Libro N° 9631. Dulce Dueño. Pardo-Bazán, Emilia.
© Libro N° 9631. Dulce Dueño. Pardo-Bazán, Emilia. Emancipación. Febrero
26 de 2022.
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DULCE DUEÑO
Emilia Pardo-Bazán
Dulce Dueño
Emilia
Pardo-Bazán
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OBRAS COMPLETAS
DE
CONDESA DE PARDO-BAZÁN
——
TOMO 38
EMILIA
PARDO-BAZÁN
CONDESA DE PARDO-BAZÁN
OBRAS COMPLETAS.—TOMO 38
———
DULCE DUEÑO
MADRID
V. Prieto y C.ía, editores.
Princesa, núm. 77.
1911
Es propiedad.
Queda hecho el depósito
que marca la ley.
Establecimiento tipográfico, Campomanes, 4.
DULCE DUEÑO
Fuera, llueve:—lluvia blanda, primaveral. No es
tristeza lo que fluye del cielo; antes bien, la hilaridad de un juego de aguas
pulverizándose con refrescante goteo menudo. Dentro, en la paz de una velada de
pueblo tranquilo, se intensifica la sensación de calmoso bienestar, de tiempo
sobrante, bajo la luz de la lámpara, que proyecta sobre el hule de la mesa un
redondel anaranjado.
La claridad da de lleno en un objeto maravilloso.
Es una placa cuadrilonga de unos diez centímetros de altura. En relieve, campea
destacándose una figurita de mujer, ataviada con elegancia fastuosa, á la moda
del siglo XV. Cara y manos son de esmalte; el ropaje, de oros cincelados y
también esmaltados, se incrusta de minúsculas gemas, de pedrería refulgente y
diminuta como puntas de alfiler. En la túnica, traslucen con vítreo reflejo los
carmesíes;{6} en el manto, los verdes de
esmaragdita. Tendido el cabello color de miel por los hombros, rodea la cabeza
diadema de diamantillos, sólo visibles por la chispa de luz que lanzan. La mano
derecha de la figurita descansa en una rueda de oro obscuro, erizada de puntas,
como el lomo de un pez de aletas erectas. Detrás, una arquitectura de finísimas
columnas y capitelicos áureos.
En sillones forrados de yute desteñido, ocupan
puesto alrededor de la mesa tres personas. Una mujer, joven, pelinegra,
envuelta en el crespón inglés de los lutos rigurosos. Un vejezuelo vivaracho,
seco como una nuez. Un sacerdote cincuentón, relleno, con sotana de mucho
reluz, tersa sobre el esternón bombeado.
—¿Leo ó no la historia?—urge el eclesiástico,
agitando un rollo de papel.
—La patraña—critica el seglar.
—La leyenda—corrige la enlutada—. Cuanto antes,
señor Magistral. Deseando estoy saber algo de mi Patrona.
—Pues lo sabrás... Es decir, en estos asuntos, ya
se te alcanza que las noticias rigurosamente históricas no son copiosas. Hay
que emitir alguna suposición, siempre razonada, en los puntos dudosos. Yo
someto mi trabajo á la decisión de nuestra Santa Madre la Iglesia. Vamos, la
sometería si hubiese de publicar. Aquí entre nosotros, aunque adorne un poco...
En no alterando la esencia... Y saltaré mucho, evitando prolijidades. Y á veces
no leeré; conversaremos.{7}
La pelinegra se recostó y entornó los ojos para
escuchar recogida. El vejete, en señal de superioridad, encendió un cigarrillo.
El canónigo rompió á leer. Tenía la voz pastosa, de registros graves. Tal vez
al transcribir aquí su lección se deslicen en ella bastantes arrequives de
sentimiento ó de estética que el autor reprobaría.
«Catalina nació hija de un tirano, en Alejandría de
Egipto. No está claro quién era este tirano, llamado Costo. Es preciso recordar
que después del asedio y espantosa debelación de la ciudad por
Diocleciano el Perseguidor, que ordenó á sus soldados no cejar en
la matanza hasta que al corcel del César le llegase la sangre á las corvas,
vino un período de anarquía en que brotaron á docenas régulos y tiranuelos, y
hubo, por ejemplo, un cierto Firmo, traficante en papiros, que se atrevió á
batir moneda con su efigie...»
Interrupción del vejezuelo.
—Para usted, Carranza, el caso es que el cuento
revista aire de autenticidad...
—Déjeme oir, amigo Polilla...—suplicó la de los
fúnebres crespones—. Sin un poco de ambiente, no cabe situar un personaje
histórico.
—¡Bah! Este personaje no es...
—¡Silencio!
«Alejandría, por entonces, fué el punto en que el
paganismo se hizo fuerte contra las ideas nuevas. Porque el paganismo no se
defendía tan sólo martirizando y matando cristianos;{8} hasta
los espíritus cultos de aquella época dudaban de la eficacia de una represión
tan atroz. Acaso fuese doblemente certero desmenuzar las creencias y los
dogmas, burlarse de ellos, inficionarlos y desintegrarlos con herejías,
sofismas y malicias filosóficas...»
Inciso.
—La estrategia de nuestro buen amigo don Antón...
Polilla se engalló, satisfecho de ser peligroso.
«No ignoran ustedes los anales de aquella ciudad
singularísima, desde que la fundó Alejandro dándole la forma de la clámide
macedonia hasta que la arrasó Ornar. Olvidado tendrán ustedes de puro sabido
que el primer rey de la dinastía Lagida, aquel Tolomeo Sotero, tan dispuesto
para todo, al instituir la célebre Escuela, hizo de Alejandría el foco de la
cultura. Decadente ó no, en el mundo antiguo la Escuela resplandece. La
hegemonía alejandrina duró más que la de Atenas; y si bajo la dominación romana
sus pensadores se convirtieron en sofistas, tal fenómeno se ha podido observar
igualmente en otras escuelas y en otros países.
Bajo Domiciano empezó á insinuarse en Alejandría el
cristianismo. Notóse que bastantes mujeres nobles, que antes reían á carcajadas
en los festines, ahora se cubrían los cabellos con un velo de lana y bajaban
los ojos al cruzar por delante de estatuas... así... algo impúdicas...»{9}
—Vamos, las primeras beatas...—picoteó Polilla.
»—Es el caso que griegos y judíos—hiló el
Magistral—andaban, en Alejandría, á la greña continuamente. Con el advenimiento
de los cristianos se complicó el asunto. La confusión de sectas y teologías
hízose formidable. Allí se adoraba ya á Jehová ó Jahveh, á la Afrodita, llamada
por los egipcios Hathor, al buey Apis y á Serapis, que según el emperador
Adriano no era otra cosa sino un emblema de Nuestro Señor Jesucristo, el cual,
bajo su verdadero nombre, empezó á ser esperanza y luz de las gentes. Y en Alejandría,
además de la persecución pagana, surgió la persecución egipcia, y el pueblo
fanatizado degolló á muchos cristianos infelices...»
—¿Eeeh?—satirizó don Antón.
—¡Digo, felicísimos!
»Diocleciano, que parece el más perseguidor de los
Césares, tenía sus artes de político, y en Egipto no quería meterse con los
dioses locales. Al ver la impopularidad de los cristianos, les sentó mano
fuerte. En tal época, cuando el cristianismo aun suscitaba odio y desprecio,
despunta la personalidad de Catalina.
Esta mujer es de su tiempo, y en otro siglo no se
concibe. Y su tiempo era de pedantería y de cejas quemadas á la luz de la
lámpara. En Egipto, las mujeres se dedicaban al estudio como los hombres, y
hubo reinas y poetisas notables, como la que compuso el célebre himno al canto
de la estatua de Memnon. No extrañemos{10} que
Catalina profundizase ciencias y letras. En cuanto á su físico, es de suponer,
que, siendo de helénica estirpe (el nombre lo indica), no se pareciese á las
amarillentas egipcias, de ojos sesgos y pelo encrespado.
Se educó entre delicias y mimos, en pie de princesa
altanera, entendida y desdeñosa. Llegó la hora en que parecía natural que
tomase estado, y se fijó en la cohorte de los mozos ilustres de Alejandría, que
todos bebían por ella los vientos. Fueron presentándose, y al uno por soso, y
al otro por desaliñado, y á éste por partidario del zumo parral, y á aquél por
corrompido y amigo de las daifas, y al de la derecha por afeminado, y al de la
izquierda por tener el pie mal modelado y la pierna tortuosa, á todos por
ignorantes y nada frecuentadores del Serapión y de la Biblioteca, les fué
dando, como diríamos hoy, calabazas...
Con esto se ganó renombre de orgullosa, y se
convino en que, bajo las magnificencias de su corpiño, no latía un corazón. Sin
duda Catalina no era capaz de otro amor que el propio; y sólo á sí misma, y ni
aun á los dioses, consagraba culto.
Algo tenía de verdad esta opinión, difundida por el
despecho de los procos ó pretendientes de la princesa.
Catalina, persuadida de las superioridades que atesoraba, prefería aislarse y
cultivar su espíritu y acicalar su cuerpo, que entregar tantos tesoros á
profanas manos. Su existencia tenía la intensidad y la amplitud de las
existencias antiguas, cuando muy{11} pocos
poderosos concentraban en sí la fuerza de la riqueza, y por contraste con la
miseria del pueblo y la sumisión de los esclavos, era más estético el goce de
tantos bienes. Habitaba Catalina un palacio construído con mármoles venidos de
Jonia, cercado de jardines y refrescado por la virazón del puerto. Las terrazas
de los jardines se escalonaban salpicadas de fuentes, pobladas de flores
odoríferas traídas de los valles de Galilea y de las regiones del Atica, y
exornadas por vasos artísticos robados en ciudades saqueadas, ó comprados á los
patricios que, arruinándose en Roma, no podían sostener sus villas de la
Campania y de Sorrento. Para amueblar el palacio se habían encargado á Judea y
Tiro operarios diestros en tallar el cedro viejo y tornear el marfil é
incrustar la plata y el bronce, y de Italia pintores que sabían decorar paredes
al fresco y encáustico. Y la princesa, deseosa de imprimir un sello original á
su morada, de distinguir su lujo de los demás lujos, buscó los objetos únicos y
singulares, é hizo que su padre enviase viajeros ó le trajese en sus propios
periplos rarezas y obras maestras de pintura y escultura, joyas extrañas que pertenecieron
á reinas de países bárbaros, y trozos de ágata arborescente en que un helecho
parecía extender sus ramas ó una selva en miniatura espesar sus frondas...»
—¿No has notado una cosa, Lina?—se interrumpió á sí
mismo el Magistral, volviéndose hacia la pelinegra y abatiendo el tono.
—Que todas las representaciones en el arte de
Catalina Alejandrina la presentan vestida con fausto y elegancia. Desde luego,
en cada época, la vestidura es al estilo de entonces; porque no tenían los
escrúpulos de exactitud que ahora. Fíjate en esta medalla ó placa que nos has
traído. ¿Qué atavíos, eh? Y no es como María Magdalena, que pasó de los
brocados á la estera trenzada. Puesta la mano en la rueda de cuchillos que la
ha de despedazar, Catalina luce las mismas galas, que son una necesidad de su
naturaleza estética. Es una apasionada de lo bello y lo suntuoso, y por la
belleza tangible se dirigió hacia la inteligible. Así la tradición, que sabe
acertar, hace tan esplendentes las imágenes de la Santa...
—Me gusta Catalina Alejandrina—. Lacónica, la
enlutada parpadeó, alisando su negro «gaspar», que le ensombrecía y entintaba
las pupilas.
»Pues ha de saberse que los emisarios de Costo
aportaron al palacio, entre otras reliquias, dos prendas que, según fama, á
Cleopatra habían pertenecido: una era la perla compañera de la que dicen
disuelta en vinagre por la hija de los Lagidas—lo cual parece fábula, pues el
vinagre no disuelve las perlas—, y la otra presea, una cruz con asas, símbolo
religioso, no cristiano, que la reina llevaba al pecho. La perla era de tal
grosor, que cuando Catalina la colgó á su cuello—fíjate, el artista florentino
autor de esa placa no omitió el detalle—hubo en la ciudad una oleada de envidia
y de{13} malevolencia. ¿Se creía la hija de Costo
reina de Egipto? ¿Cómo se atrevía á lucir las preseas de la gran Cleopatra, de
la última representante de la independencia, la que contrastó el poder de Roma?
Por su parte, los romanos tampoco vieron con gusto
el alarde de la hija del tiranuelo. ¿Sería ambiciosa? ¿Pretendería encarnar las
ideas nacionales egipcias? ¡Todo cabía en su carácter resuelto y varonil!
También los cristianos—aunque por razones
diferentes—miraban á Catalina con prevención. Sabían que el cristianismo era
repulsivo á la princesa. No hubiese Catalina perseguido con tormentos y muerte;
no ordenaría para nadie el ecúleo ni los látigos emplomados; algo peor, ó más
humillante, tenía para los secuaces del Galileo: el desdén. No valía la pena ni
de ensañarse con los que serían capaces de martillear las estatuas griegas, con
los que huían de las termas y no se lavaban ni perfumaban el cabello. El cristianismo,
dentro de la ciudad, se le aparecía á Catalina envuelto en las mallas de mil
herejías supersticiosas; y sólo algunos lampos de llama viva de fe, venidos del
desierto, la atraían, momentáneamente, como atrae toda fuerza. Los
solitarios...»
Polilla, que trepidaba, salta al fin.
—Sí, sí; buenas cosas venían del desierto, de los
padres del yermo, ¿no se dice así? ¡Entretenidos en preparar al Asia y á Europa
la peste bubónica!
—¿La peste bubónica?—se sorprende Lina.{14}
—La pes-te-bu-bó-ni-ca. Como que no existía, y
apareció en Egipto después de que, á fuerza de predicaciones, lograron que no
se momificasen los cadáveres, que se abandonasen aquellos procedimientos
perfectos de embetunamiento, que los sabios (aunque sacerdotes) egipcios
aplicaban hasta á los gatos, perros é icneumones... Al cesar de embalsamar, se
arrojaron las carroñas y los cadáveres al Nilo... y cátate la peste, que aún
sufrimos hoy.
—Bien...—Lina alzó los hombros.—Con usted, Polilla,
se aprende siempre... Pero ahora me gusta oir á Carranza.
«Estábamos en los padres del desierto, los
solitarios... Había por entonces uno muy renombrado á causa de sus penitencias
aterradoras. Se llamaba Trifón. Se pasaba el año, no de pie sobre el capitel de
una columna, á la manera del Estilita, sino tan pronto de rodillas como sentado
sobre una piedra ruda que el sol calcinaba. Cuando las gentes de la mísera
barriada de Racotis acudían con enfermos para que los curase el asceta, éste se
incorporaba, alzaba un tanto la piedra, murmuraba «ven, hermanito», y salía un
alacrán, que, agitando sus tenazas, se posaba en la palma seca del solitario.
Machucaba él con un canto la bestezuela, y
añadiendo un poco de aceite del que le traían en ofrenda, bendecía el amasijo,
lo aplicaba á las llagas ó al pecho del doliente y lo sanaba...»
—¡Absurdo!...
«Agradecidas y llorosas, las mujerucas del pueblo
paliqueaban después con el Santo, refiriéndole las crueldades del César
Maximino, peor que Diocleciano mil veces; los cristianos desgarrados con
garfios, azotados con las sogas emplomadas, que, al ceñirse al vientre y
hendirlo, hacen verterse por el suelo, humeantes y cálidas, las entrañas del
mártir... Y rogaban á Trifón que, pues tenía virtud para encantar á los
escorpiones, rogase á Jesús el pronto advenimiento del día en que toda lengua
le alabe y toda nación le confiese.
—Reza también—imploraban—por que toque en el
corazón á la princesa Catalina, que socorre á los necesitados como si fuera de
Cristo, pero es enemiga del Señor y le desprecia. ¡Lástima por cierto, porque
es la más hermosa doncella de Alejandría y la más sabia, y guarda su virginidad
mejor que muchas cristianas!
—Sólo Dios es belleza y sabiduría—contestaba el
asceta—. Pero despedidos los humildes, gozosos con las curaciones; al
arrodillarse en el duro escabel, mientras el sol amojamaba sus carnes y
encendía su hirsuta barba negra—la idea de la princesa le acudía, le
inquietaba—. ¿Por qué no curarla también, en nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo? Sería una oveja blanca, propiciatoria...
Una madrugada—como á pesar suyo—Trifón descendió de
la piedra, requirió su báculo, y echó á andar. Caminó media jornada arreo,
hasta llegar á Alejandría, y cerca ya de la ciudad siguió la ostentosa vía
canópica, y derecho,{16} sin preguntar á nadie, se
halló ante la puerta exterior del palacio de Costo. Los esclavos januarios se
rieron á sabor de su facha, y más aún de su pretensión de ver á la princesa
inmediatamente.
—Decidla—insistió el solitario—que no vengo á pedir
limosna, ni á cosa mala. Vengo sólo á hablarla de amor, y le placerá
escucharme.
Aumentó la risa de los porteros, mirando á aquel
galán hecho cecina por el sol, y cuya desnudez espartosa sólo recataban jirones
empolvados de sayo de Cilicia.
—Llevad el recado—insistió el asceta—. Ella no se
reirá. Yo sé de amores más que los sofistas griegos con quienes tanto platica.
—¡Es un filósofo!...—secretearon respetuosamente
los esclavos; y se decidieron á dar curso al extraño mensaje, pues Catalina
gustaba de los filósofos, que no siempre van aliñados y pulcros.
Catalina estaba en su sala peristila; á la
columnata servía de fondo un grupo de arbustos floridos, constelados de rojas
estrellas de sangre. Aplomada, en armoniosa postura, sobre el trono de forma
leonina, de oro y marfil, envuelta en largos velos de lino de Judea bordados
prolijamente de plata, había dejado caer el rollo de vitela, los versos de
Alceo, y acodada, reclinado el rostro en la cerrada mano, se perdía en un
ensueño lento, infinito. Hacía tiempo ya que, con nostalgia profunda, añoraba
el amor que no sentía. El amor era el remate, el broche divino de una
existencia tan{17} colmada como la suya; y el amor
faltaba, no acudía al llamamiento. El amor no se lo traían de lejanos países,
en sus fardos olorosos, entre incienso y silfio, los viajeros de su padre.
—¿De qué me sirve—pensaba—tanto libro en mi
biblioteca, si no me enseñan la ciencia de amar? Desde que he empapado el
entendimiento en las doctrinas del divo Platón, que es aquí el filósofo de
moda, siento que todo se resuelve en la Belleza, y que el Amor es el resplandor
de esa belleza misma, que no puede comprender quien no ama. ¡No sabe Plotino lo
que se dice al negar que el amor es la razón de ser del mundo! Plotino me
parece un corto de vista, que no alcanza la identidad de lo amante con lo
perfecto. En lo que anda acertado el tal Plotino, es en afirmar que el mundo es
un círculo tenebroso y sólo lo ilumina la irriadiación del alma. Pero mi alma,
para iluminar mi mundo, necesita encandilarse en amor... ¿Por quién?...
Y las imágenes corpóreas y espirituales de sus
procos desfilaron ante el pensamiento de Catalina, y, esparciendo su
melancolía, rió á solas.—Volvió la tristeza pronto.
—¿Dónde encontrar esa suprema belleza de la forma,
que según Plotino transciende á la esencia? ¡Oh, Belleza! ¡Revélate á mí!
¡Déjame conocerte, adorarte y derretir en tu llama hasta el tuétano de mis
huesos!
El pisar tácito de una esclava negra, descalza,
bruñida de piel, se acercó.
—Desea verte, princesa, cierto hombrecillo{18} andrajoso, ruin, que dice que sabe de amores.
—Algún bufón. Hazle entrar. Prepara un cáliz de
vino y unas monedas.
Trifón entró, hiriendo el pavimento de jaspe
pulimentado con su báculo de nudos. Al ver á Catalina se detuvo, y en vez de
inclinarse, la miró atentamente, dardeándola con ojeadas de fuego al través de
las peludas cejas que le comían los párpados rugosos.
—Siéntate—obsequió Catalina—, habla, di de amor lo
que sepas. Por desgracia no será mucho.
—Es todo. Vengo de la escuela de amor, que es el
desierto.
—¿Eres uno de esos solitarios? En efecto, tu piel
está recocida y baqueteada al sol. De amor entenderás poco, aun cuando, según
dicen, no sois aficionados á contaminar vuestra carne con la furia bestial de
los viciosos, lo cual ya es camino para entender. El amor es lo único que
merece estudiarse. Cuando razonamos de ser, de identidad, de logos, de ideas
madres..., razonamos de amor sin saberlo. Oye... ¿No quieres pasar al caldario
antes de comunicarme tu sabiduría? Mis esclavas te fregarán, te ungirán y te
compondrán ese pelo. Siempre que viene un sofista, le fregamos.
—Yo no soy un sofista. Vivo tan descuidado de mi
cuerpo como los cínicos, pero es por atender á la diafanidad y limpieza de mi
alma. El cuerpo es corruptible, Catalina. ¿No has visto nunca una carroña
hirviendo en gusanos? ¿A qué cuidar lo que se pudre?{19}
—Como quieras... Háblame desde alguna distancia...
—Catalina—empezó preguntando—¿porqué no te has
casado con ninguno de tus pretendientes? Los hay gallardos, los hay poderosos.
—Tu pregunta me sorprende, si en efecto entiendes
de amor. No basta que mis procos, ó mejor dicho, algunos de mis procos, sean
gallardos, dado que lo fuesen, que sobre eso cabe discusión. Sería necesario
que yo encarnase en ellos la idea sublime de la hermosura. ¿No acabas de decir
que el cuerpo se corrompe? Mis pretendientes están ya agusanados, y aún no se
han muerto. Yo sueño con algo que no se parece á mis suspirantes. No sé dónde
está, ni cómo se llama. De noche, cuando boga Diana al través del éter, tiendo
los brazos á lo alto, donde creo ver una faz adorable, cuyo encanto serpea por
mis venas.
—Pues eso que buscas, princesa, yo te lo traigo.
En vez de mofarse, Catalina se volvió grave.
—Dime tu nombre, Padre—exhaló, casi á su pesar.
—Trifón, el penitente.
—¿Cristiano?
—Sí.
—¿Santo, como dicen?
—No. El mayor de los pecadores. Bajo la piedra en
que vivo hay un nido de escorpiones enconados, y así tengo á mis pasiones,
sujetas y aplastadas por la penitencia. Pero allí están, acechando para hincar
su aguijón.{20}
—Seas santo ó bandolero, adorador de Cristo, de
Serapis ó de la excelsa Belleza, que es la única verdad...
—¡No blasfemes, Catalina, pobre tórtola triste que
no encuentra su pareja, que gime por el amado!
—Digo que seas quien fueres, para mí serás la misma
encarnación humana de Apolo Kaleocrator, si me haces conocer la dicha de amar.
—¿Eres capaz de todo... ¡de todo! por conseguirla?
—¿Quieres tesoros? ¿Quieres una copa de unicornio,
llena de mi sangre?
—La copa... Pudiera ser que la quisiese... no yo,
sino tu amante, el que vas á conocer presto. ¿Ves mi fealdad? Infinitamente
mayor es su hermosura. Y déjate de raciocinios, de Plotino y de Platón. Amar es
un acto. Yo te llevo al amor y no te lo explico. No te fatigues en pensar. Ama.
—Sobre ascuas pisaría por acercarme al que he de
amar. ¿Será también un príncipe? Porque varón de baja estofa, para mí no es
varón.
—Es un príncipe asaz más ilustre que tú.
—¡Eso, sólo Maximino César!—se ufanó Catalina.
—¡Maximino, ante él... hisopo al pie del
cedro!—Mañana, á esta misma hora, sola, purificada, vestida humildemente,
saldrás de tu palacio sin ser vista, y caminarás por detrás del Panoeum, hasta
donde veas una construcción{21} muy pobre, una
especie de célula, que llamamos ermita. El lugar estará solitario, la puerta
franca. ¿Entrarás sin miedo?
—No sé lo que sea temor.
—Allí, dentro de la ermita, aguardarás al que has
de amar en vida y más allá de la muerte. Á aquel cuyos besos embeodan como el
vino nuevo y en cuyos brazos se desfallece de ventura. Al que en la sombra, con
recatados pasos, se acerca ya á tu corazón...
Catalina cerró los ojos. Un aura vibrátil y
palpitante columpiaba la fragancia de los jardines. Parecía un suspirar largo y
ritmado.
Cuando abrió los párpados, había desaparecido el
penitente.
*
* *
La princesa pasó la noche con fiebre y desvelo. Vió
desfilar formas é ideas madres, los arquetipos de la hermosura, representados
por las maravillosas envolturas corporales de los dioses y los héroes griegos.
Apolo Kaleocrator, árbitro de la belleza, apoyado en su lira de tortuga,
inundados los hombros por los bucles hilados de rayos de luz; Dionisos, con el
fulvo y manchado despojo del tigre sobre las morenas espaldas tersas y recias;
Aquiles (á quien deseó frecuentemente Catalina haber conocido ante Troya,
envidiando á Briseida, que tuvo la suerte de vestirle la túnica), y el pío
Eneas, el infiel á la mísera reina africana... ¿Sería alguno{22} como
éstos quien la aguardase en la ermita?
Que el solitario fuese un malhechor y la atrajese á
una celada, no lo receló Catalina ni un instante. Podría acaso ser un
hechicero: acusábase á los cristianos de practicar la magia. Sin duda, para
resistir así el martirio, poseían secretos y conjuros. Quizás iban á emplear
con ella el filtro del amor... ¡Por obra de filtro, ó como fuese, la princesa
ansiaba que el amor se presentase! ¡Amar, deshacerse en amor, que el amor la
devorase, cual un león irritado y regio!—Siguió las instrucciones de Trifón exactamente.
Se bañó, purificó y perfumó, como en día de bodas; se vistió interiormente
tunicela de lino delgadísimo, ceñida por un cinturón recamado de perlas; y,
encima, echó la vestimenta de burdo tejido azul lanoso que aun hoy usan las
mujeres fellahs, el pueblo bajo de Egipto. Calzó sandalias de
cuerda, igual que las esclavas, mullendo antes con seda la parte en que había
de apoyar la planta del pié. Un velo de lana tinto en azafrán envolvió su
cabeza. Así disfrazada y recatada, salió ocultamente por una puerta de los
jardines que caía al muelle, y se confundió entre el gentío. Costeado el
muelle, torció hacia la avenida de las Esfinges, cuyo término era la subida
especial del Panoeum ó santuario del dios Pan, montañuela cuya vertiente
opuesta conducía á la ermitilla, emboscada entre palmeras y sicomoros.
—Oiga usted—zumbó Polilla—. ¿Sabe usted{23} que me va pareciendo un poco ligerita de cascos
la princesa? Si no la declarasen ustedes santa...
—Don Antón—amenazó Lina—, ó me deja usted oir en
paz, ó le expulso ignominiosamente.
«A un lado y á otro de la monumental avenida
alineábanse, sobre pedestales de basalto, las Esfinges de granito rosa, de
dimensiones semicolosales. A los rayos oblicuos del sol muriente, el pulimento
del granito tenía tersuras de piel de mujer. Las caras de los monstruos
reproducían el más puro tipo de la raza egipcia, ojos ovales, facciones
menudas, barbillas perfectas; el tocado simétrico hacía resaltar la delicada
corrección del melancólico perfil. Hasta la cintura, el cuerpo de las Esfinges
era femenino, pero sus brazos remataban en garras de fiera, cuyas uñas
aparentaban hincarse en la lisura del pedestal. Dijérase que se contraían para
desperezarse y saltar rugiendo. Sintió Catalina aprensión indefinible. Respiró
mejor al acometer la subida espiral que conducía al Panoeum, entre setos de
mirto, el arbusto del numen, que de trecho en trecho enflorecían las rosas de
Hathor Afrodita, encendidas sobre el verdor sombrío de la planta sagrada. La
brisa de la tarde estremecía los pétalos de las flores, y el espíritu de
Catalina temblaba un tanto, en la expectativa de lo desconocido.
Pasó rozando con el templo y descendió la otra
vertiente. Detrás del santuario asomaba{24} una
colina inculta, y en un repliegue del terreno se agazapaba la ermita humilde;
una construcción análoga á las del barrio de Racotis, de adobes sin cocer y
pajizo techo. En la cima una cruz de caña revelaba la idea del edificio. La
reducida puerta se abría de par en par. Catalina la cruzó; allí no había alma
viviente. En el fondo, un ara de pedruscos desiguales soportaba otra cruz no
menos tosca que la del frontispicio, y en grosero vaso de barro vidriado se
moría un haz de nardos silvestres. La princesa, fatigada, se reclinó en el ara,
sentándose en el peldaño de piedra que la sostenía. Rendida por el insomnio
calenturiento de la noche anterior, anestesiada por la frescura y el silencio,
se aletargó, como si hubiese bebido cocimiento de amapolas. Y he aquí lo que
vió en sueños:
Subía otra vez por la avenida de las Esfinges, pero
no al caer de la tarde, sino de noche, con el firmamento turquí todo enjoyado
de gruesos diamantes estelares. Bajo aquella luz titiladora, los monstruos
semi-hembras, de grupa viril, parecían adquirir vida fantástica. Estirándose
felinamente, se incorporaban en los zócalos, y crispaba los nervios el roce de
sus uñas sobre la bruñida dureza del pedestal. Sus caras humanas, perdiendo la
semejanza, adquirían expresión individual, se asemejaban á personas. Catalina,
atónita, reconocía en las Esfinges tan pronto á sus pretendientes desairados,
como á los sofistas y ergotistas que discutían en su presencia. Allí estaban
Mnesio, Teopompo, Caricles, Gnetes, sus contertulios,{25} erizados
de argucias, duchos en la controversia, discípulos del Peripato algunos, los
más de Platón. De sus labios fluían argumentos, demostraciones, objeciones,
definiciones, un murmurío intelectual que resonaba como el oleaje; marea
confusa en que flotan las nociones de lo creado y lo increado, lo sensible y lo
inteligible, las substancias inmutables y los accidentes perecederos; y en
conjunto, al fundirse tantos conceptos en un sonido único, lo que se destacaba
era una sola palabra: Amor.
Y las otras Esfinges, que tenían el semblante de
los desairados procos, murmuraban también con tenaz canturia: Amor;
y sus ojos chispeaban, y sus garras se encorvaban para iniciar el zarpazo, y
gañían bajo y lúgubre, como chacales en celo, y un aliento hediondo salía de
sus bocas, y su cuarto trasero de animales se enarcaba epilépticamente.
Catalina emprendía la fuga, y la hueste de fieras, á su vez, corría, galopaba,
hiriendo la arena y soliviantándola con sus patas golpeadoras. La desatada
carrera de los monstruos, su jadear anheloso tras la presa, era como el
desborde enfurecido de un torrente. No podía acelerar más su huída la princesa:
angustiada, apretaba contra el pecho sus vestiduras, en las cuales ya dos veces
había hecho presa la zarpa de las Esfinges.—Me desnudarán—calculaba—, y cuando
caiga avergonzada y rendida, se cebarán en mí...—El horror activaba su paso.
Los pies, rotas las sandalias, se herían en los guijarros, se{26} deshonraban
con el polvo; y, en medio de su espanto, aún deploraba Catalina:—¡Mis pies de
rosa, mis pies pulidos como ágatas, mis pies sin callosidad! ¡Se me estropean!
¡Ay pies míos!
Paralizado de fatiga el corazón, iba á desplomarse,
cuando se le ofreció un asilo, la boca de una cueva... la ermita. Débil
lucecilla ardía dentro. Catalina se precipitó... y creyó en una pesadilla.
Detrás no había nadie; ni rastro de los monstruos. Sólo se veía, á lo lejos, la
blanca mole marmórea del Panoeum, y por dosel el cielo claveteado de luminares,
á guisa de manto triunfal.
Ancha inspiración dilató los pulmones de Catalina.
Su sangre circuló rápida, deliciosamente distribuída por los casi exánimes
miembros. Una luz difusa comenzó á flotar en el aire; la cueva se iluminó. La
luz crecía y era como de luna cuando al nacer asoma color de fuego, reflejando
aún los arreboles solares. Y en el foco más luminoso, abriéndose paso,
surgieron dos figuras: una mujer y un hombre. Ella parecía de más edad, pálida,
marchitos y entumecidos los párpados por el sufrimiento; él era garzón, y á su
juventud radiante acompañaba belleza portentosa. Catalina, juntando las manos,
le miró con enajenamiento. Ni había visto un sér semejante, ni creía que
pudiese existir. Curiosa en estética, solía ordenar que le presentasen esclavos
hermosos, no con fines de impureza, sino para admirar lo perfecto de la forma
en las diversas razas del mundo. Los comparaba{27} á
las creaciones de Fidias, á los sacros bultos de las divinidades, y comprendía
que por modelos así se forjan las obras maestras. Pero el aparecido era cien
veces más sublime. Á la perfección apolínica de la forma reunía una expresión
superior á lo bello humano. Desde sus ojos miraba lo insondable. Emitían
claridad sus cabellos partidos por una raya, irradiando en bucles color de
dátil maduro, y la majestad de su faz delicadísima era algo misterioso, que se
imprimía en las entrañas y salteaba la voluntad. El mozo debía de ser un alto
personaje, como había dicho Trifón; más alto que el César. Sus pies desnudos se
curvaban, mejor delineados que los del Arquero. Sus manos eran marfil vivo. Y
Catalina, postrada, sintió que al fin el Amor, como un vino muy añejo cuya
ánfora se quiebra, inundaba su alma y la sumergía. Tendió los brazos
suplicante. El mozo se volvió hacia la mujer que le acompañaba.
—¿Es esta la esposa, madre mía?
—Esta es—afirmó una voz musical, inefable.
—No puedo recibirla. No es hermosa. No la amo...
Y volvió la espalda. La luz lunar y ardiente se
amortiguaba, se extinguía. Los dos personajes se diluyeron en la sombra.
Catalina cayó al suelo, con la caída pesada del que
recibe herida honda de puñal. Poco á poco recobró el conocimiento. Se levantó;
al pronto no recordaba. La memoria reanudó su cadena. Fué una explosión de
dolor, de bochorno.{28} ¡Ella, Catalina, la sabia,
la deseada, la poderosa, la ilustre, no era bella, no podía inspirar amor!
*
* *
Salió de la ermita y caminó paso á paso, ya bajo la
verdadera luz de Selene: había anochecido por completo. Las Esfinges, inmóviles
sobre sus zócalos de negro basalto, no la hostilizaron; sólo la impusieron la
majestad de su simetría grandiosa. Costeando el muelle, donde cantaban roncas
coplas los marineros beodos, se deslizó hasta el palacio. Las esclavas
acudieron, disimulando la extrañeza y la malicia con servil solicitud.
Aprestaron el baño tibio, presentaron los altos espejos de bruñida plata. Y la
princesa, arrancándose el plebeyo disfraz, se contempló prolijamente. ¿No era
hermosa? Si no lo era, debía morir. Lo que no es bello no tiene derecho á la
vida. Y, además, ella no podía vivir sin aquel príncipe desconocido que la
desdeñaba. Pero los espejos la enviaron su lisonja sincera, devolviendo la
imagen encantadora de una beldad que evocaba las de las Deas antiguas. Á su
torso escultural faltaba solo el cinturón de Afrodita, y á su cabeza noble, que
el oro calcinado con reflejos de miel del largo cabello diademaba, el casco de
Palas Atenea. Aquella frente pensadora y aquellos ojos verdes, lumínicos, no
los desdeñaría la que nació de la mente del Aguileño. ¿No ser hermosa? El
príncipe suyo no la había visto... ¡Acaso el disfraz de la plebe encubría el brillo{29} de la hermosura! Era preciso buscar al aparecido,
obligarle á que la mirase mejor; y para descubrir dónde se ocultaba, hablar á
Trifón, el Solitario.
Con fuerte escolta, en su litera mullida de
almohadones, al amanecer del siguiente día, la hija de Costo emprendió la
expedición al desierto. Su cuerpo vertía fragancia de nardo espique; su ropaje
era de púrpura, franjeado de plumaje de aves raras, por el cual, á la luz,
corrían temblores de esmeralda y cobalto; sus pies calzaban coturnillos traídos
de Oriente, hechos de un cuero aromoso; y de su cuello se desprendían cascadas
de perlas y sartas de cuentas de vidrios azul, mezcladas con amuletos. Ante la
litera, un carro tirado por fuertes asnos conducía provisiones, bebidas frías y
tapices para extender. En pocas horas llegaron á la región árida y requemada,
guarida de los cenobitas. Cuando descubrieron á Trifón, le tomaron al pronto
por un tronco seco. Un pájaro estaba posado en sus hombros, y voló al acercarse
la comitiva.
Catalina ordenó distanciarse á su séquito;
descendió y se acercó, implorante, al asceta.
—Vengo—impetró—á que me devuelvas lo que me has
quitado. ¡Dame mi serenidad, mi razón! ¡El dardo me ha herido, y no sé
arrancármelo! Dime dónde está él, é iré á encontrarle entre áspides y dragones.
Si no le parezco hermosa, haz por tus artes de magia y tu sabiduría que se lo
parezca. Ó hazme morir, pues con la vida no puedo vivir ya...»{30}
Se interrumpió á sí mismo el narrador, advirtiendo:
—Esta frase que atribuyo á Santa Catalina, es la
madre Santa Teresa de Jesús quien se la atribuye primero en unos versos que la
dedica y donde se declara su rival «pretendiente á gozar de su gozo».
—Pues yo recuerdo—asintió Lina—otra poesía de Lope
de Vega, si no me engaño, dedicada á la misma Catalina Alejandrina... ¡No es
nada lo que pondera el Fénix á la hija de Costo!
«Una palma victoriosa
de tres coronas guarnece,
por sabia, mártir, y virgen,
cándida, purpúrea y verde...»
—Hay una glosa—advirtió Carranza—que la llama
«segunda entre las mujeres...» ¡Oh!, Santa Catalina de Alejandría es una fuente
de inspiración para el arte. Desde Memmling y Luini, hasta el Pinturiccio que
la retrató bajo los rasgos de Lucrecia Borgia, y el desconocido autor de esta
prodigiosa placa, los cuadros y los esmaltes y las tallas célebres se cuentan
por centenares.
—¡Claro, la imaginación desatada! ¡Una mujer guapa
y que disputaba con filósofos!—criticó Polilla—. En fin, siga usted, amigo
Carranza, que ahora viene lo inevitable en tales historias: la conversioncita,
los sayones, el cielo abierto, un angelico que desciende, á estilo{31} Luis XV, portador de una guirnalda con un lazo
azul...
—Polilla, es usted un espíritu acerado é
implacable—aseveró Lina—. Sólo le ruego que nos deje seguir escuchando.
«Permanecía Catalina á los pies del solitario,
arrastrando, entre el polvo seco, su ropaje magnífico. Su seno, en la angustia
de la esperanza, se alzaba y deprimía jadeando. Tritón la contempló un
instante, y al fin, con penoso crujido de junturas, descendió del asiento.
Buscó entre sus harapos la ampollita de aceite, y ejecutando movimiento
familiar desvió el pedrusco, bajo el cual vió Catalina rebullir, en espantable
maraña, la nidada de alacranes. Alzando los ojos al cielo metálico de puro
azul, el penitente pronunció la fórmula consagrada:
—Ven, hermanito...
Un horrible bicharraco se destacó del grupo y
avanzó. Catalina le miró fascinada, con grima que hacía retorcerse sus nervios.
La forma de la bestezuela era repulsiva, y la Princesa pensaba en la muerte que
su picadura produce, con fiebre, delirio y demencia. Veía al insecto replegar
sus palpos y erguir, furioso, su cauda emponzoñada, á cuyo remate empezaba la
eyaculación del veneno, una clara gotezuela. Ya creía sentir la mordedura,
cuando de súbito el escorpión, amansado, acudió á la mano raigambrosa que Trifón
le tendía, y el asceta, estrujándolo sin ruido, lo mezcló y amasó con el óleo.
—Abre tus ropas, Catalina, y aplica esta{32} mixtura sobre tu corazón enfermo—mandó
imperiosamente.
Catalina, sin vacilar, obedeció. Trifón se había
vuelto de espaldas. Al percibir el frío del extraño remedio sobre la turgente
carnosidad, su corazón saltó como cervatillo que ventea el arroyo cercano.
Bienestar delicioso, en vez de fiebre, notó la princesa, y como si se
desenfilase su luenga sarta de perlas índicas, lágrimas vehementes de amor
fueron manando á lo largo de sus mejillas juveniles. Por un instante aquel
entendimiento peregrino, adornado con tantas galas sapienciales, se embotó y
apagó, y sólo el corazón, liquidándose y derritiéndose, funcionó activo.
—Soy cristiana—protestó sencillamente,
comprendiendo.
Corrió Trifón al pozo donde colmaban sus odres los
peregrinos que venían á consultarle; hizo remontar el cangilón que se rezumaba,
y tomando agua en el hueco de la mano, la derramó sobre la cabeza inclinada de
la virgen, profiriendo las palabras:
—En el nombre...
Aún no había descruzado las palmas Catalina, cuando
el solitario anunció:
—Vuelve mañana á la misma hora á la ermita. Allí
estará El.
—¿Y le pareceré hermosa?...
—Tan hermosa, que se desposará contigo.
Una corriente de beatitud recorrió las venas de
Catalina. El misterio empezaba á revelarse.{33} Platón
se lo había balbuceado al oído, y Cristo se lo mostraba resplandeciente.
—¿Qué debo hacer para agradar á mi Esposo,
Trifón?—interrogó sumisa.
—Hallar en él á la hermosura perfecta; en él y sólo
en él. Y si llega el caso, proclamarlo sin miedo. Ve en paz, Catalina
Alejandrina. Cuando vuelvas á ver á Trifón, será un día radiante para ti.
A paso tardo, la princesa regresó adonde aguardaba
su séquito. Extendidos los tapices, el refresco esperaba. Frutos sazonados y
golosinas con miel y especias tentaban el apetito. Ella picó un gajo de uvas,
sin sed.
—Refrescad vosotros... Todo es para vosotros...
Al balanceo de la litera se durmió con sueño de
niña, sin pesadillas ni calenturas. Aletargada, la trasladaron á su lecho de
cedro incrustado de preciosos metales. Al despertar, reconstituída por tan
gustoso dormir, su primera idea fué de inquietud. ¿Sería cierto que iba á ver
al Esposo? ¿La juzgaría hermosa ahora? ¿No proferiría, con igual
desdén que la vez primera, en aquella voz que rasgaba las telillas del alma: no
es hermosa, no la amo?
Por la tarde, vuelta á disfrazar, siguió la
conocida ruta. Las Esfinges, impenetrables, no crisparon sus uñas graníticas.
Su enigmática quietud no estremeció, cual otras veces, á la princesa, que las
suponía sabedoras y guardadoras del gran misterio. Ascendió ágilmente por la
espiral del Panoeum. Las rosas de Hathor{34} se
deshojaban, lánguidas del calor del día, y en el centro de un círculo de
mirtos, especie de glorieta, el dios lascivo se erguía en forma de hermes
obsceno, por el cual trepaba una hiedra. La leche y la miel de las ofrendas
tributadas por los devotos en libación goteaban aún á lo largo del cipo.
Catalina, que nunca había dado culto á los capripedes, ni á la Afrodita
libidinosa, sintió con violencia la náusea de aquel santuario, y se encontró
llena de menosprecio hacia los dioses carnales, y hasta superior á sus antiguos
númenes.
Apretó el paso para salir del Panoeum y refugiarse
en la ermita. Estaba desierta...
¡El penitente la había engañado! ¡Su Esposo no
venía!
Con la faz contra el suelo, en tono de arrullo y de
gemido, le llamó tiernamente.—Ven, ven, amado, que no sé resistir. Quien te ha
visto y no te tiene, no puede resignarse. Herida estoy, y no sé cómo. Se sale
de mí el alma para irse á tí...—Así se dolió Catalina, hasta que el sol se
puso. Cuando la rodeó la obscuridad, se desoló más. No se oía sino el
cantarcillo de una fuente cercana, donde solían bautizar ocultamente los
cristianos á sus neófitos. Al ser completas las tinieblas, alzó un momento los
ojos; fulguró una claridad dorada, y vió á la Mujer. Pero no la acompañaba el
garzón divino de los bucles color de dátil: traía de la mano á un pequeñuelo
que, impetuosamente, se arrojó á los brazos de la princesa, acariciándola. El
niño, eso sí, era un portento. En su{35} cabeza se
ensortijaba oro hilado y cardado. Su boquita de capullo gorjeaba esas ternezas
que cautivan, y sus labios frescos corrían por las mejillas de Catalina,
humedeciéndolas con una saliva aljofarada. Ella, trémula, no se atrevía á
responder á los halagos del infante. Entonces la Mujer avanzó, se interpuso, y
teniendo al niño en su regazo, cogió la mano derecha de Catalina y la unió á la
de él, en señal de desposorio. El niño, que asía un anillo refulgente, miraba á
su madre con inocente, encantadora indecisión. La madre guió la hoyosa manita,
y el anillo pasó al dedo de la novia. Terminada la ceremonia, el infante volvió
á colgarse del cuello de la princesa, á besarla halagüeño. Un deliquio se
apoderó de las potencias de Catalina y las dejó embargadas. El rapto duró un
segundo. La hija de Costo se encontraba sola otra vez.
Sin saber por qué, se alzó, echó á andar hacia la
ciudad. Palpitaban miriadas de estrellas en el firmamento terciopeloso y
sombrío; soplos cálidos ascendían de la tierra recocida por el asoleo. Y ni en
el Panoeum, donde otras noches parejas impuras surgían de entre los arbustos;
ni en la prolongada avenida, con su doble inquietadora fila de monstruos, cuyas
enormes sombras se prolongaban; ni en los muelles, cercanos á lupanares y
tabernas vinarias, encontró Catalina persona viviente. Caminaba como al través
de una ciudad abandonada por sus moradores.
En su lecho, la princesa concilió un sueño{36} aun más reparador y total que el de la noche
anterior. Uno de esos sueños, después de los cuales creemos haber nacido
nuevamente. La vida pasada se borra, el porvenir viene traído por la alegría
mañanera. Un rayo solar, dando á Catalina en los ojos, hizo centellear en su
dedo el anillo de las místicas nupcias.
*
* *
No había transcurrido mucho tiempo desde la
expedición de Catalina al desierto, cuando el César asociado Maximino el
Dacio,—residente en Alejandría porque en el reparto del Imperio entre Licinio,
Constantino y él, había correspondido Egipto á su jurisdicción—, celebró una
fiesta orgiástica. Asistieron á la cena altos personajes de la ciudad, tribunos
militares, poetas, sofistas, mozos alocados de la buena sociedad de entonces,
cortesanas y sacerdotisas de Hathor.
Después de las primeras libaciones, mientras
servían en copas de ágata el néctar de la Tenaida, ese vino de Coptos que
produce una exaltación entusiasta de los sentidos, preguntó el César qué se
contaba de nuevo en su capital; y el sofista Gnetes, cretense de nacimiento,
exclamó que era mala vergüenza que dejasen al divino Emperador tan atrasado de
noticias, sin saber que la princesa Catalina pertenecía ya á la inmunda secta
de los galileos.{37}
—¿Catalina, hija de Costo? ¿La hermosa, la
orgullosa?—se sorprendió Maximino.
—La misma. No conozco apostasía tan indigna, ¡oh,
César! Porque, en su culto á la belleza y á la ciencia, Catalina estaba
consagrada á la Atenea y al Kaleocrator. No ha renegado de ningún pequeño numen
campestre y familiar, sino de los grandes Dioses. Tú, divo—añadió afectando
rudeza—, que tanto entiendes de hermosura, pues nos enseñas hasta á los
estudiosos, estás obligado á informarte de lo que haya de cierto en este rumor.
Las divinidades altas te tienen encomendada su defensa.
Intrigaba así Gnetes, porque más de una vez había
envidiado amarillamente la sabiduría de la princesa, y aunque feo y medio
corcovado, la suposición de lo que sería la posesión de Catalina le había
desvelado en su sórdido cubículo. Por otra parte, todos los conmilitones de
Maximino le pinchaban y excitaban contra los galileos, pues habiendo llegado á
ser uno de los placeres y deportes imperiales el presenciar suplicios, si no se
utilizaba á los nazarenos para este fin, podría darle á César el antojo de ensayar
con algún amigo y convidado. Los martirios eran más divertidos que las luchas
de la arena, y cuando se trata de una altiva beldad, hay la contingencia de
poder verla, arrancadas sus ropas á girones por el verdugo...
Maximino quedaba silencioso, reflexionando. Pensaba
en Catalina; no tanto en su belleza, como en su fama de ciencia y de exquisitez
en la vida, y en su energía y resolución,{38} dotes
que la hacían curiosa y deseable. Acordábase de la historia de la perla que fué
de Cleopatra, y de las probables aspiraciones de Catalina á encarnar el
sentimiento patriótico de los egipcios. Y acudían á su mente las noticias de
los tesoros de Costo, de sus simpatías entre los serapistas, de sus continuos
viajes á provincias lejanas, donde tal vez conspirase contra los emperadores
asociados. Todo esto lo confirió consigo mismo, sin dignarse contestar al
chismoso pinchazo del sofista. Habían hecho irrupción en la sala del festín las
bailarinas con sus crótalos y sus túnicas sutiles de gasa, y se escanciaban ya
otros vinos: el de Mareotis, aromoso; los de Grecia, sazonados con pez; los de
Italia, alegres y espumantes. Una hora después, el César, en voz incierta,
llamaba á su confidente Hipermio, y le daba una orden. Hipermio se encogía de
hombros. Tenía establecido el propio Maximino que no se obedeciesen las
disposiciones que pudiese adoptar en la mesa, mientras el espíritu de la vid
corría por sus venas y tupía con vapores su cerebro.
A la mañana siguiente, el César repitió la orden.
Tenía ya despejada la cabeza, aunque dolorido el cuero cabelludo y revuelto el
estómago. Un tedio entumecedor le abrumaba, y, como sufría, no le era
desagradable la perspectiva de hacer sufrir. Sin embargo, bajo el instinto
cruel latía un designio político, dictado por el continuo recelo que le
infundía la ambición firme y consciente del temible Constantino, su socio.{39}
—Redacta—ordenó á su secretario—un edicto para que
sean ofrecidos sacrificios públicos á los Dioses. Es preciso que vayan
extinguiéndose las viejas supersticiones egipcias, y atarles corto á los
adoradores del Galileo, que andan envalentonados y nos desafían. Que sepan que
Alejandría pertenece á Maximino.
—¡A quien Jove otorgue el imperio entero!—deseó
Hipermio, que estaba presente y conocía lo que soñaba César.
—¿No te di anoche esta orden misma?
—Sí, Augusto; pero ya sabes...
Maximino frunció el ceño, y, secamente, pronunció
la fórmula:
—¡Cúmplase!
En todas las esquinas de las calles, en medio de
las plazas, se elevaron altares enramados de hiedra y flores, donde se
degollaban con aparato becerras, cabras, novillos y hasta cerdos. Los
sacrificadores y los hierofantes andaban atareadísimos. Parte del pueblo se
regocijaba, porque, además de la perspectiva de los cristianos que se negarían
á sacrificar y serían torturados, se celebraban ya todas las noches, en el
Panoeum, priápeas sacras, y las sacerdotisas, representando ninfas, y los
sacerdotes, envueltos en pieles de chivo, daban el ejemplo de torpezas que
divertían á la gentuza. Sin embargo, no pocos fieles á Serapis y á la gran Isis
veían con reprobación estas mascaradas repugnantes, y los cristianos,
horrorizados, anunciaban fuego del cielo sobre la ciudad. Muchos, sin miedo,
resistían el sacrificio,{40} ó pasaban erguidos sin
dar señal de respeto á los númenes; y las cárceles empezaron á abarrotarse de
presos. El César sentía la falta de unidad: tres Alejandrías, en vez de una
Roma, le preocupaban. ¿Irían á sublevársele? Ordenó que se soltase á la mayor
parte de los encarcelados, y preguntó ansiosamente:
—¿Y la princesa Catalina? ¿Cumple el decreto?
—No, Augusto—satisfizo Hipermio—. Delante de su
palacio no hay altar, á pesar de que se le ordenó que lo construyese, con la
riqueza que tan espléndida morada exige.
—Es preciso que hoy mismo se me presenten aquí ella
y su padre.
—César..., en cuanto á su padre, no creo que pueda
ser acatado tan pronto tu mandato, porque se ha ausentado, nadie sabe adónde,
después de decir que, aun cuando sus creencias son las del antiguo Egipto,
gustoso sacrificaría á Apolo, porque le considera igual á Osiris, y, como él,
representa el principio fecundador. La que se ha negado resueltamente es la
princesa.
—¿Se ha negado, eh? Pues que sea conducida aquí.
Deseo hablar con ella y cerciorarme de que su alto ingenio no la ha librado de
caer en las supersticiones del populacho judío.
Cuando entró Catalina en la magnífica sala
peristila donde el César daba sus audiencias, él la contempló, como se mira la
joya que se codicia, sin atreverse á echarle mano aún. Venía la hija de Costo
regiamente ataviada: su túnica{41} sérica, del azul
de las plumas del pavo real, estaba recamada de gruesos peridotos verdes y
diamantes labrados, como entonces se labraban, en la forma llamada tabla.
Sus pliegues majestuosos realzaban la figura dianesca, lanzal y erguida, que,
lejos de inclinarse humilde y bajar los ojos como la mayoría de las cristianas,
se enhiestaba con la altiva nobleza del que se siente superior, no sólo á la
vida común, sino al común destino. La inteligencia destellaba en la blanca y
espaciosa frente, en los verdes dominadores ojos, en la boca grave, pronta á
dejar efluir la sabiduría. Sobre el reducido escote, pendiente de la garganta
torneada, la célebre perla de Cleopatra Lagida tiembla, pinjante, sostenida por
un hilo delgado de oro. Una diadema sin florones, toda incrustada de pedrería,
semejante á las que más tarde lucieron las emperatrices de Bizancio, recuerda
la alta categoría de la princesa. Un velo de gasa violeta pende del atributo
regio y cae hasta el borde del ropaje. Su calzado, de cuero árabe con hebillaje
de plata, cruje armoniosamente á la euritmia del andar.
—César, aquí estoy. Deseo saber por qué me llamas.
Maximino, indeciso, señaló á un escaño. Catalina
recogió su velo, se envolvió en él y se sentó tranquila.
—Me han dicho, princesa, que te has hecho galilea
hace poco tiempo.
—Te engañaron, emperador...—Después de breve
pausa.—Yo era cristiana ya, desde hace{42} años. Lo
era por mis ideas platónicas, por mi desprecio de la sensualidad y la
brutalidad. Era cristiana porque amaba la Belleza... En fin, Augusto, creo que
te aburriría si te expusiese teorías filosóficas. Espero tus órdenes para
retirarme.
—No soy tan docto como tú, princesa—ironizó el
César, mortificado—, pero sé que, cuando se está bajo las leyes de un Imperio,
hay que acatarlas, porque de la obediencia á la ley nacen el orden y la fuerza
del Estado. Cuanto más elevadas sean las personas, más estrecho es el deber
para ellas. Y, con toda tu ciencia y tu erudición, hoy, delante de mí,
sacrificarás una primorosa becerra blanca.
—Maximino—se afianzó ella, arreglando los pliegues
del velillo—, yo, en principio, no me niego á nada que mi razón apruebe.
Supongo que esto te parecerá muy justo. Convénceme de que Apolo y la Demeter
son verdaderos Dioses y no símbolos del Sol, de la Tierra, de cosas
materiales... y sacrificaré.
—Catalina—insistió Maximino—, ya te he dicho que no
soy un retórico ni un sofista, y no he aprendido á retorcer argumentos. El
combate sería desigual.
—No se trata de ti ¡oh, Augusto! Te respeto,
créelo, tal cual eres. Me ofrezco á discutir, á presencia tuya, con cuantos
filósofos te plazca. Si les venzo, César..., ¡prométeme que adorarás á Cristo!
Hazlo, ¡oh, Dacio!, si quieres reinar largos años y morir en tu lecho.
—Convenido, Catalina. ¡Tú igualarás á Palas{43} Atenea, pero algún sabio habrá en el orbe que
sepa más que tú!
—Sabe más que todos Aquel que llevo en el corazón.
—¡Dichoso él!—Y la sonrisa del César fué atrevida,
mientras eran galantes y rendidas sus palabras.
El amor propio envenenaba, en el alma de Maximino,
la flecha repentina del deseo humano. Hijo de un obscuro pastor de Tracia,
siempre le había molestado ser ignorante. Quisiera poseer la inspiración
artística de Nerón, la filosofía de Marco Aurelio, la destreza política de
Constantino. Despachó correos que avisaron en Roma, Grecia, Galilea y otras
apartadas regiones á los retóricos y ergotistas famosos. La recompensa sería
pingüe.
Y fueron llegando. Los más venían harapientos,
cubiertos de mugre y roña, y hubo que darles un baño y librarles de parásitos
antes de que el César los viese. En cambio, dos ó tres latinos drapeaban bien
sus mantos cortos y alzaban la limpia testa calva, perfumada con esencia de
rosa. Unos habían heredado el arte sutil de Gorgias y Protágoras, otros
guardaban celosos el culto del Peripato, la mayoría estaba empapada en Platón y
Filón, y no faltaban adeptos del antiguo cinismo, la doctrina que pretende que
de nada humano debe avergonzarse el hombre. Al saber que se les convocaba para
justar con una princesa virgen y encantadora, alguno se enfurruñó temiendo
burla, pero el mayor número se alborozó y se dejó aromar la{44} barba
gris y ungir la rasposa piel. La opinión de Alejandría empezaba á imponérseles,
pues en la ciudad, por tradición, se creía que la mujer es muy capaz de
discurso.
El día señalado para el certamen, Maximino hizo
elevar el solio en el patio más amplio de su morada, y mandó tender velarios de
púrpura y traer copia de escaños. El sillón de Catalina estaba enflorecido, y
pebeteros de plata esparcían un humo suave. El César, galante, se prometía una
fiesta que distrajese su tedio, y una querida á quien sería grato domeñar.
Porqué, seguro de la derrota de la doncella, proyectaba vengarse con venganza
sabrosa.
Antes de que se presentase el Augusto, los sabios
se alinearon á la izquierda del trono; ocupó su puesto la guardia pretoriana;
se dió entrada al pueblo, contenido por una balaustrada de bronce, y por la
puerta central apareció el César, trayendo á Catalina de la mano. Se oyó ese
murmullo de admiración, que resonaba entonces como ahora. Catalina no debía de
ser de la secta galilea, cuando no había renunciado á su fastuoso vestir.
Quizás para dar mayor solemnidad á su pública confesión de la fe, venía más ricamente
ataviada que nunca, surcada por ríos de perlas, que se derramaban por su túnica
blanca con realces argentinos, como espumas de un agua pálida. Su velo también
era blanco, y coronaba su frente ancho aro todo cuajado de inestimables barekets ó
esmeraldas orientales, traídas del alto Egipto, cerca{45} del
Mar Rojo, donde, según la leyenda, las habían extraído los Arimaspes pigmeos,
luchando con los feroces grifos que las custodiaban en las entrañas de la
tierra. Lucía en su garganta la perla de la reina de Egipto, y al pecho, la
Cruz. Los ojos imperiosos y serenos de Catalina, más lumbrosos y glaucos que
las esmeraldas, recorrían el concurso, queriendo adivinar quién de aquellos,
herido por el dardo de la gracia, iba á seguirla hacia Jesús. Y su mirada de
agua profunda parecía elegir, señalando para el martirio y la gloria.
Antes de empezar la disputa, se esperaba la orden
del emperador. Maximino alzó la mano. Y salió primero á la palestra aquel
envidioso Gnetes, el denunciador de Catalina.
Habló con la malicia del que conoce el pasado del
adversario, y lo aprovecha. Recordó á Catalina su culto de la Hermosura, y
alegó que la forma es superior á todo. Insinuó que la princesa, idólatra de la
forma, buscaba en las líneas de los esclavos las semejanzas de los Dioses. Esta
fué una untura de calumnia que preparó el terreno para que la hija de Costo
resbalase. Un murmullo picaresco zigzagueó al través de la concurrencia; varios
cristianos, que entre ella habían tomado puesto, fruncieron las cejas, indignados.
Gnetes, en un período brillante, increpó á Catalina por haberse apartado del
culto de Apolo Kaleocrator, árbitro inmortal de la estética, padre del arte,
que sobrevive á las generaciones y las hechiza eternamente. Y en arranque
oratorio, señaló á la{46} blanca estatua del Numen,
un mancebo desnudo, coronado de rayos.
Catalina se levantó á refutar brevemente. Ella, que
siempre había profesado la adoración de la Belleza, ahora la conocía en su
esencia suprasensible. No desdeñaba al simulacro apolínico, pero sabía que
Apolo Helios era el Sol, mero luminar de la tierra, criatura de Dios,
perecedero y corruptible como toda criatura. Si el mito solar tenía otras
infames representaciones en las procesiones itifálicas, al menos la de Apolo
era artística, era lo noble, lo sublime de la estructura humana. En este
sentido, Catalina no estaba á mal con el Numen.
Los sabios cuchichearon. No podían, bastantes de
ellos, desconocer ni negar la doctrina platónica. En la conciencia filosófica
el paganismo oficial era cosa muerta. Pero en el gentío, los paganos gruñían
con terror maquinal:—¡Ha blasfemado del divino Arquero!
Gnetes, sin embargo, no acertaba á replicar. En el
fondo de su alma él tampoco creía en el numen de Apolo, aunque sí en su
apariencia seductora y en la energía de sus rayos. Y la verdad, subiéndosele á
la garganta, le atascaba la voz en la nuez para discutir. Empavorecido,
reflexionaba:—¿Acaso pienso yo enteramente como Catalina?—Y se propuso
disimularlo, fingiendo indignación ante la blasfemia.
Salía ya á contender el egipcio Necepso, empapado
en Filón y Plotino, y cuya fama emulaba á la de Porfirio, el que había
publicado los Tratados del maestro. Ocurrió entonces algo{47} singular: Catalina solicitó permiso para
adelantarse á los razonamientos de Necepso, y tomando la ofensiva expuso las
mismas teorías del filósofo, encontrando en ellas plena confirmación del
cristianismo. Limitándose á atenerse á las enseñanzas de Plotino, mostró á este
insigne pensador desenvolviendo la idea de la Trinidad, de la divina
hipóstasis, en que el Hijo es el Verbo; y expuso su doctrina de que el alma
humana retorna á su foco celestial por medio del éxtasis y de la contemplación.
—Tú, como yo, Necepso—urgía Catalina—; tú,
discípulo de Plotino, has sido cristiano ignorando que lo eras. Por la medula
con que te nutriste vendrás á Cristo, pues el entendimiento que ve la luz ya no
puede dejar de bañarse en ella.
Al hablar así, bajo el reflejo del velario
purpúreo, se dijera que envolvía á la princesa un fluido luminoso, que una
hoguera clara ardía detrás de sus albas vestiduras. Maximino la miraba,
fascinado. ¡No, no era fría ni severa como la ciencia la virgen alejandrina!
¡Cómo expresaría el amor! ¡Cómo lo sentiría! ¿Qué pretendían de ella los
impertinentes de los filósofos? Lo único acertado sería llevársela consigo á
las cámaras secretas, frescas, solitarias del palacio imperial, donde pieles
densas de salvajinas mullen los tálamos anchos de maderas bien olientes.
Necepso, entretanto, se rendía.—Si el cristianismo
es lo que enseñó Plotino, cristiano{48} soy—confesaba—.
Catalina se acercó á él, sonriente, fraternal.
—Cristo te coge la palabra... Acuérdate de que le
perteneces... Ora por mí cuando llegues á su lado...
Ya un centurión ponía la mano dura y atezada sobre
el hombro del egipcio y le arrastraba hacia el altar de Apolo, ante el cual un
viejo de barbas venerables, coronado de laurel, columpiaba el incensario y se
lo brindaba á Necepso. A la señal negativa de éste, dos soldados le amarraron y
le llevaron fuera, á la prisión. Terminada la disputa pública, se cumpliría el
edicto. Necepso sería azotado en la plaza hasta que se descubriese al vivo la
blancura de sus huesos.
Proseguía el certamen, pero el caso de Necepso
había difundido cierta alarma entre los sabios. Unos temían ponerse en ridículo
si eran vencidos por una mujer; otros temblaban por su pellejo si no acertaban
á rebatir y pulverizar á la docta Catalina, ducha en la gimnasia de la palabra
y recia en el raciocinio. Algunos, al contemplarla, olvidaban los argumentos
que tenían preparados. Ninguno deseaba entrar en turno de pelea. Lo que
hicieron varios fué—sin atacar á la princesa ni al cristianismo—desarrollar sus
teorías y exponer la doctrina de sus maestros. Y desfilaron los tanteos de la
razón humana para descubrir la ley de la creación y la que rige el mundo moral.
Amasis, que venía de Persia impregnado de doctrinas induas, encomió la piedad
con todos{49} los seres, pues en todos hay algo de
Dios; y Catalina le demostró que la caridad cristiana amansa al alacrán y le
hace hermano menor nuestro. Un partidario de Zoroastro habló de Arimanes y
Ormuz, principios del mal y del bien, y de su eterna lucha; y la princesa
describió á Cristo, sobre la montaña del ayuno, venciendo al demonio. Un
filósofo que se había internado más allá de las cordilleras del Tibet, en busca
de sabiduría ignorada, puso en las nubes á cierto varón venerable llamado
Kungsee ó Confucio, muy anterior á Cristo, que profesó altas doctrinas de
justicia y moralidad, y ordenó que se ayudasen mutuamente los hombres; y la
virgen, que conocía bien á Confucio, recordó sus máximas, probando que su
sistema no pasaba de ser un materialismo limitado y secatón. Y un hebreo,
procedente de Palestina, de la secta de los Esenios, en arranque invencible de
sinceridad, gritó volviéndose hacia el concurso:—Rabí Jesuá-ben-Yusuf, que era
santo, se ha reducido á completar la admirable doctrina humanitaria de nuestro
gran Hillel. No hagas á otros lo que no quieras que te hagan á ti. He aquí la
verdad, y esto no tiene refutación posible.—Catalina asintió con la cabeza.
La concurrencia espumarajeaba y hervía como mar
revuelto. El triunfo de la hija de Costo era visible. Los cristianos, entre el
hervidero, se estrechaban la mano á hurtadillas. Los serapistas,
patrióticamente, se regocijaban del revuelco á los númenes extranjeros. Aún{50} faltaban los sofistas griegos, muy numerosos;
pero hallaban el terreno mal preparado. Expuestas en aquella solemne ocasión,
sus ideas sobrado simplistas, ó rebuscadas y retorcidas, insólitas, sin
ambiente en Alejandría, parecían bichos deformes que salen de su guarida á
calentarse en la solanera. Habituados bastantes de los que escuchaban á
elevadas metafísicas, fruncían el entrecejo y castañeteaban los dedos en señal
de menosprecio al oir que un discípulo de Tales salía con la antigualla de que
la substancia universal es análoga al agua, y uno de Anaxímenes se desgañitaba
afirmando que era idéntica al aire, y otro de Heráclito sostenía que cada cosa
es y no es, y el de Anaxágoras repetía que todo está en todo. Algo hastiados ya
de la prolongación de la disputa, hirieron impacientes el pavimento de mármol
con los pies, cuando un pitagórico adelantó que los números son la única
realidad, y un eleático sostuvo que el todo está inmóvil; que el movimiento no
existe. Un secuaz de Gorgias llegó más allá, aseverando que no existe cosa
ninguna. Y sólo se escuchó con señales de aprobación á un mancebo ateniense, el
único mozo entre los mantenedores del certamen. Su habla era grave y dulce; sus
facciones poseían la regularidad de las testas heroicas, en los camafeos.
Seguro de sí mismo, con labio untado de ática melosidad, habló de Sócrates, del
excelso mártir, y encareció su enseñanza y su vida. Recordó que Sócrates había
demostrado la existencia de Dios y su providencia; y que, después{51} de proclamar la ley moral, por no renegar de ella
había muerto. Trazó el cuadro de aquella muerte ejemplarísima, y describió al
justo, tranquilo, entreteniendo en conversaciones sublimes los treinta días que
tardó en regresar la fatal galera, nuncio de su última hora, y la calma augusta
con que bebió la verde papilla ponzoñosa, seguro de legar la energía de su vida
interior al género humano. Catalina escuchaba estremecida de inspiración,
radiante de ardorosa simpatía. Por primera vez, durante todo el certamen, el
escalofrío de la belleza moral la estremecía de entusiasmo. ¡Sócrates! Uno de
sus antiguos cultos... Sin embargo, su espíritu de análisis agudo, penetrador,
surgió en la réplica. Rehaciendo la biografía del amigo de Aspasia, la comparó
á la de Cristo. Sócrates, en su mocedad, había sido escultor, y nunca perdió la
afición á la perecedera belleza de la forma. Al extravío del mundo pagano, á lo
nefario que clama por fuego del cielo, no había sido tal vez ajeno Sócrates. Su
noble alma no había sabido elevarse sobre el sentido naturalista de lo que le
rodeaba. ¡Oh, si Sócrates hubiese podido conocer á Cristo, llorar con él,
seguir sus pies evangelizantes! Y, transportada, exclamaba la princesa:—¡Habrá
muerto Sócrates como un justo; pero Cristo, mi Señor y el tuyo y el de cuantos
quieren tener alas, murió cual sólo los Dioses pueden morir!
El ateniense bebía las palabras de la filósofa. Sin
analizar lo que hubiese de verdad en sus afirmaciones, las sentía hincarse en
su espíritu{52} como cortantes cuchillos de oro.
Atraído, salió del lugar que le correspondía y se aproximó, juntando y alzando
las manos lo mismo que si implorase á las Divinidades implacables y terribles.
Catalina le enviaba la irradiación de mar misterioso y de hondas aguas de sus
pupilas, y adelantaba hacia él, murmurando:
—¡Cristo es tu Dios, amado hermano; Cristo te ha
sellado con su sangre de fuego!
Maximino, colérico, dió una orden. El mancebo, con
sencilla firmeza, hizo señales negativas al requerimiento de incensar. No
estaba aún del todo seguro de adorar á Cristo, pero ansiaba, ante la princesa,
realizar también él algo bello, con desprecio de las miserias de la carne. Le
ataron como á Necepso, y le sacaron fuera. Mientras pudo, volvió la cabeza para
mirar á su vencedora.
No extinguido aún el rumoreo intenso, el abejorreo
de emoción en el auditorio, salieron á plaza los moralistas prácticos y los
ironistas, que atacaron á los cristianos burlándose de sus ritos, costumbres y
creencias. Mal informados, ó con podrida intención, propalaban especies
absurdas. Uno emitió que en las Asambleas de los galileos se adoraba una cabeza
de jumento, y otro relataba, lo propio que si los hubiese visto, ciertos
conciliábulos de galileos y galileas, donde, apagadas las luces, se cometían torpezas
indescriptibles. No faltó quien fustigase la cobardía de los cristianos, que se
negaban á formar parte del ejército; y un bufón, con chanzoneteo burdo, juró
que sólo los esclavos{53} podían profesar una
religión que manda besar el suelo y postrarnos ante quien nos apalea. El
concurso, ya perdido el respeto á la presencia del César, se alborotó,
descontento del giro bajuno y soez que tomaba la discusión. Los alejandrinos,
hechos á la controversia, golosos de buen decir y de sutilezas brillantes,
protestaban. Así es que cuando Catalina—también irónica, cubriendo la espada de
su indignación bajo su bordado velo virginal—les acribilló con burlas
elegantes, con centelleos de ingenio, con sátiras que tenían la gracia
juguetona del acero de Apolo al desollar al sátiro hediondo y chotuno—ya no se
contuvieron los oyentes, y sus aclamaciones sancionaron la victoria de la
princesa.—¡Salud, salud á Catalina!—se oía repetir—. Y los cristianos,
envalentonados, enloquecidos—añadían:—¡Salve, doctora, maestra, confesora! ¡La
Santa Trinidad sea contigo!—Algunos de los procos, que en primera fila
esperaban la derrota de su orgullosa pretendida, acababan por contagiarse, y
pugnaban contra la valla de bronce, ansiando sacar en triunfo á Catalina, en
hombros, entre vítores.
El emperador, de quien nadie se acordaba, alzó el
pesado cetro. Era la señal de que la prueba había terminado, y la orden para
que la guardia despejase el recinto. Descendió Maximino los peldaños del
estrado, tomó de la mano á la princesa, y por la puerta del fondo la hizo
entrar en el palacio, llevándola hasta una sala interior. El séquito,
respetuoso, se había{54} quedado atrás. El César
convidó á Catalina á sentarse en el sillón leonino, á cuyo alrededor despojos
de pantera y tapices de plumas emblandecían el pisar. Dió luego una palmada, y
esclavos silenciosos trajeron hielo, frutas, cráteras de vinos viejos y una
composición de anís, azafrán y zumos de plantas fortalecedoras, especie de
cordial que Maximino usaba cuando se sentía exhausto.
—Bebe, princesa—dijo rendidamente, permaneciendo en
pie ante la hija de Costo—. Las fuerzas humanas tienen un límite. Yo te veía, y
me parecías cervatilla blanca resistiendo á las dentelladas de los canes. Te he
admirado, y reconozco que derrotaste á los sabios del mundo entero. Eres
fuerte, eres docta, y, sin embargo, no desconoces la virtud del donaire, por la
cual se esparce el alma. Catalina, el emperador se inclina ante tu
entendimiento portentoso y tu encanto que trastorna como este vino de la Mareótida
que te ofrezco.
Por hacer mesura, Catalina humedeció en la copa sus
labios.
—No estoy cansada, César. Estoy alegre y mis pies
se despegan del suelo. He vencido.
—Has vencido—replicó él con embeleso, libando á su
vez en la copa por ella empezada—. No cabe negarlo.
—Tres conquistas, por lo menos, he hecho para
Cristo. Necepso, el socrático ateniense, y... y tú. Porque no habrás olvidado
nuestro convenio. Y ante todo, que Necepso y el discípulo de Sócrates no sean
llevados al suplicio.{55}
—Oye, Catalina...—Maximino acercó un escaño y se
llegó al velador de ágata, que soportaba el refresco—. Escúchame, que en ello
nos va mucho á los dos.
Catalina apoyó el codo en la mesilla y en la palma
de la mano la cabeza, aureolada de esmeraldas. Maximino comprendió que le
atendían religiosamente.
—Tú, princesa, puedes prestar servicio incalculable
á ese Numen que adoras. Un servicio que todas las generaciones recordarían,
hasta el último día de la especie humana. Para que confíes en mí, he de abrirte
mi pecho. Descreo de nuestros Dioses. Acaso en algún tiempo tendrían fuerza y
virtud; pero ahora noto en ellos signos de caducidad. Los oráculos chochean. Yo
he consultado las entrañas de las víctimas, y ó mienten ó inducen á error. Los
del Galileo sois muchos ya, Catalina; sois más de los que creéis vosotros;
advenís. El que se apoye en vosotros, podrá afianzar el poder imperial
completo, como en los tiempos gloriosos de Roma.
La virgen escuchaba, con todas sus facultades,
interesadísima.
—Catalina, cuando te miraba ayer, pensaba en tu
forma, en las apretadas nieves de tu busto, en el aroma de tu cabellera. Hoy
pienso en que eres fuerte y sabia y en que el hombre á quien recibas puede
descansar en ti para la voluntad y el consejo. Yo tengo momentos en que me
siento capaz de adueñarme del mundo; pero, según Helios avanza en su carrera,
desfallezco{56} y anego mis ansias de engrandecerme
en el vicio y en la sensualidad. Necesito un sostén, una mano amada que me
guíe. Mi socio Constantino está fortalecido por el apoyo de su madre. Yo no
tengo á nadie; á mi alrededor hierven los traidores, que si les conviene me
apuñalarán ó me ahogarán en el baño. Desconfío de todos, porque conozco sus
vicios, iguales á los míos. Tú eres incapaz de felonía. Unido á ti seré otro;
recobraré la totalidad del poder que hoy reparto con Licinio, el árbitro de
Oriente, y Constantino, el hijo de la ventera, á quien aborrezco. ¡Y,
ejerciendo ya el poder sumo, extinguiré la persecución, toleraré vuestros
ritos, como hace él, que es ladino y ve á distancia! Hasta tomaré la iniciativa
de que se le erija al Profeta de Judea un templo tan esplendoroso como el
Serapión. Tú pondrás la primera piedra con tus marfileñas manos. Y si quieres
más, más todavía. Dicen que para ser de los vuestros hay que recibir un chorro
de agua pura en la cabeza. No quedará por eso. ¿Ves adónde llego, Catalina?
¿Ves cuál servicio se te ofrece ocasión de rendir á tu Numen y á los que como
tú siguen su ley? ¿No es esto mejor que sufrir por él la centésima vez, sin
eficacia, garfios y potro?»
—En Dios y en mi ánima juro—no pudo reprimirse más
Polilla, que no se desahogaba lo bastante con garatusas y balanceos de
cabeza—que su Majestad don Maximino era en el fondo buena persona, y hablaba
como un libro de los que hablan bien. Ya verán ustedes cómo{57} su
Alteza doña Catalina va á salir por alguna bobaliconería, porque estas mártires
no oyen razones...
»Catalina, un momento, suspendió la respuesta. Se
recogía, luchaba con la tentación poderosa, ardiente. Su ancha inteligencia
comprendía la importancia de la proposición. Más de tres siglos heroicos habían
madurado y sazonado al cristianismo para la victoria, y acaso era el momento de
que se atajase la sangre y cesasen las torturas. La lucha continuaría, pero en
otras condiciones, y Catalina se veía á sí misma en una cátedra, en la abierta
plaza pública, enseñando la verdad, confundiendo herejías, errores, supersticiones
y torpezas; ó en el solio, cobijando bajo su manto de Augusta á los pobres, á
los humildes, á los creyentes, á los antiguos mártires que saldrían del
desierto ó de la ergástula á fin de que sus heridas por Cristo fuesen veneradas
por la nueva generación de cristianos ya victoriosos y felices... En el ensueño
íntimo de Catalina surgía el templo á Jesús Salvador, doblemente magnífico que
el Serapion,—del cual se decía que estaba colgado en el aire, y en cuya sala
fúnebre subterránea yacían los restos del blanco buey idolatrado.—Acaso fuese
posible purificar el mismo Serapion, expulsar de allí al numen bovino y elevar
en su cima la Cruz. Una palabra de Catalina conseguiría todo eso. Por ella, el
César cristianizaría al Imperio inmenso, y, realizándose las profecías,
confesaría al Señor toda lengua y le rendiría culto toda gente, desde las{58} frígidas comarcas de Scitia hasta los arenales
líbicos. ¿Quién impedía?...
Lo impedía un anillo, que un niño había ceñido á su
dedo, y una especie de latido musical, que allá dentro, más adentro del mismo
corazón, repetía, lento, suave, como una caricia celeste:
—Eres hermosa... Te amo... Eres mía, mía...
—Maximino...—articuló pausadamente—, me avengo
gustosa á lo que me ofreces: seré tu consejera, tu amiga, tu hermana, tu socia.
Pero... en cuanto á ser tu mujer... tengo dueño, y dueño tan dulce y tan
terrible, que no me permitirá la infidelidad. Tengo Esposo...—Y, moviendo el
dedo, hizo fulgir el anillo.
—¿Te burlas, princesa? Haces mal, porque Maximino
te ha hablado como nunca volverá á hablar á nadie. ¿Acaso no eres virgen?
—Virgen soy y seré.
—Serás mi emperatriz. Ya te he dicho que por ti iré
hacia tu Profeta crucificado. Mil veces he sentido que los dioses de Roma no me
satisfacen. Quizás prefiero á Serapis. Preferiré, sin embargo, al tuyo. Pero
tráeme la fe entre tus labios. La suma verdad está en lo que amamos, en lo que
exalta en nosotros la felicidad. ¿Otro sorbo, princesa?
—César...—insistió ella rechazando la copa—no sé si
me creerás; yo, aunque tengo dueño, te amo también á ti; amo á tu pobre alma
obscura que ha entrevisto un rayo de claridad y vuelve á cegar ahora. Líbrate
de la horrible{59} suerte que te aguarda. Tu
porvenir depende de tu resolución. No pasará mucho tiempo sin que Cristo tenga
altares y basílicas en el Imperio y en toda la tierra. El emperador que realice
esta transformación vivirá y vencerá, y su nombre llenará los siglos. El que se
oponga, no morirá en su lecho, y acaso morirá de su propia mano. ¡Cuidado,
Maximino! La suerte va á echarse. Conviértete, pide el agua—, pero sin exigirme
nada, sin disputarle á Jesús su prometida. He sido tentada, pero resistiré.
Maximino palideció de cólera. Decadente hasta en la
pasión, no tenía ni el arranque brutal necesario para estrechar á la princesa
con brazos férreos, para estrujarla con ímpetu de fiera que clava las garras,
hinca los dientes y devora el resuello de su presa moribunda. Un vergonzoso
temblor, un desmayo de la voluntad lacia y sin nervio le incitaba á la
crueldad, á la venganza de los débiles y miserables.
—Basta, princesa; no te disputo ya al Esposo
imaginario á quien llamas é invocas. No soy un faenero del muelle, ni un
soldado de la hueste tracia, y no te amarraré con soga á un lecho de encina,
para ultrajar tu escultura maravillosa. A Maximino también se le alcanza algo
de exquisiteces, sobre todo cuando no ha sepultado su razón maldita en el jugo
de las vides y en el peligroso hondón de las ánforas. Has visto á un Maximino
Daya que sólo existió para ti. Respeto en ti, ¡oh, Catalina!, el mismo respeto
con que te hice proposiciones: respeto tu zona virgínea, tu anillo milagroso de
desposada.{60} Pero respeto también la ley, y he de
cumplirla.
Palmoteó tres veces. Algunos hombres de su guardia
se presentaron.
—Que vengan los sacerdotes de Apolo. La princesa
tiene que incensar al Numen. Si no obedece á la ley, que sufra su peso.
*
* *
Catalina, penetrada de gozo repentino, segura ya de
su ruta, se enderezó y se envolvió, erguida y altanera, en el albo y argentado
velo. El César se retiraba poco á poco; en el incierto avance de sus piernas se
descubría la indecisión del ánimo. Una exclamación compasiva de la virgen
espoleó su vanidad. Encogióse de hombros; hizo con la siniestra el ademán del
que arroja algo lejos de sí y se alejó á paso activo, desigual, airado. Minutos
después dió órdenes. Aquella noche, festín. Y los mejores vinos, y las
saltatrices y meretrices más expertas.
Entre los sacerdotes, que todavía la trataban con
sumisa cortesía, Catalina volvió al extenso patio, en cuyo costado se erguía la
imagen del Dios. La organización estética de la naturaleza de Catalina se
reveló en su actitud ante el simulacro. Generalmente, los cristianos, al
encararse con las efigies de los Dioses de la gentilidad, hacían gestos de
repulsión y reprobación. Entonces como ahora, existían los incomprensivos y los
que comprenden con finura.{61} La princesa no
apartó los ojos, antes al contrario, pareció admirar breves momentos la obra
maestra de Praxíteles, considerando que aquella escultura era nobilísima
representación del cuerpo humano, hecho á imagen y semejanza del Creador y bajo
cuya envoltura se ocultó y padeció la divinidad de Cristo.
El hijo de Latona, airoso, cercada la sien por la
artística maraña de sus rizos grandiosamente ensortijados; avanzando un pie de
corte tan elegante, curvado y prolongado, que se diría que hollaba nubes, en
vez del mármol rojo del pedestal, empuñaba con la diestra el Arco de plata, y
con la siniestra echaba atrás el manto de armoniosos pliegues, que una fibula
sujetaba al hombro. Profirió Catalina algunas frases de elogio y aun de
simpatía. ¿No era aquél el símbolo de la más perfecta y maravillosa de las criaturas,
del Sol que fecundiza los campos y sazona la mies, que da el pan del cual viven
los hombres, alabando al Señor y disfrutando de los sabores sanos de la vida?
Mas no lo entendió así el viejo pontífice de
Helios, que tendió á la princesa la cazoleta humeante. Ella la rechazó
suavemente, sin indignación ni menosprecio. El pontífice no podía elevarse á la
interpretación científica del mito solar: ¡era un sacerdote ritualista; una
fórmula, el incienso... y, si no, la muerte! Y tres veces hizo Catalina con la
mano el gesto que la sentenciaba; el gesto con el cual se despedía de su
mocedad en flor, de su existencia inimitable, de sus estudios elevados que
aristocratizan el{62} pensamiento; del arte, de la
belleza visible y gaya y varia, presente en el arbusto odorífero y en la
cincelada copa...
—A tí voy, ¡oh hermosura incorruptible! ¡Dulce
dueño, voy á ti!
La retiraron del patio y la encerraron, no en
hórrida mazmorra, sino en una estancia pequeña, sin ventanas, contigua al
cuerpo de guardia, por precaución de que los cristianos, alborotándose,
intentasen darla libertad. Y el pontífice convocó á los sacerdotes y á algunos
funcionarios y aun sabandijas del palacio, como aquel sofista Gnetes, primer
derrotado en la liza filosófica; y reunidos en conciliábulo, deliberaron sobre
la suerte de la nueva galilea. Á medias palabras convinieron en que el César
estaría ebrio aquella noche, y que si no debían cumplirse, por advertencia de
él mismo, las órdenes que diese en su embriaguez, nada impedía ejecutar las
proferidas antes. Catalina pertenecía ya á los jueces y á los sacerdotes, á
cuyo brazo vengador la había relajado Maximino. Ó se retractaba ante el
tormento y el suplicio, ó se ejecutaría lo mandado. Y había entre los
deliberantes un tácito instinto de apresurar, porque temían que á la mañana
siguiente, el tantas veces irresoluto César cambiase de parecer, lo cual se
interpretaría como indicio del miedo á los cristianos y á los serapistas,
partidarios del tiranuelo Costo. La religión oficial necesitaba herir, dar un
golpe de fuerza, imponerse. Con nadie mejor que con la orgullosa Catalina.—Y
les quedaba la esperanza{63} de una retractación,
ante un martirio que procurarían horrificar y encruelecer. La victoria
filosófica obtenida en el certamen por la mañana era de deplorable efecto en
Alejandría para las creencias del Imperio. Los cristianos efervescían, al correr
la voz de que se iba á atormentar á la doncella. No se debía dar tiempo á que
se conchabasen y tramasen un complot; el hecho tenía que realizarse la misma
noche... ¡Qué triunfo, si en presencia de los instrumentos de tortura, la sábia
renegase del Galileo!
Y Gnetes, sacando su cabeza de tortuga del hondo de
su corcova, opinó:
—El único modo de reducir á una hembra tan soberbia
sería amenazarla con una excursión forzosa al lupanar, ó con una fiesta del
Panoeum, en que ella hiciese de ninfa y nosotros de capripedes.
Varios sacerdotes jóvenes y cortesanos aprobaron,
prometiéndose una noche divertida; pero el pontífice, cauto, reprobó. No, era
necesario irse con pies de plomo: Costo tenía poder, muchos partidarios entre
los nacionalistas egipcios, y al regresar de su viaje, si se conformaba á los
rigores de la ley con su hija, podría no avenirse á tolerar el escarnio. No
estábamos en la augusta Roma, sino en una ciudad donde la mayoría de los
habitantes todavía barniza con nafta á sus muertos, y donde los inmundos cristianos
roen y socavan, como topos, el pavimento y los cimientos del templo apolínico.
La virgen es peligrosa. Cuanto antes, y sin aventurarse{64} á
ninguna fantasía, desembarazarse de ella. Ó reniega ó perece.
Fué llamado ante la junta el verdugo mayor, el
etíope Taonés. Preciábase de maestro en su género, y, recientemente, con
artificio salvaje, había inventado varios instrumentos para martirizar; ciertos
peines de hierro de púas cortas, con los cuales se procedía á un verdadero
despellejamiento, sin ahondar, á fin de evitar la muerte rápida.
—El dios Apolo—se envanecía el negro—hubiese debido
pelar así á Marsias. El sátiro sufriría infinitamente más.
El pontífice, atento al aspecto político de la
cuestión, le encargó que idease una tortura en la cual no necesitasen los
sayones poner la mano sobre la mártir, y que sin embargo fuese aterradora.
Después de meditar, pidió Taonés carpinteros y herreros y se encerró con ellos,
dirigiendo su labor. Una ó dos horas bastaron para construir la máquina. Era un
aparato sencillo, ingenioso. Formábanlo cuatro ruedas, guarnecidas al exterior
de agudas puntas de clavos, cuchillos y alambres, sólidamente encastradas en la
madera. Desde lejos, una cuerda unida á una manivela ponía las ruedas en
movimiento, y entre el doble juego del artefacto cabía un cuerpo humano de pie;
de suerte que, al giro rotatorio, pecho, espaldas, hombros, muslos, quedarían
desgarrados. A la tercer vuelta del infernal artificio, sería la mártir una
sanguinolenta masa, y piltrafas de su carne colgarían de las ruedas, sin que
tuviera ninguna{65} herida mortal, pues Taonés,
fiel á sus principios, había embutido profundos los clavos y las puntas.
—Hoy mismo—insistía angustioso el pontífice—. En la
demora está el riesgo. Además de los filósofos á quienes ha embaucado la
princesa, dícese que se ha hecho cristiano, después de la controversia,
Porfirio, coronel de la primera legión. Se derrumban las aras de los Dioses, si
no las apuntalamos. No se le pregunte más al César. ¿No ha dado la orden? Pues
basta.
Y Gnetes sugirió:
—Al terminarse el banquete, el César estará
en estado de presenciar...
Hacía dos ó tres horas que la noche sin crepúsculo
de Egipto convertía el cielo en negro zafiro tallado en hueco, salpicado de
fúlgidos diamantes, cuando sacaron de su encierro á Catalina para conducirla al
patio, donde sería juzgada.
Venía quebrantada la color por la abstinencia,
pues, suponiendo que moriría presto, guardaba ayuno; y además, por el miedo á
flaquear en el supremo trance. Interiormente invocaba al Esposo:
—No me desampares. No desprecies mi cobardía. ¡Tú
sudaste sangre al ver el cáliz! No consientas que arranquen mis ropas, que
afeen mi rostro. Tú eres la hermosura...—La hermosura ideal, Catalina—creyó oir
dentro de su mismo corazón. Y elevó la frente, recobrada su arrogancia, su
calma estoica.
A pesar del secreto que se había querido{66} guardar, detrás de la baranda se agolpaba no poca
gente. Los interrogatorios de los mártires, sus torturas, su ejecución, eran
actos que no podían realizarse á puerta cerrada. Se guardaban formulismos de
legalidad. A la luz rojiza de las antorchas y á la amarillenta de los
lampadarios, Catalina apareció, y una marea alborotó al gentío. Su aro de
esmeraldas destellaba vívido. Sonreía.
Maximino presidía el tribunal—, pero sin conciencia
de lo que iba á suceder—. Salía de la mesa, coronado de hiedra y rosas
marchitas, completamente embriagado, y destuetanado además por caricias
diestramente impuras. La escena se le aparecía como al través de un velo de
niebla. De tiempo en tiempo derrumbaba la cabeza hacia atrás, y cogía una
soñarrera momentánea.
A la invitación á incensar, respondió Catalina con
desdeñoso gesto. Entonces, Taonés, seguido de sus ayudantes, entró por una
puerta lateral. Traían la máquina, y el público emitió una exclamación larga,
obscura. Quizás protestaban; quizás suspiraban de placer ante la peripecia del
drama interesante. Los verdugos se acercaron á la princesa. El vaho de sudor y
desaseo de Taonés la hizo retroceder mecánicamente. Una risa silenciosa
descubrió los blancos dientes de dogo del etíope. Sabía que las joyas y preseas
del ajusticiado eran suyas de derecho, y renegaba de las cristianas vestidas de
lana, sin ajorcas, sin sartas, sin adornos. ¡Siquiera esta era una galilea
magnífica,{67} ostentosa! Hizo una señal á su
primer ayudante Sicamor para que, al amarrar á Catalina, arrancase la diadema
de orientales, inestimables barekets, los copiosos hilos de perlas,
gruesas como ojos de grandes peces, y, sobre todo, la famosa de Cleopatra. Si
no le concedían tal enorme tesoro, por lo menos mucho valdría el rescate.
Mientras un sayón rodeaba las muñecas de la mártir con ligero cordelillo,
Sicamor, espantado, se acercó al oído de Taonés.
—No puedo obedecerte, maestro... Mis dedos han
pasado al través de las esmeraldas y las perlas sin poder asirlas... Son
aire...
—¿Te han enloquecido los dioses?
—¡Te digo que son aire!...
—¡Aún es tiempo, Catalina!—reiteró el pontífice,
insinuante.—Aún puedes postrarte ante los Númenes sagrados.
Otra vez la bella cabeza negó... Taonés adaptó el
cuerpo á la máquina: Catalina misma ayudó, colocándose según convenía. Un
punto, Maximino pareció sacudir el sueño, y preguntó qué era aquello, qué
significaba el extraño mecanismo. Antes de enterarse de la respuesta, los vahos
de la borrachera se espesaron, y repantigándose, abierta la boca, roncó. Para
cubrir los ronquidos imperiales y los ayes de la víctima, el pontífice dispuso
que los músicos adscritos al templo de Helios tañesen flautas y agitasen sonajas
violentamente. Y el verdugo, haciendo girar la manivela, puso las ruedas en
movimiento.{68}
Un relámpago de chispas agudas, un torrente de
carmín, difluyendo y empapando el cándido ropaje de la filósofa... Del gentío
se destacó un hombrecillo negruzco, desharrapado, con dos brasas por pupilas.
Enhebrándose entre los balaustres del barandal, logró acercarse á la virgen
que, toda sangrienta, miraba al firmamento metálico, cual si buscase los
ángeles que habían de sostenerla en la prueba. El solitario alzó su mano de
cecina, trazó en el aire la cruz... Y la máquina horrible saltó desbaratada,
despedida cada rueda hacia distinto punto, hiriendo á los jueces, á los
verdugos, á los espectadores y á los sacerdotes del Arquero...
La confusión fué tal, que el pontífice juzgó hábil
aprovecharla. Mandó á Taonés, pues había estado tan torpe en construir, que
apresurase el final; y el negro se atrevió á separar el velo ya desgarrado por
mil partes y á tomar en su izquierda mano, donde apenas cabía, el raudal de la
mata de pelo de la princesa, enrollándola y afianzándola vigoroso. Catalina
comprendió. Su corazón latió y anheló como paloma torcaz apresada.—Voy á
ti—suspiró, mirando el aro luminoso del impalpable anillo que rodeaba su dedo.
Bajó la frente; la corva espada del verdugo describió un semicírculo y cayó,
tajadora, sobre la nuca. El público, cogido de sorpresa, rugió, gritó insultos
á Apolo, fingido numen, al César-cerdo que seguía roncando. Taonés, alarmado,
soltó el largo pelo y la cabeza de Catalina, que cayó cercada{69} del
magnífico sudario de su cabellera, tan luenga como su entendimiento, y como él
llena de perfumes, reflejos y matices. Del tronco manaba un mar, no de sangre
bermeja, sino de candidísima, densa leche; las ondas subían, subían, y en ellas
se hundían los pies de los verdugos, y ascendían hasta más allá de los peldaños
de la plataforma, y se remansaban en lago de blancor lunar, hecho de claridades
de astro y de alburas de nube plateada y plumajes císneos. El cuerpo de la
mártir y su testa pálida, exangüe, perfecta, flotaban en aquel lago, en el cual
los cristianos, sin recelo ya, bañaban su frente y sus brazos hasta el codo,
empapaban sus ropas, refrigeraban sus labios. Era el raudal lácteo de ciencia y
verdad que había surtido de la mente de la Alejandrina, de sus palabras aladas
y de sus energías bravas de pensadora y de sufridora. Y como si aquella sangre
fuese licor fermentado y confortado con especias que los exaltase, la
indignación hirvió entre los partidarios de la fe nueva y entre los mismos
serapistas, que con ellos simpatizaban, porque ya la conciencia se saturaba de
cólera y protesta ante la prueba tres veces secular de los martirios; y,
enseñando los puños al César aletargado y á su guardia, vociferaron: «¡Muerte,
muerte al tirano Maximino!» La guardia, desnudando sus cortas espadas romanas,
dió sobre los amotinados, que hicieron cara, sin armas, con los puños. Y
mientras luchaban, Maximino, repentinamente desembriagado, miraba atónito,
castañeteando los dientes de terror frío, el{70} puro
cuerpo de cisne flotando en el lago de candor, la cabeza sobrenaturalmente
aureolada por los cabellos, que en vez de pegarse á las sienes, jugaban
alrededor y se expandían, acusando con su halo de sombra la palidez de las
mejillas y el vidriado de los ojos ensoñadores de la virgen... Á la memoria del
emperador, las profecías retornaban; sin duda el Dios de Catalina era más
fuerte que Apolo, que Hathor, que Serapis, que el mismo Imperio de la loba—y le
había sentenciado á perder trono y vida, á desastroso fin, á la derrota de sus
enseñas y á que todas sus ambiciones se frustrasen.»
El canónigo suspendió el relato, ó mejor dicho,
parecía darlo por concluso.
—¿Y el cuerpo de la princesa?—preguntó Lina—. ¿Qué
paradero tuvo?
—¡Ah!—respiró el Magistral—. Eso lo digo en las
notas. Los ángeles lo enterraron en el monte Sinaí, donde fué venerado largo
tiempo. Sin duda los cristianos de Alejandría trataron de que el precioso
despojo no sufriese ninguna vicisitud, pues en aquella ciudad, hasta muy
entrado el siglo V de la Iglesia, el encono de las luchas religiosas y
filosóficas no cedió, y la faz opuesta del martirio de Catalina fué la
lapidación de Hipatia.
—¿Y el matador de Catalina? Creo recordar que á ese
Maximino Daya le suprimió Constantino.
—Diré á usted. Constantino realizó la idea genial
que se le había ocurrido á su socio; se apoyó en el cristianismo y robusteció
su poder.{71} Pero no sería exacto decir que
suprimió á Maximino. En la lucha entre los socios, Daya fué derrotado, y en
Tarso se suicidó. También consta extensamente en las notas.
—Todo está muy bien—criticó Polilla—, excepto los
milagros. Únicamente... vamos, Carranza, es preciso que usted reconozca que la
historia de esa Santa del siglo III, á estas alturas, nos importa menos aún que
la de Baldovinos y los Doce Pares de Francia. ¿Quién se acuerda de la hija de
Costo? Hábleme usted á mí de otras cosas; de inventos, de progresos, de luz. Lo
demás... antiguallas, trastos viejos... y...
—Y polilla...—sonrió Lina, azotando con su guante
de negra Suecia la cara acartonada del amigo.
Fuera, había escampado. Húmedas estaban aún las
piedras de la calle. Bajo un árbol, á la muriente luz de una tarde larga,
encalmada, grupos de niñas, á saliente de la escuela, cantaban en corro. Su
canción pasaba al través de los vidrios. Y se oía:
Que Catalina se llama—sí, sí...
que Catalina se llama...
—Escuche, escuche, don Antón..., ordenó Lina;—y las
arrapiezas, con su argentado timbre de voz, continuaron:
Mandan hacer una rueda,
mandan hacer una rueda{72}
de cuchillos y navajas—sí, sí...
de cuchillos y navajas...
Medió un corto espacio, y el fresco vocerío surtió
de nuevo como agua de fuentes vivas, inagotables:
Levántate, Catalina,
levántate, Catalina,
que Jesucristo te llama—sí, sí,
que Jesucristo te llama...
Ya se encendían los faroles, y las niñas,
chancleteando, se dispersaban en busca de sus hogares, donde las sopas de ajo
humearían. Aún la canción, obstinada, volvía de tiempo en tiempo:
Que Jesucristo te llama...
I
¡Como una bomba, el notición!—Cuando traen el
telegrama, estoy aseando mi cuartito, porque mi única sirviente apenas sabe
pasar una escoba antipática, abarquillada de puro vieja. Desgarro el misterio
del cierre, extraigo, y leo: «Ha fallecido repentinamente tía Catalina. Tú,
instituída heredera universal. Vente. Farnesio.»
¡Tía Catalina! ¡Yo su heredera única! Y ni siento
vértigo, ni tampoco efusión de gratitud. Lo encuentro curioso; la extrañeza
vence. ¿Por qué me instituye heredera la que en vida me pasaba una miseria de
pensión, no perdonaba medio de inducirme á que fuese monja, y me tenía relegada
al destierro de Alcalá de Henares? Me prometo averiguarlo, aunque sé que los
muertos se llevan consigo la verdadera clave de sus actos, (por lo cual me río
de la historia).
Mi viaje á Madrid se arregla pronto. Respondo{74} al telegrama de Farnesio, me pongo el vestidito
negro de paño, la toca de fieltro, felizmente, negra también, y, á pie, por la
pulcra acera enladrillada, me dirijo á la estación. El tren pasará á las siete.
Me siento en un banco, ante la puerta de la sala de espera; no se oyen ruidos;
una acacia, muy cerca, columpia su ramaje, desprendiendo hojuelas doradas; una
chiquilla mocosa, chata y curtida, me observa como si me fuese á retratar. Por
primera vez me doy cuenta de que soy opulenta, poderosa. Revuelvo en mi saco de
gamuza marrón, usado y de rota cadenilla, y alargo á la chica una peseta. La
mira, me mira, y, escamada, suponiendo burla, en vez de tomarla, echa á correr.
La riqueza asusta, por lo visto...
Iré en primera, por primera vez.—Voy sola.—El
departamento está rancio de carbonilla y olores viejos de comidas grasientas.
Los vidrios, embutidos y crujientes de porquería, no se abren sin esfuerzo
titánico. Me siento, eligiendo un cojín que no esté salpicado de manchas
equívocas.
¿Viajan así los ricos? ¡No vale la pena! Yo me
procuraré el mejor auto... Y, al mismo tiempo que hago esta reflexión, se me
ocurre otra, y un sudor frío me rezuma en la sien.—¿No podría el telegrama ser
broma de un chusco?—Paso un mal cuarto de hora, porque si la cosa no es
verosímil, aún resulta más inverosímil lo otro. Tan grande es mi
angustia que, ansiando respirar, forcejeo y logro abrir una ventanilla.{75}
El aire entra, me consuela y me replantea en la
realidad. Las márgenes del Jarama son un primor de delicadeza vegetal, un
paisaje exquisito, á la sepia, porque estamos en otoño. Mimbrales delgados,
cañas de idilio, marañas de arbustos de hoja ya enferma, se diluyen con tonos
de acuarela en la paz rubia, en la claridad muriente de la tarde corta. Los
toros pastan, apacibles. El río es una serpiente gris perla, aplastada,
inmóvil.
Siento el fervorín de entusiasmo que me produce
siempre lo bello. Ahora que soy rica, veré el mundo, que no conozco; buscaré
las impresiones que no he gozado. Mi existir ha sido aburrido y tonto (afirmo
apiadándome de mí misma). Y rectifico inmediatamente. Tonto, no; porque soy
además de inteligente, sensible, y dentro de mí no hay estepas. Aburrido...
menos; aburrido equivale á tonto. Sólo los tontos se aburren. Contrariado, sí,
¡oh, cuánto! Mezquino, también. Cohibido, sujeto por una mano invisible. Valdría
más que me hubiesen dejado en el arroyo, descalza, porque á los dos meses de
mendigar, ya no mendigo—, ya he resuelto mi problema. Lo malo fué que me dieron
un puñado de alpiste y las obligaciones de «señorita decente». Arrinconada,
sólo pude vegetar...—Rectifico otra vez: ha vegetado mi cuerpo; que mi
espíritu, ¡buenas panzadas de vida imaginativa se ha dado!
Entregada á mí misma, en un pueblo decaído, pero
todavía grandioso en lo monumental y por los recuerdos, no hice amistades de
señoras,{76} porque á mi alrededor existió cierto
ambiente de sospecha, y no atendí á chicoleos de la oficialidad, porque, á lo
sumo, podrían conducirme á una boda seguida de mil privaciones. Mis únicos
amigos fueron dos canónigos, encargados de catequizarme para el monjío, y un
viejecito maniático, muy volteriano y muy simple, D. Antón de la Polilla, que
desde luego se declaró abogado del diablo, contando horrores de los conventos,
cuando no estaban delante los que él llamaba el Inquisidor mayor y el menor, y
aun á veces en su misma cara. Yo no le hacía caso sino cuando hablaba de
historia y de antigüedades; en ese terreno, algunas veces recobra el sentido
común, prenda desde tiempo atrás perdida. De los dos canónigos catequistas,
uno, el pobre Roa, murió tres años hace; el otro, el Magistral, es C. de varias
Academias, y sospecho que tiene escritas muchas cosas que nunca verán la luz, á
no ser que ahora, siendo yo millonaria... La biblioteca del Sr. Carranza me la
he zampado; por cierto que encierra muy buenos libros. Así es que estoy
fuertecita en los clásicos, casi sé latín, conozco la historia y no me falta mi
baño de arqueología. Carranza lamenta que haya pasado el tiempo en que las
doctoras enseñaban en la Universidad Complutense. Se consolaría si yo fuese una
de esas monjas eruditas, cuyos retratos grabados las representan pluma de ganso
en mano, tintero al margen, y sobre el fondo de una librería de infolios de
pergamino.
Por haber tenido yo la curiosidad de leer algunos{77} manuscritos del Archivo, las hijas del Juez, que
son las lionnes de Alcalá, y que me tienen tirria, me han
puesto de mote la Literata. ¡Literata! No me meteré en tal
avispero. ¿Pasar la vida entre el ridículo si se fracasa, y entre la hostilidad
si se triunfa? Y, además, sin ser modesta, sé que para eso no me da el naipe.
Literatura, la ajena, que no cuesta sinsabores...
¡Cuánto me felicito ahora de la cultura adquirida! Va á servirme de instrumento
de goce y de superioridad.
En la estación me aguarda Farnesio, D. Genaro
Farnesio en persona, con cara lúgubre y circunstancial. Se sorprende y hasta me
figuro que se indigna ante mis ojos secos, deshinchados y brillantes, mi aplomo
de heredera franca, que no se tampona la faz con el pañuelo, ni se suena cada
tres minutos.
—¿Qué dices de esto?—suspira hondamente al cogerme
las manos.
—¿Qué he de decir?—contesto.—¡Pobre tía! Que le
llegó la suya.
Un lacayo correcto recoge mi humilde saco, me
precede respetuoso, y, alzando el enlutado sombrero de librea, abre la
charolada portezuela de una berlina, acolchada como un estuche de joya. Es
mi berlina, es mi lacayo. ¡Qué sensación punzante! Lo que no pudo el
anuncio del fortunón, lo puede el detalle de conforte y lujo... Cerrando los
ojos, me reclino. Farnesio entra y da una orden. Arrancamos, al elástico trote
de los bayos fogosos.
El intendente de doña Catalina me mira á{78} hurtadillas, me estudia. D. Genaro Farnesio es
esa persona «de toda confianza» que surge indefectiblemente al margen de las
señoras viudas y con caudal. Mestizo de amigo y administrador, misterioso y
enfático, D. Genaro Farnesio pasa por mejor enterado de lo que atañe á la casa
de Mascareñas, ¡retumbante apellido! que su dueña lo estuvo nunca. Es el duende
familiar del palacio ya mío; y su actitud cautelosa y la mirada que siento
apoyarse sobre mi perfil, sin duda tienen por origen la zozobra egoísta:
«¿Habrá cambio de ministerio? ¿Perderé la breva disfrutada tantos años?»
Llegamos... En el momento de bajarme en el zaguán y
de cuadrarse el solemne portero—de levitón largo, cara lunar entre dos chuletas
negras bien lustradas—ante la soberana nueva, recuerdo las pocas veces que he
venido aquí, siempre acuciada por D. Genaro para que me reintegrase á Alcalá
cuanto antes. Me asalta otra vez la inquietadora extrañeza. ¿Por qué me lega
sus millones la que casi no me ha visto? Evoco memorias.
Cuando era introducida á la presencia de doña
Catalina Mascareñas y Lacunza, viuda de Céspedes, medio se alzaba del sillón;
las mejillas se le encendían, bajaba los ojos, como para no verme, y con voz un
poco ronca me preguntaba:
—¿Cómo te va, Natalia? ¿Qué tal de salud?
—Muy bien, tía...
—¿Careces de algo? ¿Te falta alguna cosa, vamos,
para tu vida?{79}
—No señora—respondía, mortificada y altanera—.
Tengo lo suficiente.
—¿Eres buena? ¿Te portas bien?
—Se me figura que sí...
Brevemente, como deseosa de cortar la conferencia
(tres fueron en once años) la señora se levantaba, abría un armario, revolvía
en él un poco, y me ponía en las manos un objeto, diciendo:—Para tí.—La primera
vez, un rosario de oro y perlas barrocas; la segunda, un reloj-saboneta de
esmalte; la tercera, una sortija-semanario, de ensaladilla. Este último regalo
me gustó mucho. No he tenido otra joya, y por las joyas siento pasión
magdalénica.
—Bueno, bueno—farfullaba la señora al murmurar yo
las gracias.—Cuidado, no nos dés disgustos...
Farnesio, presente á la entrevista, me hacía seña.
«Adiós, tía Catalina...»
—Adiós, hasta la vista, Natalia, avisa si te ocurre
algo...—Y me retiraba, con la cabeza gacha y el andar tímido, oblicuo, de los
parientes pobres, de los protegidos humillados.—¡Ahora!
Hinco la planta en la alfombra que trepa por la
escalinata de mármol, con la energía violenta de una toma de posesión. Farnesio
me coge por la muñeca, y, en voz baja, balbuciente:
—¿Quieres verla?
Me escalofrío como si me soplasen en los abuelillos
del cogote... ¡Verla! ¡Está de cuerpo presente! ¿Y qué? ¡No me conviene
mostrarme pueril, ni medrosa!{80}
—Voy. Muy justo que rece un Padre nuestro.
La capilla ardiente es el salón, fastuoso y
anticuado, con profusión de doradas tallas y espejos, magníficos tibores,
cuadros de mérito y colgaduras de una estofa brochada que se tiene de pie. Han
armado en el fondo el altar donde mañana se dirán las misas; un crucifijo de
marfil lo preside; al pie del altar, entre blandones, el féretro. Las ventanas
están abiertas, los cirios arden. Huele á lo que huelen las flores á la media
hora de contacto con un cuerpo muerto, y cuando su aroma se mezcla con efluvios
de cera y cloruro. Siento otro escalofrío chico: los ojos se me han ido
directamente, atraídos sin resistencia, á la cara de la difunta, dorada al oro
verde por la luz de los cirios tristes. La han amortajado con hábito del
Carmen, y el cerco de la toca presta á su fisonomía una nobleza y una
austeridad que en vida no tuvo. A todo el que entra en una cámara mortuoria le
pasa lo que á mi: la cara del muerto imanta la vista. Dos Siervas de María
velan sentadas, leyendo en un libro de negra cubierta; un criado antiguo, Mateo
el jardinero, de rodillas, marmonea una oración, comprimiendo sobre el pecho,
con ambas manos, un sombrero blando muy raído. Las Siervas, al verme, se
levantan, me saludan en sordina, me acercan un almohadón rojo, para que me
arrodille con comodidad. ¡Soy la heredera! Con el espíritu pegado á la tierra,
murmuro rezos. Farnesio se queda en pie detrás de mí. Con esa agudeza de
percepción que poseo, todo el tiempo que dura mi plegaria{81} noto
los ojos del intendente que escrutan mi nuca y mis hombros, y reprueban lo
superficial de mi plática con Dios. Me incorporo, y dentro de mí zumba un
acento apremiante, venido no sé de donde. «Hay que besarla... Tienes el deber
de darla un beso... Será muy feo que no se lo des...» Desoigo la voz. «Desde hoy
no conozco más ley que mi ley propia...» decido, al retirarme con tranquilo
paso, no sin haberme persignado é inclinado al modo ritual. Al encararme con
Farnesio, noto que algo semejante al rastro de baba de un caracol espejea en
sus mejillas. ¿Llanto? ¿La quería de verdad á esta señora tan pava, tan poco
interesante? (En el momento actual, lo de pava será irreverente, pero ¿existen
irreverencias interiores?)
—¿Mi dormitorio, mi tocador?—pregunto
imperiosamente. No conozco la distribución de la vivienda; pero supongo que no
se les ocurrirá indicarme la habitación donde doña Catalina exhaló su postrer
aliento.
Me precede Farnesio, por ancho pasillo, hasta una
estancia lujosa, como toda la casa. Me tranquilizo. Se ve que no está habitada
desde hace tiempo. Ostenta aparatosa cama de ébano, con colcha de raso rosa,
velada de guipur, y muebles de ébano, también macizotes.
—¿Mi doncella?
Sorprendido al pronto, parpadeó D. Genaro. ¿Por
qué? ¿Pues no voy á tener doncella, y también doncellas, teniendo millones?
¿Puede que crea Farnesio que he de seguir con mi maritornes alcalaina? Al fin
toca el timbre, y aparece{82} una sirviente añeja,
especie de dueña azorada, prevenida contra mí (es visible) desde antes de
conocerme.
—¿Es usted la primer doncella?
—Sí, señora... Para servir á la señora.
—Llame usted á la segunda.
—No... no está.
—¿Cómo se entiende? ¿No está?
—Ha salido á recados... D. Genaro sabe...
—Bueno; en lo sucesivo, no se sale sin mi
autorización.
—Muy bien, señora. Yo no salgo nunca.
—Prepáreme usted un baño... ¿Habrá cuarto de baño,
verdad?
—Ya lo creo.
—Ponga usted en el baño un frasco entero de
colonia... ¿Habrá colonia?
—Sí, señora, sí.
—¿Y toallas finas, y jabón de violeta?
—De violeta no sé si habrá. De todos modos, será
buen jabón. ¿Pediremos el de violeta á la perfumería?
—Es tarde. Estará cerrada. Es igual. Cualquier
jabón. Deseo bañarme pronto.
—¿No cena la señora?
—Después del baño...
—Que te aproveche—pronunció Farnesio—. Yo no
cenaré: me encuentro algo indispuesto. Mañana tenemos mucho que hablar, pero no
por la mañana, puesto que...—Se le quebró el acento; sobrevino carraspera.
—Ya, ¡el entierro!—dije con naturalidad—. ¡Y yo sin
manto de luto para las misas! ¿Cómo{83} se llama
usted?—pregunté vuelta hacia la dueña.
—Eladia, para servir á la señora.
—Ocúpese usted de que yo tenga manto mañana á
primera hora. Y muy tupido.
II
Hasta la tarde del día siguiente, no se celebró la
anunciada conferencia. Todavía el salón conservaba el olor dulzaino y repulsivo
de los desinfectantes y las flores, envenenadas, en descomposición, desde el
punto mismo en que las depositamos sobre un cadáver. Mandé abrir las ventanas
de par en par; ordené que á nadie se recibiese, pues los contados íntimos de la
tía ya habían asistido á las misas, devorándome á miradas de curiosidad
frenética; y recorrí la casa. Magnífica, concedido... pero apelmazada, de pésimo
gusto. Ya la airearé también. Las casas envejecen con sus dueños. Daré
juventud... Mi juventud, reconcentrada por el aislamiento y llena ya de una
experiencia amarga y sabrosa cual la aceituna.
Conversamos D. Genaro y yo en el gabinete inmediato
á mi dormitorio. Por él se puede bajar al jardín. Un macizo verde, al través de
los vidrios, me halaga. Estoy chancera y afectuosa con el sesentón.
—¿Sabe usted, D. Genaro que esta mañana,{84} al despertarme en una habitación desconocida,
creí que era un sueño lo de la herencia?
—¡Ojalá!—gimió él.
—¡Muchas gracias, mala persona!
—Ya comprendes por qué lo digo.
—Bueno, D. Genaro; usted siente sobre todo la
muerte de la pobre tía, pero, además, sospecho que opina que no debí heredar
estos caudales. Le advierto que yo tampoco me explico la chiripa. ¿Soy la
pariente más cercana? ¿Me equivoco, ó existen allá en Córdoba los hijos de su
hermano D. Juan Clímaco?
—En efecto, existen, no en Córdoba, sino en
Granada.
—¿Y no soy yo hija de un primo hermano de la
señora? ¿De un Mascareñas de la rama menesterosa, de la rama infeliz?
—Es la verdad, Natalia... Pero—añadió como alegando
disculpa—por lo mismo; tú eras pobre, y los hijos de D. Juan Clímaco tienen
bien cubierto el riñón. La señora era libre, y te dejó lo suyo, porque te
quería.
Me recosté en la butaca de seda fresa rameada de
verde, y canturreé:
—¿Me que-que-quería? ¿Sabe usted que lo disimulaba?
La barbilla de Farnesio tembló; se inmutó su cara,
y el reflejo dorado del aro de sus quevedos zigzagueó un instante.
—Eso es cruel—tartamudeó.—No sabes lo que estás
diciendo. ¡Si lo supieses!
—Don Genaro—respondí—razonemos. No me pinte usted
lo que no ha existido, ¿Es querer á{85} una
muchacha tenerla recluída, darle una mesada que solo por la baratura de Alcalá
me permitía no morir de hambre, y tramar una conjura para meterla en un
convento?
—Que no sabes lo que te dices—terqueó él—. Cuando
se trató de que abrazases ese estado—el más feliz para una mujer—, aun vivía
Dieguito, el hijo de doña Catalina ¿Quien pensara que aquel buen mozo, en lo
mejor de su edad, iba á sucumbir del tifus, en pocos días?
Medité un instante, cogiéndome la barba.
—Y... ¿qué tiene que ver? ¿Viviendo Dieguito, yo
monja? ¿Es que temían que Dieguito se enamorase de mi?
—¡De absurdo en absurdo!—Violenta indignación
soliviantaba á Farnesio.
Yo insistí, pesada:
—Pues no entiendo, señor. Y como se trata de mí, de
mí misma, tengo derecho á entender.
—Y yo á que respetes lo que no te importa... ¿Qué
más quieres? Cualquiera, en tu caso, se hubiese vuelto loco de alegría. Por
otra parte, Natalia, mi papel no es censurar los actos de la señora, si no
ponerte en posesión de tu fortuna, que es de las más saneadas y cuantiosas que
habrá en España en bienes territoriales y en acciones del Banco. ¡Hace treinta
y dos años que la administro, y tengo el orgullo de decir que ha crecido en mis
manos y se ha redondeado bien! Si quieres cambiar de apoderado general, no haya
reparo, me sobra con qué vivir; de mi sueldo poco he gastado, y soy solterón...{86}
Volviéndose súbitamente hacia mí, con transición
incomprensible, con ansiedad, me interrogó:
—¿Por qué no la diste un beso?
Mi soledad y mi género de vida me han hecho
independiente. Tengo á veces la espontaneidad de gestos y movimientos de una
fierecilla. No sé cómo—pero con mímica expresiva—, manifesté la repulsión á la
hipótesis del ósculo en las mejillas heladas. Y hablé duramente:
—¡Qué ocurrencia! La he dado los mismos besos que
ella me dió á mí...
Le ví tan consternado, que, con igual viveza, cogí
su diestra desecada, rasposa y senil, y la apreté afectuosamente. Bajo la
presión, la mano parecía remozarse: la sangre afluía y la piel se hacía
flexible.
—Usted se queda toda la vida conmigo. ¡Pues no me
hace usted poca falta! No le suelto. Que lo crea ó no, le tengo ley. Al fin, el
único que se ocupó un poco de mí, fué el señor de Farnesio... por más que
usted, pícaro, también estaba en el negro complot para que yo... ¿No es verdad?
Con mis dos índices alzados dibujé alrededor del
óvalo de mi cara (es muy perfecto, que conste) el cerquillo de una monástica
toca... Mi risa timbrada contrastaba con los crespones ingleses de mi atavío,
que acababan de traerme—¡milagro de rapidez!—de la Siempreviva,
especialidad en lutos precipitados. Noté que se le caía la baba á Farnesio...
¿Me querrá este vejete,{87} ó es un solapado
enemigo? El callaba, extático.
—¿De modo que soy poderosa?—pregunté.
—¡Ya lo creo!
—Y diga usted...—¡Diga usted!—¿Tenía joyas doña
Catalina?
Sacó Farnesio del bolsillo un reluciente llavero y
me lo entregó con dignidad.
—Son las de sus armarios... los de su cuarto. Las
recogí cuando entró en la agonía, por orden anterior que me tenía dada.
Recuerdo que hay joyas magníficas. Desde la desgracia de Dieguito, ya no se las
puso. Tú, hasta quitarte el luto, no debes lucirlas tampoco.
El consejo frunció mis cejas. ¿Consejitos á mí?
Tomé el llavero y resueltamente penetré en la cámara mortuoria. No era alcoba,
sino dormitorio amplio, con tres balcones al jardín, un cuarto de tocador
contiguo y un ropero. Cambié de opinión: este departamento, convenientemente
refrescado, será el mío.
El retrato al óleo de Dieguito ocupa el lugar
preferente, en el tocador, sobre el sofá. Alrededor del marco, una tira de tul
negro, ajado, cogida con un ramo de violetas artificiales. Yo no conocí á
Dieguito. ¿Cómo ni dónde había de conocerle? Así es que miro muy despacio su
imagen. Es un muchacho guapo, elegante, lleno al parecer de robustez y vigor.
Sus ojos me siguen cuando doy vuelta. Es un retrato que parece hablar, salirse
del cuadro. ¡Atención! Se me parece... No cabe duda; ¡se me parece! La forma de
la nariz, el corte de{88} cara... ¿Qué tiene de
particular? Bien cercanos parientes somos.
Conservo en la mano el llavero, y los enormes
armarios de palosanto me atraen con su misterio suntuoso; pero otro enigma me
ha salido al paso con esta imagen de mi primo, á cuya muerte debo la fortuna.
La idea retorna. ¿Por qué, viviendo él, tenían que abrirse para mí las puertas
melancólicas de algún monasterio? Vuelvo á fijarme en la pintura, como si en
ella, en su mudo lenguaje, estuviese la explicación; después observo que
enfrente, encima de la chimenea, hay otro lienzo, doña Catalina, jamona, vestida
de raso azul obscuro, escotada, muy peripuesta.
Yo la conocí ya decadente. Aquí conserva buen ver;
es linfática, de blancas carnes, de ojos enamorados, con ojera mazada y párpado
luengo. Su óvalo de cara, todavía puro, es idéntico al mío y al de Dieguito.
Lleva un estupendo aderezo de perlas como garbanzos y brillantes como habas;
aderezo que me impulsa á abrir los armarios inmediatamente. En el primero, ropa
blanca en hoja; mucha, muy rica, sin gracia, La lingerie elegante
no debe de ser así... Mantillas de blonda, abanicos, chales de Manila, pieles,
frascos enteros de esencia, cajas de sombreros. En el segundo—hay cuatro
seguidos formando un costado de la vasta habitación—un deslumbramiento de plata
repujada y sin repujar. Plata de arriba abajo, como en las alacenas de las
Catedrales. Una vajilla espléndida, que da indicios de no{89} haberse
usado apenas; sería doña Catalina de las que adquieren la argentería para
legársela á los sucesores sin abolladuras. Bandejas, mancerinas, vinagreras,
salvillas, jarras, palanganas, saleros, hasta... lo que no puede decirse... de
plata maciza. Los cubiertos, por docenas, y los platos, en rimeros, blasonados
con el león atado á un árbol, de Mascareñas.
Aquí no están las joyas. Estarán de fijo en el
último armario que registre. No... En el tercero. Muchos estuches, muchas
cajas. Lo saco todo y lo extiendo sobre la mesa, ante el sofá. Me siento. Una
ligera fiebre enrojece mis mejillas; me late aprisa el corazón. ¡Las joyas! La
ilusión de tantas mujeres, y yo me cuento entre ellas. ¡Y nunca las he poseído!
En mis viajes á Madrid—tan cortos, de horas—me paraba ante los escaparates,
fascinada, embobada... ¡Las piedras, y sobre todo, las perlas! Lo primero que encuentro
es el estuche, forrado de felpa rosa, en forma de garganta y escote de mujer,
donde se escalona el collar de cinco hilos. Me lo pruebo, temblorosa, sobre el
negro de la blusa; lo acaricio; trabajo me cuesta quitármelo. ¡Ah! Al
acostarme, haremos otra prueba más convincente...
¡Qué redondas, qué oriente, qué igualdad la de
estas perlas! Farnesio es todo un hombre de bien, para tener en su poder las
llaves y que yo encuentre tales preseas en su sitio. Hay un caudal aquí. ¿Cómo
no lo resguardó en el Banco doña Catalina? Acaso, anticuada, temía á los
Bancos. Hay una diadema de hojas de yedra,{90} de
brillantes; hay el soberbio aderezo del retrato; hay brazaletes, medallones,
broches, sortijas, sin hablar de rosarios, relicarios de oro y pendientes
colgantes. ¡Las joyas! Piel virginal de la perla; terciopelosa sombra de la
esmeralda; fuego infernal del rubí; cielo nocturno del zafiro... ¡qué hermosos
sois! Al fin os tengo entre las yemas de los dedos. Yo, la señoritinga de
Alcalá, que por necesidad ha dado tantas puntadas, sin gozar nunca de un
dedalito de oro bien cincelado!
Río de gozo á solas, y lo registro, lo revuelvo
todo para cerciorarme de que es mío. Un momento, la curiosidad se sobrepone.
Dale; me zumba el moscón... Si viviese Dieguito, yo estaba condenada á ganguear
en un coro... Olvido los esplendores y busco las confidencias de las joyas.
Profano los medallones. Hay tres: uno cuajado de diamantes, á tope, otro de oro
liso con enorme solitario en el centro, otro con cifras, de rosas y rubíes—C.
M., Catalina Mascareñas—. Todos encierran retratos, fotografías ya pálidas. Un
niño—será Dieguito—un señor de levita, sin barba—, el marido de doña Catalina,
D. Diego de Céspedes; hay otro retrato suyo en el salón, al óleo, con cruces y
bandas.
—En el tercer medallón, el de cifras, en forma de
corazón, una niña... ¡Jesús! ¡Yo, yo misma! ¡No cabe duda! Como que poseo otro
ejemplar de esta fotografía, con peinado de bucles, y vestido blanco muy
almidonado... ¡Yo! ¡Me guardaba la tía con tanto afecto, en su joya más
personal! ¿Sería verdad que, como afirma{91} Farnesio,
me quería mucho? Suspensa, vuelvo á cogerme la barbilla, medito... Y no
acostumbro á meditar en balde.
¿Habrá papeles en el armario número cuatro? ¿De
esas cartas limadas por los dobleces, en que dijérase que se ha consumido de
añoranza la tinta, en que el papel se pone sedoso y rancio como el pellejo de
una anciana aristócrata? ¿Encerrarán esas epístolas una revelación, ó sólo
indicios, que para mí serían bastantes?
Gira la llave dulcemente. El armario número cuatro
guarda mil objetos, cajas, cintas, guantes, gemelos de teatro, calzado nuevo,
sombrillas, medicinas, todo sin un átomo de polvo, todo en orden... Me fijo.
Los otros armarios, más bien se encontraban revueltos. En este, donde podrían
estar los papeles, es evidente; se ha limpiado, se ha practicado un registro.
Un pupitre incrustado, donde la señora escribiría, está también en frío y
meticuloso orden: el papel timbrado forma pirámides con los sobres; no hay un
renglón de manuscrito, no hay un apunte. Esto no ha podido hacerlo doña
Catalina, porque la sorprendió la enfermedad, un derrame. La idea toma
cuerpo. Levanto la placa de la chimenea. Allí, atrás, limpieza absoluta. Sin
embargo, en una esquina, mis dedos se tiznan ligeramente, no de hollín, sino de
ese tizne como alado que forman las pavesas del papel. Allí se han quemado
cartas... Reciente, hecho antes de que viniese yo. Y, en la dificultad de
escoger, en la premura de aprovechar el tiempo, no se han quemado sólo los{92} peligrosos, sino todos. No se me avisó á mí hasta
tomar la precaución. Doña Catalina murió ayer, á las seis de la mañana. Recibí
el telegrama á las cinco de la tarde. El precavido, ¡quién ha de ser sino
Farnesio! dispuso de bastantes horas. Es inútil pescudar en los muebles, ni en
los demás rincones de la casa, porque nada hallaré.
Llamo á D. Genaro, que acude solícito. Noto que,
tras los quevedos, rojean los inflados ojos.
—¿Qué tal?—me dice.—¿Te has enterado bien de lo que
te pertenece?
—¿Sabe usted que hay cosas soberbias? Pero he
notado algo que me extraña. Esos armarios no contienen ningún papel.
Farnesio se estremeció. Sin duda no contaba con
este ataque.
—¿Ningún papel?—murmuró, en voz que trataba de
aclarar y serenar.—Naturalmente que no hay papeles ahí. Yo soy quien te los
entregaré, y en toda regla. La documentación del archivo de la señora, es de
las mejores. ¡No se ha trabajado poco al efecto! Mi vida entera se consagró á
esa tarea, puede decirse. No temas cuestiones ni pleitos. Ya se te comunicará
también oficialmente el testamento. Los inventarios de la plata y alhajas,
están hechos en vida de la señora, y legalizados. Creo que algún legado deja á
los hijos de D. Juan Clímaco...
—¿No me entiende, ó me entiende demasiado?—cavilo,
recelosa. Y, en voz alta, preparando el floretazo:—¿Qué dirá usted que he
encontrado en este medallón?{93}
Se inmutó tanto, que ni contestar podía. En su
inquisición de papeles, no había pensado en las joyas, en que las joyas pueden
guardar secretos. Le ví afligido de una especie de disnea, y pensé si estaría
yo cometiendo el sacrilegio de los violadores de tumbas. Quizás temía Farnesio
que el medallón guardase otra cosa. Respiró, cuando vió mi retrato.
—¿A ver? ¡Calle! ¡Tu retrato de niña!
Se enterneció. Y, con aquella flemita en la
garganta que ya le había yo notado, en instantes de emoción, salió por esta
inocentada:
—¡Ya lo ves, ya lo ves, si te quería tu
bienhechora!
III
Me instalo en el bienestar—no en el lujo—de mi gran
fortuna. El bienestar es práctico, y el lujo, estético. El lujo no se
improvisa. El lujo, muy intensificado, constituye una obra de arte de las más
difíciles de realizar. Yo tengo un ideal de lujo, hambre atrasada de mil
refinamientos; ahora comprendo lo que he sufrido en la prosa de mi vida
alcalaína. Otra mujer quizás hubiese encontrado hasta dulce aquel escondido
vivir, pero mi fantasía y el culto que profeso á mi propia persona, me hicieron
á veces llorar ante un puchero desportillado ó unos zapatos cuyo tacón empezaba
á torcerse...
No está todavía depurado mi gusto para formarme{94} mi envolvente lujosa, y, por ahora, me limito á
la comodidad, á alegrar esta casa suntuosa que trasuda aburrimiento.
La mentalidad de doña Catalina, sus burgueses
instintos, iban reflejándose en el mobiliario. Llamo á un prendero y le vendo
un sin fin de cachivaches. Comprendo que Farnesio se horripila; cree que hago
una locura. Respiro al verme libre de estos espejos de tan mal gusto, de estos
entredoses con bronces falsos, de estas butacas rellenas, recercadas, que
parecen acericos de monja. Lo vuelvo todo patas arriba; no dejo cosa con cosa;
el jardincillo pierde su aspecto terroso, secatón, y arreglo en él una serre en
miniatura, provista de calorífero. Allí almuerzo casi todos los días. Mi
departamento lo alhajo á la moderna, de claro, y salpico alguna antigualla
fina.
He comisionado á un prendero de altura para que me
busque cuadros que no representen gente escuálida ni martirios; retratos de
señoras muy perifolladas, y porcelanas del Retiro y Sajonia. Las vitrinas
empiezan á llenarse.
Vivo retirada; he pagado las tarjetas con otras, y
no tengo amiga alguna, porque las de doña Catalina son viejas apolilladas,
gente de su tiempo, y me he negado formalmente á recibirlas. Sin embargo, á
pesar de este recogimiento que complace á Farnesio, cuando salgo por las tardes
en coche abierto á la Moncloa, á la Casa de Campo ó á las soledades del
Hipódromo, mi coche suele llevar escolta. Hay dos «muchachos», hijo el uno de
la condesa de Páramos,{95} sobrino el otro de la
generala Mansilla, que me rondan. Ambas señoras fueron tertulianas y compañeras
de Juntas de Beneficencia de doña Catalina, y, sin duda, saben lo que yo valgo...
Son los primeros pretendientes que asoman en el horizonte. Les veo pasar
haciendo corbetas, obligando á sus monturas, mientras yo, envuelta en pieles de
zorro negro y astracán, las únicas que permite mi luto, y acariciando al
friolero lulú de Pomerania Daisy, que se refugia al calor de mi manguito y
parece otro manguito viviente, me fijo en que el sobrino de la generala tiene
las piernas un poco arqueadas, y el hijo de la condesa, al sol, los ojos
rojizos y sin cerco de pestañaje...
Farnesio me ha indicado reiteradamente que necesito
una dama de compañía. Le he contestado que, así como viví largos años en Alcalá
sin ese apéndice, y no me ocurrió cosa digna de contarse, pensaba seguir en
Madrid sin dueñas doloridas.
En efecto, me he habituado en mi soledad, en mi
abandono, á ser libre. Este único bien no pudieron quitármelo; mejor dicho, ni
aun creyeron que merecía la pena de querérmelo quitar. Sin duda Roa y Carranza,
los dos canónigos, me observaban y enviaban notas tranquilizadoras. Yo no
cometía irregularidad alguna, yo no abría la puerta á ningún galán. Farnesio
cree que debo ingresar en la cohorte de la gente víctima de los formulismos.
¡Es tarde, es tarde!
Cuento veintiocho años; me acerco á veintinueve.{96} Mi carácter se ha templado en las aguas amargas
de mi soledad y abandono. El sentimiento de la injusticia cometida conmigo, tan
largo tiempo, me ha infundido un ansia de desquite y goce y exaltación de mí
misma, que tiene vistas á lo infinito. Yo necesito apurar los sabores de la
vida, su miel, su mirra, su néctar. ¡Yo necesito ir á su centro, á su núcleo, á
su esencia, que son la hermosura y el amor! En estos meses he podido
cerciorarme de que la comodidad, las riquezas, en sí, no me satisfacen, no me
bastan. Cuando era menesterosa, y me zurcía mis medias, pensaba tal vez, como
en algo inaccesible, en la contingencia de que doña Catalina muriese
acordándose de mí con una manda que representase una vida de modesto desahogo.
¡Bah! Ahora me sonrío de las puerilidades del primer día, mi goce físico cuando
me recliné en la berlina acolchada, mi soberbia de parvenue al
llamar despóticamente á la doncella y exigir el baño... Y, adquirido ya cierto
buen gusto, me complazco en salir á pie, vestida sencillamente, en peinarme yo
misma. El propio instinto me impulsa á proyectar un viajecillo á Alcalá, para
ver á mis antiguos amigos, y unir el pasado al presente.
Todas las noches, á solas, encerrada en mis
habitaciones, me doy una fiesta á mí misma. Me despojo de los crespones, visto
trajes exquisitos, de color, y me prendo joyas. He hecho transformar y
aumentar, á mi capricho, las de doña Catalina. Libres de sus pesadas monturas,
ahora los brillantes y las esmeraldas{97} son
flores de ensueño ó pájaros de extraño plumaje; las perlas salen húmedas de su
gruta marina, y algún grueso solitario, pendiente de sutil cadenilla invisible,
esmaltada del color de la piel, cuelga lo justo para iluminar como un faro el
nacimiento del seno... Antes de todo, he entrado en el baño, preparado por mí,
y en el cual he vertido á puñados las pastas suaves de almendra, los espumosos
afrechos, y á chorros los perfumes, todo lo que el cuerpo gusta de absorber
entre la tibia dulzura del agua. Uno de mis primeros refinamientos ha sido ¿es
esto refinamiento?, colar el agua de mi baño al través de filtros poderosos,
para no bañarme en ese légamo en que generalmente se baña Madrid... el poco Madrid
que se baña. Encendidas las estufas, radiante de luz eléctrica mi tocador, paso
á él envuelta en la tela turca. Lienzos delgados y calientes completan la tarea
de enjugarme, y ligera fricción pone mi sangre en movimiento. Me extiendo en la
meridiana, enhebrándome en una bata de liberty blanco y encajes. Descanso
breves minutos. En seguida procedo al examen detenido de mi cuerpo y rostro,
planteándome por centésima vez el gran problema femenino: ¿Soy ó no soy
hermosa?
La triple combinación de espejos reproduce mi
figura, multiplicándola. Me estudio, evocando la beldad helénica.
Helénicamente... no valgo gran cosa. Mi cabeza no es pequeña, como la de las
diosas griegas. Con relación al cuerpo, es hasta un poco grande, y la hace{98} mayor el mucho y fosco pelo obscuro. Mi cuello no
posee la ondulación císnea, ni la dignidad de una estela de marfil sobre los
hombros de una Minerva clásica. Mis pies y mis manos son demasiado chicos ante
la proporcionalidad estatuaria, y mis brazos mórbidos y mi pierna nerviosa
miden un tercio menos de lo que deben medir para ser aplicables á una Febe.
Empiezo á vestir mi desnudez, y cada prenda me
consuela y me reanima. La camisa, casi toda entredoses, nuba mis formas
prestándolas vaporoso misterio, y haciendo salir los brazos de entre la espuma,
mucho más gentiles que los brazos forzudos de la Palas lancera. Al jugar el
calado de sedosas transparencias sobre el tobillo menudo de española que poseo,
me figuro que es imposible acordarse de la extremidad inferior de la Cazadora.
El corsé de raso mate, bordado, guarnecido de valenciennes, se adapta á mi torso,
ciñe y recoge mi vientre pequeño, emplaza mis senos vírgenes, y más abajo, la
falda de surá complica sus adornos ligeros, ricos sin parecerlo, y diseña la
silueta de la flor de la datura, arriba hinchado capullo, abajo despliegue de
una campana ondulante. Sospecho que no hay razón para deplorar que el tronco de
la Dea de Milo parezca, á mi lado, el de un fuerte púgil.
Labrada la fácil arquitectura de mi moño, de mi
tupé sombrío que avanza sobre los ojos haciendo de su expresión un enigma,
clavo en él un ave de pedrería, unas espigas que radian diamantes alrededor de
mi cabeza, ó dos audaces{99} plumas de pavo real
que divergen y me flechan de esmeraldas, ó un mercurio de roca antigua, cuyas
alas picantes dan á la testa la inquietud del vuelo. El traje, sin faralaes,
adherido, recamado, cae como veste solemne hasta cubrir enteramente los pies,
derrámanse en rebordes artísticamente severos sobre la alfombra. Es el peso de
sus bordados bizantinos, de oros rojos, verdosos, apagados, sonrosados, lo que
produce esa línea de mosáico de Rávena ó miniatura de misal. Sobre el lujo á la
vez violento y sobrio del traje, y realzando su curiosidad, la salida de
teatro, también pesada, desciende arrastrada por sus flecos de irisado vidrio y
sus rebordaduras complicadas, de matices sabiamente combinados. De mi cuello
penden los hilos de perlas, que he dispuesto á mi manera y que bajan hasta la
cintura. Ninguna otra joya, excepto las sortijas, enormes, en los pulidos
dedos. Los dedos de mis manos—y hasta los de mis pies—son para mí objetos de un
antiguo culto. En mis escaseces de Alcalá, cuántos sacrificios para no
deshonrarme las manecitas! Uso perpetuo de guantes de algodón en las faenas
caseras, y derroche de una pasta para suavizar y adobar la piel. Ahora, abuso
de los estuches atestados de cachivaches de plata con mis cifras, de las
infinitas limas, las tijeras de todas las formas y curvaturas, los bruñidores y
pinzas, los botes de cincelada tapa que contienen mudas y blandurillas para
acentuar lo rosado de mis uñas, y conservar la sedosidad de mi piel.{100}
Ya revestida de mis galas, me situo de nuevo ante
los espejos que me reflejan, y trato de definirme. Mi figura es una de tantas
como la moda actual, artísticamente pérfida y reveladora, troquela en sus
moldes. Tiene trazos graciosos, y la tela, al ajustarse estrechamente á caderas
y muslos, marca líneas de inflexión gentil; pero lo mismo les sucede á casi
todas las que se visten de este modo, á menos que sean cincuentonas, ó su
estructura se base en el tocino ó la cecina. ¡Ni soy torcida, ni obesa, ni flaca,
y esto es todo lo que el espejo me dice!
Mi cara... La consulto como se consulta á una
esfinge, preguntándola el secreto psicológico que toda cara esconde y revela á
un tiempo. Sombreada por el tejadillo capilar en el cual titila un diamante
montado en tembleque, mi cara, más bien descolorida, ni es nimiamente correcta,
ni irregular de facciones. No tengo un lado de la cara distinto del otro, como
sucede á tanta gente. Mi tez es de una vitela sólida, sin granos, pecas, barros
ni rojeces. Mis cejas forman doble arco elegante. Mis ojos, color café, al sol,
recuerdan una de esas piedras romanas en que parece que hierven partículas
derretidas de oro. Mi boca es mediana, no bermeja; pero los dientes, de cristal
más que de marfil, la alumbran, y no la sombrea bozo. Los labios tienen un
diseño intenso, y gracias á él, siendo carnosos, no llegan á sensuales. Mi faz
es larga; la nariz la caracteriza aristocráticamente.
No llamo la atención desde lejos. De cerca,{101} puedo agradar. Nunca he creído en el triunfo de
las perfectas. Además, soy de las mujeres de engarce. Lo que me rodea, si es
hermoso, conspira á mi favor. El misterio de mi alma se entrevé en mi adorno y
atavío. Esto es lo que me gusta comprobar lejos de toda mirada humana, en el
tocador radiante de luz, á las altas horas de la noche silenciosa, extintos los
ruidos de la ciudad. Las perlas nacaran mi tez. Los rubíes, saltando en mis
orejas, prestan un reflejo ardiente á mis labios. Las gasas y los tisúes,
cortados por maestra tijera, con desprecio de la utilidad, con exquisita
inteligencia de lo que es el cuerpo femenino, el mío sobre todo—he enviado al
gran modisto mi fotografía y mi descripción—me realzan como la montura á la
piedra preciosa. Mi pie no es mi pie, es mi calzado, traído por un hada para
que me lo calce un príncipe. Mi mano es mi guante, de Suecia flexible, mis
sortijas imperiales, mis pastas olorosas. Toda yo quiero ser lo
quintaesenciado, lo superior—porque superior me siento, no en cosa tan baladí
como el corte de una boca ó las rosas de unas mejillas—sino en mi íntima
voluntad de elevarme, de divinizarme si cupiese. Voluntad antigua, que en mi
primera juventud era sueño, y ahora, en mi estío, bien puede convertirse en
realidad. Para mí ha de aparecer el amor cortado á mi medida, el dueño
extraordinario, superior á la turba que va á asediarme, que empieza á olfatear
en mí á la heredera poderosa y á la mujer inexperta socialmente, fácil de cazar.
¡No tanto, señores!{102}—No soy una heroína de novela
añeja. Invariablemente, en ellas, la protagonista, millonaria, se aflige porque
sus millones la impiden encontrar el amor sincero. Pienso todo lo contrario.
Esta inesperada fortuna me permitirá artistizar el sueño que yace en nuestra
alma y la domina. Como el inteligente en arte que, repleta la cartera, sale á
la calle dispuesto á elegir, yo, armada con mi caudal, me arrojaré á descubrir
ese ser que, desconocido, es ya mi dulce dueño. Y aparecerá. El también poseerá
su fuerza propia. Será fuerte en algún sentido. Algo le distinguirá de la
turba; al presentarse él, una virtud se revelará; virtud de dominio, de
grandeza, de misterio. Las cabezas se inclinarán, ó los ojos quedarán cautivos,
ó el corazón se descolgará de su centro, yéndose hacia él...
Pensando en él, prolongo mi estación
ante el tocador, y las lunas altas, límpidas, copian mi cara expresiva, mis
ojos ansiosos, mi busto brotando del escote como un blanco puñal de su vaina de
oro cincelado... Y pruebo más trajes; uno azul, del azul de los lagos, bordado
de verdes chispas de cristal y largas cintas de seda crespa, y otro blanco, en
que se desflecan orlas de cisne, y otro del tono leonado de las pieles fulvas,
transparente, bajo el cual se trasluce un forro de seda naranja, azafranoso...
Y me sonrío, y entreabro abanicos, y juego á prenderme flores, y vierto por el
suelo esencias, y, por último, rendida, arrojo aprisa mis galas, y estremecida
por la horripilación del{103} amanecer, corro con
los brazos cruzados sobre el pecho á refugiarme en mi cama, donde me apelotono,
me hago un ovillo, encogida, trémula de cansancio, con los pies helados, la
cabeza febril...
IV
Al empezar á crecer los días, remanece la idea de
irme á Alcalá una semana, á ver á mis viejos amigos. Se combina este propósito
con mis maliciosos recelos. Es indudable que esos arrinconados y modestos
señores, que no me han hecho en tres ó cuatro meses ni una visita, poseen la
clave de mi historia, saben lo que yo todavía no comprendo, lo que inútilmente
busqué en el armario de papeles. Farnesio es impenetrable; nada le arrancaré;
cada día se difumina mejor la verdad en las nieblas de su habla sobria. El secreto,
sin embargo, no puede ser verdadero secreto, ya que lo han conocido, por lo
menos, tres personas: Farnesio, Carranza, y Roa, el fallecido.
Dispongo mi viaje. Nada de aparato; me alojaré en
la casa que tantos años habité, y que ahora es mía, y me servirá Sidra, la
misma Maritornes de antaño... La tengo allí al cuidado de los muebles. ¡Vaya
unos muebles! El cocinero, eso sí, enviará todos los días la comida, y un
pinche encargado de presentarla.
Invitaré al canónigo; se le soborna por la{104} boca: es amigo de la mesa. Malo será que no se
descorra el velo. Una circunstancia, al parecer insignificante, acrece mi
curiosidad ardorosa. Con motivo de las formalidades de testamentaría, he visto
mi partida de bautismo. Fuí bautizada en Segovia. Y mis nombres de pila son:
Catalina, Natalia, Micaela... He interrogado á Farnesio, como al descuido:
—Si me llamo Catalina, ¿por qué me han llamado
Natalia?
Ligera rubicundez, tartamudeo.
—¡Porque Natalia... es más bonito! Es decir,
supongo que sería por eso,—añade, ya aplomado—pero es imposible averiguarlo, no
habiendo medio de preguntárselo á tus padres!
—Pues desde hoy, Catalina vuelvo á ser.
En mi saco, guardo una maravilla de arte que
pretextará mi excursión por el deseo de que mis amigos la vean y estudien. Es
una medalla que parece del XV. La descubrí en el oratorio de doña Catalina,
churreteada de cera y protegida por un vidrio oval y un marco indecoroso, de
coral basto y recargada filigrana.
Visto un luto sencillo, y me voy á la estación
completamente sola. Saboreo la confusa sorpresa de encontrar que un cambio tan
capital en mi suerte no altera mis impresiones. Como siempre, me embelesa el
paisaje, que la primavera empieza á realzar con tímidos y blanquecinos toques
verdes, con idealidades de acuarela (la primavera es acuarelista). La sensación
tranquila y señorial de Alcalá es la misma, igual la impresión de limpieza de
sus aceras de ladrillo{105} y su caserío claro. Á
pie voy desde la estación á mi casa. Cerca del bulto de bronce de Cervantes,
¡castizo bulto! me cruzo, casi á la puerta de mi domicilio, con las hijas del
Juez, las que me ponían motes. De sorpresa, se inmovilizan. Me devoran, con
mirar hostil. Luego, con aire de sufrimiento, vuelven la cara. Voy ataviada sin
pretensiones ningunas, pero mi toca negra es parisiense, mi sotana de casimir,
del gran modisto, mi luto una apoteosis. Mi bolsita de cuero negro luce inicial
de chispas. El dinero es tan difícil de ocultar como la pobreza. ¡Qué de
envidias! ¡Qué de charlas chismosas! ¡Cómo rabiarán!
Vuelta á ver mi casita, me hace el efecto de uno de
esos lugares donde estuvimos de niños, y que juzgábamos mucho mayores. Sidra me
acoge con una mezcla de resabios familiares y terror respetuoso. ¡Su señorita,
la que la regañaba por diez céntimos mal administrados! ¡Y ahora, no saber
adonde llega mi fantástica fortuna!
—Bueno, Sidra, cállate, barre mucho, friega
mucho... Traerán la comida de Madrid; tú enciende el fogón, para que la
calienten... Y manda un chiquillo á avisar al Sr. Doctoral y á D. Antón. ¡Que
almuerzan conmigo! Y si le estorbase al Sr. Doctoral almorzar, por las horas de
coro, que le aguardo á las tres para el café, y que cenará aquí.
Ninguno pudo acudir á almorzar. Á las tres,
llegaron radiantes. Intentaron un retrasado pésame, que sonaba á enhorabuena.{106}
—Déjense de niñerías. Ya sabemos que esto es motivo
de felicitación—advertí.—No lo oculten, puesto que lo piensan.
Se rieron. Leí en sus caras la satisfacción de
verme, y de verme tan dichosa, sin género de duda. Yo también reía. Fué un
momento sabroso, en que revivieron los tibios afectos y las intimidades
apagadas del pasado.
Empecé á hartarles de café extraordinario, de ron
muy viejo, de licores primera marca. ¡Bastante agua chirle les había dado en mi
vida!
—¿Se acuerda usted, Carranza, de cuando me regalaba
usted, de tiempo en tiempo, una librita de molido, porque mis recursos...?
¿Buen cambiazo, eh? ¿Qué tal, si le hago á usted caso y entro monja? No, no se
excuse; su intención era buena, de fijo. Las circunstancias mandan en nosotros.
Viviendo Dieguito Céspedes, yo estaba mejor emparedada...
El canónigo sonreía de un modo pacato, mirándose
los rollizos pies, que asomaban calzados de vaca reluciente, con plateada
hebilla.
—Sin embargo—añadí—, Dieguito y yo cabíamos en el
mundo. ¿Qué estorbo le hacía esta infeliz? Mi pensión, de dos mil pesetas, no
mermaba su caudal. Y usted sabe que yo era incapaz de pedir más, de molestar á
mi...
—A tu respetable tía doña Catalina—atajó el ladino
y erudito eclesiástico—. De sobra conocemos tu delicadeza. Pero, Nati, eso del
monjío y la mesada son viejas historias. Casi prehistoria, niña. Doña Catalina
Mascareñas te ha dado{107} una prueba bien
estupenda de su cariño, y nosotros, contentísimos de que lo haya heredado
nuestra Natalita—porque supongo que nos permites llamarte así.
Lo dijo con tono ahidalgado, con esa seca y grave
cortesía castellana, que rebosa dignidad.
—Lo único que no permito es que me llamen Natalia.
Catalina me pusieron en la pila. Llámenme Lina, ¿eh? ¿Convenido?
—Corriente... ¡Lina, consejo de amigo antiguo! Yo
intenté, hace tiempo, darte un esposo sin tacha. Ahora, escógetelo bien tú...
Mira lo que vas á hacer...
—¡Esto ya no se puede sufrir!—grité afectando
indignación—. Ayer me quería usted meter entre rejas, hoy casarme. ¿De dónde
saca usted...?
Desde su rincón, D. Antón de la Polilla me hacía
misteriosos guiños.
—No te vas á quedar vistiendo santos... No es bueno
para el hombre vivir solo. ¿Qué diremos de la mujer?
—La mujer que posee un capital, debe considerarse
tan fuerte como el varón, por lo menos—sentencié.
—A veces—arguyó el Magistral—el dinero es un
peligro. ¡Expone á tantas cosas!
—A mí, no—respondí tranquilamente—. A ustedes les
consta que he cursado en las aulas de la necesidad. No hay doctora complutense
que me pueda enseñar esta asignatura. Y he visto que las pobres no infunden
pasiones.
—De todos modos... Polilla, déjese usted de{108} hacer morisquetas, y ayúdeme. ¿No cree usted
también que Nati... digo, Lina... debe casarse?
—Hay—enfatizó el volteriano—una ley imperiosa,
grabada por la naturaleza en nuestros corazones, que nos manda amar.
—¿Ha recogido usted alguna estela donde se inscriba
esa ley?—pregunté malignamente—. ¿Y se ha enterado usted de que no hablábamos
de amor, sino de matrimonio?
—Hija mía—baboseó el vejete—, eres pesimista de
sobra. Dices que tu pobreza... Yo he visto á más de un teniente pasear esta
plaza mirando hacia tus balcones.
—Era su deber, como las guardias. ¿Qué hace un
teniente aquí, si no mira á los balcones? Me miraban... como se mira al mar
cuando no hay propósito de embarcarse.
—Insisto, Lina—decretó Carranza—. Necesitas sombra.
—Tengo á Farnesio... Me sombreará, como sombreó á
doña Catalina.
El golpe era traicionero. Estudié la fisonomía de
Carranza, aquella faz de medalla romana, de papada redondeada y labios irónicos
á fuerza de inteligencia. Juraría que se alteró un poco.
—¡Farnesio no es... pariente ni deudo tuyo!... Se
necesita familia...
—Se necesita querer—mosconeó Polilla, sentimental.
—¡Tiene gracia! Usted, Carranza, sin familia vive,
y hecho un papatache... Y usted, don Antón, no supongo que haya sido un
Amadís...{109} Pero, en fin, si á querer vamos, le
querré á usted. Capaz soy de ofrecerle mi blanca mano.
¡Ridiculez humana! Polilla se emocionó. Su cráneo
pequeño, raso y satinado como manzana camuesa madura—excepto el cerquillo gris
que orla el cogote y trepa hasta la sien—, se sonrojó como el camarón cuando lo
echan en el agua hirviendo. Y el caso es que comprendió la chanza y la
devolvió.
—Aceptado, Linita... Carranza, bendíganos, aunque
eso en mis principios no entra.
Le miré con afecto, con dejos de añoranza... Los
dos señores eran mis iniciadores intelectuales. Por ellos podía yo saborear más
conscientemente las mieles de la riqueza. En este pueblo decaído, entre estos
amigos trasconejados, sazonados con especias de sabiduría, yo fuí abeja
libadora de secretos y curioseadora de flores marchitas, todavía olientes. Por
dentro, habia vivido más intensamente que las fátuas cuyo nombre traen y llevan
los revisteros de salones. Sonreía de gozo ante mis maestros. El Magistral,
ceremonioso y malicioso, enemigo de quimeras, antiromántico, con su fisonomía
más ancha abajo que arriba, sus ojos agudos tras los espejuelos, su azul
barbilla rasurada, su entendimiento orientado hacia las fuentes claras y
cristalinas del clasicismo nacional; Polilla, vivaz como un roedor y tierno
como un palomo, con su geta color de hueso rancio, su bigotillo cerdoso, sus
dientes semejantes á teclas viejas que enverdeció la humedad, su terno color
ocre, su corbata con rapacejos{110} y sus botas
resquebrajadas, representaban la luz de mi conocimiento, la formación de mi
mentalidad; yo les era superior, no en el saber, sino en el sueño... Mientras
saboreo la cordialidad de mi emoción y la nostalgia inevitable del pasado, no
pierdo de vista mi propósito.
¡Es evidente que nada sacaré de Carranza! El único
que se entregará es Polilla.—Hay que quedarse sola con él.
La casualidad lo arregla. Vienen á traer al
Magistral un recado urgente del Deán. Intrigas, cabildeos. Carranza responde
que va en seguida, pero no querría marcharse sin ver la placa del XIV ó del XV
que le he anunciado. Cuando se la presento, libre de marco y cristal, limpia,
prorrumpe en exclamaciones.
—¡Qué portento! ¡Pero de dónde sale esto! ¿Dices
que del oratorio de la señora de Mascareñas? Naturalmente, como que es su
Patrona, Santa Catalina de Alejandría... ¡Pero no haberla visto yo!
—¿No entró usted nunca en el oratorio de la señora?
—No, jamás—responde, con su estudiada reserva de
camarlengo del Papa—. Apenas si fuí allá dos ó tres veces á visitarla, por
asuntos de administración, pues quiso tu tía encargarme de la hacienda que hoy
posees en Alcalá. ¡Pero figurate mi júbilo! Casualmente (dedicada á la señora
de Céspedes), tengo yo escrita una relación de la vida de esa santa. Pensaba
ofrecérsela, pero Dios dispuso...{111}
—¿La vida de la filósofa? Dedíquemela usted á mí.
Haremos que vea la luz.
—¡Lina, eres toda una señora! No sé como
agradecerte...
—La placa—interrumpí yo—¿será del XIV?
—Del XV—intervino Polilla. ¿No nota usted el
plegado del traje? Y el procedimiento del esmaltado... Y todo, todo...
—La Santa debía de ser muy elegante...
—Vaya... ¡Refinadísima!
—Mañana, despacio, por la tarde, me leerá usted la
relación, y repito que la edición corre de mi cuenta.
Se dilató el semblante del erudito. Ya se veía
empaquetando ejemplares para enviar á los académicos que á veces le escriben,
no más que para consultarle cosas de Alcalá y sus contornos. Ahora verían que
puede dominar otros asuntos su pluma.
—Leeré—dijo—únicamente lo narrativo. Las notas
serían enojosas. Quedan para la impresión.
—Bien pensado.
Y me dejó sola con D. Antón de la Polilla.
V
No necesito diplomacia, ó por lo menos, no necesito
astucia con este amigo, cuya boca no sufre candados.
—Me estaba riendo, D. Antón, de los guiños que
usted me hacía.{112}
—Ya, ya lo noté... ¡Ese Carranza! ¡Qué clérigos!
Antes, empeñado en meterte en un claustro, y ahora... ¡Vamos, son criminales;
no reconocen ley moral desde el momento en que se ordenan!
Le llevé la corriente.
—En efecto, á mi me parece que eso no está bien, y
lo que más me fastidia, Polillita, de los eclesiásticos, es el prurito del
disimulo; la falta de franqueza. Carranza tiene la manía de hacer misterio de
todo; de tonterías sin importancia.
—Una chifladura... Lo menos se cree en las
antecámaras del Vaticano, revolviendo el guiso negro de aquella diplomacia.
¡Oh! ¡Qué cosa más artística, confitarse en discreción! ¡Prodigar detalles
sobre lo que pasó hace dos mil años, y guardar una reserva ridícula, sobre lo
que ha sucedido ayer, y, además, no importa nada absolutamente!
—¿Qué fin se llevará en eso la gente de iglesia, D.
Antón? ¿Á qué vendrá tal arte de maquiavelismo?
Polilla frunció la boca y enarcó los dos hopitos de
las cejas.
—¡Ay, hija mía! No dudes que algún fin llevan; que
ese sistema de disimulo les da buen resultado. No hay como ser zorro. En estos
zorritos se fía la gente. En un hombre franco, no. Ya verás, ya verás si
Carranza se las arregla para buscarte novio de su mano; y claro, después
mandará en tu casa y en tí y satisfará sus ambiciones. No tengas miedo de que
se pierda! Pero yo trataré de madrugar y defenderte...{113}
—Usted es muy buen amigo—declaré.
—No, no vayas á creer que no nos estimamos el
Magistral y yo. Como digo una cosa digo otra. Entablé á mi vez el elogio de
Carranza.
—¡Oh! ¿Qué me va usted á contar? Es persona que
vale mucho. También D. Genaro Farnesio es excelente y parece que me quiere de
verdad. Y... ¿conoce usted á D. Genaro?
—Sí, desde hace muchos años. Alguna vez se ha
dejado caer por aquí, con motivo de asuntos administrativos de doña Catalina.
Cuando tú eras niña, venía bastante amenudo. Era el tiempo en que cuidaba de ti
aquella Romana, la que luego se puso tan enferma que fué preciso enviarla á su
pueblo, á Málaga, donde murió. Después te colocaron de interna en un colegio de
Segovia. Y luego, cuando fuiste mayor, te trajeron aquí, con una bruja vieja
que se llamaba doña Corvita. Ya te acordarás: estaba medio ciega y hacías de
ella á tu capricho.
—¿Y mientras estuve en Segovia yo, también venía
por aquí el señor de Farnesio?
—Déjame recordar... No; se me figura que por
entonces no venía.
—Ese apellido de Farnesio debe de ser ilustre. D.
Antón, usted que todo lo sabe, ¿conoce el origen de ese apellido?
—Hay una dinastía de príncipes que lo han llevado,
pero el Sr. D. Genaro no procede de esos príncipes, sino probablemente de la
aldea de Farneto, de donde los Farnesios eran señores, y daban su nombre á los
aldeanos, como ha sucedido también algunas veces en España.{114} Esto
de los apellidos engaña mucho. Los hay que suenan y no son; y los hay que son y
no suenan. ¿Creerás que, por ejemplo, el de Polilla es de los principales
apellidos castellanos? Los Polillas, según he podido rastrear en Godoy
Alcántara, venían de...
—¡Sí, sí, lo recuerdo!—exclamé evitando que aquel
enemigo de toda preocupación nobiliaria me espetase su genealogía—. Pero se me
ocurre: D. Genaro Farnesio, ¿es italiano?
—El, no. Lo era su padre.
—Y á su padre ¿le conoció usted también?
—Precisamente conocerle, no. Supe que era cocinero
del señor de Mascareñas, el padre de doña Catalina. D. Genaro nació en la casa.
—¡Qué bien enterado está usted siempre, Polillita!
Es un gusto consultar á usted.
Sonríe, halagado, enseñando las teclas añejas de su
dentadura.
—¿Diga usted—porfio—, D. Jenaro viviría siempre con
los señores de Mascareñas?
—No por cierto. Tendría veintitrés años cuando,
acabada su carrera de abogado, empezó á rodar por ahí, empleado en Oviedo, en
Zamora, en León, en secretarías de Gobierno civil y varios destinos.
—¿No se casó nunca? Yo me figuraba que era viudo.
—Solterón, como yo...—se ufanó Polilla.
—Le parecerá raro que esté tan mal enterada, pero
usted no ignora qué poco le he visto, y me conviene saber, para conocer los
antecedentes de una persona hoy tan allegada. Al fin,{115} Farnesio
va siendo mi brazo derecho, como fué el del Sr. de Mascareñas... y del Sr. de
Céspedes, el marido de doña Catalina.
—¿Brazo derecho? ¡Quiá! En vida de esos señores,
Farnesio no administraba. Cuando doña Catalina enviudó, á los cinco años de
matrimonio, siendo Dieguito una criatura, es cuando vuelve á la casa Farnesio,
para arreglar el maremagnum de la testamentaría y mil cuestiones y pleitos que
intentó la familia de Céspedes. Y como doña Catalina no se daba mucha maña,
Farnesio se hizo indispensable. Eso sí: es honrado á carta cabal, y entiende el
busílis. En sus manos, debe de haber crecido como la espuma la fortuna de
Mascareñas. ¡Mejor para tí, hija mía! Todo esto lo sabe Carranza... ¡Apostemos
á que no te lo dice!
—Pues no veo en ello ningún secreto de Estado. Y...
á propósito... Y á mis padres, ¿les ha llegado usted á conocer?
—Personalmente, tampoco... ¿Cómo quieres? Pero hay
noticias, hay noticias.
—Vengan... ¡Pobrecitos papás míos!
—Tu papá, D. Jerónimo Mascareñas, era hijo de un
primo hermano del padre de doña Catalina. El tal primo hermano, tu señor
abuelo, perdió hasta la camisa en el juego y otras locuras. Total, que á sus
hijos les dejó el día y la noche. A tu padre le atendió doña Catalina
muchísimo. Bueno fué, porque pasaba cada crujida... ¿Oye, no te parece mal?
—¡Amigo Polilla, qué pregunta! ¿Pues no he sido yo
pobre tantos años?{116}
—Tienes razón... La pobreza enaltece... Rodando y
rodando, tu papá conoció á una señorita muy guapa, estanquera en Ribadeo...
Dicen que propiamente una imagen... Era enfermiza, la desdichada. Falleció al
nacer tú, ó poco después, que eso no lo sé de positivo. Ello es que de tí se
hizo cargo, por orden de doña Catalina, el Sr. Farnesio, que te puso ama y te
dejó al cuidado de ella, en tierra de Segovia. Pero esto ya lo sabrás tú muy
bien. ¿Que te estoy contando?
—No lo crea. Los recuerdos de la niñez son
confusos. Sé que mi padre también murió joven.
—No tan joven, pero no viejo. Sobrevivió á su
mujer, y aun decían si había vuelto á casarse; pero salió mentira. La gente,
amiga de catálogos, chismorreaba que había jurado no verte, porque le
recordabas á su santa esposa. Esto también lo creo fábula. Lo seguro es que,
como le dieron un cargo allá en Filipinas, donde cogió la disentería que acabó
con él, no tuvo tiempo de venir á hacerte fiestas. La protección de doña
Catalina le tranquilizaba respecto á tu suerte.
—Por lo visto mi papá era una cabeza de chorlito,
como el abuelo. Y hasta parece que...—Hice ademán de alzar el codo.
—Ya que estás enterada...—balbuceó, turbadísimo, D.
Antón.
—Los que tienen esa costumbre y van á Filipinas,
dejan allí el pellejo.
Polilla, aguado, modelo de sobriedad, aprobó con la
cabeza, sentencioso.{117}
—Vamos á ver—insisto afectuosamente, engatusando al
ratoncillo de biblioteca—todo eso está muy bien, y debo á doña Catalina
profunda gratitud; pero, ¿á qué venía querer que yo entrase monja? Carranza y
el pobre Roa, que en gloria esté, hicieron una campaña...
—¡No me hables! ¡Indigna! Estuve por enviar un
comunicado á las Dominicales. ¡Tenebrosa conspiración! No ignoras
que hice lo posible porque abortase; bien recordarás mis protestas, mis
consejos.
—¿Á qué idea obedecería tal empeño, don Antón?
—¿A qué? ¡Inocente! ¿Y una muchacha tan superior
como tú me lo pregunta? A fanatismo, á malicia negra. Quieren extinguir la
fecundidad, el amor; su odio á la vida toma esa forma.
—El caso es, D. Antón, que ahora Carranza me
aconseja que me case.
—Negocio verá en ello. Que si no...
—¿Y qué negocio pudo ver en mi monjío?
—¡Dale, hija! Fanatismo brutal. Inquisición pura.
—Creo que tiene usted razón—asentí—. Y en lo de
ahora, ya viviré prevenida. Pero usted, reservadamente, me auxiliará con sus
advertencias.
—Haré algo más... Tengo una idea... Una idea
sublime.
¡Oh, inefable D. Antón! Ya no me haces falta. Tú,
el hombre de los datos; el genio de la menudencia... sin enterarte, me has
puesto en las manos la antorcha. Me has enseñado, buen{118} maestro,
lo que no sabes. ¡Creía interpretar tus guiños, como clave de la verdad que
ibas á descubrirme, ahora que ya no importa que yo la sepa; y los guiños no
significaban sino el inofensivo desahogo de tu prevención contra Carranza, á
quien no he de guardar rencor alguno por haber salvado la honra de mi madre!
Sí; ahora ni un sólo hilo me falta; el pasado sale
de su penumbra silenciosa y se acerca á mí, evocado por los hechos que me
relató don Antón, y son ciertos, pero significan enteramente lo contrario de lo
que él entiende... ¡Mi desprecio hacia los hechos, mi gran desprecio idealista,
qué bien fundado! El hecho es cáscara, es envoltura de la almendra amarga de la
verdad... El hecho vive porque nosotros, con la fantasía, le vestimos de carne
y sangre... El hecho es la tecla; hay que pulsarlo... Ahora poseo la historia,
si se quiere la novela, construída completamente...
Desfilan sus capítulos. Catalina Mascareñas y
Genaro Farnesio, jóvenes, criándose juntos, jugando juntos en la casa. Genaro,
como chiquillo listo, que sobresale de la domesticidad; Catalina, hija de padre
viudo, un poco abandonada á sí misma, descuidada en la edad en que el corazón
se forma y los sentimientos despuntan. Un amorcillo nace, y se delata,
imprudente. El padre toma el mejor partido: buscándole decentes colocaciones,
envía al muchacho fuera, lejos de Madrid. Le protege; vería con gusto que se
casase. Entretanto, busca un buen novio para su hija. Catalina se{119} une al Sr. de Céspedes. Probablemente no se casa
á disgusto. Catalina es muy pasiva y acepta la vida, en vez de crearla. Vegeta
satisfecha entre el esposo y el hijo. El marido muere; la señora se encuentra
libre, sin saber qué hacer de su libertad, con los asuntos embrollados y mucha
hacienda. Un cariño tranquilo, un recuerdo grato, han sustituído al antiguo
amor; Farnesio la escribe un pésame; contesta afectuosa, deplorando á un tiempo
la viudez y el peso de tanto negocio, la imposibilidad de fiarse en nadie;
Farnesio replica ofreciendo su lealtad; á los pocos días está al frente de la
casa, la dirige con absoluta probidad, con un celo de hermano. Es el útil, es
el indispensable. La señora saborea la dicha de no tener que ocuparse de nada;
Farnesio aquí, Farnesio allá... La presencia, continua; la confianza,
omnímoda... Hay horas de soledad, frente á frente... La buena posición de doña
Catalina atrae pretendientes; pero Farnesio, hábilmente, los aleja, los
desconceptúa... Y sucede lo que tenía que suceder, y también algo presumible,
siempre imprevisto; comprometida ya la señora, Farnesio no quiere saltar el
peldaño, al contrario, desea por hidalguía, por abnegación, seguir siendo el
inferior, el dependiente, el que en la sombra vela por una dama y una estirpe.
La idea del matrimonio, que no hubiese sido antipática á la pasiva doña
Catalina, él la rechaza reiteradamente, definitivamente; no rebajará á la mujer
amada (el amor ya lo había olfateado yo en aquel dolor silencioso, profundo,{120} en presencia del cadáver), no la hará
avengonzarse ante su hijo, no suscitará la menor complicación para el porvenir.
El altar de la honra y del decoro pide una víctima; la víctima seré yo. Se me
buscan padres, es decir, padre, porque mi supuesta madre sucumbe al dar á luz á
una niña, que habrá vivido algunas horas. Con dinero é influencia se arregla
todo. Se aleja de mí á mi padre, no sólo para que no sea indiscreto, sino para
no exponerme á las contingencias de su vida desordenada. Se le prohibe, á ese
pariente pobre y vicioso, que se vuelva á casar, para evitar que otra persona
entre en el secreto, para ahorrarme madrastra. Mi padre apócrifo también ignora
que yo sea cosa de doña Catalina. Supone acaso una aventurilla de Farnesio. El
misterio se ha espesado por todos lados. La bala perdida se dirige á
Filipinas... Allí hará su vida de costumbre... Reflexiono. Cuando la pasión
aguija, ¿se retrocede?... ¡No! El clima de Filipinas es mortífero para sujetos
como mi padre...
A mí se me inculca la idea monástica. El único que
está en el secreto ¿total? ¿parcial? es Carranza, y Carranza guarda la clave.
Se trabaja, se prepara el terreno... Desde un convento no podré yo nunca
afrentar á doña Catalina. Se me contenta con una pensión escasa, para que viva
obscuramente, no me salgan galanes y me sea más fácil renunciar á un mundo en
que hasta sufro privaciones.
Me resisto. Hay en mí fuerza, nervio, voluntad.
Muere Diego. Entonces cesa la catequización...{121} Sobreviene
la larga enfermedad de doña Catalina. No quiere emociones; la horroriza verme;
soy, ahora que distingue las cosas á la luz poniente de la vejez, su
remordimiento, su caída... Y D. Genaro me mantiene alejada, pero trabaja,
siempre en la penumbra, para asegurarme la fortuna que él ha acrecentado. ¡Y lo
consigue!—Nada ignoro ya de lo que me concierne. El conflicto interior,
prontamente lo soluciono. Me quedo con mis padres oficiales. Si lo
fuesen realmente, por serlo; y si no, por cooperar á esta superchería bien
urdida. Es más cómodo, es más decoroso para mí aceptar la versión que me dan
hecha. Y encuentro singular placer en reconocerme incapaz de sentimentalismos
previstos y escénicos; de representar uno de esos melodramas en que se grita:
«¡Hija! ¡Padre!» y se mezclan las lágrimas y los brazos. ¿Me han querido á mí
de este modo, por ventura? No; me han impuesto el secreto, el silencio, la
mentira. La mentira no es antiestética. Me conviene. Dueña de la verdad,
encierro esta espada desnuda en un armario de hierro y arrojo la llave al pozo.
Farnesio será toda la vida mi apoderado general; le trataré con extrema
consideración, pero desde mi sitio, y, por medio de matices, conservaré la
distancia que él ha querido que existiese...
—Un millón de gracias, amigo Polilla... Voy á ver
si encuentro fotografías de papá y mamá, para encargar al mejor retratista dos
lienzos. Quiero tenerlos en mi salón.{122}
—¡Es muy justo! No comprendo—aquí que hablamos sin
hipocresía—más religión que la de los antepasados. La moral del gran Confucio,
que en eso se basa...
Le dí cuerda, y me sirvió una menestra de
descreencias cándidas, fundadas en que Josué no pudo parar el sol, en que la
Inquisición tostó á mucha gente, y en que—éste era su caballo de batalla—los
cuerpos de los niños mártires Justo y Pastor, no se descubrieron porque tuviese
revelación el Obispo Asturio, sino por la tradición que sostuvieron los versos
de Prudencio y San Paulino. «He allegado pruebas—, repetía—, y echaré abajo esa
ridícula fábula. Ya verán lo que es depurar los hechos hasta las semínimas. ¡Llevo
escritas trescientas veinte cuartillas! ¡Me he remontado á las fuentes!»
I
EPISODIO SOÑADO
Volví de Alcalá con una venda menos en los ojos del
alma. El caudal de la experiencia parece completo y siempre es menguado. La
sospecha, al confirmarse, nos deja un poso que satura eternamente nuestras
horas. Si se conociese la historia íntima de cada persona, ¡qué de acíbares!
La herida me sangra hacia dentro. Me acuerdo de mi
madre, negándome no ya su compañía, sino una caricia, un abrazo; empujándome á
un claustro por evitarse rubores en la arrugada frente... ¡Miseria todo! Una
necesidad de ilusión, de idealismo inmenso, surge en mi. ¡Azucenas, azucenas!
Porque me asfixio con los vapores de la tierra removida, del craso terruño del
cementerio, en que se pudre lo pasado.
¿Dónde habrá azucenas...? Donde lo hay todo... En
nosotros mismos está, clausurado y recóndito, el jardín virginal. Un amor que
yo{124} crease y que ninguno supiese; un amor
blanco y dorado como la flor misma... ¿Y hacia quién?
No conozco en Madrid á nadie que me sugiera nada...
nada de lo que me parece indispensable ahora, para quitarme este mal sabor de
acerba realidad. Los que siguen á caballo mi coche, son grotescos. Los que me
han escrito inflamadas y bombásticas declaraciones, me enseñaron la oreja.
¿Quién me escanciará el licor que apetezco, en copa pura...?
Retirada como vivo, es difícil; y si anduviese
entre gente, acaso fuese más difícil aun. Debo renunciar á un propósito tan
raro, y que por su carácter cerebral hasta parece algo perverso. Me bastará una
impresión honda de arte. Oir música, tal vez provoque en mi sensibilidad
irritada y seca la reacción del llanto. En el teatro Real, que está dando las
últimas funciones de la temporada—este año la Pascua cae muy tarde—encargo á
cualquier precio uno de los palcos de luto, desde los cuales se ve sin ser muy
vista. Y sola enteramente—porque Farnesio, cuya corbata parece cada día más
negra, se niega á acompañarme, hincando la barbilla en el pecho y velando los
ojos con escandalizados párpados—me agazapo en el mejor sitio y escucho,
extasiada ya de antemano, la sinfonía de Lohengrin.
Nunca he oído cantar una ópera. Mi frescura de
sensación tiende un velo brillante sobre las mil deficiencias del escenario. No
veo las tosquedades del coro, las coristas en la senectud, imponentes de
fealdad ó preñadas, en meses{125} mayores; los
coristas sin afeitarse, con medias de algodón, zurcidas, sobre las canillas
garrosas; todo lo que, á un espíritu gastado, le estropea una impresión divina.
Tengo la fortuna de poder abstraerme en las delicias del poema y de la música.
He leído antes opiniones; ¿quién fué el verdadero autor? ¿Se puede, sí ó no,
atribuir la tercera parte de la trilogía á Wolfrango de Eschenbach...? Nada de
esto recuerdo, desde los primeros compases del preludio. Con sugestión
misteriosa, la frase mágica se apodera de mi. «No intentes saber quien soy...
No preguntes jamás mi nombre...» Así debe ser el amor, el gran adversario de la
realidad. De países lejanos, de tierra desconocida, con el prestigio de los
sortilegios y los encantos, ha de venir el que señorea el corazón. Deslizándose
por la corriente sesga de un río azul, su navecilla císnea le traerá, á luchar
nuestra lucha, á vencer nuestras fatalidades. Le tendremos á nuestro lado sólo
una noche, pero esa noche será la suprema, y después, aunque muramos de dolor,
como Elsa de Brabante, habremos vivido.
El preludio acentúa su magnífico crescendo.
Saboreo el escalofrío del tema heroico que vibra en sus notas. Se alza el
telón. El pregón del heraldo anuncia la esperanza de que llegue el caballero.
Y... aparece la barquilla, con su fantástico bogar. Espejea en la proa un
deslumbramiento relampagueante de plata. El caballero desembarca, entre la
mística emoción de todos, de Elsa palpitante, de Ortruda y Telramondo{126} estremecidos de pavor. Avanza hacia la batería,
y yo me ahinco en la barandilla del palco para mejor verle.
Es una especie de arcángel, todo encorazado de
escamas, en las cuales riela, culebreando, la luz eléctrica. La suerte ha
querido que no sea ni gordo, ni flaco de más, ni tenga las piernas cortas ó
zambas, ni un innoble diseño de facciones. ¡Qué miedo sentía yo á ver salir un
Lohengrin caricaturesco! No, por mi ventura grande. Llámase Cristalli,—y hasta
el nombre me parece adecuado, retemblante y fino como el choque de dos copas
muselina.—¿Su edad? Rasurado, con los suaves tirabuzones rubios de la peluca,
simulando el corte de cara juvenil, se le atribuirían de veintidós á
veinticinco años, pero la viril muñeca y el cuello nervudo acusan más edad. Y
todo esto de la edad, ¡qué secundario! Lohengrin no es el héroe niño, como
Sigfredo. Es el paladín; puede contar de veinte á cuarenta.
Sabe andar grave y pausado; sabe apoyarse en su
espada fadada; sabe permanecer quieto, esbelto, majestuoso. Sobrio de
movimientos, es elegantísimo de actitudes. Y me extasío ante el blancor de su
vestimenta de guerra. El tema del silencio, del arcano, vuelve, insistente,
clavándose en mi alma. «No preguntes de dónde vengo, no inquieras jamás mi
nombre ni mi patria...» ¡Así se debe amar! Mi alma se electriza. Mi vida
anterior ha desaparecido. No siento el peso de mi cuerpo. ¿Quién sabe? ¿No
existe, en los momentos extáticos, la sensación{127} de
levitación? ¿No se despegará nunca del suelo nuestra mísera y pesada carne?
La necedad de Elsa, empeñada en rasgar el velo, me
exaspera. ¿Saber, qué? ¿Una palabra, un punto del globo? ¿Saber, cuando tiene á
su lado al prometido? ¿Saber, cuando las notas de la marcha nupcial aún rehilan
en el aire?
Yo cerraría los ojos; yo, con delicia, me
reclinaría en el pecho cubierto de argentinas escamillas fulgurantes. «Sácame
de la realidad, amado... Lejos, lejos de lo real, dulce dueño...» Y, en efecto,
cierro los ojos; me basta escuchar, cuando el raconto se alza,
impregnado de caballeresco desprecio hacia el abyecto engaño y la vileza,
celebrando la gloria de los que, con su lanza y su tajante, sostienen el honor
y la virtud... Lentamente, abro los párpados. Los aplausos atruenan. Dijérase
que todo el concurso admira á los del Grial, sueña como yo la peregrinación
hacia las cimas de Monsalvato... Quieren que el raconto se
repita. Y el tenor complace al público. Su voz, que en las primeras frases
aparecía ligeramente velada, ha adquirido sonoridad, timbre, pasta y extensión.
Satisfecho de las ovaciones, se excede á sí mismo. La pasión íntima que late en
el raconto, aquel ideal hecho vida, me corta la respiración; hasta
tal punto me avasalla. Anhelo morir, disolverme; tiendo los brazos como si
llamase á mi destino... apremiándole. Imantado por el sentimiento hondo que
tiene tan cerca, Lohengrin alza la frente y me mira. Fascinada, respondo al
mirar. Todo ello un segundo. Un infinito.{128}
«Brabante, ahí tienes á tu natural señor...»
Lohengrin ya navega río abajo en su cisne
simbólico. Le sigo con el pensamiento. Vuelve hacia la montaña de Monsalvato,
al casto santuario donde se adora el Vaso de los elegidos, la milagrosa Sangre.
Allí iré yo, arrastrándome sobre las rodillas, hasta volver á encontrarlo. Yo
no he sido como Eva y como Elsa; yo no he mordido el fruto, no he profanado el
secreto. A mí podrá acogerme el caballero de la cándida armadura y murmurarme
las inefables palabras...
Me envuelvo en mi abrigo, despacio, prolongando la
hora única, entre el mosconeo de los diálogos y el toqueteo de las sillas
removidas al ir vaciándose la sala. Bajo poco á poco las escaleras. Me pierdo
en un dédalo de pasillos mugrientos, desalfombrados, inundados de gentío que me
estorba el paso, me empuja y me codea impíamente, obligándome á defenderme y
profanando mi elevación espiritual. Al fin, huyendo del foyer, de
las curiosidades, llego á la salida por contaduría, donde me esperará mi
berlina. Y mientras el lacayo corre á avisar, me recuesto en la pared y
desfilan ante mí grupos comentando la victoria de Cristalli. «Ni este divo, ni
aquél, ni el otro... Frasear así, tal justeza de entonación...» Estallan
aplausos... ¡Es el divo que pasa!.
Subido el cuello del abrigo, á pesar de lo avanzado
de la estación, por miedo á las bronquitis matritenses, terribles para los
cantantes; mal borrado el blanquete, corto el cabello en{129} la
fuerte nuca, algo saliente la mandíbula, riente la boca, que delata la
satisfacción de una noche triunfal, cruza mi ensueño de un instante; el muñeco
sobre cuya armazón tendí la tela de un devaneo psíquico...
Y, con mi facultad de representarme lo sensible del
modo más plástico y viviente, casi de bulto se me muestra lo que hará Cristalli
ahora, terminada la faena artística: le adivino invitado á una cena con
admiradores, masticando vigorosamente los platos sin especias, encargados ad
hoc para que no raspen su garganta, absorbiendo Champagne,
reluciéndole las pupilas de orgullo, no por ser el paladín del Grial, sino por
que ha justificado sus miles de francos de contrata, pagaderos en oro; y, á fin
de que no se le tenga por afeminado, propasándose con las flamencas que forman
parte del agasajo y caracterizan el ágape de los apasionados del divo.
Exhalo un suspiro que ahogo en mi boa, de negro,
sutilísimo marabú, y, despierta, salto dentro del coche, oyendo que de una piña
de curiosos sale un cuchicheo.
—¿Quién es?
—No la conozco.
II
EL DE POLILLA
Una mañana, ¡sorpresa!—Se aparece en mi casa el
bueno de D. Antón, pidiéndome familiarmente de almorzar.
Le acojo alegre, y, desde el primer momento, abordo
la cuestión de los cuerpos de los niños mártires...
—Ya sabe usted que corre de mi cuenta imprimir la
disertación, Polillita. Con grabados, si usted quiere. Y muchas notas. ¿Qué se
creía Carranza? También por acá se es erudito.
Ríe el hombrezuelo, y le noto una especie de
trepidación azogada, propia de su naturaleza ratonil. A la hora del café, que
le sirvo en la serre, al retirarse los criados, se espontánea.
—¡Oye, Nati... Digo, Lina! ¡La costumbre! ¡Ya sabes
que temo por tí!; temo que te envuelvan en redes tupidas y te me casen con un
intrigante ó con un beato. Tú eres una joya, un tesoro, y debes emplearte en
algo grande y elevadísimo. Sino se adoptan precauciones, serás víctima de
solapados manejos, criatura. No sé de qué recónditos y tenebrosos antros saldrá
la orden de apoderarse de tí, que tanta fuerza puedes aportar; pero que saldrá,
es seguro. Digo mal, ya habrá salido. Sólo que yo velo. ¡Vaya si velo! Y la
casualidad hace que este modesto pensador, arrinconado en un pueblo, lejos del
bullicio y hervidero intelectual,{131} pueda, no
sólo labrar tu dicha, sino prestar á la humanidad un servicio eminente.
—¿Chartreuse verde ó amarilla?
—Verde, verde... En cuanto conozcas al sujeto, te
va á impresionar. Porque, á pesar de cierto excepticismo de que á veces
alardeas, en tu corazón residen los gérmenes de todo lo noble y entusiasta. Él
y tú os comprenderéis: habéis nacido para eso. ¿Lo dudas?
—No por cierto, D. Antón. Lo juraría. Ardo en
deseos de conocer á mi proco. ¿No es así como se llamaban los pretendientes de
mi Patrona?
—¡Valiente patochada, la historia de tu Patrona!
Carranza es un iluso... ó un pillo muy largo. Me inclino á la última hipótesis.
—Polillita, mi impaciencia es natural. ¿Cuándo voy
á conocer á ese gran pretendiente?
—Cuando quieras. No he venido más que á eso; á
poneros en contacto. Te advierto que es un tipo... vamos, una cabeza de
estudio.
—Me saca usted de quicio. Ea, muéstreme siquiera un
retrato, tamaño como un grano de centeno.
—Retrato... ¡Hombre, qué descuido el mío! Debí
provistarme... En fin, mañana verás al original.
—Anticípeme detalles. Su cacho de biografía. No
extrañará usted esta exigencia...
—Si tú debes de conocer su nombre. Yo te habré
hablado de él, más de una vez, por incidencia. Figúrate que es hijo de mi mayor
amigo, compañero de estudios, que se casó con{132} una
prima mía, y en su casa, en el pueblo, he pasado largas temporadas. Á este
muchacho le ví nacer. ¡Ya, desde chiquitín...! No tiene la fama que merece,
pero así y todo, y aun contando con el indiferentismo de España hacia los que
valen...
—¿Se llama?
—Atención... Haz memoria... ¡Hilario Aparicio, el
autor de la Gobernación colectiva del Estado, del Sudor
fecundo, de Los explotadores, y de otras muchas obras que
permanecen inéditas, por nuestros pecados y por la desidia y la desgana de leer
que aquí se padece! No te ocultaré que el candidato es pobre, hija mía.
—Me lo sospechaba. Ya sabe usted que á mí la
codicia no me ciega.
En un arranque de verdadera sensibilidad, Polilla
se levantó, sin concluir de apurar el globito truncado donde le había servido
el aceitoso licor—, y, tiernamente, me tomó las manos.
—¡No he de conocer tu corazón, Lina! En tí hay algo
que te hace superior al vulgo de las mujeres. Tu inteligencia es de águila. Y
en tí debe de fermentar una indignación generosa contra los que, no bastándoles
relegarte á un poblachón, intentaban saciar su fanatismo dándote por cárcel las
verdinegras paredes de un convento. Tú tienes que ser del partido de los
oprimidos, y anhelar venganza. Entendámonos: no una venganza vil y ruin. Una
venganza como la practicaría el filósofo Jesús. Redimiendo á las que, cual tú,
sean víctimas de esos sicarios.{133} Abriéndoles la
puerta de la vida y de la maternidad; haciendo que el niño se eduque en la
conciencia de sus derechos. ¡Qué misión la tuya!
—¿Y qué tiene que ver eso, don Antón, con lo del
noviazgo?
—¡Boba! ¡Que unida á Hilario Aparicio, juntos
realizaréis tan bello ideal!
Tardé en dar la réplica. Miraba con interés la
orilla flotante de mi traje de interior, de crespón de la China, bordado de
seda floja, y guarnecido de Chantilly. Había relajado ya bastante la severidad
de mi luto.—Un gramófono de precio, algo distante, nos enviaba, sin carraspeo
metálico, las notas de la Rêverie de Manon,
cantada por Anselmi.
—Misión, en efecto, sublime. Y dígame, Polilla, ¿no
podría yo desempeñarla sin unirme á don... á D. Hilario?
—¡Oh! No, criatura. Las mujeres necesitan apoyo,
sostén. Tengo respecto á las mujeres mis ideas especiales. No digo que seáis
inferiores al hombre; pero sois diferentes... muy diferentes. La sagrada tarea
maternal, por otra parte, os impide á veces dedicaros...
—Pero si no me caso... ya la sagrada tarea
maternal...
—Sí; pero casándote... como lo manda la ley de la
vida... serás discípula del hombre á quien ames, y tu ciencia y tu alto papel
en la historia, te los dictará el amor: amor, ¡cuidadito! no sólo al esposo,
sino á la humanidad entera.
—¿No será demasiado amor? ¡Tantos millones{134} de hombres como componen la humanidad! ¿Más
chartreuse?
Y, notando la emoción del filántropo, transijo.
—Su doctrina de usted, Polilla, es realmente
cristiana.
—Como que este es el verdadero cristianismo, y no
lo que pregonan los de la vestidura negra. Más cristiano que el astuto zorro de
Carranza, soy yo cien veces.
—¿En qué quedamos? ¿No es usted librepensador?
—Si por librepensador se entiende no admitir cosas
que repugnan á mi razón...
—Y yo, D. Antoncito, ¿debo someterme á lo que mi
razón no ha aceptado? Porque eso del amor á la humanidad... Vamos, para hablar
sin ambajes...
Sintió el floretazo y se aturdió.
—Según, niña, según... Si lo que llamas razón es,
al contrario, preocupación... ¡estarás en el deber estricto de buscar la luz! Y
nadie para alumbrar tu inteligencia como Aparicio.
Yo prestaba oído al célico, «¡oh, Manon!», deshecho
en llanto con que termina la sentimental rêverie. Me estorbaba, en
aquel instante, Polilla, con su mosconeo. Me volví, encruelecida, planeando
malignidades.
—Venga Aparicio, pues.
—¡Venir!... Y ¿cómo? Si le digo que te haga una
visita, tal vez se acorte, tema representar un mal papel... ¡qué sé yo! Hilario
no se ha criado en los salones. Su talento es de otro género;{135} género
superior. ¿Por qué no revestir de un tinte poético vuestra primer entrevista?
Batí palmas.
—Eso, eso... ¡El tinte poético! Estos amores
basados en la filantropía, no pueden asemejarse á los amores del vulgo. Mañana
usted lleva á su ilustre amigo á dar un paseíto por la Moncloa, á eso de las
seis de la tarde. Yo voy allá todos los días: con mi luto... Paso en coche;
ustedes se cruzan conmigo; yo ordeno al cochero que pare; D. Hilario, al
pronto, se queda discretamente en segundo término; le dirijo una sonrisa, hago
que le conozco de fama y pido presentación... Lo demás corre de mi cuenta.
Polilla trepidaba.
—¡Qué lista eres! ¡Qué bien lo arreglas todo!
¡Mira, Lina, como se trata de una persona tan diferente de las demás... hay que
esmerarse! Y eso es muy bonito...
Acordados sitio y hora. Serían las seis y cuarto
cuando me hundí en las nobles frondas seculares. La primavera las enverdecía,
el cantueso abría sus cálices de amatista rojiza, y olores á goma fresca se
desprendían de los brezos. ¡Lástima de amor! El marco reclamaba el cuadro...
Recostada, con una piel velluda y ligera sobre las
rodillas, aunque no hacía frío, con Daisy, el gentil lulú, acurrucado en el
rincón del coche; paladeando aquella tarde tibia que anunciaba un grato
anochecer, yo había mirado con ojos de poeta el pintoresco aspecto de las
márgenes del Manzanares, la fisonomía especial{136} de
los tipos populares que en ellas hormiguean, bullentes y voceadores. La gente
también me escudriña, ávida de acercarse, con hostil é irónica curiosidad
chulesca. Todos ellos—mendigos, arrapiezos, golfería, lavanderas, obreros
aprestándose á dejar con deleite el trabajo, hecho de mala gana y entre dos
fumaduras—me apuñalan con los ojos, sueltan chistes procaces, sobre base
sexual. Su impresión es malsana y torpe; la mía, de repulsión y tedio
infinito.—He aquí la humanidad que debo, según Polilla, amar tiernamente y
redimir!
Los pordioseros, reptando ó cojitranqueando; los
golfillos claqueando sus rotas suelas contra el polvo de la calzada, se llegaba
á mí y al coche cuanto podían. En el gesto de los pilluelos al agarrarse á los
charoles relucientes del vehículo, al sobar mi lujo con engrasadas manos, leo
una concupiscencia sin fondo, el ansia ardiente de tocarme, de enredar los
dedos entre las lanas de Daisy, el aristocrático perrillo, que al recibir las
punzantes emanaciones de la suciedad y la miseria, mosquea una orejilla y gruñe
en falsete. Después de implorar «medio centimito», los comentarios.
—¡Tú, qué chucho! ¡Andá, un collarín de plata!
Y los dedos atrevidos se alargan, buscan el
contacto... Es el movimiento del enfermo que intenta palpar la reliquia. El
padecimiento de éstos consiste en no tener dinero. El signo del dinero es el
lujo. Quieren manosear el lujo, á ver si se les pega.{137}
Y acaso por primera vez—al salvarme de la turba
entre las arboledas—medito acerca del dinero. ¡Extraña cosa! ¡Qué vigor presta
la riqueza! ¡Qué calma! D. Antón de la Polilla me asegura que puedo redimir á
esclavos sin número. ¿Qué esclavos son esos? Sin duda los mismos que acaban de
comentar lo espeso de mis pieles y el collarín de mi cusculetillo; los que,
entre chupada y chupada de fétido tabaco, trocaron, al verme pasar, una frase
aprendida en algún teatro sicalíptico. Son personas que no amo, como ellos no
me aman, ni me amarían si estuviesen en mi lugar. Entonces...
Y D. Hilario, por su parte, ¿les ama? Poco he de
tardar en saberlo...
Y ¿á mí? Claro que D. Antón no me ha pegado su
candidez. Si en estos instantes se le ha alterado el pulso á mi proco, no es
que me aguarde; es que aguarda á mi fuerza, á mis millones...
Y, casi en alto, suelto la carcajada. Se me ha
ocurrido la idea de que esta es mi primera cita de amor...
III
Apagado el eco sordo de mi risa, absorbida
ampliamente la bocanada de fragancia amargosa—tomillo, jara, brezo, menta—,
sobre el sendero que alumbra el sol declinando, veo avanzar á dos hombres.
Representamos la comedieta.—¡Usted por{138} aquí, D. Antón!—Y lo demás. Autorizado, se
acerca el acompañante. La luz poniente enciende su cara, de un tono en que la
palidez parece difumada con arcilla. Se descubre, y veo su pelo tupido, rizoso,
su frente bruñida aun por la juventud, sus ojos azules, miopes, indecisos
detrás de los quevedos, que le han abierto un surco violáceo á ambos lados de
la nariz. Es de corta estatura, de pecho hundido, y se ve que viene atusado; no
hay peor que atusarse, cuando falta la costumbre. El proco huele á perfume
barato y á brillantina ordinaria. Lleva guantes completamente nuevos, duros.
Sus botas, nuevas también, rechinan.
Al cabo de un minuto de coloquio, les hago subir al
coche, con gran descontento de Daisy, que gruñe en sordina, y de cuando en
cuando lanza un ladridillo cómico, desesperado. Si se atreviese, mordería, con
sus dientecitos invisibles. Si no tolera el lulú el vaho de miseria, quizás le
exaspera doblemente la mala perfumería.
La conversación se entabla, algo embarazosa. El
intelectual, sentado junto á mí, disimula la timidez del hombre no acostumbrado
á sociedad, con una reserva y un silencio que la hacen más patente. Felina, le
halago, para aplomarle. Le situo en el terreno favorable, le hablo de sus
obras, de su fama, de sus ideas regeneradoras. Al fin consigo que, verboso, se
explaye. Todo el mal de la humanidad—según él—dimana de la autoridad, de las
leyes y de las religiones...{139}
—¿No se escandalizará esta señorita?
—No por cierto... Escucho encantada...
—Hay que aspirar á una sociedad natural, directa,
que se funde únicamente en el bien... No es que yo no sea, á mi manera, muy
religioso; pero mi altar sería un bosque, una fuente, el mar...
Mi aprobación le anima. Dócil, le pregunto qué
advendrá el día en que...
—Eso no es fácil adivinarlo. Esta gran
transformación no tiene después. No es de esos movimientos que
duran un día, un mes, un año, y crean algo estable que, por el hecho de serlo,
es malo ya. Para que la evolución se realice libremente y sin trabas, toda
autoridad habrá de desaparecer de la tierra.
Me conformo, y él prosigue, exaltándose en el
vacío, pues nadie le impugna:
—Para destruir el podrido estado social que nos
aplasta, necesitamos valernos de iguales armas que ellos... Fuerza
y dinero son necesarios. Esto yo no lo he dudado jamás.
—Parece evidente, en efecto—deslizo con suavidad y
gracia.—¡Quietecito, Daisy! ¿Qué es eso de querer morder?
—Al hablar de fuerza, no me refiero sólo á la
fuerza bruta... Se trata de la fuerza de los hechos, la fuerza que conduce al
mundo... Y á veces, ¡también la violencia es necesaria!
—¡Incuestionable! ¡Daisy, ojo, que te pego! Y esa
violencia... ¿en qué forma?...
—¡En todas las formas!—declara, anudando el
entrecejo sobre el brillo de los cristales de{140} los
quevedos, que el sol muriente convirtió en dos brasas.
—Por ejemplo... ejércitos... cañones...
—Sí, es probable que convenga apelar á todo eso
contra la autoridad y la explotación. Después se les disolverá.
—Si hay después?...
—¡Ah! En ese sentido, siempre hay después. ¡Tenemos
que disolver tanto, tanto! Tenemos que disolver á los estafadores de la
política, que se mantienen en la escena parlamentaria por su completa falta de
vergüenza...
—Vamos, no exageres tanto, hijo mío—intervino
Polilla, alarmado—que Lina, por ahora, no es una prosélita muy convencida...
—Cállese usted, D. Antón... ¡Estoy en el quinto
cielo! Pues qué, al desear conocer á su amigo—porque yo lo deseaba—¿acaso me
prometía encontrarme á un cualquiera, con ideas hechas? Expóngame usted su
criterio acerca de todo... Por ejemplo... del amor... ¿Cómo lo comprende usted
en esa sociedad transformada?
—Yo... Si usted tiene el alto valor de preferir la
verdad...
—¡Ah! ¡Bien se ve que usted no me conoce!
—Pues yo creo que el amor, tan calumniado por las
religiones oficiales, que han hecho de él algo reprobable y vergonzoso—cuando
es lo más sublime, lo más noble, lo más realmente divino—, tiene que ser
rehabilitado.
—¿Y cómo, y cómo?
—Para desterrar la idea de que el amor es{141} cosa afrentosa, es preciso un cambio radical en
la pedagogía. ¡Es indispensable que en la escuela se enseñe á los niños lo
augusto, lo sagrado de ese instinto! Hay que hacer sentir al niño la belleza de
las leyes universales de la creación, la transcendencia del misterio sexual, su
poderosa poesía... ¿No se va usted á incomodar?
—No señor. Considéreme usted como á uno de esos
niños que en la escuela han de aprender todas esas cosas.
—En el momento en que se inicie á la niñez en tan
graves problemas habremos destruído el imperio del sacerdote sobre la mujer.
—¡Háblale tú de eso á Linita!—explotó Polilla.—El
ciego fanatismo colocó á su lado á dos sotanas, para hacerla monja contra su
voluntad. Y si ella no tiene tanta fuerza de ánimo, á estas horas está rezando
maitines. Y si (séame permitido ufanarme), no me encuentro yo allí, á su lado...
—Vamos, uno de tantos crímenes ocultos—asintió
Aparicio.
—Eso... Pero, otra pregunta—me atreví á objetar—.
¿No envuelve cierta dificultad para el maestro esa explicación científica hecha
á los chicos de la escuela de la... de la...
—Todo está previsto. Lo explico detalladamente en
uno de mis libros, que aun no ha visto la luz. ¡Tendré el honor de dedicárselo
á usted!, á su espíritu comprensivo, elevado... Verá usted allí... La
explicación se verifica por medio de ejemplos tomados de la vida vegetal.{142} ¡Oh! conviene que la demostración se haga con
mucho tacto...
¡Titubeó de pronto y enrojeció!
—Quiero decir, con arte... con dignidad...
presentando, verbigracia, las plantas fanerógamas... Del grano de polen, de los
estigmas de las flores, se irá ascendiendo á las especies animales... Y,
basándose en ello, hay campo para demostrar la ley de sacrificio y de belleza
que envuelve la procreación...
—¿De modo que los animales realizan sacrificio?...
—¡Cuidado, Hilario!—precavió Polilla—. A fuerza de
inteligencia, Lina es terrible... Un espíritu crítico: á todo le encuentra el
flaco...
—La convenceremos... El que conserva y propaga la
vida, se sacrifica, señorita, es evidente. Más sacrificio hay en unirse á un
hombre, que en recluirse en un monasterio.
—Voy creyéndolo.
—¡Una prosélita como usted!—se extasió Aparicio—.
¡La mujer, atraída á nuestra causa! Y es más: el conocer plenamente la ley de
la vida, disminuirá la emotividad nerviosa de la mujer. Todos los males que
ustedes sufren, proceden de ideas erróneas, del prejuicio religioso del pecado,
del absurdo supuesto de que es una vergüenza...
—¿Qué?—auxilié, candorosa.
—Nada... El amor—rectificó segundos después.
Desplegué una habilidad gatesca para animarle á que
se expresase sin recelo. Cuanto más{143} recargaba,
mostrábame más persuadida. A mi vez, tomé la palabra, manifestando el anhelo de
consagrarme á algo grande, singular y digno de memoria. Este deseo me había
atormentado, allá en mi retiro, cuando de ninguna fuerza disponía. Ahora, con
la palanca que la casualidad había puesto en mis manos, creía poder desquiciar
el mundo... Si alguien me dirigía, me auxiliaba, me prestaba
ese vigor mental de que carecemos las mujeres...—Supe, con suavidad, hacerle
creer que de él esperaba el favor. Yo aportaba lo material, pero mi materia
pedía un alma...
Polilla temblaba de júbilo.
—¡Ya lo decía yo! ¡Si tenía que ser! Estabas
preparada... ¡Cometieron contigo la injusticia... y la injusticia clama por la
venganza y por el acto redentor! ¡Con qué gozo lo veré, desde mi rincón,
porque, viejo y pobre, no puedo más que admirarte! ¡Para la juventud son los
heroísmos! ¡Lina, Lina!
Anochecía, y empezaba á parecerme pesado el
bromazo. La brillantina del proco apestaba y me cargaba la cabeza.
—Voy á dejarles á ustedes en la plaza de Oriente,
donde hay tranvia—avisé—. Me agradaría que D. Hilario continuase enterándome de
sus teorías, que no entiendo bien aún. ¿Por qué no se va usted mañana á
almorzar conmigo, D. Antón, y el Sr. Aparicio le acompaña?
—Hija mía—repuso el erudito—yo no tengo más remedio
que volverme mañana á Alcalá.{144} Ya sabes que mi
menguado modo de vivir es el destinito en el Archivo...
¡Corriente! Conozco el secreto de esas vidas sin
horizonte, que se crean un círculo de menudos deberes, y de hábitos imperiosos,
tiranos. Por otra parte, me conviene que desaparezca Polilla y me deje en el
ruedo frente á frente con el proco.
—A usted le espero...—insinuo, estrechando la mano,
tiesa y rígida en la cárcel de los guantes.
Se confunde en gratitud...
—¡A la una!—insisto, al soltarles en la acera.
IV
Choque, con Farnesio, cuando se entera de que tengo
invitado á almorzar á un hombre desconocido, una nueva relación.
Planteo la cuestión resueltamente.
—Amigo mío, le quiero á usted muy de veras, no lo
dude, pero pienso hacer mi gusto.
—Vas á desacreditarte... Serás la fábula de Madrid.
—Nadie me conoce en Madrid, Farnesio. Que soy la
heredera de doña Catalina Mascareñas, lo saben los cuatro amigos rancios de...
mi tía; amistades que no he querido continuar. Mi tía se había obscurecido
bastante en los últimos años. Madrid me ignora, como ignoro yo á Madrid. En
Alcalá me conocen... Pero, ¿qué importa{145} Alcalá?
Cuando yo vegetaba allí, entre viejos, en la antesala del claustro, ¿qué dueña
ni qué rodrigón me han puesto ustedes para guardarme? He decidido vivir como me
plazca.
Farnesio me oye, amoratado de enojo.
—He cumplido mi deber. No puedo ir más allá...
—¿Quiere usted, de paso que sale, disponer que
pongan los dos cubiertos en la serre?
Y recalco lo de los dos cubiertos,
porque, á veces, Farnesio almuerza conmigo, y no es cosa de que hoy se me
instale allí, de vigilante. Me reservo la libertad de mi tête-à-tête.
El proco, más que puntual. Se adelanta una hora
justa. A las doce, ya el gabinete hiede á brillantina. Yo no me presenté hasta
un cuarto de hora antes de la señalada, vestida de gasa negra con golpes de
azabache, mangas hasta el codo y canesú calado, y las manos, cuidadísimas,
endiamantadas, sin una piedra de color. Al saludarle observé que estaba volado.
Anestesié su vanidad con excusas y chanzas, y tomé su brazo para pasar á
la serre, donde era una coquetería la mesita velada de encaje,
centrada de rosas rojas, servida con Sajonias finas, y sombreada por los
flábulos de una palmera lustrosa. De puro emocionado, Aparicio no acertaba á
deglutir el consommé. Evidentemente recelaba comer mal, verter el
contenido de la cuchara, manchar el mantel, tirar la copa ligera donde la bella
sangre del Burdeos ríe y descansa. Y estaba alerta, inquieto, sin poder gozar
de la hora. Para él, yo soy una dama del{146} gran
mundo... (De un mundo que no he visto, pero que no me habrá de causar ni
cortedad ni sorpresa cuando llegue á verlo.)
Me dedico á serenar el espíritu del intelectual, y
alardeo de admiración, de cierto respeto, de cordialidad amena y decente. Con
la malicia retozona que siempre tengo dispuesta para Polilla, me entretengo en
representar este papel fácil, hecho. Doy al proco un rato de
deliciosa ilusión. ¿No es la ilusión lo mejor, lo raro?
El café, las mecedoras, ese momento de beatitud, en
que la digestión comienza... Él, ya á sus anchas, acerca su silla un tanto, y
yo no alejo la mía. Estoy de excelente humor, y no percibo ni rastro de esa
emotividad que, según Aparicio, caracteriza á la mujer. Mi corazón se encuentra
tan tranquilo como un pájaro disecado.
—Lina...—se atreve él—no puede usted figurarse...
—Vamos—calculo—es el momento... Se decide...
—No puede usted figurarse...—insiste.—Hay cosas
que, realmente, tienen algo de fantástico, de irreal... Cómo había de
imaginarme yo que... que...
Se adivina lo que añade D. Hilario, y se devana
fácilmente el hilo de su discurso. Así como se presume mi respuesta,
ambiguamente melosa y capciosa. Después de las primeras cucharadas dulces,
sitúo mis baterías.
—Hilario, entre usted y yo no caben las
vulgaridades{147} de rúbrica... Somos seres
diferentes de la muchedumbre. Y nos hemos acercado y nos hemos sentido
atraídos, por algo superior á la... á la mera atracción del... del sexo. ¿Me
equivoco? No, no es posible que me equivoque. Aquí estamos reunidos para tratar
de una idea salvadora...
—Para eso... y para algo quizás mejor—objeta él,
soliviantado.
—¿No habíamos quedado en que el amor era un
sacrificio?
—Según... según—tartamudeó—. Lina, hay horas en que
olvida uno lo que piensa, lo que diserta, lo que escribe. La impresión que se
sufre es de aquellas que... Sea piadosa! No me obligue á recordar ahora mi
labor dura, incesante, mi acerba lucha por la existencia!
—Sí, recordémosla—argüí—pues aquí estoy yo para que
fructifique. Ese es mi oficio providencial. Poseo una fortuna considerable, y
usted me ha enseñado como debo invertirla.
Hizo un gesto, como si el hecho fuera desdeñable,
mínimo.
—No, si adivino su desinterés. Me he adelantado á
él. La fortuna no será para nosotros: entera se consagrará al triunfo de los
ideales. Ni aun la administraremos. Eso se arreglará de tal manera, que ni la
más viperina maldad pueda atribuirnos, y á usted sobre todo, vileza alguna.
Nosotros, unidos libremente, claro es, renunciaremos á todo, viviremos de
nuestro trabajo, en nuestro apostolado... ¡Qué divertido será! ¿Por qué se
queda frío, Aparicio...? ¿No{148} he acertado? ¿Es
una locura de mujer entusiasta? ¿No es eso lo que usted pretendía, la
realización de su ensueño?
—Sí, sí... Es que, de puro esplendoroso, así al
pronto, el plan me deslumbra... Déjeme usted respirar. ¡Es tan nuevo, tan
inaudito lo que me pasa! ¡Desde ayer creo que vivo soñando y que voy á
despertarme rodeado, como antes, de miseria, de decepciones! ¡Que se me
aparezca el ángel de salvación... y que tenga su forma de usted! ¡Una forma tan
hermosa! Porque es usted hermosísima, Lina. No sé lo que me pasa...
—Cuidado, Aparicio—y simulo confusión, rubor,
trastorno—no perdamos de vista que el objeto... el objeto...
La brillantina se me acerca tanto, que debo de
hacer una mueca rara.
—No, no lo pierdo de vista... El objeto es la
felicidad de muchos seres humanos. Si empezamos por la nuestra, cuánto mejor.
Así caminaríamos sobre seguro.
—¿No es usted altruista?
—Altruista... sí... y también, verá usted...
también soy Kirrkegaardiano...
—¿Cómo? ¿Cómo?
—Ya, ya le explicaré á usted ese filósofo... No hay
ética colectiva... La moral debe ser nuestra, individual...
—Eso me va gustando—sonreí.
—Es claro... No puede por menos. Tiene usted
demasiada penetración. Y por eso, aun en nuestra obra redentora de apostolado,
debemos partir de nosotros mismos.{149}
—Y prescindir de Polilla—observo, infantilmente.
—Y prescindir de Polilla. Nosotros lo
arreglaremos perfectamente. No hay que ir al extremo de las cosas. Nadie mejor
que nosotros para administrar... administrar solamente, bueno... las riquezas
que usted posee... y que, en otras manos, tal vez serían robadas,
dilapidadas... Y en cuanto á nuestra unión... Lina, por usted... por usted, por
su respetabilidad... yo me presto, yo asiento á todas las fórmulas, á todas las
consagraciones... Una cosa es el ideal, otra su encarnación en lo real...
No pude contenerme. Solté una risa jovial,
victoriosa. Aquel toro, desde el primer momento, se venía á donde lo citaban
los capotes revoladores y clásicos. Un marido como otro cualquiera, ante la
iglesia y la ley. Porque así, yo le pertenecía, y mis bienes lo mismo, ó al
menos su disfrute.
—No se sobresalte, Hilario... Si no me río de
usted. Me río de nuestro inmejorable Polilla. Figúrese mi satisfacción. Es que
le he ganado la apuesta. Aposté con él á que, á pesar de las apariencias, era
usted un hombre de talento. ¡Espere usted, espere usted, voy á explicarme...!
Perdóneme la inocente añagaza, la red de seda que le he tendido. Las
apariencias le presentan á usted como un teórico que devana marañas de ideas,
basándose en el instinto que sienten todos los hombres de exigirle á la vida
cuanto pueden y de adquirir lo que otros disfrutan. Pero usted reclama todo eso
para el{150} individuo, y el individuo que más le
importa á usted, es naturalmente, usted mismo. ¡Cómo no! Si dentro de las
circunstancias actuales su individuo de usted puede hallar lo que apetece, ya
no necesita usted modificar en lo más mínimo esas circunstancias. Ninguna falta
le hace á usted la transformación de la sociedad y del mundo. Para usted el
mundo se ha transformado ya en el sentido más favorable y justo... ¿Acierto?
No me respondía. Abierta la boca, fijos los ojos,
más pálido que de costumbre, aterrado, me miraba; no se daba cuenta de como y
por donde había de tomar mi arenga. ¿Era burla escocedora? ¿Era originalidad de
antojadiza dama? ¿Qué significaba todo ello?
—Acierto de fijo—adulé—. Usted, persona de
entendimiento superior, tiene dos criterios, dos sistemas; uno, para servirle
de arma de combate, en esa lucha recia que adivino, y en la cual derrochó usted
la juventud, la salud y el cerebro, sin resultado; otra, para gobernar
interiormente su existir y no ser ante sí propio un Quijote sin caballería... y
sin la gran cordura de Don Quijote, que á mi se me figura uno de los cuerdos
más cuerdos! Vuelvo á preguntar. ¿Me equivoco?
—En varios respectos...—barbotó indeciso—no... Todo
eso... Mirándolo desde el punto de vista... Sin embargo... ¿Por qué...?
—Atienda, Hilario... Yo veo en usted á un hombre
superior, que patulla en un pantano donde se le han quedado presos los pies. Le
saco{151} á usted de ese pantano... con esta mano
misma.
Se la tendí. Resucitado, enajenado, besó los
diamantes, á topetones, y los dedos, ansioso.
—Le saco del pantano. Créame. Va usted á donde
debe, al Congreso, al Ministerio, á las cimas. Y acepta usted cuanto existe,
desde el cedro hasta el hisopo. Como que, dentro de usted, aceptado estaba. ¡Ni
que fuera usted algún sandio! ¿Conformes? Si yo se lo decía á D. Antón: «Seré
su ninfa, su Egeria... si resulta que tiene talento, apesar de semejantes
teorías y semejantes libros...» ¿Digo bien? Pues á obedecerme...
Hizo una semiarrodilladura.
—Me entrego á mi hada...
Cuando se fué—obedeciendo á una orden, porque su
brillantina ya me enjaquecaba fuertemente—sentí algo parecido á remordimiento.
Y escribí á Polilla algunos renglones; esto, en substancia:
«Cuando necesite Aparicio protección, dinero,
avíseme usted. Y así que pueda, y me haga amiga de algún personaje político, he
de colocarle, según sus méritos, que son muchos. Tiene facultades
extraordinarias... Agradezco á usted altamente que me haya facilitado
conocerle...»
Llamé á un criado.
—Esta carta al correo. Y cuando vuelva este señor
que ha almorzado aquí, que le digan siempre que he salido.
I
Los soplos primaverales, con su especie de ilusoria
renovación, (todo continúa lo mismo, pero al cabo, en nosotros, en
lo único que acaso sea real, hay fervorines de savia y turgencias de yemas), me
sugieren inquietud de traslación. Me gustaría viajar. ¿No fueron los viajes uno
de los goces que soñé imposibles en mi destierro?
A la primer indicación que hago á Farnesio, para
que me proviste de fondos, noto en él satisfacción; mis planes, sin duda,
encajan en los suyos. Es quizás el solo momento en que se dilata
placenteramente su faz, que ha debido de ser muy atractiva. Habrá tenido la tez
aceitunada y pálida, frecuente en los individuos de origen meridional, y sobre
la cual resalta con provocativa gracia el bigote negro, hoy de plomo hilado.
Sus ojos habrán sido apasionados, intensos; aún conservan terciopelos y sombras
de pestañaje. Su cuerpo permanece esbelto, seco, con piernas de alambre
electrizado. No ha{154} adquirido la pachorra
egoísta de la cincuentena: conserva una ansiedad, un sentido dramático de la
vida. Todo esto lo noto mejor ahora, acaso porque conozco antecedentes...
—¿Viajar? ¡Qué buena idea has tenido, Lina!
Justamente, iba á proponerte...
—¿Qué?—respingo yo.
—Lo que me ha escrito, encargándome que te lo
participe, tu tío D. Juan Clímaco. Dice que toda la familia desea mucho
conocerte, y te invita á pasar una temporada con ellos en Granada. Ya ves...
—Ya veo... No era ese el viaje libre y caprichoso
que fantaseaba... Pero Granada me suena... ¿Y qué familia es la de
mi tío? No lo sospecho.
La cara de Farnesio, siempre sentimental, adquirió
expresión más significativa al darme los datos que pedía. Hablaba como el que
trata de un asunto vital, de la más alta y profunda importancia.
—Por de pronto, tu tío, un señor... de cuidado,
temible. Desde que le conozco ha duplicado su fortuna, y va camino de
triplicarla. Está viudo de una señora muy linajuda, procedente de los Fernández
de Córdoba, y que tenía más de un cuarterón de sangre mora, ¡tan ilustre en
ella como la cristiana! Descendencia de reyes, ó emires, ó qué sé yo... Le han
quedado tres hijos: José María, Estebanillo y Angustias.
—¿Solteros?
—Todos. El mayor, José María, contará unos
veintinueve á treinta años...{155}
—¡Entonces ya entiendo el mecanismo del viaje,
amigo mío! ¿Á que sí, á que sí? No guarde usted nunca secretillos conmigo,
Farnesio; ¡si al cabo no le vale! D. Juan Clímaco Mascareñas debía ser el
heredero de mi... tía, y yo le he quitado esa breva de entre los dientes. Según
usted me lo pinta, codicioso, el buen señor lo habrá sentido á par del alma.
Como además es inteligente, ha tomado el partido de callarse y trazar otro
plan, á base de hijo casadero... Y como usted tiene la
desgracia de tener... buena conciencia... se cree en el deber de auxiliar á D.
Juan en el desquite que anhela... y de aproximarme al primo José María ó al
primo Estebanillo...
—¡Oh! Lo que es el primo Estebanillo... ese...
—¡Ya! Se trata de José María...
Farnesio calla conmovidísimo, con el respiro
anhelante. No se atreve á lanzarse á un elogio caluroso; tiembla y se encoge
ante mis soflamas y roncerías.
—Sea usted franco...
Se decide, todo estremecido, y habla ronco, hondo.
—No veo por qué no... En efecto, opino que tu primo
José María puede ser para tí un marido excelente, y creo que, en conciencia, ya
que de conciencia hablaste, Lina... ya que piensas en la conciencia... ¡porque
en ella hay que pensar!... mejor sería que, en esa forma, los Mascareñas no
pudiesen nunca... nunca...
—¿Era ó no doña Catalina dueña de su fortuna?{156}—insisto acorralándole y descomponiéndole.
—¡Dueña! ¡Quién lo duda!... Sin embargo... En
fin...
Y, cogiéndome las manos, con un balbuceo en que hay
lágrimas, D. Genaro añade:
—No se trata sólo de la conciencia... ni del daño y
perjuicio de tus parientes... Es por ti... ¿me entiendes?, por ti... Cuando un
peligro te amenace, cuando algo pueda venir contra ti..., oye á Farnesio...
¡Qué anhela Farnesio sino tu dicha, tu bien!
Mi corazón se reblandeció un momento, bajo la
costra de mis agravios antiguos, del injusto modo de mi crianza, que casi hizo
de mí un Segismundo hembra, análogo al anarquista creado por Calderón.
—Lo creo así, D. Genaro. Y como con ver nada se
pierde... iré á Granada. Será, por otra parte, cosa divertida. ¿No le agradaría
á usted acompañarme?
Se demuda otra vez.
—No, no... Conviene más que me
quede... ¿Por qué no buscamos una señora formal...?
—¡Déjeme usted de formalidades y de señoras! Me
llevaré á Octavia, la francesa.
—Buen cascabel.
—Va para limpiarme las botas y colgar mis trajes.
Para lo demás, voy yo.
Se resigna. Él escribirá, á fin de que me esperen
en la estación...
Empieza mi faena con Octavia. Es una doncella que
he pedido á la Agencia, y que parece{157} recortada
de un catálogo de almacén parisiense. Á ninguna hora la sorprendo sin su
delantal de encajes, su picante lazo azul bajo el cuello recto, níveo, su
tocadito farfullado de valenciennes, divinamente peinada. Transciende á Ideal,
y está llena de menosprecio hacia lo barato, lo anticuado, les horreurs.
La vieja Eladia, á quien he relegado al cargo de ama de llaves, aborrece de
muerte á la «franchuta».
Prepara Octavia genialmente mi equipaje, pensando
en ahorrarme las molestias de las pequeñeces, los petits riens, lo
que más mortifica, la hoja de rosa doblada. ¡Friolera! ¡Hacer noche en el tren!
Hay que prevenirse...
—¿Cuándo es la marcha, madame?
—Dentro de una semana, ma fille... Cuando nos
entreguen todo lo encargado...
—¿La señorita no tiene prisa?
—Maldita... ¡Figúrate que voy en busca de novio!
Se ríe; supone que bromeo. Es una mujer de cara
irregular, tez adobada, talle primoroso. Ni fea ni bonita; acaso, por dentro,
ajada y flácida; llamativa como las caricaturas picarescas de los kioscos. Tal
vez no muy conveniente para servir á una dama. Pero tan dispuesta, tan
complacedora... ¡Se calza tan bien... lleva las uñas tan nítidas!
Al disponer este viaje, advierto más que nunca la
falta—en medio de mi opulencia—de lujos refinados. De doña Catalina, que nunca
viajaba, no he heredado una maleta decorosa. Encuentro un amazacotado neceser
de plata, de{158} su marido, con navajas de
afeitar, brochas y pelos aún en ellas. Octavia lo examina. «¡L’horreur!»
Recorro tiendas: no hay sino fealdades mezquinas. No tengo tiempo de encargar á
Londres, único punto del mundo en que se hacen objetos de viaje presentables...
En Madrid—deplora Octavia—no se halla rien de rien... A
trompicones, me provisto de sauts de lit, coqueterías encintajadas,
que son una espuma. Ya florezco mi luto de blanco, de lila, de los dulces tonos
del alivio. Batistas, encajes, primavera... Y seda calada en mis pies, que la
manicura ha suavizado y limado como si fuesen manos.
—¿Todo esto, por el primo de Granada, á quien no
conozco?
No; por mi autocultivo estético. Es que el
bienestar no me basta. Quiero la nota de lo superfluo, que nos distancia de la
muchedumbre. Lo que pasa es que procurarse lo superfluo, es más difícil que
procurarse lo necesario. No se tiene lo superfluo porque se tenga dinero; se
necesita el trabajo minucioso, incesante, de quintaesenciarnos á nosotros
mismos y á cuanto nos rodea. La ordinariez, la vulgaridad, lo antiestético, nos
acechan á cada paso y nos invaden, insidiosos, como el polvo, la humedad y la polilla.
Al primer descuido, nos visten, nos amueblan cosas odiosas, y el ensueño
estético se esfuma. ¡No lo consentiré! ¡Mejor me concibo pobre, como en Alcalá,
que en una riqueza basta y osificada, como la de doña Catalina Mascareñas,
mi... mi tía!{159}
Por otra parte, como no soy un premio de belleza, y
lo que me realza es el marco, quiero ese marco, prodigio de cinceladura, bien
incrustado de pedrería artística, como el atavío de mi patrona, la Alejandrina,
que amó la Belleza hasta la muerte.
En cuanto al proco... ¡bah! Ni sé si me casaré
pronto ó tarde, ni si lo deseo, ni si lo temo. ¿Qué duerme en el fondo de mi
instinto? Es aún misterioso. Casarse será tener dueño... ¿Dulce dueño?... El
día en que no ame, mi dueño podrá exigirme que haga los gestos amorosos... El
día en que mi pulmón reclame aire bravo, me querrá mansa y solícita... La
libertad material no es lo que más sentiría perder. Dentro está nuestra
libertad; en el espíritu. Así, en frío, no me seduce la proposición de
Farnesio.
Hago memoria de que en Alcalá, leyendo las comedias
antiguas, me sorprendía la facilidad con que damas y galanes, en la escena
final, se lanzan á bodas. «Don Juan, vos casaréis con doña Leonor, y vos, don
Gutierre, dad á doña Inés mano de esposo... Senado ilustre, perdona las muchas
faltas...» Y recuerdo que en una de esas mismas comedias, de don Diego Hurtado
de Mendoza, hay un personaje que dice á dos recién casadas:
«Suyas sois, en fin; más ved
que ya en nada quedáis vuestras...»
Pocos maridos recuerdan la advertencia del mismo
personaje:{160}
«Y vos, don Sancho y don Juan,
estad cada uno advertido
que el entrar á ser marido
no es salir de ser galán...»
En resumen, mi caso no es el frecuente de la mujer
que repugna el matrimonio porque repugna la sujeción. Hay algo más... Hay esta
alta, íntima estimación de mí propia; hay el temor de no poder estimar en tanto
precio al hombre que acepte. El temor de unirme á un inferior... La
inferioridad no estriba en la posición, ni en el dinero, ni en el nacimiento...
Este temor, ¡bueno fuera que lo sintiese ahora! Lo sentía en Alcalá, cuando
barría mi criada con escobas inservibles... Acaso me ha preservado de algún amorcillo
vulgar.
¿Habrá proco que me produzca el arrebato necesario
para olvidar que «ya en nada soy mía»? No sé por dónde vendrá el desencanto;
pero vendrá. Soy como aquel que sabe que existe una isla llena de verdor, de
gorjeos, de grutas, de arroyos, y comprende que nunca ha de desembarcar en sus
playas. No desembarcaré en la playa del amor. Y, si me analizo profundamente,
ello es que deseo amar... ¡cuánto y de qué manera! Con toda la violencia de mi
sér escogido, singular; como el ciervo anhela los ocultos manantiales...
¿Por qué lo deseo? Tampoco esto me lo defino bien.
En tantos años de comprimida juventud y de soledad, he pasado, sin duda, mi
ensueño por el tamiz de mi inteligencia; he pulido{161} y
afiligranado mi exigencia sentimental; he tenido tiempo de alimentarla; la he
alquitarado, y su esencia es fuerte. Mi ansia es exigente; mi cerebro ha
descendido á mi corazón, le ha enlorigado con laminillas de oro, pero en su
centro ha encendido una llama que devora. Y, enamorada perdida, considero
imposible enamorarme...
II
En la estación de Granada me aguardan los
Mascareñas.
Desde una hora antes, hemos trabajado Octavia y yo
en disimular las huellas de la noche en ferrocarril. Y me he tratado, á mí
misma, de estúpida. ¿Por qué no haber venido en auto? Pero un auto de camino,
decente, tampoco se encontraría en Madrid, de pronto.
Por fortuna he dormido, y no presento la máscara
pocha del insomnio. Mi hálito no delata el trastorno del estómago revuelto. Lo
impulso varias veces hacia las ventanas de la nariz, y me convenzo de su
pureza. Por precaución, me enjuago con agua y elixir y mastico una pastilla de
frambuesa, de las que encierra mi bombonerita de oro, cuya tapa es una amatista
cabujón, orlada de chispas. En joyería, está Madrid más adelantado que en confort.
Refresco mi tez, mi peinado, mi traje. Me mudo la
tira blanca del cuello. Renuevo los{162} guantes,
de Suecia flexible. Atiranto mis medias de seda, transparentes, no caladas (lo
calado, para viaje, es mauvais genre). Y bien hice, porque al
detenerse el tren y precipitarse el primo José María á darme la mano para
bajar, su mirada va directa, no á mi cara, sino al pie que adelanto, al tobillo
delicado, redondo.
El rostro, verdad es, lo llevo cubierto con un velo
de tupida gasa negra, bajo el cual todavía nubla las facciones un tul blanco.
Entrevista apenas, yo veo perfectamente á mis primos. José María es un moro; le
falta el jaique. Estebanillo un mocetón, rubio como las candelas. La prima,
igual á José María, con más años y declinando hacia lo seco y lo serio
meridional, más serio y seco que lo inglés. El tío Juan Clímaco... De éste
habrá mucho que contar camino adelante.
Hay saludos, ceceos, ofrecimientos, cordialidades.
Dos coches, á cual mejor enganchado, nos aguardan. En uno subimos las mujeres,
el tío Clímaco—así le llamo desde el primer momento—y el hijo mayor. En el
otro, Octavia y las maletas. Estebanillo lo guía.
La casa es un semipalacio, en una calle céntrica,
antigua, grave. ¡Qué lástima! Un edificio nuevo, bien distribuído, vasto,
sustitución de otro viejo «que ya no prestaba comodidad». En el actual, obra de
mi tío, nada falta de lo que exigen la higiene y la vida á la moderna. Se han
conservado muebles íntimos, viejos—bargueños, sillerías aparatosas, cuadros,
braseros claveteados de plata—pero domina lo superpuesto,{163} la
laca blanca, el mobiliario á la inglesa. Estebanillo me lo hace observar.
Angustias—á quien llaman sus hermanos Gugú, transformación infantil
de un nombre feo—se siente también orgullosa de la educación recibida en un
convento del Yorkshire, de que «el niño» se haya recriado en Londres, de los
baños y los lavabos de porcelana que parece leche, de esa capa anglófila que
reviste hoy á tanta parte de la aristocracia andaluza. Me conducen á mi cuarto,
me enseñan el tocador lleno de grifos, de toda especie de aparatos metálicos
para llamar, soltar agua hirviendo ó fría... Me advierten que se almuerza á las
doce y media. Y el lánguido, fino ceceo del primo José María, interviene:
—No cean uztéz apuronez; la verdá, siempre nos
sentamo á la una.
Lo agradezco. Octavia prepara el baño, deshace
bultos, y á las dos horas de chapuzar y componerme algo, salgo hecha una
lechuga, enfundada en tela gris ceniza, y hambrienta.
Me sientan entre el tío y el primo, que así como
indiscretamente escudriñó el arranque de mi canilla, ahora registra mi nuca, mi
garganta, hunde los ojos en la sombra de mi pelo fosco. Me sirve con aire de
rendimiento adorador, y á la vez con suave cuchufleteo, burlándose de mi
apetito. El come poco; al terminar se levanta aprisa, pide permiso, saca
accesorios muy elegantes de fumador y enciende un puro exquisito, de aroma
capcioso, que mis sentidos saborean. Es la primera vez que á mi{164} lado un hombre fuma con refinamiento, con manos
pulidas, con garbo y donaire.—Carranza, al fumar, resollaba como una foca.—La
onda del humo me embriaga ligeramente.
José María tiene el tipo clásico. Es moreno, de
pelo liso, azulado, boca recortada á tijera, dientes piñoneros, ojos
espléndidamente lucientes y sombríos, árabes legítimos, talle quebrado, ágiles
gestos y calmosa actitud. Su habla lenta, sin ingenio, tiene un encanto
infantil, espontáneo. No charla; me mira de cien modos.
Reposado el café, surge lo inevitable.
—¿Tú querrá ve la Jalambra, prima?
¡Si quiero ver la Alhambra! Pero no así; yo sola,
sin que coreen mi impresión. Pecho al agua. Lo suelto.
—¡Ah!—celebra Estebanillo.—Como las inglesas...
—Has tu gusto, niña—sentencia el tío Clímaco.—Es la
cosa más sana...
También el tío Clímaco se parece á su hijo mayor;
pero evidentemente la sangre de la señora que descendía de reyes moros, ha
corregido las degeneraciones de la de Mascareñas, en este ejemplar muy
patentes. Mientras el perfil de José María tiene la nobleza de un perfil de
emir nazarita, el de su padre es de rapiña y presa y se inclina al tipo
gitanesco. No veo en él el menor indicio de ilustre raza. ¿Quién será capaz de
adivinar los cruzamientos y los injertos de un linaje? ¿No sé yo bien que hay
sus fraudes? Y que me maten si no está harto de{165} conocer
la novela secreta de mi nacimiento don Juan Clímaco... De otra novela más
popular aún procederán tal vez los rasgos, más que avillanados, picarescos, de
este señor, que afecta cierta simpática naturalidad, y bajo tal capa debe de
reservar un egoísmo sin freno, una falta de sentido moral absoluta. ¿Que como
he notado esto en el espacio de unas horas? La intuición...
El tío Clímaco opina que haga mi gusto. Me excuso
de mi falta de sociabilidad; me ponen el coche; ofrezco volver para un paseo al
caer de la tarde, al laurel de la Zubia, y sin más compañía que la que nunca
nos abandona, á la Alhambra me encamino.
Voy á ella... no á satisfacer curiosidades
irritadas por lecturas, sino porque presiento que es el sitio más adecuado para
desear amor. Y mi presentimiento se confirma. El sitio sobrepuja á la
imaginación, de antemano exaltada.
No creo que en el mundo exista una combinación de
paisaje y edificios como ésta. Ojalá continúe solitaria ó poco menos. Ojalá no
se le ocurra á la corte instalarse aquí. Recóndita hermosura, me estorban hasta
tus restauradores. Vivieras, semiarruinada, para mí sola, y desplomárase en
tierra tu forma divina cuando se desplome mi forma mortal.
Mil veces me describirían esta arquitectura y no
habria de entenderla, pues aislada de su fondo adquiere, en las odiosas, y, sin
embargo, fieles reproducciones que corren por ahí,{166} trazas
de cascarilla de santi-boniti. Lo que dice la Alhambra es que no la separen de
su paisaje propio, que no la detallen, que no la vendan. El Partenon se puede
cortar y expender á trozos. La Alhambra de Alhamar no lo consiente.
No me sacio del fondo de ensueño de la Alhambra.
Baño mis pupilas en las masas de felpa verde del arbolado viejo, en las
pirámides de los cipreses, en el plateado gris de las lejanías, en las
hondonadas densamente doradas á fuego, recocidas, irisadas por el sol. No niego
el encanto de las salas históricas, alicatadas, caladas, policromadas, de los
alhamíes, cuyo estuco es un encaje, de los ajimeces y miradores, de los
deliciosos babucheros, donde creo ver las pantuflas de piel de serpiente de la
sultana; pero si colocamos estos edificios sobre el celaje de Castilla, sobre
sus escuetos horizontes, sus desiertos sublimes y calcinados, ¡adiós magia! Son
los accidentes del terreno, es la vegetación, y, especialmente, el agua, lo que
compone el filtro.
A ellos atribuyo el sentimiento que me embargó—no
sólo el primer día, sino todos—en la Alhambra. Sentimiento para mí nuevo.
Disolución de la voluntad, invasión de una melancolía apasionada. Quisiera
sentarme, quedarme sentada toda mi vida, oyendo el cántico lento, triste y
sensual del agua, que duerme perezosa en estanques y albercas, emperla su
chorro en los surtidores, se pulveriza y diamantea el aire, se desliza sesga
por canalillos{167} antiguos, entre piedras
enverdecidas de musgo, y forma casi sola los jardines, ¡extraños jardines sin
flores apenas! Y se desliza como en tiempo de los zegríes, como cuando aquí se
cultivaba el mismo estado de alma que me domina: las mieles del vivir lánguido,
sin prosa de afanes. Es agua del ayer, y en el agua que corre desde hace tantos
siglos hay llanto, hay sangre; aquí la hay de caballeros degollados dentro de
los tazones de las fuentes, cuyo surtidor siguió hilando, sobre la púrpura
ligera, sus perlas claras. Y los pies de la historia, poco á poco, bruñeron los
mármoles, todavía jaspeados de rojo.
Me dejan pasarme aquí las tardes, sin protestar,
aunque Gugú—lo leo en su cara—encuentra chocante mi conducta. Si yo hubiese
nacido en la Gran Bretaña, ¡anda con Dios! Ya sabemos que son alunadas las
inglesas. A una española no le pega la excentricidad. Sin embargo, al cuarto
día de estancia en Granada, observo que Gugú sonríe franca y amena al saber que
también iré, después de almorzar, al mismo sitio. Y, cuando sentada en un poyo
del mirador de Lindaraja, contemplo la gloria de luz rubia y rosa en que se envuelven
los montes, suena cerca de mi oído una voz baja, intensa:
—¿En qué piensa la sultaniya?
Sonrío al primo. Ni se me ocurre formalizarme. Él,
previsor, se excusa.
—Tú quisite venir sola. Venir sola, no es tanto
como está sola tóa la tarde. Si estorbo...{168}
—No estorbas. Siéntate en ese poyo, y no hables.
Obedece con graciosa y festiva sumisión. El imán de
sus negras miradas, al fin, me atrae. Aparto la vista del paisaje y la poso en
él.
—¿Sabes lo que pienso?
—¡Qué má quisiera!
—Me gustaría que estuvieses vestido de moro.
—¡Cosa má fásil! Aquí alquilan lo trahe; y tú puede
vestirte de reina mora también, y nos hasen la fotografía. Verá qué pareja.
Saide y Saida...
—He dicho mal—rectifico.—Lo que quisiera no sería
que te vistieses de máscara, sino que fueses moro hecho y derecho.
—Pué, niña, moro soy. Moro bautisado, pero moro,
créeme, hata el alma. Me guta lo que gutó á lo moro: flore, mujere, cabayos.
Los que andan de mácara son lo granadino como mi señó hermano Estebaniyo, que
me gata uno trahe á cuadro que parten el corasón, y se atisa á la sei un
yerbajo caliente porque lo hasen así en Londre á la sinco. ¡Por vía de Londre!
Ahora les ha entrao ese flato á lo andaluse... Nena, nosotro no hemo nasío para
eso. Yo me quise educá aquí, y no soy un sabio é Gresia, pero lo señorito como
Estebaniyo aún son má bruto. Aqueya tierra donde lo novio van del braso y no se
ven la cara por causa é la niebla... hasle tú fú, como el gato al perro. La vía
es corta, hechiso.... y el que tiene á Graná... ¿pa qué quiere otra cosa?{169}
Las palabras coincidian de tal modo con mi
impresión, que mi cara lo descubrió.
—Y á tí te pasa iguá. Si somo para en uno...
Desde aquel día, invariablemente, mi primo vino á
cortejarme en el palacio de las hadas. Y yo no resistía, no exigía que se
respetase mi soledad. No acertaba á sacudir mi entorpecimiento delicioso,
ritmado por el fluir del agua secular, que había visto caer imperios y reinos,
bañado blancos pies, tobillos con ajorcas, y que susurraba lo eterno de la
naturaleza y lo caduco del hombre. Reclinada, callaba largos ratos,
complaciéndome en el musical ¡risssch! de mi abanico al abrirse. Según avanzaba
la tarde, los arrayanes del patio de la Alberca, donde nos instalábamos,
exhalaban amargo aroma, y el gorgoriteo del agua era más melodioso. José María
ha llegado á conseguir—¡no es poco!—no echarme á perder estas sensaciones. Le
admito: él cree que le aguardo...
No niego la gentileza de su sentenciosidad, que no
degenera nunca en charla insípida, y, no obstante, hay á su lado el fantasma de
un moro, contemporáneo de Muley Hazem, á quien pido que me descifre los
versículos árabes, las suras del Korán inscritas en los frisos y en las
arquerías elegantes. Y el fantasma murmura, con la voz del agua llorosa,
lastimera: «Sólo Alá es vencedor. Lo dicen esas letras de oro, en el alicatado.
Soy Audalla; mi yegua alazana tiene el jaez verde obscuro, color de esperanza
muerta; una yegua impetuosa, toda salpicada de la espuma del freno. Soy el
amante{170} de Daraja. No diga que sirve dama quien
no sirve dama zegrí. Y enójense norabuena las damas gomeles y las
almoradíes...»
—¿En qué piensa la sultaneja...?
—En Audalla pienso... ¿No has leído tú el
Romancero?
—¡He leío tanta cosa tonta! Ahora quisiera leé en
ti. Tú eres un libro de letra menúa. Tú no ere como las demá mujere. Contigo
estoy acortao, palabra.
—¿Sabes que deseo ver la Alhambra á la luz de la
luna? Y creo que no permiten, por lo del incendio.
—¿No permití á este moso? Con una propina...
En efecto, los obstáculos se allanan. Llevamos una
lamparita eléctrica de mano para los sitios obscuros. El patio de los Leones, á
esta hora, sobrepuja á cuanto me hubiera forjado imaginándolo. Las filigranas
son aéreas. Todo parece irreal, porque, desapareciendo el color, queda la
fragilidad de la línea, lo inverosímil de las infinitas columnillas de leve
plata, la delicadeza y exquisitez de los arquitos, que, lo observo con placer,
tienen el buen gusto de no ser de herradura. Dijérase que todo es luz aquí,
pues las sombras parecen translúcidas, de zafiro claro. Nos domina el encanto
voluptuoso de este arte deleznable, breve como el amor, milagrosamente
conservado, siempre en vísperas de desaparecer, dejando una leyenda inferior á
sí mismo. No se siente la pesadumbre de esta arquitectura de silfos, que acaso
no existe;{171} que es el decorado en que nuestro
capricho desenvuelve nuestra vida interior. Libres estamos aquí de la piedra
agobiadora, como en los jardines del palacio lo estamos de la tierra, y no vemos
sino agua y plantas seculares. Y siempre la impresión de irrealidad.
¿Existieron las sultanas que dejaban sus babuchas microscópicas en los
babucheros de oro, azul y púrpura? Seguramente son un poético mito. ¿Brotaron y
se difundieron alguna vez perfumes de estos pebeteros incrustados en el suelo?
¿Se bañó alguien en estas cámaras de cuyo techo llovían, sobre el agua,
estrellas luminosas? No, jamás... Se lo aseguro á José María, que se ríe,
acercando cuanto puede su rostro al mío.
—Todo ensueño y mentira, primo... Un ensueño viejo,
oriental, de arrayanes, laureles y miradores, bajo la caperuza de nieve de una
sierra... ¿Por qué me gusta Granada? Porque estoy segura de que no existe.
—Niña, tú debe de ser poetisa. La verdá. ¿No te has
ganao algún premiesiyo, vamo, en los Juego florale? Sigue, sigue, que yo,
cuando te oiho, me parese que esa cosa ya se me había ocurrío á mí. Y no crea:
he leío hase año los verso de Sorriya.
—¡No soy poetisa, á Dios sean dadas gracias!
Conste, primo. La Alhambra no existe. En cambio, esos leones, esos monstruos
están vivos. Les tengo miedo. Me recuerdan unas esfinges de Alejandría que
persiguieron á una santa... Los versos entallados al borde de la fontana dicen
que están de guarda, y que el no tener{172} vida
les hace no ejecutar su furia... Vida, yo creo que la tienen esas fieras.
—¡Qué me gusta tó lo que dises!—balbucea, en tono
de adoración, el moro bautizado.—Sigue, sigue, Saida...
—Calla, calla... Miremos sin hablar...
—Miremo—responde, y me toma una mano, iniciándome
en las lentas, semi-castas delicias de la presión...
Es algo sutil, insidioso, que no basta para
absorberme, pero me hace ver la fontana de los terribles monstruos al través de
un velo de gasa argentina con ráfagas de cielo, como rayado chal de bayadera.
La Alhambra, al través del amor... de una gasa tenue de amor, flotando,
disuelta en el rayo lunar... Y los versos que para entallar en el pilón compuso
el desconocido poeta musulmán, se destacan entre el ligero zumbido de mis
oídos. El agua se me aparece como él la describe, hecha de danzarín aljófar y
resplandeciente luz, y que, al derretirse en profluvios sobre la albura del
mármol, dijérase que también lo liquida...
¡Y el silencio! ¡Un silencio sobresaturado de vida
ideal, de suspiros que se exhalaron, de ciertas lágrimas de que habla la
inscripción, lágrimas celosas, que no rodaron fuera de los lagrimales; un
silencio morisco, avalorado por el susurro sedoso de los álamos y por el soplo
del aire fresco de la Nevada, que desgarró sus alas en los nopales!
¡Y el perfume! ¡Perfume seco de los laureles
asoleados, resto de los pebeteros que se agotaron,{173} brisa
ajazminada, y tal vez, vaho ardiente de sangre vertida por trágicos lances
amorosos!
Cuando existen sitios como la Alhambra, tiene que
existir el amor. ¿Por qué no viene más aprisa? ¿Por qué no me devora?
III
En casa de mi tío no saben qué pensar de mí. ¿Soy
una maniática; soy una casquivana; soy una hembra «de cuidado», con la cual hay
que mirar donde se pisa? Gugú no me entiende. Se afana en obsequiarme, insegura
del resultado. Estebanillo, el mocetón anglófilo, de labio rasurado, aunque
afecte frialdad y superioridad, me teme un poco. José María, que no es ningún
patán, pero cuyo pensamiento no va más allá del sensualismo de su raza, está
desconcertado: con otra mujer hubiese él pisado firme... ¡Vaya! Su olfato sagaz
en lo femenino le aconseja que conmigo no se aventure, no se resbale... Y,
sobre todo, el tío, el gitano-señor, anda receloso: empieza á consagrarme un
estudio excesivo, una atención disimulada, de todos los momentos. ¿Por dónde
saldré? Es sobrado ladino para no conocer que José María y yo, á pesar de las
apariencias, todavía no... vamos, no... En el mismo acostumbrado tono, de
galantería chancera, picante, popular y señoril, el tío Clímaco me analiza,
quiere desentrañar mis aspiraciones, saber de qué pie cojea{174} esta
sobrina millonaria y extravagante, que se va de noche á la Alhambra, con un
guapo mozo, á mirar realmente correr el agüilla... ¿Seré de mármol, como los
leones? ¿Seré una romanticona..? ¡Qué de hipótesis! La verdad, no es dable que
la interprete el de las grises patillas, el marrajo que me ha señalado por
suya, á fin de que no prevalezca la superchería y vuelva la rama á la rama y el
tronco al tronco...
Debe de correr por Granada una leyenda apropósito
de mí. Lo noto en la aguda curiosidad que me acoge, en los eufemismos con que
se me habla. ¡Lo que más ha contribuído á dar cuerpo á la leyenda, es mi
originalidad de no querer ver, en la ciudad, absolutamente más que la Alhambra!
El primer día me llevaron al Laurel de la Reina. Después, me negué
rotundamente. Ni Catedral, ni Cartuja, ni sepulcro de los Católicos, ni
Albaicín, ni Sacro Monte... Nada que pudiese mezclar sus líneas y sus colores y
sus formas con las de la Alhambra.
—Se acabó, prenda: que la Jalambra te ha
embrujao...
Para desembrujarme, el tío propone unos días en
Loja. Tiene allí asuntos; hay que ver aquellos rincones, donde posee dos
palacios y un cortijo, hacia la Sierra.
—Capás eres de que te gusten más aquellos caserones
que este de aquí.
—Si son antiguos, de seguro.
—¡Pero qué afisioná á las antiguayas!—susurra el
proco, dando á lo inofensivo intención.{175} Voy á
pedí á la Virgen e la Victoria, de Loha, que me haga encanesé...
Y, en efecto, el palacete de Loja me cautiva tanto
como me deja fría la cómoda vivienda de Granada, y su inglés «conforte». Es un
edificio á la italiana, con vestíbulo y ático de mármol serrano, y columnas de
jaspe rosa. No está en Loja misma: de la posesión al pueblo media un trayecto
corto, entre sembrados y alamedas. No tiene el palacio, de las clásicas
construcciones andaluzas, sino el gran patio central, pero sin arcadas. En
medio, la fuente, de amplio pilón, se rodea de tiestos de claveles, y el surtidor
canta su estrofa, compañera inseparable de la vida granadí.
Al entrar en la residencia, dueñas ceceosas y mozas
de negros ojos me dirigen cumplimientos. Mi habitación cae al jardín, donde
toda la noche cantan los ruiseñores. Jazmines y mosquetas enraman la reja de
retorcidos hierros. Al amanecer, salgo á tomar aire, y desde el parapeto veo,
en un fondo de cristal, el panorama de Loja, la mala de ganar, la que dió que
hacer al cristiano, por lo cual, los Reyes pusieron á su Virgen la advocación
de la Victoria. Diviso los dos arcos del puente sobre el Genil, el
blanco caserío, las densas frondas, las ruinas, las montañas, las torres de las
iglesias, descollando la redonda cúpula de la mayor... Y José María se aparece,
saliendo no sé de dónde.
—¿Te gusta el poblachón? Yo te llevaré á ver
sitio... Esto lo conosco... Aquí me crié...{176}
Voy con él á recorrer los tales sitios.
Gugú tiene que hacer en casa; tío Clímaco se pasa la vida sentado en el patio,
escuchando á los lugareños, que vienen á hablarle de cosechas, arriendos y
labores; Estebanillo allá se ha quedado, en Granada, con unos amigos ingleses,
que acaso se lo lleven á dar una vuelta por Biarritz, en automóvil... Y yo
pertenezco á José María, pero le tengo á raya: sigue presintiendo en mí enigmas
psicológicos, no comprendidos en su ciencia femenina. Me lleva á la Alfaguara ó
fuente de la Mora, torrente que brota, al parecer, de un inmenso paredón
inundado de maleza, y mana límpido por veinticinco caños. ¡El agua! Siempre el
agua misteriosa, varias veces centenaria, que habrán bebido los que murieron!
Si subimos por los abruptos flancos de la Sierra, hacia algún cortijo, á comer
gachas y á cortar albespinas silvestres, el agua rueda de las laderas, surte de
los pedruscos, retostados, candentes... Si seguimos la llanura, al revolver de
un sendero, nos sale al paso la extraña cascada de los Infiernos, oculta en un
repliegue, delatada por su fragor espantable, saltando espumeante, retorcida y
convulsa. Y si visitamos, en la falda de la Nevada, la fábrica de aserrar
mármoles, el agua es lo deleitoso. Trepamos por las suaves vertientes,
sembradas de fragmentos de mármol amarillo, con vetas azules y blancas, y de un
ágata roja, en la cual serpentean venas de cuarzo. El cielo tiene esa pureza y
esos tonos anaranjados, que hicieron que Fortuny se quedase dos años{177} donde había pensado estar quince días, y que
extasiaron á Regnault. No sin protestas de José María—¡estropear las manitas de
sea!—alzo un trozo de piedra y hallo impresa en él la huella fósil, las bellas
volutas del anmonites primitivo. Mi primo lo mira enarcando las cejas.
—¿No se te ha ocurrido subir á los picos de la
Sierra?—le pregunté.
—No... ¿Pa qué? ¡Pero si é antoho, te acompaño! Se
buscan mulo, y por lo meno hata el picacho de Veleta... Porque despué, se pué,
se pué... pero sólo en aeroplano, hiha!
—¿Quién sabe, primo, si te cojo la palabra?
—Contigo, al Polo.
Bajamos á la serrería; nos enseñan los pulimentados
tableros de mármol; seguimos hasta un recodo que forma el riachuelo, donde en
la corriente remansada se mecen las plumeadas hojas de culantrillos y
escolopendras. Un zagal se acerca, tirando de la cuerda que sujeta á una
hermosa cabra fulva, de esas granadinas, cuya leche es deliciosa. A nuestra
vista la ordeña y mete la vasija dentro del remanso. De la serrería nos traen
pestiños, alfajores, miel sobre hojuelas, rosquillas de almendra, muestras de
la golosa confitería de Loja, donde se venden más yemas y bollos que carne de
matadero. Riendo, bebemos la leche: en el baño se ha helado casi. Es una hora
divina, un conjunto de sensaciones fluidas, livianas como el agua, rosadas como
el cielo, que vierte ráfagas lumbrosas sobre las nieves de los picos.{178}
Volvemos despacio, por las sendas olientes á
mejorana y á menta silvestre. José María me lleva del brazo. Su sentido de lo
femenil le dice que los momentos van siendo propicios. De súbito, manifiesta
entusiasmo por la expedición á la Alpujarra, y me cuenta maravillas del pico de
Mulhacén, de los aspectos pintorescos de los pueblos de la sierra, que él jamás
ha visto. Penetro su intención, y quién sabe si late en mí una secreta
complicidad. Después de la poesía moruna de la Alhambra, la sierra es el complemento,
la clave. Allí se había refugiado la raza vencida... Las aguas seculares
descendían de allí, de los riscos donde, impensadamente, en oasis, el naranjo
cuaja su azahar. José María, para la excursión, se vestiría—y no sería disfraz,
pues así suele andar por el campo—de corto, airosamente, con marsellés, faja,
sombrero ancho y elegantes botines. Yo llevaría falda corta, y los cascabeles
de las mulas, tintineando sonoramente, despertarían un eco melancólico en las
gargantas broncas del paisaje serrano. Mientras la noche desciende, clara y
cálida, forjo mi novela alpujarreña. José María empieza á producirme el mismo
efecto que la Alhambra; disuelve, embarga mi voluntad. Hay en él una atracción
obscura, que poco á poco va dominándome.
En eso pienso mientras Octavia me desnuda,
escandalizada de los accidentes de mi atavío en estas excursiones: de mi
calzado arañado y polvoriento; de mi pelo, en que se enredaron ramillas; de mis
bajos, en que hay jirones.{179}
—¡Si c’est Dieu possible! ¡Comment madame est
faite!
Ella, que trae revuelta y encandilada á la
servidumbre y á los campesinos que acuden á conferenciar con mi tío, y hasta
sospecho que á mi propio tío,
«que, aunque viejo, es de fuego,
corriente en una broma y mujeriego,»
está, en cambio, más emperifollada y crespa que
nunca, y ha aprendido de las andaluzas la incorrección del clavel prendido tras
la oreja...
Pienso en esta marea que crece en mi interior, en
este dominio arcano que otro ser va ejerciendo sobre mí. No puedo dudar de que
mi primo me pretende porque soy la heredera universal de doña Catalina
Mascareñas, y así como el interés de una familia trató antaño de hacerme monja,
el interés de otra decide hogaño que me case... Pero asimismo se me figura que
produzco en mi primo el efecto máximo que produce una mujer en un hombre. ¿Se
llama esto amor? ¿Hay otra manera de sentirlo? ¿Qué es amor? ¿Dónde se oculta
este talismán, que vaya yo á matar al dragón que lo guarda?
He observado que mi primo, cuando me habla, exagera
la tristeza; dijérase un hombre muy desdichado, á dos dedos del suicidio por
los desdenes de una ingrata. Y cuando habla con los demás, su tono se hace
natural y humorístico. Lo gracioso es que las sentenciosas dueñas y las mocitas
con flores en el moño, que{180} componen la
servidumbre, hablan del «zeñito José María» con acento de conmiseración, como
si yo le estuviese asesinando. Y un aperador ha llegado á decirme:
—Zeñita, peaso é sielo... pa cuando son los zíes?
Los lugares, el coro, conspiran en favor del proco
rendido. Y, en medio de este ambiente, trato de descomponer mis sensaciones por
la reflexión. No, el amor no puede ser esto. Sin embargo, ¡menos
aún será la comunicación intelectual! Este aturdimiento, esta flojedad nerviosa
algo significan... Quizás lo signifiquen todo.
La noche de un día en que no hemos salido á pasear
largo, al través de la tupida reja de mi salita, que está en la planta baja,
oigo guitarrear. José María me llama, me invita á asomarme á las ventanas del
comedor, que caen al patio, para ver el jaleo. Es él quien ha convocado á las
contadísimas bailarinas de fandango que quedan en Loja y su contorno, ya todas
viejas, cascadas, porque las mocitas ahora dan en aprender otros bailes, de
estos á la moderna, achulados, no moriscos. Estas ventanas no tienen reja y nos
recostamos en el antepecho el primo y yo. Don Juan Clímaco y Gugú han sacado
sillas al patio. La música del fandango es una especie de relincho árabe, una
cadencia salvajemente voluptuosa, monótona, enervante á la larga. La luna,
colgada como lámpara de plata en un mirrab pintado de azul, alumbra la danza, y
el movimiento{181} presta á los cuerpos ya
anquilosados de las danzarinas, un poco de la esbeltez que perdieron con los
años. Sus junturas herrumbrosas dijérase que se aceitan, y entre jaleamientos
irónicos y risas sofocadas de la gente campesina que se ha reunido, bailan,
haciéndose rajas, las viejecitas. Baila con sus piernas el Pasado, la leyenda
del agua antigua, donde las moras disolvieron sus encendidas lágrimas...
Siento la respiración vehemente, acelerada de José
María; el respeto que le contiene le hace para mí más peligroso. Noto su
emoción y no puedo reprender la osadía que anhela y no comete. Extiendo, como
en sueños, la mano, y él la aprisiona largamente, derritiéndome la palma entre
las suyas, y luego apretándola contra un corazón que salta y golpea. Al retraer
el brazo, nuestros cuerpos se aproximan, y él, bajándose un poco, me devora las
sienes, los oídos, con una boca que es llama. Allá fuera siguen bailando, y las
coplas roncas gimen amores encelados, penas mahometanas, el llanto que se
derramó en tiempo de Boabdil... El balbuceo entrecortado de los labios que se
apoderan de mí, repite, con extravío, la palabra mora, la palabra honda y
cruel:
—¡Sangre mía! ¡Sangre! Mi sangresita...
Me suelto, me recobro... Pero él ya sabe que del
incidente hemos salido novios, esposos prometidos—y cuando D. Juan Clímaco
vuelve, habiendo mandado que se obsequie con vino largo á los del jaleo—José
María, pasándose la{182} mano bien cortada y pulida
por el juvenil mostacho, dice á su padre:
—Esta niña y yo no vamo á la Sierra el lune...
Quiere eya vé eso pueblo bonito... del tiempo el moro... Hasen falta mulo y
guía.
A solas en mi cuarto, todavía aturdida, el temblor
vuelve. ¿Es esto amar? ¿Es esto dicha? Parece como si tuviera amargo poso el
licor, que ni aún me ha embriagado. Me acuesto agitada, insomne, y cuando apago
la luz, la obscuridad se me figura roja. Enciendo la palmatoria varias veces,
bebo agua, me revuelvo, creo tener calentura. Y, convencida ya de que no podré
dormir, al primer ténue reflejo del alba que entra por resquicios de las
ventanas, salto de la cama en desorden, me enhebro en los encajes de mi bata,
calzo mis chinelas de seda y salgo al pasillo apagando el ruido de mis pasos
para llamar á Octavia, que me haga en mi maquinilla una taza de tila. El cuarto
de la francesa está al extremo del pasillo, frente á mi departamento, que
comprende alcoba, tocador, gabinete y salón bajo. No hay en este palacio, al
cual sus dueños vienen rara vez, timbres eléctricos. Recatadamente, sigo, entre
la penumbra, adelantando. Al llegar cerca, veo que la puerta de Octavia se
abre, y un bulto surge de su cuarto, titubea un momento y al cabo se cuela
furtivamente por la puerta del salón, el cual tiene salida, por el comedor, al
patio central. No importa que se haya dado tal prisa. Conozco la silueta,
conozco el andar. Es mi primo. El también me ha visto, ¡me ha visto{183} perfectamente! ¡Gracias, primo José María!
Glacial, serena, retrocedo, me despojo, me rebujo y medito, con bienestar, mi
resolución.
Cuando á las diez de la mañana salgo al patio en
busca de la familia, él no está. El tío me embroma. ¡Vamos, se conoce que
también yo bailé el fandango, quedé rendida y me levanté tarde!
—Puede que haya sido eso...
—Y ¿cómo andamos de ánimo? Joseliyo etará hasiendo
milagro para yevarte á la Sierra con má comodidá...
—Tío, no iré á la Sierra. Me siento un poco
fatigada, y además, he recibido aviso de que es necesaria mi presencia en
Madrid para asuntos. Le ruego que me conduzca hoy á la estación en su coche...
La transformación de la cara del señor, fué algo
que siento no haber fotografiado. De la paternidad babosa y jovial dió un salto
á la ira tigresca. ¡Juraría que adivinó...! Su instinto, de hombre primitivo,
que ha tomado de la civilización lo necesario para asegurar la caza y la presa,
le guió con seguridad de brujería, excepto en lo psicológico, que no era capaz
de explicarse.
—¿Qué dises, niña? ¿Eh? ¿Mono tenemo? ¿Historia?
¿Seliyo? Mira tú que... ¿Llevarte al tren? ¿Para que Joseliyo me pegase un
tiro? Tú no te vas. ¿Estás loca?
Bajo el tono que quería ser de chanza, había la
indicación amenazadora. Ocupábamos, bajo la marquesina, mecedoras, y el fresco
del surtidor{184} nos halagaba. Adopté el estilo
cortés, acerado, la mejor forma de resistencia.
—Tío, supongo que usted no me querrá detener por
fuerza. Lo siento en el alma; agradezco la hospitalidad tan cariñosa, pero
necesito irme.
—Y yo te digo que no te vas, hata haser las pase.
¿Si conoseré yo á los niños? Sobrina, ¿piensas que el tío Clímaco es siego ó es
tonto? Como palomitos os arruyásteis anoche en el comedor. Cuanto más reñidos,
más queridos. Y esta boda, serrana, te parecerá á tí que no, pero es de
necesiá. No me hagas hablar más, que tú tampoco ere lerda, y me entiendes á
media habla, y se acabó, y no demos que reir al diablo.
—Ni hay boda, ni arrullos, tío. Al menos, por
ahora—transigí.—Dispénseme usted; no cambio yo nunca de resolución. Menos aún
cambiaría ante lo violento.
—Qué violento, ni... Si á tí se te ha metido en el
corasón el muchacho. Si le quieres. Suerte que sea así, porque te ahorras
muchos disgustos que te aguardaban... Yo soy un infeliz, pero eso de que quiten
á uno lo que debe ser suyo, no le hase tilín á nadie. Y hay modos y modos de quitar.
¡Nada, que no suelto la lengua! Ni es preciso, porque, al cabo, mi hijo y
tú...—Y juntó las yemas de los pulgares.
Me levanté tranquila, hasta sonriente—aunque por
dentro, un terremoto de indignación me sacudía ante aquel gitano trabucaire,
que me exigía la bolsa ó la vida, apostado en un{185} desfiladero
de la Sierra. Todo el britanismo de cascarilla se le caía á pedazos, y aparecía
el verdadero sér... el natural, acaso el más estético y pintoresco. Me propuse
burlarle; realicé un esfuerzo, me dominé, me incliné hacia él, y, acariciando
con el abanico sus patillas típicas, murmuré sonriendo:
—¡Soniche!
A su vez, se incorporó. Descompuestas las
facciones, en sus ojos brilló una chispa mala, venida de muy lejos. La mirada
del que asesinaría, si pudiese...
¿A mí por el terror? Resistí la mirada, y con cuajo
frío, sentencié.
—Ahora le digo á usted que me voy, no por la tarde,
sino inmediatamente, á pie, á Loja. De allí, en un coche, á donde me plazca.
Ahí queda mi criada, que arreglará el equipaje. Y cuidado con que nadie me
siga, ni me estorbe. Adiós, tío Juan. Por si no volvemos á vernos, la mano...
Estrujó iracundo la mía y la sacudió. Logré no
gritar, no revelar el dolor del magullamiento.
—¿No vernos? ¡Ya nos veremos! Eso te lo fío yo...—Y
cuando rompí á andar, puso el dedo en la frente, como diciendo que no me cree
en mi cabal juicio.
Llego á Madrid de sorpresa, y la alarma de Farnesio
es indecible.
—¿Pero qué ha sucedido? ¿No te encontrabas bien?
¿Algún disgusto?
—Nada... Convénzase usted de que yo estoy donde me
lo dicta mi antojo.
—Es que tu tío me escribió que te quedarías con
ellos hasta el otoño, y que ibais á dar una vuelta por Biarritz y París.
—Esos eran sus planes. Los míos fueron diferentes.
La cara de D. Genaro adquirió una expresión de
ansiedad tal, como si viese abrirse un abismo.
—¿De modo que... lo de José María...?
Hice con los dedos el castañeteo elocuente que
indica «Frrrt... voló».
Violento en la mímica, por su origen italiano,
Farnesio se cogió la cabeza con ambas manos, tartamudeando:{188}
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué va á pasar aquí!
—¡Nada!—respondo al tun tun, puesto que en
sustancia desconozco lo que puede pasar, aunque sospecho por donde van los
terrores de mi... intendente.
—¡Sea como tu quieras!—suspira desde lo hondo D.
Genaro.
—Así ha de ser... Oiga usted: es preciso remitir
hoy mismo á mi prima Angustias, los pendientes y el broche de esmeraldas que
fueron de mi... de mi tía, doña Catalina, que en gloria... ¡Ah! Deseo preguntar
por teléfono al Conserje del Consulado inglés si pueden encargar para mí á
Inglaterra una buena doncella, lo que se dice superior, sin reparar en precio.
Lo mejor que se gaste. Propina fuerte para el intermediario...
—Ya me parecía á mí que la tal francesita... ¡Qué
fresca! Bien me lo avisó Eladia... Hasta á mí me hacía guiños... Tuve que tomar
con ella un aire... ¿Dónde se ha quedado semejante pécora?
Sonrío y me encojo de hombros.
—Llegará en el tren de la tarde con mis baules. Me
hace usted el favor de ajustarle la cuenta, gratificarla y despacharla. Es que
deseo practicar un poco el inglés.
A solas, repantigada en mi serre diminuta,
recuerdo el breve episodio granadino. No para exaltar mi indignación contra lo
demás, sino para zampuzarme en mí misma. ¿Cómo me dejé arrastrar por el
instinto? Al rendirme—porque moralmente rendida estuve—á un quidam,{189} pues José María no es un infame, como diría una
celosa, pero es el primero que pasa por la acera de enfrente—yo también me
conduje como cualquiera... ¿Fué malo ó bueno ese instinto que por poco me
avasalla? Quizás sea únicamente inferior; una baja curiosidad. ¿Y no hay más
amor que ese?
Si eso fuese amor, yo me reiría de mí misma, y con
tal desprecio me vería que... Y si fuesen celos, la repugnancia que me infunde
la hipótesis de Octavia abrochándome mi collar de perlas, de su mano rozando mi
piel; si fuesen celos estos ascos físicos, me encontraría caricaturesca. De
todos modos, he descubierto en mí una bestezuela brava..., á la cual me creía
superior. Á la primer mordida casi entrego mi vida, mi alma, mi porvenir, á
cambio...
¿A cambio... de qué? ¿De qué, vamos á ver, Lina?
¡Es gracioso, es notable! Lo ignoro. Nada, que lo
ignoro. ¿Será ridículo? ¡Pues... lo ignoro, ea!
Soy una soltera que ha vivido libre y que no es
enteramente una chiquilla. He leído, he aprendido más que la mayoría de las
mujeres, y quizás de los hombres. Pero ¿qué enseñan de lo íntimo los libros?
Mis amigos de Alcalá han tenido la ocurrencia de llamarme sabia. ¡Sabia, y no
conozco la clave de la vida, su secreto, la ciencia del árbol y de la
serpiente!
¡De esas analfabetas que en este momento
atravesarán la calle; modistuelas, criadas de servir, con ropa interior sucia y
manos informes...,{190} pocas serán las que, á mi
lado, no puedan llamarse doctoras! Y lo terrible para mí, lo que me vence, es
el misterio. ¡Mi entendimiento no defiende á mi sensitividad; ignoro á dónde me
lleva el curso de mi sangre, que tampoco veo, y que, sin embargo, manda en mí!
Cierro los ojos y vuelvo á oir el balbuceo de José
María, que halaga, que sorbe golosamente mis párpados con su boca...
—¡Sangresita mía...!
¡Ah! ¡Es preciso que yo indague lo que es el amor,
el amor, el amor! Y que lo averigüe sin humillarme, sin enlodarme. ¿Pero cómo?
¿Adquiriendo ciertas obras? Entre lo impreso y la
realidad hay pared. ¿Disfrazándome á lo Maupín...? No, porque yo no busco
aventura, sino desengaño. Quiero viajar, y antes, como se traga una medicina,
tragar el remedio contra las sorpresas de la imaginación.
Asociando la idea de la lección que deseo á la de
una droga saludable, me acude la memoria de una lectura, la del Médico
de su honra. La intervención del Doctor en un asunto de honor y celos; la
ciencia médica como solución de los conflictos morales, me había sorprendido.
No podía ser un verdugo cualquiera el que «sangrase» á doña Mencía de Acuña,
sino Ludovico, el médico. Y evocaba también á los personajes y reyes que del
médico se sirvieron en críticos trances, para las eficaces mixturas deslizadas
en un plato ó en una copa... El médico, actor en el drama físico, como el
confesor en el moral...{191}
El médico... ¿Pero cuál? Doña Catalina había tenido
varios: algunos, eminentes; otros, practicones. Ninguno de ellos, sin embargo,
me pareció á propósito para recurrir á su ciencia. ¡Ciencia! Me reí á solas.
¡Si eso lo sabe el mozo del café de enfrente, el tabernero de la esquina! ¡Vaya
una ciencia, la de la manzana paradisiaca!...
Supuse, no sé por qué, que la explicación me sería
más fácil con un doctor desconocido del todo. Decidí fiar á la casualidad la
elección del que había de batirme las cataratas. Y una tarde salí al azar,
recordando unas señas, un anuncio, leído la víspera en un diario. No eran señas
de especialista—¡oh, qué anticipada repugnancia!—sino de quien solicita
clientela; probablemente, un joven... En tranvía, luego á pie, hago la
caminata. Calle retirada, casa mesocrática, portera de roja toquilla. He aquí
el templo de los misterios eleusiacos...
Trepo al tercero, con honores de segundo, en que
vive tanta gente de medio pelo. Una cartela de metal—Doctor Barnuevo, de tres á
cinco...—La suerte me protege; no hay nadie en la consulta. Es probable que
esta suerte frecuente la antesala del doctor Barnuevo...
Una criada moza, lugareña, me hace entrar; el
médico me mira impresionado por mi aspecto de mujer elegante, vestida en París,
que lleva un hilo de perlas medio escondido bajo la gola de la blusa. Todo
esto, quizás no lo analiza el doctor al pronto, pero lo nota en conjunto; y,
respetuoso, me adelanta una silla.{192}
El doctor es todavía joven, efectivamente, pero
calvo, precozmente decaído, de sonrisa forzada, de ojos entristecidos, de barba
obscura, en que ya hay sal y pimienta. Se le nota la juventud en los blancos
dientes, en la voz, en todo—á pesar del desgaste y de la fatiga tan
visibles.—Inicia un interrogatorio.
—No, si no padezco de nada... Vengo á pedirle á
usted un servicio... extraño. Muy grande.
Una zozobra, un recelo repentino, hacen que se
enrojezca un poco la tez de marchita seda del doctor. Sonrío y le tranquilizo.
—Señora...
—Señorita...
—Bien, pues señorita...
—No se trata sino de que usted me explique algo que
no entiendo...
Y me explayo, y manifiesto mi pretensión y la
razono y la apoyo y argumento: es probable que me case pronto, es casi
seguro...
—¿Quién se puede comprometer á lo que desconoce?
¿No lo cree usted así, doctor? Y de estas cosas no se habla tranquilamente con
un novio... ¿A que soy la primera mujer que dirige á un médico tal pregunta?
En la sorpresa de Barnuevo creo percibir una
especie de admiración. Insisto, intrépida, redoblando sinceridades. Refiero lo
de Granada sin muchas veladuras. Y, según crece mi franqueza, en el espíritu
del médico se derrumban defensas. Voy apoderándome de él.
—No sé si lo que usted me pide es bueno ó malo...
De fijo es singular...{193}
—Arduo, ¿por qué? Malo, ¿por qué? ¿Es usted un
esclavo del concepto de lo malo y lo bueno? Nosotros, á nosotros mismos, nos
cortamos el pan del bien; nosotros nos dosificamos el tósigo del mal.
—Seguramente es usted una señora...
—¡Señorita!
—¡Ah, claro! ¡Naturalmente!—sonrió.—Una señorita
excepcional. Por eso me prestaré á lo que usted quiera. ¿Hasta qué límite han
de llegar mis lecciones?
—Hasta donde empieza mi decoro... el mío,
entiéndame usted bien, el mío propio, no el ajeno. Y mi decoro no consiste en
no saber cómo faltan al decoro los demás. El límite de mi decoro no está puesto
donde el de otras; pero, en cambio, es fijo é inconmovible; creo que usted,
doctor, entiende á media palabra.
Abozalada así la fatuidad inmortal del varón,
avancé con más desembarazo.
—Alguna observación personal, Sr. Barnuevo, ha
sustituído ya en mí á la experiencia... que acaso no tendré nunca.
—Debo advertirle á usted que la experiencia en la
plena acepción de la frase, es algo quizás insustituíble... al menos en este
terreno que pisamos. Todas mis... enseñanzas, no romperán cierto velo...
—Puede que sea así; pero ya, al través de ese velo,
la verdad resplandece. ¡Si casi diría que ha resplandecido, aun antes de oir
sus doctas explicaciones de usted! Permítame, doctor, que le entere de lo que
he percibido yo, profana...{194} Pues he notado que
el sentimiento más fijo y constante que acompaña á las manifestaciones amorosas
es la vergüenza. ¿Me equivoco?
—No le falta á usted razón... ¡Es una idea!...
—¿Y no encuentra usted que esa vergüenza tan
persistente, tan penosa, tan humillante, es como una sucia mosca que se cae en
el néctar de la poesía amatoria y lo inficiona, y lo hace, para una persona
delicada, imposible de tragar?
—Señor... ita, ¡hay quien no conoce ni de nombre la
vergüenza!—arguyó festivo.
—¡Ay, Doctor, voy á contradecirle! Perdone; en
cuanto me explique, usted va á estar conforme, porque es más observador que yo,
pobrecilla de mí... Excepto algún caso que será ya morboso, esta dolorosa
vergüenza no se suprime ni en medio de la abyección. Se ocultará bajo
apariencias, pero existe, y á veces ¡se revela tan espontánea!
—¡Pues lo confieso!—asistió.—¡Hay cinismos, en
ciertas profesiones, que no son sino vergüenza vuelta del revés!
—¿Y eso, no significa...? Doctor, ¿se avergüenza
nadie de lo hermoso?
—La función, señorita, no será hermosa; pero es
necesaria. Por necesaria, la naturaleza la ha revestido de atractivo, la ha
rodeado de nieblas encantadoras. La especie exige...
—Yo no quiero nada con la especie... Soy el
individuo. La especie es el rebaño; el individuo es el solitario, el que vive
aparte y en la cima.{195} Y, á la verdad, me
previene en contra esa vergüenza acre, triste, esa vergüenza peculiar,
constante y aguda. Por algo pesa sobre ello la reprobación religiosa; por algo
la sociedad lo cubre con tantos paños y emplea para referirse á ello tantos
eufemismos... No se coge con tenacillas lo que no mancha.
—Tal vez hipocresía... Usted, señorita, antes de
entrar en los infiernos adonde voy á guiarla, ¡acuérdese del Paraíso! ¡De la
maternidad! ¡La sagrada maternidad!
Una ironía cruel me arrancó una frase, cuyo alcance
el Doctor no pudo medir.
—¡También yo he tenido madre... madre muy tierna!
El médico, de una ojeada, me escrutó.
—¿Está usted de prisa?
—Nadie me aguarda...
Tocó un timbre, y la criada lugareña se presentó,
clavándome unos ojuelos zainos, de desconfianza.
—Cipriana, no estoy en casa. Venga quien venga, que
no entre.
Se acerca á sus estantes, hace sitio en la mesa,
trae un rimero de libros gruesos, en medio folio. Empieza á volver hojas. Los
grabados, sin arte, sencillos en su impudor, atraen y repelen á la vez la
mirada. La explicación, sin bordados, escueta, grave, es el complemento, la
clave de las figuras. Bascas y salivación me revelan el sufrimiento íntimo; el
médico, á la altura de las circunstancias, sin malicia, sin falsos reparos,
enseña, señala, insiste,{196} cuando lee en mis
turbias pupilas que no he comprendido.
A veces, la repulsión me hace palidecer tanto, que
interrumpe, me da un respiro y me abanica con un número de periódico...
¡Qué vacunación de horror! Lo que más me sorprende
es la monotonía de todo. ¡Qué líneas tan graciosas y variadas ofrece un
catálogo de plantas, conchas ó cristalizaciones! Aquí, la idea de la armonía
del plan divino, las elegancias naturales, en que el arte se inspira,
desaparecen. Las formas son grotescas, viles, zamborotudas. Diríase que
proclaman la ignominia de las necesidades... ¿Necesidades? Miserias...
—Siento náuseas—suspiro al fin. ¿Á dónde cae esta
ventana, doctor?
—A un patio interior... No soy rico... Mi sueño
sería tener un jardín del tamaño de un pañuelo... Espere usted, abriremos la
puerta...
De mi saco de malla entretejida con diamantitos,
extraigo el frasco de oro y cristal de las sales. Respiro.
—Adelante... El mal camino, andarlo pronto...
—Creo, señorita, que está usted haciendo una
locura. Tengo escrúpulos.
—Adelante he dicho... No va usted á dejarme á la
mitad de la cuesta.
Y me acerco al libro, rozando el brazo de este
hombre que no es viejo, ni antipático, y con el cual me siento tan segura, como
pudiera estarlo en compañía del sepulturero.
El vuelve á echar paletadas de tierra más{197} fétida. Agotadas las láminas corrientes, vienen
otras, y tengo que reprimir un grito... También son de colores... ¡Qué
coloridos! ¡Qué bermellones, qué sienas, qué lacas verduscas, qué asfaltos
mortuorios! ¡Qué flora de putrefacción! ¡Y el relieve! ¡Qué escultor de
monstruosidades jugó con sus palillos á relevar la carne humana en asquerosos
montículos, á recortarla en dentelladuras horrendas!
—Esto está mal—insiste Barnuevo, cerrando un album
de espantos. ¡Me estoy arrepintiendo, señorita!
—¡Doctor, lo que usted siente, y yo también, no es
sino la consabida vergüenza! ¡Vergüenza, y nada más! Nos avergonzamos de
pertenecer á la especie. ¡A beber el cáliz de una vez! ¿Falta algo, doctor...?
No omita usted nada. ¿Las anormalidades?
—¿También eso?
—También.
—¡Qué brutalidad... la mía!
—La mía, si usted quiere. Pronto, por Dios, Sr. de
Barnuevo.
Y se descubre el doble fondo de la inmundicia, en
que la corrupción originaria de la especie llega á las fronteras de la locura;
las anomalías de museo secreto, las teratologías primitivas, hoy reflorecientes
en la podredumbre y el moho de las civilizaciones viejas; los delirios
infandos, las iniquidades malditas en todas las lenguas, las rituales infamias
de los cultos demoniacos...
Por mis mejillas ruedan lágrimas, que me{198} salvan de un ataque nervioso. El Doctor,
conmovido, interroga:
—¿Basta?
—Basta. Deme usted la mano, con...
El encuentra la frase delicada y justa.
—Con el sentimiento más fraternal.
—¡Y quién podrá jamás cultivar otro!—grito, en un
arranque.—Doctor, debo á usted gratitud... Permítame... que no le envíe nada
por sus honorarios.
—No voy para rico, señorita; tengo mala suerte en
mi profesión... ¡Pero si usted me enviase algo..., creáme que soy capaz de...
no sé..., de sentir mayor vergüenza aun, de esa que á usted tanto la mortifica!
¡Y de llorar..., como usted!
—¿No aceptaría usted un retrato mío? ¿Para
acordarse de una cliente tan... insólita?
—¡Siempre me acordaría!... El retrato lo espero con
ansia. Y perdón, y... nada de vergüenza. ¿Puedo ofrecerla un sorbo de Málaga?
Está usted tan desencajada... Acaso tenga fiebre.
—Gracias... Se me hace tarde...
Era uno de esos anocheceres rojizos, cálidos, de la
primavera madrileña. Al llegar á las calles concurridas, el gentío me hostigaba
con contactos intolerables. Me codeaban. Sentí impulsos de abofetear. Corrí,
huyendo de las vías céntricas. Me encontré en el paseo de la Castellana, donde
empezaban á encenderse los faroles. El perfume de las acacias exasperaba mi
naciente jaqueca. Ni me daba cuenta de lo imprudente{199} de
pasear sola y á pie por un sitio que iba quedándose desierto, con un hilo de
perlas sobre el negro traje. Un coche elegante cruzó, con lenta rodadura. El
cochero me miraba. Comprendí.
—¿Puede usted llevarme á casa?
—Suba la señora...
La portezuela estaba blasonada, el interior forrado
de epinglé blanco, y olía á cuero de Rusia. ¡Qué chiripa, haber dado con un
cochero particular que se busca sobresueldo! Un simón me sería insufrible,
hediondo...
En casa, me bañé, me recogí... La frescura de las
sábanas me desveló. El ventilador eléctrico, desde el techo, me enviaba ondas
de aire regaladamente frío. Mi calentura aumentaba. Después he comparado mi
estado físico al de una persona que asiste por primera vez á una corrida de
toros. Toda la noche estuve volviendo á ver los grabados, y abochornándome de
haber nacido. ¡He aquí lo que sugerían los árboles viejos de la Alhambra, el
romanticismo del agua secular en que se disolvieron lágrimas de sultanas transidas
de amores, la gentileza de los zegríes, el olor de los jazmines, el
enervamiento de las tardes infinitas, el cántico de los surtidores y el amargor
embrujado de los arrayanes!
Y dando vueltas sobre espinas, repetía:
—¡Nunca! ¡Nunca!
I
Una fiebre nerviosa, no grave, me postra varios
días. Convalezco serenamente. Farnesio está como loco. De una parte, cree que
me muero; de otra, cree que el tío Clímaco ha venido resuelto á hacer una. Sólo
es verdad que el tío está en Madrid y no me ha visitado.
—Tendrá sus asuntos. No le podemos negar el derecho
de viajar á ese señor.
Un fruncimiento de cejas de D. Genaro; su cara más
alargada y preocupada que de costumbre, me indican que el recelo le socava y le
mina el espíritu. Ya me figuro lo que teme. Sin embargo, la empresa no ha de
ser tan liviana. Sabré defenderme, ahora que las fantasmagorías de amor se han
desvanecido, y sólo me queda el ansia de una vida fuerte, intensa, con otros
goces y otros triunfos; los que mi brillante posición me asegura, á mí que ya
traigo en la lengua, si no la pulpa, por lo menos{202} el
jugo acre y fuerte de la poma del bien y del mal...
Llega, sudoroso, el viejo y polvoriento estío de
Castilla. Me dedico á planear mi veraneo. Me acuerdo, con fruición, del calor
sordo de los veranos alcalaínos. El bullir de mi sangre pedía otros aires,
otros horizontes, y me ataba al pueblo muerto y callado la falta de dinero. El
agua se recalentaba en el botijo. No se oía en la casa sino el andar
chancletudo de la fámula, que arrastraba zapatos desechados míos. No podía yo
conseguir que no se me presentase despechugada, con las mangas enrolladas hasta
más arriba del codo. No tenía ni el consuelo de la compañía de mis amigos:
Carranza se había ido de vacaciones á su tierra, la Rioja, donde posee viñas, y
Polilla á la sierra, á casa de una cuñada suya, á cuyos hijos daba lecciones...
Y cuando estoy enfrascada en rememorar mis tedios antiguos y mis glorias
nuevas, el criado, con un recadito:
—Que está aquí el Sr. de Carranza. Que si la
señorita está ocupada, aguardará. Y que si no hay inconveniente, almorzará con
la señorita.
—Que le pongan cubierto. Que pase al gabinete.
De bata, de moño flojo, con fueros de
convaleciente, salgo y estrecho la mano gruesa, recia de músculos, á pesar de
la adiposidad, del canónigo. No acertaría á explicar por qué me siento
enteramente reconciliada con él.
—Dichosos los ojos. Pudo usted venir antes.
—Vengo á tiempo. Vengo cuando hay algo{203} importante que decir. Son las doce y media y no
me falta apetito. Almorzaremos en paz, y después... ¿Podremos charlar sin
testigos?
—¡Ya lo creo!—exclamó afirmando mi independencia.
Orden al jefe de que se esmere. Desesperación en la
cocina: ¡esmerarse tan tarde y con una señorita que desde hace una quincena no
prueba sino leche, caldos y gallina cocida!
A la una y media, sin embargo, sirven un almuerzo
pasable, vulgar, al cual Carranza hace cumplido honor. El melón con hielo
enmedio, el consommé frío, los huevos á la Morny, los epigramas de cordero, el
valewsky... todo le encanta. Gastrónomo y no gastado, goza como un niño. Hasta
beber á sorbos el café, con sus licores selectos, y apurar el Caruncho de
primera, no se decide á entablar la plática.
—Hija mía, es mucho lo que traigo en la cartera.
Haré por despachar pronto: contigo se puede ir derecho al asunto... Ante todo,
has de saber que tu tío Clímaco ha estado en Alcalá unos días. Y creo que
también dió su vueltecita por Segovia...
Ante mi silencio y el juego de mi chapín de raso
sobre el tapete, apretó el cerco, descubriendo ya sus baterías.
—Mira, Lina, te he juzgado siempre mujer de
entendimiento nada común. Se te puede hablar como á otra no... Estás en grave
peligro. Tu tío quiere atacar el testamento y probar que no eres hija de
Jerónimo Mascareñas, ni cosa{204} que lo valga; que
hubo superchería, y que el verdadero dueño de la fortuna de doña Catalina
Mascareñas, viuda de Céspedes, es él. Parece que tu tío anda furioso contigo,
porque no quisiste aceptar por novio al primo José María, que es un gandul. Ya
ves si Carranza está bien enterado—se enorgulleció golpeando sus pectorales
anchos, la curva majestuosa de su estómago.—Como que el gitano del Sr. de
Mascareñas se ha ido de Alcalá en la firme persuasión de que tiene en mí un
aliado. Pero á mí no me vende él el burro ojiciego con mataduras. A un riojano
neto, no le engaña un almiforero de ese jaez. Me he propuesto estropearle la
combinación y sacarte del berengenal, sin que salga á luz nada de lo que... de
lo que no debe salir. Conque, anímate, no te me pongas mala... y ríete de pindorós,
como les dicen á tales gitanazos.
—Carranza, mil gracias. Me parece que es usted
sincero... en esta ocasión.
—Nada de reticencias... Hay tiempos diferentes,
dice el Apóstol: hubo una época en que... convenía... cierto disimulo... Ahora,
juego tendido. Yo te profeso cariño, pero al demostrártelo, salvándote, no te
negaré que también hay en mí un interés... un interés legítimo, en que á nadie
perjudico. Esto no se ha de censurar. ¿Verdad?
—No por cierto. Sepa yo como me salvará usted.
—De un modo grato. Te propongo un novio.
—¡Llega usted en buen momento! Me repugna{205} hasta el nombre; la idea me haría volver á
enfermar.
—Hola, hola. ¿Eras tú la que tenía horror al
convento?
—¿Quiere usted oirme lo mismo que en confesión?
Un pliegue de severa inquietud en la golosa boca
rasurada... Carranza escucha; su oreja, en acecho, parece captar, beber mis
palabras singulares. Le refiero todo, en abreviatura, desde los fugitivos
ensueños del caballero Lohengrin, hasta la visita al médico...
—Comprendo—asiente—que estés bajo una impresión de
disgusto y hasta de asco. Esas cosas, desde el punto de vista que elegiste, son
odiosas. Te conozco desde hace bastantes años, y nunca he visto en tí sino
idealidad. Tu imaginación lo eleva, lo refina todo. Sin embargo, debes
reflexionar que si estudiásemos en esa forma otras funciones, verbigracia, las
de la nutrición, nos dejaríamos morir de hambre. Y sería lástima, que almuerzos
como el tuyo... En serio, que la situación es seria. Ó el claustro, ó el matrimonio.
—Soltera, viviré muy á mi placer.
—Te volverás á Alcalá, pobre nuevamente, y acaso ni
te den la rentita que entonces disfrutabas. Ni tú, ni don Genaro, ni yo,
podemos defender esta causa mala y perdida. Han aparecido testimonios de la
suplantación, de los amaños; la cosa no se hizo, á lo que parece, con demasiada
habilidad; no se presintió que un día, muerto Dieguito, la cuestión de la
herencia{206} podría plantearse. A D. Juan Clímaco
no le faltan aldabas. El castillo de naipes se viene á tierra. Existe, sin
embargo, quien lo sostendrá con sólo un dedo.
—¿Tanto como eso?
—¡Vaya! Tu futuro, el novio que te propongo yo.
Agustín Almonte, hijo de D. Federico Almonte.
El nombre no era nuevo para mí. En Alcalá, mil
veces Carranza hablaba de Almonte padre, paisano suyo, á quien debía, según
informes de Polilla, la canongía y una decidida protección.
—Almonte, ¿no era ministro el año pasado?
—Ya lo creo. De Hacienda. Pero su hijo mayor,
Agustín, que también el año pasado era subsecretario de Gobernación, ha de ir
mucho más allá que el padre. Pasa algún tiempo en la Rioja; le conozco bien;
charlamos mucho... y que me corten la cabeza si en la primer subida de su
partido no ministra. ¿Tú sabes las campañas que hizo en el Parlamento? El padre
va estando viejo; padece de asma. En cambio, el hijo... Porvenir como el suyo,
no lo tendrá acaso ningún español de los que hoy frisan en los treinta y tantos.
Reune mil elementos diferentes. Sus condiciones de orador, su talento, que es
extraordinario, ya lo verás cuando le trates... y el camino allanado, porque
desde el primer momento, la posición de su padre le hizo destacarse de entre la
turba. El padre es como la gallina que ha empollado un patito y le ve echarse
al agua; la altura de Agustín, sus{207} vuelos, van
más allá de D. Federico. Así es que, al saber que tú eres tan instruída, el
muchacho se ha electrizado. Él, justamente, deseaba una mujer superior...
—¿Soy yo una mujer superior, según eso?
—Vamos, como si te sorprendiese. Tus cualidades...
—¡Pch! mi primer cualidad, será mi dinero...
—¡Tu dinero, tu dinero! No eres la única muchacha
rica, criatura. Sin salir de la misma Rioja, hubiese yo encontrado para Agustín
buenos partidos. El dinero es cosa muy necesaria, es el cimiento; pero hacen
falta las paredes. ¡Y, además, Lina querida, tu dinero está en el aire! No lo
olvides. Si Agustín no lo arregla, cuando menos lo pienses... Tienes mal
enemigo. D. Juan Clímaco está muy ducho en picardihuelas y pleitos... Piénsalo,
niña.
—Tráigame usted á D. Agustín Almonte cuando guste.
Carranza clavó en mí sus ojos sagaces, reposados,
de confesor práctico. Me registró el alma.
—¿Qué es eso de «tráigame usted»?—bromeó.—¿Es algún
fardo? Es un novio como no lo has podido soñar. Quiera Dios que le gustes;
porque, criatura, nadie es doblón de á ocho. Si le gustas (él á ti te gustará,
por fuerza, y te barrerá del pensamiento esas telarañas románticas de la
repugnancia á lo natural, á lo que Dios mismo instituyó)... entonces... supongo
que no pensaréis que os eche las bendiciones nadie más que este pobre canónigo
arrinconado y escritor sin fama...{208}
—Sólo que—objeté—siendo los novios tan altos
personajes como usted dice, parece natural que los case un Obispo...
Un gesto y una risada completaron la indicación.
Carranza me dió palmadicas en la mano.
—Por algo le dije yo á Agustín que tú vales un
imperio...
II
¿Qué aspecto tiene el nuevo proco? A fe mía,
agradable hasta lo sumo. Buena estatura, no muy grueso aún, por más que
demuestra tendencia á doblar; moreno, de castaña y sedosa barba en horquilla;
tan descoloridas las mejillas como la frente, de ojos algo salientes, señal de
elocuencia, de pelo abundante, bien puesto, con arranque en cinco puntas,
fácilmente parecería un tenor, si la inteligencia y la voluntad no predominasen
en el carácter de su fisonomía. Desde el primer momento—es una impresión
plástica—su cabeza me recuerda la de San Juan Bautista en un plato; la hermosa
cabeza que asoma, lívida, á la luz de las estrellas, por la boca del pozo,
en Salomé. Cosa altamente estética.
El pretexto honroso de la visita es que, informado
por Carranza del riesgo que pueden correr mis intereses y la odiosa maquinación
de que quiere «alguien» hacerme víctima, para despojarme de lo que en justicia
me pertenece,{209} viene á ofrecerse como consejero
y guía, y cuando el caso llegue, como letrado, á fin de parar el golpe. Esto lo
dice con naturalidad, con esa soltura de los políticos, hechos á desenredar las
más intrincadas intrigas y á buscar fórmulas que todo lo faciliten. Sin duda
los políticos son gentes que se pasan la vida sufriendo el embate de los
intereses egoístas y ávidos, tropezando con el amor propio y la vanidad en
carne viva, amenazados siempre de la defección y la puñalada artera. Nada se
les ofrece de balde á los políticos, y todos, al dirigirse á ellos, hacen un
cálculo de valor, de conveniencia. Así es que pesan la palabra y comiden la
acción. Almonte no pronuncia frase que no responda á un fin... Y si yo soy la
desilusionada, él debe ser el escéptico. Nuestros ojos, al encontrarse, parecen
decirse:
«Una misma es nuestra pena...»
Nuestros dos áridos desencantos se magnetizan. Él
me encuentra á la defensiva; me estudia. Yo le considero como se considera á un
objeto, á un mecanismo. Es una máquina que necesito. Soy un campo que le ofrece
la cosecha. Él ha visto el fondo de la miseria humana en su aspiración al poder
y en los primeros peldaños de su ascensión; yo lo he visto en el gabinete de un
médico.
¡Así está bien! Apartemos la cuestión de amor, la
cuestión repugnante... y podré complacerme en el trato, en la compañía y hasta
en la vista de este hombre, que no es cualquiera. ¡Si llegase á tener en él un
amigo! Un amigo{210} casi de mi edad, ¡no un vejete
iluso como Polilla, ni un zorro sutil como Carranza! ¡Me encuentro tan sola
desde que mi ensueño se ha quedado, pobre flor ligera, prensado y seco entre
las hojas de los horribles libros del Dr. Barnuevo, museo de la carne
corrompida por el pecado! ¡Un amigo! ¡Un amigo... que no sea un esposo!
Mi proco—bien se advierte,—posee ese don de
interesar conversando, de que han dejado rastro y memoria al ejercerlo los
Castelar, los Cánovas, los Silvelas. Este es don y gracia de políticos. Refiere
anécdotas divertidas; se burla suave, donairosamente de Carranza, al mismo
tiempo que hace refulgir próximo el dorado de la mitra; traza una serie de
cuadros humorísticos, de unas elecciones en la Rioja; y mi cansancio de
enferma, misantrópico, desaparece; me río de buen grado, de cosas sencillas,
sedantes para los nervios. Recuerdo el mutismo árabe de mi primo José María.
Almonte, por lo menos, me entretiene. Sin saber cómo, y, afortunadamente, sin
conato de galantería por parte de él, diría que nos entendemos ya en bastantes
respectos.
Le refiero el caso de Hilario Aparicio, y lo
celebra mucho. El conoce un poco al amigo de Polilla; y con su equidad de
hombre habituado á discernir, en medio de las chanzas, le defiende, le encomia.
—No crea usted, es muchacho que ha estudiado, que
vale.
—¿Me querría usted hacer el favor de protegerle, de
ponerle en camino?{211}
—De muy buena gana. Es fácil que sea una
adquisición. A esos muchachos, se les distingue á causa de lo que han escrito,
con la esperanza de que, una vez en situación mejor, harán exactamente todo lo
contrario de lo que escribieron. Su rasgo de usted, Lina, es de una malicia
donosísima; es delicioso.
—Mi conciencia lo reprueba á veces.
—No se preocupe usted. Haremos por el kirkegaardiano—¿no
ha dicho así?—cuanto quepa. Verá usted cómo le volvemos al sér natural,
despojándole de la piel falsa de sus filosofías. Y, por otra parte, á usted le
consta que no es ni sincero en las utopias que profesa.
Le invito á almorzar con Carranza al otro día. Se
excusa porque se va aquella misma tarde á Zaragoza, adonde le llama una
cuestión de sumo interés; y añade sin reticencia:
—¿Dónde se propone usted veranear?
—Confieso que todavía no lo he determinado.
Y después suplico:
—¿Por qué no me hace usted un plan de viaje?
—Con sumo gusto. Conozco á Europa; salgo cada año
dos meses á respirar en ella. Forma parte de mis deberes y de mis estudios, eso
que han dado en llamar europeización. Antes de que lo inventasen,
yo lo practicaba. ¡Sucede así con tantas cosas! Usted, Lina, podría pasar
quince días en París—las señoras en París tienen siempre mucho que hacer.—Antes
debe usted detenerse en Biarritz y San Sebastián... Escribiré{212} á
la Duquesa de Ambas Castillas, que está allí y es muy buena amiga mía, para que
la vea á usted y la acompañe. Este período que usted entretenga agradablemente,
yo lo consagraré á imponerme bien de sus asuntos y á dejar jaloneada la defensa
de su patrimonio. ¡No faltaba más! El bueno de D. Juan Clímaco Mascareñas y yo
nos conocemos; he intervenido bastante en las cuestiones de su senaduría
vitalicia; á mi padre se la debe. Voy á enterarme como Dios manda; el Sr.
Farnesio me ilustrará. Y ya se andará con tiento el gitano. Tengo armas, si él
las tiene. De eso respondo. No se preocupe usted. Desde París puede usted
seguir á Suiza. Yo suelo dirigirme hacia ese lado. Allí tendría la honra de
presentarla mis respetos... De Zaragoza regreso el día 15. ¿Cree usted haberse
puesto en viaje para entonces?
—No es probable. Espero á una doncella inglesa que
me envían, y sin la cual...
—¡En efecto! Pues siendo así, el 15... ¿Insiste
usted en invitarme á almorzar?
Cuando, de regreso, se presenta el proco, ya tengo
á Maggie, la doncella, no inglesa, sino escocesa, pero vezada y amaestrada en
Londres, nada menos que en la casa de Lady Mounteagle, lo más
superfirolítico.—Esta mujer, á juzgar por las señales, es una perla. Chata,
cuarentona, de pelo castaño con reflejo cobrizo, de tez rojiza, de ojos
incoloros, posee en el servir un chic especial. Se siente uno
persona elevada, al disponer de tal servidora. Indirectamente,{213} con
un gesto, rectifica mis faltas de buen gusto, cuanto desdice de mi posición y
de mi estado; y, sin embargo, Maggie no se sale de sus atribuciones, y me
demuestra un respecto inverosímil. Jamás familiaridades, jamás
entrometimientos, jamás descuidos. Me recomienda á un criado inglés bastante joven,
y que, en el viaje, nos será utilísimo. Pagará cuentas, facturará, pensará en
el bienestar de Daisy, el lulú, se ocupará de detalles enojosos.
Maggie chapurrea medianamente el francés; el criado, Dick, lo parla con suma
facilidad. Con los dos, espero un viaje cómodo.
Almonte opina lo mismo; sin embargo, y conviniendo
en que Maggie es una adquisición, me aconseja cuidado.
—Crea usted que los ingleses también tienen sus
macas. Yo he sido cándido, y he creído en la superioridad de los anglosajones;
niñerías... Una de las cosas que la civilización tiene á la vez más
perfeccionadas y más corrompidas, es el servicio doméstico. Hoy se sirve á
maravilla, pero el odio es el fondo de esas relaciones. Les exigimos tanto, en
nuestro egoismo, que á su vez la idea de interés es la única que cultivan. ¿Me
perdona usted, Lina, estas advertencias? Con relación á usted soy viejo... es
decir, lo soy interiormente; usted, en lo moral, es una niña, llena de candor.
Me ofendo como si me hubiese insultado. Se sonríe,
tomando á cucharaditas el helado praliné.
—¿No le gusta á usted ser candorosa? ¡Pero{214} si el candor, en ciertas épocas de la vida, es
el signo de la inteligencia!
Siempre evitando esa personalización á que
propenden los que asedian á una mujer, Agustín refiere historias de la corte,
los anales de una sociedad que yo no conozco sino por los diarios,—peor que no
conocerla.—De estas pláticas parece desprenderse que el amor no existe.
Dijérase que es un terrible mito antiguo, fabuloso. Agustín presenta las
acciones de los hombres desde el punto de vista de la conveniencia, la
utilidad, la razón. Sin duda la atracción de los sexos ejerce influjo, pero la
clave secreta suele ser el interés, la vanidad, la ambición, mil resortes que
actúan, no sólo en la edad pasional, sino en todas las de la existencia. La
palabra de Agustín, nutrida, segura, se vierte sobre mi espíritu dolorido,
magullado de la caída, como un bálsamo calmante. Me consuela pensar que hay más
que ese amor que anhelé con loco anhelo. Me rehabilita ante mí misma convenir
con mi proco en que tan insensato afán no es sino un accidente, una crisis
febril, y que la vida se llena con otras muchas cosas que le prestan atractivo
y hasta sabor de drama.
—¡La conquista del poder!—sugiere Agustín.—¡Eso, no
sabe lo que es quien nunca lo ha probado! Como se funda en la realidad, no en
fluidas revêries de venturas místicas—porque usted es una
mística, Lina; la han llevado á usted al misticismo y al romanticismo sus años
de soledad y de injusto aislamiento;—digo{215} que,
como se funda en la realidad, en las realidades más concretas, y al mismo
tiempo en las honduras de la psicología positiva... tiene el encanto de la
guerra, el sabor violento de la conquista. ¡Ah, si usted lo probase!
—No sé cómo lo había de probar.
—Yo sí lo sé—responde él, sin la menor
intencionalidad picaresca.—De esto hemos de hablar mucho. Me precio de que la
convenceré. No hay cosa más fácil que convencer á la gente de talento... y de
una sensibilidad despierta para sentir los horizontes bellos, prescindiendo,
como usted sabe prescindir, de madrigales y de romanzas cursis.
Le miro con risueña benignidad. ¡Le agradezco tanto
que, aunque sea con artificios, me escamotee el horripilante recuerdo, del cual
estoy enferma aún! Tiene el arte de tratarme como yo deseo ahora ser tratada;
de engañar mi melancolía de convaleciente con perspectivas que, sin
arrebatarme, me distraen.
—Amiga Lina, hay cosas que, antes de conocerlas,
parecen encerrar el secreto de la felicidad, y cuando se conocen, son más
amargosas que la muerte. De esas cosas es preciso huir. Todos hemos tenido
veinticinco años, y sufrido vértigos y rendido tributo á la engañifa, á las
farsas, á los faroles de papel con una cerilla dentro... Ya vemos más claro.
Otra lucha, ardiente, nos llama. Otro sport, como ahora dicen...
¿Usted supone que la mujer no puede jugar á ese juego? Vaya si puede. Detrás de
cada combatiente suele haber una amazona;{216} detrás
de cada poderoso, una reina social. Consiéntame usted que, por lo menos, la
inicie. Después, si no se pica usted al juego, nuestra amistad persistirá:
siempre tendré igual empeño en que no se salga con sus malos propósitos
Mascareñas. Le ajustaré las cuentas, no lo dude usted...
Al despedirme al día siguiente en la estación, me
deslizó al oído, entregándome una primorosa caja de chocolates:
—Una postalcita... Deseo saber qué impresión la
causa París.
¡Ah, Carranza! Reconozco tu mano eclesiástica,
diplomática, de futuro cardenal, en la manera de haber adoctrinado á este
proco. Le has revelado mi herida y la precaución que se ha menester para no
irritar la viva llaga... Le has descubierto mi espiritu crispado de horror, mis
nervios encalabrinados, mi mente nublada por sombras y caricaturas goyescas,
por visiones peores que las macabras,—¡oh, la muerte es menos nauseabunda!—Y,
tal vez así...
III
Una magia es Biarritz, con su aire salobre, vivaz,
su agua marina encolerizada, la alegría de sus edificaciones modernas, y el
apetito que he recobrado, y el humor juvenil de moverme, de hacer ejercicio, de
bañarme en el mar, sin necesidad probablemente. Por otra parte, en Biarritz
empiezo á entrever esa actividad intensa,{217} sin
lirismo, esos resortes y esos fines que no evocan lo infinito, sino lo que está
al alcance, no de todas las manos—despreciable sería entonces—sino de pocas y
sabias y hábiles...
Entreveo ese juego atrayente, de que es imagen muy
burda el otro juego, del cual se habla aquí y en que salen desplumados los
«puntos». Así se lo escribo á Agustín, no en la postalcita que humildemente
pidió, sino en una carta amistosa, en que apunta el compañerismo. El pretexto
para convencerme de que debo escribirle pronto y largo, es que parece natural
enterarle de la acogida que me dispensa la Ambas Castillas, mediante la esquela
de presentación, redactada en términos de apremiante interés. La duquesa, á
quien envío la esquela por Dick, contesta por el mismo, anunciando inmediata
visita; y á la media hora se presenta, ágil y airosa y envelada la cara de
tules, á fin de disimular y suavizar el estrago que los años han ejercitado,
impíos, en su belleza célebre. Los rasgos permanecen aún, bajo el estuco; el
pie es curvo, la mano elegante al través de la Suecia; el busto, atrevido,
obedece á la obra maestra del corsé; y en su maceramiento de sesentona,
persiste una gracia arrogante que yo desearía imitar. Envidio los gestos
delicados, de coquetería y de hermosura triunfante, de gentil aplomo y gentil
recato altanero; envidio este aire que sólo presta cierto ambiente... al
ambiente que debe llegar á ser mío.{218}
Corta es la visita. Por la tarde, en su automóvil,
me lleva á recorrer caminos pintorescos, hasta San Sebastián. Nos cruzamos con
otros autos, con mucha gente, mujeres maduras, niños de silueta modernista,
hombres que saludan con respeto galante; dos autos se detienen, el nuestro lo
mismo; la Ambas Castillas hace presentación; me flechan agudas curiosidades;
oigo nombres, cuyo run run había percibido desde lejos. Con nosotros viene una
hermana de la Ambas Castillas, insignificante, callada y al parecer devota,
pues se persigna al cruzar por delante de las iglesias. La duquesa me envuelve
en preguntas. ¿Desde cuándo conozco á Agustín Almonte y á D. Federico?
—A D. Federico no le conozco. D. Agustín va á
ocuparse en asuntos míos que revisten importancia.
—¿Es su abogado de usted?
—Sí, duquesa.
Después, salen á plaza los trajes. Mi atavío gris,
de alivio, mi sombrero, sobre el cual vuela un ave de alas atrevidas, ave
imposible, construída con plumas de finísima batista, enrizada no sé cómo y
salpicada de rocío diamantesco, mis hilos de perlas magníficas, redondas; los
detalles de mi adorno fijan la experta atención de la duquesa. Me encuentra á
la altura; lo que llevo es impecable.
—¿Quién la viste?
Pronuncio negligentemente el nombre del modisto.
—¡Ah...!—La exclamación es un poema.—Claro,{219} ese habrá de ser... Pero el bocado es carito...
Las preguntas, delicadamente engarzadas, continúan.
¿Tengo hermanos? ¿Vivo sola en Madrid? ¿Sigo á París? ¿A dónde iré á terminar
el verano? Los proyectos de Suiza determinan una sonrisa discreta.
—Nuestro amigo Almonte también creo que suele ir
por ese lado á descansar de sus fatigas políticas, parlamentarias y
profesionales... ¡Qué porvenir tan brillante el de Almonte! Llegará á donde
quiera. Su padre (en confianza), no ha alcanzado la talla de otros grandes
políticos de su época: Cánovas, Sagasta, y aquel Silvela tan simpático, tan
hombre de mundo... Pero como ahora unos se han muerto y otros están más viejos
que un palmar, ¡pobres señores!—añadió la dama con juvenil, casi infantil
alarde, que á pesar de todo no la sentaba mal—crea usted que Almonte... Yo no
entiendo de eso; lo que pasa es que oigo; mi marido es muy aficionado, va al
Congreso mucho... El sol que nace, es Almonte.
Completé el elogio. La duquesa me hizo coro. La
hermana insignificante suspiró.
—Es lástima que sus ideas...
—¡Hija, sus ideas!—se apresuró la duquesa—Manolo,
mi marido, asegura que Agustín, cuando mande, respetará lo que debe respetar!
Y variando de tono:
—Es seguro que al formarse Almonte una familia, eso
también ejercerá en su modo de ser provechoso influjo. ¡Oh, la familia! Si
encuentra{220} una mujer de talento y buena.... Y
la encontrará. ¿No opina usted lo mismo, Lina?...
La familiaridad del nombre propio era un halago en
la elegante señora, árbitra sin duda de la sociedad, aunque ya su sol declina.
Puesto del todo este sol, que fué esplendoroso, aún quedará un reflejo de su
irradiar. El propósito de halagarme, por si soy para Almonte algo más que una
cliente rica, se revela en el empeño de acompañarme y pilotearme en el
Casino—sin oficiosidad inoportuna—de inventarme excursiones entretenidas, de
relacionarme. Debieron de correr voces, un santo y seña, porque hubo atenciones,
encontré facilidades, me ví rodeada, mosconeada, invitada á diestro y
síniestro, á almuerzos y lunches. Pregusté el sabor de los
rendimientos que el poder inspira; sentí la infatuación de la marcha ascendente
por el florecido sendero. No tuve, en pocos días, tiempo de profundizar la
observación de lo que me salía al paso. Mi goce se duplicó por el bienestar
físico que me causaba la tónica balneación, y por el femenil gusto de vestir
galas y adquirir superfluidades en las ricas tiendas. También sentí orgullo al
convidar á la duquesa, á su hermana, á algunos de los que me han obsequiado, á
almorzar en mi hotel. Se enteraron de Dick, de Maggie, y ví el gesto admirativo
de las caras cuando agregué:
—Bah, mi escocesa... Salió, para venir á servirme,
de casa de lady Mounteagle. En efecto, sabe su obligación...
¡Al cabo, Biarritz es un pueblecillo! En una{221} semana, no había nadie que no me conociese. De
mi yo verdadero nada sabían; en cambio, conocían hasta el
número de frasquitos de vermeil cincelado que contenía mi
maleta de viaje, traída por Maggie de la casa Mapping and Web,
reina de las tiendas caras y primorosas, en que se expenden tan londonianos
artículos. No todo el mundo, sin embargo, me hizo igual acogida. Hubo sus
frialdades, sus distanciaciones, sus impertinencias, aristocráticas y
plutocráticas. Con mi fina epidermis, sentí algunos hielos, algunas ironías,
mal disimuladas por aquiescencias aparentes; hubo sus corrillos que se aislaron
de mí, sus saludos envarados, peores que una cabeza vuelta para no ver. Y
entonces si que empecé á «picarme al juego». A vuelta de correo, Agustín me
contestaba:
—Esa es la lucha. Eso es lo que le prepara á usted
un deleite de victoria. Apunte usted nombres. Verá usted qué delectación
exquisita la de recordarlos después... Cuando llegue la hora, amiga Lina... Y
váyase usted pronto á París. Conviene que haya usted pasado por ahí como un
meteoro...
Seguí el consejo.—No sufrí la fascinación de París.
Es una capital en que hay comodidades, diversión y recreo para la vista, pero
no sensaciones intensas y extrañas, como pretenden hacernos creer sus
artificiosos escritores. El caso es que yo traía la imaginación algo alborotada
á propósito de Notre Dame. Este monumento ha sido adobado,
escabechado, recocido en literatura romántica. Sin duda su{222} arquitectura
ofrece un ejemplar típico, pero le falta la sugestión de las catedrales
españolas, con costra dorada y polvorienta, capillas misteriosas, sepulcros
goteroneados de cera y santos vestidos de tisú. Notre Dame... Un
salón. Limpio, barrido, enseñado con facilidad y con boniment, por
un sacristán industrial, de voz enfática y aceitosa. Falta en Notre
Dame sentimiento. Yo rompería algunas figurillas del pórtico,
plantaría zarzas y jaramago en el atrio. Y, sin embargo, aquí han sentido
profundamente los del Cenáculo. Ellos sacaron de sí mismos á Notre Dame.
Yo, española, no puedo sentir hondo aquí, ni aun por contraste con las calles
infestadas de taxímetros, de autobus y otras cosas feas. Vale
más, seguramente, que no sienta. El lirismo, como un licor fuerte, me daña.
Patullo en la prosa parisiense. Manicuras,
peluqueros, modistas, reyes del trapo, maniquíes vivientes, desfilan en
actitudes afectadas. Mis uñas son conchitas que ha pulido el mar. Mi peinado se
espiritualiza. Mi calzado se refina. Dejo á arreglar en la calle de la Paz las
pocas joyas anticuadas de doña Catalina Mascareñas que no transformé en Madrid,
para que me hagan cuquerías estilo María Antonieta ó modernisterías originales.
Voy á los teatros, donde los intermedios me aburren. Me doy en el Louvre una zambullida
de arte y de curiosidad. ¡Cuánto se divertiría aquí D. Antón de la Polilla!
Pude hacerle feliz quince días... Sólo que me aburriría á mí, porque lo
admiraría{223} todo en esta ciudad y en este modo
de ser de un pueblo aburguesado y jacobino. ¡Me daría cada solo volteriano
inocente! ¡Y si al menos él tuviese gracia! Pero un Voltaire pesado, curado al
humo en Alcalá...
Y lo que me asfixia en París, lo que me hace de
plomo su ambiente, es la continua exhibición de la miseria humana, la suciedad
industrializada, fingida, afeitada, cultivada lo mismo que una heredad de
patatas ó alcacer. Las desnudeces y crudezas de los teatros; las ilustraciones
iluminadas de los kioscos; los títulos de guindilla de los tomos que sacan á la
acera las librerías; los anuncios con mostaza y pimienta de Cayena, me renuevan
la náusea moral, el sufrimiento de la vergüenza triste, de la repugnancia á
tener cuerpo. Vuelven las horas de aburrimiento, y al regresar al hotel me dejo
caer en la meridiana, mientras Maggie me dá consejos higiénicos, me recomienda
la poción que tomaba para sus vapores lady Mounteagle...
—¡Á Suiza!—ordeno lacónicamente.—Vamos directamente
á Ginebra... Prepare usted el equipaje.
IV
Noto en Suiza lo contrario que en Granada. Á
Granada pude yo hacerla para mí. Suiza está hecha: tan hecha, que nada nuevo
íntimo descubro en ella. La sedación de Suiza, su frígida pureza de horizontes,
me hacen, eso sí, un bien{224} muy grande.
Comprendo que aquí se busque reposo después de una caída de las de
quebrantahuesos. Reposo activo; no la disolvente languidez de la Alhambra.
Como Agustín me escribe que todavía le detendrán
una quincena los quehaceres y que en Ginebra nos reuniremos, dedico este tiempo
á ciudades y lagos. De los Alpes, visito todo lo que no obliga á alardes de
alpinismo. ¡Soy de la meseta castellana! Subo, por dentro, á las montañas
inaccesibles; con los pies, no. He visitado Friburgo y Berna, encontrando
superiores los hoteles á las ciudades; Lucerna y Zurich, y, por Schaaffhausen,
me he dirigido al lago de Constanza, punto menos infestado de turistas ingleses
que el resto de Suiza. El Rin, que forma estos dos lagos entre los cuales
Constanza remeda el broche de una clámide, es al menos un río cuya imagen he
visto en mis deseos, un río de leyenda. Constanza es poco más que un
pueblecillo; sin embargo, los hoteles no ceden á los de ninguna parte. Suiza ha
llegado, en punto á hoteles, á lo perfecto. Y es una sensación de calma y de
goce físico, reparadora, la que me causa, después del enervamiento del tren,
esta vida solitaria y magnífica, con Maggie que no me da tiempo á formular un
deseo, y pasándome el día entero al aire libre, el aire virgen, purificado por
las nieves eternas, en un balcón ó veranda sobre el lago, que enraman las rosas
trepadoras y los cabrifollos gráciles. A mi lado, sentada perezosamente, una
inglesita lee una{225} novela; de vez en cuando sus
ojos flor de lino buscan, ansiosos, los ojos de un inglesón de terra
cotta, que sin ocuparse de su compañera, se mece al amparo de la sábana de
un periódico enorme. Pobre criatura, ¿sabrás lo que anhelas? ¡Qué fuerza tendrá
el engaño para que tu cabecita de arcángel prerrafaelista, nimbada de oro
fluido, se vuelva con tal insistencia hacia ese pedazo de rubicunda carne,
amasada con lonchas de buey crudo, é inflamada con mostaza desolladora y
picores de rabiosa especiería!
De Constanza, me agrada también el que sus
recuerdos no me producen lirismo... Aquí no flotan más sombras que las de
herejes recalcitrantes asados en hogueras, y emperadores, condes y barones á
quienes hubo que embargar sus riquezas porque no pagaban el hospedaje á los
burgueses de la ciudad. Bien se echa de ver que los suizos están convencidos,
al través de las edades, de dos cosas: que hay que ser independiente y cobrar á
toca teja las cuentas del hotel.
El Rin me atrae; de buen grado pasaría la frontera
y recorrería Baviera y el Tirol, aunque me sospecho que pudieran parecerse
exactamente á Suiza; los mismos glaciares, los mismos precipicios, y esas
montañas donde los que logran alcanzar la cúspide, echan sangre por los oídos.
No realizo la excursión, porque experimento cierta inquietud de volver á ver á
Agustín; me agrada la perspectiva de su presencia. Ninguna turbación, ninguna
emoción{226} desnaturaliza este deseo sencillo,
amistoso.
Una postal me avisa, y retorno por el lago de Como
á Ginebra, donde al venir no he querido detenerme. Me instalo, no en el mejor
hotel, sino en el que domina mejor vista sobre el lago Azul. No es una frase:
en el lago Léman, las aguas del Ródano, al remansarse, sedimentan su limo y
adquieren una limpidez y un color como de zafiro muy claro. Hay quien cree que
no basta esta explicación, y que algún mineral ó alguna tierra de especial
composición se ha disuelto en ellas, para que así semejen girón de cielo.
Me acuerdo de aquellas aguas de Granada, seculares,
donde el pasado hace rodar sus voluptuosas lágrimas... y me parece que este
lago es como mi alma, donde el limo se ha sedimentado y sólo queda la pureza
del reposo.
No me canso de mirarle y de comprenderle. Forma una
media luna, y en uno de sus cuernos se engarza Ginebra, como un diamante al
extremo de una joya. Ningún lago suizo, ni el de Constanza, donde desagua el
Rin, le vence en magnitud. Con razón le califican de Occéano en miniatura. El
barquero que me pasea por él en un botecito repintado de blanco, graciosa
cascarita de nuez, me informa, con sinceridad helvética, de que el lago es peor
que el mar: sus traiciones, más inesperadas. En días tormentosos, el nivel del
Léman, súbitamente, crece dos metros; de pronto, se deshincha; media hora
después, vuelve á hincharse. Y,{227} creyendo que
me asusto, añade el pobre hombre:
—Pero hoy no hay cuidado. Nosotros sabemos cuando
no hay cuidado.
Sonrío desdeñosa, porque el peligro eventual no me
ha parecido nunca muy digno de tenerse en cuenta, entre los mil que acosan á la
vida humana, sabiendo que, al cabo, es presa segura de la muerte. Estoy tan
enterada como el barquero del singular fenómeno, que se nota sobre todo en las
dos extremidades del lago, y, por consiguiente, cerca de Ginebra. Cuando venga
Agustín, le contagiaré: pasearemos por este mar diminuto y felino, y haremos la
excursión al rededor de él, por sus márgenes pintorescas.
Un telegrama... Llega esta tarde Almonte.
Naturalmente, no le espero: él es quien, atusado y limpio ya, solicita permiso
para presentárseme. Mando que le pongan cubierto en la mesa que ocupo, cerca de
una ventana, por la cual entra la azulina visión del lago. Y, familiarmente,
comemos juntos, como si fuésemos ya marido y mujer...
Vuelvo á probar la grata impresión de Madrid, que
no tiene ninguno de los signos característicos del amor, y por lo mismo no me
renueva las heridas aun mal cicatrizadas. Agustín es el amigo...
Los dos tenemos planteado el problema de la vida, con magnífica curva de
desarrollo; los dos necesitamos eliminar el veneno lírico, en las gimnasias y
los juegos de la ambición. Él me lo dice, refiriéndome añejas{228} historias
de amarguras y desencantos, que se parecen á la mía...
—Todas las aventuras llamadas amorosas son muy
semejantes, Lina. Uno de los espejismos de esa calentura es suponer que hay en
ella un fondo variado de psicología. No hay más que la sencillez del instinto,
del cual dimana.
La comida es plácida, llena de encanto. Averiguamos
nuestras predilecciones, nos comunicamos secretos de paladar. Agustín apenas
bebe un par de copas de Burdeos; yo una de Rin, con el pescado, una de
Champagne, muy frío, con el asado. Nos gustan á los dos los exquisitos peces de
agua dulce, que en Constanza eran mejores, porque estábamos al pie del Rin, y
truchas y salmones y anguilas tenían especial sabor. Todo esto reviste suma
importancia: Agustín cree que, en las horas de descanso apacible, se debe refinar,
disfrutar de las delicias de tanto bueno como hay en el mundo.
—Sí, Lina, ese es el sistema... Cuando se lucha, se
acomete y se resiste sin importársenos de los golpes, del dolor, del riesgo.
Pero cuando nos rehacemos con un paréntesis de bienestar y de olvido, entonces
¡venga todo el epicureismo y el sibaritismo! ¡Tenemos en las manos una dulce
fruta: á no perder gota de su zumo!
Desde el primer momento establecemos y definimos
nuestra situación. El mundo es una cosa, nosotros otra. Somos dos aliados, dos
fuerzas que han de completarse. Da por supuesto que la dirección la imprime él.
Y me asombro de encontrarme tan propicia á una sumisión,{229} de
aceptar una jefatura, y de aceptarla contenta. Me someto á este hombre á quien
no amo; me someto á él porque puede y sabe más de la ciencia profana que eleva
á sus maestros. Analizado y destruído mi antiguo ideal, él me promete una vida
colmada de altivas satisfacciones; una vida «inimitable», como llamaron á la
suya Marco Antonio y la hija de los Lagidas, al unirse para dominar al mundo.
Y me induce también á admitirle por guía la
presciencia ó el tacto que revela al echar á un lado la cuestión amorosa, las
flaquezas del sexo. El penoso encogimiento de la vergüenza me lo ha suprimido
así. Me ha comprendido, ha penetrado en mi abismo. Como no es fatuo, admite la
hipótesis de no causarme cierto orden de impresiones. Y, como tiene la viril
paciencia de los ambiciosos, aguarda. Y, como se propone algo más que el
vulgarísimo episodio de unos sentidos en conmoción, me respeta, y nos entendemos
en la infinidad de terrenos en que el hombre y la mujer pueden entenderse,
cuando han acertado á pisotear la cabeza de la sierpe, antes que destile en el
corazón su ponzoña.
Se regulan las horas, se hace programa de la
estancia en el oasis. Nos vemos incesantemente. No sólo comemos y almorzamos
juntos, sino que en la veranda tomamos á la vez el mismo poético desayuno, el
té rubio con la aromosa y blonda miel, que aquí, como en Zurich, se sirve en
frasquitos de una limpieza seductora. Venden esta miel las aldeanas en Zurich,
llevando en uno de los capachos del borriquillo{230} las
flores montesinas de donde la liban las abejas. La idea de una loma florida, de
un cuadro idílico, va unida á este té tan gustoso. Un día, riendo, Agustín me
hace observar que, al cabo, nos unimos para el cultivo de la sensación; sólo
que es una sensación gastronómica.
—Esas no abochornan—respondo.—Y él aprueba. ¡Ha
aprobado!
Largas horas pasamos contemplando el panorama, las
ingentes montañas sobrepuestas, queriendo cada una acercarse más al firmamento;
y, coronándolo todo, el Mont Blanc, el coloso, que sugiere pensamientos
atrevidos, deseos de escalarlo... Nos confesamos, sin embargo, que no tenemos
vocación de alpinistas, ni hemos pensado parodiar á Tartarín.
—El frío... El cansancio... Las grietas, los
aludes, el hielo en que se resbala. A otro perro con ese hueso—declara él.—No
crea usted, Lina, que tengo un pelo de cobarde; pero, como sé que en mi carrera
no faltan peligros, y que si se les teme no se llega adonde se debe llegar, yo
evito los otros, los peligros de lujo.
—El peligro tiene su sabor...
—¡Ah, lírica, lírica! ¿Es que ha soñado usted que
yo le traiga un edelweiss cogido por mí al borde de un
precipicio espantoso? Vamos, no está usted enteramente curada aún. Deje usted
eso para los ingleses, gente sin imaginación ninguna. Nosotros, cuando subimos,
es más arriba de las montañas; es á cimas de otro género. Esto no nos sirve
sino de telón de fondo. Y los ingleses suben, y suben, ¿y qué encuentran?{231} Lo mismo que dejaron abajo. Es decir, peor.
Nieve y riscos inaccesibles. Ahí tiene usted. El que trepa, debe trepar para
llegar á algo. Si no, es un tonto.
Nos reimos. Los ingleses son nuestros bufones. A
toda hora nos ofrecen alguna particularidad ultra-cómica. Sus mujeres son
sencillamente caricaturas enérgicas, á menos que sean ángeles vaporosos.
Convenimos en la fuerza física de la raza. En cuanto á su mentalidad, no
estamos muy persuadidos de que llegue á la mediana mentalidad ibérica.
—Me atrae su aseo—declaro.—No debe de oler una
multitud inglesa como una multitud de otros países. El vaho humano, en esa
nación...
—Eso creía yo mientras no pasé una temporadita en
Londres, y, sobre todo, mientras no visité Escocia. El olor de la gente en
Escocia es punzador. Conviene que salgamos de casa para aprender lo que debemos
imitar y lo que debemos recordar, á fin de no ser demasiado pesimistas. Lina, á
mí se me ha puesto en la cabeza que he de dejar huella profunda en la historia
de España. Que la hemos de dejar; porque desde que la conozco á usted, con
usted cuento. En nuestro país se están preparando sucesos muy graves. ¿Cuáles?
Por ahora... Pero que se preparan, sólo un ciego lo dudaría. ¡El que acierte á
tomar la dirección de esos sucesos cuando se produzcan, llegará al límite del
poder; no es fácil calcular adónde llegará! Yo aguardo mi hora, no esperando
que me despierte{232} la fortuna, sino en vela, con
los riñones ceñidos, como los caudillos israelitas. La soledad completa me
restaría fuerza, y una compañera sin altura, ininteligente, me serviría de
rémora. ¿Si usted...?
—La cosa es para pensada, Agustín... Para muy
meditada.
—No, no es para meditada, porque yo no pido amor.
Lo que solicito es una amiga, á la cual interese mi empresa. Ya sabe usted que
á su tío, D. Juan Clímaco, le dejo muy abozalado. No ladrará, ni aun gruñirá.
El sabe que conmigo no puede permitirse ciertas bromas. ¡Ah! No crea usted; la
red estaba bien tejida. Entre las mallas se hubiese usted quedado. El hombre
armó su trampa con habilidad de gitano en feria. Compró testimonios que
comprometían gravemente á D. Genaro Farnesio; hubiese ido... ¡quién sabe! á
presidio. Se me figura que á él y á usted les he salvado. ¿Merezco alguna
gratitud?
—Mucha y muy grande—contesto, tendiéndole la mano,
que estrecha y sacude, sin zalamerías ni insinuaciones.—Sólo que... es delicado
decirlo, Agustín...
—No lo diga... Si ya lo sé. Y lo acepto. Estoy
seguro de que usted cambiará.
—¿Y si no cambio?
—Ni un ápice menos de respeto ni de amistosa
cordialidad. Creo que el trato es leal. Lo único que pido, es que la
prohibición á que suscribo para mí, no se derogue en beneficio de otro. Si para
alguien ha de ser usted más que amiga...{233}
—¡Ah! ¡Eso no! Eso no lo tema usted.
—Pues no temiendo eso... Crea usted, Lina, que
haremos una pareja venturosa. Demos al tiempo lo suyo. Todo pasa; somos
variables en el sentir. Yo fío siempre en la inteligencia de usted, que es para
mí el gran atractivo que usted reune. Antes de conocerla, su fortuna me pareció
una base necesaria para mis aspiraciones—no se quejará usted de que no soy
franco—pero ahora, se me figura que hasta sin fortuna desearía su compañía y su
auxilio moral. Para un hombre político, es un peligro la soltería. Existe en su
porvenir un punto obscuro; lo más probable es que halle una mujer que ó le
disminuya ó le ponga en berlina.
—Es cierto, y, ya que usted ha sido tan sincero, le
digo que tampoco conviene á un político una mujer pobre. Yo encuentro que la
cuestión de la honradez de un hombre político es algo pueril; el menor error,
en materia de gobierno, importa doble y perjudica doble al país que una
defraudación. Sólo que es arsenal para los enemigos, y piedra de escándalo para
los incautos. Por eso un político debe estar más alto, poseer millones
legítimamente suyos. Eso le exime de la sospecha.
—¡Palabras de oro!—bromea él,—y no sé de donde ha
sacado usted tal experiencia... Hubo en la historia de España un hombre que
fué, en un momento dado, árbitro, como rey. Pero tenía mujer; y ella, por la
tarde, vendía los cargos y honores que al día siguiente él concedería. Y el
lodo le llegaba á la barba; y su poder{234} duró
poco y cayó entre escarnio. Nuestra fuerza, nos la dan las mujeres. Si no me
auxilia usted por amor, hágalo por compañerismo. Subamos de la mano...
Creo que este diálogo lo pasamos una noche, en que
el lago reflejaba una luna enorme, encendida todavía por los besos del
poniente. Estábamos en la veranda, muy cerca el uno del otro, y los camareros,
cuando pasaban llamados por algún viajero que pedía wisky and soda,
cerveza ó aperitivos, apresuraban el andar, por no ser molestos á los
enamorados españoles. Y, sin embargo, en el momento sugestivo, no se
aproximaban temblantes nuestras manos, ni se inclinaban nuestros cuerpos el uno
hacia el otro.
V
Y avanza el singular noviazgo, frío y claro como
las nieves que revisten esos picachos y esas agujas dentelladas, que muerden
eternamente en el azul del cielo puro. Aun diré que era más frío el noviazgo
que las nieves, ya que éstas, alguna vez, se encendían al reflejo del sol. Me
lo hizo observar un día Agustín. Él no lamentaría que la situación cambiase;
pero lo procuraba con labor fina, sabiendo que yo estaba á prueba de sorpresas.
Aplicaba á la conquista de mi espíritu la ciencia psicológica y matemática á un
tiempo conque estudiaba al resto de la gente, piezas de su juego de ajedrez.
Dueño de largas horas y propicias ocasiones,{235} teniendo
por cómplices los azares de un viaje, supuso—después lo he comprendido—que
siempre llega el cuarto de hora. Debo reconocer que esta idea, algo brutal en
el fondo, la aplicó el proco con artística finura.
Su actitud fué la del hombre que busca un afecto,
y, para conseguirlo profundo, lo quiere completo, sin restricciones. Estaba
seguro de mi amistad, contaba conmigo como asociada... pero ¿y si, abandonando
él en mí lo que no debe abandonarse, otro hombre...?
—Ni en hipótesis—confirmo tercamente.
Para demostrarme con un alto ejemplo histórico su
pensamiento, me recordó el lazo entre el conquistador Hernán Cortés y la india
doña Marina.
—¿No es verdad que al pensar en esta pareja, no
vemos en ella á los amartelados amantes, sino á dos seres superiores á los que
les rodeaban, y que se juntaban para un alto fin político? Cortés necesitaba á
doña Marina, su conocimiento del ambiente, su lealtad para prevenir emboscadas
y traiciones. La india se había penetrado de los propósitos del conquistador.
Sin embargo, el modo de que las dos voluntades se fundiesen, fué la unión
natural humana. En ello, Lina, no hay ni sombra de nada repugnante. Es un hecho
como el respirar. Por distintos caminos que usted, yo he llegado á despreciar
también la materia, la estúpida ceguedad del instinto. Pero en la vida de dos
personas como usted y yo, esta comunión sería más espiritual que otra cosa...{236} ¿Me niega usted el derecho de defender mis
ideas...?—se interrumpió con grata sonrisa sagaz, de italiano discípulo de
Maquiavelo.
—No—asentí.—Es probable que no llegue usted á
persuadirme; pero si cierro los oídos, se pudiera inferir miedo. Espláyese
usted y persuádame, si es capaz.
Se tegió este diálogo en el castillo de Chillón,
que siguiendo al rebaño, tuvimos la ocurrencia de visitar en nuestra excursión
á Vevey, comprendida en la vuelta que dimos al lago. El sitio es, sin duda,
pintoresco, entre salvaje y sosegado; la torre y los calabozos sólo recuerdan
episodios políticos; Almonte me hace notar cómo ha cambiado este aspecto de la
vida: por cuestiones políticas ya á nadie se suele echar grillos; y los judíos,
á quienes estos pacíficos suizos y saboyanos sacaron de la fortaleza para
quemarlos vivos, como hubiesen hecho unos terribles inquisidores españoles, hoy
son partidarios de la libertad de conciencia...
—Los recuerdos de Chillón no le serán á usted
molestos. Por aquí no revolotea el cupidillo...
—Sí que revolotea. Por aquí situa Rousseau escenas
de su Nueva Heloisa, que es un libro pestífero, y, después de
pensar quien lo ha escrito, muy empalagosamente asqueador.
Combatiente diestro, aprovechándose de la ventaja
que se le concedía, Almonte supo disertar. En nuestro periplo alrededor del
misterioso lago, desplegó los recursos de su arte.{237} A
su voz no le había yo prohibido el contacto material. Su voz hermosa, llena, de
gran orador, tenía por auxiliares los ojos, algo salientes; pero de un negror y
blancor expresivos. Poco á poco la voz va entrando en mi alma. Experimento un
goce sutil en oirla, diga lo que diga; solamente al llamar al camarero. Me
place que desenvuelva sus planes, haciendo lo contrario de Mefistófeles con
Fausto; presentándome, como remate del vivir, en vez de la perspectiva amorosa,
la del triunfo de una ambición intensa. Escucho interesada las inauditas y
dramáticas historias que me refiere de gente conocidísima, y él, para
justificarse, alega:
—La política es cada día más una cuestión de
personas. No hay nadie que no tenga en su vida un interés, un resorte secreto.
El que los conoce es dueño de mucha gente, si creen que puede realizar esos
anhelos que no se exhiben, generalmente, ante el público, y aunque se
exhiban...
La sociedad altanera, frívola y disoluta que he
visto de refilón en Biárritz la diseca Agustín con instrumento de oro, entre
gestos seguros, de hombre de ciencia... de esa ciencia.
—¿Fulano? Hacia la senaduría. ¿Mengano? La
rehabilitación de un título con Grandeza. ¿Perengano? Cosa más sólida; un
célebre asunto en lo contencioso... Millones. ¿Perencejo? Toda la vida ha
querido ministrar... y no siendo más inepto que otros, no lo ha logrado.
¿Ciclanito? Eso es serio; pica alto, alto...{238}
Y, comentario:
—A lo alto llegaremos nosotros. ¡Sabe Dios á qué
altura! Por mucha que sea, ni usted ni yo somos de los que sufren vértigo...
Aquí no nos armamos de alpenstock, porque no nos divierte. Desde
abajo vemos los juegos de la luz... En fin, yo quiero que usted sea la segunda
mujer de España... á no ser que para entonces los sucesos hayan tomado tal
giro, que pueda ser la primera. ¡Así, la primera! No tomarán ese giro; yo, por
lo menos, no lo creo; pero ello es que hay muchos modos de ocupar primeros
lugares... Si yo soy el dueño, la dueña usted... Siendo yo Cayo, tú serás
Caya... como decían los romanos en las ceremonias nupciales. ¡Ah! Perdón,
Lina... la he tuteado...
—Era un tuteo histórico.
—No importa; me va á fastidiar ahora mucho volver
á... Lina, yo te creo una mujer superior. ¿No se tutean los amigos?...
—En realidad...
Y el tuteo no fué embarazoso, sobre esta base de la
amistad franca. Al contrario; estableció entre nosotros algo tan grato, que yo
no recordaba nunca un período en que tan gustoso me hubiese sido vivir. Los
planes, los proyectos, las esperanzas, todos saben cuánto superan en deliciosa
sugestión á la realidad, aun cuando salga conforme á esos mismos planes ó los
mejore. Un anhelo de interés me hacía desear locamente lo más loco de cuanto se
desea: el acercarse á la muerte: que los años hubiesen volado, y que Agustín y
yo fuésemos ya los{239} amos, los árbitros,
aquellos ante quienes todo se inclinaría... El, sonriente, moderaba mi
impaciencia.
—Calma... calma... Y atesorar mucha fuerza y
felicidad para que no nos coja débiles el momento de la apoteosis... que es
seguro.
—El caso es, Agustín, que yo tengo ideal, y que, si
llega ese instante, quisiera que, mañana, la historia...
—El ideal, en la política, se construye con
realidades pequeñas. Nace de los hechos, sin cultivo, como esos edelweiss peludos
sobre la nieve... Entretanto, Lina, seamos egoístas, pensemos en nosotros...
Y noté, efectivamente, que mi amigo empezaba á
prestar al «nosotros» un sentido nuevo, diferente del que yo le había atribuído
hasta entonces. Como en las altas cumbres que el sol teñía de amatista pálida y
de los anaranjados del oro encendido por el fuego—al avanzar el verano, el
hielo se derretía—. Desde el tuteo, Agustín iba, poco á poco, mostrándose
enamorado, traspasado, rendido. Era una inconsecuencia, era una transgresión,
era faltar á lo tratado; y, sin embargo, yo fluctuaba. Una indulgencia que me parecía
criminal ante mí misma, me invadía como un sopor. Lo que más contribuía á
hacerme indulgente—reconozco que es extraño el motivo—era que yo no compartía
la turbación que iba advirtiendo en Almonte. El enervamiento de la Alhambra y
de Loja, no se reproducía ante el Mont-Blanc. Y como no era en los
demás, sino en mí, donde{240} encontraba
especialmente repulsiva la suposición de ciertos transportes,—no me alarmaba ni
me sublevaba como me hubiese sublevado al comprobar que yo los sentía.
—Que arda, bueno... La culpa no es mía... No soy
cómplice...
Recuerdo que nuestra situación se precisó cuando,
dirigiéndonos á Chambery, nos detuvimos en Annecy, viejo y curioso pueblecillo,
donde fueron enterrados los restos de dos amigos de distinto sexo y muy puros,
el amable y ameno San Francisco de Sales y la nobilísima Madre Chantal. ¿Por
qué—pensaba yo acordándome del Obispo de Ginebra y de su colaboradora—no se ha
de reproducir esta unión espiritual? ¿Sin duda no es locura mía aspirar á ella,
cuando ya se ha visto en la tierra algo tan semejante á lo que yo sueño? Esta
baronesa mística, que se grabó en el seno, con hierro ardiente, el nombre de
Jesús, ¿no enlazó castamente toda su voluntad, toda su existencia, á la de un
hombre, el elegante y delicado autor de Filotea? ¿No tuvieron un
fin, todo lo espiritual que se quiera, pero humano? No abandonó la Chantal, por
este enlace, familia, hijos, sociedad, y no se consagró á fundar la orden de la
Visitación? He aquí los frutos de las amistades limpias, serenas...
Ibamos por las orillas frescas del diminuto lago de
Annecy—al lado del Léman, un juguete—y nos habíamos desviado algo del paseo
público, perdiéndonos en un sendero orillado de abetos, muy sombrío á aquella
hora de{241} la tarde. Agustín me daba el brazo. De
pronto, sentí una especie de quejido ahogado, sordo, y le ví que se inclinaba,
intentando un abrazo de demencia... Balbuceaba, temblaba, palpitaba, jadeaba, y
en un hombre tan dueño de sí, tan avezado á conservar sangre fría en las horas
difíciles, la explosión era como volcánica.
—No puedo más... No puedo... Haz de mí lo que
quieras... Recházame, despídeme... Has vencido ó ha vencido el diablo; estoy
perdido... Te has apoderado de mí... Cuanto he prometido, los convenios hechos,
eran absurdos, necedades... Imposible que yo cumpliese tales condiciones... y
si hay un hombre en el mundo que lo haga, entonces me reconozco miserable, me
reconozco infame, lo que quieras! Lina, es igual: aquí no discutimos, no hay
argumentos. Lo que hay es la verdad, lo hondo de las cosas. Prefiero romper el
contrato. Sí, lo rompo. Se acabó. Y me voy, me alejo esta misma noche, para
siempre. Lo que combinábamos juntos, era un contrasentido. Tú no lo comprendes;
yo no sé qué ofuscación padeces, para haber dislocado las nociones de la
realidad y pedir la luna... Eres de otra madera que el resto de los humanos.
Bueno. Yo no. Despidámonos aquí mismo, Lina; despidámonos... ó abracémonos,
así, en delirio...
Los brazos eran tenazas. Entre ellos, yo permanecía
cuajada, como el magnífico hielo de los glaciares.
—Basta..., Agustín..., oye...
Hizo el gesto de locura de emprender carrera.{242}
—No te reconozco... ¡Es increíble! ¿No decías...?
¿No opinabas...?
—Opinase ó dijese lo que quisiera. Es que yo no
contaba con una complicación inesperada, con un suceso ridículo y fatal. Me he
enamorado. Es una razón estúpida, convengo. No encuentro otra. Me he enamorado.
No creas que así de broma. Me he enamorado tanto, que comprendo que, en
bastante tiempo, no podré resignarme á la vida. ¡Tú serás capaz de extrañarlo!
No lo extrañes, Lina.—suspiró con pena romántica.—¡Tú no te has dado cuenta de
tu valer! Inteligencia, cultura, alma, belleza... Todo, todo, reunido por mi
mala suerte en una mujer singular, que ha resuelto...
—Pero si yo...
—Tú, tú... Tú me permites... que me abrase... Ahí
está lo que me permites... Tu compañía, tu amistad, la perspectiva de un
enlace... Verte incesantemente, andar juntos y solos por estos sitios que
convidan á querer... Yo no soy un fenómeno, yo soy un hombre... ¡Cómo ha de
ser! Al separarme de tí, destruyo un gran porvenir, el porvenir de los dos; era
algo espléndido... Pero estoy en esa hora en que se arroja por la ventana, no
digo el interés, ¡la existencia! Comprendo que procedo en desesperación. No es
culpa mía.
Me detuve, y le hice señas de que se calmase y
escuchase. El lago rebrillaba bajo un sol tibio. Me senté en el parapeto. Hice
señas á Agustín de que se sentase también.
—¿Era una pasión, lo que se dice una pasión?{243} ¿La pasión se manifestaba así? ¿Se limitaba la
pasión á estas llamaradas? ¿O sería él capaz, por mí, de sacrificios, de
abnegaciones?
—De todo... ¡Hasta qué punto! No lo dudarías si
comprendieses cuán diferente eres de las demás... Te rodea un
ambiente especial, tuyo, que ninguna otra mujer tiene... ¡Ah! ¿Sacrificios,
dices? Lo repito en serio: ¡La vida! ¡La herida está muy adentro!
—Siendo así... ¿Pero mira bien si es así?...
¡Cuidado, Agustín, cuidado!
—¡Así es! Ojalá no fuese.
VI
Y dispusimos la boda. Se escribió para los papeles
indispensables. Permaneceríamos en Ginebra hasta mediados de Septiembre,
mientras se arreglaba todo. Nos casaríamos en París.
Al evocar aquel período, recuerdo que me sorprendió
algún tanto la placidez que demostró Agustín, después de sus arrebatos de
Annecy, revestidos de un carácter de violencia sombría y halagadora. Placidez
apasionada, galante, tierna, pero placidez. ¿Esperaba yo que me aplicase
antorchas encendidas? ¿Quería un martirio ferozmente amoroso? Hubo monerías,
hubo mil gentilezas. Brasas bien contenidas dentro de una estufa correcta, con
guardafuego de bronce.{244}
—Acuérdate, Agustín, de que eres mi novio...
Cambiaba con estas palabras el giro de la
conversación. Salían á relucir por centésima vez mis cualidades, lo que me
diferenciaba del resto de las mujeres del mundo, lo que explicaba aquel
sentimiento único, elevado á la máxima potencia, inspirado por mí... Almonte
sabía expresar á la perfección los matices de su sentir. Hubo momentos en que
se me impuso la convicción. Sin duda, en realidad, yo le había caído muy hondo.
No usaba, para probármelo, de excesivas hipérboles, ni de imágenes coloristas,
á lo árabe; su modo de cortejar tenía algo de sencillo, natural y fuerte.
—Lo eres todo para mí. Haz la prueba de dejarme.
Allí se habrán concluído la carrera y las ilusiones de Agustín Almonte. Unete
conmigo, y verás... Nadie abrirá huella como la que yo abra. Cada hombre
encuentra en su camino cientos de mujeres, y sólo una decide de su existir. Hay
una mujer para cada hombre. Esa eres tú, para mí. ¿Te extraña que no te deshaga
en mis brazos, sin esperar...? Es que te respeto, ¡con un respeto
supersticioso! Y es que, á fuerza de quererte, sé quererte de todas maneras...
La manera de amistad, la que primero contratamos, persiste. Sólo que va más
allá de la amistad, y es un cariño... un cariño como el que se tiene á las
madres y á las hermanas, por quienes no habría peligro que no arrostrásemos...
¡Qué dicha, arrostrar peligros por tí! ¡Salvarte, á costa de mi existencia!{245}
He recordado después, en medio de otras
orientaciones, esta frase del proco. Las ondas del aire, agitadas por la voz,
deciden del destino. Parece que la palabra se disuelve, y, sin embargo, queda
clavada, hincada no se sabe dónde, traspasando y haciendo sangrar la
conciencia.
En la mía, algo daba la voz de alarma. Por mucho
que había querido yo mantenerme más alta que las turbieces del amorío, era como
si alguien, envuelto en barro, pretendiese no mancharse con él. Ejemplo de esta
imposibilidad me la había dado un espectáculo natural, el de la junción del
Arve, que baja de los desfiladeros, con el Ródano. Es el Arve furioso torrente
que desciende de los glaciares del Mont Blanc, engrosado por el derretimiento
de las nieves, y cruza el valle de Chamounix. Arrastra légamo disuelto; su
color, de leche turbia y sucia, y la espuma amarillenta que levanta, contrastan
con el Ródano cerúleo, zafireño, en cuyo seno va á derramar la impureza.
Introducido ya el torpe río, violando con ímpetu la celeste corriente, no
quiere ésta sufrir el brutal acceso, y no mezcla sus aguas, de turquesa
líquida, con las ondas de lodo. La línea de separación entre el agua virginal y
el agua contaminada, es visible largo tiempo. Al cabo, triunfa el profanador,
mézclanse las dos linfas, y la azul, ya manchada y mancillada, no recobrará su
divina transparencia, ni aun próxima á perderse y disolverse en el mar
inmenso...
—Tal va á ser mi suerte...—pensaba, releyendo{246} estrofas de Lamartine, ni más ni menos que si
estuviésemos en la época de los bucles encuadrando el óvalo de la cara y las
mangas de jamón. ¡Bah! En secreto, aún se puede leer á Lamartine... Mi desquite
es leerlo á solas... Agustín acaso me embromaría, si le cuento este
ejercicio rococó.
Arrebujada en mis encajes antiguos avivados con
lazos de colores nuevos, de blanda y fofa cinta liberty; mientras
Maggie, silenciosa, dispone mi baño y coloca en orden la ropa que he de ponerme
para bajar á almorzar, mis atavíos de turista, mis faldas cortas de sarga ó
franela tennis, mis blusas «camisero» de picante airecillo masculino, mi
calzado á lo yankee, yo aprendo de memoria, puerilmente.
«Ainsi, toujours poussés vers de nouveaux rivages,
dans la nuit éternelle emportés sans retour, ne pourrons nous jamais, sur
l’ócean des âges jeter l’ancre un seul jour...?»
. . . . . . .
«¿Un jour, t’en souvient il? nous voguions en
silence...»
Parecía el poeta traducir la sorda inquietud de mi
espíritu, que tantas veces se preguntaba porqué todo es transitorio. Y si la
idea de lo inmundo no puede asociarse á la del amor, tampoco podrá la de lo
transitorio y efímero. ¡Un amor que se va de entre los dedos! La pena de lo
deleznable, aquí la situó Lamartine, en este lago Leman por él tan de relieve
pintado, al{247} suplicarle que conserve, por lo
menos, el recuerdo de lo que pasó, de lo que creyó llenar el mundo.
«Q’uil soit dans ton repos, q’uil soit dans tes
orages, beau lac, et dans l’aspect de tes riants coteaux, et dans ces noirs
sapins, et dans ces rocs sauvages, qui pendent sur tes eaux!...»
¿Fué la lectura... la lectura, la melodía, el
suspiro contenido, nostálgico, de este sentir anticuado ya, lo que me hizo
culpable de un pecado tan grave, tan irreparable?... ¿Podrá serme perdonado
nunca?
Yo no sé cómo nació en mí la inconcebible idea.
Mejor dicho: no considero que se pueda calificar de idea; á lo sumo, de
impulsión. Y ni aun de impulsión, si se entiende por tal una volición
consciente. Fué algo nubloso, indefinido; no me es posible recoger la memoria
para retroceder hasta el origen de la serie de hechos que produjo la
catástrofe. Ningún juez del mundo encontraría base para imputarme
responsabilidad. Todos me absolverían. Sólo yo, aunque no acierte á precisar
circunstancias, conozco que hubo en mí ese hervor que prepara sucesos y que, en
vaga visión, hasta los cuaja y esculpe de antemano. Hay un extraño fenómeno
psicológico, que consiste en que, al oir una conversación ó presenciar el
desarrollo de una escena, juraríamos que ya antes habíamos escuchado las mismas
palabras, asistido á los mismos acontecimientos. ¿Dónde? ¿Cuándo?{248} ¿En qué mundo? Eso no lo sabríamos explicar; es
uno de los enigmas de nuestra organización. Tal hubo de sucederme con lo que
pasó en el lago. No sólo no me sorprendió, sino que me parecía poder repetir,
antes de que hubiese sucedido, frases, conceptos y detalles relacionados con un
hecho tan extraordinario y, si se mira como debe mirarse, tan imprevisto...
Porque ¿quién afirmaría que lo preví? ¿Que pude preverlo ni un solo instante? Y
si no lo preví, si no cooperé á que sucediese por una serie de flexiones y de
movimientos de la voluntad, ¿cómo pudo volver á mi conciencia en forma de
estado anterior de mi conocimiento? Repito que mis nociones se confunden y mi
parte de responsabilidad constituye para mí terrible problema...
Lo que sé decir es que, según avanzaba nuestro
noviazgo y se acercaba la fecha de que se convirtiese en tangible realidad;
según mi futuro—ya no debo llamarle proco,—extremaba sus
demostraciones y apuraba sus finezas; á medida que debiera yo ir penetrándome
del convencimiento de que en él existía amor, y amor impregnado de ese anhelo
de sacrificio que ostenta los caracteres del heroísmo moral, una zozobra, una
impulsión indefinible nacía en mí, que revestia la forma de un ansia de vida
activa y agitadamente peligrosa, en medio de una naturaleza que cuenta al
peligro entre sus elementos de atracción. En vez de gustarme permanecer horas
largas y perezosas en la veranda ó en el salón de lectura, ataviada, adornada,{249} perfumada, escuchando á Agustín, en plática
alegre y reflexiva, experimentaba continuo afán de conocer los aspectos de la
montaña, de recorrerla, de afrontar sus caprichos aterradores.
—¿No habíamos quedado en que no éramos alpinistas?
¿Que no le haríamos competencia á Tartarín?—preguntaba Almonte sin
enojo.—¿Quieres que justifique mi apellido? Hágase como tú desees... pero
permíteme lamentarlo, porque así pierdo algún tiempo de cháchara deliciosa.
Y, provistos de guías, realizamos expediciones
alpestres. Me lisonjeaba la esperanza de tropezar con cualquiera de las
variadas formas del alud, fuese el alud polvoriento, esa lluvia de nieve fina
como harina, que entierra tan rápidamente á los que alcanza, fuese el que
precipita de golpe un enorme témpano, fuese el lento desgaje casi insensible y
traidor, el alud resbalón que, con pérfida suavidad, se lleva los abetos y las
casas; fuese el más terrible de todos, el sordo, el que está latente en el silencio
y estalla fulminante, con espantosa impetuosidad, al menor ruido, al tintinear
de la esquila de una cabra. Como no estábamos en primavera, no me tocó sino el
alud teatral é inofensivo, el sommer-lauissen, semejante á un río
de plata rodeado de espuma de nieve. Cuando le anunció un redoble hondo,
parecido al del trueno, miré á Agustín, por si palidecía. Lo que hizo fué
fruncir las cejas imperceptiblemente.{250}
Sufrimos, eso sí, una borrasca de nieve, y
regresamos al hotel perdidos, excitando la respetuosa admiración de Maggie,
para quien sólo merece ser persona el que corre estos azares.
La borrasca de nieve no fué un peligro; fué una
aventura tragicómica; estábamos ridículos, mojados, tiritando, con la nariz
roja, la ropa ensopada, el pelo apegotado y lacio. En desquite, los Alpes nos
ofrecieron su magia, sus cimas iluminadas por el poniente, inflamadas y regias.
Al ocultarse el sol, el firmamento, á la parte del Oeste, en las tardes
despejadas, luce como cristal blanco, y en las nubosas, sobre el mismo fondo
hialino, se tiñe de cromo, de naranja, de rubí auroral, transparente. Volviéndose
hacia el Este, densa tiniebla cubre la llanura, mientras las cúspides de las
montañas resplandecen como faros, y la zona distante de las cumbres intermedias
adquiere una veladura de púrpura sombría. Y la sombra asciende, asciende, no
lenta, sino con trágicos, rápidos pasos, y la lucería de la montaña muere,
cediendo el paso al tinte cadavérico de su extinción. Ya el sudario obscuro
envuelve la montaña, y el cielo, en vez de la blancura reluciente de antes,
ostenta un carmín sangriento; la cabellera negra de la sombra hace resaltar los
bermejos labios. Un azul de metal empavonado asoma después en el horizonte, y
por un momento la montaña resucita, resurge, vuelve á ceñirse el casco de oro.
¡Misterioso fenómeno, sublime! Una noche en que lo presenciábamos, mi pecho se
hinchó, mi garganta{251} se oprimió, mis ojos se
humedecieron, y tartamudeé, estrechando la mano de Agustín, acercándome á su
oído, con ojos delicuescentes:
—¡Dios!
—¿Quieres saber lo que te pasa, Lina mía? amonestó
luego él, en la veranda.—Que te estás embriagando de poesía, y se te va
subiendo á la cabeza. ¡Oh, lírica, lírica incorregible! Y el caso es que me
parecía haberte curado ó poco menos... Niña, en interés tuyo, dejemos los
Alpes; vámonos al muy prosaico y complaciente París. Así como así, tienes que
dar allí muchos barzoneos por casas de modistas intelectuales...
—¡No sigas, Agustín!—imploré.—No sigas...
—¿Qué te pasa?
—Que todo eso que me estás diciendo ya me lo habías
dicho... no sé cuándo... no sé dónde.—Y con voz ahogada, palpitando, reconocí:
—¡Tengo miedo!
—¡Miedo tú!—sonrió Agustín.
—Miedo á lo desconocido... ¿No comprendes que
entramos en la región de lo desconocido, de lo extraño?
—Lo que comprendo es que no te conviene Suiza. Este
país pacífico te alborota, Lina; es preciso que yo dé un objeto concreto á tu
grande alma, para que no sea un alma enfermiza, torturada y con histérico.
Piensa en tí misma, Lina. Piensa en nuestro amor...
¿Por qué habló de amor y jugó con la palabra{252} sacra? Sería que su destino lo quiso así.
Recuerdo haberle respondido:
—Nos iremos pronto... Antes quiero despedirme del
Léman, al cual conozco que profesaré siempre una fanática devoción. ¿No te
gusta á ti el lago?
—Me gusta lo que te guste—fué su aquiescencia,
demasiado pronta, demasiado análoga á la que se manifiesta á los antojos de las
criaturas.
Entonces, obedeciendo á un estímulo ignorado,
reservadamente, llamé al barquero que solía servirnos, un mocetón rubio,
atlético, y le interrogué con habilidad refinada y discreta, para averiguar
cuándo existen contingencias de tormenta en el Oceano en miniatura.
—Ahora es el momento—respondióme el mozo helvético,
con cara cerrada é insensible, de hombre acostumbrado á seguir las manías
arriesgadas de los ingleses.—Estos días hay lardeyre, y cuando lo
hay...
—¿Lardeyre?—repetí.
—El flujo y reflujo del lago, que es señal de
tempestad.
—Quinientos francos si me avisas cuando esté más
próxima y nos previenes la barca.
Cuarenta y ocho horas después vino el aviso. Me
acuerdo de que por la mañana Agustín me propuso pasar la jornada en Coppet,
para ver la residencia y el retrato de madama de Staël. Vivamente, sin razonar,
me había negado. Bien engaritados en nuestros gruesos abrigos de paño, caladas
las gorrillas de visera, de{253} cuarterones, que
habíamos comprado iguales, tomamos asiento en la barca. Soplaba cierzo de
nieve. El agua, siniestramente azulosa, palpitaba irregularmente, como un
corazón consternado. Sentía la proximidad de la convulsión que iba á sufrir, y
se crispaba, turbada hasta el fondo.
Bogábamos en silencio, como los amantes
inmortalizados por Lamartine, aunque el líquido ensueño del agua que duerme no
nos envolvía. Agustín parecía preocupado. Aprovechándome de que el barquero no
sabía español, entablé la conversación, advirtiéndole que, en efecto, no
faltaría algún motivo de aprensión á quien no tuviese el alma muy bien puesta.
El latigazo hizo su efecto. Las mejillas pálidas de frío se colorearon y las
cejas se juntaron, irritadas.
—Yo no soy de los que eligen un porvenir sin lucha
ni riesgo, Lina... En cada profesión hay su peculiar heroísmo... Buscar
peligros por buscarlos, es otra cosa, y creo que debiéramos volver á tierra,
porque el lago presenta mal cariz... A no ser que halles placer. Entonces... es
distinto.
—Hallo placer.
Calló de nuevo. Insistí.
—¿Qué puede suceder?
—Que venga la crecida y se nos ponga el bote por
montera.
—En ese caso, ¿me salvarías?
—¡Qué pregunta, mi bien! Agotaría, por lo menos,
los medios para lograrlo.{254}
—¿Es cierto que me quieres?
Suspirante, caricioso, llegó su cuerpo al mío, y
efusionó:
—¡Tanto, tanto!
De seguro le miré con un infinito en la
delicuescencia de mis pupilas. Era que creía. ¡Qué bueno es creer!
Es como una onda de licor ardiente, eficaz, en labios, garganta y venas... Tuve
ya en la boca la orden de volver al muelle, del cual nos habíamos distanciado
hasta perderlo de vista... La lengua no formó el sonido. Muda, me dejé llevar.
Una voluptuosidad salvaje empezaba á invadirme; percibía con claridad que era
el momento decisivo...
¿En qué lo conocí? No sé, pero algo de físico hubo
en ello. Una electricidad pesada y punzadora serpeaba por mis nervios. Densos
nubarrones se amontonaban. La barca gemía; miré al barquero; en su rostro
demudado, las mordeduras del cierzo eran marcas violáceas. Me hizo una especie
de guiño, que interpreté así: «¡Valor!» Y en el mismo punto, sucedió lo
espantable: una hinchazón repentina, furiosa, alzó en vilo el lago entero; era
la impetuosa crecida, súbita, inexplicable, como el hervor de la leche que se desborda.
El barco pegó un brinco á su vez y medio se volcó. Caí.
Desde entonces, mis impresiones son difíciles de
detallar. Conservé, sin embargo, bastante lucidez, y como en pesadilla ví
escenas y hasta escuché voces, á pesar de que el agua se introducía en mis
oídos, en mi boca. Mecánicamente, yo braceaba, pugnaba por volver á{255} la superficie. A mi lado pasó un bulto,
luchando, casi á flor de agua.
—¡Agustín!—escupí con bufaradas de
líquido.—¡Sálvame, Agustín!
Una cara que expresaba horrible terror flotó un
momento, tan cercana, que volví á dirigirme á ella, y sin darme cuenta, me así
al cuello del otro desventurado que se ahogaba. Dos brazos rígidos, crispados,
me rechazaron; un puño hirió mi faz, un esguince me desprendió; la expresión
del instinto supremo, el ansia de conservar la vida, la vida á todo trance, la
vida mortal, pisoteando el ideal heroico del amor... Antes de advertir en mi
cabeza la sensación de un mar de púrpura, de un agua roja y hormigueante, como
puntilleada de obscuro, tuve tiempo de soñar que gritaba (claro es que no
podría):
—¡Cobarde! ¡Embustero!
Y lo demás, por el barquero lo supe. El forzudo
suizo, despedido también en aquel brinco furioso de dos metros de agua, pero
maestro en natación, trató de pescar á alguno de los dos turistas locos, que
con los abrigos, densos como chapas de plomo, se hundían en el lago. Pudo
cojerme de un pie, dislocándomelo por el tobillo. La barca, felizmente, no
estaba quilla arriba. Me depositó en ella y trató de maniobrar para descubrir á
mi compañero. Pero Agustín derivaba ya hacia los lagos negros, límbicos, en que
nadan las sombras dolientes de los que mueren sin realizarse...
Y cuando después de mi larga, nueva fiebre{256} nerviosa, mucho más grave que la de Madrid,
volví á coordinar especies, encontré á mi cabecera á Farnesio, envejecido,
tétrico. De la catástrofe había hablado la prensa mundial en emocionantes
telegramas de agencias; éramos «los dos amantes españoles» víctimas de una
romántica imprudencia en el lago. En España, mi ignorado nombre se popularizó;
mi figura interesaba, mi enfermedad no menos, y el revuelo en el mundo político
por la desaparición de Almonte fué desusado. ¡Aquel muchacho de tanto porvenir,
de tantas promesas! El desolado padre, llamado á Ginebra por el atroz suceso,
se llevó un frío despojo al panteón de familia, en la Rioja... Toda la ambición
se encerró en un nicho de ladrillo y cal, en esperanza de un mausoleo costeado
por amigos, gente del distrito, núcleo de partidarios fieles...
Y don Genaro, gozoso al verme abrir los ojos,
repite:
—No morirás... No morirás... ¡Estabas aquí tan
sola! ¿No sabes, criatura? Tu Maggie y tu Dick, cuando te trajeron expirante,
aprovecharon la ocasión y desaparecieron con tu dinero y tus joyas... Creo que
se entendían, á pesar de la diferencia de años... Ella se emborrachaba... ¡Qué
pécora! En América estarán...
—Dejarles—respondo; y tomando la mano de Farnesio,
la llevo á los labios y articulo:
—Perdóname... Perdóname...
I
Al llegar á Madrid, en Enero, todavía muy floja y
decaída, me ven sucesivamente dos ó tres doctores de fama. Hablan de nervios,
de depresión, de agotamiento por sacudimiento tremendo; en suma, Perogrullo.
Hacen un plan, basado principalmente en la alimentación. El uno me prescribe
leche y huevos, el otro, nuez de kola y vegetales, puches y gachas á pasto,
aquél me receta baños tibios, purés, jamón fresco, carnes blancas... y, sobre
todo, ¡calma! ¡descanso! ¡sedación! Mi sistema nervioso puede hacerme una jugarreta...
En suma, trasluzco que temen si mi razón... ¡La razón! ¡Qué saben ellos de mi
arcano!
Por egoísmo—no por atender á la salud—he cerrado la
puerta á los curiosos, á los noticieros, á los impresionistas. Así que empiezo
á reponerme algo, recobrando, gracias á la proximidad de la primavera, una
apariencia de fuerza, no puedo negarme á la entrevista trágica{258} con
el padre y la madre de Agustín Almonte. Cuando el padre recogió el cuerpo del
hijo, en Suiza, yo deliraba y me abrasaba de calentura en el hotel.
Ellos creen que mi larga enfermedad, mi estado de
abatimiento, de «neurastenia», dicen los médicos en su jerga especial, no
reconocen otra causa que la impresión de la desgraciada muerte de su hijo, mi
futuro. La leyenda ha rodado: es original notar cómo, bajo su varita de bruja,
se ha transformado la esencia los hechos, sin alterarse en lo más mínimo lo
apariencial. Los dos enamorados «bogábamos en silencio»—recuérdese á
Lamartine—sin otra preocupación que la de soñar que el amor, según nos enseña
el poeta, no es eterno, que tan deliciosas horas huyen, y deben aprovecharse
con avidez. Eramos una pareja á la cual «todo sonreía», á la cual estaban
preparados destinos triunfales. De súbito, el Léman hinchó su seno pérfido,
pegó el horrible salto de dos metros cincuenta, y nuestra barca nos volcó.
Agustín, aterrado, gritó al barquero la consigna de salvarme, y quiso
intentarlo él, á su vez; el grueso abrigo, empapado, le arrastró al fondo,
mientras á mí el suizo me libraba de una muerte cierta. Al recobrar el conocimiento
y saber la tremenda verdad, el dolor estuvo á punto de acabar también con mi
vida. Aquella tristeza honda, aquella postración, eran tributo pagado por mi
alma al sufrimiento de tal pérdida. Se había tronchado la flor preciosa de mis
cándidas ilusiones. Cosa muy tierna, muy interesante.{259} Los
párrafos que nos consagraban los periódicos, al publicar nuestros retratos
(obtenido el mío con estratagemas de pieles rojas cazadores, pues yo me
resistía horripilada á la «información gráfica»), eran de una sensibilidad
vehemente, elegiaca. Recibí entonces, de desconocidos, cartas febriles, en que
se traslucía un amor reprimido, pronto á crecer y estallar.
Y fué preciso fijar hora y día para recibir á los
padres sin consuelo, que vinieron, acompañados de Carranza, involuntario autor
de la tragedia; el que, ceñida la mitra, empuñado el báculo, había de bendecir
nuestros desposorios...
Al asomar en el quicio de la puerta las dos figuras
enlutadas, me levanto, me adelanto; y, sin dar tiempo á mi saludo, unos brazos
débiles, de mujer enferma y atropellada por los años, se ciñen á mi garganta; y
en mi rostro siento el contacto de una piel rugosa, seca, calenturienta, y
escucho un balbuceo truncado: «¡Mi hij... mi hij... mío del al... mío!..» y
lágrimas de brasa empiezan á difluir por mis propias mejillas, á calentarlas, á
quemar mi piel como un cáustico, á llegar hasta mi boca, que la sofocación
entreabre, y en la cual un sabor salado, terrible, me introduce la amargura de
nuestra vida, la nada de nuestro existir... Y este abrazo, que me mata, dura un
cuarto de hora, eterno, sin que cese la congoja de la madre, sin que se
interrumpa su mal articulada queja, el correr de su llanto, el jadear de su
flaco pecho...{260}
El padre, más sereno,—al fin han corrido meses—,
convenientemente triste, ahogado por el asma, interviene y desanuda el lazo,
cooperando Carranza á la obra.
—Basta, María, un poco de resignación... ¡No ves
que la pobre todavía está enferma! La nuestra es una pena misma... Señorita,
¿me permite usted que la dé un beso en la frente?
Y no me lo da, sino que pide ¡socorro! porque
parece que, al soltarme la señora de Almonte, sufro un síncope...
Al volver en mí, ya un poco más sosegados todos, en
un instante de respiro, entre el olor del éter, se habla largamente, con
interrupción de sollozos, suspiros y cabezas inclinadas. Carranza, grave,
cejijunto, pero sin perder su continente diplomático, de sagacidad y sensatez,
dirige la cruel conferencia. Los padres se despiden al fin. Me mirarán siempre
como á una hija. Vendrán á verme algunas veces; soy para ellos algo querido,
«lo que les queda» de su pobre Agustín... ¡Si yo supiese lo que Agustín valía!
¡Si yo me penetrase de lo que «habíamos perdido»! Y no sólo nosotros. Porque
Agustín era para su patria algo más que una esperanza: iba siendo una realidad,
¡tan extraordinaria, tan superior á todo! Acaso—insistía el padre—el genio
maléfico que parece dedicado á encaminar los sucesos de la manera más funesta
para España, fuese el que había dispuesto la extraña peripecia del lago Léman.
Porque él, después de meditar bastante en la catástrofe, veía en drama tan
impensado algo de fatídico,{261} que va más allá de
la natural combinación de los sucesos...
—¡No lo sabe usted bien!—respondí sinceramente,
como si pensara en alta voz, entre las últimas y largas presiones de manos
temblorosas y frías.
Al marcharse los dos viejos, Carranza se queda á mi
lado, murmurando frases consoladoras, sin convicción. Despaciosa, me arrodillo
en la alfombra, ante el canónigo.
—¿Eh? ¿Qué te pasa, hija mía?
—Me confesaría de buena gana.
—¿Confesarte?—La sorpresa cuajó sus facciones en
seriedad berroqueña. Era un medallón de piedra el rostro del Magistral.
—Sí, Carranza; confesarme. No puedo con el peso de
lo que hay en mí. Ayúdeme á descargar un poco el espíritu.
Las cejas se juntaron más. Un mundo de pensamientos
y de recelos indefinidos cabía en el pliegue.
—Mira, Lina, ya otra vez quisiste... Y entonces,
como ahora, te contesto: ¿de cuándo acá, entre nosotros, confesión? Tú has
dicho siempre que yo era demasiado amigo tuyo para hacer un confesor bueno. Eso
de confesión... es cosa seria.
—Serio también lo que he de decirle.
—No importa... Hazme el favor, Lina, de
dispensarme. Para el caso de desahogar tu corazón, es igual que me hables fuera
del tribunal de la penitencia. Para los fines espirituales, muy fácilmente
encontrarás otro mejor que yo...{262}
—Y el amigo... ¿me guardará el mismo secreto?
—El mismo, exactamente el mismo. Si quieres, la
conferencia se verificará en el oratorio. Me consideraré tan obligado á callar
como si te confesase... Tengo mis razones...
Nos dirigimos al oratorio de doña Catalina
Mascareñas, Yo me había limitado á refrescarlo y arreglarlo un poco. En el
altar campeaba, en un buen lienzo italiano, la figura noble de la Alejandrina.
Al lado de mi reclinatorio, en marco de oro cincelado, de su estilo, brillaba
la famosa placa del XV, que llevé á Alcalá el día en que Carranza nos leyó la
historia. ¡Cuánto tiempo me parecía que hubiese transcurrido desde aquella
tarde lluviosa y primaveral! Evoqué la misteriosa sensación del canto de las
niñas:
«¡Levántate, Catalina,
levántate, Catalina,
que Jesucristo te llama!»
Me senté en mi reclinatorio, y en un sillón el
canónigo. Hablé como si me dirigiese á mi propia conciencia. Carranza me
escuchaba, demudado, torvo, con los ojos entrecerrados, velando los
relampagueos repentinos de la mirada. Al llegar al punto culminante, á aquél en
que se precisaba mi responsabilidad, ya no acertó á reprimirse.
—¡Hola! ¡Vamos, si me lo daba el corazón! Te lo
juro; yo lo sospechaba; ¡lo sospechaba! No eso mismo precisamente; cualquier
atrocidad,{263} en ese género... ¡Ahí tienes por
qué no he querido confesarte! ¡No llega á tanto mi virtud! ¡Absolverte yo
del... del asesinato...!
—¡Asesinato!
—¡Asesinato! Has asesinado á quien valía mil veces
más que tú. ¡No extrañes que me exprese así! Quería yo mucho á Agustín, y será
eterno mi remordimiento por haberle puesto en tus manos, conociéndote como te
conozco. Te conozco desde que me hiciste otras confidencias inauditas,
inconcebibles. ¡Tampoco quise ser confesor tuyo entonces! Mujeres como tú,
doblemente peligrosas son que las Dalilas y que las Mesalinas. Estas eran
naturales, al menos. Tú eres un caso de perversión horrible, antinatural, que
se disfraza de castidad y de pureza. ¡En mal hora naciste!
Callé, y sujeté mi congoja, con férrea voluntad,
palideciendo. Carranza insistió.
—En tus degeneraciones modernistas, premeditaste un
suicidio, acompañado de un homicidio. Buscaste la catástrofe entre
desprendimientos de aludes y desgajes de montañas, y al ver que no la
encontrabas así, acudiste á las traiciones del lago. Si esto te falla, habrías
echado mano de la bomba de un dinamitero... ¡Ó del veneno! ¡Eres para envenenar
á tu padre!
—Como no estamos confesándonos, Carranza—declaro,
sacudido el pecho por el martilleo de la ansiedad—me será permitido defenderme.
Algo puedo alegar en mi defensa. Almonte fué menos noble que yo. Habíamos
celebrado un{264} pacto; nos uníamos amistosamente
para la dominación y el poder, descartando lo amoroso. Y lo quiso todo, y
representó la comedia más indigna, la del amor apasionado, ardiente,
incondicional... Y me juró que por mi vida daría la suya... ¡Me juró esto!; por
tal perjurio murió él, y yo he caído en lo hondo...!
Mi ademán desesperado comentó la frase.
—¡Eres una desdichada! ¿Qué crimen es jurarle á una
mujer... esas tonterías? ¿Acaso tú querías á Agustín tanto, tanto, como en las
novelas?
—¡Si yo no le he querido jamás, ni á él, ni á
ninguno! Y como no le quería, no se lo he dicho. No mentí. ¡Mentir, qué bajeza!
Agustín no era caballero, no era ni aun valiente. Por miedo á morir, me dió con
el codo en el pecho, me golpeó, me rechazó. Y, la víspera, aseguraba...
Carranza, sin fijarse en el lugar, que merecía
respeto, hirió con el puño el brazo del sillón, y masculló algo fuerte que
asomaba á sus labios violáceos, astutos, rasurados, delineados con energía.
—¡Mira, Lina, yo no quiero insultarte; eres
mujer... aunque más bien me pareces la Melusina, que comienza en mujer y acaba
en cola de sierpe! Hay en ti algo de monstruoso, y yo soy hombre castizo, de
juicio recto, de ideas claras, y no te entiendo, ni he de entenderte jamás. Te
resististe, en otro tiempo, á entrar monja. Bueno; preferías, sin duda,
casarte. Nada más lícito. Te regala la suerte una posición estupenda; ya eres
dueña de elegir marido,{265} entre lo mejor. Tu
posición se ha visto luego amenazada, por las... circunstancias... que no
ignoras: te busco la persona única para salvarte del peor naufragio; esa
persona es un hombre joven, simpático, el hombre de mañana—¡pobre Agustín! ¡si
esto clama al cielo!—y tú no sosiegas, víbora...—¡Dios me tenga de su
mano!—hasta que le matas... ¡Y luego, hipócritamente, recibes á los padres, te
dejas besar por la madre, por esa Dolorosa! Tu castigo vendrá, vendrá... En
primer lugar, te quedarás pobre... porque ahora no hay quien le meta el
resuello en el cuerpo á D. Juan Clímaco... ¡Y, en segundo... no sé si hallarás
confesor que te absuelva! ¡Es que esto subleva, Lina! ¡En mal hora, en mal hora
te hice yo conocer á aquel hombre, digno de una mujer que no fuese un fenómeno
de maldad... y de maldad inútil! ¡Porque ahí tienes lo que indigna, que no se
sabe ni se ve el objeto de tus delitos... de tus crímenes!
Sollozando histéricamente, caigo de rodillas, y
repito la palabra que está fija en mi pensamiento, la palabra de los vencidos:
—¡Perdón! ¡Perdón!
—¡Perdón! Yo no estoy aquí para eso—insiste
Carranza, petrificado en ira—. Estoy para protestar de un crimen que la
justicia no castigará, que el mundo desconoce, y que hasta tú eres capaz, con
tu entendimiento dañino, de presentar como un poético rasgo de superioridad,
como algo sublime... Porque tienes la soberbia infiltrada en el corazón, en ese
perverso{266} corazón que no sabe amar, que no sabe
querer, que no lo supo nunca, y que no ha de aprenderlo!
Fulminaba ya Carranza en pie, excitándose con sus
propias palabras, tronante de indignación. Y amenazó:
—Lo primero que haré, será impedir que esos
desdichados padres sigan llamándote hija, lo cual es un escarnio...
Y no te acuerdes más de tu antiguo amigo Carranza. Me has sacado de quicio; la
locura es contagiosa. ¡No sé qué te haría! Se me pasan ganas de abofetearte...
Es mejor que me retire... Adios, Lina; siempre he desconfiado de las hembras...
Tú me enseñas que el abismo del mal sólo puede llenarlo la malignidad femenil.
Siento haberme descompuesto tanto... Parezco un patán... ¡Agustín, pobre
Agustín! ¡Quién me lo diría! ¡Y por mi culpa!
II
El portazo que pegó Carranza me retumbó en la
cabeza, que un dardo agudo de jaqueca nerviosa atarazaba. Quizás se me hubiese
quitado con tomar alimento, pero mi garganta, atascada, no permitía el paso ni
aun á la saliva pegajosa y ardiente que escandecía, en vez de humedecerlas, mis
fauces.
Salí del oratorio.—Me recogí á mis habitaciones. Un
azogue no me consentía sentarme, ni echarme sobre la meridiana, ni hacer nada{267} que aliviase mi desasosiego. Me contenía para no
batir en las paredes la cabeza, para no romper y hacer añicos porcelanas,
vidrios, cuadros; para no desgarrar mis propias ropas y el rostro con las
uñas... Un reloj de onix y bronce, con su tic-tac monótono, me exasperaba. De
un manotón, lo arrojé al suelo. El golpe paró el mecanismo. Al ruido, acudió mi
doncella, la antigua Eladia, triunfadora del extranjero con los dos episodios
desastrosos de Octavia y de Maggie...
—¡Jesús mil veces! Creí que era la señorita la que
se había caído... ¿Recojo el reloj? ¡Qué lástima! Se ha roto por la esquina...
No contesté. Comprendía que no me hallaba en estado
de responder de una manera conveniente. Sólo ordené:
—Mi abrigo de paño, mi sombrero obscuro.
—¿Va á salir la señora? ¿Telefoneo que enganchen?
—¡Mi abrigo, mi sombrero! repito, con tal tono, que
Eladia se precipita.
Cinco minutos después, estoy en la calle. Yo misma
no sé á dónde voy. La especie de impulsión instintiva que á veces me ha guiado,
me empuja ahora. Voy hacia mí misma... Vago por las vías céntricas, en que
obscurece ya un poco. Salgo de la calle del Arenal, subo por la de la Montera,
mirando alrededor, como si quisiera orientarme. Penetro en una calleja
estrecha, que abre su boca fétida, sospechosa, asomándola á la vía inundada de
luz y bulliciosa de gente. A la derecha, hay un portal de pésima{268} traza. Una mujer, de pie, envuelta en un mantón,
hace centinela. Me acerco resueltamente á la venal sacerdotisa.
—¿Qué se la ofrece á usted, señora? ¿Eh, señora?
—¿Quiere usted hacerme un favor?
—¿Yo... á usté? Hija, eso, según... ¿Qué favor la
puedo yo hacer? ¡Tié gracia!
El vaho de patchulí me encalabrinaba el alma, me
nauseaba el espíritu.
—El favor... ¡no le choque, no se asuste! Es...
pisotearme.
—¿Qué está usté diciendo? ¿Señora, está usté buena,
ó hay que amarrarla? ¡Miusté que... Pa guasas estamos!
—Un billete de cincuenta pesetas, si me pisotea
usted, pronto, y fuerte.
Abrí el portamonedas, y mostré el billete, razón
soberana. Titubeaba aún. La desvié vivamente, y, ocultándome en lo sombrío del
portal, me eché en el suelo, infecto y duro, y aguardé. La prójima, turbada, se
encogió de hombros, y se decidió. Sus tacones magullaron mi brazo derecho, sin
vigor ni saña.
—Fuerte, fuerte he dicho...
—¡Andá! Si la gusta... Por mí...
Entonces bailó recio sobre mis caderas, sobre mis
senos, sobre mis hombros, respetando por instinto la faz, que blanqueaba entre
la penumbra. No exhalé un grito. Sólo exclamé sordamente.
—¡La cara, la cara también!
Cerré los ojos... Sentí el tacón, la suela, sobre{269} la boca... Agudo sufrimiento me hizo gemir.
La daifa me incorporaba, taponándome los labios con
su pañuelo pestífero.
—¿Lo vé? La hice á usté mucho daño. Aunque me dé
mil duros no la piso más. Si está usté guillada, yo no soy ninguna creminal,
¿se entera? ¡Andá! ¡En el pañuelo se ha quedao un diente!
El sabor peculiar de la sangre inundaba mi boca.
Tenté la mella con los dedos. El cuerpo me dolía por varias partes.
—Gracias—murmuré, escupiendo sanguinolento—. Es
usted una buena mujer. No piense que estoy loca. Es que he sido mala, peor que
usted mil veces, y quiero espiar. Ahora ¡soy feliz!
La mujerzuela me miró con una especie de respeto,
asustada, sin cesar de enjugarme la cara y la boca, á toquecitos suaves.
—¡Válgame Dios! ¡Qué cosas pasan en el mundo!
¡Pobre señora! ¡Vaya! Si tuvo usted algún descuidillo... ¡Gran cosa! Pa eso
somos mujeres. Miste, ahora me arrancan á mí el alma primero que pegarla un
sopapo... ¿Quiere que vaya á buscar un poco de anisado? Está usté helá... ¿La
traigo algo de la farmacia? Dos pasos son...
La contuve. La remuneré, doblando la suma. La
sonreí, con mis labios destrozados. Y, renaciendo en mí el ser antiguo, la
dije:
—¡Otra penitencia mayor!... Deme un abrazo... Un
abrazo de amiga.{270}
¿Entendía? Ello es que me estrechó, conmovida,
vehemente, protectora. Entré en la farmacia, donde lavaron con árnica diluída
mi rostro, vendándolo. Vi la curiosidad en sus agudas miradas, en sus preguntas
tercas. Tomé un coche de punto, di las señas de mi casa. Al llegar, dolorida y
quebrantada, pero calmada y satisfecha, me miré al espejo; ví el hueco del
diente roto... Al pronto, una pena...
—La Belleza que busco—pensé—ni se rompe, ni se
desgarra. La Belleza ha empezado á venir á mí. El primer sacrificio, hecho
está. Ahora, el otro... ¡Cuanto antes!
Serían las diez, cuando Farnesio acudió á mi
llamamiento, y se precipitó á mí, viéndome tendida en la meridiana, vendada la
mejilla, con los ojos desmayados y la rendida actitud de los que han agotado
sus fuerzas y reposan.
—¿Qué tienes? ¿Dolor de muelas? ¿Llamo al médico?
¡Dí, niña!
—Nada... Un caldo... un poco de Jerez en él... Me
siento débil. Tráigame el caldo usted mismo...
Contento, afanoso, lo enfrió, dosificó el Jerez.
Viéndomelo deglutir, parecía él también reanimarse. Al desviar la venda, al
abrir yo la boca, una exclamación.
—¡Estás herida! ¡Pero si te falta un diente!
¡Jesús! ¡Qué ha sucedido, Lina! ¡Pequeña! ¡Criatura! ¿Qué te ha pasado, qué?
—Nada, nada ha sucedido.., Permítame que no lo
cuente. Un incidente sin importancia...
—No me digas eso... ¡Herida! ¡Un diente roto!{271}
—Por favor...
Le imploro con tal urgencia, que, aterrado por
dentro, se calla. Mi misterio, al fin, ha sido siempre impenetrable para él.
—Hágase como quieras... ¿Estás mejor? ¿A ver estas
manecitas? ¿Este pulso? Parece que no lo tienes.
—Tengo pulso; ya no se me caen de debilidad los
párpados... Me encuentro fuerte. Oigame, Farnesio, por su vida. Sin esperar más
que al correo de mañana, al primero, va usted á escribir á mi tío, el de
Granada: á D. Juan Clímaco.
—Pero...
—Sin pero. Va usted á escribirle,
diciéndole—¡atención!—que estoy dispuesta á restituirle lo que indebidamente
heredé.
Se tambaleó aquel hombre, al peso y á la pujanza
del martillo que hería su cráneo. Sus ojos vagaron, alocados, por mi semblante.
Su lengua se heló sin duda, porque no formó sonidos: no hubo protesta verbal.
La protesta estuvo en la actitud, semejante á la del que llevan al suplicio.
Me levanté, le eché los brazos al cuello, junté á
la suya mi cara dolorida. Las ternezas, las caricias, ablandaron su pena.
Recobró el habla. Me insultó.
—¿Pero qué estás diciendo, necia, loca,
insensata...? Yo eso no lo escribo. ¡No faltaba más!
—Venga usted aquí... Si usted no lo escribe, lo
escribo yo, y es igual. Fíjese bien. El testamento{272} de...
la tía Catalina, no es válido. En mi nacimiento hay superchería. Lo sabe usted
mejor que yo, y nada de esto debe sorprenderle. Reflexione usted. De ahí puede
salir algo muy serio; corre usted peligro, lo corro yo. Afuera codicia, afuera riquezas
temporales. Me pesan sobre el corazón, como una losa. Crea usted que en mi
determinación hay prudencia, aunque no es la prudencia lo que me mueve. No le
quiero engañar: no es la prudencia. Es... otra cosa...
—Cavilaciones, disparates... ¡Delirios!
—¡No, amigo mío, mi amigo, mi protector, á quien no
he agradecido bien su cariño! Disparates fueron otros... ¡Tantos! Crea usted
que he despertado de mi pesadilla; que ahora es cuando veo, cuando entiendo,
cuando vivo de veras, en la verdad. Y deseo, con ansia sedienta, ser pobre.
—¡Pobre! ¡Pobre tú!
—¿Pero ya no se acuerda usted de que lo he sido
muchos años...? Y aquella era una pobreza relativa. Hoy ansío salir por ahí,
pidiendo ó trabajo ó limosna. Limosna, mejor.
Se echó las dos manos á la cabeza.
—Conque, no más discusión. Escriba usted, porque á
mí me es molesto haber de ocuparme de asuntos, y, además, así que arregle
algunas cosillas, voy á hacer un viaje; mi alma necesita que mi cuerpo se
fatigue.
—Iré contigo. No es posible dejarte... así..., en
estas circunstancias.
—Enferma, herida, exal...
—Exaltada, no. Enferma, tampoco. Herida... ¡pch!
unas erosiones, que yo considero caricias, y unas cuantas magulladuras y
contusiones. Estoy buena, muy buena, y en mi interior, tan dichosa como nunca
lo fuí. Dentro de mí, hay agua viva... Antes había sequedad, calor,
esterilidad... No es exaltación. Es verdad; es lo que en mí siento. No ponga
usted esa cara. Jamás he estado tan cuerda.
Suspiró hondísimo. Macilento, mortal, escondió el
rostro en la sombra del rincón.
—No quiero que usted se aflija. La primera señal de
mi cordura, de que es ahora cuando me alumbra la razón, es que deseo que usted
no sufra por mi causa; es que reconozco deberle á usted amor, respeto... Ya sé
que, por usted, estoy perdonada.
Agitó el cuerpo, las manos, tembló. Se echó á mis
pies.
—No digas tales cosas. Me haces daño, criatura. Soy
yo quien necesita tu perdón; te desterré, te encerré, te abandoné. Quise
recluirte. Pensaba que hacía bien. Obedecía á motivos, á escrúpulos... Me
equivocaba. Fuí... un infame. Tu carácter se torció, tu imaginación se
trastornó en aquella soledad... Culpa mía... Maldíceme.
Nos estrechamos; humedad caliente empapaba nuestras
sienes. Besé su pelo gris, sus mejillas demacradas.
—Le bendigo. Usted no puede adivinar el bien que me
ha hecho. El mayor bien.{274}
—¿No me quieres mal?
Respondieron mis halagos. Respiró.
—Pues una cosa te pido ¡no más! ¡Por mí, por el
viejo Farnesio! Aplaza algo tu resolución de escribir al señor de Mascareñas.
Concédeme un poco de tiempo. Yo no digo que no lo hagas; es únicamente un plazo
lo que solicito. Antes de adoptar tan decisiva resolución, es preciso poner en
orden demasiados asuntos. Tú misma, si estás en efecto tranquila, serena ante
el porvenir, debes comprender que estas determinaciones hay que madurarlas
algún tanto. De las precipitaciones siempre nos arrepentimos. Tiempo al tiempo.
El único favor que Farnesio te suplica...
—No acierta usted. Lo bueno, inmediatamente.
—El único favor. ¿No me lo concedes, niña
mía?
—No quiero negárselo. Tiene un año de plazo.
Entretanto, yo viviré como si no fuese dueña de estos capitales, que ya no
considero míos. Me reservo... lo que me daba doña Catalina en vida. Lo
estrictamente necesario. Usted, Farnesio, manda y dispone de todo y en todo...
Y después de una pausa:
—Excepto en mí.
III
Salí de Madrid dos semanas después, al anochecer,
con una maleta vieja por todo equipaje. Llevaba puesto lo más sencillo que
encontré{275} en mi guardarropa: traje sastre, de
sarga, abrigo de paño color café con leche. Ni guantes, ni sombrero. Un velillo
resguardaba mi cabeza y mi faz, ya deshinchada, en que sólo la mella del diente
recordaba el suceso. Mi peinado era todo recogimiento y modestia.
Antes de emprender la caminata, por la mañana, me
había arrodillado en la iglesia de Jesús, á los pies de un capuchino joven, de
amarilla tez venada de azul, barbitaheño, consumido y triste. Oyóme casi
impasible; un movimiento ligero de párpados, una palpitación de las afiladas
ventanas de la nariz. Un instante sólo le vi alterado, expresando pasión.
—Ese sacerdote que le ha dicho á usted que no la
absolverían... ha pecado gravemente contra la esperanza y contra la caridad.
¿Quién es él para poner lindes á la misericordia? ¡No crea usted eso,
hermana... Dios perdona siempre!
—El hombre á quien causé la muerte, era necesario á
los intereses de ese sacerdote...
—Hábleme de sí misma; no acuse á nadie...
Y proseguí, lenta, balbuciente, registrando,
explicando... La oreja de cera que se tendía hacia mi voz la recogía cada vez
con atención más viva.
Cuando referí el origen de las señales que se veían
en mi boca, el fraile se volvió, me miró, en un chispazo de fraternidad...
—¿Eso ha hecho, hermana?
—Eso hice...
Al llegar á mi conversación con Farnesio, acerca de
la herencia, otro respingo.{276}
—¿Eso hizo, hermana?
—Eso he resuelto hacer...
Antes de exhortarme, el capuchino se recogió,
cerrando los descoloridos ojos azules. Sus labios se movían, sin que de ellos
saliese ningún sonido. Al fin, en voz baja, fatigada, de enfermo, murmuró:
—No soy docto, hermana. Desconozco el mundo, y
usted me propone cosas extrañas para mí. Mejor se confesaría usted con el padre
Coloma, verbigracia. Supla á mi ignorancia Jesucristo, en cuyo santo nombre...
Yo veo descollar entre sus pecados una gran soberbia y un gran personalismo. Es
el mal de este siglo, es el veneno activo que nos inficiona. Usted se ha creído
superior á todos, ó, mejor dicho, desligada, independiente de todos. Además, ha
refinado con exceso sus pensamientos. De ahí se originó la corrupción. Sea
usted sencilla, natural, humilde. Téngase por la última, la más vulgar de las
mujeres. No veo otro camino para usted, y tampoco habrá penitencia más
rigurosa.
—¿Y... por ese camino... llegaré al amor?
—¿Al amor divino? ¡Quién lo duda! Usted lo ha
presentido, hermana, al dejarse pisotear por una mujer de mala vida, y
despreciable á causa de ella. Esa acción no significa sino ansia de humillarse.
Humíllese, humille esa cerviz altanera... Pero no un instante, no en un acto
violento, extremo, repentino. ¡Siempre, siempre!
—Nada más. Basta. No tengo otro consejo que
darle...
Y heme aquí en el vagón de tercera, mezquino,
sucio, en contacto con la plebe, la gentuza... Sí, esto puedo hacerlo. Puedo
sentarme en un banco duro é incómodo; puedo viajar casi sin ropa, mal
pergeñada, respirando el olor bravío de dos paletos—una especie de mendigo y
una vieja que abraza un cestón enorme—; puedo hasta alargar la mano, solicitar
un socorro... Lo que no puedo, lo que el capuchino no ha visto que no puedo, es
creerme—dentro de mí—al nivel de estos que van conmigo, del que me diese limosna,
del que cruza á mi lado... No me expreso bien. Mientras el tren avanza,
temblequeando sobre los rieles, yo ahondo, yo sutilizo mi caso.—No es tal vez
que me crea ni superior ni inferior. Es que me creo otra. No
reconozco lazo que con ellos me una. No se trata quizás de orgullo, de
soberbia, como suponen Carranza y el capuchino. Es que, en el fondo de mi
conciencia, en medio de mis actos penitenciales, no me persuado de que haya
nada de común entre los demás y yo. Hasta llego á suponer que los demás no
existen; que soy yo quien existo, únicamente, y que sólo es verdad lo que en mí
se produce; en mí, por mí... Y es en mi interior donde aspiro á la vida
radiante, beatífica, divina, del amor. Es en mi interior donde quiero
divinizarme, ser lo celeste de la hermosura. ¿Cómo buscar el interior
encielamiento? No con actos externos, no con mi cuerpo pisoteado y mi rostro
afeado y mi ropa vulgar.{278} Si dentro está el
cielo del amor, dentro debe de estar el modo de conquistarlo.
Y me acuerdo de mi Patrona, la Alejandrina. ¡Mujer
feliz! Ella no necesitó ni vestirse de burel, ni inclinar su frente
principesca, para ser amada, para tener en su mismo corazón al Amante. Con sus
ropajes fastuosos, con sus joyas, con su aristocrático desdén de todo lo bajo,
de la fealdad, de la miseria, logró conocer ese amor—ahora lo comprendo—el
único que merece desearse, soñarse, anhelarse; y se desposó con ese
Dueño—¡único que sin vileza se admite y se ansía, cuando se desprecia todo lo
que no surge en las fuentes secretas de nuestro ser!
La noche nos envolvía ya; las voces resquebrajadas
de los empleados cantaban nombres. El vacío de las estepas solitarias rodeaban
al tren. El viaje terminaría pronto.
Me bajé en la estación de una ciudad vieja, y
resolví dormir lo que faltaba de la noche en la fonda de la estación misma. Al
despertar, arbitraria el modo de transportarme adonde tenía resuelto vivir.
Una conversación con el dueño de la fonda me fué
utilísima. Averigüé que, en el desierto que me había atraído como objeto de mi
viaje, existe un convento de Carmelitas, y, á corta distancia del convento,
casuchas desparramadas, de las cuales alguna me alquilarían tal vez.
—¿Costará muy cara?—pregunto, inquieta, pues ya no
soy rica.
—Sí, sí, aún se dejarán pedir... Menos de veinte
duros por año, no la cederán.{279}
Un birlocho me lleva, al través de los campos
grisientos y silenciosos, salpicados de alcornoques, hacia el desierto, un
valle escondido por montañuelas que espejean al sol. Salvados los pequeños
mamelones, aparece el valle, y su vista me estremece de alegría, porque es un
oasis maravilloso.
Todo él se vuelve flor y plantas fragantes. Romero,
cantueso, mejorana, tomillo, mastranzo, borraja, lo esmaltan como vivo, movible
tapete recamado de colorines. Y la florida alfombra se mueve, ondula, agitada
por el zumbido y el revuelo y el beso chupón, ardoroso, de miles de abejas,
cuyas colmenas diviso en los linderos. A la derecha, el campanario del convento
se recorta sobre el azul. Las casas—dos ó tres—tienen un huerto más riente, si
cabe, que el campo mismo. En la revuelta de un sendero, á la puerta de una de
estas casucas, está sentada una mujer. Sus ojos, abiertos é inmóviles, no
parpadean y los cubre blanca telilla: es una ciega. A su lado, hace calceta una
chiquilla de unos doce ó trece años, negruzca, de facciones bastas, con dos
moras maduras por pupilas.
Me acerco, trabo conversación.
—¿Me alquilarían la casa? ¿Una habitación, por lo
menos?
La desconfianza de los menesterosos me sale al
paso. ¿Qué pretendo? Yo soy una señorita. ¿Cómo voy á pasarlo allí? Es
imposible que me encuentre bien...
—Me encontraré perfectamente. Pagaré adelantado.{280} Haré yo la cocina, mi cama, la limpieza.
La anciana titubea; la extrañeza, la curiosidad,
plegan sus labios, de arrugadas comisuras, hundidos por el desdentamiento. La
chiquilla no sabe qué decir, y con un pie pega golpecitos en la canilla de la
otra pierna. Su pelo, apretujado, me inspira recelo indefinible. Ninguna
simpatía me infunden estos dos seres. Y, sin embargo, insisto, para quedarme en
su compañía. Saco un par de monedas.
—Agüela, dos duros m’ha dao esta ñora.
La avidez de los ciegos se pinta en la cara
huesuda, inexpresiva.
—Daca...
Los guarda en la remendada faltriquera, y rezonga:
—Yo, con toa sastifación... Sólo que, como no hay
ná de lo que se precisa...
—No importa. Esta noche dormiré envuelta en mi
manta. Mañana traerán...
Queda convenido. Hago mis encargos al cochero. Y,
como en casa propia, entro en la vivienda. Es de una pobreza sórdida. Tal vez
la avaricia hace aquí competencia á la miseria. La ciega tendrá por ahí
escondida una hucha de barro... Quizás por eso recelaba de mí... ¿Seré una
ladrona disfrazada?
Gradualmente, se disipa su temor. Cierto respeto
hacia mí nace en su espíritu, cuando nota que trabajo, que ayudo á la
Torcuata—así se llama la niña—en sus menesteres domésticos, y que hasta sirvo á
las dos, cuidándolas, procurando{281} que la ciega
no derrame la sopa y que la chica no se atraque de miel, lo cual la hace daño.
Porque las dos mujeres viven de la miel y la cera; son colmeneras, como los
demás moradores del valle, y sacan también algún fruto de vender cosecha de
plantas aromáticas á drogueros y herbolarios. Empiezan á creer que yo soy una
especie de santa, no sólo por el cuidado incesante que tengo de complacerlas y
de atenderlas, sin exigirles nada, ni aun el menor servicio, sino por que voy á
la iglesia del convento diariamente, y muchas tardes me ve Torcuata sentarme,
pensativa, á la puerta, haciendo calceta como ellas, con aire resignado. A sus
preguntas respondo sin impaciencia.
—La señora, ¿tié familia? ¿Es usted extranjera, ó
de acá? etc.
A mi vez, pregunto; oigo la historia de los padres
de Torcuata, que se murieron, él «gomitando» sangre, ella de un mal parto; y,
ufanas de saber más que yo, me explican las costumbres de las abejas,
costumbres casi increibles, portento natural que nadie admira. Los
acontecimientos de nuestra existencia, en el valle, son el enjambre que emigra
y que es preciso recoger, llamándolo con cencerreo suave y teniéndole preparada
la nueva colmena, frotada de miel y de plantas odoríferas; la operación de
castrar los panales, los mil delicados cuidados que exige la recolección, el
transvase de la miel á los barreños, y luego á los tarros, el derretido de la
cera, su envase{282} en los cuencos de madera, las
complicadas manipulaciones de la pequeña industria agrícola. Pronto auxilio yo
eficazmente á Torcuata, con grande alegría y maravilla de la ciega, que no cree
en tanto bien. Desde que faltaban los hijos, la cosecha disminuía cada año.
«¿Qué puede hacer una creatura? Comerse las mieles ná más»...
Así se estableció entre mis huéspedas y yo la
cordialidad más completa. Invertidas las relaciones, fuí su criada. Sin
escrúpulo, desinfecté la cabeza pecadora de Torcuata, lavé su pelo, embutido de
aceite, cerumen y tierra, até un lazo azul á sus mechones, ya esponjados, y
siempre recios como cola de yegua rústica. Cosí camisas para la ciega. Me dejé
explotar. Hice regalos.
—¡Santa! ¡Es santa!—repetía la vejezuela,
atónita.—¡Nos la ha traío la virge el Calmen!
¡Santa! No... En lo recóndito, en el escondrijo de
la verdad, ningún afecto sentía por las dos mujeres. Ejemplares ínfimos de la
humanidad, barro ordinario que amasó aprisa el alfarero, me eran tan
indiferentes como uno de los alcornoques que sombreaban el repuesto valle. Ni
ellas serían capaces de ningún acto de abnegación, ni yo sentía el menor goce
emotivo al realizarlos por ellas. Mi instinto estético me las hacía hasta
repulsivas. Fea era la cara de níspero de la codiciosa vieja, y acaso más fea
la adolescencia alcornoqueña de la moza. ¡No importa! Había que proceder como
si las amase. ¿No es eso lo que pides, dulce Dueño?{283}
¡Ah! Por las tardes, respirando el olor embeodante
de las florescencias, cuyo polen llevaban las abejuelas de una parte á otra,
auxiliando la fecundación, me dirijo á tí, Dueño que no vienes... ¿Por qué han
pasado los tiempos en que, á precio de la tortura, de la piel arrancada, de la
cabeza destroncada, acudías, exacto á la cita, transportado de ardor? ¿Por qué
no me es concedido comprarte á ese precio? Lo que estoy haciendo, me cuesta
más, mayor esfuerzo, un vencimiento largo, tedioso, sin fin. Como Teresa, la
que tanto te quiso, yo estoy sedienta de martirio, y me iría á tierra de moros,
si allí se martirizase. ¡Época miserable la nuestra, en que el bello granate de
la sangre eficaz no se cuaja ya, no brilla! De las dos sangres excelentes, la
del martirio y la de la guerra, la primera ya es algo como las piedras
fabulosas y mágicas, que se han perdido; y la otra, también la quieren
convertir en rubí raro, histórico, guardado tras la vitrina de un museo! ¡Edad
menguada! ¡No poder ser mártir! En una hora, ganarte, unirme á tí... Si tú
quisieses, dulce Dueño, yo te ofrecería licor para refrescar el de tus cruentas
llagas... Yo te daría con qué renovar el Grial. Soy muy desventurada, porque no
me es concedido dejar correr las fuentes de mis venas. ¡No poder sufrir, no
poder morir!{284}
IV
Y, poco á poco, mientras ejecuto las cosas
prosáicas, comunes, antipáticas á mis sentidos, allá en lo oculto, en lo
reservado de mí misma, noto los indicios de una transformación. Bogo hacia mi
ideal, trabajosamente, desviando troncos, chocando en piedras. El espíritu de
docilidad y el de renunciación, van depositándose en mí, como en la celdilla ya
preparada se deposita la miel. Según la miel se purifica, siento que se
purifica mi ánimo. Voy cortando los circuitos de mis impurezas, (análogos á los
que forman las neuronas, las cuales reproducen el acto vicioso ya con
independencia de nuestra voluntad). Lo material de mi espiación, lo cumplo sin
pensar en ello, sin atribuirle valor ninguno. Atiendo más bien á lo íntimo.
Vivo interiormente.
El convento no influye en ésto. Voy á la iglesia,
pero evito á los Carmelitas. Lo hago por prudencia, por quitar palabreos entre
los paletos maliciosos. Los Carmelitas, supongo que por igual razón, ni parecen
sospechar que existo. Son pocos y se encierran en su conventillo, cuyas celdas
y claustros están forrados de corcho. Silencio, quietud y soledad. No se la he
de robar, ni ellos á mí. Tan gran bien es justo que se respete. ¿Y quién sabe
si estos frailes se parecen ó no á los directores ininteligentes, fustigados
por San Juan de la Cruz?
Comprendo que no basta la paciencia. Necesito{285} el amor. Es preciso que lo amargo me sea dulce.
Que me sepan á miel estas molestias que me tomo por dos mujeres bajas, burdas.
¿Tendré que amarlas, para amarte á tí, para que tú me ames? ¿Será este el
secreto, la palabra del enigma? ¿Y cómo se hace para eso? ¡Estoy tan al
principio de mi deificación! Me faltan etapas, me faltan grados. Hay momentos
en que desconfío, dudo, y la secura me invade.
Lo primero que necesito es abandonarme, cerrar los
ojos... Tal vez me atormento en balde. Tal vez no necesito hacer más de lo que
hago, ni sufrir más de lo que sufro: basta que cambie mi corazón. Sólo entonces
seré, como dijo el gran poeta, «amada en el amado transformada». No lo soy. No
le hallo cuando le busco dentro. No le hallo... ¡Qué tristeza, no hallarle!
Acaso estoy unida á Él en conformidad, pero no en unión transformativa. No
somos uno. No hay noche nupcial. No hay en mis dedos, que empieza á deformar el
trabajo, ni señal de anillo de luz... Y sin embargo, yo debiera obtener algo,
porque mi espíritu no es como el de la muchedumbre: yo soy singular. Mi
resolución, mi vida, no se parecen á las de las mujeres que no padecen ansias
de belleza suprema!
Acaso esto que pienso sea tentación contra la
humildad... ¡Pero si es cierto! ¿La verdad te ofende? ¿He de tenerme por
cualquiera? ¿Ignoro lo que soy? ¿Me confundiré con la gente que no pasa del
sentido, que no entiende ni pregusta la hermosura inefable?{286}
De seguro que la Alejandrina elegante, mi patrona,
no se creía igual á Gnetes. Comprendía de sobra la excelsitud de su propio
ánimo. Y la diste el anillo. ¿Qué debo hacer? Todo me será fácil, menos creer
lo que no creo. ¿Qué me pides? Toma mi juventud; ya te he ofrendado mi vanidad
de mujer: aféame más, si me embellezco para ti... Toma mi existencia, corta ó
larga, día por día... ¿No es eso lo que deseas?
Quiero recorrer todas las etapas, andar el camino
hasta el fin, gemir, llorar, clamar, velar de noche, ayunar de día. Quiero el
fuego, el desfallecimiento, el deseo de morir, el vuelo espiritual, el
transporte; quiero tu dardo, tu cuchillo... Y se me figura que jamás los
obtendré. Me siento sola, abandonada en este florido desierto, entre aromas de
miel intensa, que marean, que llenan de nostalgia y de dolor íntimo. Y, sin
embargo, han existido otras mujeres que se unieron á ti, que te tuvieron
consigo, á quienes dijiste: «Tú eres yo y yo soy tú...» Otras que en ti
habitaron, á quienes tendiste la mano, en ceremonia de desposorios; que en ti
bebieron la vida; que en ti fueron deiformes. ¡Y, por muchos que hayan sido mis
yerros, no creo que más hondamente pudiesen sentirte y llamarte de lo que te
llamo!
Esto cavilaba, en una hora de desolación, cuando,
próximo ya á ponerse el sol, las abejas se habían recogido á sus colmenas, y,
apaciguado el inquieto devaneo de su libar y revolar, el campo yacía en una
calma misteriosa, triste. En el convento tocaron á oración. Al extinguirse{287} las campanadas, me volví con sobresalto.
Acababan de ponerme la mano en el hombro.
—¿Ah? ¿Eres tú, Torcuata?
—Sí, ñora... ¿No sabe? Un fraile sa muerto.
—¿Cuándo?—pregunté maquinalmente.
—Ta mañana. He ío á verlo muerto en la igresa, ¿no
sabe? Estaba negro, negro tóo.
—¿Negro? ¿Por qué?
—Porque era guiruela, diz que dice, la enfermedá.
Guiruela mala. ¡Muy mala!
Nos recogemos á casa. Torcuata está estremecida. Ha
visto de cerca, sin comprenderlo, el misterio de la muerte; y su pubertad se ha
estremecido, con vago escalofrío de horror. Ni ella misma lo sabe. Las dos
moras negrazas de sus pupilas conservan, no obstante, la empañadura
inexplicable de la visión fúnebre.
Al medio día siguiente, la chica sufre un
desvanecimiento.
—Cosas de la edá. Aluego va á ser mocita—murmura la
ciega, estrujando con sus dedos nudosos panales sobre un perol, á fin de que
suelten la melaza y reducirlos á pasta derretible.
Una punzada, un presentimiento... ¿Y si fuese así?
¡Bah! ¡Qué me importa!
Dos días después, Torcuata salta de calentura. La
acostamos. Me instalo á su cabecera. Despacho un propio á la ciudad para traer
médico, medicinas. No dudo: es la viruela, y en este organismo joven, jamás
vacunado, viene con una fuerza y una malicia... De mano armada, dispuesta á
vendimiar.{288}
Se queja la niña de fuerte dolor en los lomos. Ha
sufrido una breve convulsión.
A ratos, delira. La doy de beber limonadas, agua
mineral, refrescos. El médico no decide aún. Mientras no brote la erupción...
Así que brote, él y yo sabremos lo mismo.
En los momentos lúcidos, la muchacha me habla,
hasta me sonríe, con esfuerzo, murmurando:
—Ñora...
Alargando una mano ardorosa, endurecida, coge la
mía, la estrecha.
—Ñora... No se vaya... La agüela no ve... No pué
estar al cuido mío.
La ciega, acurrucada en un rincón, gime, barbota
rezos, y repite á intervalos:
—¡Lo que Dios nos invía! ¡Ahora la Torcuata tan
malita! ¡Lo que invía Dios!
—No me voy, chiquilla. Aquí estoy, contigo...
—¡Si está ahí, ñora, pa mí está la Virgen el
Calmen!
No sé cómo dijo esto la inocente. Sé que sentí
algo, un calor, un golpe, en las mismas entrañas. ¿Sería el cuchillo de la
piedad que, ¡por fin!, se hincaba en ellas...?
Ha vuelto el médico. Cesó la incertidumbre. Los
puntos rojizos se han señalado. El cuerpo de la enferma tiene el olor
característico á pan recién salido del horno. Se presenta la sangre por las
narices.
—Viruela, y de la peor... Confluente... Señora,
tengo el deber de advertir á usted que el{289} mal
es extraordinariamente contagioso, sobre todo en el período que se aproxima...
—Gracias, doctor. No me moveré de aquí. Venga usted
diariamente... Abono los gastos de coche y demás. No soy opulenta, soy casi una
pobre; pero deseo que nada le falte á Torcuata.
La ciega, alzando las manos, insistía:
—Santa es, santa es.
La hórrida erupción brotó con furia. La cara fué
presto la de un monstruo. Las moras de las pupilas, de un negro violeta tan
intenso, tan fresco, desaparecieron tras del párpado abullonado. La niña no
veía.
—Otra cieguecita como la agüela...—suspiró.—Ñora
Lina ¿está ahí? Ñora ¿me moriré como el fraile?
Nuevamente percibí la herida en lo secreto del
ánima; y más viva, más cortante, más divinamente dolorosa. La piedad al fin; la
piedad humana, el reconocimiento de que alguien existe para mí, de que el dolor
ajeno es el dolor mío. Un impulso irresistible, ardiente, sin freno de ternura
infinita, de amor, de amor sin límites... Sobre la faz de la niña, de la paleta
alcornoqueña, gotea la miel de mi caridad, envuelta, desleida en llanto. Y mis
labios, besando aquel espantoso rostro, tartamudean:
—No, hija mía, no te mueres. ¡No te mueres, porque
te quiero yo mucho!
Por la ventana abierta, entran el aire y la
fragancia de la tierra floreciente, amorosa. Cierro los ojos. Dentro de mí,
todo se ilumina. Alrededor, un murmurio musical se alza del{290} suelo
abrasado con el calor diurno; mi cabeza resuena, mi corazón vibra; el deliquio
se apodera de mí. No sé dónde me hallo; un mar de olas doradas me envuelve; un
fuego que no destruye me penetra; mi corazón se disuelve, se liquida; me quedo,
un largo incalculable instante, privada de sentido, en transporte tan suave,
que creo derretirme como cera blanda... ¡El Dueño, al fin, que llega, que me
rodea, que se desposa conmigo en esta hora suprema, divina, del anochecer!...
Entrecortadas, mis palabras son una serie de
suspiros. Mi boca, entreabierta, aspira la ventura del éxtasis. Imploro, ruego,
entre el enajenamiento del bien inesperado, fulminante.
—No me dejes, no me dejes nunca... Siempre tuya,
siempre mío... Quítame lo que quieras, haz de mí lo que te plazca, venga cuanto
dispongas, redúceme á la nada, que yo sea oprobio, que yo sea burla, que me
envilezca, que me infame... Venga ignominia, fealdad horrible, dolor,
enfermedad, ceguera; venga lo que sea, hiéreme, hazme pedazos... Pero no te
apartes, quédate, acompáñame, porque ya no podría vivir sin ti, sin ti, sin
ti...
Y, palpitando en mis labios, la queja deliciosa
repite, sin pronunciarlo, sin rasgar el aire:
V
En este asilo, donde me recluyeron, escribo estos
apuntes, que nadie verá, y sólo yo repaso, por gusto de convencerme de que
estoy cuerda, sana de alma y de cuerpo, y que, por la voluntad de quien puede,
soy lo que nunca había sido: feliz.
Mi felicidad tiene, para los que miran lo exterior
(lo que no es), el aspecto de completa desventura.
En lo mejor de mis años, me encuentro encerrada,
llevando la monótona vida del Establecimiento; sometida á la voluntad ajena,
sin recursos, sin distracciones, sin ver más que médicos, enfermeros y
dolientes... En comparación con mi suerte actual, el convento en que antaño
pretendieron que ingresase, sería un paraíso.
Y yo soy feliz. Estoy donde Él quiere que esté.
Aquí, me visita, me acompaña, y la paz del espíritu, en la conformidad con su
mandato, es mi premio. Aún hay regalos doblemente sabrosos, horas en que se
estrecha nuestra unión, momentos en que, allá en lo arcano, se me muestra y
comunica. ¿Qué más puedo pedir? Todo lo acepto... todo lo amo, en Él y por Él.
Amo estas paredes lisas, que ningún objeto de arte adorna; este mobiliario sin
carácter, como de hospital ó sanatorio; estos árboles sin frondosidad, este jardín
sin rosas, este dormitorio exiguo, esta gente que no sospecha lo que me{292} sirve de consuelo, y se admira de la expresión
animada y risueña de mi cara, y me llama—lo he averiguado—«la contenta...» Y,
mientras mis dedos se entretienen en una labor de gancho, mi alma está tan
lejos, tan lejos... Por mejor decir, mi alma está tan honda...! Recatadamente,
converso con él, le escucho, y su acento es como un gorjeo de pájaro, en un
bosque sombrío y dorado por el sol poniente... Otras veces, le aguardo con
impaciencia de novia, deseosa de oir crujir la arena bajo un paso resuelto,
juvenil... y le pido que no tarde, que no me haga languidecer. Y languidezco, y
á veces, un desvanecimiento, un arrobo, me sorprenden en medio de la ansiosa
espera.
Farnesio ha venido á visitarme, en un estado de
alteración y angustia, que da lástima.
—¿Lo ves?—repite.—¿Lo ves? Si tenía que suceder...
¡Si ya lo decía yo! ¡Si te lo había anunciado! Es horroroso... ¡Y no poder, no
lograr evitar estas cosas!
—Pero ¿qué es lo que usted quería evitar?
—¡Y me lo preguntas! Voy temiendo que sea cierto
que se haya trastornado tu razón. ¿Qué es lo que quería evitar? Que te trajesen
á la casa de locos. ¡Qué infamia! ¡Á la casa de locos!
—Me encuentro perfectamente en ella.
—¡Válgame Dios, niña! No puede ser; y aun cuando
así fuese, ¿voy yo á consentirlo? ¿Voy á permitir que el malvado de tu tío te
encierre aquí, por toda la vida acaso?
—Según eso, ¿fué mi tío? ¡Bah! Le perdono.{293}
—¿Perdonar? Como no salgas pronto de aquí, ha de
saber quién es Genaro Farnesio. ¡Gitano inmundo! Estaba yo con él en
negociaciones para transigir, y rescatar, por lo menos, la mitad de tu
fortuna—porque no te figures que él tenía el pleito fácil, ni que nos
arrollaría tan sencillamente—, cuando se le ha ocurrido otra combinación más
sustanciosa: declararte demente y administrar legalmente tus bienes, mientras
llega el instante de heredarlos ó él ó su prole. ¡Nos veremos las caras! ¿Loca
tú? Esto clama al cielo. Tengo yo mis amigos en la prensa; tengo mis valedores;
conozco políticos. Vamos á armar un escandalazo.
—Don Genaro querido, no haga usted tal. Mire usted
que no hay cosa más verosímil que esto de mi locura. Si usted no me quisiese
tanto, haría coro, diciendo que estoy...
Me toqué la frente con el dedo.
—¡Disparates! Cosas que tú lanzas en broma... Mira,
mira como no se puede soltar prenda... ¡Es increíble! ¡Qué red, qué maraña, qué
serie de emboscadas, qué negra conjuración contra tí, pobrecilla, que á nadie
hiciste daño!
—Se equivoca usted. Daño, lo hice. Bien me pesa.
¿Qué menor castigo he de sufrir por lo que dañé?
—Vaya un daño el que tú harías... Y todos contra
tí, confabulados... ¿Querrás creer? Hasta el mentecato de Polilla declara que
has cometido ciertos actos de extravagancia impropios de una señorita formal...
Carranza es el peor. Ese{294} te declara loca
peligrosa, maligna. Te cree capaz hasta de crímenes. Dice que haces el mal por
el mal. Se ve que te odia. ¡Qué desengaños se sufren en el mundo! ¡Carranza! Yo
creo que ha mediado...
Hizo, frotando el pulgar y el índice, ese ademán
expresivo que indica dinero.
—No lo suponga usted. Carranza no es capaz de eso.
Me tiene una prevención... sobrado justa.
—¡Bueno! Tu tío le habrá sobornado. ¡Sí, que se
para en barras él! Hay detalles atroces. Tú no sabes de la misa la media. Hay
una declaración de una mujer de mala vida y de un boticario...
—Ya sé. La que me pisoteó, á ruegos míos. ¿Cómo han
logrado averiguar?...
—Por lo visto, te espiaban. Te seguían los pasos.
Esa noche fatal, tú entraste en la botica á que te pusiesen tafetanes, ó no sé
qué. Dijiste que te habías caído. Luego te subiste á un coche, diste las señas
de tu casa. El boticario las oyó. Todo se ha descubierto. ¡Qué idea! ¡Qué
chiquillada!...
Bajando la voz:
—También ha declarado el barquero que os paseaba á
tí y á Almonte por el lago... Dice...
—Cuanto diga, es cierto.
—¡Bigardo! ¿Y la bribona de Eladia... lo creerás?
Esa sí que me consta que tomó cuartos... La he despedido, y si no me contengo,
la harto de mojicones. Es que me han sacado de mis casillas. La muy bruja, que
si tiraste y rompiste un magnífico reloj á propósito, que si{295} la
tratabas mal, que si esto, que si lo otro... Que toda la noche duraba en tu
cuarto la luz encendida, que el baño era todo de esencias...
—Semejantes niñerías, Farnesio, no merecen que
usted se enoje, ni que maltrate á nadie. Créame. Déjelos tranquilos. Allá mi
tío... Peor para él.
—¡Y los médicos! ¡Deliciosos! En cuanto se
pronunció la palabra «locura» les faltó tiempo para asegurar que ya lo habían
ellos notado, y se lo callaban por prudencia. Así, así, como lo oyes. La
neurastenia aquí, la vesania allá. Sabe Dios de qué medios se ha valido el
gitano...
—De ninguno. Los médicos están de buena fe. De la
mejor fe. Son personas dignas, respetables. Yo comprendo su error, que, dentro
de su concepto científico, no es error probablemente.
—Ahora, ¿sabes con lo que salen? Conque tus
monomanías adquirieron últimamente forma religiosa, mística. Que te fuiste
vestida como el pueblo, en tercera, á practicar penitencia en un convento de
Carmelitas, en el desierto. Que viviste de hacer miel, y que adoptaste á una
chiquilla paleta, muy fea, y otras mil rarezas, no atribuíbles sino al extravío
de tu mente. Ya comprenderás que se refieren á la Torcuata... En fin, que han
conseguido tejerte una malla espesa... Pero la desbarataré. No temas; la desbarato.
—Por su vida, estése quieto, D. Genaro, no
desbarate cosa ninguna. Hay que dejar nuestra{296} suerte
en manos del que la conoce. Él, y sólo Él...
—¡Ea, que no!—gritó impetuosamente, abrazándome—.
No es Dios quien te ha metido aquí: son las bribonadas de los hombres. Y no lo
aguanto. Tú fía en mí, y muéstrate tranquila, y hazlo todo á derechas... Se me
parte el alma de verte aquí. ¡No sabes lo que Farnesio te quiere!
—Lo sé...—exclamo, con acento significativo—. Lo
que no hace falta, es compadecerme. Soy aquí dichosa.
Ahogado de emoción, el viejo callaba,
acariciándome.
—¿Y Torcuata?—pregunto.
—Llévesela el diablo.... Por tus bondades con
ella... Está hecha un trinquete. Eso sí, con mil hoyos en la cara. Quiere
verte. La traeré.
—No las desampare usted, ni á ella, ni á la ciega.
Mire usted que se lo encargo mucho.
—Ya lo creo que las he de amparar, aunque sólo
fuese porque son las únicas que hablan de tí con entusiasmo.
—¿De veras?
—¡Vaya! Como que afirman que eres santa, santa, de
ponerte en los altares...
—Pues lo que ellas dicen y lo que dicen los
otros... tal vez es igual. La declaración de mi santidad, para el caso, no crea
usted que no sería lo propio que la de mi locura... Si quiere usted sacarme de
aquí, Farnesio, no me santifique.
—Veo que no has perdido el buen humor...
Cuando se retiró, decidido á rescatar á la{297} princesa del poder de malignos encantadores,
suspiré. ¡Ojalá no lo consiga! Mejor me encontraba en el puerto, sin luchas,
sin huracanes. ¿Logrará el que me trajo al mundo material, llevarme otra vez al
mundo del peligro y de las tentaciones?
¡Estaba tan bien á solas contigo, Dulce Dueño!
Hágase en mí tu voluntad...
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End of the Project Gutenberg EBook of Dulce Dueño,
by Emilia Pardo Bazán
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DULCE DUEÑO
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