Libro N° 9602. Oriente. Blasco Ibáñez, Vicente.
© Libro N° 9602. Oriente. Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación.
Febrero 19 de 2022.
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Original: © Oriente. Vicente Blasco Ibáñez
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ORIENTE
Vicente Blasco Ibáñez
Oriente
Vicente Blasco Ibáñez
Title: Oriente
Author: Vicente Blasco Ibáñez
Release Date: July 9, 2012 [EBook #40182]
Language: Spanish
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Nota del transcriptor: En esta edición se
han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las
variadas normas de acentuación presentes en el texto. |
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—— |
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En el país del arte (viajes). |
La Catedral (novela). |
|
ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS |
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OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR |
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—— |
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|
Terres maudites (Traducción de G.
Hérelle), París. |
Marná Chlouba (Traducción de A.
Pikhart), Praga. |
Vicente Blasco Ibáñez
ORIENTE
28.000
|
F. Sempere y Compañía, Editores |
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Calle de las Germanías, F S |
Sucursal: Mesonero Romanos, 42 |
Esta Casa
Editorial obtuvo Diploma
de Honor y Medalla de Oro en la Exposición
Regional de Valencia de 1909 y
Gran Premio de Honor en la Internacional
de Buenos Aires de 1910.
Derechos de traducción reservados en todos los
países,
incluso Suecia y Noruega.
Imp. de la Casa Editorial F.
Sempere y Comp.ª—Valencia
Este
libro—algunos de cuyos capítulos aparecieron antes en El Liberal de Madrid, La
Nación de Buenos Aires y El Imparcial de México—va
dedicado al ilustre periodista
Miguel Moya
claro talento, voluntad enérgica, poderoso
reformador de la prensa española.
CAMINO DE ORIENTE
I
La peregrinación cosmopolita
Recuerdo que en cierta ocasión tuve en mis manos un
ejemplar de la Gaceta Imperial de Pekín, y al revolver sus
finas hojas de papel de arroz, entre las apretadas columnas de misteriosos
caracteres, sólo encontré dos anuncios comprensibles por sus grabados: el que
llaman vulgarmente tío del bacalao, ó sea el marinero que lleva á
sus espaldas un enorme pez, pregonando las excelencias de la Emulsión Scott, y
una botella de largo cuello con la etiqueta «Vichy-État».
Pocas empresas en el mundo habrán hecho la
propaganda que la Compañía Arrendataria de las aguas de Vichy.
Circulan por las calles de la pequeña y elegante
ciudad francesa los pesados carromatos cargados de cajones, camino de la
estación del ferrocarril. Marchan las botellas alineadas en apretadas filas al
salir de Vichy, para luego esparcirse como una esperanza
de salud. ¿Adonde van?... La fama de su nombre les asegura el dominio del mundo
entero. Una botella irá á morir, derramando el líquido gaseoso de sus entrañas,
en una aldea obscura de las montañas españolas, y la que cabecea junto á ella no
se detendrá hasta llegar á alguna población sueca, cubierta de nieve, vecina al
Polo; y la otra irá á Australia; y la de más allá arrojará su burbujeante
contenido, bajo el sol del África, en un campamento de europeos, de estómago
quebrantado por las escaseces de la colonización.
Y así como el agua de Vichy se esparce por el
mundo, para llevar á remotos países sus virtudes curativas, los médicos de toda
la tierra por un lado, y la moda por otro, empujan hacia aquí á las gentes más
diversas de aspecto y de lengua.
París, con ser la más cosmopolita de las ciudades,
por la atracción que ejercen sus placeres y sus elegancias, no ofrece el
aspecto mundial que el pequeño Vichy, con sus miles de extranjeros. En las
primeras horas de la mañana, la muchedumbre que llena el Parque y se agolpa en
torno de las fuentes, hace recordar los muelles de Gibraltar ó ciertos puertos
de Asia, que son como encrucijadas marítimas, en los que se tropiezan y
confunden todos los pueblos y todas las lenguas.
La gente europea, igual y monótona al primer golpe
de vista, muestra su infinita variedad de trajes, gestos y actitudes bajo los
paseos cubiertos del Parque. Desfilan los ingleses
con la cara impasible bajo su pequeña gorra, moviendo al andar sus anchos
calzones cortos sobre las pantorrillas enfundadas en medias escocesas; pasan
los alemanes con sombrerillos tiroleses rematados por enhiesta pluma; los
españoles y americanos, de corbatas vistosas y conversación á gritos; los
italianos, que copian con exagerado servilismo las modas británicas; los
franceses, todos con una roseta ó una cinta en la solapa. Las mujeres se
exhiben envueltas en velos como odaliscas, con el rostro sombreado por el
panamá ó el sombrero enorme, de alas caídas y cargado de flores, copiado de los
retratos de los pintores ingleses. Las blusas de encajes transparentan en su
trama sutil rosadas desnudeces; las faldas, cortas y blancas, dejan en su
revoloteo una estela de perfumes. Confundidos en esta avalancha de tonos
uniformes, pasan los egipcios y turcos, de levita clara y elevado fez; los
chinos, de túnica azul y bonete negro con rojo botón sobre el trenzado pelo de
rata; los malayos, de blancos calzones, con femeniles trenzas arrolladas en
torno de su rostro amarillo y simiesco; los persas, vestidos á la europea, pero
coronando su bigotuda cara con un gorro de astrakán; dos ó tres rajahs indios,
de albas vestiduras, graves, hermosos y perfumados, como sacerdotes de una
religión poética que tuviese por deidades á las flores; judíos sórdidos,
cubiertos de sedas tan brillantes como sucias, y moros
ricos de Argel y Túnez, jeiques de tribu, que ostentan sobre
el nítido albornoz la mancha roja de la Legión de Honor y unen á su arrogancia
tradicional la satisfacción de hallarse en su propia casa, como súbditos de la
República francesa. Y juntos con estas gentes extrañas se muestran los
franceses exóticos, los militares venidos de lejanas Francias, los oficiales
del ejército colonial, que llegan á reponerse de las fiebres de los pantanos
tonkineses, del sol que devora á los hombres en las casas de tierra de
Tombouctu, en los puestos avanzados del Sahara ó en las factorías del Senegal y
del Congo; spahis y cazadores de África, de teatrales uniformes; marinos y
coloniales con traje blanco y casco ligero de lienzo y corcho.
El agua turbia y burbujeante que salta en las
fuentes, bajo una gran cúpula de cristal, es la que realiza el milagro de
reunir gentes tan diversas y de origen tan lejano en esta pequeña ciudad del
centro de Francia, que hace menos de tres siglos dió á conocer la pluma de Mad.
Sévigné.
Nada hay nuevo en el mundo. Lo mismo que la gente
viene ahora á las estaciones termales de las que es reina Vichy, iba hace tres
mil años, con un fin religioso y de curación al mismo tiempo, á pequeñas
ciudades de Grecia, famosas por sus aguas y sus profetisas, buscando á la vez
la salud del cuerpo y la certeza del porvenir.
No hay aquí ninguna Pitonisa que, montada en un
trípode sobre la fuente de la Grand Grille ó de
los Celestinos, profetice nuestra vida futura; pero diarios y
prospectos anuncian la presencia en Vichy de acreditadas profesoras de
cartomancia y magia, venidas de París para rasgar los sombríos misterios de lo
futuro, á razón de veinte francos por consulta.
No se encuentra una Friné que se muestre desnuda en
medio del Parque, como la irresistible cortesana griega, despojándose de sus
velos ante los peregrinos enfermos de Delfos para alegrar su miseria con la
regia limosna de la exhibición de sus gracias; pero las Frinés vestidas son
legión; se cuentan á centenares: unas hablan francés, otras español, otras
ruso; son ortodoxas, heterodoxas, hebreas ó simplemente impías; las hay rubias,
morenas, amarillas y hasta negras, y repitiendo á puerta cerrada la suerte de
la bella ateniense, ahorran para la campaña de invierno en París ó Marsella,
Argel ó Madrid.
Los graves sacerdotes, majestuosos y sibilinos, de
este moderno santuario de la salud universal, son los médicos. Ochenta y cuatro
he contado en la lista que figura por todos lados, en las esquinas, en los
programas de los conciertos, en las cartas de cafés y restaurants, y hasta en
las paredes de los mingitorios, para recordar á todas horas al olvidadizo
viajero que estos imponentes personajes son los verdaderos soberanos de Vichy,
y no debe nadie beber una gota de agua sin previa consulta.
Siendo á modo de grandes sacerdotes, inútil es
decir que ocupan las mejores casas de la ciudad, lujosos hoteles,
sonrientes villas rodeadas de flores, cuyos salones de espera
están siempre llenos de clientes.
Con las aguas de Vichy no se puede jugar. Los
graves hombres de la ciencia hablan de ellas como si fuesen terribles venenos.
Cada vez que hay que aumentar la dosis en un sorbo, conviene consultarles
previamente, con un luis de oro en la mano. Causa admiración la sabiduría, el
tino con que estos respetables arúspices de la ciencia combinan la toma de las
aguas de las diversas fuentes, armonizando unas con otras.
—Un vaso de la Grand Grille á tal
hora; luego uno de Celestinos á tal otra. Más adelante
variaremos y serán Chomet y Hôpital. Sobre todo,
nada de prisas. La curación debe seguir su marcha.
¡Nada de prisas!... Lo mismo que los graves
doctores piensan los hoteleros de Vichy, los dueños de cafés, los empresarios
de teatros, hasta las Frinés del Parque, y esta unanimidad de pareceres
convence al viajero, que no sabe cómo agradecer el interés que todos muestran
por retenerle á su lado.
En torno de las fuentes, los bebedores de agua,
apurando lentamente sus vasos, se preguntan á veces por sus dolencias. Uno
tiene enfermo el hígado, otro la garganta, el de más allá sufre diabetes; una
señora calla y enrojece, pensando en la tristeza de
los árboles, que mueven sus copas sin llegar nunca á dar fruto... ¡Y todos
beben lo mismo!
La humanidad, que desprecia la salud mientras la
posee, guarda su fe más ciega para los que la consuelan y entretienen en la
gran cobardía de la dolencia.
El sol de las primeras horas de la tarde,
filtrándose al través del follaje del Parque de Vichy, extiende un manto
temblón de harapos de sombra y retazos de luz sobre la muchedumbre sentada en
sillas de hierro, en torno del kiosco de la música. La orquesta, acompañada de
lejos por las bocinas de los automóviles que pasan veloces, por el vocerío de
los vendedores de periódicos que pregonan las últimas hojas llegadas de París,
y por los gritos de los cocheros que invitan á pintorescas excursiones por las riberas
del Allier, puebla el espacio con los lamentos de las ondinas del Rhin,
llorando el mágico tesoro arrebatado por el maligno Nibelungo, con el
melancólico adiós de Lohengrin al alejarse de Elsa, ó con la romántica Canción
de la Estrella que entona Wolfram, el grave trovador, contemplando el
astro del atardecer.
Vichy es la ciudad de la música. Los viajeros que
ocupan los hoteles inmediatos al Parque, despiertan, apenas comenzada la
mañana, arrullados por el primer concierto del día. El Sigur, de
Reyer, lanza sus bélicos apóstrofes, ó la Thais, de Massenet, se
entrega á su mística meditación, arrepintiéndose de sus desórdenes de
cortesana, mientras el viajero se viste y se lava y va á beber el primer vaso
del día en la fuente de la Grand Grille. Luego, á las once, empieza
otro concierto en el café de la Restauración, con aditamento de cantantes, y á
éste sigue el grande de la tarde, en pleno Parque, que dura hasta las cinco,
sin que entre las piezas existan otros intermedios que brevísimos instantes de
descanso, como si la orquesta se avergonzase de su inacción y Vichy no pudiese
vivir sin una melodía interminable vibrando en su ambiente. Y á las siete,
después de la comida, empiezan á la vez, para durar hasta media noche, tres
grandes conciertos en los tres casinos importantes, á más de una representación
de ópera en el Gran Teatro y los innumerables concertistas que actúan en
los cafés y music-halls.
Parece como que todos los instrumentistas de
Francia vengan á Vichy, durante la temporada termal, para entretener el ocio
del público cosmopolita, que digiere las famosas aguas al arrullo de las
orquestas. Toda la música del mundo es devorada por el enorme consumo melódico
de esta población, que llaman orgullosamente los franceses la Reine
des Villes d'Eaux. Desde el Fuego encantado, de Wágner, hasta
la Jota Aragonesa y la Marcha Real, la música de
todos los tiempos y de todos los países halaga los oídos de la muchedumbre
extranjera, tropel de aves de paso que llena Vichy durante algunas semanas; y
tan pronto suenan las graves notas de una composición de Bach, como se
desarrollan picarescos y juguetones los cantos del género chico español,
y se contonea chulescamente el diabólico tango, haciendo murmurar á los graves
señores condecorados: Ollé, ollé! y moverse los pies de las
señoras, que exclaman: Comme c'est joli!
Música y aguas á todo pasto. ¿Y los enfermos?...
Los enfermos no se ven en ninguna parte. Á Vichy se viene á descansar. Además,
la mayor parte de las enfermedades que curan estas aguas son de «larga espera»:
males de estómago, diabetes, etc., y los dolientes no se diferencian, en su
aspecto exterior ni en su gesto, de los sanos. De vez en cuando se ve un señor
que, escuchando el concierto, deposita un pie hinchado, enorme, elefantíaco,
sobre la silla que tiene delante; pero las bandas de franela y la pantufla son
lo único que revela su enfermedad al contrastar con el otro pie calzado de
charol. Pasan algunas señoras sentadas en sillones de ruedas, de los que tiran
mozos de cordel; pero van pintadas y compuestas como las demás mujeres, con tal
estiramiento elegante en su enfermedad y tal respeto de sí mismas,
que hacen pensar si en Vichy morirá la gente vistiendo traje de soirée al
arrullo del último vals de moda.
En los bailes del Gran Casino se ven jóvenes con
muletas, ó muchachas que cojean ligeramente, esforzándose por ocultar la
flojedad de sus huesos, triste herencia de las diversiones de sus progenitores;
pero el frac de los unos y las toilettes escotadas de las
otras, parecen borrar la gravedad de sus dolencias, y todos sonríen, con un
deseo vehemente de divertirse. Cuando suena la orquesta, el que puede bailar,
baila, y el que se ve imposibilitado de hacer esto, se mete en la sala de juego.
Vichy se divierte: los enfermos malhumorados, que
alborotan en sus casas y llevan á mal traer á los suyos, sonríen aquí, y á las
seis de la tarde visten su traje de ceremonia. Venir á tomar estas aguas sin
traer un smoking en la maleta equivale á un sacrilegio.
Hay que descansar, y aunque una gran parte de los
que llegan á Vichy son favoritos de la fortuna, que no conocen la rudeza del
trabajo, descansan y descansan, bebiendo dos vasos de agua por día y charlando
durante el curso de tres ó cuatro conciertos diarios.
Las buenas relaciones entre Francia y España, su
acción común en Marruecos, han influído para dar mayor boga á nuestra música.
Los mismos compositores de segundo orden, que hace algunos años
escribían danzas rusas y melodías moscovitas en honor de la Doble Alianza,
producen ahora la Marche des gitanos, la Marche des
Aficionados y otras obras de no menos color, con fragmentos de
la Marcha Real en sordina, repiqueteo de castañuelas, tintineo
de triángulo y golpes de pandero.
La música del género chico, tangos dislocantes,
pasacalles alegres, dúos de ligera pasión y jotas alborozadas, al alternar con
las obras de los maestros más famosos, alcanza un éxito que no consiguen éstos
muchas veces.
Yo respeto y admiro el llamado género chico.
De sus libretos, dramas comprimidos ó sainetes coloristas, apenas si me acuerdo
una semana después de haberlos visto. Pero la música de esas obras es una de
las manifestaciones artísticas más respetables y más grandes de la España
actual. Se ha hablado mucho de la necesidad de una ópera española. ¿Para qué?
España ya tiene su música, que no puede ser más suya. Á los pueblos no hay que
forzarlos para que produzcan artísticamente en determinada dirección, sino
aceptar lo que den espontáneamente y celebrarlo, siempre que tenga una
individualidad marcada.
El ilustre maestro Bretón se ha pasado gran parte
de su vida batallando y penando por crear y afirmar la ópera española. Yo he
viajado por varios países de Europa sin oir en ninguna parte fragmentos de sus
óperas, que pudiéramos llamar solemnes ó grandes, y
en cambio, he escuchado y he visto aplaudir en Francia y en Italia La
verbena de la Paloma, y la he oído canturrear á gentes de los Estados
Unidos.
En Nápoles (país de los concursos de romanzas, que
cada año da al mundo una canción de moda) los músicos callejeros y las
orquestas de los cafés no tienen otra música amada que la de Caballero, Chapí,
Chueca y otros españoles.
En Venecia, la de las serenatas románticas, he
visto las góndolas cargadas de cantores y orladas de luces, navegar por el Gran
Canal, bajo las ventanas de los hoteles, poblando el silencio de la noche con
la «Marcha de los marineritos» de La Gran Vía.
Cada país debe alegrarse por lo que tiene, sin
detenerse á desentrañar y aquilatar su mérito, pues peor es no poseer nada y no
despertar la atención más allá de las fronteras.
La fama de hermosura y gracia de la mujer española
la sostienen hoy, desde París á San Petersburgo, todas esas muchachas que, con
apodos más ó menos extraños, bailan ó cantan «cosas de la tierra». Sólo cuando
aparece en la escena un mantón con flecos y un pavero ladeado sobre un moño con
claveles se acuerda el gran público de que existe España. Cuando las orquestas
acarician los nervios de la muchedumbre con la música fácil, alegre y bizarra
del llamado género chico, se enteran en Europa de que existe un arte español y de que en la Península nos dedicamos á algo
más que á matar toros.
Á muchos les parecerá un sacrilegio lo que voy á
decir, pero no por esto es menos cierto. La música de La Gran Vía la
tocan más en el mundo y es más conocida que la de El anillo del
Nibelungo. Ya sabemos que Chueca no es Wágner. Pero la inmensa mayoría de
los que escuchan conciertos en el extranjero, aunque fingen por snobismo una
admiración de personas correctas hacia las obras consagradas, prefieren en su
interior el «Caballero de Gracia» á todos los caballeros del Santo Graal.
El Casino de Vichy es una construcción enorme y
blanca, con adornos serpenteantes de «arte nuevo». Contiene un teatro
espléndido, en el que todas las noches se cantan óperas ó actúan las
«estrellas» de la Comedia Francesa y del Odeón, que hacen su tournée anual:
sala de conciertos, grandes salones de baile, gabinete de lectura, una rotonda
con espejos colosales, y el oro chorreando por todas las tallas y adornos de
los muros... Es, en fin, á modo de una catedral moderna, dedicada á toda clase
de diversiones.
De día se forman elegantes grupos de claros
colores, bajo las marquesinas de sus terrazas ó á la sombra de los plátanos de
sus jardines; de noche brilla como un palacio de leyenda, marcando con
innumerables bombillas eléctricas, sobre la lobreguez del espacio, las líneas
de sus cornisas, la esbeltez de sus columnas y las armónicas curvas de su
cúpula central.
En este santuario de las diversiones, al que acude
todo Vichy, existe como capilla predilecta un salón blanco, enorme y de alto
techo, que tiene sus fieles inconmovibles y fijos desde las primeras horas de
la tarde hasta las últimas de la madrugada, y en el que se entra con cierto
recogimiento, bajando el tono de la voz y aminorando el ruido de los pasos.
Imponentes criados de empaque principesco indican al abrir la cancela de
cristales que hay que despojarse del sombrero, y el visitante avanza respetuosamente
después de esta advertencia, pisando muchas veces las colas de los vestidos
femeniles y pidiendo perdón á todas las espaldas que empuja á su paso.
Aglomérase la gente en torno de una docena de mesas
verdes. Junto á ellas están sentados los jugadores de importancia, graves,
mudos, con caras de palo y ojos inexpresivos, moviendo las manos cargadas de
billetes y fichas sobre los cuadros marcados en la bayeta verde, ó
llevándoselas al pelo con lentos rascuñones que delatan la emoción. Contra sus
dorsos se empuja y se aplasta la turba de los mirones, que apunta de
tarde en tarde y sigue con interés anhelante las peripecias del juego; señoras
maduras y pintarrajeadas, cubiertas de joyas de empañado brillo; cocottes de
perfil hebraico; correctos señores condecorados con un tic de
maniáticos en sus hoscas facciones. Todos se empujan con una vehemencia febril.
Brilla en las miradas un fuego malsano. Los ojos, que siguen el
vaivén de los azules billetes, entre la paletada del banquero y las manos de
los jugadores, son ojos que se ven en los juicios orales ó en la primera plana
de los periódicos cuando relatan un crimen sensacional. Pero el aspecto de esta
gente no puede ser más correcto y honorable. Ellas, aventureras de incierta
nacionalidad y edad misteriosa, descotadas y con grandes sombreros; ellos,
elegantes, ostentando en la solapa del smoking condecoraciones
de raros colores, son hombres de una gallardía profesional que hace recordar á
las mundanas retiradas del pecado, y todavía caprichosas, que aparecen una
mañana degolladas en su lecho, con la caja de las alhajas vacía.
En Vichy son muchos los que confiesan su llegada
sin motivo alguno de enfermedad. Vienen pour s'amuser, según
declaran con maliciosa sonrisa. Unos, sencillos en sus gustos, encuentran
diversión sobrada en el gran rebaño femenino que atrae la fama de Vichy. Otros,
más complicados en sus pasiones y temibles en sus apetitos, se encierran tarde
y noche en la sala de juego del Casino. Los exóticos, los venidos de muy lejos,
son los que con más asiduidad se sientan junto á la bayeta verde.
Todas las noches contemplo en un extremo de la mesa
donde se juega más fuerte á un fantasma blanco é inmóvil. Es un jeique de
Argel. Pálido, con una palidez de hostia, entre la blancura de
sus tocas y la orla nevada de su barba, el viejo jeique parece una figura de
cera. Sus ojos brillan, inmóviles, como si fuesen de vidrio, fijos en las manos
del banquero. Esa frialdad musulmana, desdeñosa y altiva, que permite á los
árabes contemplar impasibles las mayores grandezas de nuestra civilización,
mantiene al venerable moro inmóvil y sin pestañear. Pierde, pierde siempre, y
su vida parece concentrarse en sus manos, que se ocultan bajo las blancas
vestiduras, escarabajean en el sitio donde la Legión de Honor se marca como una
gota de sangre sobre el nítido albornoz, y vuelven á crujir, estrujando azules
papelillos que arrojan ante ellas.
¡Pobre jeique!... Veo praderas abrasadas por el sol
junto á un riachuelo africano casi seco. Los grupos de palmeras se destacan en
negro sobre el horizonte rojo y oro de la tarde. Los perros flacos y lanudos
ladran y corretean en torno de las tiendas; las mujeres, con el rostro cubierto
por un trapo blanco, van y vienen, llevando sobre su cabeza un cántaro derecho,
ó hunden sus brazos gordos y tostados en la harina amasada, preparando el pan
para el día siguiente y haciendo sonar á cada movimiento los pesados brazaletes
de cobre. Los pequeñuelos, panzudos, de color de ladrillo, con la cabeza rapada
y un pincel de pelos en el cogote, corren persiguiendo á los saltamontes. El
jefe está ausente; el amo se fué, y una tristeza de orfandad pesa sobre la
tribu. El médico del inmediato puesto militar le
recomendó unas aguas milagrosas de la lejana Francia, país de maravillas, y
allá vive el gran jefe, mientras el campamento parece más solo, más triste.
¡Están lejos los días en que los hombres de la tribu hacían galopar sus
caballos y disparaban sus fusiles en alborazada fantasía, para
recibir al personaje de kepis rojo, que en nombre del gobernador general de
Argel colocó sobre el pecho del jefe la cinta encarnada con la estrella de
cinco puntas, motivo de envidia y respeto para las demás tribus del
contorno!...
Comienza á morir el sol en el rápido crepúsculo
africano; álzase en el horizonte la nube de polvo de los rebaños; óyese el
trote de los caballos; ladran los mastines, y los jinetes pastores, al echar
pie á tierra ante las tiendas, luego de encerrar sus lanudos tesoros, formulan
todos la misma pregunta, sin despojarse del fusil ni haber hecho la oración de
la tarde: «¿Nada de Francia?...» ¡Nada! Y cuando cierra la noche, los hijos,
los yernos, los sobrinos y nietos del ausente, todos los hombres de la tribu,
se duermen envueltos en su albornoz pensando en el jefe, interpretando su
silencio como una señal de grandezas, que les llenarán luego de orgullo al ser
relatadas junto á las hogueras del invierno. Creen en su sencillez que el
jeique condecorado alcanza en el lejano país de las maravillas los honores que
corresponden al venerado jefe de un centenar de arrogantes centauros. Y á la misma hora, las manos finas y pálidas, manos
de cera, dejan sobre la mesa verde, de minuto en minuto, con la regularidad de
un reloj que suena la desgracia, la fortuna y el bienestar de los que sueñan en
el lejano campamento africano, bajo la luz difusa de las estrellas, entre el
pataleo de las bestias, el ladrido de los perros y el monótono canto de los
grillos. Un puñado de papeles azules representa una parte de los corderos que
se aprietan durante su sueño, como si presintiesen en el obscuro horizonte la
bestia carnicera que ronda; otro, un caballo de larga crin, narices de fuego y
patas finas, orgullo de la tribu. Todo lo que el jeique deja en el montón del
banquero significa la esperanza perdida de aplacar á Nathán ó á Samuel, el
prestamista hebreo, cuando, al llegar el invierno, se presenta en la tienda del
jefe á hablar de negocios.
Salgo de la sala de juego, y en la rotonda central,
entre brillantes toilettes, veo dormitando en un diván á una mujer
obesa y morena. Es una judía, relativamente joven, pero con su belleza ahogada
bajo una marea ascendente de grasa. El vientre, libre de corsé, se marca como
una cúpula bajo la falda de seda de anchas y vistosas rayas; el rostro, moreno
y abultado, con los ojos perdidos en bullones de carne y unas cejas gruesas y
unidas como una barra de tinta, asoma en el marco de un rebozo de seda y oro, tan
majestuoso como sucio. Contempla impasible las miradas de
curiosidad de las mujeres, y vuelve á adormecerse, ansiando que llegue el
instante de regresar al hotel. Su marido está en la sala de juego, y la buena
Rebeca ó Miryam, sumida en su coraza adiposa, aguarda horas y horas, viendo en
sus cortos ensueños, como ángeles de luz, algunos nuevos billetes y luises de
oro que vengan á unirse al capital que amasan los dos con una avidez de raza.
En todas partes, los usureros, los prestamistas,
los adoradores de la fortuna, son los fieles más fervientes del juego. Parece
una incongruencia, pero cuanto más se ama el dinero, llegando en esta adoración
hasta la manía, más dispuesto se está á arriesgarlo á un azar, con la locura de
la ganancia rápida. En España, los principales consumidores de billetes de la
Lotería Nacional son avaros que apenas comen. En las timbas y casinos,
los puntos más asiduos son prestamistas y usureros, capaces de
cometer una mala acción por una peseta y que pierden mil sin desesperarse, bajo
la ilusión de una próxima ganancia.
Los artistas, los escritores, hombres poco
prácticos, faltos de habilidad para conservar el dinero, y que parecen
despreciarlo por la prisa que se dan en separarse de él, apenas se sienten
tentados por el juego, y eso que no pretenden pasar por ejemplos de virtud. Son
muchas veces alcohólicos; el eterno femenino complica y desordena los días y
las horas de los más; hasta los hay que en sus
pasiones y gustos desobedecen las órdenes de la Naturaleza... pero jugadores
tenaces y convencidos yo no conozco ninguno.
Todo jugador es un avaro que desea el dinero de los
demás y siente la fiebre de quitárselo sin arrostrar persecuciones de la
justicia. En fuerza de adorar al dinero, el jugador acaba por no saber para lo
que sirve, y sólo lo admira como una divinidad majestuosa de la que no puede
sacarse provecho alguno.
Yo he conocido un viejo famélico y haraposo, que
dormía durante la mañana en los bancos del Retiro y pasaba la tarde y las
noches en las casas de juego. Comía las sobras de los otros jugadores, asistía
con preferencia á los círculos donde le obsequiaban con algún café, como punto
fuerte, y cuando perdía, que era las más de las veces, ocultábase por unos
instantes en el lugar más nauseabundo de la casa, y extraía billetes de Banco
de sus zapatos rotos, del sudador del grasiento sombrero, de las ropas haraposas,
esparciendo sobre el tapete verde una parte de sus pegajosos habitantes.
—El dinero se ha hecho para jugar—decía
sentenciosamente—. Y lo que quede, si queda algo... para comer.
Bandas de cisnes, unos blancos, otros negros,
cortan, con majestuosa natación, las atropelladas aguas de un río ancho y azul;
casas enormes, de puntiagudos techos, asoman por encima de la arboleda de los
muelles; más allá, las verdes colinas se abren, mostrando por el ancho
desgarrón una superficie glauca y ligeramente ondulada, como un pedazo de mar;
más allá aún, cierra el horizonte una muralla de montañas, esfumadas por la
distancia, y entre dos de sus cumbres se ve algo así como un amontonamiento de
nubes que á ciertas horas, bajo la luz anaranjada del sol, toma las formas de
un bloque inmenso de cristal, con agudas aristas. El río en que nadan los
cisnes es el Ródano, que acaba de nacer; la ciudad es Ginebra; el pedazo de
mar, el azul lago de Leman, y el cristalino amontonamiento que parece flotar en
el espacio, más allá de las montañas, el famoso Mont-Blanch.
En Ginebra la realidad no responde á las ilusiones
y simpatías que trae el viajero como producto de sus lecturas. ¿Quién no ha
amado á la tranquila ciudad suiza, la Roma protestante, que durante
dos siglos fué el refugio de todos los rebeldes de Europa, en guerra con los
papas y los reyes? El respeto á la libertad humana fué y es aún un dogma
religioso del pueblo ginebrino. Teniendo que luchar siglos y siglos contra los
duques de Saboya y contra sus propios arzobispos soberanos para conseguir la
independencia, los ginebrinos, conocedores de lo que cuesta la libertad, la
respetaron siempre en la persona del extranjero. Aquí se refugiaron los
réprobos perseguidos por la Inquisición española ó por los reyes de Francia;
aquí encontraron un asilo, en la República cristiana, gobernada por el ascético
Consistorio, todos los que por desear una conciencia libre no encontraban en
Europa tierra donde colocar sus pies y una piedra en la que descansar la
cabeza; todos menos nuestro compatriota Miguel Servet, víctima de los rencores
de Calvino. Aquí vinieron los fugitivos de Francia luego de la revocación del
edicto de Nantes, y en los modernos tiempos Ginebra dió asilo á los románticos
defensores de la moribunda Polonia, á los revolucionarios italianos, á los
revolucionarios españoles, á los apóstoles de La Internacional y
á los nihilistas y anarquistas, acosados y arrojados de otras tierras como
perros rabiosos.
Esta ciudad liberal y clemente, que abre sus
puertas en el centro de Europa, como los antiguos templos poseedores del
derecho de asilo, ofrece el más rudo contraste entre sus habitantes y su
historia. Parece que debiera ser una ciudad de pensadores y de artistas, una
república de hombres de estudio, llegados á la suprema tolerancia por la
elevación de su pensamiento, y es una población burguesa, llana y monótona, en
la que no creo exista una mediana imaginación: un Estado de relojeros
pacienzudos y vendedores de peletería, que come bien, fabrica excelentes
cronómetros, despacha tabaco barato y da gracias á Dios, cantando lo más
desafinadamente que puede, al son de un mal órgano, en el interior de los
desnudos templos calvinistas ó en grandes mítines religiosos al aire libre.
En varios siglos de libertad y horizontes sin
límites para el pensamiento, Ginebra no ha producido un gran artista ni un
escritor célebre. Toda su gloria intelectual se concentra en Rousseau,
ginebrino de ocasión, bohemio inquieto, complicado y enfermizo, que se honró
con el título de ciudadano de Ginebra, siendo lo más contrario del pacífico y
tranquilo burgués de la ciudad del Leman.
Á Ginebra le basta para su esplendor intelectual
con la gloria de las ilustres personalidades que se refugiaron en ella buscando
reposo: desde el batallador español Servet que, huyendo del brasero
inquisitorial encendido en nombre de Cristo, cayó aquí en la hoguera, iluminada
en honor de la Biblia, hasta Voltaire, Rousseau, madame Stael y los modernos
revolucionarios, como Bakounine, Mazzini, etc.
El recuerdo de Rousseau llena la ciudad de Ginebra,
y el de Voltaire sale en los alrededores al encuentro del viajero.
Los cisnes blancos, que mueven su cuello sobre las
aguas como serpientes de marfil, y los cisnes negros de pico de escarlata, se
refugian tras una isleta que marca el límite donde el lago Leman se convierte
en el impetuoso Ródano. Es la isla de Rousseau. Hoy está convertida en pulcro
paseo, con una estatua del pensador, y ocupa el verdadero corazón de la ciudad.
Hace siglo y medio era un apacible retiro, algo agreste, donde el artista
meditaba sentado en la hierba, bajo la sombra de los grandes álamos, con los
ojos fijos en el azul horizonte del lago.
En este paisaje sonriente y dulce, que parece
exhalar un intenso amor á la Naturaleza, inspirando nuevos entusiasmos por la
vida, se comprende la originalidad artística de Rousseau y su poderosa
influencia literaria, que aun dura y durará por los siglos de los siglos.
Rousseau introdujo la Naturaleza en la literatura; fué el padrino que tuvo en
sus brazos al arte moderno en el instante de su nacimiento.
Antes de él, sólo aparecía el hombre como único protagonista en novelas y poemas. Rousseau
infundió vida á cosas hasta entonces inanimadas, y gracias á su poder de
evocación, los pájaros, las flores, las montañas, el cielo, entraron como
nuevos personajes en el escenario de la literatura.
Al relatar su infancia introdujo por primera vez
como elemento artístico el revoloteo y el canto de una alondra, y «este
canto—como dice Sainte-Beuve—saludó el nacimiento de la literatura moderna, con
sus descripciones que hacen de la Naturaleza el primer protagonista». Sus hijos
fueron primeramente Chateaubriand, y luego Víctor Hugo con toda la escuela
romántica, que infundió el alma de los hombres á las cosas, haciendo hablar á
las viejas catedrales. Sus nietos son los modernos naturalistas, y su posteridad
acabará cuando perezcan la vida y el arte.
Ginebra y su lago infundieron á Rousseau este amor
á la Naturaleza. El gran artista sentimental soñaba rodeado de obesos
comerciantes y tranquilos relojeros, incapaces de sentir otros anhelos que los
de una buena mesa y una familia sana.
Sus Confesiones hablan con ternura
de la paz de Ginebra, de la belleza del lago, de su tranquilo refugio en Vevey,
en la posada de «La Llave». Su Nueva Eloísa tiene á Clarens
por escenario, con la superficie azul del lago, y enfrente las verdes y
sombrías cumbres de los montes saboyanos.
Cuando los azares de su existencia errante le
arrancaron de Ginebra, otro huésped ilustre, pero más rico y ostentoso, vino á
ocupar su sitio. Era un artista, un bohemio como él, pero en esferas más altas,
con un egoísmo sonriente que le permitió extraer de la vida sus mejores
dulzuras. Rodaba de palacio en palacio, así como el otro iba de hostería en
hostería. Sus acreedores eran reyes y duques; sus amantes, damas de la corte,
mientras las de Rousseau eran infelices criadas ó burguesas. Á su puerta llegaban
con exótica curiosidad lores y boyardos, deseando conocer al árbitro de los
elegantes cinismos y de la gracia francesa. Era Voltaire.
Su vejez quebrantada buscó refugio en los
alrededores de Ginebra, estableciéndose en la pequeña aldea de Ferney, donde
adquirió la majestad de un patriarca sonriente. El contacto con la Naturaleza
hizo tierno, sentimental y bondadoso al terrible burlón de los salones de
Versalles, é infundió una religiosidad deísta á su escepticismo.
Los últimos años de su vida, en medio del campo, á
la vista de las inmensas montañas, fueron de bondad y filantropía. Educó á los
campesinos, pleiteó y escribió por librarles de las gabelas feudales,
estableció riegos y escuelas y expuso su tranquilidad por defender á los
Dreyfus de su tiempo. Vivía como un príncipe en Ferney. Habitaba un gracioso
palacio en el fondo de un parque, y allí escribía á sus buenos amigos Federico
de Prusia y Catalina de Rusia, ó recibía las
visitas de todos los grandes señores que pasaban por Suiza.
El palacio de Ferney es hoy una de las
peregrinaciones obligatorias de los viajeros que visitan Ginebra. Los salones
se conservan como en tiempos de su ilustre dueño, con muebles de estilo rococo
y cuadros que recuerdan á los soberanos y las beldades que distinguieron con su
amistad al poeta.
En un extremo del parque se eleva una pequeña
iglesia de aldea, construída por el impío autor del Diccionario
filosófico en sus últimos años.
«Dea erexit Voltaire», dice una dedicatoria
grabada en la fachada. Esto, que parece una blasfemia, fué una de tantas
humoradas del anciano de Ferney.
—Esta iglesia que he construído—decía Voltaire—es
la única de todo el universo elevada en honor á Dios. Inglaterra tiene iglesias
construídas para San Pablo; Roma, para San Pedro; Francia, para Santa Genoveva;
España, para innumerables vírgenes; pero en todos esos países no hay un solo
templo dedicado á Dios.
En el salón principal del palacio, sobre una enorme
chimenea, se ve un pequeño mausoleo que guardó el corazón del poeta poco
después de su muerte.
«Su corazón está aquí, pero su espíritu está en
todas partes», dice una inscripción.
Esto es verdad, pero no por completo. El espíritu
que está en todas partes no es el de Voltaire, sino el de su siglo. Voltaire
fué como esas estrellas solitarias que anuncian con su fría luz un amanecer
ardoroso.
Sus burlas destructoras no bastaban para preparar
una revolución. El plebeyo y dolorido Rousseau, si resucitase, encontraría su
espíritu difundido en la sociedad moderna, mucho más que el aristocrático
patriarca de Ferney.
Desciende el viento de las montañas sobre la
inmensa copa del lago. Las aguas, de un azul celeste, se obscurecen al rizarse,
con una opacidad semejante á la del mar, y blancos vellones ruedan sobre las
ondas, como rebaños dispersos por el pánico trotando hacia las lejanas riberas.
Las barcas destacan su doble vela latina sobre las colinas verdes, moteadas de
rojo por las techumbres de los chalets y coronadas por la
diadema negra de los bosques. Los grandes vapores de pasajeros ensucian por un
instante el puro azul del cielo con su penacho de humo. La soberbia cadena del
Jura alza en la orilla francesa sus colosales moles, y en la ribera de
enfrente, las montañas suizas alinean sus declives cubiertos de viñedos, de
bosquecillos y de casitas que parecen extraídas de una caja de juguetes, lo
mismo que las vacas que pastan en sus prados y los aldeanos vestidos como los
coros de una ópera cómica. En el último término de la azul
extensión, las montañas se aproximan, las riberas se estrechan hasta
desaparecer, las cumbres descienden casi verticalmente sobre las aguas,
entenebreciéndolas con su densa sombra, y todo adquiere un carácter áspero y
bravío.
Es el Leman, el lago azul, el más famoso de los
pequeños mares interiores de Europa, el amado de los poetas é idealizado mil
veces por el pincel de los artistas. En sus riberas puso Rousseau las aventuras
sentimentales de sus mejores novelas: aquí imaginó madama Stael las desventuras
amorosas de su «Corina», que fué una superhembra de su época;
por estas aguas vagó la barca de lord Byron, y en nuestros tiempos han visto
pasar sus orillas las merovingias melenas y la fina sonrisa de Alfonso Daudet,
preocupado en el arreglo de las aventuras alpinas de su Tartarín, ó han
presenciado la lenta agonía de un anciano de áspera barba, robusto y rudo, que
llevaba en su entrecejo la desesperada obstinación de todo un pueblo moribundo,
y se llamaba Pablo Krüger.
Las aguas azules, rizadas y espumeantes, parecen
las de una inmensa bahía. La imaginación, olvidando las alturas del macizo país
suizo, forja, al través de las montañas, invisibles y lejanos estrechos que
ponen al Leman en comunicación con el Mediterráneo, del cual tiene el color de
las aguas. Pequeños puertos frente á cada población del lago revelan en sus
escolleras de peñascos la irritación de que es susceptible este poético lago
cuando llega el invierno y las ráfagas que
descienden de los montes mueven en espumoso revoltijo este mar encajonado,
batiendo las riberas con el martilleo de su ola corta é incesante. En estos
puertos, el cisne majestuoso que parece haber presenciado las más remotas
leyendas, y la barca de dobles velas igual á la de los tiempos de la
independencia helvética, se rozan y mezclan con el yate de vapor de los
millonarios y las canoas automóviles que revuelven las aguas con un hervor de
tempestad.
La orilla francesa y la suiza, Thonon y Evian á un
lado, y enfrente Lausana, Vevey y Montreux, son iguales en su aspecto exterior:
risueños bosques, hoteles enormes como ciudades, todas las alturas coronadas
por palacios destinados al hospedaje y orquestas malas á las puertas de los
cafés, bajo las arboledas de los muelles y sobre las cubiertas de los buques.
Las diferencias entre ambos países, con ser de poca
monta, resultan de gran interés.
En la orilla francesa se ven mujeres hermosas y
elegantes, rodeadas de hombres que las siguen y las envuelven en las más
respetuosas atenciones, como sagradas vestales. Son cocottes que
poseen el chic, ese espíritu indefinible y misterioso que nadie sabe en qué
consiste, santo tabou que hace caer de rodillas á los salvajes
de la imbecilidad elegante.
En la orilla suiza se ven mujeres solas, de
ademanes sueltos y aire decidido, que van de un lado á otro con la más
tranquila audacia. Son señoras decentes, que pueden
moverse con entera libertad, sin miedo á verse confundidas con una clase que no
existe, ó caso de existir, excepcionalmente, se ve repelida por la hostilidad
del ambiente protestante.
Á un lado del lago campea el anuncio francés,
gracioso y ligero; damas escotadas, con grandes sombreros y las piernas al
aire, que pregonan las excelencias de un chocolate ó unos baños. En la ribera
suiza, el cartel de macizos colores representa siempre una niña ordeñando una
vaca, una osa dando el biberón á un osezno, ó un chalet á cuya
puerta bebe glotonamente la tranquila familia el licor de sus rebaños. La leche
y el oso (animal amado de los suizos y símbolo de su país) son los dos
principales elementos artísticos de este pueblo, que es siempre pesado y sólido
cuando se propone hacer imaginación.
El lago Leman tiene en un extremo más cerrado y
abrupto una joya histórica, un lugar de peregrinación, al que acuden todos los
extranjeros.
El castillo de Chillón vale tanto para los suizos
como el recuerdo de Guillermo Tell. Hasta tiene sobre éste la ventaja de que,
siendo muchos los que dudan de la existencia del héroe suizo, nadie puede dudar
de la del castillo, pues ahí está, cuidadosamente conservado y restaurado,
hundiendo sus cimientos en las aguas profundísimas del Leman y destacando sobre
el verde de las montañas las caperuzas rojas de sus torres.
Cada país ama lo que no tiene y se lo apropia
inventándolo. El plácido montañés suizo, que vive en plena libertad, en el
tranquilo equilibrio de una buena digestión, sin conocer brujas ni temer ánimas
en pena, en medio de un paisaje sonriente y gracioso, necesita salpimentar su
existencia con algo terrorífico y espeluznante.
Así como España se esfuerza en demostrar que la
Inquisición y las expulsiones de judíos y moriscos no fueron tan terribles como
se ha dicho, y Francia arregla á su modo lo de San Bartolomé y las Dragonadas,
y todos los países se sacuden como pueden las ferocidades del pasado, el buen
suizo amontona horrores sobre horrores en el castillo de Chillón, especie de
Bastilla helvética, con vistas al lago y las montañas, lo mismo que cualquier
hotel de los alrededores, en los que se paga con generosidad principesca el
honor de vivir alojado. La prisión de Bonivard, un patriota ginebrino, mártir
igual ó inferior á los miles de miles de mártires que suman todas las patrias
de este planeta, ha servido de punto de partida á los suizos para cargar al
pobre y sonriente Chillón con toda clase de crímenes.
Entráis en el castillo, confundidos en un rebaño de
viajeros ingleses, y la guardiana, una suiza peliblanca, seca y de ojos claros,
que da vueltas á una enorme llave introducida en uno de sus índices, os señala
un hecho espeluznante á cada paso, con una voz monjil, como si estuviera
cantando el domingo en la capilla de lo que llaman
«religión nacional».
Ve una viga y os dice al momento: «De aquí colgaban
los duques de Saboya á sus enemigos.» Ante un montón de piedras: «Aquí dormían
los condenados á muerte su último sueño.» En un cuartucho, sin otros muebles
que unos cofres viejos: «Esta era la cámara de tormento donde despedazaban á
los hombres.» Frente á una poterna que se abre sobre el lago: «Por aquí
arrojaban los cadáveres de los condenados. Cien metros de fondo, señores míos.»
En la cocina del castillo, su indignación patriótica, no sabiendo qué inventar,
señala la chimenea, afirmando que en ella se asaban bueyes enteros, para que el
buen auditorio se diga escandalizado: «¡Pero qué tíos tan brutos eran los
duques de Saboya!...»
Y mientras se suceden las horripilantes
explicaciones, en los llamados subterráneos, que tienen grandes ventanas por
las que penetra á raudales la luz, ó en las altas cámaras, con miradores por
los que se ve el mágico espectáculo del lago, el castillo sonríe, hundidos sus
pies en el azul y su cabeza rodeada de un nimbo. Y la hiedra que escala los
góticos ventanales, moviéndose al soplo de la brisa, como con un ademán
negativo, las ondas que susurran al morir dulcemente contra los fuertes
bastiones, el sol que colora con un tono naranja las vetustas piedras, dándolas
palpitaciones de vida, todo parece decir á gritos: «No la creáis; ¡mentira! ¡todo es mentira! Su oficio es dar una
sensación emocionante á los viajeros, para que á la salida le suelten medio
franco.»
Lord Byron fué quien inmortalizó este castillo con
sus versos «El prisionero de Chillón». El pobre Bonivard le debe la
inmortalidad.
Pero ¡ay! el ridículo mata las mayores
sublimidades, y después que el poeta inglés grabó su nombre en una columna
del subterráneo de Chillón, otro artista ha pasado por él,
«mezcla de bayadera y de pilluelo parisién», como dijo Zola, y poseedor de esa
gracia grotesca que los hijos del Mediodía franceses comunican á cuanto tocan.
Desde que á Alfonso Daudet se le ocurrió encerrar
al desventurado y heroico Tartarín en el castillo de Chillón, se acabó su
romántico encantamiento. ¡Adiós, pobre Bonivard! Es inútil que la guardiana
salmodie con su voz de beata calvinista:
—En esta columna estuvo atado seis años Bonivard,
héroe de la libertad de Ginebra.
Por encima del organismo escuálido y haraposo, y de
la cabeza de Cristo del patriota cantado por Byron, aparece el cuerpo rechoncho
y la fiera cabezota morena y barbuda del intrépido hijo de Tarascón, nieto
ilegítimo de Don Quijote é incansable cazador de leones... y de gorras.
Cuando llegan los extranjeros á la capital de la
Confederación Helvética, su primer deseo es siempre el mismo.
—Lléveme usted á ver los osos—dicen al cochero ó al
guía del hotel.
Y al extremo de un puente, en el fondo de un foso
circular, semejante á una pequeña plaza de toros cuidadosamente enlosada,
encuentran á los hijos favoritos de Berna, á los famosos osos, que figuran en
el escudo nacional, sirven de adorno á los monumentos y se exhiben como motivo
decorativo en las fachadas y salones de los edificios públicos.
Numeroso gentío ocupa siempre la balaustrada del
gran redondel, hablando de lejos á los pesados animales, excitándolos con
gritos cariñosos, enviándoles una nube de mendrugos y frescas zanahorias. En
torno del foso hay una pequeña feria, con puestos en los que se venden
vituallas para la bestia amada y tarjetas con los
retratos de estos personajes populares. De vez en cuando uno de ellos se
encarama por las ramas transversales de un viejo tronco plantado en el centro
del redondel, y el gentío se entusiasma ante la gracia y la agilidad del pesado
animal.
Los osos de Berna son ricos. Han heredado un
sinnúmero de veces, pues ciertas solteronas patrióticas les legan al morir una
parte de su fortuna. Viven en opulenta abundancia, soberbiamente alimentados,
como el pueblo suizo, del cual son á modo de un símbolo; y como si no les
bastase la manutención que les da el municipio bernés, administrador de sus
bienes, la admiración popular los acosa y abruma bajo un espeso aguacero de
regalos.
Ahora son seis nada más. Sentados sobre las patas
traseras, ventrudos, enormes, con lanas cuidadosamente lavadas, miran á lo
alto, contestando con sonrientes colmillos al griterío de la fila circular de
admiradores. Ahítos hasta la inmóvil pesadez, cogen al vuelo la zanahoria ó el
pan untado con miel, que les viene directamente á la boca; pero si el donativo
resbala ante sus colmillos y cae á sus pies, no hacen el menor esfuerzo por
recogerlo. Nuevos regalos llueven en torno de ellos, y dejan lo que cae para
sus compañeros de foso, para los parásitos que les acompañan en su agradable
cautiverio, centenares y tal vez miles de pájaros del inmediato parque, que
saltan sobre las losas buscando migajas en los
intersticios, ó picotean en el vientre y las patas de los enormes camaradas,
animando su lanudo volumen con inquietos aleteos.
Cada pueblo, en los albores de su vida, cuando aun
balbucea el infantil lenguaje de la tradición, simboliza su carácter y su
existencia en un animal. La Roma antigua, ávida y feroz, escogió á la loba;
Francia tiene al gallo fanfarrón, arrogante y belicoso; los Estados del Norte
ostentan águilas de pico rapaz y estómago insaciable; España es el león solemne
hasta en su decadencia, cuando los piojos invaden sus flácidas melenas y la
consunción de la vejez amenaza romper el pellejo con las aristas del esqueleto;
Suiza es el oso.
El fundador de Berna, que según la tradición se
dejó guiar por uno de estos animales, escogió, tal vez sin saberlo, la más
exacta representación del carácter de sus conciudadanos.
Es inútil repetir una vez más las glorias pacíficas
de la República Helvética. Todo el mundo las conoce. En cada ciudad, y hasta en
la más pequeña aldea, los dos mejores edificios son siempre la escuela y la
casa de correos. La gente come bien y tiene un aspecto saludable; sólo se ven
soldados en tiempo de grandes maniobras, cuando el gobierno federal convoca á
las reservas; en campos y caminos apenas se encuentran gendarmes; la policía es
escasa en las calles; la suprema graduación en el ejército es la de coronel, y
el que más sabe entre todos ellos toma el mando
supremo; la gran mayoría de los suizos no conoce el nombre del presidente de la
República, que sólo ejerce el cargo un año, y este presidente, que cobra poco
más que uno de nuestros subsecretarios, sale en las mañanas de verano del
magnífico palacio del Gobierno en Berna y va á tomar un vaso de cerveza en el
café Federal, alegre tabernilla que está enfrente. En los cabarets berneses
se sienta uno al lado de un señor vestido descuidadamente, con sombrero de paja
viejo, el chaleco abierto, la panza en libertad, mientras lee un periódico de
apretados caracteres alemanes, y resulta luego que es un ministro federal ó un
presidente de cantón venido á Berna para hablar mano á mano con los gobernantes
centrales. Cada uno hace lo que quiere y vive como quiere, con la tranquilidad
de que le avisarán apenas estorbe ó perjudique á los otros, y de que su
carácter pacífico, simple y disciplinado, le aconsejará obedecer, sin el más
leve intento de protesta.
¡Un país dichoso la Confederación Helvética! ¡La
mejor de las repúblicas!... Realmente, la nacionalidad más apetecible del mundo
es ser ciudadano de Suiza... pero habiendo nacido suizo.
Yo creo firmemente que esta paz del país helvético,
esta tranquilidad, este orden, es una condición de raza. Así como en la vida
individual los seres más felices y satisfechos son los que piensan menos y sólo
se inquietan de lo que toca directa é
inmediatamente á sus apetitos y necesidades, en la vida de los pueblos los que
alcanzan existencia más tranquila y ordenada son los que carecen de
imaginación.
El suizo sólo contempla lo presente. Su
pensamiento, tardo, pesado y un tanto espeso, pero de paso seguro (las mismas
condiciones del animal favorito), no va más allá de lo que le rodea. La vida
pública se concentra para él en el municipio, ó cuando más en el cantón. Ni
siquiera llega á preocuparse de lo que ocurre en Berna. Encuentra aceptable lo
que le rodea, y esto basta para que no sienta deseos de novedad.
Si de la noche á la mañana los suizos se
convirtiesen en franceses, una parte de la población fijaría su entusiasmo en
el coronel Tal ó Cual, viendo en su rostro los rasgos de un Bonaparte; se
enardecería con el redoble de los tambores, creyendo que el ejército helvético
estaba llamado á grandes glorias, y en odio á la variedad y el fraccionamiento,
borraría cantones, unificando la nación como bajo un rasero, y convirtiendo á
Berna en un París, depositario de toda la vida suiza.
Que los suizos se convirtiesen en españoles, y
antes de un mes los católicos de Friburgo, cantón que tiene más conventos y más
frailes de todos colores que cualquiera ciudad nuestra, declararían deshonroso
para su cuerpo y peligroso para su alma el hacer vida común con los cantones
que son protestantes, y las plácidas montañas
verdes se llenarían de partidas capitaneadas por curas, y la causa del Dios
verdadero intentaría convencer á tiros á los herejes para que no persistiesen
en el error.
Que fuesen italianos todos los habitantes de la
libre Helvecia, y sin perjuicio de atraer y desvalijar en sus hoteles á los
extranjeros, los insultarían con su desprecio de pueblo escogido,
llamándolos barbari.
Pero los habitantes de Suiza son suizos, «están
bien donde se encuentran», reconocen como muy aceptable su vida presente, y no
piensan nada nuevo ni se sienten agitados por originales aspiraciones.
Viendo de cerca á Suiza, hay que decir: «¡Benditos
los pueblos que carecen de imaginación! ¡De ellos serán la tranquilidad y las
virtudes vulgares!» La falta de individualidad permite mantener á los hombres
en el goce de sus completas libertades, sin miedo á que abusen de ellas
saliéndose del nivel común. La carencia de imaginación evita el peligro de que
los más inquietos y audaces tiren impacientes de las riendas de la ley,
turbando la marcha lenta, ordenada y mecánica de este pueblo, que por su carácter
monótono ha hecho de la relojería un arte nacional.
Todas sus aspiraciones hacia lo desconocido, lo
inesperado y novelesco, se cifran en la servidumbre. En otro tiempo se vendían
como soldados á los reyes de Europa, y los hijos de
la libre Helvecia formaban los regimientos suizos, favoritos de las cortes, que
se encargaban de acuchillar á los pueblos para que se mantuviesen por el miedo
sometidos á los déspotas. Verdaderos mercenarios, pasaban del servicio de unos
Estados á otros, y esto hacía que en los combates se batiesen sin entusiasmo,
con ciertos miramientos, convencidos de que en las filas enemigas figuraban
hermanos suyos igualmente á sueldo.
Ahora se dedican á fondistas y cafeteros, y corren
el mundo para servir platos ó bocks, lo mismo en California que en Australia ó
el Cabo, pero siempre con el pensamiento fijo en las verdes montañas y los
azules lagos, imágenes que les siguen en su peregrinación, sin que logren
borrarlas nuevos espectáculos.
Yo creo que ningún suizo sueña cuando duerme. Su
obligación al cerrar los ojos es dormir: un ensueño sería un desorden inútil de
la «loca de la casa», que no tiene aquí amigos ni adeptos.
En Ginebra he comido todos los días en un modesto
restaurant, donde entré casualmente al llegar á la ciudad. Una irresistible
simpatía me atrajo á este establecimiento.
El reloj, una soberbia pieza con la hora de París,
la hora de la Europa Central y todas las horas del mundo, estaba siempre
parado.
¡Un reloj parado en Ginebra, la Salamanca del
muelle real, la Sorbona de la rueda catalina!... ¡Un
suizo á quien no importa saber qué hora es, ni se preocupa del buen orden de su
vida!
Me he ido de Ginebra sin conocer al dueño del
restaurant, pero estoy convencido de que es un poeta que se pierde Suiza.
Escribo junto á una ventana, por cuyo amplio
rectángulo se ve, en primer término, el follaje de los árboles y la saliente
redondez de un pequeño torreón; más allá una superficie azul, tranquila y
tersa, que se pierde hasta juntarse con el cielo, y en esta línea indecisa del
horizonte, una bruma que no consiguen disipar los rayos del sol de la mañana, y
en la que se dibujan vagamente obscuras siluetas, que tan pronto parecen nubes
rastreras como altivos montes.
La ventana es del Insel Hôtel, antiguo
y famoso convento de dominicos, situado en una isla, entre soberbios jardines,
y convertido por los artistas alemanes en uno de los más hermosos hoteles del
mundo; la torrecilla es la prisión en la que vivió Juan Huss antes de ser
conducido á la hoguera; la inmensa extensión azul, el tranquilo lago de
Constanza, límite entre Suiza y Alemania, y los
obscuros perfiles esfumados por la niebla, los lejanos Alpes del Tirol.
Hace unas horas he abandonado la tranquila,
burguesa y antipática Zurich, convertida, por las maniobras militares de
verano, en una ciudad belicosa, con las calles llenas de suizos uniformados,
arrastrando el sable; me he detenido en Schaffhouse para ver el Rheinfall,
la prodigiosa caída del Rhin, dividiéndose en dos soberbias cascadas al chocar
con una isleta saliente, que parece imposible pueda resistir el ímpetu de las
espumas hirvientes y ruidosas, y después, saliéndome del camino que
habitualmente siguen los viajeros, he venido á la tranquila ciudad de
Constanza, penetrando en los dominios del gran duque de Baden.
Suiza acaba en la misma estación de Constanza. Para
seguir el viaje á Munich hay que volver al territorio helvético, embarcarse en
Romanzhon y atravesar el lago hasta Lindan, entrando de nuevo en Alemania.
Cuatro aduanas, con otros tantos registros de equipaje en el transcurso de unas
cuantas horas.
Constanza, antigua ciudad episcopal, venerable y
plácida, fué libre durante muchos siglos. Los españoles la atacaron en el siglo
XVI. Los austriacos la hicieron suya, matando la república protestante que se
había organizado dentro de sus muros, y perteneció á los emperadores de Viena
hasta 1806, en que entró á formar parte del gran ducado
de Baden. Hoy es un resto de aquella Alemania anterior á los triunfos
militares, pacífica, alegre y poética, con sus costumbres patriarcales y su
tranquila libertad. Se ven pocos soldados en su recinto. Las calles venerables,
con edificios de puntiagudos techos y puertas blasonadas, resuenan de tarde en
tarde bajo los pasos de los transeuntes. En los muelles, limpios y sombreados
por los tilos, pasean las muchachas de trenzas rubias, brazos sonrosados y ojos
de un azul clarísimo. Á las puertas de las cervecerías, bajo la frondosa parra,
apuran lentamente los ciudadanos el jarro de barro blanco chorreante de espuma.
Es una ciudad vieja, en la que la vida se desliza
sin sentir, falta de intensas alegrías, pero limpia de grandes dolores. Los
ciudadanos de Constanza hacen recordar la plácida existencia de El
amigo Fritz, y es indudable que cuando sueñan bajo la parra, con el
estómago lleno de cerveza, canta en sus cerebros la satisfacción de vivir, con
una lentitud majestuosa, semejante á la del Himno á la alegría, de
Beethoven. Es una de esas ciudades en las que se entra como en un lugar amigo
que no se ha visto nunca, pero que evoca confusamente simpatías y
familiaridades de una misteriosa existencia anterior. El viajero parte con
pena, prometiéndose volver, y piensa en la felicidad de pasar en ella el resto
de sus días, apartado del mundo, si las exigencias de la vida no
le obligasen al movimiento, tirando de él hacia otro país.
Sin embargo, esta ciudad de vida placentera debe su
celebridad á un gran crimen. Este paisaje sonriente, este lago tranquilo y casi
desierto, con gaviotas que rizan bajo el contacto de sus plumas las tranquilas
aguas, y bandas de gorriones que caen sobre las barcas solitarias, han
presenciado uno de los conflictos que trajo más revuelta á la humanidad y fué
motivo de guerra y otros males.
El Múnster, la gran Catedral gótica de
Constanza, el Kaufhaus, caserón de los Museos históricos de la
ciudad, las casas venerables de sus calles, y hasta el antiguo convento de
dominicos, cuyas ruinas se han utilizado para el hotel en que vivo, todo
recuerda la gran gloria y la gran vergüenza de la tranquila ciudad: el famoso
Concilio que lleva su nombre y el suplicio de Juan Huss con su compañero
Jerónimo de Praga.
Cuatro años duró el tal Concilio. Nunca atravesó el
cristianismo una crisis tan ruidosa y aguda. Tres papas tenía á un tiempo la
Iglesia: uno, vagabundo por Cataluña, Aragón y Valencia, el testarudo español
Luna; otro, en Italia; otro, en Alemania, y de continuar la anómala situación,
los sumos pontífices iban á multiplicarse hasta el punto de que el Espíritu
Santo, con toda su divina sapiencia, no podría bastarse para atender á la tarea
de tan numerosas inspiraciones.
De 1414 á 1418 duró la gran reunión de autoridades eclesiásticas y laicas, convocada en Constanza para
poner remedio á tales males. El emperador Segismundo, primer soberano de la
tierra en aquellos tiempos, y gran métomentodo de la época
(algo semejante al kaiser actual), presidía el Concilio, rodeado de toda la
pompa de su majestad: guerreros bigotudos de Bohemia, rubios barones alemanes,
feudatarios cubiertos de hierro, de la Europa Central. Frente á su trono,
guardado por los cuatro grandes dignatarios, uno con la corona en un almohadón,
otro con el cetro, el de más allá con la espada y el último con el globo de
oro, símbolo de universal grandeza, alineábanse los cardenales, vestidos de
rojo, con su perfil de pájaro sombreado por el ancho sombrero escarlata de
pendiente borlaje; los prelados venidos de todas las naciones cristianas y los
frailes multicolores, que leían horas y horas interminables rollos de pergamino
ó peroraban en latín, con una facundia pesada, para sostener las pretensiones
de sus respectivos partidos. Cada personaje llevaba detrás un séquito
interminable. El emperador traía con él un verdadero ejército y todo cardenal
arrastraba tras su cola roja un pequeño pueblo de familiares, pajes, cocineros
y reposteros, caballos y acémilas. Los príncipes de la Iglesia, rivalizando en
lujo, habían acudido á la cita seguidos de interminable mesnada, y la pequeña
Constanza no sabía cómo contener y guardar todas las grandezas terrenales,
llegadas á su seno para examinar y fallar el gran
pleito surgido en el arreglo de la herencia de Cristo.
Un vasto campamento rodeaba la ciudad. Miles de
caballos agitaban por las mañanas las riberas del lago al bañarse en sus aguas;
las barcas, cargadas de víveres y forraje, iban en interminable rosario de una
orilla á otra; en las calles, repletas de gentío, sonaban todos los idiomas de
Europa, y cada semana se veían llegar nuevas gentes de países lejanos: frailes
de España, venidos á pie de convento en convento, para sostener las
pretensiones de su pontífice; sacerdotes procedentes del fondo de la Bohemia ó de
las lejanas riberas del Báltico, que parecían traer con ellos un olor de
herejía y eran los precursores de la Reforma, á la que sólo le faltaba un siglo
para nacer.
Transcurría el tiempo, y el concilio no adelantaba
en sus decisiones. Todo acuerdo exigía una información en lejanos países ó
provocaba protestas, y mientras tanto, el pequeño mundo aglomerado en Constanza
se aburría, sumiéndose en los mayores pecados por culpa del tedio. Los
mercenarios del emperador correteaban á las muchachas en los bosquecillos
inmediatos al lago; la cerveza y el vino del Rhin rodaban á torrentes; los
santos cardenales cerraban bajo llave á los pajecillos italianos, para
librarles de incurrir en pecado con gentes que no fuesen eclesiásticas, y para
general distracción y derrota del diablo tentador, se organizaban procesiones
ostentosas, amenizadas con la quema de algún que
otro miserable judío.
He visitado el Kaufhaus, enorme
edificio, vecino al puertecillo actual, en el que se celebraron las sesiones
del Concilio. Es un caserón de piedra, con las puertas negruzcas, de ojiva
chata, rematadas por groseros relieves góticos. El último piso, de madera
carcomida, está rematado por un techo de barraca, de ruda pendiente, igual al
usado en todos los países donde abunda la nieve.
Un día, el Concilio, reunido en el salón que ocupa
todo el piso superior, vió comparecer á un sacerdote de gran barba rubia y ojos
azules, vestido de raída sotana y cubriendo con un cuadrado bonete sus cabellos
ensortijados. Era Juan Huss.
Traía revuelta á Hungría con sus predicaciones. La
muchedumbre marchaba tras sus pasos, y el sacerdote deteníase en los caminos,
predicando al pie de los árboles sus nuevas doctrinas. La gran masa, ansiosa de
rebelión, adoraba al profeta. El emperador Segismundo le había invitado á venir
al Concilio, para explicar sus creencias, dándole un salvoconducto y empeñando
su palabra imperial para convencerle de que su vida no corría peligro. La
espada del Imperio velaba sobre él. Su existencia era sagrada.
Al verle aparecer y escuchar su voz, corrió un
estremecimiento por la santa asamblea, semejante al que agita á la jauría
cuando huele la caza.
Los hábitos negros y blancos de los dominicos palpitaron de emoción; las cabezas severas y duras de
los frailes alemanes, intolerantes y rudos, y de los frailes españoles, sus
discípulos y herederos, agitáronse con aullidos de muerte.
El sacerdote bohemio se explicó tan claramente,
que, á los pocos días, estaba preso, y para mayor seguridad, en el convento de
los dominicos, en este torreón que puedo tocar con sólo extender el brazo fuera
de mi ventana. El emperador se olvidó de él y de la palabra dada, ejemplo de
villanía repugnante que no siguió Carlos V cuando un siglo después compareció
Lutero ante la Dieta de Worms.
La muchedumbre reunida en Constanza gozó al fin de
una gran fiesta. Los padres del Concilio, que llevaban tanto tiempo sin hacer
nada y se veían desobedecidos en sus acuerdos, pensaron satisfechos en que iban
á hacer algo sonado.
Una mañana, el prisionero del convento de la Isla
fué sacado del torreoncillo, por cuyas estrechas ventanas contemplaba la
extensión azul del lago buscando las montañas de su lejano país. Cruces en
alto; blandones encendidos; largas filas de monjes encapuchados; un canto
lúgubre, que contrasta con el piído de los pájaros y el susurro del lago al
morir en la orilla. Como representantes del brazo secular, los barbudos lansquenetes,
oliendo á cerveza, empujan al sacerdote, lo amarran, lo visten con una mitra y
una túnica pintadas de diablos y serpientes y la procesión de muerte emprende el camino hacia el arrabal de Brülh, donde hoy se
alza una roca cubierta de inscripciones en honor del mártir. Otra procesión
igual surge en el camino conduciendo á Jerónimo de Praga, el fiel compañero y
discípulo.
La gloria de la cristiandad, lo más selecto é
ilustre de la época, ocupa la llanura de Brülh. El emperador no ha osado
contemplar su obra, pero allí están, junto al montón de leña seca, rematada por
dos postes, los cardenales á caballo, con sus séquitos de príncipes; los nobles
guerreros y las hermosas damas alemanas, rubias, blancas y pechonas, montadas
en vistosas hacaneas y avanzando todo cuanto pueden para no perder nada del
interesante espectáculo.
¡Prodigios de la fe! El inmenso montón de leña ha
sido traído voluntariamente pieza á pieza, por la piedad de los fieles, por el
buen populacho, que desea la quema de estos dos hombres, á los que no conoce,
pero cuya maldad le parece indudable.
Empiezan á crepitar las llamas, asomando sus
lenguas rojas entre los leños. Surge el humo de las ropas carnavalescas que
cubren á los condenados como un último insulto.
De pronto se abren las filas de soldados
sonrientes, y sonríen también las hermosas damas, los príncipes eclesiásticos y
los jinetes de luciente coraza.
Una vieja, arrugada y casi ciega, miserable andrajo humano, avanza, encorvada bajo un pequeño haz
de sarmientos. Viene de muy lejos, y teme haber llegado tarde para depositar su
ofrenda, perdiendo la ocasión de hacerse grata á Dios. Al arrojar su haz en la
hoguera, suspira satisfecha, como si librase su alma de un gran peso.
Juan Huss también sonríe. Sus ojos azules, de dulce
profeta, lagrimeantes por el humo, miran al cielo. Su barba rubia, que empieza
á chamuscarse, muévese á impulsos de una admiración lastimera.
—¡Oh sancta simplicitas!—gime.
Las últimas palabras del mártir fueron para la
santa y eterna imbecilidad de los simples, que creen lo que les enseñan, odian
lo que les señalan, y con la sencillez de la inconsciencia, matan ó persiguen,
creyendo realizar una gran hazaña, á los que se preocuparon de su suerte,
trabajando y sufriendo por ellos.
Munich es una de las capitales de Europa de
fundación más moderna, y sin embargo, muy pocas le igualan en el aspecto,
majestuosamente venerable.
En el siglo XII, cuando eran viejas ya las grandes
ciudades europeas, Munich se componía de un puente sobre el Isar, con algún
caserío y un fuerte convento. Forum ad Monachos la llamaban
entonces, y de aquí su nombre actual, München (Monje), y el fraile que figura
en su escudo de armas, y los pequeños y graciosos encapuchados que se ven en
todas partes como símbolos de la ciudad, en los escaparates de juguetes, en los
adornos de las esquinas, en los toneles de cerveza y en las jarras de las braserías.
Munich, por sus edificios, por sus escuelas, por el
respeto oficial de que rodea á las artes, es la Atenas germánica. No significa
esto que sus habitantes, morenos, católicos,
habladores y ruidosos, que hacen de la Baviera una especie de Andalucía
alemana, formen una democracia intelectual y refinada como la ateniense. Aquí
los verdaderos artistas han sido los príncipes—simpáticos desequilibrados que se
entregaron al culto de la Belleza con un fervor rayano en la manía—, y el buen
pueblo, obedeciéndoles con ciega disciplina germánica, les siguió en sus
deseos.
La pintura, la poesía y la música han sido las
grandes manifestaciones de la vida de Munich, y sus habitantes admiran, como
dioses tutelares, á los célebres artistas protegidos por los reyes. Wágner
figura en todos los escaparates: su perfil de bruja pensativa adorna hasta las
muestras de las tiendas. Goethe y Schiller, coronados de laurel y semidesnudos
como griegos, yerguen sus cuerpos de bronce en grandes plazas, acompañando á
monarcas y príncipes de la casa bávara, cuyos hechos fueron superiores á los de
Mecenas. El lujoso estudio del pintor Lenbach se visita como un templo, y un
culto igual recibe la memoria de Cornelius, Kieuze y todos los demás pintores y
escultores que desde los tiempos de Luis I á los del infortunado Luis II (el
Lohengrin coronado), contribuyeron en menos de un siglo al embellecimiento de
la ciudad.
Los palacios ostentosos, los museos, los arcos de
triunfo, los teatros monumentales, ocupan casi una mitad de Munich. Los reyes
de Baviera trabajaron sin descanso. Su manía de
embellecimiento no les dejaba dormir. El demonio de la construcción turbaba sus
días con nuevas sugestiones. La caja del Estado estaba abierta para todo el que
se presentaba con una idea nueva. Los favoritos de la corte fueron artistas
alemanes, que no habían nacido en Baviera, y sin embargo, llegaron hasta á
intervenir en la vida política y aconsejar á los soberanos. Un músico silbado
en París, de costumbres bizarras y humor intratable, llegaba á ser á modo de un
virrey, derrochando la fortuna pública en la erección de extraños teatros y
organizando misteriosas representaciones que sólo presenciaba el monarca. Éste
era casi un actor, bajo las órdenes de su amigo Wágner, imperioso artista
contra el cual gruñía el pueblo, próximo á sublevarse como años antes se alzó
contra Lola Montes. El entusiasmo dilapilador del abuelo por la bailarina
española, reina bávara de la mano izquierda, lo sintió el nieto por
el autor de El anillo del Nibelungo. No existe más diferencia entre
ambas pasiones que el amor físico regaló joyas y dejó como única huella un gran
escándalo histórico, mientras el amor intelectual creó teatros y monumentos,
haciendo nacer las mayores obras musicales de nuestra época.
Cuando Wágner, olvidado momentáneamente de la
música, se dedicó á filosofar, é hizo una confesión de creencias, dijo que sus
dos dioses eran Cristo y Apolo, inventando para la humanidad del porvenir una religión, mezcla de cristianismo y
helenismo, en la que se unen y confunden la humilde piedad hacia el semejante
con la adoración de la soberbia belleza.
Cristo y Apolo fueron también los dioses de los
soberanos bávaros, y todavía imperan juntos, partiéndose equitativamente el
dominio de este pueblo.
Munich, capital de la Alemania católica, tiene unos
veinte templos que son como catedrales, y cuyo interior ostentoso recuerda el
de las iglesias españolas, así como el exterior es puramente italiano. Al lado
de estos monumentos de Cristo, álzanse majestuosos, con la autoridad de un
origen más antiguo, las innumerables obras de los monarcas bávaros á la gloria
de nuestra madre Grecia: los museos de la Pinacotheca antigua y la Pinacotheca
nueva; la Glyptotheca; los Propyleos; el Templo de la Gloria con su estatua
colosal de la Bavaria, predecesora de «La Libertad iluminando al mundo», de
Nueva York; el palacio de la Residencia; los varios teatros griegos con sus
frontones, en los que danzan las Musas al son de la lira de Apolo; las vastas
salas en las que brilla discretamente el mármol ambarino de las estatuas
clásicas, y se exhiben fragmentos de templos traídos de Egina y otros lugares
helénicos. La columnata dórica alínea su bosque de piedra en las fachadas de
los palacios ó encierra en su armónico cuadrilátero jardines, grandes como
bosques. El rojo de los vasos griegos, con sus
pequeños cuadros de figuras negras ó polícromas, cubre muros interminables,
cortado á trechos por las manchas blancas de bustos y cariátides.
Asombra el trabajo realizado por los reyes de
Baviera en menos de un siglo. Sus buenos súbditos de la ciudad de Munich han
debido de vivir años y años entre andamios, tragando yeso y oyendo á todas
horas el choque del martillo sobre la piedra. La manía constructora de los
reyes debió constituir su gloria y su suplicio.
El arte se muestra en amontonamiento, como creado
de real orden, en pocos años, ejecución admirable, pero sin la originalidad y
la noble armonía que es producto de los siglos. Se ve que todo está hecho de
una sola vez, que ha surgido del suelo en una sola pieza, falto de esas capas
de sucesiva formación que va secretando el paso de las generaciones.
El aspecto monumental de Munich—una vez desvanecida
la primera impresión de asombro por lo grandioso de la obra—causa igual efecto
que esas sinfonías cuyos motivos agrandan ó conmueven, al mismo tiempo que la
memoria se estremece con la sensación de haber oído antes los mismos sonidos.
—Esto no es nuevo—se dice el viajero al contemplar
la ciudad—. Todo me parece haberlo visto en otras partes.
Indudablemente los monumentos griegos nada tienen de originales, y en esto consiste su mérito.
Son reconstrucciones ingeniosas, evocaciones sabias de las obras que han
llegado hasta nosotros, mutiladas é indecisas. Pero ¿y los otros monumentos?
Á los pocos días de estar en Munich, van surgiendo
en la memoria imágenes del pasado, recuerdos de viajes por otros países. El
aire de familia se marca cada vez más en las cosas, como en esos rostros que
nos parecen extraños al primer instante y acaban por ser de antiguos amigos.
Unas iglesias recuerdan las de Florencia; tal vivienda real es el palacio
Pitti; tal otro un palacio de Roma; la Logia de los Mariscales es una copia de
la Logia de Orcagna en la capital toscana; los mástiles enormes, ante la Residencia,
son hijos de los mástiles de la República en Venecia, y así todo.
Hasta los palomos que aletean en los frisos y
descienden al pavimento, animándolo con el reflejo de sus plumas metálicas, son
palomos «traducidos del italiano», que no pueden menos de saludar como
venerables abuelos á los que contemplan el Adriático desde los aleros de mármol
de la plaza de San Marcos ó saltan en la columnata florentina junto al Arno.
Munich no tiene de original más que dos cosas: la
cerveza y la música.
Las famosas braserías de estilo
germánico, con sus frontones agudos, rematados por complicadas veletas,
y sus fachadas de pesados balconajes y torrecillas salientes, valen más que
todos los templos griegos que llenan las plazas de Munich.
De la música ya hablaremos. La capital bávara está
celebrando, en estos momentos, el Festival Wágner. Por las tardes la
muchedumbre se agolpa á ambos lados de la enorme avenida del Príncipe Regente,
para presenciar el paso de los que van á escuchar El anillo del
Nibelungo, lo mismo que el vecindario de Madrid se congrega en la calle de
Alcalá en un día de toros.
Cuando el viajero se familiariza con Munich, su
entusiasmo por las glorias artísticas de la ciudad va restringiéndose hasta el
punto de que sólo queda erguida una sola admiración: Wágner y su obra.
¡Pobre Atenas germánica! De sus monumentos nada
malo puede decirse. Son notables reproducciones del arte griego: la sabiduría
artística luce en ellos, pero son fríos y repelentes como cuerpos sin alma. Es
Atenas sin atenienses y sin el cielo de la Ática. En verano, el espacio se
muestra azul y brilla un hermoso sol. Pero el invierno germánico, duro y cruel
en Baviera, muerde con sus dientes negros estos monumentos que nacieron en la
tibia atmósfera del archipiélago, favorable á la desnudez.
El mármol en el país del sol se dora en el curso de
los siglos, tomando el majestuoso matiz anaranjado del oro viejo. Aquí, en unos
cuantos años, se ennegrece, con una opacidad
antipática de ceniza de carbón.
Los dioses olímpicos, los héroes coronados de
laurel y ligeros de ropa, parecen temblar en pleno verano, recordando los
largos meses de frío. El rojo griego del interior de las columnatas se destiñe
con las lluvias. Los frescos se esfuman y desaparecen. Todo se vuelve gris y
opaco.
Sí; esta ciudad es una Atenas... Pero pasada por
cerveza.
Un periódico satírico de Munich publicaba hace
cuarenta años una caricatura de Wágner, saliendo del hermoso palacete en que le
tenía alojado el rey Luis II de Baviera.
—Voy al teatro—decía el gran maestro—y de paso
entraré en palacio á dar un golpe á la caja del amigo Luis.
Nunca se ha conocido una protección tan generosa
como la que el monarca bávaro dispensó á Wágner. La prodigalidad de Luis II
tomó el carácter de una locura. Este rey virgen, que creaba en su
palacio de la Residencia una galería de bellezas célebres, y sin embargo,
prohibía que asistiesen damas á las fiestas íntimas de su corte, fué un Nerón,
pero Nerón tranquilo, que construyó en vez de quemar, y semejante al déspota de
Roma, puso sus amores musicales y poéticos por encima del orgullo de su
majestad.
Sus caprichos y aficiones costaron muy caros á
Baviera, y sin embargo, el pueblo le recuerda y le respeta. Fué un monarca que,
en fuerza de excentricidades, prestó un gran servicio al arte, logrando al
mismo tiempo que la atención del mundo entero se fijase en Baviera.
Por él vienen todos los años aquí, en artística
peregrinación, los intelectuales de remotos países. Su retrato está en todas
partes. Baviera le compadece con maternal ternura y guarda su memoria. También
la tumba de Nerón, veinte años después del suicidio del imperial cantante,
aparecía muchas mañanas cubierta de rosas, ofrenda del popular recuerdo.
Famosa época la de la amistad de Luis II y Wágner.
El monarca, llena la mente de los dioses germánicos y de los héroes cuyas
hazañas ponía su amigo en rotundos versos, acompañándolos de prodigiosa
orquestación, apartábase cada vez más de la existencia real, viviendo como un
sonámbulo, en medio de legendarios ensueños. Odiaba el traje moderno y hasta
sus uniformes á la prusiana, por parecerle vulgares y antiartísticos. Los
cortesanos ocultaban su turbación al verse recibidos por él, vestido como un
gran señor del Renacimiento. Las verdes aguas del lago Stanberg cruzábalas en
barcas doradas, con ninfas y quimeras en la proa, y grandes paños de escarlata
arrastrando sobre la estela. Durante las noches de invierno, corría los campos
de nieve, en veloces trineos con luces eléctricas,
pasando entre resplandores como una aparición fantástica. Una orquesta
invisible sonaba en la famosa Gruta Azul del castillo de
Linderhof, mientras Luis, vestido de Lohengrin, paseábase erguido sobre un
esquife de nácar. Un día acabó este ensueño, ahogándose el simpático perturbado
en una laguna del castillo de Bergi.
El gran músico le había precedido algunos años en
su salida del escenario mundanal; pero mucho antes de que Wágner muriese, ya
había dado la generosidad de Luis todo lo necesario para la realización de los
ensueños del maestro.
Wágner ansiaba un teatro suyo, con arreglo á su
genio inventivo y revolucionario, el cual no sólo realizó innovaciones en la
música, sino en la escenografía y en la construcción. El coliseo de Bayreuth
fué su obra. Luego Munich, siguiendo los mismos planos, ha elevado el teatro
del Príncipe Regente, dedicándolo á la representación de las obras de Wágner.
Hoy el Prinz-Regenten-Theater, de Munich, celebra todos los años un
Festival Wágner que atrae á una muchedumbre cosmopolita, y triunfa sobre
Bayreuth por el esmero con que presenta las obras. Su maquinaria escenográfica
es muy superior á la de los tiempos de Wágner, que aun funciona en el primitivo
teatro.
Gentes de todos los países de Europa y de mucha
parte de América, se encuentran en Munich, con motivo del Festival. Inútil
describir lo que es este teatro con sus novedades y
misterios, pues todo el mundo conoce las innovaciones introducidas por Wágner
en la representación de sus obras. La orquesta es subterránea é invisible, lo
que llamaba el maestro «el abismo místico» de donde surgen las melodías como si
viniesen de otro mundo, sin ver el espectador á los músicos, que sudan y
gesticulan, y al director, que se mueve como un loco. El teatro está
completamente á obscuras. Las puertas de los pasillos se cierran al empezar
cada acto, sin que exista poder terrenal capaz de abrirlas antes de que aquél
termine. La disciplina alemana reglamenta el curso del espectáculo; el programa
marca las horas y minutos que se invertirán, tanto en el conjunto de la obra
como acto por acto. Las trompetas, sustituyendo á los toques de campana, hacen
correr á los espectadores lo mismo que reclutas que temen faltar á la lista.
Las representaciones del Festival Wágner empiezan á
las cuatro de la tarde y acaban á las nueve y media de la noche. El último
entreacto es de media hora, para que el público pueda cenar en los grandes
comedores del teatro. Una admirable igualdad reina sobre el público. Todos los
asientos son iguales y cuestan lo mismo, veinte marcos (veinticinco pesetas).
El teatro, aparte de los seis palcos del fondo, destinados á la familia real y
á los potentados extranjeros, sólo se compone de butacas que se alínean en
peldaños, subiendo desde la concha circular, que
cubre el foso de la orquesta, hasta lo más alto de la sala. Todos ven el
espectáculo de frente. Las dos paredes laterales son lisas, sin otros adornos
que las portadas de salida y unas hornacinas con vasos griegos.
¿Á qué hablar de El anillo del Nibelungo?...
Wotan, Brunilda, Sigfrido, todos los dioses, los héroes, las beldades
desventuradas, los gigantes espantosos y los nibelungos enanos, que figuran en
esta serie de óperas, con su fantástica Historia Natural de dragones que
cantan, pájaros que aconsejan y serpientes y osos, son personajes conocidos del
público y no ofrecen ya novedad. La Walkyria y el Sigfrido los
cantan en Munich lo mismo que en el Real de Madrid, ó tal vez un poco peor.
Todos los artistas de lengua alemana tienen empeño en cantar en este Festival,
porque da cartel. Algunos proceden de Nueva York, y creo que hasta
después de trabajar gratuitamente, dan dinero encima.
Además, en este teatro, donde no se admiten
manifestaciones del público, el artista puede atreverse á todo, sin ese miedo
que inspiran los espectadores exigentes de Italia y España, los cuales llevan á
la ópera algo del espíritu de la gente que asiste á una corrida de toros.
Total, que al lado de buenos artistas, encanecidos en el culto wagneriano,
aparecen otros indignos de cantar en su compañía. Por fortuna, la orquesta, las
maravillas del decorado y la escrupulosidad y atención en
el juego escénico, justifican el largo viaje que ha tenido que realizar una
gran parte de este público, híbrido en su aspecto exterior, y tan interesante
casi como las obras de Wágner.
La uniformidad militar del teatro contrasta con la
variedad infinita de los espectadores. En lugar alguno de Europa puede
encontrarse un público tan heterogéneo. Una amable libertad impera en el
vestido. Las damas alemanas y algunas francesas se presentan en traje de
ceremonia; los oficiales marchan tiesos, en sus apretadas levitas de alto
cuello, arrastrando el sable; los herr germánicos llevan frac
y se cubren la cabeza con fieltros de anchas alas; pero revueltos con estas
gentes elegantes, pasan inglesas y americanas, vistiendo blancos trajecitos de
falda corta; viajeros con su terno gris á grandes cuadros, los gemelos en
bandolera y la gorrilla en la mano; gruesos y rubicundos sacerdotes católicos,
con levita y pechera negras, que, recordando lo que acaban de oir, mueven los
dedos como si estuviesen ya ante los órganos de sus catedrales; vírgenes de
lacias faldas, con el exangüe rostro asomado entre dos caídos cortinajes de
pelo; jóvenes melenudos, que estiran la afeitada cara sobre las innumerables
roscas de una corbata obscura; muchachas enfurruñadas, que al llegar tarde y
encontrar las puertas cerradas, se tienden en las escalinatas de los pasillos,
ansiando oir un eco del lejano misterio por debajo de los pesados portiers,
junto á las piernas de los impasibles acomodadores;
mujeres con cierta originalidad en su traje y sus maneras, que son grandes
cantantes en vacaciones ó famosas concertistas; viejos condecorados, de
cabellera gris y cara arrugada, que inspiran un vago recuerdo de retratos
vistos en ilustraciones extranjeras.
Es un público de sorpresas. Todos presienten en el
vecino que pueda ser alguien. La mayoría está formada de artistas,
de escritores, de gentes que gozan celebridad en sus países, pero que pasan
inadvertidas en esta reunión universal, que sólo dura algunos días.
Esta importancia del público que parece
presentirse, como si flotase en el ambiente, obliga á una extremada sencillez á
los grandes de la tierra.
Yo me he codeado, del modo más irreverente, al
pasear por las galerías, con una señora joven, tan elegante como granujienta y
fea. Un poco más allá dos viejas damas, cargadas de brillantes, pusieron al
verla una rodilla en tierra, con esa sumisión germánica, al lado de la cual el
cortesanismo español resulta de costumbres democráticas.
—¡Alteza! ¡Alteza!...
Y le besaron la mano como si llevase en ella el
Santísimo Sacramento. Era una hija ó una nieta (no me enteré bien) del
emperador de Austria. Y de igual categoría que ésta, aunque más simpáticas por
su modestia, encontré en los pasillos á otras
altezas, cuyo nombre no necesité preguntar por serme sus caras bien conocidas.
Cuando termina el espectáculo, la gran mayoría del
público sale en silencio; pero algunos manifiestan su fervor á gritos.
—¡Sublime! ¡Inmenso!
Casi siempre son españoles, italianos ó franceses
los que gritan entusiasmados. Pero sus voces suenan á falso, y parece que
gritando intentan convencerse á sí mismos.
Han oído hablar del Festival Wágner como de algo
extraordinariamente misterioso; han venido atraídos por la curiosidad, creyendo
en lo sobrenatural del espectáculo, y salen de él dudando de la sensatez de su
viaje, sintiendo cierta sospecha de haber sido engañados, diciéndose que,
aparte de la sala á obscuras y de la orquesta subterránea, nada nuevo han
visto.
Al ir de Munich á Viena, la primera población que
se encuentra, pasada la frontera austriaca, es Salzburgo, famosa desde hace
siglos como uno de los lugares más hermosos de la vieja Alemania.
Es una ciudad episcopal que hasta principios del
siglo XIX estuvo regida por un príncipe-arzobispo, y sólo en 1816, después que
el Congreso de Viena, repartiéndose los despojos del vencido Napoleón, rehizo
el mapa de Europa, pasó á incorporarse á Austria. Construída en las dos orillas
del Salzach, que corre entre verdes montañas, la población extiéndese por ambas
laderas, rompiendo los densos bosques y asomando á trechos su edificación roja
y negruzca y sus altas torres sobre el verde follaje. Una catedral gótica
recuerda el gobierno de los príncipes mitrados; un castillo, el Hoen, domina
uno de los panoramas más hermosos del mundo.
Pero Salzburgo no es famosa por su belleza y su
antigüedad. Á pesar de las glorias históricas de sus arzobispos, de la
hermosura de sus paisajes y de haber habitado en ella el famoso médico
Teofrasto Paracelso, hoy dormitaría olvidada, como muchas poblaciones de la
antigua Alemania, sin que un viajero curioso descendiese en su estación y sin
otra vida que el trompeteo del regimiento acuartelado en el castillo y el
arrastre de sables de los oficiales bajo los tilos del paseo. Un niño nacido en
Salzburgo en 1756 ha bastado para dar una celebridad universal é imperecedera á
la pequeña población alemana.
El príncipe-arzobispo de dicha época, amante de la
música, como todos los señores alemanes, tenía á su servicio un maestro de
capilla, pagado miserablemente y abrumado por un continuo trabajo.
Este pobre músico ocupaba un cuarto piso en una
calle estrecha de Salzburgo; una casa de vecindad, con su escalera en forma de
túnel y sus galerías, dando acceso á innumerables puertas. Un día el necesitado
maestro vió aumentarse sus apuros con el nacimiento de un nuevo hijo. Le
pusieron los nombres de Wolfgan Amadeo y el obscuro apellido de su padre,
llamado Leopoldo Mozart.
Los vecinos del viejo caserón vivían en continuo
concierto. Por las tardes, cuando terminaban sus ocupaciones en la catedral ó
en el palacio del arzobispo, los músicos de la
capilla, tan pobres y entusiastas como el maestro, reuníanse en la casa de
éste. No tenían dinero para ir á la cervecería, y se juntaban trayendo sus
instrumentos, para deleitarse mutuamente con interminables conciertos, en los
que ejecutaban las obras de su gusto, sin tener que seguir los caprichos del
señor. Llegaban con sus raídas casacas negras, de largos faldones, sus pelucas
de un blanco rojizo, las medias con puntos sueltos, los zapatos viejos, y se
agrupaban ávidos en torno del bondadoso Leopoldo, que les aguardaba con un
voluminoso cuaderno en la mano, última novedad musical enviada por el kapells-meister de
algún otro principillo alemán.
Sentábase al piano el maestro, gemían los violines,
roncaba el contrabajo, extendía el violoncello la caricia aterciopelada de su
varonil suspiro, lanzaba la flauta sus trinos de alegría pastoril, y la vieja
casa parecía rejuvenecerse con esta alma melódica que corría por las arterias
de sus escalas y corredores. La mujer del maestro, la hacendosa y dulce Ana
María Pertlin, cosía con los ojos bajos y el oído atento; la hija mayor,
Mariana, de pie junto á su padre, seguía con admiración el desarrollo de la música;
el pequeño Amadeo, á gatas por la habitación, interrumpía con sus balbuceos el
sonido de los instrumentos. Cuando apenas sabía hablar se quejó amargamente
viendo que llegaba un amigo de sus padres con las manos vacías.
—¡Hoy no traes tu violín de manteca!—exclamó con
acento de decepción.
La manteca era para el pequeño salzburgués lo más
fino y más dulce del mundo.
No sabía aún modular palabras con su boca y hacía
ya hablar al piano; los signos del solfeo los aprendió antes que los caracteres
del alfabeto. Mariana dominaba la música lo mismo que él. En Salzburgo, todos
se hacían cruces del niño prodigioso, que á los seis años tocaba el piano como
un concertista. El mismo príncipe-arzobispo se dignó llamarlo al palacio,
admirando la habilidad del hijo de su maestro de capilla, pero sin ocurrírsele
aumentar el sueldo de éste en unas cuantas coronas.
Las necesidades de la vida impulsan de pronto á
Leopoldo á una resolución digna de nuestros tiempos. Despiértase en él una
avidez de empresario. Un día, el pequeño Amadeo, ante los ojos llorosos de la
madre, que ve próxima una separación, contémplase en un espejo, ridícula y
graciosamente vestido como un gran señor, con casaca galoneada, blanca peluca
de corte y una espadita al costado. Va á correr el mundo con su padre y su
hermana, dando conciertos, y empieza sus peregrinaciones penosas de corte en corte,
durmiendo en malas posadas ó en palacios de potentados dilettanti;
teniendo que tocar unas veces ante reyes, y otras ante muchedumbres que
discuten con Leopoldo el precio de la entrada. En la corte
de Viena, le tratan como un príncipe y juega con la archiduquesa María
Antonieta, futura reina de Francia. En Versalles le besan y lo adormecen sobre
sus grandes faldas las beldades amigas de Luis XV. En Italia, la muchedumbre
fanática de Nápoles, asombrada de su precocidad, cree que el músico niño ha
hecho pacto con el diablo y le obliga á tocar quitándose una pequeña sortija
que lleva, á la que atribuye la superstición un poder mágico. En Milán compone
una ópera á los nueve años, dirige la orquesta la noche del estreno, y el
público le saca en hombros, gritando: ¡Eviva il maestrino!
Muere el padre; la hermana, simple compañera de
ejecución musical, vuelve al lado de la madre; Mozart, hecho ya hombre, se ve
sumido en la obscuridad que llega de pronto para los artistas precoces, cuando
pierden el encanto de la infancia. Empieza entonces su vida en Viena de luchas
y miserias. Es un innovador, y la corte prefiere á los músicos italianos que
llenan la capital austriaca. El mismo emperador le aconseja pedantescamente que
imite al primer músico de la época, el hoy olvidado Sallieri. Para vivir,
escribe sus graciosos minuettos, por unos cuantos florines, cada
vez que un gran señor da un baile en su palacio. Los rivales abusan de su
carácter bondadoso y dulce, acosándolo con insultos, dificultando su trabajo
con toda clase de intrigas. Entre la nube de músicos y poetas de todos los
países, caída sobre Viena por la atracción que
ejerce una corte aficionada á las artes, encuentra pocos amigos. Su dulce
debilidad sólo halla apoyo y consuelo en el español Vicente Martín, un músico
procedente de Valencia, autor de óperas olvidadas y que figura en la historia
de la música como inventor del vals. También son sus amigos el italiano
Daponte, abate bohemio y licencioso, que escribe los versos de sus libretos en
plena embriaguez, y un alemán feo, sombrío y malhumorado, incapaz de intrigas y
de numerosos afectos, llamado Luis Beethoven.
Las óperas que escribe gustan á lo más selecto del
público, pero no le dan dinero. Cuando se casa con Constanza Wéber, sus amigos
Martín y Daponte van á visitarle en su pobre casita, al día siguiente de la
boda, y le encuentran bailando con la mujer.
—Hace tanto frío y la leña cuesta tan cara, que nos
calentamos así—dice el maestro sonriendo.
Y continúa el baile, moviendo su cuerpo débil,
elegante y gracioso, que hacía de él uno de los más distinguidos danzarines de
la época.
En Praga, con el estreno de Don Juan,
empieza para él la celebridad. Tiene dos hijos, su mujer puede reunir algún
dinero; los empresarios le piden nuevas obras; la corte fija su atención en él
y le encargan misas ó contradanzas... y cuando el bienestar entra en la casa,
se introduce igualmente la muerte siguiendo sus pasos.
Un día, un señor vestido de negro y de aspecto
siniestro llega á la vivienda de Mozart, y entregándole como adelanto una bolsa
llena de oro, le encarga que escriba cuanto antes una misa de muertos.
Es el testamentario de un gran señor fallecido en
el campo, pero á Mozart, roído por la tisis y perturbado por las supersticiones
que acompañan á toda enfermedad, le parece que el hombre vestido de negro es la
misma Muerte que viene á anunciarle su próximo fin, y se lanza á escribir la
famosa Misa de Requiem convencido de que se estrenará en sus
propios funerales. ¡Las noches de cruel insomnio, con la certeza de que toda
nota trazada es un segundo menos de vida, de que avanza el temido final con
cada nueva hoja añadida á la partitura, amontonando sobre el pentagrama
lágrimas y melancolías!... Su vida iba extinguiéndose así como avanzaba su
obra. Casi moribundo, quiso oirla, y con un esfuerzo supremo cogió en sus manos
el papel del tenor.
Un discípulo se sentó al piano; otros se encargaron
de las diversas partes de la obra; Mozart, hundido en un sillón, con el papel
ante los ojos, cantaba con una voz trémula y dulce, como el cisne de las
leyendas antes de morir. Al llegar al Lacrimosa, su voz se cortó
con un gemido.
—¡No, no puedo más!
Y echó la cabeza sobre el respaldo, para no
levantarla nunca, entre las lágrimas de amigos y discípulos,
y los alaridos de Constanza, que, al fin, podía dar expansión á su dolor.
Al día siguiente fué el entierro, día tempestuoso y
gris que arrojaba sobre Viena un verdadero diluvio.
Gran concurrencia en la casa mortuoria: todos los
músicos de Viena, algunos grandes señores de la corte y delegaciones de la
Masonería, agradecida á Mozart por su Cantata de los fracmasones,
que aun se toca en muchas logias.
El fúnebre cortejo emprendió la marcha bajo la
lluvia torrencial. El agua saltaba furiosa sobre los rojos paraguas de ballena;
los zapatos de hebillas y las negras medias de los acompañantes hundíanse en
los arroyos fangosos. Hay que conocer Viena, enorme ciudad, para darse cuenta
de lo penoso de una marcha hasta el cementerio, por calles interminables. En
una esquina se quedaba un grupo del cortejo, diciéndose que ya había acompañado
bastante al difunto camarada en un día como aquel; más allá desertaban otros;
las carrozas de los señores habían desaparecido; los más valientes y más fieles
llegaron hasta las afueras. Total, que al anochecer, con los caballos
chorreando y á un paso vacilante, en la penumbra del crepúsculo, llegó al
cementerio un coche fúnebre... sin que lo siguiese nadie.
Algunas semanas después, cuando la viuda quiso
saber dónde estaba el cuerpo de Mozart, nadie supo contestarle. Ninguno del
cortejo había presenciado el entierro. Los
sepultureros no supieron explicarse, ni pudieron nunca ponerse de acuerdo. ¡Se
entierra tanta gente durante un solo día en una ciudad enorme!... La Nada tragó
para siempre el cuerpo del maestro, y la Duda le sirvió de lápida mortuoria. Se
sabe de cierto que sus restos están en el cementerio viejo de Viena, y esto es
todo.
La ciudad de Salzburgo ha convertido en museo la
vieja casa del maestro de capilla Leopoldo Mozart, donde nació el prodigioso
compositor. El Mozarteum contiene en sus pobres habitaciones,
de techo bajo y pavimento de vieja madera, todos los recuerdos de la vida del
maestro: instrumentos, retratos, vestidos y hasta cartas. En una vitrina figura
un cráneo... ¡El cráneo de Mozart! El catálogo no lo asegura, pero el conserje
lo afirma bajo su palabra, y los más de los visitantes admiran la cúpula ósea
bajo la cual nacieron tantas bellas melodías.
Si el alma es inmortal y se entera de lo que ocurre
en este mundo, tal vez á estas horas algún antiguo mozo de cordel de Viena
estará riendo en el Paraíso, al ver que atribuyen á su pobre calavera la
paternidad del Don Juan.
Desde Munich á Viena los hombres del pueblo, y aun
muchos burgueses, bien sean bávaros ó austriacos, muestran todos tres aficiones
comunes: aman el canto, se agujerean las orejas para llevar pequeñas monedas á
guisa de pendientes, y no pueden usar un sombrero sin adornarlo con una pluma ó
un grupo de flores silvestres.
Los pequeños chambergos de felpa verde ó
acaramelada, con el ala caída sobre el bigotudo rostro, están siempre rematados
por enhiestas plumas de gallo, que se cimbrean junto al cogote. El pueblo de la
Baja Alemania siente una gran simpatía por el Tirol y sus pintorescos
montañeses, únicos que en días de desgracia para la patria supieron resistir á
la invasión napoleónica, imitando á los guerrilleros españoles.
La tirolesa, canción robada al gorjeo
de los pájaros, hace oir sus trinos desde Munich á Viena, en
caminos y ferias, teatros y montañas. En el Theresien-Wiese, de
Munich, extensa explanada frente á la estatua de Bavaria, se verifica á fines
de verano la feria anual de los tiroleses, y de la mañana á la noche trina el
ruiseñor, canta el mirlo y gorjea la alondra, no con notas vagas, sino
intercalando en sus escalas versos que hablan de amores y luchas en las
montañas verdes, coronadas de nieve.
La música es una necesidad para los pueblos de la
Baja Alemania. Cuando se les ve de cerca se comprende que las estatuas de
grandes compositores, compatriotas suyos, llenen calles y plazas. No hay café
que no tenga orquesta, ni restaurant al aire libre sin banda militar. En
Munich, el público de las cervecerías canta á coro, acompañado por los violines
y chocando los bocks como los bebedores de Goethe en el Fausto. En
Viena, la patria de Strauss y de Suppé, el vals lánguido y elegante ó la
marcial retreta suenan en todos los establecimientos públicos.
El catolicismo austriaco es el más armonioso de la
cristiandad papal. Una simple misa rezada en la catedral de San Esteban, ó en
cualquier otro templo de Viena, es en los domingos un verdadero concierto.
Suena el órgano un ligero preludio, como para dar el tono; los fieles, hombres,
mujeres y niños, tiran del librito que les sirve de guía para recordar los
versos de los himnos, y la misa se desarrolla en medio de un coro de centenares y aun de miles de voces, sin que ni una sola
desentone, siguiendo todas instintivamente el ritmo, sin necesidad de
dirección, con un ajuste maravilloso. Las voces graves acompañan con artísticas
disonancias el canto femenino ó infantil, y este coro, de música difícil, suena
durante una hora como el del mejor teatro de ópera.
En Viena, la música es algo nacional, que
constituye el orgullo del pueblo. Las bandas de los regimientos austriacos son
verdaderas orquestas. Cuando Austria dominaba la Alta Italia, los patriotas
venecianos y milaneses ocultábanse en sus casas para no ver á los abominables
invasores; pero así que sus bandas sonaban en las calles, abrían
instintivamente las ventanas, confesándose que los malditos tedescos manejaban
como ángeles sus instrumentos.
Viena ha visto ella sola nacer más obras musicales
de fama universal que todo el resto del mundo. En modestas callejuelas vecinas
al Palacio Imperial y al teatro de la Ópera, vivieron Mozart, que
escribía minuettos originales para cada baile que se celebraba
en Viena, y Beethoven, que componía una cantata por cada victoria de los
ejércitos aliados, ó producía todas las semanas algo nuevo para los conciertos
y fiestas de los grandes plenipotenciarios, arregladores de Europa, en el
famoso Congreso de 1815.
Viniendo de Alemania, se presenta Viena como una
ciudad encantadora, resumen de toda clase de
bellezas y elegancias. Las tiendas de modas del imperio germánico, en su deseo
de aislar á Francia creándola el vacío, pretenden ignorar que existe un París,
al que las mujeres de todo el mundo piden el último tipo de elegancia. Modelo
de Viena, dicen en los escaparates alemanes las etiquetas de los sombreros
y vestidos.
Si fuera posible colocar juntos á París y Viena,
para abarcarlos en una sola ojeada, es seguro que la capital austriaca saldría
vencida de la comparación. Pero Viena está muy lejos, y para llegar á ella hay
que atravesar las ciudades alemanas, con sus mujeres vestidas como
institutrices pobres, de malfachada gordura, y que para colmo de desdicha, por
un patriótico orgullo de su exuberante maternidad, raramente usan corsé.
Por eso la elegancia de Viena causa mayor
impresión, desde el primer momento, que la que se siente en París cuando se
llega á éste procedente de España ó de Italia.
Hay que confesar también que las vienesas son
físicamente superiores á las parisienses, y su fama universal de belleza no es
usurpada. La española hermosa es muy superior á la vienesa; pero en las calles
de Viena se encuentra mayor número de mujeres guapas que en las calles de
Madrid. Las nuestras las vencen por la calidad, pero ellas son superiores por
la variedad y el número.
Austria es la verdadera frontera de la Europa central... y europea. Más allá, hacia el
Oriente, están acampados pueblos que, aunque de aspecto semejante al nuestro,
son de origen asiático y han sido depositados en el lugar que ocupan por el
oleaje de las invasiones. Por dos veces llegó la avalancha turca hasta el pie de
los muros de Viena. Los doscientos y pico de pueblos que constituyen hoy el
imperio austriaco, con su carnavalesca variedad de colores, lenguas, trajes y
costumbres, unos rubios, como los germanos más septentrionales, otros obscuros
ó amarillentos, cual las tribus del interior de Asia, han producido con sus
cruzamientos extraños tipos de belleza. En esta tierra ha ocurrido el último
choque de Oriente y Occidente. Hasta aquí llegó el supremo empujón del Asia
invasora, y como núcleo de un pueblo perdido en las remotas lobregueces de la
historia, viven en Austria los tzíganos ó bohemios, de los que
son ramas sueltas los gitanos y romanicheles que vagan por
Europa.
Conjunto de mil caracteres extraños á su raza, es
la mujer vienesa. Su color resulta incierto. Puede ser morena y de ojos de
brasa como una gitana, ó rubia y de mirada azul como si hubiese nacido en
Berlín. Es devota como una española, y al mismo tiempo alegre como una
italiana, y elegantemente desenvuelta cual la parisién. La blanca piel de las
razas del Norte no tiene en ella la fría pasividad germánica, pues parece
caldeada por la voluptuosa sangre de la odalisca.
El amor no la enloquece, á juzgar por los
conflictos de su vida, que se reflejan en el teatro y la novela.
El lujo, el deseo de parecer aun más hermosa la
dominan tan imperiosamente, que en su alma no queda espacio para otras
pasiones.
En Viena todos visten bien, hombres y mujeres. En
ninguna capital de Europa se ve á la gente mejor presentada. Los hombres
parecen recién salidos de la tienda del sastre. Las mujeres elegantes son
incontables. Todas, aun las más modestas, si son hermosas, parecen escapadas de
las láminas de un periódico de modas.
Algunas son ricas; una gran parte sólo gozan de
cierto bienestar; la inmensa mayoría son pobres, como en los demás países. ¡Y
sin embargo, Viena, por lo mismo que es una ciudad elegante, resulta muy cara y
exige grandes gastos para el sostenimiento de lo superfluo!...
La emperatriz Elisabeth, asesinada en Ginebra,
odiaba á Viena, donde había pasado la mayor parte de su vida. Para no verla,
iba errante por Europa, viviendo tan pronto en las islas griegas como en las
montañas suizas, hasta que la hirió el puñal anarquista en las riberas del
Leman.
—Viena...—decía con indignación—. ¡La ciudad bella
y engañosa! ¡El lugar más corrompido de la tierra!...
Hoy la soberana de las tristezas errantes, la
infatigable lectora de Heine, poeta de las inmensas amarguras,
se pudre en el panteón imperial, con todas sus decepciones y protestas.
En calles y jardines siguen sonando las valses; las
enaguas revolotean en las aceras con rítmica marcha que deja tras los graciosos
pies una estela de perfumes; los lujosos carruajes, tirados por caballos
húngaros, corren por las avenidas del Prater; á la entrada del célebre paseo,
en el Wurst el Prater ó «Prater del Polichinela», el buen
pueblo, satisfecho de su emperador, baila y se emborracha con cerveza,
esperando la noche para fabricarle nuevos súbditos al soberano, y por encima de
los tejados de Viena suenan á todas horas las campanas de cien iglesias y
conventos, lo mismo que en una ciudad española.
XII
El subterráneo de los emperadores
El fraile capuchino, un arrogante mocetón de barba
rubia, agita sus brazos blancos y fuertes fuera de las mangas del hábito, al
mismo tiempo que me habla en alemán. La expresión negativa de su voz me hace
comprenderle. Es domingo, y hasta el día siguiente no se abre el Panteón
Imperial. Estoy en la sacristía del Capuzinekirche, templo en cuya
cripta reposan los cadáveres de los emperadores de Austria.
—El caso es que mañana no podré volver—digo yo por
contestar algo al fraile.
—¿Es usted francés?—balbucea él en dicho idioma, al
mismo tiempo que sonríe, mirando á una de mis solapas, en la que llevo la
roseta de la Legión de Honor, como si tuviese cierta satisfacción en
molestarme.
Su rostro parece iluminarse. El azul de sus ojos
toma una ternura acariciadora.
—¡Ah, español!...
Puede correrse Europa entera sin que la condición
de español despierte en hoteles y ferrocarriles otro interés que la vaga
curiosidad que inspira un país novelesco y lejano. Pero allí donde se tropieza
con un fraile, bien sea italiano, francés, alemán ó austriaco, la nacionalidad
española atrae inmediatamente la más graciosa de las sonrisas, como si España
fuese el pueblo feliz elegido de Dios, algo así como las doce tribus
depositarias del Arca Santa, que no tenían otro quehacer que alabar al Señor y
engullirse el maná caído del cielo.
—¡Español! ¡español!—repite en su francés
balbuciente el hermoso capuchino.
Y después de descolgar una llave, me invita con
bondadosa protección á seguirle por los corredores que conducen al Panteón
Imperial. Siendo español, soy católico de primera clase y nada puede negárseme.
De pronto se detiene para decirme con amigable
confianza, como si hubiese encontrado un nuevo parentesco entre los dos:
—La reina de usted es de Viena. La conozco mucho...
y á su madre, la señora archiduquesa, también. Nos distinguen mucho á los
capuchinos.
Cruzamos otro pasadizo y vuelve á detenerse para
comunicarme sus impresiones.
—Yo he estado
en España; un día nada más. Fui á Lourdes y pasé á San Sebastián para ver á la
reina. Me regaló un pequeño Cristo muy milagroso: el Cristo de... de...
Y se calla, con el pensamiento embrollado y la
lengua torpe, no pudiendo recordar el nombre de la famosa imagen y mirándome
con ojos suplicantes para que eche una mano á su memoria.
—No sé—murmuro algo avergonzado de mi escandalosa
ignorancia—. ¡Hay tantos allá!... ¡Tantos!...
El también adopta un tono vago, como si contemplase
una bella y remota visión.
—¡España! Mucho gusto en volver á verla... ¡Pero
tan lejos!
Hace girar una llave de luz eléctrica y descendemos
por una escalera, recta y abovedada como un túnel, cubierta de azulejos
blancos. Al final de ella entramos en unas cuevas mal enjalbegadas, con un
resplandor gris de bodega que penetra por los tragaluces. Unas cuantas verjas
oxidadas; dos tumbas monumentales con estatuas yacentes, y en todas las cuevas
del imperial subterráneo cajones de cinc, muchos cajones, unos ciento cuarenta,
con breves rótulos en la tapa superior y esparcidos al azar, lo mismo que los
bultos depositados en un almacén. Un olor nauseabundo de humedad de siglos y
podredumbre encerrada, apesta el ambiente. Este es el último asilo de los
orgullosos emperadores de Austria, que han reinado sobre media Europa y dado
reinas á la otra media.
El subterráneo de los Capuchinos era sólo para la
tumba de María Teresa, hembra gloriosa que vale en la historia por todos los
emperadores de Austria. Pero después de muerta ella, sus descendientes han
venido á sumirse en la nada cerca de su tumba, y faltos de espacio para tener
mausoleo propio, están encerrados en ataúdes de plomo y de cinc, pudriéndose en
su propia corrupción, sin el contacto de la madre tierra, que limpia y consume
al envolvernos en su caricia.
La dinastía imperial de Austria, como si
pretendiese vencer á la muerte, se resiste á desaparecer en las entrañas del
suelo, y está como de cuerpo presente dentro de su panteón. Es algo semejante á
su imperio, que en la geografía política representa un cuerpo enorme que un día
vivió, pero cumplida ya su misión, abruma á Europa con la pesadez de un cuerpo
muerto, en que se notan próximas descomposiciones, origen de nuevas vidas.
Este vulgar subterráneo, almacén sin grandeza de la
muerte, con sus cajas metálicas, feas y pesadas, tiene, sin embargo, un
ambiente trágico.
Una implacable maldición parece gravitar sobre esta
familia todopoderosa, la más católica y la más venerable de todas las
reinantes. Por ella conserva el Vicario de Dios una enorme parte de Europa.
La revolución protestante hubiese arrebatado á Roma
sus mejores Estados espirituales, á no ser por la
casa de Austria. Los reyes de España, después de largas guerras, sólo pudieron
conservar fiel al Papado la católica Bélgica. Los emperadores de Austria, con
la espada implacable de Wallestein y los horrores de la guerra de los Treinta
Años, mantuvieron sumisos al Pontífice enormes Estados.
Este buen servicio á la causa de Dios ha sido
pagado al pueblo austriaco con toda clase de derrotas, hasta el punto de que
sus ejércitos, con ser muy valientes, parecen sin otra misión en la historia
que la de ser vencidos por franceses, alemanes é italianos. Sus monarcas han
sido objeto de toda clase de infortunios, como si el Todopoderoso les
distinguiese con especial antipatía.
La cripta de los Capuchinos recuerda los
subterráneos de las terroríficas novelas de Ana Radcliffe, donde cada tumba
encierra una tragedia, vagando entre ellas espectros ensangrentados. En menos
de un siglo se han amontonado en este lugar los despojos de las más tristes
historias.
Dos féretros de plomo, cubiertos de coronas,
rasgan, con la brillantez de los colores de sus cintas y el oro de sus franjas,
la penumbra gris del subterráneo. Uno de ellos guarda los restos de la
emperatriz Elisabeth, la esposa del emperador actual, asesinada en Ginebra.
Vagaba por el mundo de riguroso incógnito, como una viajera cualquiera. Nadie
la conocía; ella misma deseaba olvidar su rango de emperatriz; transcurrían
años sin que volviese á sus dominios; pero sin
embargo, la fatalidad, que respeta á los monarcas ostentosos rodeados de la
pompa de su investidura, hizo que una mirada feroz se fijase en la modesta
viajera, vestida de negro.
En la otra caja está su hijo Rodolfo, el heredero
de uno de los más grandes Estados de Europa, muerto misteriosamente en un drama
de alcoba, como un protagonista de «Crónica de sucesos», dejando, al abandonar
el mundo, la duda entre un suicidio voluntario, una monstruosa amputación ó un
asesinato bestial, perpetrado en la locura de la embriaguez.
Unos ataúdes, sin adorno, oxidados por los años,
encierran los dos últimos pensamientos de Napoleón. En uno está María Luisa,
graciosa y casquivana archiduquesa, esposa del primero de los guerreros
modernos, entregada cobardemente por su padre á un sublime advenedizo, ansioso
de ennoblecerse históricamente tomando mujer de la casa austriaca, antiguo y
acreditado centro de exportación de reinas. Ser esposa amada de un Napoleón,
sentir en sus sienes la mayor de las coronas, y al llegar la hora de las gloriosas
desgracias y las tristezas ennoblecedoras, abandonar al marido sin un recuerdo,
ahogando su memoria con amorcillos vulgares y muriendo en un ridículo
principadillo italiano... ¡qué final puede hallarse más triste!
Junto á ella duerme el rey de Roma,
el Aiglon, el joven paliducho, soñador
y vacilante, que Napoleón dió al mundo, como esas ramas faltas de savia que
echan los árboles gigantescos cansados de producir. La sangre de la madre
atrajo sobre su cabeza el eterno infortunio de la dinastía austriaca. Sus ojos,
al abrirse á la luz, vieron en torno de él, como servidores, á los hombres más
poderosos de la época: brazos que conquistaban reinos se emplearon en pasear su
infancia; el imperio de Europa figuraba en su canastilla al nacer; los primeros
guerreros del mundo sentían rodar lágrimas por los canos mostachos al
contemplar su retrato en los nevados campamentos de Rusia; y sin embargo,
cuando le sorprendió la muerte en las habitaciones de Schœnbrunn (un palacio en
el que se instaló su padre como conquistador y que habitó él como nieto pobre,
portador de un apellido odioso), este engendro triste del genio y la sangre
rancia sólo dejó como recuerdo de su paso por el mundo un melancólico vals. La
última vez que le vió el pueblo de Viena fué mandando un piquete en el entierro
de un general obscuro. ¡El hijo de Napoleón escoltando el cadáver de un militar
sin nombre, que más de una vez habría corrido ante su padre!...
Un ataúd aislado, junto á una pilastra, guarda otra
tragedia. El nombre de Queratarus, que figura en la inscripción
latina de la tapa, hace surgir el recuerdo de Méjico y la fantástica tentativa
de un imperio americano, derrumbada al estampido de
un fusilamiento. En esta caja está Maximiliano I y último de Méjico, que llevó
al otro lado de los mares el destino fatídico de su familia.
El pensamiento abandona el fúnebre subterráneo para
esparcirse por el mundo, y abarca á los innumerables archiduques errantes sobre
la tierra, como si quisieran huir de las glorias terrenales de su familia, que
equivalen á una maldición, y olvidar un apellido famoso, que parece atraer la
muerte ó la locura. El fantástico Juan Ort desaparece como un héroe de novela
en la punta más avanzada de la América meridional; otro archiduque vive como un
labriego en una isla del Mediterráneo; otro reniega de su apellido para ser
capitán mercante; otro más se casa con una cómica, ansioso de aplebeyarse y que
todos olviden su origen... La desesperación ó la locura guían los pasos de
estos descendientes de la más católica y rígida de las monarquías.
La familia se deshace. ¡Quién sabe la suerte de su
vasto imperio, simple expresión geográfica, sin cohesión de razas ni de
espíritu, que lógicamente debe fraccionarse, dando vida á organismos más
homogéneos!
La densa humedad del subterráneo, su vulgar
desnudez, cargada de hedores de corrupción y moho, me hace ansiar la vuelta á
la luz y al aire libre.
Al llegar arriba, el capuchino mira su reloj, y espontáneamente me indica qué templo debo escoger
para oir misa.
—Cuando usted vuelva á España—añade con tono
insinuante—, si ve usted á la reina...
—¡Gracias! No la conozco, no la trato...—digo
modestamente, ante su mirada de asombro.
Y al irme, para agradecerle sus molestias y que no
pierda el alto concepto que tiene de los españoles (¡los primeros de los
católicos!), le alargo una peseta austriaca.
XIII
¡Hermoso Danubio azul!...
De Viena á Budapest se va en cuatro horas por el
tren y en trece horas por el Danubio. Escoger entre ambos modos de locomoción
no ofrece duda para los más de los viajeros. Sin embargo, yo me embarqué á las
siete de la mañana en un vaporcito, frente al muelle del Prater, y dije adiós á
Viena, envuelta todavía en las neblinas del amanecer.
¡Hermoso Danubio azul!... como cantan en el famoso vals. Lo de azul es
una exageración patriótica del músico Strauss, pues yo no lo he visto de tal
color un solo instante, ni en los muelles de Viena, de reciente construcción,
ni en las revueltas de su curso, que forma más de cien islas, ni en las
inmediaciones de Budapest, donde muge al tropezar con altivos y negros
promontorios, que son como estribaciones avanzadas de los montes Karpatos. Su
color es un blanco gris y luminoso, semejante al reflejo del acero pulido.
Pero hermoso sí que lo es el célebre río, de una
belleza majestuosa, imponente y algo salvaje, que bien merece los versos y los
suspiros de violín dedicados á su gloria.
Cerca del puente del Brünn transbordamos á un vapor
grande, y empieza la navegación río abajo, moviendo el buque las ruedas en una
corriente veloz que acelera su marcha.
¡Famoso viaje! Sobre la cubierta agrúpase una
multitud pintoresca y abigarrada, que parece resumir el amontonamiento de
pueblos del imperio austriaco: gitanas bronceadas, envueltas en mantones y con
un pañuelo sombreando los ojos de brasa, lo mismo que las que se ven en Madrid
cerca del puente de Toledo; aldeanas con blancas camisetas de mangas de farol y
faldellín corto y hueco, como el de las bailarinas, que al menor descuido deja
ver la carne sonrosada y maciza más allá de las medias atadas bajo las rodillas;
campesinos húngaros de fiero bigote y encintado sombrerillo, moviendo al andar
los pantalones blancos de campana y la blusa ceñida por una faja multicolor;
soldados azules con las piernas ajustadas en un colant que les
da aspecto de gimnastas, y mezclado con todo este mundo un revoltijo de fardos,
cestos, cuerdas y maletas, un oso y varios monos de una banda de bohemios y una
cantidad regular de perros enormes, que se espeluznan y enseñan los dientes
cada vez que llega hasta nosotros un ladrido de las lejanas orillas.
El vapor danubiano es un arca de Noé por el
amontonamiento de personas, animales y lenguajes. Cada grupo habla diferente
idioma, y sin embargo, de la proa á la popa no hay quien entienda una palabra
de francés, ni menos de español. El capitán, lobo fluvial de rudas maneras,
sabe que existe en el mundo un pueblo italiano, y conoce vagamente de su lengua
hasta media docena de palabras: esto es todo. En el comedor del barco, donde
sólo entran los contados pasajeros de primera, los dos criados puestos de frac
sonríen estúpidamente, encogiendo los hombros, y hay que emplear con ellos el
más universal de los esperantos, el idioma de la seña. En la
cubierta, el pasaje, abigarrado y movedizo como un coro de ópera, me habla con
palabras extrañas, y yo contesto con la misma sonrisa de los mozos del comedor.
El Danubio, al alejarse de Viena, ensancha su
superficie y toma un aspecto más majestuoso, libre ya de las cadenas de piedra
en que le aprisiona la gran ciudad. En ambas orillas se extiende una ancha
faja, deshabitada, desnuda de cultivos y arboleda, sin otra vegetación que
espesos juncos, cañas y matorrales enmarañados. Es el terreno reservado á las
crecidas del gran río, que éste invade durante el invierno. De vez en cuando,
agítase la silvestre vegetación y surgen de ella, como espantados por los bramidos
del buque, rebaños de toros blancos ó de color de canela, con los cuernos enormes, pero tímidos y mansos como vacas.
Más allá de este Danubio en seco, los bosquecillos,
de árboles delgados, pero de apretado follaje, dejan ver en sus claros campos,
de intenso cultivo, granjas en torno de las cuales agítanse hombres y mujeres
vestidos de blanco, aldeas de casitas rojas, agrupadas en torno de la iglesia,
como una pollada alrededor de la madre.
El curso del río, uniforme y grandioso, se bifurca
y parece borrarse al través de innumerables islas. Vamos por canales que tienen
muchos kilómetros de longitud. Las orillas están próximas; se oyen los gritos
de los labriegos en los campos, el ladrido de los canes, el canto de un gallo,
el tintineo de las campanas en las aldeas. Una de ellas se llama Essling, otra
se llama Wagram. Las dos no son más que dos puñados de casitas, y sin embargo,
sus nombres corren por el mundo, figuran esculpidos en uno de los arcos de
triunfo más grandes de la tierra, y han servido para bautizar grandes bulevares
de París.
Hace próximamente un siglo, un hombrecillo de
levitón plomizo y pequeño tricornio, montado en una yegua blanca, encontró
magníficos estos campos para hacer pelear, en condiciones ventajosas, á los
miles de hombres que le seguían, contra otros miles de hombres que intentaban
defender sus familias y sus medios de vida, ó sea lo que se llama la patria.
Aquí ocurrieron las famosas batallas que aseguraron
á Napoleón su dominio sobre Austria. Nada recuerda en las tranquilas aldeas
estos sucesos gloriosos que las hacen inmortales. Un perro de
pastor ladra sobre una altura que tal vez sirvió de pedestal durante unas horas
al gran conductor de pueblos. Un rebaño blanco rumia la hierba en el mismo
suelo que conmovieron hace noventa y ocho años, con pataleos de rabia ó de
agonía, numerosos rebaños de hombres. Brilla el acero de unas guadañas en los
campos, cortando algo que no puedo ver, pero que seguramente sirve para el
sustento de la vida y es producto de la corrupción de quince ó veinte mil
hombres que se mataron sin conocerse y sin odiarse.
En las alturas inmediatas al río, van apareciendo,
fuera del dédalo de islas, viejas iglesias góticas, ruinosos castillos, pueblos
con antiguas fortificaciones. Es el Austria venerable y heroica, que data de
las correrías de los turcos, y logró contener y esterilizar ante los muros de
Viena el empuje oriental, librando al centro de Europa de una invasión que
hubiese cambiado el curso de la Historia. Sobre una colina elévase una pirámide
de tierra, de 19 metros, llamada el Hütelberg, que conmemora la
expulsión definitiva de los otomanos. Su nombre proviene de que la tierra la
llevaron los habitantes de los alrededores en sus sombreros (hüte).
Al llegar á la desembocadura del Morava en el Danubio, acaba el territorio austriaco y empieza
el de la autónoma Hungría, que tiene por rey al emperador de Austria, pero se
gobierna aparte, con toda la altivez de un pueblo de vieja historia.
Hasta Budapest, todas las poblaciones de la ribera
del Danubio tienen un nombre alemán y otro magyar.
Presburgo, la segunda ciudad húngara, que un tiempo
fué la capital, la llaman los magyares Pozsony. Su catedral, donde antiguamente
se coronaban los reyes de Hungría, levanta por encima de los tejados una aguja
de piedra con calados que transparentan el azul del cielo.
Gran movimiento de personas y fardos en el muelle
de desembarque. Frente al vapor suena una alegre música. Es una orquesta de
zíngaros, negros y melenudos, que saludan á los pasajeros, haciendo sonar sus
instrumentos, al mismo tiempo que ruedan los ojos y sonríen con una expresión
inquietante, como si la música les inspirase proposiciones deshonestas. Son los
violinistas de los cafés de París, los famosos tzíganos de
todos los restaurants elegantes del mundo, pero al natural, sin casacas rojas
ni peinado brillante de pomada, servidos en su propia salsa de andrajos y
suciedad. No llegan á diez y parecen una orquesta enorme por el terreno que
ocupan y la autoridad con que tocan.
En primera fila están los pequeños, abiertos en
extensa guerrilla y casi ocultos tras el violín; mucho
más lejos, los padres, y todos tocando la cazarda, de ritmo
desigual, endiablado y loco, con el busto echado atrás, el vientre saliente y
la mirada perdida en lo alto, como si fuesen á desmayarse á impulsos de
desconocida voluptuosidad. Es la actitud tradicional, el gesto de Rigo, que
trastornó algo más que el seso á la inflamable princesa de Caramán-Chimay.
Al alejarnos de Presburgo ó de Pozsony, la
navegación adquiere una hermosura monótona; siempre ante la proa una extensión
de río enorme, con el horizonte cerrado por una revuelta, que lo convierte
aparentemente en mansa laguna. En las riberas se ven colinas cubiertas de
cepas, que producen los vinos rojos de Hungría y el famoso Tokay, ó
enormes peñones, cuyas cimas coronan castillos arruinados.
Empiezo á arrepentirme de la larga navegación. Cae
la tarde. El sol no es ya más que un charco de oro, que parece hervir en el
horizonte entre montones de nubes negras. Su agonía se refleja en el Danubio,
poblando de impalpables peces de fuego las aguas que rebullen en torno de las
paletas de las ruedas. La fatiga de una navegación entre orillas que parecen
siempre iguales, como si el río se repitiese á cada revuelta, empieza á
apoderarse de mí. ¡Qué mala idea venir por el río! Fatal afición á lo raro, que
hace preferir los viajes difíciles siempre que sean extraordinarios y no los
hagan los demás.
Una isla cierra el horizonte. Entramos en un canal
entre ella y la orilla. En la ribera opuesta, sobre una altura, empiezan á
surgir blancos grupos de caserío y torres puntiagudas.
¡Budapest!... Nunca he experimentado sorpresa tan
grande. La decepción de poco antes se cambia en alegría. Bendita idea la de
venir por el Danubio y llegar embarcado á la capital de los magyares. Budapest
es sencillamente la ciudad más hermosa de Europa al primer golpe de vista. No
lo digo yo: lo afirman todas las guías y todos los viajeros.
Á la derecha del río, Buda, la ciudad antigua,
extendiendo sobre una cadena de alturas sus recuerdos históricos. En la ribera
izquierda, Pest, la población enorme, donde están los edificios recientes y las
industrias modernas. Enormes puentes colgantes unen una orilla á otra, siendo
como el guión que junta el nombre doble de la ciudad: Buda-Pest.
Nos detenemos en la isla Margarita, que parte al
río en una regular extensión antes de penetrar éste entre las dos ciudades.
En una colina inmediata, rodeada de jardines,
existe una pequeña mezquita de forma octógona. Llama la atención este templo
musulmán, blanco y escrupulosamente cuidado, en el católico Budapest, que
ostenta junto al Danubio la iglesia de San Matías, semejante á un castillo.
La mezquita guarda bajo su blanca cúpula la tumba de Gül Baba, santón turco, que sus compatriotas
juzgaron sacrílego llevarse á Constantinopla al evacuar á Budapest. La
obligación de conservar en buen estado la tumba del santo musulmán, figura en
un artículo del Tratado de paz de Carlowitz, entre Austria y Turquía, en el
siglo XVII, y los austriacos respetan el antiguo compromiso.
Esta huella de la dominación turca me hace recordar
que estoy ya en las puertas del imperio de Oriente.
De noche parece Budapest una población de ensueño.
La doble ciudad refleja en el Danubio—que tiene cerca de medio kilómetro de
anchura—los fuegos de su espléndida iluminación. Desde los muelles de Pest, que
es la más grande por estar en el llano, se contempla enfrente á Buda,
enroscando sus rosarios de luces de gas por las sinuosidades de las colinas y
sembrando las rocas de faros eléctricos, que brillan como lunas.
Por las negras aguas pasan las linternas de los
vaporcillos invisibles, borrando momentáneamente, con el remolino de su marcha,
los temblones reflejos de las luces de los muelles.
De los cafés, que brillan como bocas de horno en la
orilla opuesta, llegan á intervalos, con los soplos de la brisa, suspiros de
violines ó el rugido metálico de una banda militar. En los paseos, campesinas
de la Galitzia austriaca ó de Transilvania, con trajes pintorescos, que
recuerdan las invasiones turcas ó las guerras de María Teresa, van de
restaurant en restaurant, llevando sobre el vientre
grandes cestos de frutas. La sandía, casi desconocida en los pueblos del centro
de Europa, se muestra aquí y parece sonreir amigablemente con su purpúrea y
redonda boca, anunciando que el Oriente está cerca. Los violines bohemios
suenan tras los verdes arbustos de las terrazas, y las canciones melancólicas
de Rumania sorprenden con sus palabras de origen latino, que hacen recordar al
glorioso español Trajano, fundador y civilizador de dicho pueblo.
De vez en cuando truena el suelo de los muelles y
pasa un carruaje tirado por caballos húngaros, incomparables animales que
marchan siempre al trote largo, como si éste fuese su paso natural, y unen el
vigor y la corpulencia á la esbelta ligereza del corcel árabe.
Cuando los esplendores del sol disuelven el negro
misterio, moteado de luces, que envuelve á la doble ciudad, se muestra ésta
monumental y grandiosa. En el moderno Pest, los grandes hoteles, los edificios
del Estado, los templos de diversas religiones y los establecimientos de
enseñanza, asoman sus masas arquitectónicas por encima del caserío. En el
antiguo Buda, ciudad de alturas, hay una larga colina, que es como el Capitolio
del pueblo magyar, pues la extensa meseta soporta los principales monumentos de
su vida política. Sobre la ondulada cresta, cubierta de profundas manchas de
jardinería, está el San Matías, templo del siglo XV, fortificado como un
castillo. Á sus naves tuvo que venir á coronarse,
como rey de Hungría, el actual emperador de Austria, entre las corvas
cimitarras de los señores magyares, vestidos con el dolmán tradicional,
haciendo sonar las espuelas de sus botas de cuero rojo, y ondulando sobre su gorro
de húsar el blanco penacho sujeto con un joyel.
Al lado de San Matías extiende sus innumerables
cuerpos arquitectónicos el Királyi palota, palacio real, en el que
no ha vivido ningún rey desde hace más de un siglo, pero que no por esto
respetan menos los húngaros como un símbolo de su relativa independencia.
Ochocientas sesenta habitaciones tiene este palacio, que comenzó á construir
María Teresa, todas lujosas, todas deshabitadas, y muchas de ellas con muebles
modernísimos que nadie ha usado. El palacio, con su ostentosa frialdad de
mansión vacía, tiene algo de tumba; pero los húngaros lo adoran, viendo en él
una prueba de que en nada dependen del grandioso alcázar que se alza en el
corazón de Viena.
El palacio real, el Parlamento y la Academia, son
los tres orgullos de los ciudadanos de Budapest. Los rudos señores magyares,
que en el campo llevan aún una vida casi feudal, que no poseen otra ciencia que
la hípica, educando los caballos en los pantanos inmediatos al Danubio, y
cuando quieren obsequiar á un compatriota ilustre, pianista ó poeta, le
regalan... un sable de honor, hablan de la Academia de Budapest con
el respeto supersticioso que inspira lo desconocido. La Academia húngara es una institución particular, fundada hace
años por el conde Szechenyi, quien la instaló en lujoso palacio y la legó un
excelente museo.
Compuesta de trescientos miembros, se dedica, según
los estatutos que dictó su fundador, al estudio de la historia y la lengua
húngaras, y al de todas las ciencias, menos la Teología. Su biblioteca la
forman medio millón de volúmenes; su museo de Pinturas tiene mil cuadros, de
los cuales unos cincuenta (los mejores) son de la escuela española, figurando á
la cabeza cinco de Murillo.
Pero de todos los edificios públicos, el que más
entusiasma á los magyares es el Parlamento. Los hijos y nietos de aquellos
húngaros revolucionarios que en 1848 fundaron la República, presidida por
Kosuth, ya que no pueden lanzarse al campo sobre veloces caballos de batalla,
vestidos con su uniforme tradicional de húsar y blandiendo el corvo sable
contra los opresores austriacos, se han refugiado en el Parlamento, el Uj
Orszaghaz, como en un lugar de combate, donde dan expansión á sus
resentimientos históricos.
El edificio, de construcción reciente, es digno de
la importancia que atribuyen los húngaros á la vida parlamentaria, última
manifestación, por el momento, de su antigua rebeldía.
Visto este palacio por primera vez, asombra é
intimida con su grandeza. Examinado más despacio, parece un disparate
arquitectónico, una fanfarronada de piedra, con centenares de habitaciones y alas enteras que para nada sirven. El deseo de los
húngaros fué poseer un Parlamento más grande que el de Viena y todos los del
mundo; algo que por su inmensidad estuviera en relación con la importancia de
sus aspiraciones políticas, y construyeron como gigantes.
El palacio ocupa una superficie de 15.000 metros
cuadrados; su cúpula central tiene 106 metros de altura; su coste ha sido de 36
millones de coronas.
El exterior, mezcla de gótico y bizantino, ofrece
cierta semejanza con San Marcos de Venecia, pero considerablemente amplificado.
Su interior tiene algo que recuerda las doradas filigranas del decorado árabe.
—Esto se parece á la Alhambra—afirman con
irresistible convicción los húngaros entusiastas, que jamás han estado en
España ni han visto del palacio árabe más que alguna tarjeta postal.
Nada tienen de la Alhambra sus salones; pero
algunos recuerdan vagamente las cámaras del Alcázar de Sevilla.
Bajo la gran cúpula central, al término de una
escalinata de mármol construída para colosos, está la rotonda de oro y mármoles
polícromos titulada Salón del Trono. En ella, al abrirse el Parlamento, se
reunen á escuchar el discurso del invisible rey de Hungría, que vive en Viena,
los 450 individuos de la Cámara de Diputados y los 300 de la Cámara de los
Señores, todos vistiendo el uniforme nacional,
cargados de cordones, con cinturón y collares de pedrería, la pelliza flotante
sobre un hombro, el sable haciendo sonar las losas con el tintineo de su vaina
de bronce, prolijamente cincelada; la mayoría con ojos belicosos, prontos á
tirar del acero, como sus remotos abuelos se presentaron á la abandonada
emperatriz de Austria para gritar: ¡Moriamo pro regem nostrum Maria
Teresa!; pero éstos si desean morir por alguien, es por la independencia de
Hungría.
El partido llamado independiente cuenta con más de
la mitad de los individuos del Parlamento, acaudillados por el hijo de Kosuth,
el héroe magyar. Los amigos incondicionales de Austria no llegan á cincuenta.
Los misioneros viven gracias á la desdeñosa protección del partido de la
independencia, que aun no cree llegada la hora de moverse, por miedo á la
Alemania aliada del emperador austriaco. Cuando muera el anciano rey de Hungría
ó cuando surja un conflicto en Europa que distraiga las fuerzas de la Triple Alianza,
los húngaros harán indudablemente algo más que asistir á las sesiones de su
Parlamento.
Mientras tanto, procuran dar á éstas la mayor
amenidad posible, para entretenimiento del pueblo magyar, y que no se pierda la
tradicional acometividad de la raza.
Los húngaros no son hermosos, arrogantes y
bigotudos, como los pintan generalmente, con sus uniformes de fiesta. Los hay
pequeños, con una amarillez asiática, pómulos
salientes y mirada salvaje, que parecen verdaderos kalmucos. Las tradiciones
magyares hablan de Atila como de un héroe del país, y atribuyen á los hunos la
fundación de Buda. En el techo de uno de los salones del Parlamento aparece el
temible guerrero «Azote de Dios», en compañía de Wotan, Sigfrido y demás héroes
mitológicos.
Cuando los diputados magyares se enfurecen contra
el gobierno, tratan su magnífico palacio como una ciudad tomada por asalto.
Rompen bancos y pupitres en el salón de sesiones y arrojan los pedazos á la
cabeza del presidente del Consejo y sus ministros, si éstos son tan inocentes
que aguardan á pie firme la contundente rociada.
Después se restaura el mueblaje, se reparan las
estatuas descabezadas, se muestran más blandos y tolerantes los amigos de
Austria, y... hasta que llegue la hora en que las escenas interiores del
Parlamento se repitan fuera, á lo largo de las riberas del Danubio, donde
piafan los caballos salvajes, y los pastores, con capas de pieles, hablan de la
corona de San Esteban y de los héroes de su raza, desde el valeroso rey Matías
Corvino hasta el abogado Kosuth, convertido en general, que dijo adiós á la
patria y prefirió morir en suelo extranjero, tras larga y obscura ancianidad,
antes que verla gobernada por austriacos.
El tren deja atrás Kiskörös, patria de Petofi, el
famoso poeta húngaro, y la ciudad de Carlowitz, célebre por su tratado de paz
entre Austria y Turquía y por ser cuna del poeta servio Branko Radichevié.
En los corredores de los vagones suena un ruido de
sables, y un capitán del ejército servio, seguido de varios gendarmes, va
pidiendo el pasaporte á los viajeros. Salimos de la verdadera Europa. En
adelante, imposible viajar, ni aun moverse, sin exhibir á cada momento el
pasaporte, contestando á bulto las preguntas del policía, á quien no entendéis
y que no os entiende.
Empieza el Oriente, al que sirven de avanzada los
Balkanes, con sus pequeños y revoltosos Estados. Pasamos el Save, amplio
afluente del Danubio, por un puente larguísimo, y la ciudad de Belgrado,
capital de la Servia, aparece sobre un promontorio,
dominando con su antigua ciudadela turca la confluencia de los dos ríos.
Al apearme en la estación, gran extrañeza de los
viajeros, todos los cuales van directamente á Constantinopla, y de los mismos
servios que llenan el andén: gendarmes, policías de uniforme ó de paisano,
simples curiosos habituados á ver pasar los trenes de Oriente sin que á ningún
extranjero se le ocurra detenerse en su capital.
Es de noche, hace frío y llueve. En la Aduana
vuelven á examinar mi pasaporte varios oficiales de gendarmería y un comisario
joven, de largo gabán, con perfil de ave de presa, que hace adivinar bajo el
sombrero un cráneo puntiagudo y pelado. Es el sabio de la compañía. Después de
examinar largamente el papel, atina con la nacionalidad.
—¡Spaniske!—exclama con cierto asombro.
¡Un español en Belgrado!... Y la pregunta, que
parece reflejarse en los ojos de los oficiales servios, la formula el policía
en una jerga mezcla de italiano y servio. Les asombra mi propósito de entrar en
Belgrado, y aun se extrañan más al enterarse que es sólo un capricho, una
curiosidad de viajero.
Me abstengo prudentemente de decir que mi detención
no tiene otro objeto que ver de cerca el Konak, el trágico palacio donde, hace
cuatro años, fueron asesinados en la cama el rey Alejandro y la reina Draga por
los oficiales sublevados.
Los nuevos gobernantes de Servia viven en perpetuo recelo. Bien se nota en las precauciones de
la policía y en su deseo manifiesto de aislar al país del resto de Europa. El
nuevo rey, Pedro, cuenta con el ejército, que le dió inesperadamente la corona
cuando más desesperanzado vivía en un tercer piso de la ciudad de Ginebra,
sufriendo grandes estrecheces; pero á pesar de este apoyo, no olvida que existe
en Constantinopla un hijo natural de Milano, hermano, por consiguiente, del
asesinado Alejandro, al cual educan para pretendiente, y que, cualquier noche,
un grupo de oficiales que se juzguen ofendidos pueden reunirse en el Casino
Militar, inmediato al Konak, y entrar en éste sable en mano, como entraron hace
cuatro años.
Al fin, el bicho raro, el spaniske,
puede penetrar en la ciudad, dentro de un coche de alquiler que salta sobre el
suelo mal empedrado y pendiente de las calles empinadas. Las casas son bajitas;
las calles, obscuras. Á grandes trechos farolas de electricidad, como para
fingir una civilización occidental; pero su luz turbia se pierde en las
tinieblas de Belgrado, haciendo aun más palpable la lobreguez. La capital de
Servia tiene por la noche cierto aspecto de ciudad española; algo así como un
gobierno civil de quinta clase, ó una de esas poblaciones episcopales, sin otra
vida que la que le proporcionan el palacio del prelado y el seminario. Aquí, el
obispo que da importancia á la ciudad es un rey.
Ni un transeunte en las calles. Son las diez de la
noche y Belgrado está muerta. Cada cien pasos, inmóvil bajo un cubertizo ó en
el quicio de una puerta, veo un gendarme. No existe en Europa ciudad mejor
guardada. El gendarme servio da una alta idea del país, con su aire arrogante
de funcionario bien mantenido y su uniforme azul obscuro con vueltas
encarnadas, altas botas y gorra de plato. Son jóvenes, con una expresión
insolente de bravura en sus duros ojos. Ciertos objetos tienen una fisonomía y
un alma lo mismo que las personas, y el revólver que llevan al cinto los
gendarmes servios parece suelto y vivo dentro de su funda, con deseos de saltar
y hacer fuego por sí solo, sin mirar contra quién, por un exceso de recelo y de
fervor monárquico. Los que piensen conspirar contra el anciano Pedro
Karageorgewitch, tienen que pasarlas muy duras.
Encuentro abrigo en el «Hotel de los Balkanes»,
especie de posada, á pesar de su pretencioso título, en cuyo piso bajo, al
través de una espesa nube de tabaco, veo bebiendo cerveza á media docena de
popes griegos, sacerdotes morenos, melenudos y barbones, de expresión feroz,
con la aceitosa cabellera coronada por un gorro en forma de bellota. Más allá
llenan varias mesas como dos docenas de oficiales de diversos y vistosísimos
uniformes, blancos, rojos, grises ó azul celeste, excelentes jóvenes con un perfil
de ave de rapiña semejante al de su rey, que mueven sables y hacen sonar espuelas con cierta delectación, como
saboreando la omnipotencia de su fuerza, que les permite cambiar de monarca al
final de una cena. En las otras mesas, simples paisanos, acompañados de sus
mujeres é hijas, beben con cierto encogimiento respetuoso y sonríen cuando
logran cambiar alguna palabra con los sacerdotes y los soldados.
Son tenderos judíos ó griegos, que saben venerar á
estos firmes pilares de la sociedad, y por esto el Señor bendice sus negocios y
hace que prosperan á costa de los pobres campesinos servios.
Muchos de ellos se animan al conocer mi
nacionalidad, y hablan un castellano fantástico, mezcla de palabras anticuadas
y de voces orientales.
—Yo espanyol... Los mayores, de allá... Espanya
terra bunita.
Abren los ojos desmesuradamente al decir esto;
sonríen señalando al vacío, como si viesen á los mayores en su éxodo doloroso
al ser expulsados de la terra bunita, y acaban por mirarme con la
misma expresión de humildad sonriente que á los popes y á los fierabrás
uniformados, cual si la vista de un español les abriese las carnes con amenazas
de hogueras y degollinas. Pero su atávico terror de raza acobardada por luengos
siglos de palos y despojos, no impide á estos dulces espanyoles que
al día siguiente le suelten al compatriota moneda
falsa en sus tiendas, ó le hagan pagar doble el paquete de cigarros ó la
tarjeta postal.
En la plaza del mercado, poco después de la salida
del sol, puede apreciarse el carácter pintoresco que aun guarda el pueblo
servio. Llegan los campesinos de los alrededores de Belgrado, llevando al
hombro largos palos, de los que penden en balanza verduras, frutas ó volatería.
Los hombres, de ojos salvajes y bigotes felinos, llevan el gorro nacional, una
tiara de felpa, y por debajo de su chaleco de colores caen unas faldillas
blancas que ocultan los bombachos y dejan al descubierto unas polainas de piel
de cordero, ceñidas por las correas de puntiagudas abarcas. Las mujeres tapan
sus trenzas con pañuelos puestos á la oriental, encierran el busto en una
chaqueta redonda de amplias mangas, y sobre la ropa interior, de dudosa
blancura, llevan arrollada, á guisa de falda, una pieza de tela gruesa de
anchas fajas de colores semejante á un pedazo de alfombra. Son aún los
campesinos de la dominación turca, el pueblo formado con los sedimentos de
innumerables invasiones guerreras. En vano ofrece Belgrado cierto aspecto de
civilización occidental, con sus tranvías, su alumbrado, sus tiendas, sus
periódicos y su único teatro. El pueblo servio no es más que una tribu belicosa
que cultiva la tierra.
La tragedia del Konak debió parecerle el suceso más natural del mundo. Matar á unos reyes para poner
á otros en su sitio todavía caliente, es un hecho vulgarísimo en Servia.
Alejandro no fué el primer soberano asesinado, ni será, ciertamente, el último.
Los vecinos de Belgrado aprecian como un gran honor
el ir por las calles al lado de un oficial ó de un pope. Los sacerdotes son
innumerables, y en cuanto á militares, se ven, relativamente, más en Servia que
en Alemania. Hay sotanas negras, verdes y azules, popes con faja y sin ella,
con grandes pectorales ó con una simple cruz, y los uniformes militares son tan
incontables que, dada la pequeñez de Servia, hay que creer que cada regimiento
usa traje distinto. Pero todos los servios, vistan como vistan, lo mismo los
que imitan las modas occidentales con la exageración propia de una ciudad de
provincias, que los que siguen fieles á los antiguos usos; así los sacerdotes,
los militares, los estudiantes saturados de teología ortodoxa y los altos
empleados del Estado, como las damas que copian las novedades de Viena y París,
todos tienen algo de inquietante, de rudo, de oriental y violento, adivinándose
que una ligera raspadura en su moderno exterior basta para dejar al descubierto
al bárbaro, al servio belicoso de otros tiempos, que fué el más implacable de
los guerreros.
Mi curiosidad me lleva ante el Konak, un palacio no
más grande que cualquier hotel de la Castellana.
Esta monarquía, que sólo lleva cuarenta años escasos de existencia y ha tenido
que improvisar todos los servicios de la vida moderna, manteniendo, además, por
halagar el sentimiento nacional, un gran ejército, no permite á sus soberanos
grandes lujos.
Recuerdo que cuando fueron asesinados Alejandro y
Draga, al hacerse el inventario de la aventurera, de la Mesalina odiada
por el pueblo, su ajuar resultó más insignificante que el de una mediana cocotte.
Creo que, entre nuevos y usados, sus vestidos no pasaban de media docena. Su
dormitorio lo tenía adornado con esas baratijas que regalan en los cotillones,
lo mismo que una señorita pobre. Sobre la mesa de noche se encontró abierta una
novela de Anatole France, que estaba leyendo en el instante que entraron los
oficiales sable en mano para hacer pedazos á ella y á su esposo, como una
pareja de bestias dañinas. Seguramente que este volumen era el único libro
francés que existía en Belgrado.
Paso un día entero aburridísimo en la capital de
Servia, aguardando la noche para tomar otra vez el tren de Oriente. Amortiguada
la primera impresión de novedad, Belgrado me parece una odiosa población de
provincias. Militares por todas partes, con su aire de perdonavidas, de bravos
sin instrucción, que tienen metido en el puño á su país; popes que van de café
en café empinando el codo con una sed insaciable; señoritas de
ojos asiáticos y sombreros copiados de París, que pasean por la calle principal
seguidas de estudiantes y cadetes; una banda de música que toca en el jardín de
la Ciudadela, en una plazoleta rodeada de bustos de servios ilustres...
Salgo de la ciudad con el propósito de visitar, en
una llanura lejana, la famosa «Torre de los Cráneos». Los turcos, para
intimidar á los belicosos hijos del país, que les molestaban con una incesante
lucha de guerrillas, elevaron la torre, cubriendo sus paredes con cráneos de
servios desde los cimientos á las almenas. Hoy los cráneos han sido enterrados
por la veneración patriótica, pero la torre sigue en pie, mostrando en su
argamasa los innumerables alvéolos que contenían las calaveras.
Al ir á la estación y ver por última vez las calles
de Belgrado, paso ante el pequeño teatro Real, que exhibe en su portada los
anuncios de la función del día. Por ellos me entero con sorpresa de que estamos
á 24 de Agosto, cuando yo creía vivir en el 6 de Septiembre. El calendario de
la religión ortodoxa griega me regala trece días más de vida al pasar por el
país de los Balkanes.
Un río, el Maritza, el Hebro de los antiguos, padre
ó abuelo por el nombre de nuestro río aragonés, y en cuyas orillas destrozaron
las Furias al dulce Orfeo, corre con grandes tortuosidades por el territorio de
Servia y Bulgaria, cruza la Rumelia y penetra en la Turquía europea. Allí donde
alcanza la benéfica influencia de sus aguas, el suelo balkánico es fértil y
bien poblado. Frondosos bosques orlan las orillas de los torrentes, en cuyos
cauces brama y se despeña una agua roja que arrastra la envoltura de tierra de
las montañas. En los extensos prados pacen salvajes potradas ó rebaños de
bueyes con las astas echadas atrás, en compañía de corderos enormes, de cuernos
retorcidos como caracoles, y tan extraordinaria y majestuosamente voluminosos,
que se comprende que los artistas de la antigüedad los escogieran para el
adorno decorativo de palacios y altares.
En los terrenos pantanosos de la Bulgaria y la
Rumelia crece el arroz; en los campos secos amarillea el maíz; por las
pendientes espárcense las viñas que producen el vino de los Balkanes, único que
beben los cristianos y judíos del imperio turco. Las aldeas apenas si
sobresalen, con débil relieve, sobre el fondo rojo de los montes, faltas de
campanarios ó de minaretes, con la llana monotonía de la religión griega, que
no siente el menor deseo de escalar el espacio y dirigir sus plegarias á las
nubes.
Sofía, la capital de Bulgaria, es otro Belgrado,
aunque sus habitantes parecen de carácter más dulce. Su gobierno, dirigido por
un príncipe de origen francés, que ha vivido largas temporadas en París,
muestra gran empeño en asimilarse los progresos de otros pueblos. Los dos
mejores edificios de Sofía son la Escuela de Medicina y la Imprenta Nacional,
de donde salen importantes publicaciones. Esto, en un país como el de los
Balkanes, significa algo notable.
En Filopópolis, capital de la Rumelia oriental,
todavía se ven los uniformes búlgaros; sables pendientes del hombro, altas
botas, bonetes de astracán copiados de los rusos, grandes protectores del país;
pero las mezquitas cortan el horizonte, incendiado por la puesta del sol, con
la línea blanca y esbelta de sus alminares sutiles y puntiagudos como agujas.
La huella de la dominación turca no se borra fácilmente.
Cambia de pronto el personal del tren: los
empleados de amplia gorra á la alemana son sustituídos por otros con fez rojo.
Este gorro otomano, de color uniformemente purpúreo, empieza á verse por todas
partes, dando á la muchedumbre vestida de obscuro el aspecto de una
aglomeración de botellas lacradas. Suben á los vagones los aduaneros,
arrastrando el corvo sable y llevándose para saludar una mano á la frente y
otra al corazón. Gran registro de maletas, para no tocar nada más que los
libros y los papeles. Luego se presenta la policía, graves señores de barba
negra, pálidos y tristes como ascetas, con algo de clerical en sus levitas
negras y sus gorros rojos é inmóviles.
Examinan los pasaportes con cierto aire de
cansancio, sin hablar apenas, y se van lo mismo que han venido, después de
copiar los nombres en caracteres turcos, desfigurándolos al capricho de su
pronunciación gutural.
Estamos en el imperio otomano, en la estación de
Adrianópolis, segunda capital de la Turquía europea, que sigue en importancia á
Constantinopla. Los andenes están llenos de militares, con sus sombríos y
elegantes uniformes europeos, semejantes á los de Alemania, pero rematados
invariablemente por el fez rojo.
Adrianópolis es la gran población militar de
Turquía. Un ejército de 80.000 hombres está acuartelado en la ciudad y sus
alrededores. Los rusos, la última guerra con Turquía, llegaron á Adrianópolis y acamparon en su recinto. ¡Quién sabe si tardarán
mucho, los mismos extranjeros ú otros, en vivaquear en esta ciudad de hermosas
mezquitas y enormes fortificaciones!...
Turquía es el «gran enfermo» de Europa, según una
frase mil veces repetida, y los pueblos importantes que no osan asesinarlo, por
cerrarse el paso unos á otros, aguardan á que el enfermo se muera para
repartirse sus bienes, procurando cada uno asistirle traidoramente en su
dolencia, para familiarizarse con los secretos y costumbres de la casa y
escoger con más seguridad cuando llegue el momento de la rebatiña general.
Yo soy de los que aman á Turquía y no se indignan,
por un prejuicio de raza ó religión, de que este pueblo bueno y sufrido viva
todavía en Europa. Todo su pecado es haber sido el último en invadirla y estar,
por tanto, más reciente el recuerdo de las violencias y barbaries que acompañan
á toda guerra. Si sólo debieran vivir en Europa los descendientes directos de
sus remotos pobladores, expulsando á las razas invasoras que llegaron después
procedentes de Asia ó África, nuestro continente quedaría desierto.
Yo amo al turco, como lo han amado, con especial
predilección, todos los escritores y artistas que le vieron de cerca. Diez y
nueve razas pueblan el vasto imperio otomano. Mahometanos, judíos y cristianos,
divididos en innumerables sectas, forman esta aglomeración de seres, distintos
por orígenes y tradiciones, que lleva el nombre de
Turquía, y sin embargo, como dice Lamartine, «el turco es el primero y el más
digno entre todos los pueblos de su vasto imperio».
Existe una concepción imaginaria del turco, que es
la que acepta el vulgo en toda Europa. Según ella, el turco es un bárbaro,
sensual, capaz de las mayores ferocidades, que pasa la vida entre cabezas
cortadas ó esclavas que danzan desplegando sus voluptuosidades de odalisca. Con
igual exactitud piensan sobre nosotros los viejos de Holanda ó los Países
Bajos, los cuales no pueden oir hablar de España sin imaginarse un país de
implacables inquisidores, capaces de quemar por una simple errata en una oración,
y donde todos los ciudadanos somos duros é inexorables como el antiguo duque de
Alba.
Los turcos han sido crueles porque han guerreado
mucho, y la guerra jamás ha sido ni será escuela de bondades y de dulces
costumbres. Otros pueblos civilizados, que llevan en los labios el nombre de
Cristo, han tratado por medio de sus cañones y fusiles á los indígenas de
África y Asia peor que los turcos á las poblaciones de los Balkanes.
Todos los escritores que han viajado por Turquía,
se irritan contra la injusticia con que es apreciado este pueblo. El turco es
bueno y franco. Su dulzura se manifiesta por un gran respeto á los animales.
Jamás se le ve maltratarlos.
La injusticia y la traición son los dos resortes
que disparan su cólera. Esto hace que aunque el turco oculte, bajo las formas
de una exquisita cortesía, su pèna por las injurias ó las humillaciones
sufridas, aproveche la primera ocasión para saciar su resentimiento.
La hospitalidad es la más visible de sus virtudes.
No hay aldea en Turquía, especialmente en Asia, donde la falta de aglomeración
de europeos aun no les ha enseñado lo que somos, que no tenga en todas sus
casas la «habitación para viajeros», el mussafir odassi, donde todo
viandante encuentra abrigo por una noche, sin tener que pagar nada y sin que el
dueño muestre el más leve empeño en saber quién es y cuáles son sus opiniones.
El turco es el más religioso de los hombres. Su fe
es inquebrantable: ni la menor sombra de duda viene á turbar sus creencias.
Está convencido de que posee la verdad; pero no siente el afán de los
occidentales por imponer esta verdad á los otros, despreciando ó escarneciendo
lo que el vecino piensa. Podrá creerse superior á los demás por ser musulmán y
tener su religión como la única verdadera; pero no hace el menor esfuerzo por
imponerla á nadie. El fanatismo mahometano del moro de África no lo conoce el turco.
En sus ciudades funcionan diversos cultos, y sacerdotes y templos son
respetados con el escrúpulo que inspira á los otomanos todo lo que representa
la fe en Dios.
Su prudencia silenciosa y un tanto altiva da en
Constantinopla grandes muestras de tolerancia. Jamás entran los turcos en los
templos católicos, en las capillas protestantes, en las sinagogas ó las
iglesias griegas á turbar el culto de los fieles. En cambio, fervientes
mahometanos, tienen que irse á las mezquitas de los arrabales á hacer sus
plegarias, pues en las céntricas y famosas se ven molestados por las bandas de
europeos y europeas que entran con el Baedecker en la mano y
el guía al frente de la expedición, tocándolo todo, queriendo verlo todo,
riéndose de las ceremonias y de la cara en éxtasis de los fieles, y
apostrofándolos algunas veces porque siguen las creencias de sus padres y no
quieren conocer la verdad descubierta por los padres de los otros.
Las matanzas de cristianos que
ocurren de vez en cuando en Turquía, no tienen nada de religioso. Á ningún
turco se le ocurre matar porque la plegaria ordenada por el Profeta sea mejor
que la misa de los armenios. En tal caso, dirigiría sus ataques contra los
templos. Esas matanzas de cristianos, que explotan en Europa el fanatismo
religioso y el interés político, desfigurando su carácter, son simples
conflictos por el pan; choques sociales semejantes á las sangrientas peleas que
ocurren á veces en Marsella entre trabajadores franceses é italianos, ó á los
asesinatos de chinos que perpetran los trabajadores de los Estados Unidos
cuando ven que, por la concurrencia terrible de los
asiáticos, pierde su precio la mano de obra.
El armenio, que es en Turquía el cristiano por
excelencia, se atrae las mismas cóleras populares que el judío de la Edad
Media. El turco, señor del país, no puede moverse sin tropezar con el armenio,
raza vencida que aprieta el dogal á sus dominadores con un odio de siglos. Los
armenios son los comerciantes, los tenderos, los prestamistas, los ricos que
poco á poco se apoderan de todo, consumiendo con las artimañas de la usura la
vida entera del pobre osmanlí, que trabaja y trabaja sin verse libre nunca de la
esclavitud del dinero. De propietario pasa insensiblemente á ser mísero
arrendatario de la tierra que cultiva; si toma una industria, el armenio le
empobrece fingiendo protegerle; si, acosado por el hambre, quiere hacerse hamal y
cargar fardos en los puertos turcos, su enemigo, más musculoso y listo que él,
le quita el sitio, trabajando por menos dinero.
Caballeresco hasta en sus defectos, el turco gusta
mucho de proteger á los demás y es magnánimo en sus dádivas; pero por esto
mismo resulta ávido de dominación y la resistencia le vuelve cruel. Sus odios
se condensan, su orgullo de raza se subleva ante estos antiguos siervos que se
convierten astutamente en sus amos, y entonces apela á la espada, suprema razón
del Profeta.
¡Pobre Turquía! Viéndola de cerca se la ama más,
porque se aprecian mejor sus cualidades y se ven
con mayor claridad los peligros que la amenazan.
Al llegar á ella, sorpréndese el ánimo viendo los
enormes territorios que ha perdido casi recientemente.
En nuestros días ha sido expulsada del Montenegro,
de la Bosnia y la Herzegovina, de Servia, Bulgaria y Rumania, y recientemente
de la Rumelia. Esos despojos de su antigua dominación forman reinos.
La Europa Occidental sueña con arrojar á los turcos
al otro lado del Bósforo, arrebatándoles los territorios que poseen en el
continente, enormes todavía, pero insignificantes comparados con sus dominios
del pasado.
Algunos ven en esto una gran victoria histórica, un
desquite de la vieja Europa, que devuelve el territorio asiático á los
invasores que tanto miedo la hicieron sufrir.
Error: el turco ya no es asiático, como nosotros no
somos latinos, á pesar de que nos agrupamos bajo este nombre. Ningún pueblo del
mundo merece con justicia el origen que ostenta.
Los turcos del Asia Central, que aun existen en el
territorio de los Mongoles, son hermanos de estos otros que les abandonaron
para marchar hacia Occidente como una ola devoradora. Los turcos asiáticos son
de raza amarilla. Los turcos del imperio otomano, los que todos conocemos, son
ya caucásicos como nosotros. Sus incesantes cruzamientos con
la raza blanca y los azares de la guerra con sus alborotadas mezcolanzas, han
fundido y hecho desaparecer el primitivo elemento étnico.
Ir por una calle de Constantinopla es casi lo mismo
que por una calle de Madrid. Cada cara recuerda un nombre. Á veces se duda, al
cruzar la mirada con los ojos de un transeunte, y se lleva la mano al sombrero
para saludar. Se cree uno en Carnaval y dan ganas de decir:
—Amigo López... ó amigo Fernández: ¡basta de broma!
¡Quítese el gorrito rojo, que le he conocido!
Cuando Constantino hizo de Bizancio la capital del
imperio y la llamó Nueva Roma, estaba lejos de imaginarse que su
propio nombre prevalecería como título de la enorme ciudad.
No hay población que pueda compararse, por su
belleza topográfica, con la famosa Constantinopla, compuesta de tres ciudades.
Pera y Galata, formando una sola agrupación urbana; Stambul, que ocupa el solar
de la antigua Bizancio, y Scutari, en la ribera asiática.
Para dar una idea aproximada de la situación de esa
triple ciudad, hay que imaginarse una inmensa Y de forma irregular. El tronco
de la Y es el final del mar de Mármara y la entrada del Bósforo; la rama de la
izquierda, el famoso Cuerno de Oro, profundo brazo de mar que atraviesa la
ciudad y se pierde tierra adentro; la rama de la derecha, la continuación del
Bósforo, hasta dar con el Mar Negro.
En el espacio comprendido entre el tronco de la Y y el final de la rama izquierda, está Stambul.
En el espacio que existe entre las dos ramas, ó sea en la península limitada
por el Cuerno de Oro y el Bósforo, se hallan asentadas Galata y Pera. Á lo
largo del Bósforo, ó sea en todo el lado derecho de la Y, desde la base de la
letra á su remate superior, están Scutari y demás poblados que pertenecen
igualmente á Constantinopla. El lado izquierdo de la Y y el espacio comprendido
entre las dos ramas, es Europa: todo el lado derecho de la letra, es Asia. Dos
piastras (que son unos 60 céntimos) bastan para que un vigoroso remero turco,
gran maestro en el arte de sortear las corrientes que van y vienen por el
enorme callejón acuático, entre el mar de Mármara y el mar Negro, os lleve en
unos cuantos minutos de un continente á otro.
Las tres ciudades más importantes en la historia de
la humanidad son Atenas, Roma y Constantinopla.
Grecia enseñó á los hombres el arte de pensar, el
culto de la belleza, y aun hoy vivimos de sus lecciones. Las leyes y usos de
Roma regulan todavía la vida moderna. Constantinopla fué la intermediaria
indispensable entre el mundo antiguo y el actual, hasta el punto de que si ella
no hubiese existido, el mundo veríase privado de su más noble herencia,
ignorando lo que filósofos, poetas y artistas pensaron y produjeron para
nosotros hace tres mil años.
Es de uso corriente despreciar á Bizancio y
desconocer la importancia histórica del imperio de Oriente.
Es cierto que la existencia del llamado Bajo
Imperio fué poco noble, por su historia de miserias, crímenes y disensiones
religiosas, que acababan siempre en derramamientos de sangre. El populacho,
capitaneado por monjes bárbaros y falsos profetas, mataba ó moría defendiendo
sutilezas teológicas que no le era dado entender. Por si los templos cristianos
debían tener imágenes ó privarse de ellas, por si el Hijo era más ó menos que
el Padre y el Espíritu Santo superior á los dos, el pueblo de «las discusiones bizantinas»,
saturado de nimias sutilezas de la decadencia griega, andaba á palos y
cuchilladas en las callejuelas de Bizancio. Además, el Hipódromo, con los mil
incidentes de sus carreras de carros, monopolizaba toda la vida nacional. El
color de los dos bandos de cocheros, el verde y el azul, dividía al pueblo
bizantino en dos grandes partidos, y verdes y azules ocupaban
el poder á fuerza de revoluciones, derrocando emperadores y convirtiendo el
circo en campo de batalla.
Á todas estas desgracias se unieron las grandes
hambres, los incendios, la peste y los continuos ataques de los búlgaros
durante los mil años que sobrevivió el decaído Bajo Imperio.
Pero á pesar de su larga agonía. Constantinopla,
centro del imperio de Oriente, tuvo su grandeza y
sirvió noblemente á la civilización. Ella guardó las tradiciones del arte
griego, la legislación romana, los monumentos literarios, toda la antigüedad; y
cuando en el siglo XI surgió el primer intento de Renacimiento, y en el XV
llegó á ser un hecho el hermoso despertar de la Humanidad, de su seno salieron
los hombres y las ideas que realizaron en Italia el retroceso bendito hacia la
antigüedad clásica. Además, durante la Edad Media fué Constantinopla la gran
muralla que contuvo el empuje de las invasiones asiáticas. Europa, defendida
por este puesto avanzado, pudo constituirse lentamente á su abrigo. La
cristiandad se dió cuenta de la importancia de Constantinopla cuando después de
caer ésta en poder de los turcos, los vió avanzar en unos cuantos años hasta el
corazón de Europa, siendo precisa una acción común para atajarlos junto á los
muros de Viena y en las aguas de Lepanto.
Grecia, aunque mutilada por los siglos y los
hombres, guarda grandezas de su pasado en el Partenón y otros monumentos; Roma
conserva el esqueleto de su gloria en ruinas, casi enteras, de termas, templos
y circos; pero de la antigua Bizancio apenas quedan vestigios. El turco lo
arrasó todo, más que por barbarie, por afán de dominación, por celos del
pasado, por su deseo de que ninguna obra antigua pudiera rivalizar con las del
período de gran esplendor que vino tras la conquista. Si respetó Santa Sofía fué
para convertirla en una mezquita, borrando de ella
todo signo del cristianismo griego.
Otros conquistadores no menos temibles que los
turcos cayeron sobre la ciudad. En 1204 los cruzados creyeron más cómodo y
lucrativo conquistar la gran metrópoli cristiana que pelear con los musulmanes
de Asia, y su asalto fué terrible. En la ciudad de Constantino y Justiniano no
quedó piedra sobre piedra. Los guerreros de la Cruz robaron templos y palacios
y los marinos genoveses y venecianos que conducían en sus galeras la
expedición, se cobraron el pasaje de la cruzada llevándose á sus repúblicas lo
mejor de Constantinopla. Los famosos caballos de Lissippo, los cuatro corceles
de bronce dorado que se encabritan en la fachada de San Marcos de Venecia, son
un recuerdo de este gran saqueo. Cuando, expulsados al fin los cruzados, volvió
á restablecerse el imperio griego, la ciudad conservaba sus famosos monumentos,
pero empobrecidos por el despojo, y antes llegó la conquista de los turcos que
el nuevo florecimiento de Bizancio.
Nada queda en Constantinopla del pasado; pero ¡cuán
hermosa es con su aspecto musulmán! No existe ciudad que pueda comparársela en
grandeza. Londres ó París son más enormes, pero el viajero se convence de esto
porque así lo dicen los libros, no porque lo vean sus ojos. Es imposible
encontrar en ellas una calle ó una plaza que proporcione la sensación exacta de
la grandeza de la ciudad. Constantinopla, en
cambio, puede abarcarse de un solo golpe de vista. Basta colocarse en mitad del
Cuerno de Oro sobre un caique, ligero y movedizo como una piragua, ó en el Gran
Puente, para admirar toda la importancia de la metrópoli musulmana. Ninguna
ciudad del mundo, al decir de viajeros famosos, tiene tal aspecto de
inmensidad. Su vecindario es de millón y medio de seres, pero cualquiera puede
atribuirle cuatro ó cinco millones.
Á lo largo del Cuerno de Oro, en ambas riberas, el
caserío ondula apretado sobre las colinas. En primer término se ven dos
ciudades, siguiendo las tortuosidades de las orillas, y sobre éstas aparecen
otras, en alturas que se alejan, y más allá continúa el caserío hasta esfumarse
en el horizonte, azuleando como las montañas remotas. Y cuando la vista,
cansada de esa inmensidad de edificios, se vuelve hacia la extensión de agua
azul, ve al través de un bosque de mástiles una ribera que cierra el horizonte,
la de Asia, y en ella nuevas agrupaciones urbanas, que cubren llanuras, escalan
montañas y son también Constantinopla.
La torre de Galata, pesada y enorme, mira desde lo
alto de su península al viejo Stambul, erizado de minaretes, sutiles y blancos
como la plegaria del buen creyente, y en cuya cima tiembla la flecha como una
llama de oro. Las grandes mezquitas son amontonamientos de plomizas cúpulas que ascienden en torno de la cúpula central, rematada
por una media luna que arde bajo los rayos del sol.
¡El atardecer de mi primer día en
Constantinopla!... Venía yo de contemplar, á cierta distancia, la santa
mezquita de Eyoub, donde jamás ha puesto su pie ningún cristiano. Eyoub es un
arrabal, en el fondo del Cuerno de Oro, que se conserva como lo más turco y
creyente de Constantinopla. Su mezquita viene, en rango de santidad, detrás de
la Meca. Las viejas del barrio, envueltas en su manto negro, escupen á los pies
de todo cristiano que encuentran al anochecer en sus calles, y le desean á
gritos las mayores desgracias.
La corriente del Cuerno de Oro empujaba el caique
dulcemente, y el remero sólo tenía que dar débiles paletadas para seguir el
viaje. Había desaparecido el sol. Los minaretes de Constantinopla cortaban con
su blanca línea un cielo suave, teñido de rosa y violeta. Una estrella
centelleaba en este intenso telón de seda, como un brillante perdido. En lo
alto del cielo brillaba un fragmento de luna en creciente, como la que se
muestra en el escudo otomano: la media luna de los turcos.
La enorme ciudad aparecía partida en diversos
términos, como los bastidores de un teatro. Los barrios inmediatos á la ribera,
negros y levemente moteados de rojo por las luces de las ventanas iluminadas;
los de segundo término, ligeramente sonrosados por los reflejos del atardecer;
los remotos, marcándose, azulados é indecisos, como
montañas, reflejando con fulgores de incendio los últimos rayos de un sol
invisible en los cristales de los miradores, y sobre esta aglomeración,
envuelta en el misterio del crepúsculo, los bosques de marfil de los agudos
minaretes, los enormes huevos blanquecinos de las cúpulas de las mezquitas.
Un silencio sagrado descendía del cielo,
esparciéndose en compañía de la sombra sobre la ciudad y las aguas. Pasábamos
entre buques de guerra, anclados en el puerto militar: acorazados grises de
triple chimenea, cruceros de una sola cofa, esbeltos avisos, yates imperiales
que aguardan la visita del sultán, el cual no los ha visto nunca.
De pronto, la roja bandera con la media luna blanca
comenzó á descender de los mástiles. Sobre las cubiertas veíanse agrupadas las
tripulaciones, con el fez, que iguala á oficiales y marineros. En el cuartel
del Almirantazgo, la infantería de marina extendía sus pelotones á lo largo del
muelle, destacándose en la penumbra la línea roja de sus cabezas alineadas.
Á un mismo tiempo se conmovió la calma majestuosa
del crepúsculo con gritos que parecieron rasgar el espacio como disparos
cruzados. En los balconcillos circulares de los minaretes, hombres
liliputienses, con turbante blanco, agitaban los brazos, acompañando estos
movimientos con las modulaciones de un chillido
sobrehumano. Sobre los puentes de los buques de guerra, un hombre entonaba un
canto majestuoso y triste, semejante á las saetas de la Semana Santa en
Andalucía.
¡La Ilah il Allah ve Mohammed resoul Allah! cantaban con melancolía religiosa, en el
misterio del crepúsculo, los hombrecillos semejantes á hormigas, sobre los
puentes de los acorazados. Los centenares de gorros alineados á lo largo de las
bordas, entre las bocas de los enormes cañones y las torres blindadas, rugían
al contestar como un estampido: ¡Allah! ¡Allah! Y al ver esa
fe de los desiertos asiáticos, este ardor fervoroso de los jinetes errantes de
otros tiempos, repetirse á bordo de los buques acorazados, última expresión de
los adelantos científicos que repelen y destruyen con sus bocas de acero las
fantasmagorías del pasado, tuve una visión exacta de lo que es la Turquía
moderna: europea exteriormente, pero cuando escucha la voz del Profeta, siente
despertarse en ella la misma alma de los que llegaron tras el caballo de
Mahomed II á la conquista de Constantinopla.
Para el que desea conocer en conjunto la
variadísima población de Constantinopla, el mejor punto de observación es el
Gran Puente, que va de Galata á Stambul.
Tiene medio kilómetro de extensión, y su piso de
maderos desiguales, en los que tropieza el transeunte, está asentado sobre
pontones insumergibles, pues la profundidad del Cuerno de Oro, que en algunos
lugares tiene cerca de cien metros, no permite sostenes más sólidos.
Á un lado descuella, sobre el caserío en pendiente,
la maciza torre de Galata, empavesada con los pabellones de las grandes
potencias, que parecen proteger los barrios europeos. En el extremo opuesto,
como si cerrase el paso por la parte de Stambul, alza la mezquita de la Sultana
Validé sus esbeltas torrecillas y sus cúpulas con medias lunas de oro, cual una
construcción de Las mil y una noches.
Desde el centro del puente se abarca en todo su
esplendor el espectáculo del Cuerno de Oro, grandioso puerto que lleva tal
nombre por su forma curva, rematada en punta, y por las riquezas incalculables
desembarcadas en él.
Navíos de todos los países forman una segunda
ciudad flotante á ambos lados del puente. En las primeras horas de la madrugada
se abre una parte de éste para dar paso hacia el Bósforo á los grandes navíos
de guerra y los vapores comerciales que anclan en el fondo del Cuerno de Oro.
Los vaporcillos de viajeros para los pueblos del Bósforo; las islas de los
Príncipes ó Brussa, parten con gran frecuencia de los muelles del Puente. Cada
cuarto de hora sale uno agitando sus ruedas, con la doble cubierta repleta de
gorros rojos. Braman las sirenas, humean las chimeneas, tiemblan los pontones
con el encontronazo de los veloces cascos, y sobre las aguas verdosas, agitadas
naturalmente por las corrientes y que el continuo paleteo de ruedas y hélices
conmueve con violento oleaje, pasan los caiques, ligeros como flechas, con una
inestabilidad que les hace danzar locamente, volcando á la menor imprudencia
del viajero, que debe conservarse en la popa inmóvil y medio tendido.
Los bergantines turcos, de arcaica forma, que
recuerda á las galeras de la piratería, extienden sus velas amarillentas y
salen cabeceando como venerables mendigos entre las elegantes parejas de yates y la revoltosa é inquieta granujería de
vaporcitos moscas y botes automóviles, que parecen burlarse de
estos ancianos del mar, pasando y repasando ante sus tardías proas. Las barcas
griegas despliegan sus velas triangulares hacia los puertos del Mármara: los
buques del Occidente europeo van hacia el Mar Negro en busca de trigo y de
petróleo. Grandes bandas de gaviotas, ebrias de sol y de azul, flotan inertes
sobre las violentas ondulaciones del agua, hasta que una proa las despierta con
su revoltijo de espumas cortadas, y todas ellas levantan el vuelo con ruidoso
crujir de plumas. Una niebla de humo de carbón flota sobre el Cuerno de Oro en
los días de calma, y por encima de esta nube parda, á la que da el sol doradas
transparencias, aparecen las cúpulas y minaretes del viejo Stambul, blanco y
rojo, como una ciudad de ensueño flotando en el espacio.
Para ser capitán de buque ó simple remero de caique
en el Cuerno de Oro y el Bósforo, se necesita tanta habilidad como para ser
cochero en Constantinopla, donde las callejuelas se abrieron con el propósito
de que pasase por ellas cuando más un carruaje, y sin embargo, circulan dos en
distinta dirección.
La primera vez que se navega por los citados
callejones marítimos, el alma parece subirse á la garganta. El caique, mísero
cascarón que apenas puede sostenerse, se pega con la mayor tranquilidad á las ruedas ó las hélices de los vapores, que le
hacen danzar locamente. Otras veces pasan los caiques ante la proa de un gran
buque en movimiento con una precisa exactitud para no ser alcanzados. Un
instante más y desaparecerían. Los vaporcillos se van sobre los barcos de vela,
y cuando parece inevitable el abordaje pasan por su lado rozándolos, pero sin
choque alguno.
Los buques, tanto de vela como de vapor, tienen que
marchar en zig-zag, sorteando un obstáculo á cada instante, navegando con la
misma atención que le es precisa al viajero al transitar por primera vez las
calles de Constantinopla. El capitán ve cerrado su derrotero por otros buques
que vienen hacia él ó que oblicuan su marcha cortándole el camino, y á esto hay
que añadir el enjambre de caiques que trasladan pasajeros de una orilla á otra;
de vaporcillos moscas, que llevan en su popa banderas de todas las
naciones; de largas góndolas blancas y doradas, con remeros negros, en cuya
popa se muestran damas misteriosas, cubiertas con antifaces y capuchones que
sólo dejan visibles los pintados ojos. Gritan los barqueros en todas las
lenguas; saltan de un barco á otro las malas palabras de todos los idiomas;
chillan los silbatos, rugen las sirenas; arrastra el viento asfixiante vedijas
de humo sobre el corto y violento oleaje; álzanse unos remos contra otros con
impulso homicida para vengar un descuido, un choque insignificante; á cada
momento parece inevitable una colisión, y sin
embargo, nadie se ahoga ni ocurren naufragios más que muy de tarde en tarde.
Á lo largo del Gran Puente han ido extendiéndose,
como hongos adheridos á él, un sinnúmero de casuchas flotantes, muelles y
pequeños cafés, todo miserable, de maderas carcomidas por la lluvia y el aire
salino, pero con esa alegría dorada que el sol oriental comunica á las mayores
suciedades.
Estos hijos del Puente cabecean con el continuo
movimiento del agua removida por los buques, y parecen temblar con las
palpitaciones de la extensa plataforma de medio kilómetro, por la que pasa toda
Constantinopla, tronando la madera bajo las ruedas de los carruajes. Los
cafetines flotantes tienen terrazas embreadas, á las que una línea de macetas
de flores dan el aspecto de pensiles. Viejos turcos, sentados á la oriental y
con la barba descendiendo hasta el abdomen, fuman el narghilé y
pasan las cuentas de su rosario de ámbar, gozando al permanecer impasibles é
indiferentes en medio de este movimiento loco y ensordecedor. El tropel de
gorros rojos y de mujeres encapuchadas como máscaras, se precipita en los
muelles salientes que dan acceso á los vapores de viajeros. El suelo, inseguro,
es de tablones desiguales, por entre los que puede pasar un pie, y además,
están cubiertos de residuos de frutas.
Á ambos lados de estos muelles amarrados al Gran Puente, hay casuchas que ocupan los vendedores
de comidas y bebidas. Judíos que hablan un español extravagante, van de un lado
á otro pregonando rosarios musulmanes, sorbetes, rollos de pan espolvoreados de
ajonjolí, y bizcochos, á los que llaman en Constantinopla «pan de España». En
las puertas de los tenduchos se elevan pirámides de melones amarillos y enormes
sandías con su verdor cortado por blancas inscripciones en árabe. En los
cafetines se exhiben en primera fila las ventrudas botellas de limonada ó
naranja con un limón por tapadera, y más adentro humean las pequeñísimas tazas
de café turco, líquido pastoso digno de los dioses. Los perros vagabundos, que
son en Constantinopla algo así como una institución pública venerada y popular,
pasan por entre las piernas del gentío, mansos, corteses y silenciosos,
buscando su comida.
Los extranjeros se mueven desorientados en este
torbellino de gente, y si desean tomar un barco siempre llegan tarde.
Hay dos problemas en Constantinopla que el viajero
no resuelve nunca y mira como un misterio: la hora y la moneda.
En Constantinopla hay dos horas: la hora á
la franca, que es la de los relojes de la Europa occidental, y la
hora á la turca, que es por la que se rigen vapores, tranvías,
etc.; todo lo que depende del municipio y del gobierno.
La jornada empieza para el turco al ponerse el sol, y de aquí que todos los días los buenos otomanos
tengan que arreglar su reloj, sin que ni aun ellos mismos sepan ciertamente en
ningún momento cuál es la hora exacta. La medida del tiempo cambia por día y
por estación. Cuando nuestro reloj á la franca marca el
mediodía, el turco dice tranquilamente que son las cinco ó las seis, así como
unos meses después dirá que son las tres ó las cuatro.
No hay en esto otro daño que el llegar tarde á
todas partes, perdiendo trenes y vapores, ó verse obligado á largas esperas:
pero lo de la moneda trae mayores perjuicios.
En Turquía hay buena moneda y mala moneda,
y según se recibe un pago en una ó en otra, la cantidad vale más ó menos. Hay
también moneda borrosa, que nadie toma, pero que todos procuran dar al viajero;
hay papel emitido por el gobierno otomano, llamado kaimé, que
carece de valor, y otros misterios crematísticos que requieren un largo
estudio. Pero lo más original es el cambio. Exceptuando algunos cafés y
restaurants europeos, nadie cambia gratuitamente una moneda.
En las calles importantes de Constantinopla, junto
al Gran Puente, cerca de los tranvías y muelles de embarque, en el Gran Bazar y
en todos los lugares de algún tránsito, existen numerosos puestos de
cambiadores de moneda, antiguos compatriotas nuestros, que siguen fieles á
Abraham y Moisés.
En Constantinopla, el que no lleva á mano moneda
menuda, aunque guarde en su bolsillo oro y billetes á puñados, como si no
llevase nada. El cochero ó el conductor de tranvía le hace bajar para que vaya
al cambiador más inmediato, y el que despacha billetes en una taquilla ó cobra
peaje en el Puente, le enviará al judío más próximo, sin dejarle pasar.
Cambiáis una moneda de oro, y el cambiador os da el
dinero en medjidiés de plata, especie de duros turcos,
quedándose por el cambio con una piastra, que es aproximadamente lo que un real
en España. Después se os ofrece cambiar uno de los medjidiés, y el
cambiador os entrega cuartos de medjidié, que son como las pesetas
turcas, y se queda otra piastra. Luego cambiáis en otro sitio una de esas
pesetas y se quedan otra piastra... y así, de cambio en cambio, de cada veinte
francos el cambiador se queda con uno ó más. El que conoce esta costumbre
cambia de golpe una pieza de oro en pequeña moneda, y tiene que ir
con los bolsillos repletos de piastras y paras, monedas más
pequeñas que botones de camisa.
La moneda de oro tomada de un judío, es pérfida y
peligrosa. No pasa por sus manos que no la lime hábilmente para arrancarle un
poco de polvo de oro, y así, de rascuñón en rascuñón, juntando limaduras, se
gana doce ó quince francos extraordinarios, según las piezas que
toca durante el día. Después, en los Bancos y demás establecimientos
públicos donde conocen la artimaña, someten las monedas al peso, y el incauto
que las ha tomado pierde dos ó tres francos.
La discusión con el compatriota que
intenta estafaros, es interesante por la fogosidad con que se expresa y los
ademanes dramáticos que acompañan á su castellano especial.
—Que por mis hixos que no te engaño, señoreto...
Que toma la pieza, que yo soy un buen trocador de dinero... Que la tomes como
si fuese una alahaxa... Que por mis viexos te lo juro, que antaño vinieron de
allá, como tú vienes agora; porque yo, señoreto, también soy espanyol.
XIX
Los que pasan por el Gran Puente
Unos mocetones, con la gordura musculosa de los
turcos, vistiendo largas blusas blancas, semejantes á camisones de mujer,
cortan el paso al transeunte, extendiendo una mano. Son los cobradores del
puente, que exigen el peaje: diez paras.
Toda Constantinopla pasa por el Gran Puente. Los
turcos del viejo Stambul necesitan ir á Galata y Pera, donde están los Bancos,
los consulados, las embajadas, los grandes almacenes, y los habitantes de estos
dos barrios europeos se ven obligados á pasar á la ciudad turca, porque en ella
se encuentran los centros administrativos del gobierno otomano, la Sublime
Puerta, con sus ministerios é innumerables dependencias.
No hay en las grandes calles de Londres ni en los
bulevares de París lugar alguno tan concurrido como el Gran Puente. La
plataforma de madera tiembla bajo el rodar de los carruajes y el paso de millares de transeuntes. Aturde y ensordece el
vocear de este pueblo políglota, donde el que menos habla cinco idiomas, y son
mayoría los que poseen más de doce. Asombra y deslumbra la carnavalesca
variedad de los trajes.
Al entrar en el puente, parece éste un campo
interminable de rojos geranios. Miles de gorros oscilan al marchar, sirviendo
de remate lo mismo á tocados puramente turcos que á trajes europeos. Los
marinos otomanos completan su uniforme, igual al de todas las marinas del
mundo, con el fez, que da una gracia exótica á su aspecto de navegantes
europeos. Los oficiales, con sus insignias á la inglesa, enguantados de blanco,
calzados de charol y el sable bajo el brazo, cubren también su cabeza con el
gorro turco, que es obligatorio para todo súbdito otomano y para todo
extranjero dependiente del gobierno.
El ejército de tierra, uniformado á la alemana,
guarda también el cubrecabezas nacional, y el mismo fez escarlata sirve al
último soldado que al pachá, que se muestra en caballo brioso, con dorada
silla, saltando sobre sus hombros el oro de las pesadas charreteras al compás
del galope.
Sobre la nota obscura y dorada de los uniformes
militares, destácase la muchedumbre variadísima de Constantinopla, formada de
diez y nueve pueblos distintos, que aun guardan sus usos y sus trajes
tradicionales. Pasan los árabes del lejano Yemen ó los moros africanos de la
Tripolitania con sus chilabas pardas y la cuerda de
pelo de camello anudada á las sienes; los croatas, que sirven de porteros en
las grandes casas de Constantinopla, vestidos de rojo y azul, con gran
profusión de galones y bordados, un bonetillo redondo sobre la bigotuda cabeza
y un enorme revólver de Eibar atravesado en la faja; los albaneses y
macedonios, con faldillas blancas, planchadas y encañonadas, sobre el traje
oriental; los judíos, con la túnica á rayas de los días de fiesta, y encima un
gabán de pieles, aunque sea verano; los armenios, con un pañuelo de hierbas
anudado en torno del gorro; los griegos, vestidos á la europea, pero con una
palidez aceitunada y unos ojos como tizones, que revelan su origen; el clero
innumerable, de imanes, soffas y derviches, unos
con el turbante blanco, otros con el turbante verde, recuerdo de su
peregrinación á la Meca; algunos con gorros de grotesca forma, y todos ellos
con el rosario de ámbar en la mano, repitiendo á cada cuenta la monótona
alabanza á Alláh.
La muchedumbre tiene que apartarse, abriendo sus
filas á cada momento, para dejar paso á los carruajes, que avanzan veloces, ó á
las sillas de mano, que todavía son aquí de uso corriente; aparatosas literas,
dentro de las cuales van las damas turcas á sus visitas en los estrechos
callejones.
Un pelotón de jinetes, carabina en mano, escolta á
un coche que todos saludan. Es el Gran Visir que va
á la Sublime Puerta. Tras él pasan varios cargadores armenios, no menos
temibles que un vehículo, pues marchan abrumados por pesos inauditos que no les
permiten mirar ni apartarse.
En Constantinopla es donde se ve con asombro hasta
dónde pueden llegar las fuerzas del hombre. Por algo dice el proverbio «fuerte
como un turco». La estrechez de las calles y el respeto amoroso que siente el
otomano por los animales, son causa de que en Constantinopla se haga todo á
brazo: el comercio, las mudanzas, etc. Se ven venir por el Gran Puente pilas de
cajas que parecen marchar solas, pues apenas si se distinguen entre ellas y el
suelo unos pies entrapajados y un fez, tras el cual suena un bufido de asfixia.
Yo he visto á un cargador armenio echarse un piano á la espalda, en una
mudanza, y emprender la marcha vacilante bajo el peso, pero sin detenerse un
momento. Los hombres, abrumados por este esfuerzo sobrehumano, caminan á
ciegas, y el público tiene que huir de sus fatales encontronazos.
Por el centro del puente se abren paso de pronto,
con las manos cruzadas sobre el estómago, en una actitud frailuna de
mansedumbre, varios señores vestidos de negro. Llevan la elegante levita de
corte, llamada stambulina, sin solapas y cerrada como una sotana,
que es aquí el traje de ceremonia. Tras ellos marcha lentamente una carroza que
todos saludan, y en su interior se ven varias damas
envueltas en velos blancos, ó un caballero de gorro rojo, con bigotes á
lo kaiser. Son señoras del harem imperial que vienen á comprar á la
ciudad, con un séquito de empleados palatinos, ó alguno de los innumerables
hijos, hermanos ó sobrinos del sultán.
Con aire de superioridad, se abren paso á codazos
unos negros elegantemente vestidos del mismo color de su piel, con la stambulina de
ceremonia y el fez muy recto sobre las pasas de la crespa cabeza. Tienen las
piernas larguísimas; el cuello es enorme, y en su rostro chato é insolente hay
algo de infantil y meticuloso, que hace imaginar una vida de chismorreos,
intrigas y murmuraciones. Cuando abren la boca sale de sus gruesos labios un
chillido estridente, semejante al del pavo real; algo extrahumano, falso y
grotesco, que hace reir é irrita al mismo tiempo. Son personajes que viven
aparte, y á los que mira la gente con cierto respeto; son eunucos del palacio
imperial ó de los haremes de los grandes pachás, que, habituados á su
existencia entre beldades misteriosas y grandes magnates, parecen tristes y
descontentos cuando se dejan ver en las calles de Constantinopla.
Algunas veces van sentados en el pescante de un
coche de lujo, en cuyo interior ríen y comen dulces cuatro beldades turcas,
vestidas con trajes parisienses de la rue de la Paix, y con el
rostro cubierto por una finísima nube de gasa, que realza engañosamente
sus facciones pintadas. Estas mujeres de pachá, que van á las grandes tiendas
de Pera, son turcas modernas que hablan francés é inglés, tocan el piano, leen
novelas psicológicas con cubierta amarilla traídas de París y
conocen todas las seducciones de la vida europea... todas menos el adulterio,
que es aquí imposible, no por falta de ganas, sino por la vigilancia brutal,
continua é incorruptible, que nadie consigue vencer, por más que digan é
inventen poetas y novelistas.
Las turcas más modestas, esposas de musulmanes
pegados á la tradición que viven en Stambul, ó las simples mujeres del pueblo,
van á pie, vistiendo amplios trajes semejantes á dominós de gruesa seda
adamascada, negra, roja, verde ó azul. Por las amplias mangas de esta envoltura
asoman los brazos de la blusa interior, encintada y vaporosa. Las manos
enguantadas sostienen la sombrilla y el bolso. La abertura del capuchón que
corresponde al rostro tiene un teloncillo de seda negra á modo de máscara, que
en unas es tupida é inaccesible á toda mirada, y en otras diáfana y atrayente,
como una invención de la coquetería.
La calidad de estas mascarillas permite apreciar el
valor de lo que se oculta detrás, aun antes de verlo. Regla general: todo velo
espeso esconde una vieja dama ó una fea desfigurada por las horribles
enfermedades de Oriente. Al través de los velos claros se encuentra siempre
alguna cara de criadota española ó de monja fresca,
con triple barbilla, carrillos de luna arrebolados por el colorete y unos ojos
hermosos, de vaca tranquila, agrandados por tiznajos negros.
La moral y la decencia son frágiles invenciones
humanas, que cambian con la mayor facilidad, según los tiempos y los pueblos.
Estas damas turcas, para las cuales es una indecencia levantarse el velo ante
otro hombre que su legítimo señor, y á las que vigila en todas partes la
terrible policía otomana para que no cambien una palabra con el extranjero, se
arremangan la faldamenta hasta más arriba de la rodilla, aunque no llueva, y
muestran con la mayor naturalidad sus pantorrillas enormes, con medias á rayas,
multicolores y chillonas, que, según dicen los comerciantes de aquí, proceden
de Cataluña.
Estas máscaras, encapuchadas y misteriosas, bajo la
luz del sol, que caldea los maderos del Gran Puente, dan un atractivo novelesco
á la multitud. Las mujeres circulan entre el gentío con la mayor tranquilidad,
sabiendo que nadie osará mirarlas, que todo musulmán bajará la vista para no
verlas, como el que evita una acción vergonzosa, y por esto, cuando se
encuentran sus ojos con los ojos audaces del europeo, unas, las más hermosas,
sonríen con cierta turbación, y otras crispan su cara, indignadas, encabritándose
su fealdad bajo el acicate religioso.
De toda la multitud cosmopolita que diariamente circula por el Gran Puente, el más simpático y cortés
es el turco. Yo no entiendo su lengua, pero los ademanes constituyen un idioma
inteligible y claro para el extranjero que, privado del habla, observa con
mayor atención. Además, los que conocen el turco, elogian con entusiasmo la
cortesía y mesura de este pueblo, grave, un tanto triste, pero bueno y
generoso. No hay idioma, según ellos, que contenga iguales expresiones de
afecto. La madre turca habla siempre á sus pequeños dándoles el nombre de
flores ó graciosos animales; el hombre tributa al extranjero ó al amigo los más
extremados elogios, al par que le da hospitalidad y protección.
La caridad cristiana de los pueblos occidentales,
que tiene las calles llenas de mendigos y deja morir de hambre á muchos
infelices, es bien poca cosa considerada desde Constantinopla. Aquí los pobres
son muchísimos miles, y sin embargo, sólo se encuentran pordioseros en el Gran
Puente ó en los alrededores de alguna mezquita, y éstos nunca son turcos, sino
griegos y judíos. El pobre es sagrado para el turco, y no se contenta con darle
unos céntimos, abandonándolo después, satisfecha la conciencia, sino que le
abre su casa y le da cuanto necesita. En este pueblo generoso, que tiene la
noble manía de la protección, todos los pobres están colocados;
todos cuentan con una casa á la que se adhieren como si fuese suya.
De los actos exteriores del otomano, el que más admiro, como suprema expresión de nobleza, es el
saludo. Los europeos no sabemos saludar. Cogemos el sombrero, lo levantamos con
más ó menos rudeza, sonreímos, y ya está todo hecho. El turco es un verdadero
artista de la cortesía. Su gorro rojo es inconmovible. Se lo pone al levantarse
y no se despoja de él, ni un instante, hasta la noche. Descubrirse la cabeza es
la mayor descortesía y algo así como una blasfemia religiosa. Quitarse el
cubrecabezas para saludar significaría lo mismo que si un europeo se despojase
de un zapato para dar la bienvenida á una señora. Esta necesidad de mantener el
fez recto é inmóvil sobre la cabeza, como si estuviese metido á tornillo, ha
confiado á la mano y á los ojos todo el saludo.
¡La noble dignidad oriental de los turcos al
encontrarse!... La mano, que parece hablar, desciende á la rodilla, y de allí
se remonta al corazón, pasando luego á la frente, al mismo tiempo que el cuerpo
se inclina con majestad y los ojos expresan el respeto y la alegría del
encuentro, con un arte y una gracia que ningún europeo puede imitar.
De vez en cuando, entre esta muchedumbre que
transcurre por el Gran Puente, se ven ojos negros de mirada inquietante,
perfiles de aves de presa, sonrisas melosas que hacen llevar las manos á los
bolsillos, gentes corteses que infunden pavor.
Constantinopla es el gran vertedero del continente. Aquí se ocultan y se pierden los más temibles
aventureros. Turquía es un pan blando, en el que vienen á hincar el diente los
lobos más temibles del mundo.
Esos turcos de aspecto inquietante, que sólo son
turcos por el fez que llevan en la cabeza, inspiran miedo con sobrado motivo...
Son europeos, y el europeo es lo peor de Turquía.
Mi amigo Mizzi es un abogado inglés notabilísimo,
que desde hace treinta y cinco años vive en Constantinopla. Habla y escribe con
la mayor facilidad doce idiomas, y en un mismo día perora ante el tribunal
consular de Inglaterra, hace una defensa en turco, escribe una demanda en
griego ó en ruso y acaba su jornada en el consulado español expresándose en
castellano.
Desde Constantinopla ha ido á defender pleitos á
Siberia. Otra vez fué á Bagdad y á Bassora, países de leyenda, para intervenir
como abogado en una herencia de príncipes árabes, que se disputaban sacos de
diamantes, de rubíes y esmeraldas. Sólo en Oriente pueden encontrarse estos
litigios de cuento fantástico.
Mizzi es inglés porque nació en Malta; pero su
madre era española, y él siente un gran afecto por España. Es consejero legista
de casi todas las embajadas y consulados; condecoraciones y títulos llueven sobre él de las más importantes naciones de
Europa, y sin embargo, lo que más aprecia es su nombramiento de vicecónsul de
España. The Levant Herald, el diario más grande de Constantinopla,
es propiedad suya, y en él trabaja diariamente, dando al público una
información del mundo entero. Ir con Mizzi por las calles de Pera y Galata, es
asistir á un desfile de popularidad. Saludo á un turco en su lengua,
conversación con un griego, diálogo con un francés ó un italiano, sombrerazos,
apretones de manos, frases cariñosas; un curso completo de idiomas.
Una mañana me lleva Mizzi á saludar al Gran Visir,
antiguo amigo suyo de la juventud.
¡El Gran Visir!... Este nombre evoca visiones de
inmenso poder; hace recordar las lecturas de la niñez, los mágicos cuentos
de Las mil y una noches; presenta ante la imaginación un imponente
personaje de luenga barba y turbante blanco enorme como un globo, con una
majestuosa cohorte de esclavos, ejecutores, escribas y fanáticos santones.
El Gran Visir de Turquía, que es más que nuestros
jefes de Gobierno (algo así como el vicesultán), resulta uno de los personajes
más importantes del mundo. Gobernar naciones como, por ejemplo, España, puede
hacerlo cualquiera. Con tener una mayoría en las Cámaras, todo está asegurado.
Ningún peligro exterior amenaza al país, y la vida interior se desarrolla
plácida y entretenida al través de chismes y comadreos, á los que se da el nombre de política, entendiéndose todos al
final, pues la estrechez de horizontes impone la vida en familia á unos y á
otros.
Para llegar á Gran Visir hay que ser un hombre
extraordinario. Sustentar unidas y en paz las diez y nueve razas del imperio
separadas por odios históricos y radicales diferencias religiosas; gobernar
desde Constantinopla el lejano Yemen, poblado de fanáticos que se irritan al
ver que Turquía hace una vida europea, ó Bagdad, alejada de la capital por un
viaje de cincuenta y cuatro días (casi tantos como se necesitan para dar la
vuelta al globo), y al mismo tiempo hacer frente con engaños y energías al tropel
de lobos de las grandes potencias europeas, que ya han arrancado miembros
enteros del cuerpo otomano, y cada vez aullan más fuerte, pidiendo nueva
carnaza, todo esto es empresa que requiere la inteligencia y la firme voluntad
de un hombre superior.
Vamos á visitar al Gran Visir en su casa, antes de
que se traslade á su despacho de la Sublime Puerta, en las primeras horas de la
mañana, pues este personaje, sobre cuya inteligencia pesa todo un imperio, es
un gran madrugador.
Llegamos al palacio, situado en las afueras de
Pera, cerca de un gran campo de maniobras, donde galopan, en traje de campaña,
varios escuadrones de caballería. Un cuerpo de guardia, con numerosos
centinelas, se eleva frente á la vivienda del Gran Visir, precaución que no es
superflua en este país, donde han sido frecuentes
los atentados contra el sultán y sus ministros.
El palacio no tiene nada de oriental. Es una gran
casa, con amplias escaleras de mármol. El fez de los empleados y servidores,
que van de un lado á otro, y la falta de alumbrado eléctrico, son los únicos
detalles que recuerdan á Turquía.
Entramos en una pequeña antesala, saludamos á otros
visitantes que aguardan, y ellos nos contestan con la grave cortesía oriental,
inclinándose, llevando su diestra de las rodillas al corazón y á la frente. Son
turcos de correcto exterior, con el fez muy planchado y erguido y la negra
levita militarmente abrochada; imanes jóvenes, de luenga
barba, elegantes y limpios, que para entretener la espera pasan entre sus
dedos, con vertiginosa rapidez, las cuentas del rosario. Nos distraemos fumando
cigarrillos orientales, hasta que un oficial del Gran Visir viene á advertirnos
que Su Alteza nos espera, recibiéndonos antes que á los demás visitantes. Estos
aguardarán con su paciencia turca, que ignora el valor del tiempo y del número.
Mizzi me advierte que debo llamar Alteza al Gran
Visir. En Turquía, fuera de la familia del sultán, no hay más que dos altezas:
el Gran Visir... y el Gran Eunuco del harem imperial.
Pasamos ante un salón de enormes proporciones, que
parece un almacén de muebles por la gran cantidad que contiene de sillerías,
lámparas, cuadros, cojines y espejos, todo europeo.
Son regalos de los gobiernos extranjeros al primer ministro turco, y que éste
amontona en el salón destinado á las fiestas diplomáticas. Los objetos de
Europa, con su abigarrada y rica variedad, quedan en la pieza destinada á
recibir á los europeos. Más allá, está la vida íntima, la vida turca.
Me veo de pronto en un pequeño gabinete. Tres
hombres están de pie, con levita negra, calado el fez, la mirada en el suelo y
las manos cruzadas sobre el abdomen, en actitud rígida y respetuosa. Otro
hombre, también de levita, avanza hacia nosotros, sonriendo, con una mano
tendida. Creo estar en una antesala, desde la cual van á anunciarnos al
poderoso personaje... Pero no: estoy en el gabinete del primer ministro de
Turquía, y el hombre que sonríe y nos tiende la mano es el propio Gran Visir.
Me siento desconcertado por esta sencillez. El
gabinete es una pieza de paredes blancas y desnudas, sin otro adorno que una
fotografía del Sultán. En un extremo, dos pequeñas librerías con cristales de
colores. Unos divanes bajos, de sedas obscuras, son los únicos muebles, y junto
á una ventana que encuadra un pedazo de cielo y de jardín, acaba de tomar
asiento el poderoso personaje.
Nada hay en él que recuerde Las mil y una
noches. Ni su aspecto ni su habitación revelan el poder inmenso de que está
investido. Parece un señor europeo que, por exótico capricho, se ha calado el fez como gorra casera. Viste de negro, y por entre
las solapas de su levita asoma un rico chaleco de seda oriental. Al colocar una
pierna sobre otra, la boca del pantalón deja ver en el interior de éste una
alta bota á la turca, unico detalle que desentona en su aspecto europeo.
Tomamos asiento junto á él y empieza á hablarme en
francés, con acento claro y sonoro, dando á sus palabras una majestad natural,
á la que acompañan los más nobles ademanes.
Realmente, Ferid-Pachá, Gran Visir de Turquía desde
hace nueve años, período de gobierno que no alcanza ningún político de Europa,
es un hombre extraordinario. Me siento subyugado por la majestad de sus maneras
de gran señor, por la sonoridad poética de su voz de barítono, por el fuego de
su mirada, que quiere hacer amable, y sin embargo, es imperiosa y firme: la
mirada del Visir en los cuentos orientales.
Es un hombre de gran estatura, fuerte y musculoso,
sin dejar de ser delgado, y con una hermosa barba negra que empieza á
blanquear. Tendrá poco más de cincuenta años, y en sus ojos brilla el fuego
entusiasta de la primera juventud. Sobre su rostro europeo se destaca la nariz,
como un signo de raza, una nariz de turco peleador, encorvada como pico de
combate, con les aletas anchas y palpitantes.
Ferid-Pachá, con esa benevolencia protectora de los
otomanos, me sonríe y muestra interés por conocer
mis impresiones sobre Constantinopla y si me es grata la estancia en ella.
Mientras él habla, yo le contemplo y evoco
rápidamente su historia. Ferid-Pachá es un albanés, un turco que ha nacido
cerca de Italia y de Grecia. Su juventud en la Universidad de Janina fué
brillantísima. El futuro gobernante asombró á los profesores griegos con sus
profundos estudios sobre los poetas de la antigüedad. Luego vino á
Constantinopla, entrando en la administración pública, donde escaló con rapidez
los primeros puestos. Fué gobernador de lejanos pueblos de Asia (algo así como
los antiguos virreyes americanos), hasta que su talento político llamó la
atención del Sultán, que le hizo su Gran Visir.
Al mismo tiempo que le escucho, mis ojos vagan por
la habitación, admirando su sencillez. Sobre una librería portátil, vecina al
gran personaje, hay un busto de mármol, el único que adorna el gabinete. Yo
conozco esta cara arrugada, de vieja maliciosa; pero me desorienta su cráneo
pelado. Yo la he visto en muchos sitios, y sin embargo, no puedo recordar su
nombre. ¿Quién es?... ¿Quién es?...
La hermosa voz de Ferid-Pachá toma una expresión
más grave, la temblona majestad del imán que declama su
plegaria, y dice así:
—De todos los pueblos con los que vive Turquía en
excelentes relaciones de amistad, España es uno de los que amamos más
sinceramente. Ningún mal hemos recibido de ella;
siempre la amistad y el cariño guiaron nuestras relaciones; sus desgracias las
sentimos como nuestras, pues aunque vivimos alejados, existe algo inexplicable
entre los dos pueblos que los une con sincera amistad.
Hasta aquí su expresión era de majestuosa cortesía;
pero de pronto cerró enérgicamente la mano derecha, y añadió con sincero
entusiasmo:
—¡Ah, España! ¡Qué tenacidad para vivir! ¡Qué
fuerza para levantarse cuando tropieza! Admiro á vuestra nación, más aún por su
enérgica voluntad en tiempos de paz que por su valor en la guerra. Todo un
siglo de calamidades ha pesado sobre su historia: guerras civiles,
revoluciones, pérdidas de territorios, y sin embargo, se ha levantado de tantas
caídas, y sigue su camino, y resucita cuando la creen muerta, y desarrolla sus
riquezas naturales. ¡Ah, España, noble pueblo de la firme voluntad de vivir!...
Y al hablar de territorios perdidos, de guerras
desgraciadas y de la voluntad de vivir, por encima de toda clase de
infortunios, sus ojos miraron en torno de él con cierta tristeza.
En el fondo de la habitación seguían en fila y de
pie los tres subordinados, como testigos mudos, con las manos cruzadas sobre la
levita y las cabezas inclinadas hacia el suelo.
El Gran Visir recobra su majestuosa frialdad y
empieza á hacerme preguntas, aprovechando la ocasión para enterarse de un
lejano país.
—¿Vuestra flota la vais á rehacer ahora?
—Eso dicen, Alteza.
—Bien, muy bien. Una gran nación necesita barcos.
Pero creo que á los españoles les ocurre lo que á los turcos. Les gusta más
pelear por tierra que por mar... ¿Quién es ahora el generalísimo de vuestro
ejército?
Yo le digo que en España no hay generalísimo, y que
el ejército lo dirige el ministro de la Guerra. Su Alteza frunce el ceño como
para recordar un nombre.
—Y Weyler, ¿qué hace ahora?
—Es un general como los otros.
—Martínez Campos murió, ¿no es así?... Aquel era un
hombre.
Y Ferid-Pachá sonrie y vuelve á cerrar el puño con
expresión de energía.
Me hace otras preguntas sobre España, y yo,
mientras las contesto, sigo mirando el busto. ¿Pero de quién será?...
—¿Conocéis á monsieur Moret? Es
abogado nuestro. Nos lo ha recomendado el emperador de Alemania para que
intervenga en un asunto de Turquía.
Y Ferid-Pachá, con una expresión triste, me cuenta
en breves palabras el asunto. Uno de tantos abusos de la rapacidad europea:
grandes empresas de Occidente que vienen á establecerse en Turquía con el
pretexto de civilizarla, y luego de enriquecerse engañando la sencillez
otomana, todavía se fingen perjudicadas y exigen
enormes indemnizaciones al gobierno.
Su Alteza sigue haciéndome preguntas sobre mi país,
y yo continúo mirando el busto con excitada curiosidad.
—¿Y vuestro rey?—pregunta sonriendo el Gran Visir.
No sé qué contestar á esta breve interrogación, y
el personaje añade con dulce sonrisa:
—¡Qué actividad! ¡Qué exuberancia de vida! ¡Oh, la
juventud!... Vuestro rey nos inspira grandes simpatías. Viaja, se entrega á
los sport, le gusta ser soldado, se divierte... Hace bien, hace
bien.
Luego añade con expresión sentenciosa:
—Los monarcas deben divertirse. Para eso tienen
servidores fieles que se encargan de gobernar por ellos, sufriendo las
amarguras del poder.
Llega el momento de despedirnos con solemnes
saludos orientales. Al pasar junto al busto lo reconozco de pronto y me explico
mi torpeza. Estaba acostumbrado á ver con peluca esta cabeza de mono malicioso.
El marqués de Campo Sagrado, nuestro ministro en
Constantinopla, es el más conocido de los representantes diplomáticos. Hasta
los turcos modestos de Stambul conocen su nombre. Nueve años de permanencia en
Turquía y un carácter franco y bondadoso de gran señor, que para inspirar
respeto no necesita imitar á ciertos embajadores, altivos é inabordables como
reyes, han dado al marqués una gran popularidad en Constantinopla.
Cuando se citan los nombres de los representantes
de Europa, el de Constans, embajador de Francia, y el de Campo Sagrado, son los
primeros que acuden á la memoria de los turcos. Al pasar yo la frontera
otomana, apenas dije á los encargados de los pasaportes que iba recomendado al
embajador de España, todos, funcionarios y viajeros del país, le designaron por
su nombre.
—¡Su Excelencia el marqués de Campo Sagrado!... Un gran señor muy simpático. Lo conocemos: le vemos
muchas veces en su carruaje por la gran calle de Pera.
Hasta las damas turcas que parecen vivir aisladas
del mundo cristiano y fingen ignorar la existencia de infieles en
Constantinopla, conocen todas al representante de España, y cuando le ven,
sonríen amablemente bajo sus velos.
Es un excelente embajador para un país como el
nuestro, que tiene pocas relaciones con Turquía. Ya que le faltan ocasiones
para ejercitar su acción diplomática, mantiene el prestigio de España á honrosa
altura con su generosidad y su cortesía, condiciones que alcanzan profundo
respeto en este pueblo oriental, amigo de imponentes exterioridades.
Cuando llegué al palacio que tiene España en
Buyuk-Deré, en la ribera del Bósforo, cerca del Mar Negro, vi avanzar á Campo
Sagrado, sonriente y corpulento, con un aire animoso de segunda juventud,
tendiéndome su fuerte diestra de cazador asturiano. Este Nemrod infatigable,
luego de perseguir al oso en sus montañas natales, ha pasado muchos años en las
estepas rusas cazando con el zar y los grandes duques, y ahora acosa á los
venados turcos en compañía de los pachás más poderosos. Cuando el sultán conversa
con él, se entera con interés de sus hazañas venatorias.
—Está usted en su casa—dice el marqués con graciosa
amabilidad—. Esta es la casa de España.
Y nos da un almuerzo, en el que figura como plato
de circunstancias un buen arroz á la valenciana.
El almuerzo es bueno; al final se brinda por la
lejana patria... pero más notable es aún el comedor. Por un lado, las ventanas
dejan ver el parque de la legación, que extiende su arboleda cuesta arriba por
la ribera europea. En el lado opuesto, las arcadas de una logia sirven de marco
al mágico espectáculo del Bósforo y á las verdes montañas de la vecina costa de
Asia. Por la extensión azul pasan caiques con remeros vestidos de blanco, y
sentadas en el fondo de estas ligeras embarcaciones, damas turcas, que sólo
dejan ver encima de la borda su cabeza encapuchada, teniendo frente á ellas
esclavas negras, libres de velos. El sol del mediodía hace temblar las aguas
con chisporroteos de oro. Un viento frío, que viene del Mar Negro, aligera la
ardorosa temperatura estival.
—Verá usted en Constantinopla muchas cosas
interesantes—dice el ministro de España—. Pero créame usted á mí, que llevo en
esta tierra algunos años; los dos espectáculos extraordinarios, lo que no puede
verse en ninguna otra parte, son el Bósforo y el Sélamlik.
El Bósforo ya lo había visto yo, en toda su
extensión, al dirigirme á la legación de España. Me quedaba por ver el
Sélamlik, cosa difícil para la gran mayoría de los extranjeros, pues se
necesita para ello la recomendación de un
embajador. Pero Campo Sagrado es incansable cuando se trata de favorecer á un
compatriota, y á pesar de encontrarse un tanto enfermo, me acompañó en persona
á la ceremonia palaciega.
Todos los viernes, al mediodía, el sultán va con
gran pompa á hacer su plegaria á la mezquita Hamidié, vecina á su palacio. Es
el único momento en que se deja ver públicamente.
Abdul-Hamid podía prescindir de esta ceremonia,
especialmente desde hace tres años, en que estuvo próximo á perecer, por la
explosión de una máquina infernal, á la salida de la mezquita. Pero el
«Comendador de los Creyentes» quiere cumplir sus deberes de supremo jefe
religioso, y en treinta y cinco años sólo dos viernes, por causa de enfermedad,
ha dejado de presentarse en el Sélamlik.
Esta asistencia voluntaria á una fiesta en la que
ha sido objeto de atentados, demuestra que Abdul-Hamid no vive sometido á locos
temores ni le trastorna una manía persecutoria, como han hecho creer los
armenios que escriben desde París.
El sultán vive más allá de los arrabales de
Constantinopla, en Yildiz Kiosk ó «Palacio de la Estrella», extensión
amurallada, como diez ó doce veces Madrid, en la que hay un lago donde pesca y
navega á vapor, caminos por los que corre en automóvil, bosques plagados de
caza y unos cincuenta palacios, que habita y abandona á su capricho, mudando su
residencia varias veces en una misma semana. Con
una instalación tan completa se comprende que el majestuoso señor no sienta
ningún deseo de visitar Constantinopla. Sólo una vez por año entra en la gran
ciudad; pero es por mar, atravesando el Bósforo en dorado caique, para hacer
una visita religiosa al Viejo Serrallo, donde se guardan como milagrosas
reliquias el manto y el estandarte del Profeta.
Todos sus caprichos y deseos puede cumplirlos sin
salir del inmenso jardín que le sirve de palacio. Entre esposas legítimas,
odaliscas y parientas, su harem guarda unas trescientas mujeres.
No por esto hay que suponer al sultán entregado á
pecaminosas diversiones. Hombre de gran actividad para los negocios públicos,
quiere saber todo lo que ocurre en sus vastos dominios, y le falta el tiempo
para tantos estudios, consultas y audiencias. Su harem numerosísimo es puro
aparato; necesidad de seguir las tradiciones musulmanas, Abdul-Hamid
repite—según dicen—, con la certidumbre de la experiencia, que el hombre sólo
debe acordarse de tarde en tarde de las mujeres, para no ser un esclavo.
Cinco mil personas forman su servidumbre alta y
baja. Las cocinas imperiales dan de almorzar y de comer diariamente á cinco mil
bocas, con la generosidad propia de una vivienda imperial. Imagínese el lector
los carros de pan, los rebaños de ovejas y carneros, los cargamentos de
hortalizas, las tinajas de miel y otras vituallas que diariamente entran en las despensas del palacio. Á los cinco mil
servidores hay que añadir los regimientos que acampan en el recinto de Yildiz
Kiosk, lo que forma un total de diez mil personas.
El intendente del palacio es un importante
personaje; pero el Gran Eunuco es superior á él, y exhibe con orgullo su título
de Alteza. En realidad, es el más poderoso de los funcionarios de una monarquía
absoluta, pues conoce de cerca las debilidades del señor, y esto crea siempre
cierta confianza.
Tenía grandes deseos de ver de cerca á este extraño
personaje, y amigos influyentes preparaban nuestra entrevista. Después he
desistido. ¿Para qué? El Gran Eunuco iba á recibirme en su casa, una casa á la
europea, con muebles seguramente traídos de Viena, que serán su orgullo.
Además, sólo habla turco. Para ver la colección de blondas artísticas que está
formando y que exhibe á los extranjeros, no vale la pena de molestarse y llamar
Alteza á este grotesco y triste personaje.
No es fácil el acceso al «Palacio de la Estrella».
El día del Sélamlik los embajadores, que son en Turquía los personajes más
respetados después del sultán, se quedan fuera del palacio en un elegante y
grandioso pabellón de dos pisos, entre el Yildiz Kiosk y la mezquita Hamidié.
Allí, en un palacio anexo, recibe el sultán á los embajadores, después de la
ceremonia religiosa, si es que tiene algo que preguntarles ó comunicarles.
Cuando por algún asunto urgente entran los
representantes diplomáticos en el interior del inmenso jardín, siempre los
recibe Abdul Hamid en un palacio ó kiosco distinto.
Los banquetes en Yildiz Kiosk son algo semejante á
las fiestas de Las mil y una noches. El convidado se ve en un salón
con gruesos candelabros de oro de la altura de dos hombres. Los platos son de
oro trabajado á martillo; los cubiertos, de oro; de oro las botellas y hasta
las argollas de las servilletas.
Casi siempre estos banquetes son de treinta ó
cuarenta cubiertos; pero hace poco se dió en palacio una comida á la
oficialidad de la flota inglesa (unas doscientas personas) y el servicio fué de
oro, tan completo como siempre, sin que se notase la menor falta por el
excesivo número de convidados. Este palacio de misteriosas riquezas es
inagotable. Comerían mil á la mesa del sultán, y es posible que á nadie le
faltase su pila de platos de oro y su áureo cubierto.
En Turquía, la riqueza ostentosa resulta
aplastante. El viajero se marcha hastiado para siempre de las piedras
preciosas, enormes hasta la ridiculez, y tan exageradamente ricas, que se acaba
por perderlas todo respeto.
Algo semejante ocurre con las condecoraciones. El
sultán, al darlas, regala las insignias en brillantes. Los maîtres que
dirigen el servicio en un banquete del sultán, llevan el pecho cruzado de bandas y constelado de estrellas de diamantes. El
Gran Señor condecora también á las damas turcas, hijas ó parientes de los
pachás, y muchas de las encapuchadas que pasan en carruaje por las calles de
Stambul, yendo á visitas y fiestas, llevan bajo el misterioso dominó bandas
multicolores y estrellas y medias lunas de brillantes.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Trotan los escuadrones de jinetes por las fangosas
calles vecinas al Bósforo, camino de Yildiz Kiosk; pasan en sus carruajes
imponentes pachás, bordados, galoneados y con pesadas charreteras de oro;
desfilan los batallones, precedidos de una música con alegres chinescos;
presentan las armas los cuatro centinelas de cada cuartel á los coches de los
diplomáticos, que llevan en el pescante al cabás, criado que sirve
de insignia á toda la legación, con su uniforme de oficial turco, completado
por el sable corvo y el revólver de funda dorada.
La Constantinopla oficial y vistosa, el ejército,
los pachás, la diplomacia, los jefes árabes venidos de los lejanos vilayetos asiáticos,
todos marchan en la misma dirección.
Desde el kiosco destinado al cuerpo diplomático,
contemplo el más asombroso de los panoramas que ofrece Constantinopla.
En el horizonte, el mar de Mármara une su azul
intenso con el azul del cielo, blanqueado por el sol, y extiende la corriente
del Bósforo entre la ribera asiática, cubierta de bosques y palacios, y la
ribera europea, que desaparece como abrumada bajo el caserío de Constantinopla.
El oleaje de tejados rojos y negruzcos se pierde de vista, siguiendo las
ondulaciones de las colinas y los ángulos entrantes y salientes de la costa.
Los agudos minaretes, con balconcillos circulares,
semejan los mástiles con cofas de blancos navíos encallados é invisibles en la
inmensa masa de la ciudad. En la azul extensión del mar, se destacan, cual
dormidos insectos, los buques de guerra, negros é inmóviles, con manchas de
vivos colores temblando junto á sus colas. Sus
banderas de las grandes potencias que ondean en la popa de los buques estacionarios,
ó el pabellón otomano, rojo, con media luna y estrellas blancas, que se exhibe
en las vergas de varios yates imperiales que el sultán no ha visto nunca, ó de
modernos navíos que envejecen sin levar sus anclas.
De la ventana del kiosco diplomático se domina el
mar, las colinas y la ciudad. Desde las hondas orillas del Bósforo remóntanse,
formando distintas mesetas, las barriadas y los jardines, hasta las alturas en
que se halla situado el palacio de la Estrella. Un ancho camino pasa por debajo
de la ventana. Es el que conduce desde la puerta del palacio á la mezquita
Hamidié: un trayecto de unos cuatrocientos metros en suave pendiente. En este
espacio, que ocupa toda la cumbre de la colina de Orta-Keni, se verifica todos
los viernes la ceremonia del Sélamlik.
Van llegando las tropas. No existe ejército de
exterior más impotente que el turco. Contra todas las precauciones que puede
inspirar la afición de los orientales á lo vistoso y abigarrado, las tropas
turcas ofrecen un aspecto sombrío y grave. Sus uniformes obscuros sólo están
animados por los vivos toques del rojo de las bocamangas y del fez. Visto desde
lo alto, este ejército no ofrece ninguna distinción de categorías. El mismo
gorro llevan los generales, y aun el mismo Sultán, que el último soldado. El fez,
cobertera uniforme de todos los otomanos, unifica
las filas. No hay aquí la diversidad de penachos, galones y cascos de los
ejércitos occidentales, que clasifica á los guerreros según el aspecto de las
cabezas. Hay que mirar de cerca á los militares turcos para reconocer en los
dorados de sus hombreras las diferencias de categorías.
Desfilan al son de estrepitosas bandas de bárbara
marcialidad los regimientos de línea, vestidos de obscuro azul, llevando al
frente á sus jefes, montados en pequeños caballos turcos, que aun parecen más
diminutos bajo la obesidad de sus jinetes. Los batallones árabes se distinguen,
en esta aglomeración de cabezas rojas, por sus turbantes verdes, color
religioso exaltado por el Profeta. Los albaneses, vestidos de blanco, á la
zuava, forman en la puerta del palacio como tropa de preferencia, encargada de
la guarda del sultán. Llegan los marinos de la escuadra, con sus oficiales á
caballo: unos marinos de altas botas, que llevan al cinto por toda arma el
ancho sable de abordaje. Al pie de la colina de Orta-Keni, ondean las rojas
banderolas de los lanceros. Los regimientos de caballería tienen bandas de
música, y se ve á los trombones, enroscados al cuerpo de los jinetes, como
enormes serpientes de metal, saltar bruscamente á impulsos de los botes de los
caballos, ocultos tras un pliegue del terreno.
El aspecto imponente de estas tropas se debe á la
edad de los soldados. El ejército turco es un ejército duro.
No se ven en sus filas muchachos barbilampiños y á medio formar, como en los
ejércitos de Europa. El soldado turco es hombre de veinticinco á treinta años,
fuerte, macizo, bigotudo, en todo el esplendor de su desarrollo. Unase á esto
la fe ciega del mahometano, ese fervor religioso que inspira respeto por su
ingenuidad aun á los más escépticos, y se comprenderá lo que es una masa de
siete ú ocho mil soldados otomanos. Después de verlos, nada puede asombrar de
cuanto se diga sobre su resistencia ante el enemigo y su fiera conformidad ante
la muerte. Se lo imagina uno mal dirigido en los campos de batalla, y dejándose
matar, sin retroceder un paso. Pero volviendo la espalda, no hay quien se lo
figure.
Al detenerse y extender sus filas á lo largo del
camino, descansan sus fusiles en tierra con un golpe seco y uniforme, y quedan
inmóviles, con una inmovilidad que parece de ensueño.
Nadie diría que al pie de la ventana hay formados
algunos miles de hombres. Ni un susurro, ni una palabra, ni una tos. Hasta los
caballos permanecen inmóviles, sin el más ligero relincho. Parece una inmensa
exhibición de figuras de cera. La brisa mueve las borlas de los gorros, el oro
de las charreteras, las gualdrapas de los caballos; pero esto es todo lo que se
agita y parece tener vida en la enorme aglomeración de hombres. Los cuerpos no
se mueven; los ojos, vagos y como de vidrio, miran
sin ver; las bocas, cerradas, no parecen respirar.
Un silencio absurdo lo envuelve todo; un silencio
de pesadilla, un silencio más profundo que el de la noche, reproduciéndose bajo
la luz del sol.
En el kiosco, los embajadores y las grandes damas
del cuerpo diplomático hablan con entera libertad; pero, sin embargo, sus voces
suenan con cierta sordina, como cohibidas instintivamente por el silencio
exterior. Campo Sagrado, con su hidalga cortesía española, cumplimenta á las
señoras; Constans, el famoso embajador de la República francesa, habla en
correcto español, recordando sus años juveniles de Madrid: todo un mundo de
oficiales extranjeros, puestos de gran uniforme, agregados diplomáticos, secretarios,
dragomanes y elegantes damas, rodea á los embajadores europeos, que son en
Constantinopla algo así como semidioses, con más poder que el mismo sultán,
pues muchas veces amargan sus días con enérgicas reclamaciones y turban su
sueño.
Las palabras, las risas y los cuchicheos caen de
las ventanas, como involuntarias irreverencias, sobre la muchedumbre guerrera,
silenciosa é inmóvil. Ni una mirada se eleva; ni un rostro se contrae. No ven,
no oyen; están como muertos bajo la doble mortaja de la disciplina militar y el
fervor religioso. Esperan al Padichá, nombre que dan los turcos á
su emperador. El título de Sultán sólo lo emplean los árabes.
La conversación y la risa de los europeos tampoco
conmueven á los ayudantes de campo del emperador, cubiertos de oro, y á los
empleados palatinos, de negra stambulina, que permanecen erguidos é
inmóviles en las puertas y ventanas de los salones del kiosco. Imposible
moverse sin tropezar con ellos. Levantáis un cortinaje, y vuestra mano tropieza
con el pecho de un coronel, inmóvil como un adorno del salón, y que no cambia
de lugar ni os mira. Vais á una ventana, é inmediatamente percibís la sensación
de que alguien está detrás: un señor de levita y gorro, con un rosario de ámbar
en las manos, que jamás fija sus ojos en los vuestros, como si ignorase vuestra
presencia.
El sultán recibe á sus huéspedes con la mayor
cortesía, enviándoles orientales saludos de amistad. Estáis como en vuestra
casa; los esclavos negros ofrecen cigarrillos; bajo tapices de seda, con flores
doradas, llegan las humeantes tacitas de café y los vasos de oro llenos de
confitura de rosas; pero no podéis dar un paso sin que unos ojos os sigan; no
podéis sentaros sin que alguien se siente cerca de vosotros; no podéis hablar
sin que un señor de uniforme ó de levita venga á situarse á pocos pasos, volviéndoos
la espalda, para mayor disimulo. Al asomaros á una ventana, debéis arrojar
antes el cigarro. Nadie puede llevar nada en las manos. Las señoras deben
abandonar sus sombrillas, aunque las tueste el sol. Una maquinilla fotográfica es un crimen que se paga con la
expulsión. El alto espionaje, que consume con enormes sueldos una gran parte de
la renta pública, vela por la existencia del Padichá con una
meticulosidad ridícula.
Un crujido de arena, bajo la marcha acompasada de
muchos pies, turba el profundo silencio exterior.
Me asomo á la ventana. Dos filas de pachás
descienden la cuesta, camino de la mezquita, con el sable en una mano
enguantada de blanco, y moviendo la otra al andar con una regularidad de
simples soldados. Son los generales que tienen empleo palatino ó están en los
ministerios. Salen del palacio y van á la mezquita, agrupándose en la puerta de
ésta para recibir al señor. Sobre sus levitas de obscuro azul, adornadas con
grandes charreteras de oro, brillan condecoraciones de un esplendor fantástico;
estrellas de brillantes, soles de rubíes y esmeraldas, todas las insignias que
puede regalar un monarca oriental de fabulosa generosidad.
Estos pachás son la flor del imperio. Los hay
viejos, tostados y secos, con grandes barbas blancas y gafas de oro, antiguos
generales que pelearon con los rusos en las orillas del Danubio y resistieron
en Plewna con la tenacidad inconmovible del musulmán. Otros, jóvenes, morenos y
obesos, son altos oficiales por la voluntad del Gran Señor; generales por
nacimiento, que nunca han mandado tropas;
almirantes hereditarios que jamás pisaron el puente de un acorazado.
El silencio se agranda. En las muchedumbres
occidentales, la emoción se manifiesta con empujones de impaciencia y sordos
rugidos. Los turcos, al llegar el momento esperado, lo anuncian con una
inmovilidad mayor, con un silencio absoluto, absolutísimo; con la ausencia de
todo signo de vida.
En el balconcillo del minarete de la mezquita
Hamidié aparece un hermoso imán, de barba negra y turbante blanco.
Visto de lejos, parece un muñequillo asomado á un balcón de encajes. Extiende,
como alas de murciélago, las grandes mangas negras de su sotana, y un canto
plañidero y dulce, semejante á una saeta andaluza, rasga el
denso silencio, descendiendo hasta nosotros, como si viniera del cielo.
Empiezan á bajar carrozas por la enarenada cuesta,
camino de la mezquita. Son las sultanas y odaliscas del harem imperial; unas
cuantas nada más, pues de ir todas en el cortejo, duraría éste horas enteras.
Los eunucos negros, con las manos cruzadas sobre el
vientre, marchan formando un círculo en torno de cada coche. En unos van las
hermanas é hijas del Padichá; en otros, sus tías; en los que rompen
la marcha, las odaliscas preferidas. Entre los generales y almirantes que,
sable en mano, forman un grupo ante el kiosco, hay hijos y hermanos del emperador. Lo mismo pueden llegar un día al
trono, que morir desterrados en una provincia de Asia, ó amanecer con las venas
cortadas y unas tijeras junto á la cama, para que todos crean en un suicidio.
Al través de los vidrios de las carrozas se ven
blancos velos, ojos pintados de negro, joyas enormes, mantos bordados de oro
con una suntuosidad oriental... y vestidos parisienses, chillones y de mal
gusto, de esos que los costureros de París guardan, según ellos dicen, para las
damas turcas y las millonarias de América.
Un rugido feroz corre al frente de las filas. Los
soldados presentan las armas. Un landeau sencillo, tirado por
seis caballos de una belleza inexplicable, como sólo puede poseerlos el
soberano de la Arabia, avanza lentamente. Delante de él y á los lados marchan,
en revuelta confusión, guardias albaneses con el fusil al hombro y la bayoneta
calada; pachás que se codean y pisotean con los simples soldados; palafreneros
de dalmática bordada, gruesa como coraza de oro; simples dignatarios de palacio
vestidos de negro; jefes árabes, de nítido albornoz, venidos del Yemen para
saludar al descendiente del Profeta. Los grupos de generales y almirantes
situados al paso se unen á este grupo que corre en torno del carruaje,
oprimiéndose contra sus ruedas y agrandándose por momentos.
Solo en el landeau, con la capota
caída, se muestra el emperador, el hombre
omnipotente, el Padichá, el Sultán, el Comendador de los Creyentes,
rey y pontífice á un mismo tiempo de muchos millones de hombres.
Al pasar ante el kiosco diplomático, levanta los
ojos hacia las ventanas y saluda levemente, con gravedad musulmana. Es un
hermoso tipo masculino; una figura de guerrero y de creyente. Sin duda va
pintado como las mujeres de su harem. Á juzgar por los años que ocupa el trono
y su anterior juventud, debe estar en los setenta, y sin embargo, la luenga
barba es de un negro intenso y el rostro tiene un aspecto de juventud. Este
hombre, que es señor de una parte considerable de Asia y de una de las primeras
capitales de Europa, que posee tesoros como los de Las mil y una noches,
que es rey de Bassora, la de las perlas, y de Bagdad, la de las fantásticas
riquezas, se muestra simplemente vestido de negro, sin un adorno, sin una
alhaja, con algo de clerical y severo en su indumentaria.
Lo que se admira al momento en él es la
tranquilidad, la resignación valerosa del musulmán. Este hombre no tiene miedo
ni puede tenerlo, á pesar de cuanto han dicho los periodistas franceses. Es un
fatalista. Si está escrito que le maten, le matarán de todas maneras, por ser
así la voluntad de Alláh. Y á pesar de que en el Sélamlik intentaron
asesinarle, valiéndose de un vehículo cargado de dinamita, va á él todos los
viernes, y pasa bajo las ventanas del kiosco
diplomático, desde las cuales se le puede alcanzar fácilmente, y se exhibe más
allá, ante una muchedumbre que aguarda bajo el sol, contenida por las filas de
la tropa.
Las bandas de música hacen sonar el himno imperial,
una especie de mazurca alegre; los gritos del imán llegan de
lo alto durante las breves pausas del himno; los soldados lanzan por tres veces
una aclamación feroz, un grito de guerra que es un viva.
El sultán penetra en la mezquita. Fuera, en el gran
patio, aguardan las damas del harem, dentro de sus carrozas, con los caballos
desenganchados, por una precaución tradicional. Todas las tropas vuelven el
frente á la mezquita para no estar, ni aun á gran distancia, de espaldas al
emperador.
Cuando media hora después, terminada la plegaria
del Sélamlik, vuelve el sultán al palacio, el regreso parece menos ceremonioso
y más entusiasta. El Comendador de los Creyentes, dejando partir las carrozas
de las mujeres, los caballos de respeto que llevan de la brida los dorados
palafreneros, toda la pompa de su corte, avanza en un ligero cochecillo de dos
ruedas, tirado por un tronco de hermosas bestias que él mismo guía,
acariciándolas con el látigo. Su hijo favorito, vestido de almirante, se sienta
al lado de él.
El tumulto de generales, dignatarios y simples
soldados de la guardia, se hace mayor en torno del
ligero cochecillo. Corren jadeantes los pachás y los oficiales, pisoteándose y
aclamando al emperador. Suenan otra vez las músicas; pero apenas se oyen,
sofocadas por el griterío de muchos miles de hombres.
Los soldados, silenciosos antes como estatuas,
rugen al presentar las armas y ver de cerca á su emperador: «¡Larga vida
al Padichá!»
No son los fríos vivas de ordenanza de otros
países. Las aclamaciones del turco vienen de adentro, de lo más hondo.
En este país es inútil soñar con reformas y
revoluciones.
Turquía podrá desaparecer; pero cambiar... ¡nunca!
Sólo puede ser como es, y así vivirá ó morirá.
El buen musulmán jamás discute á su soberano.
El Padichá es algo más que un rey de la tierra: es
representante de los poderes del cielo. Cuanto él hace, bueno ó malo, lo hace
Dios, y el turco es el más religioso y resignado de los hombres.
Aun en sus mayores desgracias, al verse en la
miseria ó ante el cadáver de un ser amado, nunca tiene una lágrima ni una
palabra de protesta. Le basta, para consolarse, suspirar
melancólicamente:—¡Alláh lo ha querido!
Antes de conocer Constantinopla, cuando yo evocaba
en la imaginación la gran ciudad oriental, reconstruyéndola con arreglo á
ciertas lecturas, lo primero que veía eran los perros, los famosos perros de la
metrópoli turca.
Muchas cosas que amaba por los libros, no las he
encontrado al llegar aquí. Unas han desaparecido bajo las huellas del tiempo;
otras eran mentiras poéticas, que jamás tuvieron realidad. Pero los perros, los
célebres perros, aquí están, como en otros siglos, llenando las calles,
obstruyendo las aceras, dificultando el paso de los vehículos, sin casa, sin
amo, sin otro medio de subsistencia que el respeto tradicional y la ternura que
siente el turco por todos los animales.
¿Quién no ha oído hablar de los perros de
Constantinopla? Hasta hace pocos años eran la única policía urbana de la gran
ciudad; el cuerpo de limpieza pública, encargado de que las calles no quedasen totalmente obstruídas por carroñas de
animales y montones de estiércol. Ahora, la influencia europea ha logrado que
la triple ciudad de Constantinopla, ó sea Stambul, Pera y Scutari, tengan tres
municipios, compuestos exclusivamente de ciudadanos turcos, que velan á su modo
por la limpieza de las calles. Hay barrenderos indolentes y carretillas de
riego para las principales vías; mas no por esto los perros han perdido sus
antiguos privilegios. Al anochecer, de todas las casas arrojan á la vía pública
el estiércol y los desperdicios; acuden los perros; la noche entera pasa entre
ladridos, mordiscos y estrépito de lucha en torno del festín, y á la mañana
siguiente, los barrenderos «quitan la mesa», llevándose lo que no han podido
devorar estos pupilos de Constantinopla.
Venecia tiene sus palomas, que han vivido y
procreado durante siglos á expensas de la República, como una institución
nacional.
Constantinopla tiene sus perros, respetados por el
turco con cierta superstición, como si su suerte fuese unida á los destinos del
pueblo otomano en el suelo de Europa.
Vinieron, según la tradición, desde el fondo del
Asia, siguiendo al ejército turco. Cuando éste tomó á Constantinopla, los
perros se aposentaron en las calles y en las ruinas, considerando á la enorme
ciudad como conquista propia. Eran perros vagabundos y guerreros, acostumbrados
á toda clase de privaciones; perros de soldado, sin
dueño fijo, acariciados y mantenidos por todo un ejército; animales de
campamento hechos á la vida común, á buscarse el sustento por sí mismos. Dentro
de Constantinopla continuaron su vida de vivac. Su parte de gloria en la gran
hazaña turca, su muda colaboración en la marcha de siglos, desde el centro de
Asia á las bóvedas de Santa Sofía, la cobran estos animales con el respeto de
todo un pueblo, con una consideración popular que parece elevarlos casi al
nivel del hombre.
Yo me los imaginaba feos, hirsutos, flacos,
amenazantes, con colmillos babosos de rabia y ojos amarillentos de fiebre: una
especie de leopardos urbanos, que hacían peligroso el tránsito por las calles
de Constantinopla. Me sorprendí al verlos por primera vez, gordos, lustrosos,
de una belleza ruda y silvestre, con hocico y gestos de lobo, pero de buen
lobo, cortés y juguetón, con un pelo de color de miel, lavado por las lluvias.
Son de regular alzada; muestran unos colmillos de espeluznante blancura; casi os
derriban cuando se alzan sobre las patas traseras para acariciaros, y sin
embargo, á nadie inspiran miedo. Peléanse entre ellos con encarnizamiento de
fieras: todos llevan en su cuerpo señales de mordiscos; un combate de dos
perros es algo horrible que pone en conmoción á toda una calle, y á pesar de
esto, basta que un niño les amenace con un palo, para que se retiren, basta que
un turco les largue una patada, para que huyan sin
revolverse, pasando del rugido feroz al lamento lacrimoso. Saben que su subsistencia
depende del hombre, y lo respetan como á un dios que dispone de sus vidas. Rara
vez atacan á las personas; nunca se ha conocido la enfermedad de la rabia en
estos vagabundos, y cuando muerden, muy de tarde en tarde, á los transeuntes,
casi siempre son mujeres las víctimas de sus ataques.
¿Cuántos perros vagabundos existen en las calles de
Constantinopla? Nadie lo sabe. Los más parcos en sus cálculos dicen que 80.000.
Otros los hacen ascender á centenares de miles. Un comerciante francés ofreció
al gobierno otomano una enorme cantidad para exterminar los perros y aprovechar
sus pieles. Un buen negocio industrial, según parece. El vecindario turco se
indignó. ¡Matar sus perros! ¡Exterminar á los fieles camaradas de los
conquistadores de Constantinopla!...
Los extranjeros van por las calles con grandes
pedazos de pan, para obsequiar á estos pupilos de Turquía. Así como en la plaza
de San Marcos las damas viajeras tienden sus manos llenas de trigo á los
palomos venecianos, desapareciendo envueltas en una nube de plumas palpitantes
y picos acariciadores, aquí se las ve, hundidas hasta las rodillas, entre pelos
rojizos, hocicos babeantes y rabos inquietos, partiendo un mendrugo con los
enguantados dedos y arrojando pellizcos de pan á las fauces glotonamente abiertas.
Causa admiración el orden de esta república perruna, falta de gobernantes y de leyes escritas,
pero sometida, por el instinto de vivir, á una disciplina social. Muchas veces,
al abandonar yo el comedor del hotel, recolecto en todas las mesas los pedazos
de pan olvidados, tarea en la que se me adelantan con frecuencia otros
viajeros. Salgo á la calle y me rodea un grupo de perros estacionados frente á
la casa; la familia ó tribu á la que corresponde por derecho tradicional este
trozo de vía. Ni ladridos ni empujones de impaciencia. El jefe de grupo, el
patriarca, el guerrero, alcanza en el aire el primer pedazo, y va á situarse
lejos de los suyos, vigilando la calle para evitar que ningún intruso se
ingiera en el banquete. Mientras tanto, la familia va cogiendo al vuelo los
otros pedazos, siguiendo un turno riguroso, sin que á nadie se le ocurra
adelantarse á otro y arrebatarle su parte. De vez en cuando se aproximan otros
perros, azuzados por el hambre, queriendo introducirse en el grupo, y una
ruidosa batalla pone en conmoción á la calle entera.
El guerrero, erguido sobre las patas traseras, hace
frente á los invasores, y pelea él solo, mientras la tribu come. Aullidos,
mordiscos, lucha á brazo partido; pues los perros de Constantinopla combaten
poniéndose de pie y agarrándose como hombres, al mismo tiempo que dirigen á la
cara del enemigo las acometidas de sus colmillos. Cuando el peleador sale
ensangrentado del encuentro, se tiende en el arroyo, y toda la familia le rodea, con aulladora gratitud, lamiendo horas y
horas sus heridas.
Marcháis por una callejuela seguido de varios
perros que os husmean las manos y se empinan hasta vuestros bolsillos, con la
esperanza del pan. De pronto, os veis solo. Los perros quedan atrás, y no os
seguirán por más que intentéis atraerlos con silbidos y exclamaciones
cariñosas. Están en los límites de «su jurisdicción»: han llegado al término
del trozo de calle que les pertenece, y no pasarán de allí. Otros perros os
salen al encuentro, os acarician, os siguen, hasta llegar al término de su
territorio, y allí os dejan rodeados por una nueva tropa canesca. Así, de
escolta en escolta, podéis correr por la noche toda Constantinopla. Cuando
estalla una tempestad de ladridos, es que un grupo ha osado introducirse en
terreno enemigo. Cuando una riña feroz conmueve el barrio, es que un perro
vagabundo, sin familia y sin domicilio, es atacado por los burgueses de la
raza, gente de bien, amiga del orden, que no puede tolerar tales faltas de
disciplina social. El bohemio canino que vaga por Constantinopla, acaba inevitablemente
sus días asesinado y devorado por las familias honradas de su especie.
Según es la calle, así es el aspecto de los perros
acampados en ella. En las vías modernas más elegantes de Pera y Galata, donde
están las grandes tiendas de bisutería, ropas, muebles y libros, los perros
ofrecen un aspecto lamentable; flacos, piojosos y
lanudos, mirando melancólicamente á las enormes lunas de los escaparates, tras
los cuales se exhiben cosas hermosísimas, pero que no sirven para comer. En las
callejuelas turcas, llenas de inmundicias y de pequeños puestos de comestibles
alineados en el arroyo, el perro es alegre, juguetón y de sano aspecto.
Dice un antiguo refrán turco: «Si mirando se
aprendiese un oficio, todos los perros serían carniceros.»
No hay carnicería de Constantinopla que no tenga
ante la puerta unos veinte ó treinta perros, todos en fila, sentados sobre el
cuarto trasero, silenciosos, con una gravedad de gentes bien educadas, fijos
sus ojos en el dueño, con expresión de súplica, y abriendo la roja garganta á
impulsos de insinuantes bostezos. Aguardan lo que caiga, y lo que cae las más
de las veces es una mano de latigazos, pues el carnicero turco acaba por
enojarse con esta tertulia muda que obstruye la puerta de la tienda y hace tropezar
á los parroquianos.
En medio de las bandas de perros que corretean por
las calles á la caída de la tarde y duermen enroscados en las aceras á la hora
del sol, se ven animales grotescos y repugnantes, tristes caricaturas de su
especie. Unos llevan los ojos saltados; otros el lomo partido por
sanguinolentas dentelladas ó el hocico medio devorado y con un morro pendiente.
Son recuerdos de sus batallas con los compañeros de raza. Otros caminan á
saltos, con una pata rota vuelta hacia arriba, ó
arrastran por el suelo su inmóvil parte trasera, como si fuesen extraños
lagartos. Las ruedas de un vehículo les han dejado así, á pesar del respetuoso
cuidado con que los turcos tratan á los animales. El cochero de Constantinopla
antes prefiere volcar que aplastar á los perros. Los carruajes se detienen á
cada instante ó dan bruscos rodeos para salvar sus vidas. Pero estos animales,
habituados á un respeto tradicional, abusan de él, durmiendo tranquilamente en
mitad de las calles de más tránsito.
Cuando una perra lanza su prole en plena vía
pública, el buen turco saca un cajón, un tonel, un gran cesto lleno de paja, y
lo coloca en mitad de la acera para que sirva de cuna á los reciennacidos. La
gente tiene que dar un rodeo y bajarse de la acera desafiando el peligro de los
coches; la circulación se dificulta é interrumpe, pero nadie protesta ni mueve
el obstáculo. Sálvense los animales, aunque perezcan las personas.
Las primeras noches de estancia en Constantinopla
son horribles. Los viajeros buscan en los hoteles las habitaciones interiores,
lejos de la calle. Ladridos toda la noche; batallas en torno de los montones de
estiércol; concierto de aullidos cada vez que pasa un trapero con un farol, ó
cuando un transeunte les parece sospechoso. Las noches de luna, Constantinopla
se estremece con ruidosas y feroces contorsiones. Hasta las piedras parecen ladrar al astro de la noche. Al fin, el viajero
adquiere oídos turcos, y se duerme arrullado por esta tempestad de ladridos,
como podría dormir bajo el susurro de las olas ó la brisa perfumada de un
jardín lleno de ruiseñores.
¡Las obscuras tragedias que se desarrollan en esta
sociedad animal, regida por el misterioso idioma de la mirada y el ladrido!
¡Las leyes crueles é inexorables de esta república de los perros!...
Una tarde fuí al santo barrio de Eyoub en un
vaporcito, siguiendo el Cuerno de Oro en toda su extensión. Un perro flaco,
triste, de mirada dulce, pasaba y repasaba durante el viaje, entre las piernas
de los viajeros. Al abordar al pontón de Eyoub, intentó deslizarse, oculto
entre el gentío, pero un estrépido horripilante estalló de pronto, asustando á
las buenas turcas encapuchadas que salían del vapor. Más de una docena de
perros se arrojaron sobre el recién llegado como bestias feroces, mordiendo de
veras, «tirándose á matar», buscando su cabeza con los agudos colmillos. El
pobre can, como si esto no le sorprendiese, como si fuera algo esperado, corrió
á refugiarse en el barco que volvía á Constantinopla.
Pasé la tarde en Eyoub. Al anochecer esperé en el
pontón la llegada del barco que iba á hacer su último viaje á la ciudad. Llegó
el vapor, y entre la avalancha de viajeros intentó pasar el mismo perro. Pero
otra vez salieron á su encuentro los enemigos, con terrible acometida de
aullidos y mordiscos, y tuvo que refugiarse de
nuevo en la cubierta.
¡El triste regreso hacia Constantinopla! En vano di
pan al mísero animal. Comía con avidez de hambriento, pero sus ojos iban hacia
Eyoub, que se perdía en el fondo del Cuerno de Oro, con sus cristales
inflamados por la agonía del sol; hacia Eyoub, al que le atraía el instinto, y
en el que no podía desembarcar. Cuando llegamos, ya de noche, al Gran Puente,
el pobre perro se alejó á la luz de las estrellas, para refugiarse entre dos
tablones y esperar el primer vapor de la mañana, emprendiendo de nuevo su viaje.
Y al día siguiente comenzaría su triste peregrinación, sin otro resultado que
mordiscos y una fuga vergonzosa; y al otro y al otro lo mismo; y aun estoy
seguro de encontrarle si emprendo el viaje; y así vivirá hasta que muera ó le
maten; empujado hacia la santa barriada de Eyoub por un buen recuerdo del
pasado, y detenido siempre por la ferocidad implacable de unos enemigos que
ladran y muerden, tal vez á impulsos de una antipatía de raza, de una venganza
de familia ó de un obscuro drama de animalidad inferior... ¡Quién sabe!
El muro oriental de la mezquita de Bakarié, en las
afueras de Eyoub, está rasgado por grandes ventanales con celosías
encristaladas, y á través de ellas, mientras llega la hora de los oficios, veo
cabrillear, bajo la lluvia de oro del sol del mediodía, las aguas azules,
densas y como muertas del Cuerno de Oro, allí donde éste se confunde con las
llamadas Aguas Dulces de Europa.
De vez en cuando, como una visión cinematográfica,
pasa por la extensión azul que tiembla más allá de los ventanales una lancha de
vela con un cargamento de mujeres, ó un caique blanco y dorado, con damas
envueltas en obscuro dominó, llevando como escolta de honor, junto á los
remeros sudorosos, una esclava negra.
Adivino que desembarcan en el muelle de la
mezquita, invisible para mí. Después pasan otra vez estas mujeres misteriosas,
ante los ventanales, pero á pie, siguiendo lo largo
del muro, como actrices que cruzan el fondo de una escena dejándose ver sólo
por los huecos de la decoración.
Á cada entrada de éstas crece el zumbido de
conversaciones y risas que se escapa de todo un lado del piso superior de la
mezquita, galería cerrada con espeso enrejado, tras el cual asisten á la fiesta
las mujeres turcas.
Yo estoy en lo que pudiera llamarse el coro de la
mezquita; una tribuna de madera, sobre la puerta de entrada, frente á los
ventanales que dan á la ría azul, y al lado de la galería enrejada, tras cuyas
celosías se adivinan vagamente los mismos bultos blancos y negros, é iguales
movimientos de curiosidad misteriosa que en una iglesia de monjas.
Es miércoles y la respetable cofradía de los
Derviches Danzantes va á celebrar la fiesta en Bakarié, que es su templo más
importante en Constantinopla. Los viernes dan otra representación en
pleno barrio de Pera, en una mezquita perdida entre edificios europeos, rodeada
de cafés y tiendas modernas, interrumpida muchas veces la solemnidad del rito
por el pitar de los tranvías y los gritos de los vendedores de periódicos. Es
una fiesta para los extranjeros de paso; algo semejante á las diversiones
pintorescas que organiza la Agencia Cook para que los viajeros se enteren de
las costumbres tradicionales de un país, á tanto por ejecutante.
En Bakarié la fiesta religiosa no tiene otro
público que los devotos, y asiste á ella el Cheik, sacerdote jefe de los
Derviches Danzantes. Bakarié sólo atrae á las gentes del país. Es una mezquita
perdida entre risueños cementerios y jardines abandonados en las afueras de
Eyoub, barrio extremo de Constantinopla, donde no vive ningún europeo, donde
subsiste la santa mezquita cerrada é inabordable á todo infiel durante siglos,
donde es molesto á ciertas horas transitar por las tortuosas callejuelas, pues las
viejas fanáticas, encapuchadas de negro, escupen con entusiasmo religioso á los
pies del cristiano y le siguen con un barboteo senil de palabras
incomprensibles, en las que sólo se adivina la palabra perro seguida
de misteriosas maldiciones.
En el coro de la mezquita de Bakarié no hay otro
europeo que yo. Me siento como avergonzado por las cien miradas de curiosidad
desdeñosa que adivino tras las espesas celosías y por el gesto impasible de los
músicos sentados junto á mí, que parecen no haberse enterado de mi presencia.
Ocupo una silla mugrienta, algo coja y con el asiento de paja próximo á
desfondarse, único mueble europeo que el sacristán, tras larga rebusca, ha
podido encontrar en la mezquita. Los músicos se sientan en el suelo, con las
piernas cruzadas sobre esteras de fresca y amarilla limpieza, y todos ellos
visten el traje de los derviches danzantes; largas túnicas de pesado paño rojo, verde, blanco ó azul, y sobre ellas un manto negro.
Sus caras barbudas, bronceadas, feroces, de cejas hirsutas y ojos con manchas
de color de tabaco, parecen empequeñecerse, abrumadas bajo la enormidad del
respetable gorro que sirve de distintivo á la cofradía: un cono truncado de
fieltro gris, sin alas y sin otro saliente que un ligero reborde circular. Algo
así como una maceta de flores, de barro cocido, puesta boca abajo. Unos tienen
en sus manos la flauta turca y soplan en ella ligeramente, haciendo sordas
escalas para convencerse de la bondad del instrumento; otros colocan junto á
ellos los darboukas, pequeños timbales que sirven de
acompañamiento. Los cantores abarcan entre sus rodillas unos catrecillos de
madera que sustentan el libro abierto, de amarillento papel, con caracteres
negros y rojos.
Miro al fondo de la mezquita. Las columnas de
madera que sostienen las galerías superiores están unidas por una barandilla
blanca y roja. Entre esta barandilla y los muros se hallan las tumbas de los
derviches de la cofradía que murieron en olor de santidad, catafalcos de paño
verde, apolillado por el polvo de los siglos, y con enormes turbantes que
usaron en vida los varones bienaventurados. Entre las tumbas, sobre frescas
esteras de junco, se sientan en cuclillas ó se arrodillan descansando el cuerpo
en los talones todos los fieles que acuden á la fiesta; gruesos tenderos de
Eyoub, burgueses venidos en barca desde Constantinopla, jardineros
de las cercanías, marinos de los acorazados turcos eternamente inmóviles en el
Cuerno de Oro, todos con los zapatos en la mano y el fez erguido sobre la
frente.
Las barandillas de las cuatro columnatas cierran el
centro de la mezquita, formando á modo de un gran salón de baile con el
pavimento de madera, limpio, encerado y brillante. Allí están aguardando su
hora los sagrados ejecutantes de la fiesta, los derviches acurrucados en el
suelo, formando tres filas, frente al Cheik, que ocupa él solo la parte de
Oriente, sentado en una piel de cordero. Envueltos en sus mantos negros, que
forman en torno de ellos amplio embudo, é inclinando á impulsos de la
meditación el alto gorro que cubre su cabeza, parecen extraños insectos que se
repliegan para saltar de pronto sobre una presa invisible.
Un cantor se ha puesto de pie y avanza con el libro
abierto hasta la barandilla del coro. Su manto, al entreabrirse, deja
descubierta una gruesa túnica anaranjada, de pliegues rígidos: una prenda
venerable, con la respetabilidad de varias generaciones sacerdotales, y que
parece tejida al mismo tiempo de lana y de plegarias. Es un joven barbilampiño
y rubio. Su pescuezo blanco se hincha y colorea de sangre con los esfuerzos de
la voz de falsete. Una ruda protuberancia del cuello, la nuez de la garganta, se
agita convulsa, sube y baja, marcando las modulaciones de la voz.
La plegaria tiene el ritmo de un canto oriental,
monótona, soñolienta, de misteriosa lentitud, retardándose cada palabra con
reflexivas pausas, prolongándose con repeticiones é interminables gorjeos, como
ciertas canciones de Andalucía.
Los derviches, abajo, con la frente en una mano y
el codo en la rodilla, parecen soñar replegándose cada vez más dentro de sus
embudos negros, empequeñeciéndose con el reconcentramiento de la meditación.
¿Qué dice la plegaria?... Nada. Interminables
alabanzas á Alláh invisible, señor del universo, misterioso justiciero sin
forma material ni otra imagen que los dorados caracteres árabes de elegantes
rabos que lucen en la mezquita sobre el fondo verde de redondos escudos;
nombres de sultanes que, agrupados en lista cronológica, son como la historia
del pueblo turco. Y sin embargo, esta oración, cuyas palabras carecen de mérito
literario y sólo tiene el encanto de la música adormecedora, causa en el auditorio
un efecto de recogimiento sincero que rara vez se encuentra en los ritos
occidentales. La voz del cantor parece hipnotizar á los oyentes. Los fieles,
con la mirada perdida y el cuerpo rígido, empiezan á moverse sobre su cintura,
siguiendo con un vaivén cada vez más enérgico las palabras del derviche. Los
rostros se colorean como si reflejasen las llamas de una combustión interior.
Las narices se dilatan y en los ojos brilla como chispa perdida un punto de luz azulada y misteriosa. De vez en cuando un rudo
suspiro se escapa de estos pechos contraídos por la emoción religiosa. El
europeo, solo y aislado en esta mezquita lejana, entre la vehemencia silenciosa
de unas ceremonias que parecen resucitar siglos lejanos, bárbaros y belicosos,
se siente invadido por la inquietud.
Calla el cantor, cierra el libro, se retira
remontando sobre sus hombros anaranjados el negro aleteo de su capa, y una
música tenue y dulce, un suspiro pastoril se extiende en el silencio profundo
de la mezquita, donde los hombres parecen cuerpos sin alma.
Es una flauta. La media hora de meditación que
precede á la danza sagrada la llena el gorjeo de este instrumento bucólico. El
músico, inmóvil entre sus compañeros en cuclillas, que parecen maniquíes,
hincha sus carrillos, enrojece, suda con el continuo esfuerzo, pero al mismo
tiempo sus ojos mates, perdidos en éxtasis, delatan el fiero orgullo de tener
pendiente de su soplo el fervor de los fieles y de los santos hermanos de
cofradía.
El tierno vagido del instrumento parece enardecer á
los orientales, creyentes de una religión, en la cual la ausencia de estatuas y
pinturas litúrgicas obliga al devoto á un continuo esfuerzo imaginativo para
representarse los poderes ultraterrenos. Los fieles de la mezquita de Bakarié
sueñan en pleno mediodía, bajo la luz de las ventanas llenas
de azul y de sol, mecidos suavemente por los lentos trinos de la flauta.
¿Qué ven en sus ensueños? Huéspedes nada más del
continente civilizado, europeos de paso, obligados á soportar una vida moderna
extraña á sus costumbres y su tradición, su pensamiento va al más viejo de los
mundos, á la venerable y misteriosa Asia, cuyas montañas casi pueden
contemplarse desde los ventanales de la mezquita. El pastoril instrumento les
hace ver los amarillentos rebaños escalando lentamente las colinas tostadas de
la Siria y ramoneando sus hierbas olorosas; el fresco pozo del desierto al que llega
el rudo jinete, mezcla de pastor y de pirata de la llanura, saludando á la
doncella envuelta en velos que extrae el cubo con sus brazos redondos, en los
que tintinean anillos de bronce; los arenales del Yemen, obscuros á la caída de
la tarde, por cuyo horizonte pasan las filas de camellos, como cabeceantes y
gibosos monstruos, sobre el cielo inflamado de rojo; los grupos de palmeras que
ondean sus penachos de verdes plumas en los oasis que marcan el camino
solitario hacia la Santa Meca; las tumbas venerables de Medina, cubiertas de
polvo secular y ostentando entre andrajos de oro las pesadas cimitarras de los
guerreros de Dios: las plácidas callejuelas de Damasco, de húmeda sombra y
cerrados jardines; las rojizas y pedregosas colinas de Jerusalén, sobre las
cuales parece haber pasado el soplo de hoguera del Gran Implacable; Bagdad, con sus mezquitas de cúpulas partidas y sus
bazares como pueblos, adonde acuden las caravanas portadoras de fantásticas
riquezas; Bassora, cuyos marineros desnudos pescan la perla: toda la gloria y
todo el esplendor, latentes aún, de la raza semita, despreciada ó perseguida
por los hombres modernos, y que sin embargo, un día, siguiendo las palabras de
paz de Jesuhá, el hijo del carpintero, se hizo dueña de medio mundo y siglos
después, repitiendo los gritos de Mohamed, el hijo del camellero, se enseñoreó
del otro medio.
Un nuevo espectador de la fiesta se sienta junto á
mí. Es un oficial de la escuadra turca, un joven teniente de navío, con su
uniforme inglés modificado únicamente por el gorro rojo que cubre su cabeza.
Los galones de oro de la bocamanga, rematados por un óvalo, brillan sobre el
paño azul obscuro de la levita. Entre el alto cuello de inmaculada blancura,
que refleja los objetos inmediatos como un espejo, y la nítida pechera de su
camisa, resalta la corbata anudada de seda negra, con una gruesa perla. Lleva en
la mano sus zapatos de charol y sus pies huellan la alfombrilla de junco con
sus calcetines de seda. Al pasar, parece sonreirme con los ojos, como á una
persona que no se conoce, pero que se ha visto con frecuencia. Todas las noches
le encuentro en el barrio europeo de Pera, en el teatro de Petits-Champs, donde
actúa una compañía de opereta francesa. Unas veces
lleva su uniforme, otras viste de smoking, y mientras se atusa los
empinados bigotes á lo kaiser, mira amorosamente, á través de sus lentes de oro,
á las cocottes de diversas nacionalidades que pululan en
Constantinopla, y habla con ellas en diversos idiomas. Se adivina que ha vivido
en París y en Londres, que es un marino de largos viajes... en tierra, un
secretario de comisiones internacionales, un agregado militar de embajadas.
¿Qué extraña curiosidad le guiaba á la mezquita de Bakarié?...
Se sentó en el suelo, cruzando sus piernas,
oprimiéndolas con las manos para aproximarlas más al tronco. Escuchó inmóvil la
plegaria del cantor, y poco á poco su cuerpo empezó á moverse con un balanceo
creciente, lo mismo que los otros fieles. Luego el susurro de la flauta le
sumió, como á los demás, en profunda meditación.
Cuando volví á mirarle, sus lentes habían caído
sobre el pecho. Un arrebol de sangre coloraba su rostro, antes pálido. Su pelo,
lustroso y plano á los dos lados de la raya central, parecía alborotado por un
espeluznamiento de cólera. Su ancha nariz turca, nariz de caballo leal y
arrogante, ensanchábase palpitante como si oliese pólvora. Sus ojos miopes, al
encontrarse con los míos, reflejaron una extrañeza hostil y salvaje. El azul
uniforme, con sus insignias europeas, parecía despegado de su cuerpo.
Aquel marino era la personificación de la Turquía europea que se apropia los inventos modernos, copia
la organización alemana, habla todos los idiomas de los pueblos civilizados, y
adopta las modas de París... pero guardando bajo este exterior su alma
asiática.
Me imaginé al amigo de las cocottes de
Petits-Champs, al marino casi inglés, al elegante agregado de embajada, al que
yo creía un escéptico y alegre vividor, escuchando á un imán que
proclamase la guerra santa; y vi al asiático despojándose de golpe de su
complicado disfraz de europeo y agitando en una punta del sable una cabeza
cortada, lo mismo que los grandes capitanes de Mohamed blandían sus cimitarras
tintas en sangre para demostrar la unidad de Dios.
*
* *
En el coro de la mezquita de Bakarié, el flautista
sagrado sigue improvisando trinos ó lanza agudas y gimientes notas, mientras
abajo, acurrucados sobre el lustroso pavimento, meditan los derviches
danzantes.
De pronto suena un golpe sobre la madera. Es el
Cheik, que ha salido de su inmovilidad dejando caer las dos manos sobre el
suelo, como si fuese á desplomarse. Un sonoro redoble contesta á este
movimiento. Todos los derviches dejan caer igualmente sus manos á un mismo
tiempo, quedando á gatas, con el enorme gorro junto al suelo.
Al gemido de la flauta se unen los darboukas,
que baten una marcha lenta, cortada por endiablados repiqueteos, y al compás de
esta marcha, los derviches se yerguen y emprenden un lento paseo á lo largo de
las barandillas. Al erguirse han dejado caer los mantos obscuros, y quedan al
descubierto sus trajes de ceremonia, cada uno de uniforme color, pero abarcando
en su variado conjunto todas las tintas del iris.
¡Extraña vestimenta que haría reir en otro lugar, y
á la que da cierto respeto el gesto solemne de las barbudas cabezas, iluminadas
por el fuego hostil de unos ojos de fanático!... De cintura arriba son hombres,
con chaquetilla á la turca, alto chaleco y faja rayada. De cintura abajo son
mujeres, arrastrando una falda amplísima de rígidos pliegues, que roza el
entarimado con crujidos de pesadez.
Avanzan descalzos, contoneándose ligeramente al
compás de la marcha, con los brazos cruzados sobre el pecho y las manos
extendidas junto á los hombros. El Cheik camina al frente de la hilera,
marcando las ceremonias del lento paseo. Al llegar junto al Mirab, gira sobre
sus talones y saluda profundamente al derviche que le sigue, con tan profunda
inclinación, que las dos caperuzas de fieltro se tocan. Los demás repiten el
mismo saludo. Al pasar ante la barandilla, tras la cual están las tumbas de los
santos varones de la orden, se reproduce igual ceremonia.
Tres veces da vuelta á la sala la procesión de los
derviches, y este desfile dura mucho tiempo, con la rígida lentitud que es para
los orientales el signo más imponente de la majestad. Los pies, descalzos, se
mueven incesantemente al compás de la música, pero sin adelantar apenas. Por
fin, el Cheik, al pasar por tercera vez ante el Mirab, queda inmóvil en el
centro del muro oriental, con los brazos en el pecho, destacando su figura
sobre los vidrios iluminados de una gran ventana.
Los derviches, formados en larga fila, parecen
bailarinas que se preparan á lanzarse, haciendo piruetas, hasta el borde de un
escenario. Poco antes, al despojarse de los mantos sombríos y aparecer en todo
el esplendor de sus vestiduras deslumbradoras, recordaban á las danzarinas de
ciertas óperas que surgen de entre bastidores como negras brujas, y de pronto,
abandonando sus disfraces, muéstranse luminosas, envueltas en gasas y colores
rosados.
Los instrumentos del coro adoptan un ritmo
semejante al del vals, y al repiqueteo de los tamborcillos y el dulce ganguear
de las flautas, se unen las voces de los cantores, que entonan una salmodia
bailable, monótona y chillona, sin otra variación que el cambio de tono al
final de cada estrofa.
Avanza un derviche hacia el gran sacerdote, lo
saluda con reverente inclinación, como pidiendo su venia, el Cheik le contesta
con ligero gesto, y el sagrado danzarín empieza á
girar sobre sus talones, con una velocidad cada vez mayor, añadiendo á este
vertiginoso movimiento de rotación otro ligerísimo de traslación, que le hace
avanzar lentamente, siguiendo el contorno de la sala. La falda pesadísima
arremolina sus pliegues en torno de las piernas, y poco á poco, con la
velocidad, toma aire y se hincha... se hincha, adquiriendo proporciones
gigantescas. Primero es un enorme paraguas á medio abrir, luego un globo,
después un paracaídas, y el paño pesadísimo se extiende casi horizontal,
girando con loco vértigo sobre las piernas desnudas, que dan vueltas y vueltas
como una peonza loca.
Al comenzar su movimiento de rotación, el derviche
lleva los brazos cruzados sobre el pecho, en actitud sacerdotal. Poco á poco
los despega, los extiende sonriente, con gracioso desperezo de bailarina, hasta
que al fin los mantiene rígidos, en cruz, ayudándole esta tensión á la rapidez
de su volteo. Apenas se sume en esta embriaguez rotatoria, ya no sonríe. Sus
ojos quedan vidriosos y vagos, su rostro palidece y se contrae con un gesto de
estupidez extática, de voluptuosidad dolorosa.
Tras el derviche vestido de blanco, empieza á girar
otro verde; luego otro azul; después otro rojo, y así van saliendo en ruidosa
ondulación circular faldas rosadas, azules, vinosas, amarillas y naranja, con
esa intensidad profunda de color que es la gloria de los tintoreros orientales.
La mezquita se llena de peonzas vistosas que giran
y giran, dando al espectador el mareo del vértigo. En las raras pausas de la
música se oye el aleteo del pesado paño cortando el aire y el roce de los pies.
El espectáculo es original, obsesionante, con el extraño poder que ejerce la
mezcla de lo bello y lo ridículo. Son flores gigantescas que bailan, rematadas
por hombres feos y barbudos. Rosas fantásticas que giran llevando hundidos en
el centro de su corola unos gnomos de rostro feroz coronados por un gorro de
fieltro.
Los cantores aceleran el ritmo, gritando cada vez
más fuerte; los darboukas repiquetean con redobles de trueno;
las flautas saltan y balan como cabras locas, y los danzantes giran y giran con
tal rapidez, que sus brazos y piernas son pálidas sombras, borrosas por la
velocidad, y las faldas cortan el aire como sierras horizontales... ¿Cuánto
tiempo dura la sagrada danza?... No lo sé. Siento, á pesar de mi inmovilidad,
los efectos del vértigo: mi vista se deslumbra y marea con este continuo girar
de colores. Creo estar rodando por una pendiente que no termina nunca. La
música infernal y el volteo de los derviches embriaga á los fieles. Encogidos
en el suelo, mueven sus cuerpos al compás de la música, y la mezquita parece
una enorme caja de juguetes donde centenares de monigotes mecánicos, con gorro
rojo y cara de palo, se balancean impasibles á los sones de un cilindro de
música.
El Cheik hace un gesto; cesa el coro; los derviches
contienen su rotación; van descendiendo sus faldas con la falta de movimiento;
se deshinchan; dejan de ser un paraguas para convertirse en un embudo; luego se
achican más aún, surgen los pesados pliegues, que acaban por rozar el suelo, y
los sagrados bailarines vuelven á formarse en fila, á un lado del templo. Sus
rostros brillan con el gotear del sudor: los ojos vidriosos tienen aún la
locura del vértigo. Agítanse sus pechos como fuelles con el jadear de la
fatiga. Algunos, mareados por la repentina inmovilidad, se tambalean como
ebrios. Pero á pesar de esto todos miran al Cheik, esperando un gesto suyo para
pedir de nuevo la venia y reanudar la loca danza.
Los cantores entonan durante el descanso una
especie de himno litúrgico, lento y solemne, pero sus voces vuelven pronto á
adoptar el ritmo del sagrado baile, y otra vez las peonzas animadas tornan á
girar en el centro de la mezquita.
Por tres veces bailan los derviches, y durante una
hora larga giran y giran, con un movimiento vertiginoso, que agotaría las
fuerzas, la razón y aun la existencia de cualquier occidental. Al fin cesan de
voltear, y vacilando sobre sus congestionados pies salen para despojarse de los
trajes de ceremonia en una casa ruinosa, inmediata á la mezquita, atravesando
el huerto de nopales y palmeras que rodea á ésta.
El Cheik hace su oración ante el Mirab, se prosterna varias veces sobre la piel de cordero,
extiende los brazos invocando el nombre de Alláh y se retira también.
La ceremonia ha terminado... ¡Ridícula!... Los que
la vieron desde pequeños, cuando su razón comenzó á abrirse á las cosas del
mundo aceptándolas tal como las encontraron, asisten á ella con sincero fervor
y la consideran como el más noble y poético de los cultos... ¿Quién sabe lo que
un oriental, entusiasta de los derviches danzantes, pensará al ver por vez
primera las ceremonias litúrgicas de los occidentales? Todos los pueblos del
misterioso Oriente, tierra natalicia de dioses, han danzado ante las potencias
celestes, haciendo del baile una ceremonia religiosa. La danza es seguramente
un acto más elevado y menos material en honor de la Divinidad que beber vino,
aunque sea en copas de oro.
De todas las cofradías musulmanas de Oriente, la de
los derviches danzantes es la más aristocrática. Sus afiliados gozan de general
respeto. El Sumo Sacerdote, al que pudiéramos llamar el Papa de los derviches,
reside en Konia, la gran ciudad turca de Asia, hogar de las tradiciones
otomanas, adonde no ha llegado aún la influencia europea que atrofia y envilece
á la vieja Turquía.
Cuando muere el sultán y hay que consagrar un nuevo
Comendador de los creyentes, el jefe supremo de los derviches viene desde Konia
á la Santa Mezquita de Eyoub, donde se verifica la ceremonia de
investir al emperador. Este no tiene corona. El signo visible de su majestad y
su poder es el sable del Profeta, que se guarda en la famosa mezquita de Eyoub.
El gran derviche ciñe la venerable cimitarra de Mohamed á la cintura del nuevo
soberano, y Turquía entera aclama á su Padichá.
La Santa Mezquita de Eyoub es el único lugar que
guarda el misterio y el aislamiento religioso del pueblo turco. Ningún
cristiano ha pisado ni siquiera las losas de sus patios interiores. Los
viajeros, al pasar ante ella, procuran no mirar por las puertas y rejas de los
muros que rodean sus patios y jardines.
Al salir yo de Bakarié, buscando la ribera del
Cuerno de Oro para que una embarcación me condujese á Constantinopla, me perdí
en unas callejuelas inmediatas á Eyoub, formadas por blancos panteones, kioscos
funerarios al través de cuyas rejas se ven túmulos de sultanes y santos,
coronados de turbantes y cubiertos de terciopelo y oro.
Al final de un callejón vi una gran arcada con la
verja abierta. Me aproximé. Enfrente, un patio solitario y fresco; más allá una
arcada; en último término, una gran extensión inundada de sol y cerrada por
murallas, en cuyo centro, como un monstruo vegetal, alzábase la enormísima
pilastra de un plátano de quinientos años, con el ramaje invisible. Cantaban
las fuentes en la sombra de los claustros de azulejos, desgranando sus
surtidores sobre tazas de verde mármol; centenares
de palomos obscuros aleteaban en los capiteles de las columnas, cortando con
sus arrullos el silencio animado por el gotear del agua. En el último patio
jugueteaban varios grupos de pilluelos casi desnudos, y permanecían acurrucadas
viejas horribles, esperando una limosna.
Eran los patios de la Santa Mezquita, del templo
inabordable para el cristiano, donde no pudo entrar ni el mismo emperador de
Alemania en su visita á Constantinopla. Á un lado una fachada misteriosa, de
azulejos verdes y negros, con un fanal turco pendiente ante el arco de
herradura.
Apenas asomé mi cabeza, un zapethie,
gendarme turco, vino hacia mí. Los pilluelos inclinaron sus gorros al suelo
como si buscaran piedras, chillando y manoteando con belicosa alegría: «¡Giaour!
¡Giaour!» (¡Un cristiano!)
Me alejé prudentemente, pero la rápida visión del
patio solitario con sus palomos y sus chorros de agua, y de la fachada verde y
negra, de feroz misterio, no se borrará fácilmente de mi memoria.
¿Qué habrá en el interior de la Santa Mezquita de
Eyoub?...
XXV
El heredero de «Las mil y una noches»
La punta de Stambul, que avanza ante Galata
formando de un lado la entrada del Bósforo y del otro la embocadura del Cuerno
de Oro, la ocupa el palacio del Serrallo, enorme como una ciudad, y que hace
muchos años dejó de servir de residencia á los soberanos de Constantinopla.
Los occidentales confunden con frecuencia el
serrallo con el harem. Serrallo es simplemente un palacio: sólo el harem (lugar
sagrado) es el departamento destinado á las mujeres.
Este extremo de Stambul forma una altura desde la
cual se abarca el más asombroso de los panoramas. Á un lado la azul extensión
del mar de Mármara, infinita á la vista, con las deliciosas islas de Prinkopo,
que parecen inmóviles bajeles, de casco sonrosado y velas verdes: enfrente la
ribera asiática de montañas rojas, con el Bósforo que
oculta en sus revueltas los veleros de blancas lonas y los buques modernos de
negro penacho: al lado opuesto, Constantinopla, extendiendo en pendiente su
caserío por ambas riberas del Cuerno de Oro, que tiene sus aguas casi
invisibles bajo los cascos de toda una ciudad flotante.
En esta colina, que avanza como un cabo, estuvo
situada la acrópolis de la antigua Bizancio. Aquí, el maravilloso palacio de la
emperatriz Placidia, las mansiones de los personajes más importantes del
imperio, las termas de Arcadio, la iglesia de la Madre de Dios Hodégetria
(conductora de los ciegos) y el alcázar de los emperadores bizantinos,
monumento de monstruosa grandeza, mezcla de harem y de convento, donde las
vastas salas destinadas á la orgía y á la muerte estaban decoradas con escenas
bíblicas sobre fondos de oro.
Cuando Mohamed II conquistó Constantinopla, sus
construcciones de gusto oriental se elevaron sobre los escombros de los
palacios del vencido, y en esta colina vivieron los Padichás hasta
los primeros años del siglo XIX. Los motines de Constantinopla y las amenazas
de la milicia de los jenízaros, hicieron levantar el campo á Mahmoud II. El
Serrallo era una vivienda demasiado grande para que el Comendador de los
creyentes pudiese subsistir con entera seguridad. Enclavada en el corazón de
Stambul, dominadas sus murallas por edificios pegados á ellas, el pueblo
sublevado ó los pretorianos descontentos podían
invadirlo con gran facilidad. El sultán abandonó el antiguo Serrallo en 1808,
trasladándose á la otra ribera del Cuerno de Oro, y desde entonces los
emperadores viven en plena campiña, apartados de su ciudad y rodeados de un
pueblo fiel de guardias y cortesanos que ellos mismos se forman.
Sólo algunas sultanas viejas, con su corte olvidada
y pobre de parientas del emperador, viven como monjas en los abandonados
palacios del antiguo Serrallo.
Éste se halla dividido en tres partes: los
jardines, el Patio de los Jenízaros y los palacios ó kioscos esparcidos
caprichosamente en la meseta de la colina. Los jardines son viejos, con todo el
encanto de la vegetación secular abandonada á la libre expansión de sus
fuerzas; terrazas en escalones con enormes cipreses ó seculares plátanos;
rosales que crecen y se enmarañan como bravías malezas, y en medio de este
oleaje de verde sombrío, kioscos de simples líneas y amarillenta blancura. Un
cinturón de murallas rojas, con puntiagudas almenas y gruesos torreones, cierra
el recinto del Serrallo, como una ciudad aparte dentro del antiguo Stambul.
Lo más notable que encierra es el tesoro de los
sultanes, la colección de riquezas históricas de estos soberanos del fabuloso
Oriente, que conquistaron Bagdad y guerrearon con la opulenta Persia. Para
visitarlo se necesita una invitación del sultán, y
aun así la visita no está al alcance de todos. Yo mismo, después de recibir la
invitación, tuve que aguardar durante muchos días la oportunidad de que otros
viajeros sintiesen el mismo deseo.
Para visitar el Tesoro se moviliza en el antiguo
palacio un verdadero ejército de criados, funcionarios de corte, ayudantes del
sultán, pachás depositarios de las llaves, soldados de la guardia, en total
unos trescientos hombres, y como en Turquía es natural y corriente la costumbre
del batchis ó propina, y nadie cree envilecerse tomándola, la
tal visita cuesta unos setecientos francos, y los viajeros, para realizarla, se
reunen, poniéndose á escote.
Dos personajes de Rumania venidos á Constantinopla
para una conferencia con el gobierno turco sobre las minas de petróleo,
recibieron la invitación de visitar el Tesoro al mismo tiempo que yo, y junto
con ellos y sus esposas, entré en este depósito de fabulosas riquezas, á las
tres de la tarde, precedido de una doble fila de eunucos negros y personajes
pálidos de espesa barba y ojos tristes, todos con levita stambulina y
gorro rojo, marchando con la frente baja y las manos cruzadas sobre el vientre.
Así atravesamos el extenso Patio de los Jenízaros,
pasando bajo la Puerta Augusta, un arco de mármol blanco y negro con columnas
de jaspe verde. Á cada lado de la puerta hay un nicho que aun
conserva señales de escarpias. De estas escarpias se colgaban para terrible
ejemplo las cabezas de pachás cortadas por orden del Gran Señor.
Nuestros conductores nos entran en un kiosco
blanco, cuyos grandes ventanales dan sobre una terraza que domina la entrada
del Bósforo. Una alfombra sedosa de finos colores, ámbar y rosa, se hunde bajo
nuestros pies. Grandes espejos nos reflejan con toda nuestra escolta de
empleados palatinos y negros eunucos. Los muebles (¡oh anacronismo!) son de
estilo Luis XV, aunque enormes y en extremo dorados, como para satisfacer el
gusto oriental, amigo de exuberancias. Desde la terraza se admira el agua azul
y mansa que bate silenciosamente el pie de la colina del Serrallo. La roca,
casi cortada á pico, da al Bósforo en este lugar una gran profundidad: cien
metros, ¡Los misterios que guarda esta superficie límpida, débilmente rizada
por la brisa que viene del mar de Mármara, y en la que tiemblan como pedazos de
espejo los suaves rayos del sol de la tarde!... Aquí caían en el eterno
misterio, con una piedra al cuello, los hermanos de los sultanes, estrangulados
para evitar á Turquía una guerra civil; aquí desaparecían para siempre los
pachás ambiciosos y en desgracia; aquí acababan las perfumadas sultanas y las
odaliscas de voluptuosos ojos, sospechosas de infidelidad, cosidas dentro de un
saco de cuero, antes de rodar á las tenebrosas profundidades.
Entran nuevos criados en el kiosco, portadores de
grandes bandejas cubiertas de tapices de seda con bordados de oro. Es el
obsequio del sultán á los extranjeros que visitan su antigua residencia.
El maestro de ceremonias tira de las ricas
envolturas. Dos eunucos sostienen una bandeja de bronce cincelado, enorme como
un escudo, y en ella se yergue majestuosa una compotera de cristal y oro llena
de confituras de rosas y flanqueada de cucharillas del mismo metal. Es el
eterno presente de toda visita turca. Un criado circula una bandeja con vasos
de agua y tras él llega otro con un gran incensario dorado lleno de brasas, en
el que humea una cafetera. Las minúsculas tacitas de porcelana persa se llenan
de café espeso como pasta, y el perfume intenso del negro y delicioso brebaje
se une al olor de rosa que impregna el ambiente. El maestro de ceremonias manda
ofrecer los cigarrillos de dorada boquilla, y todo el grupo de invitados,
hombres y mujeres, sentándonos en divanes de rayada seda, contemplamos durante
un cuarto de hora las espirales de humo en los cuadros de puro azul (azul de
cielo y azul de mar), á los que sirven de marco las ventanas del kiosco.
Otra vez en marcha, precedidos de la procesión de
servidores de negra levita y gorro rojo, que parece haber aumentado
considerablemente. Son ya más de cien.
Atravesamos un patio extenso, ó más bien una
llanura cerrada por un sinnúmero de claustros, kioscos sueltos y palacios
ruinosos, en los cuales se abren los muros bajo el peso de los siglos, de los
mantos de hiedra y de las parras trepadoras.
Junto á una puerta de arco, y bajo un porche de
tejas viejísimas, cubiertas de moho y desunidas por las raíces de plantas
parásitas, están formados los soldados de una compañía de infantería, en cuatro
filas, dos á cada lado del espacio por el que debemos pasar. Un oficial de
marina con cordones de ayudante avanza hacia nosotros, una mano en la
empuñadura del sable y la otra en el fez, saludando con una rigidez alemana.
Puesto que somos europeos é invitados del sultán, indudablemente debemos ser
grandes personajes en nuestro país. Los soldados, al pasar nosotros, lanzan el
rugido de ordenanza, elevando sus fusiles y presentándolos. Después vuelven á
aullar con unidad atronadora y los dejan caer al mismo tiempo, conmoviendo con
las culatas las viejas losas, en cuyos intersticios crece la hierba.
Estamos en la entrada del Hasné, del
famoso Tesoro, puerta venerable de cedro, roída por los años, con clavos
oxidados y cerraduras que parecen olvidadas durante siglos y de imposible
funcionamiento. Junto á ella aparecen nuevos personajes como si surgiesen de la
tierra. Son viejos pachás de miembros trémulos y barbillas blancas, arrugados
personajes con el paño del dorso de la levita
tirante sobre la curvatura de la espina dorsal. Cada uno saca su llave pesada y
brillante; se abre con estridente cric-cric un enorme candado,
giran con doloroso gemido los pernos de las cerraduras y se quejan los cerrojos
al ser arrancados de la inmovilidad de su sueño. Los respetables gnomos del
Serrallo van de un lado á otro trabajando en su penosa obra, y al fin giran chirriantes
las hojas de cedro en el silencio conventual del Serrallo, y de la penumbra
surge una bocanada de aire húmedo y espeso, una respiración de lugar cerrado,
de antigua bodega.
Todos los criados que nos preceden entran
apresuradamente, mientras nosotros, contenidos cortésmente por el ayudante y el
maestro de ceremonias, permanecemos en la puerta. Se oyen sus precipitadas
carreras en el interior, el roce de sus sordas babuchas, la rápida confusión
del grupo que penetra de golpe y se desgrana inmediatamente, encontrando cada
cual el sitio que tiene designado con anticipación.
Cuando entramos, cada mesa, cada vitrina, ofrece
como nuevo adorno una pareja de hombres inmóviles, tan inmóviles como las
estatuas y los maniquíes que contiene el Tesoro, las manos sobre el vientre y
sin respirar apenas, pero que os siguen con ojos fijos en todas vuestras
evoluciones. Imposible moverse sin tropezar con ellos. Se adosan á los
descansos de las escaleras, se introducen en el hueco entre armario y armario,
se empequeñecen y disimulan para no ocultar con su
cuerpo la vista de ningún objeto, pero ni por un instante podéis encontraros
más allá del fuego cruzado de sus miradas.
Todos los visitantes deben ser excelentes personas,
ya que el Comendador de los creyentes los honra con su invitación, pero los
pachás guardadores del Tesoro conocen el impulso tentador de Eblis y demás
potencias infernales, y desconfían de la codicia del hombre y de la demencia de
la mujer ante el oro que embriaga y la piedra preciosa que enloquece.
¡El Tesoro del sultán, dueño desde hace siglos de
la prodigiosa Bagdad! ¡La colección de riquezas de este heredero de Las
mil y una noches!...
Al abarcar con la vista el amontonamiento de
objetos preciosos, experimenté una profunda decepción. Los objetos están
guardados como en un museo europeo, pero las vitrinas palidecen bajo el polvo,
y los vidrios se enturbian, dando á todo un aspecto de pobreza y falsedad.
Ocurre aquí como en los tesoros de las catedrales católicas, donde los siglos y
la inercia dan al oro un tono miserable de cobre, y convierten los diamantes en
vidrio y las perlas en gotas de cera.
El Tesoro del sultán (que no ha visto nunca el
sultán actual ni visitaron jamás muchos de sus antecesores) parece una enorme
tienda de anticuario, abandonada. Hasta los vidrios de las ventanas están rotos
en parte, y las goteras del techo hacen caer en
grandes desconchados el enlucido del cielorraso. Polvo, telarañas y vejez por
todas partes.
Este abandono y la enormidad absurda de las
riquezas que contiene, hacen dudar en el primer momento del valor del Tesoro.
—¡Todo mentira!—murmuran en nuestro interior la
malicia y la desconfianza—. ¡Baratijas orientales para deslumbrar al pueblo de
otros siglos! Esto no es posible: es demasiado sobrehumano para que pueda ser
verdad.
Y sin embargo, es verdad, por más que la razón se
subleve ante lo enorme de semejantes riquezas. Por algo los poetas de todos los
tiempos, cuando han querido cantar magnificencias fabulosas, han vuelto sus
ojos á Oriente.
Un trono es el primer objeto que se encuentra al
entrar en el Tesoro; un trono para descansar en él con las piernas cruzadas,
bajo y casi tan grande como un lecho. Lo robaron los turcos á los persas en el
siglo XVI, durante la guerra del sultán Selim contra el sha Ismail. Es de oro
macizo, y sus cortas patas, al descansar en el suelo, dan una sensación de ruda
pesadez. El precioso metal sólo es visible en pequeñísimos espacios. Un mosaico
de fina labor, formado con riquísimos materiales, cubre todas sus caras, hasta
las que son poco visibles, como la parte inferior del asiento. Son millares y
millares de perlas, de esmeraldas, de rubíes, todos de igual tamaño, que se repiten formando flores y hojas. La razón, que
parece rebelarse ante tanta magnificencia y duda de su autenticidad, sólo se
convence tras largo examen de la riqueza de este mueble.
En otra sala se encuentra el verdadero trono de los
sultanes, semejante á un púlpito de musulmán. Es á modo de una garita de ébano,
dentro de la cual se sentaba el Padichá con las piernas
cruzadas. De cada ángulo del asiento se levanta una columna sosteniendo el
techo en forma de cúpula, y en el centro de ésta se eleva un joyel de
inverosímil magnificencia, un ramillete de diamantes tan enormes, que parecen
simples pedazos de empañado cristal. Todo este pequeño edificio de ébano y
sándalo está incrustado de nácar, concha, plata y oro. Por todas sus caras
interiores y exteriores corre un dibujo de plantas fantásticas en nácar, y el
centro de cada flor está formado de grandes cabujones de rubíes, esmeraldas,
zafiros y perlas. En su interior pende del techo una cadena de oro que venía á
caer sobre la cabeza del sultán. La cadena sostiene un corazón también de oro y
de éste cuelga una esmeralda de forma irregular, pero de un tamaño inaudito,
gruesa de cinco centímetros y grande como una mano abierta.
¡Las esmeraldas del sultán! Después de visitar el
pabellón del Tesoro se hace igual caso de esta piedra preciosa que de los
guijarros de un camino.
Apenas se entra, el maestro de ceremonias os lleva
ante una vitrina, donde sobre el fondo de terciopelo polvoriento se ven tres
pedruscos planos de un verde obscuro, algo así como tres adoquines de vidrio
opaco. ¡Son esmeraldas!... Las tres más grandes que existen en el mundo. Una de
ellas pesa cerca de tres kilos.
Y á lo largo de las otras vitrinas empieza el
aturdidor espectáculo de las riquezas amontonadas por el heredero de Las
mil y una noches: armas que son verdaderas joyas; yataganes y grandes
sables con la vaina cubierta de perlas y rubíes y la empuñadura formada de
brillantes y esmeraldas: armaduras antiguas de gruesas placas de oro, con
dibujos de brillantes y topacios; telas de seda de brocado y terciopelo, en
cuyo bordado se mezclan con los brillantes hilos centenares y miles de piedras
preciosas; vasos de cristal de roca, de jade, de onix; copas y frascos de
cincelado oro persa; joyas indias de sutil labor; cofrecillos de menudas
incrustaciones en maderas perfumadas ó ricos metales, que reproducen escenas al
borde del Eufrates, en las riberas del Ganges ó sobre las mesetas del Isphan
llenas de rosas, donde cantaron los poetas Shadi y Ferdussi.
Una gualdrapa de caballo (la del corcel favorito de
los antiguos sultanes) llena todo el fondo de una vitrina. Tiene dos metros y
medio de ancha y casi tanto de larga. Es de terciopelo carmesí y está bordada
con miles de perlas, todas exactamente del mismo
tamaño, que es el de un garbanzo grueso. El color de la tela apenas se deja
entrever como un rojo arabesco entre el apretado mosaico de granos preciosos.
La armadura que Mourad IV llevó á la toma de Bagdad
en el siglo XVII, deslumbra majestuosa frente á dos ventanas. Es una cota de
mallas de oro con placas damasquinadas, y á su lado está la cimitarra, con la
guarda y el puño cubiertos de brillantes en forma de tablero de ajedrez, todos
de la misma dimensión y de trece milímetros de grueso.
En una galería superior está lo más interesante del
Tesoro: las vestiduras de gala, los trajes de aparato de los antiguos sultanes,
desde Mohamed II, que conquistó Constantinopla, hasta Mahmoud, que murió en
1839. Estas vestiduras están puestas sobre maniquíes, sin cabeza, coronadas por
un turbante de aparato, enorme como un globo. Cada turbante está rematado por
un penacho sujeto con un joyel magnífico, y en la faja de todo maniquí luce un
puñal, que es obra maestra de cincelado y un alarde de fantástica riqueza. Los
hay que parecen trabajados por Benvenuto Cellini. La empuñadura de una daga
está formada de una sola esmeralda. Otra se compone simplemente de cinco
brillantes: dos en cada cara del puño y el restante sirviendo de pomo.
La profusión de pedrerías sobre las armas y en los
penachos de los turbantes, deslumbra y confunde.
Uno de los joyeles que retienen estos ramilletes de plumas, está formado de dos
esmeraldas y un rubí, que tienen pulgada y media de gruesos. Las túnicas son de
brocado magnífico, tan cubierto de bordados y de oro, que pueden sostenerse derechas
sin el apoyo interior del maniquí. Las fajas de rica seda, sustentan los
puñales, y cada uno de ellos representa una enorme fortuna; maravillosos
símbolos de la majestad de estos soberanos, para los cuales era la daga lo que
el cetro para los monarcas de Occidente.
La larga fila de sultanes, inmóviles y sin cabeza,
cubiertos de las mayores magnificencias de la tierra, encierra la historia del
pueblo turco. Dentro de estas rígidas y deslumbrantes túnicas vivieron hombres
respetados como dioses, que se hacían obedecer desde las orillas del golfo
Pérsico hasta los muros de Viena y obligaban á temblar á toda la cristiandad,
en perpetuo escalofrío de miedo, turbando el santo reposo del Vicario de
Cristo.
La imaginación, entre estas vestiduras pesadas y
deslumbrantes como corazas y los hinchados turbantes faltos de cabeza, evoca
rostros barbudos y morenos, de picuda y ancha nariz, de ojos sensuales é
imperiosos. Bastaba un gesto de estas caras entristecidas por el exceso de
poder y las harturas del harem, para que centenares de galeras aparejasen en el
Cuerno de Oro y miles y miles de arqueros negros y jinetes turcos emprendiesen la marcha por las riberas del Danubio, queriendo
llegar conquistadores hasta sus fuentes.
«¡Que baja el turco!», gritaba pavorosamente la
cristiandad desde Viena á Lisboa, desde Cádiz á Londres, y la vida pacífica
quedaba en suspenso, y las naves mercantes de Venecia, Génova y España
convertíanse en barcos guerreros, haciéndose á la vela para salir al encuentro
del enemigo en los mares de Grecia, y los monarcas de Europa alistaban
ejércitos, y el continente entero quedaba inmóvil, en angustiosa espera, sin
saber ciertamente si había llegado su última hora ó si tendría aún derecho á
seguir existiendo.
Los hechos que en la historia parecen más lejanos y
faltos de relación, están unidos por el misterioso engranaje, generador del
movimiento de avance que desde hace siglos empuja á la humanidad. Sin los
sultanes de Constantinopla, fanáticos koranistas ansiosos de someter Europa
entera á la ley del Profeta, la Reforma religiosa iniciada por Lutero habría
perecido, lo mismo que otros intentos anteriores, y tal vez el Norte europeo
seguiría á estas horas con la conciencia sometida al gran sacerdote de Roma.
Los reyes católicos de Europa (especialmente
nuestro Carlos V), á instigaciones del Papa, hubiesen acabado por entrar á
sangre y fuego en Alemania, sometiendo con mano férrea á los pequeños señores
germánicos partidarios de la nueva doctrina, como
siglos antes habían sido vencidos los provenzales heréticos y los húngaros
entusiastas de Huss. Pero el miedo al turco no dejaba espacio para pensar en
esto. El peligro exterior no permitía al catolicismo ocuparse de los asuntos
internos de su casa. Como si los déspotas de Oriente estuviesen de acuerdo con
los partidarios de la Protesta religiosa, cada vez que los soberanos europeos,
á impulsos de una paz momentánea, volvían los ojos hacia el hogar de la
herejía, en Constantinopla se armaba una nueva expedición y el grito pavoroso
corría por todo el continente: «¡Que baja el turco!»
La cristiandad necesitaba combatientes, Alemania
era un plantel inagotable de soldados, y el Papa y los monarcas católicos, para
salir del peligro inmediato, procuraban no ver la rebelión espiritual del país
que les ayudaba en la santa empresa militar de impedir los avances de los
infieles. Cuando el turco, escarmentado en Lepanto y en las llanuras del centro
de Europa, ya no bajó más, era tarde para el catolicismo
romano. La herejía, fácil de matar en la cuna, había crecido desmesuradamente.
La necesidad de hacer frente al turco costó á Roma la pérdida de media Europa.
*
* *
Salgo del Tesoro con un deslumbramiento en los
ojos, con el mareo de una borrachera de riquezas. Dentro
del pabellón vetusto se pierde la noción del valor de las cosas. La retina,
habituada al brillo del oro y al centelleo de las piedras, como si esto fuese
un espectáculo ordinario, experimenta una gran extrañeza al reflejar la desnuda
miseria que existe fuera del pabellón.
Tardo un buen rato en volver á la realidad al salir
del Hasné. En los primeras momentos me extraña que los fusiles de
los soldados formados junto á la puerta no sean de oro; que sus tristes y
viejos uniformes no estén rígidos, bajo una capa de preciosos bordados, como
las túnicas que quedan allá dentro; que la hierba de las losas no esté formada
de esmeraldas, y que no sean brillantes las gotas de agua que cantan y ruedan
en un tazón al final del patio.
Al fin logro serenarme, y me habitúo al nuevo
ambiente, como el que pasa de un salón iluminado con vivas luces á una
callejuela lóbrega. ¡Adiós, esplendores absurdos, riquezas turbadoras é
inauditas de Las mil y una noches, que quedáis invisibles, sumidas
en el polvo y la penumbra, tras la venerable puerta de cedro que vuelven á
cerrar los gnomos de barbilla blanca, con chirridos de herrumbre!... Sólo el
recuerdo me llevo de vosotros, pero juro que en adelante no habrá escaparate
parisién de la rue de la Paix que me haga detener el paso con
asombro, y que sonreiré como hombre que está en el secreto cuando en noches de
gala vea en la Grande Opera ó en el Real de Madrid
el desfile de la centelleante pedrería sobre los hombros desnudos.
En el centro del patio del Tesoro vemos el Kafess,
un kiosco enrejado, una prisión que casi es una jaula, dedicada antiguamente á
los hermanos de todo sultán, príncipes infelices, esclavos de la razón de
Estado, que así habían de vivir para no turbar el sueño del soberano con
amenazas de rivalidades. Esta prisión en pleno Serrallo casi resultaba para
ellos una felicidad. Peor era que un día su augusto hermano, no satisfecho del
encarcelamiento, les hiciera cortar las arterias, colocando después unas
tijeras junto al lecho ensangrentado para hacer creer en un suicidio.
Al otro lado del patio del Tesoro está la sala del
Trono, el famoso Diván. Aquí recibían los sultanes á los
embajadores de la cristiandad, bajo un techo, que aun subsiste, de dorados
arabescos. En el fondo de la sala está el trono, en forma de diván, lecho
enorme con un toldo de viejo terciopelo sostenido por columnas incrustadas de
piedras preciosas. Existe una ventana enrejada junto al Diván, y
tras ella escuchaba el Padichá á los embajadores, que ocupaban
una pieza inmediata. Merced á tal precaución, los sultanes, que vivían en
continuo miedo al asesinato, y las más de las veces no acababan sus días en la
cama, creíanse á cubierto de una agresión de parte de los enviados extranjeros,
á los que apenas conocían.
Cerca de la ventana hay una fuente. El sultán,
apenas comenzada la entrevista, la hacía correr, y el murmullo del agua
ensordecía y apagaba la conversación para que no la oyesen los familiares de
los dos séquitos.
¡Los caprichos de estos déspotas, ahítos de poder,
y semejantes en sus bromas terribles á los emperadores romanos de la
decadencia!...
Cierto día un duque francés, embajador de Luis XIV,
fué admitido como gran honor en el mismo salón del Trono, manteniéndose de pie
ante el diván en el que estaba tendido el Padichá.
—Mira lo que tienes al lado—dijo el déspota
sonriendo, con una malicia infantil en la mirada.
El embajador miró á la derecha, miró á la
izquierda, y sin la más leve emoción, continuó el discurso, exagerando más aún
su actitud rígida y tranquila.
Dos fieros leones estaban junto á él, frotando la
melena alborotada contra sus piernas, rugiendo de extrañeza, mirando al intruso
y mirando á su amo, como si sólo esperasen un ademán de éste para caer sobre
él. El sultán experimentó una gran decepción al no poder divertirse con el
miedo del extranjero. El embajador terminó su conferencia y salió dejando
aturdidos á todos con su serenidad.
Un héroe el tal embajador: un diplomático que sabía
sobreponerse á las terribles emociones. Pero después, al llegar al palacio de
la embajada, cuenta el duque modestamente en sus
Memorias que se apresuró á despojarse de la vistosa casaca cubierta de
condecoraciones y bandas, que se quitó los calzones de terciopelo... y llamó á
la lavandera, para entregarla su ropa interior.
Estoy en el gran patio de la mezquita «Aya Sophia»
(la famosa Santa Sofía de los bizantinos), sentado bajo las ramas de un plátano
venerable, ante una mesilla en la que humean dos tazas de café, y aspirando el
perfume de sándalo de un rosario musulmán que acabo de comprar á un mercader
sirio.
Á mi lado está Nazim-Bey, joven capitán de
caballería que ha viajado por toda Europa, y ostenta sobre el pecho los
cordones de oro de los oficiales del cuarto militar del emperador.
¡Lo que me costó entrar en Santa Sofía!... Todos
los viajeros que han visitado Constantinopla hasta hace unos meses, han podido
verla con entera libertad. «Aya Sophia» estaba abierta á todo el mundo, como
las demás mezquitas. Pero una comisión de jefes del Yemen, árabes fanáticos,
habituados á la vida de los desiertos arenales, que
no entienden de relaciones internacionales y desprecian á los infieles, vino á
Constantinopla á visitar al Padichá, y al entrar en la más famosa
de las mezquitas, todos ellos se indignaron viendo el poco respeto con que la
frecuentaban los cristianos, viajeros en su mayoría, que iban de un lado á otro
hablando fuerte y con el Baedeker en la mano.
Pocos extranjeros entrarán ya en ella. El sultán,
para dar gusto á los revoltosos jefes del Yemen, ha prohibido el acceso á los
infieles, y yo tuve que invertir más de quince días en ruegos, visitas y
gestiones casi diplomáticas para visitar la famosa mezquita. ¡Irse de
Constantinopla sin conocer Santa Sofía!... Al fin, una tarde, á la hora en que
escasean los fieles en el templo, y acompañado de un ayudante del sultán, pude
entrar en la antigua basílica.
Sentados en un cafetucho del patio, junto á las
fuentes de abluciones, que chorrean incesantemente, aguardamos á que un
servidor del templo nos avisase el momento más propicio para la visita, después
de la salida de ciertos devotos rezagados y antes que los muezines se
asomaran á los balconcillos de los cuatro alminares llamando á los fieles á la
oración de la tarde.
Por fin, entramos... ¡Inolvidable impresión! No
todos los días puede pisarse un pavimento fabricado por hombres que vivieron
hace mil cuatrocientos años; no se respira con frecuencia bajo unas
bóvedas que cuentan catorce siglos de antigüedad.
Inútil es describir Santa Sofía. Su atrevida
cúpula, agujereada por estrechas é innumerables ventanas, sus nobles y
grandiosas proporciones, sus tribunas sostenidas por columnatas de jaspe verde,
y desde las cuales se ven como enormes insectos pender sobre el suelo las
lámparas, los huevos de avestruz y demás adornos de la religiosidad musulmana,
son conocidos en todo el mundo. El grabado antiguo, la fotografía y la tarjeta
postal han popularizado el interior de este monumento, que es el más antiguo de
la cristiandad europea, y puede ser llamado el Partenón del arte bizantino.
La luz que penetra por las ventanas de la cúpula
toma una densidad amarillenta de ámbar. La capa de pintura con que han cubierto
los turcos las imágenes de los muros, contribuye á colorar el ambiente de este
tono suave. La repugnancia religiosa de los musulmanes á toda representación de
la forma humana, ha borrado los deslumbrantes mosaicos bizantinos, en los
cuales santos y emperadores de rostro puntiagudo y miembros alargados,
destacábanse con rigidez hierática sobre un fondo de oro.
Es el único vandalismo que se han permitido los
otomanos. Las hermosas columnas, los arcos de graciosa majestad, los huecos de
las capillas, las balaustradas de jaspe, todo se mantiene lo mismo
que en tiempo de los emperadores de Bizancio. La costra de pintura amarilla se
ha caído en algunas partes del muro, y el mosaico antiguo brilla con una luz
mate y discreta, como una venerable armadura de oro al través de los
desgarrones de una capa vieja. Unos cartelones verdes de diez metros de
diámetro, con inscripciones gigantescas en honor de Alláh, y cuatro ángeles
pintados en el arranque de la bóveda, son todos los adornos que el arte turco
ha osado añadir al templo erigido por Justiniano. Los ángeles son
convencionales. Cada uno de ellos está representado por cuatro alas en forma de
rueda. La pintura musulmana no puede ir más allá.
Un interminable susurro, un batir incesante de
plumas, llena el ambiente ambarino y crepuscular de la mezquita, uniéndose al
crepitar de las lámparas y á la cantinela monótona de los aprendices
eclesiásticos, que, encogidos sobre las rodillas, balancean el cuerpo cantando
de memoria suras enteras del Korán, mientras un efebo, con el
libro entre las piernas, sigue con la mirada el texto, para corregir el más
leve olvido. Centenares de palomos obscuros, con plumas de metálicos reflejos,
aletean en las bóvedas, descansan en capiteles y cornisas, ó descienden hasta
las cabezas de los fieles, inmóviles como estatuas en su oración, posándose por
unos instantes en sus brazos. Con frecuencia abandonan desde lo alto sus
superfluidades digestivas, y los servidores de la mezquita
tienen que limpiar continuamente la fresca estera del pavimento, sobre la cual
marchan los fieles descalzos y con los pies limpios, para que después el buen
creyente, al prosternarse, pueda besarla sin contagio alguno.
Ocurre en este grandioso monumento, al contemplarlo
por primera vez, lo que en San Pedro, de Roma. La vista lo abarca todo sin
extrañeza alguna. Un templo poco más grande que los otros... y nada más. Sólo
cuando se avanza, y la perspectiva va prolongándose á cada paso, es cuando se
da cuenta el visitante de la enormidad de proporciones que van surgiendo de
esta armonía general. Lo que de lejos parecían esbeltas columnas, son troncos
enormísimos de piedra, junto á los cuales el hombre se iguala á la hormiga: las
distancias entre una arcada y otra se prolongan mágicamente, como si el templo
fuese creciendo y estirándose á cada paso que se avanza.
La antigua basílica es enorme, abrumadora,
soberbia, y sin embargo, da una impresión dulce, de suave ligereza.
Su historia es tan accidentada como la de una
nación.
Santa Sofía no fué elevada en honor de una santa de
este nombre, como muchos creen. Sancta Sophia es
una invocación á la Santa Sabiduría, y en honor de la Sabiduría divina elevó
Constantino la primera basílica, en el mismo lugar que ocupa la actual. Cien
años después la quemó el populacho, creyente y
revoltoso, excitado por el destierro de San Juan Crisóstomo. Teodosio II la
volvió á construir, y en 532 la incendió de nuevo el pueblo de Bizancio,
amotinado esta vez, no por un santo, sino por una cuestión de Circo, el motín
de los Victoriatos, en los primeros tiempos de Justiniano.
Fué este emperador legista, manso marido de la
interesante Teodora, mezcla de voluptuoso tirano oriental y austero teólogo,
quien creó el monumento que aun hoy subsiste, y que vivirá siglos y siglos.
Quiso en sus ambiciones de gloria que el templo á
la Santa Sabiduría fuese «la obra más magnífica que se hubiese visto después de
la creación», y en todas las partes del vasto imperio de Oriente hizo recoger
los materiales más preciosos: mármoles, columnas y esculturas. Los monumentos
de la antigüedad griega fueron saqueados. Éfeso le envió las columnas de jaspe
verde de su famoso templo de Diana; Roma, las que había robado del templo del
Sol en Heliópolis, é igualmente fueron puestos á contribución los santuarios de
Atenas, Delos, Cizica é Isis y Osiris, en Egipto. Dos arquitectos griegos, los
mejores de la época, Antemio de Tales é Isidoro de Mileto, se encargaron de la
dirección de los trabajos; pero la credulidad popular, ansiosa de lo
maravilloso, propaló que un ángel había entregado á Justiniano los planos del
monumento con el dinero necesario para construirlo.
Diez mil obreros, dirigidos por cien maestros
alarifes, trabajaron á la vez. Una capa de betún de veinte varas de espesor,
que llegó á adquirir la dureza del hierro, sirvió de base al edificio. Los
alfareros de Rodas hicieron los ladrillos para la bóveda de una tierra tan
ligera, que doce de ellos no llegaban á pesar lo que un ladrillo ordinario.
Todos ellos llevaban una inscripción: «Es Dios quien me ha fundado y Dios me
socorrerá.»
La construcción fué una mezcla de esfuerzos
arquitectónicos y ceremonias religiosas. Los sacerdotes bendecían los
materiales, acompañaban con plegarias la erección de cada columna, y al
elevarse los muros, los albañiles introducían en la argamasa huesos de santos y
otras reliquias.
Sumas inmensas se consumieron en este alarde
arquitectónico, y Justiniano se vió en los mayores apuros, y recurrió á los
medios más criminales para conseguir dinero y terminar la casa de la Santa
Sabiduría. Por fin, en 537 la obra quedó acabada. Después de una marcha
triunfal por el Hipódromo, con todo el esplendor de su corte bizantina, y de
pródigas distribuciones al populacho, hambriento de pan y ahíto de disputas
teológicas, Justiniano inauguró el monumento.
—¡Gloria á Dios, que me ha juzgado digno de
terminar esta obra!—gritó al entrar—. ¡He vencido á Salomón!
Catorce días duraron las plegarias, los festines
públicos y las distribuciones de dinero.
La Santa Sapiencia vivió siglos en una relativa
tranquilidad, sin otros accidentes que los que sufren los monumentos
gigantescos, eternos enfermos necesitados de cuidados y reparaciones. Toda la
vida del imperio de Bizancio se reconcentró en ella. Bajo sus bóvedas se
consagraron aquellos emperadores que se asesinaban unos á otros, se sacaban los
ojos, ó degollaban en masa á sus súbditos, por si el Hijo era igual al Padre, y
otras sutilezas teológicas, que tomaron el carácter de verdaderos programas
políticos.
El día que los turcos sitiadores acabaron por
penetrar en Constantinopla, una muchedumbre de sacerdotes, mujeres y
combatientes fugitivos se amontonó en la santa basílica, que tenía ya cerca de
mil años de antigüedad. El caudillo victorioso entró á caballo hasta el altar
mayor, y gritó agitando su cimitarra: «No hay más Dios que Dios, y Mohamed es
su Profeta.»
¡Se acabó la Santa Sapiencia! Las cruces rodaron
por el suelo, los sables se enrojecieron hundiéndose en la muchedumbre
cristiana, y el saqueo y la matanza dentro de la basílica duraron tres días.
En el momento de la entrada de los turcos, un
sacerdote celebraba la misa, y huyó del altar con el sagrado cáliz,
desapareciendo por una puertecilla practicada en una de las galerías.
Inmediatamente la puerta se cerró milagrosamente, con una pared de piedra que
nadie pudo distinguir del resto del muro. El día
que Santa Sofía sea devuelta al culto cristiano y los turcos huyan expulsados
de Constantinopla, volverá á abrirse la puerta y el mismo sacerdote acabará su
misa interrumpida.
Esto lo sé por mi guía Stellio, un honrado griego,
verídico y creyente, que me acompaña á todas partes, discurriendo el medio más
rápido y seguro para extraer el dinero de mis bolsillos.
Los historiadores de Santa Sofía dicen que esto es
una leyenda; pero Stellio se ríe de su ignorancia.
Todas las viejas del barrio del Fanar, residencia
de las antiguas familias griegas, piden á Dios que no las llame á su seno sin
haber visto antes á ese pobre sacerdote, que aguarda entre paredes, durante
cuatro siglos y medio, el momento de terminar su misa.
El barrio del Fanar es Bizancio que se sobrevive.
Los griegos, antiguos señores de la gran ciudad, se refugiaron en este barrio
después de la conquista turca, y allí continúan, en viejos palacios adosados á
murallas medio derruídas del tiempo de los Paleólogos.
Los guerreros bizantinos se hicieron comerciantes
después de la derrota, ó mejor dicho, continuaron siéndolo, pues en tiempo de
su imperio siempre fueron mercaderes, dejando la defensa de su país confiada á
bravos mercenarios comprados en Asia ó en Bulgaria.
La fama de los comerciantes fanariotas ha
sido universal. Durante siglos, el oro de todo el mundo se amontonó en este
barrio del Fanar. Los turcos belicosos, ocupados en hacer la guerra á la
cristiandad, dejaron á los griegos, vencidos y astutos, el manejo de sus
riquezas, y el fanariota fué el intermediario entre Asia y
Europa, el mercader de los objetos preciosos de
Oriente, y al mismo tiempo el proveedor y prestamista de sus señores otomanos.
Este barrio del Fanar ha sido durante siglos una Venecia, una Génova, de
poderoso movimiento comercial. Una gran flota mercante movíase en los mares de
Oriente y en todo el Mediterráneo, siguiendo las inspiraciones de sus
mercaderes. El Cuerno de Oro, que lame con sus aguas las piedras verdosas de
los edificios del Fanar—palacios obscuros con balcones bajos, que casi se tocan
con la cabeza—, veíase cortado incesantemente por las galeras que llegaban de
las escalas de Siria y el Mar Negro y partían hacia los puertos de Nápoles y
Marsella.
Hoy el Fanar está solitario y tranquilo. Junto á
sus muelles no se ven más que viejas barcazas en reparación, y enfrente, al
otro lado del brazo de mar, los navíos de guerra turcos, los buques antiguos
que sirven de pontones, y el palacio del Almirantazgo rodeado de las
innumerables construcciones del Arsenal. Mas los fanariotas aun
viven tan ricos y poderosos como en otros tiempos. Los nuevos puentes que
dificultan la navegación en el Cuerno de Oro, el gran calado de los buques
modernos y las exigencias del comercio, les han obligado á trasladar sus
oficinas á Galata, cerca del Bósforo, en medio de los chorros de vapor, rugidos
de sirena, chirriar de grúas y ensordecedora y negra actividad de un puerto de
nuestros días.
Pero las venerables casas del Fanar son, como en otros siglos, á modo de un título de nobleza para
los que las habitan, y en ellas siguen viviendo las familias de estos griegos,
más griegos que los que habitan Atenas, y que hacen remontar sus orígenes en
línea recta á los tiempos gloriosos del imperio bizantino.
El pequeño reino actual de Grecia se nutre de la
rica savia del Fanar. Todos estos helenos de Constantinopla son grandes
patriotas, con el entusiasmo nacional excitado por largos siglos de servidumbre
y desgracia. Son riquísimos, pero no tienen una patria. Fingen sumisión al
turco, á quien explotan, pero su pensamiento va á todas horas á la pequeña
nacionalidad formada en torno de la acrópolis ateniense, viendo en ella como un
huevo del que resurgirá un pasado glorioso.
¡Atenas! ¡Constantinopla!... Estos dos nombres de
gran sonoridad excitan á todas horas su entusiasmo. Todos conocen en el Fanar
los misterios del porvenir. Grecia volverá á ser lo que fué: se apoderará de la
Macedonia, se extenderá por las riberas de Asia, pasará un día los Dardanelos,
y la antigua Bizancio será otra vez helena, brillando sobre la cúpula de Santa
Sofía la cruz del Santo Sínodo, en vez de la media luna de oro. Y enardecidos
por una fantasmagoría tan generosa, no hay sacrificio que no hagan estos
comerciantes avaros, capaces de los mayores crímenes en el curso de los
negocios, y que, sin embargo, desparraman el dinero á manos llenas en empresas
patrióticas.
Los griegos del archipiélago vuelven sus ojos al
Fanar cada vez que intentan moverse. La sublevación de los isleños de Candía,
las guerrillas macedónicas, la misma guerra turcohelena de hace pocos años, que
tan grotesco y vergonzoso final tuvo para los nietos de Temístocles, y la
agitación presente, que convierte las fronteras griegas en perpetuo campo de
combate, todo es obra del dinero fanariota, que corre pródigamente,
como sangre vivificadora del patriotismo. El griego de Constantinopla es un
buen súbdito del sultán, incapaz de provocar ningún disturbio. Procura
separarse del armenio revoltoso, que intenta revoluciones dentro del imperio,
pero trabaja y sacrifica su fortuna por crear á éste en el exterior toda clase
de conflictos.
No sólo piensa en su pequeña patria para lanzarla á
la guerra contra el país en que vive. Sabe que los pueblos son grandes por algo
más que las armas y que la fama imperecedera de la antigua Grecia no se asienta
en los ruidosos triunfos sobre los persas, sino en las enseñanzas y las
inspiraciones de los filósofos, poetas y artistas, gloriosos abuelos de la
presente humanidad. La grandeza intelectual de su raza preocupa á los fanariotas hasta
el punto de que en Grecia es insignificante la instrucción pública costeada por
el gobierno, en comparación con la que sostiene la iniciativa particular. No
muere un griego rico de Constantinopla que no deje fuertes legados para las
escuelas de su país. Muchos han dejado dos y tres
millones de francos. Innumerables escuelas del archipiélago, grandes
universidades, valiosas bibliotecas se sostienen con herencias de patriotas del
Fanar, que pasaron su vida explotando á turcos y cristianos y dando las más
fieles muestras de adhesión al sultán que aborrecen.
Además, el Fanar es para todos los griegos del
mundo el barrio santo, la tierra sagrada donde tiene puesto un pie Dios: algo
semejante á lo que es para el católico el barrio de Roma inmediato al Tíber,
donde alza la basílica de San Pedro su enorme cúpula y se alínean perforando la
piedra las innumerables ventanas del Vaticano.
En el Fanar está el palacio del Patriarcado, la
residencia del Papa griego, llamado vulgarmente Patriarca de Constantinopla.
Este representante de Dios es un personaje
poderosísimo, un sacro pastor que extiende su cayado de oro sobre millones de
místicas ovejas. Si el Papa de Roma no tuviese al otro lado del Atlántico la
antigua América española, su colega de Constantinopla sería tan poderoso como
él. Grecia, Bulgaria, Servia, Rumania, Montenegro, los cristianos ortodoxos de
la enorme Turquía, que son millones, y la inmensa Rusia, que aunque autónoma
religiosamente, respeta, sin embargo, al sumo sacerdote de Constantinopla, forman
el feudo espiritual de este pontífice que vive en el barrio del Fanar y una vez
al año bendice toneladas y toneladas de aceite,
convirtiéndolo en óleo santo que envía á los metropolitanos y popes de sus
Estados.
El patriarca actual es Joaquín II. Un amigo suyo,
que á la vez lo es mío, me invita á visitar al Pontífice, ensalzando la llaneza
de su trato y costumbres. ¿Por qué no?... El amigo añade que ya ha hablado de
mí á Su Santidad, y una tarde á las dos, llegamos juntos al palacio del
Patriarcado.
Es un enorme caserón sin adorno alguno, situado en
la cumbre de una colina vecina al Cuerno de Oro. Una tapia alta cierra los
patios exteriores, y ante la triple puerta de entrada hay un cuerpo de guardia.
Su Santidad es después del Gran Imán el primer
funcionario religioso del Imperio. El sultán lo recibe con frecuencia y vive en
las mejores relaciones con él, temiendo la influencia que puede ejercer sobre
varios millones de almas que forman parte del pueblo otomano. Los soldados
turcos, fervorosos musulmanes, velan, bayoneta en el fusil, sobre la existencia
y el reposo de este sacerdote extraño á sus creencias, lo mismo que en
Jerusalén montan la guardia cerca del sepulcro de Cristo. Además, Su Santidad
recibe del sultán una paga enorme, uno de esos sueldos inauditos que sólo puede
concebir la prodigalidad de un soberano oriental.
Joaquín II es bueno y tan generoso al repartir como
el sultán al dar. Vive sin aparato, como en los
tiempos que era un pobre teólogo en una universidad de Grecia, y su enorme
asignación la devora el populacho del Fanar, que descansa en sus tugurios como
una nube de langosta en torno del Patriarcado.
Entramos en éste por una puerta lateral. El arco
del centro está cerrado, y sólo se abre, con largos intervalos de años, en las
grandes conmemoraciones religiosas.
En el interior encontramos unos criados, bigotudos
y morenos, semejantes á los piratas antiguos del archipiélago, y popes
jovencitos que deben ser familiares de Su Santidad. Subimos una escalera de
madera con esterilla de junco. Las paredes están adornadas con pinturas de
imágenes bizantinas y retratos de patriarcas. Entramos en un salón de espera
igualmente modesto, con la misma esterilla é idénticos retratos de patriarcas:
cabezas venerables y barbudas, con la mitra cuadrada y lóbrega envuelta en una gasa
fúnebre que pende sobre los hombros y la cruz de oro destacándose sobre el
pecho negro.
Se abre una puerta, y avanza unos pasos en la
inmediata habitación un pope de estatura enorme, un venerable gigante que mueve
los brazos invitándonos á entrar.
Hermoso hombre. Yo, que no soy bajo de estatura,
tengo que echar atrás la cabeza para verle bien. Tiene blancas, con una nitidez
de nieve, las barbas luengas y ensortijadas; blancas igualmente, las guedejas que se escapan de su alto gorro,
semejante á un sombrero de copa sin alas. Pero el rostro es joven, y aunque
algo demacrado, da una impresión de fuerza y salud, por el lustre de la tez, de
un moreno rojizo, y la solidez ósea de la faz. La nariz, un tanto grande y
demasiado aguileña, es sin embargo hermosa por su pureza de líneas, sin la más
leve desviación. Los ojos, grandes é imperiosos, ojos de mando que se esfuerzan
por ser dulces, parecen gotas de densa tinta, brillando un pequeñísimo punto de
luz en su negra intensidad.
Este gigante, blanco, fuerte y majestuoso como un
Padre Eterno, se agita al andar con enérgicos movimientos y encorva la espalda
para ponerse al nivel de los que llegan. Mi amigo se inclina al coger su
diestra y besa un gran anillo. Entonces reparo en la faja de seda que ciñe la
sotana del arrogante sacerdote y en la cruz que brilla sobre su pecho, con un
suave fulgor de oro antiguo. Es Joaquín II.
Mi amigo le habla en griego brevemente, y yo
adivino por las miradas que hace mi presentación.
—¡Ah, Blascos!—dice el Patriarca con una voz sonora
de barítono, al mismo tiempo que me coge una mano y tira de mí para que
avance—. ¡Blascos Ibañides!...
Cualquiera diría que Su Santidad se había pasado la
existencia no oyendo otro nombre que el mío. Es la amabilidad superior de los
soberanos, de los grandes personajes que fingen conocer á todos
los que llegan y parecen recordar sus nombres, que les han dicho momentos
antes. Y repitiendo mi apellido desfigurado á la griega, con una expresión
satisfecha, como si no conociera otra cosa, me empuja con su volumen de coloso,
me hace sentar en un diván redondo en el centro de la pieza, y él vuelve al
sillón dorado y viejo que ocupaba momentos antes.
La sala, larga y estrecha, es una galería cerrada
con cristales. Al través de ellos, se ve abajo parte del caserío del Fanar, y
más allá de los tejados, una mitad del Cuerno de Oro, los navíos de guerra, el
Arsenal, y los montes desnudos de la ribera de enfrente, con abandonados
cementerios turcos, en los cuales las blancas fichas de las tumbas dan la
sensación de lejanos corderos rumiando inmóviles en las laderas.
El Patriarca está sentado de espaldas á los
cristales, con el cuerpo en la sombra y rodeado de un nimbo de luz que forma el
sol de la tarde en torno de su alba cabellera. Junto á él sonríe un joven
pequeño, vestido como un gentleman, el monóculo brillante sobre el
rostro afeitado y el pelo rubio y lustroso partido por una raya central en dos
bandós que caen sobre la frente cual lacios cortinajes. Es el secretario de la
legación de Grecia, que está en conferencia con el Patriarca y juntos pasan el
tiempo hablando de los asuntos del amado país.
Joaquín II habla en su idioma, de sonora armonía, ininteligible para mí, y al terminar mi amigo, que
parece emocionado en presencia del Patriarca y apenas osa levantar los ojos, me
dice en francés:
—Su Santidad está muy contento de verle, y dice que
le es usted simpático... Además le desea una estancia muy feliz en
Constantinopla.
—Su Santidad es muy amable. Dele usted las gracias.
Quedamos los cuatro en profundo silencio,
mirándonos, como es de buen tono en toda visita oriental, donde la conversación
animada no surge más que tras larguísima pausa luego de haber tomado el café.
El Patriarca ha dado sus órdenes con una voz de
marino que ordena una maniobra, y aparecen los criados trayendo el inevitable
obsequio de toda visita.
El café no es gran cosa, los cigarrillos son
comunes y el servicio de porcelana de lo más vulgar. Joaquín II vuelvo á
repetir que vive pobremente, como un hombre de escasas necesidades. Nos ofrece
las tazas y los cigarrillos con ademanes de graciosa cortesía, pero él no bebe
ni fuma. Sólo la confitura es magnífica: un dulce de exquisitez monacal,
formado de diversos y misteriosos aromas: un regalo tal vez de lejano convento,
ó de algunas griegas devotas, enclaustradas voluntariamente en algún ruinoso palacio
del Fanar.
El Patriarca, sin dejar de mirarme, habla al joven que tiene al lado. Este sacude su actitud indolente,
se desenrolla en el interior de su sillón, y avanza la cabeza, en la que parece
pegado el monóculo, sonriéndome con diplomática calma. Su Santidad sólo habla
el griego y el turco, pero desea conversar conmigo. Es la primera vez que ve á
un español. Él me traducirá en francés lo que diga Su Santidad y á continuación
le comunicará en griego lo que yo responda.
—Puede preguntar Su Santidad lo que guste.
Y Joaquín II se lanza á hablar apresuradamente, con
un ímpetu de orador tribunicio, rodando como truenos los párrafos sonoros, en
los que abundan las armoniosas onomatopeyas.
Cuando el Papa se calla, el diplomático hace la
traducción, acompañándola de fina sonrisa.
—Su Santidad dice que siente muchísimo las
desgracias de España; que durante la guerra con América, dedicó muchas veces
sus oraciones á vuestro pueblo, que le es muy simpático, y que comprende que en
vuestro país aun estará vivo el dolor por tan grandes pérdidas.
La lástima bondadosa de Joaquín II me irrita un
poco.
—Dígale á Su Santidad que no hay para qué
lamentarse de lo pasado; que en mi país ya nadie se acuerda de eso, y que
habiendo perdido hace un siglo casi toda la América, no había razón para
conservar unas cuantas islas que eran en cierto modo un bagaje pesado.
El Patriarca, de ojos imperiosos, es un intuitivo,
de rápida penetración. Mirándome fijamente parece adivinar mis palabras, mueve
la cabeza como si me entendiese, y cuando el secretario hace su traducción, él
se adelanta completando las ideas.
Continúa el diálogo entre Su Santidad y yo, con la
mediación del elegante intérprete. Joaquín II se entera con gran interés de las
costumbres españolas, de las que tiene una vaga y fantástica idea, y me
pregunta especialmente por nuestra literatura nacional.
Él, gran erudito en letras clásicas, comentador de
Homero, como todo griego ilustrado que se respeta un poco, no conoce nada de
España. Hace muchos años, cuando no era en Atenas más que un simple pope
dedicado á enseñanzas teológicas, vió un drama español traducido al griego, un
drama de un señor que se llamaba... se llamaba...
Y el patriarca y el diplomático se consultan con la
mirada, al mismo tiempo que pugnan por pronunciar un hombre, sin llegar á
completarlo en sus dudas.
—Echegaray—digo yo, adivinando sus balbuceos.
Su Santidad sonríe moviendo la cabeza. Eso es,
Echegaray. El Patriarca guarda un hermoso recuerdo de la obra. Indudablemente
fué la única vez que asistió al teatro el austero sacerdote.
—¿Vive aún monsieur Echegaray?—pregunta
Su Santidad con gran interés por mediación del
secretario.
—Vive, y á pesar de sus años es animoso como un
muchacho y no descansa.
Su Santidad vuelve á sonreir, como si bendijese con
el gesto al lejano poeta que alegró con la magia del arte algunas horas de su
existencia. Y yo sonrío también, pensando en el ilustre don José, muy ajeno á
imaginarse que el Papa griego es uno de sus más sinceros admiradores, con esa
admiración del que sólo ha ido una vez al teatro y se acuerda del magno suceso
durante toda su vida.
El Patriarca, después de esto, habla de la
literatura griega contemporánea. Hay en Atenas poca producción; escasos dramas
y muy contadas novelas. Los literatos, antes de dedicarse al trabajo, viven
enzarzados en interminable disputa sobre si deben escribir en griego antiguo ó
en el griego vulgar que hoy se habla en el archipiélago. Esta disputa apasiona
á la nación entera, dividida en dos partidos.
—Su Santidad pregunta qué opina usted sobre
esto—dice el secretario.
—Pues dígale á Su Santidad que si novelas y dramas
tienen por protagonistas á personajes de ahora, lo natural es que hablen el
griego moderno, aunque no sea puro. Un mozo de cordel del Pireo no va á
expresarse como el Aquiles homérico.
El Patriarca acoge mis palabras con un gesto cortés, pero deja adivinar en sus ojos que piensa
todo lo contrario.
La conversación languidece y yo me preparo á
marcharme. Llevo más de media hora con Su Santidad é indudablemente muchos
fieles de importancia aguardan en la antesala.
El Pontífice de Constantinopla es un Papa constitucional.
Ni es infalible por sí solo, ni puede tomar una resolución en materias de fe.
Dos veces por semana se reune bajo su presidencia el Santo Sínodo, compuesto de
eclesiásticos y laicos influyentes, y esta asamblea es la que legisla, dejando
al Patriarca el poder ejecutivo.
Voy á abandonar mi asiento, cuando Joaquín II
emprende una larga arenga dirigida al secretario, en la que percibo varias
veces la palabra democraticón. El Patriarca parece poner un gran
interés en lo que dice, y cuando al fin calla, el diplomático me habla
gravemente.
—Su Santidad pregunta si en España los sacerdotes
son muy respetados, si la religión tiene el mismo prestigio que en otros
tiempos, si los reyes son queridos, y sobre todo, si existen partidos
democráticos como en otras naciones desgraciadas, y si el pueblo, movido por
malas enseñanzas, intenta levantarse contra sus mayores.
Quedo indeciso algunos momentos. ¿Qué contestar al
buen Patriarca?... Después de tan buena acogida, siento cierto escrúpulo de
decirle la verdad. ¿Para qué discutir con él? ¿Para qué desvanecer la santa ignorancia de este sacerdote, que ya no
volverá á acordarse de España y jamás podrá influir en nuestra suerte?...
—Dígale á Su Santidad que allá no hay partidos
democráticos ni nada de esas pestes modernas que como él dice hacen la
infelicidad de los pueblos. Los reyes velan por nuestra dicha; los sacerdotes
son veneradísimos; todos los españoles somos católicos...
Joaquín II sonríe, adivinando otra vez mis
palabras, y mueve sus melenas blancas y su gorro negro, como diciendo: «Muy
bien.»
—Su Santidad—añade el diplomático al poco rato—dice
que se alegra muchísimo de las palabras de usted, que éstas son para él un
inmenso consuelo, y que España será siempre grande si no se aparta del buen
camino.
Me levanto, despidiéndome del Papa con una solemne
inclinación. Su Santidad está alegre, parece encantado por mis afirmaciones, y
me acompaña hasta la puerta, repitiendo mi nombre con paternal sonrisa.
—¡Blascos! ¡Ah, Blascos! ¡Blascos Ibañides!...
No me entrega su mano á besar como á los otros.
Respeta mis escrúpulos de buen católico español, pero me acompaña, dándome
cariñosos golpes en un hombro con sus manos fuertes, y la más paternal de las
sonrisas contrae las ondas de nieve de su barba.
Cuando llego á la puerta le parece poco esta despedida, y eleva la diestra con su gran sortija de
oro... y me bendice.
Salgo del Patriarcado admirando la espontánea
solidaridad de todos los que viven á la sombra de la cruz. ¡Extraña y poderosa
fracmasonería de los hombres de sotana! Durante siglos y siglos, el Vicario de
Dios en Roma y el Vicario de Dios en Constantinopla se han insultado con baba
rabiosa, llamándose hijos del diablo, asquerosas víboras y demás insultos
inventados por el rencor eclesiástico, maldiciéndose con acompañamiento de
cirios llama abajo y cánticos de muerte. Ahora fingen no conocerse, ignoran mutuamente
su existencia, viven vueltos de espalda, asumiendo cada uno la verdadera
herencia de Cristo, y sin embargo, por encima de tantos siglos de abominación y
de odio, se entera cada uno de la existencia del otro, y celebra que ésta sea
próspera y fuerte. Lo mismo hacen los comerciantes cuando preguntan con interés
por los negocios de los colegas, y se alegran de que marchen bien, aunque nada
les produzcan, viendo en ellos una prueba de que el mercado no se debilita, de
que sigue la demanda y de que mientras los clientes no se llamen á engaño habrá
ganancia para todos.
Algunos días después, al volver al centro de
Europa, el tren que me conducía chocó con otro de mercancías en las
inmediaciones de Budapest. Cinco muertos y un
número enorme de heridos. Yo salí ileso.
Luego en París recibí una carta del amigo que me
había presentado al Patriarca.
Su Santidad, al leer la noticia en los diarios
griegos de Constantinopla, había celebrado mucho la inspiración que tuvo al
bendecirme, y repetía sobre mi cabeza el gesto pontifical, recomendándome de
nuevo en sus oraciones.
Leyendo esto me expliqué mi buena suerte.
En adelante, siempre que vaya á un país donde
exista Papa, pienso no salir de él sin la correspondiente bendición.
Cuando un occidental relata su viaje á Turquía, la
curiosidad, excitada por todo lo que es extraño y misterioso, le interrumpe
siempre con las mismas preguntas:
—¿Y las turcas? ¿Y la vida del harem?... ¿Y los
eunucos?
¡Las turcas!... Se las ve en todas partes; pasean
por los cementerios, frondosos como jardines; entran tapadas á hacer sus
compras en las lujosas tiendas á la europea, van en la buena estación á
solazarse en las Aguas Dulces de Asia, lugar de moda á orillas del Bósforo;
salen en carruaje, ó transitan á pie por el Gran Puente; se visitan unas á
otras; gozan de más libertad que las europeas; salen á la calle tanto como
éstas, y sin embargo, no hay en Constantinopla nada tan misterioso é
inabordable como las mujeres.
Viviendo aquí, se convence el europeo de la
frescura con que han mentido los novelistas y los poetas
al describir amores entre turcas y cristianos. En otros tiempos, tal vez pudo
ser esto. Durante el reinado de Abdul-Aziz, loco generoso, Nerón oriental, que
condecoraba á sus gallos de pelea con las mismas bandas usadas por los
generales, y se divertía arrojando al populacho espuertas de monedas de oro,
tal vez podrían desarrollarse estos amores internacionales. Abdul-Aziz,
apasionado romántico de la emperatriz Eugenia, debió ser tolerante con las
pasiones de sus súbditas.
El actual emperador Abdul-Hamid, austero creyente
que se encierra en la tradición y el aislamiento de raza para defenderse de la
codicia europea, muestra empeño en evitar que la mujer musulmana tenga contacto
alguno con el cristiano, y vela sobre ella con una minuciosidad de déspota
curioso y activo, que lo mismo ansía conocer el pensamiento del emperador de
Alemania que las intrigas del harem del último de sus pachás.
Las damas turcas marchan encubiertas por las calles
de Pera, contemplando al través del velo á los europeos, que las siguen con
ojos ávidos. Aburridas por la soledad del harem y la indiferencia de un señor
en el cual el exceso de cantidad embota y debilita todo afecto, ¡cuántas veces
su pequeño cerebro de niña, apenas educada, experimenta la embriaguez del
deseo, viendo en este barrio cristiano la gran abundancia de hombres, venidos
solos del otro extremo de Europa, y á los que un
celibato forzoso da audacias y ademanes de lobo carnívoro!...
Viven libres, sin ver al esposo más que de tarde en
tarde; pueden entrar y salir de su casa sin otra vigilancia que la del eunuco,
fácil de sobornar; disponen de su tiempo mejor que una europea, y sin embargo,
la intriga amorosa es dificilísima para ellas, por no decir imposible.
Que levanten un poco el velo sobre su rostro para
dejarlo visible al hombre que pasa, y al momento, un otomano, que parece
distraído en medio de la acera tomando el aire, seguirá sus pasos
cautelosamente, para saber en qué termina la inusitada audacia. Que se permita
un gesto, una mirada significativa ó volver la cabeza, y el polizonte avisará
en el mismo día al marido ó al padre.
La policía y la fuerza tradicional de las
costumbres velan sobre la mujer turca, la rodean á todas horas, dejándola en
completa libertad para todo... para todo, menos para lo que ella desearía.
Una tercera parte del presupuesto del imperio se
consume en servicio policíaco. Un importante personaje de la corte es el jefe
de los espías, y á su vez hay espías de los espías... y así hasta lo infinito.
Todas las clases de Turquía figuran en el inmenso cuerpo de la delación. Los
policías se reclutan lo mismo entre los mozos de cordel de los muelles que
entre los grandes personajes. Algunos cobran un sueldo mucho mayor que el de un
ministro de Europa. Lo que cuesta al sultán este
servicio, representa más que lo invertido por algunos Estados en ejército,
marina, administración y obras públicas. Muchos de los señoritos turcos que
pasean en caique, llenan los cafés y teatros de Pera y son clientes de los
sastres europeos, luciendo empinados bigotes á lo kaiser, bajo el erguido fez,
no tienen otro medio de existencia que lo que cobran por repetir al ministro de
Policía cuanto ven y cuanto oyen.
Además, para las mujeres, todo turco es un agente
que vigila por las buenas costumbres. El europeo no puede mirar mucho tiempo, y
con marcada atención, á las mujeres que pasan. Imposible seguir sus pasos, como
ocurre en las ciudades europeas. Si es en el barrio puramente turco de Stambul,
corre peligro de recibir como aviso una pedrada ó un palo. Si es en las
demarcaciones europeas de Pera y Galata, cualquier respetable effendi que
pasa junto á él le preguntará cortésmente si es forastero, ya que le ve faltar
tan abiertamente á las costumbres del país.
La mujer, sitiada por la vigilancia del policía y
el fanatismo nacional de todo compatriota, obligada á no hablar con otro hombre
que el que tiene en su casa, se venga de este aislamiento con un orgullo
rencoroso, que la hace antipática las más de las veces. En las aceras empuja al
hombre con soberano desprecio para que le ceda el paso. Cuando van en carruaje
se ríen del transeúnte europeo con una insolencia de colegialas en libertad.
La mujer pobre ó de la clase media sigue fiel al
dominó de pesado damasco y á la cortinilla de gruesa seda que le sirve de
antifaz. Así se la ve pasar, como máscara misteriosa, llevando en una mano la
sombrilla cerrada ó tirando de un turquito cabezudo, y sosteniendo con otra la
crujiente faldamenta, que deja ver las pantorrillas enormes, hinchadas,
elefantíacas, por ir encerrados, dentro de las medias, los extremos de los
calzones interiores.
Pero las grandes damas, las elegantes esposas de
los pachás y los turcos ricos, las moradoras de los haremes lujosos, hace
tiempo que, valiéndose de la moda, han acabado con los trajes tradicionales,
que recluían á la mujer en obscuro incógnito. Bajo el gabán oriental, semejante
á una salida de teatro, llevan trajes de París recargados de
adornos y en extremo vistosos. Se cubren el pelo y parte del rostro siguiendo
las exigencias de la costumbre religiosa, pero lo hacen con el yachmaks,
velo tenue y transparente como una nubecilla, suspiro de seda casi impalpable,
que sirve para dulcificar su rostro, pintado de rosa y adornado con lunares
artificiales, para dar mayor realce á sus ojos, agrandados por una aureola
negra de kool. Ocupando grandes carrozas con ruedas doradas, y bajo
la escolta de eunucos negros, á los que la perturbación del sexo hace luchar
con las señoras en chismes, odios é histéricas rabietas, van á las tiendas ó
visitan á las amigas de otro harem, situado á tres
ó cuatro horas de distancia, al final del Bósforo.
Algunas veces un harem se traslada á la orilla de
Asia para ver á las compañeras de un gran señor amigo del suyo. La visita dura
tres ó cuatro días, y esposas y odaliscas, libres de velos y escrúpulos, en el
misterio de las habitaciones privadas, hacen en común sus comiditas de muñecas,
abundantes en dulce, duermen juntas, tocan y cantan, y sobre todo, hablan...
hablan mucho, con una verbosidad de prisioneras ó de monjas, repitiendo los
chismes del silencioso Stambul, donde las casas parecen cárceles, con sus
puertas siempre cerradas y sus ventanas de celosía, tras las cuales espía á
todas horas la curiosidad maligna, la sospecha calumniosa, como en una muerta
ciudad de provincias.
Estas damas, mujeres opulentas á los diez y seis
años, saben pintarse las mejillas de carmín, los ojos de negro y las uñas de
rojo, y en esto invierten la mayor parte del día. Además, las mejor educadas
saben fabricar agua de rosas, dulces de varias clases y á veces hasta bordan
gruesas flores de oro sobre telas de seda.
Hablar, con una charla interminable de pájaro loco,
embriagándose en sus propias palabras, hablar bien de ellas y mal de sus
amigas, es su mayor placer. Se comprende que el buen turco, temiendo pasar el
resto de su vida frente á frente con una sola de estas hermosas muñecas, vacía de cráneo y expedita de lengua, multiplique su número
para encontrar alivio. Pero esta variedad, cuando todo el harem ha perdido el
encanto de lo nuevo, sólo sirve para aumentar el tormento.
Los turcos modernos, que han viajado por Europa
amoldándose á nuestras costumbres, sólo tienen una mujer y sonríen cuando les
hablan del harem. Están enterados de lo que es la poligamia y compadecen á los
turcos á estilo antiguo, á los tradicionalistas, que por seguir la costumbre
tienen varias esposas.
Sólo un pachá del viejo régimen poseedor de una
paciencia inagotable ó aficionado á murmuraciones y futilidades como una mujer,
puede soportar durante toda su vida el contacto con el rebaño femenino del
harem.
Es un error generalizado en Europa creer que la
mujer turca, porque se compra las más de las veces, es una esclava, un objeto,
un ser sin derechos y sin libertad, fuera de las leyes. La religión del Profeta
nunca habló con desprecio de la mujer, ni vió en ella un ser impuro, un aborto
del demonio, como los Padres de la Iglesia cristiana. El hombre tiene sin
disputa un alma superior, porque es el guerrero y pesan sobre él los más rudos
deberes de la vida, pero la mujer es igual á él en toda clase de derechos. La
ley musulmana sólo es implacable y feroz en caso de infidelidad conyugal.
Conoce la escasa solidez de estos seres adorables y sin seso, y presiente que
si abriese la mano y no se impusiera por el terror,
ningún musulmán podría llevar su turbante sobre la frente con entera comodidad.
En los antiguos haremes de Turquía figuraban sobre
la puerta dos versos, que poco más ó menos dicen así:
Nada iguala
la astucia de la dama.
El encierro (que no es tal encierro, pues la turca
sale á todas horas, y ellas y los eunucos se entienden con la fraternal
solidaridad del interés común) y la prohibición de hablar con los hombres, son
las dos únicas tiranías que pesan sobre las mujeres de alta clase. Pero junto á
esto, ¡qué insoportables derechos, exagerados por la susceptibilidad femenil,
gravitan sobre el infeliz otomano, que entusiasta de las glorias de la vieja
Turquía, se empeña en mantener un harem, como alarde de patriotismo!...
Si hace un regalo á una de sus esposas, por costoso
que éste sea, las otras tienen derecho á otro igual, y pueden llevarlo á los
tribunales para exigírselo. Si una riñe con sus compañeras y declara que le es
imposible seguir viviendo en el harem, la ley turca obliga al marido á que le
construya una casa aparte; igual, absolutamente igual, hasta que satisfaga los
gustos de la esposa. Y se han visto pleitos que han durado años y años, sin
darse nunca por contenta la reclamante al visitar
la nueva vivienda, exigiendo unas veces que tuviese igual número de ventanas
que la antigua, pretextando otras que las lámparas eran menores en número, que
los muebles no estaban tapizados con la misma seda, que las alfombras no eran
antiguas, y así hasta lo infinito de una histeria caprichosa, agravada por la
rivalidad femenina.
Y á más de esto, el amontonamiento de hijos que se
forma en pocos años en un harem rico, donde las esposas y odaliscas son un par
de docenas y el Señor, poderoso personaje falto de ocupaciones, se queda en
casa los fríos días de invierno, y únicamente sale los viernes para ver al
sultán en el Sélamlik.
Yo he conocido á un viejo pachá, entusiasta de las
tradiciones, que tiene trescientos cuarenta y dos hijos. Es un hombre virtuoso,
dado á los estudios teológicos, poco amigo de pecados carnales, y que desprecia
á los europeos, como seres inferiores que á todas horas tienen el pensamiento
puesto en la mujer. Á pesar de la extensa prole, yo no creo en su
concupiscencia. En la vida del harem no hay golpe perdido, y aunque los olvidos
de la virtud sean poco frecuentes, todos tienen consecuencias por la variedad y
el número de la colaboración, llegando el respetable padre á no conocer á sus
hijos ni saber sus nombres, á pesar de que viven bajo el mismo techo.
La poligamia es un lujo de personajes, y pocas fortunas la soportan. Los hijos son más costosos aún
que las mujeres, pues hay que darles colocación. Cada sultán se basta él solo
para fabricar la mayor parte de los gobernadores, generales y altos
funcionarios de su imperio, y las demás plazas las proveen, con su fuerza
reproductora, los personajes que viven junto á él.
El harem imperial y el de los grandes pachás son
incubadoras de altos empleados que no dejan lugares libres á los turcos de más
bajo origen. Por algo se transmite el imperio de Turquía de hermano á hermano y
no de padre á hijo, como en las monarquías europeas. Si la sucesión imperial
fuese por este último sistema, Turquía viviría en eterna guerra civil, siendo
centenares los pretendientes al trono que se combatirían, con una saña de
hermanos, cada uno de distinta madre.
Los turcos modernos y jóvenes ríen y ríen del viejo
harem. ¡La poligamia! ¡Tonta inutilidad del pasado!... Ellos viven con sólo una
turca, ó con ninguna, admirando los grandes adelantos de la civilización
europea, la más perfecta de todas para la satisfacción de las necesidades
humanas, y cuando sienten el deseo de la variedad, pasan los puentes y suben á
Pera, y allí encuentran en las calles un harem suelto y por horas, de rumanas,
italianas, austriacas y judías.
*
* *
La afición de
ciertos personajes á los progresos modernos, ha creado una clase de turcas más
infelices y dignas de compasión que la antigua dama otomana, devota y contenta
de su vida, satisfecha de sus visitas y sus lujosos trajes, sin otro ideal que
una joya nueva ó una banda con placa de brillantes, regalo del sultán, sin
otros horizontes que las montañas de la ribera asiática, ni otros deberes que
incubar nuevos turcos.
Los grandes pachás que envían sus hijos á correr
Europa, han traído institutrices ingleses y francesas para sus hijas. Muchas de
las tapadas que pasan en carruaje, delatando bajo sus orientales velos la
frescura esbelta de los pocos años, la delgadez de una mujer en formación,
desprecian las confituras, odian como perfume vulgar el aceite de rosas y
consideran el bordado como obra de esclavas, sonriendo ante las obras de
juventud que les enseñan con orgullo sus obesas madres. Tienen en una pieza del
harem donde nacieron un piano de cola, en el que tocan los valses melancólicos
de Chopín ó el último couplet de moda en París, y cerca del
sonoro Erard una biblioteca llena de novelas inglesas y francesas. Algunas
hasta han roto con la preocupación religiosa de la raza, que prohibe la
reproducción de las formas vivas, y pintan acuarelas con palomos, flores ó
barquitos.
Conozco á una francesa vieja, que vive hace muchos
años en Constantinopla de dar lecciones de su
idioma y entra diariamente en ricos haremes. ¡Las confidencias de estas pobres
jóvenes, que han de vivir como las mujeres del tiempo de Mohamed II, y por la
imprudencia de sus padres llevan bajo las vestiduras orientales la misma alma
que una muchacha de París ó Londres!...
—Sabemos francés, sabemos inglés—dicen á la vieja
confidente—. Tocamos el piano, cantamos, pintamos. ¿Para qué todo esto?... La
mujer aprende para lucir sus conocimientos, para hacer vida de sociedad... para
hablar con los hombres.
Y la pobre turca de moderno estilo sólo podrá
hablar con uno, el que les designe su padre como esposo. Un día la adornarán de
piedras preciosas y se casará con un joven turco, al que sólo habrá visto de
lejos, al través de una celosía, y con el que cruzará la palabra por vez
primera en el momento de ser su esposa. La llevarán á una casa nueva, en la que
vivirá como única señora si su marido no ama las costumbres antiguas, ó en la
que se confundirá con otras, iguales á ella en derechos, distintas á ella en alma,
como si fuesen de otro planeta. Su madre se extrañará de sus lágrimas y
melancolías. Así vivió ella, así vivieron sus abuelas y todas las honradas
damas temerosas de Dios. Pero la madre era feliz, abroquelada en su santa
ignorancia: no la habían hecho morder el fruto embriagador de la cultura
occidental... Y la infeliz reclusa de las tradiciones de su pueblo, asustada
ante el porvenir, y mientras llega el momento del
matrimonio, se consuela con la lectura, y devora las novelas francesas que
llenan los escaparates de las librerías de la gran calle de Pera.
Sus autores favoritos son los mismos de las damas
europeas; novelistas elegantes y discretos que creen en Dios y sólo describen
personajes con buenas rentas, faltos de ocupación y dedicados al amor. La pobre
turca admira á la duquesa rubia y espiritual, que en cada capítulo
luce un traje nuevo de Paquin ó de Doucet; se crispa con los dulces diálogos
entre ella y el conde ó el artista de moda; se conmueve ante las «crisis de
alma» que obligan á la noble señora á cambiar de amante todos los años; la sigue
palpitante de emoción cuando á la caída de la tarde va cautelosa al estudio ó á
la garçonniére de su nuevo ídolo, cubierta con espeso velo (lo
que llaman los grandes modistos velo de adulterio); desfallece con
la descripción de los sabios besos, en el saloncito caldeado discretamente por
la chimenea, sobre cuyo mármol hay rosas, muchas rosas, como es de ritual en
toda cita novelesca de personas que se respetan... y la pobre turquita acaba
por abandonar el libro sobre sus rodillas, y queda con sus ojos de gacela
pensativos y lacrimosos.
Esa es, indudablemente, la vida de las europeas: no
puede ser otra, pues todos los libros dicen lo mismo. Ella sabe inglés y
francés; ella toca en el piano cosas sentimentales; ella hablaría tan bien como la duquesa y la sentaría igual ó tal
vez mejor el misterioso velo de la caída de la tarde. ¡Y tiene que acabar su
vida en un harem, murmurando con las esclavas zafias y el eunuco negro, de risa
infantil! ¡Y todos sus viajes serán al Bósforo asiático, ó cuando más á Brussa,
en el mar de Mármara! ¡Y el conde de sus ensueños, el artista de complicadas
pasiones, será un señor con el fez eternamente calado, que vivirá en una mitad
de la misma casa ocupada por ella, que entrará y saldrá por distinta puerta,
que tendrá diferente servidumbre, como si fuese un huésped, y sólo una ó dos
veces por semana vendrá á tomar con ella varias tazas minúsculas de café, y
fumará cigarrillo tras cigarrillo, pensando en el último gesto del Gran Señor y
en las intrigas del Yildiz Kiosk!...
La virgen musulmana siente que un impulso de
rebeldía rompe la costra de su mansedumbre oriental, y tiende sus brazos con un
crispamiento de inmensa angustia, como si llamase en su auxilio el misterioso
poder que convierte en paraíso la tierra maldita del Profeta, donde viven
los giaoures.
—¡Oh Europa!... ¡París! ¡París!
Algunas, más audaces ó afortunadas, llegan á
consumar la rebeldía. Las hay que han conseguido librarse por procedimientos
novelescos de esta tierra, donde para entrar y salir se necesita pasaporte.
Viven en el Paraíso soñado, en París, y repiten á
la inversa la afición poligámica de sus ascendientes. En Constantinopla nadie
quiere hablar de esto, como no sea para negarlo. El Gran Señor sufre enormes
disgustos con estas fugas.
Hace poco tiempo, en un mitin feminista de Suiza,
al que asistieron mujeres de todas las naciones, subió á la tribuna una joven
de ojos orientales, que hablaba con facilidad varios idiomas, y se expresó con
reconcentrado odio contra la tiranía masculina.
Era una parienta del sultán fugada del harem
imperial.
*
* *
En Turquía todavía existe la venta de esclavas.
Yo quise cándidamente ver un mercado. No existe
mercado. Desde que Inglaterra y otras potencias intervinieron en la vida
interna de Turquía, se acabó la trata de esclavas. Los antiguos
caravanserrallos, enormes posadas de vastos claustros donde hace cincuenta años
se exhibían libres de velos los lotes de carne juvenil llegados de la Circasia,
sólo están ocupados hoy por mercaderes de Trebisonda y Bagdad, que fuman
su narghilé exhibiendo pacientemente los rollos de tapices y
los cofrecitos repletos de piedras preciosas.
Las esclavas se guardan y se venden en las casas de
los particulares. Todo turco á la antigua tiene una irresistible tendencia á la
mercadería de carne femenil. Es una afición atávica
heredada de sus ascendientes, invasores de reinos y bandidos del mar. Cuando un
personaje de Stambul tiene un crédito por cobrar en las provincias de Asia, las
más de las veces le paga éste con una pareja de niñas flacas, mal comidas, pero
de espléndidos ojos, que á su vez ha adquirido de los padres, míseros
montañeses de la Georgia.
Las pequeñas sirven de criadas de lujo en la casa
de Stambul, hasta que la pubertad empieza á hinchar sus formas y el señor
propone la mercancía á sus conocidos, verificándose la venta amigablemente, sin
intervención alguna de los representantes de la ley.
Cuando se visita la morada de un turco á la
antigua, salen á vuestro paso, en el departamento de los hombres, pequeñas
niñas sin velo, con anchos calzones y la trenza colgando sobre la espalda, que
os toman el sombrero y el bastón, dándoos la bienvenida como si fuesen hijas
del dueño. Son las esclavas que esperan su hora para ser vendidas ó que acaban
por pasar al harem del señor convertidas en esposas.
Las agentes de carne conocen las casas donde
existen géneros, y todos los días hacen sus negocios. No sólo venden para los
ciudadanos ricos de Constantinopla y de todos los vilayetos de
Turquía, sino que mantienen negocios continuos con clientes de Egipto, Túnez y
Marruecos. La circasiana y la georgiana siguen siendo, como en otros tiempos, el adorno elegante de todo harem respetable,
y el género, impulsado por una continua demanda, parece multiplicarse con
arreglo á las exigencias.
Ningún miedo acerca del porvenir, ningún terror
futuro se transparenta en la límpida mirada de estas hermosas bestiezuelas,
delgados capullos que esperan para esparcirse la tibia y cerrada atmósfera del
harem. Son esclavas porque han costado dinero á los dueños, pero su suerte es
igual á la de todas las mujeres turcas que nacieron libres. Siempre las compra
algún otomano viejo, para unirlas al batallón de sus antiguas esposas ó para
darlas á un hijo tan joven como ellas. Por poca influencia que ejerzan sobre el
dueño, éste las convierte en mujeres legítimas, deseoso de establecer cierta
igualdad entre sus hembras, medio seguro para conseguir en la casa una paz
relativa. Muchas sultanas comenzaron siendo esclavas.
Los precios de estos animalillos de lujo, que viven
alegres con una inconsciencia infantil hasta los días de la vejez fumando
rubios cigarrillos en un diván, tragando confituras y haciendo danzar las
babuchas amarillas sobre los pulgares de sus pies sonrosados, varían según los
méritos del género.
Una muchacha defectuosa y de miembros secos puede
adquirirse por quinientas pesetas. Las de buena dentadura, largo pelo, ojos
grandes, y que prometen ensancharse de formas, hasta llegar á
una gordura blanca, firme y sedosa, valen dos mil ó dos mil quinientas.
Un caballo turco, de escasa alzada, largas crines,
cabezón y con inquietos remos, cuesta mucho más.
*
* *
Los eunucos son más caros.
En realidad no sirven para nada. Son seres de lujo,
signos de poder y de riqueza para el amo. Equivalen á los lacayos que se
exhiben majestuosos en los pescantes de los coches de Europa. Estorban al
cochero las más de las veces, se pasean sin que los dueños necesiten casi nunca
de sus servicios, molestan con su presencia estirada y solemne, pero ninguna
persona rica puede pasarse sin ellos.
En otros tiempos, el turco celoso confiaba en la
vigilancia de su eunuco, feroz guardador de las mujeres. Hoy es escéptico, sabe
que estos hombres-hembras, por un irresistible impulso de su naturaleza neutra,
aunque riñan con la mujer por celos femeniles acaban entendiéndose con ella y
prestándose á toda clase de tercerías. Sin embargo, el eunuco negro sigue en
favor, como una manifestación de poder y de riqueza. Es algo así como el blasón
de armas de la casa, y los señores rivalizan en tenerlos agasajados y bien
vestidos. Un harem no puede salir á la calle si no marcha escoltado
por un par de eunucos de señorial aspecto. Cuando las mujeres van en carroza,
los negros trotan junto á las portezuelas, jinetes en los mejores caballos del
amo. Si de noche sale el rebaño femenil á hacer visita á otro harem, ellos
marchan á la cabeza, por las solitarias calles de Stambul, garrote en mano y
con grandes farolones que trazan en el camino una danza de pálidos resplandores
y gesticulantes sombras.
El eunuco es el administrador que corre con los
gastos de la casa; el intermediario obligado entre las esposas y el marido. El
da el dinero para las compras, regatea con las mujeres, se muestra
quisquilloso, avaro y gruñón, como no lo es nunca el turco. El esclavo chilla á
las señoras, las empuja, es un gallo sin cresta que picotea continuamente á las
habitantes del gallinero, y éstas, que temen sus delaciones y su malhumor, lo
acarician como un niño grande, y acaban por reirse de él.
Sólo el sultán y los grandes personajes de la corte
tienen un numeroso cortejo de eunucos. Los turcos de cierta posición se
contentan con dos ó con uno solo.
Un eunuco cuesta casi una fortuna, pues escasean
mucho.
Antes se fabricaban con mayor facilidad, y la
abundancia rebajaba los precios.
En esta monstruosa deformación del hombre, ha
habido sus modas. El arte de formar el eunuco ha
progresado, pero extremando su crueldad. El refinamiento del turco en sus
sospechas y sus celos, ha sido fatal para estos infelices negros, lúgubres
mamarrachos, enormes como colosos, de rostro fiero, y con una vocecilla
estridente y crispadora, semejante al chasquido de una caña que se rompe.
Antes les bastaba para cumplir su oficio con verse
libres de las preciosas superfluidades cuya ausencia motiva, según dicen, la
angélica voz de los cantores del Papa.
Pero algo quedaba en ellos, después de la monda,
que constituía un motivo de perpetua alarma para los señores turcos. La mujer,
ociosa y triste en el encierro, discurre mil diabluras: la eterna presencia del
eunuco, único hombre compañero de clausura, la inspiraba según parece los más
refinados ardides. Y echando mano á lo que aun podían encontrar, las malditas
pasaban horas y horas recreándose en un entretenimiento sin fin, tranquila la
conciencia porque no aumentaban ilegítimamente la prole del señor, pero
faltando á la fidelidad descaradamente en el sagrado del hogar.
Los turcos, escamados por estos abusos, extreman
actualmente la humana poda. Sobre los pobres negros, guardianes del honor, se
abate una furia semejante á la de los leñadores de bosques vírgenes, que nada
perdonan, echando abajo ramas y tronco. Su obscura piel es campo roturado y liso, en la que no queda el más leve rastro de
frutos humanos.
La espeluznante operación la realizan los crueles
fabricantes en negros de pocos años, allá en los arenales de Africa. Los
cuerpos los hunden en el suelo hasta la cintura, y así permanece el operado
semanas y meses, entre sus verdugos que le cuidan y le alimentan, hasta que la
arena cicatriza la cuchillada atroz ó se les va por ella la sangre y el alma.
El noventa y cinco por ciento de los eunucos muere
tras la cruenta amputación.
Por esto los que quedan son personajes poseídos de
su importancia, influyentes en la vida turca, caprichosos é irresistibles, lo
mismo que una tiple que se considera indispensable y precisa.
En la orilla asiática de Constantinopla, entre el
barrio puramente turco de Scutari, en el que no vive ningún europeo, y el
cementerio que lleva el mismo nombre, vasta extensión bordeada de kioscos
funerarios y sombreada por plátanos seculares, está la mezquita del Roufat,
donde todos los jueves, á las dos de la tarde, celebran su ceremonia religiosa
los derviches aulladores.
Esta mezquita no es grande y luminosa como la de
Eyoub, donde los derviches danzantes voltean, como flores, sus pesadas faldas.
La secta de los aulladores es sombría y feroz, y parece guardar en sus extraños
ritos el alma fanática é implacable del antiguo turco, terror de Europa. Una
sala baja y casi obscura, con el techo sostenido por columnas de madera, y
desnuda de todo adorno arquitectónico, es el lugar de la ceremonia. En las
paredes, algunos cartelones, con versículos del Korán, y unos negruzcos panderos. Sobre el tapiz que cubre el Mirab, una panoplia de
armas antiguas, turcas é indias: espadas onduladas, cimitarras venerables,
hachas de curva entrante y mazas erizadas de clavos.
Sobre la piel de cordero tendida en este sitio de
honor, se sienta, con las piernas cruzadas, el imán, el gran
sacerdote de los derviches aulladores, que ostenta en su turbante blanco la
arrollada faja verde de los que se tienen por descendientes del Profeta.
Este imán es un árabe que goza de
gran popularidad, aparte de su poder de hacer milagros, por ser el hombre más
hermoso de Constantinopla. No he visto tipo más perfecto de la belleza semita.
De regular estatura, parece, sin embargo, muy alto, por la gallardía de su
cuerpo enjuto y ágil, en el cual el esqueleto sólo está revestido de los
tejidos indispensables para la vida. Las facciones son de un moreno brillante,
entre rojizo y verdoso; el mismo tono de los bronces florentinos. La nariz,
aguileña y fina, avanza sobre una barba clara y rizosa, de un negro azulado, y
los ojos, enormes y misteriosos, tienen una veladura de color de tabaco en sus
córneas, que hace resaltar el fuego de las luminosas pupilas. Es un jinete de
los desiertos arábigos, un pirata del mar de arena, un caballero andante de las
soledades asiáticas, majestuoso y melancólico, que se ha dedicado á sacerdote y
vive en la civilizada Constantinopla, rozándose con los europeos.
Las viajeras que ocupan las galerías de la mezquita
contemplan con admiración á este Apolo árabe; pero él permanece inmóvil en la
piel de cordero, envuelto en su sotana negra, por cuya abertura luce un rico
chaleco de seda, de rayas menudas y multicolores. No sé por qué presiento que
el jefe de los derviches aulladores, que forman la cofradía más fanática de
Constantinopla, es un hombre enterado, sin ninguna fe en las
ceremonias que preside. Tiene la expresión demasiado inteligente para creer en
tales cosas. Un día, hablando de él con Constans, el embajador de Francia, éste
rompió á reir, con la irreverencia de un viejo republicano:
—Le conozco mucho. Un blagueur. Lo que
ustedes llaman un guasón. Un hombre inteligente que se amolda á las
circunstancias.
Pero aunque este árabe majestuoso engañe á los
suyos, no teniendo fe en los mismos ritos que ejecuta, hay en sus actos una
gran nobleza. Es un buen turco, que cree necesario para la vida de su pueblo el
mantenimiento de las tradiciones, y las sigue con solemne gravedad, sin creer
en ellas.
Frente á él están los derviches, formados en fila,
llevando sobre la cabeza, como distintivo de la cofradía, un solideo de
fieltro, semejante á media corteza de coco. Unos son negros, medio desnudos, de
lanuda cabellera y ojos diabólicos; otros, blancos, que conservan el traje de
calle y parecen tenderos del inmediato barrio de Scutari.
Todos ellos repiten á coro una especie de letanía
monótona, y balancean su cabeza adelante y atrás, como si estuviera muerta
sobre los hombros, doblando al mismo tiempo el cuerpo por la cintura. Este
vaivén continuo, acompañado de un canturreo semejante al de los niños en la
escuela, acaba por dar una especie de vértigo. El sudor rueda por el cuerpo de
los negros, cubriéndolos de una capa húmeda y goteante. Los blancos pierden por
momentos su correcto exterior de burgueses. Los cuellos de camisa se arrugan y
ennegrecen como trapos; las corbatas se esparcen deshechas; las cadenas de
reloj saltan locas sobre el vientre, como si fuesen á romperse.
«¡La Ilah il Allah!», cantan los derviches
con un furor creciente, extremando su loco vaivén de muñecos mecánicos, y el
gran sacerdote los contempla inmóvil, como un maestro que preside su escuela, y
cuando el movimiento parece debilitarse, hace una imperceptible señal á uno de
sus acólitos, encogido junto á él, y éste grita y palmotea para acelerar el
curso de la oración.
Formando una larga cadena, y apoyado cada uno en el
hombro del vecino, los derviches se mueven, como un péndulo humano, á un lado y
á otro, con monótona regularidad. Este balanceo, y la repetición monótona de su
plegaria, parece embriagarles. Unos tienen los ojos casi salidos de las
órbitas, con una expresión feroz. Otros los cierran, como si estuviesen
dormidos, moviéndose y cantando en pleno ensueño.
Los derviches empiezan á justificar su título de aulladores. La letanía se
corta con gritos estridentes, verdaderos ladridos, que espeluznan de horror á
los espectadores europeos. La movible cofradía semeja una aglomeración de
fieras amaestradas. Sus voces no tienen ya nada de humano. Hay momentos en que
parece que van á saltar las barandillas para morder á los occidentales
curiosos, agrupados detrás de ellas.
De pronto, un golpe ensordecedor sobre la madera
del pavimento. Un cuerpo que se desploma. El auditorio se estremece como ante
la caída de un cadáver. Es un negro grande y enjuto, cubierto de sagrados
harapos, que se revuelca en el suelo con los miembros torcidos, la boca
espumosa y los ojos en blanco por un estrabismo loco. Según cuentan, este
negro, que dentro de la mezquita parece un mendigo fanático, es capitán de
caballería en el ejército del sultán. De su pecho oscilante sale un rugido, que
es al mismo tiempo una queja de dulce agonía. ¡Allah hou!... Y en la
crispación de su rostro lustroso, en su mirada completamente blanca, hay algo
de éxtasis, como si contemplase á su Dios asomando entre esplendores de oro
sobre las tiendas celestiales, en cuyas aberturas aguardan las huríes de
redondas formas y húmedos ojos á los guerreros fieles del Profeta.
Tras el negro
cae otro derviche, y luego otro. Ruedan sobre el entarimado los cuerpos,
convulsos por la embriaguez hipnótica, lanzando aullidos espeluznantes. Las
viajeras occidentales huyen desfallecidas, ocultando los ojos en el pañuelo,
sintiendo que ellas también van á desplomarse á impulsos del excitado
histerismo de su sexo; y mientras tanto, los derviches que aun se mantienen de
pie se agitan cada vez con mayor ímpetu y desfiguran sus voces hasta
convertirlas en ladridos.
Cerca de una hora dura esta pesadilla feroz, esta
escena que parece de otro mundo.
Al fin, el gran sacerdote se mueve, hace un gesto y
se rompe la fila de los derviches. Los que aun se mantienen de pie salen de la
sala con paso vacilante, en pleno vértigo, para ir á secarse el sudor y tomar
aliento en una pieza vecina. Los que están inertes en el suelo, como si
durmiesen, son sacados á brazos.
Un ayudante del gran sacerdote entra en la mezquita
llevando de la mano larga fila de niños y niñas. Todos se arrodillan ante
el imán, esperando el momento de la curación. Vienen de los barrios
más apartados de Constantinopla, han pasado el Bósforo, para llegar á la
mezquita de los derviches aulladores. El gran sacerdote, descendiente del
Profeta, venido de la misteriosa Arabia, donde reside toda sabiduría, cura con
el soplo de su aliento y el contacto de sus pies. Unos á otros se transmiten,
con el alto sacerdocio, este divino poder. Esto lo
saben desde el sultán hasta el último hamal de los muelles del
Cuerno de Oro.
Las criaturas se tienden boca abajo en el suelo de
la mezquita. El hermoso imán se yergue despojándose de las
babuchas, y apoyado en uno de sus ayudantes camina lentamente sobre los riñones
de las criaturas. Poco debe pesar el enjuto y esbelto árabe, pero aun así
parece imposible que no revienten estos cuerpecillos, que forman un pavimento
animado bajo sus pies. ¡El noble y sereno gesto de resignación del hermoso
sacerdote! ¡Su triste gravedad al volver á repasar sobre los cuerpos de los
pequeños!...
Éstos se levantan, se sacuden, salen riendo y
empujándose, como criaturas acostumbradas á venir todas las semanas, y para las
cuales el viaje es una verdadera fiesta. No presentan ninguna enfermedad
exterior. Parecen sanos y robustos. Sus padres quieren curarlos de
embrujamientos é inapetencias, males de los que triunfa casi siempre el
santo imán... con ayuda del tiempo. Después se prosternan ante él,
implorando la huella de sus pies, hombres de todas clases; viejos cargadores,
soldados y marineros.
Cerca de mí está sentado un joven turco,
elegantemente vestido á la europea, con alto cuello, vistosa corbata y un gabán
inglés á rayas. El fez es lo único que delata su nacionalidad. Tiene cara de
alegre vividor, falto de escrúpulos; sus ojos son de fría insolencia; en su
rostro lleva marcas recientes de enfermedades
irrevelables. ¡Cómo reirá este turco ultramoderno de la credulidad de sus
compatriotas!...
El imán, ocupado en marchar sobre los
riñones de los fieles, lanza rápidas miradas á unas celosías tras las cuales se
adivina cierta agitación, acompañada de sordo zumbido. Son las damas turcas que
se impacientan. El sacerdote debe subir para la curación de las enfermas en una
pieza aparte.
Acurrucado en la piel de cordero, se prepara á
hacer su oración ante el Mirab antes de partir, cuando llega el último enfermo.
Es el joven turco vestido á la inglesa, el elegante del gabán rayado, que se
arrodilla compungido, brillantes de fe los audaces ojos.
El imán escucha con un gesto de
inmensa misericordia la corta confesión de sus pecados y enfermedades. Le
abraza, le sopla varias veces en los ojos y en la boca, sin perder su noble
gravedad, y luego pasa varias veces sobre él, manteniéndose derecho en sus
riñones con la calma de un filósofo, convencido de que la humanidad cobarde
quiere ser engañada en sus dolores, y que la mentira es buena cuando puede
servir de consuelo.
En ninguna ciudad del mundo existe la libertad
religiosa que en Constantinopla.
Los que confunden á todos los mahometanos en un
concepto común, y creen que el fanático y cruel marroquí es semejante al turco,
se extrañarán de esta afirmación; y sin embargo, nada más cierto. En
Constantinopla viven todos los cultos con entera libertad y todos sus ministros
gozan de igual respeto. El patriarca griego, el patriarca armenio, el gran
rabino, el arzobispo armenio católico y el arzobispo católico romano, todos son
funcionarios del imperio, iguales en respeto al gran imán y
retribuídos por el emperador con generosa largueza, según el número de adeptos
que cada religión cuenta en sus Estados.
Es más: el Comendador de los creyentes, el heredero
del Profeta, que muchísimos occidentales se imaginan como un mahometano feroz é
intolerante, tiene en su Consejo de Estado y entre los altos
pachás que le rodean hombres de todas las religiones para poder atender á los
diversos servicios sin lastimar las creencias de sus súditos.
Si ha de nombrar el gobernador del Líbano, elige
siempre á un pachá católico, por ser ésta la religión de los pobladores de
dicha provincia; si se trata de Samos ó cualquiera isla turca vecina al
archipiélago, designa á un pachá griego; y así hace en los demás vilayetos de
su vasto imperio.
Los turcos no sienten la fiebre del proselitismo. Á
sus imanes no se les ocurre jamás catequizar á nadie. Es más: desprecian
al renegado, y miran con inquietud al hombre que cambia de
religión, aunque sea para abrazar la suya. Lo que ellos aman es el poder
político, la dominación conquistadora, y les basta con que los hombres se
sometan á su autoridad y sus leyes, sin importarles el secreto de su
conciencia.
Siempre hablan con respeto de las religiones
ajenas.
—Están equivocados—dice el viejo turco con
superioridad bondadosa—. No conocen la verdad; pero al fin creen en Dios, que
es lo importante, y le honran y glorifican á su manera, lo mismo que nosotros.
Los turcos sólo tienen un odio religioso,
irracional y feroz: el odio al persa, musulmán que es para ellos un conjunto de
todas las herejías y abominaciones: lo que el protestante para un católico
rancio.
Los musulmanes de Persia, partidarios de la secta
chiíta, que creen en el Profeta, pero le dan distintos descendientes, inspiran
un odio irreductible al buen turco.
—¡Esos perros!—exclaman cuando ven un rostro de
verde aceitunado, cubierto con gorro de astracán—. Los giaoures (los
cristianos) no son culpables de sus errores. Siguen la religión que les
enseñaron sus padres. ¡Pero esos persas, que conocieron la verdad y se
apartaron de ella!...
Un desprecio invencible separa al turco del persa.
Los numerosos súbditos del sha que viven en Constantinopla se ven rodeados de
la general animadversión. Las guerras con Persia han sido siempre popularísimas
en Turquía. Si no existiese la vigilancia de las grandes potencias y el llamado
«equilibrio de las naciones», hace tiempo que el ejército del Padichá habría
entrado vencedor en los palacios de Teherán.
Pero á pesar de este odio, que resulta implacable
por lo mismo que se desarrolla entre próximos parientes, el persa goza en
Constantinopla de una libertad absoluta. Cuando llega su cuaresma—cuaresma
asiática, sanguinaria y salvaje—, los fieles se reunen públicamente para
entregarse á crueles fiestas. Se azotan con látigos de hierro; se atraviesan
las carnes con puñales; se hieren, al compás de los himnos, con agudos sables,
hundiendo siempre las hojas entre los labios de la misma herida; danzan
haciendo ondular sus blancas túnicas manchadas de
sangre, aullan como poseídos, y el turco les contempla impasible, sin
intervenir jamás en su delirio, alabando á Alláh omnipotente, que castiga á los
enemigos con tales errores y locuras.
En los países que monopolizan el título de
civilizados, en las naciones de mayor tolerancia religiosa, Inglaterra y los
Estados Unidos, por ejemplo, los diversos cultos gozan de libertad, pero ven
limitados sus derechos cuando intentan salir á la vía pública.
En Constantinopla la libertad es más completa, pues
ni siquiera existe dicha limitación. La Gran Calle de Pera podría titularse la
calle de las religiones. En la misma acera, y casi tocándose, existen una
mezquita de derviches danzantes, la iglesia de San Antonio de los frailes
franceses, el pequeño convento de franciscanos españoles de Jerusalén, dos
sinagogas, un templo armenio, una capilla evangélica alemana y otra inglesa. El
paseante ve al través de las grandes rejas de un ventanal túmulos venerables de
viejo terciopelo, coronados de enormes turbantes y alumbrados por tenues
lámparas; más allá un patio con claustros y una cruz en medio, á la sombra de
árboles seculares: y al mismo tiempo que suena la campana del templo católico,
se escapa por ciertas ventanas el coral luterano, lento y solemne, de los que
cantan la gloria de Jesús libre de las corrupciones de Roma, y llega hasta la
calle el ruido monótono de flautas y tamboriles que
acompaña el baile de los derviches.
El turco, tolerante con todas las creencias, se
detiene á la puerta de los templos, y por poco que insista el celo catequizador
del sacristán ó el empleado que está á la entrada, penetra en ellos con una
gravedad respetuosa. No se quita el fez, porque esto sería en él señal de
menosprecio, y cubierto, asiste á las ceremonias de un culto que no es el suyo,
con una rigidez respetuosa, sin parpadear, sin darse cuenta de la curiosidad
que despierta entre los fieles.
Hay que oir hablar á un turco de sus visitas á los
templos extraños, para darse cuenta de la gravedad con que trata la fe ajena.
Allí no está Mohamed, el amado Profeta, pero hay algo de Alláh, poderoso señor
cuyo poder reverencian los infieles, aunque indirectamente.
No hay miedo de que el contacto con las otras
religiones perturbe la conciencia del turco, convirtiéndole. Si él no se
preocupa de catequizar á los infieles, considerándolo tarea inútil, es porque
los juzga con arreglo á su fe, inconmovible y á prueba de seducciones. Si á un
turco llegan á convencerle de lo irracional de sus creencias, vivirá en
completo escepticismo, será ateo, pero jamás se le ocurrirá reemplazar con una
nueva religión las doctrinas muertas. La apostasía tiene para él una
importancia más que religiosa: es renegar de la raza, de los padres y del
nacimiento; una descalificación por toda la vida;
una abyección incompatible con el honor.
Jamás mezcla el turco la religión del enemigo en
los odios que le impulsan contra éste. Le combate y le extermina porque cree
que desea apoderarse de su territorio, porque amenaza con quitarle el pan,
porque es valeroso y arrogante como él y no pueden subsistir juntos; pero nunca
porque adore á un Dios distinto del suyo. Tiene en poco aprecio al judío,
porque es rapaz y de mala fe en sus tratos, á pesar de lo cual los hijos de
Israel gozan aquí de una ciudadanía que les negaron en el resto del mundo. Ha
degollado recientemente al armenio en las calles de Constantinopla, porque
éste, más malicioso y activo, le arrebataba la hacienda y además soñaba con
trastornar la sedentaria vida turca arrojando bombas de dinamita en mezquitas y
calles. Le exterminó por rivalidad económica y por librarse de las angustias
del terrorismo; no porque fuese cristiano. Mira con desconfianza al griego
porque la religión cismática es la del ruso, eterno peligro de su patria, y
porque tras sus melosas cortesías oculta el deseo de una sublevación general en
los países de la antigua Grecia. Pero á pesar de todos estos odios, más ó menos
justificados, jamás el populacho de Constantinopla, en sus terribles motines,
ha penetrado en las sinagogas ni en los templos griegos y armenios. Mata al
enemigo en las calles y se detiene respetuoso ante los umbrales de las iglesias, convencido de que allí, como en todos los
lugares donde se reverencie á Dios, vive Alláh con distinto nombre.
Su fe religiosa, sincera, profunda, inconmovible,
únicamente se permite cierta ironía despectiva ante la fe de los judíos y
cristianos. Su pensamiento, un tanto primitivo, discurre en salvaje línea
recta, sin desorientarse entre esas concesiones que enmarañan y retuercen
nuestros razonamientos de civilizados.
Ellos tienen sus lugares santos en la Meca y
Medina, y las dos ciudades venerables son suyas. Jamás un lugar donde puso sus
pies el Profeta caerá en poder de los giaoures: antes morirán todos
los creyentes. Europa se burla de la pobre Turquía, la explota, la escarnece,
pero Turquía guarda su herencia de Dios. En cambio los pueblos civilizados
hablan á todas horas de Cristo. Sus religiones, sus costumbres, sus leyes, todo
está moldeado en el nombre y conforme al espíritu de un judío que hace muchos
siglos vivió en Jerusalén... ¡Y Jerusalén, Belén y todos los lugares por donde
paseó el hombre-dios, señor ahora de los pueblos más poderosos del planeta,
siguen en poder del Comendador de los creyentes, del soberano de
Constantinopla! ¿Para qué los grandes barcos que escupen fuego y muerte, los
enormes ejércitos, las máquinas de mágico poder, las inmensas riquezas de los
banqueros judíos, si la tumba del Dios de los unos y la ciudad santa de los otros continúa bajo el dominio del sucesor del
Profeta?... El buen turco, pensando esto, sonríe, y cree firmemente en la
grandeza de su religión y de su raza, ya que conserva en cautividad de siglos
la cuna religiosa de los pueblos más fuertes de la tierra.
Su tolerancia, producto del carácter más que de la
imposición de las leyes, es una manifestación de la bondad orgullosa con que el
turco protege siempre al que considera débil. Nada le importa que las
religiones extrañas se establezcan junto á las mezquitas y que salgan en sus
ritos á las calles de Constantinopla. Las considera con la benévola sonrisa del
guerrero que durante su descanso contempla un juego de niños; y las religiones
se aprovechan de esta benevolencia, gozando de una libertad que no tienen en
ninguna parte.
Desde la ventana de un hotel del barrio de Pera, he
asistido al desfile de todas las religiones de Europa. Suenan graves cantos
litúrgicos, acompañados de una calma repentina en los ruídos de la calle. Me
asomo. Los carruajes de alquiler se han detenido junto á la acera: los turcos á
caballo tiran de las riendas á sus cabalgaduras y se alínean á lo largo de la
calle: los hamal, encorvados bajo sus cargas, y los simples
transeuntes se agolpan junto á las paredes, formando dos masas de gorros rojos.
Es un entierro. Al frente avanza la cruz, entre candelabros sostenidos por
monaguillos, lo mismo que en los pueblos católicos.
Detrás vienen en dos filas barbudos frailes, cantando el oficio de difuntos.
Luego se agolpan, con grandes blandones encendidos ó disputándose el honor de
llevar en hombros el féretro, un sinnúmero de súbditos otomanos, todos con el
fez en la cabeza. Unos son católicos, otros no lo son, pero todos acompañan con
fraternal piedad al amigo muerto, y se unen á los sacerdotes y los símbolos de
la que fué su religión. Al pasar la cruz, los turcos parecen saludarla con sus
ojos graves. Algunos se llevan una mano á la frente, acogiéndola con el solemne
saludo oriental.
Tras el entierro católico, pasa una boda griega,
con su charanga al frente, y el pope barbudo sentado junto á los novios; y el
cortejo fúnebre de un niño de la misma religión, en el que marchan los
parientes con sacos de bombones para obsequiar á los amigos cuando termine el
sepelio; y un casamiento armenio, en el cual llevan los contrayentes enormes
cirios labrados, verdaderos monumentos de cera, con rizadas volutas y prolijos
capiteles. Y todas estas manifestaciones de los diversos cultos, con sus sacerdotes
y sus ritos, sólo producen en la vía pública un movimiento de curiosidad,
acompañado de cortés benevolencia.
La fiesta semanal de cada religión se observa con
entera libertad. Los turcos, señores del país, son los que menos ocupan la
atención de los otros: los que menos molestan á sus conciudadanos. El viernes (que es su domingo) pasaría inadvertido, á no
ser por el movimiento de tropas y funcionarios que acompañan al Padichá en
la fiesta del Sélamlik. El sábado, fiesta de los judíos, se cierran las
principales tiendas de Constantinopla, más de la mitad de los puestos del Gran
Bazar, y queda en suspenso una buena parte de la vida comercial. El domingo
repican las campañas de los numerosos templos católicos de Galata y Pera, suena
el armónium en las capillas evangélicas, ciérranse bancos y tiendas, y las
gentes, endomingadas, van á misa ó á los oficios, lo mismo que en Europa, ante
la mirada benévola del turco, que supeditado al poderoso occidental, se ve
obligado á observar un nuevo día de fiesta.
De todas las religiones que existen en el imperio,
la cristiana es la que parece más allegada á la simpatía del turco. Este habla
de Jesuhá como de un profeta algo inferior al suyo, pero igualmente venerable:
una especie de segundón de Mahoma. Es más: como el turco sabe poco de historia
y su pensamiento espeso no tiene una noción clara de los años y la distancia,
cree de buena fe que los dos vivieron á un mismo tiempo, que fueron grandes
amigos y trabajaron juntos en la obra de Dios, aunque al final cada uno tomó
distinta dirección.
En Constantinopla es popular la anécdota de un
soldado turco, que entró en un templo católico durante la Semana Santa.
El soldado turco es lo más leal, lo más noblote, y al mismo tiempo lo más salvaje y duro de mollera
que existe en el imperio. El servicio de las armas pesa únicamente sobre los
otomanos musulmanes, y como á Turquía le quedan pocos territorios en Europa,
comparados con los que poseía hace medio siglo, su ejército se nutre de
reclutas extraídos de las entrañas del Asia, de las lejanas y bárbaras
provincias. Son mocetones semisalvajes, silenciosos, de facciones rígidas y
ojos inmóviles, como si estuviesen abstraídos continuamente en una laboriosa
reflexión para comprender lo que les hablan. La ruda disciplina á la alemana y
la severidad de unos oficiales que no se andan en contemplaciones, mantienen á
estos soldados semibárbaros en una subordinación automática. Sólo así, bajo las
amenazas del castigo, pueden vivir en una gran ciudad estos asiáticos, en cuyo
interior dormita el alma de los hombres primitivos. En los tiempos en que se
amotinaba el ejército turco, la soldadesca al correr libre por las calles de
Constantinopla, violaba á las mujeres con una lubricidad feroz, excitados por
la privación en el seno de una sociedad que mantiene recluídas á las hembras, y
hacía sufrir á los hombres odiosos ultrajes, más que por vicio por menosprecio
de raza. Hoy, que viven acuartelados y obedientes, sin el más leve intento de
rebeldía, aun se permiten tímidos desmanes á impulsos de su ardorosa naturaleza
oriental y del hambre del celibato. La mujer que es de su raza les
inspira respeto y miedo, pero en las calles de Constantinopla se aprovechan de
la confusión y el tránsito para tentar con bárbara galantería el dorso de todas
las señoras vestidas á la europea.
Junto con este salvajismo, tienen una noble
franqueza para confesar sus delitos. Jamás ha habido que castigar en masa á un
regimiento. Cuando los oficiales, enterados del crimen de un soldado, preguntan
á su gente quién es el autor y la amenazan con penas generales, el delincuente
sale de las filas para marchar tal vez al cuadro de fusilamiento, resignado á
morir antes de que sufran por su culpa los compañeros inocentes.
Este salvaje, disciplinado y uniformado á la
alemana, es de una credulidad y de una ignorancia que hacen reir á las gentes.
Deslumbrado por las maravillas de Constantinopla al llegar de su lejana aldea
de Asia, todo lo cree posible, y escucha sin pestañear las más estupendas
mentiras, limitándose á un mugido de asombro. Sobre su puro cerebro, surgen
como débiles eflorescencias muy contadas ideas. Sólo indiscutible considera que
Mohamed es el Profeta de la verdad, el Padichá el monarca más
poderoso de la tierra, y los turcos los hombres más valerosos del mundo. Fuera
de estas creencias, inconmovibles, lo demás lo acepta sin discusión, con la
indiferencia de un pensamiento que no quiere darse el trabajo de funcionar.
Un Viernes Santo, cierto soldado turco, falto de distracción, sintióse atraído por una gran puerta
del barrio de Pera. Entraba y salía el gentío europeo al través de ella, y en
el fondo brillaban luces, como estrellas rojas en un cielo negro. Era un templo
católico. El soldado entró, erguido el fez sobre la frente, llevándose á él una
mano con expresión de respeto y examinando impasible los altares enlutados y el
traje sombrío de los fieles.
Un europeo, de carácter alegre, conocedor del
idioma turco, se unió á él para gozarse en su estupefacción y su ignorancia.
—¿Quién es ese?—preguntó el soldado señalando un
cadáver tendido en rico lecho, cerca del altar mayor.
—Ese es Jesús que ha muerto. ¿Tú conoces á
Jesús?... Jesuhá, el amigo de Mohamed, el hijo de María.
El mocetón, tras larga pausa reflexiva, movió la
cabeza.
—¡Ah!... Jesuhá... hijo de Miryam... amigo de
Mohamed... Conozco—dijo al fin, con la concisión del idioma turco.
Se acercó para contemplar de más cerca el sagrado
cuerpo, y así permaneció mucho tiempo en rígida actitud de respeto, como si
estuviese en presencia de su coronel. Sus ojos parecieron conmovidos al fijarse
en las heridas sangrientas.
—¿Lo han matado?—preguntó.
—¿Quiénes?...
—Los judíos.
El buen osmanlí hizo un gesto como si no le
sorprendiese la noticia. ¡Los judíos! ¡Las gentes malditas que viven allá en el
barrio de Galata! ¿Quiénes otros podían ser?...
—¡Pobre Jesuhá!... ¿Y cómo fué?
El europeo, animado por la grave credulidad del
turco, creyó del caso aumentar aun más su estupefacción.
—Iban juntos de camino, Mohamed y Jesuhá,
predicando la gloria de Dios. Salieron los judíos á su encuentro. Mohamed pudo
huir, pero el pobre Jesuhá, como era más débil, fué asesinado, y ahí le tienes.
Quedó en silencio el soldado.
—¿Y los judíos querían matar á Mohamed?...
El europeo lo afirmó varias veces, gozándose en las
exclamaciones de asombro del crédulo mocetón.
—¡Ah! ¡Mohamed! ¡Querer matarle!
Cansado de contemplar el cadáver de Jesuhá y las
gentes que se arrodillaban para besarle los pies, el soldado salió á la calle.
Los turcos tienen un sentido especial para
reconocer al judío, aunque se vista á la europea. Lo olfatean, lo adivinan al
través de toda clase de disfraces. Á los pocos pasos tropezó con un israelita.
Impávido, con su flema de oriental, levantó el puño, y rodó el judío por el
suelo con el rostro lleno de sangre. Un puñetazo de
osmanlí es terrible. «Fuerte como un turco», dice el proverbio.
Se arremolinó la gente, surgieron en un instante
numerosos correligionarios del caído, pues los israelitas están en todas partes
para ayudarse, y la policía militar se apoderó del agresor, llevándolo al
cuartel entre las vociferaciones y lamentos de la muchedumbre judía.
En el cuarto de banderas, los oficiales se
asombraron del suceso. ¡Un buen soldado, que nunca había dado motivo de queja!
«¿Por qué has hecho eso?»
El mozo, intimidado en presencia de sus superiores,
balbuceó como el que repite una lección:
—Mohamed y Jesuhá iban juntos... Salieron judíos y
mataron á Jesuhá... Mohamed huyó porque es fuerte y tiene buenas piernas. ¡Pero
si llegan á alcanzarlo!...
Y como los oficiales rompieran á reir, asombrados
de tanta simplicidad, el soldado añadió con la fe del buen creyente:
La At Meidan, ó «Plaza de los
Caballos», es el antiguo Hipódromo de Bizancio. Antes que el sultán Mahmoud
reformase la vida turca á principios del siglo XIX, aquí venían los itchoglans ó
pajes del Serrallo á ejercitarse en el manejo de la jabalina. Aquí también, en
esta plaza, teatro tantas veces de las revueltas de los jenízaros, acabó el
enérgico sultán con la terrible milicia que después de haber salvado á Turquía
hacía imposible su existencia. Fué en 1826. Mahmoud dió á los jenízaros un
gigantesco banquete en la Plaza de los Caballos, y á los postres cerráronse
todas las bocacalles con regimientos fieles y numerosas baterías. Los cañones
vomitaron metralla sobre la plaza, y en unos cuantos minutos perecieron
aquellos guerreros feroces que habían hecho temible en Europa el nombre de
Turquía.
La plaza es un rectángulo prolongado, que comunica
por uno de sus extremos con otra plaza más pequeña, donde está Santa Sofía.
At-Meidan es el Agora del viejo Stambul. En los
cafetuchos y pequeños puestos de la plaza se reunen á charlar tomando café ó
pasando las cuentas del rosario los turcos más turcos de la ciudad; los
tradicionalistas de grueso turbante y caftán multicolor, los derviches
silenciosos de capa parda y gorro de fieltro, los imanes jóvenes, de rostro
ascético, vestidos de negro, que permanecen con la mirada fija en el espacio,
como si contemplasen la gloria de Alláh.
Todo un lado de la gran plaza lo ocupan un gran
cuartel y el palacio de Justicia, flanqueado de sombrías prisiones. En el lado
opuesto está la mezquita del sultán Ahmed, la más grande de Constantinopla por
el terreno que ocupa, rodeada de muros con rejas que dejan ver los patios y
jardines interiores, y coronada por seis minaretes blancos, altísimos y
sutiles, con remates de oro.
En el centro de la plaza, siguiendo una línea que
marca la divisoria de las antiguas arenas del Hipódromo, mantiénense en pie
tres monumentos interesantes de la antigüedad: el Obelisco de Teodosio, la
Columna Serpentina y la Pirámide Murada.
El Obelisco de Teodosio es padre venerable del de
la plaza de la Concordia de París y de todas las agujas egipcias que adornan
jardines en Inglaterra y los Estados Unidos. Fué el monarca bizantino el
primero á quien se le ocurrió aprovechar para su propia gloria los monumentos
con obscuros jeroglíficos extraídos del misterioso
Egipto. Este Obelisco, enorme aguja de granito rosa, fué traído de Heliópolis y
erigido en el centro del Hipódromo, sobre una base esculpida en honor de
Teodosio. La base aun subsiste con sus altos relieves, que apenas han sufrido
desgaste después de una existencia de diez y seis siglos. Las lluvias y el
aire, más que la irreverencia de los hombres, han roído los salientes de las
figuras, achatando sus rostros. Las escenas de la vida pública de Bizancio hace
mil seiscientos años reviven en este monumento. En una de sus caras, Teodosio,
con su esposa y sus hijos Arcadio y Honorio, muéstrase rodeado de toda la pompa
oriental. Los cortesanos se prosternan á sus pies, y en el fondo, como espeso
bosque, agrúpanse las lanzas de los pretorianos. En otra cara aparece erguido
en el palco imperial, presidiendo los juegos del Circo. En otra recibe el
homenaje de los enviados extranjeros. Y junto á estas escenas de la vida
bizantina, vense esculpidas las máquinas, las grúas, los primitivos é
ingeniosos artefactos que sirvieron en aquella época para erigir la pesada
mole.
Algunos metros más allá álzase la Pirámide Murada,
triste ruina que hace sonreir cuando se piensa en su pretencioso origen. El
emperador Constantino Porfirogente, al erigirla, la llamó el Coloso, afirmando
que era digno rival del de Rodas; pero hoy del pobre Coloso sólo queda un
obelisco de piedra vulgar, sin adorno alguno. En otros tiempos
estaba revestida, desde la base hasta el vértice, de gruesas láminas de bronce,
que ciertamente le darían un aspecto deslumbrador. Pero llegaron los guerreros
de la cuarta Cruzada, soldados de Dios que hicieron más daño á Constantinopla
que los turcos, y tomando el bronce por oro, despojaron á la pirámide de su
envoltura, dejándola en su desnudez actual.
De los tres monumentos del Hipódromo, el más
antiguo é importante es la llamada Columna Serpentina. Maltratada por los
hombres y los siglos; reducida á una tercera parte de su altura, rota y casi
informe como un andrajo del pasado, da sin embargo la impresión de esos
monumentos venerables en los que se admira más lo que no se ve que lo todavía
visible. El suelo del Hipódromo, con las ruinas de la ciudad, el paso de los
siglos y los temblores de tierra, se ha elevado más de tres metros, y la
columna famosa, lo mismo que los otros monumentos del Hipódromo, está á cierta
profundidad, en el fondo de un hoyo rodeado de barandilla.
Esta columna es el monumento más auténtico é
importante que poseemos de la antigüedad griega. Fué fundida en Atenas para
conmemorar la victoria de Platea sobre los persas, y la colocaron en el templo
de Delfos, frente al gran altar. Representaba tres serpientes de bronce
enlazadas tan estrechamente, que formaban á modo de un solo reptil, con tres
cuerpos y tres cabezas. Los nombres de todas las
ciudades griegas que tomaron parte en los gloriosos combates de Salamina y
Platea, figuraban grabados en ella. Un trípode de oro consagrado á Apolo
reposaba sobre las cabezas de las tres serpientes. Este trípode fué robado por
los focios, pero la columna mantúvose intacta en Delfos hasta los tiempos de
Constantino, en que éste la arrancó de la tierra sagrada de Grecia para
embellecer su nueva ciudad del Bósforo.
Las mutilaciones de la Columna Serpentina datan de
muchos siglos. El fanatismo cristiano de los bizantinos se ensañó en el
monumento, viendo en las tres serpientes una obra del demonio. Varias veces el
populacho la atacó con palos y piedras. En tiempos del emperador Teófilo, el
patriarca de Constantinopla vino cauteloso una noche, y á martillazos rompió
las cabezas de los reptiles. Solamente pudo destruir dos. Siglos después la
superstición musulmana reemplazó al fanatismo cristiano.
Al entrar Mohamed II vencedor en Constantinopla,
sobre su caballo ensangrentado, ebrio de cólera y de matanza, llegó á la plaza
del Hipódromo, deteniéndose ante la triple serpiente, á la que tomó por un
ídolo de los vencidos. ¡Pueblo execrable de infieles, adoradores del
demonio!... Y lanzó su maza de guerra con tal fuerza contra la bestia, que
partió la única cabeza que aun se mantenía intacta. Después de este acto—según
cuenta la tradición turca—, una invasión de serpientes vivas
se esparció por Constantinopla, y el pueblo, poseído de supersticioso terror,
respetó y reparó el monumento. Pero los ladrones acabaron la obra destructora
de la superstición. La columna tentó su codicia, se dedicaron á robar
fragmentos de ella, y fué vendido como vulgar metal el bronce contemporáneo de
Temístocles, que aun conservaba legibles los nombres de las treinta ciudades
griegas que tomaron parte en la guerra contra los persas, las mismas que
menciona Plutarco.
Para encontrar otros vestigios de la dominación
bizantina en esta Constantinopla modificada por los turcos, hay que salir de
ella y seguir el extenso recinto de sus murallas.
Más de ocho kilómetros de longitud tienen las
antiguas fortificaciones de Bizancio. Se sale de Stambul en ferrocarril, y el
tren atraviesa extensas campiñas con pueblos que no son más que barrios
apartados de Constantinopla. Desde la ventanilla del vagón se ven tierras
desoladas, pedazos de desierto, cementerios que se pierden de vista con sus
pequeñas tumbas blancas y apretadas, como un rebaño inmóvil que en vano busca
un hierbajo en la tierra árida. ¡Y todo este suelo muerto, hollado muy de tarde
en tarde por los pies del hombre, fué la antigua Bizancio!...
El tren, después de detenerse en varias estaciones,
llega al lugar de donde arrancan las murallas, á orillas del Mármara, para
extenderse hasta las riberas del Cuerno de Oro, formando una línea de ocho kilómetros en la parte más ancha de la
península triangular.
Al descender del vagón el viajero cae en una
soledad de cementerio. Míseros bancales mal cultivados vegetan á la sombra de
las murallas, que son enormes, rojizas, con profundos socavones, más semejantes
á restos de un cataclismo geológico que á obra de los hombres. Los torreones
que antiguamente la flanqueaban son informes montículos por los que trepan las
plantas parásitas huyendo del matorral que rodea sus bases como una inundación
sombría y pinchosa. Sobre sus plataformas, semejantes á bocas viejas, en las
que sólo queda el diente aislado de algunas almenas, crecen higueras salvajes,
árboles silvestres que tienen siglos, parias de la vegetación que hunden sus
raíces en sillares y argamasa y viven de chupar el jugo de la piedra; parasoles
verdes y frondosos que agitan su cúpula bajo el viento de la estepa, en esta
soledad, libres del hombre.
La llamada Torre de Mármol descuella en la
confusión de escombros rojos y obscura hojarasca, con el brillo de su nítida
blancura. Está en la orilla del mar, ó más bien dicho, en el mismo mar. La
emanación salitrosa del agua azul, el paso de los siglos, las inclemencias del
cielo no han conseguido empañar ni modificar su blancura. La torre parece
sonreir al reflejarse invertida en la glauca entraña del Mármara que riza sus
blancos contornos. Los sillares son de pilastras de remotos templos, de columnas griegas, de lápidas sagradas. Vista de
lejos parece de una sola pieza. De cerca revela el origen de sus materiales, en
las inscripciones, los capiteles y las estrías arquitectónicas que aun se
marcan en sus diversos sillares. Parece el fantasma gracioso de Bizancio
surgiendo entre la destrucción, obra de siglos, y el aniquilamiento, obra del
invasor. Su cúspide está limpia de melenas vegetales. Las semillas silvestres
no han encontrado jugo vital en el pulido mármol. Abajo los blancos cimientos
se hunden en las aguas profundas y las algas agarradas al mármol forman una
cabellera verde y ondulante. ¡Chap!... ¡chap! susurran las
olas del Mármara, con lento compás, al batir esta torre desde hace más de mil
años; y los largos filamentos verdes se rizan estremecidos á cada vaivén de las
aguas, y arriba responden las cigarras y los abejorros rozando sus chirriantes
élitros en la rumorosa soledad. Y así vivirá aún, siglos y siglos, la Torre de
Mármol, blanca como un panteón, olvidada de los tiempos en que lucían á sus pies
las lanzas de los guerreros bizantinos, entraban en sus cámaras las damas del
Bajo Imperio arrastrando túnicas bordadas, con escenas bíblicas. Apenas si
presume ya este venerable monumento que existe el hombre. La vida humana sólo
va á su encuentro de tarde en tarde, en forma de algún pelotón de viajeros que
la fotografía de lejos. Ninguna nave atraca junto á sus muros, que aun guardan
vestigios de anillas de bronce. Los barcos modernos
son para ella leves manchas de humo que resbalan por el lomo remoto del mar
solitario.
¿Cómo describir la gigantesca y aplastante
monotonía de las murallas que partiendo de aquí van á buscar las aguas azules
al otro lado de Stambul?... Media jornada se invierte en el viaje á lo largo de
este recinto que un día fué la más imponente de las fortificaciones de la
tierra, y hoy, visto de lejos, da la sensación de una barda de corral
arruinada. Se marcha durante horas y horas viendo siempre á la derecha el
murallón rojizo, flanqueado de torres. Á trechos, la obra está entera y ofrece
un aspecto majestuoso: más allá cae en ruinas, y por las brechas se ven
terrenos yermos ó blancos cementerios. Las puertas antiguas que aun abren paso
entre los dos desiertos, á un lado y á otro de la muralla, parecen gargantas
del vacío. La soledad y la muerte por todas partes. Á la izquierda, la tierra
es una inmensa necrópolis. Los turcos ricos buscan su tumba en la santa colina
de Eyoub, en los cementerios próximos al Bósforo ó en el inmenso de Scutari.
Aquí vienen á pudrirse los pobres, los esclavos, los griegos, los armenios,
todos los que no tienen fortuna ó una familia que vele por ellos.
Inmenso el cementerio, sin tapias que lo limiten ni
escaseces de terreno que obligan á amontonar un cadáver sobre otro, cada muerto
goza como dueño absoluto su pedazo de tierra; cada ficha funeraria marca sólo un cuerpo, y la necrópolis se extiende
hasta perderse de vista, confundiendo sus mojoncillos de piedra con la línea
del horizonte. Parece que un ejército incalculable, superior á toda
imaginación, millones y millones de muertos, envuelven en apretado bloqueo á la
ciudad antes de asaltar sus muros.
¡Los cementerios turcos!... En el corazón de
Constantinopla, en el mismo barrio europeo de Pera, existen aún, sin que el
transeunte se sienta impresionado al pasar junto á ellos. La muerte no tiene en
Turquía el aspecto horripilante que en los países occidentales. Los que
sobreviven recuerdan al difunto amado á todas horas, le lloran, pero nunca se
les ocurre visitar la tumba que guarda sus despojos y cubrirla de adornos
repugnantes. Este pueblo sabe que el ser perdido no está ya en la tierra, que
su verdadera esencia no es lo que se pudre en el suelo, y olvida la tumba, no
imitando á las gentes cristianas, extraños espiritualistas, falsos charlatanes
de la inmortalidad del alma, que rinden á la materia en descomposición y al
pelado esqueleto un culto casi igual al que los egipcios tributaban á sus
momias.
Este olvido de los cuerpos da á los cementerios
turcos el majestuoso encanto de la verdadera soledad. Los de Constantinopla y
Stambul se ven frecuentados, porque sus arboledas y kioscos los convierten en
lugares de recreo; pero los cementerios de los grandes muros son el verdadero
campo de la muerte, el desierto de la nada. Se
caminan leguas sin encontrar un ser viviente. Hasta los pájaros huyen
espantados por la falta de vegetación: hasta los lagartos emigran de esta
tierra seca, donde apenas crecen hierbas. Sobre el suelo no se ven más que
tumbas y tumbas, todas semejantes, todas pequeñas, con una sobriedad serena y
tranquila que despoja á la muerte de su aparato terrorífico. Son simples
láminas de mármol, anchas y semicirculares por arriba, y estrechas abajo,
clavadas en el suelo: una especie de corazones muy prolongados. El remate de
cada uno de estos mojones indica el sexo y la calidad del cadáver. Las tumbas
de las mujeres tienen esculpido en lo alto un grupo de flores; las de los
sacerdotes un turbante; las de los simples ciudadanos un fez. Cuando la tumba
es reciente, las flores están pintadas de oro y los gorros de rojo: las
inscripciones de plácida resignación brillan doradas sobre un fondo verde, pero
esto dura poco. Las lluvias y el viento devoran los colores, nadie viene á
repararlos, y todos, pobres y ricos, santos y pecadores, hombres y mujeres,
toman la amarillez uniforme del mármol en el gran abandono de la muerte.
Nadie transita en este bosque bajo, de pétreos
matorrales, que se pierde de vista. De tarde en tarde se columbra, en lo más
remoto del horizonte, el negro hormigueo de un grupo humano. Es un entierro.
Bajarán el cadáver á la fosa, plantarán el mojón fúnebre y volverán las
espaldas para no acordarse más del lugar donde
dejaron los restos del muerto querido, cuya memoria llevan siempre en el
pensamiento.
La soledad por todas partes: una soledad absoluta,
sin huellas humanas, sin cantos de pájaros, sin estremecimientos de hierba, sin
roce de insectos; un silencio de esterilidad y de muerte, como no se encuentra
jamás en un paisaje europeo.
Este vacío fúnebre hace que la visita á las grandes
murallas sea la única excursión de Constantinopla en la que se recomienda al
viajero la necesidad de llevar armas. Cuando se tropieza con seres vivientes,
el encuentro es más inquietante que la soledad. En un torreón acampan familias
de zíngaros, de aspecto salvaje: diez ó doce torres más allá, unos cíclopes han
instalado su fragua bajo un trozo de cúpula bizantina, pero sus ojos
inquietantes de bandido revelan que viven de algo más que de batir el hierro.
En las ruinas de los que fueron palacios de Paleólogos y Comennos, pululan los
más inquietantes ejemplares de la mendicidad oriental; gentes roídas por la
miseria y desfiguradas por las más atroces enfermedades; leprosos con media
cara devorada por la putrefacción; ciegos que muestran sus órbitas sin globos,
rojizas, piltrafosas, rodeadas de zumbantes moscardones; mujeres esqueléticas,
comidas de piojos, que enseñan entre los harapos el flácido pellejo de sus
pechos.
De hora en hora se ve en las murallas el túnel de
una gran puerta. En otros siglos fueron espléndidos arcos de triunfo. Uno de
ellos se llamó la Puerta Dorada. Aun quedan en el muro vestigios de
águilas imperiales. Hoy nadie entra ni sale por ellas, y su profundo arco,
ennegrecido por las hogueras, sirve de refugio á los vagabundos de las más
extrañas nacionalidades.
Tristes restos que nada guardan de su pasado, son
también las famosas Siete Torres, el Heptapyrgión de
los emperadores griegos. Cuando llegaron los turcos era ya una ruina, y Mohamed
el Conquistador lo reedificó, haciendo de él algo semejante á lo que fué la
Bastilla para los reyes de Francia. Este castillo, en cuyos restos acampan hoy,
como fieras ahuyentadas del trato humano, los mendigos y los vagabundos, era
una de las fortalezas más famosas de Europa. Aquí encerraban los sultanes á los
embajadores de Europa cuando entraban en guerra con sus naciones. Aquí
permanecieron años y años los enviados de Venecia y Génova. Los jenízaros,
omnipotentes pretorianos de la vieja Turquía, encerraban aquí á los sultanes
destronados, ó los degollaban en el gran patio. Siete sultanes murieron en
las Siete Torres, y es incontable el número de grandes visires y
pachás cuyas cabezas se pudrieron enganchadas á las escarpias de las almenas.
En uno de los patios del antiguo castillo, que es hoy una extensión de malezas
limitada por ruinas, está el llamado Pozo de la sangre, donde se sumían los cuerpos de los decapitados. Otro patio
se titulaba la Plaza de las cabezas, y los cráneos iban apilándose
en él, después de las ejecuciones, hasta que el lúgubre montón llegaba á la
altura de las almenas.
Nos alejamos de las Siete Torres siguiendo
el monótono camino, á lo largo de las murallas, siempre entre ruinas y
cementerios. Llevamos muchas horas de marcha. El recinto fortificado se
extiende como una cinta roja sin fin, subiendo y bajando con las ondulaciones
del terreno. Una puerta abandonada recuerda la muerte de Constantino Dragecés,
el último emperador de Bizancio, valeroso é infortunado combatiente, que cayó
de los muros y siguió luchando con su hacha de armas hasta desaparecer bajo un
montón de cadáveres. Otro lugar evoca la muerte de Eyoub, el santo
portaestandarte del Profeta, el compañero de Mohamed el Conquistador, que
pereció en el sitio de la ciudad y dió su nombre al barrio del Cuerno de Oro.
Vamos aproximándonos al término de nuestro viaje.
Aparecen en la desolada extensión grupos de habitaciones humanas, y entramos á
descansar en el pequeño monasterio de Balouki. En sus criptas surge la fuente
milagrosa de Zootocos, cuyas aguas obran prodigios, según los griegos. Es una
cisterna, bajo cúpula sombría, en cuyo líquido nadan muchos peces rojos.
El monje griego que nos la enseña, relata la historia de la prodigiosa fuente; el famoso «milagro
de los peces».
En el mismo instante que los turcos entraban por
asalto en Constantinopla, un monje de este convento estaba friendo unos
pescados. Otro monje, consternado por el suceso, se presentó en la puerta
dándole la terrible noticia.
—¡Bah!—repuso el primero no admitiendo que Bizancio
pudiera ser tomada—. Creeré en eso cuando vea á mis pescados saltar de la
sartén.
Y los pescados saltaron, medio rojos y medio
negros, pues sólo estaban fritos por un lado, y fueron á refugiarse en el agua
de la cisterna, donde nadan aún.
El barbudo monje de ahora nos cuenta esta leyenda,
simple hasta la estupidez, con grandes aspavientos dramáticos para demostrar su
fe: pero indudablemente cree en ella lo mismo que nosotros.
Después, siguiendo la costumbre, nos hisopea con el
agua prodigiosa, á guisa de bendición, y... tiende la mano.
He aquí el verdadero milagro de los peces. Este sí
que es indiscutible.
Convertir en monedas las gotas de agua de la santa
cisterna.
Va á comenzar el Ramadán, el mes sagrado de los
musulmanes, la extraña Cuaresma que es, mientras luce el sol, ayuno y
angustias, y así que cierra la noche, una orgía sin término.
Constantinopla brilla en la sombra, coronada de
luces. La piedad musulmana cubre con guirnaldas de fuego los balconcillos de
los minaretes y los arcos de las mezquitas, al mismo tiempo que la fidelidad
al Padichá y á las tradiciones ilumina los palacios, los
puentes, todos los edificios oficiales y las viviendas de los personajes.
En tiempos normales, Constantinopla es una ciudad
discreta y recatada que se entrega al descanso apenas se oculta el sol. El
turco se acuesta pronto para levantarse antes del alba, y fuera de los barrios
europeos, donde teatros y cafés prolongan la vida hasta pasada media noche, la
gran metrópoli tiene sus calles obscuras, sin otra luz que el pálido resplandor
de las lámparas transparentando por los ventanales
de mezquitas y kioscos funerarios, ni otros transeuntes que los perros
vagabundos y el sereno que marca las horas con fuertes garrotazos en el suelo.
Al llegar el Ramadán, Pera y Galata continúan su
vida nocturna de siempre, pero el viejo Stambul, Scutari y todos los distritos
turcos, sobrepujan durante la noche en luz y movimiento á los barrios europeos.
Apenas suena el cañonazo de la puesta del sol, el musulmán, que ha pasado el
día sin comer, sin fumar y hasta privado del agua, se abalanza como bestia
famélica á los bodegones y cafés, asaltándolos. Es la orgía de toda una ciudad.
No comen, tragan: no beben, sino cuelan; y este devorar feroz, va acompañado de
risas, aullidos, danzas y peleas. El turco no prueba el vino, pero la comida
parece embriagarle, y ciertos líquidos fermentados acaban por dar á su
borrachera una alegría bestial y peligrosa.
Mientras abajo, en las tortuosas calles donde
brillan como bocas de infierno las puertas de bodegones y cafés, aulla el
populacho turco, arriba lucen las coronas de fuego de las mezquitas, y la luna,
símbolo del pueblo musulmán, rueda por el cielo de suave azul, presenciando con
cara bonachona la ruidosa orgía de sus amigos.
¡Las iluminaciones de Constantinopla!... Esta
ciudad europea, que aun vive privada de la electricidad, por orden del
emperador, y no conoce otro gas que el de los macilentos faroles de las calles, muestra un gran talento artístico, una rara
habilidad, al iluminar sus fiestas. El farolillo de aceite ó la linterna con
bujía, le bastan para realizar las más asombrosas combinaciones de su
imaginación oriental. El día que el foco incandescente y los rosarios
interminables de bombillas eléctricas aparezcan en Constantinopla, ésta habrá
perdido una de sus mayores originalidades; el encanto de sus fantásticas
iluminaciones. No tienen el estallido deslumbrante y brutal de las luces
modernas; son reflejos dulces, velados, discretos; una iluminación de ensueño,
un esplendor vagoroso y poético, semejante al de las fiestas de Las mil
y una noches.
Vistas de cerca, las iluminaciones en palacios y
templos son miles y miles de vulgares linternas colgadas en clavos, en andamios
de madera. Contempladas de lejos, se convierten en maravillosas luces de color
de oro, que forman las más extraordinarias visiones: flores fantásticas, lunas,
estrellas, soles, arcadas aéreas, un mundo de encantamiento, que parece flotar
impalpable, ligero y sin realidad, en la negrura del ensueño, para disolverse
apenas despertemos.
La luna rompe sus reflejos en las inquietas aguas
del Bósforo, trazando un extenso triángulo de luz, y junto á los peces de plata
que rebullen en su enorme estela, nadan enjambres de peces de oro, al
reproducirse invertidos los palacios iluminados de ambas riberas.
Una noche alquilo un caique de un solo remero para
recorrer el Bósforo á la luz de la luna. Es noche de fiesta extraordinaria
dentro del Ramadán: la llamada «Noche de la Fuerza». Necesito llevar conmigo
una autorización de la policía, pues al ocultarse el sol está prohibido
circular sin permiso de una á otra orilla, y la vigilancia es tan grande sobre
el agua como en tierra.
¡La inolvidable excursión por el mar encajonado y
silencioso! Al seguir el Bósforo contra la corriente, la barca queda envuelta
de pronto en un nimbo de luz, viéndose como una figura de oro viejo el remero
casi desnudo, que jadeante mueve sus brazos junto á la proa. Es el resplandor
de un palacio de la orilla. El agua tiembla luminosa en torno de la embarcación
con ondulaciones doradas, como si transparentase una fiesta de ondinas en las
profundas entrañas del Bósforo. Después la barca vuelve á sumirse en la sombra;
las aguas son negras, casi invisibles, adivinándose por los violentos vaivenes
que imprimen á la ligera embarcación y por el sordo chirriar de su corriente
chocando con la quilla y los remos. Y así, pasando de la sombra á la luz y del
resplandor á la obscuridad, vamos Bósforo arriba, bogando en lo desconocido con
cierta emoción al pensar en la profundidad de las aguas, agrandada por el
misterio, y en la fragilidad del esquife, balanceados como una pluma por el
sombrío elemento que se abre siempre ante nosotros en la pavorosa lobreguez. En las lejanas orillas brillan luces, suenan músicas
y se adivina la presencia del gentío, como si las ráfagas rumorosas de la brisa
nos trajesen su respiración. En lo alto brilla la luna, pálida y anémica al
contrastar con las guirnaldas de oro de los edificios.
De tarde en tarde, entre los palacios del Bósforo
con sus estrellas y sus lunas de colores, se adivina un edificio vagoroso que
hunde en el misterio azul sus tentáculos blancos. Es una mezquita. La discreta
luz de la lámpara del Mirab tiembla como una lágrima amarilla en las opacas
vidrieras, que parecen de un panteón.
La embarcación salta y gime en ciertos parajes,
chapoteando su proa en las aguas invisibles. Son las rudas corrientes del
Bósforo que rugen en los recodos y los estrechos. El remero sigue adelante con
la confianza del que ejerce su oficio. De pronto un ojo deslumbrante surge de
la obscuridad. Un haz de vivos resplandores viene de él, paseándose sobre las
aguas, á las que da una blancura funeraria. Es el reflector eléctrico de un
buque que marcha al Mar Negro. Pasa el monstruo obscuro á corta distancia, con ojos
deslumbrantes en las antenas, y otros ojos rojizos y más tenues formando doble
línea en sus flancos negros, donde están los camarotes. El agua que desplaza su
gigantesco vientre arremolínase en este callejón marítimo, formando unas
cuantas olas, seguidas, cortas y violentas, que crecen y se prolongan hasta las orillas, para morir en ruidoso asalto.
El caique, que parece de papel, salta y se acuesta
en este remolino negro, amenazando zozobrar. ¡Ya hay bastante! Ser tragado por
el Bósforo, á la vista de palacios iluminados, oyendo músicas y el ruido de una
muchedumbre que no puede enterarse de lo que ocurre en las aguas obscuras, á
cincuenta metros de distancia, es un final inaceptable. Todas las semanas se
traga víctimas este Bósforo de enorme profundidad y orillas cortadas como á
pico. De día, gentes que caen en los desembarcaderos, aturdidas por el empuje
de las muchedumbres que asaltan los vaporcillos ó tranvías acuáticos; de noche
caiques que zozobran. Y estos turcos, familiarizados con el brazo de mar, que
es la primera de sus calles, no prestan atención á tales sucesos, y los
periódicos apenas si le dedican dos líneas... ¡Atrás!
Vamos ahora Bósforo abajo, siguiendo el impulso de
la corriente. El remero descansa, dando sólo de vez en cuando alguna paletada
para no abordar á la orilla. Otra vez saltamos de la luz á la sombra y de la
sombra á la luz, pasando ante los palacios de los parientes del sultán, de los
grandes pachás y de los buques de guerra otomanos, con sus guirnaldas de luces
que marcan todos sus contornos, bordas, palos y chimeneas.
Nos aproximamos al palacio del ministro de Marina.
La muchedumbre llena el muelle. Grupos de mujeres
con cerrado manto que van como colegialas en ruta, haremes enteros, pasean
entre el gentío, en esta noche de libertad y de fiesta. Los vendedores de
bebidas gritan pregonando sus mercancías. La banda de música de un crucero toca
bajo las ventanas de Su Excelencia, y el público parece entusiasmado. No baila
como en las fiestas de Europa, pero su alegría infantil se desborda á impulsos
de la música amada, de la música popular, La Mascota, y sobre
todo La Gran Vía, de la cual el «coro de los marineritos» es
insustituíble para el populacho de Constantinopla.
Nos alejamos Bósforo abajo. Va amortiguándose el
movimiento en las orillas; las iluminaciones lucen solitarias en los muelles
abandonados. Una hora después desembarco, siguiendo á pie las calles pendientes
que conducen á las alturas de Bechik-Tach, donde están los palacios de los
principales personajes de Turquía.
Soledad completa. Todos los edificios están
iluminados, las calles envueltas en un resplandor rojizo que expulsa la sombra
hasta de los últimos rincones. En ambas aceras se elevan andamios con miles y
miles de linternas, formando dibujos inabarcables de cerca. ¡Luces y luces,
hasta donde alcanza la vista!... Y nadie: ni un hombre, ni un perro. Las
bestias vagabundas, acostumbradas á la lobreguez, han huido de la luz y de la
momentánea limpieza, buscando los callejones y solares donde se amontona el
estiércol.
Los pasos despiertan en las losas una sonoridad
fúnebre. Se marcha como en un ensueño. Pueden surgir facinerosos en esta
soledad luminosa, y ser uno asesinado, sin que de los palacios esplendorosos y
mudos salga el menor auxilio. Parece que los turcos, después de cubrir la
ciudad de luces, la han abandonado para siempre.
Todo buen musulmán se ha encerrado en su casa,
aislándose del mundo. Es la gran noche, la más dulce de las noches. ¡La Noche
de la Fuerza!
El sabio Mohamed pensó en todo al legislar para su
pueblo. Predicó la guerra como elemento indispensable para sostener la vida;
prohibió manjares y líquidos incompatibles con la salud en un clima oriental;
elevó la limpieza y el agua á la categoría de dogmas, conociendo el amor
ancestral de la bestia humana á la suciedad y el abandono; y para que sus
pueblos no decreciesen, como les ocurre á ciertas naciones modernas, decretó en
nombre de Alláh la Noche de la Fuerza.
En esta noche, todo musulmán que tiene su compañera
no debe dormir, sino velar mientras le queden alientos. El buen creyente, con
el pensamiento puesto en Alláh y en la reproducción de su raza, debe gustar
todos los frutos que guarda su harem... mientras tenga dientes para ello. La
prescripción religiosa es severa é ineludible. El amor por orden del Profeta:
el supremo escalofrío como grata oración á Dios. Nadie se escapa á este supremo
mandato. El viejo trémulo, exprimido y seco por
largos años de poligamia, debe probar á cumplirlo (con probar nada se pierde);
el adolescente recibe la iniciación del misterio de la vida, por obra de alguna
esclava de la casa, y entusiasmado con la dulce novedad de la ceremonia repite
sus oraciones hasta que cae extenuado; el hombre en plena virilidad hace un
llamamiento á sus fuerzas y ora toda la noche en diversos altares, con la
convicción de que será grato á Dios si el sol le sorprende ocupado todavía en
tales ritos.
La piedad musulmana se exalta y sobrepasa en esta
noche, queriendo cada cual ir lo más lejos posible, para satisfacción de Alláh
y orgullo de las propias fuerzas. Y todos corren y corren por el camino del
santo deber, sin más pausa que la de los relevos, cambiando de montura para
enardecer su energía con el incentivo de la novedad, y llegando en el sacro
deporte á límites donde sólo pueden alcanzar el entusiasmo religioso y el
apasionamiento oriental.
Esta Noche de la Fuerza es la de la «Ceremonia del
Pañuelo» en el Yildiz Kiosk. Es vulgar la creencia de que los sultanes, desde
hace muchos siglos, cada vez que desean hablar aparte con una de sus
innumerables mujeres, la avisan arrojándola un pañuelo. Nada hay de esto. La
ceremonia del pañuelo existe, pero es sólo una vez por año: la Noche de la
Fuerza. Las tradiciones ordenan que en esta noche el Comendador de los
Creyentes, para cumplir el deber religioso como todas
sus súbditos musulmanes, sacrifique una doncella.
En un salón del harem imperial se alínea, bajo la
mirada del Gran Eunuco y sus tropas de negros, un centenar de vírgenes. Unas
son esclavas de la Circasia enviadas como regalo por los gobernadores de
los vilayetos asiáticos; otras, hijas de pachás, entusiastas
del emperador, que aprovechan esta ocasión para introducir la influencia de su
familia en los departamentos secretos del Yildiz Kiosk. Todas, esclavas y
señoras, confundidas en la igualdad femenil de las costumbres turcas, que no
reconocen más que dos rangos, la belleza y la fealdad, aguardan trémulas la
presencia del Gran Señor, sabiendo que en breves instantes puede decidirse su
suerte.
Aparece el Padichá. Con ojos impasibles
examina la fila, el Gran Eunuco secretea en su oído, y al fin arroja con
indiferencia el pañuelo... ¡Cualquiera! Su tranquilidad es igual á la del
católico que todos los domingos va á misa, sabiendo que es un espectáculo
santo, pero sin emoción alguna. La ha oído tantas veces, que no encuentra en
ella el encanto de la novedad.
¡Pobre Abdul-Hamid! ¡Augusto Comendador de los
Creyentes, con sus sesenta años bien contados!... Me lo imagino en esta noche,
á puerta cerrada con la virgen, hermoso potro, bello y salvaje, con el fuego de
los pocos años y el deseo de agradar, excediéndose en toda clase de
iniciativas. El majestuoso Padichá, que
tal vez lleva ocupado el pensamiento por alguna nueva reclamación de los
embajadores de las potencias, tiene que pasar una noche, por deber religioso,
junto á esta primavera ardiente, que vela junto á él, excitada y nerviosa. Sus
preocupaciones de gobernante, sus pensamientos de Felipe II, papelista enterado
minuciosamente de todo lo que ocurre en su vasto imperio, le preparan mal
indudablemente para estas encerronas, ordenadas por el Profeta. La soberana de
una noche sonríe invitadora con sus labios coloreados de carmín, levanta la
mirada de sus ojos agrandados por la pintura negra, saca incitante las curvas
de su cuerpo en celo... pero al tender sus manos encuentra ¡ay! el ánimo del
Gran Señor flácido y desmayado, como el pañuelo simbólico.
Pensando en estos desastres y tormentos, impuestos
por el deber religioso, que no tiene en cuenta edades ni circunstancias, sigo
las calles iluminadas y silenciosas, acompañado únicamente del eco de mis
pasos. ¡Nadie! ¡Siempre ante mí la soledad, roja y brillante! Pueden robarme,
pueden matarme sin que al sonar mis gritos se abra una ventana ó una puerta de
estos palacios luminosos. Sus habitantes están demasiado ocupados para fijarse
en lo que ocurre en la calle.
El palo del sereno chocando contra las baldosas no
altera esta noche el silencio profundo del barrio señorial. También para él,
musulmán fervoroso, es esta noche la de la Fuerza.
Los ladrones, los vagabundos deben igualmente estar dedicados á la santa
ceremonia. Allá lejos, en la depresión del terreno por donde corren las aguas
del Cuerno de Oro, el cielo tiene resplandores de incendio y se eleva un
zumbido de colmena gigantesca. El populacho sigue divirtiéndose en Stambul y
Galata.
Voy hacia allá, por las calles abandonadas, muertas
y luminosas, como si marchase por una ciudad fantástica, mirando con despecho
las puertas cerradas, pensando con cierta amargura en la fría cama del hotel
que me espera, lamentando mi condición de mísero giaour, de
despreciable cristiano, que me hace vagar triste é inútil en esta noche de la
abundancia hasta el desfallecimiento: la santa Noche de la Fuerza.
¡Adiós, Constantinopla!
En plena noche atravieso por última vez el Gran
Puente, sintiendo como caricias amistosas de despedida los estremecimientos y
saltos que imprimen al carruaje los tablones de la plataforma. El Cuerno de Oro
es una zanja profunda y brumosa, en la que brillan los ojos inflamados de las
embarcaciones. Enfrente, el venerable Stambul recorta su silueta negra de
cúpulas y minaretes, sobre un cielo esfumado, en el que brilla pálida la luna
menguante. Las luces del Ramadán parecen flotar en el espacio como constelaciones
perdidas.
¡Adiós!
Hace más de un mes que vivo en estos lugares á los
que nada me une, ni el nacimiento, ni la raza, ni la historia, y sin embargo,
la partida es melancólica y penosa.
Cuando se viaja se abandonan las ciudades, por
gratas que sean, con un sentimiento de alegría. Es la curiosidad que se
despierta de nuevo, el instinto ancestral de cambio y movimiento, que llevamos
en nosotros como herencia de nuestros remotísimos abuelos, nómadas incansables
del mundo prehistórico. ¿Qué habrá más allá? ¿Qué nos espera en la próxima
etapa?...
Pero al partir de Constantinopla, este sentimiento
alegre y curioso se amortigua y desvanece. Por interesante que sea lo futuro,
no llegará á serlo tanto como el presente. La Europa occidental, con sus
ciudades cómodas y uniformes, seguramente que no puede borrar el recuerdo de
esta aglomeración de razas, lenguas, colores, libertades inauditas y
despotismos irresistibles, que ofrece la metrópoli del Bósforo.
¡Adiós!... Y á la melancólica despedida se une la
incertidumbre del porvenir, la sospecha de que no volveré á contemplar estos
lugares amados, de que las circunstancias de mi vida harán que ésta se extinga
antes de poder cumplir mi deseo.
Al recuerdo de Constantinopla va unido el del mar
de Mármara con sus aguas tranquilas y verdes, por cuyas transparentes entrañas
pasan flotando las medusas como un desfile de paraguas de nácar. Recuerdo
también las poblaciones del Asia Menor, que acabo de visitar, Mudania y Brussa,
ciudades puramente turcas, donde vive el musulmán sin nada de europeo que
desfigure y envilezca su existencia. Algún día
hablaré de Brussa, la de la Mezquita Verde, edificada por alarifes de la
Andalucía musulmana: Brussa, la de las sedas brillantes como oro, la Granada
turca, dormitando al pie del Olimpo de Bitinia, frente á una vega situada á
muchos centenares de metros sobre el nivel del mar y eternamente frondosa, lo
que hace que los otomanos la llamen con orgullo Brussa la Verde. Y
también hablaré, en una novela, del barrio de Galata en Constantinopla, «el
barrio de los españoles», como lo titula la topografía popular, donde
veintiocho mil judíos que se apellidan Salcedo, Cobo, Hernández, Camondo, etc.,
emplean en el seno de la familia un castellano arcaico que es la lengua
sagrada, el medio de comunicación para librarse de la vigilancia de los
enemigos.
—¡Ah, Espania! ¡La bella Sión de Occidente! Los
míos, los viexos, baxaron de allá.
Los cuentos que entretienen á la familia en las
noches de sábado, leyendas de enormes tesoros enterrados, tienen siempre por
escenario la lejana España, país fantástico del que hablan los patriarcas á los
niños con grave misterio, como hablamos nosotros de Bagdad, la de Las
mil y una noches. Y en las fiestas israelitas, las viejas descuelgan los
panderos y entonan con sus bocas desdentadas villancicos del siglo XV,
aprendidos por sus abuelas en Toledo, que fué como el París del mundo judío.
Abandono Constantinopla después de pasar por las innumerables ceremonias del pasaporte, que
son aquí tan precisas para salir del país como para entrar. Rueda el tren
durante la noche por las desoladas llanuras de la Tracia. Al amanecer estamos
en Rumelia y después en Bulgaria. Se acabaron los gorros rojos. Los soldados
que ocupan los andenes de las estaciones ó acampan en tiendas grises al pie de
alguna loma, van vestidos á la rusa. Los campesinos, con una tiara negra de
piel de oveja y rudas abarcas, marchan por los caminos amarillentos, ante los
tardos bueyes que arrastran unas carretas chirriantes de ruedas macizas. Al
cerrar la noche atravesamos Servia, y al lucir de nuevo el sol estamos en
tierra húngara.
Nos aproximamos á Budapest, á las verdaderas
puertas de la Europa europea.
Es la hora del almuerzo. En el vagón restaurant,
que va á la cola del tren, nos juntamos los viajeros del exprés de
Constantinopla, gentes de diversas nacionalidades. Ocupo una mesa con dos
viajeros desconocidos y una señora rubia y elegante, sentada frente á mí.
Silencio absoluto ó lacónicos ofrecimientos de platos, con esa reserva cortés y
fría de los que van por el mundo y no saben quién pueda ser su compañero de
mesa. El almuerzo toca á su fin. Tomamos el café. Por el cristal de la
ventanilla veo pasar barriadas de casas blancas con grandes anuncios. Se
adivina la proximidad de una enorme población. Debemos estar en las afueras de
Budapest. Veo un cartel de teatro, impreso en
magyar, del cual sólo es inteligible para mí el título de la obra, Carmen.
De pronto un choque, un tropezón gigantesco contra
un obstáculo. Luego, la milésima de un segundo, que nos parece un siglo, y
durante este espacio nos contemplamos todos con los ojos desmesuradamente
abiertos, y en ellos una expresión loca de espanto. Á continuación el rudo
movimiento de retroceso que lo desordena todo, que lo rompe todo, que nos hace
saltar y rodar en medio de una lluvia y un estrépito mortales. Es mediodía;
luce el sol; el cielo es azul, sin una nube, y sin embargo, nos sentimos ciegos,
como si hubiésemos caído en plena noche.
La mesa en que estamos rompe con la violencia del
retroceso los goznes de bronce que la unen á la pared del vagón. Rueda sobre mí
con sus platos, tazas y cafeteras y me arroja al suelo. Siento sobre el pecho
su doloroso filo, á más del peso de la señora de enfrente y otros cuerpos que
se agitan con el pasmo del terror.
Pasan unos instantes brevísimos, pero la
imaginación los llena vertiginosamente, poblándolos de miedos y esperanzas como
si fuesen años. ¿Estaré herido? ¿Qué se habrá roto en mi organismo? ¿Iré á
morir pasado el primer aturdimiento? ¿Qué encontraré en mí cuando llegue á
incorporarme?...
Me levanto. Un pie se me hunde en una cosa blanda y
elástica, envuelta en paño azul con botones de oro. Es el vientre del camarero
que nos servía momentos antes. Está de espaldas,
con los brazos en cruz, los ojos agrandados por el espanto, y no se mueve del
suelo á pesar de mi pisotón.
Frente á mí se incorpora la señora, que parece
haber envejecido en unos instantes; pálida, con amarillez de cirio; los rubios
cabellos en desorden, el sombrero aplastado, las facciones afiladas y trémulas
por la emoción.
—No somos más que una porquería—dice en francés.
Tal vez fué la influencia del momento, pero juro
que jamás he oído una frase tan profunda y tan justa.
Al mirar en torno no conozco el comedor. Todo roto,
todo demolido, como si un proyectil de cañón hubiese pasado por él. Cuerpos en
el suelo, mesas caídas, manteles rasgados, líquidos que chorrean, no sabiéndose
ciertamente lo que es café, lo que es licor y lo que es sangre; platos hechos
trizas y todos los cristales del vagón, los gruesos cristales, partidos en
láminas agudas, esparcidos como transparentes hojas de espada.
Instintivamente arranco de la espalda de la señora
una especie de puñal de vidrio clavado en su corsé. Es un fragmento de la luna
que estaba detrás de ella. Un poco más arriba, y queda degollada en el sitio.
Sin saber cómo, me veo pisando tierra, corriendo á
lo largo de la vía, junto á un talud altísimo. Otros viajeros corren también,
tropezando en los guijarros. Un hervor gigantesco
llena el espacio de humo, viéndose entre sus vedijas el caserío blanco de Pest
en una montaña. El vapor se escapa con un chirrido de sartén enorme. Llegamos á
la cabeza del tren, que parece haberse desdoblado, y vemos dos locomotoras
caídas y mugiendo, como dos toros que acaban de embestirse, desplomándose
moribundos. A un lado nuestro tren; al otro lado un largo rosario de vagones de
mercancías. El encuentro ha sido en lo más hondo de un desmonte, bajo un puente
de madera que desaparece entre la humareda de las dos máquinas heridas de
muerte. Unas vagonetas cargadas de materiales de construcción se han roto,
esparciendo á ambos lados de la vía, entre las ruedas sueltas y retorcidas, una
cascada de yeso y de ladrillos.
Los dos primeros vagones de nuestro tren ya no
existen. Son á modo de acordeones cerrados por el choque, con pliegues trágicos
que dan un escalofrío de terror. Como ocurre casi siempre... de tercera clase.
El furgón de los equipajes es un amasijo de maderos y hierros, que á cada
estremecimiento del tren moribundo vomita maletas y cofres. Hombres sangrientos
que aun no se han dado cuenta de sus heridas, corren excitados por la emoción y
gritan en magyar, en alemán, en servio, en turco. Los empleados se mueven,
queriendo servir de algo, pero sin saber ciertamente por dónde empezar.
Siguiendo el impulso de los demás, intento subir á
los vagones demolidos. Al poner el pie en la rota plataforma chapoteo en algo
negro, que es líquido y sólido á un tiempo. Una mosca revolotea ansiosa sobre
este banquete de sangre y piltrafas, anunciando la llegada de sus compañeras.
¿Para qué añadir el horror á la emoción sufrida?...
Recojo mis dos maletas y subo el talud, para salir
cuanto antes de esta zanja maldita. Al verme arriba me asombro de la fuerza
nerviosa que da la emoción, de la ligereza con que he subido cargado por la
ruda pendiente.
Me siento al borde del declive sobre mi equipaje y
quedo en una insensibilidad estúpida, aturdido, sin saber qué hacer,
contemplando los restos de la catástrofe, viendo cómo el humo rojizo de las
locomotoras empieza á incendiar el puente de madera.
Por todos los caminos de la campiña llegan
corriendo grupos de húngaros melenudos. De las casas inmediatas salen mujeres.
Abajo aumenta el número de los que se agitan junto á los dos trenes y penetran
en los vagones demolidos.
Una catástrofe estúpida. En la estación de Budapest
han dejado salir un tren de mercancías á la hora en que diariamente llega el
tren de Constantinopla. Esto pasa en la Europa central, la de los grandes
ferrocarriles organizados militarmente, y nadie parece indignado... ¡Y después
hablamos de las «cosas de España»!...
Veo de pronto sombras que se interponen ocultándome
la luz del sol. Son mujeres húngaras, con sus chiquillos: buenas mozas, gordas,
morenotas y ventrudas, que visten batas de percal y llevan el pañuelo de seda
formando visera sobre los ojos, lo mismo que las chulas de Madrid.
Sienten la curiosidad de los grandes sucesos, la
necesidad de rozarse con alguien que ha visto el peligro de cerca, y me hablan
en su idioma ininteligible, mirándome con simpática compasión. Adivino que me
preguntan si estoy asustado; se asombran al verme entero, sin un rasguño, sin
una gota de sangre. Una joven se empeña en hacerme beber un vaso de agua. Una
vieja, arrugada y negra como una gitana, me pasa las manos por el rostro con
sonrisa de bruja bondadosa.
El puente es una gran llama que esparce intenso
hedor de madera vieja. La muchedumbre se agita con vaivenes de audacia y de
miedo. Estupendas noticias la conmueven, haciéndola huir talud arriba en
espantoso desorden. ¡Que las locomotoras van á estallar!... ¡Que el tren
contiene dinamita!... Se esparcen con pánico de rebaño, pero transcurridos
algunos minutos, la curiosidad tira de ellos otra vez, y descienden la cuesta
para mezclarse con los empleados y trabajadores, dificultando las operaciones
de salvamento.
Ha transcurrido cerca de una hora. Por un camino se
ve avanzar al galope un escuadrón de caballería. Por otros se presentan
compañías de infantería y escuadras de polizontes.
Llegan carruajes cerrados, con el escudo de la Cruz Roja. Empiezan á descender
camillas por la cuesta del desmonte.
De los fúnebres acordeones de abajo salen grupos de
hombres arrastrando bultos inánimes. Uno... dos... tres... cuatro... cinco.
¡Cuándo acabará esa extracción horripilante! Junto á mí pasan hombres y mujeres
sostenidos en brazos y con la cabeza entrapajada. Unos la dejan pender sobre
los hombros vecinos con mortal desmayo; otros gimen con palabras extrañas que
no puedo entender.
La caballería da una carga á la muchedumbre
curiosa, para limpiar los alrededores. Los infantes austríacos entran á la
bayoneta, con furiosos gritos de los oficiales y victorioso tremolar de sables.
Las mujeres se apelotonan en torno mío, como si mi
calidad de víctima las sirviese de amparo para permanecer en su sitio... ¿Por
qué sigo aquí? ¿De qué sirve mi presencia?
Me restriego el pecho, contusionado por el choque
de la mesa y el peso de mis vecinos. El costillaje me duele cada vez más, al
desvanecerse el primer aturdimiento de la emoción. Escupo sin cesar, pensando
medroso en el color púrpura... No; no hay nada roto.
Empleando el idioma universal de la mirada y la
seña, coloco una de las maletas en la cabeza de un
muchacho, me defiendo galantemente de las mujeres que quieren encargarse de la
otra, y escoltado por estas amigas, que hablan y hablan sin descorazonarse ante
mi silencio, emprendo la marcha, al través de campos recién labrados y
movedizos, hacia un camino por el que veo pasar un tranvía eléctrico.
¿Para qué permanecer aquí, donde á nadie conozco y
nadie me entiende? Voy á Budapest á tomar otra vez el tren, que me inspira un
pánico invencible.
Y así entro en la verdadera Europa, á pie, al
través de los campos, llevando mi hato al hombro, lo mismo que un invasor
oriental de hace siglos, atraído por los esplendores de Occidente.
FIN
Agosto-Noviembre 1907.
|
Págs. |
||
|
—La peregrinación cosmopolita. |
||
|
—Aguas y música. |
||
|
—Las mesas verdes. |
||
|
—La ciudad del refugio. |
||
|
—El lago azul. |
||
|
—Los osos de Berna. |
||
|
—El lago y el Concilio. |
||
|
—La Atenas germánica. |
||
|
—El Festival Wágner. |
||
|
—El Mozarteum. |
||
|
—Viena la elegante. |
||
|
—El subterráneo de los emperadores. |
||
|
—¡Hermoso Danubio azul!. |
||
|
—La ciudad de los magyares. |
||
|
—Los Balkanes. |
||
|
—Los turcos. |
||
|
—Constantinopla. |
||
|
—El Gran Puente. |
||
|
—Los que pasan por el Gran Puente. |
||
|
—El Gran Visir. |
||
|
—El palacio de la Estrella. |
||
|
—El Sélamlik. |
||
|
—Los perros. |
||
|
—Los Derviches Danzantes |
||
|
—El heredero de Las mil y una
noches |
||
|
—Santa Sofía |
||
|
—El Papa griego |
||
|
—Turcas y eunucos |
||
|
—Los derviches aulladores |
||
|
—Libertad religiosa |
||
|
—Restos de Bizancio |
||
|
—La Noche de la Fuerza |
||
|
—La entrada en Europa |
||
|
Estas correcciones hizo el transcriptor del
texto electronico: |
|
cisnes negros de pico de escarleta=>cisnes
negros de pico de escarlata |
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al que acuden todos los extranjeroe=>al
que acuden todos los extranjeros |
|
cabeza rodeaba de un
nimbo=>cabeza rodeada de un nimbo |
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para que á á la salida le
suelten medio franco=>para que á la salida le suelten medio franco |
|
pasando entre resplandores como una
aparición fantásticas=>pasando entre resplandores como una
aparición fantástica |
|
sus acupaciones en la
catedral=>sus ocupaciones en la catedral |
|
trina el ruiseñor, canta si mirlo=>trina
el ruiseñor, canta el mirlo |
|
clase de iufortunios=>clase
de infortunios |
|
todas lujosas, todas deshabitatas=>todas
lujosas, todas deshabitadas |
|
Podrá creerse superior ó los
demás=>Podrá creerse superior á los demás |
|
arrendatario de la tierra que cultima=>arrendatario
de la tierra que cultiva |
|
poserlos el soberano=>poseerlos el soberano |
|
todas las mesas las pedazos
de pan olvidados=>todas las mesas los pedazos de pan olvidados |
|
Eran los patios de la Santa Mezquita,
del temblo=>Eran los patios de la Santa Mezquita, del templo |
|
volvían los ojos hacia al hogar=>volvían
los ojos hacia el hogar |
|
para hacer creer en una suicidio=>para
hacer creer en un suicidio |
|
el mansjo de sus
riquezas=>el manejo de sus riquezas |
|
enclaustradas voluntamente=>enclaustradas
voluntariamente |
|
el gesto pontifical, recomendánme=>el
gesto pontifical, recomendándome |
|
institutrices ingleses y
franceses=>institutrices ingleses y francesas |
|
envuelto en su sotana uegra=>envuelto
en su sotana negra |
|
creencias de sus súdditos=>creencias
de sus súditos |
|
abrazar al suya=>abrazar la suya |
|
láminas de bronce, qne ciertamente=>láminas
de bronce, que ciertamente |
End of the Project Gutenberg EBook of Oriente, by
Vicente Blasco Ibáñez
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ORIENTE ***

