Libro N° 9632. La Dama Joven. Pardo Bazán, Emilia.
© Libro N° 9632. La Dama Joven. Pardo Bazán, Emilia. Emancipación. Febrero 26 de 2022.
Título original: © La Dama Joven. Emilia Pardo Bazán
Versión
Original: © La Dama Joven. Emilia Pardo Bazán
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.gutenberg.org/files/55882/55882-h/55882-h.htm
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://image.freepik.com/vector-gratis/fondo-amarillo-diseno-lineas-semitono_1017-30148.jpg?w=900
Portada E.O. de Imagen original:
https://www.gutenberg.org/files/55882/55882-h/images/cover.jpg
LA DAMA JOVEN
Emilia Pardo Bazán
La Dama Joven
Emilia Pardo Bazán
Title: La dama joven
Author: Emilia Pardo Bazán
Release Date: November 4,
2017 [EBook #55882]
Language: Spanish
Character set encoding:
ISO-8859-1
*** START OF THIS PROJECT
GUTENBERG EBOOK LA DAMA JOVEN ***
Produced by Chuck Greif and
the Online Distributed
Proofreading Team at
http://www.pgdp.net (This file was
produced from images
available at The Internet Archive)
ES PROPIEDAD
BUCÓLICA
NIETO DEL CID—EL INDULTO—FUEGO Á BORDO
EL RIZO DEL NAZARENO—LA BORGOÑONA—PRIMER AMOR
UN DIPLOMÁTICO—SIC TRANSIT
EL PREMIO GORDO—UNA PASIÓN—EL PRÍNCIPE AMADO
LA GALLEGA
DIBUJOS DE
M. OBIOLS DELGADO
Grabados de Thomás
BARCELONA
BIBLIOTECA «ARTE Y LETRAS»
Daniel Cortezo y C.ª-Ausias-March, 95
1885
Establecimiento
tipográfico-editorial de Daniel Cortezo y C.ª
Emilia Pardo Bazán
Resulta de la diversidad en los procedimientos la
de los estilos. Apenas parecen hijas de una misma pluma Bucólica y La
Gallega, El Rizo del Nazareno y Fuego á bordo.
Y consiste en que Fuego á bordo, por ejemplo, es la propia
narración que oí de labios del cocinero del incendiado buque; quién, por más
señas, me refirió{8} la catástrofe de tan expresiva
manera, con tal viveza de colorido y tan gráficos pormenores, que ojalá tuviese
yo allí á mano un taquígrafo para que sin omitir punto ni coma, conservase en
toda su pureza el original del interesante relato, muy perjudicado, de seguro,
en mi traslación, por más nimia y fiel que sea. Juzgo imperdonable artificio en
los escritores, alterar ó corregir las formas de la oración popular, entre las
cuales y la idea que las dicta ha de existir sin remedio el nexo ó vínculo
misterioso que enlaza á todo pensamiento con su expresión hablada. Aun á costa
de exponerme á que censores muy formales me imputen el estilo de mis héroes,
insisto en no pulirlo ni arreglarlo, y en dejar á señoritos y curas de aldea, á
mujeres del pueblo y amas de cría, que se produzcan como saben y pueden,
cometiendo las faltas de lenguaje, barbarismos y provincialismos que gusten.
Menos comprometido, pero menos honroso también, sería dictar á los párrocos
de Boan y Naya, á las comadres del Indulto,
períodos cervantescos y giros usuales en el centro de España, y jamás usados en
este rincón del Noroeste.
Mucho se ha debatido esta cuestión del estilo y
forma, y tiene su más y su menos, y á mí me da en que pensar á veces. Suele
acontecer que un estilo, por decirlo así, nielado y repujado; un estilo
correcto, terso é intachable, lejos de ayudar á que el lector comprenda y vea
patente lo que intenta mostrarle el autor, se interpone entre la realidad y la
mirada como un paño de púrpura ó un velo de gasa de oro (paños y{9} velos al fin), y fatiga al espíritu ansioso de
percibir lo que el rico tejido encubre. No es imposible que debajo de esas
sedas y joyas retóricas que neciamente estimamos, perezca ahogada una hermosura
superior, invisible por culpa de tanto adorno. Y no obstante, si van los
autores al opuesto extremo de desdeñar el primor artístico en el desempeño de
sus obras, cayendo en cierta flojedad y perezoso desaliño, el lector de gusto
delicado no goza ni distingue el libro del periódico, en cuanto á sabor
literario.
Por donde yo me hago mi composición de lugar, y es
como sigue: cuando habla el autor por cuenta propia, bien está que se muestre
elegante, elocuente y, si cabe, perfecto: á cuyo fin debe enjuagarse á menudo
la boca con el añejo y fragante vino de los clásicos, que remoza y fortifica el
estilo; pero cuando haga hablar á sus personajes, ó analice su función cerebral
y traduzca sus pensamientos, respete la forma en que se producen, y no enmiende
la plana á la vida. Este método mixto siguió Cervantes; en El Quijote alternan
trozos de prosa acicalada, culta entonces y ahora, con rústicas y soeces
razones de fregonas, arrieros y villanos.
Bajando de las alturas cervantinas á las pequeñeces
de mi libro, digo que en apariencia le falta unidad, siendo heterogéneas y
diversísimas en tamaño y asunto las partes que lo componen. Con todo, guardan
entre sí estrecha conexión: su conjunto, mejor que ninguna de mis obras, revela
mis variados gustos y aficiones, ó copia lugares donde he vivido y escenas que
he presenciado. Chico mérito es; sin embargo hay{10} quien
lo aprecia, gustando de encontrar en los libros algo de la personalidad del
autor.
Bucólica y también Nieto del Cid son
apuntes de paisajes, tipos y costumbres de una comarca donde pasé floridos días
de juventud y asistí á regocijadas partidas de caza, á vendimias, romerías y
ferias; tierra original del interior de Galicia, que he recorrido á caballo y á
pié, recibiendo el ardor del sol y la humedad de su lluvia, y ha dejado en mi
mente tantos recuerdos pintorescos, que no cabían en el breve recinto de Bucólica y
fué preciso dedicarles otro lienzo más ancho, al cual doy ahora las últimas pinceladas.
Han transcurrido dos lustros, y parece que era ayer cuando mi tordo, jadeante,
con una gota de sudor en cada pelo, se detenía bajo la parra de algún Pazo
de Limioso, después de vencer, á desatinado galope, las cuestas del camino
real. Aún pienso estar bajando, con el credo en la boca como suele decirse, por
el abrupto sendero, orillado de precipicios, que conduce al románico y
derruído Priorato, y sentir temblar, bajo el casco de la montura,
las podridas tablas del puente de madera, casi anegado por el ímpetu de la
corriente. Todavía engaña mi memoria á los sentidos, y trae al olfato el
virgiliano perfume de las colmenas suspendidas sobre el río Avieiro, ó el olor
de la madura pavía y racimo almibarado, y al paladar el dejo de la miel y de
las azucarosas castañas, y al oído el són de la gaita triste, de la dulce
flauta y el hinchado bombo, y á los ojos el verdinegro matiz de los pinares
contrastando con la fresca verdura ó el rojo tostado de las parras...
Reminiscencias{11} más vivas para mí que las de
países muy celebrados, verbigracia Suiza y Venecia: y no porque estas lindas
comarcas del riñón de Galicia superen en hermosura, como erróneamente suele
decirse, á Helvecia y á Italia, sino porque poseen el hechizo inestimable de la
virginidad, y aún no se poblaron de hoteles, ni las
ensalzaron Guías, ni las desfloraron pacíficos viajantes en trenes
de recreo, ni andan en cosmoramas, ni apenas en Ilustraciones.
El Indulto no es más que un sucedido, como
diría Fernán Caballero: sucedido que me contaron en Marineda y yo apunté sin
quitar una tilde. Apenas vió la luz en la difunta Revista Ibérica,
fueron atribuídas al Indulto intenciones trascendentales,
afirmando que tenía mucha miga y planteaba toda especie de problemas sociales,
morales y jurídicos, y ponía en tela de juicio no sólo el derecho de indulto,
sino la indisolubilidad del matrimonio. Celebro esta ocasión de protestar.
Tendrá El Indulto esa miga que dicen; entrañará un problema ó
media docena de ellos; pero en Dios y en mi ánima declaro que no lo hice
adrede, ni es culpa mía si me refieren un drama popular, y me impresiona, y lo
traslado á las cuartillas, sin comentarios. Surgirán acaso del hecho en sí esas
cuestiones pavorosas y terribles: los hechos suelen jugar malas partidas á las
teorías, y conflictos hay en la pícara realidad que el diablo que los resuelva,
cuanto más el artista, obligado únicamente á no eliminar de sus obras ningún
elemento importante, como, por ejemplo, lo que llaman trascendencia.{12}
En El Rizo del Nazareno y La
Borgoñona me he desviado del camino de la observación, pagando tributo
á mis perennes inclinaciones místicas, al deleite difícil de expresar, y
entretejido con dulces melancolías, que me causa la contemplación de objetos
donde se revela y encarna el sentimiento religioso. Cierta noche del Jueves
Santo, estuvo á punto de sucederme lo que al protagonista del Rizo;
quedarme cerrada en la iglesia, por embelesarme en mirar la severa y dolorida y
sublime imagen del Divino Nazareno, que jamás he visto sin sentir devoción
profunda, tal es el poder de sus mansos ojos y lo patético de su actitud. Esta
efigie y la de la Virgen de los Dolores, que en el mismo templo se venera,
gozan del privilegio de moverme á contrición en grado muy subido, y como son
aquí las más amadas del pueblo, la atmósfera de la capillita y del camarín
llamado de Dolores parece que está palpablemente saturada de
oraciones fervorosas, en los días de Semana Santa. Y ríase quien se ría, que
esto es tan real como El Indulto.
Al consultar los libros indispensables para
mi San Francisco de Asís, encontré el asunto de La
Borgoñona, con otros muchos semejantes, que se destacaban de la monotonía
de las crónicas, lo mismo que las letras mayúsculas de color descuellan sobre
los negros y uniformes caracteres góticos de un viejo libro de coro. Ya es una
doncella prometida á Dios, á la cual obligan á tomar marido y al ser conducida
al altar se cubre de lepra; ya la momia de una abadesa muerta en olor de
santidad, que se levanta del sepulcro y viene á presidir{13} el
rezo de maitines; ya una cortesana que se convierte ante el cadáver de su
amante cosido á puñaladas; ya un fraile que trueca las zarzas en rosas con el
contacto y la pureza de su cuerpo... Á este tenor pude recoger un rosario de
leyendas agiográficas, apiñadas como flores en vara de azucena, y embalsamadas
con el vaho de incienso que comunica La Borgoñona á este
profano libro: aroma del éxtasis y de la bienaventuranza, despertador de las
mismas ideas ultraterrestres que el claustro franciscano de Compostela, donde
todo es paz y silencio.
De otras aficiones bien distintas, harto platónicas
y malogradas, se muestra el juguete titulado Una pasión. Mi
inteligencia curiosa, ávida de abarcarlo todo, limitada en su afán por la
imposibilidad práctica de conseguir nada de provecho en ciencias que reclaman
la vida entera del que aspira á profundizarlas, ha intentado jugar con el
martillo del geólogo, el compás del astrónomo y el soplete del químico, y los
ha soltado con desaliento, como suelta el niño un arma grave, convenciéndose de
que le faltan fuerzas, no ya para manejarla, sino para empuñarla un minuto. La
gran poesía de la ciencia positiva la siento yo allá en serenas regiones
intelectuales, á semejanza de los que sin saber latín perciben armonía
maravillosa en los versos de Virgilio, y con eso me contento, dejando á la poco
numerosa hueste de los Bruck la gloria de romperse los huesos
en obsequio de nuestra madre la tierra.
Respecto al Príncipe Amado, diré que es
el único cuento para niños que he escrito en mi vida, y á la vez{14} el único escrito que ha hecho vacilar un tanto
mis firmes convicciones estéticas. Al trazarlo, pensaba que quizás es vano
orgullo este que nos lleva á desdeñar por completo el fin útil y perseguir tan
sólo la hermosura, mirando con tedio géneros y ramos de la producción
literaria, cuyo cultivo acreditaría nuestra destreza y honraría nuestro
corazón. En España no existe una colección de cuentos para la infancia que
reuna al carácter nacional la acabada maestría de la forma y la enseñanza alta
y pura. Tenemos, eso sí, un rico tesoro de fabulistas, tesoro casi enterrado,
pues hoy las fábulas han caído en injusto olvido y descrédito; mas por lo que
toca á narraciones, á novelas y leyendas infantiles, vivimos de prestado,
dependiendo de Francia y Alemania, que nos envían cosas muy raras y opuestas á
la índole de nuestro país, y en vez de nuestras clásicas brujas, hadas, gigantes y encantadores nos
hacen trabar conocimiento con ogros, elfos y otros
seres de la mitología y demonología septentrional: aparte de que el color
terrorífico de algunos cuentos de Grimm y Andersen, por ejemplo, más es para
poner espanto en el ánimo de los chiquillos, y apocarlos y llenarles el cerebro
de telarañas, de ahorcados y espectros, que para darles un rato de solaz y una
disimulada lección. Sería muy de desear la aparición de un tomo de cuentos de
niños, hechos con el primor literario y limpieza de estilo que distingue á los
grandes fabulistas castellanos, con la sencillez necesaria para que los niños
los entendiesen, y en suma con los requisitos indispensables, á fin de que la
obra remediase{15} una urgente necesidad y tapase
un hueco en nuestra bibliografía. El libro alcanzaría, de seguro,
extraordinario éxito y repetidas ediciones.
Voy á poner punto. En estos párrafos de
introducción he rehuído hasta nombrar el naturalismo. No quiero
prevalerme de las cortas batallas reñidas y de los escasos servicios prestados
á la renovación de nuestras letras para aburrir al público exponiendo otra vez
principios ya conocidos y programas siempre enfadosos. Presiento y adivino lo
que de este libro dirán críticos y lectores: que hay en él páginas
acentuadamente naturalistas, al lado de otras saturadas de idealismo romántico.
Yo sé que todas son verdad, con la diferencia de darse en la esfera
práctica, que llamamos de los hechos, ó en otra no menos real, la del alma.
Vida es la vida orgánica, y vida también la psíquica, y tan cierta la impresion
que me produce un Nazareno ó una Virgen, como los crudos detalles de La
Tribuna, ó las rusticidades de Bucólica. Reclamo todo para el
arte, pido que no se desmiembre su vasto reino, que no se mutile su cuerpo
sagrado, que sea lícito pintar la materia, el espíritu, la tierra y el cielo.
Para explicar cómo esta teoría no es un
eclecticismo de ancha manga, que admita y sancione y dé por buena toda cuanta
literatura existe en el orbe, necesitaría yo ahora doblar el tamaño del
prólogo, y... tengo compasión del discreto leyente, que de puro bien criado no
se atrevería á interrumpirme.
Emilia Pardo Bazán.
La Coruña, Setiembre 5 de 1884.
La Dama Joven
Renegando de la luz maldita, subiéndola á cada
momento, cual si, á falta de combustible, pudiese mantenerse del aire, las dos
hermanas trabajaban con ardor.{20} En medio del
silencio de las altas horas nocturnas, se oía distintamente el choque metálico
de las tijeras, el rechinar de la aguja picando la seda y tropezando contra el
dedal, el crujido de la tela á cada movimiento de la mano. ¡Qué lástima que se
apagase el quinqué! Estaban en lo mejor de la faena; mas la luz, que no gastaba
miramientos, parpadeó, y con media docena de bufidos y chisporroteos avisó que
no tardaría en cerrar su turbia pupila. La hermana menor levantó la cabeza,
respirando, y escupiendo para soltar una hebra de seda que tenía enredada entre
los dientes.
—Dolores?
—Qué?—murmuró la mayor, sin interrumpir la costura.
—Que nos quedamos á oscuras, chica.
—Si no me das otra noticia...
—Pero es que yo á oscuras no coso. ¿Hay petróleo?
—Ni miaja.
—¿Cabos de vela?
—Tampoco. ¡Echa cabos!
—Pues entonces, ¿qué haces ahí, tonta? Á dormir. Á
mí ya me duele el cuerpo de estar doblada.
Suspiró Dolores, y el quinqué, suspirando también
estertorosamente, dió principio á su rápida agonía. Apenas tuvieron tiempo las
costureras de echar la labor sobre un sofá inmediato, cubriéndola con un
lienzo: tal fué de pronta la muerte de aquella angustiada luz. Al quedar en
tinieblas, el primer movimiento de las dos muchachas fué soltar la risa.
¿Acertarían con la cama? Á tientas y con las manos extendidas avanzaron{21} en busca de sus lechos, tropezándose en mitad del
camino, lo cual las puso de mejor humor si cabe.
—Ahora no te equivoques y por acostarte en la cama
te acuestes en el sofá—exclamó Dolores.
—Mujer... lo peor será si cojo la almohada para los
piés.
Se percibía ruido de corchetes desabrochados,
resbale de sayas, música de enaguas con almidón: le siguió la estrepitosa caída
del calzado, y el gemido de los jergones bajo el peso del cuerpo. De una de las
camas salió también un rumor confuso, como de voz que mascullaba muy bajito
oraciones diferentes. La otra cama no chistó, dando motivo á una interpelación
de la rezadora.
—Concha?
—Eh?
—¿No rezas hoy, ó qué te pasa?
—Mujer... tengo más gana de dormir que de rezar.
—Vaya que un credo y una salve, no te privarán el
sueño.
Concha obedeció, y después del rezo dió varias
vueltas en la cama, lo mismo que si alguna inquietud la desvelase. Volvió su
hermana á interrogarla. ¿Qué tenía?
—No tengo sueño. Me he despabilado.
—Pues mañana ya sabes que hay que madrugar.
—Madrugar! ¿Tú qué hora piensas que es?
—Qué sé yo... ¿Las dos y media?
—Las cuatro, chica. En el reloj de la Intendencia
las acabo de oir.{22}
—¡Tú estás loca!
—Sí, sí, descuídate... Las cuatro.
—Ea, pues chitito y á dormir.
Callaron ambas, pero la excitación de la afanosa
vigilia producía su efecto, y aunque rendidas y deseosas de sueño, no podían
conciliarlo. Era el instante en que se piensa en todo, recordando lo pasado,
evocando con terror ó ilusión lo futuro. Mientras los ojos ven en la sombra
abrirse un círculo de lívida luz, una especie de foco trémulo y oscilante,
verde, violado y amarillo, la imaginación exaltada acumula cuidados y memorias,
un tropel de deseos, esperanzas, dolores muertos que renacen, figuras y escenas
ya borradas que vuelven á tomar cuerpo al calor de leve fiebrecilla.
Dolores, la mayor, cavilaba. Tenía doce años más
que su hermana, y contaba apenas trece cuando quedaron huérfanas. Se veía tan
chiquilla aún, calentando el biberón por la mañanita, antes de salir para el
taller donde trabajaba, y metiendo el pezón artificial, tibio y blando, en la
boca del pobre angelito, para que no llorase. Los domingos era dichosa, porque
podía tener en brazos todo el día á la nené. Por fin, el rollo de carne con
patas echaba á andar, y Dolores, hecha ya una mujer, un tanto relevada de sus
tempranas obligaciones maternales, empezaba á dejarse tentar, alguna vez qué
otra, á ir á los bailes de los Circos. En Carnaval asistía á tres seguidos, con
flores en el pelo y guantes prestados. Después... un episodio que Dolores no
quería recordar, pero cuyos menores detalles tenía grabados, como en bronce,
allá en no sé qué rincones del{23} cerebro donde
habita la memoria de las cosas tristes... Unos amoríos breves, la seducción, la
deshonra, el desengaño... Historia vulgar y tremenda. La enfermedad trajo de la
mano la miseria; el fruto de las entrañas de Dolores, mal nutrido por una leche
escasa y pobre, languideció y sucumbió pronto, dejando contagiada á la niña de
cuatro años, á Concha, con la horrible tos ferina, tos que arrancaba de sus
tiernos pulmones estrías de sangre. No tuvo Dolores tiempo de llorar á su hijo:
era preciso cuidar á su hermana, hacerla mudar de aires en seguida... Y no
poseía un céntimo, y había empeñado hasta sus botas de salir á la calle y su
único mantón. No olvidaría, no, la tarde en que á cuerpo, tiritando de frío,
entró en la iglesia de San Efrén, á rezar una salve á la Virgen del Amparo. Al
lado del camarín clareaba la reja de un confesonario: tras de la reja un
sacerdote. Arrodillada, con inexplicable consuelo, refirió todas sus cuitas. Al
otro día la visitaban dos socias de san Vicente de Paul: al final de la semana
le daban bonos de pan, chocolate y carne: de allí á medio mes le colocaban á
Concha en casa de una lechera que vivía á dos leguas, en una aldehuela alegre y
sana: al mes y medio, la niña regresaba robustecida, curada de su tos y
acostumbrada á comerse una libra de pan de maíz en un cuartillo de leche.
Dolores la adoraba: ya no tenía más pensamiento que aquella criatura. Anhelaba
borrar lo pasado y proteger á Concha. Aborrecía á los hombres: que no la
hablasen de bailes ni de jaleos. Confesábase primero cada mes, luégo cada
domingo. Ya no necesitaba el socorro{24} de los
paúles, y se había apresurado á decírselo, redimiéndose, no sin cierto vanidoso
contentamiento, de una protección que el artesano laborioso juzga siempre
humillante, por lo que trasciende á limosna. Mas le restaba el auxilio moral,
la recomendación de las socias, que jamás la consintió carecer de trabajo.
Prefería las casas al taller, porque en las cocinas le permitían dar de comer á
Concha, y aun le rogaban que la llevase, enamorados de la hermosura y despejo
de la rapaza. Así que ésta fué creciendo y pudo coser también, se hizo preciso
mudar de sistema y volver á los talleres: no era fácil que en las casas
facilitasen labor á dos modistas á un tiempo, y antes se dejaría Dolores cortar
una mano, que apartarse una pulgada de su chiquilla, alta ya y formada,
tentadora como el fruto que empieza á madurar. ¡Eso sí que no! Para desgraciada
bastaba ella: á Concha que no la tocase ni el aire: corría de su cuenta
defenderla con dientes y uñas. Todo cuidado era poco en aquella ciudad de
Marineda, donde chicos del comercio, calaveras y señoritos ociosos no pensaban
más que en seguir la pista á las muchachas guapas. Temía Dolores, en
particular, á los señoritos: ¿por qué no se dedicaban á las de su clase? ¡Tanta
señorita sin novio, y las artesanas obsequiadas, perseguidas, cazadas como
perdices! Mirando lo que sucedía, era cosa de temblar: ¡cuántas chicas preciosas,
que serían buenas si no hubiesen encontrado con un pícaro, y que se veían
perdidas, desgraciadas para siempre! Unas, teniendo que mantener dos y tres
criaturas; otras, descendiendo poco á poco desde el primer{25} desliz
hasta caer en la vida airada... Daba compasión. ¡Y el lujo! Eso, eso era lo que
ponía á Dolores fuera de sí. ¡Bailes, chaquetas de terciopelo, disfraces en
Carnaval, bolitas de á cuatro duros! ¡Muchachas que ganaban una peseta y cinco
reales diarios, dígame usted por Dios de dónde lo han de sacar! Ya se sabe:
teniendo un oficio de día y otro de noche. ¡Malvadas!
No eran tales soliloquios nuevos en Dolores, sino
tan antiguos como las inquietudes respecto á su hermana; mas lo curioso del
caso fué que, sin que un solo día dejase de hacer semejantes reflexiones, á
medida que Concha se desarrollaba y empezaba á celebrarse su linda presencia,
despertábase en la hermana mayor esa vanidad característica de las madres, y á
costa de privaciones y escaseces la emperejilaba y componía, para que no
quedase por bajo de las demás, y por el delito de mantenerse honrada, no pareciese
la puerca Cenicienta. Con este motivo sufrió Dolores alguna fuerte reprimenda
de su confesor, jesuíta sagaz, que le decía:—Si tú misma fomentas en la
chiquilla la presunción ¿cómo quieres que no te dé á la hora menos pensada un
disgusto? Pónla de hábito, anda. ¿No has aprendido en tu cabeza?
¡De hábito! Dolores lo usaba hacía muchos años,
desde su desgracia: pero... cubrir con aquella estameña burda el
gentil cuerpo de Concha! Prefirió confesarse menos, y se retrajo algo de sus
devociones, á fin de no ser reñida por su inocente vanidad maternal. Redobló,
eso sí, la vigilancia, y se hizo centinela asiduo, infatigable, alerta siempre.
Concha era fácil de{26} guardar: no quería salir
sola: á los bailes, á los temibles bailes, prefería el teatro, su única
afición. Tomaban dos entradas de cazuela, y la niña, colgada de la barandilla,
gozaba lo indecible. Al regresar á casa, se sabía de memoria trozos de verso,
fragmentos de escenas. Semejante gusto no parecía peligroso: mas el diablo la
enreda, y he aquí cómo vino á resultar alarmante. Dolores conservaba una casa,
donde cosía desde tiempo inmemorial, y cuya dueña era cuñada del
vice-presidente del Casino de Industriales, la sociedad más floreciente y
numerosa de Marineda. Acababa esta sociedad de organizar una sección de
declamación, dirigida por un ex-actor, y menudeaban en el teatrillo del Casino
funciones de aficionados. La parte masculina no estaba del todo mal, ni
faltaban aprendices; en cambio las mujeres escaseaban. Al saber las
disposiciones dramáticas de Concha, tramóse en casa del vice-presidente un
pequeño complot; comprometieron á Dolores, que no pudo desenredarse, y su
hermana hubo de tomar parte en algunas piececillas.
Nuevo disgusto con el confesor, que censuró
agriamente la debilidad de Dolores. Esta, bajando la cabeza, reconoció toda su
culpa. En efecto, con el tal teatro se había introducido en la existencia de
las dos hermanas un elemento de desorden: se trasnochaba, se pasaban las horas
muertas discurriendo trajes y adornos: Concha no pensaba más que en estudiar y
ensayar su papel; á los ensayos, por supuesto, la acompañaba Dolores, cosida á
sus enaguas; con todo, era muy arduo vigilar, en la confusión de entradas y
salidas al{27} vestuario y escenario. Prueba de
ello fué que una noche, al regresar á su casa, Concha sacó del bolsillo un
papel blanco dobladito, y echándolo en el regazo de la hermana, le dijo
desenfadadamente:
—Mira eso.
Dolores lo cogió palideciendo, con dedos ávidos.
Era una declaración amorosa, y al través de las frases, tomadas indudablemente
de algún libro de fórmulas epistolario-amatorias, de los volcanes que
ardían en el corazón, las amorosas llamas y otras
simplezas por el estilo, percibió Dolores así como un olor de honradez, que se
exhalaba de la gruesa letra, del tosco papel y sobre todo del párrafo final,
que contenía una proposición de casamiento y una afirmación de limpios y sanos
propósitos. Respiró. Al menos, no era un señorito, sino un artesano, un igual
suyo, resuelto á casarse. ¡Casar á Concha, ante el cura, con un hombre de bien,
era el ensueño de Dolores! Creyó no obstante que su dignidad le imponía el
deber de enojarse un poco, y de exclamar:
—¿Y cuándo te han dado este papelito, vamos á ver?
—Hoy... Cuando pasé al cuarto para vestirme, allí
detrás de la decoración me lo dió.
—¡Valiente papamoscas! ¿Y tú, qué dices?
—Mujer... ¿y qué he de decir? Si me pide que le
conteste, le diré que hable contigo antes.
—Eso es, eso es, las cosas derechitas—murmuró
Dolores del todo satisfecha.
Y así sucedió. Dolores no cabía en sí de júbilo.
Fué{28} á contar al confesor el caso, y le ponderó
las prendas del mozo, un chico honrado, formal, ebanista, que tardaría en
casarse lo que tardase en poder establecer por cuenta propia un almacén de
muebles. Nadie le conocía una querida: ni jugador, ni borracho. Vivía con su
madre, muy viejecita. En fin, sin duda la Virgen del Amparo había oído las
oraciones de Dolores. Otras andaban tras de los señoritos, de los empleaditos,
de los dependientes de comercio: ¿y para qué? Para salir engañadas, como había
salido ella.—Cada oveja con su pareja, hija, confirmó tranquilamente el
Padre.—¿Sólo que... á pesar de todas las bondades del novio... conviene no
descuidarse, eh? Tu obligación es no perderlos de vista, hasta que tengan
encima las bendiciones.
¡Buena falta le hacía á Dolores el encargo!
¡Perderlos de vista! Nunca estuvo más adherida á su hermana. Los novios se
veían al salir del taller; él las acompañaba hasta su casa. Veíanse también en
el Casino, los días de función ó ensayos, sólo brevísimos instantes, pues
Dolores no quería dar que hablar allí. ¡La gente es tan maliciosa! Dando una
vuelta en su cama, Dolores pensaba en el día de la boda, el día de la
tranquilidad completa, porque desde entonces las dos hermanas coserían en su
propia casa, poniendo un tallercito modesto. ¿Cuándo llegaría tan apetecido
instante?
Mientras la hermana mayor soñaba en bodas agenas,
la presunta novia estaba á dos mil leguas de acordarse de semejante suceso. La
juventud suele vivir sólo en{29} lo presente, ó al
menos en lo futuro inmediato. ¡Casarse! ¡Bah! Claro que se casaría: ¿pero qué
prisa corría eso? El caso era lo que se le preparaba para mañana, mejor dicho
para hoy, pues ya no distaba mucho el amanecer. ¡Era fatalidad que, justamente
durante la época más ahogada de costura, cuando se acercaban los carnavales,
los bailes, los trajes, para las mascaradas y comparsas, y no podía ella faltar
del taller donde desempeñaba las importantes funciones de aparejadora, se le
ocurriese al Casino de Industriales dar una gran función de teatro, para
redimir á un socio de la suerte de quinto! Y se ponía en escena una obra de
Ayala, Consuelo, muy famosa según decía don Manuel Gormaz, el
director de la sección; y á ella le había tocado en el reparto el principal
papel, cosa que no dejó de lisonjearla, porque añadía el señor Gormaz, que era
obra de prueba, digna de una artista... ¡Artista! ¡qué bien le
sonaba á Concha el nombre! Ser artista era pertenecer á una
clase aristocrática, superior á la humilde condición de costurera... ¡Artista!
En los días de beneficio de las actrices, Concha había leído versos de esos que
se arrojan desde las galerías, impresos en papeluchos azules y amarillos, donde
tras del epígrafe «á la eminente artista Fulana» ó «á la célebre artista
Mengana» venía una serie de calificativos y epítetos, entrelazados como
guirnaldas de flores, y se las llamaba huríes, ruiseñores, ángeles y otras mil
cosas así. ¡Una artista! Concha repetía en voz baja, cuando estaba sola, la
fascinadora palabreja.{30}
¿Cómo saldría ella de aquel apuro? ¿Se cortaría?
¿Se le olvidarían los versos? Jamás le había sucedido tal cosa; es verdad que
al pisar el escenario le latía el corazón muy de prisa; pero luégo recobraba
todo su aplomo. Sólo que aquella función era diferente de las demás: tratábase
de una comedia en tres actos, y ella nunca pasó de sainetes y piececillas en
uno; además, como el beneficiado era hijo de un portero de la intendencia, el
intendente, persona sociable y bien quista en Marineda, había repartido las
localidades todas entre lo más lucido del vecindario, y se susurraba que la
función estaría brillante: lleno completo. En fin, un compromiso gravísimo. ¡Y
los trajes! Para Consuelo se precisaban tres diferentes,
elegantes todos: el del último acto, descotado y con cola. ¡Qué de mañas,
ardides y cálculos representaba la conquista de esos trajes! Vamos, á no ser
por la señorita del intendente, tan franca y tan amable, no acertaba Concha
cómo se las habría compuesto. Afortunadamente la señorita fué su providencia:
desde zapatos blancos de raso hasta flores artificiales y brazaletes, todo se
lo prestó. Cierto que eran cosas bastante usadas, y hubo que refrescar, lavar,
planchar, alargar ó encoger... Y aún no estaba terminada la faena, y quedaba un
día solo, y no podía faltar al taller, ni al ensayo general... ¡Imposible que
alcanzase el tiempo para todo! Si el maldito quinqué no se hubiese apagado, ya
tendría listo el traje! ¡Cuánto iban á apretar las uñas al día siguiente!
¿Amanecería pronto? Cavilando así, sintió Concha un estremecimiento de frío y
se arropó. Se unieron involuntariamente{31} sus
párpados y con indecible bienestar se quedó dormida.
Apenas comenzaba á saborear el dulce reposo, la
sacudieron y zamarrearon sin misericordia. La fría luz del alba se colaba por
las rendijas de los ventanillos, y Dolores, de bata ya, con una toquilla de
estambre muy enrollada al cuello, se disponía á enristrar la aguja, y tocaba
diana para que la ayudasen. Concha entreabrió los ojos, borracha de sueño, de
ese sueño de la primera mocedad, tan parecido al de la niñez en su intensidad
reparadora. Fué preciso repetir la sacudida: entonces, de no muy buen talante,
echó fuera una pierna para calzarse las babuchas.
Tentadora ocasión de describir, en tan indiscreto
minuto, á la futura Consuelo, cuando sus carnes tibias conservan
aún la suave morbidez del sueño, y la breve camisa descubre mucha parte de su
gallarda escultura. Los brazos blancos y puros, los piés rosados por la
frialdad del piso, los senos recogidos y breves como capullos de flor, hacen
honesta por extremo aquella semi-desnudez juvenil, que la claridad del amanecer
baña con delicados matices opalinos. Remata el cuerpo una cara oval, sanamente
pálida, algo pecosa hacia el contorno de las mejillas; el pelo, rubio como la
harina tostada, nace copioso en la nuca y frente, y desciende en patillas
ondeantes hasta cerca del lóbulo de la oreja: entre los labios gruesos y cortos
brilla como un relámpago la nitidez de la dentadura. Los ojos, aunque hinchados
de dormir, no encubren que son garzos y candorosos todavía.{32}
Para despejarse, necesitó Concha pasar agua fría
por la cara. Dolores entretanto abría las maderas, aseaba un poco el cuartito
abohardillado, y encendía en la cocinilla próxima seis carbones para calentar
el puchero de cascarilla y la correspondiente leche. En un
santiamén se desayunaron. Concha, bien despierta ya, consagraba toda su
atención á los trajes. Al lado de la ventana, sobre el quebrado sofá, lleno de
hernias de crín que se salía, reposaban las galas de la noche. Concha se acercó
á la fiel aliada de la modista, la máquina, que dada de aceite, limpia, con su
carrete enarbolado, con la mesilla reluciente de barniz, aguardaba lo mismo que
un centinela, arma al brazo, las órdenes de su jefe. Dolores se aproximó
también, exclamando:
—Tú á los volantes y yo al cuerpo.
Salió el famoso vestido de baile. Era de seda azul
bajo, algo verdoso ya y por muchas partes salseado; pero merced á la buena idea
de Concha, de velarlo con infinitos volantes de tarlatana del mismo color,
parecería nuevecito de allí á poco. La cadencia de la máquina se interrumpía á
cada volante, y el vestido giraba, giraba, como una peonza, todo hueco, y cada
vez más vaporoso. Al cabo brotó la falda fresquita, soplada como un buñuelo, y
fué á ocupar su puesto en el sofá al lado de otros pingos también remozados y
disfrazados hábilmente, con recogidos, lazos y encajes. Dolores pegaba al
cuerpo el último corchete y orlaba de tul blanco las cortas manguitas.
Terminado lo grueso de la labor, empezaron mil menudencias,{33} mil
accesorios. Pendían de una cuerda, tendida de un lado á otro de la pared, dos
guantes blancos, largos, muy tiesos, con las puntas de los dedos amarillentas y
arrugadas; y mientras Concha los soplaba con ardor para despegar aquellas
malditas puntas, que delataban el paso ineficaz de la bencina, Dolores, por
medio de una plancha caliente, estiraba varios cintajos lácios como tripas de
pollo, dedicándose después á frotar con miga de pan los zapatos de raso, y á
pegar con goma una varilla del abanico. Las cosas que iban estando dispuestas,
pasaban á una cesta, cuidadosamente colocadas; de pronto Concha se dió una
palmada en la frente.
—¿Qué te pasa?
—¡Las medias! Que se nos olvidaban las medias!
—¿Qué más da? Llévalas blancas.
—¡Mujer... son tan cursis! ¿Tienes agua caliente?
—La pondré á calentar.
—Anda, que se lavan y se secan pronto... á la noche
están sequitas.
En tanto que Dolores jabonaba el par de medias
azules, Concha, cosiendo el dedo de un guante, preguntaba á sí misma en voz
alta:
—¿Tendrán que hacer esto las cómicas el día que
representen?
—No, mujer...—murmuró Dolores.—Esas lo tienen todo
arreglado.
—Dichosas ellas. Á mí me venía bien ahora repasar
el papel.
—Pues no te descuides, que pasa ya de las ocho y{34} media. ¡Cuándo se acabarán estos jaleos de
teatro! me duele la cabeza ya, de discurrir para refrescar vejestorios.
Quedábales aún algo por hacer, pero el tiempo
urgía, y el taller aguardaba. Convinieron en que, á la hora en que Concha fuese
al ensayo, Dolores volvería á casa, terminaría todo y llevaría la cesta al
Casino, donde Concha aguardaría ya para vestirse. Por excepción, una vez nada
más: que eso de dejar sola á Concha, no estaba en el programa.
—Mujer, no hay remedio—exclamó Concha.—Desde el
taller al Casino, no me saldrá ningún perro rabioso.
—No me dan á mí cuidado los perros de cuatro patas,
sino los de dos—murmuró Dolores guiñando un ojo.—Con que mucho juicio, ¿eh? Si
sale Ramón á acompañarte, le dices que se vuelva á su casa ó que te espere en
el Casino.
—Bien, bien.
¡Bastante pensaba Concha en Ramón! Todo el día en
el taller estuvo repasando su papel mentalmente. Don Manuel Gormaz le había
encargado tanto que se fijase y que tuviese alma en
algunas escenas! Tener alma... ¿sería gritar mucho? No, porque se reirían de
ella... ¿Sería pronunciar recalcando, como la que hacía de graciosa?
No, eso tampoco... Procuraba recordar las inflexiones de la actriz que había
representado Consuelo el año anterior, en el Teatro Grande...
Lástima no acordarse punto por punto! ¡Si ella supiese que, con el tiempo, le
tocaría representar ese papel! Mientras arreglaba los pliegues de una
sobrefalda, ó{35} sacaba un patrón por el figurín,
Concha repetía entre dientes las redondillas de Ayala, bien agenas de ser
pronunciadas en semejante sitio.
Al salir del taller, se separaron las dos hermanas,
tomando cada una en opuesta dirección. Iba Concha distraída, andando
rápidamente, cuando alguien emparejó con ella.
—¡María Santísima... qué susto me has dado!
El novio se sonrió afablemente, no sin mirar á
todos lados, convenciéndose por fin de que Concha iba sola, hecho singular y
extraordinario. Manifestó su admiración, diciendo:
—¿Y Dolores? ¿Qué milagro es éste?
—No pudo hoy acompañarme... Tenía que acabar de
alistar unas cosas. Viene después.
No puso Ramón cara compungida al oir la nueva, y
siguió andando al lado de Concha por la calle Mayor, donde algunos comercios
empezaban ya á encender su alumbrado. Concha se volvió de pronto toda alarmada.
—Mira, vete, vete... No me acordaba ya... No puedes
acompañarme hoy.
—¿Por qué, chica?
—Porque voy sola... No me hizo otro encargo
Dolores.
—¡Vaya con la ocurrencia!—exclamó él súbitamente
enojado, deteniéndose ante un escaparate en que brillaba ya el gas.—¡Pues me
gusta! ¡Sólo eso faltaba! No seas tonta; yo te acompaño. ¿Qué necesidad hay de
que se lo cuentes á tu hermana?{36}
Concha le miraba con sorpresa, viéndole de levita.
Era una levita negra arrugada y floja en los sobacos, que caía mal, amén de
relucir demasiado, conociéndosele las dobleces de las prendas guardadas mucho
tiempo en cajones; no obstante, la negrura del paño y la blancura de la pechera
limpia realzaban la varonil presencia de Ramón, mocetón arrogante y guapo,
aunque tosco: de ancho pecho, oscura barba, pelo rizoso y grandes y vigorosas
manos. Concha se sonrió.
—¿Por qué vienes tan elegante?
—¿No sabes que tengo que cantar en el Orfeón? Ayer
toda la noche hemos estado ensayando la Barcarola nueva.
Ella bajó la cabeza, dándose por convencida; de
repente volvió á ocurrírsele lo que diría Dolores.
—Anda, lárgate, que no tengo gana de fiestas... No
quiero oir sermones por causa tuya.
—¿Quieres que me vaya? Corriente—pronunció él con
despecho—pero también es mucha ridiculez... Seis meses que somos novios, y aún
no hemos podido hablar en paz y en gracia de Dios un cuarto de hora.
Díjolo con tal rabia, que Concha, cediendo á un
movimiento compasivo, le llamó.
—Bueno, ven... Pero no hay que contarlo ¿eh?
Silencio.
Siguieron su camino, él satisfecho ya, ella un
tanto envanecida, allá en el fondo del alma, por llevar de acompañante á su
novio, un novio de levita que podía confundirse con un señorito. Callaban,
preocupados por la misma novedad de la situación, y sin despegar{37} los labios salieron de la calle Mayor al paseo
público, á la sazón desierto. Hacía frío. Los árboles sin hojas y las farolas
apagadas se perfilaban sobre el gris ceniza del crepúsculo invernal; un
pilluelo pasó corriendo, dando un empujón á Concha, que llamó á su acompañante.
—¡Ramón! ¿tú qué tienes?
En efecto, parecía pensativo. Con voz algo dura,
contestó:
—No tengo nada.
—Nada, ¿y vas ahí que pareces un mochuelo? ¿Después
de que te dan gusto, llevas ese gesto?
—No tengo obligación de estar hoy tan contento como
tú.
—¿Y yo por qué he de estar contenta hoy?
—Porque vas á lucirte, á ponerte muy maja y muy
bonita para salir á las tablas.
Echóse á reir la muchacha.{38}
—No te rías—articuló él con acento opaco...—Haz el
favor de no reirte, que yo no hablo de broma.
—Pero hombre... no me he de reir! Te enfadas porque
me presentaré en las tablas muy compuesta... ¿Pues no vas tú también con el
fondo del baúl encima? Vamos—añadió viendo la fisonomía contraída de Ramón—no
seas majadero; ya sabes que trabajo por compromiso con el Vice-presidente y por
complacer al señor de Gormaz... Buenos apuros me ha costado la tal función:
hace tres noches que no duermo casi... Maldito el chiste que...
—Sí, sí, dices eso, pero otra te queda... Si no te
gustase no irías allí de muestra, no irías.
—¿Tienes gana de armarla hoy? Pues para eso, pude
venir sola.
—No—replicó él con más blandura—no te digo nada,
Dios me libre, haz lo que quieras; pero tengo que advertirte una cosita, eso
sí: no te parezca mal.
—Vamos á ver qué sale después de tanto aparato.
—Cuando nos casemos...
—De aquí allá!
—Cuando nos casemos—reiteró con firmeza el mozo—yo
no consiento que vuelvas á representar, aunque se empeñe Dios del cielo... ¿Te
has enterado?
—Bien... De aquí á que suceda eso...
—¿El qué?
—Lo del casamiento.
—Yo me entiendo... Cuando menos se piensa... En
fin, vé acostumbrándote á la idea, por si acaso. No me gusta á mí, ni á ningún
hombre blanco, queriendo á{39} una mujer como te
quiero á ti, oir que dicen en las butacas estupideces y barbaridades... al lado
de uno mismo, con la poca crianza que tienen esos brutos de señoritos, Dios me
perdone...
—¿Y qué dicen?—preguntó curiosamente Concha.
—Mil desvergüenzas... Que si tienes buen éste, y
buen aquél, y... Calla, calla, que yo paso las de san Patricio... Un día hago
un disparate.
Concha, muy colorada, bajaba la cabeza; por fin
articuló entre enojada y vergonzosa:
—¿Y á ti qué te importa lo que digan? Déjalos,
hombre.
—De otra ya pueden decir pestes... Pero de ti...
que te quiero tanto como á mi madre!
Lo pronunció con tal fuego y sinceridad, que á
pesar suyo la modista se sintió conmovida y le miró dulce y amorosamente.
Entraban en el jardín público, que seguía al paseo, y en el cual la oscuridad
era mayor, y completa la soledad y el silencio, á menos que una ráfaga de
vientecillo marino sacudiese los siempre verdes egonibus haciéndoles
murmurar cosas tristes. Concha se apoyó en el brazo de su novio. Al hacerlo, su
codo tropezó con algo que abultaba debajo de la levita.
—¿Qué llevas aquí?—preguntó.
—Nada.
—¿Cómo nada, y sobresale que parece un mollete de
pan?
—Mujer... si no es cosa que te importe.
De mala gana se desabrochó él y sacó un objeto
elíptico de hojas de laurel engomadas, muy tiesas, y rematado en unas largas
cintas blancas con flequillo de oro al extremo. Á pesar de la oscuridad, aún
quedaba suficiente crepúsculo para que distinguiese Concha que era una corona.
—¿Y esto?—preguntó afanosamente, entre turbada y
alegre.
—Ya lo veo.
—Una corona... ¿Para quién?
—¿Para quién ha de ser?
—¿Para mí? ¡Qué loco! ¿Y no me reñías antes por
representar?
—Una cosa es una cosa, y otra es otra... Me dió
rabia ver que en el beneficio del mes pasado le echaron una corona monstruo á
esa tonta de Rosalía Cañales, y á ti porque tenías un papel más corto te
conformaron con un ramito de mala muerte... Y pensé para mí: no, pues como
represente otra vez, no se queda sin corona mi Concha del mar... No me hace
gracia que tú quedes deslucida... Ahí tienes.
—Te lo agradezco... te lo agradezco mucho!—articuló
cariñosamente ella, afirmándose más en el brazo que la sostenía.
Él la contempló con ansia, y después miró
alrededor. Ni un alma en el jardín.
—¿Concha?
—¿Eh?
—¿Me quieres?
—¿Te enfadas si te pido una cosa?
—¿Qué?
—Dame un beso.
Soltó Concha el brazo y se hizo atrás. Parecíale
que el rumorcillo de los arbustos y el manso gotear de la fuente eran ecos de
la voz de Dolores... Y tapándose la cara con las manos y retrocediendo, gritó
alborotada:
—Eso no... Eso no... Estate quieto.
—No, si no quieres no... No grites, que pensarán
que te mato...
Volvió á darle el brazo, en el cual ella se sostuvo
con recelo, pero al verle triste y con la cabeza baja, se aproximó nuevamente.
Una invencible curiosidad de virgen la impulsaba á desear la caricia que había
rehusado. Estaban próximos ya á salir del jardín, y á corta distancia de él,
comos unos cien pasos, resplandecía el iluminado portal del Casino. Inclinó un
poco la frente sobre el hombro de Ramón, y éste, con arranque súbito y brioso,
desprendió el brazo para rodearle la cintura, y la besó en la mejilla, con toda
su fuerza, devorándola el cutis. Concha sintió una ola de caliente sangre que
henchía sus venas, y percibió al mismo tiempo, con extraña lucidez, un
olorcillo á alcanfor y pimienta, que debía proceder de la levita guardada hacía
tiempo.
Apresuradamente salieron del jardín, él radiante,
ella aturdida y cabizbaja. ¡Si Dolores lo supiera! Las manos se le habían
puesto frías, y una conmoción singular le imponía silencio. Su novio le parecía
ahora,{42} sin saber por qué, más amable y á la vez
temible. Le miraba á hurtadillas, cual si no le hubiese visto bien antes. Como
se aproximasen mucho al Casino, Ramón se inclinó hacia ella, y ella retrocedió
instintivamente.
—Mira, Concha, mañana puede que tenga una gran
noticia que darte...
—¿Qué?
—No, por ahora nada... Por eso no quería hablar,
hasta llegar aquí... mañana te diré... Oye, antes que se me olvide: ¿dices que
tienes que salir hoy escotada?
—Sí, hombre... En el último acto.
—Pues cuidado cómo te arreglas... El cuerpo
altito... no quiero que nadie se divierta á cuenta mía.
—¡Jesús!—exclamó la modista.
Y diez pasos antes de llegar al portal, soltó el
brazo de Ramón y echó á andar rápidamente, murmurando:
—Hasta luégo.
Penetró en el edificio. El recinto del teatro se
hallaba todavía á oscuras, y en los pasillos, el conserje barría con afán las
puntas de cigarro y los fragmentos de papel. En el escenario ardía un quinqué
puesto sobre una consola, y dos ó tres candilejas, prevenidas para alumbrar el
ensayo. Concha se adelantaba medio á tientas por el final del corredor, cuando
un hombre le salió al encuentro, muy apresurado y afectuoso, y le dijo
cogiéndole ambas manos y estrujándoselas en expresivo apretón:
—Hola, Conchita, hola... Bien venida, hija mía...
¿Qué tal? ¿Se ha repasado? ¿Hemos olvidado el papel? Por aquí, no tropiece
Vd... Eso es... Ya estamos.{43}
—El papel me parece que lo he de saber, señor de
Gormaz—afirmó Concha, quitándose el mantón y el manto al entrar en el
escenario. Hola, chicas—añadió saludando á dos mujeres que, sentadas en un
sofá, repasaban en voz baja, con un rollo de papeles en la mano.
—Abur—le contestaron no muy cordialmente las
interpeladas.
Gormaz, previa una fricción que hizo chascar sus
palmas, se dirigió á las repantigadas actrices:
—Repasen, eso es, un poquito, mientras no vienen
los caballeros... Siempre son los últimos.
Y llamando aparte á Concha, arrimándola á un
bastidor donde no alcanzaba la luz de las candilejas, cuchicheó con misterio:
—¡Hoy hay que esmerarse, Conchita! ¡que esmerarse
mucho! ¿No sabe Vd. lo que pasa?
—¿Que va á venir mucha gente?
—La gente... ¡bah! No; es que en cuanto ha sabido
Juanito Estrella que dirijo yo esta función, como hoy no la tienen en el
teatro, á pesar de que también ensayan, me ha escrito que vendría y... ¡ya ve
Vd.! ¡Va usted á representar delante de un gran actor, una gloria nacional!
¡émulo de Romea y de Latorre!
Concha sintió un poco de recelo al oirlo, y al
mismo tiempo, sin darse cuenta del por qué, la noticia le fué grata. Conocía de
vista á Estrella, al director de la compañía que actuaba en el Teatro Grande;
había oído mil veces hablar de su fama: lo cierto es que tenía un modo de
representar que á ella, sin entender{44} gran cosa,
le parecía prodigioso: ¡qué bien sabía hacer que lloraba! ¡qué divinamente se
fingía moribundo y muerto! ¡qué expresión en aquella cara! Representar delante
de él... ¡Qué vergüenza!
Esto último fué lo que manifestó en alta voz.
Gormaz la riñó, tosiendo como siempre que se acaloraba.
—No se me vaya Vd. á cortar, hija... Por lo mismo
que Estrella es inteligente, es indulgente: él también empezó así, de
aficionado, en teatrillos y en liceos, cuando era estudiante, hasta que se
aficionó y dejó la carrera para dedicarse á la profesión artística... ¡Ejeeem!
Con que ya ve Vd... Ea, que ya llegan: á ver cómo salimos del ensayo.
Arrastró casi á Concha al lado de la consola y del
quinqué: en efecto, ya se agitaban allí dos ó tres sombras masculinas,
charlando con las desdeñosas actrices Rosalía Cañales y Julia Marqué. Al ver á
Concha, los hombres la saludaron galantemente, en especial el beneficiado,
encargado del papel de Fernando, y que se creía comprometido por el
texto del drama á mostrarse insinuante y tierno con ella. Todo el grupo rodeó
apresuradamente á Gormaz, el cual extendiendo las manos á un lado y á otro
trataba de restablecer el orden.
—¿Don Manolo, empezamos?
—¿Don Manolo, qué se hace?
—¡Ensayar, señores... bruuum!... si Vds. quieren: y
ya saben lo que les he advertido: en los ensayos no hay que derrochar voz.
Piano, pianísimo.
El apuntador comenzó á decir, sin entonación ni{45} transiciones, el papel de cada uno, que los
actores repetían paseándose con las manos en los bolsillos ó columpiándose en
la silla. Las actrices, más cohibidas, no se atrevían, al recitar, á moverse
del sofá, ni á descoser los brazos del cuerpo. Gormaz las tomó de la mano,
suavemente.
—Hijas, accionen Vds. un poco...
—¿Lo mismo que después? ¿Como si ya fuese la
representación?
—No tanto, no tanto! Un poco: si la escena ha de
ser de pié, no se dejen Vds. ahí quietas... Y Vds., caballeros, no alcen tanto
la voz; si ahora no hay público que atienda! Eso... á ese diapasón. Ya verán
Vds. cómo después hay que decirles que se esfuercen, porque no les oirá ni el
cuello de la camisa... Ejeemm! Háganse cargo de que ahora no deben malgastar
sus fuerzas: matizar, pero bajito... Eh... chss! caballero López, ¿á quién le
cuenta Vd. eso? ¿á la puerta ó á esta señorita?
Todo el mundo se rió. Gormaz en los ensayos se
ponía nervioso, sudando, tosiendo de fatiga, pasándose á cada rato el pañuelo
por la calva frente y por los turbios ojos. Quisiera él calentar aquellos
cuerpos inertes, sutilizar aquellas mentes torpes, encender aquellas tardas y
perezosas sangres con el fuego y la lumbre del entusiasmo artístico. Sólo que á
la media hora de predicar, de espolear, de comunicar impulso, de serlo todo á
un tiempo, galán, dama, barba y gracioso, de dar á éste el modelo de la
expresión patética y al otro el de la indignación y al de acá el de la ironía y{46} al de acullá el del desdén, su rostro se
amorataba, el asma le subía en ronquidos y borborigmos á la laringe, se
inyectaban sus pupilas, y, medio muerto, se dejaba caer en una butaca,
diciendo: «Bruumm... Sigan Vds... sigan.» Cada cual seguía entonces yéndose por
dónde le daba la gana.
Frisaba Gormaz en los sesenta; era coetáneo de
Romea, pero más joven, y pertenecía á aquella falange de actores, ya casi
extinguida, que amaba el arte y se preciaba de entender de letras; que se
asociaba á la gloria de Hartzembusch y Zorrilla por la interpretación
entusiasta de sus dramas, y que tras de cantar todo el verano, como la cigarra,
ha concluído como ella, muriéndose de hambre y frío, porque la vejez del actor
español es penosa cuanto alegre su vagabunda mocedad. La última etapa de
Gormaz, inservible ya para las tablas, fué organizar aquella sección en el
Casino de Industriales. Todo el mundo le quería bien allí, por su afable
carácter y su vida arreglada y modesta, pues Gormaz no tenía nada de bohemio y
sus costumbres podían pasar al través del más delgado tamiz de censura.
Lo que es la noche del ensayo de Consuelo,
á Gormás debía sucederle algo raro. Estaba como vuelto al revés. Él, tan
atento, tan deferente con todos los individuos de la sección, sin distinción de
sexos ni categorías, apenas contestaba y sólo se dedicaba á ensayarle bien el
papel á Concha. Las otras mujeres que tomaban parte en la representación no
tardaron en notarlo, y en amostazarse. La encargada del papel de Antonia,{47} Julia Marqué, catalana ingerta en gallega, hija
de un almacenista, era una morena hombruna, con gruesa voz y no leve bozo, muy
aplaudida por lo campanudo de su órgano, que daba tono profético y sentencioso
á sus menores palabras; la que había de hacer la criada andaluza, Rosalía
Cañales, era una estanquerilla redicha, delgada y chatuela, que giraba los
ojos, apretaba la boca y manejaba mucho el abanico; teníanse ambas por dechados
respectivamente del género trágico y cómico, y en los ensayos se apoderaban del
director, crucificándole á preguntas y no dejándole respirar. Viendo que no les
hacía caso, cuchichearon en voz baja y señalaron á Concha. ¡Qué tonta y qué
presumida! Porque había atrapado el papel principal, estaba dándose una
importancia! Mucho de salir hoy elegante y de cola, y mañana se casaría con un
ebanista miserable, y calentaría las sopas en la trastienda sin más cola que la
de pegar madera! Y ambas hacían un gesto desdeñoso, indicando que ellas no
aceptarían seguramente por marido á hombre de tan poco fuste.
—Aún sabe Dios si se casará—silabeó en voz baja la
estanquera.
—Pero mira don Manolo... No hace sino enseñarle,
como si fuese á sacar de ahí una cosa que asombre á todo el mundo.
En efecto, á Gormaz todo se le volvía: «Conchita,
ese brazo. Hija, repita Vd. esa frase. No, así no: un poquito de energía, ¿está
Vd.? Esa escena hay que moverla... debe Vd. levantarse, volverse á sentar,
mostrándose dudosa. ¿Á ver cómo escribe Vd. esa carta?...{48} Bien,
bien... así debe Vd. hacerlo después; no hay que olvidarse.
Concha, sorprendida también de aquel interés
exclusivo, sentía que poco á poco se le comunicaba el entusiasmo de Gormaz,
contribuyendo á su excitación el instinto femenino, el espectáculo de las dos
rivales acurrucadas en el sofá, nerviosas como dos gatas que se disponen á
sacar las uñas, y mirándola de reojo con pupila fosforescente. Un sutil calor
empezó á difundirse por su alma, transformándole la voz, que con sorpresa de
ella misma se timbró en notas penetrantes y apasionadas. Gormaz, observando esta
favorable metamórfosis, aplicaba leña á la hoguera.
—Ya ve Vd. que en este acto está Vd. celosa... Hay
que revelar esos celos en el acento, en la fisonomía... Su marido de Vd. la
está engañando; Vd. no se ha de quedar tan fresca!
Á veces Concha, cuando decía una frase con
vehemencia, avergonzábase un poco y soltaba la risa.
—Ay, Dios mío... Don Manolo, estoy exagerando,
¿verdad?
—No, hija, no... En esa situación hay que poseerse,
así como en el primer acto debe Vd. más bien aparecer fría y coqueta... Bien
dicho, bien! Ánimo... á la escena con la criada... Rosalía, hija, ¿me hace Vd.
el favor?
—¿Eh?—murmuró Rosalía con displicencia.
—Pues ahora es la escenita de Vd... La carta.
—Ay... Vd. dispense... Como no se ha fijado usted
nada en lo que dije antes, creí que...{49}
Encogióse Gormaz levemente de hombros, y
resignándose, prestó alguna atención al dejo sevillano contrahecho de la
estanquera. Era preciso activar porque la hora de la función se aproximaba, y
ya dos ó tres músicos, con sus instrumentos muy enfundados en bayeta verde
debajo del brazo, se asomaban por la puerta de entrada, retirándose después de
escuchar algunos minutos curiosamente. El último acto se atropelló un poco,
pero Concha sabía al dedillo el papel y Gormaz, como de paso, pudo aún
indicarle algunos toques maestros. Al final le apretó misteriosamente la mano.
—Hasta luégo... y á ver cómo nos lucimos!
Concha se dirigió al tocador, donde la esperaba su
hermana vigilando la cesta de los trajes, mientras Rosalía y Julia, ocupando
todo el hueco del espejo, se daban polvos de arroz por quintales, limpiándose
después cejas y pestañas con la tohalla húmeda. Como no tenían trazas de hacer
sitio, Dolores gritó á Concha en voz alta:
—Hija, arrímate al espejo... Estás sin peinar aún,
acuérdate...
Las dos usurpadoras del tocador se desviaron con
majestuoso paso de reinas ofendidas, y empezaron á calzarse en un rincón,
secreteando y sin dejar su actitud hostil. El tocado de Concha fué corto; su
juventud y su fresca tez no requerían gran afeite. Sus ojos brillaban y sus
mejillas estaban algo sonrosadas. Al remangarse el pelo con unas agujas de
azabache, recordó el beso de Ramón, y se enrojeció hasta la frente. ¡Qué{50} poco había durado! ¿Lo sabría Dolores? ¡Bah!
¿Cómo lo había de saber? Esforzóse en desechar aquel orden de ideas, recordando
que era preciso hacer un esfuerzo para representar bien y que don Manolo no se
quejase de ella.
Cuando puso los piés en la escena, el corazón le
latió, según costumbre, un poquillo, al ver el aspecto imponente del teatro.
Sin que pudiese precisar quiénes eran los espectadores que llenaban las
butacas, atestaban los palcos y se apiñaban en la galería, bien comprendió que
estaba allí todo Marineda, la gente fina, el señorío; público
inusitado en aquel local, donde por lo regular el elemento dominante eran los
socios{51} y sus familias. Veía vagamente, sobre el
fondo granate del papel que reviste el teatro, agitarse una triple hilera de
cabezas femeniles, adornadas con flores; los colores claros y ricos de los
trajes hacían una decoración abigarrada; y de las butacas, subía hacia Concha,
como una ola de curiosidad, el reflejo de los cristales de los gemelos
instantáneamente clavados en ella, y el susurro de voces que muy quedito
pronunciaban ó preguntaban su nombre. Zumbáronle algo los oídos, y se le apretó
la garganta al articular las primeras frases del papel; pero recordando de
pronto un consejo de Gormaz, alzó los ojos y fijó en el auditorio una mirada
tranquila. Distinguió entonces con más claridad la concurrencia, y respiró. De
pronto volvió á alterar su serenidad la cara de Ramón, que desde las primeras
filas de butacas, acechaba una ojeada de su novia. Apartó la vista y se dedicó
á recitar lo mejor posible el papel. Gormaz, asomando de tiempo en tiempo entre
bastidores su cabeza sudorosa, recorría el teatro, fijándose en un palco
entresuelo, el único vacío que quedaba ya; después hacía una señal de inteligencia
á Concha, aprobando y animando.
El público, sin embargo, no daba más indicio de
agradecer los esfuerzos de Concha que, por parte de los hombres, no quitarle
los gemelos de encima. En conjunto se veía que la representación hacía reir
disimuladamente á los que no fastidiaba. Dos ó tres carcajadas sofocadas habían
resonado ya, una aguda y aflautadilla en un palco, otras más sonoras en las
butacas. Por mucho que las señoras procurasen aparentar que se{52} divertían
y prestaban atención, notábanse los bostezos de á cuarta, mal encubiertos por el
abanico. Sotto voce, los espectadores se comunicaban sus
impresiones de aburrimiento. ¡Las tales funciones de aficionados! ¡Venir á ver
lo mismo que se ve en el Teatro todos los días, sólo que echado á perder!
Luégo, ¡qué programa tan largo, santo Dios! ¡Tres actos de Consuelo,
el Orfeón, lectura de poesías y un sainete! No se salía de allí menos de la
una. Y el caso es que no cabía marcharse dejándolos con la palabra en la boca,
por compromiso con el Intendente, que se picaría, de seguro, si se le hiciese
un desaire á su protegido... ¡Buen tipo tenía el protegido! ¡Vaya un galán para
el papel de Fernando! Las patillas postizas se le estaban cayendo:
por no saber en qué ocupar las manos, no cesaba de dar vueltas á la cadena del
reloj... ¡Pues y las mujeres! ¡Qué modo de vestirse! Aparte de que no se les
oía una palabra, y como estaban aguardando lo que dijese el apuntador para
hablar, resultaba que el acto no concluía nunca... ¡Y qué acción! Lo mismo que
esas muñecas, á las cuales se les tira de un cordelito y levantan los brazos...
La Consuelo pronunciaba más claro; á esa al menos se le
entendía bien: ¡pero qué trazas de descarada y pizpireta!...
En las butacas también se comentaba lo indigesto de
la función, con otra salsa más picante, y sobre todo con tan unánimes elogios á
la buena cara y simpática voz de Concha, que Ramón se volvió dos ó tres veces
impaciente y sobresaltado, como si algún bicho le picase en la nuca. Sólo
respiró el pobre novio,{53} al caer con pausa el
telón, tras la fuga de Consuelo.
Concha atravesaba los bastidores con su hermana
para regresar al tocador y vestirse de nuevo, cuando su novio le cerró el paso.
Llamóle la atención verle tan fosco y cariacontecido, y con la mayor inquietud
le preguntó:
—¿Qué hay de nuevo?
—Nada—murmuró él repentinamente avergonzado, al ver
á Dolores allí, de las ideas tontas que venían ocurriéndosele.—¿Vas á vestirte?
—Sí... abur, que después me cogen el sitio las
otras.
Gormaz, que vagaba por allí como alma en pena, la
empujó, dándole prisa:
—¡Vamos, hija... vamos!
Sacó después el ex-actor un cigarrillo y lo
encendió, paseándose inquieto y con taconeo nervioso por la solitaria escena.
De rato en rato pegaba el ojo izquierdo á un agujerillo del telón, y siempre
veía, en el lleno completo y brillante de la sala, el hueco del palco vacío, como
una mella en una hermosa dentadura. Al fin hizo un ademán de contento: la
puerta del palco se abría, entrando por ella dos hombres, el uno de mediana
edad, grueso, lampiño, de pelo negro y liso como el hule, fisonomía entre
clerical y chulesca, que Gormaz reconoció por el gracioso ó
primer actor cómico de la compañía: el otro viejo, de borbónico perfil, con una
de esas caras inteligentes y castizas de pelucona rancia, que aún hoy se ven en
aldeanos del centro de Castilla y en algún torero. Era un rostro movible, donde
a intervalos se transparenta ya la ironía indulgente,{54} ya
la enérgica voluntad vencedora de los muchos años. La nariz y la barba, en
demasía aficionadas á gastar conversación, se combinaban bien con el mondo
cráneo, lleno de protuberancias color marfil. La apostura era mucho más firme y
desembarazada de lo que la edad pedía, y el traje, severo y correcto. Así que
Gormaz reconoció á Estrella, de algunos brincos estuvo en su palco.
—¡Manolillo!
—¡Juanito! ¡Ejeem! Se agradece, hombre, se agradece
la venida. Á la verdad, tenía gusto en que hoy te dejases ver por aquí. Adiós,
Gálvez.
—Pues no faltaba más. Aquí me tienes. Y le daré un
aplausillo á tu gente, para que no se te desanime. ¿Eh? Ya nos entendemos.
Estrella sonreía: Gormaz le miró de un modo
singular, y aquella ojeada que se cruzó entre los dos actores acostumbrados á
declarar con la expresión tantas cosas, para Estrella fué equivalente á un
discurso. Sin embargo, adivinó á medias.
—¿Qué?—pronunció.—¿Que hay algo bueno que ver, eh?
¿Una chica guapa? ¡Ay Manolo de mi vida! Si yo ya no sirvo de nada, hijo. Estoy
para que me saquen en un cesto al sol.
Protestó Gormaz, no sin melancolía.
—¡Pues si tú dices eso! ¡Tú, que con doce añitos
más que yo, te atreves con La Aldea de San Lorenzo y el
repertorio de Cano y Echegaray! ¡Tú! ¡Pues si tú... eres un roble!
—Psh... Los pulmones y la garganta no andan aún{55} del todo mal; pero, hijo mío, el resto... ¿Con
que una chica guapa? Pues haz cuenta que yo... como si tal cosa.
—No le crea Vd., intervino Gálvez, que hasta
entonces se había contentado con reir maliciosamente. Diga usted que no. Es muy
taimado y nos engaña. Más travesuras es él capaz de hacer, que Vd. y yo juntos.
—Hombre, fíate en mí. Díle á esa damisela que llame
á otra puerta... ó que se entienda con Gálvez.
—Yo no te revelo nada por ahora... Ya volveré en el
entreacto, que van á subir la cortina.
Á pesar de todas sus protestas, por aquello de que
los ojos nunca envejecen, apenas subió el minúsculo telón, Estrella sacó del
bolsillo trasero de la levita sus gemelos, cuyos cristales limpió
primorosamente, asestándolos después á la escena. La mujer que entonces se
hallaba en ella, Rosalía Cañales, no le pareció tan bien como esperaba, ni
siquiera la mitad; y con un fruncimiento expresivo de cejas, casi anudadas
sobre su enérgica nariz, bajó los gemelos, limitándose á asistir á la función
resignadamente, como persona fina convidada á un espectáculo que nada le
importa. Familiarizado con torpezas y gazapos de principiantes, durante su
larga carrera de actor y director de compañía, no alteraban su plácido reposo
ni las salidas y entradas á destiempo, ni el modo de recitar, monótono como
salmodia de breviario ó desmenuzado como picadillo, ni el acento duro, ni los
brazos cosidos al cuerpo, ni las caras paradas, como hechas de cartón. Gálvez
le pisó disimuladamente el pié, dos ó tres veces,{56} por
supuesto, con blandura. No dió señales de vida. Tal era su actitud cuando salió
Concha.
Al verla, Estrella dijo con indiferencia
indulgente:—Es bonita, hombre; cierto que sí.—Pero apenas hubo pronunciado
algunos versos, cuando volvió á limpiar con rapidez los gemelos y á pegarlos á
los párpados, enderezándose en la silla para mejor atender. De la atención pasó
en breve al interés subido: sacó el cuerpo fuera, y en los palcos proscénicos
empezaron á mirarle con sorpresa, mientras en las butacas se levantaban dos ó
tres cabezas, que pronto, por comunicación eléctrica, hicieron erguirse otras
muchas. Poco á poco todo el teatro se fijó en los movimientos de Estrella, y la
gente aburrida, que no acertaba á entretener aquellos actos interminables, se
dedicó á observar, pacientemente, como se observa en provincia,—donde la
telaraña de la curiosidad se teje y se desteje cada día con las mismas mallas
menudas—la cara del eminente actor. No cabía duda: lo que le llamaba la
atención en la escena era la chica encargada del papel principal: bien: Y por
qué? Por lo guapa? Estrella había sido un gran conquistador en otro tiempo:
puede que aún le durase el humor... Tan viejo? ¡Quién sabe! Sin embargo, los
gestos aprobadores de Estrella desmentían la presunción de un flechazo súbito.
Más bien parecía—cosa inverosímil—que le agradaba el modo de representar de la
chica. ¡Bah! Imposible. ¡Gustarle á un actor de tanto mérito una aficionadilla
de tres al cuarto! Y con todo... La verdad es que la muchacha poseía una voz
tan fresca, tan clara, de un{57} timbre tan
grato... El caso es que lo hacía mejor que las otras: á ella se le oía y
entendía todo... Y no decía mal, no señor... Así, favorablemente prevenido,
pudo ya el público interpretar con exactitud el pensamiento de Estrella; y
todas las dudas se disiparon cuando, al decir Consuelo aquella
frase fatal que trastorna la cabeza á Fernando, aquel femenil y
pérfido no seas ingrato, el actor, ahogando un bravo! entre
dientes, aplaudió con brío. La concurrencia vaciló un segundo, y por fin,
subyugada y convencida, hizo coro al aplauso, y sordos rumores de aprobación
corrieron por las butacas. Se daban unos á otros la noticia:
—¿Ha visto Vd.?
—Promete mucho esa niña, vaya!
—Cuando Estrella se entusiasma... eh? ¿Si habrá
conocido actrices Estrella?
—Yo ya lo decía en el primer acto, esa chica
vale... No sé cómo no se hicieron Vds. cargo desde el principio...
—Hombre, no nos jeringue Vd.! Vd. no dijo palabra;
váyase Vd. al canario.
—Ta, ta, ta, yo no lo dije, porque me hubiesen
ustedes comido; aquí todos Vds. son partidarios de la Julia Marqué y de la
otra...
—Bah, bah! Lo cierto es que no nos habíamos fijado,
ni Vd. ni nadie... ¿Y quién es ella? ¿Una modista?
—Sí; mis primas la conocen... Una modistilla, dicen
que de buena conducta.
—Eso ya... averígüelo Vargas.
Ramón subió entre bastidores enojado y sombrío.{58} Todo el teatro haciendo conversación de su novia!
Aquella inesperada ovación le daba á él qué pensar. Que en Concha pudiese haber
facultades artísticas suficientes para explicar el fenómeno, no se le ocurrió
un instante: creyó sencillamente que Concha era bonita y los espectadores unos
truhanes de marca. Encapotado y ceñudo llegó á donde estaba Concha recibiendo
la felicitación calurosísima de Gormaz: el rostro de éste, sofocado por la
asmática tos y dilatado por el placer, parecía un queso de bola de los más
teñidos. Al ver á Ramón, aprovechó la coyuntura para escaparse al palco de
Estrella, á quien halló en el corredor fumando y charlando animadamente con
Gálvez.
—¿Qué me dices, Juanillo?
—¿Chico, de dónde ha salido eso?
—De un taller de modista. Y habrás notado que está
enteramente por hacer. Diamante en bruto.
—Ssss! Ya se sabe: pero la madera...
—Soberbia. De patente. Hoy es el primer día que
trabaja en tres actos. Nunca ha pasado de piececillas.
—Y dí, hombre: ¿hace tiempo que la enseñas?
—Medio año ó poco más; pero... Ejeem!
Aquí Gormaz entornó los ojos.
—Pero puede decirse que no la he enseñado nada...
En el ensayo de hoy me he tomado algún trabajo, porque venías tú... Nada más,
hijo...
—¿Pues cómo es eso?
—Te diré... Es que...—y bajó la voz, mientras
jugaba con la cadenilla de oro de Estrella.—Es que aquí... mi posición... ya
ves tú... tiene sus compromisillos,{59} eh? Aquí
todas aspiran á oirse llamar artistas, y á leerlo en los periódicos... Si
distinguiese á esa y me parase más en darle lecciones... se me pondrían las
demás como avispas... Una diablura... Que no se puede. Las otras tienen más
amigos en la sociedad y en la Junta directiva: hay una que es cuñada del
secretario; otra que es hija del contador... Ya hoy las tengo hechas un vinagre
conmigo, por lo poco que me dediqué ayer á sacar partido de esa... Para darle
el papel principal he tenido que urdir mil enredos, diciendo que el de Consuelo es
insignificante, y que los verdaderos papeles trágico y cómico de la obra, son
el de la madre y la criada... En fin, ya ves que si he de sostenerme en mi
puesto, me conviene alguna prudencia...
—Ya estoy... Pero á mí en tu caso, me sería
difícil... ¡Ay chico! En los tiempos que corremos, cuando se ve algo que
promete valer alguna cosa... Porque la verdad es que no hay ni esto... Qué
decadencia!
—Permita Vd., señor de Estrella... con todo el
respeto que Vd. me merece...—articuló Gálvez, metiendo su cucharada.
—No hay respeto que valga...—exclamó Estrella
relampagueándole los ojos y dilatadas las ventanillas de su borbónica nariz.—No
hay hoy nada, nada, nada, y tres veces nada... Hay un par de galanes
regulares... pero lo que se llama un actor de facultades y fuerza, un Carlos
Latorre, un Julián Romea... ¿á ver, va Vd. á hacerme el obsequio de decirme
dónde está? Un actor de corazón, de esos que crean papeles de tal manera que ya
nadie puede hacerlos después, como el Sullivan{60} de
Romea por ejemplo? ¿Pues y las mujeres?... Ahí, ahí quiero yo que Vd. me
replique... ¿Qué hay en mujeres, qué hay? Cuatro gatitas, que sueltan unos
mayidos, que sacan unas colas de raso y están pensando en ellas toda la
noche... ¡Ah! Los que hemos alcanzado á Bárbara y Teodora Lamadrid y á la pobre
Matilde, con aquella gracia suya, y sobre todo á la Concepción Rodríguez, la
sublime trágica... ¿Te acuerdas tú de Concepción Rodríguez?
—¡Que si me acuerdo!—exclamó Gormaz electrizado á
su vez.—Aún me parece que la estoy viendo y oyendo, con su voz que llegaba al
alma... Dí: ¿y no te parece á ti que esta chica tiene un metal de voz, que así
que lo trabaje, podrá asemejarse algo al de Concepción Rodríguez?
—Estaba pensando en decírtelo... La voz de esta
chica es un tesoro, cuando lo pueda explotar bien... Además, su figura es
sumamente bella.
—Por ahí le duele á don Juan—exclamó Gálvez dándole
una palmadita en el hombro.
—Quiá! hombre. Si á mí no me queda ya sino lo que
les queda á los toreros viejos: el sentido. Una chica guapa... ps... por el
hecho de serlo, si uno fuese muchacho, se le podrían decir cuatro cosas... Pero
para el arte, qué tiene que ver la belleza... La fealdad puede vencerse: y
sinó, diga Vd.: ¿le parezco yo á usted, bonito?
Echáronse á reir Gálvez y Gormaz, y el primero dijo
llanamente:
—Lo que es bonito, señor don Juan...{61}
—Pues nunca fuí mejor mozo, y aquí donde Vd. me ve,
aún he conseguido y consigo á veces que el público llore, ó se ría... De eso se
trata. No obstante, á esa chica no le estorbará su buen físico para los
primeros tiempos de la carrera... Además, parece muy niña...
—De diez y ocho á diez y nueve años.
—Pues antes de que sea una gran actriz, por de
pronto, será la primer dama joven de España... Que sí,
hombre... La Boldún no fué nunca otra cosa sino una dama joven muy
simpática y laboriosa... Esta será encantadora: se escribirán papeles para
ella. Esa juventud, ese aire de candor, esa frescura, unidos al talento, ya
verá Vd. lo que dan de sí.
Gálvez se sonreía, declarando no haber conocido
nunca á don Juan tan entusiasmado, sin poder desechar la idea de que le
agradaba la chica como mujer. En cambio Gormaz, cuya vista penetrante de actor
machucho distinguía mejor de colores, estaba muy hueco, lo mismo que si le
tocase alguna parte en el milagro. Corrió á participar á Concha la opinión de
Estrella, y encontró á la modista muy alterada. Al principio del entreacto,
había reñido con Ramón. ¿Pues no tenía éste la peregrina ocurrencia de exigir
ahora, á la hora crítica, que no se presentase escotada, que se pusiese un
cuerpo alto? Por más que le hizo mil observaciones, advirtiéndole que, según
decía la comedia, el escote en aquel acto era de rigor, que además no tenía
otra cosa que poner, que era ya imposible discurrir un traje diferente, él, con
obstinación de{62} mula manchega, con la cabeza
baja y el gesto torvo, insistió en que, si salía escotada, romperían para
siempre. Así es que cuando Concha entró en el tocador vestuario, llevaba los
ojos preñados de lágrimas. Dolores la interrogó, y ella contó todo en voz baja,
rabiosa, prendiéndose con mano febril un grupo de camelias en el pelo y dándose
polvos á puñados, sin saber lo que hacía, temblando toda de despecho. Era la
primera vez que disputaban Ramón y ella ¡y en qué ocasión! Dolores trató de
conciliar, de sosegar la tormenta.
—Mujer, puedes echarte por los hombros una toquilla
de encaje, la que sacó Rosalía en el primer acto... Yo se la pediré prestada...
Á los hombres no les gustan estas escotaduras, y tienen razón: ¡moda más
indecente!
—Déjate de cuentos—articuló furiosa Concha...—Es un
tonto; bien sabía lo del escote, y no tenía para qué darme ahora este mal
rato... Pues no señor, que he de ir lo mismo que pensaba. ¡Mire Vd....!
Y con un dedo impaciente, bajó el tul que rodeaba
la línea del escote, como si quisiese aumentar el crimen. Salió á las tablas
sofocada aún de haber llorado, con los ojos brillantes y las facciones animadas
bajo la capa de polvos que las cubría, colérica, nerviosa, admirable en suma
para aquel papel de Consuelo en el último acto, que es todo de
celos y furia, primero sorda y luégo desatada. El público, advertido ya, la
saludó á su entrada con un aplauso, y Estrella enarboló los gemelos. Ramón,
deslumbrado por aquella aparición blanca y rubia envuelta en tarlatana azul,
cegado{63} por el brillo alabastrino de los
hermosos brazos y desnudos hombros, espectáculo que hacía latir dolorosamente
las arterias de sus sienes, azuzado por el rumor lisonjero que acogió la
entrada de su novia, se levantó de la butaca tambaleándose y por la puerta más
inmediata lanzóse al corredor. Iba tan ciego, que no vió á un caballero gordo,
con melenas, que le detuvo.
—¿Eh... amigo, á dónde va Vd.?
—Ahí fuera... Vuelvo en seguida—contestó el
ebanista reconociendo al director del Orfeón.
—No olvidarse... Mire Vd. que la Barcarola se
canta en el otro intervalo.
Ramón salió del edificio como un loco. Al verse
fuera, se paró un minuto. La corona le estorbaba allí, debajo de la levita, en
el pecho. La cogió y la despidió, balanceándola por las cintas, á no sé cuantos
metros de distancia. ¿Volver al teatro? ¿Oir de nuevo las voces que penetraban
como lancetas en todo lo que él más quería, en la reputación, en la garganta,
en la carne de Concha? Jamás. Y silbando, de puro desesperado, la Barcarola,
desapareció.
Mientras tanto Concha experimentaba una sensación
muy extraña. Aquel público, aburrido en el primer acto, vacilante en el
segundo, ahora se volvía todo ojos y entusiasmo para la joven aficionada. Sólo
el que lo ha presenciado puede darse cuenta de cómo se transmiten,—mucho más
rápidamente que por el telégrafo,—las nuevas, en un teatro, paseo ó reunión de
provincia. La muerte ó enfermedad repentina; la llegada del{64} personaje
notable; la disputa acalorada que puede parar en lance de honor; y hasta la
plática amorosa, que naturalmente pasa sólo entre los dos interesados, todo
corre y se sabe á los pocos minutos y es asunto de comentarios y aun suele
publicarlo la prensa en velados sueltos. En el recinto donde Concha trabajaba,
durante el corto espacio de un acto á un entreacto, había cundido como mancha
de aceite la noticia del efecto producido en el célebre actor Estrella por la
modista-actriz, y lo que decía de sus facultades; sólo que, como pasa á menudo
en casos análogos, el cuento, al correr, engrosaba, engrosaba, se ponía
hidrópico. Ya aseguraban sin rebozo que Estrella quería contratar á la chica, y
que le ofrecía cantidades fabulosas. Y estas voces, circulando de un extremo á
otro del teatrillo, picaban la curiosidad y hacían que el público, interesado
en la representación, no se aburriese ya mucho ni poco. Aquel hervor, aquella
vida psíquica, por decirlo así, del público, cuyo foco era Concha, se
reflejaban en ella comunicándole no sé qué misteriosa animación, no sé qué
hormigueo de fluido vital. Lejos de estorbarla, la atención de la concurrencia
la estimulaba hasta el punto de que, excitándose al sonido de su propia voz, y
al eco de los aplausos que ya fácilmente arrancaba, había olvidado por completo
la riña con su novio, y embriagada y penetrada hasta lo más íntimo de su sér,
sentía esas cosquillas indefinibles, esa corriente magnética que pone en
comunicación, por un instante, el alma de un artista con muchos miles de almas;
singular amor colectivo—pues no es{65} posible
darle otro nombre—que une al individuo con la multitud.
Entre bastidores estaba la serpiente del florido
ramo que con tanto deleite respiraba Concha. Sus dos eclipsadas rivales, que en
el tercer acto apenas tenían que salir á la escena, desquitábanse hablando
fuera de ella á su sabor. En el corrillo inevitable que se forma en semejantes
sitios, estaban los amigotes y los parientes de las desdeñadas: ¡y cómo se
esgrimían allí las lenguas! Todo salía en la colada, la actitud de Estrella, la
petulancia de la chica, la precipitada fuga de Ramón avergonzado de las cosas
que oía en las butacas á causa del inconveniente escote de su novia, la disputa
en el entreacto... Gormaz, arrimado á no sé qué accesorio, se roía las uñas,
deseoso de intervenir en la conversación; pero impedíale hacerlo el temor de
recibir alguna rociada, acusándole de haberlas deslucido, á ellas, Rosalía y
Julia, poniendo todo su conato en ensayar á Concha solamente.
Hubo un momento en que el formidable corro calló de
golpe: era que Dolores, deseosa de echar un ojo á la escena, rondaba por allí.
Y entonces menudearon los codazos y los chsss! significativos. Resonó en el
teatro una nueva salva de aplausos y su ruido dió al traste con la prudencia de
las dos artistas postergadas. Dolores, haciéndose la distraída, lo oyó todo.
Al salir Concha de la escena, contrastaba el
semblante de las dos hermanas, vertiendo satisfacción el de la menor, ceñudo el
de la mayor. Concha, sin repararlo, se echó casi en brazos de Dolores, con
alegría de chiquilla.{66}
—¿Has visto cómo me aplaudieron? has visto?
—Anda, anda, ven á desnudarte—murmuró la hermana
extendiéndole por los hombros una toquilla y empujándola al tocador.
Apenas estuvieron en él, al desabrocharle el
cuerpo, le dijo en voz baja:
—¿Y Ramón? ¿Es verdad que no está en el teatro?
—Jesús, mujer... ¿qué sé yo? Aguarda... Sí, me
parece que salió...
—¿Que salió? ¿Á dónde? ¿Cómo es eso?
—Siendo!! También es fuerte cosa que yo te lo he de
decir!
—Concha, Concha! No te andes con guasas... Los
hombres tienen poco aguante, y se cansan pronto de ciertas cosas... Hoy has
llamado la atención de todo el mundo. ¡Dicen de ti primores!... ¿Qué tienes
aquí?
—Un alfiler... Uy! Me has pinchado... No, lo que es
hoy, entre el otro y tú...
Pronunció esto la niña medio llorando,
impresionada, con esa facilidad con que las personas nerviosas pasan de la
expansión del placer á la del dolor. Y casi en voz alta, á pesar de que Rosalía
Cañales se desnudaba allí á dos pasos con el oído en acecho, afirmó que ya la
incomodaban tales majaderías, que ella no había hecho nada de malo, y si Ramón
no lo quería así, que lo dejase. También era tontería de Dolores disgustarse
por eso: probablemente Ramón ya estaría de vuelta para cantar... Y sino, buen
viaje... Así que se hubo desnudado, salió aprisa, y al amparo de un bastidor
miró hacia la escena.{67}
El Orfeón se alineaba ya en semicírculo al rededor
del foso, ostentando en el centro su charro estandarte azul bordado de plata,
sobre el cual se agrupaban coronas y premios ganados en certámenes, una lira de
oro, una flor del mismo metal: el director, grave y solícito, recorría las
filas, colocando bien á cada orfeonista: el aspecto era muy satisfactorio: casi
todos vestían, con la desmaña peculiar del obrero, levitas negras y calzaban
guantes blancos; no sabiendo cómo colocar los brazos, dejábanlos caer á lo
largo del cuerpo, buscando por instinto un punto de apoyo en la decoración. El
telón subió, y á la clara luz de las candilejas y del gas, vió Concha que su
novio no estaba allí. ¡Valiente caprichoso! ¿Dónde se habría metido? Mientras
ella cavilaba sobre el asunto, el Orfeón preludiaba la Barcarola con
un suave mosconeo hecho sin abrir la boca, que remedaba el silbo del viento y
el murmullo del oleaje. ¡Ya se lo diría de misas mañana! ¡Largarse así,
dejándola en una vergüenza delante de todo el mundo, para que aquellas mal
intencionadas se riesen de ella! No echarle siquiera la corona!
Entre tanto el Orfeón, sin interrumpir el
acompañamiento imitativo, rompía en una melodiosa estrofa, que hablaba de la
luna, las bateleras, de bogar, del barquichuelo; Concha oía maquinalmente; sus
nervios se templaban y á la rabieta sucedía una tristeza vaga, un deseo de
amor. ¡Pasarle hoy tales cosas! ¡Hoy precisamente, cuando debía su novio
estarle tan agradecido! Columpiada por la música, el recuerdo del jardín
acudía, dulce, embellecido por la memoria y{68} poetizado
por el acompañamiento de la barcarola soñolienta... La sacaron de su
distracción dos ó tres socios que venían á felicitarla por su brillante
triunfo, y el director de un periódico local, que le decía con aire de
suficiencia:
—Ya sabemos, ya sabemos que tenemos aquí una
insigne artista, llamada á dar días de gloria á la patria...
Estrella se había retirado de su palco, después de
hablar breves instantes con Gormaz. Alguna gente de las plateas, alarmada por
el anuncio de la lectura de poesías, desfilaba también, consultando el reloj y
haciendo el menos ruido posible. En las butacas se abrían bastantes claros.
Dolores y Concha, habiendo confiado la cesta al conserje, se escabulleron,
arrebujadas en sus mantones. Encontrábanse cansadas, como gente que ha dormido
en varias noches y ha trabajado siempre. Ambas guardaban silencio, porque tenían
en qué pensar y sus pensamientos no iban acordes. Al recogerse, no hubo
conversación de cama á cama.
Cualquier bicho extraño, cualquier alimaña
inverosimil que viesen entrar por la ventana del tejado el día siguiente á eso
de las ocho, les causaría menos sorpresa que la aparición repentina de Gormaz,
previos dos golpecitos muy discretos á la puerta y un—¿dan ustedes su
permiso?—de lo más respetuoso. Venía el pobrecillo ahogándose con el asma, por
la subida á aquel cuarto abohardillado, no muy distante del cielo. Brindáronle
atentamente el asiento de preferencia en el quebrado sofá, pero él, á fuer de cumplido
caballero,{69}
lo rehusó, contentándose con una silla de rejilla
bastante desvencijada. Su arenga salió entre toses, gargajeos sofocados, y
angustiosos anhelos de la respiración. ¿Cómo no habían adivinado á qué venía?
Pues era bien fácil de adivinar, conocidas las buenas disposiciones de
Conchita, que no permitían ni por un momento dudar que Dios la había destinado
á la gloria escénica. Él, sin embargo, retirado ya y fuera del movimiento
teatral hacía tiempo, nunca se hubiese atrevido á tomar sobre sí la
responsabilidad de darle tal consejo, ni de dirigirle semejante proposición;
pero ahora que el eminente Estrella le daba el encargo... Estrella, sí señor,
Estrella le ofrecía el ajuste de un año de aprendizaje{70} con
corto sueldo, comprometiéndose, al cabo del año, á contratarla con decentes
honorarios, en calidad de dama joven...
Concha escuchaba, con sus breves labios
entreabiertos, fijos los brillantes ojos en su interlocutor. Aún no había
terminado Gormaz su discurso, cuando Dolores, alzándose del sofá tan
impetuosamente que lo hizo crugir, se encaró de pronto con el mensajero,
exclamando:
—Me extraña muchísimo, señor de Gormaz, que nos
venga Vd. con esas proposiciones, Vd., que nos conoce y sabe que mi hermana es
una chica honrada. Aquí no entendemos de eso... Mi hermana no ha nacido para
cómica, no señor.
Una tos horrible, una tos de tercer grado impidió á
Gormaz responder al punto. Sacó la lengua, y se le amorató desde el colodrillo
hasta la nuez. Cuando al fin pudo respirar, con voz todavía estrangulada,
declamó:
—Porque considero que Vd. no sabe lo que se dice,
no la contesto aquí todo lo que pudiera, Dolores; con todo, entienda Vd. que
eso que Vd. acaba de pronunciar es... ¡ejeeeem! un solemnísimo disparate... no
sólo esta señorita, que vive de su trabajo (y hace muy bien y lo apruebo), sino
las personas más elevadas, ejem, sí señor, más elevadas, se considerarían
honradísimas con alcanzar la gloria escénica, ¿está Vd.? Ejemm! bruuum! ¿Vd.
considera lo que es una artista? ¿Cree usted que hay profesión no digo yo más
decente, sino más noble, ejeeem, más noble? ¡Que no ha nacido su{71} hermana de Vd. para cómica! Vaya,
vaya! Bruuum! ¡Qué cosas oye uno al cabo de sus años!
Dolores, avergonzada, comprendió que había cometido
un yerro de monta. Trató de disculparse.
—Por Dios, señor de Gormaz, que no era mi ánimo
ofender á Vd... Solamente quise decir que esa carrera (Vd. bien se hace cargo),
las muchachas se exponen á... á...
—¿Á qué, á qué se exponen?—articuló Gormaz hecho un
león.
—Á... nada—balbuceó Dolores recordando con rubor
que ella no había sido actriz nunca.—Pero el caso es que mi hermana... tiene
arreglada... una boda, con un chico de aquí...
—Lo que hay—recalcó Gormaz—es que ni Vd. ni yo
somos quién para decidir este asunto... Su hermanita de Vd. se calla... Pues
ella es la que debe hablar; está usted? Lo que ella quiera, ¡bruum! al fin se
trata de su porvenir.
—Yo supongo que oirá consejos de su
hermana—advirtió Dolores.
—¿Usted qué dice, Conchita?
Concha bajó los ojos y murmuró con voz trémula:
—Yo, qué quiere Vd.... así de pronto... Estas cosas
hay que pensarlas... No sé; me ha cogido tan de susto...
—Ahora sí que ha hablado Vd. como un libro—dijo
Gormaz levantándose.—No es puñalada de pícaro. Piénselo Vd., hija mía, piénselo
Vd. todo el día de hoy. Esta noche á las ocho, que ya habrán Vds. salido{72} del taller, vuelvo á saber la contestación;
porque Estrella, que acaba muy pronto su compromiso aquí y se marcha á
Zaragoza, necesita conocer lo más pronto posible su resolución de usted. ¡Con
que hasta luégo, eh?
¡Y desapareció entre varios ejemm! ¡y no pocos
bruuum!
Solas ya las dos hermanas, Dolores se cruzó de
brazos, y con expresivo meneo de cabeza, se plantó delante de Concha, sin
pronunciar palabra. Bien entendió Concha el sentido de la mímica, pero á su vez
guardó silencio, un silencio que irritó más á Dolores si cabe, pues veía en él
propósito de reservarse su opinión y aun de no consultarla con nadie. ¡Miren
Vds. la chicuela! Dolores sentía fermentar en su alma una cólera reprimida,
inmensa, la cólera de los que ven de repente al niño que han criado, educado, dirigido
siempre, manifestar voluntad independiente, intentar trazarse á sí propio su
destino. Para Dolores, Concha era aún la niña, más bien hija que hermana menor;
una hija á quien había consagrado su juventud, su celibato, su trabajo todo. ¡Y
ahora la chiquilla quería sublevarse, quería disponer de su persona, echarse á
perder, ir á correr el mundo en busca de aventuras, con una compañía de
cómicos! ¡Vamos, era para desesperarse aquello! Rompió á hablar por fin, en voz
irritada:
—¿Qué haces ahí callando, como una tonta? ¿No
tienes lengua?
Concha, como si no oyese nada, se levantó, tomó de
encima de una silla su manto y empezó á prendérselo{73} delante
del espejo, preparándose á salir para el taller. Dolores se le atravesó delante
nuevamente.
—¿No contestas? ¿tienes gana de broma?
—¿Pero qué quieres, mujer?—exclamó Concha con
acento cansado, interrumpiendo su ocupación.
—Que digas lo que le vas á responder á ese...
cómico—murmuró con afectado desdén.
—¡Mujer... caramba contigo! ¿qué sé yo lo que le
contestaré? Tenemos todo el día para pensarlo, gracias á Dios, añadió con
tranquilidad.
—¿Y aún estamos en eso? ¿Cabe duda siquiera? ¿Se te
ocurre irte de mona sabia por esos teatros?
—¡No me marees!—murmuró Concha con sus bermejos
labios muy contraídos.—Tenemos todo el día por delante; déjame en paz hasta la
noche.
Las facciones de Dolores se descompusieron:
reapareció en ella, bajo la devota sometida por catorce años de piedad, la hija
del pueblo, con sus iras indisciplinadas y sus groseros arrebatos. Cogió á
Concha por las muñecas, y zarandeándola rudamente gritó:
—¡Mira... no te doy un bofetón no sé por qué,
desvergonzada!
Entornó Concha los párpados, apagando así dos
chispas que brillaron en ellos: palideció su tez ya tan mate, y sin decir
palabra, sacudió un poco las manos y siguió colocándose el manto. Cuando estuvo
pronta, hizo ademán de salir, y Dolores, al verlo, prendióse el manto á su vez
y la acompañó.
Silenciosas, con armado silencio, anduvieron el
camino, y ya en el taller, las pocas palabras que cruzaron{74}
fueron de terca contradicción por parte de Dolores.
Aquella manga no podía pegarse así, la costura estaba torcida; aquella espalda
no ajustaba bien, era menester volverla á preparar... Lo que más la irritaba
era el gorjeo de las modistas, que sin dar paz á la aguja charlaban de los
sucesos de la víspera y embromaban á Concha, acerca de sus triunfos artísticos
y de la rabieta que pasarían las otras dos, la estanquera y la del
almacenista... Era casi una gloria para el taller haber derrotado, por medio de
uno de sus individuos, á las representantes de otra clase social que acaso las
desdeñaba. Concha, atenta á su trabajo, apenas contestaba más que con leves
sonrisas, empuñando su tijera de pié y con el pecho todo claveteado de
alfileres para sacar un patrón. Allá para sus adentros discurría, discurría...
En medio de todos los elogios que había{75} oído la
víspera, á ella jamás se le pasaría por las mientes ser actriz de veras.
Entre ambas categorías, la de aficionada y la de actriz de profesión, juzgaba
ella que existía un abismo infranqueable, como si las tablas del teatro público
fuesen de otra madera enteramente distinta de las del Casino. Desde la
proposición de Gormaz, la valla ideal se borraba. ¿Y por qué no? Ella podía ser
actriz... es decir, dominar aquel arte apenas entrevisto, ponerse en
comunicación todas las noches con el público, volver á escuchar aquellos
embriagadores aplausos, viajar á ciudades grandes, para ella nunca vistas... Un
destino ancho, grande, hermoso... ¿Y por qué no quería Dolores? ¿ Por qué miedo
de dejarla? ¡Bah!... Se la llevaría consigo... ¿Por temor de que se perdiese?
¡No parece sino que en Marineda no se perdían á cada paso cientos de muchachas,
de allí, del mismo taller, sin necesidad de salir á las tablas á representar!
Echaba estas cuentas hincando alfileres y más
alfileres, en la chillona percalina. El ruido claro y metálico de la tijera la
traía á otro orden de ideas. Aquel destino desconocido le infundía, á la
verdad, algún pavor. Hasta el día de hoy, gracias á Dios, aunque pobres, no les
faltó nunca el pan: ella había oído decir que los cómicos, a veces, pasan
hambre, que tienen días de apuro terrible; que salen á la escena muy majos, con
mucho vestido de seda y coronas de reyes, y á lo mejor sin camisa... Sin ir más
lejos, en Marineda se contaba que á Estrella le corrían mal los negocios, que
le costaba trabajo pagar a su compañía, que en la fonda{76} estaban
algo recelosos... Una noche, recordaba haber encontrado á las cómicas y cómicos
que salían del ensayo: ellas iban hechas unas brujas, envueltas en nubes de
lana, con impermeables viejos, y todos mezclados, hombres y mujeres... ¿Si
tendría razón Dolores?...
El taller, á la sazón, funcionaba activamente:
Concha podía absorberse en sus meditaciones. Un pilluelo pasó por la calle,
tarareando la Barcarola del Orfeón. Entonces Concha se acordó
de su novio. ¿Qué diría su novio si ella se hiciese cómica? ¡Bah! ¿Y qué había
de decir, después de su comportamiento de ayer? ¿No la había puesto allí en
ridículo, delante de todo el mundo, dándola el desaire de marcharse y de no
echarle la corona, precisamente el día que?... Por un momento interrumpió la
clavadura de alfileres, conmovida á pesar suyo con el recuerdo del jardín.
¡Vaya un agradecimiento! ¡Sólo por eso se alegraba ella de que viese aquel
majadero que no le necesitaba y que podía arreglarse de otro modo y buscarse
otra vida! ¡Que rabiase Ramón! ¡Cuidado con el día que había escogido para
darle un disgusto!
Dolores cosía con furor mientras su hermana
preparaba. Sus dedos flacos volaban sobre la tela. Pero á eso de las cuatro,
levantóse, dobló la labor, y se preparó á salir. Concha, viéndola descolorida,
se le aproximó, preguntándole si estaba enferma. Dolores la rechazó con
sequedad.
—No voy á casa, no... No tengo nada: ¡Jesús, qué
cuidado te tomas! Déjame, déjame... voy á donde tengo que ir: yo volveré á
buscarte al acabarse la costura...{77} Y si por
casualidad no vengo, sal y espérame en casa.
No paró Dolores hasta San Efrén. Al entrar en la
iglesia, casi desierta á aquellas horas, y bastante oscura, experimentó algún
alivio y su cólera amainó instantáneamente. Ya le pesaban los arrebatos de la
mañana... No hay cosa más calmante que la reposada y aromática atmósfera de los
templos. El agua bendita que Dolores tomó al entrar, le refrescó la frente y le
sosegó las hirvientes ideas. Dirigióse á la izquierda, hacia la capilla de la
Virgen del Amparo, cuya devota imagen, alumbrada por una lámpara sola, se
destacaba misteriosa y galoneada de oro en el sombrío hueco del camarín. En un
ángulo, al lado del confesonario, se acurrucaban dos seres vivientes, dos
viejas, la una arrodillada, confesándose con voz sibilante, la otra sentada en
un banquillo, aguardando su turno. Dolores se determinó á tener paciencia, é
hincando á su vez la rodilla ante el camarín, ensartó algunas salves y
ave-marías, para entretener el tiempo. Cuando las dos viejas salieron
arrastrando los piés, apresuróse á tomar sitio al pié de la reja. El confesor
se inclinó hacia la penitente: sólo se columbraba de él, al través de la
apretada celosía, una punta de nariz afilada y ascética, y el cóncavo de una
oreja inteligente, abierta para escuchar y entenderlo todo. Hablaba bajito,
pero muy distintamente.
—Te he visto entrar... me ha parecido que venías de
prisa, y he procurado despachar luégo á las que estaban...{78}
Dolores tendió el manto para formar una especie de
embudo que la protegiese contra toda indiscreción, y empezó el relato de los
sucesos, los episodios de la víspera, la proposición de Gormaz, la actitud de
su hermana, todo. Á medida que hablaba, su corazón se ablandaba como la esponja
al humedecerla, y poco á poco las lágrimas, suaves como el flujo del mar,
subieron á los ojos y resbalaron por las mejillas. La voz del confesor las
detuvo.
—No hay que afligirse... ¡Pues apenas te apuras! Yo
no veo ahí sino imprudencias tuyas y chiquilladas de ella. Bien te advertí que
esas funciones y esos teatros eran peligrosos... hasta creo que te había
aconsejado formalmente cortar de raíz todo eso... La mayor parte de culpa la
tienes tú. Ya ves cómo existe el riesgo donde menos se piensa.
—Sí, sí señor, es muy cierto, pero qué quiere
usted... Los malditos compromisos... ¡Quién había de pensar también que iban á
buscar á mi hermana para cómica! El demonio sólo puede enredar una cosa así.
—¿Vamos, qué haces ahora con llorar? Cálmate, hija.
—Es que veo su perdición segura... La chica es
bonita, y yo... en fin... es un mal pensamiento... Dios me perdone.
—Dí: ¿qué has pensado?
—Á mí nadie me quita de la cabeza que aquel maldito
vejete del cómico lo que busca en mi hermana es una muchacha guapa, sana é
inocente... Señor, en el teatro se la comía con los ojos... Yo no quiero, no{79} quiero que mi hermana se pierda: para perdida,...
basto yo.
—Eso que piensas—murmuró el confesor sonándose como
si quisiese dejar expedita la nariz y el entendimiento—podrá ser un juicio
temerario: lo cierto es que esa profesión es sumamente arriesgada, y sólo por
favor especial de Dios... No, yo no diré que sea imposible vivir honestamente
una actriz... Pero al cabo, el que anda con fuego...
—Se quema, sí señor, se quema: es mi
matanza:—aseveró Dolores.
Transcurrieron breves minutos de silencio, durante{80} los cuales sólo se oyó la respiración algo
agitada de la modista. Por fin el confesor habló.
—Mándamela aquí—dijo.—Yo le haré ver...
—No quiere, señor, no quiere. Dice que la cartilla
sólo manda confesarse una vez al año, y que ella se confiesa tres ó cuatro y
que le basta bien... Que no peca tanto para tener que confesarse á cada hora...
Que ni por tanta confesión es uno bueno... ¡Las muchachas de hoy en día tienen
poca religión! Y como oyen mil disparates en los mismos talleres y los leen en
los periódicos...
La punta de la nariz que Dolores veía al través de
la reja se contrajo con severidad; pero dilatóse al punto, como si la llenase
el aura de una idea bienhechora.
—¿Por qué no le encargas al novio que se lo quite
de la cabeza? Á él de seguro le hará más caso que á ti.
—Señor, por desgracia, desde ayer están reñidos. Él
se marchó del teatro furioso, porque ella salía escotada en el último acto.
—Bah... riñas de enamorados, y así por celillos, y
niñerías, poco suelen durar. En fin... ¿Tú dices que ese chico es hombre de
bien?
—¡Jesús! Pongo por él la mano en el fuego.
—¿Quiere á tu hermana mucho?
—Se le cae la baba con ella.
—¿Y... crees que se casará?
—Sólo aguarda por fondos con que poner
establecimiento por su cuenta; y estos días le oí decir que le habían hablado
de un comerciante que los facilitará,{81} con no sé
qué fianza ó qué garantía de una firma... Lo que es casarse,... no desea él
otra cosa!
—¿Y... tu hermana... le profesa grande afecto...?
—Señor... yo qué sé... Estas chiquillas no conocen
su bien... Quererle, sí, pero... no es allá una cosa extraordinaria.
—¿Ellos... se hablan así... con alguna libertad...
eh?
—¡Quiá! En esa parte tengo la conciencia muy
tranquila, señor... No me he desviado de ella un minuto nunca... Cuando él nos
acompaña á la vuelta del taller, yo me coloco en medio, y ellos van como dos
viejos, formalitos... no se han hablado bajo tres palabras.
—¡Mujer... bien hecho, bien hecho...! pero hasta en
lo bien hecho cabe un poco de exageración... Se me figura que tú has exagerado
algo, eh?... todo quiere su límite...
—Como Vd. me encargó tanto que la guardase...
La nariz se aguzó, y su fina punta pareció recalcar
una suave ironía.
—Guárdala, sí, muy bien; sólo que ya tanto rigor...
Para que el corazón se apegue, hay que consentir cierta honrada y lícita
franqueza... Si ella estuviese más encariñada con su novio, ahora no la
tentaría Satanás por el lado de las tablas.
Dolores miraba atónita aquella nariz severa por
costumbre, y la desconocía viéndola tan tolerante, tan benignamente
entreabierta. Sin embargo, no dudó: no había recibido allí jamás consejo alguno
que no le probase bien seguir.
—Mi parecer es este, hija... No contraríes de
frente{82} á la muchacha... Si puedes, gana
tiempo... Y que el novio procure disuadirla... hablándola... á... solas... es
decir,... ¿con cierta libertad, eh? Y no te apures... ánimo.
Dolores se alzó como suele alzarse quien se postra
al pié de un confesonario, confiada y serena. Aunque le extrañaba algo el
consejo, fuerza es decirlo, su espíritu acostumbrado á ser allí dócil como el
de un niño, reposaba en la opinión agena. Tomó en derechura el camino del
taller, porque ya anochecía y el farolero, dejando un rastro de luz, corría por
las calles enlodadas con la lluvia menuda. Acercóse á la puerta, y tropezó en
ella con un bulto que interceptaba el paso, en las tinieblas del portal. Retrocedió
asustada, mas la voz la tranquilizó.
—Soy yo, no hay miedo—dijo con alegre entonación el
que era.
—¡Calla! ¡Ramón! ¿Está Vd. aguardando por Concha?
—Justamente... y por Vd. también... Porque tengo
una noticia, una gran noticia que darles.
—¡Alabado sea Dios! ¿Con que ya le pasó á Vd. la
ventolera de ayer? ¡Qué hombres! ¡Parecen locos, así Dios me salve!
Ramón bajaba la cabeza confuso, según pudo ver
Dolores á la luz del farol que encendían enfrente.
—Y qué quiere Vd... No, yo conozco que tiene usted
razón; hice bastante mal y estuve un poco acalorado y un poco imprudente. No
tiene uno en su mano ciertos prontos, y Vd. bien conoce que cuando se harta{83} uno de oir alrededor disparates, parece que le
dan ganas de romperse, si pudiese, la cabeza contra la pared.
—Vaya, vaya, pues esas furias hay que moderarlas...
Concha se disgustó bastante. Y luégo la gente, las envidiosas que están
rabiando por coger tanto así donde clavar el diente...
—Pues, gracias á Dios—exclamó radiante de júbilo el
mozo—ya no habrá por qué mordernos y se acabarán todos esos disgustos. Aquí
donde Vd. me ve, ya tengo los cuartos para el establecimiento, y nos podemos
casar, si Concha quiere, en Carnavales, y sino en Pascua... Por mí, cuanto más
pronto...
Dolores, entre contenta y recelosa, le miraba
fijamente. Un trabajo de reflexión muy activo se verificaba en su cerebro,
estrecho y femenino, pero tenaz y aferrado á las pocas ideas que, nacidas allí,
ó sugeridas, se aposentaban en él. Las palabras del confesor no se borraban de
su memoria. Ganar tiempo... no contrariar de frente á la muchacha... que el
novio procure disuadirla... Si ahora ella daba la fatal noticia al enamorado
Ramón; si cuando venía á hablar de proyectos matrimoniales le participaba que se
había perdido toda esperanza y que su novia se disponía á levantar el vuelo
hacia regiones muy distintas de aquellas en que el humilde ebanista moraba, era
fácil que éste, de desesperado ó de indignado, armase á Concha un escándalo
tal, que el carácter vivo y entero de la niña se manifestase con nueva energía,
afirmándose en su resolución. Dolores temía á la poca habilidad{84} del novio. Además, era difícil decirle aquello al
pobre hombre, cuando se mostraba tan contento con sus fondos y su próxima boda.
—Que se lo diga ella como pueda—pensó.—Quizás por
no decírselo...
Y con determinación repentina, poniendo
familiarmente la mano en el hombro del ebanista, exclamó:
—Bueno, pues me viene de perillas encontrarle,
porque tenía justamente que hacer unas compras bastante lejos, y como Concha no
vendrá de buena gana, voy yo sola, y Vd. la lleva á casa ¿eh?
Abrió el novio la boca, asombrado de tanta
magnanimidad en la rígida cuñada que, cosida á las enaguas de Concha, había
sido hasta entonces un perro de presa; y Dolores, que advirtió su asombro, se
dió prisa á añadir en són de broma:
—Ya que trae tan buenas noticias, déselas Vd.
mismo; no le quiero quitar ese gusto. Hágame el favor de llevarla... y
espérenme los dos en casa, un momentito.
Aquí la sorpresa de Ramón se convirtió en pasmo.
¡Dolores encargaba que le esperasen los dos en casa! ¡Le
permitía subir al cuarto de Concha, ella que jamás le consintió pasar del
primer tramo de la escalera! Como el permiso era grato y cuadraba de todo en
todo con los deseos de Ramón, guardóse bien de protestar, y murmuró haciéndose
el resignado:
—Corriente.
Dolores se remangó el traje, apretó el manto y
salió del portal. Al poner el pié en la calle, sintió un{85} escrúpulo
de devota, y medio volviendo la cabeza, dijo al novio:
—¡Que haya juicio! Vuelvo en seguida.
Echó á correr, lo mismo que si alguien la
apremiase. Tomó por una calle retirada, la estrecha de San Efrén, y para
entretener el tiempo y divertir la impaciencia, metióse en una tienda de
zarazas y pañolería, é hizo que le enseñasen todas las variedades de madapolán, llagostera y grano
de oro, distintas encarnaciones de un solo algodón verdadero. Frotó las
telas á ver si tenían poca ó mucha cal; revolvió también las percalinas para
forros, y escogió entre varias docenas de carretes, de hilo, todos del mismo
número, uno que era idéntico á los restantes. Molió á la tendera pidiéndole
agujas de las más finas, y retractándose después, eligió unas medianas. Se
quejó del lodo y del agua, y acarició á un chiquillo sucio y mocoso que criaba
la tendera. En todas estas ocupaciones no pudo invertir más de un cuarto de
hora á lo sumo, y le parecía poco tiempo. ¿Para qué? Ni ella misma
lo sabía. Otras veces se le figuraba, al contrario, que había
transcurrido mucho. ¿Mucho? ¿Y porqué? No se lo explicaba tampoco.
Sin embargo, esta última idea prevaleció, y envolviendo en un papel sus
compras, tomó hacia su casa. Para llegar á ella tenía que cruzar por delante de
la iglesia de San Efrén: allá en lo alto del pórtico, vió vagamente la figura
de piedra del santo: recordó los consejos del confesor, y, tranquilizada,
anduvo más despacio, y aun se paró en otro tenducho á comprar cera para la
plancha y no sé qué otras fruslerías.{86} Cuando
llegó á su lóbrego portal habría pasado cosa de una hora.
Al empezar á apechugar con la escalera, que ya por
costumbre recorría á oscuras, oyó, un tramo más arriba, el restallido de un
fósforo, y le pareció que delante de ella subían dos personas. Aceleró el paso
á fin de aprovechar la luz, y un ejemm! muy caracterizado le reveló
inmediatamente la presencia de Gormaz, que solícito y quemándose los dedos,
alumbraba aquellas tenebrosidades para que los setenta y pico de años del
insigne Estrella no se estrellasen contra un escalón.
En seguida conoció Gormaz á Dolores, mas no había
olvidado el episodio de la mañana. Dirigióse á la modista con dignidad, y
procurando sostener la cerilla quieta un momento, le preguntó si estaba su
hermana, como dándole á entender que sólo á Concha correspondía el honor de
aquella visita. Fiel á su sistema de diplomacia, Dolores contestó que ya debía
Concha estar de vuelta, porque era muy hora de que hubiese regresado del
taller; y añadió unas cuantas frases de sentimiento por lo oscuro de la
escalera, la molestia que se tomaban, y lo cansado que era subir tanto. Añadió
por vía de consuelo:
—Ya faltan sólo dos pisos.
Subiéronlos como pudieron, á puñados, á fuerza de
cerillas y de ejemm! cada vez más fatigosos por parte de Gormaz: Estrella no
revelaba el peso de la vejez, sino en la resonancia del pié, tardo en volver á
alzarse después de que se sentaba en un peldaño. Á la{87} puerta
de las modistas, Dolores dijo á Gormaz que buscaba la campanilla á tientas:
—No hay necesidad... Aún está puesto el llavín.
En efecto, la llave olvidada en la cerradura
probaba una distracción notoria en la persona que había entrado primero. Bastó
con hacer girar el picaporte para que pudieran entrar los visitantes, y
encontrarse al punto en el único salón de aquel palacio modistil.
El quinqué, bien despabilado, ardía con clara luz
sobre la mesilla de la máquina: la habitación arregladita,{88} con
sus dos camas limpias, revelaba cierto bienestar humilde; y en el sofá, libre á
la sazón de todo estorbo de trajes, una pareja se hablaba muy de cerca, casi al
oído, en esa estrecha proximidad que sólo origina un estado del alma; actitud
elocuente, que con ninguna otra se confunde. Separáronse y levantáronse de
pronto al ver entrar gente, ella confusa, encendida y casi sin habla, él serio
y sorprendido. No era Gormaz hombre de pararse en tales fruslerías, ni menos
Estrella; y ambos, en su agitada vida de comediantes, habían visto hartas
cosas, para que les asustase un coloquio amoroso, así es que Gormaz, haciendo
caso omiso de Ramón, se adelantó hacia la chica, y sin preámbulos.
—Conchita—dijo—aquí está el señor Estrella en
persona, y viene á saber la respuesta de lo que hablamos esta mañana.
No sabía Concha qué cara poner, y se desvivía
ofreciendo á los dos actores sitio en el sofá, y balbuciendo mil disculpas por
recibirlos de aquel modo, como si ella pudiese recibirlos de otro. Gormaz cortó
el hilo de sus cumplimientos, repitiendo:
—No se moleste Vd., hija... Estamos
perfectamente... Sólo queremos saber la contestación, nada más.
—Eso es—añadió Estrella con su campechana
cortesía...—Hable Vd., hija, porque sentiríamos mucho molestarla.
Concha lanzó á Dolores una mirada oblicua,
implorando socorro: pero Dolores, firme en la senda emprendida, no pestañeó.{89}
—Qué sé yo...—murmuró la niña.—Lo que quiera mi
hermana.
Ramón, de pié, presenciaba la escena sin
comprenderla.
—Tome Vd. asiento, joven—indicó Gormaz.
—Mil gracias, estoy bien.
Dolores, haciéndose la desentendida, contestó
apaciblemente:
—No, hija, quien debe decidir eres tú... Yo no
tengo vela en este entierro. Al fin se trata de una cosa para toda la vida...
Me lavo las manos.
—Su hermanita de Vd. piensa muy
acertadamente—afirmó Gormaz...—Con que Vd., Conchita, Vd. ha de resolver... Sea
Vd. franca.
Concha miró al suelo, retorció la mano izquierda
con la derecha, exhaló un leve suspiro, y al fin declaró:
—Pues yo... á la verdad... confieso que... que no
me gusta, vamos, que no pienso... trabajar... para el teatro. No señor, he
reflexionado, y no me resuelvo á eso.
Estrella y Gormaz se levantaron, á un tiempo, algo
mohínos. Los dos comprendían que era ocioso y desairado insistir. Pidieron mil
disculpas, como gente cortés que eran, y no tardaron en bajar la escalera que
tan trabajosamente habían subido, alumbrándoles esta vez, con un encendido cabo
de vela, Dolores, que no los soltó hasta verlos en el portal. Cuando ambos
actores salieron á la calle, la hermana mayor, que acababa de murmurar un
«vayan Vds. con Dios» muy melifluo, alzó la mano y les hizo enérgicamente la
cruz, diciendo entre dientes:{90}
—Y que nunca más parezcáis por aquí, amén.
Gormaz y Estrella caminaron silenciosos breves
instantes: de pronto, volviéndose, se encararon el uno con el otro, seguros de
expresar un mismo pensamiento. Gormaz meneó la cabeza:
—Con el novio hemos tropezado, Juanillo.
—No hay peor tropiezo—afirmó Estrella sacando la
petaca...—¡Y qué lástima de chica! Decir que tiene la voz de Concepción
Rodríguez! Voto á sanes! no se vería dentro de un año otra dama joven como
ella! Juraría que se le pasaban ganas de venirse... Ahí se queda para siempre,
sepultada, oscurecida...
—Bah!—murmuró Gormaz.—¡Y quién sabe si la acierta,
hijo! Á veces en la oscuridad se vive más sosegado... Acaso ese novio, que
parece un buen muchacho, le dará una felicidad que la gloria no le daría.
—Ese?—exclamó Estrella cortando con los dientes la
punta del puro.—Lo que le dará ese bárbaro será un chiquillo por año... y si se
descuida, un pié de paliza.
Sr. D. Camilo Jiménez.
Fontela, Setiembre.
¿Qué sacrificio hago yo, en realidad, con alejarme
de Madrid unos meses, cazar, pescar y respirar aire{94} sano?
Protesto contra esta higiénica medida porque me la imponen, no porque en sí me
desagrade. Tú me recordabas, para aplacarme, que cedo á la tiranía del cariño,
lo cual no humilla: convenido; mamá me adora, me aparta de sí desgarrándose el
alma, ha llorado como una Magdalena en la estación, y me decía, mojándome la
cara de llanto, que ojalá fuese millonaria para costearme la invernada en Niza,
ó en Alicante siquiera; pero que no poseía sino este palomar grieteado en el
corazón de Galicia, donde yo pudiese beber leche fresca, dormir sobre un
establo y reponerme... Que, no obstante, si me empeoraba ó me aburría, cuatro
renglones; la familia hará un esfuerzo, te mandaremos á Italia... Ante las
lágrimas y el besuqueo, ¿qué se hace un hombre, Camilo? Jurar que le entusiasma
Fontela y venirse á escape. ¿He de consentir que el consabido esfuerzo desequilibre
los presupuestos de mi casa? El sueldo de magistrado de mi padre y las rentitas
gallegas de mi madre, sólo á fuerza de orden y parsimonia cubren los gastos y
permiten atender á las exigencias del decoro. Hacen milagros los pobres papás.
Por eso, por eso me incomoda á mí no servir para
nada, ser á los veinticuatro abriles abogado sin pleitos, y por eso te suplico
no olvides mi pretensión y trabajes con ahínco para que suban al poder los
tuyos y me hagan á mí siquiera juez de entrada; bien poco pido; se
trata de sentar el pié en la carrera y dejar de ser miembro inútil, cero
social.
El cargo á que aspiro es modesto; pero ya sabes lo{95} bien que armoniza con mis gustos y carácter. ¡Oh!
Yo seré un gran juez, de p y p y doble
u, como tú dices que son las chicas del brigadier Robles! ¡Me agrada tanto
la rectitud, la gravedad, la equidad; tengo tan elevada idea del oficio de
administrar justicia; he estudiado con tanto cariño la hermosísima ciencia que
se llama filosofía del derecho, y creo que está en general tan
atrasada y que podemos prestar tan inmensos servicios á la humanidad los que la
renovemos aplicándola prácticamente, sin pararnos en viejas rutinas y
desarraigando inveterados perjuicios y abusos...!
Y además, los ejemplos que he visto desde la niñez
me ayudarán á desempeñar dignamente la judicatura. Mi padre disfrutaría hoy una
renta de 5 ó 6,000 duros si hubiese fallado de cierto modo ciertos litigios;
prefirió su honrada estrechez, é hizo bien, puesto que sus hijos y herederos
estamos conformes y orgullosos. Hasta Matilde... (no te sonrías, Camilillo),
hasta la buena de Matilde, que se pasa la vida oliendo lo que guisan en casa de
los modistos célebres, en el fondo prefiere su vestidito
reformado de gró negro, á galas de sucia procedencia.
¡Á quién se lo cuentas! dirás tú. Es que es una
excelente chica mi señora hermana, y Vd., caballero Tenorio, se guardará de
insinuarle cosa ninguna con mal fin, ó nos veremos á la vuelta. Sin
embargo, te permito dar á Matilde mil expresiones de mi parte. Tocante á la
salud, particípale que ya voy mejorando. Y que le escribiré.
Lo raro es que ni yo mismo entiendo qué tengo, ni{96} de qué vine á curarme aquí. Cansancio al subir
cuestas; ligeros sudores en la cama; tosecillas rebeldes al clásico remedio
casero de la leche de burra; opresión en el pecho, y, lo que más me molesta,
una especie de vértigos que á lo mejor me obligan á apoyarme en la pared, y
otras veces me producen la sensación de voces sepulcrales ó irónicas hablándome
confusamente al oído: he aquí los síntomas que expuse al doctor Sánchez del
Abrojo. Ya sabes la receta: echar la llave á los libros, campo, vida animal.
Hay modas en todo, hasta en la medicina, y esto de convivir con la
Naturaleza es el gran específico para los médicos de ahora.
¡Mamá se ha tragado que yo tenía principio de
tisis! ¿Te acuerdas del día en que te llamó á su cuarto, con mucho misterio,
para averiguar de ti en qué pasos andaba su hijo, y qué orgías y desórdenes, ó
qué pasiones desatadas arruinaban mi físico? Todavía me río de la buena sombra
con que le respondiste: «Señora, como no sea de excesos de virtud, ó de
atracones de estudio, no entiendo de qué está malo Joaquín.» No, y tú eres voto
en la materia. La única travesura de la temporada, fué aquel baile á donde me llevaste
á remolque, donde me mareaste con el Málaga, el Champagne y el mal ejemplo, y
desde el cual me fuí... Llámame soso, ó Catón, ó lo que quieras; pero es un
recuerdo que no me gusta evocar. Jamás he comprendido cómo puedes lanzarte tras
la primer ciudadana que se te presenta, recoger lo que anda rodando y empalmar
cierta clase de aventuras. Está visto que nací para juez.{97}
Volviendo al caso de mi salud, y dejando las causas
que pueden haber influído en su deterioro, te diré que aquí, aunque me aburro
por siete, espero mejorarme. Ya sudo menos en la cama; ya hace dos días que no
me atacan vértigos; por consiguiente, sin que se entere mamá, vas á tener la
bondad de meter en un cajón un par de docenas de libros; pídele á Matilde, que
los tiene de su mano, el Laurent, la Enciclopedia jurídica de Ahrens,
el Mackenzie, las obras de Leibnitz, las poesías
de Becquer, y añade alguna novela nueva de Galdós ó Alarcón que
haya salido. Córrete á ese despilfarro, que bien puedes. Adios; me canso y dejo
para otro día la descripción de la Fontela.
Tu amigo entrañable.—Joaquín Rojas.{98}
DEL MISMO AL MISMO.
Octubre.
Me ha entrado pereza de escribirte la semana
pasada, y es natural: ¿puedo contarte de este sitio algo que merezca la pena de
leerse? No obstante, hoy me impulsa el mismo aburrimiento á ponerte una carta
kilométrica.
No me has mandado los libros; dices que Matilde te
negó la llave; ¡cualquier día me la pegáis tú y ella! estáis de acuerdo con
mamá para que me convierta en momia viviente. Bueno, aguantaré hasta más no
poder, y así que me sature de animalidad, tomo las de Villadiego y
os encontráis ahí á Pachín el soso. Hablando formalmente, yo te suplico me
envíes qué leer; las noches de invierno se echan encima, pronto anochecerá{99} á las cinco, y no sé cómo voy á engañar tantas
horas, aunque me acueste con las gallinas.
En un número de El Imparcial que
vino de la villita próxima envolviendo arroz, veo el estreno del drama de
Echegaray y la honda impresión que ha causado en el público; compadécete de
este pobre aldeano, y remíteme por el correo ese drama.
Ahora te pintaré mi Tebaida. Fontela reposa en el
hondo de un ameno valle, formado por las vertientes de dos montañuelas, entre
las cuales pasa cautivo el río Avieiro. De este río es tributaria la fontela,
ó fuentecilla, que mana en el huerto de mi propiedad y le da nombre. Á pesar de
este aparato de montañas, río y fuente, la finca no es lóbrega, fría ni triste.
Está enclavada en una de las mejores comarcas de Galicia, donde se tocan las
provincias de Orense y Pontevedra; la temperatura (á lo que pude observar por
ahora) es benigna, y según me aseguró ayer el albéitar de Cebre (que vino á
prestar los servicios de su arte á una vaca enferma, y es de los alumnos
finitos y resabidos de la Escuela de Veterinaria), el termómetro no desciende
jamás á cero grados. En cambio el clima peca de lluvioso; cosa que me fastidia,
pues suele aprisionarme entre cuatro paredes. Mucho siento hacerme caro, pero
necesito de toda necesidad un buen impermeable: díselo á mamá.
La villa de Cebre, situada á tres leguas escasas,
es el lugar habitado que tengo más próximo: compónese esta villa de dos calles
y media, una iglesucha tamaña como un cobertizo, un mesón donde remuda tiro la{100} diligencia y una destartalada casa-cuartel de la
Guardia civil. Á cinco leguas, por el atajo, hállase Pontevedra; á veces pienso
en montar hasta Cebre, meterme en el coche de línea, y pasarme en Pontevedra
una semana; luégo reflexiono: ¿para qué? No conozco allí á nadie: el teatro
está cerrado; vistos los dos ó tres edificios que lo merezcan, me pasearía por
las calles hecho un tonto, aburriéndome más que aquí. Renuncio á las
expediciones.
Á todo esto, aún no he descrito el palacio y
jardines de mi real sitio. No ha debido ser mala, in illo tempore,
la casa, construída á principios del siglo pasado por un bisabuelo ó
tatarabuelo de mi madre. Como la mayor parte de las casas solariegas de aquí,
tiene la escalera á la parte exterior, y se entra al piso alto por una larga
solana ó balcón corrido, mientras el portalón de abajo, que domina una piedra
de armas, da ingreso á la bodega, lagar, cuadra y establos. El piso alto—que es
el habitable—consta de salón, cocina ancha y semiconventual, y un par de
dormitorios en que caben tres salitas como la nuestra de Madrid. Por supuesto
que todo se encuentra en lastimoso estado: la solana, desde donde se goza la
deleitable vista del río, está alfombrada de habichuelas extendidas á secar, y
en la esquina hay un montón de enormes calabazas; la sala se ha convertido en
granero, y amenaza hundirse bajo el peso de ingentes montones de centeno y
trigo, que muy á su sabor recorren las ratas; y en mi dormitorio había
depositado la chica del casero cosecha de peros y manzanas tan abundante, que
su fragancia{101} no me dejaba dormir y hubo de
retirarlas al cuarto contiguo, lleno ya de patatas y chirivías.
Excuso decirte que en las ventanas de la casa no se
encuentra un cristal sano, y que las golondrinas (que ya se fueron) anidaban en
las vigas del salón. Yo, para evitar el frío, tengo que vestirme con las
maderas cerradas, á la luz que se filtra por las rendijas; es verdad que se
filtra bastante, y aire también. Ya vestido, abro la ventana y entra con los
rayos del sol la alegría del cielo puro, ó con las nubes una tranquila
melancolía gris, que tiene su encanto, por ser muy característica de esta región.
He reparado (los aburridos lo reparamos todo) que suelen las nubes oscurecerse
y agruparse á la parte del Noroeste, sobre un manchón ó soto de magníficos
castaños.
Comprenderás por lo dicho que la casa, más que
vieja, se encuentra abandonada y se resiente del olvido en que la tienen sus
dueños. La cal se ennegreció, y las vigas y pisos oscuros, que empiezan á
apolillarse, aumentan el aspecto desolado de las habitaciones. Lo más curioso
es ver aún esparcidas por estos destartalados aposentos algunas reliquias de
opulencia señorial. Mi cama, por ejemplo, es salomónica, primorosamente
torneada, incrustada de bronce, con monumental copete y dosel altísimo, de
donde cuelgan pingajos de damasco ayer rojo y galón ayer dorado; es mueble que
si se restaura quedará precioso, y cuando yo tenga un real y muchos cuartos lo
compondré para ofrecérselo á mamá. He descubierto también unos bancos de
respaldo pintado, una mesilla de tijera que acuerda{102} al rey que rabió, y una Purísima en
cobre, tan encubierta por el polvo, que sólo adiviné el asunto viendo blanquear
la media luna. Del estado en que se hallan estos tesoros juzgarás si te digo
que mi cama, antes que yo llegase, servía para tender castañas y nueces. Los
colchones son prestados: creo que del Cura.
Sospecho que hasta mi venida, la familia del casero
se permitía dormir y vivir en el piso alto, bien distante de imaginar que
ningún Rojas la estorbase nunca el pacífico goce de su morada. Desde mi
invasión se refugiaron abajo, no sé si en el lagar ó en la bodega; no he
querido averiguar en dónde, porque necesito hacerme violencia para no mandarles
que suban otra vez. Me consta que á papá no le agradaría, pues me encargó que
me diese á respetar y guardase mi posición, no familiarizándome con los caseros;
pero tú, que conoces mis principios, adivinarás cuánto me mortifica saber que á
mi lado respiran cuatro ó cinco seres humanos y racionales como yo, amontonados
en un lugar sombrío, húmedo, entapizado de telarañas, sin sábanas ni colchones,
y al abrigo de una cuba vieja. Porque yo creo que dentro de las cubas vacías
duermen todos, chicos y grandes. Aquí, antes del oidium, se cogía
mucha cosecha, y hay cubas monumentales que hoy no se usan: las alfombraron de
paja, y como Diógenes el cínico.
En tan extraños lechos presumo que duermen el
padre, vejete marrullero, fisonomía inmóvil, ojillos relampagueantes de
malicia; Maripepa, la hija mayor, que contará sus veinte; la pequeña, como de
ocho; el{103} niño, de cinco, y el mozo de granja,
un bárbaro (exento del servicio militar por faltarle el pulgar y el índice de
la mano derecha, que él mismo segó con la hoz). ¡Qué promiscuidad! dirás tú y
dirá cualquiera. Así viven: como las bestias en el establo: peor quizás.
Paso á los jardines. Se componen de un cuadrado de
coles, otro de patatas, un maizal que ahora está en rastrojos, y unos cuantos
manzanos, perales y cerezos. En materia de flores, ya te contaría Matilde que
no pude enviárselas disecadas porque no existen, á no ser tojos amarillos,
malvas y unas campanillas blancas bien chiquitinas. Cuando cese de llover,
bajaré á las orillas del río á ver qué tenemos de bueno por allí y si es
posible coger alguna trucha; me convendría variar el menú, que se
compone invariablemente de un caldo, un cocido y un asado de carne con patatas.
Creo que Maripepa no sabe más condumios. Es verdad que por la mañana me tiro al
cuerpo un vaso de leche... ¡qué vaso de leche, chico! Esto es beber leche: una
leche mantecosa, fragante, rebosando la suave crasitud de la nata: un desayuno
digno de un rey. Al despertar sudando y molido (porque esta máquina no quiere
acabar de arreglarse, pero no se lo digas á los papás), aquel vaso de leche me
vuelve el alma al cuerpo. Á las siete en punto entra Maripepa, y cla,
cla... me bebo mi vaso, mejor dicho, mi escudilla ó cunca de
barro del país, que no nos honramos con otra vajilla más preciosa.
Ya que he puntualizado lo que me sucede aquí, hasta
lo más tonto, justo es que me enteres de lo que{104} por
ahí ocurre. ¿Habló ya en el Ateneo Gutiérrez Pelado? ¿Gustó? ¿Volvieron Ernesto
y su novia de Andalucía? ¿Publicó Lena sus Ilusiones fugaces? ¿Le
han dado algún palo los críticos? ¿Á qué altura estás con la rubia del Retiro?
¿Lo pescó Matilde? ¿Y de política? Que vengan los tuyos; amén, pero por turno
pacífico, sin pronunciamientos. España necesita un poco de paz, si ha de
reponerse. Me repugnan las explosiones brutales, hasta las más justificadas en
su origen.
Á ti, en cambio, te entretienen. Dichoso tú. No te
faltará diversión.
Ea, adiós; no te empereces, y escribe.{105}
DEL MISMO AL MISMO.
Octubre.
¡Camilo, Camilo, Camilo! ¡Que siempre has de ser
así, empedernido y recalcitrante! Porque te dije en mi carta anterior que el
casero tiene una chica, y esta chica me sirve la cunca de
leche, ya pones mil tonterías, y afirmas que estoy aquí contentísimo y pinto el
país y la casa con bellos colores. Piensa el ladrón... Ven acá, malicioso;
¿ignoras que no soy como tú, ni peco de inflamable, ni me vuelve loco el
espectáculo de unas enaguas colgadas de una percha? Me gusta lo hermoso, me
agradan las niñas guapas mucho más que las feas; sólo que no he menester, como
tú, traerlas siempre al retortero, y supongo que cuando me enamore será de
veras, y haré un marido tierno y amante, como Dios manda y debe ser todo hombre
honrado.
Mi programa excluye los conatos de seducción. ¡Y
por dónde querías que empezase la carrera de Tenorio! ¡Por Maripepa, la hija
del señor Pepe de Naya! Antes de leer tu carta (que en algunos pasajes me hizo
desternillarme de risa), ignoraba el color de los ojos de esta rústica ninfa, ó
más bien faunesa. Hoy fué la primera vez que se me ocurrió desmenuzar su
palmito. Cuando yo la consideré despacio, estaba Maripepiña{106} en la actitud siguiente: arrollada á una muñeca
la soga con que prendía á la vaca, y en la otra mano, que apoyaba en la cadera,
reluciente y afilada hoz. Muchacha y vaca miráronme de soslayo cuando me
acerqué al grupo, con mirada á un tiempo recelosa, arisca y humilde, como
exclamando: «¿qué nos querrá éste?»
¿Y qué tal de estética? preguntarás tú de fijo. ¡De
estética! Verás, verás. Maripepiña es de mediana estatura,
tiene el cutis asoleado, sembrado de pecas, rojo el greñudo cabello, las manos
oscuras y curtidas, con uñas cuadradas y romas, el pié muy ancho y plano, sin
duda por la costumbre de no calzarse sino los días festivos, y de pisar cantos
y asperezas. Tú, que te mueres por un pié bonito encerrado en elegante bota,
tendrías para reirte un mes con la ancha base{107} de
esta criatura. Á fin de no desilusionarte por completo, añadiré que posee unos
ojos entre verdes y azules, con pestañas muy cortas, espesas y rubias, que no
por lo raros, ni por no contarse en el número de los ojos clasificados
oficialmente como bonitos, dejan de serlo. Pero lo demás... ¡Si vieses qué
semejantes en su colorido son la chica y la vaca! Rojas, morenas, las dos
parecen hechas de tierra y teja molida.
Emprendí conversación con Maripepa, y no se cortó;
dejó á la vaca mordiscar el campo, y me fué dando explicaciones de sumo
interés; por dónde se encontraban las mejores lindes para el pasto; qué edad
cuenta el ternero; cuándo será tiempo de venderlo en la feria; cómo era preciso
traerle yerba tiernecita, si no el muy glotón no dejaría para mí gota de leche;
todo en el dialecto del país, que me costaba trabajo entender, aunque voy
acostumbrándome y ya sé el nombre de muchas cosas.
Sospechas que me habitúo á esta situación; te
equivocas; me aburro resignadamente, hago de tripas corazón y de la necesidad
virtud; duermo, como, paseo y trato de no echar de menos tu compañía, la
familia, mis relaciones, el Ateneo y los teatros. No niego que me sucede un
curioso fenómeno; deseaba mucho recibir el cajón de libros, y ahora que está
aquí no me resuelvo á desclavarlo. La naturaleza me embebe, me absorbe la vida
orgánica y me entrego dulcemente al placer de existir, de gozar sueños reparadores
y digestiones insensibles, respirando un airete templado, que á veces trae
olores resinosos del cercano pinar.{108}
Otro síntoma: cuando llegué se me figuraba estar
soñando, y que el único mundo real era Madrid; ahora me sucede lo contrario;
penetrado de la realidad de cuanto me rodea, el Madrid lejano me parece una
comarca fantástica: dudo confusamente de su existencia, y al recibir cartas me
río de mis dudas. Cosas singulares observé también al despertar. El primer día
que desperté aquí, me sobrecogió extraordinariamente la profunda calma, apenas
rota por un rumor suave de brisa en la arboleda, por remotos quiquiriquís de
gallo y por el argentino gotear del caño de la fuente. Contrastaba de tal modo
esta paz con el ruido de los coches, que aún llenaba mis oídos, con el tableteo
del tren y el carranqueo de la diligencia, que me puse á escuchar el
silencio, gozando más que en el Real cuando la orquesta entona el solo de
la Africana.
No niego el atractivo del campo. Desde que no
llueve y está serena la atmósfera, recorro mis dominios, disfrutando de un
apacible otoño. He visitado las orillas del Avieiro, festoneadas de olmos y
mimbrales; en los recodos, ¡si vieses qué praditos de grama mullida, qué orlas
de espadaña mezclada con lirios tardíos! Dará gusto leer á Becquer en sitios
tan poéticos. Con todo, mi lugar favorito no son las orillas del río, sino el
soto de castaños. Conservan éstos su frondosa hojarasca, pero sus flores secas
y amarillentas alfombran el suelo y embalsaman el aire con un grato olor casi
imperceptible; algún entreabierto erizo va cayendo, y se ve en su interior
pardear la castaña. Me indicó Maripepa que el día de Difuntos se podrá hacer
un magosto{109}, es decir, asar las castañas
en el mismo soto y comerlas regándolas con el mosto agrio y clarete del país.
¡Qué mosto, hijo! Me lo dieron á probar, é hice una mueca. Aseguran que
asociado á las castañas es cosa exquisita; me figuro que siempre será vinagre.
¡Ah, gran acontecimiento! ¿Pues no se me olvidaba
lo mejor? He tenido dos visitas, pásmate, dos nada menos. Y son gentes muy
dispuestas á acompañarme y obsequiarme: el notario de Cebre y el señorito de
Limioso. El notario, mozo robusto, colorado, gasta barba que le come las
mejillas, pelo que se le junta con las cejas, y detrás de tanta maleza esgrime
unos ojuelos vivos y joviales; el señorito, avellanado, escueto, grave y lacio,
usa bigotes caídos, pantalones cortos y un chambergo anticuado, romántico, que
está reclamando la flotante pluma. Tiene fama el notario de pirrarse por las
mozas, el vino y la caza; el señorito es también gran cazador; pero respecto á
otras pecaminosas aficiones, nada se murmura de él; es encogido, de pocas
palabras, y no le falta cierta innata cortesía caballeresca. Este señorito de
Limioso no salió jamás de su concha, y creo que sus viajes se reducen á ir
algún año á Pontevedra para ver el fuego de la Peregrina; no le
dieron carrera, fuese por falta de medios ó fuese por considerar más hidalga su
ignorancia de mayorazgo pobre, y vive con su padre, chocho ya, y dos tías muy
viejas y raras, en un caserón acribillado de goteras, que aquí llaman con gran
respeto el Pazo (palacio) de Limioso.
Afirma el notario malignamente que el señorito{110} mantiene á sus tres perros de perdices con
aleluyas, y que en el Pazo se cuelga del techo el mollete de pan, á fin de que
dure más tiempo y sea más difícil de coger. Es posible que tengan fundamento
estas burlas; porque mientras el notario ha venido á verme caballero en una
yegüecilla muy redonda, de ojo zaino y gordas ancas, el señorito cabalgaba en
un penco trasijado y larguirucho, que casi desaparecía bajo la
gran silla española con adornos de plata, mueble histórico del Pazo. Ambos
visitadores me convidaron á salir con ellos á las perdices, y
convinimos en que, si no se descompone el tiempo, recorreremos el monte y ellos
vendrán á disfrutar el magosto aquí.
Ya te referiré cómo he obsequiado á mis nuevos
amigos y á qué saben las castañas.{111}
DEL MISMO AL MISMO.
Noviembre.
No he contestado á tus últimas y cariñosas
epístolas, porque sólo tuve ánimo para poner dos renglones á mamá, redimiéndola
de la mortal inquietud en que viviría si no viese mi letra. Es el caso que he
recaído: ¡silencio por Dios, y no se te escape la noticia ni con Matilde! Por
otra parte, imagino que lo peor ya pasó, y que vuelvo á encontrarme{112} fuerte. Merece contarse la historia de mi
recaída y de las calaveradas que la originaron.
Á fines de Octubre y principios de Noviembre hizo
un tiempo delicioso: ni en Niza, ni en región alguna del mundo se podía
apetecer cosa más grata que esta despedida del otoño que llaman veranillo
de San Martín. El día de Difuntos—tan triste en otras partes—daba aquí
ganas, más bien que de llorar y morirse, de resucitar brincando; y cuando
salimos para el soto el notario, el señorito de Limioso, el cura de Naya y yo,
íbamos tan contentos y me sentía tan bien, que creí vencida del todo mi
enfermedad. Convinimos en que haríamos el magosto nosotros
mismos, y en que Maripepa nos traería la comida al soto. Apenas llegados á él,
mis compañeros, que según costumbre llevaban escopeta, aseguraron que se oía el
reclamo de la codorniz, chau, chau, en unas viñas próximas, y ya no
hubo quien los contuviese. Quedéme solo, sentado en el cepo de un castaño que
abatió el hacha, con el volumen de Becquer abierto en las manos, pero con gran
pereza de leer.
Me distrajo ver cómo hacía Maripepa los
preparativos del magosto, juntando ramas y hojas muy secas y
reuniéndolas en montón en un claro del soto, donde el sol había requemado y
dorado la yerba y el musgo. Preparada la hoguera, dedicóse la muchacha á
recoger erizos y extraerles la fruta. ¿Con qué dirás, Camilo, que abría los
erizos Maripepa? ¡Con los piés!! Juntándolos mucho, sirviéndose de ellos como
de unas manos, manejando diestramente el pulgar, la planta y el{113} talón, hacía estallar la cápsula y saltar la
castaña fuera. No comprendo por qué milagro las púas del erizo no se le
clavaban en la carne; es verdad que antes de abrirlo lo prensaba y estrujaba
con un valiente talonazo. Reíme de tan peregrina faena, y la chica se rió
también, enseñando entre sus labios gruesos unos dientes para dar envidia á los
que padecemos del estómago. Intenté sepultarme en la lectura de Becquer, pero á
poco, incitado por la quietud rumorosa del bosque, el sereno regocijo del cielo
y las idas y venidas de Maripepa, tiré el libro y me consagré á ayudarla,
haciendo torpemente con las suelas de las botas lo que ella á maravilla con la
recia planta del pié. Compadecida de mi ineptitud, me dijo que en vez de abrir
erizos recogiese castañas de los ya abiertos, quedándome sólo con la gorda del
centro y desechando las dos mezquinas que suelen flanquearla. Y aquí me tienes
de bruces, cogiendo castañas, limpiándolas con la manga y echándoselas á
Maripepa en el delantal.
En semejante actitud me encontraron mis compañeros,
que volvían locos de gozo con una codorniz y dos ó tres pajarillos asesinados.
Soltaron la carcajada al verme, y me levanté algo confuso, alegando el
aburrimiento y la soledad en que me dejaban. Cruzaron entonces miradas
maliciosas: el notario guiñó el ojo izquierdo hacia Maripepa, dando un codazo
al cura; el cura hizo ademán de tocar las castañuelas, y el señorito contempló
de reojo, sonriendo, sus desmayados bigotes.
¡Búrlate de mí! Me puse frenético. ¿De manera que{114} no sólo tú, sino también estos majaderos, me
juzgan capaz de abrasarme en la hoguera del magosto? Porque te
juro, Camilo, que las miradas, el guiño, el codazo, la pantomima y la sonrisa
fueron, en su género, de lo más crudo y franco posible. No necesitaban
traducción ni comentarios.
Como Maripepa se había marchado á buscar la comida,
aproveché la ocasión para desahogarme, y con gran sorpresa mía, sólo conseguí
aumentar la broma y las risotadas. No les pude hacer comprender que la honra de
una chica que lleva á pastar las vacas y abre erizos con los piés, vale tanto
como la de una emperatriz, y que la perla de la virginidad no pierde su
hermosura por abrigarse en la concha de una cuba vacía, entre las telarañas de
una bodega. ¡Sin embargo, es cosa bien clara á mis ojos! Hasta el cura me daba
la razón á medias, sólo en el terreno especulativo: ante Dios todas las almas
son iguales, y no hay distinción de categorías—decíame festivamente;—pero en la
práctica vemos que la educación, lo que se aprende desde la niñez, la
costumbre, influyen de un modo notable en la conducta y en el aprecio que el
mundo nos otorga. Parecióme de componenda la teoría, y
protesté algo enojado. La llegada de los manjares me forzó á desarrugar el
entrecejo y atender á mis deberes de anfitrión.
¡Qué gustosa es una empanada de Cebre, fría, comida
sin mantel ni trinchante! ¡Pues y las patatas cocidas, escarchadas en una
corriente de aire, sobre un cesto de mimbres! El notario había traído su morena{115}, bota capaz de doce ó quince cuartillos, y la
empinábamos por turno, rociando el banquete con tragos de vino del Avieiro, muy
análogo al Burdeos común. Entre tanto, Maripepa, arrodillada, activaba la
hoguera del magosto, soplando con toda la fuerza de sus carrillos,
mientras el notario, echando cerillas, las aplicaba á las hojas secas, que
ardían chisporroteadoras. Así que el fuego se apoderó de las ramas y éstas se
convirtieron en brasa encendida, las castañas comenzaron á estallar, y Maripepa
á meter intrépidamente los dedos en la lumbre, sacándolas una por una y
ofreciéndomelas después de limpiarlas á su justillo.
Empezó el mosto agrio á correr, y sus efectos
hilarantes á percibirse. Hasta se le desató la lengua al señorito de Limioso
con tan alegre vinillo, y azuzado por el notario armó discusión con el cura
sobre política. Yo pensaba que los dos andarían conformes: ¡que si quieres! el
señorito recibe El Siglo Futuro, el cura está suscrito á La
Fe, y entre mestizo y nocedalino, pidalero y cesarista,
se pusieron de oro y azul. Al cura se le sofocó y arrebató hasta la piel de la
corona; al señorito parecía que se le enderezaban los bigotes, á guisa de
espolones de gallo de combate. Lo gracioso fué que ambos apelaron á mí para
dirimir la contienda, y yo no sabía qué decirles ni ellos me dejaban hablar;
tales estaban de acalorados.
Mientras duró esta escaramuza, el notario, á
pretexto de velar por el magosto, se había arrimado á Maripepa
disimuladamente, y oí un chillido de dolor, á que él contestó con una carcajada
sonora y larguísima.{116} Me levanté furioso para
contener á aquel mozo desvergonzado, y ví á Maripepa de pié, con una manga de
la camisa remangada hasta el hombro, mirando tristemente la señal roja del
bárbaro pellizco, en actitud algo parecida á la de un perro á quien pegó su
amo. Por señas que es admirable que Maripepa tenga los brazos blanquísimos,
teniendo la mano tan oscura.
No sé qué le dije al notario, sin descomponerme,
pero con gran energía, que vino con las orejas gachas á sentarse en un tronco y
á comer castañas por vía de consuelo. Yo también me harté de tan indigesta
fruta, y mi estómago quedó fatigado y embutido. No obstante, atribuyo la
recaída, más que al magosto, á la cazata de pocos días después.
Quedamos en que ellos pondrían los perros, el vino,
las municiones, la caza, y yo la comida solamente. Ya el día empezó mal para
mí, pues me hicieron madrugar; era noche cerrada cuando alborotaron el patio
los ladridos del Chonito, del Pistón y de la Gineta,
y apenas blanqueaba la aurora cuando bajé vestido, y temblando de frío, á
recibir á mis huéspedes. Parecían tres facinerosos, con el sombrerón de anchas
alas, la canana, el morral y la escopeta. Eché á andar en su compañía, y
caminamos por la margen del Avieiro hasta mucho más allá del soto, desde donde
tomamos monte arriba. ¡Ay, Camilo, qué piernas requiere el oficio de cazador!
¡Esto de que un sér racional ha de seguir el rumbo que le señala un bando de
perdices, es mucha cosa! Que las perdices están allí... que no, que se
corrieron á media legua, á la parte de Boan...{117} Y
salte Vd. portillos, cruce bosques, y vadee arroyos, y pise tojo, y suba
cuestas ásperas para luégo bajar otra vez, por despeñaderos, á la cuenca del
río.
Me sentía rendidísimo y no quise confesarlo, porque
me avergonzaba de mi poco vigor ante la robustez del notario, la agilidad
galguesca del señorito y la jovial ligereza del cura. Hasta los perros volaban
delante, gozosos, en su elemento, volviendo de cuando en cuando sus cabezas
inteligentes á ver si los seguíamos. De pronto el Pistón y
la Gineta se pararon, con las patas de delante inmóviles y un
leve y nervioso meneo de cola. Su piel se estremecía de impaciencia y de
entusiasmo. ¡Entra, Pistón! ¡Entra, Gineta! ¡Ahí, Chonito!
Entraron impetuosamente en el brezal, y salió la bandada con formidables
aleteos; sonaron tres tiros, y luégo otros tres; por último salió rezagado el{118} mío, y se perdió inofensivo en el aire, haciendo
reir á mi costa. Los canes portaban las víctimas, desviando
delicadamente sus dientes blancos para no deshacerlas, y aquí de las
exclamaciones: «¡Un pollo! ¡ Un pollo! ¡Esta es una vieja, un macho
viejo!» Y los cazadores apartaban con los dedos la abigarrada pluma, palpando
la carne gruesa, tibia aún con un resto de calor vital.
¡Gracias á Dios! murmuré para mi sayo cuando nos
recogimos á una robleda donde nos aguardaba la comida, y, sobre todo, el
reposo. Maripepa y Manuel, el mozo de granja, nos esperaban allí; entregamos á
Manuel la caza por aligerar los morrales, y él nos mostró con aire de triunfo
un objeto que pendía de sus tres dedos sanos, y que al pronto me pareció un haz
de helechos, hasta que ví entre las dentadas hojas verdes asomar unos cuerpos
de pez argentados y húmedos. ¡Truchas soberbias, truchas de las famosas del
Avieiro!
Manuel explicó que las había cogido tempranito, al
rayar la aurora, por medio de la nasa, especie de cesto muy hondo.
Con la alegría de verlas se me quitó el cansancio, y ordené á Manuel que fuese
por unas parrillas á la rectoral de Naya, que estaba á un tiro de fusil; al
oirme hablar de parrillas, Manuel se encogió de hombros, se eclipsó, y volvió á
poco rato trayendo una ancha losa de pizarra que tendió en el suelo, y al
rededor de la cual puso rama de pino, mucha rama, prendiéndole fuego después.
Así que la rama ardió y se hizo brasa, colocó encima de la candente pizarra las{119} truchas, que empezaron á asarse lentamente,
soltando su grasa finísima. ¡Qué buenas estaban! El más exigente gastrónomo se
chuparía los dedos.
Con la golosina de las truchas comí bien, y al
volver á ponernos en marcha para buscar otro bando de perdices que debía
encontrarse, según noticias, en un escarpadísimo barranco, cátate que empieza á
caer llovizna menuda y á cerrarse la tarde en niebla, y yo, bastante
desabrigado, á experimentar la penosa sensación del frío sordo y penetrante,
que se nos cuela hasta los huesos. La terca lluvia no cesaba, y estábamos á
legua y media de Fontela, y no me defendía, como á mis compañeros, una especie
de coleto de badana, ni unas polainas de cuero. Llegué tiritando á casa y me
acosté yerto; á poco se declaró la calentura, y aun creo que el delirio; por lo
menos la incoherencia en el hablar. Yo me agitaba, quería destaparme, y después
me quedaba postrado. Así corrieron dos semanas.
He conocido en esta ocasión que aquí es la gente
muy buena y cariñosa; no sabes la compañía que me hicieron por turno el
notario, el señorito y el cura; me trajeron al médico de Cebre, viejo practicón
que me recetó friegas y sudoríficos (¡qué diría Sánchez del Abrojo si tal
supiese!), y trabajo me costó impedir que el notario, á puros refregones, me
arrancase la piel. Á falta de los amigos, Maripepa me asistía, velaba y daba
bebistrajos y medicamentos ridículos: un huevo muy batido con azúcar y disuelto
en leche, agua hervida con miel, mil porquerías.{120}
Me acostumbraron mis enfermeros á jugar una partida
de tresillo para entretener el forzoso encierro de la convalecencia, y todas
las tardes lo jugamos en la mesa de la cocina, cerca del fuego del hogar,
escuchando el ruido pausado de la lluvia y el medroso silbido del viento, pues
ya el veranillo pasó y reina la invernada más húmeda y
nebulosa que imaginarte puedas. Por no interrumpir la animada partida, sacamos
el caldo del pote con nuestras propias manos, y cenamos al amor de la lumbre
sin dejar de jugar. ¿De qué se habla? Generalmente, del codillo ¡de solo! que
se mamó el cura, ó de la bola que le cortaron al señorito con el caballo de
bastos. Á veces, de perdices, de codornices, de ferias ó de política; el
notario es sagastino, porque tiene un tío que recibe de Sagasta instrucciones
electorales; el señorito y el cura ya sabes de qué pié cojean; yo, que aspiro
sólo al progreso y bienestar de España, les sermoneo á todos, y todos se ríen
de mis utopias.
Te diré con franqueza que si por algo me desagrada
esta tertulia campestre, es por ciertos desmanes del notario con Maripepa. No
puede la pobre muchacha entrar en la cocina sin que la hostigue, la arrincone y
la persiga de mil maneras indecorosas. Si los deberes de la hospitalidad y la
gratitud que en el fondo me merece este gaznápiro no me atasen las manos, le
daría una lección de la cual le quedase memoria. ¿Cómo he de consentir que á mi
vista ofendan á una mujer, siquiera sea á la más humilde? Con la lengua
defiendo á Maripepa calurosamente, reprendiendo las feas acciones{121} del notario; mas es predicar en desierto, porque
la idea de que en Maripepa hay algo acreedor á respeto no arraiga en el obtuso
magín de este Don Juan de aldea.
Puede que tú también te rías viéndome metido á
redentor; considera, antes de mofarte de mí, que aparte de mis principios
humanitarios, le tengo ya á Maripepa cierto cariño desde que me asistió tan
asidua. Por señas, ya que de esto se trata, que me sorprendió mucho la
indiferente familiaridad con que me prestó toda clase de servicios. Yo bajaba
la vista por instinto cuando me mudaba las sábanas, ó las estiraba, ó me
arreglaba el colchón... y ella tan tranquila, sin entornar siquiera sus pupilas
verdosas. ¿Será verdad que el pudor es relativo y depende de la posición social
que ocupamos y de la educación que nos dieron?
Me inclino á pensarlo, porque esta chica me trató
con más desahogo durante mi mal, me cuidó con menos escrúpulos que mi hermana ó
mi propia madre. Y sin embargo, al través de su tosquedad, parece inocente y
mansa como el ternerillo que zagalea.
Noticia á todos que estoy mejor, es decir, bien, y
que mañana ó pasado les escribiré largo y tendido.{122}
DEL MISMO AL MISMO.
Diciembre.
¿Preguntas por mi salud? Magnífica, chico; he
echado carnes, mi barba se cierra, mis piernas se fortifican, y vas á dignarte
decirle á mamá que es razón sacarme de aquí, sino he de enfermar otra vez de
murria y fastidio. Se acerca una época que me inunda el corazón de nostalgia:
las navidades. ¿Quién no aspira, en Noche Buena, á cenar rodeado de su gente?
Sepultado en el rincón de un valle, en el fondo de Galicia, yo me consumiré ese
día clásico, y pensaré tristemente en los que me echan de menos. No respondo,
Camilo, de no plantarme en esa el día 24.
¡Con qué placer celebraríamos la Noche Buena, yo
restablecido, con el nombramiento de Juez en el bolsillo, y tú declarado novio
oficial de Matilde! Mis padres, aunque temen algo á tu mala cabeza, estiman tu
corazón, saben que eres chico listo y de porvenir, y no aspiran á mejor yerno.
Pero eres incasable, está visto. Has de tropezar con una moza traviesa que te
haga ver lo blanco negro. No te digo más, porque es algo desairado el papel de
casamentero de mi propia hermana, máxime no teniendo ésta un ochavo de dote.
Podías imitar mi prudencia, y dejarme en paz con la
chica del casero. Supongo que, después de saber{123} que
rabio por tomar el portante, no reincidirás en la chistosa bromita de que estoy
prendado de esta ternera, como tú le llamas. Maldita la falta que
hace estar prendado de nadie para profesar y sostener principios de elemental
justicia. ¿Qué significan entonces nuestros ideales democráticos, si hemos de
aprovechar la primer coyuntura favorable de escarnecer al pueblo en lo más
digno de veneración, en la mujer indefensa y expuesta por su misma inferioridad
á todo ultraje? ¿Hay cobardía como abusar de criaturas poco más conscientes que
el ganado? ¿No es Maripepa un sér humano, un semejante que excita mayor interés
por lo mismo que carece de escudo social?
Comprendo, Camilo, todo lo que se haga en ciertos
sitios, en ciertos bailes y con ciertas mujeres. Ya barruntan ellas á lo que se
exponen, y no les cogerá de nuevo cosa alguna; si la guerra es poco gloriosa,
al cabo es franca y abierta. ¡Pero asechanzas á Maripepiña, á esta
pobre Margarita salvaje que, por no saber, ni sabe dar al torno! Es igual que
tirar á un conejo atado por las patas ó cazar pollos en el nido. ¿No se subleva
tu generosidad natural con sólo pensar que yo lo consintiese á mi sombra y bajo
mi techo?
Me indignó semejante proceder, y más en el notario,
que al cabo no tiene la disculpa de juzgarse, como el señorito de Limioso,
investido de una especie de poder feudal sobre las mocitas de la comarca. Es
verdad que el notario se lo arroga, en virtud de los manejos de su tío, el
sagastino cacique, y te aseguro que bajo el cetro de papel sellado de estos
tiranuelos locales{124} vive harto más oprimido el
paisanaje infeliz que en tiempos de horca y cuchillo, pendón y caldera.
Da ganas de reir tu aserto de que me inspira celos
el notario. ¡Celos de Maripepa... y de ese pedazo de atún! ¡Cuánto nos vamos á
divertir este año en el Retiro, acordándonos de tales simplezas!
Mira, no te olvides de instar á papá para que me
levanten el destierro. Tengo verdaderas saudades de Madrid; es
decir, no sé si son de Madrid precisamente; el caso es que las tengo. Á medida
que mis pulmones se saturan de aire puro y vital, parece que se me achica la
respiración del alma y que me ahogo por dentro. Ansío no sé qué, doy largos paseos
sin objeto ni fin, ó me estoy horas y horas sentado en el poyo de piedra debajo
de la solana, sumido en una especie de ensimismamiento raro, que debe ser
rezago de la enfermedad. Á veces salto del poyo, y por no saber cómo esparcir
la sangre, trato de escalar la solana; y no estando muy hecho á este género de
habilidades, á poco me rompo la crisma estrellándome en el patio.
Figúrate si me hierve el cuerpo en impulsos de
actividad, que anteayer ayudé á Maripepa á segar, por entretenerme. La ví salir
con la hoz y un aire tan animoso, que me dió envidia, y la seguí al prado. Es
cosa muy linda el prado, sobre todo en este tiempo, cuando su frescura y color
alegre contrasta con la desnudez de los árboles y la aridez del terreno
labradío. Un prado es la infancia de la vegetación, y sin que uno sea borrico,
ni mucho menos, la yerba convida á tenderse, revolcarse y palpar amorosamente
su suave tez{125} de felpa. Me tendí, pues,
dejándome resbalar por el leve talud, mientras Maripepa esgrimía el arma de las
druidesas y apañaba (es el término técnico) todo el verde
posible. Al fin me resolví á servirle de algo, y estuve á punto de llevarme
media mano con la hoz, que corta como navaja de afeitar. La chica se rió de
todo corazón, pues nada le divierte tanto como mi torpeza en cosas rústicas. Me
arrancó el instrumento, y pronto tuvo reunido un haz de yerba que colocó sobre
su cabeza. Apenas se le veía la cara entre aquel marco de verdura, y al andar
la rodeaban las hojas y tallos que iban soltándose y cayéndose, y quedaba en
pos de ella un rastro de briznas de plantas, de simiente de gramíneas, de
florecitas menudas. No dirás que no te doy la razón poetizando á Maripepa. El
asunto merecía un acuarelista que lo fijase en el papel.
Se me figura que parte de este desasosiego mío, de
este no saber cómo matar el tiempo, á la vez que lo engaño con las mayores
niñerías y futilidades, consiste en que los tresillistas me han abandonado,
aprovechando estos días apacibles en sus correrías y cazatas, que ya no me
atrevo á compartir, escarmentado por el mal suceso de la primera. Si no me
escabullo antes, en Enero estoy convidado á la famosa feria del 6, en Cebre. El
notario hará el gasto, y por no llevarnos á su casa de soltero, que la tendrá
sabe Dios cómo, nos obsequiará en la fonda. ¡Debe ser cosa buena la
fonda de Cebre! ¿eh?
Contéstame á escape, dándome siquiera esperanzas de
que saldré de aquí. Creo que el mar político se encrespa{126} y
la balanza se inclina del lado de los tuyos. Seré Juez... y ¡ay del notario
fullero ó del cacique tortuoso é inicuo que me caiga por banda!{127}
DEL MISMO AL MISMO.
Enero.
Sí, ha llegado mi nombramiento; sí, no te acusé
recibo; sí, me hago el muerto, y lo que es peor, deseo estarlo hace algunos
días. ¡Ya soy Juez, Camilo! ¡Amarga ironía de los acontecimientos! ¡La justicia
humana se pone en mis manos el día en que más merezco caer en las suyas... y
acaso en las de Dios!
Camilo, si eres amigo mío de verdad, si quieres un
poco á mi hermana, por ambos afectos te suplico seas discreto y reservado y no
reveles á papás ni á nadie de este mundo palabra de lo que voy á contarte;
porque necesito desahogo, y ya no sé callar más, y porque{128} quiero
que me aconsejes. Tú sueles ver más claro en asuntos de la vida práctica,
aunque yo poseo... poseía, quiero decir, un fuerte instinto de rectitud moral
que en cualquier conflicto me dictaba resoluciones dignas de mí.
Entraré en detalles y referiré cómo se encadenaron
sucesos que acaso explican, sin disculparlas, mis locuras. ¡Maldita sea la
feria de Cebre! Escucha, escucha, verás cómo empezó la broma que tan cara me
cuesta.
La mañana del día 6 me vestí y acicalé para ir á
Cebre, poniendo algún esmero en mi aliño, porque tras de una larga temporada de
campo, en que el aseo se descuida y se anda sin corbata ni camisola, gusta
volver por los fueros del hombre civilizado, y se experimenta cierto placer al
cortarse las uñas y atusarse el pelo. Vestido ya de piés á cabeza, cabalgué en
el jaco que me traía Manuel, y salí al camino. Estaba la mañanita fresca, y yo,
sintiéndome sano y fuerte como nunca, respiraba con placer el airecillo
picante, y conocía que empezaban á enfriárseme los pies en los estribos. De
pronto oí una voz: «¡Adiós, señorito!» Miré hacia abajo y ví á Maripepa. Al
pronto dudé si la era; tan diferente me pareció de la Maripepa acostumbrada.
¡También ella se había pulido y arreglado á su
modo! Llevaba mantelo negro, liso y muy ceñido, con ancha
cenefa de pana; dengue negro también, recamado de azabache y
sujeto á la cintura con un broche de dos conchitas de plata relucientes; al
cuello, pañolito de seda azul. Su pelo rojo, alisado con agua, tenía{129} al sol reflejos cobrizos, y su tez, á fuerza,
sin duda, de fricciones, ostentaba un brillo de juventud; las pecas satinaban á
trechos el cutis tostado, y los ojos, verdosos, parecían de metal, vistos á la
claridad del día. ¡Cosa más rara!—pensé para mis adentros.—Esta chica no es
fea, al contrario. Reflexión que hice mientras echaba pié á tierra y emparejaba
con Maripepa, cogiendo del diestro el jaquillo.
Ella también llevaba el ternero, destinado á
venderse en pública subasta en la feria; de modo que ternero, jaco, ella y yo
formábamos un grupo que, al ascender el sol en los cielos, proyectó sobre el
camino una sombra grotesca y fantástica. ¿Por qué me fijé en la proyección de
sombra, y recuerdo este incidente entre otros más dignos de memoria duradera?
No sé: lo cierto es que el grupo, visto de aquel modo, resultaba muy
extravagante, y me hizo reir.
Aumentó mi buen humor Maripepa, que me dijo á voces
lo que yo me limitaba á pensar de ella por lo bajo. Con rústicas razones me
aseguró que estaba muy guapo aquel día, y añadió en tono hiperbólico:
—¡Hoy las señoritas en la feria!...
No se explicó más, ni hacía falta, porque la risa y
la mirada dijeron el resto. Homenaje más brutal, más resuelto, más sencillo y
más provocativo á la vez, no se ha tributado á nadie. Un alma inculta, enterita
y sin velos, se asomó á unos ojos del color del follaje, ojos que parecían
espejos de la naturaleza agreste.
He leído que mujeres muy hermosas, entre ellas la
célebre Mad. Récomier, la amiga de Chateaubriand,{130} oían
con gratitud y orgullo los piropos de los soldados ó de los saboyanitos
deshollinadores, en la calle. No soy mujer, ni, como sabes, me he preciado
jamás de chico lindo; pero soy de carne, y reconozco que es muy grato leer en
una cara el placer causado por nuestra presencia. Y este placer apenas pueden
ofrecérnoslo gentes cuya condición social supere á la de los deshollinadores.
Una señorita, ó siquiera una mujer algo educada, cuando encuentra guapo á un
hombre, procura á toda costa que no le salgan al rostro los pensamientos.
Maripepa dió rienda suelta á los suyos, como el niño que ve dulces ó juguetes.
Mirábame de piés á cabeza embelesada, repitiendo con una mezcla de envidia y
codicia:
—¡Ay las señoritas hoy!...
Saboreé un momento aquella admiración candorosa, ó
impúdica, ó como quieras, dejándome llevar á mi vez del gusto de contemplar á
la chica y detallar en ella gracias no observadas hasta entonces: la delgadez
de la cintura, realzada por la valentía de la cadera; la abundancia del pelo
rojo, alborotado en las sienes; y la mucha frescura de la boca. Pero como no
soy tan inocente que no sepa en qué paran observaciones de este jaez, y además,
hasta Cebre, faltaban aún tres leguas, dije á Maripepa unas cuantas palabritas
de broma, para que quedase satisfecha y pagada, y monté de nuevo á caballo,
espoleando á mi jamelgo y perdiendo de vista á la pastora muy pronto.
Cuanto más me acercaba á Cebre, con más bueyes y
cerdos tropezaba, teniendo á veces que pararme por no aplastar inhumanamente
algún marranillo de rosado cutis y finas sedas. El campo de la feria de Cebre
es una robleda frondosísima, que la carretera divide en dos. Cuando llegué, no
se podía literalmente dar un paso: tal era el hervidero de cabezas humanas y
cornúpetas que me rodeaba y oprimía. No he visto cuernos más inofensivos que
los de estas pobres vacas gallegas. Enganchan á un hombre por la cintura, y él
se vuelve muy tranquilo y los desvía con la mano. Sin embargo, como estaban tan
apiñados, las astas y la gente me oponían una muralla casi infranqueable, y ya
renunciaba á pasar, cuando ví de lejos al notario y al señorito haciéndome
señas. Guié hacia la izquierda, y conseguí salir á sitio de más desahogo.{132}
En un redondo campillo, donde clareaba la robleda,
nos pusimos á pasear, después de que un chicuelo se llevó mi rocín para
buscarle acomodo. Empeñóse el notario en darme de refrescar inmediatamente,
y trajo de su casa, próxima al campillo, una botella de tostado,
vino de pasa muy estimado aquí, y unas rosquillas exquisitas, que se conocen
por melindres. Entre el mosto y el tostado se
compondría un vino racional, pues lo que á aquel le falta de azúcar, le sobra á
éste; bien que se asemejan en carecer ambos de alcohol, razón por la cual
el tostado embotellado suele volverse, al cabo de algunos
años, una bola de azúcar. No sé por qué te cuento tales menudencias; creo que
los detalles del día fatídico se me incrustaron en la memoria; además, hace muy
al caso referir todo lo que me dieron y pudo contribuir á embargar mis
potencias.
Sin tener exceso de alcohol, el tostado me
alegró y me infundió cierta animación desusada. Presentóme el señorito á tres ó
cuatro señoritas que se paseaban por allí en pelo, con flores en la cabeza y
vestidos que me parecieron, no sé explicar el por qué, anticuados y
pretenciosos. Antes de mi presentación, las señoritas reían á carcajadas y se
pellizcaban unas á otras; pero la llegada de mi madrileña persona les echó un
jarro de agua, y quedáronse como en misa. Traté de reanimar su buen humor,
envidiando de veras el tuyo, que me vendría de perlas allí; ¡esfuerzos
inútiles! las niñas creyeron interesado su amor propio en aparecer graves y
espetadas, y me preguntaron por las bodas de la Princesa de Baviera y otras
menudencias cortesanas,{133} como si yo fuese gentilhombre
de casa y boca y anduviese metido en tráfagos palaciegos. Mi empeño de
traer la conversación á un terreno más actual y menos elevado, sólo consiguió
que languideciese; y después de convidar á rosquillas á aquella aristocracia
montés, nos apartamos del grupo, no sin que el notario me diese al codo
repetidas veces, señalándome maliciosamente á una de las señoritas, que tenía
voz gruesa y presencia varonil.
Vagamos por la feria, admirando alguna yunta de
bueyes superior, algún marrano de desmesurados lomos y corto y enroscado rabo
(son los preferidos), y alguna vaca gran lechera; no se nos pegaron moscas de
caballo, ni nos picaron tábanos, por ser invierno; pero nos empujaron sin
compasión, oímos las disputas y el regateo encarnizado, y como iba aburriéndome
más de la cuenta, oí con gusto la noticia de que era hora de comer.
Entramos en la fonda por la
cocina, llena de gentío y ruido, con piso de tierra, y nos dieron arriba la
mejor habitación, una salucha independiente, donde nos sirvió una moza sucia,
desgreñada y fea, á quien el notario acribilló á bromas como suyas. Si
estuviese yo de humor de descripciones largas, te diría la brutal abundancia
del banquete, la compacta sopa de fideos azafranados, el cocido monstruo, con
sus moles de tocino y carne y sus chorizos derramando por las brechas de la
tripa roja grasa, el asado de lomo capaz de mantener á un regimiento, el océano
de papas de arroz; dándote á conocer asimismo el plato clásico{134} de
las ferias, el pulpo curado y cocido, tras del cual se chupan aquí los dedos. Y
no dejaría de divertirte si te refiriese nuestra conversación, donde entre
bocado y bocado averigüé los fastos de las señoritas de la feria, y supe que la
gruesa monta caballos en pelo y tiene á prevención el revólver debajo de la
almohada, por si asaltasen ladrones el solariego palomar, mientras la chiquita
es poetisa y hace versos á los estudiantes que pasan las vacaciones en Cebre,
lo cual sugirió al notario y al cura, entre mil tonterías, algunas agudezas que
me hicieron reir con toda mi alma.
Mas lo que importa á mi cuento, es que el notario
trajo de su casa hasta media docena de botellas de tostado, que
aunque suave y dulzón, unido al vino común, al ruido, a la risa y á los
cigarros, me produjo inexplicable aturdimiento. Sentí crecer en mí la vida
orgánica, y me ví libre de la eterna presencia del pensamiento, compañero serio
y moderador al fin. Puse los piés sobre la mesa, me eché atrás en la silla,
declamé y canté algunas canciones de zarzuela y trozos de ópera, todos tiernos
y apasionados. Porque quítale el freno de la reflexión á un muchacho de mi
edad, y claro está que se desborda el torrente amoroso que, más ó menos
aprisionado, ruge en el fondo de todas las almas. Si la maritornes que servía
tuviese rostro humano, creo que le abriría los brazos.
No los brazos, pero una ventana, abrió el cura, y
el fresco empezó á calmarme y á recordarme que tenía que volver á la Fontela
antes que anocheciese del todo. Ví el cielo gris, y me pareció que amenazaba
lluvia.{135} ¡Yo me había venido sin el
impermeable! Al punto envió á su casa el notario por una prenda que aquí se usa
mucho: la capa de paja. Estos impermeables rústicos dan excelente resultado,
pues sobre la superficie de las pajas resbala el agua, sin que entre una gota:
nada pesan, y aislan por completo de la humedad: tienen capucha y cubren todo
el cuerpo.
Preservado de la contingencia de la lluvia, envié
delante de nosotros á un chicuelo con mi jaco, sobre cuyos lomos iba terciada
la famosa capa, y el cura, el señorito, el notario y yo emprendimos á pié la
ruta, quedando ellos en acompañarme hasta cosa de un cuarto de legua de Cebre y
regresar en seguida por si descargaba el aguacero. Poco nos alejaríamos del
pueblo cuando observé que caminaba delante de nosotros una mujer, y conocí á
Maripepa, libre ya de la compañía de su becerrillo, que había vendido de seguro.
Entretenido en la conversación del cura, y algo aturdido todavía por los
efectos del tostado, yo andaba descuidadísimo; pero noté que el cura y el
señorito se hacían señas y se fijaban en un punto del horizonte, y ví con
sorpresa que el notario no estaba con nosotros. Miré en derredor, y no le
divisé por parte alguna. Todavía me parece estar contemplando el paisaje,
teatro de la escena que sucedió después.
Teníamos á la derecha un barranco, en cuyas laderas
crecían tojos y retamas, y cuyo fondo era una especie de cantera de pizarra,
ahondada quizás por los peones camineros para acogerse allí ó para rellenar la
caja de la carretera. Á la izquierda oscurecía sus{136} sombras
un pinar, plantado enteramente á orillas del camino, y del cual nos separaba
tan sólo la zanja de una cuneta poco profunda.
De este pinar, á diez pasos de distancia, oí salir
gritos, bárbaras risas, el tragín de una brega, algo como la corrida de una res
por entre la hojarasca y la maleza tupida. Oirlo y lanzarme al lugar de la
escena para mí invisible, fué simultáneo casi. Desvié arbustos, crucé zarzales,
que me arañaron las piernas, y hallé en el mismo lindero del bosque á Maripepa,
lidiando con el notario á brazo partido, protegida por los troncos, que le
servían de parapeto, trinchera y burladero. Sin vacilar me precipité á defenderla,
cogiendo del cuello de la americana al agresor y obligándole á hacerme cara;
pero el demonio, ó el tostado, que será lo más cierto, le impulsó á descargarme
una valiente puñada en la mandíbula izquierda, que me dolió, no allí, sino en
el alma, con dolor desconocido hasta entonces. No era aquello un bofetón, ni
por el propósito, ni por el hecho; mas, al fin y al cabo, era la diestra de un
hombre en mi rostro, y todos los instintos bárbaros y cruentos, de los cuales
he abominado mil veces en mis lucubraciones filosóficas, que he maldecido y
anatematizado en nombre de la razón, se despertaron como una jauría, y me
aullaron dentro con feroces aullidos. Sin acordarme de la diferencia de fuerzas
físicas, arrojéme al notario, y él, echando fuego por ojos y mejillas, se
abrazó también conmigo.
Maripepa entretanto gritaba, y yo oía sus gritos
como en sueños, porque sólo atendía á saciar el repentino{137} arranque
de mi rabia. Sujeto entre los forzudos brazos del notario, únicamente me
quedaba libre la cabeza, y me serví de ella de un modo singular; siendo más
alto que mi adversario, le dí con la barbilla tan fuerte y traidor golpe en la
vara de la nariz, que el horrible dolor le hizo aflojar los miembros, y pude,
recobrado ya el uso de las manos, descargarle un bofetón que me alivió el
pecho, vindicando mi honra, según supuse. La vindicación me apagó
los instintos bélicos, y salí corriendo á la carretera.
Tras de mí, á manera de jabato perseguido, salió el
notario; el señorito y el cura se metieron entre los dos para evitar que se
enredase el lance. Al señorito todo se le volvía exclamar, consternado:
—Señores... señores... don Joaquín... á
sosegarse... á sosegarse...
—Es que el señor... es que el señor me...
me...—murmuraba con ahogada voz el notario.
Su lengua, trabada por el vino y la cólera, no
acertaba á pronunciar más palabras. Su ademán de reto me trastornó la cabeza, y
desasiéndome de los brazos del cura, fuí derecho á mi adversario. Éste tenía la
corbata torcida, saltado el botón de la camisa y más encrespadas que de
costumbre las cerriles guedejas. ¡Estaba tan feo, Camilo, que me olvidé de que
era un semejante! Temí sus brazos de oso, su fuerte musculatura, la vergüenza
de una derrota; me bajé y más pronto que la chispa eléctrica, cogí una piedra,
quedándome con ella oculta en el hueco de la mano. Él cayó encima de mí como
una pesada mole, y me impulsó{138} al borde del
barranco. Sentí acortárseme el aliento bajo la presión de sus vigorosos
músculos, y recibí en la nuca una recia contusión. Descargué la mano donde
pude, hiriéndole, según creo, en la clavícula. Se desplomó y rodó á tumbos
hasta la cantera, empedrada de fragmentos pizarrosos.
Me quedé entonces súbitamente sereno, asombrado de
mi victoria. Mi diestra se abrió soltando el arma, en mi entender homicida. Mis
ojos dilatados registraban la cantera. Ya el señorito, medio á gatas, ayudado
por su pericia de cazador, bajaba al fondo. Expuesto á matarme lancéme tras él,
y el cura nos siguió buscando una veredilla practicable.
Mi víctima yacía de bruces, y tuve un momento de
miedo y agonía, porque su postura era como de cadáver y su completa inmovilidad
autorizaba la conjetura de la muerte. Pero al acercarme, al levantarlo, percibí
su agitada respiración: el oso casi gruñía. Estaba imponente, con sus ojuelos
cerrados, su negra barba llena de polvo y astillas de pizarra, su traje roto y
manchado, y la poca epidermis que solía verse de su rostro y que siempre
aparecía rubicunda y florida, más pálida ahora que la de un difunto. No obstante,
fué inmensa mi alegría al cerciorarme de qué alentaba, al incorporarle y ver
que se tenía de pié sin fractura de miembro alguno, al oir de sus labios, que
se abrieron lánguidamente, estas frases inverosímiles:
—Usted me ha de perdonar, don Joaquín... Un pronto
lo tiene cualquiera... No se moleste, me sostengo bien yo solo... ¡Ayyy!!{139}
Te juro, Camilo, que no invento palabra. Las
primeras de aquel bárbaro fueron así, ni más ni menos; puedes estar seguro de
que no pongo ni quito un ápice. El ¡ayyy!! lo dió llevándose la mano á la
clavícula, donde de fijo le mortificaba una horrible magulladura, dolorosísima
por ser en parte semejante.
Si yo tuviese al notario por un gallina, no me
sorprendería su conformidad. Lo raro es que he visto á este hombre dar indicios
de valor, y he oído contar de él batallas electorales que prueban que no es
manco. Me expliqué tan extraña sumisión, ó por el molimiento de la caída, ó por
la injusticia de su causa, que le abatió el ánimo. El caso es que el orgullo de
verme victorioso sin ser homicida; el placer de subyugar á un contrario que
tiene diez veces más fuerza que yo; la novedad de la situación, dado mi carácter
pacífico, todo ayudó á infundirme gozo y vanidad, sin que pensase en los
recursos, no muy leales, á que debía el triunfo. Empecé á preguntar á mi
vencido adversario, con insultante protección, si se había hecho mucho daño, y
dónde le dolía. Saqué el pañuelo y le sacudí la tierra y los fragmentos de
pizarra que tenía pegados al cabello y á la ropa; y mientras, ayudado por el
señorito y el cura, subía trabajosamente del barranco á la carretera, yo trepé
solo, animado, hecho un Cid.
¿Y la doncella, origen del formidable paso de
armas? dirás tú. Miré á todos lados y no la ví, ni rastro de su persona: supuse
que había huído aterrada con la presunta muerte del malandrín follón. Éste notó
mi{140} ojeada circular, y con sonrisa entre
resignada é irónica, me dijo en voz flaca todavía:
—No se apure, don Joaquín, no se apure, que
parecerá la chica... Al paso del jaco pronto la coge usted, aunque no tiene
malas piernas... Ella esperará, esperará: así esperasen las liebres... Y otra
vez...—añadió tendiéndome por despedida la mano—otra vez, cuando las cosas
importen, avisar á los amigos... que es mejor que andar á trastazos!
—Eso es verdad—murmuró el señorito con silenciosa
sonrisa.
—Cierto, sí señor, la amistad es lo primero; y
ahora hagan las paces—exclamó cordialísimamente el cura, empujándonos á los
brazos el uno del otro.
¿Qué había yo de contestar, ni á qué meterme en
explicaciones ociosas, ni creíbles ni creídas? Estreché cariñosamente al que no
hacía media hora trataba de ahogar, y terminó con un abrazo de Vergara la
contienda que pudo parar en fratricidio.
Tú, que no ignoras mi horror al derramamiento de
sangre, comprenderás si respiré libremente cuando, al trotecillo del jaco, y
protegido por la capa de paja, me desvié buen trecho del teatro de la aventura.
Iba declinando el día y caían unas gotas menuditas, présagas de otro aguacero
más fuerte. De pronto pegó mi rocín una huída de costado, y se alzó de una
piedra una figura humana. Conocí á Maripepa, refrené la montura, y por instinto
busqué en el rostro de la muchacha la expresión del reconocimiento que debía
inspirarle su salvador, y el gusto de verse redimida; pero{141} ella,
lejos de mostrar júbilo, con mucha tristeza empezó á decirme que estaba
servida, que llovía y que hasta la Fontela iba á echarse á perder su traje
nuevo.
—¿Quieres mi capa de paja?—le dije.
—¿Por qué no me lleva en el caballo?—contestó ella,
oponiendo pregunta á pregunta, según costumbre del país.
—Pero ¿cómo, chica?
—Córrase un poco atrás, señorito.
Retrocedí en el ancho campo del albardón, y ella,
apoyando en el arzón la palma de la mano, pegó un brinco y quedó sentada á
mujeriegas, muy cerca del cuello del rocín. Sin soltar de la izquierda las
riendas, la rodeé el talle con el brazo derecho, extendí hacia delante la capa
de paja, para que la abrigase también, y bajo aquella improvisada choza, nos
encontramos aislados y juntos.
Comenzó otra vez la caminata. El jaco, mohíno con
su carga doble, andaba despacio, á trancos: anochecía, y el acompasado ruido de
la menuda lluvia resbalando sobre la lisa superficie de las pajas, era lo único
que turbaba el silencio de la vereda solitaria y el sopor de la naturaleza. El
peso del cuerpo de Maripepa gravitando sobre el mío, el contacto de nuestras
cabezas y del brazo con que por necesidad la oprimía un poco para sostenerla,
comenzaron á marearme y á renovar pensamientos que antes creí debidos á la
aromática embriaguez del tostado. ¿Qué misterioso atractivo, qué
calor dulce, qué extraña electricidad se desprende de la mujer joven, que así
nos turba y fascina, por más{142} que resistamos?
En vano intentaba sustituir la valla material que no existía entre Maripepa y
yo con mil vallas morales, midiendo y aun exagerando la distancia que va de una
aldeana tosca, zafia, ignorante, pastora de ganado, á un hombre que presume de
culto, que ha leído, ha estudiado y meditado un poco, y aspira á ocupar decoroso
puesto en la sociedad. Así como el muy sediento bebe ansioso aunque el vaso no
sea de cristal fino, ni el agua fresca y purísima, yo, trastornado por la
peligrosa proximidad, no conseguía representarme á Maripepa aborrecible ó
repugnante. Bien dicen que el que quita la ocasión, quita el pecado. ¿Quién
habrá discurrido, pregunto yo, este modo de viajar que aquí se estila?
Quiero abreviar, Camilo, y contarte aprisa lo poco
que ya te falta por saber, ó mejor dicho, lo que habrás adivinado. No estaba la
muchacha de humor de renovar las recientes proezas del pinar; antes parecía
que, lejos de rechazarme, se pegaba á mí como la goma al árbol. Dos ó tres
exclamaciones, una risa sofocada; á eso se redujo su protesta cuando empecé á
perder pié familiarizándome. Entre tanto, el jaco, dándome ejemplo de
formalidad, caminaba sosegadamente, pero seguidito,{143} y
puesto que era noche cerrada, me fié en su instinto seguro, y después de
recorrer caminos hondos, tropezando en los altibajos y zanjas abiertas por las
ruedas de los carros del país, paramos al cabo en la Fontela. Aún había
salvación para mí si la puerta de la bodega se abriese y Maripepa se acogiese á
sus cubas; por desgracia era muy tarde y de fijo dormían todos: no se oía ruído
alguno, ni se veía luz; hasta ni ladró el perro, que olfateaba á sus amos, sin
duda. Metí al jaco en el cobertizo, y como tenia la llave del piso alto en el
bolsillo y el diablo en el cuerpo, hice subir á la chica.
Volví en mi acuerdo, cual suele ocurrir en
situaciones análogas: pronto para sentir el yerro, y tarde para evitarlo. ¡Qué
impresión experimenté! Vergüenza, remordimientos, compasión, horror de mí
mismo, abatimiento profundo. Aunque mi mayor deseo sería quitarme de delante á
Maripepa, testimonio viviente de mi caída, comprendí la inhumanidad de echarla,
y huyendo del dormitorio me salí á la ancha sala, en cuyo oscuro recinto dí
vueltas y más vueltas, tratando de recobrar un poco de sangre fría y adoptar alguna
medida prudente. Por fin me alarmó el silencio que imperaba en el dormitorio,
y, temeroso de que Maripepa se hubiese desmayado ó cosa parecida, entré. Á los
piés de mi cama, tendida en el duro suelo, sirviéndole de almohada una cesta
boca abajo, y de cabezal su negro dengue, Maripepa dormía á sueño suelto!
La miré atónito. No era aquella la primera vez que
descansaba así; lo había hecho varias durante mi enfermedad.{144} Entonces,
como ahora, parecía un can doméstico, satisfecho del humilde lugar que ocupaba
y ageno á pretender otro más alto; para ella eran iguales el pasado y el
presente: ¡cuán distintos ya para mí! Al mirarla dormir con tan ciego descuido
y abandono, se aclararon mis ideas y entendí lo villano de mi conducta. ¡Pensar
que aquella tarde estuve próximo á hacerme reo de homicidio porque otro intentó
lo que yo realicé después á mansalva, amparado en cierto modo por mi autoridad
de amo de una pobre criatura! Es cierto que yo la encontré tan propicia como
rehacia el notario; pero eso no me disculpa, pues debí respetar la sencilla
inconsciencia de una paisana candorosa que deja transparentar en sus ojos lo
que las señoritas del pueblo encubren á todo trance.
¡Qué modo de dormir! Y estaba casi bonita. Su
cabeza roja relucía sobre el dengue, y sus hombros desnudos eran blancos y
llenitos, contrastando con la garganta morena, tostada por el sol y el aire. El
resto del cuerpo no se veía, por cubrirlo el extendido mantelo.
Respiraba con igualdad; tenía la boca abierta, y su postura era natural y
graciosa, á pesar de la dureza del lecho. Reparé que le colgaba del cuello un
cordón, y del cordón una mano chiquita de azabache dando la higa: talismán ó
amuleto muy usado aquí. Su rostro no estaba ni plácido ni descompuesto: estaba
como cerrado á toda expresión por un sueño reparador y total.
No era cosa de despertarla ni de pasar la noche en
pié. Me arrojé sobre la cama vestido, y apagué el velón{145} de
aceite. No pegué los ojos, y entre el silencio nocturno escuché toda la noche
un soplo suave, la respiración de mi víctima. Al amanecer me levanté sin hacer
ruido y salí á vagar por el campo.
Á la tarde vino de la cartería de Naya Manuel, que
acostumbra traer el correo, y me entregó tu carta, por donde sé que ya soy juez
y puedo administrar justicia!{146}
DEL MISMO AL MISMO.
Febrero.
No insistas, Camilo, no porfíes; es imposible que
siga tus consejos cuando, cegado por el interés que te inspiro, te empeñas en
que me porte indignamente á sangre fría. Si fuí delincuente una vez, me
disculpan algunas cosas: el ardor natural de la juventud, el tostado,
la ocasión y lo demás que sabes; pero en el día, después de reflexionar
maduramente, de dar espacio al pensamiento, no puede ser que yo consienta en
una infamia.
«Lárgate, vente á escape,» me dices y repites sin
cesar. Pues yo te contesto que no sólo no me largo, sino que he resuelto
quedarme aquí y reparar mi delito cumpliendo como hombre honrado y decente.
Más que te hagas cruces, más que me trates de
imbécil, no puedo ocultarte que he determinado casarme con Maripepa. Ahórrame
todas las reflexiones que adivino, que ya me hice á mí propio. Sólo te
opongo á priori un argumento; ponte en el caso de que Maripepa
fuese tu hermana ó tu hija: ¿qué me aconsejarías entonces?
Antes que tú lo digas, diré yo que esta unión es
desigual con la peor de las desigualdades, la intelectual, la de educación,
procediendo del azar que nos{147} reunió como se
reunen un segundo dos bolas de billar para una carambola; que disgustaré
horriblemente á mis padres, sobre todo á mi pobre madre, tocada de la
disculpable debilidad de creer que esta borrosa piedra de armas de la
Fontela nos sube más arriba del nivel de la clase media y
nos mete de patitas en la aristocracia; que la mitad del mundo se
reirá de mí, y la otra mitad nos mirará á entrambos por encima del hombro. Ya
sé todo eso, y mucho más. Lo he pesado, y lo he aceptado. Será mi expiación
cargar con tan terrible peso; porque al dar á Maripepa mi nombre, no la he de
esconder como se esconde una úlcera; la he de presentar donde yo me presente, y
donde me reciban á mí habrán de recibirla á ella, y donde la echen, saldremos
ambos por la puerta misma. Me arrojo á perpetua lucha con mi familia, con la
sociedad; adelante: lucharemos, Camilo; sóbranme fuerzas para luchar con el
universo, no con mi conciencia acusándome de la más fea alevosía.
¿Quién sabe hasta dónde llegan las consecuencias de
mi atentado, y qué género de crueldad cometería yo si ahora volviese las
espaldas á mi víctima?—¿No se te ha ocurrido, Camilo, esa idea? Á mí sí, y
desde el primer instante. No hay más que un modo de solventar las deudas:
pagarlas. Y puesto que me nombran juez, ¡qué diablo! lo menos que puedo hacer,
es empezar á administrar justicia en mi propia jurisdicción.
Lo más difícil de mi tarea serán dos cosas:
convencer á papás y educar un poco á Maripepa. Esta flor{148} silvestre,
que he pisoteado en momentos de alucinación, está pidiendo cultivo. Me
consagraré á dárselo, así derroche toda mi paciencia en el fastidioso oficio de
pedagogo. Respecto á mis padres, si algo me quieres, si algo puede contigo una
súplica mía, empieza á prepararlos mañosamente, á dorarles la píldora (si cabe
oro en píldora tan gruesa y amarga) y á inculcarles la rectitud que late en el
fondo de mi desusado proceder. Jamás me atreveré á escribírselo redondamente.
Conviene que vayan acostumbrándose poco á poco. Á Matilde, que es buena, dile
tú que le ruego encarecidamente no se burle ni se avergüence de su cuñada, si
no quiere hacer sufrir mucho á su hermano.
Nada he dicho todavía de mis planes á Maripepa.
¿Creerás que la pobrecilla vino dos ó tres noches á tenderse en el suelo al pié
de mi cama, lo mismo que si hiciese la cosa más natural del mundo? Algo
tembloroso y sin saber qué decir, la envié á sus cubas. Me pareció que iba
triste, pero no enojada. Me miró con cándida sorpresa, y yo no pude menos de
prodigarle algunas caricias.
Lo dicho. Prepara á mis padres, y entérame de lo
que vayas adelantando.{149}
DEL MISMO AL MISMO.
Febrero.
¿Que estoy enamorado, ciegamente enamorado? No diré
tanto, no; pero se me figura que voy interesándome un poco, justa recompensa de
mi conducta. Si aborreciese á Maripepa, haría lo mismo que pienso hacer, no lo
dudes; sólo que, naturalmente, me costaría más trabajo. La chiquilla se muestra
tan dócil, se me arrima tan cariñosa como un perro manso, me escucha con tal
atención y me obedece con tal pasividad, que mi alma, que no es de bronce, va
ablandándose, y no me ruborizo de quererla.
De noche sabes que la envío á su bodega, pero de
día correteamos por el campo. No le consiento que vaya descalza; le he dado
dinero y le han traído de Cebre zapatos á pares y medias morenas y gordas;
empiezo á civilizarla por los piés, y no es lo menos difícil. Así y todo,
cuando tenemos que atravesar charcos ó trepar por altos, vallados y portillos,
Maripepa da al diablo el calzado y reniega de las medias. En el soto, ella me
busca setas comestibles, me trae plantas que yo diseco para enviar á Matilde,
recoge leña menuda, y así que lía el haz, se viene á tumbar en la hierba y
apoya la cabeza en mis muslos. Le revuelvo el pelo con los dedos, calculando
qué efecto hará esta crin roja cuando Maripepa se vista de seda{150} negra, modestamente, como conviene á la esposa
de un juez. ¿Llegará Maripepa á ser una mujer medio presentable? Quisiera
comenzar por el principio, enseñarle á leer y escribir; pero, ¿quién pone
escuela en medio del monte? Ella me escucha gustosa cuando le explico (lo mejor
que puedo) algo de los usos y costumbres del mundo que no conoce; veo, sin
embargo, en la tenaz oscilación de su cabeza, en la dilatación de sus pupilas
verdes, un vago asombro incrédulo que no sé cómo disipar. Maripepa se cree un
juguete en mis manos, se presta al juego, pero no se deja embobar tomándolo por
lo serio. Piensa que le digo todo al revés, que la engaño, que me divierto con
ella; no se enfada, porque juzga que sólo sirve para eso, para entretenerme un
rato; mas ni logro persuadirla ni hacer que se dedique á ningún estudio formal.
Un día, con un palito aguzado y poniéndole el
modelo, le hice trazar letras sobre una peña entapizada de musgo. Llegó hasta
la H, y no hubo quien la hiciese pasar de ahí. Le chocó la forma de la H, y
estuvo haciendo haches un rato, después de lo cual alegó que
no sabía, que no podía, que se cansaba. Y fué imposible convencerla ni sacarla
de su salvaje obstinación.
Como hay un lenguaje que los dos entendemos, aunque
lo hablamos de distinta manera, se distrae uno en las lecciones y falta la
constante voluntad de aprender en el maestro y en la alumna. Además, la
naturaleza es cómplice de esta falta de energía para el estudio. Nos vamos
acercando á Marzo: días hace que en los linderos embalsaman el aire las
violetas; un hálito{151} templado corre á veces por
el bosque; las aguas del río se estremecen blandamente, y á mí el corazón me da
involuntarios saltos de alegría. Me encuentro tan sano, tan fuerte con esta
vida silvestre y libre; la comida frugal me sienta tan bien; la respiración y
la circulación son tan normales y concurren tanto al bienestar del cuerpo; la
conciencia del deber cumplido me llena de tal modo el alma, que me entrego sin
reparo á una felicidad inexplicable, instintiva, sólo turbada por el
pensamiento de lo que dirán mis padres y la idea de que tú no acabas de
resolverte á indicarles cuánto pasa.
Sólo los días de lluvia me abato un poco. Maripepa
me agrada más por los montes, ágil como una cabra, en contacto con el aire y el
sol, que en la cocina ó en el banco, á mi lado, pero aburrida, sin saber qué
hacer de las manos y acabando por dormirse de bruces sobre la mesa. No hay de
qué tratar, se acaba la conversación y viene el fastidio inevitable. Así es que
procuro aprovechar el buen tiempo y gozar de la primavera cuando apenas asoma;
voy con Maripepa al prado, al pastoreo; la veo amasar el pan de maíz, coger
leña para el horno, y aun cavar la huerta y arrancar y trasplantar la legumbre.
Sólo me opuse á que trajese un haz de tojo. Verle cortar los espinosos troncos,
cogerlos con la horcada, hacerse tal vez mil heridas, me sublevó. Valiéndome de
mi autoridad, dispuse que Manuel recogiese el tojo.
Aquel día también recuerdo que le pregunté á la
chica:{152}
—Maripepa, ¿qué dirías si yo me casase contigo?
Contestóme solamente:
—¡Ay qué señorito!!
Esta sencilla exclamación, y las inflexiones de la
voz, acompañadas del mirar y del reir, me hicieron comprender que Maripepa
creerá más fácilmente que el río Avieiro rueda vino, en vez de agua, que yo
sueñe en darle mi nombre en los altares. Ni se le pasa tal cosa por las
mientes. Para ella todo esto es una diversión, una especie de romería á que
concurre, y en donde baila, sabiendo perfectamente que al otro día ha de volver
á sus duras faenas y á su vida miserable.
Lo que casi me da vergüenza decirte, es que, en mi
concepto, el padre se ha enterado de todo y se hace el desentendido. Apenas le
vemos, pues anda en labores distintas de las de su hija, y va mucho á Cebre á
vender centeno al menudeo y á llevar vino á la taberna; pero cuando por las
tardes nos encuentra regresando de nuestras expediciones, su sonrisa parece más
aguda y socarrona que de costumbre. Además ha venido, en dos ó tres ocasiones,
á pedir rebaja del arriendo, pretextando las malas cosechas, el cultivo cada
día más caro y difícil, el aumento de precio de los jornales, el coste del
azufre que se emplea en sanear las viñas, etc., etc. Le prometí escribir á
papá, y no lo hice; á fin de reparar mi deslealtad de algún modo, le he
prestado treinta duros; un caudal para mí; con él comprará unos bueyes. ¡Mis
ahorros de la temporada! Bien sabe Dios y sabes tú que en mi casa no se tiran,{153} no se pueden tirar treinta duros. Ya adivino que
no les veré el pelo. Es lo que menos me importa. He regalado además un vestidito
de percal á la niña pequeña, y hasta al bárbaro de Manuel una navaja. ¡Pobre
gente! Quiero tenerlos propicios, para que no mortifiquen á Maripepa ni vean en
mí un señorito tirano, de los que aún creerían favorecerlos dignándose darles
un puntapié.
Hará tres ó cuatro días sucedió un incidente, que
al pronto me ha disgustado. Era por la tarde, hacía un día sereno y hermoso,
aunque el cielo estaba encapotado; Maripepa y yo nos hallábamos en la era, bien
agenos á que nadie viniese á perturbar nuestra soledad. Á un lado de la era,
plazoletilla redonda y rodeada de un seto de zarzas y arbustos, se levanta el
hórreo, sostenido en cuatro pilastras de granito y rematado por una tosca cruz
de madera pintada de rojo. Súbese al hórreo por una escalerilla de mano, y
Maripepa, bajando y subiendo, había sacado de él buena cantidad de habichuelas,
que iba desgranando sobre un paño limpio. Yo, tendido en el suelo, me divertía
en hundir las manos en las habichuelas, blancas, encarnadas ó caprichosamente
pintarrajeadas de colorines. Después se me ocurrió la sandez de tirárselas á la
cara á Maripepa, y ella, que primero se contentó con sonreir y llevar la mano
al sitio donde el proyectil caía, fué animándose, y en el calor de la broma me
lanzó dos ó tres al cogote, pues yo estaba panza abajo. Medio me incorporé y le
sujeté las muñecas, parando en abrazo lo que empezó bombardeo. De repente me
quedé frío,{154} porque de detrás del hórreo salió
una figura negra, aunque juvenil. ¡El cura!
Le ví de improviso y comprendí que nos había visto
también, y que estaba entre cortado y burlón. Me puse de pié y le hice todo el
agasajo compatible con mi turbación, que era grande. Hallábame realmente mudo y
abochornado: Maripepa no sé, porque se aplicó á sus habichuelas. Me cogí del
brazo del cura para disimular, y él empezó á darme disculpas de no venir en
tanto tiempo á visitarme; había tenido un catarro, había ido á Pontevedra á
buscar un pintor que le pintase el retablo; había hecho una novena. Yo le oía como
en sueños, pensando en lo que pensaría él. Al fin, con una de esas resoluciones
que solemos tener los tímidos, me lancé y abordé la cuestión de frente,
narrándole todo lo sucedido y participándole mi propósito de reparar la
cometida falta. Experimenté una especie de desahogo al confesarme así. Todo me
animaba á ser franco: la profesión del oyente, su juventud, su carácter alegre
y conciliador, su verdadera bondad infantil.
¡Asómbrate, Camilo! Esperaba del cura, no la
absolución, que no iba yo tras ella, sino una palabra de estímulo, un caluroso
apretón de manos, un «bien, procede Vd. como hombre honrado, así me gusta; si
todo el mundo hiciese lo mismo, no andarían las cosas como andan.» No soy
insensible á la opinión de mis semejantes, y hasta donde cabe busco su
simpatía; además, parece que un sacerdote está obligado á alentar ciertas
resoluciones, cuando no á inspirarlas. ¡Pues{155} asómbrate,
indígnate, mira lo que hacen de la moral de Cristo estos ministros suyos!
Masticó, entre burlas y veras, dos ó tres frases que sonaban más bien á
desagradable sorpresa que á otra cosa; y después, con reposados meneos de
cabeza y muchos golpecitos de la palma de la mano en el bolsillo del chaleco,
me dijo que no me resolviese tan aprisa, que estas cosas deben mirarse y
pensarse despacio, que al fin el casamiento es para toda la vida, que la
prudencia es una excelente compañera, que las determinaciones precipitadas se
lloran después, que ante todo le parecía regular consultar á mis padres en
persona, caso de querer dar un paso tan decisivo; y por último, que
reflexionase.
—¿Hay otro medio de reparar mi falta?—le pregunté.
—Psh...—me replicaba él—falta, falta... eso de
falta... Falta, sí... El diablo lo enreda, Vd. es muchacho, ella rapaza, y el
fuego junto á la estopa... Ya se ve... Pero prudencia, amigo, prudencia, nada
de determinaciones arrebatadas... No le ha de faltar tiempo para realizar ese
acto de honradez que Vd. dice... Poco pierde usted con esperar.
—¿Y su honra comprometida?
—¡Bah! ya sabe Vd. que aquí en las aldeas no es
como en los pueblos... Vd. acompaña á una señorita, pongo por caso, va con ella
dos veces al paseo, la visita tres... cátala ya en lenguas de todos, y
perdiendo, si se ofrece, una buena colocación... Pero estas rapazas, no señor.
Lo mismo se casan teniendo una historia, que no teniéndola. En fin, D. Joaquín,
Vd. no es ningún chiquillo... Piénselo...{156}
El egoísmo, la flaqueza humana, las transacciones
hipócritas y cobardes con el deber hablaron por boca de este hombre, que
debiera fortalecerme y predicarme la moral más austera y pura. Casi llegué ¡qué
bochorno! á sonrojarme de mi leal propósito y á juzgarme un ridículo Quijote.
Afortunadamente, así que el cura se marchó, me rehice y de nuevo templé el alma
para seguir la línea recta. He decidido quitarme á mí propio todo medio de
proceder mal, adelantando la boda. Ea, Camilo, valor, y anúnciaselo definitivamente
y sin rodeos á mis padres, pues es irrevocable mi determinación ya. Sólo así,
de golpe, se realizan ciertas cosas necesarias.{157}
DEL MISMO AL MISMO.
Marzo.—Pontevedra.
¡Ah, Camilo! Hoy sí que te escribo corrido y
avergonzado, y lo hago para que al llegar á esa no me hables ya palabra del
asunto y olvides el contenido de esta carta. Á la menor guasa, al menor indicio
de que quieres aludir á mi historia ó burlarte de ella, dejaríamos de ser
amigos para siempre. Lee, pues, estas páginas y rómpelas, rompe ó quema toda mi
correspondencia de este invierno.
Por la fecha de la carta comprenderás que ya no
estoy en la Fontela. He venido aquí á tomar el billete para llegar á esa por la
vía de Portugal. De modo que, veinticuatro horas después de leer mis letras, me
tendrás á tu lado y calmaré el disgusto de mis padres, haciéndoles creer
(cuento contigo para el caso) que todo fué una pesada broma
que quise darte, y á la cual tú prestaste fe.
Abreviando. Has de saber que una semana después de
la venida del cura tuve aquí lo que menos pensarás: máscaras. ¡Máscaras en la
Fontela! Sí, máscaras. Era el domingo de Carnaval, y estaba yo acabando de
comer cuando sentí en el patio grandísima algazara, risas, brincos, prolongados
toques de cuerno y repique de castañuelas y panderetas, y asomándome á la{158}
ventana, ví con asombro hasta media docena de
máscaras. Se les conocía que lo eran por unas groserísimas caretas de cartón y
por ciertos detalles muy exagerados del traje que vestían, que no era otro sino
el de los paisanos de esta localidad. Había tres hombres y tres mujeres: tres
parejas muy cogidas del brazo. Las mujeres traían panderos y castañuelas; uno
de los hombres una gaita, que tocaba áspera y destempladamente; otro esgrimía
una vejiga de puerco hinchada y puesta al extremo de un cordel, con la cual
sacudía vejigazos á sus compañeros y compañeras, y otro, por la abertura de la
careta, soplaba un cuerno descomunal, arrancándole sonidos lúgubres y
grotescos.{159} En cuanto me vieron las máscaras,
movieron un alboroto formidable, y corrieron al asalto, subiendo la escalera y
penetrando en mi habitación, que asordaron con sus gritos y tocatas. En un
momento me ví empujado, abrazado, vejigueado, pellizcado y sin
saber qué cara poner ante la bulliciosa alegría de los que yo juzgaba aldeanos
en día de jarana.
Recordé los deberes que impone la hospitalidad, y
corriendo á mi alacena, saqué de ella cuantas botellas de vino y licor poseía,
y las ofrecí á mis visitantes. Con gran sorpresa mía no las rehusaron ni se
lanzaron á apurarlas, sino que aceptaron cortésmente algunas copas, y una de
las máscaras femeninas pidió un vaso de agua. Llamé á Maripepa para que lo
sirviese, y empecé á reparar que las máscaras, afectando el lenguaje y modales
de los paisanos, mostraban en no sé qué pormenores pertenecer á otra clase social.
La observación me interesó, y ya me divertía algo la mascarada. Una de las
hembras, destapando la fiambrera que llevaba colgada del cuello, me ofreció con
los dedos filloas, especie de tortilla delgada como una hoja de
papel, redonda como una hostia y bastante grande, que aquí suele comerse en
tiempo de Carnestolendas; y al ver el buen ánimo con que me eché al coleto
media docena de aquellas porquerías, las otras dos damiselas (que ya me iban
pareciendo tales) me sacaron, quieras que no quieras, al centro de la sala, y
empezaron á bailar, meneando panderos y castañuelas y convidándome con muchas
vueltas y mudanzas. Por no aparecer pedante me dejé embullar y dí cuatro{160} brincos, con poquísima gracia de seguro, pues ya
conoces la extensión de mis habilidades coreográficas. Después dos bailarinas
se colgaron de mis brazos, pidiéndome que les enseñase la casa y la huerta.
Insistí para que se descubriesen, y no fué posible
lograrlo; resistiéronse, pretextando que tenían una gran broma para mí y les
importaba conservar la careta. En efecto, apenas llegamos á la huerta empezaron
á darme una carga terrible, describiéndome, con más gracia y donaire del que yo
esperaba, y en un chapurrado mitad castellano y mitad gallego, la linda figura
que haríamos Maripepa y yo de bracero por Madrid, asombrando á la corte.
Competían en chiste las dos máscaras, y á cada una se le ocurrían detalles
risibles: ésta pintaba á Maripepa calzándose botitas de raso blanco para ir al
besamanos del Rey: la otra recalcaba y la suponía metiendo trabajosamente las
manos en los guantes y manejando el abanico al entrar en el cuarto de la
Infanta. Por esta manía de considerarme á mí hombre que frecuenta el real
palacio y tendría forzosa obligación de ir con su mujer á saludar á las
augustas personas, y también por ciertos indicios de estatura, voz gruesa,
etc., vine en conocimiento de que mis máscaras no eran sino las señoritas de la
feria.
Un rayo de luz me iluminó, y comprendí quiénes
debían ser dos, por lo menos, de los máscaras varones. Sin duda alguna el
barbarote que soplaba en el cuerno era el notario; el inhábil tocador de gaita
sería el señorito, y no me atreví á calcular cómo se llamaría el{161} que con tal agilidad manejaba la vejiga de
puerco, por no ofender con juicios temerarios su respetable carácter
sacerdotal.
Al punto me hice cargo de las chanzas que iba á
tener que sufrir, de todo lo que aquellas gentes se preparaban á decirme, é
hice provisión de paciencia; porque, estaba visto, el cura les había informado
de todo y venían dispuestos á divertirse conmigo sin misericordia. Poco me
agradó la perspectiva; pero echando mano de la reflexión, me resolví á sufrir
con resignación y exterior agrado cuánta matraca me diesen, apuntándola como
primer partida en la cuenta del subido precio á que el mundo cobra el cumplimiento
del deber. Echéme, por decirlo así, en brazos de las máscaras, y ellas
comenzaron á zarandearme, unas llevándome á un rincón, otras á otro, y todas
diciéndome, en sustancia, lo mismo.
Lo que me dijeron... Lo que me dijeron, Camilo, no
fué lo que yo suponía, y aquí empieza la parte de confidencia que más debes
olvidar de toda esta denigrante historia. Me dijeron... En fin, Camilo, yo
pensaba que me atacarían por ser un Quijote, y resultó que estaba siendo un
sandio; resultó que había caído en la más ridícula majadería; que juzgaba haber
pisoteado una flor, y no había hecho sino recoger de la carretera la flor
pisoteada ya... Y por qué piés, ¡Dios mío! ¡Por qué inmundos y villanos piés!
Sentí que toda la sangre me afluía al rostro, y
bajé la cabeza, oyendo resonar en mi cerebro vacío carcajadas afrentosas; no
supe qué contestar ni qué hacer;{162} fingí
serenidad y oculté la sorpresa, dándome por enterado, y ví con satisfacción
acercarse la noche y á mis huéspedes prepararse á partir. Antes que lo hiciesen
llamé aparte á uno de ellos, y cogiéndole la mano y oprimiéndosela con rabia,
le dije:
—Si eres persona decente, asegúrame á cara
descubierta eso que me acabas de contar con ella tapada.
El máscara apartó la careta y ví la faz lánguida,
enjuta y grave del señorito de Limioso, que con un aire de sinceridad que hizo
penetrar en mí profunda y humillante convicción, me contestó:
—Nos puede creer, Rojas, mire que no le engañamos;
á fe, nos daba lástima verle tan equivocado, y nos animamos á venir hoy, más
bien para sacarle las telarañas de los ojos que para pasar el rato... Ya
sabíamos que se divertía con la chica; ¡cosas de la edad! adelante; nadie tiene
que meterse en líos agenos; pero el cura me ha contado que Vd. le dijera que se
casaba, y eso ya es gordo, amigo... ¡Ay! Déjeme limpiarme el sudor, que me
sofoqué soplando en la maldita gaita.
No obstante, así que la comparsa desfiló, entró en
mi ánimo la duda. ¿No podía ser aquello una cruel venganza del notario contra
Maripepa? ¿No podían estar de acuerdo todos para burlarse del señorito
madrileño? Y, por último, para colmo de rubor, ¿no sentía yo á Maripepa
aposentada dentro de mi corazón, y no me traían los afrentosos celos, además de
sangre á las mejillas, lágrimas de rabia á los candentes lagrimales?
Tiré, pues, mis líneas, tendí mis redes, esperé y
observé.{163} Me convertí en espía, me oculté y me
envilecí hasta atisbar... ¡atisbar en un establo, detrás de un pesebre,
recogiendo el aliento grueso y húmedo de la vaca, que rumiaba tranquila sus
puñados de florida hierba! ¡Cuán poco tiempo necesité para convencerme! ¡Y yo
me corría de que el notario me disputase á Maripepa! Ahora mi rival era Manuel,
aquel bárbaro al cual la falta de los dedos de la mano daba un aspecto tan
repulsivo.
Salí de mi escondrijo deseoso de ocultarme, á ser
posible, bajo siete estados de tierra; hice la maleta y dispuse que me
ensillasen el jaco para la mañana siguiente. Al traerme algunos objetos que le
pedí, observé que Maripepa lloraba, limpiándose con la manga de la camisa el
llanto. No pude contener un impulso de ira; la cogí por los hombros, la sacudí
y la increpé. Lo confesó todo, como la cosa más natural del mundo, llorando
franca y apaciblemente. Manuel es su prometido hace dos ó tres años. Si no se
han casado ya, es que no hay cuartos para el grosero ajuar y la comida de boda.
He desempeñado papel más lucido de lo que pensaba, pues realmente aquí el
engañado fué ese bestia de Manuel. Metí la mano en el bolsillo y saqué todo el
dinero que tengo, menos el preciso para el viaje; saqué también el reloj y se
lo eché en el regazo á Maripepa. Después la empujé suavemente hacia la puerta.
Me parece que esperaba alguna caricia de despedida; pero ya no me sería posible
ni tocarle amorosamente al pelo de la ropa. La ví salir, y me quedé abismado.
¡Quién sabe lo que hubiera sido para mí{164} esta
mujer, nacida en distinta condición, educada no diré de otro modo, sino de
algún modo! Tal vez la más leal de las esposas—de seguro una de las más
amantes.
Al día siguiente (hoy), monté temprano, fuí al Pazo
de Limioso á apretar la mano del señorito bajo unas parras que entoldan su
blasonada puerta, pasé por Naya y seguí á Cebre, despidiéndome con sendos
abrazos del cura y del notario, y llegué á Pontevedra á las cinco de la tarde.
Estoy escribiéndote porque ya no he cogido el coche que sale á Tuy. Lo cogeré
mañana, me detendré un día en Oporto, y veinticuatro horas después de recibir
ésta, repito que puedes ir á esperarme á la estación.
Silencio, nada de alusiones, nada de burlas, al
menos por ahora, que aún sangra la herida. Sé para mí un juez indulgente. Yo
sospecho que lo he de ser con todo el mundo.
Ocupaba el cura la cabecera de la mesa; en el
centro su sobrino, guapo mozo de veintidós años, despachaba con buen apetito la
ración; y al extremo, el criado de labranza, remangada hasta el codo la burda
camisa de estopa, hundía la cuchara de palo en un enorme tazón de caldo
humeante y lo trasegaba silenciosamente al estómago.
Servía á todos una moza aldeana, que aprovechaba la
ocasión de meter también cucharada, ya que no en los platos, en las
conversaciones.
El servicio se lo permitía, pues no pecaba de
complicado, reduciéndose á colocar ante los comensales un mollete de pan
gigantesco, á sacar de la alacena vino y platos, á empujar descuidadamente
sobre el mantel el tarterón de barro colmado de patatas con unto.
—Señorito Javier—preguntó en una de estas
maniobras—¿qué oyó de la gavilla que anda por ahí?
—¿De la gavilla, chica? Aguárdate...—contestó el
mancebo alzando su cara animada y morena...—¿Qué oí yo de la gavilla? No, pues
algo me contaron en la feria... Sí, me contaron...
—Dice que al señor abad de Lubrego le robaron
barbaridá de cuartos... cien onzas. Estuvieron esperando á que vendiese el
centeno de la tulla y los bueyes en la feria del quince, y ala
que te cojo.
—¿No se defendió?
—¿Y no sabe que es un señor viejecito? Aun para{169} más aquellos días estaba encamado con dolor de
huesos.
El párroco, que hasta entonces había guardado
silencio, levantó de pronto los ojos, que bajo sus cejas nevadas
resplandecieron como cuentas de azabache, y exclamó:
—Qué defenderse ni qué... En toda su vida supo
Lubrego por dónde se agarra una escopeta.
—Es viejo.
—Bah, lo que es por viejo... Sesenta y cinco años
cumplo yo para Pentecostés y sesenta y seis hará él en Corpus, lo sé de buena
tinta, me lo dijo él mismo. De modo que la edad... lo que es á mí no me ha
quitado la puntería, alabado sea Dios.
Asintió calurosamente el sobrino.
—¡Vaya! Y si no que lo digan las perdices de ayer,
¿eh? Me remendó Vd. la última.
—Y la liebre de hoy, ¿eh, rapaz?
—Y el raposo del domingo—intervino el criado,
apartando el hocico de los vapores del caldo.—¡Cuando el señor abad lo
trajo arrastando con una soga así (y se apretaba el gaznate)
gañía de Dios! Ouú... Ouú...
—Allí está el maldito—murmuró el cura señalando
hacia la puerta, donde se extendía, clavada por las cuatro extremidades, una
sanguinolenta piel.
—No comerá más gallinas—agregó la criada amenazando
con el puño á aquel despojo inerte.
Esta conversación venatoria devolvió la serenidad á
la asamblea, y Javier no pensó en referir lo que sabía de la gavilla. El cura,
después de dar las gracias mascullando{170} latín,
se enjuagó con vino, cruzó una pierna sobre otra, encendió un cigarrillo, y
alargando á su sobrino un periódico doblado, murmuró entre dos chupadas:
—Á ver luégo qué trae La Fe, hombre.
Dió principio Javier á la lectura de un artículo de
fondo, y la criada, sin pensar en recoger la mesa, sacó para sí del pote una
taza de caldo y sentóse á comerla en un banquillo al lado del hogar. De pronto
cubrió la voz sonora del lector un aullido recio y prolongado. La criada se
quedó con la cuchara enarbolada sin llevarla á la boca. Javier aplicó un
segundo el oído, y luégo prosiguió leyendo, mientras el cura, indiferente,
soltaba bocanadas de humo y despedía de lado frecuentes salivazos. Transcurrieron
dos minutos, y un nuevo aullido, al cual siguieron ladridos furiosos, rompió el
silencio exterior. Esta vez el lector dejó el periódico, y la criada se levantó
tartamudeando:
—Señorito Javier... señor amo... señor amo...
—Calla—ordenó Javier; y, de puntillas, acercóse á
la ventana, bajo la cual parecía que sonaba el alboroto de los perros; mas éste
se aquietó de repente.
El cura, haciendo con la diestra pabellón á la
oreja, atendía desde su sitio.
—Tío—siseó Javier.
—Muchacho.
—Los perros callaron; pero juraría que oigo voces.
—¿Entonces, cómo callaron?
No contestó el mozo, ocupado en quitar la tranca de
la ventana con el menor ruido posible. Entreabrió suavemente{171} las
maderas, alzó la falleba, y animado por el silencio, resolvióse á empujar la
vidriera. Un gran frío penetró en la habitación; vióse un trozo de cielo negro
tachonado de estrellas, y se indicaron en el fondo los vagos contornos de los
árboles del bosque, sombríos y amontonados. Casi al mismo tiempo rasgó el aire
un silbo agudo, se oyó una detonación, y una bala, rozando la cima del pelo de
Javier, fué á clavarse en la pared de enfrente. Javier cerró por instinto la
ventana, y el cura, abalanzándose á su sobrino, comenzó á palparlo con afán.
—¡Re... condenados! ¿Te tocó, rapaz?
—¡Si aciertan á tirar con munición lobera.... me
divierten!—pronunció Javier algo inmutado.
—¿Están ahí?
—Detrás de los primeros castaños del soto.
—Pon la tranca... así... anda volando por la
escopeta... las balas... el frasco de la pólvora... Trae también el Lafuché...
¿oyes?
Aquí el párroco tuvo que elevar la voz como si
mandase una maniobra militar, porque el desesperado ladrido de los perros
resonaba cada vez más fuerte.
—Ahora, ahí, ladrar... ¿Por qué callarían antes,
mal rayo?
—Conocerían á alguno de la gavilla; les silbaría ó
les hablaría—opinó el gañán, que estaba de pié, empuñando una horquilla de
coger el tojo, mientras la criada, acurrucada junto á la lumbre, temblaba con
todos sus miembros y de cuando en cuando exhalaba una especie de chillido
ratonil.{172}
El cura, abriendo un ventanillo practicado en las
maderas de la ventana, metió por él el puño y rompió un cristal; en seguida
pegó la boca á la abertura, y con voz potente gritó á los perros:
—¡Á ellos, Chucho, Morito, Linda... Chucho, duro en
ellos, ahí, ahí... ánimo. Linda, hazlos pedazos!
Los ladridos se tornaron, de rabiosos, frenéticos;
oyóse al pié de la misma ventana ruido de lucha; amenazas sordas, un ¡ay! de
dolor, una imprecación, y luégo quejas como de animal agonizante.
—¡El pobre Morito... ya no dará más el
raposo!—murmuró el gañán.
Entretanto el cura, tomando de manos de Javier su
escopeta, la cargaba con maña singular.
—Á mí déjame con mi escopeta de las perdices...
vieja y tronada... Tú entiéndete con el Lafuché... yo, esas
novedades... ¡Bah! estoy por la antigua española. ¿Tienes cartuchos?
—Sí señor—contestó Javier disponiéndose también á
cargar la carabina.
—¿Están ya debajo?
—Al pié mismo de la ventana... Puede que estén
poniendo las escalas.
—¿Por el portón hay peligro?
—Creo que no. Tienen que saltar la tapia del
corral, y los podemos fusilar desde la solana.
—¿Y por la puerta de la bodega?
—Si le plantan fuego... Romper no la rompen.
—Pues vamos á divertirnos un rato... Aguarday,
aguarday, amiguitos.{173}
Javier miró á la cara de su tío. Tenía éste las
narices dilatadas, la boca sardónica, la punta de la lengua asomando entre los
dientes, las mejillas encendidas, los ojuelos brillantes, ni más ni menos que
cuando en el monte el perdiguero favorito se paraba señalando un bando de
perdices oculto entre los retamares. Por lo que hace á Javier, horrorizábanle
aquellos preparativos de caza humana. En tan supremos instantes, mientras
deslizaba en la recámara el proyectil, pensaba que se hallaría mucho más á gusto
en los claustros de la Universidad, en el café ó en la feria del quince,
comprándoles rosquillas y caramelos á las señoritas del Pazo de Valdomar.
Volvió á ver en su imaginación la feria, los relucientes ijares de los bueyes,
la mansa mirada de las vacas, el triste pelaje de los rocines, y oyó la fresca
voz de Casildita del Pazo, que le decía con el arrastrado y mimoso acento del
país:
—¡Ay, déme el brazo por Dios, que aquí no se anda
con tanta gente!
Creyó sentir la presión de un bracito... No, era la
mano peluda y musculosa del cura, que le impulsaba hacia la ventana.
—Á apagar el velón... (hízolo de tres valientes
soplidos). Á empezar la fiesta. Yo cargo, tú disparas... tú cargas, yo
disparo... ¡Eh, Tomasa!—gritó á la criada;—no chilles, que pareces la
comadreja... Pon á hervir agua, aceite, vino, cuanto haya... Tú, añadió
dirigiéndose al gañán, á la solana. Si montan á caballo de la muralla, me
avisas.
Dijo, y con precaución entreabrió la ventana,
dejando{174}
sólo un resquicio por donde cupiese el cañón de una
escopeta y el ojo avizor de un hombre. Javier se estremeció al sentir el helado
ambiente nocturno; pero se rehizo presto, pues no pecaba de cobarde, y{175} miró abajo. Un grupo negro hormigueaba; se oía
como una deliberación en voz misteriosa.
—¡Fuego!—le dijo al oído su tío.
—Son veinte ó más—respondió Javier.
—Y qué!—gruñó el cura al mismo tiempo que apartaba
á su sobrino con impaciente ademán; y apoyando en el alféizar de la ventana el
cañón de la escopeta, disparó.
Hubo un remolino en el grupo, y el cura se frotó
las manos.
—¡Uno cayó patas arriba... quoniam!—murmuró
pronunciando la palabra latina, con la cual, desde los tiempos del seminario,
reemplazaba todas las interjecciones que abundan en la lengua española.—Ahora
tú, rapaz. Tienen una escala: al primero que suba...
Los dedos de Javier se crispaban sobre su hermosa
carabina Lefaucheux, mas al punto se aflojaron.
—Tío—atrevióse á murmurar—entre esos hay gente
conocida; me acuerdo ahora de que lo decían en la feria. Aseguran que viene el
cirujano de Solás, el cohetero de Gunsende, el hermano del médico de Doas.
¿Quiere Vd. que les hable? Con un poco de dinero puede que se conformen y nos
dejen en paz, sin tener que matar gente.
—¡Dinero, dinero!—exclamó roncamente el cura.—¿Tú
sin duda piensas que en casa hay millones?
—¿Y los fondos del santuario?
—Son del santuario, quoniam, y antes me
dejaré tostar los piés como le hicieron al cura de Solás el año{176} pasado, que darles un ochavo. Pero mejor será
que le agujereen á uno la piel de una vez y no que se la tuesten. ¡Fuego en
ellos! Si tienes miedo, iré yo.
—Miedo no—declaró Javier; y descansó la carabina en
el alféizar.
—Lárgales los dos tiros—mandó su tio.
Dos veces apoyó Javier el dedo en el gatillo, y á
las dos detonaciones contestó desde abajo formidable clamoreo: no había tenido
tiempo el mancebo de recoger la mano, cuando se aplastó en las hojas de la
ventana una descarga cerrada, arrancando astillas y destrozándolas: componían
su terrible estrépito estallidos diferentes, seco tronar de pistoletazos,
sonoro retumbo de carabinas y estampido de trabucos y tercerolas. Javier
retrocedió, vacilando; su brazo derecho colgaba; la carabina cayó al suelo.
—¿Qué tienes, rapaz?
—Deben haberme roto la muñeca—gimió Javier, yendo á
sentarse en el banco casi exánime.
El cura, que cargaba su escopeta, se sintió
entonces asido por los faldones del levitón, y á la dudosa luz del fuego del
hogar vió un espectro pálido que se arrastraba á sus piés. Era la criada, que
silabeaba con voz apenas inteligible:
—Señor... señor amo... ríndase, señor... por el
alma de quien lo parió... señor, que nos matan... que aquí morimos todos...
—¡Suelta, quoniam!—profirió el cura
lanzándose á la ventana.
Javier, inutilizado, exhalaba ayes, tratando de
atarse{177} con la mano izquierda un pañuelo; la
criada no se levantaba, paralizada de terror; pero el cura, sin hacer caso de
aquellos inválidos, abrió rápidamente las maderas y vió una escala apoyada en
el muro, y casi tropezó con las cabezas de dos hombres que por ella ascendían.
Disparó á boca de jarro y se desprendió el de abajo; alzó luégo la escopeta, la
blandió por el cañón y de un culatazo echó á rodar al de arriba. Sonaron varios
disparos, pero ya el cura estaba retirado adentro, cargando el arma.
Javier, que ya no gemía, se le acercó resuelto.
—Á este paso, tío, no resiste Vd. ni un cuarto de
hora. Van á entrar por ahí ó por el patio. He notado olor á petróleo; quemarán
la puerta de la bodega. Yo no puedo disparar. Quisiera servirle á Vd. de algo.
—Viérteles encima aceite hirviendo con la mano
izquierda.
—Voy á sacar la Rabona de la cuadra por el portón,
y á echar un galope hasta Doas.
—¿Al puesto de la Guardia?
—Al puesto de la Guardia.
—No es tiempo ya. Me encontrarás difunto. Rapaz,
adiós. Rézame un Padre nuestro y que me digan misas. ¡Entra, taco, si quieres!
—¡Haga Vd. que se rinde... entreténgalos... Yo iré
por el aire!
La silueta negra del mancebo cubrió un instante el
fondo rojo de la pared del hogar, y luégo se hundió en las tinieblas de la
solana. El tío se encogió de hombros, y asomándose, descargó una vez más la
escopeta á{178} bulto. Luégo corrió al lar y
descolgó briosamente el pesado pote que pendiente de larga cadena de hierro
hervía sobre las brasas. Abrió de par en par la ventana, y sin precaverse ya,
alzó el pote y lo volcó de golpe encima de los enemigos. Se oyó un aullido
inmenso, y como si aquel rocío abrasador fuese incentivo de la rabia que les
causaba tan heróica defensa, todos se arrojaron á la escala, trepando unos
sobre los hombros de otros; y á la vez que por las tapias se descolgaban dos ó
tres hombres y luchaban con el gañán, una masa humana cayó sobre el cura, que
aún resistía á culatazos. Cuando el racimo de hombres se desgranó, pudo verse á
la luz del velón que encendieron, al viejo, tendido en el suelo, maniatado.
Venían los ladrones tiznados de carbón, con barbas
postizas, pañuelos liados á la cabeza, sombrerones de anchas alas y otros
arreos que les prestaban endiablada catadura. Mandábalos un hombre alto,
resuelto y lacónico, que en dos segundos hizo cerrar la puerta y amarrar y
poner mordazas al criado y la criada. Uno de sus compañeros le dijo algo en voz
baja. El jefe se acercó al cura vencido.
—Eh, señor abad... no se haga el muerto... Hay ahí
un hombre herido por Vd. y quiere confesión...
Por la escalera interior de la bodega subían
pesadamente conduciendo algo; así que llegaron á la cocina vióse que eran
cuatro hombres que traían en vilo un cuerpo, dejando en pos charcos de sangre.
La cabeza del herido se balanceaba suavemente; sus ojos, que empezaban á
vidriarse, parecían de porcelana{179} en su rostro
tiznado; la boca estaba entreabierta.
—¡Qué confesión, ni!...—dijo el jefe.—¡Si ya está
dando las boqueadas!
Pero el moribundo, apenas lo sentaron en el banco,
sosteniéndole la cabeza, hizo un movimiento, y su mirada se reanimó.
—¡Confesión!—clamó en voz alta y clara.
Desataron al cura y lo empujaron al pié del banco.
Los labios del herido se movían como recitando el acto de contrición; el cura
conoció el estertor de la muerte y distinguió una espuma color de rosa que
asomaba á los cantos de la boca. Alzó la mano y pronunció ego te
absolvo en el momento en que la cabeza del herido caía por última vez
sobre el pecho.
—Llevárselo—ordenó el jefe.—Y ahora diga el señor
abad dónde tiene los cuartos.
—No tengo nada que darles á Vds.—respondió con
firmeza el cura.
Sus cejas se fruncían, su tez ya no era rubicunda,
sino que mostraba la palidez biliosa de la cólera, y sus manos, lastimadas,
estranguladas por los cordeles, temblaban con temblequeteo senil.
—Ya dirá Vd. otra cosa dentro de diez minutos... Le
vamos á freir á Vd. los dedos en aceite del que usted nos echó. Le vamos á
sentar en las brasas. Á la una... á las dos...
El cura miró alrededor y vió sobre la mesa donde
habían cenado el cuchillo de partir pan. Con un salto de tigre se lanzó á asir
el arma, y derribando de un puntapié la mesa y el velón, parapetado tras de
aquella{180} barricada, comenzó á defenderse á
tientas, á oscuras, sin sentir los golpes, sin pensar más que en morir
noblemente, mientras á quemarropa le acribillaban á balazos...
El sargento de la Guardia civil de Doas, que llegó
al teatro del combate media hora después, cuando aún los salteadores buscaban
inútilmente bajo las vigas, entre la hoja de maíz del jergón, y hasta en el
Breviario, los cuartos del cura, me aseguró que el cadáver de éste no tenía
forma humana, según quedó de agujereado, magullado y contuso. También me dijo
el mismo sargento que desde la muerte del cura de Boán abundaban las perdices;
y me enseñó en la feria á Javier, que no persigue caza alguna, porque es manco
de la mano derecha.
Las compañeras de trabajo de Antonia la miraban
compasivamente, y de tiempo en tiempo, entre la algarabía de las conversaciones
y disputas, se cruzaba un breve diálogo, á media voz, entretejido con
exclamaciones{184} de asombro, indignación y
lástima. Todo el lavadero sabía al dedillo los males de la asistenta, y hallaba
en ellos asunto para interminables comentarios: nadie ignoraba que la infeliz,
casada con un mozo carnicero, residía, años antes, en compañía de su madre y de
su marido, en un barrio extramuros, y que la familia vivía con desahogo,
gracias al asiduo trabajo de Antonia y á los cuartejos ahorrados por la vieja
en su antiguo oficio de revendedora, baratillera y prestamista. Nadie había
olvidado tampoco la lúgubre tarde en que la vieja fué asesinada, encontrándose
hecha astillas la tapa del arcón donde guardaba sus caudales y ciertos
pendientes y brincos de oro; nadie, tampoco, el horror que infundió en el
público la nueva de que el ladrón y asesino no era sino el marido de Antonia,
según ésta misma declaraba, añadiendo que desde mucho atrás roía al criminal la
codicia del dinero de su suegra, con el cual deseaba establecer una tablajería
suya propia. Sin embargo, el acusado hizo por probar la coartada, valiéndose
del testimonio de dos ó tres amigotes de taberna, y de tal modo envolvió el
asunto, que, en vez de ir al palo, salió con veinte años de cadena. No fué tan
indulgente la opinión como la ley: además de la declaración de la esposa, había
un indicio vehementísimo: la cuchillada que mató á la vieja, cuchillada certera
y limpia, asestada de arriba abajo, como la que los matachines dan á los
cerdos, con un cuchillo ancho y afiladísimo, de cortar carne. Para el pueblo,
no cabía duda en que el culpable debió subir al cadalso. Y el destino de Antonia
comenzó á{185} infundir sagrado terror, cuando fué
esparciéndose el rumor de que su marido se la había jurado para
el día en que saliese de presidio, por acusarle. La desdichada quedaba en
cinta, y el asesino la dejó avisada de que, á su vuelta, se contase entre los
difuntos.
Cuando nació el hijo de Antonia, ésta no pudo
criarlo; tal era su debilidad y demacración y la frecuencia de las congojas que
desde el crimen la aquejaban; y como no le permitía el estado de su bolsillo
pagar ama, las mujeres del barrio que tenían niños de pecho, dieron de mamar
por turno á la criatura, que creció enclenque, resintiéndose de todas las
angustias de su madre. Un tanto repuesta ya, Antonia se aplicó con ardor al
trabajo, y aunque siempre tenían sus mejillas esa azulada palidez que se observa
en los enfermos del corazón, recobró su silenciosa actividad, su aire apacible.
¡Veinte años de cadena! En veinte años (pensaba
ella para sus adentros), él se puede morir ó me puedo morir yo, y de aquí allá,
falta mucho todavía. La hipótesis de la muerte natural no la asustaba; pero la
espantaba imaginar solamente que volvía su marido. En vano las cariñosas
vecinas la consolaban, indicándole la esperanza remota de que el inicuo
parricida se arrepintiese, se enmendase, ó, como decían ellas, se volviese de
mejor idea: meneaba Antonia la cabeza entonces, murmurando sombríamente:
—¿Eso él? ¿de mejor idea? Como no baje Dios del
cielo en persona y le saque aquel corazón perro y le ponga otro...{186}
Y, al hablar del criminal, un escalofrío corría por
el cuerpo de Antonia.
En fin, veinte años tienen muchos días, y el tiempo
aplaca la pena más cruel. Algunas veces, figurábasele á Antonia que todo lo
ocurrido era un sueño, ó que la ancha boca del presidio, que se había tragado
al culpable, no lo devolvería jamás; ó que aquella ley, que al cabo supo
castigar el primer crimen, sabría prevenir el segundo. ¡La ley! Esa entidad
moral, de la cual se formaba Antonia un concepto misterioso y confuso, era sin
duda fuerza terrible, pero protectora, mano de hierro que la sostendría al borde
del abismo. Así es que á sus ilimitados temores se unía una confianza
indefinible, fundada sobre todo en el tiempo transcurrido, y en el que aún
faltaba para cumplirse la condena.
¡Singular enlace el de los acontecimientos! No
creería de seguro el rey, cuando vestido de capitán general y el pecho cargado
de condecoraciones, daba la mano ante el ara á una princesa, que aquel acto
solemne costaba amarguras sin cuento á una pobre asistenta, en lejana capital
de provincia. Así que Antonia supo que había recaído indulto en su esposo, no
pronunció palabra, y la vieron las vecinas sentada en el umbral de la puerta,
con las manos cruzadas, la cabeza caída sobre el pecho, mientras el niño, alzando
su cara triste de criatura enfermiza, gimoteaba:
—Mi madre... ¡Caliénteme la sopa, por Dios, que
tengo hambre!
El coro benévolo y cacareador de las vecinas rodeó{187}
á Antonia; algunas se dedicaron á arreglar la
comida del niño, otras animaban á la madre del mejor modo que sabían. Era bien
tonta en afligirse así. ¡Ave María Purísima! ¡No parece sino que aquel hombrón
no tenía más que llegar y matarla! Había gobierno, gracias{188} á
Dios, y audiencia, y serenos; se podía acudir á los celadores, al alcalde...
—¡Qué alcalde!—decía ella con hosca mirada y
apagado acento.
—Ó al gobernador, ó al regente, ó al jefe de
municipales; había que ir á un abogado, saber lo que dispone la ley...
Una buena moza, casada con un guardia civil,
ofreció enviar á su marido para que le metiese un miedo al
picarón; otra, resuelta y morena, se brindó á quedarse todas las noches á
dormir en casa de la asistenta; en suma, tales y tantas fueron las muestras de
interés de la vecindad, que Antonia se resolvió á intentar algo, y sin levantar
la sesión, acordóse consultar á un jurisperito, á ver qué recetaba.
Cuando Antonia volvió de la consulta, más pálida
que de costumbre, de cada tenducho y de cada cuarto bajo salían mujeres en pelo
á preguntarle noticias, y se oían exclamaciones de horror. ¡La ley, en vez de
protegerla, obligaba á la hija de la víctima á vivir bajo el mismo techo,
maritalmente, con el asesino!
—¡Qué leyes, divino Señor de los cielos! ¡Así los
bribones que las hacen las aguantaran!—clamaba indignado el coro.—¿Y no habrá
algún remedio, mujer, no habrá algún remedio?
—Dice que nos podemos separar... después de una
cosa que le llaman divorcio.
—¿Y qué es divorcio, mujer?
Todas dejaron caer los brazos con desaliento: los
pleitos no se acababan nunca, y peor aún si se acababan, porque los perdía
siempre el inocente y el pobre.
—Y para eso—añadió la asistenta—tenía yo que probar
antes que mi marido me daba mal trato.
¡Aquí de Dios! ¿Pues aquel tigre no le había matado
á la madre? ¿Eso no era mal trato, eh? ¿Y no sabían hasta los gatos que la
tenía amenazada con matarla también?
—Pero como nadie lo oyó... Dice el abogado que se
quieren pruebas claras...
Se armó una especie de motín; había mujeres
determinadas á hacer, decían ellas, una exposición al mismísimo rey, pidiendo
contra-indulto; y, por turno, dormían en casa de la asistenta, para que la
pobre mujer pudiese conciliar el sueño. Afortunadamente, el tercer día llegó la
noticia de que el indulto era temporal, y al presidiario aún le quedaban
algunos años de arrastrar el grillete. La noche que lo supo Antonia fué la
primera en que no se enderezó en la cama, con los ojos desmesuradamente
abiertos, pidiendo socorro.
Después de este susto, pasó más de un año y la
tranquilidad renació para la asistenta, consagrada á sus humildes quehaceres.
Un día, el criado de la casa donde estaba asistiendo, creyó hacer un favor á
aquella mujer pálida, que tenía su marido en presidio, participándole cómo la
reina iba á parir, y habría indulto, de fijo.{190}
Fregaba la asistenta los pisos, y al oir tales
anuncios soltó el estropajo, y descogiendo las sayas que traía arrolladas á la
cintura, salió con paso de autómata, muda y fría como una estatua. Á los
recados que le enviaban de las casas, respondía que estaba enferma, aunque en
realidad sólo experimentaba un anonadamiento general, un no levantársele los
brazos á labor alguna. El día del regio parto contó los cañonazos de la salva,
cuyo estampido le resonaba dentro del cerebro, y como hubo quien le advirtió que
el vástago real era hembra, comenzó á esperar que un varón habría ocasionado
más indultos. Además, ¿por qué le había de coger el indulto á su marido? Ya le
habían indultado una vez, y su crimen era horrendo; matar á la indefensa vieja
que no le hacía daño alguno, todo por unas cuantas tristes monedas de oro! La
terrible escena volvía á presentarse ante sus ojos: ¿merecía indulto la fiera
que asestó aquella tremenda cuchillada? Antonia recordaba que la herida tenía
los labios blancos, y parecíale ver la sangre cuajada al pié del catre.
Se encerró en su casa, y pasaba las horas sentada
en una silleta junto al fogón. ¡Bah! si habían de matarla, mejor era dejarse
morir.
Sólo la voz plañidera del niño la sacaba de su
ensimismamiento.
—Mi madre, tengo hambre. Mi madre, ¿qué hay en la
puerta? ¿Quién viene?
Por último, una hermosa mañana de sol se encogió de
hombros, y tomando un lío de ropa sucia, echó á{191} andar
camino del lavadero. Á las preguntas afectuosas respondía con lentos
monosílabos, y sus ojos se posaban con vago extravío en la espuma del jabón que
le saltaba al rostro.
¿Quién trajo al lavadero la inesperada nueva,
cuando ya Antonia recogía su ropa lavada y torcida é iba á retirarse?
¿Inventóla alguien con fin caritativo, ó fué uno de esos rumores misteriosos,
de ignoto origen, que en vísperas de acontecimientos grandes para los{192} pueblos ó los individuos, palpitan y susurran en
el aire? Lo cierto es que la pobre Antonia, al oirlo, se llevó instintivamente
la mano al corazón, y se dejó caer hacia atrás sobre las húmedas piedras del
lavadero.
—¿Pero de veras murió?—preguntaban las madrugadoras
á las recién llegadas.
—Sí, mujer...
—Yo lo oí en el mercado...
—Yo en la tienda...
—¿Á ti quién te lo dijo?
—Á mí, mi marido.
—¿Y á tu marido?
—El asistente del capitán.
—¿Y al asistente?
—Su amo...
Aquí ya la autoridad pareció suficiente, y nadie
quiso averiguar más, sino dar por firme y valedera la noticia. ¡Muerto el
criminal, en vísperas de indulto, antes de cumplir el plazo de su castigo!
Antonia la asistenta alzó la cabeza, y por vez primera se tiñeron sus mejillas
de un sano color, y se abrió la fuente de sus lágrimas. Lloraba de gozo, y
nadie de los que la miraban se escandalizó. Ella era la indultada; su alegría
justa. Las lágrimas se agolpaban á sus lagrimales, dilatándole el corazón, porque
desde el crimen se había quedado cortada, es decir, sin llanto.
Ahora respiraba anchamente, libre de su pesadilla. Andaba tanto la mano de la
Providencia en lo ocurrido, que á la asistenta no le cruzó por la imaginación
que podía ser falsa la nueva.{193}
Aquella noche, Antonia se retiró á su casa más
tarde que de costumbre, porque fué á buscar á su hijo á la escuela de párvulos,
y le compró rosquillas de ginete, con otras golosinas que el chico
deseaba hacía tiempo, y ambos recorrieron las calles, parándose ante los
escaparates, sin ganas de comer, sin pensar más que en beber el aire, en sentir
la vida y en volver á tomar posesión de ella.
Tal era el enajenamiento de Antonia, que ni reparó
en que la puerta de su cuarto bajo no estaba sino entornada. Sin soltar de la
mano al niño, entró en la reducida estancia que le servía de sala, cocina y
comedor, y retrocedió atónita viendo encendido el candil. Un bulto negro se
levantó de la mesa, y el grito que subía á los labios de la asistenta se ahogó
en la garganta.
Era él; Antonia, inmóvil, clavada al suelo, no le
veía ya, aunque la siniestra imagen se reflejaba en sus dilatadas pupilas. Su
cuerpo yerto sufría una parálisis momentánea; sus manos frías soltaron al niño,
que aterrado se le cogió á las faldas. El marido habló:
—¡Mal contabas conmigo ahora!—murmuró con acento
ronco, pero tranquilo; y al sonido de aquella voz, donde Antonia creía oir
vibrar aún las maldiciones y las amenazas de muerte, la pobre mujer, como
desencantada, despertó, exhaló un ¡ay! agudísimo, y cogiendo á su hijo en
brazos, echó á correr hacia la puerta. El hombre se interpuso.
—¡Eh... chst! ¿Á dónde vamos, patrona?—silabeó{194} con su ironía de presidiario.—¿Á alborotar el
barrio á estas horas? ¡Quieto aquí todo el mundo!
Las últimas palabras fueron dichas sin que las
acompañase ningún ademán agresivo, pero con un tono que heló la sangre de
Antonia. Sin embargo, su primer estupor se convertía en fiebre, la fiebre
lúcida del instinto de conservación. Una idea rápida cruzó por su mente;
ampararse del niño. ¡Su padre no le conocía,{195} pero
al fin era su padre! Levantóle en alto y le acercó á la luz.
—¿Ese es el chiquillo?—murmuró el presidiario. Y
descolgando el candil, llególo al rostro del chico. Este guiñaba los ojos,
deslumbrado, y ponía las manos delante de la cara como para defenderse de aquel
padre desconocido, cuyo nombre oía pronunciar con terror y reprobación
universal. Apretábase á su madre, y ésta, nerviosamente, le apretaba también,
con el rostro más blanco que la cera.
—¡Qué chiquillo feo!—gruñó el padre, colgando de
nuevo el candil.—Parece que lo chuparon las brujas.
Antonia, sin soltar al niño, se arrimó á la pared,
pues desfallecía. La habitación le daba vueltas al rededor, y veía unas
lucecicas azules en el aire.
—Á ver, ¿no hay nada de comer aquí?—pronunció el
marido.
Antonia sentó al niño en un rincón, en el suelo, y
mientras la criatura lloraba de miedo, conteniendo los sollozos, la madre
comenzó á dar vueltas por el cuarto, y cubrió la mesa con manos temblorosas;
sacó pan, una botella de vino, retiró del hogar una cazuela de bacalao, y se
esmeraba, sirviendo diligentemente, para aplacar al enemigo con su celo.
Sentóse el presidiario y empezó á comer con voracidad, menudeando los tragos de
vino. Ella permanecía de pié, mirando, fascinada, aquel rostro curtido, afeitado
y seco que relucía con ese barniz especial del presidio. Él llenó el vaso una
vez más, y la convidó.{196}
—No tengo voluntad...—balbució Antonia; y el vino,
al reflejo del candil, se le figuraba un coágulo de sangre.
Él lo despachó encogiéndose de hombros, y se puso
en el plato más bacalao, que engulló ávidamente, ayudándose con los dedos y
mascando grandes cortezas de pan. Su mujer le miraba hartarse, y una esperanza
sutil se introducía en su espíritu. Así que comiese, se marcharía sin matarla;
ella, después, cerraría á cal y canto la puerta, y si quería matarla entonces,
el vecindario estaba despierto y oiría sus gritos. ¡Sólo que, probablemente, le
sería imposible á ella gritar! Y carraspeó para afianzar la voz. El marido,
apenas se vió saciado de comida, sacó del cinto un cigarro, lo picó con la uña
y encendió sosegadamente el pitillo en el candil.
—¡Chst!... ¿Á dónde vamos?—gritó, viendo que su
mujer hacía un movimiento disimulado hacia la puerta.—Tengamos la fiesta en
paz.
—Á acostar el pequeño—contestó ella sin saber lo
que decía; y refugióse en la habitación contigua, llevando á su hijo en brazos.
De seguro que el asesino no entraría allí. ¿Cómo había de tener valor para
tanto? Era la habitación en que había cometido el crimen, el cuarto de su
madre: pared por medio dormía antes el matrimonio; pero la miseria que siguió á
la muerte de la vieja, obligó á Antonia á vender la cama matrimonial y usar la
de la difunta. Creyéndose en salvo, empezaba á desnudar al niño, que ahora se
atrevía á sollozar más fuerte, apoyado en{197} su
seno; pero se abrió la puerta y entró el presidiario.
Antonia le vió echar una mirada oblicua en torno
suyo, descalzarse con suma tranquilidad, quitarse la faja, y, por último,
acostarse en el lecho de la víctima. La asistenta creía soñar; si su marido
abriese una navaja, la asustaría menos quizás que mostrando tan{198} horrible sosiego. Él se estiraba y revolvía en
las sábanas, apurando la colilla y suspirando de gusto, como hombre cansado que
encuentra una cama blanda y limpia.
—¿Y tú?—exclamó dirigiéndose á Antonia.—¿Qué haces
ahí quieta como un poste? ¿No te acuestas?
—Yo... no tengo sueño—tartamudeó ella, dando diente
con diente.
—¿Qué falta hace tener sueño? ¿Si irás á pasar la
noche de centinela?
—Ahí... ahí... no... cabemos... Duerme tú... Yo
aquí, de cualquier modo...
Él soltó dos ó tres palabras gordas.
—¿Me tienes miedo ó asco, ó qué rayo es esto? Á ver
cómo te acuestas, ó si no...
Incorporóse el marido, y extendiendo las manos,
mostró querer saltar de la cama al suelo. Mas ya Antonia, con la docilidad
fatalista de la esclava, empezaba á desnudarse. Sus dedos apresurados rompían
las cintas, arrancaban violentamente los corchetes, desgarraban las enaguas. En
un rincón del cuarto se oían los ahogados sollozos del niño...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . .
Y el niño fué quien, gritando desesperadamente,
llamó al amanecer á las vecinas, que encontraron á Antonia en la cama,
extendida, como muerta. El médico vino aprisa, y declaró que vivía, y la
sangró, y no logró sacarle gota de sangre. Falleció á las veinticuatro horas,
de muerte natural, pues no tenía lesión alguna.{199} El
niño aseguraba que el hombre que había pasado allí la noche la llamó muchas
veces al levantarse, y viendo que no respondía, echó á correr como un loco.
—Cocinero, dos fundas limpias, que las necesito.
—Pues vaya Vd. al ropero y cójalas, hombre.
—Allá voy.
Y sin más, entra y enciende un cabo de vela para
escoger las fundas.
¡Aquel cabo de vela! Nadie me quitará de la cabeza
que el condenado... Dios me perdone, el infeliz del camarero lo dejó encendido,
arrimado á los montones de ropa blanca. Como un barco grande requiere tanta
blancura, además de las estanterías llenas y atestadas de manteles, sábanas y
servilletas, había en el San Gregorio rimeros de paños de
cocina, altos así, que llegaban á la cintura de un hombre. Por fuerza el cabo
se quedó pegadito á alguno de ellos, ó cayó de la mesa, encendido, sobre la
ropa. En fin, era nuestra suerte, que estaba así preparada.
Yo no sé qué cosa me daba á mí el cuerpo ya cuando
salimos de Marineda. Siempre que embarco estoy ocho días antes alegre como unas
castañuelas, y hasta parece que me hace falta alguna broma con los amigos,{205} y la familia. Pues de esta vez... tan cierto
como que nos hemos de morir... tenía yo atravesado algo en el gaznate, y ni
reía ni apenas hablaba. La víspera del embarque le dije á mi esposa:
—Mujer, mañana tempranito me aplancharás una
camisola, que quiero ir limpio á bordo.
Por la mañana entró con la camisola, y le dije:
—Mujer, tráeme el pequeño que mama.
Vino el chiquillo y le dí un beso, y mandé que me
lo quitasen pronto de allí, porque las entrañas me dolían y el corazón se me
subía á la garganta. También la víspera fuí á casa del segundo oficial, el
señorito de Armero, y estaba la familia á la mesa; y la madre, que es así una
señora muy franca, no ofendiendo lo presente, me dijo:
—Tome Vd. esta yema, Salgado.
—Mil gracias, señora, no tengo voluntad.
—Pues lléveles éstas á los niños... ¿Y qué le pasa
á usted, que está qué sé yo cómo?
—Pasar, nada.
—¿Y qué le parece del viaje, Salgado?
—Señora, la mar está bella, y no hay queja del
tiempo.
—No, pues Vd. no las tiene todas consigo... Le noto
algo en la cara.
Para aquel viaje había yo comprado todos los
chismes del oficio: por cierto que en la compra se me fué lo último que me
quedaba: setenta duretes. Los chismes eran preciosos: cuchillos de lo mejor,
moldes superiores, herramientas muy finas de picar y adornar;{206} porque
en el barco, ya se sabe: le dan á uno buena batería de cocina, grandes cazos y
sartenes, carbón cuanto pida, y víveres á patadas: pero ciertas monaditas de
repostería y de capricho, si no se lleva con qué hacerlas... Y como yo tengo
este pundonor de que me guste sobresalir en mi arte y que nadie me pueda
enseñar un plato... Por cierto que esta vanidad fué mi perdición cuando
sostuve restaurant abierto. Me daba vergüenza que estuviese
desairado el escaparate, sin una buena polla en galantina, ó solomillo mechado,
ó jamón en dulce, ó chuletas bien panadas y con su penachito de papel en el
hueso... Y los parroquianos no acudían; y los platos se morían de viejos allí;
y cuando empezaban á oler, nos los comíamos por recurso: mis chiquillos andaban
mantenidos con trufas y jamón, y el bolsillo se desangraba... Si no levanto
el restaurant no sé qué sería de mí: de manera que encontrar
colocación en el barco y admitirla fué todo uno. Pensaba yo para mi
chaleco:—Ánimo, Salgado: de veintiocho duros que te ofrecen al mes, mal será
que no puedas enviarle doce ó quince á la familia. No es la primera vez que te
embarcas: vámonos á Manila: ¿quién sabe si allí te ajustas en alguna fonda y te
dan mil ó mil quinientos reales mensuales y eres un señor? Lo dicho: la suerte,
que arregla á su modo nuestros pasos... Estaba de Dios que yo había de perder
mis chismes, y pasar lo que pasé, y volver á Marineda.
¿En qué íbamos? Sí, ya me acuerdo: faltaría hora y
media para la comida, cuando nos pareció que salía{207} humo
por la puerta del ropero. El que primero lo notó no se atrevía á decirlo: nos
mirábamos unos á otros, y nadie rompía á gritar. Por fin, casi á un tiempo,
chillamos:
—Mire Vd., no cabe duda: lo peor, en esos momentos
en que suceden cosas horrorosas, es aturdirse y perder la sangre fría. Si
cuando corrió el aviso se pudiese dominar el pánico y mantener el orden; si
media docena de hombres serenos tomasen la dirección imponiéndose, y aislasen
el fuego en las entrañas del barco, estoy seguro de que el siniestro se
evitaba. Yo que todo lo presencié, que no perdí detalle, puedo jurar que no
entiendo cómo en un minuto se esparció la noticia y ya no se vieron sino gentes
que corrían de aquí para allí, locas de miedo. Para mayor desdicha empezaba á
anochecer, y la mar cada vez más gruesa y el temporal cada vez más recio,
aumentaban el susto. Aquello se convirtió en una Babel, donde nadie se
entendía, ni obedecía á las voces de mando.
El capitán, que en paz descanse, era un mallorquín
de pelo en pecho, valentón, y no tiene que dar cuenta á Dios de nada, pues el
pobrecillo hizo cuánto estuvo en su mano, pero le atendían bien poco. Acaso
debió levantar la tapa de los sesos á alguno para que los demás aprendiesen:
bueno, no lo hizo: él fué el primero á pagarlo: ¡cómo ha de ser! Nos metimos él
y yo por el corredor de popa, con objeto de ver qué importancia tenía el
incendio: y apenas abrimos la puerta de hierro, nos salió al paso tal columna
de humo y tal velo de llamas, que apenas tuvimos tiempo á retroceder, cerrar y
apoyarnos, chamuscados y á medio asfixiar, en la pared. Yo le grité al capitán:
—Don Raimundo, mire que se deben cerrar también las
puertas de hierro á la parte de proa.{209}
Él daría la orden á cualquiera de los que andaban
por allí atortolados: puede que al tercero de á bordo: no sé: lo cierto es que
no se cumplió, y en no cumplirse estuvo la mitad de la desgracia. Nosotros, á
toda prisa, nos dedicamos á refrescar con chorros de agua las puertas de
hierro, para que el horno espantoso de dentro no las fundiese y saltasen
dejando paso á las llamas. ¿De qué nos sirvió? Lo que no sucedió por allí
sucedió por otro lado. Nos pasamos no sé cuánto tiempo remojando la placa,
envueltos en humareda y vapor: mas al oir que por la proa salían las llamas ya,
se nos cansaron los brazos, y huyendo de aquel infierno pasamos á la cubierta.
Verdaderamente cesó desde entonces la batalla con
el fuego y las esperanzas de atajarlo, y no se pensó más que en el salvamento;
en librar, si era posible, la piel: eso, los que aún eran capaces de pensar;
porque muchísimos se tiraron en el suelo, ó se metieron á arrancarse el pelo
por los rincones ó se quedaron hechos estatuas, como el tercero de á bordo, que
tan pronto se declaró el incendio se sentó en un rollo de cuerdas y ni dijo
media palabra, ni se meneó, ni soñó en ayudarnos.
Á las dos horas de notarse el fuego, la máquina se
paró. Si no se para tenemos la salvación casi segura: ardiendo y todo,
llegaríamos al puerto. Lo que recelábamos era que el vapor comprimido y sin
desahogo hiciese estallar la caldera. Todos preguntábamos al engineer,
un inglés muy tieso, muy callado y con un corazón más grande que la máquina. No
se meneaba{210} de su sitio, ni se demudó poco ni
mucho: abrió todas las válvulas, y nos dijo con flema:
—Mi responde con mi head, máquina very-good,
seguros por ella no explosión.
Al ver que la pobre de la máquina se paraba, nos
quedamos si cabe más aterrados; no creíamos que el incendio llegase hasta
donde, por lo visto, llegaba ya: comprendimos que el fuego no estaba localizado
y contenido, sino que era dueño de todo el interior del buque y no había más
remedio que cruzarse de brazos y dejarle hacer su capricho.
—¡Barco perdido, don Raimundo!—dije al capitán.
—Barco perdido, Salgado.
—¿Y nosotros?
—Perdidos también.
—Esperanza en Dios, don Raimundo.
Y él se echó las manos á la cabeza y dijo de un
modo que nunca se me olvida:
—¡Dios!
Yo no sé qué le habíamos hecho á Dios los
trescientos cristianos que en aquel barco íbamos: pero algún pecado muy gordo
debió ser el nuestro, para que así nos juntase castigos y calamidades. De
cuantas noches de temporal recuerdo—y mire Vd. que algo se ha navegado—ninguna
más atroz, más furiosa que aquella noche. Una marejada frenética: el barco no
se sostenía: ola por aquí, ola por acullá: montes de agua y de espuma que nos
cubrían: ya no era balancearse, era despeñarse, caer en un precipicio: parecía que
la tormenta gozaba en movernos y abanicarnos para avivar{211}
el incendio. Soplaba un viento iracundo; llovía sin
cesar; y la noche tan negra, tan negra, que sobre cubierta no nos veíamos las
caras. Unos lloraban de tal modo que partía el corazón; otros blasfemaban;
muchos decían:—¡Ay mis pobres hijos!—No entiendo cómo el timonel era capaz de
estarse tan quieto en su puesto de honor, manteniendo fijo el rumbo del barco{212} para que no rodase como una pelota por aquel mar
loco.
Pronto empezaron á alumbrarnos las llamas, que
salían por la proa no ya á intervalos, sino continuamente, igual que si desde
adentro las soplasen con fuelles de fragua. Lo tremendo de la marejada hizo que
no se pensase en esquifes; meterse en ellos, se reducía á adelantar la muerte.
En esto gritaron que se veía embarcación á sotavento.
¡Un buque! Desde que se declaró el incendio no
habíamos cesado de disparar cohetes y fuegos de Bengala con objeto de que los
buques, al pasar cerca de nosotros, comprendiesen que el barco incendiado
contenía gente necesitada de socorro. Y vea Vd. cómo Dios, á pesar de lo que
dije antes, nunca amontona todas las desgracias juntas. Aún tenemos que
agradecerle que el sitio del siniestro es un punto de cruce, donde se
encuentran los barcos que hacen rumbo al Atlántico y al Mediterráneo. Pocas
millas más adelante ya no sería fácil hallar quien nos socorriese.
Al ver el buque, la gente se alborotó, y los más
resueltos arriaron los esquifes en un minuto. Allí no había capitán, ni
oficiales, ni autoridad de ninguna especie: los contramaestres se cogieron el
esquife mejor, y cabiendo en él treinta personas, resultó que lo ocuparon sólo
cinco. Ya se sabe lo que hace el miedo á morir: ni se reparaba en peligro, ni
había compasión, ni prójimo. Sin mirar lo furioso del oleaje, y lo imposible
que era nadar allí, se echaron al mar muchísimas personas, por meterse en los esquifes.
Aún{213} parece que oigo las voces con que decían
al contramaestre:
—¡Espere, nuestramo Nicolás, espere por la madre
que lo parió; la mano, nuestramo!
Y él en su maldita jerga catalana, respondía:
—No'm fa rés; no'm fa rés.
Y cuando los infelices querían halarse al esquife y
se agarraban á la borda, los de dentro, desenvainando los cuchillos, amenazaban
coserles á puñaladas.{214}
De esta vez hubo ya bastantes víctimas: los
esquifes se alejaron, y con ellos se fué nuestra esperanza. Después de recoger
á aquellos primeros náufragos, el buque siguió su rumbo, porque no le permitía
mantenerse al pairo el temporal.
¡Á todo esto, si viese Vd. cómo iba poniéndose la
cubierta! Oíamos el roncar del incendio, que parecía el resoplido de un
animalazo horrendo, y á cada instante esperábamos ver salir las llamas por el
centro del buque y hundirse la cubierta. Nos arrimábamos cuanto podíamos á la
parte de popa, pues además el calor del suelo se hacía insoportable, y del piso
de hierro cubierto con planchas de madera salían, por los agujeros de los
tornillos, llamitas cortas, igual que si á un tiempo se inflamasen varias docenas
de fósforos sembrados aquí y acullá. Ya ni el frío ni la oscuridad eran de
temer: qué disparate! buena oscuridad nos dé Dios: la popa algunas veces estaba
tan clara como un salón de baile: iluminación completa: daba gusto ver el
horizonte cerrado por unas olas inmensas, verdes y negruzcas, que se venían
encima, y sobre las cuales volaba una orillita de espuma más blanca que la
nieve. También divisamos otro buque, un paquete de vapor, que se paraba, sin
duda, para auxiliarnos. ¡Estaba tan lejos! Con todo, la gente se animó. El
segundo, el señorito de Armero, se llegó á mí y me tocó en el hombro.
—Salgado, ¿puede Vd. bajar á la cámara? Necesito un
farol.
—Mi segundo, estoy casi ciego... Con el calor y el
humo, me va faltando la vista.{215}
—Aunque sea á tientas... Quiero un farol.
Vaya, no sé yo mismo cómo gateé por las escaleras;
la cámara era un horno, el farol todavía estaba encendido; lo descolgué y se lo
entregué al segundo, convencido de que le daba el pasaporte para la eternidad,
pues el esquife en que él y otros cuantos se decidieron á meterse, era el más
chico y estaba muy deteriorado. Lo arriaron, y por milagro consiguieron
sentarse en él sin que zozobrase. Entonces empezó la gente á lanzarse al mar
para salvarse en el esquife, y pude notar que, apenas caían al agua, morían
todos. Alguno se rompió la cabeza contra los costados del buque; pero la mayor
parte, sin tropezar en nada, espiró instantáneamente. ¿Era que hervía el agua
con el calor del incendio y los cocía? ¿Era que se les acababan las fuerzas? Lo
cierto es que daban dos paladitas muy suaves para nadar, subían de pronto las
rodillas á la altura de la boca, y flotaban cadáveres ya.
Los del esquife remaban desesperadamente hacia el
barco salvador. Supe después que, á la mitad del camino, notaron que el
esquife, roto por el fondo, hacía agua, y se sumergía; que pusieron en la
abertura sus chaquetas, sus botas, cuánto pudieron encontrar; y no bastando
aún, el señorito de Armero, que es muy resuelto, cogió á un marinerillo, lo
sentó ó, por mejor decir, lo embutió en el boquete y le dijo (con perdón):
—¡No te menees y tapa con el...!
Gracias á lo cual llegaron al buque y les pudimos
ver ascendiendo sobre cubierta. No sé si nos pesaba ó no el habernos quedado
allí sin probar el salvamento.{216} ¡Los muertos ya
estaban en paz, y los salvados... qué felices! El buque aquel tampoco se
detenía; era necesario aguardar á que Dios nos mandase otro, y resistir como
pudiésemos todo el tiempo que tardase. Es verdad que nuestro San
Gregorio aún podía durar. Al fin era un gran vapor de línea, con su
cargamento, y daba qué hacer á las llamas. El caso era refugiarse en alguna
esquina para no perecer asados.
Al capitán se le ocurrió la idea de trepar á la
cofa del gran árbol de hierro, del palo mayor. Mientras el barco ardía, creyó
él poder mantenerse allí, seguro y libre de las llamas, como un canario en su
jaula. Yo, que le ví acercarse al palo, le cogí del brazo en seguida.
—No suba Vd., capitán; ¿pues no ve que el palo se
tiene que doblar en cuanto se ponga candente?
El pobre hombre, enamorado del proyecto, daba
vueltas al rededor del palo, estudiando su resistencia. Creo que si más pronto
le anuncio la catástrofe, más pronto sucede. ¡El árbol... pim! se dobló de
pronto, lo mismo que el dedo de una persona, y, arrastrado por su peso, besó el
suelo con la cima. Por listo que anduvo el capitán, como estaba cerca, un
alambre candente de la plataforma le cogió el pié por cerca del tobillo, y se
lo tronzó sin sacarle gota de sangre, haciendo á un tiempo mismo la amputación
y el cauterio: respondo de que ningún cirujano se lo cortaba con más limpieza.
Le levantamos como se pudo, y colocando un sofá al
extremo de la popa, le instalamos del mejor modo{217} para
que estuviese descansado. Se quejaba muy bajito, entre dientes, como si
masticase el dolor, y medio le oí: ¡Mi pobre mujer! ¡mis hijitos queridos, qué
será de ellos! Pero de repente, sin más ni más, empezó á gritar como un
condenado, pidiendo socorro y medicina. ¡Sí, medicina! ¡Para medicinas
estábamos! Ya el fuego había llegado á la cámara, y á pesar del ruido de la
tormenta, oíamos estallar los frascos del botiquín, la cristalería y la
vajilla. Entonces el desdichado comenzó á rogar, con palabras muy tristes, que
le echásemos al agua, y usando, por última vez, de su autoridad á bordo, mandó
que le atásemos un peso al cuerpo. Nos disculpamos con que no había cosa que
atarle: y él, que al mismo tiempo estaba sereno, recordó que en la bitácora
existe una barra muy gruesa de plomo, porque allí no puede entrar hierro ni
otro metal que haga desviar la aguja imantada. Por más que nos resistimos, fué
preciso arrancarla, y colgársela del cuello: y como el peso era grande y le
obligaba á bajar la cabeza, tuvo que sostenerlo con las dos manos, recostándose
en el respaldo del sofá. Como llevaba en el bolsillo su rewólver, lo armó, y
suplicó que le permitiesen pegarse un tiro y le arrojasen al mar después.
¡Naturalmente que nos opusimos! Le instamos para que dejase amanecer; con el
día se calmaría la tormenta, y algún barco de los muchos que cruzaban nos
salvaría á todos. Le porfiábamos y le hacíamos reflexiones de que el mayor
valor era sufrir. Por último, desmontó y guardó el rewólver, declarando que lo
hacía por sus hijos nada más. Se quejó despacito y{218} se
empeñó en que habíamos de buscar y enseñarle el pié que le faltaba. ¡Querrá Vd.
creer que anduvimos tras del pié por toda la cubierta y no pudimos cumplirle
aquel gusto?
Después del lance del capitán, ocurrió el del
oficial tercero, y se me figura que de todos los horrores de la noche fué el
que más me afectó. ¡Lo que somos, lo que somos! Nada: una miseria. El tercero
era un joven que tenía su novia, y había de casarse con ella al volver del
viaje. La quería muchísimo ¡vaya si la quería! Como que en el viaje anterior le
trajo de Manila preciosidades, en pañuelos, en abanicos de sándalo, en cajitas,
en mil monadas. No obstante... ó por lo mismo... en fin, qué sé yo! Desgracias
y flaquezas de los mortales... el pobre andaba triste, preocupado, desde tiempo
atrás. Nadie me convencerá de que lo que hizo no lo hizo queriendo,
porque ya lo tenía pensado de antes y porque le pareció buena la ocasión de
realizarlo. Sino, ¿qué trabajo le costaba intentar el salvamento con el
señorito de Armero? Ya determinado á morir, tanto le daba de un modo como de
otro, y al menos, podía suceder que en el esquife consiguiese librar la piel.
Bien, no cavilemos. Él no dió señales de pretender combatir el fuego y mientras
nosotros manejábamos el caballo y soltábamos mangas de agua
contra las puertas, envueltos en llamas y humo, él quietecito y como atontado.
Al marcharse el señorito de Armero, le llamó á la cámara, para entregarle su
reloj,—un reloj precioso, con tapa de brillantes—y dos sortijas muy buenas
también, encargándole que se las llevase á su{219} novia
como recuerdo y despedida. Lo que yo digo: el hombre se encontraba resuelto á
morir. Luégo subió á popa, y le ví sentado, muy taciturno, con la cabeza entre
las manos. Á dos pasos me coloqué yo. Él se volvió y me dijo:
—Cocinero, ¿tiene Vd. ahí un cigarro?
—Mi oficial, sólo tengo picadura en el bolsillo del
chaquetón... Pero éste tiene tabacos, de seguro...—añadí, señalando á un
camarero que estaba allí cerca.—¿Querrá Vd. creer que el bruto del camarero se
resistía á meter la mano en el bolsillo y soltar el cigarro? Animal—le grité—no
seas tacaño ahora; ¿de qué te servirá el tabaco si vamos todos á perecer?—En
vista de mis gritos, el hombre aflojó el cigarro. El tercero lo encendió, y
daría, á todo dar, tres chupadas: á cada una le veía yo la cara con la lumbre
del cigarro: un gesto que ponía miedo. Á la tercer chupada, acercó á la sien el
rewólver, y oímos el tiro. Cayó redondo, sin un ay.
Nadie se asustó, nadie gritó: casi puedo decir que
nadie se movió: estábamos ya de tal manera, que todo nos era indiferente. Sólo
el capitán preguntó desde el sofá:—¿Qué es eso? ¿qué ocurre?—El tercero que se
acaba de levantar la tapa de los sesos.—¡Hizo bien!—De allí á poco rato,
murmuró:—Echarle al mar.—Obedecimos y á ninguno se le ocurrió rezar el Padre
nuestro.
¡Es que se vuelve uno estúpido en ocasiones
semejantes! Figúrese Vd. que, en los primeros instantes, recogió el capitán, de
la caja, seis mil duros y pico en{220} oro y
billetes; seis mil duros y pico que anduvieron rodando por allí, sobre
cubierta, sin que nadie les hiciese caso, ni los mirase. En cambio, al piloto
se le había metido en la cabeza buscar el cuaderno de bitácora, y se desdichaba
todo porque no daba con él, lo mismo que si fuese indispensable apuntar á qué
altura y latitud dejábamos el pellejo. Pues otra rareza. En todo aquel
desastre, ¿quién pensará Vd. que me infundía más lástima? El perro del capitán,
un terranova precioso, que días atrás se había roto una pata y la tenía
entablillada: el animalito, echado junto al timón, remedaba á su amo: los dos
iguales, inválidos y aguardando por la muerte. Si seré majadero! El perro me
daba más pena.
Ya las llamas salían por sotavento, y la mañana se
iba acercando. ¡Qué amanecer, Virgen Santa! Todos estábamos desfallecidos,
muertos de sed, de frío, de calor, de hambre, de cansancio y de cuanto hay que
padecer en la vida. Algunos dormitaban. Al asomar la claridad del día, salió
del centro del barco una hoguera enorme: por el hueco del palo mayor, se habían
abierto paso las llamas, y la cubierta iba sin duda á hundirse, descubriendo el
volcán. Contábamos con el suceso, y á pesar de que contábamos, nos sorprendió
terriblemente. Empezamos á clamar al cielo, y muchos á enseñarle el puño
cerrado, preguntando á Dios:
—¿Pero qué te hicimos?
El capitán, que tiritaba de fiebre, me dijo
gimiendo:
—Agua! por caridad, un sorbo de agua!
Agua! Puede que la hubiese en el algibe. Así que lo{221}
pensé fuí hacia él y se me agregaron varios
sedientos, poniendo la boca en unos remates que tiene el algibe y son como
biberones por donde sale el agua. ¡Qué de juramentos soltaron! El agua, al
salir hirviendo, les abrasó la boca. Yo tuve la precaución de recibirla en mi
casquete y dejarla enfriar. El capitán continuaba con sus gemidos. Tuve que
dársela medio templada aún. Me miró con unos ojos!
—Gracias, Salgado.
—No hay de qué, capitán... Se hace lo que se puede!
La tormenta, en vez de ir á menos, hasta parece que
arreciaba desde que era de día. Para no caer al mar, nos cogíamos á la
barandilla. Pasó un barco y por más señales que le hicimos, no se detuvo: y
debió vernos, pues cruzó á poca distancia. Á mí me dolían de un modo cruel los
ojos, secos por el fuego, y cuanto más descubría el sol, menos veía yo, no
distinguiendo los objetos sino como al través de una niebla. Por otra parte, me
sentía desmayar, pues desde el almuerzo de la víspera no probaba bocado, y se me
iba el sentido. Casualmente se encontraban sobre cubierta, descuartizadas y
colgadas, las reses muertas para el consumo del buque, y con el calor del
incendio estaban algo asadas ya. Los que nos caíamos de necesidad nos echamos
sobre aquel gigantesco rosbif, medio crudo, y refrescamos la boca con la sangre
que soltaba. Nos reanimamos un poco.
Á medio día sucedió lo que temíamos: quedó cortada
la comunicación entre la proa y la popa, derrumbándose con gran estrépito media
cubierta y viéndose{223}
el brasero que formaba todo el centro del barco.
Salieron las llamas altísimas, como salen de los volcanes, y recomendamos el
alma á Dios, porque creímos que iban á alcanzarnos. No sucedió esto por dos
razones: primera, por tener el buque, en vez de obra muerta de madera,
barandilla de hierro; segunda, por estar las puertas de hierro cerradas hacia
la parte de popa, lo cual contuvo el incendio por allí, obligándole á cebarse
en la proa. De todas maneras, no debían las llamas andar muy lejos de nuestras personas,
ya que á eso de las tres de la tarde empezamos á advertir que el{224} piso nos tostaba las plantas de los piés. Atamos
á una cuerda un cubo, y lo subíamos lleno de agua de mar, vertiéndolo por el
suelo para refrescarlo un poco. Ya comprendíamos lo estéril del recurso, y en
medio de lo apurados que estábamos, no faltó quien se riese viendo que era
menester levantar primero un pié y luégo bajar aquel y levantar el otro, para
no achicharrarse. Serían las tres. El capitán me llamó despacito.
—Salgado, ¡cuánto mejor era morir de una vez!
—Para morir siempre hay tiempo, mi capitán. Aún
puede que la Virgen Santísima nos saque de este apuro.
Claro que yo se lo decía para darle ánimos: allá en
mi interior, calculaba que era preciso hacer la maleta para el último viaje.
Bien sabe Dios que ni pensaba en las herramientas que había perdido, ni en mi
propia muerte, sino sólo en los chiquillos que quedaban en tierra. ¿Cómo los
trataría su padrastro? ¿Quién les ganaría el pan? ¿Saldrían á pedir limosna por
las calles? Á lo que yo estaba resuelto era á no morir asado. Miré dos ó tres
veces al mar, reflexionando cómo me tiraría para no romperme la cabeza contra
el casco y no sufrir más martirio que el del agua cuando me entrase en la boca.
Para acabar de quitarnos el valor, pasó un barco sin hacer caso de nuestras
señales. Le enseñamos el puño y hubo quién le gritó:—Permita Dios que te veas
como nos vemos.
Ya nos rendía, los brazos la faena de bajar y subir
baldes de agua, que era lo mismo que querer apagar con saliva una hoguera
grande; y convencidos de que{225} perdíamos el
tiempo y era igual perecer un cuarto de hora antes ó después, el que más y el
que menos empezó á pensar cómo se las arreglaría para hacer sin gran molestia
la travesía al otro barrio. Yo me persigné, con ánimo de arrojarme en seguida
al mar. ¡Qué casualidades! Hete aquí que aparece una embarcación, y en vez de
pasar de largo, se detiene.
Ya estaba el barco al habla con nosotros: una
goleta inglesa, una hermosa goleta que desafiaba la tempestad manteniéndose al
pairo. Los que conservaban ojos sanos pudieron leer en su proa, escrito con
letras de oro, Duncan. Empezamos á gritar en inglés, como locos
desesperados:
—¡Schooner! ¡Schooner! ¡Come near!
—¡Throw to the water! nos respondían á
voces, sin atreverse á acercarse. ¡Echarnos al agua! No quedaba otro recurso, y
éste era tan arriesgado! En fin, qué remedio: los esquifes no podían
aproximarse, por el temporal, y el buque menos aun. Nuestro San
Gregorio, cercado por todas partes de llamas inmensas, ponía miedo. Había
que escoger entre dos muertes, una segura y otra dudosa. Nos dispusimos á beber
el sorbo de agua salada.
El primer chaleco salvavidas que nos arrojaron al
extremo de un cabo, se lo ofrecimos al capitán.
—Ánimo, le dijimos. Póngase Vd. el chaleco y al
mar: mal será que no bracee Vd. hasta la goleta.
—¡No puedo, no puedo!
—Vaya, un poco de resolución.
Se lo puso y medio murmuró, gimiendo:{226}
—Tanto da así como de otro modo.
Y acertaba. Aquello fué adelantar el desenlace y
nada más. Se conoce que ó la humedad del agua ó el sacudimiento de la caída le
abrieron las arterias del pié tronzado, y se desangró en un decir Jesús; ó
acaso el frío le produjo un calambre; no sé: el caso es que le vimos alzar los
brazos, juntarlos en el aire, y colarse por ojo, del salvavidas, al fondo del
mar. Quedaron flotando el chaleco y la gorra: á él no le vimos ya más en este
mundo.
Seguían echándonos, desde la goleta, cabos y
salvavidas, y la gente, visto el caso del capitán, recelaba aprovecharlos. Yo
me decidí primero que nadie. Ya quería, de un modo ó de otro, salir del paso.
Pero antes de dar el salto mortal, reflexioné un poco y determiné echarme de
soslayo, como los buzos, para que{227} la
corriente, en vez de batirme contra el buque, me ayudase á desviarme de él. Así
lo hice, y en efecto, tras de la zambullida, fuí á salir bastante lejos
del San Gregorio. Oía los gritos con que desde el schooner me
animaban, y oí también el último alarido de algunos de mis compañeros, á
quienes se tragó el agua ó zapatearon las olas contra los buques. Yo choqué con
la espalda en el casco del Duncan: un golpe terrible, que me dejó
atontado. Cuando me halaron, caí sobre cubierta como un pez muerto.
Acordé rodeado de ingleses. Me decían: ¡go!
¡cook! ¡go! ¡á la cámara! Me incorporé y quise ir adonde me mandaban,
pero no veía nada, y después de tantos horrores me eché á llorar por primera
vez, exclamando:
—Mi no cook... ciego... enséñenme el
camino...
Me levantaron entre dos y me abracé al primero que
tropecé, que era un grumete y rompió también á llorar como un tonto. No sé las
cosas que hicieron conmigo los buenos de los ingleses. Me obligaron á beber de
un trago una copa enorme de brandy, me pusieron un traje de
franela, me dieron fricciones, me acostaron, me echaron encima qué sé yo
cuantas mantas, y me dejaron solito.
¿Qué sentí aquella noche? Verá Vd.... Cosas muy
raras: no fué delirar, pero se le parecía mucho. Al principio sudaba algo y no
tenía valor para mover un dedo, de puro feliz que me encontraba. Después, al
oir el ruido del mar, me parecía que aún estaba dentro de él, y que las olas me
batían y me empujaban{228} aquí y allí. Luégo iban
desfilando muchas caras: mis compañeros, el tercero á la luz del cigarro, el
capitán, y gentes que no veía hacía tiempo, y hasta un chiquillo que se me
había muerto años antes...
En fin, por acabar luégo: llegamos á Newcastle, se
me alivió la vista, el cónsul nos dió una guinea para tabaco, y á los pocos
días nos embarcamos en un barco español con rumbo á Marineda. ¡Qué diferencia
del buque inglés! Nuestros paisanos nos hicieron dormir en el pañol de las
velas, sobre un pedazo de lona: apenas conseguimos un poco de rancho y galleta
por comida: como si fuésemos perros.
De la llegada, ¿qué quiere Vd. que diga? Á mi mujer
le habían dado por cierta mi muerte; en la calle le cantaban los chiquillos
coplas anunciándosela. Supóngase Vd. cómo estaba, y cómo me recibió. Ahora he
de ir al santuario de la Guardia: no tengo dinero para misas: pero iré á pié,
descalzo, con el mismo traje que tenía cuando me halaron sobre la cubierta
del Duncan: chaleco roto por los garfios del salvavidas, pantalón
chamuscado, y la cabeza en pelo: se reirán de verme en tal facha: no me
importa: quiero besar el manto de la Virgen, y rezar allí una Salve.
Me faltará para pan, pero no para comprar una
fotografía del San Gregorio... ¿Ha visto Vd. cómo quedó? El casco
parece un esqueleto de persona, y aún humea: el cargamento de algodón arde
todavía: dentro se ve un charco negro, cosas de vidrio y de metal fundidas y
torcidas... ¡Imponente!
¿Que si me da miedo volver á embarcarme?... ¡Bah!{229} ¡Lo qué está de Dios... por mucho que el hombre
se defienda...! Ya tengo colocación buscada. ¿Quiere Vd. algo para Manila? ¿Que
le traiga á Vd. algún juguete de los que hacen los chinos? El domingo
saldremos.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . .
Dí al cocinero del San Gregorio unos
cuantos puros. Tiene el cocinero del San Gregorio buena sombra
y arte para narrar con viveza y colorido. Durante la narración, ví acudir
varias veces las lágrimas á sus ojos azules, ya sanos del todo.
Entróse á buen paso mi héroe por la iglesia, en
cuya{234} nave se espesaba la atmósfera, impregnada
de partículas de cera é incienso. En el altar mayor ardían aún todas las luces
del Monumento, simétricamente dispuestas, alternando con vasos henchidos de
gayas y pomposas flores de papel, con ramos de hojarasca de plata, y allá
arriba azulados bullones de tul formaban un dosel de nubes, de trecho en trecho
cogido por angelitos vivarachos y de rosada carnación, con blancas alas en los
hombros, alas impacientes y cortas, que parecían, entre el trémulo chisporroteo
de los cirios, estremecerse preludiando el vuelo. Todo el gran frente del altar
irradiaba y esplendía como una gloria, envuelto en áureo y caliente vapor, y
animado por la continua y parpadeante vibración de las candelas, y las notas de
fuerte colorido de los contrahechos ramilletes.
Él avanzó hacia el luminoso foco, atraído por dos
negras figuras femeniles,—esbeltas á despecho del largo manto que las
recataba,—que de hinojos ante el presbiterio, sobresalían destacándose encima
de aquel fondo de lumbre; mas en el propio instante las figuras se irguieron,
hicieron profunda reverencia al altar, signáronse, y rápidas tomaron hacia la
puertecilla de la sacristía, que á la derecha bostezaba, abriéndose como una
boca oscura. Echó él inmediatamente tras las figuras, sin cuidarse de dar muestra
alguna de respeto, cuando pasó frente al Sagrario. Colóse por la misma boca que
se había tragado á sus perseguidas y se halló en la sacristía, mal alumbrada
por mezquino cabo de vela, que iba consumiéndose en una palmatoria{235} puesta sobre la antigua cómoda de nogal, almacén
de las vestiduras sacras. En aquel recinto semi-tenebroso no estaban las damas
ya.
Empujó la puerta de salida de la sacristía, que
daba á lóbrega y retirada callejuela, y con ojos perspicaces escrutó las
sombras, sin que en la angostura del solitario pasadizo viese ondear ningún
traje, ni recortarse silueta alguna. Era evidente que se había perdido la pista
de la res: las fugitivas tapadas, llegando á las calles principales,
confundiéronse, sin duda, entre el gentío. Tras un minuto de indecisión, mi
protagonista, á quien me place llamar Diego, encogióse levemente de hombros, y
desandó lo andado, pero con menos prisa ya, no sin que otorgase una mirada al
lugar y objetos circunstantes. Vió las borrosas pinturas pendientes en los
muros, el lavabo de cantería con su grifo, los ornatos dispersos aún sobre los
bufetes, las crespas pellices que tendían sus brazos blancos, el haz de cirios
nuevos abandonado en un rincón, los cajoncillos entreabiertos dejando asomar
una punta de cíngulo, todo el solemne desorden de la sacristía á última hora.
Lentamente penetró de nuevo en la desierta iglesia, y al encararse con el
altar, dobló el cuerpo en mecánica cortesía, sin que ningún murmullo de rezo
exhalasen sus labios, y alzando la vista al Monumento, paróse á contemplar sus
refulgentes líneas de luz. Llegaban éstas ya al término de su vida; un hombre,
vuelto de espaldas á Diego, y encaramado en una escalerilla de mano, las mataba
una á una, con ayuda de una luenga y flexible caña, y no transcurría un segundo{236} sin que alguna de aquellas flamígeras pupilas se
cerrase. Iban sumergiéndose en golfos de sombra los frescos angelotes, los
follajes de oropel y briche, las bermejas rosas artificiales de los tiestos,
las estrellas de talco sembradas por el fantástico pabellón de nubes. Buen rato
se entretuvo Diego en ver apagarse las efímeras constelaciones del firmamento
del altar, y cuando sólo quedaron diez ó doce astros luciendo en él, dió media
vuelta, propuesto á abandonar el templo. Mas en mitad de la nave mudó
instintivamente de rumbo, dirigiéndose á una de las dos capillas que hacían de
brazos de la latina cruz que el plano de la iglesia dibujaba. Era la capilla de
la izquierda, fronteriza á aquella en cuyos muros encajaba la puerta de la
sacristía.
Cerraba la capilla de la izquierda labrada verja de
hierro, abierta á la sazón, y en el fondo, delante del retablo lúgubremente
cubierto de arriba á bajo con paños de luto, descollaban expuestas en sus andas
las imágenes que al día siguiente recorrerían las calles de la ciudad formando
la dramática procesión de los Pasos. Fijó Diego la vista en ellas
con sumo interés, recordando mediante una de las fugaces pero vivísimas
reminiscencias, que impensadamente suelen retrotraernos á plena niñez, el
pueril gozo con que en días muy lejanos ya, más lejanos aun en el espíritu que
en el tiempo, trayéndole su madre al propio sitio, y elevándole en sus brazos,
besaba él devotamente la orla bordada de la túnica de aquel mismo Nazareno.
Absorto en tales remembranzas, consideraba Diego el{237} aspecto
de la capilla. Artista y observador, parecíale mirar y comprender ahora las
imágenes de muy otro modo que lo hiciera allá en los albores de su infancia.
Entonces eran para él símbolos del cielo, invocado en sus cándidas oraciones;
habitantes de una comarca felicísima, hacia la cual él deseaba remontarse por
un impulso de las alas de querubín que en su espalda prendía la inocencia. Hoy
le inspiraban igual curiosidad que un objeto cualquiera de arte; advertía sus
detalles mínimos, las desmenuzaba, las profanaba mentalmente tasándolas en su
precio neto, según la destreza del escultor que las labrara ó los conocimientos
en indumentaria de la costurera que cortó y dispuso los trajes. Sonrióse al
distinguir en la túnica del Nazareno unas franjas de ornamentación de gusto
renaciente, y al notar que la soldadesca de Pilatos vestía de medio cuerpo
abajo á la usanza española del siglo XVI, mientras Berenice, la
tradicional Verónica, lucía brial de joyante seda al estilo
medio-évico. Anacronismos que entretuvieron á Diego no poco, dándole ocasión de
reconstruir en su mente una por una las impresiones de la edad en que acudía á
visitar la capilla con erudición más corta y alma más simple y amante. En aquel
punto y hora se encontraba Diego en la iglesia, merced al más irreverente de
cuantos azares existen; el azar de seguir los pasos á una bella mujer, largo
tiempo rondada sin fruto, y cuyo desdén hizo de martillo que arrancase chispas
al indiferente y helado corazón de Diego, bastando á empeñarle con ardiente
ahínco en la demanda. De seguro que á no haber visto{238} dirigirse
á la gentil dama con su más familiar amiga,—ambas rebozadas en tupidos
velos,—camino de la iglesia, donde se rezan las estaciones en aquella noche
solemne; á no pensar que la hora, el tropel de gente arremolinada en el
pórtico, brindaban ocasión favorable de poner con disimulo rendido billete en
unas manos quizá en secreto ansiosas de recibirlo... no se estuviera él en tal
sazón en la capilla, sino en su casa, leyendo á la clara luz del quinqué los
diarios, ó respirando en el balcón la regalada brisa nocturna.
Mas como quiera que fuese, es lo cierto que había
venido á dar á la capilla y con la oleada de recuerdos infantiles olvidárase ya
del galanteo, concentrando su atención toda en las imágenes que suavemente le
conducían á los linderos del pasado. Parecíale tomar otra vez posesión de
comarcas de antiguo perdidas, y con ellas recobrar la sencillez de su puericia
venturosa. Allí estaba el San Juan, el amado discípulo, de rostro lindo y
femenil, con su túnica verde, su manto rojo y sus bucles castaños, que caen como
lluvia de flores en derredor de las impúberes mejillas y de la ebúrnea
garganta. Allí la Virgen-Madre, pálida y orlados los ojos de dolor, tendidos
los brazos, cruzadas con angustia las manos, arrastrando luengos lutos,
trucidado por siete puñales el pecho. Allí la Verónica pía, de
arrogante hermosura, cubierta de galas y preseas, recamado de oro el rico velo
de blanquísimo tisú, turbado el semblante con lástima infinita, presentando el
limpio pañuelo que ha de enjugar el sudor de la sacrosanta Faz. Allí los
verdugos—que en otro tiempo hacían{239} á Diego
temblar de horror;—los sayones, de torvas cataduras y velludas fisonomías, de
chatas frentes y cuerpos color de ocre, ostentando en la cabeza duro capacete ó
aplastado turbante, desnudo el torso, señalando con violentas actitudes la
recia musculatura de sus fornidos brazos, tirando de las sogas ó apretando
amenazadores los iracundos puños. Allí, por último, el Nazareno, agobiado con
el peso de su túnica de terciopelo oscuro, cuajada de palmas y cenefas de oro y
sujeta por grueso cordón de anchos borlones, macilento y cadavérico el rostro,
apenas visible entre los flotantes rizos de la cabellera y las espirales de la
ondeada barba virgen; el Nazareno triste, de penetrantes ojos y cárdenos
labios, de frente donde se hincan los abrojos de la corona, arrancando
denegridas gotas de sangre. ¡Caso peregrino, en verdad! Conocía Diego al
dedillo las reglas de la estética y las teorías artísticas; sabía de sobra que
el arte condena severo las imágenes llamadas de vestir, sancionando
las de bulto, donde el cincel puede revelar la armonía de las formas bajo el
plegado de los paños. Y, no obstante, nunca maravillosa estatua, labrada en
puro mármol pentélico por el artista más insigne de la antigua Grecia, le
causara la honda impresión que aquella imagen, por la ignorante piedad
ataviada, sin tomar en cuenta los preceptos del arte ni las investigaciones
arqueológicas. Tal era la fuerza y viveza de sus sentimientos ante la efigie,
que creía notar en los labios el contacto de la rígida orla de la túnica; y
movido de curiosidad, deseando probar si algo del hombre de antaño sobrevivía{240} en el de hogaño, miró al rededor, no fuera que
estuviese oculto en los rincones de la capilla alguien que pudiese soltar la
carcajada; y á falta de otro público, rióse él mismo al poner la boca en la
fimbria del traje del Divino Nazareno. Alzóse, y á manera de disculpa interior,
se alegó á sí propio que también los que en edad varonil vuelven al jardín
donde infantes jugaron, gustan de esconderse en los bosquecillos como solían,
por renovar el recuerdo de las alegres horas de ayer.
Hecho este soliloquio, resolvió Diego dejar
definitivamente la capilla y la iglesia, que así lo pedía lo avanzado de la
hora. Consagró la postrer mirada á las imágenes, cuyas vestiduras, al reflejo
de la lámpara colgada{241} de la techumbre y á la
flava luz de dos altos blandones fijos en las andas, destellaban oro y colores,
y sin hacer genuflexión ni acatamiento alguno, pasó la verja. Estaba el templo
del todo sombrío: en el Monumento, negro y mudo ya, ni aun oscilaba el rojizo
tufo de los pábilos recién apagados: apenas combatía las tinieblas de la nave
el vago fulgor de los hachones de la capilla. Diego fué derechamente á una de
las puertas que salían al vestíbulo del pórtico; empujóla con suavidad primero
y fuerte después, y no sin gran sorpresa advirtió que resistían las hojas; la
puerta estaba cerrada. Acudió Diego á la otra, y con mano impaciente buscó el
pestillo: clausura completa. Palpó nervioso y trémulo, requiriendo la llave,
que de fijo descansaría en la faltriquera del sacristán, puesto que estaba
ausente de la cerradura. Entonces atravesó Diego apresuradamente la nave, y
llegándose á la puerta de la sacristía, probó á abrirla á tientas: empresa no
menos vana que las anteriores. Herméticamente cerradas se encontraban todas las
salidas del templo.
Hizo el mancebo ademanes de despecho y enfado. Su
situación era clara: preso toda la noche en la iglesia. Mientras se embebecía
en la contemplación de las imágenes, el sacristán, menos soñador y distraído,
se recogía á saborear la colación en familia, cerrando bien antes. Diego torció
y mordió con enojo su mostacho, y meneó la cabeza como diciendo: «Vamos á ver,
¿y qué hago yo ahora?» Meditó varios expedientes y ninguno tuvo por aplicable.
Podría acaso, con sus vigorosos puños, forzar las cerraduras de las endebles{242} puertas interiores; pero le detendría la
fortísima exterior del pórtico, ó la no menos resistente, aunque más baja, de
la sacristía por la parte de la calle. Y ¿qué escándalo no iba á causar en la
ciudad el verle á él, pacífico ciudadano, forzando puertas de templos, ni más
ni menos que un burlador de capa y espada? Ocurriósele también gritar: acaso el
sacristán, atareado aún en la sacristía, le oyese; pero inexplicable recelo
embargó su voz, temiendo verla apagarse sin eco en la alta bóveda: además, algo
pueril había en los gritos, que repugnaba á Diego. En estas imaginaciones
transcurrieron diez minutos de angustia penosa; pero al cabo acudió la
reflexión. Si el verse obligado á pernoctar en una iglesia no es recreativa
aventura, tampoco grave mal ni terrible desdicha. Seguramente no se divertiría
mucho Diego en la mansión sagrada, mas en cambio podría dormir á sus anchas,
sin temor de que ningún importuno viniese á interrumpirle. Tratábase no más que
de una noche; y mitad de ella era ya por filo, según anunció el reloj de la
torre sonando doce lentas campanadas. Faltaban para la aurora, en aquella
estación del año, cinco horas apenas, que bien podían dormirse en un banco, por
duro que fuese. Antes de la del alba, vendría el sacristán á franquear las
puertas, á disponerlo todo para los divinos oficios, y entonces, cátate á Diego
libre y volando á su casa, á tenderse entre sábanas delgadas y limpias, á
dormir hasta las once y á levantarse después, para ver cómo sentaba la negra
mantilla de fondo al talle de su perseguida beldad. Todo este raciocinio
hilvanó el magín{243} de Diego en un abrir y cerrar
de ojos. Y pararon sus cálculos en resignarse y acogerse, atraído por las
luces, á la capilla del Nazareno.
Ardían más amarillentos que nunca los cirios,
soltando goterones de cera derretida, que á veces caían, y con rebote sordo se
aplastaban en los palos de las andas de las imágenes. Reinaba, visible y
palpable casi, el silencio. Diego se sentó en un banco, recostando la cabeza en
la rinconada que formaba la saliente de un confesonario, y el crujido del duro
asiento, al recibir el peso de su cuerpo, le sonó extrañamente. Trató de
dormir; pero no acertaba á cerrar los ojos y recogerse para conciliar el sueño.
Estorbábale mucho la absoluta tranquilidad del recinto, tranquilidad que
agigantaba hasta el chisporroteo de los blandones. Aquella callada atmósfera
estaba llena de cosas inexplicables é incomprensibles, que Diego percibía, sin
embargo. Quejas ahogadas, silabeo de oraciones en baja voz, grave salmodia de
responsos, abrasadoras lágrimas de arrepentimiento, sofocados suspiros,
flotaban en el ambiente como seres incorpóreos, como moléculas del incienso
evaporado en el aire, como átomos de la mirra quemada ante el ara: dijérase que
las almas de cuantos allí imploraron del cielo paz ó perdón, se habían quedado
cautivas en el circuito de los altos muros de la capilla. Diego se dió á creer
que menos le turbarían acaso los siniestros rumores de derruído templo ojival,
donde mugiese el viento, silbase el cárabo y la corneja graznase, que el
perfecto reposo de aquella iglesia moderna; y la aprensión más singular{244} de cuantas le asaltaban, la más rara idea
sugerida por el misterioso silencio, era la de figurarse que no se
hallaba solo. Por mucho que combatiese tan ridícula suposición, no
podía arrancarse de la mente el pensamiento de que allí había alguien, ó, mejor
dicho, mucha gente, muchos ojos que le miraban atentos, muchos cuerpos vueltos
hacia él. Sacudió la cabeza, pasóse repetidas veces la mano por la frente que
comenzaba á arder, reclinóse de nuevo en el ángulo, y probó á dormirse. Pero no
es dado gozar el bálsamo del sueño á quien más lo solicita; antes suele huirnos
cuando lo invocamos para aplacar la excesiva tensión de nuestros nervios y las
tempestades de nuestro espíritu. Cerrados los párpados, no se disipó la
indefinible zozobra de Diego. Parecíale oir tenues oscilaciones del aire,
pisadas muy quedas, vagos murmullos, balbuceos trémulos, chasquidos leves,
suave crujir de ricas estofas, ráfagas de viento empujadas por manos que se
tendían para acariciarle, ó cortadas por armas que descendían para herirle. No
pudo sufrir más: mal de su grado se le despegaban los párpados, violentamente
retraídos por sus músculos tensores. Miró.
Las imágenes se erguían inmóviles en las andas, los
ciriales alumbraban en paz. Diego respiró ampliamente, increpándose á sí mismo.
No se reirían poco mañana sus compañeros de mesa de café si cometiese la
simpleza de contarles cuán extrañas sinfonías entonan á las altas horas de la
noche las capillas desiertas.
Tranquilo ya, recorrió otra vez con la vista las
efigies todas, y cautivado, detúvose en la del Nazareno.{245} Era
esta la que más próxima tenía: veíala de frente y de costado á las demás.
Consideró primero el traje y después el macilento rostro. Y volvió á notar lo
convencional del criterio estético, observando el efecto sorprendente de
realidad de los ojos de la imagen, que eran de cristal, ni más ni menos que los
de los animales disecados. Fuese que la luz de las velas se quebrase en ellos
de modo especial, fuese que la densa sombra de la abundosa cabellera les
prestase reflejos de agua profunda, el caso es que los ojos tan pronto
despedían centellas, como semejaban á Diego velados por turbia cortina de
llanto. Hasta llegó un instante en que de los lagrimales á las flacas mejillas
creyó Diego, asombrado, ver deslizarse unas gotas, que al llegar á la negra
barba se quedaron frescas y relucientes como el rocío en la tela de la araña
campesina. Sintió impulsos de levantarse y contemplar de cerca el prodigio, mas
al punto se calificó de necio rematado si tal hiciese. No creía en lo
sobrenatural, y mejor que admitir que llorase un Nazareno de madera, tuviérase
á sí propio por visionario y demente. Sus ojos, deslumbrados por los hachones,
y no los de vidrio de la imagen, eran causa del fenómeno. No obstante, mágica
fascinación prendía sus pupilas á aquellas otras pupilas llorosas y mansas. Una
especie de estremecimiento magnético le hizo temblar de frío, y quiso dirigir
la visual á otra parte: imposible; los ojos del Nazareno buscaban con empeño
tal, preguntaban tan imperiosamente, que era fuerza contestarles. ¡Por vida de
Diego! Lo que procedía era irse derechito á la efigie, mirarla de cerca,{246} tocar su rostro de palo, sus ojos de cristal, y
reirse después. Sí, esto era lo sensato, lo cuerdo, lo que cualquier hombre que
tenga cabales sus potencias opina á las doce del día, después de almorzar y
fumando un cigarro. Pero á igual hora de la noche, sin haber cenado, cautivo en
una iglesia solitaria, en compañía de un Nazareno que alumbran cirios, es
verosímil que el mismo hombre hiciese lo que Diego: levantarse con ademán
brusco, pasar ante el Nazareno clavada la vista en tierra, por librarse del
imán de sus ojos, y refugiarse en el interior del confesonario, cuyas paredes,
de madera, caladas en un pequeño espacio por menuda rejilla, se interpusieron
entre él y las imágenes, procurándole una especie de alcoba, dura y estrecha,
sí, pero al cabo retirada.
Mas ni por sepultarse en tal escondite cesó Diego
de tiritar y de sentir zumbido en las sienes, y dolorosa percepción del curso
de la sangre por las venas de su cerebro. Al través de la apretada rejilla,
parecíale que los trágicos personajes del poema de la Pasión no estaban ya en
sus andas, sino en el suelo, muy cerca de él, tocando con las murallas de leño
de su guarida. Oía choque de corazas y espadas, sonar de cuentos de lanza sobre
las baldosas, pasos trabajosos y desiguales, sordas imprecaciones, blasfemias
cínicas, sollozos desgarradores arrancados de mujeriles pechos. Y también
llególe el són de roncas trompetas y destemplados atambores, y, de tiempo en
tiempo, el choque mate de un objeto pesado contra la tierra. Parecía como si
cantasen un coro á telón corrido, pero con tal maestría,{247} que
cada voz se destacaba aisladamente entre las demás sin romper el concierto:
Diego se apretaba la cabeza y tapábase los oídos con las manos; mas de pronto
las tablas del confesonario cesaron de interponerse entre su vista y el
espectáculo que adivinaba: el telón subió, y apareció la escena.
No estaba Diego ya en la capilla, ni le alumbraban
los pálidos blandones, sino que se encontraba en un camino que, naciendo en las
puertas de torreada ciudad, faldeaba un montecillo, trepando por él hasta
empinarse á la cumbre. Hirviente multitud ondulaba en el sendero, como flexible
sierpe que colea; el sol, inflamado, rutilante en su zenit, pero de luz turbia
y lívida, iluminaba sin regocijarlo el paisaje. Sus reflejos arrancaban
vislumbres como de fuego y sangre á las armaduras, á los yelmos, á los hierros
de lanza, á las águilas posadas en los pendones de la centuria de romanos
jinetes que, indiferentes y marciales, arrendando sus briosos potros, daban
escolta al cortejo. Á ambos lados de la senda se enracimaban gentes del pueblo,
mujeres y niños los más, que llorando y plañendo, maltratados á veces por la
cohorte, se unían al grupo central de la lúgubre procesión. Formaban este grupo
los hoscos sayones, los siniestros y grotescos verdugos, que bullían en torno
de un hombre vestido con túnica nazarena.
Aquel hombre, cuyo rostro apenas se distinguía
entre los copiosos y enmarañados bucles de su cabellera oscura, manchada de
polvo y sangre, llevaba ceñida corona de espinas punzantes; sustentaba en sus
hombros{248} el árbol de enorme y pesada cruz, y
sus piés descalzos y llagados pisaban dolorosamente los guijarros del camino.
Apurábanle los sayones porque apretase el paso y llegase más presto al lugar
del suplicio; cuál le descargaba fuerte puñada en los lomos; cuál le sacudía
tremendo bofetón en la faz, ó le tiraba despiadadamente de los mechones del
cabello. Diego miró con horror á los sicarios, y se lanzó hacia el grupo
deseoso de socorrer á la víctima; pero al alzar la mano para abrirse paso y
apartarlos, halló que rodeaba su muñeca gruesa soga, pasada al cuello del reo.
Entonces convirtió la vista á sí propio, y advirtió con espanto que tenía la
propia semejanza y figura de uno de aquellos feroces jayanes. Desnudos llevaba
como ellos pecho y espaldas, sujeto á la cintura breve faldellín, pendiente del
cinto de cuero una bolsa con martillo, tenaza y provisión de férreos clavos.
Quiso entonces desasirse de la cuerda maldita; tiró, y logró solamente lastimar
los lacerados hombros del reo, que exhaló suave quejido. Siguió su marcha la
comitiva, y Diego, confundido con ella, mecánicamente, como paja á quien
arrastran las ondas del mar. Andados algunos pasos, los piés de la víctima
tropezaron en una cortante piedra, y desplomóse sobre las rodillas, abrumado
por la cruz. Intentó Diego ayudarle á incorporarse, mas la soga volvió á rozar
el herido cuello, y el reo á gemir.
Haciéndose cada vez más agria la cuesta, más grave
el peso, aún vaciló y cayó, pero se sostuvo en las palmas de las manos; y
entonces, como echase atrás la cabeza, apartáronse los descompuestos bucles, y
quedó{249} patente el rostro maltratado y escupido,
los dulces labios marchitos como pisoteada flor, la bella barba ahorquillada y
rizosa, la cándida frente claveteada de espinas, los serenos abismos de los
ojos, que con ternura y paz miraban en torno de sí. Diego sintió como si el
corazón le traspasase agudo y penetrante dardo, y las entrañas se le
conmovieron y derritieron de pena. «Álzate, sigue,» vociferaban los verdugos en
una lengua extraña que Diego entendía, sin embargo, y se precipitaron sobre el
Nazareno para levantarle de grado ó por fuerza. Cogido Diego en el vórtice del
viviente remolino, extendió también los brazos y asió del reo á tientas, según
pudo entre la confusión; oyóse un clamor de agonía, contestaron á él las hijas
de Jerusalem con histérico llanto, y Diego vió que las sienes de Jesús chorreaban
sangre, y sintió en sus dedos un contacto blando, elástico, acariciador:
enroscábase á ellos un rizo arrancado de la frente del Nazareno.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . .
Despertóse Diego en su lecho, rodeado de solícitos
amigos, que le velaban y cuidaban desde que le encontraron sin sentido y sin
pulso sobre el frío pavimento de la capilla, delante de las andas.
Ya tornaba á la vida y había en sus mejillas color,
en sus pupilas luz é inteligencia. Recobrándose poco á poco, incorporado sobre
la almohada, fué recogiendo lentamente los sueltos cabos de sus recuerdos, y
reconstruyendo lo pasado en su mente. Ensanchó el pecho respirando con
desahogo, y murmuró:
Mas en el instante mismo hubo de advertir algo
delicado y sedoso, como piel de mujer, como suave pétalo de flor, que tocaba
con la yema del pulgar y envolvía su dedo índice. Sus ojos quedaron fijos y
dilatados, abierta su boca y paralizada su lengua. Aquella fina sortija era el
rizo.
Pero acontece que si llega á agradarnos ó á
producirnos honda impresión un asunto, no nos sale ya fácilmente de la cabeza,
y diríase que bulle y se revuelve allí cual el feto en las maternas entrañas,
solicitando romper su cárcel oscura y ver la luz. Así yo, desde que leí la
historia milagrosa que, dejando escrúpulos á un lado, voy á contar no sin
algunas variantes, viví en compañía de la heroína, y sus aventuras se me
aparecieron como serie de viñetas de misal, rodeadas de orlas de oro y colores
y caprichosamente iluminadas, ó á modo de vidriera de catedral gótica, con sus
personajes vestidos de azul turquí, púrpura y amaranto. ¡Oh quién tuviese el
candor, la hermosa serenidad del viejo cronista, para empezar diciendo: «En el
nombre del Padre!...»
I
Era muchos, muchos años, ó por mejor decir, muchos
siglos hace; el tiempo en que Francisco de Asís, después de haber recorrido
varias tierras de Europa exhortando á la pobreza y á la penitencia, enviaba sus
discípulos por todas partes á continuar la predicación del Evangelio.
Los pueblecillos y aldehuelas de Italia y Francia
estaban acostumbrados ya á ver llegar misioneros peregrinos,{255} de
sayal roto y descalzos piés, que se iban derechos á la plaza pública, y
encaramándose sobre una piedra ó sobre un montón de escombros, pronunciaban
pláticas fogosas, condenando los vicios, increpando á los oyentes por su
tibieza en amar á Dios. Bajábanse después del improvisado púlpito, y los
aldeanos se disputaban el honor de ofrecerles hospitalidad, lumbre y cena.
No obstante, en las inmediaciones de Dijón existía
una granja aislada, á cuya puerta no había llamado nunca el peregrino ni el
misionero. Desviada de toda comunicación, sólo acudían allí tratantes
dijonenses, á comprar el excelente vino de la cosecha; pues el dueño{256} de la granja era un cosechero ricote y tenía
atestadas de toneles sus bodegas y de grano su troj. Colono de opulenta abadía,
arrendara al abad por poco dinero y muchos años pingües tierras, y, según de
público se contaba, ya en sus arcas había algo más que viento. Él lo negaba;
era avaro, mezquino, escatimaba la comida y el salario á sus jornaleros, jamás
dió una blanca de limosna, y su mayor despilfarro consistía en traer á veces de
Dijón una cofia nueva de encaje ó una tosca medalla de oro á su hija única.
Omite la crónica el nombre de la doncella, que bien
pudo llamarse Berta, Alicia, Margarita ó cosa por el estilo, pero á nosotros ha
llegado con el rótulo de la Borgoñona. De cierto sabemos que la
hija del cosechero era moza y linda como unas flores, y á más tan sensible,
tierna y generosa como duro de cocer y tacaño su padre. Los mozos de las
cercanías bien quisieran dar un tiento á la niña y de paso á la hucha del viejo
donde se guardaba sin duda una apetitosa dote en relucientes monedas de oro;
mas nunca requiebros de gañanes tiñeron de rosa las mejillas de la doncella, ni
apresuraron los latidos de su seno. Indiferente los escuchaba, acaso riéndose
de sus extremos y finezas amorosas.
Un día de invierno, al caer de la tarde, hallábase
la Borgoñona sentada en un poyo ante la puerta de la granja, hilando su rueca.
El huso giraba rápidamente entre sus dedos, el copo se abría y un tenue hilo,
que semejaba de oro, partía de la rueca ligera al huso danzarín. Sin
interrumpir su maquinal tarea, la Borgoñona{257} pensaba,
involuntariamente, en cosas tristes. ¡Qué solitaria era aquella granja, Madre
de Dios! ¡Qué aire tenía de miseria y de vetustez! Nunca se oían en ella risas
ni canciones; siempre se trabajaba callandito, plantando, cavando, podando,
vendimiando, pisando el vino, metiéndolo en los toneles, sin verlo jamás
correr, espumeante y rojo, de los tanques á los vasos, en la alegría de las
veladas!—¿Á qué tanto afanarse? reflexionaba la niña.—Mi padre taciturno,
vendiendo su vino, contando sus dineros á las altas horas de la noche; yo
hilando, lavando, fregando las cacerolas, amasando el pan que he de comer al
día siguiente... ¡Ah! naciera yo hija de un pobre artesano de Dijón, de un vasallo
del obispo, y sería más dichosa!
Distraída con tales pensamientos, la Borgoñona no
vió á un hombre que por el estrecho sendero abierto entre las viñas caminaba
despacio hacia la granja. Muy cerca estaba ya cuando el ruido de su báculo
sobre las piedrezuelas del camino movió á la doncella á alzar la cabeza con
curiosidad, que se trocó en sorpresa así que hubo contemplado al forastero, el
cual frisaría á lo sumo en los veinticinco años, si bien la demacración del
rostro y el aire humilde y contrito le disimulaban la mocedad. Un sayal gris que
era todo él un puro remiendo, le resguardaba mal del frío; una cuerda grosera
ceñía su cintura; traía la cabeza descubierta, desnudos los piés y muy
maltratados de los guijarros, y apoyábase en un palo de espino. Al punto
comprendió la Borgoñona que no era mendigo, sino penitente, el hombre que así
se presentaba; y con palabras dulces{258} y
ademanes llenos de reverencia, le tomó de la mano y le hizo entrar en la cocina
y sentarse junto al fuego; veloz como una saeta corrió al establo, y ordeñó la
mejor vaca para traer al peregrino una taza de leche caliente; partió del
enorme mollete de pan un buen trozo, que migó en la taza, y arrodillándose
casi, mostrando mucho amor y liberalidad, sirvió á su huésped.
Él agradeció en breves frases la caridad que le
hacían, y mientras despachaba el frugal alimento, comenzó á explicar, con suave
pronunciación italiana, cosas que suspendieron y embelesaron á la Borgoñona.
Habló de Italia, donde el cielo es tan azul, el aire tan tibio,{259}
y en especial de la región de Umbría, amenísima en
sus valles y en sus montes severa. Después nombró á Asís, y refirió los
prodigios que obraba el hermano Francisco, el serafín humano, al cual seguían,
atraídos por sus predicaciones, pueblos enteros. Nombró á una joven muy bella,
y de sangre noble, Clara, cuya santidad portentosa era respetada, no sólo por
los hombres, sino hasta por los lobos de la sierra. Añadió que el hermano
Francisco había compuesto para alabar á Dios y desahogar sus afectos, tiernos cánticos;
y como la Borgoñona solicitase oirlos, el forastero cantó algunos; y aunque no
entendía la letra, el tono y el modo de cantar del desconocido hicieron
arrasarse en lágrimas los ojos de la niña. El forastero tenía los suyos bajos,
rehuyendo ver el rostro femenino que adivinaba fresco, hermoso y juvenil. Ella
en cambio devoraba con la mirada aquellas facciones nobles y expresivas, que la
mortificación y el ayuno habían empalidecido.{260}
Cerrada ya la noche, fueron entrando en la cocina
los mozos y mozas de labranza, encendiéronse algunas antorchas de resina,
aumentóse el fuego con haces de secos sarmientos de vid, y preparáronse á
aprovechar la velada, ellas hilando, ellos cortando y afilando estacas
destinadas á sostener las cepas de viña. Todos miraban curiosamente al
forastero, que en la misma actitud humilde permanecía junto al fuego,
silencioso y sin adelantar las palmas de sus amoratadas manos hacia el grato
calorcillo de la llama. Un rumor contenido se dejó oir cuando entró el amo de
casa: todos querían saber qué diría el avaro de la presencia del huésped.
Pero la Borgoñona, saliendo á recibir á su padre,
con afabilidad suma le contó cómo ella había ofrecido hospitalidad á aquel
santo, á fin de que no pasase la noche al frío en algún viñedo. No mostró el
viejo gran disgusto, y contentóse con encogerse de hombros, yendo á sentarse á
su sitio acostumbrado en el banco, cerca del hogar. La velada empezó pacífica.
De pronto el forastero, saliendo de su letargo,
levantó la cabeza, y como si notase por primera vez que estaba próximo á una
hoguera alegre y chispeante, comenzó á decir á media voz algunas palabras sobre
la hermosura del fuego, y la gratitud que el hombre debe á Dios por tan gran
beneficio. La Borgoñona tocó al codo de su vecina, ésta transmitió la seña, y
en un instante callaron las conversaciones de la cocina para oir al penitente.
Éste, arrastrado por su propia elocuencia, iba elevando la voz hasta pronunciar
con gran calor su discurso.{261}
De la consideración del fuego pasó á los demás
bienes que nos otorga la bondad divina, y que estamos obligados á repartir con
el prójimo por medio de la limosna. Sí, obligados, pues de toda riqueza somos
usufructuarios no más. ¿De qué sirve, por ejemplo, el tesoro encerrado en el
arca del avaro? ¿De qué, el trigo abundante en los graneros del hombre duro de
corazón? ¿Creen ellos acaso que el Señor les dió tan cuantiosos bienes para que
los guarden bajo llave y no alivien las necesidades del prójimo? ¡Ah! el día
del tremendo juicio, su oro será contrapeso horrible que los arrastre al
infierno! En vano tratarán entonces de soltar lo que en vida custodiaron tanto:
allí, sobre sus lomos, estará el tesoro de perdición, y con ellos se hundirá en
el abismo!
Á medida que arengaba el penitente, los ojos del
auditorio se fijaban en el cosechero, quien retorciéndose en el banco no sabía
qué postura tomar ni qué gesto poner. El penitente, incorporándose, hablaba ya
casi á gritos, con voz vibrante y sonora. De repente, mudando de registro,
encareció los placeres de la limosna, la dulzura inefable del espíritu que
premia el sacrificio de bienes perecederos dados por el amor de Dios. Sus
frases persuasivas fluían como miel, sus ojos estaban húmedos y elevados; y las
mujeres del auditorio, profunda y dulcemente conmovidas, soltaron la rienda al
llanto, y mientras unas acudían á los delantales para secar sus lágrimas, otras
rodeaban al peregrino y se empujaban por besar el borde de su túnica. La
Borgoñona, con las manos cruzadas, parecía como en éxtasis.{262}
El cosechero, que había dejado escapar visibles
muestras de impaciencia, no pudo sufrir semejante escena, y murmurando entre
dientes, empujó á unos y otros fuera de la cocina, dando por concluída la
velada. Cuando dejó de oirse el ruido de los gruesos zapatos de los labradores
que partían, pidió lacónicamente la cena. Según costumbre del país, la
Borgoñona sirvió á su padre y al forastero; éste, callado y humilde como al
principio, apenas probó del rústico banquete, y rogó le permitiesen retirarse.
La Borgoñona le condujo á una sala baja donde había extendida paja fresca; y en
seguida, volviéndose á la cocina, intentó cenar.
Los bocados se le atravesaban en la garganta; su
estómago rehusaba el alimento; y viendo á su padre sombrío y ceñudo, resolvióse
á preguntar qué opinaba acerca de los discursos del peregrino y lo que había
dicho respecto á la caridad.
—Paréceme, padre—añadió—que si no nos engaña el
gentil predicador, nuestro fin será irnos al infierno en derechura, pues en
nuestra casa hay oro, pan y vino en abundancia, y nunca damos limosna.—Al
pronunciar estas palabras, sonreíase dulcemente para congraciar al viejo; pero
él, montando en cólera terrible, golpeó fuertemente la mesa con su vaso de
estaño, maldijo á la hija que le había traído á casa aquel mendigo desharrapado
y loco, que acaso fuese un bandido disfrazado, y amenazó ir sin demora á cogerle
de un brazo y echarle de la granja; con lo cual, la doncella se retiró á su
cuarto trémula y confusa.{263}
En toda la noche apenas logró pegar los ojos. Veía
al viajero, oía de nuevo su persuasiva y cálida voz, y notaba las variaciones
de su rostro transfigurado por la unción y fervor de la plática.
El lecho de la Borgoñona tenía ascuas y espinas; su
conciencia estaba tan despierta como si hubiese cometido un crimen; durmióse un
instante y vió en sueños á su padre arrastrado por negros demonios que lo
aporreaban con sacos llenos de monedas. Apenas un rayo de luz pálida anunció el
amanecer, la Borgoñona saltó de la cama, y á medio vestir y en cabello corrió á
la estancia del peregrino.
Éste tenía la puerta abierta y rezaba de rodillas
con los brazos en cruz, y hallábase tan arrebatado en la oración, que le
pareció á la niña que más de un palmo se levantaba del suelo. Al ruido de los
pasos de la Borgoñona, el forastero se puso en pié de un salto, y mostró el
rostro bañado en lágrimas, y al mismo tiempo resplandeciente de un júbilo
celestial; pero cuando se fijó en la Borgoñona, al punto mudó el semblante; fué
como si le cerrasen con llave las facciones; bajó los ojos, y cruzándose de brazos
preguntó á la niña qué deseaba. Ella, con un movimiento rapidísimo, se echó á
sus piés, y abrazando sus rodillas toda turbada, rompió á decirle que en
aquella casa había riquezas estériles, tesoros malditos, que causarían la
perdición de su dueño; que allí jamás se había dado al pobre ni un puñado de
espigas, antes era su sudor el que rellenaba las arcas; que ella se encontraba
arrepentida y resuelta, para asegurar su salvación y la de su padre, á irse{264} por el mundo descalza, pidiendo limosna y haciendo
penitencia; para lo cual pedía al forastero su bendición y que la llevase en su
compañía y le enseñase á predicar y á seguir la regla del beato Francisco, la
humildad y pobreza absoluta.
Permanecía el misionero mudo y parado; no obstante,
las palabras de la Borgoñona debían producirle extraño efecto, porque ésta
sentía que las rodillas del penitente se entrechocaban temblorosas, y veía su
faz demudada y sus manos crispadas, cual si se clavase en el pecho las uñas. La
doncella, creyendo persuadir mejor, apretaba las manos, escondía la cara en el
sayal, empapándolo en sus calientes lágrimas. Poco á poco el penitente aflojó
los brazos y por fin los abrió, inclinándose hacia la niña; pero de pronto, con
una sacudida violenta, se desprendió de ella y casi la echó á rodar por el
suelo; la cabeza de la Borgoñona dió contra las losas del pavimento; y el
penitente, haciendo la{265} señal de la cruz y
exclamando:—¡Hermano Francisco, valme!—saltó por la ventana, y se perdió de
vista en un segundo. Cuando la Borgoñona se incorporó llevándose la mano á la
frente lastimada, sólo quedaba del misionero la señal de su cuerpo en la paja
donde había dormido.
II
Todo el día se lo pasó la Borgoñona cosiendo una
túnica de burel grosero de la misma tela con que solían vestirse los villanos y
jornaleros vendimiadores. Al anochecer, salió á la granja y cortó un bastón de
espino; bajó á la cocina y tomó de un rimero de cuerdas una muy gruesa de
cáñamo; y subiendo otra vez á su habitación, empezó á desnudarse despacio,
dejando sobre la cama, colocadas en orden, las diversas prendas de su traje. En
el siglo XIII pocas personas usaban camisa de lino; era un lujo
reservado á los monarcas; la Borgoñona tenía pegado á las carnes un justillo de
lienzo grueso y un faldellín de tela más burda aún; quitóse el justillo y soltó
sobre sus blancas y mórbidas espaldas la madeja de pelo rubio que de día
aprisionaba la cofia. Enarboló la tijera que solía llevar pendiente de la
cintura, y desmochó sin piedad aquel bosque de rizos, que iban cayendo
suavemente á su alrededor como las flores en torno del arbusto sacudido por el
aire. Se tentó la cabeza, y hallándola ya casi mocha, igualó los mechones que
aún sobresalían; luégo se descalzó; aflojó la cintura del faldellín, se puso{266} el sayal sosteniendo el faldellín con los
dientes por no quedarse del todo desnuda; soltó al fin la última prenda
femenina, se ciñó la cuerda con tres nudos como la traía el penitente, y empuñó
el bastón; pero acudió una idea á su mente, y recogiendo las matas de pelo
esparcidas aquí y allí, las ató con la mejor cinta que tenía, y las colgó al
pié de una tosca madona de plomo que protegía la cabecera de su lecho. Aguardó
á que la noche cerrase, y, de puntillas, se lanzó á oscuras al corredor; bajó á
tientas la escalera carcomida; se dirigió á la sala baja donde había hospedado
al penitente, abrió la ventana, y salió por ella al campo. Tal arte se dió á
correr, que cuando amaneció, estaba á tres leguas de la granja, camino de
Dijón, cerca de unos hatos de pastores.
Rendida se metió en un establo, del cual vió salir
el ganado antes, y acostándose en la cama de las ovejas, tibia aún, durmió
hasta mediodía. Al despertarse, resolvió evitar á Dijón, donde algún
parroquiano de su padre podría conocerla. En efecto, desde aquel día procuró
buscar las aldeas apartadas, los caseríos solitarios, en los cuales pedía de
limosna un haz de paja y un mendrugo de pan. Mientras caminaba, rezaba
mentalmente, y si se detenía, arrodillábase y oraba con los brazos en cruz,
como el peregrino. El recuerdo de éste no se apartaba un punto de su memoria, y
copiaba por instinto sus menores acciones, añadiendo otras que le sugería su
natural despejo. Guardaba siempre la mitad del pan que le ofrecían, y al día
siguiente lo entregaba á otro pobre que encontrase en{267} el
camino. Si le daban dinero, iba corriendo á distribuirlo entre los necesitados,
pues recordaba que, según el penitente, nunca el beato Francisco de Asís
consintió tener en su poder moneda acuñada. Al paso que seguía esta vida la Borgoñona,
se le desarrollaba un dón de elocuencia extraordinario: poníase á hablar de
Dios, de los ángeles, del cielo, de la caridad, del amor divino, y decía cosas
que ella misma se admiraba de saber, y que las gentes reunidas en rededor suyo
escuchaban embelesadas y enternecidas. Á donde quiera que llegaba, la rodeaban
las mujeres, los niños se cogían á su túnica, y los hombres la llevaban en
triunfo.
Es de notar que todos la tenían por un jovencito
muy lindo, y á nadie se le ocurrió que fuese una doncella quien tan
valerosamente arrostraba la intemperie y demás peligros de andar por
despoblado. Su pelo corto, su cutis oscurecido ya por el sol, sus piés
endurecidos por la descalcez, le daban trazas de muchacho, y el sayal grueso
ocultaba la morbidez de sus formas. Gracias al disfraz, pudo pasar entre bandas
de soldados mercenarios y aun de salteadores, sin más riesgo que el de sufrir
algunos latigazos dados con las correas del tahalí, género de broma que no
perdonaban los soldados. Muchos se compadecieron de aquel rapaz humilde y le
dieron dinero y vino; otros se burlaron; pero nadie atentó á su libertad ni á
su vida. En la selva de Fontainebleau sucedióle á la Borgoñona la terrible
aventura de abrigarse bajo un árbol de donde colgaban humanos frutos: los piés
péndulos de un ahorcado le rozaron la frente: entonces, con valor{268} sobrehumano, abrió una fosa, sin más
instrumentos que su bastón de espino y sus uñas; descolgó el cadáver horrendo,
que tenía la lengua defuera y los ojos saliéndose de las órbitas, y estaba ya
picado de grajos y cuervos, y mal, como supo, reuniendo sus fuerzas, lo
enterró. Aquella noche vió en sueños al penitente, que la bendecía.
Pero tantas fatigas, tan larga abstinencia, tan
duras mortificaciones, una vida tan áspera y desacostumbrada, abrieron brecha
en la Borgoñona, y su salud empezaba á flaquear, cuando llegó á una gran villa,
que, preguntando á los aldeanos vendedores de legumbres, supo era París. Entró
pues en París, pensando si quizás moraría allí el peregrino, si lo encontraría
casualmente y podría rogarle que le buscase un asilo como el que Clara ofrecía
á sus hijas, un convento donde acabar su penitencia y morir en paz. Con estos
propósitos se internó en un laberinto de calles sucias, torcidas, estrechas,
sombrías—el París de entonces.—Embargaba á la Borgoñona singular recelo: en
aquella ciudad vasta y populosa, donde veía tanto mercader, tanto arquero,
tantos judíos en sus tiendas, tantos clérigos graves que paseaban á su lado sin
volver la cabeza, no se atrevía á pedir hospitalidad, ni un pedazo de pan con
que aplacar el hambre. Los edificios altos, las casas apiñadas, las plazuelas
concurridas, todo le infundía temor. Vagó como alma en pena las horas del día,
entrando en las iglesias para rezar, apretándose la cuerda para no percibir el
hambre; y á la puesta del sol, cuando resonó el toque del cubre-fuego, que acá
decimos{269} de la queda, cubriósele á ella
verdaderamente el corazón, y con mucha angustia rompió á llorar bajito, echando
de menos por primera vez su granja, donde el pan no le faltaba nunca, y donde
al oscurecer tenía seguro su abrigado lecho. Al punto mismo en que estas ideas
acudían á su atribulado espíritu, vió que se le acercaba una vejezuela gibosa,
de picuda nariz y ojuelos malignos, y le preguntaba:—¿Cómo tan lindo mozo á
tales horas solito por la calle, y si era que por ventura no tenía posada?
—Madre—contestó la Borgoñona—si tú me la dieses,
harías una gran caridad, pues cierto que no sé dónde he de dormir hoy, y á más
no probé bocado hace veinticuatro horas.
Deshízose la vieja en lástimas y ofrecimientos, y
echando á andar delante, guió por callejuelas tristes, pobres y sospechosas,
hasta llegar á una casuca, cuya puerta abrió con una roñosa llave. Estaba la
casa á oscuras, pero la vieja encendió un candil, y alumbró por las escaleras
hasta un cuarto alto. Ardía un buen fuego en la chimenea; la Borgoñona vió una
cama suntuosa, sitiales ricos, y una mesa preparada con sus relucientes platos
de estaño, sus jarras de plata para el agua y el vino, su dorado pan, sus
bollos de especias, y un pastel de aves y caza que ya tenía medio alzada la
cubierta. Todo olía á lujo, á refinamiento, y aunque el caso era sorprendente
atendido el pergeño de la vieja y la pobreza del edificio, como la Borgoñona
sentía tanta hambre y de tal modo se le hacía agua la boca ante el espectáculo
de los manjares, no se le{270} ocurrió manifestar
extrañeza. Iba buenamente á sentarse y á trinchar el pastel, pero la vieja lo
impidió, diciéndole que convenía aguardar al dueño de la habitación, un hidalgo
estudiante muy galán, que ya no tardaría, y era de tan afable condición, que á
buen seguro que no pusiese el menor reparo en partir su cena con el forastero.
En efecto, bien pronto se oyeron resueltos pasos, y un caballero mozo, envuelto
en oscura capa y con pluma de garza en el airoso birrete, entró en la estancia.
Al verle, quedóse estupefacta la Borgoñona; y no
era para menos, pues aquel gallardo caballero tenía la mismísima cara y talle
del penitente! Conoció sus grandes ojos negros, sus nobles facciones; sólo la
expresión era distinta; en éste dominaba un júbilo tumultuoso, una especie de
energía sensual. Quitóse el birrete, descubriendo rizados y largos cabellos;
soltó la capa, y contestó con una carcajada á las disculpas de la vieja, que le
explicaba cómo aquel pobrecito penitente partiría con él, por una noche, la
cena y el cuarto. Sentóse á la mesa muy risueño, y declaró que aunque el
camarada no parecía animado, él haría porque la cena fuese divertida. Dijo esto
con la propia voz sonora del penitente.
Retiróse la vieja, y la Borgoñona tomó asiento
confusa y atónita, mirando á su comensal y sin dar crédito al testimonio de los
sentidos. Mientras mataba el hambre con el apetitoso pastel, sus ojos no se
apartaban del mancebo, que comía y bebía por cuatro; y con mil chanzas, llenaba
el vaso y el plato de la Borgoñona,{271} que
proseguía comparando al misionero con el estudiante. Sí, eran los mismos ojos,
sólo que antes no brillaba en ellos un fuego vívido y generoso, ni cabía ver el
negror de las pupilas, porque estaban siempre bajos. Sí, era la misma boca,
pero marchita, contraída por la penitencia, sin estos labios rojos y frescos,
sin estos dientes blancos que descubría la sonrisa, sin este bigote fino que
acentuaba la expresión provocativa y caballeresca del rostro. Sí, era la misma
frente blanca y serena, pero sin los oscuros mechones de pelo que jugueteaban
en torno. Era el mismo aire, pero con otras posturas menos gallardas y libres.
Y así, poco á poco, tratando de cerciorarse de si el penitente y el hidalgo
componían un solo individuo, la doncella iba deteniéndose con sobrada
complacencia en detallar las gracias y buenas partes del mancebo, y ya le
parecía que si era el penitente, había ganado mucho en gentileza y donosura. El
caballero, festivamente, le escanciaba en el vaso vino y más vino, y la
Borgoñona distraída lo bebía. El vino era color de topacio, fragante,
aromatizado con especias, suave al paladar, pero después se sentía correr por
las venas como líquida llama.
Á cada trago de licor, la Borgoñona juzgaba más
discreto y bizarro á su compañero de mesa. Cuando la mano de éste, por
casualidad, al ofrecerle el vaso, rozaba la suya, un delicioso temblor, un
escalofrío dulcísimo, le subía desde las yemas de los dedos hasta la nuca. Su
razón vacilaba, la habitación daba vueltas, la luz de cada uno de los cirios
que alumbraban el festín{272} se convertía en miles
de luces. Y he aquí que el caballero, después de beber el último trago, se
levantó, y juró que, á fe de hidalgo estudiante, era hora de acostarse, y
digerir la cena con un sueño reparador.
Semejantes palabras despejaron un poco las
embotadas potencias de la doncella. Acordóse de que en la habitación no había
más que un solo lecho, y alzándose de la mesa alegó humildemente, en voz baja,
que sus votos obligaban á tener por cama el suelo, y que así dormiría, no
siendo razón que se molestase el señor hidalgo. Pero éste, con generoso empeño,
protestó que no lo sufriría, y tendiendo en el suelo su capa, afirmó que
dormiría sobre ella, si el mozo penitente no le otorgaba un rincón del lecho,
donde ambos cabían muy holgados. La Borgoñona se negó con espanto á admitir la
propuesta, y el estudiante, con vigor hercúleo, cogióla en brazos, y la
depositó sobre la cama. Ella, sintiendo otra vez desmayar su voluntad, cerró
los ojos, y con singular contentamiento se dejó llevar así, apoyando la cabeza
en el hombro del caballero y percibiendo el roce de sus negros, perfumados
bucles.
Abrió el estudiante la cama, metió dentro á la
Borgoñona, le arregló la sobrecama bordada de seda, y con la misma dulzura con
que se habla á los niños, preguntó si no le sería lícito al menos tenderse á
los piés, que siempre estarían más blandos que el santo suelo. No encontró la
Borgoñona objeción fundada que oponer, y el hidalgo se envolvió en su capa y se
tumbó, poniendo por cabezal un almohadón, y al poco tiempo se le oyó respirar
tranquilo, como si durmiese.{273}
La Borgoñona en cambio se revolvía inquieta. En
vano quería recordar las oraciones acostumbradas á aquella hora; no podía
levantar el espíritu; su corazón se derretía, se abrasaba; el penitente y el
estudiante formaban para ella una sola persona, pero adorable, perfecta, por
quien se dejaría hacer pedazos sin exhalar un ay. La blandura del lecho,
invitando á su cuerpo á la molicie, reforzaba las sugestiones de su
imaginación; en el silencio nocturno, le ocurrían las resoluciones más
extremosas y delirantes; llamar al hidalgo, declararle que era una doncella
perdida de amores por él, que la tomase por mujer ó esclava, pues quería vivir
y morir á su lado. Pero ¿y aquellas matas de pelo colgadas al pié de la efigie
de Nuestra Señora, acaso no eran prenda de un voto solemne? Con estas dudas la
frente se le abría, las venas le saltaban, zumbándole los oídos, y la
respiración sosegada del estudiante se le figuraba honda como el ruido de
gigantesca fragua. ¡Oh tentación, tentación! La Borgoñona se sentó en el lecho,
y á la luz del fuego, que aún ardía, miró al estudiante dormido, pareciéndole
que en su vida había contemplado cosa que tanto le agradase; y así embebida en
el gusto de mirar, fuese acercando hasta casi beberle el aliento. De pronto el
durmiente se incorporó bien despierto, abriendo los brazos y sonriendo con
sonrisa extraña. La doncella dió un gran grito, y acordándose del penitente,
exclamó:—¡Hermano Francisco, valme!—Al mismo tiempo saltó del lecho y huyó de
la habitación como loca.
Cuatro á cuatro bajó las escaleras, halló la puerta{274} franca, y encontróse en la calle; siguió
corriendo, y no paró hasta una gran plaza, donde se elevaba un edificio de
pobre y humilde arquitectura; allí se detuvo sin saber lo que le pasaba: trató
de coordinar sus pensamientos; los sucesos de la noche le parecían soñados; y
lo que la confirmaba en esta idea era que no podía por más que se golpeaba la
frente, recordar la linda figura del estudiante: la última impresión que de
ella le quedaba era la de un rostro descompuesto por la ira, unas facciones
contraídas por furor infernal, unos ojos inyectados, una espumante boca...
Del edificio humilde salieron cuatro hombres
vestidos de túnicas grises amarradas con cuerdas, y llevando en hombros un
ataúd. La Borgoñona se acercó á ellos, y ellos la miraron sorprendidos, porque
vestía su mismo traje. Impulsada por la curiosidad, la doncella se inclinó
hacia el ataúd abierto y vió, acostado sobre la ceniza—sin que pudiese caberle
duda alguna respecto á su identidad—el cadáver del penitente!
—¿Cuándo murió ese hombre?—preguntó trémula y
horrorizada.
—Ayer tarde, al sonar del cubre-fuego.
—¿Y ese edificio donde vivía, qué es?
—Ahí habitamos los pobres de la regla de Francisco
de Asís, los Menores, tus hermanos—contestaron gravemente, y se alejaron con su
fúnebre carga.
La Borgoñona llamó á la portería del convento.
Nadie adivinó jamás el sexo del novicio, hasta que
su muerte, después de una larga y terrible penitencia, hubo de revelarlo á los
encargados de vestirle la mortaja.{275} Hicieron la
señal de la cruz, cubrieron el cuerpo con un paño tupido, y lo llevaron á
enterrar al cementerio de las Minoritas ó Clarisas, que por entonces ya
existían en París.
Si no recuerdo bien el cuándo, por lo
menos puedo decir con completa exactitud el cómo empezó mi
pasión á revelarse. Gustábame mucho—después de que mi tía se largaba á la
iglesia á hacer sus devociones vespertinas—colarme en su dormitorio y
revolverle los cajones de la cómoda, que los tenía en un orden{280} admirable.
Aquellos cajones eran para mí un museo: siempre tropezaba en ellos con alguna
cosa rara, antigua, que exhalaba un olorcillo arcáico y discreto, el aroma de
los abanicos de sándalo que andaban por allí perfumando la ropa blanca.
Acericos de raso descolorido ya; mitones de malla, muy doblados entre papel de
seda; estampitas de santos; enseres de costura; un ridículo de
terciopelo azul bordado de canutillo; un rosario de ámbar y plata, fueron
apareciendo por los rincones: yo los curioseaba y los volvía á su sitio. Pero
un día—me acuerdo lo mismo que si fuese hoy—en la esquina del cajón superior y
al través de unos cuellos de rancio encaje, ví brillar un objeto dorado... Metí
las manos, arrugué sin querer las puntillas, y saqué un retrato, una miniatura
sobre marfil, que mediría tres pulgadas de alto, con marco de oro.
Me quedé como embelesado al mirarla. Un rayo de sol
se filtraba por la vidriera y hería la seductora imagen, que parecía querer
desprenderse del fondo oscuro y venir hacia mí. Era una criatura hermosísima,
como yo no la había visto jamás sino en mis sueños de adolescente, cuando los
primeros estremecimientos de la pubertad me causaban, al caer la tarde, vagas
tristezas y anhelos indefinibles. Podría la dama del retrato frisar en los
veinte y pico; no era una virgencita cándida, capullo á medio abrir, sino una
mujer en quien ya resplandecía todo el fulgor de la belleza. Tenía la cara
oval, pero no muy prolongada, los labios carnosos, entreabiertos y risueños,
los ojos lánguidamente entornados, y un hoyuelo en la barba, que parecía{281} abierto por la yema del dedo juguetón de Cupido.
Su peinado era extraño y gracioso: un grupo compacto, á manera de piña de
bucles al lado de las sienes y un cesto de trenzas en lo alto de la cabeza.
Este peinado antiguo que remangaba en la nuca, descubría toda la morbidez de la
fresca garganta, donde el hoyo de la barbilla se repetía más delicado y suave.
En cuanto al vestido... Yo no acierto á resolver si nuestras abuelas eran de
suyo menos recatadas de lo que son nuestras esposas, ó si los confesores de
antaño gastaban manga más ancha que los de ogaño; y me inclino á creer esto
último, porque hará unos sesenta años, las hembras se preciaban de cristianas y
devotas, y no desobedecerían á su director de conciencia en cosa tan grave y
patente. Lo indudable es que si en el día se presenta alguna señora con el
traje de la dama del retrato, ocasiona un motín; pues desde el talle (que nacía
casi en el sobaco) sólo la velaban leves ondas de gasa diáfana, señalando,
mejor que cubriendo, dos escándalos de nieve, por entre los cuales serpeaba un
hilo de perlas, no sin descansar antes en la tersa superficie del satinado
escote. Con el propio impudor se ostentaban los brazos redondos, dignos de
Juno, rematados por manos esculturales... Al decir manos no
soy exacto, porque en rigor, sólo una mano se veía, y esa apretaba un pañizuelo
rico.
Aún hoy me asombro del fulminante efecto que la
contemplación de aquella miniatura me produjo, y de cómo me quedé arrobado,
suspensa la respiración, comiéndome el retrato con los ojos. Ya había yo visto{282} aquí y acullá estampas que representaban mujeres
bellas; frecuentemente en las Ilustraciones, en los grabados
mitológicos del comedor, en los escaparates de las tiendas, sucedía que una
línea gallarda, un contorno armonioso y elegante cautivaba mis miradas
precozmente artísticas; pero la miniatura encontrada en el cajón de mi tía,
aparte de su gran gentileza, se me figuraba como animada de sutil aura vital;
advertíase en ella que no era el capricho de un pintor, sino imagen de persona
real, efectiva, de carne y hueso. El rico y jugoso tono del empaste hacía
adivinar, bajo la nacarada epidermis, la sangre tibia; los labios se desviaban
para lucir el esmalte de los dientes; y, completando la ilusión, corría
alrededor del marco una orla de cabellos naturales, castaños, ondeados y
sedosos, que habían crecido en las sienes del original. Lo dicho; aquello, más
que copia, era reflejo de persona viva, de la cual sólo me separaba un muro de
vidrio... Puse la mano en él, lo calenté con mi aliento, y se me ocurrió que el
calor de la misteriosa deidad se comunicaba á mis labios y circulaba por mis
venas. Estando en esto, sentí pisadas en el corredor. Era mi tía que regresaba
de sus rezos. Oí su tos asmática y el arrastrar de sus piés gotosos. Tuve
tiempo no más que de dejar la miniatura en el cajón, cerrarlo y arrimarme á la
vidriera adoptando una actitud indiferente y nada sospechosa.
Entró mi tía sonándose recio, porque el frío de la
iglesia le había encrudecido el catarro ya crónico. Al verme se animaron sus
ribeteados ojillos, y dándome{283} un amistoso
bofetoncito con la seca palma, me preguntó si le había revuelto los cajones,
según costumbre.
Después, sonriéndose con picardía:
—Aguarda, aguarda—añadió—voy á darte algo, que te
chuparás los dedos.
Y sacó de su vasta faltriquera un cucurucho, y del
cucurucho tres ó cuatro bolitas de goma adheridas entre sí, como aplastadas,
que me infundieron asco.
La estampa de mi tía no convidaba á que uno abriese
la boca y se zampase el confite: muchos años, la dentadura traspillada, los
ojos enternecidos más de lo justo, unos asomos de bigote ó cerdas sobre la
hundida boca, la raya de tres dedos de ancho, unas canas sucias revoloteando
sobre las sienes amarillas, un pescuezo flácido y lívido como el moco del pavo
cuando está de buen humor... Vamos, que yo no tomaba las bolitas, ¡ea! Un
sentimiento de indignación, una protesta varonil se alzó en mí, y declaré con energía:
—No quiero, no quiero.
—¿No quieres? ¡Gran milagro! ¡Tú que eres más
goloso que la gata!
—Yo no soy ningún chiquillo—exclamé—creciéndome,
empinándome en las puntas de los piés—yo no quiero dulces.
La tía me miró entre bondadosa é irónica, y al fin,
cediendo á la gracia que le hice, soltó el trapo, con lo cual se desfiguró y
puso patente la espantable anatomía de sus quijadas. Reíase de tan buena gana,
que se besaban barba y nariz, ocultando los labios, y se le{284} señalaban
dos arrugas, ó mejor, dos zanjas hondas, y más de una docena de pliegues, en
mejillas y párpados; al mismo tiempo, la cabeza y el vientre se le columpiaban
con las sacudidas de la risa, hasta que al fin vino la tos á interrumpir las
carcajadas, y entre risa y tos, involuntariamente, la vieja me regó la cara con
un rocío de saliva... Humillado y lleno de repugnancia, me escapé de allí y no
paré hasta el cuarto de mi madre, donde me lavé con agua y jabón y me dí á
pensar en la dama del retrato.
Y desde aquel punto y hora ya no acerté á separar
mi pensamiento de ella. Salir la tía y escabullirme yo hacia su aposento,
entreabrir el cajón, sacar la miniatura y embobarme contemplándola, todo era
uno. Á fuerza de mirarla, figurábaseme que sus ojos entornados, al través de la
voluptuosa penumbra de las pestañas, se fijaban en los míos, y que su blanco
pecho respiraba afanosamente. Me llegó á dar vergüenza besarla, imaginando que
se enojaba de mi osadía, y sólo la apretaba contra el corazón, ó arrimaba á
ella el rostro. Todas mis acciones y pensamientos se referían á la dama; tenía
con ella extraños refinamientos y delicadezas nimias. Antes de entrar en el
cuarto de mi tía y abrir el codiciado cajón, me lavaba, me peinaba, me
componía, como ví después que suele hacerse para acudir á las citas amorosas.
Me sucedía á menudo encontrar en la calle á otros
niños de mi edad, muy armados ya de su cacho de novia, que ufanos me enseñaban
cartitas, retratos y flores, preguntándome si yo no escogería también mi{285} niña con quien cartearme. Un
sentimiento de pudor inexplicable me ataba la lengua, y sólo les contestaba con
enigmática y orgullosa sonrisa. Cuando me pedían parecer acerca de la belleza
de sus damiselillas, me encogía de hombros y las calificaba desdeñosamente
de feas y fachas. Ocurrió cierto domingo que fuí á
jugar á casa de unas primitas mías, muy graciosas en verdad, y que la mayor no
llegaba á los quince. Estábamos muy entretenidos en ver un estereóscopo, y de
pronto una de las chiquillas, la menor, doce primaveras á lo sumo,
disimuladamente me cogió la mano, y conmovidísima, colorada como una brasa, me
dijo al oído:
—Toma.
Al propio tiempo sentí en la palma de la mano una
cosa blanda y fresca, y ví que era un capullo de rosa, con su verde follaje. La
chiquilla se apartaba sonriendo y echándome una mirada de soslayo; pero yo, con
un puritanismo digno del casto José, grité á mi vez:
—¡Toma!
Y le arrojé el capullo á la nariz; desaire que la
tuvo toda la tarde llorosa y de monos conmigo, y que aún á estas fechas, que se
ha casado y tiene tres hijos, no me ha perdonado.
Siéndome cortas para admirar el mágico retrato las
dos ó tres horas que entre mañana y tarde se pasaba mi tía en la iglesia, me
resolví por fin á guardarme la miniatura en el bolsillo, y anduve todo el día
escondiéndome de la gente lo mismo que si hubiese cometido un crimen. Se me
antojaba que el retrato, desde{286} el fondo de su
cárcel de tela, veía todas mis acciones, y llegué al ridículo extremo de que si
quería rascarme una pulga, atarme un calcetín ó cualquiera otra cosa menos
conforme con el idealismo de mi amor purísimo, sacaba primero la miniatura, la
depositaba en sitio seguro, y después me juzgaba libre para hacer lo que más me
conviniese. En fin, desde que hube consumado el robo, no cabía en mí; de noche
lo escondía bajo la almohada y me dormía en actitud de defenderlo; el retrato
quedaba vuelto hacia la pared, yo hacia la parte de afuera, y despertaba mil
veces con temor de que viniesen á arrebatarme mi tesoro. Por fin lo saqué de
debajo de la almohada y lo deslicé entre la camisa y la carne, sobre la tetilla
izquierda, donde al día siguiente se podían ver impresos los cincelados adornos
del marco.
El contacto de la cara miniatura me produjo sueños
deliciosos. La dama del retrato, no en efigie, sino en su natural tamaño y
proporciones, viva, airosa, afable, gallarda, venía hacia mí para conducirme á
su palacio en un tren rápido y volador. Con dulce autoridad me hacía sentar á
sus piés en un cogín, y me pasaba la torneada mano por la cabeza acariciándome
la frente, los ojos y el revuelto pelo. Yo le leía en un gran misal, ó tocaba
el laúd, y ella se dignaba sonreirse, agradeciéndome el placer que le causaban
mis lecturas y canciones. En fin, las reminiscencias románticas me bullían en
el cerebro, y ya era paje, ya trovador.
Con todas estas imaginaciones, el caso es que fuí{287} adelgazando de un modo notable, y que lo
observaron con gran inquietud mis padres y mi tía.
—En esa difícil y crítica edad del desarrollo, todo
es alarmante—dijo mi padre—que solía leer libros de medicina, y estudiaba con
recelo las ojeras oscuras, los ojos apagados, la boca contraída y pálida, y
sobre todo, la completa falta de apetito que se apoderaba de mí.
—Juega, chiquillo; come, chiquillo—solía decirme.
Y yo le contestaba con abatimiento:
—No tengo ganas.
Empezaron á discurrirme distracciones; me
ofrecieron llevarme al teatro; me suspendieron los estudios, y diéronme á beber
leche recién ordeñada y espumosa. Después me echaron por el cogote y la espalda
duchas de agua fría, para fortificar mis nervios; y noté que mi padre, en la
mesa ó por las mañanas cuando iba á su alcoba á darle los buenos días, me
miraba fijamente un rato y á veces sus manos se escurrían por mi espinazo
abajo, palpando y tentando mis vértebras. Yo bajaba hipócritamente los ojos,
resuelto á dejarme morir antes que confesar el delito. En librándome de la
cariñosa fiscalización de la familia, ya estaba yo con mi dama del retrato. Por
fin, para mejor acercarme á ella, acordé suprimir el frío cristal: titubeé al
ir á ponerlo por obra; al cabo pudo más el amor que el vago miedo que semejante
profanación me inspiraba, y con gran destreza logré arrancar el vidrio y dejar
patente la plancha de marfil.
Al apoyar en la pintura los labios y percibir la
tenue{288} fragancia de la orla de cabellos, se me
figuró con más evidencia que era persona viviente la que estrechaban mis manos
trémulas. Un desvanecimiento se apoderó de mí, y quedé en el sofá como privado
de sentido, apretando la miniatura.
Cuando recobré el conocimiento ví á mi padre, á mi
madre, á mi tía, todos inclinados hacia mí con sumo interés; leí en sus caras
el asombro y el susto; mi padre me pulsaba, meneaba la cabeza y murmuraba:
—Este pulso parece un hilito, una cosa que se va.
Mi tía, con sus dedos ganchudos, se esforzaba en
quitarme el retrato, y yo, maquinalmente, lo escondía y aseguraba mejor.
—Pero, chiquillo... ¡suelta, que lo echas á
perder!—exclamaba ella. ¿No ves que lo estás borrando? Si no te riño, hombre...
yo te lo enseñaré, cuantas veces quieras; pero no lo estropees; suelta, que le
haces daño.
—Déjaselo—suplicaba mi madre—el niño está malito.
—¡Pues no faltaba más!—contestó la solterona.
¡Dejarlo! ¿Y quién hace otro como ese... ni quién me vuelve á mí ahora á los
tiempos aquellos? ¡Hoy en día nadie pinta miniaturas... eso se acabó... y yo
también me acabé y no soy lo que ahí representa!
Mis ojos se dilataban de horror; mis manos
aflojaban la pintura. No sé cómo pude articular:
—Usted... el retrato... es usted...
—¿No te parezco tan guapa, chiquillo? ¡Bah,
veintitrés años son más bonitos que... que... que no sé{289} cuántos,
porque no llevo la cuenta; al fin, nadie ha de robármelos!
Doblé la cabeza, y acaso me desmayaría otra vez; lo
cierto es que mi padre me llevó en brazos á la cama, y me hizo tragar unas
cucharadas de Oporto.
Convalecí presto y no quise entrar más en el cuarto
de mi tía.
Quizás la propia extrañeza que le causó ver tan
tosca misiva moviese á la duquesa á echarle mano, anteponiéndola á las demás;
pero aún no bien puso los ojos en ella, cuando dijo festivamente:{294}
—¡Si es para el ama!... Que venga, que tiene carta
de sus padres.
La camarera salía ya, y la duquesa añadió con mucho
interés:
—Que traiga la chiquitina... Que la traiga
abrigada; hoy es un día fresco.
Pocos minutos tardó en menearse el cortinaje de
brocado crema sobre fondo azul, y en oirse un tlin... tlin... de
menudos cascabeles, y antes que asomase la fornida persona del ama, la duquesa
sonrió á una manecita pálida, hoyosilla; una manecita de diez meses que
esgrimía un sonajero de plata.
—¡Vente, angelote... á mamá... mil besos!
—Mmiií...—gorjeó la criatura, palpando con afán el
medallón de turquesas y brillantes que resplandecía sobre la bata de negro
terciopelo de la dama, mientras las caricias de ésta, como golosas moscas, se
le posaban sobre el cuello, frente y ojos.
—Está descolorida, ama... está ojerosita... ¿Cómo
ha dormido? ¿Qué dice miss?
—Miss dice... es decir, no dice nada...
ay, sí, dice que también allá por su tierra los chiquillos, cuando andan con
dientes... ya ve ucencia... rabian de Dios y se ponen esmirriaditos.
Alzó levemente los hombros la duquesa, como
indicando: «Buen par de apuntes estáis tú y miss.» Y hablándose á
sí misma, murmuró:
—Sánchez del Abrojo no debe tardar...
¡Ah!—pronunció ya con voz más fuerte;—ama, aquí hay carta de tu casa...{295}
En vez de alegrarse, se oscureció el semblante del
ama, moreno, tostado y recio, cual los molletes de pan de su país.
—¡Y qué dirá ahí, ucencia!—suspiró sin extender la
mano para tomar la epístola.—Nunca por cosa buena escriben.
—¡Qué sé yo, mujer! Te hablarán de tu madre... del
chico que te dejaste... de las vacas, ¿eh? ¡ó te pedirán dinero! Anda, toma,
sal de dudas.
—Ucencia ha de dispensarme... como yo no sé de
letra... y en la cocina á lo mejor se burlan de las cosas que me cuenta el
señor padre, que es quien pone las cartas....—suplicó el ama, medio enternecida
ya.
—Vamos, querrás que te la lea, ¿no es eso?
—Si ucencia se quiere molestar...
Al decir esto, se apresuró á coger la niña, que por
su parte no anduvo rehacia en irse á los robustos brazos del ama, la cual,
previo un «con el permiso de ucencia...» desabrochó el justillo, alzó el
pañuelo de vivos colores que se cruzaba sobre su seno de Cibeles, y metiendo en
la boquita del ángel lo que éste más deseaba, volvió á cubrirse con tanto
recato como si delante de un regimiento se encontrase. Rasgó la duquesa el
tosco sobre, y aún no lo había desdoblado, cuando se oyeron pisadas de botas
rechinantes y varoniles en el pasillo, y una faz correcta, patilluda, apareció
entre los pliegues del cortinaje, y una voz que apoyaba mucho en las erres,
preguntó:
—¿Estás visible, hija? ¿Puede entrar Sánchez del
Abrojo?{296}
—Adelante, adelante, doctor... ¡Pues ya lo creo!
Pensando estaba en él ahora mismo.
Hízose atrás el duque para dejar pasar primero al
doctor, según manda la cortesía, y ambas notabilidades (cada uno de los recién
entrados lo era en su género) se adelantaron hacia el rincón del gabinete donde
se destacaba la airosa cabeza de la duquesa sobre un fondo de aterciopelado
follaje de begonias.
El duque, aunque frisaba en los cincuenta y seis,
era derecho, elegante, distinguidísimo hasta en su lucia y limpia calva; usaba
no sé qué cintajo en el ojal, y podría usar, amen de las hidalgas veneras de
Alcántara y Santiago, que ya de casta le venían, como dos docenas de insignias
de órdenes nacionales y extranjeras, de las más ilustres, concedidas por
diferentes gobiernos en justa recompensa del tino y acierto con que durante su
ya larga carrera diplomática había desempeñado arduas y peliagudas misiones, y
enredado los cabos de más de veinte madejas políticas, que el demonio que las
devanase. Ostentaba el duque en su despacho, y enseñaba con orgullo, además de
las condecoraciones, pieles de zorro azul, regaladas por el czar, el collar de
esmaltes de una momia, obsequio del jedife, y un sable japonés de
abrirse el vientre, con pedrerías en la empuñadura, gracioso donativo del mikado.
En estos títulos fiaba el duque para obtener en
breve la embajada más importante quizás de Europa.
Por lo que hace á Sánchez del Abrojo, regordete,
sanguíneo, de chispeantes ojos negros, era un médico{297} á
la moda, que curaba con su ciencia á la mitad de los enfermos, y con su
animación y energía á la otra mitad... siempre que tuviesen cura, por supuesto.
Mientras la duquesa entablaba con el galeno
animadísimo diálogo, el duque se acercó al ama, y se inclinó con cierta
familiaridad, no exenta de señorío, para ver el rostro de la niña, que maldita
la gana que tenía de enseñárselo.
—Golosilla... hola, estamos tragando, ¿eh? ¿Qué tal
se porta, ama? ¿Qué tal se porta?
Y sin esperar la respuesta, volvióse á su mujer y
al doctor.
—¿Le explicas á Sánchez lo de la chiquitina? Amigo
del Abrojo; esta nena, con sus dientes, nos da en qué pensar. ¡Oh! y tanto como
nos da. Estamos preocupadísimos.
—Ya se ve, única y tardía...—respondió el médico,
mientras calculaba para su sayo, tan involuntariamente como el matemático suma
dos cifras que ve una debajo de otra, las probabilidades de ulterior sucesión
que podía tener aquel matrimonio.—¿Y qué dice el ama?—añadió en alta voz.
—El ama...—murmuró la duquesa, y recordando de
súbito la carta, que aún conservaba en la mano, exclamó:—Á propósito,
permítanme Vds... Un instante... Lo prometido es deuda.
—¿Qué es eso? ¿Qué carta es esa tan rara?—interrogó
el duque.
—Del ama, de Jacinta... Le prometí que se la
leería. Es de su gente...{298}
—Si quieres ahorrarte el trabajo... yo me encargo,
hija—pronunció con magnánima sonrisa el duque.
—No, gracias...
La duquesa, por instinto, oprimió la carta.
—Pero si es una niñería que te empeñes en
molestarte... Eso estará escrito en chino.
—Si Vds. quieren que yo...—exclamó oficiosamente
Sánchez del Abrojo.
—No, yo he de ser—declaró la duquesa con firmeza.
Y diciendo y haciendo, comenzó la lectura:
—«Mi amada y estimada hija Jacinta...»
—Repare Vd. la ortografía de esa pobre gente,
Sánchez,—murmuró por lo bajo el duque, que se inclinaba sobre el hombro de su
esposa deletreando.—¡Ponen Jacinta con G! ¿Es gracioso, no?
—«Jacinta... me alegraré que al recibo de estas
cortas letras...»
—Etcétera. Siempre comienzan así: es ya una fórmula
consagrada—explicó gravemente el duque.—¿Á que añade: «te halles con la cabal
salud que yo para mí deseo?»
—«...La mía buena á Dios gracias...»—prosiguió la
duquesa.—«Con dolores de mi corazón y alma, estimada hija, tengo que
participarte la mayor desd...»
La duquesa, por cuyo rostro se extendía leve
palidez, sufrió, llegando á este párrafo, un acceso de tos.
—¿Ves cómo no entiendes la letra, María? Yo
continuaré. «...desdicha que Dios fué servido de mandarnos... y que tu afligida
madre y padre y tío Antón tienen el honor de partici...»{299}
—Te suplico—gritó la duquesa con sorda
angustia,—que me dejes acabar... ¿entiendes?
—¡Ay ucencia, por la Virgen Santísima! ¿Qué
desgracia será esa?—interrogó el ama, cuyo color de figura de barro cocido se
trocaba en palidez de granito recién labrado.
—Verás, mujer... no te asustes, si no es nada...
«el honor de participarte... pues sabrás, estimada hija de nuestro cariñoso
amor, como ayer se mu... se murió el novillo nuestro...»
—¡Novillo!—dijo pensativa el ama.—En casa no había
sino dos vacas... la blanca y la roja.
—Lo comprarían...—replicó la duquesa, respirando
como si suspirase.—Vamos, pues eso no vale la pena, ama... «Todos estamos
traspasados de puñales...» Bien, se comprende; para vosotros es una gran
pérdida... Yo te daré con qué comprar dos, ó una pareja de bueyes... ¡Ea!
—¡Viva ucencia mil años, y nunca las manos se
cansen!... ¿Qué pone al último?
—«Consérvate como un repollo de sana... Cuida bien
á esa infanta de las Españas que estás criando...» ¡Ah! y que les mandes diez
duros, si puede ser. Irá eso y mucho más.
—Ahora—dijo el diplomático recogiendo con impensado
movimiento la carta de manos de la duquesa—permíteme que vea la ortografía...
Si es divertidísima.—¡Calle!—exclamó sin hacer caso de los desesperados
ademanes de su mujer.—Bien dije yo que no era para tus ojos esta letra, María
querida... Si aquí no habla{300} de novillo... No;
donde leíste novillo, hay escrito chiquillo... ¡Estos
signos paleográficos no son para usted, señora duquesa! No me haga usted
señas... ¡Pues si los diplomáticos, por oficio, tenemos que saber leer cosas
más peliagudas! Chiquillo; ¿ve Vd., Sánchez? «Se murió el chiquillo
tuyo... Todos estamos traspasados de puñales...»
Pronta como el rayo, se precipitó la duquesa hacia
Jacinta y le arrancó de los brazos la tierna criatura, que rompió en tristísimo
llanto al soltar la ubre. Era tiempo. Un grito ronco salió de la comprimida
garganta del ama; puso los ojos en blanco; sus facciones amoratadas se
descompusieron, y leve espuma apareció en sus labios morados. Á pesar de los
esfuerzos de Sánchez del Abrojo para sostenerla, se desasió y rodó al suelo,
retorciéndose con la desesperada elasticidad de la convulsión. La duquesa se
colgó de la campanilla, mientras con el brazo izquierdo apretaba contra su
corazón á la criatura desconsolada.
—Vea Vd.—decía algún tiempo después Sánchez del
Abrojo á su compañero el doctor Cortadillo, en ocasión que salían juntos de San
Carlos;—yo lo he creído siempre: es preferible, es más lucido, desde el punto
de vista del pronóstico, trabajar sobre un viejo que sobre un chiquillo. La
patogenesia del niño es dificilísima, especialmente mientras lacta, mientras
vive, por decirlo así, en íntima comunión con la naturaleza femenina. Nada, que
le mudamos el ama á la niña de los duques de Fuente-Real (una niña algo delicada,
que nació tarde, y cuando sus padres no esperaban ya{301} familia,
¿sabe Vd.?); pero bastó el poco tiempo que por fuerza hubo de mamar de la otra,
de la que recibió aquel tiro á boca de jarro y tuvo el ataque nervioso (¡
nervios en las aldeanas! Pero ¿qué fueron las energúmenas?) para llevar á la
criatura al hoyo... ó al cielo, señor espiritualista: como V. guste. Claro que
estaba en el período de la dentición; ya sabe Vd. la receptividad, la
plasticidad del temperamento de los niños; y así como un fuerte golpe no
derriba, verbigracia, una cómoda, y sí un objeto pequeño que se halle colocado
encima de ella, la terrible impresión no hizo gran mella en aquel castillo, en
la mocetona del ama; pero á la chiquita... Yo por lo menos tuve que atribuirlo á
eso. El ataque á la cabeza afectó forma convulsiva.
—¡La heredera del duque de Fuente-Real, muriendo de
la muerte del hijo de una labradora!—murmuró reflexivamente Cortadillo.
—El dinamismo incalculable de los hechos, amigo
mío... Heriberto Spencer pone eso en su punto.
—¿Y el duque?—preguntó Cortadillo con interés.
—¡Calle Vd., hombre! Acaba de salir para su
embajada...
Cortadillo sonrió con su boca amarilla y sin
dientes, y los carnosos labios de Sánchez del Abrojo hicieron el dúo,
plegándose con ironía indefinible. Después su rostro se puso grave.
—La pobre madre... la pobre duquesa... ¡Ah, qué
espectáculo! Esa se ha quedado en Madrid... La veo{302} con
frecuencia, y bien necesita mis cuidados, se lo aseguro á Vd.
—Lo que necesitará sobre todo—advirtió
Cortadillo—es paciencia, y creer á puño cerrado que esa criatura no está sólo
en la fosa, compañero del Abrojo.
Era él, él mismo: no podía caberme duda ya. ¡Pero
cuán ajado, maltrecho y diferente de sí propio! Sobre el grasiento cuello de
panilla de su gabán caían en desorden los lacios y entrecanos mechones de la
descuidada cabellera; la camisa no se veía, probablemente estaría sucia y la
ocultaba por pudor social. Como tenía inclinada la cabeza para leer un
periódico francés,{306} sólo pude ver su perfil
devastado y marchito, y las abolsadas ojeras que rodeaban sus pálidos ojos.
Contemplábale yo con punzante curiosidad, y me
acudían en tropel recuerdos de la última vez que asistí á uno de sus triunfos.
Hallábase entonces en la plenitud de sus facultades y talento: es verdad que
algunos malcontentadizos dilettanti empezaban á decir
que decaía, mas el público opinaba de muy distinta manera. Y por
señas que, como justamente la postrer noche que pasé en Madrid fuese la del
beneficio del gran artista, aflojé los cinco pesos que el Pájaro me
exigió por la butaca, y asistí á una ovación entusiasta, delirante.
¡Qué voz, cielo santo, qué voz pura, apasionada,
angelical! ¡Con qué facilidad ascendía á las alturas vertiginosas de los dos y síes más
inaccesibles á gargantas profanas! ¡Qué modo de filar las notas, y de
emitirlas, cada una aparte, distinta y clara, y al par ligada con la anterior y
posterior, sin esfuerzo alguno, sin desgañitarse, antes con serenidad y gracia
encantadora!
Y además de estos primores de ejecución, ¡qué
bellezas de sentimiento en las distintas modulaciones de tan soberana voz, y en
la inteligente mímica que las realzaba! El papel de Edgardo en Lucia no
fué nunca mejor comprendido que aquella inolvidable noche. ¿Era hermoso ó feo
el excelso tenor? Lo ignoro, pero pienso que Walter Scott, el novelista-poeta
que inmortalizó las desventuras del laird de Ravenswood, no
pudo soñar más melancólico, varonil é interesante Edgardo. Tierno y
dulce en la escena del jardín; trágico{307} y
sublime en la de los desposorios; sombrío y fiero en la del reto; transido de
amor en la bellísima final, siempre era el tipo romántico que las imaginaciones
ardorosas y juveniles se figuran ver alzarse entre las nieblas de Escocia.
Hundíase el teatro, como suele decirse, á puras
salvas de aplausos; llovían sobre la escena coronas y ramos de flores; y del
fondo rojo oscuro del proscenio, donde ostentaba su soberbia toilette una
aristocrática beldad, se destacó un brazo escultural, enguantado de blanco, y
un ramillete de nevadas camelias, sobre las cuales negreaban dos cifras
formadas de oscurísimos pensamientos, cayó, envuelto aún en el perfumado
pañuelo de encaje, á los piés de Edgardo, mientras un cuchicheo
discreto inclinaba unas hacia otras las cabezas femeniles en los demás palcos,
cual se doblan las espigas al soplo del aire. El tenor daba gracias al público,
apoyando sobre el corazón la mano izquierda, en cuyo dedo meñique lucia un
solitario como una avellana, regalo del Czar.
¡Si me parecía que le estaba viendo aún! Mediante
la transfiguración del arte, el hombre viejo y mal vestido que tenía enfrente
iba convirtiéndose en el Edgardo arrebatador que me sedujo
diez años antes. Levantábase ante mí su gallarda figura, su italiana y morena
tez empalidecida por el reflejo del gas, su negra barba, sus ojos
centelleantes, su descubierta garganta de estatua, cuyos tendones se dibujaban
bajo el limpio cutis, su traje de terciopelo negro con cuello de guipur,
la noble actitud con que arrojaba su capa y se quedaba{308} inmóvil,
cruzado de brazos, sobre la escalinata de la cámara donde se celebraban los
desposorios de Lucia. Oía de nuevo su voz, el acento desesperado
con que pronunciaba: Stirpe iniqua, y sus notas penetrantes
recorrían mis nervios y me producían inexplicable escalofrío. Era el
mismo Edgardo, ¡y estaba á dos pasos en la mesa próxima!
Movido por irresistible impulso me acerqué, y le
tendí la mano, preguntándole si tenía el gusto de hablar al célebre tenor.
Preguntélo no sé por qué, por el placer de oirlo de sus labios. Alzó sus ojos
apagados é indiferentes, y á media voz, me dijo un:—¡El mismo!—que me pareció
lleno de tristeza y resignación.
—¡Pero Vd. por aquí!
—En efecto.
—Yo le he admirado á Vd. en el Real... En Puritanos...
en Lucia... ¿Se acuerda Vd.?
—Ah, sí... ¡otros días!...—pronunció en italiano.
Ví animarse un tanto sus mejillas, donde unos
atisbos de colorete y albayalde, mal borrados por la tohalla, parecían los
últimos arreboles de su gloria.
—¿Y es cierto que viene Vd. á cantar aquí?
Sacó del bolsillo una petaca muy usada de cuero de
Rusia, con iniciales de oro, resto sin duda del pasado esplendor, y de ésta un
cigarro, y me pidió fuego.
—Cantaré... sí, como pueda.
Díjolo carraspeando, y noté que la voz del ángel se
parecía ahora al glocitar de un pollo.
—¿En una capital de provincia? ¿En un teatro tan
malo? ¿Ante una concurrencia?...{309}
Mis palabras despertaron al tenor de oficio, al
hombre habituado á captarse con afables palabras las simpatías de los
concurrentes entre bastidores.
—¡Oh!—exclamó.—El ilustrado público de Marineda...
¡Oh! Yo he escuchado hacer elogios de su competencia... ¡Oh!
Y diciendo esto, una halagadora sonrisa, casi
suplicante, entreabrió sus labios, y su mirada se posó cariñosamente en mí. No
me dejé seducir.
—¿Es cierto—le pregunté—que ha perdido Vd. la voz á
consecuencia de un enfriamento que cogió en New-York?
Inclinó la cabeza sobre el pecho y no contestó
palabra. Comprendí que el asunto de conversación le era displicente, y llamé al
mozo, pidiéndole unas copas de Chartreuse de la más fina.
—¡Oh! ¡Grazie!—murmuró al verlas
delante.—No uso... Licores, vinos, especies... ¡Oh! Pimienta, pimienta, ¡sopra
tutto! Los yankees abusan de las especies y los
vinos... Yo no llevé á New-York mi cocinero, sentite...
Entonces, incitado por mis preguntas y mi no
fingido interés, comenzó á explicar el régimen funesto seguido en New-York, las
primeras notas veladas, la desesperación de la primer ronquera, la indisposición
repentina, la cólera del público, la reaparición, los inútiles esfuerzos
para reavivar el entusiasmo, las palmadas escasas y frías, esos síntomas
iniciales de indiferencia, desgarradores en todo amor... Sus mejillas se
encendían, y á veces, por entre su voz resquebrajada,{310} asomaba
una inflexión de terciopelo, como de la arruinada pared de un palacio cuelgan
aún girones de rica tapicería...
Por último se levantó y llamó al mozo para pagarle;
pero yo le había hecho una disimulada seña, y el mozo, con muchas cortesías, se
negó á recibir un cuarto. El tenor me estrechó la diestra y por un momento, en
su rostro que iluminó el júbilo, observé la feliz transformación que se nota en
la cara de una mujer, ayer hermosísima y hoy marchita por la edad, si algún
soldado ó gañán, en la calle, le dirige á su manera un requiebro.
Si el marqués vivía bien, no lo pasaban mal tampoco
sus servidores. Para que no le dejasen les pagaba mejores soldadas que nadie en
la provincia, y además{315} los obsequiaba á veces
con regalos y mimos. Así andaban ellos de contentos: poco trabajo, y ese
metódico é invariable; salario crecido, y de cuando en cuando sorpresitas del
dadivoso marqués.
El mes de Diciembre del año antepasado, hizo más
frío de lo justo, y la dehesa y término de Fuencar se envolvieron en un manto
de nieve como de una cuarta de grueso. Huyendo de la soledad de su gran
despacho, bajó el marqués de noche á la cocina del cortijo, y buscando por
instinto de sociabilidad invencible, la compañía del hombre, se arrimó al
hogar, calentó la palma de las manos castañeteando los dedos, y hasta se rió de
los cuentos que con chuscada andaluza referían el capataz y el pastor, y reparó
que la cocinera tenía muy buenos ojos. Entre otras conversaciones más ó menos
rústicas que le divirtieron, oyó que todos sus criados proyectaban asociarse
para echar un décimo á la lotería de Navidad.
Al día siguiente, muy temprano, el marqués
despachaba un propio á la ciudad próxima, y anochecía cuando el bondadoso señor
penetró en la cocina blandiendo unos papeles, y anunciando á sus domésticos,
con suma benignidad, que había cumplido sus deseos tomando un billete del
sorteo inmediato, billete en el cual les regalaba dos décimos quedándose él con
ocho, por tentar también la suerte. Al oir tal, hubo en la cocina una explosión
de alegría, con vivas y bendiciones hiperbólicas; sólo el pastor, viejo cano, zumbón
y sentencioso, meneó la cabeza, afirmando que el que echaba con señores
«espantaba la suerte», de lo cual le{316} pesó
tanto al marqués, que condenó al pastor á no llevar ni un real en los décimos
consabidos.
Aquella noche el marqués no durmió tan á pierna
suelta como solía desde que Fuencar le cobijaba; le desvelaron algunos
pensamientos de esos que sólo mortifican á los solterones. No le había gustado
pizca la avidez con que sus criados hablaban del dinero que podía caerles.—¡Esa
gente—decíase el marqués—no aguardaría sino á llenar la bolsa para plantarme!
¡Y qué planes los suyos! ¡Celedonio (el cochero), habló de poner taberna...
para beberse el vino sin duda! ¡Pues la pazguata de doña Rita (era el ama de
llaves), no sueña con establecer una casa de huéspedes! Digo, y lo que es
Jacinto (era el ayuda de cámara), bien se calló, pero miraba con el rabo del
ojo á esa Pepa (la cocinera), que, vamos, tiene su sal... Juraría que proyectan
casarse. ¡Bah! (al exclamar ¡bah! el marqués de Torres-nobles
dió una vuelta en la cama y se arropó mejor, porque se le colaba el frío por la
nuca); en resumidas cuentas, ¿qué me importa todo ello? El premio gordo no nos
ha de caer y así... tendrán que aguardarse por las mandas que yo les deje! Y á
poco rato el buen señor roncaba. Dos días después celebrábase el sorteo, y
Jacinto, que era más listo que Cardona, se las compuso de modo que su amo
tuviese que enviarle á la ciudad en busca de no sé qué provisiones ú objetos
indispensables. La noche caía, nevaba á mas y mejor, y Jacinto aún no había
vuelto, á pesar de salir muy de madrugada.
Estaban los criados reunidos en la cocina, como{317} siempre, cuando sintieron las opacas pisadas del
caballo sobre la nieve fresca, y un hombre, en quien reconocieron á su
compañero Jacinto, entró como una bomba. Estaba pálido, temblón y demudado, y
con ahogada voz acertó á pronunciar:
—¡El premio gordo!!!
Hallábase á la sazón el marqués en su despacho, y,
las piernas arrebujadas en tupida manta, chupaba un habano, mientras el
capellán le leía la política menuda de El Siglo Futuro.
De pronto, suspendiendo la lectura, ambos prestaron oído al estrépito que venía
de la cocina. Parecióles al principio que los criados disputaban, pero á los
diez segundos de atender se convencieron de que no eran sino voces de júbilo,
tan desentonadas y delirantes, que el marqués, amostazado y teniendo por
comprometida su dignidad, despachó al capellán á informarse de lo que ocurría é
imponer silencio. No tardó tres minutos en regresar el enviado, y dejándose
caer sobre el diván, pronunció con sofocado acento: «¡Me ahogo!» y se arrancó
el alzacuello y se desgarró el chaleco por querer desabrocharlo... Corrió en su
auxilio el marqués, y abanicándole el rostro con El Siglo Futuro logró
oir brotar de sus labios una frase entrecortada:
—El premio gordo... nos ha tocaaa...ado el prem...
Á despecho de sus achaques, brincó hasta la cocina
el marqués con no vista ligereza, y llegando al umbral, detúvose atónito ante
la extraña escena que allí se representaba. Celedonio y doña Rita bailaban no
sé si el jaleo ó la cachucha, con mil zapatetas, saltando como{318} monigotes
de saúco electrizados; Jacinto, abrazado á una silla, valsaba rauda y
amorosamente; Pepa hería con el rabo de un cazo la sartén, haciendo desapacible
música, y el capataz, tendido en el suelo, se revolcaba, gritando ó mejor dicho
aullando salvajemente: «¡Viva la Virgen!» Apenas divisaron al marqués, aquellos
locos se lanzaron á él con los brazos abiertos, y sin que fuese poderoso á
evitarlo lo alzaron en volandas, y cantando y danzando y echándoselo unos á
otros como pelota de goma lo pasearon por toda la cocina, hasta que viéndole
furioso lo dejaron en el suelo; y aun fué peor entonces, pues la cocinera Pepa,
cogiéndole por el talle, quieras que no quieras le arrastró en vertiginoso
galop, mientras el capataz, presentándole una bota de vino, se empeñaba en que
probase un trago, asegurando que el licor era exquisito, cosa que él sabía á
ciencia cierta por haber trasegado á su estómago casi toda la sangre de la
bota.
Así que pudo el marqués soltarse, refugióse en su
habitación, con ánimo de desahogar su enojo refiriendo al capellán la osadía de
sus criados y platicando acerca del premio gordo. Con gran sorpresa vió que el
capellán salía envuelto en su capote y calándose el sombrero.
—¿Á dónde va Vd., don Calixto, hombre de
Dios?—exclamó el marqués admirado.
—Pues, con su licencia, don Calixto iba á Sevilla,
á ver á su familia, á darle la alegre nueva, á cobrar en persona su parte de
décimo, un confite de algunos miles de duros.{319}
—¿Y me deja Vd. ahora? ¿Y la misa? y...
En esto asomó por la puerta su hocico agudo el
ayuda de cámara. Si el señor marqués le daba permiso, él también se marcharía á
recoger lo que le tocaba. El marqués alzó la voz, diciendo que era preciso
tener el diablo en el cuerpo para largarse á tales horas y con una cuarta de
nieve, á lo cual respondieron unánimes don Calixto y Jacinto que á las doce
pasaba el tren por la estación próxima, que hasta ella llegarían á pié ó como
pudiesen. Y ya abría el marqués la boca para pronunciar: «Jacinto se quedará, porque
me hace falta á mí,» cuando á su vez se encuadró en el marco de la puerta la
rubicunda faz del cochero, que sin pedir autorización y con insolente regocijo
venía á despedirse de su amo, porque él se largaba, ¡ea! á coger esos monises.
—¿Y las mulas?—vociferó el amo.—¿Y el coche, quién
lo guiará, vamos á ver?
—Quien vuecencia disponga... ¡Como yo no he de
cochear más!...—respondió el auriga volviendo la espalda y dejando paso á doña
Rita, que entró no medrosa y pisando huevos como solía, sino toda despeinada,
alborotadica y risueña, agitando un grueso manojo de llaves, que entregó al
marqués advirtiéndole:
—Sepa vuecencia que ésta es de la despensa... ésta
del ropero... ésta del...
—¡Del demonio que cargue con Vd. y con toda su
casta, bruja del infierno! ¿Ahora quiere Vd. que yo saque el tocino y los
garbanzos, eh? Váyase Vd. al...{320}
No oyó doña Rita el final de la imprecación, porque
salió pitando, y tras ella los demás interlocutores del marqués, y en pos de
éstos el marqués mismo, que les siguió furioso al través de las habitaciones y
estuvo á punto de alcanzarles en la cocina, sin que se atreviese á seguirles al
patio por no arrostrar la glacial temperatura. Á la luz de la luna que
argentaba el piso nevado, el marqués les vió alejarse, delante don Calixto,
luégo Celedonio y doña Rita de bracero, y por último Jacinto muy cosido á una
silueta femenina que reconoció ser Pepa la cocinera... ¡Pepilla también! Tendió
el marqués la vista por la cocina abandonada, y vió el fuego del hogar que iba
apagándose, y oyó una especie de ronquido animal... Al pié de la chimenea, muy
esparrancado, el capataz dormía la mona.
Á la mañana siguiente, el pastor, que no quiso
«espantar la suerte,» hizo para el marqués de Torres-nobles de Fuencar unas
migas y un ajo molinero, y así pudo este noble señor comer caliente el primer
día en que se despertó millonario.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . .
Me parece excusado describir la suntuosa
instalación del marqués en Madrid; lo que sí no debe omitirse es que tomó un
cocinero cuyos guisos eran otros tantos poemas gastronómicos. Se cree que los
primores de tan excelso artista, saboreados con excesiva delectación por el
marqués, le produjeron la enfermedad que le llevó á la tumba. No obstante, yo
creo que el susto y caída que dió cuando se desbocaron sus{321} magníficos
caballos ingleses, fué la verdadera causa de su fallecimiento, ocurrido á poco
de habitar el palacio que amuebló en la calle de Alcalá.
Abierto el testamento del marqués, se vió que
dejaba por heredero al pastor de Fuencar.
De origen anglo-sajón, según revela el apellido,
soltero, independiente y no pesándole los años, Bruck se consagró en cuerpo y
alma al culto de la gran diosa Demeter, la Tierra madre. Esa ciencia erizada de
dificultades, inaccesible á los profanos, le cautivó, gracias al feliz y sabio
reparto que Dios hace de las aficiones y gustos, para que ningún altar se quede
sin devotos y ningún santo sin su velita de cera.—Yo confieso ingenuamente{326} el error en que caí. Al pronto, juzgando con
arreglo á mis sentimientos propios, pensé que lo que interesaba á Bruck eran
los ejemplares de mineralogía, los pedruscos bonitos; pero ví con
sorpresa que mi colección, distribuída en las primorosas casillas del estante
como joyas en sus estuches, no despertaba en él sino la curiosidad que
produciría en cualquier aficionado á ciencias naturales, mientras las piedras
de construcción, el vulgarísimo granito esparcido en la calle, fijaba sus
miradas y le sumía en reflexiones profundas.
Desde entonces tuvimos asunto para discutir. Con mi
doble instinto de mujer y de colorista, yo prefería, en el vasto reino mineral,
los productos mágicos que sirven al adorno, á la industria y al arte humano, y
describía con entusiasmo la eflorescencia rosa del cobalto, el intenso
anaranjado del oropimente, la misteriosa fluorescencia de los espatos, que
exhalan lucecicas como de Bengala, verdes y azules, los tornasolados visos
del labradorito, semejantes al reflejo metálico del cuello de las
palomas, la fina red de oro sobre fondo turquí del lápiz-lázuli, las
irisaciones sombrías de la pirita marcial y de la marcasita; coloridos
nocturnos, vistos en mi imaginación como al través de la roja luz de una gruta
caldeada por las fraguas y hornos de Vulcano. Con la exigencia refinada del
gusto moderno, que se prenda de lo exótico, ponderaba hasta las ponzoñosas
descomposiciones del color, el moho verdoso del níquel, el verde manzana de los
arseniatos, los extraños cambiantes del cobre; encarecía después el{327} amarillo de miel del ámbar, las gotas de leche
incrustadas en la roja faz del jaspe, la transparencia vaga y suave de las
calizas, que parecen nieve mineral. Yo argüía, y para mí era argumento
definitivo, que los colores más vivos, más brillantes, la mayor cantidad de luz
atesorada en un cuerpo, no se encontraba ni en el cáliz de la flor, ni en el
ala de la mariposa, ni en la pluma del pájaro, sino que era preciso buscarla
allá en las entrañas del globo, serpenteando por sus rocas, clavada en ellas,
hasta que la inteligencia humana la extraía tallando la piedra preciosa, ó
refinando el petróleo para descubrir los matices espléndidos de la anilina.
Además de estas hermosuras incomparables del color
de los minerales, me cautivaban y excitaban mi fantasía los peregrinos
caprichos que en ellos satisface la naturaleza; citaba la luz fosfórica del
cuarzo cambiante ú ojo de gato, las arenillas doradas de la
venturina, los curiosos listones del ónice y sardónice, las vetas y dibujos
varios de la familia de las calcedonias. ¿Dónde hay cosa más linda que el
ópalo, con sus diafanidades boreales, como el lago al amanecer; que el hidrófano,
que sólo brilla y se irisa cuando le mojan, lo mismo que una mirada cariñosa
refulge al humedecerla el llanto; ó la límpida hialita, tan parecida á lágrimas
congeladas? ¿Pues no es digna de admiración la singular birefringencia del
espato de Islandia, la figura de X que se encuentra dentro de la macla ó chias-tolita,
los magníficos dodecaedros del granate y las cruces prismáticas de la armotoma?
Filigranas de{328} la creación, caladas y
alicatadas por el buril de los gnomos ó geniecillos de las cavernas
subterráneas se me figuraban todos estos minerales, y así los alababa con sumo
calor, haciendo sonreirse á Federico Bruck. Pero donde empezaban mis herejías
anti-científicas era al declarar que tamaños portentos me parecían mucho más
asombrosos después de que la mano del hombre completaba en ellos, con la forma
artística, el trabajo oculto y paciente de las fuerzas creadoras.
Para mí, por ejemplo, el mármol de Paros no
adquiría pureza y excelsitud hasta considerarlo labrado por Fidias; el kaolin era
barro grosero, y sólo me enamoraba convertido en porcelana sajona; el zafiro
había nacido para rodearse de brillantes y adornar un menudo dedo; el brillante
para temblar en un pelo negro; el basalto rosa para que en él esculpiesen los
egipcios el coloso de Ramsés; el ágata, para que Cellini excavase aquellas
copas encantadoras en torno de las cuales retuerce su escamoso cuerpo una sirena
de plata. El arte, señor de la naturaleza, tal fué mi divisa.
Bruck afirmaba que estos gustos míos tenían cierta
afinidad con los del salvaje que se prenda de unas cuentas de vidrio más que
del oro nativo recogido en sus remotas cordilleras; y que lo verdaderamente
grandioso y bello, con severa belleza clásica, en la tierra, no son esos
caprichos del color ni esos jugueteos de la línea, sino las formas internas de
las rocas, el plano arquitectónico, regular y majestuoso, de tan vasto
edificio. Encarecía la magnitud de las anchas estratificaciones, que se
extienden como ondas petrificadas{329} del océano
de la materia; los macizos y valientes pilares graníticos, fundamentos del
globo, colocados con simetría solemne; las columnatas de pórfido y basalto, más
elegantes que las de ninguna catedral de la Edad media. Sobre todo y aparte del
especial deleite estético que encontraba en esa disposición sorprendente de las
rocas, decía Bruck que le enamoraba ver escrita en ellas la historia del globo,
de su formación, del desarrollo de sus montañas y hundimiento de sus valles.
Á simple vista, con una ojeada rápida, discernía la
estructura de un terreno cualquiera, su yacimiento y su origen. Distinguía al
punto las rocas eruptivas,—que parecen conservar en sus formas coaguladas
indicios del misterioso hervor que las arrancó de los abismos del globo y las
hizo rasgar su superficie, á manera de colmillos enormes,—de los terrenos de
sedimento, cubiertos de capas y más capas lo mismo que de fajas la momia. Sabía
por cuál secreta ley las rocas alpestres se levantan y parten en agujas tan
atrevidas, puntiagudas y escuetas, mientras las sierras del mediodía de España
se aplanan en chatos mamelones, figurando que una mano fuerte les impidió
ascender y las redondeó con las redondeces de un seno turgente, henchido de
licor vital.
Y cuando pudiese engañarse la vista, tenía Bruck
para conocer, sin metáfora, el terreno que pisaba, una señal infalible, la
presencia ó ausencia, en la roca, de ciertos restos fósiles, valvas menudas de
moluscos, el carbonizado tronco de un planta, la huella de un helecho{330} ó de un licopodio. De estos restos se
encontraban muchos en los terrenos de sedimento, que son á manera de museo
donde puede estudiarse la flora y fauna del tiempo—digámoslo así—del rey que
rabió, mientras las rocas eruptivas se hallan vacías, agenas á toda vida, sin
rasgos de organismos en sus mudas profundidades. Y aquí Bruck y yo volvíamos á
disputar; porque mientras á mí me parecía digno de superior atención el terreno
donde se tropiezan fósiles, él hablaba con el mayor respeto de esas rocas
muertas, las primeras y más antiguas, verdaderos cimientos del planeta. Las
otras eran unas rocas de ayer acá, que contarían, á lo sumo, algunos cientos de
miles de años.
Yo no comprendía la preferencia de Bruck, porque
siempre me agrada encontrar vida é indicios de ella. Los fósiles me hacían
soñar con paisajes antediluvianos, con animalazos gigantescos, medio lagartos y
medio peces. Bruck, al contrario, se remontaba á los tiempos en que el mundo,
dejando de ser una bola de gas incandescente, comenzaba á enfriarse, y sus
queridas rocas emergían, rompiendo la película delgada, la corteza del gran
esferóide. En resumen, á Bruck le importaban poco las plantas, que son vestidura
de la tierra; los minerales preciosos, que son sus joyas, y los fósiles, que
son sus archivos y relicarios; sólo se sentía atraído por la anatomía de su
monstruoso esqueleto.
Valía la pena de oirle defender esta afición.
Extasiábase hablando de la unidad que preside á las formaciones de las rocas, y
del poderoso y visible imperio que ejerce la ley en los dominios de la
verdadera geología{331} ó geognosia.
Ahí es nada eso de que la corteza terrestre sea igual en el Polo que en la zona
tórrida, y que mientras los infelices naturalistas y botánicos se encuentran,
en cada clima, con especies diferentes, el martillo del geólogo en todas partes
rompa la propia piedra! La piedra inmóvil, grave, uniforme, idéntica á sí
misma, figurábasele á Bruck majestuosa. Á mí me daba frío, y... así como sueño.
Pero que no lo sepa ningún geólogo, por todos los santos de la corte celestial.
Bruck no era un sabio de gabinete, ni se conformaba
con ver los fragmentos y láminas de roca en las agenas colecciones ó en los
museos, con su etiqueta pegada. Por valles, montañas y cerros, allí donde
trazaban un camino, perforaban un túnel ó excavaban una mina, andaba Bruck con
su caja de instrumentos, inclinándose ávidamente para ver, al través de la rota
epidermis y de la morena carne de la gran Diosa, su osamenta formidable. Quería
crear la geología ibérica, estudiar el terreno español tan á fondo como lo ha
sido ya el francés, inglés y americano. Así es que cuando delante de Bruck
nombraban alguna región de nuestra patria, Asturias, Galicia, Málaga, Sevilla,
no se le ocurría nunca exclamar—«hermoso país!—costa pintoresca!—cielo
azul!—¡qué poéticas son las Delicias! ó ¡qué bonito el Alcázar!»—como nos
sucede á cada hijo de vecino; sino que las ideas que acudían á su mente y
brotarían de sus labios si Bruck fuese locuaz, eran sobre poco más ó menos del
tenor siguiente:—«terreno hullero—buen yacimiento de gneiss—terreno
triásico—formación cuaternaria!»{332}
He dicho que Bruck no pecaba de locuaz; pero, fiel
á su oriundez anglo-sajona, era tenacísimo. Jamás se cansaba, ni se
desalentaba, ni variaba de rumbo. Todos amamos nuestras aficiones, y, sin
embargo, cometemos infidelidades; tenemos nuestras horas de inconstancia, y
volvemos luégo á abrazarlas con mayor cariño. Hay días contados en que yo no
quiero que me nombren un libro, en que lo negro sobre lo blanco me aburre, y en
que diera todo el papel impreso y manuscrito por un rayo de sol, un momento de
alegría, la sombra de un árbol, la luz de la luna y el olor de las madreselvas.
Bruck no conocía semejantes alternativas; su amor por las rocas era, como
ellas, firme, perenne, invariable.
Dos ó tres años hacía que no aportaba Bruck por mi
país, y yo le suponía entregado á trascendentales investigaciones allá por las
cuencas mineras de Extremadura ó por las alturas imponentes de los Pirineos,
cuando una tarde se me presentó de la manera más impensada, enfundado en su
traje habitual de hacer geología. El paño de su chaquet caía
flojo y desmañado sobre su vasto cuerpo; una camiseta de color le ahorraba la
molestia de ocupar el baúl con camisas planchadas; su sombrero, abollado, lucía
una capa de polvo á medio estratificar; y como le ví que traía calzados los
guantes, comprendí al punto que estaba de excursión, pues Bruck no usa guantes
sino para el monte, dado que en la ciudad no hay peligro de estropearse las
manos.
Preguntéle el motivo de su viaje. La vez anterior{333} vino á examinar, en persona, la dirección de los
estratos del gneiss en esta parte de la costa cantábrica; y ahora, con voz
reposada, me dijo que el objeto de su expedición era verle el pié... honni
soit qui mal y pense! á la sierra de los Castros.
—Pero cuidado que sólo á V. se le ocurre!...
Estamos en Diciembre, se chupa uno los dedos de frío, y luégo el viaje en
diligencia es entretenido de verdad! ¿Cómo no aguardó V. á la inauguración del
ferrocarril, al verano, etc., etc.?
Explicó que no podía ser de otro modo, porque ya
había llegado á un punto tal, que sin ver la base de la sierra, inmediatamente,
no haría cosa de provecho. Bruck apuntaba metódicamente en cuadernos los
resultados de sus observaciones, y luégo los daba al público, no en una obra
extensa y monumental, sino de modo más conforme al espíritu analítico y
positivo de la ciencia moderna, en breves monografías de esas que por
Inglaterra y los Estados Unidos se llaman «contribuciones al estudio de tal ó
cual materia,» folletitos concretos, atestados de hechos y labrados y cortados
con precisión matemática, como sillares dispuestos ya para un edificio futuro.
Cuando en mitad de uno de sus trabajos le ocurría á Bruck la más leve duda, la
necesidad de exactitud rigurosa y veracidad extricta en sus asertos no le
dejaba pasar más adelante; y no cociéndosele, como suele decirse, el pan en el
cuerpo, tomaba el tren, la diligencia, lo que hubiese, y se iba á comprobar
sobre el terreno sus datos. No se cuidaba de si las circunstancias eran
favorables;{334} lo mismo hacía rumbo á Extremadura
durante la canícula, que á Burgos en el corazón del invierno.
Aunque Galicia no es tan fría como Burgos, ni
muchísimo menos, el plan de verle el pié á la sierra de los Castros en
Diciembre, no dejó de parecerme descabellado. La lluvia, incesante en tal
época, la nieve, la escasez de recursos, la falta de esos hoteles diseminados
por las cordilleras de otros países, donde el viajero se restaura, y mil y mil
inconvenientes, se me ofrecieron al punto y los comuniqué á Bruck. Sin haber
llegado nunca á sentarme en las faldas de la abrupta sierra, conocía mucho de
oídas el país, y sabía que á veces, en tres ó cuatro leguas de circuito, no se
encontraba unto para condimentar el caldo de pote, ni una arena de sal para
sazonarlo. Mas ví al geólogo tan firme en su propósito, que lo único que pude
hacer en beneficio suyo, fué darle una carta de recomendación para el cura de
los Castros. Justamente este buen señor había sido algunos meses capellán de
nuestra casa.
Dos epístolas recibidas algún tiempo después,
completarán la historia del episodio que refiero. La primera de Bruck, del cura
la segunda. Aquí las copio, para conocimiento y solaz del que leyere.
«Las Engrovas, 1.º de Enero.
»Mi distinguida amiga: no pensé empezar el año
escribiendo á V. desde estas montañas; pero el hombre propone, y las
circunstancias—ya sabe V. que soy{335} algo
determinista—disponen. Heme aquí en las Engrovas: ¿ha estado V. por acá alguna
vez? Parece mentira, cuando uno se acuerda de esas Mariñas tan risueñas, tan
alegres hasta en la peor estación del año, que Galicia encierre sitios tan
agrestes y salvajes.
»Por supuesto que para mí son los mejores. Esa
parte donde V. vive, es una tierra blanda, deshuesada, sin consistencia. Aquí
encuentro magníficas rocas metamórficas, terrenos de transición, con todas sus
curiosas variedades. Sólo me estorba mucho la vegetación feraz y compacta, que
me impide reconocer bien el terreno. Espero que en el corazón de la sierra, las
rocas se me presentarán en su noble y augusta desnudez.
»Me han asegurado que si me meto más en la montaña,
me expongo á tropezar con manadas de lobos, á no encontrar dónde dormir. No me
importaría si no estuviese calado; pero es tanta la lluvia que ha caído por mí,
que el traje se me pudre encima. Dirá V. ¿y el impermeable? ¡El impermeable!
Hecho girones, señora: los escajos, los espinos, las zarzas han puesto fin á su
vida. Cuando llegue á la hospitalaria mansión del cura de los Castros, voy á
pedirle que me ceda un balandrán ó cosa por el estilo, porque andar desnudo en
Diciembre no es agradable.
»De la comida poco puedo decir á V.; yo suelo
pasarme diez ó doce horas sin recordar que es preciso dar pasto al estómago; y
cuando se lo doy, al cuarto de hora ya no sé lo que he mascado. No obstante,
aquí noto que me falta lastre. Creo que hay días en que{336} me
alimento con un plato de puches de harina de maíz. Gracias si puedo regarlos
con leche de vaca.
»En resumen, hambre, frío, sed de vino y café (de
agua no es posible, pues el cielo la vierte á jarras); pero yo contentísimo,
porque estas rocas valen un Perú, y su estudio arroja clarísima luz sobre
diversos problemas que me preocupaban.
»Mañana me internaré en lo más despoblado y agrio
de la región. Aprovecho la coyuntura de enviar al Ferrol esta carta, para que
la echen al correo. Siempre á sus órdenes su amigo afectísimo
Federico Bruck.»
«Parroquia de S. Remigio de los Castros, 27
Febrero.
»Estimada señorita: le escribo para darle razón del
señor forastero que V. se sirvió recomendarme en el mes de Diciembre del pasado
año. Ese señor salió de las Engrovas el 2 de Enero, muy tempranito, á caballo,
pensando llegar á los Castros á la mediodía. Yo nunca ví tanto
frío, que mismo cortaba; hasta al consagrar parece que se me caía la partícula
de los dedos; la noche antes heló mucho, y los caminos resbalaban como si
estuviesen untados con sebo. Ese señor traía un chiquillo para tenerle cuenta
de la caballería y llevarle una caja y no sé qué más lotes; y el chiquillo, que
es hijo de mi compadre Antón de Reigal, me ha contado cómo pasó el lance. El
señor se bajó del caballo á medio camino, en el sitio que llaman Codo-torto,{337} y sacando un martillo comenzó á arrancar
pedacitos de piedras, que se conoce que los ingleses, sabiendo que aquí hay
oro, quieren buscarlo y acaso hacer minas. Piedras fueron, que se pasó así toda
la mañana, hasta que el chiquillo, cansado de esperar y no viéndolo por ninguna
parte, y muriéndose de ganas de comer, tuvo la debilidad de venirse á los
Castros solo, y el caballo detrás, muy pacífico. Luégo, cuando el rapaz vió que
se hacía de noche, y que no parecía su amo, vino llorando á contarme el lance.
»Como, según el chiquillo, ese señor se encaminaba
á mi casa, en seguida me dió la espina de que sería algún amigo ó pariente de
V.; llamé á tres feligreses, les hice encender fachucos de
paja bien retorcidos para que durasen, y nos metimos por la sierra, busca que
te buscarás al viajero. ¿Dónde le fuímos á encontrar? En el despeñadero de
Codo-torto, que lo rodó de una vez, señorita, y pásmese, no se mató, sólo se
rompió una pierna. Le trajimos en brazos como se pudo, y gracias al algebrista de
Gondás, ¿no sabe V.? aquel hombre que cura toda rotura y dislocación sin reglas
ni sabiduría, con unas tablillas, unos cordeles y siete Ave Marías con
sus Gloria Patris, no tendrá que gastar muleta el señor de Brús ó
como se llame, aunque siempre al andar se le conocerá un poquito.
»Yo y mi hermana la viuda, lo cuidamos lo mejorcito
que supimos, que nos dió mucha lástima; es un señor llano y parece un infeliz.
Lo peor de las horas que pasó solito, dice él que fueron unos lobos que le
salieron y que los espantó encendiendo fósforos. Á{338} pesar
de la desgracia, asegura que no le pesó venir á la sierra. Se conoce que la
mina de oro promete. Tendrá la bondad de dar un besito á los niños, y de
saludar con la más fina atención á los señores y mandar á este su reconocido
servidor y capellán
q. s. m. b.
José Taboada Rey.»
Moraleja.—De cómo por verle los huesos á la tierra, rompió
Bruck sus huesos propios.{339}
CUENTO [1]
I
Pues, como digo, los vasallos del rey Bonoso eran
muchos y vivían felices, porque el rey y la reina tenían el genio más dulce y
la pasta mejor del mundo, y ni los agobiaban á contribuciones, ni perdonaban
medio de prodigarles beneficios. Colmania gozaba de un clima igual y templado,
y era abundante en trigo, en vino, en toda clase de productos agrícolas, con lo
cual los colmanienses no tenían que temer la miseria, y andaban alegres como
unas Pascuas por aquellas ciudades y aquellos campos, cantando cada villancico
y cada seguidilla que daba gusto.
Pero como no hay felicidad perfecta en este pícaro
mundo, el rey Bonoso y la reina Serafina estaban de cuando en cuando tristes y
de mal humor, y entonces el reino se ponía también compungido para acompañar en
sus pesares á los buenos reyes. El motivo de la pena de éstos era que no les
había concedido Dios hijo alguno, y cada vez que la reina Serafina pasaba por{343} delante de una cabaña y veía á la puerta jugar
muchos niños descalzos, risueños y frescos, se le soltaban de envidia unos
lagrimones como puños. No es posible contar las ofertas y rogativas que hizo la
pobre reina para que el cielo le enviase una criatura que alegrase el palacio y
fuese heredero del trono de Colmania; pero ya hacía veinte años que la reina
pedía y la criatura no acababa de llegar. Los súbditos también deseaban mucho
que viniese el heredero, porque temían que, si los reyes Bonoso y Serafina
morían sin tener hijos, el rey de un país vecino, que se llamaba el país de
Malaterra, se empeñase en conquistar á Colmania, lo que haría sin duda alguna,
porque era un rey muy emprendedor y ambicioso, y muy aficionado á dar batallas.
Así es que los habitantes de Colmania se morían porque á la reina Serafina le
naciese un príncipe; y como á este príncipe le querían tanto aun antes de que
existiese, hablaban de él cual de una persona real y efectiva, y le pusieron el
nombre de Príncipe Amado.
Un día, estando la reina Serafina solazándose en
sus jardines y echando pan á los pececillos colorados que nadaban en el tazón
de mármol de una fuente, sintió mucho sueño y pesadez en los párpados, y sin
poder resistir al deseo de descabezar la siesta se reclinó en un banco de
césped cubierto con un toldo de jazmines, y se quedó dormida en un abrir y
cerrar de ojos. Cuando estaba en lo mejor del sueño sintió que la tocaban en un
hombro, alzó la vista y vió ante sí una dama muy linda, vestida con un traje de
color extraño, que no era blanco ni azul, sino una mezcla de las dos cosas,{344} algo parecida al matiz especial que tiene la luz
de la luna. En la mano derecha llevaba una varita de plata, y la reina, que no
era lerda, conoció por la varita que era un hada ó maga benéfica aquella
señora. La cual, con una vocecita de miel, dijo inmediatamente:
—Yo soy el hada del Deseo cumplido, y vengo á
causarte gran alegría. Yo bajo rara vez de las cimas de mis hermosas montañas
para visitar á los mortales; pero cuando éstos me envían allá tantos y tantos
deseos juntos, no puedo resistir y los cumplo casi siempre. Los deseos de tus
vasallos, de tu esposo y tuyos me están molestando continuamente: voy á ver si,
cumpliéndolos, me dejáis en paz.
Y como la reina escuchase con la boca abierta, el
hada extendió la varita y añadió:
—Tendrás un hijo.
Y se fué tan ligera, que la reina no pudo
comprender por dónde. Excusado es decir lo contenta que quedó la reina Serafina
con la promesa del hada, y mucho más cuando vió que salía cierta, y que le
nacía un hijo varón, robusto como un pino y hermoso como el sol mismo. Las
fiestas y regocijos que por tal acontecimiento celebró el reino de Colmania no
pueden escribirse en veinte volúmenes. Baste decir que en las plazas públicas
de las ciudades se pusieron unas fuentes de cinco caños de oro purísimo, y por un
caño manaba vino generoso, por otro leche azucarada, por otro rubia miel, por
los dos restantes agua de olor y licor de guindas. De estas fuentes podía beber
todo el mundo, y llenar jarros y barriles para llevárselos á su casa.{345} Pero la diversión que más gustó á los
colmanienses fueron unas luminarias monstruosas que se colocaron con gran
dispendio en la cumbre de los altos montes, y que trazaban en letras de fuego
los nombres de Bonoso y Serafina. Hasta en la superficie del mar se pusieron
tales luminarias, valiéndose para ello de muchos barcos, que cada uno iba
envuelto en un globo de luz de distinto color, y que se situaron de manera que
dibujasen sobre las aguas tranquilas una gigantesca B y una S enorme. Pero
¿quién me mete á mí en narrar tales fiestas? No acabaría el año que viene.
Dejémoslas, y vamos á la alcoba de la reina Serafina, en donde se halla la cuna
de marfil, incrustada en esmeraldas, del pequeño Amado (porque por unanimidad
se dió al recién nacido este nombre). En aquel instante acababan de salir de la
alcoba todos los ministros, títulos, generales, altos funcionarios y
notabilidades de Colmania, que habían venido á cumplir la etiqueta besando
respetuosamente la manecita que Amado, dormido como un santo, dejaba asomar por
entre los ricos encajes de la sábana. Cuando desapareció en el umbral de la
puerta el último faldón de frac bordado y el último uniforme, el rey Bonoso y
la reina Serafina se dieron un abrazo para desahogar el júbilo, que no les
cabía en el pellejo. Estaban así abrazados y llorando como unos bobos, cuando
he aquí que de pronto se les presenta el hada del Deseo cumplido. Venía más
guapa que nunca: su traje brillaba como la luna misma, y el pelo suelto y
negrísimo flotaba por sus hombros y caía hasta sus piés; en la cabeza lucía una
corona de estrellitas{346} que no se estaban
quietas, sino que temblaban, temblaban como tiemblan de noche las estrellas en
el cielo. El rey Bonoso iba á hincarse de rodillas ante el hada, pues no
ignoraba que le debía su dicha; pero el hada, extendiendo la varita sobre la
cuna, le dijo:
—Rey de Colmania, por aumento de bienes voy á{347} dar á tu hijo hermosura, inteligencia y buen
carácter; ahora á ti te toca educarle de manera que sea feliz.
Y el hada, bajándose, besó tres veces suavemente al
príncipe en los ojos, en la frente y en el corazón. No se despertó el niño, y
el hada desapareció otra vez de la vista del rey y de la reina.
Quedáronse los reyes medio atortolados, gozosos con
los dones que el hada otorgara al niño, pero cavilando en aquello de educarle
de manera que fuese feliz. El hada lo había dicho con un tono solemne que daba
en qué pensar, y los reyes, que un momento antes no se acordaban sino de mirar
á Amadito, y comérsele á besos, ahora se quebraban la cabeza discurriendo
métodos de educación.
El rey Bonoso, que no tenía la vanidad de creerse
más ilustrado que todo el reino junto, abrió inmediatamente un concurso
ofreciendo premios á los autores que más á fondo tratasen y mejor resolviesen
la cuestión de cómo se debe educar á un niño para que sea feliz. Emborronáronse
con tal motivo más de 8,000 resmas de papel, y se imprimieron arriba de 24,800
Memorias, llenas de preceptos higiénicos y de sistemas muy eruditos, muy
elegantes, pero que no sacaron de dudas al rey. Este convocó entonces á todos
los sabios de Colmania y los reunió en su palacio á fin de que discutiesen y
ventilasen el punto, prometiéndose atenerse á las decisiones de tan docta
Asamblea. Allí se juntaron sabios de todos colores y clases: unos sucios,
vestidos de andrajos y con luengas barbas; otros afeitados, peinaditos y con
quevedos de oro; unos viejos,{348} amarillos, sin
dientes, que todo lo hallaban difícil y malo; otros jóvenes, petulantes, que
para todo encontraban salida y respuesta. Abierto el debate sobre la educación
del príncipe Amado, se emitieron los pareceres más diferentes: unos opinaban
que, para hacerle feliz, convenía enseñar al príncipe á mandar desde la niñez,
con lo cual no le pesaría más tarde la corona en las sienes; otros, que era
preciso adiestrarle en las armas para que adquiriese renombre de invencible; y
hasta hubo un sabio que propuso que, para la dicha del príncipe, lo mejor era
estrellarle la cabeza contra un muro, pues, no teniendo pecados, se iría de
patitas á la gloria; por cuyo dictamen la reina Serafina mandó que sus criados
arrojasen al sabio por las escaleras á empellones. En suma, el rey no sacaba
más en limpio del Congreso de sabios que de las Memorias del concurso, y
entonces resolvió tentar el extremo opuesto, es decir, llamar á una porción de
mujeres sencillas del pueblo y consultarlas acerca del caso. Esta vez no hubo
discordia; todas las mujeres opinaron que la felicidad consistía en poseer
cuanto se deseaba, sin restricción de ninguna especie, y que, por consiguiente,
el modo de hacer dichoso al principito era cumplirle todos, todos los gustos, y
bailarle el agua delante. El consejo satisfizo por completo al rey Bonoso, que
estaba muerto por mimar á su hijo; á la reina, que ya lo mimaba desde que
nació; á las damas, pajes y servicio de Palacio, que andaban bobos con las
gracias del chiquitín, y á todos los colmanienses, que idolatraban en su
príncipe Amado. Arreglada así la cosa,{349} nadie
volvió á acordarse de la advertencia del hada, y todo el mundo se entregó al
placer de adivinarle los antojos al recién nacido, que pocos tenía aún.
II
Creció Amado en medio del cariño universal, y sus
juegos y sus ocurrencias traían embelesado el reino entero. Por supuesto que,
consecuentes con el programa de educación que adoptaron, sus padres prevenían
los más mínimos caprichos del heredero; y si en la época de la lactancia no le
dieron dos amas en vez de una, fué porque los médicos de Palacio declararon que
tal exceso podría comprometer su salud. No bien el príncipe comenzó á
interesarse por los objetos exteriores, le pusieron entre las manos cuánto señalaba
con su dedito; y como llega una edad en que los niños quieren tocar á todo, no
hay que decir las preciosidades que hizo añicos, sin saberlo, el príncipe. En
sólo una mañana destrozó la colección más rica de porcelanas y esmaltes que
poseía Colmania, y que se guardaba en el Museo de los reyes como tesoro
artístico inestimable. También tuvo el placer de reducir á fragmentos unos
abanicos delicadísimos de nácar y marfil, regalo de boda que estimaba mucho la
reina Serafina, y unas sabonetas muy curiosas que el rey Bonoso se entretenía
en arreglar y poner en hora diariamente; sin hablar de las flores exóticas que
arrancó en el invernadero,{350} ni de los libros
raros y únicos que rasgó en la biblioteca. Al empezar la época de los juguetes,
ya se comprenderá lo pronto que Amado se aburrió de trompos, pelotas, cuerdas,
soldados de plomo, tambores y otras baratijas comunes; todos los días pedía
juguetes nuevos y distintos, y he aquí que Colmania se puso en conmoción para
idear novedades que distrajesen al príncipe. Llamados de real orden, acudieron
á Palacio los mecánicos más hábiles, y se dieron á discurrir creando muñecas
que hablaban, cantaban y bailaban; bueyes que pacían, borricos que rebuznaban y
multitud de artificios semejantes; pero sucedió que Amado hacía ya muecas de
desdén á cada invención; y, por último, una noche, habiendo visto la luna, que
apacible y majestuosa se reflejaba en un estanque, se empestilló en pedir aquel
juguete, que le gustaba más que todos. Al verle patear y llorar, el rey Bonoso se
puso casi de rodillas ante el mejor mecánico, rogándole que, por Dios, hiciese
una luna falsa para aplacar á Amado con ella. El mecánico labró un lindo disco
de plata muy reluciente, y haciendo como que se inclinaba al estanque para
recogerlo, lo entregó al príncipe. Pero éste, que, según la promesa del hada,
no tenía pelo de tonto, siguió gimiendo y asegurando que aquella luna era de
mentirijillas y que no alumbraba como la otra. En semejante ocasión es fama que
el mecánico, anticipándose mucho á los adelantos de la ciencia moderna,
descubrió una aplicación de la luz eléctrica por medio de la cual logró que el
disco esparciese una claridad suave como la de la luna, y contentó{351} á Amado, haciéndole creer que poseía realmente
el astro nocturno.
Pisando así sobre rosas, y viendo prevenidos sus
deseos más leves, fué el príncipe haciéndose de párvulo niño, y de niño
mancebo, y cumpliendo los diez y ocho años sin haber aprendido cosa de
provecho; porque, es claro, como su primer movimiento fué negarse á trabajar y
á estudiar, nadie soñó en insistir ni en molestarle. Por otra parte, su buena
memoria y su natural despejo suplían un tanto á la instrucción que le faltaba;
y como era, además de listo, muy guapo, rubio como unas candelas, con unos
ojazos azules que daban gloria, toda Colmania consideraba á Amado el más
perfecto de los príncipes.
Notábase, eso sí, que Amado tenia el rostro algo
descolorido, y los bellos ojos algo apagados y tristes; que no mostraba interés
por cosa alguna de este mundo, y que después de una temporada en que tuvo gran
afición á perros, y después á loros y pájaros, y por último á la caza de
cetrería, que se hace con unas aves amaestradas que llaman halcones, el
príncipe había caído en absoluta indiferencia, y su hermoso semblante revelaba
un aburrimiento invencible. Temióse que su salud se hubiese alterado, y el reino
hizo públicas plegarias por su restablecimiento, con tanto más motivo cuanto
que, hallándose el rey Bonoso muy cascadito y viejo, y la reina Serafina hecha
una pasa, nadie dudaba de que presto pondrían ambos el cetro en manos de Amado,
retirándose ellos del gobierno y del trono. Y es de advertir que los
colmanienses deseaban{352} muchísimo que así
sucediese, porque desde hacía algunos años el reino andaba muy mal regido y los
vasallos descontentos. El rey y la reina, buenos como siempre, pero embobados
con su hijo, descuidaron los asuntos públicos, y un ministro orgulloso y audaz,
el conde del Buitre, se hizo dueño del poder cargando al pueblo de tributos,
persiguiendo aquí, encarcelando acullá, y dándose tal maña en derrochar los
fondos del Erario, que, si en Colmania hubiese papel de tres, de fijo estaría
casi tan por los suelos como el de España. Bonoso y Serafina se quejaban, pero
no tenían resolución para coger al ministro y castigarle debidamente; y, entre
tanto, en Colmania había muchas provincias cuyos habitantes perecían de hambre
ó se alimentaban con las yerbas y raíces del monte, no queriendo cultivar sus
heredades porque no les producían lo necesario para satisfacer las
contribuciones inmensas que exigía el conde del Buitre. De manera que el pueblo,
irritado y furioso, maldecía al ministro, y hablaba de sublevarse y de
arrojarlo por fuerza del poder.
El rey y la reina, aunque no dejaban de afligirse
por lo que sabían del mal estado del país, por más que el conde del Buitre se
lo ocultaba todo lo posible, pintándoles, al contrario, una situación muy
halagüeña, pensaban principalmente en Amado, cuya apacible melancolía empezaba
á inquietarles. Si bien no imaginaban haber omitido nada para hacer á su hijo
feliz, tenían barruntos de que no lo era viéndole pálido y abatido. Consultaron
al médico de cámara, el cual recetó una temporada de campo. Los reyes entonces
se fueron{353}
con el príncipe á un magnifico sitio de recreo que
se llamaba Lagoumbroso, y que estaba casi en las fronteras del reino, tocando
con el país de Malaterra. Este lugar, que pocas veces visitaban los reyes, era
amenísimo y de aspecto singular. Grandes bosques de árboles centenarios,
cubiertos de musgo y liquen, rodeaban por todas partes un lago diáfano y
sereno, en una de cuyas orillas, y sobre imponentes peñascos, se elevaba el
castillo, residencia real; el castillo era ya muy antiguo y de arquitectura grandiosa;
sus torres, cercadas de balconcillos calados de granito, se reflejaban en el
lago; y la yedra, trepando por los muros, daba graciosísimo aspecto á la
azotea, en cuyo borde unas estatuas de mármol, amarillosas ya con la
intemperie, se inclinaban para mirarse en el lago también. Era tal la
frondosidad de aquel parque, que parecía que jamás el pié humano pisara sus
sendas. Á Amado le gustó mucho el sitio, y mostró animarse paseando por él y
recorriéndolo en todas direcciones, por más que á los pocos días volviese á
mostrarse taciturno y alicaído como antes. Una tarde el rey y la reina salieron
con Amado, dirigiéndose á un punto muy fragoso del bosque que no conocían aún.
El rey Bonoso, aunque sus años y sus achaques no le hacían muy á propósito para
sostén de nadie, daba el brazo á Amado porque éste no se fatigara, y detrás
iban dos pajes dispuestos á reemplazar al rey y á servir de apoyo al príncipe.
Más atrás venía un palafrenero llevando del diestro el caballo favorito de
Amado, por si á éste se le ocurría montar, y después seguían lacayos con una
silla de{355} manos, otros con blandos cojines,
otros cargados de refrescos y dulces, todo por si el príncipe experimentaba en
la selva ganas de sentarse, ó de comer, ó de beber. Amado fué despacio y por su
pié hasta el sitio marcado, que era un valle en que un torrente; saltando entre
dos negras rocas, caía al borde de un prado de fresca y menuda hierba, bañando
las raíces de álamos gigantescos que sombreaban la pradería. Ésta convidaba al
descanso, y olía á manzanilla, á menta, recreando la vista con las mil flores
silvestres y acuáticas que al lado del torrente abrían sus corolas. Amado se
quiso tender sobre el tapiz de helechos y ranunclos; pero, por listo que
anduvo, ya sus pajes le colocaron en el suelo dos ó tres almohadones de
terciopelo y seda, en los cuales quedó sentado. Estuvo así un rato sin hablar
palabra, hasta que un espectáculo nuevo atrajo su atención. Al otro extremo de
la pradería vió á un hombre que con un hacha estaba partiendo las ramas secas
que alfombraban el piso, y juntándolas para reunir un haz de leña. Manejaba el
hacha con tanto garbo, que Amado no apartaba la vista del leñador.
Amado se levantó y, escurriéndose entre los
árboles, logró acercarse sin que el trabajador lo sintiese, y observarle. Era
un mancebo de unos veinte años, pero robusto y vigoroso, con músculos de acero,
que se señalaban en su cuello y brazos á cada golpe del hacha. Su estatura era
alta, y su rostro noble y distinguido; y lo más extraño para Amado fué ver que
el pobre leñador llevaba bajo un traje tosco una fina camisa de batista, y que
los largos rizos de su cabello castaño oscuro{356} relucían
y eran suaves como si estuviesen ungidos de balsámico aceite. Amado salió de la
espesura, y, llegándose al leñador, empezó á hacerle mil preguntas, á que éste
contestó con respeto, pero sin turbarse. Dijo que se llamaba Ignoto; y como
Amado se empeñase en que le había de mostrar su cabaña, el leñador le condujo á
una próxima y muy pobre, en que sólo había un cántaro con agua, un banco de
madera y tres ó cuatro pucheros y escudillas de barro. Amado, que simpatizaba
cada vez más con Ignoto, no paró hasta que le hizo comer de los exquisitos
manjares y catar los vinos y helados que sus pajes traían, á lo cual se prestó
el leñador con muy buen apetito, asegurando que pocas veces gustara tan
delicadas golosinas. El rey y la reina se maravillaban de lo divertido que
Amado parecía hallarse con el leñador, y propusieron á éste que entrase al
servicio del príncipe; pero Ignoto, con gravedad que hizo reir á toda la
comitiva, contestó que su clase no le permitía servir á nadie, ni aun al
heredero de una corona. Con esto se despidieron, y Amado prometió volver al
otro día para pasar un rato con el leñador.
Pero aquella noche ocurrió una cosa muy terrible en
Colmania. Y fué que el traidor conde del Buitre, sabiendo que el pueblo estaba
decidido á aprovechar la ausencia de los reyes para vengarse de él, y
conociendo que no podía resistir á la sublevación, porque hasta su misma
guardia le quería mal, escribió una carta al rey de Malaterra ofreciéndose á
entregarle el reino de Colmania si prometía hacerle á él primer ministro{357} de ambos reinos juntos. El rey de Malaterra,
que, como sabemos, era ambicioso y se moría por poseer á Colmania, aceptó en
seguida, y á favor de la noche invadió el reino, sorprendiendo á las tropas
descuidadas y penetrando en los cuarteles por medio de las llaves que el conde
del Buitre poseía. Colmania se rindió por sorpresa, y un destacamento, mandado
por el mismo rey de Malaterra, se dirigió al castillo de Lagoumbroso á prender
á los reyes. Sin dificultad lo consiguieron; pero Amado, á quien despertó el
tumulto, pudo ocultarse dentro de un jarro enorme que contenía flores artificiales,
con tal primor imitadas, que parecían verdaderas. Allí, cubierto de dalias y
rosas de trapo, oyó el príncipe pasar á los que le buscaban, y les escuchó
decir que, si á los reyes viejos se contentarían con llevarlos á Malaterra
cautivos, á él era preciso matarle, porque así no había que temer que hoy ó
mañana reclamase su trono. Cuando los perseguidores se alejaron después de
registrar mucho, salió Amado de su escondite y, viendo la ventana abierta y la
azotea delante, arrancó un grueso y largo cordón de seda que recogía el
cortinaje de su lecho, lo ató al balaústre y se descolgó por él hasta el pié
del castillo, desde donde, y como si tuviera alas en los talones, emprendió á
correr y no paró hasta la cabaña de Ignoto.{358}
III
Ignoto no estaba en la cabaña; pero hacía luna, la
puerta se hallaba franca, y Amado pudo ver el pobre banco del leñador, sobre el
cual se tumbó muerto de fatiga. Lo que más admiraba á Amado era que, en medio
de tan terrible é imprevista catástrofe, con sus padres presos y su reino
perdido, no se sentía ni la mitad de fastidiado y triste que otras veces.
Estaba rendido, eso sí, pero muy satisfecho, porque al fin, si no es por la
destreza y el valor con que supo evadirse, á estas horas se encontraría en la eternidad.
Pensando en esto empezó á apoderarse de él el sueño; y aunque sus huesos,
acostumbrados á colchón de pluma de cisne, extrañaban el duro banco de roble,
ello es que se quedó dormido como un lirón.
Cuando despertó brillaba el sol, y al pronto no
pudo Amado comprender cómo estaba en aquel sitio. Mas fué recordando los
sucesos de la noche, y al mismo tiempo notó cierta presión de estómago que
significaba hambre. Levantóse esperezándose, y como viese en una escudilla unas
sopas de leche y pan moreno, les hincó el diente con brío. ¡Qué plato para el
príncipe de Colmania, habituado á desdeñar melindrosamente pechugas de faisán
con trufas! En aquel momento entró Ignoto, y se mostró muy alegre al ver á{359} Amado. En dos palabras le enteró éste de lo que
ocurría, y concluyó diciendo:
—Ayer era heredero de una corona, y hoy no tengo ni
cama en qué dormir. Partiré leña contigo.
—No—respondió Ignoto;—lo primero es que dejes estos
alrededores, que son muy peligrosos para ti. Vente conmigo.
Y diciendo y haciendo, Ignoto tomó de la mano á
Amado, y juntos se pusieron en camino al través de la selva. Esta era muy
espesa é intrincada, y Amado andaba trabajosamente; cuando llegó la noche, le
sangraban los piés. Entonces Ignoto le descalzó los zapatos de raso que aún
llevaba el príncipe, y con corteza de olmo le fabricó unas abarcas para que
pudiese seguir marchando. Anduvieron muchos días, durante los cuales pudo Amado
ver lo dispuesto y ágil que era en todo su compañero. El pobre Amado, criado
entre algodones, no sabía saltar un charco, ni cruzar á nado un río, ni trepar
á una montaña; en cambio, Ignoto servía para cualquier cosa; era fuerte como un
toro, veloz como un gamo, y no cesaba de reirse de la torpeza de Amado, quien,
á su vez, renegaba de su inutilidad. No obstante, al fin del viaje iba ya
adquiriendo el príncipe algo de la soltura de su compañero; verdad es que
estaba moreno como una castaña, y sus bucles rubios, enmarañados y llenos de
polvo, parecían una madeja de lino.
Al cabo, un día, al ponerse el sol, divisaron ambos
viajeros desde la cima de una colina una gran masa de edificios, ó mas bien un
mar de cúpulas, techos,{360} torres y miradores
que, juntos, formaban una vasta ciudad. Amado preguntó á Ignoto el nombre de
aquella, al parecer, rica metrópoli, y el leñador contestó:
—La capital de Malaterra.
—¡Cómo!—gritó el príncipe.—¡Falso guía, así me
conduces á meterme en la boca del lobo, en las uñas de mis enemigos!
—Mentira parece—respondió Ignoto—que te quejes
cuando te traigo al sitio en que se hallan prisioneros tus padres. ¿No quieres
verlos? ¿Quién te ha de reconocer con ese avío?
En efecto, ni sus mismos pajes podrían decir que
aquél era el elegante príncipe de Colmania. Roto y destrozado, sin haber tenido
en tantos días más espejo que el agua de las fuentes, que, por mucho que se
diga, no es tan claro como una luna azogada, Amado parecía un mendigo. Entró,
pues, sin temor en la ciudad, que era grande y magnífica. Ignoto, que conocía
al dedillo las calles, le llevó por las más retiradas, hasta dar con una tapia
enorme que les cerró el paso. Pero Ignoto sacó del bolsillo una llave y abrió
una puertecilla medio oculta en el ancho muro. Por ella entraron Amado y él, y
se encontraron en un jardín pequeño, pero cultivado con esmero extraordinario,
y cubierto de flores raras y olorosísimas.
—Espérame—dijo Ignoto;—vuelvo presto.
Y se escurrió entre los árboles, mientras Amado se
sentaba en un banco para aguardar cómodamente. Media hora tardaría Ignoto, y al
cabo de ella volvió{361} acompañado de una mujer,
que á la dudosa claridad nocturna le pareció á Amado joven y muy bonita. Su
traje era sencillo y casi humilde, pero su voz muy dulce y su hablar
distinguido.
—Señora—le dijo Ignoto presentándole á Amado,—aquí
tenéis el jardinero que os recomiendo. Es un joven muy honrado, y creo que con
el tiempo aprenderá lo que ahora no sabe.
—Bien está—contestó la dama.—Si es así, consiento
en tomarlo á mi servicio para que cuide del jardín. Ahora, que duerma y
descanse: mañana le iré enterando de su obligación.
La joven se retiró, y quedaron solos Ignoto y
Amado, explicando aquél á éste que la joven era una señorita noble de la
ciudad, muy amiga de flores y plantas, y que necesitaba un jardinero, y que era
preciso que Amado se resignase á pasar por tal para estar mejor oculto en
Malaterra y poder informarse de la suerte de sus padres. Con esto le condujo á
un pabelloncito en que había azadas, palas, almocafres y otros útiles de
jardinería, y una cama grosera, pero limpia; y despidiéndose de él y ofreciendo
volver á verle con frecuencia, le dejó que se entregase á un sueño reparador.
Blanqueaba apenas el alba, cuando sintió Amado que
llamaban á su puerta; echóse de la cama, se puso aprisa una blusa y un pantalón
de lienzo que vió colgados de un clavo, y fué á abrir. Era la dueña del jardín,
que lo llamaba para el trabajo. Cogió los chismes el príncipe y la siguió. Todo
el día se lo pasaron ingertando,{362} podando y
trasplantando; es decir, estas cosas las hacía la señorita, que se llamaba
Florina; ella era la que con mucha maña y actividad enseñaba á Amado, que
estaba hecho un papanatas, avergonzado de su ignorancia. Hacia la tarde,
Florina le dijo:
—Se me figura que entendéis poco de este oficio;
pero sabréis algún otro, eso no lo dudo. ¿Qué sabéis?
Amado se quedó muy confuso, y no acertó á
contestar. Quería decir:—Sé extender la mano para que me la besen, y sé hacer
cortesías graciosísimas que todos los figurines de mi reino han copiado, y
sé...—Pero no se atrevió á responder así, figurándose que Florina no apreciaría
bien el mérito de tales habilidades. Ésta, como le vió callado, añadió:
—Sospecho que carecéis completamente de
instrucción; procurad, pues, atender á mis pobres lecciones, y siquiera
aprenderéis el oficio de jardinero, que es muy bonito, y nunca faltará quien os
dé pan por cuidar de los jardines.
En efecto, Florina siguió viniendo todas las
mañanas á enseñar á Amado la jardinería. De paso le dió unas nociones de
Botánica y Astronomía, y le corrigió las faltas gordas que cometía en la
lectura y en la escritura, para que pudiese leer bien los libros que trataban
de plantas y flores. Florina vestía con mucha sencillez trajes cortos y lisos
para no enredarse en las matas, zapatos flojos para correr y un sombrerillo de
paja; pero era tan linda, que Amado la miraba con gusto. Amado no podía
consentir en que Florina fuese de la misma especie que las damas de la reina
Serafina,{363} que eran las pobrecillas tontas como
ánsares, que se pasaban el día abanicándose y murmurando, y que lloraban como
perdidas cuando el príncipe no les alababa mucho el peinado y el traje. Resultó
de estos pensamientos que Amado se enamoró de Florina, y un día se lo dijo,
ofreciéndole casarse con ella. Florina contestó echándose á reir; y entonces
Amado, muy ofendido porque pensó que Florina le despreciaba por su pobreza,
declaró con orgullo que era el heredero del trono de Colmania. Pero Florina
siguió riendo, y dijo á Amado:
—¡El trono de Colmania! Ese trono ya no existe; y,
aunque fuérais su heredero, habíais de reinar tan mal que no me lisonjearía
nada compartir con vos la corona.
Amado lloró, se afligió; se arrodilló delante de
Florina, la cual entonces le dirigió este discurso:
—Si es cierto que sois el príncipe de Colmania, yo
os declaro que es una fortuna para vuestros vasallos el que no los gobernéis,
siendo, como sois, incapaz todavía de gobernaros á vos mismo. Ahora bien, si
queréis, caro príncipe, casaros conmigo, idos por el mundo y no volváis hasta
que podáis ofrecerme un pequeño caudal ganado por vos, una flor descubierta por
vos, una relación de vuestros viajes escrita por vos. Esta puerta estará
siempre abierta, y yo esperándoos siempre aquí. Adiós, y buen viaje.
—¿Y mis padres?—contestó Amado.—¿No os acordáis de
mis padres? ¡Tengo que vengarlos! ¡Tengo que libertarlos!{364}
—En cuanto á vengarlos—repuso Florina—ya lo ha
hecho el rey de Malaterra. Después de conceder al conde del Buitre el cargo de
primer ministro, permitiéndole desempeñarlo por espacio de veinticuatro horas,
lo ha encerrado en una jaula, colgándole al cuello la carta en que el conde se
ofrece á entregar á traición el reino de Colmania, y así enjaulado lo pasean
por Colmania, y en cada aldea los chicos le arrojan lodo y piedras, y lo silban
y lo insultan. Al rey de Malaterra no le agradan los traidores, aunque se valga
de ellos como de un despreciable instrumento. Por lo que toca á libertar á
vuestros padres, os advierto que están libres; que viven muy tranquilos en un
palacio que les ha concedido el rey de Malaterra; que nadie se mete con ellos,
y que yo me encargo de decirles que su hijo está sano y salvo, y que viaja para
completar su educación.
No quiso oir más Amado, y emprendió el camino.
Embarcóse en el primer puerto de Malaterra como grumete de un navío mercante, y
este cuento sería el de nunca acabar si os contase una por una las peripecias
que en sus excursiones le sucedieron. Básteos saber que al cabo de algunos años
volvió siendo dueño de un caudalito que había ganado con su trabajo; de una
flor preciosa descubierta en unos montes inaccesibles, que en los tiempos
modernos ha vuelto á encontrarse y se ha llamado camelia, y de una descripción
exactísima de sus viajes, en que se revelaban los muchos conocimientos
adquiridos, con el estudio y la práctica de la vida. Al regresar á Malaterra,
supo que{365} el rey había muerto en una batalla y
que mandaba su hijo, mancebo muy querido del pueblo, porque, sin ser tan
aficionado á guerras como su padre, era valeroso é instruído, y no se desdeñaba
de trabajar por sus manos ni de aprender continuamente. Llegó Amado á la
capital, y presto encontró abierta la puertecilla del jardín. No dió dos pasos
por él sin tropezar á Florina sentada en su banco de costumbre. En un minuto la
enteró de cómo volvía, habiendo cumplido las condiciones que ella le impusiera.
Entonces Florina le tomó de la mano y, llevándole hasta la verja que dividía su
jardín, la abrió y entraron en otro jardín más hermoso y ancho. Anduvieron
largo rato por arboledas magnificas, dejando atrás fuentes, estatuas y
estanques soberbios, y al fin entraron por el peristilo de un gran palacio, y
los guardias que estaban en la escalera se apartaron con respeto dejando pasar
á Florina. Ante una puerta cubierta con rico tapiz de seda y oro estaba un
hujier que, inclinándose, dijo:
—Su Majestad espera.
Atónito Amado, iba á preguntar qué era aquello;
pero se encontró en una espléndida sala, colgada de terciopelo carmesí y
baldosada de mármol rojo y negro, en donde vió sentados á una mesa y jugando al
ajedrez á dos viejecitos, en quienes conoció á Bonoso y Serafina. Estos, al
verle, arrojaron un grito, y llorando se fueron á abrazarle. Amado no sabía lo
que le pasaba; pero más se admiró cuando vió á un rey joven y hermoso con
corona de oro abrirle también los brazos, y pudo reconocer en él á Ignoto, el leñador
de la selva.{366} Afortunadamente las cosas
agradables se explican pronto, y así no tardó Amado en enterarse de que Ignoto
era el hijo del rey de Malaterra, que, disfrazado de leñador, estaba próximo á
la frontera para ayudar á su padre en la sorpresa de Lagoumbroso; que había
salvado á Amado porque le tomó cariño en aquella tarde en que Amado le vió
cortar leña; que después de salvarle había querido instruirle, y para eso le
había colocado en aquel jardín donde recibiese las lecciones de Florina; que Florina
era hermana de Ignoto, y que, al casarla con Amado, le daba en dote el reino de
Colmania. Me parece inútil añadir que con tan felices sucesos Bonoso y
Serafina, que estaban ya algo chochitos, lloraban á más y mejor; que Florina y
Amado no cabían en sí de gozo, y que todo era júbilo en el palacio. Para colmo
de alegría, aquella noche el hada del Deseo cumplido vino á honrar con su
presencia una cena ostentosísima y un baile mágico que se celebró en aquellos
salones. El hada dijo á Bonoso y Serafina que, aunque habían hecho lo posible
porque su hijo fuese infeliz, ella, ayudada del hada de la Necesidad, lograra
educarlo algo para la Dicha. Los pobres reyes confesaron que eran unos bolos, y
su buena intención hizo que el hada les perdonase, no sin encargarles que,
cuando tuviesen nietos, no se mezclasen en su educación por amor de Dios.
Aquí tenéis cómo el reino de Colmania volvió á ser
regido por su legítimo príncipe Amado, á quien tanto querían. Los habitantes de
aquel reino no se cansaban{367} de admirar la
metamórfosis que había experimentado el príncipe, que salió hecho un rapazuelo
encanijado y medio bobo, y que volvía hombre robusto, inteligente y muy capaz
de mandar él solo sin necesidad de recurrir á ministros, que á veces pueden ser
tan malos como el conde del Buitre.
Siempre que cruzo, en los flemáticos coches de la
llamada diligencia, el trecho que separa á Lugo de León, me entretengo
considerando el íntimo enlace que existe entre la tierra y la mujer, la
relación que guardan los paisajes con las figuras que los animan. Conforme va
quedándose atrás la provincia gallega, cesan de ser verdes los vallecillos, y
herbosos los prados; y frecuentes los arroyos, bórranse los manchones de
castaños, olmos y nogales, desaparecen las blancas manzanillas y los amarillos
tojos, y se presentan interminables y pardas llanuras, escuetas montañas
salpicadas de fragmentos de granito, ó revestidas de negruzcas láminas de
pizarra. Las últimas mujeres que recuerdan á Galicia son las que salen á
ofrecer al viajero el vaso de aromática leche de vaca: mozas sucias,
desgreñadas, maltraídas por la intemperie y el trabajo, pero femeniles aún en
su hechura, tratables en sus carnes y no sin cierta lozanía en el rostro.
Corridas algunas leguas más, al entrar por los tristes poblachones del territorio
leonés, asómanse á las ventanas ó salen por las puertas de las casuchas
terrizas, mujeres de enjuta piel pegada á los huesos, semblantes de recias y
angulosas facciones, de color de arcilla ó ladrillo, cual si estuviesen
amasadas con el árido terruño ó talladas en la dura roca de las sierras.
No desmiente la mujer gallega las tradiciones de
aquellas épocas lejanas en que, dedicados los varones{374} de
la tribu á los riesgos de la guerra ó á las fatigas de la caza, recaía sobre
las hembras el peso total, no sólo de las faenas domésticas, sino de la labor y
cultivo del campo. Hoy, como entonces, ellas cavan, ellas siembran, riegan y
deshojan, baten el lino, lo tuercen, lo hilan y lo tejen en el gimiente telar;
ellas cargan en sus fornidos hombros el saco repleto de centeno ó maíz, y lo
llevan al molino: ellas amasan después la gruesa harina mal triturada, y
encienden el horno tras de haber cortado en el monte el haz de leña, y enhornan
y cuecen el amarillo torterón de borona ó el negro mollete de mistura. Ellas,
antes de que la pubertad desarrolle y ensanche su cuerpo, llevan en brazos al
hermano recién nacido, que grita que se las pela; ellas, rústicas zagalas,
apacentan el buey, y comprimen los gruesos ubres de la vaca para ordeñarla; y
cuando ven colmado un tanque de leche cándida y espumosa, en vez de beberla,
con sobriedad ejemplar y religioso cuidado, colocan el tanque en una cesta de
mimbres que acaban de llenar con un par de pollos atados por las patas, cosa de
dos docenas de huevos, un rimero de hojas de berza y tres ó cuatro quesos de
tetilla, y sentando en la cabeza la cesta, dirígense al mercado de la villa más
próxima, donde venden sus artículos regateando hasta el último miserable
ochavo. Así vive la mujer gallega, afanándose sin tregua ni reposo, luchando
cuerpo á cuerpo con el hambre que la acecha para colársele en casa y sentársele
en mitad de la piedra del lar humilde. Pobre mujer que de todos es criada y
esclava, del abuelo gruñón y despótico,{375} del
padre mujeriego y amigo de andar de taberna en taberna, del marido, brutal
quizás, del chiquillo enfermizo que se agarra á sus faldas lloriqueando, de la
vaca ante la cual se arrodilla para ordeñarla, del ternero, al cual trae en el
regazo un haz de yerba, del cerdo para el cual cuece un caldo no muy inferior
al que ella misma come, de la gallina á la cual atisba para recoger el huevo
que cacarea, y hasta del gato, al cual sirve en una escudilla de barro las
pocas sobras del frugal banquete.
Mientras la gallega permanece en estado de
soltería, aún es tolerable la no escasa ración de trabajo que le toca; pero al
casarse empeora su situación. Sólo el imperioso mandato de la naturaleza, la
ley que fuerza al germen á brotar, á espigar á la miés, al árbol á rendir su
fruto y á la materia toda á sacudir la inercia y animarse, puede obligar á la
mujer gallega á constituir una familia. Damas del gran mundo, vosotras para
quienes el tapicero viste de seda las paredes de la alcoba nupcial, y los dedos
ágiles de la modista combinan artísticamente ricas estofas en los trajes de
gala, voy á referiros cómo está decorada la vivienda de la novia gallega, y á
pintaros su ajuar. Entrad en la casa: el piso es de tierra húmeda y desigual;
el techo á tejavana, por donde muy á su sabor se introducen agua y ventisca; en
los ángulos hay colgaduras de primoroso encaje que labraron las arañas; la
alfombra compónela algún troncho de col alternando con vainas de habas, hojas
secas de maíz y excremento de animales domésticos. Sobre la losa del hogar
pende de la{376} férrea cremallera el negro pote;
en el rincón reluce la tapa de la artesa, bruñida de tanto pan como en ella
amasaron, y se ve la maciza arca apelillada depositaria del trousseau,
que llegará á un repuesto de tres camisas de lienzo gordo y algún mandilón de
burdo picote. El tálamo conyugal lo hacen cuatro tablas sin acepillar, formando
una como caja pegada á la pared y abierta por donde es preciso que lo esté para
dar ingreso á sus ocupantes. Dos pasos más allá, asoman la cabeza terneras y
bueyes, que con ojazos tristones contemplan á los novios, y con prolongados
mugidos les cantan el epitalamio, mientras las gallinas escarban el suelo en
derredor y el cerdo gruñe hozando contra el lecho.
Es verdad que el festín de bodas fué lucido: sopa
de fideos muy azafranada, bacalao y carne á discreción, vino á jarros, puches
de arroz con leche á calderadas, pan de trigo y añejos dulces de hojaldre. Pero
después de tan babilónico regodeo, en la mañana en que los germanos solían
hacer á sus desposadas un dón, la gallega salta descalza del lecho, y enciende
la lumbre, y echa en la oscura concavidad del pote los ingredientes del caldo,
y equilibra en su cabeza la sella para ir á la fuente por agua. Y son éstos los
más llevaderos de sus deberes y afanes. Impónele la naturaleza un hijo por año,
como impone su cosecha anual á la campiña; y si en los primeros meses de la
gestación, período de languidez tan inevitable y profunda, la gallega trabaja,
según frase del país, como una loba, en los últimos, abultada y
pesadísima, tragina más si cabe,{377} y á veces el
trance terrible la sorprende camino de la feria, ó en el monte partiendo el
espinoso tojo; á veces suelta la hoz de segar, ó la masa de la borona, para
oprimir el talle en la primer explosión de dolor materno, y quizás el inocente
sér ve la luz al pié de un vallado ó en plena carretera, y metido en la propia
cesta y envuelto en el mantelo de su madre entra en el
domicilio paternal; pero al venir al mundo así, como por casualidad, halla la
tierna criatura dispuesto el seno próvido que ha de alimentarla; la gallega
tiene de sobra licor de vida con que atender á sus hijos, amén de los agenos
que suele encargarse de amamantar, oficio que desempeña con no menos felicidad
que las amas pasiegas. Así es que la semblanza de la mujer gallega puede
bosquejarse suponiéndola rodeada de sus hijuelos como la gallina de su
echadura, llevando de la mano un rapaz de siete años, asidas del refajo dos ó
tres mocosas poco menores en edad, colgado del ubérrimo seno un mamón de doce
meses, y sintiendo acaso en lo más íntimo de su organismo el vago
estremecimiento de otra nueva vida, de otro sér que se forma en sus entrañas.
Bien merece, bien merece disfrutar de un poco de
solaz esta paridera y criadora y madraza mujer gallega: dejadla, dejadla que el
día del santo patrón del lugar, ó en la primaveral y deliciosa noche de san
Juan, ó cuando las primeras castañas estallan al calor de la alegre hoguera y
el mosto remoja el gaznate de los vendimiadores, ella también se divierta y
pegue un par de brincos á la sombra del nocedal ó del castañar{378} hojoso.
Dejadla que lave rostro y piés en la pública fuente ó en el regato que atraviesa
su huerto, y peine y alise sus dos trenzas, uniéndolas por las puntas, y vista
el gayo traje de las ocasiones solemnes.
Si ha nacido en la Mahia, en alguno de los fértiles
valles que cercan á Iria Flavia y Compostela, ceñirá á su cabeza, con cinta de
vivos tonos, la linda cofia de puntilla transparente. Si en el Ribero de Avia,
ó en las cercanías de Orense, llevará el pañolito de seda oscura, que realza la
suave palidez del rostro oval, y abrochará atrás el brevísimo dengue con dos
conchillas de plata. Si vió la luz en las poéticas orillas de las Rías Bajas ó
en Muros, vestirá el rico atavío que enamora á cuantos lo ven: basquiña de
claros matices, corpiño de negro raso, ancho mantelo de
brillante sedán franjeado de panilla y recamado de azabache, pañuelo de crespón
color lacre ó canario, cuyos flecos caen acariciando la cadera airosa, como las
ramas del sauce sobre el tronco; rodearán su garganta pesados collares de
filigrana de oro, hilos de cuentas, y de su menuda oreja colgarán largos
zarcillos, y sobre el pecho refulgirá la patena, conocida por sapo.
Pero aun cuando presumen con razón las muradanas, por su elegante arreo, de
llevarse la palma en Galicia, pienso que el traje clásico de gallega es
el usado por las mujeres de mi país, las mariñanas. Lucen éstas
dengue de escarlata orlado de negro terciopelo y sujeto atrás con plateado
broche; el justillo, de fuerte drogué, se escota sobre la chambra de lienzo con
flojas mangas y puños de curiosa manera fruncidos; el soberbio mantelo no{379} cede en riquezas á otro alguno, y se ata atrás
con cintas de seda de charros colorines; bajo la franja del mantelo se ve media
cuarta de saya de grana, y se entrevé un dedo de refajo de amarilla bayeta, y
el zapato de cuero con lazadas de galón azul; ciñe su cuello la gargantilla de
filigrana, y cubre sus hombros el pañuelo de blanca muselina, prolijamente
rameado. Cuando con estas bizarras ropas salen á bailar la tradicional muiñeira—danza
nacional desde mucho antes de los remotos tiempos en que guerrillas gallegas y
lusitanas auxiliaban á Aníbal y contrastaban el poder de Roma,—es imposible
imaginar más regocijado y pintoresco golpe de vista: pasan las mujeres, bajos y
entornados los ojos, la trenza al viento, arrebolada la tez, movido el dengue
por la oscilación del seno, rozando unas con otras las yemas de los dedos, el
pié hiriendo blandamente la tierra, en cadencioso girar, arremolinándose á cada
vuelta del cuerpo las sayas multicolores, mientras la gaita exhala sus sonidos
agrestes y melancólicos, graves ó agudos, pero siempre penetrantes, y el
tamboril apresura la repercusión de sus notas secas y estridentes, y la
pandereta lanza sus carcajadas melodiosas, y los cohetes aran con surcos de luz
el cielo y caen disolviéndose en lágrimas de oro.
Pero cada día escasea más este espectáculo. Trajes,
danzas, costumbres y recuerdos van desapareciendo como antigua pintura que
amortiguan y borran los años. Á la muiñeira sustituye el agarradiño,
grotesca parodia de la polka húngara y del wals germánico;
á{380} las sayas de grana y bayeta, el faldellín de
estampado percal francés; al dengue, el mantón; á las trenzas, la moña tamaña
como un rosquete de pan; al villanesco zapato de cuero, la bolita de rusél... y
en breve será preciso internarse hasta el corazón de las más recónditas y
fieras montañas para encontrar un tipo que tenga olor, color y sabor
genuinamente regional.{381}
|
|
Páginas. |
NOTA:
[1] Declaro
que este cuento está escrito para las señoritas mayores de siete años y para
los caballeros que han cumplido ocho. Los bebés, que todavía no
alcanzaron la edad de saber la doctrina y de estarse quietecitos en visita, se
divertirán más con otras historietas, particularmente si versan sobre aventuras
ocurridas á caballos, borricos, grandes perros de Terranova, pajaritos color de
cielo y otros amigos íntimos que la Naturaleza brinda á la infancia.
End of the Project Gutenberg EBook of La dama
joven, by Emilia Pardo Bazán
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA DAMA
JOVEN ***

