesible
el cielo, y la tierra menos real, pues al perder sus apariencias sensibles, sus
variadísimas formas y colores, diríase que se funde y desvanece, sin que en
ella quede existente más que nuestra imaginación soñadora.
En aquellas remotas y negras profundidades nada vió
al pronto don Gabriel, pero al poco rato, fuese merced á los generosos
espíritus del añejo ron de Juncal, ó á que era para don Gabriel uno de esos
momentos en que hace crisis la vida del hombre, y éste se da cuenta exacta de
que entra en un camino nuevo y el porvenir va á ser muy diferente del pasado,
comenzó á alzarse del oscuro telón de fondo una especie de niebla mental, una
nube confusa, blanquecina primero, rojiza después, y en ella se delinearon y perfilaron
cada vez co{t.1-117}n mayor claridad escenas de su
existencia.
Primero se vió niño, en un gran caserón de un
pueblo triste, pero no en brazos de su madre, pues no recordaba haberla
conocido jamás, sino en los de otra niña casi tan chica como él. Aquella niña
era pálida; tenía los ojos grandes y negros, y algo bizcos; solía estar
malucha; pero, sana ó enferma, no se apartaba una línea de él. Acordábase de
que le llamaba mamita, y la hacía rabiar y desquerer con sus
travesuras. Un recuerdo sobre todo estaba fijo en su mente. Además de la niña
pálida, vivían en el caserón otras niñas sonrosadas, enredadoras y alegres, que
le trataban con menos blandura, y aun le cascaban las liendres con el menor
pretexto. Un día—podría tener entonces Gabriel cinco años,—se le había ocurrido
entrar en el cuarto de la mayor de sus hermanas, Rita, la cual poseía un
canario domesticado que cantaba á maravilla y á quien llamaban el
músico. Gabriel se moría por el canario, y soñaba siempre con imitar á
Rita: sacarlo de la jaula,{t.1-118} montarlo en
el dedo, darle azúcar, y que se pusiese á redoblar y trinar allí. ¡Era tan
gracioso cuando meneaba la cabecita á derecha é izquierda, cuando se sacudía
erizando las plumas de oro! Para lograr su deseo, aprovechaba la ocasión de un
domingo por la mañana: todo el mundo estaba en misa: momento decisivo y
supremo. Escurríase al cuarto de su hermana, y divisaba la jaulita de alambre
azul balanceándose ante la vidriera, con su hoja de lechuga entre los hierros,
y el pájaro que saltaba de la varilla central, descendía al comedero á triturar
un grano de alpiste, y vuelta á la varilla. Contempló ansiosamente el lindo
avechucho. ¿Cómo llegarle? Ocurriósele una idea luminosa. Poner una silla sobre
la cómoda de su hermana. Mi dicho, mi hecho. Colocarla más ó menos
trabajosamente, trepar, encaramarse, echar mano al garfio que sujetaba la
jaula, todo se hizo en un verbo. Sólo que la silla, mal afianzada no conservó
el equilibrio al inclinarse Gabriel, y ¡oh dolor! cuando ya tenía en sus manos{t.1-119} el deseado músico, pataplín!
se fué de cabeza al suelo, jaula en mano, desde una regular altura. Recibió el
golpe en la frente, y quedóse breves momentos aturdido. Al recobrar los
espíritus se encontró con que tenía asida la jaula por la argolla... La jaula
sí: pero el músico? Gabriel miró hacia todas partes, y al pronto nada vió, ó
por mejor decir, vió algo que le paralizó de terror: en una esquina, el gatazo
de la casa, tendido en postura de esfinje que acecha, contemplaba inmóvil un
punto de la estancia... Gabriel siguió la dirección de aquellas pupilas de
esmeralda, y divisó al músico, todo anhelante aún del golpe y del susto, hecho
un ovillo entre los pliegues del cortinaje que cubría la vidriera.... El niño
perdió completamente la sangre fría, y loco de miedo, púsose á hacer lo más
conveniente para el gato: sacudir la cortina y espantar al pajarillo. El
aturdido músico revoloteó un momento, dió contra los cristales de la ventana, y
dolorido y exánime, vino á caer sobre la almohada de la cama{t.1-120} de Rita.... Horror!.... el gato en
acecho pega un brinco de tigre.... ¡Adiós, musica!
Gabriel, como Caín después de matar á su hermano,
había corrido á esconderse al cuarto más oscuro de la casa, en que se guardaban
baúles y trastos, y donde no tardó en descubrirle Rita al volver de misa y
encontrarse con la jaula por tierra y algunas plumas amarillas, espeluznadas y
sanguinolentas, revoloteando sobre su lecho...—Pícaro, infame! te he de
desollar vivo, muñeco del demonio! te he de estirar las orejas hasta que
sangren!—Los oídos de Gabriel apenas pudieron recoger el sonido de estas ternezas,
porque al mismo tiempo diez deditos recios y furiosos le tiraban con cuanta
fuerza tenían de las orejas... Y luego pasaban á los carrillos, escribiendo
allí los mandamientos, y después bajaban á parte que es ocioso nombrar, y se
daban gusto con la mejor mano de azotaina que recuerdan los siglos; y en pos
las uñas, por no quedar desairadas, se ejercitaron en pellizcar y retorcer la
carne, ya hecha una{t.1-121} amapola, hasta
acardenalarla de veras, y en seguida, sin darle al culpable tiempo ni á gritar,
le asieron de las muñecas, le llevaron arrastrando al desván, le metieron allí,
echaron la llave... Al punto mismo se oyó en la puerta el altercado de dos
vocecillas, y en pos la brega de dos cuerpos... Giró la llave otra vez, y
la mamita pálida, la hermana protectora, entró anhelante,
desgreñada y victoriosa, cogió en brazos á su niño, lo arrebató á su cuarto, lo
curó, lo calmó, se lo comió á besos y á caricias....
¡Qué ojeriza le profesó desde aquel día Gabriel á
la hermana mayor! ¡Cómo se acostumbró á envolverse en las faldas de la pequeña,
hasta que fué adquiriendo su autonomía al desarrollársele el vigor masculino,
con el cual, á los diez ó doce años podía más él solo que lo que llamaba
despreciativamente el gallinero de sus hermanas!
Se veía concurriendo al Instituto de segunda
enseñanza, aprendiéndose por la noche de malísima gana la conferencia que había{t.1-122} de dar al día siguiente, y merced á la
fuerza y precisión con que se nos presentan ciertos recuerdos, en la negra
inmensidad nocturna veía destacarse, como en el cristal de un claro espejo, al
estudiantino inclinado sobre el libro enfadoso, dando tormento con nerviosa
mano á los mechones de pelo que le caían sobre la frente, ó pintando soldados
con fusil al hombro y barcos y todo género de monigotes sobre el margen de las
páginas, mientras torturaba la memoria para incrustar en ella por ejemplo,
los pretéritos y supinos de la segunda conjugación,
moneo, mones, monere, monui, mónitum, avisar... que los compañeros de clase
se apuntaban unos á otros de esta manera: mono, mona, monitos, monitas,
micos... Al recordar semejantes puerilidades, se sonreía don Gabriel...
¡Cuántas veces recordaba haberse levantado y llamado á su hermana!
—Nucha, tómame la lección, que me parece que ya la
sé.
Luego una impresión imborrable: la march{t.1-123}a de Santiago, el ingreso en el colegio de
artillería de Segovia, los días terribles de la novatada, la
sujeción al galonista, el llanto de furor reconcentrado que le
abrasó las pupilas cuando por primera vez tuvo que limpiarle y embetunarle las
botas... Y siempre el recuerdo de su hermana, para la cual, más bien que para
su padre, se hizo fotografiar apenas vistió, radiante de orgullo y alegría, el
uniforme del cuerpo, y de la cual hablaba á sus primeros amigos de colegio con
tal insistencia y exageración, que alguno de ellos, sin conocerla, se puso á
escribirle cartitas amorosas que leía á Gabriel... Luego, la confusión
abrumadora de los primeros estudios serios, de las matemáticas sublimes, de
tanta abstrusidad como tenían que meterse en la divina chola para los
exámenes... Ahora que Gabriel reflexionaba acerca de tales estudios y
mentalmente pasaba lista á sus compañeros de academia, maravillábase pensando
que de aquella hueste nutrida desde sus tiernos años con tanta trigonometría
rectilínea, {t.1-124}tanta álgebra y tanta
geometría del espacio, no había salido ningún portentoso geómetra, ningún autor
de obras profundas y serias, ni siquiera ningún estratégico consumado, y al
contrario, por regla general, apenas se encontraba compañero suyo que al terminar
la carrera se distinguiese por algún concepto, ó rebasase del nivel de las
inteligencias medianas... Mucho caviló sobre el caso don Gabriel, y vino á dar
en que la balumba algebraica, el cálculo, las geometrías y trigonometrías se
las aprendían los más de memoria y carretilla, á fuerza de machacar, para
vomitarlas de corrido en los exámenes; que los alumnos salían á la pizarra como
sale el prestidigitador al tablado, á hacer un juego de cubiletes en que no
toma parte el entendimiento; y que esta material gimnasia de la memoria sin el
desarrollo armonioso y correlativo de la razón, antes que provechosa era
funesta, matando en germen las facultades naturales y apabullando la masa
encefálica que venía á quedarse como un higo paso.{t.1-125} Todo
esto se le había ocurrido á posteriori. En el colegio estaba lleno
su corazón de esa buena fe absoluta de los primeros años de la vida, y ni
soñaba en discutir las opiniones admitidas y las fórmulas consagradas: creía
cuanto creían sus compañeros, viviendo persuadido como ellos de que ciertos
profesores eran pozos de ciencia, aunque no se les conocía lo bastante, por
encontrarse un tantico guillados del abuso de las
matemáticas... Con el pundonor innato que le obligaba en Santiago á repasar de
noche la lección, Gabriel se aplicó á aprender todas aquellas diabluras del
programa, y como su inteligencia era sensible y fresca su retentiva, adelantó,
adelantó... Recordaba, no sin cierta lástima de sí mismo, que había hecho unos
estudios brillantes. Le alabaron los profesores, despertósele la emulación, no
perdió curso...
Sólo hubo una temporada, poco antes de salir á
teniente, en que atrasó bastante, poniéndose á dos dedos de ser perdigón.
Fué {t.1-126}al recibir la noticia de la muerte
de su mamita, su hermana Nucha... Se la escribió su padre en persona, cosa que
no ocurría sino en las ocasiones solemnes, pues el hidalgo de la Lage no se
preciaba mucho de pendolista. Gabriel recordaba que en el primer momento sólo
había sentido un asombro muy grande al ver que semejante desgracia no le
producía más efecto. Con la carta abierta en la mano, miraba en torno suyo,
pasando revista á todos los muebles del gran dormitorio artesonado, contando
los hierros de las camas. Hasta recordaba haber acabado de abrocharse los
botones de la levita de uniforme, faena interrumpida cuando llegó la carta
fatal. Luego, de repente, daba dos ó tres pasos vacilantes, sepultaba el rostro
en la almohada de su lecho, y empezaba á llorar á gotitas menudas, rápidas, que
se le metían entre el naciente bigote y de allí se le colaban á los labios, con
un sabor tan amargo!
¡Su pobre mamita! ¡Con qué vanidad le
había él enviado su retrato; con qué orgullo había comprado, de sus economías,
una so{t.1-127}rtija de oro para regalársela en su
boda! ¡Qué admiración gozosa, unida á unos asomos de infantiles celos, había
sentido al saber que su hermana tenía una chiquilla... ¡Monada como ella! ¡Una
chiquilla! Y ahora... fría, callada, apagados aquellos dulces y vagos ojos,
metida en un ataúd, muerta, muerta, muerta!
Bien seguro estaba de no haber querido probar
bocado en dos días, ¡Cómo le mortificaban los consuelos de sus compañeros y
amigotes! Eran bien intencionados, eso sí; pero indiscretos, inoportunos, fuera
de sazón, como suelen ser los afectos en la zonza é ingrata edad de la
adolescencia. Empeñábanse en divertirlo, en llevárselo al café, ó á ver una
compañía de zarzuela... ¡De zarzuela! Gabriel necesitaba un médico. A los ocho
días se le declaraba una fiebre nerviosa, en la cual le contaron que había
delirado con su mamita, diciendo que quería irse junto á ella, al
cielo ó al infierno, donde estuviese... Pronto convaleció, y quedó más fuerte y
más{t.1-128} hombre, como si aquella fiebre
hubiera sido la solución de una crisis lenta de pubertad tardía, acaso
retrasada por estudios prematuros... Salió á teniente, y recordaba el orgullo
de los galones y el de un hermoso bigote castaño, ya poblado, que se propuso no
afeitar nunca.
Pasó de la academia al siglo con la entidad moral
que imprimen los colegios de carreras especiales, y señaladamente el de
artillería: segunda naturaleza, de la cual sólo se desprenden, andando el
tiempo, los que poseen gran espontaneidad ó cierto instinto crítico, y que
sobrevive aun en los que se retiran, aun en los mismos que reniegan de la
carrera y manifiestan que les causa hondo hastío el uniforme... Volviendo atrás
la vista, Gabriel se asombraba de ser aquel muchacho que salió del colegio tan
artillero, tan imbuído de ciertas altaneras niñerías que se llaman espíritu de
cuerpo, tan convencido de la inmensa superioridad del arma de artillería sobre
todas las demás del ejército español y aun del{t.1-129} mundo,
y en particular tan arisco, tan dado á esa cosa particular que en el cuerpo
llaman la peña, tendencia mixta de orgulloso retraimiento y de
feroz insociabilidad, que en él llegaba al extremo de pasarse tres horas en la
esquina de una calle de Segovia, atisbando el momento en que saliesen de su
casa unas señoras á quienes su padre le ordenaba visitar, para cumplir con
dejarles una tarjeta en la portería.
¡Y que apenas era él entonces reaccionario, como
los demás individuos del noble cuerpo! Sentía un odio profundo hacia las ideas
nuevas y la revolución, la cual justo es decir que se hallaba en su más
desatentado y anárquico período. Lo que Gabriel no le perdonaba á la setembrina
maldecida, era el haberle echado á perder su España, la España histórica
condensada en su cabeza de estudiante asiduo y formal, una España épica y
gloriosa, compuesta de grandes capitanes y monarcas invictos, cuyos bustos
adornaban el Salón de los Reyes en el Alcázar. Gabr{t.1-130}iel
se tenía por heredero directo de aquellos héroes acorazados, esgrimidores de
tizona. Arrinconados el montante y la espada, la artillería era el arma de los
tiempos modernos. ¡Qué de ilusiones y de fermentaciones locas producía en
Gabriel el solo nombre de batalla! Á la idea de barrer a cañonazos un reducto
enemigo, le parecía no caberle el corazón en el pecho, y un frío sutil, el
divino escalofrío del entusiasmo, le serpeaba por la espina dorsal. En esta
disposición de ánimo le incorporaban á una batería montada y le enviaban á la
guerra contra los carlistas en el Norte....
Quince días á lo sumo recordaba que duraron sus
fantasías heroicas. No eran aquellas las marciales funciones que había soñado.
Si en las rudas montañas de Vasconia no faltaban las fatigas propias de la vida
militar, los fríos, los calores, el agua hasta el tobillo, la nieve hasta media
pierna, las raciones malas y escasas, el dormir punto menos que en el suelo, la
ropa hecha girones, cuanto{t.1-131} constituye
el poético aparato de la campaña, en cambio no veía Gabriel el elemento moral
que vigoriza la fibra y calienta los cascos; no veía flotar la sagrada bandera
de la patria contra el odiado pabellón extranjero. Aquellas aldeas en que
entraba vencedor, eran españolas; aquellas gentes á quienes combatía, españolas
también. Se llamaban carlistas, y él amadeísta: única diferencia. Por otra
parte la guerra, aunque civil, se hacía sin saña ni furor; en los intervalos en
que no se disparaban tiros, los destacamentos enemigos, divididos sólo por el
ancho de una trinchera, se insultaban festivamente, llamándose carcas y guiris;
también se prestaban pequeños servicios, pasándose El Cuartel Real y El
Imparcial de campo á campo; y en los frecuentes ratos de tregua,
bajaban, se hablaban, se pedían fuego para el cigarro, y el teniente de
artillería guiri fraternizaba muy gustoso con los
oficiales carcas, tan buenos mozos y tan elegantes y marciales con
sus guerreras orladas de astracán, á cuyo lado izquierdo lucía el{t.1-132} rojo corazón del detente, y
sus boinas con borla de oro, gentilmente ladeadas. A menudo hasta le sucedía á
Gabriel dudar si el deber y la patria estaban del lado acá ó del lado allá de
la trinchera. A pesar de las burlas con que sus compañeros acogían los pepinillos carlistas,
en el campamento se contaban maravillas de la improvisada artillería de don
Carlos, organizada en un decir Jesús, por un par de oficiales que habían
ingresado en sus filas y algunos cabos y sargentos listos; cosa que inducía á
Gabriel á pensar que no se necesitaban tantas matemáticas de colegio para
santiguar al enemigo á cañonazos. Sí; Gabriel cumplía con su obligación; pero
sin calor ni fe. Batirse, corriente, para eso vestía el uniforme; otra cosa que
no se la pidieran. Un casco de metralla saltaba los sesos á su asistente,
aragonés más cabal que el oro, á quien Gabriel profesaba entrañable cariño, y
su muerte le causaba la impresión de haber presenciado un aleve asesinato, más
bien que un episodio bélico.{t.1-133}
Entre la oscuridad nocturna, Gabriel Pardo sonreía
á la reminiscencia de un recelo que le apretó mucho por entonces. Al
encontrarse tan frío en medio de las escaramuzas, al conocer que le hastiaba la
guerrilla y la tienda, recordó que se había interrogado á sí mismo con un miedo
atroz... de tener miedo.
—¿Si seré un cobardón? ¿Si tendré la sangre blanca?
Al ver cómo le felicitaban unánimemente los jefes y
los compañeros por su serenidad, comprendió que lo que padecía era
atrofia del entusiasmo. Y así le cogió la disolución del cuerpo de artillería
por decreto revolucionario. Casi se alegró. Ya no tenía cariño al uniforme. Y
sin embargo, todavía el espíritu de cuerpo le dominaba. Le
cruzó por las mientes irse al campo carlista, y no lo hizo, porque los
compañeros habían determinado «aguardar, estar á ver venir.» Se fué á Madrid,
hospedándose en casa de unos parientes encumbrados, un título primo de su
madre.
¡Cuántos recuerdos se le agolpaban! La{t.1-134} noche oscura parecía poblarse de
estrellas y constelaciones, de centelleos misteriosos.... Gabriel sentía una
impresión, frecuente en las personas á quienes la viveza de la fantasía y de la
sensibilidad hacen pasar, durante una existencia relativamente corta, por
muchas y muy variadas fases psíquicas. Admirábase del cambio producido en él
por aquellos meses de residencia en Madrid, y al mismo tiempo, se
sorprendía ahora de lo que se había realizado en él entonces,
y no creía ser la misma persona, sino evocar la historia de otro hombre. Él no
fué ni pudo jamás el brillante y frívolo mancebo á quien tan especiales
agasajos y tan lisonjera acogida dispensaron las damas de alto copete, que le
obsequiaban por oficial del cuerpo hostil á la Revolución y por hidalgo
provinciano, pero de vieja cepa, de veintitantos abriles y gallarda figura.
¡Cuán dulces bromas le habían sido disparadas entonces por risueños labios,
recalcadas por el guiño semi-altanero y semi-picaresco de algunos flecheros
ojos de rica hembra, á propósito de{t.1-135} su
afición á la peña, entonces erigida en sociedad reaccionaria,
ojalatera del alfonsismo! Gabriel en el fondo se sentía muy peñasco,
igual que antes, y abominaba de saraos y visitas de cumplido, de andar
poniéndose el frac y el ramito en el ojal, de saludos en la Castellana y bailes
por todo lo fino; pero el asunto es que iba, iba, iba, seguía yendo, arrastrado
por una blanca mano cuya piel suave le causaba mareos deliciosos..... Era una
viuda, hermana de la mujer de su primo, en cuya casa vivía; hermosa hembra de
treinta y tantos, dotada de ingenio, oro y blasones... Gabriel no había tenido
sino aventuras de alojamiento ó de días de salida en Segovia. Volvióse loco, y
un día, con la mente y la sangre caldeadas, habló de bodas, para asegurar hasta
el fin de la vida la dicha actual... Se le rieron blandamente, y como insistió,
le pusieron de patitas fuera del paraíso. ¡Qué crujida, Dios! Gabriel, al
pensar en ella, se admiraba de su juventud, de su sincera pasión y de sus
románticos desvaríos. Lo de{t.1-136} menos era
no dormir, no comer, sufrir abrasadora calentura, beber y jugar para
aturdirse.... ¿Pues no se le ocurrió cierta mañana mirar con ojos foscos y
extraviados un par de pistolas inglesas?... Aquello sí que tuvo gracia!
discurría hoy el hombre de pelo ralo acordándose de las fogosidades del
teniente...
El caso es que con el desengaño amoroso, se había
vuelto más peñasco que nunca. Por entonces, apartado ya del gran mundo y de sus
pompas y vanidades, sin que le quedase más rastro que los buenos modales
adquiridos, ese baño delicadísimo que sobre la corteza brusca del tenientillo
recién salido de la academia derrama el trato con damas y el ingreso familiar
en círculos selectos—baño permanente cuando se recibe en la primera
juventud—empezaron para Gabriel estudios libres que se impuso á sí propio.
Convencido de que podía beber bastante alcohol sin emborracharse, y de que la
embriaguez en él jamás era completa, dejándole siempre cierta lucidez dolorosa;
de que el fatal tapete {t.1-137}verde no
le divertía, y de que las mujeres, no queriéndolas mucho, le eran casi
indiferentes, se dió á la lectura por recurso, y en ella encontró la deseada
distracción, y la convalecencia de aquella herida al parecer tan profunda, y
que en realidad no pasaba de la epidermis.
Con los libros sí que se había emborrachado de
veras. Eran obras de filosofía alemana, unas traducidas al francés, otras en
pésimo y bárbaro castellano. Pero Gabriel, más reflexivo que artista, más
sediento de doctrina que de placer, no se entretenía con la forma; íbase al
fondo, á la médula. Las matemáticas del colegio le tenían divinamente preparado
para las peliagudas ascensiones de la metafísica y las generosas quintesencias
de la ética. Eran sus actuales estudios lo que el riego á la planta tierna cuyas
raíces penetran en terreno bien cultivado y removido ya. La inteligencia de
Gabriel se abría, comprendiendo períodos enrevesados y diabólicos, y lisonjeaba
su orgullo el que los d{t.1-138}emás afirmasen no
poder entender semejante monserga. Sus nuevas aficiones le pusieron en contacto
con muchos jóvenes, prosélitos de la entonces flamante y boyante escuela
krausista. Y resolvió que él era kantiano á puño cerrado, pero sin aplicar el
método critico del maestro, como entonces se decía, más que á las cosas de la
ciencia; para las de la vida se agarró con dientes y uñas
á la ética de Krause. No sólo renegó de las aventuras, los naipes y el
absintio, sino que empezó á aquilatar con más que monjiles escrúpulos la
trascendencia y móvil de sus menores actos, á tener por grave delito el asistir
á una corrida de toros ó á un baile de máscaras. Ponía cuidado especial en que
no saliese de sus labios ni siquiera una mentira oficiosa, en no defraudar á
nadie, en vivir de tal manera que sus acciones fuesen claras como el agua,
honradas y serias... ¡La seriedad sobre todo!... Por las noches hacía examen de
conciencia; por las mañanas elevaba, al despertarse, el pensamiento á Dios—al
Dios impersonal y{t.1-139} sin entrañas!
Reprimidos los impulsos y ardores juveniles por la especie de fiebre filosófica
que le abrasaba dulcemente el cerebro, sentía en las iglesias, á donde asistía
con frecuencia suma, impulsos místicos, ternuras inexplicables, ganas de llorar,
y entonces se creía íntimo con el sér...
¿Cuánto había durado? ¿Cuánto? Las cosas políticas
se encrespan; la demagogia y el cantonalismo escupen fuego y sangre; los
carlistas medran, pululan, brotan por todas partes con armamento y municiones;
Castelar llama á los artilleros; Gabriel duda, recela, se alarma ante la
perspectiva de verter sangre humana; por fin sus nuevas ideas liberales y una
carta de su padre le deciden; va otra vez al Norte. Rodéanle sus antiguos
amigos; en la maleta del teniente vienen sin duda la Analítica,
la Crítica del juicio, la Crítica de la razón pura,
la Teoría de lo infinito; pero á la primer marcha forzada, á la
primer bocanada de aire montañés, al primer encuentro, á la primer tertulia en
la tienda de campaña, parécel{t.1-140}e que entre él
y los maestros de su entendimiento se interpone una muralla, un velo oscuro, y
que en su alma se derrumba, sin saber cómo, un edificio vasto. Y con el
bienestar físico que producen el ejercicio y la actividad después de una vida
contemplativa y sedentaria; y la reacción violenta, propia de los temperamentos
nerviosos y los caracteres impresionables, á los pocos días el teniente no se
acuerda de Kant, da al diablo los Mandamientos de la humanidad, y
muy á gusto se deja arrastrar á las distracciones del compañerismo, á los
lances de la campaña y los episodios de alojamiento. La guerra se hace ya con
más empuje, en vista del desaliento y merma de las fuerzas carlistas: Gabriel
bate el cobre con fe, persuadido de que el orden y la libertad están en las
negras entrañas de los cañones de su batería; fraterniza con bandidos
contra-guerrilleros, lee con afán los periódicos políticos, vive de acción y de
lucha, y todas las {t.1-141}mañanas se levanta
determinado á salvar á España... España le había dado en cambio la efectividad
de capitán. Mas el golpe de Estado de Pavía y luego la proclamación de don
Alfonso, que tanto alegraron á todo el noble cuerpo, le cortaron las alas del
espíritu á Gabriel Pardo, que era republicano teórico y andaba entonces vuelto
tarumba por un orden de cosas muy recto y sensato, al modo sajón. Al otro día
de recibir el grado de comandante, viendo la guerra próxima á su fin,
desilusionado más que nunca y sin gusto para pelear, recordaba haber tomado el
camino de la corte.
¡Qué vida tan sosa al principio la suya! Mal visto
entre sus compañeros á causa de sus opiniones políticas; sin trato con sus
antiguas relaciones; sin ánimos para volver á sepultarse en los libros de
metafísica que eran hoy para él lo que la envoltura de la oruga cuando ya voló
la mariposa, sintió de repente, convirtiendo los ojos hacia sí mismo, que no le
quedaba en lo más íntimo sino descreimiento {t.1-142}y
cansancio. Quién ó qué le había demostrado la inanidad de sus filosofías?
Nadie. La fe no se destruye con razones: es error imaginar que hay argucia que
eche abajo un sentimiento. La fe es como el amor—bien lo advertía Gabriel.
¿Hay en el mundo del pensamiento algún asidero
firme?—discurrió entonces. Casualmente empezaban las corrientes positivistas:
hablábase de realidades científicas, de doctrinas basadas en hechos de
experimentalismo. El comandante se propuso estudiar á fondo alguna ciencia,
como se estudian las cosas para saberlas de verdad, y adquirir la suspirada
certeza. Tenía un amigo, ex-profesor de geología en la Universidad, de donde le
expulsara el decreto de Orovio. Se puso bajo su dirección, y consagró seis
horas diarias á trabajos de pormenor. Hacía unos cortes en las piedras y luego
se desojaba mirándolos al microscopio. Se cansó á cosa de medio año. La certeza
consabida, por las nubes. Encontraba relaciones lógicas y armoniosas entre lo
creado, leyes impuestas á la materia por{t.1-143} voluntad
al parecer inteligente, dependencia y conexión en los fenómenos; pero el enigma
seguía, el misterio no se disipaba, la sustancia no parecía, la cantidad
de incognoscible era la misma siempre. Gabriel tenía sobrada
imaginación para sujetarse á la severa disciplina científica sin esperanza ni
objeto, y fueron disminuyendo sus visitas al laboratorio de su amigo. ¿Y no
había otra razón?.... Pues, á decir verdad....
Muy aficionado á la música, Gabriel estaba abonado
á una butaca del Real—tercer turno. Resplandecía el regio coliseo con la
animación que le prestaba la buena sociedad ya completa y la restaurada
monarquía: y, más que teatro, parecía elegante salón cuajado de beldades. Al
lado de Gabriel sentábanse un machucho brigadier de artillería y su joven
esposa, deidad murciana, de árabes ojos, que á cada acorde de la música, ó á
cada nota de los amorosos dúos, se posaban en los del comandante, deteniéndose
un poco más de lo necesario. El brigadier, fumador{t.1-144} empedernido,
no recelaba salir en los entreactos dejando á su esposa bajo la salvaguardia
del subalterno. ¡Bendito señor, pensaba Gabriel, y cómo lo hizo Dios de
confiado! Á lo mejor el brigadier fué destinado á Filipinas, y partió
llevándose á su cara mitad. Gabriel, medio loco, según su costumbre en casos
tales, habló de pedir el traslado... la hermosa brigadiera se negó, afirmando
que su marido ya tenía sospechas, que el viaje era celosa precaución, y que si
se encontraba con el comandante llovido del cielo en Manila, habría la de Dios
es Cristo. Y el enamorado la vió partir sin que nublase aquellos ojazos de
terciopelo la humedad más leve... No, lo que es de esta vez, el comandante no
hacía memoria de haber pensado en suicidios, pero cayó en misantropía amarga,
rabiosa y prolongadísima que paró en un ataque de ictericia de los de padre y
muy señor mío. Destinado á Barcelona... ¡qué temporada la que pasó en la ciudad
condal! ¿Cómo es posible aburrirse tanto y quedar con vida? A enfrascarse{t.1-145} otra vez en los libros: no de filosofía
ya, sino de ciencia militar, estudiando las propiedades formidables de las
materias explosivas que nuestro siglo refina y concentra á cada paso, lo mismo
que si el objeto supremo de tanto adelanto, de tanto progreso, fuese una
conflagración universal. A leerse cuanto encontró sobre el asunto en revistas
alemanas é inglesas, encargando obras especiales, y escribiendo dos ó tres
artículos en que lo resumía y exponía con bastante claridad, publicados en los
periódicos y que le valieron ser citado como una gloria del cuerpo. Por más
señas que entonces fué cuando se le chamuscó la cara probando pólvora, y se le
metieron unos cuantos granos en la mejilla. Ocurrióle la idea de gestionar que
le diesen una comisión para el extranjero; la consiguió, viajó por Francia,
Alemania, Inglaterra, países que él creía cifra y compendio de la civilización
posible. Al pronto, impresión pesimista: Francia era una gran tienda de modas,
Alemania un vasto cuartel,{t.1-146} Inglaterra
un país de egoístas brutales y de hipócritas noños. Pero al regresar á España,
al notar el dulce temblor que sólo las almas de cántaro pueden no sentir en el
punto de hollar otra vez tierra patria, mudó de opinión sin saber por qué: echó
de menos el oxigenado aire francés, y le pareció entrar en una casa venida á
menos, en una comarca semi-salvaje, donde era postiza y exótica y prestada la
exigua cultura, los adelantos y la forma del vivir moderno, donde el tren
corría más triste y lánguido, donde la gente echaba de sí tufo de grosería y
miseria... Al acercarse á Madrid y atravesar los páramos que lo rodean, al
subir por la cuesta de Areneros, al ver las calles estrechas, torcidas, mal
empedradas, el desanimado comercio, al oir el canturrear de los ciegos y el
pregón de la lotería, pensó encontrarse en uno de esos prehistóricos
poblachones de Castilla, fosilizados desde el tiempo de los moros... Madrid!
Ese era Madrid... esa era España... la España sa{t.1-147}nta
de sus ensueños de adolescente!
Empezó á hablar, mejor dicho, á perorar donde
quiera que encontraba auditorio, proponiendo una campaña activísima, especie de
coalición de todos los elementos intelectuales del país, á fin de civilizarlo é
impulsarlo hacia senderos donde no quería el muy remolón sentar el pie... Un
día, en el Centro militar, al caer la tarde, Gabriel sorprendió un diálogo de
sofá á butaca.
—¿Y el comandante Pardo?—preguntaba el sofá.—¿Le ha
visto usted desde que ha llegado de su excursión por tierras de extrangis?
—Ayer me le encontré en la Carrera...—respondía la
butaca.
—¿Y qué cuenta? ¿Viene entusiasmado?
—¿Entusiasmado? Decidido á que crucen por doquier
caminos y canales. Siempre dije yo que se guillaba; pero ahora, me ratifico.
Sonámbulo. Chifladísimo.
—De remate—confirmó el sofá.
No hizo falta más para que el gran{t.1-148} reformador entrase á cuentas consigo
mismo.—¿Será cierto, Gabriel? ¿Serás tú un chiflado, un badulaque que se mete á
arreglar lo que no entiende, que todo lo intenta y de todo se cansa, y que se
acerca ya á la madurez sin encontrar ancla donde amarrar el bajel de la vida?
Soldadito de papel, ¿cuántos caballos te han matado ya? Pero, ¿es culpa tuya si
esos caballos no los montas frescos, sino rendidos y exánimes? ¿Has pedido tú
tantas gollerías? Verbigracia: ¿qué le pediste al amor? Sinceridad y firmeza:
qué diantre! tú ibas derecho al término de la pasión, que se sobrepone y debe
sobreponerse á intereses mezquinos... Y á la filosofía, á la ciencia?
Certidumbre: una regla moral para seguirla, un Dios en quien creer, á quien
elevar el alma. Y al uniforme que vistes, y á la patria á quien sirves, y á las
convicciones políticas que profesas? Un ideal á quien sacrificar todas las
energías, todo el calor que te sobraba... ¡Vive Dios! Que á cada cosa le pedías
tú lo justo, lo que puede y debe contener, y nada más. ¿Es culpa tuya{t.1-149} si el amor es distracción frívola, la
ciencia nombre pomposo que disfraza nuestra ignorancia trascendental y la
política farsa más triste y vil que toda?
Al llegar á esta parte de sus recuerdos
autobiográficos, alzó Gabriel la vista al cielo, como buscando huellas del
poder augusto que rige nuestro destino terrestre. Y eso que él sabía que aquel
gran espacio oscuro que le envolvía por todas partes no era más que el
firmamento astronómico, con sus millares de millares de soles, de planetas, de
mundos chicos y grandes...
¿Tendrán razón los que creen que andan las almas
viajando por ahí?—pensaba, al acordarse de la muerte de su padre. Por cierto
que no la había sentido con la misma fuerza que la de su hermana, porque
Gabriel y don Manuel Pardo eran naturalezas que no simpatizaban: pertenecían á
dos generaciones muy diversas, y en realidad no se entendían; con todo, vino el
dolor natural y justo, pues {t.1-150}siempre
hace su oficio la sangre. Bastante abatido llegó Gabriel á Santiago... Y apenas
hubo puesto el pie en el caserón solariego—ya suyo,—de los envejecidos muebles,
de los cuadros cuyo asunto tenía clavado en la memoria, de las cortinas de
apagado color, de los rincones familiares, se alzó radiante, amorosa, poetizada
por la muerte y la distancia, la imagen, no de su padre, sino de su hermana
Marcelina, la mamita, la única mujer que con desinteresado amor le
había querido; y aquellas lágrimas que un día lloró el alumno, el mancebo
colegial, subieron ahora más que á los párpados, al corazón de Gabriel,
derramándose en benéfico rocío. Recorrió toda la casa: buscaba en ella no sé
qué; tal vez un fantasma—el del tiempo pasado! El caserón estaba solitario,
triste, sin otros moradores que una criada antigua, cuyas perezosas chancletas,
así como el hálito de un cascado reloj de pared, era lo único que pugnaba con
el alto silencio de los salones y corredores vacíos. Ninguna de las tres
hermanas que tenía vivas Gabriel había {t.1-151}acudido
allí para acompañarle: todas estaban casadas, la menor mal, con un estudiante
de medicina, hoy médico de un partido; la otra con un hidalgo rico de la
montaña; la mayor con un ingeniero andaluz, con quien residía en una provincia
distante. Gabriel escudriñaba todas las habitaciones, tocaba con una especie de
devoción y de pueril curiosidad los objetos que por allí andaban diseminados.
En el que fué cuarto de su mamita encontró detrás del tocador
horquillas, una caja de polvos, un alfiler grueso: lo manoseó todo:
probablemente sería de ella. Sobre la cabecera del difunto don
Manuel campeaba un ramo de pensamientos trabajado en pelo negro, encerrado en
un marco de madera oscura: abajo decía en letrita cursiva y muy
regarabateada: Nucha á su querido papá. Gabriel pegó los labios al
cristal, besando religiosa y lentamente la reliquia. Después se dejó caer en
una butaca que tenía los muelles rotos, vencidos del enorme peso de don Manuel
Pardo de la Lage, y s{t.1-152}us meditaciones
tomaron un giro inusitado.
¿Cómo no se le habría ocurrido antes? ¿Por qué,
hasta que circunstancias fortuitas le arrojaron al hogar viejo, no le cruzó por
las mientes idea tan sencilla... perogrullada semejante? ¿Es posible que se
pase un hombre la vida con la linterna de Diógenes en la mano, buscando sendas
y probando derroteros, cuando la felicidad le está prevenida en el cumplimiento
de la ley natural? La esposa, el hijo, la familia; arca santa donde se salva
del diluvio toda fe; Jordán en que se regenera y purifica el alma.
Varias veces había notado don Gabriel la
irresistible tendencia de su imaginación viva, ardorosa y plástica, á
construir, con la vista de un objeto, sobre la base de una palabra, un poema
entero, un sistema, una teoría vasta y universal, llegando siempre á las
últimas y extremas consecuencias: propensión que le explicaba fácilmente los
muchos desengaños sufridos y aquello que llamaba él caérsele muertos
los caballos. {t.1-153}Le sucedía también
que la experiencia no le enseñaba á cautelar, y cada nueva construcción la
emprendía con igual lujo y derroche de ilusiones y esperanzas. En la vieja
poltrona paterna, ante la cama de dorado copete donde tal vez había venido al
mundo, comenzó á edificar un palacio conyugal, sintiendo el tiempo perdido y
lamentando no haber caído antes en la cuenta de que todo sujeto válido, todo
individuo sano é inteligente, con mediano caudal, buena carrera é hidalgo
nombre, está muy obligado á crear una familia, ayudando á preparar
así la nueva generación que ha de sustituir á ésta tan exhausta, tan sin
conciencia ni generosos propósitos.
—Yo no soy un chiflado—pensaba don Gabriel,
respirando sin percibirlo por la herida.—Yo soy víctima de mi época y del
estado de mi nación, ni más ni menos. Y nuestro destino corre parejas. Los
mismos desencantos hemos sufrido; iguales caminos hemos emprendido, y las
mismas esperanzas quiméricas nos han agitado. ¿Fué estéril todo?{t.1-154} ¿Hemos perdido malamente el tiempo?
¿Sentenciados vivimos á no producir ni fundar cosa alguna? Cansados, sí, porque
el cansancio sigue á la lucha; pero ¿no hemos aprendido, ni progresado nada?
Yo, sin ir más lejos, ¿soy el mismo que cuando salí del colegio? ¿No ha ganado
algo mi educación externa desde qué frecuenté el gran mundo? El suceso de mis
amoríos malogrados ¿no me curó y preservó de ilícitos y torpes devaneos? Aquellos
libros que no me dieron la certeza, ¿por ventura no me cultivaron y ensancharon
el entendimiento, no me hicieron más recto, más tolerante y más reflexivo? Mis
sueños de gloria militar, mis rachas políticas, ¿no sirven, cuando menos, para
probarme á mí mismo que aspiro á algo superior, que me intereso por mi raza y
por mi patria, que siento y que vivo? No, Gabriel, lo que es de eso no hay por
qué arrepentirse. Y á no ser por tus años de peregrinación y aprendizaje,
¿valdrías hoy para fundar casa, para contribuir en la medida de tus fuerzas
á {t.1-155}la regeneración de la sociedad y á
la depuración de las costumbres... para formar á tus hijos... ¡si Dios...!
Cuando el nombre divino surgía, ya que no de los
labios, del espíritu del comandante, iba el crepúsculo lento de una tarde del
mes de Mayo difuminando los objetos y haciendo más melancólica la soledad del
vacío dormitorio paternal. Sintió Gabriel que el corazón se le llenaba de
ternura, y no sabiendo cómo desahogarla, llamó cariñosamente á la decrépita
servidora, y en tono festivo, en voz casi humilde, pidióle que trajese luz.
Así que la bujía quedó colocada sobre la cómoda de
su padre, fijáronse los ojos de Gabriel en el antiguo mueble, muy distinto de
los que hoy se construyen. La cubierta hacía declive, y recordaba Gabriel que
al abrirse formaba un escritorio, descubriendo una especie de templete con
columnas, y múltiples cajoncitos adornados de raras herrajes, que
ocultaban secretos. ¡Secretos! De {t.1-156}niño,
esta palabra le infundía curiosidad rabiosa y una especie de terror...
¡Secretos! Sonrióse, sacó del bolsillo un llavero, probó varias llavecicas....
Una servía.... Cayó la cubierta, y los dedos impacientes de Gabriel empezaron á
escudriñar los famosos secretos de la cómoda, cual si en ellos
se encerrase algún escondido tesoro... Los buenos de los secretos no tenían
mucho de tales, y cualquier ratero, por torpe que fuese, lograría como Gabriel
hacer girar sobre su base las dos columnas del templete, y poner patente el
hueco que existía detrás. Calle... pues había algo allí. Rollos de dinero....
Los deshizo: eran moneditas de premio, Carlos terceros y cuartos, guardados sin
duda por su padre para evitarles la ignominia de la refundición... Y allá, en
el fondo, muy en el fondo, un papel amarillento ya por las dobleces, atado con
una sedita negra... Maquinalmente lo cogió, lo abrió, rompió la sedita. Cayó
una sortija de oro con perlas menudas, y vió Gabriel, cuyo corazón literalmente
brincaba contra la carne del pecho,{t.1-157} que
el papel era una carta, escrita con tinta ya descolorida, y letra no muy
suelta. Sus ojos, vidriados por un velo de humedad, leyeron casi de una
ojeada:—«Querido papá, felicito á usted los días; sabe Dios quien vivirá el año
que viene; hágame el favor, si me empeoro, de darle á mi hermano Gabriel la
sortijita adjunta, y que mucho me acuerdo de él y le quiero; que si yo llego á
faltar, ahí queda mi niña. Usted y él no dejarán de mirar por ella: moriré
tranquila confiando en eso...»—Una lágrima, una verdadera lágrima, redonda y
rápida en su curso, se precipitó sobre la firma—«Su amante hija, Marcelina
Pardo.»
El comandante apoyó el papel contra los ojos al
esconder la cara en las manos, y se reclinó en la cómoda, vencido por uno de
esos terremotos del corazón que modifican las actitudes y las elevan á la
altura trágica sin que lo advirtamos nosotros mismos... Pasados quince minutos,
alzó la frente, con una firme resolución y una promesa.
La mis{t.1-158}ma que
repetía ahora á la majestuosa noche.
Tan enamorado estaba Juncal de las buenas trazas y
discreción de su huésped, que al día siguiente quiso entrarle en persona el
chocolate, varios periódicos, un mazo de tolerables regalías y una calderetilla
con agua caliente por si acostumbraba afeitarse. No le maravilló poco encontrar
á don Gabriel ya en pie, calzado y vestido. ¡Qué madrugador! ¡Y en ayunas! ¿Qué
tal el brazo? ¿Preferiría don Gabriel el chocolate en la huerta, debajo de los
limoneros? Don Gabriel dijo que sí, que lo prefería.{t.1-159}
Razón llevaba en ello, porque la mañanita estaba
fresca, el azahar trascendía á gloria, y sobre la rústica mesilla de piedra
encandilaba los ojos y excitaba el paladar la vista de la bandeja con el
pocillo de Caracas, la pella de manteca recién batida, que aún rezumaba suero,
el vaso de agua serenada en el pozo, el pan de dorada corteza y las lengüetas
rubias de los bizcochos finamente espolvoreados de azúcar.
—Su señora de usted es una gran ama de casa—observó
jovialmente don Gabriel al sorber el último residuo del aromático
chocolate.—Nos trata á cuerpo de rey. Es increíble el gusto con que se come en
el campo, y qué bien sabe todo. Parece que se le quitan á uno diez años de
encima.
Con efecto, fuese por obra del campo ó por otras
causas, semejaba remozado el huésped de Juncal.
—¿Usted quiere ir esta tarde á casa del cura de
Ulloa, sin falta? ¿No sería mejor descansar otro diita en mi choza?{t.1-160}
—Me urge, amigo Juncal. Pero si usted por esa
ojeriza que profesa al clero no quiere acompañarme...—murmuró don Gabriel
risueño, limpiándose los bigotes con encarnizamiento, á fuer de hombre pulcro.
—¿Quién? ¿yo? ¿á casa del cura de Ulloa? ¡Por vida
del chápiro verde! Si todos fuesen como ese... me parece que acabaría por
volverme beato.
—No todos pueden ser iguales, señor don Máximo,
usted bien lo sabe.
—Mire usted, natural sería que el clero... Digo,
creo que les tocaba dar ejemplo á los demás.
—El clero es el reflejo de la sociedad en que
vivimos. No estamos ahora en los primeros siglos del cristianismo—replicó con
cierta malicia discreta don Gabriel mirando á Juncal que echaba lumbres con un
eslabón para darle mecha encendida, pues á causa del viento y de las caminatas,
el médico había proscrito los fósforos.
—Ríase usted de cuentos...{t.1-161} Bien
gordos y repolludos andan los tales parrocetáceos—refunfuñó Máximo empleando el
vocabulario peculiar del Motín—á cuenta de nuestra bobería... Más
tocino tiene el Arcipreste encima de su alma, que siete puercos cebados.
—Pues en realidad, la profesión es de las menos
lucrativas que hoy se pueden seguir. ¿Por ambición, quién diablos va á hacerse
clérigo? Amigo, seamos razonables. Antaño, decir canónigo era decir hombre de
vida regalona y riñón cubierto; hogaño el canónigo á quien le alcanza el sueldo
para comer principio y llevar manteos decentes, se tiene por dichoso. Un cura
de aldea es un pobre de solemnidad: cuando más, llegará á donde llegue un
labriego acomodado: á tener la despensa regularmente abastecida; y eso, para un
hombre que recibió cierta instrucción y tiene por consecuencia necesidades que
no tiene el labriego.... ya usted ve.... Esto lo sabrá usted mejor que yo,
porque hasta ahora mi carrera me mantuvo alejado de Galicia.{t.1-162}
—¿Es usted artillero, señor don Gabriel?
—Para servir á usted.
—Por muchísimos años. ¿Grado?
—Comandante efectivo. Hoy excedente, á petición
mía. Convénzase usted: al clero no le podemos exigir tantas cosas.
—Pero usted también sabe de sobra... ¿porque usted
habrá viajado? ¿eh?
—Sí, he estado algún tiempo en el extranjero.
—En otras partes, la ilustración, la moralidad...
—Moralidad... Sí... Pero el hombre es hombre en
todas partes. El clero protestante, en Inglaterra por ejemplo, alardea de muy
moral; sólo que un vicario protestante, en resumidas cuentas, es un hombre
casado, un empleado con buen sueldo y respetadísimo; ¿qué ha de hacer? ¿Tendría
usted disculpa si incurriese en algún desliz, amigo Juncal, con esa bella,
complaciente y hacendosa mitad, y esta dorada medianía que goza? Y además toma
usted un chocolate... ¡Cuántas{t.1-163} veces
habrá usted echado en cara á los frailes la afición á chocolatear! ¡Pues lo que
es usted... no se descuida!
Dijo esto don Gabriel golpeando familiarmente en el
hombro del médico, porque veía á éste colgado de su boca y oyéndole como á un
oráculo, y no quería poner cátedra. Sucedíale á veces avergonzarse del calor
que involuntariamente tenían sus palabras al discutir ó afirmar, y para
disimularlo recurría á la ironía y á la broma. Juncal se extasiaba encontrando
tanta sencillez y llaneza en aquel hombre cuya superioridad intelectual, social
y hasta psíquica le había subyugado desde el primer instante.
—Vamos—pensaba para su capote,—que aunque fuese mi
hermano no estaría más contento de tenerle aquí. Y todo cuanto dice me
convence... No sé disputar con él, ¡qué rábano!—Echóse el sombrero atrás con un
papirotazo del dedo cordial sobre la yema del pulgar, ademán muy suyo cuando
quería explicar detenidamente alguna cos{t.1-164}a,
y añadió:—Mire usted, así que conozca al cura de Ulloa y le compare con los
demás... Se quita la camisa por dársela á los pobres: no alza los ojos del
suelo: dicen que hasta trae cilicio... Apenas quiere cobrar á los feligreses ni
oblata, ni derechos, ni nada, y su criado (porque ese no entiende de amas ni de
bellaquerías) está que trina, como que les falta á veces hasta para arrimar el
puchero á la lumbre.
—Bien, ese ya es un santo—repuso Gabriel.—¡Si
abundase tal género, qué mayor milagro! Pero en general, ¿qué va usted á
exigirle, señor don Máximo, á una clase tan mal retribuída? ¿Que instrucción,
dice usted? ¿Sabe usted lo que cuesta la carrera de un seminarista? Una futesa,
porque si costase mucho, la Iglesia no podría sostenerlos... Instrucción!
¿Dónde se recluta la clase sacerdotal? Entre los labriegos ó los muchachos más
pobres de las poblaciones. La clase media, que es la cantera de que se extraen
hoy los sabios, buena gana tiene de enviar al seminario sus hijos.... Los manda
á las{t.1-165} universidades, y de allí, si
puede, al Parlamento, caminito del Ministerio, ó al menos del destino
pingüe...... En las clases altas, por milagro aparece una vocación al
sacerdocio: ¡los tiempos no son de fe! La aristocracia es devota, mas no lo bastante
para producir otro duque de Gandía. Y los pocos que se inclinan á la Iglesia,
van á las órdenes, en particular á los jesuítas. Así y todo, nuestro
episcopado, señor de Juncal, le aseguro á usted que compite con cualquiera de
Europa, en luces y en piedad... Y nuestro clero parroquial, aunque algo
atrasado y díscolo, posee virtudes y cualidades que no son de despreciar.
—Es usted...—preguntó Juncal con la cara más
afligida del mundo—es usted.... neocatólico, por lo visto.
—No, nada de eso—respondió apaciblemente
Gabriel.—Soy, platónicamente hablando, avanzadísimo; tengo ideas mucho más
disolventes que las de usted solamente... Pero ¡qué limoneros tan hermosos!{t.1-166}
Tomó una rama y respiró con delicia los cálices
blancos, de pétalos duros como la cuajada cera.
—Estoy encantado con mi tierra, don Máximo... Es de
los países más poéticos y hermosos que se pueden soñar. Yo no conocía ni esa
parte de Vigo, tan pintoresca, tan amena, ni esto de aquí; y lo poco que ya he
visto, me seduce... El suelo y el cielo, una delicia; el entresuelo... gente
amable y cariñosa hasta lo sumo; las mujeres parece que le arrullan á uno en
vez de hablarle.
—¿Mecha otra vez?
—Gracias, no fumo más. ¿Vamos á saludar á la
señora? Aún no le hemos dado los buenos días.
—Catalina apreciará tanto... Pero á estas
horas.... va en el molino, de seguro. Así que alistó el
chocolate, le faltó tiempo para recrearse con aquel barullo de dos mil diablos
que arman las parroquianas...
Una mariposilla blanca, la vanesa de las coles que
abundaban por allí, vino {t.1-167}revoloteando
á posarse en el sombrero de Juncal. Don Gabriel tendió los dedos índice y
pulgar entreabiertos, para asirla de las alas. La mariposa, como si olfatease
aquellos amenazadores dedos, voló con gran rapidez, muy alto, entre la radiante
serenidad matutina. Don Gabriel la siguió con los ojos estirando el pescuezo, y
el médico reparó en lo bien cuidada (sin afeminación) que traía la barba el
comandante. Cada pormenor acrecentaba la simpatía en el médico, que estancado
en la cultura de los años universitarios, arrinconado en un poblachón, olvidado
ya, á fuerza de bienestar material y de pereza mental, de sus antiguas lecturas
científicas, y sus grandes teorías higiénicas, conservaba no obstante la
facultad de respetar y admirar, en un grado casi supersticioso, cuando veía en
alguien la plenitud de circulación y el oxígeno intelectual que él había ido
perdiendo poco á poco. Además, ¡era tan cortés, resuelto, despejado y afable
aquel señor!
Gabriel permanecía con los ojos me{t.1-168}dio guiñados, como cuando seguimos un objeto
distante. Sin embargo, la mariposa había desaparecido hacía tiempo. El
artillero se volvió de repente.
—Don Máximo, ¿me hará usted el favor de contestar
francamente á varias preguntas que tengo que hacerle?
—Señor de Pardo, por Dios... Me manda y yo
obedezco. En cuanto le pueda servir....
—Pensaba entenderme con el abad de Ulloa; pero por
la descripción que usted me hace de él, temo... ¿cómo diré?... temo que sea uno
de esos seres angelicales, pero inocentes y pacatos, que no le sacan á uno de
dudas... y que además, por lo mismo que son buenos, conocen mal á la gente que
les rodea. (A medida que hablaba don Gabriel, aprobaba más enérgicamente con la
cabeza el médico, murmurando—por ahí—por ahí!) Usted es un hombre inteligente y
honrado, Juncal...
Ruborizóse éste como se ruborizan los morenos,
dorándosele la piel hasta por las sienes,{t.1-169} y
con algo atragantado en la nuez, murmuró:
—Honrado... eso sí... Me tengo por honrado, señor
don Gabriel. Tanto como el que más.
—Pues yo fío en usted enteramente. Sepa que he
venido aquí con objeto de casarme...
Abrió Juncal dos ojos tamaños como dos aros de
servilleta.
—....Con mi sobrina, la señorita de Moscoso.
—La señorita de Moscoso?—exclamó el médico apenas
repuesto de la sorpresa.—¿Qué me dice, don Gabriel? La señorita Manolita? No
sabía ni lo menos!
—Ya lo creo—repuso Gabriel soltando la risa.—Como
que tampoco lo sabía yo mismo pocos días hace; ni lo sabe nadie aún. Es usted
la primera persona á quien se lo cuento.
Juncal sintió dulce cosquilleo en la vanidad, y
aturrullado de puro satisfecho, trató de formular varias preguntas, que Gabriel
atajó adelantándose á ellas.
—Diré á usted, para que comprenda mi{t.1-170} propósito, que la persona á quien más
quise yo en el mundo fué mi pobre hermana Marcelina, la que casó con don Pedro
Moscoso; y si hay cielo—aquí le tembló un poco la voz á don Gabriel—allí debe
estar pidiendo por mí, porque fué una... már... una santa. Al morir me dejó
encargada su hija; no lo supe hasta que mi padre falleció. Yo me encuentro hoy
libre, no muy viejo aún, sin compromisos ni lazos que me aten, con regular
hacienda y deseoso del calor de una familia. Teniendo Manolita padre como
tiene, un tío... no está autorizado para velar por ella. Un marido, es otra
cosa. Si no le repugno á mi sobrina y quiere ser mi mujer... Estoy determinado
á casarme cuanto antes.
Oía Juncal, y poniendo las manos en los hombros del
artillero, respondió vagamente, cual si hablase consigo mismo:
—En efecto.... no hay duda que.... Realmente,
¿quién mejor? La verdad es...
Miró don Gabriel, sonriéndose de alegría, al
médico. Su corazón se dilataba dulcement{t.1-171}e
con la confidencia, y se le ocurría que por la serena atmósfera revoloteaba un
porvenir dichoso, columpiado en el espacio infinito, como la mariposilla
blanca, que una superstición popular cree nuncio de dicha. Clavó sus ojos
garzos en el médico: la luz del día hacía centellear en ellos filamentos de
derretido oro. Se había guardado los quevedos en el bolsillo, y parpadeaba como
suelen los miopes cuando la claridad les deslumbra.
—Francamente, Juncal, no conozco á mi sobrina
Manuela ni sé.... ¿Cómo es?
—El retrato de su difunta madre, que esté en
gloria—respondió muy cristianamente el tremendo clerófobo Juncal.
—¡De su madre!—repitió el artillero extasiado.
—Pero más buena moza, no despreciando á la pobre
señorita... La madre era... algo bisoja y delgada... Esta mira derecho, y tiene
unos ojazos como moras maduras.... Alta, carnes apretaditas, morena con tanto
andar al sol... buenas trenzas de pelo negro...{t.1-172} y
bien constituída. No digamos que sea una chica hermosísima, porque no tiene
las perfecciones allá hechas á torno; pero puede campar en
cualquier parte... Vaya si puede.
—Si se parece á Nucha, para mí ha de ser un
serafín, don Máximo.
—Y á usted se parece también, no se ría, señor de
Pardo... Ya sabe que á usted lo saqué yo ayer en el coche, por su hermana.
—Siempre hay eso que se llama aire de familia...
Don Máximo, mire usted que aún no he empezado, como quien dice, á preguntar lo
que quiero saber. Yo he sido franco con usted, ¿usted lo será conmigo?
—No faltaba más. Aunque me fuera la vida en
responder.{t.1-173}
—Diga usted. Mi cuñado...
Juncal terminó la semblanza y biografía de don
Pedro Moscoso y Pardo de la Lage, conocido por marqués de Ulloa, con las
siguientes filosóficas reflexiones:
—No todos sus defectos hay que imputárselos á él,
sino (hablemos claro) á la crianza empecatada que le dieron... Sería mejor que
se educase él solito ó con los perros y las liebres, que en poder de aquel
tutor tan animal, Dios me perdone... y tan listo para sus conveniencias... Y se
llamaba como usted, don Gabriel!
El comandante sonrió.{t.1-174}
—Maldito lo que se parecen... Como iba diciendo,
yo, hace años, muchos años, que no pongo los pies en los Pazos de Ulloa; desde
aquellas elecciones dichosas en que anduve contra don Pedro... porque lo
primero de todo son las ideas y los principios, ¿verdad, don Gabriel?
—Sin duda, sobre todo cuando uno los ha pesado y
examinado y está seguro de su bondad—respondió el artillero.
—Tiene usted razón... á veces se calienta la
cabeza, y hace uno disparates... pero en fin, yo soy liberal desde que nací, y
en vez de enfriar con los años, me exalto más.
—¿Dice usted que no va usted por allí? ¿Cómo anda
de salud... mi cuñado?
—Regular... está muy grueso y padece bastante de la
gota, como el difunto tío, por lo cual dicen que gasta muy mal humor, y que ha
perdido la agilidad, de manera es que no puede salir á caza como antes.
—Y... acuérdese usted de que me ha prometido ser
fran{t.1-175}co! ¿Y... esa mujer que tiene en casa?
—Mire usted, como yo no voy por allí... con
repetirle lo que se cuenta... y unos hablan de un modo y otros de otro; pero yo
me atendré á lo que dicen los más formales y los que acostumbran ir á los
Pazos. Usted ya sabe que tal mujer estaba en la casa antes de casarse su señor
cuñado; enredados los dos, por supuesto, y el padre siendo el verdadero
mayordomo y en realidad el dueño de la casa, aunque por plataforma trajeron
allí al infeliz del cura de Ulloa, que no sirve para el caso... Había un
chiquillo precioso, y pasaba por hijo del marqués. Pero resultó que después de
la boda de don Pedro, la muchacha por su parte se empeñó en casarse con un
paisano de quien estaba enamoradísima, y á quien le colgó, ¿usted se entera? el
milagro del rapaz. Este paisano, que ahora anda hecho un caballero, siempre de
tiros largos, se llama el Gallo de apodo, y nadie le conoce
sino por el apodo ó por el Gaitero de Naya, porque lo fué; y el
remoquete de {t.1-176}Gallo se lo
pusieron sin duda por lo bien plantado y arrogante mozo, que lo es, mejorando
lo presente. Un poco antes mataron al padre de la muchacha...
—¿No le asesinaron por una cuestión electoral?
—Justo.... Según eso está usted en autos?
—Uno que venía conmigo en la berlina... el
Arcipreste no... el otro...
—¿Trampeta?
—Pequeño, vivaracho, entrecano...
—El mismo. Pues le contó verdad. Al gran pillastre
de Primitivo me lo despabilaron de un trabucazo, en venganza de que los había
vendido á última hora, tanto que les hizo perder la elección (Juncal bajó la
voz involuntariamente). Ve usted aquellas tapias, pasadas las primeras... donde
asoman las ramas de un cerezo con fruta? Pues son las del huerto de Barbacana,
el cacique más temible que hubo en el país... Dicen que ese ordenó la
ejecución, aunque el verdugo fué{t.1-177} una
especie de facineroso que anda siempre á salto de mata, de aquí á Portugal y de
Portugal aquí...
Gabriel meditaba, sepultando la quijada en el
pecho. Luego se caló distraidamente los quevedos.
—Así somos, amigo Juncal... Un país imposible, en
ese terreno sobre todo. Antes que aquí se formen costumbres en armonía con el
constitucionalismo, tiene que ir una poca de agua á su molino de usted... Decía
cierto hombre político que el sistema parlamentario era una cosa excelente, que
nos había de hacer felices dentro de setecientos años... Yo entiendo que se
quedó corto. Al caso; dígame todo lo concerniente á la historia...
—Hoy en día, á Barbacana ya lo llevan acorralado, y
se cree que trata de levantar la casa é irse á morir en paz á Orense... Porque
va viejo, y no le dejan respirar sus enemigos. El que vino con usted, Trampeta,
con el aquel de protegido de Sagasta, es ahora quien sierra de arriba... En
fin, todo ell{t.1-178}o para nuestro cuento importa
un comino. Así que mataron al padre, la muchacha se casó con su Gallo, y cuando
se creía que el marqués los iba á echar con cajas destempladas, resulta que se
quedan en la casa, ellos y el rapaz, y que está su señor cuñado contentísimo
con tal muñeco... Esto fué antes, muy poco antes de morir la señorita su
hermana...
Gabriel suspiró, juntando rápidamente el entrecejo.
—No había quedado nada fuerte desde el nacimiento
de la niña: yo la asistí, y necesité echar mano de todos los recursos de la
ciencia para que...
—¿Usted asistió á mi hermana?—exclamó el artillero,
cuyos ojos destellaron simpatía, casi ternura, humedeciéndose con esa humedad
que es como el primer vaho de una lágrima antes de subir á empañar la pupila.
—Entonces, sí señor; que después, como dije á
usted, el marqués hizo punto en no volverme á llamar... La pobre señora se
quedó, {t.1-179}según dicen, como un pajarito;
se le atravesaron unas flemas en la garganta...
Los ojos de Gabriel, ya secos, ardientes y
escrutadores, se posaron en Juncal.
—Don Máximo, cree usted en su conciencia que mi
hermana murió de muerte natural?—pronunció con tal acento, que el médico
tartamudeaba al contestar:
—Sí señor... sí señor! sí señor! Puedo atestiguarlo
con solo una vez que la ví en la feria de Vilamorta, donde estaba comprando no
sé qué, allá unos seis meses antes de la desgracia. La fallé y dije (puede
usted creerme como estamos aquí y Dios en el cielo):—No dura medio año esta
señorita.—(Pasóse Gabriel la mano por la frente). Don Gabriel—prosiguió el
médico,—¿qué le hemos de hacer? Su hermana era delicada; necesitaba algodones;
encontró tojos y espinas... De todas las maneras, ella siempre fué poquita cosa...
Volviendo á la niña, no digamos que su padre la maltrate, pero apenas le hace
caso... Él contaba con un varón, y recuerdo que cuando {t.1-180}nació la pequeña, ya renegó y echó por aquella
boca una ristra de barbaridades... Al que adora es al chiquillo de la Sabel. Si
lo querrá, que hasta se ha empeñado en que estudie, y lo manda á Orense al
Instituto, y piensa enviarlo á Santiago á concluir carrera... El muchacho anda
lo mismo que un mayorazgo: su buen reloj de oro, su buena ropa de paño, la
camisola fina, el bastoncito ó el látigo cuando va á las ferias... y yegua para
montar, y dinero en el bolsillo...
Asió Juncal con misterio la solapa de la americana
de don Gabriel, y arrimando la boca á su oído susurró:
—Dicen que le quiere dejar bajo cuerda casi todo
cuanto tiene...
En vez de fruncir el ceño el artillero, despejóse
su encapotada fisonomía, y contestó en voz serena:
—Ojalá. ¿Se admira usted de mi desinterés? Pues no
hay de qué. Es cierto que considero obligación del hombre sostener la familia
que crea al casarse; pero no soy de esos tipos que tanto les gustan á los au{t.1-181}tores dramáticos de ahora, que no se casan con
una mujer de quien están perdidamente enamorados, sólo porque es rica. En el
caso presente me alegro, porque cuantas menos esperanzas de riqueza tenga mi
sobrina, más fácilmente se avendrán á dármela, á mí que no he de exigir dote...
Confieso que tenía yo mis miedos de que me diese calabazas mi señor cuñado.
Verdad es que como no me las dé Manolita, soy abonado hasta para robarla... ni
más ni menos que en las novelas de allá del tiempo del rey que rabió.
Miró Juncal la fisonomía del artillero, á ver si
hablaba en broma ó en veras. Revelaba cierta juvenil intrepidez, y la
resolución de poner por obra grandes hazañas, á pesar de los blancos hilos
sembrados por la barba y el pelo que escaseaba en las sienes.
—Si ella no me quiere... y bien puede ser, que al
fin soy viejo para ella... (Juncal hizo con manos y rostro furiosos signos
negativos)... entonces... no habrá rapto. De todos modos, por cuestión de
cuartos, no se ha de{t.1-182} deshacer la boda:
yo lo fío. Aparte de que, siendo ese chico hijo del marqués, natural me parece
que le toque algo de la fortuna paterna.
—¿Quién sabe de quién es el chico? Y es como un
pino de oro.
—¿Más lindo que mi sobrina? Mire usted que voy á
defender, sin haberla visto, como el ingenioso hidalgo, que es la más hermosa
mujer de la tierra.
—De fea no tiene nada: pero de vestir, la traen...
así... nada más que regular. Muchas veces no se diferencia de una costurerita
de Cebre... Vamos, la pobre tuvo poca suerte hasta el día.
—A arreglar todo eso venimos—contestó Gabriel
levantándose, como deseoso de echar á andar sin dilación en busca de su futura
esposa. Su huésped le imitó.
—Entonces, ¿á qué hora de la tarde quiere usted
salir para la rectoral de Ulloa?—preguntó muy solícito.
—He mudado de plan; ya no voy... Iré dent{t.1-183}ro de un par de días á saludar al señor cura.
Tengo por usted cuantos informes necesito, y puedo presentarme hoy mismo en los
Pazos de Ulloa sin inconveniente alguno.
—¿Le corre tanta prisa?
—¿Qué quiere usted? Cuando uno está enamorado...
Juncal se rió, y volvió á mirar á su interlocutor,
gozándose en verle tan animoso. El sol ascendía, la proyección de sombra de las
tapias y el emparrado empezaba á acortarse. Por la puerta del huerto asomó una
figura humana inundada de luz, de frescura y color: era una mujer, Catuxa, con
el delantal recogido y levantado, lleno de aechaduras de trigo que arrojaba á
puñados en torno suyo chillando agudamente:—Pitos, pitos, pitos..., pipí, pipí,
pipí... Seguíanla los pollos nuevos, amarillos como canarios, con sus listos
ojillos de azabache, con sus corpezuelos que aún conservaban la forma del
cascarón, columpiados sobre las patitas endebles. Detrás venía la gallina, una
gallina{t.1-184} pedreña, grave y cacareadora,
honrada madre de familia, llena de dignidad. A la nidada seguía una horda
confusa de volátiles: pollos flacos y belicosos, gallinas jóvenes muy púdicas y
modestas, muy sumisas al hermosísimo bajá, al gallo rojizo con cresta de fuego
y ojos de ágata derretida, que las custodiaba y les señalaba con un cacareo
lleno de deferencia el sustento esparcido, sin dignarse probarlo. Don Gabriel
se detuvo muy interesado por aquel cuadro de bodegón, que rebosaba alegría. El
gallo le recordó el mote del marido de Sabel y, por inevitable enlace de ideas,
los Pazos de Ulloa. Y al pensar que estaría en ellos por la tarde y conocería á
la que ya nombraba mentalmente su novia, la circulación se le
paralizó un momento, y sintió que se le enfriaban las manos, como sucede en los
instantes graves y decisivos.
—Fantasía, fantasía!—pensó.—Cuida{t.1-185}dito... no empieces ya á hacer de las tuyas!
Antes de salir de Cebre á caballo, rigiendo una
yegua y una mulita, detuviéronse cortos momentos Juncal y don Gabriel en
el alpendre ó cobertizo del patio del mesón donde remudaba
tiro la diligencia. Yacían allí las víctimas del siniestro, una mula con una
pata toda entablillada, y no lejos, sobre paja esparcida, cubierto con una
manta, temblando aún de la bárbara cura que acababan de hacerle, el infeliz
delantero, no menos entablillado que la mula. A su cabecera (llamémosle así)
estaba el facultativo, que no era sino el famoso señor Antón, el alg{t.1-186}ebrista de Boan. Máximo dió un codazo á don
Gabriel, advirtiéndole que reparase en la peregrina catadura del viejo, el cual
no se turbó poco ni mucho al encontrarse cogido infraganti delito de usurpación
de atribuciones; saludó, sacó de detrás de la oreja la colilla, y empezó á
chuparla, á vueltas de inauditos esfuerzos de su barba, determinada á juntarse
de una vez con la nariz.
Miró Gabriel al pobre mozo que gemía, con los ojos
cerrados, la cabeza entrapajada y una pierna tiesa del terrible aparato que
acababan de colocarle, y consistía en más de una docena de talas ó
astillas de caña de cortas dimensiones, defensa de la bizma de pez hirviendo
que le habían aplicado. La criada y el amo del mesón se limpiaban aún el sudor
que les chorreaba por la frente, cansados de ayudar á la operación de la
compostura tirando con toda su fuerza de la pierna rota hasta hacer estallar
los huesos, á fin de concertar las articulaciones, mientras el
paciente veía {t.1-187}todos los planetas,
incluso los telescópicos.
—Mire si tenía razón—murmuró Máximo.—Estoy ahí á la
puerta, y han preferido mandar llamar á éste de más de tres leguas... Es verdad
que él ha curado de una vez al muchacho y á la mula, cosa que yo no haría.
Gabriel observaba al algebrista como se observa un
tipo de cuadro de género, de los que trasladó al lienzo para admiración de las
edades el pincel de Velázquez y Goya.
—Me gustaría darle palique si no tuviésemos el
tiempo tan tasado—indicó al médico.
—¡Bah! No tenga miedo, que al señor Antón se lo
encontrará usted á cada paso por ahí... Raro es que pase un mes sin que dé una
vuelta por los Pazos: como hay mucho ganado...
Antes de ponerse en camino, don Gabriel sacó de la
petaca algunos cigarros, que tendió al atador. Tomólos éste con su flema y
reposo habituales; y arrojando la ya apurada{t.1-188} colilla,
se tocó el ala del grotesco sombrero, mientras con la izquierda cogía el vaso
colmado de vino que le brindaba la mesonera.
Los jinetes refrenaron el primer ímpetu de sus
cabalgaduras, á fin de no cansarlas ni cansarse, y adoptaron una ambladura
pacífica. Era la tarde de esas del centro del año, que en los países templados
suelen ostentar incomparable magnificencia y hermosura. Campesinos aromas de
saúco venían á veces en alas de una ligerísima brisa, apenas perceptible. La
yegua de Juncal, que montaba el comandante, no desmentía los encomios de su
dueño. Regíala Gabriel con la diestra, y bien pudiera dejarle flotar las riendas
sobre el pescuezo, pues aunque lucia y redondita de ancas, gracias al salvado
de Catuxa, era la propia mansedumbre. Sólo se permitía de rato en rato el
exceso de torcer el cuello, sacudir el hocico y rociar de baba y espuma los
pantalones del jinete; pero aun esto mismo lo hacía con cierta docilidad
afectuosa.
Gabriel se dejaba columpiar blandamente,{t.1-189} penetrado de un bienestar intenso, de
una embriaguez espiritual, que ya conocía de antiguo, por haberla experimentado
cuantas veces se divisaba en su vida un horizonte ó un camino nuevo. Era una
especie de eretismo de la imaginación, que al caldearse desarrollaba, como en
sucesión de cuadros disolventes, escenas de la existencia futura, realzadas con
toques de poesía, entretejidas con lo mejor y más grato que esa existencia
podía dar de sí, con su expresión más ideal. En la fantasía incorregible del
artillero, los objetos y los sucesos representaban todo cuanto el novelista ó
el autor dramático pudiese desear para la creación artística, y por lo mismo
que no desahogaba esta ebullición en el papel, allá dentro seguía borbotando.
Si la realidad no se arreglaba después conforme al modelo fantástico, Gabriel
solía pedirle estrechas cuentas; de aquí sus reiteradas decepciones. Soñador
tanto más temible cuanto que guardaba sepulcral silencio acerca de sus ensueños,
y á nadie{t.1-190} comunicaba sus
fracasos—los caballos muertos, que decía él para sí.—Conociéndose,
solía proponerse mayor cautela, y echar el torno á la imaginación. Pero esta
llevaba siempre la mejor parte.
Verbigracia, en el caso presente. ¿Pues no habíamos
quedado en que el pedir la mano de su sobrina era el cumplimiento de un austero
deber, un tributo pagado á la memoria de un sér querido, un acto sencillo y
grave? ¿Bastarían dos ó tres frases de Juncal, el olor de las flores silvestres
y el hervor de su propia mollera para edificar sobre la base de la obligación
moral el castillo de naipes de la pasión? ¿Por qué pensaba en su sobrina
incesantemente, y se la figuraba de mil maneras, y discurría, enlazando experiencias
y recuerdos, cómo sorprenderla, interesarla y enamorarla, hablando pronto? ¿Por
qué se deleitaba en imaginar la inocencia selvática de su sobrina, su carácter
algo arisco, y el rendimiento y ternura con que, después de las primeras
esquiveces, le caería sobre e{t.1-191}l corazón más
blanda que una breva; y porqué se veía disipando poco á poco su ignorancia,
educándola, formándola, iniciándola en los goces y bienes de la civilización, y
otras veces volvía la torta, y se veía á sí propio hecho un aldeano, y á
Manolita, con los brazos arremangados como Catuxa, dando de comer á las
gallinas, ó... ¡celeste visión, espectáculo inefable! arrimando al blanco y
redondo pecho una criaturita medio en pelota, toda bañada de sol...
La naturaleza se asemeja á la música en esto de
ajustarse á nuestros pensamientos y estados de ánimo. No le parecieron á
Gabriel tristes y lúgubres ni los abruptos despeñaderos que se suspenden sobre
el río Avieiro, ni los pinares negros cuya mancha limitaba el horizonte, ni los
montes calvos ó poblados de aliaga, ni los caminos hondos, que cubría espesa
bóveda de zarzal. Al contrario, miraba con interés los pormenores del paisaje,
y al llegar al crucero de piedra y al copudo castaño que le {t.1-192}formaba natural pabellón, exclamó con
entusiasmo:
—Qué hermoso sitio! Ni ideado por un pintor
escenógrafo de talento.
—Cerquita de aquí—advirtió Juncal—mataron al
excomulgado de Primitivo, el mayordomo de los Pazos. Mire usted: debió ser por
allí, donde blanquea aquel paredón... El chiquillo, el nieto, el Perucho, lo
estuvo viendo muy agachadito detrás de las piedras... Se le ha de acordar cada
vez que pase por aquí... si es que tiene valor de pasar.
Gabriel se volvió un poco sobre la silla española
que vestía su yegua, y exclamó como el que pregunta algo de sumo interés que se
le ha olvidado:
—¿Qué tal índole es la de ese chico? ¿Maltrata á mi
sobrina? ¿La mortifica? ¿Le tiene envidia? ¿Hace por malquistarla con mi
cuñado?
—Él maltratarla! A su sobrina! Pues si no ha habido
en el mundo cariño más apretado que el de tales criaturas. Desde que nació la
niña, Perucho se volvió chocho, lo que{t.1-193} se
llama chocho, por ella; la señora y el ama no sabían cómo hacer para quitarse
de encima al chiquillo, que no hacía sino llorar por la nené. Allí estaba
siempre, como un perrito faldero; ni por pegarle; le digo á usted que era mucho
cuento tal afición. Y después de fallecer la señora, Dios nos libre! El niñero
de la señorita Manolita en realidad ha sido Perucho. Siempre juntos,
correteando por ahí. ¡Pocas veces me los tengo encontrados por los sotos,
haciendo magostos, por las viñas picando uvas, ó chapuzando por los
pantanos! Y que no sé cómo no se mataron un millón de veces ó no rodaron por
los despeñaderos al río. El chiquillo es fuerte como un toro ¡más sano y recio!
Un hijo verdadero de la naturaleza. Sólo una enfermedad le conocí, y verá usted
cuál. Cátate que se le pone en la cabeza al marqués, y otros dicen que al
farolón del Gallo, enviar al rapaz á Orense para que estudie; y
quién le dice á usted que el primer año, cuando tocaron á separarse, {t.1-194}los dos chiquillos cayeron malos qué sé yo de
qué... de una cosa que aquí llamamos saudades... ¿Usted comprende
el término? porque usted lleva años de faltar de Galicia...
—Sí, ya sé qué quiere decir saudades.
Los catalanes llaman á eso anyoransa. En castellano no hay modo tan
expresivo de decirlo.
—Ajajá. Pues el chiquillo, el primer año, se
desmejoró bastante y vino todo encogido, como los gatos cuando tienen morriña;
pero así que volvieron á sus correrías, sanó y se puso otra vez alegre. Y á
cada curso la misma función. Siempre triste y rabiando en Orense (parece que la
cabeza no la tiene el chico allá para grandes sabidurías) y, apenas pintan las
cerezas y toma las de Villadiego, otra vez más contento que un cuco, y á
corretear con su...
Juncal dudó y vaciló al llegar aquí. Por vez
primera acaso, se le vino á las mientes una idea muy rara, de esas que hacen
signarse aun á los menos devotos murmurando—Ave María!—de esas que no se
ocurren en mil {t.1-195}años, y una
circunstancia fortuita sugiere en un segundo...
Cruzáronse sus miradas con las de don Gabriel, que
le parecieron reflejo de su propio pensamiento, reflejo tan exacto como el del
cielo en el río; y entonces el artillero, sin reprimir una angustia que
revelaba el empañado timbre de la voz, terminó el período:
—Con su hermana.
Calló Juncal. Lo que ambos cavilaban no era para
dicho en alto.
Reinó un silencio abrumador, cargado de
electricidad. Estaban en sitio desde el cual se divisaba ya perfectamente la
mole cuadrangular de los Pazos de Ulloa, y el sendero escarpado que á ellos
conducía. Juncal dió una sofrenada á su mula.
—Yo no paso de aquí, don Gabriel... Si llego hasta
la puerta, extrañarán más que no entre... y la verdad, como está uno así...
político... no me da la gana de que piensen que aproveché la ocasión para meter
las narices {t.1-196}en casa de su señor
cuñado. Mañana vendrá el criado mío á recoger la yegua...
Gabriel tendió la mano sana buscando la del médico.
—Me tendrá usted en Cebre cuando menos lo piense, á
charlar, amigo Juncal... A usted y á su señora les debo un recibimiento y una
hospitalidad de esas... que no se olvidan.
—Por Dios, don Gabriel... No avergüence á los
pobres... Dispensar las faltas que hubiese. La buena voluntad no escaseaba:
pero usted pasaría mil incomodidades, señor.
—Le digo á usted que no la olvidaré...
Y el rostro del artillero expresó gratitud
afectuosa.
—Cuidar el brazo, no hacer nada con él!—gritaba
Juncal desde lejos, volviéndose y apoyando la palma sobre el anca de la mula. Y
diez minutos después aún repetía para sí:—¡Qué simpático... qué persona tan
decente!... Qué instruído... qué modos finos!...
El médico, después de volver grupas, apuró lo
posible á la mulita con ánimo de llegar pronto á su casa. Iba pesaroso y
cabizbajo,{t.1-197} porque ahora le venía el
trasacuerdo de que no había preguntado al comandante Pardo sus opiniones
políticas y su dictamen acerca del porvenir de la regencia y posible
advenimiento de la república.
—¿Cómo pensará este señor?—discurría Juncal,
mientras el trote de la mula le zarandeaba los intestinos.—¿Qué será? Liberal ó
carcunda? Vamos, carcunda es imposible... Tan simpático... qué había de ser
carcunda! Pues se{t.1-198}a lo que quiera... debe de
estar en lo cierto.
Por delante de los Pazos cruzaba un mozallón
conduciendo una pareja de bueyes sueltos, picándoles con la aguijada á fin de
que anduviesen más aprisa. Gabriel le preguntó, para orientarse, pues ignoraba
á cuál de las puertas del vasto edificio tenía que llamar. Ofrecióse el mozo á
guiarle adonde estuviese el marqués de Ulloa, que no sería en casa, sino en la
era, viendo recoger la cosecha del centeno. Arrendando el artillero su dócil
montura, echó detrás del mozo y de los bueyes.
Dieron vuelta casi completa á la cerca de{t.1-199} los Pazos, pues la era se encontraba
situada más allá del huerto, á espaldas del solariego caserón. Gabriel
aprovechó la coyuntura de enterarse del edificio, en cuyas trazas conventuales
discernía rastros de aspecto bélico y feudal, aire de fortaleza, por el grosor
de los muros, la angostura de las ventanas, reminiscencia de las antiguas
saeteras, las rejas que defendían la planta baja, las fuertes puertas y los
disimulados postigos, las torres que estaban pidiendo almenas, y sobre todo, el
montés blasón, el pino, la puente y las sangrientas cabezas de lobo.
Indicaba desde lejos la era la roja cruz del
hórreo; se oía el coro estridente de los ejes de los carros, que salían vacíos
para volver cargados de cosecha. Era la hora en que los bueyes, rociados con
unto y aceite como preservativo de las moscas, cumplen con buen ánimo su pesada
faena, y se dejan uncir mansamente al yugo, mosqueando despacio el ijar con las
crinadas colas. Gabriel se tropezó con dos ó tres carros, y al emparejar con{t.1-200} ellos, pensó que su chirrido le rompiese
el tímpano. Delante de la era se apeó ayudado por su guía; entrególe las
riendas, y entró.
Un enjambre de fornidos gañanes, vestidos solamente
con grosera camisa y calzón de estopa, alguno con un rudimentario chaleco y una
faja de lana, empezaban á elevar, al lado de una meda ó
montículo enorme de mies, otro que prometía no ser más chico. Dirigía la faena
un hombre de gallarda estatura, moreno y patilludo, de buena presencia, vestido
á lo señor, con americana, cuello almidonado, leontina y bastón, y muy zafio y
patán en el aire; Gabriel pensó que sería el mayordomo, el Gallo.
Sentado en un banquillo hecho de un tablón grueso, cuyas patas eran
cuatro leños que, espatarrándose, miraban hacia los cuatro punto cardinales,
estaba otro hombre más corpulento, más obeso, más entrado en edad ó más
combatido por ella, con barba aborrascada y ya canosa, y vientre potente, que
resaltaba {t.1-201}por la posición que le
imponía la poca altura del banco. A Gabriel le pasó por los ojos una niebla:
creyó ver á su padre, don Manuel Pardo, tal cual era hacía unos quince ó veinte
años; y con mayor cordialidad de la que traía premeditada, se fué derecho á
saludar al marqués de Ulloa.
Este alzó la cabeza muy sorprendido; el Gallo, sin
volverse, giró sus ojos redondos, de niña oscura y pupila aurífera, como los
del sultán del corral, hacia el recién llegado; los mozos suspendieron la
faena, y Gabriel, en medio del repentino silencio, notó en las plantas de los
pies una sensación muelle y grata, parecida á la del que entra en un salón
hollando tupidas alfombras. Eran los extendidos haces de centeno que pisaba.
El hidalgo de Ulloa se puso en pie, y se hizo con
la mano una pantalla, porque los rayos del sol poniente daban de lleno en la
cara de Gabriel, y no le permitían verla á su gusto. El comandante se acercó
más á su cuñado, y alargó la diestra, diciendo:{t.1-202}
—No me conocerás... Te diré quien soy... Gabriel,
Gabriel Pardo, el hermano de tu mujer.
—Gabriel Pardo?
Revelaba la exclamación de don Pedro Moscoso, no
solamente sorpresa, sino hosco recelo, como el que infunden las cosas ó las
personas cuya inesperada presencia resucita épocas de recuerdo ingrato. Viendo
Gabriel que no le tomaban la mano que tendía, hízose un poco atrás, y murmuró
serenamente:
—Vengo á verte y á pedirte posada unos cuantos
días... ¿te parece mal la libertad que me tomo? ¿Me recibirás con gusto? Di la
verdad; no quisiera contrariarte.
—Jesús... hombre!—prorrumpió el hidalgo
esforzándose al fin por manifestar cordialidad y contento, pues no desconocía
la virtud primitiva de la hospitalidad.—Seas muy bienvenido: estás en tu casa.
Angel!—ordenó dirigiéndose al Gallo,—que recojan el caballo del
señor, que le dén cebada... Quieres refrescar, tomar algo? Vendrás
molestado {t.1-203}del viaje. Vamos á casa
enseguida.
—No por cierto. De Cebre aquí á caballo, no es
jornada para rendir á nadie. Siéntate donde estabas; si lo permites, me quedaré
aquí; lo prefiero.
—Como tú dispongas; pero si estás cansado y... Ey,
Angel!—gritó al individuo que ya se alejaba:—á tu mujer que prepare tostado y
unos bizcochos. Vaya, hombre, vaya!—añadió volviéndose á Gabriel.—Tú por acá,
por este país...
—He llegado ayer—contestó Gabriel comprendiendo que
una vez más se le pedía cuenta de su presencia y razón plausible de su
venida.—Estaba en la diligencia que volcó—y al decir así, señalaba su brazo
replegado, sostenido aún por el pañuelo de seda de Catuxa.—Ha sido preciso
descansar del batacazo.
—Hola, con que en la diligencia que volcó! Ey, tú,
Sarnoso!—exclamó el hidalgo dirigiéndose á uno de los gañanes.—No dijiste tú
que vieras entrar en Cebre ayer una mula y un delantero estropeados?{t.1-204}
—Con perdón—respondió el Sarnoso tocándose una
pierna—llevaban esto crebado, dispensando usted.
—Sí, es verdad; hoy se les hizo la cura—confirmó
Gabriel.
El vuelco de la diligencia empezó á dar mucho
juego. El Sarnoso agregó detalles; Gabriel añadió otros; el marqués no se
saciaba de preguntar, con esa curiosidad de los acontecimientos ínfimos propia
de las personas que viven en soledad y sin distracción de ninguna clase.
Gabriel le examinaba á hurtadillas. Para los cincuenta y pico en que debía
frisar, parecíale muy atropellado y desfigurado el marqués, tan barrigón, con
la tez tan inyectada, con el pescuezo y nuca tan anchos y gruesos, con las
manos tan nudosas por las falanges como suelen estar las de los labriegos que
por espacio de medio siglo se han consagrado á beber el hálito de la tierra, y
á rasgarle el seno diariamente. A modo de maleza que invade un muro abandonado,
veía el artillero en el conducto auditivo, en las fosa{t.1-205}s
nasales, en las cejas, en las muñecas de su cuñado, que teñía de rojo el sol
poniente, una vegetación, un musgo piloso, que acrecentaba su aspecto inculto y
desapacible. El abandono de la persona, las incesantes fatigas de la caza, la
absorción de humedad, de sol, de viento frío, la nutrición excesiva, la bebida
destemplada, el sueño á pierna suelta, el exceso en suma de vida animal, habían
arruinado rápidamente la torre de aquella un tiempo robustísima y arrogante
persona, de distinta manera pero tan por completo como lo harían las
excitaciones, las luchas morales y las emociones febriles de la vida cortesana.
Tal vez parecía mayor la ruina por la falta de artificio en ocultarla y
remediarla. Ceñido aquel mismo abdomen por una faja, bajo un pantalón negro
hábilmente cortado; desmochada aquella misma cabeza por un diestro peluquero;
raídas aquellas mejillas con afiladísima navaja, y suavizada aquella barba con
brillantina; añadido á todo ello cierto aire entre galante y grave, que
caracteriza á{t.1-206} las personas respetables
en un salón, es seguro que más de cuatro damas dirían, al ver pasar al marqués
de Ulloa:—Qué bien conservado! Cuarenta años es lo más que representa.
Lo cierto es que Gabriel, al ver en su cuñado
señales evidentes del peso de los años y del esfuerzo con que iba descendiendo
ya el agrio repecho de la vida, sintió por él esa compasión involuntaria que
inspiran á los corazones generosos las personas aborrecidas ó antipáticas,
cuando se ve que caminan al desenlace de las humanas tribulaciones, flaquezas é
iniquidades—la muerte.
—Yo que le tenía por un castillo!—pensó.—Pero
también los castillos se desmoronan.
De su parte el marqués, lleno de curiosidad y
suspicacia, estaba que daría el dedo meñique por saber qué viento traía á su
cuñado. Pensaba en recriminaciones, en acusaciones, en cuentas del pasado
ajustadas ahora por quien tenía derecho de ajustarlas, y pensaba{t.1-207} también en cosa más inmediata y
práctica, en una discusión referente á las partijas que se hallaban incoadas y
pendientes desde el fallecimiento del señor de la Lage. Por más que el aire
abierto y franco que traía Gabriel decía á voces—no vengo aquí á ocuparme en
cuestiones de intereses—el marqués de Ulloa se fijó en la última hipótesis, y
la dió por segura, y empezó á tirar mentalmente sus líneas y á combinar su
estrategia. Con los años, el marqués de Ulloa había contraído las aficiones de
los labriegos viejos, para los cuales no hay plato más gustoso que una
discusión de pertenencia, un litigio, un enredo cualquiera en que si no danza
el papel sellado, esté por lo menos en ocasión de danzar.
Como anticipándose á indicar el verdadero objeto de
su venida, Gabriel, habiéndose quitado su sombrero hongo de fieltro, que le
dejaba una raya roja en la frente, y pasándose con movimiento juvenil la mano
por el cabello para arreglarlo y calados mejor los quevedos, preguntó:{t.1-208}
—Y... ¿qué tal mi sobrina Manuela? Estoy deseando
verla. Debe ser toda una mujer... ¿estará guapísima?
El marqués de Ulloa gruñó, creyendo que el gruñido
era la mejor manera de contestar á lo que juzgaba cumplimiento. Al fin
articuló:
—Ahora la verás... Milagro que no anda por aquí.
Estarán ella y Perucho... como dos cabritos, triscando. Los pocos años, ya se
ve... Cuando vamos viejos se acaba el humor... Más tengo corrido yo por esos
vericuetos, que ningún muchacho de hoy en día... Pero á cada cerdo le llega su
San Martín, como dicen... Todos vamos para allá—dijo apoyando su grueso mentón
en el puño de su palo, y señalando con la cabeza á punto muy distante.
Gabriel se entretenía contemplando el espectáculo
de la era, que le parecía, acaso por la gran plenitud de su corazón y el rosado
vapor en que sabía bañar las cosas su fantasía incurable, henchida de soberana
quietud{t.1-209} y paz. La puesta del sol era
de las más espléndidas, y los últimos resplandores del astro inundaban de rubia
claridad la cima de las medas, convertían en cinta de oro bruñido
la atadura de los haces, daban toques clarísimos de esmeralda á la copa de los
árboles, mientras las ramas bajas se oscurecían hasta llegar al completo
negror. Se oían los últimos pitíos de los pájaros, dispuestos ya á recogerse,
el canto ritmado del pas-pa-llás! en el barbecho, el arrullo de las tórtolas,
que se dejaban caer por bandadas en los sembrados, en busca del rezago de
granos y espigas que allí había derramado la hoz, y la lamentación interminable
del carro cargado, tan áspera de cerca como melodiosa de lejos. A trechos se
escuchaba también otra queja prolongadísima, pero humana, un ala laaaá! de
segadoras, y todo ello formaba una especie de sinfonía—porque Gabriel no
discernía bien los ruidos, ni podía decir cuáles salían de laringe de pájaro y
cuáles de femenina garganta—una sinfonía que inclinaba á la con{t.1-210}templación y en la cual sólo desafinaba la voz
enronquecida del marqués de Ulloa.
Incorporóse éste, haciendo segunda vez pantalla de
la mano.
—¿No preguntabas por tu sobrina? Me parece que ahí
la tienes. ¡Vela allí!
—¿En dónde?—preguntó Gabriel, que no veía nada ni
oía más que un discordante quejido, que poco á poco iba convirtiéndose en
insoportable estridor.
Entre el marco que dos higueras retorcidas,
cargadas de fruto, formaban á la puerta de la era, desembocó entonces una yunta
de amarillos y lucios bueyes, tirando de un carro atestado de gavillas de
centeno. Reparó Gabriel con sorpresa la forma primitiva del carro, que mejor
que instrumento de labranza parecía máquina de guerra: la llanta angosta, la
rueda sin rayos, claveteada de clavos gruesos, el borde hecho con empalizada de
agudas estacas, donde para sujetar la carga, descansa un tosco enrejado de mimbres,
de quitaipón. Pero al alzar la vista de las{t.1-211} ruedas,
fijó su atención un objeto más curioso: un grupo que se destacaba en la cúspide
del carro, un mancebo y una mocita, tendidos más que sentados en los haces de
mies y hundido el cuerpo en su blando colchón; una mocita y un mancebo
risueños, morenos, vertiendo vida y salud, con los semblantes coloreados por el
purpúreo reflejo del Oeste donde se acumulaban esas franjas de arrebol que
anuncian un día muy caluroso. Y venía tan íntima y arrimada la pareja, que más
que carro de mies, parecía aquello el nido amoroso que la naturaleza brinda
liberalmente, sea á la fiera entre la espinosa maleza del bosque, sea al ave en
la copa del arbusto. Gabriel sintió de nuevo una extraña impresión; algo raro é
inexplicable que le {t.1-212}apretó la garganta
y le nubló la vista.
Primero se bajó de un salto Perucho, y tendiendo
los brazos, recibió á Manuela, á quien sostuvo por la cintura. Cayó la chica
con las sayas en espiral, dejando ver hasta el tobillo su pie mal calzado con
zapato grueso y media blanca. Al punto mismo de saltar vió al desconocido, y se
detuvo como indecisa. Perucho también pegó un respingo de animal montés que
encuentra impensadamente al cazador. Gabriel clavó en su rostro la mirada,
impulsado por ansia secreta é indefinible de saber si merecía su fama de belleza
física el que él llamaba entre sí{t.1-213}, con
asomos de humorismo, el bastardo de Moscoso.
Para el escultor y el anatómico, belleza era, y de
las más perfectas y cumplidas, aquel cuerpo bien proporcionado y mórbido, en
que ya, á pesar de la juventud, se diseñaban líneas viriles, bien señaladas
paletillas, vigorosos hombros, corvas donde se advertía la firmeza de los
tendones; y rasgo también de belleza clásica y pura, la poderosa nuca
redondeada, formando casi línea recta con la cabeza y cubierta de un vello
rojizo; el trazo de la frente que continuaba sin entrada alguna; la vara de la
correcta nariz; los labios arqueados, carnosos y frescos como dos mitades de
guinda; las mejillas ovales, sonrosadas, imberbes; la nariz y barba que
ostentaban en el centro esa suave pero marcada meseta ó planicie que se nota en
los bustos griegos, y que los artistas modernos no encuentran ya en sus modelos
vulgares, y por último el monte de bucles, digno de una testa marmórea, de los
cuales dos ó tres se emancipaban hasta fl{t.1-214}otar
sobre las cejas y estorbar á los ojos.
Para Gabriel, más pensador é idealista que artista
y pagano, y además hombre moderno en toda la extensión de la palabra,
aficionado á la expresión, prendado sobre todo, en el sexo varonil, de las
cabezas reflexivas, de las frentes anchas en que empieza á escasear el cabello,
de las fisonomías que son una chispa, una llama, una idea hecha carne, que
habla por los ojos y se imprime en cada facción y se acentúa enérgicamente en
la ahorquillada ó puntiaguda barba, de los cuerpos en que la disposición atlética
y la hermosura de los miembros se disimula hábilmente bajo la forma de la
vestidura usual entre gente bien educada; para Gabriel, decimos, fuese por
todas estas razones ó por alguna otra que ni él mismo entendía, no solamente
resultó incomprensible la lindeza de Perucho, sino que á pesar de su
predisposición á la simpatía, sobre todo hacia la gente de posición inferior á
la suya, le pareció hasta antipática é irritante aquella cabeza de jo{t.1-215}ven deidad olímpica, aquella frescura
campesina y tosca, aquella cara tallada en alabastro, pero encendida por una
sangre moza y ardiente, savia vital grosera y propia de un labriego (así
pensaba Gabriel); y sobre todo aquellos modales aldeanos, aquel vestir
lugareño, aquella extracción evidentemente rústica, revelada hasta en el modo
de andar y en el olor á campo que le había comunicado la mies.
En cambio—¡oh transacciones de la estética!—Gabriel
se indignó de que alguien hubiese dudado de la hermosura de Manolita.
¡Manolita! Manolita sí que era guapa. Así como á Perucho se le estaba
despegando la americana y el pantalón, y su musculatura pedía á voces el calzón
de estopa de los gañanes que erigían la meda, á Manolita (seguía pensando
Gabriel) no le cuadraba bien el pobre vestidillo de lana, y su fino talle y su
airosa cabecita menuda reclamaban un traje de cachemir de
corte elegante y sencillo, un sombrero Rubens {t.1-216}con plumas negras—que lo llevaría
divinamente.—¿Parecido con su madre? Sí; mirándola bien, se parecía, se parecía
mucho á la inolvidable mamita; los mismos ojazos negros, las mismas
trenzas, la frente bombeada, el rostro larguito... pero animado, trigueño, con
una vida exuberante que la pobre mamita no gozó nunca. Y
además, serena é intrépida y despegada y arisca. Al decirle su padre:—Este
señor es tu tío Gabriel Pardo, el hermano de tu mamá,—la montañesa apuntó á
boca de jarro las pupilas, y murmuró con desdeñosa gravedad:
—Tenga usted buenas tardes.
Sin más conversación, volvió la espalda,
deslizándose tras de la meda. Gabriel se quedó algo sorprendido de semejante
conducta por parte de su sobrina. Entre los números del programa trazado por su
imaginación, se contaba el del recibimiento. Con el candor idílico que guardan
en el fondo del alma los muy ensoñadores, durante el camino se había imaginado
una escena digna del buril de un{t.1-217} grabador
inglés: una doncella candorosa aunque algo brava y asustadiza, que se
ruborizase al verle, que le hiciese muy confusa y bajando los ojos varios
saludos y reverencias, que luego consultase con tímida mirada á su padre, y
autorizada por una seña de éste, saliese precipitadamente, volviendo á poco
rato con una bandeja de frutas y refrescos que brindar al forastero... ¡Sí,
buenos refrescos te dé Dios! Maldito el caso que le hacía Manolita; y su padre,
en vez de mostrar que extrañaba semejante comportamiento, ni lo notaba y seguía
conversando con Gabriel, informándose asiduamente de ¿cómo había encontrado los
asuntos de su padre, al hacerse cargo de ellos? ¿Cómo andaba el partido H y los
foros X? El artillero contestaba; pero de soslayo observaba atentamente lo que
acontecía en la era. A su sobrina no la veía entonces; sí á Perucho, que en
mangas de camisa, habiendo echado la americana sobre el yugo de los bueyes,
ayudaba á descargar el carro, mostrando deleitarse en la actividad{t.1-218} muscular, que esparcía su sangre y la
enviaba en olas á enrojecer su pescuezo y su frente blanca y lisa. Así que la
carga del carro estuvo por tierra, llegóse á la meda empezada, en cuya cima vió
Gabriel alzarse, como estatua en su pedestal, á Manolita. Cruzáronse entre los
dos muchachos frases, risas y una especie de gracioso reto; y empuñando Perucho
con resolución una horquilla de palo, dió principio al juego de levantar con
ella un haz y arrojárselo á la chica, que lo recibía en las manos como hubiera
podido recibir una pelota de goma, sin titubear, y se lo pasaba al punto á un
gañán encaramado también sobre la meseta de la meda, el cual lo sentaba y
colocaba, espiga adentro, medando hábil y rápidamente.
Gabriel no tenía ojos ni oídos más que para el
juego. Su cuñado seguía habla que te hablarás, en el tono llano y cansado del
hombre para quien pasó la edad de los retozos y no cree que ya le importen á
nadie. Y Gabriel se consumía, contestando cortésmente,{t.1-219} pero
distraído, con el alma á cien leguas de la plática. Al fin no pudo contenerse,
y se levantó.
—¿Tú querrás descansar? ¿Tomas algo?
¿Cenas?....—interrogó obsequiosamente el marqués, dando muestras de querer
llevarse á su huésped hacia casa.
—No... Sí... Quisiera...—murmuró Gabriel un tanto
confuso, porque al verse de pie le pareció ridículo decir:—Lo que estoy
deseando, á pesar de mi brazo vendado, es ponerme también á echar haces á
la meda...—Y no atreviéndose á confesar el capricho, se dejó guiar
resignado hacia la gran mole de la casa solariega. Al salir siguió escuchando
durante algunos segundos las risas de la pareja, el ¡jeeem! triunfal que
dilataba la cavidad pulmonar de Perucho al lanzar los haces, y el impacient{t.1-220}e—¡venga otro!—de Manolita cuando tardaban.
Al entrar en los Pazos experimentó Gabriel la
impresión melancólica que sentimos al acercarnos á la sepultura de una persona
querida, y la emoción profunda que nos causa ver con los ojos sitios que desde
hace mucho tiempo visita nuestra imaginación. En sus años de colegio, Gabriel
se representaba la casa de su hermana como una tacita de plata, elegante,
espaciosa, cómoda; después sus ideas variaron bastante; pero nunca pudo
figurársela tan ceñuda y destartalada como era en realidad.{t.1-221}
A la escalera salieron á hacerle los honores el
Gallo y su esposa, la ex-bella fregatriz Sabel, causa de tantos disturbios,
pecados y tristezas. Quien la hubiese visto cosa de diez y ocho años antes,
cuando quería hacer prevaricar á los capellanes de la casa, no la conocería
ahora. Las aldeanas, aunque no se dediquen á labrar la tierra, no conservan,
pasados los treinta, atractivo alguno, y en general se ajan y marchitan desde
los veinticinco. Sus extremidades se deforman, su piel se curte, la osatura se
les marca, el pelo se les vuelve áspero como cola de buey, el seno se esparce y
abulta feamente, los labios se secan, en los ojos se descubre, en vez de la
chispa de juguetona travesura propia de la mocedad, la codicia y el servilismo
juntos, sello de la máscara labriega. Si la aldeana permanece soltera, la
lozanía de los primeros años dura algo más; pero si se casa, es segura la ruina
inmediata de su hermosura. Campesinas mozas vemos que tienen la balsámica
frescura de las hierbas puestas á serenar la víspera de San{t.1-222} Juan, y al año de consorcio no es
posible conocerlas ni creer que son las mismas, y su tez lleva ya arrugas, las
arrugas aldeanas, que parecen grietas del terruño. Todo el peso del hogar les
cae encima, y adiós risa alegre y labios colorados. Las coplas populares
gallegas no celebran jamás la belleza en la mujer después de casada y madre:
sus requiebros y ternezas son siempre para las rapazas, las nenas
bunitas.
Sabel no desmentía la regla. A los cuarenta y
tantos años, era lastimoso andrajo de lo que algún día fué la mejor moza diez
leguas en contorno. El azul de sus pupilas, antes tan claro y puro,
amarilleaba; su tez de albérchigo era piel de manzana que en el madurero se va
secando; y los pómulos sobresalientes y la frente baja y la forma achatada del
cráneo se marcaban ahora con energía, completando una de esas cabezas de
aldeana de las cuales dice cualquiera: «Más fácil sería convencer á una mula
que á esta mujer, cuando se empeñe en algo.»{t.1-223}
Con todo, su marido Angel de Naya, por
remoquete Gallo, la tenía no sólo convencida, sino subyugada y
vencida por completo, desde los tiempos ya lejanos en que anhelaba dejar por él
su puesto y corte de sultana favorita en los Pazos, é irse á cavar la tierra.
Era una devoción fanática, una sumisión de la carne que rayaba en
embrutecimiento, y una simpatía general de epidermis grosera y alma burda, que
hacían de aquel matrimonio el más dichoso del mundo. El varón, no obstante,
calzaba más puntos que la hembra en inteligencia, en carácter, y hasta en
ventajas físicas. Ajada y lacia ella, él conservaba su tipo de majo á la
gallega y su triunfadora guapeza de sultán de corral: el andar engallado, el
ojo claro, redondeado y vivo, las rizosas patillas y la fachenda en
vestir y el empeño de presentarse con cierta dignidad harto cómica. Es de saber
que el Gallo, sin madurar los vastos y mefistofélicos planes de su antecesor y
suegro el terrible Primitivo, no era ajeno á miras de engrandecimiento personal{t.1-224}, que delataban indicios evidentes. El Gallo
vestía de señor, lo que se dice de señor; encargaba á
Orense camisolas, corbatas, pañuelos, capa, reloj, botitos, y por nada del
mundo se volvería á poner su pintoresco traje de terciopelo de rizo azul, con
botones de filigrana de plata, y la montera con plumas de pavo real, ni á
oprimir bajo el sobaco el fol de la gaita á cuyo sonido habían
danzado tantas veces las mozas. Paisano trasplantado á una capa superior, todo
el afán del Gallo era subir más, más aún, en la escala social. Nadie le
obligaría á coger una horquilla ó una azada: dirigía la faena agrícola, nunca
tomaba parte activa en ella, porque soñaba con tener las manos blancas y
no esclavas, como él decía. Otra de sus pretensiones era leer
óptimamente y escribir con perfección. Como todos los labriegos que aprenden á
leer y escribir de chiquillos, su iniciación en esta maravillosa clave de los
conocimientos humanos era muy relativa: saber leer y escribir no es conocer los
signos alfabéticos, nombrarlos, trazarlos;{t.1-225} es
sobre todo poseer las ideas que despiertan esos signos. Por eso hay quien se
ríe oyendo que para civilizar al pueblo conviene que todos sepan escritura y
lectura; pues el pueblo no sabe leer ni escribir jamás, aunque lo aprenda. En
resolución, el Gallo se despepitaba por alardear de lector y pendolista y
acostumbraba por las noches, antes de acostarse, leerle á su mujer, en alta
voz, el periódico político á que estaba suscrito y que proporcionaba una
satisfacción profunda á su vanidad, al imprimir en la faja—Sr. D. Angel
Barbeito—Santiago—Cebre.—Por supuesto que leía de tal manera, que no sólo al
caletre algo obtuso de Sabel, sino al más despierto y agudo, le sería difícil
sacar nada en limpio; porque suprimía radicalmente puntos y comas, se comía
preposiciones y conjunciones, se merendaba pronombres y verbos, casaba sin
dispensa palabras y repetía cuatro y seis veces sílabas difíciles, siendo de
ver lo que se volvían en labios suyos las noticias referentes, verbigracia,
al Mahdi, á los nihilistas, al rey{t.1-226} Luís
de Baviera ó á los fenianos y liga agraria. Y
todos estos sucesos, batallas, asolamientos y fieros males, cuanto más lejanos
y más inaccesibles, razonablemente hablando, á su comprensión, más le
deleitaban, interesaban y conmovían; y era curioso oírselos explicar, en tono
dogmático, á otros labriegos menos enterados que él de la política exterior
europea en cierta tertulia que solía juntarse en la cocina de los Pazos.
Respecto á sus pretensiones de pendolista, había empezado á satisfacerlas del
modo siguiente: encargando á Orense una resmilla de papel de cartas bien
lustroso, de canto dorado, y mandando plantificar en mitad de cada hoja un A.
B. cruzado, tamaño como la circunferencia de un duro; y ya provisto de papel
tan elegante y de escribanía y cabos de pluma en armonía con él, dió en
escribir, para ejercitar la letra, cartas y más cartas á todo bicho viviente,
tomando por pretexto, ya el felicitar los días, ya cualquier motivo análogo.
También era para él gran preocupación el hablar, pues se esforzaba á{t.1-227} que sus labios olvidasen el dialecto á
que estaban avezados desde la niñez, y no pronunciasen sino un castellano que
sería muy correcto si salvásemos las innumerables jeadas,
contracciones, diptongos, barbarismos y otros lunarcillos de su parla selecta.
Y cuanto más se empeñaba en sacudirse de los labios, de las manos, de los pies,
el terruño nativo, la oscura capa de la madre tierra, más reaparecía, en sus
dedos de uñas córneas, en sus patillas cerdosas y encrespadas, en sus muñecas
huesudas y en sus anchos pies, la extracción, la extracción indeleble, que le
retenía en su primitiva esfera social! Si él lo comprendiese sería muy infeliz.
Por fortuna suya creía todo lo contrario.
Incapaz de los vastos cálculos de Primitivo, había
dedicado á comprar tierras todo el dinero heredado de su difunto suegro, que no
era poco y andaba esparcido por el país en préstamos á un rédito usurario. El
Gallo amaba las fincas rústicas á fuer de labriego de raza. Instalado en los
Pazos de Ulloa, l{t.1-228}a casa más importante del
distrito, vió desde luego lo ventajoso de su situación para papelonear;
y como el Gallo antes pecaba de pródigo que de mezquino, condición frecuente en
los gallegos, dígase lo que se quiera, su sueño dorado fué subir como la
espuma, no tanto en caudal cuanto en posición y decoro; y se propuso, ya casado
con Sabel, convertirse en señor y á ella en señora,
y á Perucho en señorito verdadero... Aquí conviene aclarar un delicado punto.
Era de tal índole la vanidad del buen Gallo, que dejándose tratar de papá por
Perucho y sin razón alguna para regatearle el título de hijo, la idea de que
por las venas del mozo pudiese circular más hidalga sangre, le ponía tan
esponjado, tan hueco, tan fuera de sí de orgullo, que no había anchura bastante
para él en toda el área de los Pazos. Lo pasado, el ayer de Sabel en aquella
casa, lejos de indignarle ó disgustarle, era el verdadero atractivo que aún
poseía á sus ojos una mujer marchita y cuadragenaria.{t.1-229}
El matrimonio salió á esperar al huésped en la
meseta de la escalera, deshaciéndose en obsequiosos ofrecimientos al
«señorito». Parecían los verdaderos dueños de la casa. Aunque Sabel no guisaba
ya, ¡pues no faltaría otra cosa! se enteró minuciosamente de lo que el huésped
podía apetecer para su cena. ¿Una ensaladita? Tortilla? Lonjas de carne?
Chocolate? Gabriel repetía que cualquier cosa, que él comía de todo; y en esta
porfía me lo iban llevando de habitación en habitación, á cual más
destartalada, y sin muebles. En el comedor dieron fondo, y según la costumbre
del país, sentáronse ante la mesa libre de manteles, presenciando cómo la cubrían.
Gabriel, al comprender que se trataba de cenar, buscó con los ojos algo que no
parecía por el comedor. Y al fin no pudo contenerse.
—¿Y Manolita?—preguntó.—Y Manolita? No cena?
—La chiquilla?... Busca! Quién cuenta con
ella?—respondió el marqués de Ulloa,{t.1-230} como
si dijese la cosa más natural y corriente del mundo.—¿En tiempo de siega?
Echarle un galgo. Ahora se juntarán en la era todas las segadoras, y armarán un
bailoteo de cuatrocientos mil demonios, y pandereta arriba y pandereta abajo, y
copla va y copla viene, y habiendo una luna hermosa como hay, tenemos broma
hasta cerca de las diez.
No replicó palabra Gabriel, por lo mismo que se le
ocurrían infinidad de objeciones: pero no era ocasión de soltar la sin hueso
allí delante de la criada que entraba y salía llevando platos, vasos y
servilletas. Su impulso era decir:—Pues mira, vámonos á la era, y luego
cenaremos juntos,—pero se contuvo: todo le parecía prematuro, indelicado y
fuera de sazón mientras no tuviese con su cuñado una entrevista, lo que se
llama una entrevista formal.
Trató de entretenerse observando. Le parecía
poético aquel comedor tan distinto de los que se ven en todas partes, sin
aparadores, sin platitos japoneses ó de Manises colga{t.1-231}dos
por la muralla, sin cortinas ni chimenea; por todo adorno, barrocas pinturas al
fresco, desconchadas y empalidecidas, representando pájaros, racimos,
panecillos, ratones que subían á comérselos, y otros caprichos de la fantasía
del pintor; y en el centro, frente á la vasta mesa de roble y á los bancos
duros, de abacial respaldo, el péndulo solemne. También la mesa se le antojó
que tenía carácter ó cachet, ese no sé qué de
arcaico que enamora á las cansadas imaginaciones modernas, y se confirmó en
ello al fijarse en el plato que le pusieron delante, en cuyo fondo campeaban
emblemas curiosísimos, que le trajeron á la memoria su edad infantil, pues en
su casa siendo niño había visto loza idéntica. Era en efecto resto de dos
docenas de platos traídos por doña Micaela, la madre del marqués, que debían
formar parte de alguna soberbia vajilla hecha para un Pardo virrey ó magnate:
tenía en el centro el escudo de los Pardos de la Lage dividido en dos
cuarteles; en el de la derecha se encabritaban dos leones rampa{t.1-232}ntes en campo de gules, y en el de la
izquierda otro león y cuatro cruces de Malta en campo de oro. Un casco con una
cruz de Caravaca por cimera remataba el escudo: sobre él se leía en una
banderola la divisa: Fortis in fide et regi fidelis; bajo el
escudo, en otra banderola, Per cruces ad triumphos. ¡Resto de algo
glorioso, esculpida y dorada proa que recuerda al buque náufrago! Distrajo á
Gabriel de la contemplación del plato, su cuñado que con inmenso cucharón de
plata le servía una sopa de pan humeante, grasienta y doradita. La sopa cubrió
en un momento los lemas heroicos y los fieros leones, y no quedó ni señal de la
pluma flotante del casco, ni de los airosos picos en que se bifurcaban al
extremo las gallardas banderolas de las divisas.
Si Gabriel pudiese recordar otras épocas de los
Pazos, notaría, no sólo en aquella exhibición de vajilla blasonada, sino en mil
detalles más, que allí reinaba cierta suntuosidad desconocida cosa de veinte
años antes. Y no era que don Pedro Moscoso se hubiese pulid{t.1-233}o y civilizado algo; al revés: con la mengua
de sus fuerzas físicas, con el paso de la vida nómada de cazador á la más
sedentaria de hidalgo que cultiva sus tierras, con el terror de la gota, de la
vejez y de la muerte, terror que se iba escribiendo en su huraño semblante, le
había entrado mayor indiferencia que nunca por las finuras y elegancias: en
cambio la materia le dominaba, cogiéndole por el flaco de la gula, y como todos
los gotosos, apetecía justamente los platos y vinos que más daño podían
causarle. El ramo de pompas y vanidades corría de cuenta del insigne Gallo, en
quien latía la inclinación más irresistible al fausto y esplendor, y que
procuraba deslumbrar al huésped con la vajilla y con cuanto pudiese.
Cuando después de reposar la cena fumando un par de
cigarrillos, pedía Gabriel á don Pedro una entrevista confidencial para el día
siguiente, retirábase el Gallo á sus habitaciones en compañía de su mujer, la
cual acababa de disponer todo lo necesario{t.1-234} al
alojamiento del huésped. Nada menos que á sus habitaciones que eran en la
planta baja, muy apañadas y cucas, con divisiones nuevecitas de barrotillo y
enlucido de yeso. Todo lo que antes fué madriguera del zorro Primitivo, lo
había convertido el presuntuoso Gallo en corral digno de sus espolones y
fachenda. Y cuanto tenían de destartalados y tristes los aposentos de arriba,
que habitaba el señor, otro tanto de cómodos y alegres los de abajo, el nido
que se labraba el mayordomo. Llenitas como un huevo, nada faltaba en ellas: ni
los cómodos armarios recién pintados, ni las útiles perchas, ni las sillas y
sofá de yute, ni el espejo grande en la salita, ni las fotografías
harto ridículas, en sus marcos dorados, ni cromos de frailes y majas, ni
muñequitos de porcelana tocando el violín, ni calendario americano, ni, en
suma, ninguno de los objetos que componen el falso bienestar y el lujo de
similor que hoy penetra hasta en las aldeas. La cama de matrimonio era
negra maqueada, es decir, con {t.1-235}unos
pecaminosos medallones dorados y unas inicuas guirnaldas de rosas; á cada viaje
que el Gallo hacía á Orense, se le acrecentaba el deseo de trocarla por una
dorada enteramente, lo cual era á sus ojos el colmo de la ostentación y
sibaritismo humano; pero un vago recelo de lo que podría decir la gente
envidiosa y chismosa, le contenía siempre, reduciendo su vehemente capricho al
estado de sueño, de aspiración imposible, y por lo mismo más seductora.
Las pollitas, ó sean las hijas del Gallo, de siete
y nueve años de edad, dormían ya como sardina en banasta en una misma cama, la
una en posición natural, la otra con los pies hacia la cabecera; dormían con
los ojos colorados y los carrillos hechos un tomate de tanto becerrear y
llorar, porque querían ir á la era, á oir tocar la pandereta y cantar la encomienda;
pero su padre, que profesaba las más severas ideas respecto al decoro de
las señoritas, no se lo había permitido. Sabel empezaba á soltarse
los cordones de las i{t.1-236}nnumerables sayas que
vestía según la costumbre aldeana: y el Gallo, sentado en una butaca, al lado
de una mesa que sustentaba la lámpara de petróleo (una lámpara nada menos que
de imitación de porcelana japonesa) tomó el periódico que á la sazón recibía, y
era si no mienten las crónicas El Globo, y comenzó á chapucear
sueltos, asombrándose mucho del calor que hacía en Nueva York, y exclamando:
—¡Ave María de gracia!... ¡Dice que están á
noventa... y cin... y cin... co farengues... (95° Fahrenheit se
cree que sería), y trin... trienta y ci... cinco y ciento gra... dos!... (35°
centígrados, supongo que rezaría la hoja.) Mujer... ¡qué pasmo!
Sabel, que se acostaba entonces, respondió con una
especie de complaciente gruñido, estirándose gustosa entre las sábanas, pues
sin saber cuántos farengues de calor se gastaban por allí,
sabía que había sudado el quilo el día entero. Y con ese género de gruñidos
salía del apuro siempre que su consorte {t.1-237}se
empeñaba en enseñarle el santito, el grabado, ó mejor dicho el borrosísimo
cliché del periódico, para hacerle admirar cuatro chafarrinones y media docena
de rayas en que una fantasía ardiente podía reconocer, ya una Aldea
rusa á orillas del Volga, ya la Vista de Constantinopla tomada
desde el Bósforo, con otros primores artísticos de la misma laya. Aquella
noche, después de pagar el imprescindible tributo á la política exterior y al
movimiento europeo, ambos cónyuges, después de apagar el quinqué soplando
fuertemente en la boca del tubo, entre el silencio y la oscuridad y el
bienestar del lecho, que refuerza muchísimo la potencia discursiva, se echaron
á indagar, comunicándose sus reflexiones, qué demonios sería aquell{t.1-238}a venida del señorito don Gabriel.
La primer noche de los Pazos fué para Gabriel Pardo
noche de fiebre. Fiebre de impaciencia, fiebre de cólera, fiebre de recuerdos,
de esperanzas, de curiosidad, de indefinible y hondo temor, y además... ¿por
qué negarlo? ¿por qué dudarlo? ¡fiebre amorosa!
¡Amorosa! ¡Una niña á quien había visto un cuarto
de hora, que le había dicho buenas tardes por junto y
enseguida á recoger gavillas de centeno sin mirarle más á la cara! ¡Una niña
cuyos rasgos fisiognómicos le sería imposible recordar con exactitud!{t.1-239}
—No soy yo quien se enamora, es mi imaginación
condenada—pensaba el comandante.—Parezco un cadete. Pero es que en esa
chiquilla he cifrado yo muchas cosas. La familia pasada y la futura, mi mamita y
mi hogar, mis ya casi desvanecidas memorias de cariño y mis justas aspiraciones
á los afectos santos que todo hombre tiene derecho á poseer... Por eso me ha
entrado así, tan fuerte.
Cabalmente le habían dado el cuarto de su mamita—¡el
cuarto en que había muerto! Él no lo sabía. Por una especie de convenio tácito
consigo mismo, y á fuer de persona recta, le repugnaba hacer ninguna pregunta
hostil ó desagradable en una casa adonde venía en són de paz; así es que no
había querido ni enterarse de cuál era el cuarto. Se lo dieron
porque, arreglado poco antes de la boda, se encontraba más presentable que el
resto de la desmantelada huronera, tan invadida por las aficiones agrícolas del
dueño, que en algún salón la cosecha de maíz sobrante se amontonaba á ambos
lados en rimero de{t.1-240} oro.—Allí la cama
barroca, con su dorado copete figurando el sol; allí el biombo con
inverosímiles pinturas de casas y árboles; allí todavía el canapé de estilo
Imperio en que se reclinaba la enferma, la honda ventana junto á la cual se
sentaba á leer en un sillón de gutapercha ya descascarado; sobre la cabecera
estampas de su devoción, un rosario de azabache con engarce de plata... todo
había sido conservado allí, no por respeto ni por ternura, sino por la
indiferencia de la vida campesina, por el tamaño del gran caserón, donde se
pasaba un año sin que fuesen visitados algunos aposentos.
Gabriel velaba revolviéndose en la cama, escuchando
el silencio, ese silencio campesino en que vibran siempre ladridos de canes
vigilantes, murmullos de agua y brisa, coros de ranas, y antes de la aurora,
gemir de carros, y á la aurora, dianas de gallos de sangre ligera. Calculaba
qué línea de conducta le convendría adoptar al día siguiente; al fin optó por
la más leal. Hablaría con el hid{t.1-241}algo
francamente, se lo diría todo, obraría de acuerdo con él y previo su
consentimiento. Y si le negaba autorización para hacerse querer de la niña...
bien, entonces le asistiría el derecho de tomársela.
Llegó al cabo el amanecer y sucedióle á Gabriel lo
que á todos los que se pasan la noche en blanco suspirando por el día: que se
quedó profunda é invenciblemente dormido. El marqués de Ulloa, inveterado
madrugador gracias á sus hábitos de caza y siesta, vino con impertinente celo á
despertar á su cuñado, aguijoneándole ya la curiosidad de saber el objeto de la
venida del comandante. Gabriel fué llamado al mundo real cuando más á su sabor
se encontraba en el de las quimeras. Propuso el marqués, á guisa de armisticio,
que la conversación fuese de cama á butaca, pero Gabriel rechazó las sábanas, y
empezó á vestirse y lavarse en un aguamanil tan chico como incómodo, con dos
tohallas no mayores que pañuelos de narices. Convinieron en que la entrevista
se c{t.1-242}elebraría dentro de media hora en el
despacho y archivo del marqués de Ulloa—archivo que ya volvía á encontrarse
punto más punto menos, en su pristino estado, antes de arreglarlo cierto
capellán.
El artillero acudió puntualmente, y sin saber cómo,
el diálogo que Gabriel se había propuesto que fuese sumamente correcto y
formal, tomó en seguida giro humorístico, descarado y hostil por ambas
partes.—Me dejas pasmado.—No sé por qué.—Pero, vamos claros: tú tienes gana de
broma?—Nada de eso: con nadie, y menos contigo.—¿En qué quedamos; me pides ó no
á Manolita?—No te la pido; lo que hago es advertirte que voy á intentar
tomarla, porque me parece desleal proceder de otra manera: al fin eres su
padre.—¿Tomarla? ¿Cómo se entiende eso de tomarla?—¿Cómo se entiende? No como
lo entiendes tú, sino de otro modo: y para explicártelo mejor, voy á ver si
logro que la chica me quiera, y entonces... entonces sí que te la pido.—Sólo
faltaba que tampoco me la{t.1-243} pidieras
entonces.—Pues bien mirado, si ella quiere darse, es cuando menos falta me hace
que me la dés tú; pero... yo soy así.—Tú eres por lo visto una buena
pieza.—Nada de eso; al contrario; por sencillez y por honradez te cuento á ti
todo esto.—Pero... ¿estará decente que andes tú por ahí acompañando á la chica,
después de saber que tienes tales proyectos?—Mis proyectos son muy honestos, y
no parece sino que tu hija anda muy recogida y pierniquebrada.—Hombre...
hombre!—La has criado como un marimacho, sin recato ninguno, ¿sabes? Y muy mal,
por no decir infernalmente.—Y á ti ¿quién te da vela?...—Poca cosa: como que
intento ser su marido, y como que soy el hermano de su madre.—Manolita es una
chiquilla, y además.... no anda sola.—No, ya sé que la acompaña... el hijo del
mayordomo.—(Aquí los ojos de ambos cuñados cruzaron una mirada singular, y don
Pedro acabó por bajarlos).—Siempre anduvieron juntos ella y ese rapaz desde
pequeñitos.—Bonita razón! En fin, al grano{t.1-244};
¿me permites, sí ó no, que pruebe á agradar á Manolita?—¿Y si no te lo
permito?—Lo haré sin tu permiso; sólo que lo haré desde fuera de tu casa,
porque no me parecerá regular venir á meterme en ella para obrar contra tu
gusto.—Y si te doy permiso y le agradas ¿te casarás con ella?—Hombre! ese es mi
propósito: pero y si tratada, no me gusta? No puedo empeñarte mi palabra.—Me
estás proponiendo cosas raras.—Aún voy á proponerte otra más rara que todas las
demás. Si se arregla la boda, no le dés un céntimo á tu hija de presente, y
dispón tu testamento como te dé la gana y á favor de quien se te antoje.—Eh....
Ni un cént.... Quieto, quieto; mi hija no está en la calle; por de pronto
tiene... la legítima materna.—(Por ahí te duele, pensó Gabriel cuando oyó
esto).—La legítima materna de Manolita te la cederé: yo le señalaré de mi
patrimonio, en carta dotal, otro tanto como le corresponda por herencia de su
madre.—Yo... en realidad de verdad... así Dios me salve...—He dicho que ni{t.1-245} un céntimo de presente, ¿cómo se dicen
las cosas?... Y el día de mañana... lo que te dicte tu conciencia... y nada
más.—(La cara del marqués se dilataba, su barba gris temblaba de placer).—Vaya,
vaya con don Gabriel Pardo! ¿Y cómo ha sido ese repentón de gustarte la
chica?—Tres meses hace que me gusta.—¿Sin verla?—¡Se entiende! Casi no la he
visto aún á estas horas. A ti, ¿qué te importa eso? Es cuenta de ella y mía. No
se te pide sino la aquiescencia y nada más.—Pues... por mí... trato
hecho.—Trato hecho... Acabáramos!
—Ya tengo—pensó Gabriel al volver á su cuarto—campo
libre y carta blanca. Pasábase el cepillo por la cabeza á fin de alisar y
distribuir mejor sus cabellos finos y escasos, cuando el corazón le dió un
brinco absurdo, inverosímil: unos dedos menudos herían aprisa la puerta, una
voz que le era imposible confundir ya con otra alguna, preguntaba:
—¿Hay permiso?
Manolita entró. Venía vestida con algún{t.1-246} más esmero que el día anterior, y su
traje de percal color garbanzo salpicado de cabecitas de perros, látigos y
gorras de jockey, revelaba pretensiones de seguir la moda y
procedencia orensana ó pontevedresa. El peinado también indicaba más larga
elaboración que la víspera, y había un lazo azul de raso al extremo de las
trenzas. La muchacha se adelantó sin cortedad alguna por el cuarto de su tío, y
con cierta sequedad le dijo, de carretilla y en tono uniforme, á manera de
chico que recita la lección:
—Buenos días. ¿Cómo ha descansado usted? Yo...
bien. Dice papá que le lleve á ver el huerto y la casa toda.
—Gracias, niña... Y para venir conmigo te has
compuesto así?
—Mandó papá que me pusiese el vestido nuevo para
acompañarle á usted.
—¿Te sería igual tutearme... ó te parezco demasiado
viejo? Di—añadió con unos visos de melancolía.
—Algo viejo es... y me da vergüenza.{t.1-247}
Gabriel se quedó encantado de la contestación.
«Ella me tuteará»—pensó para sí;—y añadió en voz alta:
—Pues cuando tengamos más confianza. Ahora, vámonos
por ahí, al huerto... Tengo más ganas de aire libre que de ver la casa.
¿quieres mi brazo?
—¡Brazo! Ay qué chiste! Tengo los dos que Dios me
dió. Puede que...
—¿Qué?
—Que si fuésemos por ahí... por montes... le
tuviese yo que dar la mano.
—Pues mira... Justamente quería pedirte ese favor.
Que me enseñases paseos largos, sitios bonitos... Tú que conoces todo este país
como tu propio cuarto.
—Sí; pero á esta horita—notó la muchacha
castañeteando los dedos—quién se atreve á pasar más allá del bosque? No se
aguantará la calor, y usted que no tiene costumbre...
—Pues al bosque ahora, y á la tarde... me llevarás
á donde gustes, chiquilla.
Volvióse la muchacha con un movimiento{t.1-248} de malhumor y aspereza, que ya dos veces
había observado en ella Gabriel; y este síntoma infalible de detestable
educación, en vez de desalentar al artillero, le atrajo más.—Es un terreno
inculto, virgen, lleno de espinos, ortigas, zarzales... ¡Pobre huérfana, y
pobre hermana mía! Si viviese... A falta suya, yo desbrozaré esa maleza, á
fuerza de paciencia y de cariño.
La montañesa echó delante, ágil y airosa como una
cabrita montés, y su tío la seguía, rumiando aquello del terreno virgen, y
observando con gran placer que era aplicable así á lo moral como á lo físico de
la muchacha. La cintura de Manolita, en vez de ser de forma cilíndrica, tenía
las dos planicies delante y detrás, que suelen delatar la inocencia del cuerpo;
su nuca (descubierta por la raya que dividía las trenzas colgantes), su nuca,
esa parte del cuerpo femenino que el arte moderno ha rehabilitado devolviéndole
todo su valor expresivo, era de las más tranquilizadoras, por su delgadez y
pureza, y lo raro{t.1-249} y lacio del pelo
corto que la sombreaba; su andar era andar de cervatilla, sin languidez alguna,
y sus sienes rameadas de venas azules y su frente convexa la hacían semejante á
las santas mártires ó extáticas que se ven en los museos.
—¡Cuánto tengo aquí que enmendar, que enseñar, que
formar!—reflexionaba Gabriel, muy encariñado ya con su oficio de
preceptor.—Pero hay terreno, hay sujeto... ¡La han descuidado tanto! Lo que
exista aquí de bueno ha de ser bueno de ley, por deberse exclusivamente á la
fuerza é influjo del natural, á la rectitud del instinto. Más fácil es
habérselas con esta niña, entregada á sí misma desde que nació, que con esas
chicas criadas en una atmósfera artificial, y á quienes la solicitud y los
sabios... ó hipócritas consejos de las mamás, tías, y amiguitas, han cubierto
de un barniz tan espeso y compacto, que el demonio que sepa lo que hay debajo
de él.—¿Con que á dónde me llevas? al bosque? Pero qué modo de correr!—exclamó
en voz alta,{t.1-250} viendo que Manolita
atravesaba velozmente las habitaciones de la casa, bajaba las escaleras de
cuatro saltos, y sin aflojar el paso se metía por el huerto.
—Corra también—respondió la niña casi sin volver la
cara:—¡todo esto de la casa y la huerta es más cargante! Ya iremos despacio por
el soto... Allí da gusto.
Realmente el huerto parecía un horno. El día
amenazaba ser del todo canicular, y en la superficie del estanque, los
mismos escribanos de agua tenían pereza de echar complicadas
firmas con sus largos zancos, y adormecidos sobre las verdosas plantas
palúdicas se entregaban al goce de beber sol. Los átomos del aire vibraban,
prontos á inflamarse cuando el astro ascendiese á su zenit; innumerables
insectos zumbaban entre la hierba; gorjeaban con viveza y regocijo los pájaros,
seguros de que con aquel día tropical la espiga se abriría sola y los surcos se
llenarían de derramada simiente; de cuando en cuando, una bandada de mariposas
ejecutaba en{t.1-251} el ambiente de fuego una
figura de rigodón, y luego se desvanecía. Gabriel, sofocado, se había quitado
el hongo, y abanicábase con él. Sin pararse, de soslayo la chica lo vió.
—Va á pillar un soleado... ¡Ave María
Purísima! Coja una hoja de berza y métala en el sombrero, que sino... mañana á
estas horas está en la cama con un mal.
Obedeció el sabio consejo el artillero, y colocó
dentro de su hongo una hoja de col bien aplicada.
—¿Y tú?—exclamó en seguida.—¿Por qué no coges
un soleado tú? No llevas nada en la cabeza.
—¡Uy! Yo! Yo ya tengo confianza con el sol.
A lo lejos, más allá de los frutales del huerto,
que apenas daban sombra, destacábase el soto, como una promesa de frescura y
bienestar; el soto de castaños floridos, donde los rayos del sol no tenían
acceso. Pero Gabriel, fuese por detenerse un minuto, ó porque realmente el
paseo convidaba á refrescar la boca, se detuvo al pie de un ciruelo{t.1-252} cargado de fruta, y llamó á su sobrina.
—Manuela?
Ella se volvió, asaz impaciente.
—Sabes que de buena gana comería un par de
ciruelas?
—Pues cómalas, y buen provecho—respondió la chica
encogiéndose de hombros.
—Escógemelas; ten compasión de un pobre cortesano
ignorante.
—Seque no diferencia las verdes de las
maduras?
—No... Sé un poco amable. Ayúdame.
Con el ceño fruncido, el ademán entre hosco y
burlón, la chica alargó los dedos, bajó una rama, fué tentando ciruelas... y en
un abrir y cerrar de ojos, dejó caer una docena, como la pura miel, amarillas
por la cara que miraba al sol y reventadas ya de tan dulces, en el pañuelo
limpio, marcado con elegante cifra, que Gabriel tenía cogido por las puntas.
—Mil gracias... Ahora...
—¿Ahora qué?
—Cómete tú una primer{t.1-253}o,
para que me sepan mejor las demás.
—No me da la gana... Estoy harta de ciruelas.
—Pues dispensa... Una más ó menos, no te produciría
indigestión, y al comerla, cumplirías un deber.
—¿De qué?—preguntó ella fijando con dureza
en Gabriel sus ojos ariscos.
—El deber de las señoritas, que es hacerse
agradables y simpáticas á todo el mundo, y con mayor razón á los huéspedes que
tienen en casa, y todavía más si son sus tíos y vienen á verlas.
Una ojeada más fiera que las anteriores fué la
respuesta de Manolita, que echó á andar apretando el paso, tanto que á Gabriel
le costaba trabajo seguirla.
—Chica, chica.....—gritó.—Mira que he trepado por
los vericuetos de las Provincias, pero tú eres un gamo..... Aguarda un poco.
Paróse la muchacha, y agarrándose al tronco de un
peral, y estribando en la pie{t.1-254}rna izquierda,
con la punta del pie derecho describía semicírculos sobré la hierba. Al
alcanzarla su tío, no dijo palabra; suspiró con resignación, y siguió andando
con menos ímpetu, pero sin hacer caso del forastero.
Dejado atrás el huerto, pisaron la linde del
bosque, alfombrada por las panojas amarillentas de la flor del castaño, que
empezaba á desprenderse aquellos días y había impregnado el aire de un
olorcillo que sin ser embriagador perfume, tiene algo de silvestre, de fresco,
de forestal, de húmedo y refrigerante, por decirlo así, encantador para los que
han nacido ó vivido largo tiempo en la región gallega. No pecaba el soto de
intrincado; como más próximo á la casa, había sido plantado con cierto orden y
simetría, y los troncos de sus magníficos árboles formaban calles en todas
direcciones, aunque los obstruyese la maleza, dejando sólo relativamente limpia
la del centro, atajo que solían tomar los peatones que descendían de la
montaña, para llegar á los Pazos más pronto. El rama{t.1-255}je
era tan tupido y formaba tan espesa bóveda, que sólo casualmente le atravesaba
la claridad solar, engalanándolo con una estrella de oro de visos irisados,
trémula sobre la cortina verde. Manolita andaba y andaba, pero más despacio ya,
con el involuntario recogimiento que produce la frescura y la oscuridad de un
bosque. Gabriel emparejó con ella, y señalándole el repuesto y solitario lugar
y la mullida hierba, le dijo:
—¿Vamos á sentarnos un poco? Esto está envidiable.
—Bien—contestó lacónicamente la muchacha, siempre
con la misma agrazón en el acento y el gesto; y se {t.1-256}tumbó
como de mala gana en el blando tapiz.
—Cortezuda es la pobrecilla!—pensaba Gabriel
mientras su sobrina callaba arrancando uno tras otro los pétalos de una flor
silvestre. La flor, que era una margarita, le contestó—mucho—pero la muchacha,
que nada tenia de romántica, no le habla preguntado cosa alguna.
—Manuela (esto ya iba dicho en voz alta y con
dulzura y ansiedad)—dispénsame que te haga una pregunta. ¿Estás así, incomodada
y de mal humor, por culpa mía, por tener que {t.1-257}acompañarme?
Mira, dímelo francamente, porque... no tendrá nada de particular, sabes?
Lo que se dice nada. Un pariente forastero que
llega ayer, llovido del cielo; á quien tú no has visto jamás ni probablemente
oído nombrar dos veces en toda tu vida; que no conoce tus gustos y costumbres,
ni tú las de él... más viejo... mucho más viejo que tú; y que va tu padre y te
manda que... lo acompañes, ¿no es eso? Hija, comprendo, comprendo perfectamente
que reniegues de mí.
Manuela bajó los ojos, que tenía clavados en el
ondeante pabellón de las ramas, y miró á su tío primero con cierta sorpresa,
después con atención. Gabriel, habiéndose quitado los quevedos, concentraba en
sus expresivas pupilas toda la vida de su espíritu.
—Como lo comprendo, no pienses que me he de enfadar
contigo... Lo que te dije antes, cuando te pedí que comieses las ciruelas, fué
pura broma. Yo no me enfado por sentimientos naturales y cosas propias de la
edad; además, nada que venga de ti puede enfadarme, niña. Tú{t.1-258} puedes hacer de mí lo que quieras.
—¿Por qué?—preguntó la montañesa, cuya negra pupila
se dilató de asombro.
—Porque eres un ángel, y los ángeles no ofenden á
nadie... y porque aunque fueses un diablillo, yo... te querría, ¿sabes? Lo
mismo que te quiero... con toda el alma... con toda el alma!
Fué dicha la frase con tan sabrosa mezcla de calor
y galantería, de ternura paternal y fuego profano, que Manuela se sintió poco á
poco enrojecer desde la punta de la barbilla hasta la raíz del cabello, y su
infalible instinto femenil le dijo que había allí algo inusitado,
algo distinto de lo que podía decir un tío á una sobrina en el fondo de un
bosque. Y otra vez se juntaron sus cejas, y su boca de finos labios adquirió
expresión severísima.
—Tu madre—añadió Gabriel como para atemperar el
encendimiento de sus palabras—fué mi hermana del corazón, y he conservado {t.1-259}de ella tal memoria, que sólo por ser tú hija
suya, besaría la tierra que pisas... ¿te ríes, chiquilla? Pues verás como lo
hago, ahora mismo.
Y sin más preliminares, Gabriel, que estaba
recostado un poco más bajo que la niña, se volvió, llegó el rostro á las yerbas
en que el pie de ésta reposaba, y aplicóles un sonoro beso.
La gravedad de la montañesa se disipó como el humo.
Ver á aquel señor, tan elegante, tan fino, tan formal, que aunque no era
precisamente viejo, parecía «persona de respeto,» y que sin más ni más
besuqueaba el suelo delante de ella, le arrancó una viva y sonora carcajada.
Gabriel le hizo coro.
—¡Gracias á Dios que te veo reir!—dijo al disiparse
el primer alborozo.—Gracias á Dios! Todo lo que sea no estar con aquella cara
de juez de antes, me gusta. Á tu edad se debe reir... es lo natural. ¡Qué
contento me da verte así! Sobrina mía... te declaro solemnemente que eres muy
bonita cuando te ríes. (Ya lo sabía la niña, y aunque montañesa,{t.1-260} no ignoraba que al reir se le ahondaba
un par de graciosos hoyos en las mejillas y se lucían sus dientes, que en lo
blancos y parejos afrentaban á los piñones). Por lo demás—siguió Gabriel—á mí,
como te quiero, me pareces siempre muy linda... Sí, sobrinita. Antes de verte
ya me gustabas...
—¿Antes de verme?—interrogó la chiquilla con
serenidad burlona, enjugándose con las yemas de los dedos lágrimas de risa.
—Antes. ¿De qué te pasmas? ¿Te acuerdas tú de tu
mamá?
—No... ¡Era yo tan cativa cuando
se murió la pobre!
—¿Y cómo te la figuras tú? Fea ó bonita?
—¡Qué pregunta! Ya se sabe que bonita.
—Pues... lo mismo me pasaba á mí contigo antes de
verte. Ea: ¿están hechas las paces? ¿Somos amigos?
—Sí señor—respondió Manuela entornando los
párpados.
—¿No estás disgustada por tener que acompañarme?{t.1-261}
—No señor...
—Sí señor, no señor... ¡Ay, ay, ay! Qué sonsonete!
Mira que si me enfado... te hago reir otra vez. Ya que no quieres tutearme...
al menos, no me digas señor: díme Gabriel, que es mi
nombre.
—¿Tío Gabriel?
—Bueno, tío Gabriel, si así te parece
que te podrás ir acostumbrando á llamarme Gabriel á secas. Y
ahora, que ya estamos con más confianza (Gabriel apoyó el codo sano en el suelo
y se reclinó cómodamente), vamos, díme por qué estabas de mal humor conmigo
esta mañana.
—Porque...—Manuela iba sin duda á soltar un secreto
formidable; pero de pronto sus labios se cerraron, sus ojos vagaron por el
suelo, y murmuró enérgicamente.—Por nada.
—¿Por nada?
—Por... porque hablando francamente, era mejor que
papá lo acompañase; yo no soy quien para entretenerlo ni darle conv{t.1-262}ersación. Bonita diversión la que saca de
estar conmigo. ¿De qué le he de hablar? Por eso me dió rabia que papá
discurriese mandarme á papar moscas con usted.
—Montañesita, eso que vas diciendo sí que es una
chiquillada. No sólo me distrae tu compañía, sino que la he solicitado. ¿De
dónde sacas tú que no tenemos de qué hablar? ¡Miren la muñeca! Vaya si tenemos:
y tanto, que no se nos acabará en muchísimo tiempo la conversación. Podremos
estar charlando una semana, y otra, y otra, y tener siempre cosas nuevas de qué
tratar.
Enarcó Manuela las cejas, entreabrió los labios,
redondeó los ojos, y se quedó como asombrada mirando al artillero.
—¿No lo crees?—dijo éste, que iba cortando con
mucho primor, de una uñada, tallos de gramíneas, y reuniéndolos, sin duda con
ánimo de formar un ramillete.
—No señor... tío Gabriel. Porque... yo soy una
infeliz que me he criado aquí, entre los tojos, como quien dice, y usted andu{t.1-263}vo mucho mundo y corrió muchos pueblos y sabe
todo... Conmigo se tiene que aburrir, ¿eh? aunque por darme jarabe diga eso.
Otra le queda.
—¡Ay, chiquilla! Te engañas de medio á medio. Pues
si justamente te necesito; si me haces muchísima falta para explicarme, y
enterarme, y ponerme al corriente de un sinnúmero de cosas importantísimas, en
que eres tú maestra y yo no sé ni el a, b, c...
—Vaya, vaya, vaya—canturreó la niña con su marcado
acento del país.
—No hay vaya, vaya, que valga—murmuró Gabriel
remedándola tan jovialmente, que no había modo de enojarse por la parodia.—Sí
señora. Se lo digo á usted formalmente, con toda la formalidad que cabe en un
comandante de artillería. Mira, hijita, por lo visto tú eres como Santo Tomás:
ver y creer. Así es que te diré cuáles son esas cosas en que eres una sabia y
yo un borrico. Son... las cosas de por aquí, del campo.
—¿Del campo?{t.1-264}
—Cabales... Atiéndeme... Yo me he criado en un
pueblo, he estudiado en otro, he vivido en varios, y no he estado en lo que se
llama campo, sino en el campamento, que es muy
diferente... Allí mira uno la tierra desde el punto de vista de cómo podrá,
abierta en trincheras, servir para resguardarse del enemigo... y las montañas
que yo he visto y recorrido, ¿sabes lo que buscaba en ellas? Un punto
estratégico en que situar una batería... para santiguar desde allí á cañonazos
á los carlistas.
Inclinóse la montañesa hacia su tío, revelando en
sus ojos brillantes, en su respiración agitada, el interés con que
infaliblemente escucha la mujer toda historia en que juega el valor masculino.
—¿Estuvo en muchas batallas?—preguntó mostrando
gran curiosidad.
—En unas pocas... pero no batallas campales y en
grande, hija mía, como esas que tú habrás visto pintadas ó te habrás
representado en la imaginación; fueron encuentros {t.1-265}parciales,
tomas de fortines, asaltos de trincheras, escaramuzas, tiroteos de avanzadas...
—¿Y muere gente en eso como en lo otro?
—¡Ah! Morir, sí, lo mismo; en proporción, quizá sea
más peligroso... Allí ve uno muy de cerca el brillo de las bayonetas y los
machetes, y la boca de los rewólvers.
—¿Y á usted... lo hirieron? ¿Le hicieron daño?
—Sí, á veces... Rasguños.
—¿En dónde? ¿Aquí?—exclamó la chiquilla alargando
su dedito moreno hasta rozar con él la mejilla de su tío, el cual se estremeció
dulcemente, como si le hiciese cosquillas una de las delicadas gramíneas que
cortaba.
—No...—dijo sin ocultar el estremecimiento...—Esto
fué la explosión de un poco de pólvora que se me quedó embutida debajo de la
piel...
—¡Ay! me ha de contar cómo fué. No..., pero antes
las batallas.
Gabriel se incorporó quedándose sentado{t.1-266} en la hierba, con las piernas estiradas
y el haz de gramíneas en la mano. Habíalas verdaderamente airosas y elegantes,
montadas en tallos como hilos; sus menudas simientes pajizas temblaban,
bailaban, oscilaban, se encrespaban y bullían como burbujas de aire moreno,
como gotas de agua enlodada; algunas semejaban bichitos, chinches; otras, como
la agrostis, tenían la vaporosa tenuidad de esas vegetaciones que
la fina punta del pincel de los acuarelistas toca con trazos casi aéreos, allá
al extremo de los países de abanico: una bruma vegetal, un racimo de
menudísimas gotas de rocío cuajadas. Con aquel fino puñado de hierba, Gabriel
acarició la cabeza trigueña de su sobrina, diciendo con una explosión de alegría
casi infantil:
—¡Ah, pícara... pícara! Ves cómo tenemos de qué
hablar... y nos sobra. ¿Lo ves, lo ves? Yo te cuento guerras ó catástrofes como
esta de la pólvora que se me metió entre cuero y carne, y muchas cosas más que
me han pasado; y tú...{t.1-267}
—¡Bah! No haga burla, no haga burla... Ya se sabe
que yo no puedo contar nada que valga dos nueces.
—Que sí, mujer... Más que yo; doscientas veces más.
Tú eres una doctora y yo un ignorantón.
—¿Con tanto como estudió?
—En los colegios, hija mía, nos enseñan cosas muy
raras y estrafalarias, que andan en libros... y mira tú, lo bueno es que allí
se quedan, porque luego, en la vida, no se las vuelve uno á encontrar ni por
casualidad una sola vez. Pues sí... ¡tú vas á reirte de mí cuando veas lo tonto
que soy! No diferencio el trigo del centeno...
La montañesa soltó una carcajada fresquísima.
—No he visto nunca moler un molino... El único en
que estuve lo tomamos á cañonazos: era un molino en que se habían hecho fuertes
las gentes del cabecilla Radica... Ya te figurarás que no molía entonces...
Redobló la carcajada de Manuela.{t.1-268}
—Tampoco he visto segar... Ayer me enteré de que
hacéis unas cosas que se llaman medas, que son como una pirámide de
haces de mies... y eso porque te ví encaramada encima como un loro en su
percha...
Ya no era risa; era convulsión lo que agitaba á
Manuela, obligándola á echarse atrás, á recostarse en el tronco del castaño
para no caer... Con una mano, á la usanza aldeana, se comprimía la ingle, y con
otra se tapaba la boca y la nariz, pero entre sus dedos rezumaban y salpicaban
chorros de risa que, por decirlo así, caían sobre el rostro del artillero.
—Ay... ay... que me muero... que no puedo
más...—decía la chiquilla.—Ay... por Dios... no diga tontadas así...
Sonreíase él, contento del efecto producido, y
haciendo girar entre pulgar é índice el fino tallo de una gramínea, que por el
volteo apresurado parecía una rueda de dorada niebla. Paróse, al ver un insecto
semejante á una media bola de coral pulido, con pintas{t.1-269} de
esmalte negro, que le había caído sobre el dorso de la mano y allí permanecía
inmóvil.
—Ahí tienes—murmuró dirigiéndose á su sobrina, que
pasado el espasmo se había quedado como aturdida, con dos lágrimas que le
asomaban al canto de los lagrimales—mira si es verdad lo que tanto te hace
reir, que ahora me veo en el apuro de ignorar qué fiera es esta que se me ha
domiciliado en la mano.
—¿Esa?—balbució la niña como saliendo de un
letargo—es una mariquita de Dios.
—¿Y por qué se está tan quieto este bicho divino?
—¿Quiere que vuele? Yo la haré volar enseguida.
—¿Pinchándola? No. Mira que yo, aquí donde me ves
con estas barbas, no puedo sufrir que se lastime á ningún animal.
—¿Piensa que yo soy un verdugo? Verá cómo vuela
solo con hablarle.
Y la niña, acercándose tanto á la mano de{t.1-270} su tío que éste sintió el húmedo calor y
la frescura de su sano aliento, murmuró misteriosamente:
—Mariquiña, voa, voa, que ch’ei de dar pan é
ceboa.
A las primeras sílabas del conjuro el insecto se
bullió; á las segundas removió sus patas, que parecían hechas de cabitos cortos
de seda negra; á las terceras entreabrió las alas de coral, descubriendo debajo
otras de gasa, de sombría irisación, que tenía replegadas como las alas
membranosas del murciélago; y antes de que la fórmula cabalística terminase,
alzó el vuelo rápidamente y se perdió en el aire.
—No he visto en los días de la vida animal más bien
mandado—observó Gabriel un tanto sorprendido.—¿Obedecen así los demás
bicharracos?
—¿Los demás? Buena gana! Si fuese una avispa y le
clavase el aguijón... ya vería si obedecen ó no.
—¿De modo q{t.1-271}ue
los bichos más dañinos son las avispas?
—¡Uy! otros son peores. Hay los de cuatro patas...
Raposos y lobos; allá en lo más alto de la sierra, jabalíes; la marta, que se
come las gallinas; el miñato, que mata las palomas... Pero á mí
esos animales fieros no me dan cuidado ninguno; me gustaría ir con los
cazadores cuando dan la batida á los lobos, que debe ser precioso; pero á lo
que tengo miedo es á... los perros rabiosos, en este tiempo del año. Dice que
cuando muerden, para que uno no se muera, hay que quemarle con un hierro
ardiendo el sitio donde dejan la baba... ¡ih, ih, ihhh! (Manolita se
estremeció, subiendo los hombros como si tuviese frío).
—¡Qué nerviosa es!—pensó para sí Gabriel, el cual,
en medio de la embriaguez que le producía el ver á la niña tan domesticada ya y
entretenida en tan familiar y afectuosa plática, no dejaba de estudiarla,
recordando que tenía que hacer con ella oficio de padre, de maestro, y aun
quizás de médico; tierno{t.1-272} protectorado,
acaso lo más dulce y atractivo de la obra de caridad que su corazón
emprendía.—Al mismo tiempo—calculó mirando la coloración trigueña, encendida y
melada del rostro de su sobrina—hay sangre, generosa, rica y roja... Me gusta
que tenga nervios: por el camino de los nervios se puede conseguir tanto de la
mujer!
Aún charlaron algo más antes de volver á los Pazos
á la hora de la comida. Al atravesar el bosque, pudo ver el comandante que los
nervios de su sobrina se estaban quietos en ocasiones que alborotarían los de
una señorita cortesana. Allá, en lo más oscuro y enmarañado del bosque, notó
Gabriel un roce entre las hojas, algo parecido al cimbrear de una vara verde; y
al punto mismo vió pasar á dos dedos de sí, con el espinazo arqueado y
enhiesto, arrastrado el pecho, la plana cabeza erguida, una gruesa culebra, distinguiendo
la blancura azulada de su vientre. Sería como la muñeca de un niño, y mediría
de largo vara y media. Gabriel se que{t.1-273}dó
fascinado, sintiendo el frío que causa la presencia de los reptiles. Manolita
en cambio se bajó, y escudriñando entre las hojas caídas y la maleza, blandió
triunfalmente un objeto amarillento, larguirucho, diáfano, que parecía hecho de
papel de seda untado con aceite, por encima imbricado de escamas, por debajo
plegado en pliegues horizontales; un andrajo orgánico, que aún parecía
conservar la flexible curvatura del tronco que momentos antes revestía.
—La camisa de la culebra!—gritaba entusiasmada
Manola.—¡La ha soltado ahí la bribonaza! ¡Vestido nuevo, que estamos en tiempo
de feria! Ah maldita! Si yo tuviese una piedra con que esmagarte los
sesos!... Mire, mire, mire—exclamó metiéndosela á Gabriel casi por los
ojos:—mire la hechura de cabeza, mire la boca, mire los ojos... como se conocen
los ojos!
—La llevas?—preguntó Gabriel viendo que se la
enrollaba á la muñeca.{t.1-274}
—Toma! Para enseñársela á Perucho.
Después de comer, transcurrida la hora sagrada de
la siesta, Gabriel sintió otra vez llamar á su puerta, no con los nudillos y
desdeñosamente como por la mañana, sino con el batir imperioso de una manecita
que manifiesta cierta cordialidad y deseo de ver pronto á la persona que busca.
Saltó el comandante del canapé en que se había recostado, más á leer que á
dormir. Como todo hombre de hábitos intelectuales, Gabriel, al llegar á los
Pazos, había buscado algún alimento del alma, alguna lectura: el obsequioso{t.1-275} Gallo le había ofrecido sus periódicos
(el señor los leía también al día siguiente); pero Gabriel, recordando haber
visto por la mañana en el archivo un armario-estantería donde encima de las
oscuras encuadernaciones de antiguos libros relucía algún filete de oro, se fué
allá terminada la comida. Al abrir las hojas forradas, en vez de vidrios, de
rejilla de alambre, salió una tufarada de moho, de polvo, de humedad;
cenicientas polillas huyeron despavoridas de su refugio predilecto. No se
arredró: fué sacando volúmenes. Cada libro que abría era un depósito de larvas,
una red de túneles abiertos por el diente del insecto bibliófilo: y el cadáver
del siglo XVIII se alzaba de su sepulcro, todo comido de gusanos: allí estaban,
calados y alicatados por la polilla con mil pintorescos dibujos, La
Enriqueida, El Contrato Social, la Moral universal,
las Confesiones, la Nueva Heloísa: y también las
novelas del género sentimental interminable: Clara Harlowe, Pamela
Andrews, á las cuales las ratas, por {t.1-276}no
ser menos que los bichos, habían roído los cantos y puesto como una sierra el
borde de las hojas. Lo único que encontró Gabriel en mediano estado fueron las
obras de Feijóo y Sarmiento, unos tomos del Viajero universal y
un ejemplar de los Nombres de Cristo, así como la traducción
del Cantar de los cantares, también del Maestro León. Llevóse para
su cuarto lo más aceptable, y recordando sus aficiones filosóficas, se hundió
en las luminosas simas platónicas de los Nombres. Pero entre su
vista y la hoja de grueso papel en que el tiempo había derramado un baño de
ámbar, se interponían dos ojos serenos y ariscos, ojos de novilla virgen, que
miraban con despego primero y con pensativa curiosidad después. ¡Qué aprisa
soltó el libro al oir llamar!
—Está cansado? Si no, es hora de ir saliendo.
—Adónde?
—Por ahí. ¿No dijo que quería...?
—Sí, chiquilla; contigo, al fin del mundo.
Ella se encogió de hombros, respuesta que{t.1-277} tenía preparada para cuanto le sonaba á
galante broma: pero ya sin el enfado rabiosillo de por la mañana.
Al salir á campo abierto, sobrecogió á Gabriel el
ardor sofocante del día. El aire era fuego, fuego fluido que envolvía el
cuerpo, penetraba en el cerebro, derretía los sesos y causaba la sensación de
hallarse metido en una zanja, rodeado de hogueras. La naturaleza, abrumada por
aquella temperatura canicular, yacía inmóvil: no corría brisa alguna. Manuela
sin embargo andaba ligera, en términos que á su tío siempre le costaba trabajo
seguirla. Tomaron un sendero oculto días antes por el movible mar de oro del
trigo: pero ya la vega había ido despojándose del manto de seda amarilla, y la
vista no se recreaba al contemplar, desde los oteros, las anchas alfombras, tan
alegres, que parecían un pedazo de luz solar: ahora se veía la desnudez de la
tierra, la negrura de los surcos, invadidos por el estéril helecho, y sobre los
cuales yacían los haces en desorden como muertos{t.1-278} después
de la batalla; entre las cortadas espigas doblaban la cabeza moribundas las
amapolas de tafetán con corazón de terciopelo negro, las nevadas mejoranas, los
cardos, las alfalfas y tréboles, toda la flora que se cobija á la sombra de la
mies y vive por ella sola. Aún queda otra cosecha, en verano, otra planta
tierna y verde que esparce su polen fecundante por el aire encendido: es el
maíz, el maíz susurrón y melancólico, nunca saciado de agua; la cosecha del
otoño gallego. Manuela fijó los ojos en la cortiña segada.
—Después de que siegan ya parece que se escapa el
verano—pronunció con cierta pesadumbre, pensando en alto, pues el verano era
para ella la época suspirada, la época en que su compañero, su amigo de toda la
vida, regresaba de Orense, y corrían y se solazaban juntos. Gabriel no
comprendió el pesar de la montañesa: creyó que pensaba en el trigo no más, y
miró á su vez los surcos. Empezaba á considerar con simpatía, aunque por
reflejo, aquella cosa vasta y vaga, el camp{t.1-279}o,
mas no se le ocultaba que la veía al través de Manuela, con ese interés que
inspiran las cosas que son el ambiente y el marco de la persona querida.
—¿Se puede saber á dónde me lleva su alteza la
infanta?—preguntó cuando cruzaron el barbecho y fueron bajando á una pequeña
hondonada en que crecían hasta una docena de olmos muy bajos.
—Vamos á la represa del molino... le enseñaré cómo
muele... porque si subiese por la montaña, se moriría con el calor que hace...
—No, mujer... ¿por quién me tomas? tú crees que yo
soy una damita... Verás cómo no me canso, por muy largo que paseemos y por
mucho que sea el calor.
Lo cierto es que el artillero pensaba ahogarse.
Desde los tiempos en que andaba á la greña con los carlistas, no había pasado
sofocón por el estilo, y el andar rápido de la muchacha le ponía á prueba. Pero
antes mártir que confesor. No quería darse por{t.1-280} vencido
ante un poco de sol, y, como todos los enamorados, quería alardear de vigor y
salud.
—Vaya, vaya—dijo con graciosa roncería su
sobrina—que si yo lo llevase allí (y señaló una cumbre no muy distante, que
herida por el sol brillaba con resplandores micáceos), ya veríamos si podía
volver por su pie.
—Niña... ¿pero tú te imaginas que nunca he escalado
montes? ¡Caramba, hija! Y con la batería, que es un poco más peliagudo. ¿Cómo
se llama esa altura?
—Pico-Medelo. Otro día iremos allá, ya que se hace
de tan valiente, á ver quien saca la lengua primero; pero hay que salir por la
fresquita de la mañana y entonces se ve desde allí una vista tan preciosa, que
no sé: dicen que hasta se ve algo de Portugal. Es preciso que sea un día que
sople vendabal, porque con él se ve más lejos que con el nordés. Y
allí hay unas piedras viejísimas que dice que fueron de un castillo del
tiempo...
La montañesa reflexionó, llamando {t.1-281}en su ayuda todo su caudal de erudición.
—Del tiempo de los moros—exclamó al fin muy formal.
Viendo en el rostro de Gabriel una media sonrisa
cariñosísima, añadió:
—¡Bah! Me hace burla. Pues no le vuelvo á contar
nada. ¡Cuidado ahí! Que se puede resbalar en las hierbas, y ¡pataplum!
Seguían orillando el diminuto barranco, en cuyo
fondo iba cautivo un riachuelo que después se tendía encharcándose, antes de
llegar al molino, invisible aún. La proximidad del agua y la sombra de los
olmos, en tal momento, hacían del barranco un oasis. Entapizaban la superficie
de la charca esas plantas acuáticas, esas menudísimas ovas que parecen
lentejuelas verdegay, y engañan la vista representando una continuación del
prado: Manuela avisó al artillero, cogiéndole del brazo, para que no metiese la
bota entera y verdadera en el río. Al borde de la charca se arrastraban rojizas
babosas y limazas negras de una cuarta de largo: daba grima pisarlas{t.1-282} por la resistencia elástica que oponía
su cuerpo. Espadañas, gladiolos y juncos elevaban sus lanzas airosas al borde
del agua. El terreno estaba empapado, y la suela de la bota de Gabriel, al
posarse en la hierba, dejaba un ligero charco, borrado al punto. Oíase,
misterioso y grave, el ruido del agua en la presa. Manuela se volvió de pronto.
—¿Sabe pescar?—dijo á su tío.
—¡En qué aprieto me pones! Jamás he cogido una
caña, ni una red, ni...
—¡Qué lástima! Si Perucho viniese, esta noche de
seguro que cenábamos una anguila tan gorda como mi brazo (y ceñía la manga de
su traje para que se viese bien el grosor de la anguila.) Las hay hermosas en
la presa. Entre el mismo barro las pescan con un pincho... Hay que
remangarse...
—Vea usted—pensaba para sí el artillero.—¿De qué me
sirven aquí filosofías ni matemáticas? Me convendría mucho, para conquistar á
esta criatura, pescar anguilas. Yo aquí soy un sér inútil.{t.1-283}
Rota la cortina de olmos, apareció el estanque de
la presa, del cual emergían los escobones de las poas y las flores rosas de la
salvia: el agua se precipitaba espumante, pero Manuela vió con sorpresa paradas
las paletas del molino.
—Hoy no muele—dijo meneando la cabeza.—Ya me figuro
por qué será; pero venga, que preguntamos.
Desandó lo andado, y volviendo á meterse por entre
los olmos, torció á la derecha por un maizal, y pararon ante una era mucho más
chica que la de los Pazos, cerrada por humilde tapia. Un perro de amarillento
pelaje, atado á una cuerda al pie del hórreo, saltó ladrando como una fiera y
arrojándose á morder; pero á la puerta de una casuca asomó una mujer anciana, y
amansó al fiel vigilante con un—¡Quieto, can!—que en sus labios sonaba como
regaño de persona cortés al criado que recibe mal una visita.
—Entren, entren, mi ama y la compañía—suplicaba
obsequiosamente la vieja, riéndose{t.1-284} con
desdentada boca. Gabriel miró á la mujer y la encontró típica. Representaba
unos sesenta años: el sol había curtido su piel, que en los sitios donde
sobresalen los huesos tenía el bruñido y la lisura de la piel de los arneses
cuando el uso la avellana. Sus ojos grises, incoloros, hacían un guiño entre
malicioso y humilde; su pescuezo colgaba en pellejos negruzcos, confundiéndose
su color y la sombra del arranque del pelo, única parte que descubría el
pañuelo atado á la usanza campesina, con una punta colgando sobre la espalda y
dos cruzadas encima de la frente, á modo de orejas de liebre. Llevaba
pendientes de prehistórica forma, parecidos á los que tal vez se encuentran en
alguna sepultura; y el cruce de otro pañuelo sobre su pecho dejaba adivinar
senos flojos de hembra cansada de criar numerosa prole. Remangadas las mangas
de la camisa, se ostentaba su brazo—un poema de laboriosidad, un brazo en que
las finas venas azules, que al escotarse las damas atraen la vista como el
jaspeado{t.1-285} de un rico mármol, eran
gruesos troncos negruzcos, cuyas raíces se destacaban en relieve sobre la carne
terrosa, parecida á barro groseramente cocido.—El semblante de la vieja
respiraba satisfacción y amabilidad, y guiaba á los visitadores hacia su casa
como si les fuese á hacer los honores de un palacio.
A la puerta estaba un rapazuelo como de dos años,
de esos que se ven jugar ante todas las casucas de labrador gallego: cabeza
grande, pelo casi blanco de puro rubio, muy lacio y que cae hasta la nariz,
barriguilla hidrópica, fruto de la alimentación vegetal, sayo que respinga por
delante, pies zambos, magníficos ojos negros que se clavan fascinados de terror
en el que llega, el índice metido en la boca, y suspensa la respiración. El
rapaz lucía un sombrero de paja con cinta negra, en el estado más lastimoso. La
abuela, al entrar precediendo á Manolita y Gabriel, le dió un pequeño lapo para
que se apartase, y en dialecto explicó, repitiendo cada cosa cien veces{t.1-286} y con las mismas palabras, que los
chiquillos eran unos demonios, que á éste y á su hermana los había tenido que
encerrar en el sobrado para poder cocer con sosiego, que hacía más de dos horas
que pedían bola, aun antes de estar amasada la harina y caliente el
horno, y que si no le bastaba haber cuidado tantos hijos, ahora le caían encima
los nietos.
—Son los chiquillos del molinero—dijo Manolita
alzando al muñeco panzudo y besándolo en la faz, sin asco del amasijo de tierra
y algo peor que le cubría nariz y boca.—¿Y... por qué no está hoy su hijo en el
molino, señora Andrea?—preguntó á la vieja.
—¡Ay mi ama... palomiña querida!—exclamó
lastimosamente ésta, levantando al cielo las manos, como para tomarlo por
testigo de alguna gran iniquidad.—¿Y no sabe que estos días, con el cuento de
la siega... de la maja... no sabe cómo andan, paloma?
Al entrar en la casa, lo primero que vió Gabriel
fueron las cabezas de dos hermosos{t.1-287} bueyes
de labor, que asomaban casi á flor de suelo, saliendo de un establo excavado
más hondo. A un lado y otro, haces de hierba. A izquierda, la subida al
sobrado, donde estaban las mejores habitaciones de la casa: una escalera
endiablada y pina, por donde treparon todos, y tras ellos, á gatas, el
chicuelo. Arriba encontraron á su hermanilla, morena de cuatro años, hosca,
ojinegra, redondita de facciones; cuando le alabaron su hermosura tío y
sobrina, respondióles la vieja con afable sonrisa:
—De hoy en un año andará por ahí con la cuerda de
la vaca...
Gabriel sintió un estremecimiento humanitario. ¡Con
la vaca, aquella criaturita poco más alta que un abanico cerrado, aquel sér
lindo y frágil, aquellas mejillas que pedían besos; una cuerda gruesa, áspera,
enrollada á aquella muñequita débil! En dos minutos la incorregible fantasía le
sugirió mil disparates, entre ellos adoptar á la niña; todo paró en echar mano
al bolsillo para darle {t.1-288}una moneda de
plata; pero se había dejado en los Pazos el portamonedas, y sólo encontró el
pañuelo. Este era de los más elegantes para viaje y campo, de finísimo fular
blanco, y las iniciales bordadas con seda negra. Se lo ató al cuello á la
chiquilla, que bajaba los ojos asombrada y dudosa entre reir ó llorar.
—¿Cómo se dice? Se dice gracias, Dios se lo
pague—gritó la abuela con mucha severidad; por lo cual la niña, volviendo la
cabeza, optó por hacer un puchero de llanto. Vieron el sobrado en dos minutos:
había el leito ó cajón matrimonial, y la cama de la vieja, un
brazado de paja fresca sobre una tarima desde que se le había muerto su difuntiño,
no podía dormir sino allí, porque tenía miedo en el antiguo leito.
Los chiquillos dormirían... sabe Dios dónde: abajo, al calor del establo de los
bueyes, ó tal vez en el horno. Dos ó tres gatos cachorros correteaban por allí,
magros, mohínos, atacados de esa neurosis que en el país les curan radicalmente
cercenándoles de un hachazo la punta del{t.1-289} rabo.
Otro gatazo lucio y hermosísimo salió á recibir á la gente que bajaba del
sobrado: era de los que llaman malteses, fondo blanco, manchas
anaranjadas y negras distribuídas con la graciosa disimetría que embellece la
piel del tigre. Manuela se inquietó al ver al pequeñuelo rubio descender solito
por la escalera sin balaústre: la abuela se encogió de hombros: ¡bah! á los
chiquillos los guarda el diablo: ¿pues no se había quedado un día colgado del
primer escalón, sosteniéndose con las uñas y berreando hasta que lo fueron á
coger? Esa clase de hierba nunca muere... Que pasasen, que verían su bolla...
Entraron en la cocina, que cogía á la derecha tanto trecho como los establos y
el sobrado: recibía luz por la puerta de la división de tablas, que comunicaba
con el corredor, y una poca más se colaba libremente por el techado á tejavana;
es verdad que también la iluminaban los hilos de brasa de unos tallos ó
troncos menudos que ardían en el hogar. Encendió la vieja un fósforo, y enseñó
orgullosamente un{t.1-290} magnífico pan, una
soberbia torta de brona, color de castaña madura, bien redonda,
bien cocida, bien combada hacia el medio, bien cruzada de rayas formando un
enrejado romboidal. Alumbró después con su fósforo las profundidades del horno,
cuya boca guarnecían ascuas inflamadas, y allá en el fondo se vieron tres ó
cuatro torterones enormes, que acababan de cocerse. En el hogar resonaba un
coro de grillos, muy bien afinado; un concierto misterioso, que sin lastimar el
oído, vencía la tristeza del silencio. La vieja partió la torta, y alargó un
pedazo á Gabriel y otro á Manolita, rogándoles que no la despreciasen,
que probasen su pobreza. Hincaron el diente en el pan, de bonísima
gana: al partirse el cortezón, descubría una masa amarilla, caliente y sabrosa,
que Manuela alabó mucho.
—Pero, señora Andrea, ¿qué le echa á la brona? Por
fuerza esta mujer es meiga, y tiene algún secreto... Si parece
bizcocho de Vilamorta.
—¡Ay mi ama, paloma! Ni siquiera mistura{t.1-291} llevó, que se nos acabó el centeno y
está el nuevo por majar aún... Cuando lo haya, entonces me ha de venir á probar
mi bola...
—Pues está mucho mejor hecha que la de casa; vaya
si está... ¿Le gusta, tío Gabriel?
—Riquísima..... La mejor prueba es que he
despachado la mía ya..... ¿Me das de la tuya?
—Tome, tome, señor—murmuró la paisana ofreciendo
otro trozo: pero al ver, á la luz del fósforo, el rostro de Gabriel vuelto
hacia su sobrina implorando el pedazo que la niña mordía aún, con la rápida
intuición y la astuta sagacidad de las gentes del campo, bajó lentamente el
brazo y no insistió en el ofrecimiento. Cuando salieron, llamó la atención de
Gabriel, enseñándole las puertas de su casa, todas carcomidas.
—Señor—dijo en tono quejumbroso—¿y no le ha de
decir al señor marqués ó al señor Angel que nos ponga unas puertas nuevas?
Estamos sin defensa, señor, sin defensa para el invierno... ¿Si entra gente
mala y {t.1-292}nos roban nuestra pobreza toda,
señor?... Mi ama ¿no lo ha de decir en casa, por el alma de quien la parió,
paloma?
—Calle, calle—respondía Manuela;—que si les
hiciesen caso, estaría siempre el carpintero amañándoles algo.
—Pero mire, santa, mire...—Y la vieja arrancaba con
los dedos astillas del podrido maderamen para demostrar la justicia de su
pretensión. Los chiquillos, domesticados ya, venían á enredarse entre las
piernas: Gabriel hubiera dado dos duros por tener allí uno, en pesetas, y
repartirlas á aquella tropa.
—Os he de traer una cosa...—les dijo besándolos con
tanta resolución como su sobrina. El rapaz continuaba con su pucho encasquetado;
la abuela se lo derribó, advirtiéndole con la misma severidad de antes:
—¿No se dice besustélamano? ¿Ó cómo se
dice?—Y arrancando la cobertera de la cabeza de su nieto, la mostró á Gabriel
metiendo los cinco dedos por otros tantos agujeros fenomenales: podían creerle
que era un sombrero{t.1-293} nuevecito,
comprado en la última feria de Cebre; pero al enemigo del rapaz, ¿qué se le
había ocurrido hacer? pues con la hoz de segar la yerba, lo había segado,
perdonando ustedes... y así estaba ahora, que parecía un Antruejo (Antroido).
Con esto, la buena de la vieja acompañó á las visitas hasta el límite de su
era, á fin de librarlos del colmilludo mastín, y los despidió con un ¡vayan muy
dichosos! que ahogaron los ladridos del vigilante.
—Vaya, ¿se divirtió?—preguntó Manuela muy risueña
al salir.
—No sabes cuánto, hija. No doy lo que acabo de ver
por las más pintadas distracciones que puede ofrecer un pueblo. Chiquilla, no
sólo me divierte, sino que me interesa... pero no sabes cómo. ¿No te parece á
ti que daría gusto ir entrando así en todas las casas de estas pobres gentes,
una por una, y enterarse de lo que necesitan, de lo que quieren, de lo que
piensan...?
—¡Ay! son tantas cosas las que necesit{t.1-294}an... Á mí y á Perucho nos rompen siempre los
oídos pidiendo... Que una chaminé porque los mata el humo; que
rebaja del arriendo porque la cosecha fué mala; que perdón de la renta de
castañas porque no se cogieron... El diablo y su madre. Si uno pudiera... Pero
mi padre y Angel no hacen caso maldito... Son muy pedigüeños; lo que es eso es
la pura verdad. Yo... dar... les doy lo que tengo: toda mi ropa vieja... pero
es poquita.
Gabriel Pardo, olvidando ideas humanitarias y
fantasías sociológicas, sintió al oir estas frases, que dijo Manolita con
acento alegre é indiferente, tiernísima compasión por su sobrina; y la miró de
tal manera, que la montañesa volvió el rostro y cogió una rama del espliego que
formaba el seto del huerto de la señora Andrea. Gabriel se alegró de la
turbación de la niña. Le parecía imposible haberla amansado tanto en tan corto
tiempo: indiferente del todo hacía pocas horas en la era, áspera por la mañana,
se había ablandado, conversaba familiar é íntimamente con{t.1-295} él,
se pasaba el día acompañándolo, sin dar muestras de cansancio ni de fastidio;
más aún: sentía involuntariamente el poder de aquel afecto nuevo, no se enojaba
por miradas claras y expresivas ni por palabras ó movimientos afectuosos; era
en suma una cera virgen, y Gabriel presentía enagenado los deliciosos relieves
que un hombre como él sabría imprimirle. Resolvió no espantar á la cierva, no
insinuarse más por no perder las conseguidas ventajas; seguir aprovechándolas,
haciéndose simpático, adquiriendo cierto ascendiente sobre Manuela y aguardar
un momento favorable.
Bajaron hacia el fondo del valle, donde debía estar
terminándose la faena de la siega. De repente, recordó algo el artillero:
—Tengo que ver al señor cura... ¿Me llevas allá?
—Bien... justamente est{t.1-296}amos
cerquita de la iglesia y de la casa.
La rectoral de Ulloa, en poder de su actual
párroco, era la mansión más apacible y sosegada. El cura vivía con un criado, y
no pisaba los aposentos otro pie femenino sino el de las mozuelas que en Pascua
florida venían á traer las acostumbradas cestas de huevos, los quesos y los
pollos—en cantidad bien escasa, pues el señor abad no exigía, y los labriegos
se aprovechaban, contentándole con poco y malo.
El criado era uno de esos fámulos eclesiásticos que
sólo pueden compararse con los{t.1-297} asistentes
de militares, porque además de una lealtad canina, son seres universales y
andróginos, que reunen todas las buenas cualidades del varón y de la hembra. El
del cura de Ulloa podía servir de modelo. Lo poseía por herencia de otro cura
del arciprestazgo, á quien Goros—que así se llamaba el sirviente—había cuidado
y asistido hasta el último instante en una enfermedad larga y cruel, con tanto
esmero como la enfermera más solícita. Al encontrar á Goros, el cura de Ulloa
resolvió el problema que él juzgaba más arduo: arreglar la vida práctica sin
admitir en casa mujeres. Goros tenía cuidado de levantarse por la mañana muy
temprano, y de despertar á su amo, pues según decía él en dialecto, demostrando
su pericia en asuntos de la vida eclesiástica, el clérigo y el zorro,
si pierden la mañana, lo pierden todo; y cuando el párroco volvía de misar,
le aguardaba ya un chocolate hecho al modo conventual, con una onza de cacao
mitad caracas y mitad guayaquil, macho y sin espuma,{t.1-298} confortativo
como él solo. Mientras su amo rezaba, leía ó asentaba alguna partida en el
registro parroquial, Goros se dedicaba á guisar la comida, no sin haber
entregado á medio día la llave de la iglesia al sacristán, para que tocase á
las Ave-Marías. A la una, contada por el sol, único reloj de que se servía
Goros para averiguar la hora que estaba al caer, llamaba á su amo y
le servía con diligencia la apetitosa aunque frugal refacción: la taza de caldo
de patatas ó verdura con jamón, tocino y alubias de cosecha, el cocido con
cerdo y garbanzos, el estofado de carne con cebollas, la fruta en el verano, el
queso en invierno, el vinillo clarete, con olor á silvestre viola. El cura
comía parcamente, distraído, pero así y todo, Goros notaba sus inconscientes
golosinas, sus instintivas preferencias, y no se olvidaba jamás de acercarle la
tartera cuando el guisote le había agradado, ni de dorarle la sopa de pan,
porque sabía que le gustaba así. Por la tarde, cuando el cura dormía su breve
siesta ó recorría el huerto{t.1-299} con las
manos á la espalda embelesándose en notar lo que había crecido desde el año
pasado un arbusto, ó se iba á visitar á algún feligrés enfermo ó á cuidar del
ornato de la iglesia y el cementerio, lidiaba el bueno de Goros con la
hortaliza, cavaba las patatas, plantaba coles, enviaba al pasto con un zagal de
pocos años el ganado vacuno y la yegua, y luego bajaba al río, y con sus
propias manos, cual otra Nausicaa, lavaba toda la ropa blanca, que lo hacía
primorosamente, así como aplancharla y estirarla, sirviéndose de una de esas
planchas antiguas, en forma de corazón, que ya no se ven sino arrumbadas en los
desvanes. No eran estas las únicas habilidades femeniles de Goros. Había que
verle por las noches, á la luz de una candileja de petróleo, provisto de un
dedal perforado por arriba y abajo, de los que usan las labradoras, bizcando
del esfuerzo que hacía para concentrar el rayo visual y enhebrar una aguja,
apretando entre las rudas yemas de sus dedos el hilo qu{t.1-300}e
antes había retorcido y humedecido para aguzarlo; y cumplida la ardua faena de
enhebrar, y encerando la hebra con un cabo de cera, dedicarse á pegar botones á
los calzoncillos, echar remiendos á las camisas, poner bolsillos nuevos á los
pantalones y aun zurcir las punteras de los calcetines del cura; todo lo cual
no iría curioso, pero sí muy firme, como los cosidos del diablo. ¿Qué más? En
las largas veladas de invierno, junto á la lumbre de sarmientos que chisporroteaba,
acurrucado en el banco, Goros, con sus manos cansadas de labrar la tierra todo
el día, aquellas manos peludas por el dorso, callosas por la palma y los
pulpejos, zarandeaba cuatro agujones de hacer calceta, y á eso se debían las
buenas medias de lana gorda con que abrigaba pies y pantorrillas el señor cura.
Si por hogar se entiende, no la asociación de seres
humanos unidos por los lazos de la sangre ó para la propagación y conservación
de la especie, sino el techo bajo el cual vi{t.1-301}ven
en paz y en gracia de Dios y con cierta afectuosa comunicación de intereses y
servicios, el cura de Ulloa había reconstruído con Goros el hogar que perdiera
al fallecer su madre. Y en cierto modo, hasta donde puede aplicarse la frase á
dos individuos del mismo sexo, Goros y él se completaban. El criado era para el
cura, para el místico que apenas sentaba en la vida práctica la suela del
zapato, quien le impedía desmayarse de necesidad ó perecer transido de frío en
invierno. Por Goros tenía tejas en el tejado, leña que quemar en la leñera,
huevos frescos para cenar y buen chocolate para el desayuno, y por Goros cubría
sus carnes con ropa limpia y de abrigo; por Goros le quedaban unos reales para
traer de Cebre candela, lienzo, aceite, sal, fósforos y loza; por Goros no
faltaba nada en aquella rectoral de aldea, humilde como la que más, y como
ninguna aseada y abastecida de lo indispensable.
Cuando Goros entró á servir al cura, hacía dos años
que éste había perdido á su madr{t.1-302}e y
despabilado las economías de la difunta entre caridades, préstamos sin interés
á feligreses pobres, ropa para la iglesia, ornato del cementerio, y otros
gastos superfluos. En el gobierno de la casa se habían sucedido dos viejas
brujas, á cual más holgazana, ávida é impudente, porque el cura de Ulloa, al
tomarlas, no les exigió más requisito que pasar de los sesenta y estar hechas
unas láminas por lo arrugadas y horrorosas. En ese terreno el abad era
intransigente, y sentía que no bastaba ser bueno, que era preciso también
parecerlo y que, añadía suspirando, aun con las mejores intenciones se da á
veces pasto á la calumnia. Las dos Parcas dejaron la rectoral desmantelada, y
Goros tropezó con dificultades inmensas al principio de su misión restauradora.
El cura casi no le daba un ochavo para sus gobiernos, y el fámulo no sabía á
qué santo encomendarse. Poco á poco fué tomando confianza con su amo, y aun
adquiriendo cierto imperio sobre él: y entonces siguió la pista al diner{t.1-303}o del cura, á las dádivas impremeditadas, á
los feligreses morosos en el pago de derechos, á los préstamos sin interés, al
chorrear continuo de limosnitas pequeñas que absorbían lo mejor de la paga, sin
que literalmente quedase en el presbiterio con qué arrimar el puchero á la
lumbre. Y sin que el cura lo notase, ni pudiese evitarlo, Goros empezó á luchar
por la existencia, defendiendo al pastor contra las ovejas que amenazaban
tragárselo, como la tierra caída de la montaña iba tragándose la pobre iglesia
de Ulloa. Goros se hizo recaudador, y á veces, con el instinto de rapacidad que
caracteriza al aldeano, exactor y usurero. Reclamó y cobró algunas cantidades
prestadas, é introdujo severo orden en los gastos equilibrándolos con los
ingresos. Llegó el momento en que el cura, por no pensar en la moneda, entregó
al criado la llave de la cómoda, diciéndole:—Mira si hay cuartos... dime si
tenemos para esto ó para lo otro.—Cabalmente era lo que Goros deseaba. Hecho
intendente ya,{t.1-304} equilibró el
presupuesto, realizando varias combinaciones que traía entre ceja y ceja desde
su llegada á casa del cura. El primer dinero que pudo ahorrar, lo empleó en
ganado, que dió á parcería; fué en persona á las ferias, hizo tratos
ventajosos, y trajo á la casa del cura un bienestar modesto. Así se estableció
el debido equilibrio entre las potestades, dándose á Dios lo que es de Dios, y
al César lo que es del César; el cura era el espíritu, Goros vino á hacer el
oficio del cuerpo, de la realidad sensible, factor del cual no es posible
prescindir acá abajo; y para que la similitud fuese completa, cuerpo y espíritu
andaban siempre pleiteando, queriéndose llevar cada uno la mejor parte, pues el
cura no hacía sino sonsacarle á su criado metálico y especies para satisfacer,
como decía Goros, el vicio de dar á todo Dios que llegaba por la puerta, y
Goros por su parte no recelaba mentirle al cura y á ocultarle dinero á fin de
que no lo derrochase sin ton ni son.{t.1-305}
Cuando no estaba su amo presente, Goros soltaba la
rienda á dos inclinaciones invencibles suyas: decir irreverencias, y murmurar
de los curas y las amas. Cuantas chanzonetas agudas ó sátiras desolladoras ha
creado la musa popular y la irrespetuosa imaginación de los labriegos contra
las compañeras del celibato eclesiástico, cuantas anécdotas saladas, coplas
verdes, chascarrillos que levantan ampolla, y dicharachos que arden en un
candil, corren y se repiten en molinos, fiadas y deshojas, al
amor de la lumbre, por este pueblo gallego que posee el instinto de la sátira
obscena y del contraste humorístico entre las profesiones consagradas al ideal
y las caídas y extravíos de la naturaleza, todas las sabía Goros de memoria; y
apenas se reunía con gentes de su misma laya, bien en el atrio de una iglesia,
á la salida de misa, bien á la mesa de una taberna, en las ferias donde
chalaneaba y negociaba sus ganados, bien á lo largo de las corredoiras,
cuando regresan juntos cuatro compadres semi-chispos{t.1-306},
tan dispuestos á alumbrarse un garrotazo como á reirse mutuamente las gracias,
vaciaba el saco y daba gusto á la lengua, y soltaba todo su repertorio de
irreverencias y verdores, todas las coplas sobre el clérigo y el ama, saliendo
de aquella boca sapos y culebras, como de la de los energúmenos al alzarse la
hostia.
¿Quién será capaz de resolver si en el alma de
Goros sería aquello chispa de la santa indignación que inflamó á tantos Padres
de la Iglesia contra las mujeres que hacen prevaricar á los ordenados y contra
el sexo femenino en general? Porque Goros, aparte de semejantes desahogos
verbales, era en su conducta el mejor cristiano del mundo; cristiano viejo,
rancio, con aquella piedad desahogada y sólida, que ya no se encuentra á dos
por tres. No perdía la misa un solo día festivo; confesábase dos ó tres veces
al año; sus costumbres eran morigeradas; no fumaba, no bebía, no comía con
gula; pecaba sí de lenguaraz y aun de propenso á la codicia y á la{t.1-307} tacañería; pero hombre de bien á carta
cabal é incapaz de robar una hilacha á su amo. Y en cuanto á su continencia,
más que virtud, semejaba manía de misógino; todo el mal que no hacía, se daba á
suponerlo en los demás, siempre echando la culpa á las hembras; y no sólo las
huía por cuenta propia, sino que no serviría por todos los tesoros del mundo á
un cura mujeriego. El exterior de Goros tenía algo de extraño, muy en armonía
con todas estas prendas de carácter; recordaba el de un puerco espín, y las
cerdas del erizadísimo cabello, la barba recia, descañonada á un dedo de la
piel, pues Goros andaba mal afeitado según la usanza de los eclesiásticos,
contribuían á la semejanza.
En presencia de su amo, los labios de Goros eran
más limpios que si los hubiese purificado el ascua encendida del profeta; bien
se guardaría de repetir la menor de sus desvergüenzas y pullas. Y no influía en
este modo de proceder el miedo á ser reprendido ó despedido, sino un respeto
misterioso que le infundí{t.1-308}a el rostro del
cura de Ulloa: le cortaba—decía él—la palabra en la boca. Era un rostro
mortificado, de esos que se ven en pinturas viejas, donde la sangre ha
desaparecido y la carne se ha fundido, ahondándose las concavidades todas,
yéndose los ojos, al parecer, en busca del cerebro y sumiéndose la boca que
remata en dos líneas severas, jamás modificadas por la sonrisa. Goros abrigaba
la convicción de que su amo era un santo y á ratos un simple. Algunos hábitos y
prácticas del cura le infundían temor vago; porque Goros era supersticioso, y á
pesar de sus irreverentes bravatas, tenía miedo cerval á los muertos y á los
aparecidos. ¿Qué manía la del señor abad, de pasarse horas y horas en el
cementerio, y volver de allí con los ojos más hundidos y la boca más contraída
que nunca?
Al salir el abad para su misa, solían pasar entre
amo y criado diálogos por el estilo del siguiente:
—Señor, ¿y ha de volver pronto para el{t.1-309} chocolate?—preguntaba Goros partiendo
astillas de leña menuda contra el hueso de la tibia derecha—(es de advertir que
el fámulo tenía carne de perro). ¿Parará mucho en el Camposanto hoy?
Un levísimo matiz sonrosado aparecía en los
desecados pómulos del cura, que contestaba haciéndose el distraído:
—Tú prepara el chocolate... y si se enfría... lo
arrimas un poquito á la lumbre...
—Se echará de pierda—contestaba Goros
que solía tratar con notable desenfado á la lengua castellana.
—No, hombre... siempre está bueno á cualquier hora.
No se atrevía el criado á porfiar. Aquella suavidad
y mansedumbre le imponían silencio y obediencia, mejor que ningún regaño. Batía
su chocolate con resignación y aguardaba.
También por las tardes solía el cura entretenerse
más de la cuenta en el dichoso cementerio, y Goros, después de la puesta del{t.1-310} sol no dejaba de recelar que le
sucediese algo; no sabía explicar qué, pues ningún riesgo concreto había en el
breve camino de la iglesia á la rectoral. La inquietud le obligaba á situarse
de centinela junto á la puerta del huerto por donde solía entrar su amo. Allí
se lo encontraron las dos visitas inesperadas que fueron á turbar el sosiego de
la vida ascética del abad de Ulloa.
La montañesa y su tío pusieron el pie en el huerto
del cura cuando ya el sol declinaba. Una gran melancolía inundaba el huerto,
cuya puerta abrió Goros de par en par, deshaciéndose en muestras de cortesía
debidas á la presencia de Gabriel, pues á Manolita no era novedad verla por
allí de tarde en tarde, y se la recibía como niña á quien el cura había tenido
mil veces en brazos de chiquita, pero las trazas del comandante impusieron
respeto al tosco fámulo.
—De contadito llega el señor abade...—murmuraba
éste.—Entren, pasen, siéntense.... ¿Ven? ya viene por allá...{t.1-311}
Sobre la zona encendida del poniente, en el camino
hondo, vieron tío y sobrina moverse y aproximarse una figura negra, y conforme
se aproximaba, distinguía Gabriel sus contornos angulosos, acusados por la
raída sotanuela, y su cabeza pálida, exangüe, en que dibujaban dos agujeros de
sombra las concavidades de los ojos.
—¡Don Julián, don Julián!—gritó Manuela.
El cura apretó el paso, y al tenerlo cerca, Gabriel
reparó atónito en el carácter de su fisonomía, en el rostro demacrado, tan
semejante á esas caras de frailes penitentes que surgen de un fondo de betún
sobre las paredes de refectorios y sacristías antiguas; en los ojos cavos, de
párpado delgadísimo, que dejaba transparentar el globo de la órbita; en el
pliegue de la boca, semejante á un candado que cerrase las puertas del alma. No
parecía muy viejo el cura de Ulloa; pero se veía en él la anulación del cuerpo.
En aquella espléndida tarde de verano, impregnada de calor, de vida, de
fecundidad y regocijo,{t.1-312} Gabriel sintió,
al ver al abad, repentino frío en la espalda, y el recuerdo de su hermana
muerta cayó sobre él como el velo negro sobre la cabeza del sentenciado.
Adelantóse no obstante, y con el mayor respeto tomó
la mano del abad y aplicó á ella los labios. De puro sorprendido, no retiró la
diestra Julián; pero á sus macerados pómulos afluyó un poco de sangre... y
balbuceó, clavando los ojos en tierra:
—Señor... señor...
—Para servir á usted, Gabriel Pardo de la Lage, el
hermano de Marcelina...
La ola de sangre subió á la frente del cura, bajó á
las orejas, al cogote y pescuezo; un temblor agitó la cabeza y la mano que el
artillero no había soltado aún. De repente, el cura se echó hacia atrás,
desprendió la mano, y la llevó á la frente, al mismo tiempo que se apoyaba en
la tapia del huerto. Ya se acercaba el artillero para sostenerle; pero
recobrando su continente absorto y como fantasmagórico, al cual contribuían los
ojos{t.1-313} siempre bajos, el abad murmuró:
—Por muchos años... Servidor de usted... Sea usted
muy bien venido... Pase, suba; en la sala estará más cómodo que aquí.
—¿Yo no soy nadie, don Julián?—preguntó Manuela
ofendida de que el cura no hubiese contestado á su saludo.
—¿Qué tal, Manolita?—exclamó Julián, y alzando los
ojos, miró á la niña con indulgencia, aunque sin calor. Pero fué obra de un
minuto. La cortina de los párpados volvió á caer, y el cura echó á andar,
señalando á sus visitas el camino de la sala. Gabriel protestó: prefería
quedarse en el huerto; y se sentaron en un banco de piedra, frente á unas
coles. La conversación languidecía. El cura preguntaba acerca del viaje y del
vuelco, y después de oída la respuesta, transcurría un minuto de silencio. No
sabía el artillero qué decir: todo cuanto hablaba, y hasta el sonido de su voz,
le parecía extraño y fuera de sazón, y sentía ese recelo, esa cautela y esa
espe{t.1-314}cie de sordina en el acento, en los
movimientos y hasta en la mirada que procuran adoptar los profanos cuando
visitan. ¡Extraña sensación! Nada de cuanto diga yo—pensaba Gabriel—puede
interesar á este santo: estamos en dos mundos diferentes: á él le parece
extraño mi lenguaje, y no me entiende; y lo que es yo, tampoco le entiendo á
él. ¡Un creyente á puño cerrado!—Y miraba con atención el rostro ascético y los
ojos bajos.—Un hombre que tiene fe... ¿Qué le importa lo que á mí me preocupa?
¿Cómo haré para marcharme pronto, sin que parezca descortesía?
Su sobrina le dió el pretexto. Era tarde; había que
estar en los Pazos para la cena. Y se despidieron, siempre con la misma
amabilidad triste y forzada por parte del abad, y el mismo inexplicable recelo
por la de Gabriel. Caminaron en silencio al salir de la rectoral: parecía que
algo les pesaba sobre el corazón. Al acercarse á los Pazos, oyeron el alegre
vocerío de segadore{t.1-315}s y segadoras, y
Gabriel, divisando á su cuñado que presidía la faena, tomó hacia el campo donde
segaban. Sobre el fondo oscuro de la tierra vió blanquear las camisas y sayas,
las fajas rojas y los pañuelos azules de labriegos y labriegas; contra un
matorral descansaba un jarro de barro, y la cuadrilla, entonando su inevitable
¡ay... lé lé! se daba prisa á atar los haces, sirviéndose de las rodillas para
apretar la mies. El olor embriagador de los tallos cortados embalsamaba el
aire, y el artillero sintió una ráfaga de alegría y contempló embelesado el
cuadro.
Mientras tanto, Manolita, andando despacio y
pensativa, tomaba el senderito que conducía á la linde del bosque. Parecía, por
su frecuente volver la cabeza hacia todos lados, como si buscase ó aguardase
impaciente alguna cosa. Atravesó el soto: una neblina ligera, producida por el
gran calor de todo el día, se alzaba del suelo, y los dardos de oro del sol no
atravesaban ya el follaje. Al salir de la espesura, un hombre se irguió {t.1-316}de repente ante la montañesa. El chillido que
acudía á la garganta de Manuela se convirtió en risa alegre, conociendo á
Perucho; mas la risa se apagó al ver la cara demudada del muchacho, sus ojos
que despedían fuego, su actitud de dolor sombrío, nueva en él. Manuela le miró
ansiosa, y el mancebo, después de considerarla fijamente algunos segundos, le
volvió la espalda, encogiéndose de hombros. La niña sintió en el corazón dolor
agudo.
—¡Pedro!—gritó. Muy rara vez le había llamado así.
Él se alejaba despacio. De repente dió la vuelta, y
corriendo, tomó en sus brazos á la montañesa, la alzó del suelo con ímpetu
sobrehumano, y la estrujó contra su cuerpo, oprimiéndole las costillas é
interceptándole la respiración. Y pegando la boca á su oreja, tartamudeó:
—Mañana sales conmigo, conmigo nada más.
La niña jadeaba con dulcísima fatiga, y l{t.1-317}a voz de Perucho, sonando en el hueco de su
oído, le parecía sorda y atronadora como el ruido del Avieiro al saltar en las
rocas. Un frío sutil corría por sus venas, y una felicidad sin nombre ni medida
la agobiaba. Con la cabeza dijo que sí.
—¿Conmigo? ¿todo el día? ¿me das palabra?
—Sí—balbució ella, incapaz de articular otra frase.
—Pues á las seis sales por el corral. Allí estoy yo
esperando. ¡Adiós!
Perdiendo casi el sentido, Manuela notó que de
nuevo la estrechaban, y luego la dejaban suavemente en tierra. Abrió los ojos á
tiempo que Perucho corría ya en dirección de los Pazos.
FIN DEL TOMO PRIMERO
BIBLIOTECA DE NOVELISTAS ESPAÑOLES
TOMOS PUBLICADOS
Emilia Pardo Bazán: Los Pazos de Ulloa (Dos
tomos.)
José Ortega Munilla: Idilio lúgubre.
Antonio de Trueba: Leyendas genealógicas de
España (Dos tomos.)
Carlos Frontaura: Miedo al hombre.
Enrique Gaspar: Castigo de Dios.
Emilia Pardo Bazán: La Madre Naturaleza (Tomo
I).
EN PRENSA:
Emilia Pardo Bazán: La Madre Naturaleza (Tomo
II).
LA MADRE NATURALEZA ES PROPIEDAD
NOVELISTAS ESPAÑOLES CONTEMPORÁNEOS
LA
MADRE NATURALEZA
(2.A parte de Los Pazos de Ulloa)
POR
Emilia Pardo Bazán
TOMO II
Barcelona
Daniel Cortezo y C.A-Editores
Calle de Pallars (Salón de S. Juan)
1887
Establecimiento tipográfico-editorial de Daniel Cortezo y C.ª
Se vistió la montañesa su ropa de diario, falda y
chaqueta de lanilla á cuadros blancos y negros; y apenas había tenido tiempo
más que para frotarse apresuradamente el rostro con la tohalla y atusarse el
pelo ante un espejo todo estrellado por la alteración del azogue, cuando,
oyendo dar las seis en el asmático reloj del comedor, salió de su cuarto
andando de puntillas y bajó la escalera que comunicaba con la cocina, en aquel
momento solitaria. Deslizóse por el corredor de las bodegas, que conducía á las
elegantes habita{t.2-6}ciones de la familia del Gallo;
y apenas dió tres pasos por él, una mano musculosa aunque rehenchida y juvenil
asió la suya, y se sintió arrastrada en medio de la oscuridad, hacia la puerta.
Salieron de los Pazos, y, con deleite inexplicable, bebieron juntos la primer
onda de fresco matutino.
Aunque el sol calentaba ya, aún se veía, sobre el
azul turquesa del cielo, al parecer lavado y reavivado por el copioso orvallo nocturno,
la faz casi borrada de la luna, semejante á la huella que sobre una superficie
de cristal azul deja un dedo impregnado de polvillo de plata.
Sin decirse palabra, asidos de la mano, caminando
unidos con andar ajustado y rápido, siguieron la linde de los trigos segados
ya, humedeciéndose los pies al hollar la hierba y el tapiz de manzanillas todas
empapadas de helado rocío, próximo á convertirse en escarcha. Cosa de un cuarto
de hora andarían así, ascendiendo hacia la falda del monte, donde empezaban á
escalonarse los paredo{t.2-7}nes para el cultivo de
las vides; y Perucho, en vez de aflojar el paso, lo apretaba más. A pesar de su
ligereza de cabrita montés, Manuela mostró querer detenerse un instante.
—Anda, mujer, anda—dijo él imperiosamente.
—Hombre, ya ando... pero déjame tomar aliento. ¿Qué
discurso es este de ir como locos?
—Es que no quiero que se despierten tu padre y el
forastero, y te echen menos, y te envíen á buscar.
—¡El forastero! A tales horas dormirá como un
santo. Buenos son esos señores del pueblo para madrugar. No sé cómo no crían
lana en el cuerpo.
—Bien, bien.... yo me entiendo y bailo solo.
Desviémonos de casa lo más que podamos, y ya descansaremos después.
Al salir de la breve zona fértil y risueña del
valle, empezaba el paisaje á hacerse melancólico y abrupto. Abajo quedaban los
maizales, los centenos y trigales á medio segar, los{t.2-8} Pazos
con su gran huerto, su vasto soto, sus terrenos de labradío, sus praderías; y
el sendero, escabroso, interrumpido muchas veces por peñascales, caracoleaba
entre viñedos colgados; por decirlo así, en el declive de la montaña. En otras
ocasiones, al trepar por aquel sendero, la pareja se entretenía de mil modos:
ya picando las moras maduras; ya tirando de los pámpanos de la vid, por gusto
de probar su elástica resistencia y de descubrir entre el pomposo follaje el
racimo de agraz en el cual empieza á asomar el ligero tono carminoso, parecido
al rosado de una mejilla; ya bombardeando á pedradas los matorrales para
espantar á los estorninos; ya rebuscando unas fresas chiquitas, purpúreas,
fragantes, que se dan entre las viñas y son conocidas en el país por amores.
Hoy, con la prisa que llevaba Perucho, no les tentaba la golosina. El mancebo
subía por la recia cuesta con el sombrero echado atrás, la frente sudorosa, el
rostro hecho una brasa (pues el sol se desembozaba y picaba de{t.2-9} firme), y sosteniendo á Manuela por la
cintura, ó, mejor dicho, empujándola para que anduviese más veloz. Al llegar á
lo alto, cerca ya de la casa de la Sabia, la niña se detuvo.
—¿Qué te pasa?
—No puedo más... ahogo... ¡Rabio de sed!
—¿Sed? Allá arriba beberemos, en el arroyo.
—Tú por fuerza chocheaste. ¿A dónde señalas? ¿Al
Pico Medelo? ¿A los Castros?
—Pues vaya una cosa para asustarse. Ya tenemos ido
más lejos.
—Si no bebo pronto, rabio como un can. No ves que
con la prisa salí de casa en ayunas...
—Bueno, pues á ver si la señora María nos da
una cunca de leche. Pero despáchala luego, ¿estás? No te
entretengas en conversación.
Ligera otra vez como una corza, á la idea de beber
y refrescarse, cruzó Manuela bajo el emparrado, y empujó la cancilla de la
puerta de la Sabia. La horrible vieja{t.2-10} ya
había dejado su camastro; pero sin duda por acabar de levantarse, ó á causa del
calor, estaba sin pañuelo ni justillo, en camisa, con sólo un refajo de burdo
picote, ribeteado de rojo: los copos de sus greñas aborrascadas le cubrían en
parte el negro pescuezo, sin ocultar la monstruosa papera.—¡Leche! Dios la
dé,—contestó la sibila mirando de reojo á los dos muchachos. Todas las vacas
enfermas; una recién operada, ya sabían los señoritos; ni tanto así de yerba
con qué mantenerlas; la fuente sequita y el prado que daba ganas de llorar...
¡Leche! Que le pidiesen oro, que le pidiesen plata fina; pero leche... Y ya
Manuela, desalentada por las exageraciones de la bruja, iba á conformarse con
un poco de agua y suero, que la hechicera aseguraba ser regalo de un yerno
suyo. Pero Perucho le arrancó de las manos el cuenco de barro lleno de aquella
insípida mixtura.
—Pareces tonta... ¿Que no hay leche? Vamos á ver
ahora mismo si la hay ó no la hay.
Vertió el líquido que llenaba el cuenco, y{t.2-11} se metió por el establo medio atropellando
á la vieja que se le atravesaba delante. ¡No haber leche! ¡No haber leche para
él, para el nieto de Primitivo Suárez, para el hijo de Sabel, la que había
estado más de diez años haciendo el caldo gordo y enriqueciendo á aquel atajo
de pillos de casa de la Sabia! Hasta piezas de loza estaba viendo en el vasar
que conocía porque en algún tiempo guarnecieron la cocina de los Pazos...
¡Tenía gracia, hombre, no haber leche! ¡Condenada bruja! Perucho se sentía
animado de esa cólera que nos inflama cuando llegamos á la edad adulta contra
las personas que hemos tenido que soportar, siéndonos muy antipáticas, en
nuestra niñez. Determinado iba, si las vacas no tenían leche, á sangrarlas.
Encendió un fósforo y alumbró las profundidades de la cueva: lo primero con que
tropezaron sus ojos, fué con unas ubres turgentes, unos pezones sonrosados,
lubrificados por la linfa que rezumaba de la odre demasiado repleta. {t.2-12}Arrimó el cuenco, echó mano,... calentó con dos
ó tres fricciones y golpecitos... ¡Santo Dios! ¡Qué chorro grueso, perfumado,
mantecoso! ¡Qué bien soltaba la blanda teta su río de néctar, y qué calientes
gotas salpicaban los párpados y labios de Perucho al ordeñar! ¡Qué espuma
cándida la que se formaba en la cima del cuenco, rebosando en burbujas que, al
evaporarse, dejaban un arabesco, una blanca orla de randas sobre el barro! Loco
de gozo, Perucho acarició el grueso cuello de la vaca, salió con su tazón
lleno, y se lo metió á Manuela en la boca.
—¿Que no había leche, eh, señora María de los
demonios?—gritó.—¿Que no había leche? Para mí lo hay todo ¿me entiende usted?
¡Caracoles! ¡Como vuelva á mentir! ¡Por embustera le ha de dar el enemigo
muchos tizonazos allá en sus calderas!
Manuela, retozándole la risa, bebía aquella gloria
de leche, aquella sangre blanca, que traía en su temperatura la vida del
animal, el calor orgánico á ningún otro comparable... Perucho la miraba beber
con orgullo y u{t.2-13}fanía, satisfecho de sí mismo,
mientras la vieja, dejándose caer sobre el tallo, fijaba en la niña
una mirada siniestra al través de sus cejas hirsutas: beberle la leche de su
vaca era como chuparle á ella por la sangría el propio licor de sus venas.
—Aun parece que nos la está echando en cara, ¿eh
Sabia?
—Que les aproveche bien—murmuró entre dientes la
sibila, con el mismo tono con que diría:—rejalgar se te vuelva.
—Vaya, pues ya que nos convida tan atenta y de tan
buen corazón, aguarde, aguarde.—Y Perucho, llegándose al armario misterioso de
la bruja, abriólo de par en par, y de entre cucuruchos de papel de estraza,
frascos harto sospechosos, cabos de cera y naipes que ya tenían encima más de
su peso de mugre, tomó un tanque de hojalata, entró de nuevo en el establo, y
salió á poco rato con el tanque colmado de leche. Manuela podía beberse otra
cunca, y á él también era justo que, por el trabajo de ordeñar, le tocase algo.
Fué u{t.2-14}n golpe mortal para la hechicera. Al
pronto se arrimó á la puerta con los brazos alzados al cielo, gimiendo y
rogando al señorito que por Dios, por quien tenía en el otro mundo,
no le secase la vaquiña, que de esta hecha se le moría, y el cucho también;
y como Perucho respondiese con la más mofadora carcajada, se contó perdida ya,
y se dejó caer en su asiento favorito, hecho de un fragmento de tronco de
roble, volviendo la espalda por no ver desaparecer el contenido del tanque. La
niña montañesa hizo dos ó tres remilgos antes de reincidir; pero así que llegó
el cuenco á los labios, con indecible y goloso deleite lo apuró enterito, y aun
se relamió al verle el fondo. Perucho dió fin al tanque, que llevaría tal vez
cuenco y medio; y acercándose á la bruja, le descargó una palmada en el hombro.
—Vaya, señora María, abur... Tan amigos, ¿eh? No
hay que enfadarse... Más que le bebimos ahora de leche tiene usted bebido de
vino en la cocinita de los Pazos... ¿Ya se {t.2-15}le
fué de la memoria? Y si me llevo este pedazo de brona—y enseñaba un zoquete que
había sacado de la artesa—bastantes ferrados de maíz se ha comido usted allá á
cuenta del padrino... ¡Conservarse!...
Salieron rápidamente, sin oir algo amenazador que
rezongaba entre dientes la infernal bruja, ocupada sin duda en echarles cuantas
maldiciones, plagas, conjuros y paulinas contenía su
repertorio. A pocos pasos de la casa rompieron á reir mirándose.
—¿Eh? ¿Qué tal sabía la leche?
—Sabía á poco.
—¡Mujer! Dijéraslo, y te ordeño la otra vaca. La
grandísima tal y cual de la vieja tiene dos paridas, con leche así, que les
revienta por la teta, y nos quería dejar rabiar de sed.
—No, bien bastó lo que hiciste... Nos queda echando
plagas. Hoy nos maldice todo el santo día. ¿Será cierto eso de que estas
mujeres hacen mal de ojo cuando les da la gana? ¿Y de que maldicen á la gente y
la gente se muere pronto?{t.2-16}
—¡Mal de ojo! ¡Morirse!—y el estudiante se rió.—No,
tontiña... Esas son mamarrachadas; bueno que las crea mi madre; ¿pero quién da
crédito á tal cosa?
—Pues á mí poca gracia me hace que me maldiga un
espantajo así. De seguro que esta noche sueño con ella. ¡Qué horrorosa está con
el bocio! ¿De qué se cogerán estos bocios, tú, Perucho?
—Dice que de beber el agua que corre á la sombra
del nogal ó de la higuera.
—¡Ay! Dios me libre de catarla enjamás.
Caminaban charlando, con tanta alegría como los
mirlos, gorriones, jilgueros, pardillos y demás aves, no muy pintadas pero asaz
parleras, que en setos, viñedos y árboles cantaban sus trovas á la radiante
mañana. La leche bebida parecía habérseles subido á la cabeza, según iban de
alborotados y regocijados, y el cuerpo un poco magro de Manuela, competía en
agilidad con el robusto y bien modelado de Perucho. Echaban paso largo por las
veredas anchas y practicables;{t.2-17} y por las
trochas difíciles, subían corriendo, disputándose la prez de llegar más pronto
á la meta señalada de antemano: un árbol, una piedra, un otero. De cuando en
cuando se volvía Perucho y miraba hacia atrás.
—Ya no se ven los Pazos—exclamaba con satisfacción,
como si perder de vista la casa solariega fuese el objeto único de carrera tan
desatinada.
¡Qué se habían de ver los Pazos! Ni por pienso. Es
de advertir que Perucho no había tomado el camino del crucero, aquel camino
para él de recordación tan trágica, sino echado por la parte opuesta, hacia
sitios mucho menos frecuentados; la dirección de Naya. Entraba á la sazón en
los montes que forman la hoz al través de la cual va cautivo, espumante y
mugidor, el río Avieiro. Daba gusto pisar aquel terreno montuoso, tan seco, tan
liso, y hollar el tapiz de flores de brezo, de tierno tojo inofensivo aún, los
setos de madroñeros floridos, las matas de retama amarguísima, las orquídeas
finas, con olor á a{t.2-18}lmendra, toda la seca y
enjuta y balsámica flora montés, que convida al cuerpo á tenderse y le brinda
un colchón higiénico, tibio del calor solar, aromoso, regalado, incomparable.
De trecho en trecho, algún pino ofrecía fresca sombra, ambiente resinoso, quitasol
que susurraba al menor soplo de viento.... Manuela sintió que le pesaban los
párpados, y el cuerpo se le enlanguidecía. ¡La maldita leche!
—¡Qué calor!—balbució.—De buena gana me tumbaba
ahí, debajo de ese pino.
Perucho dudó un instante; luego, como si se le
ocurriese una objeción, pero no quisiese expresarla, respondió:
—Ahí no. Yo te diré en dónde hemos de sentarnos.
La montañesa obedeció sin replicar. Desde tiempo
inmemorial, desde que ella andaba aún á gatas, Perucho dirigía el paseo, la
zarandeaba á su gusto, la llevaba aquí y acullá, era el encargado de saber
dónde se encontraban nidos, frutos, sitios bonitos, hacia qué{t.2-19} lado convenía dirigir el merodeo. Rara vez
intentó sublevarse Manuela y apropiarse la dirección del grupo, y las contadas
tentativas de independencia no produjeron más resultado que demostrar la
indiscutible superioridad y maestría de su amigo. En el invierno, mientras
Perucho se secaba en Orense, Manuela, instantáneamente y como por arte
maravilloso, aprendía á manejarse solita, y se encontraba de improviso
profesora en topografía, conocedora de todos los caminos, rincones y
andurriales del valle; pero esto duraba hasta el regreso de Perucho: volvía él,
y la montañesa olvidaba su ciencia y volvía á descansar en su compañero, pasiva
y gozosa.
Seguían caminando, apartándose gran trecho ya de
los Pazos y descendiendo la corriente del río Avieiro por vereditas incultas,
aquí encontrando un pinar, allá un grupo de carrascas verdinegras, más adelante
un roble, ufano de su robustez y de su hercúleo tronco, y siempre matorrales de
madroño y{t.2-20} retama, por entre los cuales
no el pie del hombre, sino la naturaleza misma, había abierto senderos,
análogos á tortuosas calles de parque inglés. La luz del sol, que ya tocaba al
zénit, lo enrubiaba todo; encendía con tonos áureos la grama seca; daba color
de ágata á las simientes de la retama; hacía transparentes como farolillos de
papel de seda carmesí las flores del brezo; convertía en follaje de raso
recortado los brotes tiernos de las carrascas; calentaba con matices de
venturina las hojas del pino; prestaba á la bellota verde el pulimento del
jade; y en las alas vibrátiles de las mariposas monteses—esas mariposas tan
distintas de las que se ven en terreno cultivado, esas mariposas que tienen
colores de madera y hoja seca,—y en los carapachos de los escarabajos, y en la
negra coraza y cuernos de las vacas louras, encendía tintas vivas,
reflejos metálicos, esmaltes de oro, brillo negro de tallado azabache. La
intensidad del calor arrancaba á los pinos todos sus olores de resina, á las
plantas su{t.2-21}s balsámicas exhalaciones; y entre
el sol que le requemaba la sangre y el vaho que se elevaba de la ebullición de
la tierra, y la leche que le aletargaba el cerebro, Manuela sentía como un
comienzo de embriaguez, el estado inicial de la borrachera alcohólica, que
pareciendo excitación no es en realidad sino sopor; el estado en que las manos
resbalan sobre el objeto que quieren asir, en que los movimientos del cuerpo no
obedecen á la voluntad, en que nos sentamos sin pesar sobre la silla y nos
levantamos y andamos sin estribar en el suelo, porque el sentimiento de la
gravedad se ha amortiguado mucho; y nuestras percepciones son vagas y turbias,
y parece que ha desaparecido la resistencia de los medios, la densidad de la
materia, la dureza de las esquinas y ángulos, y que los objetos en derredor se
han vuelto fluidos, y nuestro cuerpo también, y más que nada nuestro
pensamiento.
No es desagradable el estado, al contrario, y la
plétora de vida que produce se revelaba{t.2-22} en
el rostro de Manuela: sus ojos brillaban y su boca sonreía sin interrupción. La
niña no preguntaba ya cosa alguna á su compañero: andaba, andaba tan ligera
como se anda en sueños, sin sombra de cansancio, aunque apoyándose en Perucho y
arrimándose á su cuerpo con instintiva ternura. Allá en la pequeña ladera del
monte divisó la espadaña del campanario de Naya, que conocía, y le ocurrió
pensar en el cura que podría darles un buen almuerzo de huevos y fruta á la
sombra de la fresca parra que entolda la rectoral; mas sin duda no era éste el
propósito de Perucho, pues tomó otra dirección, volviendo la espalda al
campanario y hundiéndose en una trocha que serpeaba entre pinos, y á cuyos
lados se alzaban peñascos enormes, calvos y blancos por la cima, jaspeados de
liquen y musgo por la base. Manuela se detuvo un momento; respiró; sus
potencias se despejaron un poco, al benéfico influjo de la temperatura menos
ardorosa: miró en derredor, para saber dónde estaba. El Avieiro corría allá{t.2-23} abajo, rumoroso y profundo, no muy
distante.
Por aquella parte se ensanchaba la hoz, hacíase muy
suave, casi insensible, el declive de las montañas, y el río, en vez de rodar
encajonado, sujeto, con torsión colérica de serpiente cautiva, se extendía cada
vez más ancho, bello y sosegado, ostentando la hermosura y gala soberana de los
ríos gallegos, la margen florida, el pradillo rodeado de juncos, salces y
olmos, la placa de agua serena que los refleja bañando sus raíces, el
caprichoso remanso en que el agua muere más mansa, más sesga, con claridades misteriosas
de cristal de roca ahumado; la frieira, la gran cueva á la sombra
del enorme peñasco, en que la sabrosa trucha busca la capa de agua densa y no
escandecida por el sol; el cañaveral que nace dentro de la misma corriente, el
molino, la presa, toda la graciosa ornamentación fluvial de un río de cauce
hondo, de país húmedo, que recuerda las ideas gentílicas, las urnas, las
náyades, concepción clásica y encantadora del río como divinidad.{t.2-24}
La humedad que siempre sube de los ríos y la
frescura de la vegetación, despabilaron más y más á la niña.
—Ya sé á dónde vamos—exclamó—á las Poldras. ¿Y
después de pasado el Avieiro, adónde? Me lo dices, ó está de Dios que no lo he
de saber?
—Calla... Ya verás.
—Yo pensé que íbamos á Naya.
—¿Para qué? ¿Para encontrarnos con el cura y que
nos llevase por fuerza á comer consigo?
—Pero.... es que.... comer, de todas maneras hay
que comer en casa; y ya debe de ser tarde, tarde.... No puedo tal día como hoy
faltar de la mesa....
—A ver si te callas, tonta. ¡Eh... cuidado con
caerte de hocicos por la rama del pino! Yo iré delante... La mano... ¡Así!
Con efecto, en las púas secas del pino los pies
resbalaban {t.2-25}como si el terreno estuviese
untado de jabón.
Patinando sobre aquellas púas endiabladas, se
deslizaron y corrieron hasta un grupo de salces inclinado hacia el borde del
Avieiro. Oíase el murmurio musical del agua, y el ambiente, tan abrasador
arriba, allí era casi benigno. Cruzaron por entre los salces desviando la
maleza tupida de los renuevos, y vieron tenderse ante sus ojos toda la anchura
del río, que allí era mucha, cortándola á modo de irregular calzada las
pasaderas ó poldras.
En torno y por cima de las anchas losas oscuras,
desgastadas y pulidas como piedras{t.2-26} de
chispa por la incesante y envolvedora caricia de la corriente, el río se
destrenzaba en madejas de verdoso cristal, se aplanaba en delgadas láminas,
bebidas por el ardor del sol apenas hacían brillar la bruñida superficie. Para
una persona poco acostumbrada á tales aventuras, no dejaba de ofrecer peligro
el paso de las poldras. Sobre que se movían y danzaban al menor
contacto, no eran menos resbaladizas que la rama del pino. Nada más fácil allí
que tomarse un baño involuntario.
—¿Hemos de pasarlas?—preguntó la montañesa, con una
sonrisa que significaba—á ver cuándo determinas que paremos en alguna parte.
—Las pasamos—ordenó Perucho con el tono mandón y
despótico que había adoptado desde por la mañana.
Manuela tendió la vista alrededor, y eligiendo un
sitio favorable, la sombra de un árbol, se dejó caer en un ribacillo, y
resignadamente comenzó á desabrocharse las botas. Ni un segundo tardó {t.2-27}Perucho en hincársele de rodillas delante.
—Yo te descalzo.... yo. Como cuando eras una cativa:
¿te acuerdas? un tapón así... y yo te descalzaba y te vestía.... y hasta te
tengo peinado mil veces.
Medio riendo, medio enfadándose, la muchacha no
retiró el pie de las manos de su amigo. Éste hacía ya saltar uno tras otro los
botoncitos de la botina de casimir, mal hecha, muy redonda de punta contra
todas las leyes de moda. Tiró después delicadamente, con un pellizco fino, del
talón de la media de algodón, y la media bajó; arrollóla en el tobillo, y con
un nuevo tirón dejó el pie desnudo. Sus palmas se distrajeron y embelesaron en
acariciar aquel pie, que le recordaba la patita rosada y regordeta de la nené á
quien tanto había traído en brazos. Era un pie de montañesa que se calza
siempre y que tiene en las venas sangre patricia; no muy grande, algo
encallecido por la planta, pero arqueado de empeine, con venillas azules, suave
de talón y calcañar, redondo de tobillo, blanco{t.2-28} de
cutis, con los dedos rosados ó más bien rojizos de la presión de la bota, y un
poco montado el segundo sobre el gordo. El pie transpiraba, por haber andado
mucho y aprisa.
—Enfríate un poco—murmuró el mancebo...—No puedes
meter el pie en el agua estando así; te va á dar un mal.
—Que me haces cosquillas—exclamaba ella con
nerviosa risa tratando de esconder el pie bajo las enaguas.—Suelta, ó te arrimo
un cachete que te ha de saber á gloria.
—Déjame verlo.... ¡Qué bonito es! Lo tienes más
blanco que la cara, Manola... Pero mucho más blanco.
—¡Vaya un milagro! Como que la cara va por ahí
destapadita papando soles y lluvias. ¡Pasmón! ¿Es la primera vez que ves un pie
en tu vida? ¡Soltando!
Soltó el que tenía asido, pero fué para descalzar
el otro con el mismo cariño y religiosa devoción, y abarcar ambos con una mano,
uniéndolos por la planta.
—Que me aprietas.... que me rompes un dedo...
¡Bruto!
—¡Ay! perdón—murmuró él;—y bajándose, halagó con el
rostro, sin besarlos, los pies desnudos. La montañesa se incorporó pegando un
brinco, y echó á correr, y sentó la planta descalza en la primer pasadera. Su
amigo le gritó:
—Chica, aguárdate... Déjame recoger las medias y
las botas...... Allá voy á darte la mano.... Vas á caerte de cabeza en el
río... ¡Loca de atar!
Con saltos ligeros, volviendo la cabeza á cada
brinco lo mismo que los pájaros, Manuela salvaba ya las Poldras,
eligiendo diestramente el trecho seco á fin de caer en él. Dos ó tres veces
estuvo á punto de dar la zambullida, y la daría de fijo á no ser tan grande su
agilidad: saltaba largo, y era su ligereza la ligereza del ave, de la
golondrina que vuela rasando el agua. Remangaba las faldas al brincar, y su
pierna, no torneada aún, pero de una magrez llena, donde las redondeces futuras
apuntaban ya, tenía al herirla{t.2-30} el sol,
la firmeza y el granillo algo duro de una pierna acabada de esculpir en mármol
y no pulimentada aún.
Casi había alcanzado la otra orilla, cuando Perucho
voló tras ella. El muchacho, calzado con duros zapatos de doble suela,
desdeñaba descalzarse, habiéndose contentado con remangar los pantalones.
La chiquilla comprendió que llevaba ventaja á su
compañero, y excitada por el juego, quiso hacerle correr un poco. Como una
saeta se emboscó entre los árboles de la orilla, y desapareció en la espesura
dándose traza para que Perucho no supiese dónde se había metido. Pero al
muchacho le asustó aquella pequeña contrariedad como si realmente su amiga se
le perdiese de vista, y gritó llamándola con oprimido corazón y angustiada voz:
tan angustiada, que Manuela salió al punto de los matorrales, renunciando á continuar
el juego.
—¿Qué te pasa?—dijo riéndose al ver el semblante
demudado de Perucho.
—¿Qué...? Que no me hagas judiadas... Vamos juntos,
¿entiendes? Tú no te apartes de mí. ¿Dónde estabas? No, no sirve esconderse.
—Pues cálzame—exclamó ella sentándose en un
peñasco.
La calzó enjugándole antes los pies húmedos con la
falda de su americana, y bromeando ya sobre el enfado y el susto del escondite.
—Y ahora...—murmuró la niña mientras él lidiaba con
un botón empeñado en resbalarse del ojal—¿á dónde vamos? ¿Seguimos como locos?
—Ahora... ahora ven conmigo... Ya pararemos, mujer.
Echaron monte arriba, alejándose de la refrigerante
atmósfera del río. Aquella montaña era más áspera aún, y en su suelo dominaban
las carrascas y las encinas, que daban alguna sombra; pero siendo muy agria la
subida, en los puntos descubiertos quemaba el sol de un modo insufrible.
Manuela{t.2-32} jadeaba siguiendo á Perucho, que
parecía llevar un objeto determinado, pues miraba á un lado y á otro para
orientarse. Al fin, divisó una encina vieja, un tronco perforado y hueco donde
aún gallardeaba algún ramaje verde en lugar de la copa desmochada; dió un grito
de júbilo, metió la cabeza dentro con precaución, luego la mano, armada de una
navaja, luego el brazo todo... y al cabo de unos cuantos minutos de
manipulación misteriosa, sacó en triunfo algo, algo que hizo exhalar á la
montañesa clamor alegre.
¡Un panal soberbio de miel rubia, pura y balsámica,
de aquella miel natural, un millón de veces más sabrosa que la de colmena, como
si el insecto, libre ciudadano de su inocente república ajena al protectorado
del hombre, libase un néctar más puro en los cálices de las flores, un polen
más fecundo en sus estambres, elaborase un propóleos más adherente para
afianzar la celdilla, y emplease procedimientos de destilación más delicados
para melificar la esencia de las plantas{t.2-33}, el
jugo precioso recogido aquí y acullá, en el prado, en la vega, en el castañar,
en el monte!
Manuela chillaba, reía de placer.
—Pero tú mucho discurres... ¿Pero de dónde sacaste
eso...? Pero tú creo que echas las cartas como la Sabia... ¿Quién te contó que
ahí había miel?
—¡Boba! ¡Gran milagro! Supe que unos hombres de las
Poldras pillaron en este sitio un enjambre... pregunté si habían registrado el
nido de la miel y contestaron que no, que ellos sólo andaban muertos y penados
por las abejas, para llevarlas al colmenar... Yo dije ¡tate! pues los panales
han de estar allí, en un árbol hueco... Ya ves cómo acerté. ¿Qué tal el
panalito? ¡Pecan los ojos en mirarlo!
—¿Y si estuviesen en el tronco las abejas, ahora
que andan tan furiosas con la borrachera de la flor del castaño? Te comían
vivo.
—¡Bah! Yo sé la maña para que no{t.2-34} piquen... Hay que meter poco ruido,
moverse despacio y bajarse al suelo cuando le sienten á uno...
—¡A comer, á comer la miel!—gritó la montañesa
palmoteando.
—Ven, aquí hay una sombra, ¡una sombra que da la
hora!
Era la sombra la de una encina cuyas ramas formaban
pabellón, y que caía sobre un ribazo todo estrellado de flores monteses, donde
crecía el tojo ó escajo tan nuevo y tierno, que sus pinchos no lastimaban.
Además parecía como si la mano del hombre hubiese labrado allí esmeradamente un
asiento, á la altura exigida por la comodidad. Perucho sacó su navaja, y del
bolsillo del chaquetón hizo surgir el pedazo de brona tomado
contra la voluntad de su dueña la Sabia. Partiólo en dos mitades desiguales,
dando la mayor á su compañera; y el panal de miel se sometió al mismo reparto.
Sentada ya, tranquila, descansando de la larga caminata y del calor sufrido,
con esa s{t.2-35}ensación de bienestar físico que
produce el reposo después de un violento esfuerzo muscular, y la pregustación
de un manjar delicioso, virgen, fresco, sano, que hace fluir de la boca el
humor de la saliva, Manuela, antes de hincar el diente en la miel puesta sobre
el zoquete de pan, tocó en el hombro á su compañero:
—Mira, en comiéndola nos largamos, y vuelta á
casita... ¿eh? Ya me parece que dieron las doce en el campanario de Naya...
Sabe Dios á qué hora llegaremos allá, y lo que andarán preguntando por
nosotros.
Él le echó el brazo al cuello, y con los dedos le
daba golpecitos en la garganta.
—Hoy no se vuelve—murmuró casi á su oído.
Pegó un respingo la muchacha.
—¿Tú loqueas? Si fuese en otro tiempo... bien,
nadie se amoscaría; pero ahora, que está el tío Gabriel? Se armaría un ruido
endemoniado por toda la casa.
Perucho le tiró de la trenza.{t.2-36}
—Hoy no se vuelve... No me repliques, que no puede
ser. Hoy no se vuelve... ¿Sabes por qué? Por lo mismo, por eso... porque está
tu tío, tu caballero de tío. Calla, calla, vidiña... Si
quieres volver, vuélvete tú sola, muy enhorabuena; yo me quedo aquí... Yo no
voy más á los Pazos.
—Á mí se me figura que tú chocheaste. Lo que á ti
se te ocurre, no se le ocurre ni al mismo Pateta. ¡No volver á los Pazos! Pues
apenas se alborotaría aquello todo.
—¿Y qué nos importa, di?—murmuró el mancebo con
ardorosa voz.—Tú eres muy mala, Manola: sí señor, muy mala; tú no me quieres á
mí así, á este modo que yo te quiero. ¡Qué me has de querer! Ni siquiera sabes
lo que es cariño... de este. ¿Lo entiendes? Pues no lo sabes. Vamos, yo no digo
que tú no me quieras una miajita; si me muriese, llorarías, ¡quién lo duda!
llorarías una semana, un mes... y te acordarías de mí un año... y soñarías
conmigo por las noches... y después... {t.2-37}te
casarías con el tío Gabriel, y se acabó... se acabó Perucho.
Su voz temblaba, enronquecida por la pasión.
—¡Qué cosas dices! ¡Con el tío Gabriel!—exclamó la
montañesa dilatando las pupilas de asombro y limpiándose distraídamente con el
pañuelo la boca untada de pegajosa miel.
—Ó con otro del pueblo, otro señor elegante y de
fachenda, así por el estilo... ¡Malacaste! Oye tú: aquí en la aldea no se hace
uno cargo de ciertas cosas... pero allá en el pueblo... los estudiantes... unos
con otros... nos abrimos los ojos... nos despabilamos... ¿estás? Allá... cuando
me preguntaban los compañeros que si tenía novia y que porqué no tomaba una en
Orense... atiende, atiende... les dije así:—Tengo mi novia, ya se ve que la
tengo, y es más bonita que todas las vuestras, y se llama Manuela, Manuela
Ulloa...—Y ellos á decir:—¿Quién? ¿la hija del marqués?—La misma que viste y
calza... decid ahora que no es bonita, morrales...—Y{t.2-38} ellos
con muchísima guasa me saltan:—En la vida la vimos... pero esa no es para ti,
páparo... Esa es para un señor, porque es una señorita, hija de otro señor
también... y tú eres hijo de una infeliz paisana... ¿eh? date tono, date
tono...—Le santigüé las narices al que me lo cantó, pero me quedé pensando que
lo acertaba... ¿Entiendes? Y tanta rabia me entró, que me eché á llorar como si
fuese yo el que hubiese atrapado los soplamocos... Mira si sería verdad... que
a... aún... aún...
Manuela, que chupaba muy risueña el panal, alzó la
vista y notó que su amigo tenía como una niebla ante aquellas hermosas pupilas
azul celeste. En lo más profundo de su vanidad de hembra, quizás á medio dedo
de las telillas del corazón, sintió algo, una punzada tan dulce, tan sabrosa...
más que la propia miel que paladeaba. Volvió la cabeza, recostóla en el hombro
de su amigo.
—¿Quién te manda llorimiquear ni
apurarte?—pronunció enfáticamente.
—Porque tenían razón—tartamudeó él.{t.2-39}
—No señor. Yo te quiero á ti, ya se sabe. Mas que
fueses hijo del verdugo. Valientes tontos, y tú más tonto por hacerles caso.
—Bien—murmuró él;—me quieres, corriente, estamos en
eso; pero es allá un modo de querer que... Yo me entiendo. Es un querer, así...
porque... porque uno se crió desde pequeñito junto con el otro, sin
apartarse... y tienes costumbre de verme, como quien dice... y... y... Yo te
voy á aclarar cómo me quieres, y si acierto, me lo confiesas. ¿Eh? ¿Me lo
confiesas?
—Hombre...—clamó ella con la boca atarugada de
brona—siquiera das tiempo á uno para tragar el bocado y contestar... Conformes;
te lo confesaré. ¡Falta saber qué es lo que he de con-fe-saaaár!
—Tú me quieres... como quieren las hermanas á los
hermanos. ¿Eh? ¿Acerté?
—Mira tú... ¡Verdad! Si yo siempre pensé de
chiquilla que lo eras, no entiendo por qué...—Aquí la montañesa dió indicios de
quedarse pensativa, con la brona afianzada{t.2-40} en
los dedos, sin llevarla á la boca.—Y yo no sé qué más hermanos hemos de ser.
Siempre juntos, siempre, desde que yo era así... (bajó la mano indicando una
estatura inverosímil, menor que la de ningún recién nacido.) Aún hay hermanos
que no se crían tan juntos como nosotros.
Perucho permaneció silencioso, con el pan caído á
su lado sobre la hierba, una rodilla en el aire, que sostenía con las manos
enclavijadas, y mirando hacia el horizonte.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué pones esa cara de bobo?
—Eso ya lo sabía yo—exclamó él desesperado,
descargándose de golpe una puñada en el muslo...—¿Ves...? ¿Ves cómo tenían
razón los de Orense? Lo que tú me quieres á mí... es... así... por eso, porque
desde chiquillos andamos juntitos y, á menos que fueses una loba, no me habías
de tener aborrecimiento... ¡Pues andando! Siga la música... Y que se lo lleven
á uno los diablos.
Encaróse violentamente con la niña,{t.2-41} y tomándole las muñecas, se las apretó con
toda su alma y todo su vigor montañés. Ella dió un chillido.
—Yo te quiero á ti de otra manera, muy diferente...
te quiero como á las novias, con amor, con amor (vociferó esta palabra). Si se
calla uno más de cuatro veces, es por miramientos y consideraciones y
embelecos... Que se vayan á paseo todos ellos juntos... Aguantar que á uno no
le quieran, ya es martirio bastante; pero ver que viene otro y con sus manos
lavadas le escamotea la novia, le roba todo... Eso ya pasa de raya... No tengo
paciencia para sufrirlo ni para verlo... No, y no, y no lo veré, me iré, me iré,
aunque sea á la isla de Cuba.
Manuela oyó todo esto derramándose en risa, porque
el enfado de su amigo le gustaba; y sobre todo, encantábale la idea de calmarlo
con unas cuantas frases cariñosas, que sin esfuerzo, antes muy á gusto suyo, le
salían del corazón.
—Lo dicho: á ti hoy picóte una avispa ó un alacrán
en el monte... Yo quisiera saber de dónde sacas tanto disparate... ¿Quién te
viene á quitar la novia, ni quién me coge á mí, ni me lleva, ni todas esas
barbaridades que sueñas tú?
—El tío Gabriel te quiere; está enamorado de ti. Ha
venido á casarse contigo. No me lo niegues.
—Vaya, lo dicho.
Manuela se tocó la frente con el dedo y meneó la
cabeza.
—No, no me llames loco; porque me parece que haces
risa de mí ó que me quieres engañar. Dime sólo una cosa. ¿Te gusta tu tío
Gabriel?
—¿Gustar?... ¿Qué sé yo lo que es gustar,
como tú dices? El tío Gabriel me parece muy bueno, muy listo, y un señor así...
no sé cómo te diga... muy fino, y que sabe mucho de muchísimas cosas... Un
señor diferente de los de por acá, de Ramón Limioso, del sobrino del cura de
Boan, Javier, de los de Valeiro... de todos.{t.2-43}
—Ya lo ves—exclamó con aflicción el mancebo;—ya lo
estás viendo... Tu tío... ¡te gusta!
—Pues sí; claro que me gusta... ¡No tiene por qué
no gustarme!
Las correctas líneas del rostro de Perucho se
crisparon. Las raras veces que tal sucedía, palidecían sus mejillas un poco,
dilatábansele las fosas nasales, se oscurecían y centelleaban sus ojos de
zafiro, poníase más guapo que nunca, y era notable su parecido con las estampas
de la Biblia que representan al ángel exterminador ó á los vengadores
arcángeles que se hospedaron en casa de Lot el patriarca. Manuela lo
contemplaba con placer, á hurtadillas; y de pronto, pasándole suavemente una
mano por detrás de la cabeza y atrayéndolo á sí, murmuró:
—Tú me gustas más, queridiño.
—A ver, dilo otra vez.
—Te lo daré por escrito.—Hizo ademán de escribir en
el suelo con el dedo, y deletreó: Me-gus-tas-más.
—Man{t.2-44}ola,
vidiña... A mí, ¿me quieres más á mí?
—Más, más.
—¿Te casarás conmigo?
—Contigo.
—¿Conmigo? ¿Aunque tú seas señorita y yo... un
labrador?
—Aunque fueses el último pobre de la parroquia. Yo
no soy tampoco una señorita... como las demás. Soy una montañesa, criada entre
las vacas. Estaría yo bonita allá en pueblos de no sé. Más señorito pareces tú
que yo.
—Y si tu padre...
Manuela miró al suelo; su boca se contrajo por
espacio de un segundo. Luego suspiró levemente:
—Para el caso que me hace papá... Yo no sé de qué
le sirvo... ¡Bah! Desde pequeñita sólo tú hiciste caso de mí, y me cumpliste
los caprichos y me mimaste... Cuando necesitaba dos cuartos... ¿te acuerdas? me
los prestabas... ó me los regalabas... Tú me traías los juguetes y las
rosquillas de la feria... En el invierno, cuando te vas, parece que se me{t.2-45} va lo mejor que tengo y me quedo sin
sombra.
—¡Qué gusto!—exclamó él, y con ímpetu irresistible
se levantó, le apoyó las manos en los hombros, y la zarandeó como se zarandea
al árbol para que suelte el fruto. Luego se le hincó de rodillas delante, sin
el menor propósito de galantería.
—Manola, ruliña, dame palabra de que
nos hemos de casar tan pronto podamos. ¿Me la das, mujer?
—Doy, hombre, doy.
—Y de que hasta la tarde no volvemos á los Pazos.
—¡Uy! Reñirán, se enfadarán, armarán un Cristo.
—Que lo armen. Que riñan. Hoy el día es nuestro.
Que nos busquen en la montaña. Aquí corre fresco, da gusto estar. ¿No comiste
bastante? ¿Tienes hambre? Ahí va el pan, y más miel.
—¿Y qué vamos á hacer aquí todo el día de
Dios?—preguntó ella risueña y gozosa, como si l{t.2-46}a
pregunta estuviese contestada de antemano.
—Andar juntos—respondió él decisivamente.—Y subir á
los Castros. D{t.2-47}esde aquí todavía estamos cerca
de Naya.
Para subir á los Castros, había que dejar á un lado
el monte y el encinar, torcer á la izquierda, y penetrar en uno de esos caminos
hondos, característicos de Galicia, sepultados entre dos heredades altas, y
cubiertos por el pabellón de maleza que crece en sus bordes: caminos
generalmente difíciles, porque la llanta del carro los surca de profundas
zanjas, de indelebles arrugas; porque á ellos ha arrojado el labrador todos los
guijarros con que la reja del arado ó la pala tropezó en las heredades limítrofes;
porque allí se{t.2-48} detiene y se encharca el
agua y se forma el barro; los peores caminos del mundo en suma, y sin embargo
encantadores, poéticos, abrigados en invierno porque almacenan el calor solar,
y protegidos del calor en verano por la sombra de las plantas que se cruzan
cerrándolos como tupido mosquitero; encantadores porque están llenos de
blancuras verdosas de saúco, palideces rosadas de flor de zarza, elegancias
airosas de digital, enredadas cabelleras de madreselva que vierten fragancia,
cuentas de coral de fresilla, negruras apetitosas de mora madura, plumas finas
de helecho, revoloteos y píos y caricias de pájaros, serpenteos perezosos de
orugas, escapes de lagartos, contradanzas de mariposas, encajes de telarañas
sujetos con broches de rocío, y desmelenaduras fantásticas de rojas barbas
de capuchino, que allí, colgadas entre zarzas y matorrales, parecen ex-votos de
faunos que inmolaron su pelaje rudo al capricho de una ninfa. Y aquel camino en
que penetró la pareja montañesa añadía á estos méritos,{t.2-49} comunes
á todas las corredoiras, un misterio especial, debido á que era muy
poco frecuentado de carros y de labriegos, y conservaba todo el mullido suave
de su hierba virgen, que literalmente era un tapiz verde clarísimo, salpicado
de esas orquídeas color entre lila y rosa que asoman fuera de tierra sólo los
pétalos, sin hoja verde alguna; y como además era estrecho, y muy hondo, la
vegetación de sus bordes, viciosa y lozana como ninguna, se había unido, y sólo
á duras penas se filtraba de la bóveda una misteriosa y vaga claridad, una luz
disuelta en oro y pasada al través de una cortina de tafetán verde.
Quien estuviese hecho á conocer estos caminos
hondos, y el país gallego en general, no se admiraría de las particularidades
que presentaba aquella corredoira, así en su virginidad y misterio como en ser
más honda que ninguna y en estar trazada con extraña regularidad, como obra
donde no sólo se descubría la mano del hombre, sino una mano{t.2-50} ducha y hábil, que da á sus obras
proporción y simetría. El nombre de Los Castros que lleva el
lugar le explicaría bien, si antes no se lo dijese su pericia, por qué estaba
allí aquella zanja abierta como por la pala del ingeniero militar de hoy, que
ciertamente no la abriría más perfecta.
Dos eran los Castros: Castro Pequeño y Castro
Mayor, y se elevaban en doble colina escalonada, facilitando la ascensión del
uno al otro la trinchera, aunque también haciéndola más larga, pues era preciso
seguirla y dar la vuelta á toda la base del Castro Pequeño para intentar la
ascensión al grande, muchísimo más elevado y vasto. El estado de conservación
de los dos campamentos era tan maravilloso; se veían tan claras las líneas del
reducto y el círculo perfecto de la profunda zanja que en torno lo defendía,
que aquella fortificación de tierra, levantada probablemente por legionarios
romanos anteriores á Cristo, si es que no fué en tiempos aún más remotos
trabajo de defensa practicado{t.2-51} para
sustentar la independencia galaica, aparecía más entero y robusto que las
fortalezas, relativamente jóvenes, de la Edad-media. Ni el arado, ni el agua
del cielo, habían mordido la esbelta cortadura que á modo de verde culebra se
enrosca al pie de los Castros. No; no habían hecho más que vestirla de
enredaderas, de zarzales, de plantas y hierbas lozanísimas; y allí donde el
soldado rompió el terruño para prevenir el ataque del enemigo, se embosca hoy
la ágil sabandija, y teje sus gasas el pardo arañón campesino.
Subió lentamente la pareja, no apremiada ya por la
angustia de hallarse cerca de sitio habitado que desde por la mañana impulsaba
á Perucho á desviarse del caserón. Iban los dos montañeses radiantes de
alegría, con el desahogo de la confesión y las promesas anteriores. Parecíales
que sin más que trocar aquellas cuatro frases, se les había quitado de delante
un estorbo grandísimo, y ensanchándoseles el corazón, y arreglado todo el
porvenir á gusto y voluntad suya. En especial{t.2-52} el
galán no cabía en sí de gozo y orgullo, y sostenía á Manuela y la empujaba por
la cintura con la tierna autoridad del que cuida y atiende á una cosa
absolutamente propia. Tranquilo y sosegado, hablaba de las cosas acostumbradas
y se entregaba á las ocupaciones y á las investigaciones habituales en la
pareja. Aquella corredoira de los Castros, en las actuales circunstancias, era
para él un descubrimiento. ¡Qué filón! Olvidados de todo el mundo,
amontonábanse allá tesoros que no habían de desdeñar nuestros exploradores.
Hacia la parte que forma la solana de la colina, las moras se hallaban ya en
estado de perfecta madurez, y millares de dulces bolitas negras acribillaban el
verde oscuro de los zarzales. En los sitios de más sombra y humedad, las
perfumadas fresillas ó amores abundaban, y las delataba su
aroma. Nidos, era una bendición de Dios los que aquella maleza cobijaba.
Porque, desnuda de arbolado la cima de los Castros desde cerca de veinte siglos
que sin duda sus ár{t.2-53}boles habían sido cortados
para levantar empalizadas, las aves no tenían más refugio que la zanja
misteriosa, donde les sobraba pasto de insectos y caudal de hierbas secas y
plantas filamentosas para tejer la cuna de su prole. Así es que tras cada
matorral un poco tupido, en cada rinconada favorable, se descubrían redondas y
breves camas, unas con huevos, cuatro ó seis perlitas verdosas, otras con la
cría, medio ciega, vestida de plumón amarillento. Y al entreabrir Manuela el
ramaje para sorprender el secreto nupcial, no sólo volaba el pájaro palpitante de
terror, sino que se oía corretear despavorida á la lagartija, y el gusano se
detenía paralizado de miedo, enroscándose al borde de una hoja con sus
innumerables patitas rudimentarias.
En la exploración y saqueo de la zanja gastarían
más de hora y media los fugitivos. En la falda remangada de Manuela se
amontonaban moras, fresas, frambuesas, mezcladas y revueltas con alguna flor
que Perucho le había echado allí como por broma. Manuela{t.2-54} prefería
coger los frutos, y su amigo era siempre el encargado de obsequiarla con las
orquídeas aromosas ó con las largas ramas de madreselva. Andando, andando, la
carga de fresas desaparecía y el delantal se aligeraba: picaban por turno los
dos enamorados, y al llegar á la cima del Castro pequeño, la merienda de fruta
silvestre había pasado á los estómagos.
La cima del Castro pequeño, donde empezaba á asomar
el tierno maíz, era una meseta circular, perfectamente nivelada, como picadero
gigantesco donde podían maniobrar todos los jinetes de la orden ecuestre. Las
necesidades del cultivo habían abierto senderitos entre heredad y heredad, y á
no ser por ellos, el Castro pequeño sería raso como la palma de la mano. Desde
su altura se divisaba una hermosa extensión de tierra, y seguíase el curso del
Avieiro, distinguiéndose claramente y como próximas, pero á vista de pájaro,
las Poldras, con el penachillo de espuma que á cada losa ponía el remolino y el
batir {t.2-55}colérico de la corriente. Ni un
árbol, ni una mata alta en aquella gran planicie del Castro, que rasa, monda,
lisa é igual, parecería recién abandonada por sus belicosos inquilinos de otros
días, á no verse en su terreno los golpes del azadón y á no cubrirla, como velo
uniforme, las tiernas plantas del maíz nuevo.
Mas no era allí todavía donde Perucho y Manuela se
creían dueños del campo y situados á su gusto para reposar un poco después de
tanto correr. Aspiraban á subir al Castro mayor, ascensión difícil para otros,
porque la trinchera, menos honda allí, dejaba de ser corredoira y estaba
literalmente obstruída por los tojos recios, feroces y altísimos. Casi
impracticable hacían la subida sus ramas entretejidas y espinosas. Perucho, con
sus pantalones de paño fuerte, podría arriesgarse llevando en brazos á Manuela;
pero era el trayecto del rodeo de la zanja larguísimo, y á pesar del vigor del
rapaz, bien podría cansarse antes de recorrer el hemiciclo que conducía á la
entrada del Castro. Tendió la vista,{t.2-56} y
sus ojos linces de montañés distinguieron al punto un senderito casi invisible,
en el cual no cabía el pie de un hombre, y que serpeaba atrevidamente por el
talud más vertical de la base del Castro, yendo á parar en el matorral que
guarnecía la cúspide.
—¡El camino del zorro!—exclamó Perucho, señalando á
su compañera, allá en lo alto, la boca de la madriguera, que se entreparecía
oculta por las zarzas y escajos.—Por ahí vamos á subir nosotros, que sino es el
cuento de nunca acabar y de quedarse sin carne en las pantorrillas.
Para llevar á cabo la difícil hazaña, yendo el
montañés delante y colocando el pie en las levísimas desigualdades que daban
señal del paso del zorro cuando subía y bajaba á su oculto asilo, Manuela, que
seguía á Perucho, se le cogía no de la mano, pero de los faldones de la
americana, y á veces del paño del pantalón. El apuro fué grande en algunos
puntos del trayecto, y grandes también las risas con que celebraron lo crítico{t.2-57} de la situación aquella. Perucho se asía
con las uñas á la tierra, á las plantas, á todo cuanto podía servirle de
asidero, y al avanzar el pie hincaba la punta de golpe en la montaña, para
dejar hecho sitio al pie de la niña. Al fin, sudorosos, encarnados y alegres,
llegaron á la última etapa de la jornada, y agarrándose á unos menudos pinos
que crecían desplomados sobre el talud, saltaron triunfantes dentro del Castro
Mayor.
La impresión que producía este segundo reducto
fortificado era harto diferente de la del primero. En éste el cultivo suavizaba
el aspecto militar, y el alegre y fresco verdor del maíz no permitía que
acudiesen al ánimo ideas de antiguas batallas, de sangre y defensas heroicas;
sobre la honda trinchera había tendido la naturaleza velo de florida
vegetación, y las huellas de la vida humana, de la actividad rústica, el manto
amigo de la agricultura, daban al viejo anfiteatro aspecto risueño y apacible.
En el Castro Mayor, al contrario, se advertía cierta salvaje grand{t.2-58}eza y desolación trágica, muy en armonía con su
destino y su puesto en la historia. Era aún, después de veinte siglos, el sitio
de las defensas heroicas, de las resistencias supremas; el sitio donde, rotas
ya las empalizadas, invadido el Castro de abajo, se refugiaría la destrozada
legión, llevándose sus muertos y sus heridos para darles, á falta de honrosa
pira, túmulo en aquella elevada cumbre, y resuelta á vender caras las vidas á
la hueste cántabro-galaica. La vegetación, los brezos altísimos y tostados por
el sol, las carrascas, los tojos, todo adquiría allí entonación rojiza,
despertando la idea de un rocío de sangre que los hubiese bañado: á trechos,
rompían la lisura del inmenso circuito pequeñísimas eminencias, donde las
plantas eran más lozanas todavía, y que á juzgar por su hechura cónica serían
acaso túmulos. ¿Quién sabe si un investigador, un arqueólogo, un curioso,
cavando en aquel suelo vestido de plantas monteses y de ruda y selvática flora,
descubriría ánforas, moneda{t.2-59}s, hierros de
lanza, huesos humanos?
La soledad era absoluta en aquel lugar elevado y
casi inaccesible; el cielo parecía á la vez muy alto y muy próximo, y como nada
limitaba la vista, horizonte inmenso lo rodeaba por todas partes, resultando el
firmamento verdadera bóveda de azul infinito y profundo, que encerraba á manera
de fanal el inmenso anfiteatro. Las lejanías, más bajas que el Castro, se
perdían gradualmente en tales tintas rosadas y cenicientas, que formaban la
ilusión de un lago, ó del mar, cuya extensión se divisase lejos, muy lejos.
Parecía que el Castro fuese una isla, suspendida sobre un océano de vapores. La
calma y el silencio rayaban en fantásticos: allí no había pájaros, sea porque
sólo un árbol,—un viejo roble, digno de ser contemporáneo de los druidas, se
alzaba en la gigantesca plataforma, como respetado por la pala de los soldados
que habían nivelado el monte para fortificarlo,—sea porque la altura, gravedad
y solemnidad misteriosa de aquel sitio intimidase á las aves. Una{t.2-60} liebre, galopando entre los brezos, fué el
único sér viviente que encontraron los fugitivos.
Divirtiéronse estos durante un buen rato en otear
todo el país circunvecino, que desde la estratégica altura se dominaba
completamente. El caserío de Naya se les presentaba á sus pies como esparcida
bandada de palomas; más lejos las Poldras y el río espejeaban al sol; eran un
hilo verdoso, roto á trechos por blancos espumarajos; y allá remoto, remoto, se
hundía el valle de los Pazos, donde la casa solariega era un punto rojo, el
color de sus tejas. Manuela mostró una especie de terror á esta vista.
—¡Madre mía del Corpiño, qué lejos estamos de la
casa!
Perucho la tranquilizó riendo.
—No, mujer... Parece así porque la vemos de alto.
Vaya que de poco te pasmas. ¿No tienes voluntad de descansar? ¿No te pide el
cuerpo sentarte?
—Hombre... me dan ganas de hacerte no {t.2-61}sé qué. Hace mil años te dije que me cansaba, y
ahora sales... Yo ya estaba aguardando á ver si querías que me cayese muerta.
¡Y con este calor! Aquí tan siquiera corre un poquito de aire.
—Pues ven.
Acercáronse al roble, cuyo ramaje horizontal y
follaje oscurísimo formaban bóveda casi impenetrable á los rayos del sol. Aquel
natural pabellón no se estaba quieto, sino que la purísima y oxigenada brisa
montañesa lo hacía palpitar blandamente, como la vela del bote, obligando á sus
recortadas hojas á que se acariciasen y exhalasen un murmullo como de seda
arrugada. Al pie del roble, el humus de las hojas y la sombra proyectada por
las ramas, habían contribuído á la formación de un pequeño ribazo resto acaso
de uno de aquellos túmulos, así como el duro y vigoroso roble habría chupado
acaso la sustancia de sus raíces en las vísceras del guerrero acribillado de
heridas y enterrado allí en épocas lejanas.{t.2-62}
—Ahí tienes un sitio precioso—dijo Perucho.
Dejóse caer la montañesa, recostada más que
sentada, en el tentador ribazo.
—La hierba está blandita y huele bien...—exclamó la
niña.—No hay tojos... ¡Qué ricura!
—¿A ver?—murmuró él;—y desplomóse á su vez en el
ribazo, riendo y apoyándose en las palmas de las manos.
—¡Vaya! Ni un tojo para un remedio... ¡Y qué sombra
de gloria! ¡Ay.... gracias á Dios! Estaba muerta.... Mira cómo sudo—añadió
cogiendo la mano del montañés y acercándola á su nuca húmeda.
—¿Quieres escotar un cachito de siesta?—preguntó el
mozo, mirándola con ternura.—Aquí hay un sitio que ni de encargo.... Si hasta
parece que la tierra hace figura de almohada.... Yo te echaré la chaqueta para
que acuestes la cabeza....
—Y tú, ¿qué haces ínterin yo duermo? ¿Papas moscas?
—Duermo también á tu ladito... Como marido y mujer.
¿No te gusta? Sí tal, sí tal.{t.2-63}
Quitóse el chaquetón, y extendiólo con precauciones
minuciosas, de modo que la cabeza de Manuela quedase cómodamente reclinada en
el cojín que formaba una manga bien envuelta con el cuerpo. Enseguida se tendió
al lado de la montañesa, poniéndose bajo la nuca su hongo gris, para no coger
un torticolis. La hierba del ribazo era en efecto olorosa, espesa, fina,
menuda, y entretejida como la lana de una alfombra de precio. Al lado de la
cabeza de Manuela crecía una gran mata de biznaga, cuyos airosos tallos prolongados
y blancas umbelas de flores menuditas con la punta roja en medio, parecían, al
destacarse sobre el fondo azul del horizonte, un transparente obra de hábil
pintor. Por efecto de la posición, le parecían á la montañesa altísimas
aquellas biznagas; más altas que los montes que se perdían en los tonos vagos y
vaporosos del horizonte lejano. Así se lo dijo á su compañero. Éste respondió á
la observación con una sonrisa cariñosa, y dijo:
—Levanta un poco el cuerpo... te pasaré el brazo
así por debajo...
Hízolo y quedaron careados. La claridad solar, que
pugnaba por atravesar el follaje de la encina, les derramaba en las pupilas un
centelleo de pajuelas de oro; en los ojos negros de Manuela se convertían en
reflejos de ágata, y en los azules de Perucho tenían el colorido de la gota de
vino blanco expuesta á la luz... Complacíase la viva claridad en descubrir,
jugando, los más mínimos pormenores de aquellos rostros juveniles: doraba la
pelusa de las mejillas: arrojaba una sombra rosada, con venillas rojas, en el
tabique de la nariz, en el velo del paladar, que se divisaba por entre los
dientes nacarados y entreabiertos, y en el hueco de las orejas; daba tonos
azulados al pelo negrísimo de la niña, é irisaba los rizos de Perucho, que se
encendían y parecían una aureola, con visos como de venturina.
Manuela alargó la mano, la hundió entre las
sortijas de su amigo, y las deshizo y alborotó con placer inexplicable. Aquella
cabel{t.2-65}lera magnífica, tan artísticamente
colocada por la naturaleza, tan rica de tono que estaba pidiendo á voces la
paleta de un pintor italiano para copiarla, era una de las cosas que más
contribuían á mantener la admiración y el culto que desde la infancia tributaba
á su compañero. Si hermoso era á la vista el pelo de Perucho, no menos dulce al
tacto. ¡Con qué elástica suavidad se enroscaban de suyo los bucles alrededor
del dedo! ¡Cómo se deshacían y partían cada uno en innumerables anillos,
ligeros y gallardos, y cómo volvían luego á unirse en grueso y pesado
tirabuzón, el bucle estatuario, la cifra de la gracia espiral! ¡Con qué
indisciplina encantadora se esparcían por la frente ó se agrupaban en la cima
de la cabeza, haciéndola semejante á las testas marmóreas de los dioses
griegos! Claro está que Manuela no se daba cuenta del carácter clásico de las
perfecciones de su amigo, mas no por eso le gustaba menos juguetear con la
rizada melena.
Pedro la dejaba á su disposición, cerrando{t.2-66} los ojos y sintiendo un bienestar infinito
é indecible. La cortedad penosa experimentada el día en que se habían refugiado
en la cantera, se había disipado con la conversación explícita de amor, las
trocadas promesas, el desahogo de la explicación mutua; y el montañés ni pedía
ni soñaba dicha mayor que la de estar allí solos, próximos, seguros el uno del
otro, á razonable distancia de todo lo que fuese gente, habitación, obstáculos,
mundo en suma; allí, en el desierto de la isla del Castro, donde Perucho quisiera
quedarse hasta la consumación de los siglos, con Manuela nada más. Ni el
pensamiento de otras venturas le cruzaba por las mientes, y aunque la
respiración de Manuela le calentaba el rostro y su mano le desordenaba y
acariciaba el pelo, no hervía con ímpetu su sangre moza; sólo parecía correr
con mayor regularidad por las venas. Tan feliz se encontraba, que olvidaba el
transcurso del tiempo y lo que pudiesen regañarles al volver al caserón, sumido
en una de esas distracciones profundas propias de lo{t.2-67}s
momentos culminantes de la existencia, que rompen la tiranía del pasado, anulan
la memoria, suprimen la preocupación del porvenir, y dejan solo el momento
presente con su solemnidad, su intensidad, su peso decisivo en la balanza de
nuestro destino.
De vez en cuando, á un leve estremecimiento del
follaje charolado del roble, á una caricia más viva, más nerviosa y eléctrica
de los dedos de Manuela, Pedro entreabría los párpados, y su mirada clara y
azul se cruzaba con la de aquellas pupilas negras, quebradas y enlanguidecidas
á la sazón, que lo devoraban. Dos ó tres veces retrocedió el
montañés,—sintiendo en la conciencia una especie de punzada, un misterioso
aviso, que al cabo, no en balde tenía cuatro ó seis años más que su compañera,
y algo que en rigor podía llamarse conocimiento;—y otras tantas la niña volvió
á acercársele, confiada y arrulladora, redoblando los halagos á los suaves
rizos y á las redondas mejillas, donde no apuntaba aún ni sombra de barba. Al
fin, sin saber cómo,{t.2-68} sin estudio, sin
premeditación, tan impensadamente como se encuentran las mariposas en la
atmósfera primaveral, los rostros se unieron y los labios se juntaron con débil
suspiro, mezclándose en los dos alientos el aroma fragante de las frambuesas y
fresillas, y res{t.2-69}iduos del sabor delicioso del
panal de miel.
Según suele suceder cuando el calor desazona el
cuerpo y acontecimientos importantes ocurridos durante el día perturban el
espíritu, Gabriel Pardo había pasado la noche en vigilia casi completa. Lo
bueno fué que se acostara creyendo tener mucho sueño; pesábale la cabeza y los
párpados, y experimentó gran alivio al desnudarse, estirarse en las frescas
sábanas de lino y sentir en las mejillas el contacto de la tersa almohada.
Resuelto á consagrar diez minutos á pensamientos agradables antes de rendirse á
la soñolencia que{t.2-70} notaba, se colocó bien
del lado derecho, no sin apagar la luz y dejar sobre una silla, al alcance de
la mano (pues en los Pazos sólo conocía el lujo de las mesas de noche el Gallo,
que se había traído de Orense uno de los más feos ejemplares de la especie, con
su tableta de mármol y demás requilorios) la fosforera, la petaca y el pañuelo.
Gozó de quietud y reposo los primeros instantes,
dedicados á recordar incidentes de la jornada, dichos de Manuela, observaciones
referentes á ella que conservaba apuntadas en la memoria, movimientos,
actitudes y otras menudencias por el estilo. En la oscuridad, paseando la palma
de la mano sobre el embozo de la sábana, pensaba el comandante:
—La chiquilla posee un fondo sorprendente de
rectitud; además tiene, como su madre, tierno el corazón y las entrañas
humanas; es fácil, es casi elemental el método para hacerse querer de ella: no
hay más que aparecer muy cariñoso, interesarse por la pobrecita... lo cual la
coge de nuevas, porque se{t.2-71} ha criado en
completo abandono, gracias á mi bendito cuñado y á sus líos é historias...
Tenemos aquí lo que se llama un naife, ó sea un diamante en
bruto... y ¿quién sabe si vale más así? Se me figura que me hace doble gracia
de esta manera; que sí señor... ¡Ah! Sencillez, carácter primitivo y campestre,
comercio exclusivo con la madre naturaleza, su única maestra y su única
protectora... Cargue el diablo con todo eso que está uno harto de ver por ahí:
muñecas emperejiladas y vestidas según las cursilerías de La Moda
Elegante, juguetes automáticos que tocan la Rapsodia Húngara entreverada
de pifias... Luego dicen que tiene mucha ejecución... ¡Ejecución! ¡Qué más
ejecución que la que hacen ellas del arte!... Muñecas que todas ríen como por
resorte... que andan igual que si les tirasen de un hilito... que para fingirse
cándidas ponen cara de tontas en las zarzuelas donde hay frases de doble
sentido... que van á misa por rutina y por ver al novio, y á {t.2-72}paseo para que rabie la amiguita si tienen gala
que estrenar... Muñecas á quienes les han enseñado que es punto de honra no
enterrarse con palma, y cargan con el primer marido que les sale... y
después...
Aquí se agolparon á la memoria de Gabriel los
recuerdos, y varias gallardas siluetas de pecadoras cruzaron por entre las
tinieblas del dormitorio.
—¡Qué antipática me es—prosiguió Gabriel haciendo
calendarios—la mentira, la convención social! Convengamos en que hace falta,
bueno... ¿Cómo se sostendría sin ella este edificio caduco, apuntalado por unas
partes, carcomido por otras, remendado aquí y recompuesto acullá? ¿Esta
sociedad que parece un monumento mal restaurado, donde se amontonan
hibridaciones de todos los estilos y mescolanzas de todos los órdenes... aquí
una portada románica, luego un frontón dórico, después una techumbre de hierro
á la moderna...? Aquí se tropieza usted con una preocupación procedente de
Chindasvinto... más allá una idea general{t.2-73} que
difundió algún apólogo traído del Oriente por un cortesano de... ¡Sabe Dios! de
un califa cualquiera ó del rey que rabió por gachas... y otra que ya se
remontará á los iberos primitivos... y otra que la esparció ayer el estúpido
artículo de fondo de un periódico político... Y ajústese usted á esta... y á
aquella... y á la otra... y á la de más allá... Verdad es que todo hace falta
para reprimir la bestialidad humana... A no ser por eso... ¡crac!
Encontrando caliente ya el lado á que se había
tendido, volvióse Gabriel del opuesto; y sin duda este cambio le sugirió ideas
revolucionarias, porque pensó:
—¡Valiente estafermo está la sociedad actual!
Aunque la volasen con dinamita...
Pero el rincón frío y agradable que halló hubo de
inspirarle doctrinas conservadoras, y murmuró metiendo el brazo bajo la
almohada, postura que era en él habitual:
—Paciencia, Gabriel.... Ningún hombre es tiempo; al
tiempo corresponde esa obra histórica, si es que algún día ha de realizarse y{t.2-74} no estamos sentenciados á rodar siempre el
mismo peñasco, nosotros y los que vengan detrás... Calculemos que todo se lo
lleva pateta; ¿y qué ponemos allí, en el sitio de lo que desbaratamos? Verdad
que si reparásemos en pelillos, no habría adelanto ni progreso desde que el
mundo es mundo... No habría evolución... ¿Ó sí la habría; qué diablo? La
evolución es fatal, y no está en nuestra mano precipitarla ni estorbarla...
¿Puedo yo impedir que ahora se cumplan perfectamente en mi cuerpo leyes
fisiológicas y biológicas? ¡Cáspita, estoy hecho un pedante; si me oyesen en el
Círculo! Me llamarían chiflado otra vez. Bueno; en resumen; la niña es una
perla sin engarce... y yo debo tratar de dormirme.
Dejóse oir en este momento la estridente
trompetilla de un cínife, que guiado por el instinto venía, sonando su guerrera
tocata, á caer sobre la víctima, suponiéndola aletargada é inerme.
—La evolución sin lucha... Sin lucha, es{t.2-75} una utopía. Quizás la lucha misma, el
combate de todos contra todos, es la única clave del misterio... Lo que dice
muy bien Darwin en...
El cínife, elevando su clarín bélico á las más
altas notas, descendía raudamente sobre el pensador, á quien creía dormido...
Gabriel sintió un roce suave en la mejilla; luego le clavaron como una punta de
aguja, candente y finísima. Aunque empapado en ideas raras, semibudistas,
acerca del deber que tiene el hombre de no hacer sufrir al más pequeño
avechucho el más insignificante dolor, Gabriel, después de diez segundos de
astuta inmovilidad, alzó quedamente la mano, se descargó un lapo bien
calculado, con alevosía y ensañamiento, en el carrillo, y despachurró al músico
chupón.
Como si la leve sajadura del bisturí del insecto le
hubiese inoculado á Gabriel algún amoroso filtro, dió al punto vuelta hacia el
mismo lado que acababa de dejar, y empezaron á fatigarle mil tiernos{t.2-76} pensamientos relativos á su sobrina.
—¿Me querrá algún día, de verdad, con toda su alma?
Si la saco de este purgatorio, si le hago conocer la vida de las gentes
racionales, si le enseño á gustar de la música y de las artes, si la restituyo
á su verdadera clase social,... al gobierno soberano de su casa, que hoy rige
una fregona... y además le ofrezco muchísimo cariño, mucha amabilidad, para que
no se haga cargo ella de la diferencia de edades... que la hay, que la hay, no
vale decir que no... y menuda... Si juego con ella como con una chiquilla... si
le otorgo mi confianza, como á una compañera... Me... me querrá del modo que...
La sentiré palpitar... así... azorada... turbada... embriagada... con esa
mezcla de vergüenza y transporte... que... ¡Cosa más dulce!
Aquí los recuerdos acudieron en tropel á la
imaginación del artillero, escudándose traidoramente con la oscuridad y el
absoluto silencio que había seguido á la muerte del cínife. Gabriel se volvió
dos ó tres veces{t.2-77} de babor á estribor en
la cama, al mismo tiempo que se le incrustaba en la mente esta idea
desconsoladora:
—Adiós... Me he despabilado. Ya no pego ojo en toda
la noche.
Trató de poner coto á la desenfrenada fantasía.—A
dormir, á dormir—dijo casi en alto, con la resolución más firme. Eligió postura
nueva; apretó los párpados; se sepultó más en la almohada, y aunque sintiendo
dentro el mosconeo confuso de sus cavilaciones, procuró fijarse en un solo
pensamiento, porque sabía que así como la contemplación invariable de un punto
brillante produce el hipnotismo, la fijeza de una idea calma y adormece.
Pronto se le apaciguó la efervescencia mental; pero
en cambio, cuanto más se sosegaba la tempestad de las ideas, más se le iban
afinando y complicando las percepciones de tres sentidos corporales: el oído,
el olfato y el tacto. ¡El oído sobre todo! Era cosa asombrosa lo de ruidos
microscópicos que empezaro{t.2-78}n á destacarse del
aparente silencio: carcomas que roían el entarimado de la cama; sutiles
trotadas de ratones allá muy alto, sobre las vigas del techo; chasquidos de la
madera de los muebles; orfeones enteros de mosquitos; solos de bajo de
moscones; y por último, hondo rumor, como de resaca, de las propias arterias de
Gabriel; del torrente circulatorio en las válvulas del corazón; de las sienes,
de los pulsos. Al olfato llegaba el olor de resina seca del antiguo barniz del
lecho; el vaho animal del plumoncillo de la almohada; el vago aroma de lejía y
el sano tufo de plancha de las sábanas; el rastro que en la atmósfera había
quedado al extinguirse la última centella del pábilo de la vela; y un perfume
general de campo, de mentas, de mies segada, de brona caliente, un olor á
montañesa joven, que lejos de ser sedante para Gabriel, le atirantaba más los
nervios... El tacto... ¿Quién no conoce esa desazón de la epidermis, primero
imperceptible cosquilleo superficial, luego sensación insoportable{t.2-79} de que nos corren por encima mil insectos,
y advertimos el roce de sus dentadas patitas y de su cuerpo menudísimo, al cual
el nuestro sirve de hipódromo...? Para producir esta molestia feroz sobra en
verano la inflamación de la sangre que el calor ocasiona; si á ella se añaden
las travesuras de algún parásito real y efectivo, de las cuales no preserva á
veces ni la mayor pulcritud y aseo, es cosa de volverse loco.
Parece que en la oscuridad y quietud de la cama se
centuplican las incomodidades, y todo se abulta y transforma. A Gabriel le
sucedía así. El roer de la polilla ya le parecía el de una rata gigantesca; y
las corridas de las ratas, cargas de caballería á galope tendido. Los
concertantes de mosquitos eran coros humanos, de esos en que toma parte una
gran masa coral; los chasquidos del maderamen, crugir formidable de techo que
se desploma; su propia respiración, el movimiento de enorme fuelle de fragua; y
el curso de su sangre, impetuosa carrera de torren{t.2-80}te
aprisionado entre dos montañas, ó ímpetu atronador de huracán encajonado en
algún ventisquero de los Alpes... Los olores también por su persistencia en
seguir flotando en la atmósfera, llegaban á pasar de la nariz á las últimas
celdillas cerebrales, ocasionando mareo indecible y ganas de estornudar, y
verdadera inquietud nerviosa. Las carreras de la piel y la fermentación de la
sangre crecían, y no pensaba Gabriel sino que un ejército de pulgas caninas y
chinches sanguinarias le andaba recorriendo, con la mayor desvergüenza, el
cuerpo todo. Notaba además una sensación rara, muy propia del insomnio; y era
que unas veces se le figuraba ser muy chiquirritito, y otras inmenso, hasta el
punto de no caber en el espacio; y correlativamente con estas singulares
imaginaciones, notaba que los objetos, ya se le venían encima, ya se retiraban
á distancias tan inverosímiles que era imposible alcanzarlos... Le parecía
haberse vuelto de goma elástica, y que una mano negra, sin consistencia ni
forma, com{t.2-81}o el espacio hacia el cual miraba
con los ojos muy abiertos, le encogía ó le estiraba á su sabor... Y en aquel
mismo espacio tenebroso empezaba la vista á distinguir claridades y luces
espectrales, unas azules y como fosfóricas, otras amarillas ó más bien color de
azufre, que partiendo de un núcleo central brillante, se extendían, trémulas y
vibradoras, y formaban poco á poco un nimbo violáceo, que irradiaba y se
extinguía y volvía á irradiar y á extinguirse, á semejanza de esas ruedas
llamadas cromátropas con que remata el espectáculo de los
cuadros disolventes...
—Esto ya no se puede aguantar—exclamó Gabriel en
alta y colérica voz; y saltando furioso de la cama ó más bien del potro del
martirio, echó mano á la caja de los fósforos y encendió la vela. El aposento
quedó débilmente iluminado, con claridad triste, y el insomne experimentó, al
arder la luz, la impresión desapacible de un hombre á quien despiertan al coger
el primer sueño: parecíale antes estar completamente desvelado, {t.2-82}excitadísimo, y ahora, la lumbre de la bujía, el
movimiento de saltar de la cama, le revelaban que, al contrario, se encontraba
medio adormecido, y á dos dedos de quedarse traspuesto. No obstante, apenas se
echó otra vez y apoyó el rostro en la almohada sin apagar la luz y con un
cigarrillo recién encendido en el canto de la boca, de nuevo se halló
perfectamente despabilado y en disposición de lavarse, ponerse el frac é irse á
un baile, ó salir para una cazata. Y claro está que los ruidos habían cesado,
los olores también, y la picazón de la epidermis desaparecido por completo, no
sintiendo Gabriel en ella sino bienestar, sin que ronchas ni otros indicios
delatasen el paso de la cohorte enemiga.
Lo que sintió á poco rato fué amargura y
constricción en el paladar; sed ardiente.
—¿Qué demonios voy á beber ahora?—pensó.—Aquí no se
acostumbra dejar chisme, botellita, ni cosa que lo valga...
Levantóse y se dirigió al lavabo, resuelto á
refrigerarse, en la última extremidad, con{t.2-83} agua
de la jarra; pero la había gastado toda en sus abluciones matinales, y como en
las aldeas no se sospecha ni remotamente que un hombre, después del
refinamiento de lavarse bien por la mañana, pueda incurrir en el inaudito
sibaritismo de volver á chapotear otra vez por la tarde ó la noche, no es
costumbre renovar la provisión. De mal humor con este incidente regresó Gabriel
al lecho; la saliva le sabía á acíbar, el cuerpo le parecía que se lo habían
puesto á secar en un horno, tal era la calentura que empezaba á abrasarle.
—¡Noche toledana!—exclamó al tenderse, no debajo,
sino encima ya de las sábanas.—Daría cinco duros por un vaso de agua. Mal
tratan al rey don Pedro—en la torre de Argelez!—añadió riéndose á pesar suyo de
las contrariedades mínimas que le traían á mal traer desde hacía algunas
horas.—Dudo que pueda ya dormir en todo lo que falta de noche.
Recordó que sobre una mesa tenía algunos libros de
aquellos rancios y mohosos en{t.2-84}contrados en la
biblioteca del caserón. Levantóse y tomó uno de ellos, el que estaba
encima, Los Nombres de Cristo. Al abrirlo y descifrar la portada,
lo soltó murmurando:
—¡Filosofías á estas horas! ¿A ver el otro?
El otro era una edición de Salamanca de 1798; Traducción
literal y declaración del libro de los Cantares de Salomón. Al lado de la
portada se veía, en un grabado en madera, la faz pensativa y melancólica, la
espaciosa y abovedada frente del Maestro León; debajo un emblema, un árbol con
el hacha al pie y la leyenda siguiente: ab ipso ferro. La polilla
se había ensañado en el volumen, recortando caprichosos calados al través de
las hojas.
—Aquí tiene usted un libro curioso, el que le costó
la cárcel á su autor—pensó el comandante.—Veremos si á mí me trae el sueño.
Echado ya y vuelto hacia la luz, abrió con interés
el delgado volumen. Lo primero que le llamó la atención, en la primera hoja,
fueron algunos garrapatos informes, que delataban la mano de un niño, y el
nombre de{t.2-85} Pedro escrito con
enormes y dificultosas letrazas. Gabriel comenzó la lectura. A los pocos
minutos, el interés de lo que iba leyendo le hizo insensiblemente olvidar la
sed y el desasosiego nervioso; funcionó con gran actividad su imaginación y se
tranquilizó su cuerpo. De dos cosas estaba pasmado el comandante, y al paso que
iba leyendo, se las comunicaba á sí mismo en interior monólogo.
—¡Demonio... qué retebien escribía el fraile!
Tienen razón en decir que estos moldes se han perdido... ¡Zape, zape! Y no se
mordía la lengua... Vaya unos comentarios, vaya unos escolios y aclaraciones,
¡como si la cosa de por sí no estuviese bastante clara ya! ¡Mire usted que
estas metafísicas acerca del beso! No, y es que ningún poeta ni ningún escritor
de ahora discurriría explicación más bonita: está oliendo á Platón desde cien
leguas... ¡Qué lindo! Este deseo de cobrar cada uno que ama su alma, que siente
serle robada por el otro, é irla á buscar en la boca y en el aliento
ajeno, {t.2-86}para restituirse de ella ó acabar
de entregarla toda... ¡Mire usted que es bonito, y endiablado, y poético, y
todo lo demás que usted quiera! Ah... pues no digo nada de los detalles de...
¡Santo Dios, santo fuerte! No, lo que es este libro... Luego se andan
escandalizando de cualquier cosa que hoy se escriba, que ninguna tiene ni este
fuego, ni esta fuerza, ni esta hermosura, ni esta... ¡acción comunicativa!
¡Pero qué hermosura tan grande, qué lenguaje y... qué diabluras para libro
piadoso...!
Se hundió completamente en la lectura, embelesado,
con el alma y los sentidos pendientes del admirable cuanto breve poema. Una
aspiración profana á la dicha amorosa llenaba todo su sér, y creía oir de los
puros labios de la montañesita aquellas embriagadoras palabras: «No me mires,
que soy algo morena, que miróme el sol: los hijos de mi madre porfiaron contra
mí, pusiéronme por guarda de viñas: la mi viña no guardé...» Acabóse el libro
antes que las ganas de leer, y el artillero apagó de un rápido soplo {t.2-87}la luz, quedándose embelesado en dulces
representaciones y en proyectos sabrosos. La sed se le había calmado del todo;
la fantasía, aunque excitada por la lectura, cayó en esas vaguedades
precursoras del descanso; las ideas perdieron su enlace y continuidad, se
deslizaron, se hicieron flotantes é inconsistentes como el humo; Gabriel vió
viñas y prados, campos de mies opulenta, un mar de mies que no concluía nunca;
su sobrina le guiaba al través de él, diciéndole mil ternezas en bíblico estilo
y en primorosa lengua castellana; el cura de Ulloa estaba allí, no austero y
triste, sino paternal y venerable, con un jarro de agua fresca en la mano...
Gabriel pegaba la boca al jarro, bebía, bebía... ¡Qué agua tan delgada, tan
refrigerante y deliciosa!
Oyóse la clara y atrevida voz del gallo; un reflejo
blanquecino penetró por las rendijas de las ventanas.{t.2-88} El
comandante Pardo dormía á pierna suelta.
Se despertó muy tarde, rendido de su lucha con el
insomnio. Cuando la cocinera, mocita frescachona, rubia, de buenas carnes—que
desde la mudanza de estado de Sabel desempeñaba el negociado de los pucheros—le
subió el chocolate á petición suya, eran cerca de las nueve y media: hora
extraordinaria para los Pazos, donde todo el mundo madrugaba siguiendo el
ejemplo del amo, á quien antes despertaban con la aurora sus aficiones de
cazador y ahora su consagración á las faenas agrícolas.
Los pensamientos de Gabriel al dejar las ociosas
plumas, desayunarse y asearse, fueron sobremanera halagüeños. Su sobrina le
esperaría ya, y en tan amable compañía prometíase otra jornada como la de la
víspera, otro viaje de exploración por los alrededores de los Pazos y, al mismo
tiempo, por los repliegues de un corazón candoroso, tierno y franco, donde el
artillero quería penetrar á toda costa. Y no sólo por inclinación, sino por
deber, fundiéndose en su deseo los más egoístas y los más nobles sentimientos
del alma, que eso suele ser, bien mirado, el amor. Gabriel se atusó y acicaló
lo mejor posible, y se peinó de manera que el pelo le adornase con mediana
gracia la cabeza (aunque sin recurrir á artificios de tocador, indignos de tan
varonil y discreta persona), y aguardó, con ansiedad natural y disculpable, los
golpecitos en la puerta. Corrió tiempo. Nada. Impaciente ya, midió repetidas
veces el aposento, lo recorrió y examinó todo, abrió la ventana, asomóse á
ella, miró el paisaje,{t.2-90} notó que el día
era canicular y la temperatura senegaliana, espantó con el pañuelo las
impertinentes moscas que venían á posársele críticamente en el hueco de las
orejas ó en la comisura de los labios—donde más podían fastidiarle,—sonrió ante
las ingenuas pinturas del biombo, intentó coger un libro, miró el reloj...
Nada. La incertidumbre le freía la sangre. Se determinó á salir, buscando el
camino de la habitación de su cuñado. Recorrió salones, más ó menos
destartalados, y durante la caminata observó algún hermoso vargueño con
incrustaciones, de esos que hoy se pagan y estiman tanto, abandonado y
estropeándose en un rincón, algún cuadro al óleo, cuyo asunto era imposible
adivinar, de tal modo se habían ennegrecido los betunes y las tierras, y tan
resquebrajado se hallaba por falta de barniz; vió, en suma, indicios de lo que
pudo ser en otro tiempo aquella señorial morada, que inspiraba á Gabriel
dilatadas tesis de filosofía histórica. Sólo que entonces no estaba el horno
para paste{t.2-91}les. ¿Dónde se habría metido todo
el mundo? Porque tampoco el hidalgo de Ulloa parecía por ninguna parte. En su
habitación sólo encontró Gabriel á la vieja perra de caza, tendida bajo el rayo
de sol que de una ventana caía. Al ruido de los pasos del artillero, la perra
entreabrió un ojo sin alzar el hocico que recostaba en las patas de delante, y
azotó el suelo con el muñón del rabo, como dando los buenos días.
En vista de que la casa parecía un palacio
encantado ó abandonado por sus moradores, Gabriel bajó á la cocina, donde halló
á la nueva hermosa fregatriz ocupada en la labor de un picadillo. Con tanta
energía meneaba la media luna sobre la tabla de picar, que la había excavado
por el centro, y es seguro que en albondiguillas ó chulas se tragarían los
señores, á vuelta de pocos años, un castaño ó roble enterito. Cuando Gabriel
preguntó por el hidalgo, la moza dió paz á la media luna y le miró, abriendo la
boca de un palmo.{t.2-92}
—Le está en la era... ¡con los que majan!—exclamó
al fin asombrada de la pregunta.
No comprendía Gabriel el asombro de la chica, ni
toda la importancia de la gran faena de la maja, esa faena en que se asocian el
cielo y la estación estival al trabajo del hombre, esa faena que no puede
realizarse sino en el corazón del año, en mitad de la canícula, en los
brevísimos días, que en Galicia apenas llegarán á ocho, cuando el agricultor,
pasándose el revés de la mano por la empapada frente y respirando fuerte,
exclama:
—¡Qué día de maja nos manda hoy Dios!
Á la entrada de la era de los Pazos, el comandante
se paró sorprendido por el cuadro, para él novísimo, que se le ofrecía. No era
posible imaginarlo más animado, más bucólico, más digno de un pintor colorista,
alumno de la naturaleza y fiel á la realidad, enemigo de afeminaciones de
dibujo y falsas luces cernidas por cortinas de taller. No siendo de piedra la
era, habíanla barnizado con una costra espesa de boñiga de vaca, á fin de que{t.2-93} el fruto no se
confundiese entre la arena y el polvo, y rodeándola de sábanas sostenidas por
cuerdas, con objeto de que el mismo grano no rebasase del circuito donde se
majaba. Las camadas de pan, ópimas, gruesas, mullidas, se tendían
sobre el espacio cuadrilongo, en correcta formación: y los membrudos gañanes,
remangados, en dos hileras situadas frente á frente, aporreaban con sus
pértigas, á compás, la extendida mies, haciendo saltar las perlas de oro del
trigo, impacientes ya por salirse, con el menor pretexto, del estuche bruñido
que las contiene. El sol, implacable, metálico, se bebía el sudor de los
trabajadores apenas brotaba de los dilatados poros; y sin embargo, la faena
seguía y seguía, que para sostener el esfuerzo allí estaban, entre camada y
camada, los jarros de vino corriendo de mano en mano. Las jornaleras, vestidas
con sayas angostas de zaraza desteñida, que les señalan los recios muslos,
sacuden la paja, la colocan en rimeros grandes, preparan la camada nueva, y
entretanto{t.2-94} el hombre, de pie, apoyado en
el mallo, ebrio de sol, despechugado, con la camisa de estopa
pegada al cuerpo, despacha aprisa el espeque ó cigarro, y ya
se escupe en la palma de las manos para volver á blandir el instrumento cuando
suene la hora del combate. ¡Hora terrible, en que se gastan energía y vigor
suficientes para vivir un mes! La luz deslumbra y ciega; el ambiente es de boca
de horno; no corre ni el soplo de aire suficiente á inclinar el tallo de la más
endeble gramínea: las hojas de las higueras que rodean la era de los Pazos
permanecen inmóviles, como recortadas en hoja de lata, y los verdes higos,
tiesos, á modo de pencas de metal: á veces un pajarillo cae al suelo agonizando
de sofoco, con el pico desesperadamente abierto y la pluma erizada: en el
lindero más cercano, la víbora saca su cabeza chata, enciende su ojillo de
azabache, resbala sobre la hierba escandecida, y los abejorros, aturdidos, no
aciertan á salir del cáliz de flor en que hundieron la trompa... Y en el
desmayo general{t.2-95} de la naturaleza, que
desfallece y espira de calor, sólo el hombre reconoce su condición servil y
cumple el precepto del Génesis, azotando la mies que le ha de dar sustento!
Gabriel, en cuya presencia nadie reparaba, porque
el interés de la faena absorbía á todos, permanecía á la entrada de la era,
protegido por la sombra del hórreo, y deteniéndose en ir á saludar á su cuñado:
verdad que éste tenía el rostro más ceñudo y avinagrado que de costumbre,
leyéndose en él cierta sombría preocupación, debida á circunstancias que
merecen referirse.
Todos los años, al abrirse la maja, acostumbraba el
señor de Ulloa sacudir la primer camada, demostrando así á sus gañanes que si
no ganaba el mismo jornal que ellos, no era por falta de aptitud. Cuando el
descendiente de aquellos Moscosos que habían lidiado calzando espuela de oro en
los días, azarosos para el país gallego, del reinado de Urraca y Alfonso de
Aragón; de aquellos{t.2-96} Moscosos que se
distinguieron entre los paladines portugueses en la ardiente África; de
aquellos Moscosos que hasta mediados del siglo XIX conservaron en el
límite de sus dominios erectos los maderos de la horca, como protesta muda
contra la supresión de los derechos señoriales; de aquellos Moscosos... en fin,
de aquellos Moscosos de Ulloa, que si no en caudal en sangre azul podían
competir con lo más añejo y calificado de la infanzonía española... cuando el
descendiente, digo, de tan claro linaje empuñaba el mallo y á
la voz de á la una... á las dos... á las tres... se santiguaba, lo vibraba en
el aire y lo derrumbaba sobre la espiga, corría entre los malladores halagüeño
murmullo, que crecía á medida que el señor, con compás admirable y pulso de
atleta, reiteraba los golpes, sin cejar un punto, poniendo la ceniza en la
frente al más alentado de sus mozos. Su abierta camisa descubría el esternón
bien desarrollado, blanco, saliente, que con el tragín de la labor iba
sonroseándose como el cutis de un{t.2-97}a doncella á
quien agita la danza: sus mangas vueltas por más arriba del codo permitían ver
las montañuelas de carne que el ejercicio alzaba y deprimía en los robustos
brazos. Y así que terminaba el vapuleo por no quedar ni sombra de grano en la
espiga tendida, y don Pedro, sudoroso, humeante, pero con la respiración igual
y desahogada, se quedaba apoyado en su mallo y gritaba con
firme voz:—¡Ea! ¡day un jarro de vino, retaco! ¡Los majadores tenemos que mojar
la palabra!—ya no era murmullo, sino tempestad atronadora de plácemes, de
alabanzas, de requiebros si así puede decirse, dirigidos á lo que más admira el
labriego en las personas nacidas en esfera superior: la fuerza física. Don
Pedro sonreía, guiñaba el ojo, dejaba escurrir suavemente el mallo sobre
la paja, se atizaba el jarro de una sentada no sin decir antes «hasta verte,
Jesús mío», y consumada esta segunda hazaña, que no se celebraba menos que la
primera, echábase la chaqueta por los hombros, se encasquetaba el sombrero, y
sentado{t.2-98} en las gavillas de mies, fumaba
como los otros trabajadores, pero con placer sereno é íntimo orgullo.
Este año observaban atónitos los gañanes que el
marqués no seguía la ya inveterada costumbre. Sentado estaba allí lo mismo que
siempre; ¿cómo sería no coger el mallo? Hasta parece que no se le alegraba la
cara viendo aquella gloria de Dios de los haces, nunca más lucidos ni de más
limpia espiga, y aquel sol hecho de encargo para desprender el fruto, y aquel
mar de oro donde los mallos, al precipitarse, producían un ruido apagado, mate
y sedoso que regocijaba el corazón. Lejos de manifestar el contento de otras
veces, hasta se podía jurar que el hidalgo de Ulloa había exhalado media docena
de suspiros. De tiempo en tiempo cruzaba las manos y se tentaba los brazos, y
fruncía el entrecejo, como el que no sabe á qué santo encomendarse. De repente
Gabriel, desde su atalaya, vió que el marqués se levantaba resuelto, se {t.2-99}despojaba de la americana á toda prisa, se
remangaba...
—¿Qué barbaridad irá á hacer éste?—pensó Pardo.
Se admiró más al verle asir la pértiga, colocarse
en fila y zurrar valerosamente la mies. El señor de Ulloa, en los primeros
momentos, demostró todo el esfuerzo y brío acostumbrados; pero á los pocos
golpes, empezó á sentir lo que tanto temía, lo que desde por la mañana le
nublaba la frente: la respiración se le acortaba, el brazo se resistía á
levantar el instrumento, las carnes se le volvían algodón y se le doblaban las
rodillas. Exclamó con angustia:—¡Alto, rapaces!—y los diez y nueve mallos de la
cuadrilla permanecieron suspensos en el aire como si fuesen uno solo, mientras
los gañanes miraban al señor con muda lástima y en un silencio tal, que pudiera
oirse el vuelo de una mosca. Al fin dejó don Pedro caer la pértiga, se llevó
ambas manos á la frente húmeda, y á vueltas de congojoso sobrealiento, murmuró:
—Rapaces... Ya pa{t.2-100}sé
de mozo. No sirvo... No darme el jarro.
Cuchichearon los gañanes; algunos sacudieron la
cabeza entre burlones y compasivos, no sabiendo si era prudente tomar el caso á
risa ó dolerse mucho de él. Don Pedro, desplomado en los haces, se enjugaba el
sudor con un pañuelo amarillo; sus labios temblaban, su rostro estaba demudado,
y un dolor real, acerbo y hosco, se pintaba en él. Parecía como si el fracaso
de su intento le echase de golpe diez años encima. Sus arrugas, su pelo gris,
todas las señales de vejez se hacían más visibles. Y con los ojos cerrados,
cubiertos por el pañuelo, la otra mano caída, la espalda encorvada y la cabeza
temblorosa, el marqués se veía ya inútil para todo, baldado, preso en una
silla, tendido después en la caja, entre cuatro cirios, en la pobre iglesia de
Ulloa, ó pudriéndose en el cementerio, donde hacía tiempo le aguardaba su
mujer.
Así se estuvo unos cuantos minutos, sin que los
gañanes se atreviesen á continuar la{t.2-101} tarea,
ni casi á chistar. Un rumor profundo, contenido, salió de la multitud cuando
don Pedro, levantándose impetuosamente, listo como un muchacho y con un
semblante bien distinto, alegre y satisfecho, llamó con imperio al Gallo, que,
ojo avizor, muy currutaco de traje, muy digno de apostura, asistía á la faena.
—¡Angel! ¡Angel!
—Señor...
—Busca al señorito Perucho...
Tráelo volando aquí... De mi parte, ¡que venga á majar la camada!
Jamás impensado reconocimiento de príncipe heredero
produjo en corte alguna tan extraordinaria impresión como aquellas explícitas y
graves palabras del marqués de Ulloa. Inequívoca era la actitud; claro el
sentido de la orden; elocuente hasta no más el hecho; y si alguna duda les
pudiese quedar á los maliciosos y á los murmuradores de aldea acerca del hijo
de Sabel, ¿qué pedían para convencerse? Llamarle á que majase l{t.2-102}a camada en lugar del hidalgo, era lo mismo
que decirle ya sin rodeos ni tapujos:—Ulloa eres, y Ulloa quien te engendró.
Todos miraron al Gallo, á ver qué gesto ponía.
Nunca el semblante patilludo del rústico buen mozo y su engallada apostura
expresaron mayor majestad y convencimiento de la alta importancia de su misión
en la señorial morada de los Pazos. Se enderezó más, brilló su redonda pupila,
y respondió con tono victorioso:
—Se hará conforme al gusto de Usía.
Salir el Gallo por un lado y entrar Gabriel por
otro, fué simultáneo. Acercóse á su cuñado, y hechos los saludos de ordenanza,
sentóse en los haces, y pidió noticias de su sobrina.
—¿Quién sabe de ella?—respondió el padre.—Andará
por ahí... ¿Has visto la maja?—añadió revelando sumo interés en la pregunta.
—Sí, te he visto hecho un valiente...
—¿A mí? ¡A mí me viste acabado, derreado! {t.2-103}Ya no sirve uno sino para echar al montón del
abono... A cada cerdo le llega su San Martín... Ya verás á Perucho majar la
camada, que será la gloria del mundo... Ey, Angel... ¿Viene ó no viene? ¿Qué...
no está?
—Dice que no... que salió trempranito con Manola...
Que no voltaron aún.
—¡Por vida de...! ¡Mal rayo!
Volvió á encapotarse el rostro y á anu{t.2-104}darse de veras el ceño del hidalgo de Ulloa.
Comieron solos los dos cuñados. Al sentarse á la
mesa, Gabriel manifestó extrañeza grande por la ausencia de Manola, y don Pedro
preguntó á los criados si los rapaces no parecían; la
respuesta negativa no le despejó el severo entrecejo. Érale difícil al hidalgo
conservar muchas horas seguidas la afable disposición de los primeros momentos
de hospitalidad; no sabía ejercitar la simpática virtud de la eutrapelia, que
en resumen es cortesía y buena crianza, y al poco tiempo de tratar á una
persona, se creía autorizado{t.2-105} para
obligarla á que le sufriese su mal humor, así como á imponerle su jovialidad,
cuando estaba alegre, que no era cosa que ocurriese todos los días. Por su
parte Gabriel, aunque siempre atento y sin prescindir de sus corteses maneras,
también se mantenía serio, como hombre que tiene algo grave en qué pensar.
Sus porqués y cavilaciones salieron á relucir á la
hora del café, cuando ya la moza en pernetas y el tagarote del criado no tenían
necesidad de entrar en el comedor. Hacíase el café allí mismo, en la mesa; lo
preparaba don Pedro—único modo de que saliese á su gusto—en una maquinilla de
hojalata toda desestañada, derrotadísima, con lágrimas de estaño colgando á lo
largo de su cilindro superior; artefacto casi inservible, pero irreemplazable
para don Pedro, habituado á semejante chisme y persuadido de que en una
cafetera nueva no le saldría bien la operación. Se filtraba el café lentamente,
gota á gota, y en realidad resultaba fuerte, oscuro, arom{t.2-106}ático,
exquisito. El marqués de Ulloa era inteligente en la materia; porque merece
notarse que aquel burdo hidalgote, ajeno no sólo á la idea de lo que
espiritualmente embellece y poetiza, sino de lo que hace materialmente grata la
existencia, tenía en dos ó tres ramos afinadísimo el sentido y el conocimiento,
hasta rayar en sibarita: nadie como él distinguía un legítimo habano de
primera, de las imitaciones más ó menos hábiles; nadie entendía mejor el
intríngulis del café; nadie conocía tan perfectamente dos ó tres clases de
licores y vinos; y así como entendía fallaba, y que no le viniesen con cigarros
del estanco ni con Jerez de marcas inferiores. Ni él mismo podía decir dónde
había adquirido esta ciencia: acaso le venía de casta, como al gitano ser
chalán y al árabe apreciar armas y caballos.
Mientras se destilaba el rico néctar, Gabriel, sin
acritud ni severidad, antes con cierta blandura encaminada á hacerse los lares
propicios, dijo á su cuñado:
—Oye tú... ¿No le habrá {t.2-107}sucedido
á Manuela cosa mala? ¿Estás seguro?
—Va con Perucho—respondió lacónicamente el marqués,
dando vuelta á la llave, y acercando á la villa la taza de Gabriel, donde cayó
un chorro negro, que despedía balsámicos efluvios.
—Perucho...—murmuró Gabriel Pardo como si se le
atragantase el nombre—Perucho..... es un muchacho de muy poca edad.
—Poca edad... ¡Quién me diera en la suya!—exclamó
el hidalgo, respirando por la herida de su decadencia física.—¡A esa edad, que
le echen á uno encima disgustos y leguas de mal camino! A esa edad... salía yo
para el monte á las cuatro de la mañana, que aún no se veía luz; y me estaba
allí á pie firme hasta las ocho de la noche, que volvía para casa con el morral
atacado de perdices... Y desde las cuatro de la madrugada hasta las ocho de la
noche llevaba aguantada toda la lluvia, que se me había secado encima del
cuerpo, y todo el sol, que maldito si le hacía yo m{t.2-108}ás
caso que á este café que bebo ahora, y todo el frío, y todas las brétemas, y
los orvallos, y el pedrisco, y los demonios que me lleven... A veces no me
contentaba con las horas del día... ¡buena gana de contentarme! ¡Cuántas noches
de invierno tengo salido á las liebres, que andaban pastando en las viñas!
Allí... con el tío Gabriel, tu tocayo... los dos escondiditos tras de un
pino... tendidos boca abajo... con un papel tapando la boca de la carabina para
que las condenadas no olfateasen la pólvora... ¿Quieres más azúcar?... No...
¡Lo que es del tiempo de Perucho... que me diesen á mí caza que matar y monte
por donde andar y una empanada que comer y un jarro de mosto, que me sabía todo
á gloria...! Ahora... ¡se acabó!... Ya no está uno de recibo más que para
sentarse en una silla... ó para que le tiren al basurero.
—Pues yo—declaró Gabriel, bebiendo aprisa el último
sorbo del café—no estoy tan tranquilo como tú: á los enamorados (y aquí se
sonrió) algunas impaciencias{t.2-109} hay que
perdonarnos... Si sabes poco más ó menos hacia qué parte suele ir tu hija, me
lo dices y salgo allá.
—¿Y quién es capaz de saberlo? Como son locos, si
les dió la gana de no parar hasta el Pico Medelo, allá se plantificaron... Tú
bien conoces que tanto pudieron echar para Poniente como para Levante.
Gabriel Pardo se mordió el bigote estrujándolo con
el pulgar contra los labios. Cualquier cristiano se da á Barrabás con
semejantes respuestas en boca de un padre. Miró el artillero en derredor suyo,
y al ver que no andaba por allí nadie, ni Sabel, ni la cocinera, estuvo á punto
de vaciar el saco... Pero al fin el comedor era un sitio abierto, podía entrar
gente de un momento á otro, y lo que á él se le asomaba á la lengua era para
dicho privadamente. Siguió preguntando de un modo indirecto.
—Y... acostumbra Manuela salir así muchas mañanas,
y no volver á la hora de la comida?{t.2-110}
—Pocas... ¡Hombre! ha de vivir ella en el monte
como vivía yo? No se le ocurre á nadie eso. Pero á veces, en tiempo de verano
(ya se sabe) y estando Perucho, les ha sucedido cogerles lejos un chubasco, ó
una tormenta, y entonces ¿sabes qué hacen? Se meten á comer en casa del cura de
Naya, ó del pobre de Boán, que en paz descanse, cuando vivía... ¡Cura más
templado! Se defendió él solo contra una gavilla de más de veinte ladrones, que
al fin me lo despacharon para el otro mundo; pero antes despachó él á uno de
los galopines, y malhirió á media docena... ¡Era más perro!
—Hoy ni llueve ni hay señales de borrasca—insistió
con firmeza Gabriel. Manuela no se habrá ido á comer á casa de nadie.
—Eso es verdad... pero los chiquillos, viendo que
ayer no pudieron andar juntos, tal día como hoy se habrán querido desquitar
tomándolo por suyo todo.
El artillero sintió algo molesto, agudo y frío en
el corazón; algo que era inquietud, pena y susto á la vez. Dominando su t{t.2-111}urbación involuntaria, dijo en voz reposada y
entera:
—Yo, en tu caso, no lo consentiría. Parece mal que
una señorita de los años de Manuela ande por los montes sin más compañía que un
mocito poco mayor. Es inconveniente por todos estilos, y hasta es exponerla,
con este sol de justicia, á que coja un tabardillo pintado.
No obstante la moderación con que hablaba Gabriel,
fuese por estar el hidalgo en punto de caramelo ó porque le moviese una secreta
antipatía contra su cuñado, lo cierto es que exclamó casi á gritos, con bronca
descortesía y despreciativo acento:
—¡Allá en los pueblos se educa á las muchachas de
un modo y por aquí las educamos de otro!.. Allá queréis unas mojigatas,
unas mírame y no me toques, que estén siempre haciendo remilgos,
que no sirvan para nada, que se pongan á morir en cuanto mueven un pie de aquí
á la escalera de la cocina... y luego mucho de sí señor, de gran virtud y gran
aquel, y luego sabe Dios lo que hay por{t.2-112} dentro,
que detrás de la cruz anda el diablo, y las que parecen unas santas... más vale
callar. Y luego, al primer hijo, se emplastan, se acoquinan, y luego,
revientan, ¡revientan de puro maulas!...
Escuchaba Gabriel trémulo y bajado los ojos. Se
sentía palidecer de ira; notaba y reprimía el temblor de sus labios, la llama
que se le asomaba á las pupilas, y el impulso de sus nervios que le crispaban
los puños. Un fuerte dolor en el epigastrio, el síntoma indudable de la cólera
rugiente, le decía que si aguardaba dos minutos más, no seguiría oyendo
injuriar la memoria de su hermana sin cometer un disparate gordo. Tendió la
mano derecha, y sin mirar al marqués, alcanzó un vaso lleno de agua y lo apuró
de un trago. Con la frescura del líquido, la voluntad vino en su ayuda: se
incorporó, y dando la vuelta á la mesa, se llegó á don Pedro con la sonrisa en
los labios, y le puso las manos en los hombros, no sin visible sorpresa del
hidalgo.{t.2-113}
—Si no fueses todavía más bárbaro que malo (y
empleaba el tono humorístico que había usado ya para pedirle á Manuela),
lograrías sacarme de mis casillas, y que me volviese tan incapaz y tan
desatinado como tú... La suerte que te conozco, y te tomo á beneficio de
inventario, has oído? Puedes echar por esa boca sapos y culebras: por un oído
me entran y por otro me salen. No tienes ni pizca de trastienda, y no eres tú
el que has de excitarme á mí y hacerme saltar... Eso quisieras. Cargarme yo? Si
me das lástima, fantasmón; si esta mañana no pudiste levantar el palitroque
aquel para tundir el trigo... No cierres los puños, que no te hago maldito el
caso; además, que no puedo reñir contigo: somos yerno y suegro, como quien dice
padre é hijo... y ya que tú no cuidas, como debieras, de mi futura esposa, yo
voy á buscarla, entiendes tú? y á fe de Gabriel Pardo de la Lage, te juro que
no volverá á suceder que ande p{t.2-114}or los
montes sin que se sepa su paradero!
Si vale decir verdad, cuando salió del caserón
solariego como alma que lleva el diablo, por no oir la retahíla de palabrotas y
berridos con que don Pedro contestó á su arenga, no sabía el comandante ni
hacia dónde dirigirse ni á qué santo encomendarse para cumplir el programa de
encontrar á su sobrina. La hora era además tan cruel y el calor tan
intolerable, que sólo estando á mal con la vida podía nadie echarse á andar por
los senderos calcinados. Estarían cayendo las dos de la tarde, el momento en
que los habitantes así racionales como irracional{t.2-115}es
de los Pazos se aprestaban á gozar las delicias de la siesta, tendiéndose cuál
panza arriba, cuál de costado para roncar; despatarrados los gañanes sobre los
haces de paja, y estirados en completa inmovilidad los perros, sacudiendo
solamente una oreja cuando se les posaba encima importuna mosca.
Por vivo que fuese el celo de Gabriel, comprendió
la locura de salir á descubierta en momentos semejantes, é instintivamente
buscó una sombra donde guarecerse y consultar consigo mismo. Dió consigo en la
linde del soto, al pie de un castaño, sinó de los más altos, de los más
acopados y frondosos, sobre cuyas flores caídas, que mullían dobladamente el
tapiz de manzanilla y grama, encontró buen recostadero.
. . . . . . . . . . . . .
—No hay remedio...—comenzó á devanar Gabriel.—Yo
corto por lo sano... El animal de mi cuñado, tengo que reconocerlo, no ve esto que
veo yo... Es que si lo viese y viéndolo lo consintiese... nada, cuatro tiros.{t.2-116}
. . . . . . . . . . . . .
—Y yo ¿qué veo, en resumen? ¿Tiene fundamento,
tiene cuerpo, tiene base esta idea? ¡No, y renó! Aquí no hay más que una
cuestión de conveniencias desatendidas... impremeditaciones é ignorancias de
una montañesilla inexperta... bárbara indiferencia, atroz descuido de un hombre
zafio y adocenado... fatalidades de educación, de medio ambiente...
. . . . . . . . . . . . .
—No puede negarse que mi venida aquí ha sido
providencial. El abandono en que está la niña, hija de mi pobre Nucha, clama al
cielo... Debí enterarme antes, mucho antes. He dejado pasar años sin tomarme la
molestia... Bien, yo no podía tampoco suponer... ¡Qué calor! Comprendo á los
japoneses...
. . . . . . . . . . . . .
Suspiró y cortó una rama de castaño para abanicarse
con ella. Lo que le sofocaba era, más que la temperatura, la reacción del
reciente acceso de cólera. El café que acababa de paladear le había dejado en
la lengua un{t.2-117} amargor agradable, y le
producía ese ligero eretismo cerebral tan propicio á la creación artística y á
la fácil emisión de la palabra. La naturaleza desfallecía, y el rumoroso
silencio del bosque, el ronco quejido de la presa, la fragancia de las flores
del castaño, ayudaban á exaltar la fantasía de Gabriel, muy inclinada, como
sabemos, á echarse por esos trigos.
. . . . . . . . . . . . .
—¿Por qué causa tal impresión la naturaleza? Yo lo
había leído en libros, pero me costaba mis trabajos creerlo... Esto de que,
porque uno vea cuatro montañas y media docena de nubes, se ponga á meditar
sobre orígenes, causas, el sér, la esencia, la fatalidad, y otras cien mil
cosazas que carecen de solución! ¡Empeñarnos en que la naturaleza tiene voces,
y voces que dicen algo misterioso y grande! ¡Ay... á esto sí que se le puede
llamar chifladura! ¡Voces... Voces! ¡Unas voces que están hablando hace miles y
miles de {t.2-118}años, y á cada cual le dicen
su cosa diferente! Deduzco que ellas no dicen maldita la cosa... y que nosotros
las interpretamos á nuestra manera... Lo que pasa con las campanas: enseguida
cantan lo que á uno se le antoja... Las voces están dentro... A mi cuñado le
suena la naturaleza así:—¡Buen día de maja!—Y al creyente le murmura que hay
Dios...
. . . . . . . . . . . . .
—¿Que no existe el mundo exterior; que lo creamos
nosotros? ¡Puf! Idealismo trascendental... Váyase á paseo este afán de
escudriñar el fondo de todas las cosas...
. . . . . . . . . . . . .
Un saltón verde, muy zanquilargo, vino á posarse en
la mano del pensador. Gabriel le cogió por las zancas traseras y le sujetó
algún tiempo, divirtiéndose en ver la fuerza que hacía para soltarse. Al fin
aflojó, y el bicho se puso en cobro pegando un brinco fenomenal.
. . . . . . . . . . . . .
—Y á Manuela ¿qué le dirá la señora naturaleza, la
única mamá que ha conocido?{t.2-119}
. . . . . . . . . . . . .
En la memoria de Gabriel, como en placa
fonográfica, empezaron á revivir fragmentos de la lectura de la noche anterior,
sólo que encontrándoles un sentido y dándoles un alcance nuevo de respuesta á
la última pregunta.
. . . . . . . . . . . . .
—«La sazón es fresca y el campo está hermoso: todas
las cosas favorecen á tu venida y ayudan á nuestro amor, y parece que la
naturaleza nos adereza y adorna el aposento... Voz de mi amado se oye: veislo
viene atravesando por los montes y saltando por los collados... La izquierda
suya debajo de mi cabeza, y su derecha me abrazará... Hablado ha mi amado y
díjome: levántate, amiga mía, galana mía, y vente... Ya ves, pasó la lluvia y
el invierno fuése. Los capullos de las flores se demuestran en nuestra tierra,
el tiempo de la poda es venido, oída es la voz de la tórtola en nuestro campo:
la higuera brota sus higos, y las pequeñas uvas dan olor: por ende levántate,
amiga mía, hermosa mía y ven.»{t.2-120}
. . . . . . . . . . . . .
—Según los garrapatos que he visto en la edición,
Manuela y su... ¡lo que sea! aprendieron á leer por ese libro... Tiene algo de
simbólico... La más negra no es el texto, sino los comentarios... Cuidado con
aquello que dice de que el jugar á esconderse burlando es regalo y juego
graciosísimo del amor... Sí, que no sabrían ellos solos retozar entre los
árboles... Pues y el enseñarles á que se fijen y reparen en los arrullos de las
palomas y en los amoríos de los avechuchos?
. . . . . . . . . . . . .
—Lo más tremendo es la manía de llamarla hermana...
«Robaste mi corazón, hermana mía esposa, robaste mi corazón con uno de los tus
ojos en un sartal de tu cuello... Panal que destila tus labios, esposa, miel y
leche está en tu lengua; y el olor de tus vestidos, como el olor del incienso.
Huerto cerrado, hermana mía esposa...»
. . . . . . . . . . . . .
—Este lenguaje oriental...{t.2-121}
. . . . . . . . . . . . .
—«¿Quién te me dará como hermano que mamase los
pechos de mi madre? Hallaríate fuera, besaríate, y ya nadie me despreciaría.»
. . . . . . . . . . . . .
—Con permiso de Fray Luís de León: lo que es sus
comentarios á este pasaje, son una confusión lastimosa entre el amor y la
fraternidad. No me negará nadie que es bonita escuela para las señoritas lo que
dice á propósito de los amores desiguales... Cosa más disolvente que estos
místicos y contempladores... ¡y el pasaje está más claro que el agua..!
. . . . . . . . . . . . .
—«Porque se ha de entender que entre dos personas
(aunque las demás calidades ó que se adquieren por ejercicio ó que vienen por
caso de fortuna ó que se nace con ellas) puede haber y hay grandes y notables
diferencias; pero unidas en caso de amor y voluntad, porque esta es señora y
libre así como en tod{t.2-122}o es libre y señora;
así todos en ella son iguales, sin conocer ventaja del uno al otro, por
diferentes estados y condiciones que sean.»
. . . . . . . . . . . . .
—¡Caracoles con Fray Luís!
. . . . . . . . . . . . .
—Quieto, Gabriel, que estás discurriendo como un
quídam, sin asomo de cultura, como si toda tu vida no te hubieses esforzado en
ser racional... racional. Si tu sobrina ha leído eso, sería de niña, cuando
deletreaba; y á fuerza de ser clásico y castizo y repulido, ni lo entendió
entonces, ni lo entendería ahora. Esta lectura te hace efecto y te da en qué
pensar á ti, por lo mismo que estás muy civilizado y muy saturado de libros y
muy harto de meterte en honduras... Lo que es á ellos... No has de ser majadero
por empeñarte en ser sagaz.
. . . . . . . . . . . . .
—Se me figura que la naturaleza se encara conmigo y
me dice: Necio, pon á una pareja linda, salida apenas de la adolescencia, sol{t.2-123}a, sin protección, sin enseñanza, vagando
libremente, como Adán y Eva en los días paradisíacos, por el seno de un valle
amenísimo, en la estación apasionada del año, entre flores que huelen bien, y
alfombras de mullida hierba capaces de tentar á un santo. ¿Qué barrera, qué
valla los divide? Una enteramente ilusoria, ideal, valla que mis leyes, únicas
á que ellos se sujetan, no reconocen, pues yo jamás he vedado á dos pájaros
nacidos en el mismo nido que aniden juntos á su vez en la primavera próxima...
Y yo, única madre y doctora de esa pareja, soy su cómplice también, porque la
palabra que les susurro y el himno que les canto, son la verdadera palabra y el
himno verdadero, y en esa palabra sola me cifro, y por esa palabra me conservo,
y esa palabra es la clave de la creación, y yo la repito sin cesar, pues todo
es en mí canto epitalámico, y para entenderlo, simple! ¿qué falta hacen libros
ni filosofías?
. . . . . . . . . . . . .
—Pero es cosa que eriza los pelos... La h{t.2-124}ija de mi hermana, la esperanza de mi corazón,
caída en ese abismo... ¡Qué monstruosidad horrible! y no hay duda... Soy un
idiota en no haberlo comprendido desde luego... Presentimiento sí que lo
tenía... Algo me dió el corazón ya en casa de Máximo Juncal... Ay, Nucha, pobre
mamita, y qué bien hiciste en morirte... Todo el día solos, campando por su
respeto á una ó dos leguas de la casa... ¿Qué hacen á estas horas? ¿En qué
clase de juego entretienen la siesta? De seguro...
. . . . . . . . . . . . .
—Maldito yo por no venir antes. Aunque sabe Dios
desde cuándo... ¿Y qué hago ahora aquí, cavilando y lamentándome? Tocan á
moverse... á buscarla, voto á sanes! y á deshacer este enredo horrible, y á
sacarla de la abyección, y á cortar de raíz...
. . . . . . . . . . . . .
—¿Hacia dónde tomarían?
Siguió el primer sendero que encontró, porque tan
probable era que hubiesen pasado por aquel como por otro. Caminaba sin fijarse
en el paisaje, ni formar idea de si se alejaba mucho de los Pazos; y sus ojos,
devorando el horizonte, trataban de descubrir un campanario, el de Naya. ¿No
había dicho el señor de Ulloa que á Naya solían ir?
Cruzó prados humedecidos por el riego, y heredades
acabadas de segar la víspera; se metió por entre viñedos; saltó vallados;
atravesó huertos con frutales y costeó eras donde{t.2-126} resonaba
el cadencioso golpe del mallo; en suma, gastó con la actividad y el
movimiento su impaciencia torturadora, que le encendía la sangre y le ponía los
nervios como cuerdas de guitarra... El ejercicio le hizo provecho; andando y
andando, empezó á sentirse con la cabeza más despejada y el corazón más
tranquilo.
Contribuía á ello el acercarse ya el instante de
calma suprema, la hora religiosa, el anochecer. De la sombra que iba
envolviendo el suelo emergían las copas de los árboles, coronadas aún por una
pirámide de claridad; al oeste, los arreboles se extendían en franjas
inflamadas como el cráter de un volcán: el contraste del incendio, pues hasta
forma de llamas tenían las nubes, hacía verdear el azul celeste, y unas cuantas
nubecillas, dispersas hacia el poniente, parecían gigantescas rosas y bolas de
oro desparramadas por el cielo. Una puesta de sol inverosímil, de esas que
dejan quedar mal á los pintores cuando se les mete en la cabeza copiarlas{t.2-127}. Sobre el grupo de árboles más abandonados ya
de la luz diurna, se desplegaba, á manera de leve cortinilla plomiza, el humo
que despedía la chimenea de una cabaña; y de las hondonadas, donde se
conservaba archivado el enervante calor de todo el día, se alzaban compactas
huestes de mosquitos.
De pronto levantó Gabriel la cabeza... Un tañido
lento y lejano, una gota, por decirlo así, de música apacible, resignada,
admirablemente poética en semejante lugar, sobre todo por lo bien que se
armonizaba con los saudosos ay... lé... lé... que segadoras y
majadores entonaban desde los campos y las eras, se dejó oir repetidas veces, á
intervalos iguales... El comandante se paró, y una especie de escalofrío
recorrió su cuerpo. Se le arrasaron en lágrimas los ojos, lágrimas de esas que
no corren, que vuelven al punto á sumirse. ¡Cuántas veces había oído hablar de
la poesía del Angelus! Y sin conocerla, se la imaginaba desflorada
por tanta rima de coplero chirle, por tanto artículo se{t.2-128}ntimental...
Fué esto mismo lo que aumentó la fuerza de la impresión, é hizo más inefable el
misterioso tañido.
—El que discurrió este toque de campana á estas
horas, era un artista de primer orden... ¡Cáspita! ¿Hacia dónde ha sonado?
¿Estaré, sin saberlo, cerca de Naya? No puede ser... He comprendido que Naya se
encuentra á la subida del monte... y hace un cuarto de hora lo menos que bajo
al valle. ¡Hola! ¡Si el campanario se ve asomar por allí! ¡Qué bajito! Es el de
Ulloa, no me cabe duda.
Ya todo era cuesta abajo, y Gabriel la descendió
con bastante ligereza, sólo que el caminillo daba mil vueltas y revueltas, y el
comandante no se atrevía á atajar, temeroso de perderse. Caía la noche con
sosegada majestad; las luces de Bengala del poniente se extinguían, y detrás
del lucero salía una cohorte innumerable de estrellas. No distinguió Gabriel la
iglesia hasta estar tocándola casi, y no fué milagro, porque la parroquial de{t.2-129} Ulloa cada día se iba sepultando más en
la tragona tierra, que se la comía y envolvía por todos lados, dejando apenas
sobresalir, como mástil de buque náufrago, la espadaña y el remate del crucero
del atrio. La puerta del vallado que rodeaba á éste, bien fácilmente se podía
saltar, sin más que levantar algo las piernas; pero Gabriel Pardo no había
entrado en el atrio por el gusto de entrar, sino por acercarse á algo que
él sabía estar allí, y que le pesaba con remordimiento profundo no haber
visitado antes, desde el momento mismo de su arribo á los Pazos...
Cosa de broma saltar la cerca del atrio; mas no así
penetrar en el cementerio de Ulloa. Parecía como si se hubiese defendido su
acceso con esmero especial, nada común en las aldeas, donde los camposantos
suelen andar mal preservados de la contingencia, remotísima en verdad, de una
profanación. El muro que lo rodeaba era alto, bien recebado, y en el caballete
se incrustaban recios cascotes de botella; la verja de la cancil{t.2-130}la, sobre la cual se gallardeaba la copa de un
corpulento olivo, se componía de maderos fuertes, recién pintados, terminados
en unos pinchos de hierro. Asegurábanla sólida cerradura y grueso cerrojo.
Gabriel comprendió que además de la cancilla debía
existir una puerta que comunicase directamente con el atrio, y no se engañó;
sólo que era de dos hojas, y no menos sólida y maciza en su género que la
cancilla. No se podía intentar abrirla; por fuerza, sería un acto irrespetuoso;
en cuanto á llamar al sacristán, ni pensarlo; de fijo que después de sonar las
oraciones, se habría retirado á su casa, dejando solos á los muertos y á la
pobrecilla iglesia.
Intentó al menos el comandante distinguir, al
través de la verja, la traza del cementerio, acostumbrando la vista á las
tinieblas de la estrellada noche. Después de mirar fijamente y largo rato,
adquirieron algún relieve las formas confusas. El cementerio parecía muy bien
cuidado: las cruces, no derrengadas{t.2-131} como
suelen andar en sitios tales, sino derechas y puestas con simetría y decoro; la
vegetación y los arbustos ostentando el no sé qué de los jardines, la gentil
lozanía de la planta regada y dirigida por mano cariñosa. Sobre el fondo
sombrío del follaje se destacaban irregulares manchones claros, que debían ser
flores. Flores eran, y ya los ojos de Gabriel, familiarizados con la oscuridad,
podían hasta darles su nombre propio: las manchas redondas, hortensias; las
largas, varas de azucenas blanquísimas. Lograba también, sin esfuerzo, contar
los senderitos abiertos entre las cruces, y los montecillos que éstas
coronaban.
A su izquierda distinguió claramente una especie de
nicho abultado, con pretensiones de mausoleo, y sobre cuya blancura se
perfilaban, á modo de columnas de mármol negro, los troncos de dos cipreses muy
tiernos aún, recién plantados sin duda. La mirada se le quedó fija en el
mezquino monumento... Era allí... Se agarró con ambas {t.2-132}manos á la verja, quedándose abismado en la
contemplación que producen los objetos en los cuales, como en cifra, vemos
representado nuestro destino. ¡Allí, allí estaba el cariño santo de su vida, la
que al cabo de tantos años, desde el fondo de la tumba, le había atraído á
aquel ignorado valle!
En el espíritu de Gabriel batallaban siempre dos
tendencias opuestas: la de su imaginación propensa á caldearse y deducir de
cada objeto ó de cada suceso todo el elemento poético que pueda encerrar, y la
de su entendimiento á analizar y calar á fondo todo ese mundo fantástico,
destruyéndolo con implacable lucidez. Ante la cancilla de aquel cementerio de
aldea, triunfaba momentáneamente la imaginación; de buen grado ofrecía treguas
el entendimiento, y todo lo que en lugares semejantes evocan, sueñan y forjan
los creyentes y los medrosos, los nerviosos y los alucinados, tuvo el
comandante Pardo la dicha suprema de evocarlo, soñarlo y forjarlo por espacio
de unos cua{t.2-133}ntos minutos. Apariciones,
aspectos fantasmagóricos, formas que puede tomar el sér querido que ya no
pertenece á este mundo para presentarse á los que todavía permanecen en él, y
esa sensación indefinible de la presencia de un muerto, ese soplo sutil de lo
invisible é impalpable, que cuaja la sangre é interrumpe los latidos del
corazón. Cuando se produce este género de exaltación, nadie la saborea con más
extraño placer que los espíritus fuertes, los incrédulos: es el gozo de la
mujer estéril que se siente madre; ¡es un deleite parecido al que causa la
lectura de una novela de visiones y espectros á las altas horas de la noche, en
la solitaria alcoba, con la persuasión de que no hay palabra de verdad en todo
ello, y á la vez con involuntario recelo de mirar hacia los rincones á donde no
llega la luz de la lámpara, por si allí está acechando la cosa sin
nombre, el elemento sobrenatural que teme y anhela nuestro espíritu,
ansioso de romper la pesada envoltura material y el insufr{t.2-134}ible
encadenamiento lógico de las realidades!
Las flores de hortensia eran manos pálidas que
hacían señas á Gabriel; las azucenas, flotantes pedazos de sudario; los
cipreses, figuras humanas vestidas de negro, que inmóviles defendían el acceso
del lugar donde reposaba Nucha... Y allá del fondo del mausoleo... ¡qué ilusión
esta tan viva, tan fuerte, tan invencible! sale un murmullo humilde y quejoso,
como de rezo, un suspiro lento y arrancado de las entrañas... ¿Es posible que
el oído sea juguete de semejantes alucinaciones? No hay duda, otro suspiro tristísimo...
tan claro, que un estremecimiento recorre las vértebras del comandante.
Estas treguas del entendimiento duran poco, y en el
cerebro de Gabriel, que no poseía la frescura plástica de la ignorancia y de la
juventud, la razón recobró al punto sus fueros. En un segundo, el apacible
cementerio perdió su prestigio todo: lo vió lindo y alegre, como debía de ser á
la luz solar. De su hermana, {t.2-135}lo que
estaba allí era el polvo... residuos orgánicos... ¡Materia! Y trató de
figurarse cómo estaría aquella materia inerte, qué aspecto tendrían, entre las
podridas tablas del ataúd y la húmeda frialdad del nicho, los huesecillos de
aquellos brazos tan amantes, en que se había reclinado de niño. Se le oprimió
el corazón: por instinto alzó la frente y miró al cielo.
—Si hay inmortalidad, ahí estará la pobre; en
alguna de esas estrellas tan hermosas.
El firmamento parecía vestido de gala, como para
rechazar toda idea de muerte y podredumbre, y confirmar las de inmortalidad y
gloria. Compensando la falta de la luna que no asomaría hasta mucho más tarde,
los astros resplandecían con tal magnificencia, que inducían á creer si toda la
pedrería celestial acababa de salir del taller del joyero divino. Más que azul,
semejaba negra la bóveda; las constelaciones la rasgaban con rúbricas de luz;
algunos luceros titilaban vivos y próximos, otros se perdían en la insondable
profundidad; la vía láctea derramaba un{t.2-136} mar
de cristalina leche, y Sirio, el gran brillante solitario, centelleaba más
espléndido que nunca.
También el suelo estaba de fiesta. La incomparable
serenidad de la noche le envolvía en un hálito de amor: las sombras eran densas
y vagas á la vez: los horizontes lejanos se disfumaban en azuladas nieblas: á
pesar de la mucha calma, no había silencio, sino murmurios imperceptibles,
estremecimientos cariñosos, ráfagas de placer y vida; la savia antes de parar
su curso y retroceder al corazón de los árboles, aprovechaba aquel minuto de
plenitud del verano para saturar por completo el organismo vegetal, y lo que
eran acres aromas en el monte, en el valle atmósfera verdaderamente
embalsamada. La iluminación de la noche nupcial, los farolillos venecianos de
las bodas, los suministraban las luciérnagas, insectos en quienes arde
visiblemente el fuego amoroso...
No podía Gabriel confundir el verdoso y
fosforescente reflejo de los gusanos con la{t.2-137} pequeña
llama azul que se alzó de las profundidades del cementerio, y que revoloteando
suavemente le pasó á dos dedos del rostro. Bien conoció el fuego fatuo,
arrancado por el calor á aquel sitio bajo y húmedo y relleno de cadáveres
humanos... Con todo, sintió que otra vez se le exaltaba la fantasía, y pegó el
rostro á la verja escudriñando con avidez el interior del camposanto, por si
tras el fuego surgía alguna forma blanca, ni más ni menos que en Roberto
el Diablo... Y en efecto... ¡Chifladura, ilusión de óptica! Calle... Pues
no, que bien claro lo está viendo... Algo se alza detrás del nicho, junto á los
cipreses... Algo que se inclina, vuelve á alzarse, se mueve... ¡Una forma
humana...! ¡Un hombre!
Sólo tiene tiempo el artillero para adosarse al
muro, al amparo de la sombra que proyecta el olivo. Rechina el cerrojo, gira la
llave, se abre la verja, y sale la persona que momentos antes rezaba al pie del
mausoleo de Nucha. El rezador nocturno cierra cuidadosamente la verja, hace por
última vez la{t.2-138} señal de la cruz
volviéndose hacia el cementerio, y pasa rozando con Gabriel y sin verle, con la
cabeza baja, cabeza blanquecina y cuerpo encorvado y humilde.
—¡El cura de Ulloa!
Se quedó Gabriel algún rato como si fuese hecho de
piedra, sin darse cuenta del porqué semejante persona, en tal sitio y entregada
á tal ocupación, le parecía la clave de algún misterio, uno de esos cabos
sueltos de la madeja del pasado, que guían para descubrir historias viejas que
nos importan ó que despiertan novelesco interés.
—¡Ahí están los suspiros y los rezos que yo
oía!—pensó, encogiéndose de hombros. Si no acierta a salir ahora este buen
señor, yo tendría una cosa rara que contar... y creería honradamente en una
pamplina... inexplicable... ¡Ea, me he lucido con mi excursión! De Manuela, ni
rastro... Verdad es que he visitado á la pobre mamita... ¡Adiós,
adiós! (Volviéndose hacia la verja.) Y en realidad la caminata me ha calmado.
Se me figura que{t.2-139} esta tarde pensé mil
delirios y ofendí mortalmente con la imaginación á mi sobrina. ¿Cómo ha de
estar profanada, depravada, una niña que tiene aquel aire franco y sencillo y
honesto á la vez, el aire y los ojos de su madre? Sé sincero, Gabriel, contigo
mismo. (Deteniéndose y mirando á las estrellas.) Lo que te sucedió, que te
encelaste, porque estás interesado por la muchacha... Pues amigo, eso no vale.
¿Á qué viniste aquí? ¿A salvarla, verdad? Entonces, piensa en ella sobre todo.
A un lado egoísmos; si no te quiere, que no te quiera; mírala como la debió
haber mirado su padre. A pedirle mañana una entrevista; á hablarle como nadie
le ha hablado nunca á la criatura infeliz. Lo que tú has estado pensando allí
al pie del castaño, es una monstruosidad; pero con todo, bueno es prevenir
hasta el que á otros se les ocurra la misma sospecha atroz. A ti, al hermano de
su madre, corresponde de derecho el intervenir. Y caiga quien caiga, y así sea
preciso prender fuego á los Pazos y llevarte {t.2-140}á
la muchacha en el arzón de la silla... Digo, no; esto de raptos es niñería
romántica... Pero es decir, que tengas ánimo y que no se te ponga por delante
ni el Sursumcorda, ¡qué diablos! Y cuidadito cómo le hablas á la montañesa...
No hay que abrirle los ojos, ni lastimarla, que después de todo... reparo
deberías tener en tocarla siquiera con el aliento... y morirte deberías de
vergüenza por las cosas que se te han ocurrido. ¡Pobre chiquilla! (Pausa.) ¡Qué
noche tan hermosa! ¿Iré camino de los Pazos... ó lo estaré desandando? Por allí
suena la presa del molino... De noche se oye muy bien... Parece el sollozo de
una persona inconsolable... Sí, hacia esa parte están los Pazos; en llegando al
molino, ya los veo.
El sollozo del agua le guió á una corredoira,
no tan honda ni tan cubierta de vegetación como la de los Castros, pero
perfumada y misteriosa cual ninguna deja de serlo en el verano, y alumbrada á
la sazón por la luz suave y espectral de las luciolas, que á centenares se
escondían en las zarzas ó se perseguían{t.2-141} arrastrándose
por la hierba. Tan lindo aspecto daban á las plantas las linternas de aquellos
bichejos, que el artillero, al salir del túnel, se detuvo y miró hacia atrás,
para gozar del fantástico espectáculo. Una línea fría le cruzó el rostro: era
un tenuísimo hilo de la Virgen, y Gabriel alzó la vista hacia el matorral,
queriendo adivinar de dónde salía la sutil hebra. Cuando bajó los ojos, se le
figuró que al otro extremo del túnel se movía un bulto confuso y grande. El
pálido resplandor de los gusanos, semejante al destello de una sarta de
aguamarinas y perlas, no le consintió al pronto discernir si eran bueyes ó
personas, y cuántas, lo que se iba aproximando en silencio. Gabriel, sin reflexionar,
se emboscó tras las plantas, con el corazón en prensa; si alguien le hubiese
preguntado entonces ¿porqué te escondes y porqué te azoras así? no le sería
posible dar contestación satisfactoria. El bulto se acercó... Era doble: se
componía de dos cuerpos tan pegados el uno al otro como la goma al árbol; no
hablaban; ¿para qué? Él la{t.2-142} sostenía
por la cintura, y ella se recostaba en su hombro y le pasaba el brazo izquierdo
alrededor del cuello. Marchaban con el paso elástico y perezoso á la vez, propio
de la juventud y de la dicha avara, que regatea los minutos.
Hacía ya algunos que había desaparecido la
enamorada pareja, y todavía estaba el artillero quieto, con los puños y los
labios apretados, los ojos abiertos de par en par, el cuerpo tembloroso, los
pies clavados en tierra como si se los remachasen, fulminado en suma por la
última visión de aquella noche de verano. Al fin su pecho se dilató, como para
respirar; estiró los brazos; descargó una patada en el suelo; y mandando
enhoramala sus filosofías, su pulcritud de lenguaje y de educación, su cultura
y su firmeza, arrojó, como arroja el caño de sangre la arteria cortada, una
interjección obscena y vulgarísima, y añadió sordamente:{t.2-143}
—¡Qué vergüenza... qué barbaridad!
No vayan ustedes á figurarse que desde el
entronizamiento del Gallo y sus útiles reformas encaminadas á acrecentar el
decoro y representación de los Pazos, ó al menos de la mayordomía, se hubiese
suprimido el tertulión de la cocina por las noches. Suprimir, no; depurar, es
otra cosa. La autoridad del buen ex-gaitero se empleaba en alejar mañosa ó
explícitamente de allí á la gentuza, como las nietas de la Sabia y otras lambonas que
sólo andaban tras la intriga y á la socaliña del pedazo de pan hoy, y mañana
del de c{t.2-144}erdo, si á mano viene. Para
semejantes brujas, chismosas y zurcidoras de voluntades, desde el primer día
significó el Gallo con toda su autoridad de sultán y marido, la orden de
expulsión; ¡si conocería él el paño! Y Sabel, aunque muy dada á comadrear, hubo
de conformarse—como se conformaría á andar á cuatro patas, si tales fuesen los
deseos del insigne rey del corral.
Escogido ya el número de tertulianos, se redujo á
los notables de Ulloa y Naya, al pedáneo, á los labriegos cabezas de familia y
colonos de los Pazos, al criado del cura, al sacristán, al peón caminero, y
demás personas de suposición que por allí podían encontrarse; de suerte que
varió muchísimo el carácter de aquel sarao, y no se parecía en lo más mínimo á
lo que fué en otros días, bajo la dominación de Primitivo el Terrible.
Antaño, predominando el sexo femenino, se pagaba tributo muy crecido á la
superstición: se refería el paso de la Compaña con su
procesión de luces; se contaban las tribulaciones de la{t.2-145} mocita
á quien le había dado sombra de gato negro ó atacádola
el ramo cativo; se ofrecían recetas y medicinas para todos los
males; se gastaba una noche en comentar el robo de una gallina ó el feliz
alumbramiento de una vaca; un viejo chusco refería cuentos, y las mozas, en
ratos de buen humor, se tiroteaban á coplas, improvisándolas nuevas cuando se
les acababan las antiguas. Toda esta diversión populachera era incompatible con
los adelantos de la civilización que pretendía introducir allí el Gallo. Bajo
su influjo, la tertulia, compuesta de sesudos y doctos varones, se convirtió en
una especie de ateneo ó academia, donde se ventilaban diariamente cuestiones
arduas más ó menos enlazadas con las ciencias políticas y morales. El Gallo se
encargaba de la lectura de periódicos, que realizaba con aquel garabato y
chiste que sabemos; y excusado me parece advertir lo bien informado que quedaba
el público, y las exactísimas nociones que adquiría sobre cuanto Dios crió. Así
es que el debate{t.2-146} era de lo más
luminoso, y mal año para los gobernantes y repúblicos que no viniesen allí á
ver resueltos por encanto los problemas que tanto les dan en qué entender.
Había en la asamblea especialistas, profundo cada cual en la materia á que
consagraba sus desvelos: Goros, el criado del cura de Ulloa, se dedicaba á la
controversia teológica y á la exégesis religiosa, soltando cada herejía que
temblaba el misterio; el señor pedáneo tenía á su cargo la política interior,
cortaba sayos y daba atinadísimos consejos á Castelar y á Sagasta, hablaba de
ellos como si fuesen sus compinches, y vaticinaba cuanto infaliblemente iba á
producirse en el seno del gabinete: un labriego machucho, el tío Pepe de Naya,
antes encargado del ramo de chascarrillos, corría ahora con el de hacienda, y
exponía las más atrevidas teorías de los socialistas y comunistas
revolucionarios, sin necesidad de haber leído á Proudhon ni cosa que lo valga;
y el atador de Boán, cuando llamado por deberes profesionales ó alumbrado más
de la cuenta{t.2-147} se veía obligado á pasar
la noche en Ulloa, dedicábase á la propaganda filosófica, y ponía cátedra de
panteísmo, explicando cómo los hombres y las lechugas son una sola esencia en
diferentes posiciones... ó para decirlo en sus propias palabras, lo mismito,
carraspo, perdonando vusté.
Uno de los mayores placeres de aquel senado
campesino era confundir y aturdir con su ciencia á los ignorantuelos, á los
criados de escalera abajo, ó sea de establo y labranza, haciéndoles preguntas
capciosas y divirtiéndose en acrecentar su estupidez, cosa bastante difícil. A
veces llamaban al pastor, aquel rapazuco escrofuloso que padeció persecución
bajo Primitivo y era ahora un tagarote medio idiota; y excitando su vanidad
(que todos la tienen) le hacían soltar peregrinos despropósitos. Generalmente lo
examinaban de teología.
—Quitaday, marrano, que tan siquiera sabes quién es
Dios.
—Sé, sé—contestaba{t.2-148} muy
ufano el mozo rascándose la oreja.
—Pues gomítalo.
—Es un ángel rebelde, que por su...
Coro de risotadas, de exclamaciones y de aplausos.
—A ver—exclamaba Goros;—para qué es el Sacramento
del Orden?
—Si me pergunta de cosas de allá de Madrí, yo mal
le puedo dar sastifación.
—Soó... mulo! El Sacramento del Orden (abre el ojo)
es para... criar hijos para el cielo!
—Bien, ya estamos en eso—contestaba muy serio el
gañán, entre la algazara y regocijo del ateneo de Ulloa.
Con intermedios de este jaez se amenizaban las
discusiones formales. Es de saber que en tiempo de verano, y más si el calor
arreciaba, y con doble motivo si era en días de maja y siega, el ateneo
trasladaba el local de sus sesiones de la cocina, á la parte del huerto
lindante con la era: colocábanse allí bancos, tallos, cestas
volcadas pan{t.2-149}za arriba, y sin derrochar más
candela que la que los astros ó la luna ofrecían gratuitamente, gozando el
fresco y oyendo en la era el canticio y el bailoteo de segadoras y majadores,
departían sabrosamente, echaban yescas para el cigarro, y la conversación
giraba sobre temas de actualidad, agrícolas y rurales.
En mitad de una acalorada discusión sobre la
calidad del trigo cayó allí Gabriel Pardo, que regresaba de su tremendo viaje á
través del valle de Ulloa. Por fortuna, la luz estelar, con ser tan viva y
refulgente, no bastaba á descubrir al pronto lo descompuesto de su semblante;
pero bien se podía notar lo ronco de la voz en que exclamó, encarándose con el
primer ateneísta que le salió al paso:
—Dónde está Perucho?
El Gallo se levantó obsequiosamente, y con sonrisa
afable y la frase más selecta que pudo encontrar, respondió lo que sigue:
—Señor don Grabiel, no le saberé decir con
eusautitú... Quizásmente que aún no tendrá {t.2-150}voltado, en
atención á que no se ha visto por aquí su comparecencia...
—¡Falso! Es usted un embustero—gritó brutalmente el
comandante, ciego de dolor y necesitado, con necesidad física, de desahogar en
alguien y de hacer daño... de pegar fuego á los Pazos, si
pudiese.—¡Ea!—añadió—á decirme dónde está su hijo de usted ó lo que sea...
¡Aquí no vale encubrir!
¡Quién viera al rey del corral erguirse sobre sus
espolones, enderezar la cresta, estirar el cuello, y exhalar este sonoro
quiquiriquí:
—Adispensando las barbas honradas de usté, señorito
don Grabiel, esas son palabras muy mayores y mi caballerosidá y mi dicencia, es
un decir, no me premiten...
—Eh... ¿quién le cuenta á usted nada? ¿Qué se me
importa por usted?—vociferó Gabriel nuevamente.—A quien necesito es á
Perucho... Llámenle ustedes, pero en seguida.
—Ha de estar en la era—indicó tímidamente el
pastor.
Gabriel no quiso oir más, y desapareció{t.2-151} como un rehilete en dirección de la era.
Encontróla brillante, concurridísima. Una tanda de mozas y mozos bailaba
el contrapás, al són de la pandereta y la flauta; la tañedora de
pandero cantaba esta copla:
A lua vay encuberta...
a min pouco se me dá:
a lua que a min m’alumbra
dentro do meu peito está.
Oíala como en sueños el comandante, detenido á la
entrada y presa entonces de un paroxismo de ira que le hacía temblar como la
vara verde: Calma... sosiego... voy á echarlo todo á perder... decía consigo
mismo; y al par que veía claramente su razón la necesidad de tener aplomo y
presencia de ánimo, aquella parte de nosotros mismos que debiera llamarse
la insurgente, le tenía entre sus uñas de fierecilla desencadenada,
y le soplaba al oído:—Qué gusto coger un palo... entrar en la era... deslomar á
estacazos á {t.2-152}todo el mundo... arrimar
un fósforo á las medas... armar el revólver, y en un santiamén... pun, pun... á
éste quiero, á éste no quiero...
A su izquierda divisó un grupo, compuesto de Sabel
y de varias comadres del vecindario: y delante, en pie, algo ensimismado, á
Perucho en persona. Gabriel se le acercó, hasta ponerle la mano en el hombro; y
al tenemos que hablar del comandante, estremecióse el
montañés, pero respondió con súbita firmeza:
—Cuando usted guste.
—Ahora mismo.
—Bueno, ya voy.
Echó delante el mozo, y siguióle Pardo, sin añadir
palabra. Alejándose de la gente, atravesaron el huerto, entraron en el
corredor, llegaron á la cocina, donde la fregatriz revolvía en la sartén, con
cuchara de palo, algo que olía á fritanga apetitosa; y el montañés, sin
detenerse, tomó una candileja de petróleo encendida, y guió á las habitaciones
de la familia del Gallo, entre las cuales se contaba cierta salita, orgullo y
pr{t.2-153}ez del mayordomo, porque en seis leguas á
la redonda, sin exceptuar las casas majas de Cebre, no la había mejor puesta,
ni más conforme á las exigencias del gusto moderno, sin que le faltase
siquiera—¡lujo inaudito, refinamiento increíble!—un entredós en
vez de consola; un entredós de imitación de palo santo, con magníficos adornos
de un metal que sin pizca de vergüenza remedaba el bronce. Frente á este
mueble, en que el Gallo tenía puesto su corazón, un soberbio diván de repis amarillo
canario convidaba al reposo, y Perucho, dejando la candileja sobre el entredós,
hizo seña al comandante de que podía sentarse si gustaba, al mismo tiempo que
se le plantaba enfrente, con la cabeza erguida, resuelto el ademán, algo
pálidas, contra lo acostumbrado, las mejillas, y pronunciando en tono que á
Gabriel le sonó provocativo:
—Usted dirá, señor de Pardo... ¿Qué se le ofrece?
El comandante midió de alto á bajo al bastardo,
frunciendo la boca, con el gesto d{t.2-154}e
desprecio más claro y más enérgico que pudo; acercóse luego á la puerta, y dió
vuelta á la llave, que halló puesta por dentro; y volviéndose hacia el
montañés, le escupió al rostro estas frases:
—¡Se me ofrece decirte que eres un pillastre y un
ladrón, y que voy á darte tu merecido, canalla! ¡A ti y á la perra que te
parió! ¡Mamarracho indecente!
Lo raro era que Gabriel oía sus propias palabras
como si las dijese otra persona; y allá en el fondo de su sér, las comentaba
una voz, susurrando:—Es demasiado, ese hombre habla como un loco.—Y no podía,
no podía sujetar la lengua, ni refrenar la indignación frenética.—Por lo que
hace á Perucho, oyendo aquellas cláusulas que abofeteaban, saltó lo mismo que
si le hincasen en la carne un alfiler candente; desvió y echó atrás los codos,
cerró los puños, y sacó el pecho, como para arrojarse sobre Gabriel. El furor
ennegrecía sus pupilas azules, y daba á sus facciones correctas y bien
delineadas la ceñuda{t.2-155} severidad de un
rostro de Apolo flechero.
—No... no me tutee usted—balbuceó reprimiéndose
todavía—no me tutee ni me insulte... porque tan cierto como que Dios está en el
cielo y nos oye...
—¿Qué harás, bergante?
—Lo va usted á saber ahora mismo—gritó el montañés,
cuyos ojos eran dos llamas oscuras en una máscara trágica de alabastro. Un
segundo duró para Gabriel la visión de aquel rostro admirable, porque
instantáneamente sintió que dos barras de hierro flexibles y calientes se le
adaptaban al cuerpo, prensándole las costillas hasta quitarle la respiración.
Intentó defenderse lo mejor posible, tenía los brazos en alto y libres y podía
herir á su contrario en el rostro, arañarle, tirarle del pelo; pero aun en tan
crítica situación, comprendió lo femenil y bajo de resistir así, y ¡extraña
cosa! al verse cogido en la formidable tenaza, preso, subyugado, vencido por el
mismo á quien venía á confundir y humillar, su ciega y furiosa ira y el hervor
animal é{t.2-156} instintivo de su sangre se
calmaron como por obra de un conjuro, y hasta le pareció que experimentaba
simpatía por el brioso mozo. Todo fué como un relámpago, porque el achuchón
crecía, y el ahogo también, y el montañés tenía á su rival á dos dedos del
suelo, aprestándose á ponerle en el pecho la rodilla. Intentó Gabriel un
esfuerzo para rehacerse y librarse, pero Perucho apretó más, y mal lo hubiera
pasado su enemigo, á no ser por una casual circunstancia. La butaca contra la
cual estaba acorralado el comandante era nada menos que una mecedora, mueble
que hacía la felicidad del Gallo, por lo mismo que nadie de su familia ni de
seis leguas en contorno acertaba á sentarse en ella sino después de reiterados
ensayos, continuas lecciones y fracasos serios. Al peso de los dos
combatientes, la mecedora cedió con movimiento de báscula, y el grupo vino á
tierra, haciendo la dichosa mecedora el oficio de Beltrán Claquin en la noche
de Montiel, pues Perucho, que estaba encima,{t.2-157} se
halló debajo, y Gabriel, sin más auxilio que el de su propio peso y
corpulencia, con la rapidez de movimientos que dicta el instinto de
conservación, le sujetó y contuvo, teniéndole cogidas las muñecas é hincándole
la rodilla en el estómago.
—¡Máteme, ya que puede!—tartamudeaba el
montañés.—Máteme ó suélteme, para que yo... le... ahog...
El aliento se le acababa, porque el cuerpo de su
adversario, gravitando sobre su pecho, le impedía respirar: Terminó la frase
con un ¡z! ¡z! ¡z! cada vez más fatigoso... Vió en el espacio unas lucecitas
amarillentas y moradas... luego sintió un bienestar inexplicable, y oyó una voz
que decía:
—Pues anda, levántate y ahógame... ¿No puedes? La
mano.
Se levantó sostenido por Gabriel, tambaleándose;
dió dos ó tres pasos sin objeto; se pasó la diestra por los ojos, y miró al
artillero fijamente; y como viese en su rostro una tranquilidad muy distinta de
la furia de ante{t.2-158}s, la tuvo por señal de
mofa, cerró otra vez los puños, y bajando la cabeza como el novillo cuando
embiste, se precipitó. Gabriel adelantó las manos para parar el golpe, con
calma desdeñosa; entonces, el montañés se contuvo, dejó caer los brazos, dió
media vuelta, y encogiéndose de hombros, exclamó:
—Yo no pego á quien no me resiste... ¿Somos aquí
chiquillos? ¿Estamos jugando, ó qué?
Callaba Gabriel y reflexionaba, sintiéndose ya, con
íntima satisfacción, dueño de sí y capaz de regir sus acciones. Seamos francos,
pensaba; me he comportado como un bruto; he hablado como un demente. A bien que
en mí son momentáneas las excitaciones; que si me durase como me da, yo me
dejaría atrás á todos los salvajes. Un poco de juicio, señor de Pardo... Pero
ahora se me figura que ya lo tengo de sobra.
—Oiga usted...—dijo á Perucho, tosiendo, para
afianzar la voz.—Le he maltratado á usted hace un instante; hice mal, y lo rec{t.2-159}onozco. Es decir: no me faltan motivos de
hablarle á usted con toda la dureza posible; pero con razones, no con
injurias... Debí empezar por ahí.
—Los motivos que usted tiene, ya los sé yo...
Demasiado que los sé.
—Se equivoca usted... Hágame el obsequio de
sentarse; ya ve que no le tuteo, ni le ofendo en lo más mínimo. Pero tenemos
que hablar largamente y ajustar cuentas, de las cuales no he de perdonarle á
usted un céntimo si sale alcanzado... Vuelvo á rogarle que se siente.
Perucho se dejó caer en el sofá con hosco ademán,
arreglándose maquinalmente el cuello y la corbata, que ya no tenía muy en orden
antes y que con la refriega se habían insubordinado por completo. Ocupó Gabriel
la mecedora de enfrente, y empezó á mecerse con movimiento automático.
Arreglaba un discurso; pero lo que salió fué un trabucazo.
—¿Usted sabe de quién es hijo? (al preguntarlo se
encaró con Perucho).
—¿Y á qué viene eso?—contestó el mozo.
—¿No está usted cansado de conocer á mis padres?
Déjeme usted en paz.
—¿Y siendo sus padres de usted... un mayordomo y
una criada... cómo se ha atrevido usted... á poner los ojos en mi sobrina?
¿Cómo se ha atrevido usted... (ensordeciendo la voz, que vibraba de enojo aún)
á levantarse hasta dónde usted no puede ni debe subir? ¡Sólo un hombre vil
(acercándose al montañés) se aprovecha del descuido y de la confianza ajena
para... apoderarse de... una señorita... y... abusar de ella, cuando come el
pan de su casa!
Perucho contenía los bramidos que se le venían á la
laringe, y oía royéndose la uña del pulgar con tal ensañamiento, que ya brotaba
sangre. Al fin pudo formar voz humana en la garganta.
—Quien... quien abusa es usted, señor de Pardo...
Sí, señor, abusa usted de mi posición, de verme un infeliz, un hijo de
pobres, {t.2-161}un desdichado que no se puede
reponer contra usted como corresponde... Pero me repondré, caramba si me
repondré... que tampoco no es uno ningún sapo, para dejarse patear sin volverse
á quien lo patea... Y nos veremos las caras donde usted guste, que aunque me ve
sin pelo en ella, soy hombre para cualquier hombre, y á mí no me espantan
palabras ni obras... Y si á obras vamos... si se trata de romperse el alma por
Manuela, porque usted la quiere para sí y ha venido á hacerle los cocos...
¡mejor, mejor! Nos la rompemos, y en paz... También le puedo contar algunas
cositas que le lleguen adentro, para que tenga más modo otra vez... Que yo como
el pan de esta casa; que Manuela es mi señorita, y que tumba y que dale... De
eso de comer el pan, podíamos hablar mucho; porque, según le oí á mi madre, más
dinero le debía á mi abuelo la casa de los Pazos que mi abuelo á ella... De ser
Manola mi señorita... cierto que ella es hija de un señor... pero maldito si se
conoció nunca que lo fuese... Desde chiquillos andamos {t.2-162}juntos, sin diferencias de clases ni de
señoríos; y nadie nos recordó nuestra condición desigual, hasta que cayó aquí,
llovido del cielo, el señor don Gabriel Pardo de la Lage... Manola, ahí donde
usted la ve, no tuvo en toda su vida nadie que la quisiese más que yo, yo (y se
golpeaba el fornido pecho), nadie que se acordase de ella, no señor, ni su
padre, usted lo oye? ni su padre... Yo, desde que levantaba del suelo tanto
como una berza, la enseñé á andar, cargué con ella en brazos, para que no se
mojase los pies cuando llovía, le dí las sopas, le guardé el sueño, y le
discurrí los juguetes y las diversiones... Yo le enseñé lo poco que sabe de
leer y escribir, que sino, ahora estaría firmando con una cruz... Yo la defendí
una vez de un perro de rabia... ¿Sabe usted lo que es un perro de rabia? ¡No,
que en los pueblos eso no se ve nunca! Pues al perro, con aquellos ojos
encarnizados y aquel hocico baboso, lo maté yo, pero no de lejos, sino desde
cerquita, así, echándome á él, machacándole la cabeza con{t.2-163} una
piedra grande, mientras la chiquilla lloraba muerta de miedo... ¡Si no estoy yo
allí, á tales horas Manola es ánima del purgatorio! En el brazo y en la pierna
me mordió el perro, y gracias que la ropa era fuerte, y allí se quedó la
baba... Otra vez la cogí á la orillita de un barranco, que si me descuido, al
Avieiro se me larga... Yo me quemé la mano en el horno por sacarle una bolla
caliente, que se le había antojado... ¿ve usted...? aquí anda todavía la
señal... Y yo por ella me echaría de cabeza al río, y me dejaría arrancar las
tiras del pellejo... Ni ella tiene sino á mí, ni yo sino á ella. ¿Que es usted
su tío? ¿Y qué?, ¿Se ha acordado usted de ella hasta la presente? ¡Buena gana!
Andaba usted por esos mundos, muy bien divertido y recreado. Yo con ella, con
ella siempre... hasta morir! Me quiere, la quiero, y ni usted ni veinte como
usted... ni el mismo Dios del cielo que bajase con toda la corte celestial! me
la quitan. Así me valga Cristo, y antes yo ciegue que verla casada con usted!{t.2-164}
El montañés hablaba con presteza, accionando mucho,
como escupiendo palabras y pensamientos que desde muy atrás le rebosaban del
corazón. Su gallarda persona y su acción fogosa y expresiva parecían no caber
en la ridícula sala, bien como el gran actor no encuentra espacio en un
escenario estrecho; y á cada molinete de su fuerte brazo se hallaban en
inminente peligro los cromos, las cajas de cartón, las orquestas de perritos y
gatitos de loza, las figuras de yeso teñidas con purpurina imitando bronce, todas
las simplezas importadas por el Gallo de sus excursiones orensanas, pues tan
adelantado estaba el buen sultán en la ciencia suntuaria de nuestra época, que
hasta cultivaba el bibelot. Gabriel oía, mostrando un rostro
apenado, perplejo y meditabundo; á veces cruzaban por él vislumbres de
compasión; otras, aquella pasión tan juvenil y fresca, tan vigorosamente
expresada, le removía como remueve la escena de un drama magnífico; y su boca
se crispaba de terror, lo mismo que si{t.2-165} el
conflicto, tan grave ya, creciese en proporciones y rayase en horrenda é
invencible catástrofe... Viendo callado al artillero, Perucho se persuadió de
que lo convencía, y continuó con más calor aún:
—Si Manola es rica, sepan que yo no quiero sus
riquezas, y que me futro y me refutro en ellas... Que el padrino gaste su
dinero en lo que se le antoje; que lo gaste en cohetes, ó lo dé á los pobres de
la parroquia. Dios se lo pague por la carrera que me está dando, pero con
carrera ó sin ella... yo ganaré para mí y para mi mujer. Manola se crió como la
hija de un labriego; no necesita lujos ni sedas; yo menos todavía. Mi madre no
es pobre miserable: heredó del abuelo un pasar, y me dará... Y si no me da, tal
día hizo un año. Con cuatro paredes y unas tejas, allá en el monte, frente á
las Poldras, vivimos como unos reyes, sin acordarnos del mundo y sus
engañifas... Casualmente lo único para que sirvo yo es para arar y sachar: los
estudios {t.2-166}me revientan: paisano nací y
paisano he de morir, con la tierra pegada á las manos... Una casita y una
heredad y una pareja de bueyes con que labrarla, no hemos de ser tan infelices
que eso nos falte,... y en teniendo eso, que se ría el mundo de mí, que yo me
reiré del mundo... y estaré como en el cielo, y Manola también... mientras que
con usted rabiaría y se condenaría, porque no le quiere, no le quiere y no le
quiere.
Acabar su peroración el montañés y sentirse Gabriel
Pardo definitivamente vencido y arrastrado por la corriente de simpatía que
empezaba á ablandarle desde que había jadeado entre los brazos fuertes del
mozo, fueron cosas simultáneas. Obedeciendo á impulso irresistible, tendió la
mano para darle una palmada en el hombro; hízose atrás Perucho, tomando por
nueva hostilidad lo que no era sino halago.
—¡No ponerse en guardia, amigo, que no hay de
qué!—exclamó el artillero, cuya noble fisonomía respiraba ya concordia y
bondad {t.2-167}al par que dolor y pena.—Tan no
hay de qué, que se va usted á pasmar... Déme usted esa mano, y perdóneme todo
cuanto le he dicho al entrar aquí... He procedido con injusticia, con barbarie
y con grosería; pero si usted supiese cómo me estaba doliendo el alma, y cómo
me duele aún... No conserve usted nada contra mí: déme la mano...
Los ojos azules le miraron con desconfianza, y
Perucho retiró el brazo.
—Mucho estimo eso que usted dice ahora, pero mejor
fuera no venirse con esos desprecios de antes... Nadie tiene cara de corcho, y
la vergüenza es de todo el mundo.
—Usted lleva razón, pero yo la he perdido media
hora de este aciago día... Motivo me ha sobrado para ello. ¡Oigame usted, por
lo que más quiera! Por... por mi sobrina. Déme usted su palabra de que hará lo
que voy á rogarle.
—No señor, no; yo no prometo nada tocante á Manola.
¿Y á qué viene mentir? Mejor es desengañarle. Lo mismo da que lo prometa que
que no lo prometa. Ahor{t.2-168}a prometería, pongo
por caso, no arrimarme á ella en jamás, y de contado me volvería á pegar á sus
faldas. Imposibles no se han de pedir á nadie.
—No es eso... ¡Si usted no me oye...!
—¿No es nada de dejar á Manoliña?
—No... Es que me prometa usted que de lo que vamos
á hablar no dirá usted palabra á nadie... ¡á nadie de este mundo!
—Corriente. Si no es más que eso...
—No más.
—Pues venga.
—No—replicó Gabriel bajando la voz...—Aquí no...
Acompáñeme usted á mi cuarto... Tengo excelente oído.{t.2-169}..
y juraría que anda gente en el corredor.
Como saliesen un poco más aprisa de lo justo,
abriendo con ímpetu la puerta, estuvieron á punto de aplastar entre hoja y
pared la nariz del Gallo, el cual, sin género de duda, atisbaba. Al impensado
portazo, lejos de enfadarse, sonrió con dignidad y afabilidad, murmurando no sé
qué fórmulas de cortesía: su gran civilización le obligaba á mostrarse atento
con las personas que visitaban su domicilio. Pero Gabriel y Perucho cruzaron
por delante de él como sombras chinescas, y no le hicieron maldito el caso.{t.2-170} Lo cual, unido á otros singulares
incidentes, la ira de Gabriel, su afán por encontrar á Perucho, lo extraño de
la entrevista, la encerrona, le puso en alarma y despertó su aguda suspicacia
labriega. Rascóse primero detrás de la oreja, luego al través de las patillas,
y estas operaciones le ayudaron eficazmente á deliberar y á dar desde luego no
muy lejos del hito.
Al entrar Perucho y Gabriel en la habitación de
éste, se encontraron á oscuras: el montañés rascó un fósforo contra el
pantalón, y encendió la bujía; el artillero acudió á echar la llave, prevención
contra importunos y curiosos. Para mayor seguridad, acercóse á la ventana,
bastante desviada de la puerta. Ninguno de los dos pensó en sentarse. Recostado
en la pared, con la izquierda metida en el seno, al modo de los oradores cuando
reposan, el brazo derecho caído á lo largo del muslo, una pierna extendida y firme
y otra cruzada y apoyada en la punta del pie, Perucho aguardaba, animoso{t.2-171} y resuelto, como el que no ha de
transigir ni renunciar por más que hagan y digan. Con las manos en los
bolsillos de la cazadora, la cabeza caída sobre el pecho, y meneándola un poco
de arriba abajo, los labios plegados, arrugada la frente, Gabriel Pardo se
paseaba indeciso, tres pasitos arriba, tres abajo. Al fin hizo un movimiento de
hombros como diciendo—pecho al agua—y, súbitamente, se enderezó, encaróse con
el montañés y articuló lo que sigue:
—Vamos claros... ¿Usted sabe ó no sabe que es
hermano de Manuela?
Si asestó la puñalada contando con los efectos de
su rapidez, no le salió el cálculo fallido. El montañés abrió los brazos, la
boca, los ojos, todas las puertas por donde puede entrar el estupor y el
espanto; enarcó las cejas, ensanchó la nariz... fué, por breves momentos, una
estatua clásica; el escultor que allí se encontrase lamentaría, de fijo, que
estuviese vestido el modelo. Y sin lanzar la exclamación que ya se asomaba á
los labios, poco á{t.2-172} poco mudó de
aspecto, se hizo atrás, bajó los ojos, y se vió claramente en su fisonomía el
paso del tropel de ideas que se agolpan de improviso á un cerebro, la
asociación de reminiscencias que, unidas de súbito en luminoso haz, extirpan
una ignorancia inveterada; la revelación, en suma, la tremenda revelación, la
que el enamorado, el esposo, el creyente, el padre convencido de la virtud de
la adorada hija, se resisten, se niegan á recibir, hasta que les cae encima,
contundente, brutal y mortífera, como un mazazo en el cráneo.
—¡No!—balbuceó en ronca voz.—No, Jesús, Señor, no,
no puede ser... usted... vamos á ver... ¿ha venido aquí para volverme loco?
¿Eh? ¡Pues diviértase... en otra cosa! Yo... no quiero loquear... ¡No se
divierta conmigo! Jesús... ¡ay Dios!
Llevóse ambas manos á los rizos, y los mesó con
repentino frenesí, con uno de esos ademanes primitivos que suele tener la mujer
del pueblo á vista del cuerpo muerto de su hijo. Al mismo tiempo quebrantaba un
gem{t.2-173}ido doloroso entre los apretados
dientes. Rehaciéndose á poco, se cruzó de brazos y anduvo hacia Gabriel,
retándole.
—Mire usted, á mi no me venga usted con
trapisondas... usted ha entrado aquí traído por el diablo, para engañarme y
engañar á todo el mundo... Eso es mentira, mentira, mentira, aunque lo jure el
Espíritu Santo... Malas lenguas, lenguas de escorpión inventaron esa maldad,
porque... porque nací sirviendo mi madre en esta casa... Pero no puede ser...
¡Madre mía del Corpiño! No puede ser... ¡No puede ser! ¡Por el alma de quien
tiene en el otro mundo, señor de Pardo... no me mate, confiéseme que mintió...
para quitarme á Manola...!
Gabriel se acercó al bastardo de Ulloa y logró
apoyarle la mano en el hombro; después le miró de hito en hito, poniendo en los
ojos y en la expresión de la cara el alma desnuda.
—La mitad de mi vida daría yo—dijo con inmensa
nobleza—por tener la seguridad de {t.2-174}que
en sus venas de usted no corre una gota de la sangre de Moscoso. Créame... ¿No
me cree? Sí, lo estoy viendo; me cree usted... Pues escuche; si usted fuese
hijo del mayordomo de los Pazos... yo, Gabriel Pardo de la Lage, que soy...
¡qué diablos! ¡un hombre de bien...! me comprometía á casarlo á usted con mi
sobrina. Porque he visto lo que usted la quiere... y porque... porque sería lo
mejor para todos. ¿Cree usted esto que le aseguro?
Sin fuerzas para contestar, el montañés hizo con la
cabeza una señal de aquiescencia. Gabriel prosiguió:
—No solamente mi cuñado le tiene á usted por hijo
suyo, sino que le quiere entrañablemente, todo cuanto él es capaz de querer...
más que á Manuela, ¡cien veces más! y hoy, si se descuida, delante de todos los
majadores le llama á usted... lo que usted es. Su propósito es reconocerle, y
después de reconocido, dejarle de sus bienes lo más que pueda... Su padrastro
de usted lo sabe; su madre... ¡figúrese usted! y... ¡es inconcebible que no
haya llegado á conocimiento de usted jamás!
—Me lo tienen dicho, me lo tienen dicho las mujeres
en la feria y los estudiantes en Orense... Pero pensé que era guasa, por reirse
de mí, y porque el... padrino... me daba carrera... Estuve ciego, ciego! Ay
Dios mío, qué desdicha, qué desdicha tan grande! Lo que me sucede... lo que me
sucede! Pobre, infeliz Manola!
Gimió esto cubriendo y abofeteando á la vez el
rostro con las palmas; y á pasos inciertos, como los que se dan en el primer
período de la embriaguez, se dejó caer de bruces, borracho de dolor, sobre la
cama de Gabriel Pardo, cuya colcha mordió revolcando en ella la cara. Gabriel
acudió y le obligó á levantarse, luchando á brazo partido con aquella
desesperación juvenil que no quería consuelo.
—Vamos, serénese usted... Qué hace usted, qué
remedia con ponerse así? Serenidad... un poco de reflexión... Venga usted,
criatura, venga á sentarse en el sofá... Calma... calma! {t.2-176}Con esos extremos lo echa usted más á
perder... Venga usted... Respire un poco!
En el sofá, donde le sentó medio por fuerza,
Perucho volvió á dejar caer la cabeza sobre los brazos, y á esconder la cara,
con el mismo movimiento de fiera montés herida, que sólo aspira á agonizar sola
y oculta. Balanceaba el cuello, como los niños obstinados en una perrera
nerviosa, que ya les tiene incapaces de ver, de oir, ni de atender á las
caricias que les hacen.
—Sosiéguese usted—repetía el artillero.—¿Quiere
usted un sorbo de agua? Ea, ánimo, qué vergüenza! Sea usted hombre.
Se volvió rugiendo.
—Soy hombre, aunque parezco chiquillo... Hombre
para cualquiera, repuño! Pero soy el hombre más infeliz, más infeliz que hay
bajo la capa del cielo... y un infame... sí, un infame, el infame de los
infames... Hoy mismo, hoy—y se retorcía las manos—he perdido á... á una santa
de Dios, á Manola, malpocado... Debían quemarme como la
Inquisición {t.2-177}á las brujas... Que no
quemase á la condenada que nos echó, esta mañana la paulina... y nos hizo mal
de ojo, por fuerza! Maldito de mí, maldito... Pero qué más casti...
Al desventurado se le rompió la voz en un sollozo,
y dejándose ir al empuje del dolor, se recostó en el pecho de Gabriel Pardo,
abriendo camino al llanto impetuoso, el llanto de las primeras penas graves de
la vida—lágrimas de que tan avaros son después los ojos, y que torciendo su
cauce, van á caer, vueltas gotas de hiel, sobre el corazón. Movido de infinita
piedad, Gabriel instintivamente le alisó los bucles de crespa seda. Así los
dos, remedaban el tierno grupo de la última cena de Jesús; y en aquel hermoso
rostro, cercado de rizos castaño oscuro, un pintor encontraría acabado modelo
para la cabeza del discípulo amado.
—Que llore, que llore... Le conviene.
Casi agotado el llanto, agitaba los labios y la
barbilla del montañés temblor nervioso, y un ¡ay! entrecortado y plañidero, del
todo{t.2-178} infantil, infundía á Gabriel
tentaciones de estrecharle y acariciarle como á un niño pequeño. Perucho se
levantó con ímpetu, y se metió los puños en los ojos para secar el llanto,
dominando el hipo del sollozo con ancha aspiración de aire. Pardo le cogió, le
sujetó, temeroso de algún acceso de rabia.
—No se asuste... Déjeme... ¿Por qué me sujeta? Me
deje digo. ¡También es fuerte cosa! ¡Le matan á uno, y luego ni le dejan
menearse!
—¿Es que quiere usted matar... por su parte... á
Manuela? ¿Eh? ¿Se trata de eso? Le leo á usted en la cara... y le sujeto para
que no dé la última mano al asunto! Cuidado me llamo... ¡Manuela no ha de saber
ni esto! ¿Eh, no se hace usted cargo de que tengo razón?
—Sí, sí señor, razón en todo... Que no lo sepa,
no... ¡Así no se la llevarán los demonios como á mí!
—No se entregue usted á la desesperación... {t.2-179}La desgracia que aflige á usted... ¡que nos
aflige á todos! es enorme... pero todavía hay algo que, bien mirado, le puede á
usted servir de consuelo.
—¿Algo? ¿Qué algo?—preguntó con ansia el mozo,
agarrándose al clavo ardiendo de la esperanza.
—Que no hay por parte de usted tal infamia, sino
impremeditación, locura, desatino, ¡infamia no! Usted tiene el alma derecha;
aquí lo que está torcido son los acontecimientos... y la intención de ciertas
gentes... Otros son los criminales; usted sólo ha delinquido porque la sangre
moza... En fin, al caso. (Queriendo estrecharle afectuosamente la mano; pero el
montañés la retira con violencia.) Sí, comprendo que no le soy á usted
demasiado simpático; en cambio usted á mí me ha interesado por completo... Acepte
usted ahora mis consejos; demasiado conoce que me animan buenas intenciones.
¡Ea, valor! A lo hecho pecho: no hay poder que deshaga lo que ya ha sucedido: á
remediar {t.2-180}en lo posible el daño... A
eso estamos y eso es lo único que importa... ¡Escuche, hombre! Usted se tiene
que marchar inmediatamente de esta casa... y no volver en mucho tiempo, al
menos mientras que Manuela no... no cambie de situación, ó... ¡En fin, mucho
tiempo! A estudiar á Barcelona ó á Madrid... Yo le proporcionaré á usted fondos...
colocación... Todo cuanto le haga falta.
Un quejido de agonía alzó el pecho del montañés.
—Reflexione usted bien, mire la cuestión por todos
sus aspectos: hay que marcharse.
—¿No volveré ya en mi vida á ver á Manuela?—lloró
el mozo, cayendo en el sofá é hincándose las uñas en la cabeza.—Pues entonces,
al Avieiro, que es bien hondo... Así como así tendré mi merecido.
—Vamos... ¡que estoy apelando á su razón de usted!
No me responda con delirios... ¿No ha dicho usted allá cuando empezamos á reñir
(Gabriel se sonrió) que Dios está en el cielo y nos oye? ¿Cree usted lo que
dijo? ¿Lo cree?{t.2-181}
—¿Soy algún perro para no creer en Dios?
—Pues... si hay Dios... y si usted cree en él...
¡mire que le está ofendiendo!
Perucho asió de una muñeca á Gabriel, y se la
oprimió con toda su fuerza, que no era poca; y acercándole mucho la cara,
arrojó:
—Pues si no hubiese Dios... ¡lo que es á Manola...
soltar no la suelto!
Buena pieza se quedó el comandante Pardo sin saber
qué contestar, dominado, vencido. En la encarnizada batalla llevaba, desde el
principio, la peor parte; y lo extraño es que la derrota moral que sufría,
conocida de él solamente, le ocasionaba íntimo placer, y le apegaba cada vez
más al antes detestado bastardo de Ulloa.
Viendo callado á Gabriel, Perucho alentó un poco, y
en tono de súplica humilde, murmuró:
—Me iré, me iré... haré cuanto me manden, y si
quieren, me meteré en el Seminario {t.2-182}de
Santiago y seré cura... cualquier cosa... pero respóndame, señor, dígame la
verdad... ¿Se va usted á casar con Manola cuando... después que... falte yo?
Gabriel alzó la vista y le miró cara á cara. Tardó
bastante, bastante en responder: sus ojos brillaron, adquirió su fisonomía
aquella expresión elevada y generosa que era su única hermosura, y respondió
serenamente:
—Yo no le he de salvar á usted mintiéndole... Hoy
más que nunca estoy dispuesto a casarme con mi sobrina... ¡No rechine usted los
dientes, no se enfurezca, por todos los santos... oiga, oiga! Cuando ella, por
su voluntad, sin imposiciones de ningún género, porque me cobre cariño ó...
porque necesite mi protección en cualquier terreno y por cualquier causa, se
resuelva á casarse conmigo... yo estoy aquí; cuanto soy y valgo, de ella es...
Pero jamás ¡jamás! si ella no quiere... Y ella no querrá—fíese usted en mí, que
tengo experiencia—ni en mucho tiempo, {t.2-183}ni
tal vez en su vida... Es aún más montañesa y más porfiada que usted... Sobre
todo, ¡como no le hemos de soltar el tiro de decirle lo que hay de por medio!
Eso sí, usted tiene el deber de procurar... ¡con resolución! ¡con heroísmo! que
ella le olvide, que ella no piense en usted... sino como se piensa en el
compañero querido de la niñez... ¡Nada más! Usted se va, usted le escribe algo
al principio... cariñosamente... pero... con cariño... fraternal... Luego
escasean las cartas... Luego cesan... Luego... tiene usted novia, ¡novia! y
ella lo averigua... Si es verdad que usted quiere á Manuela, usted hará todo
eso... ¡y mucho más!
El montañés tenía los párpados entornados, la
mirada vagabunda por los rincones del aposento, repasando, probablemente sin
verlas, las molduras barrocas de la cama, las pinturas del biombo, los remates
de época del Imperio que lucía el vetusto sofá. Cuando acabó de hablar Gabriel,
sus pupilas destellaron, hizo con la mano derecha ese movimiento {t.2-184}de sube y baja que dice
clarísimamente:—Plazo... espera...—y se dirigió á la puerta. Pero Gabriel saltó
y se interpuso, estorbándole la salida.
—No se pasa... (en tono más cariñoso y festivo que
otra cosa).
—Haga usted favor... Si por lo visto usted está
para bromas, yo no, y sentiría cometer una barbaridad.
—En serio (con mucha energía), no le dejo á usted
pasar sin que me diga adónde. De evitarle la barbaridad se trata.
—Bueno, pues sépalo; tanto me da que lo sepa, y si
le parece mal... (gesto grosero). No me da la gana de creer, por su honrada
palabra de usted, que Manola y yo... En fin, usted quiere á Manola... yo le
estorbo... le viene de perillas que me largue... y como no soy ningún páparo...
¿eh? no me mete usted el dedo en la boca... Voy á la fuente limpia... á saber
la verdad, ¡la verdad!
—¿Cómo, cómo? ¿á quién se la va usted á preguntar?
¡Cuidado... á mi sobrina nada!
—¡Eh!... ¿Si pensará usted que ha de t{t.2-185}ener más miramientos que yo con Manola?
Repuño, que ya me cargó á mí esto! La verdad se la voy á sacar de las
mismísimas entrañas á don Pedro Moscoso... y apartarse, y dejarme de una vez!
Ciñó los brazos al cuerpo del artillero, y de un
empujón lo lanzó á dos varas{t.2-186} de
distancia. Luego se precipitó hacia fuera.
Muchas veces bajaba el marqués de Ulloa á la
científica tertulia de su cocina, sobre todo en invierno, cuando los vastos
salones estaban convertidos en una nevera, y el lar con su
alegre chisporroteo convidaba á acurrucarse en el banquillo del rincón y
dormitar al arrullo de las discusiones. En verano, y habiendo labores agrícolas
emprendidas, prefería don Pedro el corro al aire libre de los jornaleros y
jornaleras, donde se comentaban verbosamente los mínimos incidentes del día, el
peso y el color de la espiga, el grueso {t.2-187}de
la paja. Y en todas estaciones, podía asegurarse que el hidalgo, á las diez y
media, estaba retirado ya en su dormitorio.
No lo había escogido como necio: era una habitación
contigua al archivo, y aunque no de las mayores de la casa, abrigada del frío y
del calor por lo grueso de las paredes. Parecía un nido de urraca, tal
revoltillo de cachibaches había en ella. Olía allí a perro de caza, y á ese
otro tufillo llamado de hombre, siendo cosa segura que no lo
despide ningún hombre aseado, y sí el tabaco frío, la ropa mal cuidada y el
sudor rancio. Escopetas, morrales, polainas raídas, sombreros de distintas
formas y materias, bastones, garrotes, cachiporras, calabazas, frascos de
pólvora, mugrientos collares de cascabeles, espigas enormes de maíz,
conservadas por su tamaño, chaquetones de somonte, pantalones con perneras de
cuero, yacían amontonados por los rincones, cubiertos con una capa de polvo,
sobre la cual era dable, no sólo escribir con el dedo, sino hasta grabar en
hueco con buen{t.2-188} realce. Único mueble
serio de la habitación era la cama, de testero salomónico y fondo de red, y la
vasta mesa-escritorio, forrado por delante de un cuero de Córdoba que lucía los
encantadores tonos pasados y mates del oro, la plata, los rojos y azules que
suelen prevalecer en tan hermoso producto de la industria nacional. En el
centro, sobre un medallón de damasco carmesí rodeado de orlas de oro, estaba
pintado el montés blasón de los Moscosos, las cabezas de lobo, el pino y la
puente. Al hidalgo le servía la mesa para toda clase de menesteres y usos. Allí
picaba tabaco y liaba cigarrillos; allí amontonaba su escasa correspondencia, haciendo
oficio de prensapapeles una pistola de arzón inservible; allí tenía libros de
cuentas que no consultaba jamás, así como mazos de plumas de ganso y otras de
acero comidas de orín, al lado de una resma de papel sucio por las orillas ya,
aunque su virginidad estuviese intacta; allí rodaba la cajita de píldoras
contra el estreñimiento y el cajón de ricos hab{t.2-189}anos,
el rollo de bramante y la navaja mohosa; y cuando venía el tiempo de las
perdices y don Pedro intentaba reverdecer sus lauros cinegéticos, allí se
cargaban á mano los cartuchos y allí se limpiaban y atersaban á fuerza de
gamuza y aceite las mortíferas armas.
Mientras Gabriel y Perucho discutían cosas harto
graves en la estancia próxima, el hidalgo, recogido ya á la suya, entreteníase
en contar las rayitas que durante la jornada había hecho en una caña con el
cortaplumas. Cada rayita representaba una gavilla de trigo, y con este
procedimiento sabía á punto fijo la cantidad de gavillas majadas. Abierta
estaba la ventana, á causa del mucho calor, y por ella entraban las falenas
enamoradas de la luz á girar dementes sobre el tubo del quinqué: alguna vez un
murciélago negro y fatídico venía, revoloteando torpemente, á caer sobre la
mesa ó á batir contra un rincón del cuarto. En el cielo asomaba ya la luna,
triste é indiferente.{t.2-190}
La puerta se abrió con fragor y estruendo; el
hidalgo soltó su caña y miró... Casi en el mismo instante se deslizaba en el
corredor una sombra, un hombre que no hacía ruido al andar, por la plausible
razón de que llevaba los pies descalzos. Una de las cosas mejor montadas en las
aldeas—con mayor perfección que en los palacios, ó con mayor descaro por lo
menos—es el espionaje, y difícilmente hará un señor que vive rodeado de
labriegos cosa que ellos no olfateen y atisben, siempre que el atisbarla
convenga á sus miras ó importe á su curiosidad. Este dato se refiere sobre todo
al campesino de Galicia. Bajo el aspecto soñoliento y las trazas cariñosas y
humildes del aldeano gallego, se esconde una trastienda, una penetración y una
diplomacia incomparables, pudiéndose decir de él que siente crecer la hierba y
corta un pelo en el aire, si no tan aprisa, quizás con mayor destreza que el
gitano más ladino. A la perspicacia une la tenacidad y la paciencia; y si
tuviese también la energía y el arranque, de{t.2-191} cierto
no habría raza como esta en el mundo. En suma, lo que el gallego se empeña en
saber, lo rastrea mejor que el zorro rastrea el ave descarriada. Primero se
dejaría nuestro Gallo arrancar la cresta y la cola, que no ir á pegar el oído á
la puerta de los señores aquella noche memorable. Resignándose á la ignominia
de la descalcez, rondó el cuarto del comandante; pero ¡oh dolor! nada se oía:
el salón era extenso, y Gabriel precavido en cerrar y situarse. Ahora la cosa
mudaba de aspecto: el dormitorio del marqués era chico, y allí sí que no se
diría palabra que se le escapase al Gallo.
Una sola inquietud: ¿no saldría el comandante á
cogerle con las manos en la masa? Se arrimó á la puerta de Gabriel y le oyó
pasear arriba y abajo, con paso acelerado, indicio de agitación...—No sale!
dedujo el sultán: aguarda ahí por el otro!—Así era en efecto: Gabriel no quería
meter la mano entre la cuña y la madera, y esperaba impaciente, {t.2-192}pero esperaba.—Mis atribuciones no llegan á
tanto... decía para sí: allá se las hayan padre é hijo... Que se desengañe, que
se convenza... Ya veremos después.
Tranquilo por esa parte el sultán, volvió al
observatorio. Algo le estorbaba una vieja mampara, que reforzando la puerta,
apagaba el ruido de las voces. Con todo, las más altas le llegaban bien
distintas, y él no necesitaba otra cosa para coger el hilo del diálogo.
Acalorado, muy acalorado... Perucho preguntaba y el
señor de Ulloa daba explicaciones en tono brusco, á manera de persona que
confirma una verdad sabida y conocida hace tiempo... ¡Calle! aquí empieza el
asombro del Gallo... el mocoso del rapaz, en vez de alegrarse, se pone como un
potro bravo... Un genio tan maino como gasta siempre, y ahora
¡qué fantesía! Dios nos libre! Está diciéndole trescientas al
señor... Si éste lo toma por malas, se va á armar la de saquinte...
Le echa en cara que no lo reconoció desde pequeñito... {t.2-193}¡Se insolenta! Hoy hay aquí un terremoto... El
señor... no se oye cuasimente... de indinado que está, parece que le sale la
voz de dentro de una olla... ¿Y el rapaz? Ese berra bien... ¡ay lo que está
diciendo...! Que se va y que se va y que se va de esta casa arrenegada... Que
se larga aunque tenga que pedir limosna por el mundo adelante... Que más que se
esté muriendo el señor y lo llame para cerrarle los ojos, no viene, sino que lo
amarren con cordeles y lo traigan así codo con codo atado... Que se cisca en lo
que le deje por testamento, y que no quiere de él ni la hostia... ¡Ojo... habla
el señor... No se oye miga...! todo lo entrapalla con toser y con la rabia que
tiene... El rapaz!... Que bueno, que si le mandan la Guardia civil para traerlo
acá de pareja en pareja, que vendrá á la fuerza pero que se ahorcará con la
faja ó se tirará al Avieiro... Que de lo que gane trabajando le ha de enviar el
dinero que gastó con él, y que después no le debe nada, y ya lo puede aborrecer
á su gusto... Ahora el señor alborota... {t.2-194}Que
no lo tiente, que conforme lo hizo también lo deshace... que le tira á la
cabeza un demonio... Que maldito y condenado sea... Arre!
Esta última exclamación la lanzó para sí el Gallo,
porque estuvo á punto de ser aplastado segunda vez por la puerta, que el
montañés empujó furioso para salir, al mismo tiempo que voceaba, volviendo el
rostro hacia el interior del cuarto:
—Pues con más motivo le maldigo yo, y maldito sea
por toda la eternidad, amén. ¡Que no esté yo solo en el infierno!
Tan aturdido y ebrio salía, que ni reparó en la
presencia de una persona arrimada á la puerta. Corriendo se volvió á la
habitación del comandante, entró en ella... Bien quisiera continuar sus
investigaciones el sultán, pero ni el rumor más mínimo llegó á sus oídos: si se
hablaba allí, debía ser en voz muy queda,{t.2-195} lo
mismo que cuando se confiesan las gentes.
¡Bueno venía el Motín aquella
mañana; bueno, bueno! La caricatura, de las más chistosas; como que
representaba á don Antonio con una lira, coronado de rosas y
rodeado de angelitos; ¡y luego, en la sección de sueltos picantes, cada hazaña
de los parroquidermos y clericerontes! Aquello sí
que era ponerles las peras á cuarto. ¡Habráse visto sinvergüenzas! ¡Pues apenas
andarían ellos desbocados si no hubiese un Motín encargado de
velar por la moral pública y delatar inexorablemente {t.2-196}todas
las picardigüelas de la gente negra! ¡Si con Motín y todo...!
Juncal se regodeaba, partiéndose de risa ó pegando
en la mesa puñetazos de indignación, según lo requería el caso; pero tan
divertido y absorto en la lectura, que no hizo caso del perrillo acostado á sus
pies cuando ladró anunciando que venía alguien. En efecto entró Catuxa,
frescachona y vertiendo satisfacción al preguntar á su marido:
—¿Que no ciertas quien tay viene?
El alborozo de su mujer era inequívoco; el médico
de Cebre cayó en la cuenta al punto, y saltó en la silla dando al Motín un
papirotazo solemne y exclamando:
—¿Don Gabriel Pardo?
—¡El mismo!
—Mujer... ¡y no lo haces subir! Anda, despabílate
ya... No, voy yo también... ¡Qué mómara! ¡Menéate!
—Si todavía no llegó á casa, ¡polvorín! Vilo desde
el patio; viene de á caballo. ¡Y corre como un loco! ¡Parece que viene á apagar
un fuego!{t.2-197}
Máximo, sin querer oir más, bajó á paso de carga la
escalera, salió al patio, y como la llave del portón acostumbraba hacerse de
pencas para girar, la emprendió á puñadas con la cerradura; á bien que la
médica le sacó del paso, que sino, de puro querer abrir pronto, no abre ni en
un siglo. Y cuando la cabalgadura cubierta de sudor se detuvo y fué á apearse
el comandante, Juncal no se dió por contento sino recibiéndole en sus brazos.
Hubo exclamaciones, afectuosas palmadicas en los hombros, carcajadas de gozo de
Catuxa; y antes de preguntarse por la salud, ni de entrar bajo techado, ya se
le habían ofrecido al huésped toda clase de manjares y bebidas, insistiendo en
saber qué tomaría, hasta no dejarle respirar. La respuesta de Pardo
le llenó á la amable médica las medidas del deseo:
—De buena gana tomaré chocolate, Catalina, si no le
sirve de molestia... Ahora recuerdo que he salido de los Pazos en ayunas.
Solos ya, sentáronse en el banco de piedra, y
Gabriel dijo al médic{t.2-198}o que le miraba
embelesado de gratitud y regocijo:
—No me agradezca usted la visita; vengo á reclamar
sus servicios profesionales.
—¿Se le ha puesto peor el brazo? ¡Ya lo decía yo!
Con estas idas y venidas... No, y está usted algo... desmejorado, vamos; el
semblante... y eso que viene sofocado... Mucha prisa trajo, ¡caramba!
—¡Bastante me acuerdo yo de mi brazo! Si usted no
lo menta ahora... ¡Hay en los Pazos gente enferma...?
—¿En los Pazos? ¡Eso es lo peor! Pero ya sabe que
yo, desde las elecciones...
—Déjeme usted de elecciones... usted se viene
conmigo.
—Con usted, al fin del mundo; sólo que si luego
creen que me meto donde no me llaman...
—Pierda usted cuidado.
—¿Y quién está malo? ¿Es el marqués?
—Y su hija.
—¿Los dos?
Gabriel dijo que sí con la cabeza, y se qu{t.2-199}edó unos instantes pensativo, acariciándose la
barba. Realmente estaba pálido, ojeroso, abatido; pero le quedaba el aire de
viril resolución que tan simpático le hacía.
—Oiga usted, Juncal... ¿Puedo contar con usted?
¿Haría usted por mí algo que le pidiese? ¡No es cosa muy difícil!
—¡Don Gabriel! Me está usted faltando... ¡Voto al
chápiro...! ¡Por usted...! ¿Quiere... que organice un comité conservador en
Cebre?
—¡En política estaba yo pensando...! Lo primero
es... no decirle nada á Catalina. Que sepa que va usted á los Pazos, bien; que
va usted por la enfermedad de mi cuñado, corriente... Pero de la de mi sobrina,
ni esto. ¿Conformes?
—Hasta la pared de enfrente.
—Además... que nos marchemos cuanto antes.
—¿Y el chocolate?
—Pretexto para quitarnos de encima á la pobre
Catalina. No haga usted caso. Diga {t.2-200}que
es urgente echar á andar, y que en vez de chocolate, me contento con...
cualquier cosa bebida... ¿Leche, supongamos?
—Bueno... pero en mientras que arrean la yegua,
también está el chocolate listo.
—¡Se lo suplico... arréela usted al vuelo!
No bien acabó de manifestar este deseo, estaba el
médico en la cuadra, dando al rapazuelo que curaba de su hacanea las necesarias
órdenes. A los tres minutos volvía junto á Gabriel.
—Perdone, ya me doy prisa... pero es que no me ha
dicho qué casta de mal es la que anda por los Pazos, y no sé qué he de llevar
de medicamentos, instrumentos...
—Manuela sufre, desde ayer por la tarde, fuertes
accesos nerviosos... Pero muy fuertes... Convulsiones, lloreras,...
soponcios.... Desvaría un poco... yo creo que hay delirio.
—¡Bien! Mal conocido, herencia materna... Bromuro
de potasio. Por suerte lo tengo recién preparadito. ¿Y el... marqués?
—Ese no me parece que tenga cosa de cuidado...
Ahogos, la sangre arrebatada á la cabeza...
—¡Bah, bah! Coser y cantar... Me llevo la lanceta,
y le doy cuerda para un año... Le han acostumbrado desde muchacho á la sangría,
y aunque yo las proscribo severamente, uniendo mi humilde opinión á la de los
más ilustrados facultativos de Francia y Alemania... en este caso particular,
me declaro empírico. El hábito es...
—Por Dios.... Despachemos—exclamó Gabriel, que
parecía también necesitar bromuro, según la agitación, no por reprimida menos
honda, que se observaba en su rostro y movimientos. Conviene decir, en abono de
la excelente voluntad de Juncal, que para ninguna de sus correrías médicas se
preparó más brevemente que para aquella. Ni tampoco, desde que el mundo es
mundo, se ha sorbido más aprisa ni de peores ganas una taza de chocolate que la
presentada por Catuxa á Pardo... y cuidado que venía para abrir el apetito á un
difunto, por lo espumosa y aromática.{t.2-202}
—¡Tan siquiera un bizcochito, señor!—suplicaba
Catuxa.—Mire que están fresquitos de ahora, que cantan en los dientes... ¿Y el
esponjado? ¡Ay, que el agua sola mata á un cristiano! Señor... ¿y las tostadas?
—Cállate la boca ya—gritó Juncal
severamente;—cuando hay apuro, hay apuro... El marqués de Ulloa se encuentra
mal... y vamos allá á escape.
Cosa de un kilómetro se habrían desviado de Cebre,
cuando don Gabriel, ladeándose en la silla, preguntó á Juncal:
—¿Dice usted que es herencia materna lo de mi
sobrina?
—Sí señor, ¡en mi desautorizada opinión al menos!
La pobre doña Marcelina, que en gloria esté—masculló con gran
compunción el impío clerófobo—era nerviosísima y algo débil, y aunque la
señorita Manuela salió más robusta y se crió de otra manera muy distinta, en su
edad es la cosa más fácil... Habrá tenido cualquier rabieta... Pero no pase
susto, que ese no es mal de cuidado.{t.2-203}
Enmudeció el artillero, y por algunos minutos no se
oyó más que el trote de las dos yeguas sobre la carretera polvorosa. Gabriel
callaba reflexionando, con la quijada metida en el pecho; de aquellas
reflexiones salió volverse á Juncal y decirle con tono suplicante y persuasivo:
—Amigo Máximo, en esta ocasión espero de usted
mucho... Espero que me pruebe que efectivamente he encontrado aquí lo que tan
rara vez se tropieza uno por el mundo adelante: un amigo verdadero, de corazón.
—¡Señor de Pardo!—exclamó el médico, á quien
semejantes palabras cogían por su lado flaco—¡Bien puede usted estar
satisfecho—aunque la cosa no lo merece—de que ni á mi padre le tuve más
respeto, ni á mis hermanos los quise más que á usted! Desde que le ví me entró
una simpatía de repente... vamos, una cosa particular, que los diablos lleven
si la sé explicar yo mismo. A mi señora se lo tengo dicho: mira, chica, si te
da la ocurrencia de ponerte un día muy mala y quieres{t.2-204} médico,
que no sea el mismo día que me necesite don Gabriel... ¿Y luego, qué pensaba?
Pero si no me pide otra cosa de más importancia que darle bromuro á la
sobrina... para eso, maldito si...
—Las circunstancias—dijo Gabriel titubeando aún—son
tales, que yo necesito creer á pie juntillas lo que usted me asegura para no
perder el tino y desorientarme completamente. Voy á hablarle, á usted con
franqueza, como hablaría yo también á mi hermano...
—¿Pongo la yegua al paso? La de usted no lo
sentirá—preguntó Juncal, que oía con toda su alma.
—Sí... conviene salir cuanto antes del atolladero,
y que nos entendamos los dos.
—Hable con descanso, que así me arrodillasen para
fusilarme, de mi boca no saldría una palabra.
—Eso quiero: cautela y secreto absoluto por parte
de usted. Mi infeliz sobrina está desde ayer tarde en un estado de exaltaci{t.2-205}ón alarmantísimo. Yo creo que su razón se
oscurece algunas veces. Y entonces grita, llora, habla, desbarra, dice
enormidades que... que nadie debe oir, ¿lo entiende usted? ¡sino personas que
antes se dejen arrancar la lengua que repetirlas!
Juncal sacudió la cabeza gravemente, murmurando:
—¡Entendido!
—Los accesos—prosiguió el artillero—le dan con
bastante intervalo, y del uno al otro se queda como postrada y sin fuerzas.
Ayer ha tenido dos, uno á las cinco de la tarde y otro á las diez de la noche;
dormitó unas horas, y á las tres de la madrugada, el acceso más fuerte,
acompañado de una copiosa hemorragia por las narices; á las siete, se repitió
la función, sin hemorragia; y así que la dejé algo tranquila, suponiendo que
tendríamos al menos tres ó cuatro horas de plazo, me vine reventando la yegua...
y así que acabe la explicación la volveré á reventar, para llegar antes de que
el acceso se produzca. ¿Qué{t.2-206} opina
usted? ¿Le dará antes de mi vuelta?
—Señor don Gabriel, esperanza en Dios... Es
probable que no le dé. Según lo que usted me va contando, la neurosis de la
señorita tiene carácter epiléptico, y hay un poco de tendencia al desvarío...
Bien, ya puede hablar, que es como si se lo dijese á un agujero abierto en la
pared. Y... ¿Usted no sospecha algo de las causas de este mal tan repentino?
Enderezóse Gabriel en la silla, como afianzándose
en una resolución inevitable.
—Sin que yo se lo dijese, en cuanto llegue usted á
los Pazos se enterará de que allí han ocurrido ayer y anteayer sucesos
gravísimos... Basta para imponerle á usted el primero que encuentre, el mozo de
cuadra que recoja la yegua. Anteayer, de noche, mi cuñado sostuvo un altercado
terrible con... ese muchacho que pasaba por hijo de los mayordomos...
—Bien, bien... Ya estamos al cabo—indicó Juncal
guiñando el ojo...—Pero ¡qué milagro{t.2-207} enfadarse
con él! Si lo quería por los quereres.
—Mucho le quiere, en efecto; ¿de qué está malo hoy,
sino del berrinche? Pues... á consecuencia de la escena espantosa que se armó
entre los dos, el muchacho, que es testarudo y resuelto, arregló ayer mañana su
maletilla de estudiante, y ni visto ni oído... A pie se largó... y hasta la
fecha no se ha vuelto á saber de él.
Al ir narrando, fijábase don Gabriel en la
expresión del rostro de Juncal. Aunque éste procuraba no dejar salir á él más
pensamientos que los que no mortificasen ni alarmasen al artillero, no podía
ocultar la luz que iba penetrando en su cerebro y que no tardaría en ser
completa. La prueba es que exclamó como involuntariamente:
—Ah... ya.
—Sí—añadió Pardo con resignación:—desde que Manuela
supo la marcha de su... amigo...
—¿Y quién se la contó? ¿A que se lo encajaron de
golpe y porrazo... con todas las exageraciones?
—¡Lo mismito que usted lo piensa! La mayordoma...
—Que es una vaca...
—Se fué á abrazar con ella, llorando á gritos...
—A berridos, que es como lloran semejantes
bestias...
—Y le dijo que Perucho no volvía más; que se había
marchado decidido á embarcarse para América, y que iba tan desesperado, que era
fácil que le diese por tomar arsénico...
—Séneca, que le llaman así.
—En fin, le dijo... ¿Hace falta más explicación?
—¡Qué lástima de albarda, Dios me lo perdone, para
esa pollina vieja! Bueno, señor de Pardo; no añada más, no se moleste,
sosiéguese; ya estamos enterados de lo que conviene ahora. Tranquilizarle á la
niña el pensamiento... ¡todo lo posible...!
—Y en especial...{t.2-209}
—¡Basta, basta! En especial, silencio... y que los
curiosos se queden á la puerta... La curiosidad, para la ropa blanca. Fíese en
mí. ¿Al trote?
—Al galope, que es cuesta arriba.
Arrancaro{t.2-210}n las
dos yeguas alzando una polvareda infernal.
El sol había salido, y también el cura de Ulloa á
celebrar el santo sacrificio de la misa. Goros, medio en cuclillas ante la
piedra del hogar, con las manos fuertemente hincadas en las caderas, el cuerpo
inclinado hacia delante, los carrillos inflados y la boca haciendo embudo,
soplaba el fuego, al cual tenía aplicado un fósforo. Y á decir verdad, no se
necesitaba tanto aparato para que ardiesen cuatro ramas bien secas.
Ladró el mastín en el patio, pero con ese{t.2-211} tono falsamente irritado que indica que
el vigilante conoce muy bien á la persona que llega, y ladra por llenar una
fórmula. En efecto, cansado estaba el Fiel de contar en el
número de sus conocidos al madrugador visitante. Como que, siendo aquel todavía
cachorro, éste se había encargado de la cruenta operación de cercenarle la
punta del rabo y la extremidad de las orejas.
Venía el atador de Boán con el estómago ayuno de
bebida, pues acababa de dejar la camada de paja fresca con que aquella noche le
había obsequiado el pedáneo; y si esta narración ha de ser del todo verídica y
puntual, conviene advertir que llevaba el propósito de matar el gusanillo en la
cocina del cura. Lo cual prueba que el señor Antón no estaba muy al tanto de
las costumbres severas y espartanas del incomparable Goros, incapaz de tener,
como otros muchos de su clase, el frasquete del aguardiente de caña oculto en
algún rincón. Es más: ni siquiera por cortesía ofreció un tente-en-pie,
un taco de {t.2-212}pan y algo
de comida de la víspera, y se contentó con responder secamente:—Felices nos los
dé Dios—al saludo del algebrista. La razón de esta sequedad era una razón
profunda, seria y digna del temple de alma de Goros. Allá en su conciencia de
creyente á macha martillo y de persona bien informada en lo que respecta al
dogma, Goros tenía al señor Antón por un endemoniado hereje, acusándole de que,
merced al trato con las bestias, no diferenciaba á un cristiano de un animal,
ni siquiera de una hortaliza, y que para él era lo mismo una ristra de
ajos, con perdón, que el alma de una persona humana. En las discusiones del
ateneo de los Pazos, Goros tenía siempre pedida la palabra en contra, y así que
el algebrista se descolgaba con una de sus atrocidades, allí estaba el criado
del cura hecho martillo de herejes, confutando las proposiciones panteísticas
que el alcohol y el atavismo ponían en los sumidos labios del componedor de
Boán.
—¿Vienes á ver los animales?—preguntó{t.2-213}le aquella mañana desapaciblemente.—Están bien
lucidos. San Antón por delante. No tienen falta de médico.
—Vengo á me sentar... que el cuerpo del hombre no
es de madera, y á las veces cánsase también.
—Bueno, ahí está el banco.
—¡Quién como tú!—suspiró el algebrista, quitándose
el sombrero de copa alta y poniéndolo entre las rodillas.—¡Hecho un canónigo,
carraspo! Así te engordan los cachetes, que pareces fuera el alma el marrano
del pedáneo cuando lo van á matar.
—Sí, sí, vente con endrómenas... Si hablases de
otros criados de otros curas diferentes, de todos los más que hay por el mundo
adelante, que revientan de gordos y de ricos... á cuenta de los malpocados de
los feligreses... Pero este mi señor, que antes de la hora de la muerte ya ha
entrado de patas en la gloria, nunca tiene sino necesidades y pobrezas, y si el
criado fuese como los vagos y lambones que andan de casa{t.2-214} en
casa á la chupandina del jarro y del pisquis de caña... ¡ya le quiero yo un
recadito!
—¡Mal hablado! Aun siquiera una gota te pedí.
—Buena falta hace que me la pidas. Conozco yo las
entenciones de la gente...
Echóse á reir el algebrista, pues no era él hombre
que se formalizase por tan poco. De oirse llamar borrachón y pellejo estaba
harto, y esas menudencias no lastimaban su dignidad. Al contrario, dábanle
pretexto para explayarse en sus favoritas y perniciosas filosofías.
—Bueno, carraspo, bueno; el hombre tampoco es de
palo y ha de tener sus aficiones... quiérese decir, sus perfirencias. Y sino
¿para qué venimos á este mundo recondenado? A la presente estamos aquí
platicando los dos; pues cata que sale una mosca verde del estiércol y te
pica... el caruncho sea contigo, y acabóse; ya puede el señor
cura plantarse aquellos riquilorios negros con la cinta {t.2-215}dorada. Que pasa un can con la lengua de
fuera, un suponer, y te da una dentada... pues como no te acudan con el hierro
ardiendo, ó no te pongan la cabeza de un conejo en vez de la tuya, que dice que
es ahora la última moda de Francia para la rabia...
—Vaya á contar mentiras al infierno—exclamó Goros
furioso, destrozando en menudos fragmentos una onza de chocolate, pues el agua
hervía ya en la chocolatera.—No sé cómo Dios no manda un rayo que te parta,
cuando dices esos pecados de confundirnos con las bestias, Jesús mil veces!
—¡Si ya anda en los papeles! A fe de Antón,
carraspo, que no te miento.
—Los papeles son la perdición de hoy en día. Los
que escriben los papeles, más malvados aún que las amas de los clérigos.
—Asosiégate, hombre, que tú no has de arreglar el
mundo, ni yo tampoco. Lo que se quiere decir, es que para cuatro días que
tenemos de vida, no debe un hombre privarse de lo que le gusta, en no haciendo
daño á sus desemejantes.{t.2-216}
—Como los cerdos, con perdón, ¿eh?—vociferó Goros
en el colmo de la indignación, mientras buscaba por la espetera el
molinillo.—¿Como los marranos? ¿Comer, dormir, castizar, y luego á podrirse en
tierra? Calle, calle, que hasta parece que se me revuelve el estómago.
Lo que se revolvía era el chocolate, bajo el
vertiginoso girar del molinillo en la chocolatera. El cura de Ulloa padecía
debilidad, y necesitaba que en el mismo momento de llegar de la iglesia le
metiesen en la boca su chocolate, fuese en el estado que fuese; por lo cual
Goros acostumbraba tenerlo listo con anticipación, y el señor cura tomarlo
detestable.
—Yo no sé qué diferentes son de los marranos los
hombres, carraspo—blasfemó el algebrista.—Tras de lo mismo andan; el comer, el
beber, las mozas... Al fin, de una masa somos todos...
—¡No sé cómo Dios aguanta á este empío en el mundo!{t.2-217}
—¿Y yo qué mal le hago á Dios, por si es caso? ¡De
quien se ríe Dios es de los bobos que se están aunando y con flatos y pasando
mala vida! ¿Para quién hizo Dios,—vamos á ver, responde, cristiano,—para quién
hizo Dios las cosas buenas, el vino, y más la comida, y más las muchachas de
salero? ¿Las hizo Dios, sí ó no? Pues si las hizo, no será para que nadie las
escupa. Y si alguien las escupe, se ríe Dios de él, ¡carraspo y carraspiche!
—Si le oye mi señor, le echa con cajas destempladas
de la cocina.
—¿No va en los Pazos el señor abad?—preguntó el
algebrista, mudando de tono, y como quien pregunta algo serio.
—¿En los Pazos? No, va en misa.
—Pues dice que lo van á llamar de los Pazos.
—¡Milagro! ¿Para qué será?
—Para echarle los desconjuros y los asperjes á la
señorita Manola, que tiene el ramo cativo, y para darle la
esterminación á don Pedro, que está en los últimos.{t.2-218}
—¿Quién le dijo todo eso?
—El estanquero de Naya. Allá estive de noche.
—Pues es una mentirería descarada. Ayer noche fuí á
los Pazos á ver qué sucedía. También me lo encargó el señor abad. Y ni la
señorita Manola está endemoniada, ni el marqués tan malo.
—El haber hay en la casa un rebumbio de dos mil
júncaras. ¿Hay ó no?
—Rebumbio lo hay, eso es como el Evangelio; pero
eusageran, que no es tanto.
—¿Y será mentira también el cuento de lo que pasó
con el Perucho, el hijo de la Sabel? Por Naya anda el cuento más corrido, ¡que
no sé!
—Largó de casa, y no se sabe á derechas el motivo.
Ese es el caso.
La fisonomía del algebrista, truhanesca y socarrona
como ella sola, se contrajo y arrugó con el más malicioso gesto posible.
—El motivo... Endrómenas, carraspo... {t.2-219}Unos dicen de una manera, otros de la otra, y
tú vete á saber la verdá...
—La verdá sólo Dios—sentenció Goros...
—Ó el diaño, que inda es más listo. Pues señor, que
dicen unos que la señorita tuvo un disgusto grandísimo con el padre, á que
había de echar de casa al Perucho, y que hasta que lo echó no paró. Otros que
ese señor que está ahí... ¡ese de los cuatro ojos!
—Ya sé. El hermano de la difunta señora.
—Que fué quien porfió por echar á Perucho, porque
quiere casarse con la señorita... y así que supo que don Pedro le dejaba
cuartos por testamento, amenazó á Perucho de matarlo y por poco lo mata...
hasta que se tuvo que largar con viento fresco. Que otros... (aquí el guiño se
hizo más malicioso) que si andaban, si no andaban, si el Perucho y la Manola y
el otro y todos... ¡El diablo y más su madre! El cuento es que juraban que el
señor no salía de esta... que estaba gunizando... y que tenían llamado al médico
de Cebre, aquel con quien riñeran por mor de las eleuciones...
Goros sacó en esto la chocolatera del fuego{t.2-220}, porque ya había dado los dos hervores de
rúbrica; y meneando la cabeza con aire filosófico, pronunció:
—Ni por ser rico... ni por ser señor... ni por por
poca edá... ni por sabiduría... Cuando llega la de pagar la gabela de las
enfermedades y de las desgracias y de la muerte negra...
El algebrista callaba, como el que no tiene ganas
de armar disputa otra vez, y picaba con la uña, de una gruesa tagarnina,
cantidad bastante para liar un papelito. Así que lo hubo liado, se encasquetó
la monumental chistera, y acercándose al fogón, murmuró con tonillo insinuante:
—¿Con que no das ni una pinga?
—No gasto—respondió el criado del cura áspera y
lacónicamente.
—Da entonces lumbre para el cigarro, que no te
arruinará, cutre, sarnoso.
Goros le alargó un tizón, y el componedor, con un
cigarrillo en el canto de la boca, salió rezongando un
—¡Conservarse!{t.2-221}
Creyóse el perro en el compromiso de soltar un
ladrido de alarma al ver salir al señor Antón; mas de allí á dos minutos,
rompió á ladrar con verdadero frenesí, con ese bronco ladrido, casi trágico,
que es aviso y reto á la vez. Goros se lanzó fuera y se halló, á la puerta{t.2-222} del patio, con el señor de los cuatro
ojos.
—¿El señor cura? ¿Está en casa?
—¡Ay señor! Va en la misa... ya hace un bocadito
que salió.
—¿Tardará mucho?
—¿Quién es capaz de saberlo? La misa se despabila
pronto; solamente que después, si le da la gana de ir á rezar al camposanto...
lo mismo puede tardar media hora que una. Si quiere, voy á buscarlo en un
instante.
—Nada de eso... Déjele usted que rece. No tengo
prisa; esperaré.
—¡Quieto, can! ¡Quieto, arren{t.2-223}egado!
Pase, éntre, haga el favor de subir.
Pasábase por la cocina para llegar á la sala del
cura, sala que hacía oficio de comedor, y se reducía á cuatro paredes
enyesadas, una mesa vieja con tapete de hule, una Virgen del Carmen de bulto,
encerrada en su urna de cristal y caoba, y puesta sobre una cómoda asaz
ventruda y apolillada, y media docena de sillas de Vitoria. Goros se deshacía
buscando y ofreciendo la menos desvencijada y vieja.
—Gracias, estoy muy bien—afirmó el artillero
después de tomar asiento;—no deje usted sus quehaceres, amigo; váyase á
trabajar.
La verdad es que deseaba estar solo, como todos los
que lidian con preocupaciones muy serias. Pesado silencio llenaba la salita, y
lo interrumpía sólo el zumbido de un moscardón, que se aporreaba la cabeza
contra los vidrios de la ventana. Gabriel Pardo acercó su silla á la mesa, y
apoyando en ésta los codos, dejó caer sobre las palmas de las{t.2-224} manos la frente, experimentando algún
consuelo al oprimirse los párpados y las sienes doloridas. Ni él mismo sabía
por qué, después de dos ó tres días de febril actividad, de lucha encarnizada
con una situación espantosa, le entraba ahora tan inmenso desaliento, tales
ganas de echarlo todo á rodar, meterse en un coche y volverse á Santiago, á
Madrid...
Tres noches llevaba sin dormir y tres días sin
comer casi, y tal vez por culpa de la vigilia y abstinencia le parecía en aquel
instante que su cerebro estaba reblandecido, y que sus ideas eran como esos
círculos que hace en el agua la piedra arrojadiza; no tenían consistencia
alguna. A fuerza de encontrarse frente á frente, de lidiar cuerpo á cuerpo con
uno de los problemas más tremendos que pueden acongojar á la razón humana, ya
había perdido la brújula, y el desbarajuste de su criterio le amedrentaba.—Vamos
á ver (y era la centésima vez que repetía aquel soliloquio mental). Aquí se han
tronzado moralmente dos existencias; se les ha estropeado la vida{t.2-225} á dos seres en la flor de la edad. Los
dos se causan horror á sí mismos; los dos se creen reos de un crimen, de un
pecado espantoso... y los dos, bien lo veo, seguirán queriéndose largo tiempo
aún. ¿Son delincuentes en rigor? Por de pronto, que no lo sabían; pero
supongamos que lo supiesen, y así y todo... No, dentro de la ley natural, eso
no es crimen, ni lo ha sido nunca. Si en los tiempos primitivos, de una sola
pareja se formó la raza humana, ¿cómo diantres se pobló el mundo sino con eso?
¡Ea, se acabó; está visto que yo no tengo lo que llaman por ahí sentido moral!
¡A fuerza de lecturas, de estudiar y de ejercitar la razón, me he acostumbrado
á ver el pro y el contra de todas las cosas... Me he lucido! Lo que la
humanidad encuentra claro como el agua, lo que un niño puede resolver con las
nociones aprendidas en la escuela, á mí me parece hondísimo é insoluble... Sólo
en el primer momento, guiado por mi instinto, procedo con lógica; así cuando
quería matar á Perucho; entonces era yo un {t.2-226}hombre
resuelto, no un divagador miserable; pero ¿cuánto me dura á mí esa fuerza, esa
convicción? Diez minutos; el tiempo que tardo en echarme á filosofar sobre el
asunto y empezar con porqués, con atenuaciones, indulgencias y tolerancias...
¡El cáncer que me roe á mí es la indulgencia, la indulgencia! ¿Me casaría yo,
aunque fuese lícito, con una de mis hermanas? No, y estoy disculpando el
incesto. Como aquella vez que encontré mil excusas á la cobardía del famoso
Zaldívar, el que se guardó varios bofetones y no quiso batirse... ¡y luego tuve
que echármelas yo de matón para que no se figurasen que defendía causa propia!
Aún me río... ¡Cómo me puse cuando el otro botarate de Morón me dijo con mucha
soflama que era cómodo tener ciertas teorías á mano...! Aún se deben acordar en
el café de la que allí se armó... ¡Ay, y qué cansado estoy de estas
dislocaciones de la razón, de este afán de comprenderlo y explicarlo todo! La
calamidad de nuestro siglo. Quisiera tener el{t.2-227} cerebro
virgen, ¡qué hermosura! ¡Pensar y sentir como yo mismo; con energía, con
espontaneidad, equivocándome ó disparatando, pero por mi cuenta! Ese montañés
me ha inspirado simpatía, cariño, envidia, admiración. Él se cree el hombre más
infeliz de la tierra, y yo me trocaría por él ahora mismo... ¡Con qué
sinceridad y entereza siente, piensa y quiere! Vamos, que ya daría yo algo por
poder decir con aquella voz, aquel tono y aquella energía:—¿Soy algún perro
para no creer en Dios?
Gabriel se oprimió más las sienes. El moscardón
seguía zumbando y golpeándose, incansable en su empeño de romper un vidrio con
la cabeza para salir al aire y á la libertad que desde fuera le estaban
convidando. Levantóse Pardo, deseoso de librarse, con la acción, de la tortura
de aquellas cavilaciones estériles y mareantes. Púsose á pasear de arriba abajo
por la sala, escuchando el crujido de sus botas nuevas, unas botas de becerro
blanco encargadas para{t.2-228} la expedición
al valle de Ulloa. Se paró ante la urna de la Virgen del Carmen, y la miró
atentamente, reparando en su corona, en la inocente travesura de los ojos del
niño, en la forma del escapulario... ¡De veras que ya iba tardando el cura!
Sentía Gabriel esa necesidad de movimiento que entretiene la impaciencia. Salió
á la cocina, donde Goros mondaba patatas; y abriendo la petaca, le ofreció
cordialmente un cigarro. El criado del cura se puso de pie, sonrió
complacientemente y se rascó el cogote detrás de la oreja, ademán favorito del
gallego cuando delibera para entre sí. Gabriel adivinó.
—¿No fuma usted?
—No señor, no gasto, hase de decir la verdad. Dios
se lo pague y la Virgen Santísima y de hoy en un año me dé otro.
—¡Pues si no le he dado á usted ninguno!
—La entención es lo que se estima, señor. No se le
va el tiempo; con su permiso, cumple avisar al señor abad.{t.2-229}
—No, hombre; si ya no es posible que tarde mucho.
Tiene el abad una casita muy mona... ¿Produce mucho el huerto?
—No señor, apenas nada... ¿Quiere molestarse en ver
cuatro coles?
—Si usted no tiene ocupación precisa...
—Jesús, señor... Venga por aquí. (Goros tomó la
delantera.) Esto es una poquita cosa que yo la trabajo cuando tengo vagar...
(Encogiéndose de hombros con aire resignado.) Porque el señor abad... ¡mi alma
como la suya! no mete un triste jornalero, y yo á veces me levanto antes de ser
día, y con un farol en la mano voy cuidando... Y todo me lo come el verme...
Obligaba la cortesía á Gabriel á fijarse en un
repollo comido de orugas, un tomate que rojeaba, un pavío chiquito, enfermo de
un flujo de goma, y un peral muy cargado ya. Luego entraron en la corraliza
donde se ofrecía á los ojos un cuadro de familia interesante. Era una marrana
soberbia en medio de su ventregada de guarros, los más rosad{t.2-230}os y lucios que pueden verse. La madre vino á
frotarse cariñosamente contra Goros; pero al ver á Gabriel gruñó con recelo y
echó al trote, seguida de sus críos, hacia la pocilga. Goros la llamó con
cariñosos apelativos, diminutivos y onomatopeyas, para sosegarla.
—Quina, quiniña... cuch, cuch, cuch...
—¡Qué grande es y qué hermosa!—observó Gabriel para
lisonjear la vanidad de Goros.
—Es muy hermosísima, sí señor; y eso que está
chupada de criar. Cuando se cebe tendrá con perdón unas carnes y unos
tocinos... como los del Arcipreste de Boan. ¿Le conoce, señorito?—exclamó el
criado, que ya estaba rabiando por vaciar el saco de las chanzas irreverentes.
—Algo—respondió Gabriel sonriendo.
—¿Y no le parece, dispensando usté, que se la
podíamos enviar de ama?—añadió Goros señalando á la puerca. Como Gabriel no
celebró mucho el chiste, Goros mudó de estilo.
—¿Ve los que tiene?—dijo enseñando los {t.2-231}cochinillos.—Pues á todos los ha criado... Es
el segundo año que cría... Aquel ya es hijo suyo—añadió mostrando en un rincón
de la corraliza un cerdazo corpulento, pero con un aire hosco y feroz que
recordaba al jabalí montés.—Matamos el cerdo viejo por Todos los Santos... y
quedó ese para padre.
Mientras Gabriel consideraba á aquel Edipo de la
raza porcuna, un gracioso animal vino á enredársele entre los pies: era una
paloma calzuda, moñuda, de cuello tornasolado donde reverberaban los más lindos
colores; giraba arrullando, y su ronquera era honda, triste y voluptuosa á la
vez. Gabriel se inclinó hacia ella, y el ave, sin asustarse mucho, se limitó á
desviarse unos cuantos pasos de sus patitas rosadas.
—¿Hay palomar?—preguntó Pardo.
—No señor... (El criado estregó el pulgar contra el
índice, como indicando que no sobraba dinero para meterse en aventuras.) Pero
el señor abad... como Dios lo dió tan blando de corazón... y como las palomas
le gustan..., mantiene á las de tod{t.2-232}os los
palomares de por ahí, y siempre tenemos la casa llena de estas bribonas....
Siquiera sacamos un par de pichones para asarlos; aquí no vienen sino á llenar
el papo y marcharse.... ¡Largo, galopinas!—añadió dirigiéndose á varias que
desde el tejado descendían á la corraliza volando corto.—¡Ay señor!—añadió el
criado tristemente:—es mucho gusto servir á un santo... ¡pero también... los
trabajos que se pasan para ir viviendo acaban con uno! Aquí no se cobran
derechos.... aquí los feligreses se ríen del señor, y no traen ni huevos, ni
gallinas, ni fruta, ni nada... aquí la fiesta del Patrón, como si no la
hubiera... Aquí se guarda el tocino y la carne para los enfermos de la
parroquia, y nosotros pasamos con berzas y unto!
Latió el perro de alegría; abrióse la puerta del
patio que comunicaba con la corraliza, y apareció el cura flaco, sumido de
carnes, encorvado, canoso, de ojos azules muy apagados, {t.2-233}vestido con una sotanuela color de ala de
mosca, pero limpia. Gabriel se descubrió, se adelantó, y antes de saludarle
incli{t.2-234}nóse y le estampó un gran beso en la
mano.
Para hablar á su gusto y sin temor de que ningún
oído indiscreto sorprendiese la conversación, se encerraron en el dormitorio
del cura, que parecía celda. Como no había más que una silla, Gabriel se sentó
en el poyo de la ventana. Y charló, charló, desahogando su corazón y aliviando
su cabeza con el relato circunstanciado de toda la tragedia ocurrida en la casa
señorial. El cura le oía sin levantar los ojos del suelo, con las manos puestas
en las rodillas, cogiéndose á veces la barba como para reflexionar, y á veces
moviendo los{t.2-235} labios lo mismo que si
hablase, pero sin pronunciar palabra ninguna. De tiempo en tiempo carraspeaba
para afianzar la voz, costumbre de todos los que han ejercitado el
confesonario, y hacía una pregunta, contrayendo la boca al decir las cosas
graves. Gabriel respondía clara, explícita, llanamente: jamás recordaba haber
tenido tal satisfacción y tan provechoso desahogo en confiarse y desnudarse el
alma.
—Y dice usted—interrogó el cura—que ese desdichado
está ya bien lejos de aquí? La separación es lo primero que importa.
—Sí, padre. Yo le proporcioné dinero; yo le consolé
lo mejor que supe; yo le acompañé hasta la diligencia, y le dí carta para una
persona de Madrid que inmediatamente que llegue le colocará de dependiente en
una tienda. Le conviene trabajar, para que se le quiten de la cabeza las
cavilaciones. Y no tenga usted miedo, que no le dejaré de la mano. Me considero
obligado á eso y además me ha dado tanta lástima! {t.2-236}Le
aseguro á usted que iba cobrándole cariño.
—¿Y usted.... no sospecha con qué objeto quiere
verme la señorita Manuela?
—Quiere confesarse, ó cosa semejante; quiere....
¿Qué ha de querer la pobrecilla? Imagínese usted.... Consejo, luz; ¡que la
ayuden á salir del pozo en que cayó hace cuatro días! El mal ha cedido; bien lo
decía el médico de Cebre, que el daño físico era poca cosa y fácilmente se
vencería. Ya no hay convulsiones, ni querer batir con la cabeza contra la
pared, ni aquello de llamar á gritos á Perucho y acusarse en voz alta de los
más horribles delitos.... Figúrese usted que hasta dijo que ella había matado á
su madre. Así es que la tuvimos secuestrada, sin permitir que en el cuarto
entrase nadie.... ¡y ojalá hubiésemos empezado por ahí, desde que Perucho se
marchó! Entonces no le hubieran contado.... ¿No le parece á usted una fatalidad
que supiese el parentesco que la une á aquel infeliz? Han cargado su conciencia
de negras sombras{t.2-237}; la han torturado con
remordimientos que pudieron ahorrársele del todo.... la han colocado á dos
dedos de la locura!
—Me parece que no está usted en lo cierto, señor
don Gabriel—respondió lentamente el cura de Ulloa.—Si la niña ignorase que hay
entre ella y el hijo de Sabel un obstáculo eterno é invencible, le seguiría
amando y no veríamos nunca extinguida la pasión incestuosa. Estas desgracias
tan terribles provienen cabalmente de no haberle abierto los ojos á tiempo:
¡tremenda responsabilidad para los que estaban obligados á velar por ella! Dios
se lo perdone en su infinita misericordia.
—Me coge de lleno esa responsabilidad, padre. Yo
debí venir antes á conocer á la hija de mi pobre hermana, á saber cómo vivía,
cómo la educaban. Nada de eso hice, y será un remordimiento que me ha de durar
tanto como la vida. Y usted, usted que es un santo....
—Señor de Pardo, no me abochorne. So{t.2-238}y el último y el más miserable pecador.
—Bien, pues usted.... que es un malvado!—exclamó
sonriendo cariñosamente el artillero,—¿no tuvo ocasión de insinuarle.... no se
confesaba la niña con usted?
—Algún año por el Precepto.... Confesiones á
escape, en que no es posible echarle la sonda á un alma y ver lo que tiene
dentro. Todo lo han descuidado en esa pobrecita, hasta los deberes religiosos,
y si hay en ella bondad y honradez....
—¡Ya lo creo que la hay...!—protestó Gabriel con
viveza.
—Será por virtud natural y por misericordia de
Dios... Nada le han enseñado; la han dejado vivir entregada á sí misma, por
montes y breñas como los salvajes. Ha caído muy hondo; pero ¿cómo no había de
caer? Al borde del abismo la empujaban!
—¿Cómo es que no la veía usted más á menudo? Usted
que tanto quiso á su madre?
La fisonomía del cura se animó y alteró un tanto.
Gabriel le había observado desde u{t.2-239}n
principio, y notado que el cura de Ulloa, ahora como en la primer entrevista,
parecía llevar sobre las facciones una máscara, una especie de barniz de
impasibilidad, austeridad y desasimiento, que le daba gran semejanza con
algunas pinturas de santos contemplativos que andan por las sacristías. La
expresión se había recogido al interior, por decirlo así; los ojos, muy sumidos
bajo el convexo párpado, miraban positivamente para dentro. Eran sus trazas
como de hombre que huye de la vida de relación y se concentra en su
pensamiento, procurando envolverse en una especie de mística indiferencia por
las cosas exteriores, que no es egoísmo porque no impide la continua disposición
del ánimo al bien, sino que parece coraza que protege á un corazón
excesivamente blando contra roces y heridas. La forma cristiana de la
impasibilidad estoica. Pero ante la directa pregunta de Gabriel, quebrantóse la
tranquilidad del cura: un leve matiz rojo le tiñó las mejillas, {t.2-240}y brillaron sus apagados ojos. No debía de ser
tan flemático, en el fondo, el bueno del abad.
—No señor—pronunció más aprisa y en tono algo
agitado.—Le hablaré á usted con franqueza absoluta, por ser usted quien es y
por el caso extraordinario en que estamos... Hace muchos años que yo no
frecuento la casa de los Pazos, en que tuve la honra de ser capellán, parte por
el carácter de su señor hermano político de usted (todos tenemos nuestros
defectos, nuestras rarezas), parte porque me traían aquellas paredes
recuerdos... bastante tristes. De esto no necesitamos hablar más. Respecto á la
niña, mire usted... Cuando era pequeñita, puede decirse que recién-nacida, le
tenía yo cobrado un cariño... un cariño que no sé: muy grande podrá ser el amor
de los padres para sus hijos, pero lo que es el que yo tenía al angelito de
Dios, es una cosa que no se puede explicar con palabras. Como luego me fuí de
aquí y tardé bastante tiempo en volver (hasta que me presentaron para este
curato), pude{t.2-241} meditar y considerar las
cosas de otro modo, con más calma; y entonces evité ver mucho á la niña, por no
poner el corazón en cosas del mundo y en las criaturas, que de ahí vienen
amarguras sin cuento y tribulaciones muy grandes del espíritu... El que se
casa, bien está y justo es que quiera á sus hijos sobre todas las cosas,
después de Dios; pero el sacerdote, y en especial el párroco, ha de ser padre
de todas sus ovejas, pues tal es su oficio... y no amar mucho en particular á
nadie, para poder amar á todos, y amarlos no en sí, sino en Cristo, que es el
modo derecho. Así he creído que debía hacer, señor de Pardo... En cuanto al
motivo, no pienso haber errado; pero, á poder prever los acontecimientos y el
peligro de la niña, debí proceder de otro modo. Yo, que estaba cerca, soy
muchísimo más delincuente y reo de descuido que usted que estaba lejísimos y no
podía razonablemente suponer que corriese Manuela ningún riesgo teniendo al
lado á su padre.
—Pues ahora—exclamó Gabriel—se me{t.2-242} figura que nada remediamos con andar
volviendo la vista atrás y lamentar lo ocurrido. El lance es espantoso; á
hacerle cara, y á reparar en lo posible (hablo por mí) el delito de que somos
reos. Yo tengo aquí en esta mano la reparación. Lo que necesita ahora mi
sobrina, es rehabilitarse á sus propios ojos; es volver á estimarse á si misma;
es reconciliarse con su propia conciencia. Es muy joven, muy inexperta, muy
sencilla, ya por efecto de su carácter, ya de sus hábitos; y cree haber
cometido uno de esos crímenes horribles que la hacen acreedora á que caiga
sobre su cabeza el fuego del cielo, que abrasó á los habitantes de las cinco
ciudades aquellas... Cuando no se ha vivido, señor cura, no es posible tener
idea exacta de la magnitud y trascendencia de nuestros actos, ni del grado de
responsabilidad que nos toca en ellos; así es que la pobre chica, no le quiero
á usted decir ni cómo se trata á sí misma, ni las cosas que se llama, ni las
culpas que se echa, ni las atrocidades que ensarta sobr{t.2-243}e
el tema de que se quiere morir, de que no estará tranquila hasta que le canten
el responso, ¡y otras mil cosas análogas! Desde que ha pasado el acceso
nervioso, permanece calladita y vuelta de cara á la pared, y sólo se le saca de
cuando en cuando un—¡Ay Jesús... ay Jesús... yo me quiero confesar...!—pero, en
resumidas cuentas, el estado de ánimo entonces y ahora es el mismo, y aquí no
hay más que una solución: tranquilizar, calmar, restaurar ese espíritu. Yo lo
he intentado por todos los medios; pero á mí no me oye ni me atiende, mientras
que á usted le llama... Su sagrado prestigio de usted lo puede todo en esta
ocasión.
—Cuanto de mí dependa...
—Y de mí; ¿no ha entendido usted aún? Lo diré más
claro. Hágale usted comprender que nada ha perdido, que no está ni infamada ni
maldita, una vez que su tío, persona decente por los cuatro costados, la pide
por mujer, la quiere con todo su corazón, y está dispuesto á ser para ella
cuanto le negó{t.2-244} la suerte hasta el día:
padre, madre, hermano, protector, esposo amantísimo... que con todos estos
cariños diferentes la sabré querer yo.
Reinó en la celdita prolongado silencio. El cura
recobraba su expresión tranquila; reflexionaba. Por último, interrogó:
—¿Usted se casaría con ella, sin reparar...?
—Sin reparar en lo sucedido.
—Y nunca...
—Y nunca se lo había de traer á la memoria.
—Según eso, ¿está usted... prendado de su sobrina?
—No señor. Prendado, no, según suele entenderse esa
palabra. La quiero; y además pago una deuda.
—No desmiente usted la buena sangre, señor don
Gabriel... Alguien le estará á usted dando las gracias y
pidiendo por usted desde el cielo.
—No—respondió Gabriel levantándose—si aquí quien ha
de hacer el milagro es usted...{t.2-245} Mi
destino y el de Manuela están en sus manos.
—En las de Dios—respondió fervorosamente el cura de
Ulloa. Dicho esto, se levantó, volvió la vista hacia una detestable litografía
del Corazón de Jesús, que tenía colgada á la cabecera de la cama, {t.2-246}y movió los labios aprisa; aquello sí era
rezar.
A tiempo que el párroco de Ulloa cruzaba, sereno en
apariencia, aquellos salones tan poblados para él de memorias y de diabólicas
insidias y asechanzas contra su reposo, Juncal salía del cuarto de la enferma.
A la pregunta ansiosa de Gabriel, el médico dió respuesta sumamente
satisfactoria:
—Mejor, mucho mejor... Se ha comido la patita de la
gallina, toda entera... Se bebió un vaso de tostado...
—¿Por su voluntad?
—No; tuve que rogarle mucho, pero des{t.2-247}pués se veía que lo despachaba sin
repugnancia. A esa edad, la naturaleza ayuda... Señor abad; ¡felices!
—Igualmente, don Máximo... ¿De manera que no hay
inconveniente en entrar junto á ella?
—Al contrario... tiene afán por verle á usted.
—Pues señores... hasta luego.
Así que el cura desapareció tras la puerta del
cuarto, Juncal enganchó el brazo derecho en el del comandante, y le llevó hacia
el claustro, diciendo afectuosamente:
—Véngase, véngase á tomar un poco el aire... usted
va á salir de esta batalla con una enfermedad. Duerme y come tan poco como la
enferma, y eso no puede ser... A ella la sostuvo hasta hoy la excitación
nerviosa; usted está en diferente caso.
—Bch... ¿Cómo sigue don Pedro? No voy allá porque
se pone hecho un lobo cuando me ve... ¡La manía de que yo he venido á traer la
desgracia á esta casa!{t.2-248}
—Mire, seguir no le sigue peor; mañana ó pasado se
levantará, y parecerá muy fuerte; pero... confieso que me ha dado un chasco.
Físicamente (consiste en la diferencia de edades) le ha hecho la cosa más eco
que á la muchacha... Ha sido un golpe terrible. Y que nada; que no se
acostumbra á que el chico se haya marchado. Hasta los jabalíes del monte
quieren á sus cachorros; esto lo prueba.
—Bonita está esta casa. Dígole á usted, Máximo, que
arde en un candil. No hablemos de Manuela; pero entre don Pedro que aúlla, y
las gentes de abajo, que me arman cada gazapera y cada red... Porque ahora sus
baterías se dirigen á que don Pedro reconozca... Piensan que va á liárselas,
y... á lo que estamos, tuerta.
—Bueno es que usted se impuso desde el primer
instante..... Sinó, ¿quién pararía aquí?
—Me impuse; no quiero que molesten á un enfermo;
pero lo del reconocimiento lo considero muy justo. Si ese cernícalo {t.2-249}me quisiese oir, se lo aconsejaría. ¡Cuántos
daños se hubieran evitado, con hacerlo al tiempo debido!
Juncal inclinó la cabeza en señal de asentimiento,
y los dos amigos siguieron paseando por el claustro, ó mejor dicho por la
solana, sostenida en pilastras de piedra, con el escudo de Moscoso, que formaba
el cuerpo superior del claustro. El liquen, á la luz del sol, estriaba de oro
la piedra; y bajo los aleros del tejado se oía el pitío alborotador de las
golondrinas, que desmintiendo la popular creencia de que sólo anidan en casas
donde reinan paz y ventura, entraban y salían en sus nidos, con vuelo airoso.
—Don Gabriel, usted está alterado—exclamó el médico
notando la irregularidad del andar y los movimientos del comandante. Todo el
cuerpo de Gabriel, en efecto, vibraba como una caldera de vapor á tensión muy
alta.—No se lo dije, que acabaría usted por ponerse más malo que su sobrina?
—No es eso, no es eso...—exclamó {t.2-250}con vehemencia el comandante, soltando el
brazo de su amigo y reclinándose en una de las pilastras.—Es... que ahora, en
este mismo instante, se decide el destino de mi vida y el de Manuela. El cura
de Ulloa lleva un encargo mío...
—¡Mi madre querida!—exclamó con cómico terror
Juncal, agarrándose con las manos la cabeza.—¡Ha puesto usted su destino en
manos de un clericeronte! ¡Estamos frescos! Ay, don Gabriel, de aquí va á salir
una falcatrúa... Verá, verá, verá.
—¡Hombre!—repuso Gabriel sin poder evitar la
risa.—Yo pensé que hacía usted una excepción honrosísima en favor del cura de
Ulloa.
—Entendámonos, entendámonos... Hasta cierto punto
nada más. ¡El clérigo siempre es clérigo! Donde él pone la mano, todo lo deja
llevado de Judas. ¿Usted piensa que á mí me hizo gracia el que la chica llamase
por él y quisiera verlo á toda costa? ¡Mal síntoma, síntoma funesto! Yo á
sanarla, y el clérigo... ¡ya lo verá usted! á enfermar la otra vez, y d{t.2-251}e más cuidado que la primera. Mucho será que
hoy no tengamos la convulsión y la llorerita... ¡Mecachis en los que vienen ahí
á alborotar á la gente!
—Vamos, Máximo, tolerancia, tolerancia... ¿De modo
que si usted pudiese, al cura de Ulloa me lo metía en el buque con los demás, y
con los demás me lo enviaba á tierra de salvajes?
—¡Pues claro, señor! ¿No hace falta un apóstol para
convertir á los infieles? Pues así habría un apóstol entre muchos pillos... Y
nos quedaríamos libres por acá de apóstoles, porque nosotros ya estamos
convertidos hace rato.
En tomando la ampolleta Juncal sobre esta cuestión,
no era facil atajarle; y como Gabriel se reía á veces de sus extravagantes
dichos, el médico sacaba todo su repertorio. Mientras el comandante apuraba el
cigarro, el médico refería la vida y milagros de todos los abades del contorno,
más ó menos recargada de arabescos y viñetas.
—El de Boan... á ese ya lo habían d{t.2-252}espachado por bueno: lo atacaron veinte
facinerosos en su casa, y les probó que servía mejor que ellos para el oficio:
si se descuidan me los escabecha á todos... Mire qué mansedumbre evangélica. El
de Naya no me la da á mí con su carita complaciente: debe de ser un pillo
redomado: más amigo de diversión y gaudeamus... Si le estuviesen dando la
consagración de obispo y oyese que al lado se iban á disparar unos cohetes y á
hinchar un globo, tira con la mitra y echa mano al tizón... El arcipreste de
Loiro... dice que se come él solo un capón cebado y que le chorrea la grasa de
la enjundia por el queso abajo, hasta el ombligo.... ¡Pues no digo nada del
nuevo que nos han mandado á Cebre! Más bruto no lo hace Dios aunque se
empeñe... y tiene pretensiones de orador sagrado, porque en Santiago le dieron
una faena de cavador; en un mismo día predicó por la mañana el sermón del
Encuentro, al aire libre, y por la tarde el de la Agonía: total cuatro horas de
echar el pulmón, y de hacer ch{t.2-253}acota de él
los estudiantes. Y lo más célebre fué que en el sermón del Encuentro llevaba
una pelliz, eso sí, muy planchada y muy rizadita; y cuando para enternecer al
público hizo ademán de abrazar á la Virgen para consolarla de la ausencia de su
hijo, los estudiantes gritaban: ¡Ay mi pelliz! Así que se enteró el Arzobispo,
dicen que le pasó recado de que no predicase más... Aquí cuando echa la plática
aturde la iglesia... Según dicen; que yo, ya imaginará usted que no asisto á
semejante iniquidad... Usted está distraído, vamos; no le cuento á usted más
cuentos de esa gente.
—No, cuente usted; así entretengo un poco la
ansiedad inevitable. Porque sepa usted que á mí lo único que me saca de quicio
y me desata los nervios, es la expectación y la incertidumbre. Para las
desgracias verdaderas, para los males ya conocidos, creo que no me falta
resistencia; y eso que no la doy de estoico.
Siguió Juncal refiriendo cuentos de curas; pero
como todo se agota, la conversación{t.2-254} iba
languideciendo mucho. Gabriel, de cuando en cuando, entraba en el salón,
recorría dos ó tres habitaciones, y salía siempre diciendo:—¡Nada... nada...!
¡La cosa va larga!
—Ya verá usted—respondía Juncal—cómo el bueno del
cura le {t.2-255}mete escrúpulos en la cabeza á
la señorita.
—Queda muy sosegada, y en un estado de ánimo
bastante bueno. Mañana, Dios mediante, recibirá al Señor—respondió el cura de
Ulloa, fijando los ojos en un nudo de la madera del piso, pues aquella
habitación de Gabriel Pardo era la misma, la de su hermana, y
tender la vista alrededor una prueba muy fuerte para el espíritu del párroco.
—Y...
—Todo se lo he expuesto y se lo he manifestado de
la mejor manera posible y apoyándolo con cuantas razones me sugirió mi{t.2-256} pobre inteligencia. Le he dicho que
usted le dispensaba una honra y le daba una prueba de afecto grandísima,
elevándola al puesto de esposa suya, después de que...
—¡Ay Dios mío!—exclamó Gabriel tristemente.—Si se
lo ha presentado usted como un favor, de fijo que se ha resentido su orgullo...
y por altivez, por delicadeza, habrá sido capaz de negarse...
—No señor, no...
—¿Ha dicho que sí? ¿ha dicho que sí?—preguntó
Gabriel afanosamente.
—Se ha negado...
—¡Ya!
—Pero por otras causas, que usted y yo estamos en
el caso de respetar.
—¿Otras causas?
—Manuela se encuentra sinceramente arrepentida...
La desventura, el golpe que ha recibido le han abierto mucho los ojos del alma.
No desea más que expiar y llorar su culpa...
—¡Su culpa!—exclamó Gabriel, con acento{t.2-257} de protesta.—¡Su culpa, pobre criatura
abandonada, sin consejo, sin cariño de nadie! ¡Don Julián, don Julián!
Ocasiones hay en que yo me condeno á mí mismo por mi detestable propensión á la
indulgencia; porque creo que se me han roto todos los resortes morales; pero
ahora... ¡quisiera tener en esta mano todo el perdón y todo el amor del
mundo... para derramarlo sobre la cabeza de mi sobrina! ¡Ella es inocente...
otros, otros somos los culpables!
—Otros—replicó con mansa firmeza el cura—son acaso
más culpables que ella; pero ella tampoco es inocente, señor de Pardo. Ella lo
comprende y lo reconoce, y desea, así que su padre se ponga bueno, retirarse á
un convento de Santiago.
—¡Monja!—exclamó Pardo.—Monja... ¡Quiere ser monja!
—Por ahora, no señor. La vocación no viene en un
día, y yo siempre le daría el consejo de que desconfiase de una vocación
repentina, dictada por sinsabores ó desengaños del{t.2-258} mundo.
Lo que Manuela quiere es retiro y descanso que le cure las heridas y sitio en
qué hacer penitencia de su pecado. Yo le he hablado de bodas, de esposo y de
alegría; me ha respondido celda y llanto. En mí no estaba desviarla de ese
propósito, desde que me lo manifestó. No me lo permitía mi oficio á aquella
cabecera.
Gabriel se acercó al cura de Ulloa, y tomándole con
agitación las manos,
—Sí, padre—exclamó;—sí, sí, usted es el único que
podía apartarla de ese triste cautiverio en que va á caer voluntariamente...
Entrará allí ahora, porque cree, porque piensa que se le ha acabado el mundo y
que ha delinquido atrozmente; porque tiene vergüenza y dolor, porque no sabe lo
que le pasa... Después de entrar allí, lo que sucede; ya no se atreverá á
salir, y se creerá en el compromiso de tomar el hábito, y lo tomará, y sufrirá,
y vivirá mártir, y acaso morirá desesperada... Don Julián, ¡usted que tanto ha
querido á su madre...!{t.2-259}
Pardo sintió temblar en la suya la mano del cura de
Ulloa, y creyó que el argumento había hecho fuerza. En efecto, el cura se
levantó, y como si despertase de un sueño, abrió sus ojos siempre entornados y
los paseó por los muebles, por la habitación, los clavó en la ventana. Y con
expresión de angustia, con acento hondo y muy distinto de la voz sorda y
tranquila que tenía siempre, gritó:
—¡Ojalá que su madre hubiera entrado en el convento
también! Dios llama á la hija... Que vaya! Que vaya! Virgen Santísima,
¡ampárala, recíbela, sostenla, quítala del mundo!
Por primera vez sintió el comandante un impulso de
ira contra aquel hombre que poseía á sus ojos la aureola y el prestigio del
santo, ó—para emplear con más exactitud el lenguaje interno de Gabriel—del
hombre honrado que ajusta á sus convicciones su vida, y no tiene para sus
semejantes sino ternura y caridad.{t.2-260} Rebosando
enojo, le apostrofó rudamente:
—Don Julián, permítame usted que le diga que eso es
un enorme desacierto! Manuela puede ser en el mundo feliz, buena y honrada... y
es un horror que vaya á sacrificarse, á enterrarse y á consumirse entre cuatro
paredes, sin chispa de devoción ni de humor para ello... por qué? Por una
desdicha que ha tenido, por una falta que todo disculpa, cuyo alcance ella no
ha podido comprender, y cuya raíz y origen están, al fin y al cabo, en lo más
sagrado y respetable que existe... en la naturaleza!
—Señor de Pardo—respondió el cura, que ya había
recobrado su apacibilidad de costumbre—lo que la naturaleza yerra, lo enmienda
la gracia; y el advenimiento de Cristo y los méritos de su sangre preciosa
fueron cabalmente para eso; para remediar la falta de nuestros primeros padres
y sanar á la naturaleza enferma. La ley de naturaleza, aislada, sola,
invóquenla las bestias: nosotros invocamos otra más alta... Para eso somos{t.2-261} hombres, hijos de Dios y redimidos por
él. Dejemos esto; yo desearía que usted no se quedase con el recelo de que he
influído directamente en el ánimo de la señorita. Vaya usted junto á ella,
pregúntele, ínstele... haga usted su oficio, que la Virgen Santísima no ha de
descuidarse en hacer el suyo... Yo me vuelvo á mi casa, si no tiene usted nada
que mandar á este humilde servidor y capellán.
—Voy junto á mi sobrina ahora mismo—respondió
Gabriel retando {t.2-262}al cura con su
decisión y con su cólera.
Entró medio á tientas, porque el cuarto estaba casi
á oscuras, á causa de que la jaqueca de la niña no le consentía ver luz. No
tardaron sin embargo las pupilas de Gabriel en acostumbrarse á aquella penumbra
lo bastante para distinguir, en el fondo del cuarto, la blancura de las sábanas
y la cabeza de Manuela sobre el marco de su negrísimo pelo. Al acercarse el
comandante, levantóse Juncal y se retiró discretamente. La montañesa yacía
inmóvil, con los ojos cerrados, y de{t.2-263} la
cama se alzaba ese olor especial que los enfermeros llaman olor á
calentura, y que se nota por más ligera que sea la fiebre.
A la cabecera de la cama estaba vacante la silla
que el médico había dejado; pero Gabriel la separó, é hincando una rodilla en
tierra, puso la mano derecha sobre el embozo de la sábana.
—Manuela—cuchicheó.
La enferma abrió los ojos, sin responder.
—¿Qué tal te encuentras?
—Muy bien.... algo cansada.
—¿Te incomodo?
—No señor.... Siéntese, por Dios.
—Quiero estar así. ¿Me das la mano?
Sacó Manuela su mano morena, ardiente, abrasada, y
la entregó como se la pedían. Gabriel la tomó y la rozó suavemente con los
labios. La niña hizo un movimiento para retirarla. Gabriel silabeó en tono
suplicante:
—No, hija mía, déjamela... Oye, Manuela... ¿Te
molesta oir hablar?
—Bajito, no.{t.2-264}
—¿Y podrás responderme?
Inclinó la cabeza, diciendo que sí.
—Manuela... ¿Te ha dicho algo de mí el señor cura?
—Ya sé los favores que le merezco—articuló la
montañesa.
—Ninguno. Ese es el error. ¡Favor! No disparates.
Mira en qué postura estoy. Pues figúrate que en esa misma te lo pedía,
¿entiendes? Como favor para mí, para mí. Vivo muy solo en el mundo; no tengo á
nadie, á nadie; y me hacías falta, y me darías la vida. Pero ya no se trata de
eso. De otra cosa más pequeñita y más fácil. Anda, monina, no me lo niegues.
¿Verdad que no? Si es facilísimo; si no te cuesta trabajo ninguno. Que no
pienses en rejas ni en conventos; ¡mira qué poco, y qué sencillo! Te quedas aquí,
al lado de tu padre. Yo también me quedo. Si estás triste, te acompaño; si
enferma, te cuido; verás como discurrimos maneras de distraerte. Y de aquello
que te pedí primero, no se habla nada... Nada. Te lo juro por la {t.2-265}memoria de tu pobre mamá: ¿á que así me crees?
Manuela no abrió los labios. Con el balanceo suave
de su cabecita pálida y porfiada, daba el no más redondo del
mundo.
—¿No quieres? Que no? ¿Qué te diré, qué te haré
para convencerte y traerte á buenas? Terquita de mi alma... ¡pobrecita!
respóndeme con la boca, dime... qué hago, cómo te conquisto? Pídeme tú algo...
muy grande... muy atroz! Verás cómo soy mejor que tú, cómo te doy gusto... Te
me has vuelto muy mala.
Los lánguidos ojos de la montañesa resplandecieron
un instante, entre el oscuro cerco que los rodeaba; alzó un poco la cabeza;
apretó la mano de su tío, y dejó salir con afán:
—¿De veras me hará lo que yo le pida?
—Oro molido que fuese, monina... Dí, dí.
—¿Me da palabra?
—De honor, de caballero, de todo lo que exijas.
¿Qué es ello? Salga.
—Que se vaya por Dios, que se vaya á Madrid
corriendo... antes que aquel que está allí solito... y desesperado! se
desespere de vez, y... y...—No pudo proseguir: las lágrimas, de pronto, le
nublaron las pupilas y le trabaron la voz en la garganta.
Aquel que ve el interior de los corazones sabe que
Gabriel Pardo recibió el golpe como honrado y valiente, presentando el pecho y
con animoso espíritu. Allá en el fondo, muy en el fondo de su conciencia, se
alzó una voz que gritaba:
—Cura de Ulloa, ni tú ni yo... tú un iluso y yo un
necio. Quien nos vence á los dos, es... el rey... No, el tirano del mundo!
—Así se hará, hija mía—dijo en alta voz.—¿Quieres
que me marche hoy mismo?
—Pudiendo ser... ¡Dios se lo pague! Atienda,
escuche...—silabeó acercando tanto su boca al oído de Gabriel, que éste sentía
en la mejilla un aliento enfermizo y volcánico.—Haga usted para que no se
desconsuele mucho... y dígale que así que yo esté en el convento, él vuelve
aquí, y mi padr{t.2-267}e queda satisfecho, y todos
bien, todos bien.
—Adiós—respondió lacónicamente el artillero, que se
levantó del suelo, se inclinó sobre la montañesa y le dió un besó á bulto,
hacia la sien.
. . . . . . . . . . . . .
Quiso ir á pie hasta Cebre, y Juncal, por supuesto,
se empeñó en acompañarle. En lo alto de la cuesta, donde se domina á vista de
pájaro el valle de los Pazos, se volvió, y estuvo buen trecho con los brazos
cruzados, la vista clavada en el tejado de la solariega huronera, en el
estanque del huerto que destellaba fuego á los últimos rayos del sol, en los
lejanos picos y azuladas crestas que servían de corona al valle. Estas
contemplaciones paran, y debiera callarse por sabido, en un suspiro muy hondo.
Pardo llenó este requisito, y acordándose de todo lo que había venido á buscar
allí diez días antes, pensó, con humorística tristeza:
—Otro caballo muerto.
Aquella tarde, el gran ardor de la canícul{t.2-268}a daba señales de aplacarse ya, y eran
preludio y esperanza de frescura y acaso de agua las nubes redondas y los
finos rabos de gallo que salpicaban caprichosamente el cielo.
Una brisa fresca, vivaracha, que columpiaba partículas de humedad, hacía
palpitar el follaje. A lo lejos chirriaban los carros cargados de mies, y las
ranas y los grillos empezaban á elevar su sinfonía vespertina, saludando á la
lluvia y al viento antes de que hiciesen su aparición triunfal y refrigerasen
la tostada campiña. Todo era vida, vida indiferente, rítmica y serena.
Gabriel Pardo se volvió hacia los Pazos por última
vez, y sepultó la mirada en el valle, con una extraña mezcla de atracción y
rencor, mientras pensaba:
—Naturaleza, te llaman madre... Más bien deberían
llamarte madrastra.
FIN DEL TOMO SEGUNDO Y ÚLTIMO
BIBLIOTECA DE NOVELISTAS ESPAÑOLES
TOMOS PUBLICADOS
Emilia Pardo Bazán: Los Pazos de Ulloa (Dos
tomos.)
José Ortega Munilla: Idilio lúgubre.
Antonio de Trueba: Leyendas genealógicas de
España (Dos tomos.)
Carlos Frontaura: Miedo al hombre.
Enrique Gaspar: Castigo de Dios.
Emilia Pardo Bazán: La Madre Naturaleza La
Madre Naturaleza (Tomo I y II).
End of the Project Gutenberg EBook of La madre
naturaleza (2ª parte de Lo
pazos de
Ulloa), by Emilia Pardo Bazán
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MADRE
NATURALEZA ***

