Libro N° 9634. Los Pazos De Ulloa. Pardo Bazán, Emilia.
© Libro N° 9634. Los Pazos De Ulloa. Pardo Bazán, Emilia. Emancipación. Febrero
26 de 2022.
Título original: © Los Pazos De Ulloa. Emilia Pardo Bazán
Versión
Original: © Los Pazos De Ulloa. Emilia Pardo Bazán
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.gutenberg.org/files/18005/18005-h/18005-h.htm
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://image.freepik.com/vector-gratis/fondo-amarillo-diseno-lineas-semitono_1017-30148.jpg?w=900
Portada E.O. de Imagen original:
https://www.poemas-del-alma.com/blog/wp-content/uploads/2016/09/pazos0.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS PAZOS DE ULLOA
Emilia Pardo Bazán
Los Pazos De Ulloa
Emilia Pardo Bazán
Title: Los pazos de Ulloa
Author: Emilia Pardo Bazán
Release Date: March 16,
2006 [EBook #18005]
[Last updated: January 20,
2020]
Language: Spanish
Character set encoding:
ISO-8859-1
*** START OF THIS PROJECT
GUTENBERG EBOOK LOS PAZOS DE ULLOA ***
Produced by Chuck Greif and
La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
Los pazos de Ulloa
Emilia Pardo Bazán
Por más que el jinete trataba de sofrenarlo
agarrándose con todas sus fuerzas a la única rienda de cordel y susurrando
palabritas calmantes y mansas, el peludo rocín seguía empeñándose en bajar la
cuesta a un trote cochinero que descuadernaba los intestinos, cuando no a
trancos desigualísimos de loco galope. Y era pendiente de veras aquel repecho
del camino real de Santiago a Orense en términos que los viandantes, al
pasarlo, sacudían la cabeza murmurando que tenía bastante más declive del no sé
cuántos por ciento marcado por la ley, y que sin duda al llevar la carretera en
semejante dirección, ya sabrían los ingenieros lo que se pescaban, y alguna
quinta de personaje político, alguna influencia electoral de grueso calibre
debía andar cerca.
Iba el jinete colorado, no como un pimiento, sino
como una fresa, encendimiento propio de personas linfáticas. Por ser joven y de
miembros delicados, y por no tener pelo de barba, pareciera un niño, a no
desmentir la presunción sus trazas sacerdotales. Aunque cubierto de amarillo
polvo que levantaba el trote del jaco, bien se advertía que el traje del mozo
era de paño negro liso, cortado con la flojedad y poca gracia que distingue a
las prendas de ropa de seglar vestidas por clérigos. Los guantes, despellejados
ya por la tosca brida, eran asimismo negros y nuevecitos, igual que el hongo,
que llevaba calado hasta las cejas, por temor a que los zarandeos de la trotada
se lo hiciesen saltar al suelo, que sería el mayor compromiso del mundo. Bajo
el cuello del desairado levitín asomaba un dedo de alzacuello, bordado de
cuentas de abalorio. Demostraba el jinete escasa maestría hípica: inclinado
sobre el arzón, con las piernas encogidas y a dos dedos de salir despedido por
las orejas, leíase en su rostro tanto miedo al cuartago como si fuese algún
corcel indómito rebosando fiereza y bríos.
Al acabarse el repecho, volvió el jaco a la
sosegada andadura habitual, y pudo el jinete enderezarse sobre el aparejo
redondo, cuya anchura inconmensurable le había descoyuntado los huesos todos de
la región sacro-ilíaca. Respiró, quitóse el sombrero y recibió en la frente
sudorosa el aire frío de la tarde. Caían ya oblicuamente los rayos del sol en
los zarzales y setos, y un peón caminero, en mangas de camisa, pues tenía su
chaqueta colocada sobre un mojón de granito, daba lánguidos azadonazos en las hierbecillas
nacidas al borde de la cuneta. Tiró el jinete del ramal para detener a su
cabalgadura, y ésta, que se había dejado en la cuesta abajo las ganas de
trotar, paró inmediatamente. El peón alzó la cabeza, y la placa dorada de su
sombrero relució un instante.
—¿Tendrá usted la bondad de decirme si falta mucho
para la casa del señor marqués de Ulloa?
—¿Para los Pazos de Ulloa?—contestó el peón
repitiendo la pregunta.
—Eso es.
—Los Pazos de Ulloa están allí—murmuró extendiendo
la mano para señalar a un punto en el horizonte.—Si la bestia anda bien, el
camino que queda pronto se pasa.... Ahora tiene que seguir hasta aquel pinar
¿ve? y luego le cumple torcer a mano izquierda, y luego le cumple bajar a mano
derecha por un atajito, hasta el crucero.... En el crucero ya no tiene pérdida,
porque se ven los Pazos, una costrución muy grandísima....
—Pero..... ¿como cuánto faltará?—preguntó con
inquietud el clérigo.
Meneó el peón la tostada cabeza.
—Un bocadito, un bocadito....
Y sin más explicaciones, emprendió otra vez su
desmayada faena, manejando el azadón lo mismo que si pesase cuatro arrobas.
Se resignó el viajero a continuar ignorando las
leguas de que se compone un bocadito, y taloneó al rocín. El pinar
no estaba muy distante, y por el centro de su sombría masa serpeaba una trocha
angostísima, en la cual se colaron montura y jinete. El sendero, sepultado en
las oscuras profundidades del pinar, era casi impracticable; pero el jaco, que
no desmentía las aptitudes especiales de la raza caballar gallega para andar
por mal piso, avanzaba con suma precaución, cabizbajo, tanteando con el casco,
para sortear cautelosamente las zanjas producidas por la llanta de los carros,
los pedruscos, los troncos de pino cortados y atravesados donde hacían menos
falta. Adelantaban poco a poco, y ya salían de las estrecheces a senda más
desahogada, abierta entre pinos nuevos y montes poblados de aliaga, sin haber
tropezado con una sola heredad labradía, un plantío de coles que revelase la
vida humana. De pronto los cascos del caballo cesaron de resonar y se hundieron
en blanda alfombra: era una camada de estiércol vegetal, tendida, según
costumbre del país, ante la casucha de un labrador. A la puerta una mujer daba
de mamar a una criatura. El jinete se detuvo.
—Señora, ¿sabe si voy bien para la casa del marqués
de Ulloa?
—Va bien, va....
—¿Y... falta mucho?
Enarcamiento de cejas, mirada entre apática y
curiosa, respuesta ambigua en dialecto:
—La carrerita de un can....
¡Estamos frescos!, pensó el viajero, que si no
acertaba a calcular lo que anda un can en una carrera, barruntaba que debe ser
bastante para un caballo. En fin, en llegando al crucero vería los Pazos de
Ulloa..... Todo se le volvía buscar el atajo, a la derecha..... Ni señales. La
vereda, ensanchándose, se internaba por tierra montañosa, salpicada de
manchones de robledal y algún que otro castaño todavía cargado de fruta: a
derecha e izquierda, matorrales de brezo crecían desparramados y oscuros.
Experimentaba el jinete indefinible malestar, disculpable en quien, nacido y
criado en un pueblo tranquilo y soñoliento, se halla por vez primera frente a
frente con la ruda y majestuosa soledad de la naturaleza, y recuerda historias
de viajeros robados, de gentes asesinadas en sitios desiertos.
—¡Qué país de lobos!—dijo para sí, tétricamente
impresionado.
Alegrósele el alma con la vista del atajo, que a su
derecha se columbraba, estrecho y pendiente, entre un doble vallado de piedra,
límite de dos montes. Bajaba fiándose en la maña del jaco para evitar
tropezones, cuando divisó casi al alcance de su mano algo que le hizo
estremecerse: una cruz de madera, pintada de negro con filetes blancos, medio
caída ya sobre el murallón que la sustentaba. El clérigo sabía que estas cruces
señalan el lugar donde un hombre pereció de muerte violenta; y, persignándose, rezó
un padrenuestro, mientras el caballo, sin duda por olfatear el rastro de algún
zorro, temblaba levemente empinando las orejas, y adoptaba un trotecillo
medroso que en breve le condujo a una encrucijada. Entre el marco que le
formaban las ramas de un castaño colosal, erguíase el crucero.
Tosco, de piedra común, tan mal labrado que a
primera vista parecía monumento románico, por más que en realidad sólo contaba
un siglo de fecha, siendo obra de algún cantero con pujos de escultor, el
crucero, en tal sitio y a tal hora, y bajo el dosel natural del magnífico
árbol, era poético y hermoso. El jinete, tranquilizado y lleno de devoción,
pronunció descubriéndose: «Adorámoste, Cristo, y bendecímoste, pues por tu
Santísima Cruz redimiste al mundo», y de paso que rezaba, su mirada buscaba a
lo lejos los Pazos de Ulloa, que debían ser aquel gran edificio cuadrilongo,
con torres, allá en el fondo del valle. Poco duró la contemplación, y a punto
estuvo el clérigo de besar la tierra, merced a la huida que pegó el rocín, con
las orejas enhiestas, loco de terror. El caso no era para menos: a cortísima
distancia habían retumbado dos tiros.
Quedóse el jinete frío de espanto, agarrado al
arzón, sin atreverse ni a registrar la maleza para averiguar dónde estarían
ocultos los agresores; mas su angustia fue corta, porque ya del ribazo situado
a espaldas del crucero descendía un grupo de tres hombres, antecedido por otros
tantos canes perdigueros, cuya presencia bastaba para demostrar que las
escopetas de sus amos no amenazaban sino a las alimañas monteses.
El cazador que venía delante representaba
veintiocho o treinta años: alto y bien barbado, tenía el pescuezo y rostro
quemados del sol, pero por venir despechugado y sombrero en mano, se advertía
la blancura de la piel no expuesta a la intemperie, en la frente y en la tabla
de pecho, cuyos diámetros indicaban complexión robusta, supuesto que confirmaba
la isleta de vello rizoso que dividía ambas tetillas. Protegían sus piernas
recias polainas de cuero, abrochadas con hebillaje hasta el muslo; sobre la ingle
derecha flotaba la red de bramante de un repleto morral, y en el hombro
izquierdo descansaba una escopeta moderna, de dos cañones. El segundo cazador
parecía hombre de edad madura y condición baja, criado o colono: ni hebillas en
las polainas, ni más morral que un saco de grosera estopa; el pelo cortado al
rape, la escopeta de pistón, viejísima y atada con cuerdas; y en el rostro,
afeitado y enjuto y de enérgicas facciones rectilíneas, una expresión de
encubierta sagacidad, de astucia salvaje, más propia de un piel roja que de un
europeo. Por lo que hace al tercer cazador, sorprendióse el jinete al notar que
era un sacerdote. ¿En qué se le conocía? No ciertamente en la tonsura, borrada
por una selva de pelo gris y cerdoso, ni tampoco en la rasuración, pues los
duros cañones de su azulada barba contarían un mes de antigüedad; menos aún en
el alzacuello, que no traía, ni en la ropa, que era semejante a la de sus
compañeros de caza, con el aditamento de unas botas de montar, de charol de
vaca muy descascaradas y cortadas por las arrugas. Y no obstante trascendía a
clérigo, revelándose el sello formidable de la ordenación, que ni aun las
llamas del infierno consiguen cancelar, en no sé qué expresión de la fisonomía,
en el aire y posturas del cuerpo, en el mirar, en el andar, en todo. No cabía
duda: era un sacerdote.
Aproximóse al grupo el jinete, y repitió la
consabida pregunta:
—¿Pueden ustedes decirme si voy bien para casa del
señor marqués de Ulloa?
El cazador alto se volvió hacia los demás, con
familiaridad y dominio.
—¡Qué casualidad!—exclamó—. Aquí tenemos al
forastero..... Tú, Primitivo.... Pues te cayó la lotería: mañana pensaba yo
enviarte a Cebre a buscar al señor.... Y usted, señor abad de Ulloa.... ¡ya
tiene usted aquí quien le ayude a arreglar la parroquia!
Como el jinete permanecía indeciso, el cazador
añadió:
—¿Supongo que es usted el recomendado de mi tío, el
señor de la Lage?
—Servidor y capellán...—respondió gozoso el
eclesiástico, tratando de echar pie a tierra, ardua operación en que le auxilió
el abad—. ¿Y usted...—exclamó, encarándose con su interlocutor—es el señor
marqués?
—¿Cómo queda el tío? ¿Usted... a caballo desde
Cebre, eh?—repuso éste evasivamente, mientras el capellán le miraba con interés
rayano en viva curiosidad. No hay duda que así, varonilmente desaliñado, húmeda
la piel de transpiración ligera, terciada la escopeta al hombro, era un cacho
de buen mozo el marqués; y sin embargo, despedía su arrogante persona cierto
tufillo bravío y montaraz, y lo duro de su mirada contrastaba con lo afable y
llano de su acogida.
El capellán, muy respetuoso, se deshacía en
explicaciones.
—Sí, señor; justamente.... En Cebre he dejado la
diligencia y me dieron esta caballería, que tiene unos arreos, que vaya todo
por Dios.... El señor de la Lage, tan bueno, y con el humor aquél de
siempre.... Hace reír a las piedras.... Y guapote, para su edad.... Estoy
reparando que si fuese su señor papá de usted, no se le parecería más.... Las
señoritas, muy bien, muy contentas y muy saludables.... Del señorito, que está
en Segovia, buenas noticias. Y antes que se me olvide....
Buscó en el bolsillo interior de su levitón, y fue
sacando un pañuelo muy planchado y doblado, un Semanario chico,
y por último una cartera de tafilete negro, cerrada con elástico, de la cual
extrajo una carta que entregó al marqués. Los perros de caza, despeados y
anhelantes de fatiga, se habían sentado al pie del crucero; el abad picaba con
la uña una tagarnina para liar un pitillo, cuyo papel sostenía adherido por una
punta al borde de los labios; Primitivo, descansando la culata de la escopeta
en el suelo, y en el cañón de la escopeta la barba, clavaba sus ojuelos negros
en el recién venido, con pertinacia escrutadora. El sol se ponía lentamente en
medio de la tranquilidad otoñal del paisaje. De improviso el marqués soltó una
carcajada. Era su risa, como suya, vigorosa y pujante, y, más que comunicativa,
despótica.
—El tío—exclamó, doblando la carta—siempre tan
guasón y tan célebre.... Dice que aquí me manda un santo para que me predique y
me convierta.... No parece sino que tiene uno pecados: ¿eh, señor abad? ¿Qué
dice usted a esto? ¿Verdad que ni uno?
—Ya se sabe, ya se sabe—masculló el abad en voz
bronca.... Aquí todos conservamos la inocencia bautismal.
Y al decirlo, miraba al recién llegado al través de
sus erizadas y salvajinas cejas, como el veterano al inexperto recluta,
sintiendo allá en su interior profundo desdén hacia el curita barbilindo, con
cara de niña, donde sólo era sacerdotal la severidad del rubio entrecejo y la
compostura ascética de las facciones.
—¿Y usted se llama Julián Álvarez?—interrogó el
marqués.
—Para servir a usted muchos años.
—¿Y no acertaba usted con los Pazos?
—Me costaba trabajo el acertar. Aquí los paisanos
no le sacan a uno de dudas, ni le dicen categóricamente las distancias. De modo
que....
—Pues ahora ya no se perderá usted. ¿Quiere montar
otra vez?
—¡Señor! No faltaba más.
—Primitivo—ordenó el marqués—, coge del ramal a esa
bestia.
Y echó a andar, dialogando con el capellán que le
seguía. Primitivo, obediente, se quedó rezagado, y lo mismo el abad, que
encendía su pitillo con un misto de cartón. El cazador se arrimó al cura.
—¿Y qué le parece el rapaz, diga? ¿Verdad que no
mete respeto?
—Boh.... Ahora se estila ordenar miquitrefes....
Y luego mucho de alzacuellitos, guantecitos, perejiles con escarola.... ¡Si yo
fuera el arzobispo, ya les daría el demontre de los guantes!
Era noche cerrada, sin luna, cuando desembocaron en
el soto, tras del cual se eleva la ancha mole de los Pazos de Ulloa. No
consentía la oscuridad distinguir más que sus imponentes proporciones,
escondiéndose las líneas y detalles en la negrura del ambiente. Ninguna luz
brillaba en el vasto edificio, y la gran puerta central parecía cerrada a
piedra y lodo. Dirigióse el marqués a un postigo lateral, muy bajo, donde al
punto apareció una mujer corpulenta, alumbrando con un candil. Después de
cruzar corredores sombríos, penetraron todos en una especie de sótano con piso
terrizo y bóveda de piedra, que, a juzgar por las hileras de cubas adosadas a
sus paredes, debía ser bodega; y desde allí llegaron presto a la espaciosa
cocina, alumbrada por la claridad del fuego que ardía en el hogar, consumiendo
lo que se llama arcaicamente un mediano monte de leña y no es sino varios
gruesos cepos de roble, avivados, de tiempo en tiempo, con rama menuda.
Adornaban la elevada campana de la chimenea ristras de chorizos y morcillas,
con algún jamón de añadidura, y a un lado y a otro sendos bancos brindaban
asiento cómodo para calentarse oyendo hervir el negro pote, que,
pendiente de los llares, ofrecía a los ósculos de la llama su insensible
vientre de hierro.
A tiempo que la comitiva entraba en la cocina,
hallábase acurrucada junto al pote una vieja, que sólo pudo Julián Álvarez
distinguir un instante—con greñas blancas y rudas como cerro que le caían sobre
los ojos, y cara rojiza al reflejo del fuego—, pues no bien advirtió que venía
gente, levantóse más aprisa de lo que permitían sus años, y murmurando en voz
quejumbrosa y humilde: «Buenas nochiñas nos dé Dios», se
desvaneció como una sombra, sin que nadie pudiese notar por dónde. El marqués
se encaró con la moza.
—¿No tengo dicho que no quiero aquí pendones?
Y ella contestó apaciblemente, colgando el candil
en la pilastra de la chimenea:
—No hacía mal..., me ayudaba a pelar castañas.
Tal vez iba el marqués a echar la casa abajo, si
Primitivo, con mayor imperio y enojo que su amo mismo, no terciase en la
cuestión, reprendiendo a la muchacha.
—¿Qué estás parolando ahí...?
Mejor te fuera tener la comida lista. ¿A ver cómo nos la das corriendito?
Menéate, despabílate.
En el esconce de la cocina, una mesa de roble
denegrida por el uso mostraba extendido un mantel grosero, manchado de vino y
grasa. Primitivo, después de soltar en un rincón la escopeta, vaciaba su
morral, del cual salieron dos perdigones y una liebre muerta, con los ojos
empañados y el pelaje maculado de sangraza. Apartó la muchacha el botín a un
lado, y fue colocando platos de peltre, cubiertos de antigua y maciza plata, un
mollete enorme en el centro de la mesa y un jarro de vino proporcionado al pan;
luego se dio prisa a revolver y destapar tarteras, y tomó del vasar una sopera
magna. De nuevo la increpó airadamente el marqués.
—¿Y los perros, vamos a ver? ¿Y los perros?
Como si también los perros comprendiesen su derecho
a ser atendidos antes que nadie, acudieron desde el rincón más oscuro, y
olvidando el cansancio, exhalaban famélicos bostezos, meneando la cola y
levantando el partido hocico. Julián creyó al pronto que se había aumentado el
número de canes, tres antes y cuatro ahora; pero al entrar el grupo canino en
el círculo de viva luz que proyectaba el fuego, advirtió que lo que tomaba por
otro perro no era sino un rapazuelo de tres a cuatro años, cuyo vestido, compuesto
de chaquetón acastañado y calzones de blanca estopa, podía desde lejos
equivocarse con la piel bicolor de los perdigueros, en quienes parecía vivir el
chiquillo en la mejor inteligencia y más estrecha fraternidad. Primitivo y la
moza disponían en cubetas de palo el festín de los animales, entresacado de lo
mejor y más grueso del pote; y el marqués—que vigilaba la operación—, no
dándose por satisfecho, escudriñó con una cuchara de hierro las profundidades
del caldo, hasta sacar a luz tres gruesas tajadas de cerdo, que fue
distribuyendo en las cubetas. Lanzaban los perros alaridos entrecortados, de
interrogación y deseo, sin atreverse aún a tomar posesión de la pitanza; a una
voz de Primitivo, sumieron de golpe el hocico en ella, oyéndose el batir de sus
apresuradas mandíbulas y el chasqueo de su lengua glotona. El chiquillo gateaba
por entre las patas de los perdigueros, que, convertidos en fieras por el
primer impulso del hambre no saciada todavía, le miraban de reojo, regañando
los dientes y exhalando ronquidos amenazadores: de pronto la criatura, incitada
por el tasajo que sobrenadaba en la cubeta de la perra Chula, tendió la mano
para cogerlo, y la perra, torciendo la cabeza, lanzó una feroz dentellada, que
por fortuna sólo alcanzó la manga del chico, obligándole a refugiarse más que
de prisa, asustado y lloriqueando, entre las sayas de la moza, ya ocupada en
servir caldo a los racionales. Julián, que empezaba a descalzarse los guantes,
se compadeció del chiquillo, y, bajándose, le tomó en brazos, pudiendo ver que
a pesar del mugre, la roña, el miedo y el llanto, era el más hermoso angelote
del mundo.
—¡Pobre!—murmuró cariñosamente—. ¿Te ha mordido la
perra? ¿Te hizo sangre? ¿Dónde te duele, me lo dices? Calla, que vamos a
reñirle a la perra nosotros. ¡Pícara, malvada!
Reparó el capellán que estas palabras suyas
produjeron singular efecto en el marqués. Se contrajo su fisonomía: sus cejas
se fruncieron, y arrancándole a Julián el chiquillo, con brusco movimiento le
sentó en sus rodillas, palpándole las manos, a ver si las tenía mordidas o
lastimadas. Seguro ya de que sólo el chaquetón había padecido, soltó la risa.
—¡Farsante!—gritó—. Ni siquiera te ha tocado la
Chula. ¿Y tú, para qué vas a meterte con ella? Un día te come media nalga, y
después lagrimitas. ¡A callarse y a reírse ahora mismo! ¿En qué se conocen los
valientes?
Diciendo así, colmaba de vino su vaso, y se lo
presentaba al niño que, cogiéndolo sin vacilar, lo apuró de un sorbo. El
marqués aplaudió:
—¡Retebién! ¡Viva la gente templada!
—No, lo que es el rapaz... el rapaz sale de
punta—murmuró el abad de Ulloa.
—¿Y no le hará daño tanto vino?—objetó Julián, que
sería incapaz de bebérselo él.
—¡Daño! ¡Sí, buen daño nos dé Dios!—respondió el
marqués, con no sé qué inflexiones de orgullo en el acento—. Déle usted otros
tres, y ya verá.... ¿Quiere usted que hagamos la prueba?
—Los chupa, los chupa—afirmó el abad.
—No señor; no señor.... Es capaz de morirse el
pequeño.... He oído que el vino es un veneno para las criaturas.... Lo que
tendrá será hambre.
—Sabel, que coma el chiquillo—ordenó imperiosamente
el marqués, dirigiéndose a la criada.
Ésta, silenciosa e inmóvil durante la anterior
escena, sacó un repleto cuenco de caldo, y el niño fue a sentarse en el borde
del lar, para engullirlo sosegadamente.
En la mesa, los comensales mascaban con buen ánimo.
Al caldo, espeso y harinoso, siguió un cocido sólido, donde abundaba el puerco:
los días de caza, el imprescindible puchero se tomaba de noche, pues al monte
no había medio de llevarlo. Una fuente de chorizos y huevos fritos desencadenó
la sed, ya alborotada con la sal del cerdo. El marqués dio al codo a Primitivo.
—Tráenos un par de botellitas.... De el del año 59.
Y volviéndose hacia Julián, dijo muy obsequioso:
—Va usted a beber del mejor tostado que
por aquí se produce.... Es de la casa de Molende: se corre que tienen un
secreto para que, sin perder el gusto de la pasa, empalague menos y se parezca
al mejor jerez.... Cuanto más va, más gana: no es como los de otras bodegas,
que se vuelven azúcar.
—Es cosa de gusto—aseveró el abad, rebañando con
una miga de pan lo que restaba de yema en su plato.
—Yo—declaró tímidamente Julián—poco entiendo de
vinos.... Casi no bebo sino agua.
Y al ver brillar bajo las cejas hirsutas del abad
una mirada compasiva de puro desdeñosa, rectificó:
—Es decir... con el café, ciertos días señalados,
no me disgusta el anisete.
—El vino alegra el corazón.... El que no bebe, no
es hombre—pronunció el abad sentenciosamente.
Primitivo volvía ya de su excursión, empuñando en
cada mano una botella cubierta de polvo y telarañas. A falta de tirabuzón, se
descorcharon con un cuchillo, y a un tiempo se llenaron los vasos chicos
traídos ad hoc. Primitivo empinaba el codo con sumo desparpajo,
bromeando con el abad y el señorito. Sabel, por su parte, a medida que el
banquete se prolongaba y el licor calentaba las cabezas, servía con
familiaridad mayor, apoyándose en la mesa para reír algún chiste, de los que
hacían bajar los ojos a Julián, bisoño en materia de sobremesas de cazadores.
Lo cierto es que Julián bajaba la vista, no tanto por lo que oía, como por no
ver a Sabel, cuyo aspecto, desde el primer instante, le había desagradado de
extraño modo, a pesar o quizás a causa de que Sabel era un buen pedazo de
lozanísima carne. Sus ojos azules, húmedos y sumisos, su color animado, su pelo
castaño que se rizaba en conchas paralelas y caía en dos trenzas hasta más
abajo del talle, embellecían mucho a la muchacha y disimulaban sus defectos, lo
pomuloso de su cara, lo tozudo y bajo de su frente, lo sensual de su respingada
y abierta nariz. Por no mirar a Sabel, Julián se fijaba en el chiquillo, que
envalentonado con aquella ojeada simpática, fue poco a poco deslizándose hasta
llegar a introducirse entre las rodillas del capellán. Instalado allí, alzó su
cara desvergonzada y risueña, y tirando a Julián del chaleco, murmuró en tono
suplicante:
—¿Me lo da?
Todo el mundo se reía a carcajadas: el capellán no
comprendía.
—¿Qué pide?—preguntó.
—¿Qué ha de pedir?—respondió el marqués
festivamente—. ¡El vino, hombre! ¡El vaso de tostado!
—¡Mama!—exclamó el abad.
Antes de que Julián se resolviese a dar al niño su
vaso casi lleno, el marqués había aupado al mocoso, que sería realmente una
preciosidad a no estar tan sucio. Parecíase a Sabel, y aún se le aventajaba en
la claridad y alegría de sus ojos celestes, en lo abundante del pelo
ensortijado, y especialmente en el correcto diseño de las facciones. Sus
manitas, morenas y hoyosas, se tendían hacia el vino color de topacio; el
marqués se lo acercó a la boca, divirtiéndose un rato en quitárselo cuando ya
el rapaz creía ser dueño de él. Por fin consiguió el niño atrapar el vaso, y en
un decir Jesús trasegó el contenido, relamiéndose.
—¡Éste no se anda con requisitos!—exclamó el abad.
—¡Quiá!—confirmó el marqués—. ¡Si es un veterano!
¿A que te zampas otro vaso, Perucho?
Las pupilas del angelote rechispeaban; sus mejillas
despedían lumbre, y dilataba la clásica naricilla con inocente concupiscencia
de Baco niño. El abad, guiñando picarescamente el ojo izquierdo, escancióle
otro vaso, que él tomó a dos manos y se embocó sin perder gota; en seguida
soltó la risa; y, antes de acabar el redoble de su carcajada báquica, dejó caer
la cabeza, muy descolorido, en el pecho del marqués.
—¿Lo ven ustedes?—gritó Julián angustiadísimo—. Es
muy chiquito para beber así, y va a ponerse malo. Estas cosas no son para
criaturas.
—¡Bah!—intervino Primitivo—. ¿Piensa que el rapaz
no puede con lo que tiene dentro? ¡Con eso y con otro tanto! Y si no verá.
A su vez tomó en brazos al niño y, mojando en agua
fresca los dedos, se los pasó por las sienes. Perucho abrió los párpados y miró
alrededor con asombro, y su cara se sonroseó.
—¿Qué tal?—le preguntó Primitivo—. ¿Hay ánimos para
otra pinguita de tostado?
Volvióse Perucho hacia la botella y luego, como
instintivamente, dijo que no con la cabeza, sacudiendo la
poblada zalea de sus rizos. No era Primitivo hombre de darse por vencido tan
fácilmente: sepultó la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una moneda de
cobre.
—De ese modo...—refunfuñó el abad.
—No seas bárbaro, Primitivo—murmuró el marqués
entre placentero y grave.
—¡Por Dios y por la Virgen!—imploró Julián—. ¡Van a
matar a esa criatura! Hombre, no se empeñe en emborrachar al niño: es un
pecado, un pecado tan grande como otro cualquiera. ¡No se pueden presenciar
ciertas cosas!
Al protestar, Julián se había incorporado,
encendido de indignación, echando a un lado su mansedumbre y timidez congénita.
Primitivo, de pie también, mas sin soltar a Perucho, miró al capellán fría y
socarronamente, con el desdén de los tenaces por los que se exaltan un momento.
Y metiendo en la mano del niño la moneda de cobre y entre sus labios la botella
destapada y terciada aún de vino, la inclinó, la mantuvo así hasta que todo el
licor pasó al estómago de Perucho. Retirada la botella, los ojos del niño se
cerraron, se aflojaron sus brazos, y no ya descolorido, sino con la palidez de
la muerte en el rostro, hubiera caído redondo sobre la mesa, a no sostenerlo
Primitivo. El marqués, un tanto serio, empezó a inundar de agua fría la frente
y los pulsos del niño; Sabel se acercó, y ayudó también a la aspersión; todo
inútil: lo que es por esta vez, Perucho la tenía.
—Como un pellejo—gruñó el abad.
—Como una cuba—murmuró el marqués—. A la cama con
él en seguida. Que duerma y mañana estará más fresco que una lechuga. Esto no
es nada.
Sabel se alejó cargada con el niño, cuyas piernas
se balanceaban inertes, a cada movimiento de su madre. La cena se acabó menos
bulliciosa de lo que empezara: Primitivo hablaba poco, y Julián había
enmudecido por completo. Cuando terminó el convite y se pensó en dormir,
reapareció Sabel armada de un velón de aceite, de tres mecheros, con el cual
fue alumbrando por la ancha escalera de piedra que conducía al piso alto, y
ascendía a la torre en rápido caracol. Era grande la habitación destinada a
Julián, y la luz del velón apenas disipaba las tinieblas, de entre las cuales
no se destacaba más que la blancura del lecho. A la puerta del cuarto se
despidió el marqués, deseándole buenas noches y añadiendo con brusca
cordialidad:
—Mañana tendrá usted su equipaje.... Ya irán a
Cebre por él.... Ea, descansar, mientras yo echo de casa al abad de Ulloa....
Está un poco.... ¿eh? ¡Dificulto que no se caiga en el camino y no pase la
noche al abrigo de un vallado!
Solo ya, sacó Julián de entre la camisa y el
chaleco una estampa grabada, con marco de lentejuela, que representaba a la
Virgen del Carmen, y la colocó de pie sobre la mesa donde Sabel acababa de
depositar el velón. Arrodillóse, y rezó la media corona, contando por los dedos
de la mano cada diez. Pero el molimiento del cuerpo le hacía apetecer las
gruesas y frescas sábanas, y omitió la letanía, los actos de fe y algún
padrenuestro. Desnudóse honestamente, colocando la ropa en una silla a medida
que se la quitaba, y apagó el velón antes de echarse. Entonces empezaron a
danzar en su fantasía los sucesos todos de la jornada: el caballejo que estuvo
a punto de hacerle besar el suelo, la cruz negra que le causó escalofríos, pero
sobre todo la cena, la bulla, el niño borracho. Juzgando a las gentes con
quienes había trabado conocimiento en pocas horas, se le figuraba Sabel
provocativa, Primitivo insolente, el abad de Ulloa sobrado bebedor y nimiamente
amigo de la caza, los perros excesivamente atendidos, y en cuanto al
marqués.... En cuanto al marqués, Julián recordaba unas palabras del señor de
la Lage:
—Encontrará usted a mi sobrino bastante
adocenado.... La aldea, cuando se cría uno en ella y no sale de allí jamás,
envilece, empobrece y embrutece.
Y casi al punto mismo en que acudió a su memoria
tan severo dictamen, arrepintióse el capellán, sintiendo cierta penosa
inquietud que no podía vencer. ¿Quién le mandaba formar juicios temerarios? Él
venía allí para decir misa y ayudar al marqués en la administración, no para
fallar acerca de su conducta y su carácter.... Con que... a dormir...
Despertó Julián cuando entraba de lleno en la
habitación un sol de otoño dorado y apacible. Mientras se vestía, examinaba la
estancia con algún detenimiento. Era vastísima, sin cielo raso; alumbrábanla
tres ventanas guarnecidas de anchos poyos y de vidrieras faltosas de vidrios
cuanto abastecidas de remiendos de papel pegados con obleas. Los muebles no
pecaban de suntuosos ni de abundantes, y en todos los rincones permanecían
señales evidentes de los hábitos del último inquilino, hoy abad de Ulloa, y antes
capellán del marqués: puntas de cigarros adheridas al piso, dos pares de botas
inservibles en un rincón, sobre la mesa un paquete de pólvora y en un poyo
varios objetos cinegéticos, jaulas para codornices, gayolas,
collares de perros, una piel de conejo mal curtida y peor oliente. Amén de
estas reliquias, entre las vigas pendían pálidas telarañas, y por todas partes
descansaba tranquilamente el polvo, enseñoreado allí desde tiempo inmemorial.
Miraba Julián las huellas de la incuria de su
antecesor, y sin querer acusarle, ni tratarle en sus adentros de cochino, el
caso es que tanta porquería y rusticidad le infundía grandes deseos de primor y
limpieza, una aspiración a la pulcritud en la vida como a la pureza en el alma.
Julián pertenecía a la falange de los pacatos, que tienen la virtud
espantadiza, con repulgos de monja y pudores de doncella intacta. No habiéndose
descosido jamás de las faldas de su madre sino para asistir a cátedra en el Seminario,
sabía de la vida lo que enseñan los libros piadosos. Los demás seminaristas le
llamaban San Julián, añadiendo que sólo le faltaba la palomita en
la mano. Ignoraba cuándo pudo venirle la vocación; tal vez su madre, ama de
llaves de los señores de la Lage, mujer que pasaba por beatona, le empujó
suavemente, desde la más tierna edad, hacia la Iglesia, y él se dejó llevar de
buen grado. Lo cierto es que de niño jugaba a cantar misa, y de grande no paró
hasta conseguirlo. La continencia le fue fácil, casi insensible, por lo mismo
que la guardó incólume, pues sienten los moralistas que es más hacedero no
pecar una vez que pecar una sola. A Julián le ayudaba en su triunfo, amén de la
gracia de Dios que él solicitaba muy de veras, la endeblez de su temperamento
linfático-nervioso, puramente femenino, sin ardores ni rebeldías, propenso a la
ternura, dulce y benigno como las propias malvas, pero no exento, en ocasiones,
de esas energías súbitas que también se observan en la mujer, el ser que posee
menos fuerza en estado normal, y más cantidad de ella desarrolla en las crisis
convulsivas. Julián, por su compostura y hábitos de pulcritud-aprendidos de su
madre, que le sahumaba toda la ropa con espliego y le ponía entre cada par de
calcetines una manzana camuesa—cogió fama de seminarista pollo,
máxime cuando averiguaron que se lavaba mucho manos y cara. En efecto era así,
y a no mediar ciertas ideas de devota pudicicia, él extendería las abluciones
frecuentes al resto del cuerpo, que procuraba traer lo más aseado posible.
El primer día de su estancia en los Pazos bien
necesitaba chapuzarse un poco, atendido el polvo de la carretera que traía
adherido a la piel; pero sin duda el actual abad de Ulloa consideraba artículo
de lujo los enseres de tocador, pues no vio Julián por allí más que una
palangana de hojalata, a la cual servía de palanganero el poyo. Ni jarra, ni
tohalla, ni jabón, ni cubo. Quedóse parado delante de la palangana, en mangas
de camisa y sin saber qué hacer, hasta que, convencido de la imposibilidad de
refrescarse con agua, quiso al menos tomar un baño de aire, y abrió la
vidriera.
Lo que abarcaba la vista le dejó encantado. El
valle ascendía en suave pendiente, extendiendo ante los Pazos toda la lozanía
de su ladera más feraz. Viñas, castañares, campos de maíz granados o ya
segados, y tupidas robledas, se escalonaban, subían trepando hasta un
montecillo, cuya falda gris parecía, al sol, de un blanco plomizo. Al pie mismo
de la torre, el huerto de los Pazos se asemejaba a verde alfombra con cenefas
amarillentas, en cuyo centro se engastaba la luna de un gran espejo, que no era
sino la superficie del estanque. El aire, oxigenado y regenerador, penetraba en
los pulmones de Julián, que sintió disiparse inmediatamente parte del vago
terror que le infundía la gran casa solariega y lo que de sus moradores había
visto. Como para renovarlo, entreoyó detrás de sí rumor de pisadas cautelosas,
y al volverse vio a Sabel, que le presentaba con una mano platillo y jícara,
con la otra, en plato de peltre, un púlpito de agua fresca y una servilleta
gorda muy doblada encima. Venía la moza arremangada hasta el codo, con el pelo
alborotado, seco y volandero, del calor de la cama sin duda: y a la luz del día
se notaba más la frescura de su tez, muy blanca y como infiltrada de sangre.
Julián se apresuró a ponerse el levitín, murmurando:
—Otra vez haga el favor de dar dos golpes en la
puerta antes de entrar.... Conforme estoy a pie, pudo cuadrar que estuviese en
la cama todavía... o vistiéndome.
Miróle Sabel de hito en hito, sin turbarse, y
exclamó:
—Disimule, señor.... Yo no sabía.... El que no
sabe, hace como el que no ve.
—Bien, bien.... Yo quería decir misa antes de tomar
el chocolate.
—Hoy no podrá, porque tiene la llave de la capilla
el señor abad de Ulloa, y Dios sabe hasta qué horas dormirá, ni si habrá quién
vaya allá por ella.
Julián contuvo un suspiro. ¡Dos días ya sin misar!
Cabalmente desde que era presbítero se había redoblado su fervor religioso, y
sentía el entusiasmo juvenil del nuevo misacantano, conmovido aún por la
impresión de la augusta investidura; de suerte que celebraba el sacrificio
esmerándose en perfilar la menor ceremonia, temblando cuando alzaba,
anonadándose cuando consumía, siempre con recogimiento indecible. En fin, si no
había remedio....
—Ponga el chocolate ahí—dijo a Sabel.
Mientras la moza ejecutaba esta orden, Julián
alzaba los ojos al techo y los bajaba al piso, y tosía, tratando de buscar una
fórmula, un modo discreto de explicarse.
—¿Hace mucho que no duerme en este cuarto el señor
abad?
—Poco.... Hará dos semanas que bajó a la parroquia.
—Ah.... Por eso.... Esto está algo... sucio, ¿no le
parece? Sería bueno barrer... y pasar también la escoba por entre las vigas.
Sabel se encogió de hombros.
—El señor abad no me mandó nunca que le barriese el
cuarto.
—Pues, francamente, la limpieza es una cosa que a
todo el mundo gusta.
—Sí, señor, ya se sabe.... No pase cuidado, que yo
lo arreglaré muy arregladito.
Lo pronunció con tanta sumisión, que Julián a su
vez quiso mostrarle un poco de caritativo interés.
—¿Y el niño?—preguntó—. ¿No le hizo mal lo de ayer?
—No, señor.... Durmió como un santiño y ya anda
corriendo por la huerta. ¿Ve? Allí está.
Mirando por la abierta ventana, y haciéndose una
pantalla con la mano, Julián divisó a Perucho, que, sin sombrero, con la cabeza
al sol, arrojaba piedras al estanque.
—Lo que no sucede en un año sucede en un día,
Sabel—advirtió gravemente el capellán—. ¡No debe consentir que le emborrachen
al chiquillo: es un vicio muy feo, hasta en los grandes, cuanto más en un
inocente así! ¿Para qué le aguanta a Primitivo que le dé tanta bebida? Es
obligación de usted el impedirlo.
Sabel fijaba pesadamente en Julián sus azules
pupilas, siendo imposible discernir en ellas el menor relámpago de inteligencia
o de convencimiento. Al fin articuló con pausa:
—Yo qué quiere que le haga.... No me voy a reponer
contra mi señor padre.
Julián calló un momento atónito. ¡De modo que quien
había embriagado a la criatura era su propio abuelo! No supo replicar nada
oportuno, ni siquiera lanzar una exclamación de censura. Llevóse la taza a la
boca para encubrir la turbación, y Sabel, creyendo terminado el coloquio, se
retiraba despacio, cuando el capellán le dirigió una pregunta más.
—¿El señor marqués anda ya levantado?
—Sí, señor.... Debe estar por la huerta o por los
alpendres.
—Haga el favor de llevarme allí—dijo Julián
levantándose y limpiándose apresuradamente los labios sin desdoblar la
servilleta.
Antes de dar con el marqués, recorrieron el
capellán y su guía casi toda la huerta. Aquella vasta extensión de terreno
debía haber sido en otro tiempo cultivada con primor y engalanada con los
adornos de la jardinería simétrica y geométrica cuya moda nos vino de Francia.
De todo lo cual apenas quedaban vestigios: las armas de la casa, trazadas con
mirto en el suelo, eran ahora intrincado matorral de bojes, donde ni la vista
más lince distinguiría rastro de los lobos, pinos, torres almenadas, roeles y
otros emblemas que campeaban en el preclaro blasón de los Ulloas; y, sin
embargo, persistía en la confusa masa no sé qué aire de cosa plantada adrede y
con arte. El borde de piedra del estanque estaba semiderruido, y las gruesas
bolas de granito que lo guarnecían andaban rodando por la hierba, verdosas de
musgo, esparcidas aquí y acullá como gigantescos proyectiles en algún desierto
campo de batalla. Obstruido por el limo, el estanque parecía charca fangosa,
acrecentando el aspecto de descuido y abandono de la huerta, donde los que ayer
fueron cenadores y bancos rústicos se habían convertido en rincones poblados de
maleza, y los tablares de hortaliza en sembrados de maíz, a cuya orilla, como
tenaz reminiscencia del pasado, crecían libres, espinosos y altísimos, algunos
rosales de variedad selecta, que iban a besar con sus ramas más altas la copa
del ciruelo o peral que tenían enfrente. Por entre estos residuos de pasada
grandeza andaba el último vástago de los Ulloas, con las manos en los
bolsillos, silbando distraídamente como quien no sabe qué hacer del tiempo. La
presencia de Julián le dio la solución del problema. Señorito y capellán
emparejaron y alabando la hermosura del día, acabaron de visitar el huerto al
pormenor, y aun alargaron el paseo hasta el soto y los robledales que
limitaban, hacia la parte norte, la extensa posesión del marqués. Julián abría
mucho los ojos, deseando que por ellos le entrase de sopetón toda la ciencia
rústica, a fin de entender bien las explicaciones relativas a la calidad del terreno
o el desarrollo del arbolado; pero, acostumbrado a la vida claustral del
Seminario y de la metrópoli compostelana, la naturaleza le parecía difícil de
comprender, y casi le infundía temor por la vital impetuosidad que sentía
palpitar en ella, en el espesor de los matorrales, en el áspero vigor de los
troncos, en la fertilidad de los frutales, en la picante pureza del aire libre.
Exclamó con desconsuelo sincerísimo:
—Yo confieso la verdad, señorito.... De estas cosas
de aldea, no entiendo jota.
—Vamos a ver la casa—indicó el señor de Ulloa—. Es
la más grande del país—añadió con orgullo.
Mudaron de rumbo, dirigiéndose al enorme caserón,
donde penetraron por la puerta que daba al huerto, y habiendo recorrido el
claustro formado por arcadas de sillería, cruzaron varios salones con
destartalado mueblaje, sin vidrios en las vidrieras, cuyas descoloridas
pinturas maltrataba la humedad, no siendo más clemente la polilla con el
maderamen del piso. Pararon en una habitación relativamente chica, con ventana
de reja, donde las negras vigas del techo semejaban remotísimas, y asombraban
la vista grandes estanterías de castaño sin barnizar, que en vez de cristales
tenían enrejado de alambre grueso. Decoraba tan tétrica pieza una
mesa-escritorio, y sobre ella un tintero de cuerno, un viejísimo bade de suela,
no sé cuántas plumas de ganso y una caja de obleas vacía.
Las estanterías entreabiertas dejaban asomar
legajos y protocolos en abundancia; por el suelo, en las dos sillas de baqueta,
encima de la mesa, en el alféizar mismo de la enrejada ventana, había más
papeles, más legajos, amarillentos, vetustos, carcomidos, arrugados y rotos;
tanta papelería exhalaba un olor a humedad, a rancio, que cosquilleaba en la
garganta desagradablemente. El marqués de Ulloa, deteniéndose en el umbral y
con cierta expresión solemne, pronunció:
—El archivo de la casa.
Desocupó en seguida las sillas de cuero, y explicó
muy acalorado que aquello estaba revueltísimo-aclaración de todo punto
innecesaria—y que semejante desorden se debía al descuido de un fray Venancio,
administrador de su padre, y del actual abad de Ulloa, en cuyas manos pecadoras
había venido el archivo a parar en lo que Julián veía....
—Pues así no puede seguir—exclamaba el capellán—.
¡Papeles de importancia tratados de este modo! Hasta es muy fácil que alguno se
pierda.
—¡Naturalmente! Dios sabe los desperfectos que ya
me habrán causado, y cómo andará todo, porque yo ni mirarlo quiero.... Esto es
lo que usted ve: ¡un desastre, una perdición! ¡Mire usted..., mire usted lo que
tiene ahí a sus pies! ¡Debajo de una bota!
Julián levantó el pie muy asustado, y el marqués se
bajó recogiendo del suelo un libro delgadísimo, encuadernado en badana verde,
del cual pendía rodado sello de plomo. Tomólo Julián con respeto, y al abrirlo,
sobre la primera hoja de vitela, se destacó una soberbia miniatura heráldica,
de colores vivos y frescos a despecho de los años.
—¡Una ejecutoria de nobleza!—declaró el señorito
gravemente.
Por medio de su pañuelo doblado, la limpiaba Julián
del moho, tocándola con manos delicadas. Desde niño le había enseñado su madre
a reverenciar la sangre ilustre, y aquel pergamino escrito con tinta roja,
miniado, dorado, le parecía cosa muy veneranda, digna de compasión por haber
sido pisoteada, hollada bajo la suela de sus botas. Como el señorito permanecía
serio, de codos en la mesa, las manos cruzadas bajo la barba, otras palabras
del señor de la Lage acudieron a la memoria del capellán: «Todo eso de la casa
de mi sobrino debe ser un desbarajuste.... Haría usted una obra de caridad si
lo arreglase un poco». La verdad es que él no entendía gran cosa de papelotes,
pero con buena voluntad y cachaza....
—Señorito—murmuró—, ¿y por qué no nos dedicamos a
ordenar esto como Dios manda? Entre usted y yo, mal sería que no acertásemos.
Mire usted, primero apartamos lo moderno de lo antiguo; de lo que esté muy
estropeado se podría hacer sacar copia; lo roto se pega con cuidadito con unas
tiras de papel transparente....
El proyecto le pareció al señorito de perlas.
Convinieron en ponerse al trabajo desde la mañana siguiente. Quiso la desgracia
que al otro día Primitivo descubriese en un maizal próximo un bando entero de
perdices entretenido en comerse la espiga madura. Y el marqués se terció la
carabina y dejó para siempre jamás amén a su capellán bregar con los
documentos.
Y el capellán lidió con ellos a brazo partido, sin
tregua, tres o cuatro horas todas las mañanas. Primero limpió, sacudió, planchó
sirviéndose de la palma de la mano, pegó papelitos de cigarro a fin de juntar
los pedazos rotos de alguna escritura. Parecíale estar desempolvando, encolando
y poniendo en orden la misma casa de Ulloa, que iba a salir de sus manos hecha
una plata. La tarea, en apariencia fácil, no dejaba de ser enfadosa para el
aseado presbítero: le sofocaba una atmósfera de mohosa humedad; cuando alzaba
un montón de papeles depositado desde tiempo inmemorial en el suelo, caía a
veces la mitad de los documentos hecha añicos por el diente menudo e incansable
del ratón; las polillas, que parecen polvo organizado y volante, agitaban sus
alas y se le metían por entre la ropa; las correderas, perseguidas en sus más
secretos asilos, salían ciegas de furor o de miedo, obligándole, no sin gran
repugnancia, a despachurrarlas con los tacones, tapándose los oídos para no
percibir el ¡chac! estremecedor que produce el cuerpo estrujado del
insecto; las arañas, columpiando su hidrópica panza sobre sus descomunales
zancos, solían ser más listas y refugiarse prontísimamente en los rincones
oscuros, a donde las guía misterioso instinto estratégico. De tanto asqueroso
bicho tal vez el que más repugnaba a Julián era una especie de lombriz o gusano
de humedad, frío y negro, que se encontraba siempre inmóvil y hecho una rosca
debajo de los papeles, y al tocarlo producía la sensación de un trozo de hielo
blando y pegajoso.
Al cabo, a fuerza de paciencia y resolución,
triunfó Julián en su batalla con aquellas alimañas impertinentes, y en los
estantes, ya despejados, fueron alineándose los documentos, ocupando, por
efecto milagroso del buen orden, la mitad menos que antes, y cabiendo donde no
cupieron jamás. Tres o cuatro ejecutorias, todas con su colgante de plomo,
quedaron apartadas, envueltas en paños limpios. Todo estaba arreglado ya,
excepto un tramo de la estantería donde Julián columbró los lomos oscuros,
fileteados de oro, de algunos libros antiguos. Era la biblioteca de un Ulloa,
un Ulloa de principios del siglo: Julián extendió la mano, cogió un tomo al
azar, lo abrió, leyó la portada... «La Henriada, poema francés, puesto
en verso español: su autor, el señor de Voltaire...». Volvió a su sitio el
volumen, con los labios contraídos y los ojos bajos, como siempre que algo le
hería o escandalizaba: no era en extremo intolerante, pero lo que es a Voltaire,
de buena gana le haría lo que a las cucarachas; no obstante, limitóse a
condenar la biblioteca, a no pasar ni un mal paño por el lomo de los libros: de
suerte que polillas, gusanos y arañas, acosadas en todas partes, hallaron
refugio a la sombra del risueño Arouet y su enemigo el sentimental Juan Jacobo,
que también dormía allí sosegadamente desde los años de 1816.
No era tortas y pan pintado la limpieza material
del archivo; sin embargo, la verdadera obra de romanos fue la clasificación.
¡Aquí te quiero! parecían decir los papelotes así que Julián intentaba
distinguirlos. Un embrollo, una madeja sin cabo, un laberinto sin hilo
conductor. No existía faro que pudiese guiar por el piélago insondable: ni
libros becerros, ni estados, ni nada. Los únicos documentos que encontró fueron
dos cuadernos mugrientos y apestando a tabaco, donde su antecesor, el abad de
Ulloa, apuntaba los nombres de los pagadores y arrendatarios de la casa, y al
margen, con un signo inteligible para él solo, o con palabras más enigmáticas
aún, el balance de sus pagos. Los unos tenían una cruz, los otros un garabato,
los de más allá una llamada, y los menos, las frases no paga, pagará,
va pagando, ya pagó. ¿Qué significaban pues el garabato y la cruz? Misterio
insondable. En una misma página se mezclaban gastos e ingresos: aquí aparecía
Fulano como deudor insolvente, y dos renglones más abajo, como acreedor por
jornales. Julián sacó del libro del abad una jaqueca tremebunda. Bendijo la
memoria de fray Venancio, que, más radical, no dejara ni rastro de cuentas, ni
el menor comprobante de su larga gestión.
Había puesto Julián manos a la obra con sumo celo,
creyendo no le sería imposible orientarse en semejante caos de papeles. Se
desojaba para entender la letra antigua y las enrevesadas rúbricas de las
escrituras; quería al menos separar lo correspondiente a cada uno de los tres o
cuatro principales partidos de renta con que contaba la casa; y se asombraba de
que para cobrar tan poco dinero, tan mezquinas cantidades de centeno y trigo,
se necesitase tanto fárrago de procedimientos, tanta documentación indigesta.
Perdíase en un dédalo de foros y subforos, prorrateos, censos, pensiones,
vinculaciones, cartas dotales, diezmos, tercios, pleitecillos menudos, de
atrasos, y pleitazos gordos, de partijas. A cada paso se le confundía más en la
cabeza toda aquella papelería trasconejada; si las obras de reparación, como
poner carpetas de papel fuerte y blanco a las escrituras que se deshacían de
puro viejas le eran ya fáciles, no así el conocimiento científico de los
malditos papelotes, indescifrables para quien no tuviese lecciones y práctica.
Ya desalentado se lo confesó al marqués.
—Señorito, yo no salgo del paso.... Aquí convenía
un abogado, una persona entendida.
—Sí, sí, hace mucho tiempo que lo pienso yo
también.... Es indispensable tomar mano en eso, porque la documentación debe
andar perdida.... ¿Cómo la ha encontrado usted? ¿Hecha una lástima? Apuesto a
que sí.
Dijo esto el marqués con aquella entonación
vehemente y sombría que adoptaba al tratar de sus propios asuntos, por
insignificantes que fuesen; y mientras hablaba, entretenía las manos ciñendo su
collar de cascabeles a la Chula, con la cual iba a salir a matar unas
codornices.
—Sí, señor...—murmuró Julián—. No está nada bien,
no.... Pero la persona acostumbrada a estas cosas se desenreda de ellas en un
soplo.... Y tiene que venir pronto quien sea, porque los papeles no ganan así.
La verdad era que el archivo había producido en el
alma de Julián la misma impresión que toda la casa: la de una ruina, ruina
vasta y amenazadora, que representaba algo grande en lo pasado, pero en la
actualidad se desmoronaba a toda prisa. Era esto en Julián aprensión no
razonada, que se transformaría en convicción si conociese bien algunos
antecedentes de familia del marqués.
Don Pedro Moscoso de Cabreira y Pardo de la Lage
quedó huérfano de padre muy niño aún. A no ser por semejante desgracia, acaso
hubiera tenido carrera: los Moscosos conservaban, desde el abuelo afrancesado,
enciclopedista y francmasón que se permitía leer al señor de Voltaire,
cierta tradición de cultura trasañeja, medio extinguida ya, pero suficiente
todavía para empujar a un Moscoso a los bancos del aula. En los Pardos de la
Lage era, al contrario, axiomático que más vale asno vivo que doctor muerto.
Vivían entonces los Pardos en su casa solariega, no muy distante de la de
Ulloa: al enviudar la madre de don Pedro, el mayorazgo de la Lage iba a casarse
en Santiago con una señorita de distinción, trasladando sus reales al pueblo; y
don Gabriel, el segundón, se vino a los Pazos de Ulloa, para acompañar a su
hermana, según decía, y servirle de amparo; en realidad, afirmaban los
maldicientes, para disfrutar a su talante las rentas del cuñado difunto. Lo
cierto es que don Gabriel en poco tiempo asumió el mando de la casa: él
descubrió y propuso para administrador a aquel bendito exclaustrado fray
Venancio, medio chocho desde la exclaustración, medio idiota de nacimiento ya,
a cuya sombra pudo manejar a su gusto la hacienda del sobrino, desempeñando la
tutela. Una de las habilidades de don Gabriel fue hacer partijas con su hermana
cogiéndole mañosamente casi toda su legítima, despojo a que asintió la pobre
señora, absolutamente inepta en materia de negocios, hábil sólo para ahorrar el
dinero que guardaba con sórdida avaricia, y que tuvo la imprudente niñería de
ir poniendo en onzas de oro, de las más antiguas, de premio. Cortos eran los
réditos del caudal de Moscoso que no se deslizaban de entre los dedos temblones
de fray Venancio a las robustas palmas del tutor; pero si lograban pasar a las
de doña Micaela, ya no salían de allí sino en forma de peluconas, camino de
cierto escondrijo misterioso, acerca del cual iba poco a poco formándose una
leyenda en el país. Mientras la madre atesoraba, don Gabriel educaba al sobrino
a su imagen y semejanza, llevándolo consigo a ferias, cazatas, francachelas
rústicas, y acaso distracciones menos inocentes, y enseñándole, como decían
allí, a cazar la perdiz blanca; y el chico adoraba en aquel tío jovial,
vigoroso y resuelto, diestro en los ejercicios corporales, groseramente
chistoso, como todos los de la Lage, en las sobremesas: especie de señor feudal
acatado en el país, que enseñaba prácticamente al heredero de los Ulloas el
desprecio de la humanidad y el abuso de la fuerza. Un día que tío y sobrino se
deportaban, según costumbre, a cuatro o seis leguas de distancia de los Pazos,
habiéndose llevado consigo al criado y al mozo de cuadra, a las cuatro de la
tarde y estando abiertas todas las puertas del caserón solariego, se presentó
en él una gavilla de veinte hombres enmascarados o tiznados de carbón, que
maniató y amordazó a la criada, hizo echarse boca abajo a fray Venancio, y
apoderándose de doña Micaela, le intimó que enseñase el escondrijo de las
onzas; y como la señora se negase, después de abofetearla, empezaron a mecharla
con la punta de una navaja, mientras unos cuantos proponían que se calentase
aceite para freírle los pies. Así que le acribillaron un brazo y un pecho,
pidió compasión y descubrió, debajo de un arca enorme, el famoso escondrijo,
trampa hábilmente disimulada por medio de una tabla igual a las demás del piso,
pero que subía y bajaba a voluntad. Recogieron los ladrones las hermosas
medallas, apoderáronse también de la plata labrada que hallaron a mano, y se retiraron
de los Pazos a las seis, antes que anocheciese del todo. Algún labrador o
jornalero les vio salir, pero ¿qué había de hacer? Eran veinte, bien armados
con escopetas, pistolas y trabucos.
Fray Venancio, que sólo había recibido tal cual
puntapié o puñada despreciativa, no necesitó más pasaporte para irse al otro
mundo, de puro miedo, en una semana; la señora se apresuró menos, pero, como
suele decirse, no levantó cabeza, y de allí a pocos meses una apoplejía serosa
le impidió seguir guardando onzas en un agujero mejor disimulado. Del robo se
habló largo tiempo en el país, y corrieron rumores muy extraños: se afirmó que
los criminales no eran bandidos de profesión, sino gentes conocidas y acomodadas,
alguna de las cuales desempeñaba cargo público, y entre ellas se contaban
personas relacionadas de antiguo con la familia de Ulloa, que por lo tanto
estaban al corriente de las costumbres de la casa, de los días en que se
quedaba sin hombres, y de la insaciable constancia de doña Micaela en recoger y
conservar la más valiosa moneda de oro. Fuese lo que fuese, la justicia no
descubrió a los autores del delito, y don Pedro quedó en breve sin otro
pariente que su tío Gabriel. Éste buscó para el sitio de fray Venancio a un
sacerdote brusco, gran cazador, incapaz de morirse de miedo ante los ladrones.
Desde tiempo atrás les ayudaba en sus expediciones cinegéticas Primitivo, la
mejor escopeta furtiva del país, la puntería más certera, y el padre de la moza
más guapa que se encontraba en diez leguas a la redonda. El fallecimiento de
doña Micaela permitió que hija y padre se instalasen en los Pazos, ella a
título de criada, él a título de... montero mayor, diríamos hace siglos; hoy no
hay nombre adecuado para el empleo. Don Gabriel los tenía muy a raya a
entrambos, olfateando en Primitivo un riesgo serio para su influencia; pero
tres o cuatro años después de la muerte de su hermana, don Gabriel sufrió
ataques de gota que pusieron en peligro su vida, y entonces se divulgó lo que
ya se susurraba acerca de su casamiento secreto con la hija del carcelero de
Cebre. El hidalgo se trasladó a vivir, mejor dicho a rabiar, en la villita;
otorgó testamento legando a tres hijos que tenía sus bienes y caudal, sin dejar
al sobrino don Pedro ni el reloj en memoria; y habiéndosele subido la gota al
corazón, entregó su alma a Dios de malísima gana, con lo cual hallóse el último
de los Moscosos dueño de sí por completo.
Gracias a todas estas vicisitudes, socaliñas y
pellizcos, la casa de Ulloa, a pesar de poseer dos o tres decentes núcleos de
renta, estaba enmarañada y desangrada; era lo que presumía Julián: una ruina.
Dada la complicación de red, la subdivisión atomística que caracteriza a la
propiedad gallega, un poco de descuido o mala administración basta para minar
los cimientos de la más importante fortuna territorial. La necesidad de pagar
ciertos censos atrasados y sus intereses había sido causa de que la casa se gravase
con una hipoteca no muy cuantiosa; pero la hipoteca es como el cáncer: empieza
atacando un punto del organismo y acaba por inficionarlo todo. Con motivo de
los susodichos censos, el señorito buscó asiduamente las onzas del nuevo
escondrijo de su madre; tiempo perdido: o la señora no había atesorado más
desde el robo, o lo había ocultado tan bien, que no diera con ello el mismo
diablo.
La vista de tal hipoteca contristó a Julián, pues
el buen clérigo empezaba a sentir la adhesión especial de los capellanes por
las casas nobles en que entran; pero más le llenó de confusión encontrar entre
los papelotes la documentación relativa a un pleitecillo de partijas, sostenido
por don Alberto Moscoso, padre de don Pedro, con.... ¡el marqués de Ulloa!
Porque ya es hora de decir que el marqués de Ulloa
auténtico y legal, el que consta en la Guía de forasteros, se
paseaba tranquilamente en carretela por la Castellana, durante el invierno de
1866 a 1867, mientras Julián exterminaba correderas en el archivo de los Pazos.
Bien ajeno estaría él de que el título de nobleza por cuya carta de sucesión
había pagado religiosamente su impuesto de lanzas y medias anatas,
lo disfrutaba gratis un pariente suyo, en un rincón de Galicia. Verdad que al
legítimo marqués de Ulloa, que era Grande de España de primera clase, duque de
algo, marqués tres veces y conde dos lo menos, nadie le conocía en Madrid sino
por el ducado, por aquello de que baza mayor quita menor, aun cuando el título
de Ulloa, radicado en el claro solar de Cabreira de Portugal, pudiese ganar en
antigüedad y estimación a los más eminentes. Al pasar a una rama colateral la
hacienda de los Pazos de Ulloa, fue el marquesado a donde correspondía por
rigurosa agnación; pero los aldeanos, que no entienden de agnaciones, hechos a
que los Pazos de Ulloa diesen nombre al título, siguieron llamando marqueses a
los dueños de la gran huronera. Los señores de los Pazos no protestaban: eran
marqueses por derecho consuetudinario; y cuando un labrador, en un camino
hondo, se descubría respetuosamente ante don Pedro, murmurando: «Vaya usía muy
dichoso, señor marqués», don Pedro sentía un cosquilleo grato en la epidermis
de la vanidad, y contestaba con voz sonora: «Felices tardes».
Del famoso arreglo del archivo sacó Julián los pies
fríos y la cabeza caliente: él bien quisiera despabilarse, aplicar
prácticamente las nociones adquiridas acerca del estado de la casa, para
empezar a ejercer con inteligencia sus funciones de administrador, mas no
acertaba, no podía; su inexperiencia en cosas rurales y jurídicas se traslucía
a cada paso. Trataba de estudiar el mecanismo interior de los Pazos: tomábase
el trabajo de ir a los establos, a las cuadras, de enterarse de los cultivos,
de visitar la granera, el horno, los hórreos, las eras, las bodegas, los
alpendres, cada dependencia y cada rincón; de preguntar para qué servía esto y
aquello y lo de más allá, y cuánto costaba y a cómo se vendía; labor inútil,
pues olfateando por todas partes abusos y desórdenes, no conseguía nunca, por
su carencia de malicia y de gramática parda, poner el dedo sobre ellos y
remediarlos. El señorito no le acompañaba en semejantes excursiones: harto
tenía que hacer con ferias, caza y visitas a gentes de Cebre o del señorío
montañés, de suerte que el guía de Julián era Primitivo. Guía pesimista si los
hay. Cada reforma que Julián quería plantear, la calificaba de imposible,
encogiéndose de hombros; cada superfluidad que intentaba suprimir, la declaraba
el cazador indispensable al buen servicio de la casa. Ante el celo de Julián
surgían montones de dificultades menudas, impidiéndole realizar ninguna
modificación útil. Y lo más alarmante era observar la encubierta, pero real
omnipotencia de Primitivo. Mozos, colonos, jornaleros, y hasta el ganado en los
establos, parecía estarle supeditado y propicio: el respeto adulador con que
trataban al señorito, el saludo, mitad desdeñoso y mitad indiferente que
dirigían al capellán, se convertían en sumisión absoluta hacia Primitivo, no
manifestada por fórmulas exteriores, sino por el acatamiento instantáneo de su
voluntad, indicada a veces con sólo el mirar directo y frío de sus ojuelos sin
pestañas. Y Julián se sentía humillado en presencia de un hombre que mandaba
allí como indiscutible autócrata, desde su ambiguo puesto de criado con ribetes
de mayordomo. Sentía pesar sobre su alma la ojeada escrutadora de Primitivo que
avizoraba sus menores actos, y estudiaba su rostro, sin duda para averiguar el
lado vulnerable de aquel presbítero, sobrio, desinteresado, que apartaba los
ojos de las jornaleras garridas. Tal vez la filosofía de Primitivo era que no
hay hombre sin vicio, y no había de ser Julián la excepción.
Corría entre tanto el invierno, y el capellán se
habituaba a la vida campestre. El aire vivo y puro le abría el apetito: no
sentía ya las efusiones de devoción que al principio, y sí una especie de
caridad humana que le llevaba a interesarse en lo que veía a su alrededor,
especialmente los niños y los irracionales, con quienes desahogaba su
instintiva ternura. Aumentábase su compasión hacia Perucho, el rapaz embriagado
por su propio abuelo; le dolía verle revolcarse constantemente en el lodo del
patio, pasarse el día hundido en el estiércol de las cuadras, jugando con los
becerros, mamando del pezón de las vacas leche caliente o durmiendo en el
pesebre, entre la hierba destinada al pienso de la borrica; y determinó
consagrar algunas horas de las largas noches de invierno a enseñar al chiquillo
el abecedario, la doctrina y los números. Para realizarlo se acomodaba en la
vasta mesa, no lejos del fuego del hogar, cebado por Sabel con gruesos troncos;
y cogiendo al niño en sus rodillas, a la luz del triple mechero del velón, le
iba guiando pacientemente el dedo sobre el silabario, repitiendo la monótona
salmodia por donde empieza el saber: be-a bá, be-e bé, be-i bí....
El chico se deshacía en bostezos enormes, en muecas risibles, en momos de
llanto, en chillidos de estornino preso; se acorazaba, se defendía contra la
ciencia de todas las maneras imaginables, pateando, gruñendo, escondiendo la
cara, escurriéndose, al menor descuido del profesor, para ocultarse en
cualquier rincón o volverse al tibio abrigo del establo.
En aquel tiempo frío, la cocina se convertía en
tertulia, casi exclusivamente compuesta de mujeres. Descalzas y pisando de
lado, como recelosas, iban entrando algunas, con la cabeza resguardada por una
especie de mandilón de picote; muchas gemían de gusto al acercarse a la
deleitable llama; otras, tomando de la cintura el huso y el copo de lino,
hilaban después de haberse calentado las manos, o sacando del bolsillo
castañas, las ponían a asar entre el rescoldo; y todas, empezando por
cuchichear bajito, acababan por charlotear como urracas. Era Sabel la reina de
aquella pequeña corte: sofocada por la llama, con los brazos arremangados, los
ojos húmedos, recibía el incienso de las adulaciones, hundía el cucharón de
hierro en el pote, llenaba cuencos de caldo, y al punto una mujer desaparecía
del círculo, refugiábase en la esquina o en un banco, donde se la oía mascar
ansiosamente, soplar el hirviente bodrio y lengüetear contra la cuchara. Noches
había en que no se daba la moza punto de reposo en colmar tazas, ni las mujeres
en entrar, comer y marcharse para dejar a otras el sitio: allí desfilaba sin
duda, como en mesón barato, la parroquia entera. Al salir cogían aparte a
Sabel, y si el capellán no estuviese tan distraído con su rebelde alumno, vería
algún trozo de tocino, pan o lacón rápidamente escondido en un
justillo, o algún chorizo cortado con prontitud de las ristras pendientes en la
chimenea, que no menos velozmente pasaba a las faltriqueras. La última
tertuliana que se quedaba, la que secreteaba más tiempo y más íntimamente con
Sabel, era la vieja de las greñas de estopa, entrevista por Julián la noche de
su llegada a los Pazos. Era imponente la fealdad de la bruja: tenía las cejas
canas, y, de perfil, le sobresalían, como también las cerdas de un lunar; el
fuego hacía resaltar la blancura del pelo, el color atezado del rostro, y el
enorme bocio o papera que deformaba su garganta del modo más
repulsivo. Mientras hablaba con la frescachona Sabel, la fantasía de un artista
podía evocar los cuadros de tentaciones de San Antonio en que aparecen juntas
una asquerosa hechicera y una mujer hermosa y sensual, con pezuña de cabra.
Sin explicarse el porqué, empezó a desagradar a
Julián la tertulia y las familiaridades de Sabel, que se le arrimaba
continuamente, a pretexto de buscar en el cajón de la mesa un cuchillo, una
taza, cualquier objeto indispensable. Cuando la aldeana fijaba en él sus ojos
azules, anegados en caliente humedad, el capellán experimentaba malestar
violento, comparable sólo al que le causaban los de Primitivo, que a menudo
sorprendía clavados a hurtadillas en su rostro. Ignorando en qué fundar sus
recelos, creía Julián que meditaban alguna asechanza. Era Primitivo, salvo tal
cual momentáneo acceso de brusca y selvática alegría, hombre taciturno, a cuya
faz de bronce asomaban rara vez los sentimientos; y con todo eso, Julián se
juzgaba blanco de hostilidad encubierta por parte del cazador; en rigor, ni
hostilidad podía llamarse; más bien tenía algo de observación y acecho, la
espera tranquila de una res, a quien, sin odiarla, se desea cazar cuanto antes.
Semejante actitud no podía definirse, ni expresarse apenas. Julián se refugió
en su cuarto, adonde hizo subir, medio arrastro, al niño, para la lección
acostumbrada. Así como así, el invierno había pasado, y el calor de la lareira no
era apetecible ya.
En su habitación pudo el capellán notar mejor que
en la cocina la escandalosa suciedad del angelote. Media pulgada de roña le
cubría la piel; y en cuanto al cabello, dormían en él capas geológicas,
estratificaciones en que entraba tierra, guijarros menudos, toda suerte de
cuerpos extraños. Julián cogió a viva fuerza al niño, lo arrastró hacia la
palangana, que ya tenía bien abastecida de jarras, toallas y jabón. Empezó a
frotar. ¡María Santísima y qué primer agua la que salió de aquella empecatada
carita! Lejía pura, de la más turbia y espesa. Para el pelo fue preciso emplear
aceite, pomada, agua a chorros, un batidor de gruesas púas que desbrozase la
virgen selva. Al paso que adelantaba la faena, iban saliendo a luz las
bellísimas facciones, dignas del cincel antiguo, coloreadas con la pátina del
sol y del aire; y los bucles, libres de estorbos, se colocaban artísticamente
como en una testa de Cupido, y descubrían su matiz castaño dorado, que acababa
de entonar la figura. ¡Era pasmoso lo bonito que había hecho Dios a aquel
muñeco!
Todos los días, que gritase o que se resignase el
chiquillo, Julián lo lavaba así antes de la lección. Por aquel respeto que
profesaba a la carne humana no se atrevía a bañarle el cuerpo, medida bien
necesaria en verdad. Pero con los lavatorios y el carácter bondadoso de Julián,
el diablillo iba tomándose demasiadas confianzas, y no dejaba cosa a vida en el
cuarto. Su desaplicación, mayor a cada instante, desesperaba al pobre
presbítero: la tinta le servía a Perucho para meter en ella la mano toda y plantarla
después sobre el silabario; la pluma, para arrancarle las barbas y romperle el
pico cazando moscas en los vidrios; el papel, para rasgarlo en tiritas o hacer
con él cucuruchos; las arenillas, para volcarlas sobre la mesa y figurar con
ellas montes y collados, donde se complacía en producir cataclismos hundiendo
el dedo de golpe. Además, revolvía la cómoda de Julián, deshacía la cama
brincando encima, y un día llegó al extremo de prender fuego a las botas de su
profesor, llenándolas de fósforos encendidos.
Bien aguantaría Julián estas diabluras con la
esperanza de sacar algo en limpio de semejante hereje; pero se complicaron con
otra cosa bastante más desagradable: las idas y venidas frecuentes de Sabel por
su habitación. Siempre encontraba la moza algún pretexto para subir: que se le
había olvidado recoger el servicio del chocolate; que se le había esquecido mudar
la toalla. Y se endiosaba, y tardaba un buen rato en bajar, entreteniéndose en
arreglar cosas que no estaban revueltas, o poniéndose de pechos en la ventana,
muy risueña y campechanota, alardeando de una confianza que Julián, cada día
más reservado, no autorizaba en modo alguno.
Una mañana entró Sabel a la hora de costumbre con
las jarras de agua para las abluciones del presbítero, que, al recibirlas, no
pudo menos de reparar, en una rápida ojeada, cómo la moza venía en justillo y
enaguas, con la camisa entreabierta, el pelo destrenzado y descalzos un pie y
pierna blanquísimos, pues Sabel, que se calzaba siempre y no hacía más que la
labor de cocina y ésa con mucha ayuda de criadas de campo y comadres, no tenía
la piel curtida, ni deformados los miembros. Julián retrocedió, y la jarra
tembló en su mano, vertiéndose un chorro de agua por el piso.
—Cúbrase usted, mujer—murmuró con voz sofocada por
la vergüenza—. No me traiga nunca el agua cuando esté así... no es modo de
presentarse a la gente.
—Me estaba peinando y pensé que me
llamaba...—respondió ella sin alterarse, sin cruzar siquiera las palmas sobre
el escote.
—Aunque la llamase no era regular venir en ese
traje.... Otra vez que se esté peinando que me suba el agua Cristobo o la chica
del ganado... o cualquiera....
Y al pronunciar estas palabras, volvíase de
espaldas para no ver más a Sabel, que se retiraba lentamente.
Desde aquel punto y hora, Julián se desvió de la
muchacha como de un animal dañino e impúdico; no obstante, aún le parecía poco
caritativo atribuir a malos fines su desaliño indecoroso, prefiriendo achacarlo
a ignorancia y rudeza. Pero ella se había propuesto demostrar lo contrario.
Poco tiempo iba transcurrido desde la severa reprimenda, cuando una tarde,
mientras Julián leía tranquilamente la Guía de Pecadores, sintió
entrar a Sabel y notó, sin levantar la cabeza, que algo arreglaba en el cuarto.
De pronto oyó un golpe, como caída de persona contra algún mueble, y vio a la
moza recostada en la cama, despidiendo lastimeros ayes y hondos suspiros. Se
quejaba de una aflición, una cosa repentina, y Julián, turbado pero
compadecido, acudió a empapar una toalla para humedecerle las sienes, y a fin
de ejecutarlo se acercó a la acongojada enferma. Apenas se inclinó hacia ella,
pudo—a pesar de su poca experiencia y ninguna malicia—convencerse de que el
supuesto ataque no era sino bellaquería grandísima y sinvergüenza calificada.
Una ola de sangre encendió a Julián hasta el cogote: sintió la cólera
repentina, ciega, que rarísima vez fustigaba su linfa, y señalando a la puerta,
exclamó:
—Se me va usted de aquí ahora mismo o la echo a
empellones..., ¿entiende usted? No me vuelve usted a cruzar esa puerta....
Todo, todo lo que necesite, me lo traerá Cristobo.... ¡Largo inmediatamente!
Retiróse la moza cabizbaja y mohína, como quien
acaba de sufrir pesado chasco. Julián, por su parte, quedó tembloroso, agitado,
descontento de sí mismo, cual suelen los pacíficos cuando ceden a un arrebato
de ira: hasta sentía dolor físico, en el epigastrio. A no dudarlo, se había
excedido; debió dirigir a aquella mujer una exhortación fervorosa, en vez de
palabras de menosprecio. Su obligación de sacerdote era enseñar, corregir,
perdonar, no pisotear a la gente como a los bichos del archivo. Al cabo Sabel tenía
un alma, redimida por la sangre de Cristo igual que otra cualquiera. Pero
¿quién reflexiona, quién se modera ante tal descaro? Hay un movimiento que
llaman los escolásticos primo primis fatal e inevitable. Así
se consolaba el capellán. De todos modos, era triste cosa tener que vivir con
aquella mala hembra, no más púdica que las vacas. ¿Cómo podía haber mujeres
así? Julián recordaba a su madre, tan modosa, siempre con los ojos bajos y la
voz almibarada y suave, con su casabé abrochado hasta la nuez,
sobre el cual, para mayor recato, caía liso, sin arrugas, un pañuelito de seda
negra. ¡Qué mujeres! ¡Qué mujeres se encuentran por el mundo!
Desde el funesto lance tuvo Julián que barrerse el
cuarto y subirse el agua, porque ni Cristobo ni las criadas hicieron caso de
sus órdenes, y a Sabel no quería verle ni la sombra en la puerta. Lo que más
extrañeza y susto le causó fue observar que Primitivo, después del suceso, no
se recataba ya para mirarle con fijeza terrible, midiéndole con una ojeada que
equivalía a una declaración de guerra. Julián no podía dudar que estorbaba en
los Pazos: ¿por qué? A veces meditaba en ello interrumpiendo la lectura de Fray
Luis de Granada y de los seis libros de San Juan Crisóstomo sobre el
sacerdocio; pero al poco rato, descorazonado por tanta mezquina contrariedad,
desesperando de ser útil jamás a la casa de Ulloa, se enfrascaba nuevamente en
sus páginas místicas.
De los párrocos de las inmediaciones, con ninguno
había hecho Julián tan buenas migas como con don Eugenio, el de Naya. El abad
de Ulloa, al cual veía con más frecuencia, no le era simpático, por su
desmedida afición al jarro y a la escopeta; y al abad de Ulloa, en cambio, le
exasperaba Julián, a quien solía apodar mariquita; porque para el
abad de Ulloa, la última de las degradaciones en que podía caer un hombre era
beber agua, lavarse con jabón de olor y cortarse las uñas: tratándose de un
sacerdote, el abad ponía estos delitos en parangón con la simonía.
«Afeminaciones, afeminaciones», gruñía entre dientes, convencidísimo de que la
virtud en el sacerdote, para ser de ley, ha de presentarse bronca, montuna y
cerril; aparte de que un clérigo no pierde, ipso facto, los fueros
de hombre, y el hombre debe oler a bravío desde una legua. Con los demás curas
de las parroquias cercanas tampoco frisaba mucho Julián; así es que, convidado
a las funciones de iglesia, acostumbraba retirarse tan pronto como se acababan
las ceremonias, sin aceptar jamás la comida que era su complemento indispensable.
Pero cuando don Eugenio le invitó con alegre cordialidad a pasar en Naya
el día del patrón, aceptó de buen grado, comprometiéndose a no
faltarle.
Según lo convenido, subió a Naya la víspera,
rehusando la montura que le ofrecía don Pedro. ¡Para legua y media escasa! ¡Y
con una tarde hermosísima! Apoyándose en un palo, dando tiempo a que
anocheciese, deteniéndose a cada rato para recrearse mirando el paisaje, no
tardó mucho en llegar al cerro que domina el caserío de Naya, tan oportunamente
que vino a caer en medio del baile que, al son de la gaita, bombo y tamboril, a
la luz de los fachones de paja de centeno encendidos y
agitados alegremente, preludiaba a los regocijos patronales. Poco tardaron los
bailarines en bajar hacia la rectoral, cantando y atruxando como
locos, y con ellos descendió Julián.
El cura esperaba en la portalada misma: recogidas
las mangas de su chaqueta, levantaba en alto un jarro de vino, y la criada
sostenía la bandeja con vasos. Detúvose el grupo; el gaitero, vestido de pana
azul, en actitud de cansancio, dejando desinflarse la gaita, cuyo punteiro caía
sobre los rojos flecos del roncón, se limpiaba la frente sudorosa con un
pañuelo de seda, y los reflejos de la paja ardiendo y de las luces que
alumbraban la casa del cura permitían distinguir su cara guapota, de correctas
facciones, realzada por arrogantes patillas castañas. Cuando le sirvieron el
vino, el rústico artista dijo cortésmente: «¡A la salud del señor abade y la
compaña!» y, después de echárselo al coleto, aún murmuró con mucha política,
pasándose el revés de la mano por la boca: «De hoy en veinte años, señor
abade». Las libaciones consecutivas no fueron acompañadas de más fórmulas de
atención.
Disfrutaba el párroco de Naya de una rectoral
espaciosa, alborozada a la sazón con los preparativos de la fiesta y asistía
impávido a los preliminares del saco y ruina de su despensa, bodega, leñera y
huerto. Era don Eugenio joven y alegre como unas pascuas, y su condición, más
que de padre de almas, de pilluelo revoltoso y ladino; pero bajo la corteza
infantil se escondía singular don de gentes y conocimiento de la vida práctica.
Sociable y tolerante, había logrado no tener un solo enemigo entre sus compañeros.
Le conceptuaban un rapaz inofensivo.
Tras el pocillo de aromoso chocolate, dio a Julián
la mejor cama y habitación que poseía, y le despertó cuando la gaita floreaba
la alborada, rayando ésta apenas en los cielos. Fueron juntos los dos clérigos
a revisar el decorado de los altares, compuestos ya para la misa solemne.
Julián pasaba la revista con especial devoción, puesto que el patrón de Naya
era el suyo mismo, el bienaventurado San Julián, que allí estaba en el altar
mayor con su carita inocentona, su estática sonrisilla, su chupa y calzón corto,
su paloma blanca en la diestra, y la siniestra delicadamente apoyada en la
chorrera de la camisola. La imagen modesta, la iglesia desmantelada y sin más
adorno que algún rizado cirio y humildes flores aldeanas puestas en toscos
cacharros de loza, todo excitaba en Julián tierna piedad, la efusión que le
hacía tanto provecho, ablandándole y desentumeciéndole el espíritu. Iban
llegando ya los curas de las inmediaciones, y en el atrio, tapizado de hierba,
se oía al gaitero templar prolijamente el instrumento, mientras en la iglesia
el hinojo, esparcido por las losas y pisado por los que iban entrando, despedía
olor campestre y fresquísimo. La procesión se organizaba; San Julián había
descendido del altar mayor; la cruz y los estandartes oscilaban sobre el
remolino de gentes amontonadas ya en la estrecha nave, y los mozos, vestidos de
fiesta, con su pañuelo de seda en la cabeza en forma de burelete,
se ofrecían a llevar las insignias sacras. Después de dar dos vueltas por el
atrio y de detenerse breves instantes frente al crucero, el santo volvió a
entrar en la iglesia, y fue pujado, con sus andas, a una mesilla al
lado del altar mayor muy engalanada, y cubierta con antigua colcha de damasco
carmesí. La misa empezó, regocijada y rústica, en armonía con los demás
festejos. Más de una docena de curas la cantaban a voz en cuello, y el
desvencijado incensario iba y venía, con retintín de cadenillas viejas,
soltando un humo espeso y aromático, entre cuya envoltura algodonosa parecía
suavizarse el desentono del introito, la aspereza de las broncas
laringes eclesiásticas. El gaitero, prodigando todos sus recursos artísticos,
acompañaba con el punteiro desmangado de la gaita y haciendo
oficios de clarinete. Cuando tenía que sonar entera la orquesta, mangaba otra
vez el punteiro en el fol; así podía acompañar la
elevación de la hostia con una solemne marcha real, y el postcomunio con una
muñeira de las más recientes y brincadoras, que, ya terminada la misa, repetía
en el vestíbulo, donde tandas de mozos y mozas se desquitaban, bailando a su
sabor, de la compostura guardada por espacio de una hora en la iglesia. Y el
baile en el atrio lleno de luz, el templo sembrado de hojas de hinojos y
espadaña que magullaron los pisotones, alumbrado, más que por los cirios, por
el sol que puerta y ventanas dejaban entrar a torrentes, los curas jadeantes,
pero satisfechos y habladores, el santo tan currutaco y lindo, muy risueño en
sus andas, con una pierna casi en el aire para empezar un minueto y la cándida
palomita pronta a abrir las alas, todo era alegre, terrenal, nada inspiraba la
augusta melancolía que suele imperar en las ceremonias religiosas. Julián se
sentía tan muchacho y contento como el santo bendito, y salía ya a gozar el
aire libre, acompañado de don Eugenio, cuando en el corro de los bailadores
distinguió a Sabel, lujosamente vestida de domingo, girando con las demás
mozas, al compás de la gaita. Esta vista le aguó un tanto la fiesta.
Era a semejante hora la rectoral de Naya un
infierno culinario, si es que los hay. Allí se reunían una tía y dos primas de
don Eugenio—a quienes por ser muchachas y frescas no quería el párroco tener
consigo a diario en la rectoral—; el ama, viejecilla llorona, estorbosa e
inútil, que andaba dando vueltas como un palomino atontado, y otra ama bien
distinta, de rompe y rasga, la del cura de Cebre, que en sus mocedades había
servido a un canónigo compostelano, y era célebre en el país por su destreza en
batir mantequillas y asar capones. Esta fornida guisandera, un tanto bigotuda,
alta de pecho y de ademán brioso, había vuelto la casa de arriba abajo en pocas
horas, barriéndola desde la víspera a grandes y furibundos escobazos, retirando
al desván los trastos viejos, empezando a poner en marcha el formidable
ejército de guisos, echando a remojo los lacones y garbanzos, y revistando, con
rápida ojeada de general en jefe, la hidrópica despensa, atestada de dádivas de
feligreses; cabritos, pollos, anguilas, truchas, pichones, ollas de vino,
manteca y miel, perdices, liebres y conejos, chorizos y morcillas. Conocido ya
el estado de las provisiones, ordenó las maniobras del ejército: las viejas se
dedicaron a desplumar aves, las mozas a fregar y dejar como el oro peroles,
cazos y sartenes, y un par de mozancones de la aldea, uno de ellos idiota de
oficio, a desollar reses y limpiar piezas de caza.
Si se encontrase allí algún maestro de la escuela
pictórica flamenca, de los que han derramado la poesía del arte sobre la prosa
de la vida doméstica y material, ¡con cuánto placer vería el espectáculo de la
gran cocina, la hermosa actividad del fuego de leña que acariciaba la panza
reluciente de los peroles, los gruesos brazos del ama confundidos con la carne
no menos rolliza y sanguínea del asado que aderezaba, las rojas mejillas de las
muchachas entretenidas en retozar con el idiota, como ninfas con un sátiro
atado, arrojándole entre el cuero y la camisa puñados de arroz y cucuruchos de
pimiento! Y momentos después, cuando el gaitero y los demás músicos vinieron a
reclamar su parva o desayuno, el guiso de intestinos de
castrón, hígado y bofes, llamado en el país mataburrillo, ¡cuán
digna de su pincel encontraría la escena de rozagante apetito, de expansión del
estómago, de carrillos hinchados y tragos de mosto despabilados al vuelo, que
allí se representó entre bromas y risotadas!
¿Y qué valía todo ello en comparación del festín
homérico preparado en la sala de la rectoral? Media docena de tablas tendidas
sobre otros tantos cestos, ayudaban a ensanchar la mesa cuotidiana; por encima
dos limpios manteles de lamanisco sostenían grandes jarros rebosando tinto
añejo; y haciéndoles frente, en una esquina del aposento, esperaban turno
ventrudas ollas henchidas del mismo líquido. La vajilla era mezclada, y entre
el estaño y barro vidriado descollaba algún talavera legítimo,
capaz de volver loco a un coleccionista, de los muchos que ahora se consagran a
la arcana ciencia de los pucheros. Ante la mesa y sus apéndices, no sin mil
cumplimientos y ceremonias, fueron tomando asiento los padres curas, porfiando
bastante para ceder los asientos de preferencia, que al cabo tocaron al obeso
Arcipreste de Loiro—la persona más respetable en años y dignidad de todo el
clero circunvecino, que no había asistido a la ceremonia por no ahogarse con
las apreturas del gentío en la misa—, y a Julián, en quien don Eugenio honraba
a la ilustre casa de Ulloa.
Sentóse Julián avergonzado, y su confusión subió de
punto durante la comida. Por ser nuevo en el país y haber rehusado siempre
quedarse a comer en las fiestas, era blanco de todas las miradas. Y la mesa
estaba imponente. La rodeaban unos quince curas y sobre ocho seglares, entre
ellos el médico, notario y juez de Cebre, el señorito de Limioso, el sobrino
del cura de Boán, y el famosísimo cacique conocido por el apodo de Barbacana,
que apoyándose en el partido moderado a la sazón en el poder, imperaba en el distrito
y llevaba casi anulada la influencia de su rival el cacique Trampeta,
protegido por los unionistas y mal visto por el clero. En suma, allí se juntaba
lo más granado de la comarca, faltando sólo el marqués de Ulloa, que vendría de
fijo a los postres. La monumental sopa de pan rehogada en grasa, con chorizo,
garbanzos y huevos cocidos cortados en ruedas, circulaba ya en gigantescos
tarterones, y se comía en silencio, jugando bien las quijadas. De vez en cuando
se atrevía algún cura a soltar frases de encomio a la habilidad de la
guisandera; y el anfitrión, observando con disimulo quiénes de los convidados
andaban remisos en mascar, les instaba a que se animasen, afirmando que era
preciso aprovecharse de la sopa y del cocido, pues apenas había otra cosa.
Creyéndolo así Julián, y no pareciéndole cortés desairar a su huésped, cargó la
mano en la sopa y el cocido. Grande fue su terror cuando empezó a desfilar
interminable serie de platos, los veintiséis tradicionales en la comida del
patrón de Naya, no la más abundante que se servía en el arciprestazgo, pues
Loiro se le aventajaba mucho.
Para llegar al número prefijado, no había recurrido
la guisandera a los artificios con que la cocina francesa disfraza los manjares
bautizándolos con nombres nuevos o adornándolos con arambeles y engañifas. No,
señor: en aquellas regiones vírgenes no se conocía, loado sea Dios, ninguna
salsa o pebre de origen gabacho, y todo era neto, varonil y clásico como la
olla. ¿Veintiséis platos? Pronto se hace la lista: pollos asados, fritos, en
pepitoria, estofados, con guisantes, con cebollas, con patatas y con huevos;
aplíquese el mismo sistema a la carne, al puerco, al pescado y al cabrito. Así,
sin calentarse los cascos, presenta cualquiera veintiséis variados manjares.
¡Y cómo se burlaría la guisandera si por arte de
magia apareciese allí un cocinero francés empeñado en redactar un menú,
en reducirse a cuatro o seis principios, en alternar los fuertes con los
ligeros y en conceder honroso puesto a la legumbre! ¡Legumbres a mí!, diría el
ama del cura de Cebre, riéndose con toda su alma y todas sus caderas también.
¡Legumbres el día del patrón! Son buenas para los cerdos.
Ahíto y mareado, Julián no tenía fuerzas sino para
rechazar con la mano las fuentes que no cesaban de circular pasándoselas los
convidados unos a otros: a bien que ya le observaban menos, pues la
conversación se calentaba. El médico de Cebre, atrabiliario, magro y
disputador; el notario, coloradote y barbudo, osaban decir chistes, referir
anécdotas; el sobrino del cura de Boán, estudiante de derecho, muy enamorado de
condición, hablaba de mujeres, ponderaba la gracia de las señoritas de Molende
y la lozanía de una panadera de Cebre, muy nombrada en el país; los curas al
pronto no tomaron parte, y como Julián bajase la vista, algunos comensales,
después de observarle de reojo, se hicieron los desentendidos. Mas duró poco la
reserva; al ir vaciándose los jarros y desocupándose las fuentes, nadie quiso
estar callado y empezaron las bromas a echar chispas.
Máximo Juncal, el médico, recién salido de las
aulas compostelanas, soltó varias puntadas sobre política, y también malignas
pullas referentes al grave escándalo que a la sazón traía muy preocupados a los
revolucionarios de provincia: Sor Patrocinio, sus manejos, su influencia en
Palacio. Alborotáronse dos o tres curas; y el cacique Barbacana,
con suma gravedad, volviendo hacia Juncal su barba florida y luenga, díjole
desdeñosamente una verdad como un templo: que «muchos hablaban de lo que no
entendían», a lo cual el médico replicó, vertiendo bilis por ojos y labios,
«que pronto iba a llegar el día de la gran barredura, que luego se armaría el
tiberio del siglo, y que los neos irían a contarlo a casa de su padre Judas
Iscariote».
Afortunadamente profirió estos tremendos vaticinios
a tiempo que la mayor parte de los párrocos se hallaban enzarzados en la
discusión teológica, indispensable complemento de todo convite patronal. Liados
en ella, no prestó atención a lo que el médico decía ninguno de los que podían
volvérselas al cuerpo: ni el bronco abad de Ulloa, ni el belicoso de Boán, ni
el Arcipreste, que siendo más sordo que una tapia, resolvía las discusiones
políticas a gritos, alzando el índice de la mano derecha como para invocar la
cólera del cielo. En aquel punto y hora, mientras corrían las fuentes de arroz
con leche, canela y azúcar, y se agotaban las copas de tostado,
llegaba a su periodo álgido la disputa, y se entreoían argumentos,
proposiciones, objeciones y silogismos.
—Nego majorem....
—Probo minorem.
—Eh.... Boán, que con mucho disimulo me estás
echando abajo la gracia....
—Compadre, cuidado.... Si adelanta usted un poquito
más nos vamos a encontrar con el libre albedrío perdido.
—Cebre, mira que vas por mal camino: ¡mira que te
marchas con Pelagio!
—Yo a San Agustín me agarro, y no lo suelto.
—Esa proposición puede admitirse simpliciter,
pero tomándola en otro sentido... no cuela.
—Citaré autoridades, todas las que se me pidan: ¿a
que no me citas tú ni media docena? A ver.
—Es sentir común de la Iglesia desde los primeros
concilios.
—Es punto opinable, ¡quoniam! A mí no me
vengas a asustar tú con concilios ni concilias.
—¿Querrás saber más que Santo Tomás?
—¿Y tú querrás ponerte contra el Doctor de la
gracia?
—¡Nadie es capaz de rebatirme esto! Señores... la
gracia....
—¡Que nos despeñamos de vez! ¡Eso es herejía
formal; es pelagianismo puro!
—Qué entiendes tú, qué entiendes tú.... Lo que tú
censures, que me lo claven....
—Que diga el señor Arcipreste.... Vamos a aventurar
algo a que no me deja mal el señor Arcipreste.
El Arcipreste era respetado más por su edad que por
su ciencia teológica; y se sosegó un tanto el formidable barullo cuando se
incorporó difícilmente, con ambas manos puestas tras los oídos, vertiendo
sangre por la cara, a fin de dirimir, si cabía lograrlo, la contienda. Pero un
incidente distrajo los ánimos: el señorito de Ulloa entraba seguido de dos
perros perdigueros, cuyos cascabeles acompañaban su aparición con jubiloso
repique. Venía, según su promesa, a tomar una copa a los postres; y la tomó de
pie, porque le aguardaba un bando de perdices allá en la montaña.
Hízosele muy cortés recibimiento, y los que no
pudieron agasajarle a él agasajaron a la Chula y al Turco, que iban apoyando la
cabeza en todas las rodillas, lamiendo aquí un plato y zampándose un bizcocho
allá. El señorito de Limioso se levantó resuelto a acompañar al de Ulloa en la
excursión cinegética, para lo cual tenía prevenido lo necesario, pues rara vez
salía del Pazo de Limioso sin echarse la escopeta al hombro y el morral a la
cintura.
Cuando partieron los dos hidalgos, ya se había
calmado la efervescencia de la discusión sobre la gracia, y el médico, en voz
baja, le recitaba al notario ciertos sonetos satírico-políticos que entonces
corrían bajo el nombre de belenes. Celebrábalos el notario,
particularmente cuando el médico recalcaba los versos esmaltados de alusiones
verdes y picantes. La mesa, en desorden, manchada de salsas, ensangrentada de
vino tinto, y el suelo lleno de huesos arrojados por los comensales menos
pulcros, indicaban la terminación del festín; Julián hubiera dado algo bueno
por poderse retirar; sentíase cansado, mortificado por la repugnancia que le
inspiraban las cosas exclusivamente materiales; pero no se atrevía a
interrumpir la sobremesa, y menos ahora que se entregaban al deleite de
encender algún pitillo y murmurar de las personas más señaladas en el país. Se
trataba del señorito de Ulloa, de su habilidad para tumbar perdices,
y sin que Julián adivinase la causa, se pasó inmediatamente a hablar de Sabel,
a quien todos habían visto por la mañana en el corro de baile; se encomió su
palmito, y al mismo tiempo se dirigieron a Julián señas y guiños, como si la
conversación se relacionase con él. El capellán bajaba la vista según
costumbre, y fingía doblar la servilleta; mas de improviso, sintiendo uno de
aquellos chispazos de cólera repentina y momentánea que no era dueño de
refrenar, tosió, miró en derredor, y soltó unas cuantas asperezas y severidades
que hicieron enmudecer a la asamblea. Don Eugenio, al ver aguada la sobremesa,
optó por levantarse, proponiendo a Julián que saliesen a tomar el fresco en la
huerta: algunos clérigos se alzaron también, anunciando que iban a echar
completas; otros se escurrieron en compañía del médico, el notario, el juez
y Barbacana, a menear los naipes hasta la noche.
Refugiáronse al huerto el cura de Naya y Julián,
pasando por la cocina, donde la algazara de los criados, primas del cura,
cocineras y músicos era formidable, y los jarros se evaporaban y la comilona
amenazaba durar hasta el sol puesto. El huerto, en cambio, permanecía en su
tranquilo y poético sosiego primaveral, con una brisa fresquita que columpiaba
las últimas flores de los perales y cerezos, y acariciaba el recio follaje de
las higueras, a cuya sombra, en un ribazo de mullida grama, se tendieron ambos presbíteros,
no sin que don Eugenio, sacando un pañuelo de algodón a cuadros, se tapase con
él la cabeza, para resguardarla de las importunidades de alguna mosca precoz. A
Julián todavía le duraba el sofoco, la llamarada de indignación; pero ya le
pesaba, de su corta paciencia, y resolvía ser más sufrido en lo venidero.
Aunque bien mirado....
—¿Quiere escotar un
sueño?—preguntó el de Naya al verle tan cabizbajo y mustio.
—No; lo que yo quería, Eugenio, era pedirle que me
dispensase el enfado que tomé allá en la mesa.... Conozco que soy a veces
así... un poco vivo... y luego hay conversaciones que me sacan de tino, sin
poderlo remediar. Usted póngase en mi caso.
—Pongo, pongo.... Pero a mí me están embromando
también a cada rato con las primas..., y hay que aguantar, que no lo hacen con
mala intención; es por reírse un poco.
—Hay bromas de bromas, y a mí me parecen delicadas
para un sacerdote las que tocan a la honestidad y a la pureza. Si aguanta uno
por respetos humanos esos dichos, acaso pensarán que ya tiene medio perdida la
vergüenza para los hechos. Y ¿qué sé yo si alguno, no digo de los sacerdotes,
no quiero hacerles tal ofensa, pero de los seglares, creerá que en efecto...?
El de Naya aprobó con la cabeza como quien reconoce
la fuerza de una observación; pero, al mismo tiempo, la sonrisa con que lucía
la desigual dentadura era suave e irónica protesta contra tanta rigidez.
—Hay que tomar el mundo según viene...—murmuró
filosóficamente—. Ser bueno es lo que importa; porque ¿quién va a tapar las
bocas de los demás? Cada uno habla lo que le parece, y gasta las guasas que
quiere.... En teniendo la conciencia tranquila....
—No, señor; no, señor; poco a poco—replicó
acaloradamente Julián—. No sólo estamos obligados a ser buenos, sino a
parecerlo; y aún es peor en un sacerdote, si me apuran, el mal ejemplo y el
escándalo, que el mismo pecado. Usted bien lo sabe, Eugenio; lo sabe mejor que
yo, porque tiene cura de almas.
—También usted se apura ahí por una chanza, por una
tontería, lo mismo que si ya todo el mundo le señalase con el dedo.... Se
necesita una vara de correa para vivir entre gentes. A este paso no le arriendo
la ganancia, porque no va a sacar para disgustos.
Caviloso y cejijunto, había cogido Julián un palito
que andaba por el suelo, y se entretenía en clavarlo en la hierba. Levantó la
cabeza de pronto.
—Eugenio, ¿es mi amigo?
—Siempre, hombre, siempre—contestó afable y
sinceramente el de Naya.
—Pues séame franco. Hábleme como si estuviésemos en
el confesonario. ¿Se dice por ahí... eso?
—¿Lo qué?
—Lo de que yo... tengo algo que ver... con esa
muchacha, ¿eh? Porque puede usted creerme, y se lo juraría si fuese lícito
jurar: bien sabe Dios que la tal mujer hasta me es aborrecible, y que no le
habré mirado a la cara media docena de veces desde que estoy en los Pazos.
—No, pues a la cara se le puede mirar, que la tiene
como una rosa.... Ea, sosiéguese: a mí se me figura que nadie piensa mal de
usted con Sabel. El marqués no inventó la pólvora, es cierto que no, y la moza
se distraerá con los de su clase cuanto quiera, dígalo el bailoteo en la gaita
de hoy; pero no iba a tener la desvergüenza de pegársela en sus barbas, con el
mismo capellán.... Hombre, no hagamos tan estúpido al marqués.
Julián se volvió, más bien arrodillado que sentado
en la grama, con los ojos abiertos de par en par.
—Pero... el señorito..., ¿qué tiene que ver el
señorito...?
El cura de Naya saltó a su vez, sin que ninguna
mosca le picase, y prorrumpió en juvenil carcajada. Julián, comprendiendo,
preguntó nuevamente:
—Luego el chiquillo... el Perucho....
Tornó don Eugenio a reír hasta el extremo de tener
que limpiarse los lagrimales con el pañuelo de cuadros.
—No se ofenda...—murmuraba entre risa y llanto—. No
se ofenda porque me río así.... Es que, de veras, no me puedo contener cuando
me pega la risa; un día hasta me puse malo.... Esto es como las cosqui...
cosquillas... involuntario....
Aplacado el acceso de risa, añadió:
—Es que yo siempre lo tuve a usted por un
bienaventurado, como nuestro patrón San Julián..., pero esto pasa de castaño
oscuro.... ¡Vivir en los Pazos y no saber lo que ocurre en ellos! ¿O es que
quiere hacerse el bobo?
—A fe, no sospechaba nada, nada, nada. ¿Usted
piensa que iba a quedarme allí ni dos días, caso de averiguarlo antes?
¿Autorizar con mi presencia un amancebamiento? ¿Pero... usted está seguro de lo
que dice?
—Hombre.... ¿tiene usted gana de cuentos? ¿Es usted
ciego? ¿No lo ha notado? Pues repárelo.
—¡Qué sé yo! ¡Cuando uno no está en la malicia! Y
el niño..., ¡infeliz criatura! El niño me da tanta compasión.... Allí se cría
como un morito.... ¿Se comprende que haya padres tan sin entrañas?
—Bah.... Esos hijos así, nacidos por detrás de la
Iglesia.... Luego, si uno oye a los de aquí y a los de allá.... Cada cual dice
lo que se le antoja.... La moza es alegre como unas castañuelas; todo el mundo
en las romerías le debe dos cuartos: uno la convida a rosquillas, el otro
a resolio, éste la saca a bailar, aquél la empuja.... Se cuentan
mil enredos.... ¿Usted se ha fijado en el gaitero que tocó hoy en la misa?
—¿Un buen mozo, con patillas?
—Cabal. Le llaman el Gallo de
mote. Pues dicen si la acompaña o no por los caminos.... ¡Historias!
Por detrás de la tapia del huerto se oyó entonces
vocerío alegre y argentinas carcajadas.
—Son las primas...—dijo don Eugenio—. Van a la
gaita, que está tocando en el crucero ahora. ¿Quiere usted venir un ratito? A
ver si se le pasa el disgusto.... Ahí en casa unos rezan y otros juegan.... Yo
no rezo nunca sobre la comida.
—Vamos allá—contestó Julián, que se había quedado
ensimismado.
—Nos sentaremos al pie del crucero.
Volvía Julián preocupado a la casa solariega,
acusándose de excesiva simplicidad, por no haber reparado cosas de tanto bulto.
Él era sencillo como la paloma; sólo que en este pícaro mundo también se
necesita ser cauto como la serpiente.... Ya no podía continuar en los Pazos....
¿Cómo volvía a vivir a cuestas de su madre, sin más emolumentos que la misa? ¿Y
cómo dejaba así de golpe al señorito don Pedro, que le trataba tan llanamente?
¿Y la casa de Ulloa, que necesitaba un restaurador celoso y adicto? Todo era
verdad: pero, ¿y su deber de sacerdote católico?
Le acongojaban estos pensamientos al cruzar un
maizal, en cuyo lindero manzanilla y cabrifollos despedían grato aroma. Era la
noche templada y benigna, y Julián apreciaba por primera vez la dulce paz del
campo, aquel sosiego que derrama en nuestro combatido espíritu la madre
naturaleza. Miró al cielo, oscuro y alto.
—¡Dios sobre todo!—murmuró, suspirando al pensar
que tendría que habitar un pueblo de calles angostas y encontrarse con gente a
cada paso.
Siguió andando, guiado por el ladrido lejano de los
perros. Ya divisaba próxima la vasta mole de los Pazos. El postigo debía estar
abierto. Julián distaba de él unos cuantos pasos no más, cuando oyó dos o tres
gritos que le helaron la sangre: clamores inarticulados como de alimaña herida,
a los cuales se unía el desconsolado llanto de un niño.
Engolfóse el capellán en las tenebrosas
profundidades de corredor y bodega, y llegó velozmente a la cocina. En el
umbral se quedó paralizado de asombro ante lo que iluminaba la luz fuliginosa
del candilón. Sabel, tendida en el suelo, aullaba desesperadamente; don Pedro,
loco de furor, la brumaba a culatazos; en una esquina, Perucho, con los puños
metidos en los ojos, sollozaba. Sin reparar lo que hacía, arrojóse Julián hacia
el grupo, llamando al marqués con grandes voces:
—¡Señor don Pedro..., señor don Pedro!
Volvióse el señor de los Pazos, y se quedó inmóvil,
con la escopeta empuñada por el cañón, jadeante, lívido de ira, los labios y
las manos agitadas por temblor horrible; y en vez de disculpar su frenesí o de
acudir a la víctima, balbució roncamente:
—¡Perra..., perra..., condenada..., a ver si nos
das pronto de cenar, o te deshago! ¡A levantarse... o te levanto con la
escopeta!
Sabel se incorporaba ayudada por el capellán,
gimiendo y exhalando entrecortados ayes. Tenía aún el traje de fiesta con el
cual la viera Julián danzar pocas horas antes junto al crucero y en el atrio;
pero el mantelo de rico paño se encontraba manchado de tierra;
el dengue de grana se le caía de los hombros, y uno de sus largos zarcillos de
filigrana de plata, abollado por un culatazo, se le había clavado en la carne
de la nuca, por donde escurrían algunas gotas de sangre. Cinco verdugones rojos
en la mejilla de Sabel contaban bien a las claras cómo había sido derribada la
intrépida bailadora.
—¡La cena he dicho!—repitió brutalmente don Pedro.
Sin contestar, pero no sin gemir, dirigióse la
muchacha hacia el rincón donde hipaba el niño, y le tomó en brazos, apretándole
mucho. El angelote seguía llorando a moco y baba. Don Pedro se acercó entonces,
y mudando de tono, preguntó:
—¿Qué es eso? ¿Tiene algo Perucho?
Púsole la mano en la frente y la sintió húmeda.
Levantó la palma: era sangre. Desviando entonces los brazos, apretando los
puños, soltó una blasfemia, que hubiera horrorizado más a Julián si no supiese,
desde aquella tarde misma, que acaso tenía ante sí a un padre que acababa de
herir a su hijo. Y el padre resurgía, maldiciéndose a sí propio, apartando los
rizos del chiquillo, mojando un pañuelo en agua, y atándolo con cuidado
indecible sobre la descalabradura.
—A ver cómo lo cuidas...—gritó dirigiéndose a
Sabel—. Y cómo haces la cena en un vuelo.... ¡Yo te enseñaré, yo te enseñaré a
pasarte las horas en las romerías sacudiéndote, perra!
Con los ojos fijos en el suelo, sin quejarse ya,
Sabel permanecía parada, y su mano derecha tentaba suavemente su hombro
izquierdo, en el cual debía tener alguna dolorosa contusión. En voz baja y
lastimera, pero con suma energía, pronunció sin mirar al señorito:
—Busque quien le haga la cena..., y quien esté
aquí.... Yo me voy, me voy, me voy, me voy....
Y lo repetía obstinadamente, sin entonación, como
el que afirma una cosa natural e inevitable.
—¿Qué dices, bribona?
—Que me voy, que me voy.... A mi casita pobre....
¡Quién me trajo aquí! ¡Ay, mi madre de mi alma!
Rompió la moza a llorar amarguísimamente, y el
marqués, requiriendo su escopeta, rechinaba los dientes de cólera, dispuesto ya
a hacer alguna barrabasada notable, cuando un nuevo personaje entró en escena.
Era Primitivo, salido de un rincón oscuro; diríase que estaba allí oculto hacía
rato. Su aparición modificó instantáneamente la actitud de Sabel, que tembló,
calló y contuvo sus lágrimas.
—¿No oyes lo que te dice el señorito?—preguntó
sosegadamente el padre a la hija.
—Oi-go, siii-see-ñoor, oi-go-tartamudeó la moza,
comiéndose los sollozos.
—Pues a hacer la cena en seguida. Voy a ver si
volvieron ya las otras muchachas para que te ayuden. La Sabia está ahí fuera:
te puede encender la lumbre.
Sabel no replicó más. Remangóse la camisa y bajó de
la espetera una sartén. Como evocada por alguna de sus compañeras en
hechicerías, entró en la cocina entonces, pisando de lado, la vieja de las
greñas blancas, la Sabia, que traía el enorme mandil atestado de leña. El
marqués tenía aún la escopeta en la mano: cogiósela respetuosamente Primitivo,
y la llevó al sitio de costumbre. Julián, renunciando a consolar al niño, creyó
llegada la ocasión de dar un golpe diplomático.
—Señor marqués..., ¿quiere que tomemos un poco el
aire? Está la noche muy buena.... Nos pasearemos por el huerto....
Y para sus adentros pensaba:
«En el huerto le digo que me voy también.... No se
ha hecho para mí esta vida, ni esta casa».
Salieron al huerto. Oíase el cuarrear de las ranas
en el estanque, pero ni una hoja de los árboles se movía, tal estaba la noche
de serena. El capellán cobró ánimos, pues la oscuridad alienta mucho a decir
cosas difíciles.
—Señor marqués, yo siento tener que advertirle....
Volvióse el marqués bruscamente.
—Ya sé..., ¡chist!, no necesitamos gastar saliva.
Me ha pescado usted en uno de esos momentos en que el hombre no es dueño de
sí.... Dicen que no se debe pegar nunca a las mujeres.... Francamente, don
Julián, según ellas sean.... ¡Hay mujeres de mujeres, caramba..., y ciertas
cosas acabarían con la paciencia del santo Job que resucitase! Lo que siento es
el golpe que le tocó al chiquillo.
—Yo no me refería a eso...—murmuró Julián—. Pero si
quiere que le hable con el corazón en la mano, como es mi deber, creo no está
bien maltratar así a nadie.... Y por la tardanza de la cena, no merece....
—¡La tardanza de la cena!—pronunció el señorito—.
¡La tardanza! A ningún cristiano le gusta pasarse el día en el monte comiendo
frío y llegar a casa y no encontrar bocado caliente; ¡pero si esa mala hembra
no tuviese otras mañas...! ¿No la ha visto usted? ¿No la ha visto usted todo el
día, allá en Naya, bailoteando como una descosida, sin vergüenza? ¿No la ha
encontrado usted a la vuelta, bien acompañada? ¡Ah!... ¿Usted cree que se
vienen solitas las mozas de su calaña? ¡Ja, ja! Yo la he visto, con estos ojos,
y le aseguro a usted que si tengo algún pesar, ¡es el de no haberle roto una
pierna, para que no baile más por unos cuantos meses!
Guardó silencio el capellán, sin saber qué
responder a la inesperada revelación de celos feroces. Al fin calculó que se le
abría camino para soltar lo que tenía atravesado en la garganta.
—Señor marqués—murmuró—, dispénseme la libertad que
me tomo.... Una persona de su clase no se debe rebajar a importársele por lo
que haga o no haga la criada.... La gente es maliciosa, y pensará que usted
trata con esa chica.... Digo pensará Ya lo piensa todo el
mundo.... Y el caso es que yo..., vamos..., no puedo permanecer en una casa
donde, según la voz pública, vive un cristiano en concubinato.... Nos está
prohibido severamente autorizar con nuestra presencia el escándalo y hacernos
cómplices de él. Lo siento a par del alma, señor marqués; puede creerme que
hace tiempo no tuve un disgusto igual.
El marqués se detuvo, con las manos sepultadas en
los bolsillos.
—Leria, leria...—murmuró—. Es preciso
hacerse cargo de lo que es la juventud y la robustez.... No me predique un
sermón, no me pida imposibles. ¡Qué demonio!, el que más y el que menos es
hombre como todos.
—Yo soy un pecador—replicó Julián—, solamente que
veo claro en este asunto, y por los favores que debo a usted, y el pan que le
he comido, estoy obligado a decirle la verdad. Señor marqués, con franqueza,
¿no le pesa de vivir así encenagado? ¡Una cosa tan inferior a su categoría y a
su nacimiento! ¡Una triste criada de cocina!
Siguieron andando, acercándose a la linde del
bosque, donde concluía el huerto.
—¡Una bribona desorejada, que es lo peor!—exclamó
el marqués después de un rato de silencio—. Oiga usted...—añadió arrimándose a
un castaño—. A esa mujer, a Primitivo, a la condenada bruja de la Sabia con sus
hijas y nietas, a toda esa gavilla que hace de mi casa merienda de negros, a la
aldea entera que los encubre, era preciso cogerlos así (y agarraba una rama del
castaño triturándola en menudos fragmentos) y deshacerlos. Me están saqueando,
me comen vivo..., y cuando pienso en que esa tunanta me aborrece y se va de
mejor gana con cualquier gañán de los que acuden descalzos a alquilarse para
majar el centeno, ¡tengo mientes de aplastarle los sesos como a una culebra!
Julián oía estupefacto aquellas miserias de la vida
pecadora, y se admiraba de lo bien que teje el diablo sus redes.
—Pero, señor...—balbució—. Si usted mismo lo conoce
y lo comprende....
—¿Pues no lo he de comprender? ¿Soy estúpido acaso
para no ver que esa desvergonzada huye de mí, y cada día tengo que cazarla como
a una liebre? ¡Sólo está contenta entre los demás labriegos, con la hechicera
que le trae y lleva chismes y recados a los mozos! A mí me detesta. A la hora
menos pensada me envenenará.
—Señor marqués, ¡yo me pasmo!—arguyó el capellán
eficazmente—. ¡Que usted se apure por una cosa tan fácil de arreglar! ¿Tiene
más que poner a semejante mujer en la calle?
Como ambos interlocutores se habían acostumbrado a
la oscuridad, no sólo vio Julián que el marqués meneaba la cabeza, sino que
torcía el gesto.
—Bien se habla...—pronunció sordamente—. Decir es
una cosa y hacer es otra.... Las dificultades se tocan en la práctica. Si echo
a ese enemigo, no encuentro quien me guise ni quien venga a servirme. Su
padre.... ¿Usted no lo creerá? Su padre tiene amenazadas a todas las mozas de
que a la que entre aquí en marchándose su hija, le mete él una perdigonada en
los lomos.... Y saben que es hombre para hacerlo como lo dice. Un día cogí yo a
Sabel por un brazo y la puse en la puerta de la casa: la misma noche se me
despidieron las otras criadas, Primitivo se fingió enfermo, y estuve una semana
comiendo en la rectoral y haciéndome la cama yo mismo.... Y tuve que pedirle a
Sabel, de favor, que volviese.... Desengáñese usted, pueden más que nosotros.
Esa comparsa que traen alrededor son paniaguados suyos, que les obedecen
ciegamente. ¿Piensa usted que yo ahorro un ochavo aquí en este desierto? ¡Quiá!
Vive a mi cuenta toda la parroquia. Ellos se beben mi cosecha de vino,
mantienen sus gallinas con mis frutos, mis montes y sotos les suministran leña,
mis hórreos les surten de pan; la renta se cobra tarde, mal y arrastro; yo
sostengo siete u ocho vacas, y la leche que bebo cabe en el hueco de la mano;
en mis establos hay un rebaño de bueyes y terneros que jamás se uncen para
labrar mis tierras; se compran con mi dinero, eso sí, pero luego se dan a
parcería y no se me rinden cuentas jamás....
—¿Por qué no pone otro mayordomo?
—¡Ay, ay, ay! ¡Como quien no dice nada! Una de dos:
o sería hechura de Primitivo y entonces estábamos en lo mismo, o Primitivo le
largaría un tiro en la barriga.... Y si hemos de decir verdad, Primitivo no es
mayordomo.... Es peor que si lo fuese, porque manda en todos, incluso en mí;
pero yo no le he dado jamás semejante mayordomía.... Aquí el mayordomo fue
siempre el capellán.... Ese Primitivo no sabrá casi leer ni escribir; pero es
más listo que una centella, y ya en vida del tío Gabriel se echaba mano de él
para todo.... Mire usted, lo cierto es que el día que él se cruza de brazos, se
encuentra uno colgadito.... No hablemos ya de la caza, que para eso no tiene
igual; a mí me faltarían los pies y las manos si me faltase Primitivo.... Pero
en los demás asuntos es igual.... Su antecesor de usted, el abad de Ulloa, no
se valía sin él; y usted, que también ha venido en concepto de administrador,
séame franco: ¿ha podido usted amañarse solo?
—La verdad es que no—declaró Julián humildemente—.
Pero con el tiempo..., la práctica....
—¡Bah, bah! A usted no le obedecerá ni le hará caso
jamás ningún paisano, porque es usted un infeliz; es usted demasiado bonachón.
Ellos necesitan gente que conozca sus máculas y les dé ciento de ventaja en
picardía.
Por depresiva que fuese para el amor propio del
capellán la observación, hubo de reconocer su exactitud. No obstante, picado
ya, se propuso agotar los recursos del ingenio para conseguir la victoria en
lucha tan desigual. Y su caletre le sugirió la siguiente perogrullada:
—Pero, señor marqués..., ¿por qué no sale un poco
al pueblo? ¿No sería ése el mejor modo de desenredarse? Me admiro de que un
señorito como usted pueda aguantar todo el año aquí, sin moverse de estas
montañas fieras.... ¿No se aburre?
El marqués miraba al suelo, aun cuando en él no
había cosa digna de verse. La idea del capellán no le cogía de sorpresa.
—¡Salir de aquí!—exclamó—. ¿Y a dónde demontre se
va uno? Siquiera aquí, mal o bien, es uno el rey de la comarca.... El tío
Gabriel me lo decía mil veces: las personas decentes, en las poblaciones, no se
distinguen de los zapateros.... Un zapatero que se hace millonario metiendo y
sacando la lesna, se sube encima de cualquier señor, de los que lo somos de
padres a hijos.... Yo estoy muy acostumbrado a pisar tierra mía y a andar entre
árboles que corto si se me antoja.
—Pero al fin, señorito, ¡aquí le manda Primitivo!
—Bah.... A Primitivo le puedo yo dar tres docenas
de puntapiés, si se me hinchan las narices, sin que el juez me venga a
empapelar.... No lo hago; pero duermo tranquilo con la seguridad de que lo
haría si quisiese. ¿Cree usted que Sabel irá a quejarse a la justicia de los
culatazos de hoy?
Esta lógica de la barbarie confundía a Julián.
—Señor, yo no le digo que deje esto... Únicamente,
que salga una temporadita, a ver cómo le prueba.... Apartándose usted de aquí
algún tiempo, no sería difícil que Sabel se casase con persona de su esfera, y
que usted también encontrase una conveniencia arreglada a su calidad, una
esposa legítima. Cualquiera tiene un desliz, la carne es flaca; por eso no es
bueno para el hombre vivir solo, porque se encenaga, y como dijo quien lo
entendía, es mejor casarse que abrasarse en concupiscencia, señor don Pedro. ¿Por
qué no se casa, señorito?—exclamó, juntando las manos—. ¡Hay tantas señoritas
buenas y honradas!
A no ser por la oscuridad, vería Julián chispear
los ojos del marqués de Ulloa.
—¿Y cree usted, santo de Dios, que no se me había
ocurrido a mí? ¿Piensa usted que no sueño todas las noches con un chiquillo que
se me parezca, que no sea hijo de una bribona, que continúe el nombre de la
casa..., que herede esto cuando yo me muera... y que se llame Pedro
Moscoso, como yo?
Al decir esto golpeábase el marqués su fornido
tronco, su pecho varonil, cual si de él quisiese hacer brotar fuerte y adulto
ya el codiciado heredero. Julián, lleno de esperanza, iba a animarle en tan
buenos propósitos; pero se estremeció de repente, pues creyó sentir a sus
espaldas un rumor, un roce, el paso de un animal por entre la maleza.
—¿Qué es eso?—exclamó volviéndose—. Parece que anda
por aquí el zorro.
El marqués le cogió del brazo.
—Primitivo...—articuló en voz baja y ahogada de
ira—. Primitivo que nos atisbará hace un cuarto de hora, oyendo la
conversación.... Ya está usted fresco.... Nos hemos lucido.... ¡Me valga Dios y
los santos de la corte celestial! También a mí se me acaba la cuerda. ¡Vale más
ir a presidio que llevar esta vida!
Mientras se raía con la navaja de barba los
contados pelos rubios que brotaban en sus carrillos, Julián maduraba un
proyecto: afeitado y limpio que fuese, emprendería el camino de Cebre un pie
tras otro, en el caballo de San Francisco; allí le pediría al cura una jícara
de chocolate, y esperaría en la rectoral hasta las doce, hora en que pasa la
diligencia de Orense a Santiago; malo sería que en interior o cupé no hubiese
un asiento vacante. Tenía dispuesto su maletín: lo enviaría a buscar desde
Cebre por un mozo. Y calculando así, miraba contristado el paisaje ameno, el
huerto con su dormilón estanque, el umbrío manchón del soto, la verdura de los
prados y maizales, la montaña, el limpio firmamento, y se le prendía el alma en
el atractivo de aquella dulce soledad y silencio, tan de su gusto, que deseaba
pasar allí la vida toda. ¡Cómo ha de ser! Dios nos lleva y trae según sus
fines.... No, no era Dios, sino el pecado, en figura de Sabel, quien lo
arrojaba del paraíso.... Le agitó semejante idea y se cortó dos veces la
mejilla.... Estuvo próximo a inferirse el tercer rasguño, porque le dieron una
palmada en el hombro.
Se volvió.... ¿Quién había de conocer a don Pedro,
tan metamorfoseado como venía? Afeitado también, aunque sin detrimento de su
barba, que brillaba suavizada por el aceite de olor, trascendiendo a jabón y a
ropa limpia, vestido con traje de mezclilla, chaleco de piqué blanco, hongo
azul, y al brazo un abrigo, parecía el señor de Ulloa otro hombre nuevo y
diferente, con veinte grados más de educación y cultura que el anterior. De
golpe lo comprendió todo Julián... y la sangre le dio gozoso vuelco.
—¡Señorito...!
—Ea, despachar, que corre prisa.... Tiene usted que
acompañarme a Santiago y necesitamos llegar a Cebre antes de mediodía.
—¿De veras viene usted? ¡Mismo parece cosa de
milagro! Yo estuve hoy arreglando la maleta. ¡Bendito sea Dios! Pero si usted
determina que me quede aquí entretanto....
—¡No faltaba otra cosa! Si salgo solo, se me agua
la fiesta. Voy a dar una sorpresa al tío Manolo, y a conocer a las primas, que
sólo las he visto cuando eran unas mocosas.... Si ahora me desanimo, no vuelvo
a animarme en diez años. Ya he mandado a Primitivo que ensille la yegua y ponga
el aparejo a la borrica.
En aquel punto asomó por la puerta un rostro que a
Julián se le antojó siniestro, y acaso pensó otro tanto el marqués, pues
preguntó impaciente:
—Vamos a ver, ¿qué ocurre?
—La yegua—respondió Primitivo sin alzar la voz—no
sirve para el camino.
—¿Por qué razón? ¿Puede saberse?
—Está sin una ferradura siquiera—declaró
serenamente el cazador.
—¡Mal rayo que te parta!—vociferó el marqués
echando fuego por los ojos—. ¡Ahora me dices eso! ¿Pues no es cuenta tuya
cuidar de que esté herrada? ¿O he de llevarla yo al herrador todos los días?
—Como no sabía que el señorito quisiese salir
hoy....
—Señor—intervino Julián—, yo iré a pie. Al fin
tenía determinado dar ese paseo. Lleve usted la burra.
—Tampoco hay burra—objetó el cazador sin pestañear
ni alterar un solo músculo de su faz broncínea.
—¿Que... no... hay... bu... rraaaaa?—articuló,
apretando los puños, don Pedro—. ¿Que no... la... hayyy? A ver, a ver....
Repíteme eso, en mi cara.
El hombre de bronce no se inmutó al reiterar
fríamente.
—No hay burra.
—¡Pues así Dios me salve! ¡La ha de haber y tres
más, y si no por quien soy que os pongo a todos a cuatro patas y me lleváis a
caballo hasta Cebre!
Nada replicó Primitivo, incrustado en el quicio de
la puerta.
—Vamos claros, ¿cómo es que no hay burra?
—Ayer, al volver del pasto, el rapaz que la cuida
le encontró dos puñaladas.... Puede el señorito verla.
Disparó don Pedro una imprecación, y bajó de dos en
dos las escaleras. Primitivo y Julián le seguían. En la cuadra, el pastor,
adolescente de cara estúpida y escrofulosa, confirmó la versión del cazador.
Allá en el fondo del establo columbraron al pobre animal, que temblaba, con las
orejas gachas y el ojo amortiguado; la sangre de sus heridas, en negro reguero,
se había coagulado desde el anca a los cascos. Julián experimentaba en el
establo sombrío y lleno de telarañas impresión análoga a la que sentiría en el
teatro de un crimen. Por lo que hace al marqués, quedóse suspenso un instante,
y de súbito, agarrando al pastor por los cabellos, se los mesó y refregó con
furia, exclamando:
—Para que otra vez dejes acuchillar a los
animales..., toma..., toma..., toma....
Rompió el chico a llorar becerrilmente, lanzando
angustiosas miradas al impasible Primitivo. Don Pedro se volvió hacia éste.
—Pilla ahora mismo mi saco y la maleta de don
Julián.... Volando.... Nos vamos a pie hasta Cebre.... Andando bien, tenemos
tiempo de coger el coche.
Obedeció el cazador sin perder su helada calma.
Bajó la maleta y el saco; pero en vez de cargar ambos objetos a hombros,
entregó cada bulto a un mozo de campo, diciendo lacónicamente:
—Vas con el señorito.
Sorprendióse el marqués y miró a su montero con
desconfianza. Jamás perdonaba Primitivo la ocasión de acompañarle, y extrañaba
su retraimiento entonces. Por la imaginación de don Pedro cruzaron rápidas
vislumbres de recelo; y como si Primitivo lo adivinase, probó a disiparlo.
—Yo tengo ahí que atender al rareo del soto de
Rendas. Están los castaños tan apretados, que no se ve.... Ya andan allá los
leñadores.... Pero sin mí, no se desenvuelven....
Encogióse de hombros el señorito, calculando que
acaso Primitivo se proponía ocultar en el soto la vergüenza de su derrota. No
obstante, como creía conocerle, hacíasele duro que abandonase la partida sin
desquite. Estuvo a punto de exclamar: «Acompáñame». Presintió resistencias, y
pensó para su sayo: «¡Qué demonio! Más vale dejarle. Aunque se empeñe, no me ha
de cortar el paso.... Y si cree que puede conmigo...».
Fijó sin embargo una mirada escrutadora en las
escuetas facciones del cazador, donde creía advertir, muy encubierta y
disimulada, cierta contracción diabólica.
—¿Qué estará rumiando este zorro?—cavilaba el
señorito—. Sin alguna no escapamos. ¡No, pues como se desmande! Me coge hoy en
punto de caramelo.
Subió don Pedro a su habitación y volvió con la
escopeta al hombro. Julián le miraba sorprendido de que tomase el arma yendo de
viaje. De pronto el capellán recordó algo también y se dirigió a la cocina.
—¡Sabel!—gritó—. ¡Sabel! ¿Dónde está el niño,
mujer? Le quería dar un beso.
Sabel salió y volvió con el chiquillo agarrado a
sus sayas. Le había encontrado escondido en el pesebre de las vacas, su rincón
favorito, y el diablillo traía los rizos entretejidos con hierba y flores
silvestres. Estaba precioso. Hasta la venda de la descalabradura le asemejaba
al Amor. Julián le levantó en peso, besándole en ambos carrillos.
—Sabel, mujer, lávelo de vez en cuando siquiera....
Por las mañanas....
—Vámonos, vámonos...—apremió el marqués desde la
puerta, como si recelase entrar junto a la mujer y el niño—. Hace falta el
tiempo.... Se nos va a marchar el coche.
Si Sabel deseaba retener a aquel fugitivo Eneas, no
dio de ello la más leve señal, pues se volvió con gran sosiego a sus potes y
trébedes. Don Pedro, a pesar de la urgencia alegada para apurar a Julián,
aguardó dos minutos en la puerta, quizás con la ilusión recóndita de ser
detenido por la muchacha; pero al fin, encogiéndose de hombros, salió delante,
y echó a andar por la senda abierta entre viñas que conducía al crucero. Era el
paraje descubierto, aunque el terreno quebrado, y el señorito podía otear fácilmente
a derecha e izquierda todo cuanto sucediese: ni una liebre brincaría por allí
sin que sus ojos linces de cazador la avizorasen. Aunque departiendo con Julián
acerca de la sorpresa que se le preparaba a la familia de la Lage, y de si
amenazaba llover porque el cielo se había encapotado, no descuidaba el marqués
observar algo que debía interesarle muchísimo. Un instante se paró, creyendo
divisar la cabeza de un hombre allá lejos, detrás de los paredones que cerraban
la viña. Pero a tal distancia no consiguió cerciorarse. Vigiló más atento.
Acercábanse al soto de Rendas, situado antes del
crucero; desde allí el arbolado se espesaba, y se dificultaba la precaución.
Orillaron el soto, llegaron al pie del santo símbolo y se internaron en el
camino más agrio y estrecho, sin ver nada que justificase temores. En la
espesura oyeron el golpe reiterado del hacha y el ¡ham! de los leñadores, que
rareaban los castaños. Más adelante, silencio total. El cielo se cubría de
nubes cirrosas, y la claridad del sol apenas se abría paso, filtrándose velada
y cárdena, presagiando tempestad. Julián recordó un detalle melancólico, la
cruz a la cual iban a llegar en breve, que señalaba el teatro de un crimen, y
preguntó:
—¿Señorito?
—¿Eh?—murmuró el marqués, hablando con los dientes
apretados.
—Aquí cerca mataron un hombre, ¿verdad? Donde está
la cruz de madera. ¿Por qué fue, señorito? ¿Alguna venganza?
—Una pendencia entre borrachos, al volver de la
feria—respondió secamente don Pedro, que se hacía todo ojos para inspeccionar
los matorrales.
La cruz negreaba ya sobre ellos, y Julián se puso a
rezar el Padre nuestro acostumbrado, muy bajito. Iba delante,
y el señorito le pisaba casi los talones. Los mozos portadores del equipaje se
habían adelantado mucho, deseosos de llegar cuanto antes a Cebre y echar un
traguete en la taberna. Para oír el susurro que produjeron las hojas y la
maleza al desviarse y abrir paso a un cuerpo, necesitábanse realmente sentidos
de cazador. El señorito lo percibió, aunque tenue, clarísimo, y vio el cañón de
la escopeta apuntado tan diestramente que de fijo no se perdería el disparo: el
cañón no amagaba a su pecho, sino a las espaldas de Julián. La sorpresa estuvo
a punto de paralizar a don Pedro: fue un segundo, menos que un segundo tal vez,
un espacio de tiempo inapreciable, lo que tardó en reponerse, y en echarse a la
cara su arma, apuntando a su vez al enemigo emboscado. Si el tiro de éste
salía, la bala se cruzaría casi con otra bala justiciera. La situación duró
pocos instantes: estaban frente a frente dos adversarios dignos de medir sus
fuerzas. El más inteligente cedió, encontrándose descubierto. Oyó el marqués el
roce del follaje al bajarse el cañón que amenazaba a Julián, y Primitivo salió
del soto, blandiendo su vieja escopeta certera, remendada con cordeles. Julián
precipitó el Gloria Patri para decirle en tono cortés:
—Hola.... ¿Se viene usted con nosotros por fin
hasta Cebre?
—Sí, señor—contestó Primitivo, cuyo semblante
recordaba más que nunca el de una estatua de fundición—. Dejo dispuesto en
Rendas, y voy a ver si de aquí a Cebre sale algo que tumbar....
—Dame esa escopeta, Primitivo—ordenó don Pedro—.
Estoy oyendo cantar la codorniz ahí, que no parece sino que me hace burla. Se
me ha olvidado cargar mi carabina.
Diciendo y haciendo, cogió la escopeta, apuntó a
cualquier parte, y disparó. Volaron hojas y pedazos de rama de un roble
próximo, aunque ninguna codorniz cayó herida.
—¡Marró!—exclamó el señorito fingiendo gran
contrariedad, mientras para sí discurría: «No era bala, eran postas.... Le
quería meter grajea de plomo en el cuerpo.... ¡Claro, con bala era más
escandaloso, más alarmante para la justicia. Es zorro fino!».
Y en voz alta:
—No vuelvas a cargar; hoy no se caza, que se nos
viene la lluvia encima y tenemos que apretar el paso. Marcha delante, enséñanos
el atajo hasta Cebre.
—¿No lo sabe el señorito?
—Sí tal, pero a veces me distraigo.
Como ya dos veces había repicado la campanilla y
los criados no llevaban trazas de abrir, las señoritas de la Lage, suponiendo
que a horas tan tempranas no vendría nadie de cumplido, bajaron en persona y en
grupo a abrir la puerta, sin peinar, con bata y chinelas, hechas unas fachas.
Así es que se quedaron voladas al encontrarse con un arrogante mozo, que les
decía campechanamente:
—¿A que nadie me conoce aquí?
Sintieron impulsos de echar a correr; pero la
tercera, la menos linda de todas, frisando al parecer en los veinte años,
murmuró:
—De fijo que es el primo Perucho Moscoso.
—¡Bravo!—exclamó don Pedro—. ¡Aquí está la más
lista de la familia!
Y adelantándose con los brazos abiertos fue para
abrazarla; pero ella, hurtando el cuerpo, le tendió una manecita fresca, recién
lavada con agua y colonia. En seguida se entró por la casa gritando:
—¡Papá!, ¡papá! ¡Está aquí el primo Perucho!
El piso retembló bajo unos pasos elefantinos....
Apareció el señor de la Lage, llenando con su volumen la antesala, y don Pedro
abrazó a su tío, que le llevó casi en volandas al salón. Julián, que por no
malograr la sorpresa de la aparición del primo se había quedado oculto detrás
de la puerta, salía riendo del escondite, muy embromado por las señoritas, que
afirmaban que estaba gordísimo, y se escurría por el corredor, en busca de su
madre.
Viéndoles juntos, se observaba extraordinario
parecido entre el señor de la Lage y su sobrino carnal: la misma estatura
prócer, las mismas proporciones amplias, la misma abundancia de hueso y fibra,
la misma barba fuerte y copiosa; pero lo que en el sobrino era armonía de
complexión titánica, fortalecida por el aire libre y los ejercicios corporales,
en el tío era exuberancia y plétora; condenado a una vida sedentaria, se
advertía que le sobraba sangre y carne, de la cual no sabía qué hacer; sin ser
lo que se llama obeso, su humanidad se desbordaba por todos lados; cada pie
suyo parecía una lancha, cada mano un mazo de carpintero. Se ahogaba con los
trajes de paseo; no cabía en las habitaciones reducidas; resoplaba en las
butacas del teatro, y en misa repartía codazos para disponer de más sitio.
Magnífico ejemplar de una raza apta para la vida guerrera y montés de las
épocas feudales, se consumía miserablemente en el vil ocio de los pueblos,
donde el que nada produce, nada enseña, ni nada aprende, de nada sirve y nada
hace. ¡Oh dolor! Aquel castizo Pardo de la Lage, naciendo en el siglo XV,
hubiera dado en qué entender a los arqueólogos e historiadores del XIX.
Mostró admirarse de la buena presencia del sobrino
y le habló llanotamente, para inspirarle confianza.
—¡Muchacho, muchacho! ¿A dónde vas con tanto
doblar? Cuidado que estás más hombre que yo.... Siempre te imitaste más a
Gabriel y a mí que a tu madre que santa gloria haya.... Lo que es con tu padre,
ni esto.... No saliste Moscoso, ni Cabreira, chico; saliste Pardo por los
cuatro costados. Ya habrás visto a tus primas, ¿eh? Chiquillas, ¿qué le decís
al primo?
—¿Qué me dicen? Me han recibido como a la persona
de más cumplimiento.... A ésta le quise dar un abrazo, y ella me alargó la mano
muy fina.
—¡Qué borregas! ¡Marías Remilgos! A ver cómo
abrazáis todas al primo, inmediatamente.
La primera que se adelantó a cumplir la orden fue
la mayor. Al estrecharla, don Pedro no pudo dejar de notar las bizarras
proporciones del bello bulto humano que oprimía. ¡Una real moza, la primita
mayor!
—¿Tú eres Rita, si no me equivoco?—preguntó
risueño—. Tengo muy mala memoria para nombres y puede que os confunda.
—Rita, para servirte...—respondió con igual
amabilidad la prima—. Y ésta es Manolita, y ésta es Carmen, y aquélla es
Nucha....
—Sttt.... Poquito a poco.... Me lo iréis repitiendo
conforme os abrace.
Dos primas vinieron a pagar el tributo, diciendo
festivamente:
—Yo soy Manolita, para servir a usted.
—Yo, Carmen, para lo que usted guste mandar.
Allá entre los pliegues de una cortina de damasco
se escondía la tercera, como si quisiese esquivar la ceremonia afectuosa; pero
no le valió la treta, antes su retraimiento incitó al primo a exclamar:
—¿Doña Hucha, o como te llames?... Cuidadito
conmigo..., se me debe un abrazo....
—Me llamo Marcelina, hombre.... Pero éstas me
llaman siempre Marcelinucha o Nucha....
Costábale trabajo resolverse, y permanecía
refugiada en el rojo dosel de la cortina, cruzando las manos sobre el peinador
de percal blanco, que rayaban con doble y largo trazo, como de tinta, sus
sueltas trenzas. El padre la empujó bruscamente, y la chica vino a caer contra
el primo, toda ruborizada, recibiendo un apretón en regla, amén de un frote de
barbas que la obligó a ocultar el rostro en la pechera del marqués.
Hechas así las amistades, entablaron el señor de la
Lage y su sobrino la imprescindible conversación referente al viaje, sus
causas, incidentes y peripecias. No explicaba muy satisfactoriamente el sobrino
su impensada venida: pch... ganas de espilirse.... Cansa estar
siempre solo.... Gusta la variación.... No insistió el tío, pensando para su
chaleco: «Ya Julián me lo contará todo».
Y se frotaba las manos colosales, sonriendo a una
idea que, si acariciaba tiempo hacía allá en su interior, jamás se le había
presentado tan clara y halagüeña como entonces. ¡Qué mejor esposo podían desear
sus hijas que el primo Ulloa! Entre los numerosos ejemplares del tipo del padre
que desea colocar a sus niñas, ninguno más vehemente que don
Manuel Pardo, en cuanto a la voluntad, pero ninguno más reservado en el modo y
forma. Porque aquel hidalgo de cepa vieja sentía a la vez gana ardentísima de
casar a las chiquillas y un orgullo de raza tan exaltado, bajo engañosas
apariencias de llaneza, que no sólo le vedaba descender a ningún ardid de los
usuales en padres casamenteros, sino que le imponía suma rigidez y escrúpulo en
la elección de sus relaciones y en la manera de educar a sus hijas, a quienes
traía como encastilladas y aisladas, no llevándolas sino de pascuas a ramos a
diversiones públicas. Las señoritas de la Lage, discurría don Manuel, deben
casarse, y sería contrario al orden providencial que no apareciese tronco en
que injertar dignamente los retoños de tan noble estirpe; pero antes se queden
para vestir imágenes que unirse con cualquiera, con el teniente que está de
guarnición, con el comerciante que medra midiendo paño, con el médico que toma el
pulso; eso sería, ¡vive Dios!, profanación indigna; las señoritas de la Lage
sólo pueden dar su mano a quien se les iguale en calidad. Así pues, don Manuel,
que se desdeñaría de tender redes a un ricachón plebeyo, se propuso
inmediatamente hacer cuanto estuviese en su mano para que su sobrino pasase a
yerno, como el Sandoval de la zarzuela.
¿Conformaban las primitas con las opiniones de su
padre? Lo cierto es que, apenas el primo se sentó a platicar con don Manuel,
cada niña se escurrió bonitamente, ya a arreglar su tocado, ya a prevenir
alojamiento al forastero y platos selectos para la mesa. Se convino en que el
primo se quedaba hospedado allí, y se envió por la maleta a la posada.
Fue la comida alegre en extremo. Rápidamente se
había establecido entre don Pedro y las señoritas de la Lage el género de
familiaridad inherente al parentesco en grado prohibido pero dispensable:
familiaridad que se diferencia de la fraternal en que la sazona y condimenta un
picante polvito de hostilidad, germen de graciosas y galantes escaramuzas.
Cruzábase en la mesa vivo tiroteo de bromas, piropos, que entre los dos sexos
suele preludiar a más serios combates.
—Primo, me extraña mucho que estando a mi lado no
me sirvas el agua.
—Los aldeanos no entendemos de política: ve
enseñándome un poco, que por tener maestras así....
—Glotón, ¿quién te da permiso para repetir?
—El plato está tan rico, que supongo que es obra
tuya.
—¡Vaya unas ilusiones! Ha sido la cocinera. Yo no
guiso para ti. Te fastidiaste.
—Prima, esta yemecita. Por mí.
—No me robes del plato, goloso. Que no te lo doy,
ea. ¿No tienes ahí la fuente?
—¿A que te lo atrapo? Cuando más descuidada
estés....
—¿A que no?
Y la prima se levantaba y echaba a correr con su
plato en las manos, para evitar el hurto de un merengue o de media manzana, y
el juego se celebraba con estrepitosas carcajadas, como si fuese el paso más
gracioso del mundo. Las mantenedoras de este torneo eran Rita y Manolita, las
dos mayores; en cuanto a Nucha y Carmen, se encerraban en los términos de una
cordialidad mesurada, presenciando y riendo las bromas, pero sin tomar parte
activa en ellas, con la diferencia de que en el rostro de Carmen, la más joven,
se notaba una melancolía perenne, una preocupación dominante, y en el de Nucha
se advertía tan sólo gravedad natural, no exenta de placidez.
Hállabase don Pedro en sus glorias. Al resolverse a
emprender el viaje, receló que las primas fuesen algunas señoritas muy
cumplimenteras y espetadas, cosa que a él le pondría en un brete, por serle
extrañas las fórmulas del trato ceremonioso con damas de calidad, clase
de perdices blancas que nunca había cazado; mas aquel
recibimiento franco le devolvió al punto su aplomo. Animado, y con la cálida
sangre despierta, consideraba a las primitas una por una, calculando a cuál
arrojaría el pañuelo. La menor no hay duda que era muy linda, blanca con cabos
negros, alta y esbelta, pero la mal disimulada pasión de ánimo, las cárdenas
ojeras, amenguaban su atractivo para don Pedro, que no estaba por
romanticismos. En cuanto a la tercera, Nucha, asemejábase bastante a la menor,
sólo que en feo: sus ojos, de magnífico tamaño, negros también como moras,
padecían leve estrabismo convergente, lo cual daba a su mirar una vaguedad y
pudor especiales; no era alta, ni sus facciones se pasaban de correctas, a
excepción de la boca, que era una miniatura. En suma, pocos encantos físicos,
al menos para los que se pagan de la cantidad y morbidez en esta nuestra
envoltura de barro. Manolita ofrecía otro tipo distinto, admirándose en ella
lozanas carnes y suma gracia, unida a un defecto que para muchos es aumento
singular de perfección en la mujer, y a otros, verbigracia a don Pedro, les
inspira repulsión: un carácter masculino mezclado a los hechizos femeniles, un
bozo que iba pasando a bigote, una prolongación del nacimiento del pelo sobre
la oreja que, descendiendo a lo largo de la mandíbula, quería ser, más que
suave patilla, atrevida barba. A la que no se podían poner tachas era a Rita,
la hermana mayor. Lo que más cautivaba a su primo, en Rita, no era tanto la
belleza del rostro como la cumplida proporción del tronco y miembros, la
amplitud y redondez de la cadera, el desarrollo del seno, todo cuanto en las
valientes y armónicas curvas de su briosa persona prometía la madre fecunda y
la nodriza inexhausta. ¡Soberbio vaso en verdad para encerrar un Moscoso
legítimo, magnífico patrón donde injertar el heredero, el continuador del
nombre! El marqués presentía en tan arrogante hembra, no el placer de los
sentidos, sino la numerosa y masculina prole que debía rendir; bien como el
agricultor que ante un terreno fértil no se prenda de las florecillas que lo
esmaltan, pero calcula aproximadamente la cosecha que podrá rendir al
terminarse el estío.
Pasaron al salón después de la comida, para la cual
las muchachas se habían emperejilado. Enseñaron a don Pedro infinidad de
quisicosas: estereóscopos, álbumes de fotografías, que eran entonces objetos
muy elegantes y nada comunes. Rita y Manolita obligaban al primo a fijarse en
los retratos que las representaban apoyadas en una silla o en una columna,
actitud clásica que por aquel tiempo imponían los fotógrafos; y Nucha, abriendo
un álbum chiquito, se lo puso delante a don Pedro, preguntándole afanosamente:
—¿Le conoces?
Era un muchacho como de diecisiete años, rapado,
con uniforme de alumno de la Academia de artillería, parecidísimo a Nucha y a
Carmen cuanto puede parecerse un pelón a dos señoritas con buenas trenzas de
pelo.
—Es mi niño—afirmó Nucha muy grave.
—¿Tu niño?
Riéronse las otras hermanas a carcajadas, y don
Pedro exclamó cayendo en la cuenta:
—¡Bah!, ya sé. Es vuestro hermano, mi señor primo,
el mayorazgo de la Lage, Gabrieliño.
—Pues claro: ¿quién había de ser? Pero esa Nucha le
quiere tanto, que siempre le llama su niño.
Nucha, corroborando el aserto, se inclinó y besó el
retrato, con tan apasionada ternura, que allá en Segovia el pobre alumno,
víctima quizá de los rigores de la cruel novatada, debió sentir en
la mejilla y el corazón una cosa dulce y caliente.
Cuando Carmen, la tristona, vio a sus hermanas
entretenidas, se escabulló del salón, donde ya no apareció más. Agotado todo lo
que en el salón había que enseñar al primo, le mostraron la casa desde el
desván hasta la leñera: un caserón antiguo, espacioso y destartalado, como aún
quedan muchos en la monumental Compostela, digno hermano urbano de los rurales
Pazos de Ulloa. En su fachada severa desafinaba una galería de nuevo cuño,
ideada por don Manuel Pardo de la Lage, que tenía el costoso vicio de hacer obras.
Semejante solecismo arquitectónico era el quitapesares de las señoritas de
Pardo; allí se las encontraba siempre, posadas como pájaros en rama favorita,
allí hacían labor, allí tenían un breve jardín, contenido en macetas y cajones,
allí colgaban jaulas de canarios y jilgueros; tal vez no parasen en esto los
buenos oficios de la galería dichosa. Lo cierto es que en ella encontraron a
Carmen, asomada y mirando a la calle, tan absorta que no sintió llegar a sus
hermanas. Nucha le tiró del vestido; la muchacha se volvió, pudiendo notarse
que tenía unas vislumbres de rosa en las mejillas, descoloridas de ordinario.
Hablóle Nucha vivamente al oído, y Carmen se apartó del encristalado antepecho,
siempre muda y preocupada. Rita no cesaba de explicar al primo mil
particularidades.
—Desde aquí se ven las mejores calles... Ése es el
Preguntoiro; por ahí pasa mucha gente.... Aquella torre es la de la
Catedral.... ¿Y tú no has ido a la Catedral todavía? ¿Pero de veras no le has
rezado un Credo al Santo Apóstol, judío?—exclamaba la chica vertiendo
provocativa luz de sus pupilas radiantes—. Vaya, vaya.... Tengo yo que llevarte
allí, para que conozcas al Santo y lo abraces muy apretadito.... ¿Tampoco has
visto aún el Casino?, ¿la Alameda?, ¿la Universidad? ¡Señor! ¡Si no has visto
nada!
—No, hija.... Ya sabes que soy un pobre aldeano...
y he llegado ayer al anochecer. No hice más que acostarme.
—¿Por qué no te viniste acá en derechura,
descastado?
—¿A alborotaros la casa de noche? Aunque salgo de
entre tojos, no soy tan mal criado como todo eso.
—Vamos, pues hoy tienes que ver alguna
notabilidad.... Y no faltar al paseo.... Hay chicas muy guapas.
—De eso ya me he enterado, sin molestarme en ir a
la Alameda—contestó el primo echando a Rita una miradaza que ella resistió con
intrepidez notoria, y pagó sin esquivez alguna.
Y en efecto, le fueron enseñadas al marqués de
Ulloa multitud de cosas que no le importaban mayormente. Nada le agradó, y
experimentó mil decepciones, como suele acontecer a las gentes habituadas a
vivir en el campo, que se forman del pueblo una idea exagerada. Pareciéronle, y
con razón, estrechas, torcidas y mal empedradas las calles, fangoso el piso,
húmedas las paredes, viejos y ennegrecidos los edificios, pequeño el circuito
de la ciudad, postrado su comercio y solitarios casi siempre sus sitios públicos;
y en cuanto a lo que en un pueblo antiguo puede enamorar a un espíritu culto,
los grandes recuerdos, la eterna vida del arte conservada en monumentos y
ruinas, de eso entendía don Pedro lo mismo que de griego o latín. ¡Piedras
mohosas! Ya le bastaban las de los Pazos. Nótese cómo un hidalgo campesino de
muy rancio criterio se hallaba al nivel de los demócratas más vandálicos y
demoledores. A pesar de conocer a Orense y haber estado en Santiago cuando
niño, discurría y fantaseaba a su modo lo que debe ser una ciudad moderna:
calles anchas, mucha regularidad en las construcciones, todo nuevo y flamante,
gran policía, ¿qué menos puede ofrecer la civilización a sus esclavos? Es
cierto que Santiago poseía dos o tres edificios espaciosos, la Catedral, el
Consistorio, San Martín.... Pero en ellos existían cosas muy sin razón
ponderadas, en concepto del marqués: por ejemplo, la Gloria de la Catedral.
¡Vaya unos santos más mal hechos y unas santas más flacuchas y sin forma
humana!, ¡unas columnas más toscamente esculpidas! Sería de ver a alguno de
estos sabios que escudriñan el sentido de un monumento
religioso, consagrándose a la tarea de demostrar a don Pedro que el pórtico de
la Gloria encierra alta poesía y profundo simbolismo. ¡Simbolismo! ¡Jerigonzas!
El pórtico estaba muy mal labrado, y las figuras parecían pasadas por tamiz.
Por fuerza las artes andaban atrasadísimas en aquellos tiempos de maricastaña.
Total, que de los monumentos de Santiago se atenía el marqués a uno de fábrica
muy reciente: su prima Rita.
La proximidad de la fiesta del Corpus animaba un
tanto la soñolienta ciudad universitaria, y todas las tardes había lucido paseo
bajo los árboles de la Alameda. Carmen y Nucha solían ir delante, y las seguían
Rita y Manolita, acompañadas por su primo; el padre cubría la retaguardia
conversando con algún señor mayor, de los muchos que existen en el pueblo
compostelano, donde por ley de afinidad parece abundar más que en otras partes
la gente provecta. A menudo se arrimaba a Manolita un señorito muy planchado y
tieso, con cierto empaque ridículo y exageradas pretensiones de elegancia:
llamábase don Víctor de la Formoseda y estudiaba derecho en la Universidad; don
Manuel Pardo le veía gustoso acercarse a sus hijas, por ser el señorito de la
Formoseda de muy limpio solar montañés, y no despreciable caudal. No era éste
el único mosquito que zumbaba en torno de las señoritas de la Lage. A las
primeras de cambio notó don Pedro que así por los tortuosos y lóbregos
soportales de la Rúa del Villar, como por las frondosidades de la Alameda y la
Herradura, les seguía y escoltaba un hombre joven, melenudo, enfundado en un
gabán gris, de corte raro y antiguo. Aquel hombre parecía la sombra de las
muchachas: no era posible volver la cabeza sin encontrársele: y don Pedro reparó
también que al surgir detrás de un pilar o por entre los árboles el rondador
perpetuo, la cara triste y ojerosa de Carmen se animaba, y brillaban sus
abatidos ojos. En cambio don Manuel y Nucha daban señales de inquietud y
desagrado.
Ya sobre la pista, don Pedro siguió acechando, a
fuer de cazador experto. Nucha no debía tener ningún adorador entre la multitud
de estudiantes y vagos que acudían al paseo, o si lo tenía, no le hacía caso,
pues caminaba seria e indiferente. En público, Nucha parecía revestirse de
gravedad ajena a sus años. Respecto a Manolita, no perdía ripio coqueteando con
el señorito de la Formoseda. Rita, siempre animada y provocadora, lo era mucho
con su primo, y no poco con los demás, pues don Pedro advirtió que a las
miradas y requiebros de sus admiradores correspondía con ojeadas vivas y
flecheras. Lo cual no dejó de dar en qué pensar al marqués de Ulloa, el cual,
tal vez por contarse en el número de los hombres fácilmente atraídos por las
mujeres vivarachas, tenía de ellas opinión detestable y para sus adentros la
expresaba en términos muy crudos.
Dormían en habitaciones contiguas Julián y el
marqués, pues Julián, desde su ordenación, había ascendido de categoría en la
casa, y mientras la madre continuaba desempeñando las funciones de ama de
llaves y dueña, el hijo comía con los señores, ocupaba un cuarto de
importancia, y era tratado en suma, si no de igual a igual, pues siempre
quedaban matices de protección, al menos con gran amabilidad y deferencia. De
noche, antes de recogerse, el marqués se le entraba en el dormitorio a fumar un
cigarro y charlar. La conversación ofrecía pocos lances, pues siempre versaba
sobre el mismo proyecto. Decía don Pedro que le admiraban dos cosas: haberse
resuelto a salir de los Pazos, y hallarse tan decidido a tomar estado,
idea que antes le parecía irrealizable. Era don Pedro de los que juzgan muy
importantes y dignas de comentarse sus propias acciones y mutaciones—achaque
propio de egoístas—y han menester tener siempre cerca de sí algún inferior o
subordinado a quien referirlas, para que les atribuya también valor extraordinario.
Agradaba la plática a Julián. Aquellas proyectadas
bodas entre primo y prima le parecían tan naturales como juntarse la vid al
olmo. Las familias no podían ser mejores ni más para en una; las clases
iguales; las edades no muy desproporcionadas, y el resultado dichosísimo,
porque así redimía el marqués su alma de las garras del demonio, personificado
en impúdicas barraganas. Solamente no le contentaba que don Pedro se hubiese
ido a fijar en la señorita Rita: mas no se atrevía ni a indicarlo, no fuese a malograrse
la cristiana resolución del marqués.
—Rita es una gran moza...—decía éste explayándose—.
Parece sana como una manzana, y los hijos que tenga heredarán su buena
constitución. Serán más fuertes aún que Perucho, el de Sabel.
¡Inoportuna reminiscencia! Julián se apresuraba a
replicar, sin meterse en honduras fisiológicas:
—La casta de los señores de Pardo es muy saludable,
gracias a Dios....
Una noche cambiaron de sesgo las confidencias,
entrando en terreno sumamente embarazoso para Julián, siempre temeroso de que
cualquier desliz de su lengua desbaratase los proyectos del señorito, y le
echase a él sobre la conciencia responsabilidad gravísima.
—¿Sabe usted—insinuó don Pedro—que mi prima Rita se
me figura algo casquivana? Por el paseo va siempre entretenida en si la miran o
no la miran, si le dicen o no le dicen... juraría que toma varas.
—¿Que toma varas?—repitió el capellán, quedándose
en ayunas del sentido de la frase grosera.
—Sí, hombre..., que se deja querer, vamos.... Y
para casarse, no es cosa de broma que la mujer las gaste con el primero que
llega.
—¿Quién lo duda, señorito? La prenda más esencial
en la mujer es la honestidad y el recato. Pero no hay que fiarse de
apariencias. La señorita Rita tiene el genio así, franco y alegre....
Creíase Julián salvado con estas evasivas, cuando,
a las pocas noches, don Pedro le apretó para que cantase:
—Don Julián, aquí no valen misterios.... Si he de
casarme, quiero al menos saber con quién y cómo.... Apenas se reirían si porque
vengo de los Pazos me diesen de buenas a primeras gato por liebre. Con razón se
diría que salí de un soto para meterme en otro. No sirve contestar que usted no
sabe nada. Usted se ha criado en esta casa, y conoce a mis primas desde que
nació. Rita.... Rita es mayor que usted, ¿no es verdad?
—Sí, señor—respondió Julián, no teniendo por cargo
de conciencia revelar la edad—. La señorita Rita cumplirá ahora veintisiete o
veintiocho años.... Después viene la señorita Manolita y la señorita Marcelina,
que son seguidas..., veintitrés y veintidós... porque en medio murieron dos
niños varones..., y luego la señorita Carmen, veinte.... Cuando nació el
señorito Gabriel, que andará en los diecisiete o poco más, ya no se pensaba que
la señora volviese a tener sucesión, porque andaba delicada, y le probó tan mal
el parto, que falleció a los pocos meses.
—Pues usted debe conocer perfectamente a Rita.
Cante usted, ea.
—Señorito, a la verdad.... Yo me crié en esta casa,
es cierto; pero sin manualizarme con los señores, porque mi clase era otra muy
distinta.... Y mi madre, que era muy piadosa, no me permitió jamás juntarme con
las señoritas para jugar ni nada... por razones de decoro.... ¡Ya usted me
comprende! Con el señorito Gabriel sí que tuve algún trato; lo que es con las
señoritas... buenos días y buenas noches, cuando las encontraba en los
pasillos. Luego ya fui al Seminario....
—¡Bah, bah! ¿Tiene usted gana de cuentos...? Harto
estará usted de saber cosas de las chicas. Basta su madre de usted para
enterarle. ¿Acerté? Se ha puesto usted colorado.... ¡Ajá! ¡Por ahí vamos bien!
¡A ver con qué cara me niega que su madre le ha informado de algunas
cosillas...!
Julián se tornó purpúreo. ¡Que si le habían
contado! ¡Pues no habían de contarle! Desde su llegada, la venerable dueña que
regía el llavero en casa de la Lage no había cogido a solas a su hijo un minuto
sin ceder a la comezón de tocar ciertos asuntos, que únicamente con varones
graves y religiosos pueden conferirse.... Misía Rosario no lo iba a charlar con
otras comadres envidiosas, eso no; por algo comía el pan de don Manuel Pardo;
pero con la gente grave y de buen consejo, v.g., su confesor don Vicente el
canónigo, y Julián, aquel pedazo de sus entrañas elevado a la más alta dignidad
que cabe en la tierra, ¿quién le vedaba el gustazo de juzgar a su modo la
conducta del amo y las señoritas, de alardear de discreción, censurando melosa
y compasivamente algunos de sus actos que ella «si fuese señora» no realizaría
jamás, y de oír que «personas de respeto» alababan mucho su cordura, y
conformaban del todo con su dictamen? Que si le habían contado a Julián, ¡Dios
bendito! Pero una cosa era que se lo hubiesen contado, y otra que él lo pudiese
repetir. ¿Cómo revelar la manía de la señorita Carmen, empeñada en casarse
contra viento y marea de su padre, con un estudiantillo de medicina, un nadie,
hijo de un herrador de pueblo (¡oh baldón para la preclara estirpe de los
Pardos!), un loco de atar que la comprometía siguiéndola por todas partes a
modo de perrito faldero, y de quien además se aseguraba que era un
materialista, metido en sociedades secretas? ¿Cómo divulgar que la señorita
Manolita hacía novenas a San Antonio para que don Víctor de la Formoseda se
determinase a pedirla, llegando al extremo de escribir a don Víctor cartas
anónimas indisponiéndole con otras señoritas cuya casa frecuentaba? Y sobre
todo, ¿cómo indicar ni lo más somero y mínimo de aquello de la
señorita Rita, que maliciosamente interpretado tanto podía dañar a su honra?
Antes le arrancasen la lengua.
—Señorito...—balbució—. Yo creo que las señoritas
son muy buenas e incapaces de faltar en nada; pero si lo contrario supiese, me
guardaría bien de propalarlo, toda vez que yo..., que mi agradecimiento a esta
familia me pondría..., vamos... como si dijéramos... una mordaza....
Detúvose, comprendiendo que se empantanaba más.
—No traduzca mis palabras, señorito.... Por Dios,
no saque usted consecuencias de mi poca habilidad para explicarme.
—¿Según eso—preguntó el marqués mirando de hito en
hito al capellán—, usted juzga que no hay absolutamente nada censurable?
Clarito. ¿Las considera usted a todas unas señoritas
intachables... perfectísimas... que me convienen para casarme? ¿Eh?
Meditó Julián antes de responder.
—Si usted se empeña en que le descubra cuánto uno
tiene en el corazón... francamente, aunque las señoritas son cada una de por sí
muy simpáticas, yo, puesto a escoger, no lo niego..., me quedaría con la
señorita Marcelina.
—¡Hombre! Es algo bizca... y flaca.... Sólo tiene
buen pelo y buen genio.
—Señorito, es una alhaja.
—Será como las demás.
—Es como ella sola. Cuando el señorito Gabriel
quedó sin mamá de pequeñito, lo cuidó con una formalidad que tenía la gracia
del mundo, porque ella no era mucho mayor que él. Una madre no hiciera más. De
día, de noche, siempre con el chiquillo en brazos. Le llamaba su hijo: dicen
que era un sainete ver aquello. Parece que el peso del chiquillo la rindió y
por eso quedó más delicada de salud que las otras. Cuando el hermano marchó al
colegio, estuvo malucha. Por eso la ve usted descolorida. Es un ángel, señorito.
Todo se le vuelve aconsejar bien a las hermanas....
—Señal de que lo necesitan—arguyó don Pedro
maliciosamente.
—¡Jesús! No puede uno deslizarse.... Bien sabe
usted que sobre lo bueno está lo mejor, y la señorita Marcelina raya en
perfecta. La perfección es dada a pocos. Señorito, la señorita Marcelina, ahí
donde usted la ve, se confiesa y comulga tan a menudo, y es tan religiosa, que
edifica a la gente.
Quedóse don Pedro reflexionando algún rato, y
aseguró después que le agradaba mucho, mucho, la religiosidad en las mujeres;
que la conceptuaba indispensable para que fuesen «buenas».
—Con que beatita, ¿eh?—añadió—. Ya tengo por dónde
hacerla rabiar.
Y tal fue en efecto el resultado inmediato de
aquella conferencia donde, con mejor deseo que diplomacia, había intentado
Julián presentar la candidatura de Nucha. Desde entonces el primo gastó con
ella bastantes bromas, algunas más pesadas que divertidas. Con placer del niño
voluntarioso cuyos dedos entreabren un capullo, gozaba en poner colorada a
Nucha, en arañarle la epidermis del alma por medio de chanzas subidas e
indiscretas familiaridades que ella rechazaba enérgicamente. Semejante juego
mortificaba al capellán tanto como a la chica; las sobremesas eran para él
largo suplicio, pues a las anécdotas y cuentos de don Manuel, que versaban
siempre sobre materias nada pulcras ni bien olientes (costumbre inveterada en
el señor de la Lage), se unían las continuas inconveniencias del primo con la
prima. El pobre Julián, con los ojos fijos en el plato, el rubio entrecejo un
tanto fruncido, pasaba las de Caín. Imaginábase él que ajar, siquiera fuese en
broma, la flor de la modestia virginal era abominable sacrilegio. Por lo que su
madre le había contado y por lo que en Nucha veía, la señorita le inspiraba
religioso respeto, semejante al que infunde el camarín que contiene una
veneranda imagen. Jamás se atrevía a llamarla por el diminutivo,
pareciéndole Nucha nombre de perro más bien que de persona; y
cuando don Pedro se resbalaba a chanzonetas escabrosas, el capellán, juzgando
que consolaba a la señorita Marcelina, tomaba asiento a su lado y le hablaba de
cosas santas y apacibles, de alguna novena o función de iglesia, a las cuales
Nucha asistía con asiduidad.
No lograba el marqués vencer la irritante atracción
que le llevaba hacia Rita; y con todo, al crecer el imperio que ejercía en sus
sentidos la prima mayor, se fortalecía también la especie de desconfianza
instintiva que infunden al campesino las hembras ciudadanas, cuyo refinamiento
y coquetería suele confundir con la depravación. Vamos, no lo podía remediar el
marqués; según frase suya, Rita le escamaba terriblemente. ¡Es
que a veces ostentaba una desenvoltura! ¡Se mostraba con él tan incitadora;
tendía la red con tan poco disimulo; se esponjaba de tal suerte ante los
homenajes masculinos!
El aldeano que llega al pueblo ha oído contar mil
lances, mil jugarretas hechas a los bobos que allí entran desprevenidos como
incautos peces. Lleno de recelo, mira hacia todas partes, teme que le roben en
las tiendas, no se fía de nadie, no acierta a conciliar el sueño en la posada,
no sea que mientras duerme le birlen el bolso. Guardada la distancia que
separaba de un labriego al señor de Ulloa, éste era su estado moral en
Santiago. No hería su amor propio ser dominado por Primitivo y vendido groseramente
por Sabel en su madriguera de los Pazos, pero sí que le torease en
Compostela su artificiosa primilla. Además, no es lo mismo distraerse con una
muchacha cualquiera que tomar esposa. La hembra destinada a llevar el nombre
esclarecido de Moscoso y a perpetuarlo legítimamente había de ser limpia como
un espejo.... Y don Pedro figuraba entre los que no juzgan limpia ya a la que
tuvo amorosos tratos, aún en la más honesta y lícita forma, con otro que con su
marido. Aún las ojeadas en calles y paseos eran pecados gordos. Entendía don
Pedro el honor conyugal a la manera calderoniana, española neta, indulgentísima
para el esposo e implacable para la esposa. Y a él que no le dijesen: Rita no
estaba sin algún enredillo.... Acerca de Carmen y Manolita no necesitaba
discurrir, pues bien veía lo que pasaba. Pero Rita....
Ningún amigo íntimo tenía en Santiago don Pedro,
aunque sí varios conocidos, ganados en el paseo, en casa de su tío o en el
Casino, donde solía ir mañana y noche, a fuer de buen español ocioso. Allí se
le embromaba mucho con su prima, comentándose también la desatinada pasión de
Carmen por el estudiante y su continuo atalayar en la galería, con el adorador
apostado enfrente. Siempre alerta, el señorito estudiaba el tono y acento con
que nombraban a Rita. En dos o tres ocasiones le pareció notar unas puntas de
ironía, y acaso no se equivocase; pues en las ciudades pequeñas, donde ningún
suceso se olvida ni borra, donde gira perpetuamente la conversación sobre los
mismos asuntos, donde se abulta lo nimio y lo grave adquiere proporciones
épicas, a menudo tiene una muchacha perdida la fama antes que la honra, y
ligerezas insignificantes, glosadas y censuradas años y años, llevan a su
autora con palma al sepulcro. Además, las señoritas de la Lage, por su
alcurnia, por los humos aristocráticos de su padre, y la especie de aureola con
que pretendía rodearlas, por su belleza, eran blanco de bastantes envidillas y
murmuraciones: cuando no se las motejaba de orgullosas, se recurría a tacharlas
de coquetas.
Lucía el Casino entre su maltratado mueblaje un
caduco sofá de gutapercha, gala del gabinete de lectura: sofá que pudiera
llamarse tribuna de los maldicientes, pues allí se reunían tres de las más
afiladas tijeras que han cortado sayos en el mundo, triunvirato digno de más
detenido bosquejo y en el cual descollaba un personaje eminentísimo, maestro en
la ciencia del mal saber. Así como los eruditos se precian de no
ignorar la más mínima particularidad concerniente a remotas épocas históricas,
este sujeto se jactaba de poder decir, sin errar punto ni coma, lo que
disfrutaban de renta, lo que comían, lo que hablaban y hasta lo que pensaban
las veinte o treinta familias de viso que encerraba el recinto de Santiago.
Hombre era para pronunciar con suma formalidad y gran reposo:
—Ayer, en casa de la Lage, se han puesto en la mesa
dos principios: croquetas y carne estofada. La ensalada fue de coliflor, y a
los postres se sirvió carne de membrillo de las monjas.
Comprobada la exactitud de tales pormenores,
resultaban rigurosamente ciertos.
Tan bien informado individuo consiguió encender más
recelos en el ánimo del suspicaz señor de Ulloa, bastándole para ello unas
cuantas palabritas, de ésas que tomadas al pie de la letra no llevan malicia
alguna, pero vistas al trasluz pueden significarlo todo.... Encomiando el
salero de Rita, y la hermosura de Rita, y la buena conformación anatómica del
cuerpo de Rita, añadió como al descuido:
—Es una muchacha de primer orden.... Y aquí
difícilmente le saldría novio. Las chicas por el estilo de Rita siempre
encuentran su media naranja en un forastero.
Hacía un mes que don Manuel Pardo se preguntaba a
sí mismo: «¿Cuándo se determinará el rapaz a pedirme a Rita?».
Que se la pediría, no lo dudó un momento. La
situación del marqués en aquella casa era tácitamente la del novio aceptado.
Los amigos de la familia de la Lage se permitían alusiones desembozadas a la
próxima boda; los criados, en la cocina, calculaban ya a cuánto ascendería la
propineja nupcial. Al recogerse, sus hermanas daban matraca a Rita. A todas
horas reían fraternalmente con el primo y una ráfaga de alegría juvenil trocaba
la vetusta casa en alborotada pajarera.
Descabezaba una tarde la siesta el marqués, cuando
llamaron a la puerta con grandes palmadas. Abrió: era Rita, en chambra, con un
pañuelo de seda atado a lo curro, luciendo su hermosa garganta descubierta.
Blandía en la diestra un plumero enorme, y parecía una guapísima criada de
servir, semejanza que lejos de repeler al marqués, le hizo hervir la sangre con
mayor ímpetu. Sofocada y risueña la muchacha echaba lumbres por ojos, boca y
mejillas.
—¿Perucho? ¿Peruchón?
—¿Ritiña, Ritona?—contestó don Pedro devorándola
con el mirar.
—Dicen las chicas que vengas.... Estamos muy
enfaenadas arreglando el desván, donde hay todos los trastos del tiempo del
abuelo. Parece que se encuentran allí cosas fenomenales.
—Y yo ¿para qué os sirvo? Supongo que no me
mandaréis barrer.
—Todo será que se nos antoje. Ven, holgazán,
dormilón, marmota.
Conducía al desván empinadísima escalera, y no era
el sitio muy oscuro, pues recibía luz de tres grandes claraboyas, pero sí
bastante bajo; don Pedro no podía estar allí de pie, y las chicas, al menor
descuido, se pegaban coscorrones en la cabeza contra la armazón del techo.
Guardábanse en el desván mil cachivaches arrumbados que habían servido en otro
tiempo a la pompa, aparato y esplendor de los Pardos de la Lage, y hoy tenían
por compañeros al polvo y la polilla; por esperanza, la visita de muchachas bulliciosas,
que de vez en cuando lo exploraban, a fin de desenterrar alguna presea de
antaño, que reformaban según la moda actual. Con las antiguallas que allí se
pudrían, pudiera escribirse la historia de las costumbres y ocupaciones de la
nobleza gallega, desde un par de siglos acá. Restos de sillas de manos pintadas
y doradas; farolillos con que los pajes alumbraban a sus señoras al regresar de
las tertulias, cuando no se conocía en Santiago el alumbrado público; un
uniforme de maestrante de Ronda; escofietas y ridículos, bordados de abalorio;
chupas recamadas de flores vistosas; medias caladas de seda, rancias ya; faldas
adornadas con caireles; espadines de acero tomados de orín; anuncios de
funciones de teatro impresos en seda, rezando que la dama de música había
de cantar una chistosa tonadilla, y el gracioso representar una divertida pitipieza;
todo andaba por allí revuelto con otros chirimbolos análogos, que trascendían a
casacón desde mil leguas, y entre los cuales distinguíanse, como prendas más
simbólicas y elocuentes, los trebejos masónicos: medalla, triángulo, mallete,
escuadra y mandil, despojos de un abuelo afrancesado y grado 33..., y una
lindísima chaqueta de grana, con las insignias de coronel bordadas en plata por
bocamangas y cuello, herencia de la abuela de don Manuel Pardo, que según
costumbre de su época, autorizada por el ejemplo de la reina María Luisa, usaba
el uniforme de su marido para montar diestramente a horcajadas.
—A buena parte me trajisteis—decía don Pedro,
ahogado entre el polvo y contrariadísimo por no poder moverse del asiento.
—Aquí te queremos—le replicaban Rita y Manolita,
palmoteando triunfantes—, porque aunque te empeñes, no hay medio de correr tras
de nosotras, ni de hacernos barrabasadas. Llegó la nuestra. Te vamos a vestir
con espadín y chupa. Ya verás.
—Buena gana tengo de ponerme de máscara.
—Un minuto solamente. Para ver qué facha haces.
—Os digo que no me visto de mamarracho.
—¿Cómo que no? Se nos ha puesto a nosotras en el
moño.
—Mirad que os pesará. La que se me acerque ha de
arrepentirse.
—¿Y qué nos harás, fantasmón?
—Eso no se dice hasta que se vea.
La misteriosa amenaza pareció infundir temor en las
primas, que se limitaron por entonces a inofensivas travesuras, a algún
plumerazo más o menos. Adelantaba la limpieza del desván: Manolita, con sus
brazos nervudos, manejaba los trastos; Rita los clasificaba; Nucha los sacudía
y doblaba esmeradamente; Carmen tomaba poca parte en el trajín, y menos aún en
la jarana: dos o tres veces se eclipsó, para asomarse a la galería sin duda.
Las demás le soltaron indirectas.
—¿Qué tal está el día, Carmucha? ¿Llueve o hace
sol?
—¿Pasa mucha gente por la calle? Contesta, mujer.
—Ésa siempre está pensando en las musarañas.
A medida que las prendas iban quedando limpias de
polvo, las chicas se las probaban. A Manolita le sentaba a maravilla el
uniforme de coronel, por su tipo hombruno. Rita era un encanto con la dulleta
de seda verdegay de la abuela. Carmen sólo consintió en dejarse poner un
estrafalario adorno, un penacho triple, que allá cuando se estrenó se
llamaba Las tres potencias. Tocóle a Nucha la probatura de las
mantillas de blonda. A todo esto la tarde caía, y en el telarañoso recinto del
desván se veía muy poco. La penumbra era favorable a los planes de las
muchachas; aprovechando la ocasión propicia, acercáronse disimuladamente las
dos mayores a don Pedro, y mientras Rita le plantaba en la cabeza un sombrero
de tres picos, Manolita le echaba por los hombros una chupa color tórtola, con
guirnaldas de flores azules y amarillas.
Fue de confusión el momento que siguió a esta
diablura sosa. Don Pedro, medio a gatas porque de otro modo no se lo consentía
la poca altura del desván, perseguía a sus primas, resuelto a tomar memorable
venganza; y ellas, exhalando chillidos ratoniles, tropezando con los muebles y
cachivaches esparcidos aquí y acullá, procuraban buscar la puertecilla angosta,
para evitar represalias. Mientras Rita se atrincheraba tras los restos de una
silla de manos y una desvencijada cómoda, huyeron dos chicas, las menos valientes;
y habiendo tenido Manolita la buena ocurrencia de cegar momentáneamente a su
primo arrojándole a la cabeza un chal, pudo evadirse también Rita, jefe nato
del motín. Desenredarse del chal haciéndolo jirones, y lanzarse a la puerta y a
la escalera en seguimiento de la fugitiva, fueron acciones simultáneas en don
Pedro.
Saltó impetuosamente los peldaños, precipitándose
en el corredor a tientas, guiado por su instinto de perseguidor de alimañas
ágiles, que oye delante de sí el apresurado trotecillo de la hermosa res. En
una revuelta del pasillo le dio alcance. La defensa fue blanda, entrecortada de
risas. Don Pedro, determinado a infligir el castigo ofrecido, lo aplicó en
efecto cerca de una oreja, largo y sonoro. Parecióle que la víctima no se
resistía entonces; mas debía ser errónea tan maliciosa suposición, porque Rita
aprovechó un segundo de suspensión de hostilidades para huir nuevamente,
gritando:
—¿A que no me coges otra vez, cobarde?
Engolosinado, olvidando el peligro del juego, el
marqués echó detrás de la prima, que se había desvanecido ya en las negruras
del pasadizo. Éste, irregular y tortuoso, serpeaba alrededor de parte de la
casa, quebrándose en inesperados codos, y a veces estrechándose como longaniza
mal rellena. Rita llevaba ventaja en sus familiares angosturas. Oyó el marqués
chirriar puertas, indicio de que la chica se había acogido al sagrado de alguna
habitación. No estaba don Pedro para respetar sagrados. Empujó la puerta tras
la cual juzgaba parapetada a Rita. La puerta resistía como si tuviese algún
obstáculo delante; mas los puños de don Pedro dieron cuenta fácilmente de la
endeble trinchera de un par de sillas, que vinieron al suelo con estrépito.
Penetró en un cuarto completamente oscuro, y por instinto alargó las manos a
fin de no tropezar con los muebles; advirtió que algo rebullía en las
tinieblas; tanteó el aire y palpó un bulto de mujer, que aprisionó en sus
brazos sin decir palabra, con ánimo de repetir el castigo. ¡Oh sorpresa! La
resistencia más tenaz y briosa, la protesta más desesperada, unas manitas de
acero que no podía cautivar, un cuerpo nervioso que se sacudía rehuyendo toda
presión, y al mismo tiempo varias exclamaciones de profunda y verdadera congoja,
dos o tres gritos ahogados que demandaban socorro.... ¡Diantre! Aquello no se
parecía a lo otro, no.... Por ciego y exaltado que estuviese el marqués, hubo
de comprender.... Sintió una confusión insólita en él, y soltó a la chica.
—Nuchiña, no llores.... Calla, mujer.... Ya te
dejo; no te hago nada.... Aguarda un instante.
Registró precipitadamente sus bolsillos, rascó un
fósforo, miró alrededor, encendió una vela puesta en un candelabro.... Nucha,
viéndose libre, callaba; pero se mantenía a la defensiva. Volvió el marqués a
disculparse y a consolarla.
—Nucha, no seas chiquilla.... Perdona, mujer....
Dispensa, no creía que eras tú.
Conteniendo un sollozo, exclamó Nucha:
—Fuese quien fuese.... Con las señoritas no se
hacen estas brutalidades.
—Hija mía, tu señora hermanita me buscó..., y el
que me busca, que no se queje si me encuentra.... Ea, no haya más, no estés así
disgustada. ¿Qué va a decir de mí el tío? Pero ¿aún lloras, mujer? Cuidado que
eres sensible de veras. A ver, a ver esa cara.
Alzó el candelabro para alumbrar el rostro de
Nucha. Estaba ésta encendida, demudada, y por sus mejillas corría despacio una
lágrima; pero al darle la luz en los ojos, no pudo menos de sonreír ligeramente
y secar el llanto con su pañuelo.
—¡Hija! ¡Cualquiera se te atreve! ¡Eres una
fierecita! ¡Y hasta fuerza en los puños descubres en esos momentos! ¡Diantre!
—Vete—ordenó Nucha recobrando su seriedad—. Ésta es
mi habitación, y no me parece decente que te estés metido en ella.
Dio el marqués dos pasos para salir; y volviéndose
de pronto, preguntó:
—¿Quedamos amigos? ¿Se hacen las paces?
—Sí, con tal que no vuelvas a las andadas—respondió
con sencillez y firmeza Nucha.
—¿Qué me harás si vuelvo?—interrogó risueño el
hidalgo campesino—. Capaz eres de dejarme en el sitio de una manotada, chica.
—No por cierto.... No tengo yo fuerzas para tanto.
Haré otra cosa.
—¿Cuál?
—Decírselo a papá, muy clarito, para que se fije en
lo que de seguro no se le habrá pasado por la cabeza: que no parece natural
vivir tú aquí no siendo nuestro hermano y siendo nosotras muchachas solteras.
Ya sé que es un atrevimiento meterme a enmendarle la plana a papá; pero él no
ha reparado en esto, ni te cree capaz de gracias como las de hoy. En cuanto
note algo, se le ha de ocurrir sin que yo se lo sople al oído, pues no soy
quién para aconsejar a mi padre.
—¡Caramba! Lo dices de un modo..., ¡como si fuese
cuestión de vida o muerte!
—Pues así.
Marchóse con estas despachaderas el marqués, y a la
hora de la cena estuvo taciturno y metido en sí, haciendo caso omiso de las
zalamerías de Rita. Nucha, aunque un poco alterada la fisonomía, se mostró como
siempre, afable, tranquila y atenta al buen servicio y orden de la mesa.
Aquella noche el marqués no dejó dormir a Julián, entreteniéndole hasta las
altas horas con larga y tendida plática. Los días siguientes fueron de tregua;
don Pedro salía bastante, y se le veía mucho en el Casino, junto a la tribuna
de los maldicientes. No perdía allí el tiempo. Informábase de particularidades
que le importaban, por ejemplo, el verdadero estado de fortuna de su tío. En
Santiago se decía lo que él sospechaba ya: don Manuel Pardo mejoraba en tercio
y quinto a su primogénito Gabriel, que entre la mejora, su legítima y el
vínculo, vendría a arramblar con casi toda la casa de la Lage. No restaba más
esperanza a las primitas que la herencia de una tía soltera, doña Marcelina,
madrina de Nucha por más señas, que residía en Orense, atesorando sórdidamente
y viviendo como una rata en su agujero. Estas nuevas dieron en qué pensar a don
Pedro, que desveló a Julián algunas noches más. Al cabo adoptó una resolución
definitiva.
Estremecióse de placer don Manuel Pardo viendo al
sobrino entrar en su despacho una mañana, con la expresión indefinible que se
nota en el rostro y continente de quien viene a tratar algo de importancia.
Había oído don Manuel que donde hay varias hermanas, lo difícil es deshacerse
de la primera, y después las otras se desprenden de suyo, como las cuentas de
una sarta tras la más próxima al cabo del hilo. Colocada Rita, lo demás era
tortas y pan pintado. Con Manolita cargaría por último el finchado señorito de
la Formoseda; a Carmen se le quitarían de la cabeza ciertas locuras y siendo
tan linda no le faltaría buen acomodo; y Nucha.... Lo que es Nucha no le hacía
a él peso en casa, pues la gobernaba a las mil maravillas; además, a fuer de
heredera presunta de su madrina, no necesitaba ampararse casándose. Si no
hallaba marido, viviría con Gabriel cuando éste, acabada la carrera, se
estableciese según conviene al mayorazgo de la Lage. Con tan gratos
pensamientos, don Manuel abrió los oídos para mejor recibir el rocío de las
palabras de su sobrino.... Lo que recibió fue un escopetazo.
—¿Por qué se asusta usted tanto, tío?—exclamaba don
Pedro gozando en sus adentros con la mortificación y asombro del viejo
hidalgo—. ¿Hay impedimento? ¿Tiene Nucha otro novio?
Comenzó don Manuel a poner mil objeciones,
callándose algunas que no eran para dichas. Salió la corta edad de la muchacha,
su delicada salud, y hasta su poca hermosura alegó el padre, sazonando la
observación con alusiones no muy reservadas al buen palmito de Rita y al mal
gusto de no preferirla. Dio al sobrino manotadas en los hombros y en las
rodillas; gastó chanzas, quiso aconsejarle como se aconseja a un niño que
escoge entre juguetes; y por último, tras de referir varios chascarrillos
adecuados al asunto y contados en dialecto, acabó por declarar que a las demás
chicas les daría algo al contraer matrimonio, pero que a Nucha... como esperaba
heredar lo de su tía.... Los tiempos estaban malos, abofé....
Luego, encarándose con el marqués, le interrogó:
—¿Y qué dice esa mosquita muerta de Nucha, vamos a
ver?
—Usted se lo preguntará, tío.... ¡Yo no le dije
cosa de sustancia...! Ya vamos viejos para andar haciendo cocos.
¡Oh y qué marejada hubo en casa de la Lage por
espacio de una quincena! Entrevistas con el padre, cuchicheos de las hermanas
entre sí, trasnochadas y madrugonas, batir de puertas, lloreras escondidas que
denunciaban ojos como puños, trastornos en las horas de comer, conferencias con
amigos sesudos, curiosidades de dueña oficiosa que apaga el ruido de su pisar
para sorprender algo al abrigo de una cortina, todas las dramáticas menudencias
que acompañan a un grave suceso doméstico.... Y como en provincia las paredes
son de cristal, se murmuró en Santiago desaforadamente, glosando los escándalos ocurridos
entre las señoritas de la Lage por causa del primo. Se acusó a Rita de haber
insultado agriamente a su hermana porque le quitaba el novio, y a Carmen de
ayudarla, porque Nucha reprendía su ventaneo. Se censuró a Nucha también por
falsa e hipócrita. Se le royeron los zancajos a don Manuel, afirmando que había
dicho en toda confianza a persona que lo repitió en toda intimidad: «El sobrino
no me había de salir de aquí sin una de las chicas, y como se le antojó Nucha,
hubo que dársela». Se aseguró que las hermanas no cruzaban ya palabra alguna en
la mesa, y lo confirmó ver a Rita en paseo sola con Carmen delante, mientras el
primo seguía detrás con don Manuel y Nucha. Ésta iba como avergonzada,
cabizbaja y modesta. Crecieron los comentarios cuando Rita salió para Orense, a
acompañar una temporada a la tía Marcelina, según dijo, y don Pedro para una
posada, por no considerarse decoroso que los novios viviesen bajo un mismo
techo en vísperas de boda.
Ésta se efectuó llegada la dispensa pontificia,
hacia fines del mes de agosto. No faltaron los indispensables requisitos:
finezas mutuas, regalos de amigos y parientes, cajas de dulces muy
emperifolladas para repartir, buen ajuar de ropa blanca, las galas venidas
de Madrid en un cajón monstruo. Dos o tres días antes de la ceremonia se
recibió un paquetito procedente de Segovia, y dentro de él un estuche. Contenía
una sortija de oro muy sencilla, y una cartulina figurando tarjeta, que decía:
«A mi inolvidable hermana Marcelina, su más amante hermano, Gabriel». La novia
lloró bastante con el obsequio de su niño, púsolo en el dedo
meñique de la mano izquierda, y allí se le reunió el otro anillo que en la
iglesia le ciñeron.
Casáronse al anochecer, en una parroquia solitaria.
Vestía la novia de rico gro negro, mantilla de blonda y aderezo de brillantes.
Al regresar hubo refresco para la familia y amigos íntimos solamente: un
refresco a la antigua española, con almíbares, sorbetes, chocolate, vino
generoso, bizcochos, dulces variadísimos, todo servido en macizas salvillas y
bandejas de plata, con gran etiqueta y compostura. No adornaban la mesa flores,
a no ser las rosas de trapo de las tartas o ramilletes de
piñonate; dos candelabros con bujías, altos como mecheros de catafalco,
solemnizaban el comedor; y los convidados, transidos aún del miedo que infunde
el terrible sacramento del matrimonio visto de cerca, hablaban bajito, lo mismo
que en un duelo, esmerándose en evitar hasta el repique de las cucharillas en
la loza de los platos. Parecía aquello la comida postrera de los reos de
muerte. Verdad es que el señor don Nemesio Angulo, eclesiástico en extremo
cortesano y afable, antiguo amigo y tertuliano de don Manuel y autor de la
dicha de los cónyuges, a quienes acababa de bendecir, intentó soltar dos o tres
cosillas festivas, en tono decentemente jovial, para animar un poco la
asamblea; pero sus esfuerzos se estrellaron contra la seriedad de los
concurrentes. Todos estaban—es la frase de cajón—muy afectados, incluso
el señorito de la Formoseda, que acaso pensaba «cuando la barba de tu
vecino...», y Julián, que viendo colmados sus deseos y votos ardentísimos,
triunfante su candidatura, sentía no obstante en el corazón un peso raro, como
si algún presentimiento cruel se lo abrumase.
Seria y solícita, la novia atendía y servía a todo
el mundo; dos o tres veces su pulso desasentado le hizo verter el Pajarete que
escanciaba al buen don Nemesio, colocado en sitio preferente, a su derecha. El
novio entretanto conversaba con los hombres, y, al alzarse de la mesa, repartió
excelentes cigarros de que tenía rellena la petaca. Nadie aludió al
trascendental acontecimiento, ni se atrevió a decir la menor chanza que pudiese
poner colorada a la novia; pero al despedirse los convidados, algunos caballeros
recalcaron maliciosamente las buenas noches, mientras matronas y
doncellas, besando con estrépito a la desposada, le chillaban al oído:
«Adiós, señora.... Ya eres señora, ya no es posible
llamarte señorita...», celebrando tan trivial observación con
afectadas risas, y mirando a Nucha como para aprendérsela de memoria. Cuando
todos fueron saliendo, don Manuel Pardo se acercó a su hija, y la oprimió
contra el pecho colosal, sellándole la frente con besos muy cariñosos.
Hallábase realmente conmovido el señor de la Lage: era la primera vez que
casaba una hija; sentía desbordarse en su alma la paternidad, y al tomar de la
mano a Nucha para conducirla a la cámara nupcial, alumbrándoles el camino Misia
Rosario con un candelabro de cinco brazos cogido de la mesa del comedor, no
acertaba a pronunciar palabra, y un poco de humedad se asomaba a sus lagrimales
áridos, y una sonrisa de orgullo y placer entreabría al mismo tiempo su boca.
En el umbral pudo exclamar al cabo:
—¡Si levantase la cabeza tal día como hoy tu madre
que en gloria esté!
Ardían en el tocador de la estancia dos velas
puestas en candeleros no menos empinados y majestuosos que los candelabros del
refresco; y como no la iluminaba otra luz, ni se había soñado siquiera en el
clásico globo de porcelana que es de rigor en todo voluptuoso camarín de
novela, impregnaba la alcoba más misterio religioso que nupcial, completando su
analogía con una capilla u oratorio la forma del tálamo, cuyas cortinas de
damasco rojo franjeadas de oro se parecían exactamente a colgaduras de iglesia,
y cuyas sábanas blanquísimas, tersas y almidonadas, con randas y encajes,
tenían la casta lisura de los manteles de altar. Cuando el padre se retiraba
ya, murmurando «Adiós, Nuchiña, hija querida», la novia le asió la diestra y se
la besó humildemente, con labios secos, abrasados de calentura. Quedó sola.
Temblaba como la hoja en el árbol, y al través de sus crispados nervios corría
a cada instante el escalofrío de la muerte chiquita, no por miedo
razonado y consciente, sino por cierto pavor indefinible y sagrado. Parecíale
que aquella habitación donde reinaba tan imponente silencio, donde ardían tan
altas y graves las luces, era el mismo templo en que no hacía dos horas aún se
había puesto de hinojos.... Volvió a arrodillarse, divisando allá en la sombra
de la cabecera del lecho el antiguo Cristo de ébano y marfil, a quien el
cortinaje formaba severo dosel. Sus labios murmuraban el consuetudinario rezo
nocturno: «Un Padrenuestro por el alma de mamá...». Oyéronse en el corredor
pisadas recias, crujir de botas flamantes, y la puerta se abrió.
Quedaban migajas, no muy añejas aún, del pan de la
boda, cuando don Pedro celebró con Julián una conferencia, conviniendo ambos en
lo urgente de que el capellán se adelantase a salir a los Pazos para adoptar
varias precauciones indispensables y civilizar algo la huronera, mientras no
iban a vivirla sus dueños. Julián aceptó la comisión, y entonces el señorito
mostró remordimientos o escrúpulos de habérsela encomendado.
—Mire usted—advirtió—que allí se necesitan muchas
agallas.... Primitivo es hombre de malos hígados, capaz de darle a usted cien
vueltas....
—Dios delante. Matar no me matará.
—No lo diga usted dos veces—insistió el señor de
Ulloa, impulsado por voces de su conciencia, que en aquel momento se dejaban
oír claras y apremiantes—. Ya le avisé a usted en otra ocasión de cómo es
Primitivo: capaz de cualquier desafuero.... Lo que yo no creo es que vaya a
cometer barbaridades por gusto de cometerlas, ni aun en el primer momento,
cuando le ciega el deseo de la venganza.... Con todo....
No era ésta la única vez que don Pedro manifestaba
sagacidad en el conocimiento de caracteres y personas, don esterilizado por la
falta de nociones de cultura moral y delicadeza, de ésas que hoy exige la
sociedad a quien, mediante el nacimiento, la riqueza o el poder, ocupa en ella
lugar preeminente.
Prosiguió el señorito:
—Primitivo no es un bárbaro.... Pero es un bribón
redomado y taimadísimo, que no se para en barras con tal de lograr sus
fines.... ¡Demontres! Harto estoy de saberlo.... El día que nos vinimos... si
él pudiese detenernos soplándonos un tiro a mansalva... no doy dos cuartos por
su pellejo de usted ni por el mío.
Estremecióse Julián, y se le borraron las rosadas
tintas de los pómulos. No era de madera de héroes, lo cual le salía a la cara.
A don Pedro le divertía infinito el miedo del capellán. En la índole de don
Pedro había un fondo de crueldad, sostenido por su vida grosera.
—Apostemos—exclamó riéndose—que la cruz aquélla del
camino va usted a pasarla rezando.
—No digo que no—contestó Julián repuesto ya—; mas
no por eso me niego a ir. Es mi deber; de suerte que no hago nada de
extraordinario en cumplirlo. Dios sobre todo.... A veces no es tan fiero el
león como lo pintan.
—No le tiene cuenta ahora a Primitivo meterse en
dibujos.
Calló Julián. Al cabo exclamó:
—Señorito, ¡si usted adoptase una buena resolución!
¡Echar a ese hombre, señorito, echarlo!
—Calle usted, hombre, calle usted.... Le pondremos
a raya.... Pero eso de echar.... ¿Y los perros? ¿Y la caza? ¿Y aquellas gentes,
y todo aquel cotarro, que nadie me lo entiende sino él? Desengáñese usted: sin
Primitivo no me arreglo yo allí.... Haga usted la prueba, sólo por gusto, de
aquillotrarme algunas cosas de las que Primitivo maneja durmiendo.... Además,
crea usted lo que le digo, que es como el Evangelio: si echa usted a Primitivo
por la puerta, se nos entrará por la ventana. ¡Diantre! ¡Si sabré yo quién es
Primitivo!
Julián balbució:
—¿Y... de lo demás...?
—De lo demás.... Arréglese usted como quiera....
Lleva usted plenos poderes.
¡Ya lo creo que los llevaba! ¡Así llevase también
alguna receta eficaz para servirse de ellos! Investido de autoridad omnímoda,
Julián sentía en el fondo del alma una especie de compasión por la
desvergonzada manceba y el hijo espurio. Este último sobre todo. ¿Qué culpa
tenía el pobre inocente de las bellaquerías maternales? Siempre parecía duro
arrojarle de una casa donde, al fin y al cabo, el dueño era su padre. Julián no
se hubiera encargado jamás de tan ingrata comisión a no parecerle que iba en
ello la salvación eterna de don Pedro, y también el sosiego temporal de la que
él seguía llamando señorita Marcelina, contra el dictamen de las
convidadas a la boda.
No sin aprensión cruzó de nuevo el triste país de
lobos que antecedía al valle de los Pazos. El cazador le aguardaba en Cebre, e
hicieron la jornada juntos; Primitivo, por más señas, se mostró tan sumiso y
respetuoso, que Julián, quien al revés que don Pedro poseía el don de errar en
el conocimiento práctico de las gentes, guardando los aciertos para el terreno
especulativo y abstracto, fue poco a poco desechando la desconfianza, y
persuadiéndose de que ya no tenía el zorro intenciones de morder. El rostro impasible
de Primitivo no revelaba rencor ni enojo. Con su laconismo y seriedad
habituales, hablaba del tiempo desapacible y metido en agua, que casi no había
consentido majar, ni segar el maíz, ni vendimiar como Dios manda, ni cumplir en
paz ninguna de las grandes faenas agrícolas. Estaba en efecto el camino
encharcado, lleno de aguazales, y como había llovido por la mañana también, los
pinos dejaban escurrir de las verdes y brillantes púas de su ramaje gotas de
agua que se aplastaban en el sombrero de los viajeros. Julián iba perdiendo el
miedo y un gozo muy puro le inundaba el espíritu cuando saludó al crucero con
verdadera efusión religiosa.
«Bendito seas, Dios mío—pensaba para sí—, pues me
has permitido cumplir una obra buena, grata a tus ojos. He encontrado en los
Pazos, hace un año, el vicio, el escándalo, la grosería y todas las malas
pasiones; y vuelvo trayendo el matrimonio cristiano, las virtudes del hogar
consagrado por ti. Yo, yo he sido el agente de que te has valido para tan santa
obra.... Dios mío, gracias».
Cortaron el soliloquio ladridos vehementes: era la
jauría del marqués, que salía a recibir al montero mayor, haciendo locas
demostraciones de regocijo, zarandeando los rabos mutilados y abriendo de una
cuarta las fresquísimas bocas. Acariciólos Primitivo con su enjuta mano, pues
era sumamente afectuoso para los perros; y al nieto, que en pos de los perros
venía, le dio una especie de festivo soplamocos. Quiso Julián besar al niño,
pero éste se puso en polvorosa antes de que pudiese lograrlo; y el capellán experimentó
otra vez compasivos remordimientos, causados por la vista de la ya repudiada
criatura. A Sabel la halló en el sitio de costumbre, entre sus pucheros, pero
sin el antiguo séquito de aldeanas viejas y mozas, de la Sabia y su dilatada
progenie. Reinaba en la cocina orden perfecto: todo limpio, sosegado y
solitario; la persona más severa y amiga de censurar no encontraría qué. El
capellán comenzaba a sentirse confuso viendo en ausencia suya tanto arreglo, y
a temer que su venida lo trastornara: idea dictada por su nativa timidez. A la
hora de cenar aumentó su sorpresa. Primitivo, más blando que un guante, le daba
cuenta en voz reposada de lo ocurrido allí durante medio año, en materia de
vacas paridas, obras emprendidas, rentas cobradas; y mientras el padre
reconocía así su autoridad superior, la hija le servía diligente y humilde, con
pegajosa dulzura de animal doméstico que implora caricias. No sabía Julián qué
cara poner en vista de una acogida tan cordial.
Creyó que mudarían de actitud al día siguiente,
cuando, haciendo uso de los plenísimos poderes y facultades omnímodas de que
venía investido, ordenó a la Agar y al Ismael de aquel patriarcado emigrar al
desierto. ¡Milagro asombroso! Tampoco se alteró entonces la mansedumbre de
Primitivo.
—Los señoritos traerán cocinera de allá, de
Santiago...—explicaba Julián, para fundar en algo la expulsión.
—Por supuesto...—respondió Primitivo con la mayor
naturalidad del mundo—. Allá en la vila guísase de otro
modo.... Los señores tienen la boca acostumbrada.... Cuadra bien, que yo
también le iba a pedir que le escribiese al señor marqués de traer quien
cocinase.
—¿Usted?—exclamó Julián, estupefacto.
—Sí, señor.... La hija se me quiere casar....
—¿Sabel?
—Sabel, sí, señor, anda en eso.... Con el gaitero
de Naya, el Gallo.... Por de contado se empeña en irse para su
casa, así que les echen las bendiciones....
Sintió Julián un sofocón de pura alegría. No pudo
menos de pensar que en todo aquel negocio de Sabel andaba visiblemente la mano
de la Providencia. ¡Sabel casada, alejada de allí; el peligro conjurado; las
cosas en orden, la salvación segura! Una vez más dio gracias al Dios bondadoso
que quita los estorbos de delante cuando la mezquina previsión humana no cree
posible removerlos siquiera.... La satisfacción que le rebosaba en el semblante
era tal, que se avergonzó de mostrarla ante Primitivo, y empezó a charlar
aprisa, por disimulo, felicitando al cazador y augurando a Sabel un porvenir de
ventura en el nuevo estado. Aquella noche misma escribió al marqués la buena
noticia.
Pasaron días, siempre bonancibles. Proseguía Sabel
mansa, Primitivo complaciente, Perucho invisible, la cocina desierta. Sólo
notaba Julián cierta resistencia pasiva en lo tocante al gobierno de los
estados y hacienda del marqués. En este terreno le fue absolutamente imposible
adelantar una pulgada. Primitivo sostenía su posición de verdadero
administrador, apoderado, y, entre bastidores, autócrata: Julián comprendía que
sus plenos poderes importaban tanto como la carabina de Ambrosio, y hasta pudo
cerciorarse, por indicios evidentes, de que el influjo que ejercía el cazador
en el circuito de los Pazos iba haciéndose extensivo a toda la comarca; a
menudo venían a conferenciar con el mayordomo, en actitud respetuosa y servil,
gentes de Cebre, de Castrodorna, de Boán, de puntos más distantes todavía. En
cuatro leguas a la redonda no se movía una paja sin intervención y aquiescencia
de Primitivo. No poseía Julián fuerzas para luchar con él, ni lo intentaba,
pareciéndole secundario el perjuicio que a la casa de Ulloa originase la mala
administración de Primitivo, en proporción al daño inmenso que estuvo a punto
de causarle Sabel. Descartarse de la hija lo tenía él por importante; en cuanto
al padre....
Verdad es que la hija no se marchaba tampoco; pero
se marcharía, ¡no faltaba más! ¿Quién duda que se marcharía? Tranquilizaba a
Julián una señal en su concepto infalible: el haber sorprendido cierto
anochecer, cerca del pajar, a Sabel y al gallardo gaitero entretenidos en
coloquios más dulces que edificantes. Le ruborizó el encuentro, pero hizo la
vista gorda reflexionando que aquello era, por decirlo así, la antesala del
altar. Seguro de la victoria respecto a la mala hembra, transigió en lo
relativo al mayordomo. Cuanto más que éste no rechazaba las indicaciones de
Julián, ni le llevaba la contraria en cosa alguna. Si el capellán ideaba
planes, censuraba abusos o insistía en la urgente necesidad de una reforma,
Primitivo aprobaba, allanaba el camino, sugería medios, de palabra se entiende;
al llegar a la realización, ya era harina de otro costal: empezaban las
dificultades, las dilaciones: que hoy... que mañana.... No hay fuerza
comparable a la inercia. Primitivo decía a Julián para consolarle:
—Una cosa es hablar, y otra hacer....
O matar a Primitivo, o entregársele a discreción:
el capellán comprendía que no quedaba otro recurso. Fue un día a desahogar sus
cuitas con don Eugenio, el abad de Naya, cuyos discretos pareceres le alentaban
mucho. Encontróle todo alborotado con los noticiones políticos, que acababan de
confirmar los pocos periódicos que se recibían en aquellos andurriales. La
marina se había sublevado, echando del trono a la reina, y ésta se encontraba
ya en Francia, y se constituía un gobierno provisional, y se contaba de una
batalla reñidísima en el puente de Alcolea, y el ejército se adhería, y el
diablo y su madre.... Don Eugenio andaba, de puro excitado, medio loco,
proyectando irse a Santiago sin dilación para saber noticias ciertas. ¡Qué
dirían el señor Arcipreste y el abad de Boán! ¿Y Barbacana? Ahora sí que
Barbacana estaba fresco: su eterno adversario Trampeta, amigo de los
unionistas, se le montaría encima por los siglos de los siglos, amén. Con el
embullo de estos acontecimientos, apenas atendió el abad de Naya a las
tribulaciones de Julián.
Transcurrido algún tiempo de vida familiar con
suegro y cuñadas, don Pedro echó de menos su huronera. No se acostumbraba a la
metrópoli arzobispal. Ahogábanle las altas tapias verdosas, los soportales
angostos, los edificios de lóbrego zaguán y escalera sombría, que le parecían
calabozos y mazmorras. Fastidiábale vivir allí donde tres gotas de lluvia meten
en casa a todo el mundo y engendran instantáneamente una triste vegetación de
hongos de seda, de enormes paraguas. Le incomodaba la perenne sinfonía de la
lluvia que se deslizaba por los canalones abajo o retiñía en los charcos
causados por la depresión de las baldosas. Quedábanle dos recursos no más para
combatir el tedio: discutir con su suegro o jugar un rato en el Casino. Ambas
cosas le produjeron en breve, no hastío, pues el verdadero hastío es enfermedad
moral propia de los muy refinados y sibaritas de entendimiento, sino irritación
y sorda cólera, hija de la secreta convicción de su inferioridad. Don Manuel
era superior a su sobrino por el barniz de educación adquirido en dilatados
años de existencia ciudadana y el consiguiente trato de gentes, así como por
aquel bien entendido orgullo de su nacimiento y apellido, que le salvaba
de adocenarse (era su expresión predilecta). Aparte de la
manía de referir en las sobremesas y entre amigos de confianza mil anécdotas,
no contrarias al pudor, pero sí a la serenidad del estómago de los oyentes, era
don Manuel persona cortés y de buenas formas para presidir, verbigracia, un
duelo, asistir a una junta en la Sociedad Económica de Amigos del País, llevar
el estandarte en una procesión, ser llamado al despacho de un gobernador en
consulta. Si deseaba retirarse al campo, no le atraía tan sólo la perspectiva
de dar rienda suelta a instintos selváticos, de andar sin corbata, de no pagar
tributo a la sociedad, sino que le solicitaban aficiones más delicadas, de
origen moderno: el deseo de tener un jardín, de cultivar frutales, de hacer
obras de albañilería, distracción que le embelesaba y que en el campo es más
barata que en la ciudad. Además, el fino trato de su mujer, la perpetua
compañía de sus hijas suavizara ya las tradiciones rudas que por parte de los
la Lage conservaba don Manuel: cinco hembras respetadas y queridas civilizan al
hombre más agreste. He aquí por qué el suegro, a pesar de encontrarse
cronológicamente una generación más atrás que su yerno, estaba moralmente
bastantes años delante.
Trataba don Manuel de descortezar a don Pedro; y no
sólo fue trabajo perdido, sino contraproducente, pues recrudeció su soberbia y
le infundió mayores deseos de emanciparse de todo yugo. Aspiraba el señor de la
Lage a que su sobrino se estableciese en Santiago, levantando la casa de los
Pazos y visitándola los veranos solamente, a fin de recrearse y vigilar sus
fincas; y al dar tales consejos a su yerno, los entreveraba con indirectas y
alusiones, para demostrar que nada ignoraba de cuanto sucedía en la vieja
madriguera de los Ulloas. Este género de imposición y fiscalización, aunque tan
disculpable, irritó a don Pedro, que según decía, no aguantaba ancas ni gustaba
de ser manejado por nadie en el mundo.
—Por lo mismo—declaró un día delante de su
mujer—vamos a tomar soleta pronto. A mí nadie me trae y lleva desde que pasé de
chiquillo. Si callo a veces, es porque estoy en casa ajena.
Estar en casa ajena le exaltaba. Todo cuanto veía
lo encontraba censurable y antipático. El decoroso fausto del señor de la Lage;
sus bandejas y candelabros de plata; su mueblaje rico y antiguo; la
respetabilidad de sus relaciones, compuestas de lo más selecto de la ciudad; su
honesta tertulia nocturna de canónigos y personas formales que venían a hacerle
la partida de tresillo; sus criados respetuosos, a veces descuidados, pero
nunca insolentes ni entrometidos, todo se le figuraba a don Pedro sátira viviente
del desarreglo de los Pazos, de aquella vida torpe, de las comidas sin mantel,
de las ventanas sin vidrios, de la familiaridad con mozas y gañanes. Y no se le
despertaba la saludable emulación, sino la ruin envidia y su hermano el ceñudo
despecho. Únicamente le consolaban los desatinados amoríos de Carmen; celebraba
la gracia, frotándose las manos, siempre que en el Casino se comentaba la
procacidad del estudiante y el descaro de la chiquilla. ¡Que rabiase su suegro!
No bastaba tener sillas de damasco y alfombras para evitar escándalos.
Los altercados de don Pedro con su tío iban
agriándose, y vino a envenenarlos la discusión política, que enzarza más que
ninguna otra, especialmente a los que discuten por impresión, sin ideas fijas y
razonadas. Fuerza es confesar que el marqués estaba en este caso. Don Manuel no
era ningún lince, pero afiliado platónicamente desde muchos años atrás al
partido moderado puro, hecho a leer periódicos, conocía la rutina; y había
tomado tan a contrapelo el chasco de González Bravo y la marcha de Isabel II, que
se disparaba, poniéndose a dos dedos de ahogarse, cuando el sobrino, por
molestarle, le contradecía, disculpaba a los revolucionarios, repetía las
enormidades que la prensa y las lenguas de entonces propalaban contra la
majestad caída, y aparentaba creerlas como artículo de fe. El tío le rebatía
con acritud y calor, alzando al cielo las gigantescas manos.
—Allá en las aldeas—decía—se traga todo, hasta el
mayor disparate.... No tenéis formado el criterio, hijo, no tenéis formado el
criterio, ésa es vuestra desgracia.... Lo miráis todo al través de un punto de
vista que os forjáis vosotros mismos... (este tremendo disparate debía haberlo
aprendido don Manuel en algún artículo de fondo). Hay que juzgar con la
experiencia, con la sensatez.
—¿Y usted se figura que somos tontos los que
venimos de allá...? Puede ser que aún tengamos más pesquis, y veamos lo que
ustedes no ven... (aludía a su prima Carmen, colgada de la galería en aquel
momento). Créame usted, tío, en todas partes hay bobalicones que se maman el
dedo.... ¡Vaya si los hay!
La discusión tomaba carácter personal y agresivo;
solía esto ocurrir a la hora de la sobremesa; las tazas del café chocaban
furiosas contra los platillos; don Manuel, trémulo de coraje, vertía el anisete
al llevarlo a la boca; tío y sobrino alzaban la voz mucho más de lo regular, y
después de algún descompasado grito o frase dura, había instantes de armado
silencio, de muda hostilidad, en que las chicas se miraban y Nucha, con la
cabeza baja, redondeaba bolitas de miga de pan o doblaba muy despacio las servilletas
de todos deslizándolas en las anillas. Don Pedro se levantaba de repente,
rechazando su silla con energía, y, haciendo temblar el piso bajo su andar
fuerte, se largaba al Casino, donde las mesas de tresillo funcionaban día y
noche.
Tampoco allí se encontraba bien. Sofocábale cierta
atmósfera intelectual, muy propia de ciudad universitaria. Compostela es pueblo
en que nadie quiere pasar por ignorante, y comprendía el señorito cuánto se
mofarían de él y qué chacota se le preparaba, si se averiguase con certeza que
no estaba fuerte en ortografía ni en otras ías nombradas allí
a menudo. Se le sublevaba su amor propio de monarca indiscutible en los Pazos
de Ulloa al verse tenido en menos que unos catedráticos acatarrados y
pergaminosos, y aun que unos estudiantes troneras, con las botas rojas y el
cerebro caliente y vibrante todavía de alguna lectura de autor moderno, en la
Biblioteca de la Universidad o en el gabinete del Casino. Aquella vida era
sobrado activa para la cabeza del señorito, sobrado entumecida y sedentaria
para su cuerpo; la sangre se le requemaba por falta de esparcimiento y
ejercicio, la piel le pedía con mucha necesidad baños de aire y sol, duchas de
lluvia, friegas de espinos y escajos, ¡plena inmersión en la atmósfera montés!
No podía sufrir la nivelación social que impone la
vida urbana; no se habituaba a contarse como número par en un pueblo, habiendo
estado siempre de nones en su residencia feudal. ¿Quién era él en Santiago? Don
Pedro Moscoso a secas; menos aún: el yerno del señor de la Lage, el marido de
Nucha Pardo. El marquesado allí se había deshecho como la sal en el agua,
merced a la malicia de un viejecillo, miembro del maldiciente triunvirato, a
quien correspondía, por su acerada y prodigiosa memoria y años innumerables, el
ramo de averiguación y esclarecimiento de añejos sucedidos, así como al más
joven, que conocemos ya, tocaban las investigaciones de actualidad, viniendo a
ser cronista el uno y analista el otro de la metrópoli. El cronista, pues, hizo
su oficio desentrañando la genealogía entera y verdadera de las casas de
Cabreira y Moscoso, probando ce por be que el título de Ulloa no correspondía
ni podía corresponder sino al duque de tal y cual, grande de España, etc.; y
demostrándolo mediante oportuna exhibición de la Guía de Forasteros.
Por cierto que al instruir estas diligencias se hizo bastante burla de don
Pedro y del señor de la Lage, a quien se acusaba de haber bordado la corona de
marquesa en un juego de sábanas regalado a su hija; inocente desliz que el
analista confirmó, especificando dónde y cómo se habían marcado las susodichas
sábanas, y cuánto había costado el escusón y el perendengue de
la coronita.
Impaciente ya, resolvió don Pedro la marcha antes
de que pasase la inclemencia del invierno, a fines de un marzo muy esquivo y
desapacible. Salía el coche para Cebre tan de madrugada, que no se veía casi;
hacía un frío cruel, y Nucha, acurrucada en el rincón del incómodo vehículo, se
llevaba a menudo el pañuelo a los ojos, por lo cual su marido la interpeló con
poca blandura:
—¿Parece que vienes de mala gana conmigo?
—¡Qué cosas tienes!—respondió la muchacha
destapando el rostro y sonriendo—. Es natural que sienta dejar al pobre papá
y... y a las chicas.
—Pues ellas—murmuró el señorito—me parece que no te
echarán memoriales para que vuelvas.
Nucha calló. El carruaje brincaba en los baches de
la salida, y el mayoral, con voz ronca, animaba al tiro. Alcanzaron la
carretera y rodó el armatoste sobre una superficie más igual. Nucha reanudó el
diálogo preguntando a su marido pormenores relativos a los Pazos, conversación
a que él se prestaba gustoso, ponderando hiperbólicamente la hermosura y
salubridad del país, encareciendo la antigüedad del caserón y alabando la vida
cómoda e independiente que allí se hacía.
—No creas—decía a su mujer, alzando la voz para que
no la cubriese el ruido de los cascabeles y el retemblar de los vidrios—, no
creas que no hay gente fina allí.... La casa está rodeada de señorío principal:
las señoritas de Molende, que son muy simpáticas; Ramón Limioso, un cumplido
caballero.... También nos hará compañía el Abad de Naya.... ¡Pues y el nuestro,
el de Ulloa, que es presentado por mí! Ése es tan mío como los perros que llevo
a cazar.... No le mando que ladre y que porte porque no se me antoja. ¡Ya
verás, ya verás! Allí es uno alguien y supone algo.
A medida que se acercaban a Cebre, que entraba en
sus dominios, se redoblaba la alegre locuacidad de don Pedro. Señalaba a los
grupos de castaños, a los escuetos montes de aliaga y exclamaba regocijadísimo:
—¡Foro de casa...! ¡Foro de casa...! No corre por
ahí una liebre que no paste en tierra mía.
La entrada en Cebre acrecentó su alborozo. Delante
de la posada aguardaban Primitivo y Julián; aquél con su cara de metal,
enigmática y dura, éste con el rostro dilatado por afectuosísima sonrisa. Nucha
le saludó con no menor cordialidad. Bajaron los equipajes, y Primitivo se
adelantó trayendo a don Pedro su lucia y viva yegua castaña. Iba éste a montar,
cuando reparó en la cabalgadura que estaba dispuesta para Nucha, y era una mula
alta, maligna y tozuda, arreada con aparejo redondo, de esos que por formar en
el centro una especie de comba, más parecen hechos para despedir al jinete que
para sustentarlo.
—¿Cómo no le has traído a la señorita la
borrica?—preguntó don Pedro, deteniéndose antes de montar, con un pie en el
estribo y una mano asida a las crines de la yegua, y mirando al cazador con
desconfianza.
Primitivo articuló no sé qué de una pata coja, de
un tumor frío....
—¿Y no hay más borricos en el país?, ¿eh? A mí no
me vengas con eso. Te sobraba tiempo para buscar diez pollinas.
Volvióse hacia su mujer, y como para tranquilizar
su conciencia, preguntóle:
—¿Tienes miedo, chica? Tú no estarás acostumbrada a
montar. ¿Has andado alguna vez en esta casta de aparejos? ¿Sabes tenerte en
ellos?
Nucha permanecía indecisa, recogiendo el vestido
con la diestra, sin soltar de la otra el saquillo de viaje. Al cabo murmuró:
—Lo que es tenerme, sé.... El año pasado, cuando
estuve de baños, monté en mil aparejos nunca vistos.... Sólo que ahora....
Soltó el traje de repente, llegóse a su marido, y
le pasó un brazo alrededor del cuello, escondiendo la cara en su pechera como
la primera vez que había tenido que abrazarle; y allí, en una especie de
murmullo o secreteo dulcísimo, acabó la frase interrumpida. Pintóse en el
rostro del marqués la sorpresa, y casi al mismo tiempo la alegría inmensa,
radiante, el júbilo orgulloso, la exaltación de una victoria. Y apretando
contra sí a su mujer, con amorosa protección, exclamó a gritos:
—O no hay en tres leguas a la redonda una pollina
mansa, o aunque la tenga el mismo Dios del cielo y no la quiera prestar, aquí
vendrá para ti, a fe de Pedro Moscoso. Aguarda, hija, aguarda un minuto nada
más.... O mejor dicho, entra en la posada y siéntate.... A ver, un banco, una
silla para la señorita.... Espera, Nuchiña, vengo volando.
Primitivo, acompáñame tú. Abrígate, Nucha.
Volando no, pero sí al cabo de media hora, volvió
sin aliento. Traía del ronzal una oronda borriquilla, bien arreada, dócil y
segura: la propia hacanea de la mujer del juez de Cebre. Don Pedro tomó en
brazos a su esposa y la sentó en la albarda, arreglándole la ropa con esmero.
Así que pudieron conferenciar reservadamente
capellán y señorito, preguntó don Pedro, sin mirar cara a cara a Julián:
—¿Y... ésa? ¿Está todavía por aquí? No
la he visto cuando entramos.
Como Julián arrugase el entrecejo, añadió:
—Está, está.... Apostaría yo cien pesos, antes de
llegar, a que usted no había encontrado modo de sacudírsela de encima.
—Señorito, la verdad...—articuló Julián bastante
disgustado—. Yo no sé qué decir.... Ha sido una cosa que se ha ido
enredando.... Primitivo me juró y perjuró que la muchacha se iba a casar con el
gaitero de Naya....
—Ya sé quién es—dijo entre dientes don Pedro, cuyo
rostro se anubló.
—Pues yo... como era bastante natural, lo creí.
Además tuve ocasión de persuadirme de que, en efecto, el gaitero y Sabel...
tienen... trato.
—¿Ha averiguado usted todo eso?—interrogó el
marqués con ironía.
—Señor, yo.... Aunque no sirvo mucho para estas
cosas, quise informarme para no caer de inocente.... He preguntado por ahí y
todo el mundo está conforme en que andan para casarse; hasta don Eugenio, el
abad de Naya, me dijo que el muchacho había pedido sus papeles. Y por cierto
que, a pretexto de no sé qué enredo o dificultad en los tales papeles dichosos,
no se hizo la cosa todavía.
Quedóse don Pedro callado, y al fin prorrumpió:
—Es usted un santo. Ya podían venirme a mí con
ésas.
—Señor, la verdad es que si tuvieron intención de
engañarme... digo que son unos grandísimos pillos. Y la Sabel, si no está
muerta y penada por el gaitero, lo figura que es un asombro. Hace dos semanas
fue a casa de don Eugenio y se le arrodilló llorando y pidiendo por Dios que se
diese prisa a arreglarle el casamiento, porque aquel día sería el más feliz de
su vida. Don Eugenio me lo ha contado, y don Eugenio no dice una cosa por otra.
—¡Bribona! ¡Bribonaza!—tartamudeó el señorito,
iracundo, paseándose por la habitación aceleradamente.
Sosegóse no obstante muy luego, y agregó:
—No me pasmo de nada de eso, ni digo que don
Eugenio mienta; pero... usted... es un papanatas, un infeliz, porque aquí no se
trata de Sabel, ¿entiende usted?, sino de su padre, de su padre. Y su padre le
ha engañado a usted como a un chino, vamos. La... mujer ésa, bien comprendo que
rabia por largarse; mas Primitivo es abonado para matarla antes que tal suceda.
—No, si también empezaba yo a maliciarme eso....
Mire usted que empezaba a maliciármelo.
El señorito se encogió de hombros con desdén, y
exclamó:
—A buena hora.... Deje usted ya de mi cuenta este
asunto.... Y por lo demás..., ¿qué tal, qué tal?
—Muy mansos..., como corderos.... No se me han
opuesto de frente a nada.
—Pero habrán hecho de lado cuanto se les antoje....
Mire usted, don Julián, a veces me dan ganas de empapillarle a usted. Lo
mismito que a los pichones.
Julián replicó todo compungido:
—Señorito, acierta usted de medio a medio. No hay
forma de conseguir nada aquí si Primitivo se opone. Tenía usted razón cuando me
lo aseguraba el año pasado. Y de algún tiempo acá, parece que aún le tienen
mayor respeto, por no decir más miedo. Desde que se armó la revolución y andan
agitadas las cosas políticas, y cada día recibimos una noticia gorda, creo que
Primitivo se mezcla en esos enredos, y recluta satélites en el país.... Me lo
ha asegurado don Eugenio, añadiendo que ya antes tenía subyugada a mucha gente
prestando a réditos.
Guardaba silencio don Pedro. Por fin alzó la cabeza
y dijo:
—¿Se acuerda usted de la burra que hubo que buscar
en Cebre para mi mujer?
—¡No me he de acordar!
—Pues la señora del juez..., ríase usted un poco,
hombre..., la señora del juez se avino a prestármela porque iba Primitivo
conmigo. Si no....
No hizo Julián reflexión alguna acerca de un suceso
que tanto indignaba al marqués. Al terminar la conferencia, don Pedro le puso
la mano en el hombro.
—¿Y por qué no me da usted la enhorabuena,
desatento?—exclamó con aquella misma irradiación que habían tenido sus pupilas
en Cebre.
Julián no entendía. El señorito se explicó
cayéndosele la baba de gozo. Sí, señor, para octubre, el tiempo de las
castañas..., esperaba el mundo un Moscoso, un Moscoso auténtico y legítimo...
hermoso como un sol además.
—¿Y no puede también ser una Moscosita?—preguntó
Julián después de reiteradas felicitaciones.
—¡Imposible!—gritó el marqués con toda su alma. Y
como el capellán se echase a reír, añadió:—Ni de guasa me lo anuncie usted, don
Julián.... Ni de guasa. Tiene que ser un chiquillo, porque si no le retuerzo el
pescuezo a lo que venga. Ya le he encargado a Nucha que se libre bien de
traerme otra cosa más que un varón. Soy capaz de romperle una costilla si me
desobedece. Dios no me ha de jugar tan mala pasada. En mi familia siempre hubo
sucesión masculina: Moscosos crían Moscosos, es ya proverbial. ¿No lo ha reparado
usted cuando estuvo almorzándose el polvo del archivo? Pero usted es capaz de
no haber reparado tampoco el estado de mi mujer, si no le entero yo ahora.
Y era verdad. No sólo no lo había echado de ver,
sino que tan natural contingencia no se le había pasado siquiera por las
mientes. La veneración que por Nucha sentía y que iba acrecentándose con el
trato, cerraba el paso a la idea de que pudiesen ocurrirle los mismos percances
fisiológicos que a las demás hembras del mundo. Justificaba esta candorosa
niñería el aspecto de Nucha. La total inocencia, que se pintaba en sus ojos
vagos y como perdidos en contemplaciones de un mundo interior, no había menguado
con el matrimonio; las mejillas, un poco más redondeadas, seguían tiñéndose del
carmín de la vergüenza por el menor motivo. Si alguna variación podía
observarse, algún signo revelador del tránsito de virgen a esposa, era quizás
un aumento de pudor; pudor, por decirlo así, más consciente y seguro de sí
mismo; instinto elevado a virtud. No se cansaba Julián de admirar la noble
seriedad de Nucha cuando una chanza atrevida o una palabra malsonante hería sus
oídos; la dignidad natural, que era como su propia envoltura, escudo impalpable
que la resguardaba hasta contra las osadías del pensamiento; la bondad con que
agradecía la atención más leve, pagándola con frases compuestas, pero sinceras;
la serenidad de toda su persona, semejante al caer de una tarde apacibilísima.
Parecíale a Julián que Nucha era ni más ni menos que el tipo ideal de la
bíblica Esposa, el poético ejemplar de la Mujer fuerte, cuando aún no se ha
borrado de su frente el nimbo del candor, y sin embargo ya se adivina su
entereza y majestad futura. Andando el tiempo aquella gracia había de ser
severidad, y a las oscuras trenzas sucederían las canas de plata, sin que en la
pura frente imprimiese jamás una mancha el delito ni una arruga el
remordimiento. ¡Cuán sazonada madurez prometía tan suave primavera! Al
pensarlo, felicitábase otra vez Julián por la parte que le cabía en la acertada
elección del señorito.
Con desinteresada satisfacción se decía a sí mismo
que había logrado contribuir al establecimiento de una cosa gratísima a Dios, e
indispensable a la concertada marcha de la sociedad: el matrimonio cristiano,
lazo bendito, por medio del cual la Iglesia atiende juntamente, con admirable
sabiduría, a fines espirituales y materiales, santificando los segundos por
medio de los primeros. «La índole de tan sagrada institución—discurría
Julián—es opuesta a impúdicos extremos y arrebatos, a romancescos y necios desahogos,
ardientes y roncos arrullos de tórtola»; por eso alguna vez que el esposo se
deslizaba a familiaridades más despóticas que tiernas, parecíale al capellán
que la esposa sufría mucho, herida en su cándida modestia, en su decente
compostura; figurábasele que la caída de sus párpados, su encendimiento, su
silencio, eran muda protesta contra libertades impropias del honesto trato
conyugal. Si ante él sucedían tales cosas, a la mesa por ejemplo, Julián torcía
la cara, haciéndose el distraído, o alzaba el vaso para beber, o fingía atender
a los perros, que husmeaban por allí.
Le asaltaba entonces un escrúpulo, de ésos que se
quiebran de sutiles. Por muy perfecta casada que hiciese Nucha, su condición y
virtudes la llamaban a otro estado más meritorio todavía, más parecido al de
los ángeles, en que la mujer conserva como preciado tesoro su virginal
limpieza. Sabía Julián por su madre que Nucha manifestaba a veces inclinación a
la vida monástica, y daba en la manía de deplorar que no hubiese entrado en un
convento. Siendo Nucha tan buena para mujer de un hombre, mejor sería para esposa
de Cristo; y las castas nupcias dejarían intacta la flor de su inocencia
corporal, poniéndola para siempre al abrigo de las tribulaciones y combates que
en el mundo nunca faltan.
Esto de los combates le recordaba a Sabel. ¿Quién
duda que su permanencia en casa era ya un peligro para la tranquilidad de la
esposa legítima? No imaginaba Julián riesgos inmediatos, pero presentía algo
amenazador para lo porvenir. ¡Horrible familia ilegal, enraizada en el viejo
caserón solariego como las parietarias y yedras en los derruidos muros! Al
capellán le entraban a veces impulsos de coger una escoba, y barrer bien
fuerte, bien fuerte, hasta que echase de allí a tan mala ralea. Pero cuando iba
más determinado a hacerlo, tropezaba en la egoísta tranquilidad del señorito y
en la resistencia pasiva, incontrastable del mayordomo. Sucedió además una cosa
que aumentó la dificultad de la barredura: la cocinera enviada de Santiago
empezó a malhumorarse, quejándose de que no entendía la cocina, de que la leña
no ardía bien, del humo, de todo; Sabel, muy servicial, acudió a ayudarla; y a
los pocos días la cocinera, cansada de aldea, se despidió con malos modos, y
Sabel quedó en su sitio, sin que mediasen más fórmulas para el reemplazo que
asir el mango de la sartén cuando la otra lo soltó. Julián no tuvo ni tiempo de
protestar contra este cambio de ministerio y vuelta al antiguo régimen. Lo
cierto es que la familia espuria se mostraba por entonces incomparablemente
humilde: a Primitivo no se le encontraba sino llamándole cuando hacía falta;
Sabel se eclipsaba apenas dejaba la comida puesta a la lumbre y confiada al
cuidado de las mozas de fregadero; el chiquillo parecía haberse evaporado.
Y con todo, al capellán no le llegaba la camisa al
cuerpo. ¡Si Nucha se enteraba! ¿Y quién duda que se enteraría en el momento
menos pensado? Por desgracia la nueva esposa mostraba afición suma a recorrer
la casa, a informarse de todo, a escudriñar los sitios más recónditos y
trasconejados, verbigracia desvanes, bodegas, lagar, palomar, hórreos, tulla,
perreras, cochiqueras, gallinero, establos y herbeiros o
depósitos de forraje. No le llegaba a Julián la camisa al cuerpo, temblando que
en alguna de estas dependencias recibiese Nucha a boca de jarro, por impensado
incidente, la atroz revelación. Y al mismo tiempo, ¿cómo oponerse al útil
merodeo del ama de casa hacendosa por sus dominios? Parecía que con la joven
señora entraban en cada rincón de los Pazos la alegría, la limpieza y el orden,
y que la saludaba el rápido bailotear del polvo arremolinado por las escobas,
la vibración del rayo de sol proyectado en escondrijos y zahurdas donde las
espesas telarañas no lo habían dejado penetrar desde años antes.
Seguía Julián a Nucha en sus exploraciones, a fin
de vigilar y evitar, si cabía, cualquier suceso desgraciado. Y en efecto, su
intervención fue provechosa cuando Nucha descubrió en el gallinero cierto pollo
implume. El caso merece referirse despacio.
Había observado Nucha que en aquella casa de
bendición las gallinas no ponían jamás, o si ponían no se veía la postura.
Afirmaba don Pedro que se gastaban al año bastantes ferrados de
centeno y mijo en el corral; y con todo eso, las malditas gallinas no daban
nada de sí. Lo que es cacarear, cacareaban como descosidas, indicio evidente de
que andaban en tratos de soltar el huevo; oíase el himno triunfal de las
fecundas a la vez que el blando cloquear de las lluecas; se iba a ver el nido,
se advertía en él suave calorcillo, se distinguía la paja prensada señalando en
relieve la forma del huevo.... Y nada; que no se podía juntar ni para una mala
tortilla. Nucha permanecía ojo alerta. Un día que acudió más diligente al
cacareo delator, divisó agazapado en el fondo del gallinero, escondiéndose como
un ratoncillo, un rapaz de pocos años. Sólo asomaban entre la paja de la
nidadura sus descalzos pies. Nucha tiró de ellos y salió el cuerpo, y tras del
cuerpo las manos, en las cuales venía ya el plato que apetecía el ama de casa,
pues los huevos que el chico acababa de ocultar se le habían roto con la prisa,
y la tortilla estaba allí medio hecha, batida por lo menos.
—¡Ah pícaro!—exclamó Nucha cogiéndole y sacándole
afuera, a la luz del corral—. ¡Te voy a desollar vivo, gran tunante! ¡Ya
sabemos quién es el zorro que se come los huevos! Hoy te pongo el trasero en
remojo, donde no lo veas.
Agitábase y perneaba el ladrón en miniatura; Nucha
sintió lástima, imaginándose que sollozaba con desconsuelo. Apenas logró verle
un minuto la cara desviándole de ella los brazos, pudo convencerse de que el
muy insolente no hacía sino reírse a más y a mejor, y también notar la
extraordinaria lindeza del desharrapado chicuelo. Julián, testigo inquieto de
esta escena, se adelantó y quiso arrebatárselo a Nucha.
—Déjemelo usted, don Julián...—suplicó ella—. ¡Qué
guapo!, ¡qué pelo!, ¡qué ojos! ¿De quién es esta criatura?
Nunca el timorato capellán sintió tantas ganas de
mentir. No atinó, sin embargo.
—Creo...—tartamudeó atragantándose—, creo que... de
Sabel, la que guisa estos días.
—¿De la criada? Pero.... ¿está casada esa chica?
Creció la turbación de Julián. De esta vez tenía en
la garganta una pera de ahogo.
—No, señora; casada, no.... Ya sabe usted que...
desgraciadamente... las aldeanas..., por aquí... no es común que guarden el
mayor recato.... Debilidades humanas.
Sentóse Nucha en un poyo del corral que con el
gallinero lindaba, sin soltar al chiquillo, empeñándose en verle la cara mejor.
Él porfiaba en taparla con manos y brazos, pegando respingos de conejo montés
cautivo y sujeto. Sólo se descubría su cabellera, el monte de rizos castaños
como la propia castaña madura, envedijados, revueltos con briznas de paja y
motas de barro seco, y el cuello y nuca, dorados por el sol.
—Julián, ¿tiene usted ahí una pieza de dos cuartos?
—Sí, señora.
—Toma, rapaciño.... A ver si me pierdes
el miedo.
Fue eficaz el conjuro. Alargó el chiquillo la mano,
y metió rápidamente en el seno la moneda. Nucha vio entonces el rostro
redondeado, hoyoso, graciosísimo y correcto a la vez, como el de los amores de
bronce que sostienen mecheros y lámparas. Una risa entre picaresca y celestial
alegraba tan linda obra de la naturaleza. Nucha le plantó un beso en cada
carrillo.
—¡Qué monada! ¡Dios lo bendiga! ¿Cómo te llamas,
pequeño?
—Perucho—contestó el pilluelo con sumo desenfado.
—¡El nombre de mi marido!—exclamó la señorita con
viveza—. ¿Apostemos a que es su ahijado? ¿Eh?
—Es su ahijado, su ahijado—se apresuró a declarar
Julián, que desearía ponerle al chico un tapón en aquella boca risueña, de
carnosos labios cupidinescos. No pudiendo hacerlo intentó sacar la conversación
de terreno tan peligroso.
—¿Para qué querías tú los huevos? Dilo y te doy
otros dos cuartos, anda.
—Los vendo—declaró Perucho concisamente.
—Con que los vendes, ¿eh? Tenemos aquí un
negociante.... ¿Y a quién los vendes?
—A las mujeres de por ahí, que van a la vila....
—Sepamos, ¿a cómo te pagan?
—Dos cuartos por la ducia.
—Pues mira—díjole Nucha cariñosamente—, de aquí en
adelante me los vas a vender a mí, que te pagaré otro tanto. Por lo bonito que
eres no quiero reñirte ni enfadarme contigo. ¡Quiá! Vamos a ser muy amigotes tú
y yo. Lo primerito que te he de regalar son unos pantalones.... No andas muy
decente que digamos.
En efecto, por los desgarrones y aberturas del
sucio calzón de estopa del chico hacían irrupción sus fresquísimas y lozanas
carnes, cuya morbidez no alcanzaba a encubrir el fango y suciedad que les
servía de vestidura, a falta de otra más decorosa.
—¡Angelitos!—murmuró Nucha—. ¡Parece mentira que
los traigan así! Yo no sé cómo no se matan, cómo no perecen de frío.... Julián,
hay que vestir a este niño Jesús.
—Sí, ¡buen niño Jesús está él!—gruñó Julián—. El
mismísimo enemigo malo, ¡Dios me perdone! No le tenga lástima, señorita; es un
diablillo, más travieso que un mico.... Lo que no hice yo para enseñarle a leer
y escribir, para acostumbrarle a que se lavase esos hocicos y esas patas....
¡Ni atándolo, señorita, ni atándolo! Y está más sano que una manzana con la
vida que trae. Ya se ha caído dos veces al estanque este año, y de una por poco
se ahoga.
—Vaya, Julián, ¿qué quiere usted que haga a su
edad? No ha de ser formal como los mayores. Ven conmigo, rapaz, que voy a
arreglarte algo para que te tapes esas piernecitas.... ¿No tiene calzado? Pues
hay que encargarle unos zuecos bien fuertes, de álamo.... Y le voy a predicar
un sermón a su madre para que me lo enjabone todos los días. Usted le va a dar
lección otra vez. O le haremos ir a la escuela, que será lo mejor.
No hubo quien apease a Nucha de su caritativo
propósito. Julián estaba con el alma en un hilo, temiendo que de semejante
aproximación resultase alguna catástrofe. No obstante, la bondad natural de su
corazón hizo que se interesase nuevamente por aquella obra pía, que ya había
intentado sin fruto. Veía en ella mayor demostración de la hermosura moral de
Nucha. Parecíale que era providencial el que la señorita cuidase a aquel mal
retoño de tronco ruin. Y Nucha entretanto se divertía infinito con su protegido;
hacíale gracia su propia desvergüenza, sus instintos truhanescos, su afán por
apandar huevos y fruta, su avidez al coger las monedas, su afición al vino y a
los buenos bocados. Aspiraba a enderezar aquel arbolito tierno, civilizándole a
la vez la piel y el espíritu. Obra de romanos, decía el capellán.
Por entonces se dedicó el matrimonio Moscoso a
pagar visitas de la aristocracia circunvecina. Nucha montaba la borriquilla, y
su marido la yegua castaña; Julián los acompañaba en mula; alguno de los perros
favoritos del marqués se incorporaba a la comitiva siempre, y dos mozos,
vestidos con la ropa dominguera, la más bordada faja, el sombrero de fieltro
nuevecito, empuñando varas verdes que columpiaban al andar, iban de espolistas,
encargados de tener mano de las monturas cuando se apeasen los
jinetes.
La tanda empezó por la señora jueza de Cebre. Abrió
la puerta la criada en pernetas, que al ver a Nucha bajarse de su cabalgadura y
arreglar los volantes del traje con el mango de la sombrilla, echó a correr
despavorida hacia el interior de la casa, clamando como si anunciase fuego o
ladrones:
—Señora.... ¡Ay, mi señora! ¡Unos señores...!, ¡hay
unos señores aquí!
Ningún eco respondió a sus alaridos de
consternación; pero transcurridos breves minutos, apareció en el zaguán el juez
en persona, deshaciéndose en excusas por la torpeza de la muchacha: era
inconcebible el trabajo que costaba domesticarlas; se les repetía mil veces la
misma cosa, y nada, no aprendían a recibir a las... pues... de la manera
que.... Al murmurar así, arqueaba el codo ofreciendo a Nucha el sostén de su
brazo para subir la escalera; y siendo ésta tan angosta que no cabían dos
personas de frente, la señora de Moscoso pasaba los mayores trabajos del mundo
intentando asirse con las yemas de los dedos al brazo del buen señor, que subía
dos escalones antes que ella todo torcido y sesgado. Llegados a la puerta de la
sala, el juez empezó a palparse, buscando ansiosamente algo en los bolsillos,
articulando a media voz monosílabos entrecortados y exclamaciones confusas. De
repente exhaló una especie de bramido terrible.
—Pepa.... ¡Pepaaaá!
Se oyó el ¡clac! de los pies descalzos, y el
juez interpeló a la fámula:
—La llave, ¿vamos a ver? ¿Dónde Judas has metido la
llave?
Pepa se la alargaba ya a toda prisa, y el juez,
cambiando de tono y pasando de la más furiosa ronquera a la más meliflua
dulzura, empujó la puerta y dijo a Nucha:
—Por aquí, señora mía, por aquí..., tenga usted la
bondad....
La sala estaba completamente a oscuras. Nucha
tropezó con una mesa, a tiempo que el juez repetía:
—Tenga usted la bondad de sentarse, señora mía....
Usted dispense....
La claridad que bañó la habitación, una vez
abiertas las maderas de la ventana, permitió a Nucha distinguir al fin el sofá
de repis azul, los dos sillones haciendo juego, el velador de
caoba, la alfombra tendida a los pies del sofá y que representaba un ferocísimo
tigre de Bengala, color de canela fina. Al juez todo se le volvía acomodar a
los visitadores, insistiendo mucho en si al marqués de Ulloa le convenía la luz
de frente o estaría mejor de espaldas a la vidriera; al mismo tiempo lanzaba
ojeadas de sobresalto en derredor, porque le iba sabiendo mal la tardanza de su
mujer en presentarse. Esforzábase en sostener la conversación, pero su sonrisa
tenía la contracción de una mueca, y su ojo severo se volvía hacia la puerta
muy a menudo. Al cabo se oyó en el corredor crujido de enaguas almidonadas: la
señora jueza entró, sofocada y compuesta de fresco, según claramente se veía en
todos los pormenores de su tocado; acababa de embutir su respetable humanidad
en el corsé, y sin embargo no había logrado abrochar los últimos botones del
corpiño de seda; el moño postizo, colocado a escape, se torcía inclinándose
hacia la oreja izquierda; traía un pendiente desabrochado, y no habiéndole
llegado el tiempo para calzarse, escondía con mil trabajos, entre los volantes
pomposos de la falda de seda, las babuchas de orillo.
Aunque Nucha no pecaba de burlona, no pudo menos de
hacerle gracia el atavío de la jueza, que pasaba por el figurín vivo de Cebre,
y a hurtadillas sonrió a Julián mostrándole con imperceptible guiño los
collares, dijes y broches que lucía en el cuello la señora, mientras ésta a su
vez devoraba e inventariaba el sencillo adorno de la recién casada santiaguesa.
La visita fue corta, porque el marqués deseaba cumplir aquel
mismo día con el Arcipreste, y la parroquia de Loiro distaba una legua por lo
menos de la villita de Cebre. Se despidieron de la autoridad judicial tan
ceremoniosamente como habían entrado, con los mismos requilorios de brazo y
acompañamiento y muchos ofrecimientos de casa y persona.
Era preciso para ir a Loiro internarse bastante en
la montaña, y seguir una senda llena de despeñaderos y precipicios, que sólo se
hacía practicable al acercarse a los dominios del arciprestazgo, vastos y ricos
algún día, hoy casi anulados por la desamortización. La rectoral daba señales
de su esplendor pasado; su aspecto era conventual; al entrar y apearse en el
zaguán, los señores de Ulloa sintieron la impresión del frío subterráneo de una
ancha cripta abovedada, donde la voz humana retumbaba de un modo extraño y
solemne. Por la escalera de anchos peldaños y monumental balaústre de piedra
bajaba dificultosamente, con la lentitud y el balanceo con que caminan los osos
puestos en dos pies, una pareja de seres humanos monstruosa, deforme, que lo
parecía más viéndola así reunida: el Arcipreste y su hermana. Ambos jadeaban:
su dificultosa respiración parecía el resuello de un accidentado; las triples
roscas de la papada y el rollo del pestorejo aureolaban con formidable nimbo de
carne las faces moradas de puro inyectadas de sangre espesa; y cuando se
volvían de espaldas, en el mismo sitio en que el Arcipreste lucía la tonsura
ostentaba su hermana un moñito de pelo gris, análogo al que gastan los toreros.
Nucha, a quien el recibimiento del juez y el tocado de su señora habían puesto
de buen humor, volvió a sonreír disimuladamente, sobre todo al notar los quidproquos de
la conversación, producidos por la sordera de los dos respetables hermanos. No
desmintiendo éstos la hospitalaria tradición campesina, hicieron pasar a los
visitadores, quieras no quieras, al comedor, donde un mármol se hubiera reído
también observando cómo la mesa del refresco, la misma en que comían a diario
los dueños de casa, tenía dos escotaduras, una frente a otra, sin duda
destinadas a alojar desahogadamente la rotundidad de un par de abdómenes
gigantescos.
El regreso a los Pazos fue animado por comentarios
y bromas acerca de las visitas: hasta Julián dio de mano a su formalidad y a su
indulgencia acostumbrada para divertirse a cuenta de la mesa escotada y del
almacén de quincalla que la señora jueza lucía en el pescuezo y seno. Pensaban
con regocijo en que al día siguiente se les preparaba otra excursión del mismo
género, sin duda igualmente divertida: tocábales ver a las señoritas de Molende
y a los señores de Limioso.
Salieron de los Pazos tempranito, porque bien
necesitaban toda la larga tarde de verano para cumplir el programa; y acaso no
les alcanzaría, si no fuese porque a las señoritas de Molende no las
encontraron en casa; una mocetona que pasaba cargada con un haz de hierba
explicó difícilmente que las señoritas iban en la feria de
Vilamorta, y sabe Dios cuándo volverían de allá. Le pesó a Nucha, porque las
señoritas, que habían estado en los Pazos a verla, le agradaban, y eran los
únicos rostros juveniles, las únicas personas en quienes encontraba
reminiscencias de la cháchara alegre y del fresco pico de sus hermanas, a las
cuales no podía olvidar. Dejaron un recado de atención a cargo de la mocetona y
torcieron monte arriba, camino del Pazo de Limioso.
El camino era difícil y se retorcía en espiral
alrededor de la montaña; a uno y otro lado, las cepas de viña, cargadas de
follaje, se inclinaban sobre él como para borrarlo. En la cumbre amarilleaba a
la luz del sol poniente un edificio prolongado, con torre a la izquierda, y a
la derecha un palomar derruido, sin techo ya. Era la señorial mansión de
Limioso, un tiempo castillo roquero, nido de azor colgado en la escarpada
umbría del montecillo solitario, tras del cual, en el horizonte, se alzaba la
cúspide majestuosa del inaccesible Pico Leiro. No se conocía en todo el
contorno, ni acaso en toda la provincia, casa infanzona más linajuda ni más
vieja, y a cuyo nombre añadiesen los labriegos con acento más respetuoso el
calificativo de Pazo, palacio, reservado a las moradas
hidalgas.
Desde bastante cerca, el Pazo de Limioso parecía
deshabitado, lo cual aumentaba la impresión melancólica que producía su
desmantelado palomar. Por todas partes indicios de abandono y ruina: las
ortigas obstruían la especie de plazoleta o patio de la casa; no faltaban
vidrios en las vidrieras, por la razón plausible de que tales vidrieras no
existían, y aun alguna madera, arrancada de sus goznes, pendía torcida, como un
jirón en un traje usado. Hasta las rejas de la planta baja, devoradas de orín,
subían las plantas parásitas, y festones de yedra seca y raquítica corrían por
entre las junturas desquiciadas de las piedras. Estaba el portón abierto de par
en par, como puerta de quien no teme a ladrones; pero al sonido mate de los
cascos de las monturas en el piso herboso del patio, respondieron asmáticos
ladridos y un mastín y dos perdigueros se abalanzaron contra los visitantes,
desperdiciando por las fauces el poco brío que les quedaba, pues ninguno de
aquellos bichos tenía más que un erizado pelaje sobre una armazón de huesos
prontos a agujerearlo al menor descuido. El mastín no podía, literalmente,
ejecutar el esfuerzo del ladrido: temblábanle las patas, y la lengua le salía
de un palmo entre los dientes, amarillos y roídos por la edad. Apaciguáronse
los perdigueros a la voz del señor de Ulloa, con quien habían cazado mil veces;
no así el mastín, resuelto sin duda a morir en la demanda, y a quien sólo
acalló la aparición de su amo el señorito de Limioso.
¿Quién no conoce en la montaña al directo
descendiente de los paladines y ricohombres gallegos, al infatigable cazador,
al acérrimo tradicionalista? Ramonciño Limioso contaría a la
sazón poco más de veintiséis años, pero ya sus bigotes, sus cejas, su cabello y
sus facciones todas tenían una gravedad melancólica y dignidad algún tanto
burlesca para quien por primera vez lo veía. Su entristecido arqueo de cejas le
prestaba vaga semejanza con los retratos de Quevedo; su pescuezo, flaco, pedía
a voces la golilla, y en vez de la vara que tenía en la mano, la imaginación le
otorgaba una espada de cazoleta. Donde quiera que se encontrase aquel cuerpo
larguirucho, aquel gabán raído, aquellos pantalones con rodilleras y tal cual
remiendo, no se podía dudar que, con sus pobres trazas, Ramón Limioso era un
verdadero señor desde sus principios—así decían los aldeanos—y
no hecho a puñetazos, como otros.
Lo era hasta en el modo de ayudar a Nucha a bajarse
de la borrica, en la naturalidad galante con que le ofreció no el brazo, sino,
a la antigua usanza, dos dedos de la mano izquierda para que en ellos apoyase
la palma de su diestra la señora de Ulloa. Y con el decoro propio de un paso de
minueto, la pareja entró por el Pazo de Limioso adelante, subiendo la escalera
exterior que conducía al claustro, no sin peligro de rodar por ella: tales
estaban de carcomidos los venerables escalones. El tejado del claustro era un
puro calado; veíanse, al través de las tejas y las vigas, innumerables retales
de terciopelo azul celeste; la cría de las golondrinas piaba dulcemente en sus
nidos, cobijados en el sitio más favorable, tras el blasón de los Limiosos,
repetido en el capitel de cada pilar en tosca escultura—tres peces bogando en
un lago, un león sosteniendo una cruz—. Fue peor cuando entraron en la
antesala. Muchos años hacía que la polilla y la vetustez habían dado cuenta de
la tablazón del piso; y no alcanzando, sin duda, los medios de los Limiosos a
echar piso nuevo, se habían contentado con arrojar algunas tablas sueltas sobre
los pontones y las vigas, y por tan peligroso camino cruzó tranquilamente el
señorito, sin dejar de ofrecer los dedos a Nucha, y sin que ésta se atreviese a
solicitar más firme apoyo. Cada tablón en que sentaban el pie se alzaba y
blandía, descubriendo abajo la negra profundidad de la bodega, con sus cubas
vestidas de telarañas. Atravesaron impávidos el abismo y penetraron en la sala,
que al menos poseía un piso clavado, aunque en muchos sitios roto y en todos
casi reducido a polvo sutil por el taladro de los insectos.
Nucha se quedó inmóvil de sorpresa. En un ángulo de
la sala medio desaparecía bajo un gran acervo de trigo un mueble soberbio, un
vargueño incrustado de concha y marfil; en las paredes, del betún de los
cuadros viejos y ahumados se destacaba a lo mejor una pierna de santo
martirizado, toda contraída, o el anca de un caballo, o una cabeza carrilluda
de angelote; frente a la esquina del trigo, se alzaba un estrado revestido de
cuero de Córdoba, que aún conservaba su rica coloración y sus oros intensos; ante
el estrado, en semicírculo, magníficos sitiales escultados, con asiento de
cuero también; y entre el trigo y el estrado, sentadas en tallos (asientos
de tronco de roble bruto, como los que usan los labriegos más pobres), dos
viejas secas, pálidas, derechas, vestidas de hábito del Carmen, ¡hilaban!
Jamás había creído la señora de Moscoso que vería
hilar más que en las novelas o en los cuentos, a no ser a las aldeanas, y le
produjo singular efecto el espectáculo de aquellas dos estatuas bizantinas, que
tales parecían por su quietud y los rígidos pliegues de su ropa, manejando el
huso y la rueca, y suspendiendo a un mismo tiempo la labor cuando ella entró.
En nombre de las dos estatuas—que eran las tías paternas del señorito de
Limioso—había visitado éste a Nucha; vivía también en el Pazo el padre, paralítico
y encamado, pero a éste nadie le echaba la vista encima; su existencia era como
un mito, una leyenda de la montaña. Las dos ancianas se irguieron y tendieron a
Nucha los brazos con movimiento tan simultáneo que no supo a cuál de ellas
atender, y a la vez y en las dos mejillas sintió un beso de hielo, un beso dado
sin labios y acompañado del roce de una piel inerte. Sintió también que le
asían las manos otras manos despojadas de carne, consuntas, amojamadas y
momias; comprendió que la guiaban hacia el estrado, y que le ofrecían uno de
los sitiales, y apenas se hubo sentado en él, conoció con terror que el asiento
se desvencijaba, se hundía; que se largaba cada pedazo del sitial por su lado
sin crujidos ni resistencia; y con el instinto de la mujer encinta, se puso de
pie, dejando que la última prenda del esplendor de los Limiosos se derrumbase
en el suelo para siempre....
Salieron del goteroso Pazo cuando ya anochecía, y
sin que se lo comunicasen, sin que ellos mismos pudiesen acaso darse cuenta de
ello, callaron todo el camino porque les oprimía la tristeza inexplicable de
las cosas que se van.
Debía el sucesor de los Moscosos andar ya cerca de
este mundo, porque Nucha cosía sin descanso prendas menudas semejantes a ropa
de muñecas. A pesar de la asiduidad en la labor, no se desmejoraba, al
contrario, parecía que cada pasito de la criatura hacia la luz del día era en
beneficio de su madre. No podía decirse que Nucha hubiese engruesado, pero sus
formas se llenaban, volviéndose suaves curvas lo que antes eran ángulos y
planicies. Sus mejillas se sonroseaban, aunque le velaba frente y sienes esa ligera
nube oscura conocida por paño. Su pelo negro parecía más brillante
y copioso; sus ojos, menos vagos y más húmedos; su boca, más fresca y roja. Su
voz se había timbrado con notas graves. En cuanto al natural aumento de su
persona, no era mucho ni la afeaba, prestando solamente a su cuerpo la dulce
pesadez que se nota en el de la Virgen en los cuadros que representan la
Visitación. La colocación de sus manos, extendidas sobre el vientre como para
protegerlo, completaba la analogía con las pinturas de tan tierno asunto.
Hay que reconocer que don Pedro se portaba bien con
su esposa durante aquella temporada de expectación. Olvidando sus acostumbradas
correrías por montes y riscos, la sacaba todas las tardes, sin faltar una, a
dar paseítos higiénicos, que crecían gradualmente; y Nucha, apoyada en su
brazo, recorría el valle en que los Pazos de Ulloa se esconden, sentándose en
los murallones y en los ribazos al sentirse muy fatigada. Don Pedro atendía a
satisfacer sus menores deseos: en ocasiones se mostraba hasta galante, trayéndole
las flores silvestres que le llamaban la atención, o ramas de madroño y
zarzamora cuajadas de fruto. Como a Nucha le causaban fuerte sacudimiento
nervioso los tiros, no llevaba jamás el señorito su escopeta, y había prohibido
expresamente a Primitivo cazar por allí. Parecía que la leñosa corteza se le
iba cayendo, poco a poco, al marqués, y que su corazón bravío y egoísta se
inmutaba, dejando asomar, como entre las grietas de la pared, florecillas
parásitas, blandos afectos de esposo y padre. Si aquello no era el matrimonio
cristiano soñado por el excelente capellán, viven los cielos que debía
asemejársele mucho.
Julián bendecía a Dios todos los días. Su devoción
había vuelto, no a renacer, pues no muriera nunca, pero sí a reavivarse y
encenderse. A medida que se acercaba la hora crítica para Nucha, el capellán
permanecía más tiempo de rodillas dando gracias al terminar la misa; prolongaba
más las letanías y el rosario; ponía más alma y fervor en el cuotidiano rezo. Y
no entran en la cuenta dos novenas devotísimas, una a la Virgen de Agosto, otra
a la Virgen de Septiembre. Figurábasele este culto mariano muy adecuado a las
circunstancias, por la convicción cada vez más firme de que Nucha era viva
imagen de Nuestra Señora, en cuanto una mujer concebida en pecado puede serlo.
Al oscurecer de una tarde de octubre estaba Julián
sentado en el poyo de su ventana, engolfado en la lectura del P. Nieremberg.
Sintió pasos precipitados en la escalera. Conoció el modo de pisar de don
Pedro. El rostro del señor de Ulloa derramaba satisfacción.
—¿Hay novedades?—preguntó Julián soltando el libro.
—¡Ya lo creo! Nos hemos tenido que volver del paseo
a escape.
—¿Y han ido a Cebre por el médico?
—Va allá Primitivo.
Julián torció el gesto.
—No hay que asustarse.... Detrás de él van a salir
ahora mismo otros dos propios. Quería ir yo en persona, pero Nucha dice que no
se queda ahora sin mí.
—Lo mejor sería ir yo también por si acaso—exclamó
Julián—. Aunque sea a pie y de noche....
Lanzó don Pedro una de sus terribles y mofadoras
carcajadas.
—¡Usted!—clamó sin cesar de reír—. ¡Vaya una
ocurrencia, don Julián!
El capellán bajó los ojos y frunció el rubio ceño.
Sentía cierta vergüenza de su sotana, que le inutilizaba para prestar el menor
servicio en tan apretado trance. Y al par que sacerdote era hombre, de modo que
tampoco podía penetrar en la cámara donde se cumplía el misterio. Sólo tenían
derecho a ello dos varones: el esposo y el otro, el que Primitivo
iba a buscar, el representante de la ciencia humana. Acongojóse el espíritu de
Julián pensando en que el recato de Nucha iba a ser profanado, y su cuerpo puro
tratado quizás como se trata a los cadáveres en la mesa de anatomía: como
materia inerte, donde no se cobija ya un alma. Comprendió que se apocaba y
afligía.
—Llámeme usted si para algo me necesita, señor
marqués—murmuró con desmayada voz.
—Mil gracias, hombre.... Venía únicamente a darle a
usted la buena noticia.
Don Pedro volvió a bajar la escalera rápidamente
silbando una riveirana, y el capellán, al pronto, se quedó inmóvil.
Pasóse luego la mano por la frente, donde rezumaba un sudorcillo. Miró a la
pared. Entre varias estampitas pendientes del muro y encuadradas en marcos de
briche y lentejuelas, escogió dos: una de San Ramón Nonnato y otra de Nuestra
Señora de la Angustia, sosteniendo en el regazo a su Hijo muerto. Él la hubiera
preferido de la Leche y Buen Parto, pero no la tenía, ni se había acordado
mucho de tal advocación hasta aquel instante. Desembarazó la cómoda de los cachivaches
que la obstruían y puso encima, de pie, las estampas. Abrió después el cajón,
donde guardaba algunas velas de cera destinadas a la capilla; tomó un par, las
acomodó en candeleros de latón, y armó su altarito. Así que la luz
amarillenta de los cirios se reflejó en los adornos y cristal de los cuadros,
el alma de Julián sintió consuelo inefable. Lleno de esperanza, el capellán se
reprendió a sí mismo por haberse juzgado inútil en momentos semejantes. ¡Él
inútil! Cabalmente le incumbía lo más importante y preciso, que es impetrar la
protección del cielo. Y arrodillándose henchido de fe, dio principio a sus
oraciones.
El tiempo corría sin interrumpirlas. De abajo no
llegaba noticia alguna. A eso de las diez reconoció Julián que sus rodillas
hormigueaban con insufrible hormigueo, que se apoderaba de sus miembros
dolorosa lasitud, que se le desvanecía la cabeza. Hizo un esfuerzo y se
incorporó tambaleándose. Una persona entró. Era Sabel, a quien el capellán miró
con sorpresa, pues hacía bastante tiempo que no se presentaba allí.
—De parte del señorito, que baje a cenar.
—¿Ha venido su padre de usted? ¿Ha llegado el
médico?—interrogó ansiosamente Julián, no atreviéndose a preguntar otra cosa.
—No, señor.... De aquí a Cebre hay un bocadito.
En el comedor encontró Julián al marqués cenando
con apetito formidable, como hombre a quien se le ha retrasado la pitanza dos
horas más que de costumbre. Julián trató de imitar aquel sosiego, sentándose y
extendiendo la servilleta.
—¿Y la señorita?—preguntó con afán.
—¡Pss!... Ya puede usted suponer que no muy a
gusto.
—¿Necesitará algo mientras usted está aquí?
—No. Tiene allá a su doncella, la Filomena. Sabel
también ayuda para cuanto se precise.
Julián no contestó. Sus reflexiones valían más para
calladas que para dichas. Era una monstruosidad que Sabel asistiese a la
legítima esposa; pero si no se le ocurría al marido, ¿quién tenía valor para
insinuárselo? Por otra parte, Sabel, en realidad, no carecía de experiencia
doméstica, ni dejaría de ser útil. Notó Julián que el marqués, a diferencia de
algunas horas antes, parecía malhumorado e impaciente. Recelaba el capellán
interrogarle. Determinóse al fin.
—¿Y... dará tiempo a que llegue el médico?
—¿Que si da tiempo?—respondió el señorito
embaulando y mascando con colérica avidez—. ¡Como no lo dé de más! Estas
señoritas finas son muy delicadas y difíciles para todo.... Y cuando no hay un
gran físico.... Si fuese por el estilo de su hermana Rita....
Descargó un porrazo con el vaso en la mesa, y
añadió sentenciosamente:
—Son una calamidad las mujeres de los pueblos....
Hechas de alfeñique.... Le aseguro a usted que tiene una debilidad, y una
tendencia a las convulsiones y a los síncopes, que.... ¡Melindres, diantre!
¡Melindres a que las acostumbran desde pequeñas!
Pegó otro trompis y se levantó, dejando solo en el
comedor a Julián. No sabía éste qué hacer de su persona, y pensó que lo mejor
era emprender de nuevo plática con los santos. Subió. Las velas seguían
ardiendo, y el capellán volvió a arrodillarse. Las horas pasaban y pasaban, y
no se oían más ruidos que el viento de la noche al gemir en los castaños, y el
hondo sollozo del agua en la represa del cercano molino. Sentía Julián
cosquilleo y agujetas en los muslos, frío en los huesos y pesadez en la cabeza.
Dos o tres veces miró hacia su cama, y otras tantas el recuerdo de la
pobrecita, que sufría allá abajo, le detuvo. Dábale vergüenza ceder a la
tentación. Mas sus ojos se cerraban, su cabeza, ebria de sueño, caía sobre el
pecho. Se tendió vestido, prometiéndose despabilarse al punto. Despertó cuando
ya era de día.
Al encontrarse vestido, se acordó, y tratándose
mentalmente de marmota y leño, pensó si ya estaría en el mundo el nuevo
Moscoso. Bajó apresurado, frotándose los párpados, medio aturdido aún. En la
antesala de la cocina se dio de manos a boca con Máximo Juncal, el médico de
Cebre, con bufanda de lana gris arrollada al cuello, chaquetón de paño pardo,
botas y espuelas.
—¿Llega usted ahora mismo?—preguntó asombrado el
capellán.
—Sí, señor.... Primitivo dice que estuvieron
llamando anoche a mi puerta él y otros dos, pero que no les abrió nadie....
Verdad que mi criada es algo sorda; mas con todo..., si llamasen como Dios
manda.... En fin, que hasta el amanecer no me llegó el aviso. De cualquier
manera parece que vengo muy a tiempo todavía.... Primeriza al fin y al cabo....
Estas batallas acostumbran durar bastante.... Allá voy a ver qué ocurre....
Precedido de don Pedro, echó a andar látigo en mano
y resonándole las espuelas, de modo que la imagen bélica que acababa de emplear
parecía exacta, y cualquiera le tomaría por el general que acude a decidir con
su presencia y sus órdenes la victoria. Su continente resuelto infundía
confianza. Reapareció a poco pidiendo una taza de café bien caliente, pues con
la prisa de venir se encontraba en ayunas. Al señorito le sirvieron chocolate.
Emitió el médico su dictamen facultativo: armarse de paciencia, porque el
negocio iba largo.
Don Pedro, de humor algo fosco y con las facciones
hinchadas por el insomnio, quiso a toda costa saber si había peligro.
—No, señor; no, señor—contestó Máximo desliendo el
azúcar con la cucharilla y echando ron en el café—. Si se presentan
dificultades, estamos aquí.... Tú, Sabel: una copita pequeña.
En la copita pequeña escanció también ron, que
paladeó mientras el café se enfriaba. El marqués le tendió la petaca llena.
—Muchas gracias...—pronunció el médico encendiendo
un habano—. Por ahora estamos a ver venir. La señora es novicia, y no muy
fuerte.... A las mujeres se les da en las ciudades la educación más
antihigiénica: corsé para volver angosto lo que debe ser vasto; encierro para
producir la clorosis y la anemia; vida sedentaria, para ingurgitarlas y criar
linfa a expensas de la sangre.... Mil veces mejor preparadas están las aldeanas
para el gran combate de la gestación y alumbramiento, que al cabo es la verdadera
función femenina.
Siguió explanando su teoría, queriendo manifestar
que no ignoraba las más recientes y osadas hipótesis científicas, alardeando de
materialismo higiénico, ponderando mucho la acción bienhechora de la madre
naturaleza. Veíase que era mozo inteligente, de bastante lectura y determinado
a lidiar con las enfermedades ajenas; mas la amarillez biliosa de su rostro, la
lividez y secura de sus delgados labios, no prometían salud robusta. Aquel
fanático de la higiene no predicaba con el ejemplo. Asegurábase que tenía la
culpa el ron y una panadera de Cebre, con salud para vender y regalar cuatro
doctores higienistas.
Don Pedro chupaba también con ensañamiento su
cigarro y rumiaba las palabras del médico, que por extraño caso, atendida la
diferencia entre un pensamiento relleno de ciencia novísima y otro virgen hasta
de lectura, conformaban en todo con su sentir. También el hidalgo rancio
pensaba que la mujer debe ser principalmente muy apta para la propagación de la
especie. Lo contrario le parecía un crimen. Acordábase mucho, mucho, con
extraños remordimientos casi incestuosos, del robusto tronco de su cuñada Rita.
También recordó el nacimiento de Perucho, un día que Sabel estaba amasando. Por
cierto que la borona que amasaba no hubiera tenido tiempo de cocerse cuando el
chiquillo berreaba ya diciendo a su modo que él era de Dios como los demás y
necesitaba el sustento. Estas memorias le despertaron una idea muy importante.
—Diga, Máximo.... ¿le parece que mi mujer podrá
criar?
Máximo se echó a reír, saboreando el ron.
—No pedir gollerías, señor don Pedro.... ¡Criar!
Esa función augusta exige complexión muy vigorosa y predominio del temperamento
sanguíneo.... No puede criar la señora.
—Ella es la que se empeña en eso—dijo con despecho
el marqués—; yo bien me figuré que era un disparate... por más que no creí a mi
mujer tan endeble.... En fin, ahora tratamos de que no nazca el niño para
rabiar de hambre. ¿Tendré tiempo de ir a Castrodorna? La hija de Felipe el
casero, aquella mocetona, ¿no sabe usted?...
—¿Pues no he de saber? ¡Gran vaca! Tiene usted ojo
médico.... Y está parida de dos meses. Lo que no sé es si los padres la dejarán
venir. Creo que son gente honrada en su clase y no quieren divulgar lo de la
hija.
—¡Música celestial! Si hace ascos la traigo
arrastrando por la trenza.... A mí no me levanta la voz un casero mío. ¿Hay
tiempo o no de ir allá?
—Tiempo, sí. Ojalá acabásemos antes; pero no lleva
trazas.
Cuando el señorito salió, Máximo se sirvió otra
copa de ron y dijo en confianza al capellán:
—Si yo estuviese en el pellejo del Felipe... ya le
quiero un recado a don Pedro. ¿Cuándo se convencerán estos señoritos de que un
casero no es un esclavo? Así andan las cosas de España: mucho de revolución, de
libertad, de derechos individuales.... ¡Y al fin, por todas partes la tiranía,
el privilegio, el feudalismo! Porque, vamos a ver, ¿qué es esto sino reproducir
los ominosos tiempos de la gleba y las iniquidades de la servidumbre? Que yo
necesito tu hija, ¡zas!, pues contra tu voluntad te la cojo. Que me hace falta
leche, una vaca humana, ¡zas!, si no quieres dar de mamar de grado a mi
chiquillo, le darás por fuerza. Pero le estoy escandalizando a usted. Usted no
piensa como yo, de seguro, en cuestiones sociales.
—No señor; no me escandalizo—contestó apaciblemente
Julián—. Al contrario.... Me dan ganas de reír porque me hace gracia verle a
usted tan sofocado. Mire usted qué más querrá la hija de Felipe que servir de
ama de cría en esta casa. Bien mantenida, bien regalada, sin trabajar....
Figúrese.
—¿Y el albedrío? ¿Quiere usted coartar el albedrío,
los derechos individuales? Supóngase que la muchacha se encuentre mejor avenida
con su honrada pobreza que con todos esos beneficios y ventajas que usted
dice.... ¿No es un acto abusivo traerla aquí de la trenza, porque es hija de un
casero? Naturalmente que a usted no se lo parece; claro está. Vistiéndose por
la cabeza, no se puede pensar de otro modo; usted tiene que estar por el
feudalismo y la teocracia. ¿Acerté? No me diga usted que no.
—Yo no tengo ideas políticas—aseveró Julián
sosegadamente; y de pronto, como recordando, añadió:—¿Y no sería bien dar una
vuelta a ver cómo lo pasa la señorita?
—¡Pchs!... No hago por ahora gran falta allá, pero
voy a ver. Que no se lleven la botella del ron, ¿eh? Hasta dentro de un
instante.
Volvió en breve, e instalándose ante la copa mostró
querer reanudar la conversación política, a la cual profesaba desmedida
afición, prefiriendo, en su interior, que le contradijesen, pues entonces se
encendía y exaltaba, encontrando inesperados argumentos. Las violentas
discusiones en que se llegaba a vociferar y a injuriarse le esparcían la
estancada bilis, y la función digestiva y respiratoria se le activaba,
produciéndole gran bienestar. Disputaba por higiene: aquella gimnasia de la
laringe y del cerebro le desinfartaba el hígado.
—¿Con que usted no tiene ideas políticas? A otro
perro con ese hueso, padre Julián.... Todos los pájaros de pluma negra vuelan
hacia atrás, no andemos con cuentos. Y si no, a ver, hagamos la prueba: ¿qué
piensa usted de la revolución? ¿Está usted conforme con la libertad de cultos?
Aquí te quiero, escopeta. ¿Está usted de acuerdo con Suñer?
—¡Vaya unas cosas que tiene el señor don Máximo!
¿Cómo he de estar de acuerdo con Suñer? ¿No es ése que dijo en el Congreso
blasfemias horrorosas? ¡Dios le alumbre!
—Hable claro: ¿usted piensa como el abad de San
Clemente de Boán? Ése dice que a Suñer y a los revolucionarios no se les
convence con razones, sino a trabucazo limpio y palo seco. ¿Usted qué opina?
—Son dichos de acaloramiento.... Un sacerdote es
hombre como todos y puede enfadarse en una disputa y echar venablos por la
boca.
—Ya lo creo; y por lo mismo que es hombre como
todos puede tener intereses bastardos, puede querer vivir holgazanamente
explotando la tontería del prójimo, puede darse buena vida con los capones y
cabritos de los feligreses.... No me negará usted esto.
—Todos somos pecadores, don Máximo.
—Y aún puede hacer cosas peores, que... se
sobrentienden..., ¿eh? No sofocarse.
—Sí, señor. Un sacerdote puede hacer todas las
cosas malas del mundo. Si tuviésemos privilegio para no pecar, estábamos bien;
nos habíamos salvado en el momento mismo de la ordenación, que no era floja
ganga. Cabalmente, la ordenación nos impone deberes más estrechos que a los
demás cristianos, y es doblemente difícil que uno de nosotros sea bueno. Y para
serlo del modo que requeriría el camino de perfección en que debemos entrar al
ordenarnos de sacerdotes, se necesita, aparte de nuestros esfuerzos, que la
gracia de Dios nos ayude. Ahí es nada.
Díjolo en tono tan sincero y sencillo, que el
médico amainó por algunos instantes.
—Si todos fuesen como usted, don Julián....
—Yo soy el último, el peor. No se fíe usted en
apariencias.
—¡Quiá! Los demás son buenas piezas, buenas..., y
ni con la revolución hemos conseguido minarles el terreno.... Le parecerá a
usted mentira lo que amañaron estos días para dar gusto a ese bandido de
Barbacana....
No hallándose en antecedentes, Julián guardaba
silencio.
—Figúrese usted—refirió el médico—que Barbacana
tiene a sus órdenes otro facineroso, un paisano de Castrodorna, conocido por el
Tuerto, que va y viene a Portugal a salto de mata, porque una noche cosió a
puñaladas a su mujer y al amante.... Hace poco parece que le echó mano la
justicia, pero Barbacana se empeñó en librarlo, y tanto sudaron él y los curas,
que el hombre salió bajo fianza, y se pasea por ahí.... De modo que, a pesar de
los pesares, nos tiene usted como siempre, mandados por el infame Barbacana.
—Pero—objetó Julián—yo he oído que aquí, cuando no
reina Barbacana, reina otro cacique peor, que le llaman Trampeta, por los
enredos y diabluras que arma a los pobres paisanos chupándoles el tuétano....
Con que por fas o por nefas.
—Eso.... Eso tiene algo de verdad..., pero mire
usted, al menos Trampeta no se propone levantar partidas.... Con Barbacana es
preciso concluir, pues corresponde con las juntas carlistas de la provincia
para llevar el país a fuego y sangre.... ¿Es usted partidario del niño Terso?
—Ya le dije que no tengo opiniones.
—Es que no le da la gana de disputar.
—Francamente, don Máximo, acierta usted. Estoy
pendiente de esa pobre señorita... pensando en lo que puede sucederle. Y no
entiendo de política...; no se ría usted..., no entiendo. Sólo entiendo de
decir misa; y el caso es que no la he dicho hoy todavía, y mientras no la diga
no me desayuno, y el estómago se me va.... Aplicaré la misa por la necesidad
presente. Yo no puedo—añadió con cierta melancolía—prestarle a la señorita otro
auxilio.
Marchóse, dejando al médico sorprendido de
encontrar un cura que rehuía entrar en políticas discusiones, que por aquellos
días reemplazaban a las teológicas en todas las sobremesas patronales, y
celebró su misa con gran atención y minuciosidad en las ceremonias. El repique
de la campanilla del acólito resonaba claro y argentino en la vetusta capilla
vacía. Oíanse fuera gorjeos de pájaros en los árboles del huerto, lejano
chirrido de carros que salían al trabajo, rumores campestres gratos, calmantes,
bienhechores. Era la misa de San Ramón Nonnato, elegida para la circunstancia;
y cuando el celebrante pronunció «ejus nobis intercessione concede, ut a
peccatorum vinculis absoluti...», parecióle que las cadenas de dolor que
ligaban a la pobre virgencita—que aún entonces se la representaba como tal el
capellán—se rompían de golpe, dejándola libre, gozosa y radiante, con la más
feliz maternidad.
Sin embargo, cuando regresó a la casa no había
indicios de la susodicha ruptura de cadenas. En vez de las apresuradas idas y
venidas de criados que siempre indican algún acontecimiento trascendental, notó
una calma de mal agüero. El señorito no volvía: verdad es que Castrodorna
distaba bastante de los Pazos. Fue preciso sentarse a la mesa sin él. El médico
no intentó disputar más, porque a su vez empezaba a hallarse preocupado con la
flema del heredero de los Moscosos. Hay que decir, en abono del discutidor
higienista, que tomaba su profesión por lo serio, y la respetaba tanto como
Julián la suya. Probábalo su misma manía de la higiene y su culto de la salud,
culto infundido por librotes modernos que sustituyen al Dios del Sinaí con la
diosa Higia. Para Máximo Juncal, inmoralidad era sinónimo de escrofulosis, y el
deber se parecía bastante a una perfecta oxidación de los elementos
asimilables. Disculpábase a sí propio ciertos extravíos, por tener un tanto
obstruidas las vías hepáticas.
En aquel momento, el peligro de la señora de
Moscoso despertaba su instinto de lucha contra los males positivos de la
tierra: el dolor, la enfermedad, la muerte. Comió distraídamente, y sólo bebió
dos copas de ron. Julián apenas pasó bocado; preguntaba de tiempo en tiempo:
—¿Qué ocurrirá por allí, don Máximo?
Cesó de preguntar cuando el médico le hubo dado, a
media voz, algunos detalles, empleando términos técnicos. La noche caía. Máximo
apenas salía del cuarto de la paciente. Sintióse Julián tan triste y solo, que
ya se disponía a subir y encender su altar, para disfrutar al menos la compañía
de las velas y los cuadritos. Pero don Pedro entró impetuosamente, como una
ráfaga de viento huracanado. Traía de la mano una muchachona color de tierra,
un castillo de carne: el tipo clásico de la vaca humana.
Que Máximo Juncal, ya que es su oficio, reconozca
detenidamente la cuenca del río lácteo de la poderosa bestiaza, conducida por
el marqués de Ulloa, no sin asombro de las gentes, en el borrén delantero de la
silla de su yegua, por no haber en Castrodorna otros medios de transporte, y no
permitir la impaciencia de don Pedro que el ama viniese a pie. La yegua
recordará toda la vida, con temblor general de su cuerpo, aquella jornada
memorable en que tuvo que sufrir a la vez el peso del actual representante de los
Moscosos y el de la nodriza del Moscoso futuro.
Cayéronsele a don Pedro las alas del corazón cuando
vio que su heredero no había llegado todavía. En aquel momento le pareció que
un suceso tan próximo no se verificaría jamás. Apuró a Sabel reclamando la
cena, pues traía un hambre feroz. Sabel la sirvió en persona, por hallarse
aquel día muy ocupada Filomena, la doncella, que acostumbraba atender al
comedor. Estaba Sabel fresca y apetecible como nunca, y las floridas carnes de
su arremangado brazo, el brillo cobrizo de las conchas de su pelo, la melosa
ternura y sensualidad de sus ojos azules, parecían contrastar con la situación,
con la mujer que sufría atroces tormentos, medio agonizando, a corta distancia
de allí. Hacía tiempo que el marqués no veía de cerca a Sabel. Más que mirarla,
se puede decir que la examinó despacio durante algunos minutos. Reparó que la
moza no llevaba pendientes y que tenía una oreja rota; entonces recordó
habérsela partido él mismo, al aplastar con la culata de su escopeta el
zarcillo de filigrana, en un arrebato de brutales celos. La herida se había
curado, pero la oreja tenía ahora dos lóbulos en vez de uno.
—¿No duerme nada la señorita?—preguntaba Julián al
médico.
—A ratos, entre dolor y dolor.... Precisamente me
gusta a mí bien poco ese sopor en que cae. Esto no adelanta ni se gradúa, y lo
peor es que pierde fuerzas. Cada vez se me pone más débil. Puede decirse que
lleva cuarenta y ocho horas sin probar alimento, pues me confesó que antes de
avisar a su marido, mucho antes, ya se sintió mal y no pudo comer.... Esto de
los sueñecitos no me hace tilín. Para mí, más que modorra, son verdaderos
síncopes.
Don Pedro apoyaba con desaliento la cabeza en el
cerrado puño.
—Estoy convencido—dijo enfáticamente—de que
semejantes cosas sólo les pasan a las señoritas educadas en el pueblo y con
ciertas impertinencias y repulgos.... Que les vengan a las mozas de por aquí
con síncopes y desmayos.... Se atizan al cuerpo media olla de vino y despachan
esta faena cantando.
—No, señor, hay de todo.... Las linfático-nerviosas
se aplanan.... Yo he tenido casos....
Explicó detenidamente varias lides, no muchas aún,
porque empezaba a asistir, como quien dice. Él estaba por la expectativa: el
mejor comadrón es el que más sabe aguardar. Sin embargo, se llega a un grado en
que perder un segundo es perderlo todo. Al aseverar esto, paladeaba sorbos de
ron.
—¿Sabel?—llamó de repente.
—¿Qué quiere, señorito Máximo?—contestó la moza con
solicitud.
—¿Dónde me han puesto una caja que traje?
—En su cuarto, sobre la cama.
—¡Ah!, bueno.
Don Pedro miró al médico, comprendiendo de qué se
trataba. No así Julián, que asustado por el hondo silencio que siguió al
diálogo de Máximo y Sabel, interrogó indirectamente para saber qué encerraba la
caja misteriosa.
—Instrumentos—declaró el médico secamente.
—¿Instrumentos..., para qué?—preguntó el capellán,
sintiendo un sudor que le rezumaba por la raíz del cabello.
—Para operarla, ¡qué demonio! Si aquí se pudiese
celebrar junta de médicos, yo dejaría quizás que la cosa marchase por sus pasos
contados; pero recae sobre mí exclusivamente la responsabilidad de cuanto
ocurra. No me he de cruzar de brazos, ni dejarme sorprender como un bolonio. Si
al amanecer ha aumentado la postración y no veo yo síntomas claros de que esto
se desenrede... hay que determinarse. Ya puede usted ir rezando al bendito San
Ramón, señor capellán.
—¡Si por rezar fuese!—exclamó ingenuamente Julián—.
¡Apenas llevo rezado desde ayer!
De tan sencilla confesión tomó pie el médico para
contar mil graciosas historietas, donde se mezclaban donosamente la devoción y
la obstetricia y desempeñaba San Ramón papel muy principal. Refirió de su
profesor en la clínica de Santiago, que al entrar en el cuarto de las
parturientas y ver la estampa del santo con sus correspondientes candelicas,
solía gritar furioso: «Señores, o sobro yo o sobra el santo.... Porque si me
desgracio me echarán la culpa, y si salimos bien dirán que fue milagro
suyo...». Contó también algo bastante grotesco sobre rosas de Jericó, cintas de
la Virgen de Tortosa, y otros piadosos talismanes usados en ocasiones críticas.
Al fin cesó en su cháchara, porque le rendía el sueño, ayudado por el ron. A
fin de no aletargarse del todo en la comodidad del lecho, tendióse en el banco
del comedor, poniendo por almohada una cesta. El señorito, cruzando sobre la
mesa ambos brazos, había dejado caer la frente sobre ellos y un silbido
ahogado, preludio de ronquido, anunciaba que también le salteaba la gana de
dormir. El alto reloj de pesas dio, con fatigado son, la medianoche.
Julián era el único despierto; sentía frío en las
médulas y en los pómulos ardor de calentura. Subió a su cuarto, y empapando la
toalla en agua fresca, se la aplicó a las sienes. Las velas del altar estaban
consumidas; las renovó, y colocó una almohada en el suelo para arrodillarse en
ella, pues lo más molesto siempre era el dichoso hormigueo. Y empezó a subir
con buen ánimo la cuesta arriba de la oración. A veces desmayaba, y su cuerpo
juvenil, envuelto en las nieblas grises del sueño, apetecía la limpia cama.
Entonces cruzaba las manos, clavándose las uñas de una en el dorso de otra,
para despabilarse. Quería rezar con devoción, tener conciencia de lo que pedía
a Dios: no hablar de memoria. Sin embargo, desfallecía. Acordóse de la oración
del Huerto y de aquella diferencia tan acertadamente establecida entre la
decisión del espíritu y la de la carne. También recordó un pasaje bíblico:
Moisés orando con los brazos levantados, porque, de bajarlos, sería vencido
Israel. Entonces se le ocurrió realizar algo que le flotaba en la imaginación.
Quitó la almohada, quedándose con las rótulas apoyadas en el santo suelo; alzó
los ojos, buscando a Dios más allá de las estampas y de las vigas del techo; y
abriendo los brazos en cruz, comenzó a orar fervorosamente en tal postura.
El ambiente se volvió glacial; una tenue claridad,
más lívida y opaca que la de la luna, asomó por detrás de la montaña. Dos o
tres pájaros gorjearon en el huerto; el rumor de la presa del molino se hizo
menos profundo y sollozante. La aurora, que sólo tenía apoyado uno de sus
rosados dedos en aquel rincón del orbe, se atrevió a alargar toda la manecita,
y un resplandor alegre, puro, bañó las rocas pizarrosas, haciéndolas rebrillar
cual bruñida plancha de acero, y entró en el cuarto del capellán, comiéndose la
luz amarilla de los cirios. Mas Julián no veía el alba, no veía cosa
ninguna.... Es decir, sí veía esas luces que enciende en nuestro cerebro la
alteración de la sangre, esas estrellitas violadas, verdosas, carmesíes, color
de azufre, que vibran sin alumbrar; que percibimos confundidas con el zumbar de
los oídos y el ruido de péndulo gigante de las arterias, próximas a
romperse.... Sentíase desvanecer y morir; sus labios no pronunciaban ya frases,
sino un murmullo, que todavía conservaba tonillo de oración. En medio de su
doloroso vértigo oyó una voz que le pareció resonante como toque de clarín....
La voz decía algo. Julián entendió únicamente dos palabras:
—Una niña.
Quiso incorporarse, exhalando un gran suspiro, y lo
hizo, ayudado por la persona que había entrado y no era otra sino Primitivo;
pero apenas estuvo en pie, un atroz dolor en las articulaciones, una sensación
de mazazo en el cráneo le echaron a tierra nuevamente. Desmayóse.
Abajo, Máximo Juncal se lavaba las manos en la
palangana de peltre sostenida por Sabel. En su cara lucía el júbilo del triunfo
mezclado con el sudor de la lucha, que corría a gotas medio congeladas ya por
el frío del amanecer. El marqués se paseaba por la habitación ceñudo,
contraído, hosco, con esa expresión torva y estúpida a la vez que da la falta
de sueño a las personas vigorosas, muy sometidas a la ley de la materia.
—Ahora alegrarse, don Pedro—dijo el médico—. Lo
peor está pasado. Se ha conseguido lo que usted tanto deseaba.... ¿No quería
usted que la criatura saliese toda viva y sin daño? Pues ahí la tenemos, sana y
salva. Ha costado trabajillo..., pero al fin....
Encogióse despreciativamente de hombros el marqués,
como amenguando el mérito del facultativo, y murmuró no sé qué entre dientes,
prosiguiendo en su paseo de arriba abajo y de abajo arriba, con las manos
metidas en los bolsillos, el pantalón tirante cual lo estaba el espíritu de su
dueño.
—Es un angelito, como dicen las viejas—añadió
maliciosamente Juncal, que parecía gozarse en la cólera del hidalgo—; sólo que
angelito hembra. A estas cosas hay que resignarse; no se inventó el modo de
escribir al cielo encargando y explicando bien el sexo que se desea....
Otro espumarajo de rabia y grosería brotó de los
labios de don Pedro. Juncal rompió a reír, secándose con la toalla.
—La mitad de la culpa por lo menos la tendrá usted,
señor marqués—exclamó—. ¿Quiere usted hacerme favor de un cigarrito?
Al ofrecer la petaca abierta, don Pedro hizo una
pregunta. Máximo recobró la seriedad para contestarla.
—Yo no he dicho tanto como eso.... Me parece que
no. Cierto que cuando las batallas son muy porfiadas y reñidas puede suceder
que el combatiente quede inválido; pero la naturaleza, que es muy sabia, al
someter a la mujer a tan rudas pruebas, le ofrece también las más impensadas
reparaciones.... Ahora no es ocasión de pensar en eso, sino en que la madre se
restablezca y la chiquita se críe. Temo algún percance inmediato.... Voy a
ver.... La señora se ha quedado tan abatida....
Entró Primitivo, y sin mostrar alteración ni susto
dijo «que subiese don Máximo, que al capellán le había dado algo; que estaba
como difunto».
—Vamos allá, hombre, vamos allá. Esto no estaba en
el programa—murmuró Juncal.
—¡Qué trazas de mujercita tiene ese cura! ¡Qué
poquito estuche! Lo que es éste no cogerá el trabuco, aunque
lleguen a levantarse las partidas con que anda soñando el jabalí del abad de
Boán.
Largos días estuvo Nucha detenida ante esas
lóbregas puertas que llaman de la muerte, con un pie en el umbral, como
diciendo: «¿Entraré? ¿No entraré?». Empujábanla hacia dentro las horribles
torturas físicas que habían sacudido sus nervios, la fiebre devoradora que
trastornó su cerebro al invadir su pecho la ola de la leche inútil, el
desconsuelo de no poder ofrecer a su niña aquel licor que la ahogaba, la
extenuación de su ser del cual la vida huía gota a gota sin que atajarla fuese
posible. Pero la solicitaban hacia fuera la juventud, el ansia de existir que
estimula a todo organismo, la ciencia del gran higienista Juncal, y
particularmente una manita pequeña, coloradilla, blanda, un puñito cerrado que
asomaba entre los encajes de una chambra y los dobleces de un mantón.
El primer día que Julián pudo ver a la enferma, no
hacía muchos que se levantaba, para tenderse, envuelta en mantas y abrigos,
sobre vetusto y ancho canapé. No le era lícito incorporarse aún, y su cabeza
reposaba en almohadones doblados al medio. Su rostro enflaquecido y exangüe
amarilleaba como una faz de imagen de marfil, entre el marco del negro cabello
reluciente. Bizcaba más, por habérsele debilitado mucho aquellos días el nervio
óptico. Sonrió con dulzura al capellán, y le señaló una silla. Julián clavaba
en ella esa mirada donde rebosaba la compasión, mirada delatora que en vano
queremos sujetar y apagar cuando nos aproximamos a un enfermo grave.
—La encuentro a usted con muy buen semblante,
señorita—dijo el capellán mintiendo como un bellaco.
—Pues usted—respondió ella lánguidamente—está algo
desmejorado.
Confesó que, en efecto, no andaba bueno desde
que..., desde que se había acatarrado un poco. Le daba vergüenza referir lo de
la noche en vela, el desmayo, la fuerte impresión moral y física sufrida con
tal motivo. Nucha empezó a hablarle de algunas cosas indiferentes, y pasó sin
transición a preguntarle:
—¿Ha visto usted la pequeñita?
—Sí, señora.... El día del bautizo. ¡Angelito!
Lloró bien cuando le pusieron la sal y cuando sintió el agua fría....
—¡Ah! Desde entonces ha crecido una cuarta lo menos
y se ha vuelto hermosísima. Y alzando la voz y esforzándose, añadió:—¡Ama, ama!
Traiga la niña.
Oyéronse pasos como de estatua colosal que anda, y
entró la mocetona color de tierra, muy oronda con su vestido nuevo de merino
azul ribeteado de negro terciopelo de tira, con el cual se asemejaba a la
gigantona tradicional de la catedral de Santiago, llamada la Coca.
A manera de pajarito posado en grueso tronco, venía la inocente criatura
recostada en el magno seno que la nutría. Estaba dormida, y tenía la calma, el
dulce e insensible respirar que hace sagrado el sueño de los niños. Julián no
se cansaba de mirarla así.
—¡Santita de Dios!—murmuró apoyando los labios muy
quedamente en la gorra, por no atreverse a la frente.
—Cójala usted, Julián.... Ya verá lo que pesa. Ama,
déle la niña....
No pesaba más que un ramo de flores, pero el
capellán juró y perjuró que parecía hecha de plomo. Aguardaba el ama en pie, y
él se había sentado con la chiquilla en brazos.
—Déjemela un poquito...—suplicó—. Ahora, mientras
duerme.... No despertará de seguro en mucho tiempo.
—Ya la llamaré cuando haga falta. Ama, váyase.
La conversación giró sobre un tema muy socorrido y
muy del gusto de Nucha: las gracias de la pequeña.... Tenía muchísimas, sí
señor, y el que lo dudase sería un gran majadero. Por ejemplo: abría los ojos
con travesura incomparable; estornudaba con redomada picardía; apretaba con su
manita el dedo de cualquiera, tan fuerte, que se requería el vigor de un
Hércules para desasirse; y aún hacía otros donaires, mejores para callados que
para archivados por la crónica. Al referirlos, el rostro exangüe de Nucha se animaba,
sus ojos brillaban, y la risa dilató sus labios dos o tres veces. Mas de pronto
se nubló su cara, hasta el punto de que entre las pestañas le bailaron
lágrimas, a las cuales no dio salida.
—No me han dejado criarla, Julián.... Manías del
señor de Juncal, que aplica la higiene a todo, y vuelta con la higiene, y dale
con la higiene.... Me parece a mí que no iba a morirme por intentarlo dos
meses, dos meses nada más. Puede que me encontrase mejor de lo que estoy, y no
tuviese que pasar un siglo clavada en este sofá, con el cuerpo sujeto y la
imaginación loca y suelta por esos mundos de Dios.... Porque así, no gozo
descanso: siempre se me figura que el ama me ahoga la niña, o me la deja caer.
Ahora estoy contenta, teniéndola aquí cerquita.
Sonrió a la chiquilla dormida, y añadió:
—¿No le encuentra usted parecido...?
—¿Con usted?
—¡Con su padre!... Es todito él en el corte de la
frente....
No manifestó el capellán su opinión. Mudó de asunto
y continuó aquel día y los siguientes cumpliendo la obra de caridad de visitar
al enfermo. En la lenta convalecencia y total soledad de Nucha, falta le hacía
que alguien se consagrase a tan piadoso oficio. Máximo Juncal venía un día sí y
otro no; pero casi siempre de prisa, porque iba teniendo extensa clientela: le
llamaban hasta de Vilamorta. El médico hablaba de política exhalando un aliento
de vaho de ron, tratando de pinchar y amoscar a Julián; y, en realidad, si
Julián fuese capaz de amostazarse, habría de qué con las noticias que traía
Máximo. Todo eran iglesias derribadas, escándalos antirreligiosos, capillitas
protestantes establecidas aquí o acullá, libertades de enseñanza, de cultos, de
esto y de lo otro.... Julián se limitaba a deplorar tamaños excesos, y a desear
que las cosas se arreglasen, lo cual no daba tela a Máximo para armar una de
sus trifulcas favoritas, tan provechosas al esparcimiento de su bilis y tan
fecundas en peripecias cuando tropezaba con curas ternes y carlistas, como el
de Boán o el Arcipreste.
Mientras el belicoso médico no venía, todo era paz
y sosiego en la habitación de la enferma. Únicamente lo turbaba el llanto,
prontamente acallado, de la niña. El capellán leía el Año cristiano en
alta voz, y poblábase el ambiente de historias con sabor novelesco y poético:
«Cecilia, hermosísima joven e ilustre dama romana, consagró su cuerpo a
Jesucristo; desposáronla sus padres con un caballero llamado Valeriano y se
efectuó la boda con muchas fiestas, regocijos y bailes.... Sólo el corazón de
Cecilia estaba triste...». Seguía el relato de la mística noche nupcial, de la
conversión de Valeriano, del ángel que velaba a Cecilia para guardar su pureza,
con el desenlace glorioso y épico del martirio. Otras veces era un soldado,
como San Menna; un obispo, como San Severo.... La narración, detallada y
dramática, refería el interrogatorio del juez, las respuestas briosas y libres
de los mártires, los tormentos, la flagelación con nervios de buey, el ecúleo,
las uñas de hierro, las hachas encendidas aplicadas al costado... «Y el
caballero de Cristo estaba con un corazón esforzado y quieto, con semblante
sereno, con una boca llena de risa (como si no fuera él sino otro el que
padecía), haciendo burla de sus tormentos y pidiendo que se los
acrecentasen...». Tales lecturas eran de fantástico efecto, particularmente al
caer de las adustas tardes invernales, cuando la hoja seca de los árboles se
arremolinaba danzando, y las nubes densas y algodonáceas pasaban lentamente
ante los cristales de la ventana profunda. Allá a lo lejos se oía el perpetuo
sollozo de la represa, y chirriaban los carros cargados de tallos de maíz o
ramaje de pino. Nucha escuchaba con atención, apoyada la barba en la mano. De
tiempo en tiempo su seno se alzaba para suspirar.
No era la primera vez que observaba Julián, desde
el parto, gran tristeza en la señorita. El capellán había recibido una carta de
su madre que encerraba quizás la clave de los disgustos de Nucha. Parece que la
señorita Rita había engatusado de tal manera a la tía vieja de Orense, que ésta
la dejaba por heredera universal, desheredando a su ahijada. Además, la
señorita Carmen estaba cada día más chocha por su estudiante, y se creía en el
pueblo que, si don Manuel Pardo negaba el consentimiento, la chica saldría
depositada. También pasaban cosas terribles con la señorita Manolita: don
Víctor de la Formoseda la plantaba por una artesana, sobrina de un canónigo. En
fin, misia Rosario pedía a Dios paciencia para tantas tribulaciones (las de la
casa de Pardo eran para misia Rosario como propias). Si todo esto había llegado
a oídos de Nucha por conducto de su marido o de su padre, no tenía nada de
extraño que suspirase así. Por otra parte, ¡el decaimiento físico era tan
visible! Ya no se parecía Nucha a más Virgen que a la demacrada imagen de la
Soledad. Juncal la pulsaba atentamente, le ordenaba alimentos muy nutritivos,
la miraba con alarmante insistencia.
Atendiendo a la niña, Nucha se reanimaba. Cuidábala
con febril actividad. Todo se lo quería hacer ella, sin ceder al ama más que la
parte material de la cría. El ama, decía ella, era un tonel lleno de leche que
estaba allí para aplicarle la espita cuando fuese necesario y soltar el chorro:
ni más ni menos. La comparación del tonel es exactísima: el ama tenía hechura,
color e inteligencia de tonel. Poseía también, como los toneles, un vientre
magno. Daba gozo verla comer, mejor dicho, engullir: en la cocina, Sabel se
entretenía en llenarle el plato o la taza a reverter, en ponerle delante medio
pan, cebándola igual que a los pavos. Con semejante mostrenco Sabel se la
echaba de principesa, modelo de delicados gustos y selectas aficiones. Como
todo es relativo en el mundo, para la gente de escalera abajo de la casa
solariega el ama representaba un salvaje muy gracioso y ridículo, y se reían
tanto más con sus patochadas cuanto más fácilmente podían incurrir ellos en
otras mayores. Realmente era el ama objeto curioso, no sólo para los payos,
sino por distintas razones, para un etnógrafo investigador. Máximo Juncal
refirió a Julián pormenores interesantes. En el valle donde se asienta la
parroquia de que el ama procedía—valle situado en los últimos confines de Galicia,
lindando con Portugal—las mujeres se distinguen por sus condiciones físicas y
modo de vivir: son una especie de amazonas, resto de las guerreras galaicas de
que hablan los geógrafos latinos; que si hoy no pueden hacer la guerra sino a
sus maridos, destripan terrones con la misma furia que antes combatían; andan
medio en cueros, luciendo sus fornidas y recias carnazas; aran, cavan, siegan,
cargan carros de rama y esquilmo, soportan en sus hombros de cariátide enormes
pesos y viven, ya que no sin obra, por lo menos sin auxilio de varón, pues los
del valle suelen emigrar a Lisboa en busca de colocaciones desde los catorce
años, volviendo sólo al país un par de meses, para casarse y propagar la raza,
y huyendo apenas cumplido su oficio de machos de colmena. A veces, en Portugal,
reciben nuevas de infidelidades conyugales, y, pasando la frontera una noche,
acuchillan a los amantes dormidos: éste fue el crimen del Tuerto protegido por
Barbacana, cuya historia había contado también Juncal. No obstante, las hembras
de Castrodorna suelen ser tan honestas como selváticas. El ama no desmentía su
raza por la anchura desmesurada de las caderas y redondez de los rudos
miembros. Costó un triunfo a Nucha vestirla racionalmente, y hacerle trocar la
corta saya de bayeta verde, que no le cubría la desnuda pantorrilla, por otra
más cumplida y decorosa, consintiéndole únicamente el justillo, prenda clásica
de ama de cría, que deja rebosar las repletas ubres, y los característicos
pendientes de enorme argolla, el torquis romano conservado
desde tiempo inmemorial en el valle. Fue una lid obligarle a poner los zapatos
a diario, porque todas sus congéneres los reservan para las fiestas repicadas;
fue una penitencia enseñarle el nombre y uso de cada objeto, aún de los más
sencillos y corrientes; fue pensar en lo excusado convencerla de que la niña
que criaba era un ser delicado y frágil, que no se podía traer mal envuelto en
retales de bayeta grana, dentro de una banasta mullida de helechos, y dejarse a
la sombra de un roble, a merced del viento, del sol y de la lluvia, como los
recién nacidos del valle de Castrodorna; y Máximo Juncal, que aunque gran
apologista de los artificios higiénicos lo era también de las milagrosas
virtudes de la naturaleza, hallaba alguna dificultad en conciliar ambos
extremos, y salía del paso apelando a su lectura más reciente, El
origen de las especies, por Darwin, y aplicando ciertas leyes de adaptación
al medio, herencia, etcétera, que le permitían afirmar que el método del ama,
si no hacía reventar como un triquitraque a la criatura, la fortalecería
admirablemente.
Por si acaso, Nucha no se atrevió a intentar la
prueba, y dedicóse a cuidar en persona su tesoro, llevando la existencia
atareada y minuciosa de las madres, en la cual es un acontecimiento que estén
ahumadas las sopas, y un fracaso que se apague el brasero. Ella lavaba a su
hijita, la vestía, la fajaba, la velaba dormida y la entretenía despierta. La
vida corría monótona, ocupadísima, sin embargo. El bueno de Julián, testigo de
estas faenas, iba enterándose poco a poco de los para él arcanos misteriosos
del aseo y tocado de una criatura, llegando a familiarizarse con los múltiples
objetos que componen el complicado ajuar de los recienes: gorras, ombligueros,
culeros, pañales, fajas, microscópicos zapatos de crochet, capillos y baberos.
Tales prendas, blanquísimas, adornadas con bordados y encajes, zahumadas con
espliego, templaditas al sano calor de la camilla—calor doméstico si los
hay—las tenía el capellán muchas veces en el regazo, mientras la madre, con la
niña tendida boca abajo sobre su delantal de hule, pasaba y repasaba la esponja
por las carnes de tafetán, escocidas y medio desolladas por la excesiva finura
de su tierna epidermis, las rociaba con refrescantes polvos de almidón y,
apretando las nalgas con los dedos para que hiciesen hoyos, se las mostraba a
Julián exclamando con júbilo:
—¡Mire usted qué monada..., qué llenita se va
poniendo!
En materia de desnudeces infantiles, Julián no era
voto, pues sólo conocía las de los angelotes de los retablos; pero cavilaba
para sus adentros que, a pesar de haber el pecado original corrompido toda
carne, aquélla que le estaban enseñando era la cosa más pura y santa del mundo:
un lirio, una azucena de candor. La cabezuela blanda, cubierta de lanúgine
rubia y suave por cima de las costras de la leche, tenía el olor especial que
se nota en los nidos de paloma, donde hay pichones implumes todavía; y las manitas,
cuyo pellejo rellenaba ya suave grasa, y cuyos dedos se redondeaban como los
del niño Dios cuando bendice; la faz, esculpida en cera color rosa; la boca,
desdentada y húmeda como coral pálido recién salido del mar; los piececillos,
encendidos por el talón a fuerza de agitarse en gracioso pataleo, eran otras
tantas menudencias provocadoras de ese sentimiento mixto que despiertan los
niños muy pequeños hasta en el alma más empedernida: sentimiento complejo y
humorístico, en que entra la compasión, la abnegación, un poco de respeto y un
mucho de dulce burla, sin hiel de sátira.
En Nucha, el espectáculo producía las hondas
impresiones de la luna de miel maternal, exaltadas por un temperamento nervioso
y una sensibilidad ya enfermiza. A aquel bollo blando, que aún parecía
conservar la inconsistencia del gelatinoso protoplasma, que aún no tenía
conciencia de sí propio ni vivía más que para la sensación, la madre le
atribuía sentido y presciencia, le insuflaba en locos besos su alma propia, y,
en su concepto, la chiquilla lo entendía todo y sabía y ejecutaba mil cosas
oportunísimas, y hasta se mofaba discretamente, a su manera, de los dichos y
hechos del ama. «Delirios impuestos por la naturaleza con muy sabios fines»,
explicaba Juncal. ¡Qué fue el primer día en que una sonrisa borró la grave y
cómica seriedad de la diminuta cara y entreabrió con celeste expresión el
estrecho filete de los labios! No era posible dejar de recordar el tan traído
como llevado símil de la luz de la aurora disipando las tinieblas. La madre
pensó chochear de alegría.
—¡Otra vez, otra vez!—exclamaba—. ¡Encanto, cielo,
cielito, monadita mía, ríete, ríete!
Por entonces la sonrisa no se dignó presentarse
más. La zopenca del ama negaba el hecho, cosa que enfurecía a la madre. Al otro
día cupo a Julián la honra de encender la efímera lucecilla de la inteligencia
naciente en la criatura, paseándole no sé qué baratijas relucientes delante de
los ojos. Julián iba perdiendo el miedo a la nena, que al principio creía fácil
de deshacer entre los dedos como merengue; y mientras la madre enrollaba la
faja o calentaba el pañal, solía tenerla en el regazo.
—Más me fío en usted que en el ama—decíale Nucha
confidencialmente, desahogando unos secretos celos maternales—. El ama es
incapaz de sacramentos.... Figúrese usted que para hacerse la raya al peinarse
apoya el peine en la barbilla y lo va subiendo por la boca y la nariz hasta que
acierta con la mitad de la frente; de otro modo no sabe.... Me he empeñado en
que no coma con los dedos, y ¿qué conseguí? Ahora come la carne asada con
cuchara.... Es un entremés, Julián. Cualquier día me estropea la chiquilla.
El capellán perfeccionaba sus nociones del arte de
tener un chico en brazos sin que llore ni rabie. Consolidó su amistad con la
pequeñuela un suceso que casi debería pasarse en silencio: cierto húmedo
calorcillo que un día sintió Julián penetrar al través de los pantalones....
¡Qué acontecimiento! Nucha y él lo celebraron con algazara y risa, como si
fuese lo más entretenido y chusco. Julián brincaba de contento y se cogía la
cintura, que le dolía con tantas carcajadas. La madre le ofreció su delantal de
hule, que él rehusó; ya tenía un pantalón viejo, destinado a perecer en la
demanda, y por nada del mundo renunciaría a sentir aquella onda tibia.... Su
contacto derretía no sé qué nieve de austeridad, cuajada sobre un corazón
afeminado y virgen allá desde los tiempos del seminario, desde que se había
propuesto renunciar a toda familia y todo hogar en la tierra entrando en el
sacerdocio; y al par encendía en él misterioso fuego, ternura humana, expansiva
y dulce; el presbítero empezaba a querer a la niña con ceguera, a figurarse
que, si la viese morir, se moriría él también, y otros muchos dislates por el
estilo, que cohonestaba con la idea de que, al fin, la chiquita era un ángel.
No se cansaba de admirarla, de devorarla con los ojos, de considerar sus pupilas
líquidas y misteriosas, como anegadas en leche, en cuyo fondo parecía reposar
la serenidad misma.
Una penosa idea le acudía de vez en cuando.
Acordábase de que había soñado con instituir en aquella casa el matrimonio
cristiano cortado por el patrón de la Sacra Familia. Pues bien, el santo grupo
estaba disuelto: allí faltaba San José o lo sustituía un clérigo, que era peor.
No se veía al marqués casi nunca; desde el nacimiento de la niña, en vez de
mostrarse más casero y sociable, volvía a las andadas, a su vida de cacerías,
de excursiones a casa de los abades e hidalgos que poseían buenos perros y gustaban
del monte, a los cazaderos lejanos. Pasábase a veces una semana fuera de los
Pazos de Ulloa. Su hablar era más áspero, su genio, más egoísta e impaciente,
sus deseos y órdenes se expresaban en forma más dura. Y aún notaba Julián más
alarmantes indicios. Le inquietaba ver que Sabel recibía otra vez su antigua
corte de sultana favorita, y que la Sabia y su progenie, con todas las parleras
comadres y astrosos mendigos de la parroquia, pululaban allí, huyendo a escape
cuando él se acercaba, llevando en el seno o bajo el mandil bultos sospechosos.
Perucho ya no se ocultaba, antes se le encontraba por todas partes enredado en
los pies, y, en suma, las cosas iban tornando al ser y estado que tuvieron
antes.
Trataba el bueno del capellán de comulgarse a sí
propio con ruedas de molino, diciéndose que aquello no significaba nada;
pero la maldita casualidad se empeñó en abrirle los ojos cuando no quisiera.
Una mañana que madrugó más de lo acostumbrado para decir su misa, resolvió
advertir a Sabel que le tuviese dispuesto el chocolate dentro de media hora.
Inútilmente llamó a su cuarto, situado cerca de la torre en que Julián dormía.
Bajó con esperanzas de encontrarla en la cocina, y al pasar ante la puerta del
gran despacho próximo al archivo, donde se había instalado don Pedro desde el
nacimiento de su hija, vio salir de allí a la moza, en descuidado traje y
soñolienta. Las reglas psicológicas aplicables a las conciencias culpadas
exigían que Sabel se turbase: quien se turbó fue Julián. No sólo se turbó, pero
subió de nuevo a su dormitorio, notando una sensación extraña, como si le
hubiesen descargado un fuerte golpe en las piernas quebrándoselas. Al entrar en
su habitación, pensaba esto o algo análogo:
«Vamos a ver, ¿quién es el guapo que dice misa
hoy?».
No, ese guapo no era él. ¡Buena misa sería la que
dijese, con la cabeza hecha una olla de grillos! Hasta reprimir los amotinados
pensamientos que le acuciaban, hasta adoptar una resolución firme y valedera,
Julián no se atrevía ni a pensar en el santo sacrificio.
La cosa era bien clara. Situación: la misma del año
penúltimo. Tenía que marcharse de aquella casa echado por el feo vicio, por el
delito infame. No le era lícito permanecer allí ni un instante más. Salvo el
debido respeto, se había llevado la trampa el matrimonio cristiano, en cierto
modo obra suya, y ya no quedaba rastro de hogar, sino una sentina de corrupción
y pecado. A otra parte, pues, con la música.
Sólo que.... Vaya, hay cosas más fáciles de pensar
que de hacer en este mundo. Todo era una montaña: encontrar pretexto,
despedirse, preparar el equipaje.... La primera vez que pensó en irse de allí
ya le costaba algún esfuerzo; hoy, la idea sola de marchar le producía el mismo
efecto que si le echasen sobre el alma un paño mojado en agua fría. ¿Por qué le
disgustaba tanto la perspectiva de salir de los Pazos? Bien mirado, él era un
extraño en aquella casa.
Es decir, eso de extraño.... Extraño no, pues vivía
unido espiritualmente a la familia por el respeto, por la adhesión, por la
costumbre. Sobre todo, la niña, la niña. El acordarse de la niña le dejó como
embobado. No podía explicarse a sí mismo el gran sacudimiento interior que le
causaba pensar que no volvería a cogerla en brazos. ¡Mire usted que estaba
encariñado con la tal muñeca! Se le llenaron de lágrimas los ojos.
«Bien decían en el Seminario—murmuró con
despecho—que soy muy apocado y muy... así..., como las mujeres, que por todo se
afectan. ¡Vaya un sacerdote ordenado de misa! Si tengo tal afición a
chiquillos, no debí abrazar la carrera que abracé. No, no; esto que voy
diciendo es un desatino mayor todavía.... Si me gustan los chiquillos y tengo
vocación de ayo o niñero, ¿quién me priva de cuidar a los que andan descalzos
por las carreteras, pidiendo limosna? Son hijos de Dios lo mismo que esta pobre
pequeña de aquí.... Hice mal, muy mal en tomarle tanta afición.... Pero es que
sólo un perro, ¡qué!, ni un perro...: sólo una fiera puede besar a un angelito
y no quererlo bien».
Resumiendo después sus cavilaciones, añadió para
sí:
«Soy un majadero, un Juan Lanas. No sé a qué he
venido aquí la vez segunda. No debí volver. Estaba visto que el señorito tenía
que parar en esto. Mi poca energía tiene la culpa. Con riesgo de la vida debí
barrer esa canalla, si no por buenas, a latigazos. Pero yo no tengo agallas,
como dice muy bien el señorito, y ellos pueden y saben más que yo, a pesar de
ser unos brutos. Me han engañado, me han embaucado, no he puesto en la calle a
esa moza desvergonzada, se han reído de mí y ha triunfado el infierno».
Mientras sostenía este monólogo, iba sacando de un
cajón de la cómoda prendas de ropa blanca, a fin de hacer su equipaje, pues
como todas las personas irresolutas, solía precipitarse en los primeros
momentos y adoptar medidas que le ayudaban a engañarse a sí propio. Al paso que
rellenaba la maleta, razonaba para consigo:
«¿Señor, Señor, por qué ha de haber tanta maldad y
tanta estupidez en la tierra? ¿Por qué el hombre ha de dejar que lo pesque el
diablo con tan tosco anzuelo y cebo tan ruin? (diciendo esto alineaba en el
baúl calcetines). Poseyendo la perla de las mujeres, el verdadero trasunto de
la mujer fuerte, una esposa castísima (este superlativo se le ocurrió al doblar
cuidadosamente la sotana nueva), ¡ir a caer precisamente con una vil mozuela,
una sirviente, una fregona, una desvergonzada que se va a picos pardos con el
primer labriego que encuentra!».
Llegaba aquí del soliloquio cuando trataba sin
éxito de acomodar el sombrero de canal de modo que la cubierta de la maleta no
lo abollase.
El ruido que hizo la tapa al descender, el gemido
armonioso del cuero, parecióle una voz irónica que le respondía:
«Por eso, por eso mismo».
«¡Será posible!—murmuró el bueno del capellán—.
¡Será posible que la abyección, que la indignidad, que la inmundicia misma del
pecado atraiga, estimule, sea un aperitivo, como las guindillas rabiosas, para
el paladar estragado de los esclavos del vicio! Y que en esto caigan, no
personas de poco más o menos, sino señores de nacimiento, de rango, señores
que...».
Detúvose y, reflexivo, contó un montículo de
pañuelos de narices que sobre la cómoda reposaba.
«Cuatro, seis, siete.... Pues yo tenía una docena,
todos marcados.... Pierden aquí la ropa bastante...».
Volvió a contar.
«Seis, siete.... Y uno en el bolsillo, ocho....
Puede que haya otro en la lavandera...».
Dejólos caer de golpe. Acababa de recordar que uno
de aquellos pañuelos se lo había atado él a la niñita debajo de la barba, para
impedir que la baba le rozase el cuello. Suspiró hondamente, y abriendo otra
vez el maletín, notó que la seda del sombrero de canal se estropeaba con la
tapa. «No cabe», pensó, y parecióle enorme dificultad para su viaje no poder
acomodar la canaleja. Miró el reloj: señalaba las diez. A las diez o poco más
comía la chiquita su sopa y era la risa del mundo verla con el hocico embadurnado
de puches, empeñada en coger la cuchara y sin acertar a lograrlo. ¡Estaría tan
mona! Resolvió bajar; al día siguiente le sería fácil colocar mejor su sombrero
y resolver la marcha. Por veinticuatro horas más o menos....
Este medicamento emoliente de la espera equivale,
para la mayor parte de los caracteres, a infalible específico. No hay que
vituperar su empleo, en atención a lo que consuela: en rigor, la vida es serie
de aplazamientos, y sólo hay un desenlace definitivo, el último. Así que Julián
concibió la luminosa idea de aguardar un poco, sintióse tranquilo; aun más:
contento. No era su carácter muy jovial, propendiendo a una especie de
morosidad soñadora y mórbida, como la de las doncellas anémicas; pero en aquel
punto respiraba con tal desahogo por haber encontrado una solución, que sus
manos temblaban, deshaciendo con alegre presteza el embutido de calcetines y
ropa blanca y dando amable libertad al canal y manteo. Después se lanzó por las
escaleras, dirigiéndose a la habitación de Nucha.
Nada aconteció aquel día que lo diferenciase de los
demás, pues allí la única variante solía ser el mayor o menor número de veces
que mamaba la chiquitina, o la cantidad de pañales puestos a secar. Sin
embargo, en tan pacífico interior veía el capellán desarrollarse un drama mudo
y terrible. Ya se explicaba perfectamente las melancolías, los suspiros
ahogados de Nucha. Y mirándole a la cara y viéndola tan consumida, con la piel
terrosa, los ojos mayores y más vagos, la hermosa boca contraída siempre, menos
cuando sonreía a su hija, calculaba que la señorita, por fuerza, debía saberlo
todo, y una lástima profunda le inundaba el alma. Reprendióse a sí mismo
por haber pensado siquiera en marcharse. Si la señorita necesitaba un amigo, un
defensor, ¿en quién lo encontraría más que en él? Y lo necesitaría de fijo.
La misma noche, antes de acostarse, presenció el
capellán una escena extraña, que le sepultó en mayores confusiones. Como se le
hubiese acabado el aceite a su velón de tres mecheros y no pudiese rezar ni
leer, bajó a la cocina en demanda de combustible. Halló muy concurrido el sarao
de Sabel. En los bancos que rodeaban el fuego no cabía más gente: mozas que
hilaban, otras que mondaban patatas, oyendo las chuscadas y chocarrerías del
tío Pepe de Naya, vejete que era un puro costal de malicias, y que, viniendo a
moler un saco de trigo al molino de Ulloa, donde pensaba pasar la noche, no
encontraba malo refocilarse en los Pazos con el cuenco de caldo de unto y
tajadas de cerdo que la hospitalaria Sabel le ofrecía. Mientras él pagaba el
escote contando chascarrillos, en la gran mesa de la cocina, que desde el
casamiento de don Pedro no usaban los amos, se veían, no lejos de la turbia luz
de aceite, relieves de un festín más suculento: restos de carne en platos
engrasados, una botella de vino descorchada, una media tetilla, todo amontonado
en un rincón, como barrido despreciativamente por el hartazgo; y en el espacio
libre de la mesa, tendidos en hilera, había hasta doce naipes, que si no
recortados en forma ovada por exceso de uso, como aquellos de que se sirvieron
Rinconete y Cortadillo, no les cedían en lo pringosos y sucios. En pie, delante
de ellos, la señora María la Sabia, extendiendo el dedo negro y nudoso cual
seca rama de árbol, los consultaba con ademán reflexivo. Encorvada la horrenda
sibila, alumbrada por el vivo fuego del hogar y la luz de la lámpara, ponía
miedo su estoposa pelambrera, su catadura de bruja en aquelarre, más monstruosa
por el bocio enorme, ya que le desfiguraba el cuello y remedaba un segundo
rostro, rostro de visión infernal, sin ojos ni labios, liso y reluciente a modo
de manzana cocida. Julián se detuvo en lo alto de la escalera, contemplando las
prácticas supersticiosas, que se interrumpirían de seguro si sus zapatillas
hiciesen ruido y delatasen su presencia.
Si él conociese a fondo la tenebrosísima y aún no
desacreditada ciencia de la cartomancia, ¡cuánto más interesante le parecería
el espectáculo! Entonces podría ver reunidos allí, como en el reparto de un
drama, los personajes todos que jugaban en su vida y ocupaban su imaginación.
Aquel rey de bastos, con hopalanda azul ribeteada de colorado, los pies
simétricamente dispuestos, la gran maza verde al hombro, se le figuraría
bastante temible si supiese que representaba un hombre moreno casado—don
Pedro—. La sota del mismo palo se le antojaría menos fea si comprendiese que
era símbolo de una señorita morena también—Nucha—. A la de copas le daría un
puntapié por insolente y borracha, atendido que personificaba a Sabel, una moza
rubia y soltera. Lo más grave sería verse a sí mismo—un joven rubio—significado
por el caballo de copas, azul por más señas, aunque ya todos estos colorines
los había borrado la mugre.
¡Pues qué sucedería si después, cuando la vieja
barajó los naipes y, repartiéndolos en cuatro montones, empezó a interpretar su
sentido fatídico, pudiese él oír distintamente todas las palabras que salían
del antro espantable de su boca! Había allí concordancias de la sota de bastos
con el ocho de copas, que anunciaban nada menos que amores secretos de mucha
duración; apariciones del ocho de bastos, que vaticinaban riñas entre cónyuges;
reuniones de la sota de espadas con la de copas patas arriba, que encerraban
tétricos augurios de viudez por muerte de la esposa. A bien que el cinco del
mismo palo profetizaba después unión feliz. Todo esto, dicho por la sibila en
voz baja y cavernosa, lo escuchaba solamente la bella fregatriz Sabel, que con
los brazos cruzados tras la espalda, el color arrebatado, se inclinaba sobre el
oráculo, que más parecía provocarla a curiosidad que a regocijo. La jarana con
que en el hogar se celebraban los chistes del señor Pepe impedía que nadie
atendiese al silabeo de la vieja. Merced a la situación de la escalera,
dominaba Julián la mesa, trípode y ara del temeroso rito, y sin ser visto podía
ver y entreoír algo. Escuchaba, tratando de entender mejor lo que sólo
confusamente percibía, y como al hacerlo cargase sobre el barandal de la
escalera, éste crujió levemente, y la bruja alzó su horrible carátula. En un
santiamén recogió los naipes, y el capellán bajó, algo confuso de su espionaje
involuntario, pero tan preocupado con lo que creía haber sorprendido, que ni se
le ocurrió censurar el ejercicio de la hechicería. La bruja, empleando el tono
humilde y servil de siempre, se apresuró a explicarle que aquello era mero
pasatiempo, «por se reír un poco».
Volvió Julián a su cuarto agitadísimo. Ni él mismo
sabía lo que le correteaba por el magín. Bien presumía antes a cuántos riesgos
se exponían Nucha y su hija viviendo en los Pazos: ahora..., ahora los divisaba
inminentes, clarísimos. ¡Tremenda situación! El capellán le daba vueltas en su
cerebro excitado: a la niña la robarían para matarla de hambre; a Nucha la
envenenarían tal vez.... Intentaba serenarse. ¡Bah! No abundan tanto los
crímenes por esos mundos, a Dios gracias. Hay jueces, hay magistrados, hay verdugos.
Aquel hato de bribones se contentaría con explotar al señorito y a la casa, con
hacer rancho de ella, con mandar anulando en su dignidad y poderío doméstico a
la señorita. Pero..., ¿si no se contentaba?
Dio cuerda a su velón, y apoyando los codos sobre
la mesa intentó leer en las obras de Balmes, que le había prestado el cura de
Naya, y en cuya lectura encontraba grato solaz su espíritu, prefiriendo el
trato con tan simpática y persuasiva inteligencia a las honduras escolásticas
de Prisco y San Severino. Mas a la sazón no podía entender una sola línea del
filósofo, y sólo oía los tristes ruidos exteriores, el quejido constante de la
presa, el gemir del viento en los árboles. Su acalorada fantasía le fingió
entre aquellos rumores quejumbrosos otro más lamentable aún, porque era
personal: un grito humano. ¡Qué disparatada idea! No hizo caso y siguió
leyendo. Pero creyó escuchar de nuevo el ay tristísimo.
¿Serían los perros? Asomóse a la ventana: la luna bogaba en un cielo nebuloso,
y allá a lo lejos se oía el aullar de un perro, ese aullar lúgubre que los
aldeanos llaman ventar la muerte y juzgan anuncio seguro del
próximo fallecimiento de una persona. Julián cerró la ventana estremeciéndose.
No despuntaba por valentón, y sus temores instintivos se aumentaban en la casa
solariega, que le producía nuevamente la dolorosa impresión de los primeros
días. Su temperamento linfático no poseía el secreto de ciertas saludables
reacciones, con las cuales se desecha todo vano miedo, todo fantasma de la
imaginación. Era capaz, y demostrado lo tenía, de arrostrar cualquier riesgo
grave, si creía que se lo ordenaba su deber; pero no de hacerlo con ánimo
sereno, con el hermoso desdén del peligro, con el buen humor heroico que sólo
cabe en personas de rica y roja sangre y firmes músculos. El valor propio de
Julián era valor temblón, por decirlo así; el breve arranque nervioso de las
mujeres.
Volvía a su conferencia con Balmes cuando....
¡Jesús nos valga! ¡Ahora sí, ahora sí que no cabía duda! Un chillido sobreagudo
de terror había subido por el oscuro caracol y entrado por la puerta entornada.
¡Qué chillido! El velón le bailaba en las manos a Julián.... Bajaba, sin
embargo, muy aprisa, sin sentir sus propios movimientos, como en las espantosas
caídas que damos soñando. Y volaba por los salones recorriendo la larga crujía
para llegar hacia la parte del archivo, donde había sonado el grito horrible....
El velón, oscilando más y más en su diestra trémula, proyectaba en las paredes
caleadas extravagantes manchones de sombra.... Iba a dar la vuelta al pasillo
que dividía el archivo del cuarto de don Pedro, cuando vio.... ¡Dios santo! Sí,
era la escena misma, tal cual se la había figurado él.... Nucha de pie, pero
arrimada a la pared, con el rostro desencajado de espanto, los ojos no ya vagos
sino llenos de extravío mortal; enfrente su marido, blandiendo un arma
enorme.... Julián se arrojó entre los dos.... Nucha volvió a chillar....
—¡Ay!, ¡ay! ¡Qué hace usted! ¡Que se escapa... que
se escapa!
Comprendió entonces el alucinado capellán lo que
ocurría, con no poca vergüenza y confusión suya.... Por la pared trepaba
aceleradamente, deseando huir de la luz, una araña de desmesurado grandor, un
monstruoso vientre columpiado en ocho velludos zancos. Su carrera era tan
rápida, que inútilmente trataba el señorito de alcanzarla con la bota; de
repente Nucha se adelantó, y con voz entre grave y medrosa repitió ingenuamente
lo que había dicho mil veces en su niñez:
—¡San Jorge... para la araña!
El feo insecto se detuvo a la entrada de la zona de
sombra: la bota cayó sobre él. Julián, por reacción natural del miedo disipado,
que se trueca en inexplicable gozo, iba a reírse del suceso; pero notó que
Nucha, cerrando los ojos y apoyándose en la pared, se cubría la cara con el
pañuelo.
—No es nada, no es nada...—murmuraba.
—Un poco de llanto nervioso.... Ya pasará.... Estoy
aún algo débil....
—¡Valiente cosa para tanto alboroto!—exclamó el
marido encogiéndose de hombros—. ¡Os crían con más mimo! En mi vida he visto
tal. Don Julián, ¿usted creyó que la casa se venía abajo? ¡Ea, a recogerse!
Buenas noches.
Tardó bastante el capellán en dormirse.
Recapacitaba en sus terrores y concedía su ridiculez; prometíase vencer aquella
pusilanimidad suya; pero duraba aún el desasosiego: la impulsión estaba
comunicada y almacenada en sinuosidades cerebrales muy hondas. Apenas le otorgó
sus favores el sueño, vino con él una legión de pesadillas a cual más negra y
opresora. Empezó a soñar con los Pazos, con el gran caserón; mas, por extraña
anomalía propia del estado, cuyo fundamento son siempre nociones de lo real,
pero barajadas, desquiciadas y revueltas merced al anárquico influjo de la
imaginación, no veía la huronera tal cual la había visto siempre, con su vasta
mole cuadrilonga, sus espaciosos salones, su ancho portalón inofensivo, su
aspecto amazacotado, conventual, de construcción del siglo XVIII; sino que, sin
dejar de ser la misma, había mudado de forma; el huerto con bojes y estanque
era ahora ancho y profundo foso; las macizas murallas se poblaban de saeteras,
se coronaban de almenas; el portalón se volvía puente levadizo, con cadenas
rechinantes; en suma: era un castillote feudal hecho y derecho, sin que le
faltase ni el romántico aditamento del pendón de los Moscosos flotando en la
torre del homenaje; indudablemente, Julián había visto alguna pintura o leído
alguna medrosa descripción de esos espantajos del pasado que nuestro siglo
restaura con tanto cariño. Lo único que en el castillo recordaba los Pazos
actuales era el majestuoso escudo de armas; pero aun en este mismo existía
diferencia notable, pues Julián distinguía claramente que se habían animado los
emblemas de piedra, y el pino era un árbol verde en cuya copa gemía el viento,
y los dos lobos rapantes movían las cabezas exhalando aullidos lúgubres. Miraba
Julián fascinado hacia lo alto de la torre, cuando vio en ella alarmante
figurón: un caballero con visera calada, todo cubierto de hierro; y aunque ni
un dedo de la mano se le descubría, con el don adivinatorio que se adquiere
soñando, Julián percibía al través de la celada la cara de don Pedro. Furioso,
amenazador, enarbolaba don Pedro un arma extraña, una bota de acero, que se
disponía a dejar caer sobre la cabeza del capellán. Éste no hacía movimiento
alguno para desviarse, y la bota tampoco acababa de caer; era una angustia
intolerable, una agonía sin término; de repente sintió que se le posaba en el
hombro una lechuza feísima, con greñas blancas. Quiso gritar: en sueños el
grito se queda siempre helado en la garganta. La lechuza reía silenciosamente.
Para huir de ella, saltaba el foso; mas éste ya no era foso, sino la represa
del molino; el castillo feudal también mudaba de hechura sin saberse cómo;
ahora se parecía a la clásica torre que tienen en las manos las imágenes de
Santa Bárbara; una construcción de cartón pintado, hecha de sillares muy
cuadraditos, y a cuya ventana asomaba un rostro de mujer pálido,
descompuesto.... Aquella mujer sacó un pie, luego otro... fue descolgándose por
la ventana abajo.... ¡Qué asombro! ¡Era la sota de bastos, la mismísima sota de
bastos, muy sucia, muy pringosa! Al pie del muro la esperaba el caballo de
espadas, una rara alimaña azul, con la cola rayada de negro. Mas a poco Julián
reconoció su error: ¡qué caballo de espadas! No era sino San Jorge en persona,
el valeroso caballero andante de las celestiales milicias, con su dragón
debajo, un dragón que parecía araña, en cuya tenazuda boca hundía la lanza con
denuedo.... Brillante y aguda, la lanza descendía, se hincaba, se hincaba....
Lo sorprendente es que el lanzazo lo sentía Julián en su propio costado....
Lloraba muy bajito, queriendo hablar y pedir misericordia; nadie acudía en su
auxilio, y la lanza le tenía ya atravesado de parte a parte.... Despertó
repentinamente, resintiéndose de una punzada dolorosa en la mano derecha, sobre
la cual había gravitado el peso del cuerpo todo, al acostarse del lado
izquierdo, posición favorable a las pesadillas.
Los sueños de las noches de terror suelen parecer
risibles apenas despunta la claridad del nuevo día; pero Julián, al saltar de
la cama, no consiguió vencer la impresión del suyo. Proseguía el hervor de la
imaginación sobrexcitada: miró por la ventana, y el paisaje le pareció tétrico
y siniestro; verdad es que entoldaban la bóveda celeste nubarrones de plomo con
reflejos lívidos, y que el viento, sordo unas veces y sibilante otras, doblaba
los árboles con ráfagas repentinas. El capellán bajó la escalera de caracol con
ánimo de decir su misa, que a causa del mal estado de la capilla señorial
acostumbraba celebrar en la parroquia. Al regresar y acercarse a la entrada de
los Pazos, un remolino de hojas secas le envolvió los pies, una atmósfera fría
le sobrecogió, y la gran huronera de piedra se le presentó imponente, ceñuda y
terrible, con aspecto de prisión, como el castillo que había visto soñando. El
edificio, bajo su toldo de negras nubes, con el ruido temeroso del cierzo que
lo fustigaba, era amenazador y siniestro. Julián penetró en él con el alma en
un puño. Cruzó rápidamente el helado zaguán, la cavernosa cocina, y,
atravesando los salones solitarios, se apresuró a refugiarse en la habitación
de Nucha, donde acostumbraban servirle el chocolate por orden de la señorita.
Encontró a ésta algo más desemblantada que de
costumbre. Al abatimiento que de ordinario se revelaba en su rostro afilado, se
agregaba una contracción y un azoramiento, indicios de gran tirantez nerviosa.
Tenía a la niña en brazos, y al ver llegar a Julián le hizo rápidamente seña de
que ni chistase ni se menease, que el angelito andaba en tratos de aletargarse
al calor del seno maternal. Inclinada sobre la criatura, Nucha le echaba el
aliento para mejor adormecerla, y arreglaba con febriles movimientos el pañolón
calcetado que envolvía, como el capullo a la oruga, aquella vida naciente.
Pestañeó la niña dos o tres veces, y luego cerró los ojitos, mientras su madre
no cesaba de arrullarla con una nana aprendida del ama, una
especie de gemido cuya base era el triste, ¡lai... lai!, la queja lenta
y larga de todas las canciones populares en Galicia. El canto fue descendiendo,
hasta concluir en la pronunciación melancólica y cariñosa de una sola letra,
la e prolongada; y levantándose en puntas de pie, Nucha depositó
a su hija en la cuna muy delicada y cuidadosamente, pues la chiquilla era tan
lista—en opinión de su madre—que distinguía al punto la cuna del brazo, y era
capaz de despertar del sopor más profundo si se enteraba de la sustitución.
Por lo mismo Julián y Nucha se hablaron muy de
quedo, mientras la señorita manejaba la aguja de crochet calcetando
unos zapatitos que parecían bolsas. Julián empezó por preguntar si se le había
quitado el susto de la noche anterior.
—Sí, pero todavía estoy no sé cómo.
—Yo tampoco les tengo afición a esos bichos
asquerosos.... No los había visto tan gordos hasta que vine a la aldea. En el
pueblo apenas los hay.
—Pues yo—contestó Nucha—era antes muy valiente;
pero desde... que nació la pequeña, no sé qué me pasa; parece que me he vuelto
medio tonta, que tengo miedo a todo....
Interrumpió la labor, y alzó la cara; sus grandes
ojos estaban dilatados; sus labios, ligeramente trémulos.
—Es una enfermedad, es una manía; ya lo conozco,
pero no lo puedo remediar, por más que hago. Tengo la cabeza debilitada; no
pienso sino en cosas de susto, en espantos.... ¿Ve usted qué chillidos di ayer
por la dichosa araña? Pues de noche, cuando me quedo sola con la niña...—porque
el ama durmiendo es lo mismo que si estuviese muerta; aunque le disparen al
oído un cañón de a ocho no se mueve—haría a cada paso escenas por el estilo si
no me dominase. No se lo digo a Juncal por vergüenza; pero veo cosas muy raras.
La ropa que cuelgo me representa siempre hombres ahorcados, o difuntos que
salen del ataúd con la mortaja puesta; no importa que mientras está el quinqué
encendido, antes de acostarme, la arregle así o asá; al fin toma esas hechuras
extravagantes aun no bien apago la luz y enciendo la lamparilla. Hay veces que
distingo personas sin cabeza; otras, al contrario, les veo la cara con todas
sus facciones, la boca muy abierta y haciendo muecas.... Esos mamarrachos que
hay pintados en el biombo se mueven; y cuando crujen las ventanas con el
viento, como esta noche, me pongo a cavilar si son almas del otro mundo que se
quejan....
—¡Señorita!—exclamó dolorosamente Julián—. ¡Eso es
contra la fe! No debemos creer en aparecidos ni en brujerías.
—¡Si yo no creo!—repuso la señorita riendo
nerviosamente—. ¿Usted se figura que soy como el ama, que dice que ha visto en
realidad la Compaña, con su procesión de luces allá a las altas
horas? En mi vida he dado crédito a paparruchas semejantes; por eso digo que
debo de estar enferma, cuando me persiguen visiones y vestiglos.... Lo que
siempre me porfía el señor de Juncal: fortalecerse, criar sangre.... Lástima
que la sangre no se compre en la tienda.... ¿no le parece a usted?
—O que... los sanos no se la podamos regalar a...
los que... la necesitan....
Dijo esto el presbítero titubeando, poniéndose
encendido hasta la nuca, porque su impulso primero había sido exclamar:
«Señorita Marcelina, aquí está mi sangre a la disposición de usted».
El silencio producido por arranque tan vivo duró
algunos segundos, durante los cuales ambos interlocutores miraron fijamente,
distraídos y ensimismados, el paisaje que se alcanzaba desde la ancha y honda
ventana fronteriza. Al pronto no lo vieron; luego su efecto sombrío les fue
entrando, mal de su grado, por los ojos hasta el alma. Eran las montañas
negras, duras, macizas en apariencia, bajo la oscurísima techumbre del cielo
tormentoso; era el valle alumbrado por las claridades pálidas de un angustiado
sol; era el grupo de castaños, inmóvil unas veces, otras violentamente sacudido
por la racha del ventarrón furioso y desencadenado.... A un mismo tiempo
exclamaron los dos, capellán y señorita:
—¡Qué día tan triste!
Julián reflexionaba en la rara coincidencia de los
terrores de Nucha y los suyos propios; y, pensando alto, prorrumpía:
—Señorita, también esta casa..., vamos, no es por
decir mal de ella, pero... es un poco miedosa. ¿No le parece?
Los ojos de Nucha se animaron, como si el capellán
le hubiese adivinado un sentimiento que no se atrevía a manifestar.
—Desde que ha venido el invierno—murmuró hablando
consigo misma—no sé qué tiene ni qué trazas saca... que no me parece la
misma.... Hasta las murallas se han vuelto más gordas y la piedra más
oscura.... Será una tontería, ¡ya sé que lo será!, pero no me atrevo a salir de
mi habitación, yo que antes revolvía todos los rincones y andaba por todas
partes.... Y no tengo remedio sino dar una vuelta por ella.... Necesito ver si
hay abajo, en el sótano, arcones para la ropa blanca.... Hágame el favor de
venir, Julián, ahora que la niña duerme.... Quiero quitarme de la cabeza estas
aprensiones y estas tontunas.
Intentó el capellán disuadirla: temía que se
cansase, que se enfriase al atravesar los salones, al bajar al claustro. La
señorita no dio más respuesta que dejar la labor, envolverse en su mantón y
echar a andar. Cruzaron a buen paso la fila de habitaciones extensas,
desamuebladas, casi vacías, donde las pisadas retumbaban sordamente. De tiempo
en tiempo, Nucha volvía la cabeza atrás a ver si la seguía su acompañante, y el
ademán de volverla revelaba alteración y zozobra. En la diestra columpiaba un
manojo de llaves. Salieron al claustro superior, y por una escalerilla muy
pendiente descendieron al inferior, cuyas arcadas eran de piedra.
Llegados al patín que cerraba el grave claustro,
Nucha señaló a un pilar que tenía incrustada una argolla de hierro, de la cual
colgaba aún un eslabón comido de orín.
—¿Sabe usted qué era esto?—murmuró con apagada voz.
—No sé—respondió Julián.
—Dice Pedro—explicó la señorita—que estuvo ahí la
cadena con que tenían sujeto sus abuelos a un negro esclavo.... ¿No parece
mentira que se hiciesen semejantes crueldades? ¡Qué tiempos tan malos, Julián!
—Señorita..., a don Máximo Juncal, que no piensa
más que en política, todo se le vuelve hablar de eso; pero mire usted, en cada
tiempo hay su legua de mal camino.... Bastantes barbaridades hacen hoy en día,
y la religión anda perdida desde estas grescas.
—Pero como aquí—observó Nucha, formulando
sencillamente una observación histórico-filosófica de bastante alcance—no ve
uno sino las atrocidades de los señores de otro tiempo..., parece que son las
únicas que le dan en qué pensar.... ¿Por qué serán tan malos cristianos los
hombres?—añadió entreabriendo los labios con cándido asombro.
El cielo se oscureció más en el momento de
expresarse así Nucha; un relámpago alumbró súbitamente las profundidades de las
arcadas del claustro y el rostro de la señorita, que adquirió a la luz verdosa
el aspecto trágico de una faz de imagen.
—¡Santa Bárbara bendita!—articuló piadosamente el
capellán, estremeciéndose—. Volvámonos arriba, señorita.... Está tronando. Como
este año no tuvimos cordonazo de San Francisco..., ya se ve, el
equinoccio no quiere pasar sin esto.... ¿Subimos?
—No—resolvió Nucha, empeñada en combatir sus
propios terrores—. Ésta es la puerta del sótano.... ¿Cuál será la llave?
La buscó algún tiempo en el manojo. Al introducirla
en la cerradura y empujar la puerta, otro relámpago bañó de claridad
fantasmagórica el sitio en que iba a penetrar; rodó el carro del trueno,
pausado al principio, después ronco y formidable, como una voz hinchada por la
cólera, y Nucha retrocedió con espanto.
—¿Qué sucede, señorita querida? ¿Qué sucede?—gritó
el capellán.
—¡Nada... nada!—tartamudeó la señora de Ulloa—. Se
me figuró al abrir que estaba ahí dentro un perro muy grande, sentado, y que se
levantaba y se me echaba para morderme.... ¿Si no los tendré cabales? Pues mire
usted que juraría haberlo visto.
—¡El dulce Nombre! No, señorita es que hace frío
aquí, es que truena, es que es una locura andar ahora revolviendo en los
sótanos.... Retírese usted; yo buscaré lo que haga falta.
—No—replicó Nucha con energía—. Ya me carga de
veras ser tan boba.... Quiero entrar antes, para que vea usted si comprendo
perfectamente que todas son necedades.... ¿Trae usted la cerilla?—gritó ya
desde dentro.
El capellán la encendió, y a su luz menos que
dudosa vieron el sótano, mejor dicho, entrevieron las paredes destilando
humedad; el confuso montón de objetos retirados allí por inservibles y
pudriéndose en los rincones; el conjunto de cosas informes y, por lo mismo,
temerosas y vagas. En la penumbra de aquel lugar casi subterráneo, en el
hacinamiento de vejestorios retirados por inservibles y entregados a las ratas,
la pata de una mesa parecía un brazo momificado, la esfera de un reloj era la
faz blanquecina de un muerto, y unas botas de montar carcomidas, asomando por
entre papeles y trapos, despertaban en la fantasía la idea de un hombre
asesinado y oculto allí. No obstante, Nucha, con paso resuelto, fue derecha al
caos húmedo y medroso, y, con la voz ahogada y conmovida de los que acaban de
obtener un gran triunfo sobre sí mismos, gritó:
—Aquí está el arcón.... Que me lo suban después....
Salió muy animada, satisfecha de su resolución,
vencedora en la lucha cuerpo a cuerpo con el caserón que la asustaba. Al subir
otra vez por la escalerilla, volvió a sobrecogerla el fragor de un trueno más
hondo, poderoso y cercano que los anteriores. ¡Era preciso encender la vela del
Santísimo y rezar el Trisagio!
Así lo hicieron al punto. La vela fue colocada
sobre la cómoda de Nucha: un cirio bastante largo aún, de cera color de
naranja, con muchas lágrimas y un pábilo que chisporroteaba y no acababa de
arder. Antes de arrodillarse, cerraron las maderas de la ventana, para evitar
que la ojeada fulgurante del relámpago les deslumbrase a cada minuto. Rugía con
creciente ira el viento, y la tronada se había situado sobre los Pazos,
oyéndose su estruendo lo mismo que si corriese por el tejado un escuadrón de
caballos a galope o si un gigante se entretuviese en arrastrar un peñasco y
llevarlo a tumbos por encima de las tejas. ¡Con cuánto fervor empezó el
capellán a guiar el Trisagio misterioso! Anonadándose ante la cólera divina,
cuya violencia sacudía y hacía retemblar a los Pazos como si fuesen una choza,
pronunciaba:
De la subitánea muerte del rayo y de la centella
libra este Trisagio, y sella a quien lo reza: y advierte....
Nucha, de repente, se incorporaba lanzando un
chillido, y corría al sofá, donde se reclinaba lanzando interrumpidas
carcajadas histéricas, que sonaban a llanto. Sus manos crispadas arrancaban los
corchetes de su traje, o comprimían sus sienes, o se clavaban en los
almohadones del sofá, arañándolos con furor.... Aunque tan inexperto, Julián
comprendió lo que ocurría: el espasmo inevitable, la explosión del terror
reprimido, el pago del alarde de valentía de la pobre Nucha....
—¡Filomena, Filomena! Aquí, mujer, aquí.... Agua,
vinagre..., el frasquito aquél.... ¿Dónde está el frasco que vino de la botica
de Cebre? Aflójele el vestido.... Ya me vuelvo de espaldas, mujer, no
necesitaba avisármelo.... Unos pañitos fríos en las sienes.... ¡Si truena, que
truene! Deje tronar.... Acuda a la señorita.... Déle aire con este papel aunque
sea.... ¿Ya está cubierta y floja? Se lo daré yo, poquito a poco.... Que
respire bien el vinagre...
Notóse días después alguna mejoría en el estado
general de la señora de Ulloa, con lo cual el capellán revivió y se le animó
también el marchito semblante. El marqués andaba en extremo distraído,
organizando una cazata a los lejanos montes de Castrodorna, más allá del río;
el tiempo se aseguraba; las noches eran de helada, claras y glaciales;
acercábase el plenilunio, y todo prometía feliz éxito. La víspera de la salida
al cazadero vinieron a dormir a los Pazos el notario de Cebre, el señorito de
Limioso, el cura de Boán, el de Naya, y un cazador furtivo, escopeta negra
infalible, conocida en el país por el alias de Bico de rato (hocico
de ratón), mote apropiadísimo a la color tiznada de su cara, donde giraban dos
ojuelos vivarachos. Llenóse la casa de ruido, de tilinteo de cascabeles, de
cadencia de uñas de perros sobre los pisos de madera, de voces sonoras y de
órdenes para tener en punto al amanecer todos los arreos de caza. La cena fue
regocijada y ruidosa: se bromeó, se contaron de antemano las perdices que
habían de sucumbir, se saborearon por adelantado las provisiones que se
llevaban al monte, y se remojó previamente el gaznate con jarros de un tinto
añejo que daba gloria. A la hora de los postres y del café, habiéndose retirado
Nucha, que por el ansia de su niña se recogía temprano, subieron de la cocina
Primitivo y el ratón, y los futuros compañeros de glorias y fatigas comenzaron
a fraternizar fumando y trincando a competencia. Era el momento más sabroso, el
verdadero instante de felicidad espiritual para un cazador de raza: era el
minuto de las anécdotas cinegéticas y, sobre todo, de los embustes.
Para éstos se establecía turno pacífico, pues nadie
renunciaba a soltar su correspondiente bola, y crecían en magnitud conforme se
enredaba la plática. Formaban círculo los cazadores, y a sus pies dormían
enroscados los perros, con un ojo cerrado y otro entreabierto y de párpado
convulso; a veces, cuando se aplacaban las risotadas y las frases chistosas, se
oía a los canes tocar la guitarra, espulgarse a toda orquesta,
ladrar por sueños, sacudir las orejas y suspirar con resignación. Nadie les
hacía caso.
El hocico de ratón tiene la palabra:
—¡Pueda que no me lo crean y es tan cierto como que
habemos de morir y la tierra nos ha de comer! Para más verdá fue un día de San
Silvestre....
—Andarían las brujas sueltas—interrumpió el cura de
Boán.
—Si eran meigas o era el trasno,
yo no lo sé: pero lo mismo que habemos de dar cuenta a Dios nuestro Señor de
nuestras auciones, me pasó lo que les voy a contar. Andaba yo tras
de una perdiz agachadito, agachadito y el ratón se agachaba en efecto,
siguiendo su inveterada costumbre de representar cuanto hablaba, porque no
llevaba perro ni diaño que lo valiese, y estaba, con perdón de las barbas
honradas que me escuchan, para montar a caballo de un vallado, cuando oigo
¡tras tris, tras tras!, ¡tipirí, tipirá!, el andar de una liebre; ¡más lista
venía... que las zantellas! Pues señor... viro la
cabeza mismo así..., ¡con perdón de las barbas!, con mi escopeta más agarrada
que la Bula..., y de repente, ¡pan!, me pasa una cosa del otro mundo por encima
de la cabeza, y me caigo del vallado abajo....
Explosión de preguntas, de risas, de protestas.
—¿Una cosa del otro mundo?
—¿Un ánima del Purgatorio?
—¿Pero él era persona o animal o qué mil rayos era?
—Abrir la puerta, que esta mentira no cabe en la
habitación.
—¡Así Dios me salve y me dé la gloria como es
verdad!—clamó el hocico de ratón, poniendo el semblante más compungido del
mundo—. ¡Era, con perdón, la descarada de la liebre, que brincó por riba de
mí y me tiró patas arriba!
La aclaración produjo verdadero delirio. Don
Eugenio, el abad de Naya, se abría literalmente de risa, apretándose las
caderas con ambas manos, quejándose y derramando lágrimas; el marqués de Ulloa
lanzaba carcajadas poderosas; hasta Primitivo modulaba una risa opaca y turbia.
El bueno del ratón no podía ya entreabrir los labios para hablar sin que la
hilaridad se desatase. En toda reunión de cazadores (gente amiga de bromas
pesadas) hay un bufón, un juglar, un gracioso obligado, y este papel
correspondía de derecho a la escopeta negra, que se prestaba a desempeñarlo de
bonísima gana. Acostumbrado a pasarse los días y las noches al sereno, en
espera de la liebre, del conejo o de la perdiz; hecho a apretarse la cintura
con una cuerda, a la manera de los salvajes, en las muchas ocasiones en que le
faltaba un mendrugo de pan que roer, el mísero ratoncillo era dichoso cuando le
tocaba cazar con gente de pro, de la que se lleva al cazadero botas henchidas
de lo añejo, lacones cocidos y cigarros; ufanábase cuando le
celebraban sus patrañas: las narraba cada día con mayor seriedad, convicción y
tono ingenuo, y a todas las chanzas respondía invocando a Dios y a los santos
de la corte celestial en apoyo de sus aseveraciones estrambóticas.
De pie, con las manos en los bolsillos del
pantalón, mapamundi de remiendos, y moviendo con risible rapidez nariz y boca,
que tenía de color de unto rancio, aguardaba a que le pidiesen algún nuevo
episodio tan verosímil como el de la liebre; pero ahora el turno le
correspondía a don Eugenio.
—¿Saben—decía medio llorando y salivando aún de
risa—un caso que pasó entre el canónigo Castrelo y un señor muy chistoso,
Ramírez de Orense?
—¡El canónigo Castrelo!—exclamaron el cura de Boán
y el marqués—. ¡Qué apunte! ¡De órdago! Ése las suelta... como la torre de la
Catedral.
—Pues verán, verán cómo encontró con la horma de su
zapato donde menos se lo pensaba. Era una noche en el Casino, y estaban jugando
al tresillo. Castrelo se puso, como de costumbre, a espetar cuentos de caza...,
¡mentira todos! Después de que se hartó, quiso encajar uno descomunal y dijo
así muy serio: «Sabrán ustedes que una mañana salí yo al monte, y entre unas
matas oí así... un ruido sospechoso. Me acerco muy despacito... el ruido
seguía, dale que tienes. Me acerco más..., y ya no me cabe duda de que hay allí
escondida una pieza. Armo, apunto, disparo..., ¡pum, pum! ¿Y qué creerán
ustedes que maté, señores?». Todo el mundo a nombrar animales diferentes: que
lobo, que zorro, que jabalí, y hasta hubo quien nombró a un oso.... Castrelo a
decir que no con la cabeza..., hasta que por último saltó: «Pues ni zorro, ni
lobo, ni jabalí.... Lo que maté era.... ¡un tigre de Bengala!».
—Hombre, don Eugenio.... ¡No fastidiar!—gritaron
unánimemente los cazadores—. ¿Había de atreverse Castrelo?... ¿Cómo no le
deshicieron el morro de una bofetada allí mismo?
Don Eugenio, no consiguiendo que le oyesen, hacía
con la mano señas de que faltaba lo mejor del cuento.
—¡Paciencia!—exclamó por fin—. Tengan paciencia,
que no se acabó. Pues, señor, ya ustedes comprenderán que en el Casino se armó
una gresca. Empezaron a insultar a Castrelo y a tratarlo de mentiroso en su
cara. Sólo el señor de Ramírez estaba muy formal, y apaciguaba a los
alborotadores. «No hay que asombrarse, no hay que asombrarse; yo les contaré a
ustedes una cosa que me pasó a mí cazando, que es más rara todavía que la del
señor de Castrelo». El canónigo empieza a escamarse y la gente a atender. «Sabrán
ustedes que una mañana salí yo al monte, y, entre unas matas, oí así... un
ruido sospechoso. Me acerco muy despacito.... El ruido seguía, dale que tienes.
Me acerco más.... Ya no me cabe duda de que hay allí escondida una pieza.
Armo..., apunto..., disparo.... ¡Pum, pum!... ¿Y qué creerá usted que maté,
señor canónigo?». «¿Cómo demonios lo he de saber? Sería... un león». «¡Ca!».
«Pues sería... un elefante». «¡Caaa!». «Sería... lo que usted guste, caramba».
«¡Una sota de bastos, señor de Castrelo! ¡Era una sota de bastos!».
Minutos de no entenderse. El ratón reía con una
especie de hipo agudo; el señorito de Limioso, ronca y gravemente; el cura de
Boán, no sabiendo cómo desahogar el regocijo, pateaba en el suelo y abofeteaba
a la mesa.
—¡Ey!—gritó don Eugenio—. Bico-de-rato,
¿no te has tropezado tú nunca con ningún tigre? Echa un vasito y cuéntanos si
te encontraste alguno por ahí, hom.
Atizóse el ratón su medio cuartillo; brilláronle
los ojuelos, limpió el labio con la bocamanga de la mugrienta chaqueta, y
declaró con acento sincero y candoroso:
—Lo que es trigues..., por estos montes
no debe de los haber, que si no, ya los tendría matados; pero les diré lo que
me pasó un día de la Virgen de Agosto....
—¿A las tres y diez minutos de la tarde?—preguntó
don Eugenio.
—No..., habían de ser las once de la mañana, y
puede que aún no las fuesen. ¡Pero créanme, como que esa luz nos está
alumbrando! Venía yo de tirar a las tórtolas en un sembrado, y me encontré a la
chiquilla del tío Pepe de Naya, que traía la vaca mismo cogida así y hacía
ademán de arrollarse una cuerda a la muñeca. «Buenos días». «Santos y buenos».
«¿Me da las rulas?». «¿Y qué me das por ellas, rapaza?». «No tengo
un ichavo triste». «Pues déjame mamar de la vaquiña, que rabio
de sed». «Mame luego, pero no lo chupe todo». Me arrodillo así el ratón medio
se hincó de hinojos ante el abad de Naya, y ordeñando en la palma de la mano,
con perdón, zampo la leche. ¡Qué fresca! «Vaya, rapaza.... ¡San Antón te guarde
la vaca!». Ando, ando, ando, ando, y al cuarto de legua de allí me entra un
sueño por todo el cuerpo..., como que me voy quedando tonto. ¡A escotar! Me
meto por el monte arriba, y llegando a donde hay unos tojos más altos que un
cristiano, me tumbo así (con perdón) y saco el sombrero, y lo dejo de esta manera
(reparen bien) sobre la yerba. Sueño fue, que hasta de allí a hora y media no
volví en mi acuerdo. Voy a apañar mi sombrero para largar.... Lo mismo que
todos nos habemos de morir y resucitar en la gloria del día del Juicio, me veo
debajo una culebra más gorda que mi brazo drecho..., ¡con perdón!
—¿Pero no que el izquierdo?—interrumpió don Eugenio
picarescamente.
—¡Muchísimo más gorda!—continuó el ratón
imperturbable—, y toda rollada, rollada, rollada, que cabía allí debajo..., ¡y
durmiendo como una santa de Dios!
—¿Pero roncar, no roncaba?
—La condenada acudía al olor de la leche..., y
valió que le dio idea de esconderse en el chapeo..., que las intenciones bien
se las conocí.... ¡eran de metérseme por la boca, con perdón de las barbas
honradas!
Aunque se armó gran algazara, la moderó algún tanto
el cura de Boán recordando las diversas ocasiones en que se oían contar casos
análogos: culebras que se encontraban en los establos mamando del pezón de las
vacas, otras que se deslizaban en la cuna de los niños para beberles la leche
en el estómago....
Asistía Julián a la velada, entretenido y contento,
porque la alegría y el humor de los cazadores le disipaba las ideas congojosas
de algunos días atrás, el miedo a la Sabia, a Primitivo, a los Pazos, los
lúgubres presentimientos acrecentados por la comunicación de los terrores
nerviosos de Nucha. Don Eugenio, viéndole animado, le porfiaba para que fuese a
hacerles una visita al cazadero; negábase Julián, pretextando la necesidad de
decir misa, de rezar las horas canónicas: en realidad, era que no quería dejar
enteramente sola a la señorita. Al cabo, tanto insistió don Eugenio, que hubo
de prometer, aplazando para el último día.
—No ha de haber nada de eso-exclamó el bullicioso
párroco—. Mañana por la mañanita nos lo llevamos con nosotros.... Se vuelve de
allá pasado mañana temprano.
Toda resistencia hubiera sido inútil, y más en tal
momento, cuando la jarana crecía y el vino menguaba en los jarros. Julián sabía
que aquella gente maleante y retozona era capaz de llevarlo por fuerza, si se
negaba a ir de grado.
Tuvo, pues, que salir al romper el alba, dando
diente con diente, caballero en la mansa pollinita, y siendo blanco de las
bromas de los cazadores, porque iba vestido de modo asaz impropio para la
ocasión, sin zamarra, ni polainas de cuero, ni sombrerazo, ni armas ofensivas o
defensivas de ninguna especie. El día asomaba despejado y magnífico: en las
hierbas resplandecían las cristalizaciones de la escarcha; la tierra se
estremecía de frío y humeaba levemente a la primera caricia del sol; el paso
animado y gimnástico de los cazadores resonaba militarmente sobre el terreno
endurecido por la helada.
Desde el cazadero, adonde llegaron a cosa de las
nueve, desparramáronse por el monte. Julián, no sabiendo qué hacer de su
persona, quedóse pegado a don Eugenio, y le vio realizar dos proezas
cinegéticas y meter en el morral dos pollitos de perdiz, tibios aún de la
recién arrancada vida. Es de advertir que don Eugenio no gozaba fama de diestro
tirador, por lo cual, al reunirse los cazadores a mediodía para comer en un
repuesto encinar, el párroco de Naya invocó el testimonio de Julián para que
asegurase que se las había visto tirar al vuelo.
—¿Y qué es tirar al vuelo, don Julián?—le
preguntaron todos.
Como el capellán se quedó parado al hacerle tan
insidiosa pregunta, ocurrióseles a los cazadores que sería cosa muy divertida
darle a Julián una escopeta y un perro y que intentase cazar algo. Quieras que
no quieras, fue preciso conformarse. Se le destinó el Chonito,
perdiguero infatigable, recastado, de hocico partido, el más ardiente y seguro
de cuantos canes iban allí.
—En cuanto vea que el perro se para—explicábale don
Eugenio al novel cazador, que apenas sabía por dónde coger el arma mortífera—,
se prepara usted y le anima para que entre..., y al salir las perdices, les
apunta y hace fuego cuando se tiendan.... Si es la cosa más fácil del mundo....
Chonito caminaba con la nariz pegada al suelo, sus
ijares se estremecían de impaciencia, de cuando en cuando se volvía para
cerciorarse de que le acompañaba el cazador. De pronto tomó el trote hacia un
matorral de u[r]ces, y repentinamente se quedó parado, en actitud escultural,
tenso e inmóvil como si lo hubiesen fundido en bronce para colocar en un
zócalo.
—¡Ahora!—exclamó el de Naya—. Eh, Julián, mándele
que entre....
—Entra, Chonito, entra—murmuró lánguidamente el
capellán.
El perro, sorprendido por el tono suave de la
orden, vaciló; por fin se lanzó entre las urces, y al punto mismo se oyó un
revoloteo, y el bando salió en todas direcciones.
—¡Ahora, condenado, ahora! ¡Ese tiro!—gritó don
Eugenio.
Julián apretó el gatillo.... Las aves volaron
raudamente y se perdieron de vista en un segundo. Chonito, confuso, miraba al
que había disparado, a la escopeta y al suelo: el hidalgo animal parecía
preguntar con los ojos dónde se encontraba la perdiz herida, para portarla.
Media hora después se repitió la escena, y el
desengaño de Chonito. Ni fue el último, porque más adelante, en un sembrado,
aún levantó el can un bando tan numeroso, tan próximo, y que salía tan a tiro,
que era casi imposible no tumbar dos o tres perdices
disparando a bulto. Otra vez hizo fuego Julián. El perdiguero ladraba de
entusiasmo y de gozo.... Mas ninguna perdiz cayó. Entonces Chonito, clavando en
el capellán una mirada casi humana, llena de desprecio, volvió grupas y se alejó
corriendo a todo correr, sin dignarse oír las imperativas voces con que lo
llamaban....
No hay cómo encarecer lo que se celebró este rasgo
de inteligencia a la hora de la cena. Se hizo chacota de Julián, y, en
penitencia de su torpeza, se le condenó a asistir inmediatamente, cansado y
todo, a la espera de las liebres.
La luna de aquella noche de diciembre semejaba
disco de plata bruñida colgado de una cúpula de cristal azul oscuro; el cielo
se ensanchaba y se elevaba por virtud de la serenidad y transparencia casi
boreales de la atmósfera.
Caía helada, y en el aire parecía que se cruzaban
millares de finísimas agujas, que apretaban las carnes y reconcentraban el
calor vital en el corazón. Pero para la liebre, vestida con su abrigado manto
de suave y tupido pelo, era noche de festín, noche de pacer los tiernos retoños
de los pinos, la fresca hierba impregnada de rocío, las aromáticas plantas de
la selva; y noche también de amor, noche de seguir a la tímida doncella de
luengas orejas y breve rabo, sorprenderla, conmoverla y arrastrarla a las sombrías
profundidades del pinar....
Tras de los pinos y matorrales se emboscaban en
noches así los cazadores. Tendidos boca abajo, cubierto con un papel el cañón
de la carabina a fin de que el olor de la pólvora no llegue a los finos órganos
olfativos de la liebre, aplican el oído al suelo, y así se pasan a veces horas
enteras. Sobre el piso endurecido por el hielo resuena claramente el trotecillo
irregular de la caza; entonces el cazador se estremece, se endereza, afianza en
tierra la rodilla, apoya la escopeta en el hombro derecho, inclina el rostro y
palpa nerviosamente el gatillo antes de apretarlo. A la claridad lunar divisa
por fin un monstruo de fantástico aspecto, pegando brincos prodigiosos,
apareciendo y desapareciendo como una visión: la alternativa de la oscuridad de
los árboles y de los rayos espectrales y oblicuos de la luna hace parecer
enorme a la inofensiva liebre, agiganta sus orejas, presta a sus saltos algo de
funambulesco y temeroso, a sus rápidos movimientos una velocidad que deslumbra.
Pero el cazador, con el dedo ya en el gatillo, se contiene y no dispara. Sabe
que el fantasma que acaba de cruzar al alcance de sus perdigones es la hembra,
la Dulcinea perseguida y recuestada por innumerables galanes en la época del
celo, a quien el pudor obliga a ocultarse de día en su gazapera, que sale de
noche, hambrienta y cansada, a descabezar cogollos de pino, y tras de la cual,
desalados y hechos almíbar, corren por lo menos tres o cuatro machos, deseosos
de románticas aventuras. Y si se deja pasar delante a la dama, ninguno de los nocturnos
rondadores se detendrá en su carrera loca, aunque oiga el tiro que corta la
vida de su rival, aunque tropiece en el camino su ensangrentado cadáver, aunque
el tufo de la pólvora le diga: «¡Al final de tu idilio está la muerte!».
No, no se pararán. Acaso el instinto de cobardía
propio de su raza les moverá a agazaparse breves minutos detrás de un arbusto o
de una peña; pero al primer imperceptible efluvio amoroso que les traiga la
cortante brisa; al primer hálito de la hembra que se destaque del olor de la
resina exhalado por los pinares, los fogosos perseguidores se lanzarán de nuevo
y con más brío, ciegos de amor, convulsos de deseo, y el cazador que los acecha
los irá tendiendo uno por uno a sus pies, sobre la hierba en que soñaron tener
lecho nupcial.
En el corazón de la tierna heredera de los Ulloas
tenía el capellán, desde hacía algún tiempo, un rival completamente feliz y
victorioso: Perucho.
Le bastó presentarse para triunfar. Entró un día en
la punta de los pies, y sin ser sentido fue arrimándose a la cuna. Nucha le
ofrecía de vez en cuando golosinas y calderilla, y el rapaz, como suele suceder
a las fieras domesticadas, contrajo excesiva familiaridad y apego, y costaba
trabajo echarle de allí, encontrándosele por todas partes, donde menos se
pensaba, a manera de gatito pequeño viciado en el mimo y la compañía.
Muchísimo le llamó la atención la chiquitina al
pronto. Ni los pollos nuevos cuando rompían el cascarón, ni los cachorros de la
Linda, ni los recentales de la vaca, consiguieron nunca fijar así las miradas
atónitas de Perucho. No podía él darse cuenta de cómo ni por dónde había venido
tan gran novedad; sobre este tema, se perdía en reflexiones. Rondaba la cuna
incesantemente, poniéndose en riesgo notorio de recibir algún pescozón del ama,
y, como no le expulsasen, se estaba buena pieza con el dedito en la boca,
absorto y embelesado, más parecido que nunca a los amorcillos de los jardines
que dicen con su actitud: «Silencio». Jamás se le había visto quieto tantas
horas seguidas. Así que la niña empezó a tener asomos de conciencia de la vida
exterior, dio claras muestras de que si ella le interesaba a Perucho, no le
importaba menos Perucho a ella. Ambos personajes reconocieron en seguida su
mutua importancia, y a este reconocimiento siguieron evidentes señales de
concordia y regocijo. Apenas veía la chiquilla a Perucho, brillaban sus
ojuelos, y de su boca entreabierta salía, unido a la cristalina y caliente baba
de la dentición, un amorosísimo gorjeo. Tendía ansiosamente las manos, y
Perucho, comprendiendo la orden, acercaba la cabeza cerrando los párpados; entonces
la pequeña saciaba su anhelo, tirando a su sabor del pelo ensortijado, metiendo
los dedos de punta por boca, orejas y nariz, todo acompañado del mismo gorjeo,
y entreverado con chillidos de alegría cuando, por ejemplo, acertaba con el
agujero de la oreja.
Pasados los dos o tres primeros meses de lactancia,
el genio de los niños se agria, y sus llantos y rabietas son frecuentes, porque
empiezan los fenómenos precursores de la dentición a molestarles. Cuando tal
sucedía a su niña, Nucha solía emplear con buen resultado el talismán de la
presencia de Perucho. Un día que el berrenchín no cesaba, fue preciso acudir a
expedientes más heroicos: sentar a Perucho en una silleta baja y ponerle en
brazos a la chiquitina. Él se estaba quieto, inmóvil, con los ojos muy abiertos
y fijos, sin osar respirar, tan hermoso, que daban ganas de comérselo. La
chiquita, sin transición, había pasado de la furia a la bonanza, y reía
abriendo un palmo de desdentada boca; reía con los labios, con el mirar, con
los pies bailarines, que descargaban pataditas menudas en el muslo de Perucho.
No se atrevía el rapaz ni a volver la cabeza, de puro encantado.
A medida que la chiquilla atendía más, Perucho se
ingeniaba en traerle juguetes inventados por él, que la divertían infinito. No
se sabe lo que aquel galopín discurría para encontrar a cada paso cosas nuevas,
ya fuesen flores, ya pajaritos vivos, ya ballestas de caña, ya todo género de
porquerías, que era lo que más entusiasmaba a la pequeña. Presentábase a lo
mejor con una rana atada por una pata, perneando en grotescas contorsiones, o
llegaba ufanísimo con un ratón acabadito de nacer, tan chico y asustado, que
daba lástima. Tenía aquel cachidiablo la especialidad de los juguetes animados.
En su pucho roto y agujereado almacenaba lagartijas, mariposas
y mariquitas de Dios; en sus bolsillos y seno, nidos, frutos y
gusanos. La señorita le tiraba bondadosamente de las orejas.
—Como vuelvas a traer aquí tales ascos..., verás,
verás. Te he de colgar de la chimenea como a los chorizos, para que te ahúmes.
Julián transigía con estas intimidades, mientras no
sorprendió el secreto de otras harto menos inocentes. Desde que madrugando
había visto a Sabel salir del cuarto de don Pedro, dábale un vuelco la sangre
cada vez que tropezaba al chiquillo y notaba el afecto con que lo trataba Nucha
a veces.
Cierto día entró el capellán en la habitación de la
señorita y encontró un inesperado espectáculo. En el centro de la cámara
humeaba un colosal barreñón de loza, lleno de agua templada, y estrechamente
abrazados y en cueros, el chiquillo sosteniendo en brazos a la niña, estaban
Perucho y la heredera de Ulloa en el baño. Nucha, en cuclillas, vigilaba el
grupo.
—No hubo otro medio de reducirla a bañarse—exclamó
al advertir la admiración de Julián—; y como don Máximo dice que el baño le
conviene....
—No me pasmo yo de ella—respondió el capellán—,
sino de él, que le teme más al agua que al fuego.
—A trueque de estar con la nena—replicó Nucha—, se
deja él bañar aunque sea en pez hirviendo. Ahí los tiene usted en sus glorias.
¿No parecen un par de hermanitos?
Al pronunciar sin intención la frase, Nucha, desde
el suelo, alzaba la mirada hacia Julián. La descomposición de la cara de éste
fue tan instantánea, tan reveladora, tan elocuente, tan profunda, que la señora
de Moscoso, apoyándose en una mano, se irguió de pronto, quedándose en pie
frente a él. En aquel rostro consumido por la larga enfermedad, y bajo cuya
piel fina se traslucía la ramificación venosa; en aquellos ojos vagos, de ancha
pupila y córnea húmeda, cercados de azulada ojera, vio Julián encenderse y
fulgurar tras las negras pestañas una luz horrible, donde ardían la certeza, el
asombro y el espanto. Calló. No tuvo ánimos para pronunciar una sola frase, ni
disimulo para componer sus facciones alteradas.
La niña, en el tibio bienestar del baño, sonreía, y
Perucho, sosteniéndola por los sobacos, hablándola con tierna algarabía de
diminutivos cariñosos, la columpiaba en el líquido transparente, le abría los
muslos para que recibiese en todas partes la frescura del agua, imitando con
religioso esmero lo que había visto practicar a Nucha. Ocurría la escena en un
salón de los más chicos de la casa, dividido en dos por descomunal y
maltratadísimo biombo del siglo pasado, pintado harto fantásticamente con paisajes
inverosímiles: árboles picudos en fila que parecían lechugas, montañas
semejantes a quesos de San Simón, nubarrones de hechura de panecillos, y casas
con techo colorado, dos ventanas y una puerta, siempre de frente al espectador.
Ocultaba el biombo la cama de Nucha, de copete dorado y columnas salomónicas, y
la cunita de la niña. Inmóvil por espacio de algunos segundos, la señorita
recobró de improviso la acción. Se inclinó hacia el barreño y arrancó de golpe
a su hija de brazos de Perucho.
La criatura, sorprendida y asustada por el brusco
movimiento, interrumpida en su diversión, rompió en llanto desconsolado y
repentino; y su madre, sin hacerle caso, entró corriendo tras el biombo, la
echó en la cuna, y medio la arropó, volviendo a salir inmediatamente. Aún
permanecía Perucho en el agua, asaz asombrado; la señorita le asió de los
hombros, del pelo, de todas partes, y empujándole cruelmente, desnudo como
estaba, le persiguió por el salón hasta expulsarle a empellones.
—¡Largo de aquí!—decía más pálida que nunca y con
los ojos llameantes—. ¡Que no te vea yo entrar!... Como vuelvas te azoto,
¿entiendes?, ¡te azoto!
Pasó tras el biombo otra vez, y Julián la siguió
aturdido, sin saber lo que le sucedía. Con la cabeza baja, los labios
temblones, la señora de Moscoso arreglaba, sin disimular el desatiento de las
manos, los pañales de su hija, cuyo llorar tenía ya inflexiones de pena como de
persona mayor.
—Llame usted al ama—ordenó secamente Nucha.
Corrió Julián a obedecer. A la puerta del salón le
cerraba el paso una cosa tendida en el suelo; alzó el pie; era Perucho, en
cueros, acurrucado. No se le oía el llanto: veíase únicamente el brillo de los
gruesos lagrimones, y el vaivén del acongojado pecho. Compadecido el capellán,
levantó a la criatura. Sus carnes, mojadas aún, estaban amoratadas y yertas.
—Ven por tu ropa—le dijo—. Llévala a tu madre para
que te vista. Calla.
Insensible como un espartano al mal físico, Perucho
sólo pensaba en la injusticia cometida con él.
—No hacía mal...—balbució, ahogándose—.
No-ha-cí—a-mal... ningu... no....
Volvió Julián con el ama, pero la criatura tardó
bastante en consolarse al pecho. Ponía la boquita en el pezón, y de repente
torcía la cara, hacía pucheros, iniciaba un llanto quejumbroso. Nucha, con
andar automático, salió del retrete formado por el biombo y se acercó a la
ventana, haciendo seña a Julián de que la siguiese. Y, demudados ambos, se
contemplaron algunos minutos silenciosamente, ella preguntando con imperiosa
ojeada, él resuelto ya a engañar, a mentir. Hay problemas que sólo lo son
planteados a sangre fría; en momentos de apuro, los resuelve el instinto con
seguridad maravillosa. Julián estaba determinado a faltar a la verdad sin
escrúpulos.
Al cabo Nucha pronunció con sordo acento:
—No crea que es la primera vez que se me ocurre que
ese... chiquillo es... hijo de mi marido. Lo he pensado ya; sólo que fue como
un relámpago, de esas cosas que desecha uno apenas las concibe. Ahora ya... ya
estamos en otro caso. Sólo con ver su cara de usted....
—¡Jesús!, ¡señorita Marcelina! ¿Qué tiene que ver
mi cara?... No se acalore, le ruego que no se acalore.... ¡Por fuerza esto es
cosa del demonio! ¡Jesús mil veces!
—No, no me acaloro-exclamó ella, respirando fuerte
y pasándose por la frente la palma extendida.
—¡Válgame Dios! Señorita, a usted le va mal. Se le
ha vuelto un color.... Estoy viendo que le da el ataque. ¿Quiere la
cucharadita?
—No, no y no; esto no es nada: un poco de ahogo en
la garganta. Esto lo... noto muchas veces; es como una bola que se me forma
allí.... Al mismo tiempo parece que me barrenan la sien.... Al caso, al caso.
Decláreme usted lo que sabe. No calle nada.
—Señorita...—Julián resolvió entonces, en su
interior, apelar a eso que llaman subterfugio jesuítico, y no es sino natural
recurso de cuantos, detestando la mentira, se ven compelidos a temer la
verdad—. Señorita.... Reniego de mi cara. ¡Lo que se le ha ido a ocurrir! Yo no
pensaba en semejante cosa. No, señora, no.
La esposa hincó más sus ojos en los del capellán e
hizo dos o tres interrogaciones concretas, terminantes. Aquí del jesuitismo,
mejor dicho, de la verdad cogida por donde no pincha ni corta.
—Me puede creer; ya ve que no había de tener gusto
en decir una cosa por otra: no sé de quién es el chiquillo. Nadie lo sabe de
cierto. Parece natural que sea del querido de la muchacha.
—¿Usted está seguro de que tiene... querido?
—Como de que ahora es de día.
—¿Y de que el querido es un mozo aldeano?
—Sí señora: un rapaz guapo por cierto; el que toca
la gaita en las fiestas de Naya y en todas partes. Le he visto venir aquí mil
veces, el año pasado, y... andaban juntos. Es más: me consta que trataban de
sacar los papeles para casarse. Sí señora: me consta. Ya ve usted que....
Nucha respiró de nuevo, llevándose la diestra a la
garganta, que sin duda le oprimía el consabido ahogo. Sus facciones se
serenaron un tanto, sin recobrar su habitual compostura y apacibilidad
encantadora: persistía la arruga en el entrecejo, el extravío en el mirar.
—¡Mi niña...—articuló en voz baja—, mi niña
abrazada con él! Aunque usted diga y jure y perjure.... Julián, esto hay que
remediarlo. ¿Cómo voy a vivir de esta manera? ¡Ya me debía usted avisar antes!
Si el chiquillo y la mujer no salen de aquí, yo me volveré loca. Estoy enferma;
estas cosas me hacen daño..., daño.
Sonrió con amargura y añadió:
—Tengo poca suerte.... No he hecho mal a nadie, me
he casado a gusto de papá, y mire usted ¡cómo se me arreglan las cosas!
—Señorita....
—No me engañe usted también recalcó el también.
Usted se ha criado en mi casa, Julián, y para mí es usted como de la familia.
Aquí no cuento con otro amigo. Aconséjeme.
—Señorita—exclamó el capellán con fuego—, quisiera
librarla de todos los disgustos que pueda tener en el mundo, aunque me costase
sangre de las venas.
—O esa mujer se casa y se va—pronunció Nucha—,
o....
Interrumpió aquí la frase. Hay momentos críticos en
que la mente acaricia dos o tres soluciones violentísimas, extremas, y la
lengua, más cobarde, no se atreve a formularlas.
—Pero, señorita Marcelina, no se mate así—porfió
Julián—. Son figuraciones, señorita, figuraciones.
Ella le tomó las manos entre las suyas, que ardían.
—Dígale usted a mi marido que la eche, Julián. ¡Por
amor de Dios y su madre santísima!
El contacto de aquellas palmas febriles, la
súplica, turbaron al capellán de un modo inexplicable, y sin reflexionar
exclamó:
—¡Tantas veces se lo he dicho!
—¡Ve usted!—repuso ella, sacudiendo la cabeza y
cruzando las manos.
Enmudecieron. En la campiña se oía el ronco
graznido de los cuervos; tras el biombo, la niña lloriqueaba, inconsolable.
Nucha se estremeció dos o tres veces. Por último articuló dando con los
nudillos en los vidrios de la ventana:
—Entonces seré yo....
El capellán murmuró como si rezase:
—Señorita.... Por Dios.... No se revuelva la
cabeza.... Déjese de eso....
La señora de Moscoso cerró los ojos y apoyó la faz
en los vidrios de la ventana. Procuraba contenerse: la energía y serenidad de
su carácter querían salir a flote en tan deshecha tempestad. Pero agitaba sus
hombros un temblor, que delataba la tiranía del sistema nervioso sobre su
debilitado organismo. El temblor, por fin, fue disminuyendo y cesando.... Nucha
se volvió, con los ojos secos y los nervios domados ya.
Poco después sufrió una metamorfosis el vivir
entumecido y soñoliento de los Pazos. Entró allí cierta hechicera más poderosa
que la señora María la Sabia: la política, si tal nombre merece el enredijo de
intrigas y miserias que en las aldeas lo recibe. Por todas partes cubre el
manto de la política intereses egoístas y bastardos, apostasías y vilezas;
pero, al menos, en las capitales populosas, la superficie, el aspecto, y a
veces los empeños de la lid, presentan carácter de grandiosidad. Ennoblece la lucha
la magnitud del palenque; asciende a ambición la codicia, y el fin material se
sacrifica, en ocasiones, al fin ideal de la victoria por la victoria. En el
campo, ni aun por hipocresía o histrionismo se aparenta el menor propósito
elevado y general. Las ideas no entran en juego, sino solamente las personas, y
en el terreno más mezquino: rencores, odios, rencillas, lucro miserable,
vanidad microbiológica. Un combate naval en una charca.
Forzoso es reconocer, no obstante, que en la época
de la revolución, la exaltación política, la fe en las teorías llevada al
fanatismo, lograba infiltrarse doquiera, saneando con ráfagas de huracán el
mefítico ambiente de las intrigas cuotidianas en las aldeas. Vivía entonces
España pendiente de una discusión de Cortes, de un grito que se daba aquí o
acullá, en los talleres de un arsenal o en los vericuetos de una montaña; y
cada quince días o cada mes, se agitaban, se debatían, se querían resolver definitivamente
cuestiones hondas, problemas que el legislador, el estadista y el sociólogo
necesitan madurar lentamente, meditar quizás años enteros antes de
descifrarlos, y que una multitud en revolución decide en pocas horas, mediante
una acalorada discusión parlamentaria, o una manifestación clamorosa y
callejera. Entre el almuerzo y la comida se reformaba, se innovaba una
sociedad; fumando un cigarro se descubrían nuevos principios, y en el fondo de
la vorágine batallaban las dos grandes soluciones de raza, ambas fuertes porque
se apoyaban en algo secular, lentamente sazonado al calor de
la historia: la monarquía absoluta y la constitucional, por entonces disfrazada
de monarquía democrática.
La conmoción del choque llegaba a todos lados, sin
exceptuar las fieras montañas que cercaban a los Pazos de Ulloa. También allí
se politiqueaba. En las tabernas de Cebre, el día de la feria, se oía hablar de
libertad de cultos, de derechos individuales, de abolición de quintas, de
federación, de plebiscito-pronunciación no garantizada, por supuesto—. Los
curas, al terminar las funciones, entierros y misas solemnes, se demoraban en
el atrio, discutiendo con calor algunos síntomas recientes y elocuentísimos, la
primer salida de aquellos famosos cuatro sacristanes, y otras
menudencias. El señorito de Limioso, tradicionalista inveterado, como su padre
y abuelo, había hecho dos o tres misteriosas excursiones hacia la parte del
Miño, cruzando la frontera de Portugal, y susurrábase que celebraba entrevistas
en Tuy con ciertos pájaros; afirmábase también que las señoritas de Molende
estaban ocupadísimas construyendo cartucheras y no sé qué más arreos bélicos, y
a cada paso recibían secretos avisos de que se iba a practicar un registro en
su casa.
Sin embargo, los entendidos y prácticos en la
materia comprendían que cualquier intentona a mano armada en territorio gallego
se quedaría en agua de cerrajas, y que por más rumores que corriesen acerca de
armamentos y organización en Portugal, venidas de tropa, nombramientos de
oficialidad, etc., la verdadera batalla que allí se librase no sería en los
campos, sino en las urnas; no por eso más incruenta. Gobernaban a la sazón el
país los dos formidables caciques, abogado el uno y secretario el otro del ayuntamiento
de Cebre; esta villita y su región comarcana temblaban bajo el poder de
entrambos. Antagonistas perpetuos, su lucha, como la de los dictadores romanos,
no debía terminarse sino con la pérdida y muerte del uno. Escribir la crónica
de sus hazañas, de sus venganzas, de sus manejos, fuera cuento de nunca acabar.
Para que nadie piense que sus proezas eran cosa de risa, importa advertir que
algunas de las cruces que encontraba el viajante por los senderos, algún techo
carbonizado, algún hombre sepultado en presidio para toda su vida, podían dar
razón de tan encarnizado antagonismo.
Conviene saber que ninguno de los dos adversarios
tenía ideas políticas, dándoseles un bledo de cuanto entonces se debatía en
España; mas, por necesidad estratégica, representaba y encarnaba cada cual una
tendencia y un partido: Barbacana, moderado antes de la Revolución, se
declaraba ahora carlista; Trampeta, unionista bajo O'Donnell, avanzaba hacia el
último confín del liberalismo vencedor.
Barbacana era más grave, más autoritario, más
obstinado e implacable en la venganza personal, más certero en asestar el
golpe, más ávido e hipócrita, encubriendo mejor sus alevosas trazas para
desmantecar al desventurado colono; era además hombre que prefería servirse de
medios legales y manejar el código, diciendo que no hay tan seguro modo de
acabar con un enemigo como empapelarlo: si no guarnecían tantas cruces los
caminos por culpa de Barbacana, las cárceles hediondas del distrito antaño, y
hogaño las murallas de Ceuta y Melilla, podían revelar hasta dónde se extendía
su influencia. En cambio Trampeta, si justificando su apodo no desdeñaba los
enredos jurídicos, solía proceder con más precipitación y violencia que
Barbacana, asegurando la retirada menos hábilmente; así es que su adversario le
tuvo varias veces cogido entre puertas, y por punto no le aniquiló. Trampeta
poseía en desquite gran fertilidad de ingenio, suma audacia, expedientes
impensados con que salir de los más graves compromisos. Barbacana servía mejor
para preparar desde su habitación una emboscada, hurtando el cuerpo después;
Trampeta, para ejecutarla en persona y con fortuna. La comarca aborrecía a
entrambos, pero Barbacana inspiraba más terror por su genio sombrío. En aquella
ocasión Trampeta, encargado de representar las ideas dominantes y oficiales, se
creía seguro de la impunidad, aunque quemase a medio Cebre y apalease,
encausase y embargase al otro medio. Barbacana, con la superioridad de su
inteligencia, y aun de su instrucción, comprendía dos cosas: primera, que se
había arrimado a pared más sólida, a gente que no desampara a sus amigos;
segunda, que cuando se le antojase pasarse con armas y bagajes al campo
opuesto, conseguiría siempre hundir a Trampeta. Ya había tirado sus líneas para
el caso próximo de la elección de diputados.
Trampeta, con actividad vertiginosa, hacía
la cama al candidato del gobierno. Muy a menudo iba a la capital de
provincia, a conferenciar con el gobernador. En tales ocasiones, el secretario,
calculando que hombre prevenido vale por dos, ni olvidaba las pistolas, ni
omitía hacerse escoltar por sus seides más resueltos, pues no ignoraba que
Barbacana tenía a sus órdenes mozos de pelo en pecho, verbigracia el temible
Tuerto de Castrodorna. Cada viaje era una viña para el bueno del secretario, y
muy beneficioso para los suyos: poco a poco las hechuras de Barbacana iban
cayendo, y estancos, alguacilatos, guardianía de la cárcel, peones camineros,
toda la plantilla oficial de Cebre, quedando a gusto de Trampeta. Sólo no pudo
meterle el diente al juez, protegido en altas regiones por un pariente de la
señora jueza, persona de viso. Obtuvo también que se hiciese la vista gorda en
muchas cosas, que se cerrasen los ojos en otras, y que respecto a algunas
sobreviniese ceguera total; y con esto y con las facultades latas de que se
hallaba investido, declaró, puesta la mano en el pecho, que respondía de la
elección de Cebre.
Durante este periodo, Barbacana se hacía el muerto,
limitándose a apoyar débilmente, como por compromiso, al candidato propuesto
por la Junta carlista orensana, y recomendado por el Arcipreste de Loiro y los
curas más activos, como el de Boán, el de Naya, el de Ulloa. Bien se dejaba
comprender que Barbacana no tenía fe en el éxito. El candidato era una
excelente persona de Orense, instruido, consecuentísimo tradicionalista, pero
sin arraigo en el país y con fama de poca malicia política. Sus mismos correligionarios
no estaban a bien con él, por conceptuarle más hombre de bufete que de acción e
intriga.
Así las cosas, empezó a notarse que Primitivo, el
montero mayor de los Pazos, venía a Cebre muy a menudo; y como allí se repara
todo, se observó también que, además de las acostumbradas estaciones en las
tabernas, Primitivo se pasaba largas horas en casa de Barbacana. Éste vivía
casi bloqueado en su domicilio, porque Trampeta, envalentonado con la
embriaguez del poder, profería amenazas, asegurando que Barbacana recibiría su
pago en una corredoira (camino hondo). No obstante, el abogado
se arriesgó a salir en compañía de Primitivo, y viéronse ir y venir curas
influyentes y caciques subalternos, muchos de los cuales fueron también a los
Pazos: unos a comer, otros por la tarde. Y como no hay secreto bien guardado
entre tres, y menos entre tres docenas, el país y el gobierno supieron pronto
la gran noticia: el candidato de la Junta se retiraba de buen grado, y en su
lugar Barbacana apoyaba, con el nombre de independiente, a don Pedro Moscoso,
conocido por marqués de Ulloa.
Desde que se enteró del complot, Trampeta pareció
atacado del baile de San Vito. Menudeó viajes a la capital: eran de oír sus
explicaciones y comentarios en el despacho del gobernador.
—Todo lo arma—decía él—ese cerdo cebado del
Arcipreste, unido al faccioso del cura de Boán e instigando al usurero del
mayordomo de los Pazos, el cual a su vez mete en danza al malcriado del
señorito, que está enredado con su hija. ¡Vaya un candidato!—exclamaba
frenético—, ¡vaya un candidato que los neos escogen! ¡Siquiera el otro era
persona honrada! Y alzaba mucho la voz al llegar a esto de la honradez.
Viendo el gobernador que el cacique perdía
absolutamente la sangre fría, comprendió que el negocio andaba mal parado, y le
preguntó severamente:
—¿No ha respondido usted de la elección, con
cualquier candidato que se presentase?
—Sí señor, sí señor...—repuso apresuradamente
Trampeta—. Sino que considérese: ¿quién contaba con semejante cosa del otro
mundo?
Atropellándose al hablar, de pura rabia y despecho,
insistió en que nadie imaginaría que el marqués de Ulloa, un señorito que sólo
pensaba en cazar, se echase a político; que, a pesar de la gran influencia de
la casa y de ejercer su nombre bastante prestigio entre los paisanos, la
aristocracia montañesa y los curas, la tentativa importaría un comino si no la
hubiese tomado de su cuenta Barbacana y no le ayudase un poderoso cacique
subalterno, que antes fluctuaba entre el partido de Barbacana y el de Trampeta,
pero en esta ocasión se había decidido, y era el mismo mayordomo de los Pazos,
hombre resuelto y sutil como un zorro, que disponía de numerosos votos seguros,
pues muchísima gente le debía cuartos que tenía esquilmada la casa de Ulloa a
cuyas expensas se enriquecía con disimulo y que este solemne bribón, al arrimo
del gran encausador Barbacana, se alzaría con el distrito, si no se llevaba el
asunto a rajatabla y sin contemplaciones.
Quien conozca poco o mucho el mecanismo electoral
no dudará que el gobernador hizo jugar el telégrafo para que sin pérdida de
tiempo, y por más influencias que se atravesasen, fuese removido el juez de
Cebre y las pocas hechuras de Barbacana que en el distrito restaban ya. Deseaba
el gobernador triunfar en Cebre sin apelar a recursos extraordinarios y
arbitrariedades de monta, pues sabía que, si no era probable que jamás se
levantasen allí partidas, en cambio la sangre humana manchaba a menudo mesas y
urnas electorales; pero la nueva combinación le obligaba a no reparar en medios
y conferir al insigne Trampeta poderes ilimitados....
Mientras el secretario se prevenía, el abogado no
se dormía en las pajas. La aceptación del señorito, al pronto, le había vuelto
loco de contento. No tenía don Pedro ideas políticas, aun cuando se inclinaba
al absolutismo, creyendo inocentemente que con él vendría el restablecimiento
de cosas que lisonjeaban su orgullo de raza, como por ejemplo, los vínculos y
mayorazgos; fuera de esto, inclinábase al escepticismo indiferente de los
labriegos, y era incapaz de soñar, como el caballeresco hidalgo de Limioso, en
la quijotada de entrar por la frontera del Miño a la cabeza de doscientos
hombres. Mas a falta de pasión política, le impulsó a aceptar la diputación su
vanidad. Él era la primera persona del país, la más importante, la de origen
más ilustre: su familia, desde tiempo inmemorial, figuraba al frente de la
nobleza comarcana; en esto hizo hincapié el Arcipreste de Loiro para
convencerle de que le correspondía la representación del distrito. Primitivo no
desarrolló mucha elocuencia para apoyar la demostración del Arcipreste:
limitóse a decir, empleando un expresivo plural y cerrando el puño:
—Tenemos al país así.
Desde que corrió la noticia comenzó el señorito a
sentirse halagado por la especie de pleito-homenaje que se presentaron a
rendirle infinidad de personas, todo el señorío de los contornos, el clero casi
unánime, y los muchos adictos y partidarios de Barbacana, capitaneados por este
mismo. A don Pedro se le ensanchaba el pulmón. Bien entendía que Primitivo
estaba entre bastidores; pero al fin y al cabo, el incensado era él. Mostró
aquellos días gran cordialidad y humor excelente y campechano. Hizo caricias a
su hija y ordenó se le pusiese un traje nuevo, con bordados, para que la viesen
así las señoritas de Molende, que se proponían no contribuir con menos de cien
votos al triunfo del representante de la aristocracia montañesa. Él
también—porque los candidatos noveles tienen su época de cortejos en que rondan
la diputación como se ronda a las muchachas, y se afeitan con esmero y tratan
de lucir sus prendas físicas—cuidó algo más de su persona, lamentablemente
desatendida desde el regreso a los Pazos, y como estaba entonces en el apogeo
de su belleza, más bien masculina que varonil, las muñidoras electorales se
ufanaban de enviar tan guapo mozo al Congreso. Por entonces, la pasión política
sacaba partido hasta de la estatura, del color del pelo, de la edad.
Desde que empezó a hervir la olla, hubo en los
Pazos mesa franca: se veía correr a Filomena y a Sabel por los salones
adelante, llevando y trayendo bandejas con tostado jerez y bizcochos; oíase el
retintín de las cucharillas en las tazas de café y el choque de los vasos.
Abajo, en la cocina, Primitivo obsequiaba a sus gentes con vino del Borde y
tarterones de bacalao, grandes fuentes de berzas y cerdo. A menudo se juntaban
ambas mesas, la de abajo y la de arriba, y se discutía, y se reía y se contaban
cuentos subidos de color, y se despellejaba a azadonazos—porque no cabe nombrar
el escalpelo—a Trampeta y a los de su bando, removiendo entre risotadas,
cigarros e interjecciones, el inmenso detritus de trampas mayores y menores en
que descansaba la fortuna del secretario de Cebre.
—De esta vez—decía el cura de Boán, viejo terne y
firme, que echaba fuego por los ojos y gozaba fama del mejor cazador del
distrito después de Primitivo—, de esta vez los fastidiamos, ¡quoniam!
Nucha no asistía a las sesiones del comité. Se
presentaba únicamente cuando las visitas eran tales que lo requerían; atendía a
suministrar las cosas indispensables para el perenne festín, pero huía de él.
Tampoco Julián bajaba sino rara vez a las asambleas, y en ellas apenas descosía
los labios, mereciendo por esto que el cura de Ulloa se ratificase en su
opinión de que los capellanes atildados no sirven para nada de provecho. No
obstante, apenas averiguó el comité que Julián tenía bonita letra cursiva, y ortografía
asaz correcta, se echó mano de él para misivas de compromiso. Además, le cayó
otra ocupación.
Sucedió que el Arcipreste de Loiro, que había
conocido y tratado mucho a la señora doña Micaela, madre de don Pedro, quiso
ver otra vez toda la casa, y también la capilla, donde algunas veces había
dicho misa en vida de la difunta, que esté en gloria. Don Pedro se la mostró de
mala gana, y el Arcipreste se escandalizó al entrar. Estaba la capilla casi a
tejavana: la lluvia corría por el retablo abajo; las vestiduras de las imágenes
parecían harapos; todo respiraba el mayor abandono, el frío y tristeza especial
de las iglesias descuidadas. Julián ya se encontraba cansado de soltar
indirectas al marqués sobre el estado lastimoso de la capilla, sin obtener
resultado alguno; mas el asombro y las lamentaciones del Arcipreste arañaron en
la vanidad del señor de Ulloa, y consideró que sería de buen efecto, en
momentos tales, lavarle la cara, repararla un poco. Se retejó con bastante
celeridad, y con la misma un pintor, pedido a Orense, pintó y doró el retablo y
los altares laterales, de suerte que la capilla parecía otra, y don Pedro la
enseñaba con orgullo a los curas, a los señoritos, a la caciquería
barbacanesca. Sólo faltaba ya trajear decentemente a los santos y recoser
ornatos y mantelillos. De esta faena se encargó Nucha, bajo la dirección de
Julián. Con tal motivo, refugiados en la capilla solitaria, no llegaba hasta
ellos el barullo del club electoral. Entre el capellán y la señorita desnudaban
a San Pedro, peinaban los rizos de la Purísima, ribeteaban el sayal de San
Antón, fregoteaban la aureola del Niño Jesús. Hasta la boeta de las ánimas del
Purgatorio fue cuidadosamente lavada y barnizada de nuevo, y las ánimas en
pelota, larguiruchas, acongojadas, rodeadas de llamas de almazarrón, salieron a
luz en toda su edificante fealdad. Era semejante ocupación dulcísima para
Julián: corrían las horas sin sentir en el callado recinto, que olía a pintura
fresca y a espadaña traída por Nucha para adornar los altares; mientras armaba
en un tallo de alambre una hoja de papel plateado o pasaba un paño húmedo por
el vidrio de una urna, no necesitaba hablar: satisfacción interior y apacible
le llenaba el alma. A veces Nucha no hacía más que mandar la maniobra, sentada
en una silleta baja con su niña en brazos (no quería apartarla de sí un
instante). Julián trabajaba por dos: tenía una escala y se encaramaba a lo más
alto del retablo. No se atrevía a preguntar nada acerca de asuntos íntimos, ni
a averiguar si la señorita había tenido con su esposo conversación decisiva
respecto a Sabel; pero notaba el aire abatido, las denegridas ojeras, el
frecuente suspirar de la esposa, y sacaba de estos indicios la natural
consecuencia. Otros síntomas percibió que le acaloraron la fantasía, dándole no
poco en qué cavilar. Nucha mostraba vehemente exaltación del cariño maternal de
algún tiempo a esta parte. Apenas se separaba de la chiquita cuando,
desasosegada e inquieta, salía a buscarla a ver qué le sucedía. En una ocasión,
no encontrándola donde presumía, comenzó a exhalar gritos desgarradores,
exclamando: «¡Me la roban!, ¡me la roban!». Por fortuna, el ama se acercaba ya
trayendo a la pequeña en brazos. A veces la besaba con tal frenesí, que la
criatura rompía en llanto. Otras se quedaba embelesada mirándola con dulce e
inefable sonrisa, y entonces Julián recordaba siempre las imágenes de la Virgen
Madre, atónita de su milagrosa maternidad. Mas los instantes de amor tranquilo
eran breves, y continuos los de sobresalto y dolorosa ternura. No consentía a
Perucho acercarse por allí. Su fisonomía se alteraba al divisar el niño; y
éste, arrastrándose por el suelo, olvidando sus travesuras diabólicas, sus
latrocinios, su afición al establo, se emboscaba a la entrada de la capilla
para ver salir a la nena y hacerle mil garatusas, que ella pagaba con risas de
querubín, con júbilo desatinado, con el impulso de todo su cuerpecillo proyectado
hacia adelante, impaciente por lanzarse de brazos del ama a los de Perucho.
Un día notó Julián en Nucha algo más serio aún: no
ya expresión de melancolía, sino hondo decaimiento físico y moral. Sus ojos se
hallaban encendidos y abultados, como de haber llorado mucho tiempo seguido; su
voz era desmayada y fatigosa; sus labios estaban resecos, tostados por la
calentura y el insomnio. Allí no se veía ya la espina del dolor que lentamente
va hincándose, pero el puñal clavado de golpe hasta el pomo. Semejante
espectáculo dio al traste con la prudencia del capellán.
—Usted está mala, señorita. A usted le pasa algo
hoy.
Nucha meneó la cabeza intentando sonreír.
—No tengo nada.
Lo doliente y debilitado del acento la desmentía.
—Por Dios, señorita, no me responda que no.... ¡Si
lo estoy viendo! Señorita Marcelina.... ¡Válgame mi patrono San Julián! ¡Que no
he de poder yo servirle de algo, prestarle ayuda o consuelo! Soy una persona
humilde, inútil; pero con la intención, señorita, soy grande como una montaña.
¡Quisiera, se lo digo con el corazón, que me mandase, que me mandase!
Hacía estas protestas esgrimiendo un paño untado de
tiza contra las sacras, cuyo cerco de metal limpiaba con denuedo, sin mirarlo.
Alzó Nucha los ojos, y en ellos lució un rayo
instantáneo, un impulso de gritar, de quejarse, de pedir auxilio.... Al punto
se apagó la llamarada, y encogiéndose de hombros levemente, la señorita
repitió:
—No tengo nada, Julián.
En el suelo había una cesta llena de hortensias y
rama verde, destinada al adorno de los floreros; Nucha empezó a colocarla con
la destreza y delicadeza graciosa que demostraba en el desempeño de todos sus
domésticos quehaceres. Julián, entre embelesado y afligido, seguía con la vista
el arreglo de las azules flores en los tarros de loza, el movimiento de las
manos enflaquecidas al través de las hojas verdes. Notó que caía sobre ellas
una gota de agua, gruesa, límpida, no procedente de la humedad del rocío que
aún bañaba las hortensias. Y casi al tiempo mismo advirtió otra cosa, que le
cuajó la sangre de horror: en las muñecas de la señora de Moscoso se percibía
una señal circular, amoratada, oscura.... Con lucidez repentina, el capellán
retrocedió dos años, escuchó de nuevo los quejidos de una mujer maltratada a
culatazos, recordó la cocina, el hombre furioso.... Completamente fuera de sí,
dejó caer las sacras y tomó las manos de Nucha para convencerse de que, en
efecto, existía la siniestra señal....
Entraban a la sazón por la puerta de la capilla
muchas personas: las señoritas de Molende, el juez de Cebre, el cura de Ulloa,
conducidos por don Pedro, que los traía allí con objeto de que admirasen los
trabajos de restauración. Nucha se volvió precipitadamente; Julián,
trastornado, contestó balbuciendo al saludo de las señoritas. Primitivo, que
venía a retaguardia, clavaba en él su mirada directa y escrutadora.
Si unas elecciones durasen mucho, acabarían con
quien las maneja, a puro cansancio, molimiento y tensión del cuerpo y del
espíritu, pues los odios enconados, la perpetua sospecha de traición, las
ardientes promesas, las amenazas, las murmuraciones, las correrías y cartas
incesantes, los mensajes, las intrigas, la falta de sueño, las comidas sin
orden, componen una existencia vertiginosa e inaguantable. Acerca de los
inconvenientes prácticos del sistema parlamentario estaban muy de acuerdo la
yegua y la borrica que, con un caballo recio y joven nuevamente adquirido por
el mayordomo para su uso privado, completaban las caballerizas de los Pazos de
Ulloa. ¡Buenas cosas pensaban ellos de las elecciones allá en su mente asnal y
rocinesca, mientras jadeaban exánimes de tanto trotar, y humeaba todo su pobre
cuerpo bañado en sudor!
¡Pues qué diré de la mula en que Trampeta solía
hacer sus excursiones a la capital! Ya las costillas le agujereaban la piel, de
tan flaca como se había puesto. Día y noche estaba el insigne cacique
atravesado en la carretera, y a cada viaje la elección de Cebre se presentaba
más dudosa, más peliaguda, y Trampeta, desesperado, vociferaba en el despacho
del Gobernador que importaba desplegar fuerza, destituir, colocar, asustar,
prometer, y, sobre todo, que el candidato cunero del gobierno aflojase la bolsa,
pues de otro modo el distrito se largaba, se largaba, se largaba de entre las
manos.
—¿Pues no decía usted—gritó un día el Gobernador
con vehementes impulsos de mandar al infierno al gran secretario—que la
elección no sería muy costosa; que los adversarios no podían gastar nada; que
la Junta carlista de Orense no soltaba un céntimo; que la casa de los Pazos no
soltaba un céntimo tampoco, porque a pesar de sus buenas rentas está siempre a
la quinta pregunta?
—Ahí verá usted, señor—contestó Trampeta—. Todo eso
es mucha verdad; pero hay momentos en que el hombre..., pues... cambia
sus auciones, como usted me enseña (Trampeta tenía esta muletilla).
El marqués de Ulloa....
—¡Qué marqués ni qué calabazas!—interrumpió con
impaciencia el Gobernador.
—Bueno, es una costumbre que hay de llamarle
así.... Y mire usted que llevo un mes de porclamar en todos
lados que no hay semejante marqués, que el gobierno le ha sacado el título para
dárselo a otro más liberal, y que ese título de marqués quien se lo ha ofrecido
es Carlos siete, para cuando venga la Inquisición y el diezmo, como usted me enseña....
—Adelante, adelante—exclamó el Gobernador, que
aquel día debía estar nervioso—. Decía usted que el marqués o lo que sea... en
vista de las circunstancias....
—No reparará en un par de miles de duros más o
menos, no señor.
—¿Si no los tenía, los habrá pedido?
—¡Catá! Los ha pedido a su suegro de
Santiago; y como el suegro de Santiago no tiene tampoco una peseta disponible,
como usted me enseña... héteme aquí que se los ha dado el suegro de los Pazos.
—¿Se le cuentan dos suegros a ese candidato
carlista?—preguntó el gobernador, que a su pesar se divertía con los chismes
del secretario.
—No será el primero, como usted me enseña—dijo
Trampeta riéndose de la chuscada—. Ya entiende por quién hablo.... ¿eh?
—¡Ah!, sí, la muchacha ésa que vivía en la casa
antes de que Moscoso se casase, y de la cual tiene un hijo.... Ya ve usted cómo
me acuerdo.
—El hijo... el hijo será de quien Dios disponga,
señor gobernador.... Su madre lo sabrá..., si es que lo sabe.
—Bien, eso para la elección importa un rábano....
Al grano: los recursos de que Moscoso dispone....
—Pues se los ha facilitado el mayordomo, el
Primitivo, el suegro de cultis.... Y usted me preguntará: ¿cómo un
infeliz mayordomo tiene miles de duros? Y yo respondo: prestando a réditos del
ocho por ciento al mes, y más los años de hambre, y metiendo miedo a todo el
mundo para que le paguen bien y no le nieguen una miserable deuda de un
duro...—Y usted dirá: ¿de dónde saca ese Primitivo o ese ladrón el dinero para
prestar?—Y yo replico: del bolsillo de su mismo amo, robándole en la venta del
fruto, dándolo a un precio y abonándoselo a otro, engañándole en la
administración y en los arriendos, pegándosela, como usted me enseña, por
activa y por pasiva...—Y usted dirá....
Este modo dialogado era un recurso de la oratoria
trampetil, del cual echaba mano cuando quería persuadir al auditorio. El
gobernador le interrumpió:
—Con permiso de usted lo diré yo mismo. ¿Qué cuenta
le tiene a ese galopín prestarle a su amo los miles de duros que tan
trabajosamente le ha cogido?
—¡Me caso!...—votó el secretario—. Los miles de
duros, como usted me enseña, no se prestan sin hipoteca, sin garantías de
una clás o de otra, y el Primitivo no ha nacido en el año de
los tontos. Así queda seguro el capital y el amo sujeto.
—Comprendo, comprendo—articuló con viveza el
Gobernador. Queriendo dar una muestra de su penetración, añadió:—Y le conviene
sacar diputado al señorito, para disponer de más influencia en el país y poder
hacer todo cuanto le acomode....
Trampeta miró al funcionario con la mezcla de
asombro y de gozosa ironía que las personas de educación inferior muestran
cuando oyen a las más elevadas decir una simpleza gorda.
—Como usted me enseña, señor gobernador—pronunció—,
no hay nada de eso.... Don Pedro, diputado de oposición o independiente o
conforme les dé la gana de llamarle, servirá de tanto a los suyos como la
carabina de Ambrosio.... Primitivo, arrimándose a un servidor de usted o al
judío, con perdón, de Barbacana, conseguiría lo que quisiese ¿eh?, sin
necesidad de sacar diputado al amo.... Y Primitivo, hasta que le dio la
ventolera, siempre fue de los míos.... Zorro como él no lo hay en toda la
provincia... Ése ha de acabar por envolvernos a Barbacana y a mí.
—Y entonces Barbacana ¿por qué se ha declarado a
favor del señorito?
—Porque Barbacana va con los curas a donde lo
lleven. Ya sabe lo que hace.... Usted, un suponer, está ahí hoy y se larga
mañana; pero los curas están siempre, y lo mismo el señorío... los Limiosos,
los Méndez....
Y dando suelta al torrente de su rencor, el cacique
añadió apretando los puños:
—¡Me caso con Dios! Mientras no hundamos a
Barbacana, no se hará nada en Cebre.
—¡Corriente! Pues facilítenos usted la manera de
hundirlo. Ganas no faltan.
Trampeta se quedó un rato pensativo, y con la
cuadrada uña del pulgar, quemada del cigarro, se rascó la perilla.
—Lo que yo cavilo es ¿qué cuenta le tendrá al
raposo de Primitivo esta diputación del amo?... Ahora se aprovecha de dos
cosas: lo que le pilla como hipoteca y lo que le mama corriendo con los gastos
electorales y presentándole luego, como usted me enseña, las cuentas del Gran
Capitán.... Pero si vencen y me hacen diputado a mi señor don Pedro, y éste
vuela para Madrí, y allí pide cuartos por otro lado, que sí pedirá,
y abre el ojo para ver las picardías de su mayordomo, y no se vuelve a acordar
de la moza ni del chiquillo..., entonces....
Tornó a rascarse la perilla, suspenso y
meditabundo, como el que persigue la solución de un problema muy intrincado.
Sus agudísimas facultades intelectuales estaban todas en ejercicio. Pero no
daba con el cabo de la madeja.
—Al caso—insistió el gobernador—. De lo que se
trata es de que no nos derroten vergonzosamente. El candidato es primo del
ministro; hemos respondido de la elección.
—Contra el candidato de la Junta de Orense.
—¿Piensa usted que allá admiten esas distinciones?
Estamos a triunfar contra cualquiera. No andemos con circunloquios; ¿cree usted
que vamos a salir rabo entre piernas? ¿Sí o no?
Trampeta permanecía indeciso. Al cabo levantó la
faz, con el orgullo de un gran estratégico, seguro siempre de inventar algún
ardid para burlar al enemigo.
—Mire usted—dijo—, hasta la fecha Barbacana no ha
podido acabar con este cura, aunque me ha jugado dos o tres buenas.... Pero a
jugarlas no me gana él ni Dios.... Sólo que a mí no se me ocurren las mejores
tretas hasta que tocan a romper el fuego.... Entonces ni el diablo discurre lo
que yo discurro. Tengo aquí—y se dio una puñada en la negruzca frente—una cosa
que rebulle, pero que aún no sale por más que hago.... Saldrá, como usted me
enseña, cuando llegue el mismísimo punto resfinado de la
ocasión....
Y blandiendo el brazo derecho repetidas veces de
arriba abajo, como un sable, añadió en voz hueca:
—Fuera miedo. ¡Se gana!
Mientras el secretario cabildeaba con la primera
autoridad civil de la provincia, Barbacana daba audiencia al Arcipreste de
Loiro, que había querido ir en persona a tomar noticias de cómo andaban los
negocios por Cebre, y se arrellanaba en el despacho del abogado, sorbiendo,
por fusique de plata, polvos de un rapé Macuba, que acaso
nadie gastaba ya sino él en toda Galicia, y que le traían de contrabando, con
gran misterio y cobrándole un dineral.
El Arcipreste, a quien en Santiago conocían por el
apodo de Sobres de Envelopes, a causa de una candorosa pregunta en
mal hora formulada en una tienda, había sido en otro tiempo, cuando simple abad
de Anles, el mejor instrumento electoral conocido. Dijéronle una vez que iba
perdida la elección que él manejaba; gritó él furioso: «¿Perder el cura de
Anles una elección?», y, al gritar, dio el más soberano puntapié a la urna, que
era un puchero, haciéndola volar en miles de pedazos, desparramando las cédulas
y logrando, con tan sencillo expediente, que su candidato triunfase. La hazaña
le valió la gran cruz de Isabel la Católica. En el día, obesidad, años y
sordera le impedían tomar parte activa; pero quedábale la afición y el compás,
no habiendo para él cosa tan gustosa como un electoral cotarro.
Siempre que el arcipreste venía a Cebre, pasaba un
ratito en el estanco y cartería, donde se charlaba de política por los codos,
se leían papeles de Madrid, y se enmendaba la plana a todos los gobernantes y
estadistas habidos y por haber, oyéndose a menudo frases del corte siguiente:
«Yo, Presidente del Consejo de Ministros, arreglo eso de una plumada». «Yo que
Prim, no me arredro por tan poco». Y aún solía levantarse la voz de algún
tonsurado exclamando: «Pónganme a mí donde está el Papa, y verán cómo lo resuelvo
mucho mejor en un periquete».
Al salir de casa de Barbacana, encontró el
arcipreste en la cartería al juez y al escribano, y a la puerta a don Eugenio,
desatando su yegua de una argolla y dispuesto a montar.
—Aguárdate un poco, Naya—le dijo familiarmente,
dándole, según costumbre entre curas, el nombre de su parroquia—. Voy a ver los
partes de los periódicos, y después nos largamos juntos.
—Yo tomo hacia los Pazos.
—Yo también. Di allá en la posada que me traigan
aquí la mula.
Cumplió don Eugenio el encargo diligentemente, y a
poco ambos eclesiásticos, envueltos en cumplidos montecristos, atados los
sombreros por debajo de la barba con un pañuelo para que no se los llevase el
viento fuerte que corría, bajaban el repecho de la carretera al sosegado paso
de sus monturas. Naturalmente hablaban de la batalla próxima, del candidato y
de otras particularidades referentes a la elección. El arcipreste lo veía todo
muy de color de rosa, y estaba tan cierto de vencer, que ya pensaba en llevar
la música de Cebre a los Pazos para dar serenata al diputado electo. Don
Eugenio, aunque animado, no se las prometía tan felices. El gobierno dispone de
mucha fuerza, ¡qué diantre!, y cuando ve la cosa mal parada recurre a la
coacción, haciendo las elecciones por medio de la Guardia Civil. Todo eso de
Cortes era, según dicho del abad de Boán, una solemnísima farsa.
—Pues por esta vez—contestaba el arcipreste,
manoteando y bufando para desenredarse de la esclavina del montecristo, que el
viento le envolvía alrededor de la cara—, por esta vez, les hemos de hacer
tragar saliva. Al menos el distrito de Cebre enviará al congreso una persona
decente, hijo del país, jefe de una casa respetable y antigua, que nos conoce
mejor que esos pillastres venidos de fuera.
—Eso es muy cierto—respondió don Eugenio, que rara
vez contradecía de frente a sus interlocutores—; a mí me gusta, como al que
más, que la casa de los Pazos de Ulloa represente a Cebre; y si no fuese por
cosas que todos sabemos....
El arcipreste, muy grave, sorbió el fusique o
cañuto. Amaba entrañablemente a don Pedro, a quien, como suele decirse, había
visto nacer, y además profesaba el principio de respetar la alcurnia.
—Bien, hombre, bien—gruñó—, dejémonos de
murmuraciones.... Cada uno tiene sus defectos y sus pecados, y a Dios dará
cuenta de ellos. No hay que meterse en vidas ajenas.
Don Eugenio, como si no entendiese, insistió,
repitiendo cuanto acaba de oír en la cartería de Cebre, donde se bordaban con
escandalosos comentarios las noticias dadas por Trampeta al gobernador de la
provincia. Todo lo refería gritando bastante, a fin de que el punto de sordera
del arcipreste, agravado por el viento, no le impidiese percibir lo más
sustancial del discurso. El travieso y maleante clérigo gozaba lo indecible
viendo al arcipreste sofocado, abotargado, con la mano en la oreja a guisa de
embudo, o introduciendo rabiosamente el fusique en las
narices. Cebre, según don Eugenio, hervía en indignación contra don Pedro
Moscoso; los aldeanos lo querían bien; pero en la villa, dominada por gentes
que protegía Trampeta, se contaban horrores de los Pazos. De algunos días acá,
justamente desde la candidatura del marqués, se había despertado en la
población de Cebre un santo odio al pecado, una reprobación del concubinato y
la bastardía, un sentimiento tan exquisito de rectitud y moralidad, que
asombraba; siendo de advertir que este acceso de virtud se notaba únicamente en
los satélites del secretario, gente en su mayoría de la cáscara amarga y nada
edificante en su conducta. Al enterarse de tales cosas, el arcipreste se
amorataba de furor.
—¡Fariseos, escribas!—rebufaba—. ¡Y luego nos
llamarán a nosotros hipócritas! ¡Miren ustedes qué recato, qué decoro y qué
vergüenza les ha entrado a los incircuncisos de Cebre! (en boca del
arcipreste, incircunciso era tremenda injuria). Como si el que
más y el que menos de ese atajo de tunantes no tuviese hechos méritos para ir a
presidio... y al palo, sí señor, ¡al palo!
Don Eugenio no podía contener la risa.
—Hace siete años, la friolera de siete
años—tartamudeó el arcipreste calmándose un poco, pero respirando
trabajosamente a causa del mucho viento—, siete añitos que en los Pazos
sucede... eso que tanto les asusta ahora.... Y maldito si se han acordado de decir
esta boca es mía. Pero con las elecciones.... ¡Qué condenado de aire! Vamos a
volar, muchacho.
—Pues aún murmuran cosas peores—gritó el de Naya.
—¿Eh? Si no se oye nada con este vendaval.
—Que aún dicen cosas más serias—voceó don Eugenio,
pegando su inquieta yegüecilla a la reverenda mula del arcipreste.
—Dirán que nos van a fusilar a todos.... Lo que es
a mí, ya me amenazó el secretario con formarme siete causas y meterme en
chirona.
—Qué causas ni qué.... Baje usted la cabeza....
Así.... Aunque estamos solos no quiero gritar mucho....
Agarrado don Eugenio al montecristo de su
compañero, le explicó desde cerca algo que las alas del nordeste se llevaron
aprisa, con estridente y burlón silbido.
—¡Caramelos!—rugió el arcipreste, sin que se le
ocurriese una sola palabra más. Tardó aún cosa de dos minutos en recobrar la
expedición de la lengua y en poder escupir al ventarrón, cada vez más
desencadenado y furioso, una retahíla de injurias contra los infames
calumniadores del partido de Trampeta. El granuja de don Eugenio le dejó
desahogar, y luego añadió:
—Aún hay más, más.
—¿Y qué más puede haber? ¿Dicen también que el
señorito don Pedro sale a robar a los caminos? ¡Canalla de incircuncisos ésos,
sin más Dios ni más ley que su panza!
—Aseguran que la noticia viene por persona de la
misma casa.
—¿Eeeeh? Cargue el diablo con el viento.
—Que la noticia viene por persona de la misma casa
de los Pazos.... ¿Ya me entiende usted?—Y don Eugenio guiñó el ojo.
—Ya entiendo, ya.... ¡Corazones de perro, lenguas
de escorpión! Una señorita que es la honradez en persona, de una familia tan
buena, no despreciando a nadie..., ¡y calumniarla, y para más con un ordenado
de misa! ¡Liberaluchos indecentes, de éstos de por aquí, que se venden tres al
cuarto! ¡Pero cómo está el mundo, Naya, cómo está el mundo!
—Pues también añaden....
—¡Caramelos! ¿Acabarás hoy? ¡Qué tormenta se
prepara, María Santísima! ¡Qué viento... qué viento!
—Atiéndame, que esto no lo dicen ellos, sino
Barbacana. Que esa persona de la casa—Primitivo, vamos—nos va a hacer una
perrería gorda en la elección.
—¿Eeeh? ¿Tú seque chocheas? Para,
mula, a ver si oigo mejor. ¿Que Primitivo...?
—No es seguro, no es seguro, no es seguro—vociferó
el abad de Naya, que se divertía más que en un sainete.
—¡Por vida de lo que malgasto, que esto ya pasa de
raya! Hazme el favor de no volverme loco, ¿eh?, que para eso bastante tengo con
el viento maldito. ¡No quiero oír, no quiero oír más!—declaró esto en ocasión
que su montecristo se alzaba rápidamente a impulsos de una ráfaga mayor, y se
volvía todo hacia arriba, dejando al arcipreste como suelen pintar a Venus en
la concha. Así que logró remediar el percance, hizo trotar a su mula, y no se
oyó en el camino más voz que la del nordeste, que allá a lo lejos, sacudiendo
castañares y robledales, remedaba majestuosa sinfonía.
Amortiguada la primera impresión, no se atrevía
Julián a interrogar a Nucha sobre lo que había visto. Hasta recelaba ir al
cuarto de la señorita. Algún fundamento tenía este recelo. Aunque de suyo
confiado, creía notar el capellán que le espiaban. ¿Quién? Todo el mundo:
Primitivo, Sabel, la vieja bruja, los criados. Como sentimos de noche, sin
verla, la niebla húmeda que nos penetra y envuelve, así sentía Julián la
desconfianza, la malevolencia, la sospecha, la odiosidad que iba espesándose en
torno suyo. Era cosa indefinible, pero patente. En dos o tres funciones a que
asistió, figurósele que los curas le hablaban con acento hostil, que el
arcipreste le examinaba frunciendo el entrecejo, y que únicamente don Eugenio
le manifestaba la acostumbrada cordialidad. Pero acaso fuesen éstas vanas
cavilaciones, y quizás soñaba también al imaginarse que, a la mesa, don Pedro
seguía continuamente la dirección de sus ojos y acechaba sus movimientos. Esto
le fatigaba tanto más cuanto que un irresistible anhelo le obligaba a mirar a
Nucha muy a menudo, reparando a hurtadillas si estaba más delgada, si comía con
buen apetito, si se notaba algo nuevo en sus muñecas. La
señal, oscura el primer día, fue verdeando y desapareciendo.
La necesidad de ver a la niña acabó por poder más
que las vacilaciones de Julián. Arreglada ya la capilla, sólo en la habitación
de su madre podía verla, y allí fue, no bastándole el beso robado en el
corredor, cuando el ama lo cruzaba con la nena en brazos. Iba la criatura
saliendo de esa edad en que los niños parecen un lío de trapos, y sin perder la
gracia y atractivo del ser indefenso y débil, tenía el encanto de la
personalidad, de la soltura cada vez mayor de sus movimientos y conciencia de
sus actos. Ya adoptaba posturas de ángel de Murillo; ya cogía un objeto y
acertaba a llevarlo a la cálida boca, en la impaciencia de la dentición
retrasada; ya ejecutaba con indecible monería ese movimiento cautivador entre
todos los de los niños pequeños, de tender no sólo los brazos, sino el cuerpo
entero, con abandono absoluto, hacia la persona que les es simpática; actitud
que las nodrizas llaman irse con la gente. Hacía tiempo que la
pequeña redoblaba la risa, y su carcajada melodiosa, repentina y breve, era sólo
comparable a gorjeo de pájaro. Ningún sonido articulado salía aún de su boca,
pero sabía expresar divinamente, con las onomatopeyas que según ciertos
filólogos fueron base del lenguaje primitivo, todos sus afectos y antojos; en
su cráneo, que empezaba a solidificarse, por más que en el centro latiese aún
la abierta mollera, se espesaba el pelo, de día en día más oscuro, suave aún
como piel de topo; sus piececitos se desencorvaban, y los dedos, antes
retorcidos, el pulgar vuelto hacia arriba, los otros botoncillos de rosa hacia
abajo, se habituaban a la estación horizontal que exige el andar humano. Cada
uno de estos grandes progresos en el camino de la vida era sorpresa y placer
inefable para Julián, confirmando su dedicación paternal al ser que le dispensaba
el favor insigne de tirarle de la cadena del reloj, manosearle los botones del
chaleco, ponerle como nuevo de baba y leche. ¡Qué no haría él por servir de
algo a la nenita idolatrada! A veces el cariño le inspiraba ideas feroces, como
agarrar un palo y moler las costillas a Primitivo; coger un látigo y dar el
mismo trato a Sabel. Pero, ¡ay! Nadie puede usurpar el puesto del amo de casa,
del jefe de la familia; y el jefe.... Al capellán le pesaba en el alma la
fundación de aquel hogar cristiano. Recta había sido la intención, y amargo el
fruto. ¡Sangre del corazón daría él por ver a Nucha en un convento!
¿Qué arbitrio adoptar ya? Julián presentía los
inmensos inconvenientes de su intervención directa. Seguro de la teoría, firme
en el terreno del derecho, capaz de resistir pasivamente hasta morir, faltábale
la vigorosa palanca de los actos humanos, la iniciativa. En aquella casa es
indudable que andaban muchas cosas desquiciadas, otras torcidas y fuera de
camino; el capellán asistía al drama, temía un desenlace trágico, sobre todo
desde la famosa señal en las muñecas, que no le salía de la acalorada imaginación;
mostrábase taciturno; su color sonrosado se trocaba en amarillez de cera;
rezaba más aún que de costumbre; ayunaba; decía la misa con el alma elevada,
como la diría en tiempos de martirio; deseaba ofrecer la existencia por el
bienestar de la señorita; pero, a no ser en uno de sus momentos de arrechucho
puramente nervioso, no podía, no sabía, no acertaba a dar un paso, a adoptar
una medida—aunque ésta fuese tan fácil y hacedera como escribir cuatro
renglones a don Manuel Pardo de la Lage, informándole de lo que ocurría a su
hija—. Siempre encontraba pretextos para aplazar toda acción, tan socorridos
como éste, verbigracia:
—Dejemos que pasen las elecciones.
Las elecciones le infundían esperanzas de que, si
el señorito, elegido diputado, salía de la huronera, de entre la gente inicua
que lo prendía en sus redes, era posible que Dios le tocase en el corazón y
mudase de conducta.
Una cosa preocupaba mucho al buen capellán: ¿el
señorito se iría solo a Madrid, o llevaría a su mujer y a la pequeña? Julián
ponía a Dios por testigo de que deseaba esto último, si bien al pensar qué
podía suceder le entraba una hipocondría mortal. La idea de no ver más a nené
durante meses o años, de no tenerla en las rodillas montada a caballito,
de quedarse allí, frente a frente con Sabel, como en oscuro pozo habitado por
una sabandija, le era intolerable. Duro le parecía que se marchase la señorita,
pero lo de la niña..., lo de la niña...
«Si me la dejasen—pensaba—la cuidaría yo
perfectamente».
Acercábase la batalla decisiva. Los Pazos eran un
jubileo, un ir y venir de adictos y correveidiles, un entrar y salir de
mensajes, de órdenes y contraórdenes, que le daban semejanza con un cuartel
general. Siempre había en las cuadras caballos o mulas forasteras, masticando
abundante pienso, y en los anchos salones se oía crujir incesante de botas
altas, pisadas de fuertes zapatos, cuando no pateo de zuecos. Julián se
tropezaba con curas sofocados, respirando bélico ardor, que le hablaban
de los trabajos, pasmándose de ver que no tomaba parte en nada....
¡En tan solemne y crítica ocasión, el capellán de los Pazos no tenía derecho a
dormir ni a comer!
Seguía reparando que algunos abades se mostraban
con él así como airados o resentidos, en especial el arcipreste, el más
encariñado con la casa de Ulloa; pues mientras el cura de Boán y aun el de Naya
atendían sobre todo al triunfo político, el arcipreste miraba principalmente al
esplendor del hidalgo solar, al buen nombre de los Moscosos.
Todo anunciaba que el señor de los Pazos se
llevaría el gato al agua, a pesar del enorme aparato de fuerza desplegado por
el gobierno. Se contaban los votos, se hacía un censo, se sabía que la
superioridad numérica era tal, que las mayores diabluras de Trampeta no la
echarían abajo. No disponía el gobierno en el distrito sino de lo que,
pomposamente hablando, puede llamarse el elemento oficial. Si es verdad que
éste influye mucho en Galicia, merced al carácter sumiso de los labriegos, allí
en Cebre no podía contrapesar la acción de curas y señoritos reunidos en torno
del formidable cacique Barbacana. El arcipreste resoplaba de gozo. ¡Cosa rara!
Barbacana mismo era el único que no se las contaba felices. Preocupado y de
peor humor a cada instante, torcía el gesto cuando algún cura entraba en su
despacho frotándose las manos de gusto, a noticiarle adhesiones, caza de votos.
¡Qué elecciones aquéllas, Dios eterno! ¡Qué lid
reñidísima, qué disputar el terreno pulgada a pulgada, empleando todo género de
zancadillas y ardides! Trampeta parecía haberse convertido en media docena de
hombres para trampetear a la vez en media docena de sitios. Trueques de
papeletas, retrasos y adelantos de hora, falsificaciones, amenazas, palos, no
fueron arbitrios peculiares de esta elección, por haberse ensayado en otras
muchas; pero uniéronse a las estratagemas usuales algunos rasgos de ingenio sutil,
enteramente inéditos. En un colegio, las capas de los electores del marqués se
rociaron de aguarrás y se les prendió fuego disimuladamente por medio de un
fósforo, con que los infelices salieron dando alaridos, y no aparecieron más.
En otro se colocó la mesa electoral en un descanso de escalera; los votantes no
podían subir sino de uno en uno, y doce paniaguados de Trampeta, haciendo fila,
tuvieron interceptado el sitio durante toda la mañana, moliendo muy a su sabor
a puñadas y coces a quien intentaba el asalto. Picardía discreta y mañosa fue
la practicada en Cebre mismo.
Acudían allí los curas acompañando y animando al
rebaño de electores, a fin de que no se dejasen dominar por el pánico en el
momento de depositar el voto. Para evitar que «se la jugasen», don Eugenio,
valiéndose del derecho de intervención, sentó en la mesa a un labriego de los
más adictos suyos, con orden terminante de no separar la vista un minuto de la
urna. «¿Tú entendiste, Roque? No me apartas los ojos de ella, así se hunda el
mundo». Instalóse el payo, apoyando los codos en la mesa y las manos en los carrillos,
contemplando de hito en hito la misteriosa olla, tan fijamente como si
intentase alguna experiencia de hipnotismo. Apenas alentaba, ni se movía más
que si fuese hecho de piedra. Trampeta en persona, que daba sus vueltas por
allí, llegó a impacientarse viendo al inmóvil testigo, pues ya otra olla
rellena de papeletas, cubiertas a gusto del alcalde y del secretario de la
mesa, se escondía debajo de ésta, aguardando ocasión propicia de sustituir a la
verdadera urna. Destacó, pues, un seide encargado de seducir al vigilante,
convidándole a comer, a echar un trago, recurriendo a todo género de
insinuaciones halagüeñas. Tiempo perdido: el centinela ni siquiera miraba de
reojo para ver a su interlocutor: su cabeza redonda, peluda, sus salientes
mandíbulas, sus ojos que no pestañeaban, parecían imagen de la misma
obstinación. Y era preciso sacarle de allí, porque se acercaba la hora
sacramental, las cuatro, y había que ejecutar el escamoteo de la olla. Trampeta
se agitó, hizo a sus adláteres preguntas referentes a la biografía del
vigilante, y averiguó que tenía un pleito de tercería en la Audiencia, por el
cual le habían embargado los bueyes y los frutos. Acercóse a la mesa
disimuladamente, púsole una mano en el hombro, y gritó: «¡Fulano... ganaste el
pleito!». Saltó el labriego, electrizado. «¡Qué me dices, hombre!». «Se falló
en la Audiencia ayer». «Tú loqueas». «Lo que oyes». En este intervalo el
secretario de la mesa verificaba el trueque de pucheros: ni visto ni oído. El
alcalde se levantó con solemnidad. «¡Señores... se va a proceder al discutinio!».
Entra la gente en tropel: comienza la lectura de papeletas; míranse los curas
atónitos, al ver que el nombre de su candidato no aparece «¿Tú te moviste de
ahí?», pregunta el abad de Naya al centinela. «No, señor», responde éste con
tal acento de sinceridad, que no consentía sospecha. «Aquí alguien nos vende»,
articula el abad de Ulloa en voz bronca, mirando desconfiadamente a don
Eugenio. Trampeta, con las manos en los bolsillos, ríe a socapa.
Tales amaños mermaron de un modo notable la
votación del marqués de Ulloa, dejando cincunscrita la lucha, en el último
momento, a disputarse un corto número de votos, del cual dependía la victoria.
Y llegado el instante crítico, cuando los ulloístas se juzgaban ya dueños del
campo, inclinaron la balanza del lado del gobierno defecciones completamente
impensadas, por no decir abominables traiciones, de personas con quienes se
contaba en absoluto, habiendo respondido de ellas la misma casa de los Pazos, por
boca de su mayordomo. Golpe tan repentino y alevoso no pudo prevenirse ni
evitarse. Primitivo, desmintiendo su acostumbrada impasibilidad, dio rienda a
una cólera furiosa, desatándose en amenazas absurdas contra los tránsfugas.
Quien se mostró estoico fue Barbacana. La tarde que
se supo la pérdida definitiva de la elección, el abogado estaba en su despacho,
rodeado de tres o cuatro personas. Ahogándose como ballena encallada en una
playa y a quien el mar deja en seco, entró el arcipreste, morado de despecho y
furor. Desplomóse en un sillón de cuero; echó ambas manos a la garganta,
arrancó el alzacuello, los botones de camisa y almilla; y trémulo, con los
espejuelos torcidos y el fusique oprimido en el crispado puño
izquierdo, se enjugó el sudor con un pañuelo de hierbas. La serenidad del
cacique le sacó de tino.
—¡Me pasmo, caramelos! ¡Me pasmo de verle con esa
flema! ¿O no sabe lo que pasa?
—Yo no me apuro por cosas que están previstas. En
materia de elecciones no se me coge a mí de susto.
—¿Usted se esperaba lo que ocurre?
—Como si lo viera. Aquí está el abad de Naya, que
puede responder de que se lo profeticé. No atestiguo con muertos.
—Verdad es—corroboró don Eugenio, harto compungido.
—¿Y entonces, santo de Dios, a qué tenernos
embromados?
—No les íbamos a dejar el distrito por suyo sin
disputárselo siquiera. ¿Les gustaría a ustedes? Legalmente, el triunfo es
nuestro.
—Legalmente.... ¡Toma, caramelos! ¡Legalmente sí,
pero vénganos con legalidades! ¡Y esos Judas condenados que nos faltaron cuando
precisamente pendía de ellos la cosa! ¡El herrero de Gondás, los dos Ponlles,
el albéitar...!
—Ésos no son Judas, no sea inocente, señor
arcipreste: ésa es gente mandada, que acata una consigna. El Judas es otro.
—¿Eeeeh? Ya entiendo, ya.... ¡Hombre, si es cierta
esa maldad—que no puedo convencerme, que se me atraganta—, aún sería poco para
el traidor el castigo de Judas! Pero usted, santo, ¿por qué no le atajó? ¿Por
qué no avisó? ¿Por qué no le arrancó la careta a ese pillo? Si el señor marqués
de Ulloa supiese que tenía en casa al traidor, con atarlo al pie de la cama y
cruzarlo a latigazos.... ¡Su propio mayordomo! No sé cómo pudo usted estarse
así con esa flema.
—Se dice luego; pero mire usted: cuando la elección
estriba en una persona, y no cabe cerciorarse de si está de buena o mala fe, de
poco sirve revelar sospechas.... Hay que aguardar el golpe atado de pies y
manos..., son cosas que se ven a la prueba, y si salen mal, se debe callar
y guardarlas....
Al pronunciar la palabra guardarlas, el
cacique se daba una puñada en el pecho, cuya concavidad retumbó sordamente, lo
mismo que debía retumbar la de san Jerónimo cuando el santo la hería con el
famoso pedrusco.
Y algo se asemejaba Barbacana al tipo de los san
Jerónimos de escuela española, amojamados y huesudos, caracterizados por la
luenga y enmarañada barba y el sombrío fuego de las pupilas negras.
—De aquí no salen—añadió con torvo acento—, y aquí
no pierden el tiempo, que todavía nadie se la hizo a Barbacana sin que algún
día se la pagase. Y respecto del Judas, ¿cómo quería usted que lo pudiésemos
desenmascarar, si ahora, lo mismo que en tiempo de la pasión de Nuestro Señor
Jesucristo, tenía la bolsa en la mano? A ver, señor arcipreste, ¿quién nos ha
facilitado las municiones para esta batalla?
—¿Que quién las ha facilitado? En realidad de
verdad, la casa de Ulloa.
—¿Las tenía disponibles? ¿Sí o no? Ahí está el
toque. Como esas casas no son más que vanidad y vanidad, por no confesar que le
faltaban los cuartos y no pedirlos a una persona de conocida honradez, pongo
por ejemplo, un servidor, va y los recibe de un pillastre, de una sanguijuela
que le está chupando cuanto posee.
—Buenas cosas van a decir de nosotros los
badulaques de la Junta de Orense. Que somos unos estafermos y que no servimos
para nada. ¡Perder una elección! Es la primera vez de mi vida.
—No. Que escogimos un candidato muy simple.
Hablando en plata, eso es lo que dirá la Junta de Orense.
—Poco a poco—exclamó el arcipreste dispuesto a
romper lanzas por su caro señorito—. No estamos conformes....
Aquí llegaban de su plática, y el auditorio, que se
componía, además del abad de Naya, del de Boán y del señorito de Limioso,
guardaba el silencio de la humillación y la derrota. De repente un espantoso
estruendo, formado por los más discordantes y fieros ruidos que pueden
desgarrar el tímpano humano, asordó la estancia. Sartenes rascadas con
tenedores y cucharas de hierro; tiestos de cocina tocados como címbalos;
cacerolas, dentro de las cuales se agitaba en vertiginoso remolino un molinillo
de batir chocolate; peroles de cobre en que tañían broncas campanadas fuertes
manos de almirez; latas atadas a un cordel y arrastradas por el suelo; trébedes
repicados con varillas de hierro, y, por cima de todo, la lúgubre y ronca voz
del cuerno, y la horrenda vociferación de muchas gargantas humanas, con esa
cavernosidad que comunica a la laringe el exceso de vino en el estómago.
Realmente acababan los bienaventurados músicos de agotar una redonda corambre,
que en la Casa Consistorial les había brindado la munificencia del secretario.
Por entonces aún ignoraban los electores campesinos ciertos refinamientos, y no
sabían pedir del vino que hierve y hace espuma, como algunos años
después, contentándose con buen tinto empecinado del Borde. Al través de las
vidrieras de Barbacana penetraba, junto con el sonido de los hórridos
instrumentos y descompasada gritería, vaho vinoso, el olor tabernario de
aquella patulea, ebria de algo más que del triunfo. El arcipreste se enderezaba
los espejuelos; su rostro congestionado revelaba inquietud. El cura de Boán
fruncía el cano entrecejo. Don Eugenio se inclinaba a echarlo todo a broma. El
señorito de Limioso, resuelto y tranquilo, se aproximó a la ventana, alzó un
visillo y miró.
La cencerrada proseguía, implacable, frenética,
azotando y arañando el aire como una multitud de gatos en celo el tejado donde
pelean; súbitamente, de entre el alboroto grotesco se destacó un clamor que en
España siempre tiene mucho de trágico: un muera.
—¡Muera el Terso!
Un enjambre de mueras y vivas salió
tras el primero.
—¡Mueran los curas!
—¡Muera la tiranía!
—¡Viva Cebre y nuestro diputado!
—¡Viva la Soberanía Nacional!
—¡Muera el marqués de Ulloa!
Más enérgico, más intencionado, más claro que los
restantes, brotó este grito:
—¡Muera el ladrón faucioso Barbacana!
Y el vocerío, unánime, repitió:
—¡Mueraaaa!
Instantáneamente apareció junto a la mesa del
abogado un hombre de siniestra catadura, hasta entonces oculto en un rincón. No
vestía como los labriegos, sino como persona de baja condición en la ciudad:
chaqueta de paño negro, faja roja y hongo gris; patillas cortas, de boca de
hacha, redoblaban la dureza de su fisonomía, abultada de pómulos y ancha de
sienes. Uno de sus hundidos ojuelos verdes relucía felinamente; el otro,
inmóvil y cubierto con gruesa nube blanca, semejaba hecho de cristal cuajado.
Abriendo Barbacana el cajón de su pupitre, sacaba
de él dos enormes pistolas de arzón, prehistóricas sin duda, y las reconocía
para cerciorarse de que estaban cargadas. Mirando al aparecido fijamente,
pareció ofrecérselas con leve enarcamiento de cejas. Por toda respuesta, el
Tuerto de Castrodorna hizo asomar al borde de su faja el extremo de una navaja
de cachas amarillas, que volvió a ocultar al punto. El arcipreste, que había
perdido los bríos con la obesidad y los años, sobresaltóse mucho.
—Déjese de calaveradas, mi amigo. Por si acaso, me
parece oportuno salir por la puerta de atrás. ¿Eh? No es cosa de aguardar a que
esos incircuncisos vengan aquí a darle a uno tósigo.
Mas ya el cura de Boán y el señorito de Limioso,
unidos al Tuerto, formaban un grupo lleno de decisión. El señorito de Limioso,
no desmintiendo su vieja sangre hidalga, aguardaba sosegadamente, sin
fanfarronería alguna, pero con impávido corazón; el abad de Boán, nacido con
más vocación de guerrillero que de misacantano, apretaba con júbilo la pistola,
olfateaba el peligro, y, a ser caballo, hubiera relinchado de gozo; el Tuerto,
encogido y crispado como un tigre, se situaba detrás de la puerta a fin de destripar
a mansalva al primero que entrase.
—No tenga miedo, señor arcipreste...—murmuró
gravemente Barbacana—. Perro que ladra no muerde. Ni a romperme un vidrio se
atreverán esos bocalanes. Pero conviene estar dispuesto, por si acaso, a
enseñarles los dientes.
Resonaban nutridos y feroces los mueras;
mas en efecto, ni una piedra sola venía a herir los cristales. El señorito de
Limioso se acercó otra vez, levantó el visillo y llamó a don Eugenio.
—Mire, Naya, mire para aquí.... Buena gana tienen
de subir ni de tirar piedras.... Están bailando.
Don Eugenio se llegó a la vidriera y soltó la
carcajada. Entre la patulea de beodos, dos seides de Trampeta, carcelero el
uno, el otro alguacil, trataban de calentar a algunos de los que chillaban más
fuerte, para que atacasen la morada del abogado; señalaban a la puerta,
indicaban con ademanes elocuentes lo fácil que sería echarla abajo y entrar.
Pero los borrachos, que no por estarlo perdían la cautelosa prudencia, el
saludable temor que inspira el cacique al labriego, se hacían los
desentendidos, limitándose a berrear, a herir cazos y sartenes con más furia. Y
en el centro del corro, al compás de los almireces y cacerolas, brincaban como
locos los más tomados de la bebida, los verdaderos pellejos.
—Señores—dijo en grave y enronquecida voz Ramón
Limioso—: Es siquiera una mala vergüenza que esos pillos nos tengan aquí
sitiados.... Me dan ganas de salir y pegarles una corrida, que no paren hasta
el Ayuntamiento.
—Hombre—gruñó el abad de Boán—, usted poco habla,
pero bueno. Vamos a meterles miedo, ¡quoniam! Estornudando solamente,
espanto yo media docena de esos pellejones.
No pronunció el Tuerto palabra; únicamente su ojo
verdoso se encendió con fosfórica luz, y miró a Barbacana, como pidiéndole
permiso de tomar parte en la empresa. Barbacana hizo con la cabeza señal
afirmativa, pero le indicó al mismo tiempo que guardase la navaja.
—Tiene razón—exclamó el hidalgo de Limioso,
enderezando la cabeza y dilatando las ventanillas de la nariz con altanera
expresión, muy desusada en su lánguida y triste faz—. A esa gente, a palos y
latigazos se les sacude el polvo. No ensuciar un arma que uno usa para el
monte, para las perdices y las liebres, que valen más que ellos (fuera el
alma).
Y al decir fuera el alma, persignóse el
señorito.
—Tengan miramiento, hombre, tengan
miramiento...—murmuraba el arcipreste difícilmente, extendiendo las manos como
para calmar los ánimos irritados. (¡Cuán lejos estaban los tiempos belicosos en
que aseguraba una elección a puntapiés!)
Barbacana no se opuso a la hazaña; al contrario,
pasó a otra estancia y volvió con un haz de junquillos, palos y bastones. El
cura de Boán no quiso más garrote que el suyo, que era formidable; Ramón
Limioso, fiel a su desdén de la grey villana, asió el látigo más delgado, un
latiguillo de montar. El Tuerto empuñó una especie de tralla, que, manejada por
diestra vigorosa, debía ser de terrible efecto.
Bajaron cautelosamente la escalera, cuidando de no
zapatear, previsión que el endiablado estrépito de la cencerrada hacía de todo
punto ociosa. Tenía la puerta su tranca y los cerrojos corridos, medida de
precaución adoptada por la cocinera del abogado así que oyó estruendo de motín.
El abad de Boán los descorrió impetuosamente, el Tuerto sacó la tranca, giró la
llave en la cerradura, y clérigos y seglares se lanzaron contra la canalla sin
avisar ni dar voces, con los dientes apretados, chispeantes los ojos,
blandiendo látigos y esgrimiendo garrotes.
No habrían transcurrido cinco minutos cuando
Barbacana, que por detrás de los visillos registraba el teatro del combate,
sonrió silenciosamente, o más bien regañó los labios, descubriendo la amarilla
dentadura, y apretó con nerviosa violencia la barandilla de la ventana. En
todas direcciones huían los despavoridos borrachos, chillando como si los
cargase un regimiento de caballería a galope: algunos tropezaban y caían de
bruces, y la tralla del Tuerto se les enroscaba alrededor de los lomos,
arrancándoles alaridos de dolor. Fustigaba el hidalgo de Limioso con menos
crueldad, pero con soberano desprecio, como se fustigaría a una piara de
marranos. El cura de Boán sacudía estacazo limpio, con regularidad y energía
infatigables. El de Naya, incapaz de mantenerse dentro de los límites de su
papel justiciero, insultaba, reía y vapuleaba a un mismo tiempo a los beodos.
—¡Anda, tinaja, cuba, mosquito! ¡Toma, toma, para
que vuelvas otra vez, pellejo, odre! ¡Ve a dormir la mona, cuero! ¡A la taberna
con tus huesos, larpán, tonel de mosto! ¡A la cárcel, borrachos, a
vomitar lo que tenéis en esas tripas!
Limpia estaba la calle; más limpia ya que una
patena: silencio profundo había sustituido al vocerío, a los mueras y
a la cencerrada feroz. Por el suelo quedaban esparcidos despojos de la batalla:
cazos, almireces, cuernos de buey. En la escalera se oía el ruido de los
vencedores, que subían celebrando el fácil triunfo. Delante de todos entró don
Eugenio, que se echó en una butaca partiéndose a carcajadas y palmoteando. El
cura de Boán le seguía limpiándose el sudor. Ramón Limioso, serio y aún
melancólico, se limitó a entregar a Barbacana el latiguillo, sin despegar los
labios.
—¡Van... buenos!—tartamudeó el abad de Naya
reventando de risa.
—Yo mallé en ellos... ¡como
quien malla en centeno!—exclamó respirando con placer el de
Boán.
—Pues yo—explicó el hidalgo—, si supiese que habían
de ser tan cobardes y echar a correr sin volvérsenos siquiera, a fe que no me
tomo el trabajo de salir.
—No se fíen—observó el arcipreste—. Ahora en el
Ayuntamiento los avergüenza Trampeta, y capaz es de venir acá en persona con
los incircuncisos a darle un susto al señor Licenciado (así llamaban a
Barbacana familiarmente sus amigos). Por si acaso, es prudente que estos
señores pasen aquí la noche. Yo tengo que misar mañana en Loiro, y mi hermana
estará muerta de miedo..., que si no....
—Nada de eso—replicó perentoriamente Barbacana—.
Estos señores se vuelven cada uno a su casa. No hay cuidado ninguno. A mí... me
basta con este mozo—añadió señalando al Tuerto, agazapado otra vez en su
rincón.
No fue posible reducir al cacique a que aceptase la
guardia de honor que le ofrecían. Por otra parte, no se notaba síntoma alguno
de que hubiese de alterarse el orden nuevamente. Ni se oían a lo lejos
vociferaciones de electores victoriosos. El soñoliento silencio de los
pueblecillos pequeños y sin vida pesaba sobre la villa de Cebre. Tres héroes de
la gran batida, y el arcipreste con ellos, salieron a caballo hacia la montaña.
No iban cabizbajos, a fuer de muñidores electorales derrotados, sino llenos de
regocijo, con gran cháchara y broma, celebrando a más y mejor la somanta
administrada a los borrachines cencerreadores. Don Eugenio estaba inspirado,
oportuno, bullanguero, ocurrentísimo en una palabra; había que oírle remedar
los aullidos y la caída de los ebrios en el lodo de la calle, y el gesto que
ponía el cura de Boán al majar en ellos.
Barbacana se quedó solo con el Tuerto. Si alguno de
los molidos músicos de la cencerrada se atreviese a asomar la cabeza y mirar
hacia las ventanas del cacique, vería que, por fanfarronada o por descuido, no
estaban cerradas las maderas, y podría distinguir, al través de los visillos y
destacándose sobre el fondo de la habitación alumbrada por el quinqué, las
cabezas del abogado y de su feroz defensor y seide. Sin duda hablaban de algo
importante, porque la plática fue larga. Una hora o algo más corrió desde que
encendieron la luz hasta que las maderas se cerraron, quedando la casa
silenciosa, torva y sombría como quien oculta algún negro secreto.
La persona en quien se notó mayor sentimiento por
la pérdida de las elecciones fue Nucha. Desde la derrota, se desmejoró más de
lo que estaba, y creció su abatimiento físico y moral. Apenas salía de su
habitación donde vivía esclava de su niña, cosida a ella día y noche. En la
mesa, mientras comía poco y sin gana, guardaba silencio, y a veces Julián, que
no apartaba los ojos de la señorita, la veía mover los labios, cosa frecuente
en las personas poseídas de una idea fija, que hablan para sí, sin emitir la
voz. Don Pedro, como nunca huraño, no se tomaba el trabajo de intentar un asomo
de conversación. Mascaba firme, bebía seco, y tenía los ojos fijos en el plato,
cuando no en las vigas del techo; jamás en sus comensales.
Tan deshecha y acabada le parecía al capellán la
señorita, que un día se atrevió, venciendo recelos inexplicables, a llamar
aparte a don Pedro, preguntándole en voz entrecortada si no sería bueno avisar
al señor de Juncal, para que viese....
—¿Está usted loco?—respondió don Pedro,
fulminándole una mirada despreciativa—. ¿Llamar a Juncal..., después de lo que
trabajó contra mí en las elecciones? Máximo Juncal no atravesará más las
puertas de esta casa.
No replicó el capellán, pero pocos días después,
volviendo de Naya, se tropezó con el médico. Éste detuvo su caballejo, y, sin
apearse, contestó a las preguntas de Julián.
—«Puede ser grave...». Quedó muy débil del parto, y
necesitaba cuidados exquisitos.... Las mujeres nerviosas sanan del cuerpo
cuando se les tranquiliza y se les distrae el espíritu.... Mire, Julián,
tendríamos que hablar para seis horas si yo le dijese todo lo que pienso de esa
infeliz señorita, y de esos Pazos.... Punto en boca.... Bonito diputado querían
ustedes enviar a las Cortes.... Más valdría que sus padres lo hubiesen mandado
a la escuela....
Puede ser grave.... Esto principalmente se estampó
en el pensamiento de Julián. Sí que podía ser grave: ¿Y de qué medios disponía
él para conjurar la enfermedad y la muerte? De ninguno. Envidió a los médicos.
Él sólo tenía facultades para curar el espíritu: ni aun ésas le servían, pues
Nucha no se confesaba con él; y hasta la idea de que se confesase, de ver
desnuda un alma tan hermosa, le turbaba y confundía.
Muchas veces había pensado en semejante
probabilidad: cualquier día era fácil que Nucha, por necesidad de desahogo y de
consuelo, viniese a echársele a los pies en el tribunal de la penitencia y a
demandarle consejos, fuerza, resignación. «¿Y quién soy yo—se decía Julián—para
guiar a una persona como la señorita Marcelina? Ni tengo edad, ni experiencia,
ni sabiduría suficiente; y lo peor es que también me falta virtud, porque yo
debía aceptar gustoso todos los padecimientos de la señorita, creer que Dios se
los envía para probarla, para acrecentar sus méritos, para darle mayor cantidad
de gloria en el otro mundo... y soy tan malo, tan carnal, tan ciego, tan
inepto, que me paso la vida dudando de la bondad divina porque veo a esta pobre
señora entre adversidades y tribulaciones pasajeras.... Pues no ha de ser
así—resolvía el capellán con esfuerzo—. He de abrir los ojos, que para eso
tengo la luz de la fe, negada a los incrédulos, a los impíos, a los que están
en pecado mortal. Si la señorita me viene a pedir que le ayude a llevar la
cruz, enseñémosle a que la abrace amorosamente. Es necesario que comprenda
ella, y yo también, lo que significa esa cruz. Con ella se va a la felicidad
única y verdadera. Por muy dichosa que fuese la señorita aquí en el mundo,
vamos a ver, ¿cuánto tiempo y de qué manera podría serlo? Aunque su marido
la... estimase como merece, y la pusiese sobre las niñas de sus ojos, ¿se
libraría por eso de contrariedades, enfermedades, vejez y muerte? Y cuando
llega la hora de la muerte, ¿qué importa ni de qué sirve haber pasado un poco
más alegre y tranquila esta vidilla perecedera y despreciable?».
Tenía Julián a la mano siempre un ejemplar de
la Imitación de Cristo; era la modesta edición de la Librería
religiosa, y castiza y admirable traducción del P. Nieremberg. Al frente de la
portada había un grabado, bien ínfimo como obra de arte, que proporcionaba al
capellán mucho alivio cada vez que fijaba sus ojos en él. Representaba una
colina, el Calvario; y por el estrecho sendero que conducía al lugar del
suplicio, iba subiendo lentamente Jesús, con la cruz a cuestas, y el rostro
vuelto hacia un fraile que allá en lontananza se echaba otra cruz al hombro.
Aunque malo el dibujo y peor el desempeño, respiraba aquel grabado una especie
de resignación melancólica, adecuada a la situación moral del presbítero. Y
después de haberlo contemplado despacio, parecíale sentir en los hombros una
pesadumbre abrumadora y dulcísima a la vez, y una calma honda, como si se
encontrase—calculaba él para sí—sepultado en el fondo del mar, y el agua le
rodease por todas partes, sin ahogarle. Entonces leía párrafos del libro de oro,
que se le entraban en el alma a manera de hierro enrojecido en la carne:
«¿Por qué temes, pues, tomar la cruz, por la cual
se va al reino? En la cruz está la salud, en la cruz está la vida, en la cruz
está la defensa de los enemigos, en la cruz está la infusión de la suavidad
soberana, en la cruz está la fortaleza del corazón, en la cruz está el gozo del
espíritu, en la cruz está la suma virtud, en la cruz está la perfección de la
santidad.... Toma pues tu cruz, y sigue a Jesús.... Mira que todo consiste en
la cruz, y todo está en morir; y no hay otro camino para la vida y para la
verdadera paz que el de la santa cruz y continua mortificación.... Dispón y
ordena todas las cosas según tu querer, y no hallarás sino que has de padecer
algo, o de grado o por fuerza; y así siempre hallarás la cruz, porque o
sentirás dolor en el cuerpo, o padecerás tribulación en el espíritu.... Cuando
llegares al punto de que la aflicción te sea dulce y gustosa por amor de
Cristo, piensa entonces que te va bien, porque hallaste el paraíso en la
tierra...».
—¡Cuándo llegaré yo a este estado de
bienaventuranza, Señor!—murmuraba Julián poniendo una señal en el libro—. Había
oído algunas veces que Dios concede lo que se le pide mentalmente en el acto de
consagrar la hostia, y con muchas veras le pedía llegar al punto de que su
cruz.... No, la de la pobre señorita, le fuese dulce y gustosa, como decía
Kempis....
A la misa en la capilla remozada asistía siempre
Nucha, oyéndola toda de rodillas, y retirándose cuando Julián daba gracias. Sin
volverse ni distraerse en la oración, Julián conocía el instante en que se
levantaba la señorita y el ruido imperceptible de sus pisadas sobre el
entarimado nuevo. Cierta mañana no lo oyó. Este hecho tan sencillo le privó de
rezar con sosiego. Al alzarse, vio a Nucha también en pie, el índice sobre los
labios. Perucho, que ayudaba a misa con desembarazo notable, se dedicaba a apagar
los cirios, valiéndose de una luenga caña. La mirada de la señorita decía
elocuentemente:
«Que se vaya ese niño».
El capellán ordenó al acólito que despejase.
Tardó éste algo en obedecer, deteniéndose en doblar
la toalla del lavatorio. Al fin se fue, no muy de su grado. Llenaba la capilla
olor de flores y barniz fresco; por las ventanas entraba una luz caliente, que
cernían visillos de tafetán carmesí; y las carnes de los santos del altar
adquirían apariencia de vida, y la palidez de Nucha se sonroseaba
artificialmente.
—¿Julián?—preguntó con imperioso acento, extraño en
ella.
—Señorita...—respondió él en voz baja, por respeto
al lugar sagrado. Tembláronle los labios y las manos se le enfriaron, pues
creyó llegado el terrible momento de la confesión.
—Tenemos que hablar. Y ha de ser aquí, por fuerza.
En otras partes no falta quien aceche.
—Es verdad que no falta.
—¿Hará usted lo que le pida?
—Ya sabe que....
—¿Sea lo que sea?
—Yo....
Su turbación crecía: el corazón le latía con sordo
ruido. Se recostó en el altar.
—Es preciso—declaró Nucha sin apartar de él sus
ojos, más que vagos, extraviados ya—que me ayude usted a salir de aquí. De esta
casa.
—A.... A... salir...—tartamudeó Julián, aturdido.
—Quiero marcharme. Llevarme a mi niña. Volverme
junto a mi padre. Para conseguirlo hay que guardar secreto. Si lo saben aquí,
me encerrarán con llave. Me apartarán de la pequeña. La matarán. Sé de fijo que
la matarán.
El tono, la expresión, la actitud, eran de quien no
posee la plenitud de sus facultades mentales; de mujer impulsada por excitación
nerviosa que raya en desvarío.
—Señorita...—articuló el capellán, no menos
alterado—, no esté de pie, no esté de pie.... Siéntese en este banquito....
Hablemos con tranquilidad.... Ya conozco que tiene disgustos, señorita.... Se
necesita paciencia, prudencia.... Cálmese....
Nucha se dejó caer en el banco. Respiraba
fatigosamente, como persona en quien se cumplen mal las funciones pulmonares.
Sus orejas, blanquecinas y despegadas del cráneo, transparentaban la luz.
Habiendo tomado aliento, habló con cierto reposo.
—¡Paciencia y prudencia! Tengo cuanta cabe en una
mujer. Aquí no viene al caso disimular: ya sabe usted cuándo empezó a
clavárseme la espina; desde aquel día me propuse averiguar la verdad, y no me
costó... gran trabajo. Digo, sí; me costó un... un combate.... En fin, eso es
lo que menos importa. Por mí no pensaría en irme, pues no estoy buena y se me
figura que... duraré poco..., pero..., ¿y la niña?
—La niña....
—La van a matar, Julián, esas... gentes. ¿No ve
usted que les estorba? ¿Pero no lo ve usted?
—Por Dios le pido que se sosiegue.... Hablemos con
calma, con juicio....
—¡Estoy harta de tener calma!—exclamó con enfado
Nucha, como el que oye una gran simpleza—. He rogado, he rogado.... He agotado
todos los medios.... No aguardo, no puedo aguardar más. Esperé a que se
acabasen las elecciones dichosas, porque creía que saldríamos de aquí y
entonces se me pasaría el miedo.... Yo tengo miedo en esta casa, ya lo sabe
usted, Julián; miedo horrible.... Sobre todo de noche.
A la luz del sol, que tamizaban los visillos
carmesíes, Julián vio las pupilas dilatadas de la señorita, sus entreabiertos
labios, sus enarcadas cejas, la expresión de mortal terror pintada en su
rostro.
—Tengo mucho miedo—repitió estremeciéndose.
Renegaba Julián de su sosera. ¡Cuánto daría por ser
elocuente! Y no se le ocurría nada, nada. Los consuelos místicos que tenía
preparados y atesorados, la teoría de abrazarse a la cruz..., todo se le había
borrado ante aquel dolor voluntarioso, palpitante y desbordado.
—Ya desde que llegué... esta casa tan grande y tan
antigua...—prosiguió Nucha—me dio frío en la espalda.... Sólo que ahora... no
son tonterías de chiquilla mimada, no.... Me van a matar a la pequeña....
¡Usted lo verá! Así que la dejo con el ama, estoy en brasas.... Acabemos
pronto.... Esto se va a resolver ahora mismo. Acudo a usted, porque no puedo
confiarme a nadie más.... Usted quiere a mi niña.
—Lo que es quererla...—balbució Julián, casi
afónico de puro enternecido.
—Estoy sola, sola...—repitió Nucha pasándose la
mano por las mejillas. Su voz sonaba como entrecortada por lágrimas que
contenía—. Pensé en confesarme con usted, pero... buena confesión te dé
Dios.... No obedecería si usted me mandase quedarme aquí.... Ya sé que es mi
obligación: la mujer no debe apartarse del marido. Mi resolución, cuando me
casé, era....
Detúvose de pronto, y careándose con Julián, le
preguntó:
—¿No le parece a usted como a mí que este
casamiento tenía que salir mal? Mi hermana Rita ya era casi novia del primo
cuando él me pidió.... Sin culpa mía, quedamos reñidas Rita y yo desde
entonces.... No sé cómo fue aquello; bien sabe Dios que no puse nada de mi
parte para que Pedro se fijase en mí. Papá me aconsejó que, de todos modos, me
casase con el primo.... Yo seguí el consejo.... Me propuse ser buena, quererle
mucho, obedecerle, cuidar de mis hijos.... Dígame usted, Julián, ¿he faltado en
algo?
Julián cruzó las manos. Sus rodillas se doblaban, y
a punto estuvo de hincarlas en tierra. Pronunció con entusiasmo:
—Usted es un ángel, señorita Marcelina.
—No...—replicó ella—, ángel no, pero no me acuerdo
de haber hecho daño a nadie. He cuidado mucho a mi hermanito Gabriel, que era
delicado de salud y no tenía madre....
Al pronunciar esta frase, la ola rebosó, las
lágrimas corrieron por fin; Nucha respiró mejor, como si aquellos recuerdos de
la infancia templasen sus nervios y el llanto le diese alivio.
—Y por cierto que le tomé tal cariño, que pensaba
para mí: «Si tengo hijos algún día, no es posible quererlos más que a mi
hermano». Después he visto que esto era un disparate; a los hijos se les quiere
muchísimo más aún.
El cielo se nublaba lentamente, y se oscurecía la
capilla. La señorita hablaba con sosiego melancólico.
—Cuando mi hermano se fue al colegio de artillería,
yo no pensé más que en dar gusto a papá, y en que se notase poco la falta de la
pobre mamá.... Mis hermanas preferían ir a paseo, porque, como son bonitas, les
gustaban las diversiones. A mí me llamaban feúcha y bizca, y me aseguraban que
no encontraría marido.
—¡Ojalá!—exclamó Julián sin poder reprimirse.
—Yo me reía. ¿Para qué necesitaba casarme? Tenía a
papá y a Gabriel con quien vivir siempre. Si ellos se me morían, podía entrar
en un convento: el de las Carmelitas, en que está la tía Dolores, me gustaba
mucho. En fin, no he tenido culpa ninguna del disgusto de Rita. Cuando papá me
enteró de las intenciones del primo, le dije que no quería sacarle el novio a
mi hermana, y entonces papá... me besuqueó mucho en los carrillos, como cuando
era pequeña, y... me parece que le estoy oyendo... me respondió así: «Rita es
una tonta..., cállate». Pero por mucho que diga papá.... ¡al primo le seguía
gustando más Rita!...
Continuó después de algunos segundos de silencio:
—Ya ve usted que no tenía mucho por qué envidiarme
mi hermana.... ¡Cuánta hiel he tragado, Julián! Cuando lo pienso se me pone un
nudo aquí....
El capellán pudo al fin expresar parte de sus
sentimientos.
—No me extraña que se le ponga ese nudo.... Soy yo
y lo tengo también.... Día y noche estoy cavilando en sus males, señorita....
Cuando vi aquella señal.... La lastimadura en la muñeca....
Por primera vez durante la conversación se encendió
el descolorido rostro de Nucha, y sus ojos se velaron, cubriéndolos la caída de
las pestañas. No respondió directamente.
—Mire usted—murmuró con asomos de amarga
sonrisa—que siempre me suceden a mí desgracias por cosas de que no tengo la
culpa.... Pedro se empeñaba en que yo le reclamase a papá la legítima de mamá,
porque papá le negó un dinero que le hacía falta para las elecciones. También
se disgustó mucho porque la tía Marcelina, que pensaba instituirme heredera,
creo que va a dejarle a Rita los bienes.... Yo no tengo que ver con nada de
eso.... ¿Por qué me matan? Ya sé que soy pobre: no hay necesidad de
repetírmelo.... En fin, esto es lo de menos.... Me dolió bastante más el que mi
marido me dijese que por mí se ve sin sucesión la casa de Moscoso.... ¡Sin
sucesión! ¿Y mi niña? ¡Angelito de mis entrañas!
Lloraba la infeliz señora, lentamente, sin
sollozar. Sus párpados tenían ya el matiz rojizo que dan los pintores a los de
las Dolorosas.
—Lo mío—añadió—no me importa. Lo mío lo aguantaría
hasta el último instante. Que me... traten de un modo... o de otro, que... que
la criada... sea... ocupe mi sitio... bien..., bien, paciencia, sería cuestión
de tener paciencia, de sufrir, de dejarse morir.... Pero está de por medio la
niña..., hay otro niño, otro hijo, un bastardo.... La niña estorba.... ¡La
matarán!...
Repitió solemnemente y muy despacio:
—La matarán. No me mire usted así. No estoy loca,
sólo estoy excitada. He determinado marcharme e irme a vivir con mi padre. Me
parece que esto no es ningún pecado, ni tampoco el llevarme a la pequeña. ¡Y si
peco, no me lo diga, Julianciño!... Es resolución irrevocable. Usted vendrá
conmigo, porque sola no conseguiría realizar mi plan. ¿Me acompañará?
Julián quiso objetar algo; ¿qué? No lo sabía él
mismo. El diminutivo cariñoso usado por la señorita, la febril resolución con
que hablaba, le vencieron. ¿Negarse a ayudar a la desdichada? Imposible.
¿Pensar en lo que el proyecto tenía de extraño, de inconveniente? Ni se le
ocurrió un minuto. A fuer de criatura candorosa, una fuga tan absurda le
pareció hasta fácil. ¿Oponerse a la marcha? También él había tenido y tenía a
cada instante miedo, miedo cerval, no sólo por la niña, sino por la madre:
¿acaso no se le había ocurrido mil veces que la existencia de las dos corría
inminente peligro? Además, ¿qué cosa en el mundo dejaría él de intentar por
secar aquellos ojos puros, por sosegar aquel anheloso pecho, por ver de nuevo a
la señorita segura, honrada, respetada, cercada de miramientos en la casa
paterna?
Se representaba la escena de la escapatoria. Sería
al amanecer. Nucha iría envuelta en muchos abrigos. Él cargaría con la niña,
dormidita y arropadísima también. Por si acaso llevaría en el bolsillo un tarro
con leche caliente. Andando bien llegarían a Cebre en tres horas escasas. Allí
se podían hacer sopas. La nena no pasaría hambre. Tomarían en el coche la
berlina, el sitio más cómodo. Cada vuelta de la rueda les alejaría de los
tétricos Pazos....
Muy quedito, como quien se confiesa, empezaron a
debatir y resolver estos pormenores. Otro rayo de sol entreabría las nubes, y
los santos, en sus hornacinas, parecían sonreír benévolamente al grupo del
banquillo. Ni la Purísima de sueltos tirabuzones y traje blanco y azul, ni el
san Antonio que hacía fiestas a un niño Jesús regordete, ni el san Pedro con la
tiara y las llaves, ni siquiera el arcángel san Miguel, el caballero de la
ardiente espada, siempre dispuesto a rajar y hendir a Satanás, revelaban en sus
rostros pintados de fresco el más leve enojo contra el capellán, ocupado en
combinar los preliminares de un rapto en toda regla, arrebatando una hija a su
padre y una mujer a su legítimo dueño.
Al llegar aquí de la narración, es preciso acudir,
para completarla, a las reminiscencias que grabaron para siempre en la
imaginación del lindo rapazuelo, hijo de Sabel, los sucesos de la memorable
mañana en que por última vez ayudó a misa al bonachón de don Julián (el cual,
por más señas, solía darle dos cuartos una vez terminado el oficio divino).
El primer recuerdo que Perucho conserva es que, al
salir de la capilla, quedóse muy triste arrimado a la puerta, porque aquel día
el capellán no le había dado cosa alguna. Chupándose el dedo y en actitud
meditabunda permaneció allí unos instantes, hasta que la misma falta de los dos
cuartos acostumbrados le descubrió un rayo de luz: ¡su abuelo le había
prometido otros dos si le avisaba cuando la señora se quedase en la capilla
después de oída la misa! Raciocinando con sorprendente rigor matemático, calculó
que pues perdía dos cuartos por un lado, era urgente ganarlos por otro; apenas
concibió tan luminosa idea, sintió que las piernas le bailaban, y echó a correr
con toda la velocidad posible en busca de su abuelo.
Atravesando la cocina, colóse en la habitación baja
donde despachaba Primitivo, y empujando la puerta, le vio sentado ante una gran
mesa antigua, sobre la cual se encrespaba un maremágnum de papelotes cubiertos
de cifras engarrapatadas, de apuntes escritos con letra jorobada y escabrosa,
por mano que no debía ser diestra ni aun en palotes. La mesa y el cuarto en
general atraían a Perucho con el encanto que posee para la niñez lo desordenado
y revuelto, los sitios en que se acumulan muchas cosas variadas, pues imaginan
ellos que cada montón de objetos es un mundo desconocido, un depósito de
tesoros inestimables. Rara vez entraba allí Perucho; su abuelo acostumbraba
echarle para que no sorprendiese ciertas operaciones financieras que el
mayordomo gustaba de realizar sin testigos. Cuando el nieto entró, la cara
pulimentada y oscura de Primitivo podía confundirse con el tono bronceado de un
acervo de calderilla o montaña de cobre, de la cual iban saliendo columnitas,
columnitas que el mayordomo alineaba en correcta formación.... Perucho se quedó
deslumbrado ante tan fabulosa riqueza. ¡Allí estaban sus dos cuartos! ¡Menuda
pepita de aquel gran criadero de metal! Lleno de esperanza, alzó la voz cuanto
pudo, y dio su recado. Que la señora estaba en la capilla, con el señor
capellán.... Que le habían despedido de allí.
Iba a añadir: «Y que se me deben dos cuartos por la
noticia» o cosa análoga, pero no le dio lugar a ello su abuelo, alzándose del
sillón con la agilidad de bicho montés que caracterizaba sus movimientos todos,
no sin que al hacerlo produjese un tempestuoso remolino en el mar de
calderilla, y la caída de algunas torres que, con sonoro estrépito, se
rindieron a la gran pesadumbre. Primitivo salió corriendo hacia el interior de
la casa. El chiquillo se quedó allí, solicitado por las dos tentaciones más fuertes
que en su vida había sufrido. Era una la de comerse las obleas, que con su
provocativa blancura y encendido rojo le estaban convidando desde un bote de
hojalata, y aun cuando sería más glorioso para nuestro héroe vencer el goloso
capricho, la sinceridad obliga a declarar que alargó el dedo humedecido en
saliva, y fue pescando una, dos, tres, hasta zamparse cuantas encerraba el
bote. Satisfecha esta concupiscencia, le apremió la otra, incitándole nada
menos que a cobrarse por su mano de los dos cuartos prometidos, tomándolos del
montón que tenía allí delante, a su disposición y albedrío. No sólo apetecía
cobrarse del debido salario, sino que le seducían principalmente unos ochavos
roñosos llamados de la fortuna en el país, y que, merced a
consideraciones muy lógicas en su mente infantil, le parecían preferibles a las
piezas gordas. Las adquisiciones y placeres de Perucho los representaba
generalmente un ochavo. Por un ochavo le daba la rosquillera, en ferias y
romerías, caramelos de alfeñique o rosquillas bastantes; por un ochavo le
vendían bramante suficiente para el trompo, y le surtía el cohetero de pólvora
en cantidad con que hacer regueritos; por un ochavo se procuraba tiras de
mistos de cartón, groseras aleluyas impresas en papel amarillo, gallos de barro
con un pito en parte no muy decorosa. Y todo esto lo tenía al alcance de su
mano, como las obleas; ¡y nadie le veía ni podía delatarle! El angelote se
empinó en la punta de los pies para alcanzar mejor el dinero, alargó a la vez
ambas palmas, y las sumergió en el mar de cobre.... Las paseó mucho rato por la
superficie sin osar cerrarlas.... Por fin hizo presa en un puñado de ochavos, y
entonces apretó el puño fortísimamente, con la intensidad propia de los niños,
que temen siempre se les escape la dicha por la mano abierta. Y así se mantuvo
inmóvil, sin atreverse a retraer aquella diestra pecadora y cargada de botín al
seguro rincón del seno, donde almacenaba siempre sus latrocinios. Porque es de
advertir que Perucho tenía bastante de caco, y con la mayor frescura se
apropiaba huevos, fruta, y, en general, cuantos objetos codiciaba; pero, con
respeto supersticioso de aldeano, que sólo juzga propiedad ajena el dinero,
jamás había tocado a una moneda. En el alma de Perucho se verificaba una de
esas encarnizadas luchas entre el deber y la pasión, cantadas por la musa
dramática: el ángel malo y el bueno le tiraban cada uno de una oreja, y no
sabía a cuál atender. ¡Tremendo conflicto! Pero regocíjense el cielo y los
hombres, pues venció el espíritu de luz. ¿Fue el primer despertar de ese
sentimiento de honor que dicta al hombre heroicos sacrificios? ¿Fue una gota de
la sangre de Moscoso, que realmente corría por sus venas y que, con la
misteriosa energía de la transmisión hereditaria, le guió la voluntad como por
medio de una rienda? ¿Fue temprano fruto de las lecciones de Julián y Nucha? Lo
cierto es que el rapaz abrió la mano, separando mucho los dedos, y los ochavos
apresados cayeron entre los restantes, con metálico retintín.
No por eso hay que figurarse que Perucho renunciaba
a sus dos cuartos, los ganados honradamente con la agilidad de sus piernas.
¡Renunciar! ¡A buena parte! Aquel mismo embrión de conciencia que en el fondo
de su ser, donde todos tenemos escrita desde ab initio gran
parte del Decálogo, le gritaba: «no hurtarás», le dijo con no menor energía:
«tienes derecho a reclamar lo que te ofrecieron». Y, obedeciendo a la
impulsión, la criatura echó a correr en la misma dirección que su abuelo.
Casualmente tropezó con él en la cocina, donde
preguntaba algo a Sabel en queda voz. Acercósele Perucho, y asiéndole de la
chaqueta exclamó:
—¿Mis dos cuartos?
No hizo caso Primitivo. Dialogaba con su hija, y, a
lo que Perucho pudo comprender, ésta explicaba que el señorito había salido de
madrugada a tirar a los pollos de perdiz, y suponía que anduviese hacia la
parte del camino de Cebre. El abuelo soltó un juramento que usaba a menudo y
que Perucho solía repetir por fanfarronada, y, sin más conversación, se alejó.
Aseguró Perucho después que le había llamado la
atención ver al abuelo salir sin tomar la escopeta y el sombrerón de alas
anchas, prendas que no soltaba nunca. Semejante idea debió ocurrírsele al
chiquillo más tarde, en vista de los sucesos. Al pronto sólo pensó en alcanzar
a Primitivo, y lo logró en lo alto del camino que baja a los Pazos. Aunque el
cazador iba como el pensamiento, el rapaz corría en regla también.
—¡Anda al demonio! ¿Qué se te ofrece?—gruñó
Primitivo al conocer a su nieto.
—¡Mis dos cuartos!
—Te doy cuatro en casa si me ayudas a buscar por el
monte al señorito y le dices, en cuanto lo veas, lo que me dijiste a mí,
¿entiendes? Que el capellán está con la señora encerrado en la capilla y que te
echaron de allí para quedar solos.
El angelón fijó sus pupilas límpidas en los
fascinadores ojuelos de víbora de su abuelo; y, sin esperar más instrucciones,
abriendo mucho la boca, salió a galope hacia donde por instinto juzgaba él que
el señorito debía encontrarse. Volaba, con los puños apretados, haciendo saltar
guijarros y tierra al golpe de sus piececillos encallecidos por la planta.
Cruzaba por cima de los tojos sin sentir las espinas, hollando las flores del
rosado brezo, salvando matorrales casi tan altos como su persona, espantando la
liebre oculta detrás de un madroñero o la pega posada en las ramas bajas del
pino. De repente oyó el andar de una persona y vio al señorito salir de entre
el robledal.... Loco de júbilo se acercó a darle su recado, del cual esperaba
albricias. Éstas fueron la misma palabrota inmunda y atroz que había
expectorado su abuelo en la cocina; y el señorito salió disparado en dirección
de los Pazos, como si un torbellino lo arrebatase.
Perucho se quedó algunos instantes suspenso y
confuso; él afirma que al poco rato volvió a embargar su ánimo el deseo de los
cuartos ofrecidos, que ya ascendían a la respetable suma de cuatro. Para
obtenerlos era menester buscar a su abuelo, y avisarle del encuentro con el
señorito; no lo tuvo por difícil, pues recordaba aproximadamente el punto del
bosque donde Primitivo quedaba; y por atajos y vericuetos sólo practicables
para los conejos y para él, Perucho se lanzó tras la pista de su abuelo.
Trepaba por un murallón medio deshecho ya, amparo de un viñedo colgado, por
decirlo así, en la falda abrupta del monte, cuando del otro lado del baluarte
que escalaba creyó sentir rumor de pisadas, que la finura de su oído no
confundió con las del cazador; y con el instinto cauteloso de los niños hijos
de la naturaleza y entregados a sí mismos, se agachó, quedando encubierto por
el murallón de modo que sólo rebasase la frente. No podía dudarlo; eran pisadas
humanas, bien distintas de la corrida de la liebre por entre las hojas, o de
los golpecitos secos y reiterados que sacuden las patas unguladas del zorro o
del perro. Pisadas humanas eran, aunque sí muy recelosas, apagadas y
lentísimas. Parecían de alguien que procuraba emboscarse. Y, en efecto, poco
tardó el niño en ver asomar, gateando entre los matorrales, a un hombre cuya
descripción acaso había oído mil veces en las veladas, en las deshojas,
acompañada de exclamaciones de terror. El hongo gris, la faja roja, las
recortadas patillas destacándose sobre el rostro color de sebo, y sobre todo el
ojo blanco, sin vista, frío como un pedazo de cuarzo de la carretera, en suma,
la desapacible catadura del Tuerto de Castrodorna dejaron absorto al chiquillo.
Apretaba el Tuerto contra su pecho corto y ancho trabuco, y, después de girar
hacia todas partes el único lucero de su fea cara, de aguzar el oído, de
olfatear, por decirlo así, el aire, arrimóse al murallón, medio arrodillándose
tras de un seto de zarzas y brezo que lo guarnecía. Perucho, cuyos pies
descansaban en las anfractuosidades del muro, se quedó como incrustado en él,
sin osar respirar, ni bajarse, ni moverse, porque aquel hombre desconocido, mal
encarado y en acecho, le infundía el pavor irracional de los niños, que
adivinan peligros cuya extensión ignoran. Por mucho que le aguijonease el deseo
de sus cuatro cuartos, no se atrevía a descolgarse del murallón, temiendo hacer
ruido y que le apuntasen con el cañón de aquel arma, cuya ancha boca debía, de
seguro, vomitar fuego y muerte.... Así transcurrieron diez segundos de angustia
para el angelote. Antes que pudiera entrar a cuentas con el miedo, ocurrió un
nuevo incidente. Sintió otra vez pasos, no recelosos, como de quien se oculta,
sino precipitados, como de quien va a donde le importa llegar presto; y por el
camino hondo que limitaba el murallón divisó a su abuelo que avanzaba en
dirección de los Pazos; sin duda, con su vista de águila había distinguido al
señorito, y le seguía intentando darle alcance. Iba Primitivo distraído, con el
propósito de reunirse a don Pedro, y no miraba a parte alguna. Llegó a
atravesar por delante del muro. El niño entonces vio una cosa terrible, una
cosa que recordó años después y aun toda su vida: el hombre emboscado se
incorporaba, con su único ojo centelleante y fiero; se echaba a la cara la
formidable tercerola; se oía un espantoso trueno, voz de la bocaza negra;
flotaba un borrón de humo, que el aire disipó instantáneamente, y al través de
sus últimos tules grises el abuelo giraba sobre sí mismo como una peonza, y
caía boca abajo, mordiendo sin duda, en suprema convulsión, la hierba y el lodo
del camino.
Asegura Perucho que no ha sabido jamás si fue el
miedo o su propia voluntad lo que le obligó a descolgarse del murallón y
descender, más bien que a saltos, rodando, los atajos conocidos, magullándose
el cuerpo, poniéndose en trizas la ropa, sin hacer caso de lo uno ni de lo
otro. Rebotó como un pelota por entre las nudosas cepas; brincó por cima de los
muros de piedra que las sostenían; salvó como una flecha sembrados de maíz;
metióse de patas en los regatos, mojándose hasta la cintura, por no detenerse a
seguir las pasaderas de piedra; salvó vallados tres veces más altos que su
cuerpo; cruzó setos, saltó hondonadas y zanjas, no comprendió por dónde ni
cómo, pero el caso es que, arañado, ensangrentado, sudoroso, jadeante, se
encontró en los Pazos, y maquinalmente volvió al punto de partida, la capilla,
donde entró, enteramente olvidado de los cuatro cuartos, primer móvil de sus
aventuras todas.
Estaba escrito que aquella mañana había de ser
fecunda en extraordinarias sorpresas. En la capilla acostumbraba Perucho notar
que se hablaba bajito, se andaba despacio, se contenía hasta la respiración: el
menor desliz en tal materia solía costarle un severo regaño de don Julián; de
modo que, sobreponiéndose el instinto y el hábito al azoramiento y trastorno,
penetró en el sagrado lugar con actitud respetuosa. En él sucedía algo que le
causó un asombro casi mayor que el de la catástrofe de su abuelo. Recostada en
el altar se encontraba la señora de Moscoso, con un color como una muerta, los
ojos cerrados, las cejas fruncidas, temblando con todo su cuerpo; frente a
ella, el señorito vociferaba, muy deprisa y en ademán amenazador, cosas que no
entendió el niño; mientras el capellán, con las manos cruzadas y la fisonomía
revelando un espanto y dolor tales que nunca había visto Perucho en rostro
humano expresión parecida, imploraba, imploraba al señorito, a la señorita, al
altar, a los santos..., y de repente, renunciando a la súplica, se colocaba,
encendido y con los ojos chispeantes, dando cara al marqués, como
desafiándole.... Y Perucho comprendía a medias frases indignadas, frases
injuriosas, frases donde se desbordaba la cólera, el furor, la indignación, la
ira, el insulto; y, sin saber la causa de alboroto semejante, deducía que el
señorito estaba atrozmente enfadado, que iba a pegar a la señorita, a matarla
quizás, a deshacer a don Julián, a echar abajo los altares, a quemar tal vez la
capilla....
El niño recordó entonces escenas análogas, pero
cuyo teatro era la cocina de los Pazos, y las víctimas su madre y él: el
señorito tenía entonces la misma cara, idéntico tono de voz. Y en medio de la
confusión de su tierno cerebro, de los terrores que se reunían para apocarlo,
una idea, superior a todas, se levantó triunfante. No cabía duda que el
señorito se disponía a acogotar a su esposa y al capellán; también acababan de
matar a su abuelo en el monte; aquel día, según indicios, debía ser el de la
general matanza. ¿Quién sabe si, luego que acabase con su mujer y con don
Julián, se le ocurriría al señorito quitar la vida a la nené? Semejante
pensamiento devolvió a Perucho toda la actividad y energía que acostumbraba
desplegar para el logro de sus azarosas empresas en corrales, gallineros y
establos.
Escurrióse bonitamente de la capilla, resuelto a
salvar a toda costa la vida de la heredera de Moscoso. ¿Cómo haría? Faltábale
tiempo de madurar el plan: lo que importaba era obrar con celeridad y no
arredrarse ante obstáculo alguno. Se deslizó sin ser visto por la cocina, y
subió la escalera a escape. Llegado que hubo a las habitaciones altas,
residencia de los señores, de tal manera supo amortiguar el ruido de sus
pisadas, que el oído más fino lo confundiría con el susurro del aire al agitar
una cortina. Lo que él temía era encontrar cerrada la puerta del dormitorio de
Nucha. El corazón le dio un brinco de alegría al verla entornada.
La empujó con suavidad de gato que esconde las
uñas.... Tenía la maldita puerta el vicio de rechinar; pero tan sutil fue el
empuje, que apenas gimió sordamente. Perucho se coló en la habitación,
ocultándose tras del biombo. Por uno de los muchos agujeros que éste lucía,
miró al otro lado, hacia donde estaba la cuna. Vio a la niña dormida, y al ama,
de bruces sobre el lecho de Nucha, roncando sordamente. No era de temer que se
despabilase la marmota: el rapaz podía a mansalva realizar sus propósitos.
Sin embargo, convenía que no despertase la
chiquilla, no fuese a alborotar la casa lloriqueando. Perucho la tomó como
quien toma un muñeco de cristal, muy rompedizo y precioso: sus palmas llenas de
callos y sus brazos hechos a disparar certeras pedradas y a descargar puñetazos
en el testuz de los bueyes adquirieron de golpe delicadeza exquisita, y la
nené, envuelta en el pañolón de calceta, no gruñó siguiera al trocar la cama
por los brazos de su precoz raptor. Éste, conteniendo hasta el respirar, andando
con paso furtivo, rápido y cauteloso—el andar de la gata que lleva a sus
cachorros entre los dientes, colgados de la piel del pescuezo—, se dirigió a
buscar la salida por el claustro, pues de cruzar la cocina era probable una
sorpresa.
En el claustro se paró obra de diez segundos, para
meditar. ¿Dónde escondería su tesoro? ¿En el pajar, en el herbeiro,
en el hórreo, en el establo? Optó por el hórreo—el lugar menos frecuentado y
más oscuro—. Bajaría la escalera, se enhebraría por el claustro, se colaría por
las cuadras, salvaría la era, y después nada más sencillo que ocultarse en el
escondrijo. Dicho y hecho.
Arrimada al hórreo estaba la escala. Perucho
comenzó a subir, operación bastante difícil atendido el estorbo que le hacía la
chiquilla. Lo estrecho y vertical de los travesaños imponía la necesidad de
agarrarse con manos y pies al ir ascendiendo: Perucho no disponía de las manos;
la energía de la voluntad se le comunicó al dedo gordo del pie, que semejaba
casi prensil a fuerza de adaptarse y adherirse a las barras de palo, bruñidas
ya con el uso. En mitad de la ascensión pensó que rodaba al pie del hórreo, y
apretó contra el pecho a la niña, que, despertándose, rompió en llanto.... ¡Que
llorase! Allí no la oía alma viviente; por la era sólo vagaba media docena de
gallinas, disputando a dos gorrinos las hojas de una col. Perucho entró
triunfante por la puerta del hórreo....
Las espigas de maíz no lo llenaban hasta el techo,
dejando algún espacio suficiente para que dos personas minúsculas, como Perucho
y su protegida, pudiesen acomodarse y revolverse. El rapaz se sentó sin soltar
a la nena, diciéndole mil chuscadas y zalamerías a fin de acallarla, abusando
del diminutivo que tan cariñosa gracia adquiere en labios del aldeano.
—Reiniña, mona, ruliña, calla, calla,
que te he de dar cosas bunitas, bunitas, bunitiñas.... ¡Si no callas, viene un
cocón y te come! ¡Velo ahí viene! ¡Calla, soliño, paloma blanca,
rosita!
No por virtud de las exhortaciones, pero sí por
haber conocido a su amigo predilecto, la niña callaba ya. Mirábale, y,
sonriendo regocijadamente, le pasaba las manos por la cara, gorjeaba, se
bababa, y miraba con curiosidad alrededor. Extrañaba el sitio. Enfrente,
alrededor, debajo, por todos lados, la rodeaba un mar de espigas de oro, que al
menor movimiento de Perucho se derrumbaban en suaves cascadas, y donde el sol,
penetrando por los intersticios del enrejado del hórreo, tendía galones más
claros, movibles listas de luz. Perucho comprendió que poseía en las espigas un
recurso inestimable para divertir a la pequeña. Tan pronto le daba una en la
mano, como alzaba con muchas una especie de pirámide; la nené se entretenía en
derribarla o forjarse la ilusión de que la derribaba, pues realmente una patada
de Perucho hacía el milagro. Reía ella lo mismo que una loca, y pedía
impaciente, por señas, que le renovasen el juego.
Pronto se cansó de él. Con todo, estaba de buen
humor, gracias a la compañía de Perucho. Su mirada risueña y dulce, fija en la
de su compañero, parecía decirle: «¿Qué mejor juego que estar juntos?
Disfrutemos de este bien que siempre nos han dado con tasa». En vista de tan
cariñosas disposiciones, Perucho se entregó al placer de halagarla a su sabor.
Ya le apoyaba un dedo en el carrillo, para provocarla a risa; ya remedaba a un
lagarto, arrastrando la mano por el cuerpo de la nené arriba, e imitando los
culebreos del rabo; ya se fingía encolerizado, espantaba los ojos, hinchaba los
carrillos, cerraba los puños y resoplaba fieramente; ya, tomando a la nena en
peso, la subía en alto y figuraba dejarla caer de golpe sobre las espigas. Por
último, recelando cansarla, la cogió en brazos, se sentó a la turca, y comenzó
a mecerla y arrullarla blandamente, con tanta suavidad, precaución y ternura
como pudiera su propia madre.
¡Qué ganas, qué violentos antojos se le pasaban!...
¿De qué? En las veces que fue admitido a la intimidad de la habitación de Nucha
y se le consintió aproximarse a la nené y vivir su vida, jamás osara
hacerlo.... Miedo de que le riñesen o echasen; vago respeto religioso que se
imponía a su alma de pilluelo diabólico; vergüenza; falta de costumbre de sus
labios, que a nadie besaban; todo se unía para impedirle satisfacer una
aspiración que él juzgaba ambiciosa y punto menos que sacrílega.... Pero ahora
era dueño del tesoro; ahora la nené le pertenecía; la había ganado en buena
lid, la poseía por derecho de conquista, ¡ese derecho que comprenden los mismos
salvajes! Adelantó mucho el hocico, igual que si fuese a catar alguna golosina,
y tocó la frente y los ojos de la pequeña.... Después desenvolvió lentamente
los pliegues del mantón, y descubrió las piernas, calentitas como chicharrones,
que apenas se vieron libres del envoltorio comenzaron a bailar, sacudiendo sus
favoritas patadas de júbilo. Perucho alzó hasta la boca un pie, luego otro, y
así alternando se pasó un rato regular; sus besos hacían cosquillas a la niña,
que soltaba repentinas carcajadas y se quedaba luego muy seria; pero que en
breve empezó a sentir el frío, y con la rapidez que revisten en los niños muy
chicos los cambios de temperatura, los piececillos se le quedaron casi helados.
Al punto lo advirtió Perucho, y echándoles repetidas veces el aliento, como
había visto hacer a la vaca con sus recentales, los envolvió en mantillas y
pañolón, y nuevamente llegó a sí a la criatura, meciéndola.
El más glorioso conquistador no aventajaba en
orgullo y satisfacción a Perucho en tales momentos, cuando juzgaba evidente que
había salvado a la nené de la degollación segura y puéstola a buen recaudo,
donde nadie daría con ella. Ni un minuto recordó al duro y bronceado abuelo
tendido allá junto al paredón.... A menudo se ve al niño, deshecho en lágrimas
al pie del cadáver de su madre, consolarse con un juguete o un cartucho de
dulces; quizás vuelvan más adelante la tristeza y el recuerdo, pero la impresión
capital del dolor ya se ha borrado para siempre. Así Perucho. La ventura de
poseer a su nené adorada, la prez de defender su vida, le distraían de los
trágicos acontecimientos recientes. No se acordaba del abuelo, no, ni del
trabucazo que lo había tumbado como él tumbaba las perdices.
Con todo, algo medroso y tétrico debía pesar sobre
su imaginación, según el cuento que empezó a referir en voz hueca a la nené, lo
mismo que si ella pudiese comprender lo que le hablaban. ¿De dónde procedía
este cuento, variante de la leyenda del ogro? ¿Lo oiría Perucho en alguna
velada junto al lar, mientras hilaban las viejas y pelaban castañas
las mozas? ¿Sería creación de su mente excitada por los terrores de un día tan
excepcional? «Una ves—empezaba el cuento—era un rey muy malo, muy
galopín, que se comía la gente y las presonas vivas.... Este
rey tenía una nené bunita bunita, como la frol de mayo... y
pequeñita pequeñita como un grano de millo (maíz quería decir
Perucho). Y el malo bribón del rey quería comerla, porque era el coco, y tenía
una cara más fea, más fea que la del diaño... (Perucho hacía
horribles muecas a fin de expresar la fealdad extraordinaria del rey). Y una
noche dijo él, dice: 'Heme de comer mañana por la mañanita trempano a
la nené... así, así'. (Abría y cerraba la boca haciendo chocar las mandíbulas,
como los papamoscas de las catedrales). Y había un pagarito sobre
un árbole, y oyó al rey, y dijo, dice: 'Comer no la has de comer,
coco feo.' ¿Y va y qué hace el pagarito? Entra por la ventanita...
y el rey estaba durmiendo. (Recostaba la cabeza en las espigas de maíz y
roncaba estrepitosamente para representar el sueño del rey). Y va el pagarito y
con el bico le saca un ojo, y el rey queda chosco.
(Guiñaba el ojo izquierdo, mostrando cómo el rey se halló tuerto). Y el rey a
despertar y a llorar, llorar, llorar (imitación de llanto) por su ojo, y
el pagarito a se reír muy puesto en el árbole....
Y va y salta y dijo, dice: 'Si no comes a la nené y me la regalas, te doy el
ojo...' Y va el rey y dice: 'Bueno...' Y va el pagarito y se
casó con la nené, y estaba siempre cantando unas cosas muy preciosas, y tocando
la gaita... (solo de este instrumento), y entré por una porta y
salí por otra, ¡y manda el rey que te lo cuente otra vez!».
La nené no oyó el final del cuento.... La música de
las palabras, que no le despertaban idea alguna, el haber vuelto a entrar en
calor, la misma satisfacción de estar con su favorito, le trajeron
insensiblemente el sueño anterior, y Perucho, al armar la algazara acostumbrada
cuando terminan los cuentos de cocos, la vio con los ojos cerrados.... Acomodó
lo mejor que pudo el lecho de espigas; llególe el mantón al rostro, como hacía
Nucha, para que no se le enfriase el hociquito, y muy denodado y resuelto a hacer
centinela, se arrimó a la puerta del hórreo, en una esquina, reclinándose en un
montón de maíz. Pero fuese la inmovilidad, o el cansancio, o la reacción de
tantas emociones consecutivas, también a él la cabeza le pesaba y se le
entornaban los párpados. Se los frotó con los dedos, bostezó, luchó algunos
minutos con el sueño invasor... Éste venció al cabo. Los dos ángeles refugiados
en el hórreo dormían en paz.
Entre las representaciones de una especie de
pesadilla angustiosa que agitaba a Perucho, veía el muchacho un animalazo de
desmesurado grandor, bestión fiero que se acercaba a él rugiendo, bramando y
dispuesto a zampárselo de un bocado o a deshacerlo de una uñada.... Se le erizó
el cabello, le temblaron las carnes, y un sudor frío le empapó la sien.... ¡Qué
monstruo tan espantoso! Ya se acerca..., ya cae sobre Perucho..., sus garras se
hincan en las carnes del rapaz, su cuerpo descomunal le cae encima lo mismo que
una roca inmensa.... El chiquillo abre los ojos....
Sofocada y furiosa, vociferando, moliéndolo a su
sabor a pescozones y cachetes, arrancándole el rizado pelo y pateándolo, estaba
el ama, más enorme, más brutal que nunca. No hay que omitir que Perucho se
condujo como un héroe. Bajando la cabeza, se atravesó en la entrada del hórreo,
y por espacio de algunos minutos defendió su presa haciéndole muralla con el
cuerpo.... Pero el enorme volumen del ama pesó sobre él y lo redujo a la
inacción, comprimiéndolo y paralizándolo. Cuando el mísero chiquillo, medio ahogado,
se sintió libre de aquella estatua de plomo que a poco más le convierte en
oblea, miró hacia atrás.... La niña había desaparecido. Perucho no olvidará
nunca el desesperado llanto que derramó por más de media hora revolcándose
entre las espigas.
Tampoco Julián olvidará el día en que ocurrieron
acontecimientos tan extraordinarios; día dramático entre todos los de su
existencia, en que le sucedió lo que no pudo imaginar jamás: verse acusado, por
un marido, de inteligencias culpables con su mujer, por un marido que se
quejaba de ultrajes mortales, que le amenazaba, que le expulsaba de su casa
ignominiosamente y para siempre; y ver a la infeliz señorita, a la
verdaderamente ofendida esposa, impotente para desmentir la ridícula y horrenda
calumnia. ¿Y qué sería si hubiesen realizado su plan de fuga al día siguiente?
¡Entonces sí que tendrían que bajar la cabeza, darse por convictos!... ¡Y decir
que cinco minutos antes no se les prevenía siquiera la posibilidad de que don
Pedro y el mundo lo interpretasen así!
No, no lo olvidará Julián. No olvidará aquellas
inesperadas tribulaciones, el valor repentino y ni aun de él mismo sospechado
que desplegó en momentos tan críticos para arrojar a la faz del marido cuanto
le hervía en el alma, la reprobación, la indignación contenida por su habitual
timidez; el reto provocado por el bárbaro insulto; los calificativos terribles
que acudían por vez primera a su boca, avezada únicamente a palabras de paz; el
emplazamiento de hombre a hombre que lanzó al salir de la
capilla.... No olvidará, no, la escena terrible, por muchos años que pesen
sobre sus hombros y por muchas canas que le enfríen las sienes. Ni olvidará
tampoco su partida precipitada, sin dar tiempo a recoger el equipaje; cómo
ensilló con sus propias inexpertas manos la yegua; cómo, desplegando una
maestría debida a la urgencia, había montado, espoleado, salido a galope,
ejecutando todos estos actos mecánicamente, cual entre sueños, sin aguardar a
que se disipase el corto hervor de la sangre, sin querer ver a la niña ni darle
un beso, porque comprendía, estaba seguro de que, si lo hiciera, sería capaz de
postrarse a los pies del señorito, rogándole humildemente que le permitiese
quedarse allí en los Pazos, aunque fuese de pastor de ganado o jornalero....
No olvidará tampoco la salida de la casa solariega,
la ascensión por el camino que el día de su llegada le pareció tan triste y
lúgubre.... El cielo está nublado; ciernen la claridad del sol pardos crespones
cada vez más densos; los pinos, juntando sus copas, susurran de un modo
penetrante, prolongado y cariñoso; las ráfagas del aire traen el olor sano de
la resina y el aroma de miel de los retamares. El crucero, a poca distancia,
levanta sus brazos de piedra manchados por el oro viejo del liquen.... La yegua,
de improviso, respinga, tiembla, se encabrita.... Julián se agarra
instintivamente a las crines, soltando la rienda.... En el suelo hay un bulto,
un hombre, un cadáver; la hierba, en derredor suyo, se baña en sangre que
empieza ya a cuajarse y ennegrecerse. Julián permanece allí, clavado, sin
fuerzas, anonadado por una mezcla de asombro y gratitud a la Providencia, que
no puede razonar, pero le subyuga.... El cadáver tiene la faz contra tierra; no
importa: Julián ha reconocido a Primitivo; es él mismo. El capellán no vacila,
no discurre quién le habrá matado. ¡Cualquiera que sea el instrumento, lo
dirige la mano de Dios! Desvía la yegua, se persigna, se aparta, se aleja
definitivamente, volviendo de cuando en cuando la cabeza para ver el negro
bulto, sobre el fondo verde de la hierba y la blancura gris del paredón....
¡Ah! No, no olvida nada Julián. No olvida en
Santiago, donde su llegada se glosa, donde su historia en los Pazos adquiere
proporciones leyendarias, donde el éxito de las elecciones, la partida del
capellán, el asesinato del mayordomo, se comentan, se adornan, entretienen al
pueblo casi todo un mes, y donde las gentes le paran en la calle preguntándole
qué ocurre por allá, qué sucede con Nucha Pardo, si es cierto que su marido la
maltrata y que está muy enferma, y que las elecciones de Cebre han sido un escándalo
gordo. No olvida cuando el arzobispo le llama a su cámara, a fin de inquirir
qué hay de verdad en todo lo ocurrido, y él, después de arrodillarse, lo cuenta
sin poner ni quitar una sílaba, encontrando en la sincera confesión
inexplicable alivio, y besando, con el corazón desahogado ya, la amatista que
brilla sobre el anular del prelado. No olvida cuando éste dispone enviarle a
una parroquia apartadísima, especie de destierro, donde vivirá completamente
alejado del mundo.
Es una parroquia de montaña, más montaña que los
Pazos, al pie de una sierra fragosa, en el corazón de Galicia. No hay en toda
ella, ni en cuatro leguas a la redonda, una sola casa señorial; en otro tiempo,
en épocas feudales, se alzó, fundado en peñasco vivo, un castillo roquero, hoy
ruina comida por la hiedra y habitada por murciélagos y lagartos. Los
feligreses de Julián son pobres pastores: en vísperas de fiesta y tiempo de
oblata le obsequian con leche de cabra, queso de oveja, manteca en orzas de barro.
Hablan dialecto cerradísimo, arduo de comprender; visten de somonte y usan
greñas largas, cortadas sobre la frente a la manera de los antiguos siervos. En
invierno cae la nieve y aúllan los lobos en las inmediaciones de la rectoral;
cuando Julián tiene que salir a las altas horas de la noche para llevar los
sacramentos a algún moribundo, se ve obligado a cubrirse con coroza de paja y a
calzar zuecos de palo; el sacristán va delante, alumbrando con un farol, y
entre la oscuridad nocturna, las encinas parecen fantasmas....
Pasadas dos estaciones recibe una esquela, una
papeleta orlada de negro; la lee sin entenderla al pronto; después se entera
bien del contenido, y sin embargo no llora, no da señal alguna de pena.... Al
contrario, aquel día y los siguientes experimenta como un sentirmento de
consuelo, de bienestar y de alegría, porque la señorita Nucha, en el cielo,
estará desquitándose de lo sufrido en esta tierra miserable, donde sólo
martirios aguardan a un alma como la suya.... La doctrina resignada de la Imitación ha
vuelto a reinar en su espíritu. Hasta el efecto de la noticia se borra pronto,
y una especie de insensibilidad apacible va cauterizando el espíritu de Julián:
piensa más en lo que le rodea, se interesa por la iglesia desmantelada, trata
de enseñar a leer a los salvajes chiquillos de la parroquia, funda una
congregación de hijas de María para que las mozas no bailen los domingos.... Y
así pasa el tiempo, uniformemente, sin dichas ni amarguras, y la placidez de la
naturaleza penetra en el alma de Julián, y se acostumbra a vivir como los
paisanos, pendiente de la cosecha, deseando la lluvia o el buen tiempo como el
mayor beneficio que Dios puede otorgar al hombre, calentándose en el lar,
diciendo misa muy temprano y acostándose antes de encender luz, conociendo por
las estrellas si se prepara agua o sol, recogiendo castaña y patata, entrando
en el ritmo acompasado, narcótico y perenne de la vida agrícola, tan inflexible
como la vuelta de las golondrinas en primavera y el girar eterno de nuestro
globo, describiendo la misma elipse, al través del espacio....
Y, sin embargo, no olvida. Y en aquel rincón viene
a sorprenderle el ascenso, la traslación a la parroquia de Ulloa, especie de
desagravio del arzobispo. La mitra alternaba con los señores de Ulloa en la
presentación del curato, y el arzobispo había querido manifestar así al humilde
párroco, enterrado diez años hacía en la montaña más fiera de la diócesis, que
la calumnia puede empañar el cristal de la honra, no mancharlo.
Diez años son una etapa, no sólo en la vida del
individuo, sino en la de las naciones. Diez años comprenden un periodo de
renovación: diez años rara vez corren en balde, y el que mira hacia atrás suele
sorprenderse del camino que se anda en una década. Mas así como hay personas,
hay lugares para los cuales es insensible el paso de una décima parte de siglo.
Ahí están los Pazos de Ulloa, que no me dejarán mentir. La gran huronera,
desafiando al tiempo, permanece tan pesada, tan sombría, tan adusta como siempre.
Ninguna innovación útil o bella se nota en su mueblaje, en su huerto, en sus
tierras de cultivo. Los lobos del escudo de armas no se han amansado; el pino
no echa renuevos; las mismas ondas simétricas de agua petrificada bañan los
estribos de la puente señorial.
En cambio la villita de Cebre, rindiendo culto al
progreso, ha atendido a las mejoras morales y materiales, según frase de un
cebreño ilustrado, que envía correspondencias a los diarios de Pontevedra y
Orense. No se charla ya de política solamente en el estanco: para eso se ha
fundado un Círculo de Instrucción y Recreo, Artes y Ciencias (lo reza su
reglamento) y se han establecido algunas tiendecillas que el cebreño susodicho
denomina bazares. Verdad es que los dos caciques aún continúan
disputándose el mero y mixto imperio; mas ya parece seguro que Barbacana,
representante de la reacción y la tradición, cede ante Trampeta, encarnación
viviente de las ideas avanzadas y de la nueva edad.
Dicen algunos maliciosos que el secreto del triunfo
del cacique liberal está en que su adversario, hoy canovista, se encuentra ya
extremadamente viejo y achacoso, habiendo perdido mucha parte de sus bríos e
indómito al par que traicionero carácter. Sea como quiera, el caso es que la
influencia barbacanesca anda maltrecha y mermada.
Quien ha envejecido bastante, de un modo prematuro,
es el antiguo capellán de los Pazos. Su pelo está estriado de rayitas
argentadas; su boca se sume; sus ojos se empañan; se encorvan sus lomos. Avanza
despaciosamente por el carrero angosto que serpea entre
viñedos y matorrales conduciendo a la iglesia de Ulloa.
¡Qué iglesia tan pobre! Más bien parece la casuca
de un aldeano, conociéndose únicamente su sagrado destino en la cruz que corona
el tejadillo del pórtico. La impresión es de melancolía y humedad, el atrio
herboso está a todas horas, aun a las meridianas, muy salpicado y como empapado
de rocío. La tierra del atrio sube más alto que el peristilo de la iglesia, y
ésta se hunde, se sepulta entre el terruño que lentamente va desprendiéndose
del collado próximo. En una esquina del atrio, un pequeño campanario aislado
sostiene el rajado esquilón; en el centro, una cruz baja, sobre tres gradas de
piedra, da al cuadro un toque poético, pensativo. Allí, en aquel rincón del
universo, vive Jesucristo.... ¡pero cuán solo!, ¡cuán olvidado!
Julián se detuvo ante la cruz. Estaba viejo
realmente, y también más varonil: algunos rasgos de su fisonomía delicada se
marcaban, se delineaban con mayor firmeza; sus labios, contraídos y
palidecidos, revelaban la severidad del hombre acostumbrado a dominar todo
arranque pasional, todo impulso esencialmente terrestre. La edad viril le había
enseñado y dado a conocer cuánto es el mérito y debe ser la corona del
sacerdote puro. Habíase vuelto muy indulgente con los demás, al par que severo
consigo mismo.
Al pisar el atrio de Ulloa notaba una impresión
singularísima. Parecíale que alguna persona muy querida, muy querida para él,
andaba por allí, resucitada, viviente, envolviéndole en su presencia,
calentándole con su aliento. ¿Y quién podía ser esa persona? ¡Válgame Dios!
¡Pues no daba ahora en el dislate de creer que la señora de Moscoso vivía, a
pesar de haber leído su esquela de defunción! Tan rara alucinación era, sin
duda, causada por la vuelta a Ulloa, después de un paréntesis de dos lustros.
¡La muerte de la señora de Moscoso! Nada más fácil que cerciorarse de ella....
Allí estaba el cementerio. Acercarse a un muro coronado de hiedra, empujar una
puerta de madera, y penetrar en su recinto.
Era un lugar sombrío, aunque le faltasen los
lánguidos sauces y cipreses que tan bien acompañan con sus actitudes teatrales
y majestuosas la solemnidad de los camposantos. Limitábanlo, de una parte, las
tapias de la iglesia; de otra, tres murallones revestidos de hiedra y plantas
parásitas; y la puerta, fronteriza a la de entrada por el atrio, la formaba un
enverjado de madera, al través del cual se veía diáfano y remoto horizonte de
montañas, a la sazón color de violeta, por la hora, que era aquella en que el
sol, sin calentar mucho todavía, empieza a subir hacia su zenit, y en que la
naturaleza se despierta como saliendo de un baño, estremecida de frescura y
frío matinal. Sobre la verja se inclinaba añoso olivo, donde nidaban mil
gorriones alborotadores, que a veces azotaban y sacudían el ramaje con su
voleteo apresurado; y hacíale frente una enorme mata de hortensia, mustia y
doblegada por las lluvias de la estación, graciosamente enfermiza, con sus
mazorcas de desmayadas flores azules y amarillentas. A esto se reducía todo el
ornato del cementerio, mas no su vegetación, que por lo exuberante y viciosa
ponía en el alma repugnancia y supersticioso pavor, induciendo a fantasear si
en aquellas robustas ortigas, altas como la mitad de una persona, en aquella hierba
crasa, en aquellos cardos vigorosos, cuyos pétalos ostentaban matices flavos de
cirio, se habrían encarnado, por misteriosa transmigración, las almas,
vegetativas también en cierto modo, de los que allí dormían para siempre, sin
haber vivido, sin haber amado, sin haber palpitado jamás por ninguna idea
elevada, generosa, puramente espiritual y abstracta, de las que agitan la
conciencia del pensador y del artista. Parecía que era sustancia humana—pero de
una humanidad ruda, primitiva, inferior, hundida hasta el cuello en la
ignorancia y en la materia—la que nutría y hacía brotar con tan enérgica
pujanza y savia tan copiosa aquella flora lúgubre por su misma lozanía. Y en
efecto, en el terreno, repujado de pequeñas eminencias que contrastaban con la
lisa planicie del atrio, advertía a veces el pie durezas de ataúdes mal
cubiertos y blanduras y molicies que infundían grima y espanto, como si se
pisaran miembros flácidos de cadáver. Un soplo helado, un olor peculiar de moho
y podredumbre, un verdadero ambiente sepulcral se alzaba del suelo lleno de
altibajos, rehenchido de difuntos amontonados unos encima de otros; y entre la
verdura húmeda, surcada del surco brillante que dejan tras sí el caracol y la
babosa, torcíanse las cruces de madera negra fileteadas de blanco, con rótulos
curiosos, cuajados de faltas de ortografía y peregrinos disparates. Julián, que
sufría la inquietud, el hormigueo en la planta de los pies que nos causa la
sensación de hollar algo blando, algo viviente, o que por lo menos estuvo dotado
de sensibilidad y vida, experimentó de pronto gran turbación: una de las
cruces, más alta que las demás, tenía escrito en letras blancas un nombre.
Acercóse y descifró la inscripción, sin pararse en deslices ortográficos: «Aquí
hacen las cenizas de Primitibo Suarez, sus parientes y amijos ruegen a Dios por
su alma».... El terreno, en aquel sitio, estaba turgente, formando una
eminencia. Julián murmuró una oración, desvióse aprisa, creyendo sentir bajo
sus plantas el cuerpo de bronce de su formidable enemigo. Al punto mismo se
alzó de la cruz una mariposilla blanca, de esas últimas mariposas del año que
vuelan despacio, como encogidas por la frialdad de la atmósfera, y se paran en
seguida en el primer sitio favorable que encuentran. La siguió el nuevo cura de
Ulloa y la vio posarse en un mezquino mausoleo, arrinconado entre la esquina de
la tapia y el ángulo entrante que formaba la pared de la iglesia.
Allí se detuvo el insecto, y allí también Julián,
con el corazón palpitante, con la vista nublada, y el espíritu, por vez primera
después de largos años, trastornado y enteramente fuera de quicio, al choque de
una conmoción tan honda y extraordinaria, que él mismo no hubiera podido
explicarse cómo le invadía, avasallándole y sacándole de su natural ser y
estado, rompiendo diques, saltando vallas, venciendo obstáculos, atropellando
por todo, imponiéndose con la sobrehumana potencia de los sentimientos largo tiempo
comprimidos y al fin dueños absolutos del alma porque rebosan de ella, porque
la inundan y sumergen. No echó de ver siquiera la ridiculez del mausoleo,
construido con piedras y cal, decorado con calaveras, huesos y otros emblemas
fúnebres por la inexperta mano de algún embadurnador de aldea; no necesitó
deletrear la inscripción, porque sabía de seguro que donde se había detenido la
mariposa, allí descansaba Nucha, la señorita Marcelina, la santa, la víctima,
la virgencita siempre cándida y celeste. Allí estaba, sola, abandonada,
vendida, ultrajada, calumniada, con las muñecas heridas por mano brutal y el
rostro marchito por la enfermedad, el terror y el dolor.... Pensando en esto,
la oración se interrumpió en labios de Julián, la corriente del existir
retrocedió diez años, y en un transporte de los que en él eran poco frecuentes,
pero súbitos e irresistibles, cayó de hinojos, abrió los brazos, besó
ardientemente la pared del nicho, sollozando como niño o mujer, frotando las
mejillas contra la fría superficie, clavando las uñas en la cal, hasta
arrancarla....
Oyó risas, cuchicheos, jarana alegre, impropia del
lugar y la ocasión. Se volvió y se incorporó confuso. Tenía delante una pareja
hechicera, iluminada por el sol que ya ascendía aproximándose a la mitad del
cielo. Era el muchacho el más guapo adolescente que puede soñar la fantasía; y
si de chiquitín se parecía al Amor antiguo, la prolongación de líneas que
distingue a la pubertad de la infancia le daba ahora semejanza notable con los
arcángeles y ángeles viajeros de los grabados bíblicos, que unen a la lindeza
femenina y a los rizados bucles asomos de graciosa severidad varonil. En cuanto
a la niña, espigadita para sus once años, hería el corazón de Julián por el
sorprendente parecido con su pobre madre a la misma edad: idénticas largas
trenzas negras, idéntico rostro pálido, pero más mate, más moreno, de óvalo más
puro, de ojos más luminosos y mirada más firme. ¡Vaya si conocía Julián a la
pareja! ¡Cuántas veces la había tenido en su regazo!
Sólo una circunstancia le hizo dudar de si aquellos
dos muchachos encantadores eran en realidad el bastardo y la heredera legítima
de Moscoso. Mientras el hijo de Sabel vestía ropa de buen paño, de hechura como
entre aldeano acomodado y señorito, la hija de Nucha, cubierta con un traje de
percal, asaz viejo, llevaba los zapatos tan rotos, que puede decirse que iba
descalza.
París, Marzo de 1886.
End of Project Gutenberg's Los pazos de Ulloa, by
Emilia Pardo Bazán
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS PAZOS
DE ULLOA ***

