Libro N° 9601. Novelas De La Costa Azul. Blasco Ibáñez, Vicente.
© Libro N° 9601. Novelas De La Costa Azul. Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación.
Febrero 19 de 2022.
Título original: © Novelas De La Costa Azul. Vicente Blasco
Ibáñez
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Original: © Novelas De La Costa Azul. Vicente Blasco Ibáñez
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NOVELAS DE LA COSTA AZUL
Vicente Blasco Ibáñez
Novelas De La Costa Azul
Vicente Blasco Ibáñez
Title: Novelas de la
Costa Azul
Author: Vicente Blasco Ibáñez
Release Date: January 10, 2022 [eBook #67137]
Language: Spanish
Produced by: Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at
http://www.pgdp.net (This file was produced from images available at The
Internet Archive)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK NOVELAS
DE LA COSTA AZUL ***
|
Puesta de sol |
Novelas de la Costa Azul (1924) resulta un excelente fresco sobre la
vejez, trazado con brío y exactitud por un Blasco Ibáñez ya maduro, en la
cumbre de su fama, dueño de la lengua y la técnica, que sabe dibujar desde el
agnosticismo la amargura del transcurso del tiempo sin desaliento ni acritud.
Un libro brillante que sorprenderá al lector por {2}su
calidad y su calidez humana.
©1924, Blasco Ibáñez Vicente
©1924, Prometeo
AL LECTOR
TITULO este libro NOVELAS DE LA COSTA AZUL porque la
mayoría de las historias novelescas y los relatos descriptivos que lo componen
tienen por escenario la famosa y asoleada ribera mediterránea, conocida con
dicho nombre.
Dos de las novelas desarrollan su curso más lejos, en la América del
Sur, pero me he atrevido a darles entrada en el presente volumen pensando que
su nacimiento justifica en parte tal intrusión, ya que en {4}la
Costa Azul fueron concebidas y escritas.
LA DUQUESA de Pontecorvo dejó su automóvil a la entrada de Roquebrune.
Luego, apoyándose en el brazo de un lacayo, empezó a subir las callejuelas de
este pueblo de los Alpes Marítimos, estrechas, tortuosas y en pendiente, con
pavimentos de losas azules e irregulares, incrustadas unas en otras. A trechos,
estas callejuelas se convertían en túneles, al atravesar el piso inferior de
una casa blanca que obstruía el paso, lo mismo que en las poblaciones
musulmanas.
Todas las tardes de cielo despejado, la vieja señora subía desde la
ribera del Mediterráneo para contemplar la puesta de sol sentada en el jardín
de la iglesia. Era un lugar descubierto por ella algunas semanas antes, y del
que hablaba con entusiasmo a sus amigas.
Una vanidad igual a la de los exploradores de tierras misteriosas la
hacía soportar alegremente el cansancio que representaba para sus ochenta años
remontar las cuestas de estas calles de villorrio medioeval, por las que nunca
había pasado un carro, y que no se prestaban a otro medio de locomoción que el
asno o la mula.
Tenía la duquesa la flácida obesidad de una vejez que se resiste a la
momificación, y sólo le era posible andar apoyándose en una caña de Indias con
puño de oro, recuerdo de su difunto esposo el duque de Pontecorvo, mariscal de
Napoleón III y héroe de la guerra de Italia contra los austríacos. A pesar de
la hinchazón de sus piernas, se movía con cierta vivacidad juvenil, que
delataba las impaciencias de un carácter inquieto y nervioso.
Su rostro guardaba los lejanos reflejos de una belleza majestuosa: una
belleza «estilo María Antonieta», como decían los aduladores de su ancianidad;
pero la nariz que había sido aguileña caía ahora sobre la {5}boca
con una pesadez grotesca, y sus ojos azules estaban empañados por el lagrimeo
de la decrepitud. Por debajo de su capota asomaban los rizos de una cabellera
blanca, excesivamente abultada para ser natural.
En su persona, vestida de negro con aristocrática modestia, lo que
atraía inmediatamente la atención, lo que la hacía ser reconocida por todos,
era su collar, un famoso collar que sólo podía ser el de la duquesa de
Pontecorvo: millón y medio en perlas, según cálculo de los entendidos.
Tenía la forma ancha de los llamados «collares de perro», y al mismo
tiempo que deslumbraba como joya, servía de corsé al cuello, sosteniendo y
disimulando las blanduras de su piel. Por abajo intentaba ocultar un manojo de
tendones rígidos. Sobre su filo superior se desbordaban los colgantes bullones
de las mejillas, cuyo antiguo tono de rosa era en el presente un morado lívido.
Entró en la iglesia, desierta a estas horas, y el lacayo, abandonando su
brazo, quedó en respetuosa inmovilidad junto a una puertecilla lateral. Esta
abertura proyectaba sobre las baldosas del templo un rectángulo de sombras
azules, perforadas por redondas manchas de sol, iguales a monedas de oro.
El doméstico sólo llegaba hasta allí, pues la duquesa quería permanecer
sola en sus dominios recién descubiertos. Y saliendo de la iglesia por la
puertecilla del jardín, siguió un estrecho sendero bordeado de plantas,
golpeando con su bastón el pavimento de ladrillos rojos, desnivelados por el
tiempo y las lluvias.
Amaba el pequeño huerto clerical por la seducción que ejercen sobre
nuestra vida los contrastes rudos; porque era todo lo contrario del majestuoso
y ordenado jardín que rodeaba su vivienda, abajo, junto a la azul llanura del
Mediterráneo.
En esta terraza de la montaña adosada a la pequeña iglesia, todo crecía
en libertad: los rosales confundían sus ramas y sus flores, enmarañándose hasta
formar un matorral espinoso y perfumado; los árboles, faltos de espacio, se
apoyaban unos en otros, retorciendo sus troncos; las flores silvestres
disputaban el suelo a las cultivadas, con una audacia agresiva de parásitas
llegadas a capricho de los vientos; la vida animal—hormigas, avispas y
escarabajos multicolores—zumbaba o se arrastraba en filas ondulantes a través
de la reducida selva.
La duquesa iba paladeando de antemano en su imaginación el panorama
inmenso que la esperaba algunos pasos más allá, detrás de las parras en
desorden que hacían inclinar su cabeza y de los árboles frutales que avanzaban
sus ramas como si pretendiesen cerrarla el paso. Iba a ver el mar desde aquel
balcón natural, a una altura de varios centenares de metros; un Mediterráneo
más{6} inmenso que el que contemplaba desde su
«villa» al borde de la costa. Admiraría, además, el ondulado contorno de los
Alpes al sumir en el abismo azul sus últimas estribaciones, formando golfos,
penínsulas y promontorios.
A lo lejos, las montañas de la ciudad de Niza, invisible desde allí,
recortaban sus cumbres de bloques negros sobre el cielo enrojecido por el sol
poniente; más cerca y en la orilla del mar, se alzaba el peñasco de Mónaco, con
la vieja ciudad sobre su lomo; después, la meseta de Monte-Carlo, cubierta de
palacios y jardines; y a los pies de ella, obligándola a bajar los ojos, la
península de Cap Martin, con la «villa», entre copudos pinos, edificada por el
difunto mariscal, duque de Pontecorvo. En la misma península cubierta de
árboles, que era como un jardín avanzado sobre el mar, estaba la «villa» de su
amiga y protectora Eugenia, antigua emperatriz de los franceses, y otras
viviendas de príncipes y monarcas destronados. También podía ver el enorme
palacio del americano John Baldwin, poderoso rey de la industria y de la
minería, que muchos consideraban el hombre más rico de la tierra.
Siguió avanzando la vieja señora por entre ramas que se cerraban a sus
espaldas. Iba a llegar a un pequeño cenador cubierto de enredaderas, desde el
cual se abarcaba el portentoso conjunto de la Costa Azul que ella había evocado
ya en su imaginación. Permanecería allí una hora, contemplando la lenta y dulce
muerte de la tarde. Nadie vendría a turbar su melancólico aislamiento en este
tranquilo jardín de cura, frente al ocaso, que despierta los más suaves
recuerdos del pasado y evoca lo que fue y no volverá a ser, como una melodía
dulce y moribunda, como un perfume casi desvanecido.
Experimentaba el egoísta deleite de un monarca melómano que hiciese
cantar una ópera en un teatro cerrado, sin otro espectador que él mismo,
perdido en el fondo de un palco. ¡Para ella toda la suave agonía de la muerte
del sol, y el luto purpúreo del cielo y de las aguas, en uno de los lugares más
hermosos de la tierra!...
Cuando iba a entrar en el cenador, respiró un perfume de tabaco
confundido con el de las flores. Detrás de las enredaderas sonó una tos. Un
hombre había invadido sus dominios y estaba contemplando el inmenso paisaje,
como si le perteneciese. Además, lo enviaba las bocanadas de humo de su
cigarro.
Hizo la duquesa un gesto de contrariedad, y hasta sintió deseos de
protestar, como si fuese víctima de un despojo. Pero inmediatamente sonrió, con
una amabilidad algo exagerada, al reconocer al intruso.
—¡Oh, mister Baldwin!... ¡Qué agradable sorpresa!...{7}
II
Cuando de tarde en tarde el multimillonario John Baldwin venía a pasar
unas semanas en su palacio de Cap Martin—comprado desde Nueva York sin
conocerlo y guiándose por fotografías—, toda la atención de la Costa Azul se
concentraba en su persona.
Desde Cannes a Mentón no existía un invernante superior a él, y eso que
siempre vivían en las «villas» y hoteles de la ribera mediterránea varios
monarcas destronados o en vacaciones, y algún presidente de república
hispanoamericana recién huido de su país en revolución.
Las autoridades le escribían solicitando su apoyo para obras benéficas;
las sociedades le enviaban comisiones para saludarle, pidiéndole de paso una
subvención; los organizadores de conciertos y funciones teatrales procuraban
colocarse bajo su patronato.
El poderoso millonario era semejante a Dios, que no se deja ver, pero se
hace sentir con sus obras. Los que entraban en su hermoso palacio salían sin
conocerle, mas rara vez dejaban de ser recibidos por uno de sus secretarios, y
éste desaparecía a las primeras palabras, volviendo luego con un cheque en la
mano.
En contadas ocasiones, los que habían conseguido ver personalmente a
Baldwin lo señalaban a los demás en un paseo de Niza, en una de las salas de
juego de Monte-Carlo, o en un camino pintoresco de la montaña. «Ése es el
millonario Baldwin». Y la gente acogía siempre tal revelación preguntando con
extrañeza: «¿Ese viejo que tiene aspecto de pobre?...».
Iba vestido con modestia. En sus garages de Cap Martin
tenía varios automóviles de las marcas más célebres; pero casi siempre iba a
pie.
Sus secretarios eran gentlemen de refinada elegancia.
Al millonario le complacía que lo tomasen por un servidor de ellos, apreciando
el aspecto señorial de sus empleados y sus ayudas de cámara como un reflejo de
su propia grandeza.
Cuando las gentes querían describir el poder de este hombre de aspecto
humilde y poco dispuesto a aceptar las manifestaciones de la pública
admiración, decían simplemente: «Es el hombre más rico de la tierra». Los que
estaban versados en los negocios afirmaban con un temblor de emoción: «Es un
señor{8} que siempre tiene inmovilizados en su cuenta
corriente sesenta millones de dólares, no sabiendo qué hacer de ellos». Y era
verdad.
Si le hablaban de esta riqueza inactiva, en las contadas reuniones a que
se dignaba asistir, respondía con un gesto de cansancio. El dinero le abrumaba:
¿qué podía hacer con él? Le era imposible colocarlo en negocios que fuesen más
fructuosos que los suyos. Y como sus empresas industriales y mineras no podían
desarrollarse más, ni exigían nuevos capitales, la mayor parte de sus enormes
ganancias se iba amontonando en forzosa improductividad.
La duquesa de Pontecorvo lo conoció desde que vino a instalarse en Cap
Martin, cerca de su propia «villa». Fue una amistad de dama vieja, famosa en
otros tiempos y ahora olvidada, con un rico cuyo nombre era célebre en el mundo
entero.
Los tiempos presentes resultaban distintos a los de su juventud. Después
de la última guerra ya no quedaban emperadores en Europa, y los reyes, para
seguir viviendo, tenían que imitar la existencia democrática de un presidente
de república. Los multimillonarios como Baldwin eran ahora los señores del
mundo. Y ella, que se consideraba empobrecida en su vejez, por haber dado a sus
hijos la mayor parte de su antigua fortuna, teniendo que soportar una «pobreza
dorada», que sólo le permitía abandonar muy de tarde en tarde la «villa» de Cap
Martin, experimentó como todos un respeto irresistible hacia este potentado de
los tiempos presentes. De aquí su sonrisa algo humilde y sus palabras al
reconocer en el intruso a mister Baldwin: «¡Qué agradable sorpresa!».
Siempre lo había encontrado en salones, a la hora del té, bajo la
iluminación sabiamente graduada por las dueñas de casa que ya no son jóvenes y
temen la luz cruda e indiscreta de un país solar. Ahora podía verlo mejor al
aire libre, en este jardín silvestre, que daba un reflejo verdoso a las
personas y los objetos.
Era tan anciano como ella o tal vez tenía algunos años más; pero se
mostraba fuerte, gracias a una vejez dura, enjuta y elástica, en la que los
dientes del tiempo apenas marcaban su huella, como si mordiesen una espada de
buen temple. Debía haber sido de gran estatura y de un vigor atlético, pero los
años lo habían achicado y adelgazado, dándole ese acartonamiento que repele los
asaltos de la enfermedad y retarda el triunfo de la muerte.
Su traje de obscuro azul no era amplio, y sin embargo se movía dentro de
él como si perteneciese a otro. La flacura de su cuello hacía más enorme su
cabeza. Tenía la frente abombada y su nariz caía con pesadez, lo mismo que un
fruto maduro, sobre la boca hundida por los años. La mandíbula inferior,
saliente y{9} poderosa en la juventud como un
testimonio enérgico de voluntad arrolladora, se había agrandado exageradamente
en la vejez, hasta recordar las de ciertos monarcas de la dinastía austríaca.
Sus ojos eran el último recuerdo de su pasado físico, pareciéndose en
esto a muchas ancianas que fueron hermosas y sólo conservan algo de su belleza
muerta en la mirada. Se podía afirmar que los ojos de este varón fuerte habían
sido agresivos en los malos momentos, y de una fijeza que desconcertaba a los
hombres, obligándoles a bajar los suyos. Sus pupilas, dotadas de una tenacidad
imperturbable, habían influido en la marcha de los sucesos. Pero ahora, estos
ojos, que muchas veces fueron duros, parecían esforzarse por ocultar su pasado,
acariciando con una mirada fríamente mansa las personas y las cosas.
Al ver a la duquesa, Baldwin se puso de pie, arrojando en el vacío su
grueso cigarro. Era un habano martirizado por los dedos y con la punta
deshilachada bajo el incesante mordisco de sus dientes cubiertos de oro.
Mientras estrechaba la mano de la dama, explicó su inesperada presencia
en este rincón. Había oído hablar a la duquesa del jardín de la iglesia de
Roquebrune y del magnífico panorama que se abarcaba desde él.
—Fue la otra tarde, en el té de mis compatriotas los Carleton, y hoy he
sentido la necesidad de conocer esta maravilla... ¡Muy hermoso!
Se habían sentado los dos juntos a la baranda rústica de troncos, viendo
a sus pies el mar, los pueblos de la costa y las últimas estribaciones de los
Alpes.
A lo largo de los hilos blancos de los caminos se deslizaban numerosos
automóviles, achicados por la distancia, hasta parecer insectos. El ferrocarril
que iba hacia París y el que se dirigía a Italia corrían como escapados de una
caja de juguetes. Estos movimientos de actividad entre las poblaciones a
orillas del mar no iban acompañados de ruidos para los dos ancianos sentados en
la altura. Las máquinas arrojaban vapor y rodaban guardando un absoluto
silencio. En cambio, el tintineo de las esquilas de un rebaño de cabras que
pastaba al pie del jardín hacía temblar con una vibración melancólica el
cristal del cielo vespertino. El Mediterráneo era de un suave azul, mate y sin
reflejos, más dulce a la vista que el mar cegador e hirviente de sol en las
horas meridianas.
—Sí, muy hermoso—contestó la duquesa.
Y los dos quedaron en silencio, sintiéndose penetrados por la solemnidad
del atardecer.
—Es una desgracia—continuó Baldwin—que haya que llegar a la vejez para
conocer los placeres más dulces y tranquilos que la vida puede ofrecernos.{10} Durante la juventud, las preocupaciones y las
ambiciones nos tienen ciegos para muchas cosas. Me acuerdo de algunos hombres
que si pudiesen abandonar en estos momentos los cementerios de Nueva York y
venir hasta aquí, mostrarían asombro viendo cómo el viejo Baldwin contempla el
mar y el cielo lo mismo que uno de esos muchachos, faltos de inteligencia para
la vida ordinaria, que se divierten haciendo versos.
La duquesa asintió con movimientos de cabeza, aunque sin adivinar lo que
su acompañante quería decir.
—Usted, tal vez, ha necesitado igualmente que aumenten sus años para
gozar con estos espectáculos. Una mujer es siempre más «poética» que un hombre;
además, en su juventud dispone de mayor tiempo que nosotros para las cosas
sentimentales. Pero aun así, sospecho que ahora le preocupa a usted más la
Naturaleza que cuando figuraba en las fiestas de las Tullerías.
Aprobó la duquesa otra vez, satisfecha de que un hombre tan poderoso se
interesase por ella. Su antiguo orgullo de beldad cortejada pareció revivir.
¡El potentado Baldwin subía a este jardín humilde de iglesia, por habérselo
oído mencionar en una reunión!...
Empezó a reconocer en este caudillo de negocios, educado lejos de las
cortes reales, una delicadeza de sentimientos que le hacía superior a los
hombres tratados por ella en su juventud. Y a impulsos del agradecimiento,
habló de su pasado, como si Baldwin fuese un amigo antiguo.
Efectivamente: su existencia no era tan brillante como en otros tiempos;
pero también ofrecía sus placeres, aunque más reposados y dulces.
—Yo he sufrido mucho, mister Baldwin. Las vidas son como las casas
cuando se contemplan por fuera. Sólo el que las habita conoce verdaderamente lo
que ocurre en su interior.
Recordó su brillante juventud, y el americano, aunque conocía muchos de
los sucesos de su existencia, la escuchó como si oyese su historia por primera
vez.
La duquesa de Pontecorvo era española de nacimiento. Emparentada con la
emperatriz Eugenia, se había trasladado a París, figurando entre las bellezas
juveniles que agrupaba la soberana en las lujosas fiestas del palacio de las
Tullerías. Como su familia estaba arruinada, la emperatriz quiso casarla con
alguno de los personajes de su corte, y el que mostró más interés por ella fue
un mariscal que acababa de recibir el título de duque de Pontecorvo por una
victoria conseguida en la guerra que sostuvo Napoleón III contra los
austríacos.
No hacía la duquesa un misterio de la desigualdad de gustos y caracteres{11} entre ella y el rudo soldado que había sido su
esposo. Pero la vida elegante de la corte imperial amortiguó las diferencias
entre ambos, haciendo tolerable a la española su nueva vida.
Luego vino el derrumbamiento del Imperio y la dispersión de todos los
personajes brillantes que existían a su sombra. El mariscal murió, agobiado por
la ruina del emperador y los desastres militares de 1870, dejando a su viuda
con dos hijos. Luego, estos hijos habían constituido a su vez nuevas familias,
llevándose la mayor parte de la herencia paterna, y la vieja dama acabó por
escaparse de un París que ya no era el de su juventud y la entristecía al hacer
revivir sus melancólicos recuerdos.
Había venido a instalarse en Cap Martin con el propósito de pasar el
resto de sus años en la antigua mansión invernal de su época de esplendor. Esto
lo permitiría ocultar la disminución de su riqueza, viviendo al mismo tiempo
entre las gentes de su antiguo mundo. De tarde en tarde su protectora y
parienta la emperatriz volvía a Cap Martin, y ambas, vestidas de luto, hablaban
de los amigos difuntos. Ahora acababa de morir Eugenia, haciéndola pensar este
suceso en el corto plazo que le concedía la vejez para seguirla. De su pasado
esplendoroso sólo había guardado aquel collar célebre. Le recordaba sus
antiguas glorias, y despojarse de él equivalía a una declaración de pobreza.
—Dice usted bien, mister Baldwin—continuó—. La vejez tiene sus placeres
y sus dulzuras. Yo conozco ahora algo que no tuve nunca en mis tiempos mejores:
la tranquilidad. Nada espero, y mis deseos los he reducido de tal modo, que no
sé ciertamente si deseo algo. La vida ya no tiene las alegrías vehementes de
otros tiempos, pero tampoco sus dolores y sus inquietudes. No se conoce en ella
lo que llamamos de jóvenes el amor; pero se encuentra la amistad, que es casi
siempre algo más firme y duradero... ¡Si usted pudiera darse cuenta de las
inquietudes que sufre una mujer cuando es tenida por hermosa o inspira deseos!
Hay que vivir en alarma perpetua; resulta peligroso entregarse a la confianza;
todo hombre que se aproxima por primera vez nos parece un adversario... Es la
existencia inquieta del militar que manda una plaza en torno de la cual rondan
incesantemente los enemigos...
»Ahora puedo hablar y vivir con una confianza y un abandono que no
conocí en mis tiempos mejores. El hombre ya no es el enemigo. En realidad, a
nuestros años no hay hombres ni mujeres; sólo hay compañeros. Al perder
importancia el cuerpo, se agrandan en nosotros todas las cosas inmateriales que
llevamos dentro y llamamos alma.
»Le confieso que, algunas veces, al ver mujeres jóvenes y elegantes,{12} recuerdo mis buenos tiempos y siento un principio
de envidia. Luego me arrepiento, y digo: «¿Por qué?... Ellas serán viejas a su
vez; llegarán adonde he llegado yo». En cambio, saboreo la paz de los años, la
tranquilidad de una existencia dulcemente egoísta, en la que sólo nos
preocupamos de vivir y de sentirnos vivir, conociendo placeres suaves, pero
inéditos, que nunca pudimos adivinar en nuestra juventud. Créame, mister
Baldwin: no me desespero al verme vieja, y tal vez usted, después de haber
trabajado tanto y vivido una existencia tan intensa, piense lo mismo que yo.
El millonario repuso melancólicamente:
—¡Si fuésemos siempre viejos!... ¡Si no existiese la muerte!...
La duquesa, que hasta entonces había hablado con una viveza juvenil,
bajó la mirada, contestando con una voz igualmente triste:
—Es verdad... ¡Ay, la muerte!
III
Hubo un largo silencio. El célebre Baldwin lo cortó para expresar en
alta voz todo lo que había pensado mientras escuchaba a la duquesa.
También en su existencia era rudo el contraste entre el pasado y el
presente, pero no sentía desesperación al darse cuenta de su inercia actual,
después de una vida tan activa, que los más grandes negociantes de la tierra
habían acabado por admirarle como el tipo perfecto del hombre de acción.
Su existencia ya no tenía un motivo justificante para continuar su
desarrollo. A John Baldwin no le quedaba papel en la vida. ¿Qué más podía
intentar después de lo que llevaba hecho?... Y sin embargo, seguía viviendo,
porque la razón de la existencia humana se encuentra más allá de los cálculos y
las conveniencias de los hombres.
—Usted, duquesa, no puedo darse cuenta exacta de lo que son mis negocios
y hasta dónde han llegado. Como todo el mundo, sabe usted que soy muy rico;
pero la palabra «rico» no puede abarcar toda la enormidad de mi riqueza. Para
que yo me arruine es necesario un cataclismo que suprima la mayor parte de la
humanidad civilizada. Tengo que limitar el rendimiento de mis minas y de mis
fábricas, porque no quiero ser más rico. Dejo improductivos capitales enormes y
desprecio negocios seguros, porque tengo de sobra el dinero y huyo de él.
»Todo lo he sido, y lo que no fui en el pasado puedo serlo mañana mismo
si{13} lo deseo. Pero ninguna de las cosas que
tientan a los hombres puede atraerme ahora que soy viejo y mi inteligencia
conoce la inutilidad de las vanidades humanas. No tengo hijos, y mi principal
ocupación es pensar en qué podré invertir mi riqueza para que sirva de algo
después de mi muerte.
»He fundado museos, bibliotecas y universidades. Doy mi dinero para
establecimientos de caridad, aunque mi razón no me permite creer en la eficacia
de la caridad. Pero esto no importa; como en algo he de invertir mi riqueza, la
esparzo sin reparar en los pretextos que invocan los que me la piden. Estoy
cansado de comprar cuadros y de fomentar la publicación de libros. También me
fatiga el subvencionar descubrimientos científicos o inventos mecánicos.
¡Grandes cosas cuando se tiene el entusiasmo de la juventud y se cree en el
porvenir! Pero ahora soy incapaz ya de entusiasmo, y en cuanto al porvenir...
Quedó silencioso largo rato el multimillonario, y al fin dijo con una
voz triste y rencorosa:
—Sí; me interesa el porvenir, como me interesaban en mi juventud los
negocios difíciles y misteriosos. Muchas veces, cuando veo en medio de la calle
a un muchacho desarrapado que vende periódicos, o encuentro en un camino de la
montaña a un pastorcito que me pide limosna, siento una cólera envidiosa contra
ellos; pienso en sus pocos años, que son una garantía de que vivirán cuando yo
no viva.
«¡Ah, canallas—me digo—, vosotros veréis lo que no veré yo!». Y esto me
basta para apreciar la inutilidad de mi riqueza y la ridiculez de esa
admiración que a todos inspira. El famoso John Baldwin, con sus dos mil
millones de dólares, no puede ver lo que verá el pilluelo que se pone a cuatro
patas por recoger la colilla del cigarro que arrojó en la acera.
»Recuerdo a veces la fecha del año en que vivo, y me complazco en
añadirle veinte años. ¿Qué son veinte años para cualquiera de los jóvenes que
nos rodean y están a nuestro servicio? La certeza de vivir veinte años la
arriesgan tranquilamente por un placer, por una audacia alegre; y yo, John
Baldwin, que me he visto buscado por los soberanos más grandes del mundo; yo,
el rey del dinero, que algunas veces he influido en la guerra y en la paz de
las naciones, aunque regalase todas mis riquezas, aunque reuniese a todos los
sabios existentes, no conseguiría esos veinte años.
Volvió a restablecerse entre los dos viejos el melancólico silencio.
—Todo lo he sido, todo lo he tenido—continuó—, y por eso mismo la vida
no ofrece ya para mí ningún encanto vigoroso... Sin embargo, quiero vivir, y me{14} irrita la certidumbre de que no podré prolongar mi
existencia a pesar de mis riquezas.
»Es la falta de ocupación la que me hace pensar en estas cosas, viendo
la realidad tal como es. Antes luchaba, sufría contrariedades, derribaba
obstáculos. Los poetas y otros soñadores tienen ante los ojos el velo de las
ilusiones, que les hace ver las cosas de un modo distinto a como son realmente.
Yo, ambicioso lo mismo que todos los conquistadores, sentí en otros tiempos el
ansia de poder, y esto me distraía y me entusiasmaba. Ahora, como no tengo nada
que desear, el encanto ha desaparecido, y veo la triste armazón de nuestra
existencia como uno que viese el esqueleto a través del cuerpo de todos los que
le rodean.
»Hace años esperaba con ansiedad las noticias, porque representaban el
triunfo de mi orgullo o mi ruina completa. He perdido cuatro veces mi fortuna,
volviendo a rehacerla, cada vez más grande. Ahora no experimento la más leve
emoción cuando llega un cablegrama urgente. Sé que no hay noticia que pueda
cambiar mi obra... Después de ganar una fortuna hay que sostener un segundo
combate, mucho más difícil y empeñado, para defenderla. Yo estoy más allá de
estas preocupaciones: mi victoria resulta definitiva. Es tan grande y tan
poderoso lo que conquisté, que ello solo se defiende y puedo abandonarlo al
destino. ¿Qué me queda que hacer en la vida?...
La duquesa, acostumbrada a las conversaciones de salón, iba a hablarle
de las obras caritativas que los ricos deben sostener; pero se contuvo al
recordar lo que el poderoso americano había dicho momentos antes. Baldwin no
creía en la caridad, aunque la practicaba con aire distraído, dando su dinero a
todos los que lo imploraban. Consideró además inoportuno interrumpir con
vulgares consejos aquella especie de confesión desesperada que hacía el
millonario, influenciado por el ambiente melancólico del atardecer.
—Nada espero—continuó—, nada deseo, y, sin embargo, no quiero morir. La
muerte me indigna como algo absurdo. ¿Quién podrá explicar esto? Todo en
nuestra vida resulta complicado, todo misterioso; la sencillez es una ilusión.
Únicamente son sencillas las cosas que tenemos junto a la mano, las que podemos
abarcar con nuestros ojos de miope; todo lo que está más allá es complicado,
por lo mismo que existe fuera de nuestro alcance. ¡Qué cosa triste es la
muerte!...
»Pasamos la vida repitiendo verdades sobre ella que datan de miles y
miles de años; pero estas palabras acaban por ser comunes y las proferimos
maquinalmente, de labios afuera, sin que despierten en nuestro interior ninguna
imagen. Sólo cuando nos aproximamos a la muerte, en nuestra ancianidad,{15} podemos verla tal como es y darnos cuenta de la
miseria de nuestro destino.
»Mentira el consuelo de la igualdad ante la muerte. Eso podrá ser cierto
para la mayoría, compuesta de desdichados que pasaron una existencia de
miserias. Representa para ellos la venganza final de la nulidad y de la
envidia. Pero el hecho de que los vencidos mueran, ¿cómo puede consolarme a mí,
que he triunfado y puedo seguir triunfando?...
»Mentira también el comparar la muerte al sueño que necesitamos para la
restauración de nuestras fuerzas. El que se duerme sabe que despertará mañana,
y el que muere no despierta, ni sabe con seguridad si hay algo después de su
muerte. Las religiones, grandes consoladoras de la ignorancia humana, nos
afirman que despertaremos; pero ¿cómo probar esto de un modo palpable a los que
no tienen la ceguera de la fe?...
»Mentira igualmente el comparar nuestra vejez con el invierno. A
continuación de sus días fríos y tristes, se presentan con regularidad el
renacimiento de la primavera y el esplendor del verano. Pero ¿qué es lo que hay
después de nuestro invierno? Todo hipótesis... Lo único que ven nuestros ojos
es que el organismo se deshace y desaparece, dejando un pálido recuerdo y un
nombre que sólo dura unos cuantos años... Y después, la nada.
Calló el anciano para volver su vista hacia el sol, que empezaba a
hundirse detrás de las estribaciones de los Alpes. Al morir, esparcía por el
horizonte nubes de polvo sonrosado, extendiendo al mismo tiempo una faja de oro
sobre el mar de color violeta. Algunas cumbres de peñascos parecían arder, como
si transparentasen un incendio interior.
El millonario señaló el sol con su bastón.
—Su muerte también es mentira. Sabe que despertará mañana y seguirá
resucitando así miles y miles de siglos. Por eso muere tan esplendorosamente,
rodeado de un aparato teatral, lo mismo que los grandes actores que fingen
sobre la escena las ansias de la muerte en el último episodio de la obra, y
piensan al mismo tiempo en la cena que encontrarán media hora después... Lo
terrible es saber que nuestra muerte no tiene remedio, ni puede repetirse.
Morimos una vez nada más, y para mayor tormento nos vamos de la vida al mismo
tiempo que otros llegan a ella y nos codean violentamente con la embriaguez de
su juventud.
»Muchas veces, al ver los árboles seculares de las selvas, he envidiado
su muerte lenta y resignada. No hay en torno de ellos una juventud insolente
que excite su envidia. Todos los árboles parecen igualmente viejos y ven venir
la muerte al mismo tiempo. Los seres humanos somos menos felices; todo está{16} desarreglado en la existencia, y los viejos
morimos rodeados de jóvenes, para que nuestra suerte nos parezca más cruel.
La duquesa continuaba asintiendo mudamente, por el respeto que le
inspiraba el personaje; pero empezó a sentirse molesta ante la tenacidad con
que hablaba de la muerte. ¿No podían ocuparse de cosas más amenas, murmurando
un poco de sus amigos residentes en la Costa Azul, y de ciertos amores entre
gente joven que eran motivo de comentarios a la hora del té?... Le parecía de
mal augurio hablar tanto de la muerte. Cuando se es viejo no hay que acordarse
de ella. Sabe venir sola y no debe nombrársela, pues puede creer que la
llamamos...
Pero mister Baldwin, acostumbrado a hablar autoritariamente en las
grandes juntas de los capitalistas que dirigen el mundo, no era capaz de
soportar objeciones, y la duquesa juzgó prudente permanecer en silencio. El
americano siguió hablando, pero en voz baja y con la vista en el suelo, a
impulsos de una necesidad de quejarse contra el destino.
—Nuestra vida es igual a un negocio disparatado; parece la obra de un
loco o de una potencia maléfica que se divierte martirizándonos. Tal vez es una
simple combinación del azar, y así se explica su absurdo funcionamiento. De
jóvenes trabajamos por abrirnos paso; nos seduce la conquista de la riqueza o
de la gloria, y para realizar nuestras ilusiones consumimos la frescura de los
primeros años y volvemos la espalda a los mejores placeres. Sólo triunfamos al
ser viejos, y cuando poseemos, al fin, la riqueza y la gloria, nos preguntamos
de qué pueden servirnos...
Por una necesidad de arreglarlo todo lógicamente, el antiguo hombre de
acción expuso en voz baja, como si se hablase a sí mismo, las correcciones que
necesitaba el actual orden de la vida.
Los insectos eran más felices que el hombre. Baldwin lo había visto en
los libros. Para estos animales, la decrepitud y la fealdad de la vejez eran al
principio de su existencia, cuando ofrecían el aspecto de larvas repugnantes
trabajando y ahorrando para el último período de su vida. En cambio, al final
llegaba para ellos la juventud, convirtiéndose en mariposas vestidas de sedas
multicolores, que revoloteaban sobre los jardines para alimentarse con néctares
florales, y cuando morían era en medio de una embriaguez primaveral, en pleno
éxtasis de amor.
Él debía haber sido anciano como en el presente cuando trabajaba y se
batía con el destino para conseguir la riqueza y el poder. Y ahora que había
triunfado, debería presentar el mismo aspecto que cuando sólo tenía veinticinco
años y{17} vagaba por la parte baja de la ciudad de
Nueva York, a la caza del dólar, desesperadamente pobre, pero con la frescura
de la juventud y el vigor intacto de un hombre de pelea. Así habría podido
gozar verdaderamente de su triunfo.
—¡Pensar, duquesa—continuó—, que pasé años enteros sin ver la luz del
día, metido en oficinas lóbregas o en talleres llenos de humo, a las mismas
horas que lucía el sol y había jardines en el mundo y existía la primavera para
los demás!... Ahora lo tengo todo; poseo los medios para suplir en ciertos
casos a la Naturaleza; podría hacer surgir un paraíso sobre cualquiera de esas
cumbres peladas que vemos desde aquí; podría conseguir que mujeres iguales a
las que me hacían temblar de emoción en mi juventud se interesasen actualmente
por mi decrépita persona. ¡El poder del dinero es tan grande para los que no lo
poseen y lo necesitan!...
»Pero ya no siento deseos: hace mucho tiempo que empecé a morir. ¡Ay, el
engaño de nuestra existencia!... La muerte nos toma de la mano casi en plena
juventud y nos acompaña el resto de la vida, retardando su golpe decisivo.
Empezamos a morir a los treinta años, precisamente cuando sentimos las pasiones
con más intensidad que en la adolescencia. El primer diente que se cae, los
primeros cabellos que se marchan, anuncian que empezó ya la evolución de
nuestra muerte. Pero somos ciegos y sordos. Poseemos la esperanza, compañera
que sólo nos abandona en el momento de la agonía, y hasta muchas veces morimos
convencidos de que no podemos morir.
»Cada uno se considera inmortal. Sabe que morirá; pero jamás cree que
esto puede ocurrir en el día presente; su muerte sólo es posible mañana, y el
tal mañana lo prolonga en el infinito. Nos parece natural que los demás mueran,
pero cada uno se subleva cuando le llega su hora, y se imagina que esta
desgracia debe corresponder a otro. Yo mismo, que digo esto, no quiero morir, y
hago planes diariamente basados en lo futuro, como si contase con una vida
infinita. Somos sordos para la muerte, y sin embargo, hablamos de ella a todas
horas.
»Los jóvenes del presente, si nos escuchasen, no nos entenderían.
Necesitan ser viejos para conocer con toda su verdad la miseria de nuestra
existencia. Pero cuando les llegue a ellos su vez, tampoco les entenderán los
jóvenes de entonces. Y así irán rodando como olas generaciones y generaciones
de esta humanidad que basa en la muerte sus creencias religiosas y continúa
viviendo sin querer convencerse de que existe la muerte mientras goza de salud.
La condesa le interrumpió para hablarle del influjo benéfico de la
ilusión, sin el cual sería imposible la vida, y el poderoso luchador hizo un
gesto de{18} asentimiento.
—Esa dulce mentira—dijo—es necesaria para que continuemos nuestra
existencia. Todos avanzamos empujados por una ilusión; hasta los hombres que
parecen más refractarios a la vida sentimental. ¡Si yo le dijese, duquesa, que
a lo largo de mi historia existe una de esas ilusiones, un deseo que me ha
devuelto la energía en los momentos difíciles, dándome fuerzas para seguir
adelante!...
Y el millonario, como si contase la historia de otro hombre, describió
cómo era él cuando tenía treinta años.
IV
La guerra de Secesión le había hecho perder un tiempo precioso para sus
negocios, pues por entusiasmo se convirtió en soldado. Luego ganó sus primeros
miles de dólares y quiso viajar por Europa. Estuvo en el París de los últimos
años de Napoleón III y visitó la famosa Exposición que fue como un resumen de
la gloria imperial antes de que llegase la catástrofe.
—Entonces, duquesa, la vi a usted por primera vez, cuando todo París se
ocupaba de su hermosura, de su lujo y sus fiestas.
—¡Oh, mister Baldwin!—interrumpió la anciana, conmovida por esta
revelación—. Debió usted haberse hecho presentar. ¡Hubiera tenido tanto placer
en conocerlo de joven!...
Sonrió el mayor de los ricos del mundo con una expresión de
incredulidad. Se mostraba regocijado por la hipótesis de que él podía haber
asistido en aquella época a las fiestas de la duquesa de Pontecorvo, como si
esto le pareciese altamente grotesco.
—El Baldwin de entonces, aunque joven y vigoroso, resultaba menos
presentable que el viejo que conoce usted ahora. Era un pobre que estaba
educándose a sí mismo, y acababa de hacer la guerra en un país cuyas costumbres
han progresado mucho desde entonces. Sus maneras eran bruscas; tenía las manos
deformadas por el trabajo... No; el John Baldwin de entonces hubiera hecho un
mal papel en los salones de usted. Sólo le correspondía quedarse al borde de la
acera, entre la muchedumbre de las fiestas de la Exposición, aguardando el paso
de la comitiva imperial para ver en un landó, detrás de la emperatriz, a la
duquesa de Pontecorvo, que estaba entonces en lo mejor de su juventud y su
belleza.{19}
—¡Oh, mister Baldwin!—suspiró otra vez la anciana, mirando al suelo, al
mismo tiempo que la lividez de sus mejillas se extendía por el resto de su
cara, sustituyendo al rosa del antiguo rubor.
Siguió hablando el americano.
—Desde entonces la conozco, y jamás la olvidé. Todos, para vivir,
necesitamos poner los ojos en una altura, y cuanto más inaccesible, mejor, pues
de este modo se pueden conservar intactas las ilusiones que depositamos en
ella. Para mí, esta cumbre fue usted. Estamos en una edad, duquesa, que nos
permite decirlo todo, sin las timideces de la adolescencia.
»Durante mi época de peligros y trabajos, concentré toda mi ambición en
realizar tres deseos, como resultado de mi victoria. Quería poseer un palacio
rodeado de un parque inmenso, y un yate con el que pudiese navegar por todos
los mares de la tierra... Mi tercer deseo, o mejor dicho, el primero, por
resultar más vehemente que los otros dos, fue conseguir una mujer igual a la
duquesa de Pontecorvo, o ella misma, pues la vida ofrece a veces limosnas
inesperadas con las que uno no se habría atrevido nunca a soñar.
»Palacios los tengo en distintos lugares de la tierra, y podría poseer
igualmente una flota de yates si no me bastasen los tres que están
inmovilizados en los puertos, esperando años y años que se reanime mi deseo de
correr el mundo... Lo único que John Baldwin no llegó a conseguir en toda su
existencia triunfante fue la duquesa de Pontecorvo.
—¡Oh, mister! ¿Quién podía imaginarse esto?—volvió a repetir la voz
conmovida de la anciana.
—Por lo mismo que no pude realizar esta ilusión, me ha acompañado
siempre... No le diré, duquesa, que la he recordado a todas horas. Un hombre de
mi especie necesita su tiempo para pensar y dirigir numerosas empresas y le
queda breve espacio para sus preocupaciones sentimentales. Pero le juro que en
los raros momentos de descanso, cuando evocaba el pasado y las ilusiones de la
juventud, lo primero que surgía en mi memoria era el recuerdo de usted.
»Yo también he vivido mi existencia. Fui casado y amé a mi mujer
tranquila y dulcemente, como a una compañera animosa. Pero usted ha sido la
ilusión, el deseo no satisfecho, que nos sirve de estímulo para seguir
avanzando. Por eso mismo no quise buscarla cuando me vi triunfante. Ya era
viejo entonces, y usted tampoco era joven. Sus hijos se habían casado; tenía
nietos. ¿Para qué vernos?... ¿Para qué suprimir la única ilusión que quedaba en
pie dentro de mí?...
Calló un momento, mientras la anciana le contemplaba con interés,
haciendo{20} un esfuerzo mental para adivinar cómo
habría sido el americano en los tiempos remotos de su juventud.
—¡Oh, mister Baldwin!—volvió a decir—. ¿Por qué no se dio usted a
conocer entonces?
Pero el millonario, como si no la oyese, continuó el curso de sus
pensamientos, expresándolos en voz baja.
—Nunca la hubiese buscado. Temía verla distinta a como era en otros
tiempos... Ahora no importa que nos conozcamos. Ni usted es la mujer de
entonces, ni queda en mí nada del Baldwin que habitaba un hotel mísero de
París. Somos dos viejos que se sobreviven y hablan de dos muertos. ¡Si usted
viese cómo la conservo retratada en mi imaginación!... No ha transcurrido el
tiempo; no han cambiado las modas. Las mujeres, cuando no interesan, hacen reír
por sus adornos grotescos cada vez que se las ve en un retrato viejo. En
cambio, a la mujer amada nos la imaginamos siempre con el traje que vestía
cuando la vimos por primera vez, y aunque luego cambien las modas, nunca nos
parecen tan interesantes como las de entonces. Yo contemplaré siempre a la
joven duquesa de Pontecorvo con su amplia falda de crinolina, lo mismo que la
emperatriz Eugenia y las otras damas elegantes de la corte imperial. No la
puedo ver de otro modo. Aquella mujer que ya no existe fue amada, como muy
pocas mujeres lo han sido, por un pobre joven que murió igualmente. Y este amor
tuvo el mérito del desinterés: fue un amor sentido por uno solo de los dos, y
que nunca conoció el otro.
—¡Oh, mister Baldwin!—repitió la vieja con una voz temblorosa, como si
fuese a llorar—. ¿Por qué no habló entonces? ¿Por qué no me dijo lo que me dice
ahora?...
El hombre levantó sus hombros. Tenía una noción más exacta de la
realidad. Lo que ahora le parecía a la mujer un olvido imperdonable del
millonario Baldwin, lo hubiese recibido entonces como la audacia inaudita de un
extranjero desconocido, pobre y rudo.
Se había puesto el sol. Como últimos vestigios de su desaparición, quedó
en las cumbres de los montes una mancha de rosa pálido. Sobre la sangre astral
que empurpuraba el horizonte empezó a temblar un astro vespertino. Por el lado
de Italia el azul del cielo se mostró más intenso y obscuro, siendo punzado a
trechos por los fulgores de nuevas estrellas.
El viento de la montaña se había lanzado de las cumbres al mar,
estremeciendo con una fría ondulación el jardín de la iglesia. La vieja señora,{21} impresionada aún por las palabras de su
acompañante, permaneció insensible a este cambio de temperatura, que en otro
atardecer la hubiese hecho huir hacia su automóvil.
—¿Por qué no habló usted a tiempo?—repetía—. ¿Por qué no me dijo
entonces esas palabras tan interesantes?
Volvió el hombre a encoger sus hombros. La ilusión estaba muerta desde
hacía muchos años: casi una vida. Únicamente había hablado por la necesidad de
confesarse que todos sentimos en ciertos momentos. Desde que encontró en Cap
Martin a la duquesa, se propuso hacerla esta revelación, y tal vez por esto la
había buscado en el jardín de la iglesia. Pero una vez descubierto el misterio,
no había por qué recordarlo otra vez. La vida nunca remonta su curso. ¡Paz a
los muertos!
La mujer, más tenaz en su sentimentalismo, no quería olvidar. Se
agarraba con fuerza a esta ilusión, como si así pudiera librarse de la muerte,
que la iba arrastrando ya en su corriente.
Además, su vanidad femenil acababa de resucitar después de un letargo de
medio siglo. ¡Oír estas palabras de amor a los ochenta años! ¡Y oírlas de la
boca del hombre más poderoso de la tierra!...
Baldwin tosió, visiblemente molestado por el viento frío que agitaba el
jardín.
—Vámonos. Para nosotros empieza a ser peligrosa la permanencia aquí.
Luego miró con ojos duros la mancha de luz que aún doraba el horizonte.
—El sol se ha puesto. Volverá mañana, volverá siempre; ¡pero
nosotros!...
La anciana se había apoyado en un brazo de él y empezó a caminar,
golpeando al mismo tiempo el suelo con su bastón.
No parecía entender las palabras de su acompañante, ni darse cuenta de
lo que lo rodeaba.
Seguía viviendo en el pasado. ¡Era tan dulce su contemplación!...
Se alejaron, bajando la cabeza ante las ramas de los árboles, mientras
una voz temblorosa iba repitiendo:
—¿Por qué calló usted entonces?... ¿Por qué no dijo cuando era tiempo lo
que me dice ahora?...{22}
I
—Yo también—dijo Serrano—conocí, como algunos de ustedes, al doctor
Rómulo Pedraza. No siempre he vivido en París, pasando mis noches en los
restoranes de Montmartre. Para reunir la modesta fortuna que me permite llevar
mi existencia presente, anduve muchos años por América ejerciendo diversos
oficios y conociendo los más rudos altibajos de la suerte.
Estando en Argentina hablé por primera vez con el doctor Pedraza. Yo no
vivía en Buenos Aires. Me había metido en empresas de colonización, y roturaba
muy lejos de dicha ciudad unas tierras que estaban esperando desde el principio
del planeta al hombre que se preocupase de hacerlas productivas.
La necesidad de adquirir dinero me obligaba a visitar con frecuencia la
capital de la República. Pero como los Bancos se negaron finalmente a hacerme
más préstamos, dudando del éxito de mi colonización, tuve que buscar, para
seguir adelante en mi negocio, el auxilio del Banco Hipotecario Nacional. Con
lo que me diesen los altos y poderosos directores de este establecimiento,
dependiente del gobierno, podría pagar la mayor parte de mis deudas a los
Bancos particulares, recobrando mi prestigio financiero, y terminaría
igualmente los trabajos de roturación, que iban a centuplicar el valor de mis
tierras.
Me quedé en Buenos Aires por mucho tiempo, dispuesto a no volver a mi
propiedad hasta ver aceptadas mis pretensiones por el Banco Hipotecario. No era
empresa fácil ni rápida. Como muchos de ustedes no han estado allá, ignoran
cómo se hacen los negocios en la mayor parte de los países americanos de habla{23} española.
Todo lo que tiene una relación más o menos lejana con el gobierno debe
desarrollarse pausadamente y tras largas esperas. Si se resuelven los negocios
con rapidez y en pocas horas, pueden creer los maldicientes que se ha hecho
algo ilegal para obtener ganancias enormes. Por eso en toda oficina pública le
responden a usted ordinariamente: «Vuelva mañana»; y este mañana, que será el
día de la resolución del asunto, tarda meses o tarda años.
Yo, pobre español, metido en trabajos importantes con poco dinero, falto
de protectores, y que además no estaba casado con una señora del país—alianza
que proporciona un apoyo semejante al de la solidaridad de la antigua tribu—,
tuve que oír muchas veces «Vuelva usted mañana» y esperar semanas y semanas en
las oficinas del Banco Hipotecario a que llegase mi «mañana», o sea la
concesión del préstamo.
Durante mis monótonas esperas en la antesala del presidente de dicho
Banco, vi por primera vez al doctor Pedraza, recibiendo la regia limosna de su
protectora conversación.
Otra advertencia que considero necesaria para todos los que me escuchan
y no han estado allá. Este doctor Pedraza era llamado «doctor», no porque fuese
médico, sino por ser abogado.
Desde Texas al cabo de Hornos, en todas las repúblicas, los abogados son
tan numerosos como los generales; y esto es decir algo. Pero en las repúblicas
de la América que podemos llamar de arriba, los titulan simplemente
«licenciados», y abajo, en la Argentina y otros países, «doctores».
He visto en el Archivo de Indias, de Sevilla, una súplica dirigida al
rey de España por los primeros habitantes de Buenos Aires pidiendo que fuesen
enviados a la ciudad naciente hombres de todas las profesiones, menos abogados,
por ser la tal carrera nociva para la paz y la prosperidad de un país. Estos
colonos de hace tres siglos adivinaron con prodigiosa anticipación las futuras
calamidades de su patria. Hay quien asegura que si en la Avenida de Mayo o la
calle Florida—lo más céntrico y concurrido de Buenos Aires—alguien grita en
plena tarde: «¡Doctor!», cincuenta transeúntes se detienen al mismo tiempo y
vuelven la cabeza creyéndose llamados. Algunos van más lejos, y afirman que si
el grito se repite varias veces pueden ser tantos los atraídos por él, que la
circulación quede interrumpida. Pero esto último no debe ser tenido, en mi
opinión, por rigurosamente exacto.
Después de tales explicaciones, les diré que el doctor Pedraza, como
tantos{24} otros doctores de su país, era un abogado
de lujo que nunca había ejercido su profesión, y cuando tenía que acudir a los
tribunales por asuntos propios buscaba el auxilio de algún colega con «estudio»
abierto. El título de doctor es como una distinción nobiliaria en aquella
tierra de régimen democrático, crisis periódicas y riqueza incesantemente
renovada, que surte a una gran parte de la humanidad de panecillos y biftecs.
El doctor Pedraza se dedicaba a los negocios, lo mismo que muchos
argentinos de su generación. En su primera juventud había desempeñado una
cátedra de Derecho en la Universidad de La Plata como profesor sustituto; luego
ocupó varios cargos políticos en la provincia de Buenos Aires, llegando,
finalmente, a ser diputado nacional. Pero su palabra reposada y majestuosa, que
se detenía, abriendo largas pausas, para cazar las expresiones más retorcidas y
sonoras, no aspiraba a los triunfos parlamentarios. Su posición social y las
necesidades suntuosas de su familia exigían mucho dinero, y sólo le era posible
obtenerlo honradamente dedicándose en absoluto a los negocios.
Compraba campos—las más de las veces sin conocerlos—y los vendía,
valiéndose para sus enormes transacciones de las cantidades que le prestaban
los Bancos. Al mismo tiempo dirigía desde Buenos Aires una rica estancia
heredada de sus padres y otra no menos importante que su esposa había aportado
como dote. Era un personaje cuyo nombre figuraba casi todos los días en la
crónica social de los diarios de Buenos Aires; «un exponente representativo de
la alta vida del país», como decía él con su lenguaje rebuscado.
Alto de talla, fuerte y de inconmovible salud, tenía la gallarda soltura
de miembros de todos los hombres de allá criados en las estancias, que aprenden
a montar a caballo antes de saber andar. Al mismo tiempo que ágil, era recio de
cuerpo y carnudo. No pueden ser de otro modo en una tierra donde los destetan
de niños con carne asada.
Este buen mozo, de porte señoril, rostro aguileño y largos bigotes,
cuidaba de su indumento como en los años que aún era muchacho y sentía sus
primeros impulsos amorosos hacia la que después fue su esposa. Siempre vi sus
pies, pequeños y arqueados como los de una mujer, en un encierro de brillante
charol. Nunca le encontré, a partir de las primeras horas de la tarde, que no
vistiese chaqué y llevase sobre la corbata una perla que parecía caída del
turbante de un rajá. Jamás, al extenderse la noche sobre Buenos Aires, dejé de
encontrar al doctor Pedraza puesto de smoking, si iba a comer con
los amigos en el Jockey Club, o de frac, para acompañar a su familia al teatro
Colón.
Su esposa y sus seis hijas no le hubiesen permitido la menor falta a las
reglas{25} que debe observar todo gentleman en
uno u otro hemisferio de la tierra. Y el elegante doctor, hombre enérgico a sus
horas y temible en el manejo de las armas, era incapaz de oponer resistencia a
los caprichos y órdenes de las mujeres de su familia.
Este hombre, que gastaba muchos miles de pesos en el adorno de su
persona, no había dado que murmurar a sus enemigos y envidiosos con la más
pequeña aventura pasional. Se acicalaba para la gente de su casa, para gustar a
su mujer, para que le admirasen sus niñas con esa satisfacción orgullosa que
siente toda joven cuando contempla las elegancias y seducciones del género
masculino a través de su padre.
Para el doctor Pedraza no había nada más allá de su familia. Ella le
inspiró el más extraordinario de los heroísmos... Porque sepan ustedes que el
hombre que les voy describiendo fue un héroe más grande que los héroes de la
guerra o de la ciencia. Éstos mueren por la gloria, orgullosos de su muerte y
ganosos de que todos la conozcan.
Pedraza, héroe obscuro, al desaparecer de un modo que no hiciese
sospechar a nadie su sacrificio, resulta más admirable.
Ustedes se convencerán de ello si tienen paciencia para seguir
escuchándome.
II
Un cambio enorme se ha realizado durante los últimos cincuenta años en
el interior de las familias acomodadas; algo tan importante como una de esas
revoluciones que trastornan la organización política de un país o la forma de
la propiedad.
Pero como esto sólo ocurre entre las gentes de dinero, que son las
menos, la tal revolución ha pasado algo inadvertida hasta el presente y sólo se
dan cuenta de ella los que sufren sus efectos.
Hace medio siglo, cuando un hombre se arruinaba voluntariamente, y no a
causa de malos negocios, era casi siempre por el amor o por el juego. Una
llamada «artista», o una profesional, con sus dientecitos incansables, había
ido royendo la fortuna del pobre señor. Mientras tanto, la esposa vivía
obscuramente en su casa, haciendo economías para remediar las locuras del
marido, y las hijas, bajo la dirección materna, llevaban una existencia de
sobriedad monjil.{26}
Vestir con modestia era signo de distinción social. Las joyas vistosas,
los trajes originales, los despilfarros, parecían un vergonzoso privilegio de
las «artistas», de las mundanas, de todas las criaturas brillantes, peligrosas
y efímeras mantenidas al margen de la alta sociedad. La mujer decente, la madre
de familia, debía ser económica, modesta, opaca, y ahorrar en su casa, mientras
el marido gastaba fuera de ella. Las alas de mariposa eran para las mujeres
«malas», para las criaturas versátiles y locas, sin otra preocupación que
danzar en torno a la llama que acaba por quemarlas.
La existencia de muchos hombres resultaba parecida a la de los antiguos
ciudadanos de Atenas, fieles visitantes de las hetairas de moda, para discurrir
con ellas sobre el amor y los prodigios de las artes y el lujo, mientras la
mujer legítima hilaba en el gineceo, se ocupaba de la limpieza de sus pequeños
y ordenaba el trabajo de los esclavos.
Pero un día la mujer moderna se dio cuenta de la inferioridad que
significaba continuar siendo señora decente; de la injusticia con que procedía
el hombre con ella mostrándose económico en el hogar y despilfarrador con las
hembras encontradas en la calle o en el teatro.
—Si nuestros maridos o nuestros padres—dijeron muchas—desean arruinarse
por una mujer, que sea por nosotras. Nos pintaremos, nos vestiremos y
devoraremos el dinero, lo mismo que las otras. Eso se aprende con facilidad.
Sabremos hacerles conocer, igual que ellas, los refinamientos de un lujo
disparatado y el orgullo de pagar lo mucho que cuesta. Si han de tirar una
fortuna por vanidad, a lo menos que su locura sea aprovechada por las de la
casa. Acicalémonos como las profesionales y tengamos sus mismas exigencias...
Total, que hoy todas las mujeres se adornan del mismo modo, se permiten
iguales audacias en público, y uno no puede distinguir, como antes, la señora
de la que no lo es. El único indicio para no equivocarse es tener por señora a
la que menos parece serlo. Las mujeres decentes muestran en la actualidad el
atrevimiento del neófito que acaba de entrar en una religión nueva, la audacia
del esclavo recién libertado.
Algunos dicen que esta gran revolución en la vida doméstica ha venido a
Europa desde América en los últimos cincuenta años, como los «Palaces», como la
afición exagerada al baile, como los jazz-band y tantas cosas
contemporáneas. Otros afirman que no ha sido precisa la influencia americana
para esto, pues en todas las épocas existieron en Europa esposas que arruinaron
a sus maridos. Pero aunque así fuese, representó en su período histórico una
excepción, y de ningún modo algo general y corriente, como en nuestros tiempos.{27}
El hecho es que ahora, cuando se pregunta: «¿Cómo se empobreció Fulano
de Tal?», se escucha con frecuencia la misma respuesta: «Al pobrecito lo
arruinaron su mujer y sus hijas».
Esto tiene una explicación lógica. En los tiempos presentes, amigos
míos, la mujer resulta más cara que nunca. Es empresa difícil sostener el lujo
de una señora decente. Ríanse ustedes de las magnificencias de ciertas mujeres
célebres que figuran en la Historia. El lujo de antes era deslumbrador, pero
consistía principalmente en alhajas, es decir, en algo duradero y que
representaba un capital guardado en reserva. Un hombre, al hacer entonces
regalos ostentosos a su mujer, iba depositando en realidad dinero para el
porvenir en la caja fuerte de su casa. Lo terrible es el lujo de ahora: lujo de
trapos, de blondas, pieles y plumas, cosas todas que duran un par de meses, o
cuando más un par de años, que se ajan con facilidad y sólo pueden admirarse
unos días, pues carecen de la seducción sólida, inconmovible, eterna, de las
piedras preciosas.
Ustedes habrán oído hablar de Madame Recamier. Todo París estuvo a sus
pies hace un siglo. Era la mujer más elegante de su época. Los guerreros
napoleónicos, los santos padres del naciente romanticismo, los hombres de moda,
necesitaban ir todas las tardes a su tertulia, que era como una consagración.
La divina Julieta estrenaba diariamente un vestido; lo llevaba unas horas nada
más, y lo regalaba luego a su doncella. ¡Trescientos sesenta y cinco vestidos
al año!...
Pero el valor de cada uno de ellos equivalía, según testimonio de los
indiscretos de aquella época, a unos tres francos cincuenta céntimos. Eran
túnicas blancas de lino o de batista, sobre las cuales colocaba la divina
Recamier una faja de seda celeste, y su belleza rubia no necesitaba más para
tenderse en un diván, rematado por cuellos de cisne, a escuchar los lamentos
ossiánicos de un arpa o los versos recitados por su amigo Chateaubriand.
Ahora, una mujer tenida por elegante se considera deshonrada si lleva
vestidos de menos de mil francos. Lo corriente es que valgan dos mil. Y lo
mismo ocurre con el sombrero, los zapatos, etc. Además, la pobre Recamier haría
reír a nuestras amigas si intentase deslumbrarlas cambiando cada día de
vestido. Un vestido por día: ¡qué suciedad!, ¡qué atraso!... Una mujer chic
cambia ahora ritualmente de vestido tres veces al día, cuando menos, y debe
preferir la muerte antes de conocer la deshonra de que sus compañeras la
sorprendan dos días seguidos llevando las mismas ropas.
Aquellas cortesanas y comediantas, lujosas como la reina de Saba y
devoradoras de millones, que todos hemos conocido en el teatro y en los libros
al{28} describir la vida de París de hace medio
siglo, son ya personajes fantásticos de comedia y de novela. Sólo existen en la
imaginación de las gentes crédulas. Vayan ustedes a las joyerías de la plaza
Vendôme, a los modistos de la rue de la Paix y demás
proveedores del lujo femenino; pregúntenles por las «artistas» de costumbres
ligeras y por las mundanas célebres, que deben ser sus mejores clientes, y
verán cómo tuercen el gesto:
—Eso era en otros tiempos, señor. Ahora las gentes de tal clase no nos
convienen; sólo saben hacer deudas. Ya no hay grandes duques rusos que las
protejan. Únicamente quedan agentes bolcheviques, que vienen de allá llevando
varios millones para la propaganda roja y los gastan con bailarinas viejas que
admiraron en su juventud de bohemios hambrientos. Pero son tan pocos, que esto
no significa nada. Háblenos usted de señoras decentes; de mamás y de niñas. Ésa
es la verdadera clientela de nuestra época. Los millonarios de América y de
Europa ya no gastan el dinero más que en las mujeres de su casa. El despilfarro
y la locura marchan ahora del brazo con la moral.
Y los tales comerciantes, si fuesen capaces de hablar con esta
franqueza, dirían la verdad. Hay ahora niña casadera que antes de los veinte
años presenta a su papá cuentas de modisto y de otros proveedores más enormes
que las que pagó su abuelo ocultamente cuando se dedicaba a proteger bailarinas
o a dar a conocer al mundo el talento de alguna comediante joven y de buen
rostro.
La familia del doctor Pedraza era de esta clase. La eterna preocupación
del prócer argentino consistía en ser rico, enormemente rico, para que su
familia, compuesta toda de mujeres, no experimentase ninguna privación en sus
deseos de lujo.
Cada vez que el doctor encontraba en los relatos de fiestas
aristocráticas publicados por los diarios a «la distinguidísima señora de
Pedraza y sus lindas e interesantes hijas», sentía la misma emoción de vanidad
satisfecha, el mismo legítimo orgullo del artista que ve elogiadas sus obras.
Para él, su mujer era la primera dama de Buenos Aires y sus hijas
estaban destinadas a casarse con los jóvenes más ricos del país. Y esta
admiración por su cónyuge se convertía en obediencia absoluta a todas sus
indicaciones, como si la considerase incapaz de equivocarse en los asuntos
concernientes a la familia. Él, para los negocios, para ganar dinero; y su
esposa, para la vida de alta sociedad, para gastar con «distinción».
No resultaba extraordinario que después de veinte años de matrimonio
siguiese tan enamorado de su esposa. Doña Zoila (allá no son raros nombres como
éste) era una hermosa mujer: la patricia argentina, madre de numerosa{29} familia, que mantiene intactas la belleza y la
gracia de la primera juventud y muestra todavía un gran atractivo femenil
rodeada de sus nietas. Esta matrona, de ojos negros y arrogante estatura,
guardaba todas las magnificencias físicas de una raza sana y fuerte, que adopta
por moda los enervamientos del lujo, pero no ha sido vencida aún por ellos.
Doña Zoila era la primera invitada a toda fiesta. Su opinión equivalía a
una ley; ella indicaba lo que era distinguido y lo que debía ser considerado
como «guarango». Se estremecía de orgullo al declarar que todas sus ropas
procedían de París y que los grandes modistos de allá se preocupaban del adorno
de su persona, salvando el obstáculo de tres mil leguas oceánicas. Cuando
llegaban las comisionistas de la rue de la Paix a Buenos
Aires, apenas habían empezado a desenfardar en el hotel sus modelos para la estación
próxima, a la primera que avisaban era a «Madame Pedraza». Contaban con ella
como gran compradora, y además sus gustos y sus recomendaciones eran seguidos
por mucha gente.
Después de su reputación de mujer elegante, lo que más apreciaba ella al
conversar en los salones con algún extranjero era poder decir:
—Y tal como usted me ve, soy madre de seis señoritas.
Una maternidad tan corta representaba para ella una humillación, y se
apresuraba a añadir:
—Dieciocho hijos tiene una hermana mía, y los más de ellos son varones.
Esto resulta natural en un país poco poblado, que sólo cuenta un
habitante por kilómetro. Mientras los dueños de estancia fomentan la cría de
sus reses, en las ciudades las esposas se afanan por aumentar el número de
ciudadanos.
Además, amigos míos, aquellas mujeres, que llevan en sus entrañas el
porvenir de su país, son sanas y prolíficas, con la frescura y la salud de un
pueblo joven. Como la riqueza las impulsa a aceptar los caprichos de la moda, a
lo mejor se resignan a sufrir los tormentos del hambre para ser extremadamente
delgadas. «Hay que conservar la línea». Pero a pesar de su demacración elegante
y su agostamiento distinguido, no pueden ocultar la solidez del andamiaje
interno, el noble vigor de sus antecesores los centauros de la Pampa. Parecen,
por lo flacas, que acaban de salir de una ciudad sitiada o de un trasatlántico
con averías en alta mar que obligaron a los pasajeros a someterse a media
ración. Pero que la moda les da permiso para comer, y renacerán esplendorosas,
como surge el trigo en la llanura argentina cuando llueve largo.
Decía, señores, que el doctor Pedraza amaba y admiraba al mismo tiempo a
su esposa. Ni una sola vez había contestado negativamente a las peticiones de{30} doña Zoila, y eso que la señora no reconocía
límites ni escrúpulos en sus gastos para sostener, como ella decía, «el
prestigio de la familia». Habitaban una casa nueva, grande y elegante en las
cercanías del Parque de Palermo; estaban abonados invariablemente a uno de los
mejores palcos del teatro Colón durante la temporada de ópera, y a otros palcos
en diversos teatros. En Buenos Aires no abundan las fiestas de sociedad, y el
llamado «gran mundo» se ve y se habla durante los entreactos en las
representaciones tenidas por elegantes. Su servidumbre era numerosa. Poseían
tres automóviles: uno, el de «negocios», para el señor, y otros dos, que
empleaban la señora y las niñas para visitas o excursiones.
Doña Zoila enviaba a la casa donde el doctor tenía establecido su
«escritorio» todas las cuentas de sus proveedores urbanos, así como las que
llegaban de París y Londres los días de vapor-correo. Y Pedraza, sin hacer
objeciones, iba llenando hojas y más hojas de su cuaderno de cheques, y las
entregaba, dando por terminado el asunto.
Le enorgullecían los enormes gastos hechos por su cónyuge. Eran una
demostración de su elegancia natural y de su noble origen. Porque el doctor
creía, más aún que su mujer, en el linaje aristocrático de ésta.
—Soy de los Pérez Zurrialde—declaraba doña Zoila con orgullo en
determinados momentos.
Y los demás, cuando querían hacer un elogio completo de ella, después de
ensalzar su elegancia y su buen gusto, acababan diciendo: «Es una Pérez
Zurrialde».
Todos creían en la distinción aristocrática de esta familia, sin poder
explicar el por qué de tal creencia. En América se ve esto muchas veces. Hay
familias que cuentan entre sus antecesores generales célebres, héroes
patrióticos, presidentes de República. Pero otras, cuyos abuelos no hicieron
nada y no fueron nada, pasan, sin embargo, por más distinguidas y más
aristocráticas. Tal vez será porque estos predecesores hablaron poco, se
mantuvieron al margen de las luchas del país, se preocuparon únicamente de
vestir bien, dedicando a esto toda su inteligencia, y fueron muy exigentes en
materia de casamientos, emparentándose solamente con sus allegados.
Si una familia se empeña en ser aristocrática, como ponga en ello su
voluntad durante tres generaciones y lo afirme a todas horas, al cabo de un
siglo todos acabarán por aceptar su aristocracia y creer en ella. ¿Quién va a
escarbar la historia de nadie más allá del abuelo o el bisabuelo?... Hace cien
años, en todas las colonias españolas de América, el mayor signo de distinción
y bienestar era{31} tener tienda abierta, un
establecimiento de comestibles o de ropas. Las familias linajudas de todas las
ciudades históricas de aquellas repúblicas tuvieron por fundadores a tenderos
españoles o criollos, que representaban la riqueza y la aristocracia de
entonces. La agricultura y la ganadería no valían nada en aquellos tiempos.
Sólo eran ricos los que vivían detrás de un mostrador. Pero doña Zoila no
quería saber esto: «Soy una Pérez Zurrialde». Y su marido, simple Pedraza, que
había alcanzado de niño a conocer a su abuelo, un emigrante venido de Castilla,
participaba también de esta admiración por el noble linaje de su esposa, por la
historia de aquella familia, que databa casi de siglo y medio, lo que equivale
en América a perderse en la noche de los tiempos.
Además, esta esposa, todavía bella, de elegancia generalmente
reconocida, y que le había dado seis veces la reproducción de su propia
persona, merecía gratitud por sus sólidas virtudes conyugales.
Con doña Zoila «no había miedo a novelas», como decía el doctor, y un
marido podía vivir en perpetua tranquilidad. Su avidez de audacias elegantes no
iba más allá de las invenciones del modisto, de la sombrerera y demás artistas
encargados del embellecimiento de la mujer. Para ella no existía otro amor que
el conyugal. Los demás caprichos e invenciones eran buenos para las «locas de
París» y no para ella, una señora, casada y madre.
Gustaba de que los hombres elogiasen en los salones la elegancia de sus
vestidos y su sabiduría para apreciar lo que es chic y lo que no lo es; pero
nada de alabanzas a su persona, nada de muestras de asombro o admiración por su
belleza, que se mantenía fresca y viva, desafiando al tiempo.
—Pero usted—le dijo un europeo—gasta una fortuna en vestidos todos los
años, y debe complacerle que los hombres admiren su lujo y se lo digan.
La señora de Pedraza acogió con un gesto desdeñoso tales palabras. Eso
sería verdad allá en Europa, donde las mujeres sólo piensan en los hombres.
—Entonces—siguió preguntando el curioso—, ¿para qué viste usted con
tanta elegancia y se preocupa del adorno de su persona?...
Doña Zoila, antes de contestar, le miró con cierta conmiseración, como
apiadada de su ignorancia:
—Para dar envidia a mis amigas y que rabien.
III{32}
Llevaba yo tres semanas de presentarme todas las tardes en la antesala
del presidente del Banco Hipotecario, para saber si mi petición de empréstito
iba a ser bien acogida por los señores de la Junta, cuando hablé por primera
vez con el doctor Pedraza.
Algunos de ustedes tal vez no saben lo que son las cédulas del Banco
Hipotecario Nacional. En las Bolsas de Europa las consideran como un papel de
esos que llaman «de todo reposo»; un valor para que el padre de familia
invierta en él sin miedo sus ahorros y la viuda pobre su escasa herencia. Estas
cédulas hipotecarias gozan de más crédito entre la gente tímida que los
empréstitos que emiten los gobiernos o las obligaciones de las empresas
industriales, que siempre tienen algo de aventurado. Cada título representa un
pedazo de tierra hipotecada, algo sólido, tangible, que no puede desaparecer ni
volatilizarse en una guerra o una catástrofe. Y como los directores del tal
Banco desean mantener incólume el prestigio reposado y seguro de su
institución, de aquí que procediesen en mis tiempos con tanta lentitud y
minuciosidad en sus operaciones como si aún vivieran en la época colonial.
Yo aspiraba a que me diesen dinero con la garantía de mis tierras; pero
ellos, antes de emitir sobre mi propiedad varios centenares de cédulas nuevas y
venderlas en Europa a gentes timoratas que sólo tienen de América vagas ideas,
necesitaban largos informes y repetidas exploraciones de sus ingenieros para
que en lo futuro no fuese posible una depreciación de la hipoteca.
El ujier del presidente se inclinó al entrar en la antesala un hombre
vestido con elegancia y de aspecto aseñorado. Lo abrió la puerta del despacho
presidencial y luego creyó necesario darme una explicación para que no me
doliese la injusticia de que alguien entrase antes que yo, no obstante mi larga
espera.
—Es el doctor Pedraza... un señor muy rico que ha sido diputado
nacional.
Volví a verlo otras tardes en el Banco Hipotecario, pero esperando lo
mismo que yo, pues he observado muchas veces que la frecuentación de las
oficinas no da mayor confianza al solicitante, sino, por el contrario, le quita
poco a poco el prestigio y la entrada franca que tuvo en sus primeras visitas.
El doctor Pedraza acabó por sentarse en la antesala cerca de mí. Unas veces
había salido el presidente; otras, no deseaba hablar con él, sino con los
ingenieros y los peritos del Banco, cuyo informe era siempre laborioso,
circunspecto y lento. Un amigo cualquiera nos puso en relación, y como la
soledad de la pieza predisponía a las confidencias, hablamos mucho durante las
horas pesadas y al mismo tiempo optimistas que siguen al almuerzo y son en
Buenos Aires las de visita a las{33} oficinas.
El doctor Pedraza solicitaba lo mismo que yo, aunque entre sus
pretensiones y las mías existiese una diferencia igual a la que separaba mi
humilde persona de colonizador extranjero de su opulencia de gran propietario.
Quería hipotecar la estancia heredada de sus padres, operación importante para
el Banco, por tratarse de un préstamo de muchos centenares de miles de pesos.
Esto no me produjo asombro, ni quebrantó el respeto que me infundía el
doctor como hombre rico. En aquel país se puede ser un gran millonario y deber
al mismo tiempo sumas enormes. Hasta parece que la riqueza traiga aparejado lo
de tener deudas. Se emprenden sin miedo nuevos negocios; se compra sin tener
con qué pagar, dando por seguro que se venderá lo comprado antes de unos meses
y con fabulosa ganancia; nadie vacila en tomar cantidades a préstamo... Así es
como se ha engrandecido aquel país.
Para mí era indudable que este opulento personaje necesitaba el dinero
de la hipoteca para emprender algún negocio considerable y secreto.
Seducido por el silencio con que yo le escuchaba, iba enumerando Pedraza
las magnificencias de la estancia que pretendía hipotecar. Además, todo
argentino nace propagandista de su patria, y se enardece hasta ser elocuente
cuando relata las grandezas de la tierra natal. El doctor, exagerando un poco,
me describía los pastos de sus praderas, pasándose una mano por el pecho para
hacerme ver hasta dónde llegaba su altura. Yo, escuchándole, contemplaba
imaginativamente el galope circular de las tropas de yeguas por el vasto campo
cerrado con alambradas; el lento rumiar de los bueyes, mejorados por una
continua selección, casi sin cuernos, con el lomo plano lo mismo que una mesa,
y carnosos, como si en su interior hubiera quedado suprimido el andamiaje del
esqueleto.
—Ha habido año que he vendido diez mil novillos, ¿sabe, compañero?...
Otras tardes sentía la nostálgica necesidad de hacerme ver el Buenos
Aires de su infancia. Casas bajas de monótona arquitectura colonial; aceras de
ladrillo que parecían escaleras por sus numerosos altibajos; calles profundas
como barrancos, polvorientas unas veces y otras tan llenas de agua estancada
que había que vadearlas lo mismo que riachuelos. Muy pocos transitaban a pie
por la ciudad.
—Yo iba a caballo a la escuela, y los otros muchachos «bien» llegaban
del mismo modo. Mientras duraba la lección había fuera de la casa unas cuantas
docenas de caballitos «petizos», que entretenían su impaciencia escarbando el{34} suelo con las patas. Cuando yo salía de la
escuela, mi «petizo» había abierto un hoyo así de grande... Los mendigos
también iban montados, pidiendo limosna de puerta en puerta. Los cocheros
públicos encontraban que era más barato no dar de comer a sus animales, y
cuando éstos se les morían de hambre, enganchar otros nuevos. No tenían más que
salir a las afueras de la ciudad para comprarlos por lo que querían ofrecer. Y
ahora vendo yo caballos en mi estancia tan caros como en Europa... Además, ¡lo
que ha cambiado nuestro Buenos Aires! Es cosa de asombrarse, compañero, viendo
esas avenidas y esas casas que parecen de Nueva York... A veces creo que lo de
mi niñez fue algo soñado.
Pero el doctor cortaba su entusiasmo patriótico para protegerme con una
de sus miradas bondadosas.
—Y usted, galleguito, ¿qué piensa hacer con su plata cuando esos señores
le acepten la operación?...
Modestamente iba yo explicando mis planes de colonizador. Con el
producto de la hipoteca terminaría la roturación de mis terrenos; compraría
tractores mecánicos y otras maquinarias agrícolas de las que fabrican en los
Estados Unidos; crearía un sistema de riego, y las ganancias del nuevo cultivo
me permitirían pagar los intereses de la deuda y suprimirla finalmente,
vendiendo la tierra en pequeñas parcelas. Pero me avergonzaba de la modestia de
mis planes al recordar la importancia del hombre que me estaba escuchando.
—Usted, doctor, sí que hará cosas enormes en su estancia con esa fortuna
que le va a prestar el Banco. ¡Habrá que ver eso!...
Y el doctor acogía mis palabras moviendo la cabeza con pensativa
gravedad. Luego hablaba. Los tiempos empezaban a ser malos; la compra y venta
de terrenos se iba paralizando; ya no era un negocio la especulación. Sería
conveniente volver al cultivo de las estancias, como lo habían hecho los padres
y los abuelos, pero agrandándolas, modernizándolas...
Dejé de verle. La operación sobre su estancia estaba casi terminada, y
de un momento a otro le iban a entregar las cédulas hipotecarias, o sea el
dinero. Para él los informes de los técnicos se hacían breves, y los obstáculos
rituales se derrumbaban ante su paso. Por algo era el doctor Pedraza y su
esposa una Pérez Zurrialde. Además, doña Zoila, la noble criolla, resultaba
parienta, más o menos próxima, de la mayor parte de los directores del Banco.
Como si la protección que me había dispensado el doctor—expresada
únicamente hasta entonces con palabras amables y ojeadas majestuosas—empezase a
ejercer sobre mí una influencia real, algunas semanas después los{35} poderosos personajes del Banco se apiadaron de mi
insignificancia, concediéndome la hipoteca sobre mis tierras.
Esto representó un descanso en mi angustiosa empresa, un alto durante el
cual podría resollar algunos meses con la tranquilidad que proporciona la
abundancia de dinero. Ya no tendría que mendigar pequeños préstamos en los
Bancos particulares. Pagué deudas, emprendí los trabajos que tenía proyectados,
encargué maquinaria a los Estados Unidos, y como la nueva orientación de mi
empresa exigía una espera, durante la cual permanecería inactivo, me acometió
el deseo de hacer un viaje corto a Europa.
Bien había ganado este descanso en dos años de áspera lucha. Además me
quedaba disponible algún dinero, varios miles de pesos, que podía gastar en el
regalo de mi propia persona, o inmediatamente sentí lo que llaman en Buenos
Aires «la enfermedad de París». ¿Por qué yo, que pretendía llegar en lo futuro
a millonario (estilo América del Sur), no me podía dar por algunas semanas una
representación adelantada de lo que es en Europa la vida de un personaje de tal
clase?...
Precisamente hacía un mes que en Buenos Aires los periódicos y las
gentes hablaban todos los días del Cap Bojador, trasatlántico
alemán que había hecho su primer viaje desde Hamburgo o iba a emprender su
travesía de regreso. Esto fue antes de la última guerra europea, y el tal Cap
Bojador, que no sobrepasaba en importancia a la mayor parte de los
trasatlánticos que van a los Estados Unidos, era considerado como una maravilla
por su gran tonelaje entre los buques que remontan el río de la Plata.
Las gentes hablaban de sus salones lujosos, de su piscina de natación,
de las previsoras innovaciones establecidas en sus camarotes para atender a las
más pequeñas necesidades higiénicas, del invernáculo que esparcía su jardín de
flores tropicales sobre la última cubierta. Una muchedumbre interminable bajaba
como en procesión al muelle para visitar esta maravilla flotante.
¡Pobre Cap Bojador! La organización germánica lo había
previsto todo en él. Hasta guardaba en lo más secreto de sus bodegas unos
cuantos cañones desmontados para convertirse rápidamente en corsario si
estallaba una guerra. Y cuando la noticia de la guerra le sorprendió, años
después, estando anclado en Buenos Aires, montó su artillería y salió al mar,
para ser cañoneado y echado a pique por los cruceros ingleses cerca de las
costas de África.
Familias que semanas antes no pensaban ni remotamente en un viaje a
Europa sentían de pronto la necesidad de pasar el Atlántico. Fue de moda ser
pasajero del Cap Bojador en su primera travesía. Representaba
una gran{36} distinción. Sólo los millonarios podían
permitirse, según el vulgo, este gusto inaudito.
Preparaba yo modestamente mi viaje en otro buque, cuando me avisaron que
en el famoso trasatlántico había un pequeño camarote libre. Alguien había
desistido de su excursión a última hora. ¿Por qué no había de darme el gusto de
figurar, aunque fuese en último término, entre los opulentos pasajeros
del Cap Bojador, cuando precisamente iba yo a Europa para hacer el
aprendizaje de cómo viaja y vive un futuro millonario?...
La salida del buque fue precedida de una confusión clamorosa y triunfal.
Todos los alemanes de Buenos Aires se habían aglomerado en el muelle para
celebrar este acontecimiento glorioso. Músicas, banderas, ¡hochs!,
incesantes al kaiser, cánticos del Über Alles. Además, gran afluencia de
familias criollas, que acudían para admirar y envidiar a los que se marchaban;
haces de flores, enormes como gavillas de trigo; cajas de bombones de chocolate
que parecían maletas; besos; miles de pañuelos tremolados como banderas...
Pasé modestamente a través de esa confusión. Nadie me conocía y yo no
conocía a nadie. Cuando el buque se despegó del muelle tuve un encuentro en una
de las calles de esta ciudad flotante que se iba deslizando sin el menor
movimiento, como si resbalase sobre el fondo del río de la Plata. El doctor
Pedraza iba a Europa con toda su familia.
Doña Zoila y las seis hijas se movían atareadas y confusas, no sabiendo
qué hacer de las gavillas de flores y las cajas de dulces apiladas sobre varios
sillones de la cubierta: regalos de las numerosas amistades que habían acudido
a despedirlas. Todas ellas llevaban unos vestidos de violenta novedad, «modelos
únicos», encargados, sin duda, por cable a París apenas la familia decidió el
viaje.
El doctor iba trajeado como yo me imaginaba entonces que vestían el
presidente de la Cámara de los Lores o el primer ministro inglés al salir de
excursión. ¡Las ilusiones de aquel tiempo, en que no habíamos visto aún los
retratos de Lloyd George!...
Me distinguió el rico argentino una vez más con sus palabras amables,
rebuscadas, majestuosas, y también con sus ojos protectores. En el curso del
viaje se dignó muchas veces tratarme como si fuese amigo suyo, y hasta hizo mi
presentación a doña Zoila y las niñas, las cuales me acogieron con una
indiferencia cortés.
Era la familia más importante de a bordo por el número de sus individuos
y{37} por su lujosa instalación.
Pedraza y su esposa habitaban un amplio dormitorio, con salón propio y
otras dependencias. Las seis niñas se habían resignado a ocupar tres amplios
camarotes de los más caros, cada uno con dos camas. Además, formaban parte de
esta expedición un par de doncellas españolas al servicio de las señoritas; una
parienta pobre de doña Zoila, que no se dignaba prestar otro trabajo que el de
servir de acompañanta a las niñas en ausencia de su madre; el ayuda de cámara
italiano del doctor, y una vieja criada mestiza que había tenido en sus brazos
a la señora de Pedraza, y seguía a la familia a todas partes, como un recuerdo
histórico de la noble casa de los Pérez Zurrialde. En total, doce personas,
ocupando todo un lado de cierto corredor del buque donde estaban las mejores
habitaciones.
La señora y señoritas de Pedraza viajaban «a la ligera», según
declaración de la mamá, pues se proponían renovar enteramente su vestuario
cuando llegasen a París. Esto no impedía que al lado de las puertas de sus
camarotes estuviesen amontonados y obstruyendo el paso numerosos cofres y
maletas: una pequeña parte destacada del grueso del equipaje oculto en las
bodegas. El viaje de Buenos Aires a Boulogne iba a durar aproximadamente veinte
días. Una persona decente debe cambiar de vestido tres veces cada veinticuatro
horas, y ellas no podían resignarse a que las demás pasajeras dijesen que en
los veinte días se habían puesto dos veces las mismas ropas. Total: sesenta
vestidos por cada una de ellas, ¡y eran siete!...
Las dos hijas mayores habían dejado sus novios en Buenos Aires, y todas
las mañanas escribían una carta, guardándola para echarlas después juntas en
los puertos donde hacía escala el buque. Sus hermanas menores bailaban en el
gran salón o en la cubierta, cuando los camareros del vapor se convertían en
músicos, unas veces de instrumentos de cuerda, otras de metal. Además hacían
continuos ejercicios gimnásticos para cultivar su delgadez, riñendo batallas
tenaces y heroicas con el apetito juvenil excitado por el aire del mar. Sus
comidas consistían casi siempre en una taza de té, y alguna de ellas hasta
suprimía este líquido, con la ambición de llegar a ser más esquelética que sus
hermanas.
En cambio, el doctor Pedraza gozaba con regodeo de la abundante mesa de
a bordo, así como de la consideración y el respeto que le acompañaba en sus
paseos por el buque.
—Es un doctor de Buenos Aires—decían algunos europeos de regreso a su
tierra, al mostrarse a este personaje—, un estanciero riquísimo, una persona
«bien». ¡La plata que debe tener!...{38}
Al verme Pedraza, poco después de haber zarpado el trasatlántico, me
saludó dándome en la espalda una de sus palmadas de buen príncipe.
—¡Usted aquí, españolito!... ¿Va usted a dar un paseo por Europa?...
Hace bien; no todo ha de ser trabajo... Hay que gastar la platita.
¡Simpático y bondadoso personaje! Recordó nuestras conversaciones
durante las primeras horas de la tarde, sentados en la antesala del Banco
Hipotecario.
Luego, una idea absurda, inverosímil, pasó por mi pensamiento. Se me
ocurrió que el dinero facilitado por el Banco Hipotecario iba a servir en su
mayor parte para este viaje suntuoso.
Tal vez el doctor Pedraza había hipotecado su estancia para dar gusto a
su familia, deseosa de realizar un paseo triunfal por el viejo mundo: un viaje
que excitase la envidia y la admiración de las amigas que dejaban a sus
espaldas.
IV
Terminada la navegación, nos vimos poco. Yo no podía vivir en el mismo
plano que este millonario.
Además, huía de él, no porque me fuese antipática su persona, sino por
miedo a la deslumbrante doña Zoila y a sus hijas, que parecían esparcir una
nueva luz sobre París.
Le Figaro, que es el diario que presta más atención al paso
de los americanos, hablaba casi todos los días de «Madame de Pedraza, ilustre
dama argentina, y sus hermosas hijas».
Ocupaba la familia una parte considerable del primer piso de cierto
hotel monumental próximo al Arco de Triunfo. Algunas mañanas, el doctor, su
esposa y las seis niñas, salían a caballo para galopar por las avenidas del
Bosque de Bolonia. Esta cabalgata, que muchos, en el primer momento de
sorpresa, tomaron por un desfile de artistas de circo, servía para demostrar la
opulencia de la familia. Además, todos eran excelentes jinetes, que habían
aprendido la equitación por instinto, en la estancia natal, al mismo tiempo que
aprendían a hablar.
No se sabe si fue la admiración o la envidia la que inventó el mote;
pero las seis señoritas Pedraza empezaron a ser apodadas «las walkirias
argentinas».
El éxito de las hijas del doctor no podía ser más halagüeño para la
vanidad de sus padres. No digo que París entero se preocupase de ellas. París
es muy{39} grande y su vida está dividida en
sectores. Pero en el fragmento de mundo parisién donde se movían los Pedraza, o
sea la porción comprendida entre el Bosque, la Avenida Kleber y los bulevares,
la popularidad de las seis walkirias era cada vez más grande.
En los establecimientos de la rue de la Paix, de los Campos
Elíseos y de la plaza Vendôme sonaba con frecuencia el nombre de Madame de
Pedraza y sus demoiselles, recomendando los jefes, con voz
respetuosa, el rápido cumplimiento de los encargos de tan ricas clientes.
Muchas veces, al contar yo que venía de la Argentina y tenía en ella mis
negocios, escuché las mismas palabras:
—Ahora está en París un gran millonario de allá, el doctor Pedraza, con
su esposa, una señora muy distinguida, y sus niñas, que parecen un coro de
ángeles. ¡Lo que gasta esa familia! ¡La fortuna enorme que debe tener el
padre!... ¡Qué collar de perlas el de la mamá!...
Y yo asentía a estas expresiones de asombro y admiración... ¿Para qué
hablar? En Europa tienen tal concepto de la riqueza sólida, inconmovible,
cristalizada, que no pueden imaginarse la riqueza movible, inquieta y en
continuo volteo de los países americanos: una riqueza que se aleja y vuelve, se
desvanece y torna a reconstituirse, haciendo que un mismo hombre se vea tres o
cuatro veces en su existencia millonario como un príncipe de cuento de hadas y
mendigo visionario.
Además, el lujo enorme de la familia Pedraza, que yo contemplaba desde
lejos, acabó por desorientarme, haciendo que dudase de lo que había visto al
otro lado del Océano.
En realidad, yo sólo sabía del doctor que había hipotecado la mejor de
sus fincas; pero esto no significaba nada extraordinario ni fatal. En el Nuevo
Mundo no basta preguntar cuánto posee una persona; es preciso añadir: «¿Cuánto
debe?». Todos, por ricos que sean, tienen deudas enormes, contraídas para el
agrandamiento de sus negocios. El crecimiento rápido de los pueblos jóvenes
exige que los ricos vivan un poco a la ventura, como viven los jugadores,
confiándose a su buena suerte y tomando sin vacilación todo el dinero que les
ofrezcan, con la esperanza de poder devolverlo gracias a nuevos negocios.
Tal vez el doctor era más rico que yo me lo imaginaba, y su préstamo
debía ser considerado como una operación transitoria y sin importancia. Al año
siguiente, una portentosa cosecha de trigo o una de aquellas ventas de
«hacienda», en las que entraban los novillos a miles, y que él me había
descrito con tanto entusiasmo en sus conversaciones, bastaría para pagar
enteramente su{40} deuda, sin tener que imponerse
sacrificio alguno.
Antes de que yo regresase a la Argentina tuve noticias directas de los
grandes éxitos obtenidos en París por doña Zoila y sus hijas. Las dos mayores
se mostraban refractarias a todo coqueteo, e iban de fiesta en fiesta,
estrenando cada vez un vestido riquísimo; pero graves y austeras, orgullosas de
su lujo y dignándose mirar únicamente a las de su sexo, lo mismo que su noble
madre.
—Somos muy argentinas y sólo podemos casarnos con uno de nuestra tierra.
Ambas seguían escribiendo diariamente a sus novios, que estaban en
Buenos Aires. Únicamente les interesaban en París los vestidos y los elogios de
las mujeres.
En cambio, las otras hermanas vivían asediadas por el amor y las
peticiones matrimoniales. Hasta la más pequeña, que todavía iba de corto y con
el cabello suelto, tenía varios suspirantes que la deseaban por esposa. La fama
de estas millonarias recién llegadas se había esparcido por todos los círculos
más o menos aristocráticos, donde hay jóvenes que se tienden con desesperación
en un diván después de haber perdido los últimos miles de francos en la sala
destinada al juego.
Hay que recordar además que en los años anteriores a la guerra, la
República Argentina acababa de ponerse de moda, y los conocimientos geográficos
de los hombres deseosos de adquirir una fortuna casándose se ensancharon con
esto considerablemente.
Todos habían acabado por descubrir una gran novedad: que existen dos
Américas, la del Norte y la de Sur. El matrimonio con americanas de los Estados
Unidos era ya entonces una industria en decadencia. Los títulos nobiliarios se
aprecian allá cada vez menos. Las mujeres de aquel país, dotadas de un carácter
práctico y escarmentadas por la experiencia, se reservan el manejo de sus
bienes, y el marido sólo es un consocio bien alimentado, pero sin derecho a
tocar la fortuna de su esposa: una especie de rey consorte, sin voz ni voto en
el gobierno.
Era conveniente buscar acomodo en la otra América, donde también existen
millonarias, menos numerosas, pero más inexpertas en esta clase de alianzas. El
riquísimo doctor llegaba oportunamente con cuatro hijas casaderas, y todos los
que en París esperaban salvarse por medio del matrimonio olvidaron lo que
sabían de inglés para perfeccionarse en el tango y chapurrear algunas palabras
de español.
Dos de las señoritas Pedraza empezaron a mostrarse distanciadas por una
rivalidad aristocrática.{41}
—Yo puedo ser duquesa si quiero—decía una de ellas—, y a ti sólo te
pretende un marqués.
—Pero el mío es más joven que el tuyo—contestaba la otra.
Doña Zoila creyó oportuno cortar tales disputas con la autoridad de su
noble pasado. Nada tenía que decir contra estos personajes que aspiraban a ser
sus yernos; pero no le hacían ningún favor extraordinario al pretender entrar
en su familia. Ellos tenían un pasado histórico, pero los Pérez Zurrialde no
eran cualquier cosa allá en su tierra. Si llegaban a casarse con sus niñas, no
tendrían por qué ruborizarse, pues éstas eran iguales a ellos.
Empezó a circular entre los sudamericanos de París la noticia de que un
duque y un marqués querían ser yernos del doctor Pedraza. Les corría prisa esta
unión y deseaban realizarla antes de que la familia volviese a Buenos Aires.
Las niñas, por su parte, también mostraban una prisa igual, pensando en lo que
dirían sus amiguitas de allá al verlas con títulos nobiliarios.
Tuve que marcharme de París en aquellos días, pero las confidencias de
algunos amigos del doctor sirvieron para darme una idea aproximada de lo que
debió ocurrir.
Estos nobles personajes que descienden a querer emparentarse con los
ricos del otro lado del Océano muestran siempre un gran desinterés cuando llega
el momento de tratar las condiciones materiales que deben regir la asociación
matrimonial. Ocupados en el galanteo de la joven millonaria, no quieren
interrumpir su dúo de amor con vulgares discusiones financieras, y envían a un
llamado hombre de ley, a un notario que ha servido siempre a su familia, o al
administrador de su hacienda quebrantada, para que ajuste el convenio con los
padres.
El doctor Pedraza, hombre de negocios, consideró sin importancia estos
tratos preliminares del matrimonio. Él manejaría a su gusto a los dos nobles
señores que pretendían ser hijos suyos. Pero en vez de hablar con ellos, tuvo
que recibir la visita de dos leguleyos franceses, de palabra melosa, con el
plumaje áspero y el pico duro, lo mismo que aves de rapiña.
Mi amigo y su noble esposa se expresaron como príncipes generosos que no
pueden contar la inmensidad de su fortuna. Los dos se comprometieron desde el
primer momento a entregar a cada una de sus niñas una renta anual de
trescientos mil francos. Pero los enviados no creían en rentas que pueden ser
pagadas fielmente el primer año e ir disminuyéndose en los siguientes, hasta
quedar suprimidas. Ellos necesitaban un capital positivo, aunque la renta fuese{42} menor: campos, casas, valores mobiliarios, algo
que pudiera convertirse en dinero a cualquier hora, dando una seguridad de
riqueza a sus poseedores.
En resumen: que estas conferencias laboriosas, en las que se batían
ambas partes con buenas palabras y perversas intenciones, terminaron tan mal
como cualquiera de las entrevistas diplomáticas a las que asisten los gobiernos
con el propósito de engañarse unos a otros.
El duque y el marqués desaparecieron. Las dos niñas lloraron un poco.
¡No poder marcar con una corona heráldica sus pañuelos y sus ropas más íntimas,
para envidia de las amigas!...
Las hermanas mayores, que habían sufrido en silencio el orgullo
nobiliario de las otras, creyeron llegado el momento del desquite.
—Nosotras debemos casarnos con gentes de nuestra tierra. Aquí, en
Europa, sólo nos buscan por nuestra gran fortuna. Os hubieran tomado la plata,
y después, ¡quién sabe si habrían acabado pegándoos!...
Doña Zoila apoyaba estas palabras:
—Allá no usamos corona, pero somos tan nobles como los de aquí.
Vosotras, además de ser Pedraza, lleváis un gran nombre por vuestra madre.
La hermosa señora abominaba ahora de París. Según contó después a sus
amigas de Buenos Aires, algunos mocitos que casi podían ser hijos suyos habían
osado hablarla, en los salones, de «almas dormidas que deben ser despertadas»,
burlándose a continuación de la vulgaridad de ser fiel al marido, y comparando
su belleza con el sol de la tarde, más deslumbrador y ardoroso que el del
amanecer... ¡A ella! ¡A una matrona respetada por todos en su país!... Si había
aguantado en silencio tales audacias, era por miedo a que se enterase su
esposo, hombre violento en sus cóleras y famoso tirador de pistola.
Arrepentido Pedraza sinceramente de la satisfacción que le había
procurado por unas semanas la posibilidad de ser suegro de tan aristocráticos
personajes, mostraba ahora un recrudecimiento de sus entusiasmos de americano,
hijo de una República.
—Lo de los títulos de nobleza, ché, puede deslumbrar a los
gringos de Europa; ¿pero a nosotros?... En la América del Sur eso nos hace
reír.
V
Transcurrió mucho tiempo sin que yo volviese a ver al doctor. Me enteré
por los{43} diarios argentinos de su regreso
triunfal de Europa. Otra vez su nombre y los de todas las mujeres que componían
su familia volvieron a aparecer en las crónicas de la alta vida social.
Doña Zoila organizaba fiestas de caridad; se movía a la cabeza de todas
las Juntas para la difusión de principios morales, y a la hora del té su
palabra era escuchada como un oráculo, definiendo lo que es elegancia y en qué
consiste la falta de chic. Después de haber pasado un año en París,
su autoridad parecía inconmovible.
La vida del doctor resultaba menos dichosa y plácida. Yo le veía pasar
en su lujoso automóvil por la Avenida de Mayo o apearse en la calle
Reconquista, donde se encuentran establecidos los Bancos de la ciudad, yendo de
uno a otro para sus numerosas e importantes operaciones. Todos seguían
considerándole con respeto, como un personaje influyente, y muchos envidiaban
su riqueza. Pero de tarde en tarde llegaban hasta mí noticias inquietantes para
el crédito del doctor. Sus amigos íntimos contaban que había gastado en Europa
un millón de pesos (más de lo que le había prestado el Banco Hipotecario). En
las reuniones de alta sociedad se hablaba con asombro del collar de perlas que
doña Zoila había adquirido en París, y los envidiosos apuntaban que el marido
no tenía fortuna para tantos dispendios.
En mucho tiempo no volví a acordarme de Pedraza, pues bastante tenía con
preocuparme de mi propia suerte. La Argentina pasaba en aquellos momentos por
una de esas crisis financieras que son en su existencia a modo de una
enfermedad normal y periódica, repitiéndose aproximadamente cada diez años.
A los negocios rápidos y extraordinariamente productivos había sucedido
la atonía del dinero; al despilfarro, el pánico, el egoísmo y la pobreza. Los
Bancos que adelantaban antes capitales para toda clase de negocios, no sólo
habían cortado repentinamente sus créditos, sino que exigían la inmediata
devolución de sus préstamos. Yo tuve que luchar mucho en aquella época para no
salir de la crisis completamente pobre. De no ocurrir tal calamidad, estarían
ustedes escuchando ahora a un millonario. Gracias que pude salvar lo preciso
para retirarme a París y vivir aquí con modestia.
Pero volvamos a nuestro doctor. Su situación era semejante a la de otros
compatriotas suyos. Continuaba siendo un capitalista para las gentes; seguía
viviendo como un millonario; pero los directores de los Bancos y los hacendados
sólidamente ricos, al nombrarle con respeto, contraían los labios como para
cerrar el paso a una sonrisa burlona y cruel. Su infortunio llegaba hasta mí
fragmentariamente, por noticias sueltas y espaciadas, como se aproximan o se{44} alejan las detonaciones de un combate remoto, según
los caprichos del viento.
La familia había tomado, como siempre, su palco en el teatro Colón al
empezar la temporada de ópera. Esto era natural. La vida resulta inconcebible
en Buenos Aires sin la asistencia a dicho teatro. ¡Antes morir! Pero el doctor
había entregado al empresario por el abono del palco, no un cheque, sino un
pagaré a noventa días vista. En las malas épocas, muchos pagan así en aquel
país. Se confía en el porvenir. Nadie cuenta únicamente con lo que tiene en la
mano, como los tímidos del viejo mundo; todos admiten de consocia a la
esperanza. ¡Quién sabe qué grandes negocios pueden hacerse en el plazo de
noventa días!... Como la fortuna tiene alas, sólo necesita unos instantes para
llegar hasta nosotros.
También supe que Pedraza había hipotecado la otra estancia que era de su
mujer. Acababan de casarse las dos hijas mayores, con una magnificencia que
hizo acudir a toda la alta sociedad de Buenos Aires. Doña Zoila dio a las bodas
de sus hijas el aparato de un acontecimiento histórico. Mientras tanto, el
pobre doctor se agitaba de la mañana a la noche por conseguir al mismo tiempo
dos cosas que parecían antagónicas: sostener el aspecto opulento de su familia
sin aminorar sus gastos y pagar los enormes réditos de sus deudas.
Las cosechas de las dos estancias y las ventas de novillos criados en
sus campos sólo servían para satisfacer los tales réditos. Pedraza, deseoso de
evitar disgustos a su esposa, disimulaba las angustias de esta situación.
Apenas se veía en su casa, rodeado de un ambiente de lujo, entre sus hijas
solteras, que hablaban y reían como princesas seguras del porvenir, necesitaba
mostrarse optimista, imaginándose una serie de negocios maravillosos que
vendrían a sacarle de apuros al día siguiente.
No quiero cansar a ustedes describiendo detalladamente cómo se fue
acelerando, cuesta abajo, la ruina de Pedraza. Necesitaba siempre dinero; en
los Bancos no querían dárselo al interés corriente, y recurrió al préstamo
usurario. Además, tuvo que vender con pérdida enorme los terrenos que había
adquirido para especular sobre su alza en la buena época del país, cuando
circulaba vertiginosamente la riqueza.
Al mismo tiempo mostraba, al hablar con sus hijas casadas y sus yernos,
la tranquilidad bondadosa de un hombre inmensamente rico, que al morir dejará
caer un chaparrón de bienes sobre sus herederos. Aceptaba sin la menor mueca de
contrariedad todas las peticiones de las hijas que vivían en su casa. Doña
Zoila, que estaba vagamente enterada de que los negocios no marchaban del todo
bien, parecía vacilar algunas veces al hacer a su marido la enumeración de{45} los gastos de la familia, pensando en la posibilidad
de ciertas economías. Un día, hasta le dio a entender que, en caso de apuro,
estaba dispuesta a desprenderse de sus joyas. Pero esto, aun siendo mera
hipótesis, parecía causar tal pena a la señora, que el doctor se apresuró a
disuadirla.
Le era imposible aceptar que su noble compañera modificase su existencia
ordinaria. Además, ¿qué dirían las gentes al ver disminuido el lujo de la
familia?... Y era el pobre doctor quien recomendaba a su esposa que evitase las
economías demasiado visibles. Las niñas debían casarse, y para ello era
conveniente que la casa conservase su aspecto de abundancia segura y ostentosa.
Cuando de tarde en tarde me ponía la casualidad al alcance de la palabra
solemne y los ojos protectores de mi amigo, adivinaba al punto los estragos que
iba haciendo en su persona esta nueva vida de pobreza disimulada. Iba vestido
con la elegancia de siempre; conservaba su aspecto señoril; pero estaba viejo,
mucho más viejo que debía serlo por su edad.
—¿Cómo marchan sus negocios, españolito?... Mala época: ¡muy mala para
todos!... Pero esto no puede durar.
Y me golpeaba la espalda con la bondad de un ser superior que sabe que
existe la desgracia, pero es para los otros, pues él se encuentra por encima de
las miserias del vulgo.
Su caída fue larga. Nadie se enriquece con la rapidez que se imaginan
los que viven al margen de los negocios; nadie tampoco se arruina, por regla
general, en unos instantes, como lo vemos muchas veces en comedias y novelas.
Hay minas fulminantes, como hay naufragios instantáneos que sólo duran unos
minutos; pero la mayoría de las gentes se enriquecen con lentitud, o van
empobreciéndose como el que baja una escalera, peldaño tras peldaño. El
naufragio del doctor fue igual al de los grandes veleros, que, después de estar
llenos de agua, todavía flotan con la quilla al aire mucho tiempo, yendo de un
lado a otro, al capricho de las corrientes.
En realidad, sólo sé de Pedraza lo que me contaron incidentalmente
algunos de sus amigos íntimos. Estas noticias son a modo de episodios sueltos y
sin concordancia; pero yo he hecho de todos ellos algo compacto, uniéndolos con
los hilos de mis suposiciones. Valiéndome del álgebra de la inducción, he
llegado a imaginarme todo lo que le ocurrió al doctor. Dirán ustedes que lo que
voy a contarles es en gran parte invención mía; pero hay invenciones más
ciertas y verosímiles, por ser lógicas, que las noticias que nos dan como
seguras los amigos y los periódicos.{46}
He pensado muchas veces en las tardes que debió pasar cuando quedaba
solo en su «escritorio»: un piso arrendado en la Avenida de Mayo para sus
oficinas. Lejos de su casa y libre de las seducciones que ejercían sobre él las
mujeres de su familia, obligándole a verlo todo de una manera optimista,
quedaba frente a frente al enigma de su situación. Iba a verse arruinado en un
país donde el dinero tiene mayor importancia que en otras naciones y resulta
más necesario para la vida. ¿Era posible la existencia de un Rómulo Pedraza
protegido por sus amigos y con un empleo público para sostener humildemente a
su familia?...
La idea de que su mujer y sus niñas tuvieran alguna vez que remendar sus
vestidos, llevando la vida dolorosa de los ricos arruinados que buscan el
amparo de unos parientes más dichosos, le parecía tan absurda e inconcebible
como un trastorno de la leyes astronómicas. ¿Era lógico que Zoila, su mujer,
fuese alguna vez pobre?...
Además sentía miedo al pensar en sus hijas. Él conocía la historia de
muchas señoritas cuyos padres se habían empobrecido. Unas pocas conseguían
casarse con ricos, lo mismo que en las novelas; las más se resignaban a
descender, perdiendo la distinción de su origen, convirtiéndose en obreras
ocultas que trabajaban mal recompensadas para el sostenimiento de una vida
miserable; y algunas acababan sirviendo de amantes a hombres que en otras
circunstancias no habrían osado aspirar a ser sus maridos.
El pobre doctor se estremecía de miedo y de cólera al pensar que sus
hijas, las cuatro hijas que le quedaban en casa, podían verse en la misma
situación de algunas infelices que atraen a los libertinos con un nuevo
encanto: el de haber sido señoritas de buena casa, jóvenes, ricas y educadas en
el lujo antes de que la ruina paternal les empuje a ser lo que son.
VI
Como todos los que viven inseguros y acechados por el peligro, creyendo
sentir que la tierra vacila bajo sus pies, el doctor aceptó supersticiosamente
la existencia de fuerzas misteriosas que pueden proteger a los mortales y
salvarlos, fijándose en ellos con las secretas preferencias de la
predestinación. ¿Por qué no había de ayudarle la fortuna, tirando de él con un
manotazo maternal y elevándolo luego sobre aquellas miserias que le obligaban
de día a dolorosos fingimientos, y le tenían la noche entera entre las roedoras
mandíbulas del{47} insomnio?... Había que abrir las
ventanas a la suerte, para que pudiese tocarle con sus alas.
Y se hizo jugador, jugando en la Bolsa y en los clubs aristocráticos, de
los que era uno de los socios más respetables y escuchados. Dio orden también a
las gentes de su «escritorio» para que dejasen libre la entrada a todo el que
llegase pretendiendo hablarle. ¡Quién sabe si el más humilde visitante vendría
a proponerle un negocio salvador!... En los países jóvenes, de continua
inmigración, que atraen a los aventureros de mala ley, pero igualmente a los
visionarios geniales o inventores, todo es posible.
Un día, un agente de seguros sobre la vida le conquistó con su charla
amena, haciéndole firmar una póliza de doscientos mil pesos a favor de su mujer
y sus hijas. Esto iba a obligarle al pago de una prima importante todos los
años; pero como estaba acostumbrado a los enormes réditos que debía entregar a
sus acreedores, consideró insignificante el aumento de una cantidad más...
El agente de seguros, alegre por la comisión ganada, debió hablar a sus
compañeros; la puerta del «escritorio» seguía franca, y empezaron a visitar a
Pedraza casi todos los que en Buenos Aires se dedicaban al mismo negocio.
Intentó resistirse al principio a una segunda operación basada en su muerte;
pero al fin acabó mostrando cierto gusto por ella, y como seguía recibiendo
bien a tales visitantes, éstos parecieron pasarse el aviso unos a otros.
Rara era la semana que el doctor no suscribía una póliza nueva. A pesar
de su madurez se mantenía fuerte, los médicos de las Compañías de Seguros daban
un informe rotundo sobre su espléndido equilibrio físico, libre de toda
enfermedad, y el negocio se hacía sin obstáculos. Al poco tiempo Pedraza estaba
asegurado en más de una docena de Compañías, unas del país, otras de Europa y
de los Estados Unidos. Además había firmado contraseguros y hecho otras
operaciones que le aconsejaban los agentes, deseosos de ganar nuevas primas.
Al fin, su persona había llegado a valer más de dos millones de pesos,
según manifestaba con regocijo a sus amigos. Ésta era la cantidad que deberían
entregar las Compañías a su familia en el momento de su muerte. Pero los
amigos, admirando la solidez de su cuerpo, contestaban:
—Antes de morir habrás pagado en primas algo más de los dos millones.
¡Mal negocio el tuyo! Vas a vivir mucho.
El esposo de doña Zoila sonreía, orgulloso de su vigor, afirmando que se
consideraba más fuerte que nunca, y al final serían efectivamente las Compañías
de Seguros las explotadoras de su credulidad. Luego terminaba, con una{48} displicencia de rico:
—Caro resulta eso; pero ¿qué importa?... Es plata que voy depositando
para los míos.
Una mañana le escuché estas mismas palabras en un Banco, cuando
formábamos grupo en la antesala del gerente varios aspirantes a un préstamo
inmediato...
Y de pronto la muerte, una muerte inesperada, que muchos llamaron
«estúpida», por su absurda inoportunidad; como si alguna vez la muerte pudiera
resultar oportuna.
Era en verano, y la familia del doctor estaba pasando una temporada en
las islas del Tigre. Estas islas están cerca de Buenos Aires, y las forma el
río Paraná al desembocar en el estuario llamado río de la Plata: una red
intrincada de canales navegables entre tierras medio sumergidas, cubiertas de
una vegetación frondosa, siempre verde. Es un lugar hermoso, digno de servir de
escenario a un poema. Lo malo es que nunca ha ocurrido en él nada digno de
mención.
Muchos ricos de Buenos Aires, especialmente las familias de origen
antiguo, tienen una casa de recreo en las inmediaciones del Tigre, y doña Zoila
había creído indispensable poseer un edificio igual, para complemento de su
lujoso hotel, cerca del Parque de Palermo. Creo oportuno decir de paso que las
dos nobles viviendas estaban hipotecadas.
El doctor pasaba las noches con su familia, acompañando a las niñas
cuando deseaban bailar en el Casino del Tigre. Por la mañana tomaba el tren
para ir a Buenos Aires y ocuparse en sus negocios, regresando al anochecer. Fue
en uno de estos viajes de vuelta cuando el doctor cayó a la vía, al pasar de un
vagón a otro. Nadie pudo explicarse claramente cómo ocurrió este suceso, que
produjo tanta emoción en la ciudad. Lo cierto es que el cadáver del doctor fue
encontrado hecho pedazos entre los rieles.
Los periódicos hablaron largamente, censurando a la Compañía del
ferrocarril por el mal estado de su material. Había cerrado ya la noche y la
obscuridad debió ser la verdadera causa de esta desgracia; pero también
resultaba culpable de ella la Empresa, por la vejez de sus vagones. Los puentes
que los unían eran defectuosos; las portezuelas se abrían solas. Indudablemente
un hombre como el doctor Pedraza, preocupado a todas horas por sus negocios, al
pasar distraído de un vagón a otro, había sido víctima de tales deficiencias.
Sus funerales fueron magníficos. Los diarios publicaron largas
biografías de él, considerando su trágica muerte como una pérdida nacional.{49}
¡Ah, doctor! ¡Heroico doctor!... Unos pocos nada más nos mirábamos
fijamente al mencionar su nombre. Nos hablábamos con los ojos, leíamos
mutuamente en ellos nuestro común pensamiento; pero nadie se atrevía a
expresarlo con palabras.
Algunos hubiesen querido hablar; pero ¿cómo interrumpir con suposiciones
malévolas, inoportunas y peligrosas la unanimidad del sentimiento público por
la pérdida de un ilustre hijo del país?... El duelo general había servido para
demostrar cuán numerosas eran las amistades de la familia del llorado doctor y
el prestigio de doña Zoila en la alta sociedad (¡una Pérez Zurrialde!).
La señora viuda de Pedraza y sus hijas cobraron dos millones de pesos de
las Compañías de Seguros. Todos admiraron la previsión de este buen padre de
familia. Le tenían por rico; dejaba a los suyos una gran fortuna (aunque
indudablemente algo quebrantada por la crisis del momento), y había que añadir
a tal herencia los importantes seguros sobre su muerte. El dinero siempre llega
a tiempo, y en esta ocasión serviría para suavizar el dolor de la familia.
Doña Zoila libró de hipotecas sus propiedades, y al poco tiempo la
suerte—a la que el pobre doctor abría inútilmente la ventana para que
entrase—se decidió a ir en busca de sus herederos. Pasó la crisis nacional,
circuló otra vez la riqueza; el mundo, que necesita para vivir panecillos y
biftecs, compró a buen precio los trigos y las reses; las dos estancias de la
familia, limpias de réditos, proporcionaron magníficas rentas.
La señora viuda de Pedraza continúa siendo una de las primeras matronas
del país. Llama, como siempre, la atención de todos por su elegancia; pero
ahora es una elegancia de noble dama que ha renunciado a dar envidia a sus
amigas; una elegancia a base de colores apagados, de ricas blondas y joyas
sólidas.
Para que un concierto o una función teatral de caridad tenga público
hasta en los pasillos, es preciso que ella la organice. Los comerciantes
tiemblan al verla presidenta de una nueva institución benéfica, sabiendo que
esto significa un tributo más que tendrán que pagar con medrosa sonrisa, so
pena de verse sin clientela. Los comediantes célebres, los concertistas, los
escritores que llegan de Europa a dar conferencias, están condenados al fracaso
si no cuentan con su protección.
No ha vuelto al viejo mundo; pero desde Buenos Aires legisla sobre
materias de elegancia, y los comisionistas de modas que llegan de París van a
enseñarla sus novedades antes que al público.
Todas sus hijas se han casado ya. Los nietos empiezan a tirar de su
falda, y{50} cada vez que siente una fugaz simpatía
por cualquiera de sus yernos, le dice suspirando:
—Hijo mío: sólo deseo que sea usted tan bueno para la familia como lo
fue mi finado el doctor.{51}
I
Cuando hablaban a Montalbo de su celebridad universal, el famoso
escritor francés quedaba pensativo o sonreía melancólicamente.
¡La gloria!... Alguien la había sintetizado diciendo que es simplemente
«un apellido que repiten muchas bocas». Un novelista admirado por Montalbo le
daba otro título. La gloria era «el sol de los muertos».
Todos los hombres cuyo recuerdo guarda la Historia, célebres en vida y
después de su muerte, o desconocidos mientras vivieron y elogiados cuando ya no
podían oír sus alabanzas, perduraban, con una existencia inmaterial, bajo la
luz de este sol que sólo alumbra a los que ya no tienen ojos para verlo.
Montalbo sentía un escalofrío de pavor al pensar en el astro que sólo
existe para unos cuantos. Deseaba que iluminase muchos siglos su tumba. En
realidad, todo lo que llevaba hecho era para conseguir esta distinción póstuma.
Pero al mismo tiempo veía imaginariamente la gloria como una estrella roja y
mate, de luz aguda y glacial, semejante a esos rayos descompuestos en los
laboratorios, que deslumbran y no emiten ningún calor.
El sol de los muertos le hacía descubrir nuevos encantos en el vulgar
sol de los vivos, astro que alumbra infinitas miserias, pero trae también en su
curso impasible muchos días de corta felicidad. ¡Y pensar que por obtener un
rayo de este sol de las tumbas los hombres crean interminables guerras, oprimen
a sus semejantes, viven sordos y ciegos ante las magnificencias de la
Naturaleza, y dan a la ambición el sitio del amor!...{52}
Recordaba también el poeta los eclipses y los caprichos rotatorios del
tal astro, esplendoroso y frío, que deja en insondable noche todo el porvenir,
sólo alumbra una reducida parte del presente, y reserva sus cascadas de luz
infecunda para las inmóviles llanuras del pasado, para los polvorientos campos
de la Historia, llenos de ruinas y silenciosos como un cementerio. Montalbo no
estaba seguro de lo que podría encontrar más allá de la muerte; no tenía
siquiera la certeza de encontrar algo, fuese lo que fuese; pero los vivos
consideraban la gloria, «el sol de los muertos», como algo de indiscutible
realidad, y él se apoyaba en tal afirmación para imaginarse cómo sería su
existencia de ultratumba. Su cuerpo iría pulverizándose mientras los hombres
todavía vivos repetían su nombre y se lo pasaban a otros hombres, como un
depósito, antes de morir a su vez. Y él, por todo recreo—si es que continuaba
existiendo después de la muerte—, contemplaría cómo brillaba sobre su fosa
aquel resplandor, crudo y glacial, de luz química.
Como el grande hombre empezaba ya a sentirse viejo, repelía estremecido
estas evocaciones de su imaginación. ¿Para qué ocuparse en vida de la
inmortalidad literaria, que es la más azarosa de las loterías?... El sol de la
gloria iluminaba caprichosamente la tumba de muchos hombres a los que nunca
calentó mientras vivieron. En cambio, como una mujer veleidosa, envolvía en el
cono de sombra pendiente de su espalda a otros que acarició mientras existían.
Proyectaba su resplandor sobre unos pocos con tal generosidad, que iluminaba a
la voz sus personas y sus obras, mientras a los más sólo les tocaba el rostro
con un rayo único, dejando en la lobreguez del olvido todo lo demás que
produjeron como justificación de su renombre.
Sonreía tristemente Montalbo al pensar en su celebridad que tantos
envidiaban. Sus libros, ahora famosos, tal vez resultasen despreciables antes
de cincuenta años.
«La mayoría de las obras célebres del pasado—pensaba—no llegaron hasta
nosotros, y sólo las admiramos por el testimonio de algunos contemporáneos que
nos afirman su excelencia. Otros libros antiguos han sobrevivido, pero sólo los
leen unos cuantos eruditos. El gran público huye de ellos, alabando al mismo
tiempo al autor por un convencionalismo tradicional. Mi fama presente se
disolverá pocos años después de mi muerte. Tal vez si sobrevive y logra salir
por la otra boca del túnel del primer olvido que atraviesa toda celebridad
difunta, será un simple nombre en los diccionarios y una lista de libros que
nadie lea».
En sus horas de pesimismo consideraba con cierto menosprecio todas las
grandezas intelectuales de la civilización humana, tenidas por eternas e{53} inconmovibles. Que el mar subiese de nivel unos
cuantos metros, invadiendo las tierras; que la corteza terrestre se
resquebrajase con la infinita perforación de una viruela de volcanes; que
nuestro planeta, en una desviación de su órbita, se alejara del sol o se
aproximase a él, y toda la vida humana, con sus orgullos, sus variedades y sus
ensueños, desaparecería en unos minutos, perdiéndose en el aire, como mariposas
de ceniza, los libros, los cuadros, los monumentos... La gloria merecía su
título de «sol de los muertos». Era algo negativo y engañoso como la muerte,
sobre la cual construyen los hombres tantas ilusiones religiosas.
Pero el escritor, necesitando de pronto un consuelo espiritual,
abandonaba estos lóbregos pensamientos sobre el más allá, concentrando su vista
en el presente. La gloria era entonces para él algo positivo y agradable,
mientras vive el que la disfruta. Montalbo sentía su calor vivificante, igual
al del sol que ilumina a los vivos. No podía quejarse de ella. Había
transformado su existencia con la exuberante generosidad del calor de los
trópicos, que desarrolla atropelladamente el germen errante o imperceptible
caído en el suelo, haciéndole remontarse como un vigoroso chorro vegetal
cargado de vida rumorosa y sólida.
Recordaba sus días penosos, los días de su primera juventud, cuando el
astro que en sus horas meridianas da una vida fingida y gloriosa a los muertos
aún no le había tocado con los rayos de su amanecer.
Sus primeros avances habían sido lentos y tristes. Tenía que abrirse
paso en Francia, y no había nacido en ella. Su padre pertenecía a una familia
ilustre radicada en una república de la América del Sur. Sus abuelos habían
sido ricos de un modo fabuloso, con propiedades extensas como Estados. El
primero de la familia era un héroe de la conquista del Nuevo Mundo, un capitán
navegante de España, don Alonso de Montalbo, fundador de la misma ciudad en la
que había nacido el poeta.
Estando en París, su padre se había casado con una francesa,
llevándosela después al otro lado del Océano. Tenía todas las cualidades buenas
y malas del criollo antiguo: caballeresco y dilapidador; sentimental y cruel;
capaz de los más disparatados sacrificios por la mujer amada, y capaz
igualmente de olvidarla por una mulata del campo horas después.
Al examinarse interiormente, Montalbo encontraba muchas veces el
carácter de este padre, que no había conocido nunca, pues el criollo murió
cuando él sólo contaba unos meses de vida. Lo asesinaron en una revuelta
política, y como había despilfarrado los últimos restos del patrimonio de los
Montalbo, considerablemente disminuido de generación en generación, la viuda se
volvió a París.{54}
Este niño que llevaba el nombre español de José María y un apellido de
conquistador balbuceó sus primeras palabras en francés. La madre le hablaba
siempre en su idioma. Pero al mismo tiempo, en la cocina, el pequeño Montalbo
se veía obligado a aprender el español para entenderse con Bernarda, una
mestiza de labios abultados, ojos de brasa y muecas de continua protesta. Se
quejaba del frío de París, de la maldad de sus habitantes, que se empeñaban en
hablar de otro modo que los demás cristianos; pero seguía a la señora en sus
andanzas y pobrezas por no abandonar al niño, que recibía sus caricias lo mismo
que un gozque travieso y gracioso.
El escritor olvidaba las privaciones de su infancia, la dificultad con
que hizo sus estudios, el aislamiento que le creó muchas veces su nombre
exótico, la muerte de su madre, a consecuencia de tantas privaciones
disimuladas, y las miserias de su primer matrimonio, para fijarse en las
comodidades y larguezas de su existencia presente. Después de la dura
iniciación que había sufrido para llegar hasta la gloria, ésta se mostraba de
una generosidad incansable.
Sus libros eran leídos por millones de personas. Los traductores los
aguardaban impacientes para darles el ropaje de una nueva lengua, y luego se
esparcían por la tierra entera como mariposas brillantes, cuyo vuelo triunfador
contemplaban las gentes con ojos admirados. Sus sonetos obtenían celebridad
hasta en los países donde no podían leerlos en su forma original; sus obras
teatrales se mantenían en los carteles, algunas veces, años enteros. En los
últimos tiempos, el cinematógrafo había añadido el encanto de la plasticidad y
el movimiento a muchas de sus historias novelescas.
Todo este éxito había traído como consecuencia práctica el bienestar y
abundante dinero. El pequeño criollo que intentó muchas veces conmover con sus
balbuceos a la cobriza Bernarda para que le diese un segundo pedazo de pan, sin
que ésta pudiese atenderle; el bohemio que más de una noche había vagado por
las calles de París, falto de refugio, después que se cerraban los cafés,
poseía ahora un hotel particular con vasto jardín en el barrio de Passy, cerca
del Bosque de Bolonia, lujosa vivienda que visitaban con veneración sus
admiradores y excitaba la envidia de muchos de sus camaradas literarios. Había
comprado además un castillo histórico en las orillas del Loira, donde pasaba
los meses de otoño, y en invierno descendía a la Costa Azul para ver el carnaval
de Niza y el público abigarrado o interesante de Monte-Carlo.
Poseía dos automóviles. El correo le entregaba diariamente cartas
admirativas de los lugares más apartados de la tierra. Todos le llamaban
«querido maestro». Los más le respetaban como un hombre eminente de su época.{55} Algunos lo discutían hasta la calumnia,
preocupándose de él a todas horas, lo que representa una nueva forma de la
admiración...
Nunca, ni aun en sus momentos de más exagerado optimismo, había podido
imaginar el Montalbo de los años juveniles de miseria que llegaría a ser tan
favorecido por la gloria y el éxito material.
Pero el hombre es una eterna inquietud, una duda incesantemente
renovada, y el novelista, acostumbrado al análisis psicológico de los seres
imaginarios que figuraban en sus historias, al examinarse a sí mismo, se
preguntaba muchas veces:
—¿Verdaderamente soy feliz?...
II
Después de los veinte años, cuando, muerta su madre, se fue a vivir al
Barrio Latino, conoció Montalbo al mismo tiempo las angustias de una juventud
mísera que no acierta el modo de conseguir juntos el pan y el renombre, y las
primeras satisfacciones del amor.
En realidad, más que el amor, lo que saboreó en dicho tiempo fue el
orgullo de su vanidad masculina.
Aún no había llegado la época en que los hombres resolvieron suprimir
sus adornos capilares, abominando de la barba y la cabellera, como algo
anacrónico y poco limpio. Todavía la influencia sajona no había puesto de moda
el bigote cortado a raíz o el rostro completamente afeitado. Todos los que
aspiraban a la gloria de las letras o las artes, para distinguirse de los
burgueses, dejaban crecer los adornos naturales de su cabeza, imitando con
exuberancia los penachos y melenas que en el reino animal distinguen al macho,
soberbio, ambicioso y batallador, de las otras bestias, obscuras y humildes.
Montalbo, mal vestido y mediocremente alimentado, conseguía muchas veces
que las mujeres elegantes, al cruzarse con él en la calle, volvieran los ojos
con repentino interés:
—¡Qué cabeza de artista!...
De sus remotísimos ascendientes los árabes andaluces, abuelos del
conquistador que se embarcó para el Nuevo Mundo, tenía la barba suave, negra y
rizosa, la nariz de curva enérgica y unos ojos cuyas pupilas parecían acariciar
con la finura del terciopelo. Su rostro, de morena palidez, estaba como{56} encuadrado por dos crenchas intensamente negras,
que descendían hasta más abajo de sus orejas.
Las muchachas del Barrio Latino, estudiantas rusas, modelos de pintor o
simples aspirantes a la conquista de numerosas joyas y un hotel lujoso al otro
lado del río, lo admiraban por su «belleza exótica», como ellas decían. Una que
en fuerza de visitar «estudios» ostentaba cierta erudición artística le había
apodado Velázquez, por encontrarle cierto parecido con los
caballeros españoles retratados por el maestro. Sus amigos, que conocían la
historia de sus ascendientes y el lugar de su nacimiento, le llamaban «Montalbo
el Conquistador».
Fue en esta época cuando conoció a Duprat y a su hija Matilde. Este
escultor, ya entrado en años, y predispuesto siempre a atribuir su falta de
éxito a maquinaciones y envidias de artistas célebres que empezaron a trabajar
al mismo tiempo que él, buscaba la compañía de la juventud. Los principiantes
le respetaban, llamándole «maestro», por sus años más que por sus obras. Además
escuchaban con delectación su verbosidad demoledora, sus interminables
declamaciones de hombre agriado por la mediocridad.
Al final de un callejón de Montrouge tenía su pobre estudio: antigua
cuadra en el fondo de un jardín abandonado. Allá iban a juntarse por las
tardes, procedentes del Barrio Latino o de Montparnasse, muchos jóvenes
buscadores de gloria y de riqueza por los diversos caminos de la literatura, la
música o las artes plásticas.
El odio a los antecesores que habían paladeado ya la miel del éxito, el
afán innovador del entusiasmo, el menosprecio a los «viejos», que muchas veces
no era más que una manifestación torcida de la envidia, los unía a todos con
fraternal amistad. Además, el escultor, en las tardes de invierno, ponía al
rojo blanco la estufa de su estudio, y este fuego parecía atraerlos, cansados
de sufrir en sus míseros cuartos de hotel o en sus buhardillas los agudos
mordiscos del frío.
Otro atractivo del estudio de Duprat era la presencia de su hija. Los
amigos del escultor no se forjaban ilusiones vanidosas al pensar en esta
muchacha de aspecto modesto, concisa en palabras, y que mostraba en todos sus
actos la voluntad tranquila y firme de una excelente dueña de casa. Muchos se
preguntaban cómo había podido nacer esta criatura de un padre tan desordenado
como Duprat. Nadie había conocido a la madre, y los más suponían a Matilde
fruto de las relaciones del bohemio con alguna mujer del pueblo hacendosa y
vulgar, que desapareció luego de su existencia, dejándole este recuerdo
viviente.{57}
Era inútil todo intento de enamorarla. Los que venían por primera vez al
estudio adoptaban en vano actitudes de artista genial seguro de su gloria
futura o se mostraban como graciosos aturdidos, hábiles para hacer reír a una
mujer con sus palabras. No tardaban en convencerse de que perdían su tiempo.
Matilde vivía entre ellos como si estuviera de paso y perteneciese a otro
mundo. Hasta le era imposible ocultar cierto menosprecio por las ideas y
costumbres de estos jóvenes y de su padre. Ella amaba el orden, la provisión,
la limpieza, el hogar tranquilo, donde todo se desarrolla metódicamente.
Tenía una hermosura «apagada y gris», según decían los visitantes del
estudio, que era como un reflejo de su alma discreta y humilde; una hermosura
que no se dejaba ver en el primer momento, revelándose al observador poco a
poco, en el transcurso de los días. Los amigos del padre se preguntaban con
aire de duda si Matilde era hermosa. Al fin le reconocían cierta belleza, pero
añadiendo:
—No es para un artista; ha nacido para casarse con un burgués.
Procuraba la joven mantenerse oculta en las habitaciones inmediatas al
estudio. Después de pasar su adolescencia con unos parientes de su madre, había
tenido que acostumbrarse a las conversaciones algo libres del escultor y sus
camaradas. Las palabras inconvenientes parecían resbalar sobre ella sin ser
comprendidas. Su grave modestia pasaba sorda e impasible por este ambiente de
bohemios violentos y desordenados. A pesar de tal inmunidad, procuraba alejarse
de él siempre que podía. Únicamente en las tardes que el escultor obsequiaba a
sus amigos con vino o cerveza, deseoso de hacerles ver que ganaba dinero no
obstante la envidia de sus compañeros célebres, Matilde aparecía en el estudio
para servir a los invitados, tomando el aire de una buena dueña de casa.
Montalbo se dio cuenta de la animadversión con que le distinguía esta
joven sobre todos sus compañeros. Evitaba hablarle, parecía no oír sus
cumplimientos o los acogía con visible despego. Abominaba de él, sin duda, por
aquella belleza exótica que tanto admiraban las muchachas licenciosas del
Barrio Latino, y por ciertas historietas oídas a su padre y a los amigos de
éste comentando las buenas fortunas amorosas del «Conquistador». El joven poeta
era una concreción brillante y antipática de todos los desórdenes y jactancias
que ella menospreciaba silenciosamente en los visitantes del estudio.
Esta reprobación sorda de la joven hizo que Montalbo se fijase más en
ella, con la insistencia de una vanidad lastimada. Sin que ninguno de los dos
supiera cómo ocurrió el hecho, un anochecer se miraron frente a frente. Sus
ojos parecieron sufrir una mutua atracción, sosteniendo largo rato sus miradas.
Los{58} dos creían verse por primera vez.
Él, que la había tenido siempre por una mujer insignificante, apta
cuando más para ser la esposa de un pobre empleado, columbró a través de su
rostro tranquilo una belleza no sospechada hasta aquel momento, más fresca y
atrayente que las de todas las mujeres que llevaba conocidas. Matilde, a su
vez, creyó registrar con sus ojos los escondrijos del alma del poeta, y se dijo
que el bello Velázquez era un excelente muchacho, mejor que todos sus
camaradas, dando por no oídas las historias que le atribuían.
Tampoco podía decir Montalbo al recordar su pasado quién fue el primero
de los dos que reveló con palabras este amor repentino. Tal vez fueron ambos a
un tiempo; tal vez no fue ninguno, pues adivinando la mutua atracción de sus
voluntades, se consideraron ligados por el amor antes de decírselo.
Empezaron a verse fuera del estudio, huyendo de aquel ambiente de
gritos, maledicencias y fugaces entusiasmos, que olía a tabaco, a fiebre y a
pobreza. Ella, valiéndose de la libertad en que la dejaba su padre, buscó a
Montalbo para pasear juntos por el Bosque de Bolonia o algún jardín del otro
lado del Sena, lejos de la orilla izquierda, donde podían tropezarse con gentes
conocidas.
Este amor sano y grave, que desde los primeros instantes les hizo hablar
de su próximo matrimonio—como si no pudiera tomar otra forma que la reposada y
legal—, dio a Montalbo una voluntad nueva, infundiéndole mayores fuerzas para
el trabajo. Siguiendo las indicaciones de Matilde, encontró de más fácil
tránsito los caminos en cuya entrada se detenía antes, descorazonado por los
obstáculos que adivinaba en ellos.
La hija del escultor pareció influir en su destino, dándole una buena
suerte, modesta, limitada, pero incesante. Fue en este período cuando revistas
famosas publicaron sus versos y sus primeros cuentos, y empezó a ver retribuido
su trabajo con pequeñas cantidades. El buen sentido de ella le hizo abandonar
las publicaciones de cenáculo y las revistas de corta tirada, leídas únicamente
por sus propios colaboradores y de las cuales no había que esperar dinero.
Precisamente, cuando Montalbo empezaba a considerarse ya en el camino de
la riqueza porque su novia guardaba unos cuantos centenares de francos ganados
por él, que habían de servir para la instalación del futuro matrimonio, ocurrió
un suceso que para el poeta casi equivalió a una catástrofe de tragedia.
De todos los artistas célebres y ricos, a los que Duprat llamaba con
desprecio «los consagrados», el único que éste dejaba aparte, excluyéndolo de
sus odios y tributándole una admiración relativa, era el famoso compositor
Fontana. Este{59} músico había continuado siendo
amigo suyo desde los tiempos de pobreza juvenil. La música nada tiene que ver
con la escultura, y Fontana, maestro glorioso, pero que sólo entendía de su
arte, trataba a Duprat de igual a igual, accediendo a considerarlo como un
genio mal comprendido, ya que esta concesión no podía disminuir su propia
gloria.
El escultor, por su parte, correspondía a tal deferencia manifestando su
admiración por la obra de Fontana: una admiración razonadora y con numerosas
objeciones, pues era incapaz de venerar a nadie ciegamente, a excepción de sí
mismo. Los primeros músicos eran para él los alemanes y los eslavos, unos
porque habían muerto, otros porque vivían muy lejos; pero después de ellos, en
el mundo sólo existía Fontana.
Cuando, de tarde en tarde, aparecía el famoso maestro en el estudio del
escultor, todos los contertulios de éste se mostraban más agresivos en sus
juicios y más ásperos en sus palabras. Era necesario que este hombre célebre
que «había llegado» se enterase bien de su independencia y no creyese en una
posible adulación. Hasta el dueño de la casa acogía al ilustre visitante con
una excesiva familiaridad, haciéndole sentir el privilegio que representaba
para un artista célebre y de carácter oficial ser recibido en esta reunión de
genios independientes e ignorados.
Algunas horas después, los mismos jóvenes decían a sus compañeros de
café: «¡Hoy he estado con Fontana, el más grande de los músicos después de
Wagner!...». Y seguían inventando hiperbólicos elogios en honor de aquel hombre
que había estrechado su mano distraídamente, cruzando con todos ellos unas
cuantas palabras.
El escultor, por su parte, dividía el tiempo con arreglo a las visitas
de su célebre amigo, y al recordar un suceso doméstico o exterior, decía
reflexionando: «Eso fue dos días después de la última tarde que vino Fontana».
Por la indiscreción de un amigo de Duprat, al que comunicaba éste sus
apuros pecuniarios y sus asuntos familiares, supo Montalbo lo que ocurría. El
maestro Fontana estaba enamorado de Matilde y parecía deseoso de casarse con
ella.
Quedó el poeta asombrado por tal noticia, como si representase algo
inverosímil. Fontana tenía cerca de sesenta años; era más viejo que el
escultor. En su vida abundaban los episodios amorosos.
De joven, como pianista célebre, había conocido la gloria en forma de
aplausos y también de sonrisas femeniles y ojeadas prometedoras. Había{60} abusado, según los comentaristas de su brillante
carrera, de ese poder de sugestión que tienen sobre las mujeres los oradores,
los cantantes y los músicos; influencia misteriosa que las hace estremecerse,
oprimiendo su garganta muchas veces con un nudo histórico. Luego, sus óperas
graciosas y melancólicas, célebres en el mundo entero, y que siempre tenían por
tema el amor, hicieron que toda extranjera de paso en París considerase
indispensable llevarse un retrato de Fontana con dedicatoria.
Pero el compositor parecía cansado de sus amores novelescos, más
interesantes, tal vez, vistos por los extraños, que lo habían sido en la
realidad. Matilde, con su belleza tranquila y reposada de dueña de casa, le
hacía pensar en las vulgares delicias del matrimonio. Era el repentino
entusiasmo por el huerto de la casa natal que siente el viajero cuando vuelve
de dar la vuelta a la tierra, harto de frutos raros y lejanos. El célebre
maestro quería casarse, como se habían casado sus progenitores, sintiendo una
ternura algo senil al ver a esta joven que le recordaba las virtudes hacendosas
de su madre.
Duprat hablaba con entusiasmo a su confidente.
—Es una verdadera suerte... fíjate bien. Un hombre célebre, mucho
dinero, y cuando muera (porque forzosamente debe morir antes que mi hija),
heredará Matilde todos sus derechos de autor, y hay que pensar que sus óperas
se cantan en el mundo entero.
No parecía sentir el padre duda alguna sobre la próxima realización de
este matrimonio. Montalbo tampoco dudaba. Se vio débil, sin defensa,
despreciable, al compararse con aquel hombre célebre.
Pensó por un instante que un pequeño poeta, aunque sea casi desconocido,
tiene perfecto derecho a matar a un músico famoso, si le estorba; pero
inmediatamente se extinguió su agresividad. ¿Qué podía hacer él, si Matilde
sería indudablemente la primera en aceptar este matrimonio inesperado? ¿Cómo
resistirse a las seducciones de la riqueza y de la gloria?...
También ejercía la gloria su influencia deslumbradora sobre él. Se
acordó de muchas tardes de domingo en que había asistido a conciertos famosos,
siendo una gota viviente del mar humano que oleaba de entusiasmo, agolpándose
en la barandilla circular del teatro. Innumerables veces había aplaudido y
aclamado las obras de este hombre. Hasta recordaba una disputa, que casi acabó
a golpes, sostenida contra varios que intentaron silbar una obra audaz, de la
llamada «última manera», del maestro.
En su niñez, la primera ópera oída por él fue una de Fontana. Su madre,{61} sentada al piano, cantaba muchas veces, a media
voz, una romanza amorosa, que le hacía pensar, sin duda, en la lejana tierra de
América, donde había sido feliz por breves años. Y esta romanza, que hacía
brillar con el cristal de las lágrimas los ojos maternales, también era de él.
¿Cómo lanzarse a luchar con este hijo de la gloria?...
Cuando habló con Matilde en un banco del jardín del Luxemburgo, su voz
fue trémula y desmayada: una voz de niño sin amparo que va a llorar.
—Sé que Fontana quiere casarse contigo. Tu padre celebra esto como un
honor, y tú, indudablemente, lo aceptarás. Él tiene lo que yo no tengo: la
gloria... ¡Es tan célebre!
Matilde le miró con una expresión de asombro y de lástima; una de esas
miradas que las mujeres en trato continuo con los hombres de talento guardan
para acoger las tonterías que dicen en determinadas ocasiones. Luego sonrió.
—¡Pero si Fontana es tan viejo!... Bien podría ser mi padre... Tal vez
más que mi padre.
Se detuvo unos segundos, y añadió con energía:
—Ámame mucho y no te preocupes del maestro. Tú eres quien tiene lo que
él ya no puede tener.
Le zumbaron a Montalbo los oídos a causa de su emoción. En el primer
instante se sintió orgulloso del triunfo de su juventud. Luego miró con cierta
lástima a Matilde.
Muy buena, muy dulce... y muy hembra. Deseaba que fuese su esposa, pero
al mismo tiempo la juzgó vulgar y poco inteligente. ¡Hablar así del gran
Fontana!...
Al fin, mujer. Sólo los hombres pueden apreciar lo que es la gloria.
III
Evocaba Montalbo los primeros años de su matrimonio con igual melancolía
que se recuerdan los tiempos de miseria cuando se es rico, o las aventuras
peligrosas cuando se vive para siempre exento de riesgos. Consideraba este
período de su existencia muy interesante; pero de ningún modo accedería a
vivirlo por segunda vez.
Se veía por la noche en el comedor del piso que ocupaban él y Matilde,
en un edificio habitado por empleados modestos y obreros de buen jornal. Uno{62} cualquiera de los salones de sus viviendas
actuales era más grande que todas las habitaciones juntas de aquella casa en la
que fueron a instalarse.
El comedor servía a la vez de gabinete de trabajo. Hasta las primeras
horas de la madrugada permanecía inclinado bajo el cono de luz amarillenta de
la lámpara, escribiendo sobre el hule blanco que hacía veces de mantel. ¡Qué de
ensueños, qué de esperanzas, transformadas repentinamente en dudas!...
Entonces fue cuando produjo sus obras más famosas, pasando éstas
completamente inadvertidas al ser dadas al público. Una novela suya que rodaba
ahora por el mundo entero, llegando a sumar varios millones sus ejemplares en
diversas lenguas, había permanecido muchos años sin encontrar más de quinientos
curiosos que quisieran leerla. Obras teatrales escritas en aquella
habitación—saturada por la cocina próxima de olores de alimentos mediocres
rápidamente preparados—daban actualmente a su autor una renta cuantiosa,
después de haber dormido largo tiempo olvidadas en los archivos de los
empresarios o haber sido tenidas por inadmisibles.
Recordaba el maestro con emoción que algunas noches, al otro lado de la
mesa, Matilde escribía igualmente. No lo hacía como su marido, en grandes hojas
de papel, sino en un cuadernito semejante al que usan las cocineras.
Montalbo estaba seguro de que si buscaba un poco en los muebles antiguos
de su biblioteca—cada uno de los cuales le había costado muchos miles de
francos, sirviendo todos actualmente para guardar recuerdos de su época de
pobre—, encontraría algunos de estos cuadernos conmovedores.
Con los ojos en alto y mordiendo la pluma, iba dando caza a las rimas de
sus pequeños poemas. Otras veces, frunciendo el ceño, movía la mano con la
velocidad nerviosa del entusiasmo, desarrollando un capítulo de aquellas
novelas sentimentales que habían interesado al público femenino de ambos
mundos, acelerando la hora de su celebridad. Describía, con el vigor de las
cosas vistas, el parque del lujoso castillo, las tertulias de los invitados a
la cacería, las intrigas amorosas de esta sociedad elegante, el drama oculto
bajo sonrisas amables y palabras corteses, la psicología complicada y sutil de
la duquesa protagonista de la fábula.
Mientras tanto, Matilde, sentada al otro lado de la mesa, iba
escribiendo en su cuadernito: «carbón, 1,50 francos; azúcar, 0,35; café, 0,70;
pan, 1,25; carne, 2».
Y cuando cesaba de escribir, sumando a continuación las cantidades,
también fruncía el ceño, lo mismo que el novelista; pero era para lograr que el
resultado{63} de la adición se nivelase con la
escasez del dinero disponible.
En estos años de pobreza, Matilde fue madre dos veces: un niño y una
niña; nacimientos que sirvieron para que el viejo escultor visitase la casa. El
artista libre e independiente aún guardaba rencor a su hija por haberse negado
a ser la esposa del célebre maestro.
La crianza de los dos hijos fue agrandando las preocupaciones de la
madre. Montalbo tuvo que extremar su trabajo para atender a las necesidades de
una familia creciente. La primera educación de estos pequeños fue casi igual a
la de los hijos de los obreros acomodados que eran vecinos suyos. Matilde,
prematuramente envejecida por las faenas domésticas y la escasez de dinero,
trataba con fraternal deferencia a estas vecinas, algo rudas, pero simpáticas.
Todas veían en ella a una mujer de clase superior venida a menos, y en su
marido a un hombre que alguna vez podría ser de los que escriben en los
periódicos y acaban gobernando el país.
Sentía Montalbo los cosquilleos de una ternura lacrimosa y cierto
remordimiento vago al evocar los sacrificios de su animosa compañera. Suprimía
en el presupuesto doméstico el vino y el café destinados a ella, afirmando que
eran nocivos para su salud, y de este modo lograba aumentar la compra de leche
para sus pequeños. También descubría de pronto que la carne le hacía daño. Y
mientras cuidaba escrupulosamente del biftec y la botella de Burdeos para el
marido, afirmando que un escritor que trabaja debe alimentarse bien para
continuar su tarea, ella fingía inapetencia, confiando su nutrición al azar de
las compras baratas o a los restos de la comida de su esposo.
Avanzaba con lentitud el escritor en el aumento de la retribución por su
trabajo, y cuando se creía condenado para siempre al regateo con editores que
le menospreciaban, y a combatir sin éxito con la indiferencia de un público
refractario a retener su nombre en la memoria, surgieron de pronto el éxito y
la celebridad. Fue como una detonación que deslumbró y ensordeció a Montalbo.
Nunca pudo saber qué día empezó a ser verdaderamente célebre; tampoco le
era posible decir cuándo la riqueza, que había ignorado siempre su existencia,
empezó a torcer el curso de su esquivez, yendo a su encuentro como un arroyo
metálico. Después de grandes rebuscas en su memoria, acababa por decirse que su
celebridad había empezado el día que el cartero le trajo montones de cartas y
periódicos con sellos de varios países, y su riqueza cuando los editores, en
vez de hacerle esperar en su antedespacho, le escribieron a su casa, llamándole
«querido maestro» e invitándolo a almorzar.
Después, su ascensión fue rápida, deslumbrante, sucediéndose los
triunfos,{64} como en esos ensueños donde
desaparecen las tiranías de la ley de la gravedad y se vuela con una ligereza
que salva todos los obstáculos. Los mismos editores que habían comprado sus
libros en bloque y a poco precio, los pagaron por páginas, luego por líneas, y
finalmente, las revistas extranjeras ajustaron sus cuentos a tanto por palabra.
Los traductores aguardaban impacientes sus invenciones novelescas, para
desnudarlas de su traje original y cubrirlas con las galas de nuevos idiomas,
haciéndolas dar la vuelta a la tierra. Los públicos más diversos y lejanos
contemplaban a Montalbo con la misma ansiedad silenciosa que los árabes al
cuentista de café, capaz de relatar durante meses y meses historias
maravillosas, eternamente interesantes. Alrededor de su nombre se iba creando
el mágico prestigio de los fabulatores, cuyas historias deleitaban a la plebe
romana y que eran llamados para sentarse al pie del lecho del César, entreteniéndolo
con sus novelas verbales en las noches de insomnio.
Cuando Montalbo, interesante y poético relatador de fábulas, acababa de
pasar los cuarenta años, empezó a caer la riqueza sobre él como incesante
llovizna. Luego esta lluvia se convirtió en aguacero, hasta el punto de que el
escritor decía, con una sinceridad despectiva que en el fondo era puro
fingimiento:
—Ya empiezo a aburrirme de una ganancia tan enorme y continua.
Al iniciarse esta riqueza, Matilde se fue del mundo. Habitaban entonces
un pequeño hotel, cerca del parque de Monceau. Tenían varios criados. El
automóvil ya existía, pero no era aún de uso corriente, y el novelista había
comprado un cupé y un tronco de hermosos caballos para uso de su mujer. Él
podía dar gusto a sus aficiones románticas, realizando en gran parte las
ilusiones acariciadas en su juventud, y compraba muebles antiguos, tapices,
casullas viejas, objetos litúrgicos, al mismo tiempo que iba formando una
biblioteca enorme.
Sus dos hijos se educaban en colegios de gran fama. Matilde, siempre más
vieja que debía serlo por sus años, iba vestida modestamente, y su aspecto
macilento contrastaba con la alegría juvenil de su marido victorioso.
Únicamente sentía la satisfacción de su riqueza naciente al pensar en las
caridades que podría hacer. Y de pronto, como si le fuese imposible
acostumbrarse a tanta prosperidad, había muerto.
No podía tampoco acertar Montalbo, al evocar su pasado, cuál había sido
la verdadera causa de esta muerte. Se había ido de su lado para siempre porque
ya no era necesaria su presencia, porque se consideraba inoportuna en esta
nueva atmósfera de triunfo y de lujo repentino. Tal vez la pobre había muerto
pensando{65} que su grande hombre quedaría de este
modo con mayor libertad para continuar su camino glorioso.
En los años sucesivos, el viudo se consideró efectivamente más suelto y
ágil para seguir a la gloria, que marchaba delante de él como una amiga
incansable. Todo lo que la celebridad puede dar a un hombre, él lo conoció. Ya
no le era posible adquirir más viviendas lujosas; tenía importantes depósitos
en muchos Bancos; podía suspender su trabajo cuando quisiera, sin miedo al
porvenir. Su nombre, al ser anunciado en voz alta, hacía volver las cabezas.
Llegaban elogios hasta él de todos los rincones de la tierra; recibía honores
oficiales, y al mismo tiempo, una parte de la juventud, impaciente e
iconoclasta, hacía una excepción en su favor, mirándole con cierta simpatía,
como si fuese un joven eterno. A veces hasta se lamentaba de no ser objeto de
frecuentes ataques, por creer necesaria alguna mancha de sombra en esta gloria
de monótono brillo.
El amor había venido igualmente a ponerse a sus órdenes como un esclavo
de la celebridad, un amor menos tranquilo y regular que el que le hizo conocer
Matilde.
En la cumbre de su madurez y en la primera parte del descenso de su
existencia, seguía conservando Montalbo aquella belleza varonil admirada en
otro tiempo por las muchachas del Barrio Latino. El antiguo «Conquistador»
había recortado su barba y su melena para que resultase menos visible el brillo
de las canas; en torno a sus ojos empezaba a extenderse el triste abanico de
las arrugas; pero el brillo juvenil de sus pupilas, su sonrisa primaveral de
triunfador satisfecho de la existencia, su cuerpo vigoroso y su perfil
aquilino, herencia de soldados y navegantes, mantenían el antiguo interés
inspirado por su persona.
Las extranjeras de paso en París lo encontraban semejante a sus
retratos, tal como ellas se lo habían imaginado leyendo sus libros. En los tés,
encontraba muchas veces señoras todavía hermosas, que le consultaban sobre
problemas del alma, acabando por invitarle a contemplar a solas la caída del
sol desde la terraza de Saint-Germain, o a pasear en la mañana por algún
sendero misterioso del Bosque. Otras le visitaban en su vivienda, de cinco a
siete de la tarde, para hacerle ver, a puerta cerrada, sus interioridades
psicológicas.
Lo que más le envidiaban algunos escritores jóvenes era la leyenda de
triunfos amorosos que se iba formando en torno a su apellido. Montalbo guardaba
un silencio discreto cuando alguien aludía en su presencia a esta celebridad.
Otras veces aceptaba con sonrisas modestas o enigmáticas los comentarios de sus
amigos o las malignas insinuaciones de ciertos periódicos.
Tenía el entusiasmo inagotable y la credulidad fácil de los que llegan
con{66} retraso al amor cambiando el orden de las
épocas de su vida. Después de los años de comunidad matrimonial tranquila y
metódica, que habían sido años de trabajo y privaciones, sentía una verdadera
hambre de aventuras pasionales, desordenadas y vertiginosas. Quería vivir
novelas en la realidad, después de haber fabricado tantas con la imaginación.
Al desaparecer su mujer no tuvo ya escrúpulos ni obstáculos que le
contuviesen, y avanzó con el aturdimiento del joven que encuentra un nuevo
aliciente a sus amoríos cuando los ve acompañados de cierto escándalo,
halagador de su vanidad.
Esta segunda existencia de Montalbo alejó de él lentamente a los que
formaban su familia. El escultor Duprat había muerto de alcoholismo, después de
comunicar a todos los que se resignaban a escucharle que su yerno carecía de
talento y había asesinado a su mujer para dedicarse libremente a una vida de
crápula. Sus hijos le amaban, indudablemente, pero como se puede amar a un
hermano mayor por los años y menor por la ligereza de su conducta. El hombre
célebre se mostraba con los dos de una generosidad ilimitada, admitiendo sin
parpadeos de sorpresa todas sus peticiones.
—El dinero es un instrumento de libertad—decía—, y si lo amo tanto, es
porque me permite ser independiente. Sólo el que puede dar dinero a manos
llenas es verdaderamente libre.
Como la hija parecía haber heredado su vitalismo exuberante y su
curiosidad imaginativa, se apresuró a casarla con un militar joven y buen mozo,
y los dos vegetaban en lejanas guarniciones de provincia, donde el nombre de
Montalbo daba al capitán y su esposa un reflejo de gloria literaria.
Su hijo era ingeniero, y hacía recordar a la grave y ordenada Matilde
más que a su vehemente esposo. Nada de literatura ni de historias inventadas;
su carácter positivo sólo sentía la atracción de las ciencias exactas. Como
deseaba enriquecerse, se había ido a trabajar en una colonia francesa de Asia,
y allá permanecía célibe y aislado, sin otro deseo que obtener por medio de las
explotaciones agrícolas una fortuna más grande que la de su ilustre padre.
Montalbo, creador de una familia, vivía solo. Algunos lo comparaban a
esos árboles poderosos que acaparan con sus raíces toda la tierra inmediata y
no dejan prosperar ninguna vegetación junto a ellos. Lo que nace bajo su sombra
muere, ya que no puede huir trasladándose a un terreno más libre.
Pero los que habían nacido cerca de este hombre extraordinario,
afortunadamente podían moverse, y se apresuraron a escapar de su fatal{67} dominación, inconsciente, alegre y generosa.
«¿Qué más puedo desear?—pensaba Montalbo en sus horas de melancolía—.
Nada me falta. Todo lo que deseó ha llegado para mí; en mayor o menor cantidad,
pero ha llegado. Ni uno solo de los ensueños de mi ambición y mi envidia,
cuando era joven, dejó de realizarse...».
Y se preguntaba, una vez más, si podía tenerse por más feliz que los
demás hombres.
No; no era feliz.
IV
Todas las mañanas despachaba su correo con un secretario, llamado Luis
Crovetto.
Este escritor joven, nacido en Marsella, de padres italianos, servía al
grande hombre más por entusiasmo que por los provechos del empleo. Se había
presentado un día a Montalbo como admirador, que acababa de llegar a París,
deseoso de verle y escucharle.
El maestro, seducido por la sencillez de esta devoción, se mostró amable
y paternal, y el principiante menudeó las visitas, acabando por convertirse en
secretario suyo.
El afecto de los lectores expresado en forma postal era el mayor
tormento del gran escritor.
Existen en la tierra miles y miles de hombres y mujeres que al leer un
libro interesante sienten la necesidad de escribir al que lo produjo,
imaginándose cada uno de ellos que es el único a quien se le ocurre tal
iniciativa. Además, existen los álbumes, y como si esto no fuese bastante, la
moderna innovación de enviar tarjetas postales para que el autor célebre ponga
en ellas su firma, con un «pensamiento» inédito si es posible.
Luigi, como llamaba Montalbo a Crovetto familiarmente, a causa del
origen de sus padres, era el que con su vivacidad de italiano se ocupaba todas
las mañanas en esta labor fatigosa. Sabía imitar la firma del maestro, y además
había inventado media docena de «pensamientos» que le hacían sonreír. No se
hubiese atrevido a insertar ninguno de ellos en sus obras de principiante, por
temor a que sus camaradas le acusasen de idiotez. Pero firmados por Montalbo
hacían estremecer de entusiasmo a muchas lectoras, que los encontraban{68} «geniales y profundos».
El hombre célebre, después de abrir sus cartas, las iba pasando a
Crovetto para que las contestase. Eran invitaciones a fiestas; convocatorias de
academias o de sociedades filantrópicas para atender a la vejez y las
enfermedades de los escritores desgraciados; varias docenas de peticiones de
firmas en tarjetas postales y en retratos, procedentes de los más apartados
rincones de la tierra; numerosos álbumes de señoritas argentinas o chilenas,
dispuestas a no marcharse de París si el amable señor Montalbo se negaba a
escribirles «una cosita», añadiendo, con inaudita tranquilidad, que habían
hecho el viaje a Europa solamente por conseguir esto; cartas, muchas cartas de
lectoras entusiastas, que le declaraban el escritor más grande de todos los
tiempos, y algunos anónimos hablando de la estupidez del grande hombre, a la
que no reconocían límites, y aconsejándole que se retirase para siempre del
cultivo de las Letras. Además, fajos de periódicos en diversos idiomas: unos
con elogios frescos y sinceros, otros con unas alabanzas agridulces, que
parecían dar a las letras impresas el reflejo verdoso de la bilis.
Montalbo dejaba a un lado las cartas de los editores y las proposiciones
venidas del extranjero para la traducción de sus obras. Esto pertenecía a «otro
negociado», como decía él, superior al de Crovetto, y que estaba a cargo de su
amigo Soudré.
Tampoco podía explicar con claridad cuándo conoció a este «amigo
entrañable», sin el cual le era imposible resolver sus negocios. Creía
acordarse de que el tal Soudré, hablador, autoritario, ágil para plegarse a las
circunstancias y con una paciencia interminable en discusiones y regateos, se
había presentado una mañana en su casa pretendiendo leerle una de sus obras.
Montalbo no pudo conocer este manuscrito, pues el autor empleó todo el tiempo
en hablar de su persona. Pero Soudré era un hombre para el cual no había
puertas, y repitió con tanta insistencia sus visitas, que al fin el dueño de la
casa se acostumbró a él, necesitando verle lo mismo que a Crovetto. Como
Montalbo lo consultaba, Soudré se consideró inmediatamente superior al
secretario, hablando a éste en adelante con tono protector.
Sólo sabía el maestro de su nuevo amigo lo que éste quiso contarle.
Hablaba de sus negocios en una pequeña capital de provincia, y Montalbo llegó a
sospechar que había sido leguleyo de los que aletean en torno de los
tribunales. Conocía demasiado bien los recovecos y tortuosidades de las leyes,
así como todas las astucias de los que viven de pleitear. Al verse viudo, con
una hija única, se había entregado sin resistencia al demonio de la literatura,
que le venía{69} tentando desde su juventud.
Este demonio no había osado hasta entonces colarse en su casa por miedo
a la esposa, que sólo creía decentes las profesiones que pueden mantener a un
hombre. Pero al quedar libre Soudré de la tal burguesa falta de respeto a las
Letras, se había trasladado a París acompañado de varios manuscritos y de su
hija Faustina, señorita de dieciocho años, con todas las ambiciones de las de
su clase, que sabía ocultar la pobreza portentosamente y vestirse bien con poco
dinero. Tal vez poseía, disimuladas por sus gracias juveniles, las mismas
condiciones ávidas e inquietantes del padre.
Montalbo, que lo tenía por gran psicólogo y cuyo espíritu de observación
era admirado universalmente, llegó a sospechar esto último un día que se fijó
en los ojos de la muchacha mientras ella permanecía pensativa. Luego, al salir
de su abstracción y poner su mirada en el maestro, éste rectificó sus
opiniones, considerando a Faustina igual a muchas jóvenes que había descrito en
sus novelas, sencillas, buenazas, dispuestas a las mayores abnegaciones, y que
viven como sacrificadas al lado de un padre que adoran: temible hombre de
negocios o gobernante autoritario, capaz de infundir el espanto con sólo un
gesto.
El gran escritor no pudo librarse de la influencia simpática que iba
esparciendo esta joven ante sus pasos. No era una belleza, y sin embargo, allí
donde entraba y había otras mujeres parecía sobreponerse a todas. Los ojos de
los hombres convergían en Faustina, olvidando a las demás.
Soudré la llevó muchas veces con él en sus visitas a Montalbo. Reconocía
el talento nato de su hija para la administración de una casa, talento sólo
comparable al que había recibido él de la suerte para la dirección de enormes
negocios, y que los hombres no sabían aprovechar, dejándolo perderse en
empresas de orden inferior. El maestro, preocupado a todas horas por su
producción literaria, desconocía muchas cosas de la vida vulgar, y su
servidumbre abusaba de él. Era oportuno que la gentil Faustina examinase la
limpieza de las habitaciones del hotel de Passy, los gastos del ama de llaves,
el libro de cuentas de la cocinera, la conducta de los criados y del chófer,
mientras el padre permanecía en la biblioteca aconsejando al grande hombre lo
que debía contestar a sus editores o traductores. Otras veces pedía al escritor
que no se mezclase en sus propios asuntos, autorizándole a él para que los
resolviese libremente.
Confesaba Montalbo que, gracias a este amigo proporcionado por la
casualidad, sus ingresos iban en aumento. Por esto respondía generosamente a
las peticiones de subsidio que le hacía Soudré de tarde en tarde como una{70} retribución tácita de sus trabajos. Otros
admiradores del maestro, envidiosos de la privanza de Soudré, al que llamaban
«parásito», iban diciendo por todas partes que éste cobraba igualmente de los
que le habían empleado como intermediario en sus relaciones con Montalbo.
Durante el otoño, cuando el gran escritor se iba a vivir en su castillo
del Loira, Soudré y su hija eran invitados a acompañarle en este retiro por
algunas semanas. El inquieto hombre de negocios se abstenía ahora de hablar al
maestro de sus antiguas ambiciones literarias. Limitándose a su papel de
financiero genial, iba describiendo las grandes empresas que se le ocurrían,
pues no marcaba el reloj una hora nueva que no fuese la del nacimiento de una
de sus ideas, que representaban millones y millones.
Algunas mañanas, desde una terraza del castillo, proponía a Montalbo
cortar los árboles centenarios del parque y roturar las tierras para plantar
remolacha.
—Fabricación de azúcar... Un millón por año. Tal vez más.
Y mientras tanto, Faustina y Crovetto, iguales en edad y juventud,
paseaban por el jardín como una pareja escapada de una novela del maestro,
haciendo crujir bajo sus pies la alfombra bronceada de hojas secas con que los
árboles otoñales iban cubriendo las avenidas.
En invierno, el padre y la hija viajaban para sorprenderle en su «villa»
de la Costa Azul, y durante el resto del año el hotel de Passy recibía sus
visitas casi diarias.
Montalbo, alejado voluntariamente de su familia, necesitaba la presencia
de estas personas a las que no conocía algunos años antes, y hasta se quejaba
del egoísmo humano cuando transcurrían algunos días sin verlas.
De pronto, Crovetto necesitaba irse con sus camaradas. Sentía los deseos
de independencia del sacristán que, por mucho que adore a la imagen milagrosa,
acaba por aburrirse de contemplarla a todas horas y busca el trato humilde de
las gentes de su misma clase. Soudré, en su incesante invención de negocios,
olvidaba al maestro por unas semanas para comprometerse en empresas ilusorias
que, según él, iban a hacerle millonario. La hija tenía numerosas amigas y un
ansia insaciable de diversiones, asistiendo a conciertos, a toda clase de
fiestas, y monopolizando cuantas entradas de teatro adquiría su padre a nombre
del maestro.
Éste, al quedar solo en su juventud, sentía menos que los demás hombres
el tedio de la soledad. Era un gran trabajador y había pasado la mayor parte de
su existencia en silencioso aislamiento, ante una mesa, pluma en mano. Pero
ahora{71} trabajaba cada vez menos y le parecían muy
largas las horas. Necesitado de acción, quería hacer algo que llenase el vacío
de su existencia, y no sabía cómo conseguirlo.
Al iniciarse el decaimiento de su fuerza productora y ser más numerosos
en su existencia los días de ocio que los de trabajo, aquellas aventuras
galantes que daban a su nombre un ligero sabor de escándalo habían bastado para
entretenerle e interesarle. Pero ahora empezaba a encontrar la amorosa
diversión monótona y sin encanto.
Siempre que los admiradores se asombraban de su aspecto juvenil, que no
concordaba con sus años, el grande hombre exponía las ideas que servían de
regla a su existencia.
—La juventud es un acto de voluntad. Todo el que quiera de veras ser
joven, lo será siempre. Lo que importa es tener voluntad.
A un periodista que deseaba saber si la vejez le infundía miedo, le
contestó con sonriente cinismo:
—Yo no seré viejo nunca. Cuando tenga ochenta años me pondré una peluca
rubia y raptaré a una bailarina de quince.
Otras veces exponía, con la gravedad de una profunda convicción, su
manera de ver la vida. Para él, la existencia era a modo de un lienzo gris, y
el gran talento de los hombres consistía en saber cubrir de colores vivos y
risueños este fondo de tristeza para ignorarlo, engañándose
misericordiosamente.
—Todos llevamos—añadía—una orquesta dentro de nosotros. Lo importante es
hacerla funcionar, que toque sin descanso la sinfonía de la Ilusión y del
Deseo, únicos temas que sostienen nuestra vida. No hay que dejar que la
orquesta se calle. Una vez terminada una partitura, pongamos otra
inmediatamente en el atril.
Pero el grande hombre había hecho últimamente un descubrimiento
terrible. Ninguna de las sinfonías con que intentaba alegrar su existencia
tenía el encanto de la novedad; música vieja, gastada, oída innumerables veces,
y que en vez de infundirle entusiasmo le anonadaba con la monotonía dulzona de
lo excesivamente repetido.
Además, todas las partituras de la Ilusión y el Deseo que él podía
colocar en su atril eran volúmenes sobados y mugrientos, que revelaban el
contacto de infinitas manos y a los primeros compases le hacían torcer el gesto
murmurando: «¡Otra más, siempre lo mismo!». Nunca conocía la emoción inédita y
virginal del que corta las hojas de una obra intacta. ¡Ay!... ¡Sus tristes
aventuras{72} pasionales, que se iniciaban con
temblores internos de curiosidad, como si fuese a ver algo extraordinario,
terminaban siempre de un modo grotesco!...
Tal vez eran los hombres vulgares, los hombres de una intelectualidad
ordinaria, que podían dedicar todo su tiempo al amor, los que conocían las
grandes aventuras pasionales. A los escritores les ocurría lo que a los
sacerdotes que se dedican a la confesión. Sólo iban hacia ellos las mujeres que
llevaban vivida una larga existencia y en su madurez, necesitadas de consejo,
sentían el deseo irresistible de aligerarse el alma contando a alguien su
pasado.
Montalbo necesitaba todos los recursos mentirosos de la imaginación para
seguir interesándose por algunas grandes señoras que le habían buscado. En la
época presente, la mujer elegante no tiene edad, mientras se exhibe en público.
El lujo actual realiza las trampas más asombrosas y embrolla la apreciación del
tiempo. Una beldad de salón puede tener lo mismo treinta años que sesenta.
Luego, a solas, la triste realidad vuelve a imponerse, y por esto Montalbo
recordaba con vergüenza muchos de sus llamados triunfos.
—Y así son—se decía—todos los pájaros de mentiroso plumaje que se
sienten atraídos por el faro de la gloria literaria.
Algunas veces la belleza primaveral había cruzado su camino. Mujeres
jóvenes que parecían respirar la alegría de la vida venían a encontrarle,
tributando elogios al escritor. Algunas, llegadas del otro lado del Océano,
sentían tal entusiasmo, que hasta se llevaban a hurtadillas pequeños objetos de
su biblioteca. Una de ellas le había pedido como recuerdo una de sus pipas.
Pero todas, así que conseguían el libro o el retrato con dedicatoria del
maestro, se alejaban para no volver más. Cuando Montalbo intentaba emplear las
mismas palabras o actitudes que conmovían a las otras mujeres ansiosas de
consultas psicológicas, la mirada de asombro o la ligera sonrisa de estas
jóvenes hacía enmudecer y replegarse tímidamente al grande hombre.
Un día de mal humor, en que recapitulaba su vida presente, descubrió
Montalbo el motivo de su tedio.
—La juventud es una voluntad—volvió a repetirse—. Yo deseo ser joven, y
lo seré si evito en adelante el contacto con la vejez. Bastante hago olvidando
mis propios años.
Y añadió, con la energía del hombre que va a saltar del pensamiento a
una acción inmediata:
—Vamos en busca de la juventud.
V{73}
Este psicólogo, que había creído desarticular muchas veces el amor para
explicarse su mecanismo interno, reconociendo al final que los amores son
infinitos en número y cada uno de ellos tiene un funcionamiento completamente
diferente, guardaba en su memoria una larga lista de observaciones sobre la
manera como se inicia la atracción entre un hombre y una mujer. Unas veces, a
la primera ojeada se interesan mutuamente; otras, se tratan como amigos años y
años, y de pronto, se enteran con extrañeza de que se aman...
Y así continuaba su catálogo de observaciones infinitamente variadas.
Pero de todas las formas de iniciarse el amor, había una que prefería Montalbo,
por haberla experimentado él mismo repetidas veces en su vida, aplicándola
después a los personajes de sus novelas. Un hombre que ha tratado con
indiferencia a una mujer durante meses o años, la ve una noche en sueños, y al
despertar, la considera ya diferente a las otras, como si de pronto se hubiese
embellecido. Luego sigue ensoñando con ella otras noches, y al fin, acaba por
amarla.
Al día siguiente de resolverse a ir en busca de la juventud, el
novelista vio en sueños a una mujer: Faustina, la hija de Soudré.
Esto le hizo reír un poco al despertar. «¡No tanto!». Le parecía
excesivo haber soñado con una juventud tan exagerada para él. ¡Diecinueve
años!... Con cinco o seis más, podía ser nieta suya. Pero a partir de este
ensueño empezó a contemplarla en su imaginación con un relieve y unos colores
completamente nuevos.
Hasta entonces había mirado con distracción a la hija de Soudré: una
señorita pobre vestida «a lo artista», con cierta tendencia extravagante, medio
seguro de disimular la falta de dinero. Algunas veces hasta le había inspirado
lástima al compararla con las grandes damas, fastuosas y de un lujo costoso,
que le invitaban a sus reuniones y pretendían ser para él algo más que una
dueña de casa. Ahora empezó a reconocer en «la pequeña Soudré», como él decía,
cierto encanto de flor humilde y de acre olor, igual a las que nacen junto a
los caminos y representan la primavera para los pobres. Hasta se extrañó de que
un observador tan fino como él no hubiese descubierto antes los atractivos de
su persona.
Siguió viéndola todas las noches en sus ensueños, y luego, al despertar,
pensaba en Faustina, encontrándola cada vez más interesante. Ya no se le
ocurrió{74} escandalizarse de la diferencia de
edades entre los dos. Buscaba pruebas para justificar este desequilibrio en la
historia de otros escritores. ¿Qué tenía de escandaloso que él amase a la
pequeña Soudré, si esto alegraba su existencia?...
Bien considerado, su edad no resultaba tan extraordinaria. Sesenta y
tantos años: ¿qué es esto para un hombre moderno y rico, que puede emplear en
su persona todos los adelantos de higiene y embellecimiento realizados por
nuestra época? Además, ¿qué hombre célebre no tiene sesenta años?... Se
acordaba de Goethe, que a los ochenta se vio adorado por Bettina de Arnim, una
criatura de dieciocho. Es verdad que la tal Bettina era una aficionada a las
Letras, y el entusiasmo literario realiza las mayores diabluras, así como hace
también que escritoras vetustas, con un pie en la tumba, reanimen su vejez
absorbiendo la juventud de los principiantes.
—Pero la pequeña Soudré—se dijo Montalbo—tiene talento, y si quisiera
escribir, escribiría lo mismo que otras... Es igual a su padre, que no deja de
poseer ciertas condiciones literarias.
Este optimismo del maestro, que alcanzaba hasta el progenitor de
Faustina, fue en aumento, acabando por sofocar todas las objeciones del
espíritu crítico y del buen sentido que se revolvían y protestaban dentro de
él.
Con su habitual vehemencia, el grande hombre dejó visible su pensamiento
a todos los que le rodeaban. Mostró una alegría pueril, como si el aire cantase
en su oído y la luz fuese de color de rosa. Su orquesta interior había empezado
a sonar, pero esta vez la sinfonía era para él completamente nueva, y la
partitura conservaba aún las hojas intactas.
La primera en enterarse del estado de alma del maestro fue Faustina,
antes de que éste hablase. Sus ojos, sus atenciones, el tono de su voz, le
produjeron sorpresa al principio. Luego sonrió levemente, con la expresión del
que ve realizarse de pronto algo que ha soñado como una empresa imposible.
Después, Soudré, almorzando una mañana con el «querido maestro», se fijó de
pronto en la intimidad afectuosa que parecía haberse establecido entre éste y
su hija. Montalbo aprovechaba toda ocasión para acariciar las manos de
Faustina, hablando del gran interés que siempre había sentido por ella. Y la
pequeña Soudré, con la audacia de una señorita pobre que no confía en la ayuda
de su padre y está decidida a abrirse paso sola, sea como sea, fijaba en el
grande hombre unos ojos admirativos y respondía a sus caricias falsamente
paternales hundiendo las manecitas en la cabellera del poeta o alabando su
extraordinaria juventud, que tanto interesaba a las damas aristocráticas.
Soudré frunció el ceño lo mismo que cuando describía una de sus empresas{75} de millones o cuando aconsejaba a Montalbo
destruir su parque para plantar remolacha y hacer azúcar. Al fin se presentaba
para él un negocio seguro.
Crovetto se había ido por algunos meses a su ciudad natal, a causa de la
muerte de su padre, para intervenir en las operaciones de la herencia, y esto
hizo que Soudré y su hija visitasen más la casa de Passy para que el maestro no
quedase solo.
Una notable transformación se iba realizando en la persona de Montalbo.
Siempre había vestido con cierta elegancia. Su sastre ostentaba un nombre muy
antiguo y acreditado en París. Pero esta respetable antigüedad disgustó de
pronto al grande hombre. Lo comparaba con los célebres modistos tradicionales y
majestuosos que sólo saben hacer vestidos de Corte para reinas y grandes
duquesas. Él se reconocía ahora un alma igual a la de las señoritas decentes y
jóvenes que prefieren los modistos encargados de vestir actrices y cocotas. Por
esto solicitó los informes de algunos escritorcitos amigos de Crovetto, que se
preparaban a ser célebres llamando la atención por su indumento exagerado y sus
corbatas, y fue en busca de un sastre que era el predilecto de los cómicos,
pero nada de primeros actores, únicamente de los galanes jóvenes.
Los maldicientes, prontos a comentar los sucesos particulares de la vida
literaria, se ocuparon de esta nueva evolución del maestro. Montalbo servía
ahora de maniquí de ensayo a los sastres más audaces, llevando en público todas
sus invenciones, lo mismo que un jovenzuelo.
Faustina pareció agradecerle con los ojos estas transformaciones de su
persona, por considerarlas un homenaje a ella. Soudré encaminaba
intencionadamente todas sus conversaciones con el maestro al mismo fin: la
apología del matrimonio, estado el más favorable para el trabajo, y último
capítulo de la existencia de todo hombre célebre.
Aún no había expresado Montalbo con claridad su deseo, pero Faustina se
movía ya en la casa autoritariamente, hablando a la servidumbre como una dueña
futura, y el padre dirigía los negocios del grande hombre cual si fuesen suyos.
En el otoño hicieron los tres un viaje al Mediodía de Francia. Varios
artistas de la Comedia Francesa—de los que nunca trabajan en dicho teatro y
vagan por la tierra entera—habían organizado una función al aire libre, en las
ruinas de un famoso coliseo romano de la Provenza. Iban a representar Los
conquistadores, la gran tragedia de Montalbo, escrita sin duda en honor de
su remoto abuelo el navegante, y en la que cantaba el esfuerzo de los
aventureros de España, la lucha de los portadores de la cruz con las
tradiciones indígenas.{76}
Era una obra de gran espectáculo, con muchedumbres de indios, guerreros
españoles a caballo y coros, cuya música había escrito un célebre maestro,
discípulo y continuador del difunto Fontana.
Las autoridades de la región y los organizadores del espectáculo
solicitaron la presencia del eminente escritor. Su tragedia se había
representado pocas veces en París, y ahora iba a resucitar, como obra nueva,
entre las arcadas medio derruidas del teatro milenario. El autor, con la bondad
de un hombre que espera la dicha y no duda que va a llegar, aceptó la
invitación.
—Iremos los tres—dijo a Faustina y a su padre—. Luigi vendrá de Marsella
a juntarse con nosotros.
La presencia de un personaje tan célebre en la pequeña ciudad provenzal
fue acogida con los más extraordinarios honores. Las gentes extrañaron un poco
la jovialidad y la excesiva sencillez de este señor famoso en París.
Él y sus acompañantes iban vestidos de franela blanca, lo mismo que en
una playa. Habían creído necesario presentarse así en un país de sol, aunque el
invierno estuviese próximo.
Una curiosidad de niño travieso impulsaba al grande hombre a detener los
vendedores ambulantes en mitad de la calle para probar todos los frutos y
alimentos del populacho, ofreciéndolos a su séquito. Las mujeres comentaban su
predilección por la señorita que iba siempre al lado de él, extrañando
igualmente la libertad con que la hacía caricias en público.
—Es su hija—dijo uno de la ciudad que podía estar bien enterado.
Y todos señalaban con el dedo a la hija del gran Montalbo, haciéndola
partícipe de la gloria de su ilustre progenitor.
Nunca se había mostrado el poeta tan satisfecho de vivir. El mismo día
de la representación, estando al anochecer en una terraza del hotel, embriagado
aún por los aplausos de una muchedumbre de veinte mil espectadores, acabó por
librarse definitivamente de aquellos escrúpulos que le habían impedido
hablar... Y propuso a Faustina que fuese su esposa.
Dudó un poco la pequeña Soudré, como si le sorprendiese esta proposición
largamente esperada. Luego juntó los párpados, se pasó un dedo por ellos, sin
duda para echar adentro sus lágrimas, e hizo un movimiento afirmativo con su
cabeza, dejándola caer finalmente sobre un hombro del maestro como si fuese a
morir de felicidad, al mismo tiempo que le ofrecía su boca.
Se sintió tan orgulloso de este triunfo como del que había obtenido
horas antes. La hija de Soudré accedía a ser su mujercita; ¿cómo mostrar su{77} agradecimiento?...
A la mañana siguiente iban los cuatro por la calle principal de la
ciudad. Unos obreros recomponían el pavimento. Montalbo, ocupado en mirar a la
joven, tropezó con una carretilla vacía abandonada por los trabajadores. Esto
le sugirió una idea extravagante.
—Si te sientas ahí—dijo a Faustina—, te paseo ante todos estos
burgueses.
La proposición no era original. Recordó de pronto que otro artista
célebre y de su misma edad, llamado Wágner, la había hecho a una mujer que
después fue su segunda esposa.
Saltó inmediatamente la joven a la carretilla, arrebolada de orgullo por
tal homenaje. ¡El gran Montalbo llevándola como un siervo en presencia de las
personas más principales de la ciudad!...
Crovetto protestó con dolor y sorpresa:
—¡Eso no es serio, maestro!...
Los numerosos paseantes se detuvieron para contemplar esta escena
extraordinaria con un silencio de escándalo.
Pensaban lo mismo; no les extrañaba lo que veían. Los escritores, los
artistas... ¡todos locos!
VI
Una noticia empezó a circular por París: «¡Montalbo se casa!...». Y las
damas que guardaban recuerdos de su intimidad con el escritor pedían detalles a
sus tertulianos sobre el pasado de aquella señorita Soudré.
Algunos la creían una jovenzuela sin otro atractivo que el de su
frescura juvenil, que había tentado al viejo autor. Otras, presintiendo su
malicia, admiraban la habilidad con que había sabido envolver a un hombre que
se tenía por psicólogo infalible. En las reuniones de escritores jóvenes se
hacían comentarios insolentes sobre la edad del maestro y de su novia,
envidiando el porvenir de Crovetto.
El único que encontraba esta unión natural y lógica era Montalbo. Ya no
llamaba a la gloria «el sol de los muertos». Reconocía en ella la fuerza de
esos astros que comunican su energía incandescente a los cuerpos obscuros,
atrayéndolos con una energía irresistible y obligándoles a girar en torno a
ellos. El maestro, como observador célebre, era incapaz de engañarse en la
apreciación{78} de su propia personalidad. Sabía de
sobra que no era joven, y una mujer de pocos años sólo podía aproximarse a él
empujada por la gloria. Pero él se llamaba Montalbo, y tenía derecho a exigir,
junto a la puerta de la vejez, los consuelos del amor, a los que renuncian en
igual período de la vida los hombres del vulgo.
Soudré mostraba prisa por ultimar los preparativos oficiales del
matrimonio. Tal vez tenía miedo a que el maestro, reflexionando de pronto como
un simple burgués, se arrepintiese de la aventura. Cuando se ocupaba en fijar
la fecha de la ceremonia y había deslizado en los periódicos varios «ecos»
indiscretos revelando el próximo acontecimiento, para cortar de este modo toda
retirada a Montalbo, empezaron a surgir molestias.
La hija del grande hombre, que aguardaba pacientemente su vejez y su
renuncia a las aventuras pasionales para ir a instalarse en su casa,
sugiriéndole el amor a los nietos, se indignó al enterarse del próximo
matrimonio. Y como la exuberancia de su carácter le hacía ser en determinadas
ocasiones tan violenta como su padre, envió a éste una carta para decirle que
siempre le había considerado igual a un niño y no extrañaba que se dejase
engañar una vez más por la primera mujer que le salía al paso.
Avisado el hijo por un telegrama de su hermana, escribió también desde
Asia una carta lacónica, fría y triste, que era como un reflejo de su carácter.
Consideraba ilógica y disparatada la conducta de su padre, pero a continuación
le reconocía un absoluto derecho a hacer reír con su casamiento al público de
la tierra entera.
La vuelta de Crovetto a París consoló al maestro de tales ingratitudes.
¡Tratarle así sus hijos, cuando jamás había regateado con ellos, dándoles
cuanto dinero necesitaban!... Afortunadamente, estaba ahora rodeado de su
verdadera familia, constituida por las afinidades de la voluntad y no por el
azar del nacimiento. La amorosa Faustina, su inteligente padre y aquel
secretario entusiasta y fiel eran realmente los suyos.
Pero también esta segunda familia le proporcionó inquietudes. Luigi no
parecía ya el mismo discípulo después de su ausencia. Guardaba igual respeto
admirativo al maestro, pero su adhesión era demasiado silenciosa.
Permanecía el joven con la cabeza baja, malhumorado, evitando mirar al
grande hombre, contestando con gruñidos a sus palabras, rehuyendo toda
expansión. Cuando Faustina empezaba a hablar con el maestro, Crovetto fingía
inmediatamente un motivo para alejarse. En cambio, el escritor veía muchas
veces, a través de un gran ventanal de su biblioteca, cómo el secretario se{79} apresuraba a bajar al jardín apenas columbraba a
Faustina paseando sola por una de sus avenidas.
Soudré, en presencia de este joven, se mostraba poco comunicativo, y si
le era preciso hablarle, lo hacía con sequedad. Tal vez quería establecer por
anticipado la diferencia que debe existir entre el suegro de un grande hombre y
su secretario. Además, encontraba indudablemente poco correcta esta afición a
buscar a su hija apenas se alejaba de su futuro esposo.
Iba llegando el invierno dulcemente. Las tardes eran frías en el jardín
de la casa de Passy. Por encima de sus árboles y los del inmediato Bosque de
Bolonia se veía descender el sol, de un color rojo cereza; un sol velado por la
neblina, que podía contemplarse de frente. Otras tardes la bruma era más densa
y el cielo tenía una lividez melancólica.
A pesar de la frialdad de las tardes, Faustina bajaba siempre al jardín,
aunque sólo fuese por media hora, y Crovetto encontraba pretexto para abandonar
su trabajo, yendo en busca de ella.
La continuidad de estas entrevistas y la inquietud que despertaban en
Soudré acabaron por llamar la atención del famoso observador, que únicamente
era ágil para observar lo que interesaba a los otros.
Al descubrir desde su biblioteca, sentados en un banco del jardín, a
Faustina y Crovetto, su memoria dio un salto atrás, sobre varias docenas de
años. Vio el Luxemburgo tal como era en otros tiempos, y sentados en una
avenida de dicho jardín a dos jóvenes vestidos ridículamente, con arreglo a una
moda ya olvidada: él y Matilde.
Tal recuerdo despertó en su pecho una sensación de angustia. Crovetto
era joven, como él lo había sido en aquellos tiempos; ¿qué estaría diciendo a
esta nueva Matilde?...
Tuvo celos. De pronto se vio marchando por su jardín lentamente, con
pasos cautelosos, evitando que las hojas secas se partiesen bajo sus pies con
chasquidos denunciadores. Un pequeño sendero le permitió llegar hasta la
espalda del banco ocupado por los dos jóvenes.
Crovetto hablaba, levantando el tono de su voz a impulsos de la cólera,
convencido de que únicamente podía escucharle ella en este rincón solitario.
—Tengo celos; sí, tengo celos; no lo oculto... Tú le amas, a pesar de
tus negativas. Lo comprendo: es célebre en el mundo entero... Yo lo admiro, al
mismo tiempo que lo odio; me ha causado un daño enorme, pero no puedo dejar de
creer en su grandeza. No me extraña tu deslumbramiento. Ese hombre tiene la{80} gloria.
¡Lo mismo que él! Su secretario hablaba con idéntica convicción que
había hablado Montalbo treinta y ocho años antes. La fe y la admiración no
habían muerto... Pero una risa irónica cortó sus reflexiones.
—¡La gloria!...
Y continuó la risa femenil por unos instantes:
—¿Qué me importa la gloria?... ¿Cómo conseguirá hacerme amar a un hombre
que puede ser mi padre... mi padre no; mi abuelo? Yo sólo te amo a ti. Pero tú
eres un visionario, un niño grande como él, y no puedes entenderme.
¡Lo mismo que la otra! El maestro creyó ver ante sus ojos el rostro
melancólico de Matilde.
Pero Faustina seguía hablando. El pobre grande hombre adivinó que ella
acababa de tomar una mano del joven, acariciándola con protectora suavidad. Al
mismo tiempo había inclinado su cabeza hacia él como si fuese a besarlo. Su voz
era un dulce murmullo.
—¡No pongas esa cara! Deja que me case con Montalbo. ¿Qué pierdes con
ello? Viviremos bajo el mismo techo, y después...
¡Ay! Esto no lo había dicho la otra. Los años transcurridos eran de
progreso, y habían cambiado, sin duda, la mentalidad de la juventud.
Tuvo miedo de seguir escuchando, y caminó otra vez, pero
instintivamente, como si obedeciese a una orden misteriosa superior a su
voluntad. Ahora su movimiento era de retroceso. Su pecho angustiado se dilató y
su razón volvió a él según se iba alejando del banco.
De pronto sintió frío, lo mismo que si le envolviese una ráfaga de aire
glacial. Al mirar en torno, se dio cuenta de que no se movía una hoja de los
árboles ni un grano de polvo se había levantado del suelo.
El grande hombre pensó en sus novelas. Los innumerables personajes
creados por él le acompañaban siempre, rompiendo en los momentos críticos de la
existencia de su inventor las brumas del limbo en que sobrevivían, como si
fuesen a darle un consejo.
Supo de pronto qué papel debía reservarse para el resto de su existencia
entre los muchos que había atribuido a otros actores de sus relatos. Sólo podía
ser el viejo bondadoso y simpático de las novelas, el patriarca risueño que
tuvo una juventud borrascosa y en su ancianidad se dedicaba a proteger y casar
a los jóvenes.
Inmediatamente, con la visión rápida del imaginativo, admiró la grandeza
de{81} su nuevo papel, amoldándose a sus exigencias.
Le infundía miedo acordarse de la risa seca de aquella muchacha, y al mismo
tiempo no podía alejarla de su lado. Continuaría amándola, pero de otro modo.
Vivirían los dos jóvenes bajo el mismo techo que él, como había dicho
Faustina; pero ella sería la esposa de su secretario. La juventud con la
juventud... ¡Y en cuanto al poder de la gloria...!
Otra vez sintió en torno a su persona aquel torbellino helado. Ahora se
movían levemente las hojas con la brisa fría del atardecer. Pero a él le
pareció que un huracán venido del Polo empezaba a soplar sobre París.
Necesitado de calor, miró hacia el sol.
Era igual a una oblea rojiza, y podía contemplarlo de frente sin
pestañear. ¡Un símbolo exacto de la gloria!...
Y reconoció que el astro invisible por cuyo fuego se baten los hombres
desde el principio del mundo, empleando la fuerza, la astucia o la envidia,
sólo podría ser para él en adelante «el sol de los muertos».{82}
I
Conocí a Mariano Fonseca en un café de la Avenida de Mayo, donde se
reunían muchos actores y músicos españoles, venidos a los teatros de Buenos
Aires. Su pelo, teñido intensamente, le proporcionaba a veces la afrenta de
llevar en el rostro negros churretes que se esparcían por los surcos de sus
arrugas. Pero este tinte escandaloso le infundía al mismo tiempo la certeza de
que aún le quedaban largos años de vida para ser en comedias y dramas el
protagonista de mediana edad y caballerescas acciones.
Sus compañeros de profesión no aceptaban esta juventud ilusoria. Sólo
los antiguos, los que eran en la escena «padres nobles» y podían reclamar por
sus años el papel de «barba», osaban tutear al célebre Fonseca. Los demás, a
pesar de la familiaridad que rige la vida del teatro, le llamaban siempre don
Mariano.
—Yo resulto poca cosa comparado con usted, doctor Olmedilla—me dijo una
noche—. Antes de ser comediante estudié el bachillerato allá en Madrid, y me
doy cuenta de que hablo con un médico de gran porvenir, llegado a estas tierras
por curiosidad aventurera, pero que algún día obtendrá gran fama en nuestra
patria. Por eso agradezco mucho que un hombre tan «científico» se digne venir a
un establecimiento como éste para hablar con un pobre actor... Pero, aunque yo
sea un ignorante comparado con usted, me considero por encima de mis camaradas.
Y Fonseca, acodándose sobre el mármol, en una actitud que él deseaba
espontánea y hacía recordar la postura arrogante de un héroe de capa y espada{83} sentado en una hostería, miró con bondad
protectora a los otros hombres de teatro que ocupaban las mesas cercanas y
parecían olvidados de él.
—Ahora, doctor—continuó—, estoy en la decadencia. Reconozco que han
pasado mis tiempos. Además, este Buenos Aires, donde obtuve éxitos enormes, ya
no es para mí. Ha crecido demasiado aprisa, y los gustos cambian. Ahora el
público sólo quiere compañías lujosas, con muchas hembras ligeras de ropa y
mucha música. Nadie gusta ya de las obras en verso y vamos siendo pocos los que
sabemos declamar como en otra época.
Yo he sido célebre, doctor. Aún quedan criollos de mis buenos tiempos,
que viven en las afueras de Buenos Aires rodeados de sus nietos, y si les habla
usted de Mariano Fonseca le dirán quién fue. Por eso, sin duda, sólo encuentro
trabajo actualmente los sábados y domingos, para representar obras antiguas,
obras verdaderamente buenas, en algún pueblo inmediato a la capital. Estos
públicos sencillos y honrados son los únicos capaces de apreciar ahora el
verdadero arte. Pero no quiero insistir en esto; prefiero hablarle de mi vida,
que le interesará más.
Sepa usted que soy un gran español, y eso que España no se portó bien
conmigo. Por algo la abandoné cuando tenía poco más de veinte años, y no he
vuelto a ella. Los públicos de allá se mostraron injustos, y tuve necesidad de
venir a América para que alguien me aplaudiese. Pero no guardo rencor a mi
patria ingrata. Sé bien que muchos grandes hombres conocieron la misma suerte.
A pesar de esto, he servido a España aquí en América, durante treinta años, más
que los diplomáticos y los hombres políticos.
Actualmente se oye hablar mucho de fraternidad hispanoamericana. Hay
Sociedades que se cuidan de su fomento, y son frecuentes los banquetes y otras
fiestas con discursos recordando a la madre patria. Pero cuando yo empecé mis
correrías de actor, desde Texas y California hasta el cabo de Hornos, la
situación era otra. España se acordaba poco de los pueblos americanos que
hablan su lengua, y estas Repúblicas hispanoparlantes (como dicen algunos
doctores) mantenían enteros y vivos los odios, las preocupaciones y cegueras de
la guerra de la Independencia.
No venían de la Península otros enviados que nosotros. Éramos los
comediantes los que evocábamos el recuerdo de España, representando las obras
en verso del teatro romántico. Este apostolado no estaba libre de martirios.
Los cómicos veíamos a veces con inquietud la llegada de la fiesta patriótica de
cada República. Casi todos estos países tienen en su himno nacional una
estrofita agresiva o vengadora dedicada a la antigua España. El tiempo, que
todo lo{84} calma, las buenas relaciones
diplomáticas y los intereses de raza, han puesto en desuso estos versos,
anticuados y mediocres. Pero en los tiempos de mi juventud traían con ellos
tantos peligros y estrépitos como una tempestad, y muchas veces hicieron correr
sangre.
Una parte del público, el día del aniversario patriótico, ordenaba que
los actores españoles cantasen el himno ofensivo para su nación. Muchos se
resistían a tal ultraje, apoyados por otra parte del mismo público, compuesta
de españoles establecidos en el país. Escándalo general, insultos, palos, y
muchas veces tiros. Además, usted conoce la gran variedad de apodos que existe
para nosotros en estas Repúblicas pobladas por nietos de españoles. Los
compatriotas de sus abuelos somos en un sitio «godos»; en otro, «gallegos»; en
otro, «patones» o «gachupines», y así continúa la lista de motes...
Ésta era la parte mala del teatro en aquellos tiempos; pero sería
injusto callar la parte agradable y gloriosa de nuestra vida errante. Como ya
le he dicho, durante medio siglo fuimos la única representación española que
conocieron los pueblos americanos de nuestra habla. En muchas ciudades del
interior nos veíamos acogidos como si la vieja España viniese de actriz en
nuestra compañía. Las señoras del público murmuraban en voz baja durante la
representación los versos de las obras célebres, conocidos por ellas tan bien
como por nosotros. Además, siempre encontrábamos algún respetable doctor,
dedicado al estudio de las cosas antiguas de su tierra, que se emocionaba al
vernos, como si presenciase una segunda llegada de los conquistadores.
A mí me conoce usted ahora en la desgracia; pero si visita mi casa
alguna vez, le podré enseñar coronas a docenas, láminas de plata o de bronce
con dedicatorias grabadas, de las que no he querido desprenderme ni aun en días
de angustiosa pobreza, y versos, muchos versos, dedicados a mi humilde persona.
Guardo también un discurso que un poeta joven (luego ha sido muchas veces
ministro en su país) leyó el día de mi beneficio. «España—dice—es inmortal por
sus hijos célebres. Jamás podrá desaparecer una nación que ha dado al mundo
Cervantes, Castelar y Mariano Fonseca».
Sé bien que esto último es un poco exagerado. ¡Entusiasmos de
muchacho!... Pero sería injusto no reconocer que nuestra vida errante sirvió
durante medio siglo para que no se enfriasen totalmente las antiguas relaciones
de familia y la gente recordase que aún existía España.
Yo debí quedarme en una de esas Repúblicas pequeñas, donde la vida es
patriarcal, y para que no resulte enteramente aburrida, procuran los hijos del
país amenizarla todos los años con alguna revolución. Pero mi hija gusta de
volver a{85} este Buenos Aires, donde nació. Yo
también siento la atracción de la Avenida de Mayo; y aunque viva perfectamente
en Méjico, junto a la frontera de Texas, y jure no volver más a la Argentina,
siempre se arreglan las cosas de modo que, de aventura en aventura y de triunfo
en fracaso, acabo por rodar de un extremo a otro del Nuevo Mundo, volviendo a
esta ciudad, que es el refugio de todos nosotros.
Sin embargo, quedan esparcidos en las dos Américas muchos comediantes
españoles, cuyo nombre ignora España y son personajes verdaderamente populares
en las tierras donde se radicaron. Al gustar al público varias temporadas
consecutivas, se quedan en el país para siempre, creyéndolo el mejor del mundo
por haberles dado sus aplausos. Así envejecen sobre la escena, viendo pasar
tres generaciones por los asientos del teatro. El presidente de la República se
acuerda de que siendo niño le decía su mamá: «Si eres bueno, te llevaré al
teatro a ver a Fulano». Los niños que ahora ríen las gracias de Fulano son
nietos o bisnietos de los que presenciaron su llegada al país. Todos olvidan el
lugar de su nacimiento, y acaban por considerarlo una gloria nacional. Cuando muere
creen que el teatro ha sufrido una pérdida irreparable, y que ya no surgirán
actores de su misma talla.
De haberme quedado en una República de éstas, mi existencia sería más
tranquila y digna. No me vería obligado a hacer «bolos» los sábados y domingos
en los pueblecitos, ni a sufrir las impertinencias de los muchachos que llegan
ahora a las tablas, con tantos «modernismos» y sin saber decir bien un verso.
Pero siempre me sentí movido por un espíritu andariego y propenso a las
aventuras, como el de los antiguos conquistadores. Ocho veces he ido del
extremo Sur de Chile a la frontera de los Estados Unidos y viceversa,
deteniéndome en cuantos teatros, buenos o malos, encontré al paso, o
improvisando escenarios de ocasión en lugares que estaban esperando la llegada
de un comediante desde el principio del planeta.
Esta facilidad ambulatoria la adquirí en mis primeros años de vida
americana, cuando empecé la carrera como galán joven, al lado del gran Rengifo.
Con este actor glorioso no fue ingrata la madre patria. Recordará usted
que gozó en España largos años de gloria. Pero al quedar poco menos que afónico
y faltarle el dinero, tuvo que ser héroe y pasar el Atlántico, que siempre le
había inspirado horror. Había que oír a este grande hombre cuando relataba sus
viajes y las observaciones hechas por él en los teatros del Nuevo Mundo.
Usted sabe, doctor, que las numerosas Repúblicas de América que hablan{86} español se diferencian mucho en fisonomía,
desarrollo y carácter. Ocurre con ellas lo que con los hijos de una misma
familia: tienen padres comunes y una sangre igual; pero los genios son
distintos, y cada uno nace con diversas aficiones. Los mayores son serios y
trabajan; los otros tienen el aturdimiento de la adolescencia; los pequeños
hacen diabluras. Hay Repúblicas que yo llamo «serias», y otras que tienen la
cabeza a pájaros y nadie sabe si llegarán a ser formales alguna vez o quedarán
como esos calaveras que siguen loqueando hasta en su ancianidad.
Yo quiero a todos estos países, sean grandes o pequeños, y reconozco un
fondo de caballeresca sensibilidad y una envidiable alegría de vivir aun en
aquellos que llevan una existencia trágica. El gran Rengifo hablaba muchas
veces con entusiasmo de algunas Repúblicas pequeñas, donde no pasa año sin
numerosos fusilamientos y la vida del hombre es la cosa de menos valor en el
país.
—Todos, sin embargo, hacen versos en esas tierras—decía mi maestro—, y
cuando sale el sol, desde el presidente de la República al último caimán de sus
ríos, no queda uno que no pulse la lira y lance una oda a la vida que
despierta.
Rengifo alcanzó a presenciar cosas extraordinarias en este mundo nuevo.
Una noche, trabajando en la capital de una de las citadas Repúblicas, fue tanto
el entusiasmo del público, que el presidente creyó del caso venir a
cumplimentarle en su cuarto, seguido de un par de ayudantes, cubiertos de
cordones y bordados de oro, que llevaban oculto un revólver en cada bolsillo
del pantalón.
—¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Felicito al representante
glorioso de la vieja madre patria.
Y le estrechó la mano.
Continuó la función, yendo en aumento el entusiasmo de los espectadores.
Antes del último acto, Rengifo, que estaba cambiándose de traje, vio entrar en
su cuarto a otro señor, flanqueado igualmente por dos rutilantes edecanes.
—¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Mis felicitaciones al glorioso
enviado de la vieja España, nuestra madre.
—¿Con quién tengo el honor de hablar?
—Soy el presidente de la República.
—¡Ah, no!... Inútil la broma—protestó el maestro—. El presidente de la
República ha estado aquí hace poco. Es un señor con barba, vestido de frac, y
usted lleva bigote y uniforme de general.
—Es que usted ignora que entre el segundo y el tercer acto ha habido una{87} revolución.
II
Mi mejor época empezó cuando pude formar compañía, siendo a la vez
empresario y actor.
La primera dama era mi mujer, la pobre Rosalba, de la que hablaré luego.
Su padre, un español venido de allá treinta años antes que yo, había alcanzado
en Buenos Aires los tiempos del tirano Rosas, y, por su edad y su voz, se
encargaba en nuestras representaciones del papel de traidor. Los demás actores
se quejaban a todas horas, provocando disputas con sus celos y exigencias; pero
esto no impedía que marchásemos siempre juntos, queriéndonos como si fuésemos
de la misma familia.
Rosalba era extremadamente morena, tenía hermosos ojos, y más de una vez
sentí orgullo y tristeza a un tiempo viendo cómo la miraban muchos espectadores
en las ciudades del interior. La pobre no conoció jamás la riqueza ni el
verdadero lujo; pero representaba la poesía de la vida, la elegancia
aristocrática, los grandes placeres de Europa, ante los públicos sencillos que
venían a escucharnos, como si fuésemos los enviados de un mundo misterioso y
lejano.
Su madre también era española; mas Rosalba, por haber nacido en Buenos
Aires, se consideraba distinta a nosotros, interpretando esta diferencia como
algo que la confería una superioridad indiscutible. En sus momentos de fervor
artístico (que no fueron muchos) soñaba con ir a España para representar en uno
de sus teatros. Ser actriz en Madrid le parecía el término glorioso de una
existencia. Luego, en sus ratos de cólera (que eran los más), me echaba en cara
mi origen:
—Tú eres un «gallego»; yo soy criolla y estoy en mi casa.
Mi suegro, hombre a la antigua, incapaz de abdicar la superioridad de su
sexo, me daba consejos:
—¡Mucho ojo, Mariano! Mi niña es una mala bestia, y ya sabes cómo hay
que tratarla: el pan en una mano y el palo en la otra.
Pero yo, doctor, preferí siempre tener la razón de mi parte, dejando que
ella fuese injusta y agresiva. En realidad, ya no me acuerdo de los disgustos
que pudo darme. Nuestra vida movediza y pródiga en molestias nos impulsaba a{88} juntarnos otra vez, olvidando con facilidad las
querellas del día anterior. Frecuentemente me hablaron mal de ella, y hasta
recibí anónimos; pero la envidia profesional, sobre todo entre mujeres,
aconseja tales cosas a la gente del teatro.
Confieso, sin embargo, que algunas veces sentí la tentación de separarme
de ella por sus imprudencias. Coqueteaba descaradamente con señores del
público, y esto era perjudicial para nuestra empresa, haciendo desmerecer a la
compañía y quitándonos prestigio ante las nobles matronas de las ciudades en
que trabajábamos.
Yo podía enfadarme con mi esposa, pero no me era posible despedir a la
primera dama. No habríamos logrado continuar sin ella nuestras
representaciones. Por eso, aunque me cause cierta vergüenza el confesarlo,
transigí siempre, y algunas veces, al huir Rosalba de nosotros, fui a pedirle
que volviese, en nombre de su familia y en nombre también de los demás
artistas, que faltos de su colaboración iban a verse en la miseria.
Sé que las gentes malignas hicieron comentarios poco gratos para mí
sobre estas fugas, diciendo que siempre la acompasaba en ellas algún personaje
del país, doctor, general o simple periodista. Pero estoy seguro de que eran
calumnias. Ella me lo demostró siempre con pruebas irrecusables. Si huía de
nosotros era por su carácter caprichoso, por su genio independiente, que la
hacía odiar de pronto cuanto la rodeaba.
Crea, doctor, que si alguna vez me fue infiel (y ahora lo dudo), debió
serlo por imposiciones violentas, y no por su voluntad. Usted no sabe lo que
puede encontrarse viajando a través de esta América, tan desigual. En las
Repúblicas de vida adelantada, donde mandan los blancos más que los obscuros,
hay justicia, y las personas pueden creerse seguras. Pero a veces caíamos en
lugares donde estaban las gentes como encogidas, bajo el capricho de un hombre
solo. Esto era en provincias de alguna de esas Repúblicas sometidas a
frecuentes revoluciones. El presidente, para gratificar a los que contribuyeron
a su elevación, los envía a un territorio lejano, y allí pueden enriquecerse,
llevando una existencia igual a la de un antiguo gobernador turco.
Imagínese las inquietudes de nuestra compañía cuando llegaba a uno de
estos lugares. Temíamos el mal humor del tirano, porque podía oponer toda
especie de obstáculos a nuestro trabajo. Faltos de su protección, nos era
imposible obtener un local ni ganar dinero. Pero yo, por mi parte, temía no
menos a los gobernadores entusiastas del arte dramático, que nos recibían con
una afabilidad extraordinaria, asistían familiarmente a nuestros ensayos y nos
brindaban apoyo.{89} Cansados de las hembras del
país, sentían la atracción de la comedianta recién llegada, que era además
esposa del director de la compañía: una novedad.
¡Las astucias que hubo de emplear para defenderme de tales bárbaros!...
Uno de ellos me tuvo en la cárcel tres semanas, por creer que yo era amigo de
los que conspiraban contra él. Es verdad que mientras estuve encerrado proveyó
al mantenimiento de toda la compañía, invitando además a mi esposa a comer y
cenar en su casa... Y mis compañeros, halagados por la familiaridad del
gobernador, declararon que esta temporada, tan penosa para mí, fue para ellos
la más agradable.
Nunca quise saber con certeza lo que pudo existir detrás de una medida
tan arbitraria. Rosalba me juró que este hombre temible y atropellador, aunque
de perversa educación, era en el fondo un caballero, y no había osado nada
contra ella. No pude negarme a creerla. Me lo juró sobre la cabeza de nuestra
hija.
He olvidado que usted no conoce a mi hija Pepita: una actriz de
verdadero talento, pero con un carácter peor que el de su madre. Esta muchacha
excelente, muy seria en sus costumbres, tiene un gesto que corta y disuelve
todo intento de confianza. Por eso muchos de nuestra profesión la llaman por
apodo «la Virgen guerrera».
Hace más de veinte años que nació en Buenos Aires; pero esto fue pura
casualidad. Lo mismo podía haber nacido en una pobre estación de ferrocarril,
en una carreta cruzando la Pampa, o en una canoa bajo el ramaje de una selva
vecina a un río. Rosalba no dejó de representar mientras la llevaba en sus
entrañas. Hasta el último instante se apretó el corsé e hizo esfuerzos para
mantener disimulada su maternal deformidad. No quería que el público riese
considerando su estado y viendo al mismo tiempo que el galán joven la perseguía
loco de amor, deseoso de morir o matar por ella. Así es nuestra existencia.
Tampoco las funciones de la lactancia sirvieron de estorbo para la
gloria y la actividad artística de la madre. Mi pobre Pepita se dio cuenta de
que existía entre dos bastidores de teatro pobre, y pasó sus primeros años en
continuo viaje por las tierras comprendidas entre los dos trópicos, llegando
algunas veces hasta las montañas heladas de la Tierra del Fuego.
Mi esposa, que unas veces era Doña Inés, otras la dama feudal amada por
el trovador, y otras la doncella romántica de ojos pudorosos con una rosa en la
mano, se abría en los entreactos la pechera del vestido para que la niña
pudiera alimentarse, medio cegada por el resplandor de un mechero.{90}
Hubo que acudir a recursos extraordinarios para que no muriese de
hambre. Rosalba, que, a pesar de sus defectos, era una excelente mujer, no
podía cumplir a la vez con exactitud sus deberes contradictorios de madre y de
artista. Como viajábamos incesantemente, la pequeña se nutrió al azar de
nuestras correrías. Le dieron sus pechos indias y negras; se alimentó con leche
de animales de todas castas: vacas, yeguas y cabras. Hasta creo que conoció las
ubres de las llamas que trotan como bestias de acarreo por los senderos
pedregosos de los Andes.
Esta alimentación, que uno de mis compañeros, llamado Tribaldo, muy
extravagante en el empleo de las palabras, llama «internacional y geográfica»,
fue causa, tal vez, del carácter raro o intratable de la niña.
Aprendió a mantenerse sobre un caballo antes de saber andar. Durmió
tranquilamente, como en un regazo, entre fardos llevados a lomo por mulas o
guanacos. Su tierna carne se acostumbró al lancetazo chupante de los mosquitos,
las moscas de color y demás insectos de las soledades americanas. Una vez, al
hacer alto en una selva, la sorprendimos jugueteando con una serpiente de
cascabel. En otra ocasión, al pasar un río abundoso en caimanes, se nos cayó de
la mula, y hubo que sacarla por los pelos. Tenía entonces cuatro años, y
después de expeler el agua tragada, no volvió a acordarse del accidente. Mi
hija conoce todo lo malo de este país, y no hay nada en él que pueda matarla...
¡Los viajes de hace veinte años, cuando aún vivía mi esposa y empezaba
Pepita a salir a escena, unas veces de niña raptada, otras de angelito, en el
momento de la apoteosis final!... Mientras trabajábamos en tierras con
ferrocarriles, la compañía se trasladaba fácilmente de un lugar a otro, seguida
de todo su equipaje. En nuestra existencia errante no podíamos olvidar nada:
trajes, objetos ni decoraciones. Era imprudente contar con los recursos del
país. En ciertos pueblos el teatro era un corral. Nosotros nos limitábamos a
levantar el tablado que servía de escenario, y el espectador se traía el
asiento de su casa.
Hoy existen ferrocarriles en muchas tierras que atravesé yo hace menos
de medio siglo viajando lo mismo que los primeros exploradores españoles. Como
ocurre siempre en los países que llegan tarde a disfrutar las ventajas del
progreso, estos ferrocarriles son magníficos, superiores a los de Europa; como
quien dice, «la última palabra»: vagones Pulmann, amplios dormitorios, etc.
Pero en mis tiempos tuve que invertir seis u ocho días, subiendo y subiendo por
las faldas de los Andes y atravesando cimas eternamente nevadas, para correr el
mismo camino que ahora hace el tren en unas cuantas horas.
Ascendíamos a tan enormes cumbres, que nos daba la enfermedad llamada
«sorocho», el mareo de las alturas, igual al mareo del mar. Los cóndores
volaban{91} curiosamente sobre nosotros, adivinando
que éramos una tropa diferente a la de los arrieros de poncho colorado que
cruzan la Cordillera con sus recuas.
Emprendíamos el viaje desde cualquier puerto del Pacífico (población
cosmopolita y calurosa, a ras de las olas, con muchos comerciantes ingleses o
alemanes) hasta alguna ciudad del interior, de nombre histórico, situada en lo
alto de la Cordillera, a dos mil o tres mil metros, y adormecida noblemente lo
mismo que en la época de sus ilustres fundadores, venidos de Extremadura o
Andalucía. Como avanzábamos por senderos estrechos, bordeando precipicios, el
material de la compañía iba a lomos de bestia. Para mayor seguridad y baratura,
empleábamos el animal de carga del país, el compañero del indio.
Usted conoce indudablemente lo que hacen las llamas cuando el arriero
pretende imponerles un trabajo extraordinario. Es un animal que sabe hasta
dónde deben llegar sus fuerzas, se irrita ante el abuso, y defiende tenazmente
sus derechos. Todos los de su especie han acordado, sin duda, que sólo deben
soportar una determinada cantidad de kilos, y cuando les colocan una libra más
en sus alforjas, llamadas «petacas», se tienden en el suelo como un trabajador
que apela a la huelga pasiva, y no hay quien los levante, por más palos que les
den.
Nuestras decoraciones eran de papel, y no muchas; el vestuario y los
objetos escénicos tampoco resultaban abundantes; pero, aun con esta parsimonia,
¡imagínese si serían necesarios animales de tal especie para trasladar toda la
impedimenta de la compañía!
Formábamos una hilera de doscientas o trescientas llamas, con sus
arrieros indios, que gritaban para animarles en los malos pasos. Los artistas
íbamos en mulas tozudas y voluntariosas, a las que era prudente dejar sueltas,
a merced de su instinto, sin preocuparse de guiarlas, sin otra defensa que
cerrar los ojos en ciertos senderos, que más bien eran filos de cuchillo, con
un precipicio de varios centenares de metros debajo de nuestros pies. Esto no
impedía que «la Virgen guerrera» trotase al frente de la caravana, a horcajadas
como un muchacho, las piernas al aire, la cabellera suelta al viento, y en
continua pelea con su mula, que coceaba junto a los abismos, protestando de una
voluntad deseosa de imponerse a fuerza de varazos y tirones del ronzal.
Los personajes más importantes de la compañía marchábamos en el centro
de este rosario. Crea usted que a nuestras tres o cuatro mujeres, arrebujadas
en sus mantos, con la cara ennegrecida por el sol y el frío de las cumbres, no
las habrían conocido jamás los mismos que las aplaudían una semana antes en la
ciudad que habíamos dejado abajo, junto al mar.{92}
Ascendíamos en zigzag, como una fila de hormigas rojas, por las laderas
de los Andes. ¡Éramos tan poca cosa en aquella inmensidad!... Levantando los
ojos podíamos ver las panzas de los animales de la primera sección de la
caravana, que subían y subían, trazando una serie de ángulos. Mirando abajo
sólo encontraban nuestros ojos las cargas y las cabezas de las llamas que
cerraban la marcha. A veces salvábamos profundísimos barrancos merced a un
puente hecho de lianas, que se mecía como una cuna sobre el abismo.
Viajábamos lo mismo que en otros siglos los personajes de la
colonización española. Como yo tengo mis lecturas, creí muchas veces que no
éramos una compañía de cómicos; más bien una caravana de funcionarios, enviados
por el rey de España y sus Indias, que acababan de desembarcar; un corregidor y
varios oidores de Audiencia venidos con sus damas a tomar posesión de sus
cargos.
Cuando el viento de las alturas era favorable, soplándonos por la
espalda, los arrieros convertían sus bestias en navíos. Entre las dos «petacas»
colocaban un palo, izando en él un pedazo de lona que hacía oficios de vela. De
este modo la fría brisa de las cumbres ayudaba nuestra marcha, empujando a las
llamas, haciéndoles redoblar su trote adormecido; y la flota animal, con sus
centenares de velitas desplegadas, iba navegando entre el revuelto oleaje de
rocas y nieves.
Guardo un mal recuerdo, doctor, de mi viaje en ferrocarril la última vez
que estuve en Quito. Este mismo viaje lo había hecho seis años antes en recua,
y aunque fue incómodo y largo, resultó más seguro.
La línea férrea que existe ahora de Guayaquil a Quito es casi un
funicular de varios centenares de kilómetros; una vía atrevidísima que sube y
sube. Como yo y mis gentes empleamos este medio de transporte en las primeras
semanas de su funcionamiento, el tren descarriló al ganar una meseta solitaria
de los Andes.
Hubo muertos y muchos heridos. Imposible imaginar un paisaje más
desolado: rocas de colores metálicos, y como única vegetación cactus rectos y
muy esparcidos, que parecían hombres resbalando por las laderas. Ni una casa,
ni un árbol, ni una gota de agua. Y en esta soledad, lamentos de heridos,
gentes llamándose en torno a los vagones hechos pedazos o volcados.
Me alejé del tren, buscando socorro. De pronto vi asomar cautelosamente
sobre el borde de un barranco unos cuernos rojos y algo flácidos, como si
fuesen de trapo; luego unos ojos oblicuos y malignos, con las cejas en ángulo,
y el resto de una cara manchada de negro y bermellón. Era un demonio, un
verdadero demonio, más horrible en esta soledad que los que había yo visto en
los cuadros y en el teatro.{93}
Detrás de este demonio, que subía lentamente, a cuatro patas, apareció
otro, y luego otro. Llevaban trajes grotescos, disparatados, astrosos; pero
estas vestimentas parecían darles un aspecto más horripilante. La tropa
infernal, que iba avanzando medio oculta, con las precauciones que impone la
vida desconfiada del desierto, se puso de pie y marchó audazmente, animada por
el aspecto que ofrecía el tren.
Le confieso que sentí miedo al ver cómo venían hacia mí tantos diablos,
rojos y verdes, con la cara negra de hollín. De pronto recordé que estábamos en
domingo y era Carnaval. Los demonios se convirtieron en indios, habitantes de
chozas cercanas o invisibles para mí, que se habían disfrazado con motivo de la
fiesta, abandonando sus bailoteos al enterarse de la catástrofe.
Como era mediada la tarde estaban ebrios, y después de rondar en torno a
los vagones, empezaron a sentirse tentados por los equipajes de los viajeros,
haciéndolos suyos tranquilamente. Representaba una amenaza de muerte pasar la
noche en compañía de estos demonios, cuyo número iba aumentando. Por suerte,
llegó un tren de socorro: una locomotora y un vagón, con varios empleados
norteamericanos de la línea, y una caja de botellas de whisky para
las primeras curas. No podía pedirse más.
Otras veces conocíamos en nuestros viajes inesperadas grandezas y
maravillosas abundancias. Recuerdo cómo desembarcamos en una ciudad de la costa
del Perú, fundada por Pizarro, pero que había permanecido luego olvidada
durante siglos. Los yanquis empezaban en ella la explotación de unas minas, o
mejor dicho, la depuración de las escorias, abundantes en plata, abandonadas
por la minería colonial, y esto había atraído numerosos obreros.
Fuimos a tierra desde el vapor en una balsa, hecha de troncos y
tripulada por indios. No crea que el viaje era fácil. Había que salvar tres
líneas de rompientes, aprovechando el minuto preciso, con riesgo de zozobrar y
ahogarse si los remeros maniobraban un momento antes o después. Aun así,
quedamos varias veces, personas y objetos, sumidos entre espumas, yendo
acompañada cada sacudida de la balsa con alaridos de mujeres y llamamientos a
todos los santos. Viajeros y cosas navegábamos amarrados, para mayor seguridad,
y aun así perdimos mucho equipaje.
No había otro medio de desembarcar; pero la aventura valía la pena.
Imagínese la emoción de un millar de hombres aislados en este pedazo de costa
olvidada, ganando dinero abundantemente y sin saber qué hacer de él. Un
barracón vecino al embarcadero de mineral lo convertimos en teatro. Cada minero
pagó por su entrada un peso fuerte. Nunca he vuelto a ver tantos duros{94} juntos. Cuando nos retiramos a media noche a
nuestro alojamiento, tuvimos que valernos de una carretilla para acarrear las
espuertas llenas de monedas de plata.
Además, en ningún teatro obtuve ovaciones tan sinceras y clamorosas. Lo
que más gustaba a este público de blancos y mestizos eran los dramas abundantes
en peleas y con mucho choque de espadas. Cada vez que me batía con el traidor
de la obra, los espectadores daban alaridos de entusiasmo, pidiendo un segundo
combate, y yo, enardecido por los aplausos, repetía la lucha, matando de nuevo
a mi adversario.
Nunca aprecia uno el poder mágico del teatro como viviendo entre gentes
sencillas. Por eso en mis viajes he preferido los pueblos humildes y olvidados,
las ciudades viejas, a las que sólo llega muy de tarde en tarde una compañía
teatral.
Que no me hablen de esas capitales de América vecinas al mar, en las que
se usa generalmente la lengua española, pero son muchas las gentes de todos los
países. Llega uno para dar a conocer las obras del teatro clásico, y le
preguntan inmediatamente cuántas mujeres trae la compañía, si son bonitas y si
las obras que van a representarse tienen música y canto. Deme usted ciudades
del interior, reposadas y nobles, donde se encuentran plazas con soportales que
recuerdan a Toledo y Segovia; donde los señores usan barba y tienen un aire
caballeresco, como si acabasen de quitarse la coraza en su casa; donde las
damas son aseñoradas y van a misa cuando apunta el sol a un convento que tiene
naranjos en el patio, llevando sobre el rostro un manto negro, lo mismo que las
tapadas de Calderón y de Lope.
Parece que esta América vieja se ha modificado mucho desde mis tiempos
de galán joven y va a desaparecer. Pero yo la he conocido aún con su noble
atraso y su lujo colonial. Estuve en poblaciones del interior célebres por sus
minas históricas, donde todo era de plata, pero de plata antigua y recia,
trabajada a martillo, con la prodigalidad que aconseja la abundancia del
material; los platos, los jarros y hasta cierto útil nocturno depositado junto
a la cama. Los objetos de loza había que traerlos de la costa, y se quiebran
fácilmente en un viaje a lomos de mula por los senderos de la Cordillera.
Resultaba más económico fabricarlos de plata.
En estas tierras de vida ingenua es donde me vi más apreciado. Hombres
de cuchillo curvo, que llevaban varias muertes sobre su conciencia, me seguían,
al encontrarme en las calles, con ojos de admiración y respeto. Eran
espectadores que me habían visto la noche anterior batirme como un héroe contra
varios bellacos.{95}
—¡Salud, patrón!—decían algunos—. ¡Vaya una «manito» que tiene usted
para la espada! ¡Que el Señor se la conserve!
Muchas veces me he acordado del gran Rengifo. Estando en Méjico, al ir
en diligencia de una ciudad a otra, le salieron al camino unos bandoleros
célebres, que llevaban sus trajes y monturas chapeados de monedas y bordados de
plata. Estos facinerosos mataban a todos los que pretendían desobedecerles.
—Yo soy Rengifo—dijo con arrogancia a los ladrones, mirándolos frente a
frente.
Y ellos dejaron de apuntarle con sus carabinas, echando pie a tierra
para estrechar su mano.
—Nosotros respetamos a los valientes, compañero.
Todos ellos le habían visto en el teatro.
Cesó de hablar el gran Fonseca, quedando en actitud meditabunda. Parecía
perseguir sus recuerdos y reconcentrarlos, para que no se escapase ninguno.
Deseaba hacerme conocer, en sus múltiples aspectos, buenos y malos, aquella
vida errante a través de América, que tenía para él la dulzura melancólica de
su lejana juventud.
Pero un hombre gordo y afeitado, con rostro de comediante viejo, acababa
de entrar en el café. Iba a sentarse junto a una mesa ocupada por otros de su
mismo pergenio, cuando al reconocer a Fonseca cambió de dirección, viniendo
hacia nosotros.
—¡El tiempo que llevo sin verte, Mariano!—dijo con voz profunda y lenta,
que daba una solemnidad grotesca a sus palabras—. Te encuentro gordo como un
canónigo de aldea.
Fonseca le miró con ojos de conmiseración.
—No seas bruto, Tribaldo. En las aldeas no hay canónigos. Querrás decir
un cura de aldea.
—¡Tú siempre dando lecciones! Quieres que no olvide que en tu juventud
fuiste estudiante... Bueno; hemos de hablar de un negocio, de una tournée en
Chile. Vendré a buscarte luego. Te invito a dar un paseo... noctámbulo.
Y al marcharse Tribaldo, el gran Fonseca me miró como si implorase
clemencia para los disparates de su camarada.
—Así son—dijo con tono resignado—la mayor parte de los que vienen a este
café. ¡Y uno debe vivir con ellos a todas horas!... Por suerte, tengo a Pepita.
Es preciso, doctor, que venga usted a nuestra modesta casa, para que conozca a
mi hija.{96}
III
—¿Cuándo nos vimos la última vez, doctor?... ¿Hace ocho años o diez?
Sólo recuerdo que nos encontramos en aquel café de la Avenida de Mayo, donde se
reunían las gentes de mi arte. A pesar del tiempo transcurrido, le reconocí
inmediatamente. Usted, en cambio, no hubiese sospechado nunca que soy el mismo
Fonseca que le entretenía con sus historias allá en Buenos Aires.
Era cierto: nunca hubiese conocido al famoso comediante andariego en
este viejo de espalda convexa, desdentado y con el rostro fruncido como una
fruta invernal. De su pasado sólo conservaba la cabellera encrespada y
abundante; pero ya no admitía el tinte, y era blanca y dura lo mismo que la de
los negros cuando encanecen.
—Reconocerá usted, doctor—siguió diciendo don Mariano—, que fui profeta
cuando le anuncié en «el otro mundo» el porvenir brillante que lo esperaba
aquí. No he sentido ningún asombro al reconocer a mi antiguo compañero de café
en el célebre médico que se digna visitar nuestro establecimiento. Yo he
seguido rodando cuesta abajo; era mi destino, y gracias que pude parar aquí.
Usted me conoció comediante en decadencia; pero, en fin, artista todavía, y con
ciertos públicos que se conservaban fieles a mi nombre. Transcurridos unos
cuantos años, me encuentra ahora de asilado en un establecimiento de caridad, y
viejo, como si un siglo entero hubiese pasado sobre mí.
Durante mi veraneo en la costa cantábrica había querido ver un asilo
para ancianos, fundado cerca del mar por un español enriquecido en la República
Argentina. Este «indiano» había comprado una casa enorme, con vasto jardín,
para vivir el resto de sus días en el país natal; pero el descanso, después de
una existencia penosa de negocios y ahorro, pareció atraer a la muerte. Antes
de irse del mundo había ordenado que su finca fuese convertida en asilo,
aplicando la mayor parte de sus rentas al sostenimiento de la fundación. Como
recompensa moral sólo pidió que su nombre figurase en grandes letras de oro
sobre la fachada. Era médico-director del establecimiento un joven muy afecto a
mis trabajos científicos, y él fue quien me incitó con sus ruegos a realizar esta
visita.
—No crea que me quejo de mi actual situación—continuó el comediante—.
Fue una verdadera suerte que algunos españoles de Buenos Aires, apiadados de{97} la miseria de Fonseca, al que habían aplaudido
tanto en otros tiempos, obtuviesen un puesto para él en esta casa, que sólo
puede albergar un corto número de infortunados. Le advierto que hicieron además
una suscripción para costearme el viaje. El último obsequio de aquel público
que tanto me quiso.
Aquí no estoy mal. El director me aprecia y gusta de escuchar mis
historias «del otro mundo», o sea mis aventuras de cuando andaba de un extremo
a otro de las antiguas Indias occidentales representando comedias. Los asilados
me conocen y hasta sienten cierto orgullo al verme entre ellos. Algunos
estuvieron en América, donde tanto bruto se ha hecho rico, y volvieron más
pobres que se fueron, con la salud perdida. Unos recuerdan haberme aplaudido en
un teatro de allá; seguramente un teatro de pueblo, de los de mi última época.
Otros sólo están enterados de que don Mariano fue algo, y no por eso me
respetan menos. Todos ven que cuando llegan visitas importantes soy yo el único
de la casa que inspira curiosidad y el único también que puede sostener una
conversación. Los demás se alejan apenas el visitante les da tabaco.
Se detuvo Fonseca al decir esto, mirando con desaliento la colilla de
cigarro que guardaba entre los dedos.
—No crea usted que soy ingrato y gusto de criticar a mis bienhechores,
como algunos de los infelices que viven aquí. Pero debo declarar que en esta
casa no todo es perfecto y existe en ella un gran vicio de organización.
El hombre benemérito que la fundó hizo su fortuna en Buenos Aires
fabricando cigarrillos, y sin embargo, en su testamento no tuvo en cuenta para
nada que el hombre necesita fumar, necesidad que dio origen a su riqueza.
Estamos bien alojados, no comemos mal; pero de tabaco... ¡ni una brizna! En el
reglamento de esta casa no se habla de dar a los asilados ni un mísero
cigarrillo, y usted sabe cuán necesario es el tabaco para los que viven una
existencia común, en un buque, un cuartel o un asilo.
Yo espero horas enteras el paso del director por el jardín o invento
pretextos para buscarle. Sé que el encuentro me puede proporcionar un poco de
tabaco, pues a él lo place oírme, y yo hablo más a gusto cuando fumo.
Esto no lo he dicho como indirecta para que me regale usted
cigarrillos... Pero en fin, ¡ya que usted se empeña!... Crea que agradezco de
verdad su obsequio. Otros asilados tienen parientes en el país, que vienen a
verlos y les traen paquetes del estanco. Yo estoy solo en el mundo y únicamente
puedo contar con lo que me den las buenas almas.
Cediendo a mi insistencia, Fonseca se apoderó, con una avidez pueril, de{98} todos los pitillos que contenía mi cigarrera.
Encendió uno en el resto del anterior, y luego de expeler por las narices dos
chorros de humo con el regodeo del que paladea su deleite favorito, continuó
hablando:
—Se irá usted esta misma tarde. Lo he oído a las señoras que llegaron
con usted y están visitando el jardín en este momento acompañadas por el
director. Vamos a separarnos pronto, y adivino que siente curiosidad por
conocer la vida de este infeliz después que dejó de verle.
¿Se acuerda usted de Pepita, mi pobre «Virgen guerrera»?... No he
olvidado que vino usted a casa para ver mis recuerdos de gloria: las coronas,
las placas de metal regaladas en noches de beneficio, una colección de
anforitas de barro cocido y otras cosas sacadas de las tumbas de los indios que
fui adquiriendo en mis viajes.
¡Ay! Todo eso desapareció. Tuve que venderlo a cualquier precio en mis
últimos años de miseria; cuando me vi solo en Buenos Aires y forzado casi a
pedir limosna.
A mi hija la conoció usted en aquella visita. No creo que se llevase un
recuerdo agradable de ella.
Inútiles las excusas: lo mismo les ocurrió a muchos. No digo que fuese
mal educada; pero era incapaz de una expansión sonriente, de una palabra
amable, siempre ceñuda y con hostilidad para los hombres. No podía ser de otro
modo, aunque lo desease.
Repetidas veces anduvo en noviazgos con actores jóvenes de nuestra
compañía; pero siempre acabó por repelerlos.
—Yo no puedo sufrir a otro hombre que a ti, papá—me decía—. No me casaré
nunca.
Creo que uno de estos novios desechados fue el que inventó su apodo de
«Virgen guerrera». El mote no pudo ser más exacto y completo. Su odio a los
hombres era prueba y garantía de su virginidad. Y en cuanto a lo de guerrera,
yo sabía de esto más que nadie.
Tenía el carácter belicoso de mi mujer; pero la pobre Rosalba enviaba
sonrisas voluntariamente a los señores del público, y mi hija necesitaba un
esfuerzo heroico para sonreír en la escena. En realidad, sólo llegaba a dar
media sonrisa, y era con la boca nada más, mientras el resto de su cara se
mantenía cejijunto y agresivo.
Este mal carácter le impidió ser una gran actriz. No crea que habla mi
cariño de padre. Le aseguro que tenía más talento que Rosalba y todas las
mujeres con{99} las que he trabajado en mi vida.
¡Pero aquel rostro de pocos amigos!... ¡Aquella voz dura y monótona, que sólo
se ablandaba al expresar en escena la cólera o la venganza!...
Con todos sus defectos, los últimos años que pasé junto a ella, a pesar
de ser los de mi decadencia, me parecieron más gratos que los de mi juventud
gloriosa al lado de Rosalba. Después que usted la vio hicimos una excursión por
Chile y otras Repúblicas de la costa del Pacífico. Fuimos avanzando de teatro
en teatro en dirección contraria a la de los descubridores españoles, o sea de
Sur a Norte.
Le he dicho a usted de teatro en teatro, y esto muchas veces no fue
verdad. Huíamos de las ciudades con teatros, porque en ellas el público no
mostraba interés alguno por conocernos. Había pasado la época de Mariano
Fonseca. Este nombre no decía nada a las gentes nuevas. En todas partes querían
obras con música o dramas representados con gran aparato escénico, ¡y nosotros
éramos tan pobres!...
La juventud del país acudía la primera noche deseosa de ver a las
mujeres de nuestra compañía; pero mi Pepita, con sólo mostrarse, ponía en fuga
a este público bullicioso. Sin embargo, usted la conoció. Era tal vez demasiado
morena, pero nadie podía llamarla fea. Además, acuérdese de sus ojos...
Indudablemente, no era un espantajo, y muchos sintieron la atracción de
su juventud y de su hermosura algo rara. Pero ¡ay!, ¡su maldito carácter!...
¡Aquella prontitud de mano para contestar con una bofetada al más pequeño
atrevimiento!... En algunos pueblos fuimos silbados a causa de sus violencias;
de otros tuvimos que irnos a toda prisa porque la niña había golpeado al hijo
del personaje más poderoso.
Buscábamos, para no morirnos de hambre, poblaciones casi ignoradas, sin
pensar si había en ellas teatro o no lo había. Improvisábamos nuestro escenario
en corrales de posadas llamadas hoteles, en plazas públicas, hasta en tolderías
de indios a medio civilizar. Allí donde existía un grupo humano llegaba la
compañía Fonseca, en mula, en carreta, en piragua o a pie.
Cuando nos faltaba algo para nuestras decoraciones, lo buscábamos en el
almacén de comestibles del lugar. Recuerdo haber empleado en Don Juan Tenorio,
como estatua de Doña Inés, un cartel anunciador hecho en los Estados Unidos,
que representaba una buena moza, de tamaño natural, montada en una bicicleta. Y
tal es el poder del arte, que con esta carencia de medios escénicos lográbamos
emocionar a nuestros públicos y hacerlos aplaudir. Pero repito que esto ocurría
siempre lejos de las ciudades, trabajando «con decoración de selva», como decía
uno de nuestros compañeros.{100}
Teníamos además un enemigo feroz, que nos acosaba incesantemente y cada
año parecía centuplicarse. Lo sentíamos avanzar a nuestra espalda; nos salía al
encuentro cerrándonos el paso; nos obligaba a redoblar la marcha para librarnos
de su persecución; iba estrechándonos por ambos flancos. Este enemigo era el
cinematógrafo.
Mientras no existió el maldito invento pudimos los cómicos errantes de
América prolongar nuestra vida. En las poblaciones del interior, las gentes
necesitadas de entretener sus noches acudían gozosas a nuestros espectáculos,
fuesen éstos como fuesen. No había otra cosa. Pero con la generalización del
llamado «teatro mudo», todos parecían vernos bajo una nueva luz, dándose cuenta
de nuestra pobreza y de nuestras improvisaciones grotescas.
Crea, doctor, que por culpa del cinematógrafo pasamos grandes apuros y
vergüenzas en el último período de mi carrera. Gracias a que la energía de
Pepita sirvió más de una vez para sacarme adelante. Yendo de pueblo en pueblo y
evitando las ciudades, que representaban para nosotros el fracaso y la miseria,
vinimos a dar en una de las regiones menos pobladas de Venezuela; un país que
políticamente pertenece a dicha República, pero a causa de lo difíciles y
largas que resultan las comunicaciones, está gobernado por un amigo del
presidente, que ejerce una autoridad absoluta.
Este gobernante cambia a cada revolución, y el que encontramos nosotros
fue un buen mozo, llamado Urdaneta, gran jinete, gran «machetero», como dicen
allá, e irresistible en el manejo de la lanza. Era un hombre temerario, pródigo
en dádivas, rapaz para los que vivían sometidos a su gobierno, feroz con sus
enemigos y aficionado a todos los placeres que tienen algo de crueldad; en fin,
un varón creado para la pelea y la conquista.
Él vio una especie de triunfo político en nuestra llegada a la
población, cabecera de sus dominios. La compañía Fonseca representaba un gran
suceso en la historia de su gobierno. Iban transcurridos muchos años desde la
última vez que unos comediantes habían visitado aquel rincón de la tierra.
Resultaba explicable el entusiasmo con que fuimos recibidos, después de
tantos menosprecios y pobrezas. El viaje valía todo esto y mucho más. Yo, que
llevaba una vida tan larga de exploraciones, sentí asombro viéndome llegado
hasta allí.
Un protegido de Urdaneta, al encontrarnos en la capital de la República,
nos había propuesto esta «temporada extraordinaria», y dirigidos por él
atravesamos sabanas que parecían interminables, y en cuya vegetación se hundían
nuestras{101} mulas hasta el vientre. Luego nos
creímos perdidos en selvas donde no se veía el cielo y bajaba a través del
ramaje una luz verdosa, semejante a la del fondo del mar. Pero los guías
lograban orientarse, siguiendo unos senderos apenas perceptibles entre la
maleza agitada por bestias ocultas. Vimos aves de plumaje fantástico, mariposas
enormes, pájaros diminutos como insectos, moscas que parecían esmeraldas y
rubíes con alas; mas nos faltaba tranquilidad para admirar tales prodigios.
Pensábamos en tigres y jaguares, creyendo su aparición inmediata cada vez que
las mulas coceaban o se echaban atrás, inclinando sus orejas con inquietud.
A continuación pasamos muchos días viviendo y durmiendo en canoas que se
deslizaban por una maraña de arroyos y ríos. Todos los cursos de agua parecían
iguales. Repetidas veces nos imaginamos haber pasado por el mismo sitio,
mirando con incredulidad a los romeros indígenas, que sonreían de nuestra
desconfianza. Navegábamos jornadas enteras bajo túneles de follaje. Las ramas
colgantes nos obligaban con su azote a bajar las cabezas. De vez en cuando, un
marinero cobrizo, con la vista fija en la bóveda vegetal ensombrecedora de las
aguas, levantaba su percha, dando un fuerte palo a una de las lianas
verticales. La liana tenía ojos, se contraía, y perdiendo su equilibrio acababa
por derrumbarse en el río. Era una boa enorme...
Pero ¿a qué contarle más de este viaje? Era una América distinta a la
que usted conoce; la tierra tropical casi intacta, tal como debieron verla los
primeros españoles que bajaron por el Amazonas o el Orinoco. A nosotros, pobres
cómicos, después de pasar varias semanas en el seno de esta naturaleza sin
domar, nos pareció una capital enorme el pueblo donde vivía Urdaneta, y
recibimos con gratitud casi llorosa las muestras de afecto y protección de este
personaje.
Jamás sultán de cuentos orientales se vio tan admirado y obedecido como
él por nosotros. Hay que advertir que Urdaneta vivía casi aislado en las
tierras sometidas a su gobierno. Todos le temían y procuraban evitar su
presencia. Era caprichoso en su trato con las personas, no creía en la amistad,
se consideraba amenazado constantemente, y para librarse de asechanzas
procuraba ser el primero en la agresión. Total, que había dado muerte a muchos
de sus gobernados para librar su propia vida, según él afirmaba, o por capricho
y embriaguez, según el decir de las gentes.
Nuestra presencia le proporcionó diversiones extraordinarias. Con la
magnanimidad de un tirano protector de las artes, nos invitó repetidas veces a
comer en su casa. Además decretó enérgicamente que el país debía civilizarse, y{102} para ello lo más eficaz era acudir a un
espectáculo culto y moralizador como nuestras representaciones.
Siempre había sido gran aficionado a la poesía. En la sobremesa de sus
banquetes, cuando estaba casi agotada la botella de ron puesta ante él, nos iba
recitando el inmenso caudal de versos, sentimentales y amorosos, atesorado en
su memoria. Durante sus campañas para derribar a varios presidentes por el
hierro y por el fuego, su distracción nocturna era tañer la guitarra, cantando
romanzas de treinta o cuarenta estrofas, todas ellas dignas de lágrimas.
Reconozco que este guerrero lírico y sensitivo habría ordenado a veces, en el
mismo día, numerosos fusilamientos; pero, no obstante este detalle y el enorme
daño que acabó por causarme, declaro que era simpático a su modo.
Los últimos triunfos de mi vida artística los debo a su protección.
Había improvisado un teatro, al que acudían puntualmente todas las noches los
habitantes del pueblo como si cumpliesen una función pública. Frente al
escenario había un tabladillo adornado con banderas nacionales, y en él un
sillón de madera dorada traído de la iglesia.
Este palco presidencial lo ocupaba Urdaneta con otros personajes de tez
sombría, ojos diabólicos y palabra melosa, que oran ejecutores de sus
voluntades y compañeros de sus peligros. El público reía nuestras gracias o
aplaudía frenéticamente nuestras nobles acciones, animado por el gesto benévolo
del presidente. Pepita era considerada por los espectadores como una deidad
milagrosa que podía interceder en favor de ellos, haciendo más tolerable su
existencia. Yo trabajaba con el inquebrantable entusiasmo del que tiene seguro
su éxito.
Pero debo llegar al final de este período de mi existencia (el último en
que me creí feliz), o sea a mi infortunio definitivo.
Un día me di cuenta de que mi hija ya no merecía su apodo. Como ocurre
siempre en tales casos, yo fui el último en enterarme. Por algo el público, al
aplaudirla, mostraba la adulación de los que desean congraciarse con los
poderosos. Pepita era la amante de Urdaneta, y esto había sido por su voluntad,
sin que el déspota, acostumbrado a la violencia, necesitase hacer nada para
vencerla. La «Virgen guerrera» había reservado su integridad corporal para este
descendiente de los conquistadores, que la esperaba, sin saberlo, en un rincón
de la América caliente, aislado por selvas y ríos.
No negaré que Urdaneta era un cumplido varón, capaz de conmover a las
hembras que gustan de hombres violentos y desean vivir sometidas a una voluntad
avasalladora. Pero Pepita era todo lo contrario. Yo no la consideraba{103} inferior por su mal genio al tirano que nos
protegía. Luego pensé que tal vez la identidad de sus caracteres había acabado
por atraerlos.
Pasé mucho tiempo fingiendo ignorancia y ceguera. Dirá usted que esto no
es digno de un padre; pero ¡ay!, ¡la vida nos exige tales cosas cuando somos
pobres! Además, Pepita se mostraba contenta de su nueva situación, y cada vez
que intenté hablar de lo ocurrido, me miró con aquellos ojos que parecían
congelarme, cortando bruscamente mis palabras.
Con un hombre como Urdaneta no podían durar mucho las situaciones
tranquilas y plácidas. Él dio fin, del modo más inesperado, a nuestra temporada
teatral. Le parecieron inoportunas las familiaridades de los hombres de la
compañía con la primera dama... ¿Por qué tuteaban a Pepita?... ¿Cómo iba a
tolerar que un actor la abrazase en la escena, diciendo palabras amorosas,
cuando por menos había sacado en diversas ocasiones el revólver o el machete,
librándose en un segundo del que podía ser su rival?...
Se acabó el teatro, y con él mis noches gloriosas, apagándose para
siempre aquellas salvas de aplausos que me hacían retroceder a los tiempos de
mi juventud. Urdaneta retribuyó generosamente a mis compañeros, haciéndoles
emprender su viaje de vuelta a la capital, otra vez por ríos, selvas y
llanuras. Yo me quedé, porque era el padre de la gobernadora; pero jamás en mi
existencia me vi tan solo y aburrido.
Pasaba los días conversando con aquellos personajes inquietantes,
obscuros de tez, que eran algo así como los mariscales de la corte de mi
napoleónico protector. Me hablaban de guerras civiles y de revoluciones,
mostrando un menosprecio espeluznante por el valor de la vida humana.
Mientras tanto, los dos enamorados corrían a caballo las selvas o se
dedicaban a la caza. Urdaneta era ahora maestro de mi hija, alabando sus
admirables disposiciones. Este hombre de armas gozaba en enseñar su manojo a
Pepita, y la casa del gobernador temblaba diariamente con el estruendo de las
pistolas y carabinas usadas por ella.
Tal era la confianza del terrible maestro en su discípula, que había
inventado una diversión de las que a él le gustaban, mezcla de voluptuosidad y
de peligro. Muchas noches, antes de acostarse, mi yerno (llamémosle así)
colocaba sobre su cabeza una fruta cualquiera del país, algo que pudiera servir
como la manzana de Guillermo Tell. Y la nueva tiradora se la arrebataba con un
balazo de su rifle. Después de este juego, los dos parecían amarse con nueva
pasión. Era algo semejante a las caricias de las fieras, según decían en el
pueblo.{104}
Un día me hablaron dos forasteros, haciendo grandes elogios de mi
talento de actor. Aseguraban haberme aplaudido en una de las pocas funciones
que di en la capital de la República. Luego me ofrecieron un regalo de diez mil
dólares en moneda americana y dos pasajes hasta Cuba, para mí y para mi hija.
Bastaba una operación insignificante para corresponder a tanta
generosidad. Se daban por contentos con que la ex «Virgen guerrera» bajase un
poquito su puntería una noche: asunto de que el proyectil, en vez de rozar la
abundosa cabellera de Urdaneta, le diese en mitad de la frente.
Me pareció poco repeler esta propuesta con las mejores frases de
indignación de mi repertorio, y se la revelé a mi hija. ¡Qué quiere usted!...
Le había tomado cierta simpatía al tirano, recordando los tiempos en que
protegió con tanta eficacia el arte dramático. Pepita debió hablar, y Urdaneta
consideró oportuno unos cuantos fusilamientos, ordenados a capricho
indudablemente, pero con el deseo de que sirviesen de saludable advertencia a
sus contrarios.
No le extrañará a usted, después de esto, que Mariano Fonseca, hombre
pacífico y accesible al remordimiento, no pudiese vivir con tranquilidad. Me
acusaba a solas de los fusilamientos, como si los hubiese ordenado yo mismo.
Para mayor desdicha, Urdaneta empezó a mirarme con desconfianza, considerando
inoportuna mi presencia en sus dominios. Por suerte, no me creyó traidor ni un
instante; pero, según dijo a mi hija, me tenía por un bonachón peligroso,
dispuesto a liar amistad con todo el que me hablase de cosas de teatro: una
especie de puerta abierta por la que podían llegar sus enemigos hasta él... Y
como era rápido y enérgico en sus resoluciones, ordenó mi viaje de vuelta, lo
mismo que había hecho meses antes con las gentes de mi compañía.
Resultaba absurdo pensar en protestas ni razones con Urdaneta. Además,
mi hija decía siempre lo mismo que su amante. Para abreviar: tuve que hacer de
nuevo el largo trayecto, en piragua y en mula, hasta la capital de la
República; pero esta vez abundantemente provisto de dinero. El déspota sabía
ser generoso, derrochando su riqueza con la misma violencia que empleaba para
adquirirla.
Sentí, al verme solo, el tirón de la vida errante, y reanudé mis
correrías, ahora, de Norte a Sur, atraído, como siempre, por Buenos Aires. En
mi lenta retirada tuve noticias de Pepita: las últimas.
Estalló una revolución en aquella tierra; una más que añadir a la lista
interminable de su historia. El presidente fue derribado; pero le dieron tiempo
para escapar. Urdaneta, su protegido, no quiso imitarle. Se había acostumbrado
a vivir como una autoridad independiente en aquel rincón olvidado y casi
salvaje de la República. Se imaginaba que este gobierno era suyo por derecho de{105} conquista, y nadie podía arrebatárselo,
ocurriese lo que ocurriese en el resto de la nación.
La gente no lo entendía así. Ya que había triunfado una revuelta, debían
renovarse las autoridades, siendo reemplazado Urdaneta por otro gobernante.
Nadie se hacía la ilusión de que el nuevo fuese mejor; pero era indispensable
cambiar de tirano. Los hombres de confianza del vencido sintieron igualmente
ese deseo general, abandonándole para unirse a los vencedores.
Ni aun así quiso huir aquel testarudo, audaz y valeroso, digno de vivir
en otros siglos. Al verse sin amigos, se fortificó en la casa de gobierno con
mi hija. ¡Los dos contra todo el pueblo y contra los grupos en armas enviados
por la revolución triunfante!... Ambos eran excelentes tiradores, y los fusiles
y cartuchos abundaban en su vivienda.
Me han contado que Pepita, caída en el suelo, con una pierna rota de un
balazo y otras heridas en el cuerpo, cargaba los rifles, pasándoselos a
Urdaneta, que tiraba y tiraba incesantemente con una ligereza de demonio. Los
asaltantes, después de muchos ataques inútiles y mortales, tuvieron que avanzar
protegidos por unas carretas de paja ardiendo, y prendieron fuego al edificio,
convencidos de que únicamente así podrían acabar con su temible gobernador.
De este modo perecieron Urdaneta y mi ex «Virgen guerrera». La
muchedumbre sólo osó acercarse a ellos cuando sus cadáveres estaban ardiendo
como si fuesen carbón. Aun así, temían muchos que surgiesen otra vez de entre
las llamas los certeros balazos del tirano.
Después de esto, creo que nadie se atreverá a decir que en la vida de
los comediantes todo es mentira y fingimiento, y que no ocurren en la realidad
dramas más tremebundos que los que nosotros representamos sobre las tablas.
Muerta mi hija, las aventuras de mi vida no ofrecen interés. Cuando
volví a Buenos Aires ya me había comido todo lo que me dio el generoso
compañero de Pepita. Conocí de nuevo miserias y humillaciones; pero ahora
estaba solo, me faltaba mi hija, que parecía sostenerme y darme vigor con su
duro carácter. Además, los compañeros eran malos conmigo al no ver a mi lado
«la Virgen guerrera»... Ya sabe usted lo demás: cómo vine a dar con mis huesos
en este refugio, la protección de algunos comerciantes españoles de allá, la
suscripción para el viaje, etc.
Pero advierto, doctor Olmedilla, que le llaman esas señoras, y el
director parece impacientarse porque le retengo con mi charla.
No se ocupe de mí; atienda a sus amigos... y si alguna vez se acuerda
del{106} comediante Fonseca, su viejo compañero de
Buenos Aires, ya sabe cómo puede favorecerlo.
Nada de dinero... Me envía simplemente tabaco: unos cuantos paquetes de
cigarrillos.
Todos sufrimos en esta casa por la distracción de aquel cigarrero que a
la hora de su muerte no se acordó de que los hombres fuman. Y las buenas almas
deben reparar un olvido tan inexplicable.
IV
Transcurrieron varios años. No volví más al asilo de la costa
cantábrica; pero un día hablé en Madrid con el médico que había sido su
director.
Al verle, resurgió en mi memoria la imagen del comediante Fonseca, y
pregunté por él.
—Murió un año antes de abandonar yo la dirección—dijo el médico—. Cuando
sólo le quedaban unos meses de existencia, cambió de nombre, y casi en su
agonía hizo testamento, dejando su fortuna a sus compañeros de asilo.
Comprendo el gesto de asombro con que recibe usted tales noticias. En
realidad, fue extraordinario el final del célebre Fonseca, algo parecido al
último acto de uno de aquellos melodramas que estaban de moda en su juventud.
Le advierto que don Mariano se acordó siempre de usted, y hablaba a
todos de su amistad. Creo que sólo le envió usted tabaco dos veces; pero estos
paquetes de cigarrillos (que tal vez no pasaron de doce) parecían tener la
fuerza reproductora de los panes y los odres en las bodas de Canaán. Siempre
que fumaba un cigarrillo, aunque se lo hubiesen regalado minutos antes, decía a
sus compañeros, con voz campanuda y solemne, como si estuviese representando la
escena más culminante de un drama:
—Es del envío que me hace todos los meses mi ilustre amigo el doctor
Olmedilla, una eminencia de Madrid.
Un verano recibimos la visita del senador de aquella tierra, personaje
político tan venerable como poco conocido, y viejo lo mismo que Fonseca. Éste,
después de repetir en voz baja, con expresión meditabunda, el nombre de nuestro
visitante, se dirigió a él tendiéndole una mano.
Nos interpusimos muchos de los presentes, interpretando esta
familiaridad como una insolencia de su chochez. El viejo actor empezaba a
mostrarse menos{107} razonable y coherente en el
relato de sus historias. Pero Fonseca dio explicaciones con voz segura, que nos
convencieron a todos. Su memoria parecía haberse robustecido con la presencia
del senador. Recordaba perfectamente su nombre. Habían sido condiscípulos en
Madrid, cuando él estudiaba el bachillerato.
Y tales detalles fue amontonando al evocar aquella época remota, que el
personaje político, que parecía haber despertado igualmente de su atonía senil,
acabó por reconocerle.
—¡Pero tú eres Cerón!—dijo—. Me acuerdo cómo reíamos de tu apellido,
siendo muchachos... ¿Por qué te llaman aquí Fonseca?
Aceptó la pregunta el comediante con resignación y al mismo tiempo con
inquietud, como el que se ve obligado a revelar un misterio de su vida.
Efectivamente, su apellido era Cerón, y en días sucesivos fuimos
conociendo la primera época de su existencia, antes de que se marchase a
América. Dos reporteros de los diarios de la capital de la provincia que habían
venido con el personaje vieron en esta historia materia para un artículo.
Fonseca se llamaba Cerón, y con este nombre había empezado en Madrid su
carrera de comediante. Continuos y ruidosos fracasos le obligaron a huir de la
escena y de su patria. ¿Cómo continuar su vida teatral en un país donde los
actores, para hacer patente la mediocridad de un camarada, se limitaban a
decir: «Es más malo que Cerón»?
Al marcharse había creído oportuno cambiar de nombre, y Mariano Cerón
pasó a ser el incansable Mariano Fonseca, actor errante y célebre (como él
decía) «desde la frontera de Texas al estrecho de Magallanes».
Esto no lo considero yo extraordinario; ahora viene lo más interesante.
La historia del actor que cambió de nombre y llegó a ser famoso en
América fue pasando de periódico en periódico, y un día se presentó en el asilo
un hombre de negocios judiciales, un picapleitos, que venía de Madrid sólo para
dar a Fonseca la noticia de que una herencia estaba esperándolo más de veinte
años.
Cierto señor Cerón, ya difunto, había hecho testamento, dejando sus
bienes a un hermano suyo huido a América, sin que nadie supiera más de él.
¿Quién podía adivinar al ignorado Cerón en el glorioso Fonseca?...
La herencia no era enorme, como las que se ven llegar inesperadamente en
comedias y novelas. Creo que no iba más allá de veinticinco mil duros; pero
¡imagínese usted lo que representaba esto para nuestro amigo inolvidable!...
Además, la tal herencia parecía fatigadísima de esperar tantos años, y,
contra{108} lo que es costumbre en los tribunales,
deseaba entregarse cuanto antes. El rábula sólo necesitó un poder del heredero
para resolver el asunto con inusitada rapidez.
Pero nuestro héroe se apresuró igualmente a morir, ahora que se veía
rico.
Se fue del mundo dignamente, reparando una gran injusticia, como tantas
veces lo había hecho, espada en mano, sobre las tablas de los escenarios. Quiso
dictar su testamento, y dejó por herederos de sus bienes a todos los camaradas
de asilo y a los que les sucedan en aquella casa. La renta de su capital debe
emplearse enteramente en tabaco, para que de este modo no conozcan nunca los
pobres el tormento sufrido por él en sus últimos años a causa de una omisión
del fundador.
Y los asilados pasan ahora el día entero fumando y fumando. Lo que
ignoro es si dentro de unos años se acordarán del comediante Fonseca.{109}
El viejo del Paseo de los Ingleses
I
Todas las mañanas, a las once, llegaba invariablemente al Paseo de los
Ingleses, cuando mayor era en él la concurrencia. Bajo la doble fila de
palmeras inmediata al mar, iban formando grupos las gentes de diversas
nacionalidades y lenguas venidas a Niza durante el invierno.
El azul denso e inquieto de la bahía de los Ángeles se interrumpía al
reflejar el resplandor del sol, triángulo de oro palpitante que apoyaba su
vértice en la orilla, mientras resbalaban por el azul inmóvil del cielo los
blancos vellones de las nubes. Una ilusión primaveral rejuvenecía a esta
muchedumbre durante las horas solares. Al languidecer la tarde, el viento
punzante caído de las cimas de los Alpes hacía recordar la existencia del
olvidado invierno; pero en las horas meridianas, las mujeres, vestidas con
colores de flor, tenían que abrir sus sombrillas para defenderse de la
causticidad del sol, y los hombres sentían el orgullo de haber vencido al
tiempo, mirando sus pantalones de franela blanca a través de las gafas ahumadas
con que defendían sus ojos de la refracción de la luz sobre el asfalto.
Una alegría egoísta los animaba a todos al hablar del frío que estarían
sufriendo a aquellas horas los que tenían la desgracia de haberse quedado en
París, en Londres o en Nueva York, lejos de la asoleada Costa Azul.
Ganosos de ver y de ser vistos, se agolpaban en una pequeña sección del
Paseo de los Ingleses, que tiene varios kilómetros de longitud. Las gentes
colocaban sus sillas de hierro unas junto a otras, buscando hablarse con mayor{110} intimidad, o las avanzaban más allá del vecino.
Esto iba estrechando el espacio de que podían disponer los transeúntes en sus
continuas idas y venidas, mas no por ello se cortaba su infatigable rosario, y
seguían deslizándose entre las tortuosidades de la gente sentada, cruzando con
ésta saludos y palabras.
Las conversaciones en diversos idiomas formaban un zumbido casi tan
sonoro como el choque de los últimos estremecimientos del mar sobre la playa de
guijarros, pulidos por un roce milenario. Cuando este rumor humano bajaba de
tono, se oían las orquestas de los restoranes y los hoteles del paseo, que
extienden su recta edificación frente al mar. Entre las casas y la doble fila
de palmeras pasaban automóviles con matrículas y colores de todas las naciones,
y grupos de jinetes: ellas, con aire de muchacho, llevando pantalones
masculinos; ellos, con la cabeza al aire, el pelo echado atrás y el cuello de
la camisa abierto sobre el pecho.
De los hoteles célebres iban saliendo damas de andar perezoso, que
silbaban para que siguiese sus pasos un perro grande, con aire de fiera que se
digna ser buena, o pequeñísimo, y arrastrándose junto al suelo, lo mismo que un
manguito de piel caído de las manos y que empujase el viento. Eran mujeres
célebres por su familia o por su historia: artistas de amor costoso o princesas
de dinastía reinante. La gente repetía sus nombres con interés, y ellas,
apreciando de reojo la curiosidad despertada por su presencia, seguían
avanzando con aire aristocráticamente desmayado, resignadas, como una reina que
tiene que mostrarse al populacho, y dando a entender con el desmadejamiento de
su persona que la mayor parte del año sólo se levantaban de la cama en las
primeras horas de la tarde. Aquí, en Niza, consideraban de buen tono abandonar
las sábanas para hacer una visita al sol a la hora en que está más visible,
aunque su luz vulgar y mal educada revela brutalmente los desperfectos de los
rostros.
A las doce sonaba en la colina del Castillo el cañonazo tradicional, e
instantáneamente, con una prontitud de teatro, se deshacían bajo las palmeras
los grupos humanos, que los tripulantes de los buques alcanzaban a ver como
hormigueros mientras navegaban por la línea del horizonte. Las gentes se
perdían en las calles afluentes al paseo o penetraban en los hoteles.
Únicamente permanecían retardados sobre el asfalto los habladores, incapaces de
cortar una discusión entablada, y ciertas parejas amorosas, en espera de este
momento de desbande general para aproximarse y convenir dónde podrían volver a
verse más íntimamente al caer la tarde.
Una hora antes de esta dispersión en busca del almuerzo, llegaba todos
los días el hombre a quien llamaban muchos «el viejo del Paseo de los
Ingleses»,{111} como si fuese parte integrante de
dicho lugar. Otros que, por vivir más tiempo en Niza, se creían obligados a un
conocimiento concreto de las personas y las cosas, daban detalles precisos
sobre su existencia.
—Es un ruso: uno de los muchos que la revolución ha dejado en la
miseria.
Nadie podía más detalles; todos pasaban a ocuparse de otra cosa, con un
mohín de cansancio. Los rusos ya no eran de moda; esto lo sabía toda persona
razonable. Al principio, sus infortunios excitaron la simpatía pública; no
había salón distinguido ni espectáculo elegante donde no se encontrase algún
refugiado de esta nacionalidad. Pero había transcurrido mucho tiempo sin que
ocurriese nada nuevo en Rusia, y al fin la suerte de los tales fugitivos
resultaba monótona.
Además, eran demasiados los que habían venido a aglomerarse en este país
de sol, como si los impulsase un misticismo sabeico. Las novelas de su nueva
existencia ya no inspiraban interés, y la gente hablaba fríamente de grandes
duquesas que tenían en Niza casa de huéspedes o tienda de sombreros; de
oficiales de la antigua marina zarista convertidos en bailarines profesionales
de los restoranes de Monte-Carlo; de chófers de porte marcial y rubio bigote,
antiguos coroneles y generales en la corte de San Petersburgo. Esto podía
merecer atención durante unas semanas o unos meses; pero ¡después de cuatro
años, durante los cuales habían ocurrido tantas cosas en un mundo que parecía
estar loco!...
Los invernantes más antiguos de Niza conocían su nombre, Fedor Ipatieff,
y afirmaban que este «viejo del Paseo de los Ingleses» no era
extraordinariamente viejo. Debía tener poco más de sesenta años, y en los meses
anteriores al principio de la guerra todavía ostentaba esa juventud madura,
artificial y brillante que todo hombre moderno, libre de las fatigas del
trabajo, puede proporcionarse.
El tiempo, que parecía haberle olvidado, cayó sobre él repentinamente al
verlo pobre, marcándole el rostro con los arañazos de su mano arrugadora. Diez
años antes se mostraba relativamente fresco y con aspecto vigoroso al salir por
las mañanas de su cuarto de baño. Ahora tenía los ojos hundidos en el fondo de
una estrella de arrugas, y cuando el cuello de su camisa entreabría sus puntas
dejaba ver una piel flácida y esa rigidez de los tendones que denuncia la
ancianidad. El pelo, que en los últimos años disfrazaba su anemia bajo rubios
tintes, se mostraba ahora francamente blanco. Pero este hombre, viejo por los
años y avejentado aún más por su decadencia social, hacía esfuerzos de voluntad
para retardar su ruina. Eran esfuerzos desesperados e inútiles, como los del
náufrago flotando en medio del Océano, que sólo demoran por unos minutos el{112} final inevitable.
Llevaba, lo mismo que en sus buenos tiempos, patillas hasta la mitad del
rostro, unidas por el bigote, como si éste fuese un puente, y la cabellera
partida por una raya de la cúspide del cráneo a la nuca. Hacía recordar al
difunto emperador de Austria Francisco José. Era un elegante con arreglo al
patrón vienés que había imperado en las cortes y los salones de Europa cuarenta
años antes.
Su vestimenta, aunque no databa de tan remota época, pertenecía también
al pasado: corbatas de plastrón imponente, con un alfiler en su centro
escandalosamente falso, ocupando el lugar de otro que había sido una joya
verdadera; levitones majestuosos; guantes grises con trencillas negras;
sombreros indeterminados, que nadie podía saber bajo qué moda habían nacido;
todo cepillado hasta dejar visible su trama, y revelando el paso por su
superficie de frotaciones y líquidos para expulsar las manchas.
La escasez de ropa interior era lo que hacía sufrir más a Ipatieff, que
en su juventud había llegado a cambiarla tres veces al día. Sus cuellos,
siempre altos y vistosos, ya no podían deslumbrar con el fulgor nítido de otros
tiempos. Después de la guerra todo había cambiado en el mundo. Además, su
pobreza sólo le permitía tener lavanderas de obreros. Sus camisas se iban
deshilachando, y a pesar del brillo de la plancha, guardaban siempre un vago
color de chocolate.
Este señor de aspecto pobre y «antiguo» era saludado por muchos con la
afabilidad que inspiran las personas que conocimos en nuestra juventud y nos la
recuerdan con su presencia. También lo sonreían afablemente algunas señoras
viejas y de empaque aristocrático que exponían sus reumatismos al sol.
—¡Pobre Ipatieff! Ahí donde ustedes lo ven, ha sido el bailarín más
famoso de su época. Nadie, en la Niza de nuestros tiempos, sabía el vals como
él, ni dirigir un cotillón... ¡Ay! Eso era en la época que aún no existían los
fox trots y demás danzas de negros, que vuelven locas a las niñas de ahora.
Señores de rostro severo, con la roseta de la Legión de Honor en una
solapa, al contestar al saludo modesto del ruso, explicaban quién era éste a
sus compañeros de conversación:
—Antes de la guerra fue rico. Un hermano suyo tenía allá una fábrica
importante, y le enviaba todos los años varios centenares de miles de rublos.
El industrial estaba orgulloso de que su hermano menor hiciese brillar el
nombre de la familia, entre los rusos más distinguidos, en Niza y en París.
Pero ahora la fábrica ha desaparecido, al hermano lo asesinaron los
bolcheviques, y el pobre{113} Ipatieff tiene que
valerse de medios extraordinarios para disimular su pobreza.
Los más enterados de la existencia actual de Fedor relataban, con una
sonrisa de conmiseración, sus esfuerzos para vivir sin mendigar. Durante los
primeros años de la guerra había podido sostenerse en un relativo desahogo,
gracias a sus muebles. Al quedar cortadas las remesas monetarias de Rusia
ocupaba un piso adornado suntuosamente, en una calle inmediata al Paseo de los
Ingleses, y aprovechó su lujosa instalación como una industria, alquilando su
casa a invernantes enriquecidos por la guerra que deseaban saber cómo había
sido la vida en Niza de los «ricos antiguos». Él se instaló en la buhardilla,
ocupando un cuarto de los destinados a su antigua servidumbre.
Pero este recurso extraordinario no duró mucho. Al encarecerse la vida
el propietario de la casa aumentó considerablemente su alquiler. Luego acabó
por obligarlo a que la abandonase, prefiriendo a otros inquilinos menos
necesitados, y logró vivir tres años más con el producto de la venta de sus
muebles. Ahora, no pudiendo esperar nuevos ingresos, procuraba mantenerse con
una parsimonia extraordinaria.
Por fortuna, no tenía que preocuparse de su vivienda. La conmiseración
del dueño de la casa, y más aún el cariño de sus antiguos porteros, que
recordaban al señor Ipatieff de los tiempos prósperos, pródigo en propinas y
poco dado a examinar las cuentas, lo procuraron el goce a perpetuidad de una
pieza casi subterránea, que había servido siempre para guardar muebles viejos y
la crisis de alojamientos acababa de elevar al rango de habitación humana. Por
unos tragaluces abiertos al nivel de la calle entraba el sol de las horas
meridianas y mucho frío en el resto del día. En esta cueva-dormitorio guardaba
los restos de su vestuario y ciertos compañeros de su existencia, cuya
fecundidad representaban los únicos ingresos con que podía contar.
Muchos, al ocuparse del viejo del Paseo de los Ingleses, le llamaban
también «el señor del perrito», por la razón de que nunca se presentaba en el
paseo sin ir acompañado de un animal de esta especie, pequeño, de orejas
erguidas y puntiagudas, extraordinariamente lanudo: una bola de pelo que
trotaba con menudo paso. Este perrito de la Pomerania atraía las miradas y
exclamaciones admirativas de las señoras viejas, así como los manoseos de los
niños, y nunca era el mismo.
Los que conocían a Ipatieff hablaban con lástima de la industria canina
que le ayudaba a vivir. Allá en su tugurio tenía una pareja de bestezuelas de
esta especie, regalo recibido en sus tiempos de prosperidad, animales
prolíficos que todos los años le daban varias crías para la venta.{114}
Además, el problema de la alimentación lo resolvía fácilmente durante el
invierno. Siempre había en los hoteles más caros, o en los barrios elegantes de
Cimiez y la California, familias que lo invitaban a comer. El pobre Ipatieff
hacía recordar con su presencia los tiempos anteriores a la guerra, cuando aún
era dulce el vivir. A los postres, la señora del invitante, que no osaba darle
dinero, le proponía la compra de uno de sus perritos, y él aceptaba la oferta
gravemente, como si estuviese convencido de que nadie podía vivir sin la
compañía de tales animales.
Con el mismo aire del proveedor que anuncia el envío de un encargo
vehementemente esperado, decía en ciertas ocasiones, después de saludar a una
señora en el Paseo de los Ingleses:
—Marquesa, la semana próxima le llevaré el pequeño. No se lo doy antes
porque quiero estar seguro de su buena educación.
Y al entregar el «pequeño» recibía sin sonrojo el billete de quinientos
francos, que hubiese rechazado de otra manera.
Después del cañonazo de mediodía, si Ipatieff no estaba invitado en
algún hotel, dejaba para las primeras horas de la tarde el suplicio de
alimentarse parcamente en un bodegón de la ciudad vieja, volviendo
apresuradamente a su casa.
—Vamos a hacer que la familia tome un poco de sol.
La familia era un perrito viejo y trémulo, con numerosos pelos blancos,
que tenía más de diez años, lo que en la vida de su especie equivale casi a un
siglo de vida humana. Y en torno a este patriarca de incansable fecundidad
ladraban y saltaban media docena de perrillos, asustados y regocijados a la vez
por el sol y el aire libre.
El antiguo elegante avanzaba como un pastor por el paseo, ahora
desierto, rodeado y seguido de este rebaño, que trotaba sobre el asfalto,
haciendo temblar sus bolas de lanas negras. Una simple voz del hombre enmudecía
y agrupaba a los animales, pacientemente educados. Pero como necesitaban
después de su encierro la carrera y el ladrido para desentumecerse, su dueño
les dejaba en libertad.
Iba a sentarse en un banco, y allí permanecía, meditabundo, mientras sus
compañeros correteaban persiguiéndose o ladrando a los niños atraídos por su
presencia. Fedor Ipatieff miraba al mar, pero con ojos incapaces de ver. Su
mirada iba más lejos, con la rapidez de la imaginación.
El viejo del Paseo de los Ingleses llevaba una novela en su interior,
una{115} novela sin terminar, como la llevan la
mayor parte de los humanos. Y mientras el rebaño negro se frotaba contra sus
piernas, ladrando dulcemente en espera de una caricia, el ruso, entornando los
ojos, creía ver su lejana patria, como una casa sin muebles, ruinosa y fría, y
en ella la figura familiar de una mujer, recordada diariamente.
Su rostro debía ser ahora algo distinto de como lo vio la última vez;
estaba seguro de ello. Pero él sólo podía imaginársela lo mismo que en otros
tiempos.
II
Los rusos refugiados en la Costa Azul apenas le tenían por compatriota
suyo. Se había educado en Francia, viviendo después en las capitales
principales de la Europa occidental. Hacía solamente viajes a su país cuando la
amistad con algún personaje de nombre ilustre le permitía frecuentar durante
varios meses el mundo aristocrático de San Petersburgo.
Su hermano el industrial aceptaba con orgullo esta existencia brillante
y perezosa, viendo en ella un honor para el apellido de la familia. De
permanecer siempre en su país, Fedor Ipatieff sólo habría sido el hijo de un
fabricante rico, sin entrada en el gran mundo. Pero en las capitales célebres
de Europa podía tratarse amistosamente con grandes personajes rusos: la vida en
los salones y los hoteles facilita estas intimidades; y luego, al volver a su
patria, penetraba en lugares privilegiados, cuyas puertas se había abierto
hábilmente desde el extranjero.
Remontándose en su pasado, más allá de la revolución, más allá de la
guerra, Fedor contemplaba los tiempos de su juventud como un cuento maravilloso
que había existido en la realidad; pero visto ahora, a gran distancia,
resultaba más extraordinario que los cuentos imaginados. Admiraba la vida rusa
bajo los zares como la más completa expresión de la dulzura de vivir. Era
indiscutible que esta dulzura sólo la paladeaban unos cuantos nada más,
haciéndola pagar a millones y millones de habitantes de las estepas con una
existencia igual a la de las bestias. «Pero ¿acaso están ahora mejor, después
de la revolución?», pensaba Ipatieff, egoístamente.
¡Oh, Petersburgo! La vida había sido en esta ciudad monumental tan
lujosa y alegre como los bailes rusos, puestos luego de moda en el resto de la
tierra.
Fedor se acordaba de las representaciones en el teatro María y el teatro{116} Miguel, ante públicos de un lujo abrumador: las
mujeres, con perfil altivo de emperatriz, luciendo constelaciones de joyas, y
los grandes señores, brillantes como ídolos, cubiertos de condecoraciones y
bordados; las cenas fastuosas en los restoranes de las islas, enormes y blancos
como catedrales; los paseos en muelles vehículos por las orillas del Neva, bajo
abrigos de pieles costosísimas. Este carnaval deslumbrador lo gozaban unos
miles de privilegiados, que veían reservadas igualmente para el resto de su
existencia las altas dignidades y las grandes fortunas del país, los empleos
valiosos, los mandos en el ejército y la administración, el disfrute de
propiedades agrarias extensas como naciones. ¡Y todo esto el bolchevismo lo
había deshecho en unos cuantos meses!...
Los ricos de la «gran época» habían sido asesinados, como su zar y sus
grandes duques, o eran mendigos, conociendo el suplicio del hambre. Las damas
majestuosas como zarinas, que habían sido el principal sostén de los grandes
modistos de París por sus fastuosos encargos, temblaban ahora de frío en las
calles de Rusia, marchando como delgados fantasmas sobre el hielo, con las
manos cortadas y desfiguradas por una temperatura inclemente, vendiendo
periódicos u ofreciendo un ramito de flores mustias a cambio de un pedazo de
pan con más paja que harina...
No; no había justicia en la tierra. Ipatieff estaba seguro de ello al
pensar en el pasado. Y apartaba su recuerdo de la tierra natal para ver las
capitales europeas tales como habían sido en sus años de juventud.
Entonces estaba bien representada Rusia en el rosto de la tierra, y era
un honor ser súbdito del zar. Los grandes duques asombraban a París con sus
prodigalidades. En Monte-Carlo los jugadores moscovitas eran los mejores
clientes. Todas las industrias de lujo tenían en Rusia su mercado más
importante, y él, Fedor Ipatieff, disfrutaba una parte de este prestigio
nacional.
Los hoteles célebres de Suiza, rodeados de campos de hielo, le habían
visto por la noche en conversación con la más brillante sociedad de Europa,
mientras se preparaba a obtener en la mañana siguiente un nuevo triunfo como
patinador. Había bailado en Biarritz, en Niza y en Deauville, según las
diversas estaciones, con las damas más célebres y hermosas de Europa. Tenía por
amigos a personajes célebres, y hasta había sido presentado a herederos de
coronas, con esa camaradería de buen tono que impera en los lugares de vida
aristocrática y costosa. Le invitaban a todas las fiestas, aceptando sus
opiniones de hombre de moda un poco original y exótico. Lo necesitaban además
como incansable danzarín.
Su hermano el industrial, que se enteraba por los periódicos extranjeros
de{117} estos éxitos mundanos, siguiéndole de lejos
con ojos de admiración, cuando le veía llegar a Petersburgo y vivir en la
sociedad más cerrada y aristocrática, proveía sin tasa a sus gastos, extremando
muchas veces la producción de su fábrica e ideando nuevas economías en la
retribución a los obreros para que no sufriese merma alguna en sus rentas este
hermano menor, que llevaba con él la gloria de la familia.
En el último período de su existencia brillante y vana, a los cuarenta y
cinco años, fue cuando Fedor Ipatieff tuvo el encuentro que consideró como
primer capítulo de lo que llamaba «la novela de mi vida».
Había sido hasta entonces un ambicioso frívolo, buscador de amistades
por la honra que éstas le pudieran reportar, y anteponiendo siempre en su
existencia la vanidad a los afectos. Sus múltiples preocupaciones de hombre
elegante sólo dejaban un lugar secundario a la necesidad que algunos llaman
vagamente «amor», por miedo a usar otra expresión más precisa.
El ruso sonreía escépticamente al hablar del amor. Esta palabra sólo
tenía para él un significado material, que halagaba su vanidad de hombre. En
algunas ocasiones había creído conocer el llamado amor con mujeres hermosas,
pero incapaces de interesarle mucho tiempo, por ser simples burguesas, faltas
de lujo y que llevaban una existencia vulgar. Otras veces se había dejado
querer por respetables damas que casi podían ser madres suyas, portadoras de un
nombre histórico. Su hermano el industrial casi lloró de emoción cierta vez que
obligaron a Fedor a salir de Petersburgo por complacer a un tío del emperador,
celoso de las preferencias que mostraba por este elegante su noble esposa, una
gran duquesa de fealdad hombruna y entrada en años.
Fue Vera Alejandrowa, mujer de un propietario de minas de oro y platino
en Siberia, llamado Velinski, la que cambió, sin desearlo, la vida y los
sentimientos del tornadizo Ipatieff.
La había conocido en los salones de Petersburgo. Era hija del general
Bodkine, que llevaba hecha su carrera militar sin salir de la corte; pero como
el padre carecía de fortuna y ella sólo podía concebir una existencia lujosa,
se casó con el minero, despreciando momentáneamente sus prejuicios de clase.
Luego, al verse rica, estos prejuicios resucitaron, haciéndole encontrar
intolerable la vida con su esposo.
Después de varios años de conflictos familiares, el siberiano acabó por
aceptar una separación de cuerpos, no queriendo sufrir más el carácter duro y
arrogante de ella. Prefería vivir en sus tierras, donde lo admiraban las pobres
gentes como un ser superior. Se contentaría con seguir siendo de nombre el{118} esposo de una mujer célebre por su belleza y el
yerno de un personaje de la corte. Vera Alejandrowa podía gastar a su antojo:
las minas darían de sobra para todos sus caprichos.
Indignada de las murmuraciones de sus amigas y de la austeridad de
ciertas matronas de la vieja aristocracia, que no querían transigir con las
libertades de su existencia, acabó por marcharse de Rusia. Además, necesitaba
que la admirasen por su fastuosidad en aquella Europa occidental, de la que
llegaban los trajes, las alhajas, los perfumes, todo lo que es de última moda
para el embellecimiento de la mujer.
Llevaba diez años de vida parisiense y era una celebridad de la moda
femenina, figurando su nombre con frecuencia en las publicaciones elegantes,
cuando ella y Fedor creyeron verse por primera vez.
Esta novedad tenía para ambos una explicación. La vida agitada de París
les hacía encontrarse todas las semanas en los estrenos de los teatros, las
carreras de caballos y las fiestas lujosas. Pero en tal existencia, inquieta y
múltiple, los encuentros son como tropezones involuntarios seguidos de una
sonrisa de excusa, de un saludo, y cada uno se aleja sin volver la vista. La
elegancia es una profesión que impone numerosos cuidados y preocupaciones, no
dejando tiempo para otras cosas.
Pero los dos pasaron juntos todo un invierno en Niza, lo que pareció
unirles con repentina intimidad. Eran antiguos amigos, eran compatriotas, y
debían buscarse naturalmente. Estaban en el mismo hotel, asistían a idénticas
fiestas, hacían iguales excursiones, regresaban a altas horas de la noche de
jugar en Monte-Carlo, y esta vida de continuo trato acabó por considerarla
Fedor como el período más triunfal de su historia.
Le enorgullecía ver la mirada de admiración con que los hombres iban
siguiendo a la dama que se apoyaba en su brazo, alta, esbelta, de blancas
carnes, ojos verdes y dorados, y una cabellera roja y ondulante sobre su
pequeño cráneo, como una antorcha. Además, esta mujer emocionaba igualmente a
las otras mujeres por sus vestidos innumerables, sus pieles de emperatriz y el
esplendor de sus joyas, casi bárbaras en fuerza de ser ricas y suntuosas.
Al principio la admiró. Él sentía una adoración instintiva por todo lo
que fuese riqueza y lujo. Luego se consideró ligado a ella por la ternura de la
gratitud, pensando en el nuevo prestigio social que le proporcionaban sus
relaciones con esta mujer extraordinaria. Al fin, un día, cuando Vera
Alejandrowa le había concedido todo lo que él osó pedirla y no podía ya darle
más—o sea en el momento que abandonaba él a las otras mujeres—, conoció{119} por primera vez la importancia de la palabra
«amor», que antes le hacía sonreír.
No se le ocultaban las malas condiciones del carácter de Vera,
dominante, caprichoso, fantástico; pero aun cargada de tales defectos, se
sentía más ligado a ella que a ninguna mujer de las conocidas en su pasado.
—¡El amor es así!—se decía Fedor con resignación.
Ella, por su parte, en un momento de entusiasmo, dijo algo que casi hizo
llorar de gratitud a su amante.
—Si no necesitase ser rica para vivir me divorciaría, casándome contigo.
Una Vera Alejandrowa no podía decir más.
Cinco años pasaron yendo de un lado a otro de Europa, con arreglo a las
rotaciones exigidas por la moda: el invierno en la Costa Azul, la primavera en
París y Londres, el verano en las costas atlánticas, reservando además algunas
semanas a vagas curas en los balnearios célebres de la Europa central, y otras
a los deportes de nieve en Suiza. Al anunciar los periódicos la llegada de la
célebre dama rusa a estos lugares, muchos sonreían indiscretamente,
profetizando como algo inevitable la presencia dos o tres días después del
elegante Fedor.
De pronto surgió la guerra. Durante los primeros meses la vida de los
dos amantes no fue alterada por las privaciones. La continuación egoísta de su
dicha, manteniéndose intacta en medio del cataclismo continental, parecía dar
nuevo atractivo a sus placeres.
Luego el dinero empezó a escasear. Las comunicaciones funcionaban mal o
no funcionaban. El gobierno ruso había reglamentado los giros de cantidades.
Al conocer la gran señora, por primera vez en su existencia, la
necesidad de pedir prestado, las angustias de la escasez, la imperiosa
necesidad de la economía, sintió un repentino amor hacia su patria y un interés
vehemente por todos los individuos de su familia, que hasta entonces había
tenido olvidados. Su padre era general; sus hermanos hacían la guerra como
oficiales: ¿por qué vivía ella en París?... Era una rusa, y debía aportar su
esfuerzo a los suyos, improvisando asociaciones de caridad, trabajando en los
hospitales. Consideraba también necesario reunirse con su esposo, sin poder
explicar la causa de este súbito deseo.
Y se marchó, arrostrando todos los peligros de la travesía en un vapor
inglés, por el Norte de Noruega, hasta desembarcar en el helado puerto de
Arkangel.
Fedor quiso seguirla; pero ella, que tanto deseaba sacrificarse por su
patria, con una inconsecuencia propia de su carácter, se negó a que el hombre
amado{120} arrostrase los mismos peligros. Ipatieff
debía quedarse. No era hombre de guerra, y podía prestar mejores servicios a su
patria en aquel mundo occidental donde siempre había vivido. Vera Alejandrowa
sentía la necesidad de alejarlo de ella, sin dejar por eso de quererlo.
Representaba los recuerdos de una vida brillante que parecía haber muerto, y
ella necesitaba avanzar sola por su nueva existencia.
Transcurrieron los años de la guerra, repletos de sucesos, como si
fuesen siglos. Cayó el zarismo para siempre; luego vivió con languidez la
República rusa, dirigida por el orador Kerensky, y al fin triunfaron los
Soviets, intentando los comunistas, para implantar sus doctrinas en la
realidad, someter la enorme Rusia a una experiencia fría y metódica, igual a
los experimentos de los sabios en los laboratorios... Y para evitar la protesta
del pueblo sometido a tan arriesgada operación, empezó a funcionar el terror
rojo.
Todo esto lo vio Fedor desde lejos, circunscribiendo su interés a las
personas que vivían allá y podían influir en su sufrimiento o su bienestar.
Siempre que ocurría un nuevo suceso en Rusia, formulaba las mismas
preguntas:
—¿Qué será de Vera?... ¿Le habrá ocurrido algo a mi hermano?
De la gran señora recibió varias cartas, muy espaciadas y todas ellas
tristes. Sus hermanos habían muerto en la guerra; luego murió su padre, tal vez
de asombro al presenciar el derrumbamiento de la monarquía de los zares.
Su hermano el fabricante también mostraba un pesimismo oriental viendo a
su país en plena revolución. Después dejó de escribir, o mejor dicho, no llegó
a manos de Fedor ninguna de sus cartas.
Algunos refugiados rusos que habían conseguido evadirse de lo que
llamaban «el infierno rojo», al encontrarlo en Niza, le dieron una noticia
dolorosa, bruscamente, con la dureza de los que han visto y sufrido todos los
horrores imaginables y no conocen ya el valor de las precauciones ni los
matices de la palabra. Su hermano había sido fusilado por los comunistas con
otros representantes de la burguesía. Sus fábricas ya no existían...
¿Qué podía importar a Fedor la destrucción de las riquezas de su
familia, cuando la sociedad capitalista había quedado anulada en su patria? A
él sólo le interesaba la suerte de las personas vivas...
Pero... ¿Vera Alejandrowa vivía aún?
III{121}
Hablaba frecuentemente con rusos que iban llegando a la Costa Azul,
fugitivos de su país. Muchos de ellos parecían guardar en sus pupilas una
dilatación de espanto por lo que habían visto.
Unos habían huido, viajando sobre el mar helado para llegar a un puerto
fronterizo. Otros descendían hasta el Mar Negro, y después de terroríficas
aventuras, lograban escapar de la tiranía de los Soviets, cruzando a
continuación como peregrinos las naciones del Sur de Europa. Todos hablaban de
encierros mortales, de fusilamientos, de locuras provocadas por las
persecuciones; pero lo que les hacía estremecerse con más horror era el
recuerdo de dos tormentos continuos, tenaces, insufribles: el hambre y el frío.
La antigua tiranía de la Okhrana, policía política del Imperio, que
enviaba los revolucionarios a Siberia o a la horca, había sido sustituida por
la Inquisición roja de la Tcheka, nombre que parecía chino y era simplemente la
abreviatura telegráfica de la Comisión Extraordinaria Pan-Rusa, encargada de
perseguir a los enemigos del régimen comunista.
El «zar rojo», Lenine, al concentrar en manos de su gobierno todos los
medios de nutrición, ejercía el despotismo más violento y doloroso conocido en
la Historia: un despotismo sobre el estómago. El hambre era el látigo de este
domador. Todos los alimentos se reservaban para sus soldados y partidarios. Lo
sobrante era lo único que podía comer el resto del país. Las gentes de las
ciudades se alimentaban tres veces por semana, en los bodegones públicos,
mediante la presentación de una tarjeta del gobierno, con unas onzas de pan
hecho de paja y un caldo en el que nadaban como elemento substancioso cabezas y
espinas de arenque.
«¿Qué será de Vera?», pensaba Ipatieff.
Por las mañanas, al tomar el sol en el Paseo de los Ingleses, sentía
remordimiento. Sus ojos dejaban de ver la luminosa bahía de los Ángeles para
contemplar de pronto una calle o una plaza de Petrogrado, sobre cuya nieve
avanzaba una mujer temblorosa. Dentro de los edificios la temperatura era igual
a la de las calles. Las puertas y ventanas ya no existían. Toda madera había
sido consumida mucho tiempo antes en las estufas ahora heladas. ¡Y él viviendo
junto al Mediterráneo, rodeado de gentes en apariencia felices, sin poder
cederla su puesto al sol!...
Cuando comía al azar de su existencia bohemia en un gran hotel o un{122} bodegón de la Niza vieja, su regodeo goloso de
hombre que empieza a envejecer sentíase alterado por el recuerdo de aquellas
miserias nutritivas que relataban los fugitivos rusos. ¡Pobre Vera! ¡Gran
señora infeliz que había vivido, los más de sus años, buscando nuevos
refinamientos para hacer más costosa su existencia! En su palacio de París
pagaba a su cocinero un sueldo mayor que el de un presidente de Consejo de
ministros. Y ahora imaginaba Fedor cómo se abalanzaría ella, con el ímpetu de
un animal hambriento, sobre los residuos de su comida que ensuciaban el mantel
del bodegón nicense, frecuentado en días de escasez...
La pobre habitación que le servía de vivienda se transformaba en palacio
al recordar a la antigua millonaria. Él y todo su rebaño canino comían,
ignoraban el frío, tenían buena luz eléctrica al cerrar la noche, ¡mientras la
otra infeliz!...
—El mundo ha cambiado—decía Fedor, mirando en torno de él con extrañeza.
Sí, el mundo había cambiado; pero las gentes sólo se enteran de los
trastornos históricos si éstos les tocan de cerca, y cuando los ven lejanos se
cansan de hablar de ellos y los olvidan. El viejo del Paseo de los Ingleses se
asombraba al ver tantas personas contentas de su suerte, venidas a la Costa
Azul en busca del sol. ¡Pensar que mientras una parte de la humanidad se
entregaba a los placeres, olvidando la guerra pasada o las guerras futuras y
próximas, seguía desenvolviéndose en la otra mitad de Europa la revolución más
enorme de la Historia, a espaldas de las gentes que no sentían interés por
ella, a causa de su duración y su monotonía!...
—Acabó la época de los ricos—murmuraba—. Ya no existen ricos en mi país,
y los de aquí siguen ciegamente su vida de siempre, sin pensar que a su vez les
llegará el turno de morir como los otros.
Y concentrando la suerte del mundo en la persona que a él le interesaba,
volvía a acordarse de Vera Alejandrowa.
Todo en Niza parecía evocar su imagen. Los perrillos que le ayudaban a
vivir con su fecundidad eran descendientes de una pareja de favoritos que ella
le había confiado antes de partir a Rusia. El Casino le hacía recordar los
bailes de otro tiempo. Le era imposible salir de la ciudad sin que sus ojos
tropezasen inmediatamente con la masa enorme y blanca del hotel donde habían
vivido los dos en lo alto de Cimiez. Los comedores de los «Palace» que
frecuentaba ahora como humilde y simpático parásito le habían visto sentado
junto a ella durante largas cenas de platos costosos y vinos extraordinarios,
pagadas con una largueza moscovita, ignorante de los valores.{123}
Madame Volinski, la esposa del famoso minero, gastaba 800 000 francos al
año en vestidos (tres millones de ahora), y sus joyas eran tantas que no
dejaban sitio disponible en las cajas de seguridad de los hoteles. Los
periódicos de modas habían hablado con asombro de su calzado: cien pares
ordinariamente. Sentía repentina aversión por trajes y zapatos que sólo había
usado una vez, regalándolos a sus doncellas o a criadas de hotel conocidas
horas antes; y las pobres mujeres, no sabiendo qué hacer de tan fastuosos
regalos, los vendían.
De todos los caprichos de Vera Alejandrowa, el que recordaba Fedor con
más frecuencia era su baño: un baño diario que hacía pasar a segundo término
las extravagancias termales de las emperatrices de Roma. La esposa del
millonario siberiano arrojaba todos los días en su bañera perfumes de París por
valor de 500 francos. ¡Y ahora, tal vez pasase meses y meses, allá en la gran
ciudad devastada por la experiencia comunista, sin cambiar de ropas, sin
conocer los cuidados higiénicos, desposeídos de importancia en un país falto de
alimento y de calor!... Pero como si no pudiera imaginársela sucia, haraposa y
alimentándose con inmundicias, se preguntaba:
—¿Realmente vivirá aún?... ¿No habrá muerto de miseria, como tantos
millones de personas?
Un día experimentó una gran emoción, casi lo mismo que si hubiera visto
a la desaparecida.
Evitaba el trato con los rusos residentes en Niza. Todos ellos maldecían
la tiranía roja; pero apenas se juntaban para acordar los medios de combatirla
surgían tantas opiniones como individuos, y estas opiniones eran tenaces e
irreconciliables. Ipatieff, educado en la Europa occidental, creía a sus
compatriotas algo locos de nacimiento y con una tendencia a la crítica que les
hacía impotentes para la acción. Él, a su vez, era tenido por los otros como un
vividor alegre que no había hecho nada útil en sus tiempos de rico, y además le
consideraban extranjero.
En una reunión de compatriotas, hablando con una señora llamada Tatiana,
recién venida de Rusia, palideció de sorpresa al oírla nombrar a Vera
Alejandrowa.
Vivía aún tres meses antes. Tatiana la había visto mientras preparaba su
fuga de Rusia. Y Fedor tuvo que escuchar con fingido interés el relato de esta
aventura novelesca, igual a las fugas peligrosas de tantos otros: la marcha
sobre el mar helado en un trineo que avanzaba cubierto de sábanas, lo mismo que
los caballos que tiraban de él, para inmovilizarse sobre la nieve y confundirse
con{124} ella cuando los reflectores de las
fortalezas de Cronstadt paseaban sus mangas de luz sobre la blanca llanura para
descubrir a los fugitivos. Luego, el lento reptar sobre el hielo, deslizándose
entre los centinelas rusos; la parálisis que empieza a adormecer a los que
mueren helados; y al fin, la llegada a Helsingfors, puerta del mundo, entrada
del paraíso para tantos millares de fugitivos de la Tcheka inquisitorial.
—¿Y Vera Alejandrowa?—interrumpió Fedor—. ¿Cómo estaba cuando la vio
usted?...
El viejo del Paseo de los Ingleses tuvo desde este día una ocupación
urgente que le hizo olvidar los cuidados de su rebaño canino. Empezó a hacer
visitas a esta señora con la asiduidad de un enamorado. Vivía con otras rusas
arruinadas por el sovietismo en una casa de huéspedes, donde muebles y personas
parecían tener el mismo aspecto de indiferencia, resignación y pereza eslavas.
El antiguo elegante quería ser ciego para el abandono personal de todas estas
compatriotas, que después de tres años de vida soviética necesitaban
reacostumbrarse a la limpieza y a la abundancia del Occidente europeo.
Lo que él deseaba era escuchar a Tatiana, olvidando la pobre taza de té
que ésta le había ofrecido. Comprimía su ansiedad por saber de la otra,
dejándola que describiese la vida tal como era en aquellos momentos en
Petrogrado y en Moscou. Le interesaba todo esto por ser el ambiente en que
existía Vera. Al final, Tatiana, arrastrada por su charla, le hablaría de la
otra. Y así era siempre.
La pobre rusa, extremadamente sentimental, acababa por apiadarse del
interés amoroso de este hombre tan buscado en otro tiempo por su elegancia, y
hablaba de sus encuentros con la antigua millonaria, exagerándolos para dar
gusto a su oyente.
Había visto a Vera Alejandrowa por primera vez cuando salía ésta de la
tienda de un anticuario. El comercio de antigüedades, o más exactamente dicho,
de prendas, era el único que había podido sobrevivir dentro del régimen
soviético, a pesar de que Lenine declaraba un robo todo comercio, prohibiéndolo
bajo pena de muerte. Ella salía de vender los últimos restos de su antiguo lujo
y miraba con tristeza el grueso rollo de rublos en billetes que le había
entregado el comerciante judío. ¿De qué podía servirle este dinero? La comida
la daba el gobierno, y únicamente valiéndose de astucias, castigadas con
prisión o muerte, podían comprarse en secreto los alimentos.
—Cuando la vi un año después, ella, que no había entrado nunca en una
cocina, se dedicaba, con otra señora que fue de la corte, a la fabricación de
bombones de chocolate... sin nada de chocolate. Lo más peligroso era{125} venderlos. Los que ejercen allá un comercio
acaban en los calabozos de la Tcheka... Pero su antigua fama de mujer elegante
le servía para vender sus bombones a las compañeras de los revolucionarios
célebres.
¡Qué de transformaciones!... Un grupo de antiguos senadores se había
sindicado para fabricar zuecos. Muchos príncipes eran cocheros o afiladores de
cuchillos. Las hijas de generales célebres vendían ropas viejas... Pero Tatiana
interrumpía su lamentable descripción de la Rusia nueva para no impacientar a
su oyente, que sólo se interesaba por Vera Alejandrowa.
—Mucho tiempo después la encontré en Moscou. No sé por qué estaba allá;
tal vez fue, como yo, para solicitar la protección de los nuevos amos. Se puede
protestar y resistir cuando se ha comido; pero ¡ay, el hambre!..., ¡qué
humillaciones trae! No hay nada que suprima tan aprisa la dignidad y todas las
vanidades humanas... Nos encontramos en la Soukharewka, un mercado de dos
kilómetros de largo que se forma ahora en las afueras de Moscou, a pesar de que
el gobierno castiga el comercio como un crimen. Todos van a él para comprar y
vender. El comprador se convierte inmediatamente en vendedor. Es el único sitio
donde el dinero guarda aún su antiguo poder; pero se necesita tanto, ¡tanto!
para comprar un alimento cualquiera que en otra época considerábamos despreciable...
Vera Alejandrowa miraba a todas partes con las cejas fruncidas, como el que
prepara una resolución de la que depende su existencia. Necesitaba comprar para
comer, y no era empresa fácil. Nos saludamos y cada una se fue por su lado. El
hambre deja poco sitio a la amistad.
Fedor se decidió a hacer una pregunta que llevaba mucho tiempo en su
pensamiento:
—¿Y todavía está hermosa?
Tatiana le miró con una expresión de asombro y lástima.
—¿Hermosa?... ¿Quién piensa en eso? No sé; nunca me fijé en su cara.
Allá teníamos otra preocupación: comer... Míreme a mí. Antes de esa maldita
revolución mis amigos decían que yo era hermosa, ¡y ahora...!
La miró Fedor con el cruel egoísmo del enamorado, que sólo puede ver
defectos en una mujer que no es la suya. Luego le inspiró lástima la vanidad de
Tatiana. Nunca debía haber sido hermosa, según él. Además, ¡tan vieja!
Seguramente tenía doce o quince años más que la otra. Vera Alejandrowa, aunque
estuviese quebrantada por la miseria, ofrecería siempre mejor aspecto que esta
burguesa. Sólo por los azares de la revolución había podido Tatiana hablar como
una igual a la antigua dama de la corte...{126}
Influenciado por estas conversaciones, empezó a ver con más intensidad
la imagen de la ausente. Le salía al encuentro en todos los lugares que habían
frecuentado juntos ocho años antes. Ya no era un fantasma pálido e incierto.
Los relatos de Tatiana habían acabado por sacar del limbo de sus recuerdos la
imagen amada, viva y corpórea, tal como él la había visto la última vez.
Deseoso de acoplarse a la realidad, hacía concesiones al tiempo y los
sucesos, imaginándose a Vera Alejandrowa vestida con modestia, pero sin perder
por eso sus atractivos de mujer elegante.
La veía igual a una gran artista de ópera cuando debe salir a la escena
disfrazada de mendiga y procura que sus harapos guarden cierta distinción.
También aceptaba que todas aquellas penalidades físicas la hubiesen
enflaquecido, blanqueando su rostro con una palidez exangüe; pero esto daría
seguramente a su perfil mayor majestad y a sus ojos verdes una dilatación
enfermiza y misteriosa. Una segunda Vera imaginada por él empezó a reinar en su
existencia.
—¡Ay, si viniese!... ¡Si pudiera escaparse de aquel infierno!...
Esta esperanza le galvanizaba a veces, dándole la energía de una segunda
juventud. Aunque ambos fuesen ahora pobres podrían continuar viviendo juntos,
como en sus días de opulencia. Ella, después de las miserias de la Rusia roja,
debía considerar como una dicha interminable la vida modesta de un obrero o un
empleado de la Europa occidental. Él trabajaría como los verdaderos hombres,
apelando a recursos desesperados para proporcionarla nuevas comodidades. ¡Qué
no haría por Vera!... Contaba, al tenerla junto a él, con su aumento de
energía, considerando vencidos de antemano todos los obstáculos.
Y cuando Fedor Ipatieff se deleitaba con tales suposiciones, seguro de
que no podrían realizarse, y haciendo de ellas, por esta misma imposibilidad,
el tema eterno de sus pensamientos, Tatiana le buscó para darle una noticia:
—Vera Alejandrowa se ha escapado y está en Finlandia. Ayer ha escrito a
una amiga que tiene en Niza. Según parece, esta amiga la ha buscado un empleo y
viene a vivir aquí.
IV
El viejo del Paseo de los Ingleses, al sentarse por las mañanas en su
banco frente al mar, de espaldas a la muchedumbre circulante bajo la caricia
del sol, pensaba{127} siempre lo mismo:
«¡Ella va a venir! ¡Va a venir!...».
Después de haberlo deseado como una ilusión tan extraordinariamente
hermosa, que juzgaba casi imposible su cristalización en la realidad, sentía
ahora inquietud y hasta miedo viéndola cada vez más próxima.
Recordaba aquella Vera de hermosura dolorosa que él había creado en su
interior, e inmediatamente sentía esa tendencia irresistible a la comparación y
el contraste que surge en las horas de desaliento.
Intentó darse cuenta exacta de cómo se veía al mirarse en un espejo.
Luego examinó con ojos severos el resto de su persona, desde las puntas de los
pies hasta el pecho. Ella iba a llegar, con su belleza indisimulable de gran
señora disfrazada de pobre... ¡Y él! ¿Cuál sería la impresión de Vera
Alejandrowa al verle?... Fedor sentía el desaliento y la tristeza de un hombre
que ya no puede recobrar su voluntad de ser joven. En vano, para consolarse,
contaba los años transcurridos desde que ella se marchó: ocho nada más.
Ocho años son poca cosa en plena juventud, y aun en la madurez de su
existencia. Sólo traen con ellos variaciones insignificantes o desgastes
fáciles de reparar. ¡Pero ocho años entre los cincuenta y los sesenta!... ¡Un
mundo!
Al marcharse Vera, tenía él la cabeza y las patillas ligeramente grises.
Ella había bromeado muchas veces sobre sus canas nacientes, asegurando que le
daban una distinción igual a la de los caballeros con peluca blanca. No debía
teñirse, porque esto iba a dar un aspecto duro a sus facciones... Pero ahora su
blancura era la de la ancianidad. Además, ¡sus ojos hundidos, sus arrugas,
todos aquellos avances de la vejez que no le habían preocupado en los últimos
años, interesado únicamente en mantenerse con cierto decoro, y ahora le
parecían lacras vergonzosas!...
Vera no necesitaba seguramente preocuparse aún de sus años. Era más
joven que él. Cuando se separaron tenía la hermosura majestuosa del verano, el
esplendor de las horas solares. Además, las mujeres pueden valerse, sin miedo a
la burla, de todos los rejuvenecimientos inventados por el lujo. Su tocador
guarda varias primaveras sucesivas, y los artificios del afeite seducen a los
hombres con una fuerza malsana, más poderosa a veces que la ingenuidad juvenil.
Cuando mayor era su inquietud al pensar en el rudo contraste de su vejez
con la belleza invencible de la otra, vino a buscarle la amable Tatiana en su
tugurio, antes del paseo matinal.{128}
—Ahí está; llegó anoche.
Fedor se resistía a creerlo. ¿Era posible que ella, la esperada tantos
años, se presentase así, obscuramente, sin un aviso?...
Se había imaginado muchas veces el momento de esta llegada: su espera
temblorosa en la estación; el tren deteniéndose y ella descendiendo con una
majestad triste de reina sin trono; el minuto emocionante en que le reconocían
sus pupilas de esmeralda; luego el abrazo... Y en vez de esto era la vulgar y
novelera Tatiana la que venía a decirle simplemente: «Ahí está; llegó anoche».
El instinto de conservación le hizo ir hacia el único espejo de su
vivienda. Se le ocurrieron a la vez varias necesidades, imperiosas e
imprescindibles. Quería afeitarse, cambiar de traje... Tatiana debía dejarlo
solo. Y cuando su humilde y verbosa amiga se preparaba a salir, corrió tras de
ella, arrepentido de su vanidad, creyendo que sería una burla al Destino,
merecedora de duras penas, retardar por unos minutos la realización de lo que
tanto había deseado.
Llegaron a una casa habitada por refugiados rusos, igual a la de
Tatiana. Fedor reconoció a la amiga de Vera que la había traído a Niza
buscándola un empleo. La había visto muchas veces en las reuniones de
compatriotas, sin sospechar nunca que conociese a la otra. ¡Y él había perdido
el tiempo conversando con Tatiana!...
Después de saludarla, así como a otras mujeres de aspecto mísero y
triste sentadas en la misma habitación, miró en torno con impaciencia,
convencido de que al final tendría que pasar a una pieza contigua para
encontrar a la que buscaba.
—Vengo a ver—dijo en ruso—a la señora Velinski, la hija del general
Bodkine.
Se levantó una de las mujeres para avanzar hacia él. Indudablemente esta
pobre señora iba a acompañarlo hasta la habitación ocupada por Vera.
Parecía baja de estatura, por una tendencia a encoger los hombros y
encorvar su dorso, como si gravitase sobre ella un peso invisible. Sus ojos,
empequeñecidos por la contracción de los párpados, no permitían apreciar
exactamente el color de sus pupilas. Lo único determinado en éstas era un
brillo agudo y fijo que expresaba la desconfianza y parecía armonizarse
tristemente con el duro mohín de su boca. Su cabellera, teñida recientemente,
era de un rubio subido; pero el tinte «no agarraba»—como dicen las mujeres—,
dejando visible la blancura de sus cabellos. Tampoco la pintura fresca,
distribuida sobre su rostro con la prodigalidad oriental de las eslavas,
conseguía adherirse a la{129} epidermis, curtida y
resquebrajada por el frío. Esta mujer tendió sus dos manos para coger las de
Ipatieff.
—¡Oh, Fedor!... Le he reconocido apenas entró. Está igual a la última
vez que nos vimos.
Luego dijo con una expresión envidiosa:
—Bien se ve que ha vivido en esta tierra, libre de sufrimientos.
Aquella mujer casi vieja era Vera Alejandrowa; una Vera que le admiraba,
juzgándolo joven al compararle con su propia miseria.
Continuó la conversación con arreglo a estas palabras preliminares que
Ipatieff consideraba absurdas.
La antigua dama de la corte era ahora de pequeña estatura, como si la
miseria hubiese contraído y secado sus carnes. Sólo le quedaba de su pasado la
robusta osamenta y un gesto de resolución que en determinados momentos apoyaba
sus palabras. Pero este gesto no era para subrayar altiveces. Únicamente lo
usaba al expresar su propósito de ganarse el pan, no queriendo ser una carga
para sus amigas.
Nada la unía al resto del mundo. Al verse aquí, se imaginaba haber caído
en una tierra paradisíaca. Todo le infundía admiración: el pan blanco, la
modesta comida de sus compañeras, hasta los vestidos ajados que llevaban. Sus
ojos parecían acariciar los muebles, las paredes, el pedazo de jardín que daba
entrada a la pobre casa de las afueras de Niza.
Una palmera desmochada y triste de este mísero rincón de la Costa Azul
la hacía prorrumpir en exclamaciones de entusiasmo, semejantes a las de
Abderramán, el califa poeta de Córdoba, ante la palmera traída de Bagdad.
—¡Qué dicha verse aquí!... Después de haber gemido en aquel infierno, se
sabe mejor lo que es la dulzura de vivir.
Y volvía a admirar a Ipatieff con ojos envidiosos. Luego musitó
tristemente:
—Debe usted haberme encontrado muy cambiada. Confiese que no me conoció
al entrar aquí; que no me hubiese conocido nunca, de haberme yo callado.
A pesar de su tristeza, el esplendor luminoso de este país parecía
embriagarla, despertando su regocijo pueril e incoherente de eslava, haciéndola
pasar de la lamentación a la risa. Sus amigas habían querido devolverle su
aspecto de otros tiempos al verla llegar mal vestida y con una fealdad de
obrera. Unas la habían prestado sus ropas; otras la ayudaron a teñirse el pelo
y a acicalarse el rostro. ¡Hacía tanto tiempo que había olvidado estas
cosas!... Y{130} entornando sus párpados, dados de
azul con un lápiz de tocador, fijaba en Ipatieff una mirada que pretendía
sondear el pasado, preguntándole al mismo tiempo con miedo y coquetería:
—¿Cómo me encuentra, Fedor?... ¿Soy todavía como usted me conoció?...
Fedor la encontraba simplemente grotesca bajo estos adornos apresurados,
que parecían despegarse de su miseria. Pero de todos modos era Vera
Alejandrowa. Su admiración a la gran dama había desaparecido para ser
reemplazada por un sentimiento protector, mezcla de ternura y de piedad.
Ella abandonó a Ipatieff para pasar a una habitación inmediata. Alguien
había venido a buscarla. Mientras tanto, su protectora y amiga dio
explicaciones a Fedor.
—La desdichada es más pobre que todas nosotras. Cuando llegó anoche,
venía sin comer desde París. No le quedaba un céntimo del dinero que le
recogieron algunos amigos en Finlandia. Desea trabajar, y como sabe muchos
idiomas, le he buscado un empleo en una pensión donde se alojan gentes del
Norte. En los grandes hoteles no quieren personas de nuestra clase. Poca cosa
es el empleo, pero tendrá la comida segura. La dueña de la pensión está
hablando ahora con ella.
El viejo del Paseo de los Ingleses decidió inmediatamente cambiar de
vida. Las invitaciones de sus antiguos amigos y la cría de perros le habían
hecho existir hasta entonces con miseria, pero conservando una falsa
independencia de «señor». Ya que una Vera Alejandrowa se veía obligada al
trabajo, él debía buscar igualmente un empleo para servir de sostén a la otra.
En los días siguientes pudo conversar con ella, pero rara vez estuvieron
solos.
La antigua gran señora no podía ocultar su extrañeza al verse otra vez
llevando una existencia sin peligro en el seno de una sociedad ordenada. Al
mismo tiempo reconocía la fragilidad de la reglamentación social.
Cuando se vive tranquilamente como vivíamos antes de la guerra, no se
preocupa uno de cómo se ha hecho el pan que comemos ni quién calienta nuestra
casa. Nos parece que todo es eterno, que ha existido siempre y existirá lo
mismo, como el sol que sale todos los días, como el agua que corre
invariablemente por sus cauces naturales.
Pero de pronto surge una guerra o una revolución, y todo detiene su
curso, y al final se deshace, obligándonos a retroceder a una vida primitiva,
en la que sentimos y sufrimos lo mismo que los animales inferiores. Estamos
orgullosos{131} de nuestro bienestar, y basta un
simple trastorno del organismo social para que vuelvan el hambre, el frío y el
asesinato a convertirnos en bestias, como al principio de la vida de nuestro
planeta.
—¡Lo que yo he visto!—decía Vera—. ¡Lo que he sufrido!
Y la ex millonaria miraba sus manos rugosas mientras seguía hablando con
voz sorda. Por dos veces la habían llevado a la cárcel, sufriendo el tormento
de la escasa alimentación y la incertidumbre del que no sabe si vivirá al día
siguiente. Cada vez que alguien entraba en el calabozo creía sentir en su nuca
un redondel pequeño y frío: la boca del revólver encargado de las ejecuciones
rápidas y económicas. ¡Ay!... Era mejor no acordarse...
—¿Y su marido?—preguntó una tarde Ipatieff—. ¿Vive aún en Siberia?
Ella le miró con extrañeza antes de contestar, como si encontrase ociosa
su pregunta.
—Lo mataron... ¿Cómo iba a tener mejor suerte que los demás?... Me han
dicho que sus mismos obreros lo arrojaron al fondo de una mina.
A los pocos días Fedor ya no pudo visitar a Vera Alejandrowa ni oír sus
tristes relatos, que tenían el encanto de un «flirt triste», según
él. La fugitiva había ido a instalarse en la pensión eslava, contenta de ganar
su pan y no ser gravosa a nadie.
V
El viejo del Paseo de los Ingleses no volvió más al paseo. Ahora
trabajaba.
Había vendido sus perros jóvenes, poniendo los dos viejos bajo el amparo
de aquella portera misericordiosa que protegía igualmente al amo. El gran señor
venido a menos, con sus patillas de monarca austríaco y sus levitones
majestuosos, pidió de pronto un empleo a sus amigos, «fuese en lo que fuese».
En el Municipio le apreciaban hacía treinta años, como un elegante que había
servido de ornato a los inviernos de Niza, y se apresuraron a ayudarle. No
había empleos disponibles, pero inventaron uno para darle satisfacción: el de
vigilar a los obreros que trabajaban en un cementerio, ensanchado
considerablemente para dar sepultura a los miles y miles de convalecientes de
la gran guerra venidos a morir en la Costa Azul.
Todas las mañanas Ipatieff andaba varios kilómetros para llegar a este
cementerio, donde no hacía otra cosa que pasearse entre las cruces o a lo largo{132} de los muros que iban levantando los albañiles.
Su verdadera ocupación era pensar en Vera Alejandrowa, que en aquel momento
estaba también trabajando, pero más positivamente que él.
Una fraternidad piadosa empezó a unirle a muchos de aquellos jornaleros
que estaba encargado de vigilar, sin saber ciertamente en qué consistía su
vigilancia. Experimentaba un «refrescamiento interior»—eran sus palabras—al
hablar con estos hombres, poniéndose al nivel de sus necesidades y sus
ilusiones.
El enorme trastorno de Rusia le había convertido en un menesteroso, en
un trabajador, aunque su trabajo no valiese gran cosa. Ella también había
sufrido la misma transformación. ¿Por qué no vivir como sus compañeros de
pobreza?... El próximo domingo, día de descanso, saldría a pasear con «su
novia», lo mismo que los albañiles jóvenes que trabajaban en el cementerio. Y
escribió a su antigua amante para que viniera o juntarse con él en las primeras
horas de la tarde frente al Casino.
Ipatieff le preparaba una sorpresa. A otros tiempos, otro rostro. Ya no
quedaban emperadores en Europa, y las patillas a la austríaca resultaban un
anacronismo. Además, desde que Vera Alejandrowa le había admirado viéndolo más
joven que ella, sentía un vanidoso deseo de extremar esta diferencia, y le
pesaban los dos abultamientos de pelos blancos que cubrían sus mejillas. El
bigote recortado a la americana era el adorno triunfador de los actuales
dominadores del mundo. Y el domingo por la tarde fue él quien tuvo que avanzar
y sonreír, haciendo gestos amistosos, para que la otra le reconociese.
¡Pobre Vera Alejandrowa! Iba vestida de negro, con un traje viejo que le
había prestado la dueña de la pensión. Su sombrero, otro regalo de una amiga
casi tan pobre como ella, estaba abollado y desfigurado por las lluvias del
invierno anterior. De su antigua belleza sólo le quedaba la pequeñez de los
pies; pero esta finura aristocrática servía únicamente para atraer las miradas
hacia sus zapatos, lamentablemente ajados y con los tacones torcidos. Las
manos, que no habían podido salvarse de los ultrajes de la miseria, estaban
oprimidas por unos guantes demasiado estrechos, sobresaliendo la carne sobre
sus bordes.
Fedor tuvo que buscar mucho para encontrarla.
Era la más obscura e insignificante entre todas las empleadas de hotel,
domésticas endomingadas y mujeres de obreros que esperaban en medio de la plaza
la llegada y el cruce de los tranvías. Ella, al reconocerle, volvió a
asombrarse de su juventud.
—¿Eres tú, Fedor?... ¡Qué joven! Me da vergüenza ir a tu lado.{133}
Se hablaban de tú instintivamente al verse solos por primera vez después
de tantos años. Él le tomó un brazo, señalando luego hacia el Casino.
—¿Te acuerdas, Vera?...
Los dos vieron repentinamente el edificio con toda su fachada iluminada,
como en las noches del Carnaval; los tropeles de máscaras que iban llegando; la
música y un bullicio de muchedumbre escapándose por puertas y ventanas; un
carruaje que llamaba la atención por su lujo entre los demás vehículos; una
mujer con aire de emperatriz que descendía de él, brillando como un cielo de
verano a causa de sus joyas, dejando tras de su paso un aliento de jardín,
precedida por murmullos admirativos...
—¡Oh, Fedor!...
Y la pobre vieja dijo esto como si exhalase un quejido mortal,
parpadeando para repeler sus lágrimas.
Él no quiso que se prolongase esta evocación del pasado, y empujó a Vera
hacia los grupos que asaltaban los tranvías.
Tenía formado su plan para toda la tarde: iban a recorrer los lugares
donde se habían creído felices; todos los rincones del brillante escenario de
su vida.
Subieron hasta las alturas de Cimiez, ocupadas por los hoteles más
aristocráticos. Un edificio enorme como un cuartel y rodeado de jardines
cerraba la avenida. Un monumento blanco, rematado por una señora gorda
esculpida en mármol, hacía saber a las generaciones presentes y futuras que en
este lugar pasaba sus inviernos la reina Victoria de Inglaterra.
Giraban las mamparas de cristales ante las gentes que iban descendiendo
de sus automóviles. Era la hora del té. Se oían los primeros lamentos de los
violines en el hall. Los centenares de ventanas del hotel llameaban como placas
de oro en fusión sobre la fachada ebúrnea, reflejando el dulce sol del
atardecer.
—¿Te acuerdas, Vera?—volvió a preguntar melancólicamente Fedor.
Y la mujer, haciendo ahora un esfuerzo para contener su emoción, se
limitó a mover la cabeza. Se acordaba de todo. Allí habían vivido varios
inviernos; allí empezaron a tratarse como simples amigos, separándose años
después con la silenciosa y fingida resignación de los amantes que prometen
volver a encontrarse pronto y no saben con certeza si se verán más.
Una ventana que Vera miraba con insistencia era la de su cuarto de baño,
donde el agua recibía diariamente quinientos francos de perfumes.
No les fue posible continuar su contemplación. Tuvieron que apartarse
repetidas veces para no ser atropellados por los automóviles que llegaban.{134}
El portero del hotel, galoneado como un almirante, y sus numerosos pajes
cubierto el pecho de filas de botones lo mismo que los húsares, al salir a la
escalinata para saludar a los clientes acabaron por fijarse en esta pareja de
viejos mal trajeados, examinándolos con insistente hostilidad. Tal vez eran dos
pedigüeños extranjeros de los que asedian los hoteles para sacar dinero a sus
compatriotas ricos.
—Vámonos—dijo Fedor como si adivinase.
En las vecinas Arenas de Cimiez, ruinas del circo de Cimela, la antigua
colonia romana, volvió a salirles al encuentro su pasado, e igualmente bajo los
árboles añosos y las arcadas del monasterio próximo. Por aquí habían caminado
muchas veces cuando necesitaban abandonar el lujo moderno del hotel, yendo en
busca de un ambiente más «romántico» para sus paseos de enamorados.
Tenían ahora que marchar por el borde de caminos y avenidas, evitando el
polvo que levantaban los automóviles. Al estar juntos sentían más intensamente
la humillación de su decadencia. Ellos habían pasado por aquí, en los primeros
años de su amistad, sentados en un landó del que tiraban caballos de altísimo
precio, como los de las cuadras de los reyes; luego habían admirado a los
invernantes de Niza usando los primeros automóviles de gran potencia.
—¡Eh, buena madre! ¡Atención!...
Un cochero de alquiler gritaba a Vera con despectiva piedad para que se
apartase. Preocupada por sus recuerdos, se había salido del borde del camino, y
casi la atropelló el caballo.
—Huyamos lejos de aquí—dijo con angustia—. Vámonos a un sitio donde no
hayamos estado nunca.
Marcharon cuesta abajo, hacia la llanura, deteniéndose en un suburbio
rústico de la ciudad.
Danzaban las gentes domingueras en los raquíticos jardines de varias
tabernas. Los dos viejos entraron en uno de estos bailes populares, tomando
asiento bajo las empolvadas enredaderas de un cenador. Para hablar con más
libertad, volvieron sus espaldas a las parejas. Eran obreros vestidos como
señores y criadas con falda corta, medias de seda y zapatos de charol, que
bailaban las últimas danzas americanas.
Fedor, por contraste con esta juventud alegre, encontraba más triste y
más vieja a su acompañante. ¡Pobre Vera Alejandrowa!... Esto no disminuía su
deseo de resucitar el pasado, como si la tal resurrección le pudiese
proporcionar una segunda juventud. No iban a bailar los dos como aquella gente
sudorosa, de{135} rostros enrojecidos; pero aún
podían conocer las dulces emociones de otras parejas que conversaban en voz
baja, medio ocultas en los cenadores.
—¿Te acuerdas?... ¿Te acuerdas?...
Y Fedor hacía estas preguntas después de evocar fragmentos del pasado,
que eran siempre recuerdos de amor.
—¡Oh, Fedor!—contestaba la envejecida señora moviendo su cabeza
negativamente.
¿Para qué recordar unas cosas que no podían repetirse?... La verdadera
vida había terminado para ellos. Eran palabras, nada más que palabras con que
se engañaba a sí mismo, todas aquellas ilusiones de «una segunda primavera», y
otras cosas aprendidas indudablemente en los libros que iba recitando el
antiguo elegante con el mismo tono cálido y persuasivo de otros tiempos. Pero
este tono resultaba ahora grotesco a través de su dentadura insegura.
Ella estaba quebrantada interiormente, y no volvería a sanar. Se
consideraba igual a los que después de haber pasado la mayor parte de su
existencia en un calabozo, cuando vuelven al sol y al aire libre se dan cuenta
de que sólo podrán ser en lo sucesivo unos muertos que andan.
—Tengo frío en los huesos, Fedor, y lo tendré siempre. El sol no posee
calor bastante para reanimarme. Tú no sabes cómo queda un alma después de los
años pasados allá. Todas las mañanas, cuando el criado de la pensión golpea mi
puerta, salto despavorida de la cama. Creo que son los de la Tcheka que llegan.
En vano al abrir la ventana veo el mar, las palmeras, la calle tranquila. Tengo
miedo, un miedo que me acompañará siempre. Además, las humillaciones, el hambre
de tantos años...
El antiguo elegante se fijaba con tristeza en los gestos ávidos de su
compañera. Él había conservado mejor las costumbres del pasado. Sobre la mesa
rústica del cenador una criada había colocado varios pasteles mohosos y una
botella de vino blanco. Vera comía con una acometividad de animal hambriento,
mostrando sin escrúpulo alguno, durante la violenta masticación, varias brechas
de su dentadura todavía no recompuestas.
Al adivinar la extrañeza de su antiguo amante, dijo con brusquedad:
—Tú has vivido aquí; conoces tal vez la pobreza, pero no el hambre... Tú
ignoras el valor de las cosas.
Acarició con una mano la botella de vino barato, al mismo tiempo que la
contemplaba admirativamente.
—Allá en nuestro país hubiera sido capaz de matar por obtener este
tesoro.{136}
Llenó dos veces su vaso, apurando su contenido con lentos sorbos de
gula.
Después lanzó una mirada de envidia y ambición hacia un cenador
inmediato, donde una familia de obreros comía una ensalada de tomates y otras
legumbres, acompañándola con largos tragos de vino tinto.
—Me gustaría—dijo—comer y beber lo mismo que ellos. Debe ser magnífico.
Y al ver que Fedor reprobaba con sus ojos esta admiración por un plato
vulgar, volvió a decir en tono de reproche:
—Cuando se ha vivido mendigando como el mejor de los alimentos unos
gramos de pan negro y un agua sucia con espinas de arenque...
Rió luego acordándose de los esfuerzos que había de hacer en la pensión
para sofocar los caprichos y audacias de su hambre atrasada. Como temía que la
dueña la despidiese al notar mermas en su despensa, se limitaba a apoderarse de
los terrones de azúcar olvidados por los huéspedes y a apurar los fondos de las
botellas.
Fedor la miró con desaliento. ¡Y esta pobre mujer, vieja, hambrienta y
dada al vino, era Vera Alejandrowa, la gran señora de la corte, dueña de minas
de oro!...
La decadencia de ella le hizo apreciar con nuevo dolor su propia
decadencia. ¡A qué profunda sima había rodado!... Y quedaban para los dos tan
pocos años de vida, que les sería imposible poder trepar otra vez hacia la luz,
donde están los felices... ¡Ser pobres, absolutamente pobres en la vejez,
cuando más necesarias son las comodidades que proporciona el dinero!...
Pensó unos momentos en la posibilidad de que un «nuevo rico» le tomase
como cuidador de alguna villa lujosa, con grandes jardines, recientemente
adquirida en la Costa Azul. Él y Vera serían a modo de unos criados viejos y
respetables. El verdadero dueño viajaría con frecuencia, y los dos se forjarían
la ilusión de que este paraíso les pertenecía, viviendo en él su idilio senil y
tranquilo, sin pensar en el pan del día siguiente. Pero ¡ay!, rara vez se
realizan en el mundo las felicidades soñadas.
Este final de existencia le parecía demasiado bello para que pudiese ser
cierto.
El regreso a la ciudad, después de anochecido, fue triste y silencioso.
Fedor había dicho ya todo lo que podía decir. El domingo siguiente volverían a
encontrarse. Pasearían juntos como dos caballos viejos que marchan al paso,
rumiando los recuerdos y proezas de su arrogante juventud, mientras tiran de un{137} vehículo destartalado, símbolo de su miseria.
Llevarían la existencia de los humildes que necesitan trabajar para vivir, y al
juntarse los días de descanso con el propósito de divertirse, sólo saben hablar
del trabajo a que están sometidos y de su pobreza.
¡Y así sería siempre, hasta la muerte!... En la historia de los hombres
los acontecimientos no retroceden a su punto de partida, como tampoco las aguas
de los ríos remontan su curso. Las reacciones son una ilusión; lo que ha
muerto, ha muerto.
Allá en su país, el desorden acabaría por ordenarse; los revolucionarios
se transformarían en hombres de gobierno, y la necesidad de vivir acabaría,
después de tantos cataclismos, por establecer su curso regular, como un río que
se desborda vuelve finalmente a sus cauces naturales.
Pero cuando esto ocurriese, las gentes ya serían otras y otros también
los moldes de la nueva existencia. Y ellos dos, víctimas de una enorme sacudida
social, sólo comparable a un temblor de tierra, que les había dejado sin pan y
sin casa, ya no vivirían cuando surgiese del suelo la ansiada Ciudad Futura
tantas veces anunciada por los utopistas... si es que alguna vez podía llegar a
ser una realidad este ensueño milenario de bienestar para todos, tan antiguo
como el hombre.
Mientras Fedor marchaba reflexionando, la antigua millonaria, más
verbosa que su acompañante, exponía sus ambiciones presentes.
Lo único que deseaba por el momento era no ir vestida a costa de los
demás. También necesitaba ropa interior. Era un suplicio para ella no poder
cambiarla. Sólo tenía la escasa ropa blanca que le habían facilitado sus
amigas. La compra de tres mudas interiores a precio barato era su mayor
ilusión. Tal vez la semana siguiente, cuando Fedor cobrase su jornal en el
cementerio, podría realizar ella tan enorme deseo.
Los ofrecimientos monetarios de su acompañante la conmovían más que los
millones del rico siberiano cuando la pidió por esposa. ¡Ganaba tan poco en la
pensión, aparte de su comida!...
Al separarse de ella, Fedor volvió tristemente hacia su casa. Reía ahora
irónicamente de los fantasmas que le habían acompañado al principio de la
tarde. ¿Querer resucitar el amor, siendo pobre?...
El amor es únicamente para los ricos. Los que han de preocuparse de
ganar su vida tienen otras cosas más urgentes e imperiosas en que pensar.
Necesitan todo su tiempo para el trabajo, y el amor exige riqueza y vagancia.
Es el más{138} inagotable y variado de los
placeres; pero todos los placeres de la tierra sólo existen para los que poseen
el dinero.
Esto, que le hubiese parecido muy lógico en otros tiempos, lo
consideraba ahora inadmisible porque se veía pobre, y un sentimiento de envidia
e indignación le hizo protestar contra los privilegios de los felices.
Era injusto que la vida estuviese organizada con tanta desigualdad. Todo
debía ser para todos: dolores y placeres.
Luego modificó sus ideas pensando en sus años. Se sintió más pobre que
nunca, pobre sin remedio, al considerar que la juventud no puede rehacerse como
se rehace una fortuna. ¡Ay, la vejez!... ¿Qué pobreza mayor?...
Y se dijo con melancolía rencorosa:
—Sí; no me equivoco: el amor es únicamente para los ricos... ricos de
dinero o ricos de juventud.{139}
Capítulo I
EL CARNAVAL EN NIZA
NIZA es la heredera de Venecia. Durante varios siglos, los ricos ganosos
de divertirse y los aventureros de vida novelesca arrostraron las molestias y
peligros de los viajes de entonces para presenciar en la ciudad adriática las
fiestas de un Carnaval que duraba meses. Ahora, los medios de comunicación son
más fáciles; el placer se ha democratizado, lo mismo que los conocimientos
humanos y las comodidades de nuestra existencia, y el ferrocarril y el
trasatlántico traen miles de espectadores al Carnaval de Niza.
La Naturaleza gusta de travesear en estos días. Un sol primaveral
derrama sus oros sobre la Costa Azul casi todo el invierno, y al llegar la
semana carnavalesca raro es el año que no cae una lluvia inoportuna. Pero como
Niza necesita defender su célebre fiesta, y la muchedumbre de viajeros llega
dispuesta a divertirse, sea como sea, las máscaras arrostran la intemperie, el
público abre sus paraguas, y los desfiles continúan bajo esa lluvia violenta y
tibia de los países solares, donde los aguaceros son ruidosos pero de corta
duración.
El Carnaval de Niza ha acabado por ser algo indispensable para su vida,
y ninguna otra ciudad lo puede copiar. Los particulares colaboran con el
Municipio; cada nicense aporta su iniciativa. Capitales de mayor importancia
podrían organizar desfiles de carrozas más suntuosas; pero creo imposible que
encontrasen una ayuda individual, una colaboración «patriótica» como la de los
habitantes de esta ciudad. El pueblo nicense considera que es deber suyo
engrosar el número de las máscaras, y familias enteras se cubren con el disfraz
para gritar en las calles, danzar o ir saltando de una acera a otra, todo para
mayor{141} gloria y provecho de su tierra.
En esta fiesta, lo más admirable no es la obra de los artistas, ocupados
durante meses y meses en preparar las carrozas, ambulantes caricaturas que
sintetizan los sucesos de la actualidad; son la máscara suelta y el grupo
organizado espontáneamente los que le dan un carácter único en el mundo. La
máscara a pie es más digna de atención que los enormes vehículos con sus
monigotes que casi llegan al filo de los tejados, y sus grupos de muchachas
subidas en las rodillas y los brazos del gigante de cartón, como los
liliputienses escaladores del cuerpo de Gulliver.
Más de cincuenta Carnavales sucedidos en el curso de medio siglo largo,
sin otra interrupción que la última guerra, han fatigado a los organizadores y
al público de las cabalgatas llamadas históricas o artísticas. Ahora, el
Carnaval de Niza es burlesco, dedicándose a la deformación ingeniosa de los
géneros animales y vegetales. Ciertos grupos de máscaras recuerdan los Caprichos,
de Goya, y otros delirios de artistas fantaseadores.
Los que carecen de dinero para proporcionarse un disfraz completo, o no
pensaron previsoramente en su adquisición, se desfiguran con una nariz postiza,
lanzándose en el torrente de las máscaras, para ser una más.
El Carnaval ofrece aquí el aspecto enardecedor y sinceramente jocundo de
todo lo que se hace en la vida espontáneamente por entusiasmo y no por dinero.
Los miles de máscaras gritan, cantan, forman corros y cadenas o hacen burlescas
cortesías al público. Esto representa para ellas el descanso. Luego, apenas
rompe a tocar una de las bandas de música del cortejo, avanzan por las calles
bailando, y los que ocupan los carros empiezan a saltar como monigotes
elásticos. Y así continúan horas y horas, causando asombro un regocijo tan
infatigable y tenaz.
Nadie se enfada; rara vez surge un incidente violento. Es un Carnaval de
gentes ruidosas que se buscan para divertirse, pero sin perder la buena
crianza. Las máscaras, cuando se empujan por descuido, se piden perdón a través
de la careta.
El amor acude todos los años, puntualmente, a la fiesta. Muchas novelas
bipersonales, que permanecerán ignoradas y nadie escribirá, tuvieron su primer
capítulo en el Carnaval de Niza, durante el desfile de la cabalgata o las
fiestas nocturnas en el hall del Casino, enorme como una
catedral.
El viajero enmascarado habla al dominó femenino que marcha junto a él.
Se aproximan para defenderse de los empellones de los otros; acaban por cogerse
del brazo y saltar a un tiempo; luego bailan, quieren saber cómo se llaman, se{142} dan falsos nombres y se declaran un eterno amor
antes de haberse visto las caras. Todo esto, empujados por el torrente
carnavalesco a través de avenidas y paseos, defendiéndose con las espaldas del
oleaje humano, evitando las patas de los caballos enganchados a las carrozas o los
arranques inesperados de los chófers que las guían.
En otros países un Carnaval como éste provocaría riñas y crímenes. En
Niza rara vez tiene que intervenir la policía. Ésta y los destacamentos de
cazadores alpinos encargados de mantener el orden sólo se preocupan de que los
grandes carros no causen daño en las fachadas de las casas o en los arcos de
luces que adornan las calles.
La gente se divierte y no riñe, porque ignora el miedo al ridículo, que
tanto amarga la vida de nuestra raza. El que aquí pretende divertirse sólo
piensa en obtener el placer deseado. Lo busca a su modo e ignora la existencia
de los demás, despreciando lo que puedan pensar de él.
Nosotros tenemos miedo «al qué dirán», a que alguien «nos tome el pelo»,
y esto nos cohíbe, aplastando toda iniciativa. Sólo podemos divertirnos
haciendo todos lo mismo, como un rebaño falsamente alegre, receloso y suspicaz,
mirándonos de reojo mientras reímos. Y al sospechar vagamente que alguien puede
divertirse un poco a nuestra costa, ¡adiós alegría!, creemos necesario morder.{143}
SI un romano del tiempo de Augusto o de Tiberio resucitase en nuestros
días, no le preguntaríamos sobre los episodios de la historia antigua, que fue
para él contemporánea, y las costumbres públicas de entonces. Todo esto lo
sabemos por los historiadores y las leyes romanas.
Nos interesaría más conocer los secretos y particularidades de la vida
privada; cómo se divertían las gentes en Cumas, Baia, Pompeya y otras ciudades
elegantes situadas al borde de lo que es hoy golfo de Nápoles. Nos gustaría
escuchar los escándalos, las murmuraciones, las excentricidades del gran mundo
romano que se trasladaba por unos meses a las sonrientes orillas del mar de
Partenope; querríamos contemplar de cerca la misma vida suntuosa que vio
deslizarse el melancólico y jubilado «Procurador de Judea», descrito por
Anatolio France.
Pero si el romano vuelto al mundo nos dijese que no había estado nunca
en estas ciudades, alegría y solaz de la vida antigua, nos indignaríamos contra
él.
—Entonces, ¿qué es lo que hizo usted en su existencia anterior?... ¿Cómo
pudo mantenerse tranquilo, sin ver de cerca uno de los aspectos más
interesantes de aquel tiempo?
Lo mismo podría decirse a un hombre de nuestra época que, teniendo
cierta fortuna personal y hallándose sano de cuerpo para emprender viajes, no
sintiese curiosidad por la vida cosmopolita y alegre de la llamada Costa Azul,
que equivale ahora a las ciudades del antiguo golfo de Nápoles, fundadas o
agrandadas por los Césares.
El paisaje de la Costa Azul infunde admiración. Tiene la dulzura
luminosa de las costas mediterráneas. Los Alpes, al llegar al mar, se hunden
bruscamente en{144} su abismo, formando rosados
promontorios o graciosas bahías orladas de jardines. Pero indudablemente
existen en la cuenca del Mediterráneo otros paisajes semejantes a éstos o tal
vez más originales. El verdadero encanto de la Costa Azul es obra del hombre.
Lo más interesante en ella es la humanidad que la puebla durante los meses del
invierno.
Asombra el cálculo de lo que se ha trabajado en medio siglo nada más
para el embellecimiento de esta cornisa de montañas. Antiguos pueblecitos de
pescadores o labriegos son hoy ciudades elegantes, donde mantienen sucursal
abierta las tiendas más célebres de Londres y París. Campos pedregosos que
tuvieron por única vegetación olivos centenarios, rajados y mediocremente
fecundos, se han vendido a lotes por sumas inauditas, convirtiendo en
millonarios a los nietos de sus primitivos cultivadores. No hay aldea enriscada
que no posea un buen camino para automóviles. Tres carreteras cortan
longitudinalmente la falda de los Alpes desde Niza a Mentón: la que sigue la
orilla sinuosa del mar, la llamada Cornisa Media, y la Gran Cornisa, que
serpentea sobre las cumbres, y está muchas veces incomunicada ópticamente, por
una masa de nubes, con la ribera de abajo, donde rebullen las gentes como un
hormiguero.
Atrevidos viaductos cruzan los precipicios para evitar grandes rodeos a
la circulación. Si los caminos tropiezan con un saliente de la montaña, lo
perforan en forma de túnel. Otras veces necesitan extenderse a lo largo del
Mediterráneo y desarrollan su cinta sobre largos terraplenes.
Es difícil calcular el dinero invertido aquí por los que vinieron,
durante medio siglo, en busca de sol y horizontes azules.
Niza, pequeña ciudad saboyana, es ahora la quinta o sexta urbe de
Francia. Desde Hyéres a Mentón se extienden miles y miles de ricas «villas» y
palacios. Los aficionados a calcular afirman que se ha construido en la Costa
Azul por valor de 5000 ó 6000 millones. Esto es obra solamente de los
particulares, y hay que añadir a tan enorme cantidad los trabajos públicos
realizados por gobiernos y municipios: conducciones de agua, puentes,
carreteras y ferrocarriles.
El que ha nacido en un país de sol no puede sentir la atracción de la
Costa Azul como los europeos septentrionales. De aquí que ni los españoles ni
los italianos, a pesar de ser vecinos, la frecuenten mucho. Siempre encontró
ella en los pueblos del Norte sus más fieles admiradores.
Antes de la guerra, la Costa Azul fue rusa. Aquí venían a derrochar su
fortuna los privilegiados del Imperio zarista, considerando interminable un
régimen sabiamente organizado para la felicidad de los menos. También fue{145} alemana pocos años antes de 1914. Los alemanes y
los austríacos acudieron a ella en grandes masas, y tal vez serían a estas
horas sus dueños. Los dominadores actuales son los ingleses y los
norteamericanos. Sus banderas ondean en todas partes junto a la bandera
francesa.
Viajando por todo el mundo es como puede uno ser entucado del prestigio
lejano y misterioso que gozan estas poblaciones de la Costa Azul. Muchas veces,
en los Estados Unidos, en Canadá, en Méjico o en naciones del Norte de Europa,
al decir yo que tengo mi casa en la Costa Azul, he visto entornar los ojos a
los que me escuchaban con una expresión ensoñadora, lo mismo hombres que
mujeres, murmurando nostálgicamente:
—¡Niza!... ¡Monte-Carlo!...
Unos hacían memoria de su vida aquí; otros deseaban venir, y temían no
conseguirlo nunca. Mostraban todos en su rostro la misma expresión del que oye
el nombre de Bagdad y evoca inmediatamente las maravillas de Las mil y
una noches.
Este fragmento de costa mediterránea es tan universal como el bulevar de
los Italianos, de París; el Piccadilly, de Londres, o el Broadway, de Nueva
York. Yo vivo en la más tranquila de las ciudades de la Costa Azul, en el
poético Mentón, retiro de escritores y artistas, donde la gente se acuesta
temprano y madruga mucho, para gozar de sus admirables jardines. Y sin embargo,
estoy en la corriente de la circulación europea, en «el camino de todos», más
que si viviese en Madrid, que es ciudad populosa y capital de una nación.
Para ir a España hay que proponerse concretamente este viaje y sentir un
verdadero interés por ella. Se necesita avanzar hasta un extremo de Europa y
luego desandar el camino, atravesando otra vez los Pirineos. España sólo ofrece
una salida para el que no quiere retroceder: embarcarse con rumbo a América, y
nuestros puertos no los frecuenta ninguna de las grandes Compañías navieras
famosas por el tonelaje de sus buques y por su lujo. Nuestra patria es a modo
de una calle que sólo tiene una entrada y carece de continuación.
En cambio, la Costa Azul es camino para Italia, para el centro de
Europa, para los países del extremo Mediterráneo y del extremo Oriente. Se
encuentran aquí, todos los días, amigos que dejó uno en lugares apartados del
planeta, creyendo no verlos más, y que surgen inesperadamente ante nuestro
paso. Todos los que desembarcan en Europa traen en su programa, como algo
imprescindible, unas semanas de vida en la Costa Azul.
Los personajes más famosos desfilan por esta tierra. No hay gobernante{146} inglés que prescinda de jugar al tennis en
Cannes durante el invierno. Junto a las mesas de los casinos de la Costa Azul
puede uno codearse con las mujeres más célebres.
Hace tiempo, almorzando una mañana en el Sporting-Club, de Monte-Carlo,
vi sintéticamente lo que es la vida en este rincón del mundo.
Cerca de mí comía un señor alto, delgado, con barba rubia y canosa, y
lentes de oro. Al fijarme en los saludos extraordinarios del maître
d’hótel y de la servidumbre, sentí la necesidad de preguntar.
—Es el rey de Suecia—me dijeron—, que todos los años viene de incógnito.
Luego ocupó otra mesa un señor robusto, de aire militar, con la tez
enrojecida por el sol de los trópicos.
—A éste le conozco—dije yo al doméstico—. Es el duque de Connaught, el
tío del rey de Inglaterra, que posee una «villa» en Cap Ferrat, y acaba de
volver de las Indias.
Varios señores ocupaban otra mesa. Uno de ellos, con gafas y barba
canosa, parecía dominarlos a todos, sonriendo finamente. Junto a él, y
compartiendo su importancia, había otro, de bigote blanco. El de la barba era
Venizelos, y su vecino, el famoso hombre de negocios anglo-heleno sir Basilio
Zaharoff, el capitalista mayor de Europa en este momento, el único al que miran
como un igual los multimillonarios de los Estados Unidos.
Y todo esto, en un pequeño comedor de Club, que no contiene más allá de
una docena de mesas.
Me acordé de Cándido, el protagonista de la novela de Voltaire, cuando
visita la Venecia del siglo XVIII con motivo de su famoso Carnaval, y al cenar
en la hostería se encuentra con que sus cuatro compañeros de mesa son cuatro
reyes que vienen de incógnito a divertirse.{147}
III
EL QUE QUISO CASARSE CON LA PRINCESA
LA revolución rusa ha esparcido por el mundo miles y miles de seres que
gozaron en otro tiempo las delicias de la riqueza o del poder, y ahora viven en
una miseria doblemente dolorosa, por el recuerdo del pasado y por la falta de
esperanza. Son parecidos a los emigrados de la revolución francesa, que
paladearon la «dulzura de vivir» bajo la antigua monarquía instalada en
Versalles, y luego tuvieron que ejercer viles oficios en Inglaterra y Alemania,
sufriendo muchas veces el tormento del hambre.
Esta emigración rusa se concentra especialmente en la llamada Costa
Azul. El ensueño de todos los rusos refugiados en Berlín, Londres o París es
poder trasladarse a Niza. Hijos de una tierra invernal, piensan en el sol
gratuito que dora las costas de este mar color de violeta, célebre desde los
primeros vagidos de la poesía griega. Vivir en Niza representa prescindir de la
calefacción, comer naranjas a bajo precio, instalarse en un antro miserable de
las afueras con otros compatriotas, sin miedo a los rigores de la temperatura.
Además, muchos de los pobres actuales vivieron en este país hace diez o
doce años, cuando gastaban miles y miles de rublos. Aquí dejaron recuerdos de
amor, de vanidad o de orgullo, y se sienten atraídos por estos fragmentos de
vida que representan toda la gloria de su pasado.
Los rusos, antes de la guerra, eran en la Costa Azul el gran señor
manirroto o la dama algo loca y siempre elegante, que asombraban a las gentes
arrojando el dinero a puñados. Hoy forman un coro triste, y sobre su masa
dolorosa parecen destacarse con más crudo relieve la prodigalidad de los
americanos del Norte y la opulencia señorial de los ingleses, actuales
dominadores de la tierra.
Muchos de estos emigrados aceptaron valerosamente su desgracia. En
Mentón, cerca de mi casa, hay granjas cultivadas por generales y coroneles
rusos; pero cultivadas verdaderamente, pues estos hombres que mandaron
regimientos o divisiones son ahora gañanes para poder comer, y remueven la
tierra con la pala, abren surcos, cargan carros, crían aves de corral. Otros,
menos enérgicos o vigorosos, trabajan como porteros de hotel o simples mozos de
comedor.
Con frecuencia, algunas damas inglesas o francesas creen reconocer al
criado viejo, de chaleco a listas y mandil azul, que limpia su cuarto. Al fin
acaban por enterarse de que en otros tiempos bailaron con él en Monte-Carlo,
cuando se llamaba príncipe o conde, era capitán de la Guardia imperial y venía
todos los inviernos a derrochar su patrimonio en la Costa Azul.
Otros no se deciden a trabajar y apelan a toda clase de expedientes,
representando una molestia peligrosa para el que los recibe en su casa. Con
lentitud eslava cuentan la novela de su pasado, y acaban pidiendo
tranquilamente mil o dos mil francos, como si aún viviesen en sus tiempos de
magnificencia. Es verdad que se contentan finalmente con veinte francos; ¡pero
son tantos los que llegan creyendo ser cada uno el único que merece
protección!...
En Niza, señoras de la antigua corte imperial inventan rifas para vivir.
Otras tienen casa de huéspedes o una tiendecita de sombreros.
Antes del triunfo del bolcheviquismo, mis novelas eran muy traducidas y
leídas en Rusia. (Debo advertir de paso que España jamás tuvo tratado de
propiedad intelectual con Rusia, y los libros nuestros eran reproducidos
libremente. Hubo novela mía que fue publicada al mismo tiempo por cinco
editores diferentes, sin pedirme ninguno autorización). Como vivo rodeado de
tantos náufragos de la catástrofe rusa que en sus tiempos felices fueron
lectores míos, recibo frecuentemente sus visitas. Grandes damas me buscan para
que las ayude a vender ricas diademas en forma de mitra, semejantes a las que
ostentan las vírgenes bizantinas, y que lucieron ellas muchas veces en las
fiestas de la corte imperial. Otras me enseñan capas de marta, armiño, y
alhajas de una magnificencia algo bárbara.
Es lo último que les queda. Temen las ofertas, escandalosamente bajas,
de los usureros que acechan su agonía, y acuden a mí, como si un novelista
pudiera arreglarlo todo. Algunas me proponen la adquisición de estos recuerdos
de su vida lujosa, desaparecida para siempre, indicando precios verdaderamente
extraordinarios por lo modestos. Pero yo no voy a pasearme por mi habitación de
trabajo vestido y adornado como una dama de Nicolás II en día de gran
ceremonia, y renuncio a tales «ocasiones». Otras de menos años, cuyos maridos,{149} difuntos por fusilamiento, poseyeron minas de
platino en Siberia, vienen a que las recomiende para trabajar en el
cinematógrafo. ¡Como si el improvisarse artista cinematográfica fuese algo
facilísimo!...
Algunas de estas grandes damas arruinadas pueden sostenerse modestamente
con lo que poseían fuera de su país, y aún encuentran el medio de favorecer a
sus compañeros de desgracia. Como se consideran pobres al no poder sostener su
existencia lujosa de otros tiempos, desean trabajar, y han creado en Niza
varios restoranes, que dirigen ellas mismas.
Son establecimientos baratos, donde se puede comer por cuatro francos y
medio, lo que equivale en Francia a un cubierto español de dos pesetas. Por tal
precio no pueden esperarse milagros culinarios; pero se nota en el ambiente de
la sala y en el arreglo de sus mesas cierta distinción especial, lo que la
gente llama chic, algo que revela el buen gusto de la dueña invisible, que está
en la cocina dirigiéndolo todo. Los pobres de mala educación no se sienten a su
gusto en estos restoranes, y los abandonan. Su clientela se va seleccionando de
un modo automático, y acaba por estar formada únicamente de personajes venidos
a menos, de héroes de novela, muy interesantes si fuesen dos o tres nada más.
Pero son muchos, y sus vidas, que hace quince años hubiesen parecido
extraordinarias, acaban por resultar monótonas.
La directora de uno de estos restoranes es una princesa Murat. La
familia de los Murat está dividida en varias ramas, y una de ellas se
estableció matrimonialmente en Rusia. De aquí que la suerte de muchos
descendientes del ex rey de Nápoles vaya unida a la de los aristócratas rusos.
Esta princesa, nacida, según creo, en los Estados Unidos, posee una
elegancia natural y guarda aún la belleza reposada y distinguida de su segunda
juventud, después de haber perdido la frescura de la primera. Con una energía
americana ha aceptado los deberes y penalidades de su nueva situación. Todas
las mañanas, al salir el sol, ya está en el mercado, al mismo tiempo que los
compradores de los grandes «Palaces», los cocineros de los hoteles medianos, y
los dueños de fondines y casas de huéspedes.
Desea que sus clientes coman barato y bien. Discute con los proveedores
o les sonríe, empleando la fuerza convincente de una mujer que sabe hacerse
agradable. Atrae con su presencia la atención de todos, aun de aquellos que
ignoran quién es.
El mercado de Niza hace recordar los antiguos mercados de Valencia y
Barcelona. Los vendedores están al aire libre, detrás de barricadas de
hortalizas, que esparcen perfumes de tierra prolífica o de punzantes y
vigorosas savias. A{150} través de los portalones
de la muralla inmediata se ve brillar la llanura luminosa del Mediterráneo,
toda azul y toda azogue. En la atmósfera hay olores de ajo y mimosas, de
cebolla y claveles, de violetas y sal marina. Toda mujer, después de llenar su
cesta de comestibles, considera indispensable comprar un ramo de flores. Este
mercado—tan distinto a los mercados cerrados y con techumbre de
hierro—predispone las gentes al amor, y hace pensar que en la vida hay algo más
que llenar bien el estómago.
La princesa se vio detenida una mañana por uno de sus «colegas». Era un
francés bigotudo, con aire de antiguo gendarme, dueño de un fonducho para
trabajadores cerca del puerto. Necesitaba hablar con ella. Venía observándola
desde muchas semanas antes. Había admirado su habilidad para comprar y el gran
dominio que ejercía sobre las gentes.
—A mí me gustan las mujeres serias; soy viudo, y tal vez podemos
convenirnos el uno al otro. No le hablaré de amor; eso es para las comedias. La
vida no es una broma... Usted tiene su establecimiento, yo tengo el mío;
podemos casarnos, y ayudándonos como dos personas juiciosas, llegaremos a
juntar un capitalito para retirarnos al campo en nuestra vejez.
La dueña del restorán contestó con una de sus sonrisas dulces:
—¡Quién sabe!... Es para pensarlo más despacio.
Ahora el dueño del fondín del puerto va más tarde al mercado, pues no
quiere encontrarse con ella. Además pone una cara fosca para que las pescaderas
y las vendedoras de hortalizas no se atrevan a bromear con él.
Sabe que cuando vuelve la espalda todas sonríen y le designan con el
mismo apodo: «El que quiso casarse con la princesa».{151}
BIEN sabido es que cuando se quiere encontrar a una persona de cierta
posición social y se ignora su domicilio en Europa o América, no hay más que
sentarse junto al «queso», en la plaza de Monte-Carlo. Podrá uno esperar diez,
quince o veinte años; pero un día el amigo deseado acabará por dejarse ver.
Esto lo tienen muchos por indiscutible, aunque parezca falso. Todo el
que posee algún dinero y ama los viajes, acaba por dar la vuelta al «queso»,
mezclándose por unas horas con la multitud que circula frente al Casino. Antes
de pasar adelante creo necesario explicar que este «queso» famoso es un pequeño
jardín o macizo de plantas en el centro de la plaza. Su forma redonda le ha
hecho ser comparado con una caja de queso Camembert.
En la acera circular de este jardín se oyen conversaciones en todas las
lenguas, y como si el Carnaval durase aquí el año entero, circulan entre las
señoras vestidas a la moda de Europa damas indostánicas de largos velos azules,
con la nariz perforada por botones de brillantes, personajes asiáticos de andar
felino y ojos misteriosos, jefes árabes de albas túnicas, chinos y japoneses
cuya cabeza ratonesca, astuta o inteligente, parece querer escaparse de las
vestiduras occidentales que disfrazan el resto del cuerpo.
Yo he tenido en esta plaza muchos encuentros inesperados y he contraído
las amistades más novelescas tal vez de mi existencia. Una sonrisa interrogante
y una mano tendida provocan en tal lugar dudas geográficas que abarcan el
planeta entero. ¿De dónde podrá venir el amigo que acaba de reconocernos?...
Hay que dejarle hablar para ir adivinando poco a poco su identidad. Puede ser
un olvidado condiscípulo de la juventud, o uno que conocimos en Turquía,
Argentina, Egipto o Méjico. También puede ser un señor con el que almorzamos{152} en el restorán de la estación de Toledo; pero
Toledo, en el Estado de Ohío, una de las ciudades ferroviarias más importantes
de los Estados Unidos.
Durante el invierno fondea cada semana ante Monte-Carlo uno de esos
trasatlánticos procedentes de la América del Norte que son verdaderas ciudades
flotantes, y echan a tierra dos mil pasajeros. Durante veinticuatro horas los
alrededores del «queso» parecen la Quinta Avenida de Nueva York. A mediodía
llega invariablemente el tren «azul», procedente de Calais, un tren que sólo
lleva vagones-camas, y las gentes británicas se reconocen y se estrechan las
manos, sacudiéndolas vigorosamente, como si se encontrasen en el Piccadilly de
Londres.
El indeciso pasado de nuestros años de adolescencia, las ilusiones que
acariciamos entonces como algo de imposible realización, las cosas más
admiradas por la buena fe y el entusiasmo de la primera juventud, pueden
salirnos al paso en esta plaza. Yo he visto muchas veces, tomando el sol en sus
bancos, a viejos señores, trémulos y de piel flácida como pájaros desplumados,
y los nombres de estas ruinas humanas hicieron revivir en mí pretéritas
admiraciones. Eran hombres políticos que nadie recuerda, generales que ganaron
victorias olvidadas, caudillos novelescos del África británica o la América del
Sur. Viejas encogidas, de aire humilde, o pintarrajeadas y cadavéricas como
momias, evocan con sus apellidos de guerra el recuerdo de beldades célebres,
cuyos retratos adoramos en las cajas de fósforos cuando éramos colegiales.
Entre esta muchedumbre de personajes que «fueron» y no son ya más que
simples invernantes de la Costa Azul, buenos para ocupar una silla en la plaza
de Monte-Carlo o en los salones del Casino, hubo hasta el año pasado una
personalidad sobresaliente, inquieta, arrolladora, incansable, que parecía
llenarlo todo con su presencia y estaba al mismo tiempo en diversos lugares,
con infinita ubicuidad. Era la gran duquesa Anastasia, tía carnal del zar
Nicolás II, ejecutado por los bolcheviques; hermana del zar anterior y madre de
la esposa del kronprinz.
Una hija suya ocupa actualmente uno de los tronos de Europa. Su otra
hija hubiese sido emperatriz de Alemania de no ocurrir la última guerra.
En su juventud gozó fama de hermosa y elegante, según afirmación de los
que la conocieron en la corte de Rusia. Siendo extremadamente alta (cerca de
dos metros), tal vez esta belleza fue efectiva en los tiempos que duraba aún la
influencia de la vieja reina Victoria y otras soberanas metidas en carnes y
pródigas en curvas, o sea cuando no era de moda que las mujeres buscasen a
fuerza de hambres las angulosidades y asperezas huesudas del cuerpo masculino.{153} Pero Anastasia—así la designaban familiarmente las
gentes de Monte-Carlo—, a pesar de sus años, había querido enflaquecer lo mismo
que las muchachas de ahora, y su exagerada delgadez parecía prolongar aún más
su estatura.
Esta hija de emperadores y madre de reinas vivía al margen de la tiranía
de los costureros, vistiéndose a su gusto, con arreglo al mismo patrón, como si
llevase uniforme. De día usaba invariablemente un traje negro, corte sastre,
que parecía flotar sobre su cuerpo largo y descarnado, lo mismo que una sotana
de sacristán. Para el que la veía por primera vez, lo más extraordinario en
ella eran las orejas, despegadas del cráneo, muertas e insensibles, como si
fuesen de cartón. Tenía los pies extremadamente largos, con una longitud que
imposibilitaba todo artificio zapateril, y convencida de lo ineficaz que era
querer disimular sus extremidades, las calzaba sin cuidado alguno. Muchas
señoras afirmaban que la gran duquesa tenía el mismo zapatero que los gendarmes
de la provincia.
Se la veía casi a un tiempo jugando en los salones reservados del Casino
y circulando por la plaza, con una rapidez que arremolinaba la negra faldamenta
en torno a sus piernas. Éstas eran tan flacas, que parecían próximas a romperse
a cada paso. Luego bailaba en el Café de París, en los dancings de
los hoteles, en los tés elegantes, en todas partes donde suenan los
instrumentos desafinados del jazz-band. Había algo de la furia del
borracho romántico, que bebe para olvidar, en la movilidad incansable de esta
«vitalista», ansiosa de conocer todos los placeres violentos. A su familia la
habían pasado a cuchillo. Hermanos y sobrinos, todos habían muerto por orden de
los Soviets. Sólo quedaban ella y ciertos parientes, a los que pilló la
revolución comunista «fuera de casa». Además, esta rusa, que había vivido la
mayor parte de su existencia en Alemania por haberse casado con un príncipe
alemán, desdeñaba a la familia imperial germánica, en la que figura su hija.
¡Inolvidable Anastasia! Había que oír a la vieja gran duquesa, vestida
con la obscura modestia de una directora de colegio, hablar de sus parientes
alemanes. Al kronprinz lo censuraba... Esto nada tiene de singular. Lo
extraordinario sería que una suegra hablase bien de su yerno. Pero cuando
resultaba más interesante era al ocuparse de su consuegro, Guillermo II.
Ella había nacido Romanoff, y era descendiente de innumerables
emperadores. La dinastía de los zares se pierde en la noche de la Historia. En
cambio, los Hohenzollern son unos reyes de siglo y medio, como quien dice de
ayer, y su título de emperador data de 1870. Aspiraba el aire desdeñosamente
por sus anchas narices al decir esto, y añadía, como una señora linajuda que
habla de{154} un «nuevo rico»:
—Cuando se casó mi hija tuve que asistir a la ceremonia y aceptar el
brazo de Guillermo. No podía negarme. Nunca ese advenedizo, ese manco «cursi»,
se vio tan honrado. ¡Dar su brazo a una nieta de Pedro el Grande!...
El gobierno francés la dejó vivir en Francia durante la guerra. ¡Cómo
hacer otra cosa con una princesa alemana, suegra del kronprinz, pero rusa de
nacimiento y que llamaba «cursi» a su consuegro!... Aunque pasaba el día y
muchas veces la noche dentro del principado de Mónaco, su domicilio era en Eze,
o sea en territorio francés.
Últimamente se quejaba de escaseces de dinero. En Rusia y Alemania se
habían perdido todos sus bienes. Pero los personajes emparentados con numerosas
casas reales son como los barcos grandes, que después de encallar en la costa y
perderse para siempre, todavía mantienen con sus despojos a los que se
aproximan a ellos.
La gran duquesa guardó hasta el último momento su casita de Eze, situada
entre la línea del ferrocarril y la línea espumosa de las olas. Poseía un
pequeño automóvil, guiado muchas veces por ella misma. Siempre tuvo dinero para
el juego, y sobre todo para cenar en los sitios donde se baila. En los
postreros días de su vida fue muy española.
—¡País de hidalgós y caballerrros!—me dijo
repetidas veces en un español chapurreado y con miradas de admiración.
Existe en Monte-Carlo un restorán donde se prolongan las fiestas
nocturnas hasta la salida del sol, y en este lugar público trabajan todos los
años dos bailarines españoles, dos «niños» de Sevilla, pequeños de estatura,
graciosos y bien educados, que tienen por nombre «los Titos». Este par de
andaluces de smoking, que, según dicen las señoras, no tienen
precio para hacer bailar bien a sus acompañantes, inspiraron a la gran duquesa
un entusiasmo casi maternal. Pasaba las noches dedicada a ellos, no perdonando
una sola de las danzas que tocan simultáneamente y sin descanso las dos
orquestas del establecimiento. Dejaba a un Tito para tomar al otro, y el más
alto de los hermanos no llegaba a tocar con su cabeza el huesudo pecho de la
princesa de dos metros.
Tal fervor por las cosas de España acabó con la vida de la consuegra de
Guillermo II. Un día del pasado invierno, «los Titos» arreglaron en su honor un
arroz a la valenciana. Era un arroz «traducido» de Valencia a Sevilla, y hecho
además con lo que se puede encontrar en Monte-Carlo; pero la gran duquesa no
conocía otro, y dedicaba siempre a este plato interminables alabanzas. A los{155} postres de la comida española sufrió un desmayo;
la llevaron apresuradamente al Hotel París, y a las pocas horas dejó de existir.
Esta mujer, que en unos cuantos años presenció tantas tragedias
familiares y sufrió emociones tan enormes, sólo podía morir repentinamente.
Además, sus placeres eran tan violentos, que un corazón no podía soportarlos
sin lesiones.
Después de la guerra, el famoso «queso» ha dejado de ver a muchos
personajes que lo visitaban en otros tiempos. Mi amigo Luciano Guitry, el más
grande de los actores contemporáneos, me contó un día algo ocurrido aquí mismo.
Fue esto años antes de la guerra. Se acercó al gran comediante francés
una de esas muchachas parisienses que se titulan «artistas» y, en realidad,
mantienen su lujo y atienden al costoso entretenimiento de su belleza con otros
recursos que los del arte. Llegan a Monte-Carlo para distraer a los hombres que
juegan, recordándoles que en el mundo hay algo más que los placeres del azar;
pero muchas veces sienten la tentación de la ruleta, lo mismo que los otros
mortales, y lo que ganaron con sus propios recursos lo dejan sobre la mesa
verde.
—Monsieur Guitry—preguntó—, ¿quién es ese hombre bajito, calvo y de mal
color que conversaba con usted hace un momento? El otro día estuve una hora con
él y no hizo más que hablar de su persona, como si fuese el centro del mundo.
Al despedirse, me dijo: «No te revelo mi nombre, porque si lo supieras serían
tan grandes tu sorpresa y el orgullo de haberme conocido, que caerías desmayada
de emoción sobre tus... almohadillas naturales». ¿Quién es, monsieur Guitry?
¿Es un hijo de rey?... ¿un millonario de Nueva York?... ¿un presidente de
República de la América del Sur?...
Una leve sonrisa alteró la serenidad episcopal del rostro del insigne
actor. Sus ojos parpadearon maliciosamente, y dejó caer estas palabras:
—Es un poeta italiano, llamado Gabriel d’Annunzio.
La muchacha quedó indecisa, repasando mentalmente sus recuerdos,
mientras se rascaba con las pintadas uñas el lindo entrecejo. Luego dijo
simplemente:
—¿D’Annunzio?... Connais pas.
Repito que esto fue antes de la guerra; antes de que el poeta obtuviese
la verdadera fama acompañando en sus vuelos a los aviadores italianos, o
acometiendo la ruidosa y estéril aventura de Fiume.
¡Fragilidad de las vanidades literarias! Creerse igual al Dante; llevar
la{156} cabeza sobre los hombros con la misma
solemnidad que si fuese una urna santa; inventar todos los días algo
extraordinario y raro que atraiga la atención del público, para que después una
muchacha de las que mariposean en torno a la ruleta de Monte-Carlo diga con
indiferencia:
—¿D’Annunzio?... No lo conozco.{157}
DE los bancos que forman círculo en el centro de la plaza de
Monte-Carlo, dos o tres situados frente a la escalinata del Casino llevan el
nombre de «el purgatorio». Y por deducción, a las personas que los ocupan, como
si fuesen de su propiedad, guardándose recíprocamente un lugar en ellos, las
llaman las «almas» de dicho «purgatorio».
Fácil resulta adivinar su pasado. Son jugadores que desean entrar en el
Casino y no pueden, a pesar de vivir convencidos de que al otro lado de sus
puertas les aguarda la Fortuna. Los directores del establecimiento,
aleccionados por la experiencia, procuran que no quede en Monte-Carlo ningún
resto de la diaria batalla entre el hombre y la Suerte. Pocas ciudades de
Europa tan limpias como ésta. A ninguna hora del día o de la noche se encuentra
un papel, una hoja seca o una colilla de cigarro en sus aceras, pulidas como el
piso de un salón. Del mismo modo procuran que no quede ningún herido ni contuso
de los combates de la ruleta y el «treinta y cuarenta». Todo el que pierde su
dinero puede acudir a la Administración del Casino, madre cariñosa, que le
facilitará la cantidad necesaria para el viaje hasta el país de origen. De este
modo la víctima va a contar muy lejos sus desengaños, y si se le ocurre
suicidarse, otros se encargan de su entierro.
Este socorro que da el Casino para que se retire el descalabrado recibe
el nombre de «viático». A veces el tal «viático» es de miles de francos, según
la categoría del jugador o la importancia del trayecto. Yo he visto pagar a un
holandés el precio de su pasaje hasta Java; pero había dejado antes en las
mesas verdes centenares de miles de francos. También la Administración da
algunas pensiones vitalicias a jugadores famosos que frecuentaron la casa
treinta o{158} cuarenta años, perdiendo en ella
numerosos millones.
Conozco a un gran señor ruso que entra todos los días al Casino y sigue
el juego de las mesas importantes con mirada ansiosa; pero no se atreve a
apuntar ni con una ficha de las blancas, que son las más modestas.
El Casino le regala una pensión de 1000 francos mensuales, después de
haber dejado en Monte-Carlo el producto de sus minas en Siberia y las cosechas
de territorios extensos como provincias, poblados por miles de mujiks.
Pero esta generosidad va unida para el agraciado con la condición de que no
jugará nunca. Si avanza una apuesta sobre un número, los empleados tienen orden
de no admitirla.
Muchos jugadores que recibieron el «viático» para volver a su tierra
sienten el latigazo de la inspiración antes de partir, y arriesgan el importe
del viaje en una jugada última, convencidos de que este dinero, por ser del
Casino, atraerá a la Suerte. Si lo pierden quedan como prisioneros en
Monte-Carlo, y un desesperado más viene a sentarse en los bancos del
«purgatorio».
Todo el que tomó el «viático» encuentra cerradas las puertas de la
catedral del Rojo y el Negro mientras no devuelve el préstamo recibido. Y estas
pobres almas en pena se buscan y sostienen con la fraternidad de la desgracia.
Antes de las diez de la mañana, hora de principiar el juego, ya ocupan
los bancos que consideran de su propiedad. Los que se alejan a mediodía para
almorzar, son reemplazados por otros que no saben dónde un hambriento puede
conseguir un almuerzo. Se ceden cortésmente los asientos verdes, desde los
cuales parecen espiar la escalinata del templo prodigioso, y así permanecen
formando grupos, unos encogidos, otros de pie, hasta que llega la noche y se
desbandan con la ilusión de que el día siguiente será más propicio.
Mientras evocan su pasado o cuentan historias de ganancias maravillosas
en la ruleta, miran con envidia a los felices que suben y bajan los peldaños
alfombrados de la escalinata. Sus ojos son admirativos y tristes, como los del
ebrio ante la puerta cerrada de una bodega, como los del morfinómano falto de
dinero junto al escaparate de una farmacia. De vez en cuando estos maltratados
por la Suerte intentan volver hacia ella con la esperanza de que los acaricie,
con repentino capricho. Rascan todo el fondo de sus bolsillos. Los hombres
sacan monedas o billetes ínfimos entre migas de pan y briznas de tabaco. Las
mujeres extraen de sus bolsos un dinero manchado de polvos de arroz o colorete
para los labios. Las «almas del purgatorio» sienten una fe repentina en
determinado número, o aceptan como indiscutible la nueva jugada que les propone
el más viejo del grupo.{159}
Encuentran siempre un amigo que no ha tomado el «viático» y puede entrar
en las salas públicas. Se le entrega sin miedo el capital de la sociedad,
repitiendo, con abundantes detalles, cómo debe arriesgarlo. A nadie se le
ocurre sentir desconfianza. Este embajador no puede faltar a la lealtad que se
deben los desgraciados. Quedan todos en angustioso silencio. Miran fijamente
las puertas del Casino, creyendo ver a cada instante la reaparición del enviado
en lo alto de la escalinata. Cuando tarda, la confianza aumenta en el
«purgatorio». Indudablemente, el capital común está agrandándose con una
ganancia progresiva. Si vuelve a mostrarse a los pocos minutos, todos adivinan
su desgracia mucho antes de ver el gesto doloroso con que anuncia desde lejos
la quiebra fulminante de la sociedad.
Yo hablo algunas veces con las «almas» que vagan dolorosas por la plaza
de Monte-Carlo, sin que la Suerte quiera redimirlas. Muchas de ellas son más
antiguas que yo en el país. También gozo el honor de que estas «almas» me
admiren, como un personaje casi tan interesante como ellas.
Aunque algunos me tachen de inmodesto, declaro que he conseguido cierta
celebridad en Monte-Carlo. Hasta tengo un apodo con el que me designan los que
no saben pronunciar mi apellido español. Soy «el señor que no ha jugado nunca».
Una popularidad que no todos pueden conquistar.
Hace cinco años que frecuento Monte-Carlo y entro diariamente en su
Casino, fuera de los meses que paso viajando. Hubo año que llegué a visitar las
salas de juego mañana, tarde y noche, para hacer un estudio directo de la vida
de los jugadores, destinado a mi novela Los enemigos de la mujer...
Y en esos cinco años no jugué nunca, no he sentido la curiosidad de llamar a la
Fortuna ni una sola vez, y el público y los empleados han acabado por fijarse
en tal abstención, que resulta aquí extraordinaria.
Siempre que entro ahora en el Casino, me veo buscado y amenazado por los
halagos o las emboscadas que persiguen a toda virginidad. La superstición de
los jugadores cree ciegamente en la buena fortuna de las novelas. Muchas
señoras, amigas mías, me ofrecen dinero para que lo ponga a mi capricho sobre
la mesa verde.
—Aunque sea un luis nada más—dicen con una sonrisa que
incita al pecado.
No jugaré nunca. Confieso mi debilidad ante muchos vicios y seducciones
de la existencia; pero la tentación del juego no me inspira inquietud. Sé bien
que no puedo ser jugador; que no lo seré, aunque me lo proponga con toda la
fuerza de mi voluntad. He hecho mis pruebas, y puedo afirmarlo sin miedo a
equivocarme.{160}
En 1896, cuando andaba metido en las aventuras y riesgos de una política
de acción, tuve el honor de ser presidiario. Un Consejo de guerra me condenó a
varios años de encierro, y aunque los periódicos se interesaron por mi suerte
hasta conseguir que me indultasen, no por ello me libré de pasar recluido más
de un año. Esto se dice pronto; pero hay que conocer por experiencia lo que son
doce meses, uno tras otro, siempre en el mismo edificio y entre gente poco
grata.
La penitenciaría era un antiguo convento de Valencia, que ya no existe.
Esta construcción vetusta sólo tenía cabida higiénica para trescientos hombres,
y éramos a veces mil. Como gran favor, me dejaron en la enfermería, donde todos
los meses morían dos o tres tísicos y se preparaban para seguirles media docena
más. Si la defunción ocurría al atardecer, quedaba el cadáver en una cama
próxima hasta la mañana siguiente. ¡Una existencia de lo más entretenida!... De
vez en cuando, para mayor amenidad de mi encierro, llegaban órdenes exteriores
recomendando a los empleados que no me dejasen recibir libros ni me permitieran
escribir otra cosa que cartas a mi familia. Los apasionamientos políticos
aconsejan casi siempre medidas absurdas.
En uno de estos períodos, los empleados, apiadándose de mi aburrimiento,
me buscaron una diversión.
—Podía usted entretenerse con el juego. Eso le distraerá tanto como la
lectura.
Y ocultamente me fueron proporcionando barajas, un dominó, un tablero de
damas y otros instrumentos recreativos que no recuerdo. Hicieron más: me
buscaron sin salir de «la casa» un insigne profesor, famoso ladronazo de larga
historia, que sólo se había dedicado a robar Bancos y llevaba corrido medio
mundo, conociendo todas las timbas de España y naciones adyacentes.
¡Imposible aprender en mejor escuela! Fue—y pido perdón por la
irreverencia—como si me pusieran a estudiar bacteriología con Pasteur o
versificación con Víctor Hugo. Pero apenas iniciadas sus lecciones, el eminente
catedrático debió convencerse de que trataba con un torpe, falto completamente
de aptitudes. Todo lo aprendía y lo olvidaba con igual facilidad. Me faltaba
tener fe en las enseñanzas recibidas... Y media hora después, el maestro,
abusando de la bondadosa tolerancia de mis protectores, jugaba a peseta el
golpe con los enfermos, mientras yo, de pie y junto a una verja, seguía
arrobado el deslizamiento de las nubes y el revoloteo de dos palomas, a través
de los hierros que cortaban el azul de un rectángulo de cielo.
Debo confesar que representa para mí una voluptuosidad algo cruel y
egoísta—y los placeres resultan a veces más intensos cuando van sazonados con
un{161} poquito de esta salsa maligna—el hecho de
pasearme por Monte-Carlo siendo el único hombre, ¡el único!, que vive en esta
ciudad sin haber jugado nunca. Muchos ilusos de diversas naciones se encargan
de costear las comodidades que me rodean. Los jardines de vegetación tropical,
los salones lujosos del Casino, el puerto blanco lleno de yates, las orquestas,
la ópera subvencionada con varios millones, todo lo pagan los jugadores para
que yo lo disfrute. Las mesas verdes no han recibido de mí un solo céntimo.
Pero un día que hice esta declaración de independencia ante un empleado
antiguo del Casino, el viejo rió socarronamente:
—Hay quien ha hecho más que usted—dijo—. Usted se limita a no dar nada,
mientras que el maestro ruso...
Y me contó la breve historia del maestro de escuela ruso, conocida
solamente por los altos funcionarios de Monte-Carlo, pues resultaría peligroso
el divulgarla.
Esto fue antes de la guerra. Un ruso greñudo, barbón y grasiento, con
sonrisa inocente y ojos de angelote bizantino, consiguió entrar una sola vez en
las salas de juego, y puso una moneda de cinco francos a un número de la
ruleta. El duro era escandalosamente falso, pero acertó el «pleno», y le dieron
treinta y cinco duros más, indiscutiblemente legítimos.
Luego que se hubo comido la ganancia, el maestro pidió audiencia a la
Administración del Casino. Él se consideraba un jugador importante, «todos le
habían visto jugar», y exigía lo mismo que los otros, un «viático» para volver
a su tierra... Y la Administración, que no quiere «ruidos», le pagó el viaje.
Como el empleado continúa sonriendo después de terminar su historia, yo
inclino la cabeza humildemente:
—Reconozco mi inferioridad ante el maestro ruso.{162}
HACE pocos días hablé con el director de uno de los «Palaces» más
célebres y caros de la Costa Azul, y este personaje representativo de nuestra
época, que tiene automóvil propio, cobra más sueldo que un primer ministro, es
amigo de varios reyes y estrecha confianzudamente las manos de los millonarios
de Europa y América, me dijo así:
—Una nueva preocupación aflige ahora a los hoteleros. Muchos clientes
llevan con ellos un animal, y estas bestias nos dan más trabajo que las
personas.
Pensé inmediatamente en los perros, no pudiendo comprender cómo este
famoso personaje los consideraba una novedad en la vida de los hoteles.
La Costa Azul es el lugar de la tierra donde abundan más los perros. Los
hay a docenas en los «Palaces», en las casas, en los paseos, en los lugares más
apartados de la ribera o la montaña. Hacen imposible un largo y silencioso
recogimiento ante la Naturaleza. Cuando se cree uno solo y empieza a saborear
la calma rumorosa del paisaje, sumido en profunda paz, suena al lado el
grotesco ladrido de algún gozque, último amor de su dueña envejecida, y con la
rapidez de un reguero de pólvora inflamada este ladrido se dilata, se
multiplica al correr hacia el infinito, pues de todas partes empiezan a
contestarle otros aullidos, atiplados o graves, de perros de salón, perros de
pescador, perros de granja o perros que tiran de su cadena junto a las verjas
de los jardines elegantes.
En este pedazo de Francia, tierra de retiro invernal, donde de cada diez
personas que buscan el sol siete hablan inglés y tres solamente francés, la
dama vieja con su perrito es el eterno personaje que da valor humano al
panorama.
Bien sabido es lo que representan, generalmente, las respetables señoras
que viven durante el invierno en la Costa Azul y pasan la primavera en
Florencia.{163} Aunque sean de distintos idiomas y
naciones, todas resultan iguales. Todas poseen una peluca rubia, una dentadura
postiza, una novela inglesa «muy moral», que nunca acaban de leer, pues aunque
la cambien, siempre dice lo mismo... y un perro.
A causa de ellas, los hoteleros, que tienen de vez en cuando sus
asambleas internacionales en alguna ciudad de Suiza—lo mismo que los
diplomáticos de la Sociedad de las Naciones se reúnen en Ginebra—, se han visto
obligados a ocuparse del perro y sus molestias, combatiendo su existencia por
medio del impuesto.
Hace algunos años, los perros, que siempre habían vivido gratuitamente
en los hoteles, fueron tasados en dos francos diarios. Ahora pagan cinco, y en
ciertos «Palaces» diez y hasta quince francos, sin que haya influido esto en su
disminución. Al contrario: tener perro en un hotel de lujo significa un gasto
considerable; cuesta más que costaba antes de la guerra el mantenimiento de un
cristiano, y denuncia gran riqueza en su dueño.
Pero el personaje célebre sonríe despectivamente al oírme hablar de
perros. ¿Quién se acuerda de estos animales?... Han pasado de moda, y
únicamente pueden interesar a las gentes desorientadas que siguen con un
retraso de varios años los adelantos de nuestra época.
Los altos lebreles de Rusia, estrechos, sedosos, distinguidos o
imbéciles; el perro policía, feroz y de una agresividad inteligente; el «lulú
de la Pomerania», peludo y pequeño como un manguito con patas y ojos; los
gozques liliputienses, capaces de tener por casa un saquito de mano; todas
estas bestias privilegiadas, que cuestan miles de francos y eran acogidas antes
con palmoteos y gritos femeninos de entusiasmo, resultan actualmente un regalo
vulgar, bueno para los burgueses que no se enteran de lo que es chic.
—Otros animales—añade—son ahora los acompañantes de moda, especialmente
de la mujer.
Tales palabras vienen de un hombre en íntimo contacto con la humanidad
privilegiada que llega de todas partes a la Costa Azul, vive unos meses en ella
y vuelve a esparcirse por el mundo. Nadie puede conocerla mejor... Y me hacen
ver, repentinamente, con una concreción luminosa, imágenes que se habían
deslizado antes por mis ojos, sin que yo las retuviese.
Me acuerdo de la hora cálida y elegante del mediodía, cuando circulan
los extranjeros por los muelles de Mentón, las terrazas de Monte-Carlo, el
Paseo de los Ingleses, en Niza, y las explanadas del puerto de Cannes. Pasan
señoras con{164} la sombrilla japonesa en la
diestra, llevando sobre un hombro o un codo el papagayo amaestrado que las
acompaña en sus viajes. Otras tiran de una cadenilla, al término de la cual
marcha un mono en posición cuadrúpeda o se apoya en las patas traseras,
irguiendo su cabecita orejona y piramidal sobre el capuchón de un hábito hecho
con tela de casulla. Otras damas, más jóvenes y de arrogancia deportiva,
acarician con la punta de su bastón el gato montes, la zorra, el lobito, la
pantera o el pequeño tigre que las sigue a todas partes, como en otros tiempos
el perrillo faldero.
Éstos son los camaradas de viaje que pueden dejarse ver. El célebre
hotelero me habla de otros que se quedan en casa, o sea los que permanecen
ocultos en el cuarto del «Palace» y obligan a los criados a realizar a toda
prisa la limpieza de la habitación, si es que no se quedan a la puerta
vacilantes y medrosos: lagartos soñolientos, hundidos en algodones que les
sirven de cama; tortugas que surgen lentamente del abrigo del sofá; reptiles de
piel en cuadrícula—molestos de nombrar—que, al sentir la caricia del rectángulo
de sol de la ventana prolongado hasta su cesto, se desenroscan, levantan la
tapa de junco, y dilatando sus anillos, empiezan a subirse por las patas de los
muebles.
Como ahora la gente viaja más que en otras épocas y dar la vuelta al
mundo es diversión que nada tiene de extraordinaria, las personas andariegas y
caprichosas, movidas por un deseo malsano de originalidad, escogen los más
extraños camaradas para su existencia cómoda, aburrida y errante.
Un recuerdo me conmueve de pronto interiormente, con esa emoción
explosiva que acompaña los descubrimientos inesperados.
Me veo, noches antes, en la fiesta de un gran hotel de Niza. Bailan las
parejas bajo una lluvia de serpentinas y papelillos dorados. Los domésticos van
de mesa en mesa ofreciendo objetos de cotillón. Las gentes se adornan con ellos
grotescamente.
Graves señores, de solapa condecorada, han tocado sus cabezas con
sombreros de payaso, crestas de gallo o plumajes índicos, todo de papel de
seda.
Señoras que llevan sobre el pecho un millón de perlas o brillantes
ostentan orgullosas en su peinado las diademas de lata o las sombrillitas de
cartón que acaba de darles el maître d’hôtel. Entre baile y baile,
la gente devora. La acidez vegetal del champaña derramado en los manteles se
mezcla con la acidez humana de las axilas sudorosas.
En una mesa frente a la mía cena un joven solitario, de aspecto
«exótico». Va vestido, indudablemente, por un sastre de Londres; pero, a pesar
de su correcto{165} smoking, evoca el
recuerdo de islas paradisíacas de Asia, bosques de canela, pagodas de rumorosas
campanillas, a causa de la indolencia de sus movimientos y el color de su
rostro. Puede ser hijo de europeo y de oriental; puede haber nacido en
Inglaterra y tener la cara ensombrecida por la causticidad de la atmósfera del
trópico. Si se desnuda este joven perezoso y atlético, tal vez muestre una
blancura femenina, alterada únicamente por la máscara de cobre que baja hasta
la mitad de su cuello. Con la mano derecha atrapa en el aire las bolas de
colores que le envían de las mesas inmediatas, y las devuelve sin esfuerzo.
Su mano izquierda permanece inmóvil y caída sobre un plato con residuos
del postre. Algo vive y se agita debajo de esta mano... Lo recuerdo ahora
claramente; lo veo como si aún lo tuviese ante mis ojos.
Una cabecita de tortuga se mueve entre los dedos y el borde de
porcelana. Avanza, husmeando los restos del postre dulce; luego se oculta...
Conozco esta cabeza triangular; conozco su lengua de hilo bifurcado; conozco
sus ojos salientes, que parecen empañarse de blanco al descender sobre ellos el
velo membranoso de sus párpados. Yo he vivido en las selvas de América,
roturando por primera vez un suelo virgen durante millones de años. Mi casa era
un «rancho» de estacas y barro. Un doméstico indio untaba con ajo las patas de
mi catre para que no subiesen por ellas los reptiles que cazan de noche y se
introducen en las viviendas buscando la sociedad del hombre. Al romper el día,
antes de calzarme unas botas altas de cuero de cerdo, había que ponerlas boca
abajo, por si alguno de estos visitantes se había adormecido en su interior.
Más de una vez, al encender luz en plena noche, sorprendí por un momento esta
misma cabeza en un agujero del techo o del suelo.
El gentleman, de repente, parece olvidar la fiesta y se
lleva, sonriendo, su mano izquierda a la cara. Un soplo frío, algo como una
caricia «del otro mundo», debe pasar por su bigote recortado.
No ha querido dejar a su amiga arriba, en la habitación que ocupa en el
hotel. Teme por ella, y la ha traído a la fiesta, enroscada en un brazo. Se
asoma suavemente por el puño de la camisa; se apoya en el borde del plato;
busca, golosa, las dulzuras fabricadas por los hombres que su dueño le ofrece
disimuladamente.
Así, tal vez, corre el mundo este gentleman de rostro
color de canela, yendo de gran hotel en gran hotel...
Un mal vecino de cuarto.{166}
VII
CÓMO LOS AMERICANOS CINEMATOGRAFÍAN UNA NOVELA
LAS once de la noche. El otoño es una segunda primavera en la Costa
Azul.
Estamos en Noviembre, pero yo paseo por mi jardín, respirando la leve
frescura nocturna, cargada de aromas de flores y frutos. Sólo falta el
resplandor azulado de las luciérnagas, moscas de la noche que tejen y destejen
sus danzas voladoras en la obscuridad primaveral.
De pronto un estrépito inusitado corta el silencio del adormecido
jardín.
Mi casa está en las afueras de Mentón, en una avenida que, arrancando
del borde del Mediterráneo, serpentea por la falda de los Alpes Marítimos,
orlada de verjas y vallas campestres. Apenas cierra la noche, esta calle,
abierta entre dos masas de árboles que ocultan los edificios, queda silenciosa
como un sendero de bosque. Parece oírse el latido y la respiración de la
Naturaleza en reposo. El más ordinario de los ruidos toma la importancia de un
acontecimiento.
Por eso no pude evitar un gesto de extrañeza e inquietud al ver cómo se
enrojecía la vegetación bajo una luz de aurora violenta, cortándose al mismo
tiempo la calma de la noche con incesantes mugidos. Varios automóviles acababan
de detenerse, ensangrentándolo todo con sus faros y haciendo sonar sus sirenas.
Poco después la campana de la puerta de mi jardín empezó a repiquetear
locamente. ¿Quién podía anunciarse a estas horas y con tal estrépito?...
Pensé en la posibilidad de una invasión de fascistas que hubiese
atravesado la inmediata frontera de Italia persiguiendo a enemigos fugitivos.
Al acercarme cautelosamente a la verja, una voz juvenil me habló en español,
con ligero acento inglés.{167}
—Mister Ibáñez: venimos de Nueva York, enviados por la «Cosmopolitan
Production» para filmar su novela Los enemigos de la mujer.
Un poco americana esta presentación, a tal hora y sin más preámbulos...
La servidumbre de la casa y los jardineros, despertados por el campaneo,
abandonaron sus camas. Yo fui dando luz a los faros del jardín, mientras los
criados hacían lo mismo en las habitaciones. Entraron los automóviles, y
empezaron a descender de ellos caballeros vestidos de smoking,
damas elegantes y hermosas, escotadas, en traje de soirée.
El que había hablado en español siguió dándome explicaciones para
justificar esta visita extraordinaria. Era un buen mozo de arrogante presencia,
un artista, hijo de españoles, pero nacido en los Estados Unidos: Pedro de
Córdoba, cuyo nombre conocen todos los que gustan de ver obras cinematográficas
hechas en América. Me creían de viaje en España, y una hora antes se habían
enterado de que continúo viviendo en Mentón. Llegaron de París al atardecer,
poniéndose inmediatamente sus trajes de ceremonia para cenar y bailar en el
Café de París, de Monte-Carlo.
—Al saber que estaba usted en su casa—continúa Córdoba—nos hemos dicho:
«Vamos a hacer una visita a mister Ibáñez...». Y aquí nos tiene.
En el comedor se improvisa con toda rapidez un refresco para los
invasores. Mientras tanto, las damas escotadas corren por el jardín lo mismo
que niñas, persiguiéndose, buscando flores y riendo de sus descubrimientos con
una ingenuidad sana y ruidosa.
Los gentlemen siguen hablando conmigo. Tienen un jefe,
el reputado director de escena Alan Crosland, joven sonriente, parco en
palabras y con un gesto tenaz de hombre acostumbrado al mando.
Deseo saber cuándo empezarán a trabajar estas gentes que llegaron hace
unas horas de París, y para reponer sus fuerzas, después de una noche de tren,
se han vestido de etiqueta, bailando entre plato y plato de su cena. Me ofrezco
a servirles de intermediario para allanar todas las dificultades que retrasen
su labor.
—¿Creen ustedes que podrán empezar dentro de tres o cuatro días?
Alan Crosland me mira con sus ojos claros, y responde sencillamente:
—Empezamos mañana, a las seis, en la plaza del Casino de Monte-Carlo.
¡A las seis de la mañana, y van a dar las doce de la noche!... Además
hay que tener en cuenta que muchos de los artistas llegados de los Estados
Unidos se han quedado en Niza y sólo unos cuantos viven en Monte-Carlo.{168}
Los ayudantes del director, venidos con él de América, y los agregados
franceses que le siguen desde París se hallan en este momento reclutando
centenares de hombres y mujeres en Niza para que actúen como figurantes. Tienen
que buscar igualmente una orquesta, pues las que existen en Monte-Carlo, como
funcionan hasta media noche, se niegan a este trabajo matinal. Crosland, que
adivina la duda en mi rostro, repite tranquilamente:
—A las seis en punto empezaremos.
Y Pedro de Córdoba, más expansivo, más «latino», añade, sonriendo
finamente:
—Cuando hay dinero para gastar, ¿sabe usted?, cuando hay plata
abundante, nada es imposible.
Me levantó al día siguiente a las seis de la mañana. No tenía prisa en
llegar a Monte-Carlo. La Costa Azul está lejos de los Estados Unidos, y no
pueden repetirse en ella los milagros de la prodigiosa actividad americana.
Llegaría de seguro antes que hubiese empezado el trabajo.
Al entrar en Monte-Carlo notó una animación especial en sus calles, poco
frecuentadas a dicha hora. Los vecinos de la gran metrópoli de la ruleta se
levantan tarde. Todos han trasnochado junto a las mesas verdes, y el Casino
sólo abre sus puertas a las diez. Pero esta mañana los pocos que iban por las
calles se hablaban, señalando a lo lejos, como si ocurriese algo
extraordinario. Los había que desandaban su camino para volver a casa y dar a
los de su familia una noticia capaz de echarles fuera de la cama.
Cuando llegó mi automóvil a la plaza del Casino no pude contener una
admiración ingenua, semejante a la de los barrenderos montecarlinos, que
apoyados en sus escobas y palas formaban grupos, mirando ávidamente a un lado y
a otro.
El orden de las horas del día estaba totalmente trastornado. El reloj
del Casino marcaba las seis y media; un sol adolescente empezaba a remontarse
sobre las palmeras de las terrazas que cortan el azul del mar con sus
columnatas obscuras... Pero al mismo tiempo eran las cinco de la tarde, la hora
del té.
Vi la plaza ocupada por centenares y centenares de personas; tal vez
pasaban de mil; y todos, hombres y mujeres, iban vestidos con cierta elegancia,
como desocupados que pueden costearse la vida en Monte-Carlo. Estas gentes
entraban y salían en el Casino, paseaban en torno al jardincito central de la
plaza, llamado «el queso»; se sentaban en las mesas del Café de París. Una
orquesta funcionaba en la terraza de dicho establecimiento. ¡Todo lo que se ve
en este{169} lugar, pero a media tarde o al caer el
sol!...
El orden de los años también parecía invertido, lo mismo que el de las
horas. Era la plaza del Casino tal como yo la había visto durante la guerra.
Oficiales convalecientes paseaban, formando grupos. Varios inválidos con gorra
de cuartel tomaban el sol en los bancos. Toda esta muchedumbre era fingida, o
dicho con grosera exactitud, era una muchedumbre «pagada». A espaldas del Gran
Hotel de París había docenas de camiones-automóviles de los que pasean a los
excursionistas por la Costa Azul. Este convoy de vehículos había traído de Niza
la avalancha humana que llenaba la plaza para evolucionar bajo las órdenes de
Crosland.
Al aproximarse al Casino me fueron saliendo al encuentro los principales
personajes de Los enemigos de la mujer. Besé la diestra de una gran
señora que bajaba las gradas vestida lujosamente. Era la duquesa Alicia,
representada por la hermosa artista californiana Alma Rubens. Un gentleman puesto
de frac se echó atrás las alas de su capa negra y blanca para saludarme. Sólo
podía ser el príncipe Lubimoff. Y reconocí los ojos felinos y misteriosos, el
gesto de Hamlet del gran actor americano Lionel Barrymore, héroe de los teatros
de Nueva York. Igualmente fui reconociendo a muchos artistas célebres que había
visto en los films americanos y representaban ahora personajes de mi novela.
Una fila de aparatos cinematográficos funcionaba, lo mismo que una
batería de ametralladoras, bajo las órdenes del operador Morgan, compañero de
Crosland.
La figuración también resultaba extraordinaria. Era compuesta toda ella
de artistas que trabajan ordinariamente para la cinematografía francesa. Entre
estas damas y caballeros, descendidos ahora a una simple actuación de
figurantes, los había que están acostumbrados a ser primeros personajes en los
films hechos en Niza.
—¡Estos americanos pagan tan bien!—dijo una de las varias señoras que
fingían tomar el té en las mesas exteriores del Café de París.
Un joven protagonista de comedias francesas, que en esta obra era
simplemente «uno de tantos», me dio consejos:
—Usted debe escribir muchas novelas que pasen en la Costa Azul, para que
los cinematografistas americanos vengan a trabajar aquí. Lo que más me gusta en
ellos es que pagan puntualmente. Yo he sido el héroe de dos films hechos en
comandita con otros camaradas, y aún no he cobrado un céntimo.
Los inválidos que paseaban o tomaban el sol eran inválidos de verdad:{170} artistas que estuvieron en la guerra, y ahora,
con un brazo o una pierna de menos, sólo pueden trabajar en una obra que evoque
el recuerdo de la pasada tragedia. Entre los oficiales, los había que llevaban
con una soltura marcial el uniforme; pero todos ellos, a pesar de la minucia en
los detalles, revelaban al actor que sabe cambiar de traje.
Sólo un comandante parecía despegarse de los demás. Era verdaderamente
un jefe francés, enjuto de carnes, de perfil aquilino y bigotes blancos, igual
a Foch. Iba elegantemente enguantado y una barra de condecoraciones cruzaba su
pecho. Parecía un militar de verdad... Y efectivamente lo era.
Sus camaradas le llamaban siempre «comandante». Antes de la guerra era
oficial de la reserva. Se batió en numerosos sectores del frente y obtuvo la
Legión de Honor con los galones de comandante. En los films franceses
representa diversos personajes, pues es un actor de talento. En Los
enemigos de la mujer nadie podía disputarle su papel de compañero de
armas de Martínez, el oficial español de la Legión extranjera. Y no tuvo más
que ponerse el uniforme propio para destacarse de los otros militares,
puramente cinematográficos.
Durante varios días una parte del vecindario montecarlino cambió de
existencia. Muchas señoras se acostaron más temprano o acortaron su sueño para
levantarse a horas que una semana antes hubiesen juzgado inauditas.
Crosland, con su ejército de artistas y figurantes, fue trasladando a la
realidad todas las escenas de Los enemigos de la mujer que se
desarrollan al aire libre. Trabajó en la plaza del Casino—en el interior del
edificio fue imposible—y en los jardines que descienden hasta el Mediterráneo,
formando terrazas. La Dirección del Casino sólo podía tolerar este trabajo, en
los lugares dependientes de ella, de las seis a las nueve de la mañana. Luego
había que dejar sitio a los encargados de la limpieza, pues a las diez empiezan
los juegos.
Tuve que hablar con el gobierno del príncipe soberano para que
permitiese el trabajo de los artistas en la antigua ciudad de Mónaco. La vida
agitada de Monte-Carlo no llega hasta la tranquila capital monegasca, que está
enfrente, al otro lado del puerto. Para que la policía del principado no
estorbase nuestra labor en los hermosos jardines de San Martino, en las
inmediaciones del Museo Oceanográfico, en la plaza situada frente al
castillo-palacio de los príncipes, que parece una decoración del Renacimiento,
y donde nunca se toleró a los cinematografistas, fue preciso que el ministro
del Interior diese nada menos que un decreto.
No hay que sonreír. En los Estados pequeños resulta necesario hacer las
cosas con más ceremonia y gravedad que en los grandes. Lo mismo ocurre en{171} nuestra existencia. Un pobre debe observar en
sus actos más dignidad y mesura que un rico, si quiere verse respetado.
Únicamente los poderosos pueden vivir sin escrúpulos ni miramientos. Si un
gobierno pequeño, como el de Mónaco, no procediese con minucias y solemnidades,
la gente que llega de fuera, dispuesta a bromas y falta de respeto, acabaría
por atropellarlo todo.
En estos días no escribí ni hice otra cosa que seguir a Crosland,
sirviéndole de intermediario, poniendo a su disposición todos los conocimientos
y experiencias que han podido proporcionarme varios años de vida en la Costa
Azul. El director y sus artistas me asombraron al marcharse tanto como al
llegar.
—Terminaremos el próximo domingo—dijo Crosland.
Volví a sentir dudas, lo mismo que la noche de su inesperada
presentación. Necesitaban, efectivamente, marcharse el domingo inmediato.
Debían meterse en el tren al anochecer e ir en línea recta de Monte-Carlo al
Havre para tomar al día siguiente el trasatlántico que les llevaría a Nueva
York. Pero ¡quedaba tanto por hacer!...
Estos americanos, hombres y mujeres, después de trabajar desde la salida
a la puesta del sol, jugaban por la noche en el Casino o cenaban en todos los
restoranes de moda donde se baila, entregándose a la danza hasta pasada media
noche. Las cosas no podrían marchar como las había planeado el director sobre
el papel. Alguien caería enfermo. Iban a surgir obstáculos inesperados.
Empezó a llover, y siguieron trabajando. Algunos actores, efectivamente,
se sintieron enfermos, pero esto no les impidió continuar su vida nocturna.
Querían verlo todo, aprovechar bien su viaje a la Costa Azul... Y ninguno
dejaba de presentarse puntualmente a la hora del trabajo: las seis de la
mañana. ¡Qué disciplina y qué salud! ¿Cuándo dormían estas gentes?...
El domingo, al ocultarse el sol, aún trabajaban. Pero a la hora marcada
por Crosland todo quedó terminado. Algunos de los actores no tuvieron tiempo
para desnudarse, y subieron al tren vestidos como en Los enemigos de la
mujer. ¡Y en marcha para Nueva York de un solo tirón!...
Luego he recibido centenares de fotografías representando los
«interiores» de la obra, las escenas interpretadas en los Estados Unidos, con
decoraciones portentosas, que hacen de este film algo extraordinario. Hasta han
reconstruido allá, con arreglo a los apuntes que se llevaron, varios de los
salones de juego más elegantes del Casino.
En la Costa Azul hay muchas damas que aún se acuerdan, con asombro y
delicia, del tiempo en que se levantaban a las seis de la mañana, pudiendo{172} contemplar la salida del sol.
Algunas veces, al encontrarme en el Casino me hablan de este período
extraordinario de su existencia.
—¿Para qué levantarnos ahora temprano? ¿Qué puede una persona decente
hacer a tales horas? ¡Solamente si viniesen otra vez los americanos para hacer
un film!... En tal caso, avísenos.{173}
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ nació en Valencia en enero de 1867. Fue abogado y
periodista, y dedicó buena parte de su vida a la política, en el seno del{174} partido republicano al que se afilió desde muy
joven. Su vida política fue turbulenta. La misma violencia con que, en sus
obras, denuncia las injusticias, el mismo lenguaje brillante y colorista con
que describe los paisajes de su tierra, surgen en sus panfletos políticos, lo
que hizo que fuera arrestado varias veces, y otras tantas tuviera que
exiliarse.
En 1884 fue secretario del escritor Fernández y González en Madrid, pero
pronto se desligó de esta dependencia para dedicarse a la política, que en la
idea de Blasco significaba hacer triunfar la revolución. Sus ideas y los
violentos escritos que le inspiraron contra la corrupción de los políticos
locales y nacionales le obligaron a exiliarse en París en 1889, y no regresó a
España hasta 1891.
Ya en Valencia, se entregó por completo a la política, fundó el
diario El Pueblo, órgano del partido republicano, y fue procesado
en diversas ocasiones por campañas periodísticas. Fue diputado por su provincia
en siete legislaturas, y en 1909 renunció a su acta de diputado para entregarse
de lleno a una empresa que algunos han calificado de descabellada y aun de
criminal, pero que él emprendió convencido de que saldría con éxito de ella:
marchó a Sudamérica con seiscientos campesinos para fundar en la Patagonia una
colonia, a la que llamó Cervantes, en la que se pondría en práctica algún
proyecto de sociedad socialista de los muchos que en aquella época se
formularon. El caso es que el ensayo salió bien, aunque cosechó poca
comprensión por parte de sus correligionarios.
De vuelta en Europa, fijó su residencia en París en 1914, y puso su
pluma al servicio de los aliados en los que vio los defensores de la democracia
en aquella primera gran guerra. En recompensa el gobierno francés le concedió
la Legión de Honor, y al término de la guerra marchó a Estados Unidos donde fue
recibido triunfalmente, y fue nombrado doctor honoris causa por
la Universidad Jorge Washington.
Regresó a España, pero pronto se vio forzado a salir de ella, esta vez
para no volver, al advenir la dictadura de Primo de Rivera, en 1923. El resto
de sus días, hasta el 28 de enero de 1928 en que murió, los pasó en la costa
mediterránea francesa, rodeado del respeto y la admiración de cuantos en el
mundo conocieron su obra.
No cesó, durante el exilio, de atacar duramente a los sucesivos poderes
que hubo en España y que no hicieron más que perseguir con métodos siempre
renovados todo aquello en lo que Blasco creía.
Pasó así a engrosar la lista trágica de los españoles grandes y humildes{175} muertos en el destierro.
Ésta es la biografía escueta de un hombre al que se ha presentado como
escritor de novelas violentas y sensuales, sin que para nada se hiciera
mención, por lo general, de su actividad como político. Como si su obra,
especialmente su obra primera, la que se suele apellidar «de ambiente
regional», hubiera nacido de la simple contemplación de la luz de su tierra, o
del capricho de su fantasía mediterránea.
Sus ideas políticas, además de los encarcelamientos, procesos y
destierros, le abocaron a varios desafíos de los que en ocasiones resultó
gravemente herido. Y en medio de esta vida entregada a la acción, Blasco aún
encontró tiempo y energías para escribir una de las obras más ambiciosas de la
literatura española y para convertirse en el único escritor español que ha
podido vivir en el extranjero, holgadamente, del producto de sus libros, y
entre el respeto y la admiración del mundo.
Este aspecto de su vida se destaca aquí no por frivolidad, sino porque
después de haber tenido que pasar aquí, como tantos otros, por la cárcel o el
desprecio oficial, a causa de sus ideas; después de haber tenido que vivir en
el exilio—como tantos otros también—por expresarlas y defenderlas; y después de
que durante muchos años se ha pretendido hacer de él un novelista de segunda, a
causa también de sus ideas, ocultándolo tras la etiqueta de «escritor
costumbrista», para no reconocerle el alcance real de sus ideas sociales, es
hora ya de que el lector medio abandone la idea que de Blasco se le ha querido
imponer: la de un escritor de tintas fuertes, de colores violentos y
descripciones subidas de tono, todo ello bajo el nombre académico de
«naturalismo», y aprenda a ver al verdadero Blasco Ibáñez.
No es posible dar una lista de todas las obras de Blasco Ibáñez, pero
citaremos aquellas que, además de hacerlo famoso, lo han definido como uno de
los grandes novelistas contemporáneos. En primer lugar, y por orden de
aparición, sus obras de carácter social, como Arroz y Tartana (1894), Flor
de mayo (1895), La Barraca (1898), Entre
naranjos (1901), Cañas y barro (1902), La
catedral (1903), La horda (1905), La bodega (1905), Sangre
y Arena (1908), que son precisamente sus obras mayores, junto a las
novelas de la guerra Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916)
y Mare Nostrum (1918), y las históricas Sónnica la
Cortesana (1901), El Papa del mar (1925) y A
los pies de Venus (1926), así como La vuelta al mundo de un
novelista (1925).
En cualquier enciclopedia puede hallar el lector la lista completa de
sus otras obras. Lo que aquí se trata de destacar es precisamente la seriedad y
profundidad{176} trágica, además de su compromiso
social y político, en un autor al que se le ha achacado sensualidad,
costumbrismo, luz y color, alegría mediterránea, y otros tópicos. Es verdad que
nuestro autor amó la vida y que gozó de ella cuanto pudo; es verdad que en sus
novelas la luz y el encanto de su tierra son protagonistas silenciosos y
constantes; es verdad también que Blasco utiliza el color violento y los
contrastes para atenazar al lector con una acción tensa y un lenguaje vivo y
brillante. Pero pretender que eso y sólo eso es todo lo que Blasco ha aportado
a la literatura y al conocimiento de las gentes de su tierra, no es sólo
ceguera, sino injusticia, y hasta injusticia premeditada.
Es, desde luego, menos arriesgado colgar en el haber o en el debe de la
«psicología» de un personaje o de una clase social lo que no son sino
consecuencias del ambiente en que se le obliga a permanecer, porque de ese modo
no hay que citar por sus nombres a los verdaderos responsables. Como es más
cómodo culpar a la tierra, al sol, o a la sangre caliente por las reacciones
violentas del campesino harto de padecer injusticias. En cada una de las
novelas citadas hay una denuncia que Blasco se atreve a gritar.
C. Ayala
***
END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK NOVELAS DE LA
COSTA AZUL **

