Libro N° 9633. Insolación y Morriña. Dos historias amorosas Pardo-Bazán, . Emilia.
© Libro N° 9633. Insolación y Morriña. Dos historias amorosas Pardo-Bazán, . Emilia. Emancipación. Febrero 26
de 2022.
Título original: © Insolación y Morriña. Dos historias amorosas. Emilia
Pardo-Bazán
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INSOLACIÓN Y MORRIÑA
Dos historias amorosas
Emilia Pardo-Bazán
Insolación y Morriña
Dos historias amorosas
Emilia Pardo-Bazán
Title: Insolación y Morriña
Dos historias amorosas
Author: Emilia Pardo-Bazán
Release Date: July 17, 2016
[EBook #52597]
[Last updated: May 16,
2017]
Language: Spanish
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HathiTrust Digital
Library.)
OBRAS
COMPLETAS
{1}DE
CONDESA DE PARDO-BAZÁN
————
TOMO VII
————
INSOLACIÓN—MORRIÑA
EMILIA
PARDO-BAZÁN
CONDESA DE PARDO-BAZÁN
OBRAS COMPLETAS.—TOMO VII
————
I N S O L A C
I Ó N
Y
M O R R I Ñ A
(DOS
HISTORIAS AMOROSAS)
MADRID
V. PRIETO Y COMPAÑÍA, EDITORES
Pontejos, número 8.
1911
Es propiedad.
Queda hecho el depósito
que marca la ley.
Establecimiento
tipográfico, Campomanes, 4.
|
INSOLACIÓN |
MORRIÑA |
LA primer señal por donde Asís Taboada se hizo
cargo de que había salido de los limbos del sueño, fué un dolor como si la
barrenasen las sienes de parte á parte con un barreno finísimo; luego le
pareció que las raíces del pelo se convertían en millares de puntas de aguja y
se le clavaban en el cráneo. También notó que la boca estaba pegajosita, amarga
y seca; la lengua, hecha un pedazo de esparto; las mejillas ardían; latían
desaforadamente las arterias, y el cuerpo declaraba á gritos que, si era ya
hora muy razonable de saltar de la cama, no estaba él para valentías tales.
Suspiró la señora; dió una vuelta, convenciéndose
de que tenía molidísimos los huesos; alcanzó el cordón de la campanilla, y tiró
con garbo. Entró la doncella, pisando quedo, y entreabrió las maderas del
cuarto-tocador. Una flecha de luz se coló en la alcoba, y Asís exclamó con voz
ronca y debilitada:{8}
—Menos abierto... Muy poco... Así.
—¿Cómo le va, señorita?—preguntó muy solícita la
Angela (por mal nombre Diabla).—¿Se encuentra algo más aliviada
ahora?
—Sí, hija..., pero se me abre la cabeza en dos.
—¡Ay! ¿Tenemos la maldita de la jaquecona?
—Clavada... A ver si me traes una taza de tila...
—¿Muy cargada, señorita?
—Regular...
—Voy volando.
Un cuarto de hora duró el vuelo de la Diabla. Su
ama, vuelta de cara á la pared, subía las sábanas hasta cubrirse la cara con
ellas, sin más objeto que sentir el fresco de la batista en aquellas mejillas y
frente que estaban echando lumbre.
De tiempo en tiempo exhalaba un gemido sordo.
En la mollera suya funcionaba, de seguro, toda la
maquinaria de la Casa de la Moneda, pues no recordaba aturdimiento como el
presente, sino el que había experimentado al visitar la fábrica de dinero y
salir medio loca de las salas de acuñación.
Entonces, lo mismo que ahora, se le figuraba que
una legión de enemigos se divertía en pegarla tenazazos en los sesos y
devanarla con argadillos candentes la masa encefálica.
Además, notaba cierta trepidación allá dentro,
igual que si la cama fuese una hamaca, y á cada balance se le amontonase el
estómago y le metiesen en prensa el corazón.{9}
La tila. Calentita, muy bien hecha. Asís se
incorporó, sujetando la cabeza y apretándose las sienes con los dedos. Al
acercar la cucharilla á los labios, náuseas reales y efectivas.
—Hija... está hirviendo... Abrasa. ¡Ay! Sosténme un
poco, por los hombros. ¡Así!
Era la Diabla una chica despabilada, lista como una
pimienta: una luguesa que no le cedía el paso á la andaluza más ladina. Miró á
su ama guiñando un poco los ojos, y dijo compungidísima al parecer:
—Señorita... Vaya por Dios. ¿Se encuentra peor? Lo
que tiene no es sino eso que le dicen allá en nuestra tierra un soleado...
Ayer se caían los pájaros de calor, y V. fuera todo el santo día...
—Eso será...,—afirmó la dama.
—¿Quiere que vaya enseguidita á avisar al señor de
Sánchez del Abrojo?
—No seas tonta... No es cosa para andar fastidiando
al médico. Un meneo á la taza. Múdala á ese vaso...
Con un par de trasegaduras de vaso á taza y
viceversa, quedó potable la tila. Asís se la embocó, y al punto se volvió hacia
la pared.
—Quiero dormir... No almuerzo... Almorzad
vosotros... Si vienen visitas, que he salido... Atenderás por si llamo.
Hablaba la dama sorda y opacamente, de mal talante,
como aquel que no está para bromas y tiene igualmente desazonados el cuerpo y
el espíritu.
Se retiró por fin la doncella, y al verse sola,{10} Asís suspiró más profundo y alzó otra vez las
sábanas, quedándose acurrucada en una concha de tela. Se arregló los pliegues
del camisón, procurando que la cubriese hasta los piés; echó atrás la madeja
del pelo revuelto, empapado en sudor y áspero de polvo, y luego permaneció
quietecita, con síntomas de alivio y aun de bienestar físico producido por la
infusión calmante.
La jaqueca, que ya se sabe cómo es de caprichosa y
maniática, se había marchado por la posta desde que llegara al estómago la taza
de tila; la calentura cedía, y las bascas iban aplacándose... Sí, lo que es el
cuerpo se encontraba mejor, infinitamente mejor; pero, ¿y el alma? ¿Qué
procesión le andaba por dentro á la señora?
No cabe duda: si hay una hora del día en que la
conciencia goza todos sus fueros, es la del despertar. Se distingue muy bien de
colores después del descanso nocturno y el paréntesis del sueño. Ambiciones y
deseos, afectos y rencores se han desvanecido entre una especie de niebla;
faltan las excitaciones de la vida exterior; y así como después de un largo
viaje parece que la ciudad de donde salimos hace tiempo no existe realmente, al
despertar suele figurársenos que las fiebres y cuidados de la víspera se han
ido en humo y ya no volverán á acosarnos nunca. Es la cama una especie de celda
donde se medita y hace examen de conciencia, tanto mejor cuanto que se está muy
á gusto, y ni la luz ni el ruido distraen. Grandes dolores de{11} corazón
y propósitos de la enmienda suelen quedarse entre las mantas.
Unas miajas de todo esto sentía la señora; sólo que
á sus demás impresiones sobrepujaba la del asombro.—«¿Pero es de veras? ¿Pero
me ha pasado eso? Señor Dios de los ejércitos, ¿lo he soñado ó no?
Sácame de esta duda.»—Y aunque Dios no se tomaba el trabajo de responder
negando ó afirmando, aquello que reside en algún rincón de
nuestro ser moral y nos habla tan categóricamente como pudiera hacerlo una voz
divina, contestaba:—«Grandísima hipócrita, bien sabes tú como fué: no me
preguntes, que te diré algo que te escueza.»
—Tiene razón la Diabla: ayer atrapé un soleado y
para mí, el sol... matarme. ¡Este chicharrero de Madrid! ¡El veranito y su
alma! Bien empleado, por meterme en avisperos. A estas horas debía yo andar por
mi tierra...
Doña Francisca Taboada se quedó un poquitín más
tranquila desde que pudo echarle la culpa al sol. A buen seguro que el
astro-rey dijese esta boca es mía protestando, pues aunque está menos
acostumbrado á las acusaciones de galeotismo que la luna, es de presumir que
las acoja con igual impasibilidad é indiferencia.
—De todos modos—arguyó la voz inflexible,—confiesa,
Asís, que si no hubieses tomado más que sol... Vamos, á mí no me vengas tú con
historias, que ya sabes que nos conocemos... ¡como que andamos juntos hace la
friolera de treinta y dos abriles! Nada, aquí no valen subterfugios... Y
tampoco sirve alegar que{12} si fué inesperado, que
si parece mentira, que si patatín, que si patatán... Hija de mi corazón, lo que
no sucede en un año sucede en un día. No hay que darle vueltas. Tú has sido
hasta la presente una señora intachable; bien; una perfecta viuda; conformes;
te has llevado en peso tus dos añitos de luto (cosa tanto más meritoria cuanto
que, seamos francos, últimamente ya necesitabas alguna virtud para querer á tu
tío, esposo y señor natural, el insigne marqués de Andrade, con sus bigotes
pintados y sus achaques, fístulas ó lo que fuesen); á pesar de tu genio animado
y tu afición á las diversiones, en veinticuatro meses no se te ha visto el pelo
sino en la iglesia ó en casa de tus amigas íntimas; convenido; has consagrado
largas horas al cuidado de tu niña y eres madre cariñosa; nadie lo niega; te
has propuesto siempre portarte como una señora, disfrutar de tu posición y tu
independencia, no meterte en líos ni hacer contrabando; lo reconozco; pero...
¿qué quieres, mujer? te descuidaste un minuto, incurriste en una chiquillada
(porque fué una chiquillada, pero chiquillada del género atroz, convéncete de
ello) y por cuanto viene el demonio y la enreda y te encuentras de patitas en
la gran trapisonda... No andemos con sol por aquí y calor por allá. Disculpas
de mal pagador. Te falta hasta la excusa vulgar, la del cariñito y la
pasioncilla... Nada, chica, nada. Un pecado gordo en frío, sin circunstancias
atenuantes y con ribetes de desliz chabacano. ¡Te luciste!
Ante estos argumentos irrefutables cedía{13} la acción bienhechora de la tila, y Asís iba
experimentando otra vez terrible desasosiego y sofoco. El barreno que antes le
taladraba la sien, se había vuelto sacacorchos, y haciendo hincapié en el
occipucio, parecía que enganchaba los sesos á fin de arrancarlos igual que el
tapón de una botella. Ardía la cama y también el cuerpo de la culpable, que,
como un San Lorenzo en sus parrillas, daba vueltas y más vueltas en busca de
rincones frescos, al borde del colchón. Convencida de que todo abrasaba
igualmente, Asís brincó de la cama abajo, y blanca y silenciosa como un
fantasma entre la penumbra de la alcoba, se dirigió al lavabo, torció el grifo
del depósito, y con las yemas de los dedos empapadas en agua, se humedeció
frente, mejillas y nariz; luego se refrescó la boca, y por último se bañó los
párpados largamente, con fruición; hecho lo cual, creyó sentir que se le
despejaban las ideas y que la punta del barreno se retiraba poquito á poco de
los sesos. ¡Ay, qué alivio tan rico! A la cama, á la cama otra vez, á cerrar
los ojos, estarse quietecita y callada y sin pensar en cosa ninguna...
Sí, á buena parte. ¿No pensar dijiste? Cuanto más
se aquietaban los zumbidos y los latidos, y la jaqueca y la calentura, más
nítidos y agudos eran los recuerdos, más activas y endiabladas las
cavilaciones.
—Si yo pudiese rezar—discurrió Asís.—No hay para
esto de conciliar el sueño como repetir una misma oración de carretilla.{14}
Intentólo en efecto; mas si por un lado era
soporífera la operación, por otro agravaba las inquietudes y resquemores
íntimos de la señora. Bonito se pondría el Padre Urdax cuando tocasen á
confesarse de aquella cosa inaudita y estupenda. ¡Él, que tanto se atufaba por
menudencias de escotes, infracciones de ayuno, asistencia á saraos en cuaresma,
mermas de misa y otros pecadillos que trae consigo la vida mundana en la corte!
¿Qué circunloquios serían más adecuados para atenuar la primer impresión de
espanto y la primer filípica? Sí, sí ¡circunloquios al Padre Urdax! ¡Él, que lo
preguntaba todo derecho y claro, sin pararse en vergüenzas ni en reticencias!
¡Con aquel geniazo de pólvora y aquella manga estrechita que gastaba! Si al
menos permitiese explicar la cosa desde un principio, bien explicada, con todas
las aclaraciones y notas precisas para que se viese la fatalidad, la serie de
circunstancias que... Pero, ¿quién se atreve á hacer mérito de ciertas
disculpas ante un jesuíta tan duro de pelar y tan largo de entendederas? Esos
señores quieren que todo sea virtud á raja tabla, y no entienden de componendas
ni de excusas. Antes parece que se les tachaba de tolerantísimos: no, pues lo
que es ahora...
No obstante el triste convencimiento de que con el
Padre Urdax sería perder tiempo y derrochar saliva todo lo que no fuese
decir acúsome, acúsome, Asís, en la penumbra del
dormitorio, entre el silencio, componía mentalmente el relato que sigue, donde
claro está que{15} no había de colocarse en el peor
lugar, sino paliar el caso: aunque, señores, ello admitía bien pocos
paliativos.
HAY que tomarlo desde algo atrás y contar lo
que pasó, ó por mejor decir, lo que se charló anteayer en la tertulia semanal
de la duquesa de Sahagún, á la cual soy asidua concurrente. También la
frecuenta mi paisano el comandante de artillería Don Gabriel Pardo de la Lage,
cumplido caballero, aunque un poquillo inocentón, y sobre todo muy estrafalario
y bastante pernicioso en sus ideas, que á veces sostiene con gran calor y
terquedad, si bien las más noches le da por acoquinarse y callar ó jugar al
tresillo, sin importársele de lo que pasa en nuestro corro. No obstante, desde
que yo soy obligada todos los miércoles, notan que Don Gabriel se acerca más al
círculo de las señoras y gusta de armar pendencia conmigo y con la dueña de la
casa; por lo cual hay quien asegura que no le parezco saco de paja á mi
paisano, aun cuando otros afirman que está enamorado de una prima ó sobrina
suya, acerca de quien se refieren no sé que historias raras. En fin, el caso es
que disputando y peleándonos siempre, no hacemos malas migas el comandante y
yo.{16} ¡Qué malas migas! A cada polémica que
armamos, parece aumentar nuestra simpatía, como si sus mismas genialidades
morales (no sé darles otro nombre) me fuesen cayendo en gracia y pareciéndome
indicio de cierta bondad interior... Ello va mal expresado..., pero yo me
entiendo.
Pues anteayer (para venir al asunto) estuvo el
comandante desde los primeros momentos muy decidor y muy alborotado,
haciéndonos reir con sus manías. Le sopló la ventolera de sostener una
vulgaridad: que España es un país tan salvaje como el Africa central, que todos
tenemos sangre africana, beduina, árabe ó qué sé yo, y que todas esas músicas
de ferrocarriles, telégrafos, fábricas, escuelas, ateneos, libertad política y
periódicos, son en nosotros postizas y como pegadas con goma, por lo cual están
siempre despegándose, mientras lo verdaderamente nacional y genuino, la
barbarie subsiste, prometiendo durar por los siglos de los siglos. Sobre esto
se levantó el caramillo que es de suponer. Lo primero que le repliqué fué
compararlo á los franceses, que creen que sólo servimos para bailar el bolero y
repicar las castañuelas; y añadí que la gente bien educada era igual, idéntica,
en todos los países del mundo.
—Pues mire V., eso empiezo por negarlo—saltó Pardo
con grandísima fogosidad.—De los Pirineos acá, todos, sin excepción, somos
salvajes, lo mismo las personas finas que los tíos; lo que pasa es que nosotros
lo disimulamos un{17} poquillo más, por vergüenza,
por convención social, por conveniencia propia; pero que nos pongan el plano
inclinado, y ya resbalaremos. El primer rayito de sol de España—este sol con
que tanto nos muelen los extranjeros y que casi nunca está en casa, porque aquí
llueve lo propio que en París, que ese es el chiste...
Le interrumpí:
—Hombre, sólo falta que también niegue V. el sol.
—No lo niego, ¡qué he de negarlo! Por lo mismo que
suele embozarse bien en invierno, de miedo á las pulmonías, en verano lo tienen
Vds. convirtiendo á Madrid en sartén ó caldera infernal, donde nos
achicharramos todos... Y claro, no bien asoma, produce una fiebre y una
excitación endiabladas... Se nos sube á la cabeza, y entonces es cuando se
nivelan las clases ante la ordinariez y la ferocidad general.
—Vamos, ya pareció aquello. V. lo dice por las
corridas de toros.
En efecto, á Pardo le da muy fuerte eso de las
corridas. Es uno de sus principales y frecuentes asuntos de sermón. En tomando
la ampolleta sobre los toros, hay que oirle poner como digan dueñas á los
partidarios de tal espectáculo, que él considera tan pecaminoso como el Padre
Urdax, los bailes de Piñata y las representaciones del Demi-monde y Divorciémonos.
Sale á relucir aquello de las tres fieras, toro, torero y público; la primera,
que se deja matar porque no tiene más remedio; la segunda, que cobra por matar;
la tercera, que paga{18} para que maten, de modo
que viene á resultar la más feroz de las tres; y también aquello de la suerte
de pica, y de las tripas colgando, y de las excomuniones del Papa contra los
católicos que asisten á corridas, y de los perjuicios á la agricultura... Lo
que es la cuenta de perjuicios la saca de un modo imponente. Hasta viene á
resultar que por culpa de los toros hay déficit en la Hacienda y hemos tenido
las dos guerras civiles... (Verdad que esto lo soltó en un instante de
acaloramiento, y como vió la greguería y la chacota que armamos, medio se
desdijo.) Por todo lo cual, yo pensé que al nombrar ferocidad y barbarie
vendrían los toros detrás. No era eso. Pardo contestó:
—Dejemos á un lado los toros, aunque bien revelan
el influjo barbarizante ó barbarizador (como Vds. gusten) del sol, ya que es
axiomático que sin sol no hay corrida buena. Pero prescindamos de
ellos; no quiero que digan Vds. que ya es manía en mí la de sacar á relucir la
gente cornúpeta. Tomemos cualquier otra manifestación bien genuina de la vida
nacional... algo muy español y muy característico... ¿No estamos en tiempo de
ferias? ¿No es mañana San Isidro Labrador? ¿No va la gente estos días á
solazarse por la pradera y el cerro?
—Bueno; ¿y qué? ¿También criticará V. las ferias y
el Santo? Este señor no perdona ni á la corte celestial.
—Bonito está el Santo, y valiente saturnal
asquerosa la que sus devotos le ofrecen. Si San Isidro la ve, él que era un
honrado y pacífico{19} agricultor, convierte en
piedras los garbanzos tostados y desde el cielo descalabra á sus admiradores.
Aquello es un aquelarre, una zahurda de Plutón. Los instintos españoles más
típicos corren allí desbocados, luciendo su belleza. Borracheras, pendencias,
navajazos, gula, libertinaje grosero, blasfemias, robos, desacatos y
bestialidades de toda calaña... Gracioso tableau, señoras mías...
Eso es el pueblo español cuando le dan suelta. Lo mismito que los potros al
salir á la dehesa, que su felicidad consiste en hartarse de relinchos y coces.
—Si me habla V. de la gente ordinaria...
—No, es que insisto: todos iguales en siendo
españoles; el instinto vive allá en el fondo del alma; el problema es de
ocasión y lugar, de poder ó no sacudir ciertos miramientos que la educación
impone: cosa externa, cáscara y nada más.
—¡Qué teorías, Dios misericordioso! ¿Ni siquiera
admite V. excepciones á favor de las señoras? ¿Somos salvajes también?
—También, y acaso más que los hombres, que al fin
Vds. se educan menos y peor... No se dé V. por resentida, amiga Asís. Concederé
que V. sea la menor cantidad de salvaje posible, porque al fin nuestra tierra
es la porción más apacible y sensata de España.
Aquí la Duquesa volvió la cabeza con sobresalto.
Desde el principio de la disputa estaba entretenida dando conversación á un
tertuliano nuevo, muchacho andaluz, de buena presencia, hijo de un antiguo
amigo del Duque, el cual,{20} según me dijeron, era
un rico hacendado residente en Cádiz. La Duquesa no admite presentados, y sólo
por circunstancias así pueden encontrarse caras desconocidas en su tertulia. En
cambio, á las relaciones ya antiguas las agasaja muchísimo, y es tan
consecuente y cariñosa en el trato, que todos se hacen lenguas alabando su
perseverancia; virtud que, según he notado, abunda en la corte más de lo que se
cree. Advertía yo que, sin dejar de atender al forastero, la Duquesa aplicaba
el oído á nuestra disputa y rabiaba por mezclarse en ella; la proporción le
vino rodada para hacerlo, metiendo en danza al gaditano.
—Muchas gracias, señor de Pardo, por la parte que
nos toca á los andaluces. Estos galleguitos siempre arriman el ascua á su
sardina. ¡Más aprovechados son! De salvajes nos ha puesto, así como quien no
quiere la cosa.
—¡Oh Duquesa, Duquesa, Duquesa!—respondió Pardo con
mucha guasa.—¡Darse por aludida V., V. que es una señora tan inteligente,
protectora de las bellas artes! ¡Usted que entiende de pucheros mudéjares y
barreñones asirios! ¡Usted que posee colecciones mineralógicas que dejan con la
boca abierta al embajador de Alemania! ¡Usted, señora, que sabe lo que
significa fósil! ¡Pues si hasta miedo le han cobrado á V. ciertos
pedantes que yo conozco!
—Haga V. el favor de no quedarse conmigo
suavemente. No parece sino que soy alguna literata ó alguna marisabidilla...
Porque le guste á{21} uno un cuadro ó una
porcelana... Si cree V. que así vamos á correr un velo sobre aquello del
salvajismo... ¿Qué opina V. de eso, Pacheco? Según este caballero, que ha
nacido en Galicia, es salvaje toda España y más los andaluces. Asís, el señor
Don Diego Pacheco... Pacheco, la señora Marquesa viuda de Andrade... el señor
Don Gabriel Pardo...
El gaditano, sin pronunciar palabra, se levantó y
vino á apretarme la mano haciendo una cortesía; yo murmuré entre dientes eso
que se murmura en casos análogos. Llena la fórmula, nos miramos con la
curiosidad fría del primer momento, sin fijarnos en detalles. Pacheco, que
llevaba con soltura el frac, me pareció distinguido, y aunque andaluz, le
encontré más bien trazas inglesas: se me figuró serio y no muy locuaz ni
disputador. Haciéndose cargo de la indicación de la Duquesa, dijo con acento
cerrado y frase perezosa:
—A cada país le cae bien lo suyo... Nuestra tierra
no ha dado pruebas de ser nada ruda; tenemos allá de too; poetas, pintores,
escritores... Cabalmente en Andalucía la gente pobre es mu fina y mu
despabilaa. Protesto contra lo que se refiere á las señoras. Este cabayero
convendrá en que toítas son unos ángeles del cielo.
—Si me llama V. al terreno de la
galantería—respondió Pardo—convendré en lo que V. guste... Sólo que esas
generalidades no prueban nada. En las unidades nacionales no veo hombres ni
mujeres; veo una raza, que se determina{22} históricamente
en esta ó en aquella dirección...
—¡Ay, Pardo!—suplicó la Duquesa con mucha
gracia.—Nada de palabras retorcidas, ni de filosofías intrincadas. Hable V.
clarito y en cristiano. Mire V. que no hemos llegado á sabios, y que nos vamos
á quedar en ayunas.
—Bueno; pues hablando en cristiano, digo que ellos
y ellas son de la misma pasta, porque no hay más remedio, y que en España (allá
va, Vds. se empeñan en que ponga los puntos sobre las íes) también
las señoras pagan tributo á la barbarie—lo cual puede no advertirse á primera
vista porque su sexo las obliga á adoptar formas menos toscas, y las condena al
papel de ángeles, como las ha llamado este caballero.—Aquí está nuestra amiga
Asís, que á pesar de haber nacido en el Noroeste, donde las mujeres son reposadas,
dulces y cariñosas, sería capaz, al darle un rayo de sol en la mollera, de las
mismas atrocidades que cualquier hija del barrio de Triana ó del Avapiés...
—¡Ay, paisano! Ya digo que está V. tocado,
incurable. Con el sol tiene la tema. ¿Qué le hizo á V. el sol, para que así lo
traiga al retortero?
—Serán aprensiones, pero yo creo que lo llevamos
disuelto en la sangre y que á lo mejor nos trastorna.
—No lo dirá V. por nuestra tierra. Allá no le vemos
la cara sino unos cuantos días del año.
—Pues no lo achaquemos al sol; será el aire
ibérico; el caso es que los gallegos, en ese{23} punto,
sólo aparentemente nos distinguimos del resto de la Península. ¿Ha visto V. qué
bien nos acostumbramos á las corridas de toros? En Marineda ya se llena la
plaza y se calientan los cascos igual que en Sevilla ó Córdoba. Los cafés
flamencos hacen furor; las cantaoras traen revuelto al sexo masculino; se han
comprado cientos de navajas, y lo peor es que se hace uso de ellas; hasta los
chicos de la calle se han aprendido de memoria el tecnicismo taurómaco; la
manzanilla corre á mares en los tabernáculos marinedinos; hay sus cañitas y
todo; una parodia ridícula, corriente; pero parodia que sería imposible donde
no hubiese materia dispuesta para semejantes aficiones. Convénzanse Vds.: aquí
en España, desde la Restauración, maldito si hacemos otra cosa más que
jalearnos á nosotros mismos. Empezó la broma por todas aquellas demostraciones
contra Don Amadeo; lo de las peinetas y mantillas, los trajecitos á medio paso
y los caireles; siguió con las barbianerías del difunto rey, que le había dado
por lo chulo, y claro, la gente elegante le imitó, y ahora es ya una epidemia,
y entre patriotismo y flamenquería, guitarreo y cante jondo, panderetas con
madroños colorados y amarillos, y abanicos con las hazañas y los retratos de
Frascuelo y Mazzantini, hemos hecho una Españita bufa, de tapiz de Goya ó
sainete de Don Ramón de la Cruz. Nada, es moda y á seguirla. Aquí tiene V. á
nuestra amiga la Duquesa, con su cultura y su finura, y sus mil dotes de dama;
¿pues no se pone tan{24} contenta cuando la dicen
que es la chula más salada de Madrid?
—Hombre, si fuese verdad, ¡ya se ve que me
pondría!—exclamó la Duquesa con la viveza donosa que la distingue.—¡A mucha
honra! Más vale una chula que treinta gringas. Lo gringo me apesta. Soy yo muy
españolaza, ¿se entera V.? Se me figura que más vale ser como Dios nos hizo,
que no que andemos imitando todo lo de extranjis... Estas manías de vivir á la
inglesa, á la francesa... ¿Habrá ridiculez mayor? De Francia los perifollos;
bueno; no ha de salir uno por ahí espantando á la gente, vestido como en el año
de la nanita... De Inglaterra los asados... y se acabó. Y diga V., muy señor
mío de mi mayor aprecio, ¿cómo es eso de que somos salvajes los españoles y no
lo es el resto del género humano? En primer lugar, ¿se puede saber á qué llama
V. salvajadas? En segundo, ¿qué hace nuestro pueblo, pobre infeliz, que no
hagan también los demás de Europa? Conteste.
—¡Ay!... ¡si me aplasta V.!... ¡si ya no sé por
donde ando! Pietá, Signor. Vamos, Duquesa, insisto
en el ejemplo de antes: ¿ha visto V. la romería de San Isidro?
—Vaya si la he visto. Por cierto que es de lo más
entretenido y pintoresco. Tipos se encuentran allí, que... Tipos de oro. ¿Y los
columpios? ¿Y los tíos vivos? ¿Y aquella animación, aquel hormigueo de la
gente? Le digo á V. que, para mí, hay poco tan salado como esas fiestas
populares. ¿Que abundan borracheras y broncas?{25} Pues
eso pasa aquí y en Flandes: ¿ó se ha creído V. que allá, por la Ingalaterra,
la gente no se pone nunca á medios pelos, ni se arma quimera, ni se hace
barbaridad ninguna?
—Señora...—exclamó Pardo desalentado—V. es para mi
un enigma. Gustos tan refinados en ciertas cosas, y tal indulgencia para lo
brutal y lo feroz en otras, no me lo explico sino considerando que con un
corazón y un ingenio de primera, pertenece V. á una generación bizantina y
decadente, que ha perdido los ideales... Y no digo más, porque se reirá V. de
mí.
—Es muy saludable ese temor; así no me hablará V.
de cosazas filosóficas que yo no entiendo—respondió la Duquesa soltando una de
sus carcajadas argentinas, aunque reprimidas siempre.—No haga V. caso de este
hombre, Marquesa—murmuró volviéndose á mí.—Si se guía V. por él, la convertirá
en una cuákera. Vaya V. al Santo, y verá cómo tengo razón y aquello es muy
original y muy famoso. Este señor ha descubierto que sólo se achispan los
españoles: lo que es los ingleses, ¡angelitos de mi vida! ¡qué habían de ajumarse
nunca!
—Señora—replicó el comandante riendo, pero sofocado
ya—los ingleses se achispan; conformes: pero se achispan con sherry,
con cerveza ó con esos alcoholes endiablados que ellos usan; no como nosotros,
con el aire, el agua, el ruido, la música y la luz del cielo; ellos se volverán
unos cepos así que trincan, pero nosotros nos volvemos fieras; nos entra en el
cuerpo un espíritu maligno de bravata y{26} fanfarronería,
y por gusto nos ponemos á cometer las mayores ordinarieces, empeñándonos en
imitar al populacho. Y esto lo mismo las damas que los caballeros, si á mano
viene, como dicen en mi país. Transijamos con todo, excepto con la ordinariez,
Duquesa.
—Hasta la presente—declaró con gentil confusión la
dama—no hemos salido ni la marquesa de Andrade ni yo á trastear ningún novillo.
—Pues todo se andará, señoras mías, si les dan
paño—respondió el comandante.
—A este señor le arañamos nosotras—afirmó la
Duquesa fingiendo con chiste un enfado descomunal.
—¿Y el Sr. Pacheco, que no nos ayuda?—murmuré
volviéndome hacia el silencioso gaditano. Este tenía los ojos fijos en mí, y
sin apartarlos, disculpó su neutralidad declarando que ya nos defendíamos muy
bien y maldita la falta que nos hacían auxilios ajenos: al poco rato miró el
reloj, se levantó, despidióse con igual laconismo, y fuése. Su marcha varió por
completo el giro de la conversación. Se habló de él, claro está: la Sahagún
refirió que lo había tenido á su mesa, por ser hijo de persona á quien estimaba
mucho, y añadió que ahí donde lo veíamos, hecho un moro por la indolencia y un
inglés por la sosería, no era sino un calaverón de tomo y lomo, decente y
caballero, sí, pero aventurero y gracioso como nadie, muy gastador y muy
tronera, de quien su padre no podía hacer bueno, ni traerle al camino de la
formalidad y del sentido práctico, pues lo único para{27} que
hasta la fecha servía era para trastornar la cabeza á las mujeres. Y entonces
el comandante (he notado que á todos los hombres les molesta un poquillo que
delante de ellos se diga de otros que nos trastornan la cabeza) murmuró como
hablando consigo mismo:
—Buen ejemplar de raza española.
BIEN sabe Dios que cuando al siguiente día, de
mañana, salí á oir misa á San Pascual, por ser la festividad del Patrón de
Madrid, iba yo con mi eucologio y mi mantillita hecha una santa, sin pensar en
nada inesperado y novelesco, y á quien me profetizase lo que sucedió después,
creo que le llevo á los tribunales por embustero é insolente. Antes de entrar
en la iglesia, como era temprano, me deslicé á dar un borde por la calle de
Alcalá, y recuerdo que, pasando frente al Suizo, dos ó tres de esos chulos de
pantalón estrecho y chaquetilla corta que se están siempre plantados allí en la
acera, me echaron una sarta de requiebros de lo más desatinado;
verbigracia:—Ole, ¡viva la purificación de la canela! Uyuyuy, ¡vaya unos ojos
que se trae V., hermosa! Soniche, ¡viva hasta el cura que bautiza á estas
hembras con mansanilla é lo fino!—Trabajo me costó contener{28} la
risa al entreoir estos disparates; pero logré mantenerme seria y apreté el paso
á fin de perder de vista á los ociosos.
Cerca de la Cibeles me fijé en la hermosura del
día. Nunca he visto aire más ligero, ni cielo más claro; la flor de las acacias
del paseo de Recoletos olía á gloria, y los árboles parecía que estrenaban
vestido nuevo de tafetán verde. Ganas me entraron de correr y brincar como á
los quince, y hasta se me figuraba que en mis tiempos de chiquilla no había
sentido nunca tal exceso de vitalidad, tales impulsos de hacer extravagancias,
de arrancar ramas de árbol y de chapuzarme en el pilón presidido por aquella buena
señora de los leones... Nada menos que estas tonterías me estaba pidiendo el
cuerpo á mí.
Seguí bajando hacia las Pascualas, con la devoción
de la misa medio evaporada y distraído el espíritu. Poco distaba ya de la
iglesia, cuando distinguí á un caballero, que parado al pié de corpulento
plátano, arrojaba á los jardines un puro enterito, y se dirigía luego á
saludarme. Y oí una voz simpática y ceceosa, que me decía:
—A los piés... ¿A dónde bueno tan de mañana y tan
sola?
—Calle... Pacheco... ¿Y V.? V. sí que de fijo no
viene á misa.
—¿Y V. qué sabe? ¿Por qué no he de venir á misa yo?
Trocamos estas palabras con las manos cogidas y una
familiaridad muy extraña, dado lo{29} ceremonioso y
somero de nuestro conocimiento la víspera. Era sin duda que influía en ambos la
transparencia y alegría de la atmósfera, haciendo comunicativa nuestra
satisfacción y dando carácter expansivo á nuestra voz y actitudes. Ya que estoy
dialogando con mi alma y nada ha de ocultarse, la verdad es que en lo cordial
de mi saludo entró por mucho la favorable impresión que me causaron las prendas
personales del andaluz. Señor, ¿por qué no han de tener las mujeres derecho
para encontrar guapos á los hombres que lo sean, y por qué ha de mirarse mal
que lo manifiesten (aunque para manifestarlo dijesen tantas majaderías como los
chulos del café Suizo)? Si no lo decimos lo pensamos, y no hay nada más
peligroso que lo reprimido y oculto, lo que se queda dentro. En suma. Pacheco,
que vestía un elegante terno gris claro, me pareció galán de veras; pero con
igual sinceridad añadiré que esta idea no me preocupó arriba de dos segundos,
pues yo no me pago solamente del exterior. Buena prueba di de ello casándome á
los veinte con mi tío, que tenía lo menos cincuenta, y lo que es de gallardo...
Adelante. El señor de Pacheco, sin reparar que ya
tocaban á misa, pegó la hebra, y seguimos de palique, guareciéndonos á la
sombra del plátano, porque el sol nos hacía guiñar los ojos más de lo justo.
—¡Pero qué madrugadora!
—¿Madrugadora porque oigo misa á las diez?{30}
—Sí señor: todo lo que no sea levantarse para
almorsá...
—Pues V. hoy madrugó otro tanto.
—Tuve corasonada. Esta tarde estarán buenos los
toros: ¿No va V.?
—No: hoy no irá la Sahagún, y yo generalmente voy
con ella.
—¿Y á las carreras de caballos?
—Menos; me cansan mucho: una revista de trapos y
moños: una insulsez. Ni entiendo aquel tejemaneje de apuestas. Lo único
divertido e el desfile.
—Y entonces, ¿porqué no va á San Isidro?
—¡A San Isidro! ¡Después de lo que nos predicó ayer
mi paisano!
—Buen caso hase V. de su paisano.
—Y ¿creerá V. que con tantos años como llevo de
vivir en Madrid, ni siquiera he visto la ermita?
—¿Que no? Pues hay que verla; se distraerá V.
muchísimo; ya sabe lo que opina la Duquesa, que esa fiesta merece el viaje. Yo
no la conozco tampoco; verdá que soy forastero.
—Y... ¿y los borrachos, y los navajazos y todo
aquello de que habló D. Gabriel? ¿Será exageración suya?
—¡Yo qué sé! ¡Qué más da!
—Me hace gracia... ¿Dice V. que no importa? ¿Y si
luego paso un susto?
—¡Un susto yendo conmigo!
—¿Con V.?—y solté la risa.
—¡Conmigo, ya se sabe! No tiene V. por qué reirse,
que soy mu buen compañero.{31}
Me reí con más ganas, no sólo de la suposición de
que Pacheco me acompañase, sino de su acento andaluz, que era cerrado y
sandunguero, sin tocar en ordinario, como el de ciertos señoritos que parecen
asistentes.
Pacheco me dejó acabar de reir, y sin perder su
seriedad, con mucha calma, me explicó lo fácil y divertido que sería darse una
vueltecita por la feria á primera hora, regresando á Madrid sobre las doce ó la
una. ¡Si me hubiese tapado con cera los oídos entonces, cuántos males me
evitaría! La proposición, de repente, empezó á tentarme, recordando el dicho de
la Sahagún:—«Vaya V. al Santo, que aquello es muy original y muy famoso.»—Y
realmente, ¿qué mal había en satisfacer mi curiosidad?, pensaba yo. Lo mismo se
oía misa en la ermita del Santo que en las Pascualas; nada desagradable podía
ocurrirme llevando conmigo á Pacheco; y si alguien me veía con él, tampoco
sospecharía cosa mala de mí á tales horas y en sitio tan público. Ni era
probable que anduviese por allí la sombra de una persona decente ¡en día de
carreras y toros!, ¡á las diez de la mañana! La escapatoria no ofrecía
riesgo... ¡y el tiempo convidaba tanto! En fin, que si Pacheco porfiaba algo
más, lo que es yo...
Porfió sin impertinencia, y tácitamente, sonriendo,
me declaré vencida. ¡Solemne ligereza! Aún no había articulado el sí,
y ya discutíamos los medios de locomoción. Pacheco propuso, como más popular y
típico, el tranvía; pero yo, á fin de que la cosa no tuviese el menor aspecto{32} de informalidad, preferí mi coche. La cochera no
estaba lejos: calle del Caballero de Gracia. Pacheco avisaría, mandaría que
enganchasen é iría á recogerme á mi casa, por donde yo necesitaba pasar antes
de la excursión. Tenía que tomar el abanico, dejar el devocionario, cambiar
mantilla por sombrero... En casa le esperaría. Al punto que concertamos estos
detalles, Pacheco me apretó la mano y se apartó corriendo de mí. A la distancia
de diez pasos se paró y preguntó otra vez.
—¿Dice V. que el coche cierra en el Caballero de
Gracia?
—Sí, á la izquierda... un gran portalón...
Y tomé aprisita el camino de mi vivienda, porque la
verdad es que necesitaba hacer muchas más cosas de las que le había confesado á
Pacheco; pero, ¡vaya V. á enterar á un hombre!... Arreglarme el pelo, darme
velutina, buscar un pañolito fino, escoger unas botas nuevas que me calzan muy
bien, ponerme guantes frescos y echarme en el bolsillo un sachet de
raso que huele á iris (el único perfume que no me levanta
dolor de cabeza). Porque al fin, aparte de todo, Pacheco era para mí persona de
cumplido; íbamos á pasar algunas horas juntos y observándonos muy de cerca, y
no me gustaría que algún rasgo de mi ropa ó mi persona le produjese efecto
desagradable. A cualquier señora, en mi caso, le sucedería lo propio.
Llegué al portal sofocada y anhelosa, subí á
escape, llamé con furia y me arrojé en el tocador, desprendiéndome la mantilla
antes de situarme{33} frente al espejo.—«Angela, el
sombrero negro de paja con cinta escocesa... Angela, el antuca á cuadritos...
las botas bronceadas...»
Vi que la Diabla se moría de curiosidad... «¿Sí?
Pues con las ganas de saber te quedas, hija... La curiosidad es muy buena para
la ropa blanca.» Pero no se le coció á la chica el pan en el cuerpo, y me soltó
la píldora.
—¿La señorita almuerza en casa?
Para desorientarla respondí:
—Hija, no sé... Por si acaso, tenerme el almuerzo
listo de doce y media á una... Si á la una no vengo, almorzad vosotros... pero
reservándome siempre una chuleta y una taza de caldo... y mi té con leche, y
mis tostadas.
Cuando estaba arreglando los rizos de la frente
bajo el ala del sombrero, reparé en un precioso cacharro azul, lleno de
heliotropos, gardenias y claveles, que estaba sobre la chimenea.
—¿Quién ha mandado eso?
—El señor comandante Pardo... el señorito Gabriel.
—¿Por qué no me lo enseñabas?
—Vino la señorita tan aprisa... Ni me dió tiempo.
No era la primera vez que mi paisano me obsequiaba
con flores. Escogí una gardenia y un clavel rojo, y prendí el grupo en el
pecho. Sujeté el velo con un alfiler, tomé un casaquín ligero de paño, mandé á
Angela que me estirase la enagua y volante, y me asomé á ver si por milagro
había llegado el coche. Aún no, porque{34} era
imposible; pero á los diez minutos desembocaba á la entrada de la calle.
Entonces salí á la antesala, andando despacio, para que la Diabla no acabase de
escamarse; me contuve hasta cruzar la puerta; y ya en la escalera, me
precipité, llegando al portal cuando se paraba la berlina y saltaba en la acera
Pacheco.
—¡Qué listo anduvo el cochero!—le dije.
—El cochero y un servidor de V., señora—contestó el
gaditano, teniendo la portezuela para que yo subiese.—Con estas manos he ayudao
á echar las guarniciones, y hasta se me figura que á lavar las ruedas.
Salté en la berlina, quedándome á la derecha, y
Pacheco entró por la portezuela contraria, á fin de no molestarme y con ademán
de profundo respeto... ¡Valiente hipócrita está él! Nos miramos indecisos por
espacio de una fracción de segundo, y mi acompañante me preguntó en voz sumisa:
—¿Doy orden de ir camino de la pradera?
—Sí, sí... Dígaselo V. por el vidrio.
Sacó fuera la cabeza y gritó:—«¡Al Santo!»—La
berlina arrancó inmediatamente, y entre el primer retemblido de los cristales
exclamó Pacheco:
—Veo que se ha prevenío V. contra el calor y el
sol... Todo hace falta.
Sonreí sin responder, porque me encontraba (y no
tiene nada de sorprendente) algo cohibida por la novedad de la situación. No se
desalentó el gaditano.
—Lleva V. ahí unas flores preciosas... ¿No{35} sobraba para mí ninguna? ¿Ni siquiera una rosita
de á ochavo? ¿Ni un palito de albahaca?
—Vamos—murmuré—que no es V. poco pedigüeño... Tome
V., para que se calle.
Desprendí la gardenia y se la ofrecí. Entonces hizo
mil remilgos y zalemas.
—Si yo no pretendía tanto... Con el rabillo me
contentaba, ó con media hoja que V. le arrancase... ¡Una gardenia para mí solo!
No sé cómo lucirla... No se me va á sujetar en el ojal... A ver si V. consigue,
con esos deditos...
—Vamos, que V. no pedía tanto, pero quiere que se
la prenda ¿eh? Vuélvase V. un poco, voy á afianzársela.
Introduje el rabo postizo de la flor en el ojal de
Pacheco, y tomando de mi corpiño un alfiler sujeté la gardenia, cuyo olor á
pomada me subía al cerebro, mezclado con otro perfume fino, procedente, sin
duda, del pelo de mi acompañante. Sentí un calor extraordinario en el rostro, y
al levantarlo, mis ojos se tropezaron con los del meridional, que en vez de
darme las gracias, me contempló de un modo expresivo é interrogador. En aquel
momento casi me arrepentí de la humorada de ir á la feria; pero ya...
Torcí el cuello y miré por la ventanilla. Bajábamos
de la plazuela de la Cebada á la calle de Toledo. Una marea de gente, que
también descendía hacia la pradera, rodeaba el coche y le impedía á veces
rodar. Entre la multitud dominguera se destacaban los vistosos colorines de
algún bordado pañolón de Manila, con su fleco de una tercia de ancho. Las
chulas se volvían{36} y registraban con franca
curiosidad el interior de la berlina. Pacheco sacó la cabeza y le dijo á una no
sé qué.
—Nos toman por novios—advirtió dirigiéndose á
mí.—No se ponga V. más colorada: es lo que le faltaba para acabar de estar
linda—añadió medio entre dientes.
Hice como si no oyese el piropo y desvié la
conversación, hablando del pintoresco aspecto de la calle de Toledo, con sus
mil tabernillas, sus puestos ambulantes de quincalla, sus anticuadas tiendas y
sus paradores que se conservan lo mismito que en tiempo de Carlos IV. Noté que
Pacheco se fijaba poco en tales menudencias, y en vez de observar las
curiosidades de la calle más típica que tiene Madrid, llevaba los ojos puestos
en mí con disimulo, pero con pertinacia, como el que estudia una fisonomía
desconocida para leer en ella los pensamientos de la dueña. Yo también, á
hurtadillas, procuraba enterarme de los más mínimos ápices de la cara de
Pacheco. No dejaba de llamarme la atención la mezcla de razas que creía ver en
ella. Con un pelo negrísimo y una tez quemada del sol, casaban mal aquel bigote
dorado y aquellos ojos azules.
—¿Es V. hijo de inglesa?—le pregunté al fin.—Me han
contado que en la costa del Mediterráneo hay muchas bodas entre ingleses y
españolas, y al revés.
—Es cierto que hay muchísimas, en Málaga sobre
todo; pero yo soy español de pura sangre.
Le volví á mirar y comprendí lo tonto de mi{37} pregunta. Ya recordaba haber oído á algún sabio
de los que suele convidar á comer la Sahagún cuando no tiene otra cosa en que
entretenerse, que es una vulgaridad figurarse que los españoles no pueden ser
rubios, y que al contrario el tipo rubio abunda en España, sólo que no se
confunde con el rubio sajón, porque es mucho más fino, más enjuto, así al modo
de los caballos árabes. En efecto, los ingleses que yo conozco son por lo
regular unos montones de carne sanguínea, que al parecer se escapa sola á la
parrilla del rosbif; tienen cada cogote y cada pescuezo como ruedas de
remolacha; las bocas de ellos dan asco de puro coloradotas, y las frentes, de
tan blancas, fastidian ya, porque eso de la frente pura está
bueno para las señoritas, no para los hombres. ¿Cuándo se verá en ningún inglés
un corte de labios sutil, y una sien hundida, y un cuello delgado y airoso como
el de Pacheco? Pero al grano: ¿pues no me entretengo recreándome en las
perfecciones de ese pillo?
¡Qué hermoso y alegre estaba el puente de Toledo!
Lo recuerdo como se recuerda una decoración del teatro Real. Hervía la gente, y
mirando hacia abajo, por la pradera y por todas las orillas de Manzanares no se
veían más que grupos, procesiones, corrillos, escenas animadísimas de esas que
se pintan en las panderetas. A mí ciertos monumentos, por ejemplo las
catedrales, casi me parecen más bonitas solitarias; pero el puente de Toledo,
con sus retablazos, ó nichos, ó lo que sean aquellos fantasmones{38} barrocos que le guarnecen á ambos lados, no está
bien sin el rebullicio y la algazara de la gentuza, los chulapos y los tíos,
los carniceros y los carreteros, que parece que acaban de bajarse de un lienzo
de Goya. Ahora que se han puesto tan de moda los casacones, el puente tiene un
encanto especial. Nuestro coche dió vuelta para tomar el camino de la pradera,
y allí, en el mismo recodo, vi una tienda rara, una botería, en cuya fachada se
ostentaban botas de todos los tamaños, desde la que mide treinta azumbres de
vino, hasta la que cabe en el bolsillo del pantalón. Pacheco me propuso que,
para adoptar el tono de la fiesta, comprásemos una botita muy cuca que colgaba
sobre el escaparate y la llenásemos de Valdepeñas: proposición que rechacé
horrorizada.
No sé quién fué el primero que llamó feas y áridas
á las orillas del Manzanares, ni por qué los periódicos han de estar siempre
soltándole pullitas al pobre río, ni cómo no prendieron á aquel farsante de
escritor francés (Alejandro Dumas, si no me engaño) que le ofreció de limosna
un vaso de agua. Convengo en que no es muy caudaloso, ni tan frescachón como
nuestro Miño ó nuestro Sil; pero vamos, que no falta en sus orillas algún
rinconcito ameno, verde y simpático. Hay árboles que convidan á descansar á la sombra,
y unos puentes rústicos por entre los lavaderos, que son bonitos en cualquier
parte. La verdad es que acaso influía en esta opinión que formé entonces, el
que se me{39} iba quitando el susto y me rebosaba
el contento por haber realizado la escapatoria. Varios motivos se reunían para
completar mi satisfacción. Mi traje de céfiro gris, sembrado
de anclitas rojas, era de buen gusto en una excursión matinal como aquella; mi
sombrero negro de paja me sentaba bien, según comprobé en el vidrio delantero
de la berlina; el calor aún no molestaba mucho; mi acompañante me agradaba, y
la calaverada, que antes me ponía miedo, iba pareciéndome lo más inofensivo del
mundo, pues no se veía por allí ni rastro de persona regular que pudiese
conocerme. Nada me aguaría tanto la fiesta como tropezarme con algún tertuliano
de la Sahagún, ó vecina de butacas en el Real, que fuese luego á permitirse
comentarios absurdos. Sobran personas maldicientes y deslenguadas que
interpretan y traducen siniestramente las cosas más sencillas, y de poco le
sirve á una mujer pasarse la vida muy sobre aviso, si se descuida una hora...
(Sí, y lo que es á mí, en la actualidad, me caen muy bien estas reflexiones. En
fin, prosigamos.) El caso es que la pradera ofrecía aspecto tranquilizador. Pueblo
aquí, pueblo allí, pueblo en todas direcciones; y si algún hombre vestía
americana, en vez de chaquetón ó chaquetilla, debía de ser criado de servicio,
escribiente temporero, hortera, estudiante pobre, lacayo sin colocación, que se
tomaba un día de asueto y holgorio. Por eso, cuando á la subida del cerro,
donde ya no pueden pasar los carruajes, Pacheco y yo nos bajamos de la berlina,
parecíamos, por el contraste,{40} pareja de
archiduques que tentados de la curiosidad se van á recorrer una fiesta
populachera, deseosos de guardar el incógnito, y delatados por sus elegantes
trazas.
En fuerza de su novedad me hacía gracia el
espectáculo. Aquella romería no tiene nada que ver con las de mi país, que
suelen celebrarse en sitios frescos, sombreados por castaños ó nogales, con una
fuente ó riachuelo cerquita y el santuario en el monte próximo... El campo de
San Isidro es una serie de cerros pelados, un desierto de polvo, invadido por
un tropel de gente entre la cual no se ve un solo campesino, sino soldados,
mujerzuelas, chisperos, ralea apicarada y soez; y en lugar de vegetación, miles
de tinglados y puestos donde se venden cachivaches que, pasado el día del
Santo, no vuelven á verse en parte alguna: pitos adornados con hojas de papel
de plata y rosas estupendas; vírgenes pintorreadas de esmeralda, cobalto y
bermellón; medallas y escapularios igualmente rabiosos; loza y cacharros;
figuritas groseras de toreros y picadores; botijos de hechuras raras; monigotes
y fantoches con la cabeza de Martos, Sagasta ó Castelar; ministros á dos
reales; esculturas de los ratas de La Gran Vía,
y al lado de la efigie del bienaventurado San Isidro, unas figuras que...
¡Válgame Dios! Hagamos como si no las viésemos.
Aparte del sol que le derrite á uno la sesera y del
polvo que se masca, bastan para marear tantos colorines vivos y metálicos. Si
sigo mirando{41} van á dolerme los ojos. Las
naranjas apiñadas parecen de fuego; los dátiles relucen como granates obscuros;
como pepitas de oro los garbanzos tostados y los cacahuetes; en los puestos de
flores no se ven sino claveles amarillos, sangre de toro, ó de un rosa tan
encendido como las nubes á la puesta del sol: las emanaciones de toda esta
clavelería no consiguen vencer el olor á aceite frito de los buñuelos, que se
pega á la garganta y produce un cosquilleo inaguantable. Lo dicho, aquí no hay
color que no sea desesperado: el uniforme de los militares, los mantones de las
chulas, el azul del cielo, el amarillento de la tierra, los tíos vivos con
listas coloradas y los columpios dados de almagre con rayas de añil... Y luego
la música, el rasgueo de las guitarras, el tecleo insufrible de los pianos
mecánicos que nos aporrean los oídos con el paso doble de Cádiz,
repitiendo desde treinta sitios de la romería:—¡Vi-va España!
Nadie imagine maliciosamente que se me había pasado
lo de oir misa. Tratamos de romper por entre el gentío y de deslizarnos en la
ermita, abierta de par en par á los devotos; pero éstos eran tantos, y tan
apiñados, y tan groseros, y tan mal olientes, que si porfío en llegar á la
nave, me sacan de allí desmayada ó difunta. Pacheco jugaba los brazos y los
puños, según podía, para defenderme; sólo lograba que nos apretasen más y que
oyésemos juramentos y blasfemias atroces. Le tiré de la manga.{42}
—Vámonos, vámonos de aquí... Renuncio... No se
puede.
Cuando ya salimos á atmósfera respirable, suspiré
muy compungida.
—¡Ay, Dios mío!... Sin misa hoy...
—No se apure—me contestó mi acompañante—que yo oiré
por V. aunque sea todas las gregorianas... Ya ajustaremos esa cuenta.
—A mí sí que me la ajustará el Padre Urdax tan
pronto me eche la vista encima—pensaba para mis adentros mientras me tentaba el
hombro, donde había recibido un codazo feroz de uno de aquellos cafres.
DON Diego, que en el coche se me figuraba
reservado y tristón, se volvió muy dicharachero desde que andábamos por San
Isidro, justificando su fama de buena sombra. Sujetando bien mi brazo para que
las mareas de gente no nos separasen, él no perdía ripio, y cada pormenor de
los tinglados famosos le daba pretexto para un chiste, que muchas veces no era
tal sino en virtud del tono y acento con que lo decía, porque es indudable que
si se escribiesen las ocurrencias de los andaluces, no resultarían tan graciosas,
ni la mitad, de lo que parecen en sus labios; al sonsonete, al ceceíllo y{43} á la prontitud en responder, se debe la mayor
parte del salero.
Lo peor fué que como allí no había más personas
regulares que nosotros, y Pacheco se metía con todo el mundo y á todo el mundo
daba cuerda, nos rodeó la canalla de mendigos, fenómenos, chiquillos
harapientos, gitanas, buñoleras y vendedoras. El impulso de mi acompañante era
comprar cuanto veía, desde los escapularios hasta los botijos, pero me cuadré.
—Si compra V. más, me enfado.
—¡Soniche! San acabao las compras. ¡Que san acabao
digo! Al que no me deje en paz, le doy en igual de dinero, cañaso. ¿Tiene V.
más que mandar?
—Mire V., pagaría por estar á la sombra un ratito.
—¿En la cárcel por comprometeora? Llamaremos á la
pareja y verasté que pronto.
Ahora que reflexiono á sangre fría, caigo en la
cuenta de que era bastante raro y muy inconveniente que á los tres cuartos de
hora de pasearnos juntos por San Isidro, nos hablásemos don Diego y yo con
tanta broma y llaneza. Es posible, bien mirado, que mi paisano tenga razón; que
aquel sol, aquel barullo y aquella atmósfera popular obren sobre el cuerpo y el
alma como un licor ó vino de los que más se suben á la cabeza, y rompan desde
el primer momento la valla de reserva que trabajosamente levantamos las señoras
un día y otro contra peligrosas osadías. De cualquier índole que{44} fuese, yo sentía ya un principio de mareo cuando
exclamé:
—En la cárcel estaría á gusto con tal que no
hiciese sol... Me encuentro así... no sé cómo... parece que me desvanezco.
—Pero ¿se siente V. mala? ¿mala?—preguntó Pacheco
seriamente, con vivo interés.
—Lo que se dice mala, no: es una fatiga, una
sofocación... Se me nubla la vista.
Echóse Pacheco á reir y me dijo casi al oído:
—Lo que V. tiene ya lo adivino yo, sin necesidad de
ser sahorí... V. tiene ni más ni menos que... gasusa.
—¿Eh?
—Debilidad, hablando pronto... ¡Y no es V. sola!..
yo hace rato que doy las boqueás de hambre. ¡Si debe de ser mediodía!
—Puede, puede que no se equivoque V. mucho. A estas
horas suelen pasearse los ratoncitos por el estómago... Ya hemos visto el
Santo; volvámonos á Madrid y podrá V. almorzar, si gusta acompañarme...
—No, señora... Si eso que V. discurre es un pueblo.
Si lo que vamos á haser es almorsá en una fondita de aquí. ¡Que las hay...!
Se llevó los dedos apiñados á la boca y arrojó un
beso al aire, para expresar la excelencia de las fondas de San Isidro.
Aturdida y todo como me encontraba, la idea me
asustó; me pareció indecorosa y vi de una ojeada sus dificultades y riesgos.
Pero al mismo tiempo, allá en lo íntimo del alma, aquellos{45} escollos
me la hacían deliciosa, apetecible, como es siempre lo vedado y lo desconocido.
¿Era Pacheco algún atrevido, capaz de faltarme si yo no le daba pié? No por
cierto; y el no darle pié quedaba de mi cuenta. ¡Qué buen rato me perdía rehusando!
¿Qué diría Pardo de esta aventura si la supiese? Con no contársela... Mientras
discurría así, en voz alta me negaba terminantemente... Nada, á Madrid de
seguida.
Pacheco no cejó, y en vez de formalizarse, echó á
broma mi negativa. Con mil zalamerías y agudezas, ceceando más que nunca,
afirmó que espicharía de necesidad si tardase en almorzar arriba de veinte
minutos.
—Que me pongo de rodillas aquí mismo...—exclamaba
el muy truhán.—Ea, un sí de esa boquita... ¡Usted verá el gran almuerso del
siglo! Fuera escrúpulos... ¿Se ha pensao V. que mañana voy yo á contárselo á la
señá duquesa de Sahagún? A este probetico..., ¡una limosna de armuerso!.
Acabó por entrarme risa y tuve la flaqueza de
decir:
—Pero... ¿y el coche que está aguardando allá
abajo?
—En un minuto se le avisa... Que se procure cochera
aquí... Y si no, que se vuelva á Madrid hasta la puesta del sol... Espere V.,
buscaré alguno que lleve el recao... No la he de dejar aquí solita pa que se la
coma un lobo; eso sí que no.
Debió de oirlo un guindilla que andaba por allí
ejerciendo sus funciones, y en tono tan reverente{46} y
servicial como bronco lo usaba para intimar á la gentuza que se desapartase,
nos dijo con afable sonrisa:
—Yo aviso, si justan... ¿Dónde está ó coche? ¿Cómo
le llaman al cochero?
—Este no es de mi tierra, ni nada. ¿De qué parte de
Galicia?—pregunté al agente.
—Desviado de Lujo tres légoas, á la banda de
Sarria, para servir á vusté—explicó él, y los ojos le brillaron de alegría al
encontrarse con una paisana.—«¿Si éste me conocerá por conducto de la
Diabla?»—pensé yo recelosa; pero mi temor sería infundado, pues el agente no
añadió nada más. Para despacharle pronto, le expliqué:
—¿Ve aquella berlina con ruedas encarnadas...,
cochero mozo, con patillas, librea verde? Allá abajo... Es la octava en la
fila.
—Bien veo, bien.
—Pues va V.—ordenó Pacheco—y le dice que se largue
á Madrí con viento fresco, y que por la tardesita vuerva y se plantifique en el
mismo lugar. ¿Estamos, compadre?
Noté que mi acompañante extendía la mano y
estrechaba con gran efusión la del guindilla; pero no sería esta distinción lo
que tanto le alegró la cara á mi conterráneo, pues le vi cerrar la diestra
deslizándola en el bolsillo del pantalón, y entreoí la fórmula gallega clásica:
—De hoy en cien años.
Libre ya del apéndice del carruaje, por instinto me
apoyé más fuerte en el brazo de{47} Don Diego, y él
á su vez estrechó el mío como ratificando un contrato.
—Vamos poquito á poco subiendo al cerro... Animo y
cogerse bien.
El sol campeaba en mitad del cielo, y vertía llamas
y echaba chiribitas. El aire faltaba por completo; no se respiraba sino polvo
arcilloso. Yo registraba el horizonte tratando de descubrir la prometida fonda,
que siempre sería un techo, preservativo contra aquel calor del Senegal. Mas no
se veía rastro de edificio grande en toda la extensión del cerro, ni antes ni
después. Las únicas murallas blancas que distinguí á mi derecha eran las tapias
de la Sacramental, á cuyo amparo descansaban los muertos sin enterarse de las
locuras que del otro lado cometíamos los vivos. Amenacé á Pacheco con el palo
de la sombrilla:
—¿Y esa fonda? ¿Se puede saber hasta qué hora vamos
á andar buscándola?
—¿Fonda?—saltó Pacheco como si le sorprendiese
mucho mi pregunta.—¿Dijo V. fonda? El caso es... Mardito si sé á qué lado cae.
—¡Hombre..., pues de veras que tiene gracia! ¿No
aseguraba V. que había fondas preciosas, magníficas? ¡Y me trae V. con tanta
flema á asarme por estos vericuetos! Al menos entérese... Pregunte á
cualquiera, ¡al primero que pase!
—¡Oigasté... cristiano!
Volvióse un chulo de pelo alisado en peteneras,
manos en los bolsillos de la chaquetilla, hocico puntiagudo, gorra alta de
seda, estrecho{48} pantalón y viciosa y pálida faz;
el tipo perfecto del rata, de esos mocitos que se echa uno á temblar al verlos,
recelando que hasta el modo de andar le timen.
—¿Hay por aquí alguna fonda, compañero?—interrogó
Pacheco alargándole un buen puro.
—Se estima... Como haber fondas, hay fondas: misté
por ahí too alredor, que fondas son; pero tocante á fonda, vamos, según se ice,
de comías finas, pala gente é aquel, me pienso que no hallarán ustés
conveniencia; digo, esto me lo pienso yo; ustés verán.
—No hay más que merenderos, está visto—pronunció
Pacheco bajo y con acento pesaroso.
Al ver que él se mostraba disgustado, yo, por ese
instinto de contradicción humorística que en situaciones tales se nos
desarrolla á las mujeres, me manifesté satisfecha. Además, en el fondo, no me
desagradaba comer en un merendero. Tenía más carácter. Era más
nuevo é imprevisto, y hasta menos clandestino y peligroso. ¿Qué riesgo hay en
comer en un barracón abierto por todos lados donde está entrando y saliendo la
gente? Es tan inocente como tomar un vaso de cerveza en un café al aire libre.{49}
CONVENCIDOS ya de que no existía fonda ni
sombra de ella, ó de que nosotros no acertábamos á descubrirla, miramos á
nuestro alrededor, eligiendo el merendero menos indecente y de mejor trapío.
Casi en lo alto del cerro campeaba uno bastante grande y aseado; no ostentaba
ningún rótulo extravagante, como los que se leían en otros merenderos próximos,
verbigracia:—«Refrescos de los que usava el Santo.»—«La mar en vevidas y
comidas.»—«La Brillantez: callos y caracoles.»—A la entrada (que puerta no la tenía)
hallábase de pié una chica joven, de fisonomía afable, con un puñal de níquel
atravesado en el moño: y no había otra alma viviente en el merendero, cuyas
seis mesas vacías me parecieron muy limpias y fregoteadas. Pudiera compararse
el barracón á una inmensa tienda de campaña: las paredes de lona: el techo de
unas esteras tendidas sobre palos: dividíase en tres partes desiguales, la
menor ocultando la hornilla y el fogón donde guisaban, la grande que formaba el
comedor, la mediana que venía á ser una trastienda donde se lavaban platos y
cubiertos; pero estos misterios convinimos en que sería mejor no profundizarlos
mucho, si habíamos de almorzar.{50} El piso del
merendero era de greda amarilla, la misma greda de todo el árido cerro: y una
vieja, sucia y horrible, que frotaba con un estropajo las mesas, no necesitaba
sino bajarse para encontrar la materia primera de aquel limpión inverosímil.
Tomamos posesión de la mesa del fondo, sentándonos
en un banco de madera que tenía por respaldo la pared de lona del barracón. La
muchacha, con su perrera pegada á la frente por grandes churretazos de goma y
su puñal de níquel en el moño, acudió solícita á ver qué mandábamos: olfateaba
parroquianos gordos, y acaso adivinaba ó presentía otra cosa, pues nos dirigió
unas sonrisitas de inteligencia que me pusieron colorada. Decía á gritos la
cara de la chica:—«Buen par están estos dos... ¿Qué manía les habrá dado de
venir á arrullarse en el Santo? Para eso más les valía quedarse en su nido...
que no les faltará, de seguro».—Yo, que leía semejantes pensamientos en los
ojos de la muy entremetida, adopté una actitud reservada y digna, hablando á
Pacheco como se habla á un amigo íntimo, pero amigo á secas;
precaución que lejos de desorientar á la maliciosa muchacha, creo que sólo
sirvió para abrirle más los ojos. Nos dirigió la consabida pregunta:
—¿Qué van á tomar?
—¿Qué nos puede V. dar?—contestó Pacheco.—Diga V.
lo que hay, resalada..., y la señora irá escogiendo.
—Como haber..., hay de todo. ¿Quieren almorzar
formalmente?{51}
—Con toa formaliá.
—Pues de primer plato... una tortillita... ó huevos
revueltos.
—Vaya por los huevos revueltos. ¿Y hay magras?
—¿Unas magritas de jamón? Sí.
—¿Y chuletas?
—De ternera, muy ricas.
—¿Pescado?
—Pescado no... Si quieren latas... tenemos
escabeche de besugo, sardinas...
—¿Ostras no?
—Como ostras..., no señora. Aquí pocas cosas finas
se pueden despachar. Lo general que piden... callos y caracoles, Valdepeñas,
chuletas...
—V. resolverá—indiqué volviéndome á Pacheco.
—¿He de ser yo? Pues tráiganos de too eso que hemos
dicho, niña bonita..., huevos, magras, ternera, lata de sardinas... ¡Ay! y lo
primero de too se va V. á traer por los aires una boteya e mansaniya y unas
cañitas... Y aseitunas.
—Y después... ¿qué es lo que les he de servir? ¿Las
chuletas antes de nada?
—No: misté, azucena: nos sirve V. los huevos, luego
el jamón, las sardinas, las chuletitas... De postre, si hay algún queso...
—¡Ya lo creo que sí! De Flandes y de Villalón... Y
pasas, y almendras, y rosquillas, y avellanas tostás...
—Pues vamos á armorsá mejor que el Nuncio.{52}
Esto mismo que exclamó Pacheco frotándose las
manos, lo pensaba yo. Aquellas ordinarieces, como diría mi paisano el filósofo,
me abrían el apetito de par en par. Y aumentaba mi buena disposición de ánimo
el encontrarme á cubierto del terrible sol.
Verdad que estaba á cubierto lo mismo que el que
sale al campo á las doce del día bajo un paraguas. El sol, si no podía
ensañarse con nuestros cráneos, se filtraba por todas partes y nos envolvía en
un baño abrasador. Por entre las esteras mal juntas del techo, al través de la
lona, y sobre todo, por el abierto frente de la tienda, entraban á oleadas, á
torrentes, no sólo la luz y el calor del astro, sino el ruido, el oleaje del
humano mar, los gritos, las disputas, las canciones, las risotadas, los rasgueos
y punteos de guitarra y vihuela, el infernal paso doble, el ¡Viva
España! de los duros pianos mecánicos.
Casi al mismo punto en que la chica del puñal de
níquel depositaba en la mesa una botella rotulada Manzanilla superior,
dos cañas del vidrio más basto y dos conchas con rajas de salchichón y
aceitunas aliñás, se coló por la abertura una mujer desgreñada,
cetrina, con ojos como carbones, saya de percal con almidonados faralaes y
pañuelo de crespón de lana desteñido y viejo, que al cruzarse sobre el pecho
dejaba asomar la cabeza de una criatura. La mujer se nos plantó delante, fija
la mano izquierda en la cadera y accionando con la derecha: de qué modo se
sostenía el chiquillo, es lo que no entiendo.{53}
—En er nombre e Dios, Pare, Jijo y Epíritu Zanto,
que donde va er nombre e Dios no va cosa mala. Una palabrita les voy á icir que
lase á ostés mucha farta saberla...
—¡Calle!—grité yo contentísima. ¡Una gitana que nos
va á decir la buenaventura!
—¿La mando que se largue? ¿La incomoda á V.?
—¡Al contrario! Si me divierte lo que no es
imaginable. Verá V. cuántos enredos va á echar por esa boca. Ea, la
buenaventura pronto, que tengo una curiosidad inmensa de oirla.
—Pué diñe osté la mano erecha, jermosa, y una
moneíta de plata pa jaser la crú.
Pacheco le alargó una peseta, y al mismo tiempo,
habiendo descorchado la manzanilla y pedido otra caña, se la tendió llena de
vino á la egipcia. Con este motivo armaron los dos un tiroteo de agudezas y
bromas; bien se conocía que eran hijos de la misma tierra, y que ni á uno ni á
otro se les atascaban las palabras en el gaznate, ni se les agotaba la labia
aunque la derramasen á torrentes. Al fin la gitana se embocó el contenido de la
cañita, y yo la imité, porque, con la sed, tentaba aquel vinillo claro. ¡Manzanilla
superior! ¡A cualquier cosa llaman superior aquí! La
manzanilla dichosa sabía á esparto, á piedra alumbre y á demonios coronados;
pero como al fin era un líquido, y yo con el calor estaba para beberme el
Manzanares entero, no resistí cuando Pacheco me escanció otra caña. Sólo que en
vez de refrescarme, se me figuró que un rayo de sol, disuelto en polvo, se{54} me introducía en las venas y me salía en chispas
por los ojos y en arreboles por la faz. Miré á Pacheco muy risueña, y luego me
volví confusa, porque él me pagó la mirada con otra más larga de lo debido.
—¡Qué bonitos ojos azules tiene este
perdis!—pensaba yo para mí.
El gaditano estaba sin sombrero; vestía un traje
ceniza, elegante, de paño rico y flexible; de vez en cuando se enjugaba la
frente sudorosa con un pañuelo fino, y á cada movimiento se le descomponía el
pelo, bastante crecido, negro y sedoso; al reir, le iluminaba la cara la
blancura de sus dientes, que son de los mejor puestos y más sanos que he visto
nunca, y aun parecía doblemente morena su tez, ó mejor dicho, doblemente
tostada, porque hacia la parte que ya cubre el cuello de la camisa se entreveía
un cutis claro.
—La mano, jermosa,—repitió la gitana.
Se la alargué, y ella la agarró haciéndomela tener
abierta. Pacheco contemplaba las dos manos unidas.
—¡Qué contraste!—murmuró en voz baja, no como el
que dice una galantería á una señora, sino como el que hace una reflexión entre
sí.
En efecto, sin vanidad, tengo que reconocer que la
mano de la gitana, al lado de la mía, parecía un pedazo de cecina feísimo: la
tumbaga de plata, donde resplandecía una esmeralda falsa espantosa, contribuía
á que resaltase el color cobrizo de la garra aquella, y claro está que mi
diestra, que es algo chica, pulida y blanca,{55} con
anillos de perlas, zafiros y brillantes, contrastaba extrañamente. La buena de
la bohemia empezó á hacer sus rayas y ensalmos, endilgándonos una retahila de
esas que no comprometen, pues son de doble sentido y se aplican á cualquier
circunstancia, como las respuestas de los oráculos. Todo muy recalcado con los
ojos y el ademán.
—Una cosa diquelo yo en esta manica, que hae
suseder mu pronto, y nadie saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no
ae ser para má, que ae ser pa sastisfasión e toos. Una carta me vasté á
resibir, y lae alegrá lo que viene escribío en eya... Unas presonas me tiene
usté que la quieren má, y están toas perdías por jaserle daño; pero der revé
les ae salir la perra intensión... Una presoniya está chalaíta por usté—(al
llegar aquí la bruja clavó en Pacheco las ascuas encendidas de sus ojos)—y un
convite le ae dar quien bien la quiere... Amorosica de genio me es usté; pero
cuando se atufa, una leona brava de los montes se me güerve... Que no la
enriten a usté y que le yeven toiticas las cosas ar pelo de la suavidá, que por
la buena, corasón tiene usté pa tirarse en metá e la bahía e Cadis... Con
mieles y no con hieles me la han de engatusar á usté... Un cariñiyo me vasté á
tener mu guardadico en su pechito y no lo ae sabé ni la tierra, que secretica
me es usté como la piedra e la sepultura... También una cosa le igo y es que
usté mesma no me sabe lo que en ese corasonsiyo está guardao... Un cachito e
gloria le va a caer der sielo y pasmáa se{56} quedará
usté; que á la presente me está usté como los pajariyos, que no saben el árbol
onde han de ponerse...
Si la dejamos, creo que aún sigue ahora ensartando
tonterías. A mí su parla me entretenía mucho, pues ya se sabe que en esta clase
de vaticinios tan confusos y tan latos, siempre hay algo que responde á
nuestras ideas, esperanzas y aspiraciones ocultas. Es lo mismo que cuando, al
tiempo de jugar á los naipes, vamos corriéndolos para descubrir sólo la pinta,
y adivinamos ó presentimos de un modo vago la carta que va á salir. Pacheco me
miraba atentamente, aguardando á que me cansase de gitanerías para despedir á
la profetisa. Viendo que ya la chica del puñal en el moño acudía con la fuente
de huevos revueltos, solté la mano, y mi acompañante despachó á la gitana, que
antes de poner piés en polvorosa aún pidió no sé qué para er
churumbeliyo.
Empezábamos á servirnos del apetitoso comistrajo y
á descorchar una botella de jerez, cuando otro cuerpo asomó en la abertura de
la tienda, se adelantó hacia la mesa y recitó la consabida jaculatoria:
—En er nombre e Dió Pare, Jijo y Epíritu Zanto, que
onde va er nombre é Dió...
—¡Estamos frescos!—gritó Pacheco.—¡Gitana nueva!
—Claro—murmuró con aristocrático desdén la chica
del merendero.—Como á la otra le han dado cuartos y vino, se ha corrido la
voz... Y tendrán aquí á todas las de la romería.{57}
Pacheco alargó á la recién venida unas monedas y un
vaso de jerez.
—Bébase usté eso á mi salú..., y andar con Dios, y
najensia.
—E que les igo yo lo buenaventura e barde... por el
aqué de la sal der mundo que van ustés derramando.
—No, no...,—exclamé yo casi al oído de Pacheco.—Nos
va á encajar lo mismo que la otra; con una vez basta. Espántela V.... sin
reñirla.
—Bébase usté el jerés, prenda... y najarse he
dicho—ordenó el gaditano sin enojo alguno, con campechana franqueza.
La gitana, convencida de que no sacaba más raja ya,
después de echarse al coleto el Jerez y limpiarse la boca con el dorso de la
mano, se largó con su indispensable churumbeliyo, que lo traía
también escondido en el mantón como gusano en queso.
—¿Tienen todas su chiquitín?—pregunté á la
muchacha.
—Todas, pues ya se ve—explicó ella con tono de
persona desengañada y experta.—Valientes maulas están. Los chiquillos son tan
suyos como de una servidora de Vds. Infelices, los alquilan por ahí á otras
bribonas, y sabe Dios el trato que les dan. Y está la romería plagada de estas
tunantas, embusteronas. ¡Lástima de Abanico!
—¿Vds. duermen aquí?—la dije por tirarla de la
lengua.—¿No tienen miedo á que de noche les roben las ganancias del día ó la
comida del siguiente?{58}
—Ya se ve que dormimos con un ojo cerrado y otro
abierto... Porque no se crea V.: nosotros tenemos un café á la salida de la
Plaza Mayor y venimos aquí no más á poner el ambigú.
Comprendí que la chica se daba importancia,
deseando probarme que era, socialmente, muy superior á aquella gentecilla de
poco más ó menos que andaba por los demás figones. A todo esto íbamos
despachando la ración de huevos revueltos y nos disponíamos á emprenderla con
las magras. Interceptó la claridad de la abertura otra sombra. Esta era una
chula de mantón terciado, peina de bolas, brazos desnudos, que traía en un
jarro de loza un inmenso haz de rosas y claveles, murmurando con voz entre
zalamera y dolorida:—«¡Señoritico! ¡Cómpreme usté flores pa osequiar á esa
buena moza!»—Al mismo tiempo que la florera, entraron en el merendero cuatro
soldados, cuatro húsares jóvenes y muy bulliciosos, que tomaron posesión de una
mesa pidiendo cerveza y gaseosa, metiendo ruido con los sables y regocijando la
vista con su uniforme amarillo y azul. ¡Válgame Dios, y qué virtud tan rara
poseen la manzanilla y el jerez, sobre todo cuando están encabezados y
compuestos! Si en otra ocasión me veo yo almorzando así, entre soldados, creo
que me da un soponcio; pero empezaba á tener subvertidas las nociones de la
corrección y de la jerarquía social, y hasta me hizo gracia semejante compañía
y la celebré con la risa más alegre del mundo! Pacheco, al observar mi buen
humor, se levantó{59} y fué á ofrecer á los húsares
jerez y otros obsequios; de suerte que no sólo comíamos con ellos en el mismo
bodegón, sino que fraternizábamos.
Cuando está uno de buen temple, ninguna cosa le
disgusta. Alabé la comida; de la chula de los claveles dije que parecía un
boceto de Sala; y entonces Pacheco sacó de la jarra las flores y me las echó en
el regazo, diciendo:—«Póngaselas V. todas.»—Así lo ejecuté, y quedó mi pecho
convertido en búcaro. Luego me hizo reir con toda mi alma una desvergonzada
riña que se oyó por detrás de la pared de lona, y las ocurrencias de Pacheco
que se lió con los húsares no recuerdo con qué motivo. Volvió á nublarse el sol
que entraba por la abertura y apareció un pordiosero de lo más remendado y
haraposo. No contento con aflojar buena limosna, Pacheco le dió palique largo,
y el mendigo nos contó aventuras de su vida: una sarta de embustes, por
supuesto. Oyóle el gaditano muy atentamente, y luego empezó á exigirle que
trajese un guitarrillo y se cantase por lo más jondo. El pobre juraba y
perjuraba que no sabía sino unas coplillas, pero sin música, y al fin le
soltamos, bajo palabra de que nos traería un buen cantaor y tocaor de bandurria
para que nos echase polos y peteneras hasta morir. Por fortuna hizo la del
humo.
Yo, á todo esto, más divertida que en un sainete, y
dispuesta á entenderme con las chuletas y el champagne. Comprendía, sí, que mis
pupilas destellaban lumbre y en mis mejillas se{60} podía
encender un fósforo; pero lejos de percibir el atolondramiento que suponía
precursor de la embriaguez, sólo experimentaba una animación agradabilísima,
con la lengua suelta, los sentidos excitados, el espíritu en volandas y gozoso
el corazón. Lo que más me probaba que aquello no era cosa
alarmante, era que comprendía la necesidad de guardar en mis dichos y modales
cierta reserva de buen gusto; y en efecto, la guardaba, evitando toda palabra ó
movimiento que siendo inocente pudiese parecer equívoco, sin dejar por eso de
reir, de elogiar los guisos, de mostrarme jovial, en armonía con la
situación... Porque allí, vamos, convengan Vds. en ello, también sería muy raro
estar como si me hubiese tragado el molinillo.
PACHECO, por su parte, me llevaba la corriente;
cuidaba de que nunca estuviesen vacíos mi vaso ni mi plato, y ajustaba su humor
al mío con tal esmero, cual si fuese un director de escena encargado de
entretener y hacer pasar el mejor rato posible á un príncipe. ¡Ay! Porque eso
sí: tengo que rendirle justicia al grandísimo socarrón, y una vez que me
encuentro á solas con mi conciencia, reconocer que, animado, oportuno, bromista
y (admitamos{61} la terrible palabra) en juerga redonda
conmigo, como se encontraba al fin y al cabo Pacheco, ni un dicho libre, ni una
acción descompuesta ó siquiera familiar llegó á permitirse. En ocasión tan
singular y crítica, hubiera sido descortesía y atrevimiento lo que en otra mero
galanteo ó flirtación (como dicen los ingleses). Esto lo
entendía yo muy bien, aun entonces, y á la verdad, temía cualquiera de esas
insinuaciones impertinentes que dejan á una mujer volada y le estropean el
mejor rato. Sin la caballerosa delicadeza de Pacheco, aquella situación en que
impremeditadamente me había colocado pudo ser muy ridícula para mí. Pero la
verdad por delante: su miramiento fué tal, que no me echó ni una flor, mientras
hartaba de lindas, simpáticas y retrecheras á las gitanas, á la chica del puñal
de níquel y hasta á la fregona del estropajo. Cierto que á veces sorprendí sus
ojos azules que me devoraban á hurtadillas; sólo que apenas notaba que yo había
caído en la cuenta, los desviaba á escape. Su acento era respetuoso, sus frases
serias y sencillas al dirigirse sólo á mi. Ahora se me figura que tantas
exquisiteces fueron calculadas, para inspirarme confianza é interés: ¡ah
malvado! Y bien que me iba comprando con aquel porte fino.
Surgió de repente ante nosotros, sin que supiésemos
por donde había entrado, una figurilla color de yesca, una gitanuela de algunos
trece años, típica, de encargo para modelo de un pintor: el pelo azulado de
puro negro, muy aceitoso,{62} recogido en castaña,
con su peina de cuerno y su clavel sangre de toro; los dientes y los ojos
brillantes, por contraste con lo atezado de la cara; la frente chata como la de
una víbora, y los brazos desnudos, verdosos y flacos lo mismo que dos reptiles.
Y con el propio tonillo desgarrado de las demás, empezó la retahila consabida:
—En er nombre de Dió Pare, Jijo...
De esta vez, la chica del merendero montó en
cólera, y dando al diablo sus pujos de señorita, se convirtió en chula de las
más boquifrescas.
—¿Hase visto hato de pindongas? ¿No dejarán comer
en paz á las personas decentes? ¿Conque las barre uno por un lado y se cuelan
por otro? ¿Y cómo habrá entrado aquí semejante calamidá, digo yo? Pues si no te
largas más pronto que la luz, bofetá como la que te arrimo no la has visto tú
en tu vía. Te doy un recorrío al cuerpo, que no te queda lengua pa contarlo.
La chiquilla huyó más lista que un cohete; pero no
habrían transcurrido dos segundos, cuando vimos entreabrirse la lona que nos
protegía las espaldas, y por la rendija del lienzo asomó una geta que parecía
la del mismo enemigo, unos dientes que rechinaban, un puño cerrado, negro como
una bola de bronce, y la gitanilla becerreó:
—Arrastrá, condená, tía cochina, que malos
retortijones te arranquen las tripas, y malos mengues te jagan picaíllo e los
jígados, y malas culebras te piquen, y remardita tiña te pegue{63} con
er moño pa que te quedes pelá como tu ifunta agüela...
Llegaba aquí de su rosario de maldiciones, cuando
la del puñal, que así se vió tratada, empuñó el rabo de una cacerola y se
arrojó como una fiera á descalabrar á la egipcia: al hacerlo, dió con el codo a
una botella de jerez, que se derramó entera por el mantel. Este incidente hizo
que la chica, olvidando el enojo, se echase á reir exclamando:—¡Alegría,
alegría! Vino en el mantel... ¡boda segura!—y, por supuesto, la gitana tuvo
tiempo de afufarse más pronta que un pájaro.
No ocurrió durante el almuerzo ninguna otra cosa
que recordarse merezca, y lo bien que hago memoria de todo cuanto pasó en él,
me prueba que estaba muy despejada y muy sobre mí. Apuramos el último sorbo de
champagne y un empecatado café; saldó Pacheco la cuenta, gratificando como Dios
manda, y nos levantamos con ánimo de recorrer la romería. Notaba yo cierta
ligereza insólita en piernas y piés; me figuraba que se había suprimido el peso
de mi cuerpo, y, en vez de andar, creía deslizarme sobre la tierra.
Al salir, me deslumbró el sol: ya no estaba en el
cenit ni mucho menos; pero era la hora en que sus rayos, aunque oblicuos,
queman más: debían de ser las tres y media ó cuatro de la tarde, y el suelo se
rajaba de calor. Gente, triple que por la mañana, y veinte veces más
bullanguera y estrepitosa. Al punto que nos metimos entre aquel bureo, se me
puso{64} cabeza que me había caído en el mar: mar
caliente, que hervía á borbotones, y en el cual flotaba yo dentro de un
botecillo chico como una cáscara de nuez: golpe va y golpe viene, ola arriba y
ola abajo. ¡Sí, era el mar; no cabía duda! ¡El mar, con toda la angustia y
desconsuelo del mareo que empieza!
Lejos de disiparse esta aprensión, se aumentaba
mientras iba internándome en la romería apoyada en el brazo del gaditano. Nada,
señores, que estaba en mitad del golfo. Los innumerables ruidos de voces,
disputas, coplas, pregones, juramentos, vihuelas, organillos, pianos, se
confundían en un rumor nada más: el mugido sordo con que el Océano se estrella
en los arrecifes: y allá á lo lejos, los columpios, lanzados al aire con vuelo
vertiginoso, me representaban lanchas y falúas balanceadas por el oleaje. ¡Ay Dios
mío, y qué desvanecimiento me entró al convencerme de que en efecto me
encontraba en alta mar! Me agarré al brazo de Pacheco como me agarro en la
temporada de baños al cuello del bañero robusto, para que no me lleve el
agua... Sentía un pánico atroz y no me atrevía á confesarlo, porque tal vez mi
acompañante se reiría de mí, por fuera ó por dentro, si le dijese que me
mareaba, que me mareaba á toda prisa.
Una peripecia nos detuvo breves instantes. Fué una
pelea de mujerotas. Pelea muy rara: por lo regular, estas riñas van acompañadas
de vociferaciones, de chillidos, de injurias, y aquí no hubo nada de eso. Eran
dos mozas: una que tostaba garbanzos en una sartén puesta sobre{65} una hornilla: otra que pasó y con las sayas
derribó el artilugio. Jamás he visto en rostro humano expresión de ferocidad
como adquirió el de la tostadora. Más pronta que el rayo, recogió del suelo la
sartén, y echándose á manera de irritada tigre sobre la autora del desaguisado,
le dió con el filo en mitad de la cara. La agredida se volvió sin exhalar un
ay, corriéndole de la ceja á la mejilla un hilo de sangre; y trincando á su
enemiga por el moño, del primer arrechucho le arrancó un buen mechón, mientras
le clavaba en el pescuezo las uñas de la mano izquierda: cayeron á tierra las
dos amazonas, rodando entre trébedes, hornillas y cazos; se formó alrededor
corro de mirones, sin que nadie pensase en separarlas, y ellas seguían luchando,
calladas y pálidas como muertas, una con la oreja rasgada ya, otra con la sien
toda ensangrentada y un ojo medio saltado de un puñetazo. Los soldados se reían
á carcajadas y les decían requiebros indecentes, en tanto que se despedazaban
las infelices. Advertí por un instante que se me quitaba el mareo, á fuerza de
repugnancia y lástima: me acordé de mi paisano Pardo, y de aquello del
salvajismo y la barbarie española. Pero duró poco esta idea, porque en
seguidita se me ocurrió otra muy singular: que las dos combatientes eran dos
pescados grandes, así como golfines ó tiburones, y que á coletazos y mordiscos,
sin chistar, estaban haciéndose trizas. Y este pensamiento me renovó la fatiga
del mareo de tal modo, que arrastré á Pacheco.{66}
—Vámonos de aquí... No me gusta ver esto... Se
matan.
Preguntóme Don Diego si me sentía mal, en cuyo caso
no visitaríamos los barracones donde enseñan panoramas y fenómenos. Respondí
muy picada que me encontraba perfectamente y capaz de examinar todas las
curiosidades de la romería. Entramos en varias barracas y vimos un enano, un
ternero de dos cabezas, y por último, la mujer de cuatro piernas, muy
pizpireta, muy escotada, muy vestida de seda azul con puntillas de algodón, y
que enseñaba sonriendo—la risa del conejo—sus dobles muñones al extremo de cada
rodilla. En esta pícara barraca se apoderó de mí, con más fuerza que nunca, la
convicción de que me hallaba en alta mar, entregada á los vaivenes del Océano.
En el lado izquierdo del barracón había una serie de agujeritos redondos por
donde se veía un cosmorama: y yo empeñada en que eran las portas del buque, sin
que me sacase de mi error el que al través de las susodichas portas se
divisase, en vez del mar, la plaza del Carrousel... el Arco de la Estrella...
el Coliseo de Roma... y otros monumentos análogos. Las perspectivas
arquitectónicas me parecían desdibujadas y confusas, con gran temblequeteo y
vaguedad de contornos, lo mismo que si las cubriese el trémulo velo de las
olas. Al volverme y fijarme en el costado opuesto de la barraca, los grandes
espejos de rigolada, de lunas cóncavas ó convexas, que reflejaban
mi figura con líneas grotescamente deformes, me parecieron también{67} charcos de agua de mar... ¡Ay, ay, ay, qué malo
se pone esto! Un terror espantoso cruzó por mi mente: ¿apostemos á que todas
estas chifladuras marítimas y náuticas son pura y simplemente una... vamos,
una filoxerita, como ahora dicen? ¡Pero si he bebido poco! ¡Si en
la mesa me encontraba tan bien!
—Hay que disimular—pensé.—Que Pacheco no se
entere... ¡Virgen, y qué vergüenza si lo nota!... Volver á Madrid corriendo...
¡Quiá! El movimiento del coche me pierde, me acaba, de seguro... Aire, aire...
¡Si hubiese un rincón donde librarse de este gentío!
O Pacheco leyó en mis pensamientos, ó coincidió
conmigo en sensaciones, pues se inclinó y en el tono más cariñoso y deferente
murmuró á mi oído:
—Hace aquí un calor intolerable... ¿Verdad que sí?
¿Quiere V. que salgamos? Daremos una vueltecita por la pradera y la alameda;
estará más despejado y más fresco.
—Vamos—respondí fingiendo indiferencia, aunque veía
el cielo abierto con la proposición.
SALIMOS de la barraca y bajamos del cerro á la
alameda, siempre empujados y azotados por la ola del gentío, cuyas aguas eran
más densas según iba acercándose la noche. Llegó{68} un
momento en que nos encontramos presos en remolino tal, que Pacheco me apretó
fuertemente el brazo y tiró de mí para sacarme á flote. Me latían las sienes,
se me encogía el corazón y se me nublaban los ojos: no sabía lo que me pasaba:
un sudor frío bañaba mi frente. Forcejeábamos deseando romper por entre el
grupo, cuando nos paró en firme una cosa tremenda que se apareció allí,
enteramente á nuestro lado: un par de navajas desnudas, de esas lenguas
de vaca con su letrero de si esta víbora te pica no hay
remedio en la botica, volando por los aires en busca de las tripas de algún
prójimo. También relucían machetes de soldados, y se enarbolaban garrotes, y se
oían palabras soeces, blasfemias de las más horribles... Me arrimé despavorida
al gaditano, el cual me dijo á media voz:
—Por aquí... No pase V. cuidado... Vengo prevenido.
Le vi meter la mano en el bolsillo derecho del
chaleco y asomarse á él la culata de un revólver: vista que redobló mi susto y
mis esfuerzos para desviarme. No nos fué difícil, porque todo el mundo se
arremolinaba en sentido contrario, hacia el lugar de la pendencia. Pronto
retrocedimos hasta la alameda, sitio relativamente despejado. Allí y todo
continuaban mis ilusiones marítimas dándome guerra. Los carruajes, los carros
de violín, los ómnibus, las galeras, cuantos vehículos estaban en espera de sus
dueños, me parecían á mí embarcaciones fondeadas en alguna bahía ó varadas en
la playa,{69} paquetes de vapor con sus ruedas,
quechemarines con su arboladura. Hasta olor á carbón de piedra y á brea notaba
yo. Que sí, que me había dado por la náutica.
—¿Vámonos á la orilla... allí, donde haya
silencio?—supliqué á Pacheco.—¿Donde corra fresquito y no se vea un alma?
Porque la gente me mar...
Un resto de cautela me contuvo á tiempo, y
rectifiqué:
—Me fatiga.
—¿Sin gente? Dificilillo va á ser hoy... Mire V.—Y
Pacheco señaló, extendiendo la mano.
Por la praderita verde, por las alturas peladas del
cerro, por cuanta extensión de tierra registrábamos desde allí, bullía el mismo
hormigueo de personas, igual confusión de colorines, balanceo de columpios,
girar de tíos vivos y corros de baile.
—Hacia allá—murmuré—parece que hay un espacio
libre...
Para llegar adonde yo indicaba, era preciso saltar
un vallado, bastante alto por más señas. Pacheco lo salvó, y desde el lado
opuesto me tendió los brazos. ¡Cosa más particular! Pegué el brinco con
agilidad sorprendente. Ni notaba el peso de mi cuerpo; se había derogado para
mí la ley de gravedad: creo que podría hacer volatines. Eso sí, la firmeza no
estaba en proporción con la agilidad, porque si me empujan con un dedo, me
caigo y boto como una pelota.
Atravesamos un barbecho, que fué una serie{70} de saltos de surco á surco, y por senderos
realmente solitarios fuimos á parar á la puerta de una casuca que se bañaba los
piés en el Manzanares. ¡Ay, qué descanso! Verse uno allí casi solo, sin oir
apenas el estrépito de la romería, con un fresquito delicioso venido de la
superficie del agua, y con la media obscuridad ó al menos la luz tibia del sol
que iba poniéndose... ¡Alabado sea Dios! Allá queda el tempestuoso Océano con
sus olas bramadoras, sus espumarajos y sus arrecifes, y héteme al borde de una
pacífica ensenada, donde el agua sólo tiene un rizado de onditas muy mansas que
vienen á morir en la arena sin meterse con nadie...
¡Dale con el mar! ¡Mire V. que es fuerte cosa! ¿Si
continuará aquello? ¿Si...?
A la puerta de la casuca asomó una mujer pobremente
vestida y dos chiquillos harapientos, que muy obsequiosos me sacaron una silla.
Sentóse Pacheco á mi lado sobre unos troncos. Noté bienestar inexplicable, y me
puse á mirar cómo se acostaba el sol, todo ardoroso y sofocado, destellando sus
últimos resplandores en el Manzanares. Es decir, en el Manzanares no: aquello
se parecía extraordinariamente á la bahía viguesa. La casa también se había
vuelto una lancha muy airosa que se mecía con movimiento insensible: Pacheco,
sentado en la popa, oprimía contra el pecho la caña del timón, y yo,
muellemente reclinada á su lado, apoyaba un codo en su rodilla, recostaba la
cabeza en su hombro, cerraba los ojos para mejor gozar del soplo de la brisa
marina que me abanicaba{71} el semblante... ¡Ay
madre mía, qué bien se va así!... De aquí al cielo...
Abrí los párpados... ¡Jesús, qué atrocidad! Estaba
en la misma postura que he descrito, y Pacheco me sostenía en silencio y con
exquisito cuidado, como á una criatura enferma, mientras me hacía aire, muy
despacio, con mi propio pericón...
No tuve tiempo de reflexionar en situación tan
rara. No me lo permitió el afán, la fatiga inexplicable que me entró de súbito.
Era como si me tirasen del estómago y de las entrañas hacia afuera con un
garfio para arrancármelas por la boca. Llevé las manos á la garganta y al
pecho, y gemí:
—¡A tierra, á tierra! ¡Que se pare el vapor... me
mareo, me mareo! ¡Que me muero!... ¡Por la Virgen, á tierra!
Cesé de ver la bahía, el mar verde y espumoso, las
crespas olitas; cesé de sentir el soplo del Nordeste y el olor del alquitrán...
Percibí, como entre sueños, que me levantaban en vilo y me trasladaban...
¿Estaríamos desembarcando? Entreoí frases que para mí entonces carecían de
sentido.—«Probetica, sa puesto mala.—Por aquí, señorito...—Sí que hay cama y lo
que se nesecite...—Mandar...»—Sin duda ya me habían depositado en tierra firme,
pues noté un consuelo grandísimo, y luego una sensación inexplicable de desahogo,
como si alguna manaza gigantesca rompiese un aro de hierro que me estaba
comprimiendo las costillas y dificultando la respiración. Di un suspiro y abrí
los ojos...{72}
Fué un intervalo lúcido, de esos que se tienen aun
en medio del síncope ó del acceso de locura, y en que comprendí claramente todo
cuanto me sucedía. No había mar, ni barco, ni tales carneros, sino turca de
padre y muy señor mío: la tierra firme era el camastro de la tabernera, el aro
de hierro el corsé que acababan de aflojarme; y no me quedé muerta de sonrojo
allí mismo, porque no vi en el cuarto á Pacheco. Sólo la mujer morena y alta,
muy afable, se deshacía en cuidados, me ofrecía toda clase de socorros...
—No, gracias... Silencio, y estar á obscuras... Es
lo único... Bien, sí, llamaré si ocurre. Ya, ya me siento mejor... Silencio y
dormir; no necesito más.
La mujer entornó el ventanuco por donde entraba en
el chiribitil la luz del sol poniente, y se marchó en puntillas. Me quedé sola:
me dominaba una modorra invencible: no podía mover brazo ni pierna; sin
embargo, la cabeza y el corazón se me iban sosegando por efecto de la penumbra
y la soledad. Cierto que andaba otra vez á vueltas con la manía náutica, pues
pensaba para mis adentros:—¡Qué bien me encuentro así... en este camarote... en
esta litera!... ¡Y qué serena debe de estar la mar!... ¡Ni chispa de balance!
¡El barco no se mueve!
Yo había oído asegurar muchas veces que si tenemos
los ojos cerrados y alguna persona se pone á mirarnos fijamente, una fuerza
inexplicable nos obliga á abrirlos. Digo que es verdad, y lo digo por
experiencia. En medio de mi sopor{73} empecé á
sentir cierta comezón de alzar los párpados y una inquietud especial, que me
indicaba la presencia de alguien en el tugurio... Entreabrí
los ojos, y con gran sorpresa vi el agua del mar; pero no la verde y plomiza
del Cantábrico, sino la del Mediterráneo, azul y tranquila... Las pupilas de
Pacheco, como Vds. se habrán imaginado. Estaba de pié, y cuando clavé en él la
mirada, se inclinó y me arregló delicadamente la falda del vestido para que me
cubriese los piés.
—¿Cómo vamos? ¿Hay ánimos para levantarse?—murmuró:
es decir, sería algo por el estilo, pues no me atrevo á jurar que dijese esto.
Lo que afirmo es que le tendí las dos manos con un cariñazo repentino y
descomunal, porque se me había puesto en el moño que me encontraba allí
abandonadita en medio de un golfo profundo, y que iba á ahogarme si no acierta
á venir en mi auxilio Pacheco. El tomó las manos que yo ofrecía, las apretó muy
afectuoso, me tentó los pulsos y apoyó su derecha en mis sienes y frente, ¡Cuánto
bien me hacía aquella presioncita cuidadosa y firme! Como si me volviese á
encajar los goznes del cerebro en su verdadero sitio, dándoles aceite para que
girasen mejor. Le estreché la mano izquierda... ¡Qué pegajoso, qué majadero se
vuelve uno en estas situaciones... anormales! Yo me estaba muriendo por mimos,
igual que una niña pequeña... ¡Quería que me tuviesen lástima!... Es sabido que
á mucha gente le dan las turcas por el lado tierno. Ganas me venían de{74} echarme á llorar, por el gusto de que me consolasen.
Había á la cabecera de la cama una mugrienta silla
de Vitoria, y el gaditano tomó asiento en ella acercando su cara á la dura
almohada donde reclinaba la mía. No sé qué me fué diciendo por lo bajo: sí que
eran cositas muy dulces y zalameras, y que yo seguía estrujándole la mano
izquierda con fuerza convulsiva, sonriendo y entornando los párpados, porque me
parecía que de nuevo bogábamos en el esquife, y las olas hacían un ¡clap!
¡clap! armonioso contra el costado. Sentí en la mejilla un soplo
caliente, y luego un contacto parecido al revoloteo de una mariposa. Sonaron
pasos fuertes, abrí los ojos, y vi á la mujer alta y morena, figonera,
tabernera ó lo que fuese.
—¿La traigo una tacita de té, señorita? Lo tengo mu
bueno, no se piensen ustés que no... Se le pué echar unas gotas de ron, si les
parece...
—¡No, ron no!—articulé muy quejumbrosa, como si
pidiese que no me mataran.
—¡Sin ron... y calentito!—mandó Pacheco.
La mujer salió. Cerré otra vez los ojos. Me
zumbaban los sesos: ni que tuviese en ellos un enjambre de abejas. Pacheco
seguía apretándome las sienes, lo cual me aliviaba mucho. También noté que me
esponjaba la almohada, que me alisaba el pelo. Todo de una manera tan
insensible, como si una brisa marina muy mansa me jugase con los rizos.
Volvieron á oirse los pasos y el duro taconeo.{75}
—El té, señorito... ¿Se lo quié usté dar ó se lo
doy yo?
—Venga—exclamó el meridional.
Le sentí revolver con la cucharilla y que me la
introducía entre los labios. Al primer sorbo me fatigó el esfuerzo y dije que
no con la cabeza; al segundo me incorporé de golpe, tropecé con la
taza, y ¡zas! el contenido se derramó por el chaleco y pantalón de mi
enfermero. El cual, con la insolencia más grande que cabe en persona humana, me
preguntó:
—¿No lo quieres ya? ¿O te pido otra tacita?
Y yo... ¡Dios de bondad! ¡De esto sí que estoy
segura! le contesté empleando el mismo tuteo y muy mansa y babosa:
—No, no pidas más... Se hace noche... Hay que salir
de aquí... Veremos si puedo levantarme. ¡Qué mareo, Señor, qué mareo!
Tendí los brazos confiadamente: el malvado me
recibió en los suyos, y agarrada á su cuello, probé á saltar del camastro. Con
el mayor recato y comedimiento, Pacheco me ayudó á abrocharme, estiró las
guarniciones de mi saya de surá, me presentó el imperdible, el sombrero, el
velito, el agujón, el abanico y los guantes. No se veía casi nada, y yo lo
atribuía á la mezquindad del cuchitril; pero así que, sostenida por Pacheco y
andando muy despacio, salí á la puerta del figón, pude convencerme de que la
noche había cerrado del todo. Allá á lo lejos, detrás del muro que cercaba el
campo, hormigueaba confusamente la romería, salpicada de lucecillas bailadoras,
innumerables...{76}
La calma de la noche y el aire exterior me
produjeron el efecto de una ducha de agua fría. Sentí que la cabeza se me
despejaba y que así como se va la espuma por el cuello de la botella de
champagne, se escapaban de mi mollera en burbujas el sol abrasador y los
espíritus alcohólicos del endiablado vino compuesto. Eso sí: en lugar de meollo
me parecía que me quedaba un sitio hueco, vacío, barrido con escoba...
Encontrábame aniquilada, en el más completo idiotismo.
Pacheco me guiaba sin decir oxte ni moxte. Derechos
como una flecha fuimos adonde mi coche aguardaba ya. Sus dos faroles lucían á
la entrada de la alameda, en el mismo sitio en que por la mañana le mandáramos
esperar. Entré y me dejé caer en el asiento, medio exánime. Pacheco me siguió,
dió una orden, y la berlina empezó á rodar poco á poco.
¡Ay Dios de mi vida! ¿Quién soñó que se habían
acabado ya los barcos, el oleaje, mis fantasías marítimas todas? ¡Pues si ahora
es cuando navegábamos de veras, encerrados en el camarote de un trasatlántico,
y á cada tres segundos cuchareaba el buque ó cabeceaba bajando á los abismos
del mar y arrastrándome consigo! La voz de Pacheco no era tal voz, sino el
ruido del viento en las jarcias... ¡Nada, nada, que hoy naufrago!
—¡Vas disgustá conmigo?—gemía á mi oído el
sudoeste. No vayas. Mira, bien callé y bien prudente fuí... Hasta que me
apretaste la mano... Perdón, sielo, me da una pena verte afligía...{77} Es una rareza en mí, pero estoy así como aturdido
de pensar si te enfadarás por lo que te dije... Pobrecita, no sabes lo guapa
que estabas mareá... Los ojos tuyos echaban lumbre... ¡Vaya unos ojos que
tienes tú! Anda, descansa así, en el hombro mío. Duerme, niñita, duerme...
Tal vez equivoque yo las palabras, porque
resultaban un murmullo y no más... Lo que sí recuerdo con absoluta exactitud es
esta frase, que sin duda cayó en el intervalo de una ola á otra:
—¿Sabes qué decían en aquel figón? Pues que
debíamos de ser recién casados..., «porque él la trata con mucho cariño y no
sabe qué hacer para cuidarla.»
Y puedo jurar que no me acuerdo de ninguna cosa
más; de ninguna. Sí..., pero muy vagamente: que el coche se detuvo á mi puerta,
y que por las escaleras me ayudó á subir Pacheco, y que desfallecida y atónita
como me encontraba, le rogué que no entrase, sin duda obedeciendo á un instinto
de precaución. No sé lo que me dijo al despedirse; sé que la despedida fué
rápida y sosa. A la Diabla, que al abrir me incrustó en la cara su curioso
mirar, le expliqué tartamudeando que me había hecho daño el sol, que deseaba
acostarme. Claro que se habrá comido la partida... Sí, que se mama ella el
dedo... ¡Buenas cosas pensará á estas horas de mí!
Me precipité á mi cuarto, me eché en la cama, me
puse de cara á la pared, y aunque al pronto{78} volví
á amodorrarme, hacia las tres de la madrugada empezó la función y se renovó mi
padecimiento. No quise llamar á Angela... ¡Para que se escamase tres veces más!
¡Ay qué noche... noche de perros! ¡Qué bascas, qué calentura, qué pesadillas, que
aturdimiento, qué jaqueca al despertar!
Y sobre todo, ¡qué compromiso, qué lance, qué
parchazo! ¡Qué lío tan espantoso!... ¡Qué resbalón! (ya es preciso convenir en
ello).
CONVENGAMOS; pero también en que Pacheco,
habiéndose portado tan correctamente al principio, no debió luego echarla á
perder. Si yo, por culpa de las circunstancias—eso es, de las circunstancias
inesperadísimas en que me he visto,—pude darle algún pié, á la verdad, ningún
caballero se aprovecha de ocasiones semejantes; al contrario, en ellas debe
manifestar su educación, si la tiene. Yo me trastorné completamente, por lo
mismo que nunca anduve en pasos como éstos; yo no estaba en mi cabal juicio, no
señor; yo no tenía responsabilidad, y él, el grandísimo pillo, tan sereno como
si le acabasen de enfriar en el pozo... Lo dicho: ¡fué una osadía, una
serranada incalificable!
Cuanto más lo pienso... ¡Un hombre que hace{79} veinticuatro horas no había cruzado conmigo media
docena de palabras; un hombre que ni siquiera es visita mía! Cierta heroína de
novela, de las que yo leía siendo muchacha, en un caso así recuerdo que empezó
á devanarse los sesos preguntándose á sí propia: «¿Le amo?» ¡Valiente tontería
la de aquella simple! ¡Qué amor ni qué!... Caso de preguntar, yo me
preguntaría: «¿Le conozco á este caballero?» Porque maldito si sé hasta ni cómo
se llama de segundo apellido... Lo que sé es que le detesto y le juzgo un
pillastre. Motivos tengo sobrados. ¡Que se ponga en mi caso cualquiera!
Y ahora... Supongamos que, naturalmente, cuando él
aporte por aquí, me cierro á la banda y doy orden terminante á los criados: que
he salido. Se pondrá furioso, y lo menos que hará, con el despecho, irse
alabando en casa de Sahagún... Porque de fijo es uno de esos tipos que pegan
carteles en las esquinas... ¡Como si lo viera! Y resistir que se me presente
tan fresco... vamos, es de lo que no pasa. Una, que me daría un sofoco de
primera; otra, que en estas cosas, si no se empieza cortando por lo sano... Me
parece lo más natural. Me niego... y se acabó. Escribirá... Bien, no contesto.
Y dentro de unos días, como ya salgo de Madrid... Sí, todo se arregla.
Y... á sangre fría, Asís... ¿Es ese descarado quien
tiene la culpa toda? Vamos, hija, que tú... ¿Quién te mandaba satisfacer el
caprichito de ir al Santo y de acompañarte con una persona casi desconocida, y
de almorzar allí en un merendero{80} churri, como
si fueses una salchichera de los barrios bajos? ¿Por qué probaste del vino
aquel, que está encabezado con el amílico más venenoso? ¿No
sabías que, aun sin vino, á ti el sol te marea?
Te dejaste embarcar por la Sahagún... Pero la
Sahagún... Para ciertas personas no rigen las ordenanzas sociales. La Sahagún,
no sólo es muy experta, y muy despabilada, y discretísima, y una de esas
mujeres á quienes nadie se les atreve no queriendo ellas, sino que con su alta
posición convierte en excentricidad graciosa é inofensiva lo que en las demás
se toma por desvergüenza y liviandad. Hay gentes que tienen permiso para todo,
y se imponen, y les caen bien hasta las barrabasadas. Pero yo, que soy una señora
como todas, una de tantas, debo respetar el orden establecido y no meterme en
honduras. Era visto que Pacheco se había de figurar desde el primer instante...
No, no es justo acusarle á él solo.
Bien dice mi paisano. Somos ordinarios y
populacheros; nos pule la educación treinta años seguidos, y renace la
corteza... Una persona decente, en ciertos sitios obra lo mismo que obraría un
mayoral. Aquí estoy yo, que me he portado como una chula.
Es decir... más bien obré como una tonta. Caí de
inocente. No supe precaver, pero no hubo en mí mala intención. Ello ocurrió...
porque sí. Me pesa, Señor. En toda mi vida me ha sucedido ni ha de volver á
sucederme cosa semejante... De eso respondo, y ahora, á remediar el{81} daño. Puerta cerrada, esquinazo, mutis. No me
vuelve á ver el pelo el señorito ese. En tomando el tren de Galicia... Y sin
tanto. Declaro la casa en estado de sitio... Aquí no entra una mosca. Ya verá
si es tan fácil marear á una mujer cuando ella sabe lo que se hace.
ASÍ, punto más, punto menos, hubiese redactado su
declaración la dama, si confiase al papel lo que la bullía en el magín. No
afirmamos que, aun dialogando con su conciencia propia, fuese la marquesa viuda
de Andrade perfectamente sincera, y no omitiese algún detalle que agravara su
tanto de culpa en el terreno de la imprevisión, la ligereza ó la coquetería.
Todo es posible, y no conviene salir fiador de nadie en este género de
confesiones, que nunca se hacen sin pelos en la lengua y restricciones en la mente.
Sin embargo, no puede negarse que la señora había
referido con bastante franqueza el terrible episodio, tanto más terrible para
ella, cuanto que hasta dar este mal paso caminara con pié firme y alegre
espíritu por la senda de la honestidad. Mérito suyo, más que fruto de la
educación paterna, no muy rígida, ni excesivamente vigilante. A Asís se le
habían cumplido{82} cuantos caprichos puede tener
en un pueblo como Vigo una niña rica, huérfana de madre, y única. A los veinte
años de edad, asistiendo á todos los bailes del Casino, á todos los paseos en
la Alameda, á todas las verbenas y romerías de Cristos y Pastoras, visitando
todos los buques de todas las escuadras que fondeaban en el puerto, Asís no
había hecho cosa esencialmente mala, pues no hay severidad que baste á condenar
de un modo riguroso el carteo con un teniente de navío, á quien veía be higos á
brevas—cuando la Villa de Bilbao andaba por aquellas
aguas.—Entonces le entró al papá de Asís, acaudalado negociante, la ventolera
de las contratas, acompañada, naturalmente, de la necesidad de meterse en
política; tuvo distrito, y contrata va y legislatura viene, comenzó á llevarse
á su hija á Madrid todos los inviernos, á dar una vueltecita—la frase
sacramental.—Hospedábanse en casa de un primo de la difunta mamá de Asís, el
marqués de Andrade, consejero de Estado, porque Asís era fruto de una de esas
alianzas entre blasones y talegas, que en Galicia y en todas partes se ven tan
á menudo, sin que tuerza el gesto ningún venerable retrato de familia, ni ningún
abuelo se estremezca en su tumba. El consejero de Estado se encontraba viudo y
sin descendencia; conservaba un cerquillo de pelo alrededor de una lucia calva;
poseía buenos modales, carácter ameno (en la corte no existen viejos
avinagrados) y la suficiente mundología para saber cómo ha de insinuarse un
cincuentón con una muchacha.{83} Asís empezó por
enseñarle á su tío, bromeando, las cartas del marino, y acabó por escribir á
éste una significándole que sus relaciones «quedaban cortadas para siempre». Y
así fué, y la esbelta sombra con gorrilla blanca y levita azul y anclas de oro
no se apareció jamás al pié del tálamo de los marqueses de Andrade.
El Marqués tuvo el talento de no ser celoso y
hacerle grata á su mujer la vida conyugal. Hasta se separó de otra hermana
suya—con la cual vivía desde su primer matrimonio—porque era devota, maniática,
opuesta á la sociedad y á las distracciones, y no podía congeniar con la joven
esposa; y no se mostró remiso en aflojar dinero para modistas, ni en gastar
tiempo en teatros, saraos y tertulias. También supo evitar el delirio de los
extremos amorosos, impropios de su edad y la de Asís combinadas; dejó dormir lo
que no era para despertado, y así logró siete años de tranquila ventura y una
chiquilla algo enclenque, que únicamente revivía con los aires marinos y
agrestes de la tierra galaica. Un derrame seroso cortó el curso de los días del
buen consejero de Estado, y Asís quedó libre, rica, moza, bien mirada y con el
alma serena.
Pasaba en Madrid los inviernos, teniendo á su niña
de medio interna en un atildado colegio francés; los veranos se iba á Vigo, al
lado de su papá; á veces (como sucedía ahora), el viaje de la chiquilla se
adelantaba un poco, porque el abuelo, al cerrarse las Cortes, se la llevaba{84} consigo á desencanijarse en la aldea... Asís la
dejaba marchar de buen grado. El amor maternal era en ella lo que había sido el
cariño conyugal: sentimiento apacible, exento de esas divinas locuras que
abrasan el alma y dan á la existencia sentido nuevo. La marquesa de Andrade
vivía contenta, algo envanecida de haber soltado la cáscara provinciana, y
satisfecha también de conservar su honradez como la conservan allá en Vigo las
señoras muy visibles, que no dan un paso sin que el vecindario sepa si fué con
el pié izquierdo ó el derecho. Entretenía sus ocios pensando, por ejemplo, que
el último vestido que le había mandado su modista era tan gracioso y menos caro
que el de Worth de la Sahagún; que estaba á bien con el Padre Urdax, merced á
haber entrado en una asociación benéfica muy recomendada por los jesuítas; que
ella era una dama formal, intachable, y que, sin embargo, no dejaban de citarla
con elogio en las revistas de salones alguna que otra vez; que podía vivirse en
el mundo sin abrir paso al demonio, y que ni el mundo ni Dios tenían por qué
volverle la espalda.
Y ahora...
OYENDO un nuevo repiqueteo de campanilla,
acudió Angela despavorida, á ver qué era. Su ama estaba medio
incorporada sobre un codo.{85}
—Venga quien venga, ¿entiendes?, venga quien
venga..., que he salido.
—A todo el mundo, vamos; que ha salido la señorita.
—A todo el mundo: sin excepción. Cuidadito como me
dejas entrar á nadie.
—¡Jesús, señorita! Ni el aire entrará.
—Y prepárame el baño.
—¿El baño? ¿No le sentará mal á la señorita?
—No—contestó Asís secamente.—(¡Manía de meterse en
todo tienen estas doncellas!)
—¿Y la orden del coche, señorita? Ya dos veces ha
venido Roque á preguntarla.
Al nombre del cochero, sintió Asís que le subía
un pavo atroz, como si el cochero representase para ella la sociedad,
el deber, todas las conveniencias pisoteadas y atropelladas la víspera. ¡El
cochero si que debía maliciarse!...
—Dile..., dile que... venga dentro de un par de
horas..., á las cuatro y media... No, á las cinco y cuarto. Para paseo... Las
cinco y media más bien.
Saltó de la cama, se puso la bata, y se calzó las
chinelas. ¡Sentía un abatimiento grande, agujetas, cansancio, y al mismo tiempo
una excitación, unas ganas de echar á andar, de huir de sí misma, de no verse
ni oirse! No se podía sufrir.
—¡Qué vida tan incómoda la de las señoras que anden
siempre en estos enredos! No les arriendo la ganancia... ¡Ay! Aborrezco los
tapujos y las ilegalidades... He nacido para vivir{86} con
orden y con decoro, está visto. ¿Le dará á ese tunante por venir?
Mientras no estaba dispuesto el baño, practicó Asís
las operaciones de aseo que deben precederle: limpiarse y limarse las uñas,
lavar y cepillar esmeradamente la dentadura, desenredar el pelo y pasarse
repetidas veces el peine menudo, registrarse cuidadosamente las orejas con la
esponjita y la cucharita de marfil, frotarse el pescuezo con el guante de crín
suavizado con pasta de almendra y miel. A cada higiénica operación y á cada
parte de su cuerpo que quedaba como una patena, Asís creía ver desaparecer la
marca de las irregularidades del día anterior, y confundiendo involuntariamente
lo físico y lo moral, al asearse, juzgaba regenerarse.
Avisó la Diabla que estaba listo el baño. Asís pasó
á un cuartuco obscuro, que alumbraba un quinqué de petróleo (las habitaciones
de baño fantásticas que se describen en las novelas no suelen existir sino en
algún palacio, nunca en las casas de alquiler), y se metió en una bañadera de
zinc con capa de porcelana—idéntica á las cacerolas.—¡Qué placer! En el agua
clara iban á quedarse la vergüenza, la sofoquina y las inconveniencias de la
aventura... ¡Allí estaban escritas con letras de polvo! ¡Polvo doblemente vil,
el polvo de la innoble feria! ¡Y cuidado que era pegajoso y espeso! ¡Si había
penetrado al través de las medias, de la ropa interior, y en toda su piel lo
veía depositado la dama! Agua clara y tibia—pensaba Asís—lava,{87} lava
tanta grosería, tanto flamenquismo, tanta barbaridad: lava la osadía, lava el
desacato, lava el aturdimiento, lava el... Jabón y más jabón. Ahora agua de
Colonia... Así.
Esta manía de que con agua de Colonia y jabón fino
se le quitaban las manchas á la honra, se apoderó de la señora en grado tal,
que á poco se arranca el cutis, de la rabia y el encarnizamiento con que lo
frotaba. Cuando su doncella le dió la bata de tela turca para enjugarse, Asís
continuó sus fricciones mitad morales, mitad higiénicas, hasta que ya rendida
se dejó envolver en la ropa limpia, suspirando como el que echa de sí un enorme
peso de cuidados.
Llegó el coche algún tiempo después de terminada la
faena, no sólo del baño, sino del tocado y vestido: Asís llevaba un traje
serio, de señora que aspira á no llamar la atención. Ya tenía la Diabla la mano
en el pestillo para abrir la puerta á su ama, cuando se la ocurrió preguntar:
—¿Vendrá á comer, señorita?
—No.—Y añadió como el que da explicaciones para que
no se piense mal de él.—Estoy convidada á comer en casa de las tías de
Cardeñosa.
Al sentarse en su berlinita, respiró anchamente. Ya
no había que temer la aparición del pillo. ¡Bah! Ni era probable que él se
acordase de ella; estos troneras, así que pueden jactarse..., si te he visto no
me acuerdo. Mejor que mejor. Qué ganga, si la historia se resolviese{88} de una manera tan sencilla... Y la voz de Asís
adquirió cierta sonoridad al decir al cochero:
—Castellana... Y luego á casa de las tías...
Aquella vibración orgullosa de su acento parece que
quería significar:
—Ya lo ves, Roque... No se va uno todos los días de
picos pardos... De hoy más vuelvo á mi inflexible línea de conducta...
Rodó el coche al trote hasta la Castellana y allí
se metió en fila. Era tal el número y la apretura de carruajes, que á veces
tenían que pararse todos por imposibilidad de avanzar ni retroceder. En estos
momentos de forzosa quietud sucedían cosas chuscas: dos señoras que se conocían
y se saludaban, pero no teniendo la intimidad suficiente para emprender
conversación, permanecían con la sonrisa estereotipada, observándose con el
rabillo del ojo, desmenuzándose el atavío y deseando que un leve sacudimiento
del maremagnum de carruajes pusiese fin á una situación tan pesadita. Otras
veces le acontecía á Asís quedarse parada tocando con una manuela,
en cuyo asiento trasero, dejando la bigotera libre, se apiñaban tres mozos de
buen humor, horteras ó empleadillos de ministerio, que la soltaban una andanada
de dicharachos y majaderías; y nada: aguantarlos á quema ropa, sin saber qué
era menos desairado, sonreirse ó ponerse muy seria ó hacerse la sorda. También
era fastidioso encontrarse en contacto íntimo con el fogoso tronco de un milord,
que sacudía la espuma del hocico dentro de la ventanilla, salpicando el{89} haz de lilas blancas sujeto en el tarjetero, que
perfumaba el interior del coche. Incidentes que distraían por un instante á la
marquesa de Andrade de la dulce quietud y del bienhechor reposo producido por
la frescura del aire impregnado de aroma de lilas y flor de acacia, por la
animación distinguida y silenciosa del paseo, por el grato reclinatorio que
hacía á su cabeza y espalda el rehenchido del coche, forrado de paño gris.
—¡Calle! Allí va Casilda Sahagún empingorotada en
el campanario de su break. ¿De dónde vendrá, señor? ¡Toma! Ya
caigo; de la novillada que armaron los muchachos finos, Juanito Albares, Perico
Gonzalvo, Paco Gironellas, Fernandín Hurtado...—En un minuto recordó Asís la
organización de la fiesta taurina: se habían repartido programas impresos en
raso lacre, redactados con muy buena sombra; no había nada más salado que leer,
por ejemplo:—Banderilleros: Fernando Alfonso Hurtado de Mendoza (a)
Pajarillas.—José María Aguilar y Austria (a) el Chaval.—¡Pues poca broma que
hubo en casa de Sahagún la noche que se arregló el plan de la corrida! Y Asís
estaba convidada también. Se le había pasado: ¡qué lástima! La Duquesa, tan
sandunguera como de costumbre, hecha un cartón de Goya con su mantilla negra y
su grupo de claveles; los muchachos, ufanísimos, en carretela descubierta,
envueltos en sus capotes morados y carmesíes con galón de oro. Lo que es torear
habrían toreado de echarles patatas; pero ahora nadie les ganaba á darse{90} pisto luciendo los trajes. Revolvían el paseo de
la Castellana: eran el acontecimiento de la tarde. Asís sintió un descanso
mayor aún después de ver pasar la comitiva taurómaca: comprendió, guiada por el
buen sentido, que á nadie, en aquel conjunto de personas siempre entretenidas
por algún suceso gordo del orden político, ó del orden divertido, ó del orden
escandaloso con platillos y timbales, se le ocurriría sospechar su aventurilla
del Santo. A buen seguro que por un par de días nadie pensaba más
que en la becerrada aristocrática.
Este convencimiento de que su escapatoria no estaba
llamada á trascender al público, se robusteció en casa de las tías de
Cardeñosa. Las Cardeñosas eran dos buenas señoritas, solteronas, de muy afable
condición, rasas de pecho, tristes de mirar, sumamente anticuadas en el vestir,
tímidas y dulces, no emancipadas, á pesar de sus cincuenta y pico, de la eterna
infancia femenina: hablaban mucho de novenas, y comentaban detenidamente los
acontecimientos culminantes, pero exteriores, ocurridos en la familia de Andrade
y en las demás que componían el círculo de sus relaciones; para las bodas
tenían aparejada una sonrisa golosa y tierna, como si paladeasen el licor que
no habían probado nunca; para las enfermedades, calaveradas de chicos y
fallecimientos de viejos, un melancólico arqueo de cejas, unos ademanes de
resignación con los hombros y unas frases de compasión, que por ser siempre las
mismas, sonaban á indiferencia. Religiosas de{91} verdad,
nunca murmuraban de nadie ni juzgaban duramente la ajena conducta, y para ellas
la vida humana no tenía más que un lado, el anverso, el que cada cual deja ver
á las gentes. Gozaban con todo esto las Cardeñosas fama de trato
distinguidísimo, y su tarjeta hacía bien en cualquier bandeja
de porcelana de esas donde se amontona, en forma de pedazos de cartulina, la
consideración social.
Para Asís, la insulsa comida de las tías de
Cardeñosa y la anodina velada que la siguió, fueron al principio un bálsamo. Se
la disiparon las últimas vibraciones de la jaqueca y las postreras angustias
del estómago, y su espíritu se aquietó, viendo que aquellas señoras
respetadísimas y excelentes la trataban con el acostumbrado afecto y
comprendiendo que ni por las mientes se les pasaba imaginar de ella nada
censurable.
El cuerpo y el alma se sosegaban á la par, y
gracias á tan saludable reacción, aquello se le figuraba á
Asís una especie de pesadilla, un cuento fantástico.
Pero obtenido este estado de calma tan necesario á
sus nervios, empezó la dama á notar, hacia eso de las diez, que se aburría
ferozmente, por todo lo alto, y que le entraban ya unas ganas de dormir, ya
unos impulsos de tomar el aire, que se revelaban en prolongados bostezos y en
revolverse en la butaca como si estuviese tapizada de alfileres punta arriba.
Tanto, que las Cardeñosas lo percibieron, y con su inalterable bondad
comenzaron á ofrecerla{92} otro sillón de distinta
forma, el rincón del sofá, una silla de rejilla, un taburetito para los piés,
un cojín para la espalda.
—No os incomodéis... Mil gracias... Pero si estoy
perfectamente.
Y no atreviéndose á mirar el suyo, echaba un ojo al
reloj de sobremesa, un Apolo de bronce dorado, de cuya clásica desnudez ni se
habían enterado siquiera las Cardeñosas, en cuarenta años que llevaba el dios
de estarse sobre la consola del salón en postura académica, con la lira muy
empuñada. El reloj... por supuesto, se había parado desde el primer día, como
todos los de su especie. Asís quería disimular, pero se le abría la boca y se
le llenaban de lágrimas los ojos; abanicábase estrepitosamente, contestando por
máquina á las interrogaciones de las tías acerca de la salud de su niña y los
proyectos de veraneo, inminentes ya. Las horas corrían, sin embargo, derramando
en el espíritu de Asís el opio del fastidio... Cada rodar de coches por la
retirada calle en que habitaban las Cardeñosas, le producía una sacudida
eléctrica. Al fin hubo uno que paró delante de la casa misma... ¡Bendito sea
Dios! Por encanto recobró la dama su alegría y su amabilidad de costumbre, y
cuando la criada vino á decir:—«Está el coche de la señora Marquesa»,—tuvo el
heroismo de responder con indiferencia fingida:
—Gracias, que se aguarde.
A los dos minutos, alegando que había madrugado un
poco, arrimaba las mejillas al pálido{93} pergamino
de la de sus tías, daba un glacial beso al aire y bajaba la escalera
repitiendo:
—Sí..., cualquier día de estos... ¡Qué! Si he
pasado un rato buenísimo... ¿Mañana sin falta... eh? las papeletas de los
Asilos. Mil cosas al Padre Urdax.
Al tirar de la campanilla en su casa, tuvo una
corazonada rarísima. Las hay, las hay, y el que lo niegue es un miope del
corazón, que rehusa á los demás la acuidad del sentido porque á él le falta.
Asís, mientras sonata el campanillazo, sintió un hormigueo y un temblor en el
pulso, como si semejante tirón fuese algún acto muy importante y decisivo en su
existencia. Y no experimentó ninguna sorpresa, aunque sí una violenta emoción
que por poco la hace caerse redonda al suelo, cuando en vez de la Diabla ó del
criado vió que le abría la puerta aquel pillo, aquel grandiosísimo truhán.
LO bueno fué que la dama, lejos de mostrar
extrañeza, saludó á Pacheco como si el encontrarle allí á tales horas le
pareciese la cosa más natural del mundo, y, recíprocamente, Pacheco empleó
también con ella todas las fórmulas de cortesía acostumbradas cuando un
caballero se dirige á una señora de cumplido, respetable,{94} ya
que no por sus años, por su carácter y condición. Se hizo atrás para dejarla
pasar, y al seguirla al saloncito de confianza, donde ardía sobre la mesa de
tijera la gran lámpara con pantalla rosa velada de encaje, se quedó próximo á
la puerta y en pié, como el que espera una orden de despedida.
—Siéntese V., Pacheco...—tartamudeó la señora,
bastante aturrullada aún.
El gaditano no se sentó, pero adelantó despacio,
como receloso; parecía, por su continente, algún hombre poco avezado á
sociedad: pero este aspecto, que Asís atribuyó á hipocresía refinada,
contrastaba de un modo encantador con la soltura de su cuerpo y modales, la
elegancia no estudiada de su vestir, la finura de su chaleco blanquísimo, su
tipo de persona principal. Viéndole tan contrito, Asís se rehizo y cobró
ánimos.—«Gran ocasión de leerle la cartilla al señorito éste: ¿conque muy manso
y fingiéndose arrepentido, eh? Ahora lo verás...»—Porque la dama, en su
inexperiencia, se había figurado que su compañero de romería iba á entrar hecho
un sargento, y á las primeras de cambio la iba á soltar un abrazo furibundo ó
cualquier gansada semejante... Pero ya que gracias á Dios se manifestaba tan
comedido, bien podía la señora acusarle las cuarenta. Y Asís abrió la boca y
exclamó:
—Conque V. aquí... Yo quisiera... yo...
El gaditano se acercó todavía más, hasta ponerse al
lado de la dama, que seguía en pié junto á la mesa. La miró fijamente y luego
pronunció{95} como el que dice la cosa más patética
del mundo:
—A mi va V. á regañarme too lo que guste... A los
criados, ni chispa... La culpa es mía toa. Un cuarto de hora de conversación
con la chica me ha costao el entrar. Hasta requiebros la he soltao. Y na, ni
por esas. Al fin la dije... que vamos, que ya sabía V. que yo vendría y que
para recibirme á mí se quería V. negar á los demás. Ríñame V., que lo meresco
too.
Estas enormidades las murmuró con tono quejumbroso
y lánguido, con los ojos mortecinos y un aire de melancolía que daba compasión.
Asís, así al pronto se quedó de una pieza, después se la deshizo el nudo de la
garganta y las palabras le salieron á borbotones. Ea..., ahí va... Ahora sí que
me desato...
—Sí señor, que merece V.... Pues hombre... me pone
V. en berlina con mis criados... ¡Por eso se escondieron cuando yo entraba... y
le dejan á V. que abra la puerta! ¡Gandules de profesión! A la Angelita yo le
diré cuántas son cinco... Y lo que es á Perfecto... Alguno podrá ser que no
duerma en casa esta noche... Los enemigos domésticos... Aguarde V., aguarde
V.... Estas jugadas no me las hacen ellos á mí... ¡Habrase visto! ¡Para esto
los trata uno del modo que los trata! ¡Para que le vendan á las primeras de
cambio!
Comprendía la misma señora que se ponía algo
ordinaria chillando y manoteando así, y lo peor de todo, que era predicar en
desierto, pues ni siquiera podían oirla desde la cocina;{96} además,
Pacheco, en vez de asustarse con tan caliente reprimenda, pareció que recobraba
los espíritus, se llegó más, y bajando la cabeza, acarició las sienes de la
enojada. Esta se echó atrás, no tan pronto que ya no la sujetase blandamente
por la cintura un brazo del gaditano y que éste no balbuciese á su oído:
—¿A qué te enfadas con los criados, chiquilla? ¿No
te he dicho que no tienen culpa? Mira, esa chica que te sirve, vale un Perú. Te
quiere bien. La daba dinero y no lo admitió ni hecha peazos. Dijo que con tal
que tú no la riñeses... Ahora si gritas se armará un escándalo... Pero me iré
cuando tú lo mandes. Que sí me iré, nena...
Al anunciar que se iba, se sentó en el sofá-diván,
obligando á la señora á sentarse también. Esta notaba una turbación que ya no
se parecía á la pseudo-cólera de antes, y por lo bajo, murmuraba:
—Pues váyase V... Hágame el favor de irse. Por
Dios...
—¿Ni un minuto hay para mí? Estoy enfermo... ¡Si
vieses! En toda la noche no he dormido, no he pegado los ojos.
Asís iba á preguntar: «¿por qué?» pero calló,
pareciéndole inconveniente y necia la pregunta.
—Necesitaba saber de ti... Si estabas ya buena, si
habías descansado... Si me querías mal, ó si me mirabas con alguna indulgencia.
¿Dura el mal humor? ¿Y esa cabecita? ¿A ver?
Se la recostó sobre el hombro, sujetándola{97} con la palma de la mano derecha. Asís,
esforzándose en romper el lazo, notaba disminuidas sus fuerzas por dos
sentimientos: el primero, que viendo tan sumiso y moderado al gran pillo, le
habían entrado unas miajas de lástima; el segundo..., el sentimiento eterno, la
maldita curiosidad, la que perdió en el Paraíso á la primera mujer, la que
pierde á todas, y tal vez no sólo á ellas sino al género humano... ¿A ver?
¿Cómo sería? ¿Qué diría Pacheco ahora?
Pacheco, en un rato, no dijo nada; ni chistó. Su
palma fina, sus dedos enjutos y nerviosos oprimían suavemente la cabeza y
sienes de Asís, lo mismo que si á ésta le durase aún el mareo de la víspera y
necesitase la medicina de tan sencillo halago. En la sala parecía que la varita
de algún mágico invisible derramaba silencio apacible y amoroso, y la luz de la
lámpara, al través de su celosía de encaje, alumbraba con poética suavidad el
recinto. La sala estaba amueblada con esas pretensiones artísticas que hoy
ostenta todo bicho viviente, sepa ó no sepa lo que es arte, y con ese aspecto
de prendería, que resulta de aglomerar el mayor número posible de cosas
inconexas. Sitiales, butacas bajas y coquetonas, mesillas forradas de felpa
imitando un corazón ó una hoja de trébol, columnas que sostienen quinqués,
divancitos cambiados donde la gente puede gozar del placer de darse la espalda
y coger un torticolis, alguna drácena en jardineras de zinc, un perro de
porcelana haciendo centinela junto á la chimenea, y dos hermosos vargueños
patrimoniales{98} restaurados y dorados de nuevo...
Todo revuelto, colocado de la manera que más dificultase el paso á la gente,
haciendo un archipiélago donde no se podía navegar sin práctico. ¿Y las
paredes? Si el suelo estaba intransitable, en las paredes no quedaba sitio
libre para un clavo, pues el buen marqués de Andrade, incapaz de distinguir un
Ticiano de un Ribera, la había dado algún tiempo de protector de jóvenes
artistas, llenando la casa de acuarelas con chulas, matones del Renacimiento ó
damas de Luis XV; de manchas, apuntes y bocetos hechos á punta de
cuchillo, ó á yema de dedo, tan libres y tan francos,
que ni el mismo demonio adivinaría lo que representaban; de tablitas lamidas y
microscópicas, encerradas en marcos cinco veces mayores; de fotografías con
retumbantes dedicatorias, migajas de arte, en suma, que al menos cubren la
vulgaridad del empapelado y distraen gratamente la vista. Y en hora semejante,
en medio de la amable paz que flotaba en la atmósfera, y con la luz discreta
transparentada por el encaje, los cachivaches se armonizaban, se fundían en una
dulce intimidad, en una complicidad silenciosa; la misma horrible carátula
japonesa colgada encima de un vargueño y de uno de cuyos ojos se descolgaba una
procesión de monitos de felpa, tenía gesto menos infernal; el pañolón de Manila
que cubría el piano abría alegremente todas sus flores; las begonias, próximas
á la entreabierta ventana, se estremecían como si las acariciase el vientecillo
nocturno... Sólo el bull-dog de porcelana, sentado{99} como una esfinge, miraba con alarmante
persistencia al grupo del sofá, ostentando una actitud digna y enérgica, como
si fuese celoso guardián puesto allí por el espíritu del respetable Marqués
difunto... Casi parecía natural que abriese las fauces, soltase un ladrido de
alarma, y se abalanzase dispuesto á morder...
Pacheco decía bajito, con el ceceo mimoso y triste
de su pronunciación:
—¿Te sospechabas tú lo de ayer, chiquilla? ¿A que
sí? Mira, no me digas no, que las mujeres estáis siempre de vuelta en esas
cosas... ¡A ver si se calla V. y no me replica! Tú veías muy bien, picarona,
que yo estaba muerto, lo que se dise muerto... Sólo que creiste poder dejarme
en blanco... Pero sospechar... ¡Quiá! ¡Si lo calaste desde el mismo momento que
tiré el puro en los jardines! ¿Y tú te gosabas en verme á mí sufrir, no es eso?
¡Somos más malos! Toma en castigo... ¡Y qué bonita estabas, gitana salá! ¿Te ha
dicho á ti algún hombre bonita? ¿No? ¡Pues ahora te lo digo yo, vamos! y valgo
más que toos... Oye, en el coche te hubiese yo requebrado seis dosenas de
veses..., te hubiese llamao mona, serrana, matadora de hombres... Sólo que no
me atrevía, ¿sabes tú? Que si me atrevo, te suelto toas las flores de la
primavera en un ramiyetico.
Aquí Asís, sin saber por qué, recobró el uso de la
palabra, y fué para gritar:
—Sí..., como á la chica del merendero..., y á mi
criada..., y á todas cuantas se ofrece... Lo que es por palabrería no queda.{100}
La interrumpió un enérgico tapabocas.
—No compares, chiquiya, no compares... Tonterías
que se disen por pasá el rato, pa que se encandilen las mujeres... Contigo...
¡Virgen Santa! tengo yo una ilusionasa..., ¡una ilusión de volverme loco! Has
de saber que yo mismo estoy pasmao de lo que me sucede. Nunca me quedé triste
después de una cosa así sino contigo. Hasta me falta resolución pa hablarte.
Estoy así... medio orgulloso y medio pesaroso. Más quisiera que nos hubiésemos
vuelto ayer antes de almorsá. ¿No lo crees? ¿Ah, no lo crees? Por estas...
El meridional puso los dedos en cruz y los besó con
ademán popular. Asís se echó á reir mal de su grado. Ya no había posibilidad de
enfadarse; la risa desarma al más furioso. Y ahora, ¿qué hacer? pensaba la
dama, llamando en su auxilio toda su presencia de ánimo, toda su habilidad
femenil. Nada, muy sencillo... No negarle la cita que pedía para el día
siguiente por la tarde, porque si se le negaba, era capaz de hacer cualquier
desatino. No, no..., contemporizar..., otorgar la cita, y á la hora señalada...
¡busca! estar en cualquier sitio menos donde Pacheco esperase... Y ahora,
procurar por bien que se largase cuanto más pronto... ¡Que
diría el servicio! ¡En esa cocina estaría la Diabla haciendo unos calendarios!{101}
DOLOROSO es tener que reconocer y consignar
ciertas cosas; sin embargo, la sinceridad obliga á no eliminarlas de la
narración. Queda, eso sí, el recurso de presentarlas en forma indirecta,
procurando con maña que no lastimen tanto como si apareciesen de frente,
insolentonas y descaradas, metiéndose por los ojos. Así la implícita
desaprobación del novelista se disfraza de habilidad.
Tocante á la cita que la marquesa viuda de Andrade
pensaba conceder en falso, con resolución firmísima de hacer la del humo, la
novela puede guardar un discreto mutismo; y no faltará á su elevada misión, con
tal que refiera lo que ocurría á la puerta de la dama: indicación sobria y á la
vez sumamente expresiva.
La berlina de la señora, enganchada desde las
cinco, esperaba allí. El cochero, inmóvil, bien afianzado en su cuña, había
permanecido algún tiempo en la actitud reglamentaria, enarbolada la fusta,
recogidas las riendas, ladeado graciosamente el sombrero y muy juntas las
punteras de las botas; pero transcurrido un cuarto de hora, el recalmón de la
tardecita y el aburrimiento de la espera le derramaron en los párpados grato
beleño y fué dejando caer la cabeza sobre el pecho, aflojando las manos,
exhalando una especie de silbido y á veces un ronquido{102} súbito,
que le asustaba á él mismo, despertándole... También el caballo, durante los
primeros momentos de quietud, se mantuvo engallado, airoso, dispuesto á beberse
la distancia; pero al convencerse de que teníamos plantón, desplomó el cuerpo sobre
las patas, sacudió el freno regándolo con espuma, entornó los ojos y se dispuso
á la siesta. Hasta la misma berlina pareció afianzarse en las ruedas con ánimo
de descansar.
Y fué poniéndose el sol, subiendo de piso en piso á
despedirse de los cristales, refugiándose en la copa de las acacias de
Recoletos cuando ya las envolvía la azul y vaporosa bruma del anochecer; y el
calor disminuyó un tantico, y el farolero corrió encendiendo hilos de luz á lo
largo de las calles... Berlina, caballo y cochero dormían, resignados con su
suerte, sin que se les ocurriese que para semejante viaje no se necesitaban
alforjas y que mejor se encontrarían la una metida en su funda, el otro despachando
su ración de pienso, el último en su taberna favorita ó viendo la novillada de
aquella tarde...
Cerca de las siete serían cuando salió de la casa
un hombre. Era apuesto y andaba aprisa, recatándose de la portera. Atravesó la
calle y en la acera de enfrente se detuvo, mirando hacia las ventanas del
cuarto de Asís. Ni rastro de persona asomada en ellas. El hombre siguió su
camino hacia Recoletos.{103}
SOLÍA el comandante Pardo ir alguna que otra
noche á casa de su paisana y amiga La marquesa de Andrade. Charlaban de mil
cosas, disputando, acalorándose, y en suma, pasando la velada solos, contentos
y entretenidos. De galanteo propiamente dicho, ni sombra, aun cuando la gente
murmuraba (de la tertulia de la Sahagún saldría el chisme) que Don Gabriel
hacía tiro al decente caudal y á la agradable persona de Asís; si bien otros
opinaban, con trazas y tono de mejor informados, que ni á Pardo le importaba el
dinero, por ser desinteresadísimo, ni las mujeres, por hallarse mal curada
todavía la herida de un gran desengaño amoroso que en Galicia sufriera: una
historia romántica y algo obscura con una sobrina, que por huir de él se había
metido monja en un convento de Santiago.
Ello es que Pardo resolvió consagrar á la dama la
noche del día en que la berlina echó la siesta famosa. Serían las nueve cuando
llamó á la puerta. Generalmente los criados le hacían entrar con un
apresuramiento que delataba el gusto de la señora en recibir semejantes
visitas. Pero aquella noche, así Perfecto (el mozo de comedor á quien Asís
llamaba Imperfecto por sus gedeonadas) como la
Diabla, se miraron y{104} respondieron á la
pregunta usual del comandante, titubeando é indecisos.
—¿Qué pasa? ¿Ha salido la señorita? Los martes no
acostumbra.
—Salir..., como salir...,—balbució Imperfecto.
—No, salir no—acudió la Diabla viéndole en
apuro.—Pero está un poco...
—Un poco dilicada—declaró el criado con
tono diplomático.
—¿Cómo delicada?—exclamó el comandante alzando la
voz.—¿Desde cuándo se encuentra enferma? ¿Y qué tiene? ¿Guarda cama?
—No señor, guardar cama no... Unas miagas de
jaqueca...
—¡Ah! bien: díganla Vds. que volveré mañana á
saber... y que la deseo alivio. ¿Eh? ¡No se olviden!
Acabar de decir esto el comandante y aparecer en la
antesala Asís en bata y arrastrando chinelas finas, fué todo uno.
—Pero que siempre han de entender al revés cuanto
se les manda... Estoy, Pardo, estoy visible... Entre V.... Qué tienen que ver
las órdenes que se dan así, en general, para la gente de cumplido... Haga V. el
favor de pasar aquí...
Gabriel entró. La sala estaba tan simpática, tan
tentadora, tan fresca como la víspera; la pantalla de encaje filtraba la misma
luz rosada y ensoñadora; en un talavera de botica se
marchitaba un ramo de lilas y rosas blancas. Tropezó el pié del comandante, al
ir á sentarse en{105} su butaca de costumbre, con
un objeto medio oculto en las arrugas del tapiz turco arrojado ante el diván.
Se bajó y recogió del suelo el estorbo, maquinalmente. Asís extendió la mano, y
á pesar de lo muy distraído y sonámbulo que era Gabriel, no pudo menos de
observar la agitación de la dama al recobrar la prenda, uno de esos tarjeteros
sin cierre, de cuero inglés, con dos iniciales de plata enlazadas, prenda
evidentemente masculina. Por un instinto de discreción y respeto, Gabriel se
hizo el tonto y entregó su hallazgo sin intentar ver la cifra.
—Pues me habían dado un susto ese Imperfecto y esa
Diabla...—murmuró tratando de disimular mejor la sorpresa.—Están en Belén...
¿Se había V. negado, sí ó no?
—Le diré á V.... Di una orden... Claro que con V.
no rezaba; bien ha visto V. que le llamé...—alegó la señora con acento
contrito, cual si se disculpase de alguna falta gorda, y muy inmutada, aunque
esforzándose también en no descubrirlo.
—¿Y qué es ello? ¿Jaqueca?
—Sí..., bastante incómoda. (Asís se llevó la mano á
la sien.)
—Entonces le voy á dar V. la noche si me quedo. La
dejaré á V. descansar... En durmiendo se pasa.
—No, no, qué disparate... No se va V. Al
contrario...
—¿Cómo que al contrario? Ruego que se
expliquen esas palabras—exclamó el comandante,{106} aprovechando
la ocasión de bromear para que se le quitase á Asís el sobresalto.
—Se explicarán... Significan que va V. á
acompañarme por ahí fuera un ratito... A dar una vuelta á pié. Me conviene
esparcirme, tomar el aire...
—Iremos á un teatrillo... ¿Quiere V.? Dicen que es
muy gracioso El padrón municipal, en Lara.
—Teatrillo..., ¿calor, luces, gente? V. pretende
asesinarme. No: si lo que me pide el cuerpo es ejercicio. Así, conforme estoy,
sin vestirme... Me planto un abrigo y un velo... Me calzo... y jala.
—A sus órdenes.
Cuando salieron á la calle, Asís suspiró, aliviada,
y con el impulso de su andar señaló la dirección del paseo.
El barrio de Salamanca, á trechos, causa la ilusión
gratísima de estar en el campo: masas de árboles, ambiente oxigenado y oloroso,
espacio libre, y una bóveda de firmamento que parece más elevada que en el
resto de Madrid.
La noche era espléndida, y al levantar Asís la
cabeza para contemplar el centelleo de los astros, se le ocurrió, por decir
alguna cosa, compararlos á las joyas que solía admirar en los bailes.
—Aquellas cuatro estrellitas seguidas parecen el
imperdible de la marquesa de Riachuelo... cuatro brillantazos que le dejan á
uno bizco. Esa constelación... ¡allí, hombre, allí! hace el mismo efecto que la
joya que le trajo de París{107} su marido á la
Torres-Nobles... Hasta tiene en medio una estrellita amarillenta, que será el
brillante brasileño del centro. Aquel lucero tan bonito, que está solo...
—Es Venus... Tiene algo de emblemático eso de que
Venus sea tan guapa.
—V. siempre confundiendo lo humano y lo divino...
—No, si la mezcolanza fué V. quien la armó
comparando los astros á las joyas de sus amiguitas. ¡Qué hermoso es el cielo de
Madrid!—añadió después de breve silencio.—En esto tenemos que rendir el
pabellón, paisana. Nuestro suelo es más fresco, más bonito; pero la limpieza de
esta atmósfera... Allá hay que mirar hacia abajo, aquí hacia arriba.
Callaron un ratito.
En aquel dosel azul sembrado de flores de pedrería,
Asís y el comandante veían la misma cosa, un tarjetero de piel inglesa, y como
por magnética virtud, sentían al través de sus brazos, que se tocaban, el mutuo
pensamiento.
Hallábanse al final del Prado, enteramente desierto
á tales horas, con sus sillas recogidas y vueltas. Se escuchaba el murmurio
monótono de la Cibeles, y allá en el fondo del jardincillo, tras las
irregulares masas de las coníferas, destacaba el Museo su elegante silueta de
palacio italiano. No pasaba un alma, y la plazuela de las Cortes, á la luz de
sus faroles de gas, parecía tan solitaria como el Prado mismo.
—¿Subimos hacia la Carrera?—interrogó Pardo.{108}
—No, paisano... ¡Ay Jesús! A los dos pasos nos
encontrábamos algún conocido, y mañana..., chi, chi, chi..., cuentecito en casa
de Sahagún ó donde se les antojase. Bajemos hacia Atocha.
—Y V. ¿por qué da á eso tanta
importancia? ¿Qué tiene de particular que salga V. á tomar el fresco en
compañía de un amigo formal? Cuidado que son majaderas las fórmulas sociales.
Yo puedo ir á su casa de V. y estarme allí las horas muertas sin que nadie se
entere ni se ocupe, y luego, si salimos reunidos á la calle media hora...
cataplum.
—Qué manía tiene V. de ir contra la corriente...
Nosotros no vamos á volver el mundo patas arriba. Dejarlo que ruede. Todo tiene
sus por qués, y en algo se fundan esas precauciones ó fórmulas, como V. les
llama. ¡Ay! ¡Qué fresquito tan hermoso corre!
—¿Está V. mejor?
—Un poco. Me da la vida este aire.
—¿Quiere V. sentarse un rato? El sitio convida.
Sí que convidaba el sitio, á la vez acompañado y
solo: unos anchos asientos de piedra que hay delante del Museo, á la entrada de
la calle de Trajineros, la cual si por su gran proximidad á la plazuela de las
Cortes resulta céntrica y decorosa, á semejante hora compite en lo desierta con
el despoblado más formidable de Castilla. Las acacias prodigaban su rica
esencia, y si el comandante tuviese propósito de declarar á la señora algún
atrevido pensamiento, nunca mejor. No sería así, porque después de tomar{109} asiento se quedaron mudos ella y él; Asís,
además de muda, estaba cabizbaja y absorta.
No es posible que esta clase de pausas se
establezcan en una entrevista á solas de hombre y mujer, en tales sitios y
horas, sin producirles á los dos un estado de ánimo singular, á la vez
atractivo y embarazoso. El comandante limpió sus quevedos, operación que
verificaba muy á menudo, volvió á calárselos, y salió por la puerta ó por la
ventana, juzgando que la señora desearía explayarse.
—A mí no me la pega V. con jaquecas, Paquita... V.
tiene algo... alguna cosa que la preocupa en gordo... No se me alarme V.: ya
sabe que somos amigos viejos.
—Pero si no tengo nada... ¡Qué ocurrencia!
—Mejor, señora, mejor, celebro que sea así,—dijo
Don Gabriel retrocediendo discretamente.—Yo, en cambio, le podría confiar á V.
penas muy grandes..., cosas raras.
—¿Lo de la sobrina?—preguntó Asís con curiosidad,
pues ya dos ó tres veces en conversación familiar habían aludido de rechazo á
ese misterio de la vida de Don Gabriel.
—Sí; al menos la parte mía..., lo que me toca...,
eso puedo contárselo á V. Sabe Dios cómo lo glosa la gente.—(Pardo se alzó el
sombrero, porque tenía las sienes húmedas de sudor.)—Creo que se dice que la
pobrecilla me detestaba y que por librarse de mi entró en un convento de
novicia... Falso. No me detestaba, y es más: me hubiese querido con toda su
alma á la vuelta de poco tiempo... Sólo que ella misma no{110} acertó
á descifrarlo. Cuando me conoció, estaba comprometida con otro hombre... cuya
clase... no... En fin, que no podía aspirar á ser su marido. Y al convencerse
de esto, la infeliz muchacha pensó que se acababa el mundo para ella y que no
tenía más refugio que el convento, ¡Ay, Paquita! ¡Si supiese V. qué ratos...
qué tragedia! Es asombroso que después de ciertos acontecimientos pueda uno
volver á vivir como antes..., y vaya á tertulias y se chancee, y mire otra vez
á las mujeres, y le agraden, sí..., como me agrada V., por ejemplo..., y no lo
eche V. á mala parte, que no soy pretendiente importuno, sino amigo de verdad.
Ya sabe V. cómo digo yo las cosas.
Oía la dama la voz del artillero y al par otra
interior que zumbaba confusamente:
—Confíale algo..., al menos indícale tu
situación... Ideas estrafalarias las tiene, y á veces es poco práctico, pero es
leal... No corres peligro, no... Así te desahogarás... Tal vez te aconseje
bien. Anda, boba... ¿No hace él confianza de ti? Además... no creas que
callando le engañas... ¡Quítale ya la escama del tarjetero!
A pesar de las excitaciones de la voz indiscreta,
la señora, en alto, decía tan sólo:
—¿Con que la chica le quería á V. algo? ¿Sin
saberlo? ¡Eso es muy particular! ¿Y cómo lo explica V.?
—¡Ay, Paquita! He renunciado á explicar cosa
alguna... No hay explicación que valga para los fenómenos del corazón. Cuanto
más se quieren entender, más se obscurecen. Hay en{111} nosotros
anomalías tan raras, contradicciones tan absurdas... Y á la vez cierta lógica
fatal. En esto de la simpatía sexual, ó del amor, ó como V. guste llamarle, es
en lo que se ven mayores extravagancias. Luego, á los caprichos y las desviaciones
y los brincos de esta víscera que tenemos aquí, sume V. la maraña de ideas con
que la sociedad complica los problemitas psicológicos. La sociedad...
—Contigo tengo la tema, morena...—interrumpió Asís
festivamente.—V. le echa á la sociedad todas las culpas. Ahí que no duele. Ya
no sé como tiene espaldas la infeliz.
—Pues, figúrese V., paisana. Como que de mi
tragedia únicamente es responsable la sociedad. Por atribuir exagerada
importancia á lo que tiene mucha menos ante las leyes naturales. Por hacer lo
principal de lo accesorio. En fin, punto en boca. No quiero escandalizarla á V.
—Paisano... Pero si me da mucha curiosidad eso que
iba Vd. diciendo... No me deje á media miel... Todas las cosas pueden decirse,
según como se digan. No me escandalizaré, vamos.
—Bien, siendo así... Pero ya no sé en que
estábamos... ¿V. se acuerda?
—Decía V. que lo principal y lo accesorio... Eso
será alguna herejía tremenda, cuando no quiso V. pasar de ahí.
—Sí, señora... Verá V. la herejía... Yo llamo
accesorio á lo que en estas cuestiones suele llamarse principal... ¿Se hace V.
cargo?
Asís no respondió, porque pasaba un mozalbete{112} silbando un aire de zarzuela y mirando de reojo
y con malicia al sospechoso grupo. Cuando se perdió de vista, pronunció la
dama:
—¿Y si me equivoco?
—¿No se asusta V. si lo expreso claramente?
La verdad, desde cierta distancia aquello parecía
un diálogo amoroso. Acaso la valla que existía para que ni pudiese serlo ni
llegase á serlo jamás, era un delgado y breve trozo de piel inglesa—la cubierta
de un tarjetero.
—No, no me asusto... Vamos á hablar como dos
amigos... francamente.
—¿Quedamos en eso? ¡Magnífico! Pues conste que ya
no tiene V. derecho para reñirme si se me va la lengua... Procuraré, sin
embargo... En fin, entiendo por accesorio... aquello que Vds. juzgan
irreparable. ¿Lo pongo más claro aún?
—No, ¡basta!—gritó la señora.—Pero entonces, ¿qué
es lo principal según V.?
—Una cosa que abunda menos..., y en cambio vale
más... La realidad de un cariño muy grande entre dos... ¿Qué le parece á V.?
—¡Caramba!—exclamó la señora, meditabunda.
—Le voy á proponer á V. una demostración de mi
teoría... Ejemplo; como dicen los predicadores. Imagínese que en vez de estar
en el Prado, estamos en Tierra de Campos, á dos leguas de un poblachón; que yo
soy un bárbaro; que me prevalgo de la ocasión, y abuso de la fuerza, y la falto
á V. al respeto debido... ¿Hay entre nosotros, dos minutos después, algún{113} vínculo que no existía dos minutos antes? No
señora. Lo mismo que si ahora se trompica V. con una esquina..., se hace
daño..., procura apartarse y andar con más cuidado otra vez... y acabóse.
—Pintado el lance así..., lo que habría, que V. me
parecería atroz de antipático y de bruto.
—Eso sí... pero vamos á perfeccionar el ejemplo, y
pido á V. perdón de antemano por una conversación tan shocking.
Pues no señora: suponga V. que yo no abuso de la fuerza ni ese es el camino. Lo
que hago es explotar con maña la situación y despertar en V. ese germen que
existe en todo ser humano... Nada de violencia: si acaso, en el terreno
puramente moral... Yo soy hábil y provoco en V. un momento de flaqueza...
Fortuna que era de noche y estaba lejos el farol,
que si no, el sofoco y el azoramiento de la dama se le meterían por los ojos al
comandante.—Lo sabe, lo sabe—calculaba para sí, toda trémula, y en voz alterada
y suplicante, exclamó interrumpiendo:
—¡Qué horror! ¡Don Gabriel!
—¿Qué horror? ¡Mire V. lo que va de Vds. á
nosotros! Ese horror, Paquita del alma, no les parece horrible á los caballeros
que V. trata y estima: al marqués de Huelva, con su severidad de principios y
su encomienda de Calatrava, que no se quita ni para bañarse... al papá de V.,
tan amable y francote... á mí... al otro... á toditos. Es valor entendido, y á
nadie le extraña ni le importa un bledo. Tratándose de Vds., es cuando{114} por lo más insignificante se arma una batahola
de mil diablos, que no parece sino que arde por los cuatro costados Madrid. La
infeliz de Vds. que resbala, si olfateamos el resbalón, nos arrojamos á ella
como sabuesos, y, ó se salva casándose con el seductor, ó la
matriculamos en el gremio de las mujeres galantes hasta la hora de la muerte.
Ya puede, después de su falta, llevar vida más ejemplar que la de una monja: la
hemos fallado... no nos la pega más. O bodas, ó es V. una corrida, una perdida
de profesión... ¡Bonita lógica! V., niña inocente, que cae víctima de la poca
edad, la inexperiencia y la tiranía de los afectos y las inclinaciones
naturales, púdrase en un convento, que ya no tiene V. más camino... Amiga
Asís... ¡Tonterías!
Mientras hablaba el comandante, su fantasía, en vez
de los plátanos del jardincillo, le representaba otras masas sombrías de
follaje, robles y castaños; y el olor fragante de las flores de acacia le
parecía el de las silvestres mentas que crecen al borde de los linderos en el
valle de Ulloa. La dama que tenía á su lado, por el mismo fenómeno de óptica
interior, veía el rebullicio de una feria, una casita al borde del Manzanares,
un cuartuco estrecho, un camastro, una taza de té volcada...
—Tonterías—prosiguió Don Gabriel, sin fijarse en la
gran emoción de Asís—pero que se pagan caras á veces... Sucede que se nos
imponen, y que por obedecerlas, una mujer de instintos nobles se juzga
manchada, vilipendiada, infamada por toda su vida á consecuencia de un{115} minuto de extravío, y, de no poder casarse con
aquel á quien se cree ligada para siempre jamás, se anula, se entierra, se
despide de la felicidad por los siglos de los siglos amén... Es monja sin
vocación, ó es esposa sin cariño... Ahí tiene V. dónde paran ciertas cosas.
Al murmurar con amargura estas palabras, el
comandante, en lugar de la silueta gentil del Museo, veía las verdosas tapias
del convento santiagués, las negras rejas de trágicos recuerdos, y tras de
aquellas rejas, comidas de orín, una cara pálida, con obscuros ojos, muy
semejante á la de cierta hermana suya, que había sido el cariño más profundo de
su vida.
VAYA, Pardo... Es V. terrible. ¿Me quiere V.
igualar la moral de los hombres con la de las mujeres?
—Paquita... dejémonos de clichés.—(Pardo
usaba muy á menudo esta palabrilla para condenar las frases ó ideas
vulgares.)—Tanto jabón llevan Vds. en las suelas del calzado como nosotros. Es
una hipocresía detestable eso de acusarlas é infamarlas á Vds. con tal rigor
por lo que en nosotros nada significa.
—¿Y la conciencia, señor mío? ¿Y Dios?
La dama argüía con cierta afectada solemnidad{116} y severidad, bajo la cual velaba una
satisfacción inmensa. Iban pareciéndole muy bonitos y sensatos los detestables
sofismas del comandante, que así pervierte la pasión el entendimiento.
—¡La conciencia! ¡Dios!—exclamó él, remedando el
tono enfático de la señora.—Otro registro. Bueno: toquémoslo también. ¿Se trata
de pecadores creyentes? ¿Católicos, apostólicos, romanos?
—Por supuesto. ¿Ha de ser todo el mundo hereje como
V.?
—Pues si tratamos de creyentes, la cuestión de
conciencia es independiente de la de sexo. Aunque me llama V. hereje, todavía
no he olvidado la doctrina; puedo decirle á V. de corrido los diez
mandamientos... y se me figura que rezan igual con nosotros que con Vds. Y
también sé que el confesor las absuelve y perdona á Vds. igualito que á
nosotros. Lo que pide á la penitente el ministro de Dios es arrepentimiento,
propósito de la enmienda. El mundo, más severo que Dios, pide la perfección
absoluta, y si no... O todo ó nada.
—No, no; mire V. que también el confesor nos
aprieta más las clavijas. Para Vds. la manga se ensancha un poquito...—repuso
Asís, paladeando el deleite de aducir malas razones para saborear el gusto de
verlas refutadas.
—Hija, si eso hacen, es por prudencia, para que no
desertemos del confesonario si nos da por frecuentarlo... En el fondo, ningún
confesor le dirá á V, que hay un pecado más para las{117} hembras.
Es decir, que la cosa queda reducida á las consecuencias positivas,
exteriores..., al criterio social. En salvando éste, en no sabiéndose nada, el
asunto no tiene más trascendencia en Vds. que en nosotros... Y en nosotros...
¡ayúdeme V. á sentir! (Al argüir así, el comandante castañeteaba los dedos.)
Ahora, si V. me ataca por otro lado...
—Yo...—balbució la señora, sin pizca de ganas de
atacar.
—Si me sale V. con el respeto y la estimación
propia... con lo que cada cual se debe á sí mismo...
—Eso... lo que cada cual se debe á sí
mismo—articuló Asís hecha una amapola.
—Convendré en que eso siempre realza á una mujer;
pero, en gran parte, depende del criterio social. La mujer se cree infamada,
después de una de esas caídas, ante su propia conciencia, porque le han hecho
concebir desde niña que lo más malo, lo más infamante, lo irreparable, es eso;
que es como el infierno, donde no sale el que entra. A nosotros nos enseñan lo
contrario; que es vergonzoso para el hombre no tener aventuras, y que hasta
queda humillado si las rehuye... De modo, que lo mismo que á nosotros nos pone
muy huecos, á Vds. las envilece. Preocupaciones hereditarias emocionales, como
diría Spencer. Y vaya unos terminachos que la suelto á V.
—No, si yo con su trato ya me voy haciendo una
sabia. Todos los días me aporrea V. los oídos con cada palabrota...{118}
—¿Y si yo le dijese á V.—prosiguió Pardo echándose
á disertar—que eso que llamé accesorio en las aventurillas, me
parece á mí que en el cariño verdadero, cuando están unidas así, así, como si
las pegasen con argamasa, las voluntades, llega á ser más accesorio aún? Es el
complemento de otra cosa mucho más grande, que dura siempre, y que comprende
eso y todo lo demás... Lo estoy embrollando, paisana. V. se ríe de mí: á
callar.
Asís oía, oía con toda su alma, pareciéndole que
nunca había tenido su paisano momentos tan felices como aquella noche, ni
hablado tan discreta y profundamente. Los dichos del comandante, que al pronto
lastimaban sus convicciones adquiridas, entraban, sin embargo, como bien
disparadas saetas hasta el fondo de su entendimiento y encendían en él una
especie de hoguera incendiaria, á cuya destructora luz veía tambalearse
infinitas ideas de las que había creído más sólidas y firmes hasta entonces.
Era como si le arrancasen del espíritu una muela dañada: dolor y susto al
sentir el frío del instrumento y el tirón; pero después, un alivio, una
sensación tan grata viéndose libre de aquel cuerpo muerto... Anestesia de la
conciencia, con cloroformo de malas doctrinas, podría llamarse aquella
operación quirúrgico-moral.
—Es un extravagante este hombre—pensaba la
operada.—Decir, me está diciendo cosas estupendas... Pero se me figura que le
sobra la razón por encima de los pelos. Habla por su boca la justicia. ¿Va una
á creerse criminal por{119} unos instantes de
error? Siempre estoy á tiempo de pararme y no reincidir... ¡Claro que si por
sistema!... Ni él tampoco dice eso, no... Su teoría es que ciertas cosas que
suceden así... qué sé yo cómo, sin iniciativa ni premeditación por parte de
uno, no han de mirarse como manchas de esas que ya nunca se limpian... El mismo
Padre Urdax de fijo que no es tan severo en eso como la sociedad hipocritona...
¡Ay Dios mío! Ya estoy como mi paisano, echándole á la sociedad la culpa de
todo.
Al llegar aquí de sus reflexiones la dama, la
molestó un cosquilleo, primero entre las cejas, luego en la membrana de la
nariz... ¡Aaach! Estornudó con ruido, estremeciéndose.
—¡Adiós! Ya se me ha resfriado V.—exclamó su
amigo.—No está V. acostumbrada á estas vagancias al sereno... Levántese V. y
paseemos.
—No, si no es el rocío lo que me acatarra á mí...
He tomado sol.
—¿Sol? ¿Cuándo?
—Ayer..., digo, anteayer..., yendo..., sí, yendo á
misa á las Pascualas. No crea V.: desde entonces ando yo regular, nada más que
regularcita. Cuándo jaquecas, cuándo mareos...
—De todos modos... guíese V. por mí: caminemos,
¿eh? Si sobre la insolación le viene á V. un pasmo... ó coge V. unas
intermitentes de estas de primavera en Madrid...
—No me asuste V.... Tengo poco de
aprensiva—contestó la dama levantándose y envolviéndose mejor en el abrigo.{120}
—¿A su casa de V.?
—Bien..., sí, vamos hacia allá despacio.
No siguió el comandante explanando sus disolventes
opiniones hasta la misma puerta de la señora. Al abrirla Imperfecto, Asís
convidó á su amigo á que descansase un rato; él se negó; necesitaba darse una
vuelta por el Círculo Militar, leer los periódicos extranjeros y hablar con un
par de amigos, á última hora, en Fornos. Deseó respetuosamente las buenas
noches á la señora y bajó las escaleras á paso redoblado. Con el mismo echó
calle abajo aquel gran despreocupado, nihilista de la moral: y nos consta que
iba haciendo éste ó parecido soliloquio, idéntico al que, en igualdad de
circunstancias, haría otra persona que pensase según todos los clichés admitidos:
—Me ha engañado la viuda... Yo que la creía una
señora impecable. Un apabullo como otro cualquiera. No he mirado las iniciales
del tarjetero: serían... ¡vaya V. á saber! Porque en realidad, ni nadie murmura
de ella, ni veo á su alrededor persona que... En fin, cosas que suceden en la
vida; chascos que uno se lleva. Cuando pienso que á veces se me pasaba por la
cabeza decirle algo formal... No, esto no es un caballo muerto,
¡qué disparate! es sólo un tropiezo del caballo... No he llegado á caerme...
¡Así fuesen los desengaños todos!...
Siguió caminando sin ver los árboles del Retiro,
que se agrupaban en misteriosas masas á su derecha. Ni percibía el olor de las
acacias. Pero él seguía oliendo, no á los cortesanos y{121} pulidos
vegetales de los paseos públicos, sino á otros árboles rurales, bravíos y
libres: los que producen la morena castaña que se asa en los magostos de
Noviembre, en el valle de los Pazos.
LA tarde del día siguiente la dedicó Asís á
pagar visitas. Tarea maquinal y enfadosa, deber de los más irritantes que el
pacto social impone. Raro es que nadie se someta á él sin murmurar, por fuera ó
por dentro, del mundo y sus farsas. Menos mal cuando las visitas se hacen, como
las hacía la dama, en piés ajenos. Entonces lo arduo de la faena empieza en las
porterías. ¡Si todas las casas fuesen como la de Sahagún ó la de Torres-Nobles,
por ejemplo! Allí, antes de llegar, ya llevaba Asís en la mano la tarjeta con
el pico dobladito, y al sentir rodar el coche, ya estaba asomándose al ancho
vano del portón el portero imponente, patilludo, correcto, amabilísimo, que
recogía la tarjeta preguntando:—¿A dónde desea ir la señora?—para transmitir la
orden al cochero. Los Torres-Nobles, los Sahagún, los Pinogrande y otras
familias así, de muy alto copete, no recibían sino de noche alguna vez, y el
llegarse á su casa para dejar la tarjeta representaba una{122} fórmula
de cortesía facilísima de cumplir al bajar al paseo ó al volver de las tiendas.
Pero si entre las relaciones de Asís las había tan granadas, otras eran de
muchísimo menos fuste, y algunas, procedentes de Vigo, rayaban en modestas. Y
allí era el entrar en portales angostos, el parlamentar con porteras gruñonas,
la desconsoladora respuesta:—Sí, señora, me paece que no ha salió en to el día
de casa... Tercero con entresuelo, primero y principal... á mano izquierda.—Y
la ascensión interminable, el sobrealiento, el tedio de subir por aquel caracol
obscuro, con olores á cocina y á todas las oficinas caseras, y la cerril
alcarreña que abre, y la acogida embarazosa, las empalagosas preguntitas, los
chiquillos sucios y desgreñados, los relatos de enfermedades, la chismografía
viguesa agigantada por la óptica de la distancia... Vamos, que era para
renegar, y Asís renegaba en su interior, consultando, sin embargo, la lista de
la cartera y diciendo con un suspiro profundo:—¡Ay! Aún falta la viuda de
Pardiñas... la madre del médico de Celas..., y Rita, la hermana de Gabriel
Pardo... Y esa si que es urgente... Ha tenido al chiquillo con difteria...
Por lo mismo que el ajetreo de las visitas había
sido tan cargante, que á la mayor parte se las encontrara en casa y que no le
sacaron sino conversaciones capaces de aburrir á una estatua de yeso, la dama
regresaba á su vivienda con el espíritu muy sosegado. A semejanza de los
devotos que si les hurga la conciencia se{123} imponen
la obligación de rezar tres rosarios seguidos y una serie considerable de padre
nuestros, Asís, sintiéndose reo de perturbación social, ó al menos de amago de
este delito, se consagraba á cumplir minuciosamente los ritos de desagravio, y
como le habían producido tan soberano fastidio, juzgaba saldada más de la mitad
de su cuenta. Por otra parte, encontrábase decidida—más que nunca—á cortar las
irregularidades de su conducta presente. Tenía razón el comandante: la falta,
bien mirado, no era tan inaudita; pero si trascendía al público, ¡ah!
¡entonces! Evitar el escándalo y la reincidencia, precaver lo venidero..., y se
acabó. Cortar de raíz, eso sí, (la dama veía entonces la virtud en forma de
grandes y afiladísimas tijeras, como las que usan los sastres). Y bien podía
hacerlo, porque la verdad ante todo, su corazón no estaba interesado...—Vamos á
ver—argüía para sí la señora.—Supongamos que ahora viniesen á decirme: Diego
Pacheco se ha largado esta mañana á su tierra, donde parece que se casa con una
muchacha preciosa... Nada: yo tan fresca, sin echar ni una lágrima. Hasta puede
que diese gracias á Dios, viéndome libre de este grave compromiso. Pues la cosa
es bien sencilla: ¿se había de ir él? Soy yo quien se larga. Así como así, días
arriba ó abajo, ya estaba cerca el de irse á veranear... Pues adelanto el
veraneo un poquillo... y corrientes.—¡Qué descanso tomar el tren! Se concluían
aquellos recelos incesantes, aquel volver el rostro cuando la Diabla le
preguntaba alguna cosa, aquella{124} tartamudez,
aquella vergüenza, vergüenza tonta en una viuda, que al fin y al cabo era libre
y no tenía que dar á nadie cuenta de sus actos...
Pensaba en estas cosas cuando se apeó y empezó á
subir la escalera de su casa. Aún no estaba encendida la luz, caso frecuente en
las tardes veraniegas. Al segundo tramo... ¡Dios nos asista! Un hombre que se
destaca del obscuro rincón... ¡Pacheco!
Reprimió el chillido. El meridional la cogía ambas
manos con violencia.
—¿Cómo está mi niña? Tres veces he venido y siempre
te negaron... Lo que es una de ellas juro que estabas en casa... Si no quieres
verme, dímelo á mí, que no vendré... Te miraré de lejitos en el paseo ó en el
teatro... Pero no me despidas con una criada, que se ríe de mí al darme con la
puerta en las narices.
—No... pero si yo...—contestaba aturdida la señora.
—¿No se había negado la nena para mí?
—No, para ti no...—afirmó rápidamente Asís con
acento de sinceridad: tan espontáneo é inevitable suele ser en ciertas
ocasiones el engaño.
—Pues, entonces, vengo esta noche. ¿Sí? Esta noche
á las nueve.
Hizo la dama un expresivo movimiento.
—¿No quieres? ¿Tienes compromiso de salir, de ir á
alguna parte? La verdad, chiquilla. Me largaré como aquel á quien le han dado
cañaso, pero no porfiaré. Me sabe mal porfiar.{125} Por
mí no has de tener tú media hora de disgusto.
Asís titubeaba. Cosa rara y sin embargo explicable
dentro de cierto misterioso ilogismo que impone á la conducta femenina la
difícil situación de la mujer: lo que decidió su respuesta afirmativa fué
cabalmente la resolución de poner tierra en medio que acababa de adoptar en el
coche.
—Bueno, á las nueve... (Pacheco la apretó contra
sí.) ¿Pero... te irás á las diez?
—¿A las diez? Es tanto como no venir... Tú tienes
que hacer hoy: dímelo así, clarito.
—Que hacer no... Por los criados. No me gusta dar
espectáculo á esa gente.
—El chico no importa, es un bausán... La chica es
más avispada. Mándala con un recado fuera... Hasta pronto.
Y Pacheco ocultó la cara en el pelo de la señora,
descomponiéndolo y echándola el sombrero hacia atrás. Ella se lo arregló antes
de llamar, lo cual hizo con pulso trémulo.
Iba muy preocupada, mucho. Se desnudó
distraídamente, dejando una prenda aquí y otra acullá; la Diabla las recogía y
colgaba, no sin haberlas sacudido y examinado con un detenimiento que á Asís le
pareció importuno. ¿Por qué no rehusar firmemente la dichosa cita?... Sí, sería
mejor; pero al fin, para el tiempo que faltaba... Volvióse hacia la doncella.
—Mira, revisarás el mundo grande...: creo que tiene
descompuestas las bisagras. Acuérdate mañana de ir á casa de Madama
Armandina...;{126} puede que ya estén los sombreros
listos... Si no están, la das prisa. Que quiero marcharme pronto, pronto.
—¿A Vigo, señorita?—preguntó la Diabla con
hipócrita suavidad.
—¿Pues á dónde? También te darás una vuelta por el
zapatero... y á ver si en la plazuela del Angel tienen compuesto el abanico.
Dictando estas órdenes se calmaba. No, el rehusar
no era factible. Si le hubiese despedido esta noche, él querría volver mañana.
Disimulo, transigir... y, como decía él..., najencia.
Comió poco; sentía esa constricción en el
diafragma, inseparable compañera de las ansiedades y zozobras del espíritu.
Miraba frecuentemente para la esfera del reloj, el cual no señalaba más que las
ocho al levantarse la señora de la mesa.
—Oye, Angela...
Faltábale saliva en la boca; la lengua se le pegaba
al velo del paladar.
—Oye, hija... ¿Quieres... irte á pasar esta noche
con tu hermana, la casada con el guardia civil? ¿Eh?
—¡Ay señorita!... Yo, con mil amores... Pero vive
tan lejos: el cuartel lo tienen allá en las Peñuelas... Mientras se va y se
viene...
—Es lo de menos... Te pago el tranvía... ó un
simón. Lo que te haga falta... Y aunque vuelvas después de... media noche, ¿eh?
no dejarán de abrirte. Come á escape... Mira, ¿no tiene tu hermana una niña de
seis años?{127}
—De ocho, señorita, de ocho... Y un muñeco de trece
meses que anda con la dentición.
—Bien: á la niña podrá servirle, arreglándola... Le
llevas aquella ropa de Marujita que hemos apartado el otro día...
—Dios se lo pague... ¿También el sombrero de castor
blanco, con el pájaro?
—También... Anda ya.
El sombrero de castor produjo excelente efecto.
Imaginaba siempre la señora que, de algunos días á esta parte, su doncella se
atrevía á mirarla y hablarla ya con indefinible acento severo, ya con
disimulada entonación irónica; pero después de tan espléndida donación, por más
que aguzó la malicia, no pudo advertir en el gracioso semblante de la criada
sino júbilo y gratitud. Comió la Diabla en tres minutos: ni visto ni oído: y á
poco se presentó á su ama muy maja y pizpireta, con traje dominguero, el pelo
rizado á tenacilla, botas que cantaban.
—Vete, hija, ya debe de ser tarde... Las nueve
menos cuarto...
—No, señorita... Las ocho y veinticinco por el
comedor... ¿Tiene algo que mandar? ¿Quiere alguna cosa?...
—Nada, nada... Que lo pases bien... ¡Qué elegante
te has puesto!... ¿Allí habrá gente, eh? ¿Guardias civiles? ¿Jóvenes?
—Algunos... Hay uno de nuestra tierra... de la
provincia de Pontevedra, de Marín..., alto él, con bigote negro.
—Bien, hija... Pues lo que es por mí, ya puedes
marcharte.{128}
¿Qué haría aquella maldita Diabla, que un cuarto de
hora después de recibidas semejantes despachaderas aún no había tomado el
portante? Con el oído pegado á la puertecilla falsa de su dormitorio, que caía
al pasillo, Asís espiaba la salida de su doncella, mordiéndose los labios de
impaciencia nerviosa. Al fin sintió pasitos, taconeo de calzado flamante, oyó
una risotada, un ¡divertirse y gastar poco! que venía de la
cocina... La puerta se abrió, hizo ¡puum! al cerrarse... ¡Ay, gracias á Dios!
Así que se fué la condenada chica, parecióle á la
señora que todo el piso se había quedado en un silencio religioso, en un
recogimiento inexplicable. Hasta la lámpara del saloncito alumbraba, si cabe,
con luz más velada, más dulce que otras noches. Eran las nueve menos cuarto:
Pacheco aun tardaría cosa de veinte minutos... Se oyó un campanillazo
sentimental, tímido, como si la campanilla recelase pecar de indiscreta...
ERA Pacheco, envuelto en su capa de embozos
grana, impropia de la estación, y de hongo. Detúvose en la puerta como
irresoluto, y Asís tuvo que animarle:
—Pase V...
Entonces el galán se desembozó resueltamente{129} y se informó de cómo andaba la salud de Asís.
En los primeros momentos de sus entrevistas,
siempre se hablaban así, empleando fórmulas corteses y preguntando cosas
insignificantes; su saludo era el saludo de ordenanza en sociedad: estrecharse
la mano. Ni ellos mismos podrían explicar la razón de este procedimiento
extraño, que acaso fuese la cortedad debida á lo reciente é impensado de su
trato amoroso. No obstante, algo especial y distinto de otras veces notaría el
andaluz en la señora, que al sentarse en el diván á su lado, murmuró después de
una embarazosa pausa:
—¡Qué fría me recibes! ¿Qué tienes?
—¡Qué disparate! ¿Qué voy á tener?
—¡Ay prenda, prenda! A mí no se me engaña... Soy
perro viejo en materia de mujeres. Estorbo. Tú tenías algún plan esta noche.
—Ninguno, ninguno—afirmó calurosamente Asís.
—Bien, lo creo. Eso sí que lo has dicho como se
dicen las verdaes. Pero, en plata: que no te pinchaban á ti las ganas de verme.
Hoy me querías tú á cien leguas.
Aseveró esto metiendo sus dedos largos, de pulcras
uñas, entre el pelo de la señora, y complaciéndose en alborotar el peinado
sobrio, sin postizos ni rellenos, que Asís trataba de imitar del de la
Pinogrande, maestra en los toques de la elegancia.
—Si no quisiese recibirte, con decírtelo...
—Así debiera ser... el corasonsillo en la mano...
Pero á veces se le figura á uno que está{130} comprometido
á pintar afecto, ¿sabes tú?, por caridad ó qué sé yo por qué... Si yo lo he
hecho á cada rato con un ciento de novias y de querías... Harto de ellas por
cima de los pelos... y empeñado en aparentar otra cosa... porque es fuerte eso
de estamparle á un hombre ó á una hembra en su propia cara:—Ya me tiene V.
hasta aquí... no me hace V. ni tanto de ilusión.
—¿Quién sabe si eso te estará pasando á ti
conmigo?—exclamó Asís festivamente, echándolas de modesta.
No contestó el meridional sino con un abrazo
vehemente, apretado, repentino, y un—¡ojalá!—salido del alma, tan ronco
y tan dramático, que la dama sintió rara conmoción, semejante á la del que,
poniendo la mano sobre un aparato eléctrico, nota la sacudida de la corriente.
—¿Por qué dices ojalá?—preguntó,
imitando el tono del andaluz.
—Porque esto es de más; porque nunca me vi como me
veo; porque tú me has dado á beber zumo de hierbas desde que te he conocío,
chiquilla... Porque estoy mareado, chiflado, loco, por tus pedasos de
almíbar... ¿Te enteras? Porque tú vas á ser causa de la perdición de un hombre,
lo mismo que Dios está en el sielo y nos oye y nos ve... Terroncito de sal,
¿qué tienes en esta boca, y en estos ojos, y en toda tu persona, para que yo me
ponga así? A ver, dímelo, gloria, veneno, sirena del mar.
La señora callaba, aturdida, no sabiendo qué
contestar á tan apasionadas protestas; pero vino á sacarla del apuro un
estruendo inesperado{131} y desapacible, el
alboroto de una de esas músicas ratoneras antes llamadas murgas, y
que en la actualidad, por la manía reinante de elevarlo todo, adoptan el nombre
de bandas populares.
—¡Oiga! ¿Nos dan cencerrada ya los vecinos del
barrio?—gritó Pacheco, levantándose del sofá y entreabriendo las vidrieras.—¡Y
cómo desafinan los malditos!... Ven á oir, chiquilla, ven á oir. Verás cómo te
rompen el tímpano.
En el meridional no era sorprendente este salto
desde las ternezas más moriscas al más prosaico de los incidentes callejeros:
estaba en su modo de ser la transición brusca, la rápida exteriorización de las
impresiones.
—Mira, ven—continuó.—Te pongo aquí una butaca y nos
recreamos. ¿A quién le dispararán la serenata?
—A un almacén de ultramarinos que se ha estrenado
hoy—contestó Asís recordando casualmente chismografías de la Diabla.—En la otra
acera, pocas casas más allá de la de enfrente. Aquella puerta... allí. ¡Ya
tenemos música para rato!
Pacheco arrastró un sillón hacia la ventana y se
sentó en él.
—¡Desatento!—exclamó riendo la señora.—¿Pues no
decías que era para mí?
—Para ti es—respondió el amante cogiéndola por la
cintura y obligándola quieras ó no quieras á que se acomodase en sus rodillas.
Se resistió algo la dama, y al fin tuvo que acceder. Pacheco la mecía como se
mece á las criaturas,{132} sin permitirse ningún
agasajo distinto de los que pueden prodigarse á un niño inocente. Por forzosa
exigencia de la postura, Asís le echó un brazo al cuello, y después de los
primeros minutos, reposó la cabeza en el hombro del andaluz. Un airecillo
delgado, en que flotaban perfumes de acacia y ese peculiar olor de humo y
ladrillo recaliente de la atmósfera madrileña en estío, entraba por las
vidrieras, intentaba en balde mover las cortinas, y traía fragmentos de la
música chillona, tolerable á favor de la distancia y de la noche, hora que
tiene virtud para suavizar y concertar los más discordantes sonidos. Y la
proximidad de los dos cuerpos ocupando un solo sillón, estrechaba también, sin
duda, los espíritus, pues por vez primera en el curso de aquella historia
entablóse entre Pacheco y la dama un cuchicheo íntimo, cariñoso, confidencial.
No hablaban de amor: versaba el coloquio sobre esas
cosas que parecen muy insignificantes escritas y que en la vida real no se
tratan casi nunca sino en ocasiones semejantes á aquella, en minutos de
imprevista efusión. Asís menudeaba preguntas, exigiendo detalles biográficos:
¿Qué hacía Pacheco? ¿Por dónde andaba? ¿Cómo era su familia? ¿La vida anterior?
¿Los gustos? ¿Las amistades? ¿La edad justa, justa, por meses, días y no sé si
horas?
—Pues yo soy más vieja que tú—murmuró pensativa,
así que el gaditano hubo declarado su fe de bautismo.
—¡Gran cosa! Será un añito, ó medio.{133}
—No, no, dos lo menos. Dos, dos.
—Corriente, sí, pero el hombre siempre es más
viejo, cachito de gloria, porque nosotros vivimos; ¿te enteras? y vosotras no.
Yo, en particular, he vivido por una docena. No imaginarás diablura que yo no
haya catado. Soy maestro en el arte de hacer desatinos. ¡Si tú supieses algunas
cosas mías!
Asís sintió una curiosidad punzante unida á un
enojo sin motivo.
—Por lo visto eres todo un perdis, buena alhaja.
—¡Quiá!... ¿Perdis yo? Di que no, nena mía. Yo
galanteé á trescientas mil mujeres, y ahora me parece que no quise á ninguna.
Yo hice cuanto disparate se puede hacer, y al mismo tiempo no tengo vicios.
¿Dirás que cómo es ese milagro? Siendo... ahí verás tú. Los vicios no prenden
en mí. Ninguno arraiga, ni arraigará jamás. Aún te declaro otra cosa; que no
sólo no se me puede llamar vicioso, sino que si me descuido acabo por santo. Es
según los lados á que me arrimo. ¿Me ponen en circunstancias de ser perdío? No
me quedo atrás. ¿Que tocan á ser bueno? Nadie me gana. Si doy con gente
arrastrada, ¿qué quieres tú?
—¿Hasta en lo tocante á la honra te dejarías
llevar?—preguntó algo asustada Asís.
El gaditano se echó atrás como si le hubiese picado
una sierpe.
—¡Hija! Vaya unas cosillas que me preguntas. ¿Me
has tomado por algún secuestrador? Yo no secuestro más que á las hembras de tu{134} facha. Pero ya sabes que en mi tierra, las
pendencias no se cuentan por delitos... He enfriado á un
infeliz... que más quisiera no haberle tocado al pelo de la ropa. Dejémoslo,
que importa un pito. Fuera de esas trifulcas, no ha tenío el diablo por donde
cogerme: he jugado, perdiendo y ganando un dinerillo... regular; he bebío...
vamos, que no me falta á mí saque; de novias y otros enredos... De esto estaría
muy feo que te contase ná. Chitito. ¿Un cariño á tu rorro?
—Vamos, que eres la gran persona—protestó
escandalizada Asís, desviándose en vez de acercarse como Pacheco pretendía.
—No lo sabes bien. Eso es como el Evangelio. Yo
quisiera averiguar pa qué me ha echado Dios á este mundo. Porque soy, además de
tronerilla, un haragán y un zángano de primera, niña del alma... No hago cosa
de provecho, ni ganas de hacerla. ¿A qué? Mi padre, empeñao el buen señor en
que me luzca y en que sirva al país, y dale con la chifladura de que me meta en
política, y tumba con que salga diputao, y vaya á hacer el bu al Congreso...
¡En el Congreso yo! A mí, lo que es asustarme, ni el Congreso ni veinte Congresos
me asustan. La farsa aquella no me pone miedo. Te aviso que en todo cuanto me
propongo salir avante, salgo y sin grandes fatigas: ¡qué! Pero á decir verdad,
no me he tomado nunca trabajos así enormes, como no fuese por alguna mujer
guapa. No soy memo ni lerdo, y si quisiese ir allí á pintar la mona como
Albareda, la pintaría, figúrate. ¿Que se{135} me ha
muerto mi abuelita? ¡Si es la pura verdad! Sólo que too eso porque tanto se
descuaja la gente, no vale los sudores que cuesta. En cambio... ¡una mujer como
tú!...
Díjolo al oído de la dama, á quien estrechó más
contra sí.
—Sólo esto, terrón de azúcar, sólo esto sabe bien
en el mundo amargo... Tener así á una mujer adorándola... Así, apretadica,
metida en el corasón... Lo demás... pamplina.
—Pero eso es atroz—protestó severamente Asís, cuya
formalidad cantábrica se despertaba entonces con gran brío.—¿De modo que no te
avergüenzas de ser un hombre inútil, un mequetrefe, un cero á la izquierda?
—¿Y á ti qué te importa, lucerito? ¿Soy inútil pa
quererte? ¿Has resuelto no enamorarte sino de tipos que mangoneen y anden
agarraos á la casaca de algún ministro? Mira... Si te empeñas en hacer de mí un
personaje, una notabilidad... como soy Diego que te sales con la tuya. Daré
días de gloria á la patria; ¿no se dice así? Aguarda, aguarda..., verás qué
registros saco. Proponte que me vuelva un Castelar ó un Cánovas del Castillo, y
me vuelvo... ¡Ole que sí! ¿Te creías tú que alguno de esos panolis vale más que
este nene? (Sólo que ellos largaron todo el trapo y yo recogí velas.). Por no
deslucirlos. Modestia pura.
No había más remedio que reirse de los dislates de
aquel tarambana, y Asís lo hizo; al reirse hubo de toser un poco.
—¡Ea! ya te me acatarraste—exclamó el gaditano{136} consternadísimo.—Hágame V. el obsequio de
ponerse algo en la cabeza... Así, tan desabrigada... ¡Loca!
—Pero si nunca me pongo nada, ni... No soy
enclenque.
—Pues hoy te pondrás, porque yo lo mando. Si
aciertas á enfermar, me suicido.
Saltó Asís de brazos de su adorador, muerta de
risa, y al saltar perdió una de sus bonitas chinelas, que por ser sin talón, á
cada rato se le escurrían del pié. Recogióla Pacheco, calzándosela con mil
extremos y zalamerías. La dama entró en su alcoba, y abriendo el armario de
luna empezó á buscar á tientas una toquilla de encaje para ponérsela y que no
la marease aquel pesado. Vuelta estaba de espaldas á la poca luz que venía del
saloncito, cuando sintió que dos brazos la ceñían el cuerpo. En medio de la lluvia
de caricias delirantes que acompañó á demostración tan atrevida, Asís entreoyó
una voz alterada, que repetía con acento serio y trágico:
—¡Te adoro... Me muero, me muero por ti!
Parecía la voz de otro hombre; hasta tenía
ese trémolo penoso que da al acento humano el rugir de las
emociones extraordinarias comprimido en la garganta por la voluntad.
Impresionada, Asís se volvió soltando la toquilla.
—Diego...—tartamudeó llamando así á Pacheco por
primera vez.
—¿Por qué no dices Diego mío, Diego del
alma?—exclamó con fuego el andaluz deshaciéndola entre sus brazos.{137}
—Qué sé yo... Cuando uno habla así... me parece
cosa de novela ó de comedia. Es una ridiculez.
—¡Prueba... prueba... ¡Ay! ¡Cómo lo has
dicho! ¡Diego mío!—prorrumpió él remedando á la señora, al mismo
tiempo que la soltaba casi con igual violencia que la había cogido.—¡Pedazo de
hielo! ¡Vaya unas hembras que se gastan en tu país!... ¡Marusiñas! ¡Reniego de
ellas todas! ¡Que las echen al carro de la basura!
—Mira—dijo la dama tomándolo otra vez á risa—eres
un cómico y un orate... No hay modo de ponerse seria con un tipo como tú. A
ver: aquí está un señorito que ha tenido cuatrocientas novias y dos mil líos
gordos, y ahora se ha prendado de mí como el Petrarca de la señora Laura... De
mí nada más: privilegio exclusivo, patente del Gobierno.
—Tómalo á guasa... Pues es tan verdad como que
ahora te agarro la mano. Yo tuve un millón de devaneos, conformes; pero en
ninguno me pasó lo que ahora. ¡Por éstas, que son cruces! Quebraeros de cabesa
míos, novias y demás, me las encuentro en la calle y no las conozco. A ti... te
dibujaría, si fuese pintor, á obscuras. Tan clavadita te tengo. De aquí á
cincuenta años, cayéndote de vieja, te conocería entre mil viejas más. Otras
historias las seguí por vanidad, por capricho, por golosina, por terquedad, por
matar el tiempo... Me quedaba un rincón aquí, donde no ha puesto el pié nadie,
y tenía yo guardaa la llave de oro para{138} ti,
prenda morena... ¿Qué, lo dudas? Mira, haz un ensayo... Por gusto.
Arrastró á la dama hacia el salón y se recostó en
el diván; tomó la mano de Asís y la colocó extendida sobre el lado izquierdo de
su chaleco. Asís sintió un leve y acompasado vaivén, como de péndulo de reloj.
Pacheco tenía los ojos cerrados.
—Estoy pensando en otras mujeres, chiquilla...
Quieta..., atención, observa bien.
—No late nada fuerte—afirmó la señora.
—Déjate un rato así... Pienso en mi última novia,
una rubia que tenía un talle de lo más fino que se encuentra en el mundo...
¿Ves qué quietecillo está el pájaro? Ahora... dime tú... ¡si puedes! alguna
cosa tierna... Mas que no sea verdá.
Asís discurría una gran terneza y buscaba la
inflexión de voz para pronunciarla. Y al fin salió con esta eterna vulgaridad:
—¡Vida mía!
Bajo la palma de la señora, el corazón de Pacheco,
como espíritu foleto que obedece á un conjuro, rompió en el más agitado baile
que puede ejecutar semejante víscera. Eran saltos de ave azorada que embiste
contra los hierros de su cárcel... El meridional entreabrió las azules pupilas;
su tez tostada había palidecido algún tanto; con extraña prisa se levantó del
sofá y fué derecho al balcón, donde se apoyó como para beber aire y rehacerse
de algún trastorno físico y moral. Asís, inquieta, le siguió y le tocó en el
brazo.{139}
—Ya ves qué majadero soy...—murmuró él volviéndose.
—¿Pero te pasa algo?
—Ná...—El gaditano se apartó del balcón, y viniendo
á sentarse en un puf bajito, y rogando á Asís con la mirada
que ocupase el sillón, apoyó la cabeza, en el regazo de la dama.—Con sólo dos
palabritas que tú me dijiste... Haz favor de no reirte, mona, porque donde me
ves tengo mal genio... y puede que soltase un desatino. Desde que me he
entontecido por ti, estoy echando peor carácter. Calladita la niní... Deje
dormir á su rorro.
Pacheco cruzó el umbral de aquella casa antes de
sonar la media noche. La Diabla no había regresado aún. Cuando el gaditano,
según costumbre hasta entonces infructuosa, se volvió desde la esquina de la
calle mirando hacia los balcones de Asís, pudo distinguir en ellos un bulto
blanco. La señora exponía sus sofocadísimas mejillas al aire fresco de la
noche, y la embriaguez de sus sentidos y el embargo de sus potencias empezaban
á disiparse. Como náufrago arrojado á la costa, que volviendo en si toca con placer
el cinto de oro que tuvo la precaución de ceñirse al sentir que se hundía el
buque, Asís se felicitaba por haber conservado el átomo de razón indispensable
para no acceder á cierta súplica insensata.
—¡Buena la hacíamos! Mañana estaban enterados
vecinos, servicio, portero, sereno, el diablo y su madre. ¡Ay Dios mío!... ¡Me
sigue, me sigue el mareo aquel de la verbena... y lo{140} que
es ahora no hay álcali que me lo quite!... ¡Qué mareo ni qué!... Mareo,
alcohol, insolación... ¡Pretextos, tonterías!... Lo que pasa es que me gusta,
que me va gustando cada día un poco más, que me trastorna con su palabrería...,
y punto redondo. Dice que yo le he dado bebedizos y hierbas... El sí que me va
dando á comer sesos de borrico... y nada, que no me desenredo. Cuando se va,
reflexiono y caigo en la cuenta; pero en viéndole... acabóse, me perdí.
Llegada á este capítulo, la dama se dedicó á
recordar mil pormenores, que reunidos formaban lindo mosaico de gracias y
méritos de su adorador. La pasión con que requebraba; el donaire con que pedía;
la gentileza de su persona; su buen porte, tan libre del menor conato de
gomosería impertinente como de encogimiento provinciano; su rara mezcla de
espontaneidad popular y cortesía hidalga; sus rasgos calaverescos y
humorísticos unidos á cierta hermosa tristeza romántica (conjunto, dicho sea de
paso, que forma el hechizo peculiar de los polos, soleares y
demás canciones andaluzas), eran otros tantos motivos que la dama se alegaba á
sí propia para excusar su debilidad y aquella afición avasalladora que sentía
apoderarse de su alma. Pero al mismo tiempo, considerando otras cosas, se
increpaba ásperamente.
—No darle vueltas: aquí no hay nada superior, ni
siquiera bueno: hay un truhán, un vago, un perdis... Todo eso que me dice de
que sólo á{141} mí... Ardides, trapacerías,
costumbre de engañar, mañitas de calavera. En volviendo la esquina... (Pacheco
acababa de verificar, hacía pocos minutos, tan sencillo movimiento), ya ni se
acuerda de lo que me declama. Estos andaluces nacen actores... Juicio, Asís...
juicio. Para estas tercianas, hija mía, píldoras de camino de hierro... y
extracto de Vigo, mañana y tarde, durante cuatro meses. ¡Bahía de Vigo, cuándo
te veré!
El airecillo de la noche, burlándose de la buena
señora, compuso con sus susurros delicados estas palabras:
—Terronsito e asúcar..., gitana salá.
MUY atareadas estaban la marquesa viuda de
Andrade y su doncella en revisar los mundos, sacos y maletillas, operación
necesaria cuando se va á emprender un viaje. Y mire V. que parece cosa del
mismo enemigo. Siempre en los últimos momentos han de faltar las llaves de los
baúles. Por mucho que uno las coloque en sitio determinado, diciendo para
sí:—En este cajón se queda la llavecita; no olvidar que aquí la puse; le ato á
un estambre colorado, para acordarme mejor; no sea que el día de la marcha salgamos
con que se ha obscurecido,—viene{142} el instante
crítico, la busca uno, y... ¡echarle un galgo! Nada, no parece: venga el
cerrajero, tiznado, sucio, preguntón, insufrible; haga una nueva, y lléveselo
todo la trampa.
Nerviosa y displicente, daba Asís á la Angela estas
quejas. El ajetreo del viaje la ponía de mal humor: ¡son tan cargantes los
preparativos! ¡Qué babel, qué trastorno! Nunca sabe uno lo que conviene llevar
y lo que debe dejarse; cree no necesitar ropa de abrigo, porque al fin se viene
encima la canícula, pero ¡fíese V. de aquel clima gallego, tan inconstante, tan
húmedo, tan lluvioso, que tiene seis temperaturas diferentísimas en cada
veinticuatro horas! Se quedan aquí las prendas en el ropero, muertas de risa, y
allá tirita uno ó tiene que envolverse en mantones como las viejas... Luego,
las fiestecitas, los bailes dichosos de la Pastora, que obligan á ir provisto
de trajes de sociedad, porque si uno se presenta sencillo, de seda cruda, les
choca y se ofenden y critican... Nada, que la última hora es para volverse
loco. ¿A que no se había acordado Angela de pasarse por casa de la Armandina, á
ver si tiene lista la pamela de la niña y el pajazón? ¿Apostemos á que el
impermeable aún está con los mismos botones, que lastiman y en todo se prenden?
¿Y el alcanfor para poner en el abrigo de nutria? ¿Y la pimienta para que no se
apolillase el tapiz de la sala?
Atarugada y dando vueltas de aquí para allí, la
Diabla contestaba lo mejor posible al chaparrón de advertencias, reconvenciones
y preguntas{143} de su señora. La hábil muchacha,
después de los primeros pases, conocía una estocada certera para su ama: si los
preparativos de viaje andaban algo retrasados, era que la señorita aquel año
había dispuesto la marcha un mes antes que de costumbre, por lo menos; también
á ella (la Diabla) se le quedaba sin alistar un vestido de percal, y calzado, y
varias menudencias; ella creía que hasta mediados de Junio, hacia el día de San
Antonio... ¿Cómo se le había de ocurrir que se largaban tan de prisa y
corriendo? La señora contestaba con reprimido suspiro, callaba dos minutos, y
luego, redoblando su gruñir, corría del cuarto-ropero al dormitorio, de la
leonera ó cuarto de los baúles al saloncito, y aun se determinaba á entrar en
la cocina y el comedor, para regañar á Imperfecto que no le había traído á su
gusto papel de seda, bramante, puntas de París, algodón en rama... Imperfecto,
con la boca abierta y la fisonomía estúpida, subía y bajaba cien veces la
escalera haciendo recados: las puntas eran gordas, se precisaban otras más
chiquitas; el algodón no convenía blanco, sino gris: era para rellenar huecos
en ciertos cajones y que no se estropease lo que iba dentro... En una de estas
idas y venidas del criado, la señora cruzaba el pasillo, cuando repicó la
campanilla. Impremeditadamente fué á abrir—cosa que no hacía nunca—y se
encontró cara á cara con su Diego.
El primer movimiento fué de despecho y contrariedad
mal encubierta. ¿Quién contaba con Pacheco á tales horas? (las diez y media de
la{144} mañana). No estaba Asís lo que se llama
hecha un pingo, con traje roto y zapatos viejos, porque ni en una isla desierta
se pondría ella en semejante facha; pero su bata de chiné blanco tenía manchas
y visos obscuros, y aun no sé si alguna telaraña, indicio de la lidia con los
baúles de la leonera; su peinado, revuelto sin arte, con rabos y mechones,
saliendo por aquí y por acullá, parecía obra de peluquería gatuna; y en la
superficie del pelo y del rostro se había depositado un sutil viso polvoriento,
que la señora percibía vagamente al pestañear y al pasarse la lengua por los
labios, y que la impacientaba lo indecible. Y en cambio, el galán venía todo
soplado, con una camisa y un chaleco como el ampo de la nieve, el ojal
guarnecido de fresquísimo clavel, guantes de piel de perro flamantitos, y, en
suma, todas las señales de haberse acicalado mucho. En la mano traía el pretexto
de la visita madrugadora: dos libros medianamente gruesos.
—Las novelas francesas que le prometí...—dijo en
voz alta, después del cambio de saludos, porque la dama le había hecho seña con
el mirar de que había moros en la costa.—Si está V. ocupada, me retiro... Si
no, entraré diez minutos...
—Con mucho gusto... A la sala: el resto de la casa
está imposible... no quiero que se asuste V. del estado en que se encuentra.
Entró Pacheco en la sala; pero por aprisa que
Angela cerrase las puertas de las habitaciones interiores, el gaditano pudo ver
baúles{145} abiertos, con las bandejas fuera, ropa
desparramada, cajas, sacos...
—¿Está V. de mudanza... ó de viaje?—preguntó,
quedándose de pié en medio del saloncito, con voz opaca, pero sin emplear tono
de reconvención ni de queja.
—No...—tartamudeó Asís—tanto como de viaje
precisamente... no. Es que estoy guardando la ropa de invierno, poniéndole
alcanfor... Si uno se descuida, la polilla hace destrozos...
Pacheco se acercó á la dama, y bajando el diapasón,
con las inflexiones dolientes y melancólicas que solía adoptar á veces, dijo:
—A mi no se me engaña, te lo repito. Antes de venir
sabía que te ibas. Tú no me conoces; tú te has creído que me la puedes dar. Aún
no pasaron las ideas por esa cabecita, y ya las he olfateado yo. Siento que
gastes conmigo tapujos. Al fin no te valen, hija mía.
La señora, no acertando á responder nada que
valiese la pena, bajó los ojos, frunció la boca é hizo un mohín de disgusto.
—No amoscarse. Si no me enfado tampoco. La nena mía
es muy dueña de irse adonde quiera. Pero mientras está aquí, ¿por qué me huye?
Ayer me dijiste que no podíamos vernos, por estar tú convidada á comer...
Movidos por el mismo impulso, Asís y Don Diego
miraron en derredor. Las puertas, cerradas; al través de la que comunicaba con
los cuartos interiores, pasaba amortiguado el ruido del ir y venir de la
Diabla. Y sin concertarse,{146} á un mismo tiempo
se acercaron para cruzar mejor esas explicaciones que el corazón adivina antes
de pronunciadas.
—Hazte cargo... Los criados... Es una atrocidad...
Yo nunca tuve de estas... vamos... de estas historias... No sé lo que me pasa.
Por favor te pido...
—¡Bendita sea tu madre, niña!... Si ya lo sé... ¿Te
crees que no me informo yo de los pasos en que anduvo mi reina? Estoy enterao
de que nadie consiguió de ti ni esto. Yo el primerito... ¡Ay! Te deshago...
Rica, gitana... ¡Cielo!
—Chist... La chica... Si pesca... Es más curiosa...
—Un favor te pido no más. Vente á almorsá conmigo.
Que te vienes.
—Estás tocado... Quita... Chist...
—Que te vienes. Palabra, no lo sabrá ni la tierra.
Se arreglará... verás tú.
—¿Pero cómo? ¿Dónde?
—En el campo. Te vienes, te vienes. ¡Ya pronto te
quedas libre de mí!... La despedía. Al reo de muerte se le da, mujer.
¿Cómo cedió y balbució que sí,
prometiendo, si no por la Estigia, por algún otro juramento formidable? ¡Ah!
Aunque la observación ya no resulte nueva, cedió obedeciendo á los dos móviles
que, desde la memorable insolación de San Isidro, guiaban, sin que ella misma
lo notase, su voluntad: dos resortes que podemos llamar de goma el uno y de
acero el otro: el resorte de goma era la debilidad que aplaza, que remite toda
gran resolución hasta{147} que la ampare el recurso
de la fuga; el resorte de acero, todavía chiquitín, menudo como pieza de reloj,
era el sentimiento que así, á la chita callando, aspiraba nada menos que á
tomar plenísima posesión de sus dominios, á engranar en la máquina del
espíritu, para ser su regulador absoluto y dirigir su marcha con soberano
imperio.
Fiado en la palabra solemne de la señora, Pacheco
se marchó, pues no convenía, por ningún estilo, que los viesen salir juntos.
Asís entró en su cuarto á componerse. La Diabla la miraba con su acostumbrada
curiosidad fisgona y aun le disparó tres ó cuatro preguntas pérfidas referentes
á la interrumpida tarea del equipaje.
—¿Se cierra el mundo? ¿Se clavan los cajones? ¿La
señorita quiere que avise á la Central para mañana?
¿Cómo había de responder la señora á
interrogaciones tan impertinentes? Claro que con alguna sequedad y no poco
enfado secreto. Además, otros incidentes concurrían á exasperarla: por culpa
del revoluto del equipaje, ni había cosa con cosa, ni parecía lo más
indispensable de vestir: para dar con unos guantes nuevos tuvo que desbaratar
el baúl más chico: para sacar un sombrero, desclavó dos cajones. Más
peripecias: la hebilla del zapato inglés, descosida: al abrochar el cuerpo del
traje, salta un herrete; al cepillarse los dientes, se rompe el frasco del
elíxir contra el mármol del lavabo...{148}
—¿Almuerza fuera la señorita?—preguntó la
incorregible Diabla.
—Sí... En casa de Inzula.
—¿Ha de venir á buscarla Roque?
—No... Pero le mandas que esté con la berlina allí,
á las siete...
—¿De la tarde?
—¿Había de ser de la mañana? ¡Tienes cosas!...
La Diabla sonrió á espaldas de su señora y se bajó
para estirarla los volantes del vestido y ahuecarla el polisón. Asís piafaba,
pegando taconacitos de impaciencia. ¿El pericón? ¿El gabán gris, por si
refresca? ¿Pañuelo? ¿Dónde se habrá metido el velo de tul? Estos pinguitos
parece que se evaporan... Nunca están en ninguna parte... ¡Ah! Por fin... Loado
sea Dios...
SALVÓ la escalera como pájaro á quien abren el
postigo de su penitenciaría, y con el mismo paso vivo, echó calle abajo hasta
Recoletos. La cita era en aquel sitio señalado donde Pacheco había tirado el
puro: casi frente á la Cibeles. Asís avanzaba protegida por su antucá, pero
bañada y animada por el sol, el sol instigador y cómplice de todo aquel enredo
sin antecedentes, sin finalidad y sin excusa. La dama registró{149} con
los ojos las arboledas, los jardincillos, la entrada de la Carrera y las
perspectivas del Museo, y no vió á nadie. ¿Se habría cansado Diego de esperar?
¡Capaz sería!... De pronto, á sus espaldas, una voz cuchicheó afanosa:
—Allí... entre aquellos árboles... El simón.
Sin que ella respondiese, el gaditano la guió hacia
el destartalado carricoche. Era uno de esos clarens inmundos, con forro de
gutapercha resquebrajado y mal oliente, vidrios embazados y conductor medio
beodo, que zarandean por Madrid adelante la prisa de los negocios ó la
clandestinidad del amor. Asís se metió en él con escrúpulo, pensando que bien
pudiera su galán traerle otro simón menos derrotado. Pacheco, á fin de no
molestarla pasando á la izquierda, subió por la portezuela contraria, y al
subir arrojó al regazo de la dama un objeto... ¡Qué placer! ¡Un ramillete de
rosas, ó mejor dicho un mazo, casi desatado, mojado aún! El recinto se inundó
de frescura.
—¡Huelen tan mal estos condenaos coches!—exclamó el
meridional como excusándose de su galantería. Pero Asís le flechó una ojeada de
gratitud. El indecente vehículo comenzaba á rodar; ya debía de tener órdenes.
—¿Se puede saber á dónde vamos, ó es un secreto?
—A las Ventas del Espíritu Santo.
—¡Las Ventas!—clamó Asís alarmada.—¡Pero si es un
sitio de los más públicos! ¿Vuelta á las andadas? ¿Otro San Isidro tenemos?{150}
—Es sitio público los domingos; los días sueltos
está bastante solitario. Que te calles. ¿Te iba yo á llevar adonde te
encontrases en un bochorno? Antes de convidarte, chiquilla, me he enterado yo
de toas las maneras de almorsá en Madrid... Se puede almorsá en un buen restaurant ó
en cafés finos; pero eso es echar un pregón pa que te vean. Se puede ir á un
colmado de los barrios ó á una pastelería decente y escondía, pero no hay
cuartos aparte; tendrías que almorsá en pública subasta, á la vera de alguna chulapa
ó de algún torero. Fondas, ya supondrás... No quedaban sino las Ventas ó el
puente de Vallecas. Creo que las Ventas es más bonito.
¡Bonito! Asís miró el camino en que entraban.
Dejándose atrás las frondosidades del Retiro y las construcciones coquetonas de
Recoletos, el coche se metía, lento y remolón, por una comarca la más
escuálida, seca y triste que puede imaginarse, á no ser que la comparemos al
cerro de San Isidro. Era tal la diferencia entre la zona del Retiro y aquel
arrabal de Madrid, y se advertía tan de golpe, que mejor que transición parecía
sorpresa escenográfica. Cual mastín que guarda las puertas del limbo, allí estaba
la estatua de Espartero, tan mezquina como el mismo personaje, y la torre
mudéjar de una escuela parecía sostener con ella competencia de mal gusto.
Luego, en primer término, escombros y solares marcados con empalizadas; y allá
en el horizonte, parodia de algún grandioso y feroz anfiteatro romano, la plaza
de toros.{151} En aquel rincón semidesierto—á dos
pasos del corazón de la vida elegante—se habían refugiado edificios
heterogéneos, bien como en ciertas habitaciones de las casas se arrinconan
juntas la silla inservible, la máquina de limpiar cuchillos y las colgaduras
para el día de Corpus; así, después del circo taurino y la escuela, venía una
fábrica de galletas y bizcochos y en pos un barracón con este rótulo: Acreditado
merendero de la Alegría.
Las lontananzas, una desolación. El fielato parecía
viva imagen del estorbo y la importunidad. A su puerta estaba detenido un
borrico cargado de liebres y conejos, y un tío de gorra peluda buscaba en su
cinto los cuartos de la alcabala. Más adelante, en un descampado amarillento,
jugaban á la barra varios de esos salvajes que rodean á la corte lo mismo que
los galos á Roma sitiada. Y seguían los edificios fantásticos: un castillo de
la Edad Media hecho, al parecer, de cartón y cercado de tapias por donde las
francesillas sacaban sus brazos floridos; un parador, tan desmantelado como
teológico (dedicado al Espíritu Santo nada menos); un merendero que se honraba
con la divisa tanto monta, y por último una franja rojiza,
inflamada bajo la reverberación del sol: los hornos de ladrillo. En los
términos más remotos que la vista podía alcanzar, erguía el Guadarrama sus
picos coronados de eternas nieves.
Lo que sorprendió gratamente á Asís fué la ausencia
total de carruajes de lujo en la carretera. Tenía razón Pacheco, por lo visto.
Sólo{152} encontraron un domador que arrastraban
dos preciosas tarbesas; un carromato tirado por innumerable serie de mulas; el
tranvía, que cruzó muy bullanguero y jacarandoso, con sus bancos atestados de
gente; otro simón con tapadillo, de retorno, y un asistente, caballero en el
alazán de su amo. ¡Ah! Un entierro de angelito, una caja blanca y azul que,
tambaleándose sobre el ridículo catafalco del carro, se dirigía hacia la
sacramental sin acompañamiento alguno, inundado de luz solar, como deben de ir
los querubines camino del Empíreo...
Poco hablaron durante el trayecto los amantes.
Llevaban las manos cogidas; Asís respiraba frecuentemente el manojo de rosas y
miraba y remiraba hacia fuera, porque así creía disminuir la gravedad de aquel
contrabando, que en su fuero interno—cosa decidida—llamaba el último,
y por lo mismo le causaba tristeza, sabiéndole á confite que jamás, jamás había
de gustar otra vez.
Llegaron al puente, y detúvose el simón ante el
pintoresco racimo de merenderos, hotelitos y jardines que constituye la parte
nueva de las Ventas.
—¿Qué sitio prefieres? ¿Nos apeamos aquí?—preguntó
Pacheco.
—Aquí... Ese merendero... Tiene trazas de alegre y
limpio—indicó la dama, señalando á uno, cuya entrada por el puente era una
escalera de palo pintada de verde rabioso.
Sobre el frontis del establecimiento podía leerse
este rótulo, en letras descomunales imitando{153} las
de imprenta y sin gazapos ortográficos:—Fonda de la Confianza.—Vinos
y comidas.—Aseo y equidad.—El aspecto era original y curioso. Si no
cabía llamar á aquello los jardines aéreos de Babilonia, cuando menos tenían
que ser los merenderos colgantes. ¡Ingenioso sistema para aprovechar terreno!
Abajo una serie de jardines, mejor dicho, de plantaciones entecas y marchitas,
víctimas de la aridez del suburbio matritense; y encima, sostenidas en
armadijos de postes, las salas de baile, los comedores, las alcobas con
pasillos rodeados de una especie de barandas que comunicaban entre sí las
viviendas. Todo ello—justo es añadirlo para evitar el descrédito de esta Citerea
suspendida—muy enjalbegado, alegre, clarito, flamante, como ropa blanca recién
lavada y tendida á secar al sol, como nido de jilguero colgado en rama de
arbusto.
Un mozo, frisando en los cincuenta, de mandil pero
en mangas de camisa, con cara de mico, muequera, arrugadilla y sardónica, se
adelantó apresurado al divisar á la pareja.
—Almorsá—dijo Pacheco lacónicamente.
—¿Dónde desean los señoritos que se les ponga el
almuerzo?
El gaditano giró la vista alrededor y luego la
convirtió hacia su compañera: ésta había vuelto la cara. Con la agudeza de la
gente de su oficio el mozo comprendió y les sacó del apuro.
—Vengan los señoritos... Les daré un sitio bueno.
Y torciendo á la izquierda, guió por una escalera{154} angosta que sombreaba un grupo de acacias y
castaños de Indias, llevándoles á una especie de antesala descubierta, que
formaba parte de los consabidos corredores aéreos. Abriendo una puertecilla,
hízose á un lado y murmuró con unción:
—Pasen, señoritos, pasen.
La dama experimentó mucho bienestar al encontrarse
en aquella salita. Era pequeña, recogida, misteriosa, con ventanas muy chicas
que cerraban gruesos postigos, y enteramente blanqueada; los muebles vestían
también blanquísimas fundas de calicó. La mesa, en el centro, lucía un mantel
como el armiño; y lo más amable de tanta blancura era que al través de ella se
percibía, se filtraba, por decirlo así, el sol, prestándole un reflejo dorado y
quitándole el aspecto sepulcral de las cosas blancas cuando hace frío y hay
nubes en el cielo. Mientras salía el mozo, el gaditano miró risueño á la
señora.
—Nos han traído al palomar—dijo entre dientes.
Y levantado una cortina nívea que se veía en el
fondo de la reducida estancia, descubrió un recinto más chico aún, ocupado por
un solo mueble, blanco también, más blanco que una azucena...
—Mira el nido—añadió tomando á Asís de la mano y
obligándola á que se asomase.—Gente precavida... Bien se ve que están en todo.
No me sorprende que vivan y se sostengan tantos establecimientos de esta
índole. Aquí la gente{155} no viene un día del año
como á San Isidro; pero digo yo que habrá abonos á turno. ¿Nos abonamos, cacho
de gloria?
No sé cómo acentuó Pacheco esta broma, que en
rigor, dada la situación, no afrentaba; lo cierto es que la señora sintió una
sofoquina... vamos, una sofoquina de esas que están á dos deditos de la llorera
y la congoja. Parecíale que le habían arañado el corazón. La mujer es un
péndulo continuo que oscila entre el instinto natural y la aprendida vergüenza,
y el varón más delicado no acertará á no lastimar alguna vez su invencible
pudor.
AL colarse en el palomar los dos tórtolos, no
lo hicieron sin ser vistos y atentamente examinados por una taifa de gente
humilde, que á la puerta de la cocina del merendero fronterizo se dedicaba á
aderezar un guisote de carnero, puesto, en monumental cazuela, sobre una
hornilla. Es de saber que ambos enseres domésticos los alquilaba el dueño
del restaurant por módica suma en que iba comprendido también
el carbón: en cuanto al carnero y al arroz de añadidura, lo habían traído en
sus delantales las muchachas, que por lo que pueda importar,{156} diremos
que eran operarias de la Fábrica de tabacos.
Capitaneaba la tribu una vieja pitillera, morena,
lista, alegre, más sabidora que Merlín; y dos niñas de ocho y seis años
traveseaban alrededor de la hornilla, empeñadas en que les dejasen cuidar el
guisado, para lo cual se reconocían con superiores aptitudes. Toda esta
gentuza, al pasar la marquesa viuda de Andrade y su cortejo, se comunicó
impresiones con mucho parpadeo y meneo de cabeza, y susurrando á media voz
dichos sentenciosos. Hablaban con el seco y recalcado acento de la plebe
madrileña, que tiene alguna analogía con lo que pudo ser la parla de
Demóstenes, si se le ocurriese escupir á cada frase una de las guijas que
llevaba en la boca.
—Ay... Pus van así como asustaos... Ella es
guapetona, colorá y blanca.
—Valiente perdía será.
—Se ve caa cosa... Hijas, la mar son estos
señorones de rango.
—Puee que sea arguna del Circo. Tié pinta de
franchuta.
—Que no, que este es un belén gordo, de gente de
calidá. Mujer de algún menistro lo menos. ¿Qué vus pensáis? Pus una conocí yo,
casaa con un presonaje de los más superfarolícos... de mucho coche, una casa
como el Palacio Rial... y andaba como caa cuala, con su apaño. ¡Qué líos,
Virgen!
—No, pus muy amartelaos no van.
—¿Te quies callar? Ya samartelarán dentro.{157} Verás tú las ventanas y las puertas atrancás,
como en los pantiones... Pa que el sol no los queme el cutis.
Desmintiendo las profecías de la experta matrona,
los postigos y vidrieras del palomar se abrieron, y asomó la cabeza de la dama,
sin sombrero ya, mirando atentamente hacia el merendero.
—Miala, miala..., la gusta el baile.
En efecto, el corredor aéreo de enfrente ofrecía
curiosa escena coreográfica. Un piano mecánico soltaba, con la regularidad que
hace tan odiosos á estos instrumentos, el duro chorro de sus martilleadoras
tocatas: Cádiz hacía el gasto: paso doble de Cádiz,
tango de Cádiz, coro de majas de Cádiz... y hasta una
veintena de cigarreras, de chiquillas, de fregonas muy repeinadas y con ropa de
domingo, saltaba y brincaba al compás de la música, haciendo á cada zapateta
temblar el merendero... Asís veía pasar y repasar las caras sofocadas, las
toquillas azul y rosa; y aquel brincoteo, aquel tripudio suspendido en el aire,
sin hombres, sin fiesta que lo justificara, parecía efecto teatral, coro de
zarzuela bufa. Asís se imaginó que las muchachas cobraban de los fondistas
algún sueldo por animar el cuadro.
—¡Calla!—secreteó minutos después el grupo dedicado
á vigilar la cazuela del guisote.—¡Pus si también han abierto la puerta!
Chicas... quien que se entere too el mundo.
—Estas tunantas ponen carteles.
El mozo subía y bajaba, atareado.{158}
—Mia lo que los llevan. Tortilla... Jamón... Están
abriendo latas de perdices... ¡Aire!
—No se las cambio por mi rico carnero. A gloria
huele.
—¡Chist!—mandó el mozo imponiéndose á aquellas
cotorras.—Cuidadito... Si oyen... Son gente... ¡uf!
Al expresar la calidad de los huéspedes, el mozo
hizo una mueca indescriptible, mezcla de truhanería y respeto profundo á la
propina que ya olfateaba. La vieja cigarrera, de repente, adoptó cierta
diplomática gravedad.
—Y pué que sean gente tan honrá como Dios Padre. No
sé pa qué ha de condenar una su arma echando malos pensamientos. Serán argunos
novios recién casaos, ú dos hermanos, ú tío y sobrina. Vayasté á saber.
Oigasté, mozo...
Se apartó y secreteó con el mozo un ratito. De esta
conferencia salió un proyecto habilísimo, madurado en breves minutos en el
ardiente y optimista magín de la señá Donata, que así se llamaba la pitillera,
si no mienten las crónicas. Arriba, dama y galán empezaban á despachar los
apetitosos entremeses, las incitantes aceitunas y las sardinillas con su
ajustada túnica de plata. Aunque Pacheco había pedido vinos de lo mejor, la
dama rehusaba hasta probar el Tío Pepe y el amontillado,
porque con sólo ver las botellas, le parecía ya hallarse en la cámara de un
trasatlántico, en los angustiosos minutos que preceden al mareo total. Como la
señora exigía que puertas y ventanas permaneciesen abiertas, el almuerzo{159} no revelaba más que la cordialidad propia de una
luna de miel ya próxima á su cuarto menguante. Pacheco había perdido por
completo su labia meridional, y manifestaba un abatimiento que, al quedar
mediada la botella de Tío Pepe, se convirtió en la tristeza
humorística tan frecuente en él.
—¿Te aburres?—preguntaba la dama á cada vuelta del
mozo.
—Ajogo las peniyas, gitana,—respondía el meridional
apurando otro vaso de jerez, más auténtico que la famosa manzanilla del Santo.
Acababa el mozo de dejar sobre la mesa las perdices
en escabeche, cuando en el marco de la puerta asomó una carita infantil,
colorada, regordeta, boquiabierta, guarnecida de un matorral de rizos
negrísimos. ¡Qué monada de chiquilla! Y estaba allí hecha un pasmarote, si
entro si no entro. Asís la hizo seña con la mano; el pájaro se coló en el nido
sin esperar á que se lo dijesen dos veces. Y las preguntas y los halagos de
cajón:—Eres muy guapa... ¿Cómo te llamas? ¿Vas á la escuela?... Toma pasas...
Cómete esta aceitunita por mí... Prueba el jerez... ¡Huy qué gesto más salado
le pone al vino!... Arriba con él... ¡Borrachilla! ¿Dónde está tu mamá? ¿En qué
trabaja tu padre?
De respuesta, ni sombra. El pajarito abría dos ojos
como dos espuertas, bajaba la cabeza adelantando la frente como hacen los niños
cuando tienen cortedad y al par se encuentran mimados, picaba golosinas y daba
con el talón del pié izquierdo en el empeine del derecho. A{160} los
tres minutos de haberse colado el primer gorrión migajero en el palomar,
apareció otro. El primero representaba cinco años; el segundo, más formal pero
no menos asustadizo, tendría ya ocho lo menos.
—¡Hola! Ahí viene la hermanita...—dijo Asís.—Y se
parecen como dos gotas... La pequeña es más saladilla... pero vaya con los ojos
de la mayor... Señorita, pase V. Esta nos enterará de cómo se llama su padre,
porque á la chiquita le comieron la lengua los ratones.
Permanecía la mayor incrustada en la puerta, seria
y recelosa, como aquel que antes de lanzarse á alguna empresa erizada de
dificultades, vacila y teme. Sus ojazos, que eran realmente árabes por el
tamaño, el fuego y la precoz gravedad, iban de Asís á Diego y á su hermanita:
la chiquilla meditaba, se recogía, buscaba una fórmula, y no daba con ella,
porque había en su corazón cierta salvaje repugnancia á pedir favores, y en su
carácter una indómita fiereza muy en armonía con sus pupilas africanas. Y como
se prolongase la vacilación, acudióle un refuerzo, en figura de la señá Donata,
que con la solicitud y el enojo peor fingidos del mundo, se entró muy resuelta
en el gabinete refunfuñando:
—¡Eh! niñas, corderas, largo, que estáis dando la
gran jaqueca á estos señores... A ver si vus salís afuera, ú sino...
—No molestan...—declaró Asís.—Son más
formalcitas... A esa no hay quien la haga pasar, y la chiquitilla ni abre la
boca.{161}
—Pa comer ya la abren las tunantas...
Pacheco se levantó cortésmente y ofreció silla á la
vieja. El gaditano, que entre gente de su misma esfera social pecaba de
reservado y aun de altanero, se volvía sumamente campechano al acercarse al
pueblo.
—Tome V. asiento... Se va V. á bebé una copita de
jerés á la salú de toos.
¡Oídos que tal oyeron! ¡Señá Donata, fuera temor,
al ataque, ya que te presentan la brecha franca y expedito el rumbo! Y tan
expedito, que Pacheco, desde que la vieja sentó allí el pié, pareció sacudir
sus penosas cavilaciones y recobrar su cháchara, diciendo los mayores desatinos
del mundo. Como que se puso muy formal á solicitar á la honrada matrona,
proponiéndola un paseíto á solas por los tejares. Oía la muy lagarta de la
vieja, y celebraba con carcajadas pueriles, luciendo una dentadura sana y sin mella;
pero al replicar, iba encajando mañosamente aquella misión diplomática que
bullía en su mente fecunda desde media hora antes. Tratábase de que ella, ¿se
hacen ustés cargo? trabajaba en la Frábica de Madrí... y tenía cuatro
nietecicas, de una hija que se murió de la tifusidea, y el padre de gomitar
sangre, así, á golpás..., en dos meses se lo llevó la tierra, ¡señores! que si
se cuenta, mentira parece. Las dos nietecicas mayores, colocaas ya en los
talleres; pero si la suerte la deparase una presona de suposición pa meter un
empeño..., porque en este pícaro mundo, ya es sabío, too va por las amistaes y
las enfluencias de unos y{162} otros...—Llegada á
este punto, la voz de la señá Donata adquiría inflexiones patéticas.—«¡Ay
Virgen de la Paloma! No premita el Señor que ustés sepan lo que es comer y
vestir y calzar cinco enfelices mujeres con tristes ocho ú nueve riales ganaos
á trompicones... Si la señorita, que tenía cara de ser tan complaciente y tan
cabal, conociese por casualidad al Menistro... ó al Menistraor de la
Frábica..., ó al Contaor..., ó algún presonaje de estos que too lo
regüerven..., pa que la chiquilla mayor, Lolilla, entrase de aprendiza
también... ¡Sería una caridá de las grandes, de las mayores! Dos letricas, un
cacho de papel...»
Pacheco respondía á la arenga con mucha guasa,
sacando la cartera, apuntando las señas de al pitillera detenidamente, y
asegurándola que hablaría al Presidente del Consejo, á la infanta Isabel
(íntima amiga suya), al Obispo, al Nuncio... Enredados se hallaban en esta
broma, cuando tras la abuela pedigüeña y las nietecillas mudas, se metieron en
el gabinete las dos chicas mayores.
—Miren mis otras huerfanicas enfelices,—indicó la
señá Donata.
Imposible imaginarse cosa más distinta de la
clásica orfandad enlutada y extenuada que representan pintores y dibujantes al
cultivar el sentimentalismo artístico. Dos mozallonas frescas, sudorosas porque
acababan de bailar, echando alegría y salud á chorros, y saliéndoles la
juventud en rosas á los carrillos y á los labios; para más, alborotadas y
retozonas dándose{163} codazos y pellizcándose para
hacerse reir mutuamente. Viendo á semejantes ninfas, Pacheco abandonó á la señá
Donata, y con el mayor rendimiento se consagró á ellas, encandilado y camelador
como hijo legitimo de Andalucía. Todas las penas ajogadas por
el Tío Pepe se fueron á paseo, y el gaditano, entornando los
ojos, derramando sales por la boca y ceceando como nunca, aseguró á aquellas
principesas del Virginia que desde el punto y hora en que habían entrado, no
tenía él sosiego ni más gusto que comérselas con los ojos.
—¿Vienen ustés de bailar?—les preguntó risueño.
—Pus ya se ve,—contestaron ellas con chulesco
desgarro.
—¿Sin hombres? ¿Sin pareja?
—Ni mardita la falta.
—Pan con pan... Eso es más soso que una calabasa,
prendas. Si me hubiesen ustés llamao...
—¿Que iba usté á venir? Somos poca cosa pa usté.
—¿Poca cosa? Son ustés... dos peasitos del
tersiopelo de que está forraa la bóveda seleste. ¡Ea! ¿echamos ó no ese baile?
Ahora me empeñé yo... ¡A bailar!
Salió como una exhalación; dió la vuelta al pasillo
aéreo; cruzó el puente que á los dos merenderos unía, y en breve, al compás del
horrible piano mecánico, Pacheco bailaba ágilmente con las cigarreras.{164}
ENTRE las condiciones de carácter de la
marquesa viuda de Andrade, y de los gallegos en general, se cuenta cierto don
de encerrar bajo llave toda impresión fuerte. Esto se llama guardarse las
cosas, y si tiene la ventaja de evitar choques, tiene la desventaja de que esas
impresiones archivadas y ocultas se pudren dentro. Cuando el andaluz regresó
después de haber pegado cuatro saltos, enjugándose la frente con su pañuelo y
abanicándose con el hongo, halló á la señora aparentemente tranquila y afable,
ocupada en obsequiar con queso, bizcochos y pasas á las dos gorrioncillas, y
muy atenta á la charla de la vejezuela, que refería por tercera vez las golpás de
sangre causa de la defunción de su yerno. Pero el camarero, que era más fino
que el oro y más largo que la cuaresma, se dió cuenta con rápida intuición de
que aquello no iba por el camino natural de almuerzos
semejantes, y adoptando el aire imponente de un bedel que despeja una cátedra,
intimó á toda la bandada la orden de expulsión.
—¡Ea! bastante han molestado Vds. á los señores. Me
parece regular que se larguen.
—Oigasté... ¡El tío este! Si yo he entrao aquí, fué
porque los señores me lo premitieron, ¿estamos?{165} Yo
soy así, muy franca de mi natural..., y me arrimo aonde veo naturalidá, y
señoritos llanos y buenos mozos, sin despreciar á nadie.
—¡Ole las mujeres principales!—contestó con la
mayor formalidad Pacheco, pagando el requiebro de la señá Donata. La cual no
soltó el sitio hasta que Don Diego y la señora prometieron unánimes acordarse
de su empeño y procurar que Lolilla entrase en los talleres. Las gorrionas se
dejaron besar y se llevaron las manos atestadas de postres, pero ni con tenazas
se les pudo sacar palabra alguna. No piaron hasta que fueron á posarse en el
salón de baile.
El camarero también salió anunciando que «dentro de
un ratito» traería café y licores. Al marcharse encajó bien la puerta, é
inmediatamente los ojos de Pacheco buscaron los de su amiga. La vió de pié,
mirando á las paredes. ¿Qué quería la niña? ¿Eh?
—Un espejo.
—¿Pa qué? Aquí no hay. Los que vienen aquí no se
miran á si mismos. ¿Espejo? Mírate en mí. ¿Pero cómo? ¿Vas á ponerte el
sombrero, chiquilla? ¿Qué te pasa?
—Es por ganar tiempo... Al fin, en tomando el café
hemos de irnos...
El meridional se acercó á Asís, y la contempló cara
á cara, largo rato... La señora esquivaba el examen, poniendo, por decirlo así,
sordina á sus ojos y un velo impalpable de serenidad á sus facciones. La tomó
Pacheco la cintura, y sentándose en el sofá la atrajo{166} hacia
sí. Hablaba y reía y la acariciaba tiernamente.
—¡Ay, ay, ay!... ¿Esas tenemos? Mi niña está
celosa. ¡Celosita, celosita! ¡Celosita de mí la reina del mundo!
Asís se enderezó en el sofá, rechazando á Pacheco.
—Tienes la necedad de que todo lo conviertes en
substancia. La vanidad te parte, hijo mío. Yo no estoy celosa, y si me apuras,
te diré...
—¿Qué? ¿Que me dirás?—prorrumpió Pacheco algo
inmutado y descolorido.
—Que... es algo imposible eso de estar celoso,
cuando...
—¡Ah!—interrumpió el meridional, más que pálido,
lívido, con voz que salía á golpás, según diría la señá Donata.—No
necesitas ponerlo más claro... Enterado, mujer, enterado: si yo adivino antes
que hables. Pa miserables tres horas ó cuatro que nos faltan de estar juntos, y
probablemente serán las últimas que nos hemos de ver en este mundo perro, ya
pudiste callarte y procurar engañarme como hasta aquí... Poco favor te haces,
si viniste aquí no queriéndome algo. Tú te habrás creído que yo me tragaba...
¡Y me llamas necio! Yo seré un vago, un hombre que no sirve para ná, un
tronera, un perdido, lo que gustes; ¡pero necio! Necio yo... ¡y en cuestiones
de faldas! ¡Mire V. que es grande! Pero, ¿qué importa? Llámame lo que
quieras... y óyeme sólo esto, que te voy á decir una verdá que ni tú la sabes,
niña. No me has querío hasta hoy, corriente... Hoy, mas{167} que
digas por tema lo que te dé la gana, me quieres, me requieres, estás enamoraa
de mí... Poquito á poco te ha ido entrando... y así que yo te falte, se te va á
acabar el mundo. Esta es la fija... Ya lo verás, ya lo verás. Y por amor propio
y por soberbia sales con la pata e gallo... ¡Te desdeñas de tener celos de mí!
Bien hecho... Así como así no hay de qué. Boba serías si tuvieses celos. Algún
ratito ha de pasar antes de que yo me pierda por otras mujeres... ¡Maldita sea
hasta la hora en que te vi!... Dispensa, ¡dispensa! No quiero ofenderte,
¿sabes? ahora ni nunca. No sé lo que me digo... Pero digo verdad.
Soltaba esta andanada paseando por el pequeño
recinto, como las fieras en sus jaulas de hierro; unas veces sepultaba las
manos en los bolsillos del pantalón, y otras las desenfundaba para accionar con
violencia. Su rostro, descompuesto por la cólera, perdiendo su expresión
indolente, mejoraba infinito: se acentuaban sus enjutas facciones, temblaba el
bigote dorado, resplandecían los blancos dientes, y los azules ojos se
obscurecían como el agua del Mediterráneo cuando amaga tempestad. El piso
retemblaba bajo sus pasos; diríase que el aéreo nido iba á saltar hecho trizas.
Aquella tormenta de verano, aquella cólera meridional, no cabía en el cuartuco.
Al encajar la puerta el mozo, los amantes se habían
olvidado de que el nido tenía otro boquete, la ventana, abierta por Asís y
dejada en la misma situación durante todo el almuerzo. Y{168} la
ventana justamente miraba al salón de baile, ocupado por parte de la bandada de
gorrionas, entretenidísimas á la sazón en atisbar la riña amorosa, mientras
abajo Lolilla se consagraba al carnero y al arroz.
—Anda..., ella está de morros con él... Está
amoscá.
—Porque bailó con nusotras... Me lo malicié, hijas.
—¡Jesús! Pus no se ha resquemao poco... ¡Qué gesto!
—¡Ay! ¡Miales! El la está haciendo cucamonas pa que
se le pase... ¡Ole!... Hombre, no nos ponga usté el gorro... Siquiera pa
repichonear podían tener la ventana cerrá.
—¿Quién os manda mirar?
—Pa eso tiene una los ojos... ¡Calle!... Pues ella,
en sus trece... Que nones... Las orejas le calienta ahora.
—¡Virgen! ¿Qué cosas le habrá icho, pa que él se
enfade así? Mueve los brazos que paecen aspas de molino... ¿A que le pega?
—¿Que la e pegar, mujer, que la e pegar? Eso á las
probres. A estas pindongas de señoronas, los hombres les rinden el pabellón. Y
eso que cualisquiera de nosotros les pue vender honradez y dicencia. Digo, me
paece...
—No, pus enfadao ya está.
—¿Va que acaba pidiendo perdón como los chiquillos?
¿No lo ije? Miale... más manso que un cordero... Ella na, espetá, secatona...
vuelta á la manía de ponerse el abrigo... Se quie largar... ¡Madre e Dios, lo
que saben estas tunantas!{169} Me lo maneja como á
un fantoche... ¡Qué compungió que está!... ¿A que se pone de rodillas, pa que
le echen la solución? ¡Ay, qué mujer, paece la leona del Retiro! Empeñá en que
me voy... Y se sale con la suya... Mia... ¡Se largan!
La turba se precipitó por la escalera del
merendero. Verdad: Asís se largaba, se largaba. Salía tranquilamente, sin prisa
ni enojo; hasta sonrió á Lolilla, que armada del soplador de mimbres avivaba el
fuego. Con voz serena explicó al mozo, atónito de semejante deserción, que se
les hacía tarde, que no podían aguardar ni un minuto más; que avisase al
cochero, el cual probablemente estaría con el simón por allí, en alguna sombra.
Mientras Pacheco, demudado, con pulso trémulo, buscaba en el portamonedas un billete,
Asís trazaba en el piso rayas con la sombrilla, hasta dibujar una celosía
complicada y menuda. Al terminarla extendió la mano; cogió una ramita florida
de la acacia que sombreaba el merendero y se la sujetó en el pecho con el
imperdible. Acercóse obsequiosa la señá Donata, ofreciendo á sus huérfanas, sus
nietecicas, «pa juntar un ramo de cacias y de mapolas, si á la señorita le
gustan...» Dió Asís las gracias rehusando, porque se marchaba acto continuo, y
acercándose disimuladamente á la vieja le deslizó algo en la mano, recia y
curtida cual la piel del arenque. Acercóse el simón; sin duda el cochero se
había atizado un par de tragos, porque su nariz echaba lumbre, reluciendo al
sol como la película roja{170} que viste á los
pimientos riojanos. La señora tomó por la escalerilla que bajaba desde el
puente; Pacheco la siguió...
—En el coche harán las paces—piaron las gorrionas
mayores.—¿A que sí?
—La fija. En entrando...
Grande fué el asombro de aquellas aves, más
parleras que canoras, viendo que, tras un corto debate al pié de la portezuela,
la señora tendió la mano á Pacheco, éste llevó la suya al sombrero saludando, y
el simón arrancó á paso de tortuga, bamboleándose sobre la polvorosa carretera.
—Pus ella vence... Me lo deja plantadito.
—¿A que él se nos vuelve aquí?—indicó la gorriona
primogénita, alisando con la palma las grandes peteneras de su peinado, untadas
de bandolina.
No volvió el muy... Ni siquiera torció la cabeza
para hacerlas un saludo ó enviarlas una sonrisa de despedida. ¡Fantasioso!
Estuvo pendiente del simón mientras éste no traspuso los hornos de ladrillo;
luego, cabizbajo, echó á andar á pié.
LA buena fe, que debe servir de norma á los
historiadores, así de hechos memorables como de sucesos ínfimos, obliga á
declarar que{171} la marquesa viuda de Andrade se
dedicó asiduamente—desde las dos de la tarde, hora en que llegó á su casa,
hasta cerca de las nueve de la noche—á la faena del arreglo definitivo de su
equipaje, resolviendo la marcha para el siguiente día, sin prórroga. El trajín
fué gordo, y aumentó sus fatigas el desasosiego moral de la señora. Anduvo
hecha un zarandillo; removió hasta el último trasto de la casa; mareó á la
Diabla; aturrulló á los demás criados; y al agitarse así la impulsaban sus
nervios, tirantes como cuerdas de guitarra, al par que sentía una especie de
punzada continua en el corazón, un calor extraño en el epigastrio, un saborete
amargo en la boca. Después de haber comido—por fórmula y sin ganas—pidióle
Angela licencia, ya que era el último día, para decir adiós á su hermana. La
negó en un arranque de cólera; la otorgó dos minutos después. Y así que la
chica batió la puerta, la señora, rendida de cuerpo, más encapotada que nunca
de espíritu, se retiró á su dormitorio... Tenía que poner el S. D. á un
sinnúmero de tarjetas; pero ¡estaba tan molida! ¡de humor tan perro! Además, la
punzadita aquella del corazón se iba convirtiendo en dolor fijo, intolerable...
¿Se aplacaría un poco recostándose en la cama? A ver...
Cerró los ojos, mascando unas hieles que tenía
entre la lengua y el paladar. ¿A qué venían las hieles dichosas? Ella había
obrado bien, mostrándose digna y entera. En realidad, ningún desenlace mejor
para la historia. De un modo ó de otro ello iba á acabarse; era inevitable,{172} inminente; mejor que se acabase así... Porque si
aquella última entrevista fuese muy tierna, qué tristeza y qué... Nada; mejor
así, mejor cien veces. Ella había tenido razón sobrada: una cosa son los celos,
otra el amor propio y el decoro de que nunca está bien prescindir. Y á quién se
le ocurre, allí, en su propia cara, ponerse á bailar con... Veía el salón de
baile aéreo, el brincoteo de las gorrionas, los incidentes del almuerzo... y
las hieles se volvían más amarguitas aún. Cierto que ella fué quien abrió
puertas y ventanas; de todos modos, el proceder de Pacheco... Sí... buen tipo
estaba Pacheco. En viendo una escoba con faldas... ¡Ay infeliz de la mujer que
se fiase de sus exageraciones y sus locuras! ¡Requebrar á las cigarreras así,
delante de...! ¡Y qué fatuo! ¡Pues no había querido convencerla de que estaba
enamorada de él! ¿Enamorada? No, no señor, gracias á Dios... Conservaría, sí,
un recuerdo... un recuerdo de esos que... Allí tenía, en el medallón de oro,
junto al pelo de Maruja, una florecita de la acacia blanca... ¡Qué tontera! Lo
probable es que á Pacheco no volviese á verle nunca más... Y esta punzada del
corazón, ¿qué será? Será enfermedad, ó... Parece que lo aprieta un aro de
hierro... ¡Jesús, qué cavilaciones más insensatas!
Bregando con la imaginación y la memoria, se quedó
traspuesta. No era dormir profundo, sino una especie de somnambulismo, en que
las percepciones de la vida exterior se amalgamaban con el delirio de la
fantasía. No era la pesadilla{173} que causa la
ocupación de estómago, en que tan pronto caemos de altísima torre como volamos
por dilatadas zonas celestes, ni menos el ensueño provocado por la acción del
calor del lecho sobre los lóbulos cerebrales, donde, sin permiso de la honrada
voluntad, se representan imágenes repulsivas... Lo que veía Asís, adormecida ó
mal despierta, puede explicarse en la forma siguiente, aunque en realidad fuese
harto más vago y borroso.
Encontrábase ya en el vagón, con la Diabla
enfrente, la maletita y el lío de mantas en la rejilla, el velo de gasa inglesa
bien ceñido sobre la toca de paja, calzados los guantes de camino, abrochado
hasta el cuello el guardapolvo. El tren adelantaba, unas veces bufando y
pitando, otras con perezoso cuneo, al través de las eternas estepas amarillas,
caldeadas por un sol del trópico. ¡Oh Castilla la fea, la árida, la polvorosa,
la de monótonos aspectos, la de escuetas lontananzas! ¡Oh sombría mole, región
desconsolada del Escorial, qué felicidad perderte de vista! ¡Oh calor, calor
del infierno, cuando acabarás! Asís sentía que el sol, al través de las
cortinas corridas que teñían con viso azul el departamento, se le empapaba en
los sesos como el agua en una esponja, y que en sus venas la sangre se volvía
alquitrán, y la punta de cada filete nervioso una aguja candente, y que los
ojos se le salían de las órbitas, igual que á los gatos cuando los escaldan...
El polvillo de carbón, unido al de los páramos castellanos, entraba en
remolinos ó en ráfagas violentas,{174} cegando,
desvaneciendo, asfixiando. No valía manejar desesperadamente el abanico: como
toda la atmósfera era polvo, polvo levantaba al agitar el aire, y polvo
absorbían los sedientos pulmones.—¡Agua! ¡Agua! ¡Agua por Dios! Angela, va una
botella llena ahí en el cesto...—Revolvía la Diabla el fondo de la
canastilla..., nada: sin duda el agua se había olvidado. ¡Ah! una botella... El
vaso plano... Asís bebía. ¡No es agua, no es agua! Es manzanilla, jerez, brasa
líquida, esas ponzoñas que roban el juicio á las gentes... Venga un río, un río
de mi tierra, para agotarlo de un sorbo... Mientras la señora gemía, el inmenso
foco del sol ardía más implacable, como si estuviesen echándole carbón,
convertidos en fogoneros, los arcángeles y los serafines. Y así atravesaban la
pedregosa tierra de Avila, con sus escuadrones de enormes cantos, y las
llanuras de Palencia, y los severos desiertos de León, y la vieja comarca de la
Maragatería. ¡Que me abraso!... ¡Que me abraso!... ¡Que me muero!...
¡Socorro!...
¡Aah! ¿Qué ocurre? Salimos del país llano...
¡Montes queridos! Cada túnel es una inmersión en la noche, un baño en un pozo;
al volver á la claridad, montañas y más montañas, revestidas de frondosos
castañares, y por cuyas laderas... ¡oh deleite! se despeñan saltando
manantiales, cascaditas, riachuelos, mientras allá abajo, caudaloso y profundo,
corre el Sil... Las mismas rocas sudan humedad; de la bóveda de los túneles
rezuman gotas gordas; el suelo se{175} encharca. Al
principio, Asís revive como el pez restituido á su elemento: su corazón se
dilata, calmase el hervor de su sangre, se aplaca la horrible sed. Pero los
riachuelos van engrosando; los túneles menudean, lóbregos, pantanosos; al
término se divisa un cielo color de panza de burro, muy bajo, en el cual se
acumulan nubes preñadas de agua, que al fin, abriendo su seno, dejan caer,
primero en delgados hilos, luego en cerrada cortina, la lluvia, la eterna
lluvia del Noroeste, plomo derretido y glacial, que solloza escurriendo por los
vidrios. Y aquella lluvia, Asís la siente sobre el corazón, que se lo infiltra,
que se lo reblandece, que se lo ensopa, hasta no poder admitir más líquido,
hasta que, anegado de tristeza, el corazón empieza también á chorrear agua,
primero gota á gota, luego á borbotones, con fúnebre ruido de botella que se
vacía...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . .
Pan, pan. Dos golpes en la puerta de la
alcoba...—¡Jesús!... ¿Quién? ¿Pero dormía ó soñaba ó qué es esto?—Y la señora
palpaba la almohada.—Húmeda, sí... Los ojos... También los ojos... ¡Lágrimas!
¿Quién está?... ¿Quién?
—Yo, amiga Asís... Gabriel Pardo... ¿He venido á
molestar? Por Dios, siga V. con sus preparativos... Me he encontrado á la
chica; me dijo que mañana sin falta salía V. para nuestra tierra... Cuánto
sentiré incomodarla... Me retiro, me retiro.
—Por Dios... De ningún modo... Tome V.{176} asiento... Salgo en seguida... Estaba lavándome
las manos.
Y en efecto, se oía ruido de chapuzón, de
lavaroteo. Pero nos consta que lo que lavaba la señora eran los párpados. Luego
se dió polvos, se compuso el pelo, se arregló los encajes de la gola. Apareció
muy presentable. Pardo había tomado un periódico, creo que La Epoca,
y leía distraído, sin entender: «La dispersión veraniega ha comenzado. Parten
hoy para Biarritz en el expreso, el duque de Albares, las lindas señoritas de
Amézaga...»
Apenas habrían tenido tiempo los dos paisanos para
trocar unas cuantas frases de excusa, cuando se oyó sonar la campanilla y en el
corredor retumbaron pasos fuertes, varoniles. De sofocada, la señora se volvió
pálida: una sonrisa involuntaria y una luz vivísima cruzaron por sus labios y
sus ojos. Pacheco entró, y al verle el comandante Pardo, reprimió el impulso de
pegarse un cachete en el hueso frontal.
—¡Ya pareció aquello! ¡Se despejó la incógnita! ¡Y
decir que no hará dos semanas que se conocieron en casa de Sahagún! ¡Mujeres!!!
El gaditano,—lo mismo que si se propusiese
evidenciar lo que Pardo adivinaba,—apenas se hubo sentado, sacó del bolsillo un
tarjetero de piel inglesa, con monograma de plata, y se lo entregó á Asís,
murmurando cortésmente:
—Marquesa... las señas que V. me pidió que le
trajese. Las señas de la pitillera... ¿no recuerda V.? Puede V. copiarlas, ó
quedarse con{177} el tarjetero, si gusta...
Viéndolo, se acuerda V. más del empeñillo.
¡Ay! Asís trasudaba. Era para volarse. ¡Vaya un
pretexto que daba á su visita nocturna el bueno del gaditano! Si lo quería más
claro Don Gabriel...
Miró al comandante, que se hacía el sueco, tratando
de no ver el tarjetero dichoso. No hay posición más desairada que la de tercero
en concordia, y Don Gabriel, notando la ojeada expresiva que trocaron Pacheco y
Asís, creía estar sentado sobre brasas, tanto le apretaban las ganas de
quitarse de en medio. Pero convenía hacerlo con habilidad y educación. Un
cuarto de hora tardó en preparar la retirada honrosa, echándole el muerto al
Círculo Militar, donde aquella noche había una conferencia muy notable. Los círculos,
ateneos y clubs, serán siempre instituciones benéficas, por lo que se prestan á
encubrir toda escapatoria masculina,—así la del que va en busca de la propia
felicidad, como la del que evita el espectáculo de la ajena,—verbigracia Pardo.
Retrasó el paso al llegar á la esquina de la calle
y se puso á reflexionar acerca del impensado descubrimiento. Raro es que el
amigo de una dama, en caso semejante, no desapruebe la elección.—¡Cómo escogen
las mujeres! En dándoles el puntapié el demonio... Indulgencia, Gabriel; no hay
mujeres, hay humanidad, y la humanidad es así... Esta desazón,
además, se parece un poquito á la envidia y al des... No, hijo, eso sí que no:
despechado no estás: lo que{178} pasa es que ves
claro, mientras tu pobre amiga se ha quedado ciega... ¡Cómo se transformó su
fisonomía al entrar el individuo! La verdad: no la creí capaz de echarse un
amante... y menos ese. O mucho me equivoco ó le ha caído que hacer á la
infeliz. Ese andaluz es uno de los tipos que mejor patentizan la decadencia de
la raza española. ¡Qué provincias las del Mediodía, señor Dios de los
ejércitos! ¡Qué hombre el tal Pachequito! Perezoso, ignorante, sensual, sin
energía ni vigor, juguete de las pasiones, incapaz de trabajar y de servir á su
patria, mujeriego, pendenciero, escéptico á fuerza de indolencia y egoismo,
inútil para fundar una familia, célula ociosa en el organismo social... ¡Hay
tantos así! Y sin embargo, á veces medran, con una apariencia de talento y la
viveza propia del meridional; no tienen fondo, no tienen seriedad, no tienen
palabra, no tienen fe, son malos padres, esposos traidores, ciudadanos
zánganos, y los ve V. encumbrarse y hacer carrera... Así anda ello. Y á las
mujeres... qué diablo, estos hombres les caen en gracia... ¡Eh! dejémonos de
clichés... Asís, que es de otra raza muy distinta, necesita formalidad y
constancia; la compadezco... Bueno es que no se casará; no, casarse no lo creo
posible. De esa madera no se hacen maridos. Como aventura, tendrá sus
encantos... ¡Qué casualidad! Y dirán que no hay coincidencias... ¡Tarjetero,
tarjetero!...
Así meditaba el comandante. ¿Era injusto ó sagaz?
¿Obedecía á su costumbre de analizarlo todo, ó á una puntita de berrinche? Se{179} caló los lentes y se retorció la barba, ¿A dónde
iría?
—Al Círculo Militar, ya que me sirvió de pretexto
para escurrir el bulto. ¡Poco gusto que les habrá dado cuando yo tomé la
puerta!...
Tras esta ingrata reflexión apretó á andar. La
obscuridad de la noche le exaltaba, y ese enlazado grupo, que ve con la
fantasía todo el que sale huyendo de hacer mala obra á dos enamorados, se
empeñaba en flotar, vaporoso é irónico, ante Don Gabriel. Fortuna que este
género de visiones no suele resistir á los efectos anodinos de una conferencia
sobre «Ventajas é inconvenientes del escalafón en los cuerpos facultativos.»
NO entremos en el saloncito de Asís mientras
dure el tiroteo de explicaciones (¡cosa más empalagosa!) sino cuando la pareja
liba la primera miel de las paces (empalagosísima también, pero paciencia). Ni
Pacheco pregunta ya nada acerca de Don Gabriel Pardo y su amistad, ni Asís se
acuerda del baile en el merendero. El gaditano habla al oído de la señora.
—¿Pero tú te creíste que yo no sabía que mañana te
vas? A Diego Pacheco no se la ha pegado ninguna hembra... ¡Niña boba! Esta
mañana{180} ya habías dispuesto la marcha, claro
que sí, y si te viniste á almorsá conmigo, fué que te dí un poquillo de
lástima... Decías tú allá en tus adentros: sólo faltan horas; vamos á complacer
á éste, que tiempo habrá de que estalle la bomba y dejarlo plantao... ¡Y ahora
también piensas en cosas así, muy tristes; en que ya no nos vemos, en que se
acaba el cariñito y las fatigas y el verme y el hablarme!... ¡Ay, chiquilla! Me
quieres tú mucho más de lo que te figuras. No te has tomado el trabajo de echar
la sonda ahí en ese pechito... ¡Tonta! ¡Cómo te acordarás de estos ratos, allá
en tu país, entre aquella gente sosaina! Aquí se queda un hombre que te quería
también un poquitillo... ¡Pobrecita, la nena!
No estaban los amantes abrazados, ni siquiera muy
juntos, pues Pacheco ocupaba el sillón, y el diván Asís. Sólo sus manos,
encendidas por la misma fiebre, se buscaban, y habiéndose encontrado, se
entrelazaban y fundían. Callaron entonces y fué el instante más hermoso. Por el
mudo diálogo de los ojos y por el contacto eléctrico de las palmas, se enviaban
el espíritu en arrobo inefable. Con la nueva y victoriosa dulzura de semejante
comunicación, Asís sentía que se mezclaba un asombro muy grande. Miraba á Pacheco
y creía no haberle visto nunca: descubría en su apostura, en su cara, en sus
ojos, algo sublime, que realmente no existía, pero era positivo entonces para
la señora, pues así sucede en toda revelación, para que resplandezca su orígen{181} superior á la materia inerte y al ciego acaso...
y á Asís se le revelaba entonces el amor. Poco á poco, sin conciencia de sus
actos, acercaba la mano de Diego á su pecho, ansiosa de apretarla contra el
corazón y de calmar así el ahogo suave que le oprimía... Sus pupilas se
humedecieron, su respiración se apresuró, y corrió por sus vértebras misterioso
escalofrío, corriente de aire agitado por las alas del Ideal.
—No estés tan tristón—tartamudeó con blandura
mimosa.
—Sí que estoy triste, prenda. Y es por ti. Estoy de
remate. Estoy hasta enfermo. No sé por dónde ando. Parece que me han dao
cañaso. Es un mal que se me entra por el alma arriba. Si sigo así, guardaré
cama. Después que te vayas la guardaré... Es cosa rara, chiquilla. ¡Válgame
Dios, á lo que llega un hombre!
—Te pones tan lejos... Aquí, cerquita—murmuró la
señora con el tono con que se habla á los niños.
—No..., déjame aquí... Estoy bien. Mira tú que
cosas más raras hace la guilladura cuando entra de verdad. Ni ganas tengo de
acercarme; la manita me basta...
—¿No te gusto?
—No como me gustarían otras. ¡Ah! Ya sabes si tengo
ilusión por ti... Y así y todo..., ahora prefiero callar y no acercarme,
gloria... ¡Ay!... ¿Pero qué es eso? ¿Llora mi niña?
Puede que llorase, en efecto. No debía de ser el
reflejo de la lámpara lo que tanto relucía en su mejilla izquierda... Pacheco
exhaló un suspiro{182} y se puso en pié,
desenclavijando su mano de la de Asís.
—Me voy—pronunció con voz alteradísima ronca,
resuelta.
De un brinco se levantó Asís, echándole los brazos
al cuello y sujetándole.
—No, Diego, que no... ¡Vaya una ocurrencia! ¡Irte
ya! ¡Pues si apenas llegaste! ¿Cómo irte? ¿Tienes que hacer? No, irte no
quiero.
—Niña... El mal camino andarlo pronto. No tengo
ánimos para más. Estoy que con una seda me ahogan. ¿A qué aprovechar unos
minutos? Es la despedida. Yéndome ahora me ahorro alguna pena. Adiós,
querida... Cree que más vale así.
—No, no, no te vas... Por lo mismo que ya es la
última noche... Diego, por Dios, mi vida... Tú quieres sacarme de quicio. No
puede ser.
Pacheco sujetó los brazos de la señora, y mirándola
de hito en hito exclamó con firmeza:
—Piénsalo bien. Si me quedo ahora no me voy en toda
la noche. Reflexiona. No digas después que te pongo en berlina. Te conviene
soltarme. Tú decidirás.
Asís dudó un minuto. Allá dentro percibía, á manera
de inundación que todo lo arrolla, un torrente de pasión desatado. Principios
salvadores, eternos, mal llamados por el comandante clichés; que
regís las horas normales, ¿por qué no resistís mejor el embate de este
formidable torrente? Asís articuló, oyendo su propia voz resonar como la de una
persona extraña:
El plan era absurdo, y sin embargo los medios de
realizarlo se presentaban entonces asequibles, rodados. La Diabla, fuera de
casa, por casualidad feliz; la cocinera lo mismo; cuestión de engañar á
Imperfecto, que era la quinta esencia de la bobería, y á la portera, que
siempre estaba dormitando á tales horas. Para conseguir el apetecido resultado,
combinóse un atrevido plan de entradas y salidas, de pases y repases, que hizo
reir á los dos delincuentes... Y á las doce de la noche las puertas de la casa se
hallaban cerradas, y dentro de ella el contraventor de las pragmáticas sociales
y de las leyes divinas.
Si la cosa no hubiese pasado de aquí, creo
sinceramente, lector amigo, que no merecía la pena, no ya de narrarla, sino
hasta de mencionarla en estos libros de memorias y exámenes de conciencia de la
humanidad, que se llaman novelas. Porque aun siendo el caso tan desatinado y
enorme; aun constituyendo una atrevida infracción de todo lo que no debe, ni
puede infringirse, bien cabe suponer que en las fiebres pasionales tiene algo
de necesario y fatídico, cual en las otras fiebres, la calentura. Pero lo que
me parece verdaderamente digno de tomarse en cuenta, como dato singular y
curioso; lo que quizás convendría analizar sutilmente—si no es preferible
dejarlo sugerido á la imaginación del lector para que lo deduzca y reconstruya
á su modo—es la causa, la génesis y el rápido desarrollo de aquella idea inesperadísima,
que desenlazó precipitada y honrosamente{184} la
historia empezada por tan liviano y censurable modo en la romería del Santo...
¿A cuál de los dos amantes, ó mejor dicho, aunque
la distinción parezca especiosa, de los dos enamorados, se le ocurrió primero
la idea? ¿Fué á él, como único paliativo, heroico, pero infalible,
de su extraña guilladura? ¿Fué á ella, como medio de conciliar el honor con la
pasión, el instinto de rectitud y el respeto al deber que siempre guardara, con
la flaqueza de su voluntad, ya rendida? ¿Fué que esa idea,
profundamente lógica (y en el caso presente tal vez expiatoria), se presenta á
la vuelta del amor, tan fatalmente como sigue á la aurora el mediodía, al
crepúsculo la noche y á la vida la muerte?
Que cada cual lo arregle á su gusto y rastree y
discurra qué caminos siguieron aquellos espíritus para no reparar en
inconvenientes, no recelar de lo futuro, cerrar los ojos á problemas del
porvenir y mandar á paseo las sabias advertencias de la razón, que tiembla de
espanto ante lo irreparable, lo indisoluble, lo que lleva escrito el letrero
medroso:—Para siempre—y avisa que de malos principios rara vez se sacan buenos
fines.—Y reconstruya también á su modo los diálogos en que la idea se
abrió paso, tímida primero, luego clara, imperiosa y terminante, después
triunfadora, agasajada por el amor que, coronado de rosas, empuñando á guisa de
cetro la más aguda y emponzoñada de sus flechas, velaba á la puerta del
aposento, cerrando el paso á profanos disectores.
Por eso, y porque no gusto de hacer mala{185} obra, líbreme Dios de entrar hasta que el sol
alumbra con dorada claridad el saloncito, colándose por la ventana que Asís,
despeinada, alegre, más fresca que el amanecer, abre de par en par, sin recelo
ó más bien con orgullo. ¡Ah! Ahora ya se puede subir. Pacheco está allí
también, y los dos se asoman, juntos, casi enlazados, como si quisiesen quitar
todo sabor clandestino á la entrevista, dar á su amor un baño de claridad
solar, y á la vecindad entera parte de boda... Diríase que los futuros esposos
deseaban cantar un himno á su numen tutelar, el sol, y ofrecerle la primer
plegaria matutina.
—Está el gran día, chichi...—exclamaba Pacheco.—Vas
á tener un viaje...
—¿Y para el tuyo? ¿Hará buen tiempo?
—Lo mismo que ahora. Verás.
—¿Despacharás en ocho ó diez días la ida á Cádiz?
—No que no. Y la aprobación del papá y too. Muerto
está él porque me case y siente la cabeza. Le diré que después de la boda me
presento diputao por Vigo con la ayuda del papá suegro. Verás tú. Para
despabilar un asunto me pinto solo... cuando el asunto me importa, ¿sabes?
—¿Escribirás las veces que prometiste?
—Boba.
—Simplón, monigote, feo.
—Reina de España.
—En Vigo..., ya sabes... formalidad.
—Hasta que el cura...—(Pacheco hizo con la{186} mano derecha un ademán litúrgico muy
significativo.)—Entretanto... me dedicaré á tu chiquilla. ¿Eh? A los dos
días... te la he conquistao. Puede que te deje plantaíta á ti pa casarme con
ella.
Siguieron algunas bromas y ternezas más, que ni
hacen al caso, ni deben figurar aquí en modo alguno. De repente, Diego tomó la
mano derecha de la señora, preguntando:
—¿Te acuerdas tú de una buenaventura que te echaron
en la feria?
E imitando el acento y modales de la gitana,
añadió:
—Una cosa diquelo yo en esta manica, que ha e
suseder mu pronto y nadie saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no
ae ser para má, que ae ser pa satisfasión e toos... Una presonilla está
chalaíta por usté...
El gaditano, siempre presumido, agregó:
—Y usté por ella.
MORRIÑA
A Carmen Almario y Ossorio
de Espinosa
en prenda de antigua amistad
La Autora.
SI el entresuelo que habitan en Madrid doña
Aurora Nogueira de Pardiñas y su hijo único Rogelio no es ni de los menos
obscuros ni de los más espaciosos, tiene en desquite la ventaja inestimable de
encontrarse sito en la calle Ancha de San Bernardo, tan frontero á la
Universidad Central, que, hablando en plata, aquello es vivir en la Universidad
misma. Encajada la señora dentro de su butaca de gutapercha, en el rincón de la
ventana, mientras crece y mengua su labor de
calceta sin mirarla una sola vez, sigue los pasos al adorado chiquillo, y en
cierto modo, salvando la distancia de la calle y calando el espesor de las
paredes, le acompaña hasta el aula misma. Le ve entrar; al salir observa si se
detiene en algún grupo, y con quién charla, y cómo se ríe; conoce á todos los
camaradas, á los amigotes, á los antipáticos,{192} á
los estudiosos, á los holgazanes, á los asiduos, á los que hacen rabona casi
siempre. También está familiarizada con las caras de los profesores, y estudia
su continente y su modo de responder al saludo de los discípulos, sacando de
los signos exteriores importantes consecuencias psicológicas, relacionadas con
el problema de los exámenes.—«¡Ay! Allí viene ya el viejiño Contreras, el de Procedimientos.
¡Qué afable!... ¡Qué cara de santo! Anda despacito el pobre... bien se nota que
padece reuma articular, como yo. ¡Malpecado! Me es simpático por eso. No, y
sobre todo, porque sé que es blando y que le ha de dar á Rogelio un aprobado
como una casa. Ahora sale Ruiz del Monte, tan almidonado y tan engreído. Parece
todo él hecho de una pieza. ¡Pobres de nos! Con éste no valen empeños, ni
influencias, ni... Arre que le han de saber los chicos la asignatura tan bien
como él. Pues para eso, que les deje á ellos la cátedra... y la paga. ¡Ay! Ahí
tenemos al señor de Lastra. Jorobadito es un poco. ¡Qué gracia, las caricaturas
que los muchachos le sacan en clase! Y se pasa de campechano. Ahí está
pegándole palmadas en el hombro á Benito Díaz, el amigacho de Rogelio. Me
parece uno de esos señores que dejan rodar el mundo. Bendito él sea. No sé qué
se saca de disgustar á las familias y crucificar á los pobres rapaces.»
Suspendiendo el soliloquio, la señora se hincaba en
el moño entrecano la aguja de calceta, rascándose los cascos ligeramente. De
pronto la piel floja y rancia de sus mejillas se teñía de{193} rosa
vivo, como si una brisa de juventud le orease las facciones.
—¡Ay! Rogelio.
Salía el estudiante, envuelto en su capa de embozos
de felpa carmesí, con el hongo un tantico ladeado y la mirada fija, desde el
primer momento, en la ventana aquella. Por lo común sonreía; pero á veces,
poniéndose muy formal, llevaba tres dedos al hongo, y estirando el brazo con
movimiento de marioneta, remedaba el saludo de los gomosos en el Retiro.
Contestaba la madre amenazándole con la mano abierta y descuajándose de risa,
cual si fuese nueva una gracia consuetudinaria ya. Después, el muchacho platicaba
tres ó cuatro minutos con algunos condiscípulos; de refilón se metía con el
fosforero, la billetera, el naranjero de la esquina y los dependientes de la
tienda más próxima, acabando por echar un requiebro á las criadas que
charloteaban á la puerta; y al fin subía á su domicilio, esperándole en el
recibimiento doña Aurora. Las primeras frases solían ser por este estilo:
—Mater amabilis... brinda el corporal
sustento al fruto de tu vientre. Traigo un hambre que no la merezco. ¡Aaam! Si
no llega pronto el bisteque, se producirán repugnantes escenas de canibalismo.
—Sí—decía risueña la señora;—ya vendrá todo á parar
en que te comerás dos aceitunas y una hebra de carne. Anda, pistraco, señorito
de la media almendra.
La habitación predilecta de la casa no era ni{194} la sala, siempre abandonada y desierta, ni el
despacho de Rogelio, ni el gabinete de la señora: era el comedor, muy próximo á
la antesalita. Allí estaba el reloj de pared, que consultaba para las horas de
clase Rogelio, perezoso en dar cuerda á su remontuar; allí la mesilla, donde el
cesto de la labor y la media empezada desaparecían bajo números del Madrid
Cómico, de Los Madriles y de todas las Ilustraciones habidas
y por haber; allí el sofá bajo, ancho y cómodo y las vastas poltronas; allí,
sobre el aparador, el reparito del estómago, botella de jerez y bizcochos, ó,
en verano, frutas que el chico gulusmeaba; allí, en una copa, el ramo de lilas
frescas, ó los claveles que se ponía en el ojal; allí el botijón trasudando
agua, y el azucarero, y el frasco del jarabe ferruginoso, y el abanico japonés,
y la novela empezada, con la plegadera entre las hojas, y algún libro de texto,
maltratado, mucho más que por el uso, por el mal humor y displicencia con que lo
cogían y soltaban. Allí, en fin, la chimeneíta, la que funcionaba tan bien, la
que consolaba de las cátedras glaciales y los desmantelados patios y pasillos
del templo de Minerva. ¡Con qué gusto se ponía Rogelio, al llegar de clase, al
canto de la lumbre, sin desembozarse, extendiendo las palmas hechas dos
carámbanos! El calor desentumecía sus tejidos, activaba su empobrecida sangre,
y le daba fuerzas para pedir, entre chistosos regaños y súplicas mimosas, el
almuerzo, sintiendo casi la puntualidad con que se lo servían, porque se le
acababa el{195} tema de sus humoradas y bromas. Aún
no había él cruzado la puerta y ya estaba doña Aurora gritando:
—Fausta... Pepa... Que llega el señorito...
Almorzar por el aire... Niño, el jirope de hierro... ¿Te cuento las gotas
amargas?
—¿Qué mayores amarguras que las de la muerte por
inanición? Usted, fámula encargada del ramo culinario, ¿se puede saber con qué
deleitosos manjares piensa V. calmar hoy el hambre que me roe las entrañas? ¿Me
ha destilado V. ambrosía celestial, néctar extraído del cáliz de las flores...
ó callos y caracoles del Petit Fornos? ¡Sacadme de esta cruel
incertidumbre!
Risas sofocadas en la cocina.
—¡Dénmele de comer á este loco, para que calle!
Sentados ya madre é hijo, contadas las gotas y
tragadas también, venía el sopicaldo humeante, el par de huevos estrellados,
abuñoladitos, y el bisteque, el cual precisamente había de traerse del café
cercano. Sólo así lo comía Rogelio. Por mucho que se esmerase Fausta, la
vizcaína, no conseguía desbancar al cocinero del cafetín. Llegaba el rico
pedazo de vianda medio cruda, encerrado entre dos platos, con sus patatas
sopladas, tierno, jugoso, apetecible. Mientras Rogelio trinchaba preparándose á
despachar las tajaditas, su madre le observaba con inquietud y avidez, lo mismo
que si nunca hubiese visto aquel tipo delicaducho, tan diferente del ideal de
las madres gallegas.{196} Veinte años espigados;
palidez mate; ojos negros y alegres, pero de caído párpado y cárdenas ojeras;
boca de espiritual dibujo y arqueada con finura, un poco amoratada de labios,
con una dedada de bozo; nariz enjuta; pelo lacio y suave, del que suele
llamarse de ratón; cabeza estrecha de sienes, garganta delgada,
nuca con canal, muñecas planas y talle cimbrador, componían una figura no
salida aún de la adolescencia y como detenida en su desarrollo por la clorosis
que produce la vida de invernáculo, donde la planta necesitada de aire bravo y
libre se ahila ó se seca. Así doña Aurora no podía disfrutar momento de
tranquilidad con aquel hijo, si no precisamente enteco, al menos de complexión
flaca y nerviosa, según revelaba su carácter, en que á la alegría propiamente
infantil sucedían sin transición ratos de inexplicable abatimiento. Por eso le
miraba comer, tan ansiosa como si cada buen bocado le cayese á ella en el
estómago después de dos días de ayuno. Con el pensamiento le decía á la
substanciosa carne: «Anda, fortaléceme á ese niño. Dale fibra, dale sangre,
dale huesos. Házmele robustote, varonil, patrón. Que se vuelva un torito...
aunque fuese así, á modo de un bárbaro... no importa, mejor, ¡ojalá! Mira que
no me queda á mi otro cariño en el mundo sino este rapaz tan poca cosa.» Y
agregaba en alta voz:
—Come, hijiño, come, que la carne, carne cría.{197}
DOÑA Aurora tenía su tertulia, y
vespertina—nada menos que un five o’clock, como diría algún
revistero—sólo que sin tea, ni ganas de él; porque caso de ofrecer
algo á los tertulianos, la señora de Pardiñas, muy chapada á la antigua,
optaría por unas buenas magras de jamón, ó cosa análoga. Como los amigos de la
señora sabían que no acostumbraba salir á la calle sino por la mañana, de manto
y arrebujada en su rotonda de pieles, á visitas de confianza ó á compras, y que
las tardes se las pasaba haciendo media en la ventana del comedor, acudían
fielmente, atraídos por la chimenea, las poltronas, la intimidad y el hábito.
El mayor núcleo de relaciones de doña Aurora lo
formaban compañeros de su difunto marido, magistrados, ó como ella decía en
lenguaje profesional, «señores». Algunos, jubilados ya, eran los más constantes
en acudir. Ciertos muebles del comedor teníalos vinculados determinada persona;
la butaca de respaldo ancho se le reservaba á Don Nicanor Candás, el fiscal,
aficionado á arrellanarse; la de gutapercha de asiento blando, á Don Prudencio
Rojas; la de cretona rameada, á la vera de la chimenea, que nadie se la disputase
al patriarca{198} Don Gaspar Febrero; este
venerable sujeto era el alma de la tertulia, el más vivo, rozagante y animoso
de los concurrentes, á pesar de sus ochenta y pico de navidades y su pata coja,
quebrada al saltar de un tranvía. El primer cuarto de hora de conversación
solía consagrarse al estado atmosférico y á la salud; ninguno de los
respetables señores estaba sin alifafes y goteras; algunos eran ya una pura
ruina; y el lamentar achaques y discutir métodos curativos resultaba siempre de
actualidad. Allí se llevaba el alta y baja de los catarros crónicos, de los
dolores artríticos, de los flatos y las acedías de cada quisque, y se
deliberaba, tan solemnemente como en otro tiempo sobre una sentencia, sobre las
ventajas del salicilato y las pastillas pectorales.
Agotada la cuestión sanitaria—todo se
agota—pasaban, casi siempre por iniciativa del señor de Febrero, á tratar otros
asuntos más agradables. No podía sufrir el amable ochentón que se hablase tanto
de botica, recetas y potingues.—«No parece sino que está uno con un pié en el
sepulcro»—decía sonriendo y luciendo su brillante dentadura postiza. La
conversación variaba de rumbo, pero casi nunca versaba sobre temas
contemporáneos. Como gavota ejecutada por una abuela sobre viejo clavicordio,
sonaba allí el anticuado ritornelo de las memorias y de las reminiscencias. Los
diálogos solían empezar así.
—¿Se acuerda V.? Cuando me destinaron á la Gran
Canaria, mandando Narváez...{199}
O de este otro modo:
—¡Que tiempos! Lo menos diez años antes que se
sustanciase la célebre causa Fontanelas... Aún no había nacido mi hijo mayor...
El señor de Febrero les iba á la mano también en
esto de contar tristemente los lustros ya corridos, exclamando con juvenil
viveza:
—Qué, si eso pasó ayer, como quien dice. En la vida
de una nación, nada significan miserables veinticinco ó treinta años.
—Sí; pero en la de un hombre...
—Tampoco en la de un hombre, si Vds. me apuran. A
los cuarenta, á los cincuenta llamo yo la flor de la edad.
—Hable V. por sí... Usted ha descubierto el elíxir
de larga vida. Más fresquito que una lechuga. En cambio, los demás parecemos
zapatillas, y estamos para que nos saquen en un carro al sol.
Con su muleta entre las piernas, Don Gaspar se
reía, y como sacudiese la cabeza, relucían al reflejo del fuego los rizos
argentados de su peluquín. Sentimos tener que pagar tributo á la exactitud
descriptiva, consignando que llevaba peluca y dientes postizos el señor de
Febrero: mas importa añadir que era tanta la verdad de su mentira, que
eclipsaba á lo real, y engañaba al más lince. Revelando exquisito gusto y
consumado arte, el anciano había encargado su peluca del color de la nieve, y
la diadema de ligeros rizos canos que coronaba su frente de marfil era como
majestuosa aureola, bien distinta de la tupida pelambrera con que los viejos{200} verdes se obstinan en reparar el irreparable
ultraje de los años. Asimismo la dentadura, hábilmente contrahecha, algo
desigual y gastada, con una mellita en el lado izquierdo, se la pegaba á
cualquiera. Con aquel pelo tan decorativo; con el rostro escrupulosamente
afeitado, de facciones correctas, muy expresivas aún; con la pulcritud y
dignidad afable de su persona, Don Gaspar recordaba las mejores cabezas del
siglo XVIII, tal como nos las ha conservado la miniatura. Daba pena que no
vistiese chupa de raso bordado. El traje de paño no le caía. Hasta la muleta de
ébano, con almohadón de terciopelo azul, realzaba y completaba la autoridad de
su presencia. A fuer de hombre de otras épocas que ya fenecieron, Don Gaspar,
en cuanto veía mujeres, se encandilaba, y le chorreaban azúcar y miel los
labios: hasta con la misma señora de Pardiñas, enteramente fuera de combate, no
prescindía de sus formas, más que corteses, galantes y rendidas.
A aquel viejo que llevaba tan serena y
elegantemente la vejez, le cosquilleaba en la vanidad de un modo grato oir á
los contertulios, todos cascados, todos asmáticos y catarrosos, todos
ostensiblemente calvos, que le decían en tono de envidia:
—Este Don Gaspar... es mucho cuento. Nos entierra á
cuantos venimos aquí.
Otra satisfacción de amor propio muy grande era la
de probarles la frescura y nitidez de su memoria: y la disfrutaba á menudo,
porque en la tertulia de la señora de Pardiñas se hilaba continuamente{201} el copo de los recuerdos, del cual salía una
hebra de oro, pero oro amortiguado ya, como el de las antiguas casullas. Era la
memoria de Don Gaspar una especie de armario de cedro, donde se guardaban
perfumados, empaquetados, clasificados, íntegros, los sucesos, los nombres, las
fechas y hasta las palabras.—«Este señor de Febrero es una cartilla
vieja»,—solía decir doña Aurora. Cuando se discutía algo, apelábase al
arbitraje de Don Gaspar.—«¿Verdad, señor de Febrero, que la causa Zaldívar, de
Sevilla, se elevó á plenario en el invierno del 56?»—«No, señor, el 57: y por
cierto que ocurrió eso hacia el 15 de Diciembre... digo mal, el 16, cumpleaños
del amigo Don Nicanor Candás.»
—¡Pero, hombre!—exclamaba el aludido cuando llegaba
á enterarse.—¡Reniego hasta de quien hizo su memorión de V.! ¡Pues no va este
maldito gallego á acordarse de la fecha de mi cumpleaños, que yo mismo no me
acuerdo nunca! Los años nadie me los ha de robar, con que no veo la necesidad
de llevarlos por cuenta exacta.
Don Nicanor Candás, fiscal jubilado, asturiano,
malicioso y presumido á fuer de buen ovetense; listo como una pimienta y más
atravesado que una espina, daba mucho que reir á la tertulia metiéndose con el
señor de Febrero, á quien llevaba la contraria por sistema, sin respetar sus
fueros patriarcales y su decanato glorioso. Para mejor marear á su
contrincante, adoptaba Candás un método raro, que no carecía{202} de
chiste. Fingíase sordo como una pared, y llevaba siempre en el bolsillo del
gabán una trompetilla de plata que se introducía en el oído cuando le convenía
responder acorde y rebatir al contrario, y que decía haber olvidado en casa
cuando le daba la gana de contestar yéndose por los cerros sin atender á
razones ajenas. Tal estratagema era de resultado seguro, y conseguía ponerle á
salvo de todos los riesgos de la disputa. En su lenguaje, el señor de Candás
era crudo y ordinario, tanto como Don Gaspar atildado, atento y melifluo, y por
semejante modo de hablar desentonaba en la reunión. Ni era sólo por esto, sino
también porque era el único que prefería las noticias de actualidad á los
recuerdos, el único que vivía con un pié en lo presente, el único que traía á
aquel enmohecido senado una corriente de aire callejero y de vida real. Don
Gaspar, en tono agridulce, le llamaba «nuestro reporter».
La portentosa memoria del ochentón se confundía y
embrollaba al tratarse de sucesos recientes, y Candás, aprovechándose de esta
deficiencia en las admirables facultades del patriarca, siempre estaba
tomándola con él.—«A ver,—decía,—cómo se iba á componer nuestro Don Gasparín
para probar una coartada. Muy fuerte en todo lo que se refiere al ministerio
Calomarde ó á la regencia de Espartero, y no sabe por dónde anduvo esta mañana
misma.» Y remedando la voz de Don Gaspar, añadía: «¿Qué hice yo ayer tarde? Espérense
Vds.. ¿Fuí á casa de Rojas? Me parece que sí... Digo, no, no.{203} Estuve
paseando en Recoletos. Con todo, no se lo juraría á Vds.»
Esta observación cómica relativa al patriarca,
podía hasta cierto punto aplicarse á los demás tertulianos. Diríase que para
ellos no existía lo actual, y sólo lo pretérito tenía vida y realce. Las
noticias del reporter Don Nicanor las comentaban tres minutos, con esa
tendencia pesimista que aflige á la edad senil; después volvían á subir
corriente arriba, engolfándose muy á gusto entre las nieblas de los años
desvanecidos. Quizá en esto influyese, además de la vejez, el carácter que
imprime la magistratura, profesión cuya base son nociones científicas
estratificadas ya, un derecho puramente histórico, en que el espíritu de
innovación es una herejía, y en que se resuelven problemas jurídicos de hoy con
el criterio de la ley romana ó del fuero visigodo. Así es que cabía comparar la
reunión de casa de Pardiñas á una peña inmóvil en medio del mar de la
existencia. No veían los excelentes «señores» que también en la polilla de los
legajos palpitan gérmenes y late el ímpetu renovador: apegados á fórmulas
vanas, creían custodiar un licor sagrado, cuando en sus manos no quedaba ya
sino la ampolla vacía; y, al tratarse de novedades, en el mismo grado de
heterodoxia ponían el uso de la barba, las audiencias de perro chico, el Jurado
y la revisión de códigos.{204}
AQUELLA asamblea de sonámbulos se despertaba y
alborozaba al entrar Rogelio, quien, por las tardes, antes de salir á pié ó en
coche, acostumbraba dejarse ver en la tertulia, riendo mucho de lo que ocurría
en ella, pero sin malicia, con travesura de chico mimado. Habíale puesto de
mote Inútil Club; á Candás, por su calva amarilla y enorme, le
llamaba Laín Calvo; y al afeitado y galante señor de Febrero, Nuño
Rasura. Las criadas repetían por lo bajo estos apodos. La misma señora de
Pardiñas se reía en secreto, aunque aparentaba enfado diciendo al chico:
—Está muy mal que te burles... ¡Tanto como los
pobres señores te quieren!
Sí que le querían. Al aparecer Rogelio, era como si
algún rayo de sol dorado y caliente se deslizase en una de esas habitaciones
cerradas, donde muebles, cortinas, papel y cuadros, han adquirido el desmayado
matiz del polvo y la humedad. Todos los viejos amaban entrañablemente al chico:
el uno le había visto en mantillas; el otro había asistido á su primera
comunión; éste le traía juguetes cuando pasó la escarlatina; aquél, compañero
de Sala é íntimo amigo de su padre, chocheaba recordando los dulces del bautizo...
Si se dejasen llevar del{205} primer impulso, á
pesar de la orla negra que realzaba el arqueado labio superior de Rogelio,
serían capaces de besuquearle los carrillos y traerle caramelos y cacahuetes.
Para ellos era siempre el pequeño, el rapaz: cierto que, por un
fenómeno natural de óptica, los excelentes tertulianos de la señora de Pardiñas
propendían á seguir considerando como niños á los jóvenes, y como jóvenes á los
machuchos. Se les oía decir, verbigracia: «¿Conque se murió Valdivieso? ¡Hombre,
pues si estaba en lo mejor de la edad, si era un chico!» Y necesitaba
intervenir el maligno asturiano, haciendo de la diestra embudo acústico, ó
metiéndose la trompetilla: «¡Caray, caray con los chicos que sueñan Vds.!
Valdivieso no cumplía ya los cincuenta.» «No tanto, no tanto.» «¿Que no tanto?
Y los que mamó y anduvo á gatas.»
Al tratarse de Rogelio, extremaban la manía de no
advertir que el tiempo pasa y hacerse los distraídos cuando suena el reloj.
Cada año que ganaba en la carrera de Derecho, era para ellos un asombro: no le
concebían abogado: quisiéranle deletreando todavía en la escuela. Lo cual no
dejaba de amoscar al estudiante. Al regresar de una excursión de veraneo á San
Sebastián, sucedió que le preguntase con la mejor fe del mundo el señor de
Rojas:
—¿Cómo te habrás divertido, eh? ¡Todo el día
corriendo y jugando por la playa!
Y el chico respondió, sin descubrir el
amostazamiento sino con un mohín de pillería truhanesca:{206}
—¡Vaya! Muchísimo. Hice agujeritos y chocitas con
la arena. ¡Gocé más!
En el fondo, el buen corazón del chico se había
apegado á la colección de honrados vejestorios que frecuentaba su casa. Aquel
mismo señor de Rojas (por ejemplo), le infundía un respeto cariñoso, por su
justificación y rectitud intachable. Si Temis descendiese á este bajo mundo, se
hospedaría en casa del señor de Rojas, y encontraría allí altar y simulacro (de
madera, según Candás). Estricto celador del sentido literal de la ley, Rojas
marchaba por el angosto camino que veía, sin titubear, alta la frente y tranquila
la conciencia. Persuadido de la altísima dignidad de su cargo, cubría las
exigencias del decoro social á costa de una economía y una modestia
inverosímiles de puertas adentro, comprendido y secundado en esta obra heroica
por su mujer. No conocía influencias políticas, ni amistosas, ni de ninguna
especie. Pasaron por sus manos asuntos en que se atravesaban millones, y la
codicia, que no es sino instinto de conservación en forma de adquisividad, ni
resolló siquiera. Por eso el severo nombre de Prudencio Rojas era pronunciado,
ya con veneración, ya con la solapada y disolvente ironía que adopta el vicio
para desacatar á la virtud. El cáustico Don Nicanor llamaba á Rojas fantoche
del Derecho. Decía que todo en él era de palo, la inteligencia y el
carácter; sin ver ó sin querer ver que esta clase de hombres, cuando las leyes
fuesen perfectas dentro de lo humano, podrían, con su firmeza é integridad{207} en aplicarlas, hacer reinar la edad de oro.
Muchas tardes, especialmente si hacía frío riguroso
ó llovía ó nevaba, Rogelio, en vez de salir, se acurrucaba en el rincón del
ancho sofá, y atendía á las soñolientas conversaciones de los viejos. Cuando
podía, trataba de dirigirlas hacia un punto para él muy interesante: nunca se
cansaba de oir hablar de su tierra, Galicia, de donde había salido muy pequeño.
Casi todos los tertulios, ó eran de allí, ó allí habían pasado largas
temporadas desempeñando puestos en la Audiencia de Marineda; y hacíanse lenguas
de la benignidad y salubridad del clima, lo barato y sabroso de los alimentos,
lo tratable y afectuoso de la gente, y la hermosura extraordinaria del país.
—No sé cómo nuestra amable amiga doña Aurora no
lleva allá á este pollo para que conozca su cuna—decía el señor de Febrero
sobando el cojín de la muleta.
—Si siempre estoy proyectándolo—contestaba la
señora—y es de esos planes que tienen desgracia. La verdad, ustedes comprenden
que hasta el día todo se me ha vuelto dificultades y tropiezos.
—Di que eres muy remoloncita, mater
admirabilis—objetaba el hijo.—Por tu gusto serías árbol, para echar raíces
donde te plantasen.
—Lo mismo que te llevo á San Sebastián, á Galicia
te hubiese llevado, niño; pero no fué posible. ¿Crees tú que no me llama á mí
la tierra?{208} Los que allá nacimos... es
tontería; no tenemos más ganas que de volver, ni perdemos nunca la querencia.
—Y los que no nacimos lo mismo—intervino Don
Nicanor Candás, armado de trompetilla.—Ahora daba yo el dedo meñique por
pasarme un año en Marineda; mejor me voy allá que á Oviedo ó á Gijón.
—Pero á mí—prosiguió la señora—siempre se me
descomponía el plan, como si anduviesen en ello las brujas. ¿Tienes gana de
volver á tu país antes de cerrar el ojo? Pues fastídiate, y aguarda hasta que
te caigas de vieja. Verán Vds.:—y contaba por los dedos.—Primero: que la
incompatibilidad. Deje V. su familia, su casa, sus bienes, y váyase V. á rodar
de zeca en meca, con un niño pequeñito y que siempre fué delicado, de Oviedo á
Zaragoza, luego, con lo de la Regencia, á Barcelona, luego al Supremo aquí... Mi
matanza toda era decirle á Pardiñas: jubílate, hombre, jubílate, y volvámonos á
la terriña, á no dejar por ahí nuestros huesos. Para vivir nos sobra con lo
nuestro, y los hijos no son tantos que nos agobien. Pero... como ya saben Vds.
lo que era mi pobre marido, que no es que yo lo diga...
Rumor de simpatía en la asamblea.
—Creía que en seguir la carrera hasta el fin
consistía su obligación... ¡En nombrando al deber! En fin, tenía aquella idea y
era preciso respetarla. Y después, como se puso ya tan malito...
Aquí la voz de la señora se enronquecía algo;{209} llevaba la mano al bolsillo, y se sonaba,
aplicando luego el pañuelo á los ojos.
—De manera—repetía suspirando y encogiéndose de
hombros—que cuando llega la hora... Después, ya saben Vds. cómo me vi con mis
cuñadas, y la de pleitos y de embrollas que me armaron. Creí que nunca me
desenredaba. De allá me escribían los amigos antiguos: «Que vengas, que vengas,
que en un día haces más desde aquí que desde ahí en un año.» ¿Qué quieren Vds.?
Me daba miedo la diligencia. Con este reuma, pensar en embutirme en aquellos
carricoches, que á lo mejor no tenían un cristal para un remedio... Así que se
transigieron bien que mal las cuestiones y se devanó el ovillo de la
testamentaría, cate V. que ponen el tren directo hasta Marineda... Pero ya se
me había enfriado el alma, porque volver allá para encontrarse de esquina con
toda la parentela...
—Mamá, con toda no. Muchos parientes, según tus
mismas noticias, están de nuestra parte.
—Bah... Yo qué sé. En nuestra tierra, rapaz, es
difícil saber quién está por uno y quién en contra. En ese particular he
recibido desengaños atroces. A lo mejor te venden amistad mientras te clavan el
cuchillo hasta el mango. La verdad se ha de decir: por allá no somos así...
francotes y reales, como los castellanos viejos.
—Habla V. como un libro—asentía el señor de Candás,
no desperdiciando la ocasión de sacar las uñas.—El gallego reunirá los méritos
que V. guste; pero á retorcido y escurridizo y{210} falso
no le gana nadie. No contrate V. con él de palabra sólo, carapuche, que no
tienen fe, ó si la tienen es púnica. Cómo será el gallego, que los gitanos no
se atreven á colarse nunca por allí, temerosos de salir engañados.
—¡Cuidadito con insultar á la tierra!—decía
festivamente Rogelio.
—Sí es cosa averiguada. A Galicia no va un gitano.
Más chalanes y más socarrones son ellos que toda la gitanería junta. ¿Y en
litigar? ¡Santo Cristo de mi pueblo! Nacieron pleiteantes. Le envuelven á V.,
home; el aldeano más rudo le da á V. cien vueltas.
—Eso prueba,—alegaba el señor de Febrero—que somos
gente despabilada; no me lo negará V.
El señor de Candás, quitándose del oído el cañuto
de plata á fin de no hacer caso de la observación y despacharse á su gusto,
proseguía:
—Y hay tontines que llaman á los gallegos listos;
yo lo que digo es que son maulas: si fuesen listos no andarían siempre hechos
unos pobretes, comidos de miseria, roídos de envidia, sin salir nunca de pobres
y de quejumbrosos. Son la casta de gente más llorona que he conocido. Todo se
les vuelve pucherines y lamentos.
La tez de marfil del señor de Febrero se encendía
un poco, porque le era imposible habituarse á las malignas descortesías
de Laín Calvo.
—Eso es algo fuerte, señor Don Nicanor; repare V.
que aquí estamos en mayoría los gallegos.{211} ¿Le
gustaría á V. que yo le repitiese ahora aquella vulgaridad de «asturiano, loco,
vano, mal cristiano?»
—Hay—proseguía el fiscal imperturbable—una tanda de
memos en polvo que se alborotan cuando oyen decir esto; pero ello es ya tan
sabido, que de puro sabido se calla. El gallego tiene alguna penetración,
corriente, sobre todo cuando se trata de discurrir maneras de jeringar al
prójimo; y, sin embargo, ni sabe cultivar la industria, ni salir de aquella
escasez en que vive. Le ve V. resignado con su mendrugo de pan de maíz, hecho
un pelele, sin ropa, sin comer carne, sin beber vino una vez en el año... Le ve
V. que con su fama de avispado, á veces parece más alma de cántaro que los
mismos aragoneses. Es tacaño y ahorrará un ochavitu aunque se
lo saque del pellejo con una raspa; pero no tenga V. miedo que discurra para
agenciarse ese ochavo, ni que se anime á trabajar de veras por el aliciente de
un duro. Nada: con tal que no le perturben en su rutina y en su haraganería...
Así ve V. que ahora tienen esa red de ferrocarriles, ¿y para qué les sirve? No
moverán el dedo para atraer á los veraneantes. ¡Aquel agrado, aquella limpieza
de la gente donostiarra!
—A este Don Nicanor hay que matarle ó
dejarle—objetaba furioso Nuño Rasura.—Como no atiende á razones... ¿Dónde está
esa red ferrocarrilera de que habla? ¡Bonita red! Llena de agujeros. ¿Quiere
que todo se haga en un día? Milagros sólo Dios. Todo se andará, con paciencia{212} y tiempo. Mire ya mi Don Nicanor la importancia
que va adquiriendo la bellísima Vigo. Aquel clima tan fresco, aquellas costas y
aquellas rías son la admiración de la prensa. ¡Y aquellas mujeres... mejorando
siempre lo que tenemos delante, pero mi buena amiga también es de allá! ¿Y
aquel pescado tan especial? ¿Qué me dice V. de él?... Amiga queridísima doña
Aurora, yo no he vuelto á comer sardina ni lenguados desde que me vine. Antes
de la caída de O’Donnell, recuerdo que estábamos tomando baños en Marín, y nos
trajeron á la puerta un rodaballo...
Aquí volvía el ochentón á hilar el copo de los
recuerdos, y Rogelio, con el codo en el sofá y en la palma la mejilla,
escuchaba embelesado. Parecíale que estaban contando alguna tradición de
familia. El aposento y la tertulia adquirían aspecto de cariñosa intimidad: la
atmósfera moral y material era templada: el mundo era mullido y acolchado como
el almohadón donde reclinaba su cuerpo. Cada tertuliano era para él, si no un
padre, por lo menos un tío carnal. En derredor suyo reinaba la más dulce
seguridad; y así como en ciertas moradas lujosas se traslucen el ahogo y la
escasez, en aquel comedor modestísimo se transparentaba el bienestar casero, la
más dorada mediocridad que pudo soñar ningún poeta ni apetecer ningún filósofo.
La armonía y la moderación son siempre hermosas, y Rogelio, sin definir esta
belleza que le rodeaba, la sentía y se envolvía en ella como el pájaro en el
plumón de su nido. Y mientras en{213} la chimenea
chisporroteaba la leña ardiendo, y de la cocina venía amortiguado el repique
del almirez, y discutían los viejos y la madre activaba las agujas de su media,
el muchacho, sumido en vaga contemplación, fantaseaba cómo sería aquel país
bonito, aquella Galicia verde, llena de agua, de flores y de muchachas mimosas.
LA calle enterita, tiendas, puestos
ambulantes, criadas y vecindad, conocía á Rogelio: como suele decirse, todo el
mundo le debía un cuarto. Eranle familiares los establecimientos, ó, mejor
dicho, humildes tenduchos de loza, ultramarinos, novedades, cordelería y
periódicos, que se incrustan entre las viejas é imponentes casas solariegas de
la calle Ancha, animada por la concurrencia de los estudiantes y por el ascenso
y descenso de los tranvías.
Pero con quien la emprendía Rogelio más á menudo,
era con los cocheros simones, de los cuales existe un puesto en la plazuela de
Santo Domingo. Rara vez salía de casa doña Aurora que el reuma ó el frío ó el
calor no la determinasen á enviar por uno de aquellos vehículos tan
destartalados y feos, pero tan cómodos y accesibles; ella les llamaba
enfáticamente «sus{214} trenes», y aseguraba riendo
que siempre tenía el coche enganchado y á la puerta, con un cochero tan
puntual, que no se hacía esperar una vez sola. Rogelio, á fuer de hijo único y
rico, se permitía otros lujos, y su madre le pagaba la pensión de dos
caballitos moscas y el alquiler de un milor flamante en casa del alquilador
Agustín Cuero, para que los días festivos bajase al Retiro ó adonde le diese la
gana (no consintiéndole caballo de silla por temor á un lance peligroso). Pero
á la señora primero la matarían que usar de aquel tronco juguete: que la
dejasen con sus pacíficos simones; á no ser algún día, por decoro y para hacer
visitas, maldito lo que le importaba la farsa de que el coche estuviese más
barnizado y el cochero llevase guantes y unas zaleas de carnero por los
hombros. Con el uso frecuente y las razonables propinas, todo el personal
cocheril de la plaza estaba á devoción de doña Aurora, y muy prendado de la
buena sombra del señorito. Este no les dejaba vivir, máxime á sus paisanos, los
gallegos, con quienes la tenía siempre armada. Decíales mil disparates acerca
de su tierra; les tarareaba la muiñeira; les hablaba con la u, á
guisa de sirviente de comedia de Ayala; y si por milagro llegaban á amoscarse,
les decía:
—Auriga veloz, yo también soy galleguiño, maruso,
de pralá.
A lo cual solían ellos responder:
—¡Qué señorito tan pavero!
Cuando venía á comprometer á alguno porque lo
necesitaba su madre, desde una legua{215} que le
viesen ya estaban riéndose y bajando la alquila. Y él solía entrar en escena
dirigiéndoles retahilas semejantes:
—Automedonte alígero, vapulea á tu fogoso corcel
para que se beba la distancia hasta mi encantado palacio. Ya el generoso bridón
tasca impaciente el dorado freno. ¿No ves cual le rocía de cándida espuma?
Buloniu, ¿en qué estabas pensando que no me veías de venir?
—Señorito... estaba á leer La
Correspondencia.
—¡La Correspondencia! ¿Qué profieren
tus sacrílegos labios? ¡La Correspondencia! ¡Rabo de Satanás!
¡Una hoja revolucionaria, anárquica y nihilista! Arroja pronto ese veneno,
antes de apropincuarte á la mansión honrada de los pacíficos ciudadanos.
¡Acude, corre, vuela, simón! ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Anda, burrachu,
demagogo!
Cuanto mayores extravagancias ensartase, más se
reían los cocheros.
Una mañana salió Rogelio, ya embozado en su capita
hasta los ojos, pues las postrimerías de Octubre tenían la atmósfera en punto
de sorbete, aunque el alegre sol madrileño brillase en todo su esplendor.
Tratábase como siempre de buscar un cochecillo para doña Aurora. Al llegar á la
esquina de la plazuela, divisó á uno de sus trenes predilectos: una berlina
algo menos indecente, con forro de sagrén avellana no tan mugriento y sobado
como el de la mayor parte de estos vehículos. El cochero, rubio, gordo, coloradote,
atendía por Martín y era{216} gallego. Rogelio
venía llamándole con señas y gritos:
—¡Martín, el de la capa! ¡Ah de la imperial
carroza!
Hablaba el simón con una mujer cuyo rostro no podía
ver el estudiante; pero á la voz de éste se volvió, y Rogelio hubo de notar que
era moza, no mal parecida, de aspecto humilde y vestida de luto.
—¡Señorito, qué cuaselidá!—exclamó Martín al
conocer á Rogelio.—Esta joven (el cochero pronunciaba joven con g)
viene en busca de la casa del señorito, y me preguntaba el camino ahora. Es
paisana nuestra. Trae una carta...
—¿Quiere V. dejarme ver el sobre?—indicó el
estudiante, que al dirigirse á la muchacha varió enteramente de modales y de
tono.
La muchacha alargó el billete, que lo era, y bien
chico.
—¡Calle! Es para mamá. Véngase V. conmigo; yo le
enseñaré la casa. Tú, simón, sigue nuestra resplandeciente estela con tu
carroza imperial, tirada por ese lánguido cisne.
—Dios se lo pague, señorito—dijo la muchacha con
voz bien timbrada y dulce, y acento cantarín, como suelen tenerlo las gallegas
ribereñas.—No necesita molestarse. Ya veo desde aquí el portal de la casa, que
el cochero me lo señaló.
—Si yo también llevo ese camino. Ningún trabajo me
cuesta.
Sin otra discusión, la muchacha rompió á andar, y
Rogelio, por instinto, se colocó á su{217} izquierda,
como haría con una dama. A los diez pasos le pesaba ya de su galantería. En
primer lugar, menuda chacota le arrimarían sus compañeros si acertaban á
encontrarle acompañando tan cortés á una individua de pañuelo á la cabeza y
saya lisa de merino. En segundo, Rogelio atravesaba esa edad en que un chico
criado algo falderamente, en la casta atmósfera maternal, no puede evitar una
impresión de cortedad penosa cuando trata con mujeres desconocidas aún. Cierto
que las de condición inferior no le atarugaban tanto: las señoritas eran su
muerte: siempre creía que se burlaban de él, que cuanto le decían era pura
matraca, que no hacían sino tomarle el pelo, gozarse en su confusión y
comentarla luego á solas, con maliciosa y despiadada ironía; pero ahora, al
lado de la muchacha vestida de luto, experimentaba la misma turbación, porque,
á pesar de su pobre traje, no tenía pinta de lo que se entiende por mujer
ordinaria. «¿La diré algo? ¿Se reirá de mí? Más se reirá si me quedo mudo. No,
la palabra hay que dirigírsela». Entonces se le ocurrió preguntar con suma
formalidad:
—¿Quién le envía á mamá esa carta? ¿Lo sabe V.?
—Sé; sí, señor. ¿No he de saber? Las señoritas del
general Romera. ¿No las conoce?
—¡Vaya si las conozco! El general Romera fué amigo
de papá. Hace tiempo que no las vemos.
—Estuvo malita doña Pascuala, la mayor.{218} Tuvo una cosa que le dicen enginas
inflamadas. ¡Ay! Muy mala estuvo.
—Y ahora, ¿sigue mejor?—interrogó Rogelio por
seguir hablando, aunque las anginas de doña Pascuala no le quitaban el sueño.
—Ya sanó de todo. Pues si no sanase, tampoco me
marchaba yo de junta ella.
—¿Estaba V.... allí?—(Rogelio no se atrevió á
decir sirviendo.)
—Sí, señor, desde que vine de allá.
—¿Conque galleguita?
—No tengo por qué negarlo.
—Ni yo tampoco, caramba.
—No, señor, por cierto. Es una tierra muy buena,
mejor que la de Madrí y la de todo el mundo.
Rogelio sonrió, agradado del patriotismo de la
muchacha, y comenzando á sentirse bien con ella, porque le parecía incapaz de
burlarse de nadie. Estaban próximos á la casa: Martín, que se había adelantado,
paraba su jamelgo, operación más fácil que la de obligarle á salir al trote, y,
desde el portal, doña Aurora hacía señas á su hijo.
—Mamá, aquí te traen una amorosa epístola.
—¿Esta chica?
—Sí, señora... De las señoritas de Romera.{219}
—A ver, venga. Puede que sea cosa de despachar acto
continuo.
Pero apenas hubo roto el sobre, la señora se echó á
reir.
—¡Qué chiflada estoy! Sin mis gafas... Rapaz, lee
tú.
Desplegó Rogelio la misiva, y ahuecando la voz,
comenzó así:
—«Alta y poderosa y sobajada señora; si la vuestra
fermosura...»
—Mira, niño, lee formal, que aquí corre un frío de
los diablos y con el reuma mis caderas no están para músicas.
En tono natural leyó Rogelio:
«Nuestra más distinguida amiga: La dadora,
Esclavitud Lamas, manifestará á V. el favor que pide. Nosotras sólo podemos
atestiguar que todo el tiempo que estuvo en esta casa, observó ejemplar
conducta, sin faltar nunca á su obligación; tanto, que su marcha nos deja muy
disgustadas, por no tener queja ninguna de ella, al contrario.
«Quedan de V. afectísimas sus antiguas amigas,
«Pascuala y Mercedes Romera.»
—¿No dice más, hijo?
—Trae una posdata tonta. No la leo, ea.
—¿Una posdata tonta?
—Sí; que por qué no me dejo ver, que ya estaré
hecho un buen mozo... Las bobadas de cajón.
—Te lo estoy diciendo siempre, rapaz,—exclamó{220} la madre con viveza.—Nunca subes diez minutos á
casa de esas pobres señoras que te quieren tantísimo. Como que te han conocido
así, hecho un muñeco. Pensarán que es culpa mía. Pues bastantes veces te hablo
de ellas. ¡Pascuala y Mercedes! Si tú no vas iré yo.
—¡Pero, mater terribilis, si en cuanto
piso aquella antesala me entra un sueño... y no hago sino bostezar!
—Pues son unas santas.
—¡Amén; yo no les quito su santidad; sólo digo que
son tan pesaditas, tan patosas! Hablan á dúo como los alemanes de La
Diva, «Rogelito, ¿qué tal la mamá? ¿Y los estudios?»—Al decir, así imitaba
la voz cascada y el acento malagueño de las solteronas.
—Valiente pinturero estás tú,—murmuró la señora
reprimiendo la risa.—No sé por qué te han de dar sueño Pascuala y Mercedes.
—Insondables enigmas del corazón humano. Arcanos
profundos. En aquella dimora casta è pura flota en la
atmósfera un beleño letal.
—¡Farsante!
Mientras duraba esta escaramuza entre la madre y el
hijo, la muchacha esperaba inmóvil, sin levantar los ojos del suelo. Doña
Aurora se hizo cargo y se encaró con ella.
—Hija, dispense V. Aquí dice que V. me explicará el
objeto de su venida. ¿Quiere subir?
—No, señora... Por mí no se moleste. Aquí mismo...
—A ver, no tenga V. reparo. ¿Alguna recomendación?{221}
—Recomendación, no, señora. Es que yo quiero entrar
á servir en casa de V.... ó de otra familia gallega,—añadió después de una
pausa.
Doña Aurora miró fijamente á la postulante, y creyó
advertir que se ruborizaba un poco.
—¿Usted... no estaba contenta con las señoritas de
Romera, según eso?
—Sí, señora; por contenta sí... y me parece que
ellas también conmigo; ya lo ve por la carta que me dieron. Por lo que es de
las señoritas, estaría yo en la santa gloria, que son muy buenísimas, no
despreciando: Dios las florezca. Sólo que á las veces... hay personas buenas y
no se hace uno con ellas. Esas señoritas son de allá de Málaga, en tierra de
Andalucía, y tienen unas costumbres y unas comidas que yo no las entiendo.
Hasta el habla suya es atravesada para mí. Cuando me mandan hacer una cosa y no
comprendo, me quedo como si me leyesen la sentencia de muerte. Y luego, señora,
la verdad por delante: el no estar entre gente de su tierra, ni oir mentarla
nunca, le pone á uno el corazón muy negro. Por la metá de soldada y con doble
de trabajo, quiero servir á una persona del país.
Lo dijo con tal persuasión, que se aumentó la
benevolencia de doña Aurora, prendada ya del porte decente y honesto de la
muchacha, tan distinto del desgarro que gastan las Menegildas madrileñas.
Sólo que no veía claro aún en la historia: allí debía de haber algún
intríngulis. Delante de la puerta, el simón chupaba su papelito, mientras el
jamelgo bajaba la cabeza{222} y estiraba los
belfos, soñando con pienso abundante y prados deleitosos.
—Hija—advirtió la señora—yo voy á sentarme en el
coche. Como no tengo sus años, me pesa el cuerpo y las piernas me bailan. De no
subir, el coche sea conmigo.
La galleguita la ayudó á colocarse, y desde dentro,
doña Aurora preguntó:
—Diga... Y estando V. tan pegada á la tierra, ¿cómo
se vino de allá?
¡Ah! de esta vez no cabía duda: fué rubor, y rubor
encendidísimo, el que tiñó los pómulos de la sirviente. Y al contestar—se
necesitaba ser sordo, y sordo verdadero, para no percibirlo—tartamudeaba, sobre
todo en las primeras frases.
—A las veces... tiene uno... que hacer aquello que
menos le está pidiendo el corazón, señora... Somos hijos de la suerte. A mí me
criara mi tío, el cura de Vimieiro. Dispuso el Señor de llevárselo; quedé sin
arrimo. Para comer pan hay que trabajar. Era reina en mi casa; ahora sirvo.
Alabado sea Dios, y nunca nos falten las manos y la salud.
—¿Cómo no entró V. á servir allá?—insistió la
señora, que sobre una pista era más fina que el mejor sabueso. Y que la pista
existía, no pudo dudarlo al ver que ya no era rubor, sino llamaradas de fuego,
lo que pasó por el rostro de Esclavitud.
—No... no se me proporcionó—respondió con acento
ahogado.—Luego, como allí todos me conocían, me daba vergüenza.{223}
Doña Aurora Pardiñas recapacitó cosa de dos
minutos, y endulzando el tono para suavizar lo áspero de la idea.
—Vamos á ver... Quien la recomienda á V. son las
señoritas de Romera, que... que la conocen sólo del tiempo que estuvo en su
casa. ¿No es eso? Pues sería conveniente... V. se hará cargo de ello... que
tuviese aquí otras personas de allá, del país, para responder.
La muchacha titubeó un instante, y resolviéndose al
fin, contestó:
—Me conocen el señorito Gabriel Pardo de la Lage y
también la hermana.
—¿Rita Pardo? ¿La casada con el ingeniero? Pues si
la trato mucho. ¿Y dice V. que la conoce?
No contestó la chica sino alzando la mano y el
hombro como para expresar: «¡Bah! Desde que nací.»
—Bien...—murmuró la señora.—Francamente, hija,
siento que deje V. á las de Romera. Mejor casa y mejores señoritas...
—No niego eso—replicó Esclavitud con mayor energía
si cabe;—solamente que ya le he contado la verdad, señora, como si estuviese
hablando con mi difunta madre ó con el confesor. Pegó conmigo la morriña, y si
no salgo creo que se me revuelve la cabeza ó me voy derecha á la sepultura. Yo
no comía. Yo me metía á cavilar por los rincones. Yo me fuí quedando morena,
morena, y tan flaca, que la ropa se me cae. Yo de noche tenía unos aflictos
como si me atasen una soga al pescuezo tirando mucho. Con esto{224} y
con todo me daba empacho descubrirme á mis señoritas. Lo conocieron ellas, y
fueron las primeras en aconsejarme que, de no volverme á la tierra, que me
metiese en alguna casa de gente de allá. «Hija, estás tan desmejorá que pareces
otra». Mismo así me dijeron.
Al hacer esta narración, la barbilla de Esclavitud
temblaba como la de los niños cuando reprimen la emoción que precede al llanto.
Los ojos no se veían, porque los bajaba, según costumbre.
—Serénese—ordenó afectuosamente la señora. Iba
entrándole una simpatía irresistible por aquella muchacha, de porte tan modesto
y de corazón al parecer tan sensible. ¡Qué poco se parecía á las descocadas de
Madrid, á las charranas de los barrios, chulapas sin pudor que no pueden estar
en una casa decente! Justamente no hacía hora y media que la Pepa, la doncella,
por un quítame allá ese polvo, se había desvergonzado poniéndose como una
verdulera. Esta galleguita podría haber tenido... qué sé yo... cualquier desliz...
porque lo de la escapatoria de su tierra no resultaba claro; pero el tipo era
tan... vamos, tan de mujer de bien... Sabe Dios lo que le habría sucedido á la
pobrecilla.
—Mire—declaró adelantando la cabeza por la
portezuela—lo que es ahora mismo no le puedo contestar fijamente si la tomo ó
no. Dése V. una vuelta mañana á estas mismas horas, y llame en el entresuelo.
Me alegraría de que... pero hay que pensarlo. Si yo no pudiese, haré por{225} descubrir alguna casa gallega... Dígame V. las
condiciones, por si otra persona quisiese saber...
Esclavitud arrollaba entre las yemas del pulgar y
el índice un pico del pañuelo de seda negra.
—Dios se lo pague. Por la soldada tanto me da un
duro más como un duro menos. Al trabajo no le pongo mala cara. De cocinera no
voy porque no sé estos guisos finos que se estilan ahora; sé las comidas de la
tierra, así, sencillas. En lo demás me parece que daré gusto, lo mismo en
limpiar, que en el repaso, que en la plancha. Lo que le pido es que en la casa
que me busque, no haya... vamos... hombres que...
—¡Ya, ya!...—atajó doña Aurora. Y añadió
bromeando:—Pero y entonces ¿cómo pretende V. mi casa? ¿No ha visto V. que en
ella hay un hombre?
Señaló á Rogelio, que repuesto de su cortedad con
la presencia de su madre, consideraba á la chica, reclinado en la portezuela
del simón. Esclavitud siguió la dirección de la mano de la señora; por primera
vez sus ojos, verdes, cambiantes, de mirada cándida, se fijaron en el
estudiante: luego pronunció risueña:
—¿Este señorito es su hijo? Por muchos años... Dios
se lo conserve. Este no es de los hombres que yo decía. Por ahora es un rapaz.
Demudóse Rogelio como si le hubiesen dirigido el
más atroz insulto. Para disimular quiso reir, y la risa se le atascó en la
garganta. Preciso es consignarlo: hasta sintió como el ardor de una lágrima en
los ojos. Fué uno de esos instantes{226} de rabia
insensata y profunda, que alguna vez ha de sufrir el varón cuya infancia se
prolonga más de lo justo; instantes en los cuales se apetece, como el mayor
bien, poseer el amargo tesoro de la experiencia: dolores, desengaños,
tribulaciones, luchas, enfermedades, canas, arrugas en el rostro, fracasos,
traiciones de la amistad y del amor... todo, todo á trueque de oir la palabra
reveladora, de gustar el fruto del bien y del mal, la eterna manzana dorada por
un lado y sangrienta por otro. Todo por llenar el destino humano; todo por
recorrer el ciclo de la vida.
CUANDO arrancó á andar el simón, la señora
gritó á su hijo, que iba en el pescante: «Da las señas de Rita Pardo.» Rogelio
obedeció, pero así que llegaron á la fea calle del Pez, donde vivía la señora
del ingeniero, saltó á abrir la portezuela y dijo:
—No subo. Para esos informes que vas á tomar no me
necesitas.
—¿Y á dónde te vas ahora?
—Por ahí,—respondió no sin alguna sequedad el
estudiante, echando á andar y haciendo á su madre con la mano esa señal de
despedida del hombre que se emancipa, algo semejante al{227} nervioso
aleteo del pájaro cuando le abren la jaula. Sin dar otra explicación, y
embozándose más ceñido, desapareció en la revuelta de la primer esquina. La
madre le siguió con los ojos mientras pudo: después suspiró y sonrió á medias.
—Algún día ha de ser...,—pensaba.—Está en una edad
en que no se puede tirar de la cuerda mucho. Por supuesto que á mí no me la
pega el pobriño: esto es un puro alarde de independencia: mirará cuatro
escaparates, comprará seis ú ocho periódicos, dará unas vueltas con algún amigo
que encuentre... y á su farmacia en seguida. Yo, si le viese fuerte, robusto,
hecho un brutazo... otros á su edad tienen cada espalda y cada barbota negra
que parece un tojal... El es así, tan finito, tan poquita cosa... Sácamele adelante,
Virgen de los Remedios.
Las inquietudes maternales se apaciguaron cuando la
señora, soltando el pasamano de la escalera, agarró el cordón de la campanilla
para llamar en el tercer piso efectivo, con honores de principal, de Rita
Pardo. Salió á abrir una niña como de once ó doce años, pálida, ojinegra, mal
atusada y peor vestida, que en cuanto vió visita se escapó corriendo y
gritando:
—¡Mamá! ¡mamá! La señora de Pardiñas.
—Que pase á la sala... voy
inmediatamente...—respondió desde alguna oficina interior, cocina ó despensa,
una voz de mujer. Doña Aurora, sin esperar el permiso, se dirigía ya al salón,
modelo cumplido de la cursilería mesocrática, rebosando pretensiones y sin un
solo mueble{228} sólido ni artístico. Había dos ó
tres sillas de felpa de colores variados, una étagère con
estatuitas de fundición, cacharros vulgares, y algún objeto de plata, sin
ningún mérito, que sólo por ser de plata estaba allí; una alfombra de moqueta
mal barrida; dos retratos al óleo del señor y de la señora, en óvalo, con traje
dominguero, y otras ridiculeces semejantes. Conocíase que la sala se ventilaba
y aseaba poco, y la alfombra daba evidentes indicios de haber en la casa
criaturas menores.
Al cabo de diez minutos, apareció la señora del
ingeniero, Rita Pardo. Venía acabando de abrocharse una bata demasiado lujosa,
de raso azul pálido con encajes crema, por encima de la ropa interior, sucia
del trajín casero: acababa de pasarse la borla de polvos, y le sonaban los
brazaletes. Aunque ajamonada y algo desbaratada de cuerpo, ni la maternidad ni
la madurez habían podido eclipsar su picante hermosura; pero la coqueta á quien
conocimos poniendo el plano inclinado á su primo el marqués de Ulloa, se había
transformado en matrona circunspecta y barnizada de una espesa capa de decoro,
bajo la cual sólo el ojo lince del observador podía descubrir á la mujer
verdadera, invariable, porque las almas se tiñen, se disfrazan, pero no se
renuevan. Saludó cordialmente á la señora de Pardiñas, con aquello de «Tanto
bueno, Aurora... ¡Jesús! En esta vida de Madrid, se van los meses y ni sabe uno
de los amigos... Me coge V. hecha una visión... Las mañanas son terribles: las
pierde uno en atender á{229} chinchorrerías y á
recaditos... Cuánto va á sentir Eugenio...»
Apenas dejó doña Aurora entrever el objeto de su
visita, Rita Pardo suspendió la charla, y atendió con una curiosidad evidente,
pintada en sus voluptuosos ojos negros y en su boca dura y fresca. Prolongada
serie de gestos ambiguos y de risitas sospechosas fué preludio al siguiente
comentario.
—¡Qué me dice V., qué me dice V.! ¡Esclavitud
Lamas, Esclavitud Lamas! ¡La del abad de Vimieiro! ¡Ta, ta, ta, ta, ta! ¿Y cómo
ha ido á batir con V. Esclavitud Lamas? ¿No es una chica rubia?
—No sé si es rubia. Lleva pañuelo negro que le tapa
la cabeza. Viste de luto riguroso, muy aseada. La traza excelente.
—¡Vaya, vaya! ¡Conque Esclavitud Lamas, señor!
¡Mire V., mire V.! Sí, es, como decimos allá, muy moinita, muy modosa: habla
tan pacato y tan suave que á veces no se la oye. Huele desde cien leguas á
sacristía y á incienso. ¡Una santita mocarda!
Doña Aurora iba escamándose más de lo justo con
este prefacio: resolvió, no obstante, disimular y apurar la verdad, toda la
verdad, siquiera el descubrirla doliese á su corazón, interesado por la chica.
—¿Conque V. la conoce mucho?
—¡Jesús! Como á los dedos de las manos. ¡Si la
conozco! Ese cura Lamas Tarrío era muy amigote de casa, ya antes de que papá le
presentase para Vimieiro, cuando servía el otro{230} curato
en la montaña. Siempre le teníamos de huésped, y muy aficionado á hacer
regalos: que manteca, que quesos, que huevos en Pascua, que en Navidad
capones... Papá le apreciaba, porque en la montaña corrió bastante tiempo con
la cobranza de las rentas. En fin, él era todo nuestro. A papá le debió también
favores... favores gordos, doña Aurora.
—Bien: lo que yo deseo saber es lo referente á la
muchacha. Si no tiene ningún mal antecedente, si puedo admitirla en mi casa...
para mí será una satisfacción. No estoy contenta con la Pepa, y esta chica me
ha entrado.
Rita Pardo sonreía con malignidad, al paso que
estiraba los encajes de su manga izquierda, un poco abarquillados por el uso.
Enarcó las cejas é hizo un mohín de difícil interpretación.
—¡Pst! Buenos antecedentes, es un término muy
elástico, como V. comprenderá. Los buenos para unos son... medianitos para
otros. En eso, hay quien hila más ó menos delgado. Si á V. le gusta tanto la
chica...
—¡No, poco á poco!—exclamó alarmada ya la
señora.—Para mí los buenos antecedentes son... los antecedentes buenos, sin más
acá ni más allá. Sea V. franca y dígame todo lo que sepa, que á eso he venido;
y ya con la espina que V. me clava, no tomo yo la chica, ni coronada de gloria,
sin que V. me explique...
Volvió Rita á dar tormento á los encajes, y suspiró
como quien se ve en aprieto.
—Aurora... hay cosas de esas que... que por{231} muy públicas que sean, no puede uno tomar sobre
su conciencia el descubrirlas. ¿V. no está en autos, eh? pues sería muy feo que
yo la pusiese. ¿Que no llegó á oídos de V.? Mejor; ventaja para Esclavitud. Y
puede V. tomarla, que á mí se me figura que resultará una excelente doncella.
—V. se guasea, Rita,—dijo la señora dando vado á su
impaciencia creciente.—Me envuelve V. el asunto en el misterio, me hace V. de
él una montaña, y luego me sale con que puedo recibir á Esclavitud. No, hija;
en mi casa no se recibe á la gente así, sin más ni más. Aclare V. el enigma, y
entonces...
Al llegar la entrevista á este terreno, adoptó Rita
una actitud que hasta rayaba en desatenta. Se hinchó de nariz y de pecho, se
hizo atrás y empezó á negarse, con el acento de la dignidad ofendida y del
pudor lastimado.
Cuando después de agotar los razonamientos, doña
Aurora obtuvo por seca respuesta un «Lo siento mucho, pero es imposible», la
señora hubo de levantarse, no cuidándose de reprimir el mal humor que le
producían aquellos impertinentes tapujos. Ya murmuraba con cólera: «V.
perdonará que haya venido á molestar», cuando, después de un fuerte repique de
campanilla y algunos gritos infantiles en el recibimiento, entró en la sala la
niña mayor,—la zangolotina de doce años,—saltando de júbilo y exclamando:
—Mamá, mamá, tío Gabriel.
Entonces la viuda de Pardiñas, con repentina{232} inspiración, se afirmó en el suelo calculando:
—Esta es la mía. Ahora verás, gata hipócrita,
maulona, farsanta.
ENTRÓ el comandante, vestido de paisano,
metiendo bulla con la sobrinita, que era su ojo derecho, y trayéndola cogida de
la cintura, como si fuesen á bailar un vals. En cambio, en el saludo que hizo á
su hermana pudo notar doña Aurora esa sequedad muy parecida al desvío, que á
veces consigue disimularse respecto de los indiferentes, pero nunca en familia.
Después de las fórmulas y cumplimientos de rigor, la señora de Pardiñas, que no
desmentía su raza en punto á diplomacia y tenacidad, insinuó como aquel que no
quiere la cosa:
—Vaya, les dejo á Vds. Al fin no consigo saber lo
que deseaba, y para eso... Su hermana de V. es reservadísima, señor de Pardo.
—A fe que no lo creí,—contestó redonda y duramente
el artillero.
—Pues mire V., cada uno habla de la feria según le
va en ella. Conmigo ha mostrado una prudencia... atroz.—Y, sin atender al gesto
y la mirada de Rita, continuó impávida:—Un cuarto de hora hace que le pido
informes de una chica{233} paisana nuestra,
Esclavitud Lamas, la sobrina del abad de Vimieiro...
Pardo prestó oído, como el que escucha algo que le
despierta memorias confusas.
—Aguarde V., aguarde V... Vimieiro... Lamas...
Lamas Tarrío... Ese cura era íntimo de papá. Rita sabrá cuanto á él se refiere;
lo sabrá al dedillo. ¿Qué reparo has tenido en decirle á doña Aurora?...
Un caricaturista que quisiese representar la
dignidad burguesa en su más enfática expresión, debiera copiar el rostro y la
flexión de cejas de Rita, que señalando á su hija mayor, casi sentada en las
rodillas del comandante, exclamó con acento profundo:
—¡¡La niña!!
—¡¡Y qué, la niña!!—respondió Don Gabriel remedando
el tono dramático de su hermana.—¿Tenemos alguna de esas cosas terribles que no
puede oir la inocencia; que ha parido la gata, pongo por caso?
—Gabriel, eres tremendo, hijo,—gimió Rita, alzando
al cielo sus bellos ojos meridionales.—Una matándose por hacer de tus sobrinas
lo que deben ser en sociedad, y tú empeñado... Manías de las personas; con eso
no se puede.
—Ea, señores,—insistió la pesada de doña Aurora,—yo
estoy á mi pleito. Rita, no diga V.; lo que es por la niña no dejó V. de darme
esos informes. La niña no estaba delante; y sobre todo, con enviarla á otra
habitación...
—Que es lo que voy á hacer ahora mismo.{234} Eugenia, vete, hija, á estudiar el método de
Concone.
La chiquilla salió á contrapelo, no sin obsequiar á
su tío con dos ó tres carantoñas de despedida; pero ninguna escala ni ningún
estudio reveló que se hubiese encerrado en el potro musical donde diariamente
se descoyuntan las manos nuestras señoritas, dignas de mejor suerte.
—Verá V.,—recalcó doña Aurora,—ahora que podemos
hablar libremente. Se trataba de que esa chica, Esclavitud Lamas, quiere entrar
en mi casa á servir; y á mi sus tracitas me gustan mucho. Pero no sé sus
antecedentes, ni el motivo por qué se vino de su tierra. Me huele á alguna
historia rara todo ello. Su hermana de V. sabe la historia, y ni por Dios ni
por los santos me la quiere contar. Ahí tiene V. nuestra batalla. Ya nos
estábamos formalizando cuando V. llegó.
—La historia...,—dijo Gabriel limpiando
nerviosamente sus lentes de oro y calándoselos con ahinco.—Aguarde V., señora,
que si mi memoria de gallo no me juega alguna trastada... ¿Tú, Rita, ese cura
Lamas Tarrío no es el que recogió una niña pobre? Dime la verdad, que si no,
escribo hoy mismo á Galicia preguntando.
—¡Jesús, hijo, pero qué cosas tienes! Eres incapaz,
y cada día que pasa... ¿No iba yo á decirte la verdad? Sí, ese Lamas fué, y ya
que se te antoja abrir su sepultura y sacarle á la vergüenza pública, sácale
tú, que yo no quiero semejante cargo de conciencia.{235}
—Más cargo de conciencia es,—replicó Gabriel con
vehemencia,—que la chica pierda su colocación por delitos ajenos. Doña Aurora,
ahora le puedo yo contar á V. la historia enterita: por un cabo ha salido toda
la madeja; en esto de historias sucede lo que con las tonadas antiguas, que si
recuerda uno el primer compás, ya puede cantarlas enteras sin equivocarse. ¡Y
le aseguro á V. que es una novela... vamos, una novela!
—Allá tú,—articuló Rita venenosamente
emprendiéndola con los encajes otra vez.—Yo, ciertas cosas... Lavo mis manos.
Disimuló doña Aurora el gozo del triunfo; pero
hembra al fin, miró á Rita de soslayo y pensó:
—Fastídiate, pinturera...
—Verá V.,—empezó el comandante.—Ese cura Lamas fué
un infeliz, ignorantón como lo era entonces todo el clero rural, que hoy se ha
civilizado mucho, y bastante zoquete; pero cumplía sus deberes parroquiales, y
si tenía deslices los encubría bien: no puedes ser casto, sé cauto, como dicen
ellos. Por cuanto una noche llega á la rectoral una chiquilla, de diez años
poco más ó menos, que había quedado huérfana y vagaba pidiendo limosna: en una
casa le daban un mendrugo de pan de maíz, en otra un poco de hoja del mismo
maíz para tumbarse y dormir; aquí un pañuelo roto, allí unos zuecos viejos...
Así vivía la desdichada. El cura se compadeció, y le dijo: «Pues quédate aquí;
aprenderás las labores caseras..., tendrás vestido,{236} cama
y caldo caliente.» Dicho y hecho; la chiquilla se quedó...
—¿Y era Esclavitud?
—No, señora; no, señora... Aguarde V. Salió la
chica habilidosa y despabilada: echó, como dicen allá, la morriña fuera..., y
hasta se puso lozana y guapetona. Y,—aquí la voz del comandante adquirió tonos
irónicos,—al desabrochar la flor de la nubilidad...
—¡Ay, Gabriel!...—respingó Rita.—Ciertas cosas se
pueden contar de otro modo. No se necesita entrar en detalles que...
—¡Bah!—dijo doña Aurora.—Todos somos casados, y yo
vieja. Ya estamos al cabo y curados de espantos, amiga. Siga V. ¿Qué vino
después?
—Después vino Esclavitud.
Aunque la señora afirmaba estar al cabo,
la noticia, dicha así de pronto, casi la hizo saltar en la silla.
—¡Aah!—pronunció, quedándose muy meditabunda.—Por
eso la pobre... Bueno: ¿y después?
—¿Después?—recalcó fogosamente Rita, incapaz de
contenerse, metiendo al fin cucharada.—Después mi papá se vió negro para
amansar al Cardenal Arzobispo, el señor Cuesta, que estaba hecho un león. Como
era tan virtuoso, aquel señor apretaba las clavijas y no permitía desmanes.
Pues si no es lo que papá machacó en Su Eminencia, y hoy una súplica y mañana
otra, sin licencias se queda Lamas Tarrío, y se pudre en la cárcel
eclesiástica. Porque una cosa es que á un sacerdote se le escurra el pié{237} y cometa gatuperios allá donde nadie lo sabe, y
otra que esté escandalizando á los feligreses, y que críe la chiquilla en su
casa á ciencia y paciencia de todo el mundo, y la traiga en brazos, y...
—Mi padre,—advirtió Gabriel interrumpiendo á su
hermana,—con una mano machacaba en el Arzobispo, y con la otra martillaba en el
culpable. A fuerza de exhortaciones pudo conseguir que la sirena saliese de la
rectoral; pero Lamas seguía viéndola. Al fin papá se cuadró, le echó al cura
unas pláticas que me río yo de las del capuchino más barbado, y pudo conseguir
que enviase á la madre á Montevideo, á condición de que le dejasen la
chiquilla.
—Sí,—volvió á entrometerse Rita,—bonito remedio
fué: peor que la enfermedad. El hombre quedó más rabioso y más relajado de lo
que estaba. Se pasaba las noches en vela llorando y gritando; le dieron unos
arrebatos de sangre,—en casa por cierto,—que fué preciso aplicarle un golpe de
más de cuarenta sanguijuelas; y la sangre salía negra como la pez. Creímos que
se volvía loco: andaba por los corredores arrancándose los pelos, llamando á la
individua, y diciéndole cosas babosas...
Cuando esto soltaba Rita, su hermano observó que
las cortinas del gabinete contiguo se agitaban como movidas por un céfiro de
curiosidad retozona, y casi se dibujaba en ellas el relieve de un hociquito
atento.
—Mira,—advirtió,—ahora eres tú la que te metes en
honduras. Todo eso no viene al caso.{238} Despachemos
pronto la historia, y deja que yo la acabe. El pobre Lamas se puso tan mal, que
le dió lástima al mismo Arzobispo, el cual le llamó para animarle é infundirle
deseos de penitencia. Y, en efecto, con el curso del tiempo, fué sosegándose, y
hasta se portó bastante bien en lo sucesivo. Unicamente se le podía tachar de
que criaba á la niña con mimos extremados; pero como el sentimiento de la
paternidad, aun cuando atropelle toda ley divina y humana, tiene mucho de
sagrado, la gente transigió. El presentaba á la chica diciendo que era sobrina
suya. Como los hijos sacrílegos no heredan, el cura ahorró dinero, onza tras
onza, para entregárselo en mano propia á Esclavitud; pero la chica, que ha
salido muy remirada y muy devota y muy desinteresada además, al morir Lamas
entregó todo ese dinero, en oro como lo había recibido, para misas y sufragios
por el alma del pecador. Este solo rasgo le pinta á V. el carácter de la
muchacha: pocas harían otro tanto, aunque hubiesen nacido en mejores pañales y
más... ortodoxamente.
—Mi hermano, como tiene así la imaginación, pinta
muy románticas las cosas.
—Señora de Pardiñas, palabra de caballero que ni
quito ni pongo. Esa chica, según entiendo, sería capaz de irse á cualquier
parte en peregrinación, descalza, para sacar del purgatorio el alma del cura de
Vimieiro.
—Falta le haría,—advirtió Rita,—y también para la
de su madre, que allá en América parece que se dió á la vita bona.{239}
—¡Válgame el cielo, y qué inquisidores os volvéis
los que nunca habéis carecido de consideración ni de pan!—exclamó Pardo, ya
indignado seriamente.—Yo no peco de filántropo; pero ciertas cosas no me las
explico en gente que alardea de cristiana, y va á misa, y reza. Buenos rezos
son esos, buenos. ¿Así entiendes tú la caridad? Pues hija, afirmo que esa
Esclavitud vale más que...
Se contuvo por fortuna, y añadió:
—Que otras personas. ¿Qué culpa tiene ella de las
faltas de sus padres, diga V.? Y las está expiando como si las hubiese
cometido. Hasta se expatrió, según veo, y juraría que es por vergüenza, por no
estar donde la gente sepa y recuerde y diga...
—También juraría lo mismo—asintió con calor doña
Aurora.—Ahora entiendo por qué se sofoca tanto cuando le hacen ciertas
preguntas. Yo opino como V., Pardo, como V., que es buena; que tiene
sentimientos nobles... y que esos rasgos la honran mucho.
—Sí, guíese V. por mi hermano. Admítala en su
casa,—exclamó Rita con una carcajada impertinente, que salía de lo más dañado
de sus hígados.—Tocante á dar consejos, Gabriel es una especialidad. Le tiemblo
cuando pega la hebra con mi esposo. Si Eugenio se guiase por él, estaríamos
pidiendo limosna. Cargue V. con esa chica, ya verá cómo sale con las manos en
la cabeza. Entonces dirá V.: «Bien me lo avisó Rita Pardo.»
La señora pensaba para su rotonda de pieles:{240}
—Aunque sólo fuera para hacerte tragar quina;
falsa, maulona... Ya te he calado, ya.
Al salir Gabriel, esperábale en la antesala su
sobrina mayor. La cogió por el talle, y subiéndola á la altura de su boca,
entre risas de la chiquilla, le deslizó al oído:
—Las niñas buenas, para que tití Gabriel las quiera
mucho, no atisban, no husmean, no se esconden detrás del portier... Obedecen á
su mamá, porque es su mamá, y no les ha de mandar cosa mala... ¡Cuidadito con
morder, lagartija! Las niñas buenas... son buenas. ¡Ay! ¡Mi corbataaá!
—¿Tití Gabriel, me llevas contigo?—arrullaba la
zangolotina.—Contigo sí, contigo no..., contigo sí me iría yo. ¡Llévame, anda!
—A Leganés te llevaré... ¡Juicio! ¡Estudie V. la
lección de francés! ¡Péinese V. ese felpudo! ¡Dé V. una vueltecita por la
cocina, á ver qué hace la pobre chica esa! ¡A papá le gusta el rosbif muy poco
hecho! ¡Cuide V. el rosbif de papá!
Al cruzar la puerta, el comandante le echó á la
niña un beso volado, y ella pagó en seguida el envío.
DOÑA Aurora acostumbraba llevarle á su hijo el
chocolate á la cama, porque, chapada á la antigua en muchas cosas, estábalo
también{241} en madrugar. Era un momento delicioso
para la mamá chocha aquel del chocolate.
El rapaz, como ella le llamaba, tenía al
despertarse ese regocijo sin causa, propio de los años primaverales, en que
parece que cada día nuevo sale de manos del tiempo dorado y lindo, esmaltado de
dichas, y en que el peso de recuerdos dolorosos no sujeta aún las alas
vibradoras de la esperanza. Rogelio, que por las tardes padecía á veces un
abatimiento nervioso, por las mañanas era un pájaro en lo vivo y juguetón.
Hasta su charla se parecía al gorjeo de las aves cuando amanece y de los niños
cuando abren los ojos. Sentada su madre á la cabecera, después de haber
apartado las prendas de ropa esparcidas y los libros desparramados aquí y
acullá, sostenía la bandeja para que no se volcase la jícara, donde el muchacho
mojaba los rubios buñuelos, mientras esperaba turno un vaso de purísima leche.
¡Y qué de sudores y fatigas le costaba á doña Aurora el tal vasito! Ya podía
ella dar quince y raya á todos los químicos del gabinete municipal: sin
análisis, ni instrumentos, ni pamplinas, á simple vista, por el color y el
olor, conocía los grados y cualidades de la leche toda que se expende en
Madrid. ¡Como que sus esperanzas de ver engordar á Rogelio las cifraba en aquel
vasito de leche bebido antes de clase, y en el bisteque engullido al salir de
ella!
A la hora del chocolate era cuando se comentaban
todos los sucesos de la víspera, las graciosas reyertas de Nuño Rasura y Laín
Calvo,{242} los chistes estudiantiles, el último
crimen, el fuego de anoche, junto con los menudísimos acontecimientos de aquel
hogar realmente tranquilo (como lo son tantos en la corte, á despecho de la
superstición provinciana que considera á Madrid un torbellino ó vértigo
perenne). Lo primerito que hizo Rogelio, la mañana que siguió al día en que
vino á pretender la gallega, fué preguntar á su madre, con mal disfrazado
interés:
—¿Qué tal? ¿Qué te han dicho sobre la cándida
doncella... de labor?
Nada tenía la pregunta de importuna ni de extraña;
sin embargo doña Aurora se quedó algo cohibida, fluctuando entre referir
puntualmente lo averiguado ó callárselo. No; lo más prudente sería esto último.
Se trataba de cosas graves, y si Rogelio no guardaba toda la discreción
necesaria... Era preciso irse con tiento.
—Mira, ratiño, en primer lugar tengo que advertirte
que he despachado á la Pepa.
—¿Hola? ¿Caen aquí los ministerios sin que me
entere yo?
—Verás. Andaba muy engreída, muy respondona. Le
planté la cuenta en la mano. Todo les aguanto menos que repliquen. Supongo que
había novio por medio, que si no... La verdad: estoy harta de estas criadas de
Madrid tan remontadas y tan insufribles con ese salero y ese desgarro. Prefiero
una chica humilde, bien mandadita. Con una buena palabra me compran; no lo
puedo remediar. Si vieses la tal Pepa, qué modos y qué remangos. Hecha un{243} conejo de monte. ¡Ay! me parece mentira que se
fué.
—Mater, basta ya de prolegónemos—exclamó el
chico ensopando en la leche la lengüeta de un bizcocho.—Todo esto viene á parar
en que tomas á la misteriosa enlutada. Te entró por el ojito derecho, y caá uno
tiene sus debilidaes.
—No seas bobo. Lo que quiero es que el servicio
ande corriente. Esa muchacha merece interés. Cuando yo lo digo...
¡Ay! propósitos de reserva, programas de
discreción, temedle como al fuego á estas reticencias involuntarias, que abren
de par en par la puerta á las confidencias absolutas. La señora quería callar:
pero ¿quién calla después de soltar prenda? Ni la hubiese dejado vivir Rogelio.
Además, doña Aurora, en el fondo, también deseaba relatar su triunfo, decir
cómo había vencido á aquella pinturera farsantona de Rita Pardo. Tan dulce
desahogo era el precio de la victoria. Hay un placer, cuyo origen no se define,
pero á cuyo atractivo cede casi todo el mundo, en referir esos dramas hondos de
la vida humana, que de rechazo nos tocan á todos, que tienen el don de
interesarnos porque despiertan nuestros sentimientos de compasión y justicia, y
al par nos ponen frente á graves problemas, sin obligarnos á resolverlos, sino
sólo á considerarlos como consideramos en el teatro el argumento de una
tragedia engendradora de terror y piedad. Rogelio, con el codo puesto en la
almohada y los ojos muy abiertos,{244} atendía
afanosamente á la narración novelesca de su madre.
—Ya ves—advirtió ésta al concluir su historia—que á
la pobre hay que tratarla con ciertos miramientos. Ella, dada su situación, no
ha podido portarse mejor. Desinteresada como pocas, y aparte de eso religiosa y
formal. Por lo que he sacado en limpio, ella se cree una hija de maldición, que
anda cargada con los pecados de sus padres, y se abochorna de que allá la vean
y recuerden lo ocurrido. Hay que proceder con mucho tino en como se le habla.
Del padre no se puede ni indicar tanto así... Pues de la madre, aun menos...
porque la muy picarona vive aún, y anda por esos mundos de Dios corriéndola...
—Vamos...—respondió Rogelio recobrando su buen
humor—resulta que á la niña la miraremos como si fuese un hongo. Si alguna vez
se trata de papás y de mamás, la diré: «Ya sé que V. no los tuvo nunca». ¿Te
parece bien?
—¡Chiquillo, no me seas rematado! Cómete ese
bizcochito más. Lo que quiero decir es que no le des bromas pesadas. Esas
personas así, que sufrieron grandes desgracias, son más sentidas; se
sobresaltan por cualquier cosa. ¡Yo desearía tenerla contenta!... En este
Madrid y en el servicio que ofrece, coger una chica virtuosa y de tan buen
avío, créeme que es una ganga. ¡Hay cada sargentona y cada lercha!
—¿Te parece que compre un ramito de flores para
ofrecérselo galantemente cuando penetre en nuestra mansión?—preguntó el
estudiante.{245} Su madre le descargó un
bofetoncito muy tierno, agregando:
—Lo que voy á comprar yo es un aguamanil y otras
cosillas, porque aquella desencuadernada de Pepa me dejó el cuarto hecho una
leonera, y esta muchacha tan aseada no va á encontrar ni donde lavarse las
manos. Aguamanil, jabón, una mesita de noche... y un ruedo limpio para que con
ese frío no salte de la cama sobre las baldosas, que están como la pura nieve.
Mejor que un ruedo será un pedazo de alfombrita de moqueta: ¡la hay tan barata!
Le voy á comprar también paño gordo para una chaquetita: me parece que no tiene
abrigo: á cuerpo venía ayer... No sé cómo estará de ropa blanca. Siento haberle
dado á la Pepa, no hará quince días, tres camisas preciosas.
—¡Bah! Con encargarle á París un trusó como
el de la señora de Cánovas, por ejemplo... Diez docenas de elegantes peinadores
y cuatro mil pares de medias de seda... ¿Bastará?
Doña Aurora salió temprano y volvió antes de las
doce con sus adquisiciones hechas. Se complació en ver barridito el cuarto y
colocados en su sitio el palanganero y la alfombra. Puso toallas limpias y sacó
una colcha blanca de muletón, á fin de que la cama de hierro pareciese más
cuca. Dió una vuelta, y al entrar de nuevo en el cuartucho no pudo menos de
reirse á carcajadas. En un vaso de cristal azul lucía un ramillete de á dos
cuartos: Rogelio, escondido detrás de la puerta, acechaba el efecto.{246}
—¿Qué tal este timo? ¿Eh? ¡Ya tenemos buqué,
caray, carapuche! como dice Laín Calvo. Es de gardenias: me cuesta diez duros.
¿Voy por alguna begonia? Haría muy bien un macizo al lado del aguamanil.
Escribiremos la crónica después: «La alcoba se había transformado, al toque de
la varilla de un hada, en frondoso jardín de invierno...»
Esclavitud fué recibida tan pronto como se
presentó, á eso de la una: pero quiso ir á despedirse de las señoritas de
Romera. No se instaló en su nueva casa hasta por la tarde, trayendo consigo un
mozo de cordel, portador de uno de esos baúles gallegos forrados de piel de
buey, que tienen cantoneras de hojadelata. Pesaba tan poco, que al llegar al
pié de la escalera la muchacha se lo cargó á hombros y lo subió ella misma. En
aquel baúl casi vacío traía todo lo que le tocara por herencia del abad de
Vimieiro.
LOS primeros días estuvo como gallina en
corral ajeno. Realmente, fuese debido á sus antecedentes históricos ó á la
extraña enfermedad nostálgica que padecía desde su llegada á Madrid, la chica
aparecía desmejorada y en un estado de caimiento que, si no la impedía trabajar{247} con asiduidad y hasta con ardor, la quitaba esa
valentía que hace insensible el trabajo. Su demacración era evidente, y aunque
por las esbeltas proporciones del talle y por ciertos rasgos de su cara se
revelaba muy joven, por el carácter, el estado de ánimo, la severidad de su
continente, cualquiera podía calcularle la edad en veintiocho ó treinta.
Es de advertir que esta especie de murria y
desaliento no le impedía cumplir estrictamente su obligación. Al contrario,
Esclavitud realizaba el tipo de la criada modelo. Levantábase muy temprano,
casi con estrellas, y antes de que la cocinera hubiese soñado en encender la
lumbre, ya estaba ella arreglando todas las menudencias concernientes al
desayuno de los amos. Desde el primer día se reservó la preparación de
chocolates, y los hacía con esmero clerical. El secreto, que ya va perdiéndose,
del tiempo, hervores y batiduras indispensables para que una solución de cacao
salga aromática, ligada y substanciosa, lo poseía tan á fondo Esclavitud, que
doña Aurora juraba no haber probado en su vida chocolate por el estilo. En
barrer tampoco se quedaba atrás. Con el pañuelo atado á la curra y las sayas
recogidas, pero sin gran alboroto ni mucho trasteo de muebles, barriendo manso,
por decirlo así, nadie sería capaz de descubrir un átomo de polvo en los
lugares por donde había pasado aquella inteligente escoba. El no sacudir con
exceso, ni aporrear demasiado con los zorros, molestando á todo bicho viviente
so pretexto{248} de limpiar, era un mérito más á
los ojos de doña Aurora, enemiga de la gente arrebatada y brusca. Pero donde la
fámula nueva descollaba era en el repaso. Veíase que estaba menos acostumbrada
á trabajos de fogón y á trajines caseros que á la labor sedentaria, en silla
baja, junto á una ventanita. En dos horas despabilaba el canasto de ropa, y
eran de admirar sus invisibles zurcidos, sus mañosas piezas, sus
indestructibles presillas y sus firmes botones. Doña Aurora decía á las amigas:
—Hoy no recelo yo echar á diario la ropa buena. Con
esta Esclavitud, ni una puntilla descosida, ni un bordado roto. Es una delicia
verla con la aguja en la mano.
Pero al mismo tiempo, el carácter expansivo de doña
Aurora no podía sufrir aquella reservada melancolía de la muchacha. Mientras
más contenta estaba de su servicio, más desearía verla andar con ese aire
ligero que revela alegre conformidad con la suerte que nos toca y la ocupación
que desempeñamos. ¡Tantas consideraciones con la dichosa chica, y ella siempre
enfurruñada y cavilosa! La señora de Pardiñas tenía en su bondad un elemento de
egoismo, retoño natural de aquella bondad propia: al hacer un beneficio,
deseaba cobrarse en el espectáculo de la felicidad ajena; y este gusto la
dominaba tanto, que para vivir tranquila y satisfecha, necesitaba persuadirse
de que lo estaban todos á su alrededor. En su determinación de admitir á
Esclavitud, habían influido dos móviles: primero, llevar la contraria á aquella
antipática{249} de Rita Pardo: segundo, contentar á
una chica de tan agradable aspecto como Esclavitud, desempeñando en cierto modo
papel de Providencia y reconciliándola con el destino, para ella funesto é
implacable desde la hora de nacer. Y este segundo generoso propósito se le
malograba, porque la chica no quería levantar cabeza ni abrir el alma á la
buena suerte.
Un día hasta notó doña Aurora que su doncella
apenas probaba alimento, obstinándose al mismo tiempo en continuar el trabajo y
en responder que «no tenía nada». La señora poseía un carácter franco,
impetuoso y directo, de los que no abundan en el país galaico: daba salida
inmediata á sus impresiones, y si no pudiese hacerlo, creería tener una pera de
ahogo encajada en el gaznate. Sin detenerse más, acorraló á la muchacha junto á
una ventana, sitio claro donde la sombra del pañuelo de seda negra no podía encubrir
el estado de los ojos y el movimiento de la fisonomía.
—Hija, ¿qué te pasa?—la preguntó maternalmente á
boca de jarro.—¿Tienes algún disgusto? ¿Estás enferma? ¿No te sienta la comida?
¿Te falta alguna cosa?
La muchacha se encendió, cosa que le sucedía en
toda clase de emociones, y respondió bajito:
—No, señora, ¿qué me ha de faltar? Dios se lo
pague.
—Pero vamos á ver, ¿es que tampoco aquí estás
contenta? ¿Te tratamos mal? ¿La compañera no se porta como debe? ¿Necesitas más
ropa de abrigo?{250}
Como la muchacha guardase silencio, diciendo
que no con la cabeza, dulce y obstinadamente, insistió la
señora:
—Harás muy mal, te lo aviso, si te quedas con el
embuchado dentro. Peor para ti si eres mema. Pudiendo estar á gusto no entiendo
á qué vienen estos silencios y estas tonterías. A mí me agrada ver alrededor
caras de Pascua. El gesto compungido, y más cuando no hay motivo ninguno, se me
sienta en la boca del estómago.
Esto lo articuló ya con enfado, viendo el tenaz
mutismo de Esclavitud. Al mismo tiempo discurría para sí: «La muchacha tiene
las buenas cualidades de nuestro país, pero no le faltan los defectos. Es
humilde, modosa y callada, pero también es algo zorrita, y no hay modo de saber
lo que piensa ni lo que le pasa. Las chulapas de por aquí son unas
caridelanteras y unas raídas, pero al menos son toros claros: al pan, pan, y al
vino, vino; esto sí, esto no. Para un genio como el mío...»
En estos pensamientos estaba, cuando sonó la
campanilla, y se oyó en el recibimiento la voz de Rogelio que volvía de clase.
Instantáneamente las mejillas de Esclavitud se encendieron todavía más é hizo
un movimiento instintivo, como intentando huir y esconderse.—«¡Ta,
ta!»—discurrió la señora, iluminada por un rayo de sagacidad repentina.—«Ya
había yo notado que el rapaz tenía con esta chica no sé qué. La habla tan
secamente, cosa rara en él... ¡Vamos! la pobre está así amohinada, porque{251} conoce que no le ha caído en gracia al
chiquillo. Es preciso que yo arregle este cotarro; se ve que Esclavitud peca de
susceptible, y cuando imagina que la miran mal...»—Insistió entonces en alta
voz.—«Hija, pues mira que si estás á disgusto...»
—Yo no estoy á disgusto, no, señora—contestó
Esclavitud con respeto y no sin firmeza.—Como los demás no estén á disgusto
conmigo... Yo estoy perfectamente, lástima fuera. Pero otros...
—¿De dónde sacas eso?—replicó la señora mirándola
fijamente.—¿Te he regañado desde que entraste?
—No, señora. V. es muy buena. Si yo no me quejo de
nadie—repuso la chica.—Sólo tengo recelo, así, vamos... de no dar gusto. No
dando gusto más quiero no estar. Para no dar gusto aún vale más meterse... en
el infierno que sea, señora.
—Calla, calla, boba—gruñó su ama.—Ya se ve que das
gusto. A tu repaso. Como me vuelvas á salir con pasmarotadas..., verás.
En cuanto pudo hacerlo todo lo sigilosamente que el
caso requería, doña Aurora llamó á capítulo á su hijo.—«Te aseguro que el
intringulis de esas murrias de Esclavitud es la cara que tú le pones... A
Fausta le hablas de distinto modo... no lo notas tú mismo...; pero con Fausta
armas siempre gresca y broma, y la otra, como te ve serio, claro, imagina que
estás torcido con ella, y que no te da gusto, como ella dice... Te aseguro que
la infeliz anda decaidísima, y que{252} es capaz de
enfermarse muy de veras. Son una tecla estas muchachas nerviosas. Y aparte de
eso, como median los antecedentes de su... del cura, ¿eh? cada vez está la
chica más sensible... Palabra, que me da lástima. Yo que tú le hablaría...
así... con más afecto.»
El estudiante oía las palabras de su mamá, pero con
el rostro vuelto hacia un cuadro, que parecía llamarle mucho la atención.
Cuando tuvo que responder lo metió á barullo.—«Nada, que de esta noche no
pasa...: compro una mandolina y le doy serenata á esa madamisela. Le voy á
traer más flores y me pondré á ver si le hago unos versos del género de los de
mi amigo Anastasio Cardona, con cada ripio así. La llamaré ninfa acuática y
vago ensueño del poeta. Ya verás, ya verás... Ajustaremos paces la ilustre fregona
y yo.»
En el fondo del corazón, Rogelio se sentía
extraordinariamente envanecido y halagado por la queja de Esclavitud. Cuando
tan á lo vivo la llegaran su secura y despego, era que la muchacha no le tenía
por chiquillo, ó como ella decía, por rapaz. ¿Se apura ni se formaliza nadie
por lo que dice ó hace un niño? Indudablemente le juzgaba todo un hombre, y
hombre de cuyas acciones dependía el estado de su espíritu: tan á pecho las
tomaba, que se resentían de ellas su humor y hasta su salud. En este
pensamiento se deleitó Rogelio largo rato. Con todo, durante el almuerzo, á
pesar de dos ó tres señas de su madre, no cambió de actitud respecto á la
doncella. Sin saber por qué, le causaba{253} empacho
realizar la mutación delante de doña Aurora. Lo que hizo fué observar á
hurtadillas á Esclavitud, la cual—sin duda por efecto de la excitación de su
fantasía—le pareció muy demacrada, muy descolorida y más lánguida que un sauce.
Al convencerse de esto, su noble alma juvenil se inundó de piedad; pero su
orgullo, juvenil también, se estremeció dulcemente. «Pues por mí está de ese
modo. Casi parece que me tiene miedo, según la precaución respetuosa con que me
sirve...»
Acababa de retirarse á su aposento el estudiante
para lavarse las manos, cuando tocaron ligeramente á la puerta, y á la voz de
«pasen» entró Esclavitud, llevando en una batea de mimbres hasta media docena
de camisas planchadas. Por efecto de la carga, que la obligaba á levantar los
brazos, la muchacha lucía su fino talle y su andar compasado y armonioso. Iba á
dejar sobre la cama las camisas y retirarse silenciosamente, á tiempo que
Rogelio, llegándose á ella y amenazándola con la mano, exclamó:
—Vamos á ver como están de planchaditos esos puños.
¡Si les encuentro un solo candil!
Al oir la voz del señorito, Esclavitud se había
sobresaltado, figurándose en el primer instante que la regañaban de veras; pero
al levantar los ojos y fijarlos en la cara de Rogelio, comprendió que se
trataba de una broma. Radió en su mirada tan sincera alegría; se dilató tan
visiblemente su pecho; se esponjó de tal modo, en fin, que las excelentes
entrañas del estudiante se{254} conmovieron otra
vez gratamente, y para disimular aquella emoción recargó la broma.
—¿Es justo que ande yo hecho un cesante, y que mis
camisas parezcan la cara del apreciable señor Don Prudencio Rojas, alias Fantoche
del Derecho? A ver: alce V. ese níveo cendal y enséñeme esas íntimas
prendas de vestir. Si mis togas pretextas descubren las rayas de la
senectud..., huya V. adonde no la alcance mi cólera vengadora.
En el rostro de Esclavitud, cada vez más
regocijado, brillaba, al levantar el paño, cierta cariñosa malicia.
—A ver, señorito, á ver qué chata tiene que
ponerles á estas pecheras. Ni el Rey las gasta más ricas.
—El Rey lo que gasta son baberos: no confundamos.
¡Enséñeme ese prodigio!
En efecto, estaban primorosamente planchadas, tan
bruñidas y tersas, que fuera gollería pedir más.
—Bien; por esta vez le perdono á V. la vida. ¡Pero
guay si acierta V. á descuidarse en el cumplimiento de tan sagrado deber!
—No señor, no señor. Vendrán cada día más blancas.
Lo mismo que palomas.
—Dígnese V. decírmelo en gallego. Voy á dedicarme
al estudio de ese idioma, porque en el griego y en el sanscrito ya estoy tan
fuerte que les echo la pata á los profesores. ¿Cómo se dice paloma en
gallego?
—¿Y es de allá y no lo sabe? ¡Vaya qué ser! Se
dice pomba y también se dice suriña.{255}
—¡Ay! ¡Eso de suriña, qué bonito es!
Desde mañana lección de idiomas clásicos: V. será mi maestra. «Mademoiselle
Suriña, profesora á domicilio». Pondremos un cartelito en el balcón y un
anuncio en El Imparcial. Suriña, quite V. de ahí las camisas, que
estorban. Guárdelas V. en el armario. ¡Eso!
—¡Ay, señorito, qué revuelto tiene el
armario!—exclamó la muchacha apenas lo abrió.
—Pues á arreglarlo, Suriña. El arreglo de armarios
forma parte de la lección de idiomas.
ELLO sería... ó no sería; pero no se puede
negar que, después de firmadas las paces con Rogelio, el aspecto exterior de
Esclavitud empezó á modificarse completamente. Sus ojos se reanimaron, sus
mejillas florecieron, su voz perdió aquel tono dolorido, su conversación fué
más expansiva; y sin alterar en nada sus ocupaciones, varió tanto su manera de
desempeñarlas, que si antes parecía víctima resignada del deber, y su silueta
tenía algo de aflictivo al proyectarse sobre las paredes de la casa, ahora su
ir y venir, su resuelta actividad, la llenaban y regocijaban toda.
Doña Aurora no cesaba de felicitarse por este
cambio. «¡Alabado sea Dios! Así me gustan á{256} mí
las caras, así. No puedo tragar á la gente que anda tristota y rostrituerta sin
por qué ni para qué. ¿Lo ves, rapaz? Pues era por causa tuya, ni más ni menos.
Ahora que la tratas campechanamente, mira cómo es otra.»
Y tanto como era otra. Hasta su físico había
sufrido halagüeña metamorfosis. En señal de contento ó por otra causa que
ignoramos, habíase quitado el pañuelo negro de la cabeza, dejándolo caer
negligentemente sobre el cuello, cuya blancura extraordinaria realzaba el
contraste con la negra seda. Su cutis era ahora el cutis de las gallegas
jóvenes, una tez fresca que parece conservar el brillo de la humedad del suelo
nativo, y afrenta, con las nacaradas tintas de las mejillas, la enfermiza
palidez de las hijas de Madrid. Sus interesantes ojos verdes, con reflejos
amarillentos, acentuaban el carácter primaveral y tierno de la hermosura de
Esclavitud, asemejando su faz á un valle regado por dos cristalinos arroyos.
Pero el adorno que verdaderamente agraciaba á la muchacha era su cabellera
rubia, de un rubio algo tostado, con reflejos de oro que rielaban en lo más
saliente de las simétricas ondulaciones ó conchas que fluían á uno y otro lado
de la raya, como orla magnífica de la estrecha frente y la delicada sien. La
rica mata colgaba partida en dos trenzas, ó se retorcía en rodete copioso; y si
por la mañana aparecía lisa y hasta charolada por la mucha agua, único afeite
de tocador que usaba Esclavitud, al ir corriendo el día y el trajín doméstico,
se rebelaba, y fosca y suave á la{257} vez, formaba
al rostro un nimbo, parecido al de las santas de los retablos viejos. Y es que
el tipo de Esclavitud, con aquel peinado sencillo y aldeano, recordaba las
creaciones de la iconografía mística, ya en las tablas flamencas, ya en las
primitivas pinturas italianas, á lo cual contribuía su aire modesto, sus ojos
bajos, aquel olor á incienso y á sacristía que notaba Rita Pardo en ella.
Cuando miraba de frente, sonriendo, se notaba la fisonomía de la campesina bajo
el anguloso diseño de la virgen.
Todas estas perfecciones y gracias, con otras más
cuyo inventario suprimo, las avizoró al través de sus espejuelos, y las
reconoció y comentó y puso en las nubes el discreto ochentón á quien Rogelio
llamaba Nuño Rasura, y nosotros con más respeto nombramos Don
Gaspar. Ni aguardó para entonar el panegírico á que se verificase la
transformación de la muchacha, sino que desde el primer día que ésta le abrió
la puerta, empezó el gallardo viejo á babarse y amartelarse, dando jaqueca á
los contertulios con sus elogios inmoderados, sus involuntarios madrigales, sus
niñerías, y, para decirlo en frase del Fiscal, «sus golpes de archimemo».
—Vea V., vea V.—repetía el señor de Febrero
levantando la hermosa testa orleánica, atusándose delicadamente los rizos de la
peluca ó sobando el cojín de terciopelo de su muleta,—qué buen tino ha
demostrado mi excelente amiguita doña Aurora, al elegir esta sirviente única
dentro de su clase. En primer lugar, tan útil, tan precavida, tan laboriosa
como parece.{258} En segundo, con ese aire de
honestidad y de recato. ¡Ah! Para mí, mérito grandísimo, ahora que se han
perdido los buenos modales, y en la sociedad pululan las sargentonas y los
marimachos. Allá en otros tiempos ¿se acuerda el amigo Candás? eran todas así:
nada de estos descaros de hoy día.
—Sí, sí; por fuera mucho compás...—respondía el
empecatado Don Nicanor, requiriendo la trompetilla.—Unas santinas de alfeñique.
Y por dentro..., vamos, que ya se desquitaban. ¡Carapuche si se desquitaban!
Como ya se me cayeron los segundos dientes..., no me fío de carinas de Virgen.
—¡Ay, que el amigo Candás se nos va por los cerros
de la malicia! Eso sera allá en Asturias, en su tierra de V. Por la nuestra,
no: ¿verdad, doña Aurora? Y confesémoslo, señores: en la mujer, así como el
descoco y la tunantería repelen, este modo tan decente de presentarse, este
aire tan modesto, abren más el apetito.
Aquí la señora de Pardiñas estuvo á punto de soltar
el trapo á reir, porque Rogelio, desde su rincón, oyendo hablar de apetito,
hizo una morisqueta y un guiño de pilluelo para subrayar aquellas lozanías del
decano.
A los pocos días, la benévola admiración del señor
de Febrero se convirtió en desatada curiosidad, comezón invencible de saber
todo lo concerniente á «nuestra paisanita».
—¿De dónde la ha sacado V., vamos á ver?—preguntaba
á la señora de Pardiñas, más con{259} el centellear
de los entornados y expresivos ojos tras los vidrios de los espejuelos, que con
la voz.
—Me la recomendaron las de Romera, á quien V. debe
de conocer.
—¡Aaaaah! ¡Mucho, mucho! ¡Romera, Romera! Sí,
Romera.—Y ajustó los vidrios sobre la correctísima nariz.—Pero las amiguitas
Romera—prosiguió con la insistencia del juez que abre una información y la
machaquería del viejo que quiere enterarse—¿la han traído de Galicia? Porque,
si no me engaño, no estuvieron allá nunca. ¿La familia de esta chica es
gallega?
—Gallega, sí, señor—afirmó evasivamente doña
Aurora.
—Será una familia decentita, ¿eh?—prosiguió el
impertérrito Nuño Rasura.—Porque á eso me huele..., y yo tengo de
aquí—añadió señalando á aquella escultural facción de su cara.—Ella, hablar,
habla bien: sólo algún modismo... El aire es fino, adamado. ¿Conque familia
decente?
—Decente, sí tal—tuvo que responder la señora, de
dientes afuera.
—¿Pero artesanos? ¿Propietarios? ¿Empleaditos?
—No señor... Sobrina... (la voz de doña Aurora se
atascó unas miajas) de un cura de aldea.
—¡Toma, toma, toma!...—articuló el decano
enfáticamente.—¡Ya decía yo! ¡Sobrinita de un sacerdote! Boccato di
cardinale: son unas muchachas{260} muy
religiosas, divinamente criadas... y de un orden á toda prueba. ¡Toma, toma!
La señora intentó echar la conversación por otro
lado; pero nada es comparable al antojo de un niño, sino el capricho de un
viejo. Don Gaspar acariciaba su muleta dándole vueltas, y al fin, sin poder
reprimirse, indicó:
—¿Sabe V., amiguita Aurora, que, si así puede
decirse, no le he visto bien la cara á esa muchacha? La antesala está un poco
obscura. Y tengo curiosidad de convencerme de si en efecto se parece á una
señorita de Vivero, preciosa por más señas, á quien le llamábamos los muchachos
la Magdalenita..., allá el año de 34 ó 35. Si V. la mandase traer un vaso de
agua... ó cosa así... con disimulo.
El guiño malicioso que trocaban madre é hijo fué
interceptado al vuelo por Laín Calvo, quien exclamó haciendo cómicos
aspavientos y renunciando momentáneamente al ejercicio de la sordera:
—¡Caray, doña Aurorina del alma! No llame á esa
ninfa, no, que será V. responsable de la pérdida del amigo señor Febrero. En la
edad de Don Gaspar, las pasiones hacen estragos, Prudencia, Don Gasparín, mire
que hay cielo. ¿Refregarles por los hocicos las niñas bonitas á los calaveras?
Es un pecado, home.
Cuando entró Esclavitud llamada con un pretexto
cualquiera, nadie podía contener la risa, lo cual azoró un tanto á la muchacha,
que no sabiendo de qué se trataba allí, se puso muy sofocada y por consiguiente
más linda, con{261} aquel encanto especial suyo,
que procedía de un aire casto y humilde, bajo el cual se traslucía una firmeza
rayando en apasionada obstinación. El señor de Febrero se la comía con los
ojos. ¡Viejecito más chiflado! Tan pronto como Esclavitud pudo escurrirse, Laín
Calvo secreteó á la señora de Pardiñas:
—Ay, ay...: la niñina será un tesoro..., pero á
mí...—y se tocaba la nuez—aquí se me pone y de aquí no me pasa. Estas que todas
se arrebatan cuando las mira uno, me escaman muchísimo. ¡Doña Aurora, ojo...,
cuidado!
—No sé de dónde saca V. eso, señor de
Candás—protestó la señora con enojo, herida en su gran simpatía por la
muchacha.
—Estas así, que parece que no rompen un plato, son
de la misma rabadilla de Lucifer—alegó el maligno asturiano.—Venden modestia, y
dan terquedad; venden inocencia, y dan más truchimanería que el que la inventó.
No se fíe, amiguina. Estas son de aquellas que dicen: «¡Ay Jesús! No me pidas
el brazo que me escandalizo. Pero si te lo tomas... ¿cómo ha de ser? tendremos
paciencia.»
—Señor Candás, hay ciertas indicaciones que se
pueden calificar de viperinas—protestó frenético Nuño Rasura, pegando con la
muleta en el suelo.—Cuando está en juego la honra del sexo hermoso, toda
cautela es poca, y conviene ver por dónde se anda y lo que se dice y á quién se
toma en boca, señores.
—Ya, ya—replicó el Fiscal, agarrándose á la
sordera.—Ya entiendo que á V. también le dan{262} en
qué pensar estos tipos así. No en balde hemos vivido añitos, y se nos ha caído
la segunda dentición y los pelos de la cabeza. Doña Aurora: diga, y ¿por qué
vino á dar aquí esta princesa errante? ¿Algún Eneas de allá que la plantó?
Huéleme á historia.
—No señor—declaró la señora de Pardiñas.—No se eche
V. á pensar mal, que no acertará. Por muerte de... de su tío, tuvo que ponerse
á servir...
—¿Desde cuándo?
—Pues hará medio año... poco más ó menos.
—¿Y ya ha corrido dos casas? ¡Malorum... malorum!
—¡Qué malorum! Nada de eso. La yerra V., Don
Nicanor. Le entró á la infeliz una especie de nostalgia, de esa que suele
atacarnos á los gallegos cuando salimos por primera vez de nuestra tierra...,
y, al menos, quiso servir con gente de allá. Como Vds. los asturianos son unos
descastados, no comprenden esto. Pregúntele V. á las de Romera si tienen queja
de la muchacha; que de allí se vino para esta casa muy de Vds.
—¡Uy, uy! ¿eh? ¡Con que nostalgia! Romanticismos y
dengues, ¡carapuche! Ahora sí que digo yo que á esta princesina la tendrá V.
que llevar tila para los nervios todas las mañanas. No se le ocurre ni al
diaño. En estando bien comida y bien tratada, no sé qué caray le importaba la
nacionalidad de los amos con quien servía, home.
—Está V. equivocado—contestó airadamente{263} el señor de Febrero.—Esta enfermedad, que se
conoce por morriña ó mal del país, es terrible en mis
paisanos, señor de Candás, y alguno conocí á quien le llevó á la hoya. No se
ría V., que esto lo saben allá hasta los gatos; y si V. no lo sabe, apréndalo.
A veces, con evocar un recuerdo del país, se cura. ¿Ignora V. lo que ocurrió
con el quinto, enfermo en el Hospital de la Habana? Pues estaba el pobre hombre
á punto de liárselas, y ¿con qué dirá V. que sanó, pero en seguidita? Pues con
tocarle la muiñeira en la gaita de su país. Así, así; con la muiñeira.
—Home..., no fastidie, por el Santísimo Cristo se
lo imploro. Estaría ese quinto más borracho que un templo. Jumera pura. Ya le
curaría yo con solfa de varas de avellano.
—Mi Don Nicanor, con V. no se puede. Niega V. lo
que los demás hemos visto... Más vale hacerse como V., el sordo. Doña Aurora,
si la paisanita esa no le conviene á V..., yo, por una servidora así...
—¡Aquí de Dios! Que este home quiere robar á la
bella Elena que V. ha descubierto. Atentado contra la moral pública. Diga que
no, doña Aurora; mire que es cosa grave.
—Ya se ve que diré que no. Por la cuenta que me
tiene. Estoy muy bien servida con Esclavitud para deshacerme de ella.
Rogelio había oído en silencio la discusión de Nuño
Rasura y Laín Calvo. El se inclinaba hacia las indulgentes apreciaciones de su
madre y del ex-presidente de sala: con todo, á veces le{264} entraban
impulsos de creer que el maldito asturiano calaba más y conocía mejor la vida.
Por una ilusión frecuente en los que carecen de experiencia, la malignidad y el
pesimismo le parecían la última palabra del saber humano. Aquella disposición
suya á pensar bien, debía, en su concepto, originarse de lo poco que había
vivido. «A mí cualquiera me mete el dedo en la boca»—deducía.—«Soy un
chiquillo, y no me da la gana de seguir siéndolo.»
CRUZABA Esclavitud el pasillo, y oyó la voz de
su señorito llamándola.
—¡Esclavita!
—Voy.
—Acude pronto... Tu intervención habrá de resolver
un pavoroso conflicto.
La muchacha entró, y vió al estudiante de pié, en
mangas de camisa, con el chaleco en una mano, y la otra muy apretada, lo mismo
que si encerrase en ella algún tesoro.
—Ahora mismo, con la velocidad del rayo, acaba de
saltarse de mi cuello este botón de precioso nácar... ¿Puedes adherirlo otra
vez á su base sin atravesar mi garganta con el frío acero?
Sonrió Esclavitud, y registrándose el bolsillo,{265} sacó alfiletero, carrete, dedal: este último era
perforado por arriba y abajo, como los de las aldeanas. Se lo calzó
rápidamente, y con igual presteza enhebró la aguja, dió el nudo, y cogió entre
el pulgar y el índice la rodajilla de nácar. Arrancó el hilo que colgaba
señalando el lugar del desperfecto; aplicó el botón, é introdujo la aguja...
Aquí dieron principio las dificultades de la empresa. No era posible sacar la
aguja airosamente, sin pincharle al señorito la barba, todavía rasa y monda
cual la de una mujer. El fingía ayudar, y torcía la geta con mil festivos
remangos y mucho de «¡ay! ¡socorro..., que me parten la carótida..., que me
atraviesan la yugular..., que me practican la arriesgada operación de la
traqueotomía sin tener garrotillo!» y la muchacha, risueña, pero sin perder el
aplomo, sólo decía:—«Aparte un poco..., cuidadito ahora..., vuélvase..., pronto
acabo...» Por fin, con ademán triunfante, dió alrededor del botón un sinnúmero
de vueltas con el hilo, formando el pié; remató...
—¡Hurra! Victoria. Abróchamelo.
Los deditos menudos, picados de la aguja,
recorrieron la garganta del estudiante, el cual despidió nuevos chillidos.
—¡Ay, ay, ay... Que me pelliiizcan!
Pero apenas estuvo abrochado el botón, murmuró como
el que ruega para obtener una cosa muy importante y ardua:
—Esclava... Dígnate ceñir á mi cuello este dogal.
La muchacha tomó la chalina de seda, y al{266} rodearla al cuello del señorito, se tropezaron
las miradas de los dos. Mientras duraban las otras operaciones no había
sucedido semejante cosa, porque Rogelio volvía la cabeza todo cuanto se lo
permitían los accesos de risa que le entraban: ahora sí tenía que suceder, pues
Esclavitud levantaba el rostro, y Rogelio, más alto, veía por fuerza, tan cerca
que le mareaban, las dos pupilas verdes sembradas de puntitos de oro, y la raya
del pelo, derecha, angosta y limpia, como surco que parte un campo de madura
mies, y la cóncava frente, tersa y suave, y las venitas azules de las sienes y
párpados. El aliento puro de la muchacha subía hasta la boca del estudiante,
causándole un principio de embriaguez, como si hubiesen destapado una botella
de oxígeno.
Fué asunto de un instante, pero instante en que por
la intensidad de la sensación, Rogelio creyó vivir un año. La infancia, con su
ligereza de mariposa, sus vagos horizontes de plata y azul, se quedó atrás; y
la golosa juventud, la de insaciables labios, surgió tendiéndolos con afán á la
copa eterna. La sangre de Rogelio, hasta entonces lenta, enfriada por la
clorosis, saltó en las venas con impetuoso hervor, y refluyendo al corazón de
golpe, volvió á derramarse encendida por el organismo. Un velo rojo, el que
nubla las pupilas del criminal en el momento decisivo, cubrió también los ojos
del estudiante, mientras le asaltaba la tentación brutal y furiosa de cerrar
los brazos, comerse á besos la linda cabeza y deshacer á achuchones{267} el cuerpo... La misma violencia del deseo
paralizó su acción, y como Esclavitud había terminado el arreglo de la corbata,
cuando Rogelio iba á ceder á la sugestión culpable, la muchacha se desviaba ya,
colocándose á distancia conveniente para juzgar del efecto del lazo.
Fué como si se interrumpiese la comunicación del
alambre con la pila. Rogelio volvió en sí, tan sobrecogido de terror
considerando lo que había estado á punto de hacer, que sintió enfriársele las
manos. «¡Qué atrocidad, Dios mío!... ¡qué disgustazo para mi madre!»
La noción moral, que á otros se les inculca como
necesidad racional y deber ineludible, ó como religioso precepto, habíala
recibido Rogelio por el conducto del sentimiento, en su educación faldera y
mimosa de hijo único. Todas las ideas de decoro, de bondad, de rectitud, le
llegaban por ese camino indirecto, pero dulce. «¡Ay, qué pena tendría yo,
rapaz, si tú hicieses tal ó cual cosa! ¡Jesús, qué bochorno para mí si cayeses
en esta ó en aquella falta!» Así es que, sin darse cuenta de ello, lo primero
que Rogelio veía en sus actos era el efecto que podían producir en el corazón
de su madre; y ésta fué también su primer idea, al disiparse el vértigo que le
obscureciera la razón mientras tuvo tan cerca á la muchacha. Cuando Esclavitud
hubo salido del aposento, el mismo recelo fué base de una honradísima
resolución, la de evitar nuevas ocasiones y peligros más inminentes todavía.
Tales propósitos son difíciles de sostener cuando se tiene el peligro en casa.
A cada{268} momento Rogelio sentía renacer su
antojo primerizo, y como bocanadas de aire caliente, subírsele al cerebro los
mismos vapores. En la mesa; al encontrar á Esclavitud en el pasillo; cuando le
traía á su cuarto luz, recados ó ropa, no podía menos de devorarla con los
ojos, detallando la perfección de su talle gentil, el misterio de su cerrado y
honesto corpiño, la gracia de su ligero andar. Cuanto mayor y más vivo era su
anhelo, más atado se sentía en presencia de la muchacha. Delante de ella le
parecía imposible resolverse nunca á decirle nada que tuviese color de
requiebro formal; y en cambio, de noche, á solas, desvelado, dando vueltas en
la estrecha camita, juzgaba fáciles todas las empresas y razonables todos los
despropósitos, y hasta—¡extraña forma del capricho apasionado!—creía tener una
obligación, una especie de deber estricto de realizar lo que por el día
consideraba un atentado y un acto de locura. «Después sí,—pensaba,—que nadie
podrá llamarme chiquillo; y yo mismo me convenceré plenamente de que no lo
soy.» Esta disparatada idea se desvanecía por la mañana, al traerle su madre el
chocolate según vieja y afectuosa costumbre. Al ver entrar á doña Aurora con su
bata de tartán y la bandeja en las manos; al saborear el primer bizcocho, el
chico mimado sentía todo el influjo de la ley moral imponiéndose con fuerza
apodíctica, y los principios desconocidos ó negados minutos antes, se le
presentaban claros, demostrativos, evidentes. «Darle una pesadumbre á mamá,
allá por fuera{269} de casa, ya sería terrible, ya
se me ponen los pelos de punta con solo imaginarlo... Pero, en fin, siempre
resultaría más disculpable y más llevadero. Aquí mismo..., vaya..., es cosa
inaudita. Aunque ella no lo pescase, á mí se me figuraría que me lo estaba
leyendo en los ojos y hasta en el modo de respirar. Y lo pescaría, lo pescaría;
¿pues quién lo duda? Es muy pilla mamá, así con esas tracitas de bonachona. El
dedo en la boca no se lo mete nadie. Me conoce tan bien, que aún no he acabado
yo de decir las cosas y ya las ha guipado ella. Como que no le importa ni se
ocupa de nada sino de mí. Dios quiera que no tenga escama ya...»
Así, aquel culpable de pensamiento estudiaba con
atención el rostro de doña Aurora, temeroso de que alguna de sus miradas á
Esclavitud le delatase. A veces se comprometía por dar en el extremo opuesto,
afectando no mirar á la muchacha, evitando hasta el roce de su manga cuando le
servía á la mesa. Verdad que este mero roce le sacaba de quicio, llegando á
causarle una impresión dolorosa por lo intensa. Era el suyo deseo exaltado de
la primera edad, que no sabe aún ni reprimirse ni abrirse camino hasta su objeto.
Después de dos ó tres días de huir de la Esclavitud, ideaba un pretexto para ir
á sorprenderla en el cuchitril donde planchaba y tenía las cestas del repaso; y
una vez allí, no se le ocurría más que sentarse en una silleta, y engañar su
violento capricho contemplando á la chica que, encendida y sudorosa, encorvado
el brazo derecho en arco rígido,{270} hincaba con
esfuerzo la plancha en las pecheras ó los puños de las camisas. Cuando el
ímpetu de abrazarla le acudía muy fuerte, Rogelio se levantaba y refugiábase en
su despachito. Allí estaban, sobre el barnizado escritorio, los antipáticos
libros de texto, impresos en papel de estraza, con tipos gastados y turbios, y
despidiendo de sus mustias hojas y de su parda cubierta toda la secura de la
aridez, todo el humo del hastío. Nunca le habían caído en gracia á Rogelio los
tales librotes; pero ahora... Apenas intentaba abrirlos para repasar una
conferencia, una niebla de aburrimiento pertinaz se le subía á la cabeza, y una
especie de disolución moral se verificaba en su espíritu, en el cual cierta voz
rebelde murmuraba vagamente herejías así: «Anda, hijo, déjate de pamplinas,
reniega de esa ciencia oficial, manida, huera, sin jugo. La realidad y la vida
son otra cosa. Eso con que pretenden alimentarte es un conjunto de vejeces, la
cáscara de un limón exprimido ya por la mano diez y nueve veces secular de la
Historia. Ha caducado cuanto estudias. Te quieren llenar el cerebro de restos
momificados, de trapos polvorientos y de antiguas telarañas. Te quieren meter
en la cabeza la vieja balumba jurídica, y que de un salto te encuentres en la
edad de tus tertulianos, Laín Calvo, Nuño Rasura y el honrado Fantoche.
Quieren que seas de palo como él. No, eres de carne y hueso; eres hombre; la
vida te llama, y la vida á tu edad, á falta de un estudio que desarrolle la
armonía de tus facultades, es... Esclavitud».{271}
A estas indeterminadas reflexiones aquí traducidas
en lenguaje claro y vulgar, el estudiante asentía bostezando, levantándose
nerviosamente de la silla, cogiendo del estantito una novela ó el último número
del Madrid Cómico, tumbándose sobre la cama, y tratando de distraer
con una lectura hambrienta sus febriles ansias.
No tenía el recurso del cigarro, porque pertenecía
á esta generación reciente que no fuma, y que llegará, si Dios no lo remedia, á
desmayarse con el olor del habano, ni más ni menos que las damas británicas.
Faltábale ese gran engañador de la impaciencia, ese gran consejero en las horas
malas, ese poderoso sedante, esa distracción la más espiritual de cuantas puede
ofrecer la materia. Un día pensó en ella mucho. «¿Qué me sucedería si fumase?
Por de pronto, marearme. Quién sabe si echar los bofes... de fijo que sí.
Luego, mamá conocería por el olor... No, peor es el remedio que la enfermedad.»
Esta idea del cigarro, que le halagaba porque tenía
algo de calaverada varonil, trajo como de la mano otro expediente más fecundo
en resultados y hasta de realización gratísima y fácil. ¡No habérsele ocurrido
antes, cuando era tan sencillo, tan sencillo, y hasta tan natural y justo, y
sobre todo tan útil para alivio del malestar presente! «Pues si lo raro es que
yo no tenga ya una novia, señor. La tiene cada quisque: Benito Díaz, una
preciosa; Cardona otra por quien bebe los vientos... Siempre me están diciendo{272} que á qué aguardo para echarme la mía
correspondiente. Pues les sobra razón. Así se me quitarán estas chifladuras y
estos alborotos. Tomaremos novia, sí señor que la tomaremos. El tener novia no
es cosa mala, ni aunque mamá lo averigüe se va por eso á disgustar. Un clavo
saca otro clavo. Será la gran distracción...»
Creada ya la plaza, faltaba saber en quién recaería
la provisión del empleo. Rogelio pasó revista con la memoria á todas las
señoritas conocidas suyas. Unas eran feas, otras tenían ya su arreglito; ésta
frisaba en los treinta; aquélla no salía de casa jamás; unas se burlarían de
él; otras le pedirían cosas muy difíciles en prueba de cariño... Recordó que
por una callejuela que desembocaba en la Ancha de San Bernardo, vivían frente á
su casa tres ó cuatro chicas, descendencia de un empleado en el Ministerio de
Ultramar. No eran malejas, en especial la menor, una rubita pálida que, cara,
pelo y ojos, todo lo tenía de un color mismo, lo cual la favorecía, dándole
cierto parecido con la infanta Eulalia. Rogelio la miraba á veces, recibiendo
pago puntual de todas sus ojeadas sin que le quedasen debiendo ni una sola. «La
rubita me conviene....», pensó el estudiante. «Ni necesito moverme del
comedor...» En efecto: el mismo día que lo discurrió, á la hora del almuerzo,
apostóse detrás de los cristales, con las vidrieras á cuchillo, y miró hacia
los balcones del tercer piso de enfrente. Allí estaba la rubia, vistiendo una
mañanita de percal de lunares,{273} toda sucia y
ajada; sobre la barandilla del balcón flotaban varias prendas de ropa íntima,
en más que mediano uso, puestas á secar, y encima de una cómoda se veían
frascos cubiertos de polvo, la jaula vacía de un jilguero, trapos, una bota inservible.—Al
fijarse en aquel interior nada holandés, el plan de tomar novia que viviese
allí se le frustró á Rogelio. Permaneció apabullado diez minutos. «Buscaremos
por otra parte. Lo que es sin novia no me quedo yo; sólo faltaba...»
LA mañana de un domingo despertó á su hijo la
señora de Pardiñas con la intimación siguiente: «Hoy haremos visitas. No hay
más remedio: estamos en descubierto con todo el mundo. Es un escándalo. Ya he
pedido el landó al taller de Agustín: dice que á las dos en punto lo tendremos
á la puerta. ¡Ah!... ¿No sabes? Voy á ir, que si me miro al espejo, no me
conozco. La modista me trajo ayer el vestido de terciopelo negro arreglado con
pasamanería de azabache y puntillas; el sombrero igual está listo. Con que tocan
á sacar el fondo del baúl. Te pasarás por la peluquería antes de almorzar:
tienes el pelito muy largo».
Rogelio gruñó bastante, alegó dos ó tres {274}ocupaciones indispensables aquel día, pero todo en
broma, porque bien veía á la señora de Pardiñas resuelta á no acostarse sin
haber ofrecido un gran holocausto en el altar de la sociedad. A los dos menos
cuarto, Rogelio estaba acabando de abrocharse la primer fila de botones de su
levita inglesa, delante del armario de espejo. Por fortuna era domingo, y, en
tal día, frente á la Universidad es donde se puede estar seguro de no encontrar
un estudiante para un remedio; que si no, menuda sofoquina le esperaba cuando
los compañeros le viesen con aquel empaque, vestido de caballero,
con guantes y chisterómetro. Acostumbrado á la pañosa y al hongo, le parecía en
los primeros momentos, que ir de levita era así cómo salir de máscara. Allí
estaba la chistera, reluciente, flamante, sobre la mesa del despacho, y los
guantes también, y el junquillo, y el tarjetero de piel de Rusia, y el pañuelo
con rica inicial bordada. De todos estos objetos se hizo cargo; ladeó el
sombrero al colocarlo sobre la bien aliñada cabeza, y empezaba á calzarse los
guantes, con el mal humor inherente á esta operación siempre enfadosa, cuando
su madre entró.
—¡Jesús, máter admirábilis! Vienes hecha un brazo
de mar. ¡Ole por las buenas mozas, las mujeres principales y el trapío!
Lo que venía doña Aurora era muy atarugada con las
galas que sólo en ocasiones solemnísimas se determinaba á lucir. Que no la
quitasen á ella de su mantito arrebujado, de su traje de merino y de su gran
abrigo de pieles.{275} Tanto embeleco era para
condenarse. El peso del sombrero, con sus lazos empingorotados, la obligaba á
bajar la cabeza; los aceros de la falda la ataban los muslos; en fin, ello no
había más camino que someterse á semejantes impertinencias, por lo menos dos
veces al año. Llevaba tarjetero, como su hijo, y además una lista de las casas
donde se creía obligada á ir. También lucía, asomando por el manguito de marta,
un hermoso pañuelo de encaje, perfumado con no sé qué extracto fino, y en las
orejas dos buenos solitarios; el lujo modesto de una señora que no pretende
sino guardar el decoro de su clase. Y, sin embargo, tal es el poder de la
composición y del adorno en la mujer, que doña Aurora, con sus cincuenta y
pico, parecía haberse dejado diez en la puerta del cuarto tocador, ostentando en
la tez una animación agradable, y en el andar cierta majestad insólita.
Esclavitud venía detrás, trayendo un abrigo, que
por si acaso enfriaba la tarde iría en el coche; y mostrando esa admiración
solícita de los criados adictos en los días de gala con uniforme para sus amos,
se puso á arreglarla el polisón y las aldetas del corpiño, y á
sacudir imperceptibles motas de polvo en la parte inferior del volante. De
pronto alzó los ojos, y exclamó cándidamente mirando á Rogelio:
—Virgen de las Ermitas... ¡El señorito qué majo!
—¿Verdad que está hecho un figurín? Rogeliño,
vuélvete, vuélvete..., así. La levita te la han sacado pintada.{276}
—¡Mamá!...—protestó Rogelio. Pero fué preciso
dejarse mirar y remirar por Esclavitud, y aun consentir una mano de cepilladura
en el cuello de la levita. Las pupilas de la muchacha le decían con inocente
lenguaje que estaba bien. Le arregló los puños, y cuando bajaba la
escalera todavía le gritó:
—¡Qué lástima! Lleva en la pierna derecha un poco
de pelusa de la alfombra.
La primer visita fué á casa de Don Gaspar Febrero,
porque la hija del respetable decano, casada con un comandante de Estado Mayor,
se marcharía pronto á Filipinas, en compañía de su marido, destinado á Manila.
Se habló de la navegación, del clima, de los baguíos, de la carestía de la vida
allá, y del señor mayor que se quedaba solo aquí. Por fortuna, nunca había
estado más tieso, más animoso, ni más rufo: aun ahora mismo acababa de salir á
pié, agarradito á su muleta, ávido de tomar sol. Con estas buenas nuevas se
despidieron de la morada de Nuño Rasura y pasaron á hacer otras visitas casi
todas análogas, algunas de tarjetazo, las más agradables para Rogelio, que al
acercarse á cada portal repetía entre dientes la consabida jaculatoria:
—Animas benditas, ¡que no estén en casa las
visitas!
Pero ¡ay! Pegó el gran respingo al anunciarle su
madre que ahora irían «un minuto» á casa de las señoritas de Romera, Pascuala y
Mercedes.
—Madre mía, si es posible, pase de mí ese{277} cáliz. Pero, ¡carapuche! como dice el sordo de
conveniencia, ¿no ves que necesitaré pellizcarme así, para no dormirme?
—¿Tan curro como estás y no quieres lucirte con las
buenas mozas? Anda, anda, da la orden: calle del Barquillo...
Reservaba la casa de las solteronas una sorpresa al
estudiante, en figura de la despabilada chiquilla que salió á recibir á los
visitadores, y les convidó á pasar á la sala, anunciando que las tías «vendrían
inmediatamente». Para decirlo hizo mil monerías con la cara y los ojos, que los
tenía negros, chiquitos, vivarachos, muy parleros. Vestía la sobrinita de las
de Romera un traje bastante rabicorto, indicio de que aún no había ascendido á
la dignidad de la mantilla, y un mandil de peto, bordado de colorines
alrededor: un lazo de cinta azul ataba la coleta de su trenza corta; y sus
zapatitos usados, desflorados por la punta, indicaban la viveza de movimientos
del pié menudo y arqueado que prendían. A poco rato salió Pascuala, la mayor de
las solteronas, toda mocosa y acatarrada, declarando que su hermana no podía
moverse del gabinete, por estar pasando un resfriado mayor aún, que requería
evitar cambios de temperatura. «Mire V.: poner á mi hermana entre puertas, es
como darle una puñalá». Luego presentó á su sobrina igual que hubiese
presentado á un perrillo revoltoso, que alterase la soñolienta quietud de
aquella morada. «Aquí tiene V. á mi ahijada Inocencia, la niña segunda de mi
hermano Sebastián, el que vive en Loja...{278} Nos
la ha dejado el pobre aquí porque necesita arreglarse la boca; le ha nacío un
diente montado sobre otro, y habrá que arrancárselo... Es muy ardilla; no puede
estarse fija en un sitio; no hay calzado que le baste; por eso la ven Vds. tan
mal de botitas...» Hechas estas aclaraciones, vino á cuento hablar de
Esclavitud, y en atención á que no se podía tratar el asunto delante de «una
criatura» y á que Mercedes deseaba disfrutar de la presencia de doña Aurora,
las dos damas pasaron al gabinete, dejando solos á Rogelio é Inocencia. «Enséñale
los álbumes y las vistas de Granada, niña», fué la orden que recibió la
chiquilla al salir su tía de la sala.
Inocencia obedeció,—no sin hacer varias morisquetas
á pretexto de llegarse á la mesa,—exclamando atropelladamente y con mucho
ceceo:
—Venga V., venga V. á ver las estampas que dice tía
Pascua. ¡Son más preciosas!
Aunque lo de ponerse á mirar estampitas le sabía
mal al «caballero» de levita y chistera, por vergüenza de protestar se resignó,
y ocupó una silla al lado de la chicuela, que, al abrir el álbum, le lanzó una
ojeada inequívoca, incendiaria, con todo el descaro de los catorce años mal
cumplidos. Ya al quedarse solo con la niña, le había ocurrido al estudiante que
no pudiera deparársele ocasión más rodada y cómoda de echarse novia que la
presente. Mortificábale un poco en su amor propio el que fuese tan chiquilla,
porque una señorita de diez y ocho á veinte honraba más, y aquello olía á
noviazgo de{279} juego; pero al verla de cerca, con
todos los indicios de la precocidad meridional, con su cuerpecito ya
enteramente formado y su labio superior grueso y un poco remangado por el
diente defectuoso, parecióle una mujer en miniatura, y dijo para sí:
—Me declaro.
Declaróse en efecto, sin más preámbulos ni
ceremonias, con frases muy retumbantes aprendidas en zarzuelas y comedias, en
periódicos y bromas de estudiantes. La chiquilla, sin mostrar la menor
sorpresa, fingía seriedad, enrollando un pico del lazo de su trenza, traída
adelante con afectación de lucir el pelo, haciendo á la vez mil mohines y
dengues de coqueta de oficio. Como el estudiante alzase un poco la voz, la niña
murmuró:
—¡Chisss... Que están ahí, en el gabinete!
Rogelio bajó el diapasón y apretó la súplica,
aunque empezaban á cosquillearle unos fuertes impulsos de reir á carcajadas: y
después de tres ó cuatro gestos negativos, la niña, sin más ni más, de golpe,
dijo que sí.
—¿Me da V. una prueba de amor?—imploró Rogelio: y
sin aguardar respuesta, se inclinó y la besó en el carrillo, figurándose que
besaba el de una pintada muñeca, terso, rosado, insensible. Ninguna emoción, ni
de placer ni de bochorno, reveló Inocencia al recibir el beso: antes cogiendo
al estudiante por la solapa, indicó con mucha fe:
—Me parece que debemos tutearnos. Los novios de mis
amigas se tutean con ellas.{280}
—Bien, pues te tutearé... Ya te estoy tuteando.
Ella recalcó con el mismo empeño y apresuramiento:
—También debemos escribirnos todos los días: todos,
sin faltar uno. El novio de mi hermana Lucía le escribe unas cartas así..., una
por la mañana, otra por la tarde, que aún es más.
—Corriente. Nos escribiremos. Me entenderé con la
criada para que traiga y lleve la correspondencia.
—Y me darás un retrato tuyo. ¿No tienes
fotografías? A mí no han querido papás dejármela sacar, hasta que me arranquen
el diente; pero puedo darte pelo para un medallón. ¿Me lo corto ya?—añadió
jugueteando con las puntitas rizadas de la coleta.
—No... Cuando yo te dé el retrato.
La chiquilla se levantó rápidamente, y andando de
puntillas, fué á la puerta del gabinete donde charlaban las señoras mayores.
Regresó, con las mismas precauciones, gozosa.
—Creí que venía madrina. Pero no. Están de mucho
palique.
Dicho esto volvió á ocupar su sitio al lado del
estudiante, y transcurrieron dos ó tres minutos sin que se dijesen palabra. La
chiquilla esperaba, sorprendida de que no se le ocurriese nada á su novio; y al
muchacho, por más que discurría, no se le venía ni esto á la boca. Sólo
continuaba teniendo ganas de reir, unas ganas disparatadas, y para no estallar
se cubría los labios{281} y la nariz con el rico
pañuelo de bordada inicial. La novia reparó en el pañuelo, y
observó vivamente:
—¿Qué letra es esa?
—Erre. Me llamo Rogelio.
—Ya te lo iba yo á preguntar. Siendo mi novio
necesito saber cómo te llamas. ¿Qué pongo en los sobres de las cartas? Señor
Don Rogelio...
—Pardiñas.
—Pardiñas, Pardiñas, Pardiñas...—Repitiólo muchas
veces la muchacha, como si temiese olvidarlo; y después, encarándose con el
estudiante, le interrogó con tono solemne:
—¿Nos hemos de casar?
Aquí ya Rogelio no pudo aguantar el acceso de risa
nerviosa, y la dejó salir por la boca, por los ojos, por el cuerpo mismo,
cogiéndose la cintura, que le dolía con la fuerza de las carcajadas. Y
sollozaba, echado atrás en el sillón:
—¡Ay... ay... me muero, me muerooó!
—¿De qué te ríes?—preguntó algo picada la
niña.—Pareces tonto. Dime si nos hemos de casar, ea.
—Por supuesto que sí. Es que soy muy tentado de la
risa. Déjame reir, que si no me pongo malo.
Así que hubo desahogado, Inocencia le cuchicheó al
oido:
—¿Pasarás mañana á las nueve de la mañana por esta
calle? Yo estaré al balcón. A esas horas me asomo siempre á ver pasar la
batería{282} montada. Es muy bonita. ¿Tú qué
carrera sigues?...
—Abogado.
—¡Lástima! No tienes uniforme.
ARogelio, cuando iban terminando de bajar la
escalera, le duraba aún la impresión burlesca del noviazgo, por lo cual no se
cuidó de ofrecer el brazo, según acostumbraba, á doña Aurora. Un grito y un
estruendo inesperados le helaron la sangre en las venas, al ver á la señora
resbalar y precipitarse desde el último tramo yendo á caer sobre las baldosas
del portal. Los grandes sentimientos tienen revelaciones supremas en las
ocasiones supremas también; Rogelio ignoraba que hubiese cuerdas en su laringe
y acentos en su voz para decir de un modo tan desgarrador y patético:
—¡¡Madre del alma!!
Saltó á brincos lo que su madre había rodado, y en
un abrir y cerrar de ojos la puso de pié, la reclinó en sus brazos y la apretó
contra el corazón, palpándola con delirio, para cerciorarse de que no estaba
muerta ni tenía ningún miembro fracturado. De repente lanzó una exclamación de
horrible susto.{283}
—¡Sangre, mamá!... Hay sangre... ¿Por dónde
sangras? Aquí... ¡Jesús, sangre!
En efecto, la cabeza había dado contra el filo de
un peldaño, y asomaban unas gotas de sangre por la descalabradura. Aturdida
como estaba la señora por la fuerza del porrazo, la angustiosa voz de su hijo
la reanimó, y pudo decir con desmayado acento:
—No te asustes, rapaz. No fué nada... puedes
creerme que no fué nada. Ya estoy así..., mejor.
—En esta portería no hay nadie... Voy á subir, á
pedir vinagre, agua...
—No, hijo, no, por la Virgen... No llames, no
alborotes. Llévame al coche poquito á poco. Para males y cosas así, cada uno en
su casa.
Temblando y trasudando frío, Rogelio condujo á su
madre, casi en vilo, al coche, y á pulso la subió, recostándola en la esquina,
mientras le hacía aire con el pañuelo, pensando con terror: «¿Habrá habido
conmoción cerebral?»
—A casa, despacito—ordenó al cochero que se
inclinaba lleno de curiosidad para ver qué sucedía. Y sin poder reprimirse,
Rogelio abrazó á la señora, formulando la pregunta de todas las caídas:
—¿Pero mamá, cómo hiciste?
—No sé, hombriño... el pié se me escapó; sería
culpa de los tacones de las botinas nuevas... ó me prendería en el volante del
traje.
—Culpa mía, que no te di el brazo. Soy un bruto.
¿Dónde te duele? ¿Qué tienes ahora, mamá?{284}
—No sé... Parece que me entra un síncope—respondió
con voz débil la señora.
De síncope eran las trazas, según el color mortal y
el enfriamiento repentino. Rogelio estuvo á punto de gritar al cochero: «A una
botica»; pero en esta incertidumbre y congoja, la señora volvió un poco en sí,
hizo señas de encontrarse mejor, y el coche se fué acercando á la puerta de la
casa. Al bajar Rogelio á su madre, ayudado del lacayo, la señora lanzó una
queja.
—¿Qué te duele?
—Esta pierna... No, si no vale nada, no te apures.
Enterada al vuelo de lo ocurrido, Esclavitud, sin
inútiles aspavientos, con actividad y destreza, se dió prisa en aflojar á la
señora, aplicarle vinagre á las sienes, desnudarla después y acostarla en su
cama bien mullida. Doña Aurora se quejaba de arcadas, de angustia, de opresión,
de náuseas continuas, y deseaba arrojar; por lo cual el estudiante pensó
aterrado: «¡Adiós! conmoción cerebral tenemos». Llamó aparte á Esclavitud y la
dijo atropelladamente: «Ten cuidado. Yo voy por Sánchez del Abrojo, y no me vengo
sin él».
Le trajo, en efecto, al cabo de dos horas; y el
insigne médico, después de examinar detenidamente á la enferma y verificar un
minucioso y hábil interrogatorio, tuvo que convenir en que había habido un
poquito, nada más que un poquito, de conmoción cerebral... Unica terapéutica:
quietud en la cama, silencio, dieta mientras{285} no
se aplacase el estómago. Las demás lesiones eran de escasa monta: la
descalabradura de la frente no había pasado de la epidermis: la contusión en la
pierna izquierda se reduciría á un cardenal más ó menos respetable. En suma,
todo no valía nada. Quietud, y se acabó.
Para cumplir el programa del facultativo, realizóse
en casa de Pardiñas esa mutación de costumbres y ese cambio de aspecto que
introduce siempre la enfermedad. La vida se reconcentró en el estrecho espacio
de la alcoba y gabinete de la enferma. Rogelio y Esclavitud se declararon allí
en sesión permanente, él recibiendo visitas de amigos, ella mudando paños de
árnica, trayendo tazas de tila, quemando espliego y haciéndose cargo de órdenes
dadas en voz baja y llaves confiadas con misterio sumo. «Que no le falte nada
al niño... Su sopicaldo, su jerez... Cuidado con calentarle la cama...» A estas
advertencias, que Esclavitud oía religiosamente, seguían gemidos ahogados. «Ay,
la maldita pierna, como me escuece... Se me parte la cabeza de dolor».
Ejercía Esclavitud sus funciones de enfermera con
aquella asiduidad reconcentrada y muda que solía demostrar en todos los actos
de la vida de relación. Salía y entraba sin que se percibiese el menor ruido de
pisadas, ni crujido ó roce de ropa. Estaba en todo, y si faltaba de la alcoba,
era á fin de manipular algún potingue en la cocina. Hasta se las arregló para
tener tiempo de servir la comida á Rogelio sin desatender á la señora; pero de
ella misma, no{286} se averiguó jamás á qué hora
había tomado algún sustento en aquel día memorable.
Adelantada ya la noche, y recogida la casa, preparó
cuidadosamente una lamparilla y la colocó en el suelo, de modo que su luz no
ofendiese la vista de la enferma: después tomó una silla baja, que colocó cerca
de la cabecera y en la cual se instaló. Como Rogelio permaneciese en la butaca
del gabinete, acercóse á él y le suplicó en voz muy queda: «Acuéstese,
señorito; no esté así». La enferma, que había empezado á aletargarse un poco,
entreoyó la súplica, y la esforzó más. «Rapaz, á ver si te acuestas... No estás
acostumbrado á velar, te va á hacer mucho daño... No seas loco, acuéstate... Me
cuida divinamente Esclavitud». Mas no hubo forma de convencer á Rogelio, y el
pleito se transigió resolviendo que se le pondría en el suelo una cama volante.
La galleguita acarreó con extraño vigor dos colchones; batió silenciosamente
las almohadas, y con igual silencio hizo la cama en toda regla. Rogelio no se
desnudó más que de la americana y el chaleco; así, á medio vestir, se deslizó
entre las sábanas, notando entonces el quebrantamiento corporal que sigue á los
grandes sobresaltos y á las emociones profundas. Al mismo tiempo un recuerdo
bufo cruzó por su memoria:
—¡Calle! ¿Y mi novia? ¿Se asomará mañana para
verme?{287}
AUNQUE rendido por las fuertes impresiones de
la jornada, y casi tranquilo porque veía á su madre en estado bastante
satisfactorio, Rogelio tardó mucho en conciliar un sueñecillo, y dió no pocas
vueltas antes de quedarse traspuesto. Ni consiguió adormecimiento profundo y
reparador, sino un dormir agitado, lleno de pesadillas, soñando siempre que se
caía; caídas rápidas, infinitas, interminables, con la angustia de no llegar
jamás al suelo, y de ver desde arriba el punto crítico en que iba á estrellarse.
En uno de esos esfuerzos dolorosos é involuntarios que se hacen durante el
sueño mismo ó para terminar la pesadilla ó para cambiarla, despertó atónito, y
no recordando al pronto cómo podía ser que se encontrase allí, á aquellas
horas, acostado en la alcoba de su madre, miró á su alrededor.
Silencio absoluto. El cuarto estaba medio á
obscuras, alumbrado por la lamparilla; la señora debía de dormir, porque se la
oía respirar fuerte, roncar casi; y á su cabecera, el estudiante divisó á
Esclavitud sentada, inmóvil, con los ojos abiertos y clavados en él, grandes y
fijos. Un impulso irresistible le movió á llamarla, con voz de niño que, á
causa de algún miedo nocturno, implora compañía.{288}
—¡Esclavita! ¡Ps! ¡Esclavita!—cuchicheó.—Aquí.
Se acercó la muchacha, deslizándose como una
sombra, y se inclinó hacia Rogelio.
—¿Duerme mamá?
—Y bien que duerme.
—Pues yo ahora estoy despabilado. Dame
conversación..., así, bajito, para que no la despertemos.
—¡Ay, señorito! ¿Y si vamos á molestarla?
—Que no. Habla bien despacito... y de cerca.
—¿No le era mejor dormir?
—¡Quiá! ¡Si supieras qué cosas tan tristes soñaba!
No, más quiero velar ahora. Ponte aquí.
—¿Dónde?
—Sentada aquí, en el suelo. Si no no podemos hablar
bajo... y despertaremos á mamá.
Esclavitud aceptó la proposición incontinenti, y se
tendió casi boca á boca con Rogelio, pero sin perder su aire púdico y
reservado, manifestando bien en esto haber nacido en el país donde se ejecutan
las acciones libres con más aire de decencia, y donde las mozas unen á la
naturalidad bucólica el exterior honesto. El aliento virginal y fresco de la
muchacha se mezcló por segunda vez con el del estudiante; pero le produjo una
impresión muy diferente de la primera. Sea que el sustazo de la caída de su madre
hubiese transformado todas sus sensaciones juveniles en sentimiento, sea que el
lugar en que se encontraba no permitiese malas tentaciones, ello es que al
tener tan próxima á{289} Esclavitud y tan fácil
cualquier desmán, ni se le pasó por las mientes intentarlo, y sólo notó una
especie de efusión rara y cariñosa, un movimiento de ternura inexplicable,
mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Alargando la mano y apretando con
violencia la de la chica, murmuró:
—Esclava, ¡por poco se muere hoy mamá!
—¡Gracias á Dios que no fué nada,
señorito!—contestó la muchacha correspondiendo á la presión.
—¿Y si muriese, qué hacía yo, di?
No respondió Esclavitud, y obró sabiamente, porque
el problema planteado era de los que no se resuelven con palabras. Estrechó aún
más la mano nerviosa y febril, y sus ojos contestaron, en la penumbra, con
larga mirada elocuentísima.
—Si muriese—prosiguió Rogelio dejándose arrastrar
por aquel movimiento de sensibilidad involuntaria—ahí tienes; no me quedaba
nadie en el mundo más que tú, nadie.
—¡Yo!...—balbució la muchacha, cuya diestra se
estremeció en la del estudiante.
—Pues tú, y nada más que tú. Familia no la tengo;
digo, allá en Galicia unas tías, con quienes estamos como el perro y el gato.
Ya ves qué arrimo, chica. ¡Pues amigos...! ¡bah! dos ó tres... ahí en la
Universidad... Amigotes que de poco sirven. Luego los viejos de la tertulia de
mamá. Gran cosa. Todos van chocheando. Nada, Suriña..., tú y sólo tú.
Hablaba así Rogelio medio incorporado, para{290} mejor dejarse oir de la muchacha; y la necesidad
de bajar mucho la voz, hacía parecer más persuasivo su acento, dándole el tono
apasionado y reprimido de una confesión. Persuadido él, persuadía al auditorio.
No se encontraba en estado de medir la trascendencia y el efecto de sus
palabras, ni menos sospechaba que la sensibilidad y la bondad pueden ser en
determinadas ocasiones más funestas que la cólera y el odio. En su emoción
había mucho de nervioso, y las frases salían de sus labios provocadas por una
reacción del susto de la mañana, como sale el gemido al golpe del dolor, que ni
sabemos medirlo, ni de qué manera lo hemos articulado. Lo mucho que tenía aún
de niño rebosaba en aquel desahogo cariñoso, y ni él aspiraba á más, ni más
podía prever, dado que en momentos tales quepa ejercitar previsión.
—Tú, Suriña—repetía entregándose á las manos que
con vigor casi convulsivo oprimían la suya.—¿Verdad que tú me quieres, y que me
quieres mucho?
Incapaz de responder con la boca, la muchacha
afirmó enérgicamente con la cabeza.
—Ya lo sé. Si eso lo había adivinado yo; por eso te
decía que no me quedaba nadie más que tú, y que á ti me arrimaba, ¿sabes?
Aunque me dijeses que no, no te lo creería. Me quieres... y á mamá también.
—Pues es verdad—pronunció al cabo la chica
recobrando el habla y apartándose un poco del estudiante.—Yo no sé qué me ha
pasado á mí en esta casa, que le cogí así á modo de un cariño...{291} un cariño muy grandísimo desde que entré por la
puerta. Vamos, se me figuraba que estaba en la tierra otra vez. Como son
personas de allá... En fin..., estas cosas me parece á mí que cuanto más quiere
uno explicarlas, peor las explica. Lo que sé es que si me quedo con aquellas
otras señoras, doy cabo de mí muy pronto.
—¿Y por qué estabas tan triste aquí los primeros
días, Esclava?
—Verá... Porque pensé que V. me tenía tema.
—¡Yo tema!
—Sí señor. Cavilando en eso me vinieron unas
melancolías muy hondas. Se me metió en la cabeza el verme...
—¿El verme?
—Le decimos allí así á uno... como un bicho, vamos,
un gusano, una cavilación, para hablar verdad. Toda la santa noche pasaba á
devanar la madeja... «¿Qué haré para que me pierda la tema el señorito? ¿Cómo
me valdré para darle gusto?» Y lo más chocante de todo..., puede creerme, es
tan verdad como que Dios está en el cielo..., que así tan negra como tenía el
alma... no era como en la otra casa, no. De ésta no me querría ir ni hecha
cuartos, más que de ella me echasen.
—Porque sabías que yo te quería, Sura.
—No señor, no; no lo sabía: á fe que pensé que
aborrecida era. De la rabia que tomé me daban ganas de morirme.
—Yo sí que me muero de gusto con oírtelo.{292} Ahí estás muy mal, chica. Pon la cabecita en mi
almohada. Ahí va. Te la saco fuera para que te alcance.
Esclavitud apoyó la cabeza en la almohada sin
desconfianza ni esquivez, y los dos permanecieron un instante silenciosos,
saboreando el momento. La endeble luz de la lamparilla señalaba en realce las
facciones de Esclavitud, marcando los claros con pálida blancura, los obscuros
con un matiz uniforme, entre gris y rosa. Parecía un fino grabado, y Rogelio
expresó su admiración así:
—Suriña, eres preciosa.
En esto doña Aurora suspiró hondo, y ambos se
estremecieron, aunque su coloquio no pudiese en ningún modo graduarse de
ilícito. La enfermera se puso de pié para enterarse de lo que ocurría. A los
dos segundos estaba de vuelta.
—Duerme como una santa.
—Colócate bien otra vez. Quiero preguntarte una
cosa. La mano. ¿Por qué te daba tan fuerte la manía de si me tendrías contento
ó descontento?
—¡Ay! ¡No sé! Desde el primer día dije yo entre mí:
si aquí no te quieren, Esclava, es que estás de sobra en el mundo. Ya viniste á
él contra la voluntad de Nuestro Señor... Ya Dios te miró siempre con malos
ojos... ¿No lo sabe, señorito?
—Sí que lo sé, Suriña... Pero eso es una atrocidad.
¿Cómo va á mirarte Dios con malos ojos?{293}
La muchacha medio se incorporó de un salto, con los
suyos muy abiertos, espantada de ver que ya sabían lo mismo que ella se
disponía á confesar.
—No seas boba—murmuró generosamente Rogelio.—Tú qué
culpa tienes, mujer. Eso me puede suceder á mí, á cualquiera. El nacimiento no
lo escogemos. ¡Simple!
—¡Si viese cómo me trabaja eso allá
dentro!...—articuló con vehemencia la muchacha, abriendo el corazón como si,
próxima á desmayarse, desabrochase el corpiño para respirar.—Siempre estoy
imaginando: «Esclava, á ti Dios no te puede querer bien. Nunca buena suerte has
de tener, nunca. Ya desde que naciste estás en poder del enemigo, y buena gana
tiene el enemigo de soltar lo que agarra. Por mucho que te empeñes en ser un
ángel, estarás eternamente en pecado mortal. Ya lo tienes de obligación. Para
ti no hay padre, ni madre, ni nada más que vergüenza cuando te pregunten por
ellos. Y así, todo lo que hagas te tiene que salir del revés, y si te encariñas
con una persona, peor, que Dios te ha de quitar aquel cariño.»
—Pues conmigo no te pasará nada de eso, Suriña
blanca. Yo te quiero como si fueses hija del rey... Mamá también te quiere
mucho; le entraste desde el primer día, ¿no sabes?
Esclavitud, al oir este aserto, levantó la cabeza,
clavando la vista en el lecho de la señora. Su mirada y su sonrisa querían
decir varias cosas importantes; pero Rogelio no estaba en disposición{294} de prestarse á entenderlas. El estado de su
ánimo no era á propósito para razonamientos, sino para dejarse mecer dulcemente
por el afecto que necesitaba como sedación y medicina. Viendo que no le
producía Esclavitud las malas tentaciones de otras veces, pensaba que su cariño
se había depurado, y que aquel juego anómalo era lo más inocente del mundo. O
para decir toda verdad: estaba en una crisis de sentimiento, y ni pesaba ni
medía sus promesas y sus afirmaciones. Era para él uno de esos minutos de la
vida en que se obedece á la naturaleza íntima, al egoismo secreto, y se cede al
gusto de sentirse querido y de hacerse querer más aún: quien está triste busca
el consuelo, y el hambriento la comida.
—Mamá te quiere mucho—repitió.—¿Parece que no lo
crees? ¡Boba! Pues si ella misma fué quien me riñó porque te trataba así, un
poco fríamente... al principio. Ella me dijo que estabas disgustada por eso.
Esclavitud bajó los ojos, sin duda para que
delatasen sus pensamientos é intuiciones adivinatorias del porvenir.
—Mira—murmuró Rogelio—si vieses qué bien me
encuentro así contigo. Hasta parece que me vuelven á entrar ganas de dormir, y
ahora no habrá malos sueños ni boberías. Se me figura que dormiré lo mismo que
un patriarca; pero hace falta que tú tengas la cachacita de estarte ahí al pié
mío. Si te vas, me despavilo otra vez.
—No me muevo—respondió con firmeza la{295} muchacha.—Así me quisiesen arrancar con tenazas,
aquí me estoy.
—Bien, pues... me quedo dormidito. ¡Ay qué bueno!
Paladeando la primera y dulce cucharada de beleño
que nos da el reposo cuando sigue á un gran sacudimiento moral ó físico,
Rogelio preguntó todavía:
—¿Suriña?
—¿Qué?
—¿Me quieres mucho?
La respuesta la entreoyó nada más: por eso nunca
estuvo bien seguro de que hubiese sido ésta, tan romántica é impropia de una
aldeanita:
—Hasta la hora de morir.
NO obstante la explícita promesa, cuando
Rogelio abrió los párpados después de un sueño tranquilo y bienhechor, vió á
Esclavitud á la cabecera de su madre, sirviéndola una tacita de caldo. La
señora, aliviada de la jaqueca, se quejaba mucho de la contusión en la espinilla.
Poco después vino Sánchez del Abrojo, y le dió la razón asegurando que, según
las trazas, aquella magulladura iba á presentar una degeneración erisipelatosa,
por lo cual, para{296} evitar los perniciosos
efectos del frío sobre los tejidos, convenía la cama.—«Tampoco estaba yo capaz
de levantarme aunque me diesen permiso», advirtió la señora. «Me encuentro como
si me hubiesen manteado y pegado después una tunda con sacos de arena. No tengo
hueso que bien me quiera. Ahora es cuando noto yo las resultas del batacazo.»
Rogelio tomó chocolate al pié de la cama de su
madre, y manifestaba pocas ganas de moverse de allí; pero doña Aurora cayó en
la cuenta en seguida. «¡Ay, ay, rapaz! A clase volando. Ya sabes que esos
señores, y en particular Ruiz del Monte, no tragan las faltas de asistencia.
Después llega el tiempo de los exámenes, y tenemos aquello de quién lo diría.»
Fué necesario, pues, sacudir la pereza, ir al
cuarto, chapuzarse con agua glacial, embozarse bien y salir á la
condenada fábrica de chocolate, como llamaba Rogelio á la
Universidad, fundándose en que en ningún sitio muelen tanto. Al dejar la
atmósfera templada de su casa, despejado por las abluciones matutinas, y sentir
el frío de la mañanita en los ojos y en los labios, notó Rogelio como si se
rasgase un velo de niebla, y los recuerdos del día anterior se definieron y se
aclararon del todo. A tales horas, su novia, la chiquilla del sobrediente,
estaría colgándose del balcón para ver pasar primero á la batería montada y
luego á él. Una oleada de risa estremeció el pecho de Rogelio al acordarse de
tal episodio. «¡Qué pava, como dicen los simones! ¡Vaya un modo que tuve de{297} echarme novia!» Después acudieron las
reminiscencias nocturnas. «Yo no sé cómo estaba: la caída de mamá me puso
turulato. Le dije á Esclava unas cosas estupendas. Aquello sí que parecía
verdadera declaración amorosa, por todo lo alto. Aquello sí. Y que me puse
conmovido, y que si me descuido, me echo á llorar. No, pues ella también estaba
en punto de caramelo. Pero, bien mirado..., nada de lo que nos dijimos
compromete á ninguno de los dos. Son cosas que las suelta uno... así... porque hay
momentos... Si me pusiesen ahora en el apuro de explicar cómo se las dije, no
podría. Me salían de dentro. Quizá esto sea querer; lo que es lo
otro... es pura guasa. Bien; al menos esto de ahora, caso que
mamá lo averiguase, no le daría tanto disgusto como aquello que
se me ocurría al principio. En lo de anoche no veo ningún mal». Y al cruzar un
saludo á la puerta de la Universidad con el soñoliento bedel, sus pensamientos
mudaron de dirección, y se le ocurrió: «Me luzco si hoy me preguntan la
conferencia.»
Por la tarde se llenó la casa de amigos, que habían
sabido el percance y venían «á ofrecerse». Hubo hasta dos ó tres señoras, á las
cuales se permitió entrar en la alcoba y dar conversación á la paciente, porque
en la cabeza no tenía nada ya, y en consecuencia no la molestaba el ruido. Ni
faltaron los tertulianos de costumbre, que se quedaron en el gabinete, haciendo
compañía al hijo de la víctima, como se llamaba á sí mismo Rogelio
bromeando. Se{298} habló de las consecuencias que
pudo tener el golpe: se dedicó media hora larga á inquirir lo que sucedería si
la señora, en vez de poner el tacón así, lo pone asado. Sólo Laín Calvo,
representante, al par que de la malignidad, del buen sentido en aquella reunión
senil, hacíase más que nunca el sordo, limitándose á atizar la lumbre y á mirar
las láminas y caricaturas de los periódicos ilustrados. Dos ó tres veces sacó
su trompetilla del bolsillo, é hizo ademán de limpiarla é introducirla en el
conducto; y otras tantas la volvió á guardar, sin más consecuencias. Pero la
prueba evidente de que oía á las mil maravillas, fué que á pretexto de
enseñarle no sé qué dibujos de La Ilustración Ibérica, se inclinó
hacia el estudiante y le dijo con una mueca más de granuja que de sesentón:
—Niñín, no sé cuándo acaban estos estafermos de
darte la lata. Cuidado que están hoy más memos que de costumbre. ¿A qué vendrá
andar discurriendo lo que pudo suceder si pasase lo que no pasó? Ahora cuadra
bien aquello de «Si como le dió en el pié le da en la pata... la mata.»
Después se suscitó otra conversación, siempre
relacionada con el magno suceso de la caída: y fué discutir si haría falta que
alguna amiga se quedase á asistir á la enferma, porque para Rogelio no servían
ciertos trajines; al fin no tenía experiencia, y era hombre. Pero aquí saltó
Don Gaspar Febrero, llegando hasta robustecer sus aseveraciones con golpecitos{299} del regatón de la muleta sobre el guardafuego de
la chimenea.
—¡Pues si tiene la mejor enfermera que se habrá
visto! ¡Señores! ¡Que no estará la amiguita doña Aurora bien cuidada con la
simpática Esclavitud! De fijo que parecerá una Hermana de la Caridad. No se
compadezcan de Aurora: compadézcanse de los pobres que no tendremos una
Esclavitud á la cabecera si nos llega la de cerrar el ojo...
La tertulia en masa protestó, excepto Laín Calvo,
el cual parecía muy entretenido en ajustarse la trompetilla.
—V., don Gaspar... ¡Pues si V. nos enterrará á
todos! ¡Digo: apenas si está fuerte el hombre! Igual que un muchacho.
Meneó la cabeza Don Gaspar, pero con aire tan
sereno y olímpico, con tanta vida en las correctas facciones, que más parecía
un semidiós de la Grecia afirmando su inmortalidad, que un viejo de nuestra
angustiada época anunciando la caducidad de la vida.
—La verdad es—intervino Laín Calvo—que todos
estamos hechos unos pellejos podres, y que ya, si nos tocan, nos reducimos á
polvillo como las momias del Perú. ¿No decía eso, Don Gaspar?
—Decía—le gritó Rojas—que para cuidar de sus males
quiere á Esclavitud, la doncella de doña Aurora.
—¡Aire!—exclamó el sordo.—No, pues con los cuidados
de una rapacina así, pronto se va un viejo á la sepultura, aunque esté hecho un{300} roble, caray. A no ser que sea como el rey
David...—Y añadió encarándose con Rogelio.—¿Qué dice á esto el rapacín de la
casa? ¿Quiere cederles la niña guapa á los vejetes? ¿No protesta?
Ya por el modo como lo dijo, ó ya porque la
conciencia de Rogelio tenía alguna razón para sobresaltarse, ó porque su
inexperiencia y poca edad no le permitían aún el aplomo que se requiere en
tales casos, Rogelio se puso como la grana (lo cual se notaba más en él por su
morena palidez habitual), y contestó tartamudeando:
—No, yo... Yo... al señor de Febrero...—Y para su
coleto decía:—«¡Sordo del diablo! Oyes tú más... Hasta oyes crecer la hierba.»
Los preparativos para la noche no se diferenciaron
de los de la precedente, sin otra variación sino que, á fin de no viciar el
aire, la cama de Rogelio se colocó en el gabinete, pero comunicada con la
alcoba por medio de la puerta abierta. La enferma tardaba en coger el sueño,
quejándose de dolores, de inflamación en la pierna dichosa, y de un molimiento
inexplicable: Rogelio, al apoyarle la mano sobre la frente, notó algún
calorcillo, observación que tuvo desvelado al estudiante, sin que dejase de
alterarle también la idea de si Esclavitud iría ó no á darle un rato de
palique, lo cual temía y deseaba. En esta zozobra se adormeció por fin; y medio
entre sueños, hacia eso del amanecer, vió acercarse á la muchacha, que se
inclinó y le dijo rápidamente: «No puedo{301} apartarme
de allí. Pide mucho de beber. Se queja que le duele aquí y que le duele acullá:
es el mismo retumbo del golpe.» Y Rogelio, desalentado, murmuró: «Bien,
Suriña.» Pero con aquellas malas nuevas ya no pudo volver á prender en un sueño
seguido. ¿Habría peligro? ¿Sería principio de una fiebre? El médico, que vino
temprano, le quitó la aprensión. «Todo esto es la repercusión de la caída. La
calentura, insignificante. La inflamación la vamos á combatir... Deme V. papel.
Esta tarde ya se notará la mejoría.» Por la tarde, en vez de la mejoría
anunciada, se advirtió algún recargo, pero al anochecer se indicó el alivio, y
á las diez la señora cenó con mucho apetito un ala de gallina. «¡Ay... alabado
sea Dios!—decía.—Parece que se me han sosegado mis huesos. Sentía allá dentro
una opresión... Rapaz, me parece que ya tenemos mujer.» A este alegre vaticinio
siguió una calma profunda, y á cosa de la media noche doña Aurora gozaba de un
descanso de convaleciente, tan profundo y apacible, que casi no se le notaba la
respiración.
—Hoy sí que viene volando—pensó Rogelio, decidido á
no adormecerse y sintiendo, á pesar de sus sofismas para no dar á aquello importancia
ninguna, un rebullicio en el sistema nervioso, y en el corazón un desordenado
latir.{302}
VINO en puntillas, mostrando viveza y júbilo
que contrastaban con su acostumbrada reserva, y se acurrucó en el piso como
gata favorita al pié de la cama de su dueño. Este, sin embargo, no le dedicó
sus primeras palabras, sino que instintivamente las consagró al verdadero amor
de su vida, á la mujer que le había llevado en su seno y que reposaba allí á
dos pasos.
—¡Pero ves qué gusto, Esclava! Mamá se ha puesto
casi bien del todo. Parece mentira. Me ha dado un susto de órdago. Esta mañana,
cuando me dijiste que estaba así... no pude dormir ya más.
Esclavitud, antes de contestar, miró al estudiante
de un modo raro por lo penetrante y profundo.
—Bien que le recé á mi patrona la Virgen de la
Esclavitud para que la señora se aliviase. Le ofrecí también una misa. Ya ve
cómo la Virgen me ha hecho caso, señorito.
—¡Ya se ve! Tú debes de tener vara alta en el
cielo.
—Sí, señor...—murmuró la muchacha.—La tengo. Para
conseguir todo lo que es contra mí.
—¡Contra ti!—articuló Rogelio asombrado y un tanto
receloso.—¿Y es contra ti el que mi madre sane?
—Como sanar...—balbuceó Esclavitud—como{303} sanar... no, señor, y quiera Dios llevarme á mí
antes que á ella. Pero en acabándose el mal, se acaba la vela, y en acabándose
la vela... se acaban estos ratos.
La explicación halagó la vanidad de Rogelio,
afirmándole una vez más que era querido, y no á la manera de los niños, sino
del modo que quiere al hombre la mujer, punto en que consistía toda la gracia
de tan singular comercio, que no se atrevía á llamar, ni aun en sus adentros,
amoroso. Aquellas palabras, dulces por el mismo acento hosco y dolorido con que
la muchacha las pronunció, impulsaron á Rogelio á alargar el brazo, y cogiendo
la bonita cabeza de su amiga, la arrimó á su pecho y la estrechó con ternura.
Esclavitud respiraba tan anhelosamente, que Rogelio la dijo en tono afectuoso:
—Ya te suelto... No quiero hacerte daño, ni
sofocarte.
—Daño, no—murmuró la muchacha.—Daño, no.
Rogelio no volvió á estrecharla. Ninguna violencia
tenía que imponerse para respetar á Esclavitud, allí, al borde de la cama de su
madre, y en aquellas efusiones de carácter más fraternal que apasionado, cuyo
verdadero sentido y objeto ni él mismo acertaba á definir. Sólo se deslizó á
pasar la mano repetidas veces por el pelo rubio, revuelto y abundante. A la
vista parecía más sedoso el pelo de Esclavitud; pero de todos modos, era muy
agradable acariciar la madeja ondeada y tibia.
—¿No quieres dormir un poquito?—le propuso.{304}—Llevas dos noches en vela y debes de estar molida. Si
mamá rebulle te despierto. Yo al fin he de estar despabilado...
Negóse Esclavitud. ¡Velar tres noches! Gran cosa.
Cuarenta días sin desnudarse había pasado á la cabecera del cura, en su última
enfermedad, sin tomar otro descanso sino recostarse á ratos, en una silla
vieja, á descabezar una siesta de cinco minutos... ¡Velar tres noches! Velaría
ella un trimestre.
—Pues si no has de dormir, entretenme. Cuéntame
algo.
—¡Ay, señorito... pues buena persona ha ido á
buscar para contarle!... Quien no sabe nada...
—¡No has de saber, boba!... Háblame de allá, de la
tierra nuestra. Tengo unas ganas atroces de que me cuenten de allí. Cuando salí
era un tapón. Casi no me acuerdo.
Al oir nombrar la tierra, los ojos verdes de
Esclava fulguraron en la obscuridad, como los de los gatos.
—¿No se acuerda nada, señorito?
—Te diré... Apurando la memoria, me parece que veo,
así..., muchos campos verdes, y el mar muy alborotado y muy verde también...
Ello es que si me acuerdo, es de un modo confuso. ¿Sabes lo que tengo más
presente? Un marinero que me cogía en brazos para bañarme; á ese parece que le
estoy viendo ahora mismo, más negro que la brea, y apestando á sardina.
—¿Y por qué no va allá á ver otra vez todo aquello?{305}
—Este año, ó poco he de poder, ó he de convencer á
mamá de que vaya. Pasaremos por Marineda y Compostela. Veremos la provincia de
Pontevedra y la de Orense. Nos atracaremos de ostras y de langosta fresca.
¡Allí sí que sabrá á gloria! Te llevaremos. Ya verás.
—¿A mí?—articuló la muchacha meneando la cabeza.—A
mí, ya verá como no.
—¿Por qué, tonta?
—Cuando se me pone una cosa en el corazón, acierto
siempre; y se me ha puesto que ver no veo más la tierra.
—¡Anda, pájaro de mal agüero! Déjame salir del
aprieto de los exámenes... y después... ¿Conque la tierra es muy bonita?
Cuenta, cuenta. ¿Cómo es? Aseguran que es la más linda de todas las de España.
—Y de las del mundo todo, ya se lo dije—contestó
con gran persuasión Esclavitud.—Si viese las rías de Pontevedra... quedaba
lelo. ¡Si viese echar el cedazo de la sardina!
—Será precioso. Ya me estás abriendo el apetito. ¿Y
las romerías, con su tamboril y su gaita?
—Vale más una fiesta de aquellas—aseguró muy formal
la chica—que todas las diversiones de Madrid. Yo allá era bien alegre, y todos
los domingos bailaba: aquí parece que se me ha caído la paletilla.
—¿Y qué es eso de la paletilla? Sepamos.
—Un hueso que tenemos en semejante parte—respondió
señalando al pecho—que cuando se cae es como si le cayese á uno el alma: se va{306} uno quedando mustio, mustio... vamos, así, muy
triste, y amarillo, y sin voluntad de comer, hasta que después de algún tiempo,
si no se la levantan á uno, se muere.
—¿Tú crees en eso, chica?
—Si es la verdad. Algunas personas dicen que todo
lo de la paletilla es una brujería; pero yo he visto ya dos ó tres que se
fueron al otro mundo, por no querer que se la levantasen.
—Pues Suriña, á veces parece que también se me ha
caído á mí la paletilla dichosa, porque paso esplines y se me quitan las ganas
de probar bocado. Tengo metido en la cabeza que así que vaya á la terriña me
pondré magnífico, hecho un animal de gordo..., así.—Al decirlo inflaba los
carrillos, para demostrar cómo pensaba ponerse.—Aquí siempre seré un fideo.
Esta vida no es para echar buen pelo, no. Cuenta, anda, cuéntame de allá.
Esclavitud obedeció y empezó á contar sin orden ni
genio descriptivo alguno, pormenores que, mejor que á la tierra, se referían á
su biografía propia. «Siendo yo chiquilla, ocurrió esto y aquello... Una tarde
que salí yo en Marín á la pesca de las xardas... Cuando yo aprendía á hacer
encajes con los palillos... Un día que cocíamos la hornada en nuestro horno...»
Esta misma personalidad de la narración le prestaba singular encanto para
Rogelio. Al hablar la muchacha, parecióle que sus desvanecidos recuerdos infantiles
tomaban cuerpo, se destacaban, y se le aparecían claros y distintos. El cuarto
se llenaba de olores de campo, á menta, á anís, á{307} hierba
recién segada. La ilusión fué tan fuerte que arrimó á sí la cabeza de Esclava y
la olió.—«Hueles no sé á qué... así como á flores, á aldea». Mientras la chica
hablaba, se le ponía á él entre ceja y ceja, más fuerte que nunca, el capricho
de ir allá. «Si no voy allá, no soy nunca hombre. Es lo primerito
que he de pedirle á mamá cuando se levante. Es una rareza no haber ido ya á
veranear allí, en vez de aquel San Sebastián, tan apestoso y con tanto gentío.
En sentando los piés en la terriña, doblo y me pongo lo mismo que un becerro
bravo.»
—¡Ay señorito!—murmuraba la voz de Esclavitud—¡qué
fea y qué seca me pareció toda esa tierra que se pasa para venir aquí! ¡Jesús,
María! Ni un triste árbol, ni un regato, ni una mata verde... ¿Cómo viven los
labradores ahí?
—Mejor que allá, infeliz. Esta es la tierra que da
el pan y el vino, mujer.
—¡Mi madre querida! En esa secura parece increíble
que contenta esté la gente. Luego ¡faltarles la vista del mar! Cuando uno ve el
mar, mismamente parece que ve la grandeza de Dios. ¿No es cierto que sólo Dios
podía hacer aquella cosa tan grandísima? ¡Y lo que sale de él! ¡Aquellas
conchitas tan monas; tantísimas clases de pescados; la sardina, que es el
mantenimiento de los pobres!
—Hablas como un libro, Esclavita. No me extraña que
diga tu apasionado Nuño Rasura...
—¿Quién?
—El señor de Febrero, mujer...
—¿El ancianito de la muleta?{308}
—Ese... Pues dice que tú eres un tesoro. Has de
saber que está muerto por ti.
—¡Bah!... No haga burla.
—De veras. Como que quiere llevarte consigo á su
casa. Se cree que acabará por ofrecerte su blanca mano y su pata coja. Ha
concebido por ti una insensata pasión, que le arrastrará al sepulcro en la flor
de sus años, en la risueña edad de las ilusiones, á los ochenta y seis abriles
no cumplidos.
—Bueno, bueno... Malpocado de señor, ni con sus
piernas puede.
—Calla, ingrata mujer, ó mejor dicho, hipócrita.
Nada conseguirás con disimular la profunda impresión que han hecho en ti sus
rizados cabellos...
—Sí, de difunto—observó humorísticamente la
muchacha.
—Las perlas de su dentadura, y la esbeltez de su
talle. Pero no te compongas, infiel, que yo no te permitiré seguir á ese
Tenorio. No harás traición á tus deberes, ó morirás á mis manos. Te arrancaré
el corazón si me vendes.
Le deshizo cariñosamente las conchas del pelo, y
murmuró bajito:
—Suriña no se va con el viejo. Suriña es para mí.
¿Quién se la quería llevar? Que se limpien, que se limpien. Suriña es mía.{309}
DOÑA Aurora se encontró tan aliviada el día
siguiente, que ya pudo levantarse un par de horas, y á la noche insistió y
porfió en que su hijo no se quedase en el cuarto. «No me conviene», advirtió.
«Te acuestas ni desnudo ni vestido; tardas en dormir; te entra el aburrimiento;
te pones de palique con Esclavitud, que bien os oí anoche entre sueños, y luego
amaneces desemblantado y desganado». Cuando la señora hablaba así, andaba la
muchacha por el cuarto arreglando no sé qué cosas, y se volvió de espaldas precipitadamente,
sin duda para recoger mejor la abrazadera caída de una cortina, operación en
que se entretuvo bastante tiempo. En cuanto al estudiante, clavó en su madre
los ojos, sobrecogido; pero aquella querida fisonomía, tan poco avezada á
disimular sus impresiones y tan conocida para él en sus menores repliegues, no
expresaba nada más que lo que en voz alta habían proferido los labios, y el
estudiante, respirando mejor, accedió á retirarse á su cuarto aquella noche. No
dejaba su madre de llevar razón asegurando que le faltaba sueño. En la edad del
pleno desarrollo, no robustecido aún después de una niñez si no precisamente
enfermiza, al menos delicada, su fina organización se resentía de{310} cualquier cosa, y las tres noches de media vela
le traían ya algo lacio. Sin embargo, al recogerse á su alcobita, experimentó
una impresión de pena y de soledad. Acostumbrado á una atmósfera de ternura y
de mimos, á andar envuelto en algodón en rama, era codicioso de cariño, y
bastáranle dos días para contraer el hábito de aquellos tiernos y extraños
coloquios, á deshora, con una mujer que le ofrecía tal cantidad de afecto y de
adhesión, que ni su propia madre, al parecer, derramaba más profusamente el
amor sobre su cabeza. Si Rogelio pudiese analizar al microscopio sus
sentimientos, vería que buena parte del encanto de Esclavitud consistía en que
allí él era quien mandaba, y que la mujer de veinticinco años que al pronto le
tuvo por un chiquilicuatro, un rapaz, ahora estaba á sus órdenes,
sumisa, como esclava verdadera. Con la madre, por más amante y
tierna que fuese, Rogelio siempre se reconocía súbdito: la costumbre de
respetar y obedecer se le imponía, manteniéndole en perpetua infancia. Con la
doncella, podía en cambio satisfacer su pueril vanidad y á la vez su oculto y
mal definido anhelo de vestir la toga viril, atributo de la dignidad humana.
Por eso le causó gran disgusto la interrupción de
veladas tan sabrosas. A punto estuvo de escurrirse de puntillas á eso de la
una, y sorprender á Suriña, para alegrarle aquella cara que se le
había puesto de una legua. Pero ¿y si los cogía su madre? Creería todas las
cosas malas; tendría una desazón horrible; recaería;{311} acaso
despacharía á Esclavitud... El instinto de cautela, que en los movimientos
pasionales se despierta como contrapeso á la fiebre de las determinaciones
radicales y de los insensatos extremos, le aconsejó cierto tino; y al otro día,
como viese á Esclavitud descolorida y con las facciones afiladas, la acorraló
en un rincón del pasillo, y la dijo entre bromas y veras: «Suriña, no me pongas
esa cara de viernes. Esta noche me acordé mucho de ti, y de nuestra charla. Se
me pasaban ganas de ir, pero no me atreví. Cuidadito, por causa de la pobre
mamá. Anda, Esclava, sonríe á tu señor.»
Bastó esta pequeña satisfacción para que la
muchacha apareciese con mejor semblante, y aun se manifestase en apariencia
contenta y segura. Rogelio había hecho su composición de lugar, mitad por
instinto de prudencia, mitad por filial respeto: «Ahora, que sane mamá del
todo: que se reponga: á eso estamos. Mientras no se consiga verla fuerte y
buena, que Esclavitud la cuide, y se acabó. Pero mamá se encuentra muy
aliviada, y va á entrar en convalecencia: dentro de ocho ó diez días no quedará
rastro del percance. Entonces tenemos tiempo de echar todos los paliques que se
nos antoje. Porque mamá sale á la calle, ó se entretiene con su tertulia, y...
perfectamente. Se lo he de decir á Sura para que se ponga más alegre todavía.»
Atisbó la ocasión propicia de comunicarle este
agradable proyecto. Sujeta incesantemente{312} en
el cuarto de la enferma, Esclavitud aquellos días no pisaba el del estudiante:
era preciso tomar por centro de operaciones el pasillo, y Rogelio se propuso
esperar á la chica en él por la tarde, pues la mañana se le iba entre almuerzo
y cátedras. Hacia eso de las cuatro, el entrar y salir de los amigos en la
tertulia introducía en la casa cierta animación y desorden favorables al
intento de Rogelio. Y la tertulia aquellas tardes se encontraba muy concurrida,
porque el género de enfermedad de la señora, no incompatible con la charla y la
bulla, imponía á sus amigos el deber de acompañarla. No sólo venían los
«señores» sino también el personal femenino, compuesto casi todo de modestas
amas de casa, que por carecer de la desahogada fortuna de doña Aurora, sólo de
tarde en tarde podían permitirse el lujo de hacer visitas, no sin meditarlo
antes á fin de darse á luz con la decencia conveniente en la familia de un magistrado.
Aquella tarde vinieron dos señoras que acostumbraban dejarse ver muy poco: la
del presidente de Sala D. Prudencio Rojas, y la del ex-Fiscal D. Nicanor
Candás, por mal nombre Laín Calvo. Si un pintor quisiese simbolizar la Dignidad
envuelta en los cendales de la Modestia, bastábale copiar fielmente el porte y
rasgos de la señora de Rojas. Para quien no tuviese el alma dañada y torcida, ó
embotada la sensibilidad, había algo en aquella mujer sencilla, socialmente
insignificante, que obligaba con categórico mandato á inclinarse y descubrirse.
En su abriguito{313} de terciopelo negro ya raído,
escrupulosamente limpio, trabajosamente puesto al aire de la moda después de
ocho ó diez arreglos quizá; en su capota cuyos encajes descubrían el brillo de
la plancha casera; en sus guantes nuevos, comprados para la circunstancia, de
dos botones no más, de color sufrido y obscuro; en sus aretes antiguos,—una
roseta de minúsculos diamantes;—en sus blancos cabellos, alisados y pegados á
las sienes con el supremo decoro de una reina viuda que ha renunciado á
agradar, se revelaba más valor, más sufrimiento, más secreto heroismo que en
los harapos de ningún pordiosero, ni en el uniforme de ningún inválido, ni en
el sayal de ninguna monja. El viviente comentario y tal vez la mejor clave de
la rígida integridad del marido, era la aureola de paciencia doméstica y de
serena aceptación del sacrificio cotidiano que resplandecía en la esposa. Lo
que tenía Rojas de duro y leñoso en su modo de entender y rendir estrictamente
la justicia, lo suavizaba la dulzura de su mujer, á quien Roma hubiese
conferido el cargo de sacerdotisa de la piedad doméstica. Aquella matrona no
había preguntado jamás, ni aun á sí misma, la razón de que su vida conyugal
fuese un continuado acto de abnegación que duraba ya treinta y tantos años:
sabía que en su casa se adoraba el inflexible simulacro del Deber poniendo en
el mismo altar la estatua sobredorada de la Decencia, y sin una protesta se
había consagrado al culto de ambos númenes.{314}
No cabía mayor contraste que el de la señora de
Rojas y la de Candás. Como en la magistratura se tienen muy en cuenta los
antecedentes de familia, no es posible dudar que una esposa tan cursi, que
según malas lenguas había sido posadera en Gijón, influía bastante en ciertas
sombras que un tiempo empañaron el buen nombre del Fiscal, y era motivo para
que sus compañeros, molestados por tener que seguir trato con ella, mirasen á
su esposo con una prevención que crecía al fijarse en la incorregible mordacidad,
burlón escepticismo y sordera intermitente del asturiano. La señora de Candás,
gordinflona, con una lupia al margen del ojo izquierdo, muy empavesada,
luciendo siempre vestidos llenos de faralaes y capotas que parecían garitas ó
peroles, hablando medio en bable, llamando á su marido este, y
contando delante de cualquiera indisposiciones propias para sepultadas en el
silencio más profundo, era el tipo perfecto de la ordinariez incurable,
enquistada, que resiste al buen ejemplo, al aire de la corte, al cáustico de la
burla y al roce de la corriente del tiempo, que desgasta y pule, como la del
mar, las piedras más toscas. Si Don Nicanor probó alguna vez á civilizar á su
costilla, seguramente había renunciado á ello muchos años hace; y además, los
compañeros aseguraban que para desasnar á Pachita tenía que empezar Don Nicanor
por darse una mano de barniz á sí propio, y suprimir las crudezas de su
conversación, el desentono de sus modales y el mal gusto de sus opiniones,{315}—porque hasta las opiniones eran de mal gusto en el
Fiscal, ó al menos lo parecían por la forma de expresarlas.
Lo evidente es que, encontrárase ó no al nivel de
su Pachita,—y acaso sólo le llevaba de ventaja la agudeza del ingenio y la
superioridad de la instrucción masculina,—Don Nicanor se mostraba á veces como
avergonzado de su mitad. Quien se apostase aquel día en casa de doña Aurora y
viese entrar primero al señor de Rojas y luego al señor de Candás en compañía
de sus respectivas mujeres, podría, sólo con aquella observación, deducir la
vida psíquica de ambas parejas y ambos hogares. Rojas había ofrecido á su mujer
el brazo por la escalera, adelantándose á tirar de la campanilla; y, al cruzar
la puerta, se hizo atrás cortésmente, no sin llegar después á tiempo de alzar
el portier del comedor (donde ya había vuelto á instalarse la tertulia). En el
modo de colocarse á su lado, en el de asociarse á sus protestas de interés por
la salud de la madre de Rogelio, rebosaba la misma consideración, el mismo
delicado sentimiento de reverencia familiar, si así puede decirse; y el
magistrado, respetando á su compañera, mostraba respetarse á sí mismo. El señor
de Candás, al contrario, entró con el sanfasón de todos los días, y por poco
suelta á su mujer en el mismo rincón en que había colocado el paraguas. Parecía
como si Pachita y su esposo se hubiesen encontrado por casualidad en la
escalera, sin conocerse, ni haber sido presentados. Pero hubo más.{316} Mientras el señor de Rojas, conversando en igual
tono deferente con su mujer que con doña Aurora, no se movió del asiento hasta
que la señora de Rojas hizo la clásica indicación, «cuando quieras, Prudencio,
nos iremos hacia casa», el señor de Candás, de repente y cortando una arenga de
Pacha sobre lo rancio y caro que era en Madrid el tocín, dijo con
el peor estilo del mundo:
—Ea, Pacha, cállate y larguémonos, que es hora.
Salía el señor de Candás, sin duda para enseñar el
camino á su mujer, que aún quedaba empantanada en los cumplimientos de
despedida, á tiempo de espantar un grupo de dos personas que hacia el fondo del
recibimiento se secreteaban con calor. Nadie ganaba al socarrón del astur en el
arte de hacerse el sueco; pero ver... ¡carapuche si vió! Tanto, que al salir de
la casa aún retozaba una risilla en las arrugas de su volteriana faz.
Lo que Rogelio le decía con tanto entusiasmo á la
muchacha era esto:
—Suriña, la gran noticia. Este verano iremos
allá... todos. Ya mamá me lo tiene ofrecido.{317}
ENCONTRÁBASE la señora de Pardiñas
completamente dada de alta y se discutía la oportunidad de una salida á pié,
cuando cierta mañana, á la hora en que Rogelio tenía su clase de economía
política, que para tales visitas era deshora, llegó Don Nicanor muy bien
humorado y cordialísimo. Se hizo el sorprendido de no encontrar allí á ninguno
de los acostumbrados tertulianos; á lo cual doña Aurora, que se consagraba á la
fabricación de unas medias de abrigo, respondió muy cuerdamente que faltaban
dos horas lo menos para la de la tertulia, y por consiguiente no tenía nada de
extraño que la gente no hubiese llegado. Pero Laín Calvo no debió de oir esta
observación, porque conservaba en el bolsillo la trompetilla, limitándose á
formar con la mano un embudo acústico.
—¿Diga, Aurora, no ha notado una cosa?—preguntó
después de repantigarse en la butaca, sobre cuyo ancho respaldo estaba ya
señalada la forma de sus lomos.
Doña Aurora levantó las pupilas como el que
dice:—«No; es decir, ¿yo qué sé? Haga V. él favor de explicarse».
—¿No se ha fijado el otro día... cuando vinimos de
visita Pacha y yo...
—Sí, sí; ya... el viernes.{318}
—¿La mujer de Rojas, qué abatida estaba?
—¡La pobre! No es muy animada nunca; pero tampoco
se la ve displicente. ¡Mujer de más mérito! Vale un Perú.
—No, ella bien se esforzaba en hacer de tripas
corazón: ¡pero se le conocía! Sobre todo, los que estábamos en autos.
—¿Pues qué ha pasado? ¿Tienen algún disgusto
serio?—preguntó ya consternada la señora de Pardiñas, que estimaba y quería muy
de verdad á la de Rojas.
—El Joaquín... el hijo, el juez... me le han vuelto
á trasladar desde un extremo á otro de España, á los dos meses de la primera
traslación, y estando su señora para dar á luz. Así se convencerán de que aquí
no se puede hacer el quijote, ¡carapuche! ¡Mire que un rapaz que empieza la
carrera, y para estreno se le ocurre tenérselas tiesas con un alto cacique de
las agallas de Colmenar, á quien le guarda las espaldas el ministro del ramo!
Ya verá, ya verá que no se pueden gastar bromitas con esos nenes. Y ya comprenderá
lo que importan aquí legalidades. ¿Que no se puede trasladar á los jueces más
que á instancia suya? Pues se pone en la Real orden: «A instancia suya», y tan
guapamente. Ya hubo alguno á quien le encajaron la cesantía «á instancia suya».
Y cuando protestó le salieron con «¿V. desacata al ministro?»
—Pero señor Don Nicanor, eso honra mucho á la
familia de Rojas, y al muchacho, que por lo visto es de la escuela de su padre.
Gente íntegra así, se ve ya muy poca. Yo nada entiendo;{319} pero
recuerdo que aquí se hizo conversación del asunto, y se dijo que querían que
Joaquín Rojas se prestase á una picardía tremenda, á un despojo que
importaba...
—¡Mire V.—añadió Laín Calvo prosiguiendo en su
sordera—que ir un mequetrefe como él á cuadrarse delante del Ministro! Los
Rojas tienen vena. Talis pater... Farol el padre, farol el hijo...
Es decir, el hijo todavía más farol, aunque parezca mentira. Porque el padre al
menos no se mete en camisa de once varas: al texto de la ley y se acabó. ¿Que
el Código dice blanco? Pues blanco. ¿Que dice negro? Negro. Rojas es una
máquina de aplicar la ley. Si la ley hoy trajese azotes, y cortar las orejas,
andaría Rojas desorejando y vapuleando á la gente. ¡Pero el chiquillo!...
Porque se ha leído unas chapucerías alemanas é italianas, traducidas en gringo,
se las echa de sabiondo y de fi-ló-so-fo. ¡Fi-ló-so-fo un xuez! ¡Home, qué
farolería!
—Pues á mí,—arguyó doña Aurora sin alzar la voz,
porque sabía á qué atenerse respecto á la sordera del Fiscal,—me parece que en
todas las profesiones puede un hombre portarse con dignidad y con decencia. Les
tengo á los Rojas, por eso, una simpatía grandísima.
—Y claro,—siguió Laín,—ahora lo de cuartos anda
mal. En aquella casa ni se enciende estufa, ni se come principio, ni se hace
café. No le llega el sueldo para traslaciones; se ha casado con una chica que
no tiene un ochavo, y así que la cosa apremie, ya bajará el gallo el señorito.{320} La necesidad enseña más que las Universidades.
Ya le domarán. Como un guante estará dentro de un año.
Persuadida de que no conseguía nada con protestar,
doña Aurora continuaba menguando el talón de su media, limitándose á hacer
gestos negativos, porque su genio vivaracho no le consentía asentir á las
atrocidades del maligno sordo.
—Todos allá cuando rapaces empezamos por
echárnoslas de plancheta... ¡y luego amainamos, vaya si amainamos! O si no, es
querer pasar una vida miserable. Ya verá V. como el ramalazo que ha cogido á
Joaquín le alcanzará también á su padre. Se la están armando con queso. No pasa
el año sin que le jueguen alguna de puño: gorda. ¿No pueden trasladarle? le
jubilarán. Yo no soy antiguallero como Don Gaspar y los otros; pero tengo que
reconocer que en mis tiempos la magistratura dependía menos que ahora de la política.
Las cosas vienen así, y hay que tomarlas como vienen. Estos señores están
siempre en Belén, carapuche. ¡Memos en polvo! A bien que la camada nueva la
entiende mejor. Aquí soy yo el único de la tertulia que vive en el mundo. Si no
fuese la arrenegada sordera...
—A mí no me venga V. con sorderas,—protestó la
señora.—Dios me libre de sordos así. Oye V. más que quiere. A mí déjeme V. de
cuentos ¿eh? No nací en el año de los tontos.
—Y el que está más chiflado de todos,—advirtió Laín
haciéndose el desentendido,—es el bueno{321} de Don
Gaspar. Ese ya, guillati por completo. Ha vuelto á la infancia. Tendremos que
ponerle ama de cría, ó al menos niñera. Eso quiere y por eso suspira; y anda
buscando robarle á V. la que V. escogió para su chico. Hablo formal; tan cierto
como me llamo Nicanor, que le tenemos vuelto tarumba por su doncella de V., por
la Esclava ó como se llame. Ningún rapaz de veinte se enamoraría tan fuerte de
ella; estoy seguro de que á Rogelín no le entró así, home.
Al nombre de Rogelio, y sobre todo al percibir el
tono en que lo pronunciaba Candás, la madre se estremeció, dejando caer en el
regazo la calceta.
—Lo de Rogelín,—continuó con la misma bonachonería
el sordo,—es tan natural en un rapaz, que sería para hacerse cruces si no
sucediese. Claro: una mujer agraciada de veinticinco, y mimosina; un rapaz de
veinte... ¿qué había de pasar, señores? Que hoy te miro, que mañana te toco...
que el cariñín en el pasillo, que el retozo en la antesala... Rapazadas que se
caen de suyo.
La señora saltaba en el asiento lo mismo que un
muñeco de resorte.
—¿V. sabe lo que está diciendo?—exclamaba.—¿Le
parece á V. bien lanzar esas cosas tan serias porque sí, sin prueba
ni fundamento ninguno? ¿No hay más que echar la lengua á paseo y caiga el que
caiga? Rogelio... ¡infeliz criatura! ¡que no es capaz de semejantes trastadas
en casa de su madre!...{322}
—Bueno, si yo comprendo que V. le dé poca
importancia y lo meta á risa, porque son demoniuras que la edad las trae
consigo...; y por eso, cuando el otro día los pillé en la antesala muy
entretenidos, hechos un caramelo, díjeles para mi saco: «Eso, niñines, á
divertirse, que es ley de Dios.» Pero si pienso en el otro estafermo, con sus
ochenta del pico, todo derretido en babas...: home, le bajaría los calzones y
le daría una mano de azotes en el tafanario, por archimemo.
¡A doña Aurora sí que se le pasaban ganas vivísimas
de ejecutar la misma operación con el empecatado sordo! ¡Contar aquellas
enormidades, y contarlas de aquel modo traidor, que ni daba lugar á
rectificaciones, porque con la farsa de la sordera podía decir cuanto se le
antojase, sin atender á las razones en contra, ni aun á los mentís! Era para
envenenarse la sangre de rabia... Era una burla supina, descarada, insufrible.
¿Y ella había de aguantarla? Eso sí que no. La bilis de la señora de Pardiñas
se alborotaba: la sangre le hervía en las venas. «Sordo infame, sordo de
mentirijillas, revoltoso y chismoso de verdad, raposa malvada y astuta, ahora
te lo diré de misas.» Levantóse del sillón, y acercándose rápidamente á Laín
Calvo, le metió la mano, con la destreza de un tomador de oficio, en el
bolsillo del gabán, sacando el estuche que contenía la trompetilla. Y antes que
el sorprendido Fiscal pudiese evitar el ataque, doña Aurora había sacado el
cañuto de plata encajándolo en el conducto auditivo del asturiano,{323} acercado la boca y gritado con toda su fuerza:
—Para mí póngase V. siempre la trompetilla, ó si no
determínese á oir lo que le contesto. Eso de Rogelio y Esclava lo inventa V.
con su maliciota condenada, ¿oye? Mi niño no seduce á las criadas de la casa de
su madre, ¿oye? La gente no anda tan suelta ni tan descarada como V. la pinta,
¿oye, oye? Y las personas decentes se diferencian ¿oye? de los pillos. Y yo no
soy tan borrica ¿oye bien? que si semejantes cosazas me pasasen por delante de
las narices las fuese á consentir. Y á mí me gusta poco la gente maligna ¿oye?
porque siempre echo la cuenta ¿oye? «Piensa el ladrón que todos lo son.»
Acabada la filípica, la señora se dejó caer toda
sofocada y nerviosa en el sofá: y el astur, llevándose ambas manos á su
amarillenta calva, exclamó con acento dolorido:
—Carapuche, Aurorina... Me ha roto el tímpano...
Con otra como ésta me deja sordo.
PERO apenas el truhán de Laín Calvo se hubo
ido, y calmádose un poco la indignación y la cólera dando lugar á la reflexión,
doña Aurora, ejecutando su movimiento favorito de rascarse el moño con una
aguja de la calceta, llegó á{324} formular
categóricamente el indefectible «¿por qué no?» de todas las desconfianzas. Sin
necesidad de gran perspicacia, sin poseer la aguda malicia del Fiscal, con sólo
las nociones más elementales del sentido común, bien podía venirse á la memoria
é imponerse al entendimiento todo aquello de «el fuego junto á la estopa...»,
con lo otro de «entre santa y santo...», etcétera. Y por una serie natural de
razonamientos, propios de su buen sentido, llegó la señora á caer en el extremo
contrario á su primer impulso, acusándose de confiada en demasía, de necia y
simple, porque ni una sola vez se le había ocurrido la posibilidad y aun la
probabilidad de cosa tan obvia, hasta que se la indicara una persona maliciosa
y extraña, cuando ella tenía obligación de precaverla á tiempo. «Las mamás
padecemos esta pícara manía, de pensar que los niños siempre han de ser
niños... y los años vuelan, y ellos llegan á hombres, y el bigote no nos pide
permiso para crecer... Cuando no creemos que siguen siendo chiquillos, damos en
figurarnos que ya son viejos y formales como nosotros..., otro imposible, otra
bobada... La edad pide lo suyo, y es una majadería no sospecharlo siquiera...
Lo malo aquí es que tenemos al enemigo en la plaza. ¡Y lo he metido yo misma!
Nada, le abrí la puerta y le dije:—Pase V. Sobre que la situación es poco
decente, desairadísima para mí, he duplicado el peligro y la gravedad de todas
las consecuencias que pueden sobrevenir... ¡y tanto como pueden! Ello es que yo
no esperé nunca que Rogelio fuese{325} toda, toda
la vida un santo; pero esto... así, á domicilio...»
Otra rascadura en el moño le sugería el contrapeso
lógico de tales reflexiones. «Es muy creíble que el tiñoso del viejo haya
calumniado, por el gusto de calumniar, á mi nene y á la pobre Esclava. Yo no
tengo tan mal ojo para conocer á las pájaras de cuenta, y Esclava me gustó, me
llenó precisamente por su tipo formal y modesto. Verdad que los antecedentes de
familia no la abonan, y que tiene mala sangre por los cuatro costados; pero
eso... en eso se lleva uno chascos grandísimos: la gente no es como los pimientos,
que salen gordos ó ruines según la semilla. Nada, aquí no tenemos sino un
caminito que seguir. Observar, no dormirnos y procurar que el muchacho se
distraiga por ahí fuera. Según lo que vaya pescando, así haré. Yo no voy á
cometer la barbaridad de echar á la chica de buenas á primeras. Si todo ello
resultase paparrucha de Don Nicanor, sería un cargo de alma. Y si es verdad,
podía alborotárseme el chico... y tendríamos una... Estas primeras chifladuras
y tonterías de los rapaces les entran muy fuerte. Andarse con tiento. Aurora,
figúrate que eres de policía y que te mandan seguir la pista de un crimen...
Ojo alerta, calma y mala intención.»
Ningún programa se cumplió más al pié de la letra.
Dedicóse la señora desde aquel mismo instante á reparar el tiempo perdido: tan
confiada y noblota como fué antes de concebir recelo alguno, tan suspicaz y
escamona se volvió{326} desde que la sospecha vino
á hacerle cosquillas con sus dedos rápidos y fríos. Espiaba con destreza y con
un sosiego perfecto, sin dejar salir al exterior las preocupaciones del ánimo.
En toda mujer, en la más sencilla y franca, hay un polizonte en germen; los
hábitos de disimulo contraídos desde la niñez les hacen fácil el oficio.
Para no alarmar ni poner sobre aviso, discurrió
doña Aurora no vigilar á los dos presuntos culpables, sino á uno solo: porque
si éste comunicaba al otro sus temores respecto al espionaje, el otro los
disiparía asegurando no haber notado cosa alguna que alarmar debiese. Y en
efecto, en el presente caso no puede negarse que, vigilada Esclavitud, sobraba
atisbar á Rogelio. Así se practicó. La señora, usando de un derecho
indiscutible, estudió minuto por minuto las acciones, pasos y movimientos de su
criada. Supo á qué hora se despertaba; qué hacía después de levantarse; cuántas
veces y con qué fin entraba en el cuarto de Rogelio; en qué empleaba la tarde;
á qué se dedicaba mientras duraba la tertulia; cuándo se recogía y en qué
momento soplaba la luz. Y,—preciso es confesarlo,—al pronto el resultado de
estas averiguaciones fué completamente negativo. Esclavitud, no bien salía de
su cuarto, se consagraba como siempre á los chocolates, y después á su aseo
personal, sin acicalarse ni hacerse esos moños de figura de sorbete, único lujo
de las domésticas madrileñas. Para arreglar y asear las habitaciones de
Rogelio, despachito y alcoba, escogía{327} las
horas que el estudiante pasaba en clase, ó en paseo: nunca iba estando él.
Esclavitud no salía los domingos sino á misa; por consiguiente, tampoco veía á
Rogelio fuera de casa. Durante la tertulia, Rogelio no se movía de su rincón
del sofá, ni la muchacha abandonaba su cesta de repaso, excepto para abrir la
puerta. Y las noches, en que á no venir algún estudiante amigote de Rogelio,
éste leía periódicos ó salía á los teatrillos á ver una pieza, Esclavitud se
las pasaba en su cuarto, cosiéndose su propia ropa, ó dedicándose á faenas
análogas. Nada se descubría que pudiese dar pábulo á ciertos recelos, y la
señora se dormiría tranquilamente, si sus condiciones de observadora fuesen más
vulgares.
Pero no era ella mujer á quien se le pasasen por
alto varias cosillas insignificantes en apariencia, y en realidad muy
significativas y aun escamativas para una mamá avispada; cabos sueltos tras los
cuales suele salir toda una madeja larga y enredadísima. Estos indicios,
señales ó guiones para las pesquisas de la celosa madre, eran del género
siguiente. A la hora de almorzar, al traer Esclava las píldoras ó el jarabe
ferruginoso, al presentar á Rogelio sus manjares preferidos, establecíase
alguna vez (y que no se lo negasen á doña Aurora, que ella bien lo había
guipado) un trueque de miradas lánguidas de carnero á medio morir,
ó encendidas y chispeantes. Al llamar el estudiante á la campanilla y
levantarse Esclavitud para abrir la puerta, la muchacha mostraba un
apresuramiento{328} que estaba muy lejos de
manifestar cuando tiraban del cordón los vejestorios tertulianos; es evidente
que conocía al señorito en el modo de llamar y hasta de subir las escaleras. Si
Esclavitud planchaba ropa de Rogelio, hacíalo con primor y esmero muy
especiales; y este mismo síntoma podía advertirse en el arreglo de la
habitación y en el servicio de la mesa. Algunas noches, al salir de casa
Rogelio, la muchacha le esperaba en el pasillo, y trocaban breves frases, pero
en voz tan baja que no podía oirse el diálogo: esto mismo ocurría por la mañana
al regresar de clase, y siempre que no estuviese en la antesala doña Aurora.
Por último, y este indicio era de los más elocuentes, Rogelio se había
resistido dos ó tres veces á acompañar á su madre para salir, y aunque por fin
cedía, iba asaz mohino y con las orejas gachas.
Ni más ni menos que esto percibió la señora: ello
bastaba y aun sobraba quizá para tenerla en ascuas ó inspirarla deseos de
resolver del mejor modo posible aquella ambigua situación y desenredar la
madejita, que amenazaba ser con el tiempo un enredo de dos mil diablos. No se
atrevía á moverse de casa por no facilitar ocasiones peligrosas; pero esto
puede hacerse un día, dos, tres; no prolongarse todo un invierno, á menos de
criar moho. Rogelio había manifestado ya repetidas veces gran extrañeza viendo
suprimidas las correrías matinales en simón. «Máter, estamos abocados á
presenciar graves trastornos si continúa tu retraimiento y{329} sigues
desdeñando á las áureas carrozas que al pié de los muros de nuestro palacio
esperan que te recuestes muellemente en sus recamadas alcatifas para dedicarte
á tus matutinos quehaceres. Prepárase imponente manifestación en que tomarán
parte diez mil Faetontes de punto; pronunciáranse discursos en la dulce lengua
del trovador Macías y en la jerga elocuente del duque Pelayo. Tienen pedida la
palabra Martín el Buloniu y José el Cabaleiro. El Gobierno ha adoptado
precauciones, y el duelo se despedirá en la taberna.»
Los tertulianos, informados del retraimiento de la
señora, también se creían obligados á soltar su discurso de higiene. «Amiga
doña Aurora, no hay que apoltronarse. Cuidadito con criar humores, que después
dan que sentir. Míreme V. á mí: la salud de que gozo y la buena disposición en
que me encuentro, las debo á mi costumbre de que no pase día sin salir y sin
andar á pié regulares distancias. Menos de una legüecita, no se esparce la
sangre. Yo, desde que me rompí el hueso, ando más.» Estos consejos eran del
excelente Nuño Rasura. «Muy conveniente considero el ejercicio», añadía el
señor de Rojas, con su sentenciosa formalidad de costumbre, «para el cuerpo, y
si Vds. me apuran, para el alma. Andando, se distrae... vamos, el espíritu. No
hay como un paseíto, y si uno se aburre, lo mejor que puede hacer es contar las
piedras, los árboles ó los números de las casas.» A doña Aurora, tales
advertencias acababan por sacarla de tino. «Es monomanía{330} la
que tiene todo el mundo de aconsejar y de cuidarle á uno, sin saber ni lo que
le conviene ni dónde le aprieta á uno el zapato. Estos señores parece que se
empeñan en que aquí suceda... lo que no debe suceder. Vaya, con razón dice
aquel truchimán de Don Nicanor que están en Babia todos ellos.»
No obstante, doña Aurora iba persuadiéndose de que
la encerrona era insostenible, y la irritaba pensar que tal vez se tomaba un
trabajo excusado, porque la inclinación de los muchachos no llegaba á extremo
que justificase tantas precauciones; y de llegar, el impedirles que se viesen á
solas era como poner puertas al campo. Ocurriósele entonces un expediente para
salir de dudas y medir la magnitud del riesgo. Mandó fabricar secretamente un
llavín para la puerta de su piso; y ya provista de él, salió á la calle de
mañana en uno de sus trenes, el de Martín por más señas; y despidiéndolo al
poco rato, volvió á su casa á pié, abrió sin hacer ruido, y se dirigió, pisando
blandamente, al cuarto-leonera, donde supuso que debía encontrarse Esclavitud.
Así era. La halló haciendo labor, como de costumbre, tranquila, con el aire
reconcentrado y pensativo que la caracterizaba.
—¿Dónde está el señorito?—preguntó doña Aurora de
súbito, sin dar tiempo para que la Esclava adoptase precaución alguna.
Y la criada, alzando el rostro sereno, ó más bien
melancólico, respondió:
—Me parece que estudiando en su cuarto{331} ¿Cómo entró, señora? No he sentido la
campanilla.
—Es que salía Fausta—explicó doña Aurora
atropelladamente, cogida en el garlito lo mismo que si fuese ella la culpable.
Hasta sintió encendérsele los carrillos. ¡Aquello era lo que se llama un
parchazo! ¡Tantos misterios y tantos preparativos de llavín, para encontrarse
con que en casa no sucedía nada de particular, y que cuando pensó sorprender un
pecaminoso coloquio, sólo encontraba la calma y el orden! Y sin embargo, no se
convencía, no señor: que se convenciese el diablo. «¿Será esta chica más lagarta
de lo que me figuro? ¿Me estará envolviendo sin yo pensarlo? ¿Se reirán de mí
los dos? Porque las miraditas y los coloquios al entrar y salir, y las pocas
ganas que tiene mi niño de echarse á la calle... eso no me lo quita nadie de
aquí; lo he visto, y lo que veo... nada, que lo veo, y ya pueden predicarme
después frailes descalzos. Con salirme fallida esta emboscada, en vez de
sosegarme creo me voy sobresaltando muchísimo más. No, pues yo no me dejo meter
el dedo en la boca. Para defender á mi hijo, todos los medios humanos he de
apurar; á mí no me cogen desprevenida: por si ó por no... Me da miedo esta
muchacha. La veo yo así..., no sé cómo, pero no me gusta. Tiene un carácter muy
de allá, que todo se lo guarda, y no hay nunca seguridad con ella, porque no se
descubre. Pues á pillo, pillo y medio. Deja, deja, que yo te buscaré la salida;
y ha de ser salida decorosa, sin que te puedas quejar; al contrario,{332} has de tener que darte por satisfecha. Y
ahora..., un clavo saca otro clavo, los rapaces son rapaces... Voy á
proporcionarle entretenimiento á Rogeliño. Voy á darte una rival... y bien
bonita. Espérate, rapaza...: contra treta, retreta; ya encontré quien ha de
desbancarte.»
YEN efecto, ni veinticuatro horas tardó la madre en
arreglarle á su hijo una entrevista con la rival de Esclavitud. El punto de
cita fué en la propia morada de la susodicha rival, morada obscura y que olía
medianamente, como suelen oler todas las habitaciones de gente de su laya; por
lo cual, para que Rogelio se enterase bien del talle y porte de su nuevo
quebradero de cabeza, hubo que sacarle al patio sin ningún artificio de
coquetería, y aun pudiéramos decir que en estado de casi total desnudez, pues no
cubría sus esbeltas formas sino una manta vieja que el dueño del taller de
coches, Agustín Cuero, se apresuró á levantar á fin de que nada velase sus
encantos.
Era una monada de jaca andaluza, alazana con cabes
negros, de cabeza chica y enjuta, de nerviosos remos, de lucio y acopado casco,
de pelo irisado á fuerza de estar brillante, de entreabiertas{333} fosas
nasales más suaves que la seda, de ojo lleno de fuego y dulzura; joven, leal,
gallarda, animosa; un animal de esos que honran á la raza caballar española con
la hermosura de su estampa y la inteligente generosidad de su carácter. Agustín
Cuero no le escaseó elogios hiperbólicos, fingiendo que se enternecía al
desprenderse de tan rica pieza.
—Le aseguro á la señora que otra más bonita no se
pasea hoy por la Castellana. No tiene una maca siquiera. Y es una santa, es una
seda, la maneja un niño de pecho. Con toda la sangre que le sobra, no es capaz
de una mala partida. Así es que un hombre le toma ley, vamos, y parece que
cuando uno la vende es como si se le llevasen á alguien, es un decir, de la
familia.
—Sí—respondió la señora metiéndose á chalana—pero
también no me negará V. que esta clase de caballos no está ahora de moda. Los
elegantes tienen una legua de pescuezo y son de figura de mondadientes.
—Bueno, los ingleses...; una moda redícula,
como muchas que hay; y esos son para ciertos señoritos y con ciertas
circunstancias... pues. Para el Hipódromo y esas farsas. Una jaca como la que
está viendo la señora siempre tendrá partido. Bien emperrado que anda el Baraterín en
comprármela; en pleito estamos porque no quiere llegar al precio que yo le
pongo. Ahí el señorito podrá decirlo.
—Es verdad, mamá—afirmó Rogelio mientras halagaba
el anca de raso del simpático animal.—Soy testigo. Agustín le pidió lo mismo{334} que á ti, y el torero la dejó quedar por
diferencia de dos onzas, y está chalado por ella. La anda rondando; ¡le hace
más visitas!
—Pues que no la ronde, que es tuya—exclamó la mamá
decisivamente, recreándose en ver el rostro extático de su hijo, que al oir
esta palabra divina, con un impulso de esos que no se calculan, echó los brazos
al cuello de la jaca, y le plantó un achuchón completo en el hocico negro y
suave.
Convenido ya el precio y la hora de cobrarlo, doña
Aurora indicó algo sobre el cuidado de la jaca, proponiendo á Agustín dejársela
en pupilaje; pero Rogelio, excitado, casi convulso de felicidad, no permitía
hablar á nadie, ni tomar resolución alguna. «Tú no sabes, mamá... Yo me encargo
de eso, déjame á mí... Sí que he de pasarme yo un día solo sin enterarme de
cómo anda la jaquita mía... Todas las mañanas y todas las tardes la he de ver á
la señora jaca... Te digo que lo dejes de mi cuenta...» Acabó doña Aurora por
acceder y otorgarle plenas facultades. «Bien, pues allá tú...» Cuando se trató
de poner nombre á la jaca, el muchacho, sonriendo, murmuró: «La llamaré
Suriña».
Los afectos cardinales del alma humana dictan á
veces rasgos de maravillosa inspiración: la señora había comprendido, iluminada
por el amor maternal, que tratándose de un hombre de veinte años, y menor aún
que su misma edad, no hay rival mejor contra una hembra que un caballo bonito.
El caballo no es solamente distracción de un par de horas al día, sino ocu{335} pación y preocupación constante, desde que
amanece hasta que anochece. Enterarse de lo que come, y de si le roban ó no la
cebada; ver si está limpio y se han practicado con él todas las operaciones de
tocador—y el tocador de un caballo fino lleva casi tanto tiempo como el de una
mujer primorosa; luego, esa comunicación afectiva que se establece entre el
jinete que por vez primera disfruta el goce de un caballo, y el animal; esa
ternura que nace de la posesión; ese trueque de monerías, el azúcar robado al
almuerzo para ir á dárselo, el pan fresco escondido en el bolsillo del chaleco,
la dicha que produce el relincho de júbilo del animal cuando su penetrante
olfato y su delicada percepción le dicen que el amo se acerca con la
golosina... Después, las inquietudes por la salud—un caballo ocasiona tantas
como un niño chico.—«Señorito, esta jaca no sé qué tiene... hoy no ha comido el
pienso. Le noto los ojos tristes.—Señorito, hoy la jaca no ha...» ¡Quién lleva
lista de los innumerables achaquillos que puede padecer una jaca! Después de
tan múltiples cuidados, aun queda otro orden de ellos, relacionados con lo que
podemos llamar las galas de boda de la equitación: el galápago de la mejor piel
de cerdo, crujiente, diminuto, mono; el sudadero de rico fieltro con cifras
inglesas; los acerados estribos; la sutil cabezada, que deja lucir toda la
gracia de la gentil cabeza; y para el jinete, el látigo de puño de plata
cincelado; los guantes del Tirol; el ajustado calzón de punto; las botas
muelles; la corbata con herraduras{336} blancas
sobre fondo gris... Todo distracción, todo embeleso en la encantadora luna de
miel del muchacho con su jaca. ¡Y qué emoción al sacarla! ¡Qué vanidad al
lucirla con los amigos! ¡Qué inexplicable deleite al pasearla en las frondosas
arboledas de la Moncloa, al ver acercarse un carruaje en cuyo fondo se reclina
una bella enlutada, y bajo la fascinación del mirar de la gentil desconocida,
ostentar la montura, hacer piernas, caracolear y lucir su gallardía cubriéndola
de espuma y sudor! ¡Qué placer ir variando de aires, ya el rítmico paso, ya el
animado trote, ya el ardiente galope; y al halagar con cariñosa palmada el
cuello del obediente bruto, sentirle resoplar de placer, estremeciéndose todos
sus sensibles nervios y su vigorosa y enjuta musculatura, como talle de
jovencilla al rodearlo el brazo de ágil pareja y disponerse al vals!
Indudablemente, lo de la jaca sí que había sido
gran recurso é idea feliz, hija al fin de la experiencia, y muy superior á
aquel ardid vulgar de echarse novia, que se ofreciera al candor de Rogelio como
arbitrio soberano para curar su incipiente enfermedad amorosa. Ahora no
necesitaba su madre pedirle que saliese, ni inventar pretextos con que echarle
á la calle. Espontáneamente no hacía el chico más que ir y venir de su casa á
la cuadra de la favorita. El invierno cejaba ya; los últimos días de Marzo eran,
á pesar de la mala fama de este mes versátil, claros, templados y hermosos; y
todas las tardes, desde las tres, salía Rogelio á{337} gozar
de los primeros soplos primaverales, ya solo, ya con amigos, ya con el picador,
volviendo al anochecer dominado por una sana fatiga física, embriagado de aire
puro, libre de molicies y malas sugestiones, penetrado de la alegría del paseo.
Entre esta veta de actividad que su madre había descubierto, y el estudio,
indispensable porque la época de los exámenes se acercaba amenazadora, ¿cuándo
ni cómo había de encontrar tiempo de atender á la Esclava?
No por eso se dormía la madre, ni abandonaba el
bien concebido plan de defensa. Un día, Don Gaspar Febrero, habiendo madrugado
algo más que los otros tertulios, vino á quedarse á solas con la señora de
Pardiñas, y según costumbre, trajo la conversación hacia Esclavitud,
elogiándola de tan desatinada manera, que la señora sintió cierta desazón en
los nervios.
—Pecisamente—dijo doña Aurora cuando el anciano la
permitió meter baza:—tenía que indicarle á V., á propósito de esa chica... Pero
prométame que me responderá con franqueza absoluta, como amigos viejos que
somos ya.
—¡Pues no faltaba más! Mi simpática Aurora, ¿cuándo
no?... ¿En qué puedo servirla?
—Verá V.... Una cosa que se me ha ocurrido aquí por
la mañanas cuando estoy sin gente y el rapaz en clase... Como V. se va á quedar
muy mal, creo yo... así que Felisa emprenda su gran viajata á Filipinas...,
yo..., en mi deseo de que no eche V. tan de menos esos cuidados{338} á que está acostumbrado ya... ¿no le parece á
V.?
—Veamos, veamos. Siendo de V. la idea... V.
discurre siempre muy juiciosamente, amiguita...
—Como me ha dicho V. tantas veces que le agrada el
modo de servir de Esclavitud...
El gallardo anciano hizo un brioso movimiento de
halagüeña sorpresa, afianzó sus espejuelos, se apoyó en la muleta, inclinándose
hacia adelante; y desatentado, trémulo, sin acertar á formar los períodos,
exclamó:
—Amiga, amiga, amiga... ¿Qué me dice V., qué me
dice V....? ¿Ha reflexionado antes de hablar? ¡Desprenderse V. de ese tesoro!
¡de ese tesoro! Me llena V. de agradecimiento, sí, señor... pero en
conciencia... no, no puedo consentir... ¡A dónde llega la amistad! Ahora lo
veo, Aurora... No, pero yo no soy un egoista... No, V. no habrá meditado... ¿lo
dice V. formal, formal?
Sintió la señora el aguijón del remordimiento ante
esta gratitud extemporánea, y se dió prisa á añadir:
—Mire V., si sería conveniente para mí también;
hasta para mí. Hay su parte de egoismo, Don Gaspar; no es todo virtud. Como
este año proyecto llevar á Rogelio á que conozca nuestra tierra...
—Razón de más, amiguita, razón de más. No puede V.
prescindir de una servidora semejante viajando. Están muy malos los tiempos...
Ahora, con las Higinias que corren, ¿quién{339} suelta
una Esclavitud.... ¡ah! una Esclavita de esa marca! ¿V., V. lo ha pensado, lo
que se dice pensar?
Al hablar así, Nuño Rasura pegaba saltos en su
butaca, y hacía con la muleta el molinete. Sus ojos brillaban; su cuerpo se
erguía como de un muchacho, y afanoso sobrealiento agitaba su esternón. «Dios
nos asista» pensó doña Aurora: «á este señor le voy á tener que recoger del
suelo con cucharilla.» Y como guardaba silencio aparentando hallarse conmovida
por los argumentos del buen señor, éste añadió de pronto, con energía, á manera
de niño que se deja convencer para tomar un juguete:
—Pero es decir... ya comprendo que la amiguita lo
ha meditado bien, en el mero hecho de proponérmelo á mí. Conozco que tiene
fundamento lo que V. alega: mucho, mucho, Aurora... viajando, se va mejor solo:
el hijo con la mamá... claro, perfectamente. Pues por mí... basta que sea
indicación de V.: acepto, acepto... ¿oye la amiguita? acepto.
Doña Aurora discurría: «Cierto que á veces irrita
un trucha como Don Nicanor, que tiene la malicia por arrobas y es capaz de
pensar mal de su propia madre; pero también estos inocentones, que nunca se
enteran... vamos, hay días en que le ponen á uno los nervios como cuerdas de
guitarra».
Vencidos ya los escrúpulos de Don Gaspar, él mismo
combinó y desarrolló el plan de campaña: al ausentarse la hija, Esclavitud
entraría á servir al padre en concepto de ama de llaves.{340} El
ochentón añadió, estregándose repetidas veces las manos:
—Que no se entere Candás... No quiero bromas
inconvenientes.
NADA transpiró de esta conjuración doméstica.
Guardó silencio doña Aurora, porque las mujeres saben callar muy bien si se lo
proponen y si están en juego intereses de su corazón; y Don Gaspar se cosió los
labios, porque temía más que al cólera á las cuchufletas é insinuaciones del
Fiscal, y otro tanto—revelemos estas interioridades—á la fiereza de su hija
Felisa. La cual, suspicaz como una esposa, alarmada por los instintos de
elegancia, sociabilidad y galantería del anciano, se había dedicado á buscarle
lo más feo, zafio é intratable del ramo de maritornes, porque siempre veía
perfilarse en el horizonte la fatídica silueta de una madrastra. Hasta que
Felisa emprendiese su viaje hacia la quinta parte del mundo, no se atrevía el
viejo ni siquiera á indicar el propósito de llevarse consigo á tan dulce y
linda sirviente. Costábale mucho trabajo reprimirse y esperar, porque su
senectud era niñez antojadiza é impaciente, y cuando tardaba en cumplírsele un
deseo, á dejarse llevar de sus impulsos,{341} hubiera
pateado. El desahogo que tomaba era cogerle las vueltas á los tertulianos para
encontrar sola á doña Aurora, y hablarle difusamente, como hablan los viejos,
de sus planes, de lo bien que iba á estar con él Esclavitud, de todas las
atenciones que le prodigaría, de lo fácil que es servir un nombre pelado,
con otras cosas del mismo jaez. Y cuando por haber gente delante no podía
explayarse el buen señor, dirigía á su «amiguita respetable» miradas y guiños
de inteligencia, le sonreía sin motivo y en fin buscaba salida á aquella
plenitud de espíritu digna de otra más ardiente edad. «Dios nos conserve el
juicio», reflexionaba la señora. «No sé por qué nos pasmamos de que se chiflen
los rapaces, cuando los señores mayores se ponen así. Aun á los rapaces mismos
no les da tan fuerte. Voy á comprar unos pañuelos tamaños como la Sábana Santa,
para limpiarle las babas á este bendito señor. El diablo me lleve si no está
rabiando porque la hija tome las de Villadiego para recoger á Esclavitud más
corriendito. Si yo no supiese que por otra parte es una persona buenísima, y
que la muchacha tampoco me parece capaz de una mala partida con él, tendría
algún reconcomio. Porque nadie es capaz de saber á dónde llegan estas cosas, y
si le da por casorio ó una barbaridad semejante...» La idea era tan bufa, Don
Gaspar casado con una muchacha de veinticinco, que la señora de Pardiñas se rió
sola, y el monólogo acabó por una rascadura de aguja de calceta en el moño, y
este corolario: «Yo no tengo culpa si llega á{342} suceder
algún caso estupendo. Proporcionarle una buena colocación á una buena criada,
no es delito. Lo que siento es que esa empalagosa de Felisa Febrero nunca acaba
de tomar el tole para Filipinas.»
Era verdad que se daba una calma en emprender el
camino, hecha para freir la sangre á quien tuviese genio menos pronto que doña
Aurora. Lo que la impacientaba y desesperaba era que ya iba acercándose la
época de exámenes, después de los cuales tenía determinado salir á Galicia; y
ni dejar á Esclavitud ni llevársela le parecía factible. Don Gaspar traía
noticias del éxodo de su hija, con cara más alegre cuanto más se acercaba el
plazo. «Ya está arreglando baúles... Se ha enterado de salidas de vapores... El
jueves, ó á todo tirar el sábado, andando para Cádiz...» Por fin, un día llegó
con el exterior más radiante, más olímpico que nunca, bajo la aureola de sus
hermosos rizos blancos. «Amiguita doña Aurora, esta tarde se nos va...»
Convínose en que por respetos humanos se dejarían transcurrir dos ó tres días
sin hacerle la primera intimación á la sucia y tosca extremeña que asistía á
Don Gaspar, y en significar á Esclavitud el cambio de su destino. «La amiga
doña Aurora se encarga de eso...», indicó el ochentón. Pero aunque dejando su
espíritu encomendado en manos de la señora de Pardiñas, como al día siguiente,
en ocasión de dar el higiénico paseo cotidiano á la pata coja, cruzase la
Puerta del Sol y pasase por delante de la confitería de La Pajarita,{343} no pudo reprimirse, entró, é hizo pesar medio
kilo de caramelos y bombones. Los guardó furtivamente en el bolsillo interior
del gabán, y al llamar en casa de Pardiñas y abrirle Esclavitud la puerta, miró
alrededor, echó mano á la faltriquera, y sacando el alcartaz, se lo pasó á la
muchacha como podría pasarle un billete amoroso. «Fresquitos», fué lo único que
en su grata turbación acertó á decir entregando la dádiva.
Contrariedad y esfuerzo y tragadura de saliva costó
á doña Aurora desempeñar la ingrata tarea de soltársela á
Esclavitud. Hubiese preferido tener que darle la nueva de una gran desdicha,
como muerte de un ser querido ó revés de fortuna: porque al cabo, en semejantes
males no le correspondería á la señora parte de responsabilidad ni tanto de
culpa, mientras en esta mera traslación de domicilio y cambio de amos, la
señora, con su rectitud natural que sólo podría torcer la corriente del
sentimiento, adivinaba algo de crueldad y dureza que era obra suya, aunque
procediese de móviles justos, de los que no desoye ninguna madre prudente. «Es
hasta cuestión de conciencia para mí», pensaba, á fin de cobrar ánimos. «Fuí
inadvertida trayéndole á Rogelio la tentación al alcance de la mano: Felisa
Febrero, en esto, ha mostrado tener más mundo, pues ni siquiera á los ochenta y
pico de su padre les arrima la mecha. Demasiado bueno es el niño, cuando ya no
se me ha emberrenchinado atrozmente. No, no, mejor es ponerse una vez colorado{344} que ciento amarillo. Hoy se la suelto. Así que
Rogelio salga á clase...»
Encierra el tono de la voz humana misteriosos
avisos, que en situaciones dadas revelan todo lo que oculta el alma, antes que
las palabras lo digan. La sencilla frase «Esclavitud, ven», que tantas veces al
día oye una criada de su ama, resonó esta vez de un modo particular en el
corazón de la gallega. Toda su sangre afluyó al centro de la vida orgánica, y
cuando entró en la habitación donde la esperaba su señora, el fondo y la
esencia de lo que iba á oir le eran ya conocidos intuitivamente.
No estaba doña Aurora en el comedor, sino en el
despacho de su hijo, al cual solía ir en ausencia de éste para escribir alguna
carta ó sacar alguna cuenta, si ocurría, y quizá por satisfacer ese instinto de
curiosidad inquieta propio de los afectos exclusivos que llegan al grado de
pasión. Hizo sentar á Esclavitud en una silla próxima, y empezó á hablar sin
mirarla á la cara, jugando con una cajita de plumas, de donde las iba sacando
para alinearlas sobre la mesa. «Todo el mundo tiene que amoldarse á las circunstancias.
Con el viaje á Galicia, no había medio... Moverse tres personas no es como
moverse dos, claro está. La casa del señor de Febrero era la mejor colocación
que una muchacha como ella podía desear; una ganga... No sería doncella, sino
ama de llaves... Se le guardarían toda especie de consideraciones... El trabajo
de servir á una persona sola no había de matarla; complaciendo un poco al señor{345} aquel tan excelente, estaría como en la gloria,
casi lo mismo que si hubiese encontrado una familia. Por último, Don Gaspar
también era de la tierra: no tenía Esclavitud por qué pasar malos ratos, como
en la otra casa...»
Así que hubo alegado todas estas razones, sintió un
alivio interior, y sin dejar de prestar en apariencia gran atención á las
hileras de plumas, miró con el rabillo del ojo á la muchacha. Esclavitud
permanecía inmóvil en su asiento, con las manos cruzadas sobre el regazo, los
piés juntos y bajos los ojos: tampoco ella entregaba fácilmente aquel espejo de
los movimientos del alma á disposición de la curiosidad.
—Bien, ¿qué dices?—articuló al fin la señora que
comenzaba á impacientarse, como siempre que encontraba resistencia pasiva.
—¿Yo qué quiere que diga?—respondió Esclavitud con
voz sorda, pero tranquila al parecer.
—Sí ó no; si te gusta la casa que te ofrezco, ó si
quieres tú buscar otra á tu modo y á tu idea.
Hubo una pausa, y, por último, la muchacha
respondió con acento incoloro á fuerza de ser contenido:
—Si no corre mucha prisa, daré la contestación
mañana ó pasado.
«Te veo», pensó la señora. «Tú quieres hablar antes
con el niño. Bien, aquí estamos todos para lo que pueda ocurrir. En guardia me
tienes, y de centinela. Por de pronto yo procuraré que no le cojas á tergo.
Andaremos, como quien dice, barba sobre el hombro.» Sin embargo, aquella tarde
no tuvo más recurso que salir,—{346}contra su
costumbre,—á despedir en la estación del Mediodía á Felisa Febrero, de esas
pejigueras de sociedad que no se pueden rehuir y siempre caen en el momento más
inoportuno. Rogelio también había salido á caballo; pero quizá por la necesidad
de repasar las lecciones, más apremiante á medida que los exámenes se venían
encima, hizo corto el paseo; y al entrar en su casa, aun animado de la
correría, abanicándose con el hongo gris, y girando el látigo, fué cuando
Esclavitud le agarró de la manga y le empujó casi hasta su despacho,
acorralándole contra la mesa misma en que doña Aurora había ordenado por la
mañana los ejércitos de plumas.
—¿Qué pasa, Suriña? ¿Qué tienes?
—¿No le decía yo que no iba á Galicia este año, ni
en jamás? Su mamá me despide... Me deja en casa del señor de Febrero.
—Pero, ¿qué estás diciendo? A ver, á ver, cuenta...
La muchacha refirió lo que sabía. Sus ojos estaban
secos, y sólo algo temblorosas su boca y barba. Su seno anhelaba
precipitadamente, y en su modo de narrar y de explicarse, en aquella
desesperada demanda de auxilio que hacía como náufrago que saca la cabeza por
encima de las olas, había una vehemencia y un desorden que contrastaban con su
habitual compostura, y que trastornarían á cualquiera aunque no tuviese los
pocos años y la inexperiencia de Rogelio. Mientras balbucía «no, no puede ser,
tú no te irás, qué tontería...», sus brazos ceñían{347} involuntariamente
el talle gentil de la muchacha, y el estremecimiento interior de deseo de hacía
cuatro ó cinco meses renacía más brioso, infundiendo á su alma vigor para
rebelarse, protestar y defender á la Esclavita como se defiende lo que nos
pertenece y forma la substancia de nuestro vivir. «Pero vamos á ver, no
entiendo cómo le ha entrado ese arrechucho á mamá... Por fuerza le han ido con
algún chisme... ¿Y por qué, y de qué...? Nosotros ¿qué motivo hemos dado,
Suriña? Si desde la enfermedad de mamá no nos hablamos casi: si tú ni pones
aquí los piés... Es una cosa rarísima, y no ha de quedar así... Yo lo
arreglaré; ¡qué habías de irte! No, hermosa...» Alentada y resucitada por estas
promesas, Esclavitud se apretaba contra el corazón de su amigo, queriendo
incrustarse en aquel refugio para que nadie la arrancase de allí; y Rogelio,
con transporte juvenil é irresistible, la cubría de caricias, tratando de
alzarle la cabeza para buscar sus labios. Tocaron á la campanilla, y la primera
vez no oyó el repique ninguno de los dos. Al segundo, enérgico y airado,
Esclavitud se estremeció, y, con movimiento simultáneo y brusco, se desunió la
pareja. La muchacha se arregló el pelo, se ajustó temblando el pañuelo de seda
que le rodeaba la garganta.
—Voy á abrir, que es la señora.{348}
VIENDO á su hijo aquella noche, á la hora de
comer, distraído, pálido y hasta un poco seco al hablar, la señora pensó al
punto: «La tenemos armada. Ya se lo ha encajado aquella buena alhajita».
También pescó al vuelo miradillas furtivas, azoradas y elocuentes; pero se
aguantó, discurriendo para sí: «Según Don Nicanor, en este mundo hay que
hacerse el tonto un cuarto de hora todos los días; ahora á mí me han doblado la
ración, y tendré que hacerme la tonta algunos meses.» Hízose, pues, la tonta,
como si no advirtiese el estado de su hijo, á quien preguntó con muchísimo
interés noticias de la jaca y de la cochera, y de los habituales compañeros
de sport. Así que se alzaron los manteles, sacó otra conversación
muy socorrida y de palpitante actualidad, á saber: los exámenes. «Rapaz, allá
para el miércoles ó jueves, me parece que te tocará el turno, de manera que
esta semana me espera á mí un ajetreo regular... Porque la verdad es que con
esos señores no sabe uno á qué carta quedarse. ¡Si todos fuesen como Contreras!
Ese sabe ponerse en la razón. Sólo que este año todavía no te cae por banda
Contreras. Con los demás es un lío; si se oye á unos y á otros, hay para
marearse. Lastra quiere que le bajen la cabeza,{349} que
le rindan el tributo de la recomendación, y que todo el mundo tenga que
agradecerle. Ruiz del Monte parece que es al contrario: si le hablan por un
chico, le toma tirria, y le aprieta hasta reventarlo. Tú sabrás si es cierto; á
mí me lo contó tu amigachillo Díaz, el que escribe romances... De Albirán se
susurra otra cosa: que no desatiende recomendaciones, pero con su cuenta y
razón, según de quien procedan... Lo más seguro será que repases, niño.»
—Ya repaso, mamá—contestó lacónicamente el
estudiante.
Corrió la noche sin que se le pudiese sacar otra
palabra. Revolvía las revistas ilustradas, los periódicos del día; los tomaba y
los dejaba, cambiaba de asiento pasando del sillón al sofá y del sofá al
sillón; suspiraba hondo, y, en fin, daba todas las señales de desazón posibles,
sin cuidarse de que se viese, ó más bien pareciendo que deseaba lo advirtiese
su mamá. Al fin, cuando ésta le dijo «¿no sales hoy á un actito á Lara?»
exclamó con tono duro y resuelto:
—No; voy á acostarme. Me duele un poco la cabeza.
La señora le oyó taconear en el corredor y batir la
puerta de su despacho.
—Lo dicho; la tenemos. Yo he cometido una falta
grave. Debí no resolver este cotarro hasta pasados los exámenes, un par de días
antes de la marcha... Ha sido una borricada mía. Ya se ve; el deseo de salir
del atolladero prontito... Pues no; hay cosas que vale más llevarlas por sus
pasos contados. Veremos si la puedo enmendar{350} y
dar tiempo al tiempo. Si no, voy á tener al rapaz desquiciado cuando más
necesita la cabeza firme. Una prórroga... A ver si consigo encajárselo en la
cabeza á Don Gaspar. Es fácil que sea más arduo hacer entrar en razón al viejo
que al niño. ¡Qué complicaciones! Aquella falsona de Rita Pardo decía bien...
Conviene mirar mucho á quién mete uno en su casa.
Hubo entonces en el pequeño drama doméstico,
intimo, que ya tocaba á su desenlace, uno de esos entreactos, como treguas
momentáneas, durante las cuales los actores, aparentando dedicarse á otros
intereses ó distraídos efectivamente por ellos, no pierden de vista, sin
embargo, el asunto capital, y viven, por decirlo así, en perpetua
representación, guardando silencio acerca de lo que más ocupa su alma, sin que
este silencio engañe á nadie. La señora atendía sólo á ganar días, calmando la
impaciencia pueril de Don Gaspar Febrero con moratorias que justificaba la
proximidad de los exámenes y la imposibilidad de quedarse en aquel momento sin
doncella; Esclavitud aguardaba, ocultando en lo más profundo del pecho una
esperanza tenaz, basada en las palabras y ofrecimientos de su amigo; y Rogelio,
preocupado, agitado, acechaba inútilmente la ocasión de decir algo, ¡algo muy
formal y en tono muy firme!, á su madre. La verdad ante todo; si la señora le
facilitase esta ocasión, el estudiante se vería perdido para aprovecharla. A
medida que pasaba tiempo, la dosis de valor atesorada en el primer instante iba
disipándose como un{351} frasco de esencia cuando
queda destapado. Es indecible el pecho que necesita un buen hijo para ponerse
frente á frente de una buena madre, y realizar un acto que en cierto modo le
manumite, pero que le desgarra las fibras más íntimas del corazón. Tanto se
unen y confunden el deber natural, la costumbre y hasta aquel disculpable
egoísmo que nos aconseja entregarnos sin reserva en manos de quien más que á sí
mismo nos ama, que el romper ese lazo constituye un acto de supremo vigor, uno
de esos esfuerzos que quebrantan una voluntad si no es de acero bien templado.
Contra un padre severo hay siempre energía; sus propios rigores entonan; pero
una madre como la de Rogelio, que no había tenido más pensamiento que su hijo,
que le había rodeado de tal solicitud, ahorrándole hasta el trabajo de
discurrir y el esfuerzo de desear; una madre viuda, delicada de salud, y que
había ejercitado el arte de adelantarse á los gustos de su hijo, consiguiendo
así que la voluntad de éste no adquiriese nunca el temple recio que dan las
privaciones y las luchas, era un adversario con quien Rogelio no tenía fuerzas
para medirse. «Si ella misma sacase la conversación...», pensaba el estudiante.
Pero ¡quiá! La verdad es que si ella la sacase... sería lo mismo. Lo único á
que se atrevía era á la protesta muda, á hacerse unas veces el triste y otras
el malhumorado y fosco. «Mamá, por no verme así, es capaz de cualquier cosa...»,
calculaba con su lógica de niño mimado. Sólo que mamá sabía distinguir de
juguetes.{352}
El incidente de los exámenes contribuyó á
enflaquecer más todavía su resolución. Entre el repaso, los temores del mal
éxito y las idas y venidas de los amigos que le traían, por decirlo así,
relación del estado barométrico de las notas, Rogelio se encontró fuera del
círculo mágico con que nos rodea la idea fija amorosa, y á no ser por un par de
ojos verdes que de vez en cuando se fijaban en los suyos, hasta hubiese
olvidado aquéllo, que, por raro fenómeno de óptica, le parecía
todos los días menos inminente—siendo así que lo era más, pues la salida á
Galicia estaba irremisiblemente señalada para después de los exámenes.
Y éstos llegaron, y se encontró Rogelio con dos
asignaturas aprobadas; pero en una—la más ingrata y antipática para él—le cayó
como una ducha fría un suspenso. «De estas calabazas ya sé yo quién
tiene la culpa...», pensaba la madre, mirando al través de la puerta entornada
á Esclavitud, que pasaba un plumero á los cuadros del saloncito. «En esto paran
las guilladuras; pero, ¿qué le vamos á hacer? cada edad trae lo suyo. En
Septiembre ganará lo que pierde ahora; bien joven es; con tal que esté sano...
Y seamos justos; la jaca también me lo levantó de cascos en esta temporada
última. Verdad que más vale así. De la primavera acá no me quejo. Bien se ha
portado la jaquita... Merece una libra de azúcar.{353}»
LA última noche que la familia Pardiñas pasó
en Madrid antes de marchar á su tierra, vino mucha gente á decirles adiós, y se
formó una pequeña tertulia animada y sin etiqueta. A fines ya de Junio, el
momento más hermoso para salir y buscar sociedad era realmente entre diez y
once de la noche, cuando corre un sano aire fresco hasta por las abrasadas
callejuelas del Madrid antiguo, del que ni tiene arbolado ni casi goza los
beneficios del riego municipal. Bajaron las vecinas del segundo, sobrinas de un
brigadier de ingenieros, y acudió también la marquesa viuda de Andrade, paisana
de doña Aurora, señora guapetona y maja, bastante conocida en los círculos
aristocráticos, y acostumbrada por consiguiente á recogerse tarde. La señora de
Pardiñas, al encontrarse rodeada de visitas, se dedicó á agasajarlas lo mejor
que pudo y supo, dejando girar libremente la conversación, que versaba sobre
cosas del país donde iba á volver después de tantos años. La Marquesa, alegre y
rozagante, habló de irse pronto á Vigo, y enseñó un brazalete nuevo, con
zafiros y brillantes, dando á entender que había en él cierto misterio. «Esta
anda otra vez con intenciones de maridar—pensó doña Aurora.{354}—¿Quién
será el galán? Dios se la depare buena.»
Rogelio había abandonado la reunión impensadamente,
sin decir oxte ni moxte. La retirada no se le pasó por alto á su madre, pero
sobre que no podía evitarla, descubrió otros motivos de resignarse: «Pocas son
las malas fadas; al fin mañana nos vamos...» Esclavitud aún se le figuraba un
peligro y un compromiso, pero ya muy remoto. «Mañana á estas horas estaremos
cerca de Avila... ¡Cuándo oiré el silbato del tren!»
Se recogía Rogelio á su cuarto, impulsado por vagas
esperanzas de ver á la chica, explicarle su actitud de aquellos días, y la
imposibilidad de proceder de distinto modo, de evitar la marcha y de
sublevarse. Presentía que Esclavitud, no desperdiciando la ocasión, vendría
pronto; y á fin de que comprendiese que estaba allí, encendió luz con mucho
derroche de fósforos y taconeo, abrió cajones é hizo chirriar dos ó tres veces
la puerta. A llamarla no se atrevía por temor al fino oído de su madre, pues,
según su frase paradójica é hiperbólica, «oía mejor que el sordo Candás».
No aguardó largo trecho. A los diez minutos tocaron
á la puerta, y antes que dijese «adelante» entraba Esclavitud. La claridad del
quinqué puesto sobre la mesa del despachillo que precedía á la alcoba y cuarto
tocador del estudiante cayó sobre el rostro de la muchacha, y Rogelio observó
mejor que nunca cómo en una quincena había empalidecido y se había demacrado,{355} afinando y espiritualizando su tipo, que ahora
podría servir de modelo para esas imágenes labradas en cera, donde se encierran
los huesos de alguna mártir desconocida.
Rogelio se llegó á Esclava y le tomó la mano: ardía
de calentura.
Sin decirse palabra, con unánime impulso, miraron
alrededor, buscando un mueble en que sentarse reunidos. No lo había en el
despachito, alhajado con un sitial y media docena de sillas; y sin reflexionar
se refugiaron en la alcoda, donde Rogelio, cogiendo á la muchacha por el talle,
la obligó á sentarse en la cama. Tampoco entonces hablaron hasta transcurrir un
tiempo que no bajaría de cinco minutos. Rogelio apretaba y acariciaba aquella
manecita algo endurecida por el trabajo y muy picada de la aguja, como queriendo
comunicarle la frescura de sus palmas y quitarle el ardor de la fiebre. Pero no
se le ocurría nada, sino las vulgaridades consoladoras de todas las despedidas;
y al fin, pareciéndole raro callar más, se resolvió á emplear tan mala moneda.
—Suriña, tontiña, mujer, no me estés así... Mira,
he reflexionado mucho; he cavilado más que tú. No se conseguiría nada con
llevarle á mamá la contraria ahora. Le daríamos un disgusto muy grande; acaso
se nos pondría enferma, pero no mudaría de resolución. Ten paciencia. Dentro de
tres meses, ó menos aún, estamos de vuelta aquí, y nos veremos, porque en casa
del señor de Febrero andarás mucho más libre que en ésta. Ya sabes que yo te he{356} de querer siempre, boba. No me la pegues con el
tierno Nuño Rasura. Anda, tontiña, paloma, no me estés así. Mira que me vas á
poner muy triste.
Esclavitud no contestaba sino moviendo la cabeza
negativamente, con obstinada melancolía. Luego respondió, en voz bastante
entera:
—Alegre no puedo estar. Pero tampoco estoy triste.
No se apure. Sólo que tengo la cabeza... así... como si me anduviese por dentro
de ella una cosa mala.
—Mujer, ¡Suriña!
—Sí, señor. Yo estoy aquí, ¿eh? ¿Le estoy oyendo?
¿Le respondo? Pues estoy como si oyese á una persona... de allá, del otro
mundo, que me habla.
—¡Válgame Dios!—exclamó el estudiante
estremeciéndose.—Más quisiera que llorases. Si llorases no estarías tan
maniática, Sura. Llora y desespérate, pero no digas esas cosazas.
—Yo lloro por dentro. Por fuera no. Ni una lágrima
puedo echar. Ya estuve lo mismo otra vez, cuando murió mi padre—repuso
apaciblemente la muchacha, sin que ni ella ni Rogelio subrayasen aquel nombre
de padre que acaso por primera vez articulaba Esclavitud sin
rebozo ni perífrasis.
—Hija, te encuentro algo enferma. ¡Ay, ay, ay!
Tienes calentura. Las manos tuyas abrasan. Dame palabra de que mañana vas á ver
á Sánchez del Abrojo.
—No, señor, no es enfermedad. Más buena no estuve
nunca. Son avisos.{357}
—Mujer, calla por Dios. Estás diciendo unos
disparates...
Arrimó el rostro al de la muchacha y la besó
tiernamente en las heladas mejillas, sin que ella hiciese movimiento de
resistencia. Al contrario, pareció más conforme y adoptó un tono casi
confidencial y franco para decir á su amigo las extravagancias siguientes:
—Rogelio, hay cosas que avisan los difuntos á los
vivos; no le quepa duda. Tres días antes de morir mi padre, vi un pájaro
grande, negro, al pié de mi cama. Ayer vi otra vez el pájaro: iba tan de prisa
que no sé por dónde se escapó; pero lo vi, tan cierto como que aquí estamos. Yo
no vuelvo nunca más á la tierra: nunca más. Ya se verá; y entonces ha de
convencerse y dirá: «Esclavitud bien me lo avisaba». Si tuviese tan seguro un
millón de onzas, ya estaría discurriendo dónde las iba á guardar para que no me
las llevasen los ladrones. Esta noche...
Bajó mucho más la voz, y al oído de Rogelio
murmuró:
—Un perro, en una casa de ahí al lado, estuvo hasta
que amaneció ventando la muerte.
—¡Jesús, mujer!—exclamó Rogelio por segunda vez, ya
fatalmente impresionado con aquella conversación extraña.—Tú estás loca ¿No
ves, Suriña, que en Madrid se mueren ó agonizan cada noche infinitas personas?
Figúrate: si los perros anunciasen todo eso, trabajo les mando. Se convertirían
en cuarta plana de La Correspondencia. Lo que tienes, Sura, es que
estás afectada porque nosotros nos vamos{358} y tú
te quedas. También yo ando hace muchos días disgustado con el viajecito. He
pasado ratos feroces. Después he reflexionado... y... me parece que es mejor
conformarse con esto de ahora, porque si alborotamos la enredaremos más.
Suriña, tres meses. Dentro de noventa días (y aun puede que no tanto), me
tienes aquí. Mi primer visita es para doña Sura. Anda, no estés así. Te quiero
mucho, hermosa. Ya convenceremos á mamá. Todavía no me has dicho hoy que me
querías. ¡Anda!...
Con el movimiento de un niño que pide halagos,
acercó su mejilla á la boca de Esclavitud, y ésta, sin protesta alguna, como el
que ejecuta una acción hija de la costumbre, puso en ella los labios. Estaban
como las palmas, secos y ardientes, y á Rogelio le pareció que le arrancaban la
piel, con sensación más bien dolorosa que placentera. Sólo que las caricias
eran un recurso para que aquella última y penosa entrevista fuese algo menos
intolerable, y el estudiante, á falta de razones que consolasen á la pobre
abandonada, acudió á los halagos, sin que en el primer momento le animase otra
intención menos limpia y noble. Corrió bastante tiempo—y él mismo no acertaría
á explicar el por qué de esta tardanza, anómala si se examina bien lo incitante
de la hora y sitio y la ceguera de los pocos años—antes que se le despertase
una sed criminal y ardiente. Cuando la embriaguez le ofuscó, saltó de la cama y
fué á dar vuelta á la llave de la lámpara, sin conseguir por eso obscuridad
completa, pues un rayo{359} de luna primaveral,
entrando por la vidriera del despacho, lo bañaba en luz fantástica, azulada y
soñadora. Al recobrar, entre la pálida penumbra, los labios donde la fuerza de
la ilusión juvenil le movía á creer que se dejaba presa el alma á cada
aspiración del aliento, ya no los soltó, ni acaso los soltaría aunque viese
allí á su madre, que representaba para él el Deber, y el Deber amado, el único
que se impone á las almas tiernas. Pero el recuerdo y la conciencia de ese
Deber fué lo primero que acudió á su mente al despertarse, y corriendo á la
puerta, escuchó, volvió azorado, y exclamó en tono suplicante:
—Suriña, Suriña, se me figura que oigo despedirse
en el pasillo á la Marquesa... Si esa se va, es que no queda nadie... Mamá se
cuela aquí derechamente, de fijo... A ver, á ver si puedes escurrirte con maña.
Adiós, vé despacito, que no te sientan... ¿eh?
La muchacha obedeció pasiva, como en todo, sin
reclamar, en la premura de su aquiescencia, ni el último abrazo. Rogelio volvió
á encender la lámpara, cuya mecha igualó cuidadosamente. Corrió también la
vidriera de la alcoba, y de pié ante el gran armario de luna, se atusó y se
sacó la raya con un peinecillo. Después metió las manos en los bolsillos del
pantalón y se miró un rato, atentamente, estudiando con curiosidad irreflexiva
su propia cara; hablando con sus ojos en el espejo, como para convencerse de que,
disipado aquel vértigo, la individualidad persistía, y no quedaba para siempre
en su{360} persona no sé qué de otra, una huella
que no se podía borrar y que iba á delatarle. Luego, la imagen de su madre
volvió á oprimirle el corazón; pero disipó instantáneamente sus recelos un
arrebato de alegría nerviosa; y el neófito, corriendo á la ventana, la abrió,
se dejó bañar por la pura atmósfera nocturna, y agarrado á los hierros de la
ventana, respiró con avidez.{361}
ANTES faltaría el sol en los cielos, que Don
Gaspar á las cuatro de la tarde con un cochecillo, para llevarse á casa su
futura ama de llaves. Se le dijo que Esclavitud había salido ya en la misma
dirección, y el viejo, con esta noticia, se metió otra vez en la berlina
destartalada, mandando al cochero «que arrease bien.» La impaciencia no le
permitía ir andando con su pata coja.
En los últimos momentos llamara doña Aurora á
Esclavitud, poniéndole en las manos, amén de su salario, una buena propina, á
cuyo obsequio añadió el de unos aretes con turquesas. «No quiero que se vaya
descontenta. Cuidado que la noto desemblantada á la infeliz. Me parece que
estaba encariñada de veras con el niño, por lo cual es cada vez más conveniente
mi resolución. Me da lástima, y conozco que es una tontería que me la dé: ¡qué
arrimo como el que encuentra! Le hago un favor grandísimo: lo que me tranquiliza
es eso. Lleva una canonjía...»
Así y todo, la señora no podía reprimir cierta
desazón, cierta amargura íntima, una lástima inmensa, que después tradujo por
doloroso presentimiento. «Mire V. que compadecerla cuando estoy tan segura de
que le he proporcionado lo que más podría desear una muchacha de su{362} clase...» Y así lo creía en efecto la señora de
Pardiñas. Como les sucede á muchas personas bondadosas incapaces de odiar y
hacer daño, no quería reconocer que miraba ante todo á la conveniencia de su
hijo, por más justo que le pareciese y en efecto fuese este móvil, y trataba de
atribuir su conducta al interés de la misma Esclavitud.
La tranquilizó un poquillo oir en la cocina á
Fausta que embromaba á Esclavitud cantándole sotto voce aquello
de «Y hoy sirvo á un abuelo... que está chocho y lelo... y yo soy el ama...»
—Tiene razón Fausta. El ama será en casa del señor
de Febrero. Como no lo sea de más...
Salía el tren de Galicia á las siete y treinta y
cinco, y á esa hora tan bonita, precursora del anochecer, en el andén de la
estación del Norte no cabía la multitud afanosa y regocijada de viajeros y de
amigos que los despedían, envidiando éstos á los que se marchaban á ver tierras
hermosas, respirar aire salino, gozar el fresco, vivir mejor, en clima templado
y salubre, algunos meses. No había escenas tristes: no era el adiós del
marinero, ni la partida del soldado, ni la nostálgica despedida del emigrante:
los que se iban, excitados y gozosos; risueños en su dentera los que se
quedaban... Sólo hacia el extremo del tren, á la portezuela de un coche de
primera, se divisaba un grupo de cinco personas que trocaban abrazos
prolongados; componíase de dos hombres, mozo el uno y el otro viejo ya,
cabizbajos, pero erguidos de cuerpo, y tres señoras, dos jóvenes y{363} una de pelo blanco, que aplicaban frecuentemente
el pañuelo á los ojos enrojecidos. Dentro del vagón estaba un ama con niño de
pecho. Laín Calvo se acercó á doña Aurora y le dijo señalando al grupo:
—¿Ve allí á los Rojas? Faroles hasta el fin, hasta
la muerte. Al hijo me lo han vuelto á trasladar á Marineda por aquella historia
consabida de farolerías con el ministro, y mas que sepa perecer de necesidad,
viajará en primera por el decoro de su cargo. Tiene á la mujer otra vez
embarazada... y bien adelantadita en meses. A otra traslación dice que
dimitirá... Y á Rojas ya me lo pillaron, ¿no sabía? Recibió la jubilación hace
una semana.
—¡Qué me dice V.!—exclamó con pena sincerísima la
señora.—¡Válgame Dios! ¡Pobrecitos! Esa infeliz de Matilde Rojas, cuándo
encontrará un hombre de bien que la quiera sin un cuarto de dote! Le digo á V.
que todo el camino iré pensando en esta familia. ¡Qué mundo, Don Nicanor!
Doña Aurora intentó dirigirse al grupo y estrechar
la mano de las señoras de Rojas: pero ya no era hacedero, porque sonaba la
campana de aviso, bufaba la máquina, y corrían de un lado á otro las
carretillas con equipajes facturados para cargarlos. Rogelio, desde el vagón,
alargó la mano á su madre, que subió despacio, riendo porque se le había
enganchado un volante en el estribo; y entre la primer arrancada del tren se
perdió la voz de Laín Calvo que gritaba:{364}
—¡Cuidado con las niñas de Vigo, Rogelín que son de
rechupete, home!
El tren, oscilando con suavidad, activaba su
marcha. Caía la tarde con serena magnificencia, y Rogelio, asomado á la
ventanilla, creía divisar ya los frescos valles galaicos, los castaños
frondosos, el azul festón de las rías orlando la tierra más bonita del mundo.
En cambio no vió, del otro lado del andén, á
Esclavitud, que seguía con los ojos el tren hasta que se alejó grandioso y
raudo. Cuando ya no fué posible columbrar ni un copo del penachillo de humo
negro, la muchacha, estremeciéndose como si tuviese frío, retrocedió lentamente
hacia la ciudad, bien resuelta á que el sol, que se ponía en aquel instante, no
volviese á levantarse para ella nunca, nunca.
Dejemos á la infeliz, porque al cabo no podríamos
quitárselo de la cabeza. Si consultamos sobre este drama á Don Gabriel Pardo,
que es amigo de generalidades pedantescas y se paga de malas razones por el
afán de pretender explicarlo todo, nos dirá que el extravío mental que conduce
á la muerte voluntaria, es muy propio del sombrío humor de la raza céltica, esa
gran vencida de la Historia: como si cada día y en cada provincia de España no
trajese la prensa suicidios así.
FIN
End of Project Gutenberg's Insolación y Morriña, by
Emilia Pardo-Bazán
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK INSOLACIÓN
Y MORRIÑA ***

