© Libro N° 10014. El Dedo Medio Del Pie Derecho. Bierce, Ambrose. Emancipación. Junio 11 de 2022.
Título
original: ©
The Middle Toe Of The Right Foot,
Ambrose Bierce (1842-¿1914?)
Versión Original: © El Dedo Medio Del Pie Derecho.
Ambrose Bierce
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Ambrose Bierce
El Dedo Medio Del Pie Derecho
Ambrose
Bierce
Es bien sabido que la vieja casa Manton está embrujada. En todo el
distrito rural que la rodea, y aún en el pueblo de Marshall, a una milla de
distancia, ninguna persona de mente imparcial tiene duda alguna de ello; la
incredulidad se confina a aquellas personas opinionadas que serán llamadas
"chiflados" tan pronto como esta útil palabra haya penetrado los
terrenos intelectuales del Avance Marshall. La evidencia de que la casa está
embrujada es de dos tipos: el testimonio de testigos desinteresados que tienen
prueba ocular, y el de la casa misma. El primero puede ser ignorado y
descartado con cualquiera de las diversas causas de objeción que pueden ser
alegadas en su contra por quienes fingen ingenuidad, pero los hechos
observables por todos son reales y convincentes.
En primer lugar, la casa Manton no ha sido ocupada por mortales en más
de diez años, y junto con sus edificios anexos, está decayendo lentamente - una
circunstancia en sí mismoa que alguien con juicio no se atreverá a ignorar.
Está a poca distancia de la parte más solitaria del camino a Marshall y
Harriston, en un espacio abierto que alguna vez fue una granja y que aún está
desfigurado con porciones de cercas en descomposición y medio cubierto de
zarzas que se extienden sobre un terreno pedregoso y estéril que hace mucho que
no conoce el arado. La casa misma está en condiciones tolerablemente buenas,
aunque muy maltratada por el clima y en urgente necesidad de atención por parte
del vidriero, ya que la parte más pequeña de la población masculina de la región
ha expresado de la manera común en su especie su desaprobación de una morada
sin moradores. Tiene dos plantas, es casi cuadrada, con el frente atravesado
por una sola puerta flanqueada en cada lado por una ventana cubierta de tablas
hasta la parte superior. Arriba, ventanas correspondientes sin protección
admiten luz y lluvia a las habitaciones del piso superior. Hierbas y maleza
crecen por todas partes, y algunos árboles de sombra, algo maltratados por el
viento, e inclinados todos en la misma dirección, parecen hacer un esfuerzo
concertado por escapar. En pocas palabras, como explicó el humorista del
poblado de Marshall en las columnas del periódico Advance, "la proposición
de que la casa Manton está seriamente embrujada es la única conclusión lógica
de las premisas". El hecho de que en esta morada el señor Manton consideró
adecuado cierta noche hace diez años levantarse y cercenar las gargantas de su
esposa y sus dos hijos pequeños, huyendo inmediatamente después a otra parte
del país, ha contribuido sin duda a dirigir la atención pública a lo adecuado
del lugar para los fenómenos sobrenaturales.
A esta casa, en una tarde de verano, llegaron cuatro hombres en un
carruaje. Tres de ellos descendieron de inmediato, y el que había conducido el
vehículo ató los animales al único poste restante de lo que había sido una
cerca. El cuarto permaneció sentado en el vehículo. "Venga", dijo uno
de sus compañeros, aproximándose a él, mientras los otros se alejaban en
dirección de la casa - "éste es el lugar".
El aludido no se movió. "¡Por Dios!", dijo rudamente,
"este es un truco, y me parece que ustedes están involucrados".
"Quizá lo estoy", dijo el otro, mirándolo directo a la cara y
hablando en un tono que contenía algo de desprecio. "Recordará usted, sin
embargo, que la elección del lugar fue, con asentimiento de usted, dejada a la
otra parte. Por supuesto, si tiene miedo a los fantasmas - ".
"No tengo miedo de nada", interrumpió el hombre con otro
juramento, y saltó al suelo. Los dos se unieron entonces a los otros en la
puerta, que uno de ellos ya había abierto cou algo de dificultad, causada por
el óxido en la cerradura y las bisagras. Todos entraron. El interior estaba
oscuro, pero el hombre que había abierto la puerta sacó una vela y cerillas y
encendió una luz. Abrió después el cerrojo de una puerta que estaba la derecha
del pasillo. Esto les dio entrada a una habitación grande y cuadrada que la
vela alumbraba débilmente. El piso tenía una gruesa cubierta de polvo, que
atenuaba parcialmente sus pisadas. Había telarañas en los ángulos de las
paredes y colgando del techo como tiras de encaje antiguo, haciendo movimientos
ondulatorios en el perturbado aire. La habitación tenía dos ventanas en paredes
adyacentes, pero desde ninguna podía verse nada salvo la rústica superficie
interior de las tablas a pocos centímetros del cristal. No había chimenea ni
muebles; no había nada: además de las telarañas y el polvo, los cuatro hombres
eran los únicos objetos ahí que no eran parte de la estructura.
Se veían bastante extraños a la amarilla luz de la vela. El que había
descendido del carruaje tan reticentemente era especialmente espectacular -
podría calificarse de sensacional. Era de mediana edad, de constitución gruesa,
con pecho poderoso y anchos hombros. Al ver su figura, se habría pensado que
tenía la fuerza de un gigante; sus facciones expresaban que la usaría como un
gigante. Estaba bien rasurado, su cabello muy corto y gris. Su estrecha frente
estaba cubierta de arrugas sobre los ojos, que sobre la nariz se volvían
verticales. Las pesadas cejas negras seguían la misma ley, salvándose de
encontrarse sólo gracias a un giro hacia arriba en lo que de otro modo habría
sido el punto de contacto. Profundamente hundido bajo ellas, brillaba en la
oscura luz un par de ojos de color incierto, pero obviamente demasiado
pequeños. Había algo imponente en su expresión, que no ayudaban a suavizar la
boca cruel y la ancha mandíbula. La nariz no estaba mal, para ser una nariz;
uno no espera mucho de las narices. Todo lo que de siniestro tenía el rostro
del hombre parecía acentuarse por una palidez innatural - parecía no tener
sangre.
La apariencia de los otros hombres era bastante común: eran personas
como las que uno conoce y después olvida haber conocido. Todos eran más jóvenes
que el hombre descrito, y entre él y el mayor de los otros, que se mantenía
apartado, había claramente poca simpatía. Ambos se evitaban mutuamente la
mirada.
"Caballeros", dijo el hombre que sostenía la vela y las
llaves, "creo que todo está correcto. ¿Está listo, señor Rosser?".
El hombre que se mantenía apartado del grupo hizo una reverencia y
sonrió.
"¿Y usted, señor Grossmith?".
El hombre pesado se inclinó y frunció el ceño.
"Me harán el favor de quitarse sus abrigos".
Sus sombreros, abrigos, chalecos y bufandas fueron rápidamente retirados
y lanzados por la puerta, hacia el pasillo. El hombre de la vela asintió con la
cabeza, y el cuarto hombre - el que había urgido a Grossmith a salir del
carruaje - sacó del bolsillo de su gabardina dos largos cuchillos Bowie de
aspecto asesino, que sacó ahora de sus fundas de cuero.
"Son exactamente iguales", dijo, presentando uno a cada uno de
los protagonistas - pues a estas alturas hasta el observador más lento habría
comprendido la naturaleza de la reunión. Sería un duelo a muerte.
Cada combatiente tomó un cuchillo, lo examinó cuidadosamente cerca de la
vela y probó la fuerza de la hoja y empuñadura sobre su rodilla levantada. Sus
personas fueron registradas después, por turnos, por el segundo de su rival.
"Si le place, señor Grossmith", dijo el hombre que sostenía la
luz, "se colocará en esa esquina".
Señaló al ángulo de la habitación que estaba más lejos de la puerta,
hacia donde Grossmith se dirigió después de que se segundo se despidió de él
con un apretón de manos que no tenía nada de cordial. En el ángulo más cercano
a la puerta se colocó el señor Rossner y después de una susurrada consulta su
segundo lo dejó, uniéndose al otro cerca de la puerta. En ese momento la vela
se extinguió súbitamente, dejando todo en una profunda oscuridad. Quizá la
causa fue una ráfaga de viento proveniente de la puerta abierta; cualquiera que
fuera la causa, el efecto fue inquietante.
"Caballeros", dijo una voz que sonó extrañamente poco familiar
en la alterada condición que afectaba a las relaciones de los sentidos -
"caballeros, no se moverán hasta que escuchen que se cierra la puerta
exterior".
Se escuchó el sonido de trastabilleos, después cómo se cerraba la puerta
interior; y finalmente la exterior se cerró con un golpe que estremeció al
edificio entero.
Pocos minutos después, el hijo de un granjero que regresaba tarde se
encontró con un carruaje ligero que era conducido furiosamente hacia el poblado
de Marshall. Declaró que detrás de las dos figuras en el asiento delantero se
sentaba una tercera, con las manos sobre los hombros inclinados de los otros,
que parecían luchar en vano por liberarse de sus dedos. Esta figura, a
diferencia de las otras, estaba vestida de blanco, y sin duda había subido al
carruaje mientras pasabe frente a la casa embrujada. Ya que el muchacho podía
presumir de una considerable experiencia con lo sobrenatural, su palabra tenía
el peso justamente otorgado al testimonio de un experto. La historia (en
conexión con los sucesos del día siguiente) eventualmente apareció en el
Advance, con algunos ligeros retoques literarios y una sugerencia al final de
que el caballero aludido recibiría la oportunidad de usar las columnas del
periódico para dar su versión de la aventura nocturna. Pero el privilegio quedó
sin reclamar.
II.
Los eventos que llevaron a este "duelo en la oscuridad" fueron
de lo más sencillos. Una tarde tres jóvenes del poblado de Marshall estaban
sentados en una tranquila esquina del porche del hotel, fumando y discutiendo
el tipo de asuntos que tres jóvenes educados de un pueblo sureño encontrarían
naturalmente interesantes. Sus nombres eran King, Sancher y Rosser. A poca
distancia, dentro del rango auditivo pero sin participar en la conversación, se
sentaba un cuarto. Era un extraño para los otros. Sólo sabían que al llegar en
la diligencia esa tarde se había registrado en el hotel como Robert Grossmith.
No se le había visto hablar con nadie excepto con el encargado del hotel.
Parecía, de hecho, singularmente contento con su propia compañía - o, como el
personal del Advance lo expresó, "muy adicto a las compañías
malignas". Pero también debe decirse en justicia al extraño que el
personal era de una disposición demasiado sociable como para juzgar con
justicia a alguien de diferente talante, y había, además, experimentado cierto
rechazo al intentar hacer una "entrevista".
"Odio cualquier tipo de deformidad en una mujer", dijo King,
"ya sea natural o adquirida. Tengo la teoría de que cualquier defecto
físico tiene su correspondiente defecto mental y moral".
"Infiero entonces", dijo Rosser gravemente "que una dama
que carece de la ventaja moral de una nariz encontraría en la lucha por
convertirse en la señora King una ardua empresa".
"Por supuesto que puedes ponerlo así", fue la respuesta;
"pero, seriamente, una vez abandoné a una joven de lo más encantador al
enterarme por accidente de que había sufrido la amputación de un dedo del pie.
Mi conducta fue brutal, si lo desean, pero si me hubiera casado con ella habría
sido miserable toda mi vida, y la habría hecho miserable a ella".
"En cambio", dijo Sancher, con una ligera risa, "al
casarse con un caballero de opiniones más liberales terminó con una garganta
cercenada".
"Ah, sabes a quién me refiero. Sí, se casó con Manton, pero no creo
que fuera tan liberal; no me extrañaría que le hubiera cortado la garganta
porque descubrió que le faltaba esa cosa tan excelente en una mujer, el dedo
medio del pie derecho".
"¡Miren a ese tipo!", dijo Rosser en voz baja, su mirada fija
en el extraño.
Ese tipo estaba obviamente escuchando con interés la conversación.
"¡Maldita sea su impudencia!", murmuró King, "¿qué
debemos hacer?".
"Eso es fácil", replicó Rosser, levantándose.
"Señor", continuó, dirigiéndose al extraño, "creo que sería
mejor si llevara su silla al otro lado de la veranda. La presencia de
caballeros es claramente una situación poco familiar para usted".
El hombre se levantó de un salto y avanzó con los puños apretados, su
cara pálida de rabia. Todos estaban ahora de pie. Sancher se interpuso entre
los beligerantes.
"Eres apresurado e injusto", le dijo a Rosser; "este
caballero no ha hecho nada para merecer ese lenguaje".
Pero Rosser no quiso retirar ni una palabra. Por las costumbres del país
y de la época la discusión sólo podía tener una conclusión.
"Demando la satisfacción que merece un caballero", dijo el
extraño, que se había tranquilizado. "No tengo ningún conocido en esta
región. Quizá usted, señor", haciendo una reverencia a Sancher, "será
tan amable de representarme en este asunto".
Sancher aceptó la confianza - algo renuente, debe confesarse, pues la
apariencia y los modales del hombre no eran del todo de su gusto. King, que
durante el coloquio no había retirado los ojos del rostro del extraño ni había
pronunciado palabra, consintió con un movimiento de cabeza en actuar por
Rosser, y el acuerdo final fue que, tras retirarse los protagonistas, se
arregló una cita para la noche siguiente. La naturaleza del acuerdo ya se ha
relatado. El duelo con cuchillos en un cuarto oscuro fue en cierta época una
parte más común de la vida en en suroeste de lo que probablemente volverá a
ser. Qué tan ligera era la capa de "caballerosidad" que cubría la
esencial brutalidad del código bajo el cual eran posibles tales encuentros es
algo que veremos.
III.
En el calor de un mediodía de verano la vieja casa Manton no era fiel a
sus tradiciones. Era de la tierra, terrenal. La luz de sol la acariciaba
calurosa y afectuosamente, sin importarle, evidentemente, su mala reputación.
La hierba que pintaba de verde todo el terreno al frente parecía crecer, no a
duras penas, sino con una natural y alegre exhuberancia, y la maleza florecía
como hacen las plantas. Llenos de luces y sombras encantadoras y poblados de
pájaros de agradable voz, los descuidados árboles de sombra ya no intentaban
escapar, sino que se inclinaban reverentemente bajo sus cargas de sol y
canción. Aún en las ventanas sin vidrios de la parte superior había una
expresión de paz y contento, gracias a la luz interna. Sobre los campos
pedregosos el calor visible danzaba con un vivo temblor incompatible con la
gravedad que es atributo de lo sobrenatural.
Tal era el aspecto que el lugar presentaba al comisario Adams y a otros
dos hombres que habían venido de Marshall para verla. Uno de ellos era el señor
King, el ayudante del comisario; el otro, cuyo nombre era Brewer, era hermano
de la difunta señora Manton. Bajo una benévola ley estatal referente a la
propiedad que ha permanecido abandonada por cierto tiempo por un propietario
cuya residencia no puede establecerse, el comisario era el custodio legal de la
granja Manton y todo lo que a ella pertenecía. Su visita actual era en mero
cumplimiento de alguna orden de una corte en la que el señor Brewer había
solicitado la posesión de la propiedad como heredero de su difunta hermana. Por
mera coincidencia, la visita se realizó al día siguiente de la noche en la que
el oficial King había abierto la casa para otro propósito muy diferente. Su
presencia actual no era por propia elección: se le había ordenado acompañar a
su superior y por el momento no se le ocurría nada más prudente que simular
presteza en su obediencia a la orden.
Abriendo sin preocupación la puerta frontal, que para su sorpresa no
estaba cerrada con llave, el comisario se sorprendió al ver, tirado en el piso
del pasillo al cual se abría, un confuso montón de ropas de hombre. Un examen
mostró que consistía de dos sombreros y la misma cantidad de abrigos, chalecos
y bufandas, todo en un notable buen estado de conservación, aunque un tanto
maltrecho por el polvo en el que yacía. El señor Brewer estaba igualmente
sorprendido, pero la emoción del señor King no quedó registrada. Con un nuevo y
vivo interés en sus propios actos, el comisario después abrió una puerta al
lado derecho, y los tres entraron. El cuarto estaba al parecer vacío- no
conforme sus ojos se acostumbraron a la tenue luz algo se hizo visible en el
ángulo más lejano de la pared. Era una figura humana - la de un hombre en
cuclillas cerca de la esquina. Algo en su actitud hizo que los intrusos se
detuvieran cuando apenas habían atravesado el umbral. La figura se definió más
y más claramente. El hombre estaba sobre una rodilla, con la espalda en el
ángulo de la pared, sus hombros elevados al nivel de sus orejas, sus manos
frente a su cara, no las palmas hacia afuera, los dedos separados y torcidos
como garras; el blanco rostro volteado hacia arriba sobre el contraído cuello
tenía una expresión de pánico indescriptible, la boca a medio abrir, los ojos
increíblemente expandidos. Estaba muerto. Sin embargo, con la excepción de un
cuchillo Bowie, que evidentemente había caído de su propia mano, no había otro
objeto en la habitación.
En el espeso polvo que cubría el piso había algunas confusas pisada
cerca de la puerta y a lo largo de la pared en la que se abría. A lo largo de
una de las paredes adyacentes, también, pasando frente a las ventanas
entabladas, estaba el rastro dejado por el propio hombre al dirigirse hacia su
esquina. Instintivamente, al aproximarse al cuerpo, los tres hombres siguieron
ese rastro. El comisario tomó uno de los extendidos brazos; estaba tan rígido
como el hierro, y la aplicación de una ligera fuerza movió el cuerpo entero sin
alterar la relación de sus partes. Brewer, pálido de emoción, observó fijamente
el distorsionado rostro. "¡Dios misericordioso!", gritó
repentinamente. "!Es Manton!".
"Tiene razón", dijo King, que claramente intentaba mantener la
calma: "Conocí a Manton. En aquel tiempo tenía barba y cabello largo, pero
este es él".
Podría haber agregado: "Lo reconocí cuando retó a Rosser. Le dije a
Rosser y Sancher quién era antes de que le jugáramos esta horrible broma.
Cuando Rosser salió de este cuarto oscuro detrás de nosotros, olvidando su
abrigo en la emoción del momento y alejándose con nosotros en el carruaje sólo
en camisa - durante todas las despreciables acciones supimos con quién
estábamos tratando, ¡asesino y cobarde que era!".
Pero nada de esto dijo el señor King. Con su mejor luz trataba de
penetrar el misterio de la muerte del hombre. Que no se había movido de la
esquina en que había sido colocado; que su postura no era de ataque o defensa;
que había soltado su arma; que había obviamente perecido de puro terror por
algo que vio - circunstancias todas que la perturbada inteligencia del señor
King no podía comprender con claridad.
Debatiéndose en la oscuridad intelectual en busca de una pista para su
laberinto de duda, su mirada, dirigida mecánicamente hacia abajo como hace uno
al penderar asuntos importantes, cayó sobre algo que, ahí, a plena luz de día y
en presencia de compañeros vivientes, le afectó con terror. En el polvo de los
años que yacía espeso sobre el suelo - dirigiéndose desde la puerta por la que
habían entrado, directamente atravesando la habitación hasta un metro del
contorsionado cuerpo de Manton, había tres líneas paralelas de pisadas -
ligeras, pero definidas impresiones de pies descalzos, los exteriores de niños
pequeños, el interior de una mujer. Desde el punto en que terminaban no
regresaban; todas apuntaban en una sola dirección. Brewer, que las había
observado en el mismo momento, se inclinaba hacia adelante en una actitud de
total atención, horriblemente pálido.
"¡Miren eso!", gritó, señalando con ambas manos a la pisada
más cercana del pie derecho de la mujer, donde al parecer se había detenido y
permanecido en pie. "Falta el dedo medio del pie - ¡era Gertrude!".
Gertrude era la difunta señora Manton, hermana del señor Brewer.
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Ambrose Bierce (1842-¿1914?)

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