Libro N° 9587. Mare Nostrum. Blasco Ibáñez, Vicente.
© Libro N° 9587. Mare Nostrum. Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación. Febrero 12 de 2022.
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Nostrum. Vicente Blasco Ibáñez
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MARE NOSTRUM
Vicente Blasco Ibáñez
Mare Nostrum
Vicente Blasco Ibáñez
Title: Mare nostrum
Author: Vicente Blasco
Ibáñez
Release Date: October 29,
2007 [EBook #23236]
Language: Spanish
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ISO-8859-1
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GUTENBERG EBOOK MARE NOSTRUM ***
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Vicente BLASCO
IBAÑEZ
MARE
NOSTRUM
(NOVELA)
95.OOO EJEMPLARES
PROMETEO
Gemanías, 33.—VALENCIA
(Published in Spain)
Es propiedad.—Reservados
todos los derechos de reproducción, traducción y adaptación.
Copyright 1919, by V. Blasco Ibáñez.
INDICE
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I. |
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II. |
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III. |
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IV. |
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V. |
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VI. |
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VII. |
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VIII. |
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IX. |
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X. |
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XI. |
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XII. |
MARE NOSTRUM
EL CAPITÁN ULISES FERRAGUT
Sus primeros amores fueron con una emperatriz.
El tenía diez años y la emperatriz seiscientos. Su
padre, don Esteban Ferragut—tercera cuota del Colegio de Notarios de Valencia—,
admiraba las cosas del pasado.
Vivía cerca de la catedral, y los domingos y
fiestas de guardar, en vez de seguir á los fieles que acudían á los aparatosos
oficios presididos por el cardenal-arzobispo, se encaminaba con su mujer y su
hijo á oír misa en San Juan del Hospital, iglesia pequeña, rara vez concurrida
en el resto de la semana.
El notario, que en su juventud había leído á Wálter
Scott, experimentaba la dulce impresión del que vuelve á su país de origen al
ver las paredes que rodean el templo, viejas y con almenas. La Edad Media era
el período en que habría querido vivir. Y el buen don Esteban, pequeño,
rechoncho y miope, sentía en su interior un alma de héroe nacido demasiado
tarde al pisar las seculares losas del templo de los Hospitalarios. Las otras
iglesias enormes y ricas le parecían monumentos de insípida vulgaridad, con sus
fulguraciones de oro, sus escarolados de alabastro y sus columnas de jaspe.
Esta la habían levantado los caballeros de San Juan, que, unidos á los del
Temple, ayudaron al rey don Jaime en la conquista de Valencia.
Al atravesar un pasillo cubierto, desde la calle al
patio interior, saludaba á la Virgen de la Reconquista traída por los freires
de la belicosa Orden: imagen de piedra tosca, con colores y oros imprecisos,
sentada en un sitial románico. Unos naranjos agrios destacaban su verde ramazón
sobre los muros de la iglesia, ennegrecida sillería perforada por largos
ventanales cegados con tapia. De los estribos salientes de su refuerzo surgían,
en lo más alto, monstruosos endriagos de piedra, carcomida.
En su nave única quedaba muy poco de este exterior
romántico. El gusto barroco del siglo XVII había ocultado la bóveda ojival bajo
otra de medio punto, cubriendo además las paredes con un revoque de yeso. Pero
sobrevivían á la despiadada restauración los retablos medioevales, los blasones
nobiliarios, los sepulcros de los caballeros de San Juan con inscripciones
góticas, y esto bastaba para mantener despierto el entusiasmo del notario.
Había que añadir además la calidad de los fieles
que asistían á sus oficios. Eran pocos y escogidos; siempre los mismos. Unos se
dejaban caer en su asiento, flácidos y gotosos, sostenidos por un criado viejo
ó por la esposa, que iba con pobre mantilla, lo mismo que una ama de gobierno.
Otros oían la misa de pie, irguiendo su descarnada cabeza, que presentaba un
perfil de pájaro de combate, cruzando sobre el pecho las manos siempre negras,
enguantadas de lana en el invierno y de hilo en el verano. Los nombres de todos
ellos los conocía Ferragut por haberlos leído en las Trovas de
Mosén Febrer, métrico relato en lemosín de los hombres de guerra que vinieron
al cerco de Valencia desde Aragón, Cataluña, el Sur de Francia, Inglaterra y la
remota Alemania.
Al terminar la misa, los imponentes personajes
movían la cabeza saludando á los fieles más cercanos. «Buenos días.» Para ellos
era como si acabase de salir el sol: las horas de antes no contaban. Y el
notario, con voz melosa, ampliaba su respuesta: «Buenos días, señor marqués.»
«Buenos días, señor barón.» Sus relaciones no iban más allá; pero Ferragut
sentía por los nobles personajes la simpatía que sienten los parroquianos de un
establecimiento, acostumbrados á mirarse durante años con ojos afectuosos, pero
sin cruzar mas que un saludo.
Su hijo Ulises se aburría en la iglesia obscura y
casi desierta, siguiendo los monótonos incidentes de una misa cantada. Los
rayos del sol, chorros oblicuos de oro que venían de lo alto iluminando
espirales de polvo, moscas y polillas, le hacían pensar nostálgicamente en las
manchas verdes de la huerta, las manchas blancas de los caseríos, los penachos
negros del puerto, repleto de vapores, y la triple fila de convexidades azules
coronadas de espuma que venían á deshacerse con cadencioso estruendo sobre la playa
color de bronce.
Cuando dejaban de brillar las capas bordadas de los
tres sacerdotes del altar mayor y aparecía en el púlpito otro sacerdote blanco
y negro, Ulises volvía la vista á una capilla lateral. El sermón representaba
para él media hora de somnolencia poblada de esfuerzos imaginativos. Lo primero
que buscaban sus ojos en la capilla de Santa Bárbara era una arca clavada en la
pared á gran altura, un sepulcro de madera pintada, sin otro adorno que esta
inscripción: Aquí yace doña Constanza Augusta, Emperatriz de Grecia.
El nombre de Grecia tenía el poder de excitar la
fantasía del pequeño. También su padrino, el abogado Labarta, poeta laureado,
no podía repetir este nombre sin que una contracción fervorosa pasase por su
barba entre cana y una luz nueva por sus ojos. Algunas veces, al poder
misterioso de tal nombre se yuxtaponía un nuevo misterio más obscuro y de
angustioso interés: Bizancio. ¿Cómo aquella señora augusta, soberana de remotos
países de magnificencia y de ensueño, había venido á dejar sus huesos en una lóbrega
capilla de Valencia, dentro de un arcón semejante á los que guardaban retazos y
cachivaches en los desvanes del notario?...
Un día, después de la misa, don Esteban le había
contado su historia rápidamente. Era hija de Federico II de Suabia, un
Hohenstaufen, un emperador de Alemania, pero que estimaba en más su corona de
Sicilia. Había llevado en los palacios de Palermo—verdaderas ruzafas por
sus orientales jardines—una existencia de pagano y de sabio, rodeado de poetas
y hombres de ciencia (judíos, mahometanos y cristianos), de bayaderas, de
alquimistas y de feroces guardias sarracenos. Legisló como los jurisconsultos
de la antigua Roma, escribiendo al mismo tiempo los primeros versos en
italiano. Su vida fué un continuo combate con los Papas, que lanzaban contra él
excomunión sobre excomunión. Para obtener la paz se hacía cruzado y marchaba á
la conquista de Jerusalén. Pero Saladino, otro filósofo de la misma clase, se
ponía rápidamente de acuerdo con su colega cristiano. La posesión de una
pequeña ciudad rodeada de eriales y con un sepulcro vacío no valía la pena de
que los hombres se degollasen durante siglos. El monarca sarraceno le entregaba
Jerusalén graciosamente, y el Papa volvía á excomulgar á Federico por haber
conquistado los Santos Lugares sin derramamiento de sangre.
—Fué un grande hombre—murmuraba don Esteban—. Hay
que reconocer que fué un grande hombre...
Lo decía tímidamente, sintiendo que sus entusiasmos
por aquella época remota le obligasen á hacer esta concesión á un enemigo de la
Iglesia. Se estremecía al pensar en los libros blasfematorios, que nadie había
visto, pero cuya paternidad atribuía Roma al emperador siciliano: especialmente
el de Los tres impostores, en el que Federico medía con el mismo
rasero á Moisés, Jesús y Mahoma. Este escritor coronado era el periodista más
antiguo de la Historia: el primero que en pleno siglo XIII había osado apelar al
juicio de la opinión pública en sus manifiestos contra Roma.
Su hija la había casado con un emperador de
Bizancio, Juan Dukas Vatatzés, el famoso «Vatacio», cuando éste tenía cincuenta
años y ella catorce. Era una hija natural, legitimada luego, como casi toda su
prole: un producto de su harén libre, en el que se mezclaban beldades
sarracenas y marquesas italianas. Y la pobre joven, casada con «Vatacio el
Herético» por un padre necesitado de alianzas, había vivido largos años en
Oriente con toda la pompa de una basilisa, envuelta en vestiduras de rígidos
bordados que representaban escenas de los libros santos, calzada con borceguíes
de púrpura que llevaban en las suelas águilas de oro, último símbolo de la
majestad de Roma.
Primeramente había reinado en Nicea, refugio de los
emperadores griegos mientras Constantinopla estuvo en poder de los cruzados,
fundadores de una dinastía latina; luego, cuando, muerto Vatacio, el audaz
Miguel Paleólogo reconquistaba Constantinopla, la viuda imperial se veía
solicitada por este aventurero victorioso. Durante varios años resistió á sus
pretensiones, consiguiendo al fin que su hermano Manfredo, nuevo rey de
Sicilia, la devolviese á su patria. Federico había muerto; Manfredo hacía
frente á las tropas pontificales y á la cruzada francesa que habían levantado
los Papas ofreciendo al rudo Carlos de Anjou la corona de Sicilia. La pobre
emperatriz griega llegaba á tiempo para recibir la noticia de la muerte de su
hermano en una batalla y seguir la fuga de su cuñada y sus sobrinos. Todos se
refugiaban en Lucera dei Pagani, castillo defendido por los sarracenos al
servicio de Federico, únicos fieles á su memoria.
El castillo caía en poder de los guerreros de la
Iglesia, y la esposa de Manfredo era conducida á una prisión, donde se
extinguía su vida al poco tiempo. La obscuridad tragaba los últimos restos de
la familia maldecida por Roma. La muerte rondaba en torno de la basilisa. Todos
perecían: su hermano Manfredo, su hermanastro el poético y lamentable Encio,
héroe de tantas canciones. Su sobrino el caballeresco Coradino iba á morir más
adelante bajo el hacha del verdugo al intentar la defensa de sus derechos. Como
la emperatriz oriental no representaba ningún peligro para la dinastía de
Anjou, el vencedor la dejaba seguir su destino sola y desamparada, como una
princesa de Shakespeare.
Viuda del emperador Juan Dukas, tenía el señorío de
tres villas importantes de Anatolia, con una renta de tres mil besantes de oro
fino. Pero esta renta lejana, no llegaba nunca. Y casi de limosna se embarcó en
una nave que hacía rumbo á las perfumadas orillas del golfo de Valencia. Su
sobrina Constanza, hija de Manfredo, estaba casada con el infante don Pedro de
Aragón, hijo de don Jaime. La basilisa se instalaba en Valencia, recién
conquistada. Su sobrino el futuro Pedro III, que intervenía en el gobierno por
la ancianidad de su padre, le ofreció Estados; pero cansada de una vida de
aventuras, prefería entrar en el convento de Santa Bárbara.
Ultima representante del glorioso Federico, ella y
su sobrina Constanza transmitían á Pedro III los derechos sobre Sicilia, y el
grave y tenaz monarca aragonés los reivindicaba años adelante, apoderándose de
la isla luego de las famosas Vísperas Sicilianas. La pobre emperatriz vivió
hasta el siglo siguiente en la pobreza de un convento recién fundado,
recordando las aventuras de su destino melancólico, viendo con la imaginación
el palacio de mosaicos de oro junto al lago de Nicea, los jardines donde Vatacio
había querido morir bajo una tienda de púrpura, las gigantescas murallas de
Constantinopla, las bóvedas de Santa Sofía, con sus teorías hieráticas de
santos y basileos coronados.
De todos sus viajes y sus fortunas esplendorosas
sólo había conservado una piedra, único equipaje que la acompañó al saltar en
la playa de Valencia. Era un fragmento de una roca de Nicodemia que manó agua
milagrosamente para el bautismo de Santa Bárbara. El notario mostraba á su hijo
el sagrado pedrusco incrustado sobre una pileta de agua bendita. En la misma
capilla estaba la tumba de otra princesa, hija del basileo Teodoro Lascaris,
que había venido á reunirse con su tía en el lejano destierro.
Ulises, sin dejar de admirar los conocimientos
históricos de su padre, los acogía con cierta ingratitud.
—Mi padrino me explicará mejor esto... Mi padrino
sabe más.
Cuando miraba la capilla de Santa Bárbara en el
transcurso de la misa, sus ojos huían del fúnebre arcón. Le inspiraba
repugnancia el pensar en los huesos hechos polvo. Aquella doña Constanza no
existía. La que le interesaba era la otra, la que estaba un poco más allá,
pintada en un pequeño cuadro. Doña Constanza tuvo lepra—enfermedad que en
aquellos tiempos no perdonaba á las emperatrices—, y Santa Bárbara curó
milagrosamente á su devota. Para perpetuar este suceso, allí estaba Santa
Bárbara en el cuadro, vestida con ancha saya y mangas de farol acuchilladas, lo
mismo que una dama del siglo XV, y á sus pies la basilisa con traje de
labradora valenciana y gruesas joyas. En vano afirmó don Esteban que este
cuadro había sido pintado siglos después de la muerte de la emperatriz. La
imaginación del niño saltaba desdeñosamente sobre estos reparos. Así había sido
doña Constanza, tal como aparecía en el lienzo, pelirrubia y con enormes ojos
negros, guapetona, un poco llena de carnes, como conviene á una mujer acostumbrada
á arrastrar mantos regios y que sólo por devoción accede á disfrazarse de
campesina.
La imagen de la emperatriz llenó su pensamiento
infantil. Por las noches, cuando sentía miedo en la cama, impresionado por la
enormidad del salón que le servía de alcoba, le bastaba hacer memoria de la
soberana de Bizancio para olvidar inmediatamente sus inquietudes y los mil
ruidos extraños del viejo edificio. «¡Doña Constanza!...» Se dormía abrazado á
la almohada, como si ésta fuese la cabeza de la basilisa. Sus ojos cerrados
veían las negras pupilas de la regia señora, maternales y amorosas.
Todas las mujeres, al aproximarse á él, tomaban
algo de aquella otra que dormía seis siglos en lo alto de un muro.
Cuando su madre, la dulce y pálida doña Cristina,
dejaba por un instante sus labores y le daba un beso, veía en su sonrisa algo
de la emperatriz. Cuando Visanteta, una criada de la huerta, morena, con ojos
de zarzamora y una piel ardorosa y fina, le ayudaba á desnudarse ó le
despertaba para llevarle al colegio, Ulises tendía los brazos en torno de ella
con repentino entusiasmo, como si le embriagase el perfume de animalidad
vigorosa y púdica que exhalaba la muchacha. «¡Visanteta!... ¡Oh, Visanteta!...»
Y pensaba en doña Constanza. Así debían oler las emperatrices, así debía ser el
contacto de su epidermis.
Estremecimientos misteriosos é incomprensibles
atravesaban su cuerpo como ligeros vapores, como débiles burbujas del légamo
que duerme en el fondo de toda infancia y se remonta á la superficie con las
fermentaciones de la juventud.
Su padre adivinaba una parte de esta vida
imaginativa al ver sus juegos y lecturas.
—¡Ah, comediante!... ¡Ah, historiero!... Eres igual
á tu padrino.
Decía esto con una sonrisa ambigua en la que
entraban igualmente su menosprecio por los idealismos inútiles y su respeto á
los artistas; un respeto semejante á la veneración que sienten los árabes por
los locos, viendo en su demencia un regalo de Dios.
Doña Cristina ansiaba que este hijo único, objeto
de mimos y cuidados como un príncipe heredero, fuese sacerdote. ¡Verle cantar
la primera misa!... Luego canónigo; luego prelado. ¡Quién sabe si, cuando ella
no existiese, otras mujeres le admirarían precedido de una cruz de oro,
arrastrando el manto rojo de cardenal-arzobispo, rodeado de un estado mayor de
sobrepellices, y envidiarían á la madre que había dado á luz este magnate
eclesiástico!...
Para guiar las aficiones de su hijo había instalado
una iglesia en uno de los salones inútiles del caserón. Los compañeros de
colegio de Ulises acudían en las tardes libres, atraídos doblemente por el
encanto de «jugar á los curas» y por la merienda generosa que preparaba doña
Cristina para dejar satisfecho á todo el clero parroquial.
La solemnidad empezaba por el furioso volteo de
unas campanas montadas en una puerta del salón. Los clientes del notario,
sentados en el entresuelo en espera de los papeles que acababan de garrapatear
á toda prisa los escribientes, levantaban la cabeza con asombro. El metálico
estrépito hacía temblar aquel edificio, cuyos rincones parecían repletos de
silencio, y conmovía la calle, por la que sólo de tarde en tarde pasaba un
carruaje.
Mientras unos encendían las velas del altar y
desdoblaban los sagrados manteles con primorosas randas, obra de doña Cristina,
el hijo y sus amigos más íntimos se revestían á la vista de los fieles,
cubriéndose con albas y doradas casullas, colocando en sus cabezas graciosos
bonetes. La madre, que espiaba detrás de una puerta, tenía que hacer esfuerzos
para no entrar y comerse á besos á Ulises. ¡Con qué gracia imitaba los gestos y
genuflexiones del sacerdote principal!...
Hasta aquí todo iba perfectamente. Cantaban á pleno
pulmón los tres oficiantes junto á la pirámide de luces, y el coro de fieles
respondía desde el fondo de la pieza con temblores de impaciencia. De pronto
surgía la protesta, el cisma, la herejía. Ya habían hecho bastante de
capellanes los que estaban en el altar. Debían ceder las casullas á los que
miraban, para que, á su vez, ejerciesen el sagrado ministerio. Esto era lo
tratado. Pero el clero se resistía al despojo con la altivez y la majestad de
los derechos adquiridos, y las manos impías tiraban de las santas vestiduras,
profanándolas hasta rasgarlas. Gritos, coces, imágenes y cirios por el suelo,
escándalo y abominación, como si ya hubiese nacido el Anticristo. La prudencia
de Ulises ponía término á la lucha. «¿Si fuésemos á jugar al pòrche?...»
El pòrche era el inmenso desván
del caserón. Todos aceptaban con entusiasmo. ¡Se acabó la iglesia! Y como una
bandada de pájaros, volaban escalera arriba, sobre unos peldaños de azulejos
multicolores con redondeles de barniz saltado que mostraban la roja pasta del
ladrillo. Los ceramistas valencianos del siglo XVIII los habían ornado con
galeras berberiscas y cristianas, aves de la cercana Albufera, cazadores de
blanca peluca que ofrecían flores á una labradora, frutas de todas clases y
briosos jinetes cabalgando en caballos como la mitad de su cuerpo ante casas y
árboles que apenas llegaban á las rodillas del corcel.
Se esparcía el ruidoso grupo por el último piso
como las más horrendas invasiones de la Historia. Gatos y ratas huían por igual
á los rincones. Los pájaros, despavoridos, salían como flechas por los
tragaluces del techo.
¡Pobre notario!... Jamás había vuelto con las manos
vacías cuando era llamado fuera de la ciudad por la confianza de los labriegos
ricos, incapaces de creer en otra ciencia jurídica que no fuese la suya. Era el
tiempo en que los comerciantes de antigüedades no habían descubierto aún la
rica Valencia, donde la gente popular se vistió de seda durante siglos, y
muebles, ropas y cacharros parecían impregnarse de la luz de un sol siempre
igual, del azul de un ambiente siempre sereno.
Don Esteban, que se creía obligado á ser anticuario
en su calidad de individuo de varias sociedades regionales, iba llenando su
casa con los restos del pasado adquiridos en los pueblos ó que le ofrecían
espontáneamente sus clientes. No encontraba ya para los cuadros paredes libres,
ni espacio en sus salones para los muebles. Por esto las nuevas adquisiciones
tomaban el camino del pòrche, provisionalmente, en espera de una
instalación definitiva. Años después, cuando al retirarse de la profesión
pudiera construir un castillo medioeval—todo lo medioeval que fuese posible—en
las costas de la Marina, junto al pueblo donde había nacido, colocaría cada
objeto en un lugar digno de su importancia.
Lo que el notario iba dejando en las habitaciones
del primer piso aparecía misteriosamente en el desván, como si le hubiesen
salido patas. Doña Cristina y sus sirvientas, obligadas á vivir en continua
pelea con el polvo y las telarañas de un edificio que se desmenuzaba poco á
poco, sentían un odio feroz contra todo lo viejo.
Arriba no eran posibles las desavenencias y
batallas de los muchachos por falta de disfraces. No tenían mas que hundir sus
manos en cualquiera de los arcones que latían con sordo crepitamiento de
carcoma, y cuyos hierros, calados como encajes, se desclavaban de la madera.
Unos blandían espadines de puños de nácar ó largas tizonas, luego de envolverse
en capas de seda carmesí obscurecidas por los años. Otros se echaban en hombros
colchas de brocado venerables, faldas de labradora con gruesas flores de oro, guardainfantes
de rico tejido que crujían como papel.
Cuando se cansaban de imitar á los cómicos con
ruidoso choque de espadas y caídas de muerte, Ulises y otros amantes de la
acción proponían el juego de «ladrones y alguaciles». Los ladrones no podían ir
vestidos con ricas telas, su uniforme debía ser modesto. Y revolvían unos
montones de trapos de colores apagados que parecían arpilleras. En las diversas
manchas de su tejido se adivinaban piernas, brazos, cabezas, ramajes de un
verde metálico.
Don Esteban había encontrado estos fragmentos rotos
ya por los labradores para tapar tinajas de aceite ó servir de mantas á las
mulas de labor. Eran pedazos de tapices copiados de cartones del Ticiano y de
Rubens. El notario los guardaba únicamente por respeto histórico. El tapiz
carecía entonces de mérito, como todas las cosas que abundan. Los roperos de
Valencia tenían en sus almacenes docenas de paños de la misma clase, y al
llegar la fiesta del Corpus cubrían con ellos las vallas de los terrenos sin
edificar en las calles seguidas por la procesión.
Otras veces, Ulises repetía el mismo juego con el
título de «indios y conquistadores». Había encontrado en los montones de libros
almacenados por su padre un volumen que relataba, á dos columnas, con
abundantes grabados en madera, las navegaciones de Colón, las guerras de Hernán
Cortés, las hazañas de Pizarro.
Este libro influyó en el resto de su existencia.
Muchas veces, siendo hombre, encontró su imagen latente en el fondo de sus
actos y sus deseos. En realidad, sólo había leído algunos fragmentos. Para él
lo interesante eran los grabados, más dignos de su admiración que todos los
cuadros del desván.
Con la punta de su estoque trazaba en el suelo una
línea, lo mismo que Pizarro en la isla del Gallo ante sus desalentados
compañeros, prontos á desistir de la conquista. «Que todo buen castellano pase
esta raya...» Y los buenos castellanos—una docena de pilluelos con largas capas
y tizonas, cuya empuñadura les llegaba á la boca—venían á agruparse en torno
del caudillo, que imitaba los gestos heroicos del conquistador. Luego surgía el
grito de guerra: «¡Sus, á los indios!»
Estaba convenido que los indios debían huir: para
eso iban envueltos modestamente en un trozo de tapiz y llevaban en la cabeza
plumas de gallo. Pero huían traidoramente, y al verse sobre vargueños, mesas y
pirámides de sillas, empezaban á disparar volúmenes contra sus perseguidores.
Venerables libros de piel con dorados suaves, infolios de blanco pergamino, se
abrían al caer en el suelo, rompiéndose sus nervios, esparciendo una lluvia de
páginas impresas ó manuscritas, de amarillentos grabados, como si soltasen la
sangre y las entrañas, cansados de vivir.
El escándalo de estas guerras de conquista atrajo
la intervención de doña Cristina. Ya no quiso admitir más á unos diablos que
preferían las gritonas aventuras del desván á las delicias místicas de la
abandonada capilla. Los indios eran los más dignos de execración. Para
compensar la humildad de su papel con nuevos esplendores, habían acabado por
meter sus tijeras pecadoras en tapices enteros, cortándose varias dalmáticas de
modo que les cayese sobre el pecho una cabeza de héroe ó de diosa.
Ulises, al quedar sin compañeros, encontró un nuevo
encanto á la vida en el desván. El silencio poblado de chasquidos de maderas y
correteos de animales invisibles, la caída inexplicable de un cuadro ó de unos
libros apilados, le hacían paladear una sensación de miedo y de misterio
nocturnos bajo los chorros de sol que entraban por los tragaluces.
En esta soledad se encontraba mejor. Podía poblarla
á su capricho. Le estorbaban los seres reales, como los inoportunos ruidos que
despiertan de un ensueño hermoso. El desván era un mundo con varios siglos de
existencia, que le pertenecía por entero y se plegaba á todas sus fantasías.
Metido en un cofre sin tapa, lo hacía balancearse,
imitando con la boca los rugidos de la tempestad. Era una carabela, un galeón,
una nave, tal como los había visto en los viejos libros: las velas con leones y
crucifijos pintados, un castillo en la popa y un figurón tallado en el avante,
que se hundía en las olas para reaparecer chorreando.
El cofre, en fuerza de empujones, abordaba la costa
tallada á pico de un arcón, el golfo triangular de dos cómodas, la blanda playa
de unos fardos de telas. Y el navegante, seguido de una tripulación tan
numerosa como irreal, saltaba á tierra tizona en mano, escalando unas montañas
de libros, que eran los Andes, y agujereaba varios volúmenes con el regatón de
una lanza vieja para plantar su estandarte. ¿Por qué no había de ser
conquistador?...
Inútilmente acudían á su memoria fragmentos de
conversación entre su padrino y su padre, según los cuales todo era conocido en
la superficie de la tierra. Algo, sin embargo, quedaría por descubrir. El era
el punto de encuentro de dos líneas de marinos. Los hermanos de su madre tenían
barcos en la costa de Cataluña. Los abuelos de su padre habían sido valerosos y
obscuros navegantes, y allá en la Marina estaba su tío el médico, un verdadero
hombre de mar.
Al fatigarse de estas orgías imaginativas,
contemplaba los retratos de diversas épocas almacenados en el desván. Prefería
los de mujeres: damas de melena corta y rizada, con un lazo en una sien, como
las que pintó Velázquez, caras largas del siglo siguiente, con boca de cereza,
dos lunares en las mejillas y una torre de pelo blanco. El recuerdo de la
basilisa parecía esparcirse por estos cuadros. Todas las damas tenían algo de
ella.
Entre los retratos de hombres había un obispo que
le molestaba por su edad absurda. Era casi de sus años; un obispo adolescente,
con ojos imperiosos y agresivos. Estos ojos le inspiraban cierto pavor, y por
lo mismo decidió acabar con ellos: «¡Toma!» Y clavó su espada en el viejo
cuadro, añadiendo á sus desconchados dos agujeros en el lugar de las pupilas.
Todavía, para mayor remordimiento, añadió unas cuantas cuchilladas... En la
misma noche, estando su padrino invitado á cenar, el notario habló de cierto retrato
adquirido meses antes en las inmediaciones de Játiva, ciudad que miraba con
interés por haber nacido los Borgia en una aldea cercana. Los dos hombres eran
de la misma opinión. Aquel prelado casi infantil no podía ser otro que César
Borgia, nombrado arzobispo de Valencia, por su padre el Papa, cuando tenía diez
y seis años. Un día que estuviesen libres examinarían con detenimiento el
retrato... Y Ulises, bajando la cabeza, sintió que se le atragantaban los
bocados.
Ir á casa del padrino representaba para él un
placer más intenso y palpable que los juegos solitarios del desván. El abogado
don Carmelo Labarta se mostraba ante sus ojos como la personificación de la
vida ideal, de la gloria de la poesía. El notario hablaba de él con entusiasmo,
compadeciéndole al mismo tiempo.
—¡Ese don Carmelo!... El primer civilista de
nuestra época. A espuertas podría ganar el dinero, pero los versos le atraen
más que los pleitos.
Ulises entraba en su despacho con emoción. Sobre
las filas de libros multicolores y dorados que cubrían las paredes veía unas
cabezotas de yeso, con frentes de torre y ojos huecos que parecían contemplar
la nada inmensa.
El niño repetía sus nombres como un pedazo de
santoral, desde Homero á Víctor Hugo. Después buscaba con su vista otra cabeza
igualmente gloriosa, aunque menos blanca, con las barbas rubias y entrecanas,
la nariz rubicunda y unas mejillas herpéticas que en ciertos momentos echaban á
volar las películas de su caspa. Los ojos dulces del padrino, unos ojos
amarillos moteados de pepitas negras, acogían á Ulises con el amor de un
solterón que se hace viejo y necesita inventarse una familia. El era quien le
había dado en la pila bautismal su nombre, que tanta admiración y risa
despertaba en los compañeros de colegio; él quien le había contado muchas veces
las aventuras del navegante rey de Itaca con la paciencia de un abuelo que
relata á su nieto la vida del santo onomástico.
Luego, el muchacho consideraba con no menos
devoción todos los recuerdos de gloria que adornaban la casa: coronas de hojas
de oro, copas argentinas, desnudeces marmóreas, placas de diversos metales
sobre fondo de peluche, en las que brillaba imperecedero el nombre del poeta
Labarta. Todo este botín lo había conquistado á punta de verso en los
certámenes, como guerrero incansable de las letras.
Al anunciarse unos Juegos Florales temblaban los
competidores, temiendo que al gran don Carmelo se le ocurriese apetecer alguno
de los premios. Con asombrosa facilidad se llevaba la flor natural destinada á
la oda heroica, la copa de oro del romance amoroso, el par de estatuas
dedicadas al más completo estudio histórico, el busto de mármol para la mejor
leyenda en prosa, y hasta el «bronce de arte» recompensa del estudio
filológico. Los demás sólo podían aspirar á las sobras.
Por fortuna, se había confinado en la literatura
regional, y su inspiración no admitía otro ropaje que el del verso valenciano.
Fuera de Valencia y sus pasadas glorias, sólo la Grecia merecía su admiración.
Una vez al año le veía Ulises puesto de frac, con el pecho constelado de
condecoraciones y una cigarra de oro en la solapa, distintivo de los felibres
de Provenza.
Era que se iba á celebrar la fiesta de la
literatura lemosina, en la que desempeñaba siempre un primer papel: vate
premiado, discurseante, ó simple ídolo, al que tributaban sus elogios otros
poetas, clérigos dados á la rima, encarnadores de imágenes religiosas,
tejedores de seda que sentían perturbada la vulgaridad de su existencia por el
cosquilleo de la inspiración; toda una cofradía de vates populares, ingenuos y
de estro casero, que recordaban á los Maestros Cantores de las viejas ciudades
alemanas.
Labarta, después de transcurridos doscientos años,
no había llegado á perdonar á Felipe V, déspota francés que reemplazó á los
déspotas austriacos. El había suprimido los fueros de Valencia. «¡Borbón,
maldito seas!...» Pero se lo decía en verso y en lemosín, circunstancias
atenuantes que le permitían ser partidario de los sucesores de Felipe el
Maldito y haber figurado por unos meses como diputado mudo del gobierno.
Su ahijado se lo imaginaba á todas horas con una
corona de laurel en las sienes, lo mismo que aquellos poetas misteriosos y
ciegos cuyos retratos y bustos ornaban la biblioteca. Veía perfectamente su
cabeza limpia de tal adorno, pero la realidad perdía todo valor ante la firmeza
de sus concepciones. Su padrino debía llevar corona cuando él no estaba
presente. Indudablemente la llevaba á solas, como un gorro casero.
Otro motivo de admiración eran los viajes del
grande hombre. Había vivido en el lejano Madrid—escenario de casi todas las
novelas leídas por Ulises—, y cierta vez hasta había pasado la frontera,
lanzándose audazmente por un país remoto titulado el Mediodía de Francia, para
visitar á otro poeta que él llamaba «mi amigo Mistral». Su imaginación, pronta
é ilógica en sus decisiones, envolvía al padrino en un halo de interés heroico
semejante al de los conquistadores.
Al sonar las campanadas de las doce, Labarta, que
no admitía informalidades en asuntos de mesa, se impacientaba, cortando el
relato de sus viajes y triunfos.
—¡Doña Pepa! Aquí tenemos al convidado.
Doña Pepa era el ama de llaves, la compañera del
grande hombre, que llevaba quince años atada al carro de su gloria. Se
entreabría un cortinaje, y avanzaba una pechuga saliente sobre un abdomen
encorsetado con crueldad. Después, mucho después, aparecía un rostro blanco y
radiante, una cara de luna. Y mientras saludaba al pequeño Ulises con su
sonrisa de astro nocturno, seguía entrando y entrando el complemento dorsal de
su persona, cuarenta años carnales, frescos, exuberantes, inmensos.
El notario y su esposa hablaban de doña Pepa como
de una persona familiar, pero el niño nunca la había visto en su casa. Doña
Cristina elogiaba sus cuidados con el poeta, pero desde lejos y sin deseos de
conocerla. Don Esteban excusaba al grande hombre.
—¡Qué quieres!... Es un artista, y los artistas no
pueden vivir como Dios manda. Todos, por serios que parezcan, son en el fondo
unos perdidos. ¡Qué lástima! Un abogado tan eminente... ¡El dinero que podría
ganar!...
Las lamentaciones del padre abrieron nuevos
horizontes á la malicia del pequeño. De un golpe abarcó el móvil principal de
nuestra existencia, que hasta entonces sólo había columbrado envuelto en
misterios. Su padrino tenía relaciones con una mujer; era un enamorado como los
héroes de las novelas. Recordó muchas de sus poesías valencianas, todas
dirigidas á una dama; unas veces cantando su belleza con la embriaguez y la
noble fatiga de una reciente posesión; otras quejándose de su desvío,
pidiéndole la entrega de su alma, sin la cual no es nada la limosna del cuerpo.
Ulises se imaginó una gran señora, hermosa como
doña Constanza. Cuando menos, debía ser marquesa. Su padrino bien merecía esto.
Y se imaginó igualmente que sus encuentros debían ser por la mañana, en uno de
los huertos de fresas inmediatos á la ciudad, adonde le llevaban sus padres á
tomar chocolate después de oír la primera misa en los amaneceres dominicales de
Abril y Mayo.
Mucho después, cuando sentado á la mesa del padrino
sorprendió cruzándose sobre su cabeza las sonrisas de éste y el ama de llaves,
llegó á sospechar si doña Pepa sería la inspiradora de tanto verso lacrimoso y
entusiástico. Pero su buena fe se encabritaba ante tal suposición. No, no era
posible; forzosamente debía existir otra.
El notario, que llevaba largos años de amistad con
Labarta, pretendía dirigirle con su espíritu práctico, siendo el lazarillo de
un genio ciego. Una renta modesta heredada de sus padres bastaba al poeta para
vivir. En vano le proporcionó su amigo pleitos que representaban enormes
cuentas de honorarios. Los autos voluminosos se cubrían de polvo en la mesa, y
don Esteban había de preocuparse de las fechas, para que el abogado no dejase
pasar los términos del procedimiento.
Su hijo, su Ulises, sería otro hombre. Le veía gran
civilista, como su padrino, pero con una actividad positiva heredada del padre.
La fortuna entraría por sus puertas como una ola de papel sellado.
Además, podía poseer igualmente el estudio
notarial, oficina polvorienta, de muebles vetustos y grandes armarios con
puertas alambradas y cortinillas verdes, tras de las cuales dormían los
volúmenes del protocolo envueltos en becerro amarillento, con iniciales y
números en los lomos. Don Esteban sabía bien lo que representaba su estudio.
—No hay huerto de naranjos—decía en los momentos de
expansión—, no hay arrozal que dé lo que da esta finca. Aquí no hay heladas, ni
vendaval, ni inundaciones.
La clientela era segura; gentes de Iglesia, que
llevaban tras de ellas á los devotos, por considerar á don Esteban como de su
clase, y labradores, muchos labradores ricos. Las familias acomodadas del
campo, cuando oían hablar de hombres sabios, pensaban inmediatamente en el
notario de Valencia. Le veían con religiosa admiración calarse las gafas para
leer de corrido la escritura de venta ó el contrato dotal que sus amanuenses
acababan de redactar. Estaba escrito en castellano y lo leía en valenciano, sin
vacilación alguna, para mejor inteligencia de los oyentes. ¡Qué hombre!...
Después, mientras firmaban las partes contratantes,
el notario, subiéndose los vidrios á la frente, entretenía á la reunión con
algunos cuentos de la tierra, siempre honestos, sin alusiones á los pecados de
la carne, pero en los que figuraban los órganos digestivos con toda clase de
abandonos líquidos, gaseosos y sólidos. Los clientes rugían de risa, seducidos
por esta gracia escatológica, y reparaban menos en la cuenta de honorarios.
¡Famoso don Esteban!... Por el placer de oírle habrían hecho una escritura
todos los meses.
El futuro destino del príncipe de la notaría era
objeto de las conversaciones de sobremesa en días señalados, cuando estaba
invitado el poeta.
—¿Qué deseas ser?—preguntaba Labarta á su ahijado.
Los ojos de la madre imploraban al pequeño con
desesperada súplica: «Di arzobispo, rey mío.» Para la buena señora, su hijo no
podía debutar de otro modo en la carrera de la Iglesia.
El notario hablaba, por su parte, con seguridad,
sin consultar al interesado. Sería un jurisconsulto eminente; los miles de
duros rodarían hacia él como si fuesen céntimos; figuraría en las solemnidades
universitarias con una esclavina de raso carmesí y un birrete chorreando por
sus múltiples caras la gloria hilada del doctorado. Los estudiantes escucharían
respetuosos al pie de su cátedra. ¡Quién sabe si le estaba reservado el
gobierno de su país!...
Ulises interrumpía estas imágenes de futura
grandeza:
—Quiero ser capitán.
El poeta aprobaba. Sentía el irreflexivo entusiasmo
de todos los pacíficos, de todos los sedentarios, por el penacho y el sable. A
la vista de un uniforme, su alma vibraba con la ternura amorosa del ama de cría
que se ve cortejada por un soldado.
—¡Muy bien!—decía Labarta—. ¿Capitán de qué?... ¿De
artillería?... ¿De Estado Mayor?
Una pausa.
—No; capitán de buque.
Don Esteban miraba el techo, alzando las manos.
Bien sabía él quién era el culpable de esta disparatada idea, quién metía tales
absurdos en la cabeza de su hijo.
Y pensaba en su hermano el médico, que vivía
retirado en la casa paterna, allá en la Marina, un hombre excelente pero algo
loco, al que llamaban el Dotor las gentes de la costa y el
poeta Labarta apodaba el Tritón.
MATER ANFITRITA
Cuando de tarde en tarde aparecía el Tritón en
Valencia, la hacendosa doña Cristina modificaba el régimen alimenticio de la
familia.
Este hombre sólo comía pescado. Y su alma de esposa
económica temblaba angustiosamente al pensar en los precios extraordinarios que
alcanza la pesca en un puerto de exportación.
La vida en aquella casa, donde todo marchaba
acompasadamente, sufría graves perturbaciones con la presencia del médico. Poco
después de amanecer, cuando sus habitantes saboreaban los postres del sueño,
oyendo adormecidos el rodar de los primeros carruajes y el campaneo de las
primeras misas, sonaban rudos portazos y unos pasos de hierro hacían crujir la
escalera. Era el Tritón, que se echaba á la calle incapaz de
permanecer entre cuatro paredes así que apuntaba la luz. Siguiendo las
corrientes de la vida madrugadora llegaba al Mercado, deteniéndose ante los
puestos de flores, donde era más numerosa la afluencia femenina.
Los ojos de las mujeres iban hacia él
instintivamente, con una expresión de interés y de miedo. Algunas enrojecían al
alejarse, imaginando contra su voluntad lo que podría ser un abrazo de este
coloso feo é inquietante.
—Es capaz de aplastar una pulga sobre el
brazo—decían los marineros de su pueblo para ponderar la dureza de sus bíceps.
Su cuerpo carecía de grasa. Bajo la morena piel
sólo se marcaban rígidos tendones y salientes músculos; un tejido hercúleo del
que había sido eliminado todo elemento incapaz de desarrollar fuerza. Labarta
le encontraba una gran semejanza con las divinidades marinas. Era Neptuno antes
de que le blanquease la cabeza; Poseidón tal como le habían visto los primeros
poetas de Grecia, con el cabello negro y rizoso, las facciones curtidas por el
aire salino, la barba anillada, con dos rematas en espiral que parecían
formados por el goteo del agua del mar. La nariz algo aplastada por un golpe
recibido en su juventud, y los ojos pequeños, oblicuos y tenaces, daban á su
rostro una expresión de ferocidad asiática. Pero este gesto se esfumaba al
sonreír su boca dejando visibles los dientes unidos y deslumbrantes, unos
dientes de hombre de mar, habituado á alimentarse con salazón.
Caminaba los primeros días por las calles
desorientado y vacilante. Temía á los carruajes; le molestaba el roce de los
transeúntes en las aceras. Se quejaba del movimiento de una capital de
provincia, encontrándolo insufrible, él, que había visitado los puertos más
importantes de los dos hemisferios. Al fin emprendía instintivamente el camino
del puerto en busca del mar, su eterno amigo, el primero que le saludaba todas
las mañanas al abrir la puerta de su casa allá en la Marina.
En estas excursiones le acompañaba muchas veces su
sobrino. El movimiento de los muelles tenía para él cierta música evocadora de
su juventud, cuando navegaba como médico de trasatlántico; chirridos de grúas,
rodar de carros, melopeas sordas de los cargadores.
Sus ojos recibían igualmente una caricia del pasado
al abarcar el espectáculo del puerto: vapores que humeaban, veleros con sus
lonas tendidas al sol, baluartes de cajones de naranjas, pirámides de cebollas,
murallas de sacos de arroz, compactas filas de barricas de vino panza contra
panza. Y saliendo al encuentro de estas mercancías que se iban, los rosarios de
descargadores alineaban las que llegaban: colinas de carbón procedentes de
Inglaterra; sacos de cereales del mar Negro; bacalaos de Terranova, que sonaban
como pergaminos al caer en el muelle, impregnando el ambiente de polvo de sal;
tablones amarillentos de Noruega, que conservaban el perfume de los bosques
resinosos.
Naranjas y cebollas caídas de los cajones se
corrompían bajo el sol, esparciendo sus jugos dulces y acres. Saltaban los
gorriones en torno de las montañas de trigo, escapando con medroso aleteo al
oír pasos. Sobre la copa azul del puerto trenzaban sus interminables
contradanzas las gaviotas del Mediterráneo, pequeñas, finas y blancas como
palomas.
El Tritón iba enumerando á su
sobrino las categorías y especialidades de los buques. Y al convencerse de que
Ulises era capaz de confundir un bergantín con una fragata, rugía
escandalizado:
—Entonces, ¿qué diablos os enseñan en el
colegio?...
Al pasar junto á los burgueses de Valencia sentados
en los muelles caña en mano, lanzaba una mirada de conmiseración al fondo de
sus cestas vacías. Allá en su casa de la costa, antes de que se elevase el sol
ya tenía él en el fondo de la barca con qué comer toda una semana. ¡Miseria de
las ciudades!
De pie en los últimos peñascos de la escollera,
tendía la vista sobre la inmensa llanura, describiendo á su sobrino los
misterios ocultos en el horizonte. A su izquierda—más allá de los montes azules
de Oropesa que limitaban el golfo valenciano—veía imaginativamente la opulenta
Barcelona, donde tenía numerosos amigos; Marsella, prolongación de Oriente
clavada en Europa; Génova, con sus palacios escalonados en colinas cubiertas de
jardines. Luego su vista se perdía en el horizonte abierto frente á él. Este camino
era el de la dichosa juventud.
Marchando en línea recta encontraba á Nápoles, con
su montaña de humo, sus músicas y sus bailarinas morenas de pendientes de aro.
Más allá, las islas de Grecia; en el fondo de una calle acuática,
Constantinopla; y á continuación, bordeando la gran plaza líquida del mar
Negro, una serie de puertos donde los argonautas olvidaban sus orígenes,
sumidos en un hervidero de razas, acariciados por el felinismo de las eslavas,
la voluptuosidad de las orientales y la avidez de las hebreas.
A su derecha estaba África. Veía los puertos
egipcios, con su corrupción tradicional que empieza á removerse y croquear como
un pantano fétido apenas desciende el sol; Alejandría, en cuyos cafetuchos
bailan las falsas almeas sin más ropas que un pañuelo en la mano, y cada mujer
es de una nación diferente, y suenan á coro todos los idiomas de la tierra...
Los ojos del médico se apartaban del mar para
convergir en su aplastada nariz. Recordaba una noche de calor egipcio,
aumentado por los ardores del whisky; el roce de las mercenarias
desnudeces; la pelea con otros navegantes rojos y septentrionales; el boxeo á
obscuras, y él, con la cara ensangrentada, huyendo al buque, que
afortunadamente zarpaba al amanecer. Como todos los hombres mediterráneos, no
bajaba á tierra sin llevar el aguijón oculto en el talle, y había pinchado para
abrirse paso.
«¡Qué tiempos!», pensaba el Tritón, con
más nostalgia que remordimiento. Y añadía como excusa: «¡Ay, entonces tenía yo
veinticuatro años!»
Estos recuerdos le hacían volver los ojos á una
mole que avanzaba en el mar, azuleada por la distancia, despegada de la tierra
á la simple vista, como un islote enorme. Era el promontorio coronado por el
Mongó, el gran promontorio Ferrario de los geógrafos antiguos, la punta más
avanzada de la Península en el Mediterráneo inferior, que cierra por el Sur el
golfo de Valencia.
Tenía la forma de una mano cuyas falanges fuesen
montañas, pero le faltaba el pulgar. Los otros cuatro dedos se tendían sobre
las olas, formando los cabos de San Antonio, San Martín, La Nao y Almoraira. En
una de sus ensenadas estaba su pueblo natal y la casa de los Ferragut,
cazadores de piratas moros en otros siglos, contrabandistas á ratos en los
tiempos modernos, navegantes en todas las épocas, tal vez desde que los
primeros caballos de madera aparecieron saltando sobre las espumas que hierven
en el promontorio, desde que llegaron los griegos de Marsella para fundar
Artemisión, la ciudad de la divina Artemis que los latinos llamaron Diana y
tomó definitivamente el nombre de Denia.
En esta casa quería vivir y morir, sin deseos de
ver más tierras, con la repentina inmovilidad que acomete á los vagabundos de
las olas y les hace fijarse sobre un escollo de la costa, lo mismo que un
molusco á una cabellera de algas.
Pronto se cansaba el Tritón de sus
paseos al puerto. El mar de Valencia no era un mar para él. Lo enturbiaban las
aguas del río y de las acequias de riego. Cuando llovía en las montañas de
Aragón, un líquido terroso desaguaba en el golfo, tiñendo las olas de encarnado
y las espumas de amarillo. Además, le era imposible entregarse al placer diario
de la natación. Una mañana de invierno, al empezar á desnudarse en la playa, la
gente corrió como atraída por un fenómeno. El pescado del golfo tenía para él
un sabor insoportable á légamo.
—Me voy—acababa por decir al notario y su esposa—.
No comprendo cómo podéis vivir aquí.
En una da esas retiradas á la Marina se empeñó en
llevarse á Ulises. Empezaba el estío, el muchacho estaba libre del colegio por
tres meses, y el notario, que no podía alejarse de la ciudad, veraneaba con su
familia en la playa del Cabañal, cortada por acequias malolientes, junto á un
mar despreciable. El pequeño se mostraba paliducho y débil por sus estudios y
cavilaciones. Su tío le haría fuerte y ágil como un delfín. Y á costa de rudas
porfías, pudo arrancárselo á doña Cristina.
Lo primero que admiró Ulises al entrar en la casa
del médico fueron tres fragatas que adornaban el techo del comedor: tres
embarcaciones maravillosas, en las que no faltaban vela, garrucha, cuerda ni
ancla, y que podían hacerse al mar en cualquier momento con una tripulación de
liliputienses.
Eran obra de su abuelo el patrón Ferragut. Deseoso
de libertar á sus dos hijos de la servidumbre marina que pesaba largos siglos
sobre la familia, los había enviado á la Universidad de Valencia para que
fuesen señores de tierra adentro. El mayor, Esteban, apenas terminada su
carrera, obtenía una notaría en Cataluña. El menor, Antonio, se hizo médico por
no contrariar al viejo, pero una vez conseguido el título, entró á prestar sus
servicios en un trasatlántico. Su padre le había cerrado la puerta del mar, y
él entraba por la ventana.
Fué envejeciendo el patrón, completamente solo.
Cuidaba de sus bienes, unas cuantas viñas escalonadas en la costa, á la vista
de la casa. Estaba en frecuente correspondencia con su hijo el notario. De
tarde en tarde llegaba una carta del menor, del predilecto, desde remotos
países que sólo conocía de oídas el viejo navegante mediterráneo. Y las largas
inercias á la sombra de su emparrado, frente al mar azul y luminoso, las
entretenía construyendo sus pequeños buques. Todos ellos eran fragatas de gran
porte y atrevido velamen. Así se consolaba el patrón de no haber mandado en su
vida mas que pesados y robustos laúdes, iguales á las naves de otros siglos, en
los que llevaba vino á Cette ó cargaba cosas prohibidas en Gibraltar y la costa
de África.
Ulises no tardó en darse cuenta de la rara
popularidad que gozaba su tío el Dotor, una popularidad compuesta
de los más antagónicos elementos. Las gentes sonreían al hablar de él, como si
le tuviesen por loco; pero estas sonrisas sólo osaban desplegarse cuando estaba
lejos, pues á todos les inspiraba cierto miedo. Al mismo tiempo lo admiraban
como una gloria local. Había corrido todos los mares, y además tenía su fuerza,
su desordenada y tempestuosa fuerza, terror y orgullo de sus convecinos.
Los mocetones, al ensayar el vigor de sus puños
pulseando con los tripulantes de los buques ingleses que venían á cargar pasas,
evocaban el nombre del médico como un consuelo en caso de derrota.
—¡Si estuviese aquí el Dotor!... Media
docena de ingleses son pocos para él.
No había empresa poderosa, por disparatada que
fuese, de que no le creyeran capaz. Inspiraba la fe de los santos milagrosos y
los capitanes audaces. En algunas mañanas de invierno serenas y asoleadas,
corrían las gentes á la orilla, mirando con ansiedad el mar solitario. Los
veteranos que se calentaban al sol, junto á las barcas en seco, al tender su
vista, habituada al sondeo de los dilatados horizontes, alcanzaban á ver un
punto casi imperceptible, un grano de arena danzando á capricho de las olas.
Todos emitían á gritos sus conjeturas. Era una boya
ó un pedazo de mástil, restos de un lejano naufragio. Para las mujeres era un
ahogado, un cadáver que la hinchazón hacía flotar lo mismo que un odre, luego
de haber permanecido muchos días entre dos aguas...
De pronto surgía una suposición que dejaba
perplejos á todos. «¡Si será el Dotor!» Largo silencio... El pedazo
de madera tomaba la forma de una cabeza; el cadáver se movía. Muchos llegaban á
distinguir el burbujeo de la espuma en torno de su busto, que avanzaba como una
proa, y las vigorosas palas de sus brazos... ¡Sí que era el Dotor!
Se prestaban unos á otros los viejos catalejos para reconocer sus barbas
hundidas en el agua, su rostro contraído por el esfuerzo ó dilatado por los
bufidos.
Y el Dotor pisaba la orilla seca,
desnudo y serenamente impúdico como un dios, dando la mano á los hombres,
mientras chillaban las mujeres llevándose el delantal á un solo ojo, espantadas
y admiradas á la vez de su monstruosidad colgante que esparcía á cada paso una
rociada de gotas.
Todos los cabos del promontorio le inspiraban el
deseo de doblarlos á nado, como los delfines; todas las bahías y ensenadas
necesitaba medirlas con sus brazos, como un propietario que duda de la mensura
ajena y la rectifica para afirmar su derecho de posesión. Era un buque humano
que había cortado con la quilla de su pecho las espumas arremolinadas en los
escollos y las aguas pacíficas, en cuyo fondo chisporrotean los peces entre
ramas nacaradas y estrellas movedizas como flores.
Se había sentado á descansar en las rocas negras
con faldellines de algas que asoman su cabeza ó la hunden, al capricho de la
ola, esperando la noche y el buque ciego que venga á romperse como una cáscara.
Había penetrado lo mismo que un reptil marino en ciertas cuevas de la costa,
lagos adormecidos y glaciales iluminados por misteriosas aberturas, donde la
atmósfera es negra y el agua diáfana, donde el nadador tiene el busto de ébano
y las piernas de cristal. En el curso de estas nataciones comía todos los seres
vivientes que encontraba pegados á las rocas ó moviendo antenas y brazos. El
roce de los grandes peces que huían medrosos, con una violencia de proyectil,
le hacía reír.
En las horas nocturnas pasadas ante los barquitos
del abuelo, Ulises le oyó hablar del Peje Nicolao, un hombre-pez
del estrecho de Mesina, citado por Cervantes y otros autores, que vivía en el
agua manteniéndose de las limosnas de los buques. Su tío era algo pariente
del Peje Nicolao. Otras veces mencionaba á cierto griego que, para
ver á su amante, pasaba á nado todas las noches el Helesponto. Y él, que
conocía los Dardanelos, quería volver allá como simple pasajero, para que no
fuese un poeta llamado Lord Byron el único que hubiese imitado la legendaria
travesía.
Los libros que guardaba en su casa, las cartas
náuticas clavadas en las paredes, los frascos y bocales llenos de bestias y
plantas de mar, y más que todo esto sus gustos, que chocaban con las costumbres
de sus convecinos, le habían dado una reputación de sabio misterioso, un
prestigio de brujo.
Todos los que estaban sanos le tenían por loco,
pero apenas sentían cierto quebranto en su salud, respiraban la misma fe que
las pobres mujeres que permanecían largas horas en casa del Dotor,
viendo á lo lejos su barca, esperando que volviese del mar para enseñarle los
niños enfermos que llevaban en brazos. Tenía sobre los otros médicos el mérito
de no cobrar sus servicios; antes bien, muchos enfermos salían de su casa con
monedas en las manos.
El Dotor era rico, el más rico de
todo el país, ya que no sabía qué hacer de su dinero. Diariamente, su
criada—una vieja que había servido á su padre y conocido á su madre—recibía de
sus manos la pesca necesaria para la manutención de los dos, con una generosidad
regia. El Tritón, que había izado su vela al amanecer, desembarcaba
antes de las once, y la langosta crujía purpúrea sobre las brasas, esparciendo
un perfume azucarado; la olla burbujeaba, espesando su caldo con la grasa
suculenta de la escòrpa; cantaba el aceite en la sartén, cubriendo
la piel rosada de los salmonetes; chirriaban bajo el cuchillo los erizos y las
almejas, derramando sus pulpas todavía vivas en el hervor de la cazuela.
Además, en el corral mugía una vaca de repletas ubres y cacareaban docenas de
gallinas de incansable fecundidad.
La harina amasada por la sirviente y el café espeso
como barro era todo lo que el Tritón adquiría con su dinero.
Si buscaba la botella de aguardiente de caña á la vuelta de una natación, era
para emplear su contenido en frotaciones.
Una vez al año el dinero entraba por sus puertas.
Las muchachas de la vendimia se extendían por la escalinata de sus viñas,
cortando los racimos de grano pequeño y apretado. Luego los tendían á secar en
unos cobertizos llamados riurraus. Así se producía la pasa menuda,
preferida por los ingleses para la confección de sus puddings. La
venta era segura: del mar del Norte venían los buques á buscarla. Y el Tritón,
al ver en sus manos cinco ó seis mil pesetas, quedaba perplejo, preguntándose
interiormente qué puede hacer un hombre con tanto dinero.
—Todo esto es tuyo—dijo á su sobrino al mostrarle
la casa.
Suyos también la barca, los libros y los muebles
antiguos, en cuyos cajones estaba disimulado el dinero con disfraces cándidos
que atraían la atención.
A pesar de verse proclamado dueño de todo lo que le
rodeaba, un despotismo cariñoso y rudo pesó sobre Ulises. Estaba muy lejos su
madre, aquella buena señora que cerraba las ventanas á su paso y no le dejaba
salir sin haberle anudado la bufanda con acompañamiento de besos.
Cuando dormía mejor, creyendo que aún le quedaban
muchas horas á la noche, sentíase despertado por un tirón de pierna violento.
Su tío no podía tocar de otro modo. «¡Arriba, grumete!» En vano protestaba, con
la profunda somnolencia de su juventud... ¿Era ó no era el «gato» de la
embarcación que tenía al médico por capitán y único tripulante?...
Las zarpas del tío lo exponían de pie ante las
bocanadas de aire salitroso que entraban por la ventana. El mar estaba obscuro
y velado por una leve neblina. Brillaban las últimas estrellas con parpadeos de
sorpresa, prontas á huir. En el horizonte plomizo se abría un desgarrón,
enrojeciéndose por momentos, como una herida á la que afluye la sangre. Abajo,
en la cocina, humeaba el café entre dos galletas de marinero. El «gato» de
barca cargaba con varios cestos vacíos. Delante de él marchaba el patrón como un
guerrero de las olas, llevando los remos al hombro. Sus pies marcaban en la
arena una huella rápida. A sus espaldas, el pueblo empezaba á despertar. Sobre
las aguas obscuras se deslizaban como sudarios las velas de los pescadores
huyendo mar adentro.
Dos paladas vigorosas separaban su barca del
pequeño muelle de rocas. Luego iba por las bordas desatando la vela, preparando
las cuerdas, haciendo acostarse la embarcación sobre un flanco bajo sus férreas
plantas. La lona subía chirriante y se hinchaba con blanca convexidad. «Ya
estamos; ahora á correr.»
El agua empezaba á cantar, deslizándose por ambas
caras de la proa. Entre ésta y el borde de la vela veíase un pedazo de mar
negro, y asomando poco á poco sobre su filo, una gran caja roja. La ceja se
convertía en un casquete, luego en un hemisferio, después en un arco árabe
estrangulado por abajo, hasta que al fin se despegaba de la masa líquida lo
mismo que una bomba, derramando fulgores de incendio. Las nubes cenicientas se
ensangrentaban, los peñascos de la costa empezaban á brillar como espejos de cobre.
Se extinguían por la parte de tierra las últimas estrellas. Un enjambre de
peces de fuego coleaba ante la proa, formando un triángulo con el vértice en el
horizonte. La espuma de los promontorios era sonrosada, como si su blancura
reflejase una erupción submarina.
—¡Bòn día!—gritaba el médico á Ulises,
ocupado en calentar sus manos, ateridas por el viento.
Y enternecido por la alegría pueril del amanecer,
lanzaba su voz de bajo á través del marítimo silencio, entonando unas veces
romanzas sentimentales que había oído en su juventud á una tiple de zarzuela
vestida de grumete; repitiendo otras las salomas en valenciano de los
pescadores de la costa, canciones inventadas mientras tiraban de las redes, en
las que se reunían las palabras más indecentes al azar de la rima. En ciertos
recovecos de la costa amainaba la vela, quedando la barca sin otro movimiento que
una lenta rotación en torno de la cuerda del ancla.
Al mirar Ulises el espacio obscurecido por la
sombra del casco, encontraba el fondo tan inmediato, que casi creía alcanzarlo
con la punta de su remo. Las rocas eran como de vidrio. En sus intersticios y
oquedades, las plantas se agitaban con una vida animal y las bestias tenían la
inmovilidad de los vegetales y las piedras. La barca parecía flotar en el aire,
y á través de la atmósfera líquida que envolvía á este mundo del abismo iban
bajando los anzuelos, y un enjambre de peces nadaba y coleaba al encuentro de
la muerte.
Era un chisporroteo de fuegos amarillos, de lomos
azules, de aletas rosadas. Salían de las cuevas plateados y vibrantes como
relámpagos de mercurio; otros nadaban lentamente, panzudos, casi redondos, con
una cota de escamas de oro. Por las pendientes se arrastraban los crustáceos
sobre su doble fila de patas, atraídos por esta novedad que alteraba la calma
mortal de las profundidades submarinas, donde todos persiguen y devoran, para
ser á su vez devorados. Cerca de la superficie flotaban las medusas, sombrillas
vivientes de un blanco opalino, con borde circular lila ó rojo tostado. Debajo
de su cúpula gelatinosa se agitaba la madeja de filamentos que les sirve para
la locomoción, la nutrición y el amor.
No había mas que tirar de los sedales y una nueva
presa caía en la barca. Los cestos se iban llenando. El Tritón y
su sobrino acababan por fatigarse de esta pesca fácil... El sol estaba próximo
á lo más alto de su curva: cada ondulación marina se llevaba un pedazo de la
faja de oro que partía la inmensidad azul. La madera de la barca parecía arder.
—Hemos ganado nuestro jornal—decía el Tritón mirando
al cielo y luego á los cestos—. Ahora un poco de limpieza.
Y despojándose de sus ropas, se arrojaba al mar.
Ulises le veía descender por el centro del anillo de espumas abierto con su
cuerpo. Ahora se daba cuenta de la profundidad de este mundo fantástico,
compuesto de rocas vidriosas, plantas-animales y animales-piedras. El cuerpo
moreno del nadador tomaba, al descender, las transparencias de la porcelana.
Parecía de cristal azulado: una estatua fundida con pasta de espejo de Venecia,
que iba á romperse apenas tocase el fondo.
Caminaba como un dios de la profundidad, arrancando
plantas, persiguiendo con sus manos los relámpagos de bermellón y oro que se
ocultaban en las grietas de las peñas. Transcurrían minutos enteros; se iba á
quedar para siempre abajo; no subiría. El muchacho pensaba con inquietud en la
posibilidad de tener que guiar la barca él solo hasta la costa. De pronto, el
cuerpo de blanco cristal se coloreaba de verde, creciendo y creciendo. Luego
pasaba á ser moreno cobrizo, y aparecía sobre la superficie la cabeza del
nadador dando bufidos, levantando los brazos, que ofrecían al pequeño toda su
cosecha submarina.
—Ahora tú—ordenaba con voz imperiosa.
Resultaban inútiles sus intentos de resistencia. El
tío le insultaba con las peores palabras ó le inducía con promesas de
seguridad. No supo ciertamente si fué él quien se arrojó al agua ó si le
arrancaron de la barca los zarpazos del médico. Pasada la primera sorpresa,
experimentó la impresión del que recuerda algo olvidado. Nadaba
instintivamente, adivinando lo que debía hacer antes de que se lo aconsejase su
maestro. Despertaba en su interior la experiencia ancestral de una serie de
marinos que habían luchado con el mar y algunas veces se quedaron para siempre
en sus entrañas.
El recuerdo de lo que existía más allá de la
blandura golpeada por sus pies le hacía perder de pronto su serenidad. La
imaginación tiraba de él con la pesadumbre de una bala de artillería.
—¡Tío... tío!
Y se agarraba convulsivamente á la dura isla de
músculos barbuda y sonriente. El tío emergía inmóvil, como si clavase en el
fondo sus pies de piedra. Era igual al promontorio cercano que obscurecía y
enfriaba el agua con su sombra de ébano.
Así pasaban las mañanas, dedicados á la pesca y la
natación. Luego, en las tardes, eran las expediciones á pie por los acantilados
de la costa.
El Dotor conocía lo mismo las
alturas del promontorio que sus profundidades. Por senderos de cabra salvaje
subían á las cumbres, desde las que se alcanzaba á ver la isla de Ibiza. A la
salida del sol, la lejana tierra balear parecía una llama de color de rosa
surgiendo de las olas. Otras veces caminaban casi á ras del agua. El Tritón mostró
á su sobrino cavernas olvidadas, en las que se introducía el Mediterráneo con
lentas ondulaciones. Eran á modo de cuadras marítimas, donde podían anclar los
buques, permaneciendo ocultos á todas las miradas. Allí habían escondido muchas
veces sus galeras los berberiscos, para caer inesperadamente sobre un pueblo
cercano.
En una de estas cuevas, sobre un zócalo de
peñascos, vió Ulises un montón de fardos.
—Vámonos—dijo el Dotor—. Cada hombre se
gana la vida como puede.
Cuando tropezaban con el carabinero solitario que
contempla el mar apoyado en su fusil, el médico le ofrecía un cigarro ó le daba
consejos si estaba enfermo. ¡Pobres hombres! ¡Tan mal pagados!... Pero sus
simpatías iban á los otros, á los enemigos de la ley. El era hijo de su mar, y
en el Mediterráneo, héroes y nautas todos habían tenido algo de piratas ó de
contrabandistas. Los fenicios, que difundían con sus navegaciones las primeras
obras de la civilización, se cobraban este servicio llenando sus barcos de
mujeres raptadas, mercancía rica y de fácil transporte.
La piratería y el contrabando formaban el pasado
histórico de todos los pueblos que visitaba Ulises, amontonados unos al abrigo
de un promontorio coronado por un faro, abiertos otros en la concavidad de una
bahía moteada de islotes con cinturas de espuma. Las viejas iglesias tenían
almenas en sus muros y troneras junto á las puertas, para el disparo de
culebrinas y trabucos. El vecindario se refugiaba en ellas cuando las humaredas
de los vigías avisaban un desembarco de piratas de Argel. Siguiendo las sinuosidades
del promontorio, existía una fila de torres rojizas, cada una de ellas con
otras dos iguales á la vista. Esta fila se prolongaba por el Sur hasta el
estrecho de Gibraltar y por el Norte llegaba á Francia.
El médico las había visto iguales en todas las
islas del Mediterráneo occidental, en las costas de Nápoles y en Sicilia. Eran
las fortificaciones de una guerra milenaria, de una pelea de diez siglos entre
moros y cristianos por el dominio del mar azul; lucha de piratería, en la que
los hombres mediterráneos—diferenciados por la religión, pero idénticos en el
alma—habían prolongado hasta principios del siglo XIX las aventuras de la Odisea.
Ferragut había alcanzado á conocer en su pueblo
muchos viejos que en sus mocedades fueron esclavos en Argel. Las ancianas
cantaban aún romances de cautivas en las noches de invierno y hablaban con
pavor de los bergantines berberiscos. Los ladrones del mar tenían pacto con el
demonio, que les avisaba las buenas ocasiones. Si en un monasterio acababan de
profesar hermosas novicias, se conmovían sus puertas á media noche bajo los
hachazos de los demonios barbudos que avanzaban tierra adentro, dejando á sus
espaldas la galera preparada para recibir su flete de carne femenil. Si se
casaba una muchacha de la costa, célebre por su belleza, á la salida de la
iglesia surgían los impíos, disparando sus trabucos y acuchillando á los
hombres sin armas, para llevarse las mujeres con sus ropas de fiesta.
De todo el litoral sólo temían á los navegantes de
la Marina, tan audaces y belicosos como ellos. Cuando osaban atacar sus
caseríos, era porque los marineros estaban en el Mediterráneo y habían ido á su
vez á saquear é incendiar alguna aldea de la costa de África.
El Tritón y su sobrino cenaban
bajo el emparrado en los largos crepúsculos estivales. Después de levantados
los manteles, Ulises manejaba las fragatas de su abuelo, aprendiendo la
nomenclatura de las diversas partes del aparejo y la maniobra del velamen. Algunas
veces permanecían los dos hasta una hora avanzada en el rústico atrio,
contemplando el mar luminoso bajo los esplendores de la luna ó con un tenue
regleteo de luz sideral en las noches lóbregas.
Todo lo que los hombres habían escrito ó soñado
sobre el Mediterráneo lo tenía el médico en su biblioteca, y lo repetía á su
oyente. El mare nostrum de los latinos era para Ferragut una
especie de bestia azul, poderosa y de gran inteligencia, un animal sagrado como
los dragones y las serpientes que adoran ciertas religiones, viendo en ellos
manantiales de vida.
Los ríos que se arrojaban en su seno para renovarlo
eran pocos y de escaso caudal. El Ródano y el Nilo parecían tristes arroyos
comparados con los cursos fluviales de otros continentes que desaguan en los
océanos.
Perdiendo por evaporación tres veces más líquido
que el que le aportan los ríos, este mar asoleado se habría convertido en una
extensión de sal, de no enviarle el Atlántico una rápida corriente de
renovación que se precipitaba por el estrecho de Gibraltar. Debajo de esta
corriente superficial existía otra en sentido opuesto, que devolvía una parte
del Mediterráneo al Océano, por ser más saladas y densas las aguas
mediterráneas que las atlánticas. La marea apenas se hacía sentir en sus
riberas. Su cuenca estaba minada por fuegos subterráneos, que buscaban salidas
extraordinarias por el Vesubio y el Etna y respiraban continuamente por la boca
del Stromboli. Alguna vez estos hervores plutónicos elevaban el suelo, haciendo
surgir, como tumores de lava, nuevas islas sobre las olas.
En su seno existía doble cantidad de especies
animales que en los otros mares, aunque menos numerosas. El atún, cordero
juguetón de sus praderas azules, saltaba sobre la superficie ó pasaba en rebaño
bajo el lomo de las olas. El hombre le tendía la trampa de sus almadrabas en
las costas de España y de Francia, en Cerdeña, el estrecho de Mesina y las
aguas del Adriático. Pero esta carnicería apenas aclaraba sus compactos
escuadrones. Luego de vagar por los recovecos del archipiélago griego, pasaban
los Dardanelos, pasaban el Bósforo, conmoviendo con el hervor de su galopada
invisible los dos callejones acuáticos, y dando la vuelta á la copa del mar
Negro, volvían, diezmados pero impetuosos, á las profundidades del
Mediterráneo.
Formaba el coral rojos bosques inmóviles en el
zócalo submarino de las islas Baleares y en las costas de Nápoles y África. El
ámbar gris se encontraba en los acantilados de Sicilia. Las esponjas crecían en
las aguas tranquilas al abrigo de los peñascos de Mallorca y de las islas
griegas. Hombres desnudos, sin aparato alguno, conteniendo su respiración,
descendían á la profundidad, como en los tiempos primitivos, para arrancar
estos tesoros.
El médico abandonaba su descripción geográfica. Le
atraía más la historia de su mar, que había sido la historia de la
civilización. Primeramente, tribus miserables y escasas vagaban por las costas,
buscando el alimento de los crustáceos arrojados por las olas: una vida
semejante á la de los pueblos rudimentarios que Ferragut había visto en las
islas del Pacífico. Cuando la herramienta de piedra ahuecaba los troncos de los
árboles y los brazos humanos se atrevían á tender el primer cuero ante las
fuerzas atmosféricas, se poblaban rápidamente las costas.
Los templos del interior se reconstruían en los
promontorios, y apuntaban las ciudades marítimas, primeros núcleos de la
civilización presente. En este mar interior habían aprendido los hombres el
arte de navegar. Todos miraban á las olas antes que al cielo. Por el camino
azul habían llegado las maravillas de la vida y de sus entrañas nacían los
dioses. Los fenicios—judíos metidos á navegantes—abandonaban sus ciudades en el
fondo del saco mediterráneo, para esparcir los conocimientos misteriosos de
Egipto y de las monarquías asiáticas por todas las orillas del mar interior.
Luego les reemplazaban los helenos de las repúblicas marítimas.
Para Ferragut, el honor más grande de Atenas era
haber sido una democracia de nautas. Los ciudadanos servían á la patria como
remeros. Todos sus grandes hombres eran oficiales de marina.
—Temístocles y Pericles—añadía—fueron jefes de
escuadra, que luego de mandar buques gobernaron á su país.
Por eso la civilización griega se había esparcido y
hecho inmortal, en vez de achicarse y desaparecer sin fruto, como otras de
tierras adentro. Luego, Roma, la terrestre Roma, para no morir bajo la
superioridad de los navegantes semitas de Cartago, tenía que enseñar el manejo
del remo y el combate en las olas á los labradores del Lacio, legionarios de
mejillas endurecidas por las carrilleras del casco, que no sabían cómo mover
sobre las tablas resbaladizas sus pies de hierro dominadores del mundo.
Las divinidades del mare nostrum inspiraban
al médico una devoción amorosa. Sabía que no habían existido, pero creía en
ellas como poéticos fantasmas de las fuerzas naturales.
El mundo antiguo sólo conocía en hipótesis el
inmenso Océano, dándole la forma de un cinturón acuático en torno de la tierra.
Océano era un viejo dios de luengas barbas y cornuda la cabeza, que vivía en
una caverna submarina con su mujer Tetis y sus trescientas hijas las Oceánidas.
Ningún argonauta se atrevía á ponerse en contacto con estas divinidades
misteriosas. Sólo el grave Esquilo había osado representar á las Oceánidas,
vírgenes verdes y sombrías, llorando en torno del peñón en que estaba encadenado
Prometeo.
Otras deidades más asequibles eran las del mar
interno, en cuyos bordes estaban asentadas las ciudades opulentas de la costa
siria, las ciudades egipcias, que enviaban á Grecia destellos de su
civilización ritual; las ciudades helénicas, hogares de claro fuego que fundían
todos los conocimientos, dándoles una forma eterna; Roma, dominadora del mundo;
Cartago, la de los audaces descubrimientos geográficos; Marsella, que hizo
participar á la Europa occidental de la civilización de los griegos,
derramándola costa abajo, de factoría en factoría, hasta el estrecho de Gades.
Un hermano de las Oceánidas, el prudente Nereo,
reinaba en las profundidades mediterráneas. Este hijo de Océano era de barbas
azules y ojos verdes, con haces de juncos marinos en las cejas y el pecho.
Cincuenta hijas suyas, las Nereidas, llevaban sus órdenes á través de las olas
ó jugueteaban en torno de las naves, enviando al rostro de los remeros la
espuma levantada por sus brazos. Pero los hijos del Tiempo, al vencer á los
gigantes, se repartían el mundo, jugándolo á la suerte. Zeus quedaba dueño de la
tierra, el fatídico Hades reinaba en los abismos plutónicos, y Poseidón se
enseñoreaba de las llanuras azules.
Nereo, monarca desposeído, huía á una caverna del
mar helénico, para vivir la calmosa existencia del filósofo, dando consejos á
los hombres, y Poseidón se instalaba en los palacios de nácar con sus blancos
corceles de cascos de bronce y crines de oro.
Sus ojos amorosos se fijaban en las cincuenta
princesas mediterráneas, las Nereidas, que tomaban sus nombres de los colores y
aspectos de las olas: la Glauca, la Verde, la Rápida, la Melosa... «Ninfas de
los verdes abismos, de rostros frescos como el botón de rosa; vírgenes
aromáticas que tomáis las formas de todos los monstruos que nutre el mar»,
cantaba el himno orfeico en la ribera griega. Y Poseidón distinguía entre todas
á la nereida de la espuma, la blanca Anfitrita, que se negaba á aceptar su amor.
Conocía al nuevo dios. Las costas estaban pobladas
de cíclopes como Polifemo, de monstruos espantables, producto de sus
copulaciones con diosas olímpicas y con simples mortales. Un delfín
complaciente iba y venía llevando recados entre Poseidón y la nereida, hasta
que, rendida por la elocuencia de este proxeneta saltarín de olas, aceptaba
Anfitrita ser esposa del dios, y el Mediterráneo parecía adquirir nueva
hermosura.
Ella era la aurora que asoma sus dedos de rosa por
la inmensa rendija entre el cielo y el mar; la hora tibia del mediodía que
adormece las aguas bajo un manto de oros inquietos; la bifurcada lengua de
espuma que lame las dos caras de la proa rumorosa; el viento cargado de aromas
que hincha la vela como un suspiro de virgen; el beso piadoso que hace
adormecerse al ahogado, sin cólera y sin resistencia, antes de bajar al abismo.
Su marido—Poseidón en las costas griegas y Neptuno
en las latinas—despertaba las tempestades al montar en su carro. Los caballos
de cascos de bronce creaban con su pataleo las olas que tragan á los navíos.
Los tritones de su cortejo lanzaban por sus caracolas los mugidos atmosféricos
que tronchan los mástiles como cañas.
¡Oh, madre Anfitrita!... Ferragut la describía lo
mismo que si hubiese pasado ante sus ojos. Algunas veces, cuando nadaba en
torno de los promontorios, como los hombres primitivos, sintiéndose envuelto
por la fuerza ciega de las potencias naturales, había creído ver á la diosa
desembocando entre dos rocas, con todo su risueño cortejo, luego de haber
descansado en una cueva marina.
Una concha de nácar era su carroza, y seis delfines
tiraban de ella con jaeces de purpúreo coral. Los tritones, sus hijos, llevaban
las riendas. Las náyades, sus hermanas, golpeaban el mar con las escamosas
colas, irguiendo sus troncos de mujer envueltos en la magnificencia de una
cabellera verde, entre cuyos bucles asomaban las copas de los senos con una
gota temblona en el vértice. Unas gaviotas blancas y arrulladoras como las
palomas de Afrodita aleteaban sobre las caricias y los encuentros amorosos de esta
parentela inmortal entregada al sereno incesto, privilegio de los dioses. Y
ella, la soberana, los contemplaba desnuda desde su movible trono, coronada de
perlas y estrellas fosforescentes extraídas del fondo de sus dominios, blanca
como la nube, blanca como la vela, blanca como la espuma, sin más alteración en
su alba majestad que un rubor de rosa húmedo, igual al barniz de las caracolas,
que coloreaba su boca y sus calcañares, el pétalo final de sus pechos y el
botón convexo de su vientre, mar de nacarada tersura, en el que se borraban las
huellas de la maternidad con la misma rapidez que los círculos en el agua azul.
Toda la historia del hombre europeo—cuarenta siglos
de guerras, emigraciones y choques de razas—la explicaba el médico por el deseo
de poseer este mar de marco armonioso, de gozar la transparencia de su
atmósfera y la vivacidad de su luz.
Los hombres del Norte, que necesitan el tronco
ardiente y la bebida alcohólica para defender su vida de las mandíbulas del
frío, pensaban á todas horas en las riberas mediterráneas. Todos sus
movimientos belicosos ó pacíficos eran para descender de las orillas de los
mares glaciales á las playas del mar tibio. Ansiaban la posesión de los campos
donde el sagrado olivo alterna su ancianidad severa con la alegre viña, donde
el pino extiende su cúpula y el ciprés yergue su minarete. Querían soñar bajo
la nieve perfumada de los interminables bosques de naranjos; ser dueños de los
valles abrigados donde el mirto y el jazmín embalsaman el aire salitroso; de
los volcanes mudos que dejan crecer entre sus rocas el áloe y el cacto; de las
montañas de mármol que descienden sus blancas aristas hasta el fondo del mar y
refractan el calor africano emitido por la costa de enfrente.
A las invasiones del Norte había contestado el Sur
con guerras defensivas que llegaban hasta el centro de Europa. Y así
continuaría la Historia, con el mismo flujo y reflujo de oleadas humanas,
peleando los hombres millares de años por dominar ó conservar la copa azul de
Anfitrita.
Los pueblos mediterráneos eran para Ferragut la
aristocracia de la humanidad. El clima poderoso había templado al hombre como
en ninguna otra parte del planeta, dándole una fuerza seca y resistente.
Curtidos y bronceados por una absorción profunda del sol y de la energía del
ambiente, sus navegantes pasaban al estado del metal. Los hombres del Norte
eran más fuertes, pero menos robustos, menos aclimatables que el marino
catalán, el provenzal, el genovés y el griego. Los nautas del Mediterráneo se
establecían en toda tierra como si fuese su casa. Sobre este mar era donde el
hombre había desarrollado sus más altas energías. La Grecia antigua había
convertido en acero la carne humana.
Una exacta semejanza de paisajes y razas aproximaba
á los dos litorales. Las montañas y las flores de ambas orillas eran idénticas.
El catalán, el provenzal y el italiano del Sur tenían más parecido con los
habitantes de la costa africana y del archipiélago griego que con los
connacionales que vivían á sus espaldas, tierra adentro. Esta fraternidad se
había mostrado instintivamente en la guerra milenaria. Los piratas berberiscos,
los marinos genoveses y españoles y los caballeros de Malta se degollaban implacables
sobre las cubiertas de las galeras, y al ser vencedores respetaban la vida del
prisionero, tratándolo caballerosamente. Barbarroja, almirante de ochenta y
cuatro años, llamaba «mi hermano» á Doria, su eterno rival, que tenía cerca de
noventa. El gran maestre de Malta estrechaba la mano del terrible Dragut al
verle cautivo.
El hombre mediterráneo, fijo en las orillas que le
vieron nacer, aceptaba todos los cambios de la Historia, como los moluscos
aguantan las tempestades adheridos al peñasco. Para él, lo único importante era
no perder de vista su mar azul. Español, batía el remo en las liburnas romanas;
cristiano, tripulaba las naves sarracenas en la Edad Media; súbdito de Carlos
V, pasaba, por un azar guerrero, de las galeras de la cruz á las de la media
luna, y llegaba á ser reis de Argel, rico capitán de mar,
haciendo famoso su nombre de renegado.
Los habitantes de la costa valenciana iban con los
moros andaluces, en el siglo VIII, á llevar la guerra al fondo del
Mediterráneo, y se apoderaban de la isla de Creta, dándole el nombre de Candía.
Desde este nido de piratas eran el terror de Bizancio, tomando por asalto á
Salónica y vendiendo como esclavos á los patricios y las damas más principales
del Imperio. Años después, cuando desalojados de Candía regresaban á sus costas
de origen, los aventureros valencianos creaban una población en un valle feraz,
dándole el nombre de la isla lejana, que se transformaba en Gandía.
Todos los tipos del vigor humano habían surgido de
la raza mediterránea, fina, aguzada y seca como el sílex, haciendo el bien y
haciendo el mal siempre en grande, con la exageración de un carácter ardiente
que desconoce la medida y salta de la doblez á los mayores extremos de
generosidad. Ulises era el padre de todos, el héroe cuerdo y prudente, y al
mismo tiempo malicioso y complicado. También lo era el viejo Cadmo, con su
mitra de fenicio y su barba anillada, gran ladrón de mar, que iba esparciendo,
de fechoría en fechoría, el arte de escribir y las primeras nociones del
comercio.
En una de sus islas nacía Hannibal, y veinte siglos
después, en otra de ellas, el hijo de un abogado falto de pleitos se embarcaba
para Francia, sin otro equipaje que un pobre uniforme de cadete, para hacer
famoso su nombre de Napoleón.
Sobre sus olas había navegado Roger de Lauria,
caballero andante de las llanuras marítimas, que pretendía vestir á los peces
con los colores aragoneses. Un visionario de origen obscuro, llamado Colón,
reconocía por su patria á la República de Génova. Un contrabandista de las
costas de Liguria llegaba á ser Massena, el mariscal amado de la Victoria. Y el
último personaje de esta estirpe de héroes mediterráneos que se perdía en los
tiempos fabulosos era un marinero de Niza, simple y romántico, un guerrero de todos
los mares y todos los continentes, llamado Garibaldi, tenor heroico que
proyectaba sobre su siglo el reflejo de su camisa roja, repitiendo en la costa
de Marsala la remota epopeya de los argonautas.
Ferragut resumía los méritos y defectos de los
hombres de su raza. Unos habían sido bandidos y otros santos, pero ninguno
mediocre. Sus empresas más audaces tenían mucho de reflexivo y práctico. Cuando
se dedicaban al negocio, servían al mismo tiempo á la civilización. En ellos,
el héroe y el mercader se mostraban tan unidos, que era imposible discernir
dónde terminaba el uno y empezaba el otro. Habían sido piratas y crueles; pero
los navegantes de los mares brumosos, al imitar los descubrimientos mediterráneos
en otros continentes, no se mostraban más dulces y leales.
Después de estas conversaciones sentía Ulises mayor
estimación por los cacharros viejos y las figurillas borrosas que adornaban el
dormitorio de su tío.
Eran objetos vomitados por el mar: ánforas
recubiertas de valvas de molusco, por un enterramiento submarino de siglos. Las
aguas profundas habían cincelado estos adornos pétreos con extraños arabescos
que hacían pensar en el arte de otro planeta. Y revueltos con los cacharros que
habían guardado el vino y el agua dulce de una liburna naufragada, había
pedazos de maroma endurecida por los infusorios calcáreos, garras de ancla cuyo
hierro se quebraba en láminas rojizas. Varias estatuillas roídas por la sal marina
inspiraban al muchacho tanta admiración como las fragatas del abuelo. Reía y
temblaba ante estos kabiros procedentes de las birremes fenicias ó
cartaginesas, dioses grotescos y terribles que contraían sus carátulas con un
gesto de lujuria y ferocidad.
Algunas de las divinidades marinas, musculosas y
barbudas, tenían un aire de parentesco con su tío. Así debía ser en
determinados momentos. Ulises había escuchado ciertas conversaciones de los
pescadores. Veía además el apresuramiento de las mujeres, sus ojos de inquietud
cuando se encontraban con el médico en un lugar solitario de la costa.
Solamente la presencia del sobrino les hacía recobrar la tranquilidad y
contener su paso.
El mar le enloquecía de vez en cuando con una
ráfaga de furor amoroso. Era Poseidón surgiendo inesperadamente en las riberas
para voltear diosas y mortales. Las hembras corrían asustadas, como corren las
princesas griegas en los vasos pintados, sorprendidas, mientras lavan su ropa,
por la aparición de un tritón en celo. Odiaba el amor entre cuatro paredes.
Necesitaba la Naturaleza libre como fondo de su voluptuosidad; la persecución y
el asalto, lo mismo que en los tiempos primitivos; sentir en sus pies la caricia
de la ola muerta mientras se agitaba sobre su presa rugiendo de pasión, lo
mismo que un monstruo marino.
Algunas noches, á la hora en que los faros
empezaban á perforar la sombra naciente con sus primeras puñaladas de fuego,
sentíase melancólico, y olvidando la diferencia de edad, hablaba á su sobrino
como si fuese un compañero de navegación.
Lamentaba no haberse casado... Ya tendría un hijo
como Ulises. Había conocido mujeres de todos los colores, blancas, rojas,
amarillas, verdes... pero sólo una vez había tropezado con el amor, muy lejos,
al otro lado del planeta, en el puerto de Valparaíso.
Veía aún con la imaginación á su gentil chilena
envuelta en un manto negro, lo mismo que las damas del teatro calderoniano,
mostrando uno solo de sus ojos obscuros y húmedos, pálida, menuda, hablando con
una voz que parecía un quejido.
Gustaba de romanzas y versos, siempre que fuesen
«con mucha tristeza»; y Ferragut se la comía con los ojos mientras ella pulsaba
la guitarra entonando la canción de Malek-Adhel y otras romanzas de «rosas,
suspiros y moros de Granada» que el médico había oído de niño á los barberos de
su país. El simple intento de tornar una de sus manos provocaba en ella una
resistencia poderosa. «Eso, luego...» Estaba pronta á casarse con el godo;
quería ver España... Y el médico hubiese cumplido sus deseos, de no avisarle
una buena alma que á altas horas de la noche entraban por turno otros del país
á oír las romanzas á solas... ¡Ah, las mujeres! Ferragut encontraba agradable
su celibato al acordarse del final de este idilio trasoceánico.
Bien entrado el otoño, tuvo el notario que ir en
persona á la Marina para conseguir que su hermano soltase á Ulises. El muchacho
era de la misma opinión de su tío. ¡Perder las pescas del invierno, las mañanas
frías de sol, el espectáculo de los grandes temporales, por el fútil motivo de
que el Instituto había comenzado sus cursos y él debía estudiar el
bachillerato!...
Al año siguiente, doña Cristina quiso evitar que
el Tritón raptase á su hijo. Sólo malas palabras y arrogancias
matonescas podía aprender en la vieja casa de los Ferragut. Y pretextando la
necesidad de ver á su familia, dejó al notario solo en Valencia, yendo á
veranear con su hijo en la costa de Cataluña, cerca de la frontera de Francia.
Fué el primer viaje importante de Ulises. En
Barcelona conoció á su tío el rico, el talento financiero de la familia Blanes,
un hermano de su madre, propietario de una gran tienda de ferretería situada en
una de las calles húmedas, estrechas y repletas de gentío que desembocan en la
Rambla. Luego conoció á los otros tíos maternos en un pueblo inmediato al cabo
de Creus. Este promontorio con sus costas bravas le recordó el otro donde vivía
el Tritón. También aquí habían fundado una ciudad los primeros
nautas helénicos; también arrojaba el mar ánforas, estatuillas y hierros
petrificados.
Los Blanes habían navegado mucho. Amaban el mar
como su tío el médico, pero con un amor silencioso y frío, apreciándolo menos
por su belleza que por las ganancias que ofrece á los afortunados. Sus viajes
habían sido á América en bergantines de su propiedad, trayendo azúcar de la
Habana y maíz de Buenos Aires. El Mediterráneo sólo era una puerta que
atravesaban distraídamente á la salida y á la vuelta. Ninguno de ellos conocía
á Anfitrita ni de nombre.
Además, no tenían el aspecto desordenado y
romántico del solitario de la Marina, pronto á vivir en el agua como un
anfibio. Eran señores de la costa que, retirados de la navegación, confiaban
sus buques á capitanes que habían sido sus pilotos; burgueses que no
abandonaban la corbata y la gorra de seda, símbolos de su alta posición en el
pueblo natal.
El lugar de tertulia de los ricos era el Ateneo,
sociedad que, á pesar de su título, no ofrecía otras lecturas que dos
periódicos en catalán. Un largo anteojo montado ante la puerta sobre un trípode
enorgullecía á los socios. Les bastaba á los tíos de Ulises aplicar una ceja al
ocular para decir al momento la clase y la nacionalidad del buque que se
deslizaba por la lejana línea del horizonte. Estos veteranos del mar sólo
hablaban de fletes, de miles y miles de duros ganados en otros tiempos con sólo
un viaje redondo, y de la terrible competencia de la marina á vapor.
Ulises esperaba en vano que aludiesen alguna vez á
las nereidas y demás seres poéticos que el médico Ferragut adivinaba en torno
de su promontorio. Los Blanes no habían visto jamás estos seres
extraordinarios. Sus mares sólo contenían peces. Eran hombres fríos, de pocas
palabras, económicos, amigos del orden y de la jerarquía social. Su sobrino
adivinaba en ellos el coraje del hombre de mar, pero sin jactancia ni
acometividad. Su heroísmo era el de los mercaderes, capaces de toda clase de
resignaciones mientras su mercancía no corre riesgo, pero que se convierten en
fieras si alguien atenta contra sus riquezas.
Los socios del Ateneo, todos viejos,
eran los únicos seres masculinos del pueblo. Aparte de ellos, sólo quedaban los
carabineros instalados en el cuartelillo y varios calafates que hacían resonar
sus mazos sobre el casco de una goleta encargada por los hermanos Blanes.
Todos los hombres estaban en el mar. Unos navegaban
hacia América tripulando los bergantines y bric-barcas de la costa catalana.
Los más tímidos é infelices pescaban. Otros, más valientes, ansiosos de rápida
fortuna, hacían el contrabando por la frontera francesa que empezaba á
desarrollar su litoral al otro lado del promontorio.
En el pueblo sólo había mujeres, mujeres por todas
partes: sentadas ante las puertas, haciendo encaje con un colchoncillo
cilíndrico sobre las rodillas, á lo largo del cual tejían los bolillos la tira
de primorosos calados; agrupadas en las esquinas, frente al mar solitario donde
estaban sus hombres, hablando con una nerviosidad eléctrica que estallaba de
pronto en ruidosas tempestades.
Mosén Jòrdi, el cura párroco, era víctima de este
mujerío desbordante, que amargaba su existencia con rivalidades y peleas. El
hombre de Dios amaba la soledad tranquila del mar, y despachaba aprisa su misa
para instalarse cuanto antes en un lugar favorable de la costa con sus cañas y
sus redes.
Nadie como él conocía el motivo de la irritabilidad
femenil que revolucionaba al pueblo. Solas y teniendo que vivir en incesante
contacto, acababan todas ellas por odiarse, como los pasajeros encerrados en un
buque durante largos meses. Además, sus hombres las habían acostumbrado al uso
del café, bebida de navegantes, y buscaban engañar su tedio con sendas tazas
del espeso líquido.
Todas tenían los ojos empañados por un vapor
histérico. Sus labios temblaban en ciertos instantes con una agitación que
parecía reflejar otros estremecimientos inferiores y ocultos. Las manos se
hacían ganchudas, acompañando con movimientos agresivos las vibraciones de una
voz aguda y cortante. Casi todos los días las vecinas de media calle se
peleaban con el resto de la calle, las de medio pueblo contra el resto del
pueblo. Y el buen Mosén Jòrdi, que tenía la libertad de lenguaje de los castos,
la descarada franqueza de los simples, lamentaba á gritos la locura de estas
furias sometidas á su cayado espiritual.
—¡Cuándo volverán los que están en el mar, para que
tengamos paz!... ¡Cuándo dormirán los hombres en sus casas, para que os
hartéis!...
La sabiduría hablaba por su boca. Una tras otra
iban desembarcando las tripulaciones al terminar su viaje redondo. Las calles
quedaban limpias de grupos. Todas las mujeres permanecían ocultas en sus casas
ó se mostraban luego en las puertas, sonriendo, algo flácidas, con la delgadez
placentera del que acaba de salir de un baño caliente. Y el viejo sacerdote,
durante unas semanas, podía pescar en paz, sin tener que separar á tirones los
racimos femeninos, que salían de la pelea con las greñas revueltas, los ojos
amarillos de cólera y la cara chorreando sangre.
Un interés común ponía milagrosamente de acuerdo á
este mujerío cuando vivía solo. Los carabineros registraban las casas, buscando
los fardos de contrabando traídos por los hombres, y las amazonas empleaban su
acometividad nerviosa en el ocultamiento de las mercancías ilegales,
haciéndolas pasar de un escondrijo á otro con astucias de salvaje.
Cuando los soldados del fisco llegaban á sospechar
que los fardos habían ido á refugiarse en el cementerio, sólo encontraban unas
fosas vacías y en el fondo de ellas unos cuantos cigarros entre calaveras que
asomaban empotradas en la tierra. El jefe del cuartelillo no se atrevía á
registrar la iglesia, pero miraba de reojo á Mosén Jòrdi, un bendito capaz de
permitir que escondiesen el tabaco en los altares á trueque de que le dejasen
pescar en paz.
Los ricos vivían con la espalda vuelta al pueblo,
contemplando la extensión azul sobre la cual se arriesgaban las casas de madera
que eran toda su fortuna. En el verano, la vista del Mediterráneo terso y
brillante les hacía recordar los peligros del invierno. Hablaban con un terror
religioso del viento de tierra, el viento de los Pirineos, la «tramontana», que
arrancaba edificios de cuajo y había volcado en la estación próxima trenes
enteros. Además, al otro lado del promontorio empezaba el temible golfo del
León. Sobre su fondo, que no iba más allá de noventa metros, se alborotaban las
aguas á impulsos del vendaval, levantando tantas olas y tan apretadas, que al
chocar unas con otras, no encontrando espacio para caer, se remontaban formando
torres.
Este golfo era el rincón más temible del
Mediterráneo. Los trasatlánticos, al regreso de un viaje feliz al otro
hemisferio, se estremecían con la sensación del peligro, y algunas veces
volvían atrás. Los capitanes que acababan de atravesar el Atlántico fruncían el
ceño con inquietud.
Desde la puerta del Ateneo, los
expertos señalaban las barcas de vela latina que se disponían á doblar el
promontorio. Eran laúdes como los que había mandado el patrón Ferragut,
embarcaciones de Valencia que llevaban vino á Cette y frutas á Marsella. Al ver
al otro lado del cabo la superficie azul del golfo sin más accidentes que una
ondulación larga y pesada prolongándose en el infinito, los valencianos decían
alegremente:
—Pasem de presa, que'l lleó dòrm[1].
Ulises tenía un amigo, el secretario del
Ayuntamiento, único habitante que guardaba en su casa algunos libros. Tratado
por los ricos con cierto menosprecio, buscaba al muchacho, por ser el único que
le oía atentamente.
Adoraba el mare nostrum lo mismo
que el médico Ferragut, pero su entusiasmo no prestaba atención á las naves
fenicias y egipcias que con sus quillas habían arado por primera vez estas
olas. Igualmente saltaba distraído sobre las trirremes griegas y cartaginesas,
las liburnas romanas y las monstruosas galeras de los tiranos de Sicilia,
palacios á remo con estatuas, fuentes y jardines. A él sólo le interesaba el
Mediterráneo de la Edad Media, el de los reyes de Aragón, el mar catalán. Y
como si temiese molestar el orgullo regionalista de su juvenil oyente, el pobre
secretario daba explicaciones.
La llamada marina catalana no era sólo de Cataluña:
pertenecía á los monarcas aragoneses, y entraban en ella todos sus Estados
marítimos. Cuando los reyes formaban una flota, se componía de tres escuadras:
catalana, mallorquina y valenciana. Las atarazanas de Valencia eran célebres
por sus construcciones navales. De ellas salían los mejores navíos de la costa
española. «Galera genovesa y navío catalán», decían los navegantes de la Edad
Media como última expresión del arte naval.
Desde las riberas aragonesas al fondo del mar
Negro, todo el Mediterráneo se veía surcado por los buques de la marina
catalana, que recibían los más diversos nombres. Los ligeros, que se ayudaban
con remos, se llamaban galeas y galiotas, leños, corcias, burcias, taridas,
fustas mancas, xuseres y saetias. Unos eran de ligna alsata, ó sea
con altas bandas; otros, de ligna plana, ó cubierta corrida. Para
las navegaciones largas á Berbería y Oriente estaban los guarapos, xalandros,
buscios, nizardos, bajeles y cocas. La cabida de estos buques se marcaba por
salmas, botas y cántaros, que equivalían á las modernas toneladas. La coca era
el navío de línea para los grandes combates y los cargamentos importantes. Las
había de dos ó tres cubiertas, y las armadas en guerra se llamaban
encastilladas, por sus dos castillos á proa y á popa. Además, cubrían su casco
sobre la línea de flotación con cueros vacunos, excelente coraza para evitar el
«fuego griego», botes de materias inflamables que eran la artillería de
entonces.
Roger de Lauria y Conrado Lanza habían venido de la
Italia aragonesa á formarse como hombres de mar en la marina catalana.
Génova y Venecia, enriquecidas por las Cruzadas y
dueñas de numerosas factorías en Oriente, veían nacer con inquietud esta
tercera potencia mediterránea. La coca catalana anclaba junto á sus naves en
los puertos de Egipto, en la marina de Trebisonda, en el frío mar de Azof. Sus
mercaderes eran audaces para la navegación, ásperos para la ganancia, prontos
para la pelea. Tal vez por ser los genoveses de igual carácter y sus vecinos
más inmediatos, rompían con ellos. Los astutos venecianos, para arruinar á Génova,
ajustaban un tratado en Perpiñán con la marina de Cataluña, y empezaba en el
Mediterráneo una de las guerras más crueles de la Historia, guerra de escuadras
numerosas y odio implacable, en la que eran pasadas á cuchillo tripulaciones
enteras y los capitanes vencidos morían pendientes de una antena de su buque.
Los choques iniciados frente á Italia iban á
terminarse en la costa de Asia. Todo el Mediterráneo servía de palenque.
Catalanes y venecianos buscaban á los genoveses en
Negroponto; pero éstos, sintiéndose inferiores, volaban á refugiarse en el
Bósforo. Ante las cúpulas de Santa Sofía, á la vista de los aterrados vecinos
de Constantinopla, todos estos mediterráneos de la cuenca occidental libraban
la llamada batalla de Pera, carnicería marítima en el estrecho brazo de mar que
tiene por orillas los dos continentes. Moría Poncio de Santapáu, el almirante
catalán; moría después el almirante valenciano Bernardo Ripoll, y la pérdida de
estos jefes daba la victoria á los de Génova.
Pero, un año después, la marina catalana tomaba el
desquite en las costas de Cerdeña, sorprendiendo á la flota genovesa que
favorecía la insurrección del juez de Arborea contra los monarcas de Aragón,
señores de la isla. Ocho mil genoveses quedaban en el fondo del mar, y las
naves vencedoras volvían á Barcelona con tres mil quinientos prisioneros y
cuarenta y una galeras enemigas.
Con este desastre se iniciaba la decadencia
marítima de Génova. Los catalanes expulsaban á sus mercaderes de Egipto,
monopolizando el comercio de África. Alfonso V de Aragón, el único rey marino
de España, empleaba años después el resto de su existencia en expediciones
contra Génova. Sus principios eran desgraciados.
Ulises se acordó de su padrino Labarta al oír cómo
este amigo del pasado hablaba del combate naval de la isla de Ponza. Aún no
había llegado á consolarse de una derrota ocurrida en 1435.
El rey y todos sus feudatarios aragoneses y
sicilianos iban con armaduras de hierro, lo mismo que para un combate
terrestre, y la pesada superioridad de sus armas les hacía ser vencidos por la
ligereza y la táctica de las galeras genovesas. Alfonso V, su hermano el rey de
Navarra y todo el cortejo de magnates quedaban prisioneros de la República.
Asustada ésta por la importancia de su presa, confiaba los cautivos á la guarda
del duque de Milán... Pero los monarcas se entienden fácilmente para engañar á los
gobiernos democráticos, y el soberano milanés daba suelta al rey de Aragón con
todo su acompañamiento. Luego, éste bloqueaba á Génova con una enorme flota. La
marina provenzal iba en ayuda de sus vecinos y el rey aragonés forzaba el
puerto de Marsella, llevándose como trofeo las cadenas que cerraban su entrada.
Ulises hacía gestos afirmativos. El rey navegante
las había depositado en la catedral de Valencia. Su padrino el poeta se las
había enseñado en una capilla gótica formando una guirnalda de hierro sobre los
negros sillares.
Cuando Génova, agotada, iba á entregarse, moría
Alfonso el Magnánimo, y sus sucesores olvidaban las rivalidades con la
República, para dedicarse á las guerras por el dominio de Nápoles.
La marina catalana aún siguió dominando el
Mediterráneo comercialmente. A sus antiguos buques agregó las galeras gruesas y
las galeras sutiles, las tafureyas, panfiles, rampines y carabelas.
—Pero Colón—añadía tristemente el catalán—descubrió
las Indias, dando un golpe de muerte á la riqueza marítima del Mediterráneo.
Además, Aragón y Castilla se juntaron, y la vida y el poder fueron
contrayéndose al centro de la Península, lejos de todo mar.
De ser Barcelona la capital de España, ésta habría
conservado la dominación mediterránea. De serlo Lisboa, el imperio colonial
español habría resultado algo orgánico, sólido, con vida robusta. Pero ¿qué
podía esperarse de una nación que había puesto su cabeza en la almohada de las
amarillas estepas interiores, lo más lejos posible de los caminos del mundo, y
sólo enseñaba sus pies á las olas?...
El catalán terminaba hablando tristemente de la
decadencia de la marina mediterránea: combates aislados con los berberiscos de
galera á galera; expediciones inútiles á la costa de África; hazañas de
Barceló, el marino mallorquín; navegaciones comerciales en polacras, tartanas,
pingües, londros, laúdes y canarios.
Todo lo que daba placer á sus gustos lo hacía
remontar á los buenos tiempos de la dominación del Mediterráneo por la marina
catalana. Un día ofreció á Ulises un vino dulce y perfumado.
—Es malvasía. Las primeras cepas las trajeron los
almogávares de Grecia.
Luego dijo, para halagar al muchacho:
—Vecino de Valencia fué Ramón Muntaner, el que
escribió la expedición de catalanes y aragoneses á Constantinopla.
Se entusiasmaba con el recuerdo de esta novelesca
aventura, la más inaudita de la Historia, admirando de paso al almogávar
cronista, Homero rudo en el contar, Ulises y Néstor en el consejo, Aquiles en
la dura acción.
La impaciencia de doña Cristina por reunirse con su
marido y devolverle las comodidades de una casa bien gobernada arrancó á Ulises
de esta vida de la costa.
Durante varios años no vió otro mar que el del
golfo valenciano. El notario se opuso con diversos pretextos á que el médico se
llevase otra vez á su sobrino. Y el Tritón menudeó los viajes
á Valencia, arrostrando todos los inconvenientes y peligros de estas aventuras
terrestres, á impulsos de su desorientada paternidad de célibe.
El y Labarta, al ocuparse del porvenir de Ulises,
tomaban cierto aire de bondadosos regentes encargados del gobierno de un
pequeño príncipe. El muchacho parecía pertenecerles á ellos más que al padre.
Sus estudios y su futuro destino ocupaban las conversaciones de sobremesa
cuando el médico estaba en la ciudad.
Don Esteban sentía cierta satisfacción en molestar
á su hermano haciendo el elogio de una existencia sedentaria y fructuosa.
Allá en las costas de Cataluña vivían sus cuñados
los Blanes, unos verdaderos lobos de mar. Esto último no lo podría contradecir
el médico. Pues bien; sus hijos estaban en Barcelona, unos como dependientes de
comercio, otros plumeando en el despacho de su tío el rico. Todos eran hijos de
marinos, y sin embargo se habían emancipado del mar. En tierra firme estaban
los negocios. Sólo las cabezas locas podían pensar en barcos y aventuras.
El Tritón sonreía humildemente
ante estas alusiones y cruzaba miradas con su sobrino.
Un secreto existía entre los dos. Ulises, que
terminaba su bachillerato, asistía al mismo tiempo en el Instituto á los cursos
de pilotaje. Dos años le bastaban para completar estos estudios. El tío le
había facilitado las matrículas y los libros, recomendándolo además á uno de
los profesores, antiguo compañero de navegación.
PATER OCEANUS
Cuando murió casi repentinamente don Esteban
Ferragut, su hijo tenía diez y ocho años y estudiaba en la Universidad.
En sus últimos tiempos, el notario llegó á
sospechar que Ulises no iba á ser el jurisconsulto célebre que él había soñado.
Huía de las clases, para pasar la mañana en el puerto ejercitándose en el remo.
Si entraba en la Universidad, los bedeles le vigilaban, temiendo la largura de
sus manos. El se creía un marino, é imitaba á los hombres de mar, que,
acostumbrados á medirse con los elementos, consideran poca cosa reñir con un
hombre.
Con violentas alternativas de estudio y de holganza
se aproximaba trabajosamente al término de su carrera, cuando una angina de
pecho acabó de pronto con el notario.
Doña Cristina, al salir de la estupefacción de su
dolor, miró en torno de ella con extrañeza. ¿Por qué seguir en Valencia?...
Quiso reunirse con los suyos al verse sin el hombre que la había trasplantado á
este país. El poeta Labarta cuidaría de sus bienes, que no eran tan cuantiosos
como lo hacía esperar el rendimiento de la notaría. Don Esteban había sufrido
grandes pérdidas en negocios extravagantes aceptados por bondad; pero aun así,
dejaba fortuna suficiente para que la esposa viviese una desahogada viudez
entre sus parientes de Barcelona.
La pobre señora no sufrió otra contrariedad en el
arreglo de su nueva existencia que la rebeldía de Ulises. Se negaba á continuar
su carrera: quería embarcarse, alegando que para esto se había hecho piloto. En
vano doña Cristina impetró el auxilio de parientes y amigos, prescindiendo
del Tritón, pues adivinaba su respuesta. El hermano rico de
Barcelona fué breve y afirmativo: «¿Si eso le da dinero?...» Los Blanes de la
costa mostraron un sombrío fatalismo. Era inútil oponerse si el muchacho sentía
vocación. El mar agarra bien á sus elegidos, y no hay poder humano que logre
desasirlos. Por eso ellos, que ya eran viejos, no oían á sus hijos que les
llamaban á las comodidades de la capital. Necesitaban vivir junto á la costa,
en agradecido contacto con el monstruo obscuro y pesado que les había mecido
maternalmente, cuando con tanta facilidad podía haberlos hecho pedazos.
El único que protestó fué Labarta. «¿Marino?... Sea
en buen hora; pero marino de guerra, oficial de la Real Armada.» Y el poeta
veía su ahijado revestido de los esplendores de una bélica elegancia: levita
azul con botón de oro todos los días, y en las fiestas casaca de galones y
vueltas rojas, sombrero de picos, sable...
Ulises levantó los hombros ante tales grandezas.
Tenía demasiados años para entrar en la Escuela Naval. Además, quería navegar
por todos los océanos, y aquellos marinos sólo tenían ocasión de ir de un
puerto á otro, como las gentes de cabotaje, ó pasaban años y años sentados en
un ministerio. Para envejecer como un oficinista, era preferible reconquistar
la notaría de su padre.
Al verse doña Cristina bien instalada en Barcelona,
con una corte de sobrinos que adulaban á la tía rica de Valencia, su hijo se
embarcó como aspirante en un trasatlántico que hacía viajes regulares á Cuba y
los Estados Unidos. Así empezaron las navegaciones de Ulises Ferragut, que sólo
habían de terminar con su muerte.
El orgullo de su familia le colocó en un vapor de
lujo, un buque-correo lleno de pasajeros, un hotel flotante, en el que los
oficiales tenían algo de gerentes de «Palace» y la verdadera importancia
correspondía á los maquinistas, que andaban siempre por abajo y al volver á la
luz quedaban modestamente en segundo término, por una ley de jerarquías
anterior á los progresos de la mecánica.
Pasó por el Océano varias veces como se pasa ante
un paisaje terrestre á toda la velocidad de un tren expreso. La calma augusta
del mar se borraba con el batir de las hélices y el ruido sordo de las
máquinas. Por azul que fuese el cielo, siempre lo empañaba un crespón flotante
salido de las chimeneas. Envidiaba á los buques veleros que el trasatlántico
dejaba atrás. Eran iguales á los caminantes reflexivos, que se saturan del
paisaje y entran en largo contacto con su alma. Las gentes del vapor vivían como
los viajeros terrestres que contemplan adormecidos desde las ventanillas de los
vagones una sucesión de vistas pálidas y vertiginosas rayadas por los hilos
telegráficos.
Terminadas sus pruebas de aspirante, fué segundo
piloto de una fragata que iba á la Argentina para cargar trigo en Bahía Blanca.
Las lentas singladuras en días de poco viento, las largas calmas ecuatoriales,
le permitieron penetrar un poco en los misterios de la inmensidad oceánica,
amarga y obscura, que había sido para los pueblos antiguos la «noche del
abismo», el «mar de las tinieblas», el dragón azul que diariamente se traga al
sol.
Ya no vió en el padre Océano el dios caprichoso y
tiránico de los poetas. Todo funcionaba en sus entrañas con una regularidad
vital, sujeto á las leyes generales de la existencia. Hasta las tempestades
rugían dentro del cuadriculado de una reglamentación.
Los dulces vientos alisios empujaban al buque hacia
el Sudoeste, manteniendo una serenidad paradisíaca en el cielo y en el mar.
Ante la proa chisporroteaban las alas de tafetán de los peces voladores,
abriéndose sus enjambres como escuadrillas de diminutos aeroplanos.
Sobre la arboladura cubierta de lonas trazaban
largos círculos los albatros, águilas del desierto atlántico, extendiendo en el
purísimo azul el enorme velamen de sus alas. De tarde en tarde encontraba el
buque praderas flotantes, extensos campos de algas despegadas del mar de los
Sargazos. Tortugas enormes dormitaban hundidas en estas hierbas, sirviendo de
isla de reposo á las gaviotas posadas en su caparazón. Unas algas eran verdes,
nutridas por el agua luminosa de la superficie; otras tenían el color rojo de
las profundidades, adonde llegan mortecinos y enfriados los últimos rayos del
sol. Como frutos de la pradera oceánica, flotaban apretados racimos de uvas
obscuras, cápsulas coriáceas repletas de agua salobre.
Al aproximarse á la línea ecuatorial, la brisa iba
cayendo y la atmósfera se hacía sofocante. Era la zona de las calmas, el Océano
de aceite obscuro, en el que permanecen los buques semanas enteras con el
velamen rígido, sin que lo haga estremecer un suspiro atmosférico.
Nubes de color de hulla reflejaban en el mar su
lento arrastre; lluvias azotantes se derramaban sobre la cubierta, seguidas de
un sol incendiario que á los pocos minutos era borrado por un nuevo aguacero.
Estas nubes preñadas de cataratas, esta noche tendida en pleno sol sobre el
Atlántico, habían sido el terror de los antiguos. Y sin embargo, merced á tales
fenómenos podían los navegantes pasar de un hemisferio á otro sin que la luz
los hiriese de muerte, sin que el mar quemase como un espejo de fuego. El calor
de la Línea, elevando el agua en vapores, formaba una banda sombría en torno de
la tierra. Desde los otros mundos debía verse con un cinturón de nubes, casi
semejante á los anillos siderales.
En este mar sombrío y caliente estaba el corazón
del Océano, el centro de la vida circulatoria del planeta. El cielo era un
regulador que, absorbiendo y devolviendo, equilibraba la evaporación. De allí
se expedían las lluvias y los rocíos á todo el resto de la tierra, modificando
sus temperaturas favorablemente para el desarrollo de animales y vegetales.
Allí se cambiaban los vapores de dos mundos, y el agua del hemisferio Sur—el
hemisferio de los grandes mares, sin otros relieves que los triángulos extremos
de África y América y las gibas de los archipiélagos oceánicos—iba á reforzar,
convertida en nubes, los ríos y arroyos del hemisferio Norte, ocupado en su
mayor parte por la tierras habitadas.
De esta zona ecuatorial, corazón del globo, partían
dos ríos de agua tibia, que iban á calentar las costas del Norte. Eran dos
corrientes que arrancaban del golfo de Méjico y del mar de Java. Su enorme masa
líquida, huyendo sin cesar del Ecuador, determinaba un vasto llamamiento de
agua de los polos que venía á ocupar su espacio. Y estas corrientes frías y más
dulces se precipitaban en el hogar eléctrico de la Línea, que las calentaba y
salaba de nuevo, renovando la vida mundial con su sístole y su diástole.
El Océano comprimía en vano á los dos ríos cálidos,
sin llegar á confundirse con ellos. Eran torrentes de un intenso azul, casi
negro, que corrían á través de las aguas verdes y frías. Antes que admitir á
éstas, el río azul se acumulaba en su curso formando un dorso, una bóveda, con
dos pendientes por las que resbalaban los cuerpos.
La corriente atlántica, al llegar á Terranova, se
abría de brazos, enviando uno de ellos al mar del Polo. Con el otro, débil y
rendido por el largo viaje, modificaba la temperatura de las islas Británicas,
entibiando dulcemente las costas de Noruega. La corriente indiánica, que los
japoneses llamaban «el río negro» á causa de su color, circulaba entre las
islas, manteniendo más tiempo que la otra sus potencias prodigiosas de creación
y agitación, lo que le permitía trazar sobre el planeta una enorme cola de
vida.
Su centro era el apogeo de la energía terrestre en
creaciones vegetales y animales, en monstruos y pescados. Uno de sus brazos,
escapando al Sur, formaba el mundo misterioso del mar de Coral. En un espacio
grande como cuatro continentes, los pólipos, fortalecidos por el agua tibia,
levantaban millares de atolones, islas anilladas, bancos y arrecifes, pilares
submarinos, terror de la navegación, que, al ligarse entre sí con un trabajo
milenario, iban á crear una nueva tierra, un continente de recambio, por si la
especie humana perdía en un cataclismo su zócalo actual.
El pulso del dios azul eran las mareas. La tierra
se volvía hacia la luna y los astros con una rotación simpática igual á la de
las flores que se vuelven hacia el sol. Todo lo que en ella hay de más móvil—la
masa flúida de la atmósfera—se dilataba dos veces diariamente, hinchado su
seno, y esta succión atmosférica, obra de la atracción universal, se reflejaba
en las aguas, conmoviéndolas. Los mares cerrados como el Mediterráneo apenas
sentían sus efectos. Las mareas se detenían á su puerta. Pero en las costas
oceánicas la pulsación marina alborotaba el ejército de las olas, lanzándolas
diariamente al asalto de los acantilados, haciéndolas rugir con babeos de furor
entre islas, promontorios y estrechos, impulsándolas á tragarse extensas
tierras, que devolvían horas después.
Este mar salado, como nuestra sangre, que tiene un
corazón, un pulso y una circulación de dos sangres distintas, renovadas y
transformadas incesantemente, se encolerizaba lo mismo que una criatura
orgánica cuando á las corrientes horizontales de su seno venían á añadirse las
corrientes verticales descendidas de la atmósfera. Las violencias pasajeras de
los vientos, las crisis de la evaporación, las obscuras fuerzas eléctricas,
producían las tempestades.
No eran mas que estremecimientos cutáneos. La
tormenta mortal para los hombres sólo contraía la epidermis marina, mientras la
masa profunda de sus aguas permanecía en lóbrega calma, para cumplir la gran
función de amamantar y renovar los seres. El padre Océano desconocía la
existencia de los infusorios humanos que osaban deslizarse por su superficie en
microscópicos cascarones. No se enteraba de los incidentes que podían
desarrollarse en el techo de su vivienda. Su vida continuaba equilibrada,
calmosa, infinita, engendrando millones de millones de seres por milésima de
segundo.
La majestad del Atlántico en las noches tropicales
hacía olvidar á Ulises las cóleras de sus días negros. Bajo la luna, era una
pradera inmensa de plata viva cortada por serpenteos de sombra. Sus
ondulaciones pastosas, repletas de vida microscópica, iluminaban las noches.
Los infusorios, estremecidos de amor, ardían con azulada fosforescencia. El mar
era de leche luminosa. Las espumas, al romperse contra la proa, brillaban como
fragmentos de globos eléctricos agonizantes.
Cuando la tranquilidad era absoluta y el buque se
mantenía inmóvil, con las velas caídas, pasando lentamente las estrellas de un
lado á otro de sus mástiles, las delicadas medusas, que la más leve ola puede
desgarrar, subían á la superficie, flotando entre dos aguas en torno de la isla
de madera. Eran miles de sombrillas que desfilaban lentamente: verdes, azules,
rosadas, con una coloración vagorosa semejante á la de las luces de aceite; una
procesión japonesa vista desde lo alto, que se perdía por un lado en el
misterio de las aguas negras y llegaba incesantemente por el lado opuesto.
El joven piloto amaba la navegación á vela, las
luchas con el viento, la soledad de las calmas. Estaba más cerca del Océano que
en el puente de un trasatlántico. La fragata no levantaba espumarajos de
rabioso paleteo. Se deslizaba discretamente en el silencio marítimo que guarda
el secreto de los primeros milenarios de la tierra recién nacida. Los
habitantes oceánicos se aproximaban á ella confiadamente al verla cabecear como
un cetáceo mudo é inofensivo.
En seis años cambió Ulises muchas veces de buque.
Había aprendido el inglés, lengua universal de los dominios azules, y se
recreaba con el estudio de las cartas de Maury, el Evangelio de los navegantes
á vela, obra paciente de un genio obscuro que arrancó por primera vez al Océano
y á la atmósfera el secreto de sus leyes.
Deseoso de conocer nuevos mares y nuevas tierras,
no reparaba en la longitud de los viajes ni en los puertos de destino. Los
capitanes británicos, noruegos y norteamericanos acogían con gusto á este
oficial de buenas maneras, poco exigente en la retribución. Así vagó Ulises
sobre los océanos, como el rey de Itaca sobre el Mediterráneo, guiado por una
fatalidad que lo alejaba de su patria con rudo empellón cada vez que se
proponía regresar á ella. La vista de un buque anclado junto al suyo y próximo
á partir con lejano destino era para él una tentación que le hacía olvidar la
vuelta á España.
Navegó en barcos sucios, viejos y alegres, donde
los tripulantes soltaban todas las velas al temporal y luego de embriagarse se
dormían confiados en el diablo, amigo de los bravos, que los despertaría á la
mañana siguiente. Vivió en buques blancos, silenciosos y limpios como una casa
holandesa, cuyos capitanes llevaban con ellos á la esposa y los hijos. Unas
camareras de albos delantales cuidaban de la cocina y el aseo de este hogar
flotante, compartiendo los peligros de los marineros rojos y tranquilos, exentos
de las tentaciones que provoca el roce de la mujer. Los domingos, bajo el sol
de los trópicos ó á la luz cenicienta de los cielos septentrionales, el
contramaestre leía la Biblia. Los hombres escuchaban reflexivos, con la cabeza
descubierta. Las mujeres se habían vestido de negro, con una cofia de puntillas
y las manos enmitonadas.
Fué á Terranova á cargar bacalao. Allí era donde la
corriente cálida del golfo de Méjico se encontraba con la fría del Polo. En el
choque de estos dos ríos marinos, los infinitos seres que arrastra el Gulf
Stream desde los mares tropicales morían súbitamente helados. Una
lluvia de pequeños cadáveres descendía á través de las aguas. Los bacalaos se
aglomeraban para nutrirse con este maná, y era tan espeso, que gran parte de
él, librándose de las ávidas mandíbulas, iba á depositarse en el fondo como una
nevada caliza.
En Islandia—la «última Thule» de los antiguos—le
enseñaron trozos de caoba que la corriente ecuatorial había arrastrado desde
las Antillas. En las costas de Noruega admiró la fecundidad formidable del mar
viendo los arenques en marcha.
De su refugio en las tenebrosas profundidades
subían á la superficie, agitados por la primavera, deseosos de tomar su parte
en la alegría del universo. Nadaban unos contra otros, oprimidos, compactos,
formando bancos, como pedazos de playa que se hubiesen soltado á navegar.
Parecían una isla que emerge ó un continente que empieza á hundirse. En los
pasajes estrechos eran tantos, que las aguas se solidificaban, dificultando el
avance á remo. Su número escapaba á los límites de todo cálculo, como las arenas
y las estrellas.
Hombres y peces carnívoros caían sobre ellos
abriendo anchos surcos de destrucción. Pero las brechas se cerraban
instantáneamente, y el banco viviente seguía su camino cada vez más denso, como
si desafiase á la muerte. Cuantos más destruían los enemigos, más numerosos
eran. Las columnas en marcha, espesas y profundas, copulaban y se reproducían
sin detenerse. El amor era para ellos una navegación, y en su ruta iban
derramando torrentes de fecundidad. El agua desaparecía bajo la abundancia del
flujo materno, en el que nadaban racimos de huevos. Al surgir el sol, el mar
aparecía blanco hasta perderse de vista: blanco de jugo masculino. Las olas
eran grasientas y viscosas, repletas de vida que fermentaba rápidamente. En un
espacio de centenares de leguas, el salado Océano era de leche.
La fecundidad de estas tierras animales ponía en
peligro al mundo. Cada individuo podía producir hasta sesenta mil huevos. Pocas
generaciones bastaban para llenar el Océano, hacerlo sólido, pudrirlo,
suprimiendo los demás seres, despoblando el globo... Pero la muerte se
encargaba de salvar la vida universal. Los cetáceos se hundían en este espesor
viviente y con sus bocas insaciables absorbían el alimento á toneladas. Peces
infinitamente pequeños secundaban á los gigantes marinos, atracándose de huevos
de arenque. Los pescados más glotones, la merluza y el bacalao, perseguían á
estas praderas de carne, empujándolas hacia las costas y acabando por
dispersarlas.
Se multiplicaba el bacalao hartándose de merluzas,
y otra vez reaparecía el peligro para el mundo. El Océano podía convertirse en
una masa de bacalaos: cada uno llegaba á dar hasta nueve millones de huevos...
Los hombres habían caído sobre el más fecundo de los peces, y el bacalao
mantenía flotas inmensas, creando además colonias y ciudades. Se agotaban las
generaciones humanas sin llegar á vencer esta monstruosa reproducción. Los
grandes devoradores marinos eran los que restablecían el equilibrio y el orden.
El esturión, estómago insaciable, intervenía en el banquete oceánico,
encontrando en el bacalao la substancia concentrada de ejércitos de arenques.
Pero este devorador ovíparo, de amplia reproducción, continuaba el peligro
mundial, hasta que intervenía otro monstruo tan ávido en sus apetitos como
pobre en sus procreaciones, cortando de golpe la fecundidad siempre renaciente
del Océano.
Era el tiburón, boca con aletas, intestino
natatorio, que traga con indiferencia muertos y vivos, carnes y maderos,
limpiando las aguas de vida, dejando la soledad detrás de su coleo. Este
destructor sólo elaboraba en sus entrañas un tiburón único, que nacía armado y
feroz, dispuesto desde el primer momento á continuar las hazañas paternas, como
un heredero feudal.
Sólo en los raros momentos de amor acallaban su
hambre y su crueldad estos ásperos guerreros, despobladores del mar. Las
parejas se abstenían de devorarse. Se encontraban apetecibles, pero sus triples
dientes y sus aletas de sierra se limitaban á una ruda caricia. La hembra se
dejaba dominar por el compañero que enganchaba en ella sus instrumentos de
presa. Por primera vez el macho no devoraba: era ella la que lo absorbía,
arrastrándolo. Y confundidos los dos monstruos rodaban en las olas semanas
enteras, sufriendo los tormentos de un hambre sin fin á cambio de las delicias
del amor, dejando escapar á las víctimas asustadas, resistiendo á las
tempestades con su áspero abrazo de colmillos y epidermis de lija, corriendo
centenares de leguas entre el principio y el fin de uno de sus espasmos de
placer.
La vida errante del piloto Ferragut abundó en
dramáticas aventuras. Algunas quedaron vivas para siempre en su memoria, donde
empezaban á confundirse tantos recuerdos de tierras exóticas y mares
interminables.
En Glásgow se embarcó como segando de una fragata
vieja que iba á Chile para descargar carbón en Valparaíso y cargar salitre en
Iquique. La travesía del Atlántico fué buena; pero á partir de las islas
Malvinas, el buque tuvo que hacer frente á la furia austral que le cerraba el
acceso al Pacífico. El estrecho de Magallanes es para los vapores, que pueden
disponer á su voluntad de una fuerza propulsora. El velero busca mar amplia y
viento favorable para doblar el cabo de Hornos, punta avanzada del mundo, lugar
de tempestades interminables y gigantescas.
Mientras ardía el verano en el otro hemisferio, el
terrible invierno austral salió al encuentro de los navegantes. El buque
necesitaba hacer rumbo al Oeste, y precisamente los vientos soplaban del Oeste,
cortándole la ruta. Ocho semanas pasaron bregando con el mar y con la
atmósfera. El viento se llevó un velamen completo. El buque, de madera, algo
descoyuntado por esta lucha interminable, comenzó á hacer agua, y la
tripulación tuvo que mover día y noche las bombas. Nadie llegaba á dormir
varias horas seguidas. Todos estaban enfermos. La voz ruda y los juramentos del
capitán apenas podían sostener la disciplina. Algunos marineros se acostaban
deseando morir, y había que levantarlos á golpes.
Ulises conoció por primera vez lo que son las olas.
Vió montañas de agua, verdaderas montañas, avanzando sobre el cascarón del
buque. Su misma enormidad las hacía formar por ambos lados larguísimas
pendientes. Cuando alguna derrumbaba su cresta sobre la fragata, el piloto
Ferragut podía darse cuenta de la monstruosa pesadez del agua salada. Ni la
piedra ni el hierro tenían el golpe brutal de esta fuerza líquida, que al
derrumbarse huía en raudales ó se elevaba hecha polvo. En ciertos momentos
había que abrir brechas en la obra muerta para dar salida á su masa abrumadora.
Una penumbra lívida y brumosa era el día austral,
repitiéndose semanas y semanas sin el menor rayo de claridad, como si el sol se
hubiese alejado para siempre de la tierra. El color blanco no existía en este
esfumamiento tempestuoso; todo era gris: el cielo, la espuma, las gaviotas, las
nieves... De tarde en tarde, los velos plomizos de la tormenta se rasgaban para
dejar visible una pavorosa aparición. Una vez eran las montañas negras con
sudarios de ventisqueros del estrecho de Beagle. Y el buque viraba, huyendo de
este pasadizo acuático lleno de escollos. Otra vez surgieron ante la proa los
peñascos de Diego Ramírez, el punto más extremo del cabo, y también viró la
fragata, huyendo de este cementerio de navíos. Capeando el viento llegaron á
ver los primeros icebergs, é igualmente hicieron rumbo atrás para
no perderse en las soledades del polo Sur.
Ferragut llegó á creer que no doblarían nunca el
cabo, quedando para siempre en plena tempestad, lo mismo que el navío errante y
maldito de la leyenda. El capitán, un salvaje del mar, taciturno y
supersticioso, mostraba el puño al promontorio, maldiciéndolo como á una
divinidad infernal. Estaba convencido de que no conseguiría doblarlo hasta que
lo ablandase con un tributo humano. Ulises vió en este inglés á los argonautas
primitivos, que aplacaban con sacrificios la cólera de las deidades marinas.
Una noche, las olas se llevaron á un tripulante; al
día siguiente cayó desde lo alto de la arboladura un gaviero, sin que nadie
pensase en una salvación imposible. Y como si el demonio austral sólo esperase
este tributo, cesó el viento Oeste, el buque no tuvo ante su proa la
infranqueable barrera de un mar hostil, y pudo entrar en el Pacífico, anclando
doce días después en Valparaíso.
Ulises se explicó el grato recuerdo que deja este
puerto en la memoria de los navegantes. Era el descanso después de la pelea por
doblar el cabo, la alegría de existir luego de haber sentido el soplo de la
muerte, la vida en los cafés y las casas alegres, comiendo y bebiendo hasta la
hartura, con el estómago lastimado aún por la alimentación salitrosa y la piel
martirizada por los furúnculos del mar.
Siguió el paso gracioso de las tapadas de negro
manto, que le hicieron recordar á su tío el médico. En las noches de remolienda apartaba
su vista muchas veces de los beldades morenas y jóvenes que danzaban la
zamacueca en medio del salón. Le interesaban las matronas envueltas en velos de
luto que hacían sonar el piano y el arpa, acompañando la danza con cánticos
suspirantes. Tal vez alguna de estas damas sentimentales y bigotudas había
podido ser su tía.
Mientras la fragata completaba en Iquique su
cargamento, estuvo en contacto con la muchedumbre trabajadora de las
salitreras, rotos chilenos, obreros de todos los países, que
no sabían cómo derrochar sus valiosos jornales en la monotonía de unas
poblaciones nuevas. Su embriaguez se recreaba con las más disparatadas
magnificencias. Unos hacían correr el vino de todo un tonel para llenar un solo
vaso. Otros empleaban como blanco de su revólver las botellas de champaña
alineadas en las anaquelerías de los cafés, pagando las roturas al contado.
De este viaje guardó Ferragut un sentimiento de
orgullo y confianza que le hizo despreciar los peligros. Conoció después los
tornados de Asia, las horribles tormentas circulares, que en el hemisferio
boreal ruedan de derecha á izquierda y en el austral de izquierda á derecha.
Eran accidentes rápidos, de horas, ó de días cuando más. El había doblado el
cabo de Hornos en pleno invierno, después de una lucha contra los elementos que
duró dos meses. Podía atreverse á todo: el Océano había agotado en él todas sus
sorpresas... Y sin embargo, la peor de sus aventuras ocurrió estando el mar en
calma.
Siete años llevaba de navegante, y se disponía una,
vez más á volver á España, cuando en Hamburgo aceptó puesto de piloto en un
velero que iba á hacer rumbo al Camerón y al África oriental alemana. Un marino
noruego quiso disuadirle de este viaje. Era un buque viejo y lo habían
asegurado por el cuádruplo de su valor. El capitán estaba asociado con el
propietario, que había hecho quiebra varias veces... Y precisamente porque era
irracional este viaje, Ulises se apresuró á embarcarse. La prudencia era para
él una vulgaridad. Todo lo absurdo suponía obstáculos y peligros, tentando de
un modo irresistible su atrevimiento.
Una tarde, á la altura de Portugal, cuando estaban
lejos de la ruta seguida por la navegación regular, una columna de humo y de
llamas se elevó sobre la cubierta, rompiendo las escotillas y devorando el
velamen. Mientras el piloto, al frente de unos negros, pretendía dominar el
fuego, el capitán y los tripulantes alemanes escaparon del buque en dos
balleneras preparadas. Ferragut tuvo la seguridad de que los fugitivos se reían
de él al verle correr por la cubierta, que empezaba á combarse echando fuego por
sus resquebrajaduras.
Se vió, sin saber cómo, en el bote más pequeño,
rodeado de varios negros y diversos objetos amontonados con la precipitación de
la fuga: un barril de galleta medio vacío, otro de agua que sólo contenía unos
pocos litros.
Remaron toda una noche, teniendo á sus espaldas,
como astro de desgracia, el buque ardiente, que enviaba sobre las olas sus
resplandores sangrientos. Al amanecer se marcaron en el disco del sol unas
ligeras ondulaciones negras. Era la tierra... ¡pero tan lejos!
Dos días vagaron sobre las crestas móviles y los
valles sombríos del desierto azul. Ferragut se sumió varias veces en un letargo
mortal, con los pies hundidos en el agua que llenaba el fondo del bote. Los
pájaros de mar trazaban espirales en torno de este ataúd flotante, y huían
después con vigorosos golpes de ala, lanzando un graznido de muerte. Las olas
se elevaban lentas y mansas sobre los escasos centímetros de la borda, como si
quisieran contemplar con sus ojos glaucos este amasijo de cuerpos blancos y
obscuros. Remaban los náufragos con nerviosa desesperación; luego yacían
inertes, reconociendo la ineficacia de su esfuerzo perdido en la inmensidad.
El piloto, al adormecerse en la dura popa, acababa
por sonreír con los ojos cerrados. Todo era un mal ensueño. Estaba seguro de
despertar en la cama, rodeado de las comodidades familiares de su camarote. Y
cuando abría los ojos, la realidad le hacía prorrumpir en órdenes desesperadas,
que obedecían los africanos maquinalmente, como si estuviesen dormidos.
«¡No quiero morir!... ¡no debo morir!», clamaba en
su interior una voz de bronce.
Gritaron é hicieron inútiles señales á buques
lejanos, que se perdían en la inmensidad sin verles. Dos negros murieron de
frío. Sus cadáveres flotaron largas horas junto al bote, como si no pudieran
despegarse de él. Luego se hundieron con invisible tirón. Varias aletas
triangulares pasaron sobre el agua, cortándola como cuchillos, al mismo tiempo
que la profundidad se ensombrecía con veloces sombras de ébano.
Cuando al fin se aproximaron á la tierra, Ferragut
vió la muerte más de cerca que en alta mar. La costa se elevaba como una
muralla inmensa. Vista desde el bote, parecía cubrir la mitad del cielo. La
larga ondulación oceánica se convertía en ola rabiosa al encontrar los
baluartes avanzados de sus islotes, al desplomarse en el vacío de sus abismos,
formando cascadas de espuma que rodaban de abajo á arriba, levantando furiosas
columnas de polvo con estampido de cañonazo.
Una mano irresistible agarró la quilla, poniendo la
embarcación verticalmente. Ferragut salió despedido como un proyectil, cayendo
en los espumosos remolinos, y al caer tuvo la percepción de que rodaban
igualmente, llovidos en el mar, hombres y toneles.
Vió blancuras burbujeantes y simas negras. Se
sintió empujado por fuerzas contradictorias. Unas tiraban de su cabeza y otras
de sus pies en sentido inverso, haciéndole voltear como la saeta de un reloj.
Su pensamiento se hizo doble. «Es inútil resistir», murmuraba en su cerebro el
desaliento. Y la otra mitad de su persona afirmaba con desesperación: «¡Yo no
quiero morir!... ¡no debo morir!»
Así vivió unos segundos, que fueron horas. Sintió
el roce brutal de ocultas asperezas; luego un choque en el abdomen, que detuvo
su arrastre entre dos aguas. Y agarrándose á las anfractuosidades de la roca,
emergió la cabeza y pudo respirar. La ola se retiraba, pero otra le sumergió de
nuevo, despegándolo de la peña con su espumoso mazazo, haciéndole dejar en las
pétreas aristas la piel de sus manos, de su pecho, de sus rodillas.
La succión oceánica le arrastró, á pesar de sus
desesperados braceos. «¡Todo es inútil, voy á morir!», decía una mitad de su
pensamiento. Y á la vez, el otro hemisferio mental evocaba con sintético
relampagueo su vida entera. Vió la barbuda cara del Tritón en
este supremo instante, vió al poeta Labarta lo mismo que cuando contaba á su
ahijado las aventuras del viejo Ulises, su lucha de náufrago con los peñascos y
las olas.
De nuevo la dilatación marina le arrojó contra una
roca, anclándose en ella con el agarreo instintivo de sus manos. Pero antes de
que esta ola se retirase, avanzó desesperadamente hasta otra piedra, pasándole
el tirón del reflujo por debajo del vientre. Así bregó largo tiempo, pegándose
á las peñas cuando el mar lo cubría, arrastrándose sobre las desoladas
conyunturas cuando su cabeza quedaba al aire libre, expeliendo agua por todos
sus orificios.
Al verse sobre un saliente de la costa, libre ya de
la absorción de las olas, se extinguió de golpe su energía. El agua que goteaba
su cuerpo era roja, cada vez más roja, esparciéndose en regueros por las verdes
anfractuosidades de la piedra. Sintió un dolor inmenso, como si todo su
organismo hubiese perdido el amparo de su envoltura, quedando expuesta al aire
la carne viva.
Quiso seguir su camino, pero sobre su cabeza se
elevaba la costa formando un muro cóncavo é inabordable. Imposible salir de
allí. Se había salvado del mar, para morir emparedado frente á él. Su cadáver
no flotaría hasta una playa habitada. Los únicos que iban á conocer su muerte
eran los cangrejos enormes que remontaban los peñascos buscando su alimento en
la resaca; las gaviotas que se dejaban caer verticalmente, con las alas
tendidas, desde lo alto del acantilado. Hasta los más pequeños crustáceos eran
superiores á él.
Sintió de golpe toda su debilidad, toda su miseria,
mientras la sangre seguía tiñendo de púrpura los minúsculos lagos de las rocas.
Al cerrar los ojos para morir, vió en la obscuridad una cara pálida, unas manos
que tejían sutiles encajes, y antes de que la noche cayese definitivamente
sobre sus párpados, murmuró con balido infantil:
—¡Mamá!... ¡mamá!...
Tres meses después, al llegar á Barcelona, encontró
á su madre tal como la había visto durante su agonía en la costa portuguesa...
Unos pescadores le recogieron cuando su vida iba á extinguirse. Durante su
permanencia en el hospital escribió varias veces á doña Cristina con un tono
alegre y confiado, pretextando importantes ocupaciones en Lisboa.
Al verle entrar, la buena dama abandonó su eterna
labor de encajes, lívida, con las manos trémulas y las pupilas vidriosas. Debía
saber toda la verdad; y si no la sabía, se la avisaba su instinto de madre
viendo á Ulises convaleciente, enflaquecido, vacilando entre la arrogancia y el
quebranto físico, lo mismo que los bravos cuando salían de la cámara del
tormento.
—¡Oh, hijo mío!... ¡Hasta cuándo!...
Era hora de que terminase su rabia de aventuras, su
deseo loco de tentar lo imposible, arrostrando los peligros más absurdos. Si
quería ser marino, podía serlo, pero en buques respetables, al servicio de una
gran Compañía, siguiendo una carrera de escalas determinadas, y no rodando
caprichosamente por todos los mares, mezclado con el bandidaje internacional
que se ofrece en los puertos para reforzar las tripulaciones. Lo mejor de todo
sería permanecer quieto en su casa. ¡Qué felicidad si se quedase al lado de su
madre!...
Y Ulises, con asombro de doña Cristina, adoptó esta
última resolución. La buena señora no estaba sola. Una sobrina vivía con ella,
como si fuese su hija. El marino tuvo que rebuscar en el fondo de su memoria
para acordarse de una chicuela de cuatro años que andaba á gatas por la playa
del pueblo de su madre mientras él, con una gravedad de hombrecito, oía contar
al viejo secretario del Municipio las pretéritas grandezas de la marina
catalana.
Era hija de un Blanes—el único pobre de la
familia—que mandaba los buques de sus parientes y había muerto de la fiebre
amarilla en un puerto de la América central. Ferragut no podía explicarse cómo
la criatura-reptil de la arena, con una eterna perla verde colgando de sus
narices, era aquella misma joven esbelta, de un moreno pálido de arroz, que
ostentaba su abultada cabellera semejante á un casco de ébano, con dos pequeñas
espirales ante las orejas. Sus ojos parecían tener las tintas cambiantes del mar:
negros á unas horas, azules á otras, verdes y profundos cuando reflejaba la luz
del sol como un punto de oro.
Se sintió atraído por su sencillez, por la gracia
tímida de sus palabras y sonrisas. Era algo de irresistible novedad para este
ruedamundo que sólo había conocido cobrizas de carcajada bestial, asiáticas
amarillentas de gestos felinos ó europeas de los grandes puertos, que á las
primeras palabras piden de beber y cantan sobre las rodillas del invitante,
poniéndose su gorra como testimonio de amor.
Cinta—este era su nombre—parecía conocerle toda su
vida. Había sido el objeto de sus conversaciones con doña Cristina cuando ambas
entretenían las monótonas horas tejiendo encajes al uso de su pueblo. Al pasar
Ulises ante el cuarto de ella, vió unos retratos suyos de la época en que era
simple agregado á bordo de un trasatlántico. Cinta los había sustraído
indudablemente de las habitaciones de su tía. Admiraba á aquel primo aventurero
desde mucho antes de conocerlo.
Una tarde, contó el marinero á las dos mujeres cómo
se había salvado en la costa de Portugal. La madre le escuchó volviendo la
vista, temblándole las manos al mover los bolillos de su encaje. De pronto sonó
un alarido. Era Cinta, que no podía escuchar más. Y Ulises agradeció sus
lágrimas, sus lamentos convulsivos, sus ojos agrandados por una expresión de
terror.
La madre de Ferragut se preocupaba del porvenir de
esta sobrina pobre. Su única salvación era el matrimonio, y la buena señora
había fijado sus miras en cierto pariente que andaba más allá de los cuarenta,
necesitando el aporte de esta juventud para refrescar su vida de solterón
maduro. Era el sabio de la familia. Doña Cristina lo admiraba porque no podía
leer sin el auxilio de unos lentes y porque ingería en la conversación palabras
latinas, lo mismo que los clérigos. Enseñaba retórica y latín en el Instituto
de Manresa, y hablaba de ser trasladado algún día á Barcelona, término glorioso
de una carrera ilustre. Todas las semanas se escapaba á la capital para hacer
largas visitas á la viuda del notario.
—Por mí no viene—decía la buena señora—. ¿Quién se
molesta por una vieja?... Te digo que quiere á Cinta, y para la chica será una
suerte casarse con este hombre tan sabio, tan serio.
Escuchándola, Ulises empezó á pensar qué hueso
podría romperle un marino á un catedrático de retórica sin incurrir en
responsabilidad.
Un día, Cinta buscó por toda la casa un dedal opaco
y gastado que le servía muchos años. De pronto cesó en sus rebuscas, se puso
encarnada y bajó los ojos. Su mirada había encontrado la mirada fugitiva de su
primo. Lo tenía él. En el cuarto de Ulises se veían cintas, madejas de hilo, un
abanico viejo, depositados sobre papeles y libros, por el mismo reflujo
misterioso que había arrastrado sus retratos del dormitorio de su madre al de
su prima.
El marino gustaba de quedarse en casa. Pasaba
largas horas meditando con los codos en la mesa, pero atento al mismo tiempo á
un susurro de ligeros pasos que podía sonar de un momento á otro en el corredor
inmediato. Todo lo sabía: la trigonometría esférica y rectilínea, la
cosmografía, las leyes de vientos y tempestades, los últimos descubrimientos
oceanográficos. Pero ¿quién podría enseñarle la forma de hablar á una señorita
sin asustarla?... ¿Dónde diablos se aprendía el arte de declararse á una persona
decente?...
En él las dudas no eran nunca largas ni dolorosas.
¡Adelante! Cada uno sale del paso como puede. Y una tarde, cuando Cinta iba del
salón al dormitorio de su tía para traerle un libro piadoso, tropezó en el
pasillo con Ulises.
De no conocerle, hubiese temblado por su
existencia. Se sintió agarrada por unas manos poderosas que la despegaron del
suelo. Luego una boca ávida estampó en la suya dos besos agresivos. «¡Toma, y
toma!...» Ferragut se arrepintió al ver á su prima temblando contra la pared,
con una palidez de muerte, los ojos lacrimosos.
—Te he hecho daño. Soy un bruto... ¡un bruto!
Casi se puso de rodillas, implorando su perdón;
cerraba los puños como si fuera á golpearse, castigando su atrevimiento. Pero
ella no le dejó seguir... «¡No, no!...» Y mientras gemía esta protesta, sus
brazos se cerraron formando un anillo en torno del cuello de Ulises. Su cabeza
se inclinó hacia él, buscando el abrigo de su hombro. Una boca húmeda se unió
modestamente á la boca del marino, al mismo tiempo que la barba de éste se
mojaba con un rocío de lágrimas.
Y no se dijeron más.
Cuando, semanas después, escuchó doña Cristina la
petición de su hijo, su primer movimiento fué de protesta. Una madre oye con
anticipada benevolencia toda pretensión sobre una hija, pero es ambiciosa y
exigente cuando se trata de un hijo. Ella había soñado algo más brillante. Pero
su indecisión fué corta. Aquella muchacha tímida era tal vez la mejor compañera
para Ulises. Además, estaba preparada, por lo que había visto en su infancia,
para ser la mujer de un marino... ¡Adiós al catedrático!
Se casaron. Luego, Ferragut, que no podía vivir
inactivo, volvió al mar, pero como primer oficial de un trasatlántico que hacía
viajes regulares á la América del Sur. Para él, equivalía esto á ser empleado
en una oficina flotante, visitando los mismos puertos, repitiendo
invariablemente iguales trabajos. Su madre se mostraba satisfecha al verle con
uniforme. Cinta fijaba su vista en el almanaque como la esposa de un empleado
la fija en el reloj. Tenía la certeza de que, transcurridos dos meses, le vería
aparecer de nuevo viniendo del otro lado de la tierra, cargado de regalos
exóticos, lo mismo que un marido que vuelve de la oficina con un ramo comprado
en la calle.
Al regreso de los dos primeros viajes fué á
esperarle en el muelle, buscando con la vista su gorra de galón de oro y su
levita azul entre los pasajeros trasatlánticos que se agitaban en las cubiertas
con la alegría de la llegada á Europa.
En el viaje siguiente, doña Cristina la obligó á
quedarse en casa, temiendo que la emoción y las aglomeraciones del puerto
perjudicasen su próxima maternidad. Luego, en cada una de sus arribadas, vió
Ferragut un hijo nuevo, aunque siempre era el mismo; primeramente, un
envoltorio de batistas y blondas sostenido por una nodriza endomingada;
luego—cuando ya era capitán del trasatlántico—, un chicuelo con faldillas,
mofletudo, de cabeza redonda cubierta de sedosa pelusa, tendiendo hacia él los
bracitos; finalmente, un muchacho que empezaba á ir á la escuela y al ver á su
padre agarraba su dura diestra, admirándolo con ojos profundos, como si
contemplase en su persona la concreción de todas las fuerzas del universo.
Don Pedro el catedrático siguió visitando la casa
de doña Cristina, aunque con menos asiduidad. Tenía el gesto resignado y
fríamente colérico del hombre que cree haber llegado demasiado tarde y está
convencido de que su desgracia es obra de su descuido... ¡Si él hubiese hablado
antes! La certeza de su importancia no le permitía dudar que la joven le habría
aceptado con júbilo.
A pesar de esta convicción, no podía contener en
ciertos momentos una agresividad irónica, que se desahogaba inventando apodos
clásicos. La joven esposa de Ulises, inclinada sobre su labor de encajera, era
Penélope esperando la vuelta del errabundo marido.
Doña Cristina aceptaba este sobrenombre, por saber
vagamente que era el de una reina de buenas costumbres. Pero el día en que el
catedrático, por una deducción lógica, llamó Telémaco al hijo de Cinta, la
abuela protestó.
—Se llama Esteban, como su abuelo... Eso de
Telémaco es nombre de teatro.
En uno de sus viajes aprovechó Ulises una escala de
unas cuantas horas en el puerto de Valencia para ver á su padrino. Recibía de
tarde en tarde cartas del poeta, cada vez más breves y más tristes, con letras
temblorosas que delataban su decadencia.
Al entrar en el despacho sintió la misma impresión
de los durmientes de las leyendas, que creen despertar después de unas horas de
sueño y han dormido docenas de años. Todo estaba igual que en su infancia: los
bustos de los grandes poetas en la cumbre de las librerías, las coronas en sus
encierros de vidrio, las joyas y estatuas ganadas á fuerza de consonantes en
sus vitrinas y pedestales, los libros de fulgurante lomo formando apretados
batallones á lo largo de los estantes. Pero la blancura de los bustos había
tomado un color de chocolate; los bronces estaban enrojecidos por el óxido, los
oros eran verdes, las coronas se deshojaban. Parecía que hubiese llovido ceniza
sobre la inmovilidad de las cosas.
Las personas ofrecían igual aspecto de abandono y
decadencia. Ulises encontró al poeta flaco y amarillento, sumido en un sillón,
con la barba luenga y blanca, un ojo casi cerrado y el otro enormemente
abierto. Al ver al marino, ancho de pecho, forzudo, bronceado, Labarta se echó
á llorar con un hipo infantil, como si llorase sobre la miseria de las
ilusiones humanas, sobre la brevedad de una vida engañosa que necesita el
oleaje de la continua renovación.
Más trabajo le costó todavía á Ferragut reconocer á
una señora pequeña y encogida que estaba junto al poeta. Colgaban de su
esqueleto flácidas adiposidades, como harapos de un pasado esplendor. La cabeza
era exigua; su rostro tenía el arrugamiento de las manzanas invernizas, de las
ciruelas, de todas las frutas que se contraen y momifican, perdiendo su
líquido. «¡Doña Pepa!...» Los dos viejos se tuteaban ahora en presencia de
Ulises, con la tranquila amoralidad de los que se ven próximos á la muerte y olvidan
los temores y escrúpulos de una vida que se va derrumbando á sus espaldas.
El marino vió en esta miseria física el triste
final de un régimen alimenticio absurdo, alegre y pueril: los dulces sirviendo
de base de nutrición, los grandes arroces como plato diario, las sandías y
melones llenando el intermedio entre las comidas, los helados servidos en copas
enormes, esparciendo el perfume de su nieve melosa.
Los dos le hablaron suspirando de sus enfermedades,
que juzgaban incomprensibles, atribuyéndolas á ignorancia de los médicos. Era
la consunción que ataca de pronto á las gentes de los países abundantes. Su
vida se fundía en un chorreo de azúcar líquido... Y todavía adivinaba Ferragut
las desobediencias de los dos viejos á las disciplinas del régimen, sus
ocultamientos infantiles, sus astucias para gustar á solas las frutas y los
jarabes, encanto de su existencia.
Fué corta la entrevista. El capitán debía volver al
Grao, donde le esperaba su trasatlántico, pronto á zarpar para la América del
Sur.
El poeta lloró otra vez, besando á su ahijado. Ya
no vería más á este coloso que parecía repeler sus débiles abrazos con el
fuelle de su respiración.
—Ulises, ¡hijo mío!... piensa siempre en
Valencia... Haz por ella todo lo que puedas... Ya lo sabes. ¡Siempre Valencia!
Juró todo lo que quiso el poeta, sin comprender qué
es lo que Valencia podía esperar de él, simple marino errante por todos los
mares. Labarta quiso acompañarle hasta la puerta, pero se hundió en su asiento,
obediente al cariñoso despotismo de su compañera, que temía para él las mayores
catástrofes.
¡Pobre doña Pepa!... Ferragut sintió deseos de reír
y de llorar al recibir un beso de su boca arrugada, cuyo vello se había
convertido en púas. Fué un beso de beldad vieja que se recuerda al contacto de
un buen mozo; un beso de mujer infecunda que acaricia al hijo que pudo tener.
—¡El infeliz Carmelo!... Ya no escribe; ya no
lee... ¡Ay! ¿qué será de mí?...
Hablaba de la decadencia de su poeta con la
conmiseración de un ser fuerte y sano. Se aterraba al pensar en los años que
podría sobrevivir á su señor. Ocupada en cuidarle, no se miraba á ella misma.
Un año después, el capitán encontró en Port-Said, á
la vuelta de las Filipinas, una carta de su padrino. Doña Pepa había muerto, y
Labarta, sacudiendo la modorra lacrimosa de su abatimiento, la despedía con un
largo cántico. Ulises pasó los ojos por el recorte de periódico que iba dentro
de la carta conteniendo los últimos versos del poeta. Eran versos en
castellano. ¡Malo!... Después de esto, resultaba indudable su próximo fin.
No tuvo ocasión de verle otra vez: murió estando él
de viaje. Al desembarcar en Barcelona, su madre le entregó una carta escrita
casi en su agonía. «Valencia, hijo mío; ¡siempre Valencia!» Y luego de repetir
varias veces esta recomendación, le hacía saber que era su heredero.
Los libros, las estatuas, todos los recuerdos
gloriosos de Labarta, pasaron á Barcelona para adornar la casa del marino. El
pequeño Telémaco pudo entretenerse rompiendo las viejas coronas del trovador,
arrancando estampas á los volúmenes, con la inconsciencia de un niño fogoso que
tiene á su padre muy lejos y vive sometido á dos señoras que le adoran. Además,
el poeta dejó á su ahijado una casa vieja en Valencia, varias tierras y cierta
cantidad en valores cotizables. Total: treinta mil duros.
El otro tutor de su infancia, el vigoroso Tritón,
permanecía insensible al paso de los años. Ferragut le encontró varias veces,
al llegar á Barcelona, instalado en su casa, en sorda hostilidad con doña
Cristina, dedicando á Cinta y á su hijo una parte del cariño que antes era sólo
para Ulises.
Deseaba que el pequeño Esteban conociese la casa de
los bisabuelos.
—¿Me lo dejarás?... Ya sabes que allá en la Marina
los hombres se hacen fuertes como el bronce. ¿De veras que me lo dejarás?...
Dudaba de su influencia ante el gesto indignado de
la suave doña Cristina. ¿Confiar su nieto al Tritón, para que le
infundiese el amor á las aventuras marítimas, lo mismo que á Ulises?... ¡Atrás,
demonio azul!
El médico vagaba desorientado por el puerto de
Barcelona... Demasiado ruido, demasiado movimiento. Marchaba al lado de Ulises
orgullosamente, haciéndole relatar las aventuras de sus años de marino
vagabundo y cosmopolita. Veía en él al más grande de los Ferragut: hombre de
mar como sus abuelos, pero con título de capitán; aventurero de todos los
océanos como él lo había sido, pero con un sitio en el puente, revestido del
mando absoluto que confieren la responsabilidad y el peligro.
Al reembarcarse Ulises, se alejaba el Tritón hacia
sus dominios.
—Será la próxima vez—decía para consolarse al
partir sin el hijo de su sobrino.
Y pasados unos meses reaparecía, cada vez más
grande, más feo, más curtido, con una sonrisa silenciosa que estallaba en
palabras ante Ulises, lo mismo que una nube tempestuosa estalla en truenos.
A la vuelta de un viaje al mar Negro, doña Cristina
anunció á su hijo:
—Tu tío ha muerto.
La piadosa señora lamentaba cristianamente la
desaparición de su cuñado, dedicándole una parte de sus rezos, pero insistió
con cierta crueldad en el relato de su triste fin. No podía perdonarle su fatal
intervención en el destino de Ulises. Había muerto como había vivido, en el
mar, víctima de su temeridad, sin confesión, lo mismo que un pagano.
Otra herencia que caía sobre Ferragut... Su tío se
había lanzado á nadar en una mañana asoleada de invierno, y no había vuelto.
Los viejos de la costa explicaban á su modo el accidente: un desmayo, un choque
con las rocas. El Dotor era aún vigoroso, pero los años no
pasan sin dejar huella. Algunos creían en una lucha con un «cabeza de olla» ú
otro pez carnívoro de los que cazan en las aguas mediterráneas. En vano los
pescadores llevaron sus barcas por todas las angulosidades entrantes y
salientes del promontorio, explorando las cuevas sombrías y los bajos fondos de
cristalina transparencia. Nadie pudo encontrar el cadáver del Tritón.
Ferragut recordó el cortejo de Afrodita que el
médico le había descrito tantas veces en las noches estivales, viendo á lo
lejos las luces de los faros. Tal vez había tropezado con la alegre comitiva de
las nereidas, uniéndose á ella para siempre.
Esta suposición absurda que Ulises formuló
mentalmente, con incrédula y triste sonrisa, se repitió al mismo tiempo en el
pensamiento simple de muchas gentes de la Marina.
Se negaban á creer en su muerte. Un brujo no se
ahoga. Habría encontrado abajo algo muy interesante, y cuando se cansase de
vivir en las verdes profundidades volvería nadando á su casa.
No; el Dotor no había muerto.
Y durante muchos años, las mujeres que seguían la
costa al anochecer apresuraron el paso, persignándose, al distinguir en las
aguas obscuras un madero ó un paquete de algas. Temían que surgiese de pronto
el Tritón, barbudo, lúbrico, chorreante, volviendo de su correría
por las misteriosas entrañas del mar.
FREYA
El nombre de Ulises Ferragut empezó á ser famoso
entre los capitanes de los puertos españoles. Las aventuras náuticas de su
primera época entraban por muy poco en esta popularidad. Los más de ellos
habían arrostrado mayores peligros, y si le apreciaban, era por el instintivo
respeto que sienten los hombres enérgicos y simples ante una inteligencia que
consideran superior. Sin otras lecturas que las de su carrera, hablaban con
asombro de los numerosos libros que llenaban el camarote de Ferragut, muchos de
ellos sobre materias que les parecían misteriosas. Algunos hasta hacían
afirmaciones inexactas para completar el prestigio de su camarada:
—Sabe mucho... Además de marino, es abogado.
La consideración de su fortuna contribuía
igualmente al aprecio general. Era accionista importante de la compañía naviera
á la que prestaba sus servicios. Los compañeros calculaban con orgullosa
exageración la riqueza de su madre, tasándola en millones.
Encontraba amigos en todo buque que ostentase á
popa la bandera española, fuese cual fuese su puerto de origen y el
regionalismo de sus tripulantes.
Todos le querían: los capitanes vascos, sobrios en
palabras, rudos y de tuteo confianzudo; los capitanes asturianos y gallegos,
enamoradizos y derrochadores, que desmienten con su carácter la avaricia y la
tristeza de tierra adentro; los capitanes andaluces, que parecen llevar en su
gracioso lenguaje un reflejo de la blanca Cádiz y sus vinos luminosos; los
capitanes valencianos, que hablan de política en el puente, imaginando lo que
podrá ser la marina de la futura República; los capitanes de Cataluña y de Mallorca,
conocedores de los negocios tan á fondo como sus armadores. Siempre que les
unía la necesidad de defender sus derechos, pensaban inmediatamente en Ulises.
Ninguno escribía como él.
Los viejos pilotos venidos de abajo, hombres de mar
que habían empezado su carrera en las barcas de cabotaje y á duras penas
ajustaban sus conocimientos prácticos al manejo de los libros, hablaban de
Ferragut con orgullo:
—Dicen que los del mar somos gente bruta... Ahí
tienen á don Luis, que es de los nuestros. Pueden preguntarle lo que quieran...
¡Un sabio!
El nombre de Ulises les hacía titubear. Lo creían
apodo, y no queriendo incurrir en una falta de respeto, habían acabado por
transformarlo en don Luis. Para algunos de ellos, el único defecto de Ferragut
era su buena suerte. Aún no se había perdido un buque mandado por él. Y todo
buen marino que navega sin descanso debe tener en su historia una de estas
desgracias para ser un capitán completo. Solamente los labradores no pierden
barcos.
Cuando murió su madre, Ulises quedó indeciso ante
el porvenir, no sabiendo si continuar su vida de navegante ó emprender otra
completamente nueva. Sus parientes de Barcelona, mercaderes de ágil
entendimiento para la evaluación de una fortuna, sumaban lo que habían dejado
el notario y su esposa, y añadiendo lo de Labarta y el médico, casi llegaban á
un millón de pesetas... ¿Y un hombre con tanto dinero iba á seguir viviendo lo
mismo que un pobre capitán que necesita el sueldo para mantener á su familia?...
Su primo Joaquín Blanes, dueño de una fábrica de
géneros de punto, le instó repetidas veces á que siguiese su ejemplo. Debía
quedarse en tierra y emplear su capital en la industria catalana. Ulises era
del país, por su madre y por haber nacido en la vecina tierra de Valencia. Se
necesitaban hombres de fortuna y energía para que interviniesen en el gobierno.
Blanes hacía política regionalista con el entusiasmo de un burgués que se lanza
en aventuras novelescas.
Cinta no dijo una palabra para decidir á su esposo.
Era hija de un marino y había aceptado ser la esposa de otro. Además, entendía
el matrimonio con arreglo á la tradición familiar: la mujer dueña absoluta del
interior de la casa, pero confiada en los asuntos exteriores á la voluntad del
señor, del guerrero, del jefe del hogar, sin permitirse pensamientos ni
objeciones sobre sus actos.
Fué Ulises el que adoptó por sí mismo la decisión
de abandonar la vida de navegante. Trabajado por las sugestiones de sus primos,
le bastó una pequeña disputa con uno de los directores de la casa armadora para
ofrecer su renuncia, sin que lograsen hacerle retroceder los ruegos y
explicaciones de los otros consocios.
En los primeros meses de su existencia terrestre,
extrañó la inmovilidad desesperante de las cosas. El mundo era de una rigidez y
una dureza antipáticas. Sintió algo semejante á un principio de mareo al ver
que todo permanecía allí donde él lo dejaba, sin permitirse el menor vaivén, la
más leve fantasía dinámica.
Por las mañanas, al entreabrir sus ojos,
experimentaba la dulce sensación de la libertad irresponsable. Nada le
importaba la suerte de aquella casa. Las vidas de los que dormían en los otros
pisos, encima y debajo de él, no estaban confiadas á su vigilancia... Pero á
los pocos días sintió que le faltaba algo que era una de las mayores
satisfacciones de su existencia: la voluntad del poder, el gusto del mando.
Dos criadas de aire azorado acudían á sus voces y
sus repiqueteos de timbre. Esto era todo para él, que había mandado docenas de
hombres de áspera dureza que infundían terror al bajar en los puertos.
Nadie le consultaba ahora, mientras que en el mar
todos buscaban su consejo y muchas veces necesitaban interrumpir su sueño. La
casa podía existir sin que él la visitase diariamente desde las cuevas al
tejado, revisando hasta el último grifo. Las mujeres que hacían la limpieza por
las mañanas le obligaban á refugiarse en el despacho con sus terrestres
escobazos. No le era permitido formular observaciones, no podía extender un
brazo galoneado, lo mismo que cuando reñía á la grumetería descalza y despechugada,
exigiendo que la cubierta quedase limpia como un salón. Se sentía
empequeñecido, exonerado. Pensaba en Hércules vestido de mujer, hilando su
rueca. El amor á la familia le había hecho renunciar á su vida de varón
poderoso.
Sólo el trato de su esposa, que le rodeaba de
asiduos cuidados, como si quisiera compensarse con esto de las largas
separaciones, le hizo llevadera la situación. Además, sentía satisfecha su
conciencia al hacer de padre «terrestre», preocupándose de su hijo, que
empezaba á prepararse para ingresar en el Instituto, repasando sus libros,
ayudándole en la comprensión de los textos.
Pero tampoco estos placeres fueron de larga
duración. Le aburrían las tertulias de familia en su casa y en la de sus
parientes; las conversaciones con tíos, primos y sobrinos sobre ganancias y
negocios ó sobre los defectos de la tiranía centralista. Según ellos, todas las
calamidades del cielo y de la tierra procedían de Madrid. El gobernador de la
provincia era el «cónsul de España».
Estos mercaderes sólo interrumpían sus críticas
para oír con religioso silencio la música de Wágner golpeada en el piano por
las niñas de la familia. Un amigo con voz de tenor cantaba Lohengrin en
catalán. El entusiasmo hacía rugir á los más exaltados: «¡El himno... el
himno!» No era posible equivocarse. Para ellos sólo existía un himno. Y
acompañaban con una canturria á media voz la música litúrgica de Los
segadores.
Ulises recordaba con nostalgia su vida de
comandante de trasatlántico: una vida amplia, mundial, de incesantes y variados
horizontes, de muchedumbres cosmopolitas. Se veía detenido en las cubiertas por
grupos de muchachas elegantes que le pedían nuevos bailes en la semana. Salían
á su paso faldas de blanco revoloteo, velos que ondulaban como nubes de
colores, risas y trinos parlantes en un español que parecía puesto en música;
todo el estrépito juguetón de una jaula de pájaros del Trópico.
Los ex presidentes de República—generales ó
doctores que iban á descansar á Europa—le contaban en el puente, con una
gravedad napoleónica, los principales hechos de su historia. Los hombres de
negocios, al dirigirse á América, le confiaban sus planes estupendos: ríos
cambiados de cauce, ferrocarriles á través de la selva virgen, monstruosas
fuerzas eléctricas extraídas de cascadas de varios kilómetros de anchura,
ciudades vomitadas por el desierto en unas semanas; todas las maravillas de un
mundo en la pubertad, que desea realizar cuanto concibe su joven imaginación.
Era el demiurgo del pequeño mundo flotante; disponía á su antojo de la alegría
y del amor.
En las tardes calurosas de la Línea, le bastaba dar
una orden para sacudir la embrutecida modorra de las cosas y los seres. «Que
suba la música y que sirvan refrescos.» Y á los pocos minutos giraban las
parejas á lo largo de la cubierta, sonreían las bocas, se iluminaba en los ojos
un punto brillante de ilusión y de deseo. A sus espaldas sonaba el elogio. Las
matronas le encontraban muy distinguido. «Se ve que es persona bien.»
Camareros y tripulantes hacían una relación exagerada de su riqueza y sus
estudios. Algunas jóvenes que navegaban hacia Europa con la imaginación en
pleno hervidero novelesco, se contraían decepcionadas al saber que el héroe era
casado y tenía un hijo. Las damas solitarias, tendidas en una chaise
longue, con un volumen en la mano, arreglaban, al verle, la corola de sus
faldas, tapándose las piernas con tanta precipitación, que siempre las dejaban
más al descubierto. Luego, fijando en él una mirada profunda, iniciaban el
diálogo, siempre del mismo modo:
—¿Cómo ha llegado usted á capitán, siendo tan
joven?
¡Ah, miseria!... El que había convivido varios
años, de un extremo á otro del Atlántico, con un mundo rico, alegre, perfumado,
resistiéndose unas veces por prudencia á los caprichos femeniles, entregándose
otras con un recato de marino discreto, se veía ahora sin otros admiradores que
la vulgarota tribu de los Blanes, sin otras ilusiones que las que le sugería su
primo el fabricante, entusiasmado porque los grandes apóstoles del partido se
fijaban con cierta simpatía en el capitán.
Todas las mañanas, al despertar, sufría un rudo
choque en sus gustos. Lo primero que contemplaba era una habitación «sin
personalidad», una vivienda que nada tenía de él, arreglada por las sirvientas
con limpieza prolija y falta de lógica, que cambiaba incesantemente el
emplazamiento de las cosas.
Recordaba con nostalgia su camarote reducido y
ordenado, donde no había un mueble que escapase á su vista ni un cajón cuyo
contenido no estuviera en su memoria. Su cuerpo se deslizaba, con el
desembarazo de la costumbre, por los desfiladeros del mobiliario. Se había
adaptado á todos los ángulos entrantes y salientes, como la carne del molusco
se adapta á las sinuosidades internas de sus valvas. El camarote parecía
formado con secreciones de su ser: era un caparazón, una concha que iba con él
de un extremo á otro de los océanos, caldeándose con las altas temperaturas del
Trópico, cerrándose con un calafateo de cabaña esquimal al aproximarse á los
mares fríos.
Le inspiraba un amor semejante al que siente el
fraile por su celda; pero esta celda era mundial, y al entrar en ella, después
de una noche de tormenta pasada en el puente ó de una bajada á tierra en los
puertos más diversos, la veía siempre lo mismo, con los papeles y los libros
inmóviles sobre la mesa, las ropas colgadas de las perchas, las fotografías
fijas en las paredes. Cambiaba el diario espectáculo de mares y tierras,
cambiaba la temperatura y el curso de los astros; las gentes, arrebujadas en gabanes
invernales, vestían de blanco una semana después y buscaban en el cielo las
nuevas estrellas del opuesto hemisferio... y su camarote siempre igual, como si
fuese un rincón de un planeta aparte, insensible á las variaciones de este
mundo.
Por las mañanas, al despertar en él, se veía
envuelto en una atmósfera, verdosa y suave, lo mismo que si hubiese dormido en
el fondo de un lago encantado. El sol trazaba sobre la blancura del techo y de
las sábanas una red inquieta de oro, cuyas mallas se sucedían incesantemente:
era el reflejo del agua invisible. En la inmovilidad de los puertos entraban
por el ventano el chirrido de las grúas, los gritos de los cargadores, las
conversaciones de los que ocupaban los botes en torno del trasatlántico. En alta
mar era el silencio fresco y rumoroso de la inmensidad lo que llenaba su
dormitorio. Un viento de infinita pureza, que venía tal vez del otro lado del
planeta, deslizándose miles de leguas por los desiertos salados sin tocar una
sola corrupción, resbalaba en la garganta de Ferragut como un vino de gaseosa
embriaguez. Su duro costillaje iba dilatándose á impulsos de este trago de
vida, mientras sus ojos parpadeaban ante el azul luminoso del horizonte.
En su casa, lo primero que veía al despertar era un
edificio catalán, rico y monstruoso, semejante á los palacios que dibujan los
hipnotizados en sus ensueños: una amalgama de flores persas, columnas góticas,
troncos de árboles con cuadrúpedos, reptiles y caracoles entre follajes de
cemento. El adoquinado le enviaba por sus respiraderos la fetidez de unas
alcantarillas solidificadas por la escasez de agua; los balcones esparcían el
polvo de las alfombras sacudidas; el palacio-quimera se tragaba con una insolencia
de rico novel todo el cielo y el sol que correspondían á Ferragut.
Una noche sorprendió á sus parientes haciéndoles
saber que volvía al mar. Cinta asintió con un silencio doloroso á esta
resolución, como si la hubiese adivinado mucho antes. Era algo inevitable y
fatal que debía aceptar. El fabricantes Blanes tartamudeó de asombro. ¡Volver á
su vida de aventuras cuando los grandes señores del partido se ocupaban de su
persona!... Tal vez en las primeras elecciones le hiciesen concejal.
Ferragut rió de la simpleza de su primo. Quería
mandar otra vez un barco, pero suyo, sin tener que sufrir las imposiciones de
los armadores. El podía permitirse este lujo. Sería como un yate enorme, pronto
á hacer rumbo á su gusto ó su conveniencia y proporcionándole al mismo tiempo
cuantiosas ganancias. Tal vez su hijo llegase á ser director de compañía
marítima, al convertirse con los años este primer vapor en una flota enorme.
Conocía todos los puertos del mundo, todos los
caminos del tráfico, y sabría adivinar los lugares faltos de buques, donde se
pagan fletes altos. Hasta ahora había sido un asalariado valeroso y ciego. Iba
á empezar su vida de explotador del mar.
Dos meses después escribió desde Inglaterra
diciendo que había comprado el Fingal, vapor-correo de tres mil
toneladas, que hacía el servicio dos veces por semana entre Londres y un puerto
de Escocia.
Ulises se mostraba entusiasmado por la baratura de
su adquisición. El Fingal había sido propiedad de un capitán
escocés, que, á pesar de sus largas dolencias, no quiso abandonar nunca el
mando, muriendo á bordo de su buque. Los herederos, hombres de tierra adentro,
cansados de una larga espera, ansiaban deshacerse de él á cualquier precio.
Cuando el nuevo propietario entró en el salón de
popa, rodeado de camarotes—único lugar habitable en este buque de carga—, los
recuerdos del muerto salieron á su paso. En los planos de las entrepuertas
estaban pintados los héroes de la Ilíada escocesa: el bardo Ossián y su arpa;
Malvina la de los redondos brazos y sueltas crenchas de oro; los guerreros
bigotudos, con cascos de aletas y salientes bíceps, que se daban cuchilladas en
los broqueles, despertando los ecos de los lagos verdes.
Un sillón mullido y profundo abría sus brazos ante
una estufa. Allí había pasado sus últimos años el dueño del buque, enfermo del
corazón, con las piernas hinchadas, dirigiendo desde su asiento un rumbo que se
repetía todas las semanas, á través de las nieblas, á través de las olas
invernales que arrastraban pedazos de hielo arrancados á los icebergs.
Cerca de la estufa había un piano, y sobre su tapa un rimero de partituras
amarilleadas por el tiempo: La sonámbula, Lucía,
romanzas de Tosti, canciones napolitanas, melodías fáciles y graciosas que
esparcían las viejas cuerdas del instrumento con el timbre frágil y cristalino
de una caja de música. El pobre nauta de piernas de piedra tendía su corazón
enfermo hacia el mar de la luz. Esta música hacía surgir en medio de los cielos
brumosos las colinas de Sorrento, cubiertas de naranjos y limoneros, las costas
de Sicilia, perfumadas por una flora ardorosa.
Ferragut tripuló el buque con gente amiga. Su
segundo fué un piloto que había empezado su carrera en las barcas de pesca. Era
del mismo pueblo de los abuelos de Ulises, y se acordaba del Dotor con
respeto y admiración. Había conocido á su capitán actual cuando éste era
pequeño é iba á pescar con su tío. En dicha época, Tòni era ya marinero en un
laúd de cabotaje, superioridad de años que le había autorizado para tutear á
Ulises.
Al verse ahora bajo sus órdenes, quiso modificar el
tratamiento, pero el capitán no lo consintió. Tòni y él eran tal vez parientes
lejanos. Todos los de aquel pueblo de la Marina estaban unidos por largos
siglos de existencia aislada y peligros comunes. La tripulación, desde el
primer maquinista á los últimos marineros, se mostraba igualmente familiar en
su respeto. Unos eran de la misma tierra del capitán, otros habían navegado
largamente á sus órdenes.
Ulises conoció como armador un sinnúmero de
preocupaciones que no había sospechado antes. Se verificó en él la angustiosa
transformación del artista que se convierte en empresario, del literato que se
desdobla en editor, del ingeniero dedicado á la fantasía de los inventos que
pasa á ser dueño de fábrica. Su amor romántico por el mar y sus aventuras fué
acompañado ahora de preocupaciones sobre el precio y el consumo del carbón,
sobre la concurrencia rabiosa que hacía bajar los fletes, y la busca de puertos
nuevos con carga pronta y remuneradora.
El Fingal, que había sido rebautizado
por su nuevo propietario con el nombre de Mare nostrum, en memoria
de su tío, resultaba una compra dudosa á pesar de su bajo precio. Ulises se
había entusiasmado como navegante al ver su proa alta y afilada dispuesta á
afrontar los peores mares, su esbeltez de buque veloz, sus máquinas
sobradamente poderosas para un vapor de carga, todas las condiciones que le
habían hecho servir de correo durante varios años. Consumía demasiado
combustible para dedicarse con ganancia al transporte de mercancías. El
capitán, durante sus navegaciones, sólo pensaba ahora en el alimento de las
calderas. Siempre le parecía que Mare nostrum marchaba con
excesiva rapidez.
—¡Media máquina!—gritaba por el tubo á su primer
mecánico.
Pero á pesar de esta precaución y de otras, el
gasto de combustible resultaba enorme al hacer el arqueo de un viaje. El buque
consumía todas las ganancias. Su velocidad era insignificante comparada con la
de un trasatlántico, pero resultaba absurda en relación con la de los vapores
mercantes de gran casco y pequeña máquina que iban solicitando carga á
cualquier precio por todos los puntos.
Esclavo de la superioridad de su buque y en
continua lucha con ella, Ferragut se esforzó por seguir navegando sin grandes
pérdidas. Todas las aguas del planeta vieron á Mare nostrum dedicado
á los transportes más raros. Gracias á él ondeó la bandera española en puertos
que no la habían visto nunca.
Hizo viajes por los mares solitarios de Siria y
Asia Menor, ante costas donde la novedad de un buque con chimenea hacía correr
y aglomerarse á las gentes de los aduares. Realizó desembarcos en puertos
fenicios y griegos cegados por la arena, que sólo conservaban unas cuantas
chozas al pie de montones de ruinas. Algunas columnas de mármol se erguían aún
como troncos de palmeras desmochadas. Ancló junto á temibles rompientes de la
costa occidental de África, bajo un sol que hacía arder la cubierta, para recibir
caucho, plumas de avestruz y colmillos de elefante traídos en largas piraguas
por remeros negros. Salían siempre de un río poblado de cocodrilos é
hipopótamos, en cuyas orillas alzaba la factoría los conos pajizos de sus
techumbres.
Cuando faltaban estos viajes fuera de las rutas
ordinarias, Mare nostrum hacía rumbo á América, resignándose á
luchar en baratura con ingleses y escandinavos, que son los arrieros del
Océano. Su tonelaje y su calado le permitían remontar los grandes ríos de la
América del Norte, llegando hasta las ciudades del remoto interior que hacen
humear las filas de chimeneas de sus fábricas al borde de un lago dulce
convertido en puerto.
Navegó por el rojizo Paraná hasta Rosario y
Colastiné, para cargar trigo argentino; fondeó en las aguas de ámbar de
Uruguay, frente á Paysandú y Fray Ventos, recibiendo cueros destinados á Europa
y carne salada para las Antillas. En el Pacífico remontó el Guayas á través de
una vegetación ecuatorial, en busca del cacao de Guayaquil. Su proa cortó la
infinita lámina del Amazonas, apartando los troncos gigantescos arrastrados por
las inundaciones de la selva virgen, para anclar frente á Pará ó frente á Manaos,
tomando cargamentos de tabaco y café. Hasta llevó de Alemania pertrechos de
guerra para los revolucionarios de una pequeña República.
Estos viajes, que en otro tiempo entusiasmaban á
Ferragut, tenían ahora como final una decepción. Después de pagados los gastos
y de haber vivido con rabiosa economía, apenas quedaba algo para el armador.
Cada vez eran más numerosos los buques de carga y el flete más barato. Ulises,
con su elegante Mare nostrum, no podía luchar contra los capitanes
septentrionales, alcoholizados y taciturnos, que aceptaban á cualquier precio
el llenar sus buques sórdidos, emprendiendo una marcha de tortuga á través de
los océanos.
—No puedo más—decía con tristeza á su segundo—. Voy
á arruinar á mi hijo. Si me compran Mare nostrum, lo vendo.
En una de sus expediciones infructuosas, cuando
sentía mayor desaliento, una noticia inesperada cambió su situación. Acababan
de llegar á Tenerife con maíz de la Argentina y fardos de alfalfa seca. Tòni
volvió á bordo después de haber legalizado los papeles del buque.
—¡La guèrra, che!—gritó en valenciano, la
lengua de su intimidad.
Ulises, que se paseaba por el puente, acogió la
noticia con indiferencia. «¿La guerra?... ¿Qué guerra era esa?...» Pero al
saber que Alemania y Austria habían roto las hostilidades contra Francia y
Rusia, y que Inglaterra acababa de intervenir en defensa de Bélgica, el capitán
se lanzó á calcular las consecuencias políticas de esta conflagración. No veía
otra cosa.
Tòni, menos desinteresado, habló de la suerte
futura del buque... ¡Terminada la miseria! Los fletes á trece chelines tonelada
de un hemisferio á otro iban á ser en adelante un recuerdo vergonzoso. No
tendrían ya que solicitar carga de puerto en puerto como quien pide una
limosna. Ahora les tocaba darse importancia, viéndose solicitados por los
consignatarios y comerciantes desdeñosos. Mare nostrum iba á
valer como si fuese de oro.
Tales predicciones, que Ferragut se resistía á
aceptar, empezaron á cumplirse al poco tiempo. Escasearon los barcos en las
rutas del Océano. Unos se refugiaban en los puertos neutrales más próximos,
temiendo á los cruceros enemigos. Los más eran movilizados por sus gobiernos
para los enormes transportes de material que exige la guerra moderna. Los
corsarios alemanes, valiéndose de astucias, aumentaban con sus presas el pánico
de la marina mercante.
Saltó el precio del flete de trece chelines la
tonelada á cincuenta; luego á sesenta, y á los pocos días á ciento. Ya no podía
subir más, según el capitán Ferragut.
—Aún subirá—afirmaba el segundo con una alegría
cruel—. Veremos la tonelada á ciento cincuenta, á doscientos... ¡Vamos á
hacernos ricos!
Y Tòni empleaba el plural al hablar de la futura
riqueza, sin que se le ocurriese por un momento pedir á su capitán unos
céntimos más sobre los cuarenta y cinco duros que recibía al mes. La fortuna de
Ferragut y del buque la consideraba como suya. Se tenía por dichoso siempre que
no le faltase el tabaco y pudiera enviar su sueldo íntegro á la mujer y los
hijos, que vivían allá en la Marina.
Su ambición era la de todos los navegantes
modestos: comprar un pedazo de tierra y hacerse labrador en su vejez. Los
pilotos vascos soñaban con praderas y manzanos, una casita en una cumbre, y
muchas vacas. El se imaginaba una viña en la costa, una vivienda blanca con
emparrado, á cuya sombra fumaría su pipa, y toda la familia, hijos y nietos,
extendiendo la cosecha de pasa sobre los cañizos.
Le unía á Ferragut una admiración familiar, igual á
la del antiguo escudero por su paladín, á la de un sargento viejo por un
oficial de genio. Los libros que llenaban el camarote del capitán le hacían
recordar sus angustias al examinarse en Cartagena para adquirir el título de
piloto. Los graves señores del tribunal le habían visto palidecer y balbucear
como un niño ante los logaritmos y las fórmulas trigonométricas. A él que le
preguntasen sobre casos prácticos, y su pericia de patrón de barca, habituado á
todos los peligros del mar, le haría responder con el aplomo de un sabio.
En los trances difíciles—días de tormenta, bajos
tortuosos, vecindad de costas traidoras—, Ferragut sólo se decidía á descansar
cuando Tòni le reemplazaba en el puente. Con él no había miedo á que entrase
por descuido la ola de través que barre la cubierta y apaga las máquinas, ó que
el escollo invisible clavase su colmillo de piedra en el vientre del buque.
Seguía junto al timonel el rumbo indicado, inmóvil y silencioso, como si
durmiese de pie; pero en el momento oportuno dejaba caer la breve palabra de mando.
Era enjuto de carnes, con la recocida delgadez de
los mediterráneos bronceados. El viento salino más que los años había curtido
su rostro, frunciéndolo con profundas arrugas. Una coloración caprichosa hacía
negro el fondo de estas grietas, mientras que la parte expuesta al sol parecía
lavada por la luz, con tonos más claros. La barba corta y dura se extendía por
los surcos y lomas de su piel. Además, tenía pelo en las orejas, pelo en las
fosas nasales, anchas y respingadas, prontas á estremecerse en los momentos de
cólera ó de admiración... Pero esta fealdad disminuía bajo la luz de sus ojos
pequeños, con las pupilas entre verdes y aceitosas; unos ojos que miraban
dulcemente, con expresión canina de resignación, cuando el capitán se burlaba
de sus creencias.
Tòni era «hombre de ideas». Ferragut sólo le
conocía cuatro ó cinco, pero duras, cristalizadas, inconmovibles, como los
moluscos que, adheridos á la roca, acaban por convertirse en una excrecencia
pétrea. Las había adquirido en veinticinco años de cabotaje mediterráneo,
leyendo todos los periódicos de un radicalismo lírico que le salían al
encuentro en los puertos. Además, al final de sus viajes estaba Marsella, y en
una de sus callejuelas un salón rojo adornado de columnas simbólicas, donde se
encontraba con navegantes de todas las razas y todas las lenguas, entendiéndose
fraternalmente por medio de signos misteriosos y palabras rituales.
Cuando entraba en un puerto de la América del Sur,
después de larga ausencia, admiraba los rápidos adelantos de los pueblos
jóvenes: muelles enormes construídos en un año, calles interminables que no
existían en el viaje anterior, parques frondosos y elegantes sobre antiguas
lagunas desecadas.
—Es natural—afirmaba rotundamente—. Por algo son
República.
Al entrar en los puertos españoles, la menor
contrariedad en el amarre del buque, una discusión con los empleados oficiales,
la falta de espacio para un buen fondeo, le hacían sonreír con amargara.
«¡Desgraciado país!... Todo era obra del altar y el trono.»
En el río de Londres ó ante los muelles de
Hamburgo, el capitán Ferragut se burlaba de su subordinado.
—¡Aquí no hay República, Tòni...! Y sin embargo,
esto es algo.
Pero Tòni no se daba por vencido. Contraía el
peludo rostro, haciendo un esfuerzo mental para dar forma á sus vagas ideas,
vistiéndolas de palabras. En el fondo de estas grandezas presentía una
afirmación de sus mismos pensamientos. Al fin se entregaba, desarmado, pero no
convencido.
—No sé explicarme: me faltan palabras... Son las
gentes las que hacen todo eso.
Al recibir en Tenerife la noticia de la guerra,
resumió todas sus doctrinas con el laconismo de un triunfador.
—Hay en Europa demasiados reyes... ¡Si todos los
pueblos fuesen Repúblicas!... Esta calamidad había de llegar forzosamente.
Y Ferragut no se atrevió á burlarse esta vez de la
simpleza de su segundo.
Toda la gente de Mare nostrum se
mostraba entusiasmada por el nuevo aspecto de los negocios. Los marineros,
taciturnos en las navegaciones anteriores, como si presintiesen la ruina ó el
cansancio de su capitán, trabajaban ahora alegremente, lo mismo que si fuesen á
participar de las ganancias.
En el rancho de proa se entregaban muchos de ellos
á cálculos comerciales. El primer viaje de la guerra equivalía á diez de los
anteriores; el segundo tal vez proporcionase ganancia como veinte. Y se
alegraban por Ferragut, con el mismo desinterés que su primer oficial,
acordándose de los malos negocios de antes. Los maquinistas ya no eran llamados
al camarote del capitán para idear nuevas economías de combustible. Había que
aprovechar el tiempo, y Mare nostrum iba á todo vapor,
haciendo catorce millas por hora, como un buque de pasajeros, deteniéndose
únicamente cuando le cerraba el paso un destroyer inglés á la entrada del
Mediterráneo, enviándole un oficial para convencerse de que no llevaba á bordo
súbditos de los Imperios enemigos.
La abundancia reinaba igualmente entre el puente y
la proa, donde estaban la cocina y el alojamiento de los marineros, espacio del
buque respetado por todos como dominio incontestable del tío Caragòl.
Este viejo apodado «Caracol»—otro amigo antiguo de
Ferragut—era el cocinero de á bordo, y aunque no se atrevía á tutear al
capitán, como en otros tiempos, la expresión de su voz daba á entender que
mentalmente seguía usando de esta familiaridad. Había conocido á Ulises cuando
huía de las aulas para remar en el puerto, y él, por el mal estado de sus ojos,
acababa de retirarse de la navegación de cabotaje, descendiendo á ser simple
lanchero. Su gravedad y su corpulencia tenían algo de sacerdotal. Era el mediterráneo
obeso, de cabeza pequeña, cuello voluminoso y triple mentón, sentado en la popa
de su barca de pesca como un patricio romano en el trono de la trirreme.
Su talento culinario sufría eclipses cuando no
figuraba el arroz como tema fundamental de sus composiciones. Todo lo que este
alimento puede dar de sí lo conocía perfectamente. En los puertos del Trópico,
los tripulantes, hastiados de bananas, piñas y aguacates, saludaban con
entusiasmo la aparición de la gran sartén de arroz con bacalao y patatas ó de
la cazuela de arroz al horno, con la dorada costra perforada por la cara roja
de los garbanzos y el lomo negro de las morcillas. Otras veces, el cocinero, bajo
el cielo plomizo de los mares septentrionales, les hacía evocar el recuerdo de
la lejana patria dándoles el monástico arroz con acelgas ó el mantecoso arroz
con nabos y judías.
En los domingos y fiestas de santos valencianos,
que eran los primeros del cielo para el tío Caragòl—San Vicente
Mártir, San Vicente Ferrer, la Virgen de los Desamparados y el Cristo del
Grao—, aparecía la humeante paella, vasto redondel de arroz, sobre
cuya arena de hinchados granos yacían despedazadas varias aves. El cocinero
sorprendía á su gente repartiendo cebollas crudas, voluminosas, de acre perfume
que arrancaba lágrimas y una blancura de marfil. Eran un regalo de príncipe
mantenido en secreto. No había mas que quebrarlas de un puñetazo para que
soltasen su viscosidad, y luego se perdían en los paladares como bocados
crujientes de un pan dulce y picante, alternando con las cucharadas de arroz.
El buque estaba á veces cerca del Brasil, á la vista de Fernando de Noroña,
distinguiéndose las chozas cónicas de los negros instalados en la isla bajo un
sol ecuatorial, y los tripulantes creían comer en una barraca de la huerta de
Valencia, pasándose de mano en mano el porrón de vino fuerte de Liria.
Cuando anclaban en puertos de pesca abundante,
acometía la magna obra de guisar un arroz abanda. Los marmitones
llevaban á la mesa del capitán la olla donde habían hervido los pescados
mantecosos, revueltos con langostas, almejas y toda clase de mariscos. El se
reservaba el honor de ofrecer la gran fuente con su pirámide de arroz dorado y
suelto.
Hervido aparte (abanda), cada grano estaba
repleto del suculento caldo de la olla. Era un arroz que contenía en sus
entrañas la concentración de todas las substancias del mar. Como si cumpliese
una ceremonia litúrgica, iba entregando medio limón á cada uno de los que
ocupaban la mesa. El arroz sólo debe comerse luego de humedecerlo con este
rocío perfumado, que evoca la imagen de un jardín oriental. Únicamente
desconocían esta voluptuosidad los infelices de tierra adentro, que llaman á
cualquier rancho arroz á la valenciana.
Ulises asentía á las reflexiones del cocinero,
llevándose á la boca la primera cucharada con gesto interrogante... Luego
sonreía, sumiéndose en gastronómica embriaguez. «¡Magnífico, tío Caragòl!»
Su buen humor le hacía afirmar que los dioses sólo se alimentaban con
arroz abanda en su hotel del Olimpo. Lo había leído en los
libros. Y Caragòl, presintiendo en esto un elogio, contestaba
gravemente: «Así es, mi capitán.» Tòni y los otros oficiales masticaban con la
cabeza baja, interrumpiéndose únicamente para lamentar que el viejo se hubiese
quedado corto al medir la ambrosía.
El aceite era para él tan precioso como el arroz.
En la época de la navegación miserable, cuando el capitán hacía esfuerzos por
conseguir nuevos ahorros, Caragòl vigilaba especialmente la
gran alcuza de su cocina. Sospechaba que los marmitones y los marineros jóvenes
se atusaban el pelo para hacer el majo empleando el aceite como pomada. Toda
cabeza que se ponía al alcance de su vista turbia la sujetaba entre sus brazos,
llevando á ella las narices. El más lejano perfume del licor de oliva
despertaba su cólera. «¡Ah, lladre!...» Y dejaba caer su
manaza enorme, blanda y pesada como un guantelete de esgrima.
Ulises le creía capaz de subir al puente declarando
que la navegación no podía continuar por haberse agotado los odres del líquido
color de amatista procedente de la sierra de Espadán.
Sus ojos cegatos reconocían inmediatamente en los
puertos la nacionalidad de los buques que fondeaban á ambos costados del Mare
nostrum. Su nariz sorbía con tristeza el ambiente. «¡Nada!...» Eran barcos
insípidos, barcos del Norte, que hacían su comida con manteca: tal vez barcos
protestantes.
Otras veces avanzaba por la borda con lentitud,
siguiendo un rastro embriagador, hasta que se colocaba enfrente de la cocina
del buque vecino, aspirando su rico perfume. «¡Hola, hermanos!...» Imposible
equivocarse. Eran españoles; y si no, procedían de Marsella, de Génova ó de
Nápoles; en suma, compatriotas que comían y vivían bajo todas las latitudes lo
mismo que si estuviesen en su pequeño mar interior. Pronto se entablaban
pláticas en el idioma mediterráneo, mezcla de español, de provenzal y de italiano
inventada por los pueblos híbridos de la costa de África, desde Egipto á
Marruecos. Unas veces se enviaban presentes como los que se cruzan entre tribu
y tribu: frutos del lejano país. Otras, enemistados de pronto sin saber por
qué, avanzaban los puños sobre las bordas, gritándose insultos en los que
reaparecían metódicamente, á cada dos palabras, la Virgen y su santo hijo.
Esta era la señal para que el tío Caragòl,
alma religiosa, volviese con altivo silencio á su cocina. Tòni, el segundo, se
burlaba de sus entusiasmos devotos. La gente de proa, materialista y tragona,
le escuchaba en cambio con deferencia, por ser él quien medía el vino y los
mejores bocados. El viejo les hablaba del Cristo del Grao, cuya estampa ocupaba
el sitio más visible de la cocina, y todos oían como un relato nuevo la llegada
por el mar de la santa imagen, tendida sobre una escalera, dentro de un buque
que se hizo humo luego de soltar su milagroso cargamento.
Había sido esto cuando el Grau no
era mas que un grupo de chozas lejos de las murallas de Valencia y amenazado
por los desembarcos de los piratas moros. Durante muchos años, Caragòl había
sacado en hombros y descalzo la sagrada escalera el día de la fiesta. Ahora,
otros hombres de mar disfrutaban de tal honor, y él, viejo y cegato, aguardaba
entre el público de la procesión para lanzarse sobre la enorme reliquia,
pasando sus ropas por la madera.
Todo cuanto llevaba encima estaba santificado por
dicho contacto. En realidad, no era gran cosa, pues andaba por el buque ligero
de ropa, con el impudor de un hombre que ve mal y se considera más allá de las
preocupaciones humanas.
Una camisa con el faldón siempre flotante y unos
pantalones de sucio algodón ó de bayeta amarilla, según las estaciones, eran su
vestimenta. El pecho de la camisa estaba abierto en todo tiempo, dejando ver un
matorral de pelos blancos. Los pantalones se sostenían invariablemente con un
solo botón, y cuando el viento levantaba la camisa, salía á la luz un nuevo
triángulo peludo y blanco, con el vértice hacia arriba, que era continuación
del triángulo enmarañado del pecho, con el vértice hacia abajo. Un sombrero de
palma cubría su cabeza hasta cuando trabajaba en sus cacerolas.
El Mare nostrum no podía naufragar
ni sufrir daño alguno mientras le llevase á él. En días de tormenta, cuando las
olas barrían la cubierta de proa ó popa y los marineros avanzaban recelosos,
temiendo que se los llevase un golpe de mar, Caragòl sacaba la
cabeza por la puerta de la cocina, despreciando un peligro que no podía ver.
Las trombas de agua pasaban sobre él, yendo á
apagar sus fogones, pero esto enardecía su fe. «¡Animo, muchachos!» El Cristo
del Grao se ocupaba en protegerles, y nada malo podría ocurrirle al baque...
Unos marineros callaban; otros, irritados, se hacían esto y aquello en la
imagen y su santa escala, sin que el devoto se indignase. Dios, que envía los
peligros al hombre de mar, sabe que sus malas palabras carecen de malicia.
Su religiosidad se extendía á las profundidades.
Nada quería decir de los peces del Océano. Le inspiraban la misma indiferencia
que aquellos buques fríos y sin perfume que ignoraban el aceite y todo lo
guisaban con «pomada». Debían ser herejes.
A los peces del Mediterráneo los conocía mejor, y
llegaba á tenerlos por buenos católicos, ya que proclamaban á su modo la gloria
de Dios. De pie junto á la borda, en las tardes cálidas del Trópico, contaba,
para honra de los habitantes del lejano mar, el portentoso milagro del barranco
de Alboraya.
Un sacerdote vadeaba á caballo su desembocadura
para llevar el Viático á un moribundo, cuando tropezó la bestia, y abriéndose
el copón cayeron las hostias, siendo arrastradas por la corriente. Desde
entonces brillaron todas las noches luces misteriosas en el mar, y á la salida
del sol un enjambre de pececillos venía á situarse frente al barranco,
emergiendo sus cabezas del agua para mostrar la hostia que cada uno de ellos
llevaba en la boca. En vano quisieron los pescadores quitárselas. Huían mar
adentro con su tesoro. Sólo cuando llegó el clero con cruz alzada y el mismo
sacerdote se metió en el barranco hasta las rodillas, se decidieron á
acercarse, y uno tras otro fueron depositando su hostia en el copón,
retirándose luego, de ola en ola, moviendo graciosamente sus colitas.
A pesar de la vaga esperanza de un porrón de vino
extraordinario que animaba á los más de los oyentes, un murmullo de
incredulidad surgía al final del relato. El devoto Caragòl era
iracundo y malhablado como un profeta cuando consideraba en peligro su fe.
«¿Quién era el hijo de pulga que se atrevía á dudar de lo que él había
visto?...» Y lo que él había visto era la fiesta de los peixets,
que se celebraba todos los años, oyendo á doctísimos varones el relato del
milagro en la capilla conmemorativa edificada al borde del barranco.
Este prodigio de los pescaditos iba seguido casi
siempre de lo que él llamaba el milagro del peixòt, pretendiendo
con el peso del tal pescadote aplastar las dudas de la impiedad.
La galera de Alfonso V de Aragón—el único rey
marino de España—chocaba al salir del golfo de Nápoles con un peñasco oculto,
cerca de la isla de Capri. Se partía un costado de la nave, sin que ésta
hiciese agua, y seguía navegando á velas desplegadas, con el rey, las damas de
su corte y el séquito de barones cubiertos de hierro. Veinte días después
llegaban á Valencia sanos y salvos, como todo navegante que en momentos de
peligro pide auxilio á la Virgen del Puig. Al registrar los maestros calafates
el casco de la galera, veían á un pescado enorme desprenderse de su fondo con
la tranquilidad de una persona honrada que ha cumplido su deber. Era un delfín
enviado por la Santísima Señora para que pegase su lomo á la brecha abierta. Y
así, como un tapón, había navegado de Nápoles á Valencia, sin dejar pasar una
gota de agua.
El cocinero no admitía críticas y protestas. Este
milagro era innegable. El lo había visto con sus ojos cuando estaban buenos; lo
había visto en un cuadro antiguo del monasterio del Puig, y todo aparecía en la
tabla con el relieve de la verdad: la galera, el rey, el peixòt, y
la Virgen en lo alto dándole la orden.
La brisa levantaba el faldón del narrador,
apareciendo su abdomen partido en dos hemisferios por la tirantez del botón
único.
—Tío Caragòl, ¡que se le
escapa!—avisaba una voz burlona.
El santo hombre sonreía con la calma seráfica del
que se ve más allá, de las pompas y vanidades de la existencia.
—Déjalo: ya no vuela.
Y emprendía el relato de un nuevo milagro.
Ferragut asimilaba estas exaltaciones del cocinero
á su ligereza de ropa en todo tiempo. Ardía en su interior un fuego
incesantemente renovado. En los días brumosos subía al puente con unos vasos de
bebida humeante que él llamaba calentets. Nada mejor para los
hombres que habían de pasar largas horas á la intemperie, en inmóvil
vigilancia. Era café mezclado con aguardiente de caña, pero en desiguales
proporciones, siendo más el alcohol que el líquido negro. Tòni bebía
rápidamente todos los vasos ofrecidos. El capitán los rechazaba, pidiendo café
puro.
Su sobriedad era la del antiguo nauta: la sobriedad
del padre Ulises, que mezclaba el vino con agua en todas sus libaciones. Las
divinidades del viejo mar no amaban las bebidas alcohólicas. Anfitrita y las
nereidas sólo aceptaban en sus altares frutos de la tierra, sacrificios de
palomas, libaciones de leche. Tal vez á causa de esto los marineros del
Mediterráneo, siguiendo una preocupación hereditaria, veían en la embriaguez el
más vil de los rebajamientos. Los que no eran sobrios evitaban emborracharse francamente
como los marineros de otros mares, disimulando la rudeza del brebaje alcohólico
con el café ó con el azúcar.
Caragòl era el encargado de beberse todos los
«calentitos» despreciados por el capitán, con otros más que se dedicaba á sí
mismo en el misterio de la cocina. En los días calurosos confeccionaba refresquets,
y estos «refrescos» eran vasos enormes, mitad de agua, mitad de caña, sobre un
grueso lecho de azúcar, mixtura que hacía pasar fulminantemente, sin
gradaciones, de la vulgar serenidad á una angélica embriaguez.
El capitán le reñía al ver sus ojos inflamados y
enrojecidos. Iba á quedarse ciego... Pero él no se conmovía ante la amenaza.
Necesitaba celebrar á su modo la prosperidad del buque. Y de esta prosperidad,
lo más interesante para él era poder abusar del aceite y de la caña, sin miedo
á recriminaciones en el momento de las cuentas. ¡Cristo del Grao, que durase
siempre la guerra!...
El tercer viaje de la América del Sur á Europa vino
á terminarlo el Mare nostrum en Nápoles, donde desembarcó
trigo y cueros. Una colisión á la entrada del puerto con un buque-hospital
inglés que iba á los Dardanelos abolló su popa, rompiéndole además una aleta de
la hélice.
Tòni rugió de impaciencia al enterarse de que
tendrían que permanecer cerca de un mes en forzosa inmovilidad. Italia no había
intervenido aún en la guerra, pero sus precauciones defensivas acaparaban todas
las industrias navales. No era posible hacer antes la reparación. Ferragut
calculó lo que representaba para sus negocios esta pérdida de tiempo. Le
esperaban valiosos fletes en Marsella y Barcelona. Pero queriendo
tranquilizarse á sí mismo y aplacar á su segundo, repetía muchas veces:
—Inglaterra nos indemnizará... Los ingleses son
generosos.
Y para adormecer su impaciencia, se trasladaba á
tierra.
Nápoles no le parecía gran cosa al compararla con
otras ciudades célebres italianas. Su verdadera belleza era el golfo inmenso,
entre colinas de naranjos y pinos, con un segundo marco de montañas, una de las
cuales extendía sobre el azul del cielo su eterna cimera de vapores volcánicos.
El caserío no abundaba en edificios famosos. Los
monarcas de Nápoles habían sido las más de las veces extranjeros que residían
lejos y gobernaban por delegación. Las mejores calles, los palacios, las
fontanas monumentales, procedían de los virreyes españoles. Un soberano de
origen mixto. Carlos III, castellano de nacimiento y napolitano de corazón,
había hecho lo mejor de la ciudad. Sus entusiasmos de constructor embellecían
aún los barrios antiguos con obras semejantes á las que había levantado años después
en España al ocupar su trono.
Luego de admirar en los museos la estatuaria griega
y los objetos desenterrados que revelaban la vida íntima de los antiguos,
corrió Ulises las arterias tortuosas y muchas veces sombrías de los barrios
populares.
Eran calles en pendiente, formando rellanos,
flanqueadas de casas estrechas y altísimas. Todos los huecos tenían balcones, y
de una baranda á la de enfrente se tendían cuerdas, empavesadas con ropas de
diversos colores puestas á secar. La fecundidad napolitana hacía hervir de
gentío estas callejuelas. En torno de las cocinas al aire libre se agolpaban
los clientes, comiendo de pies los macarrones hervidos ó los pedazos de carne.
Anunciaban los vendedores sus géneros con pregones
melódicos semejantes á romanzan, y de los balcones bajaban á su encuentro
cordeles rematados por castillos. Los regateos y compras eran desde el fondo de
la calle-zanja á los séptimos pisos. En cambio, los rebaños de cabras subían
las escaleras tortuosas, con la agilidad de la costumbre, para dejarse vaciar
las ubres en todas las mesetas.
Los muelles de la Marinela atraían al capitán por
su «color» de puerto mediterráneo. La unidad italiana había derribado y
reconstruido mucho, pero aún quedaban en pie varias filas de casitas, bajas de
techo, con la fachada blanca ó rosada, las puertas verdes y el piso bajo más
avanzado que el superior, sirviendo de sostén á una galería con balaustres de
madera. Todo lo que en ellas no era ladrillo era carpintería gruesa, igual al
trabajo de los calafates. El hierro no existía en estas construcciones terrestres
que recordaban el buque de vela. Las piezas eran obscuras como camarotes. Por
las ventanas se veían grandes caracolas de mar sobre las cómodas, cuadros de
pintura dura y pueril representando fragatas, conchas multicolores traídas de
lejanos mares.
Estas viviendas se repetían en todos los puertos
del Mediterráneo, como si fuesen obra de la misma mano. Ferragut las había
visto de niño en el Grao de Valencia, y todavía las encontraba en la
Barceloneta, en los suburbios de Marsella, en la Niza vieja, en los puertos de
las islas occidentales, en las marinas de la costa africana ocupadas por
malteses y sicilianos.
Sobre el caserío alineado á lo largo de la
Marinela, las iglesias de Nápoles asomaban sus cúpulas y torres con tejas
barnizadas, verdes y amarillas. Más que techos de templos cristianos, parecían
remates de baños orientales.
Ya no existía el lazarone descalzo
y con gorro rojo, pero la muchedumbre—vestida como los trabajadores de todos
los puertos—se aglomeraba aún en torno del cartelón pintarrajeado que
representaba un crimen, un milagro ó un específico prodigioso, escuchando en
silencio el relato del narrador ó el charlatán. Los viejos recitantes populares
declamaban con heroicos manoteos las octavas épicas del Tasso. Sonaban arpas y
violines acompañando la última romanza que Nápoles había puesto de moda en el
mundo entero. Los puestos de los ostricarios esparcían un perfume orgánico de
ola muerta. En torno de ellos, las conchas vacías de las ostras destacaban
sobre el barro los redondeles de su cal nacarada.
Junto á la antigua Capitanía del puerto—palacete de
Carlos III, blanco y azul, con una imagen de la Inmaculada—se aglomeraban los
carros del desembarque. Ferragut los encontraba lo mismo que años antes, con
sus tiros de híbrida originalidad. Las varas estaban ocupadas por un buey
blanco, lustroso, con cuernos enormes y muy abiertos, un animal semejante á los
que figuraban en las ceremonias religiosas de los antiguos. A su derecha iba
enganchado un caballo, á su izquierda un asno grande y enjuto. Y este triple y
discordante enganche se repetía en todos los carros inmóviles ante los buques á
lo largo de los muelles ó volteando sus pesadas ruedas por la pendiente que
conduce á la ciudad alta.
A los pocos días, el capitán se sintió fatigado de
Nápoles y su bullicio. En los cafés de la calle de Toledo y de la Galería de
Humberto I tenía que defenderse de unos mozos inquietantes, con chaleco de gran
escote, corbata de mariposa y un pequeño fieltro ladeado sobre las guedejas,
que le proponían en voz baja espectáculos inauditos organizados para recreo de
los extranjeros.
Bastante había visto también las pinturas y objetos
domésticos de las ciudades antiguas desenterradas. Las lubricidades del
gabinete secreto acababan por irritarle. Le parecía un recreo de invertido
contemplar tantas fantasías pueriles de la escultura y la pintura teniendo el
falo como personaje principal...
Una mañana tomó el tren, y luego de faldear la
montaña humeante del Vesubio, pasando entre pueblos de color de rosa
circundados de viñas, bajó en una estación: Pompeya.
De los hoteles y restoranes, en fúnebre soledad,
surgieron los guías como un enjambre de avispas súbitamente despertadas. Se
lamentaban de la guerra, que había cortado la circulación de viajeros. El era
tal vez el único que iba á llegar en todo el día. «¡Señor, á cualquier
precio!...» Pero el marino siguió adelante. Siempre, al acordarse de Pompeya,
había formulado el deseo de volver á verla solo, absolutamente solo, para
recibir una impresión directa de la vida antigua.
Su primera visita había sido diez y siete años
antes, cuando era piloto de un velero catalán, surto en el puerto de Nápoles,
aprovechando la baratura de precios de un domingo. Todo lo había visto
confundido en un grupo que se empujaba y pisaba por escuchar al guía de más
cerca.
Al frente de la expedición iba un sacerdote joven y
elegante, un monseñor romano vestido de seda, y con él dos damas extranjeras y
guapetonas, que se plantaban en los lugares más altos, teniendo sus faldas algo
levantadas por miedo á las salamanquesas que serpenteaban en las ruinas.
Ferragut, con la humildad de la admiración, se quedaba siempre abajo, viéndolo
todo al través de sus piernas. «¡Ay! ¡veintidós años!...» Luego, cuando oía
hablar de Pompeya, se verificaba en su memoria una superposición de imágenes:
«Muy hermoso, muy interesante.» Veía las calles, los palacios, los templos,
pero en segundo término, como un fondo esfumado, mientras se destacaban en
primera línea cuatro piernas magníficas, una columnata humana de fustes
esbeltos forrados en seda negra que transparentaba la blancura de la carne.
La soledad tantas veces deseada para su segunda
visita le salió al encuentro. La ciudad muerta no tenía otros ruidos que el
aleteo de los insectos sobre las plantas, que empezaba á vestir la primavera, y
el correteo invisible de los reptiles bajo las capas de hiedra.
En la Puerta Herculana, el guardián del pequeño
museo dejó que Ferragut examinase en paz los vaciados de los cadáveres
seculares: varios pompeyanos de yeso en la actitud del terror en que los había
sorprendido la muerte. No abandonó la silla para molestarle con sus
explicaciones; apenas levantó los ojos del diario que tenía delante. Le
absorbían las noticias de Roma, las intrigas de los diplomáticos alemanes, la
posibilidad de que Italia entrase en la guerra.
Luego, en las calles solitarias, el marino tropezó
con la misma preocupación. Retumbaban sus pasos bajo la luz del sol con una
sonoridad igual á la de los subterráneos de huecas tumbas. Al detenerse,
renacía el silencio: «un silencio de dos mil años», según pensaba Ferragut. Y
en este silencio antiguo sonaban voces lejanas con la violencia de una agria
discusión. Eran los guardianes y los empleados de las excavaciones, que, faltos
de trabajo, gesticulaban y se insultaban en sus asientos de veinte siglos, profundamente
separados por el entusiasmo patriótico ó el miedo á los horrores de la guerra.
Ferragut, con el plano en la mano, pasó ante estos
grupos, sin que nadie se levantase para guiarle. Durante dos horas pudo creerse
un vecino de la antigua Pompeya que había quedado solo en la ciudad en un día
de fiesta dedicado á las divinidades campestres. Su mirada iba hasta el último
extremo de las rectas calles, sin tropezar con personas ni cosas que le
recordasen los tiempos modernos.
Pompeya le pareció más pequeña en esta soledad. Era
un cruzamiento de vías estrechas con altas aceras pavimentadas de bloques
poligonales de lava azul. En sus intersticios formaba la fecundidad primaveral
apretados cordones de hierba moteados de florecillas. Carruajes milenarios, de
los que no quedaba ni el polvo, habían abierto con sus ruedas profundos relejes
en este pavimento. En todas las encrucijadas se encontraba una fuente pública
con un mascarón que había arrojado agua por su boca.
Ciertos letreros rojos de las paredes eran anuncios
de elecciones verificadas en los principios de la era actual: candidaturas de
edil ó de diunviro que se recomendaban á los electores pompeyanos. Unas puertas
ostentaban el falo, para conjurar el mal de ojo; otras un par de serpientes
enroscadas, símbolo de la vida familiar. En los rincones de las callejuelas, un
verso latino grabado en el muro rogaba al transeúnte que se abstuviese de
sucios desahogos. Vivían aún en las paredes de estuco caricaturas y monigotes,
obra de los pilluelos del siglo de César.
Las casas estaban construídas á la ligera sobre un
suelo en el que se habían sucedido los temblores, hasta la llegada de la
catástrofe final. Sólo tenían de ladrillos ó de cemento el piso bajo. Los otros
eran de maderos, y habían sido devorados por el fuego volcánico, quedando
únicamente las escaleras.
En esta ciudad graciosa, de vida amable y fácil,
más griega que romana, todos los pisos bajos de las casas plebeyas habían
estado ocupados por pequeños comercios. Eran tiendas con la puerta del mismo
tamaño que el establecimiento: cuevas cuadradas, iguales á las de los zocos
árabes, que dejan ver hasta sus últimos rincones al comprador detenido en la
calle. Muchas guardaban aún sus mostradores de piedra y sus tinajas de barro.
Los edificios particulares carecían de fachada. Sus muros exteriores eran lisos,
inabordables, con algún que otro tragaluz enrejado y alto, lo mismo que en los
palacios de Oriente. La puerta se asemejaba á un portillo de escape; toda la
vida estaba vuelta hacia el interior, afluyendo las riquezas y magnificencias
al patio central, adornado con piscinas, estatuas y arriates de flores.
El mármol era raro. Las columnas, construídas con
ladrillos, estaban cubiertas de un estuco que ofrecía su superficie á la
pintura. Pompeya había sido una ciudad policroma. Todas las columnas, rojas ó
amarillas, tenían capiteles de diversos colores. Predominaba en los muros el
negro charolado con el rojo y el ámbar, ocupando su centro un pequeño cuadro,
las más de las veces erótico. En los frisos cabalgaban amores y tritones entre
emblemas campestres y marítimos.
Cansado de su excursión por la muerta ciudad,
Ferragut se sentó en un banco de piedra entre las ruinas de un templo. Miraba
el plano puesto sobre sus rodillas, saboreando los títulos con que habían sido
designadas las construcciones más interesantes á causa de un mosaico ó de una
pintura: villa de Diómedes, casa de Meleagro, de Adonis herido, del Laberinto,
del Fauno, del Muro Negro. Los nombres de las calles no eran menos
interesantes: vía de las Termas, vía de las Tumbas, vía de la Abundancia, vía
de los Teatros.
Un ruido de pasos hizo levantar la cabeza al
marino. Dos señoras marchaban precedidas por un guía. Eran de alta estatura y
andar firme. Llevaban el rostro cubierto con el velo del sombrero y otro velo
más grande cruzaba sus espaldas, sostenido por los brazos á guisa de chal.
Ferragut adivinó una diferencia importante en las edades de las dos. La más
gruesa se movía con disimulada pesadez. Su paso era vivo, pero apoyaba en el
suelo con cierta autoridad sus pies voluminosos, calzados ampliamente y con tacones
bajos. La joven, más alta y esbelta, caminaba á pequeños saltos, como un ave
que sólo sabe volar, contoneándose sobre sus empinados talones.
Las dos miraron con inquietud á este hombre que
surgía inesperadamente entre las ruinas. Mostraban el aire preocupado y
temeroso del que va á un lugar prohibido ó medita una mala acción. Su primer
movimiento fué de retroceso; pero el guía continuó impasible su camino, y
acabaron por seguirle.
Ferragut sonrió. Sabía adónde iban. La callejuela
de los Lupanares estaba próxima. El guardián abriría una puerta, quedándose
luego en acecho, con dramática ansiedad, como si expusiera su empleo por esta
complacencia á cambio de una propina. Y las dos señoras iban á ver unas
pinturas borrosas que demuestran cómo no hay nada nuevo y original en este
mundo: figuras amarillentas y desnudas, iguales á primera vista, sin otra
novedad que el exagerado abultamiento del sexo diferencial.
Media hora después, Ulises abandonó su banco con
las ojos fatigados por la inmovilidad severa de las ruinas. En la calle de las
Termas volvió á visitar la casa del poeta trágico; luego admiró la de Pansa, la
más grande y lujosa de la ciudad. Este Pansa había sido, indudablemente, el
burgués más ostentoso de Pompeya. Su vivienda ocupaba toda una ínsula. El xystos,
jardín adosado á la casa, había sido replantado con una vegetación griega de
cipreses y laureles entre cuadros de rosas y violetas.
Al seguir el muro exterior del jardín, Ferragut
encontró á las dos señoras. Cotemplaban las flores á través de los barrotes de
una puerta. La más joven expresaba en inglés su admiración por unas rosas que
balanceaban su púrpura en torno del pedestal de un viejo fauno.
Ulises experimentó un irresistible deseo de
mostrarse intrépido y galante. Quiso interesar á las dos extranjeras con un
homenaje teatral. Sintió esa necesidad de llamar la atención con algo gallardo
y atrevido que agita á todo español lejos de su patria.
Con una agilidad de trepador de arboladuras, salvó
de un salto la tapia del jardín. Las dos señoras dieron un grito de sorpresa,
como si presenciasen algo inaudito. Esta audacia pareció trastornar las ideas
de la más vieja, acostumbrada á la vida en pueblos disciplinados que respetan
duramente todas las prohibiciones establecidas. Su primer movimiento fué de
fuga, para no verse complicadas en el atentado de este desconocido. Pero á los
pocos pasos se detuvieron. La más joven sonreía mirando á la tapia, y al
reaparecer sobre ella el capitán, casi palmoteó de entusiasmo, como si
celebrase una arriesgada suerte de gimnasia.
El marino las creía inglesas, y habló en su idioma
al entregarlas las dos rosas que llevaba en la mano. Eran unas flores como
todas, nacidas en una tierra igual á las otras tierras; pero el marco de las
tapias milenarias, la vecindad de los cubículos y taberne de
la casa edificada por Pansa en tiempo de los primeros Césares, les daban el
mismo interés que si fuesen rosas de dos mil años, milagrosamente conservadas.
La más grande y lozana se la dió á la joven, y ella
la aceptó sonriendo, como algo que le correspondía indiscutiblemente. Su
compañera, una vez pasada la primera impresión del regalo, mostró impaciencia
por alejarse de este desconocido. «¡Gracias... gracias!» Y empujó á la otra,
que aún no había terminado su sonrisa, marchándose las dos precipitadamente.
Una esquina adornada con una fuente las ocultó á los pocos pasos.
Cuando Ulises, después de un ligero almuerzo en el
restorán Diómedes, llegó corriendo á la estación, el tren iba á partir. Deseaba
ver Salerno, célebre en la Edad Media por sus médicos y sus navegantes, y á
continuación los templos ruinosos de Pestum. Al subir en el primer vagón que
encontró al paso, le pareció ver los velos de las dos señoras desapareciendo
detrás de una portezuela que se cerraba.
En la estación de Salerno volvió á columbrarlas
ocupando un carruaje de alquiler que se perdía en una calle próxima. Luego, en
el resto de la tarde, se tropezó con ellas forzosamente, por la atracción que
sufren los viajeros dentro de una ciudad pequeña.
Se encontraron en el puerto, mortalmente amenazado
por las barras de movible arena; se vieron en los jardines cercanos al mar,
junto al monumento de Pisicane, el romántico duque de San Juan, un precursor de
Garibaldi, muerto en plena juventud por la libertad de Italia.
La joven sonreía al encontrarle. Su compañera
pasaba adelante, con la mirada vaga, queriendo ignorar su presencia.
En la noche se vieron á más corta distancia. Vivían
en el mismo hotel, un alojamiento igual á todos los de los pequeños puertos,
con excelente comida y dormitorios inmundos. Sus mesas estaban próximas, y
Ferragut, después de un saludo fríamente contestado, pudo contemplar á las dos
señoras, que hablaban poco y en voz baja, temiendo ser escuchadas por el
vecino.
Al ver á la de más edad con el rostro libre de
velos, no sufrió ninguna decepción. Su enemiga tal vez habría perturbado en
otro tiempo la tranquilidad de los hombres, pero ahora podía continuar
impunemente sus gestos hostiles y alojadores: el capitán no pensaba
entristecerse por ello.
Debía estar más allá de los cuarenta años. Sus
carnes abundantes guardaban cierta frescura, obra de los cuidados higiénicos y
los ejercicios gimnásticos. En cambio, su rostro, de blanca piel,
transparentaba una inundación subcutánea amarillenta, que parecía formada con
olas de salvado.
Sobre la antigua cabellera, de un tono rojo, se
amontonaban los rizos artificiales ocultando calvicies y canas. Sus pupilas,
verdes, tenían la opacidad calmosa de los ojos bovinos cuando quedaban libres
de unos lentes de miope. Pero apenas estos cristales montados en oro se
interponían entre ella y el mundo exterior, las dos gotas glaucas tomaban una
agudeza perforadora de personas y objetos. Otras veces esparcían en torno un
vacío altivo y glacial, semejante al círculo que traza una espada.
La joven era menos adusta. Parecía sonreír con las
comisuras de sus ojos, mientras estaba medio vuelta de espaldas á Ferragut,
agradeciendo su admiración muda y escrutadora. Llevaba la cabellera en
desorden, como una mujer que no teme las indiscreciones de su peinado y deja
que surjan bajo el sombrero las mechas serpenteantes con toda su rebeldía
natural.
Era de un rubio ceniciento y suave; un color
discreto que desentonaba con el resto de su persona, hecha de rudos contrastes.
Los ojos, negros, grandes, abiertos en forma de almendra, parecían de una
bailarina oriental, y aún estaban prolongados por hábiles retoques de sombra,
que aumentaban la seductora desarmonía con el oro apagado de su cabellera.
La blancura de su cutis se delataba al avanzar un
brazo fuera de la manga ó al entreabrirse el escote; pero esta blancura estaba
borrada en el rostro por una máscara rojiza. Su belleza vigorosa arrostraba sin
miedo el sol y el hálito del mar. Un triángulo escarlata cortaba la dulce curva
de su pecho, marcando el escote del vestido. Sobre esta carne algo tostada por
el sol una fila de perlas extendía sus gotas de luz lunar. Más arriba, en el
rostro obscurecido por la intemperie, entreabría la boca sus dos valvas de
escarlata con una sonrisa audaz y serena, dejando escapar el reflejo de los
dientes, hermosos y agresivos.
Ferragut, al mirarla, repasó su pasado, sin
encontrar una sola mujer que pudiera compararse con ella. El lejano perfume de
su persona y su elegante gallardía le recordaban á ciertas señoras que viajaban
solas cuando él era capitán de trasatlántico. ¡Pero habían sido tan rápidos
estos conocimientos y estaban tan lejanos!... Nunca, en su historia de
vagabundo mundial, tendría la fortuna de conseguir una mujer como ésta.
Al cruzarse una vez más la mirada de ella con la de
Ferragut, éste creyó sentir el golpe en el corazón y el relampagueo en el
cerebro que acompañan á un descubrimiento fulminante é inesperado... Conocía á
aquella mujer; no recordaba dónde la había visto, pero estaba seguro de
conocerla.
El rostro no decía nada á su memoria, pero aquellos
ojos se habían encontrado otras veces con los suyos. En vano reflexionó,
concentrando su pensamiento. Y lo más bizarro fué que, por una misteriosa
percepción, tuvo la certeza de que ella había hecho á la vez la misma
descubierta. También le había reconocido, y se esforzaba visiblemente por darle
un nombre y un lugar en su memoria. No había mas que ver la frecuencia con que
volvía hacia él los ojos; su nueva sonrisa, más confiada y espontánea, como si
fuese dedicada á un amigo antiguo.
De no estar presente la compañera, se habrían
aproximado sin esfuerzo, instintivamente, como dos curiosidades inquietas que
necesitan una explicación. Pero los lentes de oro brillaban autoritarios y
hostiles, interponiéndose entre los dos. Varias veces habló la gruesa señora en
un idioma que llegaba á Ferragut confusamente, y que no era el inglés. Y apenas
terminada la comida desaparecieron, lo mismo que en la calle de Pompeya: la
mayor imponiendo su voluntad á la otra.
Volvieron á encontrarse á la mañana siguiente en la
estación de Salerno, dentro de un vagón de primera clase. Iban, sin duda, con
el mismo destino. Al iniciar Ferragut un saludo, la dama hostil se dignó
contestarle, mirando luego á su compañera con expresión interrogante. El marino
adivinó que durante la noche habían hablado de su persona, mientras él, bajo el
mismo techo, pugnaba inútilmente antes de dormirse por concentrar sus
recuerdos.
No supo con certeza cómo se inició la conversación.
Se vió de pronto hablando con la más joven en inglés, lo mismo que en la mañana
anterior. Ella, con la audacia del que desea terminar pronto una situación
equívoca, le preguntó si era marino. Y al recibir una respuesta afirmativa,
preguntó de nuevo para saber si era español.
—Sí, español.
La contestación de Ferragut fué seguida de una
mirada de triunfo de la joven á su acompañante. Esta pareció dilatarse á
impulsos de la confianza, perdiendo su encogimiento hostil. Y sonrió por
primera vez al capitán, con su boca de un rosa azulado, con sus mejillas
blancas espolvoreadas de amarillo y sus cristales de fosforescente resplandor.
Mientras tanto, la joven hablaba y hablaba,
satisfecha de la potencia extraordinaria de su memoria.
Había viajado por todo el mundo, sin olvidar uno
solo dé los lugares vistos; podía repetir los títulos de los ochenta grandes
hoteles en que se alojan los que dan la vuelta á la tierra. Al encontrarse con
un antiguo compañero de viaje reconocía inmediatamente su rostro, por corta que
hubiese sido la visión, y muchas veces recordaba su nombre. Esto último era lo
que la hacía reflexionar, frunciendo las cejas y contrayéndose con un esfuerzo
mental.
—¿Usted se llama capitán...? ¿usted se llama...?
Y de pronto sonrió, dando fin á sus dudas.
—Usted se llama—dijo resueltamente—el capitán
Ulises Ferragut.
Paladeó con largo y risueño silencio el asombro del
marino. Luego, como si se apiadase de su estupefacción, dió nuevas
explicaciones. Había hecho un viaje de Buenos Aires á Barcelona en el
trasatlántico mandado por él.
—Esto fué hace seis años—añadió—. No; hace siete.
Ferragut, que había sido el primero en presentir un
conocimiento anterior, no llegaba á dar un nombre y un estado á esta mujer
entre las innumerables pasajeras que llenaban su recuerdo. Sin embargo, creyó
necesario mentir por galantería, afirmando que se acordaba de ella.
—No, capitán; usted no puede acordarse de mí. Yo
iba con mi marido y usted no me miró nunca. Todas sus atenciones eran en aquel
viaje para una viuda brasileña muy hermosa.
Dijo esto en español, un español suave, de tono
cantante, aprendido en América, al que comunicaba cierto atractivo infantil su
acento extranjero. Luego añadió con coquetería:
—Le conozco, capitán. ¡Siempre el mismo!... Lo de
la rosa de Pompeya estuvo muy bien... Fué digno de usted.
Al verse olvidada la grave señora de los lentes,
sin poder entender una palabra del nuevo idioma empleado en la conversación,
habló en voz alta, mostrando las córneas de sus ojos vueltas hacia arriba por
el entusiasmo.
—¡Oh, España!—dijo en inglés—. ¡Tierra de
caballeros!... ¡Cervantes!... ¡Lope!... ¡El Cid!...
Se detuvo, buscando algo más. De pronto agarró un
brazo del marino y le gritó con energía, como si acabase de hacer un
descubrimiento por la portezuela del coche: «¡Calderón de la Barca!» Ferragut
saludó. «Sí, señora.» La joven, después de esto, creyó necesario presentar á su
compañera.
—La doctora Fedelmann... Una sabia en filología y
en letras.
Ferragut, luego de estrechar la gruesa mano de la
doctora, se lanzó indiscretamente á pedir informes.
—¿La señora es alemana?—dijo á la joven en español.
Los lentes de oro parecieron adivinar la pregunta, enviando un brillo inquieto
á su acompañante.
—No—dijo ésta—. Mi amiga es rusa; mejor dicho,
polaca.
—¿Y usted, también es polaca?—continuó el marino.
—No; yo soy italiana.
A pesar de la seguridad con que dijo esto, Ferragut
sintió la tentación de gritar: «¡Mentira!...» Luego se quedó contemplando sus
ojos audaces, rasgados y negros, fijos en él. Empezó á dudar... Tal vez decía
verdad.
Otra vez se sintió atraído por el palabreo de la
doctora. Hablaba en francés, repitiendo sus elogios á la patria de Ferragut.
Podía leer el castellano en las obras clásicas, pero no se atrevía á hablarlo.
¡Ah, España! ¡País de nobles tradiciones!... Y como si necesitase dar relieve á
estos elogios con un rudo contraste, torció el gesto, hasta tomar una expresión
colérica.
El tren corría por la costa, teniendo á un lado el
desierto azul del golfo de Salerno y al otro las montañas rojas y verdes,
manchadas de blanco por aldeas y caseríos. Todo lo abarcó la doctora con sus
vidrios fulgurantes.
—¡País de bandidos!—dijo mostrando el puño—.
¡Tierra de mandolinistas, sin palabra y sin gratitud!...
La joven rió de esta cólera, con el regocijo de un
pensamiento ligero en el que no son durables las impresiones y que considera
sin importancia todo lo que no atañe directamente á su egoísmo.
Por algunas palabras de las dos señoras sacó Ulises
en consecuencia que vivían antes en Roma y hacía poco tiempo que estaban en
Nápoles, tal vez contra su voluntad. La joven conocía el país, y su compañera
aprovechaba este viaje forzoso para ver lo que tantas veces había admirado en
los libros.
Bajaron los tres en la estación de Battipaglia para
tomar el tren de Pestum. Era una espera algo larga, y el marino las invitó á
entrar en el restorán, barracón de madera impregnado de un doble olor de resina
y de vino.
Esta vivienda evocó en la memoria de Ferragut y de
la joven el recuerdo de las casas improvisadas en los desiertos de la América
del Sur, y otra vez volvieron á hablar de su viaje oceánico. Ella quiso al fin
satisfacer la curiosidad del capitán.
—Mi marido era un profesor, un sabio como la
doctora... Estuvimos un año en Patagonia haciendo exploraciones científicas.
Había arrostrado el viaje por un océano de llanuras
desiertas que se iba dilatando así como avanzaba la expedición; había dormido
en ranchos cuyos techos derramaban insectos sanguinarios; había pasado á
caballo por remolinos de tierra que la sacaban de la silla; había sufrido el
tormento de la sed y del hambre en un extravío de ruta y pasado las noches á la
intemperie, sin otra cama que el poncho y los arreos de la cabalgadura. Así
llegaron á explorar los lagos de los Andes, entre Argentina y Chile, que guardan
en su intacta soledad el misterio de los primeros tiempos de la creación.
Los vagabundos de estas tierras vírgenes, pastores
y bandidos, hablaban de gigantescos animales entrevistos al anochecer en las
orillas de los lagos, devorando de un golpe praderas enteras; y el doctor, como
otros muchos sabios, había creído en la posibilidad de encontrar un
superviviente prehistórico, una bestia de los rebaños monstruosos anteriores al
hombre retardada en este paraje inexplorado del planeta.
Vieron esqueletos de docenas de metros de longitud
en los desmoronamientos de la Cordillera, agitada frecuentemente por
cataclismos volcánicos. Los guías les enseñaron en las inmediaciones de los
lagos pieles de reses devoradas, enormes montones de materia seca que parecían
excrementos de monstruo. Pero por más que batieron las soledades, no pudieron
encontrar ningún descendiente vivo de la fauna prehistórica.
El marino la escuchó distraídamente, pensando en
algo que atenaceaba su curiosidad.
—¿Y usted cómo se llama?—dijo de pronto.
Las dos mujeres rieron de esta pregunta, que
resultaba cómica por lo inesperada.
—Llámeme Freya. Es un nombre de Wágner. Significa
la Tierra y al mismo tiempo la Libertad... ¿Le gusta á usted Wágner?
Y antes de que pudiera contestar, añadió en
español, con un acento criollo y entornando los ojos:
—Llámeme, si quiere, «la viudona»... El pobre
doctor murió apenas volvimos á Europa.
Tuvieron que correr los tres hacia el tren de
Pestum, próximo á partir. El paisaje cambió á ambos lados de la vía, que
atravesaba ahora terrenos pantanosos. En las blandas praderas chapoteaban y
rumiaban rebaños de búfalos, rudos animales que parecían tallados á hachazos.
La doctora habló de Pestum, la antigua Poseidonia,
ciudad de Neptuno, fundada por los griegos de Sybaris seis siglos antes de
Jesucristo.
Su prosperidad comercial dominaba toda la costa. El
golfo de Salerno era llamado golfo de Pestum por los romanos. Y esta ciudad de
monumentos iguales á los de Atenas, poseedora de inmensas riquezas, se
extinguía repentinamente sin que el mar se la tragase, sin que un volcán la
cubriera con el sudario de sus cenizas.
La fiebre, el miasma de los pantanos, había sido la
lava mortal de esta Pompeya. El aire venenoso ahuyentaba á los habitantes, y
los pocos que insistían en vivir á la sombra de sus antiguos templos tenían que
escapar de las invasiones sarracenas, fundando en las montañas vecinas una
patria nueva: el humilde pueblo de Capaccio Vecchio. Luego, los reyes
normandos, precursores de Federico II—el padre de doña Constanza, la emperatriz
amada por Ferragut—, explotaban la ciudad desierta y entera, arrancándole columnas
y esculturas.
Todas las construcciones medioevales del reino de
Nápoles tenían despojos de Pestum. La doctora recordaba la catedral de Salerno,
vista en la tarde anterior, donde estaba enterrado Hildebrando, el más tenaz y
ambicioso de los papas. Sus columnas, sus sarcófagos, sus bajos relieves,
procedían de la ciudad griega olvidada siglos y siglos, y que únicamente en la
época presente volvía á recobrar su fama, gracias á los anticuarios y los
artistas.
En la estación de Pestum, la esposa del único
empleado miró con curiosidad á este grupo que llegaba cuando la guerra había
cortado la corriente de viajeros.
Freya la habló, interesada por su aspecto enfermizo
y resignado. Todavía estaban en el buen tiempo. El sol primaveral caldeaba
estas tierras bajas lo mismo que un sol de verano, pero aún podía resistirse.
Luego, en los meses de estío, huían á sus casas de la montaña los guardianes de
las ruinas, los jornaleros de las excavaciones, cediendo el campo á los
reptiles é insectos de los campos pantanosos.
El matrimonio albergado en la pequeña estación era
la única muestra de la especie humana que se mantenía en esta soledad,
temblando de fiebre, haciendo frente al aire corrompido, á la picadura
envenenada del mosquito, al fuego solar que sacaba del barro vapores de muerte.
Cada dos años, esta humilde estación, por donde pasaban los bienaventurados de
la tierra, millonarios de los dos hemisferios, damas bellas y curiosas,
gobernantes de naciones, grandes artistas, cambiaba de jefe.
Pasaron los tres viajeros junto á los restos de un
acueducto y un pavimento antiguos. Luego atravesaron la Puerta de la
Sirena—arco de entrada del olvidado recinto de la ciudad—y siguieron un camino,
teniendo á un lado la tierra pantanosa de exuberante vegetación y al otro la
larga tapia de una granja, en cuya argamasa asomaban fragmentos de lápidas y
columnas. Al doblar la esquina final se mostró de golpe el imponente
espectáculo de la ciudad muerta sobreviviéndose en las magníficas proporciones
de sus templos.
Eran tres, y alzaban sus columnatas como mástiles
de navíos encallados en un mar de verdura. La doctora, guía en mano, los iba
designando con su autoridad magistral: el de Neptuno, el de Ceres, y el llamado
Basilica sin motivo alguno.
Su grandeza, su solidez, su elegancia, hacían
olvidar los edificios de Roma. Sólo Atenas podía comparar los monumentos de su
Acrópolis con estos templos del más severo dórico. El de Neptuno elevaba sus
altas y gruesas columnas tan juntas como los árboles de un plantel: troncos
enormes de piedra que sostenían aún el alto entablamento, la cornisa saliente y
los dos frontones triangulares de sus fachadas. La piedra tenía el color rojizo
de los países serenos, donde tuesta el sol libremente, sin que la lluvia venga
á superponer su pátina sucia.
La doctora evocaba las bellezas desaparecidas: la
vieja vestidura de estos esqueletos colosales, la capa fina y compacta de
estuco que había cubierto los poros de la piedra, dándola una superficie lisa
como el mármol; los vivos colores de sus acanalados y sus frontones, que hacían
de la antigua ciudad griega una masa de monumentos policromos. Esta alegre
decoración se había volatilizado con los siglos. Sus colores se habían hecho
viento ó caído como lluvia de polvo en una tierra de ruinas.
Siguiendo á un viejo guardián, subieron las gradas
de azulados bloques del templo de Neptuno. Arriba, entre las cuatro filas de
columnas, estaba el verdadero santuario, la cella. Sus pasos sobre
las losas del pavimento, separadas por hondas grietas cubiertas de hierba,
despertaron todo un mundo animal que sesteaba al sol.
Corrieron en todas direcciones los actuales
habitantes de la ciudad: lagartos enormes con el dorso verde cubierto de negras
verrugas. En su fuga chocaron ciegamente con los pies de los visitantes. La
doctora se levantaba las faldas para evitar su contacto, lanzando al mismo
tiempo risas nerviosas que disimulaban su terror.
De pronto, Freya gritó, señalando con un dedo la
base del antiguo altar. Una culebra de color de ébano, con el lomo moteado de
manchas rojas, desenroscaba sus anillos sobre las piedras lenta y solemnemente.
El marino levantó su bastón, pero antes de que pudiera lanzarlo se sintió con
el brazo inmovilizado por dos manos nerviosas. Freya se apretaba contra él, con
el rostro pálido y los ojos dilatados por el miedo y la súplica.
—¡No, capitán!... ¡Déjala!
Ulises se estremeció al sentir el firme contacto
global de este pecho femenil, al aspirar el soplo de su respiración, brisa
tibia cargada de lejanos perfumes. Por su gusto habría permanecido mucho tiempo
en esta actitud; pero Freya se despegó de él para avanzar hacia el reptil
runruneando y extendiendo sus manos, lo mismo que si pretendiese acariciar á un
animal doméstico. La negra cola de la serpiente acababa de deslizarse y
desaparecer entre dos baldosas. La doctora, que había huído gradas abajo ante esta
aparición, obligó á descender á Freya con sus repetidos llamamientos.
El gesto agresivo del capitán despertó en su
acompañante un nervioso rencor. Creía conocer á este reptil. Era,
indudablemente, la divinidad del templo muerto, que había cambiado de forma
para vivir sobre sus ruinas. Esta culebra debía tener veinte siglos. Por culpa
de Ferragut no había podido tomarla entre sus manos... La habría hablado...
Estaba acostumbrada á conversar con otras...
Ulises iba á exponer rudamente sus dudas sobre el
equilibrio mental de la enfurruñada viuda, cuando les interrumpió la doctora.
Contemplaba la palúdica llanura de acantos y
helechos vibrante bajo la estridencia de las cigarras, y este espectáculo de
verde desolación la hizo evocar el recuerdo de las rosas de Pestum cantadas por
los poetas de la antigua Roma. Hasta recitó unos versos latinos,
traduciéndolos, para hacer saber á sus oyentes que los rosales de esta tierra
florecían dos veces al año.
Freya desarrugó su ceño, volviendo á sonreír. Había
olvidado el disgusto reciente, para desear uno de los rosales maravillosos. Y
Ferragut, ante este capricho de una vehemencia infantil, habló al guía con
autoridad. Necesitaba en seguida un rosal de Pestum, costase lo que costase.
El viejo hizo un gesto malicioso. Todos pedían lo
mismo, y él, que era del país, jamás había visto una rosa en Pestum... Algunas
veces, para satisfacer el deseo de las viajeras, traía rosales de Capaccio
Vecchio y otros pueblos de la montaña; rosales iguales á los demás, sin otra
diferencia que la del precio... Pero él no quería engañar á nadie. Estaba
triste: le preocupaba la posibilidad de la guerra.
—Tengo ocho hijos—dijo á la doctora, por parecerle
la más digna de recibir sus confidencias—. Si movilizan el ejército, se me irán
seis.
Y añadió con resignación:
—Así debe ser, para que acabemos de una vez con
nuestro eterno enemigo el tedesco. Mis hijos pelearán contra él
como peleó mi padre.
La doctora se alejó con altivez. Luego dijo á media
voz á sus acompañantes que el viejo guardián era un imbécil.
Vagaron dos horas por el antiguo recinto de la
ciudad, viendo el trazado de sus calles, las ruinas del anfiteatro, la Puerta
Aurea, que daba acceso á una vía flanqueada de tumbas. Por la Porta di
Mare subieron á las murallas, baluartes de gruesos bloques calcáreos
que aún se mantenían de pie en una extensión de cinco kilómetros. El mar,
visible desde las tierras bajas como una estrecha faja azul, se mostró ahora
inmenso y luminoso; un mar solitario, sin un penacho de humo, sin una vela,
entregado por completo á las gaviotas.
Marchaba delante la doctora, consultando las
páginas de su Guía. Aún guardaba el mal humor que le habían producido las
palabras del guardián. Ulises, á sus espaldas, se aproximaba á Freya, atraído
por el recuerdo del contacto anterior.
Consideraba empresa fácil conquistar á esta mujer
caprichosa y de maneras sueltas. «¡Cosa hecha, capitán!» Los rápidos triunfos
obtenidos por él en sus viajes no le permitían duda alguna. Le bastaba ver la
sonrisa de la viuda, sus ojos apasionados, el gesto de maliciosa coquetería con
que contestaba á sus insinuaciones galantes. «¡Arriba, lobo marino!...» Le tomó
una mano mientras ella hablaba de la belleza del mar solitario, y la mano se
abandonó sin protesta entre sus dedos acariciadores. La doctora estaba lejos, y
él, suspirando falsamente, abarcó con su otro brazo el talle de Freya, mientras
inclinaba el rostro sobre el escotado pecho como si fuese á besar las perlas.
Se sintió repelido, á pesar de su vigor, por un
retorcimiento de protesta. Vió á Freya libre de sus brazos á dos pasos de él,
con unos ojos hostiles que no había conocido hasta entonces.
—¡Nada de niñerías, capitán!... Conmigo es
inútil... Pierde usted el tiempo.
Y no dijo más. Su tiesura y su mutismo en el resto
del paseo dieron á entender al marino la magnitud de su equivocación. En vano
quiso mantenerse al lado de la viuda: ella maniobraba de modo que la doctora
venía á interponerse entre los dos.
Al volver á la estación se refugiaron, huyendo del
calor, en un saloncillo con divanes de terciopelo polvoriento. Para distraerse
mientras esperaban el tren, Freya sacó de su bolso una cigarrera de oro, y el
leve humo del tabaco egipcio cargado de opio volteó en los chorros de sol de
las ventanas algo entornadas.
Ferragut, que había salido para enterarse de la
hora exacta de la llegada del tren, se detuvo, al volver, junto á la puerta,
sorprendido por la animación con que hablaban las dos señoras en un idioma
nuevo. Surgió en su memoria el recuerdo de Hamburgo y de Brema. Sus compañeras
hablaban alemán con la dicción fácil de un idioma familiar. Al ver al marino
continuaron instantáneamente su conversación en inglés.
Buscando ingerirse en el diálogo, preguntó á Freya
cuántos idiomas poseía.
—Muy pocos: ocho nada más. La doctora tal vez
conoce veinte. Sabe las lenguas de pueblos que ya no existen hace muchos
siglos.
Y la joven dijo esto con gravedad, sin mirarle,
como si hubiera perdido para siempre su sonrisa de mujer fácil que había
engañado á Ferragut.
En el tren se humanizó, hasta perder su mal gesto
de ofendida. Iban á separarse pronto. La doctora parecía cada vez menos
abordable, así como rodaba el vagón hacia Salerno. Era la frialdad que se
esparce entre los compañeros de un día cuando se acerca la hora de la
separación y cada uno se va por su lado para no verse más.
Las palabras pendían tristemente, como pedazos de
hielo, sin levantar eco en su caída. A cada vuelta de las ruedas, la imponente
señora era más reservada y silenciosa. Todo lo había dicho. Las dos se quedaban
en Salerno para hacer una excursión en carruaje á lo largo del golfo. Iban á
Amalfi, y se alojarían por la noche en la cumbre alpestre de Ravello, ciudad
medioeval, donde había pasado Wágner los últimos meses de su vida, antes de
morir en Venecia. Luego, saltando al golfo de Nápoles, descansarían en Sorrento
y tal vez fuesen á la isla de Capri.
Ulises quiso decir que también era éste su viaje,
pero tuvo miedo á la doctora. Además, la excursión era en un vehículo alquilado
por ellas, y no le concederían un asiento.
Freya pareció adivinar su tristeza y quiso
consolarle.
—Es un viaje corto. Tres días nada más... Pronto
estaremos en Nápoles.
La despedida en Salerno fué breve. La doctora se
abstuvo de indicarle su domicilio. Por ella terminaba allí mismo la amistad.
—Es fácil que volvamos á vernos—dijo
lacónicamente—. Sólo las montañas no se encuentran.
La joven había sido más explícita, nombrando el
hotel de la ribera de Santa Lucía en que estaba alojada.
De pie en el estribo del vagón, las vió alejarse,
tal como las había visto aparecer en una calle de Pompeya. La doctora se perdió
tras de una mampara de vidrios hablando con el cochero que había venido á
recibirlas. Freya, antes de desaparecer, se volvió para enviarle una sonrisa
pálida. Luego levantó su enguantada mano con el índice rígido, amenazándole lo
mismo que á un niño revoltoso y audaz.
Al verse solo en este compartimiento, que llevaba
hacia Nápoles las huellas y el perfume de la ausente, Ulises se sintió
desalentado, como si viniera de un entierro, como si acabase de perder un
sostén de su vida.
Se presentó á bordo del Mare nostrum lo
mismo que una calamidad. Fué caprichoso é intratable, quejándose de Tòni y los
otros dos oficiales porque no aceleraban las reparaciones del buque. A
continuación habló de la conveniencia de no tener prisa, para que el trabajo
resultase más completo. Hasta Caragòl fué víctima de su mal
humor, que se desahogó en forma de crueles sermones contra los aficionados al
veneno del alcohol.
—Cuando los hombres necesitan alegrarse tienen algo
mejor que el vino, algo que proporciona mayor embriaguez que la bebida... Es la
mujer, tío Caragòl. No olvide este consejo.
El cocinero, por la fuerza de la costumbre,
contestó: «Así es, mi capitán...» Pero se apiadaba en su interior de la
ignorancia de los hombres, que les hace concentrar toda su felicidad en los
espasmos y muecas del más frívolo de los juegos.
A los dos días la gente de á bordo respiró viendo
que el capitán se trasladaba á tierra. El buque estaba en un lugar incómodo,
cerca de los descargaderos de carbón, con la popa en alto para que la hélice
fuese recompuesta. Los obreros reemplazaban las planchas abolladas y rotas con
un martilleo irresistible. Ya que había de esperar cerca de un mes, era
preferible alojarse en un hotel. Y envió su equipaje al albergo Paternope,
en la antigua ribera de Santa Lucía, el mismo que le había designado Freya.
Dar suelta á un billete de cinco liras, como
avanzada de varias preguntas, fué lo primero que hizo Ferragut al instalarse en
una pieza alta, viendo el redondel azul del golfo encuadrado por el marco de un
balcón. El camarero, cetrino y bigotudo, le escuchó atentamente, con una
complacencia de tercero, y al fin pudo formar una personalidad completa con
todos sus datos. La dama por quien preguntaba era la signora Talberg.
Estaba de viaje, pero iba á volver de un momento á otro.
Ulises pasó un día entero con la tranquilidad del
que espera en lugar seguro. Miraba el golfo desde el balcón. A sus pies estaba
la isla del Huevo, unida á tierra por un puente.
Los bersaglieri ocupaban su
antiguo castillo, obra del virrey don Pedro de Toledo. Eran varios torreones de
color rosa obscuro, que se aglomeraban sobre la estrecha ínsula de forma oval.
En esta fortaleza se encerraba en otros tiempos la corta guarnición española para
apuntar sus bombardas y culebrinas contra el pueblo napolitano cuando no quería
pagar más gabelas é impuestos. Sus muros se habían levantado sobre las ruinas
de otro castillo en el que Federico II guardaba sus tesoros, y cuya capilla
había pintado Giotto. Y el castillo medioeval, del que sólo quedaba el
recuerdo, se había alzado á su vez sobre los restos del palacio de Lúculo, que
tenía el centro de sus célebres jardines en esta pequeña isla, llamada entonces
Megaris.
Las cornetas de los bersaglieri alegraban
al capitán como el anuncio de una entrada triunfal. «Va á llegar, va á llegar
de un momento á otro...» Miraba la doble montaña de la isla de Capri, negra por
la distancia, cerrando el golfo como un promontorio, y la costa de Sorrento,
rectilínea lo mismo que un muro. «Allí está ella...» Luego seguía amorosamente
el curso de los vaporcitos que surcaban la inmensa copa azul, abriendo un
triángulo de espumas. En cualquiera de ellos llegaría Freya.
El primer día fué de oro y esperanza. Brillaba el
sol en un cielo sin nubes; hervía el golfo con burbujas de luz, bajo una
atmósfera inmóvil, sin que la más leve ráfaga rizase su superficie; el penacho
del Vesubio era recto y esbelto, dilatándose sobre el horizonte como un pino de
blancos vapores. Al pie del balcón se sucedían de hora en hora los músicos
ambulantes, cantando voluptuosas barcarolas y serenatas de amor. ¡Y ella no
vino!
El segundo día fué de plata y desesperación. Había
bruma en el golfo, el sol no era mas que un redondel rojo que podía mirarse de
frente, lo mismo que en los países septentrionales; las montañas tenían un
vestido de plomo; las nubes ocultaban el cono del volcán; el mar parecía de
estaño, y un viento frío hinchaba, como velas, faldas y gabanes, haciendo
correr á las gentes por el paseo de la ribera. Los músicos seguían cantando,
pero con suspiros melancólicos, al abrigo de una esquina, para librarse de las
ráfagas furiosas del mar. «¡Morir... morir per te!», gemía una voz de
barítono entre arpas y violines... ¡Y ella llegó!
Al avisarle el camarero que la signora Talberg
estaba en su habitación del piso inferior, Ulises se estremeció de inquietud.
¿Qué diría ella al encontrarle instalado en su hotel?...
La hora del almuerzo estaba próxima, y aguardó con
impaciencia las señales diarias para bajar al comedor. Primeramente sonaba una
explosión á espaldas del albergo, que hacía temblar paredes y
techos, dilatándose en la inmensidad del golfo. Era el cañonazo de mediodía
salido del alto castillo de Sant Elmo. Las cornetas de la isla del
Huevo respondían á continuación, con su alegre llamada á la olla humeante, y
por la escalera del hotel ascendía el chinesco estrépito del gong anunciando
que el almuerzo estaba servido.
Ulises bajó á ocupar su mesa, mirando inútilmente á
los otros huéspedes que se habían adelantado. Freya se presentaría con el
retraso de una viajera que acaba de llegar y está ocupada en el arreglo de su
persona.
Almorzó mal, mirando continuamente una gran
vidriera con dibujos de barcos, peces y gaviotas, atragantándosele el bocado
cada vez que se abrían sus hojas policromas. Y llegó al final del almuerzo, y
tomó lentamente su café, sin que ella apareciese.
Al volver á su habitación envió al camarero
bigotudo en busca de noticias... La signora no había almorzado
en el hotel: la signora había salido mientras él estaba en el
comedor. Seguramente que á la noche se dejaría ver.
Durante la comida sufrió iguales inquietudes,
creyendo que aparecería Freya cada vez que una mano borrosa y una vaga silueta
de mujer empujaban la puerta al otro lado de los opacos vidrios.
Paseó largo rato por el vestíbulo, mascando
rabiosamente su cigarro, hasta que se decidió á abordar al portero, cabeza
morena y astuta que asomaba al borde de su pupitre, sobre unas solapas azules
con llaves de oro bordadas, viéndolo todo, enterándose de todo, mientras
parecía dormir.
La aproximación de Ulises le hizo levantarse de un
salto, lo mismo que si oyese el revoloteo de un papel-moneda. Sus informes
fueron precisos. La signora Talberg comía pocas veces en el
hotel. Tenía unos amigos que ocupaban un piso amueblado en el barrio de Chiaia,
y con ellos pasaba casi todo el día. Algunas veces ni siquiera venía á
dormir... Y volvió á sentarse, guardando apretado en una mano el billete que
había presentido con su imaginación.
Después de una mala noche, Ulises se levantó,
resuelto á esperar á la viuda en la entrada del hotel. Tomó su desayuno en un
velador del vestíbulo, leyó periódicos, tuvo que salir á la puerta huyendo de
la matinal limpieza, perseguido por el polvo de las escobas y las alfombras
sacudidas, y una vez allí, fingió gran interés por los músicos ambulantes, que
le dedicaban romanzas y serenatas, poniendo los ojos en blanco al presentarle
sus sombreros.
Alguien vino á hacerle compañía. Era el portero,
que se mostró familiar y confianzudo, como si desde la noche anterior se
hubiese establecido entre los dos una firme amistad basada en un secreto.
Le habló de las bellezas del país, aconsejándole
diversas excursiones... Una sonrisa, una palabra animadora de Ferragut, y le
habría propuesto inmediatamente otros recreos cuyo anuncio parecía voltear en
torno de sus labios. Pero el marino acogió con enfurruñamiento tanta
amabilidad. Este belitre iba á estorbar con su presencia el deseado encuentro;
tal vez se mantenía á su lado por el deseo de ver y saber... Y aprovechando una
de sus rápidas ausencias, Ulises se alejó por la larga vía Partenope, siguiendo
la baranda que da sobre el mar, fingiendo interesarse por todo lo que
encontraba, pero sin perder de vista la puerta del hotel.
Se detuvo ante los puestos de los ostricarios,
examinando las valvas de concha-perla alineadas en los estantes, sobre los
cestos de ostras de Fusaro; las enormes caracolas, cadáveres huecos, en cuya
garganta mugía, según los vendedores, como un recuerdo, el lejano zumbido del
mar. Miró, uno á uno, todos los botes automóviles, las balandras de regatas,
los barcos de pesca y las goletas de cabotaje fondeadas en el pequeño puerto de
la isla del Huevo. Quedó inmóvil ante las olas mansas que peinaban sus espumas
en los peñascos del malecón bajo las cañas horizontales de varios pescadores
burgueses.
De pronto vió á Freya siguiendo la avenida por el
lado de las casas. Ella le reconoció á su vez, y este descubrimiento la hizo
detenerse junto á una bocacalle, dudando entre seguir adelante ó huir hacia el
interior de Nápoles. Luego pasó á la acera del mar, avanzando hacia Ferragut
con plácida sonrisa, saludándolo de lejos como á un amigo cuya presencia nada
tiene de extraordinaria.
Esta seguridad desconcertó al capitán. Se dieron
las manos, y ella le preguntó tranquilamente qué hacía allí mirando las olas y
si avanzaban las reparaciones de su buque.
—¡Pero confiese usted que mi presencia la ha
sorprendido!—dijo Ulises, algo irritado por esta tranquilidad—. Reconozca que
no esperaba encontrarme aquí.
Freya repitió su sonrisa con una expresión de dulce
lástima.
—Es natural que le encuentre aquí. Está usted en su
barrio, á la vista de su hotel... Somos vecinos.
Para recrearse con el asombro del capitán, hizo una
larga pausa. Luego añadió:
—Vi su nombre en la lista de huéspedes ayer mismo,
al llegar al hotel. Es mi costumbre. Me gusta saber quiénes son mis vecinos.
—¿Y por eso no bajó usted al comedor?...
Ulises formuló esta pregunta esperando que ella
respondiera negativamente. No podía hacerlo de otro modo, aunque sólo fuera por
buena educación.
—Sí, por eso—contestó Freya sencillamente—. Adiviné
que me esperaba para hacerse el encontradizo, y no quise entrar en el
comedor... Le advierto que siempre haré lo mismo.
Ulises lanzó un «¡ah!» de asombro... Ninguna mujer
le había hablado con tanta franqueza.
—Tampoco me ha sorprendido su presencia
aquí—continuó ella—; la esperaba. Conozco las inocentes astucias de los
hombres. «Ya que ayer no me encontró en el hotel, me esperará hoy en la calle»,
me he dicho esta mañana al levantarme... Antes de salir he seguido sus paseos
desde la ventana de mi cuarto...
Ferragut la miraba con sorpresa y desaliento. ¡Qué
mujer!...
—Podía haberme escapado por cualquiera calle
transversal mientras estaba usted de espaldas. Le he visto antes que usted á
mí... Pero no me gustan las situaciones falsas que se prolongan. Es mejor
decirse toda la verdad cara á cara... Y por eso he venido á su encuentro.
El instinto le hizo volver la cabeza hacia el
hotel. El portero estaba en la entrada, contemplando el mar, pero con los ojos
vueltos indudablemente hacia ellos.
—Sigamos—dijo Freya—. Acompáñeme un poco;
hablaremos, y luego me dejará usted... Tal vez nos separemos más amigos que
antes.
Anduvieron en silencio toda la vía Partenope, hasta
llegar á los jardines de la ribera de Chiaia, perdiendo de vista el hotel.
Ferragut quiso reanudar la conversación, pero no encontró las primeras
palabras. Temía parecer ridículo. Le infundía miedo esta mujer.
Se dió cuenta al contemplarla con ojos adorantes de
los grandes cambios que se habían efectuado en el adorno de su persona. Ya no
vestía el tailleur obscuro con que la había visto por primera
vez. Llevaba un traje de seda, azul y blanco, con una rica piel sobre los
hombros y un penacho de plumas de garza real en la cumbre del amplio sombrero.
El saco de mano negro que la acompañaba en su viaje
había sido sustituído por un bolso de oro de una riqueza aparatosa: oro
australiano, de un tono verde, semejante á la pátina de los bronces
florentinos. Llevaba en las orejas dos gruesas esmeraldas cuadradas y en los
dedos media docena de brillantes, que se pasaban de faceta en faceta la luz del
sol. El collar de perlas seguía fijo en su cuello, asomando por el escote
angular... Era una magnificencia de artista rica que todo se lo echa encima; de
enamorada de las joyas que no puede vivir sin su contacto y las coloca sobre su
piel apenas salta de la cama, despreciando la hora y las reglas de la
discreción.
Pero Ferragut no podía distinguir lo extemporáneo
de este lujo. Todo lo de ella le parecía admirable.
Sin saber cómo, se lanzó á hablar. El mismo se
asombró al oír su voz, diciendo siempre las mismas cosas con distintas
palabras. Sus pensamientos eran incoherentes, pero todos se iban aglomerando en
torno de una afirmación incesantemente repetida: su amor, su inmenso amor por
Freya.
Y Freya seguía marchando en silencio, con una
expresión de lástima en los ojos y en las comisuras de su boca. Le placía á su
orgullo de mujer contemplar á este hombre fuerte balbuceando con una confusión
infantil. Al mismo tiempo se impacientaba ante la monotonía de sus palabras.
—No siga, capitán—interrumpió al fin—. Adivino todo
lo que le queda por decir, y he oído muchas veces lo que lleva dicho. «Usted no
duerme, usted no come, usted no vive por mi culpa.» Su existencia es imposible
si no le amo. Un poco más de conversación, y me amenazará con pegarse un tiro
si no soy suya... ¡Música conocida! Todos dicen lo mismo. No hay criaturas con
menos originalidad que los hombres cuando desean algo...
Estaban en una avenida del paseo. A través de las
palmeras y las magnolias se veía por un lado el golfo luminoso y por el otro
los ricos edificios de la ribera de Chiaia. Unos chicuelos desarrapados
corretearon en torno de la pareja, persiguiéndose. Luego fueron á situarse
junto á un templete blanco que se alzaba en el fondo de la avenida.
—Pues bien, lobo de mar amoroso—continuó Freya—, no
duerma usted, no coma usted, mátese si es su capricho; pero yo no puedo
quererle, yo no le querré nunca. Pierda toda esperanza. La vida no es una
diversión, y yo tengo otras preocupaciones más graves que absorben todo mi
tiempo.
A través de la risa juguetona con que acompañaba
estas palabras, Ferragut adivinó una voluntad firmísima.
—Entonces—dijo con desaliento—,¿todo será
inútil?... ¿Aunque yo haga los mayores sacrificios?... ¿Aunque le dé pruebas de
un amor como jamás se haya conocido?...
—Todo inútil—contestó ella rotundamente, sin dejar
de sonreír.
Habían llegado al templete, cúpula sostenida por
columnas blancas, con una verja en torno. El busto de Virgilio se alzaba en el
centro: una cabeza enorme, de hermosura algo femenil.
El poeta había muerto en Nápoles, «la dulce
Partenope», á su regreso de Grecia, y su cadáver tal vez estaba hecho polvo en
las entrañas de este jardín. La muchedumbre napolitana de la Edad Media le
había atribuído toda clase de prodigios, hasta convertir al poeta en mago
poderoso. El brujo Virgilio construía en una noche el castillo del Huevo,
colocándolo con sus manos sobre un gran huevo que flotaba en el mar. Igualmente
había abierto con su soplo el viejo túnel de Possilipo, cerca del cual existen
una viña y una tumba, visitadas durante siglos como última morada del poeta.
Los pilluelos, jugueteando en torno de la verja,
arrojaban papeles y piedras al interior del templete. Les atraía la cabeza
blanca del poderoso encantador, sintiendo á la vez admiración y miedo.
Ella se detuvo cerca del abandonado monumento.
—Hasta aquí nada más—ordenó—. Usted seguirá su
camino. Yo voy á la parte alta de Chiaia... Pero antes de separarnos como
buenos amigos, me va á dar su palabra de no seguirme, de no importunarme con
sus pretensiones amorosas, de no mezclarse más en mi vida.
Ulises no contestó. Bajaba la cabeza con un
desaliento real. A su decepción se unía el dolor del orgullo herido. ¡El que se
había imaginado cosas tan distintas para cuando se viesen por primera vez á
solas!...
Freya se apiadó de su tristeza.
—No sea usted niño... Eso pasará. Piense en sus
negocios, piense en su familia, que le espera allá en España. Además, el mundo
está lleno de mujeres: yo no soy la única.
Pero Ferragut la interrumpió. Sí; era la única...
¡la única! Y lo dijo con una convicción que provocó en ella otra vez una
sonrisa de lástima.
La tenacidad de este hombre empezaba á irritarla.
—Capitán, le conozco bien. Es usted un egoísta,
como todos los hombres. Su buque está detenido en el puerto por una avería;
debe usted quedarse un mes en tierra; encuentra en un viaje á una mujer que
comete la tontería de acordarse de que le conoció en otros tiempos, y se dice:
«Magnífica ocasión para entretener agradablemente el fastidio de la espera...»
Si yo le creyese, si aceptase sus deseos, dentro de unas semanas, al quedar
listo el buque, el héroe de mi amor, el paladín de mis ensueños, se haría al mar
diciendo como último saludo: «¡Adiós, imbécil!»
Ulises protestó con energía. No: él deseaba que su
buque no estuviese nunca recompuesto; calculaba con angustia los días que
faltaban. Si era preciso, lo abandonaría, quedándose para siempre en Nápoles.
—¿Y qué tengo yo que hacer en Nápoles?—interrumpió
Freya—. Soy aquí un pájaro de paso, lo mismo que usted. Nos conocimos en los
mares del otro hemisferio, y hemos venido á reencontrarnos en Italia. La
próxima vez, si volvemos á vernos, será en el Japón, en el Canadá, en el
Cabo... Siga su rumbo, enamoradizo tiburón, y déjeme seguir el mío. Figúrese
que somos dos barcos que se encuentran en una calma, se hacen señales, cambian
saludos, se desean buena suerte, y después cada uno se aleja por su lado, tal vez
para no volver á verse nunca.
Ferragut movió la cabeza negativamente. Eso no
podía ser; él no se resignaba á perderla de vista para siempre.
—¡Los hombres!—continuó ella, cada vez más
irritada—. Todos se imaginan que las cosas deben ser con arreglo á sus
caprichos. «Porque te deseo, debes ser mía...» ¿Y si yo no quiero?... ¿Y si yo
no sufro la necesidad de ser amada?... ¿No puedo vivir en libertad, sin otro
amor que el que yo siento por mí misma?...
Consideraba una desgracia el ser mujer. Los hombres
le inspiraban envidia por su independencia. Podían mantenerse aparte,
absteniéndose de las pasiones que desgastan la vida, sin que nadie viniera á
importunarles en su retiro. Les era lícito ir á todos lados, recorrer el mundo,
sin llevar tras de sus pasos una estela de solicitantes.
—Usted me es simpático, capitán. El otro día me
alegré de encontrarle: fué una aparición del pasado. Vi en usted la alegría de
mi juventud que empieza á irse y la melancolía de ciertos recuerdos... Y sin
embargo, acabaré por odiarle: ¿me oye usted, argonauta pesado?... Le aborreceré
porque no sirve para amigo; porque sólo sabe usted hablar de la misma cosa;
porque es un personaje de novela, un latino, muy interesante tal vez para otras
mujeres, pero insufrible para mí.
Su rostro se contrajo con un gesto de desprecio y
lástima. «¡Ah, los latinos!...»
—Todos son lo mismo; españoles, italianos,
franceses. Todos han nacido para la misma cosa. Apenas encuentran á una mujer
deseable, creen faltar á sus deberes si no le piden su amor y lo que viene
luego... ¿No pueden un hombre y una mujer ser amigos simplemente? ¿No podría
usted ser un buen camarada y tratarme como á un compañero?
Ferragut protestó enérgicamente. No, no podría. El
la amaba, y después de verse repelido con tanta crueldad, su amor iría en
aumento. Estaba seguro de ello.
Un temblor nervioso hizo aguda y cortante la voz de
Freya. Sus ojos tomaron un brillo malsano. Miró á su acompañante como si fuese
un enemigo cuya muerte deseaba.
—Pues bien, sépalo usted. Yo aborrezco á los
hombres: los aborrezco porque los conozco. Quisiera la muerte de todos ellos,
¡de todos!... ¡El mal que han hecho en mi vida!... Quisiera ser inmensamente
hermosa, la mujer más hermosa de la tierra y poseer el talento de todos los
sabios concentrado en mi cerebro, y ser rica, y ser reina, para que todos los
hombres del mundo, locos de deseo, vinieran á postrarse ante mí... Y yo
levantaría mis pies con tacones de hierro, é iría aplastando cabezas... así...
¡así!...
Golpeaba la arena del jardín con las suelas de sus
breves zapatos. Un rictus histérico contraía su boca.
—A usted tal vez lo exceptuase... Usted, con todas
sus arrogancias de matamoros, es un ingenuo, un simple. Le creo capaz de soltar
á una mujer toda clase de mentiras... creyéndolas usted antes. Pero á los
otros... ¡ay, á los otros!... ¡cómo los odio!...
Miró hacia el palacio del acuario, que asomaba su
blancura entre la columnata de los árboles.
—Quisiera ser—continuó, pensativa—uno de esos
animales de mar que cortan con las tenazas de sus patas... que tienen en los
brazos tijeras, sierras, pinzas... que devoran á sus semejantes y absorben todo
lo que les rodea.
Miró después una rama de árbol, de la que pendían
varios hilos de plata sosteniendo á un insecto de activos tentáculos.
—Quisiera ser araña, una araña enorme, y que todos
los hombres fuesen moscas y vinieran á mí, irresistiblemente. ¡Con qué fruición
los ahogaría entre mis patas! ¡Cómo pegaría mi boca á sus corazones!... ¡Y los
chuparía... los chuparía, hasta que no les quedase una gota de sangre,
arrojando luego sus cadáveres huecos!...
Ulises llegó á pensar si estaría enamorado de una
loca. Su inquietud, sus ojos sorprendidos é interrogantes, parecieron devolver
la serenidad á Freya.
Se pasó una mano por la frente, como si despertase
de una pesadilla y quisiera repeler sus recuerdos con este ademán. Su mirada
fué serenándose.
—Adiós, Ferragut; no me haga hablar más. Acabaría
usted por dudar de mi razón... Ya lo sabe: seremos amigos, amigos nada más. Es
inútil pensar en lo otro. No me siga... Nos veremos... Yo le buscaré...
¡Adiós!... ¡adiós!
Y aunque Ferragut sentía la tentación de seguirla,
permaneció inmóvil, viéndola alejarse con paso rápido, como si huyese de las
palabras que había dejado caer ante el pequeño templo del poeta.
EL ACUARIO DE NÁPOLES
A pesar de su promesa, Freya no hizo nada para
volver á encontrarse con el marino. «Nos veremos... Yo le buscaré.» Pero era
Ferragut quien buscaba el encuentro, apostándose en las inmediaciones del
hotel.
—¡Qué loca estuve la otra mañana!... ¡Qué habrá
pensado usted de mí!—dijo ella la primera vez que volvieron á hablarse.
No todos los días conseguía Ulises el placer de
esta conversación que se desarrollaba invariablemente desde la vía Partenope al
monumento de Virgilio. Las más de las mañanas aguardaba en vano frente á los
puestos de los ostricarios, escuchando á los músicos que saludaban con sus
romanzas y sus mandolinas las ventanas cerradas de los hoteles. Freya no
aparecía.
La impaciencia arrastraba á Ulises hasta su hotel,
para implorar las luces del portero. Este, animado por la esperanza de un nuevo
billete, hacía sonar el teléfono y preguntaba á los criados de los pisos
superiores. Luego una sonrisa triste y obsequiosa, como si lamentase sus
propias palabras: «La signora no está. La signora ha
pasado la noche fuera del albergo.» Y Ferragut partía furioso.
Unas veces iba á ver cómo marchaban las
reparaciones de su buque, excelente pretexto para descargar en alguien su mal
humor. Otras mañanas se dirigía al jardín de la ribera de Chiaia por los mismos
lugares que había pisado yendo con Freya. Esperaba verla aparecer de un momento
á otro. Todo lo que le rodeaba tenía algo de ella. Arboles y bancos, aceras y
candelabros eléctricos, la conocían perfectamente, por hallarse en su camino
habitual.
Al convencerse de que esperaba en vano, una última
ilusión le hacía volver los ojos hacia el blanco palacio del Acuario.
Freya le había hablado de él. Con frecuencia se
entretenía horas enteras contemplando la vida de los seres marinos. Y Ferragut
parpadeaba al pasar rápidamente del jardín caldeado por el sol á la penumbra de
unas galerías húmedas, sin otro alumbrado que el de la luz diurna descendida al
interior de los acuarios: luz que tomaba á través del agua y el cristal un tono
misterioso, el tinte verde y difuso de las profundidades submarinas.
Esta visita le hacía pasar el tiempo plácidamente.
Surgían en su memoria antiguas lecturas, afirmadas ahora por una visión
directa. El no era de los marinos que navegan sin preocuparse de lo que existe
debajo de su quilla. Había querido conocer los misterios del inmenso palacio
azul por cuyo techo circulaba, dedicándose al estudio de la oceanografía, la
más reciente de las ciencias.
Al dar sus primeros pasos en el Acuario, se
imaginaba inmediatamente la marina profundidad, con las divisiones desiguales
en que la ha fraccionado la exploración. Junto á las orillas la zona llamada
litoral, donde desembocan los ríos, se amontonan las substancias nutridoras al
impulso de mareas y corrientes y crecen las vegetaciones subacuáticas. Esta
zona era la de las grandes pescas, y llegaba hasta doscientos metros de fondo,
profundidad en la que se pierden los rayos del sol. Más allá cesaba la luz, desaparecían
las plantas, y con ellas los animales herbívoros.
La pendiente submarina, suave hasta este límite, se
acentuaba, descendiendo rápidamente á los abismos oceánicos, y esta parte del
mar—la casi totalidad del Océano—, inmensa masa de agua sin luz, sin olas, sin
mareas, sin corrientes, sin oscilaciones de temperatura, era la llamada zona
abisal.
En el litoral, las aguas, saludablemente agitadas,
cambiaban de salinidad según la cercanía de los ríos. Las rocas y fondos se
cubrían de una vegetación que era verde cerca de la superficie y se iba
ensombreciendo, hasta llegar al rojo obscuro y al amarillo bronce así como se
alejaba de la luz. En este paraíso oceánico, de aguas nutritivas y luminosas
cargadas de bacterias y alimentos microscópicos, se desarrollaba la vida con
exuberancia. A pesar de los continuos ataques del pescador, los rebaños marinos
se mantenían incólumes por medio de una procreación infinita.
La fauna de la profundidad abisal, donde la falta
de luz hace imposible toda vegetación, era forzosamente carnívora. Los
habitantes débiles devoraban los residuos y los animales muertos que descendían
de la superficie. Los fuertes se nutrían á su vez con las substancias
concentradas de los pequeños carniceros.
El fondo del Océano, desierto monótono de barro ó
de arena, producto de un sedimento de centenares de siglos, ofrecía de tarde en
tarde un oasis de extraña vegetación. Estos bosques surgían como manchas de
vida allí donde el encuentro de las corrientes superficiales hacía llover un
maná de diminutos cadáveres. Las plantas retorcidas y calcáreas, duras como la
piedra, no eran plantas: eran animales. Sus hojas, tentáculos inertes y
traidores, se encogían de pronto. Sus flores, bocas ávidas, se inclinaban sobre
la presa, sorbiéndola por sus ventosas glotonas.
Una luz fantástica atravesaba con ráfagas
multicolores este mundo de absoluta lobreguez. Era luz animal, producida por
los organismos vivientes.
En los abismos abisales resultaban muy contados los
seres ciegos, contra la opinión del vulgo, que se los imagina á casi todos
faltos de ojos por su lejanía del sol. Los filamentos de los árboles carnívoros
eran guirnaldas de lámparas; los ojos de los animales cazadores, globos
eléctricos; las insignificantes bacterias, glándulas fotógenas; y todos ellos
abrían ó cerraban sus conmutadores fosforescentes según la necesidad del
momento, unas veces para perseguir y devorar, otras para mantenerse disimulados
en las tinieblas.
Los animales-plantas, inmóviles como estrellas,
rodeaban de un círculo de rayos sus bocas feroces, y los seres minúsculos se
sentían empujados irresistiblemente hacia ellos, lo mismo que las mariposas
vuelan hacia la lámpara y los pájaros de mar chocan con el faro.
Ninguna de las luces de la tierra podía compararse
con las del mundo abisal. Todos los fuegos de artificio palidecían ante las
variedades del fulgor orgánico.
Las ramas vivientes del polípero, los ojos de las
bestias, hasta el barro sembrado de puntos brillantes, emitían chorros
fosfóricos, haces de chispas cuyos resplandores se abrían y cerraban
incesantemente. Y estas luces iban pasando en su gradación por los más diversos
colores: violeta, púrpura, rojo anaranjado, azul, y, sobre todo, verde. Los
pulpos gigantescos se iluminaban al percibir la proximidad de una víctima como
soles lívidos, moviendo sus brazos de mortífero tirón.
Todos los seres abisales tenían el órgano de la
vista enormemente desarrollado, para poder captar hasta los más débiles rayos
de luz. Muchos eran de ojos salientes y enormes. Otros los tenían despegados
del cuerpo, al final de dos tentáculos cilíndricos como telescopios.
Los que eran ciegos y no producían resplandor
compensaban esta inferioridad con el desarrollo de los órganos táctiles. Sus
antenas y nadaderas se prolongaban desmesuradamente en la obscuridad. Los
filamentos de su cuerpo, largos pelos ricos en terminaciones nerviosas,
distinguían instantáneamente la presa apetecida ó el enemigo en acecho.
El abismo abisal tenía dos pisos ó techumbres. En
lo más alto estaba la llamada zona nerítica, la superficie oceánica, diáfana y
luminosa, lejos de toda costa. A continuación venía la zona pelágica, mucho más
profunda, en la que residen los peces de incesante movimiento, capaces de vivir
sin reposarse en el fondo.
Los cadáveres de los animales neríticos y de los
que nadan entre dos aguas eran el sustento directo é indirecto de la fauna
abisal. Los seres de frágil dentadura y escasa velocidad, mal armados para la
conquista de las presas vivas, se alimentaban con las gotas de esta lluvia de
materia alimenticia. Los grandes nadadores, pertrechados de mandíbulas
formidables y estómagos elásticos é inmensos, preferían las peripecias de la
lucha, las persecuciones de la caza viviente, y devoraban—como devoran en la
tierra los carnívoros á los herbívoros—á todos los pequeños comedores de
residuos y de plancton.
Esta palabra, de invención científica reciente,
hacía ver al capitán Ferragut el más humilde é interesante de todos los
personajes del Océano. El plancton es la vida que flota en
grumos sueltos ó formando nubes á través de la superficie nerítica,
descendiendo hasta las profundidades abisales.
Allá donde iba el plancton iba la animación
viviente, agrupándose en apretadas colonias animales. El agua salada más pura y
diáfana mostraba bajo ciertos rayos luminosos una multitud de pequeños cuerpos,
inquietos como las espirales de polvo que danzan en un rayo de sol. Estos seres
transparentes, revueltos con algas microscópicas y mucosidades embrionarias,
eran el plancton. En su masa densa y poco visible para el ojo humano flotaban
los sifonóforos, guirnaldas de individuos unidos por un hilo transparente,
frágiles, delicados y luminosos como cristales de Bohemia. Otros organismos
igualmente sutiles tenían la forma de pequeños torpedos de vidrio. La suma de
todas las materias albuminúricas flotantes en el mar se condensaba en estas
nubes nutritivas, añadiéndose á ellas las secreciones de los animales
vivientes, los residuos de sus cadáveres, los cuerpos arrastrados por los ríos,
las briznas alimenticias de los prados de algas.
Cuando el plancton, á impulsos del azar ó siguiendo
misteriosas atracciones se iba aglomerando en un punto determinado del litoral,
las aguas hervían en peces con asombrosa fecundidad. Las poblaciones ribereñas
se agrandaban, el mar se llenaba de velas, las mesas eran más opulentas,
surgían industrias, se abrían fábricas y circulaba el dinero en la costa,
atraído del interior por el comercio de pesquería y de conservas.
Si se retiraba el plancton caprichosamente, bogando
hacia otro litoral, los rebaños marinos emigraban detrás de las praderas
vivientes y la llanura azul quedaba vacía como un desierto maldito. Las flotas
de barcas permanecían en seco, se cerraban los talleres, ya no humeaba la olla,
los caballos de la gendarmería cargaban contra la muchedumbre protestante y
famélica, la oposición gritaba en las Cámaras y los periódicos hacían
responsable de todo al gobierno.
Este polvo animal y vegetal nutría á las especies
más numerosas, para que ellas á su vez sirviesen de pasto á los grandes
nadadores armados de dientes.
La ballena, el más voluminoso de los habitantes
oceánicos, cerraba este ciclo destructor en el que se devoran unos á otros para
vivir. El gigante pacífico y sin dientes mantenía su organismo sólo con
plancton, absorbiéndolo á toneladas. El maná imperceptible y cristalino
alimentaba su cuerpo de campanario tumbado, haciendo circular bajo la piel
grasosa ríos purpúreos de sangre caliente.
La transparencia de los seres planctónicos evocaba
en la memoria de Ferragut las coloraciones maravillosas de los habitantes del
mar, ajustadas exactamente á las necesidades de su conservación. Las especies
que viven en la superficie tenían, por lo general, el lomo azul y el vientre
plateado. De este modo les era posible escapar á la vista de los enemigos. Su
color claro, visto desde las tinieblas de la profundidad, se confundía con la
lámina blanca y luminosa de la superficie. Las sardinas, que nadan en bancos,
podían pasar inadvertidas gracias á sus lomos azules como el agua, librándose
así de los peces y los pájaros que las dan caza.
Viviendo en abismos donde la luz no penetra nunca,
los animales pelágicos ignoraban la necesidad de ser transparentes ó azules
como los seres neríticos de la superficie. Unos eran opacos é incoloros, otros
bronceados y negros; los más se revestían con tintas soberbias, cuyo esplendor
desesperaba á los pinceles humanos, incapaces de imitarlas. Un rojo magnífico
era la base de esta coloración, descendiendo gradualmente al rosa pálido, al
violeta, al ámbar, hasta perderse en el lácteo iris de las perlas y la policromía
temblona y vagorosa del nácar de los moluscos. Los ojos de ciertos peces,
colocados al final de varillas separadas del cuerpo, brillaban como diamantes
en los extremos de un doble alfiler. Las glándulas salientes, las verrugas, las
sinuosidades dorsales, tomaban coloraciones de joyería.
Pero las piedras preciosas de la tierra son
minerales muertos que necesitan el rayo de luz para existir con breve
chisporroteo. Las alhajas animadas del Océano, peces y corales, brillaban con
colores propios que eran reflejos de su vitalidad. Su verde, su rosado, su
amarillo intenso, sus iris metálicos, tintas jugosas eternamente barnizadas por
un charol húmedo, no podían subsistir en el mundo atmosférico.
Algunos de estos seres eran capaces de un poderoso
mimetismo que les hacía confundirse con los objetos inanimados ó pasar en pocos
momentos por toda la gama de colores. Unos, de nerviosa actividad, se
inmovilizaban y encogían, llenándose de rugosidades, tomando el tono obscuro de
las rocas. Otros, en momentos de irritación ó de fiebre amorosa, se cubrían de
rayas y temblonas manchas, extendiéndose por su epidermis nubes diversas con
cada uno de sus estremecimientos. Las sepias y calamares, al verse perseguidos,
se hacían invisibles dentro de una nube, lo mismo que los encantadores de los
libros de caballerías, enturbiando el agua con la tinta almacenada en sus
glándulas.
Ferragut iba avanzando entre las dos filas de
estanques verticales del Acuario, escaparates de rocas con un grueso vidrio que
dejaba á la vista todo su interior. Estos dos muros claros y luminosos, que
recibían el fuego del sol por su parte alta, esparcían un reflejo verde en la
penumbra de los corredores. Al circular, los visitantes tomaban una palidez
lívida, como si marchasen por un desfiladero submarino.
El agua tranquila de los estanques apenas era
visible. Detrás de los vidrios sólo parecía existir una atmósfera maravillosa,
un ambiente de sueño, en el que subían y bajaban flotantes seres de colores.
Las burbujas de su respiración era lo único que delataba la presencia del
líquido. En la parte superior de estas jaulas acuáticas, la atmósfera luminosa
se estremecía bajo un chorro continuo de polvo transparente. Era agua de mar
con aire inyectado, que renovaba las condiciones de existencia de los huéspedes
del Acuario.
Viendo el capitán estas mangas vivificantes, admiró
la fuerza nutridora del agua azul sobre la que había transcurrido casi toda su
existencia.
La tierra perdía sus orgullos al ser comparada con
la inmensidad acuática. En el Océano habían apuntado las primeras
manifestaciones de la vida, continuando luego su ciclo evolutivo sobre las
montañas, surgidas igualmente de su seno. Si la tierra era la madre del hombre,
el mar era su abuela.
El número de los animales terrestres resultaba
insignificante comparado con el de los marítimos. Sobre la tierra—mucho más
pequeña que el Océano—, los seres sólo ocupan la superficie del suelo y una
capa atmosférica de unos cuantos metros. Las aves y los insectos rara vez van
más allá en sus vuelos. En el mar, los animales están dispersados en todos los
niveles de su espesor, pudiendo disponer de muchos kilómetros de profundidad,
multiplicados por miles y miles de leguas de extensión. Cantidades infinitas de
seres que escapan á todo cálculo nadan incesantemente en todos los pisos de sus
aguas. La tierra es una superficie, un plano, y el mar es un volumen.
La inmensa masa acuática—tres veces más salada que
al nacer el planeta, á causa de una evaporación milenaria que había disminuido
el líquido sin absorber sus componentes—guardaba, revueltos con sus cloruros,
el cobre, el níquel, el hierro, el cinc, el plomo, y hasta el oro procedente de
los filones que la ebullición planetaria aglomeró en el fondo oceánico, y de
cuya masa no son mas que insignificantes tentáculos los filones de las
montañas, con sus arenas auríferas arrastradas por los ríos.
También la plata estaba disuelta en sus aguas.
Ferragut sabía por ciertos cálculos que con la plata flotante en el Océano
podían levantarse pirámides más enormes que las de Egipto.
Los hombres que habían pensado en la explotación de
estas riquezas minerales desistían de su quimera. Estaban tan diluidas, que era
imposible su aprovechamiento. Los seres oceánicos sabían reconocer mejor su
presencia, filtrándolas á través de su cuerpo para la renovación y coloración
de sus órganos. El cobre lo acumulaban en su sangre; el oro y la plata se
descubrían en los tejidos de los animales-plantas; el fósforo era absorbido por
las esponjas; el plomo y el cinc, por los fucos.
Todos podían extraer del agua los residuos de unos
metales disueltos en fragmentos tan imponderablemente pequeños, que ningún
procedimiento químico alcanzaba á captarlos. Los carbonatos de cal arrastrados
por los ríos ó arrancados á las costas servían á innumerables especies para la
construcción de sus caparazones, esqueletos, conchas y caracolas. Los corales,
filtrando el agua á través de sus cuerpos blanduchos y mucosos, solidificaban
sus duros esqueletos, para convertirse al final en islas habitables.
Los seres de una diversidad desconcertante que
flotaban, rampaban ó coleaban en torno de Ferragut no eran mas que agua
oceánica. Los peces, agua hecha carne; los animales mucosos, agua en estado de
gelatina; los crustáceos y los políperos, agua transformada en piedra.
Contempló en uno de los estanques un paisaje que
parecía de otro planeta, grandioso y reducido al mismo tiempo, como un bosque
visto en un diorama. Era un palmeral surgiendo entre rocas; pero las rocas no
pasaban de ser guijarros, y las palmeras anélidos de mar, simples gusanos que
se mantenían en vertical inmovilidad.
Guardaban su cuerpo anillado dentro de un tubo
coriáceo que los protegía, y sobre este tronco rectilíneo de color de marfil
lanzaban, como un surtidor de ramas, los tentáculos movedizos que les sirven
para respirar y para comer.
Dotados de una rara sensibilidad, bastaba el paso
de una nube ante el sol para que se contrajesen en el interior de los tubos,
quedando éstos sin su vistoso capitel, como palmeras desmochadas. Luego, lenta
y prudentemente, iban surgiendo otra vez los animados pinceles por la abertura
de sus vainas, flotando en el agua con ansiosa espera. Todos estos árboles y
flores-animales eran de una voracidad mecánica cuando la víctima microscópica
se dejaba atraer por sus tentáculos El suave ramaje se contraía, se cerraba,
arrastrando á la esbelta torre secretada por él mismo, digería su conquista.
Otros estanques atrajeron después la atención del
marino.
Deslizándose sobre las rocas, introduciéndose en
las cavernas, dormitando medio enterrada en la arena, toda la varia y
tumultuosa nación de los crustáceos movía sus herramientas cortantes y
tentaculares, hacía brillar sus armaduras japonesas, unas teñidas de rojo casi
negro, como si guardasen la sangre seca de un lejano combate, otras de fresca
escarlata, lo mismo que si reflejaran en su dureza los primeros fuegos de la
aurora.
El fiero bogavante—el homard, soberano
de las ricas mesas—descansaba sobre las tijeras de sus patas anteriores, arma
poderosa como una doble hacha de combate. La langosta saltaba con agilidad por
las peñas valiéndose de los ganchos de sus patas, herramientas de guerra y de
nutrición. Su próximo pariente la cigarra de mar, animal torpe y pesado,
permanecía en los rincones, cubierta de fango y de algas, en una inmovilidad
que le hacía confundirse con las piedras. Y en torno de estos gigantes, como
una democracia roja acostumbrada á sufrir de vez en cuando el ataque de los
fuertes, nadaban los enjambres de langostinos y camarones. Sus movimientos eran
sueltos y graciosos, su sensibilidad tan afinada, que la menor agitación les
hacía dar saltos enormes.
Ulises pensó en la esclavitud que había impuesto la
Naturaleza á estos animales dándoles su hermosa envoltura defensiva.
Nacían acorazados, y el crecimiento les obligaba
repetidas veces á cambiar de armadura. Mudaban de piel, como los reptiles; pero
éstos, al ser cilíndricos, podían ejecutar la operación con la misma facilidad
que una pierna que abandona su media. Los crustáceos habían de sacar de su
coraza, que empezaba á rajarse, el múltiple mecanismo de sus miembros y sus
apéndices: las patas, las antenas, las gruesas pinzas, operación lenta y
peligrosa, en la que muchos parecían rasgados por su propio esfuerzo. Luego,
desnudos é inermes, habían de esperar á que se formase una nueva piel que á su
vez se convirtiese en armadura. Y esto en medio de un ambiente hostil, rodeados
de ávidas bestias, grandes y pequeñas, que sentían la atracción de su rica
carne, y sin otra defensa que el ocultamiento.
Entre el hormiguero de pequeños crustáceos que se
movían en el fondo arenoso, cazando, comiendo ó batiéndose con feroz enredijo
de patas, buscaban los observadores á un ser bizarro y extravagante, el paguro,
apodado Bernardo el Eremita. Era una caracola que avanzaba recta
como una torre sobre unas patas de cangrejo, teniendo por corona la cabellera
de una anémona de mar.
La cómica aparición estaba compuesta de tres
animales distintos, uno sobre otro, ó más bien, de dos seres vivientes llevando
en medio un féretro. El paguro nacía con la parte posterior desprovista de
coraza: un excelente bocado, tierno y sabroso, para los peces hambrientos. La
necesidad de defenderse le hacía buscar una caracola para guardar la parte
débil de su organismo. Si encontraba vacía una vivienda de esta especie, se la
apropiaba. De no ser así, se comía al habitante, introduciendo después en el
nacarado refugio su posterior, armado de dos patas ganchudas.
No bastaban al débil paguro sus precauciones
defensivas. Necesitaba ser ofensivo para vivir; inspirar respeto á los
monstruos devoradores, especialmente á los pulpos, que buscaban la presa de su
busto y sus patas peludas, asomadas por la locomoción fuera de la torre.
Una anémona de mar venía á fijarse en la cúspide
calcárea: á veces llegaban á ser cinco ó seis. Ninguna relación corporal
existía entre el paguro y los organismos de arriba. Eran simples socios, por un
interés recíproco. Los animales-plantas picaban como ortigas; todos los
monstruos sin coraza huían del veneno de sus órganos urticantes; las briznas de
su cabellera quemaban como alfileres de fuego. De este modo, el humilde paguro
inspiraba terror á las fieras gigantescas de la profundidad, llevando sobre el dorso
su torre coronada de formidables baterías. Las anémonas, por su parte, le
agradecían que las pasease incesantemente de un lado á otro, poniéndolas en
contacto con toda clase de animales. Podían comer así con más facilidad que sus
hermanas fijas en la roca. No tenían que esperar, como ellas, que el alimento
viniese casualmente á sus tentáculos. Además, siempre flotaban hasta sus
alturas algunos despojos de las presas que hacía por abajo el cangrejo socarrón
en su errabunda impunidad.
Ferragut, al pasar de un estanque á otro,
establecía mentalmente la gradación de los diversos órdenes de la fauna
marítima, desde el boceto primitivo al organismo perfecto.
Las esponjas del Mediterráneo nadaban en los
primeros días de su nacimiento—cuando eran como cabezas de alfiler—con
movimientos vibrátiles. Luego permanecían inmóviles, filtrando el agua por las
celdas y corredores de sus tejidos, protegiendo su carne suave con un
erizamiento de espículas, agujas calcáreas y picantes, con las que ensartaban é
inmovilizaban á los peces, sirviéndolas de alimento sus residuos en
putrefacción.
Desplegaban por millares las ortigas de mar sus
hilos urticantes, proyectando un veneno que aturdía á la víctima y la hacía
caer en su corola, boca y ano al mismo tiempo. De una voracidad sin límites, se
apoderaban, fijas en su roca, de pescados más grandes que ellas, y al presentir
un peligro se encogían de tal modo, que era difícil verlas. Las plumas de mar
yacían flácidas y obscuras, como animales muertos, hasta que absorbiendo el
agua, se levantaban transparentes y llenas de hojas. Así iban de un lado á
otro, con una ligereza de pluma, ó se clavaban en la arena, emitiendo un brillo
fosfórico.
Las petimetras del mar, las elegantes medusas,
extendían el ruedo flotante de su hermosura frágil. Eran setas transparentes,
sombrillas abiertas de vidrio, que avanzaban por medio de contracciones. Del
centro interior de su cúpula colgaba un tubo igualmente transparente y
gelatinoso: la boca del animal. Largos filamentos pendían del ruedo de sus
bordes, tentáculos sensitivos que al mismo tiempo servían para mantener el
equilibro flotante.
Estos seres frágiles, que parecían pertenecer á una
fauna de ensueño, blancos como el cristal de roca, con suaves bordes de color
de rosa ó violeta, eran urticantes lo mismo que las ortigas y se defendían con
un contacto de llama. Algunas sombrillas sutiles ó incoloras vivían en el
estanque bajo el amparo de un segundo encierro de cristal, y apenas si su
mucosa vaporosidad se marcaba dentro de la campana como una débil línea de humo
azul.
Por debajo de estas formas transparentes y frágiles
que quemaban cuanto tocaban, atreviéndose á capturar presas mucho más grandes
que ellas, extendíase en jardines la llamada «flor de sangre», el coral rojo, y
especialmente el astroides, formando con sus corolas una alfombra de color
anaranjado.
El marino había visto estas vegetaciones pétreas,
como bosques sumergidos, en el fondo del mar Rojo y en los mares del Sur. Había
navegado sobre ellas haciéndose la ilusión de que por las entrañas azules del
Océano circulaban anchos ríos de sangre.
Los oseznos y las estrellas agitaban lentamente sus
formas que habían dado origen á sus nombres, secretando venenos para aturdir á
sus víctimas, contrayéndose hasta formar una bola de lanzas que atravesaba á la
presa con abrazo mortal ó cortándola con los cuchillos óseos de su cuerpo
radiado. Los lirios de mar se balanceaban al término de su varilla, moviendo
sus miembros en forma de pétalos.
Sobre fondos de menuda arena ó agarrados á la roca
vivían los moluscos en el refugio de sus conchas.
La necesidad de entregarse al sueño con relativa
seguridad, sin miedo al devoramiento general, que es la ley oceánica, preocupa
á todos los seres marinos, haciéndolos constructores é inventores. Los
crustáceos viven metidos en corazas ó aprovechan como refugio las envolturas
calcáreas, expulsando á sus dueños; los animales-plantas expelen toxinas; los
seres planctónicos, transparentes y gelatinosos, queman como un cristal puesto
al fuego; algunos organismos en apariencia débiles y blanduchos tienen en su cola
la fuerza del berbiquí, perforando la roca hasta crearse una caverna de refugio
en sus duras entrañas... Y los tímidos moluscos, de carne dulce y temblona, se
habían fabricado los fuertes escudos de sus valvas, dos murallas cóncavas que
al abrirse son puerta y al cerrarse son casa.
Un pedazo de su carne asomaba fuera de la concha
como una lengua blanca. En unos tomaba la forma de suela y servía de pie,
marchando el molusco, con la vivienda á cuestas, sobre este único sostén. En
otros era nadadera, y la concha, abriendo y cerrando sus valvas como una boca
propulsora, subía en línea recta á la superficie, para dejarse caer luego con
los dos escudos apretados.
Estos dulces herbívoros vivían de beber la luz,
sintiendo la necesidad de las aguas superficiales ó de los fondos escasos con
sus claras praderas. La luz, al esparcirse por el blanco interior de su
vivienda, la decoraba con todos los colores temblones del iris, dando á la cal
la palpitación misteriosa de la madreperla.
Ulises admiró las bizarras formas de sus
envolturas. Eran iguales á los palacios de Oriente: obscuras y tristes en los
muros exteriores; deslumbrantes en su interior, como un lago de nácar. Algunos
recibían nombres terrestres, por la forma especial de su concha: la liebre, el
casco, el cuerno de Tritón, el tonel, la sombrilla mediterránea.
Pacían con una tranquilidad bucólica en los
céspedes marítimos, contemplados de lejos por las almejas, las ostras y otros
bivalvos adheridos á las rocas por una madeja de seda dura y córnea que
envolvía sus encierros. Algunas de estas conchas—las llamadas «jamones»—,
almejas de gran tamaño, con las valvas en forma de maza, se fijaban, rectas en
el fango, dando la impresión de un campo celta sumergido, de una sucesión de
menhires tragados por el fondo del mar.
El llamado «dátil», valiéndose de un líquido ácido,
perforaba la piedra más dura con cilíndrico taladro. Las columnas de los
templos helénicos sumergidos en el golfo de Nápoles y vueltos á la luz por un
levantamiento del suelo aparecían atravesadas de parte á parte por este
diminuto perforador.
Gritos de sorpresa y nerviosas risas llegaban de
pronto hacia Ferragut. Procedían de la parte del Acuario donde estaban los
estanques de los peces. En el corredor había una pileta de agua y en su fondo
una especie de harapo flácido y gris, con redondeles negros en el dorso. Este
animal atraía inmediatamente la curiosidad de los visitantes. Todos preguntaban
por él.
Los grupos de campesinos, las familias de la ciudad
precedidas de su prole, las parejas de soldados, se consultaban y dudaban al
avanzar una mano sobre la pileta con cierta vacilación. Al fin tocaban el trapo
viviente del fondo, la carne gelatinosa del pez-torpedo, recibiendo una serie
de descargas eléctricas que les hacían soltar la presa, riendo y llevándose la
otra mano al brazo sacudido.
Ulises, al llegar á los estanques de los peces,
experimentaba una sensación igual á la del viajero que luego de vivir entre una
humanidad inferior tropieza con seres que casi son de su raza.
Allí estaba la aristocracia oceánica, el pez, libre
como el mar, suelto, onduloso y resbaladizo lo mismo que la ola. Todos ellos le
habían acompañado durante muchos años, dejándose ver en las transparencias
abiertas por la proa de su buque.
Eran vigorosos, y por esto habían suprimido el
cuello—la parte más frágil y débil de los organismos terrestres—, asemejándose
al toro, al elefante, á todos los animales arietes. Necesitaban ser ligeros, y
para serlo prescindían de la coraza rígida y dura del crustáceo, que impide los
movimientos, prefiriendo la cota de malla cubierta de escamas, que se dilata y
se pliega, cede al golpe y no se rompe. Querían ser libres, y su cuerpo, como
el de los luchadores antiguos, estaba cubierto de un aceite resbaladizo,
el mucus oceánico, que escapa fugaz á toda presión.
Los animales más sueltos de la tierra no podían
compararse con ellos. Los pájaros necesitan posarse y descansar durante su
sueño; el pez sigue flotando y moviéndose mientras duerme. El mundo entero les
pertenecía. Allí donde hubiera una masa de agua, océano, río ó lago, fuese cual
fuese la altura y la latitud, montaña perdida en las nubes, valle hirviente
como una olla, mar tropical y luminoso con selvas de colores en sus entrañas,
mar polar con corteza de hielos poblados de focas y osos blancos, el pez hacía
su aparición.
El público del Acuario, al ver junto á los vidrios
las chatas cabezas de los animales nadadores, gritaba y movía los brazos, como
si pudiera ser visto por sus ojos de estúpida fijeza. Luego experimentaba
cierto desaliento al notar que continuaban indiferentes al curso de sus
flotaciones.
Ferragut sonreía ante esta decepción. El cristal
que separaba el agua de la atmósfera tenía un espesor de millones de leguas:
era un obstáculo insuperable entre dos mundos que no se conocen.
Recordaba el marino la imperfecta visión de los
habitantes oceánicos. A pesar de sus ojos abultados y movibles, que les
permiten ver delante y detrás de ellos, su potencia visual sólo abarcaba cortas
distancias. Los esplendores de mariposa con que los viste la Naturaleza no
podían apreciarlos. Como el enfermo daltoniano, todos ellos ignoraban los
colores y sólo conocían las diferencias de claridad.
Un absoluto silencio acompañaba á su visión
incompleta. Todos los animales acuáticos eran sordos, ó más bien, carecían
completamente de órganos auditivos, por serles innecesarios. Los estrépitos
atmosféricos, truenos y huracanes, no penetraban en el agua. Sólo el crujido de
la coraza de ciertos cangrejos y el mugir doloroso, cerca de la superficie, de
algunos peces llamados «roncadores» alteraban este silencio.
Como el Océano carece de ondas acústicas, sus
habitantes no habían necesitado formar los órganos que las transforman en
sonidos. Sentían impetuosamente las necesidades primarias de la vida animal: el
hambre y el amor; sufrían rabiosamente la crueldad de enfermedades y dolores;
se batían entre ellos á muerte por la comida ó por la hembra; pero todo esto en
absoluto mutismo, sin los aullidos de triunfo ó de agonía con que acompañan los
animales terrestres iguales manifestaciones de su existencia.
Era el olfato su principal sentido, así como la
vista es el del pájaro. En el mundo crepuscular del Océano, cortado por
resplandores fosfóricos y engañosos, los grandes pescados sólo fiaban en su
olfato y á veces en el tacto.
Algunos, enterrados en el fango, ascendían
centenares de metros, atraídos por el olor de los peces que nadan en la
superficie. Esta prodigiosa facultad inutilizaba en parte los colores de que se
visten las especies tímidas para fundirse con la luz ó la sombra. Los grandes
carniceros veían mal, pero rascaban el fondo con un tacto adivinatorio y
husmeaban á prodigiosas distancias.
Sólo peces mediterráneos, especialmente los del
golfo de Nápoles, vivían en los estanques de Acuario. Faltaban algunos: el
delfín, de nerviosa movilidad; el atún, impetuoso en su carrera. El capitán
sonrió al pensar en la travesura de estos huéspedes ingobernables, cuya
presencia había sido desdeñada.
El voraz tiburón «cabeza de olla», lobo perseguidor
de los rebaños mediterráneos, tampoco estaba allí. Para suplir su ausencia
nadaban otros animales de la misma especie, blancuzcos, largos, de grandes
aletas, con los ojos siempre abiertos por falta de párpados movibles y una boca
hendida en media luna debajo de la cabeza, al principio del estómago.
Ferragut buscó en el suelo de los estanques los
llamados peces de fondo, bestias aplanadas que pasaban la mayor parte del
tiempo hundidas en la arena bajo un sudario de algas. El uranoscopo obscuro,
con los ojos casi unidos en la cumbre de su enorme cabeza y el cuerpo en forma
de maza, sólo dejaba visible un largo hilo que surgía de su mandíbula inferior,
agitándolo en todas direcciones para atraer á sus víctimas. Estas perseguían el
movible objeto creyéndolo una lombriz, hasta que eran alcanzadas por los dientes
del cazador. Luego surgía de su lecho, flotaba unos minutos y caía pesadamente
en el fondo, abriéndose una nueva fosa con sus nadaderas pectorales en forma de
palas.
El llamado peje-sapo—el animal más feo del
Mediterráneo—cazaba de igual modo. Las tres cuartas partes de su cuerpo
aplastado eran la cabeza, con una boca no menos grande armada de ganchos y
cuchillos encorvados. Con los ojos amarillentos fijos en lo alto, agitaba las
barbillas de su rostro, recortadas como hojas, y unos apéndices dorsales
semejantes á plumas. Este cebo falaz atraía á los inexpertos, cerrándose sobre
ellos las cavernosas mandíbulas.
Los peces planos nadaban veloces sobre estos
monstruos del fango, que también eran planos, pero en sentido horizontal,
descansando sobre el vientre, mientras que la platitud de los lenguados y otros
de su misma especie era vertical. Las dos caras del cuerpo de los lenguados,
comprimido lateralmente, tenían diversa coloración. De este modo, acostándose,
podían fundirse á la vez con la luz de la superficie y la penumbra del fondo,
librándose de sus perseguidores.
Todas las infinitas variedades de la fauna
mediterránea se movían en los otros estanques.
Pasaban por las láminas de cristal verdoso las
salpas, las bogas y las obladas, vestidas de plata viva con bandas de oro en
los costados. Pasaban también el purpúreo relámpago del salmonete, la majestad
brillante de la dorada, el vientre azulado de los pajeles, el lomo rallado del
sargo, la boca en forma de trompeta de la brema de mar, la risa inmóvil del
llamado festivo, el remate dorsal del pavón, que parecía hecho de plumas, la
cola inquieta y hondamente bifurcada de la caballa, el estiramiento del mújol
entre sus triples aletas, las redondeces grotescas del peje-jabalí y del
peje-cerdo, la platitud obscura de la pastinaca flotando como un harapo, el
largo hocico del peje-becacina, la esbeltez del róbalo, ágil y recogido como un
torpedo, el rubio, todo espina, el ángel de mar, con sus carnosas alas, el
gobio, erizado de angulosidades natatorias, el escribano, rojo y blanco, con
bandas negras semejantes al rubricado de las firmas, el esmarrido modesto, el
pequeño peje-araña, el soberbio rodaballo, casi redondo, con la cola de abanico
y un ribete natatorio en torno de su disco manchado á redondeles, y la corvina
sombría, que tiene en su piel el negro azulado de los cuervos.
Oculta entre dos rocas, como los crustáceos
cazadores, estaba la rascaza. Era la escòrpa del mar de
Valencia, que Ferragut había conocido en su niñez; el animal amado de su tío
el Tritón, á causa de su carne substanciosa que espesa la sopa
marinera; el precioso componente buscado por el tío Caragòl para
el caldo de sus arroces. La cabeza, enorme, tenía unos ojos completamente
rojos. Sus grandes nadaderas picaban venenosamente. El cuerpo, pesado, con
fajas y manchas sombrías, estaba cubierto de apéndices singulares en forma de
hojas y tomaba fácilmente el color del fondo. En la semiobscuridad parecía una
piedra cubierta de plantas. Con este mimetismo se libraba de los enemigos,
espiando mejor á su presa.
Un animal sombrío—igual, en opinión de Ferragut, á
un alguacil del Santo Oficio—iba por la parte alta de los estanques, pasando de
vidrio en vidrio y reflejándose como un animal doble cuando llegaba á la
superficie. Era la raya, de cabeza chata, ojos feroces y cola da látigo,
moviendo el negro manteo de sus alas carnosas con una lentitud que rizaba los
bordes.
Del arenoso fondo se desprendía un escudo convexo,
que, al flotar, mostraba su cara inferior plana y amarillenta. Las cuatro patas
rugosas de la tortuga y su cabeza de serpiente emergían de esta coraza de
carey. Los caballitos de mar, esbeltos y graciosos como piezas de ajedrez,
subían y bajaban en el ambiente azulado, contrayendo sus colas, retorciéndose
como un signo de interrogación.
Cuando el capitán llegaba al final de las cuatro
galerías del Acuario sin haber visto mas que animales marítimos detrás de los
vidrios luminosos y personas indiferentes y escasas en la verde penumbra,
sentía el desaliento de una jornada perdida.
—¡Ya no vendrá!...
Al pasar de este ambiente de bodega húmeda al
jardín, amarillo de sol, recibía como un puñetazo atmosférico el disparo del
mediodía. ¡La hora del almuerzo!... ¡Y seguramente Freya no iba á almorzar en
el hotel!
Por la tarde, sus pasos le llevaban instintivamente
hacia las calles empinadas del barrio de Chiaia. Todos los edificios viejos y
de aspecto señorial atraían su atención. Eran caserones rojizos del tiempo de
los virreyes españoles ó palacios del reinado de Carlos III. Sus anchas
escalinatas estaban adornadas con bustos policromos procedentes de las primeras
excavaciones en Herculano y Pompeya.
Ulises esperaba tropezarse con la viuda al pasar
frente á una de estas mansiones, loteadas ahora por pisos, y que exhibían en el
portal las chapas indicadoras de oficinas y almacenes. En una de ellas viviría
indudablemente la familia amiga de Freya.
Luego dudaba, atraído por la blancura de las
flamantes construcciones surgidas entre el caserío venerable. La doctora sólo
podía habitar un edificio moderno é higiénico. Pero no se atrevía á hacer
preguntas y pasaba adelante, temiendo ser espiado desde una ventana.
Al fin desistía de su empeño. Chiaia tiene muchas
calles, y él vagaba sin rumbo, pues el conserje del hotel no había podido
proporcionarle ninguna indicación precisa. La signora Talberg
burlaba todas sus astucias, procurando mantener ocultas las señas de sus
amigos.
El capitán, á la mañana siguiente, hacía como de
costumbre su guardia en el paseo, al pie del blanco Virgilio. Todo inútil.
Pasadas las diez se introducía en el Acuario animado por una vaga esperanza.
—Tal vez venga hoy...
Con la superstición de los enamorados y de todos
los que esperan, buscaba ciertos lugares preferidos por la viuda, creyendo que
de este modo tiraría de su pensamiento lejano, obligándola á venir.
Los estanques de los moluscos le atraían
especialmente. Recordaba que Freya le había hablado algunas veces de esta
sección.
Entre sus escaparates acuáticos prefería el marcado
con el número 15, dominio exclusivo de los pulpos. Un vago presentimiento le
avisaba que en dicho lugar iba á desarrollarse algo importante para su vida.
Siempre que Freya visitaba el Acuario, era con el deseo de ver comer á estas
bestias repulsivas y ávidas. No había mas que permanecer ante su caverna de
horrores.
Y mientras ella llegaba, el capitán se entretenía,
lo mismo que un burgués de tierra adentro, contemplando las cazas feroces y las
laboriosas digestiones de estos monstruos.
Los había visto mucho más grandes en las pescas de
alta mar; pero con un encogimiento imaginativo, suponía que la lámina azul del
estanque era toda la masa del Océano, los pedruscos del fondo montañas
submarinas, y él, aplastando su personalidad, se hacía del tamaño de las
pequeñas víctimas que bajaban hasta los tentáculos devoradores. De este modo
veía á los pulpos del Acuario con dimensiones gigantescas, tal como deben ser
los calamares monstruosos que viven en fondos de miles de metros, iluminando la
lobreguez de las aguas con la estrella verdosa de sus núcleos fosforescentes.
Desde tiempos remotos, los hombres de mar habían
conocido á la gran bestia blanda de los abismos. Los geógrafos de la antigüedad
hablaban de ella dando la medida de sus terribles brazos.
Plinio contaba las destrucciones realizadas por un
pulpo gigantesco en los viveros de pescado del Mediterráneo. Cuando unos
marinos conseguían matarlo, llevaban al epicúreo Lúculo la cabeza, grande como
un tonel, y algunos de sus tentáculos, que una persona apenas podía abarcar.
Los cronistas de la Edad Media hablaban también del pulpo gigante, que en más
de una ocasión había arrebatado á hombres, de las cubiertas de las naos, con
sus brazos de serpiente.
Los navegantes escandinavos, que lo habían
entrevisto en sus fiords, le apodaban el kraken, exagerando sus
proporciones hasta convertirlo en un ser fabuloso. Si subía á la superficie, lo
confundían con una isla; si permanecía entre dos aguas, los capitanes, al echar
la sonda, se desorientaban en sus cálculos, encontrando menos fondo que el
marcado en las cartas. En tal caso, había que escapar antes de que despertase
el kraken y hundiera la nave, como un frágil esquife, entre sus remolinos de
espuma.
Durante largos años la ciencia había reído del
pulpo gigantesco y de la serpiente de mar, otra bestia prehistórica entrevista
muchas veces. Eran invenciones de los navegantes de imaginación: cuentos de
proa para pasar las guardias nocturnas. Los sabios sólo pueden creer en lo que
estudian directamente y catalogan á continuación en sus museos...
Y Ferragut reía á su vez de la pobre ciencia,
ignorante y desarmada ante la inmensidad misteriosa del Océano. Apenas si había
llegado á medir sus grandes fondos: la escafandra del buzo sólo podía descender
unos cuantos metros. Su único instrumento de exploración era el alambre
sondeador, menos importante que un hilo de araña que intentase explorar la
tierra vagando á través de su atmósfera.
Los grandes pulpos, que viven en formidables
profundidades, no se dignaban subir para darse á conocer á los hombres. La
enfermedad y la guerra oceánica eran los únicos agentes que de tarde en tarde
delataban su existencia de un modo casual. Flotaban sobre las olas sus patas
sueltas, arrancadas por la férrea mandíbula de los peces carniceros. Lo difícil
era que el azar de una corriente ó de un rumbo colocase este despojo, en el
inmenso desierto marino, ante la proa de un velero sin prisa.
Una corbeta de guerra francesa encontraba entero,
cerca de las Canarias, á uno de estos monstruos, flotando sobre el mar, enfermo
ó herido. Los oficiales habían dibujado sus formas y anotado sus
fosforescencias y cambios de color. Pero después de una lucha de dos horas con
su fuerza indomable y su mucosidad resbaladiza, que escapaba á la presa de
nudos y arpones, lo habían dejado perderse en la profundidad.
Era el príncipe de Mónaco, sumo pontífice de la
ciencia oceanógrafica, el que afirmaba para siempre la existencia del fabuloso
kraken con los descubrimentos de sus sabias correrías á través de las soledades
oceánicas. En una de ellas había pescado una pata de pulpo de ocho metros de
longitud. Además, los estómagos de los tiburones, al ser abiertos, revelaban
las formas gigantescas de sus adversarios.
Batallas cortas y monstruosas agitaban con
torbellinos de muerte las aguas negras y fosforescentes á miles de brazas de la
superficie.
El tiburón descendía atraído por el regalo de un
animal sin huesos, todo carne, y que pesa toneladas. Este viaje lo hacía á toda
prisa, por no poder soportar largo tiempo las formidables presiones del abismo.
La lucha era breve y mortal entre los dos guerreros feroces que se disputan el
dominio oceánico. La mandíbula batallaba con el chupón; la dentellada cortante
y sólida, con la mucosidad fosforescente que resbala y huye; el golpe de cabeza
demoledor como un ariete, con el latigazo de los tentáculos, más gruesos y
pesados que la trompa del elefante. Unas veces el escualo se quedaba abajo para
siempre, enredado en una madeja de culebras blandas que le absorbían con
glotona lentitud; otras llegaba á la superficie con la piel erizada de negros
tumores—huellas de unas ventosas grandes como platos—, pero llevando el
estómago bien repleto de carne gelatinosa.
Estos pulpos del Acuario no eran mas que habitantes
ribereños de las costas mediterráneas, parientes pobres de los calamares
gigantescos que alumbran con su fuego azul de planetas devoradores la lúgubre
negrura de la noche oceánica. Pero á pesar de su relativa pequeñez, estaban
animados por la maldad destructura de los otros. Eran estómagos rabiosos que
limpiaban las aguas de toda vida animal, digiriendo en un vacío de muerte.
Hasta las bacterias é infusorios parecían huir del líquido que envolvía á estos
solitarios feroces.
Ferragut pasó varias mañanas contemplando su
traidora inmovilidad, seguida de desdoblamientos mortales apenas una presa
descendía en el estanque. Empezó á odiar á estos monstruos, por la sola razón
de que interesaban á Freya. Su estúpida crueldad le pareció un reflejo del
carácter de aquella mujer incomprensible que le repelía huyendo de él y al
mismo tiempo dejaba en su sonrisa y en sus palabras algo semejante á un hilo
suelto para mantenerle prisionero.
Una cólera viril estremecía al marino después de
toda jornada inútil transcurrida en la persecución de su personalidad
invisible.
—¡Si lo hace por interesarme más!...—exclamaba—.
¡Se acabó! No admito más toreo... Yo le demostraré que puedo vivir sin ella.
Juró no buscarla. Era un dulce entretenimiento para
las semanas que había de pasar en Nápoles; pero ¿qué hacer, si ella le fatigaba
de un modo insufrible?...
—Todo acabó—dijo otra vez, cerrando los puños.
Y á la mañana siguiente aguardaba fuera del hotel,
como los otros días. Luego iba al paseo; después entraba en el Acuario, con la
esperanza de verla ante el estanque de los pulpos.
Allí la encontró una mañana, cerca de mediodía.
Había estado en su buque, y al volver entró en el museo oceánico, por el
automatismo de la costumbre, seguro de que á esta hora sólo podía tropezarse
con el empleado que daba de comer á los peces.
Sus ojos parpadearon con instantánea ceguera antes
de habituarse á la penumbra de los verdosos corredores... Y cuando las primeras
imágenes fueron marcándose vagamente en su retina, casi hizo un paso atrás, á
impulsos de la sorpresa.
Dudó, se llevó una mano á los ojos, como si
quisiera aclarar su visión con enérgico restriego. ¿Realmente era ella?... Sí;
era ella, vestida de blanco, apoyándose en la barra de hierro que separaba los
estanques del público, mirando fijamente el espejo sin azogue que cubría como
una puerta transparente la caverna rocosa. Acababa de abrir su bolso de mano,
entregando varias monedas al guardián, que se alejó por el fondo de la galería.
—¡Ah! ¿es usted?—dijo al ver á Ferragut, sin
sorpresa alguna, como si se hubiese separado de él poco tiempo antes.
Luego explicó su presencia á esta hora tardía.
Llevaba mucho tiempo sin visitar el Acuario. El estanque de los pulpos era para
ella como la jaula de pájaros tropicales, llena de colores y de gritos, que
alegra la soledad de una dama melancólica.
Adoraba á los monstruos que vivían al otro lado del
cristal, y antes de ir á almorzar había sentido la irresistible necesidad de
verlos. Temía que el guardián no los hubiese cuidado bien durante su ausencia.
—¡Mire usted qué hermosos son!
Y señaló el estanque, que parecía vacío. En sus
aguas muertas y en el suelo de gruesa arena no se notaba el más leve
estremecimiento animal. Ferragut siguió los ojos de ella, y aleccionado por sus
largas contemplaciones, fué encontrando á los tres huéspedes.
Con el poderoso mimetismo de su especie, se habían
convertido en minerales. Sólo unos ojos expertos los podían descubrir,
apelotonado cada uno en una grieta de las rocas, alterando voluntariamente su
piel lisa con protuberancias y arrugas iguales á las de la piedra. Su facultad
de cambiar de color les permitía adquirir el de su duro zócalo, y disimulados
de este modo, como tres tumores peñascosos, esperaban traidoramente el paso de
sus víctimas, lo mismo que si estuviesen en pleno mar.
—Pronto los verá usted con toda su
majestad—continuó Freya, como si hablase de algo que le pertenecía—. El
guardián va á darles de comer... ¡Pobres! Nadie se ocupa de ellos; todos los
detestan. A mí me deben sus comidas suplementarias.
Como si oliese la proximidad del alimento, una de
las tres piedras se agitó con policromo escalofrío. Su envoltura elástica se
fué hinchando. Pasaron por ella rayas de color, nubes ruborosas que iban del
rojo al verde, redondeles que se inflaban sobre la hinchazón, formando
temblonas excrecencias. Entre des arrugas se abrió un ojo amarillento, de feroz
y estúpida fijeza, un globo empañado y maligno, igual al de las serpientes, que
miró hacia el cristal como si pudiese ver más allá de esta muralla de diamante.
—¡Me conocen!—exclamó Freya con alegría—. ¡Yo creo
que me conocen!...
Y enumeró las habilidades de estos monstruos, á los
que atribuía una gran inteligencia. Ellos eran los que habían rodado, como
astutos constructores, las piedras amontonadas en el suelo, formando baluartes,
á cuyo abrigo se disimulaban para caer sobre sus víctimas. En el mar, cuando
querían sorprender á una ostra de carne sabrosa, esperaban ocultos á que
abriese sus dos valvas para nutrirse de agua y de luz, é introducían un
guijarro entre ellas, metiendo á continuación por el intersticio sus tentáculos
mortales.
Su amor á la libertad era otro motivo de los
entusiasmos de Freya. Si llevaban más de un año encerrados en el Acuario,
enfermaban de tristeza y roían sus patas hasta matarse.
—¡Ah, bandidos simpáticos y vigorosos!—continuó,
con un entusiasmo histérico—. ¡Los adoro! Quisiera tenerlos en mi casa, como se
tienen los peces dorados, en un bocal; darles de comer á todas horas; ver cómo
devoran...
Ferragut sintió la misma inquietud que había
experimentado una mañana ante el templete de Virgilio.
«¡Está loca!», se dijo mentalmente.
Pero á pesar de su locura, la apetecía
vehementemente al percibir el suave perfume que exhalaba su carne por el escote
del vestido.
No vió ya el mundo silencioso que nadaba ó rampaba
con un chisporroteo de colores detrás de los cristales. Sólo ella existía. Y
escuchó, como una música lejana, su voz, que iba explicando brevemente todas
las particularidades de aquellas piedras que pasaban á ser animales, de
aquellos globos que, al hincharse, mostraban sus órganos, volviendo á
ocultarlos bajo un oleaje gelatinoso.
Eran un saco, una bolsa, una máscara elástica, en
cuyo interior sólo existía agua ó aire. Entre las raíces de sus brazos estaba
la boca, armada de fuertes mandíbulas semejantes á un pico de loro. Al
respirar, una grieta de su piel se abría y cerraba alternativamente. De uno de
sus costados surgía un tubo en forma de embudo, que tragaba igualmente el agua
respirable, alimentándose por ambas entradas su cavidad branquial. Los
múltiples brazos armados de ventosas funcionaban como aparatos de presión. Les
servían para asir y mantener su presa, para rampar y correr.
El ojo vidrioso de uno de los monstruos asomando y
desapareciendo entre los blandos repliegues evocaba los recuerdos de Freya.
Habló á media voz, para ella misma, sin preocuparse de Ferragut, que estaba
desorientado por la incoherencia de sus palabras. Esta mirada del pulpo traía á
su memoria la de Ojo de la mañana.
El marino preguntó: «¿Quién es Ojo de la
mañana?...» Y volvió á decirse mentalmente que Freya estaba loca al saber
que este nombre era el de una serpiente amiga, un reptil de lomo cuadriculado
que le servía de collar y de pulsera allá en su casa de la isla de Java, entre
bosques que exhalaban un perfume irresistible, cubiertos á la luz del sol de
flores temblonas y monstruosas semejantes á animales, poblados nocturnamente de
fosforescentes estrellas que saltaban de árbol en árbol.
—Yo danzaba desnuda, con un velo transparente
anudado á mis caderas y otro flotante sobre mi cabeza... Danzaba horas y horas,
lo mismo que una sacerdotisa brahmánica ante la imagen del terrible Siva,
y Ojo de la mañana seguía mis danzas con sus ondulaciones
elegantes... Yo creo en el divino Siva. ¿Usted no conoce á Siva?...
Ferragut dió de lado al sombrío dios. Lo que él
quería conocer era el motivo que la había llevado á Java, la isla paradisíaca y
misteriosa.
—Mi marido era comandante holandés—dijo ella—. Nos
casamos en Amsterdam y le seguí á Asia.
Ulises protestó ante esta noticia. ¿No había sido
un sabio su esposo?... ¿No la había llevado á los Andes, en busca de bestias
prehistóricas?...
Freya vaciló un momento para hacer memoria; pero su
duda fué corta.
—Así es—dijo con naturalidad—. El profesor fué mi
segundo marido. Yo he sido casada dos veces.
No tuvo tiempo el capitán de manifestar su
sorpresa. En lo alto del estanque, sobre la superficie cristalina plateada por
el sol, pasó una sombra humana. Era la silueta del guardián. Abajo se
conmovieron las tres bolsas informes. Freya temblaba de emoción, como un
espectador entusiasta é impaciente.
Algo cayó en el agua, descendiendo poco á poco: un
pedazo de sardina muerta, que iba soltando filamentos de carne y escamas
amarillas. Una extraña solidaridad parecía existir entre los monstruos. Sólo se
agitaba para comer aquel que veía más cerca la presa. Tal vez se sometían
voluntariamente á un turno; tal vez su vista sólo alcanzaba un poco más allá de
sus tentáculos.
El que estaba más próximo al vidrio se desdobló de
pronto con la violencia de un muelle que se escapa, de un proyectil que hace
explosión. Dió un salto, quedando pegado al suelo por una de sus patas y
teniendo las otras en alto como un manojo de reptiles. De informe guiñapo se
convirtió en estrella monstruosa, llenando casi todo el vidrio con su cuerpo
hinchado de rabia y de agua, coloreando su envoltura de verde, de azul, de
rojo.
Los tentáculos agarraron la triste presa,
doblándose hacia adentro para llevarla á su boca. La bestia se contrajo, se fué
aplanando, hasta descansar en el suelo. Desaparecieron las patas, y sólo quedó
á la vista una bolsa temblona por la que pasaba como un oleaje, de extremo á
extremo, la hinchazón digestiva. Fué un bullón de mucosidades que se colorearon
y descolorieron con las contorsiones de la furia asimilatoria, dejando al
descubierto de vez en cuando sus ojos estúpidos y feroces.
Siguieron cayendo nuevas víctimas y los otros
monstruos saltaron á su vez, distendiendo sus estrellas, encogiéndolas luego
para moler la presa en sus entrañas con una digestión de tigre.
Freya asistía á esta alimentación horrorosa con
temblores de voluptuosidad. Ulises sintió cómo se apoyaba en él
instintivamente, con un contacto que fué haciéndose por momentos más íntimo.
Del hombro al tobillo percibió el capitán los suaves relieves de una carne
tibia y firme, que se hacía sentir á través de las ropas y parecía tirar de él
con nerviosos estremecimientos.
Varias veces los ojos de ella se apartaron del
cruento espectáculo para mirarle rápidamente de un modo extraño. Sus pupilas
parecían agrandadas. Sus córneas tenían una acuosidad de malsano reflejo.
Ferragut pensó que así debían mirar las locas en sus grandes crisis.
Hablaba entre dientes, con pausas de emoción,
admirando la ferocidad de aquellas bestias, doliéndose de no poseer su vigor y
su crueldad.
—¡Ser así!... Poder ir por las calles... por el
mundo, tendiendo las garras... ¡Devorar!... ¡devorar! Ellos se debatirían
inútilmente por deshacer el anillo de mis tentáculos... ¡Absorberlos!...
¡comerlos!... ¡hacerlos desaparecer!
Ulises la vió como el primer día, junto al templete
del poeta, poseída de una cólera sorda contra los hombres, ansiando su
exterminio con temblores voluptuosos.
Los pulpos, terminada su digestión, se habían
lanzado á nadar. Eran ahora madejas horizontales que surcaban el estanque con
elegancia. Parecían torpedos de proa cónica, llevando á la rastra la gruesa y
larga cabellera de sus tentáculos. Su apetito excitado les hacía correr el agua
en todos sentidos, buscando nuevas víctimas.
Freya protestó. El guardián sólo les había arrojado
cuerpos inanimados. Ella deseaba la lucha, el sacrificio, la muerte. Los
pedazos de sardina eran una comida sin substancia para estos bandidos que sólo
encontraban sabor al alimento sazonado con el asesinato.
Como si los pulpos entendiesen sus quejas, se
habían dejado caer en el fondo arenoso, flácidos, inertes, respirando por sus
embudos.
Un pequeño cangrejo empezó á descender al extremo
de un hilo, con pataleo desesperado.
Ella se apretó aún más contra Ulises, emocionada al
pensar en el próximo espectáculo. Saltó una de las bolsas convertida en
estrella: sus patas serpentearon buscando al recién llegado. En vano el
guardián movió hacia arriba el hilo, queriendo prolongar la caza. Los
tentáculos pegaron sus irresistibles ventosas al cuerpo de la víctima y al
bramante, tirando de este último con tal fuerza, que se rompió, cayendo en el
fondo el pulpo con su presa.
Freya hizo un movimiento como si fuese á aplaudir.
«¡Bravo!...» Estaba intensamente pálida. Un calor de fiebre pasó á través de
las ropas desde un costado de su cuerpo al costado de Farragut que le servía de
apoyo.
Avanzaba el busto hacia el cristal para ver mejor
la actividad devoradora de este estómago en forma de pirámide, que tenía en su
cúspide una diminuta cabeza de loro con dos ojos feroces y en torno da la base
la retorcida madeja de sus patas llenas de redondeles salientes. Con ellas
apretaba al cangrejo contra su boca, inyectando bajo su caparazón el producto
venenoso de sus glándulas salivares, paralizando todo movimiento de
resistencia. Luego se lo tragó lentamente, con una deglución de boa.
—¡Qué hermoso!—dijo ella.
Las otras bestias tenían igualmente su víctima viva
y la paralizaban y devoraban, agitando sus cuerpos blanduchos, por los que
hacía pasar la hinchazón nutritiva rayas y nubes de diversos colores.
Ahora el guardián arrojó un cangrejo, pero en
libertad, sin atadura alguna. Freya gritó de entusiasmo.
Era la caza tal como se desarrolla en el feroz
misterio del mar, la carrera de la muerte, la destrucción precedida de
angustias y azares emocionantes. El pobre crustáceo, adivinando el peligro,
nadaba hacia las rocas, para guarecerse en la grieta más próxima. Un pulpo
salió tras de él, mientras los otros continuaban su digestión.
—¡Se escapa!... ¡se escapa!—gritó Freya, palpitando
de interés.
El cangrejo corrió por las piedras, abrigándose en
sus sinuosidades. El pulpo ya no nadaba; corría también como un animal
terrestre, subiendo por las rocas con sus garras armadas, que le servían de
aparatos de locomoción. Era una lucha de tigre contra rata... Cuando el
cangrejo tenía ya medio cuerpo oculto entre los verdes líquenes de un agujero,
cayó sobre su posterior una de las pesadas serpientes, arrancándolo con el
tirón irresistible de sus ventosas, haciéndole desaparecer entre la madeja de
tentáculos.
—¡Ah!—suspiró Freya, echándose atrás como si fuese
á desmayarse sobre el pecho de Ulises.
Este se estremeció, sintiendo que se había
enroscado á su cuerpo un anillo de temblona presión. Los actos de aquella
desequilibrada habían acabado por excitar sus nervios.
Creyó que un monstruo de la misma clase que los del
estanque, pero mucho mayor, un pulpo gigantesco de los fondos oceánicos, se
había deslizado traidoramente á sus espaldas, echándole de pronto uno de sus
tentáculos. Sentía la presión de esta garra en su cintura, cada vez más
apretada, más feroz.
Freya le tenía sujeto con uno de sus brazos.
Violentamente se había enroscado á él y le apretaba el talle con toda su
fuerza, como si pretendiese partir en dos su cuerpo vigoroso.
Luego vió aproximarse la cabeza de esta mujer con
una rapidez agresiva, cual si fuese á morderle... Sus ojos, agrandados,
lagrimeantes y vagorosos, parecían estar lejos, muy lejos. Tal vez no le
veían... Su boca, temblona y azuleada por la emoción, una boca redonda y en
relieve, como un músculo absorbente, buscó la boca del marino, apoderándose de
ella, tirando de sus labios.
Fué un beso de ventosa, largo, dominador, doloroso.
Ulises reconoció que nunca había sido besado así. El agua de aquella boca,
remontándose al filo de los dientes, se desbordó en la suya como dulce veneno.
Un estremecimiento desconocido hasta entonces corrió á lo largo de su espalda,
haciéndole cerrar los ojos.
Se sintió vaciado, como si todo su interior se
liquidase, pasando al otro cuerpo á través de la imperiosa succión. Tuvo el
presentimiento de que este beso iba á datar en su vida; de que empezaba para él
una nueva existencia; de que nunca llegaría á despegarse de estos labios
mordedores y acariciantes, que tenían un lejano sabor de canela, de incienso,
de selva asiática poblada de voluptuosidades y asechanzas.
Y se dejó arrastrar por la caricia de fiera, con el
pensamiento perdido y el cuerpo inerte y resignado, lo mismo que el náufrago
que desciende y descienda las infinitas capas del abismo, sin llegar nunca al
fondo.
LOS ARTIFICIOS DE CIRCE
Creyó después de este beso que sus otros deseos
iban á realizarse inmediatamente. Lo más difícil del camino ya estaba andado.
Pero con Freya había que esperar siempre algo absurdo é inconcebible.
El cañonazo del mediodía los sacó de su
arrobamiento voluptuoso, que había durado unos segundos, largos como años. Los
pasos del guardián, cada vez más próximos, acabaron por separar sus dos bustos
y desenredar sus brazos.
Freya fué la primera en serenarse. Sólo un ligero
humo quedó flotando en el fondo de sus pupilas, como si fuese el vaho del ardor
recién extinguido.
—¡Adiós!... Me esperan.
Y salió del Acuario seguida de Ferragut, todavía
balbuciente y tembloroso.
Fueron inútiles las preguntas y ruegos con que la
persiguió al atravesar el paseo.
—Hasta aquí nada más—dijo ella en una de las
bocacalles de Chiaia—. Nos veremos... Se lo prometo formalmente... Ahora
déjeme...
Y desapareció con su paso firme de hermosa
cazadora, sereno el rostro, como si no quedase en ella el menor recuerdo de su
fiero arrebato pasional.
Esta vez cumplió su promesa. Ferragut la vió todos
los días.
Se encontraron por las mañanas en las inmediaciones
del hotel, y algunas veces bajó ella al comedor, cruzando sonrisas y miradas
con el marino, que ocupaba por su desgracia una mesa lejana. Luego pasearon,
hablaron, rió Freya bondadosamente de los amorosos juramentos del capitán... Y
esto fué todo.
Con la habilidad de las mujeres para sondear al
hombre y penetrar en sus secretos, manteniendo cerrados é inabordables los
secretos propios, ella fué enterándose de los accidentes y aventuras de la vida
de Ulises. En vano éste, por una reciprocidad natural, habló de la isla de
Java, de las danzas misteriosas ante Siva, de los viajes por los lagos de los
Andes. Freya hacía un esfuerzo para recordar. «¡Ah!...¡sí!» Y después da emitir
por toda respuesta esta exclamación distraída, continuaba averiguando con avidez
la vida anterior de su enamorado. Ulises, en algunos momentos, llegó á
sospechar si lo del abrazo en el Acuario habría ocurrido en sueños.
Una mañana consiguió el capitán ver realizado uno
de sus deseos. Estaba celoso de los incógnitos amigos que almorzaban con Freya.
En vano afirmó ésta que era la doctora la única compañera de las horas que
pasaba fuera del hotel. El marino, para tranquilizarse, exigió que la viuda
aceptase sus invitaciones. Debían dar mayor amplitud á sus paseos, debían
visitar las bellas afueras de Nápoles, almorzando en sus alegres trattorias.
Ascendieron juntos en el funicular del monte Vomero
á las alturas coronadas por el castillo de Sant Elmo y la
cartuja de San Martino. Luego de admirar en el museo da la abadía los recuerdos
artísticos de la dominación borbónica y la dominación muratesca, entraron en un
restorán próximo, una trattoria con las mesas puestas en una
explanada desde cuyas barandas podía abarcarse el espectáculo inolvidable del
golfo, viéndose además el Vesubio y la cadena de montañas que se esfumaba en el
horizonte como un oleaje inmóvil de rosa obscuro.
Nápoles se extendía en herradura por el borde
arqueado del mar, expeliendo de su enorme masa blanca, cual si fuesen núcleos
de espuma, los caseríos de los suburbios.
Un ostricario moreno, enjuto, de ojos de brasa y
enormes bigotes, tenía su puesto en la puerta del restorán, ofreciendo mariscos
de intenso olor, que tal vez habían echado media semana en ascender desde la
ciudad á las alturas del Vomero. Freya rió de la belleza típica del ostricario
y las miradas ardientes que dirigía por costumbre á todas las damas que
entraban en el establecimiento... Un verdadero hallazgo para una viajera
ansiosa de aventuras con color local.
En el fondo, una pequeña orquesta acompañaba la voz
de un tenor, ó sonaba sola, estirando las melodías, amplificando los compases
con napolitana exageración.
Freya sintió un regocijo infantil al sentarse á la
mesa, viendo más allá del mantel el vacío luminoso de la altura. Cortado en
primer término por un tubo de cristal lleno de flores, extendíase el lejano
panorama de la ciudad, el golfo y sus cabos. Le embriagó el aire de esta
cumbre, después de dos semanas transcurridas sin salir de Nápoles. Las arpas y
violines daban al ambiente un temblor patético y servían de fondo á las
conversaciones, como los vagos murmullos de una orquesta oculta realzan en el
teatro la salmodia de los versos melancólicos, arrancando lágrimas.
Comieron con el apetito nervioso que proporciona la
alegría. Unas mesas más allá, una pareja joven olvidaba los platos para
estrecharse las manos por debajo del mantel y apretarse pierna contra pierna
con frenética presión. Los dos sonreían mirando el paisaje y mirándose
mutuamente. Tal vez eran extranjeros recién casados, tal vez amantes fugitivos
que veían realizadas sus ilusiones al arrullarse en este país tantas veces
evocado en sus lejanos galanteos.
Dos médicos ingleses de un buque-hospital, canosos
y con uniforme, despreciaban el almuerzo para pintar directamente en sus
álbumes, con una torpeza escrupulosa y pueril, el mismo panorama que figuraba
en las tarjetas postales ofrecidas á la puerta del restorán.
Una botella ventruda, con faldellín de paja y
cuello larguísimo, atrajo en la mesa las manos de Freya. Rió de la sobriedad de
Ferragut, que aclaraba con agua la rojiza negrura del vino italiano.
—Así debieron beber sus antecesores los
argonautas—dijo alegremente—. Así bebía indudablemente su abuelo Ulises.
Y llenando ella misma la copa del capitán, con una
dosificación exageradamente escrupulosa de la parte de agua y la parte de vino,
añadió alegremente:
—Vamos á hacer una libación á los dioses.
Estas libaciones sagradas fueron frecuentes. Las
risas de Freya hacían volver la vista á los ingleses, interrumpiéndolos en su
concienzudo trabajo. El marino se sintió invadido por un tibio bienestar, por
una sensación de reposo y confianza, como si esta mujer fuese ya suya
indiscutiblemente.
Al ver que los dos amorosos, terminando su almuerzo
á toda prisa, se levantaban con ruborosa precipitación, como si les pinchase un
repentino deseo, su mirada fué tierna y fraternal... ¡Adiós, compañeros!
La voz de la viuda le trajo á la realidad.
—Ulises, hábleme de amor... Aún no me ha dicho en
todo el día que me ama.
A pesar del tono risueño é irónico de esta orden,
la obedeció, repitiendo una vez más sus promesas y sus deseos. El vino daba á
sus palabras un temblor de emoción; los gemidos de la orquesta excitaban su
sensibilidad. Se conmovía á sí mismo, hasta el punto de que sus ojos se
humedecieron levemente.
La voz exasperada del tenor, como si fuese un eco
del pensamiento de Ferragut, lanzaba una romanza de la fiesta de Piedigrotta,
una lamentación de amor melancólica, un cántico á la muerte, última madre de
los enamorados sin esperanza.
—¡Todo mentira!—dijo Freya riendo—. Estos
mediterráneos... ¡qué comediantes para el amor!...
Ulises quedó indeciso, no sabiendo si se refería á
él ó al cantante. Ella continuó hablando, complacida y desdeñosa al mismo
tiempo al considerar el ambiente que la rodeaba.
—¡Amor... amor! En estos países no se habla de otra
cosa. Es casi una industria, algo preparado escrupulosamente para las gentes
del Norte, crédulas y simples. Todos representan el amor: ese cantante gritón,
usted... hasta el ostricario.
Luego añadió con malignidad:
—Debo advertirle que tiene usted un rival. ¡Mucho
cuidado, Ferragut!
Volvió la cabeza para mirar al oscricario. Estaba
ocupado en la contemplación da una gruesa señora de pelo gris y abundantes
joyas, una viajera escoltada por su marido, que acogía con extrañeza las
ojeadas asesinas del vendedor, sin llegar á explicárselas.
Se atusaba el bigote, mirándose de vez en cuando el
terno de lana inglesa para corregir los pliegues y expulsar las motas de polvo.
Era un hermoso pirata disfrazado de gentleman. Al notar la atención
de Freya cambió el curso de sus miradas, balanceó el fino talle y contestó á
los ojos interrogantes de ella con una sonrisa de ángel malo, dando á entender
su discreción y habilidad para insinuarse á espaldas de mandos y acompañantes.
—¡Ya está!—dijo Freya entre carcajadas—. ¡Ya tengo
un nuevo enamorado!...
El moreno seductor quedó cohibido por la
escandalosa publicidad con que acogía esta señora sus insinuaciones
misteriosas. Ferragut habló de acostar al badulaque sobre sus ostras y
caracolas bajo un buen par de bofetadas.
—No sea usted ridículo—protestó ella—. ¡Pobre
hombre! Tal vez tiene mujer y larga prole... Es un padre de familia que desea
llevar dinero á casa.
Hubo un largo silencio entre los dos. Ulises
parecía ofendido por la ligereza y la crueldad de su acompañante.
—No esté usted enfadado—dijo ella—. ¡A ver, tiburón
mío, sonría usted un poco, muéstreme sus dientes!... Las libaciones á los
dioses tienen la culpa. ¿Está usted ofendido porque he querido compararle con
ese tipo?... ¡Pero si usted es el único hombre que yo aprecio un poco!...
Ulises, le hablo en serio, con toda la franqueza que da el vino. No debía
decírselo, pero se lo digo... Si yo pudiese amar á un hombre, ese hombre sería
usted.
Olvidó instantáneamente Ferragut todo su enfado
para escucharla y envolverla en la luz admirativa de sus ojos. Freya volvió la
cabeza al hablar, no queriendo verle, como si le pesase lo que estaba diciendo,
y sus miradas vagaron por el amplio paisaje.
El origen de Ulises era lo que le interesaba más.
Ella, que conocía casi toda la tierra, sólo había pisado por unas horas el
suelo de España, cuando desembarcó en Barcelona del transatlántico mandado por
él. Los españoles le inspiraban miedo y atracción. Una noble gravedad reposaba
en el fondo de sus hipérboles amorosas.
—Usted es un exagerado, un meridional, que lo
amplifica todo y miente, creyéndose sus propias mentiras. Pero tengo la
seguridad de que si llegara á enamorarse de veras, sin frases, sin embustes
pasionales, su afecto sería más sano y profundo que el de los otros hombres....
Mi amiga la doctora dice que son ustedes un pueblo crudo, que sólo ha tomado en
apariencia las nerviosidades, desequilibrios y cabildeos que acompañan al amor
en otros países civilizados hasta el refinamiento.
Miró Freya al marino, haciendo una larga pausa.
—Por eso ustedes pegan—continuó—, por eso ustedes
matan cuando sienten el amor y los celos. Son brutos, pero no son mediocres. No
abandonan á una mujer por cálculo; no la explotan... Usted es un hombre nuevo
para mí, que he conocido tantos. Si yo pudiese creer en el amor, me tendría á
su lado por toda la vida... ¡por toda la vida!
Una música suave, ligera, como la vibración de un
vaso de cristal frágil y delgado, se esparció por la terraza. Freya siguió su
ritmo con un leve movimiento de cabeza. Conocía esta música dulzona, la Serenata de
Toselli, lamento de pasión que removía el alma de las viajeras en los halls de
los grandes hoteles. Ella, que había reído otras veces de esta musiquilla
artificial y refinada, sintió que las lágrimas se agolpaban ahora en sus ojos.
—¡No poder amar á nadie!—murmuró—. ¡Vagar sola por
el mundo!... ¡Tan hermoso que es el amor!
Adivinó lo que iba á decir Ferragut, sus protestas
de eterna pasión, sus ofrecimientos de unir su vida á la de ella para siempre,
y cortó sus palabras con un gesto enérgico.
—No, Ulises, usted no me conoce, no sabe quién
soy... Aléjese de mí. Hace unos días me era indiferente. Y odio á los hombres,
y nada me importa hacerles daño. Pero ahora me inspira usted cierto interés,
porque le creo bueno y franco á pesar de sus exterioridades arrogantes...
¡Márchese, no me busque! Es la mejor prueba de afecto que puedo darle.
Dijo esto con vehemencia, como si viera á Ferragut
corriendo hacia un peligro y le gritase para apartarlo de él.
—En el teatro—continuó—hay un papel que llaman de
«mujer fatal», y ciertas artistas no pueden desempeñar otro. Han nacido para
fingir este personaje... Yo soy una «mujer fatal», pero en la realidad. ¡Si
usted conociese mi vida!... Es mejor que no la conozca: yo misma quiero
ignorarla. Únicamente soy feliz cuando pierdo la memoria... Ferragut, amigo
mío, dígame ¡adiós! y no me salga más al paso.
Pero Ferragut protestaba, como si le propusiese una
cobardía. ¿Huir, amándola tanto?... Si tenía enemigos, podía contar con él para
su defensa. Si deseaba riquezas, él no era un millonario, pero...
—Capitán—interrumpió Freya—, váyase con los suyos.
Yo no he nacido para usted. Piense en su mujer y en su hijo; siga su vida. No
soy la conquista que se guarda unas semanas nada más. A mí nadie me toca
impunemente. Tengo ventosas, como los animales que vimos el otro día; quemo
como las sombrillas transparentes del Acuario... ¡Huya, Ferragut!... Déjeme
sola... ¡sola!
Y la imagen de un vacío inmenso como único porvenir
hizo saltar lágrimas de la humedad aglomerada en sus ojos.
La música había cesado. Un camarero, inmóvil,
fingía mirar á lo lejos, escuchando al mismo tiempo su conversación. Los dos
ingleses interrumpieron su pintura para contemplar duramente á este gentleman que
hacía llorar á una mujer. El marino sintió la inquietud nerviosa que infunde
una situación ridícula.
—Ferragut, pague y vámonos—dijo ella, adivinando su
estado.
Mientras Ulises daba dinero á los camareros y los
músicos, ella se limpió los ojos y reparó los estragos de su fisonomía sacando
del bolso de oro la borla de polvos y un pequeño espejo, en cuyo óvalo se
contempló largamente.
Al salir, el ostricario le volvió la espalda,
fingiéndose muy ocupado en el arreglo de los limones que adornaban su puesto.
No pudo verle la cara, y sin embargo adivinó que una mala palabra agitaba sus
bigotes: la más terrible que puede decirse á una mujer.
Caminaron lentamente hacia la estación del
funicular por calles solitarias, entre muros de jardín, con un lado amarillo de
sol y el otro azul de sombra.
Ella fué la que buscó el brazo de Ulises,
apoyándose con un abandono pueril, como si la fatiga la hubiese dominado desde
los primeros pasos.
Ferragut apretó este brazo contra su cuerpo,
sintiendo inmediatamente la excitación del contacto. Nadie podía verles; los
pasos resonaban en las aceras, bajo las guirnaldas de las tapias, con un eco de
lugar abandonado. El ardor fermentativo de las libaciones á los dioses daba al
capitán una nueva audacia.
—¡Pobrecita mía!... ¡cabecita loca!...—murmuró
atrayendo hacia él la cabeza de Freya, reclinada en uno de sus hombros.
La besó, sin que opusiese resistencia. Y ella, á su
vez, le besó á él, pero con un beso triste, ligero, desmayado, que en nada
recordaba la histérica caricia del Acuario. Su voz, que parecía venir de muy
lejos, fué repitiendo lo que le había aconsejado en la trattoria.
—Váyase, Ulises, no me vea más. Se lo digo por su
bien... Yo traigo desgracia. Lamentaría que maldijese el momento en que me
conoció.
El marino aprovechaba todas las revueltas de la
calle para cortar estas recomendaciones con sus besos. Ella avanzó remolcada
por él, sin voluntad, como si fuera á dormirse marchando. Una voz cantaba con
diabólica satisfacción en el cerebro del capitán: «¡Ya está madura!... ¡ya está
madura!» Y seguía tirando de ella, siempre en línea recta, sin saber hacia
dónde caminaba, pero seguro de su triunfo.
Cerca de la estación, un hombre se aproximó á la
pareja: un señor respetable, canoso, con chaqué viejo y gafas. Les dió la
tarjeta de un hotel que poseía en las inmediaciones, ensalzando las cualidades
de sus cuartos: «Todo el confort moderno... Agua caliente.»
Ferragut la tuteó por primera vez.
—¿Quieres?... ¿quieres?...
Ella pareció despertar, abandonando bruscamente su
brazo.
—No sea loco, Ulises... Eso no será nunca...
¡nunca!
Y súbitamente engrandecida al alejarse, entró en la
estación con paso altanero, sin volver la cabeza, sin preocuparse de si
Ferragut la seguía ó la abandonaba.
Durante la larga espera y el descenso á la ciudad,
Freya se mostró irónica y frívola, como si no guardase ya memoria de su
reciente indignación. El marino, bajo el peso de su fracaso y de las
extraordinarias libaciones, se sumió en un mutismo enfurruñado.
En el barrio de Chiaia se separaron. Ferragut, al
quedar solo, sintió con más fuerza los efectos de la embriaguez que le
dominaba, una embriaguez de sobrio, con la sorpresa fulminante de la novedad.
Por un momento tuvo la mala idea de ir á su buque.
Necesitaba dar órdenes, pelear con alguien. Pero la flojedad de sus piernas le
empujó hacia el hotel, y se dejó caer de bruces en la cama, mientras rodaba por
tierra su sombrero, contento de la grave tiesura con que había llegado hasta su
cuarto sin llamar la atención de la servidumbre.
Se durmió inmediatamente; pero apenas la noche hubo
caído sobre sus ojos, volvieron éstos á abrirse, ó á lo menos él creyó que se
abrían, viéndolo todo bajo una luz que no era la del sol.
Alguien había entrado en el cuarto y avanzaba de
puntillas hasta su lecho.
Ulises, que no podía moverse, vió con el rabillo de
un ojo que la que llegaba era una mujer, y que esta mujer se parecía á Freya.
¿Era realmente ella?...
Tenía el mismo rostro, los cabellos rubios, los
ojos negros y orientales, igual óvalo de cara. Era Freya y no era, como dos
gemelas repetidas exactamente en el mismo molde físico guardan siempre un aire
indefinible que las diferencia.
Un lento trabajo que venía minando desde mucho
antes, con labor sorda y subterránea, la parte inconsciente de Ferragut hizo de
pronto explosión. Siempre que veía á la viuda, este inconsciente se agitaba,
presintiendo que la había conocido mucho antes del viaje trasatlántico. Ahora,
bajo una luz de fantástico resplandor, los vagos pensamientos se precisaron.
El dormido vió que Freya vestía un justillo de
mangas sueltas ajustadas á los brazos, con botones de filigrana de oro; que
unas joyas algo bárbaras adornaban su pecho y sus orejas; que una falda de
flores cubría el resto de su persona. Era un traje de labradora de otros siglos
que él había visto pintado. ¿Dónde?... ¿dónde?...
—¡Doña Constanza!...
Freya era igual á la augusta basilisa de Bizancio.
Tal vez era la misma, que se perpetuaba á través de los siglos valiéndose de
prodigiosos avatares. En aquel momento todo lo encontraba posible Ulises.
Además, le preocupaba muy poco la racionalidad de
las cosas; lo importante era que existiesen. Y Freya estaba á su lado: Freya y
la otra, fundidas en una sola mujer que iba vestida como la soberana griega del
exvoto.
Otra vez repitió el dulce nombre que había
iluminado su infancia con un esplendor novelesco. «¡Doña Constanza! ¡Oh, doña
Constanza!...» Y se sumió en la noche definitivamente, sin una nueva visión,
abrazándose á la almohada lo mismo que cuando era niño y creía dormirse
teniendo entre sus brazos á la joven viuda de «Vatacio el Herético».
Cuando al día siguiente volvió á encontrar á Freya,
se sintió atraído por una nueva fuerza, el interés redoblado que inspiran las
personas vistas en sueños. Fuese realmente la emperatriz resucitada bajo una
nueva forma, como en los libros de caballerías, ó fuese simplemente la viuda
errante de un sabio, para el marino era lo mismo. El la deseaba, y á su deseo
carnal se iban yuxtaponiendo otros menos materiales: la necesidad de velar por
el placer de verla, de oírla, de sufrir sus negativas, de sentirse repelido en
todos sus avances.
Ella guardaba un buen recuerdo de la expedición á
las alturas de San Martino.
—Debió usted encontrarme ridícula á causa de mis
sensiblerías y mis lágrimas. Usted, por su parte, fué como siempre, impetuoso y
atrevido... La próxima vez beberemos menos.
La «próxima vez» era una invitación que Ferragut
repetía diariamente. Deseaba llevarla á comer en una de las trattorias del
camino de Possilipo, viendo á sus pies todo el golfo coloreado de rosa por la
puesta del sol.
Freya había aceptado su invitación con un
entusiasmo de colegiala. Estos paseos representaban para ella horas de alegría
y libertad, como si sus largas permanencias al lado de la doctora fuesen de
monótona servidumbre.
Una tarde la esperó Ulises lejos del hotel, para
evitar el espionaje del portero. Al juntarse y lanzar una mirada hacia el
inmediato puesto de coches, cuatro vehículos avanzaron á la vez, como una fila
de carros romanos ansiosos de obtener el premio del circo, con estrepitoso
pataleo de bestias, crujidos de tralla y gesticulaciones rabiosas de los
cocheros, que se amenazaban apelando á la Madona.
Iban á matarse entre ellos. Ferragut lo creyó por
un instante, oyendo sus maldiciones napolitanas... Subieron los dos al vehículo
más próximo, é inmediatamente cesó el tumulto. Los coches vacíos volvieron á
ocupar su lugar en la fila y los rivales á muerte reanudaron su plácida y
risueña conversación.
Una pluma recta y enorme se balanceaba sobre la
cabeza del caballo. El cochero, para no ser descortés con sus dos clientes, á
los que presentaba la espalda, volvía de vez en cuando el busto, dándoles
explicaciones.
—Por aquí—y señalaba con el látigo—se va á
Piedigrotta. Los señores debían ver el día de la fiesta: es en Septiembre.
Pocos vuelven de ella á pie firme. Santa María di Piedigrotta hizo
que Carlos III derrotase á los tedescos en Velletri... ¡Aooó!
Movía su látigo lo mismo que una caña de pescar
sobre la enhiesta pluma, excitando la marcha del caballo con un alarido
profesional... Y como si su grito figurase entre las más dulces melodías,
continuó diciendo, por una asociación de ideas:
—En la fiesta de Piedigrotta se daban á conocer,
siendo yo mozo, las mejores canciones del año. Allí se proclamaba la romanza de
moda, y cuando ya la habíamos olvidado, venían los extranjeros, años después, á
repetirla como una novedad.
Hizo una breve pausa.
—Si los señores quieren—continuó—, los llevaré á la
vuelta á Piedigrotta. Verán la pequeña iglesia de San Vitale. Muchas señoras
extranjeras la buscan para colocar flores en la sepultura de un jorobadito que
hacía versos: el conde Giacomo Leopardi.
El silencio con que acogían estas explicaciones los
dos clientes le hizo abandonar su oratoria maquinal para fijarse en ellos. El
señor le había tomado una mano á la señora y se la apretaba hablando en voz muy
baja. La señora fingía no escucharle, mirando las «villas» y los jardines del
lado izquierdo del camino, que descendían hasta el mar.
Todavía, con doble magnanimidad, quiso instruir á
estos parroquianos indiferentes, mostrando á punta de látigo las bellezas y
curiosidades de su catálogo.
—Aquella iglesia es Santa María del Parto, llamada
por otros del Sannazaro. El Sannazaro fué también un gran poeta, que describió
amores de pastoras, y Federico II de Aragón le hizo el regalo de una «villa»
con jardines, para que trabajase con más comodidad... ¡Otros tiempos, señores
míos! Sus herederos la convirtieron en iglesia, y...
Se cortó la voz del cochero. A sus espaldas hablaba
la pareja en un idioma incomprensible, sin prestarle atención, sin agradecer
sus eruditas explicaciones. ¡Extranjeros ignorantes!... Y ya no dijo más. Se
replegó en un silencio ofendido, aliviando su verbosidad napolitana con una
serie de gritos y gruñidos dedicados á su caballo.
El camino nuevo de Possilipo, obra del rey Murat,
costeaba el golfo, elevándose lentamente por la falda de la montaña, haciendo
cada vez mayor el declive entre su calzada y el borde del mar. En esta
pendiente asomaban las «villas» sus fachadas blancas ó rosadas entre los
esplendores de una vegetación siempre verde y lustrosa.
Más allá de las columnatas de palmeras y pinos
parasoles se elevaba el golfo, como un telón azul. Su borde superior
sobrepasaba las rumorosas copas de los árboles.
Un edificio enorme apareció, metido en el agua. Era
un palacio en ruinas, ó más bien un palacio sin terminar, de gruesos muros,
labrados ventanales y sin techo. En el piso bajo entraban las olas mansamente
por puertas y ventanas, sirviendo sus salones de refugio á las barcas de los
pescadores.
Los dos viajeros hablaban indudablemente de esta
ruina, y el cochero, piadoso, olvidó su enfado para venir en su ayuda.
—Eso es lo que muchos llaman el palacio de la reina
Juana... ¡Error, señores míos!... ¡Ignorancia de la gente indocta! Este es el
palacio de Donna Anna, y doña Ana Carafa fué una gran señora
napolitana, mujer del duque, de Medina, virrey español, que construyó el
palacio para ella y no pudo acabarlo.
Iba á decir más, pero se contuvo. ¡Ah, no! ¡por la
Madona!... Otra vez se ponían á hablar, sin escucharle... Y se sumió
definitivamente en un silencio ofendido, mientras á sus espaldas continuaba la
charla.
Ferragut sintió interés por los remotos amores de
aquella napolitana, gran señora, con el magnate español, prudente y linajudo.
La pasión había hecho cometer al grave virrey la locura de construir un palacio
en el mar. También el marino amaba á una mujer de otra raza y sentía iguales
deseos de hacer por ella cosas disparatadas.
—Yo he leído los mandamientos de Nietzsche—dijo,
para explicar su entusiasmo—. «Busca tu mujer fuera de tu país...» Esto es lo
mejor.
Freya sonrió tristemente.
—¡Quién sabe!... Es complicar el amor con las
preocupaciones del antagonismo nacional. Es crear hijos con doble patria, que
acaban por no tener ninguna, y vagan por el mundo lo mismo que mendicantes sin
abrigo... Yo sé algo de eso.
Y volvió á sonreír con tristeza y escepticismo.
Ferragut iba leyendo los rótulos de las trattorias á
ambos lados del camino: El escollo de la sirena, La alegría
de Partenope, El mazo de flores... Y mientras tanto, apretaba
la mano de Freya, avanzando sus dedos por la parte interior de la muñeca,
acariciando su piel, que se estremecía á cada nuevo rozamiento.
El cochero dejó al caballo que ascendiese
lentamente la cuesta continua de Possilipo. Se preocupaba ahora de no volverse
para no ser molesto. Conocía bien á los que hablaban á sus espaldas:
«Enamorados; gente que no desea llegar pronto.» Y olvidó sus ofensas, pensando
en la generosidad del señor al ir en tan buena compañía.
Ulises le hizo detenerse en lo alto de Possilipo.
Era allí donde había comido una famosa «sopa marinesca» y donde se vendían las
mejores ostras de Fusaro. A la derecha del camino se alzaba un edificio
pretencioso y moderno, con el título del restorán en letras de oro. En el lado
opuesto estaba el anexo, un jardín cortado por terrazas que descendían hasta el
mar, y en dichas terrazas había mesas al aire libre ó casitas de techos bajos
con las paredes cubiertas de enredadera. Estas construcciones tenían ventanas
discretas, abiertas sobre el golfo á gran altura, que no permitían ninguna
curiosidad exterior.
Al recibir la generosa propina de Ferragut, el
cochero le saludó con una sonrisa familiar, un gesto de compañerismo que pasaba
por encima de todas las diferencias sociales, uniéndolos como simples hombres.
El había traído muchas parejas á este discreto jardín, con sus cerrados
comedores sobre el golfo. «Buen apetito, signore.»
El viejo camarero que salió al encuentro de la
pareja en un senderillo descendente mostró un gesto idéntico al fijar sus ojos
en Ferragut. «Tenía lo que necesitaba el señor.» Y atravesando una terraza bajo
emparrado, con varias mesas libres, abrió una puerta y les hizo entrar en una
habitación que sólo tenía una ventana.
Freya fué instintivamente hacia ella, como un
insecto hacia la luz, dejando á sus espaldas el cuarto sombrío y húmedo, cuyo
papel pendía á trechos. «¡Qué hermoso!» El golfo, encuadrado por la ventana,
parecía un lienzo con marco, un original vivo y palpitante de las infinitas
copias esparcidas por el mundo.
Mientras tanto, el capitán, sin dejar de enterarse
de los platos disponibles, seguía la discreta mímica del camarero. Con una de
sus manos sostenía la puerta entreabierta. Sus dedos acariciaban en la cara
interior un cerrojo enorme, arcaico, que había pertenecido á una puerta mucho
más grande, y parecía que iba á desprenderse de la madera por su peso
excesivo... Ferragut adivinó que este cerrojo iba á gravitar sobre la cuenta de
la comida con todo su volumen.
Interrumpió ella su contemplación del panorama al
sentir los labios de Ferragut que intentaban acariciar su cuello.
—¡Quieto, capitán!... Ya sabe usted lo que hemos
convenido. Recuerde que he aceptado su convite con la condición de que me
dejará en paz.
Permitió que el beso se pasease por su mejilla,
llegando hasta su boca. Esta caricia estaba ya aceptada: tenía la fuerza de la
costumbre. Por esto no se resistió á ello, recordando los precedentes, pero el
miedo al abuso la hizo retirarse de la ventana.
—Veamos el palacio encantado que me ha prometido
mi flirt—dijo alegremente, para distraer la insistencia de Ulises.
En el centro había una mesa de tablas mal
cepilladas y rudos pies. Los manteles y los platos disimularían luego este
horror. Sus ojos, pasando despectivamente por las sillas viejas, las paredes de
suelto empapelado y los cromos de marcos verdosos, tropezaron con algo obscuro,
rectangular y profundo que ocupaba todo un ángulo de la pieza. No se sabía si
era un diván, una cama ó un catafalco fúnebre. Las mantas pardas que lo cubrían
evocaban en la memoria los lechos de cuartel ó de presidio.
«¡Ah, no!...» Freya dió un salto hacia la puerta.
Ella no podría comer al lado de este mueble inmundo, por el que había pasado lo
peor de Nápoles. «¡Ah, no! ¡Qué asco!»
Ulises estaba junto á la puerta, temiendo que los
descubrimientos de Freya fuesen más allá, tapando con su espalda aquel cerrojo
que era el orgullo del camarero. Balbuceaba excusas, pero ella se engañó al
notar su insistencia, creyendo que pretendía cerrarle el paso.
—¡Capitán, déjeme salir!—dijo con voz colérica—.
Usted no me conoce. Eso es para otras... ¡Atrás, si no quiere que le tenga por
un grosero!...
Y lo empujó en su salida, á pesar de que Ulises le
dejaba franco el paso, repitiendo sus excusas, haciendo recaer toda la
responsabilidad en la torpeza del sirviente.
Se detuvo ella ante el emparrado, súbitamente
tranquilizada al verse en pleno aire. Buscó la mesa más lejana y fué á sentarse
de espaldas al cuarto.
—¡Qué antro!...—dijo—. Venga aquí, Ferragut.
Estaremos mejor al aire libre, contemplando el golfo... ¡Venga y no sea
niño!... Todo está olvidado. Usted no tiene la culpa.
El viejo camarero, que volvía con manteles y
platos, no hizo el menor gesto al ver á la pareja instalada en la terraza.
Estaba acostumbrado á estas sorpresas. Evitó los ojos de la señora, como un reo
convicto, y miró al señor con el mismo aire desolado que empleaba para anunciar
el agotamiento de un plato puesto en la lista. Sus gestos de muda protección
intentaban consolar á Ferragut de su fracaso. «¡Paciencia y tenacidad!...
Victorias más difíciles había visto él en su clientela.»
Antes de servir la comida puso sobre la mesa, á
guisa de aperitivo, una botella ventruda de vino del país, un néctar de las
laderas del Vesubio, con un lejano sabor de azufre. Freya tenía sed y le
inspiraba recelo el agua de esta trattoria. Ulises necesitaba
olvidar su reciente fracaso... Y los dos hicieron sus libaciones á los dioses,
pero con absoluta pureza, sin que una gota de agua viniese á cortar la
diafanidad de piedra preciosa del vino.
Un grupo de cantores y bailarines invadió la
terraza. Una joven cobriza, hermosa y sucia, con el pelo revuelto, grandes aros
en las orejas y un delantal de rayas multicolores, bailó bajo el emparrado,
moviendo en alto un pandero que era casi del tamaño de una sombrilla. Dos
chicuelos vestidos de antiguos lazaroni, con gorro rojo y las
piernas remangadas, acompañaron dando gritos la agitada danza de la tarantela.
El golfo se coloreaba de rosa, como si creciesen en
sus entrañas, bajo los rayos oblicuos del sol, inmensos bosques de corales. El
azul del cielo también se tornó rosado, y las montañas se incendiaron al
reflejar el astro agonizante. El penacho del Vesubio era menos blanco que en la
mañana. Su columna nebulosa, rayada con estrías rojizas por la luz moribunda,
parecía reflejar el fuego interior.
Sintió Ulises la placidez amistosa que inspiran los
paisajes contemplados en la infancia. El había visto muchas veces este mismo
panorama, con sus bailarinas y su volcán, allá en su caserón de Valencia: lo
había visto en los abanicos del llamado «estilo romántico» que coleccionaba su
padre.
Freya experimentó una emoción igual á la de su
compañero. El azul del golfo era de una intensidad rabiosa allí donde no
reflejaba el sol; las costas parecían de ocre; las casas tenían unas fachadas
chillonas; y sin embargo, todos estos elementos discordes se compenetraban y se
fundían en un ambiente armonioso, discreto, de dulce elegancia. La vegetación
temblaba bajo la brisa con arreglo á una medida. El aire era musical, como si
en sus ondas vibrasen las cuerdas de invisibles arpas.
Esta era para Freya la verdadera Grecia imaginada
por los poetas, no las islas de rocas quemadas y desnudas de vegetación que
había visto en sus excursiones por el archipiélago helénico.
—¡Vivir aquí el resto de mi vida!—murmuró con los
ojos húmedos—. ¡Morir aquí, olvidada, sola, feliz!...
Ferragut también quería morir en Nápoles... ¡pero
con ella!... Y su imaginación pronta y exuberante describió las delicias de una
vida á dos, de amor y de misterio, en cualquiera de las pequeñas «villas» con
jardín asomadas sobre el mar en la ladera de Possilipo.
Los bailarines habían pasado á una terraza
interior, donde era más grande la concurrencia. Entraban nuevos clientes—casi
todos formando parejas—así como iba cayendo el día. El camarero hizo pasar al
comedor cerrado á unas mujeres pintarrajeadas y con grandes sombreros, seguidas
de unos jóvenes. Por la puerta entreabierta salió un ruido de persecuciones, de
choques y saltos, con brutales carcajadas y risas de sofocante cosquilleo.
Freya volvió la espalda, como si le ofendiese el
recuerdo de su paso por este antro.
El viejo camarero se ocupaba ahora de ellos,
empezando á servir la comida. A la botella de vino vesubiano, completamente
agotada, había sucedido otra distinta, que perdía poco á poco su contenido.
Los dos comieron poco; pero sentían una sed
nerviosa, que les hizo tender la mano hacia el vaso frecuentemente. El vino de
Freya era melancólico. La dulzura del crepúsculo parecía hacerlo fermentar,
dándole el acre perfume de los recuerdos tristes.
Sintió nacer el marino en su interior la fiebre
agresiva de los sobrios cuando caen en la embriaguez. De estar con un hombre,
habría entablado una discusión violenta bajo cualquier pretexto. Encontró sin
sabor las ostras, la sopa marineresca, la langosta, todo lo que hacía sus
delicias otras veces al comer solo ó con una amiga de paso en este mismo sitio.
Miraba á Freya con ojos enigmáticos, mientras en su
pensamiento empezaba á bullir la cólera. Sentía odio al recordar la arrogancia
con que ella le había tratado huyendo del cuarto. «¡Farsante!...» Se estaba
divirtiendo con él. Era una gata juguetona y feroz prolongando la agonía del
ratón caído en sus zarpas. En su cerebro hablaba una voz brutal, como si le
aconsejase un homicidio. «¡De hoy no pasa!... ¡de hoy no pasa!...», se repitió
varias veces, dispuesto á las mayores violencias para salir de una situación
que consideraba ridícula.
Y ella, ignorante de los pensamientos de su
compañero, engañada por la inmovilidad de su rostro, seguía hablando con la
mirada perdida en el horizonte, hablando con voz queda, lo mismo que si se
contase á sí misma sus ilusiones.
La dominaba como una obsesión el momentáneo
proyecto de vivir en una, casita de Possilipo, completamente sola, llevando una
existencia de aislamiento monacal con todas las comodidades de la vida moderna.
—Y sin embargo—siguió diciendo—, este ambiente no
es favorable á la soledad; este paisaje es para el amor. ¡Envejecer lentamente
dos que se amen, ante la eterna belleza del golfo!... ¡Lástima que no haya sido
yo amada nunca!...
Esto fué una ofensa para Ulises, que le hizo
expresarse con toda la agresividad que hervía en el fondo de su mal humor. ¿Y
él?... ¿No la amaba y estaba dispuesto á probárselo con toda clase de
sacrificios?...
Los sacrificios como prueba de amor dejaban fría á
esta mujer, acogiéndolos con un gesto escéptico.
—Todos los hombres me han dicho lo mismo—añadió—;
todos prometen matarse si no se les ama... y en la mayor parte de ellos no es
mas que una frase de retórica pasional. Y aunque se maten de verdad, ¿qué
prueba esto?... Quitarse la vida es una resolución de un minuto, que no da
lugar á arrepentimiento; una simple ráfaga nerviosa, un gesto que se hace
muchas veces pensando en lo que dirá la gente, con el orgullo frívolo del actor
que desea caer en buena postura. Yo sé lo que es eso. Un hombre se mató por mí...
Ferragut, al oír las últimas palabras, sacudió su
inmovilidad. Una voz maliciosa cantó en su cerebro: «¡Ya van tres!...»
—Le vi moribundo—continuó ella—en una cama de
hotel. Tenía una mancha roja como una estrella en el vendaje de su frente: el
agujero del pistoletazo. Murió agarrado á mis manos, jurando que me amaba y que
se había matado por mí... Una escena penosa, horrible... Y sin embargo, estoy
segura de que se engañaba á sí mismo, de que no me amaba. Se mató por vanidad
herida al ver que me alejaba de él, por testarudez, por gesto teatral, por
influencia de sus lecturas... Era un tenor rumano. Esto fué en Rusia... Yo he
sido artista un poco de tiempo...
El marino quiso expresar el asombro que le
producían las diversas mutaciones de esta existencia andante y misteriosa que
cada vez mostraba una nueva faceta; pero se contuvo, para oír mejor los crueles
consejos de la voz maligna que hablaba en su pensamiento... El no pretendía
matarse por ella... Muy al contrario: su agresividad silenciosa la examinaba
como una víctima próxima. Había en sus ojos algo del difunto Tritón cuando
columbraba en la costa una falda mujeril lejana y fugitiva.
Freya siguió hablando.
—Matarse no es una prueba de amor. Todos me han
prometido desde las primeras palabras el sacrificio de su existencia. Los
hombres no saben otra canción... No les imite, capitán.
Quedó pensativa largo rato. El crepúsculo avanzaba
rápidamente. Medio cielo era de ámbar y el otro medio de azul nocturno, en el
que empezaban á parpadear las primeras estrellas. El golfo se adormecía bajo la
capa plomiza de sus aguas, exhalando una frescura misteriosa que se comunicaba
á las montañas y los árboles. Todo el paisaje parecía adquirir la fragilidad
del cristal. El aire silencioso temblaba con exagerada sonoridad, repitiendo la
caída de un remo en las barcas, pequeñas como moscas, que se deslizaban abajo
por la copa del golfo, prolongando las voces femeninas é invisibles que se
perseguían en las arboledas de las alturas.
Los sirvientes fueron de mesa en mesa colocando
bujías encerradas en faroles de papel. Los mosquitos y falenas, revividos por
el crepúsculo, zumbaron en torno de estas flores de luz rojas y amarillas.
Volvió á sonar la voz de ella en el ambiente
crepuscular, con la misma vaguedad que si hablase en sueños.
—Hay un sacrificio mayor que el de la vida, el
único que puede convencer á una mujer de que es amada. ¿Qué significa la vida
para un hombre como usted?... Su profesión la pone en peligro todos los días, y
cuando descansa en tierra le creo capaz de arriesgarla por el más fútil
motivo...
Hizo una nueva pausa y continuó:
—El honor vale más que la vida para ciertos
hombres; la respetabilidad, la conservación del lugar que ocupan. Sólo me
convencería un hombre que arriesgase por mí honra y posición, que descendiese á
lo más bajo, sin perder su voluntad de vivir... ¡Eso es un sacrificio!
Ferragut se sintió alarmado por tales palabras.
¿Qué sacrificio deseaba proponerle esta mujer?... Pero se calmó al seguirla
escuchando. Todo era una hipótesis de su desordenada imaginación. «Está loca»,
afirmó de nuevo en su cerebro el consejero interior.
—He soñado muchas veces—continuó ella—con un hombre
que robase por mí, que matase si era preciso, y fuese á pasar el resto de sus
años en una cárcel... ¡Pobre ladrón mío!... Yo viviría únicamente para él,
pasando día y noche junto á las murallas de su prisión, espiando las rejas,
trabajando como una mujer del pueblo para enviar buena comida á mi bandido...
Eso es amor, y no las mentiras frías, los juramentos teatrales de nuestro
mundo.
Ulises repitió su comentario mental: «Decididamente
está loca.» Pero este pensamiento se reflejó en sus ojos con tal claridad, que
ella lo adivinó.
—No tenga miedo, Ferragut—dijo sonriendo—. No
pienso exigirle tal sacrificio. Todo esto que hablo son fantasías, inventos
imaginativos para llenar el vacío de mi alma. Culpa del vino, de nuestras
exageradas libaciones á los dioses, que hoy han sido sin agua... ¡Mire usted!
Y señaló con una gravedad cómica las dos botellas
vacías que ocupaban el centro de la mesa.
Había cerrado la noche. En el cielo obscuro
parpadeaban los infinitos ojos de la luz sideral. La taza inmensa del golfo
reflejaba sus destellos como helados fuegos fatuos. Los farolillos del restorán
trazaban manchas purpúreas sobre los manteles, viéndose en torno de ellas los
rostros de los que comían, con violentos contrastes de luz y de sombra. De los
cuartos cerrados se escapaban escandalosos ruidos de besos, persecuciones y
caídas de muebles.
—¡Vámonos!—ordenó Freya.
Le molestaba este estrépito de orgía vulgar, como
si deshonrase la majestad de la noche. Necesitaba moverse, caminar en la
obscuridad, aspirando el fresco de la misteriosa lobreguez.
En la puerta del jardín vacilaron ante los
ofrecimientos de varios cocheros. Freya fué la que desechó sus ofertas. Quería
volver á pie á Nápoles, siguiendo el suave descenso del camino de Possilipo,
después de la larga inmovilidad en el restorán. Su rostro estaba acalorado y
rojo por el abuso del vino.
Ulises la dió el brazo y empezaron á avanzar en la
sombra impulsados insensiblemente en su marcha por la facilidad de ir cuesta
abajo. Freya sabía lo que representaba este viaje. A los primeros pasos se lo
avisó el marino con un beso en el cuello. Iba á aprovecharse de todos los
recodos del camino; de los altos en ciertos lugares descubiertos para columbrar
el golfo fosforescente á través de la arboleda; de los largos espacios de
sombra, cortada sólo de tarde en tarde por los reverberos públicos ó las linternas
de carruajes y tranvías...
Pero estas libertades de su acompañante eran ya
cosa aceptada: ella había dado el primer paso en el Acuario. Además, estaba
segura de su serenidad, que mantendría al enamorado en el límite que ella
quisiera fijarle... Y convencida de su fuerza para reaccionar á tiempo, se
abandonó lo mismo que una mujer vencida.
Jamás había tenido Ferragut una ocasión tan
propicia. Era una cita á solas en el misterio de la noche, con un amplio
espacio de tiempo por delante. Lo único molesto era la necesidad de marchar, de
unir á los abrazos y los juramentos de amor una incesante actividad
ambulatoria. Ella protestaba, saliendo de su arrobamiento, cada vez que el
enamorado le proponía sentarse al borde del camino.
La esperanza hizo que Ulises obedeciese á Freya,
deseosa de llegar cuanto antes á Nápoles. Allá abajo, en la curva de luces
vecinas al golfo, estaba el hotel, y el marino lo veía como un lugar de
felicidad.
—¡Di que sí!—susurró en el oído de ella, cortando
las palabras con besos—. ¡Di que será esta noche!...
Ella no contestaba, abandonándose en el brazo que
el capitán había pasado por su talle, dejándose arrastrar como si estuviese
medio desvanecida, entornando los ojos y ofreciendo su boca.
Mientras Ulises iba repitiendo súplicas y caricias,
la voz de su cerebro cantaba victoria. «¡Ya está!... ¡Esto es hecho!... Lo que
importa es meterla en el hotel.»
Llevaban caminando cerca de una hora y se
imaginaban que sólo habían transcurrido unos minutos.
Al llegar á los jardines de la Villa
Nazionale, cerca del Acuario, se detuvieron un instante. Había más luz y
menos gente que en el camino de Possilipo. Huyeron de los faros eléctricos de
la vía Caracciolo, que reflejaban en el mar sus lunas de nácar. Los
dos, instintivamente se aproximaron á un banco, buscando la sombra de ébano de
los árboles.
Freya se había serenado de pronto. Parecía irritada
contra ella misma por su abandono durante la marcha. La excitación de los
besos, incesantemente renovada, le había hecho ansiar una entrega inmediata,
con el exasperamiento del deseo... Al verse ahora cerca del hotel recobró su
energía, como en presencia de un peligro.
—¡Adiós, Ulises! Mañana nos veremos... Voy á pasar
la noche en casa de la doctora.
El marino se apartó un poco, con el tirón de la
sorpresa. «¿Era una broma?...» Pero no: no podía dudar. El tono de sus palabras
delataba una firme resolución.
Suplicó humildemente para que no se marchase, con
voz entrecortada y fosca. Al mismo tiempo el consejero mental le decía
rencorosamente: «¡Se está burlando de ti!... Hora es ya de que esto acabe...
Hazla sentir tu autoridad de hombre.» Y esta voz tenía el mismo timbre que la
del difunto Tritón.
De pronto ocurrió una cosa violenta, brutal,
innoble. Ulises se arrojó sobre ella como si fuese á matarla, la oprimió en sus
brazos, y los dos, hechos un solo cuerpo, cayeron sobre el banco, jadeando,
luchando. La sombra se rasgó con el blanco relampagueo de un oleaje de ropas
interiores removidas. Pero esto sólo duró un instante.
El vigoroso Ferragut, temblando de emoción y de
deseo, sólo disponía de la mitad de sus fuerzas. Saltó repentinamente hacia
atrás llevándose las dos manos á un hombro. Experimentaba un dolor agudísimo,
como si uno de sus huesos acabase de quebrarse. Ella le había repelido con una
certera presión de la hábil esgrima japonesa, que emplea las manos como armas
irresistibles.
—¡Ah... tal!—rugió lanzando el peor de
los insultos femeninos.
Y cayó sobre ella otra vez, como si fuese un
hombre, uniendo á su ansia amorosa un deseo de maltratarla, de envilecerla,
haciéndola su esclava.
Freya le aguardó á pie firme... Viendo el brillo
glacial de uno de sus ojos, Ulises, sin saber por qué, se acordó de Ojo
de la mañana, el reptil compañero de sus danzas.
En este ataque de toro furioso quedó detenido por
un simple contacto en la frente, un diminuto círculo metálico, una especie de
dedal helado que se apoyaba en su piel.
Miró... Era un pequeño revólver, un juguete
mortífero de relumbrante níquel. Había aparecido en la mano de Freya saliendo
del secreto de sus ropas, ó tal vez de aquel bolso de oro cuyo contenido
parecía inagotable.
Ella, puesto un dedo en el gatillo, le contempló
fijamente. Se adivinaba su familiaridad con el arma que tenía en la mano. No
debía ser la primera vez que la sacaba á la luz.
La indecisión del marino fué breve. Con un hombre,
su garra se hubiese apoderado de la mano amenazante, torciéndola hasta
romperla, sin que le inspirase miedo el revólver. Pero tenía enfrente á una
mujer... Y esta mujer era capaz de herirle, colocándolo al mismo tiempo en una
situación ridícula...
—¡Retírese, señor!—ordenó Freya con tono
ceremonioso y amenazante, como si hablase á un extraño.
Pero fué ella la que se retiró finalmente al ver
que Ulises daba un paso atrás, quedando meditabundo y confuso. Le volvió la
espalda, al mismo tiempo que desaparecía de su mano el revólver.
Antes de alejarse murmuró varias palabras que no
pudo entender Ferragut, mirándole por última vez con ojos despectivos. Debían
ser terribles insultos, y por lo mismo que los profería en un idioma
misterioso, él sintió más profundamente su menosprecio.
—No puede ser... Se acabó, ¡se acabó para
siempre!...
Dijo esto repetidas veces antes de volver al hotel,
y lo pensó durante toda una noche de vigilia, cortada por pesadillas
angustiosas. Bien avanzada la mañana le despertaron del sopor final las
trompetas de los bersaglieri.
Pagó su cuenta en el despacho del gerente y dió la
última propina al portero, anunciándole que horas después vendría un hombre del
buque á llevarse su equipaje.
Estaba alegre, con la alegría forzosa del que
necesita amoldarse á los acontecimientos. Se felicitaba por su libertad, como
si esta libertad la hubiese conquistado voluntariamente y no le fuese impuesta
por el desprecio de ella. Le dolía el recuerdo del día anterior, viéndose
ridículo y grosero. Era mejor no acordarse de lo pasado.
Se detuvo en la calle para lanzar una última mirada
al hotel. «¡Adiós, maldito albergo!... Nunca volvería á verle.
¡Ojalá se quemase con todos sus habitantes!»
Al pisar la cubierta del Mare nostrum,
su forzada satisfacción fué en aumento. Sólo aquí podía vivir, lejos de las
complicaciones y mentiras de la vida terrestre.
Todas las gentes del buque, que en las semanas
anteriores temían la llegada del malhumorado capitán, sonrieron ahora, como si
viesen la salida del sol después de una tormenta. Distribuyó buenas palabras y
palmadas afectuosas. El trabajo de recomposición iba á terminarse al día
siguiente... ¡Muy bien! Estaba contento. Pronto volverían á navegar.
Saludó en la cocina al tío Caragòl...
Este era un filósofo. Todas las mujeres del mundo no valían para él lo que un
buen arroz. ¡Ah, grande hombre!... Seguramente iba á llegar á les cien años. Y
el cocinero, halagado por tantas alabanzas, cuyo origen no acertaba á
comprender, respondía como siempre: «Así es, mi capitán.»
Tòni, silencioso, disciplinado y familiar, le
inspiraba no menos admiración. Su vida era una vida recta, firme y llana como
el camino del deber. Cuando los oficiales jóvenes hablaban en su presencia de
ruidosas cenas al saltar á tierra con mujeres de distintos países, el piloto se
encogía de hombros. «El dinero y lo otro deben guardarse para casa», decía
sentenciosamente.
Ferragut había reído muchas veces de la virtud de
su segundo, que se paseaba encogida y soñolienta por una gran parte del
planeta, sin permitirse distracción alguna, para despertar con una tensión
arrolladora siempre que los azares de la carrera le llevaban á vivir unos días
en su casa de la Marina.
La pobre esposa, morena, enjuta y obediente, le
veía llegar con alegría y con susto, como si fuese una tormenta de lluvia
interminable. Cuando Tòni se sentía héroe, sus hazañas iban más allá del cero
de la decena. Y con el impudor tranquilo del virtuoso que todo lo deja en casa,
calculaba las fechas de sus viajes por la edad de sus ocho hijos: «Este fué á
la vuelta de Filipinas... Este otro, después que hice el cabotaje en el golfo
de California...»
Su serenidad de varón ordenado, incapaz de
perturbarse con frívolas aventuras, le hizo adivinar desde el primer momento el
secreto de los entusiasmos y las cóleras del capitán. «Debe vivir con una
mujer», se dijo al verle instalado en un hotel de Nápoles y al sufrir su mal
humor en las rápidas apariciones que hacía á bordo.
Ahora, al escuchar sus regocijados comentarios
sobre la tranquila vida de Tòni y su filosófica cordura, volvió á decirse
mentalmente, sin que el capitán pudiese adivinar nada en su rostro: «Ya ha roto
con la mujer: se ha cansado de ella. ¡Más vale así!»
Se afirmó aún más en esta creencia al escuchar los
planes de Ferragut. Tan pronto como el buque quedase listo, irían á fondear en
el puerto comercial. Le habían hablado de cierto cargamento para Barcelona, un
flete de ocasión; pero mejor era esto que ir de vacío... Si el cargamento se
demoraba, partirían con lastre. Deseaba reanudar cuanto antes sus viajes. Cada
vez eran más escasos y buscados los buques. Ya era hora de salir de esta
inercia forzosa.
—Sí, ya es hora—respondió Tòni, que en todo un mes
sólo había bajado dos veces á tierra.
El Mare nostrum abandonó el lugar
de su reparación, yendo á fondear frente á los muelles de comercio, brillante y
rejuvenecido, sin ningún desperfecto que recordase sus recientes averías.
Una mañana, cuando el capitán y el segundo estaban
en el salón de popa, indecisos entre salir aquella misma noche ó esperar cuatro
días más, como lo solicitaban los dueños de la carga, se presentó el tercer
oficial, un joven andaluz, que parecía emocionado por la noticia de que era
portador. Una señora muy hermosa y muy elegante—el joven apoyó con su
admiración estos detalles—acababa de llegar en un bote, y sin pedir permiso
había subido la escala, metiéndose en el buque como si fuese su vivienda propia.
A Tòni le dió un vuelco el corazón. Su rostro
moreno tomó una palidez de ceniza. «¡Cristo!... ¡la de Nápoles!» El no sabía
quién era la de Nápoles, no la había visto nunca, pero tenía la certeza de que
llegaba como un estorbo fatal, como una calamidad inesperada. ¡Tan bien que
marchaban las cosas!...
El capitán hizo girar su sillón, despegándose de la
mesa, y en dos saltos salió á la cubierta.
Algo extraordinario perturbaba á los tripulantes.
Todos estaban arriba, como si una atracción poderosa los hubiese arrancado de
los sollados, del fondo de las bodegas, de los metálicos corredores de las
máquinas. Hasta el tío Caragòl sacaba su cara episcopal por la
puerta de la cocina, llevándose una mano cerrada en forma de telescopio á uno
de sus ojos, sin llegar á distinguir claramente la anunciada maravilla.
Freya estaba á pocos pasos, con un traje azul que
tenía algo de marino, como si esta visita al buque impusiera á su elegancia la
necesidad de imitar el porte de las multimillonarias que viven en un yate. Los
marineros fingían trabajos extraordinarios para aproximarse á ella, limpiando
cobres ó encerando maderas. Sentían la necesidad de respirarla, de vivir en el
ambiente perfumado que la envolvía, siguiendo sus pasos.
Al ver al capitán le tendió una mano simplemente,
lo mismo que si se hubiesen visto el día anterior.
—¡No se quejará usted, Ferragut!... Como no le
encontraba en el hotel, he sentido la necesidad de visitarle en su buque...
Deseaba conocer su casa flotante. Todo lo de usted me interesa.
Parecía otra mujer. Ulises se dió cuenta del gran
cambio que se había efectuado en su persona durante los últimos días. Sus ojos
eran atrevidos, incitantes, de un impudor tranquilo. Toda ella parecía
ofrecerse. Sus sonrisas, sus palabras, su modo de marchar por la cubierta hacia
las cámaras del buque, denotaban una resolución de dar fin cuanto antes á su
larga resistencia, cediendo á los deseos del marino.
A pesar de los anteriores fracasos, éste sintió de
nuevo la alegría del triunfo. «¡Ahora va á ser! Mi ausencia la ha vencido...» Y
al mismo tiempo que paladeaba la dulce satisfacción del amor y el orgullo
triunfantes, un vago instinto le sugirió la sospecha de que esta mujer,
repentinamente transformada, tal vez le quería menos ahora que en los días
anteriores, cuando se resistía, aconsejándole que huyese.
En el comedor hizo la presentación de su segundo.
El rudo Tòni experimentó el mismo deslumbramiento que había perturbado á todos
los del buque. ¡Qué mujer!... En el primer instante excusó y comprendió la
conducta de su capitán. Luego, sus ojos quedaron fijos en ella con una
expresión de alarma, como si su presencia le hiciese temblar por la suerte del
vapor.
Acabó por sentirse cohibido delante de esta señora
que examinaba el salón como si fuese á quedarse en él para siempre.
Freya se interesó unos momentos por la peluda
fealdad de Tòni. Era un verdadero mediterráneo, tal como ella se los imaginaba:
un fauno perseguidor de ninfas. Ulises rió de los elogios dirigidos á su
segundo.
—Debe tener dentro de los zapatos—continuó
ella—unas pezuñitas lindas como las de las cabras. Debe saber tocar el
caramillo. ¿No lo cree así, capitán?...
El fauno, enfurruñado y rabioso, acabó por
marcharse, saludando torpemente al salir. Ferragut sintió un gran alivio con
esta ausencia, pues temía alguna palabra ruda de Tòni.
Al quedar sola con Ulises, corrió de un lado á otro
por la gran cámara.
—¿Aquí es donde vive usted, querido tiburón?...
Déjeme que lo vea todo, que lo registre todo. Me interesa lo suyo: no dirá
ahora que no le quiero. ¡Qué orgullo para el capitán Ferragut! Las señoras
vienen á buscarle en su buque...
Interrumpió su parloteo irónico y amoroso para
defenderse suavemente del marino. Este, olvidando lo pasado y queriendo
aprovechar la felicidad que se le ofrecía de pronto, abrazaba á la visitante,
besándola en la nuca.
—¡Luego... luego!—suspiró ella—. Ahora déjeme ver.
Siento una curiosidad de niña.
Abrió el piano, el pobre piano del capitán escocés,
y unos acordes tenues y lloriqueantes, producto de una desafinación de varios
años, conmovieron el salón con la melancolía de los recuerdos que resucitan.
Era una música igual á la de las cajas melódicas
que se encuentran olvidadas en el fondo de un armario, entre las ropas de una
vieja difunta. Freya declaró que esta música olía á rosas secas.
Luego, abandonando el piano, abrió una tras otra
todas las puertas de los camarotes que daban al salón. En la del dormitorio del
capitán se detuvo, sin querer pasar del umbral, sin soltar el picaporte de
bronce que mantenía en su diestra. Ferragut, detrás de ella, la empujaba con
suave traición, repitiendo al mismo tiempo sus caricias en la nuca.
—No, aquí no—dijo ella—. ¡Por nada del mundo!...
Seré tuya, te lo prometo: te doy mi palabra. Pero donde yo quiera, cuando á mí
me parezca... ¡Muy pronto, Ulises!
El sintió toda la voluptuosidad de estas
afirmaciones, hechas con una voz acariciadora y sumisa; todo el orgullo de este
tuteo espontáneo, que equivalía á una primera entrega.
La llegada de un acólito del tío Caragòl les
hizo recobrar su tranquilidad. Traía dos enormes vasos llenos de un cocktail rojizo
y espumoso; embriagadora y dulce mixtura, resumen de todos los conocimientos
adquiridos por el cocinero en su trato con los borrachos de los primeros
puertos del mundo.
Ella probó el líquido, entornando los ojos como una
gata golosa. Luego prorrumpió en alabanzas, elevando el vaso de un modo
solemne. Ofrecía su libación á Eros, el más bueno de los dioses. Y Ferragut,
que siempre había sentido cierto pavor ante las infernales y gratas mixturas de
su cocinero, apuró de un trago su vaso, para unirse á la invocación.
Todo quedó concertado entre los dos. Ella daba las
órdenes. Ferragut volvería á tierra, aposentándose en el mismo albergo.
Continuarían su vida de antes, como si nada hubiese ocurrido.
—Esta tarde me esperarás en los jardines de
la Villa Nazionale... Sí, allí donde quisiste matarme, ¡bandido!...
Antes de que pudiese evocar la imagen de aquella
noche de violencia, Freya se adelantaba á sus recuerdos con una astucia
femenil... Era Ulises el que había querido matarla; lo afirmaba ella, sin
admitir respuesta.
—Iremos á visitar á la doctora—continuó—. La pobre
desea verte, y me ha rogado que te lleve. Se interesa mucho por ti desde que
sabe que te amo, ¡pirata mío!...
Después de haber fijado la hora del encuentro,
Freya quiso irse. Pero antes de volver á su lancha sintió la curiosidad de
registrar el buque, como había registrado el salón y los camarotes.
Con aires de princesa reinante, precedida del
capitán y seguida de los oficiales, corrió las dos cubiertas; se asomó á las
galerías de hierro de las máquinas y al abismo cuadrado de las escotillas de
carga, recibiendo el olor mohoso de las bodegas. En el puente tocó con un
entusiasmo pueril la caperuza de bronce de la bitácora y los demás instrumentos
de dirección, brillantes como si fuesen de oro.
Quiso ver la cocina, ó invadió los dominios del
tío Caragòl, poniendo en lamentable desorden sus formaciones de
cacerolas, asomando su hocico sonrosado á la boca humeante del gran puchero en
el que hervía el almuerzo de la gente.
El viejo pudo verla de cerca con sus ojos cegatos.
«¡Sí que era guapa!» El revoloteo de sus faldas y los frecuentes encontrones
que tuvo con ella en sus idas y venidas por la cocina perturbaron al apóstol.
Su olfato de guisandero se sintió molestado por el perfume de esta señora.
«Guapa, pero con olor de...», repitió mentalmente. Para él, todo perfume
femenil merecía este título injurioso. Las mujeres buenas huelen á pescado y á
estropajo: estaba seguro de ello... En su lejana juventud, los conocimientos del
pobre Caragòl no habían ido más allá.
Al quedar solo, agarró un trapo, agitándolo
violentamente como si sacudiese moscas. Quería limpiar el ambiente de malos
olores. Sentíase escandalizado, como si hubiesen dejado caer una pastilla de
jabón en uno de sus arroces.
Los hombres del buque se amontonaron en las bordas
para seguir la marcha del bote que se alejaba.
Tòni, al pie del puente, lo contempló también con
ojos enigmáticos.
—Hermosa eres; pero ¡que la mar te trague antes de
que vuelvas!...
Un brazo tremolaba un pañuelo en la popa de la
barca. «¡Adiós, capitán!» Y el capitán movía la cabeza, sonriente y emocionado
por el saludo femenil, mientras los marineros envidiaban su buena suerte.
Otra vez un hombre de la tripulación llevó el
equipaje de Ferragut al albergo de la ribera de Santa Lucía.
El portero, como si presintiese las inclinaciones de este cliente de propina
fácil, se encargó de escoger su habitación: un piso más abajo que la vez
anterior, cerca de la que ocupaba la signora Talberg.
Se encontraron á media tarde en la Villa
Nazionale, y emprendieron juntos la marcha por las calles de Chiaia. Al fin
iba á saber Ulises dónde ocultaba la doctora su majestuosa personalidad.
Presentía algo extraordinario en este alojamiento, pero estaba dispuesto á
disimular sus impresiones, por miedo á perder el afecto y el apoyo de la sabia
dama, que parecía ejercer un gran dominio sobre Freya.
Entraron en el zaguán de un antiguo palacio. Muchas
veces se había detenido el marino ante su puerta, pero seguía adelante,
desorientado por las chapas de metal que anunciaban las oficinas y escritorios
instalados en sus diversos pisos.
Vió un patio de arcadas, pavimentado con grandes
losas, al que daban los balcones ventrudos en los cuatro lados interiores del
palacio. Subieron por una escalera de ecos despiertos, grande como una calle en
pendiente, con revueltas anchurosas que permitían en otros tiempos el paso de
las literas y sus portadores. Como recuerdo de los personajes de blanca peluca
y las damas de anchuroso guardainfante que habían pasado por ella, quedaban
algunos bustos clásicos en los rellanos, una baranda de hierro forjada á
martillo y varios farolones de oros borrosos y vidrios turbios.
Se detuvieron en el primer piso, ante una fila de
puertas algo carcomidas por los años.
—Aquí es—dijo Freya.
Y señaló precisamente la única puerta que estaba
cubierta con una mampara de cuero verde, ostentando un rótulo comercial,
enorme, dorado, pretencioso. La doctora se alojaba en una oficina... ¡Cómo
hubiera llegado él á encontrarla!
La primera pieza era realmente una oficina, un
despacho de comerciante, con casillero para los papeles, mapas, caja de
caudales y varias mesas. Un solo empleado trabajaba: un hombre de edad
incierta, con cara pueril y bigote recortado. Su gesto obsequioso y sonriente
contrastaba con su mirada fugitiva; una mirada de alarma y desconfianza.
Al ver á Freya se levantó de su asiento. Esta le
saludó llamándole Karl, y pasó adelante, como si fuese un simple portero.
Ulises, al seguirla, adivinó fija en sus espaldas la mirada recelosa del
escribiente.
—¿También es polaco?—preguntó.
—Sí, polaco... Es un protegido de la doctora.
Entraron en un salón amueblado á toda prisa, con el
arte especial y fácil de los que están acostumbrados á viajar y tienen que
improvisarse una vivienda: divanes con indianas vistosas y baratas, pieles de
guanaco americano, tapices chillones, de un falso orientalismo, y en las
paredes láminas de periódicos entre varillas doradas. Sobre una mesa lucía sus
marfiles y platas un gran neceser con la tapa de cuero abierta. Unas cuantas
estatuillas napolitanas habían sido compradas á última hora para dar cierto aire
de sedentaria respetabilidad á este salón que podía deshacerse rápidamente, y
cuyos adornos más valiosos eran objetos de viaje.
Por una cortina entreabierta distinguieron á la
doctora, que escribía en la pieza inmediata. Estaba encorvada sobre un pupitre
americano, pero los vió inmediatamente en el espejo que tenía delante de ella
para espiar todo lo que pasaba á sus espaldas.
Adivinó Ulises que la imponente señora había hecho
ciertos preparativos de tocador para recibirle. Un vestido estrecho como una
funda moldeaba la exuberancia de su formas. La falda, recogida y angosta en el
remate de sus piernas, parecía el mango de una maza enorme. Sobre el verde
marino del traje llevaba un tul blanco con lentejuelas plateadas, á modo de
chal. El capitán, á pesar de su respeto por la sabia dama, la comparó á una
nereida madre bien alimentada en las praderas oceánicas.
Con las manos tendidas y una expresión gozosa en el
rostro, que hacía irradiar sus lentes, avanzó hacia Ferragut. Su encontrón casi
fué un abrazo... «¡Querido capitán! ¡tanto tiempo sin verle!...» Sabía de él
con frecuencia, por los informes de su amiga; pero aun así, lamentaba como una
desgracia que el marino no hubiese venido á verla.
Parecía olvidar su frialdad al despedirse en
Salerno, el cuidado que había tenido en ocultarle las señas de su domicilio.
Ferragut tampoco se acordó de esto, gratamente
conmovido por la amabilidad de la doctora. Se había sentado entre los dos, como
si quisiera protegerles con toda la majestad de su persona y el afecto de sus
ojos. Era una madre para su amiga. Acariciaba, al hablar, los mechones de la
cabellera de Freya, que acababan de librarse del encierro del sombrero. Y
Freya, adaptándose al ambiente tierno de la situación, se apelotonaba contra la
doctora, tomando un aire de niña tímida y acariciante, mientras fijaba en Ulises
sus ojos de dulce promesa.
—Quiérala usted mucho, capitán—siguió diciendo la
matrona—, Freya sólo habla de usted... ¡Ha sido tan desgraciada!... ¡La vida se
ha mostrado tan cruel con ella!...
El marino sintió la misma emoción que si se hallase
en un plácido ambiente de familia. Aquella señora daba las cosas por hechas
discretamente, hablándole como á un yerno. Su mirada de bondad tenía una
expresión melancólica. Era la dulce tristeza de las personas maduras que ven
monótono el presente, medido el porvenir, y se refugian en los recuerdos del
pasado, envidiando á las jóvenes porque pueden gozar en la realidad lo que
ellas sólo paladean con la memoria.
—¡Felices ustedes!... ¡Amense mucho!... Únicamente
por el amor vale la vida la pena de ser vivida.
Y Freya, como si le enterneciesen de un modo
irresistible estos consejos, avanzó un brazo sobre los globos encorsetados de
la doctora, apretando convulsivamente la diestra de Ulises.
Los lentes de oro, con su brillo protector,
parecían incitarles á mayores intimidades. «Podían besarse...» La imponente
señora, para facilitar sus expansiones, iba á salir, alegando un pretexto
insignificante, cuando se levantó el cortinaje de la puerta que comunicaba el
salón con la oficina.
Entró un hombre de la edad de Ferragut, pero más
bajo de estatura, menos endurecido el rostro por el curtimiento de la
intemperie. Iba vestido á la inglesa, con escrupulosa corrección. Se adivinaban
en él las preocupaciones más nimias y pueriles en todo lo referente al adorno
de su persona. El traje, de lanilla gris, aparecía realzado por la unidad de la
corbata, los calcetines y el pañuelo asomado al bolsillo del pecho. Las tres
prendas eran azules, sin la más leve variación en su tono, escogidas con exactitud,
como si este hombre pudiese sufrir crueles molestias saliendo á la calle con la
corbata de un color y los calcetines de otro. Sus guantes tenían el mismo
amarillo obscuro de sus zapatos.
Ferragut pensó que este gentleman, para
ser completo, debía llevar el rostro afeitado. Y sin embargo, usaba barba, una
barba recortada á flor de piel en las mejillas y formando sobre el mentón una
punta corta y aguda. El capitán presintió que era un marino. En la flota
alemana, en la rusa, en todas las marinas del Norte, los oficiales que no iban
rasurados á la inglesa usaban esta barbilla tradicional.
Se inclinó, ó más bien dicho, se dobló en ángulo,
con brusca rigidez, al besar las manos de las dos señoras. Luego se llevó un
monóculo de impertinente fijeza á uno de sus ojos, mientras la doctora hacía
las presentaciones.
—El conde Kaledine... El capitán Ferragut.
Dió la mano el conde al marino, una mano dura, bien
cuidada y forzuda, que se mantuvo largo rato sobre la de Ulises, queriendo
dominarla con una presión sin afecto.
La conversación continuó en inglés, que era el
idioma empleado por la doctora en sus relaciones con Ulises.
—¿El señor es marino?—preguntó éste para aclarar
sus dudas.
No se movió el monóculo de su órbita, pero un
temblor ligero de sorpresa parecía rizar su luminosa convexidad. La doctora se
apresuró á responder:
—El conde es un diplomático ilustre que está ahora
con licencia, cuidando su salud. Ha viajado mucho, pero no es marino.
Y continuó sus explicaciones. Los Kaledine eran una
noble familia rusa de tiempos de la gran Catalina. La doctora, por ser polaca,
estaba relacionada con ellos hacía muchos años... Y cesó de hablar, dando
entrada á Kaledine en la conversación.
Al principio el conde se mostró frío y algo
desdeñoso en sus palabras, como si no pudiera despojarse de su altivez
diplomática. Pero lentamente esta altivez se fué fundiendo.
Conocía por su «distinguida amiga la señora
Talberg» muchas de las aventuras náuticas de Ferragut. A él le interesaban los
hombres de acción, los héroes del Océano.
Ulises notó de pronto en su noble interlocutor un
afecto caluroso, un deseo de agradar semejante al de la doctora. ¡Hermosa casa
aquella, en la que todos se esforzaban por hacerse simpáticos al capitán
Ferragut!
El conde, sonriendo amablemente, dejó de valerse
del inglés, y le habló de pronto en español, como si hubiese reservado este
golpe final para acabar de captarse su afecto con el más irresistible de los
halagos.
—He vivido en Méjico—dijo para explicar su
conocimiento de esta lengua—. He hecho un largo viaje por las Filipinas cuando
vivía en el Japón.
Los mares del Extremo Oriente eran los menos
frecuentados por Ulises. Sólo dos veces había navegado hacia los puertos chinos
y nipones, pero conocía lo suficiente para mantener la conversación con este
viajero que mostraba en sus gustos cierto refinamiento de artista. Durante
media hora desfilaron por el vulgar ambiente del salón imágenes de enormes
pagodas de techos superpuestos, vibrantes á la brisa, como un arpa, con sus
filas de campanillas; ídolos monstruosos tallados en oro, en bronce ó en
marfil; casas de papel, tronos de bambú, muebles de nacaradas incrustaciones,
biombos con filas de cigüeñas volantes.
Desapareció la doctora, aturdida por este diálogo,
del que sólo podía adivinar algunas palabras. Freya, inmóvil, con los ojos
adormecidos y una rodilla entre sus manos cruzadas, se mantuvo aparte,
entendiendo la conversación, pero sin intervenir en ella, como si le ofendiese
el olvido en que la dejaban los dos hombres. Al fin se deslizó discretamente,
siguiendo el llamamiento de una mano asomada á un cortinaje. La doctora
preparaba el té y pedía auxilio.
La conversación continuó, sin hacer alto en estas
ausencias. Kaledine había abandonado los mares asiáticos para pasar al
Mediterráneo, y se anclaba en él con una insistencia admirativa. Un motivo más
de afecto para Ferragut, que lo encontraba cada vez más simpático, á pesar de
su trato un poco glacial.
Se dió cuenta repentinamente de que ya no era el
conde ruso el que hablaba, pues con breves y certeras preguntas le hacía hablar
á él, lo mismo que si lo sometiese á un examen.
Agradeció las muestras de interés que este gran
viajero daba por el pequeño mare nostrum, y especialmente por las
particularidades de su cuenca occidental, que deseaba conocer minuciosamente.
Podía preguntar cuanto quisiera. Ferragut poseía
milla por milla todo el litoral español, el francés y el italiano, así en la
superficie como en sus fondos.
Kaledine, tal vez por vivir en Nápoles, insistió
con predilección en la parte mediterránea comprendida entre la Cerdeña, la
Italia del Sur y la Sicilia, ó sea lo que los antiguos habían llamado el mar
Tirreno... ¿Conocía el capitán Ferragut las islas poco frecuentadas y casi
perdidas enfrente de Sicilia?
—Yo lo conozco todo—afirmó éste con orgullo.
Y sin discernir completamente si era curiosidad del
conde ó si quería someterle á un examen interesado, habló y habló.
Conocía el archipiélago de las islas Lípari, con
sus minas de azufre y de piedra pómez, grupo de cimas volcánicas que emergen de
las profundidades del Mediterráneo. En ellas habían colocado los antiguos á
Eolo, señor de los vientos; en ellas está el Stromboli vomitando enormes bolas
de lava, que estallan con un estrépito de trueno. Las escorias volcánicas
vuelven á caer en las chimeneas del cráter ó ruedan por la pendiente de la
montaña, sumiéndose en las olas.
Más al Oeste, aislada y solitaria en un mar limpio
de escollos, está Ustica, una isla volcánica y abrupta que colonizaron los
fenicios y sirvió de refugio á los piratas sarracenos. Su población es escasa y
pobre. Nada hay que ver en ella, aparte de ciertas conchas fósiles que
interesan á los hombres de ciencia...
Pero el conde se sintió interesado por este cráter
muerto y solitario en medio de un mar que sólo frecuentan las barcas de pesca.
Ferragut había visto igualmente, aunque de lejos,
al entrar en el puerto de Trápani, el archipiélago de las Egades, donde existen
grandes pesquerías de atunes. Había desembarcado una vez en la isla Pantelaria,
situada á medio camino entre Sicilia y África. Era un cono volcánico altísimo
que emergía en mitad del estrecho, y á cuyo pie existían lagos alcalinos,
humaredas sulfurosas, aguas termales y construcciones prehistóricas de grandes
bloques, semejantes á las de Cerdeña y las Baleares. Los buques que iban á
Túnez y Trípoli tomaban cargamento de pasas, única exportación de esta antigua
colonia fenicia.
Entre la Panteleria y Sicilia, el suelo submarino
se elevaba considerablemente, guardando sobre su dorso una capa acuática que en
algunos puntos sólo tenía doce metros de espesor. Era el extenso banco llamado
de la Aventura, hinchazón volcánica, doble isla anegada, pedestal submarino de
Sicilia.
También el banco de la Aventura pareció interesar
al conde.
—Conoce usted bien su mar—dijo con tono de
aprobación.
Ferragut iba á seguir hablando, pero entraron las
dos señoras con una bandeja que contenía el servicio de té y varios platos de
pasteles. El capitán no extrañó esta falta de servidumbre. La doctora y su
amiga eran para él unas mujeres de costumbres extraordinarias, y todos sus
actos los encontraba lógicos y naturales. Freya sirvió el té con una gracia
púdica, como si fuese la hija de la casa.
Pasaron el resto de la tarde conversando sobre
lejanos viajes. Nadie aludió á la guerra ni á las preocupaciones de Italia en
aquel momento por mantener su neutralidad ó salir de ella. Parecían vivir en un
lugar inaccesible, á miles de leguas de todo tropel humano.
Las dos mujeres trataban al conde con una
familiaridad de buen tono, como personas de su mismo mundo; pero el marino
creyó notar en ciertos momentos que le tenían miedo.
Al terminar la tarde, este personaje abandonó su
asiento, y Ferragut hizo lo mismo, comprendiendo que debía poner fin á su
visita. El conde se ofreció á acompañarle. Mientras se despedía de la doctora,
agradeciendo con extremos corteses que le hubiese hecho conocer al capitán,
éste sintió que Freya le apretaba la mano de modo significativo.
—Hasta la noche—murmuró levemente, sin mover apenas
los labios—. Volveré tarde... Espérame.
¡Oh, dicha!... Los ojos, la sonrisa, la presión de
la mano, decían para él mucho más.
Nunca dió un paseo tan agradable como al marchar al
lado de Kaledine por las calles de Chiaia hacia la ribera. ¿Qué decía aquel
hombre?... Cosas insignificantes para evitar el silencio, pero á él le
parecieron observaciones de profunda sabiduría. Su voz era, según él, armoniosa
y acariciadora. Todo lo encontraba igualmente amable, la gente que transitaba
por las calles, el ruido napolitano del anochecer, el mar obscuro, la vida
entera.
Se despidieron ante la puerta del hotel. El conde,
á pesar de sus ofrecimientos de amistad, se fué sin decirle cuál era su
domicilio.
«No importa—pensó Ferragut—. Volveremos á
encontrarnos en casa de la doctora.»
El resto de la velada lo pasó agitado
alternativamente por la esperanza y la impaciencia. No quería comer; la emoción
había paralizado su apetito... Y una vez sentado á la mesa, comió más que
nunca, con una avidez maquinal y distraída.
Necesitaba pasear, hablar con alguien, para que
transcurriese el tiempo con mayor rapidez, engañando su inquieta espera. Ella
no volvería al hotel hasta muy tarde... Y precisamente se retiró á su
habitación más temprano que de costumbre, creyendo, con un ilogismo
supersticioso, que de este modo llegaría antes Freya.
Su primer movimiento al verse en su cuarto fué de
orgullo. Miró al techo, apiadándose del marino enamorado que una semana antes
habitaba el piso superior. ¡Pobre hombre! ¡Cómo se habían reído de él!...
Ulises se admiró á sí mismo como una personalidad completamente nueva, feliz y
triunfadora, separado de la otra por un período doloroso de humillaciones y
fracasos que no quería recordar.
¡Las horas larguísimas del que aguarda con
ansiedad!... Se paseó fumando, encendiendo un cigarro en el resto del anterior.
Luego abrió la ventana, queriendo borrar este perfume de tabaco fuerte. Ella
sólo gustaba de los cigarrillos orientales... Y como persistiese el acre olor
del cigarro habano, jugoso y bravío, rebuscó en su maletín de aseo, derramando
sobre la cama el fondo de varios frascos de esencia largo tiempo olvidados.
Una repentina inquietud amargó su espera. La que
iba á llegar ignoraba tal vez cuál era su habitación. El no estaba seguro de
haberle dado las señas con suficiente claridad. Era posible que se hubiese
equivocado... Empezó á creer que, efectivamente, se había equivocado.
El miedo y la impaciencia le hicieron abrir su
puerta, plantándose en el corredor para mirar de lejos el cerrado cuarto de
Freya. Cada vez que sonaban pasos en la escalera ó chirriaba la verja del
ascensor, el barbudo marino se estremecía con una inquietud infantil. Deseaba
esconderse y al mismo tiempo quería mirar, por si era ella la que llegaba.
Los huéspedes que vivían en el mismo piso le fueron
viendo, al retirarse á sus cuartos, en las más inexplicables actitudes. Unas
veces permanecía firme en el corredor, como el que espera á los domésticos,
fatigado por inútiles llamamientos. Otras veces le sorprendían con la cabeza
asomada á la puerta entreabierta, retirándola precipitadamente. Un viejo conde
italiano le dirigió al pasar una sonrisa de inteligencia y compañerismo...
¡Estaba en el secreto! Aguardaba, indudablemente, á una de las doncellas del
hotel.
Acabó por meterse en la habitación, pero dejando la
puerta abierta... Un rectángulo de viva luz que se marcaba en el suelo y la
pared de enfrente guiaría á Freya, indicándole el camino.
Tampoco pudo mantener mucho tiempo esta señal.
Damas mal tapadas con un kimono, señores en pijama, se deslizaban por el
pasillo discretamente sobre la suavidad silenciosa de sus pantuflas, todos en
la misma dirección, lanzando una ojeada de cólera hacia la puerta luminosa que
sorprendía el secreto de sus miserias corporales.
Por fin tuvo que cerrar la puerta. Abrió un libro,
y le fué imposible leer dos párrafos seguidos. Su reloj marcaba las doce.
—¡No vendrá!... ¡no vendrá!—dijo con desesperación.
Una idea nueva le sirvió de alivio. Era imposible
que una persona discreta como Freya se atreviese á avanzar hasta su cuarto
viendo luz por debajo de la puerta. El amor necesita obscuridad y misterio.
Además, esta espera visible podía atraer el espionaje de algún curioso.
Dió vuelta al conmutador eléctrico y buscó en la
obscuridad su lecho, tendiéndose con un ruido exagerado, para que nadie pudiese
dudar de que se acostaba. Esta lobreguez reanimó su esperanza.
—Va á venir... Llegará de un momento á otro.
Otra vez se levantó cautelosamente, sin ningún
ruido, yendo de puntillas. Había que facilitar las dificultades de la entrada.
Dejó la puerta entreabierta levemente, para evitar el ruido giratorio del
picaporte. Una silla mantuvo su hoja apoyada con suavidad en el marco del
quicio.
Todavía se levantó varias veces, despojándose en
cada uno de estos saltos de una parte de sus vestidos. Así aguardaría mejor.
Se estiró sobre el lecho, dispuesto á permanecer en
vela toda la coche si era preciso. No debía dormir; no quería dormir; lo
ordenaba su voluntad... Y media hora después dormía profundamente, sin saber en
qué momento se había dejado rodar por las blandas laderas del sueño.
Despertó de pronto, como si le hubiesen asestado un
mazazo en el cráneo. Los oídos le zumbaban... Era la brusca impresión del que
se duerme sin deseo de dormir y se siente sacudido por la inquietud
resucitadora. Tardó unos instantes en darse cuenta de su situación. Luego lo
recordó todo de golpe... ¡Solo!... ¡Ella no había llegado!... Ignoraba si iban
transcurridos minutos ú horas.
Otra cosa, además de la inquietud, le había vuelto
á la vida. Adivinó en la silenciosa obscuridad algo real que se acercaba. Un
pequeño ratón parecía moverse en el corredor. Los zapatos colocados ante una de
las puertas resbalaron con leve chirrido. Ferragut percibió una vaga impresión
de aire que se desplaza con el lento avance de un cuerpo.
Se movió la puerta; la silla retrocedió poco á
poco, suavemente empujada. En la obscuridad fué marcándose una sombra móvil,
mucho más negra y densa. El hizo un movimiento.
—¡Quieto!—suspiró una voz tenue, de fantasma, una
voz del otro mundo—. Soy yo.
Pero Ferragut había saltado cama abajo, avanzando
las manos en la sombra. Tropezó con unos brazos desnudos y mórbidos, luego con
la frescura suave de una carne envuelta en velos.
Instintivamente llevó su diestra á la pared, y se
hizo la luz.
Bajo la lámpara eléctrica estaba ella, una Freya
distinta á la que había visto siempre, con los cabellos opulentos cayendo en
sierpes sobre sus hombros, completamente desnuda en el interior de una túnica
asiática que la envolvía como una nube.
No era el kimono japonés vulgarizado por el
comercio. Consistía en una pieza de tela indostánica bordada de fantásticas
flores y plegada caprichosamente. A través de su tejido sutil se percibía el
contacto de la fina carne, como si fuese una envoltura de aire multicolor.
Ella lanzó un murmullo de protesta. Luego imitó el
gesto de Ulises tendiendo una mano hacia la pared... Y se hizo la obscuridad.
Sintió él que se anudaban como tentáculos
irresistibles en torno de su cuello los brazos soberanos, y que una boca
dominadora se apoderaba de la suya lo mismo que en el Acuario... Y rodó bajo
esta caricia de fiera, con el pensamiento perdido, olvidándose del resto del
mundo, descendiendo y descendiendo por un mar de sensaciones nuevas, como un
náufrago satisfecho de su suerte... Pero esta vez llegó al fondo.
Despertó al sentir en su rostro un rayo de sol. La
ventana, cuyas cortinas se había olvidado de correr, estaba azul: azul de cielo
en lo alto y azul de mar en sus vidrios inferiores.
Miró junto á él... ¡Nadie! Por un momento creyó
haber soñado. Pero el suave perfume de su cabellera impregnaba aún la almohada.
El lecho desordenado guardaba todavía la huella de su cuerpo... Recordó
entonces, como una de esas visiones pálidas de la mañana que animan las últimas
horas del sueño, el paso de un cuerpo sobre el suyo con suave precaución; un
beso de despedida que le había hecho entreabrir los ojos, volviendo á
cerrarlos; el ruido de una puerta...
La realidad del despertar fué tan alegre para
Ulises como dulces habían sido las horas de la noche en el misterio de la
sombra. Estaba fatigado; sus piernas vacilaron al tocar el suelo, y al mismo
tiempo nunca se había sentido tan fuerte y tan feliz.
Sonó en la ventana su voz de barítono cantando una
de las canciones de Nápoles. ¡Oh dulce tierra! ¡dulce golfo!... Aquel era el
lugar más hermoso del mundo. Satisfecho y orgulloso de su suerte, hubiese
querido abrazar las olas, las islas, la ciudad, el Vesubio.
El timbre repiqueteó con impaciencia en el
corredor. El capitán Ferragut tenía hambre: el hambre de la desnutrición, el
hambre del náufrago que ha consumido todas las reservas de su cuerpo.
Abarcó con una mirada de ogro el café con leche, el
abundante pan y la escasa mantequilla que le trajo el camarero. ¡Poca cosa para
él!... Y cuando atacaba todo esto con avidez, se abrió la puerta y entró Freya,
sonrosada, fresca por un baño reciente y vestida de hombre.
La túnica indostánica había sido reemplazada por un
pijama masculino de seda violeta. El pantalón tenía los bordes levantados sobre
unas babuchas blancas que contenían sus pies desnudos. En el lugar del corazón
llevaba bordada una cifra, cuyas letras no pudo desenmarañar Ulises. Encima de
esta cifra avanzaba su punta un pañuelo asomado á la abertura del bolsillo. La
opulenta cabellera retorcida en lo alto del cráneo y las curvas voluptuosas que
tomaba la seda en ciertos lugares del masculino traje eran lo único que
denunciaba á la mujer.
El capitán olvidó su desayuno, entusiasmado por
esta novedad. ¡Era una segunda Freya: un paje, un andrógino adorable!... Pero
ella repelió sus caricias, obligándole á sentarse.
Había entrado con una expresión interrogante en los
ojos. Sentía la inquietud de toda mujer á la segunda entrevista de amor.
Deseaba adivinar las impresiones de él, convencerse de su gratitud, tener la
certeza de que la embriaguez de la primera hora no se había disipado durante su
ausencia.
Mientras el marino volvía á atacar su desayuno, con
la familiaridad de un amante que ha llegado á la posesión y no necesita ocultar
y poetizar sus necesidades groseras, ella se sentó en una vieja chaise
longue, encendiendo un cigarrillo.
Se replegó en este asiento, con las piernas
encogidas y formando ángulo dentro del círculo de uno de sus brazos. Apoyó
luego la cabeza en las rodillas, y así estuvo largo rato, fumando con los ojos
fijos en el mar. Se adivinaba que iba á decir algo interesante, algo que
arañaba el interior de su frente pugnando por salir.
Al fin habló con lentitud, sin dejar de mirar al
golfo. De vez en cuando se arrancaba de esta contemplación, para fijar los ojos
en Ulises, midiendo el efecto de sus palabras.
Este dejó de ocuparse definitivamente de la bandeja
del desayuno, presintiendo la aproximación de algo muy importante.
—Tú has jurado que harás por mí todo lo que yo te
pida... Tú no querrás perderme para siempre.
Ulises protestó. ¿Perderla?... No podía vivir sin
ella.
—Yo conozco tu existencia anterior: me la has
contado... Tu nada sabes de mí, y debes conocerme, ya que soy tuya.
El marino movió la cabeza: nada más justo.
—Te he engañado, Ulises... Yo no soy italiana.
Ferragut sonrió. ¡Si sólo consistía en esto el
engaño!... Desde el día en que se hablaron por primera vez, yendo á Pestum,
había adivinado que lo de su nacionalidad era una mentira.
—Mi madre fué italiana. Te lo juro... Pero mi padre
no lo era...
Se detuvo un momento. El marino la escuchó con
interés, vuelta la espalda á la mesa.
—Yo soy alemana y...
EL PECADO DE FERRAGUT
Al despertar Tòni todas las mañanas con las
primeras luces del alba, experimentaba una sensación de sorpresa y desaliento.
—¡Todavía en Nápoles!—decía mirando por el ventano
de su camarote.
Luego contaba los días. Diez iban transcurridos
desde que el Mare nostrum, terminadas sus reparaciones, había
anclado en el puerto comercial.
—Veinticuatro horas más—añadía mentalmente el
segundo.
Y reanudaba su vida monótona, paseando por la
cubierta del buque, vacío y muerto, sin saber qué hacer, desesperándose á la
vista de los otros vapores, que movían sus antenas de carga, tragándose cajas y
fardos, y empezaban á lanzar por sus chimeneas el humo anunciador de su próximo
viaje.
Sufría remordimientos al calcular lo que podía
haber ganado el buque de hallarse navegando. El provecho era para el capitán,
pero eso no evitaba que se desesperase por el dinero perdido.
La necesidad de comunicar á alguien sus
impresiones, de protestar á coro contra esta inercia lamentable, le empujaba
hacia los dominios de Caragòl. A pesar de la diferencia de
categorías, el segundo trataba al cocinero con afectuosa familiaridad.
—¡Nos separa un abismo!—decía Tòni gravemente.
Este «abismo» era una metáfora sacada de sus
lecturas de periódicos radicales, y hacía alusión á las creencias fervorosas y
simples del viejo. Pero el cariño por el capitán, el ser todos de la misma
tierra y el empleo del valenciano como lengua de la intimidad, les bacía
buscarse á los dos instintivamente. Caragòl era para Tòni la
persona más cuerda de á bordo... después de él.
Apenas se detenía en la puerta de la cocina,
apoyando un codo en el quicio y obstruyendo con su cuerpo la entrada da la luz
solar, el viejo echaba mano á la botella de caña, preparando un «refresco» ó un
«caliente» en honor del segundo.
Bebían con lentitud, interrumpiendo el paladeo del
líquido para lamentarse de la inmovilidad del Mare nostrum. Hacían
cuentas, como si el buque fuese suyo. Mientras estaba en reparación había
podido tolerarse la conducta del capitán.
—Los ingleses pagaban—decía Tòni—. Pero ahora no
paga nadie, el barco está sin ganar, y gastamos todos los días... ¿qué es lo
que gastamos?
Calculaban él y el cocinero detalladamente el costo
del sostenimiento del vapor, asustándose al llegar al total. Un día de su
inmovilidad representaba más que lo que ganaban los dos hombres en un mes.
—Esto no puede seguir—protestaba Tòni.
Su indignación le llevó varias veces á tierra, en
busca del capitán. Temía hablarle, considerando una falta de disciplina el
ingerirse en la dirección del buque, é inventaba los más absurdos pretextos
para abordar á Ferragut.
Miró con antipatía al portero del albergo,
porque siempre la contestaba que el capitán había salido. Este individuo con
aire de alcahuete debía tener gran culpa en la inmovilidad del vapor: se lo
avisaba el corazón.
Por no irse á las manos con él y porque no riese
solapadamente al verle esperar horas y horas en el vestíbulo, se apostaba en la
calle, espiando las entradas y salidas da Ferragut.
Las tres veces que consiguió hablar con él obtuvo
al mismo éxito. El capitán celebraba mucho el verle, como si fuese un aparecido
del pasado al que podía comunicar la alegría de su exuberante felicidad.
Escuchaba á su segundo, alegrándose de que todo
marchase bien en el buque. Y cuando Tòni, con voz balbuciente, se atrevía á
preguntarle la fecha de la partida, Ulises ocultaba sus vacilaciones bajo un
tono de prudencia. Estaba á la espera de un cargamento valiosísimo. Cuanto más
aguardasen, más dinero iban á ganar... Pero sus palabras no convencían á Tòni.
Recordaba las protestas de su capitán, quince días antes, por la falta de buena
carga en Nápoles y su deseo de salir sin pérdida de tiempo.
Al volver á bordo, el segundo buscaba á Caragòl,
comentando ambos las transformaciones de su jefe. Tòni lo había visto hecho
otro hombre, con la barba recortada, vistiendo lo mejor de su equipaje,
delatando en el arreglo de su persona un esmero minucioso, una voluntad
decidida de agradar. EL rudo piloto hasta había creído percibir al hablarle
cierto perfume femenil igual al de la visitante rubia.
Esta noticia era la más inaudita para Caragòl.
—¡El capitán Ferragut perfumado!... ¡El capitán
oliendo á... pulga!
Y elevaba los brazos, mientras sus ojos cegatos
buscaban las botellas de caña y las alcuzas de aceite para hacerlas testigos de
su indignación.
Los dos hombres estaban acordes al apreciar la
causa de sus tristezas. Ella era la culpable de todo, ella la que iba á tener
el buque encantado en este puerto, quién sabe hasta cuándo, con su poder
irresistible de bruja.
—¡Ah, las hembras!... El diablo va como un perro
faldero detrás de sus enaguas... Son la podredumbre de nuestra vida.
Y la iracunda castidad del cocinero seguía lanzando
contra las mujeres injurias y maldiciones iguales á las de los primeros padres
de la Iglesia.
Una mañana, los tripulantes que limpiaban la
cubierta hicieron pasar un grito de la proa á la popa. «¡El capitán!» Lo veían
aproximarse en un bote, y la voz se extendió por cámaras y corredores, dando
nueva fuerza á los brazos, animando los rostros soñolientos. El segundo salió á
la cubierta y Caragòl sacó la cabeza por la puerta de la
cocina.
Desde su primera ojeada presintió Tòni que algo
importante iba á ocurrir. El capitán tenía un aire animoso y alegre. Al mismo
tiempo vió en la exagerada amabilidad de su sonrisa un deseo de seducir, de
imponer dulcemente algo que consideraba de dudosa aceptación.
—Ya estarás contento—dijo Ferragut al darle la
mano—. Pronto vamos á zarpar.
Entraron en el salón. Ulises miró su buque con
cierta extrañeza, como si volviese á él después de un largo viaje. Lo
encontraba con aspecto diferente; surgían ante sus ojos detalles que nunca
habían atraído su atención.
Recapituló en una síntesis, que fué como un
relámpago cerebral, todo lo que había ocurrido en menos de dos semanas. Pudo
darse cuenta por primera vez del gran cambio de su vida desde que Freya había
venido á buscarle en el vapor.
Se vió en su cuarto del hotel frente á ella, que
iba vestida como un hombre y fumaba mirando el golfo.
—Yo soy alemana y...
Iba á explicarse de pronto su vida misteriosa,
hasta en los detalles menos comprensibles.
Ella, era alemana y servía á su país. La guerra
moderna levanta las naciones en masa; no es, como en otros siglos, un choque de
exiguas minorías profesionales que tienen por oficio el pelear. Todos los
hombres vigorosos iban á los campos de batalla; los demás trabajaban en los
centros industriales convertidos en talleres de guerra. Y esta actividad
general comprendía también á las mujeres, que dedicaban al servicio de la
patria su labor en fábricas y hospitales ó su inteligencia más allá de las
fronteras.
Ferragut, sorprendido por esta revelación brutal,
quedó silencioso, y al fin se atrevió á formular su pensamiento.
—Según eso, ¿tú eres una espía?...
Ella acogió con desprecio la palabra. Era un
término anticuado que había perdido su primitiva significación. Espías eran los
que en otros tiempos, cuando sólo los soldados profesionales tomaban parte en
la guerra, se mezclaban voluntariamente ó por interés en las operaciones,
sorprendiendo los preparativos del enemigo. Ahora con la movilización en masa
de los pueblos, había desaparecido el antiguo espía de oficio, despreciable y
villano, que arrostraba la muerte por dinero. Sólo existían patriotas ganosos de
trabajar por su país, unos con las armas en la mano, otros valiéndose de la
astucia ó explotando las cualidades de su sexo.
Ulises quedó desconcertado por esta teoría.
—¿Entonces, la doctora...?—volvió á preguntar,
adivinando lo que podía ser la imponente dama.
Freya contestó con una expresión de entusiasmo y de
respeto. Su amiga era una patriota ilustre, una sabia que ponía todas sus
facultades al servicio de su país. Ella la adoraba. Era su protectora: la había
salvado en los momentos más difíciles de su existencia.
—¿Y el conde?—siguió preguntando Ferragut.
Aquí la mujer hizo un gesto da reserva.
—También es un gran patriota... Pero no hablemos de
él.
Había en sus palabras respeto y miedo. Se adivinaba
su voluntad de no ocuparse de este altivo personaje.
Un largo silencio. Freya, como si temiese los
efectos de la meditación del capitán, la cortó de pronto con su charla
apasionada.
La doctora y ella habían venido de Roma á
refugiarse en Nápoles, huyendo de las intrigas y murmuraciones de la capital.
Los italianos se peleaban entre ellos: unos eran partidarios de la guerra,
otros de la neutralidad. Ninguno quería ayudar á Alemania, su antigua aliada.
—¡Tanto que les hemos protegido!—exclamó—. ¡Raza,
falsa é ingrata!...
Sus gestos y sus palabras evocaron en la memoria de
Ulises la imagen de la doctora increpando á la tierra italiana desde una
ventanilla del vagón el primer día en que se hablaron.
Estaban las dos mujeres en Nápoles, entreteniendo
su inútil espera con viajes á las poblaciones cercanas, cuando encontraron al
marino.
—Yo guardaba un buen recuerdo de ti—continuó
Freya—. Adiviné desde el primer instante que nuestra amistad iba á terminar
como ha terminado...
Leyó en la mirada de él una pregunta.
—Sé lo que vas á decirme. Te extrañas de que te
haya hecho esperar tanto, de que te hiciese sufrir con mis caprichos... Es que
te amaba y al mismo tiempo quería alejarte. Representabas una atracción y un
estorbo. Temí complicarte en mis asuntos... Además, yo necesito estar libre,
para dedicarme al cumplimiento de mi misión.
Hubo otra larga pausa. Los ojos de Freya se fijaron
en los de su amante con una tenacidad escrutadora. Quería sondear su
pensamiento, darse cuenta de la madurez de su preparación, antes de arriesgar
el golpe decisivo. Su examen fué satisfactorio.
—Y ahora que me conoces—dijo con una lentitud
dolorosa—, ¡márchate!... Tú no puedes quererme; soy una espía como tú dices: un
ser despreciable... Sé que no puedes seguir amándome después de lo que te he
revelado. Aléjate en tu buque, como los héroes de las leyendas; ya no nos
veremos más. Todo lo nuestro habrá sido un hermoso ensueño... Déjame sola.
Ignoro qué suerte será la mía, pero lo que me importa es tu tranquilidad.
Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se dejó caer de
bruces en el diván, ocultando el rostro entre los brazos, mientras un hipo de
llanto estremecía las adorables sinuosidades de su dorso.
Ulises, conmovido por este dolor, admiró al mismo
tiempo la perspicacia de Freya, que adivinaba todas sus ideas. La voz del buen
consejo, aquella voz cuerda que hablaba en la mitad de su cerebro siempre que
el capitán se veía en un momento difícil, había empezado á gritar escandalizada
á las primeras revelaciones de esta mujer:
«Ferragut, ¡huye!... Estás metido en un mal paso.
No te conviene el trato con tales gentes. ¿Qué tienes tú que ver con el país de
esta aventurera? ¿Por qué arrostrar peligros por una causa que nada te
importa?... Lo que deseabas de ella ya lo tienes. ¡Sé egoísta, hijo mío!»
Pero la voz de su otro hemisferio mental, aquella
voz fanfarrona y loca que le impulsaba á embarcarse en los buques destinados al
naufragio, á desafiar los peligros por el placer de poner á prueba su vigor,
también le dió consejos. Era villano abandonar á una mujer. Sólo un miedoso
podía hacerlo... ¡Tanto que parecía amarle esta alemana!...
Y con su exuberancia meridional, la abrazó y la
levantó, apartando de su frente los bucles de la cabellera, que se había
deshecho, acariciándola como á una niña enferma, bebiendo sus lágrimas con
besos interminables.
¡No, no la abandonaría!... Es más: estaba dispuesto
á defenderla de todos sus enemigos. El no sabía quiénes eran estos enemigos;
pero si necesitaba un hombre, allí le tenía á él...
En vano la voz cuerda le insultó mientras formulaba
tales ofrecimientos. Se comprometía ciegamente; tal vez esta aventura iba á ser
la más terrible de su historia... Pero para acallar sus escrúpulos, la otra voz
gritaba: «Eres un caballero, y un caballero no abandona por miedo á una mujer
horas después de haber recibido el presente de su cuerpo. ¡Adelante, capitán!»
Una excusa de cobarde egoísmo emergió en su
pensamiento, fabricado de una sola pieza. El era español, era un neutral, que
nada tenía que ver en la contienda del centro de Europa. Su segundo le había
hablado á veces de solidaridad de raza, de pueblos latinos, de la necesidad de
acabar con el militarismo, de hacer la guerra para que no hubiese más
guerras... ¡Simplezas de lector crédulo! El no era inglés ni francés. Tampoco
era alemán; pero la mujer que él amaba lo era, y no iba á abandonarla por unos
antagonismos que le resultaban sin interés.
Freya no debía llorar. Su amante afirmó repetidas
veces que deseaba vivir siempre á su lado, que no pensaba abandonarla por lo
que había dicho, y hasta empeñó su palabra de honor, como prueba de que la
ayudaría en todo lo que considerase posible y digno de él.
Así decidió atropelladamente de su destino el
capitán Ulises Ferragut.
Cuando su amante le llevó otra vez á la casa de la
doctora, fué recibido por ésta lo mismo que si perteneciese á su familia. Ya no
tenía por qué ocultar su nacionalidad. Freya le llamó simplemente Frau
Doktor. Y ella, con un entusiasmo verbal de profesora, acabó de catequizar
al marino, explicándole el derecho y la razón de su país al entrar en guerra
con media Europa.
La pobre Alemania había tenido que defenderse. El
kaiser era el hombre de la paz, á pesar de que durante muchos años había
preparado metódicamente una fuerza militar capaz de aplastar á la humanidad
entera. Todos le habían provocado, todos habían sido los primeros en agredirle.
Los insolentes franceses, mucho antes de la declaración de guerra, enviaban
nubes de aeroplanos sobre las ciudades alemanas, bombardeándolas.
Ferragut parpadeó de sorpresa. Esto era nuevo para
él. Debía de haber ocurrido mientras estaba en alta mar. El autoritarismo
verboso de la doctora no le permitió duda alguna... Además, aquella señora
debía saber las cosas mejor que los que viven navegando.
Luego había surgido la provocación inglesa. Como un
traidor de melodrama, el gobierno británico venía preparando la guerra desde
larga fecha, no queriendo presentarse hasta el último momento. Y Alemania,
amante de la paz, tenía que defenderse de este enemigo, el peor de todos.
—¡Dios castigará á Inglaterra!—afirmaba la doctora
mirando á Ulises.
Y éste, para no defraudarla, en sus esperanzas,
movía la cabeza galantemente... Por él podía castigarla Dios.
Pero al expresarse de tal modo se sentía agitado
por una nueva dualidad. Los ingleses habían sido buenos camaradas; recordaba
agradablemente sus navegaciones como oficial á bordo de buques británicos. Al
mismo tiempo le producía cierta irritación su poder creciente, invisible para
los hombres de tierra adentro, monstruoso para los que viven en el mar. Se les
encontraba como dominadores en todos los océanos ó sólidamente instalados en
todas las costas estratégicas y comerciales.
La doctora, como si adivinase la necesidad de
atizar su odio contra el gran enemigo, apelaba á los recuerdos históricos:
Gibraltar robado por los ingleses; las piraterías de Drake; los galeones de
América apresados con metódica regularidad por las flotas británicas; los
desembarcos en las costas de España, que habían perturbado la vida de la
Península en otros siglos. Inglaterra, al iniciar su grandeza en el reinado de
Elisabeth, era del tamaño de Bélgica. Si se había hecho enorme, era á costa de
los españoles y luego de Holanda, hasta dominar el mundo entero.
Y con tanta vehemencia hablaba la doctora en inglés
da las maldades de Inglaterra contra España, que el impresionable marino acabó
por decir espontáneamente:
—¡Que Dios la castigue!...
Pero aquí reaparecía el navegante mediterráneo, el
Ulises complicado y contradictorio. Se acordó de pronto de las reparaciones de
su buque, que debían ser indemnizadas por Inglaterra.
«¡Que Dios la castigue... pero que espere un
poco!», murmuró en su pensamiento.
La imponente profesora se exasperaba al hablar de
la tierra en que vivía.
—¡Mandolinistas! ¡Bandidos!—gritó, como siempre,
contra los italianos.
Cuanto eran lo debían á Alemania. El emperador
Guillermo había sido un padre para ellos. ¡Todo el mundo sabía esto!... Y sin
embargo, al estallar la guerra, se negaban á seguir á sus viejos amigos. Ahora
la diplomacia alemana debía trabajar, no para mantenerlos á su lado, sino para
impedir que se fuesen con los adversarios. Todos los días recibía noticias de
Roma. Había esperanzas de que Italia se mantuviese neutral. Pero ¿quién podía
fiarse de la palabra de tales gentes?... Y repetía sus insultos iracundos.
Se habituó el marino inmediatamente á esta casa,
como si fuese la suya. Las contadas veces que Freya se separaba de él, iba á
buscarla en el salón de la imponente señora, que tomaba con Ulises un aire de
suegra bondadosa.
En varias de sus visitas se encontró con el conde.
El taciturno personaje le tendía una mano, guardando cierta distancia
instintivamente. Ulises conocía ahora su verdadera nacionalidad, y él no
ignoraba esto; pero los dos continuaron la ficción del conde Kaledine,
diplomático ruso. Como todo lo de este hombre imponía respeto en la vivienda de
la doctora, Ferragut, atento á su egoísmo amoroso, no se permitía ninguna
averiguación, acoplándose á las indicaciones de las dos mujeres.
Nunca se había considerado tan feliz como en
aquellos días. Experimentaba la monstruosa voluptuosidad del que se halla
sentado á la mesa en un comedor bien caldeado y ve por los cristales el mar
tempestuoso, con un buque que lucha contra las olas.
Los vendedores de periódicos pregonaban terribles
batallas en el centro de Europa: ardían las ciudades bajo el bombardeo, morían
cada veinticuatro horas miles y miles de seres humanos... Y él no leía nada, no
quería saber nada. Continuaba su existencia como si el mundo viviese en una
felicidad paradisíaca, unas veces en espera de Freya, evocando en su memoria
las esplendideces de su cuerpo, los refinamientos y sensaciones nuevas que le
procuraba su pasión; otras abrazado á la realidad, con un arrobamiento que
borraba y suprimía todo lo que no fuese ellos dos.
Algo, sin embargo, le sacó repentinamente de su
egoísmo amoroso; algo que ensombrecía su gesto, partía su frente con una arruga
de preocupación y le había hecho ir á bordo.
Cuando quedó sentado en la gran cámara del buque,
frente á su segundo, apoyó los codos en la mesa y comenzó á chupar un grueso
cigarro que acababa de encender.
—Vamos á salir muy pronto—repitió con visible
preocupación—. Estarás contento, Tòni; creo que estarás contento.
Tòni permaneció impasible. Esperaba algo más. El
capitán, al iniciar un viaje, le decía siempre el puerto de destino y la
especialidad de la carga. Por eso, al darse cuenta de que Ferragut no quería
añadir nada, se atrevió á preguntar:
—¿Es á Barcelona adonde vamos?...
Vaciló Ulises, mirando hacia la puerta como si
temiese ser escuchado. Luego avanzó el busto hacia Tòni.
Se trataba de un viaje sin peligro alguno, pero que
debía quedar en el misterio.
—Yo te lo cuento á ti porque tú sabes todas mis
cosas, porque te considero como de mi familia.
El piloto no parecía emocionarse con esta muestra
de confianza. Permaneció impasible, mientras en su interior empezaban á
despertar todas las inquietudes que le habían agitado en los días anteriores.
Siguió hablando el capitán. Los tiempos eran de
guerra, y debían aprovecharlos. Para los dos no representaba una novedad
transportar cargamentos de material militar. El había llevado una vez desde
Europa armas y municiones para una revolución de la América del Sur. Tòni le
había contado sus aventuras en el golfo de California mandando una pequeña
goleta que servía de transporte á los insurrectos de las provincias
septentrionales alzados contra el gobierno de Méjico.
Pero el segundo, á la vez que movía la cabeza
afirmativamente, le miraba con ojos interrogantes. ¿Qué iban á transportar en
este viaje?...
—Tòni, no se trata de artillería ni de fusiles;
tampoco de municiones... Es un trabajo corto y bien pagado, que nos hará perder
poco camino en nuestra vuelta á Barcelona.
Se detuvo en su confidencia, sintiendo una última
vacilación, y al fin añadió bajando la voz:
—¡Los alemanes pagan!... Vamos á proveer de esencia
de petróleo á los submarinos que tienen en el Mediterráneo.
Contra lo que esperaba Ferragut, su segundo no hizo
un gesto de sorpresa. Permaneció impasible, como si esta noticia resultase sin
sentido para él. Luego sonrió levemente, moviendo los hombros lo mismo que si
hubiese escuchado algo absurdo... ¿Acaso los alemanes tenían submarinos en el
Mediterráneo? ¿Podía una de estas máquinas navegantes, pequeñas y frágiles,
hacer la larga travesía desde el mar del Norte al estrecho de Gibraltar?
Estaba enterado de los grandes males que causaban
los submarinos en las cercanías de Inglaterra, pero en una zona reducida, en el
limitado radio de acción de que eran capaces. El Mediterráneo, afortunadamente
para los buques mercantes, se hallaba á cubierto de sus traidoras asechanzas.
Ferragut le interrumpió con una vehemencia
meridional. Este hombre, extremado en sus pasiones, se expresaba ya como si la
doctora hablase por su boca.
—Tú te refieres á los submarinos, Tòni, á los
pequeños submarinos que existían al empezar la guerra: cigarros de acero
frágiles, que navegan mal á ras del agua y pueden abrirse al menor choque...
Pero ahora hay algo más: hay el sumergible, que es como un submarino
resguardado por un casco de barco, el cual puede marchar oculto entre dos aguas
y al mismo tiempo puede navegar sobre la superficie mejor que un torpedero...
Tú no sabes de lo que son capaces los alemanes. Son un gran pueblo, ¡el primero
del mundo!...
Y con impulsiva exageración, insistió en proclamar
la grandeza alemana y su espíritu inventivo, como si le correspondiese una
parte de esta gloria mecánica y destructora.
Luego añadió confidencialmente, poniendo una mano
sobre un brazo de Tòni:
—A tí solo te lo digo; tú eres el único que conoce
el secreto, aparte de las personas que me lo han comunicado... Los sumergibles
alemanes van á entrar en el Mediterráneo. Nosotros saldremos á su encuentro
para renovar su provisión de aceite y de combustible.
Calló, mirando fijamente á su subordinado, mientras
le sonreía para vencer sus escrúpulos.
Durante unos segundos no supo qué creer. Tòni
permanecía pensativo, con los ojos bajos. Después se enderezó poco á poco;
abandonando su asiento, y dijo simplemente:
—¡No!
Ulises abandonó igualmente su sillón giratorio á
impulsos de la sorpresa. «¿No?... ¿Por qué?»
El era el capitán, y todos debían obedecerle. Por
esto respondía del buque, de la vida de sus tripulantes, de la suerte de la
carga. Además, era el propietario: nadie mandaba sobre él, su poder no tenía
límites. Por afecto amistoso, por costumbre, consultaba á su segundo, le hacía
partícipe de sus secretos, y Tòni, con una ingratitud nunca vista, osaba
rebelarse... ¿Qué significaba esto?...
Pero el segundo, en vez de dar explicaciones, se
limitó á responder, cada vez más terco y enfurruñado:
—¡No!... ¡no!
—Pero ¿por qué no?—insistió Ferragut,
impacientándose, con un temblor de cólera en la voz.
Tòni, sin perder energía en sus negativas,
vacilaba, confuso, desorientado, rascándose la barba, bajando los ojos para
reflexionar mejor.
No sabía explicarse. Envidiaba la facilidad de su
capitán para encontrar las palabras. La más simple de sus ideas sufría
angustiosamente antes de surgir de su boca... Pero al fin, poco á poco, entre
balbuceos, fué diciendo su odio contra aquellos monstruos de la industria
moderna que deshonraban el mar con sus crímenes.
Cada vez que leía en los periódicos sus hazañas en
el mar del Norte, una oleada de indignación pasaba por su conciencia de hombre
simple, franco y recto. Atacaban traidoramente escondidos en el agua,
disimulando su ojo asesino y largo, semejante á las antenas visuales de los
monstruos de la profundidad. Esta agresión sin peligro parecía resucitar en su
alma las almas indignadas de cien abuelos mediterráneos, tal vez piratas y
crueles, pero que habían buscado al enemigo frente á frente, con el pecho desnudo,
el hacha en la mano y el arpón de abordaje como únicos medios de pelea.
—¡Si sólo torpedeasen á los buques
armados!—añadió—. La guerra es un salvajismo, y hay que cerrar los ojos ante
sus golpes traidores, aceptándolos como hazañas gloriosas... Pero hacen algo
más: tú lo sabes. Echan á pique buques de comercio, vapores de pasajeros, donde
van mujeres, donde van pequeños.
Sus mejillas curtidas tomaron una coloración de
ladrillo cocido. Le brillaron los ojos con un resplandor azulado. Sentía la
misma cólera que al leer los relatos da los primeros torpedeamientos de grandes
trasatlánticos en las costas de Inglaterra.
Veía la muchedumbre indefensa y pacífica
amontonándose en los botes, que zozobraban; las mujeres arrojándose al mar con
un niño en brazos; toda la confusión mortal de la catástrofe... Luego, el
submarino que emergía para contemplar su obra; los alemanes agrupados en la
cubierta de acero húmedo, riendo y bromeando, satisfechos de la rapidez de su
labor; y en una extensión de varias millas, el mar poblado de bultos negros
arrastrados lentamente por las olas: hombres que flotaban de espaldas,
inmóviles, con los ojos vidriosos fijos en el cielo; niños con la rubia
cabellera tendida como una máscara sobre su rostro lívido; cadáveres de madres
oprimiendo sobre su seno, con fría rigidez, el pequeño cadáver de una criatura
asesinada antes de que pudiera darse cuenta de la vida.
Leyendo el relato de estos crímenes pensaba en su
mujer y en sus hijos, imaginándose que podían haber estado en aquel vapor,
sufriendo la misma suerte de sus inocentes pasajeros. Esta suposición le hacía
sentir una cólera tan intensa, que hasta llegaba á dudar de su cordura el día
en que volviera á tropezarse en cualquier puerto con marinos alemanes... ¿Y
Ferragut, un hombre honrado, un capitán bueno, al que todos elogiaban, podía
ayudar al trasplante de tales horrores en el Mediterráneo?...
¡Pobre Tòni!... No sabía explicarse, pero la idea
de que su mar presenciase estos crímenes daba nuevas vehemencias á su
indignación. El alma del doctor Ferragut parecía revivir en el rudo navegante
mediterráneo. No había visto á Anfitrita, pero temblaba por ella, sin
conocerla, con religioso fervor. Era el azul luminoso de donde habían surgido
los primeros dioses deshonrado por la mancha aceitosa que denuncia un asesinato
en masa; las costas rosadas, cuyas espumas fabricaron á Venus, recibiendo
racimos de cadáveres empujados por las olas; las alas de gaviota de las barcas
de pesca huyendo amedrentadas ante el gris tiburón de acero; su familia y sus
convecinos aterrados al despertar frente al cementerio flotante arrastrado por
la noche hasta sus puertas.
Todo esto lo pensaba, lo veía; pero no acertando á
expresarlo, se limitó á insistir en su protesta.
—¡No!... ¡En nuestro mar, no quiero!
Ferragut, á pesar de su carácter impetuoso, adoptó
un tono de bondad, como un padre que desea convencer á su hijo fosco y
testarudo.
Los sumergibles alemanes se limitarían en el
Mediterráneo á una acción militar. No había cuidado de que atacasen á los
barcos indefensos, como en los mares del Norte. Sus tristes hazañas de allá
habían sido impuestas por las circunstancias, por el sano deseo de terminar
cuanto antes la guerra dando golpes aterradores é inauditos.
—Te aseguro que en nuestro mar no harán nada de
eso. Me lo han dicho personas que pueden saberlo... De no ser así, no me
hubiese comprometido á darles ayuda.
Lo afirmó varias veces, de buena fe, con una
absoluta seguridad en las gentes que le habían hecho la promesa.
—Echarán á pique, si pueden, los navíos de los
aliados que están en los Dardanelos. Pero ¿qué nos importa eso?... ¡Es la
guerra! Cuando en América llevábamos cañones y fusiles á los revolucionarios,
no nos preocupaba el uso que pudieran hacer de ellos.
Tòni insistió en su negativa.
—No es lo mismo... No sé explicarme; pero no es lo
mismo. Al cañón le puede contestar otro cañón. El que pega también recibe
golpes... Pero ayudar á los submarinos es otra cosa. Atacan ocultos, sin
peligro... y á mí no me gustan las traidorías.
Esta insistencia de su segundo acabó por irritar á
Ferragut, desvaneciendo su forzada bondad.
—¡No hablemos más!—dijo con arrogancia—. Soy el
capitán, y mando lo que quiero... He dado mi palabra, y no voy á faltar á ella
por darte gusto... Hemos terminado.
Vaciló Tòni, como si acabase de recibir un golpe en
el pecho. Sus ojos volvieron á brillar, humedeciéndose. Después de una larga
reflexión tendió su diestra velluda al capitán.
—¡Adiós, Ulises!...
El no quería obedecer, y un marino que desacata las
órdenes de su jefe debe desembarcar. En ningún buque viviría como en el Mare
nostrum. Tal vez le faltase colocación; tal vez los otros capitanes no
quisieran de él, por considerarle habituado á una excesiva familiaridad; pero
si era necesario, volvería á ser patrón de barca de cabotaje... ¡Adiós! Aquella
noche no dormiría á bordo.
Ferragut se indignó, hasta gritar de coraje:
—¡Pero no seas bárbaro!... ¡Qué testarudez la
tuya!... ¿A qué vienen esos escrúpulos exagerados?...
Luego sonrió malignamente, y dijo en voz baja:
—Ya sabes que nos conocemos, y no ignoro que en tu
juventud has hecho el contrabando.
Se irguió Tòni con altivez. Ahora era él quien se
indignaba.
—He hecho el contrabando; ¿y qué hay de
extraordinario en eso?... También lo hicieron tus abuelos. No hay en nuestro
mar un solo navegante honrado que no conozca ese pecadillo... ¿A quién se hace
daño con ello?...
El único que podía quejarse era el Estado, vaga
personalidad que nadie sabe dónde habita ni qué cara tiene, y que sufre
diariamente un millón de atentados semejantes. Tòni había visto en las aduanas
á viajeros riquísimos engañar la vigilancia de los empleados por evitarse un
pago insignificante. Toda persona lleva dentro un contrabandista... Además,
gracias á los navegantes del fraude, los pobres fumaban mejor y más barato. ¿A
quién asesinaban con sus negocios?... ¿Cómo se atrevía Ferragut á comparar estas
faltas á la ley, sin perjuicio para las personas, con la tarea de ayudar á los
piratas submarinos en la continuación de sus crímenes?...
El capitán, desarmado por esta lógica simple, quiso
apelar á la seducción.
—Tòni, á lo menos hazlo por mí. Sigamos amigos como
siempre. Yo me sacrificaré en otra ocasión. Piensa que he dado mi palabra.
Y el segundo, algo conmovido por sus ruegos,
contestó dolorosamente:
—No puedo... ¡no puedo!
Necesitaba decir más, completar su pensamiento, y
añadió:
—Soy republicano...
Esta profesión de fe la elevaba como un muro
infranqueable, golpeándose al mismo tiempo el pecho para demostrar la dureza
del obstáculo.
Ulises sintió tentaciones de reír, lo mismo que
hacía siempre ante las afirmaciones políticas de Tòni. Pero la situación no era
para burlas, y siguió hablando con el deseo de convencerle.
¡El amaba la libertad y se ponía del lado del
despotismo!... Inglaterra era la gran tirana de los mares: había provocado la
guerra para reforzar su poderío, y si alcanzaba la victoria, su soberbia no
tendría límites. La pobre Alemania no hacía mas que defenderse... Repitió
Ferragut todo lo que había escuchado en casa de la doctora, para terminar con
tono de reproche:
—¿Y tú estás al lado de los ingleses, Tòni? ¿Tú, un
hombre de ideas avanzadas?...
Se rascó la barba el piloto con una expresión de
perplejidad, rebuscando las palabras fugitivas. No ignoraba lo que debía
responder. Lo había leído en escritos de señores que sabían tanto como su
capitán. Además, había reflexionado mucho sobre esto en sus solitarios paseos
sobre el puente.
—Yo estoy donde debo estar. Estoy con Francia...
Torpemente, con balbuceos y palabras incompletas,
expuso su pensamiento. Francia era el país de la gran Revolución, y él la
consideraba por esto como algo que le pertenecía, uniendo su suerte á la de su
propia persona.
—Y no necesito decir más. En cuanto á Inglaterra...
Aquí hizo una pausa, como el que descansa y toma
fuerzas para dar un salto penoso.
—Siempre habrá una nación—continuó—que esté encima
de las otras... Nosotros apenas somos algo en el presente, y según he leído,
España pesó sobre el mundo entero durante siglo y medio. Estábamos en todas
partes: nos encontraban hasta en la sopa. Después le llegó el turno á Francia.
Ahora es Inglaterra... A mí no me molesta que un pueblo se coloque sobre los
demás. Lo que me interesa es lo que representa ese pueblo: la moda que va á
imponer al mundo.
Ferragut concentraba su atención para comprender lo
que Tòni quería decir.
—Si triunfa Inglaterra—siguió diciendo el piloto—,
será de moda la libertad. ¿Qué me importa su soberbia, si siempre ha de existir
un pueblo soberbio?... Las naciones copiarán seguramente al que gane...
Inglaterra, según dicen, es una República que se paga el lujo de un rey para
las grandes ceremonias. Con ella serán de rigor la paz, el gobierno desempeñado
por los paisanos, la desaparición de los grandes ejércitos, la verdadera
civilización. Si triunfa Alemania, viviremos como en un cuartel, gobernará el militarismo,
criaremos hijos, no para que gocen de la vida, sino para que sean soldados y se
hagan matar en plena juventud. La fuerza como único derecho: esa es la moda
alemana; la vuelta á los tiempos bárbaros bajo una careta de civilización.
Calló un instante, como si recapitulase mentalmente
todo lo dicho, para convencerse de que no había dejado ninguna idea olvidada en
los rincones de su pensamiento. Después se golpeó el pecho. El estaba donde
debía estar, y le era imposible obedecer á su capitán.
—¡Soy republicano!... ¡soy republicano!—repitió con
energía, como si luego de dicho esto no necesitase añadir más.
Ferragut, no sabiendo qué contestar á su entusiasmo
simple y sólido, se entregó á la cólera.
—¡Márchate, bruto!... ¡No quiero verte, mal
agradecido! Yo haré las cosas solo: no te necesito. Me basto para llevar el
buque allá donde me plazca y cumplir mi santa voluntad. Aléjate con todas las
mentiras viejas de que te han atiborrado el cráneo... ¡ignorante!
Su rabia le hizo caer en un sillón, volviendo la
espalda al piloto, ocultando su cabeza entre las manos, para dar á entender con
este silencio despectivo que todo había terminado.
Los ojos de Tòni, cada vez más hinchados y
vidriosos, acabaron por soltar una lágrima... ¡Separarse así después de una
vida fraternal en la que los meses valían por años!...
Avanzó tímidamente para apoderarse de una de las
manos de Ferragut, blanda, desmayada, inexpresiva. Su frío contacto le hizo
vacilar. Se sintió inclinado á ceder... Pero inmediatamente borró esta
debilidad con el tono firme y breve de su voz:
—¡Adiós, Ulises!...
El capitán no le contestó, dejando que se alejase
sin la menor palabra de despedida.
Se hallaba ya el piloto junto á la puerta, cuando
se detuvo para hablarle con una expresión doliente y afectuosa:
—No temas que diga esto á nadie... Todo queda entre
los dos. Inventaré un pretexto para que la gente de á bordo no se extrañe de mi
marcha.
Vacilaba como si tuviese miedo á parecer importuno,
pero añadió:
—Te aconsejo que no intentes ese viaje. Sé cómo
piensan nuestros hombres: no cuentes con ellos. Hasta el tío Caragòl,
que sólo se ocupa de su cocina, te criticará... Tal vez te obedezcan porque
eres el capitán, pero cuando bajen á tierra no serás dueño de su silencio...
Créeme: no lo intentes. Vas á deshonrarte... Tú sabrás por qué causa... ¡Adiós,
Ulises!
Cuando éste levantó la cabeza, el piloto ya había
desaparecido. La soledad pesó de pronto con una gravitación mortal sobre su
pensamiento. Sintió miedo á realizar sus planes sin el auxilio de Tòni. Le
pareció que se había roto la cadena de autoridad que iba desde él á sus gentes.
El piloto se llevaba una parte del prestigio que Ferragut ejercía sobre los
tripulantes. ¿Cómo explicar su desaparición en vísperas de un viaje ilegal que
exigía gran reserva? ¿Cómo asegurarse del silencio de todos?...
Quedó pensativo largo rato, y de pronto abandonó su
sillón, saliendo á la cubierta.
Dió un grito á los marineros que trabajaban en la
limpieza: «¿Dónde está don Antonio? ¡A ver: uno que le llame!»
—¡Don Antòni!... ¡don Antòni!—contestó una
fila de voces de la popa á la proa, mientras el tío Caragòl asomaba
la cabeza á la puerta de sus dominios.
Surgió don Antòni por una
escotilla. Estaba revisando todo el buque antes de despedirse de su capitán.
Este le recibió volviendo el rostro, evitando su mirada, con un gesto complejo
y contradictorio. Sentía la cólera de su vencimiento, la vergüenza de su
debilidad, y junto con esto la gratitud instintiva del que se ve librado de un
mal paso por una mano violenta que lo maltrata y lo salva.
—¡Quédate, Tòni!—dijo con voz sorda—. Nada hay de
lo dicho. Yo recobraré mi palabra como pueda... Mañana sabrás con certeza lo
que vamos á hacer.
La cara solar de Caragòl sonreía
beatíficamente á lo lejos, sin ver nada, sin oír nada. Había presentido algo
grave con la llegada del capitán, su larga entrevista á solas con el segundo, y
la salida de éste, que pasó silencioso y ceñudo ante la puerta de la cocina.
Ahora, el mismo presentimiento le avisaba una reconciliación de los dos
hombres, cuyos bultos distinguía confusamente. ¡Bendito sea el Cristo del
Grao!... Y al saber que el capitán se quedaba á bordo hasta la tarde, se lanzó
á la confección de uno de sus arroces magistrales, para solemnizar la vuelta de
la paz.
Poco antes de la puesta del sol, Ulises se encontró
con su amante en el hotel. Volvió á tierra nervioso é inquieto. Su zozobra le
hacía temer esta entrevista, y al mismo tiempo la deseaba.
«¡Adelante! Yo no soy un niño para sentir tales
miedos», se dijo al entrar en su cuarto y ver á Freya esperándole.
La habló con la brutalidad del que necesita
terminar pronto... «No podía encargarse del servicio que le había pedido la
doctora. Retiraba su palabra. El segundo de á bordo no quería seguirle.»
Estalló la cólera de ella sin ningún miramiento,
con la franqueza de la intimidad. Odiaba á Tòni. «¡Fauno viejo y feo!...» Desde
el primer momento había adivinado en él á un enemigo.
—Pero tú eres dueño del buque—continuó—. Tú puedes
hacer lo que quieras, y no necesitas su ayuda para navegar.
Cuando dijo Ulises que tampoco estaba seguro de su
gente y que el viaje era imposible, la mujer volvió su cólera contra él.
Parecía haber envejecido de golpe diez años. El marino la vió con otra cara, de
una palidez cenicienta, las sienes fruncidas, los ojos con lágrimas iracundas y
una leve espuma en las comisuras de su boca.
—Hablador... embustero... ¡meridional!
Ulises intentó calmarla. Era posible encontrar otro
barco: se ofrecía á ayudarles en la busca. Iba á enviar Mare nostrum á
que le esperase en Barcelona, y él permanecería en Nápoles todo el tiempo que
ella quisiera.
—¡Farsante!... ¡Y yo he creído en ti! ¡Y yo me he
entregado considerándote un héroe, tomando como verdad tus ofertas de
sacrificio!...
Se marchó furiosa, dando un terrible portazo.
«Va á ver á la doctora...—pensó Ferragut—. Todo ha
terminado.»
Lamentó la pérdida de esta mujer, aun después de
haberla visto con su fealdad trágica y pasajera. Al mismo tiempo le escocían
las palabras injuriosas, los insultos cortantes con que había acompañado su
salida. Ya estaba harto de oírse llamar «meridional», como si esto fuese un
estigma.
Paladeó la alegría forzosa, la sensación de falsa
libertad de todo enamorado después de una escena de rompimiento. «¡A vivir!...»
Quiso volver inmediatamente al buque, pero temió la resurrección de sus
recuerdos evocados por la soledad. Era mejor quedarse en Nápoles, ir al teatro,
confiarse á la suerte de un buen encuentro, lo mismo que cuando bajaba á tierra
por unas horas. A la mañana siguiente abandonaría el hotel, con todo su
equipaje, y antes de la puesta del sol estaría navegando en plena mar.
Comió fuera del albergo. Pasó la noche
codeándose con hembras en cafés cantantes, donde un espectáculo insípido y
variado servía de pretexto para disimular la feria de la carne. El recuerdo de
Freya, fresco y vivo, se elevaba entre él y las bocas pintadas cada vez que
éstas le sonreían queriendo atraerle.
A la una de la madrugada subió la escalera del
hotel, sorprendiéndose al ver una raya de luz por debajo de la puerta de su
cuarto. Entró.... Ella le aguardaba leyendo, tranquila y sonriente. Su rostro,
refrescado y retocado con juveniles colores, no guardaba ninguna huella del
furioso crispamiento que lo había ensombrecido horas antes. Estaba vestida con
su pijama hombruno.
Viendo entrar á Ulises, se levantó con los brazos
tendidos.
—¡Di que no me guardas rencor!... ¡Di que me
perdonas!... He sido muy mala contigo esta tarde, lo reconozco.
Se había abrazado á él, frotando su boca contra su
cuello con un arrullo felino. Antes de que el capitán pudiese responder, ella
continuó, con una voz infantil:
—¡Mi tiburón! ¡Mi lobo marino, que me ha hecho
esperar hasta estas horas!... ¡Júrame que no me has sido infiel!... Deja que te
respire. Yo percibo en seguida la huella de otra mujer.
Oliéndole las barbas y el rostro, su boca se
aproximó á la del marino.
—No, no has sido infiel... Encuentro aún mi
perfume... ¡Oh Ulises! ¡héroe mío!...
Le besó con aquel beso absorbente que parecía
apropiarse toda la vida de él, obscureciendo su pensamiento, anulando su
voluntad, haciéndole temblar del occipucio á los talones. Todo quedó olvidado:
ofensas, despechos, propósitos de partida... Y cayó, como siempre, vencido bajo
la caricia vampiresca.
Se hizo la obscuridad; una obscuridad poblada de
suspiros y misteriosos rumores. Una hora después, cuando el silencio era
absoluto, sonó quedamente la voz de Freya. Recapitulaba lo que no se habían
dicho, pero que los dos pensaban á la vez.
—La doctora cree que debes quedarte. Deja que tu
buque se marche con ese fauno feo que sólo sirve de estorbo. Que te espere allá
en tu tierra... Tú puedes hacernos aquí un gran favor... Ya lo sabes: te
quedas... ¡Qué felicidad!
El destino de Ferragut era obedecer á esta voz
amorosa y dominadora... Y en la mañana siguiente, Tòni le vió llegar al vapor
con un aire de mando que no admitía réplica. Mare nostrum debía
partir cuanto antes con rumbo á Barcelona. Confiaba el mando á su segundo. Iría
á reunirse con él tan pronto como terminase ciertos asuntos que le retenían en
Nápoles.
Tòni dilató sus ojos con un gesto de sorpresa.
Quiso responder, pero quedó con la boca abierta, sin atreverse á dar salida á
sus palabras... Era el capitán, y él no iba á permitirse objeciones á todas sus
órdenes.
—Está bien—dijo finalmente—. Sólo te ruego que
vuelvas cuanto antes á encargarte del mando... No olvides lo que pierdes
teniendo el buque amarrado.
Pocos días después de la partida del vapor, cambió
radicalmente el modo de vivir de Ulises.
Ella no quiso continuar alojada en el hotel.
Acometida por un pudor repentino, le molestaban las curiosidades y sonrisas de
pasajeros y criados. Además, quería gozar de una libertad completa en sus
relaciones amorosas. Su amiga, que era para ella como una madre, facilitaba sus
deseos. Los dos iban á vivir en su casa.
Ferragut se sorprendió al conocer la amplitud del
piso ocupado por la doctora. Más allá de su salón existían un sinnúmero de
habitaciones algo destartaladas y sin muebles; un dédalo de tabiques y pasillos
en el que se perdía el capitán, teniendo que apelar al auxilio de Freya. Todas
las puertas del rellano de la escalera, que parecían sin relación con la
mampara verde de la oficina, eran otras tantas salidas de la misma vivienda.
Los amantes se alojaron en un extremo, como si
viviesen en una casa aparte. Una de las puertas era sola para ellos. Ocupaban
un gran salón, rico en molduras y dorados y pobre en mueblaje. Tres sillas, un
diván viejo, una mesa cargada de papeles, de artículos de tocador, de
comestibles, y una cama algo estrecha en uno de los rincones, eran todas las
comodidades de su nueva instalación.
En la calle hacía calor y ellos temblaban de frío
en esta pieza magnífica, donde jamás habían penetrado los rayos solares. Ulises
intentó hacer fuego en una chimenea de mármol de colores, grande como un
monumento, y tuvo que desistir, medio ahogado por el humo. Para ir hasta la
doctora tenían que atravesar un sinnúmero de habitaciones abandonadas y en
fila.
Vivieron como recién casados, en amorosa soledad,
comentando con un regocijo infantil los defectos de su aposento y los mil
inconvenientes de la existencia material. Freya preparaba el desayuno en un
hornillo de alcohol, defendiéndose de su amante, que se creía con mayor
competencia para los trabajos culinarios. Un marino sabe algo de todo.
La proposición de buscar una sirvienta para los más
vulgares menesteres irritó á la alemana.
—¡Nunca!... Tal vez sería una espía.
Y la palabra «espía» tomaba en sus labios una
expresión de inmenso desprecio.
La doctora se ausentaba con viajes frecuentes, y
era Karl, el empleado del escritorio, el que recibía á los visitantes. Algunas
veces atravesaba la fila de piezas desiertas para pedir á Freya un informe, y
ésta le seguía, dejando á su amante por unos momentos.
Al verse Ulises solo, experimentaba un repentino
desdoblamiento de su personalidad. Resurgía el hombre anterior al encuentro en
Pompeya. Veía su buque, veía su casa de Barcelona.
«¿En dónde te has metido?—se preguntaba con
remordimiento—. ¿Cómo terminará todo esto?...»
Pero al sonar los pasos de ella en la habitación
inmediata, al percibir la onda atmosférica producida por el desplazamiento de
su adorable cuerpo, se replegaba en su interior esta segunda persona y un telón
opaco caía en su memoria, dejando visible únicamente la realidad actual.
Con la sonrisa beatífica de los fumadores de opio,
aceptaba la caricia turbadora de sus labios, el enroscamiento de sus brazos,
que le oprimían como boas de marfil.
—¡Ulises! ¡dueño mío!... Los minutos que me separo
de ti me pesan como siglos.
El, en cambio, había perdido la noción del tiempo.
Los días se embrollaban en su memoria, y tenía que pedir ayuda para contar su
paso. Llevaba una semana en casa de la doctora, y unas veces creía que el dulce
secuestro era sólo de cuarenta y ocho horas, otras que había transcurrido cerca
de un mes.
Salían poco. La mañana transcurría insensiblemente
entre los largos desperezamientos del despertar y los preparativos del
almuerzo, confeccionado por ellos mismos. Si había que ir en busca de un
comestible olvidado el día antes, era ella la que se encargaba de la
expedición, queriendo evitarle todo contacto con la vida exterior.
Las tardes eran tardes de harén, pasadas sobre el
diván ó tendidos en el suelo. Ella entonaba á media voz cantos orientales
incomprensibles y misteriosos. De pronto saltaba impetuosamente, como un muelle
que se despliega, como una serpiente que se yergue, y empezaba á bailar casi
sin mover los pies, ondulando sus ágiles miembros... Y él sonreía con estúpido
arrobamiento, tendiendo la diestra hacia un taburete árabe cargado de botellas.
Freya cuidaba de la provisión de licores más aún
que de los comestibles. El marino estaba ebrio, con una borrachera sabiamente
dosificada que nunca iba más allá del período de color de rosa. ¡Pero era tan
feliz!...
Comían fuera de la casa. Algunas veces sus salidas
eran á media tarde, é iban á los restoranes de Possilipo ó del Vomero, los
mismos que lo habían conocido á él como suplicante sin esperanza, y le veían
ahora llevándola del brazo con orgulloso aire de posesión. Si les sorprendía la
noche en su encierro, se dirigían á toda prisa á un café del interior de la
ciudad, una cervecería, cuyo dueño hablaba en voz baja con Freya, empleando el
idioma alemán.
Siempre que la doctora estaba en Nápoles los
sentaba á su mesa, con el aire de una buena madre que recibe á su hija y á su
yerno. Sus lentes escrutadores parecían registrar el alma de Ferragut, como si
dudasen de su fidelidad. Luego se enternecía en el curso de estos banquetes,
compuestos de fiambres á uso alemán, con gran abundancia de bebidas. El amor
era para ella lo más hermoso de la existencia, y no podía ver á los dos
enamorados sin que un vaho de emoción empañase los cristales de sus segundos
ojos.
—¡Ah, capitán!... ¡Quiérala usted mucho!... No la
contraríe, obedézcala en todo... Ella le adora.
Frecuentemente, volvía de sus viajes con visible
mal humor. Ulises adivinaba que había estado en Roma. Otros días se mostraba
alegre, con una alegría irónica y pesada. «Los mandolinistas parecían entrar en
razón. Cada vez contaba Alemania más partidarios entre ellos. En Roma, la
propaganda germánica repartía millones.»
Una noche, la emoción conmovía su áspera
sensibilidad. Traía de su viaje un retrato, que apoyó amorosamente en el vasto
pecho antes de mostrarlo.
—¡Vedlo!—dijo á los dos—. Este es el héroe cuyo
nombre hace derramar lágrimas de entusiasmo á todos los alemanes... ¡Qué honor
para nuestra familia!
El orgullo le hizo apresurarse, arrancando la
fotografía de manos de Freya para pasársela á Ulises. Este vió á un oficial de
marina algo maduro rodeado de numerosa familia. Dos niñas de cabellera rubia
estaban sentadas en sus rodillas. Cinco chiquillos cabezudos y peliblancos
aparecían á sus pies con las piernas cruzadas, alineados por orden de edad.
Junto á sus hombros se extendían en doble ala varias señoritas huesudas, con
las trenzas anudadas en forma de cesto, imitando el peinado de las emperatrices
y grandes duquesas... Detrás se erguía la compañera virtuosa y prolífica,
aventajada por los excesos de una maternidad de repetición.
Ferragut contempló largamente á este patriarca
guerrero. Tenía cara de buena persona, con sus ojos claros y su barba canosa y
puntiaguda. Casi le inspiró una tierna compasión por sus abrumadores deberes de
padre.
Mientras tanto, la voz de la doctora cantaba las
glorias de su pariente.
—¡Un héroe!... Nuestro gracioso kaiser le ha dado
la Cruz de Hierro. Varias capitales lo han hecho ciudadano honorífico... ¡Dios
castiga á Inglaterra!
Y ensalzó la inaudita hazaña de este jefe de
familia. Era el comandante del submarino que había torpedeado á uno de los más
grandes trasatlánticos ingleses. De mil doscientos pasajeros que venían de
Nueva York, estaban ahogados más de ochocientos... Mujeres y niños habían
entrado en la destrucción general.
Freya, más ágil de pensamiento que la doctora, leyó
en los ojos de Ulises... Miraba ahora con asombro la fotografía de este oficial
rodeado de su bíblica prole como un burgués bondadoso. ¿Y un hombre que parecía
bueno había hecho tal carnicería sin arrostrar peligro alguno, oculto en el
agua, con el ojo pegado al periscopio, ordenando fríamente el envío del torpedo
contra la ciudad flotante é indefensa?...
—¡Es la guerra!—dijo Freya.
—¡Claro que es la guerra!—repuso la doctora, como
si le ofendiese el tono de excusa de su amiga—. Y es también nuestro derecho.
Nos bloquean, quieren matar de hambre á nuestras mujeres y nuestros niños, y
nosotros les matamos á los suyos.
Sintió el capitán la necesidad de protestar, sin
hacer caso de los gestos de su amante y de sus tirones ocultos. La doctora le
había dicho muchas veces que Alemania no conocería nunca el hambre, gracias á
su organización, y que podía resistirse años y años con el consumo de sus
propios productos.
—Así es—contestó la dama—. Pero la guerra hay que
hacerla feroz, implacable, para que dure menos. Es un deber humano aterrar á
los enemigos con una crueldad que vaya más allá de lo que puedan imaginarse.
El marino durmió mal aquella noche, con una visible
preocupación. Freya adivinó la presencia de algo que encapaba al influjo de sus
caricias. Al día siguiente persistió este alejamiento pensativo, y ella,
conociendo la causa, quiso disiparlo con sus palabras...
Los torpedeamientos de vapores indefensos sólo se
hacían en las costas de Inglaterra. Había que cortar, fuese como fuese, el
abastecimiento de la isla odiada.
—En el Mediterráneo no ocurrirá nunca eso. Puedo
asegurártelo... Los submarinos sólo atacarán á los buques de guerra.
Y como si temiese un renacimiento de los escrúpulos
de Ulises, extremó sus seducciones en las tardes de voluptuoso encierro. Se
renovaba, para que su amante no conociese el hastío. El, por su parte, llegó á
creer que vivía á la vez con varias mujeres, lo mismo que un personaje
oriental. Freya, al multiplicarse, no hacía mas que girar sobre sí misma,
mostrándole una nueva faceta de su pasada existencia.
El sentimiento de los celos, la amargura de no
haber sido el primero y el único, rejuvenecía la pasión del marino, alejando el
cansancio de la hartura, dando á las caricias de ella el sabor acre,
desesperado y atrayente al mismo tiempo de una forzosa confraternidad con
ignorados antecesores.
Dejando libres sus encantos, iba y venía por el
salón, segura de su hermosura, orgullosa de su cuerpo duro y soberbio, que no
había cedido aún bajo el paso de los años. Unos chales de colores le servían de
vestiduras transparentes. Agitándolos como fragmentos de arco iris en torno de
su marfileña desnudez, esbozaba las danzas sacerdotales, las danzas al terrible
Siva que había aprendido en Java.
De pronto, el frío de la habitación mordía en sus
carnes, despertándola de este ensueño tropical. De un último salto iba á
refugiarse en los brazos de él.
—¡Oh, mi argonauta amado!... ¡Tiburón mío!
Se apelotonaba contra el pecho del navegante,
acariciándole las barbas, empujándolo para incrustarse en el diván, que
resultaba estrecho para los dos.
Adivinaba inmediatamente la causa de su
enfurruñamiento, de la flojera con que respondía á sus caricias, del fuego
sombrío que pasaba por sus ojos... La danza exótica le hacía recordar el pasado
de ella. Y para dominarle de nuevo, sometiéndolo á una dulce pasividad, saltaba
del diván, corriendo por la habitación.
—¿Qué le daré á mi hombrecito malo para que sonría
un poco?... ¿Qué le haré para que olvide sus malas ideas?...
Los perfumes eran su afición dominante. Como ella
misma declaraba, podía faltarle que comer, pero nunca las esencias más ricas y
costosas. En aquel salón de muebles escasos, semejante al interior de una
tienda de campaña, los frascos tallados, con cerraduras doradas y niqueladas,
asomaban entre ropas y papeles, surgían de los rincones, denunciando el olvido
en que vivían con su embriagadora respiración.
—¡Toma!... ¡toma!
Y derramaba los perfumes preciosos como si fuesen
agua sobre la cabeza de Ferragut, sobre sus barbas rizosas, teniendo el marino
que cerrar los párpados para no quedar ciego bajo el loco bautismo.
Ungido y oloroso como un déspota asiático, el
fuerte Ulises se revolvía algunas veces contra este afeminamiento. Otras lo
aceptaba, con la delectación de un placer nuevo.
Veía abrirse de pronto un ventanal en su
imaginación, y pasaban por este cuadro luminoso la melancólica Cinta, su hijo
Esteban, el puente del buque, Tòni junto al timonel.
«¡Olvida!—gritaba la voz de los malos consejos,
borrando la visión—. ¡Goza del presente!... Tiempo te queda para ir en busca de
ellos.»
Y se sumía otra vez en su bienestar artificioso y
refinado, con el egoísmo del sátrapa que, luego de ordenar varias crueldades,
se encierra en el harén.
Lienzos finísimos esparcidos al azar se arrollaban
á su cuerpo ó le servían de almohada. Eran prendas interiores de ella, pétalos
desprendidos de su hermosura, pantalones y camisas que guardaban la tibieza y
el perfume de su carne. Los equipajes de los dos estaban confundidos, como si
sufriesen la misma atracción que juntaba sus cuerpos con un enlazamiento
continuo. Si Ferragut necesitaba buscar un objeto de su pertenencia, se perdía
en el oleaje de faldas, enaguas de seda, ropa blanca, perfumes y retratos tendido
sobre los muebles ó encrespado en los rincones.
Cuando Freya no se apelotonaba en sus brazos,
cansada de danzar en el centro del salón, abría una caja de sándalo. En ella
guardaba todas sus joyas, volviendo á extraerlas con nerviosa inquietud, como
si temiera que se evaporasen en el encierro. Su amante tenía que oír las graves
explicaciones con que acompañaba la exhibición de sus tesoros.
—¡Toca!—decía mostrándole la sarta de perlas unida
casi siempre á su cuello.
Estos granos de resplandor lunar eran para ella
animalillos vivientes, criaturas que necesitaban el contacto de su piel para
alimentarse con su jugo. Se impregnaban de la esencia del que las llevaba:
bebían su vida.
—¡Han dormido tantas noches sobre mí!—murmuraba
contemplándolas amorosamente—. Ese ligero tono de ámbar se lo he dado yo con mi
calor.
Ya no eran una joya: formaban parte de su
organismo. Podían palidecer y morir si pasaban varios días olvidadas en el
fondo de la caja.
Después iba sacando del perfumado encierro todas
las joyas que constituían su orgullo: pendientes y sortijas de gran precio
revueltos con otras alhajas exóticas de bizarras formas y escaso valor
adquiridas en sus viajes.
—¡Mira bien!—decía gravemente á Ferragut mientras
frotaba contra su brazo desnudo el enorme brillante de una de sus sortijas.
Al calentarse, la piedra preciosa se convertía en
imán. Un pedazo de papel colocado á unos cuantos centímetros lo atraía con
irresistible revoloteo.
A continuación frotaba una de aquellas joyas
exóticas y falsas con gruesos vidrios tallados, y el pedacito de papel quedaba
inmóvil, sin estremecerse bajo los efectos de la atracción.
Freya, satisfecha de estas experiencias, guardaba
sus tesoros en la cajita y la repelía con pasajero tedio, para arrojarse sobre
Ulises lo mismo que una bestia que quiere morder.
Estos largos encierros en una atmósfera cargada de
esencias, de tabaco oriental, de respiración de carne femenil, desordenaban el
pensamiento de Ferragut. Además, bebía para dar nuevo vigor á su organismo, que
empezaba á quebrantarse con los monstruosos excesos de la voluptuosa reclusión.
Al más leve signo de fastidio, Freya caía sobre él con sus labios dominadores.
Si lo dejaba libre de sus brazos, era para ofrecerle la copa llena de licores
fuertes.
La embriaguez, al apoderarse de él, entornando sus
ojos, evocaba siempre idénticos ensueños. En sus siestas de ebrio saciado y
feliz, reaparecía Freya, que no era Freya, sino doña Constanza, la emperatriz
de Bizancio. La veía vestida de labradora, tal como figuraba en el cuadro de la
iglesia de Valencia, y al mismo tiempo completamente desnuda, igual que la otra
cuando danzaba en el salón.
Esta doble imagen, que se separaba y se juntaba
caprichosamente con las inverosimilitudes del ensueño, decía siempre lo mismo.
Freya era doña Constanza perpetuándose á través de los siglos, tomando nuevas
formas. Había nacido de la unión de un alemán y una italiana, igual que la
otra... Pero la púdica emperatriz sonreía ahora de su desnudez; estaba
satisfecha de ser simplemente Freya. La infidelidad marital, la persecución y
la pobreza, habían sido el resultado de su primera existencia, tranquila y virtuosa.
«Ahora conozco la verdad—continuaba diciendo doña
Constanza con una sonrisa dulcemente impúdica—. Sólo existe el amor; lo demás
es engaño. ¡Bésame, Ferragut!... He vuelto á la vida para recompensarte. Tú me
diste la virginidad de tu cariño; me deseaste antes de ser hombre.»
Y su beso era igual al de la espía, un beso
absorbente que tiraba de toda su persona, haciéndole despertar... Al abrir los
ojos, veía á Freya abrazada á él y con la boca junto á la suya.
—¡Levántate, mi lobo marino!... Ya es de noche.
Vamos á comer.
Fuera de la casa, Ulises aspiraba el viento del
crepúsculo, mirando las primeras estrellas que empezaban á brillar sobre los
tejados. Sentía la fresca delectación y la flojedad de piernas de la odalisca
que sale de su encierro.
Terminada la comida, andaban por las calles más
obscuras ó seguían los paseos de la ribera, huyendo de la gente. Una noche se
detuvieron en los jardines de la Villa Nazionale, junto al banco
que había presenciado su lucha á la vuelta de Possilipo.
—¡Aquí me quisiste matar, ladrón!... ¡Aquí me
amenazaste con tu revólver, bandido mío!...
Ulises protestó... «¡Vaya un modo de recordar las
cosas!» Pero ella dió fin á sus rectificaciones con un autoritarismo audaz y
mentiroso.
—Fuiste tú... ¡fuiste tú!... Lo digo y basta. Es
preciso que te acostumbres á aceptar lo que yo afirme.
En la cervecería donde comían las más de las
noches, falso salón medioeval, con vigas de artesonado hechas á máquina,
paredes de yeso imitando el roble y vidrieras neogóticas, el dueño mostraba
como gran curiosidad un jarro de figurillas grotescas entre los bocks de
porcelana que adornaban las repisas del zócalo.
Ferragut lo reconoció inmediatamente: era un jarro
antiguo peruano.
—Sí; es una huaca—dijo ella—. Yo
también he estado allá... Nos dedicábamos á fabricar antigüedades.
Freya interpretó mal el gesto que hizo su amante.
Creyó que se asombraba ante lo inaudito de esta fabricación de recuerdos
incásicos. «Alemania es grande. Nada se resiste al poder de adaptación de su
industria...»
Y los ojos de ella brillaron con un fuego de
orgullo al enumerar estas hazañas de falsa resurrección histórica. Habían
llenado museos y colecciones particulares de estatuillas egipcias y fenicias
recién hechas. Luego habían fabricado en tierra alemana antigüedades del Perú
para venderlas á los viajeros que visitaban el antiguo Imperio de los incas.
Unos indígenas á sueldo se encargaban de desenterrarlas oportunamente, con gran
publicidad. Ahora, la moda favorecía al arte negro, y los coleccionistas buscaban
los ídolos horribles de madera tallados por las tribus del interior de África.
Pero lo que interesaba á Ferragut era el plural
empleado por ella al hablar de tales industrias. ¿Quién fabricaba las
antigüedades peruanas?... ¿Era su marido el sabio?...
—No—dijo Freya tranquilamente—; fué otro: un
artista de Munich. Tenía escaso talento para la pintura, pero una gran
inteligencia para los negocios. Volvimos del Perú con la momia de un inca, que
paseamos por casi todos los museos de Europa, sin encontrar quien la comprase.
Un mal negocio. Guardábamos al inca en nuestro cuarto del hotel, y...
Ferragut no se interesó con las andanzas del pobre
monarca indio arrancado al reposo de su tumba... ¡Uno más! Cada confidencia de
Freya sacaba un nuevo antecesor de las tinieblas de su pasado.
Al salir de la cervecería, el capitán marchó con
aspecto sombrío. Ella, por el contrario, reía de sus recuerdos, viendo á través
de los años, con un optimismo halagador, esta lejana aventura de su época de
bohemia; regocijándose al evocar la carroña del inca paseada de hotel en hotel.
De pronto estalló la cólera de Ulises... El oficial
holandés, el sabio naturalista, el cantante que se pegó un tiro, y ahora el
falsificador de antigüedades... Pero ¿cuántos hombres había en su existencia?
¿Cuántos quedaban aún por llegar?... ¿Por qué no los soltaba todos de una
vez?...
Freya quedó sorprendida por la violencia del
exabrupto. Le daba miedo la cólera del marino. Luego rió, apoyándose con fuerza
en su brazo, tendiendo el rostro hacia él.
—¡Tienes celos!... ¡Mi tiburón tiene celos! Sigue
hablando. No sabes lo que me gusta oírte. ¡Quéjate!... ¡pégame!... Es la
primera vez que veo á un hombre con celos. ¡Ah, los meridionales!... Por algo
os adoran las mujeres.
Y decía verdad. Experimentaba una sensación nueva
ante esta cólera viril provocada por el despecho amoroso. Ulises se le aparecía
como un hombre distinto á todos los que había conocido en su existencia
anterior, fríos, acomodaticios y egoístas.
—¡Ferragut mío!... ¡Mi mediterráneo! ¡Cómo te amo!
Ven... ven... Necesito recompensarte.
Estaban en una calle céntrica, junto á la esquina
de un callejón que formaba una cuesta de rellanos. Ella le empujó, y á los
primeros pasos en la estrecha y obscura vía se abrazó á él, volviendo la
espalda al movimiento y la luz de la gran calle para besarlo con aquel beso que
hacía temblar las piernas del capitán.
Aplacado en su cólera, siguió quejándose durante el
resto del paseo. ¿Cuántos le habían precedido?... Necesitaba conocerlos. Quería
saber, por lo mismo que esto le causaba un daño horrible. Era el sádico deleite
del celoso que persiste en arañar su herida.
—Quiero conocerte—repitió—. Debo conocerte, ya que
me perteneces. ¡Tengo derecho!...
Este derecho, invocado con una testarudez infantil,
hizo sonreír á Freya dolorosamente. Largos siglos de experiencia parecieron
asomar en el fruncimiento melancólico de su boca. Brilló en ella la sabiduría
de la mujer, más cauta y previsora que la del hombre, por ser el amor su única
preocupación.
—¿Por qué quieres saber?—preguntó con desaliento—.
¿Qué adelantas con eso?... ¿Serás acaso más feliz cuando sepas?...
Calló durante algunos pasos, y luego dijo
sordamente:
—Para amar no es preciso conocerse. Todo lo
contrario: un poco de misterio mantiene la ilusión y aleja la hartura... El que
quiere saber nunca es dichoso.
Siguió hablando. La verdad tal vez era buena en las
otras cosas de la existencia, pero resultaba fatal para el amor. Era demasiado
fuerte, demasiado cruda. El amor se asemejaba á ciertas mujeres, bellas como
diosas á una luz artificial y discreta, horribles como monstruos bajo los
resplandores quemantes del sol.
—Créeme: repele esas quimeras del pasado. ¿No te
basta el presente?... ¿No eres feliz?
Y necesitando convencerla de que lo era, pobló
aquella noche el cerrado misterio del dormitorio con una serie interminable de
voluptuosidades feroces, exasperadas, que hicieron caer á Ulises en un
anonadamiento pesado y dulce á la vez.
Tenía la convicción de su vileza. Adoraba y
detestaba á esta mujer que dormía á su lado con un cansancio impuro... ¡Y no
poder separarse!...
Ansioso de encontrar una excusa, evocó la imagen de
su cocinero tal como era cuando filosofaba en el rancho de la marinería. Para
desear los mayores males á un enemigo, este varón cuerdo formulaba siempre el
mismo anatema: «¡Permita Dios que encuentres una mujer arreglada á tu
gusto!...»
El piadoso y malhablado Caragòl no
designaba á la mujer por entero, circunscribiéndose á nombrar la parte más
interesante de su sexo; pero la maldición era la misma.
Ferragut había encontrado la mujer «arreglada á su
gusto» y era esclavo para siempre de su suerte. La seguiría, á través de todos
los envilecimientos, hasta donde ella quisiera llevarle; cada vez con menos
energía para protestar, aceptando las situaciones más deshonrosas á cambio del
amor... ¡Y siempre sería así! ¡Y él, que se consideraba meses antes un hombre
duro y dominador, acabaría por suplicar y llorar si ella se alejaba!... ¡Ah,
miseria!...
En las horas de tranquilidad, cuando la hartura les
hacía conversar plácidamente como dos amigos del mismo sexo, Ulises evitaba las
alusiones al pasado y le dirigía preguntas sobre su vida actual. Le preocupaban
los trabajos misteriosos de la doctora; quería conocer la parte que tomaba
Freya en ellos, con el interés que inspiran siempre las acciones más fútiles de
la persona amada. ¿No pertenecía él á la misma asociación por el hecho de
obedecer sus órdenes?...
Las respuestas eran incompletas. Ella se había
limitado á obedecer á la doctora, que lo sabía todo... Luego vacilaba,
rectificándose. No; su amiga no podía saberlo todo. Por encima de ella estaban
el conde y otros personajes que venían de tarde en tarde á visitarla, como
viajeros de paso. Y la cadena de agentes, de menor á mayor, se perdía en
misteriosas alturas que hacían palidecer á Freya, poniendo en sus ojos y en su
voz una expresión de supersticioso respeto.
Únicamente le era lícito hablar de sus trabajos, y
lo hacía discretamente, contando los procedimientos que había empleado, pero
sin nombrar á sus colaboradores ni decir cuál era su finalidad. Las más de las
veces se había movido sin saber adónde convergían sus esfuerzos, como voltea
una rueda, conociendo únicamente su engranaje inmediato, ignorando el conjunto
de la maquinaria y la clase de producción á que contribuye.
Se admiró Ulises de los inverosímiles y grotescos
procedimientos empleados por los agentes del espionaje.
—¡Pero eso es de novela de folletón!... Son medios
gastados y ridículos que todos pueden aprender en libros y melodramas.
Freya asentía. Por eso mismo los empleaban. El
medio más seguro de desorientar al enemigo era valerse de procedimientos
vulgares; así, el mundo moderno, inteligente y sutil, se resistía á creer en
ellos. Bismarck había engañado á toda la diplomacia europea diciendo
simplemente la verdad, por lo mismo que nadie esperaba que la verdad saliese de
su boca. El espionaje alemán se agitaba como los personajes de una novela
policíaca, y la gente no quería creer en sus trabajos, aunque estos trabajos
pasasen ante sus ojos, por parecerle demasiado gastados y fuera de moda.
—Por eso—continuó ella—cada vez que Francia
descubría una parte de nuestros manejos, la opinión mundial, que sólo cree en
cosas ingeniosas y difíciles, se reía de ella, considerándola atacada del
delirio de persecuciones.
La mujer entraba por mucho en el servicio de
espionaje. Las había sabias como la doctora, elegantes como Freya, venerables y
con un apellido célebre, para obtener la confianza que inspira una viuda noble.
Eran numerosas, pero no se conocían unas á otras. Algunas veces se tropezaban
en el mundo, se presentían, pero cada una continuaba su camino, empujadas en
distintas direcciones por la fuerza omnipotente y oculta.
Le mostró retratos suyos que databan de algunos
años. Ulises tardó en reconocerla al contemplar la fotografía de una japonesa
delgada, jovencita, envuelta en un kimono sombrío.
—Soy yo, cuando estuve allá. Nos interesaba conocer
la verdadera fuerza de ese pueblo de hombrecitos con ojos de ratón.
El otro retrato aparecía con falda corta, botas de
montar, camisa de hombre y un fieltro de cow-boy. Era del
Transvaal. También había andado por el Sur de África, en compañía de otros
alemanes del «servicio», para sondear el estado de ánimo de los boers bajo la
dominación inglesa.
—Yo he estado en todas partes—afirmó ella con
orgullo.
—¿También en París?—dijo el marino.
Dudó antes de contestar, pero al fin hizo un
movimiento de cabeza... Había estado muchas veces en París. La guerra le había
sorprendido viviendo en el Gran Hotel. Afortunadamente, recibió aviso dos días
antes de la ruptura de hostilidades, pudiendo librarse de quedar prisionera en
un campo de concentración... Y no quiso decir más. Era verbosa y franca al
relatar los trabajos pasados, pero el recuerdo de los recientes le infundía una
reserva inquieta y medrosa.
Para torcer el curso de la conversación, habló de
los peligros que la habían amenazado en sus viajes.
—Necesitamos ser valientes... La doctora, tal como
la ves, es una heroína... Ríete; pero si conocieses su arsenal, tal vez te
infundiese miedo. Es una científica.
La grave señora experimentaba una repugnancia
invencible por las armas vulgares. Freya le conocía todo un botiquín portátil
lleno de anestésicos y venenos.
—Además, lleva encima un saquito repleto de ciertos
polvos de su invención: tabaco, pimienta... ¡demonios! El que los recibe en los
ojos queda ciego. Es como si le echasen llamas.
Ella era menos complicada en sus medios de defensa.
Tenía el revólver, arma que lograba ocultar como esconden el aguijón ciertos
insectos, sin saberse nunca con certeza de dónde volvía á surgir. Y por si no
le era posible valerse de él, contaba con el alfiler de su sombrero.
—Míralo... ¡Con qué gusto lo clavaría en el corazón
de muchos!...
Y le mostró una especie de puñal disimulado, un
estilete sutil y triangular de verdadero acero, rematado por una perla larga de
vidrio que podía servir de empuñadura.
«¡Entre qué gente vives!—murmuraba en el interior
de Ferragut la voz de la cordura—. ¡Dónde te has metido, hijo mío!»
Pero su tendencia á desafiar el peligro, á no vivir
como los demás, le hizo encontrar un profundo encanto á esta existencia
novelesca.
La doctora ya no emprendió más viajes. En cambio
aumentaban sus visitantes. Algunas veces, cuando Ulises intentaba dirigirse
hacia sus habitaciones, le detenía Freya.
—No vayas... Tiene una consulta.
Al abrir la puerta del rellano que correspondía á
su alojamiento, vió en varias ocasiones la mampara verde de la oficina
cerrándose detrás de muchos hombres, todos ellos de aspecto germánico: viajeros
que venían á embarcarse en Nápoles con cierta precipitación, vecinos de la
ciudad que recibían órdenes de la doctora.
Esta se mostró más preocupada que de costumbre. Sus
ojos pasaban con distracción sobre Freya y el marino, como si no los viese.
—Malas noticias de Roma—decía á Ferragut su
amante—. Estos mandolinistas malditos se nos escapan.
Ulises empezó á sentir la saciedad de los días
voluptuosos, que se sucedían siempre iguales. Sus sentidos se embotaban con
tantos placeres repetidos maquinalmente. Además, un monstruoso desgaste le
hacía pensar por instinto defensivo en la vida tranquila del hogar.
Tímidamente hacía cálculo sobre su dulce reclusión.
¿Cuánto tiempo vivía en ella?... Su memoria confusa y nebulosa pedía auxilio.
—Quince días—contestaba Freya.
De nuevo insistía en sus cálculos, y ella le
afirmaba que sólo iban transcurridas tres semanas desde que su vapor partió de
Nápoles.
—Tendré que irme—decía Ulises con vacilación—. Me
esperan en Barcelona: no tengo noticias... ¿Qué será de mi buque?...
Ella, que le escuchaba con aire distraído, no
queriendo entender sus tímidas insinuaciones, respondió una tarde
categóricamente:
—Se acerca el momento de que cumplas tu palabra, de
que te sacrifiques por mí. Luego podrás marcharte á Barcelona, y yo... yo iré á
juntarme contigo. Si no puedo ir, ya nos encontraremos... El mundo es pequeño.
Su pensamiento no llegaba más allá de este
sacrificio exigido á Ferragut. Luego, ¿quién podía saber dónde iría ella á
parar?...
Dos tardes después, la doctora y el conde llamaron
al marino. La voz de la dama, siempre bondadosa y protectora, tomó esta vez un
leve acento de mando.
«Todo está listo, capitán.» Como no había podido
disponer de su vapor, ella le tenía preparado otro buque. Debía limitarse á
seguir las instrucciones del conde. Este le enseñaría el barco cuyo mando iba á
tomar.
Se marcharon juntos los dos hombres. Era la primera
vez que Ulises salía á la calle sin Freya, y á pesar de su entusiasmo amoroso,
sintió una agradable sensación de libertad.
Descendieron á la ribera, y en el pequeño puerto de
la isla del Huevo pasaron el tablón que servía de puente entre el muelle y una
goleta pequeña de casco verdoso. Ferragut, que la había apreciado exteriormente
de una sola ojeada, corrió su cubierta... «Ochenta toneladas.» Luego examinó el
aparejo y la máquina auxiliar, un motor á petróleo que le permitía hacer siete
millas por hora cuando el velamen no encontraba viento.
Había visto en la popa el nombre del buque y su
procedencia, adivinando en seguida la clase de navegación á que estaba
dedicado. Era una goleta siciliana de Trápani, construida para la pesca. Un
calafate artista había esculpido una langosta de madera subiendo por el timón.
Por los dos lados de la proa se remontaba un doble rosario de cangrejos,
tallados con la prolijidad inocente de un imaginero medioeval.
Al asomarse á una escotilla vió la mitad de la cala
llena de cajas. Ferragut reconoció este cargamento. Cada una de las cajas
contenía dos latas de esencia de petróleo.
—Muy bien—dijo al conde, que había permanecido
silencioso á sus espaldas, siguiéndole en todas sus evoluciones—. ¿Dónde está
la tripulación?...
Kaledine le señaló tres marineros algo viejos
acurrucados en la proa y un muchacho vestido de andrajos. Eran veteranos del
Mediterráneo, silenciosos y ensimismados, que obedecían maquinalmente las
órdenes, sin preocuparse de adonde iban ni de quién los mandaba.
—¿No hay más?—preguntó Ferragut.
El conde aseguró que otros hombres vendrían á
reforzar la tripulación en el momento de la salida. Esta iba á ser tan pronto
como la carga quedase terminada. Había que tomar ciertas precauciones para no
llamar la atención.
—De todos modos, esté usted pronto para embarcarse,
capitán. Tal vez le avise con sólo un par de horas de avance.
En la noche, hablando á Freya, se asombró Ulises de
la prontitud con que la doctora había encontrado un buque, de la discreción con
que hacían su carga, de todos los detalles de este negocio, que se desarrollaba
fácil y misteriosamente en la misma boca de un gran puerto, sin que nadie se
percatase de ello.
Su amante afirmó con orgullo que Alemania sabía
conducir bien sus asuntos. No era la doctora la que obraba tales prodigios.
Todos los negociantes germánicos de Nápoles y Sicilia le habían dado ayuda... Y
convencida de que el capitán iba á ser avisado de un momento á otro, puso en
orden su equipaje, arreglando una pequeña maleta que le había de acompañar en
la corta navegación.
Al anochecer del día siguiente el conde vino á
buscarle. Todo estaba listo: el buque esperaba á su capitán.
La doctora despidió á Ulises con cierta solemnidad.
Se hallaban en el salón, y dió una orden en voz baja á Freya. Esta salió para
volver inmediatamente con una botella estrecha y larga. Era vino añejo del
Rhin, regalo de un comerciante de Nápoles, que guardaba la doctora para una
ocasión extraordinaria. Llenó cuatro vasos; y tomando el suyo, miró en torno de
ella con indecisión.
—¿Dónde cae el Norte?
El conde lo señaló silenciosamente. Entonces la
dama fué levantando su vaso con solemne lentitud, como si ofreciese una
libación religiosa al misterioso poder oculto en el Norte, lejos, muy lejos.
Kaledine la imitó con el mismo gesto de fervor.
Ulises iba á llevarse el vaso á los labios,
queriendo ocultar un principio de risa provocado por la gravedad de la
imponente señora.
—Haz lo mismo que ellos—murmuró Freya junto á su
oído.
Y los dos brindaron mudamente, con los ojos vueltos
hacia el Norte.
—¡Buena suerte, capitán!—dijo la doctora—. Volverá
usted pronto y con toda felicidad, ya que trabaja por una causa justa... Nunca
olvidaremos sus servicios.
Freya quiso acompañarlo hasta el buque. El conde
inició una protesta, pero se contuvo viendo el gesto bondadoso de la sensible
dama. «¡Se amaban tanto!... Había que conceder algo al amor...»
Bajaron los tres por las calles pendientes de
Chiaia hasta la ribera de Santa Lucía. Ferragut, á pesar de su preocupación, se
fijó en el aspecto del conde. Iba vestido de azul y con gorra negra, lo mismo
que un yachtman que se prepara á tomar parte en una carrera de
balandros. Sin duda había adoptado este traje para hacer más solemne la
despedida.
En los jardines de la Villa Nazionale se
detuvo Kaledine, dando una orden á Freya. No toleraba que pasase más adelante.
Podía llamar la atención en el pequeño puerto de la isla del Huevo, frecuentado
sólo por pescadores. El tono de la orden fué cortante, imperioso, y ella
obedeció sin protesta, como si estuviese habituada á tal superioridad.
—¡Adiós!... ¡adiós!
Olvidando la presencia del testigo severo, abrazó á
Ulises ardorosamente. Después rompió á llorar con un estertor nervioso. Le
pareció á él que nunca había sido tan sincera como en este momento, y tuvo que
esforzarse para salir del anillo de sus brazos. «¡Adiós!... ¡adiós!...» Luego
marchó detrás del conde, sin atreverse á volver la cabeza, presintiendo que
ella le seguía con los ojos.
En la ribera de Santa Lucía vió de lejos su antiguo
hotel con las ventanas iluminadas. El portero precedía los pasos de un joven
que acababa de descender de un carruaje llevando su maleta. Ferragut se acordó
de pronto de su hijo Esteban. El viajero adolescente ofrecía de lejos cierta
semejanza con él... Y siguió adelante, sonriendo con amargura de este recuerdo
inoportuno.
Al entrar en la goleta encontró á Karl, el
dependiente de la doctora, que había traído su pequeño equipaje y acababa de
instalarlo en el camarote. «Podía retirarse...» Luego pasó revista á la
tripulación. Además de los tres sicilianos viejos, vió ahora siete mocetones
rubios y carnudos con los brazos arremangados. Hablaban italiano, pero el
capitán no tuvo dudas sobre su verdadera nacionalidad.
Empezaron varios de ellos á levar el ancla, y
Ferragut miró al conde como si le invitase á salir. El buque se despegaba poco
á poco del muelle. Iban á retirar la tabla que servía de puente.
—Yo voy también—dijo Kaledine—. Me interesa el
paseo.
Ulises, que estaba dispuesto á no sorprenderse de
nada en este viaje extraordinario, se limitó á una exclamación de alegría
cortés. «¡Tanto mejor!...» Ya no se ocupó de él, dedicándose á sacar el barco
del pequeño puerto, dirigiendo su rumbo hacia la salida del golfo. Los vidrios
de la ribera de Santa Lucía temblaron con el ronquido del motor de la goleta,
máquina vieja y escandalosa, que imitaba el chapoteo de un perro cansado.
Mientras tanto, las velas se tendían á lo largo de los mástiles, aleteando bajo
los primeros manotones del viento.
Tres días duró la navegación. En la primera noche
el capitán paladeó el voluptuoso egoísmo del descanso á solas. Ya no tenía una
mujer á su lado como prolongación inevitable; vivía entre hombres... Y apreció
la castidad como un placer que se le ofrecía con todos los encantos de lo
nuevo.
La segunda noche, en la estrecha y maloliente
cámara del patrón, se sintió desvelado por los recuerdos, que volvían á
retoñar. ¡Oh, Freya!... ¡Cuándo la vería otra vez!...
El conde y él hablaron poco, pero pasaban largas
horas juntos, sentados al lado de la rueda del timón, mirando el mar. Eran más
amigos que en tierra, aunque se cruzaban entre ellos escasas palabras. La vida
común aminoraba la altivez del fingido diplomático y hacía que el capitán
descubriese nuevos méritos en su persona.
La soltura con que andaba por el buque y ciertas
palabras técnicas empleadas contra su voluntad no permitieron á Ferragut más
dudas sobre su verdadera profesión.
—Usted es marino—dijo de pronto.
Y el conde asintió, juzgando inútil el disimulo.
Sí, era marino.
«Entonces, ¿qué hago yo aquí? ¿Para qué me han dado
el mando?...» Así pensó Ferragut, sin atinar por qué buscaba su concurso este
hombre que podía dirigir el buque sin ayuda ajena.
Indudablemente era un oficial de marina, y también
debían proceder de una flota todos los marineros rubios que trabajaban como
autómatas. La disciplina les hacía acatar las órdenes de Ferragut, pero se
adivinaba que para ellos su mando no pasaba de ser una simple delegación, y que
el verdadero jefe de á bordo era el conde.
La goleta pasó á la vista del archipiélago de
Lípari; luego, torciendo el rumbo hacia el Oeste, siguió las costas de Sicilia
desde el cabo Gallo al cabo de San Vito. A partir de aquí puso su proa al
Sudoeste, yendo en busca de las islas Egades.
Debía esperar en estas aguas, donde empieza á
angostarse el Mediterráneo entre Túnez y Sicilia, irguiéndose el pico volcánico
de la isla Pantelaria en mitad del inmenso estrecho.
Le bastaban al conde breves indicaciones para que
el rumbo seguido por Ferragut fuese con arreglo á sus deseos. Acabó por no
ocultar la admiración que le inspiraba su maestría de navegante.
—Conoce usted bien su mar—dijo el conde.
El capitán se encogió de hombros sonriendo. Era
verdaderamente suyo. Podía llamarle mare nostrum, lo mismo que los
romanos, sus antiguos dominadores.
Como si adivinase el fondo á simple vista, mantuvo
el buque en los límites del extenso banco de la Aventura. Navegaba lentamente
con sólo algunas velas, cruzando y recruzando las mismas aguas.
Kaledine, al transcurrir dos días, empezó á
inquietarse. Varias veces oyó Ferragut cómo murmuraba el nombre de Gibraltar.
El paso del Atlántico al Mediterráneo era el mayor peligro para los que él
esperaba.
Desde la cubierta de la goleta sólo se podía ver á
corta distancia, y el conde trepó repetidas veces por las escalas de cuerda de
la arboladura, para abarcar con sus ojos un espacio más extenso.
Una mañana gritó desde lo alto al capitán,
señalándole un punto del horizonte. Debía hacer rumbo en la misma dirección.
Allí estaban los que él buscaba.
Ferragut le obedeció, y media hora después fueron
apareciendo, uno tras otro, dos buques prolongados y bajos de borda, que
navegaban con gran velocidad. Eran como destroyers, pero sin mástiles, sin
chimeneas, deslizándose casi á ras del agua, pintados de un color gris que les
hacía confundirse con el mar á cierta distancia.
Se colocaron á ambos lados del velero,
aproximándose á él de tal modo, que parecía que iban á aplastarlo con el
encontrón de sus cascos. Varios cables metálicos surgieron de sus cubiertas
para enroscarse en los palos de la goleta, aprisionándola, formando una sola
masa de los tres buques, que siguieron unidos la lenta ondulación del mar.
Ulises examinó curiosamente á los dos compañeros de
flotación. ¿Estos eran los famosos submarinos?... Vió en su cubierta de acero
escotillas redondas y salientes como chimeneas, por las que asomaban grupos de
cabezas. Los oficiales y tripulantes iban vestidos como pescadores de las
costas del Norte, con traje impermeable de una sola pieza y casco encerado.
Muchos de ellos agitaron en lo alto estos cascos, y el conde les respondió
tremolando su gorra. Los marineros rubios de la goleta gritaron, contestando á
las aclamaciones de sus camaradas de los sumergibles: «¡Deutschland über
alles!...»
Pero este entusiasmo en medio de la soledad del
mar, que equivalía á un canto da triunfo, duró muy poco. Sonaron pitos,
corrieron hombres por las aceradas cubiertas, y Ferragut vió invadido su buque
por dos filas de marineros. En un momento quedaron abiertas las escotillas,
sonó un ruido de maderas rotas, y las latas de esencia empezaron á
transbordarse por ambos lados. En torno del velero se pobló el agua de cajones
abiertos, que se alejaban con mansa flotación.
El conde oía en la popa á un hombre vestido de tela
impermeable, que era un oficial.
Relataba el paso por el estrecho de Gibraltar
completamente sumergidos, viendo por el periscopio los torpederos ingleses en
patrulla de vigilancia.
—Nada, comandante—continuó el oficial—; ni el menor
incidente... Una navegación magnífica.
—¡Que Dios castigue á Inglaterra!—dijo el conde,
llamado ahora comandante.
—¡Que Dios la castigue!—repuso el oficial, como si
dijese «amén».
Ferragut se vió olvidado, desconocido por todos
estos hombres que llenaban la goleta. Algunos marineros le empujaron en la
precipitación de su trabajo. Era el patrón del velero, un civil falto de
jerarquía al estar entre hombres de guerra.
Empezó á comprender por qué motivo le habían dado
el mando del pequeño buque. El conde se quedaba. Le vió acercarse como si de
repente se acordase de él, tendiéndole su diestra con una afabilidad de
camarada.
—Capitán, muchas gracias. Este servicio es de los
que no se olvidan. Tal vez no nos veremos nunca... Pero, por si alguna vez me
necesita, sepa quién soy.
Y como si presentase á otra persona, dijo sus
nombres ceremoniosamente: Archibaldo von Kramer, teniente de navío de la flota
imperial... Su personalidad de diplomático no era enteramente falsa. Había
servido como agregado naval en varias Embajadas.
Luego le dió instrucciones para el regreso. Podía
esperar frente á Palermo. Un bote vendría en busca suya para llevarle á tierra.
Todo estaba previsto... Debía entregar el mando al verdadero dueño de la
goleta: un miedoso que se había hecho pagar muy caro el alquiler del buque,
pero sin atreverse á poner en riesgo su persona. En la cámara estaban los
papeles en regla para justificar esta navegación.
—Salude en mi nombre á las señoras... Dígales que
pronto oirán hablar de nosotros. Vamos á hacernos dueños del Mediterráneo.
Continuó el desembarque de combustible. Ferragut
vió á Von Kramer introduciéndose por la capota abierta de uno de los
submarinos. Luego creyó reconocer en el otro sumergible á dos marineros de los
que habían tripulado la goleta, los cuales fueron recibidos con gritos y
abrazos por sus camaradas, metiéndose á continuación por una escotilla tubular.
La descarga duró hasta media tarde. Ulises no se
había imaginado que el pequeño buque llevase tantas cajas. Cuando la bodega
quedó vacía, desaparecieron los últimos marineros germánicos, y con ellos los
cables que aprisionaban al velero. Un oficial le gritó que podía marcharse. Los
dos sumergibles, más achatados sobre el mar que á su llegada, con los depósitos
henchidos de esencia y aceite, empezaron á alejarse.
Al verse solo en la popa de la goleta, sintió una
repentina inquietud.
«¿Qué has hecho?... ¿qué has hecho?», clamó una voz
en su cerebro.
Pero contemplando á los tres viajeros y al muchacho
que habían quedado como única tripulación, olvidó sus remordimientos. Debía
moverse mucho para suplir esta falta de brazos. En dos noches y un día apenas
descansó, manejando casi al mismo tiempo el timón y el motor, pues no se
atrevía á emplear todas sus velas con esta escasez de hombres.
Cuando se vió, en un amanecer, frente al puerto de
Palermo, que empezaba á extinguir sus luces, Ferragut pudo dormir por primera
vez, dejando encargado á uno de los marineros la vigilancia del buque, que se
mantenía con el velamen recogido. A media mañana le despertaron unas voces que
gritaban desde el mar: «¿Dónde está el capitán?»
Vió un bote y varios hombres que saltaban á la
goleta. Era el dueño, que venía á recobrar su buque para hacerlo entrar en el
puerto con toda legalidad. El mismo bote se encargó de llevar á tierra á Ulises
con su pequeña maleta. Le acompañaba un señor rojizo y obeso, que parecía tener
gran ascendiente sobre el patrón.
—Ya estará usted enterado de lo que ocurre—le dijo,
mientras dos remeros hacían deslizar el bote sobre las olas—. ¡Esos
bandidos!... ¡Esos mandolinistas!...
Ulises, sin saber por qué, hizo un gesto
afirmativo. Este burgués indignado era un alemán: uno de los que ayudaban á la
doctora. Bastaba oírle.
Media hora después, Ferragut saltó á un muelle, sin
que nadie se opusiera á su desembarco, como si la protección de su obeso
compañero adormeciese todas las vigilancias. A pesar de esto, el buen señor
mostraba un deseo ferviente de apartarse de él, de huir, atendiendo á sus
propios asuntos.
Sonrió al enterarse de que Ulises quería salir
inmediatamente para Nápoles. «Hace usted bien...» El tren partía dos horas más
tarde. Y lo metió en un coche de alquiler, desapareciendo con precipitación.
El capitán, al quedarse solo, casi creyó que había
soñado lo de los días anteriores.
Volvía á ver Palermo después de una ausencia de
largos años. Experimentó la alegría de un siciliano desterrado al cruzarse con
varios carros del país tirados por rocines con plumas y cuyas cajas
pintarrajeadas representaban escenas de La Jerusalén libertada.
Recordó los nombres de las vías principales, que eran los de antiguos virreyes
españoles. Vió en una plaza las estatuas de cuatro reyes de España... Pero
todos estos recuerdos sólo le inspiraron un interés fugaz. Le preocupaban el
movimiento extraordinario de las calles, el gentío formando grupos para
escuchar la lectura de los periódicos. Muchas ventanas tenían banderas
nacionales entrelazadas con las de Francia, Inglaterra y Bélgica.
Al llegar á la estación supo la verdad; se enteró
del suceso al que había aludido el comerciante mientras iban en el bote. ¡Era
la guerra!... Italia había roto sus relaciones el día anterior con los Imperios
centrales.
Ulises se sintió agitado por la inquietud al
recordar lo que había hecho en pleno Mediterráneo. Creyó que los grupos
populares que pasaban dando vivas detrás de las banderas iban á adivinar su
hazaña, cayendo sobre él. Necesitaba alejarse de este entusiasmo patriótico; y
respiró satisfecho al verse en el interior de un vagón... Además, iba á ver á
Freya, y le bastaba evocar su imagen para que se desvaneciesen todos sus
remordimientos.
El viaje fué largo y difícil. Las necesidades de la
guerra se hacían sentir desde el primer momento, absorbiendo todos los medios
de comunicación. El tren quedaba inmóvil horas enteras para dejar paso á otros
trenes cargados de hombres y de material militar. En todas las estaciones había
soldados en traje de campaña, banderas, muchedumbres que vitoreaban.
Cuando llegó á Nápoles, fatigado por un viaje de
cuarenta y ocho horas, le pareció que el cochero se dirigía con demasiada
lentitud hacia el viejo palacio de Chiaia.
Al atravesar el zaguán con su pequeña maleta, le
cortó el paso la portera, gruesa comadre de pelo encrespado y polvoriento, que
sólo había entrevisto algunas veces en las profundidades de su caverna.
—Las señoras ya no viven en la casa... Las señoras
han partido de repente con Karl, su empleado.
Y explicaba el resto de esta huída con una sonrisa
hostil y maligna.
Comprendió Ferragut que no debía insistir. La
mujerona estaba furiosa por la fuga de las damas tedescas, y
examinaba al marino como un presunto espía, bueno para una denuncia patriótica.
Sin embargo, por honradez profesional, le avisó que la signora rubia,
la más joven y simpática, había pensado en él al irse, dejando su equipaje en
la portería.
Se apresuró Ulises á desaparecer. Ya enviaría
alguien que recogiese sus maletas. Y tomando otro carruaje, se dirigió al albergo de
Santa Lucía... ¡Qué golpe inesperado!
Al verle entrar, el portero hizo un gesto de
sorpresa y de asombro. Antes de que Ferragut alcanzase á preguntarle por Freya,
con la vaga esperanza de que se hubiese refugiado en el hotel, este hombre le
dió una noticia.
—Capitán, aquí ha estado su hijo esperándole.
El capitán balbuceó, desorientado: «¿Qué hijo?...»
El hombre de las llaves bordadas trajo el libro de viajeros, mostrándole una
línea: «Esteban Ferragut. Barcelona.» Y Ulises reconoció la letra de su hijo,
al mismo tiempo que se le oprimía el pecho con una angustia indefinible.
La sorpresa le dejó sin voz, y el portero se
aprovechó de su silencio para seguir hablando.
Era un muchacho simpático é inteligente... Algunas
mañanas le había acompañado para enseñarle lo mejor de la ciudad. Se había
puesto en relación con los consignatarios del Mare nostrum,
buscando por todas partes noticias de su padre. Al fin, convencido de que el
capitán estaba ya de regreso á Barcelona, había partido á su vez el día
anterior.
—Si llega usted doce horas antes, todavía lo
encuentra aquí.
El portero no sabía más. Ocupado en cumplir los
encargos de unas señoras sudamericanas, no había podido saludar al joven cuando
salió del hotel. Dudaba entre hacer el viaje en un vapor inglés hasta Marsella
ó ir por ferrocarril á Génova, donde encontraría buques directos para
Barcelona.
Ferragut quiso saber cuándo había llegado, y el
portero, elevando los ojos, se entregó á un largo cálculo mental... Al fin
marcó una fecha, y el marino, á su vez, compulsó sus recuerdos.
Se dió en la frente una palmada, ruda como un
puñetazo.
Era su hijo el joven que había visto entrando en
el albergo cuando él marchaba á encargarse de la goleta para
llevar combustible á los submarinos alemanes.
EL JOVEN TELÉMACO
Siempre que el Mare nostrum volvía
á Barcelona, Esteban Ferragut experimentaba una sensación de deslumbramiento,
lo mismo que si se abriese un glorioso ventanal en su existencia obscura y
monótona de hijo de familia.
Ya no vagaba por el puerto, admirando de lejos los
grandes trasatlánticos anclados frente al monumento de Colón ó los vapores de
carga que se alineaban en los muelles comerciales. Un buque importante era de
su absoluta propiedad por algunas semanas. El capitán y los oficiales pasaban
el tiempo en tierra con sus familias. Tòni, el segundo, era el único que dormía
á bordo. Muchos de los marineros solicitaban permiso para vivir en la ciudad, y
el vapor quedaba confiado á la guarda del tío Caragòl, con media docena
de hombres para la diaria limpieza.
El pequeño Ferragut podía hacerse la ilusión de que
era el capitán del Mare nostrum. Se movía en el puente imaginándose
que estaba arrostrando una gran tormenta; examinaba los instrumentos náuticos
con una gravedad de experto conocedor; corría todos los departamentos
habitables del buque, bajaba á las bodegas, que se aireaban, abiertas, en
espera de carga, y finalmente se metía en el bote de servicio, desamarrándolo
de la escala, para remar unas horas con más satisfacción que en los
ligeros yoles del Club de Regatas.
Sus visitas terminaban en la cocina, invitado por
el tío Caragòl, que le trataba con una familiaridad paternal. El
joven remero estaba sudando. «¿Un refresquet?...» Y preparaba su
dulce mixtura, que hacía caer á los hombres de un solo salto en las
nebulosidades de la embriaguez.
Esteban tenía en mucho los «refrescos» del
cocinero. Su imaginación, excitada por la frecuente lectura de novelas de
viajes, le había hecho concebir un tipo de marino heroico, atrevido,
galanteador, y capaz de tragarse á jarros las bebidas más incendiarias sin
pestañear. El quería ser así; todo buen navegante debe beber.
Aunque en tierra no conocía otros licores que los
inocentes y dulzones guardados por su madre para las fiestas de familia, una
vez pisaba la cubierta del buque sentía la necesidad de líquidos alcohólicos,
para hacer ver que era todo un hombre. «No había en el mundo una bebida que
pudiese con él...» Y al segundo «refresco» del tío Caragòl quedaba
sumido en plácido nirvana, viéndolo todo de color de rosa y considerablemente
agrandado: el mar, los buques cercanos, los docks y la montaña
de Montjuich, que servía de fondo.
El cocinero, al contemplarle amorosamente con sus
ojos enfermos, creía haber dado un salto atrás de docenas de años y hallarse
todavía en Valencia hablando con el otro Ferragut que se escapaba de la
Universidad para remar en el puerto. Casi llegó á creer que había vivido dos
veces.
Escuchaba las quejas del muchacho,
interrumpiéndolas con solemnes consejos. Este Ferragut de quince años se
mostraba descontento de la vida. Era un hombre, y tenía que vivir entre
mujeres: su madre y dos sobrinas que le acompañaban haciendo encajes, lo mismo
que ella había acompañado en otro tiempo á su suegra doña Cristina. Quería ser
marino, y le obligaban á estudiar las materias antipáticas del bachillerato.
¿Acaso un capitán necesita saber latín?...
Deseaba terminar su vida de estudiante, para
hacerse piloto y seguir las prácticas en el puente, al lado de su padre. Tal
vez llegase á mandar á los treinta años el Mare nostrum ú otro
buque semejante.
Mientras tanto, la atracción del mar le arrastraba
lejos de las aulas, yendo á ver á Caragòl á la misma hora en
que sus profesores pasaban lista á los alumnos, anotando sus ausencias.
El viejo y su protegido se recluían en la cocina
con una inquietud de culpables. Pasos y voces en la cubierta alteraban su
conversación. «¡Escóndete!» Y Esteban se metía debajo de una mesa ó se ocultaba
en el cuartucho de las provisiones, mientras el cocinero salía al encuentro del
recién llegado con una cara seráfica.
Algunas veces era Tòni, y el muchacho osaba salir,
contando con su silencio. También éste le quería y aprobaba su aversión por los
libros.
Si de tarde en tarde era el capitán el que venía al
buque por unos momentos, Caragòl le hablaba obstruyendo la
puerta con su cuerpo, al mismo tiempo que sonreía maliciosamente.
Para Esteban, las dos cosas más dignas de
admiración eran el mar y su padre. Todos los héroes novelescos que desde las
páginas de los libros habían pasado á alojarse en su imaginación tenían el
rostro y los gestos del capitán Ferragut.
De pequeño había visto llorar algunas veces á su
madre con resignada tristeza. Años adelante, al conocer con su precocidad de
muchacho poco vigilado las relaciones que existen entre hombres y mujeres,
presintió que todas estas lágrimas debían ser motivadas por ligerezas é
infidelidades del lejano navegante.
El adoraba á su madre con una pasión de hijo único
y mimado, pero no admiraba menos al capitán, excusando todas las faltas que
pudiese cometer. Su padre era el hombre más valiente y más hermoso de la
tierra. Así lo veía él. Y un día que, examinando los cajones de su camarote,
encontró varias fotografías de mujeres llevando al pie los nombres de lejanos
países, su admiración aún fué más grande. Todas debían haber enloquecido de
amor por el capitán del Mare nostrum. ¡Ay! Por más que él hiciese
al ser hombre, nunca llegaría á igualarse con este triunfador que le había dado
la existencia...
Cuando el buque llegó á Barcelona sin su
propietario de vuelta de Nápoles, el hijo de Ferragut no experimentó ninguna
sorpresa.
Tòni, que era siempre de pocas palabras, las
prodigó en la presente ocasión. El capitán Ferragut se había quedado allá por
un negocio importante, pero no tardaría en volver. Su segundo le esperaba de un
momento á otro. Tal vez hiciese el viaje por tierra, para llegar antes.
Esteban se asombró al ver que su madre no aceptaba
esta ausencia como un suceso insignificante. La buena señora se mostró
preocupada y con los ojos lacrimosos. Su instinto femenil le hacía presentir
algo malo en el retraso de su marido.
Por la tarde, cuando la visitó, como de costumbre,
su antiguo enamorado el catedrático, los dos hablaron lentamente, con palabras
medidas, pero entendiéndose con los ojos durante los largos intervalos de
silencio.
Llegado don Pedro á la cumbre de su carrera
gloriosa con la posesión de una cátedra en el Instituto de Barcelona, visitaba
todas las tardes á Cinta, pasando hora y media en su salón con exactitud
cronométrica. Ni el más leve pensamiento de impureza agitó jamás al profesor.
Lo pasado había caído en el olvido... Pero él necesitaba ver diariamente á la
esposa del capitán tejiendo encajes entre sus dos pequeñas sobrinas, como había
visto años antes á la viuda de Ferragut.
Le hacía saber los sucesos más importantes de
Barcelona y del mundo entero; comentaban juntos los futuros destinos de
Esteban; oía él con arrobamiento su voz dulce, concediendo gran importancia á
los detalles de economía doméstica ó á las descripciones de fiestas religiosas,
sólo porque era ella la que hacía tales relatos.
Muchas veces quedaban en largo mutismo. Don Pedro
representaba la paciencia, el humor igual, el respeto silencioso, en aquella
casa tranquila y limpia, que únicamente perdía su calma monástica al
presentarse el dueño por unos días, entre dos viajes.
Cinta se había acostumbrado á las visitas del
catedrático. Al marcar el reloj las tres y media presentía sus pasos en la
escalera.
Si alguna tarde no llegaba, la dulce Penépole
sufría una decepción.
—¿Qué le pasará á don Pedro?—preguntaba á sus
sobrinas con inquietud.
Esta pregunta la hacía algunas veces extensiva al
hijo; pero Esteban, sin odiar al visitante, le apreciaba en muy poco.
Don Pedro pertenecía al grupo de aquellos señores
del Instituto que pagaba el gobierno para que fastidiasen con sus explicaciones
y sus exámenes á la juventud. Recordaba aún los dos años que había pasado en su
cátedra, como en una cámara de tormento, sufriendo el suplicio del latín.
Además, era un miedoso, que siempre temía resfriarse y no osaba salir á la
calle en los días nublados si le faltaba el paraguas. A él que le hablasen de
hombres valientes.
—No sé...—respondía á su madre—. Tal vez estará
metido en cama, con siete pañuelos en la cabeza.
Cuando volvía don Pedro, la casa recobraba su
normalidad de reloj pausado y seguro. Doña Cinta, de consulta en consulta,
había acabado por considerar indispensable su colaboración. El catedrático
suplía dulcemente la autoridad del marido viajero: él se había encargado de
representar al jefe de la familia en todos los asuntos exteriores... Muchas
veces le esperaba con impaciencia la esposa de Ferragut para pedirle un consejo
urgente, y él emitía su opinión con voz lenta, después de largas reflexiones.
Esteban encontraba intolerable que este señor, que
no era mas que un pariente lejano de su abuela, se mezclase en los asuntos de
la casa, pretendiendo dirigirle á él como un padre. Pero aún le irritaba más
verlo de buen humor y con pretensiones de gracioso. Le daba rabia que llamase á
su madre Penépole y á él joven Telémaco... «¡Tío latero y
pesado!»
El joven Telémaco no vacilaba en sus venganzas. De
pequeño interrumpía sus diversiones para «trabajar» en el recibidor, junto al
perchero vecino á la puerta. Y el pobre catedrático encontraba abollado su
sombrero de copa, con los pelos en desorden, ó salía llevando en las haldas del
gabán varios salivazos.
Ahora el muchacho se limitaba á ignorar su
existencia, pasando ante él sin reconocerle, saludándolo únicamente cuando su
madre se lo ordenaba.
El día en que trajo la noticia de la vuelta del
vapor sin su capitán, don Pedro hizo la visita más larga que de costumbre.
Cinta derramó dos lágrimas sobre los encajes, pero tuvo que cortar su llanto,
vencida por el buen sentido de su consejero.
—¿Por qué llorar y calentarse la cabeza con tantas
suposiciones sin fundamento?... Lo que usted debe hacer, hija mía, es llamar á
ese Tòni que es el segundo del buque. El debe saberlo todo... Tal vez le diga
la verdad.
Recibió Esteban el encargo de buscarle al día
siguiente, y pudo darse cuenta de la inquietud que experimentó Tòni al saber
que doña Cinta quería hablarle. Salió del buque con lúgubre mutismo, como si le
llevasen á sufrir tormentos mortales. Luego canturreó sordamente, lo que era en
él indicio de honda preocupación.
No pudo asistir el joven Telémaco á la entrevista,
pero rondó por las inmediaciones de la puerta cerrada, alcanzando á oír algunas
palabras en voz más fuerte que se deslizaron por las rendijas. Su madre era la
que hablaba con más frecuencia. Tòni repetía con voz sorda las mismas excusas:
«No sé. El capitán va á llegar de un momento á otro...» Pero al verse fuera del
salón y de la casa, estalló su cólera contra él mismo, contra su maldito
carácter que no sabía mentir, contra todas las mujeres, malas y buenas. Creía
haber dicho demasiado. Aquella señora tenía una habilidad de juez para extraer
las palabras.
En la noche, á la hora de la cena, la madre apenas
abrió la boca. Sus dedos comunicaron un temblor nervioso á los platos y los
tenedores. Miraba á su hijo con trágica conmiseración, como si presintiese
enormes desgracias que iban á desplomarse sobre su cabeza. Opuso un mutismo
desesperado á las preguntas de Esteban, y al fin exclamó:
—¡Tu padre nos abandona!... ¡Tu padre se ha
olvidado de nosotros!...
Y salió del comedor para ocultar las lágrimas que
habían afluído á sus párpados.
El muchacho durmió algo intranquilo, pero durmió.
La admiración que sentía por su padre y cierta solidaridad con los ejemplares
fuertes de su sexo le hicieron tener en poco estos llantos. ¡Cosas de mujeres!
Su madre no sabía ser la esposa de un varón extraordinario como el capitán
Ferragut. El, que era todo un hombre á pesar de sus pocos años, iba á
intervenir en el asunto para poner en claro la verdad.
Cuando Tòni, desde la cubierta del buque, le vió
avanzar por el muelle á la mañana siguiente, tuvo tentaciones de esconderse...
«¡Doña Cinta, que le llamaba otra vez para interrogarle!...» Pero se
tranquilizó al decirle el muchacho que venía por su voluntad á pasar unas horas
en el Mare nostrum. Aun así, quiso evitar su presencia, como si
temiese algún descuido al hablar con él, y fingió trabajos en las bodegas.
Luego salió del buque, yendo á visitar á un amigo en un vapor algo lejano.
Esteban entró en la cocina, llamando alegremente al
tío Caragòl. Tampoco éste era el mismo. Sus ojos húmedos y rojizos
miraban al muchacho con una ternura extraordinaria. Detenía repentinamente su
lengua, con una expresión de inquietud en el rostro. Miraba indeciso en torno
de él, como si temiese que fuera á abrirse un precipicio ante sus pies.
No olvidaba nunca los respetos debidos á todo
visitante de sus dominios, y preparó dos «refrescos». Por primera vez iba á
obsequiar á Esteban en esta vuelta de viaje. Los días anteriores, por
inverosímil que parezca el hecho, no había pensado en confeccionar uno siquiera
de sus delirantes brebajes. El regreso de Nápoles á Barcelona había sido
triste; el buque tenía un ambiente fúnebre sin su dueño.
Por todas estas razones, se le fué la mano á Caragòl en
la medida, prodigando la caña hasta que el líquido tomó un color de tabaco.
Bebieron... El joven Telémaco empezó á hablar de su
padre cuando los vasos sólo guardaban la mitad del «refresco», y el cocinero
agitó ambas manos en el aire, dando un gruñido que significaba su deseo de no
ocuparse de la ausencia del capitán.
—Tu padre volverá, Estevet—añadió—. Volverá, pero
no sé cuándo. Seguramente más tarde de lo que asegura Tòni.
Y no queriendo decir más, se tragó todo el resto
del vaso, dedicándose á la confección de un segundo «refresco»
precipitadamente, para recobrar el tiempo perdido.
Poco á poco se deshizo la prudente barrera que
contenía su verbosidad, y habló con el mismo abandono de siempre; pero su flujo
de palabras no arrastraba noticias precisas.
Caragòl predicó moral al hijo de Ferragut; una moral
á su modo, interrumpida por frecuentes caricias al vaso.
—Estevet, hijo mío, respeta mucho á tu padre.
Imítale como marino. Sé bueno y justiciero con los hombres que mandes... pero
¡huye de las mujeres!
¡Las mujeres!... No había tema mejor para su
elocuencia de ebrio piadoso. El mundo le infundía lástima. Todo en él estaba
gobernado por la infernal atracción que ejerce la hembra. Los hombres
trabajaban, peleaban, querían hacerse ricos ó célebres, todo por conquistar la
posesión de un pedazo de carne, el más inmundo y vergonzoso del cuerpo humano.
—Mira cómo será, Estevet, que hasta en los animales
comestibles no hay cocinero que sepa aprovecharlo. Siempre lo arrojan á la
basura... Créeme, hijo mío: no imites en eso á tu padre.
El viejo había dicho demasiado para retroceder, y
tuvo que ir soltando á fragmentos todo lo restante. Así se enteró Esteban de
que el capitán andaba en amoríos con una señora de Nápoles, y se había quedado
allá fingiendo negocios, pero en realidad dominado por la influencia de esta
mujer.
—¿Es guapa?—preguntó el muchacho con avidez.
—Guapísima—repuso Caragòl—. ¡Y unos
olores!... ¡y un ruido de ropas finas!...
Telémaco se estremeció con una sensación
contradictoria de orgullo y de envidia. Admiró á su padre una vez más, pero
esta admiración sólo duró breves instantes. Una nueva idea se apoderó de él,
mientras el cocinero seguía hablando.
—No vendrá por ahora. Conozco lo que son esas
mujeres elegantes y llenas de perfumes: verdaderos demonios que enclavijan sus
uñas cuando agarran y hay que cortarles las manos para que suelten... ¡Y el
buque sin trabajar, como si estuviese varado, mientras que los otros se llenan
de oro!... Créeme, hijo mío: en el mundo sólo esto es verdad.
Y acabó de beberse de un trago todo lo que quedaba
del segundo vaso.
Mientras tanto, el muchacho seguía dando forma en
su pensamiento á una idea sugerida por la dulce embriaguez. ¡Si él fuese á
Nápoles para traer á su padre!...
En este momento todo le parecía posible. El mundo
era de color de rosa, como siempre que lo contemplaba vaso en mano junto al
tío Caragòl. Los obstáculos resultaban blandos, todo se arreglaba
con prodigiosa facilidad; los hombres podían caminar á saltos.
Pero horas después, cuando su pensamiento quedó
limpio de nubes seductoras, sintió miedo acordándose de su padre. ¿Cómo le
recibiría al verle llegar?... ¿Qué excusa darle de su presencia en Nápoles?...
Tembló evocando la imagen de su ceño fruncido y sus ojos irritados.
Al día siguiente, una repentina confianza se
sobrepuso á esta inquietud. Se acordó del capitán tal como le había visto
algunas veces al celebrar desde la cubierta del buque sus hazañas de remero en
el puerto de Barcelona ó al comentar con los amigos la inteligencia y la fuerza
de su hijo. La imagen del héroe paterno surgía ahora en su memoria con los ojos
bondadosos y una sonrisa que parecía agitar como un viento dulce el bosque de
sus barbas.
Le diría toda la verdad. Le haría saber que llegaba
á Nápoles para llevárselo, como un buen camarada que socorre á otro en un
peligro. Tal vez se irritase y le diese un golpe; pero él conseguiría su
propósito.
El carácter de Ferragut renació en él con toda la
fuerza de un argumento decisivo. Si el viaje resultaba absurdo y peligroso...
¡mejor! ¡mucho mejor! Bastaba esto para que lo emprendiese. Era un hombre, y no
debía conocer el miedo.
Durante dos semanas preparó su fuga. Nunca había
hecho un viaje importante. Sólo una vez había acompañado á su padre en una
rápida excursión de negocios á Marsella. Hora era ya de que saliese á correr el
mundo un hombre como él, que conocía por sus lecturas casi todos los pueblos de
la tierra.
El dinero no le preocupaba. Doña Cinta lo tenía en
abundancia, y era fácil encontrar su manojo de llaves. Un vapor viejo y lento,
mandado por un amigo de su padre, acababa de entrar en el puerto y zarpaba al
día siguiente para Italia.
Aceptó este marino al hijo de su camarada sin
papeles de viaje. El arreglaría la irregularidad con sus amigos de Génova.
Entre capitanes se debían estos servicios; y Ulises Ferragut, que esperaba á su
hijo en Nápoles—así lo afirmó Esteban—, no iba á perder el tiempo en vano por
unas formalidades oficinescas.
Telémaco, con mil pesetas en el bolsillo extraídas
de un costurero que servía á su madre de caja de caudales, se embarcó al día
siguiente. Una pequeña maleta sacada de su casa con lentas y hábiles astucias
era todo su equipaje.
De Génova fué á Roma, y de aquí á Nápoles, con el
atrevimiento de la inocencia, empleando palabras españolas y catalanas para
reforzar un italiano de corto léxico adquirido en las representaciones de
opereta. El único informe positivo que le guiaba en su viaje de aventuras era
el nombre de albergo de la ribera de Santa Lucía que le había
dado Caragòl como residencia de su padre.
Buscó á éste inútilmente durante varios días.
Visitó á los consignatarios de Nápoles, que se imaginaban al capitán de regreso
á su país hacía mucho tiempo.
Al no encontrarle sintió miedo. Debía estar ya en
Barcelona, y lo que había empezado como un viaje heroico iba á convertirse en
una fuga de adolescente travieso. Se acordó de su madre, que tal vez lloraba á
aquellas horas releyendo la carta que le había dejado para anunciarle el objeto
de su fuga.
Sobrevino además repentinamente la intervención de
Italia en la guerra, suceso que todos esperaban, pero que muchos veían aún
lejano. ¿Qué le quedaba que hacer en este país?... Y una mañana había
desaparecido.
Como el portero del hotel no podía decir más, el
padre, una vez pasada la primera impresión de sorpresa, pensó en la
conveniencia de visitar la casa consignataria. Tal vez allí le diesen otras
noticias.
La guerra era lo único interesante para los de esta
oficina. Pero Ferragut, dueño de buque y antiguo cliente, fué guiado por el
director hasta dar con los empleados que habían recibido á Esteban.
No sabían gran cosa. Recordaban vagamente á un
joven español que decía ser hijo del capitán, pidiéndoles noticias de éste. Su
última visita había sido dos días antes. Dudaba entre volver á su país por
ferrocarril ó embarcarse en uno de los tres vapores que estaban en el puerto
listos á salir para Marsella.
—Creo que se ha ido en ferrocarril—dijo uno de los
empleados.
Otro de ellos apoyó á su compañero con rotunda
afirmación, para atraerse la mirada del jefe. Estaba seguro de su partida por
tierra. El mismo le había ayudado á calcular lo que le costaría el viaje á
Barcelona.
Ferragut no quiso saber más. Necesitaba marcharse
cuanto antes. Este viaje inexplicable de su hijo era para él un remordimiento y
un motivo de alarma. ¿Qué ocurría en su casa?
El director de la oficina le indicó un vapor
francés que salía aquella misma tarde para Marsella, procedente de Suez. El se
encargaba de arreglar todo lo concerniente á su pasaje y de recomendarlo al
capitán. Sólo quedaban cuatro horas para la salida del buque; y Ulises, después
de recoger sus maletas y enviarlas á bordo, dió un último paseo por todos los
lugares donde había vivido con Freya. ¡Adiós, jardines de la Villa
Nazionale y blanco Acuario!... ¡Adiós, albergo!...
La inexplicable presencia de su hijo en Nápoles
había amortiguado el disgusto por la fuga de la alemana. Pensó tristemente en
el amor perdido, pero pensó al mismo tiempo, con doloroso titubeo, en lo que
podría ver al entrar en su casa.
Poco antes de la puesta del sol zarpó el vapor
francés. Hacía muchos años que Ulises no navegaba como simple pasajero. Vagó
desorientado por las cubiertas entre la muchedumbre viajera. La fuerza de la
costumbre le arrastró al puente, hablando con el capitán y los oficiales, que
apreciaron á las primeras palabras su mérito profesional.
La consideración de que no era mas que un intruso
en este sitio, la molestia de verse sobre un puente en el que no podía dar
orden alguna, le hicieron descender á las cubiertas bajas, examinando los
grupos de pasajeros. Eran franceses en su mayor parte que venían de la Indo
China. En la proa y la popa estaban alojadas cuatro compañías de tiradores
asiáticos, pequeños, amarillentos, con ojos oblicuos y una voz semejante al
maullar de los gatos. Iban á la guerra. Sus oficiales vivían en los camarotes
del centro del buque, llevando con ellos á sus familias, que habían adquirido
un aspecto exótico con la larga permanencia en las colonias.
Ulises vió señoras vestidas de blanco haciéndose
abanicar, tendidas en sillones, por sus pequeños pajes chinescos; vió militares
bronceados y enjutos, con aspecto enfermizo, que parecían galvanizados por la
guerra que los arrancaba á la siesta asiática, y niñas, muchas niñas, contentas
de ir á Francia, el país de sus ensueños, olvidando en esta felicidad que sus
padres marchaban tal vez á la muerte.
La navegación no podía ser mejor. El Mediterráneo
era una llanura de plata bajo la luz de la luna. De la costa invisible llegaban
tibias bocanadas de perfume campestre. Los grupos de la cubierta hacían
memoria, con una satisfacción egoísta, de los grandes peligros que arrostraban
las gentes al embarcarse en los mares del Norte, plagados de submarinos
alemanes. Por fortuna, el Mediterráneo estaba libre de tal calamidad. Los
ingleses tenían bien guardada la puerta de Gibraltar, y todo él era un lago
tranquilo dominado por los aliados.
Antes de acostarse, Ferragut entró en una cámara de
la cubierta alta, donde estaba instalada la telegrafía sin hilos. Le atrajo el
chirriar de aceite frito que lanzaban los aparatos. El empleado, un joven
inglés, se despojó de su corona de níquel con dos auriculares que cubrían sus
orejas. Aburrido en su aislamiento, pretendía distraerse dialogando con los
telegrafistas de los otros buques que se hallaban dentro del radio de sus
aparatos. La vista de este pasajero que hablaba en inglés ofreciéndole un cigarro
le arrancó á los placeres de una conversación extendida trescientas millas á la
redonda.
—Todo marcha bien... Tenemos muchos compañeros de
viaje.
Y fué enumerando los buques que se mantenían en
comunicación con el vapor. El más próximo era el Californian, un
barco inglés procedente de Malta. Había salido de Nápoles diez horas antes,
también con rumbo á Marsella, y sólo le separaban unas cien millas. Los demás
buques que seguían el mismo rumbo estaban situados á mayores distancias. Les
era necesario mucho tiempo para aproximarse unos á otros, pero el maravilloso
aparato los mantenía en incesante comunicación, como un grupo de camaradas que
conversan plácidamente haciendo el mismo camino.
De vez en cuando, el telegrafista, avisado por el
chisporroteo de sus bobinas, se calaba la diadema con orejeras para escuchar á
los remotos camaradas.
—Es el del Californian, que me da las
buenas noches—dijo después de uno de estos llamamientos—. Va á acostarse. No
ocurre novedad.
Y el joven hizo un elogio de la navegación
mediterránea. Había estado al principio de la guerra en otro buque que iba de
Londres á Nueva York, y recordaba las noches de inquietud, los días de ansiosa
vigilancia espiando el mar y la atmósfera, temiendo de un momento á otro la
aparición de un periscopio sobre las aguas ó el aviso eléctrico de un vapor
torpedeado por los submarinos. En este mar se podía vivir tranquilamente, como
en tiempos de paz.
Ferragut adivinó que el pobre telegrafista deseaba
gozar las delicias de dicha tranquilidad. Su compañero de servicio roncaba en
un camarote vecino, y él sentía deseos de imitarle, inclinando su cabeza sobre
la mesa de los aparatos... «¡Hasta mañana!»
También se durmió inmediatamente Ulises, luego de
estirarse en la estrecha litera de su camarote. Su sueño fué de una sola pieza,
lóbrego y completo, sin sobresaltos ni visiones. Cuando creía que sólo iban
transcurridos unos minutos, despertó violentamente, lo mismo que si alguien le
empujase. En la sombra se destacaba el vidrio redondo del tragaluz, tenuemente
azul, velado por la humedad del rocío marítimo, lo mismo que una pupila
lacrimosa.
Estaba amaneciendo. Algo extraordinario acababa de
ocurrir en el buque. Ferragut dormía con la ligereza de un capitán que necesita
despertar oportunamente. La misteriosa percepción del peligro había cortado su
reposo. Sintió sobre su cabeza el pataleo de veloces carreras á lo largo de la
cubierta: oyó voces. Mientras se vestía á toda prisa, pudo adivinar que el
timón estaba funcionando violentamente y el buque cambiaba de rumbo.
Al subir, le bastó una ojeada para convencerse de
que el vapor no corría peligro. Todo en él presentaba un aspecto normal. El
mar, todavía obscuro, batía mansamente sus costados, mientras seguía avanzando
con una marcha uniforme. Las cubiertas estaban limpias de pasajeros. Todos
dormían en sus camarotes. Sólo en el puente vió á un grupo de personas: el
capitán y todos los oficiales, algunos de ellos vestidos á la ligera, como si
acabasen de ser arrancados al sueño.
Pasando ante la oficina telegráfica obtuvo la
explicación del suceso. El joven de la noche anterior estaba junto á la puerta,
al lado de su compañero, que ceñía ahora la diadema auricular y golpeaba la
manecilla del aparato, oyendo y contestando á los buques invisibles.
Media hora antes, cuando el telegrafista inglés iba
á abandonar su guardia, entregando el servicio al camarada recién despierto,
una señal le había retenido en su asiento. El Californian lanzaba
por el telégrafo sin hilos la llamada de peligro, el S. O. S., fórmula que sólo
se emplea cuando un buque necesita socorro. Luego, en el espacio de unos
segundos, la voz misteriosa había esparcido su relato trágico á través de
centenares de millas. Un sumergible acababa de aparecer á corta distancia
del Californian, disparándole varios cañonazos. El buque inglés
pretendía escapar valiéndose de su velocidad superior. Entonces el submarino le
enviaba un torpedo...
Todo esto había ocurrido en veinte minutos. De
pronto se extinguían los ecos de la lejana tragedia al cortarse la
comunicación. Un chirrido más fuerte en los aparatos, y ¡nada!... el silencio
absoluto.
El telegrafista encargado ahora del aparato
respondió con movimientos negativos á las miradas de su compañero. Sólo
escuchaba los diálogos entre los buques que habían recibido igualmente el
aviso. Todos se alarmaban con el repentino silencio, y torciendo su rumbo iban,
como el vapor francés, hacia el lugar donde el Californian había
encontrado al sumergible.
—¡Ya están en el Mediterráneo!—exclamó con asombro
el telegrafista al terminar su relato—. ¿Como han podido llegar hasta aquí?...
Ferragut no se atrevió á subir al puente. Tuvo
miedo á que las miradas de aquellos hombres de mar se fijasen en él. Creyó que
podían leer sus pensamientos.
Un vapor de pasajeros acababa de ser echado á pique
á una distancia relativamente corta del buque en que iba él. Tal vez era Von
Kramer el autor del crimen. Por algo le había encargado que anunciase á sus
compatriotas que pronto oirían hablar de sus hazañas. ¡Y Ferragut había ayudado
á la preparación de esta barbarie marítima!...
«¿Qué has hecho?... ¿qué has hecho?», preguntó
iracunda la voz mental de los buenos consejos.
Una hora después sintió vergüenza de permanecer en
la cubierta. A pesar de las órdenes del capitán, la noticia se había filtrado á
través de la severa consigna, circulando por los camarotes. Subían las familias
enteras, asustadas de la calma que reinaba en el buque, arreglándose las ropas
con precipitación, pugnando los más por ajustar á sus cuerpos los salvavidas,
que ensayaban por primera vez. Los niños gemían, aterrados por la alarma de sus
padres. Algunas mujeres nerviosas derramaban lágrimas sin motivo. El buque iba
hacia el lugar donde el otro había sido torpedeado, y esto era suficiente para
que los alarmistas se imaginasen que el enemigo permanecía aún inmóvil en el
mismo sitio, esperando su llegada para repetir el atentado.
Centenares de ojos estaban fijos en el mar,
espiando las ondulaciones de su superficie, creyendo ver el remate de un
periscopio en todos los objetos, maderas, hierbas ó botes de lata que pasaban á
flor de agua.
Los oficiales del batallón de tiradores habían ido
á la proa y la popa para mantener la disciplina de su gente. Pero los asiáticos
no abandonaban su apatía serena, despreciadora de la muerte. Sólo algunos
miraban al mar con una curiosidad infantil, deseosos de conocer este nuevo
juguete diabólico inventado por las razas superiores.
En las cubiertas reservadas á los pasajeros de
primera clase, la extrañeza resultaba tan grande como la inquietud.
—¡Submarinos en el Mediterráneo!... ¿Pero es
posible?...
Los últimos en despertar se mostraban incrédulos, y
únicamente se convencían de lo ocurrido luego de oír los informes de los
tripulantes del buque.
Vagó Ferragut como un alma en pena. El
remordimiento le hizo ocultarse en su camarote. Le causaban daño estas gentes
con sus quejas y sus comentarios. Luego no pudo seguir en su aislamiento.
Necesitaba ver y saber, como el criminal que vuelve instintivamente al lugar
donde realizó su delito.
A mediodía empezaron á marcarse en el horizonte
varias nubecillas. De todas partes acudían los vapores, atraídos por este
ataque inesperado.
El buque francés, que marchaba delante en la
carrera de auxilio, moderó repentinamente su velocidad. Había entrado en la
zona del naufragio. En las cofas de sus palos había marineros que exploraban el
mar, dando indicaciones á gritos, que hacían torcer el curso del vapor. En
estas evoluciones empezaron á deslizarse por sus costados los restos del
trágico suceso.
Las dos hileras de cabezas asomadas á las diversas
cubiertas vieron salvavidas que flotaban vacíos, un bote con la quilla en el
aire, grupos de maderos pertenecientes á una balsa construida con precipitación
y que no había llegado á terminarse.
De pronto, un alarido de mil bocas, seguido de un
fúnebre silencio... Pasó un cuerpo de mujer tendido de espaldas sobre unos
tablones. Una de sus piernas estaba metida en una media de seda gris. La cabeza
colgaba por el lado opuesto, extendiendo sus cabellos rubios sobre el agua como
manojo de algas doradas.
Sus pechos juveniles y firmes asomaban por la
abertura de una camisa de dormir, pegada al cuerpo con impúdico moldeo. Había
sido sorprendida por el naufragio en el momento que intentaba vestirse: tal vez
el terror la había hecho arrojarse al mar. La muerte había contraído su rostro
con un rictus horrible que dejaba los dientes al descubierto. Un lado de su
rostro estaba tumefacto por un golpe.
La vió Ferragut al asomarse entre los hombros de
dos señoras que temblaban apoyadas en la baranda de la cubierta. A su vez, el
vigoroso marino tembló como una mujer, sintiendo que sus ojos se nublaban. ¡No
podía ver esto!... Y de nuevo fué á ocultarse en su camarote.
Un torpedero italiano evolucionaba por entre los
restos del naufragio, como si buscase las huellas del autor del crimen. Los
vapores se detenían en sus anchos círculos de exploración para echar al agua
las embarcaciones de auxilio, que iban recogiendo los cadáveres de los
náufragos y los vivos próximos á desfallecer.
Ferragut, en su desesperado encierro, percibió
nuevos gritos anunciadores de un suceso extraordinario. Otra vez la cruel
necesidad de saber le arrastró á la cubierta.
Un bote lleno de personas había sido encontrado por
el vapor. Los otros buques de auxilio tropezaban igualmente poco á poco con las
demás embarcaciones ocupadas por los supervivientes de la catástrofe. El
salvamento general iba á ser un trabajo breve.
Los náufragos más ágiles se veían rodeados, al
pisar la cubierta, por grupos que lamentaban su desgracia, al mismo tiempo que
les ofrecían líquidos calientes. Otros daban unos cuantos pasos, como si
estuviesen ebrios, é iban á caer en un banco. Algunos tenían que ser izados
desde el fondo del bote y conducidos en una silla á la enfermería del vapor.
Varios soldados británicos, serenos y flemáticos,
pidieron, al subir, una pipa, y empezaron á fumar con avidez. Otros náufragos,
ligeros de ropa, se limitaban á envolverse en una manta, iniciando el relato de
la catástrofe minuciosa y serenamente, como si estuviesen en un salón. Una
permanencia de diez horas en las apreturas del bote, vagando á la ventura, en
espera de socorro, no había quebrantado sus energías.
Las mujeres mostraban mayor desesperación. Ferragut
vió en el centro de un grupo de señoras á una jovencita inglesa, rubia,
esbelta, elegante, que lloraba balbuceando explicaciones. Se había visto en una
lancha, separada de sus padres, sin saber cómo. Tal vez estaban muertos á
aquellas horas. Su remota esperanza era que se hubiesen refugiado en otra
embarcación, siendo recogidos por cualquiera de los vapores que se mantenían á
la vista.
Un dolor desesperado, ruidoso, meridional, cortó
con sus alaridos el rumor de las conversaciones. Acababa de subir á bordo una
pobre mujer italiana llevando un niño en brazos.
—¡Figlia mia!... ¡Mia figlia!...—aullaba,
con la cabellera suelta y los ojos abultados por el llanto.
Había perdido en el momento del naufragio una niña
de ocho años, y al verse en el vapor francés se dirigió instintivamente hacia
la proa, en busca del mismo lugar que ocupaba en el otro buque, como si
esperase encontrar allí á su hija. La voz exasperada se perdió escaleras abajo.
«¡Figlia mia!... ¡Mia figlia!...»
Ulises no quiso oírla. Le hacía un daño horrible
esta voz, como si arañase con su estridencia el interior de su cerebro.
Se aproximó á un grupo, en el centro del cual un
hombre joven, descalzo, con pantalones elegantes y la camisa abierta de pecho,
hablaba y hablaba, arropándose de vez en cuando en una manta que habían puesto
sobre sus hombros.
Describía con una mezcla de italiano y francés la
pérdida del Californian.
Este pasajero había despertado al oír el primer
cañonazo del sumergible contra el vapor. La persecución duraba una media hora.
Los más audaces y curiosos estaban en las cubiertas, y creían ya segura su
salvación al ver que el vapor dejaba atrás á su enemigo. De pronto, una línea
negra había cortado el mar: algo así como una espina con raspas de espuma, que
avanzaba vertiginosamente, formando relieve sobre las aguas... Luego, un golpe
en el casco del buque, que lo había hecho estremecer de la proa á la popa, sin
que ni una plancha ni un tornillo escapasen á la enorme dislocación... Después,
un estallido de volcán, un haz gigantesco de humo y llamas, una nube
amarillenta, de un amarillo de droguería, en la que volaban obscuros objetos:
fragmentos de metal y de madera; cuerpos humanos hechos pedazos.
Los ojos del narrador brillaron con una luz de
demencia al evocar sus recuerdos.
—Un amigo mío, un muchacho de mi tierra—continuó,
suspirando—, acababa de apartarse de mí para ver mejor al sumergible, y se
colocó precisamente en el lugar de la explosión... Desapareció de pronto, como
si lo hubiesen borrado. Le vi y no le vi... Estalló en mil pedazos, lo mismo
que si llevase una bomba dentro de su cuerpo.
Y el náufrago, obsesionado por este recuerdo,
apenas concedía importancia á las escenas siguientes: la lucha de la
muchedumbre por ganar los botes; los esfuerzos de los oficiales para imponer
orden; la muerte de muchos que, locos de desesperación, se arrojaban al mar; la
trágica espera aglomerados en embarcaciones que apenas sobrenadaban unos
centímetros sobre las aguas, temiendo un segundo naufragio á poco que se
alborotasen las olas.
Había desaparecido el vapor en unos cuantos
minutos, hundiendo su proa en las aguas y luego las chimeneas, colocándose en
una posición casi vertical, como la torre inclinada de Pisa, con las dos
hélices volteando locas en su remate á impulsos de un estremecimiento agónico.
El narrador empezó á quedar solo. Otros náufragos
que iniciaban á su vez el lúgubre relato atrajeron á los curiosos.
Ferragut contempló á este joven. Su tipo físico y
su acento le hicieron adivinar á un compatriota.
—¿Es usted español?
El náufrago contestó afirmativamente.
—¿Catalán?—prosiguió Ulises, en lengua catalana.
Una nueva vehemencia oratoria galvanizó al
náufrago. «¿El señor también es catalán?...» Y sonriendo á Ferragut como si
fuese una aparición celeste, emprendió otra vez la historia de sus infortunios.
Era un viajante de comercio de Barcelona, y había
tomado en Nápoles la ruta del mar, por parecerle más rápida, huyendo de los
ferrocarriles, congestionados por la movilización italiana.
—¿Iban otros españoles en el buque?—siguió
preguntando Ulises.
—Uno nada más: mi amigo, ese muchacho de que he
hablado antes. La explosión del torpedo le hizo pedazos. Yo lo vi.
El capitán sintió agrandarse su remordimiento. ¡Un
compatriota, un pobre joven, había perecido por su culpa!...
También el viajante de comercio parecía sufrir un
tormento de conciencia. Se consideraba responsable de la muerte de su
compañero. Lo había conocido en Nápoles pocos días antes, pero estaban unidos
por la estrecha fraternidad de los compatriotas jóvenes que se tropiezan lejos
de su país.
Los dos habían nacido en Barcelona. El pobre
muchacho, casi un niño, quería regresar por tierra, y él le había arrastrado á
última hora, demostrándole las ventajas de un viaje por mar. ¿Quién podía
imaginarse que los submarinos alemanes estaban en el Mediterráneo?...
El comisionista insistió en su remordimiento. No
podía olvidar á este adolescente que, por hacer el viaje en su compañía, había
marchado al encuentro de la muerte.
—Lo conocí en Nápoles, ocupado en buscar por todas
partes á su padre.
—¡Ah!...
Ulises lanzó esta exclamación avanzando el cuello
violentamente, como si quisiera despegar su cráneo del resto del cuerpo. Los
ojos se le salían de las órbitas.
—El padre—continuó el joven—manda un buque... Es el
capitán Ulises Ferragut.
Un alarido... La gente corrió... Un hombre acababa
de caer redondo, rebotando su cuerpo sobre la cubierta.
EL ENCUENTRO DE MARSELLA
Tòni, que abominaba de los viajes en ferrocarril,
por su entumecedora inmovilidad, tuvo que abandonar el Mare nostrum,
sufriendo el tormento de permanecer acoplado doce horas entre personas
desconocidas.
Ferragut estaba enfermo en un hotel del puerto de
Marsella. Le habían desembarcado de un buque francés procedente de Nápoles,
sumido en doloroso mutismo. Quería morir. Durante el viaje le sometieron á una
estrecha vigilancia para que no repitiese sus intentos de suicidio. Varias
veces quiso arrojarse al agua.
Esto lo supo Tòni por el capitán de un vapor
español que acababa de llegar de Marsella, precisamente un día después que los
periódicos de Barcelona relataron la muerte de Esteban Ferragut en el
torpedeamiento del Californian. El viajante de comercio contaba en
todas partes el suceso, y á continuación su novelesco encuentro con el padre,
la caída mortal de éste al recibir la noticia, su desesperación cuando recobró
el conocimiento.
El piloto había corrido á presentarse en la casa de
su capitán. Todos los Blanes estaban en ella, rodeando y consolando á Cinta.
—¡Hijo mío!... ¡Mi hijo!...—gemía la madre,
retorciéndose en un sofá.
Y el coro de la familia ahogaba sus lamentos
derramando sobre ella una lluvia de hipotéticos consuelos y apelaciones á la
resignación. Debía pensar en el padre: no estaba sola en el mundo, como ella
afirmaba; además de su familia, tenía á su marido.
Tòni acababa de entrar en este momento.
—¡Su padre!—dijo ella con desesperación—. ¡Su
padre!...
Y clavó los ojos en el piloto, como si pretendiese
hablarle con ellos. Tòni sabía mejor que nadie quién era este padre y por qué
razones se había quedado en Nápoles. El tenía la culpa de que el muchacho
hubiese emprendido el loco viaje á cuyo final le esperaba la muerte... La
devota Cinta se representaba esta desgracia como un castigo de Dios, siempre
complicado y misterioso en sus designios. La divinidad, para hacer expiar al
padre sus culpas, mataba al hijo, sin pensar en la madre, á la que hería de rebote.
El piloto se marchó. No podía sufrir las miradas y
las alusiones de doña Cinta. Y como si no tuviese bastante con esta emoción,
recibía horas después la noticia del mal estado de su capitán, lo que le
obligaba á emprender el viaje á Marsella inmediatamente.
Al entrar en el cuarto del hotel, frecuentado por
oficiales de los buques mercantes, encontró á Ferragut sentado junto á un
balcón, desde el que se veía todo el puerto viejo.
Estaba más flaco, con los ojos hundidos y mates, la
barba revuelta y un olvido manifiesto en su persona.
—¡Tòni!... ¡Tòni!...
Se abrazó á su segundo, mojándole el cuello de
lágrimas. Por primera vez conseguía llorar, y esto pareció darle cierto alivio.
La presencia del piloto le devolvía á la vida; se aglomeraron en su memoria los
olvidados recuerdos de negocios y viajes. Tòni resucitaba todas las energías
del pasado; era como si el Mare nostrum viniese en busca de
él.
Sintió vergüenza y remordimiento. Este hombre
conocía su secreto: era el único á quien había hablado del aprovisionamiento de
los sumergibles alemanes.
—¡Mi pobre Esteban!... ¡Mi hijo!
No vacilaba en establecer una fatalista relación
entre la muerte de su hijo y aquel viaje ilegal, cuya memoria le pesaba como un
pecado monstruoso. Pero Tòni fué discreto. Lamentó la muerte de Esteban como
una desgracia en la que su padre no había tenido intervención alguna.
—También yo he perdido hijos... y sé que nada se
gana desesperándose... ¡Serenidad!
No dijo una palabra de todo lo anterior al trágico
suceso. De no conocer Ferragut á su segundo, habría podido creer que lo tenía
olvidado. Ni el más leve gesto, ni una luz en sus ojos que revelase el
despertar del maligno recuerdo. Su única preocupación era que el capitán
recobrase pronto la salud...
Reanimado por la presencia y las palabras de este
compañero prudente, Ulises recuperó sus fuerzas, y pocos días después abandonó
el cuarto donde había creído morir, dirigiéndose á Barcelona.
Entró en su casa con una preocupación que casi le
hacía temblar. La dulce Cinta, considerada hasta entonces con la superioridad
protectora de los orientales, que no reconocen un alma en la mujer, le
inspiraba cierto miedo. ¿Qué diría al verle?...
No dijo nada de lo que él temía. Se dejó abrazar, é
inclinando la cabeza rompió en un llanto desesperado, como si la presencia de
su esposo evocase con mayor relieve la imagen del hijo que nunca volvería á
ver. Luego secó sus lágrimas, y más pálida, más triste que nunca, continuó su
vida habitual.
Ferragut la vió serena como una maestra, con las
dos sobrinas pequeñas sentadas á sus pies, proseguir las eternas labores de
encaje. Sólo las olvidaba para atender al cuidado del marido, preocupándose de
los más pequeños detalles de su bienestar. Era su deber. Conocía desde niña
cuáles son las obligaciones de la esposa de un capitán de buque cuando se
detiene en su casa por unos días, como un pájaro de paso.
Pero á través de tales atenciones, Ulises adivinó
la presencia de un obstáculo inconmovible. Era algo enorme y transparente que
se había interpuesto entre los dos. Se veían, pero sin poder tocarse: estaban
separados por una distancia dura y luminosa lo mismo que el diamante, que hacía
inútil todo intento de aproximación.
Cinta no sonreía nunca. Sus ojos estaban secos,
esforzándose por no llorar mientras el marido permaneciese cerca de ella. Ya se
entregaría al dolor con toda libertad cuando quedase sola. Su deber era hacerle
tolerable la existencia, reteniendo sus palabras, ocultando sus pensamientos.
Pero esta cordura de buena dueña de casa, esta
supeditación de cónyuge á uso antiguo, ganosa de evitar toda molestia á su
señor, no pudieron mantenerse mucho tiempo.
Un día, Ferragut, por un retorno del antiguo
cariño, por un deseo de iluminar con un pálido rayo de sol la vida crepuscular
de Cinta, osó acariciarla como en la primera época de su matrimonio. Ella se
irguió ofendida y pudorosa, lo mismo que si acabase de recibir un insulto. Se
escapó de sus brazos con igual energía que si repeliese una violación.
Contempló Ulises una mujer nueva, intensamente
pálida, con el rostro casi verde, la nariz encorvada por la cólera y un fulgor
de locura en los ojos. Todo lo que guardaba en el fondo de su pensamiento
emergió á borbotones, expelido por una voz ronca cargada de lágrimas.
—No, ¡no!... viviremos juntos porque eres mi marido
y Dios manda que sea así, pero ya no te quiero: no puedo quererte... ¡El mal
que me has hecho!... ¡Tanto que te amaba yo!... Por más que busques en tus
viajes y tus malas aventuras, no encontrarás una mujer que te quiera como te ha
querido la tuya.
Su pasado de cariño modesto y sumiso, de fidelidad
discreta y tolerante, salía por su boca como una queja interminable.
—Te he seguido desde aquí en tus viajes. A la
vuelta conocía tus olvidos, tus infidelidades. Me lo contaban todos los papeles
encontrados en tus bolsillos, las fotografías perdidas entre tus libros, las
alusiones de tus camaradas, tus sonrisas de orgullo, el aire satisfecho con que
volvías muchas veces, una serie de costumbres y cuidados de tu persona que no
tenías al salir de aquí... Adivinaba también en tus caricias atrevidas la
presencia oculta de otras mujeres que viven lejos, al otro lado del mundo.
Detuvo su alborotado lenguaje unos instantes,
dejando que se extinguiese la llamarada del recuerdo impúdico que había
enrojecido su palidez.
—Todo lo despreciaba—continuó—. Yo conozco á los
hombres de mar: soy hija de marino. Muchas veces vi á mi madre llorando, y su
simplicidad me dió lástima. No hay que llorar por lo que hacen los hombres en
lejanas tierras. Es siempre amargo para una mujer que ama á su marido, pero no
trae consecuencias, y debe perdonarse... Pero ahora... ¡ahora!...
La esposa se irritó al evocar las infidelidades
recientes... Ya no eran sus rivales las mercenarias de los grandes puertos, ni
las viajeras que sólo pueden dar unos días de amor, como una limosna que se
arroja sin detener el paso. Ahora se había enamorado con entusiasmos de
jovenzuelo de una dama elegante y hermosa, de una extranjera que le hacía
olvidar sus negocios, abandonar su barco y permanecer lejos, como si renunciase
á su familia para siempre... Y el pobre Esteban, huérfano por el olvido de su padre,
iba en busca de él con la impetuosidad aventurera heredada de sus ascendientes,
y la muerte, una muerte horrible, le salía al encuentro en su camino.
Algo más que el dolor de la esposa ultrajada vibró
en los lamentos de Cinta. Era la rivalidad con aquella mujer de Nápoles que
ella creía una gran señora con todos los atractivos de la riqueza y de un alto
nacimiento; la envidia por sus armas superiores de seducción; la rabia por su
propia modestia y su humildad de mujer casera.
—Yo estaba resuelta á ignorarlo todo—siguió
diciendo—. Tenía un consuelo: mi hijo. ¿Qué me importaba lo que tú hicieses?...
Estabas lejos y mi hijo vivía á mi lado... ¡Y ya no lo veré más!... ¡Mi destino
es vivir eternamente sola! Tú sabes que no puedo ser madre otra vez; que estoy
enferma y no puedes darme otro hijo... Y eres tú, ¡tú! quien me ha quitado el
único que tenía...
Su imaginación fabricó las más inverosímiles
deducciones para explicarse á sí misma esta pérdida injusta.
—Dios quiere castigarte por tu mala vida, y ha
matado por eso á Esteban y me matará lentamente á mí... Cuando supe su muerte
quise arrojarme por el balcón. Vivo aún porque soy cristiana; pero ¡qué
existencia me espera! ¡Qué vida para ti, si eres verdaderamente un padre!...
Piensa que tu hijo existiría si no te hubieses quedado en Nápoles.
Ferragut era digno de lástima. Bajaba la cabeza,
sin fuerzas para repetir las desordenadas y mentirosas protestas con que había
acogido las primeras palabras de su esposa.
«¡Si ella supiese toda la verdad!», repitió en su
cerebro la voz del remordimiento.
Pensaba con horror en lo que podría decir Cinta de
conocer la extensión de su pecado. Afortunadamente, ignoraba que era él quien
había favorecido con su ayuda á los asesinos de su hijo... Y la convicción de
que nunca llegaría á saberlo le hacía admitir sus palabras con una humildad
silenciosa: la humildad del criminal que se oye acusar de un delito por un juez
que ignora otros atentados todavía mayores.
Cinta terminó de hablar con un tono desalentado y
sombrío. No podía más: se apagaba su cólera, consumida por su propia
vehemencia. Los sollozos cortaron sus palabras. Ya no vería en su marido al
mismo hombre de antes: el cadáver del hijo se interponía entre los dos.
—Nunca podré quererte... ¿Qué has hecho, Ulises?
¿qué has hecho para que te tenga horror?... Cuando estoy sola, lloro; mi
tristeza es inmensa, pero admito mi desgracia con resignación, como una cosa
lejana que fué inevitable... Así que oigo tus pasos y te veo entrar, resucita
la verdad. Pienso que mi hijo ha muerto por ti, que aún viviría si no hubiese
ido en busca tuya para recordarte que eras su padre y que te debías á
nosotros... Y cuando pienso eso, te odio, ¡te odio!... ¡Has matado á mi hijo!
Mi único consuelo es creer que, si tienes conciencia, sufrirás más aún que yo.
Salió Ferragut de esta escena horrible con la
convicción de que debía huir. Aquella casa ya no era suya. Tampoco era suya su
mujer. El recuerdo del muerto lo llenaba todo, se interponía entre él y Cinta,
le empujaba, lanzándolo de nuevo al mar. Su buque era el único refugio para el
resto de su existencia, y debía acogerse á él como los grandes criminales de
otros siglos se refugiaban en el asilo de los monasterios.
Tuvo necesidad de descargar en alguien su cólera,
de encontrar un responsable á quien atribuir sus desgracias. Cinta se le había
revelado como un ser completamente nuevo. Nunca había podido sospechar tanta
energía de carácter, tanta vehemencia pasional en esta mujercita obediente y
dulce. Debía tener un consejero que aprovechaba sus quejas para hablarle mal
del marido.
Y se fijó en don Pedro el catedrático, porque
guardaba dormida cierta prevención contra él desde les tiempos de su noviazgo.
Además, le ofendía verlo en su domicilio con cierto aire de personaje noble,
cuyas virtudes servían de contraste á los pecados y olvidos del dueño de la
casa.
Tenía Ferragut el mismo carácter de todos los
grandes corredores de aventuras amorosas: liberales y despreocupados en la
vivienda ajena; pundonorosos y suspicaces en la propia.
—Ese viejo carcamal—se dijo—está enamorado de
Cinta. Es una pasión platónica; con él no hay que temer otra cosa; pero me hace
todo el daño que puede... Voy á decirle dos palabras.
Don Pedro, que continuaba sus diarias visitas para
consolar á la madre, hablando del pobre Esteban como si hubiese sido hijo suyo
y dedicando serviles sonrisas al capitán, se vió atajado por éste una tarde en
el rellano de la escalera.
El marino envejeció de pronto al hablar,
acentuándose sus rasgos fisonómicos con una vigorosa fealdad. Se parecía en
aquel momento á su tío el Tritón.
Con voz amenazadora hizo memoria de un pasaje
clásico bien conocido del profesor. Su homónimo el viejo Ulises, al volver á su
palacio, había encontrado á Penélope rodeada de pretendientes, y acababa con
ellos colgándoles de una escarpia por la parte más viril y dolorosa.
—¿No fué así, catedrático?... Aquí no veo mas que
un pretendiente, pero este Ulises le jura que lo colgará de la misma parte si
vuelve á encontrarlo en su casa.
Huyó don Pedro. Juzgaba muy interesantes á los
rudos héroes de la Odisea, pero en verso y sobre el papel. En la
realidad le parecían unos brutos peligrosos. Y escribió una carta á Cinta para
avisarle que suspendía sus visitas hasta que su marido volviese al mar.
Este atropello aumentó el alejamiento de la esposa.
Representaba una ofensa para ella. Después de hacerle perder su hijo, Ulises
espantaba á su único amigo.
Sintió el capitán la necesidad de marcharse. De
seguir en aquel ambiente hostil que exacerbaba sus remordimientos, amontonaría
error sobre error. Solamente la acción le podía hacer olvidar.
Un día anunció á Tòni que dentro de unas horas iban
á partir. Había ofrecido sus servicios á las marinas aliadas para avituallar la
flota sitiadora de los Dardanelos. El Mare nostrum transportaría
víveres, armas, municiones, aeroplanos.
Tòni intentó una objeción. Les era fácil encontrar
viajes más seguros é igualmente fructuosos; podían ir á América...
—¿Y mi venganza?—interrumpió Ferragut—. El resto de
mi vida quiero dedicarlo á hacer todo el mal que pueda á los asesinos de mi
hijo. Los aliados necesitan barcos: yo les doy el mío y mi persona.
Conociendo las preocupaciones de su segundo,
añadió:
—Además, pagan bien. Estos viajes son muy
remuneradores... Me darán lo que yo pida.
Por primera vez en su existencia á bordo del Mare
nostrum tuvo el piloto un gesto de desprecio para el valor del flete.
—Me olvidaba—continuó Ulises, sonriendo á pesar de
su tristeza—. Este viaje halaga tus ideales... Vamos á trabajar por la
República.
Fueron á Inglaterra, y tomando su cargamento
emprendieron el viaje á los Dardanelos. Ferragut quiso navegar solo, sin la
protección de los destroyers que escoltaban á los buques reunidos en convoy.
Conocía bien el Mediterráneo. Además, él era de un
país neutral y la bandera española ondeaba en la popa de su buque. Este abuso
no le produjo remordimiento alguno, ni le pareció una deslealtad. Los corsarios
alemanes se aproximaban á sus presas ostentando banderas neutras para
engañarlas y que no huyesen. Los submarinos permanecían ocultos detrás de
pacíficos veleros, para surgir de pronto junto á los vapores sin defensa. Los
procedimientos más felones de los antiguos piratas habían sido resucitados por
la flota germánica.
El no temía á los submarinos. Confiaba en la
velocidad del Mare nostrum y en su buena estrella.
—Y si nos sale alguno al paso—dijo á su segundo—,
que nos salga ante la proa.
Deseaba que fuese así, para lanzar el buque sobre
el sumergible á toda velocidad, espoloneándolo.
Ya no era el Mediterráneo el mismo mar de meses
antes, cuyos secretos conocía el capitán; ya no podía vivir en él
confiadamente, como en la casa de un amigo.
Sólo permanecía en su camarote el tiempo necesario
para dormir. El y Tòni pasaban largas horas en el puente, hablando sin mirarse,
con los ojos vueltos al mar, espiando la movible superficie azul. Todos los
tripulantes, hasta los que estaban en horas de descanso, sentían la necesidad
de vigilar del mismo modo.
De día, el más leve descubrimiento enviaba la
alarma de la proa á la popa. Toda la basura del mar, que semanas antes corría
indiferentemente junto á los costados del buque, provocaba ahora gritos de
atención y hacía extenderse muchos brazos para señalarla. Los pedazos de palo,
los botes vacíos de conservas que brillaban bajo el sol, los manojos de algas,
una gaviota con las alas recogidas dejándose mecer por la ola, hacían pensar en
el periscopio del submarino asomando á flor de agua.
De noche, la vigilancia aún era mayor. Al peligro
de los sumergibles había que añadir el de una colisión. Los buques de guerra y
los transportes aliados navegaban con pocas luces ó completamente á obscuras.
Los que hacían centinela en el puente ya no miraban la superficie del mar y sus
pálidas fosforescencias. Sondeaban el horizonte, temiendo que surgiese ante la
proa una forma negra, enorme y veloz, vomitada por la obscuridad.
Si alguna vez se retardaba el capitán en el
camarote, surgía inmediatamente en su memoria el recuerdo fatal.
—¡Esteban!... ¡Hijo mío!...
Y sus ojos se llenaban de lágrimas.
El remordimiento y la cólera le hacían imaginar
tremendas venganzas. Estaba convencido de que su realización era imposible,
pero servían de momentáneo consuelo á su carácter de meridional, predispuesto á
las reivindicaciones más sangrientas.
Un día, registrando los papeles olvidados en una
maleta, encontró el retrato de Freya. Al ver su sonrisa audaz, sus ojos serenos
fijos en él, sintió que se realizaba en su interior un vergonzoso
desdoblamiento. Admiró la belleza de esta aparición: un escalofrío estremeció
su dorso; surgieron en su memoria las pasadas voluptuosidades... Y al mismo
tiempo, el otro Ferragut que existía dentro de él se crispó con la violencia
homicida del levantino, que sólo admite la muerte como venganza. Ella era la
culpable de todo. «¡Ah... tal!»
Rompió la fotografía; pero luego fué juntando los
fragmentos, y acabó por guardarlos entre los papeles.
Su cólera cambiaba de objetivo. Freya, en realidad,
no era la principal culpable de la muerte de Esteban. Pensó en el otro, en el
falso diplomático, en aquel Von Kramer que tal vez había dirigido el torpedo
que despedazó á su hijo... ¿No haría el demonio que lo encontrase alguna
vez?... ¡Qué placer verse á solas los dos, frente á frente!
Al fin huía de la soledad del camarote, que le
atormentaba con los deseos de una venganza impotente. Junto á Tòni, en lo alto
del buque, se sentía mejor... Y con una bondad humilde que nunca había conocido
su segundo, la bondad del dolor y la desgracia, hablaba y hablaba, gozándose en
la atención de su sencillo oyente, como si relatase cuentos maravillosos ante
un círculo de niños.
En el estrecho de Gibraltar le describió la gran
corriente de alimentación enviada por el Océano al Mediterráneo, y que en
aquellos momentos ayudaba á la hélice en el empuje del buque.
Sin esta corriente atlántica, el mare
nostrum, que perdía por evaporación atmosférica mucha más agua que la que
le aportaban lluvias y ríos, quedaría seco en pocos siglos. Se había calculado
que podía desaparecer en cuatrocientos sesenta años, dejando como vestigios de
su existencia una capa de sal de cincuenta y dos metros de espesor.
Nacían en sus profundos senos grandes y numerosos
manantiales de agua dulce, en la costa del Asia Menor, en Morea, Dalmacia y la
Italia meridional; recibía, además, un aporte considerable del mar Negro, pues
éste, al revés del Mediterráneo, acaparaba con las lluvias y con el arrastre de
sus ríos más agua que la que perdía por evaporación, enviándosela á través del
Bósforo y los Dardanelos en forma de corriente superficial. Pero todas estas
afluencias, aunque eran enormes, perdían su importancia comparadas con la
renovación de la corriente oceánica.
Entraban las aguas del Atlántico en el Mediterráneo
tan poderosamente, que no podían detener su curso ni los vientos contrarios ni
los movimientos de reflujo. Los buques de vela tenían que esperar á veces meses
enteros un viento fuerte que les ayudase á vencer la impetuosa boca del
estrecho.
—Eso lo sé muy bien—dijo Tòni—. Una vez, yendo á
Cuba, estuvimos á la vista de Gibraltar más de cincuenta días, adelantando y
perdiendo camino, hasta que un viento favorable nos hizo vencer la corriente y
salir al mar grande.
—La tal corriente—añadió Ferragut—fué una de las
causas que precipitaron la decadencia de las marinas mediterráneas en el siglo
XVI. Había que ir á las Indias recién descubiertas, y el marino catalán ó el
genovés permanecían aquí en el estrecho semanas y semanas luchando con la
atmósfera y el agua contrarias, mientras los gallegos, los vascos, los
franceses é ingleses, que habían salido al mismo tiempo de sus puertos, estaban
ya cerca de América... Por fortuna, la navegación á vapor nos ha igualado á todos.
Tòni admiraba en silencio á su capitán. ¡Lo que
había aprendido en los libros que llenaban su camarote!...
Era en el Mediterráneo donde los hombres se habían
confiado por primera vez á las olas. La civilización procede de la India, pero
los pueblos asiáticos no pudieron hacer el aprendizaje de navegantes en unos
mares donde las costas están muy lejanas unas de otras y los monzones del
Océano Indico soplan seis meses seguidos en una dirección y seis meses en otra.
Solamente al llegar al Mediterráneo, en sus
emigraciones por tierra, el hombre blanco había querido ser marinero. Este mar,
que comparado con los otros es un simple lago sembrado de archipiélagos, se le
ofreció como una escuela. A cualquier viento que abandonase su velamen, estaba
seguro de llegar á una orilla hospitalaria. Las brisas dulces é irregulares
giraban con el sol en algunas épocas del año. El huracán atravesaba su cuenca,
pero sin fijarse nunca. No existían mareas. Sus puertos y pasos no quedaban en
seco; sus costas é islas estaban muchas veces á tan corta distancia, que se
veían entre ellas; sus tierras, amadas del cielo, recibían las miradas más
dulces del sol.
Ferragut evocaba el recuerdo de los hombres que
habían surcado este mar en siglos tan remotos que la Historia no hacía mención
de ellos. Como únicos rastros de su existencia quedaban los nuraghs de
Cerdeña y los talayòts de las Baleares, mesas gigantescas
formadas con bloques, altares bárbaros de pedruscos enormes, que recordaban los
menhires y los dólmenes celtas de las costas bretonas. Estos pueblos obscuros
habían pasado, de isla en isla, desde el fondo del Mediterráneo hasta el
estrecho, que es su puerta.
El capitán se imaginaba sus embarcaciones hechas
con troncos de árboles apenas desbastados, movidas á remo, ó más bien á golpe
de pala, sin otro auxilio que el de una vela rudimentaria que sólo se tendía al
soplo franco de popa. La marina de los primeros europeos había sido igual á la
de los salvajes de las islas de Oceanía, que aún van actualmente en sus
flotillas de troncos de archipiélago en archipiélago.
Así habían osado despegarse de las costas, perder
de vista la tierra, aventurarse en el desierto azul, avisados de la existencia
de las islas por las gibas vaporosas de las montañas que se marcaban en el
horizonte al ponerse el sol. Cada avance en el Mediterráneo de esta marina
balbuciente había representado mayores derroches de audacia y energía que el
descubrimiento de América ó el primer viaje alrededor del mundo... Estos nautas
primitivos no se lanzaban solos á las aventuras del mar: eran pueblos en masa;
llevaban con ellos familias y animales. Las tribus, una vez instaladas en una
isla, soltaban fragmentos de su propia vida, que iban á colonizar, á través de
las olas, otras tierras cercanas.
Ulises y su segundo pensaron en las grandes
catástrofes ignoradas por la Historia: la tempestad sorprendiendo al éxodo
navegante, las flotas enteras de rudas balsas sorbidas por el abismo en unos
minutos, las familias muriendo abrazadas á sus animales domésticos cuando iban
á intentar un nuevo avance de su embrionaria civilización.
Para formarse una idea de lo que eran sus pequeñas
embarcaciones, Ferragut recordaba las flotas de los poemas homéricos, creadas
muchos siglos después. Los vientos infundían un terror religioso á los
guerreros del mar reunidos para caer sobre Troya. Sus buques permanecían
encadenados un año entero en los puertos de Aulide por miedo á la hostilidad de
la atmósfera, y para aplacar á las divinidades del Mediterráneo sacrificaban la
vida de una virgen.
Todo era peligro y misterio en el reino de las
ondas. Los abismos rugían, los peñascos ladraban, los escollos eran sirenas
cantoras que iban atrayendo con su música á las naves para despedazarlas. No
había isla sin dios particular, sin monstruo, sin cíclope ó sin maga urdidora
de artificios. El terror era la primera divinidad de los mares. El hombre,
antes de domesticar á los elementos, les tributó el más supersticioso de sus
miedos.
Un factor material había influido poderosamente en
los cambios de la vida mediterránea. La arena, movida al capricho de las
corrientes, arruinaba á los pueblos ó los subía á la cumbre de una inesperada
prosperidad. Ciudades célebres en la Historia no eran actualmente mas que
calles de ruinas al pie de un montículo coronado por los restos de un castillo
fenicio, romano, bizantino, sarraceno ó del tiempo de las Cruzadas. En otros
siglos habían sido puertos famosos: ante sus muros se libraron batallas navales.
Ahora, desde su derruida acrópolis apenas se alcanzaba á ver el Mediterráneo
como una leve faja azul al final de la llanura baja y pantanosa. La arena había
alejado el antiguo puerto del mar con una distancia de leguas... En cambio,
ciudades de tierra adentro pasaban á ser lugares de embarque, por la continua
perforación de las olas que iban á encontrarlas.
La maldad de los hombres había imitado la obra
destructora de la Naturaleza. Cuando una república marítima vencía á otra
república rival, lo primero que pensaba era en obstruir su puerto con arena y
piedras, en torcer el curso de las aguas, para que se convirtiese en ciudad
terrestre, perdiendo sus flotas y su tráfico. Los genoveses, triunfadores de
los pisanos, cegaban su puerto con las arenas del Arno, y la ciudad de los
primeros conquistadores de Mallorca, de los navegantes á Tierra Santa, de los
caballeros de San Esteban, guardianes del Mediterráneo, pasaba á ser Pisa la
muerta, población que sólo de oídas conoce el mar.
—La arena—terminaba diciendo Ferragut—ha cambiado
en el Mediterráneo las rutas comerciales y los destinos históricos.
De cuantos hechos habían tenido por escenario
el mare nostrum, el más famoso para el capitán era la inaudita
expedición de los almogávares á Oriente, la epopeya de Roger de Flor, que él
conocía desde pequeño por los relatos del poeta Labarta, del Tritón y
del pobre secretario de pueblo que soñaba á todas horas con las grandezas
pretéritas de la marina de Cataluña.
Todo el mundo hablaba en aquellos meses del bloqueo
de los Dardanelos. Los buques que surcaban el Mediterráneo, lo mismo los
mercantes que los de guerra, trabajaban para la gran operación militar que se
iba desarrollando frente á Gallípoli. El nombre del largo callejón marítimo que
separa Europa de Asia estaba en todas las bocas. Las miradas de los humanos
convergían en este punto, lo mismo que en los remotos siglos de la guerra de
Troya.
—Nosotros también hemos estado allí—decía Ferragut
con orgullo—. Los Dardanelos han sido durante varios años de catalanes y
aragoneses. Gallípoli fué una ciudad nuestra gobernada por el valenciano Ramón
Muntaner.
Y emprendía el relato de las conquistas de los
almogávares en Oriente, odisea romántica, bárbara y sangrienta á través de las
antiguas provincias asiáticas del Imperio romano, que sólo venía á terminarse
con la fundación de un ducado español de Atenas y Neopatras en la ciudad de
Pericles y Minerva.
Las crónicas de la Edad Media oriental, los libros
de caballerías bizantinos, los cuentos paladinescos de los árabes, no tenían
aventura más imprevista y dramática que la expedición de estos argonautas
procedentes de los valles de los Pirineos, de las márgenes del Ebro y de las
moriscas huertas de Valencia. Durante largos años imperaron en la Bitinia, la
Troyada, la Jonia, la Tracia, la Macedonia, la Tesalia y la Atica.
Abuelos gloriosos de los conquistadores de América
y de la infantería española de los tercios, estos almogávares eran incansables
andarines, vestidos y armados á la ligera. Usaban simples petos de lana cuando
todos los guerreros se cubrían de hierro; oponían la jabalina arrojadiza á la
pesada lanza; saltaban como felinos sobre el caballero acorazado para clavarle
su ancha espada por los intersticios de la armadura.
Habían afirmado en Sicilia la dinastía de Aragón,
expulsando definitivamente á la dinastía francesa á fines del siglo XIII; pero
los nuevos reyes ignoraban cómo mantener á esta milicia inocupada y temible,
hasta que del seno de ella surgía un aventurero de genio, Roger de Flor, que la
llevaba á Oriente al servicio de los emperadores de Bizancio, amenazados por
las primeras agresiones de los turcos.
Estos soberanos, muelles, lujosos, refinados,
comenzaron á temblar ante los hombres cuyo auxilio habían solicitado
imprudentemente. Eran verdaderos salvajes para los patricios de Constantinopla.
El mismo día de su llegada entablaron un combate sangriento en las calles de
Pera y de Gálata con los genoveses que explotaban la ciudad.
El viejo basileo Andrónico Paleólogo se dió prisa
en alejar á los temibles huéspedes. Cumpliendo sus promesas, confería al
obscuro Roger de Flor el título de megaduque ó almirante, casándolo luego con
una princesa de la familia imperial. A su vez, los almogávares debían dar
principio inmediatamente á su colaboración militar.
Los afeminados burgueses de Bizancio y su populacho
cosmopolita, aficionados á las fiestas de Circo y las querellas teológicas,
vieron partir con satisfacción á estos hombres medio bandidos y medio soldados,
que llevaban á la zaga, por una costumbre secular, sus hijos y sus barraganas,
duras hembras de Aragón y de Sicilia seguidas de enjambres de chicuelos
semidesnudos y acostumbradas á manejar la espada cuando caía herido su rudo
compañero.
Retrocedían los turcos en el Asia Menor ante los
nuevos auxiliares de Bizancio, más duros y belicosos que ellos. Reconquistaban
los almogávares Filadelfia, Magnesia, Efeso, y llegaban hasta las llamadas
«Puertas de Hierro», al pie del lejano Taurus. De seguir su marcha, sin temor á
intrigas de la corte bizantina que dejaban á sus espaldas, tal vez hubiesen
repetido la hazaña de los cruzados, entrando en Palestina por el Norte.
Pero el Imperio temía á los almogávares, y cuanto
mayores eran sus victorias, más grande resultaba su miedo. Ascendía á Roger de
Flor á la dignidad de César, pero lo obligaba á volver atrás, intentando al
mismo tiempo introducir la discordia entre los jefes de la expedición. Al más
noble de los capitanes almogávares, Berenguer de Enteaza, pariente de los reyes
de Aragón, que estaba con sus galeras en el Cuerno de Oro, lo nombraba
megaduque, enviándole con gran pompa el lujoso sombrero símbolo de tal dignidad.
Pero el marino aragonés, que conocía la perfidia de los bizantinos, ataba el
honorífico sombrero á una cuerda como si fuese un cubo, sacando agua con él
ante los escandalizados embajadores.
Un hijo del viejo basileo, llamado Miguel IX,
príncipe sombrío y receloso, que gobernaba unido á su padre, preparó el
exterminio de estos intrusos, cada vez más insolentes por sus victorias. Temía
que destronasen á los Paleólogos, estableciendo una dinastía española, como
habían hecho los cruzados un siglo antes, instaurando una dinastía franca.
Roger de Flor dejó sus tropas establecidas en
Gallípoli y fué á Constantinopla antes de emprender la segunda campaña contra
los turcos. Creía posible un acomodamiento con la familia imperial, que era la
suya. El viejo Andrónico le halagó con nuevos honores, pero antes de volver á
los Dardanelos quiso despedirse de su cuñado, el sombrío Miguel, que estaba en
Adrianópolis con muchos guerreros búlgaros, futuros aliados.
El heroico aventurero, contra la opinión de los
suyos, que temían una asechanza, fué á Adrianópolis escoltado solamente por
unos cientos de catalanes, y le recibieron con grandes fiestas. Luego, á los
postres de un banquete, Miguel y sus búlgaros lo asesinaron. Los almogávares de
la escolta se defendieron en grupos aislados contra toda una ciudad, y fué tan
inaudita su desesperada resistencia, que á muchos les concedieron la vida por
admiración.
Los bizantinos se vengaron del miedo sufrido
matando en todo el Imperio á los españoles sueltos. Hasta los capitanes
principales, casados con princesas del país, fueron asesinados en sus casas.
Los almogávares fortificados en Gallípoli, por un escrúpulo caballeresco propio
de la época, se creyeron en la imposibilidad de defenderse si no declaraban
antes la guerra al basileo solemnemente. Veintiséis de ellos fueron á
Constantinopla para hacer esta declaración, pero á pesar de su carácter sagrado
de embajadores, la misma escolta bizantina que les había facilitado Andrónico
los asesinó en Rodosto, despedazando los cadáveres en el matadero público y
exhibiendo sus cuartos en las mesas del mercado.
«Que vuestro corazón se reconforte—decía
sombríamente Muntaner en su crónica al dar fin á este relato de horrores—. Da
aquí en adelante, veréis cómo nuestra Compañía obtuvo, con la ayuda de Dios,
una venganza tan ruidosa como jamás se ha visto venganza alguna.»
No llegaban á cuatro mil los almogávares y
marineros refugiados en Gallípoli. Todos los demás, esparcidos por el Imperio,
habían sido degollados con sus mujeres y sus hijos. Y esta pequeña tropa, sin
otro refuerzo que el de algunos grupos que de tarde en tarde llegaban de
Sicilia y Aragón, se mantuvo en los Dardanelos durante dos años. Primeramente
se defendieron de todo el ejército bizantino, con sus auxiliares alanos y
búlgaros.
Muntaner, ciudadano de Valencia, fué el encargado
de la defensa de Gallípoli. Luego, derrotando á sus enemigos con una buena
suerte casi milagrosa, tomaron la ofensiva, haciéndose dueños de Tracia y
llegando en sus audaces correrías hasta la misma Constantinopla. Eran pocos
para apoderarse de la enorme ciudad, pero secuestraron á sus habitantes ricos,
quemaron sus arsenales, pasaron á cuchillo guarniciones enteras, vengándose
ferozmente de la crueldad de sus enemigos.
Al fin, el hambre les obligaba á alejarse. En dos
años habían devorado todos los recursos del país. Los griegos huían de ellos,
incapaces de resistirles, y en este vacío no disponían de otros medios de
subsistencia que los que traían las naves de la lejana patria.
Esta república militar, que se daba el título de
«Compañía», emprendió la retirada hacia el Oeste, marcando su camino con los
saqueos y violencias que acompañan en toda época la retirada de una horda
guerrera. Además, sus jefes estaban enemistados. El sombrío y ambicioso
Rocafort hacía matar á Berenguer de Entenza y acababa su vida en una prisión.
El prudente Muntaner era el consejero de paz, ahogando las disidencias,
buscando nuevos amigos entre los señores feudales que gobernaban la Macedonia y
la Tesalia con títulos de Sebastocrator y de Megaskir.
La Compañía hacia grandes daños á su paso por
Salónica y los conventos del monte Athos. Una vez en la verdadera Grecia, el
duque de Atenas, Gautier de Brienne, descendiente de los cruzados franceses, la
tomaba á sueldo.
Trataron con desprecio los caballeros francos á
estos guerreros medio salvajes, y los almogávares, poco sufridos de carácter,
se enemistaban con ellos. Una batalla decisiva se desarrolló en las márgenes
del lago Copais, famoso por sus anguilas, de las que hablan Aristófanes y casi
todos los poetas de la antigua Atenas. Los paladines vestidos de hierro sobre
corceles acorazados atacaron riendo de lástima á estos infantes andrajosos.
Pero la Compañía abundaba en hábiles flecheros, y además, rompiendo los canales,
convirtió el terreno en un pantano. Se hundían en él los jinetes, asaetados por
todas partes, y los almogávares degollaron á la flor de la caballería franca,
condes, marqueses y barones, siendo de los primeros en caer Gautier de Brienne.
Luego de saquear el país, los vencedores se
establecían en Atenas. Diez años habían durado sus aventuras en Oriente, sus
marchas de Constantinopla á las faldas del Taurus, de la península de Gallípoli
á la cumbre de la Acrópolis.
—Ochenta años—decía Ferragut al terminar su
relato—vivió el ducado español de Atenas y Neopatras ochenta años gobernaron
los catalanes esas tierras.
Y señalaba al horizonte, en el que se marcaban como
rojas neblinas los lejanos promontorios y montañas de la tierra griega.
El tal ducado fué, en realidad, una República. La
Compañía había conferido su corona á los reyes aragoneses de Sicilia, pero
éstos no visitaron nunca sus nuevos dominios, delegando el gobierno en
mercaderes y hombres de mar.
Atenas y Tebas fueron administradas con arreglo á
las leyes de Aragón. Su código fué el «Libro de usos y costumbres de la ciudad
de Barcelona». La lengua catalana reinó como idioma oficial en el país de
Demóstenes. Los rudos almogávares se casaron con las más altas damas del país,
«tan nobles—decía Muntaner—, que años antes no hubiesen desdeñado el
presentarles el agua para que lavasen sus manos».
EL Partenón estaba todavía intacto, como en los
tiempos gloriosos de la antigua Atenas. El monumento augusto de Minerva,
convertido en iglesia cristiana, no había sufrido otra modificación que la de
ver una nueva diosa en sus altares, la Virgen Santísima, la Panagia
Ateneiotissa. Y en este templo milenario, de soberana belleza, se cantó
durante ochenta años el Te Deum en honor de los duques
aragoneses y predicaron los sacerdotes en catalán.
La república de aventureros no se ocupó en
construir ni en crear. Nada quedó sobre la tierra griega como rastro de su
dominación: edificios, sellos ó monedas. Sólo algunas familias nobles,
especialmente en las islas, tomaron el nombre patronímico de Catalán.
—Aún se acuerdan de nosotros confusamente, pero se
acuerdan—decía Ferragut.
Los campesinos del lago Copais guardaban un
recuerdo vago de la batalla de Cefiso, que dió fin al ducado franco de Atenas.
«Que la venganza de los catalanes te alcance», fué durante varios siglos en
Grecia y en Rumelia la peor de las maldiciones. Para designar á un ser bárbaro
y sanguinario, todavía los griegos modernos le apodan «Catalán», y en Morea
toda comadre violenta y reñidora se ve insultada por sus vecinas con el nombre
de «Catalana».
Así terminó la más gloriosa y sangrienta de las
aventuras mediterráneas en la Edad Media; el choque de la rudeza occidental,
casi salvaje pero franca y noble, con la malicia refinada y la civilización
decadente de los griegos, pueriles y viejos á la vez, que se sobrevivían en
Bizancio.
Ferragut sentía placer con estos relatos de
esplendores imperiales, palacios de oro, épicos encuentros y furiosos saqueos,
mientras su buque navegaba cortando la noche y saltando sobre el mar obscuro,
acompañado por el pistoneo de las máquinas y el batir ruidoso de la hélice, que
á veces permanecía fuera del agua durante los furiosos balanceos de proa á
popa.
Estaban en el peor sitio del Mediterráneo, donde se
encuentran los vientos procedentes del callejón del Adriático, de las estepas
del Asia Menor, de los desiertos africanos y del portillo de Gibraltar,
mezclando tempestuosamente sus corrientes atmosféricas. Las aguas, encajonadas
entre las numerosas islas del archipiélago griego, se retorcían en opuestas
direcciones, exasperándose al chocar contra los acantilados de las costas, con
una violencia de retroceso que se convertía en furioso oleaje.
El capitán, encapuchado como un fraile,
encorvándose bajo el viento, que parecía querer arrancar del puente sus gruesas
botas, altas hasta la rodilla, hablaba y hablaba á su segundo, inmóvil junto á
él, cubierto igualmente con un impermeable que chorreaba humedad por todos sus
pliegues. La lluvia iba rayando con leves arañazos de luz la lóbrega pizarra de
la noche. Los dos marinos sentían en la cara y en las manos la misma sensación
que si cayesen á través de la obscuridad ortigas heladas.
Por dos veces anclaron cerca de la isla de Tenedos,
viendo los movibles archipiélagos de los acorazados con velos flotantes de
humo. Llegaba á sus oídos, como un trueno incesante, el eco de los cañones que
rugían á la entrada de los Dardanelos.
Asistieron de lejos á la emoción causada por la
pérdida de algunos navíos ingleses y franceses. La corriente del mar Negro era
la mejor arma para los defensores de este desfiladero acuático contra el ataque
de las flotas. No tenían mas que arrojar en el estrecho una cantidad de minas
flotantes, y el río azul que se desliza por los Dardanelos las arrastraba hacia
los buques sitiadores, destruyéndolos con infernal estallido. En las costas de
Tenedos, las mujeres helénicas, con las cabelleras sueltas, arrojaban flores al
mar en memoria de las víctimas, con un dolor teatral semejante al de las
heroínas de la antigua Troya, cuyas murallas estaban enterradas en las colmas
de enfrente.
El tercer viaje, en pleno invierno, fué muy duro, y
al final de una noche lluviosa, cuando las sutiles palideces del alba empezaban
á sacar de la sombra los contornos todavía esfumados de la realidad, el Mare
nostrum llegó á la rada de Salónica.
Sólo una vez había estado Ferragut en este puerto,
muchos años antes, cuando todavía era de los turcos. Primeramente vió unas
tierras bajas en las que parpadeaban los últimos fuegos de los faros. Luego fué
reconociendo la rada, vasta extensión acuática con un marco de arenales y
lagunas que reflejaban la luz indecisa del amanecer. Las gaviotas, recién
despiertas, volaban en grupos sobre la inmensa copa marina. En la desembocadura
del Vardar se levantaban los volátiles de agua dulce con ruidosos gritos, ó permanecían
orlando las orillas, inmóviles sobre sus largas patas.
Frente á la proa fué surgiendo una ciudad entre las
ondas albuminosas de la bruma. En un pedazo de cielo limpio y azul se
destacaron varios minaretes, brillando sus remates con los fuegos de la aurora.
Así como avanzaba el buque iban desvaneciéndose las nubes matinales, y Salónica
se mostró completa, desde el caserío de sus muelles hasta el antiguo castillo
que ocupa la cumbre de una colina, fortaleza de torreones rojizos, chatos y
robustos.
Junto al agua, á lo largo del puerto, estaban las
construcciones europeas, las casas de comercio con sus rótulos dorados, los
hoteles, los Bancos, los cinematógrafos y cafés-concíertos, y una torre macíza
con otra más pequeña superpuesta: la llamada Torre Blanca, resto de las
fortificaciones bizantinas.
En este caserío europeo se abrían portillos
obscuros. Eran las bocas de las calles en pendiente, que se remontaban colina
arriba, á través de los barrios griegos, mahometanos é israelitas, basta llegar
á una meseta cubierta de altos edificios entre las agujas obscuras de los
cipreses.
La diversidad religiosa del Mediterráneo oriental
erizaba á Salónica de cúpulas y torres. El templo griego henchía en el espacio
los bultos dorados de su techumbre; la iglesia católica hacía brillar la cruz
en lo más alto de su campanario; la sinagoga, de formas geométricas, se
desbordaba en una sucesión de terrazas; los minaretes islámicos formaban una
columnata blanca, afilada, esbelta. La vida moderna había añadido varias
chimeneas de fábrica y brazos de grúas de vapor, que producían el efecto de anacronismos
en esta decoración de puerto oriental.
En torno de la ciudad y su acrópolis huía la
llanura hasta perderse en el horizonte; una llanura que Ferragut había visto en
el viaje anterior desolada, monótona, con pocas casas y escasos cultivos, sin
otra vegetación importante que los pequeños oasis de los cementerios
musulmanes. Este desierto iba hacia Grecia y Servia, ó al encuentro de Bulgaria
y Turquía.
Ahora, la parda estepa, al salir de las brumas
algodonosas del amanecer, palpitaba con nueva vida. Miles y miles de hombres
estaban acampados en torno de la ciudad. Había nuevas poblaciones hechas de
lona, calles rectangulares de tiendas, ciudades de barracas de madera,
construcciones enormes como iglesias, cuyas paredes de lienzo temblaban bajo
las ráfagas.
El capitán vió á través de sus gemelos muchedumbres
guerreras ocupadas en los quehaceres del despertar, filas de caballos sin
jinete que iban al abrevadero, parques de artillería con sus cañones en alto
iguales á tubos de telescopio, pájaros enormes de alas amarillas que emprendían
su deslizamiento á ras de tierra con rudo traqueteo y poco á poco se remontaban
en el espacio, brillando sus alas enceradas con los primeros fulgores del sol.
Todo el ejército aliado de Oriente, volviendo de la
sangrienta y errónea aventura de los Dardanelos ó procedente de Marsella y
Gibraltar, se iba amasando en torno de Salónica.
El Mare nostrum fondeó ante los
muelles, repletos de cajas y fardos. La guerra daba á este puerto una actividad
mucho más grande que la de los tiempos tranquilos. Vapores de todas las
banderas aliadas y neutrales descargaban víveres y material militar.
Venían de todos los continentes, de todos los
océanos, atraídos por las necesidades enormes de un ejército moderno.
Descargaban cosechas de provincias enteras, rebaños interminables de bueyes y
caballos, toneladas y toneladas de acero preparado para esparcir la muerte,
muchedumbres humanas á las que sólo faltaba una cola de mujeres y de niños para
ser iguales á los grandes éxodos belicosos de la Historia. Luego llenaban sus
vientres otra vez con los residuos de la guerra, armas necesitadas de
reparación, hombres destrozados, y emprendían su viaje de vuelta.
Estos cargamentos, traídos obscura y modestamente á
través del mal tiempo y la amenaza submarina, preparaban la victoria. Muchos de
estos vapores eran antiguos buques de lujo, exonerados por la necesidad
militar, sucios y grasosos, que servían ahora de barcos de carga. Alineados
junto á los muelles, dormitaban, esperando entrar en funciones, los
navíos-hospitales, trasatlánticos más dichosos, que retenían aún cierta parte
de su antiguo bienestar, blancos, limpios, con una cruz roja pintada en los
flancos y otra en las chimeneas.
Algunos de los transportes habían llegado á
Salónica milagrosamente. Sus tripulantes relataban, con la serenidad fatalista
de los hombres de mar, cómo el torpedo había pasado á corta distancia del
casco. Un vapor herido permanecía aparte, con sólo la quilla sumergida,
mostrando al aire todo su vientre rojo. Más abajo de la línea de flotación
tenía abierta una brecha de anguloso contorno. Al mirar desde la cubierta la
profundidad de sus bodegas, invadidas por el agua, se veía el portalón abierto
en su flanco como la entrada de una caverna luminosa.
Ferragut, mientras descargaban su buque bajo la
vigilancia de Tòni, pasó los días en tierra, visitando la ciudad.
Le atrajeron desde el primer momento los callejones
de los barrios turcos; sus casas blancas; sus balcones salientes cubiertos de
celosías, que son como jaulas pintadas de rojo; las mezquitas, con patios de
cipreses y fontanas de melancólico chorreo; las tumbas de los santones en
kioscos que cortan las calles bajo el reflejo mortecino de una lámpara; las
mujeres veladas por sus negros firadjes; los viejos que transcurren
silenciosos y pensativos bajo su gorro de escarlata, siguiendo los bamboleos
del asno en que van montados.
La gran vía romana entre Roma y Bizancio, antiguo
camino de losas azules, pasaba por una calle de la moderna Salónica. Aún
guardaba una parte de su pavimento y aparecía obstruída gloriosamente por un
arco de triunfo, junto á cuya base de piedra carcomida trabajaban los
limpiabotas, descalzos y con un fez en la cabeza.
Una interminable variedad de uniformes desfilaba
por sus calles, y á esta diversidad de trajes venía á añadirse la diferencia
étnica de los hombres que los vestían. Los soldados de Francia y de las Islas
Británicas se codeaban con las tropas exóticas. Los gobiernos aliados habían
hecho un llamamiento á los combatientes profesionales y los voluntarios de sus
colonias. Los tiradores negros del centro de África enseñaban sus dientes de
marfileña sonrisa á los gigantes bronceados, con grueso turbante blanco, procedentes
de la India. El cazador de las llanuras glaciales del Canadá fraternizaba con
los voluntarios de Australia y Nueva Zelandia.
El cataclismo de la guerra mundial había arrastrado
los hombres de los antípodas hasta este rincón dormido de la Grecia. Volvían á
repetirse las invasiones de los siglos remotos que habían hecho encorvarse á la
antigua Tesalónica bajo la conquista de bárbaros, bizantinos, sarracenos y
turcos.
Las tripulaciones de los buques de guerra surtos en
la rada venían á fundir en esta variedad de uniformes la nota monótona de su
azul negruzco, casi igual en todas las marinas del mundo... Y á la amalgama
militar se agregaba la pintoresca variedad de la vestimenta civil, el carácter
híbrido del vecindario de Salónica, compuesto de varias razas y religiones que
se entremezclan sin confundirse. Los popes de negras túnicas y sombreros de
copa sin alas transcurrían por las calles junto á los sacerdotes católicos ó al
rabino de luenga hopalanda. En las afueras se veían hombres casi desnudos, sin
otro traje que una zamarra de pieles, guiando rebaños de cerdos, lo mismo que
los pastores de la Odisea. Los derviches, con aspecto de demencia,
canturreaban inmóviles en una encrucijada, envueltos en nubes de moscas,
esperando el auxilio de los buenos creyentes.
Gran parte de la población estaba compuesta de
israelitas descendientes de los judíos expulsados de España y Portugal. Los más
viejos y tradicionalistas se vestían lo mismo que sus remotos abuelos, con
largos caftanes de colores fuertes y rayados. Las mujeres, cuando no imitaban
las modas europeas, lucían un traje pintoresco que hacía recordar la
indumentaria española de la Edad Media. No eran únicamente cambistas ó
comerciantes, como en el resto de la tierra. Las necesidades de una ciudad
dominada por ellos les habían hecho abrazar todas las profesiones, siendo
artesanos, pescadores, barqueros, mozos de cordel, cargadores del puerto.
Guardaban la lengua castellana como idioma del hogar, como bandera original,
cuyo aleteo reunía sus almas dispersas, un castellano en formación, blando y
sin consistencia, semejante á una criatura recién nacida.
—¿Tú hispañol?—decían al capitán Ferragut—. Mis
antiguos nascieron allá. ¡Terra fermosa!...
Pero no querían volver á ella. Les inspiraba miedo
la patria de sus abuelos. Temían que, al verles de regreso, los españoles
actuales suprimiesen las corridas de toros y restablecieran la Inquisición,
organizando una quema todos los domingos.
Oyendo su lenguaje, el capitán recordaba una fecha:
1492. En el mismo año, Colón había hecho su primer viaje, descubriendo las
Indias; los judíos eran expulsados de la Península, y Nebrija daba á luz la
primera gramática castellana. Estos españoles habían salido de la tierra natal
meses antes de que su idioma fuese codificado por primera vez.
Un marino de Génova, antiguo amigo de Ulises, le
llevó á un café del puerto donde se reunían los capitanes mercantes. Eran los
únicos que vestían traje civil entre la concurrencia de oficiales de mar y
tierra que se apretaba en los divanes, obstruía las mesas y se aglomeraba ante
la puerta.
Estos vagabundos del Mediterráneo, que muchas veces
no podían conversar por la diversidad de sus idiomas, se buscaban
instintivamente, sentándose juntos con un silencio fraternal. Su heroísmo
pasivo era en algunos casos más admirable que el de los hombres de guerra, que
pueden devolver golpe por golpe. Todos los oficiales de las diversas flotas
sentados cerca de ellos disponían del cañón, del espolón, del torpedo, de las
grandes velocidades, de la telegrafía aérea. Los valerosos arrieros del mar
desafiaban al enemigo en buques indefensos, sin telégrafo y sin cañones.
Registrando á todos los hombres de su tripulación, no se encontraba á veces un
solo revólver. Y estos bravos osaban los mayores atrevimientos, con un
fatalismo profesional, confiándose al destino.
En las tertulias del café contaban lentamente
algunos capitanes sus encuentros en el mar, la aparición inesperada del
submarino, el torpedo que marraba su blanco por unos metros, la fuga á todo
vapor, recibiendo los cañonazos de la persecución. Se enardecían un instante al
recordar el peligro; luego volvían á mostrarse indiferentes y fatalistas.
—Si he de morir ahogado—acababan diciendo—, será
inútil cuanto haga por evitarlo.
Y aceleraban su partida, para regresar un mes
después transportando en su buque una verdadera fortuna, completamente solos,
prefiriendo la navegación suelta y astuta á la marcha en convoy, deslizándose
de isla en isla y de costa en costa para despistar á los sumergibles.
Más que los peligros de la navegación les conmovía
el estado de sus buques, que llevaban más de un año sin conocer la limpieza.
Los capitanes de trasatlántico lamentaban sus lujosos camarotes convertidos en
dormitorios de tropa, sus cubiertas charoladas, que habían pasado á ser
establos; sus comedores, donde se sentaban antes las gentes con smoking ó
escotadas, y debían ser regados ahora con toda clase de desinfectantes para
repeler la invasión de chinches y piojos, los olores animales de tantos hombres
y bestias amontonados.
La decadencia de los buques parecía reflejarse en
el porte de sus capitanes, más rudos que antes, peor vestidos, con un abandono
militar de combatiente de trinchera, las manos callosas y mal cuidadas, iguales
á las de un cargador.
Entre los marinos de guerra también los había que
mostraban un completo abandono de su persona. Eran los comandantes de los
«chaluteros», vaporcitos de pesca del Océano armados con un cañón, que habían
entrado en el Mediterráneo para perseguir á los sumergibles. Iban vestidos de
tela impermeable, con un casco encerado, lo mismo que los pescadores del mar
del Norte, oliendo á carbón y á agua tempestuosa. Pasaban semanas y semanas en
el mar, fuese cual fuese el tiempo, durmiendo en el fondo de una cala que apestaba
á pescado rancio, manteniéndose en patrulla aunque rugiese la tempestad,
saltando como un tapón de botella de ola en ola, para repetir las hazañas de
los antiguos corsarios.
Ferragut tenía un pariente en el ejército que se
aglomeraba en Salónica para avanzar tierra adentro. No quería marcharse sin
verle, y pasó varias mañanas haciendo averiguaciones en las oficinas del Estado
Mayor.
Era un sobrino suyo, un hijo de Blanes el
fabricante de géneros de punto, que había huído de Barcelona, al iniciarse la
guerra, con otros muchachos aficionados á cantar Los Segadores y
perturbar la tranquilidad del «cónsul de España» enviado por Madrid. El hijo
del pacífico burgués catalán se había alistado en un batallón de la Legión
extranjera, compuesto en gran parte de españoles é hispanoamericanos.
Blanes rogó al capitán que viese á su hijo. Estaba
triste y orgulloso al mismo tiempo por esta aventura romántica que florecía
inesperadamente en la existencia utilitaria y monótona de la familia. ¡Un
muchacho que tenía un porvenir tan grande en la fábrica de su padre!... A
continuación hacía el relato, con voz insegura y ojos húmedos, de las hazañas
de su primogénito: herido en Champaña; dos citaciones y Cruz de Guerra. ¿Quién
hubiese imaginado que podía ser un héroe?... Ahora su batallón estaba en Salónica,
después de batirse en los Dardanelos.
—Veas si te lo traes—repitió Blanes—. Dile que su
madre va á morirse de pena... ¡Tú puedes hacer mucho!
Pero todo lo que pudo hacer el capitán Ferragut fué
conseguir un permiso y un automóvil viejo para visitar el campamento de los
legionarios.
La llanura árida en torno de Salónica estaba
cruzada por numerosos caminos. Los trenes de artillería, los rosarios de
automóviles, rodaban por vías recién abiertas que las lluvias habían convertido
en lodazales. El barro era la peor calamidad de esta planicie extremadamente
polvorienta en tiempo seco.
Dos horas largas pasó Farragat de campamento en
campamento antes da llegar á su destino. Su vehículo tuvo que detenerse para
dejar paso á interminables desfiles de camiones. Otras veces le cortaban el
paso los auto-ametralladoras blindados, las grandes piezas arrastradas por
tractores, los carros del aprovisionamiento con pirámides de sacos y cajas.
Por todas partes miles y miles de soldados de
diversos colores y razas variadas. El capitán recordó las grandes invasiones de
la Historia: Jerjes, Alejandro, Gengis-Khan, todos los conductores de hombres,
que avanzaban llevándose los pueblos en masa detrás de su caballo,
transformando á los siervos de la tierra en combatientes. Sólo faltaban las
hembras soldadescas y los enjambres de chiquillos para que fuese exacta esta
semejanza con los éxodos guerreros del pasado.
A media tarde pudo abrazar á su sobrino. Estaba con
otros dos voluntarios, un andaluz y un americano del Sur, unidos los tres por
la fraternidad de origen y por el continuo roce con la muerte.
Ferragut los llevó á la cantina de un mercanti,
establecida junto al campamento del batallón. Los consumidores se sentaban bajo
un toldo de lona, ante cajas que habían contenido ferretería ó municiones y
hacían oficio de mesas. Esta miseria estaba compensada por los precios. En
ningún Hôtel-Palace obtenían las bebidas un valor tan
extraordinario.
Sintió el marino á los pocos momentos un afecto
paternal por estos tres jóvenes, á los que apodaba «los tres mosqueteros».
Quiso obsequiarlos con lo mejor que, tuviese el mercanti, y éste
sacó á luz una botella de champaña, ó más bien de tisana de Reims,
presentándola como si fuese un elixir fabricado con oro.
El líquido de ámbar, burbujeante en los vasos,
pareció devolver su antigua existencia á los tres jóvenes. Recocidos por el sol
y la intemperie, habituados á la vida dura de la guerra, casi habían olvidado
las dulzuras y comodidades de los años anteriores.
Ulises los examinó atentamente. Habían crecido en
el curso de la campaña, con el último estirón de la juventud. Sus brazos
surgían exageradamente de las mangas del capote, cortas ya para ellos. La
gimnasia ruda de las marchas y el manejo de la pala habían ensanchado sus
muñecas y encallecido sus manos.
El recuerdo de su hijo surgió en su memoria.
¡Contemplarle así, hecho un soldado, como su primo! ¡Verle sufrir todas las
rudezas de la existencia militar... pero viviendo!
Para no enternecerse, bebió y prestó atención á lo
que decían los tres jóvenes. El legionario Blanes, romántico como debe serlo un
hijo de fabricante metido en aventuras, hablaba de las hazañas de las tropas de
Oriente con todo el entusiasmo de sus veintidós años. Le faltaba el tiempo para
lanzarse á la bayoneta contra los búlgaros y llegar á Adrianópolis. La guerra
en Macedonia le tocaba de cerca, como catalán.
—¡Vamos á vengar á Roger de Flor!—dijo gravemente.
Y su tío sintió deseos de llorar y de reír ante
esta fe simple, sólo comparable á la memoria retrospectiva del poeta Labarta y
del secretario de pueblo que lamentaba todos los días la remota derrota de
Ponza.
Blanes explicó como un caballero andante el motivo
que le había llevado á la guerra. Deseaba batirse por la libertad de todos los
pueblos oprimidos, por la resurrección de todas las nacionalidades olvidadas:
polacos, checos, rutenos, yugo-eslavos... Y sencillamente, como si dijese algo
indiscutible, incluyó á Cataluña entre los pueblos que lloraban lágrimas de
sangre bajo los latigazos de la tiranía.
Aquí saltó indignado su compañero el andaluz.
Pasaban el tiempo discutiendo acaloradamente, cambiando insultos y buscándose á
continuación, como si no pudieran vivir el uno sin el otro.
Este no se batía por la libertad de tales ó cuales
pueblos. Tenía la vista larga: no era miope y egoísta, como su amigo «el
catalán». Daba su sangre por que el mundo entero fuese libre y desapareciesen
todas las monarquías.
—Me bato por Francia, porque es el país de la gran
Revolución. Su historia anterior no me importa: para reyes ya tenemos los
nuestros. Pero á partir del 14 de Julio, lo que es de Francia lo considero mío
y de todos los hombres.
Se detuvo unos segundos, buscando una afirmación
más concreta:
—Me bato, capitán, por Dantón y por Hoche.
Vió Ferragut en su imaginación las melenas blancas
de Michelet y el tupé romántico de Lamartine sobre un doble pedestal de
volúmenes que contenían la historia-poema de la Revolución.
—También me bato por Francia—dijo finalmente—porque
es la patria de Víctor Hugo.
Ulises presintió que este republicano de veinte
años debía guardar en su mochila un cuaderno, escrito con lápiz, lleno de
versos.
El sudamericano, habituado á las disputas de sus
dos compañeros, se miraba las uñas negras con la melancólica desesperación de
un profeta que contempla su patria en ruinas. Blanes, hijo de burgués, le
admiraba por su origen. El día de la movilización había ido en París á
inscribirse como voluntario montando un automóvil de cincuenta caballos. El y
su chófer se alistaban juntos. Luego hacía donación de su lujoso vehículo.
Había deseado ser soldado porque todos los jóvenes
de su club partían á la guerra. Además, le halagaba que su última amante le
dedicase unas lágrimas de admiración y asombro viéndole con uniforme. Sentía la
necesidad de conmover á todas las damas que habían bailado el tango con él
hasta la semana anterior. Por otra parte, los millones de su abuelo «el
gallego», algo roídos por su padre el criollo, se estaban deshaciendo entre sus
manos.
—Esto dura demasiado, capitán.
Al principio había creído en una guerra de seis
meses. Las balas le importaban poco; lo terrible era el piojo, el no mudarse la
ropa, el verse privado del baño diario. ¡Si él hubiese adivinado!...
Y resumía su entusiasmo con esta afirmación:
—Me bato por Francia porque es un país chic.
Sólo en París se visten bien las mujeres. Esos alemanes, por mucho que hagan,
serán siempre unos ordinarios.
No necesitaba añadir más: todo quedaba dicho.
Los tres recordaron los meses de infierno sufridos
recientemente en los Dardanelos, en un espacio de seis kilómetros conquistado á
la bayoneta. Una lluvia de proyectiles caía incesantemente sobre ellos. Había
que vivir debajo de la tierra como topos, y aun así, les alcanzaba el estallido
de los grandes obuses.
En esta lengua de tierra frente á Troya, por la que
se había deslizado la historia remota de la humanidad, las palas, al abrir las
trincheras, tropezaban con los más raros hallazgos. Un día, Blanes y sus
compañeros habían sacado á luz jarros, estatuillas y platos que tenían treinta
siglos. Otra vez cortaron blanduras repulsivas que exhalaban un hedor
insufrible. Estaban abriendo trincheras en un pedazo de terreno que había
servido de cementerio á los turcos. Los vientres hinchados se partían bajo las
palas, derramando los zumos de su putrefacción. La necesidad de resguardarse
había obligado á los legionarios á vivir con el rostro al nivel de los
cadáveres que asomaban en el corte vertical de la tierra removida.
—Los muertos estaban como las trufas en un
pastel—dijo el sudamericano—. Yo tuve que permanecer un día entero tocando con
mi nariz los intestinos de un turco muerto dos semanas antes... No, la guerra
no es chic, capitán, por más que hablen de heroísmos y cosas
sublimes en periódicos y libros.
Quiso ver Ulises otra vez á «los tres mosqueteros»
antes de partir de Salónica, pero el batallón había levantando su campo,
situándose á muchos kilómetros al interior, frente á las primeras líneas
búlgaras. El entusiasta Blanes disparaba ya su fusil contra los asesinos de
Roger de Flor.
A mediados de Noviembre llegó el Mare
nostrum á Marsella. Su capitán experimentaba siempre cierta admiración
al doblar el cabo Croissette, viendo cómo se abría ante la proa una vasta curva
marítima. En el centro de ella, una colina abrupta y desnuda avanzaba hacia el
mar, sosteniendo en su cumbre la basílica y la torre cuadrada de Nuestra Señora
de la Guardia.
Marsella era la metrópoli del Mediterráneo, el
puerto terminal para todos los navegantes del mare nostrum. En su
bahía, de cortas olas, se alzaban varias islas amarillentas, con franjas de
espuma, y sobre una de ellas las torres robustas del novelesco castillo de If.
Todos, desde Ferragut á los últimos marineros,
contemplaban como algo propio la ciudad que iba asomando en el fondo de la
bahía, sus bosques de mástiles y su amontonamiento de edificios grises, sobre
los cuales brillaban las cúpulas bizantinas de la nueva catedral. En torno de
Marsella se abría un hemiciclo de alturas desnudas y secas, coloreadas
alegremente por el sol de Provenza. Los pueblos y caseríos moteaban de blanco
estas pendientes, así como las bastidas, «villas» de placer de los
mercaderes de la ciudad. Más allá de dicho semicírculo, el horizonte estaba
cerrado por un anfiteatro de ásperas y sombrías montañas.
En los viajes anteriores, la vista de la gigantesca
Virgen dorada, que brilla como una lanza de fuego en lo alto de Nuestra Señora
de la Guardia, esparcía el regocijo sobre el puente del buque.
—¡Marsella, Tòni!—decía el capitán alegremente—. Te
convido á una bouillabaisse en casa de Pascal.
Y Tòni contraía el peludo rostro con sonrisa de
gula viendo por anticipado el restorán famoso del puerto, sus salones
crepusculares oliendo á marisco y á salsas picantes, y sobre la mesa el hondo
plato de pescado con un caldo suculento teñido de azafrán.
Pero ahora Ulises había perdido su vigorosa alegría
de vivir. Contemplaba la ciudad con ojos amorosos pero tristes. Se veía
desembarcando la última vez, enfermo, sin voluntad, anonadado por la trágica
desaparición de su hijo.
El Mare nostrum llegó á la boca
del puerto viejo, teniendo á su derecha las baterías del Faro. Este puerto
viejo era el recuerdo más interesante de la antigua Marsella. Penetraba como un
cuchillo acuático en las entrañas del caserío; la ciudad se extendía por sus muelles.
Era una plaza enorme de agua á la que afluían todas las calles; pero su área
resultaba insignificante para el tráfico marítimo, y ocho puertos nuevos venían
á cubrir toda la ribera Norte de la bahía.
Una escollera interminable, una muralla más larga
que la ciudad, se extendía paralelamente á la costa, y en el espacio entre la
orilla y este obstáculo, que obligaba á espumear y rugir á las olas, se
extendían los ocho amplios puertos, comunicándose entre sí desde el llamado de
la Joliette, que era el de acceso, hasta el lejano de la Estaca. Todavía este
último se prolongaba tierra adentro por el gran canal subterráneo que pone en
comunicación á la ciudad con el Ródano.
Ferragut había visto ancladas en esta sucesión de
abrigos las marinas de toda la tierra y aun de todas las épocas. Junto á los
trasatlánticos enormes balanceaban sus vergas las vetustas tartanas y algunos
barcos griegos, pesados y de formas arcaicas, que hacían recordar las flotas
descritas en la Ilíada.
En sus muelles circulaban todos los hombres
mediterráneos: helenos del continente y de las islas; levantinos de la costa de
Asia; españoles, italianos, argelinos, marroquíes, egipcios. Muchos guardaban
sus trajes originales, y á esta variada indumentaria se unía la diversidad de
lenguas, algunas de ellas misteriosas y casi perdidas. Como atraídos por la
confusión oral, los mismos franceses olvidaban su idioma, hablando el dialecto
marsellés, que conserva rastros indelebles de su origen griego.
Atravesó Mare nostrum el
antepuerto, la dársena de la Joliette, la del Lazareto, deslizándose lentamente
por los pasos de comunicación, entre grupos de transeúntes y de carros que
esperaban el restablecimiento de los puentes giratorios de acero abiertos ante
su proa. Luego fué á anclarse en la dársena de Arenc, cerca de los docks.
Cuando Ferragut pudo desembarcar, se dió cuenta de
la gran transformación sufrida por este puerto con motivo de la guerra.
El tráfico de los tiempos de paz no existía. Los
géneros no eran de una variedad infinita, como otras veces. En los muelles sólo
se apilaban cargamentos, monótonos y uniformes, de víveres ó de material de
guerra.
Habían desaparecido también las legiones de
descargadores. Todos estaban en las trincheras. Las orillas eran barridas ahora
por mujeres, y las descargas las efectuaban destacamentos de tiradores
senegaleses. Se estremecían de frío en los días asoleados del invierno y se
encorvaban como moribundos bajo la lluvia ó el soplo del mistral. Trabajaban
con el gorro rojo calado sobre las orejas, y al menor alto en sus faenas se
apresuraban á meter las manos en los bolsillos del capote. Estos negros
formaban grupos vociferantes en torno de un fardo ó una pieza que cuatro
hombres hubiesen movido en tiempo ordinario, y el paso de una mujer ó de un
vehículo les hacía descuidar el trabajo, volviendo sus caras de diablos con una
curiosidad infantil.
La descarga amontonaba en las principales dársenas
los mismos artículos: trigo, mucho trigo, y azufre y salitre para la
composición de materias explosivas. En otros muelles se alineaban á miles los
pares de ruedas grises, sostén de cañones y furgones; las cajas enormes como
viviendas que contenían aeroplanos; las piezas de acero que sirven de andamiaje
á la artillería gruesa; cajones de fusiles y cartuchos; enormes paquetes de
conservas alimenticias y de materias sanitarias; todo el avituallamiento del ejército
que peleaba en el extremo remoto del Mediterráneo.
Varios pelotones de hombres precedidos y seguidos
de bayonetas marchaban de un puerto á otro con rítmico paso. Eran prisioneros
alemanes, sonrosados y alegres á pesar de la cautividad, vistiendo aún sus
uniformes de color verde col, con un gorro redondo sobre la esquilada cabeza.
Iban á trabajar en el interior de los buques, cargando ó descargando el
material que debía servir para el exterminio de sus compatriotas y sus amigos.
En las dársenas, los vapores se mostraban
extraordinariamente agrandados. A su llegada sólo alzaban sobre el muelle unos
cuantos metros de borda; pero ahora que su cargamento estaba apilado en tierra,
parecían altísimas fortalezas. Dos tercios del casco ocultos siempre en el mar
quedaban al descubierto, mostrando el vivo rojo de su panza. Sólo su quilla se
mantenía en el agua. El tercio superior, lo que quedaba visible sobre la línea
de flotación en tiempo ordinario, era ahora una simple cornisa negra que
remataba el extenso muro purpúreo. Los palos y chimeneas, achicados por esta
transformación, parecían corresponder á otro buque más pequeño.
Todos estos vapores mercantes y pacíficos llevaban
un cañón en la popa para librarse de los corsarios submarinos. Inglaterra y
Francia habían movilizado sus tramps, sus barcos vagabundos, y
empezaban á darles medios de defensa. Algunos no habían podido montar el cañón
sobre una cureña fija, y llevaban una pieza de artillería terrestre, asomando
su boca entre las ruedas clavadas en la cubierta.
El capitán, en todos sus paseos, se sentía atraído
por la famosa Cannebière, vía succionante que aspira la actividad entera de
Marsella.
Algunos días, un viento fresco y violento
arremolinaba en ella el polvo y los papeles. Los camareros de los cafés
trincaban los grandes toldos como si fuesen el velamen de un buque. Se
aproximaba el mistral, y cada dueño de establecimiento ordenaba la maniobra
para hacer frente al helado huracán que vuelca mesas, arrebata asientos y se
lleva todo lo que no está asegurado con marinos amarres.
Creyó ver Ferragut en la famosa avenida marsellesa
una antesala de Salónica. Los mismos tipos del ejército de Oriente circulaban
por sus aceras: ingleses vestidos de kaki, canadienses y australianos con
sombreros de ala levantada; indostánicos enormes y esbeltos, de tez cobriza y
espesa barba en forma de abanico; tiradores senegaleses, de un negro charolado;
tiradores anamitas, de cara redonda y amarillenta, con ojos en triángulo.
Pasaban incesantemente camiones obscuros guiados por soldados, automóviles llenos
de oficiales, recuas de mulas procedentes de España que iban á ser embarcadas
para Oriente, y esparcían detrás de su vivo trote un olor punzante y bravío de
cuadra.
El puerto viejo atraía á Ferragut por su
antigüedad, casi tan remota como las primeras navegaciones mediterráneas. En
esta plaza de agua metida entre casas habían anclado sus pobres naves los
primeros fenicios, viéndose sucedidos por los emigrantes de Focea en Asia
Menor, marineros griegos que huían de la invasión de los persas. Las colinas
calcáreas y desnudas inmediatas al puerto se cubrían de viviendas, y así nació
Marsalia, que había de ser siglos adelante la señora del Mediterráneo.
Sus navegantes atrevidos bajaban á lo largo de la
costa española, fundando ciudades que eran focos de civilización para los rudos
íberos, así como Marsalia lo fué para los belicosos galos.
Ferragut, al pasar ante el palacio de la Bolsa,
lanzaba una mirada á las estatuas de los dos grandes navegantes marselleses
Eutymenes y Pyteas. Eran los abuelos más remotos de la navegación mediterránea,
los primeros capitanes conocidos por la Historia que habían transpuesto las
columnas de Hércules, lanzándose á través del Atlántico misterioso. Uno había
explorado las costas del Senegal; el otro subía más allá de Irlanda y las
Orcadas.
La antigua ciudad griega se había visto suplantada
por otras durante largos siglos. Venecia, Génova y Barcelona la tenían en
humilde dependencia. Pero cuando caían éstas y le llegaba á ella su hora de
prosperidad, esta prosperidad iba acompañada de todas las ventajas de la época
presente. Se había inventado la máquina de vapor, y los buques podían salvar
fácilmente el obstáculo del estrecho de Gades, sin tener que aguardar semanas á
que amainase la violencia de la corriente enviada por el Atlántico. Había nacido
el industrialismo, y las fábricas del interior lanzaban por el ferrocarril,
recientemente instalado, un oleaje de productos que las flotas iban
transportando á todos los puebles del Mediterráneo. Finalmente, al ser abierto
el istmo de Suez, se desdoblaba la ciudad de un modo prodigioso, pasando á ser
un puerto mundial, poniéndose en contacto con la tierra entera, multiplicando
sus dársenas, gigantescos apriscos adonde venían á aglomerarse como rebaños los
buques de todos los pabellones.
El puerto viejo, encajonado en plena ciudad,
cambiaba de aspecto según las horas y el estado de la atmósfera. En las mañanas
serenas era de un verde amarillento y olía ligeramente á agua descompuesta:
agua orgánica, agua animal. Los puestos de ostras y erizos establecidos en sus
muelles parecían rociados con esta agua impregnada de mariscos.
Los días de fuerte viento todo él se tornaba de un
verde terroso y opaco, formando olas cortas y continuas, con una leve espuma
amarillenta. Los buques empezaban á bailar, chirriando bajo el tirón de bus
amarras. Entre sus cascos y la superficie vertical de los muelles se formaban
montones de basura inquieta, mordida abajo por los peces y picoteada arriba por
las gaviotas.
En la boca, cerca de los fuertes venerables de San
Juan y San Nicolás, el transbordador levantaba sus dos pilastras de celosía de
acero y el puente recto que las une, formando una portada triunfal.
Los barcos armados que vigilaban las aguas
limítrofes venían á descansar en esta dársena histórica rodeada de cafés,
tiendas, almacenes, cúpulas y campanarios.
Ferragut veía los rápidos torpederos, de paredes
delgadísimas, danzando á la más leve ondulación sobre sus amarras de acero
retorcido. Examinaba los «chaluteros», embarcaciones militares improvisadas,
vaporcitos robustos y cortos, construídos para la pesca, que llevaban en la
proa un cañón de tiro rápido. Todos estos buques menores, pintados de un gris
metálico para confundirse con el color del agua, entraban en el puerto y salían
como centinelas que se reemplazan.
Montaban la guardia en alta mar, más allá de las
islas rocosas y desiertas que cierran la bahía de Marsella, aproximándose á los
buques para reconocer su nacionalidad, corriendo á todo vapor, con sus melenas
de humo horizontales, hacia el punto donde esperaban sorprender el periscopio
del enemigo oculto entre dos aguas. No había mal tiempo que les adormeciese ó
les asustase... En plena tormenta se mantenían á la vista de la costa, saltando
de ola en ola, con su fragilidad de barcos construídos para ser flechas; y
únicamente cuando otros compañeros venían á sustituirles regresaban al puerto
viejo, para descansar unas horas á la entrada de la Cannebière.
Las callejuelas de la orilla derecha atraían á
Ferragut. Eran la Marsella antigua, en la que aún subsisten algunos palacios
ruinosos de los mercaderes y armadores de otros siglos. En estas vías
estrechas, pendientes é inmundas, vivía la prostitución pintarrajeada y triste
de toda ciudad marítima.
Se aglomeraban en dicho barrio los guerreros de las
diferentes Áfricas francesas, impulsados por su ardor de raza y por el deseo de
desquitarse con grandes hartazgos de la carestía de los países musulmanes,
donde la mujer vive en celoso encierro. En todas las esquinas había grupos de
infantería marroquí recién desembarcada ó convaleciente de sus heridas,
soldados jóvenes con gorros rojos y largos capotes de amarillo mostaza. Los
zuavos de Argel conversaban con ellos en un español salpicado de árabe y de francés.
Negros adolescentes que servían de fogoneros en los buques avanzaban por las
empinadas callejuelas con ojos de inquietante resplandor, como si preparasen un
rapto en masa. Se perdían bajo las puertas, con una tiesura sacerdotal, los
graves jinetes moriscos, arrastrando el albo alquicel anudado á la cabeza como
una bola de nítida blancura, ó el manto purpúreo de aguda capucha, que les daba
el aspecto de barbudos frailes rojos.
Entre la salida del hospital y el nuevo combate que
les esperaba en las trincheras del Norte, estos guerreros venidos de lejanos
países de sol para pelear y morir buscaban el poderoso consuelo de la mujer.
Sus brazos impacientes se llevaban con un tirón de fiera las hembras
esqueléticas y macabras y las que aparecían hinchadas por una falsa robustez,
producto de malos humores. Algunas tenían la desproporción embrionaria de los
fetos, con enormes cabezas sirviendo de remate á cuerpos raquíticos. Otras avanzaban
sus míseros troncos descarnados sobre unas piernas anchas y redondas de
paquidermo. Los soldados faltos de dinero miraban con envidia y hambre á las
mujeres estacionadas en las puertas: criaturas de lujo é ilusión, con
faldellines orinados llenos de lentejuelas, altas botas y medias amarillas.
El capitán iba por las cumbres de estas calles,
deteniéndose para apreciar el rudo contraste entre ellas y su vista terminal.
Casi todas descendían hasta el puerto viejo, con un reguero de aguas sucias por
mitad del arroyo que saltaba de piedra en piedra. Eran obscuras como tubos de
telescopio, y al extremo de sus zanjas malolientes, ocupadas por el deforme
mujerío, se abría un amplio desgarrón de luz y de azul. Se veían blancos
veleros anclados al final de la pendiente, un pedazo de lámina acuática y las casas
del muelle opuesto, empequeñecidas por la distancia. En otras aparecía como
último plano la montaña de Nuestra Señora de la Guardia, con su basílica
puntiaguda y la brillante estatua final, semejante á una llama de oro inmóvil y
tortuosa. Algunas veces, un torpedero, al entrar en el puerto viejo, se
deslizaba por la boca de una de estas callejuelas sombrías como si pasase por
la lente de un anteojo.
Al sentirse fatigado el marino por el mal olor y la
miseria viciosa de los barrios viejos, volvía al centro de la ciudad, paseando
bajo los árboles de las avenidas de Meilhan ó entre los puestos de flores del
Coso Belzunce.
Un anochecer, cuando esperaba el tranvía en la
Cannebière rodeado de otras personas, volvió la cabeza con el presentimiento de
que alguien le estaba contemplando á sus espaldas.
Efectivamente, vió á un hombre detrás de él en el
borde de la acera, un señor elegantemente vestido, completamente afeitado, que
parecía por su aspecto un inglés cuidadoso de su persona. Este gentleman acababa
de detenerse á impulsos de la sorpresa, como si hubiese reconocido á Ferragut.
Se cruzaron las miradas de los dos, sin que esto
despertase eco alguno en la memoria del capitán... No podía recordar á este
hombre. Casi estaba seguro de no haberlo visto nunca. Su rostro afeitado, sus
ojos de un gris metálico, su tiesura elegante, no decían nada á su memoria. Tal
vez el desconocido sufría una equivocación.
Así debía ser, á juzgar por la prontitud con que
separó su mirada de la de Ferragut, alejándose apresuradamente.
El capitán no dió importancia á este encuentro. Lo
había olvidado ya al subir al tranvía, pero minutos después resurgió en su
memoria, bajo una nueva luz. El rostro del inglés se presentaba en su
imaginación con un relieve distinto al de la realidad. Lo veía más claramente
que al resplandor algo mortecino de los reverberos de la Cannebière... Pasaba
con indiferencia sobre sus rasgos fisonómicos: en realidad, los había
contemplado por primera vez. ¡Pero los ojos!... El conocía perfectamente
aquellos ojos: se habían cruzado muchas veces con los suyos. ¿Dónde?...
¿Cuándo?...
Le acompañó hasta su buque el recuerdo de este
hombre como una obsesión, sin lograr que su memoria diese una respuesta á sus
preguntas. Luego, al verse en la cámara de popa con Tòni y el tercer oficial,
volvió á olvidarlo.
En los días sucesivos, al bajar á tierra, su
memoria experimentaba invariablemente el mismo fenómeno. Iba el capitán por la
ciudad, sin acordarse de aquel individuo, pero al entrar en la Cannebière
surgía inmediatamente en su cerebro dicho recuerdo, seguido de una ansiedad
inexplicable.
«¿Dónde estará ahora mi inglés?—pensaba—. ¿Dónde le
he visto antes?... ¡Porque es indudable que nos conocemos!»
Miraba curiosamente, á partir de este instante, á
todos los transeúntes, y á veces apresuraba el paso para examinar á algunos que
se le asemejaban por la espalda. Una tarde creyó reconocerlo en un carruaje de
alquiler cuyo caballo marchaba á vivo trote por la avenida del Prado; pero
cuando quiso seguirle, el vehículo había desaparecido en una calle inmediata.
Transcurrieron los días, y el capitán olvidó
definitivamente este encuentro. Otros asuntos más reales é inmediatos le
preocupaban. Su buque estaba listo; iban á enviarle á Inglaterra para cargar
municiones destinadas al ejército de Oriente.
La mañana de su partida bajó á tierra sin deseos de
llegar al centro de la ciudad.
En una calle de los docks había
una barbería frecuentada por los capitanes españoles. La charla pintoresca del
barbero, nacido en Cartagena, las láminas de colores fijas en la pared
representando corridas de toros, los periódicos de Madrid olvidados en los
divanes de hule y una guitarra en un rincón, hacían de esta tienda un pedazo de
España para los vagabundos del Mediterráneo.
Ferragut, antes de partir, quiso entregar sus
barbas al tijereteo del verboso maestro. Cuando, pasada una hora, pudo salir de
la barbería, arrancándose á las interminables despedidas del dueño, siguió una
amplia calle entre dos filas de docks, solitaria y silenciosa.
Las puertas corredizas de acero estaban cerradas y
selladas. Los almacenes, vacíos y sonoros como naves de catedral, exhalaban aún
los fuertes olores de los géneros que habían guardado en tiempo de paz:
vainilla, canela, rollos de cuero, nitratos y fosfatos para abonos químicos.
No vió en toda la calle mas que un hombre que venía
hacia él dando la espalda á la dársena. Entre las dos largas paredes de
ladrillos surgía el muelle en el fondo, con montañas de mercancías, escuadras
de cargadores negros, vagones y carros. Más allá estaban los cascos de los
buques, sustentando un bosque de palos y chimeneas, y en último término la
muralla amarilla del malecón exterior y el cielo recién lavado por la lluvia,
con un rebaño de nubecillas blancas y plácidas como sedosos carneros.
El hombre que volvía del puerto y caminaba con los
ojos fijos en Ferragut se detuvo de pronto, y girando sobre sus talones volvió
hacia el muelle... Este movimiento despertó la curiosidad del capitán, aguzando
sus sentidos. Repentinamente tuvo el presentimiento de que este transeúnte era
«su inglés». Iba vestido de otro modo, con menos elegancia; sólo podía ver su
espalda alejándose rápidamente, pero su instinto fué en este momento superior á
sus ojos... No necesitaba mirar: era el inglés.
Y sin saber por qué, apresuró el paso para
alcanzarle. Luego corrió francamente, al considerar que estaba solo en la calle
y el otro había desaparecido doblando la esquina.
Cuando Ferragut salió al muelle, pudo ver cómo se
alejaba con un paso elástico que casi era una fuga. Había ante él una
cordillera de fardos amontonados, con tortuosos desfiladeros. Iba á perderlo de
vista: le sería difícil encontrarle un minuto después.
El capitán vaciló. «¿Qué motivo tenía para acosar á
este desconocido?...» Y en el preciso momento que se formulaba esta pregunta,
el otro retuvo un poco su marcha para volver la cabeza y darse cuenta de si le
seguían.
Se verificó en Ferragut un rápido fenómeno. No
había reconocido la mirada de este hombre cuando casi se tocaban en la acera de
la Cannebière, y ahora que existía entre los dos una distancia de cincuenta
metros, ahora que el otro huía y sólo presentaba un perfil fugitivo, el capitán
descubrió quién era por sus ojos, á pesar de que no podía distinguirlos
claramente á tal distancia.
Un telón pareció rasgarse en su memoria con
doloroso crujido, dejando pasar torrentes de luz... Era el falso conde ruso,
estaba seguro de ello, Von Kramer, el marino alemán, afeitado y desfigurado,
que «trabajaba» sin duda en Marsella, montando nuevos servicios, meses después
de haber preparado la entrada de los sumergibles en el Mediterráneo.
La sorpresa inmovilizó á Ferragut. Con la misma
rapidez imaginativa del que va á morir ahogado en el mar y repasa
vertiginosamente las escenas de su vida anterior, vió su infame existencia de
Nápoles, la expedición en la goleta para avituallar á los submarinos, luego el
torpedo que abría una brecha en el Californian... ¡Y este hombre
era tal vez el que había hecho saltar por el aire á su pobre hijo hecho
pedazos!...
Vió también á su tío el Tritón lo
mismo que cuando le escuchaba siendo pequeño en el puerto de Valencia. Recordó
su relato de cierta noche de orgía egipcia en un cafetucho de Alejandría, donde
tuvo que «pinchar» á un hombre para abrirse paso.
El instinto le hizo llevarse una mano á la cintura.
¡Nada!... Maldijo la vida moderna y sus inciertas seguridades, que permiten á
los hombres ir de un lado á otro confiados, inermes, sin medios de agredir. En
otros puertos bajaba á tierra con el revólver en un bolsillo del pantalón...
¡pero en Marsella! No llevaba ni un cortaplumas: sólo tenía sus puños...
Hubiese dado en aquel momento su buque entero, su vida, por un instrumento que
le permitiese matar... ¡matar de un golpe!...
Se fué apoderando de él la vehemencia sanguinaria
del mediterráneo. ¡Matar!... No sabía cómo hacerlo, pero debía matar.
Lo más inmediato era detener al enemigo que se
escapaba. Iba á caer sobre él con los puños, con los dientes, entablando una
lucha prehistórica, la pelea animal antes de que el hombre inventase la maza.
Tal vez el otro ocultaba un arma y podía matarle; pero él, en su soberbia
vengativa, sólo veía la muerte del enemigo, repeliendo todo temor.
Para que no pudiera ocultarse á su vista, corrió
hacia él sin disimulo alguno, como si estuviese en un desierto, á toda la
velocidad de sus piernas. El instinto de agredir le hizo agacharse, agarrar una
madera que estaba en el suelo, una especie de palanca rústica, y armado de este
modo primitivo continuó su carrera.
Todo esto había durado unos segundos. El otro, al
notar la hostil persecución, corrió francamente á su vez, desapareciendo entre
las colinas de fardos.
El capitán vió confusamente que unas sombras
saltaban en torno de él cortándole el paso. Sus ojos, que todo lo contemplaban
de color escarlata, acabaron por distinguir unas caras negras y otras
blancas... Eran los descargadores militares y civiles, alarmados por el aspecto
de un hombre que corría como un loco.
Lanzó una maldición al verse detenido. Con el
instinto justiciero de las multitudes, estas gentes sólo se preocupaban del
agresor, dejando libre al que huía. No pudo guardar su cólera toda para él:
tuvo que revelar su secreto.
—Es un espía... ¡un espía boche!
Dijo esto con voz sorda, entrecortada, y jamás una
palabra suya de mando obtuvo un eco más ruidoso. «¡Un espía!...» El grito hizo
surgir hombres como si los vomitase la tierra; saltó de boca en boca,
repitiéndose hasta lo infinito, conmoviendo los muelles y los buques, vibrando
hasta más allá de lo que podía alcanzar la mirada, penetrando en todas partes
con la difusión y la rapidez de las ondas sonoras. «¡Un espía!...» Corrían los
hombres con redoblada agilidad; los cargadores abandonaban sus fardos para unirse
á la persecución; saltaba gente de los vapores para colaborar en la humana
cacería.
El autor de la ruidosa alarma, el que había dado el
grito, se vió sobrepasado y anulado por la tromba persecutoria que acababa de
provocar. Ferragut, siempre corriendo, quedó detrás de los tiradores negros, de
los cargadores, de los guardianes del puerto, de los marineros que acudían de
todos lados, introduciéndose por los callejones de fardos y cajas... Eran como
los lebreles que baten las sinuosidades de la selva, haciendo salir el ciervo á
campo llano; como los hurones que se deslizan por las galerías subterráneas,
obligando á la liebre á volver á la luz. El fugitivo, cercado en el dédalo de
pasadizos, tropezando con enemigos en todas las revueltas, surgió corriendo por
el extremo opuesto y continuó su carrera á lo largo del muelle.
La cacería duró breves instantes al desarrollarse
en un terreno libre de obstáculos. «¡Un espía!...» La voz, más rápida que las
piernas, saltaba á su encuentro. Los gritos de los perseguidores avisaban á las
gentes que seguían trabajando á lo lejos, sin comprender la alarma.
Quedó de pronto el fugitivo entre un semicírculo
cóncavo de hombres que le aguardaban á pie firme y un semicírculo convexo que
seguía sus pasos con ondulante persecución. Se juntaron las dos multitudes
cerrando sus extremos, y el espía quedó prisionero.
Ferragut le vió intensamente pálido, jadeante,
paseando sus ojos en torno de él con una expresión de animal acosado que piensa
aún en la posibilidad de defenderse.
Su diestra buscó en uno de sus bolsillos. Tal vez
iba á sacar un revólver para morir matando. Un negro cercano á él levantó un
madero que empuñaba á guisa de maza. Resurgió la mano teniendo un papel entre
los dedos é intentó llevarlo á la boca. Pero el golpe del negro suspendido en
el aire cayó sobre su brazo, haciéndolo colgar inerte. El espía se mordió los
labios para contener un rugido de dolor.
El papel había rodado por el suelo y varias manos
lo recogieron á la vez. Un suboficial lo desarrugó antes de examinarlo. Era un
pedazo de papel fino con el contorno dibujado del Mediterráneo. Todo el mar
estaba cuadriculado como un tablero de ajedrez, y en el centro de las casillas
había un número de orden. Estos cuadrados eran sectores, y sus números servían
para hacer saber á los submarinos, por telegrafía sin hilo, los lugares donde
podían aguardar á los buques aliados, torpedeándolos.
Otro suboficial explicó rápidamente á las gentes
inmediatas la importancia del descubrimiento. «Sí que era un espía.» Esta
afirmación despertó el regocijo de una buena presa y el deseo impulsivo de
venganza que enloquece en ciertos momentos á las muchedumbres.
Los hombres de los buques eran los más furiosos,
por lo mismo que arrostraban á todas horas la traidora asechanza submarina.
«¡Ah, bandido!...» Muchos puños cayeron sobre él, haciéndole bambolear bajo sus
golpes. Cuando el preso quedó resguardado por los pechos de varios
suboficiales, Ferragut pudo verle de cerca, con una sien manchada de sangre y
una expresión fría y altiva en los ojos. Entonces se dió cuenta de que llevaba
teñidos los cabellos.
Había huído por salvarse, se había mostrado humilde
y medroso al ser alcanzado, creyendo que aún le era posible mentir. Pero el
papel que deseaba hacer desaparecer dentro de su boca estaba en manos de los
enemigos... ¡Resultaba inútil fingir más!...
Y se irguió orgulloso, como todo hombre de guerra
que considera su muerte cierta. Reaparecía el oficial de casta, mirando con
altivez á sus perseguidores anónimos, implorando únicamente protección de los
kepis con galón de oro.
Sus ojos quedaron inmóviles al descubrir á
Ferragut. Le contemplaron fijamente, con una insolencia glacial y desdeñosa.
Sus labios se movieron con la misma expresión de menosprecio.
No decían nada, pero el capitán adivinó sus
palabras sin sonido... Le insultaban. Era el insulto del hombre de jerarquía
superior al siervo infiel; el orgullo del oficial noble que se acusa á sí mismo
por haber fiado en la lealtad de un simple marino mercante.
—¡Traidor!... ¡traidor!—parecían decirle sus ojos
insolentes, su boca murmurante y sin voz.
Ulises se encolerizó ante esta altivez. Pero su
cólera fué glacial, una cólera que se contiene viendo al enemigo privado de
defensa.
Avanzó hacia él como uno de los muchos que le
insultaban mostrándole el puño. Su mirada sostuvo la mirada del alemán, y le
habló en español con voz sorda.
—¡Mi hijo... mi único hijo murió hecho pedazos en
el torpedeamiento del Californian!
Estas palabras hicieron cambiar el rostro del
espía. Sus labios se separaron, lanzando una leve exclamación de sorpresa.
—¡Ah!...
Se apagó la luz arrogante de sus pupilas. Luego
bajó los ojos, y poco después la cabeza.
La muchedumbre vociferante lo fué empujando y se lo
llevó, sin que nadie se acordase del hombre que había dado la alarma é iniciado
la persecución.
Aquella misma tarde el Mare nostrum salió
de Marsella.
EN BARCELONA
Cuatro meses después, el capitán Ferragut estaba en
Barcelona.
Había hecho durante este tiempo tres viajes á
Salónica, y en el segundo tuvo que comparecer ante un capitán de navío del
ejército de Oriente. El marino francés estaba enterado de sus expediciones
anteriores para el avituallamiento de las tropas aliadas; conocía su nombre, y
le miró como un juez que se interesa por el acusado. Había recibido de Marsella
un largo telegrama referente á Ferragut. Un espía sometido á la justicia
militar le acusaba de haber trabajado en el aprovisionamiento de los submarinos
alemanes.
—¿Qué hay de eso, capitán?...
Ulises quedó indeciso, mirando la cara grave del
marino encuadrada por una barba gris. Este hombre inspiraba confianza. Podía
responder negativamente á tales preguntas; le sería difícil al alemán probar
sus afirmaciones; pero prefirió decir la verdad, con la sencillez del que no
intenta disimular su culpa, describiéndose tal como había sido, ciego de torpe
pasión, arrastrado por los artificios amorosos de una aventurera.
—¡Las mujeres!... ¡ah, las mujeres!—murmuró el jefe
francés con sonrisa melancólica, como un magistrado que no pierde de vista las
debilidades humanas y ha participado de ellas.
Sin embargo, el delito de Ferragut era de
importancia. Había ayudado á la implantación del ataque submarino en el
Mediterráneo... Pero cuando el capitán español contó cómo había sido él una de
las primeras víctimas, cómo había muerto su hijo en el torpedeamiento del Californian,
el juez pareció conmoverse, mirándolo con ojos menos severos.
Luego relató su encuentro con el espía en el puerto
de Marsella.
—He jurado—dijo finalmente—dedicar mi buque y mi
vida á causar todo el daño que pueda á los asesinos de mi hijo... Ese hombre me
denuncia para vengarse. Reconozco que mi ceguera amorosa me arrastró á un
delito que no olvidaré nunca. Bastante castigado estoy con la muerte de mi
hijo... pero no importa: que me sentencien también los hombres.
El jefe quedó en profunda reflexión, con la frente
en una mano y el codo en la mesa. Ferragut conocía la justicia militar,
expedita, intuitiva, pasional, atenta á sentimientos que apenas tienen valor en
otros tribunales, juzgando por los movimientos de la conciencia más que por la
letra de las leyes, y capaz de fusilar á un hombre con la misma prontitud que
emplea para dejarlo en libertad.
Cuando los ojos del juez volvieron á fijarse en él,
tenían una luz afectuosa. Había sido culpable, no por dinero ni por traición,
sino enloquecido por una mujer. ¿Quién no tenía en su historia algo
semejante?... «¡Ah, las mujeres!», repitió el francés, como si lamentase la más
terrible de las esclavitudes... Pero bastante pena había sufrido con la pérdida
de su hijo. Además, á él le debían el descubrimiento y el arresto de un espía
importante.
—La mano, capitán—acabó diciendo, mientras le
tendía su diestra—. Todo lo que hemos hablado queda entre los dos: es como una
confesión. Yo me entenderé con el Consejo de guerra... Siga usted prestando sus
servicios á nuestra causa.
Y Ferragut no se vió inquietado más por el asunto
de Marsella. Tal vez le vigilaban discretamente y no le perdían de vista hasta
convencerse de su completa inocencia. Pero esta vigilancia que él presentía
nunca se hizo sentir ni le acarreó molestia alguna.
En el tercer viaje á Salónica, el capitán de navío
le vió una vez de lejos, saludándole con su grave sonrisa. Y no supo más del
espía.
A la vuelta, el Mare nostrum ancló
en Barcelona para cargar paño destinado al ejército servio y otros artículos
industriales que necesitaban las tropas de Oriente. Este viaje no lo hizo
Ferragut por el deseo de ganancia. Un interés afectivo tiraba de él...
Necesitaba ver á Cinta, sintiendo que en su alma retoñaba el pasado.
La imagen de la esposa surgía en su memoria vivaz y
atrayente, como en los primeros tiempos de su matrimonio. No era una
resurrección del antiguo amor: esto resultaba imposible... Pero el
remordimiento se la hacía ver idealizada por la distancia, con todas sus
cualidades de mujer dulce y modesta; y el continuo recuerdo iba tomando la
forma de un deseo amoroso.
Quería restablecer las cordiales relaciones de
otros tiempos; hacerse perdonar todo lo pasado; que ella no le mirase con odio,
creyéndolo responsable de la muerte de su hijo.
En realidad era la única mujer que le había amado
sinceramente, como ella podía amar, sin brusquedades y exageraciones
pasionales, con la tranquilidad de una compañera. Las otras no existían. Eran
un tropel de sombras que apenas si se marcaban en su memoria como espectros
daltonianos, de visible contorno, pero sin color. En cuanto á la última,
aquella Freya que la desgracia había puesto ante su paso... ¡cómo la odiaba el
capitán! ¡Cómo deseaba encontrarse con ella para devolverle una parte del daño
que le había hecho!...
Al ver á su esposa, se imaginó Ulises que no había
transcurrido el tiempo. La encontró lo mismo que al partir, con las dos
sobrinas sentadas á sus pies, fabricando blondas interminables y sutiles sobre
los colchoncillos cilíndricos apoyados en sus rodillas.
La única novedad de la llegada del capitán á esta
vivienda de monástica calma fué que don Pedro se abstuvo de su visita.
Cinta acogió á su marido con una sonrisa pálida. Se
adivinaba en esta sonrisa la obra del tiempo. Seguía pensando en su hijo á
todas horas, pero con una resignación que secaba sus lágrimas y le permitía
continuar el pausado mecanismo de su existencia. Quiso borrar además sus malas
palabras, inspiradas por el dolor: el recuerdo de aquella escena de rebelión en
la que se había levantado como una acusadora iracunda contra el padre. Y
Ferragut, durante algunos días, creyó vivir lo mismo que años atrás, cuando aún
no había comprado el Mare nostrum y proyectaba quedarse para
siempre en tierra. Cinta le atendía y obedecía como debe hacerlo una esposa
cristiana. Sus palabras y actos revelaban un deseo de olvidar, de hacerse
agradable.
Pero algo faltaba que había hecho dulce el pasado.
Ulises, varón impetuoso, incapaz de cordura al lado de una mujer, impuso en las
noches el ejercicio de sus derechos. Un sentimiento de tristeza y de vergüenza
fué el obligado final de sus caricias. Su esposa salía de ellas como de un
suplicio: resignada porque así lo exigía su deber, pero con un gesto de
repulsión mal disimulado.
La cordialidad de su juventud no podía resucitar.
El recuerdo del hijo se incrustaba entre los dos, dejando apenas en el
pensamiento un breve espacio para el deseo voluptuoso... ¡Y así sería siempre!
Volvió á esperar con impaciencia la hora de huir de
Barcelona. En realidad, aquella casa ya no era suya. Por mucho que la esposa se
esforzase, siempre se interpondría entre ambos el irremediable pasado. Su
destino era vivir en un buque, pasar el resto de sus días sobre las olas, como
el capitán maldito de la leyenda holandesa, hasta que viniese á redimirle una
virgen pálida envuelta en velos negros: la muerte.
Mientras el vapor terminaba su carga paseó por la
ciudad, visitando á sus primos los fabricantes ó permaneciendo, como un
desocupado, en los cafés. Seguía con los ojos la corriente humana de las
Ramblas, en la que se confundían los hijos del país y los pintorescos y
disparatados contingentes aportados por la guerra.
Lo primero que notó Ferragut fué la visible
disminución de los refugiados alemanes.
Meses antes los había encontrado en todas partes,
llenando los hoteles, apoderándose de los cafés, ostentando en las calles sus
sombreros verdes y sus camisas de cuello abierto, que les hacían ser
reconocidos inmediatamente. Las alemanas, con trajes vistosos y disparatados,
se besaban al encontrarse, hablando á gritos. La lengua germánica, confundida
con el catalán y el castellano, parecía pertenecer al país. En los caminos y
las montañas se veían filas de mocetones despechugados, con la cabeza descubierta,
un palo en la mano y una mochila alpestre á la espalda, entreteniendo sus ocios
con excursiones de placer que tal vez eran al mismo tiempo de previsor estudio.
Todos ellos procedían del otro hemisferio. Eran
alemanes de América, especialmente del Brasil, de Argentina y Chile, que habían
pretendido volver á su país en los primeros momentos de la guerra, quedando
aislados en Barcelona, sin poder continuar su viaje, por miedo á los cruceros
franceses é ingleses que vigilaban el Mediterráneo.
Al principio ninguno había querido preocuparse de
su instalación en esta tierra extraña. Todos se aglomeraban á la vista del mar,
con la esperanza de ser los primeros en embarcarse apenas se abriese para ellos
el camino de la navegación.
La guerra iba á ser muy corta, ¡cortísima! El
kaiser y sus irresistibles ejércitos sólo necesitaban seis meses para imponer
la ley á toda Europa. Las familias germánicas enriquecidas por el comercio se
habían alojado en los hoteles. Los pobres que trabajaban en el Nuevo Mundo como
agricultores ó dependientes de tienda se acuartelaban en un matadero de las
afueras. Algunos que eran músicos habían adquirido instrumentos viejos y
formaban murgas vagabundas, implorando limosna con sus rugidos de pueblo en pueblo.
Pero transcurrían los meses, la guerra se
prolongaba, y nadie podía columbrar su término. Cada vez era mayor el número de
los que tomaban las armas contra el imperialismo medioeval de Berlín. Y los
refugiados alemanes, convencidos finalmente de que la espera iba á ser larga,
se esparcían por el interior de la nación, buscando una existencia más amplia y
barata. Los que habitaban hoteles lujosos iban á instalarse en «villas» y chalets de
los alrededores; los pobres, cansados del rancho del matadero, se enganchaban
para trabajar en obras públicas del interior.
Aún quedaban muchos en Barcelona, reuniéndose en
determinadas cervecerías para leer los periódicos de su patria y hablar
misteriosamente de los trabajos de la guerra.
Ferragut los reconocía inmediatamente al
encontrarlos en la Rambla. Eran mercaderes establecidos largos años en el país,
que alardeaban de catalanes con la mentirosa facilidad de adaptación propia de
su raza. Otros procedían de América y estaban ligados con los de Barcelona por
la francmasonería del comercio y del interés patriótico. Pero todos eran
germanos, y ello bastaba para que el capitán recordase inmediatamente á su
hijo, imaginando sangrientas venganzas. Deseó á veces tener en su brazo las
fuerzas ciegas de la Naturaleza para borrar de un solo golpe á estos enemigos.
Le molestaba verlos instalados en su tierra, tener que pasar junto á ellos
diariamente, sin protesta y sin agresión, respetándolos porque así lo exigían
las leyes.
Gustaba en las mañanas de circular por la Rambla
ante los puestos de las floristas. Podía pasearse entre dos muros de flores
recién cortadas que guardaban aún en sus corolas el rocío del amanecer. Cada
mesa de hierro era una pirámide con todas las tintas del iris y todas las
fragancias que puede elaborar la tierra.
Empezaba la buena estación. Los árboles añosos de
la Rambla se cubrían de hojas, y en sus frondas nacientes chillaban miles de
pájaros con la tenacidad ensordecedora de las cigarras, persiguiéndose de
tronco en tronco, dejando caer sobre la muchedumbre que circulaba por abajo el
olvido casi líquido de sus flojos intestinos.
El capitán, mirando á las señoras con mantilla que
llegaban en busca de un ramo, creía percibir el perfume de su carne matinal
recién salida del sueño y refrescada por este ambiente de jardín. En Ferragut,
el deseo de la mujer predominaba sobre todas las emociones. Ninguna situación,
por angustiosa que fuese, le dejaba insensible á los atractivos femeninos.
Una mañana, avanzando lentamente entre la
muchedumbre, notó que le seguía una mujer. Varias veces le cortó el paso
sonriéndole, buscando un pretexto para entablar conversación. Tal insistencia
no podía enorgullecerle. Era una hembra cuarentona, de pecho prominente y
sueltas ancas, una cocinera con la cesta en el brazo, igual á muchas otras que
pasaban por la Rambla de las Flores para unir un ramo á la diaria compra de
víveres.
Al darse cuenta de que el marino no se conmovía con
sus sonrisas y las miradas de sus ojos claros, se plantó ante él, hablándole en
catalán.
—¿Es usted, y perdone, un capitán de barco al que
llaman don Ulises?...
Se entabló la conversación. La cocinera, convencida
de que era él, siguió hablando con sonriente misterio. Una señora muy hermosa
deseaba verle... Y le dió las señas de una «torre» situada al pie del Tibidabo,
en una barriada de reciente construcción. Podía hacer su visita á las tres de
la tarde.
—Venga, señor—añadió con una mirada de dulce
promesa—. No se arrepentirá del viaje.
Fueron inútiles todas las preguntas. La mujer no
quiso decir más. Lo único que pudo entrever en sus evasivas fué que la persona
que la enviaba se había separado de ella al ver al capitán.
Cuando se alejó la mensajera quiso seguirla, pero
la gorda comadre volvió repetidas veces la cabeza. Su astucia estaba habituada
á burlar persecuciones, y sin que Ferragut pudiera darse cuenta de cómo fué su
desaparición, se escabulló entre los grupos cerca de la plaza de Cataluña.
«No iré», fué lo primero que se dijo Ulises al
quedar solo.
Sabía lo que significaba esta invitación. Recordó
un sinnúmero de antiguas é inconfesables amistades que tenía en Barcelona:
mujeres que había conocido en otros tiempos, entre dos viajes, sin pasión
alguna, por su curiosidad de vagabundo ansioso de novedades. Tal vez una de
ellas le había visto en la Rambla, enviándole á esta intermediaria para
reanudar viejas relaciones. El capitán debía gozar fama de rico, ahora que todo
el mundo hacía comentarios sobre los formidables negocios realizados por los
dueños de buques.
«No iré», volvió á decirse con energía. Consideraba
una molestia inútil acudir á esta entrevista, para encontrar la sonrisa
mercenaria de un rostro conocido y olvidado.
Pero la insistencia del recuerdo y la misma
tenacidad con que se repitió su promesa de no acudir á la cita empezaron á
hacer sospechar á Ferragut que bien podría ser que fuese á ella.
Después del almuerzo su voluntad flaqueó. No sabía
qué hacer durante la tarde. Su única distracción era visitar á sus primos en
sus escritorios ó pasear por la Rambla. ¿Por qué no ir?... Tal vez se engañaba,
y la entrevista fuese interesante. De todos modos, tenía el recurso de
retirarse después de una breve conversación sobre el pasado... Su curiosidad
estaba excitada por el misterio.
Y á las tres de la tarde tomó un tranvía, que le
condujo á los nuevos barrios surgidos al pie del Tibidabo.
La burguesía comercial había cubierto estos
terrenos con una floración arquitectónica hija legítima de su fantasía.
Tenderos y fabricantes querían tener una casa de placer—llamada «torre»
tradicionalmente—para descansar los domingos y hacer alarde al mismo tiempo de
su prosperidad. Las había góticas, árabes, griegas y persas. Los más patriotas
se confiaban á la inspiración de ciertos arquitectos que habían inventado un
arte catalán, con ojivas, almenas y coronas de conde. Estas coronas
medioevales, que se repetían hasta en los remates de los reverberos, eran el
eterno tema decorativo de una ciudad industrial poco dada á los ensueños y
áspera para la ganancia.
Ferragut avanzó por una calle solitaria, entre dos
filas de árboles de fresco trasplante, que empezaban á dar su primer estirón.
Miraba las fachadas de las «torres», hechas de bloques de cemento imitando la
piedra de las viejas fortalezas, ó con azulejos que representaban paisajes de
ensueño, flores absurdas, ninfas azuladas.
Al descender del tranvía había adoptado una
resolución. Sólo deseaba ver la casa exteriormente. Tal vez esto le ayudase á
descubrir quién era la mujer. Luego seguiría adelante.
Pero al llegar á la «torre» cuyo número guardaba en
su memoria y detenerse unos segundos ante su arquitectura de castillete feudal,
que hacía presentir un interior semejante á los salones de las cervecerías, vió
que se abría la puerta, apareciendo en ella la misma mujer que le había hablado
en la Rambla de las Flores.
—Entre usted, capitán.
Y el capitán no pudo resistirse á los ojos
maliciosos y la sonrisa terceril de la cocinera.
Se vió en una especie de hall semejante
á la fachada, con chimenea gótica de alabastro imitando el roble, grandes
jarros de porcelana, pipas de tamaño de bastones y armas viejas adornando las
paredes. Varias estampas reproduciendo cuadros modernos de Munich alternaban
con estos adornos. Frente á la chimenea, Guillermo II lucía uno de sus
innumerables uniformes entre las rutilancias del marco dorado y esplendoroso.
La casa parecía deshabitada. Gruesas cortinas,
blandas alfombras, devoraban todos los ruidos. Había desaparecido la pesada
introductora con la ligereza de un ser inmaterial, como tragada por la pared.
El marino empezó á sentirse inquieto en esta soledad que le parecía hostil,
mirando fijamente el retrato del kaiser... ¡Y él que no llevaba armas!
Volvió á presentarse la sonriente mujer con el
mismo deslizamiento silencioso.
—Pase usted, don Ulises.
Había abierto una puerta, y Ferragut, al avanzar,
sintió que esta puerta se cerraba á sus espaldas.
Lo primero que pudo ver fué un ventanal, más ancho
que alto, con vidrios de colores. Una walkyria galopaba en él, con la lanza en
alto y la cabellera flotante, sobre un caballo negro que expelía fuego por las
narices. A la luz difusa de la vidriera columbró tapices en las paredes y un
diván profundo con almohadones floreados.
Una mujer surgió de la hundida mullidez de este
lecho, saltando hacia Ferragut con los brazos extendidos Su impulso fué tan
violento que la hizo chocar contra el pecho del capitán. Antes de que el abrazo
femenino se cerrase sobre él, vió una boca suspirante, de dientes ávidos; unos
ojos lacrimosos por la emoción; una sonrisa que era un rictus, mezcla de amor y
de inquietud dolorosa.
—¡Tú!... ¡tú!—balbuceó él, echándose atrás.
Le temblaron las piernas con el estremecimiento de
la sorpresa; una ola de frío corrió por su espalda.
—¡Ulises!—suspiró la mujer, intentando abarcarlo de
nuevo con sus brazos.
—¡Tú!... ¡tú!—volvió á repetir el marino con voz
sorda.
Era Freya.
No supo ciertamente qué fuerza misteriosa le dictó
su gesto. Fué tal vez la voz de los buenos consejos, que hablaba en su cerebro
en los instantes críticos y ahora había perdido su cordura... Vió
instantáneamente el mar, un buque que estallaba y su hijo hecho pedazos.
—¡Ah... tal!
Levantó el brazo robusto, con el puño cerrado como
una maza. La voz de la prudencia seguía dándole órdenes: «¡Duro!... Nada de
miramientos. Esta hembra es de revólver.» Y pegó como si su enemigo fuese un
hombre, sin vacilación, sin misericordia, concentrando en el puño toda su alma.
El odio que sentía y el recuerdo de los medios
agresivos de la alemana le hicieron iniciar un segundo golpe, temiendo un
ataque de ella, queriendo repelerlo antes de que lo realizase... Pero quedó con
el brazo en alto.
—¡Ay!...
La mujer había lanzado un gemido infantil,
bamboleándose, girando sobre sus pies, con los brazos á lo largo del cuerpo,
sin intento alguno de defensa... Fué de un lado á otro, lo mismo que si
estuviese ebria. Se doblaron sus rodillas, y cayó con la blandura de un paquete
de ropas, chocando su cabeza primeramente con el duro brazo de un sitial de
roble, yendo después, de rebote, á posarse sobre los almohadones del diván. El
resto del cuerpo quedó como un andrajo sobre la alfombra.
Hubo un largo silencio, interrumpido de tarde en
tarde por quejidos de dolor. Freya gemía con los ojos cerrados, sin salir de su
inercia.
El marino, ceñudo, ajado por la cólera, con una
fealdad trágica, siguió inmóvil, mirando torvamente á la hembra caída. Estaba
satisfecho de su brutalidad; había sido un desahogo oportuno; respiraba mejor.
Al mismo tiempo sentía vergüenza. «¿Qué has hecho, cobarde?...» Por primera vez
en su existencia había pegado á una mujer.
Se llevó su diestra dolorida á la altura de los
ojos. Uno de sus dedos sangraba. Tal vez se había enganchado en los pendientes
de ella; tal vez se había rasgado en un alfiler perdido en su pecho. Chupó la
sangre del profundo arañazo y luego olvidó esta herida, para seguir
contemplando el cuerpo tendido á sus pies.
Poco á poco se habituó á la luz difusa de la
habitación. Veía ya todos los objetos claramente. Sus ojos abarcaron á Freya
con una mirada en la que se confundían el odio y el remordimiento.
La cabeza, hundida en el cojín, presentaba un
perfil doloroso. Parecía mucho más vieja, como si su edad se hubiese doblado
con las lágrimas. El golpe brutal había hecho huir con fúnebre aleteo su
frescura y su maravillosa juventud. Sus ojos entreabiertos tenían una aureola
de momentáneas arrugas; la nariz había tomado el lívido afilamiento de los
moribundos. El casco de sus cabellos, roto bajo el puñetazo, se esparcía en
mallas doradas y ondulantes. Algo negro serpenteaba formando hilillos sobre la
seda del almohadón. Era sangre que corría un breve trecho entre las flores
heráldicas del bordado; sangre que manaba de la sien oculta, para ser bebida
por la sequedad del blando relleno.
Ferragut, al hacer este descubrimiento, sintió
aumentarse su confusión. Dió un paso sobre el cuerpo tendido, buscando la
puerta. ¿Por qué continuaba allí?... Todo lo que debía hacer ya estaba hecho,
todo lo que podían decirse ya estaba dicho.
—¡No te vayas, Ulises!—suspiró una voz doliente—.
¡Óyeme!... Se trata de tu vida.
El miedo á que él huyese la hizo incorporarse con
dolorosos gemidos, y este movimiento aceleró la salida de su sangre... El
almohadón continuó abrevándose como un prado que tiene sed.
Una piedad irresistible, igual á la que podía
sentir por una desconocida abandonada en mitad de la calle, hizo retroceder al
marino. Sus ojos se fijaron en un alto tubo de cristal que subía desde el suelo
con la boca repleta de flores. De un zarpazo esparció sobre la alfombra toda
esta primavera arreglada poco antes por unas manos femeniles con la fiebre del
que cuenta los minutos y vive esperando.
Mojó su pañuelo en el agua de las flores y se
arrodilló junto á Freya, levantando su cabeza del cojín. Ella se dejó lavar la
herida con un abandono de criatura enferma, fijando en su agresor unos ojos
implorantes, que se abrían enteros por primera vez.
Cuando la sangre cesó de surgir, formándose en la
sien una mancha roja de coágulo, Ferragut intentó levantarla.
—No, déjame así—murmuró ella—. Prefiero estar á tus
pies. Soy tu esclava... tu cosa. Pégame más, si eso calma tu cólera.
Quiso afirmar su humildad avanzando hacia él los
labios con un beso tímido, de sierva agradecida.
—¡Ah, no!... ¡no!
Ulises, para huir de esta caricia, se puso de pie
con violencia.
Sintió otra vez odio contra la mujer que recobraba
poco á poco sus sentidos. Al cesar el chorreo de la sangre se había extinguido
su compasión.
Ella, adivinando sus pensamientos, sintió la
necesidad de hablar.
—Haz de mí lo que quieras... no me quejaré. Tú eres
el primer hombre que me ha pegado... ¡y no me he defendido! No me defenderé
aunque vuelvas á golpearme... De ser otro, habría contestado á la agresión;
¡pero tú!... ¡te he hecho tanto daño!...
Calló unos momentos. Estaba arrodillada ante él en
actitud suplicante, con el cuerpo descansando sobre los talones. Tendía los
brazos al hablar con una voz doliente y monótona, igual á la de los espectros
en las apariciones de teatro.
—He vacilado mucho antes de verte—continuó—. Temía
tu cólera; estaba segura que en el primer momento te dejarías arrastrar por tu
carácter, y me daba miedo la entrevista... Te he espiado desde que supe que
estabas en Barcelona; he aguardado cerca de tu casa; muchas veces te he visto á
la puerta de un café y he tomado la pluma para escribirte; pero temí que no
acudieras al conocer mi letra, ó que despreciaras una carta de otra mano...
Esta mañana, en la Rambla, no pude contenerme por más tiempo, y te envié á esa
mujer, y he pasado unas horas crueles sospechando que no vendrías... Al fin te
veo, y nada me importan tus violencias... ¡Gracias, muchas gracias por haber
venido!
Ferragut permaneció inmóvil, con la mirada perdida,
como si no oyese su voz.
—Necesitaba verte—siguió diciendo ella—. Se trata
de tu existencia. Te has colocado enfrente de un poder inmenso que puede
aplastarte: tu pérdida está decidida. Eres un hombre solo, y desafías, sin
saberlo, á una organización grande como el mundo... El golpe aún no ha caído
sobre ti, pero caerá de un momento á otro; tal vez hoy mismo; yo no puedo
saberlo todo... Por esto necesitaba verte, para que te pongas á la defensiva,
para que huyas si es preciso.
El capitán levantó los hombros sonriendo con
desprecio, como siempre que le hablaban de peligros aconsejándole prudencia.
Además, no creía nada de aquella mujer.
—¡Mentira!—dijo sordamente—. ¡Todo mentira!...
—No, Ulises; óyeme. Tú no sabes el interés que me
inspiras. Eres el único hombre que he amado... No sonrías así: me da miedo tu
incredulidad... El remordimiento va unido á mi pobre amor; ¡te he hecho tanto
daño!... Odio á los hombres, ansío causarles todo el mal que pueda, pero existe
una excepción: ¡tú!... Todos mis deseos de felicidad son para ti; mis ensueños
sobre el porvenir tienen siempre como centro tu persona... ¿Quieres que
permanezca indiferente al verte en peligro?... No, no miento... Todo lo que te
diga esta tarde es la verdad; ya no podré mentirte nunca. Bastante me pesan mis
artificios y embustes que te atrajeron la desgracia... Vuelve á pegarme,
trátame como á la peor de las mujeres, pero cree cuanto yo te diga; sigue mis
consejos.
Continuó el marino en su actitud de indiferencia y
menosprecio. Las manos le temblaban, impacientes. Iba á marcharse; no quería
oírla más... ¿Le había buscado para infundirle miedo con sus peligros
imaginarios?...
—¿Qué has hecho, Ulises?... ¿qué has hecho?—siguió
diciendo Freya con desesperación.
Sabía todo lo ocurrido en el puerto de Marsella, é
igualmente lo sabían los infinitos agentes que trabajaban por la mayor gloria
de Alemania. El marino Von Kramer, desde su encierro, había hecho conocer el
nombre de su delator. Ella se lamentó de la franqueza vehemente del capitán.
—Comprendo tu odio: no puedes olvidar el
torpedeamiento del Californian... Pero debías haber denunciado á
Von Kramer anónimamente, sin que él supiese de quién partía la acusación... Has
procedido como un loco, como un meridional; eres un carácter arrebatado que no
teme el mañana.
Ulises hizo un gesto de desprecio. El no gustaba de
tapujos y traiciones: su procedimiento era el mejor. Lo único que lamentaba era
que este asesino del mar viviese aún; no haber podido matarlo por su propia
mano.
—Tal vez no vive ya—prosiguió ella—. El Consejo de
guerra lo ha condenado á muerte. Ignoramos si la sentencia se ha cumplido; pero
lo van á fusilar de un momento á otro, y todos en nuestro mundo saben que eres
tú el verdadero autor de su desgracia.
Se asustaba al pensar en el odio acumulado por este
hecho y en la próxima venganza. El nombre de Ferragut era objeto en Berlín de
una atención especial; en todas las naciones de la tierra lo repetían en
aquellos momentos los batallones civiles de hombres y mujeres encargados de
trabajar por el triunfo germánico. Los comandantes de los submarinos se pasaban
informes acerca de su buque y su persona. Había osado atacar al Imperio más
grande de la tierra, él, un hombre solo, un simple capitán mercante, privando
al kaiser de uno de sus más valiosos servidores.
—¿Qué has hecho, Ulises?... ¿qué has hecho?—dijo
otra vez.
Y Ferragut acabó por reconocer en esta voz un
verdadero interés por su persona, un miedo enorme ante los peligros de que le
creía amenazado.
—Aquí mismo, en tu país, te alcanzará su venganza.
¡Huye! No sé adónde podrás ir para verte libre de ellos; pero créeme... ¡huye!
El marino salió de su despectiva indiferencia. La
cólera dió un brillo hostil á su mirada. Se indignó al pensar que aquellos
extranjeros podían perseguirle en su patria: era como si le atacasen dentro de
su mismo hogar. El orgullo nacional aumentó su cólera.
—¡Que vengan!—dijo—. Me gustaría verlos hoy mismo.
Y miró en torno, cerrando los puños, como si fuesen
á surgir de las paredes estos adversarios innumerables y desconocidos.
—También á mí empiezan á considerarme como á una
enemiga—continuó la mujer—. No me lo dicen, porque entre nosotros es cosa
corriente ocultar los pensamientos; pero lo adivino en la frialdad que me
rodea... La doctora sabe que te amo lo mismo que antes, á pesar de la cólera
que ella siente contra ti. Los otros hablan de tu «traición», y yo protesto,
porque no puedo tolerar esta mentira... ¿Por qué traidor?... Tú no eres de los
nuestros; tú eres un padre que ansía vengarse. Los traidores somos todos nosotros:
yo, que te compliqué en una aventura fatal; ellos, que me empujaron hacia ti
para aprovechar tus servicios.
La vida en Nápoles resurgía en su memoria, y sintió
la necesidad de explicar sus actos.
—Tú no has podido comprenderme; ignorabas la
verdad... Cuando te encontré en el camino de Pestum fuiste para mí un recuerdo
del pasado, un fragmento de mi juventud, de la época en que sólo conocía
vagamente á la doctora y no me había comprometido aún en el servicio de
«informaciones»... Al principio me entretuvo tu entusiasmo amoroso.
Representabas una diversión interesante con tus galanteos á la española,
esperándome fuera del hotel para asediarme con tus promesas y juramentos. Me
aburría durante la espera forzosa en Nápoles. Tú, por tu parte, también te
veías forzado á esperar, y buscabas en mi persona un recreo agradable... Un día
comprendí que me interesabas verdaderamente, como ningún otro hombre me había
interesado... Adiviné que iba á amarte.
—¡Mentira!... ¡mentira!—murmuró la voz de Ferragut
descendiendo rencorosa hasta la mujer.
—Di lo que quieras, pero así fué... Amamos según el
lugar y el momento. De encontrarnos en otra ocasión, nos habríamos visto por
unas horas nada más, siguiendo cada cual su camino, sin ningún deseo amoroso.
Pertenecemos á mundos distintos... Pero estábamos inmovilizados en el mismo
país, poseídos del tedio de la espera, y lo que debía ser... fué. Te digo toda
la verdad: ¡si supieses lo que me costaba rehuirte!... Por las mañanas, al
levantarme en el cuarto del hotel, mi primer movimiento era mirar á través de
las cortinas para convencerme de que me esperabas en la calle. «Allí está
mi flirt; allí está mi novio.» Tal vez habías dormido mal pensando
en mí. Y yo sentía mi alma rehecha, un alma de veinte años, de muchacha
entusiasta y candorosa... Mi primer impulso era bajar para unirme á ti,
yéndonos por las orillas del golfo, como dos enamorados de novela... Luego
surgía la reflexión. Mi pasado se desplomaba en mi memoria como una campana
vieja que se desprende de una torre. Había olvidado este pasado, y al caer, me
aturdía con su peso sonoro, vibrante de recuerdos. «¡Pobre hombre!... ¡En qué
mundo de compromisos y enredos voy á meterle!... ¡No! ¡no!» Y huía de ti con
astucias de colegiala traviesa, saliendo del hotel cuando tú te habías alejado
por unos momentos, doblando otras veces una esquina en el preciso instante que
ibas á volver los ojos... Sólo me dejaba abordar, fría é irónica, cuando no me
era posible librarme de tu encuentro; y después, en casa de la doctora, hablaba
de ti á cada instante, riendo con ella de estos galanteos románticos.
Ferragut escuchaba sombrío, pero con una atención
cada vez más concentrada. Presintió la explicación de muchos actos
incomprensibles. Una cortina iba á correrse en su pasado, viéndolo todo bajo
una nueva luz.
—La doctora reía, pero á continuación de mis burlas
aseguraba lo mismo: «Te estás enamorando de ese hombre; ese don José te
interesa. ¡Cuidado, Carmen!» Y lo raro era que no le pareciese mal
mi enamoramiento, siendo enemiga de toda pasión que no sirve directamente á
nuestros trabajos... Decía verdad: estaba enamorada. Lo reconocí la mañana en
que tuve el deseo imperioso de ir al Acuario. Llevaba muchos días sin verte;
vivía fuera del hotel, en casa de la doctora, para no tropezarme con mi flirt.
Y esa mañana me levanté muy triste, con un pensamiento fijo: «¡Pobre
capitán!... Vamos á darle un poco de felicidad.» Estaba enferma aquel día...
¡enferma de ti! ahora lo comprendo. Nos vimos en el Acuario, y yo fuí la que te
besé, al mismo tiempo que deseaba el exterminio de los hombres... ¡de todos los
hombres, menos tú!
Hizo una breve pausa, elevando sus ojos hacia él
para apreciar el efecto de sus palabras.
—Acuérdate de nuestro almuerzo en el restorán del
Vomero; acuérdate de cómo te rogué que te marchases, abandonándome á mi
destino. Presentía el porvenir: adivinaba que iba á serte fatal. ¿Cómo podía
unirse una vida recta y franca como la tuya con mi existencia de aventurera
mezclada en tantos compromisos inconfesables?... Pero te amaba. Quise salvarte
con mi alejamiento, y á la vez tuve miedo de no verte más. La noche en que me
irritaste con la furia de tus deseos, y yo me defendí estúpidamente, como si
fueses un extraño, concentrando en tu persona el odio que me inspiran todos los
hombres, esa noche lloré al verme sola en mi cama. Lloré pensando en que te
había perdido para siempre, y al mismo tiempo me sentí satisfecha, porque así
te librabas de mi influencia... Luego llegó Von Kramer. Necesitábamos un barco
y un hombre. La doctora habló, orgullosa de su penetración que le había hecho
adivinar en ti una fuerza aprovechable. Me dieron la orden de ir en busca tuya,
de apoderarme otra vez de tu voluntad. Mi primer impulso fué negarme, pensando
en tu porvenir. Pero el sacrificio era dulce; el egoísmo dirige nuestras
acciones... ¡y te busqué! Lo demás tú lo sabes.
Calló, quedando en actitud pensativa, como si
paladease este período de sus recuerdos, el más grato de su existencia.
—Al irte en la goleta—continuó momentos
después—comprendí lo que representabas en mi vida. ¡Qué falta me hiciste!... La
doctora estaba preocupada por los sucesos italianos. Yo sólo pensé en contar
los días, encontrando que transcurrían con más lentitud que los otros. Uno...
dos... tres. «Mi marino adorado, mi tiburón amoroso, va á llegar... ¡va á
llegar!» Y lo que llegó de pronto, cuando aún lo creíamos lejos, fué el golpe
de la guerra, separándonos rudamente. La doctora maldecía á los italianos
pensando en Alemania; yo los maldije pensando en ti, viéndome obligada á seguir
á mi amiga, á preparar la fuga en dos horas, por miedo á la indignación del
populacho... Mi única satisfacción fué al enterarme de que veníamos á España.
La doctora se prometía hacer aquí grandes cosas... Yo pensé que en ningún lugar
me era más fácil volver á encontrarte...
Se había incorporado un poco. Sus manos tocaban las
rodillas de Ferragut. Quería abrazarse á ellas, y no osaba hacerlo por miedo á
que él la repeliese, desvaneciéndose su trágica inercia que le permitía
escuchar.
—Estando en Bilbao supe lo del torpedeamiento
del Californian y la muerte de tu hijo... No te hablaré de
esto; lloré, lloré mucho, ocultándome de la doctora. Desde entonces la odio.
Celebró el suceso, pasando indiferente sobre tu nombre. Tú no existías ya para
ella: no podía utilizarte... Yo lloré por ti, por tu hijo, al que no conocía, y
también por mí, pensando en mi culpabilidad. Desde aquel día soy otra mujer...
Luego vinimos á Barcelona, y he pasado meses y meses esperando este momento.
La antigua pasión se reflejó en sus ojos. Un gesto
de amor humilde embelleció su cara magullada por el golpe.
—Nos instalamos en esta casa, que es de un
electricista alemán amigo de la doctora. Cuando ella salía de viaje, dejándome
libre, mis paseos eran siempre hacia el puerto. Esperaba ver tu buque. Mis ojos
seguían con simpatía á los marinos, creyendo ver en todos ellos algo de tu
persona... «Algún día vendrá», me decía yo. Tú sabes que el amor es egoísta.
Llegué á olvidar la muerte de tu hijo... Además, yo no soy la verdadera
culpable: son los otros. Yo he sido engañada lo mismo que tú... «Vendrá, y
seremos felices otra vez...» ¡Ay! ¡si pudiese hablarte esta habitación... este
diván en el que he soñado tantas veces!... Siempre que arreglaba unas flores en
ese vaso, me hacía la ilusión de que tú ibas á llegar; siempre que me
embellecía con un poco de tocador, me imaginaba que era para ti... Vivía en tu
país, y era natural que tú llegases. De pronto, el paraíso que llevaba en la
cabeza se hizo humo. Recibimos la noticia, no sé cómo, de la prisión da Von
Kramer y de que tú habías sido su delator. La doctora me increpó, haciéndome
responsable de todo. Por mí te había conocido, y esto fué bastante para que me
incluyese en su indignación. Todos los nuestros hablaron de tu muerte,
deseándotela con los más atroces martirios.
Ferragut la interrumpió. Tenía el ceño fruncido,
como si le dominase una idea tenaz... Tal vez no la escuchaba.
—¿Dónde está la doctora?...
El tono de su pregunta fué inquietante. Cerró los
puños, mirando en torno de él como si aguardase la aparición de la imponente
dama. Su gesto era igual al que había acompañado la agresión contra Freya.
—Viaja no sé dónde—dijo ésta—. Estará en Madrid, en
San Sebastián ó en Cádiz. Sale con mucha frecuencia; tiene amigos en todas
partes... Si yo me he atrevido á llamarte, es porque estoy sola.
Y relató la vida que llevaba en este retiro. Por el
momento, su antigua protectora la dejaba en la inacción. Se abstenía de
ordenarle trabajo alguno: ella misma lo ejecutaba todo, evitando
intermediarios. Lo ocurrido á Von Kramer la había hecho recelosa y suspicaz, y
cuando necesitaba auxiliares sólo admitía á sus compatriotas que vivían en
Barcelona.
Una banda feroz y decidida se había agrupado en
torno de ella. Eran refugiados procedentes de las repúblicas de América del
Sur, parásitos de las ciudades de la costa ó vagabundos de las selvas del
interior. Al frente de ellos, como portaórdenes de la doctora, figuraba Karl,
el escribiente que Ferragut había visto en el caserón del barrio de Chiaia.
Este hombre, á pesar de su aspecto meloso, tenía en
su historia varios delitos de sangre. Era un digno capataz del grupo de
aventureros enardecidos por el entusiasmo patriótico que se reunía todas las
tardes en cierto café del puerto. Freya tenía la certeza de que trabajaban en
el aprovisionamiento de los submarinos existentes en el Mediterráneo español.
Todos conocían al capitán Ferragut por el suceso de Marsella, y hablaban de su
persona con lúgubres reticencias.
—Por ellos supe tu llegada—continuó—. Te espían,
aguardan un momento favorable. ¿Quién sabe si te habrán seguido hasta aquí?...
¡Ulises, huye; tu vida está amenazada seriamente!
El capitán volvió á levantar los hombros con
expresión de desprecio.
—¡Huye, te repito!... Y si puedes, si te inspiro un
poco de compasión, si no te soy completamente indiferente... ¡llévame contigo!
Adivinó Ferragut que todo lo dicho era para llegar
á este ruego final. La inesperada demanda le produjo una impresión de asombro y
escándalo. ¿Huir con ella, que tanto daño le había causado?... ¿Unir otra vez
su vida á la suya, conociéndola como la conocía?...
Era tan absurda la proposición, que el capitán
sonrió de un modo lúgubre.
—Yo estoy en peligro lo mismo que tú—continuó Freya
con acento desesperado—. No sé cuál es el peligro que me amenaza ni de qué
parte vendrá, pero lo adivino, lo presiento sobre mi cabeza... De nada puedo
servirles; ya no les inspiro confianza y sé muchas cosas. Poseo demasiados
secretos para que me abandonen, dejándome en paz; han acordado suprimirme:
estoy segura de ello. Lo leo en los ojos de la que fué mi amiga y protectora...
Tú no puedes abandonarme, Ulises; tú no desearás mi muerte.
Se indignó Ferragut ante estas súplicas, rompiendo
al fin su desdeñoso silencio.
—¡Comedianta!... ¡Todo mentira!... ¡Inventos para
juntarte conmigo, haciéndome intervenir otra vez en los enredos de tu vida,
mezclándome en tus trabajos de espionaje!...
El marchaba ahora por la buena senda. Sus deseos de
venganza le habían colocado entre los adversarios de Alemania. Lamentaba su
antigua ceguera y estaba satisfecho de su nueva situación. No hacía secreto de
su conducta: servía á los aliados.
—Y por eso me buscas, por eso has arreglado esta
entrevista, tal vez de acuerdo con tu amiga la doctora. Queréis emplearme por
segunda vez como instrumento estúpido de vuestro espionaje. «El capitán
Ferragut es un tonto enamorado—os habéis dicho—. No hay mas que hacer un
llamamiento á su caballerosidad...» Y tú quieres vivir conmigo, tal vez
acompañarme en los viajes, seguir mi existencia, para revelar mis secretos á
tus compatriotas y que aparezca yo de nuevo como un traidor. ¡Ah, perra!...
Esta supuesta traición despertaba otra vez su
cólera homicida. Levantó un brazo y un pie; iba á golpear y aplastar á la mujer
arrodillada. Pero su pasiva humildad, su falta de resistencia, le detuvieron.
—No, Ulises... ¡óyeme!
Hizo esfuerzos para demostrar su sinceridad. Tenía
miedo á los suyos: los veía á una nueva luz y le inspiraban horror. Su modo de
apreciar las cosas había cambiado radicalmente. La martirizaban los
remordimientos al pensar en lo que llevaba hecho. Se estaba realizando en su
conciencia la saludable transformación de las mujeres arrepentidas que fueron
antes grandes pecadoras. ¿Cómo lavar su alma de los pasados crímenes?... Ni
siquiera gozaba el consuelo de la fe patriótica, sanguinaria y feroz que enardecía
á la doctora y á los suyos.
Había reflexionado mucho. Para ella no había ya
alemanes, ni ingleses, ni franceses; sólo existían hombres: hombres con madres,
con esposas, con hijas; y su alma de mujer se horrorizaba al pensar en los
combates y las matanzas. Odiaba la guerra. El primer remordimiento lo había
experimentado al enterarse de la muerte del hijo de Ferragut.
—¡Llévame contigo!—repitió—. Si tu no me sacas de
mi mundo, no sabré cómo salir de él... Soy pobre. En los últimos años me ha
sostenido la doctora; ignoro el medio de ganar mi existencia y estoy habituada
á vivir bien. La miseria me inspira más miedo que la muerte. Tú me mantendrás;
contigo aceptaré lo que quieras darme; seré tu criada. En un buque deben
necesitarse los cuidados y el buen orden de una mujer... La vida me cierra las
puertas: estoy sola.
El capitán sonrió con una ironía cruel.
—Adivino tu sonrisa. Sé lo que quieres decirme...
Puedo venderme; crees sin duda que esta ha sido mi vida anterior. No... ¡no! te
equivocas; no sirvo para eso. Hay que tener una predisposición especial, cierto
talento para fingir lo que no se siente... Yo he intentado venderme, y no
puedo, no sirvo. Amargo la vida de los hombres cuando no me interesan; soy su
adversario, los odio, y huyen de mí.
Pero el marino prolongaba su sonrisa atrozmente
burlona.
—¡Mentira!—dijo otra vez—. ¡Todo mentira! No te
esfuerces... No me convencerás.
Como si la animase de pronto una nueva fuerza, ella
se puso de pie. Su rostro quedó á la altura de los ojos de Ferragut. Este vió
su sien izquierda con la piel desgarrada: la mancha del golpe se extendía en
torno de un ojo rojizo é hinchado. Al contemplar su bárbara obra, volvió á
atormentarle el remordimiento.
—Escucha, Ulises; tú no conoces mi verdadera
existencia. Te he mentido siempre; he escapado á todas tus averiguaciones en
nuestra época feliz. Quería guardar en secreto mi vida anterior... ¡olvidarla!
Ahora debo decir la verdad, la definitiva verdad, como si fuese á morir. Cuando
la conozcas serás menos cruel.
Pero su oyente no quería escucharla. Protestó por
anticipado, con una incredulidad feroz:
—¡Mentiras!... ¡Nuevas mentiras! ¿Cuándo terminarán
tus invenciones?
—Yo no soy alemana—continuó ella sin oírle—.
Tampoco me llamo Freya Talberg. Este es mi nombre de guerra, mi nombre de
aventuras. Talberg fué el profesor á quien acompañé á los Andes, y que tampoco
fué mi marido... Mi verdadero nombre es Beatriz... Mi madre fué italiana, una
florentina; mi padre era de Trieste.
Esta revelación no interesó á Ferragut.
—¡Un embuste más!—dijo—. ¡Otra novela!... Sigue
inventando.
La mujer se desesperó. Sus manos se elevaron sobre
su cabeza, retorciéndose con los dedos entrecruzados. Nuevas lágrimas
humedecieron sus ojos.
—¡Ay! ¿Cómo conseguiré que me creas?... ¿Qué
juramento podré hacerte para que te convenzas de que digo verdad?...
El capitán dió á entender con su aire impasible la
inutilidad de estos extremos. No había juramento que pudiese convencerle.
Aunque dijera la verdad, no la creería.
Siguió ella adelante en su relato, no queriendo
insistir contra esta muralla inconmovible.
—Mi padre también fué italiano de origen, pero por
su nacimiento era austriaco... Además, le inspiraban un entusiasmo ciego los
Imperios germánicos. Era de los que abominan de su origen y ven todas las
virtudes en los pueblos del Norte.
Inventor de maravillosos negocios, financiero
proyectista de empresas colosales, había pasado su existencia asediando á los
directores de los grandes establecimientos bancarios y haciendo antesala en los
ministerios. Eternamente en vísperas de combinaciones sorprendentes que debían
proporcionarle docenas de millones, vivía en una pobreza lujosa, yendo de hotel
en hotel, siempre los mejores, con su mujer y su hija única.
—Tú ignoras esa vida, Ulises; tú procedes de una
familia tranquila y con dinero. Los tuyos no han conocido la existencia de
aparato en los «Palace», ni tampoco los apuros para liquidar la nueva cuenta
del mes, logrando que la incorporen á las de los meses anteriores un crédito
sin límites.
Ella había visto de niña llorar á su madre en el
lujoso departamento del hotel, mientras hablaba el padre con aspecto de
iluminado, anunciando para la semana próxima una ganancia de un millón. La
esposa, convencida por la facundia de su grande hombre, acababa secando sus
lágrimas, empolvando su rostro y adornándose con sus perlas y sus blondas de
problemático valor. Luego descendía al magnífico hall, lleno de
perfumes, de susurros de conversaciones y gemidos discretos de violines, para
tomar el té con sus amistades del hotel, formidables millonarias de los dos
hemisferios, que sospechaban vagamente la existencia de una enfermedad llamada
pobreza, pero eran incapaces de concebir que pudiese atacar á las personas de
su mundo.
Mientras tanto, la niña jugaba en el jardín del
«Palace» con otras niñas vestidas y adornadas como muñecas lujosas y frágiles,
cada una de las cuales pesaba varios millones.
—Yo he sido compañera de infancia—continuó Freya—de
mujeres que son célebres por su riqueza en Nueva York, en París, en Londres...
Me he tuteado con grandes millonarias que hoy son, por sus casamientos,
duquesas y hasta princesas de sangre real. Muchas han pasado junto á mí sin
reconocerme, y yo no he dicho nada, sabiendo que la igualdad de la niñez no es
mas que un vago recuerdo...
Así había llegado á ser mujer. Varios negocios
casuales del padre les permitían continuar esta existencia de pobreza brillante
y costosa. El proyectista consideraba necesario tal aparato para sus futuros
negocios. La vida en los hoteles más caros, el automóvil por meses, los trajes
de grandes costureros para la mujer y la niña, los veraneos en las playas de
moda, el patinaje invernal en Suiza, eran para él una especie de uniforme de
respetabilidad que le mantenía en el mundo de los poderosos, permitiéndole entrar
en todas partes.
—Esta existencia me moldeó para siempre y ha
influido en el resto de mi vida. El deshonor, la muerte, todo lo creo
preferible á la miseria... Yo, que no temo los peligros, me siento cobarde al
pensar en la pobreza.
Moría la madre, crédula y sensual, fatigada de
esperar una fortuna sólida que no llegaba nunca. Ella seguía con su padre,
siendo la señorita que vive entre hombres, de hotel en hotel, algo masculina en
sus ademanes; la virgen á medias, que lo sabe todo, no se asusta de nada,
guarda ferozmente la integridad de su sexo, calculando lo que puede valer, y
adora la riqueza como la divinidad más poderosa de la tierra.
Al morir el padre, viéndose sin otra fortuna que
sus trajes y unas cuantas joyas artísticas de escaso precio, decidía fríamente
su destino.
—En nuestro mundo no hay más virtud que la del
dinero. Las muchachas del populacho se dan con menos facilidad que una señorita
habituada al lujo, teniendo por única fortuna el conocimiento del piano, del
baile y de unos cuantos idiomas... Entregamos nuestro cuerpo como si
cumpliésemos una función material, sin rubor y sin pena. Es un simple negocio.
Lo único importante es conservar la antigua vida con todas sus comodidades...
no descender.
Pasó con precipitación sobre los recuerdos de este
período de su existencia. Un conocido de su padre, viejo negociante de Viena,
había sido el primero. Luego sintió el aletazo romántico, al que no escapan las
hembras más frías y positivas. Había creído enamorarse de un oficial holandés,
un Apolo rubio que patinaba con ella en Saint-Moritz. Este había sido su único
esposo. Al fin le aburría la modorra colonial de Batavia, y tornaba á Europa,
rompiendo su matrimonio, para reanudar la existencia en los grandes hoteles,
pasando de las estaciones invernales á las playas de lujo.
¡Ay, el dinero!... En ningún plano social se podía
reconocer su poderío como en el que ella habitaba. Encontró en los «Palace»
mujeres de ademanes soldadescos y manos groseras, fumando á todas horas, con
los pies en el respaldo de una silla, mostrando la superficie posterior de sus
muslos en alto y el triángulo blanco de sus enaguas tendidas sobre el asiento.
Eran semejantes á las rameras de los grandes puertos que esperan á la puerta de
sus tugurios. ¿Cómo las dejaban vivir allí?... Sin embargo, los hombres se
inclinaban ante ellas como esclavos ó las perseguían suplicantes. Hablaban con
unción de los millones heredados de sus padres, de sus formidables riquezas de
origen industrial, que les habían permitido comprar un marido noble,
entregándose luego á sus gustos de maritornes andariegas.
—No he tenido suerte... Soy demasiado altiva para
triunfar. Los hombres me encuentran de mal carácter, discutidora y nerviosa.
Tal vez he nacido para ser una madre de familia... ¡Quién sabe si hubiese sido
otra de vivir en tu país!
Su veneración religiosa por el dinero tomó al decir
esto un acento de odio. Las jóvenes pobres y bien educadas, si sentían miedo á
la miseria, no tenían otro recurso que la prostitución. Les faltaba la dote,
requisito indispensable en muchos pueblos civilizados para ser mujer honrada y
constituir un hogar.
¡Maldita pobreza!... Había pesado sobre su vida
como una fatalidad. Los hombres que se mostraban buenos al principio se
envenenaban después, volviéndose egoístas é ingratos. El doctor Talberg, á la
vuelta de América, la había abandonado para casarse con una joven fea y rica,
hija de un negociante, senador de Hamburgo. Otros habían explotado igualmente
su juventud, tomando su parte de alegría y de belleza para unirse luego con
mujeres que sólo tenían el atractivo de una gran fortuna.
Ella había acabado por odiarlos á todos, deseando
su exterminio, exasperándose al pensar que los necesitaba para vivir y nunca
podría libertarse de esta esclavitud. Para ser independiente, se había dedicado
al teatro.
—He bailado, he cantado; pero mis éxitos fueron
siempre femeniles. Los hombres venían detrás de mí, deseando á la hembra y
riéndose de la artista. Además, ¡la vida de los bastidores!... ¡El mercado de
blancas con un nombre en el cartel!... ¡Qué explotación!...
El deseo de emanciparse la había arrastrado hacia
su amiga la doctora, aceptando sus proposiciones. Le pareció más honorífico
servir á un gran Estado, ser un funcionario secreto, laborando en la sombra por
su grandeza. Además, le sedujo al principio lo novelesco del trabajo, las
aventuras de las misiones arriesgadas, la orgullosa consideración de que con
sus espionajes tejía la trama del porvenir, preparando la historia futura.
También aquí había tropezado desde los primeros
pasos con la esclavitud sexual. Su belleza era un instrumento para sondear las
conciencias, una llave para abrir secretos; y esta servidumbre resultaba peor
que las anteriores, por ser irredimible. Había conseguido apartarse con
facilidad de su vida de viajera amorosa y de mujer de teatro; pero el que
entraba en el «servicio secreto» ya no podía salir de él. Se aprendían
demasiadas cosas, se llegaba lentamente á la comprensión de importantes
misterios. El agente quedaba prisionero de sus funciones: era un emparedado, y
con cada acto nuevo añadía una nueva piedra al muro que le separaba de la
libertad.
—Tú sabes el resto de mi vida—continuó—. La
obligación de obedecer á la doctora, de seducir á los hombres para arrancarles
sus secretos, me hizo odiarlos con una agresividad mortal... Pero llegaste tú,
¡tú, que eres bueno y generoso, que me buscaste con una simplicidad entusiasta,
lo mismo que un adolescente, haciéndome retroceder en mi existencia, como si
aún estuviese en los diez y ocho años y me viera cortejada por primera vez!...
Además, tú no eres egoísta. Te das con noble entusiasmo. Creo que, de conocernos
en la primera juventud, no me habrías abandonado para ser rico casándote con
otra... Me resistí á ser tuya porque te amaba y no quería hacerte daño...
Después, el mandato de mis superiores y mi pasión me hicieron olvidar estos
escrúpulos... Me entregué; fuí la «mujer fatal» de siempre: te traje
desgracia... ¡Ulises! ¡amor mío!... Olvidemos: de nada sirve recordar el
pasado. Conozco bien tu alma, y al verme en peligro acudo á ella. ¡Sálvame!
¡llévame contigo!...
Como estaba de pie frente á él, le bastó levantar
las manos para colocarlas sobre sus hombros, iniciando el principio de un
abrazo.
Ferragut permaneció insensible á la caricia. Su
inmovilidad repelía estas súplicas. Freya había rodado mucho por el mundo, á
través de vergonzosas aventuras, y sabría librarse por su propio esfuerzo, sin
necesidad de complicarle nuevamente en sus enredos. La historia que acababa de
relatar no era para él mas que un tejido de engaños.
—¡Todo falso!—dijo con voz sorda—. No te creo, no
te creeré nunca... Cada vez que nos vemos me cuentas una nueva historia...
¿Quién eres? ¿Cuándo dirás la verdad, toda la verdad de una vez?... ¡Embustera!
Ella, insensible á los insultos, siguió hablando de
su porvenir angustiosamente, como si se viese rodeada de misteriosos peligros.
—¿Dónde iré si tú me abandonas?... Si me quedo en
España, continúo bajo la dominación de la doctora. No puedo volver á los
Imperios donde pasé mi vida; todos los caminos están cerrados, y en aquellas
tierras renacería mi esclavitud... Tampoco puedo ir á Francia ó Inglaterra:
tengo miedo á mi pasado. Cualquiera de mis hazañas anteriores bastaría para que
me fusilasen: no merezco menos... Además, me inspira temor la venganza de los
míos. Conozco los procedimientos del «servicio» cuando necesita deshacerse de un
agente incómodo que está en tierra enemiga. El mismo lo denuncia: comete
voluntariamente una torpeza, hace que se extravíen unos documentos, envía una
carta comprometedora con falsa dirección, para que caiga en manos de las
autoridades del país. ¿Qué haré si tú no me socorres?... ¿Dónde podré
rufugiarme?...
Ulises se decidió á contestar, apiadado de su
desesperación. El mundo es grande: podía ir á vivir en una república de
América.
Ella no aceptó el consejo. Había pensado lo mismo;
pero le daba miedo el porvenir incierto.
—Soy pobre: apenas tengo con qué pagar mi viaje...
El «servicio» retribuye bien al principio. Después, como nos tiene seguros á
causa de nuestro pasado, sólo da lo necesario para vivir con cierto desahogo.
¿Qué voy á, hacer en aquellas tierras?... ¿Debo pasar el resto de mi existencia
vendiéndome á cambio del pan?... No quiero: ¡antes morir!
La desesperada afirmación de su pobreza hizo
sonreír burlonamente á Ferragut. Miró el collar de perlas eternamente acostado
en la admirable almohadilla de su pecho, las gruesas esmeraldas de sus orejas,
los brillantes que chisporroteaban fríamente en sus manos. Ella adivinó su
pensamiento, y la idea de vender estas joyas le produjo una inquietud mayor que
los terrores que le infundía el porvenir.
—Tú no sabes lo que esto representa para
mí—añadió—. Es mi uniforme, mi blasón, el salvoconducto que me permite
sostenerme en el mundo de mi juventud. Las mujeres que vamos solas por la
tierra necesitamos las alhajas para seguir nuestro camino sin obstáculos. Los
gerentes del hotel se humanizan y sonríen ante su brillo. Quien las posee no
inspira desconfianza, aunque tarde en pagar la cuenta de la semana... Los
empleados de las fronteras se muestran galantes: no hay pasaporte más poderoso.
Las señoras altivas se ablandan con su centelleo á la hora del té en los halls donde
una no conoce á nadie... ¡Lo que yo he sufrido para conseguirlas!...
Arrostraría el hambre antes de venderlas. Con ellas se es alguien: puede una
persona no tener una moneda en el bolsillo y entrar donde entran los más ricos,
viviendo como ellos...
No aceptaba el consejo. Era como si á un guerrero
hambriento le propusiesen entregar sus armas en país enemigo á cambio de pan.
Una vez la necesidad satisfecha, quedaría prisionero; se vería envilecido,
igualándose con los miserables que horas antes recibían sus golpes. Ella
arrostraba todos los peligros y sufrimientos antes que despojarse del casco y
el escudo, símbolos de su estirpe superior. El traje de más de un año, las
botinas fatigadas, la ropa interior con desgarrones mal compuestos, no le entristecían
en los momentos difíciles. Lo importante era poseer un sombrero de moda y
conservar el gabán de pieles, el collar de perlas, las esmeraldas, los
brillantes, toda la armadura honorífica y gloriosa, dentro de la cual quería
morir.
Su mirada pareció apiadarse de la ignorancia del
marino, que se atrevía á proponerle tales absurdos.
—Es imposible, Ulises... Llévame contigo. En el mar
es donde puedo vivir más segura. Los submarinos no me dan miedo. Las gentes se
los imaginan numerosos y apretados como las piedras de un pavimento, pero sólo
un buque entre mil recibe sus ataques... Además, contigo no temo nada: si
nuestro destino es perecer en el mar, moriríamos juntos.
Se hizo insinuante y seductora, avanzando las manos
sobre los hombros de él, tirando de su cuello con un apasionamiento que
equivalía á un abrazo. Su boca, al hablar, se aproximó á la del marino. Los
labios se arquearon iniciando la redonda caricia de un beso.
—¿Tan mal vivirías con Freya?... ¿No te acuerdas ya
de nuestro pasado?... ¿Es que ahora soy otra?
Ulises se acordaba, efectivamente, del pasado, y
empezó á reconocer que este recuerdo era demasiado vivo. Llegaron hasta él,
como lejanas melodías voluptuosas y medio olvidadas, las ráfagas de una carne
bien oliente, despertando su memoria sexual. El contacto de las ocultas
redondeces, tibias y firmes, que se apretaban contra su pecho sin perder la
turgente dureza, evocó en la imaginación de Ferragut una serie vertiginosa de
escenas de amor. La castidad observada en los últimos tiempos á causa de sus dolorosas
preocupaciones le atormentó ahora como un suplicio.
Ella, que seguía esta revolución con ojos astutos,
adivinándola en las contracciones de su rostro, sonrió triunfadora, pegando su
boca á la de él. Estaba segura de su poder... Y reprodujo el beso del Acuario,
aquel beso que estremecía la espalda del marino, haciéndole vacilar sobre sus
piernas.
Pero cuando se entregaba con más abandono á esta
succión dominadora, se sintió repelida, disparada por un manotón brutal,
semejante al puñetazo que la había lanzado sobre los almohadones al principio
de la entrevista.
Alguien se había interpuesto entre los dos, á pesar
de que estaban abrazados estrechamente.
El capitán, que empezaba á perder la conciencia de
sus actos, lo mismo que un náufrago, descendiendo y descendiendo á través de
las capas vibrantes de un placer sin límites, vió de pronto la cara de Esteban
difunto, con los ojos vidriosos fijos en él. Más allá vió igualmente una imagen
de triste esfumamiento: Cinta que lloraba, como si sus lágrimas fuesen las
únicas que podían caer sobre el cadáver desgarrado del hijo.
—¡Ah, no!... ¡no!
El mismo quedó sorprendido de su voz. Fué un rugido
de bestia herida, un aullar seco de desesperado que se retuerce en el tormento.
Freya, tambaleándose bajo el rudo empujón, intentó
aproximarse otra vez á él, enlazarse de nuevo en sus brazos, repetir su beso
imperioso.
—¡Amor mío!... ¡amor mío!...
No pudo seguir. La tremenda mano volvió á
repelerla, pero tan violentamente, que fué á dar de cabeza contra los cojines
del diván.
Tembló la puerta con un rudo tirón que hizo abrir
sus dos hojas á la vez, sacando el pestillo de la cerradura.
La mujer, tenaz en sus deseos, se levantó
prontamente, sin reparar en el dolor de la caída. Su ligereza sólo le pudo
servir para ver cómo escapaba Ferragut después de recoger maquinalmente su
sombrero.
—¡Ulises!... ¡Ulises!...
Ulises estaba ya en la calle, mientras en el
pequeño hall acababan de bambolearse, rompiéndose luego en el
suelo con ruidoso desmenuzamiento, varios objetos de loza que había enganchado
y desplazado el fugitivo en su ciega salida.
Al sentir en la frente la sensación del aire libre,
resurgieron en su memoria los peligros que le había anunciado Freya. Exploró la
calle con una mirada hostil... «¡Nadie!» Su deseo era encontrarse con los
enemigos de que hablaba aquella mujer, para desahogar la cólera que sentía
contra sí mismo. Estaba avergonzado y furioso por su pasajera debilidad, que
casi le había hecho reanudar la antigua existencia.
En los días sucesivos se acordó repetidas veces de
la banda de refugiados que obedecía á la doctora. Al encontrar en las calles
transeúntes de aspecto germánico, los miraba de frente con ojos de reto. ¿Sería
alguno de ellos el encargado de matarle?... Luego seguía adelante, arrepentido
de su provocación, seguro de que eran mercaderes de la América del Sur,
boticarios ó empleados de Banco, indecisos entre volver á sus casas al otro
lado del Océano ó esperar en Barcelona el triunfo siempre inmediato de su emperador.
Al fin, el capitán acabó por reírse de las
recomendaciones de Freya.
«¡Mentiras suyas!... Invenciones para interesarme y
que la lleve conmigo. ¡Ah, embustera!»
Una mañana, al pisar la cubierta de su vapor, Tòni
se acercó á él con aire misterioso. Su rostro tenía una, palidez de ceniza.
Cuando estuvieron en el salón de popa, el segundo
habló en voz baja, mirando en torno de él.
La noche anterior había bajado á tierra para ir al
teatro. Todos los gustos literarios de Tòni y sus emociones estéticas se
concentraban en la zarzuela. Los hombres de talento no habían podido inventar
nada mejor. De ella iba sacando los canturreos con que animaba sus largas
permanencias en el puente. Además, había el coro femenil, brillantemente
vestido y con las piernas libres; las tiples abundantes en carnes y ligeras de
ropa; un desfile de mallones rosados y voluptuosas redondeces que alegraba la
imaginación del navegante, sin hacer olvidar los deberes de la fidelidad.
A la una de la madrugada, cuando volvía al buque
por los muelles solitarios, habían intentado asesinarle. Creyó ver gentes que
se ocultaban detrás de un montón de mercancías al oír sus pasos. Luego sonaron
tres detonaciones, tres tiros de revólver. Una bala silbó en uno de sus oídos.
—Y como yo no llevaba armas, corrí.
Afortunadamente, fué cerca del buque, casi junto á la proa. Sólo tuve que dar
unos cuantos saltos para meterme plancha adentro en el vapor... Y ya no
dispararon más.
Ferragut quedó silencioso. También él había
palidecido, pero de sorpresa y de cólera. ¡Luego eran ciertos los anuncios de
Freya!...
No quiso fingir incredulidad ni mostrarse temerario
y despreciador del peligro cuando Tòni siguió hablando.
—¡Ojo, Ulises!... Yo he reflexionado mucho sobre
este suceso. Los tiros no eran para mí. ¿Qué enemigos tengo yo? ¿Quién puede
querer mal á un pobre piloto que no ve á nadie?... ¡Guárdate! Tú sabrás tal vez
de dónde viene eso: tú tratas muchas gentes.
El capitán adivinó que se acordaba de las aventuras
de Nápoles y de aquella proposición vergonzosa guardada como un secreto,
relacionándolo todo con la nocturna agresión. Pero ni su voz ni sus ojos
justificaron tales sospechas, y Ferragut prefirió no darse por enterado de lo
que pasaba.
—¿Sabe alguien lo ocurrido?
Tòni levantó los hombros. «Nadie...» Se había
metido en el vapor, apaciguando al perro de á bordo, que ladraba furiosamente.
El hombre de guardia había oído los tiros, imaginándose que eran de una pelea
de marineros. Además, á él sólo le interesaba lo que ocurriese á partir de la
plancha que unía el muelle con el buque.
—¿No has dado parte á la autoridad?...
El segundo se indignó al oír esta pregunta, con la
altivez de los mediterráneos, que nunca se acuerdan de la autoridad en momentos
de peligro y sólo confían su defensa á la destreza de su mano. «¿Le tenía acaso
por un delator?...»
Pensaba hacer lo que hacen los hombres que son
hombres. En adelante, iría armado á todas horas mientras estuviese en
Barcelona. ¡Ay del que tirase sobre él, si es que no le hería!... Y guiñando un
ojo, mostró á su capitán lo que él llamaba «la herramienta».
Al piloto le repugnaban las armas de fuego,
juguetes locos y ruidosos, de problemático resultado. Amaba el golpe en
silencio, el arma blanca, prolongación de la mano, con un cariño ancestral que
parecía evocar el centelleo de las hachas de abordaje usadas por sus
antepasados.
Con amorosa suavidad sacó de su cintura un cuchillo
inglés adquirido en la época en que era patrón de barca: una hoja brillante que
reproducía los rostros que la contemplaban, con punta aguda de estilete y filo
de navaja de afeitar.
Tal vez no tardase en hacer uso de su
«herramienta». Recordó á varios individuos que en los días anteriores paseaban
lentamente por el muelle examinando el buque, espiando á los que entraban y
salían. Si alcanzaba á verlos de nuevo, se echaría fuera del vapor para
decirles dos palabras.
—No hagas nada—ordenó Ferragut—. Yo me ocuparé del
asunto.
Todo el día estuvo preocupado por la noticia. Al
pasear por Barcelona, miró con ojos provocativos á cuantos transeúntes le
parecieron alemanes. Se unió á la acometividad de su carácter una indignación
de propietario que se ve atropellado dentro de su casa. Los tres tiros eran
para él, y él era un español y los boches se atrevían á
atacarlo en su propia tierra. ¡Qué audacia!...
Varias veces se llevó la diestra á la parte trasera
de su pantalón, tocando un bulto prolongado y metálico. Esperaba el anochecer
para realizar cierta idea que se le había fijado entre las dos cejas como un
clavo doloroso. Mientras no la realizase no estaría tranquilo.
La voz de los buenos consejos protestó: «No hagas
locuras, Ferragut; no busques al enemigo, no lo provoques. Defiéndete nada
más.»
Pero su arrogancia temeraria, que le había hecho
embarcarse en buques destinados al naufragio y le empujaba hacia el peligro por
el gusto de vencerlo, gritó más alto que la prudencia.
«¡En mi patria!...—se dijo mentalmente—. ¡Querer
asesinarme cuando estoy en mi tierra!... Yo les haré ver que soy un español...»
Conocía el bar del puerto
mencionado por Freya. Dos hombres de su tripulación le habían dado nuevos
informes. Sus parroquianos eran alemanes pobres, que bebían en abundancia.
Alguien pagaba por ellos, y en días señalados hasta se permitían convidar á
patrones de barcas de pesca y vagabundos del puerto. Un gramófono sonaba
continuamente, lanzando cánticos chillones que los concurrentes coreaban á
gritos. Cuando se recibían noticias de la guerra favorables á los Imperios
germánicos, redoblaban las canciones y el copeo hasta media noche y la caja de
música agria no descansaba un instante. En las paredes se veían los retratos de
Guillermo II y varios de sus generales. El dueño del bar, un alemán
gordo de piernas, cuadrado de cabeza, con pelos duros de cepillo y mostachos
colgantes, respondía al apodo de Hindenburg.
Sonrió el marino al pensar en la posibilidad de
meter á Hindenburg debajo de su mostrador... Quería ver este
establecimiento, donde muchas veces había sonado su nombre.
Al anochecer, sus pasos le llevaron hacia el bar,
con un impulso irresistible que se burlaba de todos los consejos de la
prudencia.
La puerta de cristales se resistió á su mano
nerviosa, tal vez porque manejaba el picaporte con demasiada fuerza, y el
capitán acabó por abrirla dando una patada en su parte baja, que era de madera.
Casi volaron los vidrios al impulso de este golpe,
brutal. ¡Magnífica entrada!... Vió mucho humo, perforado por las estrellas
rojas de tres lámparas eléctricas que acababan de encenderse, y hombres que
estaban de espaldas ó frente á él en torno de varias mesas. El gramófono
gangueaba como una vieja sin dientes. Detrás del mostrador aparecía Hindenburg,
despechugado, con la camisa arremangada sobre sus brazos voluminosos como
piernas.
—Yo soy el capitán Ulises Ferragut.
La voz que dijo esto tuvo un poder semejante al de
las palabras mágicas de los cuentos orientales, que dejan en suspenso la vida
de una ciudad entera, quedando inmóviles personas y objetos, en la actitud que
les sorprende el poderoso conjuro.
Se hizo un silencio de asombro. Los que empezaban á
volver la cabeza atraídos por el estrépito de la puerta no continuaron su
movimiento; los que estaban enfrente permanecieron con los ojos fijos en el que
entraba: unos ojos agrandados por la sorpresa, como si no pudiesen creer lo que
veían. El gramófono calló repentinamente. Hindenburg, que estaba
limpiando un vaso, quedó con las manos inmóviles, sin sacar la servilleta de la
cavidad de cristal.
Ferragut fué á sentarse junto á una mesa vacía, con
la espalda apoyada en la pared. Un criado, el único del establecimiento, acudió
para enterarse de lo que deseaba, el señor. Era un andaluz pequeño y vivaracho,
que sus andanzas habían traído á Barcelona. Servía con indiferencia á la
clientela, sin que le interesasen sus palabras y sus himnos. «El no se metía en
política.» Habituado á los establecimientos de gente alegre y batalladora,
adivinó al hombre que viene á «armar bronca», y quiso amansarlo con su actitud
sonriente y obsequiosa.
El marino le habló en alta voz. Sabía que en aquel
cafetucho le nombraban frecuentemente y eran muchos los que deseaban verle.
Podía darles el recado de que el capitán Ferragut estaba allí, á su
disposición.
—Así se hará—dijo el andaluz.
Y se fué al mostrador, trayéndole al poco rato una
botella y un vaso.
En vano se fijó Ulises en los que ocupaban las
mesas inmediatas. Unos permanecían inmóviles, presentándole el dorso; otros
tenían los ojos bajos y hablaban quedamente, con susurro de misterio.
Dos ó tres de ellos cruzaron al fin sus miradas con
la del capitán. Tenían en las pupilas un brillo de cólera naciente. Desvanecida
la primera sorpresa, parecían dispuestos á levantarse, cayendo sobre el recién
llegado. Pero alguien que estaba de espaldas parecía dominarlos con sus órdenes
murmurantes, y le obedecieron al fin, bajando sus ojos para seguir en una
actitud cohibida.
Ulises se cansó pronto de este silencio. Empezaba á
encontrar algo ridícula su actitud de domador. No sabía á quién dirigirse en un
local donde todos rehuían sus miradas y su contacto. En la mesa inmediata había
un periódico con ilustraciones, y se apoderó de él, volviendo sus hojas. Estaba
impreso en alemán, pero él fingió leerlo con gran interés.
Se había sentado de lado, dejando libre la cadera
en la que descansaba el revólver. Su mano, fingiendo distracción, se paseó
junto á la abertura del bolsillo, pronta á armarse en caso de ataque. Al poco
rato estaba arrepentido de esta postura excesivamente confiada. Iban á caer
sobre él, aprovechándose de su lectura. Pero el orgullo le hizo permanecer
inmóvil, para que no pudiesen adivinar su inquietud.
Luego rió de un modo insolente, como si leyese en
la ilustración germánica algo que provocaba sus burlas. Aún le pareció poco
esto, y levantó sus ojos para contemplar con agresiva curiosidad los retratos
que adornaban las paredes.
Entonces pudo darse cuenta de la gran
transformación que acababa de realizarse en el bar. Casi todos los
parroquianos habían desfilado silenciosamente durante su lectura. Sólo quedaban
cuatro ebrios, de ojos húmedos, que bebían con fruición, preocupándose
únicamente del contenido de sus vasos. Hindenburg, volviendo el
fuerte dorso á su clientela, leía en el mostrador un periódico de la noche. El
andaluz, sentado en el fondo, sonrió mirando al capitán. «¡Vaya un tío!...»
Celebraba interiormente que uno de la tierra hubiese puesto en fuga á los
bebedores gritones y brutales que tanto le molestaban otras tardes.
Consultó Ulises su reloj: las siete y media. Ya
había espantado á toda aquella gente que inspiraba terror á Freya. ¿Qué le
quedaba que hacer allí?... Pagó y salió.
La noche había cerrado. Bajo la luz de los faros
eléctricos pasaban tranvías y automóviles hacia el interior de la ciudad.
Siguiendo las arcadas de los antiguos edificios vecinos al puerto desfilaban
grupos de trabajadores de los establecimientos marítimos. Barcelona,
deslumbrante de resplandor, atraía á la muchedumbre. La dársena, negra y
solitaria, se poblaba de tenues lucecillas en lo alto de los mástiles.
Quedó indeciso Ferragut entre ir á comer á su casa
ó en un restorán de la Rambla. Luego sospechó que algunos de los fugitivos del
cafetucho podían estar cerca de él, dispuestos á seguirle. En vano esparció sus
miradas: no pudo reconocer á ninguno en los grupos que aguardaban el tranvía
leyendo periódicos ó conversando.
De pronto experimentó el deseo de ver á Tòni. El
tío Caragòl le improvisaría algo que comer mientras relataba á
su segundo la aventura del bar. Además, le pareció un digno final
de su hazaña ofrecer á los enemigos, si es que le seguían, la ocasión favorable
de atacarle en los muelles desiertos. El demonio de la soberbia soplaba en sus
orejas: «Así verán que no les tienes miedo.»
Y marchó resueltamente hacia el puerto, pasando
sobre rieles de ferrocarril, contorneando los muros de largos almacenes,
metiéndose entre montañas de mercancías. Primeramente encontró pequeños grupos
que iban hacia la ciudad; luego parejas; después individuos sueltos; al final
nadie: una soledad absoluta.
Los reverberos trazaban en el suelo amplios
redondeles de púrpura. Más allá se extendían las tinieblas, cortadas por
siluetas de ébano, que unas veces eran barcos y otras callejones de fardos,
colinas de carbón. El agua negra reflejaba las serpientes rojas y verdes de las
luces de los buques. Un trasatlántico prolongaba las operaciones de carga al
resplandor de sus reflectores eléctricos, destacándose sobre esta lobreguez con
la animación de una fiesta veneciana.
De tarde en tarde un hombre de lento paso entraba
en el círculo de un reverbero, brillando el cañón de su fusil. Otros estaban
como en acecho entre los montones de la descarga. Eran carabineros y guardianes
del puerto.
Sintió repentinamente el capitán un aviso de su
instinto. Le seguían... Se detuvo en la sombra, pegado á un montón de fardos, y
vió á unos hombres que avanzaban en su misma dirección, pasando rápidamente por
el borde de la mancha roja de un foco eléctrico para no quedar bajo su lluvia
de luz.
Le fué imposible reconocerlos, y á pesar de ello,
tuvo la certeza de que eran los enemigos vistos en el bar.
Su buque estaba lejos, junto al muelle más desierto
á aquellas horas. «Has hecho una tontería», se dijo mentalmente.
Empezó á arrepentirse de su audacia; pero ya era
tarde para volver atrás. La ciudad se hallaba más lejos que el vapor, y sus
enemigos caerían sobre él tan pronto como le viesen retroceder. ¿Cuántos
eran?... Esto le preocupaba únicamente.
«¡Adelante!... ¡adelante!», gritó su orgullo.
Había sacado el revólver: lo llevaba en su diestra,
con el cañón por delante. En la soledad no había por qué guardar los
miramientos y prudencias de la vida civilizada. La noche le envolvía con todas
las asechanzas de una selva virgen, mientras brillaba ante sus ojos una gran
ciudad coronada de diamantes eléctricos, esparciendo en la negrura del espacio
un halo de incendio.
Tres veces pasó junto á los carabineros solitarios,
pero no quiso hablarles. «¡Adelante! Sólo las mujeres deben pedir apoyo...»
Además, tal vez sufría una alucinación; en realidad, no podía afirmar que le
persiguiesen.
A los pocos pasos se desvaneció esta duda: sí que
le perseguían. Sus sentidos, aguzados por el peligro, tuvieron la misma
percepción del jabalí que presiente la jauría intentando cerrarle el paso. A su
derecha tenía el agua; á su izquierda trotaban hombres por detrás de los
montones de la descarga queriendo salir á su encuentro; detrás avanzaban otros
para impedir su retirada.
Podía correr, adelantándose á los que intentaban
envolverle; pero ¿un hombre debe correr teniendo un revólver en la mano?... Los
que venían detrás se lanzarían en su persecución. Una cacería humana iba á
desarrollarse en la noche, y él, Ferragut, sería el gamo acosado por la canalla
del bar. «¡Ah, no!...» El capitán se acordó de Von Kramer galopando
míseramente en pleno día por los muelles de Marsella... Si lo habían de matar,
que no fuese huyendo.
Continuó su avance con paso rápido. Adivinaba el
plan de sus enemigos. No querían mostrarse en esta zona del puerto obstruída
por montones de fardos, temiendo que se ocultase. Le esperaban cerca de su
buque, en un espacio descubierto por el que forzosamente debía pasar.
«¡Adelante—volvió á repetirse—. Si he de morir, que
sea á la vista del Mare nostrum!»
El vapor estaba cerca. Reconoció su negra silueta
pegada al muelle. En este momento el perro de á bordo empezó á ladrar
furiosamente, anunciando la presencia del capitán y al mismo tiempo el peligro.
Abandonó el abrigo de una colina de carbón,
avanzando por un terreno descubierto. Concentraba toda su voluntad en el deseo
de llegar á su barco cuanto antes.
Brilló una corta llama, seguida de una detonación.
Ya disparaban contra él. Otras lucecitas surgieron de diversos lados del
muelle, seguidas de estampidos. Fué un tiroteo de combate; á sus espaldas
tiraron igualmente. Sintió varios silbidos junto á sus orejas y recibió un
golpe en un hombro, una sensación igual á la de una pedrada caliente.
Iban á matarle: sus enemigos eran demasiado
numerosos. Y sin saber por qué lo hacía, cediendo al instinto, se arrojó al
suelo lo mismo que un moribundo.
Todavía retumbaron unos cuantos disparos. Luego se
hizo el silencio. Únicamente en el vapor inmediato seguía ladrando el perro.
Vió una sombra que avanzaba lentamente hacia él.
Era un hombre, uno de sus enemigos, destacado del grupo para examinarle de
cerca. Dejó que se aproximase, apretando con su diestra el revólver, todavía
intacto.
De pronto levantó el brazo, rozando la cabeza que
se inclinaba sobre él. Dos relámpagos salieron de su mano, separados por un
breve intervalo. La primera llamarada fugaz le hizo ver un rostro conocido...
¿Era verdaderamente Karl, el dependiente de la doctora?... La segunda explosión
ayudó á su memoria. Sí que era Karl, con las facciones desencajadas y un
agujero negro en la sien... Se irguió con un estiramiento agónico; luego se
derrumbó de espaldas, abriendo los brazos.
Esta visión fué instantánea. El capitán sólo podía
pensar en él, y se levantó de un salto. Después corrió y corrió, encorvándose
para ofrecer á sus enemigos el menor blanco posible.
Presentía una descarga general, una granizada de
balas. Pero los perseguidores dudaron unos segundos, desorientados por la
obscuridad, no sabiendo si era el capitán el que había caído por segunda vez.
Sólo al ver á un hombre que corría hacia el buque
conocieron su error y reanudaron los disparos. Ferragut pasó entre las balas,
por el borde del muelle, á lo largo del Mare nostrum. Su salvación
era obra de segundos, siempre que los tripulantes no hubiesen retirado la
pasarela entre el vapor y la orilla.
Tropezó de pronto con el puente, viendo al mismo
tiempo un hombre que avanzaba sobre él con algo reluciente en una mano. Era el
segundo, que acababa de salir con el cuchillo por delante.
El capitán temió una equivocación.
—¡Tòni! ¡soy yo!—dijo con voz sofocada por la
violencia de la carrera.
Al pisar la cubierta del buque recobró
instantáneamente su tranquilidad.
Ya no hubo más disparos. El silencio era lúgubre. A
lo lejos lo cortaron silbidos de pitos, voces de alarma, ruido de carreras. Los
carabineros y guardianes se llamaban y agrupaban para dar una batida en la
obscuridad, marchando hacia el lugar donde había sonado el tiroteo.
—¡Que quiten la plancha!—ordenó Ferragut.
El piloto dió ayuda á tres marineros que acababan
de acudir, retirando apresuradamente la pasarela. Luego amenazó al perro para
que cesase de aullar.
Ferragut, asomado á la borda, exploraba la
lobreguez del muelle. Le pareció ver á unos hombres llevándose á otro en
brazos. Un resto de su cólera le hizo levantar la diestra, armada todavía,
apuntando al grupo. Luego volvió á bajarla... Pensó en los que se acercaban
para averiguar lo ocurrido. Era mejor que encontrasen el buque silencioso.
Entró en el salón de popa jadeando todavía, y tomó
asiento.
Al quedar bajo el ruedo de luz pálida que derramaba
sobre la mesa una lámpara colgante, Tòni se fijó en su hombro izquierdo.
—¡Sangre!...
—No es nada... Un simple rasguño. La prueba es que
puedo mover el brazo.
Y lo movió, aunque con cierta dificultad, sintiendo
la pesadez de una hinchazón creciente.
—Luego te contaré cómo ha sido esto... Creo que no
les quedarán ganas de repetir.
Quedó pensativo un instante.
—De todos modos, conviene que nos vayamos pronto de
este puerto... Ve á ver á nuestra gente. ¡Que ninguno hable!... Llama á Caragòl.
Antes de que saliese Tòni, surgió de la obscuridad
la cara esplendorosa del cocinero. Venía al salón sin que nadie le llamase,
ansioso por saber lo ocurrido, temiendo encontrar moribundo á Ferragut.
Viendo la sangre, su desesperación se expresó con
una vehemencia maternal.
«¡Cristo del Grao!... ¡Mi capitán va á morir!...»
Quiso correr á la cocina en busca de algodones y vendas. El era algo curandero,
y guardaba lo necesario para el caso.
Ulises le detuvo. Aceptaba sus servicios, pero
quería algo más.
—Deseo comer, tío Caragòl—dijo
alegremente—. Me contentaré con lo que haya... El susto me ha dado hambre.
"ADIÓS. VOY A MORIR"
Cuando Ferragut salió de Barcelona ya tenía casi
cicatrizada la herida del hombro. Las negativas rotundas de él y su piloto á
los interrogatorios de los carabineros le libraron de nuevas molestias. «No
sabían nada; no habían visto nada.» El capitán acogió con fingida indiferencia
la noticia de haber sido encontrado en la misma noche el cadáver de un hombre,
al parecer alemán, pero sin papeles, sin nada que permitiese su identificación,
en un muelle algo lejano del lugar que ocupaba el Mare nostrum. Las
autoridades no consideraron necesario averiguar más, clasificando el hecho como
una simple pelea entre refugiados.
El servicio de aprovisionamiento de las tropas de
Oriente hizo navegar á Ferragut en los meses sucesivos formando parte de un
convoy. Un despacho cifrado le llamaba unas veces á Marsella, otras á un puerto
atlántico: Saint-Nazaire, Quiberón ó Brest.
Iban llegando con pocos días de separación vapores
de diversas clases y nacionalidades. Los había que delataban su origen
aristocrático en las líneas finas de la proa, la esbeltez de las chimeneas y el
color todavía blanco de los pisos superiores. Eran iguales á los corceles de
gran precio que la guerra había transformado en simples caballos de batalla.
Antiguos buques-correos, veloces carreristas de las olas, se veían descendidos
á la vil servidumbre de barcos de transporte. Otros, negros y sucios, con pegotes
de apresurada reparación y una chimenea tísica sobre su casco enorme, avanzaban
tosiendo humo, escupiendo ceniza, jadeando con ruidos de hierro viejo. Las
banderas de los aliados y las de las marinas neutrales ondeaban en las diversas
popas.
Se iba reuniendo el convoy en la amplia bahía. Eran
quince ó veinte vapores, á veces treinta, que habían de navegar juntos,
ajustando sus diversas velocidades á una marcha común. Los barcos de carga,
carracas á vapor que sólo hacían unas millas por hora, sin llegar á la decena,
obligaban al resto del convoy á una desesperante lentitud.
El Mare nostrum tenía que marchar
á media máquina, haciendo sufrir grandes impaciencias á su capitán en estas
peregrinaciones monótonas y peligrosas á través de semanas y semanas.
Antes de partir, Ferragut recibía un pliego cerrado
y sellado, lo mismo que los otros capitanes. Era del jefe del convoy,
comandante de un contratorpedero ó simple oficial de la reserva marítima,
encargado de un buquecito de pesca con cañones de tiro rápido.
Los vapores empezaban á echar humo y á levar
anclas, sin saber adónde iban. El pliego sólo era abierto en el momento de
partir. Ulises hacía saltar los sellos y examinaba el papel, entendiendo con
facilidad su lenguaje convencional, escrito con arreglo á una cifra común. Lo
primero que buscaba era el puerto de destino; luego, el orden de formación.
Marchaban en fila única ó en doble fila, según la cantidad de buques. El Mare
nostrum, representado por un número, navegaba entre otros dos números, que
eran los de los vapores inmediatos. La distancia entre ellos debía mantenerse
en quinientos metros: lo necesario para no abordarse en un momento de descuido
y no prolongar la línea de modo que sus vigilantes la perdiesen de vista.
Al final se repetían las instrucciones de todos los
viajes, con un laconismo que hubiese hecho palidecer á otros hombres no
acostumbrados á mirar de frente á la muerte. En caso de ataque submarino, los
transportes que llevaban cañones podían salirse de la fila y ayudar á la
patrulla de buques armados, dando cara al enemigo. Los otros debían continuar
su rumbo tranquilamente, sin preocuparse de la agresión. Si el buque de delante
ó el que seguía á popa era torpedeado, no había que detenerse para darle auxilio.
Los torpederos y «chaluteros» se encargarían de salvar á los náufragos, si
resultaba posible. El deber del transporte era ir siempre adelante, ciego y
sordo, sin salirse de la formación, sin detenerse, hasta conducir al puerto
terminal la fortuna que llevaba en sus entrañas.
Esta marcha en convoy, impuesta por la guerra
submarina, representaba un salto atrás en la vida de los mares. Ferragut
recordó las flotas á vela de otros siglos, escoltadas por navíos de línea,
siguiendo su rumbo á través de incesantes batallas; los remotos viajes de los
galeones de las Indias, saliendo de Sevilla para llegar en rebaño á las costas
del Nuevo Mundo.
La doble fila de cascos negros con penachos de humo
avanzaba mansamente en las jornadas de bonanza. Cuando el día era gris, el mar
espumeante, el cielo bajo y la atmósfera brumosa, se esparcían y encabritaban
como un tropel de corderos obscuros y asustados. Los guardianes del convoy,
tres barcos pequeños que marchaban á toda máquina, eran los mastines vigilantes
de este ganado marino, precediéndole para explorar el horizonte, quedándose
detrás de él ó marchando á sus costados para mantener intacta la formación. Su
ligereza y su velocidad les hacía dar saltos prodigiosos sobre las olas. Una
cinta de humo se enroscaba á continuación de sus dobles chimeneas. Su proa,
cuando no estaba oculta, expelía cascadas de espuma, levantándose hasta mostrar
el principio de la quilla.
De noche navegaban todos con pocas luces: un simple
farol á proa para aviso del que marcha delante y otro á popa para indicar la
ruta al siguiente. Estas luces macilentas apenas se veían. De pronto, el
timonel tenía que torcer el rumbo y pedir máquina atrás, viendo que se
agrandaba en la obscuridad la silueta del buque anterior. Unos cuantos minutos
de descuido, y entraba por su popa con un espolonazo mortal. Al amenguar la
marcha, el capitán miraba inquieto á sus espaldas, temiendo chocar á su vez con
el que le seguía en la fila.
Todos pensaban en los submarinos invisibles. De
tarde en tarde sonaban cañonazos. La escolta del convoy tiraba y tiraba, yendo
de un lado á otro con ágiles evoluciones. El enemigo había huído, como los
lobos ante el aullar de los perros vigilantes. En otras ocasiones era una falsa
alarma, y los cañones herían con sus latigazos de acero el agua desierta.
Había un enemigo más molesto que la tormenta que
desordena á los convoyes, más temible que los torpedos. Era la niebla espesa y
blanca como la albúmina, que caía sobre los buques, haciéndolos navegar á
ciegas en pleno día, poblando el espacio de inútiles rugidos de sirena, no
dejando ver el agua que los sustentaba ni los otros barcos cercanos, que podían
salir de un momento á otro de la borrosa atmósfera, anunciando su aparición con
un choque y un crujido enorme, mortal. Así habían de marchar los marinos días
enteros; y cuando al fin se libraban de este sudario, respirando con la
satisfacción del que despierta de una pesadilla, otra muralla cenicienta y
nebulosa avanzaba sobre las aguas, envolviéndolos de nuevo en su noche. Los
hombres más valerosos y serenos juraban al ver la barra interminable de la
bruma cerrando el horizonte.
Tales viajes no eran del gusto de Ferragut. Le
irritaba la marcha en fila, como un soldado, teniendo que amoldarse á las
velocidades de buques despreciables. Aún le encolerizaba más verse obligado á
obedecer al comandante del convoy, que muchas veces era un viejo marino de
carácter autoritario.
A causa de esto, en una de las arribadas á Marsella
manifestó á las autoridades marítimas su firme voluntad de no navegar más de
tal modo. Tenía bastante con cuatro expediciones. Resultaban buenas para los
capitanes miedosos, incapaces de salir de los puertos si no llevaban á la vista
una escolta de torpederos, y cuyas tripulaciones, al menor incidente,
pretendían echar los botes al agua, refugiándose en la costa. El se creía más
seguro yendo solo, confiado á su pericia, sin otro auxilio que su profundo conocimiento
de las rutas del Mediterráneo.
La petición fué atendida. Era dueño de buque, y
temieron perder su cooperación cuando escaseaban tanto los medios de
transporte. Además, el Mare nostrum, por su velocidad, merecía ser
empleado aparte, en servicios extraordinarios y rápidos.
Quedó en Marsella unas semanas esperando un
cargamento de obuses, y callejeó como siempre por la capital mediterránea. Las
tardes las pasaba en la terraza de un café de la Cannebière. El recuerdo de Von
Kramer surgió algunas veces en su memoria. «¿Lo habrían fusilado?...» Quiso
saber, pero sus averiguaciones no obtuvieron gran éxito. Los Consejos de guerra
eludían la publicidad de sus actos de justicia. Un negociante marsellés amigo
de Ferragut se acordaba de que, algunos meses antes, había sido ejecutado un
espía alemán sorprendido en el puerto. Tres líneas en los periódicos nada más
dando cuenta de su muerte. Se decía que era un oficial... Y el marsellés pasó á
hablar de las noticias de la guerra, mientras Ulises pensaba que el ejecutado
no podía ser otro que Von Kramer.
En la misma tarde tuvo un encuentro. Al marchar por
la calle de Saint-Ferreol, mirando los escaparates de las tiendas, los gritos
de varios conductores de coches y automóviles que no acertaban á hacer pasar
sus vehículos en la angosta y repleta vía llamaron su atención. Vió en un
carruaje á una dama rubia, de espaldas á él, acompañada por dos oficiales de la
marina inglesa. Inmediatamente pensó en Freya... Su sombrero, su traje, todo lo
que pudo distinguir de su persona, no le recordaban en nada á la otra. Y sin
embargo, cuando se alejó el coche, sin que él llegase á ver el rostro de esta
desconocida, la imagen de la aventurera persistió en su memoria.
Al fin acabó por irritarse contra él mismo, á causa
de la semejanza absurda que había descubierto sin motivo alguno. ¿Cómo podía
ser Freya esta inglesa que iba con dos oficiales?... ¿Cómo la alemana refugiada
en Barcelona podía deslizarse en Francia, donde indudablemente era conocida de
la policía militar?... Aún le irritó más la sospecha de que este parecido fuese
un resto del antiguo amor, que le hacía ver á Freya en toda mujer rubia.
A las nueve de la mañana del día siguiente, cuando
el capitán se vestía en su camarote para bajar á tierra, Tòni abrió la puerta.
Su gesto era fosco y tímido al mismo tiempo, como
si fuese á dar una mala noticia.
—Esa está ahí—dijo lacónicamente.
Ferragut le miró con expresión interrogante...
¿Quién era «esa»?...
—¿Quién ha de ser?... ¡La de Nápoles! ¡La rubia del
demonio que nos trae desgracia!... A ver si esa bruja nos deja inmóviles unas
cuantas semanas, lo mismo que la otra vez.
Se excusó, como si acabase de cometer una falta en
el servicio. El buque estaba unido al muelle por una pasarela y todos podían
entrar en él. El piloto era enemigo de estos amarres, que dejaban libre el paso
á los curiosos y los importunos. Cuando se había dado cuenta de la visita, la
señora estaba ya en la cubierta, cerca de las cámaras. Recordaba bien el camino
del salón: quería seguir adelante; pero él había hecho que Caragòl la
detuviese mientras venía á avisar al capitán.
—¡Cristo!—murmuró éste—. ¡Cristo!...
Y su asombro, su sorpresa, no le permitieron lanzar
otra exclamación.
Luego se encolerizó.
—¡Echala!... Que la agarren dos hombres y la pongan
en el muelle, aunque sea á viva fuerza.
Pero Tòni vacilaba, no atreviéndose á cumplir tales
órdenes, y el impetuoso Ferragut se lanzó fuera del camarote para realizar por
sí mismo lo que había mandado.
Cuando pasó al salón, alguien entró al mismo tiempo
por el lado de la cubierta. Era Caragòl, que intentaba cerrar el
paso á una mujer; pero ésta, burlando sus ojos cegatos, iba deslizándose poco á
poco entre su cuerpo y el tabique de madera.
Al ver al capitán, Freya corrió hacia él tendiendo
sus brazos.
—¡Tú!—dijo con voz gozosa—. Bien sabía que estabas
aquí, á pesar de que estos hombres aseguraban lo contrario... Me lo decía el
corazón... ¡Buenos días, Ulises!
Caragòl volvió los ojos hacia el sitio donde
adivinaba la presencia del segundo, como si implorase su perdón. Con las
hembras no se podía cumplir ninguna orden... Tòni, por su parte, parecía
avergonzado ante esta mujer que le miraba hostilmente.
Los dos desaparecieron. Ferragut no pudo darse
cuenta de cómo fué la fuga, pero se alegró de ella. Temía que la recién llegada
aludiese en su presencia á las cosas del pasado.
Quedó largo rato contemplándola. Había creído
reconocerla de espaldas el día anterior, y ahora estaba seguro de que hubiera
seguido adelante con indiferencia al verla de frente. En realidad, ¿era la
misma que acompañaban los dos oficiales ingleses?... Parecía mucho más alta que
la otra, con una delgadez que hacía clarear su cutis, dándole una transparencia
enfermiza. La nariz era más prominente y afilada; los ojos brillaban hundidos
en los círculos negruzcos de sus cuencas.
Estos ojos empezaron á mirar al capitán humildes y
suplicantes.
—¡Tú!—exclamó Ulises con extrañeza—. ¡Tú!... ¿Qué
vienes á hacer aquí?...
Freya habló con una timidez de sierva. Sí, era
ella, que le había reconocido el día anterior mucho antes de que él la mirase,
formando inmediatamente el propósito de venir en busca suya. Podía pegarle,
como la última vez que se vieron; estaba dispuesta á sufrirlo todo... ¡pero con
él!
—Sálvame, Ulises; llévame contigo... Te lo pido más
angustiosamente que en Barcelona.
—¿Cómo estás aquí?...
Ella comprendió la extrañeza del capitán al
encontrarla en país enemigo; la inquietud que sentía por él mismo al ver á una
espía en su buque.
Miró en torno para convencerse de que estaban
solos, y habló en voz baja. La doctora le había enviado á Francia para que
«trabajase» en los puertos. A él solo podía revelar el secreto.
Ulises se indignó ante esta confidencia.
—¡Márchate!—dijo con voz colérica—. Nada quiero
saber de ti... Lo tuyo no me interesa, no deseo conocerlo... ¡Fuera de aquí!
¿Por qué me buscas?
Pero ella no parecía dispuesta á cumplir sus
órdenes. En vez de marcharse, se dejó caer con desaliento en uno de los divanes
de la cámara.
—He venido—dijo—para rogarte que me salves. Te lo
suplico por última vez... Voy á morir; adivino que mi fin está próximo si tú no
me tiendes una mano; presiento la venganza de los míos... ¡Guárdame, Ulises! No
me dejes volver á tierra: tengo miedo... ¡Tan segura que me sentiría aquí, á tu
lado!...
El miedo, efectivamente, se reflejó en sus ojos al
recordar los últimos meses de su vida en Barcelona.
—La doctora es mi enemiga... Ella, que me protegió
tanto en otro tiempo, me abandona como algo viejo que es necesario suprimir.
Tengo la certidumbre de que me han condenado en lo alto...
Se estremecía al recordar la cólera de la doctora
cuando, á la vuelta de uno de sus viajes, se enteró de la muerte de su fiel
Karl. El capitán Ferragut era para ella una especie de demonio invulnerable y
victorioso, que escapaba á todos los peligros, matando á los servidores de la
buena causa. Primeramente, Von Kramer; ahora, Karl... Como le era necesario
desahogar en alguien su cólera, había hecho responsable á Freya de todas las
desgracias. Por ella conocía al capitán y lo había mezclado en los asuntos del
«servicio».
El ansia de venganza hizo sonreír á la imponente
dama con una expresión feroz. El marino español estaba señalado en alto lugar.
Ordenes precisas habían sido dadas contra él. «¡En cuanto á sus cómplices!...»
Freya figuraba indudablemente entre estos cómplices, por haberse atrevido á
defender á Ferragut recordando la muerte trágica de su hijo, por no haber hecho
coro con los que deseaban su exterminio.
Semanas después, la iracunda doctora se había
mostrado amable y sonriente, lo mismo que en otro tiempo. «Querida mía:
conviene que dé usted un paseo por Francia. Hace falta un agente que nos entere
del movimiento de los puertos, de la salida y entrada de los buques, para que
nuestros sumergibles sepan dónde esperar. Los oficiales de marina son galantes,
y una mujer hermosa puede ganarse su afecto.»
Ella había pretendido desobedecer. ¡Ir á Francia,
donde eran conocidos sus trabajos de antes de la guerra!... ¡Volver al peligro
cuando ya se había acostumbrado á la vida segura en los países neutrales!...
Pero sus intentos de resistencia no llegaban á realizarse. Carecía de voluntad:
el «servicio» la había convertido en un autómata.
—Y aquí estoy; sospechando que tal vez marcho á la
muerte, pero cumpliendo los encargos que recibo; esforzándome por ser grata y
retardar de este modo el cumplimiento de su venganza... Soy como un condenado
que sabe que va á morir y procura hacerse necesario, para demorar unos meses su
sentencia.
—¿Cómo has entrado en Francia?—preguntó él, sin
hacer caso de su acento doloroso.
Freya levantó los hombros. En su oficio se cambiaba
fácilmente de nacionalidad. Ahora era ciudadana de una república de América. La
doctora le había proporcionado los papeles necesarios para pasar la frontera.
—Pero aquí—continuó—me tienen más segura que en una
cárcel. Me han dado los medios para entrar, y sólo ellos me pueden hacer salir.
Estoy por completo en su poder. ¿Qué harán de mí?...
El terror le había sugerido en ciertos momentos
desesperadas resoluciones. Quería denunciarse á sí misma, comparecer ante las
autoridades francesas relatando su historia, haciendo saber los secretos de que
era poseedora. Pero su pasado le infundía miedo: eran muchas las maldades que
llevaba realizadas contra este país. Tal vez la perdonasen la vida teniendo en
cuenta la espontaneidad de su acto; pero el presidio, la reclusión con el pelo
cortado, vestida de ruda estameña, condenada al silencio, sufriendo tal vez
hambre y frío, le inspiraban una repulsión invencible... No: antes la muerte.
Y continuaba su vida de espionaje, cerrando los
ojos ante el porvenir, viviendo el momento presente, evitando el pensar,
considerándose feliz cuando veía por delante unos cuantos días de seguridad.
El encuentro con Ferragut en una calle de Marsella
la había reanimado, dándole nuevas esperanzas.
—Sácame de aquí; guárdame contigo. En tu buque
puedo vivir olvidada del mundo, como si hubiese muerto... Y si mi presencia te
disgusta, llévame lejos de Francia, déjame en un país lejano.
Deseaba salir de este aislamiento en tierra enemiga
teniendo que obedecer á sus superiores, como una fiera enjaulada que recibe
pinchazos á través de los hierros. La hacía temblar el presentimiento de su
próxima muerte.
—¡Yo no quiero morir, Ulises!... No soy aún vieja
para morir. Yo adoro mi cuerpo, soy el primero de mis enamorados, y me aterro
al pensar que puedo ser fusilada.
Pasó por sus ojos un reflejo fosfórico; sus dientes
chocaron con el castañeteo del terror.
—¡No quiero morir!—repitió—. Hay momentos en que
adivino que me siguen y me cercan... Tal vez me han conocido y esperan el
momento de sorprenderme en pleno trabajo... Ayúdame: hazme salir de aquí; mi
muerte es segura. ¡He hecho tanto daño!...
Calló un momento, como si calculase todos los
delitos de su vida anterior.
—La doctora—siguió diciendo—cuenta con el
entusiasmo patriótico, que le enardece para continuar sus trabajos. Yo carezco
de su fe: no soy alemana y me repugna ser espía... Siento vergüenza al
considerar mi vida actual; pienso todas las noches en el resultado de mis
abominables trabajos; calculo el empleo que pueden dar á mis avisos y mis
informes; veo los buques torpedeados... ¿Cuántos seres habrán muerto por mi
culpa? Tengo visiones: mi conciencia me atormenta. ¡Sálvame!... No puedo más.
Siento un miedo horrible. ¡Tengo tanto que expiar!...
Se había levantado poco á poco del diván, y al
pedir protección á Ferragut iba hacia él con los brazos extendidos, humilde y
al mismo tiempo acariciadora, por una voluntad de seducción que predominaba
sobre todos sus actos.
—¡Déjame!—gritó el marino—. No te acerques... ¡no
me toques!
Sintió la misma cólera que le había hecho ser
brutal fin su entrevista de Barcelona. Le irritó la tenacidad de esta
aventurera, que, luego de ejercer una influencia trágica en su vida, deseaba
comprometerle de nuevo.
Pero un sentimiento de fría compasión le hizo
contenerse y hablar con cierta bondad.
Si necesitaba dinero para huir, él se lo daría sin
regateo alguno. Podía fijar la cifra; el capitán estaba dispuesto á satisfacer
todos sus deseos; pero nada de vivir juntos. Le daría una suma importante para
asegurar su porvenir y no verla más.
Freya hizo un ademán de protesta, al mismo tiempo
que el marino se arrepentía de su generosidad... ¿Por qué favorecer á una mujer
que le recordaba la muerte de su hijo?... ¿Qué había de común entre los dos?...
Los viles amores de Nápoles harto los había pagado con su desgracia... Que cada
uno siguiese su destino; pertenecían á mundos distintos... ¿Iba á tener que
defenderse toda su vida de esta hembra pegajosa?
Aparte de esto, no estaba seguro de que ahora
dijese verdad... Todo en ella era falso. Ni siquiera conocía con certeza su
verdadero nombre y su existencia pasada...
—¡Márchate!—rugió con tono amenazador—. ¡Déjame en
paz!
Tendió sus poderosas manazas hacia ella viendo que
se resistía á obedecer. Iba á levantarla del suelo con rudo tirón, á llevarla
como un fardo leve fuera de la cámara, fuera del barco, arrojándola lejos lo
mismo que si fuese un remordimiento.
Pero le inspiró una repugnancia invencible este
cuerpo abundante en seducciones: tuvo miedo á su contacto; quiso huir de las
sorpresas eléctricas de su carne... Además, él no iba á maltratarla á cada
encuentro, como un bellaco profesional de los que mezclan el amor y los golpes.
Recordaba con tristeza sus violencias de Barcelona.
Y como Freya, en vez de marcharse, se dejaba caer
de nuevo en el diván con un desaliento que parecía desafiar su cólera, fué él
quien huyó para dar fin á la entrevista.
Se introdujo en su camarote, cerrando la puerta de
golpe. Esta fuga la sacó á ella de su inercia. Quiso seguirle con un salto de
pantera joven, pero sus manos chocaron contra el obstáculo que acababa de
inmovilizarse, mientras seguían sonando en su interior llaves y cerrojos.
Golpeó desesperadamente la puerta. Sus puños se
lastimaron en infructuosos empujones.
—¡Ulises, abre!... ¡Oyeme!
En vano gritó como si diese una orden,
exasperándose al no verla obedecida. Su cólera se revolvió impotente contra la
solidez inconmovible de la madera. De pronto empezó á llorar. Se había
ablandado su voluntad al sentirse débil é indefensa como una criatura
abandonada. Toda su vida pareció concentrarla en sus lágrimas y su voz
suplicante.
Paseó los dedos por la puerta, palpando las
molduras, deslizándolos por las superficies barnizadas, como si buscase á
tientas una rendija, un agujero, algo que le permitiese llegar hasta el hombre
que estaba al otro lado.
Instintivamente dobló sus rodillas, pegando la boca
al orificio de la cerradura.
—¡Dueño mío!—murmuró con una voz de pordiosera—.
¡Abre!... No me abandones. Piensa que voy hacia la muerte si tú no me salvas.
Ferragut la oyó, y para huir de su gemido fué
alejándose hasta el fondo del camarote. Luego abrió el ventano redondo que daba
sobre la cubierta, ordenando á un marinero que buscase al segundo.
—¡Don Antòni! ¡don Antòni!—gritaron varias
voces á lo largo del buque.
Llegó Tòni, pegando su cara al redondel para
recibir las quejas furiosas de su capitán. «¿Por qué le habían dejado solo con
aquella mujer?... Debían sacarla del buque inmediatamente, aunque fuese á viva
fuerza... El lo mandaba.»
El piloto se alejó con aire azorado, rascándose la
barba lo mismo que si acabase de recibir una orden de difícil ejecución.
—¡Sálvame, amor mío!—seguía gimiendo el susurro
implorante—. Olvida quién soy... Piensa únicamente en la de Nápoles... en la
que conociste en Pompeya... Acuérdate de nuestra felicidad á solas, de las
veces que me juraste no abandonarme nunca... ¡Tú eres un caballero!
Calló un momento la voz. Ferragut oyó pasos al otro
lado de la puerta. Tòni cumplía sus órdenes.
Pero la súplica volvió á reanudarse á los pocos
instantes, reconcentrada, tenaz, atenta únicamente á su deseo, despreciando los
nuevos obstáculos que venían á interponerse entre ella y el capitán.
—¿Tanto me odias?... Acuérdate de la felicidad que
te di: tú mismo me juraste que nunca habías sido tan dichoso. Puedo resucitar
otra vez el pasado. Tú no sabes de lo que soy capaz por hacerte dulce la
existencia... ¡Y quieres perderme!...
Sonó un choque en la puerta, un roce de cuerpos que
se empujaban, una frotación de lucha contra la madera.
Tòni había entrado, seguido de Caragòl.
—Ya hay bastante, señora—dijo con voz torva, para
disimular su emoción—. ¿No se da cuenta de que el capitán no quiere verla?...
¿no comprende que está estorbando?... Vamos... ¡arriba!
Intentó ayudarla á incorporarse, separando su boca
de la cerradura; pero Freya repelió con facilidad al vigoroso marino. Parecía
falto de fuerzas, sin valor para repetir su ruda acción. Le inspiraba miedo la
hermosura de esta mujer; estaba estremecido aún por el contacto de las firmes
redondeces que acababa de rozar durante la corta lucha. Su virtud soñolienta
había sufrido el tormento de una resurrección sin objeto. «¡Ah, no!... Que se
encargasen otros de expulsarla.»
—¡Ulises, me echan!—gritó ella pegando otra vez su
boca á la cerradura—. ¿Y tú, amor mío, lo permites?... ¿tú que tanto me
amabas?...
Después de este llamamiento desesperado permaneció
silenciosa unos instantes. La puerta se mantuvo inmóvil: detrás de ella no
parecía existir ningún ser viviente.
—¡Adiós!—continuó en voz baja, con la garganta
hinchada de sollozos—. Ya no me verás... Voy á morir pronto: me lo dice el
corazón... ¡Moriré por ti!... Tal vez llores algún día pensando que pudiste
salvarme.
Alguien había intervenido para arrancar á Freya de
su rebelde inmovilidad. Era Caragòl, solicitado por los ojos
implorantes del piloto.
Sus manazas la ayudaron á levantarse, sin que ella
repitiese la protesta que había repetido á Tòni. Vencida y derramando lágrimas,
pareció someterse á la ayuda paternal y los consejos del cocinero.
—¡Arriba, buena señora!—dijo Caragòl—.
Un poco de ánimo y no llore... Para todo hay consuelo en este mundo.
Encerró en su abultada diestra las dos manos de
ella, y pasando el otro brazo por su talle, la fué dirigiendo poco á poco hacia
la salida del salón.
—Crea en Dios—añadió—. ¿Por qué busca al capitán,
que tiene allá en su tierra á su mujer propia?... Otros hombres existen que
están libres, y puede usted entenderse con ellos sin caer en pecado mortal.
Freya no le escuchaba. Cerca de la puerta volvió
todavía la cabeza, iniciando un retroceso hacia el camarote del capitán.
—¡Ulises!... ¡Ulises!—gritó.
—Crea en Dios, señora—dijo otra vez Caragòl,
mientras la empujaba con su vientre flácido y su pecho velludo.
Un propósito caritativo llenó su pensamiento. Tenía
el remedio para el dolor de esta mujer hermosa, que la desesperación había
hecho más interesante.
—Venga usted, señora... Hágame caso, hija mía.
Al llegar á la cubierta, la fué guiando hacia sus
dominios. Freya se sentó en la cocina, sin saber con certeza dónde estaba. Vió
á través de sus lágrimas á este viejo obeso, de una bondad sacerdotal, yendo de
un lado á otro para reunir botellas y mezclar líquidos, agitando una cuchara en
un vaso con alegre retintín.
—Beba sin miedo... No hay disgusto que resista á
esta medicina.
El cocinero le ofreció un vaso; y ella, anonadada,
bebió y bebió, contrayendo su rostro por la intensidad alcohólica del líquido.
Seguía llorando, al mismo tiempo que su boca paladeaba una espesa dulzura. Sus
lágrimas fueron cayendo en el brebaje que se deslizaba entre sus labios.
Un plácido calor emergió de su estómago, secando la
humedad de los ojos, dando nuevos colores á sus mejillas. Caragòl continuaba
la charla, satisfecho del éxito de su obra, haciendo señas de alejamiento al
sombrío Tòni, que pasaba y repasaba ante la puerta con el deseo vehemente de
ver marcharse á la intrusa.
—No llore más, hija mía... ¡Cristo del Grao!
¡llorar una señora tan guapa, que puede encontrar los novios á docenas!...
Créame: busque á otro; el mundo está lleno de hombres sin ocupación... Y
siempre que sufra un disgusto, acuda á mi cordial... Voy á darle la receta.
Iba á apuntar en un pedazo de papel las dosis de
aguardiente de caña y de azúcar, cuando ella se levantó, súbitamente
vigorizada, mirando en torno con extrañeza... ¿Por qué estaba allí? ¿Qué tenía
que ver con aquel buen hombre medio desnudo que le hablaba como si fuese su
padre?...
—¡Gracias! ¡muchas gracias!—dijo al salir de la
cocina.
Luego, en la cubierta, se detuvo, abriendo su bolso
de oro para sacar el espejito y el bote de polvos. Vió en el óvalo biselado del
cristal el rostro faunesco de Tòni asomando detrás de su espalda con miradas de
impaciencia.
—Dígale al capitán Ferragut que ya no le molestaré
más... Todo terminó... Tal vez oiga hablar de mí alguna vez, pero no me verá
nunca.
Y salió del buque sin volver la cabeza, con paso
acelerado, como si corriese á la realización de algo que llenaba su
pensamiento.
Tòni corrió también hacia el ventano del camarote
de Ulises.
—¿Ya se ha ido?—preguntó éste con impaciencia.
El piloto asintió con la cabeza. Se había ido
prometiendo no volver.
—Así sea—dijo Ferragut.
Manifestó Tòni el mismo deseo. ¡Ojalá no viesen más
á esta rubia, que traía la desgracia!...
En los días siguientes, el capitán apenas abandonó
su buque. No quería encontrarse con ella en las calles de la ciudad: dudaba de
la dureza de su carácter; temía ceder á sus ruegos al verla otra vez llorando y
suplicando.
Se desvaneció la inquietud de Ulises al quedar
terminada la carga del buque. Este viaje iba á ser más corto que los
anteriores. El Mare nostrum fué á Corfú con material de guerra
para los servios, que reorganizaban sus batallones destinados á Salónica.
En el viaje de vuelta, Ferragut fué atacado por el
enemigo. Un amanecer, cuando subía al puente para reemplazar á Tòni, los dos
vieron al mismo tiempo en forma tangible lo que llevaban á todas horas en su
imaginación. Se marcó á lo lejos, en el redondel de sus gemelos, el extremo de
un palo negro y derecho que cortaba las aguas, sonrosadas por el alba, dejando
un rastro de espuma.
—¡Submarino!—gritó el capitán.
Tòni no dijo nada, pero apartando de un zarpazo al
timonel, agarró la rueda, dando al buque otra dirección. El movimiento fué
oportuno. Sólo iban transcurridos unos segundos, cuando empezó á marcarse sobre
el agua un dorso obscuro, de vertiginosa carrera, que venía rectamente hacia el
vapor.
—¡Torpedo!—gritó Ferragut.
La angustiosa espera duró unos instantes. El
proyectil, oculto en las aguas, pasó á unos seis metros de la popa, perdiéndose
en la inmensidad. Sin la rápida virada de Tòni, habría herido al buque en pleno
flanco.
El capitán, por el tubo acústico que descendía á
las máquinas, gritó órdenes enérgicas para que desarrollasen toda la velocidad.
Mientras tanto, el piloto, agarrado á la rueda, dispuesto á morir sin soltarla,
dirigía el buque en zigzags para no ofrecer una puntería fija al submarino.
Todos los tripulantes contemplaban desde las bordas
el bastón lejano é insignificante del periscopio. El tercer oficial había
salido de su camarote casi desnudo, restregándose los ojos soñolientos. Caragòl estaba
en la popa, mostrando su abdomen bajo el revoloteo de la suelta camisa y
llevándose una mano á las cejas á guisa de visera.
—Lo veo... lo veo perfectamente... ¡Ah, bandido!
¡hereje!
Y tendía su puño amenazador hacia un punto del
horizonte, precisamente el opuesto al lugar donde emergía el periscopio.
Vió Ferragut en el redondel azul de las lentes cómo
este tubo subía y subía, engrosándose. Ya no era un palo, era una torre, y á
continuación de esta torre iba surgiendo del mar un basamento de acero que
chorreaba cascadas de espuma, un lomo gris de cetáceo, que poco á poco tomaba
la forma de un vaso navegante largo y afilado.
Una bandera flotó de pronto sobre el submarino.
Ulises la conocía.
—¡Nos van á atacar á cañonazos!—gritó á Tòni—. Es
inútil que naveguemos en zigzags. Lo que importa es ganar distancia, marchar en
línea recta.
El segundo, hábil timonel, obedeció al capitán.
Tembló todo el casco á impulsos de una velocidad extraordinaria. La proa
cortaba las aguas con un rumor creciente. El sumergible enemigo, al aumentar su
volumen con la emersión, pareció, sin embargo, retroceder en el horizonte. Dos
vedijas de espuma empezaron á amontonarse en ambas caras de su proa. Corría con
todo el ímpetu de su marcha de superficie; pero el Mare nostrum navegaba
igualmente con el impulso forzado de sus máquinas á gran presión, y la distancia
entre ambos buques se fué dilatando.
—¡Tiran!—dijo Ferragut con los gemelos en los ojos.
Una columna de agua se levantó cerca de la proa.
Esto fué lo único que Caragòl pudo ver claramente, y rompió á
aplaudir con una alegría infantil. Luego agitó en alto su sombrero de palma.
«¡Viva el Santo Cristo del Grao!...»
Otros proyectiles fueron cayendo en torno del Mare
nostrum, salpicándolo con sus enormes surtidores de espuma. De pronto
tembló de popa á proa: se estremecieron sus planchas con una vibración de
estallido.
—¡No es nada!—gritó el capitán echando medio cuerpo
fuera del puente para ver mejor el casco de su buque—. Un cañonazo en la popa.
¡Firme, Tòni!...
El segundo, agarrado á la rueda, volvía la cabeza
de vez en cuando para apreciar la distancia que les separaba del submarino.
Cada vez que veía levantarse una columna acuática á impulsos de un proyectil,
repetía el mismo consejo:
—¡Tiéndete, Ulises!... ¡Van tirar contra el puente!
Era un recuerdo de su lejana juventud de
contrabandista, cuando se acostaba en la cubierta de su barca manejando el
timón y la vela bajo los tiros de los vigilantes del resguardo. Temía por la
vida de su capitán, mientras él continuaba de pie, ofreciéndose á los disparos
de los enemigos.
Ferragut marchó de un lado á otro, maldiciendo su
falta de medios para responder á la agresión. «¡No le ocurriría otra vez!...
¡No se divertirían más dándole caza!»
Un segundo proyectil abrió otra brecha en la
popa... «¡Mientras no sea en las máquinas!», pensaba el capitán. Después de
esto, el Mare nostrum no sufrió más destrozos. Los disparos
siguientes fueron levantando columnas de agua en la estela que dejaba el vapor.
Cada vez surgían más lejanos estos fantasmas blancos. El buque salió de la zona
del cañón enemigo, que seguía tirando y tirando inútilmente. Al fin cesaron los
disparos y el submarino se borró del campo de visión de los anteojos, hasta
sumergirse enteramente, cansado de una persecución inútil.
—¡No me ocurrirá más!—volvió á repetir el capitán—.
¡No me atacarán otra vez impunemente!
Luego pensó que este submarino había marchado
contra él sabiendo quién era. Llevaba pintado en los costados de su buque los
colores de España. Al primer cañonazo, el tercer oficial había izado la
bandera, sin que cesasen por esto los disparos. Querían echarle á pique sin
intimación alguna, «sin dejar rastro». Pensó que Freya, en relación con los
directores de la campaña submarina, podía haber denunciado su viaje.
—¡Ah... tal! ¡Si te encuentro otra
vez!...
Tuvo que descansar en Marsella varias semanas
mientras reparaban las averías del vapor.
Como Tòni carecía de ocupación durante esta
inmovilidad forzosa, le acompañó muchas veces en sus paseos. Gustaban de
sentarse en la terraza de un café de la Cannebière para comentar las
diferencias pintorescas de la muchedumbre cosmopolita.
—Mira: gentes de nuestro país—dijo el capitán una
tarde.
Y señaló á tres hombres de mar confundidos en la
corriente de uniformes diversos y tipos de distintas razas que pasaba rozando
las mesas del café.
Los había reconocido por sus gorras de seda con
visera, sus chaquetas azules y su obesidad grave de marineros mediterráneos que
han conseguido cierto bienestar. Debían ser patrones de barca.
Como si la mirada y el gesto de Ferragut les
hubiesen avisado con misteriosa sensación, los tres volvieron los ojos,
fijándolos en el capitán. Luego empezaron á discutir entre ellos con una
vehemencia que hacía adivinar sus palabras.
«¡Es él!...» «¡No es!...» Aquellos hombres le
conocían, pero dudaban al verle.
Se alejaron con marcada indecisión, volviendo
repetidas veces el rostro para examinarle una vez más. A los pocos minutos
regresó uno de ellos, el más viejo, aproximándose con timidez á la mesa.
—¿Es usted, y perdone, el capitán Ferragut?...
Hizo esta pregunta en valenciano, al mismo tiempo
que se llevaba la diestra á su gorra para quitársela. Ulises detuvo el saludo y
le ofreció una silla. El era Ferragut: ¿qué deseaba?...
Se negó á sentarse. Quería decirle dos «razones»
aparte, con cierto secreto... Cuando el capitán hubo presentado á su segundo
como hombre de toda confianza, entonces se sentó. Los dos compañeros, rompiendo
la humana corriente, habían retrocedido también y estaban en el borde de la
acera, volviendo sus espaldas al café.
Era un patrón de barca: no se había equivocado
Ferragut. Hablaba lentamente, como si le preocupase la revelación final, á la
que servía de exordio todo lo que estaba diciendo.
—Los tiempos no son malos. Se gana dinero en el
mar: más que nunca. Yo soy de Valencia. Hemos venido tres barcas de allá con
vino y arroz. Viaje bueno, pero hay que navegar pegados á la costa, siguiendo
la curva de los golfos, sin atreverse á pasar de cabo á cabo por miedo á los
submarinos... Yo he encontrado á un submarino.
Ulises adivinó que las últimas palabras del patrón
contenían el móvil que le había hecho aproximarse, venciendo su timidez.
—No fué en este viaje ni en el anterior—continuó el
hombre de mar—. Me encontré con él dos días antes de la última Navidad. Yo, en
invierno, me dedico á la pesca: soy propietario de una pareja de barcas
del bòu... Estábamos cerca de las islas Columbretas, cuando de
pronto vimos aparecer un submarino cerca de nosotros. Los alemanes no nos
hicieron daño; lo único enojoso fué que tuvimos que entregarles una parte de
nuestra pesca por lo que quisieron darnos. Luego me ordenaron que saltase á la
cubierta del submarino para responder al comandante. Era un joven que hablaba
el castellano como yo lo he oído hablar allá en las Américas, cuando de chico
navegaba en un bergantín.
Se detuvo el patrón, algo cohibido, como si dudase
en seguir su relato.
—¿Y qué dijo el alemán?—preguntó Ferragut para
incitarle á continuar.
—Al enterarse de que yo era valenciano, me dijo si
lo conocía á usted. Me preguntó por su vapor, queriendo saber si navegaba
frente á la costa española. Yo le contesté que la conocía de nombre nada más, y
él, entonces...
El capitán le animó con su sonrisa al ver que
vacilaba de nuevo.
—Le habló mal de mí, ¿no es cierto?
—Sí, señor; muy mal, con palabras muy feas. Dijo
que tenía una cuenta que arreglar con usted y que deseaba ser el primero en
encontrarle. Según dió á entender, los otros submarinos también le buscan...
Sin duda es una orden.
Se cruzó una larga mirada entre Ferragut y su
segundo. Mientras tanto, el patrón seguía sus explicaciones.
Los dos amigos que le esperaban á pocos pasos
habían visto muchas veces al capitán en Barcelona y en Valencia. Uno de ellos
lo había reconocido inmediatamente; otro dudaba que fuese él; y por deber de
conciencia, el viejo patrón volvía atrás para darle este aviso.
—Entre paisanos debemos ayudarnos... ¡Los tiempos
son malos!
Al verle de pie, sus dos camaradas se aproximaron
sonriendo á Ferragut, «¿Qué deseaban tomar?» Les invitó á sentarse en torno de
su mesa; pero tenían prisa: iban á ver al consignatario de sus barcas.
—Ya lo sabe, capitán—dijo el patrón al despedirse—.
Esos demonios le buscan para jugarle una mala pasada. Usted sabrá por qué...
¡Mucho ojo!
En el resto de la tarde hablaron poco Ferragut y
Tòni. Los dos tenían en el cerebro iguales pensamientos, pero evitaban su
exteriorización por un pudor de hombres enérgicos, temiendo que fuesen
interpretados como preocupaciones del miedo.
Al cerrar la noche, cuando se retiraban al vapor,
el piloto se atrevió á romper este silencio.
—¿Por qué no abandonas la navegación?... Eres rico;
además, te darán por tu buque lo que pidas. Hoy se pagan los barcos como si
fuesen de oro.
Ulises levantó los hombros. No pensaba en el
dinero: ¿de qué podía servirle?... El resto de su vida deseaba pasarlo en el
mar, dando ayuda á los enemigos de sus enemigos. Tenía una venganza que
cumplir; viviendo en tierra abandonaba esta venganza y sentiría con más
intensidad el recuerdo de su hijo.
El segundo calló unos instantes.
—¡Son tantos los enemigos!...—dijo luego con
desaliento—. ¡Somos nosotros tan poca cosa!... Por unos cuantos metros no nos
han echado á pique en el último viaje. Lo que no ha sido ahora será cualquier
día... Ellos han jurado acabar contigo; y son muchos... y son
de guerra. ¿Qué podemos nosotros, pobres marinos de paz?...
Tòni no añadió nada, pero sus ideas silenciosas
fueron adivinadas por Ulises.
Pensaba en su familia, que vivía allá en la Marina
una existencia de continua ansiedad viéndole á bordo de un buque acechado por
irresistibles amenazas. Pensaba también en las esposas y las madres de todos
los hombres de la tripulación, que sufrían idénticas angustias. Y Tòni se
preguntaba por primera vez si el capitán Ferragut tenía derecho á arrastrarlos
á todos á una muerte segura, por su testarudez vengativa y loca.
«No, no tengo derecho», se dijo Ulises mentalmente.
Pero al mismo tiempo, el segundo, arrepentido de
sus anteriores reflexiones, afirmaba en voz alta, con una sencillez heroica:
—Si te aconsejo que te retires, es por tu bien; no
creas que es por miedo... Yo te seguiré mientras navegues. Alguna vez he de
morir, y mejor es que sea en el mar. Únicamente me preocupa la suerte de mi
mujer y mis hijos.
El capitán siguió marchando silenciosamente, y al
llegar al buque habló con brevedad. «Pensaba hacer algo que tal vez gustase á
todos. Antes de una semana habría decidido su porvenir.»
Los días siguientes los pasó en tierra. Dos veces
volvió con unos señores que examinaron el vapor minuciosamente, bajando á las
máquinas y á las bodegas. Algunos de estos visitantes parecían expertos en las
cosas del mar.
«Quiere vender el barco», se dijo Tòni.
Y el piloto empezó á arrepentirse de sus consejos.
¡Abandonar el Mare nostrum, que era el mejor de todos los buques en
que había servido!... Se acusó de cobardía, creyendo que era él quien había
impulsado al capitán á tomar esta decisión. ¿Qué iban á hacer en tierra los dos
cuando el vapor fuese de otros?... ¿No tendría él que embarcarse en un buque
inferior, corriendo los mismos riesgos?...
Estaba decidido á deshacer su obra, á aconsejar de
nuevo á Ferragut, declarando que sus ideas eran las más acertadas y que debían
seguir viviendo como hasta el presente, cuando el capitán dió la orden de
partir. Aún no estaban terminadas del todo las reparaciones.
—Vamos á Brest—dijo lacónicamente—. Es el último
viaje.
Y el vapor salió sin carga, como si fuese á cumplir
una misión especial.
¡El último viaje!... Tòni admiró su barco como si
lo viese bajo una nueva luz, descubriéndole bellezas nunca sospechadas,
lamentando como un enamorado la rapidez con que transcurrían los días y se
aproximaba el momento doloroso de la separación.
Nunca había sido el piloto tan activo en su
vigilancia. Sus supersticiones de navegante le infundían cierto pavor. Por lo
mismo que era el último viaje, les podía ocurrir algo malo. Pasó en el puente
días enteros, examinando el mar, temiendo la aparición de un periscopio,
variando el rumbo de acuerdo con el capitán, en busca de las aguas más
solitarias, donde los submarinos no podían esperar caza alguna.
Respiró al entrar por uno de los tres pasos del
semicírculo de escollos que cierra la rada de Brest. Cuando quedaron anclados
en este pedazo de mar gris, brumoso y poco seguro, rodeado de negras montañas,
Tòni esperó con ansiedad el resultado de los viajes que el capitán hacía á
tierra.
En todo el curso de la navegación, Ferragut no se
había prestado á confidencias. El piloto sólo sabía que este viaje á Brest era
el último. ¿Quién iba á ser el nuevo dueño del Mare nostrum?
Una tarde lluviosa, Ulises, al volver al buque, dió
orden de que buscasen al segundo, mientras sacudía su impermeable en la entrada
de las cámaras.
La rada estaba obscura, con olas espumosas, cortas
y gruesas, que saltaban como carneros. Los acorazados echaban humo por sus
triples chimeneas, prontos á hacer frente al mal tiempo con las máquinas
encendidas.
El vapor, anclado en el puerto comercial, danzaba
inquieto, tirando de sus amarras con lúgubre quejido. Todos los baques cercanos
se movían igualmente, lo mismo que si estuviesen en alta mar.
Tòni entró en la gran cámara, y al ver el rostro de
su capitán adivinó que había llegado el momento de conocer la verdad. Ulises le
habló rehuyendo su mirada, deseando evitar con el laconismo de su lenguaje todo
motivo de emoción.
Había vendido el buque á los franceses: un negocio
rápido y magnífico... ¡Quién le hubiese dicho al comprar Mare nostrum que
algún día le darían por él una cantidad tan enorme!... En ningún país se
encontraban barcos á la venta. Los inválidos del mar amarrados en los puertos
como hierro viejo obtenían precios fabulosos. Buques encallados y olvidados en
costas remotas eran puestos á flote por empresas que ganaban millones con esta
resurrección. Otros sumergidos en los mares tropicales se veían devueltos á la
superficie después de una permanencia de diez años debajo del agua, reanudando
sus viajes. Todos los meses surgía un astillero nuevo, pero la guerra mundial
no encontraba nunca bastantes naves para el transporte de los víveres y los
instrumentos de muerte.
Sin regateo alguno habían dado á Ferragut el precio
de venta que él exigía: mil quinientos francos por tonelada: cuatro millones y
medio por el buque. Y á esto había que añadir cerca de dos millones que llevaba
ganados con sus viajes desde el principio de la guerra.
—¡Estoy podrido de dinero!—dijo el capitán.
Y lo dijo tristemente, recordando con nostalgia los
tiempos de paz, cuando sufría la preocupación de los negocios mediocres... pero
vivía su hijo. ¿De qué iba á servirle esta riqueza que le asaltaba por todos
lados como si pretendiese aplastarle con su peso?... Su esposa podría derramar
el dinero á manos llenas en obras de caridad; podría dotar á sus sobrinas como
si fuesen hijas de un prócer... ¡y nada más! Ni ella ni él consiguirían
resucitar por un momento su pasado. Esta riqueza inútil sólo le proporcionaba
cierta tranquilidad al pensar en el porvenir de la mujer que constituía toda su
familia. Le era lícito en adelante disponer libremente de su existencia. Cinta,
al morir él, iba á heredar millones.
Para evitarse la emoción de la despedida, habló á
Tòni autoritariamente. Una carta del Atlántico estaba sobre la mesa, y con el
índice fué marcando un rumbo á su piloto; pero este rumbo no era á través del
mar, sino lejos de él, siguiendo el interior de las naciones costerizas.
—Mañana—dijo—vienen los franceses á posesionarse
del vapor. Puedes irte cuando gustes, pero convendrá que sea lo más pronto
posible...
Lo mismo que si diese una lección geográfica,
explicó á Tòni su viaje de regreso. Este corre-mares se encogía tímidamente
cuando le hablaban de itinerarios de ferrocarril y cambios de tren.
—Aquí está Brest... Sigues por esta línea á
Burdeos; de Burdeos á la frontera; y una vez allí, tuerces á Barcelona ó te vas
á Madrid, y de Madrid á Valencia.
El segundo contempló el mapa silenciosamente,
rascándose la barba. Luego fué elevando sus ojos caninos, hasta fijarlos en
Ulises.
—¿Y tú?—preguntó.
—Yo me quedo. El capitán del Mare nostrum se
ha vendido con su buque.
Tòni hizo un gesto doloroso. Creyó por un momento
que Ferragut quería librarse de su presencia y estaba descontento de sus
servicios. Pero el capitán se apresuró á darle explicaciones.
Por pertenecer el Mare nostrum á
un país neutral, no podía ser vendido á una de las naciones beligerantes
mientras durasen las hostilidades. A causa de esto, él lo había enajenado de un
modo que no hacía necesario el cambio de bandera. Ya no era su dueño, pero
continuaba á bordo como capitán, y el vapor seguiría siendo español lo mismo
que antes.
—¿Y por qué debo irme?—dijo Tòni con voz trémula,
creyéndose víctima de una preterición.
—Vamos á navegar armados—contestó Ulises con
energía—. Por eso he hecho la venta, más que por el dinero. Llevaremos un cañón
á popa, telegrafía sin hilos, una tripulación de hombres de la reserva
marítima, todo lo necesario para defenderse. Haremos nuestros viajes sin buscar
al enemigo, llevando cargamentos lo mismo que antes; pero si el enemigo nos
sale al paso, encontrará quien le conteste.
Estaba dispuesto á morir, si tal era su destino,
pero agrediendo al que le atacase.
—¿Y no puedo ir yo también?—insistió el piloto.
—No; detrás de ti existe una familia que te
necesita. Tú no eres de una nación en guerra, ni tienes nada que vengar... Yo
soy el único de los antiguos tripulantes que permanece á bordo. Todos os vais.
El capitán tiene una razón para exponer su vida y no quiere cargar con la
responsabilidad de arrastraros á todos en su última aventura.
Tòni comprendió que era inútil insistir. Sus ojos
se humedecieron... ¿Era posible que se despidiesen para siempre dentro de unas
horas?... ¿No vería más á Ulises y á su buque, que se llevaban la mejor parte
de su pasado?...
El capitán deseó terminar pronto esta entrevista
para mantener su serenidad.
—Mañana á primera hora—dijo—llamarás á la gente.
Ajusta las cuentas de todos. Cada uno debe recibir como gratificación
extraordinaria la paga de un año entero. Quiero que guarden buena memoria del
capitán Ferragut.
Intentó el piloto oponerse á esta generosidad por
un resto del áspero interés que le habían inspirado siempre los negocios del
buque, pero su superior no quiso dejarle seguir.
—¡Estoy podrido de dinero!—repitió como si se
quejase—. Tengo más de lo que necesito... Puedo hacer locuras, si es mi gusto.
Luego miró por primera vez á su segundo frente á
frente.
—En cuanto á ti—siguió diciendo—, he pensado lo que
debes hacer... ¡Toma!
Le dió un sobre cerrado, y el piloto,
maquinalmente, intentó abrirlo.
—No; no lo abras por ahora. Te enterarás de lo que
contiene cuando estés en España. Ahí va encerrado el porvenir de los tuyos.
Miró Tòni con ojos asombrados el leve envoltorio de
papel que tenía entre los dedos.
—Te conozco—continuó Ferragut—; protestarías al ver
la cantidad. Para mí es insignificante, y á ti te parecería excesiva... No
abras el sobre hasta que estés en nuestra tierra. En él encontrarás el nombre
del Banco al que debes dirigirte. Quiero que seas el más rico de tu pueblo; que
tus hijos se acuerden del capitán Ferragut cuando yo haya muerto.
El piloto hizo un gesto de protesta ante esta
muerte posible, y al mismo tiempo se restregó los ojos como si sintiera en
ellos un cosquilleo intolerable.
Ulises continuó sus instrucciones. Había vendido
atropelladamente la casa de sus abuelos allá en la Marina, las viñas, toda la
herencia del Tritón, cuando adquirió el Mare nostrum.
Su deseo era que Tòni rescatase estos bienes, instalándose en el antiguo
domicilio de los Ferragut.
—Tienes dinero de sobra para eso y mucho más. Yo
carezco de hijos, y me gustará que los tuyos ocupen la casa que fué mía... Tal
vez cuando llegue á viejo (si es que no me matan) iré á pasar los veranos con
vosotros. ¡Animo, Tòni!... Aún pescaremos juntos, como pescaba mi tío el
médico.
Pero el segundo no se reanimó con estas
afirmaciones optimistas. Tenía los ojos hinchados por una humedad lacrimosa que
hacía brillar sus córneas. Juraba entre dientes, protestando contra la próxima
separación... ¡No verse más, después de tantos años de fraternidad!...
¡Cristo!...
El capitán tuvo miedo también á que saltasen sus
lágrimas, y le ordenó que fuese á hacer las cuentas de los hombres á bordo.
Una hora después, Tòni volvía á entrar en la gran
cámara, llevando en una mano la carta abierta. No había podido resistirse á la
tentación de violar su secreto, temiendo que la generosidad de Ferragut
resultase excesiva, inadmisible.
Protestó, tendiendo hacia Ulises el cheque extraído
del sobre.
—¡No puedo aceptar!... ¡Es una locura!...
Había leído con espanto la cantidad consignada en
el documento de crédito: primeramente en cifras, luego en letras. ¡Doscientas
cincuenta mil pesetas!... ¡Cincuenta mil duros!
—Eso no es para mí—volvió á decir—. No lo
merezco... ¿Qué puedo hacer con tanto dinero?
Fingió irritarse el capitán por su desobediencia.
—¡Guarda ese papel, bruto!... Ya me temía yo tus
protestas... Es para tus hijos y para que tú descanses. No hablemos más, ó me
enfado.
Luego, para vencer sus escrúpulos, abandonó el tono
violento y dijo con tristeza:
—Carezco de herederos... No sé que hacer de mi
fortuna inútil.
Y repitió una vez más, como una queja contra el
destino:
—¡Estoy podrido de dinero!...
A la mañana siguiente, mientras Tòni ajustaba en su
camarote las cuentas de los tripulantes, asombrados de la munificencia de esta
despedida, el tío Caragòl entró en el salón de popa, pidiendo
hablar á Ferragut.
Se había puesto un viejo capote sobre sus ropas
flácidas y escasas, más por decoro de la visita que porque realmente le hiciese
sufrir el frío de Bretaña.
Despojó su esquilada cabeza del eterno sombrero de
palma, fijando sus ojos rojizos en el capitán, que seguía escribiendo después
de contestar á su saludo.
«¿Qué significaba cierta orden que había recibido
de prepararse para dejar el buque dentro de unas horas?...» Debía ser una burla
de Tòni, excelente sujeto, pero enemigo de las cosas santas, que gustaba de
irritarle á causa de su piedad...
Ferragut abandonó la pluma, volviéndose hacia el
cocinero, cuya suerte le había preocupado lo mismo que la del piloto.
—Tío Caragòl, nos hacemos viejos, y hay
que pensar en el retiro... Voy á darle un papel; lo guardará lo mismo que si
fuese una estampa bendita, y cuando lo presente en Valencia, le entregarán diez
mil duros. ¿Usted sabe lo que son diez mil duros?...
Colocando su mentalidad al nivel de la de este
hombre sencillo, se gozó en trazarle un plan de vida. Podía emplear su capital
en cualquiera empresa modesta del puerto de Valencia: podía establecer un
restorán, que pronto se haría célebre por sus olímpicos arroces. Sus sobrinos,
que eran pescadores, lo recibirían como á un dios. Podía igualmente ser
consocio en una pareja de barcas dedicadas á la pesca del bòu. Le
esperaba una vejez feliz y honrosa; sus antiguos compañeros de navegación iban
á envidiarle. Se levantaría á media mañana, iría al café, figuraría como devoto
rico en todas las fiestas religiosas del Grao y del Cabañal: tendría en las
procesiones un puesto de honor...
Siempre que hablaba Ferragut, le interrumpía el
tío Caragòl maquinalmente para decir: «Así es, mi capitán.»
Por primera vez dejó de mover la cabeza y de sonreír con su cara de sol. Estaba
pálido y sombrío. Hizo con su redonda testa un signo enérgico y dijo
lacónicamente:
—No, mi capitán.
Ante la mirada de asombro de Ulises, creyó
necesario explicarse.
—¿Qué voy á hacer desembarcado?... ¿Quién me
espera?... ¿Qué negocios ni qué familia pueden interesarme?...
Ferragut creyó escuchar un eco de sus propios
pensamientos. El, como su cocinero, nada tenía que hacer en tierra... Se
aburría mortalmente lejos del mar como durante los meses pasados en Barcelona
cuando aún era joven y podía crearse una nueva profesión. Además, le resultaba
imposible volver á su casa, reanudando la vida con su esposa: equivalía á
perder sus últimas ilusiones. Era mejor contemplar de lejos todo lo que restaba
en pie de su antigua existencia.
Caragòl, mientras tanto, seguía hablando. Los sobrinos no
se acordaban del pobre cocinero, y él no tenía por qué preocuparse de su
suerte, enriqueciéndolos. Prefería quedarse donde estaba, sin dinero y feliz.
—¡Que se vayan los otros!—dijo con un egoísmo
pueril—. ¡Que se vaya Tòni!... Yo me quedo... debo quedarme. Cuando el capitán
se marche, se marchará el tío Caragòl.
Ulises enumeró los grandes peligros que iba á
arrostrar el buque. Los submarinos alemanes lo acechaban con mortal
predilección: sostendrían combates... serían torpedeados...
La sonrisa del viejo despreció estos peligros.
Tenía, la certidumbre de que nada malo podía ocurrirle al Mare nostrum.
Las furias del mar resultaban impotentes contra él, y menos conseguiría aún la
maldad de los hombres.
—Yo sé por qué lo digo, capitán... Estoy seguro de
que saldremos sanos y salvos de todos los peligros.
Pensó en sus milagrosos amuletos, en sus estampas
benditas, en la protección sobrenatural que le proporcionaban sus piadosas
invocaciones. Además, tenía en cuenta el nombre latino del buque, que le había
inspirado siempre un respeto religioso. Pertenecía á la lengua usada por la
Iglesia, al idioma en que se ordenan los milagros y que expulsa al demonio,
haciéndolo correr despavorido.
—El Mare nostrum no sufrirá
desgracia. Si le cambiasen el título... tal vez. Pero mientras se llame así,
¿cómo puede ocurrirle nada malo?...
Sonriendo ante esta fe, empleó Ferragut su último
argumento. Toda la tripulación iba á componerse de franceses: ¿cómo se
entendería con ellos si ignoraba su idioma?...
—Yo lo sé todo—afirmó el viejo soberbiamente.
Se había entendido con los hombres en los puertos
más diversos del mundo. Contaba con algo más que la lengua: con los ojos, con
las manos, con su malicia expresiva de meridional exuberante y gesticulador.
—Yo soy como San Vicente Ferrer—añadió con orgullo.
Su santo sólo hablaba la lengua de Valencia, y
había corrido media Europa predicando á muchedumbres de idiomas diversos,
haciéndolas llorar de mística emoción y arrepentirse de sus pecados.
Mientras Ferragut tuviese el mando, él se quedaba.
Si no le quería de cocinero, sería marmitón, fregaría las ollas. Lo importante
era seguir pisando la cubierta del buque.
El capitán tuvo que acceder. Este viejo
representaba para él un resto del pasado. Podría asomarse de tarde en tarde á
la cocina para hablar de los lejanos tiempos en que se vieron por primera vez.
Y Caragòl se retiró, satisfecho de
su éxito.
—En cuanto á esos franceses—dijo antes de salir—,
déjelos á mi cargo. Deben ser buenas personas... Veremos qué dicen de mis
arroces.
En el curso de una semana, el Mare nostrum se
despobló y volvió á poblarse. Fueron marchándose en grupos sus antiguos
tripulantes. Tòni salió el último, y Ulises no quiso verle, por temor á una
emoción inútil. Ya se escribirían.
Una curiosidad simpática impulsó al cocinero hacia
la nueva marinería. Saludaba afablemente á los oficiales, sintiendo no poseer
su idioma para entablar con ellos amistosas conversaciones. El capitán le tenía
acostumbrado á tal familiaridad.
Eran dos pilotos que la movilización había
convertido en tenientes auxiliares de la marina de guerra. Los primeros días se
presentaron á bordo vistiendo su uniforme; luego volvieron con traje civil,
para habituarse á ser simples oficiales mercantes de un vapor neutral. Los dos
conocían por referencias los viajes anteriores de Ferragut, sus servicios á los
aliados, y se entendieron simpáticamente, sin ningún prejuicio de nacionalidad.
Caragòl consiguió igual éxito entre los cuarenta y
cinco hombres que se fueron posesionando de las máquinas y los ranchos de proa.
Llegaban vestidos de marineros de la flota, con amplio cuello azul y una gorra
rematada por un pompón rojo. Algunos ostentaban en el pecho medallas militares
y la reciente Cruz de Guerra. De los sacos de lona que les servían de maletas
sacaban sus trajes del tiempo de paz, cuando trabajaban en los vapores de
carga, en los veleros que van á Terranova ó en simples barcas de pesca costera.
La cocina estaba repleta á ciertas horas de hombres
que escuchaban al viejo. Algunos conocían la lengua española por haber navegado
en bricks de Saint-Malo y Saint-Nazaire, yendo á los puertos
de Argentina, Chile y Perú. Los que no podían entender las palabras del
cocinero las adivinaban á través de sus gesticulaciones. Todos reían,
encontrándolo bizarro é interesante, y esta alegría general la atizaba Caragòl sacando
á luz los tesoros líquidos que había amontonado en los viajes anteriores, bajo
la administración descuidada y generosa de Ferragut.
El vino fuerte y alcohólico de las costas de
Levante caía en los vasos como tinta, coronado de un círculo de rubíes. El
viejo lo derramaba con mano pródiga. «Bebed, muchachos; en vuestra tierra no
tenéis de esto...» Otras veces confeccionaba sus famosos «refrescos», sonriendo
con una satisfacción de artista al ver el mohín de voluptuosidad que alteraba
los rostros.
—¿Cuándo habéis bebido nada semejante?—decía con
orgullo—. ¿Qué sería de vosotros sin el tío Caragòl?...
Estos bretones, acostumbrados á la disciplina y la
sobriedad de otros buques, admiraban los fueros extraordinarios del cocinero,
que podía mostrarse generoso lo mismo que un capitán.
Con frecuencia comunicaba á Ferragut sus opiniones
sobre los nuevos camaradas. ¡Por algo había dicho que se entendería con
ellos!... Eran hombres serios y religiosos, y los prefería á los antiguos
tripulantes mediterráneos, juradores é incapaces de resignación, que á la menor
contrariedad sacaban á Dios al ruedo para afrentarlo con malas palabras.
Todos ellos, musculosos y bien plantados, con ojos
azules y bigotes rubios, llevaban medallas ocultas. Uno le había regalado la
suya, comprada en una peregrinación á Santa Ana de Auray. Caragòl la
mostró sobre su pecho velludo. Sentía una fe reciente en los prodigios de esta
imagen «extranjera».
—Van á miles los peregrinos á su santuario,
capitán. Todos los días hace un milagro... Hay una escala santa que los devotos
suben de rodillas, y muchos de esos chicos la han subido. Yo quisiera...
En otro de los viajes á Brest, esperaba que
Ferragut le permitiese ir á Auray el tiempo necesario para subir la escalera de
rodillas, ver á Santa Ana y volver á bordo.
Ya no estaba el buque en el puerto comercial. Había
pasado al puerto militar, estrecha ría que se retuerce por el interior de la
ciudad, partiéndola en dos. Un gran puente giratorio ponía en comunicación
ambas orillas, orladas de vastas construcciones y altas chimeneas: talleres de
la marina, depósitos, arsenales, diques secos para la limpieza de los buques.
Los remolcadores movían continuamente su agua verde y fangosa. Los vapores en
reparación se alineaban á lo largo de los malecones, bajo un continuo martilleo
que hacía resonar sus planchas. Las gabarras rematadas por colinas de hulla
iban lentamente á situarse en los flancos de los buques. Bajo el puente
giratorio llegaban y partían las lanchas de los acorazados, dejando en los
muelles flotantes las tripulaciones libres de servicio, que saludaban con
escandaloso griterío el salto á tierra.
Permaneció aislado el Mare nostrum mientras
los obreros del arsenal instalaban en su popa un cañón de tiro rápido y los
aparatos de telegrafía sin hilos. Nadie podía entrar en él que no perteneciese
á su tripulación.
Las familias de los marineros esperaban á éstos en
el muelle, y Caragòl tuvo ocasión de conocer á muchas
bretonas, madres, hermanas ó prometidas de sus nuevos amigos. Le gustaban estas
mujeres: iban vestidas de negro, con amplias sayas y gorros blancos y rígidos
que traían á su memoria las tocas de las monjas... Algunas muchachas, altas,
carnudas, de ojos azules y cándidos, reían con el español sin entenderle una
palabra. Las viejas, de cara fruncida y obscura como las manzanas invernizas,
chocaban su vaso con el de Caragòl en los cafetuchos vecinos
al puerto. Todos hacían honor á una copa en momento oportuno y tenían gran fe
en los santos. El cocinero no necesitaba más... ¡gentes excelentes y
simpáticas!
Ciertos mozos condecorados con la Cruz de Guerra le
contaban sus hazañas. Eran supervivientes de los batallones de fusileros
marinos que defendieron á Dixmude. Después de la batalla del Marne los habían
enviado á cortar el paso del enemigo por el lado de Flandes. No pasaban de seis
mil, y ayudados por una división belga sostenían el empuje de todo un ejército.
Su resistencia había durado semanas: un combate de barricadas en las calles, de
peleas á lo largo de un canal, con el encarnizamiento de los antiguos
abordajes. Los oficiales gritaban sus órdenes con el sable roto y la cabeza
vendada; los hombres se batían sin pensar en sus heridas, cubiertos de sangre,
hasta que se desplomaban muertos.
Caragòl, poco aficionado á las empresas militares, se
entusiasmaba relatando á Ferragut esta lucha heroica, sólo porque habían
figurado en ella sus nuevos amigos.
—Murieron muchos, capitán; casi la mitad... pero
los alemanes no pudieron seguir adelante... Luego, al enterarse de que los
marinos no habían sido mas que seis mil, los generales boches se
tiraban de los pelos: ¡tanta era su rabia! Creían haber tenido enfrente docenas
de miles... Da gusto oír contar eso á los chicos que estuvieron allá.
Entre estos «chicos» heridos en la guerra, que
habían pasado á la reserva naval y tripulaban el Mare nostrum, uno
era distinguido por la predilección del viejo. Podía hablarle en español, á
causa de sus navegaciones trasatlánticas, y además había nacido en Vannes.
Apenas se aproximaba á sus dominios, salía á su
encuentro con una sonrisa de invitación: «¿Un refresco... Vicente?» La mejor
silla era para él. Caragòl había olvidado su nombre por
innecesario. Al ser de Vannes, sólo podía llamarse Vicente.
El primer día que se hablaron, el marino, enamorado
de su país, le describió las bellezas del Morbihán, extenso mar interior
rodeado de bosques, con islas cubiertas de pinos; las antigüedades venerables
de la ciudad; su catedral gótica, abundante en tumbas, entre ellas la de un
santo español: San Vicente Ferrer.
A Caragòl le dió un vuelco el
corazón. Nunca se había preocupado de averiguar dónde estaba la sepultura del
famoso apóstol de Valencia,.. Recordó de pronto una estrofa de los «gozos» que
cantaban ante los altares del santo los devotos de su tierra. Efectivamente,
había ido á morir «en Vannes de Bretaña», nombre geográfico que hasta entonces
carecía de significado para él... ¡Y este muchacho era de Vannes! No fué
necesario más para que lo mirase con el mismo respeto que si hubiese nacido en
un país de maravillas.
Le hizo describir muchas veces cómo era la tumba
del santo en el crucero de la catedral, las apolilladas tapicerías que
perpetuaban sus milagros, el busto de plata que guardaba su corazón... Además,
la puerta principal de Vannes se llamaba de San Vicente, y los recuerdos del
santo estaban aún vivos en sus crónicas.
También se propuso visitar esta ciudad cuando el
buque volviese á Brest. Muy santa debía ser la tierra bretona, la más santa del
mundo, cuando el valenciano milagroso, después de correr tantas naciones, había
querido morir en ella.
Ya no le produjo asombro que á este mocetón le
hubiesen recogido en Dixmude cubierto de heridas y se mostrase ahora sano y
vigoroso... A bordo del Mare nostrum era artillero: él y dos
camaradas estaban encargados del cañón. Para Caragòl no
ofrecía dudas la suerte de todo submarino que les saliese al encuentro: el
«chico de Vannes» iba á hacerlo añicos al primer disparo. Una tarjeta postal,
obsequio del bretón, representando la tumba del santo, figuraba en el sitio de
honor de la cocina. El viejo le rezaba como si fuese una estampa milagrosa, y
el Cristo del Grao iba quedando en segundo término.
Una mañana, Caragòl fué en busca
del capitán, que estaba escribiendo en su camarote. Venía de tierra, de hacer
sus compras en el mercado. Al pasar por la rue de Siam, la vía más
importante de Brest, donde están los cafés, los teatros y los cinemas, había
tenido un encuentro.
—Un encuentro—continuó con sonrisa misteriosa—. ¿A
que no adivina usted quién es?...
Levantó los hombros Ferragut, y en vista de su
indiferencia, el viejo no quiso guardar por más tiempo el secreto.
—¡La pájara!—añadió—. Aquella pájara guapetona y
perfumada que venía á verle... La de Nápoles... la de Barcelona...
El capitán palideció, primeramente de sorpresa,
luego de cólera. ¿Freya en Brest?... ¿Hasta aquí llegaba su espionaje?...
Caragòl continuó su relato. Volvía hacia el buque, y
ella, que marchaba por una acera de la calle de Siam, le había reconocido,
hablándole cariñosamente.
—Me ha dado recuerdos para usted... Está enterada
de que ningún extraño puede entrar en el barco. Me dijo que había intentado
venir á verle.
Hizo una rebusca el cocinero en sus bolsillos,
sacando un pedazo de papel arrugado, una hoja en blanco arrancada de una carta
vieja.
—También me dió este papel, escrito en la misma
calle con un lápiz. Usted sabrá lo que dice. Yo no he querido mirarlo.
Ferragut, al tomar el papel, reconoció
inmediatamente la letra de ella, pero desigual, nerviosa, trazada con
precipitación. Cuatro palabras nada más: «Adiós. Voy á morir.»
«¡Mentiras! ¡Siempre mentiras!», dijo en su cerebro
la voz de la cordura.
Rompió el papel, y pasó el resto de la mañana
preocupado... Su deber era perseguir este espionaje que venía á realizar su
labor en un puerto de guerra... Todos los buques anclados cerca del Mare
nostrum estaban bajo la amenaza de sus avisos. ¡Quién podía saber si
sus comunicaciones misteriosas servirían para que él también se viese atacado
por un submarino al salir de la rada de Brest!...
Su primer impulso fué denunciarla. Luego se
arrepintió, por los escrúpulos de una caballerosidad absurda... Además, tendría
que explicar su pasado á los jefes de Brest, que apenas le conocían. Estaba
lejos aquel marino de Salónica que sabía comprender los errores pasionales.
Quiso vigilar por sí mismo, y en la tarde se fué á
tierra. Detestaba á Brest, como una de las ciudades más aburridas del
Atlántico. Llovía en ella incesantemente y no se encontraba otra distracción
que el eterno paseo por la calle de Siam ó la permanencia aburrida en los
cafés, llenos de marinos y de oficiales de tierra ingleses y portugueses.
Recorrió los establecimientos públicos de día y de
noche; hizo averiguaciones en los hoteles; tomó carruajes para visitar las
afueras más pintorescas. Durante cuatro días insistió en sus pesquisas, sin
resultado alguno.
Llegó á dudar de la veracidad del tío Caragòl.
Tal vez estaba ebrio al volver al buque y había inventado aquel encuentro. Pero
el recuerdo del papel escrito por ella desmentía tal suposición... Freya estaba
en Brest.
El cocinero lo explicó todo simplemente al
asediarle el capitán con nuevas preguntas.
—La pájara debía ir de paso. Tal vez se marchó en
la tarde... ¡Pura casualidad el encuentro!
Tuvo que desistir de sus averiguaciones. Los
trabajos defensivos del buque estaban terminados; las bodegas contenían un
cargamento de proyectiles para el ejército de Oriente y varios cañones sin
montar. Recibió la orden de partida, y una mañana gris y lluviosa salieron de
la rada de Brest. La bruma hizo aún más dificultoso el tránsito entre los
escollos que obstruyen este puerto. Pasaron ante la lúgubre bahía de los
Difuntos, antiguo cementerio de buques de vela, y siguieron la navegación hacia
el Sur, en busca del estrecho, para entrar en el Mediterráneo.
Ferragut sintió orgullo al examinar el nuevo
aspecto del Mare nostrum. La telegrafía sin hilos le mantenía en
contacto con el mundo. Ya no era el capitán mercante siervo del destino,
confiado á su buena suerte é incapaz de repeler un ataque. Las estaciones
radiográficas velaban por él á lo largo de las costas, aconsejando cambios de
rumbo para evitar al enemigo en acecho. Chirriaban los aparatos sosteniendo
invisibles diálogos. Además, en la popa estaba el cañón, resguardado por una
caperuza de lona, pronto á entrar en funciones.
Vió casi realizados los ensueños de su niñez,
cuando devoraba historias de corsarios y novelas de aventuras marítimas. Le era
lícito titularse capitán «de mar y guerra», como los antiguos navegantes. Si el
submarino pasaba ante él, lo atacaría con la proa; si intentaba perseguirle,
podría responderle con el cañón.
Su humor aventurero le hizo ansiar uno de estos
encuentros. Faltaba en su vida un combate marítimo. Quiso ver cómo se portaban
estos hombres silenciosos y modestos que habían hecho la guerra en tierra y
contemplado la muerte de cerca.
No tardó en realizarse su deseo. Un amanecer, á la
altura de Lisboa, cuando acababa de dormirse después de haber pasado la noche
en el puente, le despertaron los gritos y correteos de la tripulación.
Un submarino había surgido á mil quinientos metros
y marchaba hacia el Mare nostrum á gran velocidad, temiendo
sin duda que el buque mercante intentase escapar. Para obligarle á detenerse,
su cañón le envió dos proyectiles, que cayeron en el agua.
El vapor moderó su marcha, pero fué para colocarse
en mejor posición y que maniobrase con desahogo su pieza de popa. A los
primeros tiros el submarino empezó á retroceder, guardando una prudente
distancia, sorprendido de que contestasen á su agresión.
Duró el combate una media hora, repitiéndose los
disparos por ambas partes con la velocidad de la artillería de tiro rápido.
Ferragut estaba cerca del cañón, admirando la fría calma con que lo manejaban
sus servidores. Uno tenía siempre un proyectil en los brazos, pronto á dárselo
al compañero, que lo introducía con rapidez en la recámara humeante. El
apuntador concentraba toda su vida en los ojos, é inclinado sobre la pieza la
movía, buscando la parte sensible de aquel cuerpo gris y prolongado que asomaba
á flor de agua lo mismo que un cetáceo.
De pronto, una nube de astillas voló cerca de la
proa del vapor. Un proyectil enemigo acababa de chocar con el borde de los
techos que cubrían la cocina y los ranchos de la tripulación. Caragòl,
que estaba en la puerta de sus dominios, se llevó las manos al sombrero. Al
disolverse la nube amarilla y maloliente, le vieron todos de pie, rascándose la
cúspide de la cabeza, descubierta y roja.
—¡No es nada!—dijo—. Un pedazo de madera que me ha
hecho una sangría. ¡Fuego!... ¡fuego!
Aullaba, enardecido por los cañonazos. El olor de
droguería de la pólvora sin humo, el estrépito seco de las detonaciones,
parecían embriagarle. Saltaba y manoteaba con el ardor de una danza guerrera.
Los artilleros de popa redoblaron su actividad: los
disparos eran continuos.
—¡Ya está!—gritó Caragòl—. Lo han
tocado... ¡lo han tocado!
En todo el buque era él quien menos podía apreciar
los efectos del tiro. Apenas si alcanzaba á distinguir la silueta del
sumergible. Pero á pesar de esto, siguió bramando con toda la fuerza de su fe:
—Está tocado... ¡Viva! ¡viva!...
Y lo extraño fué que el enemigo desapareció
instantáneamente de la superficie azul. Los artilleros dirigieron aún algunos
tiros contra su periscopio. Después sólo quedó en el lugar ocupado por él una
lámina blanca y brillante.
El vapor marchó hacia esta mancha enorme de aceite,
que tomaba al moverse unos reflejos tornasolados.
Los marineros dieron gritos de entusiasmo. Estaban
seguros de haber echado á pique al sumergible. Los oficiales eran menos
optimistas: «¡Quién sabe!» No le habían visto levantarse verticalmente para
hundirse luego por uno de sus extremos como un huso, de punta. Tal vez había
sufrido una simple avería que le obligaba á ocultarse.
Para Caragòl era indiscutible la
pérdida del submarino. Consideraba innecesario preguntar el nombre del que lo
había hecho pedazos.
—Ha sido el de Vannes... Sólo él puede ser.
Los otros artilleros no existían. Y enardecido por
su entusiasmo, se escapaba de las manos de dos marineros que habían empezado á
vendarle la cabeza con una pulcritud aprendida en los combates terrestres.
Ferragut quedó satisfecho del encuentro. No estaba
seguro de la destrucción del enemigo; pero si se había salvado podía llevar la
noticia á los otros de que el Mare nostrum era capaz de
defenderse.
Su alegría le llevó al lado de Caragòl.
—Muy bien, veterano. Escribiremos al ministro de
Marina para que le dé la Cruz de Guerra.
El cocinero, tomando en serio estas palabras,
declinó la oferta. Si daban alguna recompensa, que fuese para el «chico de
Vannes». Luego añadió, como si reflejase los pensamientos de su capitán:
—Da gusto navegar así... A nuestro vapor le han
salido dientes, y ya no tendrá que huir como una liebre asustada... Que lo
dejen hacer su camino en paz, porque ahora muerde.
Todo el resto del viaje hasta Salónica fué sin
incidentes. El telégrafo lo mantuvo en contacto con las instrucciones llegadas
de tierra. Gibraltar le aconsejó que navegase pegado á la costa de África;
Malta y Bizerta le indicaron que podía seguir adelante, por estar el paso entre
Túnez y Sicilia limpio de enemigos. Del lejano Egipto vinieron á su alcance
avisos tranquilizadores mientras navegaba entre las islas griegas con la proa
hacia Salónica.
Al regreso fué á tomar carga en el puerto de
Marsella.
No tenía Ferragut que preocuparse del buque cuando
estaba anclado. Eran los oficiales franceses los que se entendían con las
autoridades de los puertos. El se limitaba á ser una justificación de la
bandera, un capitán de país neutral que hacía valer con su presencia la
nacionalidad del buque. Sólo en el mar recobraba el marido, haciéndose obedecer
de todos sobre el puente.
Vagó por Marsella como otras veces, pasando las
primeras horas de la tarde en las terrazas de los cafés de la Cannebière.
Un viejo capitán marsellés dedicado al comercio
conversaba con él antes de volver á su oficina. Una tarde, Ferragut fijó los
ojos distraídamente en cierto diario de París que llevaba su amigo.
Atrajo de pronto su atención un nombre impreso á la
cabeza de un breve artículo. La sorpresa le hizo palidecer, al mismo tiempo que
se contraía algo dentro de su pecho. Volvió á deletrear el nombre, temiendo
haber sufrido una alucinación. No era posible la duda; estaba bien claro: Freya
Talberg.
Tomó el diario de las manos de su contertulio,
disfrazando su impaciencia con un gesto de curiosidad.
—¿Qué dicen hoy de la guerra?...
Y mientras el viejo marino le daba noticias, él
leyó febrilmente las líneas agrupadas á continuación de dicha nombre.
Quedó desorientado. Eran poca cosa para él, que
ignoraba los hechos anteriores aludidos por el periódico. Significaban estas
líneas una simple protesta contra el gobierno porque no hacía sufrir á la
famosa Freya Talberg la pena á que la habían sentenciado. El artículo terminaba
mencionando la belleza y la elegancia de la delincuente, como si atribuyese á
tales cualidades la demora en el castigo.
Se esforzó Ferragut por dar á su voz un tono de
indiferencia.
—¿Quién es esta individua?—dijo señalando el título
del artículo.
Su compañero tuvo que hacer memoria. ¡Ocurrían
tantas cosas con motivo de la guerra!
—Es una boche, una espía, sentenciada á
muerte... Parece que trabajó mucho aquí y en otros puertos dando aviso á los
submarinos alemanes de la salida de nuestros transportes... La prendieron en
París hace dos meses, cuando regresaba de Brest.
Dijo esto el amigo con cierta indiferencia. ¡Eran
tan numerosos los espías!... Con frecuencia publicaban los periódicos noticias
de fusilamientos: dos líneas nada más, como si se tratase de un accidente
ordinario.
—Esa Freya Talberg—continuó—ha hecho hablar
bastante de su persona. Parece que es una mujer chic: una especie
de dama de novela. Muchos protestan de que no la hayan ejecutado aún. Es triste
tener que matar á una persona de su sexo. ¡Matar á una mujer, y además una
mujer hermosa!... Pero sin embargo, resulta preciso... Creo que la fusilarán de
un momento á otro.
¡ANFITRITA!... ¡ANFITRITA!
El Mare nostrum hizo otro viaje de
Marsella á Salónica.
Buscó en vano Ferragut antes de partir nuevas
noticias de Freya en los periódicos de París. Varios sucesos distrajeron por
unos días la atención pública, y la espía quedó momentáneamente olvidada.
Al llegar á Salónica hizo discretas preguntas á sus
amigos militares y marinos en los cafés del puerto. Casi todos desconocían el
nombre de Freya Talberg. Los que lo habían leído en los diarios contestaban con
indiferencia.
—Sé quién es: una espía que fué artista; una mujer
de cierto chic. Creo que la han fusilado... No lo sé cierto, pero
deben haberla fusilado.
Tenían cosas más importantes en que pensar. ¡Una
espía!... Por todos lados se tropezaba con los manejos del espionaje alemán.
Había que fusilar mucho... Y olvidaban inmediatamente este asunto para hablar
de los azares de la guerra, que les amenazaban á ellos y á sus compañeros de
armas.
Cuando Ferragut volvió á Marsella, dos meses
después, ignoraba si su antigua amante estaba aún entre los vivos.
La primera tarde que encontró en el café de la
Cannebière á su contertulio el viejo capitán, fué encaminando la conversación
hábilmente hasta poder formular con naturalidad la pregunta que llevaba en su
pensamiento: «¿Qué había sido de aquella Freya Talberg que tanto preocupaba á
los periódicos antes de salir él para Salónica?...»
El marsellés tuvo que hacer un esfuerzo para
acordarse.
—¡Ah, sí!... ¡la espía boche!—dijo tras
de una larga pausa—. La fusilaron hace unas semanas. Los periódicos han hablado
poco de su muerte. Unas cuantas líneas; esas gentes no merecen más...
Tenía el amigo de Ferragut dos hijos en el
ejército; un sobrino suyo había muerto en las trincheras; otro, piloto á bordo
de un transporte, acababa de perecer en un torpedeamiento. Pasaba muchas noches
sin dormir, pensando en la suerte de sus hijos que luchaban en el frente, y
esta inquietud daba un tono duro y feroz á sus entusiasmos patrióticos.
—Bien muerta está... Era una mujer, y los
fusilamientos de mujeres resultan penosos. Siempre causa repugnancia tratarlas
como á los hombres... Pero, según me han contado, esta individua, con los
avisos de su espionaje, contribuyó al torpedeamiento de diez y seis buques...
¡Ah, mala bestia!...
Y no dijo más, pasando á hablar de otra cosa. Todos
mostraban igual repulsión al hacer memoria de la espía.
Ferragut acabó por participar del mismo
sentimiento. Su cerebro se había partido con la dualidad contradictoria de
todos los momentos críticos de su existencia. Odió á Freya pensando en sus
crímenes. Recordaba como hombre de mar á los compañeros anónimos muertos en los
torpedeamientos. Esta mujer había sido la preparadora inconsciente de muchos
asesinatos... Y al mismo tiempo evocaba la imagen de la otra, de la amante que
sabía retenerle con sus artificios en el viejo palacio de Nápoles, haciendo de
la voluptuosa prisión el mejor de sus recuerdos.
«No pensemos más en ella—se dijo con energía—. Ha
muerto... No existe.»
Pero ni aun después de muerta le dejaba en paz. Su
recuerdo no tardó en resurgir, adhiriéndose á él con un interés trágico.
La misma tarde que habló con su amigo en el café de
la Cannebière fué á la Casa de Correos para recoger la correspondencia, que se
hacía enviar á Marsella. Le entregaron un grueso paquete de cartas y
periódicos. Por la letra de los sobres y los timbres postales fué adivinando
quiénes le escribían: una carta única de su mujer, compuesta de un solo pliego,
á juzgar por su flexible delgadez; tres muy abultadas de Tòni, especie de
dietarios, en los que iba relatando sus compras, sus cultivos, sus esperanzas
de ver llegar al capitán; todo ello mezclado con abundantes noticias sobre la
guerra y el malestar de las gentes. Además, varios pliegos de establecimientos
bancarios de Barcelona dando cuenta á Ferragut del empleo de sus capitales.
De pie en la escalinata del palacio, acabó de
examinar su correspondencia por la cara exterior. Era semejante á la que
encontraba á la vuelta de todos sus viajes.
Iba á guardarla en los bolsillos y seguir su
camino, cuando atrajo su atención un sobre voluminoso, de letra desconocida,
certificado en París...
La curiosidad le hizo abrirlo inmediatamente, y vió
en sus manos un verdadero fajo de hojas sueltas, un relato extenso que iba más
allá de los límites de una carta. Miró el membrete impreso y luego la firma. El
que le escribía era un abogado de París, y Ferragut presintió por el papel
lujoso y las señas de su domicilio que debía ser un maître célebre.
Hasta recordaba haber encontrado alguna vez su nombre en los periódicos.
Empezó la lectura de la primera página allí mismo,
ansiando saber por qué causa le escribía el grave personaje. Pero apenas hubo
pasado los ojos por algunos renglones, detuvo su lectura. Tropezó con el nombre
de Freya Talberg. Este abogado había sido su defensor ante el Consejo de
guerra.
Se apresuró á guardar la carta, dominando su
impaciencia. Sintió la necesidad de silencioso apartamiento y soledad absoluta
que experimenta un lector apasionado al adquirir un libro nuevo. Este manojo de
papeles contenía para él la más interesante de las historias.
Al dirigirse á su buque, le pareció el camino más
largo que otras veces. Ansiaba verse encerrado en su camarote, lejos de toda
curiosidad, como si fuese á realizar una operación misteriosa.
Freya no existía. Había desaparecido del mundo de
un modo infamante, como desaparecen los criminales, doblemente sentenciada,
pues hasta su recuerdo era repelido por las gentes; y Ferragut, dentro de unos
momentos, iba á hacerla resurgir como un fantasma en la casa flotante que ella
había visitado en dos ocasiones. Podía conocer las últimas horas de su
existencia, envueltas en un misterio de desprecio; podía violentar la voluntad
de sus jueces, que la habían condenado á perder la vida y á perecer después de
muerta en la memoria de todos.
Con verdadera avidez se sentó ante la mesa de su
camarote, poniendo en orden el contenido del sobre: más de doce hojas escritas
por ambas caras y varios recortes de periódicos. En estos recortes vió el
retrato de Freya, una imagen dura y confusa. La reconoció únicamente por su
nombre puesto al pie: ella había sido otra mujer. Vió también el retrato de su
defensor: un abogado viejo, de aspecto pulcro, con melenas blancas finamente
peinadas y ojos juveniles.
Adivinó Ferragut desde las primeras líneas que
el maître no podía escribir ni hablar sin hacer literatura. Su
carta era un relato mesurado y correcto, en el que la emoción, por viva que
fuese, se contenía discretamente, no queriendo desordenar los pliegues de un
estilo majestuoso.
Empezaba explicando cómo su deber profesional le
había decidido á defender á una espía. Necesitaba un abogado: era extranjera;
la opinión pública, influenciada por los exagerados relatos de los periódicos
sobre su belleza y sus joyas, mostraba una animosidad feroz, pidiendo su pronto
castigo. Nadie quería encargarse de su defensa, y por eso mismo él la había
aceptado, sin miedo á la impopularidad.
Ferragut creyó adivinar en este sacrificio un
impulso de viejo galanteador, que le había hecho ir hacia Freya porque era
hermosa. Además, este proceso representaba un acontecimiento parisién y podía
dar cierta notoriedad novelesca á los que interviniesen en sus actuaciones.
Unos cuantos párrafos más allá, el marino se
convenció de que el maître había acabado por enamorarse de su
patrocinada. Esta mujer hasta en el momento de morir esparcía en torno de ella
su poder de seducción.
El éxito profesional entrevisto por el abogado se
disolvía á las primeras gestiones. La defensa de Freya era imposible. Lloraba
por toda respuesta cuando le hacían preguntas sobre los hechos de su vida
anterior, ó permanecía silenciosa, inmóvil, con la mirada perdida, lo mismo que
si se tratase de la suerte de otra mujer.
No necesitaban los jueces militares de sus
confesiones: sabían detalle por detalle toda su existencia durante la guerra y
en los últimos años de la paz. Nunca los agentes de la policía en el extranjero
habían trabajado con tanta rapidez y éxito. Una buena suerte misteriosa y
omnipotente los empujaba en sus pesquisas. Conocían todos los trabajos de
Freya; hasta habían proporcionado datos exactos sobre su personalidad de agente
secreto, el número de orden con que figuraba en la oficina directora de Berlín,
el dinero que cobraba, sus informes en los últimos meses. Documentos escritos
por ella misma, con una culpabilidad irrefutable, habían venido á unirse á su
proceso, sin que nadie supiese de dónde eran enviados ni por quién.
Cada vez que el juez instructor ponía ante los ojos
de Freya una de estas pruebas, ella miraba á su abogado desesperadamente.
—¡Son ellos!—gemía—. ¡Ellos, que desean mi muerte!
El defensor era de la misma opinión. La policía
había conocido su presencia en Francia por una carta que le dirigían sus jefes
desde Barcelona, torpemente desfigurada, escrita con arreglo á una clave cuyo
misterio estaba descubierto por el contraespionaje francés mucho tiempo antes.
Para el maître, era indudable que un poder misterioso había querido
deshacerse de esta mujer, enviándola á un país enemigo como si la enviase á la
muerte.
Ulises adivinó en el defensor un estado de alma
semejante al suyo, la misma dualidad que le había atormentado en todas sus
relaciones con Freya.
«Yo, señor—escribía el abogado—, he sufrido mucho.
Un hijo mío, oficial, murió en la batalla del Aisne; otros allegados á mí,
sobrinos y discípulos, han muerto luego en Verdún y en el ejército
expedicionario de Oriente...»
Había sentido, como francés, una repulsión
irresistible al convencerse de que Freya era una espía que llevaba causados
grandes daños á su patria... Luego, como hombre, se apiadaba de su
inconsciencia, de su carácter contradictorio y ligero hasta llegar al crimen,
de su egoísmo de mujer hermosa y amiga del lujo, que la había hecho admitir la
vileza moral á cambio del bienestar.
Atraía su historia al abogado con el interés
palpitante de una novela de aventuras. La conmiseración iba tomando en él una
vehemencia de enamoramiento. Además, la idea de que eran los explotadores de
esta mujer los que la habían denunciado le infundía un entusiasmo caballeresco
para la defensa de su causa insostenible.
La comparecencia ante el Consejo de guerra había
resultado penosa y dramática. Freya, que hasta entonces parecía embrutecida por
el régimen de la prisión, despertaba al verse enfrente de una docena de hombres
uniformados y graves.
Su primer movimiento fué el de toda hembra hermosa
y coqueta. Conocía su influencia física. Estos militares convertidos en jueces
le recordaban los que ella había visto en los tés y los grandes bailes de los
hoteles... ¿Qué francés puede resistirse á la atracción femenina?...
Había sonreído, había contestado á las primeras
preguntas con una modestia graciosa, fijando sus ojos malignamente cándidos en
los oficiales sentados detrás de la mesa presidencial y en los otros hombres
con uniforme azul encargados de acusarla ó de leer los documentos de su
proceso.
Pero algo frío y hostil existía en el ambiente que
paralizaba sus sonrisas, dejaba sin eco sus palabras y hacía opacos los
resplandores de ojos. Todas las frentes se inclinaban bajo el peso de severos
pensamientos; todos los hombres parecían tener en aquel instante treinta años
más. No la verían tal como era por más esfuerzos que hiciese. Sus admiraciones
y deseos yacían abandonados al otro lado de la puerta.
Freya adivinó que había dejado de ser una mujer y
no era mas que una acusada. Otra de su sexo, una rival irresistible, lo llenaba
todo, encadenando á estos hombres con un amor profundo y austero. Su instinto
la hizo fijarse en la matrona blanca, de rostro grave, que avanzaba su busto
vigoroso sobre la cabeza del presidente. Era la Patria, la Justicia, la
República, contemplando con sus ojos vagos y sin pupila á la hembra de carne y
hueso que empezaba á temblar, dándose cuenta de su situación.
—¡Yo no quiero morir!...—gritó de pronto,
abandonando sus seducciones, pasando á ser una pobre criatura enloquecida por
el miedo—. ¡Yo soy inocente!
Mintió con el ilogismo absurdo y descarado del que
se ve en peligro de muerte; hubo necesidad de releer sus primeras
declaraciones, que negaba ahora; de presentar nuevamente las pruebas
materiales, cuya existencia no quería admitir; de hacer desfilar su pasado
entero con el apoyo de aquellos datos irrefutables de origen anónimo.
—¡Son ellos los que lo han hecho
todo!... ¡Han abusado de mí!... Ya que desean mi pérdida, voy á contar lo que
sé.
El abogado pasaba ligeramente en su relato sobre lo
ocurrido en el Consejo de guerra. El secreto profesional y el interés
patriótico le impedían ser más explícito. Había durado el Consejo de la mañana
á la noche, revelando Freya á sus jueces todo cuanto sabía... Luego, su
defensor hablaba durante cinco horas, intentando establecer una especie de
intercambio en la aplicación de la pena. La culpabilidad de esta mujer era
indiscutible y muy grandes los males que llevaba causados. Pero debían
concederle la vida á trueque de sus confesiones importantes... Además, había
que tener en cuenta la inconsciencia de su carácter... la venganza de que la
hacían objeto los enemigos del país...
Esperó hasta bien entrada la noche, al lado de
Freya, la decisión del tribunal. Su defendida parecía animada por la esperanza.
Había vuelto á ser mujer: hablaba plácidamente con él, sonreía á les gendarmes
encargados de su custodia, hacía elogios del ejército... «Unos franceses, unos
caballeros, eran incapaces de matar á una mujer...»
El maître no se sorprendió al ver
el gesto triste y enfurruñado de los militares al salir de su deliberación.
Parecían descontentos de su voto reciente y mostraban á la vez la serenidad de
una conciencia tranquila. Eran soldados que acababan de cumplir su austero
deber, suprimiendo todo lo que había en ellos de simples hombres. El encargado
de leer la sentencia hinchó su voz con una energía ficticia... «¡A muerte!...»
Freya era condenada al fusilamiento, después de una larga enumeración de
crímenes: informes dados al enemigo, que representaban la pérdida de miles de
hombres; buques torpedeados á consecuencia de sus avisos, en los que habían
perecido familias indefensas.
La espía agitaba la cabeza al escuchar sus propios
actos, apreciando por primera vez toda su enormidad, reconociendo la justicia
del tremendo castigo. Pero al mismo tiempo confiaba en un bondadoso perdón á
cambio de todo lo que había revelado, en una misericordia galante... por ser
ella.
Al sonar la palabra fatal, dió un grito, pálida,
con una palidez de ceniza, y se apoyó en su abogado.
—¡Yo no quiero morir!... ¡No debo morir!... ¡Soy
inocente!
Siguió gritando su inocencia, sin dar otra prueba
que el desesperado instinto de su conservación. Con la credulidad del que desea
salvarse, aceptó todos los consuelos problemáticos de su defensor. Quedaba el
recurso de apelar á la gracia del presidente de la República: tal vez la
indultase... Y firmó esta apelación con repentina esperanza.
Consiguió el abogado suspender por dos meses el
cumplimiento de la sentencia visitando á muchos de sus colegas que eran
personajes políticos. El deseo de salvar la vida de su cliente le atormentaba
como una obsesión. Había dedicado á este asunto toda su actividad y sus
influencias personales.
«¡Enamorado!... ¡enamorado como tú!», dijo con
acento de burla en el cerebro de Ferragut la voz de los consejos prudentes.
Los periódicos protestaban de este retardo en la
ejecución de la sentencia. Empezó á sonar en las conversaciones el nombre de
Freya Talberg como un argumento contra la debilidad del gobierno. Las mujeres
eran las que se mostraban más implacables.
Un día, en el Palacio de Justicia, había podido
convencerse de esta animosidad general, que empujaba á su defendida hacia los
fusiles de la ejecución. La mujer encargada de guardar las togas, verbosa
comadre familiarizada con el trato de los abogados ilustres, le había hecho
conocer sus opiniones rudamente.
—¿Cuándo matarán á esa espía?... Si fuese una pobre
mujer con hijos, de las que necesitan ganar su pan, ya la habrían fusilado...
Pero es una cocota elegante y con joyas; tal vez se ha acostado con los
ministros. Cualquier día vamos á verla en la calle... ¡Y mi hijo que murió en
Verdún!...
La prisionera, como si adivinase esta indignación
pública, empezó á considerar inmediata su muerte, perdiendo poco á poco el amor
á la existencia, que le hacía prorrumpir en mentiras y delirantes protestas. En
vano el maître fingía esperanzas en el indulto.
—Es inútil: debo morir... Tengo derecho á que me
fusilen... He causado muchos daños... Me horrorizo de mí misma al recordar
todos los delitos consignados en la sentencia... ¡Y aún hay otros que
ignoran!... La soledad me ha hecho conocerme tal como soy. ¡Qué vergüenza!...
Debo irme: todo lo he perdido... ¿Qué me queda que hacer en el mundo?...
«Y fué entonces, querido señor—continuaba el
abogado en su carta—, cuando me habló de usted, del modo como se conocieron,
del daño que le hizo inconscientemente.»
Convencido de la inutilidad de sus gestiones,
el maître había solicitado un último favor. Freya deseaba que
la acompañase en el momento de la ejecución: esto mantendría su serenidad. Y
los del gobierno prometían á su colega en el foro un aviso oportuno para que
asistiese al cumplimiento de la sentencia.
Eran las tres de la madrugada y estaba en lo mejor
de su sueño, cuando le despertaron unos enviados de la Prefectura de Policía.
El fusilamiento iba á realizarse al amanecer: era una decisión tomada á última
hora, para que los periodistas se enterasen tarde del suceso.
Un automóvil le llevó con sus acompañantes á la
prisión de San Lázaro, á través de París silencioso y lóbrego. Sólo unos
cuantos reverberos encapuchados cortaban con su luz macilenta la obscuridad de
las calles. En la prisión se reunió con otros funcionarios de policía y muchos
jefes y oficiales que representaban á la justicia militar. La sentenciada
dormía aún en su celda, ignorando lo que iba á ocurrir.
Marcharon en fila por los corredores de la cárcel
los encargados de despertarla, sombríos y tímidos, empujándose con su nerviosa
precipitación.
Se abrió una puerta. Bajo la luz reglamentaria
estaba Freya en su lecho con los ojos cerrados. Al abrirlos y verse rodeada de
hombres, su cara se dilató con un gesto de espanto.
—¡Valor, Freya!—dijo el director de la prisión—. El
recurso de gracia ha sido denegado.
—¡Animo, hija mía!—añadió el cura del
establecimiento, iniciando el principio de una plática.
Su terror sólo duró unos segundos. Fué la ruda
sorpresa del despertar, con el cerebro todavía paralizado. Al reunir sus
recuerdos, la serenidad volvió á su rostro.
—¿Debo morir?—preguntó—¿ha llegado ya la hora?...
Pues bien; que me fusilen. Aquí estoy.
Algunos hombres volvieron la cabeza para ocultar
sus ojos...
Tuvo que saltar de la cama en presencia de dos
vigilantes. Esta precaución era para que no atentase contra su vida. Ella misma
rogó al abogado que permaneciese en la celda, como si de este modo quisiera
aminorar la molestia de vestirse ante unos desconocidos.
Ferragut adivinó la piedad y la admiración
del maître al llegar á este pasaje de su carta. La había visto
medio desnuda, preparando el último tocado de su existencia.
«¡Adorable criatura! ¡Tan hermosa!... Había nacido
para el amor y el lujo, é iba á morir desgarrada por las balas, como un rudo
soldado...»
Le parecían admirables las precauciones adoptadas
por su coquetería para este último instante. Deseaba morir como había vivido,
echando sobre su persona todo lo mejor que poseía. Por esto, al presentir la
proximidad de la ejecución, había reclamado días antes sus joyas y el traje que
llevaba en el momento que la detuvieron á la vuelta de Brest.
El defensor la describía con un «vestido de seda
gris perla, zapatos y medias de doradillo, gabán de pieles y en la cabeza gran
sombrero con plumas. Además, el collar de perlas estaba sobre su pecho, las
esmeraldas en las orejas y todos sus brillantes en los dedos».
Una sonrisa triste crispó sus labios al intentar
mirarse en los cristales de la ventana, negros aún por la lobreguez de la
noche, y que le servían de espejo.
—Muero como un militar: dentro de mi uniforme—dijo
á su abogado.
Luego, en el recibidor de la cárcel, bajo la cruda
luz artificial, esta mujer empenachada, cubierta de alhajas, exhalando sus
ropas un lejano perfume, recuerdo de los tiempos felices, se movió con
desembarazo entre los hombres vestidos de negro y los uniformes azules.
Dos religiosas que le habían acompañado en los días
anteriores parecían más impresionadas que ella. Intentaban exhortarla, y al
mismo tiempo movían los párpados para repeler sus lágrimas... El cura no estaba
menos emocionado. Había asistido á otros reos, pero eran hombres... ¡Ayudar á
bien morir á una mujer hermosa, perfumada, centelleante de piedras finas, como
si fuese á montar en su automóvil para ir á un té de moda!...
Ella había dudado una semana antes entre recibir á
un pastor calvinista ó un sacerdote católico. En su vida cosmopolita, de
incierta nacionalidad, no había tenido tiempo para decidirse por una religión.
Al fin, escogía al último, por parecerle más simple de intelecto, más
comunicativo...
Varias veces interrumpió al sacerdote cuando
intentaba consolarla. Parecía que fuese ella la encargada de infundir ánimo.
—Morir no es tan horrible como parece cuando se ve
de lejos... Siento vergüenza al pensar en los miedos que he pasado, en las
lágrimas que llevo derramadas... Resulta más simple de lo que yo creía...
¡Todos hemos de morir!
Le leyeron la sentencia, con la denegación del
recurso de gracia. Después le ofrecieron una pluma para que firmase.
Un coronel le dijo que aún podía disponer de unos
minutos para escribir á su familia, á sus amigos, ó consignar su última
voluntad...
—¿A quién escribir?—dijo Freya—. No tengo ningún
amigo en el mundo...
«Entonces fué—continuaba el abogado—cuando tomó la
pluma, como si la acometiese un recuerdo, y trazó unas cuantas líneas... Luego
rompió el papel y vino hacia mí. Pensaba en usted, capitán: su última carta era
para usted, y la dejó sin terminar, temiendo que nunca llegase á sus manos.
Además, no estaba para escribir: su pulso era nervioso; prefería hablar... Me
pidió que enviase á usted una carta larga, muy larga, relatando sus últimos
momentos, y yo tuve que jurarle que cumpliría su encargo.»
A partir de este instante, el maître había
visto las cosas mal. La emoción perturbaba sus sentidos, pero vivían aún en su
memoria las últimas palabras de Freya al salir de la cárcel.
—Yo no soy alemana—había dicho repetidas veces á
los hombres con uniforme—. ¡No soy alemana!
Para ella, lo menos importante era morir.
Únicamente le preocupaba que pudiesen creerla de dicha nacionalidad.
El abogado se vió en un automóvil con varios
hombres á los que apenas conocía. Otros vehículos marchaban delante y detrás
del suyo. En uno de ellos iba Freya con las monjas y el sacerdote.
Una débil claridad blanqueaba el cielo, marcando
las aristas de los tejados. Abajo, en el lóbrego fondo de las calles, empezaba
lentamente la circulación del amanecer. Los primeros obreros que iban hacia su
trabajo con las manos en los bolsillos, las verduleras que regresaban de los
mercados empujando sus carretones, volvían la cabeza con interés, siguiendo
este desfile de carruajes veloces, casi todos ellos con hombres en los
pescantes al lado del conductor. Pensaban en la posibilidad de una boda matinal...
Tal vez eran gentes alegres que venían de una fiesta nocturna... Varias veces
el cortejo detuvo su marcha, viéndose cortado por un desfile de pesadas
carretas con montañas de hortalizas.
El maître, á pesar de sus emociones,
fué reconociendo el camino que seguía el automóvil. En la plaza de la Nación
entrevió el grupo escultórico que representa el triunfo de la República
surgiendo húmedo y brillante de la bruma del amanecer; luego, la verja de la barrera;
á continuación, la larga avenida de Vincennes y su histórica fortaleza.
Todavía fueron más lejos, hasta llegar al campo de
tiro.
Al bajar del automóvil vió una extensa llanura
cubierta de hierba y formadas en ella dos compañías de soldados. Otros
vehículos habían llegado antes. Del grupo de personas descendidas se despegó
Freya, dejando atrás á las monjas y los agentes que la escoltaban.
La luz del amanecer, azul y fría como los reflejos
del acero, iluminaba las dos masas de hombres armados formando ancha calle. En
el fondo de esta calle había un poste clavado en la tierra; más allá un furgón
obscuro tirado por dos caballos, y varios hombres vestidos de negro.
El avance de la mujer fué acogido por una voz de
mando, é inmediatamente empezaron á sonar tambores y trompetas en la cabeza de
las dos formaciones. Hubo un ruido de fusiles: los soldados presentaban las
armas. Los bélicos instrumentos lanzaron una música de gloria, el mismo toque
que saluda la presencia del jefe del Estado, de un general, de la bandera
desplegada... Era un homenaje á la justicia majestuosa y severa; un himno á la
patria implacable en su defensa.
Pensó la espía un momento que todo este aparato era
para otra. Se acordó de la mujer blanca, de fuertes pechos y ojos sin pupila,
que había visto sobre la cabeza del presidente del Consejo. Pero á continuación
quiso creer que el recibimiento triunfal era para ella... Marchaba entre
fusiles, acompañada de trompetas y tambores, como una reina.
Su defensor la vió más alta que nunca. Parecía
haber crecido un palmo, con prodigioso estiramiento. Su alma de mujer de teatro
se emocionó lo mismo que cuando se presentaba en las tablas á recibir aplausos.
Todos estos hombres se habían levantado en plena noche y estaban allí por ella;
los cobres y los parches sonaban para saludarla. La disciplina mantenía los
rostros graves y fríos, pero tenía la certeza de que la encontraban hermosa y
que detrás de muchas pupilas inmóviles se agitaba el deseo.
Si algún temor le quedaba de perder la vida,
desapareció bajo la caricia de esta falsa gloria... ¡Morir contemplada por
tantos hombres valerosos que le rendían el mayor de los honores!... Sintió la
necesidad de ser admirable, de caer en postura artística, como si estuviese en
un escenario.
Fué pasando entre las dos masas varoniles, alta la
cabeza, pisando fuerte, con su arrogante andar de diosa cazadora, deteniendo á
veces la mirada en algunos de los centenares de ojos fijos en ella. La ilusión
de su triunfo le hacía avanzar erguida y serena, lo mismo que si pasase revista
á las tropas.
—¡Nombre de Dios!... ¡Qué empaque!—dijo detrás del
abogado un oficial joven, admirando la serenidad de Freya.
Al llegar junto al poste, alguien leyó un breve
documento: el extracto de la sentencia, tres líneas, para hacerla saber que la
justicia iba á cumplirse.
Lo único que la molestó de esta rápida notificación
fué el temor de que cesasen las trompetas y los tambores. Pero siguieron
sonando, y su estrépito belicoso entró por sus oídos con la misma impresión
reconfortante y cálida que si un vino de generosa embriaguez se deslizase por
su boca.
Un pelotón de cabos y soldados—doce fusiles—se
había destacado de la doble masa militar. Lo mandaba un suboficial de bigote
rubio, pequeño, delicado, con el sable desnudo. Freya lo contempló un momento,
encontrándolo interesante, mientras el joven evitaba su mirada.
Con un ademán de reina de escenario repelió el
pañuelo blanco que le ofrecían para vendarse los ojos. No lo necesitaba. Las
monjas se apartaron de ella para siempre. Al quedar sola, dos gendarmes
comenzaron á atarla con la espalda apoyada en el poste.
«Dicen—seguía escribiendo el defensor—que me saludó
por última vez con una de sus manos antes de que la inmovilizasen las
ligaduras... Yo no vi nada. ¡No podía ver!... ¡Era demasiado para mí!...»
El resto de la ejecución lo conocía de oídas.
Continuaron sonando trompetas y tambores. Freya, atada é intensamente pálida,
sonrió como si estuviese ebria. El vientecillo del amanecer hacía ondear los
penachos de su sombrero.
Cuando avanzaron los doce fusiles, colocándose
horizontalmente á una distancia de ocho metros, todos apuntando al corazón,
ella pareció despertar. Chilló con los ojos desencajados por el horror de la
realidad, que se imponía de pronto. Sus mejillas se cubrieron de lágrimas. Tiró
de las ligaduras con un vigor de epiléptica.
—¡Perdón!... ¡perdón!... ¡No quiero morir!
El suboficial levantó el sable y volvió á bajarlo
rápidamente... Una descarga.
Freya se dobló, resbalando su cuerpo á lo largo del
poste hasta quedar tendida en el suelo. Las balas cortaron las cuerdas que la
sujetaban.
Su sombrero, como si adquiriese una vida repentina,
había saltado de la cabeza, yendo á caer unos cuantos metros más allá.
Del piquete de fusilamiento se destacó un cabo con
un revólver en la diestra. «El golpe de gracia.» Sus pies se detuvieron al
borde del charco de sangre que se iba formando en torno de la ejecutada.
Frunciendo los labios, entornando los ojos, se inclinó sobre ella, al mismo
tiempo que con el extremo del cañón levantaba los rizos caídos sobre una de sus
orejas. Todavía respiraba... Un tiro en la sien. Se contrajo el cuerpo bajo un
estremecimiento final. Luego quedó inmóvil, con la rigidez del cadáver.
Sonaron voces, formaron las dos compañías en
columna, y al ritmo de sus instrumentos fueron desfilando ante el cuerpo de la
muerta. Del lúgubre carruaje sacaron los hombres enlutados un féretro de madera
blanca.
Volviendo las espaldas á su obra, la doble masa
militar marchó hacía su campamento. Quedaba servida la justicia. Trompetas y
tambores se perdieron en el horizonte, agrandados sus sonidos por el fresco eco
de la mañana naciente. El cadáver fué depositado en aquel ataúd pobre, que más
bien parecía una caja de embalaje, despojándolo antes de sus alhajas. Las dos
monjas las recogieron con timidez: la muerta se las había dado para sus obras
de caridad. Luego quedó cerrada la tapa, desapareciendo para siempre la que
minutos antes era una mujer hermosa que los hombres no podían ver sin
estremecimientos de deseo. Las cuatro tablas sólo guardaban harapos rojizos,
carnes agujereadas, huesos rotos.
Marchó el vehículo al cementerio de Vincennes para
que la enterrasen en el rincón de los ajusticiados... Ni una flor, ni una
inscripción, ni una cruz. El mismo abogado no estaba seguro de encontrar su
sepultura si alguna vez necesitaba buscarla... ¡Y así había sido el final de
esta criatura de lujo y de placer!... ¡Así había ido á consumirse aquel cuerpo
en un agujero anónimo de la tierra, lo mismo que una bestia abandonada!...
«Era buena—decía el defensor—, y sin embargo fué
criminal. Su educación tuvo la culpa. ¡Pobre mujer!... La habían criado para
vivir en la riqueza, y la riqueza huyó siempre de ella.»
Luego, en sus últimas líneas, el viejo maître afirmaba
melancólicamente:
«Murió pensando en usted y un poco en mí...
Nosotros hemos sido los últimos hombres de su existencia.»
Esta lectura dejó á Ulises en dolorosa
estupefacción. ¡Ya no vivía Freya!... ¡Ya no corría el peligro de verla
aparecer en su buque al tocar en cualquier puerto!...
La dualidad de sus sentimientos volvió á surgir con
violenta contradicción.
«Muy bien—pensó el marino—. ¡Cuántos hombres han
muerto por su culpa!... Era inevitable su fusilamiento. Hay que limpiar el mar
de bandidos.»
Y á la vez, el recuerdo de las delicias de Nápoles,
de aquel largo encierro de harén poblado de exasperadas voluptuosidades,
renació en su memoria. La veía sin ropas, con toda la majestad de su desnudez
marfileña, tal como iba danzando ó saltando de un lado á otro del viejo salón.
¡Y este cuerpo moldeado por la Naturaleza en un momento de entusiasmo ya no
existía!... ¡Sólo era un amasijo de carnes líquidas y pestilentes jugos!...
Recordó su beso, aquel beso que espeluznaba su
dorso y doblaba sus piernas, haciéndolo descender como un náufrago contento de
su suerte á través de un océano de delicias... ¡Y no lo recibiría más!... ¡Y su
boca, que tenía un sabor á canela, á incienso, á selva asiática poblada de
voluptuosidades y asechanzas, no era en aquellos momentos mas que un orificio
negro que empezaba á servir de puerta á toda la gusanería de la
putrefacción!... ¡Ah, miseria!
Vió de pronto el rostro de la muerta puesto de
perfil, con un ojo que se torcía hacia él graciosa y malignamente, lo mismo
que Ojo de la mañana debía mirar á su dueña mientras
desarrollaba sus danzas misteriosas en la vivienda asiática.
Ulises concentró su atención en la sien pálida del
fantasma, cosquilleada por la caricia sedosa de sus bucles. Allí había puesto
él sus mejores besos: los besos de ternura y gratitud... Pero la suave piel,
que parecía hecha de pétalos de camelia, se ensombrecía ante sus ojos. Era
verde obscura y manaba sangre... Así la había visto él otra vez... Y se acordó
con remordimiento de su puñetazo de Barcelona... Luego se partía con un agujero
profundo, de contorno anguloso, igual al de una estrella. Era el balazo de
revólver, el tiro de gracia que daba fin á sus angustias de ejecutada.
¡Pobre Freya, guerrera implacable y loca de la
batalla de los sexos!... Había pasado su existencia odiando á los hombres y
necesitándolos para vivir, haciéndoles todo el mal posible y recibiéndolo de
ellos con triste reciprocidad, hasta que al fin venía á perecer á sus manos.
No podía terminar de otro modo. Una diestra varonil
había abierto este orificio por el que escapaba la última burbuja de su
existencia... Y el capitán, viendo el perfil doloroso, con su sien purpúrea,
pensó horrorizado que nunca conseguiría borrar de su memoria la fúnebre visión.
El fantasma se achicaría, haciéndose invisible, para engañarle y resurgir luego
en todas sus horas de pensativa soledad; iba á amargar sus noches en vela, á
perseguirle á través de los años lo mismo que un remordimiento.
Afortunadamente, las imposiciones de la vida real
fueron repeliendo en los días sucesivos estos recuerdos tristes.
«Bien fusilada está—afirmaba interiormente su
autoritarismo de hombre enérgico acostumbrado á mandar hombres—. ¿Qué hubieses
hecho tú al formar parte del tribunal que la condenó?... Lo mismo que los
otros. ¡Piensa en los que han muerto por ella!... ¡Recuerda lo que dice Tòni!»
Una carta de su antiguo segundo, recibida al mismo
tiempo que la del defensor de Freya, hablaba de los grandes crímenes que la
agresión submarina estaba realizando en el Mediterráneo.
Algunos de ellos llegaban á conocerse por los
náufragos que conseguían alcanzar la costa después de largas horas de lucha ó
eran recogidos por otros buques. Los más quedaban ignorados en el misterio de
las olas. Eran torpedeamientos «sin dejar rastro», barcos que se iban á fondo
con todos sus tripulantes y pasajeros, y sólo meses después dejaban entrever
una parte de la tragedia, cuando la resaca depositaba en la costa muchos
cuerpos de imposible identificación, sin papeles, sin rostro humano.
Casi todas las semanas contemplaba Tòni algunos de
estos hallazgos fúnebres. Los pescadores veían al amanecer cadáveres que
volteaban en la playa, donde el agua muere sobre la arena, descansando unos
segundos en el suelo húmedo, para ser arrebatados á continuación por una ola
más fuerte. Al fin, incrustaban sus espaldas en la tierra, manteniéndose
inmóviles, mientras huían de sus ropas y sus carnes enjambres de peces pequeños
volviendo al mar en busca de nuevo pasto. Los carabineros descubrían entre las
rocas cuerpos destrozados en actitudes trágicas, con los ojos vidriosos casi
fuera de sus órbitas.
Muchos de ellos eran reconocidos como soldados por
los andrajos que revelaban un antiguo uniforme ó las chapas de identidad fijas
en sus muñecas. Pertenecían á Francia. Las gentes de la costa hablaban de un
transporte que había sido torpedeado viniendo de Argel... Y revueltos con los
hombres se iban encontrando cadáveres de mujeres desfiguradas por la hinchazón,
hasta el punto de que sólo por algunos detalles era posible adivinar su edad:
madres que tenían arqueados sus brazos como si guardasen con un último esfuerzo
el hijo desaparecido; muchachas cuyo pudor virginal había sido violado por el
mar, mostrando sus piernas desnudas, tumefactas, verdosas, con profundos
mordiscos de peces carniceros. La marina dilatación hasta había arrojado el
cuerpo de un niño de pocos años sin cabeza.
Era más horrible, según Tòni, contemplar este
espectáculo desde tierra que yendo en un buque. Los que navegan no pueden ver
las últimas consecuencias de los torpedeamientos lo mismo que los que viven en
la orilla, recibiendo como un regalo de las olas este continuo envío de
víctimas.
Terminaba el piloto su carta con las súplicas de
siempre: «¿Por qué te empeñas en seguir en el mar?... Deseas una venganza que
es imposible. Eres un hombre solo, y tus enemigos son millones... Vas á morir
si persistes en desafiarlos. Ya sabes que te buscan hace tiempo, y no siempre
conseguirás librarte de ellos. Recuerda lo que dice la gente: «¡Quien ama el
peligro...!» Desembarca; vuelve con tu mujer ó ven con nosotros. ¡Tan rica vida
que podrías llevar en tierra!...»
Por unas cuantas horas, Ferragut fué de la opinión
de Tòni. Su empeño temerario forzosamente había de terminar mal. Los enemigos
le conocían, le acechaban; eran muchos frente á él, que vivía solo en su buque,
con una tripulación de hombres de distinta nacionalidad. Nadie lloraría su
muerte, aparte de los pocos que le amaban. No pertenecía á ninguno de los
pueblos en guerra: era una especie de corsario imposibilitado de atacar. Menos
aún: un mercante que hacía transportes al amparo de una bandera neutra. Esta
bandera no engañaba á nadie. Sus enemigos conocían el buque, buscándolo con más
empeño que si procediese de las marinas aliadas. En su mismo país, muchas
gentes que simpatizaban con los Imperios germánicos celebrarían alegremente la
desaparición del Mare nostrum y su capitán.
La muerte de Freya había influido en su ánimo más
de lo que él se imaginaba. Tuvo fúnebres presentimientos: tal vez su próximo
viaje fuese el último.
«¡Vas á morir!—gritó en su cerebro una voz
angustiosa—. Morirás muy pronto si no te retiras del mar.»
Y lo más raro para Ferragut fué que este consejo se
lo dió la voz de las locas aventuras, la que le lanzaba en los peligros por el
gusto de desafiarlos, la que le había hecho seguir á Freya aun después de
conocer su vil profesión.
En cambio, la voz de la cordura, siempre prudente y
mesurada, mostró ahora una tranquilidad heroica, hablando lo mismo que un
hombre de paz que estima sus compromisos superiores á su vida.
«Calma, Ferragut; has vendido tu buque con tu
persona y te han dado millones. Debes cumplir lo que prometiste, aunque en ello
te vaya la existencia... El Mare nostrum no puede navegar sin
un capitán español. Si tú lo abandonas, tendrás que buscar otro capitán. Huirás
por miedo y pondrás en tu sitio á un hombre que desafíe á la muerte por
mantener á su familia. ¡Gloriosa hazaña!... Tú, mientras tanto, estarás en tierra,
rico y seguro... ¿Y qué vas á hacer en tierra, cobarde?»
Su egoísmo no supo qué contestar á tal pregunta.
Recordaba con antipatía su existencia de burgués allá en Barcelona, antes de
adquirir el vapor. El era un hombre de acción, y sólo podía vivir ocupado en
empresas arriesgadas.
Iba á aburrirse en tierra, y al mismo tiempo se
consideraría disminuído, exonerado, lo mismo que el que desciende á una
situación inferior en un país de jerarquías. El capitán de vida novelesca iba á
quedar convertido en un propietario de casas, sin conocer otras luchas que las
que sostuviese con sus inquilinos. Tal vez, por huir de una existencia vulgar,
dedicase su fortuna á la navegación, único negocio que conocía bien. Se haría
naviero, adquiriendo nuevos barcos, y poco á poco, por la necesidad de vigilarlos
de cerca, acabaría reanudando sus viajes... ¿Para qué abandonar, pues, el Mare
nostrum?
Sintió que se realizaba en su interior una profunda
revolución moral al preguntarse con angustia qué es lo que había hecho hasta
entonces.
Le pareció un desierto toda su existencia anterior.
Había vivido sin saber por qué ni para qué, amontonando peligros y aventuras
sólo por el gusto de salir victorioso. Tampoco sabía con certeza qué es lo que
había deseado hasta entonces. Si era dinero, había afluido á sus manos en los
últimos meses con una abundancia exorbitante... Ya lo tenía, y no por ello era
feliz. En cuanto á gloria profesional, no podía desearla mayor. Su nombre era
célebre en todo el Mediterráneo español; hasta los hombres de mar más rudos é
intratables confesaban su mérito.
«¡Quedaba el amor!...» Pero Ferragut torció el
gesto al pensar en él. Lo había conocido, y no deseaba encontrarlo otra vez. El
amor suave de una buena compañera, capaz de iluminar la última parte de su
existencia con una luz discreta, acababa de perderlo para siempre. El otro,
apasionado, voluptuoso, novelesco, que da á la vida el rudo interés de los
conflictos y los contrastes, le había dejado sin deseos de recomenzar.
La paternidad, más fuerte y duradera que el amor,
podía haber llenado el resto de sus días, de no haber muerto su hijo... Le
quedaba la venganza, la dura tarea de devolver el mal á los que tanto mal le
habían hecho; pero ¡era tan débil para luchar con todos ellos!... ¡Resultaba
tan pequeña y egoísta esta finalidad comparada con otros entusiasmos que
arrastraban al sacrificio en aquellos momentos á grandes masas de hombres!...
Mientras pensaba esto, una frase oída por él no
recordaba dónde, formada tal vez con los residuos de antiguas lecturas, empezó
á cantar en su cerebro: «Una vida sin ideal no vale la pena de ser vivida.»
Ferragut asintió mudamente. Era verdad: para vivir
se necesita un ideal. Pero ¿dónde encontrarlo?...
Vió de pronto en su memoria á Tòni lo mismo que
cuando pretendía expresar sus confusos pensamientos. Con todas sus credulidades
y simplezas, lo consideraba ahora superior á él. Tenía un ideal á su modo; se
preocupaba de algo más que sus egoísmos: quería para los otros hombres lo que
consideraba bueno. Y defendía sus convicciones con el entusiasmo místico de
todos los que en la Historia intentaron imponer una creencia; con la fe de los
guerreros de la Cruz y los del Profeta; con la tenacidad de los inquisidores y
de los jacobinos.
El, hombre de razón, sólo había sabido burlarse de
los entusiasmos generosos y desinteresados de los otros hombres, encontrando
inmediatamente su parte flaca, su falta de adaptación á las realidades del
momento... ¿Con qué derecho reía de su piloto, que era un creyente y soñaba,
con la pureza de un niño, en una humanidad libre y feliz?... ¿Qué podía oponer
él á esta fe, aparte de sus burlas estúpidas?...
La vida se le apareció bajo una nueva luz, como
algo serio y misterioso que exigía un peaje, un tributo de esfuerzo á todos los
seres que transitan por ella, dejando á sus espaldas la cuna y teniendo la fosa
como posada terminal.
Nada importaba que los ideales pareciesen falsos.
¿Dónde está la verdad verdadera y única?... ¿Quién puede demostrar que existe y
no es una ilusión?...
Lo necesario era creer en algo, tener esperanza.
Las multitudes no se habían movido nunca al impulso de razonamientos y
críticas. Sólo se lanzaban adelante cuando alguien hacía nacer en ellas
ilusiones y esperanzas. Podían los filósofos buscar inútilmente la verdad á la
luz de sus razonamientos. El resto de los hombres preferiría siempre las
quimeras ideales, que se transforman en poderosos móviles de acción.
Todas las religiones se desmenuzaban al sufrir un
frío examen, y sin embargo producían santos y mártires, verdaderos superhombres
de la moral. Todas las revoluciones resultaban defectuosas é ineficaces al
quedar sometidas á una revisión científica, y no obstante habían engendrado los
mayores héroes individuales, los más asombrosos movimientos colectivos de la
Historia.
«¡Creer!... ¡Soñar!—seguía cantando en su cerebro
la voz misteriosa—. ¡Tener un ideal!...»
No se podía vivir, como los cadáveres de los
magnates faraónicos, en una tumba lujosa, ungidos de perfumes, rodeados de todo
lo que sirve para el alimento y el sueño. Nacer, crecer, procrearse y morir no
bastaba para formar una historia: todos los animales hacían lo mismo. El hombre
debe añadir algo más que sólo él posee: la facultad de imaginarse el
porvenir... ¡soñar! Al patrimonio de ilusiones legado por los hombres
anteriores había que agregar una nueva ilusión ó un esfuerzo para realizarla.
Reconoció Ferragut que en tiempos normales habría
llegado á la muerte tal como había vivido, siguiendo una existencia monótona y
uniforme. Pero los cambios violentos de ambiente resucitan las personalidades
dormidas que todos llevamos dentro, como recuerdo de nuestros antepasados, en
torno de una personalidad central y despierta, que es la única que ha existido
hasta entonces.
El mundo estaba en guerra. Los hombres de media
Europa chocaban con los de la otra media en los campos de batalla. Unos y otros
tenían un ideal místico, afirmándolo con violencias y matanzas, lo mismo que
habían hecho todas las muchedumbres movidas por una certidumbre religiosa ó
revolucionaria aceptada como única verdad...
Pero el marino reconoció una profunda diferencia en
las dos masas luchadoras del presente. Una colocaba su ilusión en el pasado,
queriendo rejuvenecer la soberanía de la fuerza, la divinidad de la guerra, y
adaptarlas á la vida actual. Lo otra muchedumbre preparaba el porvenir, soñando
un mundo de democracias libres, de naciones en paz, tolerantes y sin celos.
Al acoplarse á este nuevo ambiente, Ferragut sintió
nacer en su interior ideas y aspiraciones que tal vez procedían de una herencia
ancestral. Creyó estar oyendo á su tío el Tritón cuando
describía los choques de los hombres del Norte con los hombres del Sur por
hacerse dueños de la capa azul de Anfitrita. El era un mediterráneo, y porque
la nación en cuyo borde había nacido se desinteresase de la suerte del mundo no
iba á permanecer indiferente.
Debía continuar donde estaba. Cuanto decía Tòni de
latinismo y civilización mediterránea lo aceptó ahora como grandes verdades.
Tal vez no fuesen exactas al ser examinadas por la razón, pero valían tanto
como las certidumbres de los otros.
Iba á continuar su vida de navegante con nuevos
entusiasmos. Tenía la fe, el ideal, las ilusiones que forman á los héroes.
Mientras durase la guerra, la haría á su modo, sirviendo de auxiliar á los que
peleaban, transportando todo lo necesario para la lucha. Miró con mayor respeto
á los marineros sometidos á sus órdenes, gente simple que había dado su sangre
sin frases y sin razonamientos.
Cuando llegase la paz, no por esto se retiraría del
mar. Quedaba mucho que hacer. Empezaría entonces la guerra comercial, la áspera
rivalidad por conquistar los mercados de las naciones jóvenes de América.
Planes audaces y enormes se esbozaron en su cerebro. En esta guerra tal vez
fuese caudillo. Soñó con la creación de una flota de vapores que llegasen hasta
las costas del Pacífico; quería aportar su concurso al renacimiento victorioso
de la raza que había descubierto la mayor parte del planeta.
Su nueva fe le hizo ser más amigo del cocinero del
buque, sintiendo la atracción de sus inconmovibles ilusiones. De vez en cuando
se divertía consultándole sobre la suerte futura del vapor; quería saber si los
submarinos le inspiraban miedo.
—No hay cuidado—afirmaba Caragòl—.
Tenemos buenos protectores. El que se ponga ante nosotros está perdido.
Y mostraba á su capitán las estampas y tarjetas
postales clavadas en las paredes de la cocina.
Recibió Ferragut una mañana la orden de partir. Por
el momento, iban á Gibraltar para recoger la carga de un vapor que no había
podido seguir su navegación. Del estrecho tal vez hiciesen rumbo á Salónica una
vez más.
Nunca emprendió un viaje con tanta alegría el
capitán del Mare nostrum. Creyó dejar en tierra para siempre el
recuerdo de aquella mujer ejecutada, cuyo cadáver veía en sueños muchas noches.
De todo el pasado, lo único que deseaba trasplantar á su nueva existencia era
la imagen de su hijo. Iba á vivir en adelante concentrando sus entusiasmos y
sus ilusiones en la misión que se había impuesto.
Llevó el buque directamente de Marsella al cabo de
San Antonio, lejos de toda costa, por las soledades del Mediterráneo, sin pasar
el golfo del León.
Un día, al atardecer, vieron los tripulantes unas
montañas azuladas por la distancia: la isla de Mallorca. Durante la noche se
deslizaron á lo largo del obscuro horizonte los faros de Ibiza y Formentera. Al
salir el sol, una mancha vertical de color de rosa, igual á una lengua de
fuego, apareció sobre la línea del mar. Era la alta montaña del Mongó, el
promontorio Ferrario de los antiguos. Al pie de sus abruptos acantilados estaba
el pueblo de los abuelos de Ulises, la casa en la que había transcurrido la mejor
época de su niñez. Así debieron verlo de lejos los griegos de Marsilia,
exploradores del Mediterráneo desierto, al llegar sobre sus naves que saltaban
la espuma como caballos de madera.
Todo el resto del día marchó el Mare
nostrum casi pegado á la costa. El capitán conocía este mar como si
fuese un lago de su propiedad. Llevó el vapor por fondos escasos, viéndose los
escollos tan cerca de la superficie, que parecía un milagro que el buque no
chocase en ellos. Sólo un par de metros quedaban entre la quilla y las rocas
sumergidas. Luego, el agua dorada tomaba un tono obscuro, y el vapor seguía su
avance sobre enormes profundidades.
El sol del otoño enrojecía las amarillentas
montañas del litoral, secas y olorosas, cubiertas de hierbas de bravos perfumes
que se esparcían á largas distancias. En todos los repliegues de la
costa—pequeñas ensenadas, lechos de torrentes secos ó escotaduras entre dos
cumbres—surgían blancas agrupaciones de caserío.
Ferragut contempló el pueblo de sus abuelos. Allí
estaba Tòni; tal vez les veía pasar desde la puerta de su vivienda; tal vez
reconocía el buque con sorpresa y emoción.
Un oficial francés, inmóvil junto á Ulises en el
puente, admiró la belleza del día y del mar. Ni una nube en el cielo; todo era
azul arriba y abajo, sin otra alteración que las franjas de espuma peinándose
en los salientes de la costa y los inquietos oros del sol formando un ancho
camino sobre las aguas. Un rebaño de delfines triscó en torno del buque como en
los cortejos de las divinidades oceánicas.
—¡Si siempre estuviese así el mar—dijo el capitán—,
qué delicia ser marino!
Los tripulantes veían desde la borda á las gentes
de tierra correr y agruparse, atraídas por la novedad de un vapor que pasaba al
alcance de sus voces. En todos los puntos salientes del litoral surgía una
torre chata y rojiza, último vestigio de la guerra milenaria del Mediterráneo.
Acostumbrados á las rudas orillas del Océano y sus
eternas rompientes, los marinos bretones admiraban esta navegación fácil casi
tocando la costa, viendo á sus habitantes del tamaño de hormigas. Dirigido el
buque por otro capitán, hubiese resultado peligroso navegar tan cerca. Pero
Ferragut reía, haciendo indicaciones lúgubres á los oficiales que estaban en el
puente, para que resaltase mejor su seguridad profesional. Indicaba los
escollos ocultos en el fondo. Aquí se había perdido un trasatlántico italiano
que iba á Buenos Aires... más allá un velero de cuatro palos había encallado,
perdiendo su cargamento... El sabía por centímetros el agua que podía quedar
entre los peñascos traidores y la quilla de su buque.
Buscó con predilección los fondos más inquietantes.
Estaban en la zona peligrosa del Mediterráneo, donde los submarinos alemanes se
mantenían á la espera de los convoyes franceses é ingleses que iban navegando
al abrigo del litoral español. Los obstáculos de la costa sumergida eran para
él la mejor defensa contra los invisibles ataques.
Fué esfumándose á sus espaldas el promontorio
Ferrario, hasta no ser mas que una sombra en el horizonte. Desfiló ante el
vapor toda la costa de la Marina; luego, el cabo Huertas, el lejano puerto de
Alicante y el cabo de Santa Pola. A la caída de la tarde, el Mare
nostrum estaba frente al cabo Palos, y tuvo que navegar aguas afuera
para doblarlo, dejando Cartagena á lo lejos. Desde aquí haría rumbo Sudoeste
hasta el cabo de Gata, donde empieza á angostarse el Mediterráneo, formando el
embudo del estrecho. Luego pasarían ante Almería y Málaga, llegando á Gibraltar
al día siguiente.
—Aquí es donde esperan muchas veces los
enemigos—dijo Ferragut á uno de los oficiales—. Si no tenemos un mal encuentro
antes de la noche, habremos terminado perfectamente nuestro viaje.
El buque se había despegado del litoral; ya no se
alcanzaba á distinguir la costa baja. Sólo á proa se mantenía visible el dorso
saliente del cabo, emergiendo como una isla.
Caragòl apareció con una bandeja en la que humeaban
dos vasos de café. No quería ceder á ningún marmitón el honor de servir al
capitán cuando estaba en el puente.
—¿Qué opina usted del viaje?—preguntó Ferragut
alegremente antes de beber—. ¿Llegaremos bien?...
El cocinero hizo un gesto de desprecio, como si los
alemanes pudiesen verle.
—No pasará nada; estoy seguro de ello... Tenemos
quien vela por nosotros, y...
Se vió interrumpido en estas afirmaciones. La
bandeja escapó de sus manos, y fué tambaleándose como un ebrio, hasta aplastar
su abdomen contra la barandilla del puente. «¡Cristo del Grao!...»
A Ferragut también se le cayó el vaso que llevaba á
su boca, y el oficial francés, sentado en un banco, casi se dobló sobre las
rodillas. El timonel tuvo que agarrarse á la rueda con un crispamiento de
sorpresa y de terror.
Todo el buque tembló de la quilla al extremo de los
topes, de la proa al timón, con un estremecimiento mortal, como si unas tenazas
invisibles acabasen de inmovilizarlo en plena carrera.
El capitán quiso explicarse este accidente. «Hemos
encallado—se dijo—; un escollo que no conozco; algo que no figura en las
cartas...»
Pero aún no había transcurrido un segundo cuando
algo vino á añadirse á este choque, desmintiendo las suposiciones de Ferragut.
El aire azul y luminoso se arrugó bajo el zarpazo de un trueno. Cerca de la
proa se produjo una columna de humo, de gases en expansión, de vapores
amarillentos y fulminantes, subiendo por su centro en forma de abanico un
chorro de objetos negros, maderas rotas, pedazos de plancha metálica, cuerdas
inflamadas que se disolvían en ceniza.
Ulises ya no dudó. Acababan de recibir un
torpedazo. Su mirada ansiosa se esparcía sobre las aguas.
—¡Allí!... ¡allí!—dijo tendiendo una mano.
Sus ojos de marino acababan de descubrir la leve
traza de un periscopio que nadie conseguía ver.
Bajó del puente, ó más bien, se dejó rodar por la
escalerilla, corriendo hacia la popa.
—¡Allí!... ¡allí!
Los tres artilleros estaban junto al cañón,
tranquilos y flemáticos, llevándose una mano á los ojos para ver mejor el punto
casi invisible que les señalaba su capitán...
Ninguno de ellos reparó en la inclinación que
empezaba á tomar la cubierta lentamente. Introdujeron el primer proyectil en la
recámara, mientras el apuntador se esforzaba por distinguir aquel pequeño
bastón negro perdido en las ondulaciones del agua.
El buque volvió á sufrir otro choque tan rudo como
el anterior. Todo él gimió con un estremecimiento agónico. Las planchas
temblaban, perdiendo la cohesión que hacía de ellas una sola pieza. Los
tornillos y bulones saltaron á impulsos del sacudimiento general. Un segundo
cráter se abrió en mitad del buque, llevándose esta vez en el abanico de su
explosión miembros humanos destrozados.
Adivinó el capitán que era inútil la resistencia.
Sus pies parecían avisarle el cataclismo que se desarrollaba debajo de ellos:
la tromba líquida invadiendo con espumoso mugido el espacio entre la quilla y
la cubierta, destrozando las mamparas metálicas, derribando los portones de
seguridad, desordenando los objetos, arrastrándolo todo con la violencia de una
inundación, con el mazazo de un dique que se rompe. La cavidad llena de aire,
flotante y ligera, iba á convertirse en un ataúd de agua y plomo, yéndose á
fondo.
El cañón de popa lanzó el primer disparo. A
Ferragut le pareció irónico su estampido. Nadie como él se daba cuenta del
estado del buque.
—¡A los botes!—gritó—. ¡Todo el mundo á los botes!
Fué inclinándose el vapor de un modo alarmante,
mientras los hombres obedecían esta orden sin perder su serenidad.
Una trepidación desesperada conmovió la cubierta.
Eran las máquinas, que lanzaban estertores agónicos, al mismo tiempo que huía
por la chimenea un torrente de humo denso como tinta. Los fogoneros volvieron á
la luz con los ojos dilatados por el espanto sobre sus caras negruzcas. La
inundación había empezado á invadir sus dominios, rompiendo las compuertas de
acero.
—¡A los botes!... ¡Al agua los botes!
El capitán repitió sus gritos de mando, ansioso de
ver embarcada la tripulación, sin pensar por un momento en la propia seguridad.
No se le ocurrió que su suerte pudiera ser distinta
á la de su buque. Además, oculto en el mar estaba el enemigo, que surgiría
oportunamente para apreciar su obra... Tal vez buscase en las embarcaciones de
salvamento al capitán Ferragut, queriendo llevárselo como un despojo de su
triunfo... «¡No! Prefería renunciar á la existencia.»
Los marineros habían desamarrado dos botes y
empezaban á descenderlos, cuando ocurrió algo repentino, brutal, con la rapidez
anonadadora de los cataclismos de la Naturaleza.
Sonó una explosión inmensa, como si el mundo se
abriese en pedazos, y Ferragut sintió que el piso se escapaba de sus pies. Miró
en torno de él. La proa ya no existía: había desaparecido debajo del agua, y
una ola mugidora iba avanzando sobre la cubierta, aplastándolo todo bajo su
rodillo de espuma. En cambio la popa subía y subía, perdiendo su
horizontalidad. Fué de pronto una cuesta, una ladera de montaña, en cuya cumbre
se erguía como una veleta el mástil blanco del pabellón.
Para no caer, quiso agarrarse á una cuerda, á un
madero, á cualquier objeto fijo; pero su movimiento fué inútil: se sintió
arrastrado, volteado, golpeado en una obscuridad mugidora y giratoria. Un frío
mortal paralizó sus miembros. Sus ojos cerrados vieron un cielo rojo, un cielo
de sangre con estrellas negras. Los oídos le zumbaron con un glu-glu inmenso
mientras su cuerpo daba cabriolas en la obscuridad. Su cerebro confuso imaginó
que se había abierto un agujero infinito en el fondo del mar, que todas las
aguas de los océanos se escapaban por él formando un gigantesco remolino, y que
él volteaba en el centro de esta tempestad giratoria.
«Voy á morir... ¡Ya he muerto!», decía su
pensamiento.
Y á pesar de que estaba resignado á morir, agitó
las piernas desesperadamente, queriendo elevarse sobre las traidoras blanduras.
En vez de seguir descendiendo, notó que subía, y al poco rato pudo abrir los
ojos y respirar, avisado por el contacto atmosférico de que había llegado á la
superficie.
No estaba seguro del tiempo que había pasado en el
abismo. Minutos nada más, pues su respiración de nadador sólo podía alcanzar
este límite... Por eso experimentó asombro al ver los grandes cambios
realizados en un paréntesis tan breve.
Creyó que ya era de noche. Tal vez en las capas
superiores de la atmósfera brillaban aún las últimas luces del sol, pero á ras
del agua no había mas que una claridad crepuscular, un débil resplandor de
bodega.
La superficie casi plana vista minutos antes desde
lo alto del puente estaba movida ahora por amplias ondulaciones que le sumían
en momentánea obscuridad. Cada una de ellas era una colina que se interponía
ante sus ojos, dejando libre solamente un espacio de unos cuantos metros.
Cuando se elevaba hasta sus cumbres podía abarcar con rápida visión el mar
solitario, sin la gallarda montaña del buque y moteado de objetos obscuros.
Estos objetos se deslizaban inertes ó se movían agitando un par de antenas negras.
Tal vez imploraban socorro, pero el desierto húmedo absorbía los gritos más
furiosos, convirtiéndolos en lejanos balidos.
Del Mare nostrum no quedaba
visible ni la boca de la chimenea ni una punta de mástil: todo se lo había
tragado el abismo... Ferragut llegó á dudar si realmente había existido su
buque alguna vez.
Nadó hacia un madero que flotaba cerca, apoyando
los brazos en él. Era capaz de permanecer horas enteras en el mar, pero
desnudo, á la vista de la costa, con la seguridad de volver á tierra firme
cuando lo desease... Pero ahora tenía que sostenerse vestido; los zapatos
tiraban de él cada vez con más fuerza, como si fuesen de hierro... ¡y agua por
todos lados! ¡ni un buque en el horizonte que pudiese venir á socorrerle!... El
telegrafista de á bordo, sorprendido por la rapidez de la catástrofe, no había podido
lanzar la señal de auxilio.
Tuvo que defenderse de los restos del naufragio.
Después de haber buscado el apoyo del madero como última salvación, evitó los
toneles flotantes que rodaban á impulsos de la marejada y podían enviarle á
fondo con uno de sus golpes.
De pronto surgió entre dos olas una especie de
monstruo ciego, que avanzaba agitando las aguas furiosamente con los paletazos
de sus nadaderas. Al estar cerca de él, vió que era un hombre; al alejarse,
reconoció al tío Caragòl.
Nadaba lo mismo que los locos y los ebrios, con un
esfuerzo sobrehumano que hacía salir fuera del agua la mitad de su cuerpo á
cada uno de los braceos. Miraba ante él como si pudiese ver, como si tuviera
una dirección fija, sin vacilar un instante, avanzando mar adentro cuando se
imaginaba ir hacia la costa.
—¡Padre San Vicente!—mugía—. ¡Cristo del Grao!...
En vano le llamó el capitán. No podía oírle. Siguió
nadando con toda la fuerza de su fe, repitiendo sus piadosas invocaciones entre
bufidos ruidosos.
Un tonel remontó la cresta de una ola, rodando por
la ladera contraria. La cabeza del ciego nadador se interpuso en su camino...
Un choque. «¡Padre San Vicente!...» Y Caragòl desapareció con
la cabeza roja y la boca llena de sal.
Ferragut no quiso imitar esta natación. La tierra
estaba muy lejos para los brazos de un hombre: imposible llegar á ella. Del
vapor no había quedado un solo bote flotando sobre las aguas... Su única
esperanza, remota y quimérica, era que un buque descubriese á los náufragos,
salvándolos.
Esta ilusión casi se realizó al poco rato. Desde la
cresta de una ola pudo ver un barco negro, largo y bajo de borda, sin chimenea
ni mástiles, que navegaba lentamente por entre los restos de la catástrofe.
Reconoció á un submarino. Las obscuras siluetas de varios hombres se destacaban
sobre su lomo... Creyó oír gritos.
—¡Ferragut!... ¿Dónde está el capitán Ferragut?
«¡Ah, no!... Mejor era morir.» Y se mantuvo asido
al madero, inclinando la cabeza como si estuviese ahogado.
Luego, al cerrar la noche, oyó otros gritos, pero
eran de socorro, de angustia, de muerte. Aquellos salvadores sólo le buscaban á
él, abandonando á los demás.
Perdió la noción del tiempo. Un frío agónico fué
paralizando su organismo. Las manos ateridas y ganchudas se soltaban del
madero, volviendo á agarrarse á él con esfuerzos supremos de voluntad.
Los otros náufragos habían tenido la precaución de
ponerse sus chalecos flotantes al iniciarse el hundimiento. Iban á prolongar su
agonía, gracias á ellos, por unas horas. Tal vez si llegaban hasta el amanecer
podrían ser descubiertos por algún buque. ¡Pero él!...
De repente se acordó del Tritón... Su
tío también había muerto en el mar: todos los más vigorosos de la familia
venían á perderse en su seno. Durante siglos y siglos había sido la tumba de
los Ferragut; por algo le llamaban «mar nuestro».
Pensó que las corrientes podían haber arrastrado su
cadáver desde el otro promontorio al lugar en que flotaba él. Tal vez lo tenía
debajo de sus pies... Una fuerza irresistible tiró de ellos: sus manos
paralizadas se soltaron del madero.
—¡Tío!... ¡tío!
Lo gritó en su pensamiento con el mismo balido
miedoso que cuando era pequeño y hacía las primeras nataciones. Pero sus manos
angustiosas volvieron á encontrar el frío y débil sostén cuando buscaban
aquella isla de duros músculos coronada por una cabeza hirsuta y sonriente.
Siguió en su tenaz flotación, luchando con el sopor
que le aconsejaba soltar el apoyo flotante, dejarse ir á fondo, dormir...
¡dormir para siempre! Los zapatos y los pantalones continuaban tirando de él
cada vez con mayor fuerza. Eran como una mortaja que se dilataba, ondulante y
pesadísima, hasta tocar el fondo. Su desesperación le hizo levantar los ojos y
mirar las estrellas... ¡Tan altas!... ¡Poder agarrarse á una de ellas así como
sus manos se agarraban al madero!...
Creyó despertar al mismo tiempo que hacía
instintivamente un movimiento de repulsión. Su cabeza se había hundido en el
agua sin que él lo sintiese. Un líquido amargo empezaba á introducirse por su
boca...
Realizó un penoso esfuerzo para mantenerse en
posición vertical, mirando de nuevo el cielo... Ya no era azul obscuro: era de
tinta negra, y todas las estrellas rojas como gotas de sangre.
Tuvo de pronto la certeza de que no estaba solo, y
bajó los ojos... Sí; alguien estaba junto á él. ¡Era una mujer!...
Una mujer blanca como la nube, blanca como la vela,
blanca como la espuma. Su cabellera verde estaba adornada con perlas y corales
fosforescentes; su sonrisa altiva, de soberana, de diosa, venía á completar la
majestad de esta diadema.
Tendió los brazos en torno de él, apretándolo
contra sus pechos nutridores y eternamente virginales, contra su vientre de
nacarada tersura, en el que se borraban las huellas de la maternidad con la
misma rapidez que los círculos en el agua azul.
Una atmósfera densa y verdosa daba á su blancura un
reflejo semejante al de la luz en las cuevas del mar...
Su boca pálida acabó por pegarse á la del náufrago
con un beso imperioso. Y el agua de esta boca, subiendo al filo de los dientes,
se desbordó en la suya con una inundación salada, interminable... Sintió
hincharse su interior, como si toda la vida de la blanca aparición se
liquidase, pasando á su cuerpo á través del beso impelente.
Ya no podía ver, ya no podía hablar. Sus ojos se
habían cerrado para no abrirse nunca; un río de amarga sal rodaba por su
garganta.
Sin embargo, la siguió contemplando, cada vez más
apretada á él, más luminosa, con una expresión triste de amor en sus ojos
glaucos... Y así fué descendiendo y descendiendo las infinitas capas del
abismo, inerte, sin voluntad, mientras una voz gritaba dentro de su cráneo,
como si acabase de reconocerla:
—¡Anfitrita!... ¡Anfitrita!
FIN
París.—Agosto-Diciembre 1917.
NOTA
[1] Pasemos
de prisa, que el león duerme.
End of the Project Gutenberg EBook of Mare nostrum,
by Vicente Blasco Ibáñez
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MARE
NOSTRUM ***

