Libro N° 9588. Los Muertos Mandan. Blasco Ibáñez, Vicente.
© Libro N° 9588. Los Muertos Mandan. Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación.
Febrero 12 de 2022.
Título original: © Los Muertos Mandan. Vicente Blasco Ibáñez
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LOS MUERTOS MANDAN
Vicente Blasco Ibáñez
Los Muertos Mandan
Vicente Blasco Ibáñez
Title: Los muertos mandan
Author: Vicente Blasco
Ibáñez
Release Date: May 31, 2007
[EBook #21651]
Language: Spanish
Character set encoding:
ISO-8859-1
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GUTENBERG EBOOK LOS MUERTOS MANDAN ***
Produced by Chuck Greif
Los Muertos
Mandan
Vicente
Blasco Ibáñez
o I
o II
o III
o IV
o I
o II
o III
o IV
o I
o II
o III
o IV
Al lector
En mis tiempos de agitador político, allá por el
año 1902, los republicanos de Mallorca me invitaron a un mitin de propaganda de
nuestras doctrinas que se celebró en la plaza de Toros de Palma.
Después de esta reunión popular, los otros
diputados republicanos que habían hablado en ella se volvieron a la Península.
Yo, una vez pronunciado mi discurso, di por terminada mi actuación política,
para correr como simple viajero la hermosa isla que vio en la Edad Media los
paseos meditativos del gran Raimundo Lulio—filósofo, hombre de acción,
novelista—y en el primer tercio del siglo xix sirvió de escenario a
los amores románticos y algo maduros de Jorge Sand y Chopin.
Más que las cavernas célebres, los olivos seculares
y las costas eternamente azules de Mallorca, atrajeron mi atención las honradas
gentes que la pueblan y sus divisiones en castas que aún perduran, a causa sin
duda del aislamiento isleño, refractario a las tendencias igualitarias de los
españoles de tierra firme. Vi en la existencia de los judíos convertidos de
Mallorca, de los llamados chuetas, una novela futura.
Luego, al volver a la Península, me detuve en
Ibiza, sintiéndome igualmente interesado por las costumbres tradicionales de
este pueblo de marinos y agricultores, en lucha incesante durante mil
quinientos años con todos los piratas del Mediterráneo. Y pensé unir las vidas
de las dos islas, tan distintas y al mismo tiempo tan profundamente originales,
en una sola novela.
Transcurrieron seis años sin que pudiese realizar
mi deseo.
Necesitaba volver a Mallorca e Ibiza para estudiar
con más detenimiento los tipos y paisajes de mi obra, y nunca encontraba
ocasión propicia para tal viaje. Al fin, en 1908, cuando preparaba mi primera
excursión a América, pude escapar unas semanas de Madrid, llevando una vida
errante por ambas islas. Visité la mayor parte de Mallorca, durmiendo muchas
noches en pequeños pueblos donde me dieron alojamiento las familias «payesas»
con una hospitalidad generosa, de bíblico desinterés. Corrí las montañas de Ibiza
y navegué ante sus costas rojas y verdes en barcos viejos, valientes para el
mar, que unos meses del año van a la pesca y otros son dedicados al
contrabando.
Cuando regresé a Madrid, con el rostro ennegrecido
por el sol y las manos endurecidas por el remo, me puse a escribir Los
muertos mandan, y eran tan frescas y al mismo tiempo tan recias mis
observaciones, que produje la novela «de un solo tirón», sin el más leve
desfallecimiento de mi memoria de novelista, en el transcurso de dos o tres
meses.
Esta fue la última obra del primer período de mi
vida literaria. Apenas publicada me marché a dar conferencias en la República
Argentina y Chile. El conferencista se convirtió sin saber cómo en colonizador
del desierto, en jinete de la llanura patagónica. Olvidé la pluma como algo
frívolo e inútil para la recia batalla con las asperezas de una tierra inculta
desde el principio del planeta y con las malicias e inorancias de los hombres.
Pasé seis años sin escribir novelas. Quise crearlas
en la realidad. Fui un novelista de hechos y no de palabras.
Pero las vidas vuelven siempre a sus cauces
antiguos, y después de estos seis años de catalepsia literaria, en 1914, pocos
meses antes de la gran guerra, reanudé en París mi trabajo de novelista «de
pluma y papel», escribiendo Los argonautas.
V. B. I.
1923
Primera parte
Jaime Febrer se levantó a las nueve de la
mañana. Madó Antonia, que le había visto nacer—servidora
respetuosa de las glorias de la familia—, movíase desde las ocho en la
habitación, para despertarle. Pareciéndole escasa la luz que penetraba por el
montante de un amplio ventanal, abrió las hojas de madera carcomida,
desprovistas de vidrios. Luego levantó las colgaduras de damasco rojo
galoneadas de oro que cubrían como una tienda de campaña el amplio lecho
majestuoso, en el que habían nacido, procreado y muerto varias generaciones de
Febrer.
La noche anterior, al retirarse del Casino, la
había encargado Jaime con gran insistencia que le despertase temprano. Estaba
invitado a almorzar en Valldemosa. «¡Arriba!» La mañana era de las mejores de
primavera; en el jardín de la casa chillaban a coro los pájaros sobre las ramas
florecientes, mecidas por la brisa que enviaba el vecino mar por encima de la
muralla.
La criada se fue, camino de la cocina, al ver que
el señor se decidía al fin a echarse fuera de la cama. Anduvo Jaime Febrer casi
desnudo por la habitación, ante la ventana abierta, partida por una columna
delgadísima. No había miedo de que le viesen. La casa de enfrente era un
palacio viejo como el suyo; un caserón de pocos huecos. Frente a su ventana se
extendía un muro de color indefinido, con profundos desconchados y restos de
antiguas pinturas, pero tan próximo por la estrechez de la calle, que parecía
poder tocarse con la mano.
Habíase dormido tarde, desasosegado y nervioso por
la importancia del acto que iba a realizar en la mañana siguiente, y el
aturdimiento de un sueño corto e ineficaz le hizo buscar con avidez la caricia
reconfortante del agua fría. Al lavarse en una palangana estudiantil, angosta y
pobre, Febrer tuvo un gesto de tristeza. «¡Ah, miseria!...» Le faltaban las más
rudimentarias comodidades en aquella casa de un lujo señorial y vetusto que los
ricos modernos no podían improvisar. La pobreza surgía ante su paso, con todas
sus molestias, en estos salones que le hacían recordar los espléndidos
decorados de ciertos teatros vistos en sus viajes por Europa.
Como si fuera un extraño que entrase por primera
vez en su dormitorio, admiraba Febrer esta pieza, grandiosa y de elevado techo.
Sus poderosos abuelos habían edificado para gigantes. Cada habitación del
palacio era tan vasta como una casa moderna. El ventanal carecía de vidrios,
como los demás huecos del edificio, y en invierno había que mantenerlos todos
con las hojas cerradas, sin más luz que la que entraba por los montantes,
cubiertos de cristales resquebrajados y opacos por el tiempo. La carencia de
alfombras dejaba al descubierto los pavimentos de piedra arenisca y blanda de
Mallorca, cortada en finos rectángulos, como si fuese madera. Los techos lucían
aún el viejo esplendor de los artesonados, unos obscuros, de artificiosas
trabazones, otros con un dorado mate y venerable que hacía resaltar los
cuarteles coloreados de las armas de la casa. Las paredes altísimas,
simplemente enjalbegadas de cal, desaparecían en unas piezas bajo filas de
cuadros antiguos, y en otras detrás de ricas colgaduras de colores vivos que el
tiempo no lograba apagar. El dormitorio estaba adornado con ocho grandes
tapices de un tono verde de hoja seca, representando jardines, amplias avenidas
de árboles otoñales, con una plazoleta terminal en la que triscaban venados o
goteaban solitarias fuentes en triples tazones. Encima de las puertas colgaban
viejos cuadros italianos de una suavidad acaramelada: niños de carnes ambarinas
jugueteaban con rizados corderos. El arco que dividía el verdadero dormitorio
del resto de la habitación tenía algo de triunfal, con columnas acanaladas
sosteniendo un medio punto de follaje tallado, todo de un oro pálido y
discreto, como si fuese un altar. Sobre una mesa del
siglo xviii veíase una imagen policroma de San Jorge pisoteando moros
bajo su corcel; y más allá la cama, la imponente cama, monumento venerable de
la familia. Algunos sillones antiguos, de encorvados brazos, con el rojo
terciopelo calvo y raído hasta mostrar la blancura de la trama, mezclábanse con
sillas de paja y el pobre lavabo. «¡Ah, miseria!», volvió a pensar el
mayorazgo. El viejo caserón de los Febrer, con sus hermosos ventanales faltos
de vidrios, sus salones llenos de tapices y sin alfombras, sus muebles
venerables confundidos con los más ruines enseres, le parecía igual a un príncipe
arruinado ostentando aún manto brillante y corona gloriosa, pero descalzo y sin
ropa blanca.
Él era igual a este palacio, imponente y vacío
caparazón que en otros tiempos había guardado la gloria y la riqueza de sus
abuelos. Unos habían sido mercaderes, otros soldados, y todos navegantes.
Las armas de los Febrer habían ondeado en flámulas
y banderas sobre más de cincuenta navíos de gavia—lo mejor de la marina de
Mallorca—, que, luego de tomar órdenes en Puerto Pi, iban a vender aceite de la
isla en Alejandría, embarcaban especierías, sedas y perfumes de Oriente en las
escalas del Asia Menor, traficaban con Venecia, Pisa y Genova, o, pasando las
Columnas de Hércules, sumíanse en las brumas de los mares del Norte para llevar
a Flandes y a las repúblicas anseáticas la loza de los moriscos valencianos,
llamada por los extranjeros mayólica, a causa de su procedencia
mallorquína.
Esta navegación continua a través de mares
infestados de piratas había hecho de la familia de ricos mercaderes una tribu
de valerosos soldados. Los Febrer habían peleado o ajustado alianzas con
corsarios turcos, griegos y argelinos, habían escoltado sus flotas por los
mares del Norte para hacer frente a los piratas ingleses, y hasta una vez, a la
entrada del Bosforo, sus galeras habían abordado a las de Genova, que
monopolizaban el comercio de Bizancio. Luego, esta dinastía de soldados del
mar, al retirarse de la navegación comercial, había rendido tributo de sangre a
la seguridad de los reinos cristianos y a la fe católica haciendo ingresar una
parte de sus hijos en la santa milicia de los caballeros de Malta.
Los segundones de la casa de Febrer, al mismo
tiempo que recibían el agua del bautismo, llevaban cosida a sus pañales la cruz
blanca de ocho puntas, símbolo de las ocho bienaventuranzas, y al ser hombres
capitaneaban galeras de la Orden belicosa y acababan sus días como ricos
comendadores de Malta, contando sus proezas a los hijos de sus sobrinas y
haciéndose cuidar achaques y heridas por esclavas infieles que vivían con
ellos, a pesar del voto de castidad. Monarcas famosos, al pasar por Mallorca,
habían salido del alcázar de la Almudaina para visitar a los Febrer en su
palacio. Unos habían sido almirantes de las flotas del rey; otros, gobernantes
de lejanos territorios; algunos dormían el sueño eterno en la catedral de La
Valette con otros ilustres mallorquines, y Jaime había contemplado sus tumbas
en una visita a Malta.
La Lonja de Palma, gallardo edificio gótico vecino
al mar, había sido durante siglos un feudo de sus ascendientes. Para los Febrer
era todo cuanto arrojaban en el inmediato muelle las galeras de alto castillo,
las cocas de pesado casco, las ligeras fustas, las saetías, panfiles, rampines,
tafureas y demás embarcaciones de la época, y en el inmenso salón columnario de
la Lonja, junto a los fustes salomónicos que se perdían en la penumbra de las
bóvedas, sus abuelos recibían como reyes a los navegantes de Oriente, que
llegaban con anchos zaragüelles y birrete carmesí, a los patronos genoveses y
provenzales, con su capotillo rematado por frailuna capucha, a los valerosos
capitanes de la isla, cubiertos con la roja barretina catalana. Los mercaderes
de Venecia enviaban a sus amigos de Mallorca muebles de ébano con menudas
incrustaciones de marfil y lapislázuli o grandes espejos de luna azulada y
marco cristalino. Los navegantes de vuelta de África traían manojos de plumas
de avestruz, colmillos de marfil, y estos tesoros y otros iban a adornar los
salones de la casa, perfumados por misteriosas esencias, regalo de los
corresponsales asiáticos.
Los Febrer habían sido durante siglos los
intermediarios entre Oriente y Occidente, haciendo de Mallorca un depósito de
productos exóticos, que luego desparramaban sus naves por España, Francia y
Holanda. Las riquezas afluían fabulosamente a la casa. En algunas ocasiones,
los Febrer hasta hicieron préstamos a los reyes... Pero todo esto no podía
evitar que Jaime, el último de la familia, luego de perder en el Casino, la
noche anterior, todo cuanto poseía—unos centenares de pesetas—, hubiese
aceptado dinero, para poder ir a la mañana siguiente a Valldemosa, de Toni
Clapés, el contrabandista, hombre rudo, de entendimiento despierto, y el más
fiel y desinteresado de sus amigos.
Mientras se peinaba, Jaime se contempló en un
espejo antiguo, rajado y de luna nebulosa. Treinta y seis años: no podía
quejarse de su aspecto. Era feo, con una fealdad «grandiosa», según expresión
de una mujer que había ejercido cierta influencia sobre su vida.
Esta fealdad le había proporcionado algunas
satisfacciones amorosas. Miss Mary Gordon, rubia idealista, hija del gobernador
de un archipiélago inglés de Oceanía, que viajaba por Europa sin otro
acompañamiento que el de una doméstica, le había conocido un verano en un hotel
de Munich, y ella fue la que, impresionada, dio los primeros pasos. El español
era, según la miss, un vivo retrato de Wagner joven. Y Febrer, sonriendo a
impulsos del grato recuerdo, contemplaba su frente abombada, que parecía
oprimir con su pesadumbre los ojos imperiosos, pequeños e irónicos, sombreados
por gruesas cejas. La nariz era aguda y aguileña, la nariz de todos los Febrer,
valientes pájaros de presa de las soledades del mar; la boca desdeñosa y
sumida; el mentón saliente y recubierto por la suave vegetación, rala y fina,
de la barba y el bigote. «¡Ah, deliciosa miss Mary!» Cerca de un año había
durado la alegre peregrinación por Europa. Ella, enamorada de él rabiosamente
por su parecido con el Maestro, quería casarse, y le hablaba de los millones
del gobernador, mezclando sus entusiasmos románticos con las aficiones
prácticas de su raza. Pero Febrer acabó por huir, antes de que la inglesa le
dejase a su vez por algún director de orquesta que se asemejase más a su ídolo.
«¡Ay, las mujeres!...» Y Jaime erguía su cuerpo de
varón forzudo, algo encorvado de espaldas por el exceso de estatura. Hacía
tiempo que había renunciado a interesarse por ellas. Unas leves canas en la
barba y un ligero fruncimiento de la piel en las comisuras de los ojos
revelaban la fatiga de una existencia que había marchado, según decía él, «a
toda máquina». Pero aun así, le buscaban, y era el amor el que iba a sacarle de
su angustiosa situación.
Al acabar el arreglo de su persona, salió del
dormitorio. Cruzó un salón vastísimo iluminado por los rayos del sol, que
pasaban a través de los montantes de tres ventanales cerrados. El suelo estaba
en la penumbra, mientras las paredes brillaban como un jardín de vivos colores,
cubiertas de interminables tapices con figuras de doble tamaño natural. Eran
escenas mitológicas y bíblicas; damas arrogantes, de abultadas carnes color de
rosa, que comparecían ante guerreros rojos o verdes; enormes columnatas; palacios
con guirnaldas de flores; cimitarras en alto, cabezas por el suelo, tropeles de
caballos panzudos con una pata en alto: todo un mundo de viejas leyendas, pero
con tintas frescas a pesar de los siglos, y entre franjas de manzanas y
hojarasca.
Febrer miró al pasar con ojos irónicos estas
riquezas heredadas de sus ascendientes. Nada era suyo. Hacía más de un año que
estos tapices y los del dormitorio y todos los de la casa pertenecían a ciertos
usureros de Palma, que los habían dejado colgados en el mismo sitio. Esperaban
la llegada de un aficionado rico, que los pagaría con más esplendidez al
imaginárselos adquiridos directamente de su dueño. Jaime no era más que un
depositario, amenazado con la cárcel en caso de infidelidad en su custodia.
Al llegar al centro del salón dio un pequeño rodeo,
a impulsos de la costumbre, pero empezó a reír viendo que no había nada que
interrumpiese su paso. Un mes antes aún estaba allí una mesa italiana de
mármoles preciosos que había traído el famoso comendador don Príamo Febrer de
una de sus expediciones en corso. Más allá tampoco había nada que le hiciese
tropezar. Un brasero enorme de plata repujada, montado sobre una tarima del
mismo metal, con una fila circular de geniecillos que sostenían este monumento,
lo había convertido Febrer en dinero, vendiéndolo al peso. Y el brasero le hizo
recordar una áurea cadena, regalo del emperador Carlos V a uno de sus
ascendientes, que años antes había vendido en Madrid, también al peso, con el
aditamento de dos onzas de oro recibidas por el trabajo artístico y la
antigüedad. Después había llegado vagamente hasta él la noticia de que la
cadena la vendieron en París por cien mil francos. «¡Ah, miseria!» Los
caballeros ya no podían vivir en estos tiempos.
Su vista tropezó con el brillo de unos enormes
vargueños de labor veneciana montados sobre mesas antiguas sostenidas por
leones. Parecían fabricados para gigantes, con innumerables y profundos
cajones, cuyas caras exteriores tenían esmaltes policromos representando
escenas mitológicas. Eran cuatro piezas magníficas de museo: un recuerdo de la
antigua magnificencia de la casa. Tampoco eran suyos. Habían corrido la misma
suerte que los tapices, y allí estaban esperando un comprador. Febrer no era ya
más que el conserje de su propia casa. Y también pertenecían a los acreedores
los cuadros italianos y españoles que adornaban las paredes de dos gabinetes
inmediatos; los muebles antiguos con sedas rapadas o rotas, pero de hermosas
tallas; todo, en fin, lo que conservaba algún valor entre los restos de la
secular herencia.
Salió a la sala de recibimiento, vasta pieza en el
centro del edificio, fría y de altísimo techo, que comunicaba con la escalera.
Las paredes blancas habían tomado con los años un tono amarillento de marfil.
Era preciso echar la cabeza atrás para alcanzar con la vista el negro
artesonado del techo. Ventanas abiertas junto a la cornisa ayudaban a los
ventanales de abajo a iluminar este salón inmenso y austero. Muebles, pocos y
conventuales: amplios sillones de brazos, con asientos y respaldares de vaqueta
adornados de clavos; mesas de roble de retorcidas patas; cofres obscuros, con
oxidados herrajes sobre fondos de paño verde apolillado. La blancura
amarillenta de los muros sólo era visible, como las líneas de un enrejado,
entre las filas de lienzos, muchos de ellos sin marco.
Eran centenares de cuadros, todos malos e
interesantes a la vez; pinturas encargadas para perpetuar las glorias de la
familia, hechas por antiguos artistas italianos y españoles de paso en
Mallorca. Un encanto tradicional parecía emanar de estos lienzos. Era la
historia del Mediterráneo escrita por torpes e ingenuos pinceles: encuentros de
galeras, asaltos de fortalezas, grandes batallas navales envueltas en humo,
sobre cuyas vedijas flotaban los gallardetes de los navíos y las altas torres
de popa, en cuya cima rizábanse las banderas con la cruz de Malta o la media
luna. Los hombres peleaban en las cubiertas de los buques o en los esquifes que
flotaban junto a ellos; el mar, enrojecido por la sangre o las llamas de los
barcos, estaba matizado de centenares de cabecitas de náufragos, que a su vez
luchaban sobre las olas. Una masa de cascos y chambergos chocaba, sobre dos
navíos aferrados, con otra de turbantes blancos y rojos, y sobre ellas
alzábanse mandobles y picas, cimitarras y hachas de abordaje. El disparo de
cañones y trabucos cortaba con lenguas rojas el humo del combate. En otros
lienzos no menos obscuros veíanse castillos arrojando llamas por sus troneras,
y al pie de ellos guerreros con la cruz blanca de ocho puntas sobre la coraza,
tan grandes casi como las torres, y aplicando a éstas sus escalas para subir al
asalto.
Los cuadros tenían a un lado cartelas blancas con
los mismos remates plegados de un escudo de armas, y en ellas, escrito en
defectuosas mayúsculas, el relato del suceso: encuentros victoriosos con
galeras del Gran Turco o con piratas pisanos, genoveses y vizcaínos; guerras en
Cerdeña; asaltos de Bujía y de Tedeliz; y en todas estas empresas era un Febrer
el que dirigía a los combatientes o se hacía notar por su heroísmo, descollando
sobre todos el comendador don Príamo, héroe endiablado, burlón y poco religioso,
que había sido la gloria y la vergüenza de la casa.
Alternando con estas escenas belicosas estaban los
retratos de la familia. En la parte más alta, tocando a una fila de viejos
lienzos de evangelistas y mártires, que formaban un friso, mostrábanse los
Febrer más antiguos, venerables mercaderes de Mallorca pintados algunos siglos
después de su muerte, graves varones de nariz judaica y ojos agudos, con joyas
sobre el pecho y altos gorros de aspecto oriental. A continuación venían los
hombres de armas, los navegantes de espada, con la cabellera al rape y el perfil
de pájaro de presa, todos vistiendo armadura de negro acero y algunos con la
blanca cruz de Malta. De retrato en retrato, los rostros se iban afinando, sin
perder la frente abombada y la nariz imperiosa de la familia. El cuello de la
camisa, ancho, flácido y de burdo tejido, iba elevándose con el serpenteo
almidonado de la rizada gola; la coraza se convertía en justillo de terciopelo
o seda; las barbas duras y anchas, a la moda del Emperador, trocábanse en
agudas perillas y empinados bigotes, a los que servían de marco suaves
guedejas.
Entre los rudos hombres de guerra y los elegantes
caballeros resaltaban los hábitos negros de ciertos eclesiásticos con bigotes y
barbillas, ostentando altos bonetes de borla. Unos eran dignatarios
eclesiásticos de Malta, a juzgar por la insignia blanca que adornaba su pecho;
otros, venerables inquisidores de Mallorca, según la leyenda que ensalzaba su
celo en pro de la fe. Después de todos estos señores negros, de gesto imponente
y ojos duros, venía el desfile de pelucas blancas, de rostros aniñados por la
rasura, de vistosas casacas de seda y oro adornadas con bandas y
condecoraciones. Eran regidores perpetuos de la ciudad de Palma; marqueses cuyo
marquesado había perdido la familia con los entronques matrimoniales, yendo sus
títulos a fundirse con otros de la nobleza de la Península; gobernadores,
capitanes generales y virreyes de países americanos y oceánicos, cuyos nombres
despertaban una visión de fantásticas riquezas; entusiastas botiflers partidarios
de Felipe V, que habían tenido que huir de Mallorca, apoyo postrero de los
Austrias, y ostentaban como supremo título nobiliario el apodo de butifarras dado
por el populacho hostil.
Cerrando el glorioso desfile, casi a ras de los
muebles, estaban los últimos Febrer de principios del siglo xix, oficiales
de la Armada, de cortas patillas, rizos sobre la frente, alto cuello con anclas
de oro y negro corbatín, que habían peleado en el cabo de San Vicente y en
Trafalgar; y tras ellos el bisabuelo de Jaime, un viejo de ojos duros y boca
desdeñosa, que al volver Fernando VII de su cautiverio en Francia se había
embarcado para prosternarse a sus pies en Valencia, pidiendo con otros grandes
señores que restableciese los usos antiguos y exterminase la naciente plaga del
liberalismo. Era un patriarca prolífico, que había prodigado su sangre en
varios distritos de la isla persiguiendo a las payesas, sin perder nada de su
gravedad, y al dar a besar la mano a algunos de los hijos legítimos que vivían
en su casa y llevaban su apellido, decía con voz solemne: «¡Dios te haga un
buen inquisidor!»
Entre estos retratos de los Febrer ilustres veíanse
algunos de mujeres. Eran señoras con hinchados guardainfantes que llenaban todo
el lienzo, iguales a las damas pintadas por Velázquez. Una que emergía su busto
frágil de la campana de terciopelo floreado de sus faldas, con cara puntiaguda
y pálida y un lazo descolorido en las rizadas y cortas melenillas, era la
hembra notable de la familia, la que habían apodado «la Greca» por su sabiduría
en letras helénicas. Su tío, fray Espiridión Febrer, prior de Santo Domingo,
gran lumbrera de la época, había sido su maestro, y «la Greca» podía escribir
en su idioma a los corresponsales de Oriente que aún mantenían con Mallorca un
mortecino comercio.
Jaime encontraba con su vista algunos lienzos más
allá—distancia que representaba el paso de un siglo—, otro retrato de hembra
famosa de la familia. Era una niña de blanca peluquíta, vestida de mujer, con
la falda plegada y los grandes ahuecadores de las damas del siglo xviii.
Estaba junto a una mesa, al lado de un búcaro de flores, y sostenía con la
exangüe diestra una rosa igual a un tomate, mirando ante ella con ojillos
porcelanescos de muñeca. A ésta la habían llamado «la Latina». La cartela del
retrato hablaba, en el estilo ampuloso de la época, de su discreción y su
ciencia, acabando por llorar su muerte a los once años. Las hembras eran como
retoños secos en el tronco vigoroso de los Febrer, peleadores y exuberantes. La
sabiduría se agostaba pronto en esta familia de marinos y guerreros, como
planta que surge por equivocación en un clima adverso.
Preocupado por sus pensamientos de la noche
anterior y por el próximo viaje a Valldemosa, Jaime se detuvo en el
recibimiento contemplando los retratos de sus ascendientes. ¡Cuánta gloria... y
cuánto polvo! Hacía veinte años tal vez que un trapo misericordioso no se había
remontado a lo largo de la ilustre familia para adecentarla un poco. Los
abuelos más remotos y las batallas famosas estaban cubiertos de telarañas. ¡Y
pensar que los prestamistas no habían querido adquirir este museo de glorias,
con el pretexto de que eran pinturas malas! ¡No poder traspasar estos recuerdos
a ciertos ricos ansiosos de crearse un origen ilustre!...
Jaime atravesó el recibimiento, entrando en las
habitaciones del ala opuesta. Eran piezas de techo más bajo; tenían encima un
segundo piso, ocupado en otros tiempos por el abuelo de Febrer; habitaciones
relativamente modernas, con muebles viejos de estilo Imperio y en las paredes
estampas iluminadas del período romántico representando las desventuras de
Átala, los amores de Matilde y las hazañas de Hernán Cortés. Sobre las cómodas
ventrudas veíanse santos policromos y crucifijos de marfil, entre polvorientas
flores de trapo, bajo campanas de cristal. Una panoplia de ballestas, flechas y
cuchillos recordaba a un Febrer, capitán de corbeta del rey, que hizo un viaje
alrededor del mundo a fines del siglo xviii. Conchas purpúreas, caracolas
de mar enormes, con entrañas de nácar, adornaban las mesas.
Siguiendo un corredor, camino de la cocina, dejó a
un lado la capilla, que estaba cerrada muchos años, y al otro la puerta del
archivo, vasta pieza cuyas ventanas daban sobre el jardín, y en la que había
pasado Jaime, de vuelta de sus viajes, muchas tardes, revolviendo legajos
guardados tras el enrejado de alambre de vetustas estanterías. Se asomó a la
cocina, inmensa dependencia donde se preparaban en otros tiempos los famosos
banquetes de los Febrer, rodeados de parásitos y generosos con todos los amigos
que llegaban a la isla. Madó Antonia parecía más pequeña en
esta habitación de dilatados términos, junto a la gran chimenea del hogar, que
podía admitir un montón enorme de troncos, asando a la vez varias piezas. Los
bancos de hornillos podían servir para toda una comunidad. El frío aseo de esta
dependencia demostraba su falta de uso. En las paredes, grandes escarpias
delataban la ausencia de las vasijas de cobre que habían sido en otros tiempos
gloria esplendorosa de esta cocina conventual. La vieja criada hacía sus guisos
en un pequeño hornillo al lado de la artesa en la que amasaba el pan.
Jaime dio un grito a madó Antonia
para avisarle su presencia, y se introdujo en una habitación inmediata, el
pequeño comedor que habían utilizado los últimos Febrer, venidos a menos en su
fortuna, huyendo del gran salón donde se celebraban los antiguos banquetes.
También aquí era visible el paso de la miseria. La
mesa larga hallábase cubierta con un hule resquebrajado, de dudosa blancura.
Los aparadores estaban casi vacíos. La antigua loza, al romperse, había sido
reemplazada por unos cuantos platos y jarros de grosera fabricación. Dos
ventanas abiertas en el fondo encuadraban pedazos de mar de inquieto azul,
palpitante bajo el fuego del sol. En sus rectángulos balanceábanse pausadamente
las ramas de unas palmeras. Más allá marcábanse en el horizonte las alas blancas
de una goleta que venía hacia Palma lentamente, como una gaviota fatigada.
Entró madó Antonia, dejando sobre
la mesa un tazón humeante de café con leche y una gran rebanada de pan cubierta
de manteca. Jaime atacó el desayuno con avidez, y al mascar el pan hizo un
gesto de desagrado. Madó asintió con un movimiento de cabeza,
rompiendo a hablar en su lenguaje mallorquín.
—Muy duro, ¿verdad?... Aquel pan no podía
compararse con los panecillos que comía el señor en el Casino; mas la culpa no
era de ella. Pensaba haber amasado el día anterior, pero no tenía harina y
estaba esperando que el payés de Son Febrer trajese su
tributo. ¡Las gentes ingratas y olvidadizas!...
La vieja servidora insistió en su desprecio al
labriego cultivador de Son Febrer, predio que constituía la última
fortuna de la casa. Todo lo debía el rústico a la benevolencia de la familia, y
ahora, en los momentos difíciles, olvidaba a sus buenos señores.
Jaime siguió mascando, con el pensamiento puesto
en Son Febrer. Tampoco aquello era suyo, no obstante figurar
él como dueño. El predio, situado en el centro de la isla—la mejor finca
heredada de sus padres, la que llevaba el nombre de la familia—, lo tenía
hipotecado e iba a perderlo de un momento a otro. La renta, escasa y corta,
conforme a los usos tradicionales, servíale para pagar únicamente una exigua
parte del interés de los préstamos, engrosando el resto la cuantía de la deuda.
Quedaban las aldehalas, los pagos en especie que el payés debía hacerle,
siguiendo costumbres antiguas, y con ellos se mantenían él y madó Antonia,
perdidos en el inmenso caserón que había sido hecho para albergar una tribu. En
Navidad y en Pascua de Resurrección recibía una pareja de corderos acompañados
de una docena de aves de corral; en el otoño dos cerdos bien cebados para la
matanza, y todos los meses huevos y una cantidad de harina, a más de los frutos
de la estación. Con estas aldehalas, unas consumidas en la casa y otras
vendidas por la sirviente, iban sosteniéndose Jaime y madó Antonia
en la soledad del palacio, aislados de la curiosidad pública, como dos
náufragos perdidos en un islote. Las ofrendas en especie se retrasaban cada vez
más. El payés, con ese egoísmo rústico propenso a huir de la desgracia, hacíase
el remolón, evitando el cumplimiento de sus obligaciones. Sabía que el
mayorazgo ya no era el verdadero amo de Son Febrer, y muchas veces,
al llegar a la ciudad con sus presentes, torcía el camino, yendo a depositarlos
en las casas de los acreedores, temibles personajes a los que deseaba tener
propicios.
Jaime miró con tristeza a la servidora, que
permanecía erguida ante él. Era una antigua payesa que aún conservaba el traje
de su pueblo: jubón obscuro, con doble fila de botones en las mangas; falda
clara y rameada, y cubriendo su cabeza el rebocillo, blanco velo sujeto al
cuello y al pecho, por debajo del cual se escapaba la gruesa trenza—que llevaba
postiza y muy negra—rematada por largas cintas de terciopelo.
—¡Miserias, madó Antonia!—dijo el
señor en el mismo lenguaje—. Todos huyen de los pobres, y el mejor día, si ese
tuno no trae lo que nos debe, tendremos que comernos uno a otro, lo mismo que
si fuésemos náufragos.
La vieja sonrió: «El señor siempre alegre.» En esto
era un vivo retrato de su abuelo don Horacio, eternamente serio, con una cara
que metía miedo, ¡pero diciendo unas cosas!...
—Esto debe acabar—prosiguió Jaime, sin hacer caso
de la alegría de la sirviente—. Esto acabará hoy mismo; estoy decidido...
Sábelo, madó, antes de que la noticia corra: me caso.
La criada juntó las manos devotamente para expresar
su asombro y elevó la mirada al techo. ¡Santísimo Cristo de la Sangre! Ya era
hora... Antes debía haberlo hecho, y otro sería el estado de la casa.
Despertóse en ella la curiosidad, y preguntó con una avidez de campesina:
—¿Es rica?...
El gesto afirmativo del señor no la sorprendió.
Forzosamente había de ser rica. Sólo una mujer que llevase con ella una gran
fortuna podía aspirar a unirse con el último de los Febrer, que habían sido los
hombres más notables de la isla y tal vez del mundo entero.
La pobre madó pensó en su cocina,
poblándola instantáneamente con la imaginación de vasijas de cobre brillantes
como oro, viéndola con todos los fogones encendidos, llena de muchachas de
brazos arremangados, el rebocillo atrás, la trenza flotante, y ella en medio,
sentada en un sillón, dando órdenes y aspirando el deleitoso tufillo de las
cacerolas.
—¡Será joven!—afirmó la vieja, para sacar más
noticias a su señor.
—Sí, joven; mucho más joven que yo; demasiado
joven: unos veintidós años. Poco me falta para poder ser su padre.
Madó hizo un gesto de protesta. Don Jaime era el hombre más guapo de la
isla. Lo decía ella, que le había admirado desde los tiempos en que iba con
pantalón corto y lo llevaba de la mano a pasear entre los pinos inmediatos al
castillo de Bellver. Era un Febrer, de aquella familia de señorones arrogantes,
y con esto quedaba dicho todo.
—¿Y es de buena casa?—siguió preguntando para
forzar el laconismo de su señor—. Familia de caballeros indudablemente; de lo
mejorcito de la isla... Pero no: ya adivino. Tal vez es de Madrid. Algún
noviazgo de cuando usted vivía allá.
Jaime quedó indeciso unos instantes, palideció, y
luego dijo con ruda energía, para ocultar su turbación:
—No, madó... Es una chueta.
Antonia fue a juntar las manos, como momentos
antes, invocando otra vez la Sangre de Cristo, tan venerada en Palma; pero de
pronto se dilataron las arrugas de su rostro moreno, y rompió a reír... ¡Qué
señor tan alegre! Lo mismo que su abuelo. Decía las cosas más estupendas e
increíbles con una seriedad que engañaba a las gentes. ¡Y ella, pobre boba, que
había creído tales bromas! Tal vez hasta lo del casamiento era mentira...
—No, madó. Me caso con una chueta...
Me caso con la hija de don Benito Valls. Para eso iré hoy a Valldemosa.
La voz apagada de Jaime, sus ojos bajos, el acento
tímido con que susurró tales palabras, quitaron toda duda a la sirviente. Quedó
ésta con la boca abierta, los brazos caídos, sin fuerzas para levantar las
manos ni los ojos.
—¡Señor... Señor... Señor!...
Le era imposible decir más. Creyó que había sonado
un trueno, haciendo estremecerse la vieja casa; que un nubarrón acababa de
pasar ante el sol, obscureciéndolo; que el mar se volvía plomizo, avanzando en
encrespadas olas contra la muralla. Luego vio que todo estaba lo mismo, que
sólo ella se había conmovido con esta noticia estupenda, digna de trastornar el
orden de lo existente.
—¡Señor... Señor... Señor!...
Y agarrando el vacío tazón y los restos del pan,
echó a correr, deseosa de refugiarse cuanto antes en la cocina. Después de oír
tales horrores, la casa le inspiraba miedo. Debía andar alguien por los
venerables salones de la otra parte del edificio: alguien que ella no podía
saber quién fuese, pero que seguramente acababa de despertar de un sueño de
siglos. Aquel palacio tenía un alma. Cuando la vieja quedaba sola en él,
crujían los muebles como si hablasen entre ellos, palpitaban los tapices
movidos por su cara oculta, vibraba en un rincón un arpa dorada de la abuela de
don Jaime, y ella no sentía miedo nunca, porque los Febrer habían sido gente
buena, simple y bondadosa con sus servidores. ¡Pero ahora, después de oír tales
cosas!... Pensaba con cierta inquietud en los retratos que adornaban la pieza
de recibimiento. ¡Qué cara la de aquellos señores, si habían llegado hasta
ellos las palabras de su descendiente!
Madó Antonia acabó por serenarse, bebiendo los restos del café
preparado para el señor. Ya no tenía miedo, pero sentía honda tristeza por la
suerte de don Jaime, como si le viese en peligro de muerte. ¡Acabar de este
modo la casa de los Febrer! ¿Y Dios podía tolerar tales cosas?... Cierto
desprecio por el señor vino a sobreponerse momentáneamente al antiguo cariño.
Al fin, un calavera olvidado de la religión y las buenas costumbres, que había
derrochado lo que restaba de la fortuna de su casa. ¿Qué iban a decir sus
ilustres parientes? ¡Qué vergüenza la de su tía doña Juana, aquella
noble señora—la más santa y linajuda de la isla—a la que, unos por burla y
otros por exceso de veneración, llamaban «la Papisa»!
—Adiós, madó... Al anochecer estaré de
vuelta.
La vieja saludó con un gruñido a Jaime, que asomaba
la cabeza para despedirse. Luego, viéndose sola, levantó los brazos, invocando
la ayuda de la Sangre de Cristo, de la Virgen del Lluch, patrona de la isla, y
del portentoso San Vicente Ferrer, que tantos milagros había realizado durante
sus predicaciones en Mallorca. ¡Uno más, santo prodigioso, para evitar la
monstruosidad que proyectaba su señor!... ¡Que cayese un pedrusco de las
montañas, interceptando para siempre el camino de Valldemosa; que volcase el
carruaje y trajeran a don Jaime entre cuatro hombres... todo antes que aquella
vergüenza!
Febrer atravesó el recibimiento, abrió la puerta de
la escalera y empezó a descender los suaves peldaños. Sus abuelos, como todos
los nobles de la isla, construían en grande. La escalera y el zaguán ocupaban
una tercera parte de los bajos de la casa. Una especie de loggia a
la italiana, con cinco arcos sostenidos por delgadas columnas, extendíase a la
terminación de la escalera, abriéndose en sus extremos las dos puertas que
daban acceso a las dos alas superiores del edificio. En el centro de su
baranda, situada sobre el arranque de la escalera, frente a la puerta de la
calle, estaba el escudo en piedra de los Febrer, con un farolón de hierro
forjado.
Jaime, al descender, chocaba su bastón en la piedra
arenisca de los escalones o tocaba las grandes ánforas barnizadas que adornaban
los rellanos, y éstas devolvían el golpe con una sonoridad de campana. La
baranda de hierro, oxidada por los años y deshaciéndose en herrumbrosas
escamas, temblaba, casi suelta de sus alvéolos, con el ruido de los pasos.
Al llegar al zaguán, Febrer se detuvo. La extrema
resolución que había adoptado, y que iba a influir para siempre en los destinos
de su nombre, le hizo mirar con curiosidad los mismos lugares que antes cruzaba
indiferente.
En ninguna parte del edificio se notaba como aquí
la antigua prosperidad. El zaguán, enorme cual una plaza, podía admitir más de
una docena de carrozas y todo un escuadrón de jinetes.
Doce columnas algo panzudas, de mármol avellanado
de la isla, sostenían los arcos de piedra cortada en piezas, sin revestimiento
alguno, encima de los cuales extendíase el techo de vigas negras. El pavimento
era de guijarros, y entre ellos crecía el musgo de la humedad. Una frescura de
ruina extendíase por esta entrada gigantesca y solitaria. Un gato atravesó el
zaguán, saliendo por el orificio de una puerta carcomida de las antiguas
cuadras, para desaparecer en los abandonados subterráneos que habían guardado
las cosechas en otros tiempos. A un lado, había un pozo de la misma época en
que se construyó el palacio, un orificio abierto en la roca, con brocal de
piedra roída por el tiempo y una espadaña de hierro trabajada a martillo. La
hiedra crecía en frescos ramilletes entre los salientes de la pulida piedra.
Muchas veces, Jaime, siendo niño, se había asomado para contemplarse allá
abajo, en la pupila circular y luminosa de sus aguas dormidas.
La calle estaba solitaria. Al final de ella, junto,
a las tapias del jardín de los Febrer, veíase la muralla de la ciudad, y
abierto en esta muralla un portalón con barrotes de madera en su arco, iguales
a los dientes de una boca enorme de pescado. En el fondo de esta boca
temblaban, verdes y luminosas, las aguas de la bahía.
Anduvo Jaime algunos pasos por las azuladas piedras
de la calle, falta de aceras, y se detuvo luego para contemplar su casa. No era
más que un pequeño resto del pasado. El antiguo palacio de los Febrer ocupaba
toda una manzana, pero había ido empequeñeciéndose con el paso de los siglos y
los apuros de la familia. Ahora una parte de él era residencia de monjas, y
otras fracciones habían sido adquiridas por ciertos ricos, que desfiguraban con
balconajes modernos la primitiva unidad del edificio, atestiguada por la línea
uniforme de aleros y tejados. Los mismos Febrer, refugiados en la parte del
caserón que miraba al jardín y al mar, habían tenido que ceder los pisos bajos,
para aumento de sus rentas, a almacenistas y pequeños industriales. Junto a la
portada señorial, tras unas vidrieras, trabajaban planchando ropa blanca
algunas muchachas, que saludaron a don Jaime con respetuosa sonrisa. Éste
siguió inmóvil en su contemplación de la antigua casa.
¡Qué hermosa todavía, a pesar de sus amputaciones y
su vejez!...
La piedra del zócalo, agujereada y combada hacia
dentro por el roce de personas y carruajes, estaba partida por varios
tragaluces con rejas a ras del suelo. La parte baja del palacio mostrábase
roída, lacerada y polvorienta, como unos pies que hubiesen caminado durante
siglos.
A partir del entresuelo, piso con entrada
independiente, que había sido alquilado a un almacenista de drogas, comenzaba a
desarrollarse el esplendor señorial de la fachada. Tres ventanales al nivel del
arco del portalón, divididos por dobles columnas, mostraban sus marcos de
mármol negro finamente trabajado. Los pétreos cardos trepaban por las columnas
que sostenían las cornisas, y sobre estas últimas campeaban tres grandes
medallones: el del centro con el busto del Emperador y la inscripción Dominus
Carolus Imperator 1541, recuerdo de su paso por Mallorca para la
infortunada expedición de Argel; los de los lados ostentando las armas de los
Febrer, sostenidos por peces con barbudas cabezas de hombre. En las grandes
ventanas del primer piso trepaban por jambas y cornisas unas guirnaldas
formadas con anclas y delfines, testimonio de las glorias de esta familia de
navegantes. Sobre sus remates abríanse enormes conchas. En la parte más alta de
la fachada extendíase una fila compacta de ventanillas con adornos góticos,
unas tapiadas, otras abiertas para dar luz y aire a los desvanes, y sobre ellas
el alero monumental, el alero grandioso, como sólo se encuentra en los palacios
de Mallorca, extendiendo hasta el promedio de la calle su ensamblaje de maderos
tallados, ennegrecidos por el tiempo y sostenidos por vigorosas gárgolas.
Por toda la fachada extendíanse, formando
cuadriláteros, listones de madera carcomida con clavos y abrazaderas de hierro
oxidado. Eran restos de las grandes iluminaciones con que la casa conmemoraba
ciertas fiestas en sus tiempos de esplendor.
Jaime pareció satisfecho de este examen. Aún era
hermoso el palacio de sus abuelos, a pesar de las ventanas faltas de cristales,
del polvo y las telarañas amontonados en los huecos, de los desgarrones que los
siglos habían abierto en su revoque. Cuando él se casase y la fortuna del viejo
Valls pasara a sus manos, iban todos a asombrarse de la magnífica resurrección
de los Febrer. ¿Y aún se escandalizaban algunos de su resolución y sentía él
ciertos escrúpulos?... ¡Adelante!
Se dirigió hacia el Borne, ancha avenida que es el
centro de Palma, antiguo torrente que en otros tiempos separaba la ciudad en
dos villas y dos bandos enemigos: Can Amunt y Can Avall. Allí
encontraría un coche que le llevase a Valldemosa.
Al entrar en el Borne atrajo su atención la
inmovilidad de varios paseantes que bajo la sombra de los copudos árboles
contemplaban a unos campesinos detenidos ante el escaparate de una tienda.
Febrer reconoció sus trajes, distintos de los usados por los payeses de la
isla. Eran ibicencos... ¡Ah, Ibiza! El nombre de esta isla evocaba el recuerdo
de un año remoto de su adolescencia pasado allá. Al ver a aquellas gentes que
hacían sonreír a los mallorquines como si fuesen extranjeros, Jaime sonrió
también, mirando con interés sus trajes y figuras.
Eran, indudablemente, un padre con su hija y su
hijo. El campesino calzaba alpargatas blancas, sobre las que caía la ancha
campana de un pantalón de pana azul. Su chaqueta-blusa iba sujeta sobre el
pecho con un broche, dejando ver la camisa y la faja. Un mantón obscuro de
mujer descansaba sobre sus hombros como un chal, y para completar este atavío
semifemenil, que contrastaba con sus facciones duras y morenas de moro, llevaba
bajo el sombrero un pañuelo anudado en el mentón, con las puntas colgando sobre
la espalda. El hijo, que parecía tener catorce años, iba vestido como él, con
el mismo pantalón estrecho de pierna y amplio de campana, pero sin el mantón ni
el pañuelo. Un lazo de color de rosa pendía sobre su pecho a guisa de corbata,
un ramito de hierbas asomaba a una de sus orejas, y el sombrero de cinta
bordada a flores echado sobre el cogote dejaba en libertad una onda de rizos
cayendo sobre el rostro moreno, enjuto, malicioso, animado por la luz de unos
ojos africanos, de intensa negrura.
La muchacha era la que llamaba más la atención, con
su falda verde de menudos pliegues, bajo la cual se adivinaba la presencia de
otras faldas, hinchado globo de varias envolturas que parecía empequeñecer aún
más los pies finos y graciosos encerrados en blancas alpargatas. El pecho
ocultaba sus contornos salientes bajo un mantoncillo amarillento con flores
rojas. De éste surgían unas mangas de terciopelo de distinto color que el
jubón, adornadas con doble fila de botones de filigrana, obra de los plateros chuetas.
Una triple cadena de oro deslumbrante, rematada por una cruz, partía su pecho,
pero con eslabones tan enormes, que a no ser huecos la hubiesen agobiado bajo
su pesadumbre. El pelo negro separábase en dos crenchas sobre la frente y se
perdía bajo un pañuelo blanco anudado en el mentón, volviendo a surgir atrás en
forma de trenza larga y enorme, con adorno de cintas multicolores que tocaban
el borde de la falda.
La muchacha, con una cestilla al brazo, permanecía
inmóvil en el borde de la acera, admirando las altas casas y las terrazas de
los cafés. Era blanca y sonrosada, sin la rudeza cobriza y dura de las hembras
del campo. Tenía en sus facciones una delicadeza de monja aristocrática y bien
cuidada, una pálida suavidad, animada por el reflejo luminoso de la dentadura y
el tímido brillo de sus ojos bajo el pañuelo semejante a una toca monástica.
Jaime, por una curiosidad instintiva, se aproximó
al padre y al hijo, vueltos de espaldas a la muchacha y enfrascados en la
contemplación del escaparate. Era una tienda de armas. Los dos ibicencos
examinaban una por una todas las expuestas, con ojos ardientes y gestos de
devoción, cual si adorasen ídolos milagrosos. El muchacho avanzaba su cabeza de
pequeño moro, como si pretendiese introducirla por el cristal.
—Fluxas... ¡Pare, fluxas!—exclamaba con la
sorpresa del que encuentra un amigo inesperado, señalando a su padre unos
pistolones Lefaucheux.
Pero la admiración de los dos era para las armas
desconocidas, que les parecían maravillosas obras de arte: para las escopetas
sin llaves visibles, las carabinas de repetición y las pistolas con depósito,
que podían hacer seguidamente muchos disparos. ¡Lo que inventan los hombres!
¡Lo que gozan los ricos!... Aquellas armas inmóviles les parecían seres
vivientes, con un alma maligna y un poder sin límites. Debían matar solas, sin
que su dueño se tomase el trabajo de apuntar.
La imagen de Febrer reflejándose en el cristal hizo
volver al padre la cabeza rápidamente.
—¡Don Chaume!... ¡Ay, don Chaume!
Tal fue el aturdimiento de su sorpresa y tan grande
su alegría, que, agarrando las manos de Febrer, faltó poco para que se
arrodillase al mismo tiempo que hablaba tembloroso. Estaban entreteniéndose en
el Borne para ir a casa de don Jaime cuando éste se hubiese levantado. Ya sabía
él que los señores se acuestan tarde. ¡Qué felicidad verle!... ¡Aquí los atlots,
y que mirasen bien al señor! Era don Jaime: era el amo. Diez años que no le
había visto, pero lo mismo le hubiese reconocido entre mil personas.
Febrer, desconcertado por las vehemencias cariñosas
del payés y la curiosidad respetuosa de sus dos hijos, plantados ante él, no
acertaba a coordinar sus recuerdos. El buen hombre adivinó este olvido en su
mirada indecisa. ¿De veras que no le reconocía? Pep Arabi, de Ibiza... Pero
esto mismo no decía gran cosa, pues en la isla sólo existen seis o siete
apellidos, y Arabi eran una cuarta parte de sus habitantes. Se explicaría
mejor. Pep de Can Mallorquí.
Febrer sonrió. ¡Ah, Can Mallorquí! Un
pobre predio de Ibiza donde él había pasado un año siendo muchacho: la única
herencia de su madre. Hacía doce años que Can Mallorquí no era
suyo. Se lo había vendido a Pep, cuyos padres y abuelos venían cultivando la
finca.
Fue esto en la época que aún tenía dinero. ¿Pero de
qué podía servirle aquella tierra en una isla apartada a la que no volvería
nunca?... Y en una genialidad de gran señor bondadoso, la cedió a Pep a bajo
precio, capitalizándola con arreglo al arrendamiento tradicional y concediendo
amplios plazos para el pago; cantidades que, al sobrevenir después épocas de
apuro, habían representado muchas veces para él una alegría inesperada. Hacía
varios años que Pep había satisfecho su deuda, y sin embargo, aquellas buenas
gentes seguían llamándole amo, y al verle ahora sentían la impresión del que se
halla en presencia de un ser superior.
Pep Arabi fue presentando a su familia. La atlota era
la mayor, y se llamaba Margalida: una verdadera mujer, aunque sólo tenía diez y
siete años. El atlot, que era casi un hombre, contaba trece.
Quería trabajar la tierra, como su padre y sus
abuelos, pero él lo destinaba al Seminario de Ibiza, ya que era listo en
asuntos de letra. Sus tierras las guardaba para un muchacho bueno y trabajador
que se casase con Margalida. Ya andaban muchos en la isla tras de ella, y
apenas volviesen iba a empezar la temporada de los festeigs, el
cortejo tradicional, para que escogiese marido.
Pepet, su hijo, estaba llamado a más altos
destinos: iba a ser cura, y después que cantase misa entraría en un regimiento
o se embarcaría con rumbo a América, como lo habían hecho otros ibicencos que
recogían allá mucho dinero y lo enviaban a sus padres para comprar tierras en
la isla.
¡Ay, don Jaime, y cómo pasa el tiempo!... Él había
visto al señor casi un niño, cuando pasó un verano con su madre en Can
Mallorquí. Pep le había enseñado a manejar la escopeta, a cazar los
primeros pájaros. «¿Se acuerda vostra mercé?...» Él estaba
entonces para casarse; aún vivían sus padres. Luego sólo se habían visto una
vez, en Palma, para la venta del predio—un gran favor que no olvidaba nunca—; y
ahora, cuando volvía a presentarse, ya era casi un viejo, con hijos tan altos
como él.
Al explicar su viaje, enseñaba su fuerte dentadura
de campesino con sonrisas de inocente malicia. ¡Una verdadera calaverada, de la
que hablarían mucho tiempo las gentes allá en Ibiza! Él había sido siempre
andariego y atrevido: resabios del tiempo en que fue soldado. El patrón de un
laúd, gran amigo suyo, tenía carga para Mallorca, y le había invitado como por
broma. Pero con él no valían bromas: ¡lo pensado, hecho al instante! Los chicos
no habían estado en Mallorca; en toda la parroquia de San José, que era la
suya, no llegaban a una docena las personas que conocían la capital. Muchos
habían ido a América; uno había estado en Australia. Algunas vecinas hablaban
de sus viajes a Argelia en faluchos contrabandistas; pero a Mallorca nadie iba,
y con razón. «No nos quieren, don Jaime: nos miran como animales raros, nos
creen salvajes, como si no fuésemos todos hijos de Dios...» Y allí estaba él
con sus atlots, aguantando desde por la mañana la curiosidad de las
gentes, lo mismo que si fuesen moros. Diez horas de navegación con un mar
magnífico; la atlota llevaba en la cesta la comida para los
tres. Se marcharían al amanecer del día siguiente, pero él deseaba antes hablar
con el amo. Tenían que tratar negocios.
Jaime hizo un gesto de extrañeza, prestando mayor
atención a las palabras de Pep. Este se expresó con cierta timidez,
embarullándose en sus palabras. Los almendros eran la mejor riqueza de Can
Mallorquí. El año anterior la cosecha había sido buena, y éste no se
presentaba mal. Se vendía a buen precio a los patrones, que la embarcaban para
Palma y Barcelona. Él había plantado de almendros casi todos sus campos, y
ahora pensaba desmontar y limpiar de piedras ciertas tierras del señor,
cultivando trigo en ellas, el preciso nada más para el consumo de la familia.
Febrer no ocultó su asombro. ¿Qué tierras eran
aquéllas?... ¿Pero le quedaba algo en Ibiza?... Pep sonrió. No eran tierras
precisamente: era un peñón, un promontorio de rocas avanzado sobre el mar, pero
que podía aprovecharse por la parte de tierra formando algunos bancales en su
pendiente. Arriba estaba la torre del Pirata, ¿no se acordaba el señor?... Una
fortificación del tiempo de los corsarios, a la que había subido don Jaime
muchas veces cuando niño, lanzando gritos de pelea, con un garrote de sabina en
la mano, dando órdenes para el asalto a un ejército imaginario.
El señor, que había creído por un instante en el
descubrimiento de una finca olvidada, la única de la que podía ser verdadero
dueño, sonrió tristemente. ¡Ah, la torre del Pirata! Se acordaba de ella. Una
roca caliza, un avance de la costa, en cuyos intersticios nacían plantas
salvajes, refugio y alimento de conejos. El viejo fortín de piedra era una
ruina que lentamente iba deshaciéndose bajo los embates del tiempo y los soplos
del mar. Los sillares caían de sus alvéolos; las almenas tenían las puntas roídas.
Al vender Can Mallorquí, la torre había quedado fuera del
contrato, tal vez por olvido, a causa de su inutilidad. Podía hacer Pep lo que
gustase: él no había de volver jamás a aquel lugar olvidado de su juventud.
Y como el payés pretendiese hablar de futuras
remuneraciones, don Jaime le atajó con un gesto de gran señor. Luego miró a la
muchacha. Muy guapa; parecía una señorita disfrazada; en la isla debían ir
los atlots locos tras de ella.
El padre sonrió, orgulloso y turbado por estos
elogios. «¡Saluda, atlota! ¿Cómo se dice?...»
La hablaba como si fuese una niña, y ella, con los
ojos bajos, el rostro coloreado por una llamarada de sangre, cogiendo con la
diestra una punta de su delantal, murmuró trémula algunas palabras en ibicenco:
«No; no soy guapa. Servidora de vuestra mercé...»
Febrer dio por terminada la entrevista, ordenando a
Pep y a los suyos que fuesen a su casa. El payés conocía de antiguo a madó Antonia,
y la vieja tendría mucho gusto en verle. Comerían con ella lo que tuviese. Ya
les vería al anochecer, cuando volviese de Valldemosa. «¡Adiós, Pep!
¡Adiós, atlots!»
E hizo señas a un cochero sentado en el pescante de
un carruaje mallorquín, vehículo ligerísimo, montado sobre cuatro ruedas finas,
con alegre toldo de lona blanca.
Febrer, al verse fuera de Palma, en plena campiña
primaveral, se arrepintió de su vida presente. Llevaba un año sin salir de la
ciudad, pasando las tardes en los cafés del Borne y las noches en la sala de
juego del Casino.
¡No ocurrírsele nunca asomar la cabeza fuera de
Palma para ver el campo, de un verde tierno, con sus acequias susurrantes; el
cielo, de suave azul, en el que flotaban islotes de blancos vellones; las
colinas, de un verde obscuro, con sus molinillos de viento braceando en la
cumbre; las sierras abruptas, de color de rosa, cerrando el fondo; todo el
paisaje risueño y rumoroso que había asombrado a los navegantes antiguos,
haciéndoles llamar a Mallorca la isla Afortunada!... Cuando, gracias a su
casamiento, adquiriese una fortuna y pudiera rescatar el hermoso predio
de Son Febrer, pasaría en él la mayor parte del año, lo mismo
que sus ascendientes, haciendo la vida rústica y benéfica de un gran señor,
dadivoso y respetado. El carruaje, a todo correr de sus dos caballos, rozaba y
dejaba atrás una fila de payeses que volvían de la ciudad por el borde del
camino. Eran esbeltas mujeres morenas, llevando sobre la trenza y el blanco
rebocillo un ancho sombrero de paja con cintas colgantes y ramos de flores
silvestres; hombres vestidos de dril rayado—la llamada tela mallorquína—, con
fieltros echados atrás que parecían una aureola negra o gris en torno de sus
rostros afeitados.
Recordaba Febrer las sinuosidades de este camino,
por el que no había pasado en algunos años, lo mismo que un extranjero que
volviese a la isla después de una visita remota. Más adelante se bifurcaba la
ruta: una rama se dirigía a Valldemosa y otra a Sóller... ¡Ay, Sóller!... ¡La
niñez olvidada que acudía de golpe a su memoria! Todos los años, en un carruaje
como aquél, emprendía la familia de Febrer su viaje a Sóller, donde poseía una
antigua casa, de amplio zaguán, la casa de la Luna, llamada así por un hemisferio
de piedra con ojos y nariz que adornaba lo alto del portalón, representando al
astro de la noche.
Era siempre a principios de Mayo. El pequeño
Febrer, cuando el carruaje transponía una garganta, en lo más alto de la
sierra, lanzaba gritos de alegría contemplando a sus pies el valle de Sóller,
el jardín de las Hespérides de la isla. Las montañas, obscuras de pinares y
moteadas de blancas casitas, tenían las cumbres envueltas en turbantes de
vapores. Abajo, en torno a la villa y prolongándose por todo el valle hasta el
mar invisible, estaban los huertos de naranjos. La primavera estallaba sobre
este suelo feliz con una explosión de colores y perfumes. Las plantas salvajes
crecían entre los peñascos coronados de flores; los árboles tenían los troncos
vestidos de serpenteante verdura; las pobres casas de los payeses ocultaban su
miseria ruinosa bajo sábanas de rosales trepadores. Acudían de todos los
pueblos del contorno a la fiesta de Sóller las rústicas familias: las mujeres
con blancos rebocillos, pesadas mantillas y botones de oro en las mangas; los
hombres con vistosos chalecos, capotes de paño y fieltros con cintas de color.
Gangueaba la dulzaina llamando al baile; pasaban de mano en mano los vasos de
dulce aguardiente de la isla y de vino de Bañalbufar. Era la alegría de la paz
después de mil años de guerra y de piratería con los pueblos infieles del Mediterráneo:
la regocijada conmemoración de la victoria conseguida por los payeses de Sóller
sobre una flota de corsarios turcos en el siglo xvi.
En el puerto, los pescadores, disfrazados de
musulmanes y de guerreros cristianos, fingían a trabucazos y estocadas sobre
sus pobres barcas una batalla naval, o se perseguían por los caminos inmediatos
a la costa. En la iglesia se celebraba una fiesta para conmemorar la milagrosa
victoria, y Jaime, sentado junto a su madre en un sitio honorífico,
estremecíase de emoción escuchando al predicador, lo mismo que cuando leía una
novela interesante en la biblioteca que su abuelo tenía en Palma, en el segundo
piso de la casa.
El vecindario se ponía en armas con los habitantes
de Alaró y Buñola, al saber por una barca de Ibiza que veintidós galeotas
turcas con algunas galeras marchaban sobre Sóller, la más rica población de la
isla. Mil setecientos turcos y africanos, lo peor de la piratería, tomaban
tierra atraídos por la riqueza del pueblo, y más aún por el deseo de asaltar
cierto convento de monjas, donde vivían retiradas del mundo jóvenes hermosas y
de ilustre familia. Divididos en dos columnas, marchaba una contra la tropa de
cristianos que había salido a su encuentro, mientras la otra, dando un rodeo,
penetraba en la población, cautivando doncellas y mancebos, robando las
iglesias, matando a los sacerdotes. Los cristianos sentían la incertidumbre de
su situación. Enfrente, mil turcos que avanzaban; a sus espaldas, la villa
entregada al saqueo, sus familias sometidas al ultraje y a la violencia, que
les llamaban con desesperación. Pero la duda fue corta. Un sargento de Sóller,
heroico veterano de los ejércitos de Carlos V en las guerras de Alemania y el
Gran Turco, los decide a todos por el ataque contra el enemigo inmediato. Se
arrodillan, invocan al apóstol Santiago, y esperando un milagro, atacan con sus
escopetas, arcabuces, lanzas y hachas. Los turcos cejan y vuelven las espaldas.
En vano les anima su temible caudillo Suffarais, capitán general del mar, turco
viejo y de gran obesidad, famoso por su coraje y atrevimiento. Al frente de una
escuadra de negros, que eran su guardia, ataca cimitarra en mano, formando en
torno de él un círculo de cadáveres; pero al fin un sollerense le atraviesa el
pecho con su lanza, y al caer huyen los invasores, perdiendo su estandarte. Un
nuevo enemigo les cierra el paso cuando escapan hacia la costa para salvarse en
sus navíos. Una cuadrilla de bandoleros ha presenciado el combate desde los
riscos, y al ver huir a los turcos sale a su encuentro, disparando los
pedreñales y esgrimiendo sus dagas. Llevan con ellos una tropa de mastines,
feroces compañeros de su vida infame, y esas bestias, arrojándose sobre los
fugitivos y destrozándoles, prueban, según los cronistas de la época, «la
bondad de la casta mallorquina». La tropa vencedora vuelve atrás, penetrando en
la villa desolada, y los saqueadores huyen como pueden camino del mar, o caen
degollados en las calles.
El predicador exaltábase al relatar esta acción
victoriosa, atribuyendo la mejor parte del éxito a la Reina de los Cielos y al
guerrero apóstol. Luego ensalzaba al capitán Angelats, el héroe de la
expedición, el Cid de Sóller, y a las valentas dònas de Can Tamany, dos
mujeres de un predio inmediato a la villa que habían sido sorprendidas por tres
turcos ansiosos de saciar en ellas su carnívoro apetito tras largas
abstinencias en las soledades del mar. Las valentas donas, arrogantes
y duras como buenas payesas, no gritaban ni huían a la vista de estos tres
piratas enemigos de Dios y de los santos. Con la tranca de la puerta mataban a
uno, y luego se encerraban en la casa. Arrojando el cadáver por una ventana
sobre los asaltantes, descalabraban a otro y perseguían a pedradas al tercero,
como esforzadas nietas de los honderos mallorquines. ¡Ah, las valentas
dònas, las esforzadas hembras de Can Tamany! El buen
pueblo las adoraba como santas heroínas de la guerra milenaria contra los
infieles, y reía cariñosamente de las hazañas de estas Juanas de Arco, pensando
con orgullo en lo peligroso que era el trabajo de los musulmanes para abastecer
de carne nueva sus harenes.
Luego, el predicador, siguiendo la costumbre
tradicional, daba fin a su arenga citando las familias que habían tomado parte
en el combate: un centenar de apellidos, que escuchaba atentamente el rústico
auditorio, moviendo la cabeza cada cual con signos de asentimiento cuando
sonaba el nombre de uno de sus ascendientes. Esta enumeración interminable
parecía corta a muchos, que hacían un gesto de protesta al callarse el
predicador. «Otros estuvieron, y no los nombran», murmuraban los payeses cuyos
apellidos no habían sonado. Todos querían ser descendientes de los guerreros
del capitán Angelats.
Cuando terminaban las fiestas y Sóller recobraba su
plácida calma, el pequeño Jaime pasaba los días correteando por los naranjales
con Antonia, la vieja madó Antonia de ahora, que era entonces
una mujerona fresca, de blancos dientes, curvo pecho y pisada fuerte, viuda a
los pocos meses de matrimonio y perseguida por las miradas ardorosas de toda la
payesía. Juntos iban al puerto, tranquilo y solitario lago, cuya entrada era
casi invisible por las revueltas entre las peñas del brazo acuático que lo
comunicaba con el mar. Sólo de tarde en tarde aparecían en esta plaza cerrada
de agua azul los mástiles de algún velero que venía a cargar naranjas para
Marsella. Las bandas de gaviotas viejas, enormes como gallinas, aleteaban con
evoluciones de contradanza sobre la tersa superficie. A la caída de la tarde
entraban las barcas de los pescadores, y bajo los tinglados de la playa
quedaban colgando de escarpias peces enormes, con la cola arrastrando por el
suelo, que sangraban lo mismo que bueyes; rayas y pulpos que despedían como
pedazos de tembloroso cristal sus blancas viscosidades.
Jaime amaba este puerto tranquilo, de misteriosa
soledad, con un respeto religioso. Recordaba en él las milagrosas historias con
que su madre le adormecía por la noche; el gran prodigio de un siervo de Dios
para burlar sobre aquellas aguas los empedernidos pecadores. San Raimundo de
Peñafort, virtuoso y austero monje, indignábase contra el rey don Jaime de
Mallorca, torpemente amancebado con una dama, doña Berenguela, y sordo a sus
santos consejos. El fraile quiso huir de la isla de perdición, y el rey se lo
impidió poniendo embargo a todas las barcas y navíos. Entonces el santo bajó al
solitario puerto de Sóller, tendió su manto sobre las olas, montó en él y
emprendió el rumbo hacia las costas de Cataluña.
Madó Antonia le había contado también este milagro, pero en versos
mallorquines, en un sencillo romance que respiraba la cándida credulidad de los
siglos aficionados a lo maravilloso. El santo, embarcado en su manto, ponía el
bordón por mástil y el capuchón por vela. Un viento de Dios soplaba sobre la
extraña nave, y en pocas horas, el siervo del Señor iba de Mallorca a
Barcelona. El vigía de Montjuich anunciaba con bandera la aparición del
prodigioso barco, repicaban las campanas de la Seo, y los mercaderes acudían a
la muralla del mar para recibir al santo viajero.
El pequeño Febrer, con la curiosidad excitada por
estas maravillas, quería saber más, y su acompañante llamaba a los viejos
pescadores, que le enseñaban la roca en que había puesto los pies el santo
mientras invocaba el auxilio de Dios antes de embarcarse. Una montaña de tierra
adentro, vista desde el puerto, tenía la forma de un fraile encapuchado. A lo
largo de la costa, en un lugar inaccesible, una peña, que sólo veían los
pescadores, era semejante a un monje arrodillado y en oración. Tales prodigios
los había hecho Dios, según estas almas sencillas, para perpetuar el famoso
milagro.
Jaime aún recordaba los estremecimientos de emoción
con que acogía estos relatos. ¡Ah, Sóller! ¡La época de santa inocencia, en que
abrió sus ojos a la vida entre relatos de milagros y conmemoraciones de luchas
heroicas!... La casa de la Luna habíala perdido para siempre, lo mismo que la
credulidad y la inocencia de aquella época para él casi remota. Habían
transcurrido más de veinte años sin que volviese a la olvidada Sóller, que
ahora resucitaba en su memoria con todos los risueños espejismos de la infancia.
Llegó el carruaje a la bifurcación del camino,
emprendiendo la ruta de Valldemosa, y todos los recuerdos parecieron quedar
atrás, inmóviles al borde de la carretera, esfumándose con la distancia.
El camino de Valldemosa no ofrecía para él memoria
alguna del pasado. Sólo lo había seguido dos veces, siendo ya hombre, para
visitar con unos amigos las celdas de la Cartuja. Se acordaba de los olivos del
camino, los famosos olivos seculares, de formas extrañas y fantásticas, que
habían servido de modelo a muchos artistas, y avanzó la cabeza por una
ventanilla deseando verlos. El terreno subía; comenzaban los campos pedregosos
de secano, las primeras estribaciones de la sierra. El camino iba serpenteando
entre arboledas. Pasaban ya ante las ventanillas del carruaje los primeros
olivos.
Febrer los conocía, había hablado de ellos muchas
veces, y sin embargo, sintió la sensación de lo extraordinario, como si los
viese por primera vez. Eran árboles negros, de enorme tronco nudoso y abierto,
abombados por grandes excrecencias y con escaso follaje; olivos que tenían
siglos de existencia, que no habían sido podados nunca y en los que la vejez
robaba savia al ramaje, hinchando el tronco con las expansiones de una lenta y
penosa circulación. El campo parecía un abandonado taller de escultura, con miles
de bocetos informes, de monstruos esparcidos en el suelo, sobre una alfombra
verde matizada de margaritas y campanillas silvestres.
Un olivo parecía un sapo enorme, encogido y en
actitud de saltar, con un ramillete de hojas en la boca; otro, una boa informe
de amontonados anillos, con un penacho de olivo en la cabeza; veíanse troncos
abiertos como ojivas, al través de cuyos orificios lucía el cielo azul;
serpientes monstruosas enrolladas en grupo como las espirales de una columna
salomónica; gigantes negros, cabeza abajo, con las manos en el suelo, hundiendo
los dedos de sus raíces y los pies en alto, de los que surgían varas llenas de hojas.
Algunos, vencidos por los siglos, se acostaban en el suelo, sostenidas sus
leñosidades por horquillas, como viejos que intentasen incorporarse sobre sus
muletas.
Parecía haber pasado sobre estos campos una
tempestad, abatiéndolo todo, retorciéndolo todo, petrificándose después para
mantener esta desolación bajo su peso y que no recobrara las primitivas formas.
Muchos olivos erguidos, de perfiles más suaves, parecían tener rostro y formas
femeniles. Eran vírgenes bizantinas, con tiara de leves hojas y luengas
vestiduras de leña. Otros eran ídolos feroces, de ojos saltones y barbas
ondeadas y rastreantes; fetiches de religiones obscuras y bárbaras, capaces de
detener a la humanidad primitiva en sus emigraciones, haciéndola caer de
rodillas con la emoción de un encuentro divino. En la calma de este
retorcimiento tempestuoso e inmóvil, en la soledad de estos campos poblados de
espantables y perennes visiones, cantaban los pájaros, extendían su invasión
hasta el pie de los troncos carcomidos las flores silvestres, y las hormigas
iban y venían en infinito rosario, socavando como mineras infatigables las
añosas raíces.
Gustavo Doré había dibujado—según decían muchos
isleños—en estos olivares sus más fantásticas concepciones, y el recuerdo de
dicho artista trajo a la memoria de Jaime el de otros más célebres que pasaron
también por el mismo camino y vivieron y sufrieron en Valldemosa.
Dos veces había visitado la Cartuja sólo por ver de
cerca los lugares inmortalizados por el amor triste y enfermizo de una pareja
de seres famosos. Su abuelo le había hablado muchas veces de «la francesa» de
Valldemosa y su compañero «el músico».
Un día, los habitantes de Mallorca y los
peninsulares que se habían refugiado en la isla huyendo de los horrores de la
guerra civil, vieron desembarcar un matrimonio extranjero acompañado de un niño
y una niña. Era en 1838. Al bajar el equipaje a tierra, los isleños admiraron
con asombro un piano enorme, un piano Erard, como entonces se veían pocos. El
piano quedó cautivo en la Aduana, mientras se resolvía el enredo de ciertos
escrúpulos administrativos, y los viajeros fueron a alojarse en una posada, alquilando
después la finca de Son Vent, inmediata a Palma.
El hombre parecía enfermo; era más joven que ella,
pero enflaquecido por las dolencias, pálido, con una palidez transparente de
hostia, los claros ojos brillantes de fiebre, el angosto pecho agitado por ruda
y continua tos. Unas patillas finísimas sombreaban sus mejillas; una cabellera
tumultuosa de león coronaba su frente, cayendo atrás en cascada de rizos. Ella
era varonil y corría con todos los trabajos de la casa, como una buena burguesa
más pródiga en voluntad que en habilidades. Jugaba con sus hijos lo mismo que
una niña, y su rostro bondadoso y risueño ensombrecíase únicamente al oír la
tos del «amado enfermo». Un ambiente de exotismo, de existencia irregular, de
protesta contra las leyes que rigen a los humanos, parecía envolver a esta
familia vagabunda. Ella vestía trajes de cierta fantasía, con un puñal de plata
clavado en la cabellera, adorno romántico que escandalizaba a las devotas
señoras mallorquinas. Además, no iba a misa a la ciudad, no hacía visitas, no
salía de su casa más que para juguetear con sus hijos o sacar al sol al pobre
tísico, dándole el brazo. Los niños eran tan extraordinarios como la madre: la
hija iba vestida de muchacho, para correr por los campos con mayor soltura.
Pronto la isleña curiosidad se enteró de los
nombres de estos forasteros de aspecto alarmante. Ella era una francesa, autora
de libros: Aurora Dupín, antigua baronesa separada de su marido, que se había
hecho una reputación universal por sus novelas, firmándolas con un nombre
masculino y el apellido de un asesino político: Jorge Sand. Él era un músico
polaco, organismo delicado que parecía dejar un pedazo de existencia en cada
una de sus obras, y se sentía moribundo a los veintinueve años. Le llamaban Federico
Chopin. Los hijos eran de la novelista, que estaba ya en los treinta y cinco
años.
La sociedad mallorquina, encerrada en sus
preocupaciones tradicionales, como un molusco en sus valvas, y enemiga por
instinto de las novedades de París, indignóse ante este escándalo. ¡No eran
casados!... ¡Y ella escribía novelas que espantaban por su audacia a las gentes
de bien!... La curiosidad femenil quiso conocerlas, pero en Mallorca sólo
recibía libros don Horacio Febrer, el abuelo de Jaime, y los pequeños volúmenes
de Indiana y Lelia propiedad de aquél corrieron de mano en
mano sin que los lectores los entendiesen. ¡Una mujer casada que escribía
libros y vivía con un hombre que no era su marido!...
Doña Elvira, la abuela de Jaime, una señora venida
de Méjico, cuyo retrato había él contemplado tantas veces, y a la que se
imaginaba siempre vestida de blanco, con los ojos en alto y el arpa dorada
entre las rodillas, visitó a la solitaria de Son Vent. Gozábase en
abrumar con su superioridad de forastera a las señoras de la isla que no sabían
francés; escuchaba a la escritora sus líricos elogios de la originalidad de
este paisaje africano, con sus blancas casitas, espinosos cactos, esbeltas
palmeras y seculares olivos, que tan rudamente contrastaba con el armónico
orden de las campiñas de Francia. Luego, doña Elvira, en las tertulias de
Palma, defendía con vehemencia a la escritora, una pobre mujer apasionada, cuya
vida actual era más abundante en tristezas y cuidados de hermana de la Caridad
que en satisfacciones de amor. El abuelo tuvo que intervenir, prohibiendo a la
esposa estas visitas para acallar murmuraciones.
Se hizo el vacío en torno a la escandalosa pareja.
Mientras los niños jugaban con su madre en el campo, como pequeños salvajes, el
enfermo tosía recluido en su dormitorio, detrás de los cristales, o se asomaba
a la puerta buscando un rayo de sol. Por las noches, a altas horas, era la
visita de la musa, enfermiza y melancólica, y sentado al piano improvisaba
entre toses y gemidos su música, de una voluptuosidad amarga.
El dueño de Son Vent, un burgués de la
ciudad, dio orden a los forasteros de levantar el campo, como si fuesen una
banda de bohemios. El pianista estaba tísico, y él no quería contagiar su
finca. ¿Adonde ir?... El regreso a la patria era difícil: estaban en pleno
invierno, y Chopin temblaba como un pájaro abandonado pensando en los fríos de
París. La isla inhospitalaria era amada, sin embargo, por la dulzura de su
clima. Como único refugio se ofreció a ellos la cartuja de Valldemosa: edificio
sin bellezas arquitectónicas, sin otro encanto que el de su antigüedad
medioeval, pero enclavado entre montañas por cuyas laderas se derrumban bosques
de pinos, teniendo como suaves cortinas que amortiguan el ardor del sol
plantaciones de almendros y palmeras, entre cuyo ramaje alcanzan los ojos la
verde llanura y el lejano mar. Era un monumento casi en ruinas, un convento de
melodrama, lúgubre y misterioso, en cuyos claustros acampaban vagabundos y
mendigos. Para entrar en él era preciso atravesar el cementerio de los frailes,
con sus fosas removidas por las raíces de las plantas silvestres, que sacaban
los huesos a flor de tierra. En las noches de luna vagaba por el claustro un
espectro blanco, el alma de un fraile maldito que aguardaba la hora de la
redención paseándose por el lugar de sus pecados.
Allá marcharon los fugitivos un día lluvioso de
invierno, azotados por el aguacero y el huracán, siguiendo el mismo camino que
ahora seguía Febrer, pero un camino antiguo que sólo tenía de tal el nombre.
Los carros de la caravana iban, como decía Jorge Sand, «con una rueda por la
montaña y otra por el fondo de una torrentera». El músico, arrebujado en un
capote, temblaba y tosía bajo la lona del toldo, estremeciéndose con los
dolorosos vaivenes. La novelista seguía a pie en los malos pasos, llevando a sus
hijos de la mano en este viaje de vagabundos.
Pasaron todo el invierno en la soledad de la
Cartuja. Ella, calzando babuchas y con el puñalito en la cabellera mal peinada,
hacía la cocina animosamente, con la ayuda de una mozuela del país, que
aprovechaba el menor descuido para engullirse los bocados destinados al
«querido enfermo». Los chicuelos de Valldemosa apedreaban a los pequeños
franceses, creyéndolos moros, enemigos de Dios. Las mujeres robaban a la madre
al venderla los comestibles, y además la apodaban «la Bruja». Todos hacían la
cruz a estos gitanos que se atrevían a vivir en una celda del monasterio, cerca
de los muertos, en continuo trato con el fraile fantasma que se paseaba por el
claustro.
De día, mientras descansaba el enfermo, preparaba
ella el puchero y ayudaba a la sirvienta, con sus manos finas y pálidas de
artista, a mondar las legumbres. Luego corría con sus hijos a la abrupta costa
de Miramar, cubierta de arboleda, donde Raimundo Lulio estableció su escuela de
estudios orientales. Sólo al llegar la noche comenzaba su verdadera existencia.
El claustro, obscuro, enorme, conmovíase con una
música misteriosa que parecía venir de muy lejos, al través de los recios
paredones. Era Chopin, que, inclinado ante el piano, componía sus Nocturnos.
La novelista, a la luz de una vela, escribía Spiridón, la historia
del monje que acaba por demoler todas sus creencias, y muchas veces cortaba su
trabajo para correr al lado del músico y preparar sus tisanas, alarmada por la
frecuencia de su tos. En las noches de luna tentábala el escalofrío de lo
misterioso, la voluptuosidad del miedo, y salía al claustro, cuya lobreguez
cortaban las manchas lácteas de los ventanales. ¡Nadie!... Después sentábase en
el cementerio de los monjes, esperando en vano la aparición del fantasma para
animar su monótona existencia con algo novelesco.
Una noche de Carnaval, la Cartuja fue invadida por
los moros. Eran jóvenes de Palma que después de recorrer la ciudad disfrazados
de berberiscos pensaron en «la francesa», avergonzados sin duda del aislamiento
en que la tenían las gentes. Llegaron a media noche, turbando con sus canciones
y guitarreos la calma misteriosa del convento, haciendo aletear medrosos a los
pajarracos albergados en las ruinas. En una pieza de la celda bailaron danzas
españolas, que el músico seguía atentamente con sus ojos de fiebre, mientras la
novelista iba de un grupo a otro, sintiendo la simple alegría de la burguesa
que no se ve olvidada.
Esta fue su única noche feliz en Mallorca. Luego,
al volver la primavera, el «amado enfermo» se sintió mejor y emprendieron el
lento retorno a París. Eran aves de paso que detrás de su invernaje no dejaban
otra huella que la del recuerdo. Ni siquiera pudo saber Jaime con certeza qué
habitación había sido la suya. Las reformas realizadas en el convento habían
borrado todo vestigio. Muchas familias de Palma veraneaban ahora en la Cartuja,
convirtiendo las celdas en hermosas habitaciones, y cada cual quería que la
suya fuese la de Jorge Sand, infamada y despreciada por sus abuelas. Febrer
había visitado el convento con un nonagenario de los que fueron vestidos de
moros a dar serenata a la francesa. No se acordaba de nada; no podía reconocer
la habitación.
El nieto de don Horacio sentía una especie de amor
retrospectivo hacia aquella mujer extraordinaria. La veía como en los retratos
de su juventud, con el rostro inexpresivo y los ojos profundos y enigmáticos
bajo una cabellera suelta sin más adorno que una rosa en una sien. ¡Pobre Jorge
Sand! El amor había sido para ella lo que la antigua esfinge: cada vez que
intentaba interrogarlo sentía en el corazón su zarpazo sin misericordia. Todas
las abnegaciones y rebeldías del amor las había conocido aquella mujer. La
hembra caprichosa de las noches venecianas, la infiel compañera de Musset, era
la misma enfermera que guisaba la cena y preparaba las tisanas al moribundo
Chopin en la soledad de Valldemosa... ¡Si él hubiese conocido una mujer así,
una mujer que llevase dentro mil mujeres, toda la infinita variedad femenil de
dulzuras y crueldades!... ¡Ser amado por una hembra superior, a la que pudiera
imponer el ascendiente varonil y que al mismo tiempo le inspirase respeto por
su grandeza intelectual!...
Quedó Febrer largo rato como adormecido por este
deseo, mirando el paisaje sin verlo. Luego sonrió irónicamente, como si
compadeciese su insignificancia. Recordaba el objeto de su viaje y se tenía
lástima. Él, que soñaba con grandes amores desinteresados y extraordinarios,
iba a venderse, ofreciendo su mano y su nombre a una mujer que apenas había
visto; a contraer una alianza que escandalizaría a toda la isla... ¡Digno
término de una vida inútil y atolondrada!
El vacío de su existencia se le aparecía ahora
claramente, sin los engaños de la presunción personal. La proximidad del
sacrificio lo hacía replegarse en sus recuerdos, cual si buscase en ellos una
justificación de los actos presentes. ¿Para qué había servido su paso por el
mundo?...
Volvió otra vez a las memorias de su infancia que
había evocado en el camino de Sóller. Veíase en el venerable caserón de los
Febrer con sus padres y su abuelo. Era hijo único. Su madre, una señora pálida,
de belleza melancólica, había quedado enferma a consecuencia de su nacimiento.
Don Horacio vivía en el segundo piso, en compañía de un viejo criado, como si
fuese un huésped en la casa, mezclándose con la familia o aislándose de ella a
su capricho.
Jaime, en medio de la vaguedad de sus recuerdos
infantiles, contemplaba con saliente relieve la figura de su abuelo. Jamás
había encontrado una sonrisa en aquel rostro de patillas blancas, que
contrastaban con sus ojos negros e imperiosos. Los de la casa tenían prohibido
subir a sus habitaciones. Nadie le había visto más que en traje de calle, con
una pulcritud minuciosa. El nieto, que era el único que podía subir a su
dormitorio a todas horas, encontrábale de buena mañana con su levita azul, alto
cuello de puntas y la negra corbata arrollada en varias vueltas, sujeta por una
perla enorme. Hasta en días de enfermedad conservaba su aspecto correcto, de
una elegancia antigua. Si la dolencia le obligaba a guardar cama, daba órdenes
al criado para que no recibiese ni a su hijo.
Febrer pasaba las horas sentado a los pies de su
abuelo, escuchando sus relatos e intimidado por la enorme cantidad de libros
que desbordaba de los armarios, extendiéndose por sillas y mesas. Le veía igual
en todo tiempo, con su levita forrada de seda roja, que parecía siempre la
misma y era renovada, sin embargo, cada seis meses. Las estaciones no traían
otra mudanza que el convertir el invernal chaleco de terciopelo en otro de seda
bordada. Cifraba su principal orgullo en la ropa blanca y en los libros. Le
traían del extranjero docenas de docenas de camisas, que muchas veces
amarilleaban olvidadas, sin estrenar, en el fondo de los armarios. Los libreros
de París enviábanle enormes paquetes de volúmenes recién publicados, y en vista
de sus continuas demandas, escribían en la dirección una línea que don Horacio
mostraba con burlona complacencia: «Mercader de libros.»
Hablaba al último de los Febrer con una bondad de
abuelo, esforzándose por que entendiese sus relatos, a pesar de que era parco
en palabras y poco sufrido en sus relaciones con la familia. Le contaba sus
viajes a París y Londres: los primeros en buque de vela hasta Marsella y luego
en silla de posta; los otros en vapores de ruedas y en camino de hierro,
grandes inventos cuya infancia había presenciado. Hablaba de la sociedad en la
época de Luis Felipe; de los grandes estrenos del romanticismo, a los que había
asistido; de las barricadas que había visto levantar desde su cuarto,
callándose que al mismo tiempo abarcaba el talle de una «griseta» asomada junto
a él.
Su nieto había nacido en buen tiempo: el mejor de
todos. Don Horacio se acordaba de sus desavenencias con su terrible padre, que
le habían obligado a viajar por Europa; aquel caballero que salía al encuentro
del rey Fernando para pedirle la vuelta a los usos antiguos, y bendecía a los
hijos diciéndoles: «Dios te haga un buen inquisidor.»
Luego enseñaba a Jaime grandes estampas con vistas
de las ciudades en las que había vivido, y que al niño le parecían poblaciones
de ensueño. Algunas veces se quedaba contemplando el retrato de «la abuela del
arpa», de su esposa, la interesante doña Elvira, el mismo lienzo que estaba
ahora en el recibimiento con las demás señoras de la familia. No parecía
conmoverse. Conservaba la misma gravedad con que acompañaba las bromas a que
era aficionado y las palabras gruesas que matizaban su conversación, pero decía
con voz algo trémula:
—Tu abuela era una gran señora, un alma de ángel,
una artista. Yo parecía un bárbaro a su lado... Era de nuestra familia, pero
vino de Méjico para casarse conmigo. Su padre fue marino y se quedó allá con
los «insurgentes». No hay en toda nuestra raza quien se parezca a aquella
mujer.
A las once y media de la mañana abandonaba al
nieto, y calándose un sombrero de copa, de seda negra en invierno y de castor
en verano, salía a dar un paseo por las calles de Palma, siempre por igual
sitio e idénticas aceras, lo mismo cuando llovía que cuando abrasaba el sol,
insensible al frío y al calor, puesto de levita en todo tiempo, siguiendo su
marcha con la regularidad de los autómatas de reloj, que aparecen, caminan y se
ocultan al sonar ciertas horas.
Sólo una vez en treinta años había modificado su
camino por las calles solitarias y blancas de sol, en las que resonaban sus
pasos. Una mañana había oído la voz de una mujer en el interior de una casa:
—Atlota... las doce. Pon el arroz, que pasa
don Horacio.
Él se había vuelto hacia la puerta con su gravedad
de gran señor:
—No soy reloj de p...
Y soltó la palabra gorda, sin despojarse de su
seriedad, como lanzaba siempre las expresiones más atroces. Desde aquel día
modificó su camino, para huir de los que tenían fe en la exactitud de sus
paseos.
Algunas veces hablaba a su nieto de las antiguas
grandezas de la casa. Los descubrimientos geográficos habían arruinado a los
Febrer. El Mediterráneo no era ya el camino de Oriente. Los portugueses y los
españoles del otro mar habían encontrado nuevos derroteros, y las naves
mallorquinas pudríanse en la inacción. Ya no había guerras con los piratas. La
santa Orden de Malta sólo era una distinción honorífica. Un hermano de su
padre, comendador en La Valette cuando Bonaparte conquistó la isla, había venido
a morir a Palma con su pobre pensión de retirado. Los Febrer hacia dos siglos
que, olvidados del mar—donde no quedaba comercio y sólo hacían la guerra pobres
patrones e hijos de pescadores—, se habían dedicado a imponer su nombre con un
lujo esplendoroso, arruinándose lentamente.
El abuelo aún había alcanzado los tiempos de
verdadero señorío, cuando ser butifarra era en Mallorca algo
que colocaban las gentes entre Dios y los caballeros. La venida al mundo de un
Febrer era un acontecimiento del que se hablaba en toda la ciudad. La gran dama
parturienta permanecía recluida en su palacio cuarenta días, y en todo este
tiempo las puertas estaban abiertas, el zaguán lleno de carrozas, la
servidumbre formada en la antecámara, los salones llenos de visitas, las mesas
cubiertas de dulces, bizcochos y refrescos. Había días de la semana destinados
a la recepción de cada clase social. Unos eran únicamente para los butifarras,
aristocracia de la aristocracia, casas privilegiadas, contadísimas familias,
unidas todas por el parentesco de continuos cruces; otros días para los
caballeros, nobleza tradicional que vivía, sin saber por qué, supeditada a los
anteriores; luego se recibía a los mossons, clase inferior pero en
trato familiar con los grandes, intelectuales de la época, médicos, abogados y
escribanos que prestaban sus servicios a las familias ilustres.
Don Horacio recordaba el esplendor de estas
recepciones. Los antiguos sabían hacer las cosas en grande.
—Cuando nació tu padre—decía a su nieto—, fue la
última fiesta en esta casa. Ochocientas libras mallorquinas pagué a un
confitero del Borne por azucarillos, bizcochos y refrescos.
De su padre se acordaba Jaime menos que de su
abuelo. Era en su memoria una figura simpática y dulce, pero algo borrosa. Al
pensar en él sólo veía una barba suave y algo clara como la suya, una frente
calva, una sonrisa dulce y unos lentes que brillaban al inclinarse. Contaban
que de muchacho había tenido amores con su prima Juana, aquella señora austera
llamada por todos «la Papisa», que vivía como una monja y gozaba de enormes
riquezas, regalándolas pródigamente en otros tiempos al pretendiente don Carlos,
y ahora a las gentes eclesiásticas que la rodeaban.
El rompimiento de su padre con ella era, sin duda,
la causa de que «la Papisa Juana» se mantuviese alejada de esta rama de su
familia, tratando a Jaime con hostil despego.
Su padre había sido oficial de la Armada, siguiendo
una tradición de la familia. Estuvo en la guerra del Pacífico, fue teniente en
una fragata de las que bombardearon el puerto del Callao, y como si sólo
esperase haber dado una prueba de valor, se retiró inmediatamente del servicio.
Luego se casó con una señorita de Palma, de fortuna escasa, cuyo padre era
gobernador militar de la isla de Ibiza. «La Papisa Juana», hablando un día con
Jaime, había pretendido herirle, con su voz fría y su gesto altivo.
—Tu madre era noble, de familia de caballeros...
pero no era butifarra como nosotros.
Jaime pasó los primeros años de su vida, cuando
empezó a darse cuenta de lo que le rodeaba, sin ver a su padre más que en los
rápidos viajes que hacía a Mallorca. Era del partido progresista, y la
Revolución de 1868 le había hecho diputado. Luego, al ser rey Amadeo de Saboya,
este monarca revolucionario, execrado y abandonado por la nobleza tradicional,
había tenido que acudir a nuevos hombres históricos para formar su corte.
El butifarra, por una exigencia del partido, fue alto funcionario
de Palacio. Su mujer, instada por él para que se trasladase a Madrid, no quiso
abandonar la isla. ¡Ir ella a la corte! ¿Y su hijo, que casi acababa de
nacer?... Don Horacio, cada vez más enjuto y más débil, pero siempre erguido en
su eterna levita nueva, seguía dando el paseo diario, ajustando su vida a la
marcha del reloj del Ayuntamiento. Liberal antiguo, gran admirador de Martínez
de la Rosa por sus versos y por la elegancia diplomática de sus corbatas,
torcía el gesto al leer los periódicos y las cartas de su hijo. ¿En qué pararía
todo aquello?...
En el corto período de la República volvió el padre
a la isla, dando por terminada su carrera. «La Papisa Juana», a pesar del
parentesco, fingía no conocerle. Estaba ocupadísima en aquella época. Hacía
viajes a la Península; giraba, según se decía, enormes cantidades para los
partidarios de don Carlos que sostenían la guerra en Cataluña y las provincias
del Norte. ¡Que no la hablasen de Jaime Febrer, el antiguo marino! Ella era una
verdadera butifarra, una defensora de la tradición, y hacía
sacrificios para que España fuese gobernada por caballeros. Su primo era menos
que un chueta: era un «descamisado». Y según afirmaba la gente, a
este odio de ideas iba unida la amargura por ciertas decepciones del pasado que
no había podido olvidar.
Al restaurarse los Borbones, el «progresista», el
palatino de don Amadeo, se convirtió en republicano y conspirador. Hacía
frecuentes viajes; recibía cartas cifradas de París; iba a Menorca para visitar
la escuadra surta en Mahón, y valiéndose de sus amistades de antiguo oficial,
catequizaba a los compañeros, preparando una sublevación de la marina. Puso en
estas empresas revolucionarias el mismo ardor aventurero de los antiguos
Febrer, su audacia tranquila, hasta que repentinamente murió en Barcelona, lejos
de los suyos.
El abuelo acogió la noticia con impasible gravedad,
pero ya no le vieron a mediodía en las calles de Palma las vecinas que
aguardaban su paso para poner el arroz al fuego. Ochenta y seis años: ya había
paseado bastante: ¡para lo que le quedaba que ver!... Se recluyó en el piso
segundo, donde sólo admitía a su nieto. Cuando venían a visitarle los
parientes, prefería bajar al salón, a pesar de su debilidad, correctamente
vestido, con levita nueva, los dos triángulos blancos del cuello asomando sobre
las roscas de la corbata, siempre recién afeitado, con las patillas bien
peinadas y el tupé brillante de goma. Llegó un día en que no pudo abandonar la
cama, y el nieto le vio entre sábanas, con el mismo aspecto de siempre,
conservando la fina camisa de batista, la corbata, que el criado le cambiaba
todos los días, y el chaleco de seda a flores. Cuando le anunciaban la visita
de su nuera, don Horacio hacía un gesto de contrariedad.
—Jaimito: la levita... Es una señora, y hay que
recibirla con decencia.
Igual operación se repetía al llegar el médico o
las contadas visitas que se dignaba recibir. Había que mantenerse hasta el
último momento sobre las armas, o sea como le habían visto toda la vida.
Una tarde, llamó con voz débil a su nieto, que leía
junto a una ventana un libro de viajes. Podía retirarse: necesitaba estar solo.
Jaime se fue y el abuelo pudo morir dignamente, en la soledad, sin el tormento
de tener que velar por la pulcritud de sus gestos, pudiendo entregarse sin
testigos a las muecas y estremecimientos de la agonía.
Al quedar solos Febrer y su madre, el muchacho
sintió ansias de libertad. Tenía llena su imaginación de aventuras y viajes
leídos en la biblioteca del abuelo, e igualmente de las hazañas de sus
ascendientes celebradas en los relatos de familia. Quería ser marino de guerra,
como su padre y como la mayoría de sus abuelos. La madre se opuso, con grandes
extremos de susto que hacían palidecer sus mejillas y azulear sus labios. ¡El
único Febrer, sometido a una existencia peligrosa y viviendo lejos de ella!...
No; bastantes héroes había tenido la casa. Debía ser señor en la isla; un
caballero de vida tranquila, que crease una familia para perpetuar el apellido
que llevaba.
Jaime cedió a los ruegos de su madre, eterna
enferma a la que la menor contrariedad parecía poner en peligro de muerte. Ya
que no le quería marino, estudiaría otra carrera. Necesitaba hacer lo mismo que
los otros muchachos de su edad a los que había tratado en las aulas del
Instituto. A los diez y seis años se embarcó para la Península. Su madre
deseaba que fuese abogado, para que pudiera desenmarañar la fortuna de la
familia, gravada y revuelta con hipotecas y préstamos.
Su equipaje fue enorme, un verdadero ajuar de casa,
y el bolsillo lo llevaba bien provisto. Un Febrer no podía vivir como un simple
estudiante. Fue primero a Valencia, por creer la madre esta población menos
peligrosa para la juventud. En otro curso pasó a Barcelona, y sucesivamente fue
viajando de Universidad en Universidad, según el humor de los catedráticos y su
benevolencia con los alumnos. Su carrera no adelantó gran cosa. Aprobaba
ciertos cursos por un azar feliz en el momento del examen o por la tranquila
audacia con que hablaba de lo que no sabía. En otros se atascaba, no pudiendo
seguir adelante. La madre aceptaba como buenas todas sus explicaciones al
volver a Mallorca. Ella misma le consolaba, aconsejándole que no extremase sus
estudios, y se revolvía contra la injusticia de los tiempos presentes. Su
implacable enemiga «la Papisa Juana» estaba en lo cierto. Estos tiempos no eran
para los caballeros; les habían declarado la guerra, se cometían toda clase de
injusticias para mantenerlos relegados.
Jaime gozaba de cierta popularidad en las
sociedades y cafés de Barcelona y Valencia donde había juegos de azar. Le
llamaban «el mallorquín de las onzas», porque su madre le remitía el dinero en
onzas de oro, que rodaban con reflejo escandaloso sobre las mesas verdes. Al
prestigio de esta magnificencia monetaria iba unido su extraño título de butifarra,
que hacía sonreír en la Península, evocando en la imaginación de muchos una
especie de autoridad feudal, con derechos de soberano, sobre lejanas islas.
Transcurrieron cinco años. Jaime era ya hombre,
pero aún no había llegado a la mitad de sus estudios. Sus condiscípulos de la
isla, al volver durante el verano, regocijaban a los contertulios de los cafés
del Borne con el relato de las aventuras de Febrer en Barcelona. Le veían del
brazo por las calles con mujeres de llamativo lujo; la gente bravia que
frecuenta las timbas guardaba grandes respetos al «mallorquín de las onzas» por
su fuerza y su coraje. Contaban que una noche había agarrado a cierto matón, levantándolo
en vilo con sus brazos de atleta para arrojarlo por una ventana. Y los
mallorquines pacíficos, al oír esto, sonreían con un orgullo de localidad. Era
un Febrer, un verdadero Febrer. La isla producía mozos bravos como siempre.
La buena doña Purificación, madre de Jaime, tuvo un
grave disgusto y una alegría maternal al saber que cierta hembra escandalosa
había llegado a la isla en seguimiento de su hijo. La comprendía y la excusaba.
¡Un mozo tan guapo como su Jaime!... Pero la mozuela alborotó con sus trajes y
ademanes las tranquilas costumbres de la ciudad; las buenas familias se
indignaron, y doña Purificación trató con ella, valiéndose de intermediarios,
para darle dinero y que abandonase la isla.
En otras vacaciones el escándalo fue mayor. Jaime,
que cazaba en Son Febrer, tuvo relaciones con una payesa joven y
hermosa, y casi anduvo a escopetazos con un mozo rústico que la pretendía. Sus
amores campestres le ayudaban a pasar el destierro del verano. Era un legítimo
Febrer, lo mismo que su abuelo. La pobre señora sabía a qué atenerse respecto a
aquel suegro siempre serio y correcto, que acariciaba la barbilla de las
payesas jóvenes con una frialdad de señor grave. En los alrededores del predio
de Son Febrer eran muchos los mozos que tenían la cara de don
Horacio; pero su esposa la mejicana, alma poética, vivía muy por encima de
estas vulgaridades, mientras con el arpa en las rodillas y los ojos entornados
recitaba las poesías de Ossián. Las rústicas beldades de nítido rebocillo,
trenza suelta y blancas alpargatas atraían a los pulcros y señoriales Febrer
con una fuerza irresistible.
Cuando doña Purificación se quejaba de las largas
excursiones de caza que emprendía su hijo por la isla, éste se quedaba en la
ciudad, pasando el día en el jardín para ejercitarse en el tiro de pistola.
Enseñaba a su asustadiza madre un saco guardado a la sombra de un naranjo.
—¿Ve usted esto?... Es un quintal de pólvora. Hasta
que no lo queme no descanso.
Y madó Antonia temía asomarse a
las ventanas de su cocina, y las monjas que ocupaban una parte del antiguo
palacio mostraban un instante sus tocas blancas, ocultándose inmediatamente
como palomas amedrentadas por el continuo tiroteo.
El jardín, encerrado entre tapias almenadas
lindantes con la muralla de mar, estremecíase de la mañana a la noche bajo el
estrépito de las detonaciones. Huían los pájaros con medroso aleteo; trepaban
por los agrietados muros verdosos lagartos, ocultándose entre las capas de
hiedra; trotaban los gatos por las avenidas con un galope de terror. Los
árboles eran viejísimos, respetables, como el palacio: naranjos centenarios, de
tronco retorcido, que necesitaban el apoyo de un cerco de horquillas para
sostener sus miembros venerables; magnolieros gigantes, con más leña que hojas;
palmeras infecundas, que se remontaban en el espacio azul buscando el mar por
encima de las almenas para saludarlo con vaivenes de su cabeza empenachada.
El sol hacía crujir las cortezas de los árboles y
estallar las simientes olvidadas a flor de tierra; danzaban como chispas de oro
los insectos zumbadores en las barras de luz que perforaban el follaje; caían
con blando chapoteo, de tarde en tarde, los higos maduros despegándose de las
ramas; sonaba a lo lejos el arrullo del mar, batiendo las rocas al pie de la
muralla; y en esta calma poblada de murmullos seguía Febrer disparando
pistoletazos. Era ya un maestro. Cuando apuntaba al monigote dibujado en el muro,
lamentábase de que no fuese un hombre, un enemigo odiado al que necesitase
exterminar. Esta bala iba al corazón. ¡Pum! Y sonreía satisfecho al ver
marcarse el agujero del proyectil en el mismo lugar a que había apuntado.
El estrépito de los tiros, el humo de la pólvora,
despertaban en su imaginación belicosas fantasías, historias de lucha y de
muerte en las que siempre era un héroe triunfador. ¡Veinte años, y aún no se
había batido!... Necesitaba un lance para dar prueba de su coraje. Era una
desgracia que no tuviese enemigos, pero ya procuraría crearse alguno cuando
volviera a la Península. Y persistiendo en estos desvaríos de su imaginación,
excitada por el estampido de las detonaciones, fingía un lance de honor. Su adversario
le tocaba al primer tiro y él caía al suelo. Aún tenía la pistola en la mano;
debía defenderse, debía contestar tendido en el suelo. Y con gran escándalo de
su madre y de madó Antonia, que al asomarse le creían loco,
permanecía echado de bruces y disparaba en esta posición, amaestrándose «para
cuando le hiriesen».
Al volver a la Península con el propósito de seguir
sus interminables estudios, iba fortalecido por la vida de campo, arrogante por
sus ensayos del jardín y deseoso de tener el ansiado duelo con el primero que
le diese el más leve pretexto. Pero como era hombre cortés, incapaz de injustas
provocaciones, y su aspecto imponía respeto a los insolentes, transcurría el
tiempo y el lance no llegaba. Su vitalidad exuberante, su fuerza impulsiva,
consumíanse en obscuras aventuras y estúpidos derroches, de los que hablaban
luego en la isla con admiración los compañeros de estudios.
Viviendo en Barcelona, recibió un telegrama
anunciador de que su madre estaba enferma de gravedad. Tardó dos días en
embarcarse: no había un buque pronto a zarpar. Cuando llegó a la isla, su madre
había muerto. De la antigua familia que había visto en su niñez no quedaba
nadie. Sólo madó Antonia le podía recordar los tiempos
pasados.
Cuando se vio dueño de la fortuna de los Febrer y
en plena libertad, tenía veintitrés años. La tal fortuna estaba roída por las
esplendideces de sus ascendientes y abrumada con toda clase de gravámenes. La
casa de Febrer era grande, como esos buques que al encallar y perderse para
siempre hacen la riqueza de la costa adonde van a morir. Sus restos y despojos,
que hubieran mirado con desprecio los antiguos, representaban aún una fortuna.
Jaime no quiso pensar, no quiso saber. Necesitaba
vivir, ver mundo, y renunció a sus estudios. ¿Qué le importaban las leyes y
costumbres romanas y los cánones eclesiásticos para pasar una buena existencia?
Ya sabía bastante. En realidad, lo mejor y más ameno de sus conocimientos se lo
debía a su madre, cuando él vivía, siendo niño, en el palacio, sin haber visto
maestros. Ella le había enseñado algo de francés y un poco de piano en un
antiguo instrumento de teclas amarillentas y gran frontispicio de seda roja que
casi llegaba al techo. Otros sabían menos que él y eran tan caballeros y mucho
más dichosos. ¡A vivir!....
Permaneció dos años en Madrid. Tuvo amantes que le
dieron cierta popularidad, caballos famosos, alborotó en los entresuelos de
Fornos, fue íntimo amigo de un torero célebre y jugó fuerte. Tuvo un duelo,
pero fue a espada—no como él se lo había imaginado, tendido en el suelo, la
pistola en la diestra—, y salió del lance con un pinchazo en un brazo; algo
como una puntada de alfiler en una epidermis de elefante.
Ya no era «el mallorquín de las onzas». El depósito
de redondeles de oro guardado por su madre se había extinguido; pero arrojaba
los billetes pródigamente en las mesas de juego, y cuando venía «la mala»
escribía a su administrador, un abogado hijo de una familia de antiguos mossons,
dependientes de los Febrer desde hacía siglos.
Se cansó de Madrid, donde se consideraba casi un
extranjero. Perduraba en él el alma de los antiguos Febrer, grandes viajeros de
todos los países menos de España, pues siempre habían vivido vueltos de
espaldas a sus reyes. Muchos de sus abuelos eran familiares de todas las
ciudades importantes del Mediterráneo; habían visitado a los príncipes de los
pequeños Estados italianos, habían sido recibidos en audiencia por el Papa y
por el Gran Turco, pero jamás se les ocurrió ir a Madrid.
Además, Febrer se irritaba muchas veces con sus
parientes de la corte, jóvenes orgullosos de sus títulos nobiliarios, que
sonreían al mencionar su rara cualidad de butifarra. ¡Y pensar que
la familia había dejado que pasasen a los parientes de la Península varios
marquesados, prefiriendo este título supremo de nobleza isleña y el goce de las
altas dignidades caballerescas de Malta!...
Comenzó a viajar por Europa, fijando su residencia
el otoño y parte del invierno en París, los meses de frío en la Costa Azul, la
primavera en Londres y el verano en Ostende, con varias expediciones a Italia,
a Egipto y a Noruega para ver el sol de media noche.
En esta nueva existencia apenas era conocido. Vivía
como un viajero más, insignificante glóbulo circulante de la gran red arterial
que el ansia del viaje extiende sobre el continente. Pero esta vida de continuo
movimiento, con monotonías abrumadoras e inesperadas aventuras, satisfacía sus
instintos atávicos, las aficiones heredadas de sus remotos ascendientes,
grandes visitadores de pueblos nuevos.
Además, esta existencia errante halagaba su ansia
por todo lo extraordinario. En los hoteles de Niza, falansterios de la
corrupción mundial correcta e hipócrita, se había visto agraciado en la
obscuridad de su cuarto por las más inesperadas visitas. En Egipto había tenido
que huir de las caricias decadentes de una condesa húngara, marchita flor de
elegancia, de ojos hundidos y violento perfume, que revelaba bajo tersos y
juveniles esmaltes la podredumbre de su carne.
Estando en Munich cumplió veintiocho años. Había
ido poco antes a Bayreuth para una representación de las óperas de Wagner, y
ahora, en la capital de Baviera, asistía al teatro de la Residencia, donde se
verificaba el festival de Mozart. Jaime no era melómano, pero su vida errante
le obligaba a ir donde iba la gente, y su condición de pianista aficionado le
había hecho asistir dos años seguidos a esta romería musical.
En el hotel que habitaba en Munich encontró a miss
Mary Gordon, a la que había visto antes en el teatro de Wagner. Era una inglesa
alta, esbelta, de pocas y finas carnes; un cuerpo de gimnasta, en el que los
deportes habían contenido las amenas redondeces femeniles, dándola un aspecto
juvenil, sano y asexual de bello muchacho. La cabeza era lo más hermoso: una
cabeza de paje, con transparencias de porcelana, sonrosadas naricillas de perro
juguetón, húmedos ojos azules y una cabellera rubia, de oro blanquecino en la
superficie y oro obscuro en sus profundidades. Su belleza era adorable y
frágil; la belleza británica que se pierde a los treinta años bajo violáceas
rubicundeces y granulaciones de la piel.
En el restorán había sorprendido Jaime repetidas
veces la mirada de sus ojos azules, cándidos y tranquilamente atrevidos, fijos
en él. Iba con una dama gorda, fofa y de rostro arrebolado, una señora de
compañía vestida de negro, con un sombrero de paja roja y un cinturón de igual
color que partía en dos abultados hemisferios su pecho y su vientre. Ella,
juvenil y ligera, parecía una flor de oro y nácar dentro de sus vestidos de
franela blanca, de corte masculino, con corbata de hombre y un panamá de alas
caídas, al que se arrollaba un velo azul.
Febrer se encontraba con ellas frecuentemente: en
la Pinacoteca, frente a los Evangelistas de Durero; en la
Glicoteca, contemplando los mármoles de Egina; en el teatro rococó de la
Residencia, donde cantaban las obras de Mozart, sala de otro siglo, con una
decoración de porcelana y guirnaldas que parecía imponer a los espectadores el
uso del tacón de púrpura y la peluca blanca. Habituados a verse, Jaime la
saludaba con una sonrisa, y ella parecía contestarle tímidamente con el brillo
de sus ojos.
Una mañana, al salir de su cuarto, encontró a la
inglesita en un rellano de la escalera. Inclinaba su busto de muchacho sobre la
barandilla.
—¡Lift!¡lift!—gritaba con su vocecita de
pájaro, avisando al encargado del ascensor para que lo subiese.
La saludó Febrer al entrar con ella en la caja
movible y dijo algunas palabras en francés para entablar conversación. La
inglesa callaba, mirándolo fijamente con sus pupilas azules claras, en las que
parecía flotar una estrella de oro. Permaneció inmóvil como si no le
entendiese, pero Jaime la había visto en el salón de lectura hojeando diarios
de París.
Al salir del ascensor, la inglesa se dirigió con
paso rápido a la oficina donde estaba pluma en mano el cajero del hotel. Éste
la escuchó con gesto obsequioso, como un políglota pronto a entender a todos
los huéspedes, y saliendo de su encierro fuese hacia Jaime, que fingía leer los
anuncios del vestíbulo, turbado aún por su fracaso. Febrer creyó que no le
hablaban a él. «Señor, esta señorita me pide que le presente.»
Y volviéndose hacia la inglesa, el hotelero añadió
con germana tranquilidad, como quien cumple un deber de su cargo:
—Monsieur el hidalgo Febrer, marqués de
España.
Sabía su obligación. Todo español que viaja con
buenas maletas es hidalgo y marqués mientras no prueba lo contrario.
Luego indicó con sus ojos a la inglesa, que
permanecía tiesa y grave durante esta ceremonia, sin la cual ninguna joven bien
nacida puede cruzar su palabra con un hombre: «Miss Gordon, doctora de la
Universidad de Melbourne.»
La miss alargó su manecita enguantada de blanco y
sacudió con una rudeza gimnástica la diestra de Febrer. Sólo entonces se
decidió a hablar.
—¡Oh, España!... ¡Oh, don Quichotte!
Sin saber cómo, salieron los dos del hotel hablando
de las representaciones a que asistían por las tardes. Aquel día no era de
teatro, y ella pensaba ir a la pradera llamada Teresienwiese, al
pie de la estatua de la Bavaria, para ver la feria de los tiroleses y escuchar
sus canciones. Después de almorzar en el hotel visitaron el campo de la feria;
subieron a la cabeza de la enorme estatua, contemplando la planicie bávara, sus
lagos y sus lejanas montañas; recorrieron la Galería de la Gloria, llena de
bustos de bávaros célebres, cuyos nombres leían por primera vez, y acabaron
yendo de barraca en barraca, admirando los trajes de los tiroleses, sus bailes
gimnásticos, sus gorjeos y trinos iguales a los del ruiseñor.
Marchaban los dos como si se hubiesen conocido toda
la vida, admirando Jaime en los ademanes de miss Gordon esa libertad varonil de
las muchachas sajonas, que no temen el contacto con el hombre y se sienten
fuertes al ser guardadas por ellas mismas. Desde aquel día salieron juntos a
correr los museos, las academias, las viejas iglesias, unas veces solos, otras
con la señora de compañía, que se esforzaba por seguir sus pasos. Eran dos
camaradas que se comunicaban sus impresiones sin pensar nunca en la diversidad
de sus sexos. Jaime sentía deseos de aprovecharse de esta intimidad diciendo
galanterías, osando pequeños atrevimientos; pero se detenía en el momento
oportuno. Con estas mujeres era peligrosa la acción, se mantienen impasibles, a
prueba de toda clase de impresiones. Debía esperar que fuese ella la que tomase
la iniciativa. Eran hembras que podían ir solas por el mundo, sintiéndose
capaces de interrumpir los arrebatos de pasión con golpes de boxeo. Algunas
había visto él en sus viajes que llevaban en el manguito, o en el bolso de
mano, entre la caja de polvos y el pañuelo, un diminuto y niquelado revólver.
Miss Mary le hablaba del lejano archipiélago
oceánico en el que su padre era algo así como un virrey. No tenía madre, y
había venido a Europa para completar los estudios hechos en Australia. Ella era
doctora de la Universidad de Melbourne; doctora en música... Jaime, disimulando
el asombro que le causaban estas noticias de un mundo lejano, hablaba de él, de
su familia, de su país, de las curiosidades de la isla, de la caverna de Artá,
trágicamente grandiosa, caótica como una antesala del infierno; de las cuevas
del Dragón, con sus bosques de estalactitas luminosas, cual un palacio de
hielo, y sus lagos milenarios y dormidos, de cuyo profundo cristal parecía que
iban a surgir mágicas desnudeces semejantes a las de las hijas del Rhin que
guardaban el tesoro de los Nibelungos. Miss Gordon le escuchaba embelesada.
Jaime parecía engrandecerse ante sus ojos al ser hijo de aquella isla de
ensueño, donde es siempre azul el mar, luce el sol en todo tiempo y florece el
naranjo.
Poco a poco Febrer fue pasando las tardes en la
habitación de la inglesa. Habían terminado las representaciones del festival de
Mozart. Miss Gordon necesitaba diariamente el alimento espiritual de la música.
Tenía un piano en su salón y un rimero de partituras que la acompañaban en sus
viajes. Jaime sentábase junto a ella, frente al teclado, y procuraba seguirla
como acompañante en las piezas que interpretaba, siempre del mismo autor, del
dios, del único. El hotel estaba próximo a la estación, y el ruido de camiones,
coches y tranvías enervaba a la inglesa, haciéndola cerrar las ventanas. La
dama de compañía quedábase en su cuarto, satisfecha de verse libre de aquel
chaparrón musical, cuyas delicias no podían compararse con las de hacer una
buena labor de punto de Irlanda. Miss Gordon, sola con el español, le trataba
como una maestra.
—A ver, otra vez: repitamos el tema de «la espada».
Ponga usted atención.
Pero Jaime se distraía contemplando de reojo el
cuello largo y blanquísimo de la inglesa, erizado de pelillos de oro, la red de
venas azules que se marcaba levemente en la transparencia de su epidermis
nacarada.
Llovía una tarde; el cielo plomizo parecía rozar
los tejados de las casas; en el salón había una luz difusa de bodega. Tocaban
casi a tientas, avanzando las cabezas para leer en la mancha blanca de la
partitura. Zumbaba la selva de los encantos, moviendo sus verdes y rumorosas
cabelleras ante el rudo Sigfrido, inocente hijo de la Naturaleza, ansioso de
conocer el lenguaje y el alma de las cosas inanimadas. Cantaba el pájaro
maestro, haciendo resaltar su dulce voz entrecortada sobre los murmullos del
follaje. Mary se estremeció.
—¡Ah, poeta!... ¡poeta!
Y siguió tocando. Luego, en la creciente obscuridad
del salón sonaron los rudos acordes que acompañan al héroe a la tumba; la
fúnebre marcha de los guerreros llevando sobre el pavés el cuerpo membrudo,
blanco y rubio de Sigfrido, interrumpida por la frase melancólica del dios de
los dioses. Mary seguía temblando, hasta que de pronto sus manos abandonaron el
teclado y su cabeza fue a posarse en un hombro de Jaime, como un pájaro que
abate sus alas.
—¡Oh, Richard!... ¡Richard, mon bien aimée!
El español vio sus ojos extraviados y su boca
llorosa que se ofrecían; sintió en sus manos las manos frías de ella, le
envolvió su aliento. Sobre su pecho se aplastaron ocultas redondeces de
elástica y firme dureza cuya existencia no había podido sospechar.
Y aquella tarde no hubo más música.
A media noche, cuando se acostó Febrer, aún no
había salido de su asombro. Él era el precursor, el primero que llega; no tenía
dudas. Después de tantos miramientos, así habían ocurrido las cosas, con la
mayor simpleza, como quien ofrece la mano, sin que él pusiera nada de su parte.
Otro de sus asombros había sido oírse llamar con un
nombre que no era el suyo. ¿Quién podía ser aquel Ricardo?... Pero en la hora
de dulces y soñolientas explicaciones que siguen a las de locura y olvido, ella
le había hablado de la impresión que sintió en Bayreuth al verle por primera
vez entre las mil cabezas que llenaban el teatro. ¡Era él... él, como le
representaban sus retratos de joven! Y al encontrarle de nuevo en Munich bajo
el mismo techo, había sentido que la suerte estaba echada y era inútil luchar
por desprenderse de esta atracción.
Febrer se examinó con irónica curiosidad en el
espejo de su cuarto. ¡Lo que una mujer es capaz de descubrir! Sí; algo tenía
del otro... la frente pesada, los cabellos lacios, la nariz picuda y la barba
saliente, que, andando los años, se inclinarían buscándose, para darle cierto
perfil de bruja... ¡Excelente y glorioso Ricardo! ¡Por dónde había venido a
proporcionarle una de las mayores felicidades de su vida!... ¡Qué hembra tan
original aquélla!
Y su asombro aún se aumentó en los otros días,
mezclado con cierta amargura. Era una mujer que parecía renovarse diariamente,
olvidando lo pasado. Le recibía con grave tiesura, como si nada hubiese
ocurrido, como si en ella no dejasen rastro los hechos, como si el día anterior
no existiese, y únicamente cuando la música evocaba la memoria del otro venían
el enternecimiento y la sumisión.
Jaime, irritado, se proponía dominarla: por algo
era hombre. Al fin fue consiguiendo que el piano sonase menos y que ella viese
en su persona algo más que un retrato viviente del ídolo.
En su feliz embriaguez les pareció feo Munich y
enojoso aquel hotel donde les habían conocido extraños el uno al otro. Sentían
la necesidad de arrullarse libremente, de volar lejos, y un día se vieron en un
puerto que tenía a su entrada un león de piedra y más allá la líquida planicie
de un lago inmenso que se confundía con el cielo en la línea del horizonte.
Estaban en Lindau. Un vapor podía llevarlos a Suiza, otro a Constanza, y
prefirieron la tranquila ciudad alemana del famoso Concilio, yendo a instalarse
en el Hotel de la Isla, antiguo monasterio de dominicos.
¡Cómo se conmovía Febrer al recordar este período,
el mejor de su existencia! Mary seguía siendo para él una mujer de carácter
original, en la que siempre quedaba algo por conquistar, abordable a ciertas
horas y repelente y austera el resto del día. Era su amante, y sin embargo no
podía permitirse un descuido, una libertad que revelase la confianza de la vida
común. La más leve alusión a sus intimidades la hacía enrojecer de
protesta: «¡Shocking!...»
Y no obstante, todas las madrugadas, al romper el
alba, Febrer, siguiendo los corredores del antiguo convento, regresaba a su
cuarto, deshacía la cama para que no sospechasen los sirvientes y se asomaba al
balcón. Cantaban los pájaros en un jardín de altos rosales situado a sus pies.
Más allá, el lago de Constanza se coloreaba de púrpura con la salida del sol.
Los primeros esquifes de pesca partían las aguas con ondulaciones de color
anaranjado; sonaban a lo lejos, veladas por la húmeda brisa mañanera, las campanas
de la catedral; comenzaban a rechinar las grúas en la orilla donde el lago deja
de serlo, encauzándose para convertirse en el Rhin; los pasos de los criados y
los frotes de la limpieza despertaban en el hotel los ecos del claustro
monacal.
Junto al balcón, adosada al muro, y tan inmediata
que Febrer podía tocarla con la mano, había un torrecilla con montera de
pizarra y antiguos escudos en su pared circular. Era la torre donde había
vivido preso Juan Huss antes de marchar a la hoguera.
El español pensaba en Mary. A aquellas horas
estaría en la penumbra perfumada de su habitación, con la rubia cabecita entre
los brazos, durmiendo el primer sueño serio de la noche, cansado el cuerpo y
vibrante aún por la más noble de las fatigas... ¡Pobre Juan Huss! Jaime le
compadecía como si hubiese sido amigo suyo. ¡Quemarle ante un paisaje tan
hermoso, tal vez una mañana como aquélla!... ¡Meterse en la boca del lobo y dar
la vida por si el Papa era bueno o malo, o los laicos debían comulgar con vino
lo mismo que los sacerdotes! ¡Morir por tales simplezas cuando la vida es tan
hermosa y el hereje hubiera podido amenizarla ricamente con cualquiera de las
rubias pechugonas y caderudas, amigas de cardenales, que presenciaron su
suplicio!... ¡Infeliz apóstol! Febrer compadecía irónicamente la simpleza del
mártir. Él veía la existencia con otros ojos... ¡Viva el amor!... Era lo único
serio de la existencia.
Cerca de un mes permanecieron en la antigua ciudad
episcopal, paseando a la caída de la tarde por las calles solitarias cubiertas
de hierba, con sus palacios ruinosos del tiempo del Concilio; bajando en
esquife la corriente del Rhin a lo largo de riberas orladas de bosques;
deteniéndose a contemplar las casitas de techo rojo y amplias parras bajo las
cuales cantaban los burgueses jarro en mano, con una alegría germánica de
sochantre, grave y reposada.
De Constanza pasaron a Suiza, y después a Italia.
Un año anduvieron juntos, contemplando paisajes, viendo museos, visitando
ruinas, cuyas sinuosidades y escondrijos aprovechaba Jaime para besar la
nacarada piel de Mary, gozándose en sus auroras de rubor y en el gesto de
enfado con que protestaba: «¡Shocking!...» La acompañanta,
insensible como una maleta a las novedades del viaje, seguía la confección de
un gabán de punto de Irlanda empezado en Alemania, seguido a través de los
Alpes, a lo largo de los Apeninos y a la vista del Vesubio y del Etna. Privada
de poder hablar con Febrer, que ignoraba el inglés, lo saludaba con el brillo
amarillento de sus dientes y volvía a su trabajo, siendo una figura decorativa
de los halls de los hoteles.
Los dos amantes hablaban de casarse. Mary resolvía
la situación con enérgica rapidez. A su padre sólo necesitaba escribirle dos
líneas. Estaba muy lejos, y además nunca le había consultado en ningún asunto.
Aprobaría cuanto ella hiciese, seguro de su seso y prudencia.
Estaban en Sicilia, tierra que recordaba a Febrer
su isla. También los antiguos de la familia habían andado por allí, pero con la
coraza sobre el pecho y en peor compañía. Mary hablaba del porvenir, arreglando
la parte financiera de la futura sociedad con el sentido práctico de su raza.
No le importaba que Febrer tuviese poca fortuna: ella era rica para los dos. Y
enumeraba todos sus bienes, tierras, casas y acciones, como un administrador
seguro de su memoria. Al regresar a Roma se casarían en la capilla evangélica y
en una iglesia católica. Ella conocía a un cardenal que le había proporcionado
una visita al Papa. Su Eminencia lo arreglaría todo.
Jaime pasó una noche en claro en un hotel de
Siracusa... ¿Casarse? Mary era agradable: embellecía la vida y llevaba con ella
una fortuna. ¿Pero realmente se casaba con él?... Comenzaba a molestarle el
otro, el fantasma ilustre que había surgido en Zurich, en Venecia, en todos los
lugares visitados por ellos que guardaban recuerdos del paso del maestro... Él
se haría viejo, y la música, su temible rival, se conservaría siempre fresca.
Dentro de pocos años, cuando el matrimonio hubiese quitado a sus relaciones el
encanto de lo ilegal, el deleite de lo prohibido, Mary encontraría algún
director de orquesta más semejante aún «al otro», o un violonchelista feo,
melenudo y de pocos años que le recordase a Beethoven muchacho. Además, él era
de otra raza, de otras costumbres y pasiones. Estaba cansado de aquella reserva
pudibunda en el amor, de aquella resistencia a la entrega definitiva que le
gustaba al principio, como una renovación de la mujer, pero había acabado por
fatigarle. No; aún era tiempo de salvarse.
—Lo siento por lo que pensará de España... Lo
siento por don Quijote—dijo haciendo su maleta en la madrugada.
Y huyó, yendo a perderse en París, adonde la
inglesa no iría a buscarle. Odiaba a esta ciudad ingrata por la silba del Tannhauser,
suceso ocurrido muchos años antes de nacer ella.
De estas relaciones, que habían durado un año, sólo
guardó Jaime el recuerdo de una felicidad agrandada y embellecida por el paso
del tiempo y un mechón de cabellos rubios. También debía tener entre varias
guías de viaje y numerosas postales con vistas, guardadas en un mueble antiguo
de su caserón, un retrato de la doctora en música, vistiendo una toga de
luengas mangas y un birrete cuadrado del que pendía una borla.
De la vida que llevó después apenas se acordaba.
Era un vacío de tedio cortado por congojas monetarias. El administrador
mostrábase tardo y doliente en sus remesas. Jaime le pedía dinero, y contestaba
con cartas quejumbrosas, hablando de intereses que había que satisfacer, de
segundas hipotecas para las cuales apenas encontraba prestamistas, de
irregularidad de una fortuna en la que no quedaba nada libre de gravamen.
Creyendo que con su presencia podía solucionar esta
mala situación, Febrer hacía cortos viajes a Mallorca, terminados siempre por
la venta de alguna finca; y apenas veía dinero en sus manos, levantaba otra vez
el vuelo, sin prestar oído a los consejos del administrador. El dinero le
comunicaba un optimismo sonriente. Todo se arreglaría. A última hora contaba
con el recurso del matrimonio. Mientras tanto... ¡a vivir!
Y vivió todavía algunos años, unas veces en Madrid,
otras en las grandes ciudades del extranjero, hasta que al fin el administrador
cerró este período de alegres prodigalidades enviando su dimisión, sus cuentas,
y con ellas la negativa a seguir remitiendo dinero.
Un año llevaba en la isla «enterrado», como él
decía, sin otra diversión que las noches de juego en el Casino y las tardes
pasadas en el Borne en una mesa de antiguos camaradas, isleños sedentarios que
gozaban con el relato de sus viajes. Apuros y miserias: ésta era la realidad de
su vida presente. Los acreedores le amenazaban con inmediatas ejecuciones.
Aún conservaba aparentemente Son Febrer y
otros bienes de sus antepasados, pero la propiedad producía poco en la isla;
las rentas, por una costumbre tradicional, eran iguales que en tiempo de sus
abuelos, pues las familias de arrendatarios se perpetuaban en el disfrute de
las fincas. Estos pagaban directamente a sus acreedores, pero aun así, no
llegaban a satisfacer la mitad de los intereses. Los ricos adornos del palacio
sólo los conservaba como un depósito. La noble casa de los Febrer estaba
sumergida y él era incapaz de sacarla a flote. Pensaba fríamente algunas veces
en la conveniencia de salir del mal paso sin humillaciones ni deshonras,
haciendo que le encontrasen una tarde en el jardín, dormido para siempre bajo
un naranjo, con un revólver en la diestra.
En tal situación, alguien le sugirió una idea al
salir del Casino, después de las dos de la madrugada, a la hora en que el
insomnio nervioso hace ver las cosas con una luz extraordinaria que parece
darles distinto relieve. Don Benito Valls, el rico chueta, le
apreciaba mucho. Varias veces había intervenido espontáneamente en sus asuntos,
librándole de peligros inminentes. Era simpatía a su persona y respeto a su
nombre. Valls no tenía más que una heredera, y además estaba enfermo: la
exuberancia prolífica de su raza se había desmentido en él. Su hija Catalina
había querido ser monja en la adolescencia; pero ahora, pasados los veinte
años, sentía gran amor por las vanidades del mundo, y compadecía tiernamente a
Febrer cuando hablaban ante ella de sus desgracias.
Jaime se resistió a la proposición casi con tanto
asombro como madó Antonia. ¡Una chueta!... Pero la
idea fue abriéndose camino, lubrificada en su incesante taladro por los apuros
y las miserias crecientes que acompañaban la llegada de cada día. ¿Por qué
no?... La hija de Valls era la heredera más rica de la isla, y el dinero no
tiene sangre ni raza.
Al fin había cedido a las instancias de algunos
amigos, oficiosos mediadores entre él y la familia, y aquella mañana iba a
almorzar en la casa de Valldemosa, donde vivía Valls gran parte del año para
alivio del asma que le ahogaba.
Jaime hizo un esfuerzo de memoria queriendo
recordar a Catalina. La había visto varias veces, en las calles de Palma. Buena
figura, rostro agradable. Cuando viviera lejos de los suyos y vistiese mejor,
sería una señora «presentable»... ¿Pero podía amarla?...
Febrer sonrió escépticamente. ¿Acaso resultaba
necesario el amor para casarse? El matrimonio era un viaje a dos por el resto
de la vida, y únicamente había que buscar en la mujer las condiciones que se
exigen en un compañero de excursión: buen carácter, identidad de gustos, las
mismas aficiones en el comer y en el dormir... ¡El amor! Todos se creían con
derecho a él, y el amor era como el talento, como la belleza, como la fortuna,
una dicha especial que sólo disfrutaban contadísimos privilegiados. Por suerte,
el engaño venía a ocultar esta cruel desigualdad, y todos los humanos acababan
sus días pensando nostálgicamente en la juventud, creyendo haber conocido
realmente el amor, cuando no habían sentido otra cosa que el delirio de un
contacto de epidermis.
El amor era una cosa hermosa, pero no indispensable
en el matrimonio ni en la existencia. Lo importante era escoger una buena
compañera para el resto del viaje; acomodarse bien en los asientos de la vida;
arreglar el paso de los dos a un mismo ritmo, para que no hubiesen saltos ni
encontronazos; dominar los nervios y que la piel no se repeliese en el contacto
de la existencia común; poder dormir como buenos camaradas, con mutuo respeto,
sin herirse con las rodillas ni meterse los codos en los costillares... Él
esperaba encontrar todo esto, dándose por contento.
Valldemosa se presentó de pronto a su vista sobre
la cumbre de una colina rodeada de montañas. La torre de la Cartuja, con
adornos de azulejos verdes, elevábase sobre la frondosidad de los jardines de
las celdas.
Febrer vio un carruaje inmóvil en una revuelta del
camino. Un hombre descendió de él, moviendo los brazos para que el cochero de
Jaime detuviese sus bestias. Luego abrió la portezuela y subió riendo, para
sentarse al lado de Febrer.
—¡Hola, capitán!—dijo éste con extrañeza.
—No me esperabas, ¿eh?... También soy del almuerzo;
me convido yo mismo. ¡Qué sorpresa va a tener mi hermano!...
Jaime estrechó su diestra. Era uno de sus más
leales amigos: el capitán Pablo Valls.
Pablo Valls era conocido en toda Palma. Cuando
tomaba asiento en la terraza de un café del Borne formábase en torno de él un
apretado círculo de oyentes, que sonreían ante sus ademanes enérgicos y su voz
ruidosa, incapaz de sonar en tono discreto.
—Yo soy chueta, ¿y qué?... ¡Judío de lo
más judío! Todos los de mi familia procedemos de «la calle». Cuando yo mandaba
el Roger de Launa, una vez que estuve en Argel me detuve a la
puerta de la sinagoga, y un viejo, luego de mirarme, dijo: «Tú puedes pasar: tú
eres de los nuestros.» Y yo le di la mano y contesté: «Gracias,
correligionario.»
Los oyentes reían, y el capitán Valls, declarando a
gritos su calidad de chueta, miraba a todas partes como si
desafíase a las casas, a las personas, al alma de la isla, hostil a su raza por
un odio absurdo de siglos.
Su rostro delataba su origen. Las patillas rubias y
canosas, unidas por un bigote corto, revelaban al marino retirado de la
navegación; pero sobre estos adornos capilares resaltaba su perfil semita, su
curva y pesada nariz, su mentón saliente y unos ojos de párpados prolongados,
con pupilas de ámbar o de oro, según era la luz, en las que parecían flotar
algunos puntos de color de tabaco.
Había navegado mucho; había vivido largas
temporadas en Inglaterra y los Estados Unidos, y de la permanencia en estas
tierras de libertad, insensibles a los odios religiosos, traía una franqueza
belicosa que le impulsaba a desafiar las preocupaciones de la isla, tranquila e
inmóvil en su estancamiento. Los otros chuetas, atemorizados por
varios siglos de persecución y menosprecio, ocultaban su origen o procuraban
hacerlo olvidar con su mansedumbre. El capitán Valls aprovechaba todas las
ocasiones para hablar de él, ostentándolo como un título de nobleza, como un
reto que lanzaba a la general preocupación.
—Soy judío, ¿y qué?...—seguía gritando—.
Correligionario de Jesús, de San Pablo y otros santos a los que se venera en
los altares. Los butifarras hablan con orgullo de sus abuelos,
que datan casi de ayer. Yo soy más noble, más antiguo. Mis ascendientes fueron
los patriarcas de la Biblia.
Luego, indignándose contra las preocupaciones que
se habían ensañado en su raza, volvíase agresivo.
—En España—decía gravemente—no hay cristiano que
pueda levantar el dedo. Todos somos nietos de judíos o de moros. Y el que no...
el que no...
Aquí se detenía, y tras una breve pausa afirmaba
con resolución:
—Y el que no, es nieto de fraile.
En la Península no se conoce el odio tradicional al
judío que aún separa la población de Mallorca en dos castas. Pablo Valls se
enfurecía hablando de su patria. No existían en ella judíos de religión. Hacía
siglos que había quedado disuelta la última sinagoga. Todos se habían
convertido en masa, y los rebeldes fueron quemados por la Inquisición.
Los chuetas de ahora eran los católicos más fervorosos de
Mallorca, llevando a sus creencias un fanatismo semita. Rezaban en alta voz,
hacían sacerdotes a sus hijos, buscaban influencias para meter a sus hijas en
los conventos, figuraban como gente de dinero entre los partidarios de las
ideas más conservadoras, y sin embargo pesaba sobre sus personas la misma
antipatía que en otros siglos, y vivían aislados, sin que ninguna clase social
quisiera aliarse con ellos.
—Cuatrocientos cincuenta años llevamos en el cogote
el agua del bautismo—seguía vociferando el capitán Valls—, y somos aún los
malditos, los réprobos, como antes de la conversión. ¿No tiene gracia esto?...
«¡Los chuetas! ¡Cuidado con ellos! ¡Mala gente!...» En Mallorca hay
dos catolicismos: uno para los nuestros y otro para los demás.
Luego, con un odio en el que parecían concentradas
todas la persecuciones, decía el marino, refiriéndose a sus hermanos de raza:
—Bien empleado les está, por cobardes, por tener
demasiado amor a la isla, a esta Roqueta en la que hemos
nacido. Por no abandonarla se hicieron cristianos, y hoy que lo son de veras
les pagan a coces. De seguir judíos, esparciéndose por el mundo como lo
hicieron otros, tal vez serían a estas horas personajes y banqueros de reyes,
en vez de estar en las tiendecitas de «la calle» fabricando bolsillos de plata.
Escéptico en materias religiosas, despreciaba o
atacaba a todos: a los judíos fieles a sus antiguas creencias, a los conversos,
a los católicos, a los musulmanes, con los que había vivido en sus viajes a las
costas de África y en las escalas de Asia Menor. Otras veces sentíase dominado
por una ternura atávica, mostrando cierto respeto religioso hacia su raza.
Él era semita: lo declaraba con orgullo golpeándose
el pecho. «El primer pueblo del mundo.»
—Éramos unos piojosos muertos de hambre cuando
vivíamos en Asia, porque allí no había con quién hacer comercio ni a quién
prestar dinero. Pero nadie más que nosotros ha dado al rebaño humano sus
pastores actuales, que aún serán por muchos siglos los amos de los hombres.
Moisés, Jesús y Mahoma son de mi tierra... Qué tres socios de fuerza, ¿eh,
caballeros? Y ahora hemos dado al mundo un cuarto profeta, también de nuestra
raza y nuestra sangre, sólo que éste tiene dos caras y dos nombres. Por un lado
se llama Rothschild, y es el capitán de todos los que guardan el dinero; por
otro lado se llama Carlos Marx, y es el apóstol de los que quieren quitárselo a
los ricos.
La historia de su raza en la isla la condensaba
Valls a su modo en breves palabras. Los judíos eran muchos, muchísimos, en
otros tiempos. Casi todo el comercio estaba en sus manos; gran parte de las
naves eran suyas. Los Febrer y otros potentados cristianos no tenían reparo en
asociarse con ellos. Los tiempos antiguos podían llamarse de libertad; la
persecución y la barbarie eran relativamente modernas. Judíos eran los
tesoreros de los reyes, los médicos y otros cortesanos en las monarquías
medioevales de la Península.—Al iniciarse los odios religiosos, los hebreos más
ricos y astutos de la isla habían sabido convertirse a tiempo, voluntariamente,
fundiéndose con las familias del país y haciendo olvidar su origen. Estos
católicos nuevos eran los que después, con el fervor del neófito, habían
azuzado la persecución contra sus antiguos hermanos. Los chuetas de
ahora, los únicos mallorquines de origen judío conocido, eran los descendientes
de los últimos convertidos, los nietos de las familias en las que se había
ensañado la Inquisición.
Ser chueta, proceder de la calle de la
Platería, a la que se llamaba por antonomasia «la calle», era la peor desgracia
que le podía ocurrir a un mallorquín. En vano se habían hecho revoluciones en
España y aclamado leyes liberales que reconocían la igualdad de todos los
españoles; el chueta, al pasar a la Península, era un ciudadano
como los otros, pero en Mallorca era un réprobo, una especie de apestado, que
sólo podía emparentar con los suyos.
Valls comentaba irónicamente el orden social en que
habían vivido, escalonadas durante siglos, las diversas clases de la isla, y
del que quedaban aún muchos peldaños intactos. Arriba, en la cúspide, los
orgullosos butifarras; luego los nobles, los caballeros; después
los mossons; tras éstos los mercaderes y los menestrales, y a
continuación los payeses, cultivadores del suelo. Abríase aquí un enorme
paréntesis en el orden seguido por Dios al crear a unos y a otros: un vasto
espacio libre que cada cual podía poblar a su capricho. Indudablemente, detrás
de los mallorquines nobles y plebeyos venían en orden de consideración los
cerdos, los perros, los asnos, los gatos, las ratas... y a la cola de todas
estas bestias del Señor, el odiado vecino de «la calle», el chueta,
paria de la isla. Nada importaba que fuese rico, como el hermano del capitán
Valls, o inteligente, como otros. Muchos chuetas, funcionarios del
Estado en la Península, militares, magistrados, hacendistas, al volver a
Mallorca encontraban que el último mendigo se consideraba superior a ellos, y
al creerse molestado prorrumpía en insultos contra sus personas y sus familias.
El aislamiento de este pedazo de España rodeado de mar servía para mantener
intacta el alma de otras épocas.
En vano los chuetas, huyendo de este
odio que perduraba a través del progreso, extremaban su catolicismo con una fe
vehemente y ciega, en la que influía mucho el terror infiltrado en su alma y en
su carne por una persecución de siglos. En vano seguían rezando a gritos en sus
casas, para que se enterasen los vecinos de la calle, imitando en esto a sus
abuelos, que hacían lo mismo y además guisaban la comida en las ventanas con el
propósito de que viesen todos que comían cerdo. Los odios tradicionales de separación
no caían vencidos. La Iglesia católica, que se titula universal, era cruel e
inabordable para ellos en la isla, pagando su adhesión con hurañas repulsiones.
Los hijos de los chuetas que deseaban ser curas no encontraban
sitio en el Seminario. Los conventos cerraban las puertas a toda novicia
procedente de «la calle». Las hijas de los chuetas se casaban
en la Península con hombres notables o de gran fortuna, pero en la isla apenas
encontraban quien aceptase su mano y sus riquezas.
—¡Gente mala!—continuaba diciendo irónicamente
Valls—. Son trabajadores, ahorran, viven en paz en el seno de sus familias,
hasta son más católicos que los otros; pero son chuetas, y algo
tendrán cuando les odian. Tienen... «algo», ¿se enteran ustedes? «algo». Él que
quiera saber más que averigüe.
Y el marino reía hablando de los pobres payeses del
campo, que hasta pocos años antes afirmaban de buena fe que los chuetas estaban
cubiertos de grasa y tenían rabo, aprovechando la ocasión de encontrar solo a
un niño de «la calle» para desnudarlo y convencerse de si era cierto lo del
apéndice caudal.
—¿Y lo de mi hermano?—proseguía Valls—. ¿Y lo de mi
santo hermano Benito, que reza a voces y parece que se vaya a comer las
imágenes?...
Todos recordaban el caso de don Benito Valls, y
reían francamente, ya que el hermano era el primero en burlarse del suceso. El
rico chueta se había visto dueño, al cobrar unos créditos, de
una casa y valiosas tierras en un pueblo del interior de la isla. Al ir a tomar
posesión de la nueva propiedad, los vecinos más prudentes le habían dado buenos
consejos. Era muy dueño de visitar su hacienda durante el día, ¿pero pernoctar
en su casa?... ¡nunca! No había memoria de que un chueta hubiese
dormido en el pueblo. Don Benito no prestó atención a estos consejos y se quedó
una noche en su propiedad; pero apenas se metió en la cama huyeron los caseros.
Cuando el amo se cansó de dormir saltó del lecho. Ni el más tenue resplandor
entraba por las rendijas. Creía haber dormido doce horas lo menos, pero aún era
de noche. Abrió una ventana, y su cabeza tropezó cruelmente en la obscuridad;
intentó franquear la puerta, y no pudo. Durante su sueño el vecindario había
tapiado todos los huecos y salidas, y el chueta tuvo que salvarse
por el tejado, entre las risotadas de la gente, que celebraba su obra. Esta
broma sólo era a guisa de advertencia; si persistía en ir contra las costumbres
del pueblo, alguna noche despertaría entre llamas.
—¡Muy bárbaro, pero gracioso!—añadió el capitán—.
¡Mi hermano!... ¡Una buena persona!... ¡un santo!...
Todos reían al oír estas palabras. Seguía
tratándose con su hermano, aunque con cierta frialdad, y no hacía secreto de
los agravios que tenía con él. El capitán Valls era el bohemio de la familia,
siempre en el mar o en lejanas tierras, llevando una vida de solterón alegre.
Bastante tenía para vivir. Y a la muerte del padre, su hermano se había quedado
con los negocios de la casa, quitándole muchos miles de duros.
—¡Lo mismo que entre cristianos viejos!—se
apresuraba a añadir Pablo—. En esto de las herencias no hay razas ni credos. El
dinero no conoce religión.
Las interminables persecuciones sufridas por sus
ascendientes irritaban a Valls. Todas las circunstancias eran buenas para
atropellar a las gentes de «la calle». Cuando los payeses tenían agravios con
los nobles y bajaban los foráneos en bandas armadas contra los ciudadanos de
Palma, el conflicto se resolvía asaltando unos y otros el barrio de los chuetas,
matando a los que no huían y robando sus tiendas. Si un batallón mallorquín
recibía orden de marchar a España en caso de guerra, los soldados se amotinaban,
salían del cuartel y saqueaban «la calle». Cuando las reacciones sucedían en
España a las revoluciones, los realistas, para celebrar su triunfo, asaltaban
las platerías de los chuetas, se apoderaban de sus riquezas y
hacían hogueras con los muebles, arrojando a las llamas hasta los crucifijos...
¡Crucifijos de antiguo judío, que forzosamente habían de ser falsos!
—¿Y quiénes son los de «la calle»?—gritaba el
capitán—. Ya se sabe: los que tienen la nariz y los ojos como yo. Pero hay
muchos chuetas que son romos y no presentan nada del tipo
común. En cambio, ¿cuántos que se tienen por caballeros rancios, de nobleza
orgullosa, presentan una cara que ni la de Abraham y Jacob?...
Existía una lista de apellidos sospechosos para
conocer a los verdaderos chuetas. Pero estos mismos apellidos los
llevaban cristianos viejos, y era el capricho tradicional el que separaba a
unos de otros. Sólo habían quedado marcadas por el odio popular las familias
descendientes de los que fueron azotados o quemados por la Inquisición. El
famoso catálogo de los apellidos estaba sacado indudablemente de los autos del
Santo Oficio.
—¡Una felicidad el hacerse cristiano! Los abuelos
achicharrados en la hoguera y los nietos marcados y malditos por los siglos de
los siglos...
El capitán perdía su tono irónico al recordar la
historia horripilante de los chuetas de Mallorca. Se
coloreaban sus mejillas y brillaban sus ojos con fulgores de odio. Para vivir
tranquilos, se habían convertido todos en masa en el siglo xv. No quedaba
un judío en la isla, pero a la Inquisición le era preciso hacer algo para justificar
su existencia, y hubo quemas de sospechosos de judaísmo en el Borne,
espectáculos organizados, como decían los cronistas de la época, «con arreglo a
las funciones más lucidas celebradas para el triunfo de la Fe en Madrid,
Palermo y Lima».
Unos chuetas fueron quemados,
otros sufrieron azotes, otros salieron únicamente a la vergüenza con caperuza
pintada de diablos y vela verde en la mano; pero todos vieron por igual
confiscados sus bienes, y el Santo Tribunal se enriqueció. Desde entonces, los
sospechosos de judaísmo, los que no contaban con un protector clérigo, tuvieron
que ir todos los domingos a misa a la catedral con sus familias, bajo el mando
y custodia de un alguacil, que los formaba en rebaño, les ponía un manto para
que nadie los confundiese, y así los llevaba al templo, entre las rechiflas,
insultos y pedradas del devoto populacho. Esto era un domingo y otro domingo, y
en este suplicio semanal y sin término morían los padres y se convertían en
hombres los hijos, engendrando nuevos chuetas destinados al
insulto público.
Unas cuantas familias se concertaron para huir de
esta vergonzosa esclavitud. Se reunían en un huerto inmediato a la muralla y
las aconsejaba y dirigía un tal Rafael Valls, hombre animoso y de gran cultura.
—No sé ciertamente si fue pariente mío—decía el
capitán—. ¡Han pasado más de dos siglos desde entonces! Pero si no lo fue,
quiero que lo sea... Me honra mucho tenerlo como abuelo mío. ¡Adelante!
Pablo Valls había coleccionado en su casa papeles y
libros de la época de las persecuciones, y hablaba de éstas como de un suceso
acaecido días antes.
—Se embarcaron hombres, mujeres y niños en un buque
inglés; pero un temporal lo volvió de nuevo a las costas de Mallorca, y los
fugitivos fueron presos. Esto era gobernando a España Carlos II el Hechizado.
¡Querer huir de Mallorca, donde tan bien les trataban, y a más de esto, en un
buque tripulado por luteranos!... Tres años estuvieron presos, y la
confiscación de sus bienes produjo un millón de duros. Además, el Santo
Tribunal contaba con otros millones arrancados a las víctimas anteriores, y
construyó un palacio en Palma, el mejor y más lujoso que tuvo en parte alguna
la Inquisición. A los prisioneros les dieron tormento hasta confesar lo que
deseaban sus jueces, y en 7 de Marzo de 1691 comenzaron las ejecuciones. Aquel
suceso tuvo un historiador como no se conoce otro en el mundo, el padre Garau,
santo jesuita, pozo de ciencia teológica, rector del Seminario de Monte-Sión,
donde ahora está el Instituto, autor del libro La fe triunfante, un
monumento literario que no vendo por todo el dinero del mundo. Aquí está: me
acompaña a todas partes.
Y sacaba de un bolsillo La fe triunfante,
librito encuadernado en pergamino, de antigua y rojiza impresión, que
acariciaba con un cariño feroz.
¡Bendito padre Garau! Encargado de exhortar y
fortalecer a los reos, lo había visto todo de cerca, y se hacía lenguas de los
miles y miles de espectadores que acudieron de los diversos pueblos de la isla
para presenciar la fiesta, de las misas solemnes con asistencia de treinta y
ocho reos destinados a la quema, del lujoso atavío de caballeros y alguaciles,
jinetes en briosos corceles al frente de la procesión, y de «la piedad del
gentío, que prorrumpía otras veces en gritos de lástima cuando llevaban a la horca
a un facineroso, y permanecía mudo ante estos réprobos olvidados del Señor...»
En aquel día se mostró, según el docto jesuita, el temple de alma de los que
creen en Dios y de los que le desconocen. Los sacerdotes marchaban animosos,
dando gritos de exhortación sin cansarse; los miserables reos iban pálidos,
decaídos y sin fuerzas. Bien se vio de qué parte estaba la ayuda celeste.
Los sentenciados fueron conducidos al pie del
castillo de Bellver, para la quema final. El marqués de Leganés, gobernador del
Milanesado, de paso en Mallorca con su flota, se apiadó de la juventud y
belleza de una muchacha condenada a las llamas y pidió su perdón. El Tribunal
alabó los sentimientos cristianos del marqués, pero no quiso admitir su
súplica.
El padre Garau era el encargado de convencer a
Rafael Valls, «hombre de ciertas letras, pero al que inspiraba el demonio un
desmedido orgullo, impulsándolo a maldecir a los que le condenaban a muerte, y
sin querer reconciliarse con la Iglesia». Pero, como decía el jesuita, estas
valentías, obra del Malo, acaban ante el peligro y no pueden compararse con la
serenidad del sacerdote que exhorta al reo.
—El padre jesuita era un héroe lejos de las llamas.
Ahora verán ustedes con qué piedad evangélica relata la muerte de mi abuelo.
Y abriendo Valls el libro por una página señalada,
leía con lentitud: «Mientras llegó sólo el humo a él, era una estatua; en
llegando la llama, se defendió, se cubrió y forcejeó como pudo, y hasta que no
pudo más. Estaba gordo como un lechonazo de cría y encendióse en lo interior;
de manera que aun cuando no llegaban las llamas, ardían sus carnes como un
tizón; y reventando por medio, se le cayeron las entrañas como a Judas. Crepuit
medius difusa sunt omnia viscera ejus.»
Esta lectura bárbara producía siempre efecto.
Cesaban las risas, se entenebrecían los rostros, y el capitán Valls paseaba en
torno sus ojos de ámbar, respirando satisfecho, como si acabase de alcanzar un
triunfo, mientras el pequeño volumen volvía a ocultarse en su bolsillo.
Una vez que Febrer figuraba entre los oyentes, el
marino le dijo con voz rencorosa:
—Tú también estabas allí. Es decir, tú no. Uno de
tus abuelos, un Febrer, llevaba la bandera verde, como alférez mayor del
Tribunal; y las damas de tu familia fueron en carroza al pie del castillo para
presenciar la quema.
Jaime, molestado por el recuerdo, levantó los
hombros.
—¡Cosas viejas! ¿Quién se acuerda de lo que ya
pasó? Sólo algún loco como tú... Anda, Pablo, cuéntanos algo de tus viajes...
de tus conquistas de mujeres.
El capitán rezongaba... ¡Cosas viejas! El alma de
la Roqueta era aún la misma que en aquellos tiempos. Persistía
el odio de religión y de raza. Por algo vivían aparte, en un pedazo de tierra
aislado por el mar.
Pero Valls recobraba pronto su buen humor, y como
todos los que han rodado por el mundo, no podía resistirse a la invitación de
relatar su pasado.
Febrer, otro vagabundo como él, gozaba
escuchándole. Los dos habían vivido una existencia agitada y cosmopolita,
distinta de la monótona vida de los isleños; los dos habían gastado el dinero
con prodigalidad. La única diferencia estribaba en que Valls había sabido
ganarlo igualmente con el genio activo de su raza, y ahora, diez años mayor que
Jaime, tenía con qué atender desahogadamente a sus modestas necesidades de
solterón. Todavía comerciaba de vez en cuando y hacía comisiones para amigos
que le escribían desde puertos lejanos.
De su accidentada historia de marino, Febrer
desechaba el relato de hambres y borrascas, y sólo sentía curiosidad por los
amoríos en los grandes puertos internacionales, donde se amontonan los vicios
exóticos y las hembras de todas las razas. Valls, en sus tiempos juveniles,
cuando mandaba buques de su padre, había conocido mujeres de todas clases y
colores, viéndose mezclado en orgías marinerescas que acababan entre olas
de whisky y golpes de cuchillo.
—Pablo, cuéntanos aquellos amoríos en Jaffa, cuando
los moros te querían matar.
Y Febrer lanzaba carcajadas escuchándole, mientras
el marino se decía que este Jaime era un buen muchacho, digno de mejor suerte,
sin otro defecto que ser un butifarra algo pegado a las
preocupaciones de familia.
Cuando subió al carruaje de Febrer en el camino de
Valldemosa, dando orden al cochero que lo había traído hasta allí para que
regresase a Palma, se echó atrás el sombrero de fieltro flexible, que llevaba
en todo tiempo, aplastado de copa, con el ala delantera subida y la posterior
desplomada sobre la nuca.
—¡Aquí estamos todos! ¿de veras que no me
esperabas? A mí; me lo cuentan todo, y ya que hay fiesta de familia, que sea
completa.
Febrer fingía no entenderle. El carruaje entró en
Valldemosa, deteniéndose en las inmediaciones de la Cartuja ante una casa de
construcción moderna. Cuando los dos amigos transpusieron la verja del jardín,
vieron venir hacia ellos un señor de blancas patillas apoyado en un bastón. Era
don Benito Valls. Saludó a Febrer con voz lenta y opaca, cortando varias veces
sus palabras para sorber el aire. Hablaba humildemente, celebrando con grandes
extremos el honor que le hacía Febrer al aceptar su invitación.
—¿Y yo?—preguntó el capitán con sonrisa maligna—;
¿yo no soy nadie?... ¿No te alegras de verme?
Don Benito se alegraba de verle. Así lo dijo varias
veces, pero sus ojos revelaban inquietud. Su hermano le inspiraba cierto miedo.
¡Qué lengua!.... Mejor vivían sin verse.
—Hemos venido juntos—continuó el marino—. Al saber
que Jaime almorzaba aquí, me he convidado yo mismo, seguro de darte un alegrón.
Estas reuniones de familia son encantadoras.
Habían entrado en la casa, adornada con sencillez.
Los muebles eran modernos y vulgares. Algunos cromos y unas pinturas horribles
representando paisajes de Valldemosa y Miramar adornaban las paredes.
Catalina, la hija de don Benito, bajó
apresuradamente del piso superior. Llevaba aún polvos de arroz esparcidos en el
pecho, revelando el apresuramiento con que había dado un último toque de adorno
a su persona al ver llegar el carruaje.
Jaime pudo contemplarla detenidamente por primera
vez. No se había equivocado en sus apreciaciones. Era alta, de un moreno mate,
con negras cejas, ojos iguales a gotas de tinta y un ligero vello en el labio y
las sienes. Su esbeltez juvenil ofrecíase llena y firme, anunciando una mayor
expansión para el porvenir, como en todas las hembras de su raza. Parecía de
carácter dulce y sumiso: una buena compañera, incapaz de estorbos en el viaje
de la vida común. Tenía los ojos bajos y se coloreó su rostro al encontrarse
frente a Jaime. En su actitud, en sus miradas furtivas, notábase el respeto, la
adoración del que se siente intimidado en presencia de un ser que considera
superior.
El capitán acarició a su sobrina con cierta
libertad, adoptando el mismo gesto de viejo alegre con que hablaba a las
muchachuelas de Palma, a altas horas de la noche, en algún restorán del Borne.
¡Ah, buena moza! ¡Y qué guapa estaba! Parecía imposible que fuese de una
familia de feos.
Don Benito los encaminó a todos al comedor. El
almuerzo esperaba hacía mucho rato; en aquella casa se comía al uso antiguo:
las doce en punto. Sentáronse a la mesa, y Febrer, que estaba al lado del
dueño, sintióse molestado por su respiración jadeante, por las grandes
aspiraciones con que interrumpía sus palabras.
En el silencio que envuelve siempre el principio de
toda comida, sonó penosamente el silbido de sus pulmones enfermos. El
rico chueta avanzaba los labios, poniéndolos en forma circular
como la boca de una trompetilla, y aspiraba el aire con ruido fatigoso. Como
todos los enfermos, sentía la necesidad de hablar, y sus palabras eran
interminables, entre balbuceos y largos descansos que le dejaban con el pecho
jadeante y los ojos en alto, cual si fuese a morir asfixiado. Un ambiente de
inquietud se extendía por el comedor. Febrer le miraba con cierta alarma, como
si aguardase verle caer moribundo de su silla. La hija y el capitán habituados
al espectáculo, parecían indiferentes.
—Es el asma, don Jaime—dijo trabajosamente el
enfermo—En Valldemosa... estoy mejor... En Palma me moría.
Y la hija aprovechó la ocasión para dejar oír una
voz de monjita tímida, que contrastaba con sus ardientes ojos orientales:
—Sí; papá vive mejor aquí.
—Aquí estás más tranquilo—añadió el capitán—y haces
menos pecados.
Febrer pensaba en el tormento de pasar su
existencia al lado de aquel fuelle roto. Por fortuna, moriría pronto. Una
molestia de algunos meses, que no modificaba su resolución de entrar en la
familia. ¡Adelante!
El asmático, en su manía verbosa, hablaba a Jaime
de sus descendientes, de los ilustres Febrer, los caballeros más buenos y
nobles de la isla.
—Yo tuve el honor de ser muy amigo de su señor
abuelo don Horacio.
Febrer le miró asombrado... ¡Mentira! A su señor
abuelo le conocían todos en la isla y con todos hablaba, pero guardando una
gravedad que imponía respeto a las gentes sin alejarlas. ¡Pero de esto a ser
amigo suyo!... Tal vez le habría tratado con motivo de alguno de los préstamos
que necesitaba don Horacio para sostener su fortuna en plena decadencia.
—También conocí mucho a su señor padre—prosiguió
don Benito, animado por el silencio de Febrer—. Trabajé por él cuando salió
diputado. ¡Aquéllos eran otros tiempos! Yo era joven, y no tenía la fortuna que
tengo ahora... Entonces figuraba entre los «rojos».
El capitán Valls le interrumpió riendo. Ahora su
hermano era conservador y miembro de todas las cofradías de Palma.
—Sí, lo soy—gritó el enfermo, ahogándose—. Me gusta
el orden... me gusta lo antiguo... que manden los que tienen que perder. ¿Y la
religión? ¡Ah, la religión!... Por ella daría la vida.
Y se llevó una mano al pecho, respirando
angustiosamente, como si le ahogase el entusiasmo. Clavaba en lo alto sus ojos
mortecinos, adorando con el respeto del miedo la santa institución que había
quemado a sus ascendientes.
—No haga usted caso de Pablo—continuó al recobrar
el diento, dirigiéndose a Febrer—; usted lo conoce bien: una mala cabeza, un
republicano, un hombre que podía ser rico y va a llegar a viejo sin tener dos
pesetas.
—¿Para qué? ¿Para que tú me las quites?...
Con esta brusca interrupción del marino se hizo el
silencio. Catalina puso un gesto triste, como si temiese que se reprodujeran
ante Febrer las ruidosas escenas que había presenciado muchas veces al discutir
los dos hermanos.
Don Benito levantó los hombros y habló sólo para
Jaime. Su hermano estaba loco: un corazón de oro, pero loco, rematadamente
loco. Con sus ideas exaltadas y sus vociferaciones en los cafés, era el
principal culpable de que las personas decentes guardasen cierta prevención
contra... de que hablasen mal de...
Y el viejo acompañaba sus truncadas expresiones con
gestos humildes, evitando pronunciar la palabra chueta y
nombrar la famosa «calle».
El capitán, con las mejillas coloreadas por el
arrepentimiento de su acometividad, quería hacer olvidar las palabras
anteriores, y comía vorazmente teniendo la cabeza baja.
La sobrina rio de su buen apetito. Siempre que
comía con ellos les admiraba por la capacidad de su estómago.
—Es que yo sé lo que es hambre—dijo el marino con
cierto orgullo—. Yo he sufrido hambre de verdad, hambre de la que hace pensar
en la carne de los compañeros.
Y lanzado por este recuerdo en pleno relato de sus
aventuras marítimas, hablaba de los tiempos juveniles, cuando había sido
«agregado» a bordo de una fragata de las que iban a las costas del Pacífico.
Al empeñarse en ser marino, su padre, el viejo
Valls, autor de la fortuna de la casa, le había embarcado en una goleta de su
propiedad que traía azúcar de la Habana. Aquello no era navegar. El cocinero le
guardaba los mejores platos, el capitán no se atrevía a darle una orden, viendo
en él al hijo del armador. Nunca sería un buen marino, duro y experto. Con la
tenaz energía de su raza, se había embarcado sin saberlo su padre en una
fragata que se hacía a la vela para cargar guano en las islas Chinchas, tripulada
por gentes de pueblos diversos: ingleses desertores de la flota, lancheros de
Valparaíso, indios peruanos, lo peor de cada casa, bajo el mando de un catalán
cicatero, más pródigo en los rebencazos que en el, rancho. El viaje de ida fue
regular; pero a la vuelta, luego de haber pasado el estrecho de Magallanes,
sobrevinieron las calmas, y la fragata quedó inmóvil en el Atlántico cerca de
un mes, agotándose rápidamente el pañol de los víveres. El armador, un avaro,
había aprovisionado el buque con escandalosa parsimonia, y el capitán a su vez
había roído los víveres, apropiándose una parte de la cantidad destinada a la
compra.
—Nos daban dos galletas al día, llenas de gusanos.
Cuando recibí las primeras me entretuve cuidadosamente, como un señorito de
buena casa, en quitarles uno por uno aquellos animalejos. Pero después de la
limpia sólo quedaban unas cortezas delgadas como hostias, y me moría de hambre.
Luego...
—¡Oh, tío!—protestó Catalina, adivinando lo que iba
a decir y repeliendo el tenedor y el plato con un gesto de repugnancia.
—Luego—continuó el marino, impasible—suprimí la
limpieza y me las tragué enteras. Bien es verdad que comía de noche... ¡Muchas
que hubiese tenido, muchacha! Al final sólo nos daban una por día, y cuando
llegué a Cádiz hube de estar sometido muchos a caldo, para que mi estómago se
arreglase.
Al terminar el almuerzo, Catalina y Jaime salieron
al jardín. El mismo don Benito, con aires de patriarca, bondadoso, ordenó a su
hija que acompañase al señor de Febrer para mostrarle unos rosales de exótica
variedad que él había plantado. Los dos hermanos quedaron en la habitación que
servía de despacho, viendo a la pareja que paseaba por el jardín y acabó
sentándose en dos sillones de junco a la sombra de un árbol.
Catalina contestaba a las preguntas de su
acompañante con una timidez de doncella cristiana santamente educada,
adivinando el propósito oculto bajo sus palabras de vulgar galantería.
Aquel hombre venía por ella, y su padre era el
primero en aceptar este deseo. ¡Cosa hecha!... Era un Febrer, y ella iba a
decirle «sí». Recordó sus años infantiles en el colegio, rodeada de niñas más
pobres que aprovechaban todas las ocasiones para molestarla, por envidia a su
riqueza y por un odio aprendido de sus padres. Era la chueta. Sólo
podía juntarse con las de su raza, y aun éstas, ansiosas de congraciarse con el
enemigo, se traicionaban mutuamente, sin energía ni cohesión para la defensa
común. A la hora de salida, las chuetas se marchaban antes,
por indicación de las monjas, para evitar los insultos y ataques de las otras
alumnas al verse juntas en la calle. Hasta las criadas que acompañaban a las
niñas emprendían peleas, asumiendo los odios y preocupaciones de sus amos.
También en las escuelas de niños los chuetas salían antes,
huyendo de las pedradas y correazos de los cristianos viejos.
La hija de Valls había sufrido los tormentos del
alfilerazo traidor, del arañazo oculto, del golpe de tijera en la trenza, y
luego, al ser mujer, el odio y el desprecio de sus antiguas compañeras le había
seguido en la vida, amargando sus placeres de mujer joven y rica. ¿Para qué ser
elegante?... En los paseos sólo la saludaban los amigos de su padre; en el
teatro no veía visitado su palco más que por gentes procedentes de «la calle».
Con uno de ellos tendría que casarse, como se habían casado su madre y sus
abuelas. La desesperación y el misticismo de la adolescencia la habían
arrastrado hacia la vida monjil. Su padre estuvo próximo a ahogarse de pena.
Pero la religión, ¡aquella religión por la que deseaba dar la vida!... Aceptó
don Benito lo del monjío en un convento de Mallorca, donde él pudiera ver a su
hija todos los días. Pero ningún convento quiso abrir sus puertas para ella.
Las superioras, tentadas por la fortuna del padre, que acabaría por pasar a la
comunidad, mostrábanse transigentes y buenas; pero los rebaños monásticos
alborotábanse ante la idea de recibir en su seno a una de «la calle», y no
humilde ni resignada para soportar la superioridad de las otras, sino rica y
soberbia.
Cuando, empujada de nuevo hacia el mundo por esta
resistencia, no sabía qué pensar de su porvenir y vivía como una enfermera
junto al padre, ignorando cuál podría ser su suerte, volviendo la espalda a los
jóvenes chuetas que mariposeaban en torno de ella atraídos por
los millones de don Benito, presentábase el noble Febrer, como un príncipe de
cuento de hadas, para hacerla su esposa. ¡Qué bueno es Dios!... Se veía en
aquel palacio inmediato a la catedral, en el barrio de los nobles por cuyas
estrechas calles de pavimento azul y silencioso pasan los canónigos durante las
horas dormidas de la tarde, atraídos por la campana de coro. Se veía en un
carruaje lujoso por entre los pinos de la montaña de Bellver o a lo largo del
muelle, con Jaime al lado de ella, y gozaba pensando en las miradas de odio de
sus antiguas compañeras, que no sólo le envidiarían su riqueza y su nuevo
rango, sino la posesión de aquel hombre al que lejanas aventuras y una vida
agitada habían proporcionado cierta aureola de terrible seducción,
deslumbradora y fatal para las tranquilas señoritas de la isla.
Jaime Febrer!... Catalina le había visto siempre de
lejos; pero cuando entretenía su aburrida soledad con una lectura incesante de
novelas, ciertos personajes, los más interesantes por sus aventuras y sus
audacias, le hacían pensar siempre en aquel noble del barrio de la Catedral que
andaba por el mundo con mujeres elegantes disipando su fortuna. ¡Y de pronto su
padre le hablaba de este personaje extraordinario, dando por seguro que iba a
ofrecerle su nombre, y con él la gloria de sus ascendientes, que habían sido
amigos de reyes!... No sabía ella si era amor o gratitud, pero un sentimiento
de ternura que empañaba sus ojos la impelía hacia aquel hombre. ¡Ay, cómo iba a
quererlo! Y escuchaba como un zumbido dulce sus palabras, sin saber ciertamente
qué decía, embriagándose con su música, pensando al mismo tiempo en el porvenir
que rápidamente se había abierto ante ella, como una salida de sol que rasga
las nubes.
Luego, haciendo un esfuerzo, concentraba su
atención, y oía a Febrer que le hablaba de grandes y lejanas ciudades, de
desfiles de coches lujosos, con mujeres que ostentaban las últimas modas, de
escalinatas de teatros por donde descendían cascadas de brillantes, plumas y
hombros desnudos, esforzándose él por colocarse al nivel del pensamiento de la
muchacha, por halagarla con estas descripciones de gloria femenil.
Jaime no decía más, pero Catalina adivinaba el
propósito que había precedido a estas palabras. Ella, la infeliz muchacha de
«la calle», la chueta, habituada a ver a los suyos plegados y
temerosos bajo el peso de un odio tradicional, visitaría estas ciudades, se
mezclaría en los desfiles de riqueza, tendría francas las puertas que había
contemplado siempre cerradas, y entraría por ellas apoyándose en el brazo de un
hombre que le había parecido siempre la representación de todas las grandezas
terrenales.
—¡Cuándo veré yo eso!—murmuraba Catalina con
hipócrita humildad—. Yo estoy condenada a vivir en la isla; yo soy una pobre
muchacha que no he hecho mal a nadie, y sin embargo he sufrido grandes
disgustos... Debo ser antipática.
Febrer se lanzó por el camino que le franqueaba
esta habilidad femenil. ¡Antipática!... No, Catalina. Él había venido a
Valldemosa sólo por verla, por hablarla. Le ofrecía una vida nueva. Todo
aquello que le causaba asombro podía conocerlo y paladearlo con sola una
palabra. ¿Quería casarse con él?...
Catalina, que esperaba esta propuesta desde una
hora antes, palideció trémula de emoción. ¡Oírla de sus labios!... Pasó mucho
tiempo sin contestar, y al fin balbuceó algunas palabras. Era una felicidad, la
mayor de su existencia, pero una doncella bien educada no debe contestar
inmediatamente.
—¿Yo?... Veremos... ¡Es tan grande esta sorpresa!
Jaime quiso insistir, pero en el mismo instante
salió al jardín el capitán Valls, llamándole con grandes voces. Debían irse a
Palma: ya había dado orden al cochero para que enganchase. Febrer protestó
sordamente. ¿Con qué derecho se mezclaba aquel entrometido en sus asuntos?...
La presencia de don Benito cortó su protesta.
Bufaba angustiosamente, con el rostro congestionado. El capitán se movía con
hostil nerviosidad, protestando de la tardanza del cochero. Adivinábase que los
hermanos acababan de sostener una discusión violenta. El mayor miró a su hija,
miró a Jaime, y pareció serenarse al adivinar que los dos se habían entendido.
Don Benito y Catalina les acompañaron hasta el
carruaje. El asmático cogió una mano de Febrer entre las suyas con vehemente
apretón. Aquélla era su casa, y él un verdadero amigo deseoso de servirle. Si
necesitaba su auxilio, podía mandar como quisiera. ¡Lo mismo que si fuese de la
familia!... Todavía nombró una vez más a don Horacio, recordando su antigua
amistad. Luego le invitó a que almorzase con ellos dos días después, sin
acordarse para nada de su hermano.
—Sí, volveré—dijo Jaime lanzando una mirada a
Catalina que la hizo enrojecer.
Cuando perdieron de vista la verja de la casa,
detrás de la cual agitaban sus manos el padre y la hija, el capitán Valls lanzó
una ruidosa carcajada.
—Según parece, ¿quieres que sea tío tuyo?—preguntó
irónicamente.
Febrer, que iba furioso por la intervención de su
amigo y la rudeza con que le había hecho abandonar la casa, dio expansión a su
cólera. ¿Y a él qué le importaba? ¿Con qué derecho se atrevía a mezclarse en
sus asuntos?... Era ya bastante grande para no necesitar consejeros.
—¡Alto!—dijo el marino retrepándose en el asiento y
llevando sus manos al chambergo de mosquetero caído sobre su cogote—. ¡Alto,
galán!... Me mezclo porque soy de la familia. Creo que se trata de mi sobrina;
a lo menos así me parece.
—Y si quiero casarme con ella, ¿qué?... Tal vez a
Catalina le parezca bien; tal vez su padre se muestre conforme.
—No digo que no; pero soy su tío, y el tío protesta
y dice que esa boda es un disparate.
Jaime le miró con asombro. ¡Disparate casarse con
un Febrer! ¿Acaso deseaba algo mejor para su sobrina?...
—Disparate por parte de ellos y disparate por tu
parte—afirmó Valls—. ¿Te has olvidado de dónde vives? Tú puedes ser mi amigo,
el amigo del chueta Pablo Valls, al que ves en el café, en el
Casino, y que además tienen las gentes por medio loco. ¡Pero casarte con una
mujer de mi familia!...
Y el marino reía al pensar en esta unión. Los
parientes de Jaime iban a indignarse contra él, negándole para siempre el
saludo. Más tolerantes se mostrarían si cometía un asesinato. Su tía «la Papisa
Juana» iba a chillar como si presenciase un sacrilegio. Él lo perdería todo, y
su sobrina, olvidada y tranquila hasta entonces, iba a trocar el aburrimiento
de su casa, monótono y triste, pero que al fin era una paz, por una vida
infernal de disgustos, humillaciones y desprecios.
—No; te lo repito: el tío se opone.
Hasta las gentes del populacho que se decían
enemigas de los ricos se indignarían al ver a un butifarra casándose
con una chueta. Había que respetar el ambiente tradicional de la
isla, so pena de morir como moriría su hermano Benito, por falta de aire. Era
peligroso querer modificar de un golpe la obra de siglos. Hasta los que
llegaban de fuera, limpios de prejuicios, sufrían al poco tiempo la influencia
de esta repulsión de razas que parecía diluida en la atmósfera.
—Una vez—continuó Valls—vino un matrimonio belga a
establecerse en la isla, recomendado a mí por un amigo de Amberes. Les atendí,
les hice toda clase de favores. «Tengan ustedes cuidado—dije muchas veces—;
piensen que soy chueta, y los chuetas son gente
muy mala.» La mujer reía. ¡Qué barbaridad! ¡Qué atraso el de la isla! Judíos
los había en todas partes y eran gentes iguales a las otras. Nos vimos menos,
trataron a otras personas. Un año después, al encontrarme en la calle, miraron
a todos lados antes de saludarme. Ahora me ven y vuelven la cara siempre que
pueden... ¡Lo mismo que si fuesen mallorquines!
¡Casarse!... Esto era para toda la vida. En los
primeros meses, Jaime haría frente a las murmuraciones y los desprecios; pero
el tiempo pasa, un odio de siglos no se fatiga en el transcurso de unos cuantos
años, y Febrer acabaría por arrepentirse de su aislamiento, reconocería su
error al ir contra las preocupaciones de la gran masa, y sería Catalina la que
sufriese las consecuencias, viéndose mirada en su hogar como un signo de
ignominia. No; con el matrimonio pocos juegos. En España es indisoluble, no hay
divorcio, y el hacer experiencias con él resulta caro. Por eso Valls se había
mantenido célibe.
Febrer, irritado por estas palabras, apeló al
recuerdo de las ruidosas propagandas que hacía Pablo contra los enemigos de
los chuetas.
—¿Pero tú no deseas la dignificación de los tuyos?
¿No te irritas de que miren a los de «la calle» como personas diferentes a las
otras?... ¡Qué mejor que este matrimonio para combatir las preocupaciones!...
El capitán agitó las manos para expresar su duda:
«¡Ta, ta!... El matrimonio no probaba nada. En varias épocas de tolerancia y
olvido momentáneo se habían casado cristianos viejos con gentes de «la calle».
En la isla habían muchos que revelaban por sus apellidos estas mezclas. ¿Y qué?
El odio y la separación continuaban lo mismo... Lo mismo no: un poco más
amortiguados que en otros tiempos, pero latentes aún. Los que habían de acabar
con esta situación eran la cultura de la gente, las costumbres nuevas, y esto
resultaba obra de años y no se conseguía con un matrimonio. Además, los ensayos
eran peligrosos y causaban víctimas. Si él tenía empeño en hacer la
experiencia, podía escoger a otra que no fuese su sobrina.
Y Valls sonrió irónicamente al ver los gestos
negativos de Febrer.
—¿Estás acaso enamorado de Catalina?—preguntó.
Los ojos de ámbar del capitán, maliciosos y fijos
en Jaime, no le permitieron mentir. ¿Enamorado?... Enamorado no. Pero no era
indispensable el amor para casarse. Catalina era simpática, podía ser una
excelente esposa, una agradable compañera.
Pablo extremó más aún su sonrisa.
—Hablemos como buenos amigos, conocedores de la
vida. Mi hermano te es más simpático que su hija. Él se encargará
indudablemente de arreglar tus asuntos. Llorará al ver el dinero que le
cuestas; pero tiene la manía del nombre, respeta y adora lo antiguo, y pasará
por todo... Mas ¡no te fíes, Jaime! Es el tipo de esos judíos que salen en las
comedias con un bolsón de oro, ayudando a las gentes en una mala hora, para
exprimirlas después. Ésos son los que desacreditan a mi raza. Yo soy otra cosa.
Cuando te tenga en su poder te arrepentirás del negocio que has hecho.
Febrer miró a su amigo con ojos hostiles. Lo mejor
que podían hacer era no hablar más del asunto. Pablo era un loco, acostumbrado
a decir cuanto pensaba, y él no iba a sufrirle siempre. Para continuar siendo
amigos, lo mejor era callarse.
—Bueno, callemos—dijo Valls—. Pero conste una vez
más que el tío se opone y que lo hago por ti y por ella.
Pasaron silenciosos el resto del camino. En el
Borne se separaron con frío saludo, sin darse la mano.
Cuando Jaime entró en su casa era casi de
noche. Madó Antonia tenía sobre una mesa del recibimiento una
candileja de aceite, cuya llama parecía hacer más densas las tinieblas de la
vasta pieza.
Los ibicencos acababan de marcharse. Luego de
almorzar con ella y vagar por la ciudad, habían esperado al señor hasta el
anochecer. Tenían que pasar la noche en el falucho: el patrón quería darse a la
vela antes del alba. Y madó hablaba con bondadoso interés de
aquellas gentes, que le parecían del otro extremo del mundo. ¡Cómo lo admiraban
todo! Iban por la calle como asustados... ¿Y Margalida? ¡Qué muchacha tan
hermosa!
La buena madó Antonia tenía una
idea en su boca y otra en el pensamiento, y mientras seguía al señor hasta su
dormitorio, le examinaba disimuladamente, queriendo adivinar algo en su rostro.
¿Qué habría pasado en Valldemosa, Virgen del Lluch? ¿Qué sería de aquel plan
disparatado que había expuesto Febrer durante el desayuno?...
Pero el amo estaba de mal talante, y respondía con
palabras breves a sus preguntas. No se quedaba en casa: cenaría en el Casino. A
la luz de un quinqué que alumbraba débilmente su vasto dormitorio, cambió de
traje y se acicaló un poco, tomando una llave enorme de manos de madó para
abrir cuando volviese a altas horas de la noche.
A las nueve, al dirigirse al Casino, vio a la
puerta de la calle, en un café del Borne, a su amigo Toni Clapés, el
contrabandista. Era un hombretón de rostro afeitado y carilleno, con traje de
payés. Parecía un cura del campo vestido de labriego para pasar la noche en
Palma. Con sus alpargatas blancas, la camisa sin corbata y el sombrero echado
atrás, entraba en cafés y sociedades, siendo recibido con grandes extremos de
amistad. En el Casino le admiraban los señores al ver cómo sacaba
tranquilamente de sus bolsillos los billetes de Banco a puñados. Procedente de
un pueblo del interior de la isla, había llegado, en fuerza de coraje y de
arrostrar peligros, a ser el jefe de un Estado misterioso que todos conocían de
lejos, pero cuyo secreto funcionamiento permanecía en la sombra. Tenía
centenares de súbditos, capaces de morir por él y una flota invisible que
navegaba de noche, sin miedo a los temporales, abordando a costas casi
inaccesibles. Las preocupaciones y peligros de estas empresas no se traslucían nunca
en su rostro jovial y sus ademanes generosos. Sólo se mostraba triste cuando
pasaban varias semanas sin que él recibiese noticias de alguna barca salida de
Argel en pleno mal tiempo.
—¡Perdida!—decía a sus amigos—. La barca y el
cargamento importan poco... Iban siete hombres en ella, y yo también he
navegado así... Procuraremos que a las familias no les falte el pan.
Otras veces, su tristeza era fingida, y al
expresarla fruncía irónicamente sus labios: «Una escampavía del gobierno acaba
de apresarme una barca.» Y todos reían, sabiendo que Toni dejaba algunos meses
que le cogiesen una embarcación vieja con algunos bultos de tabaco, para que
sus perseguidores pudieran ostentar de este modo un triunfo. Cuando había
epidemia en los puertos de África, las autoridades de la isla, impotentes para
guardar un litoral extenso, llamaban a Toni, apelando a su patriotismo de mallorquín,
y el contrabandista prometía cesar momentáneamente en sus navegaciones o
cargaba en otro punto para evitar el contagio.
Febrer tenía con este hombre rudo, alegre y
generoso, una confianza fraternal. Muchas veces le había contado sus apuros
para buscar el consejo de su astucia campesina. Él, que era incapaz de
solicitar un préstamo de sus amigos del Casino, aceptaba el dinero de Toni en
momentos difíciles, dinero del que no parecía acordarse más el contrabandista.
Al encontrarse se estrecharon la mano. «¿Has estado
en Valldemosa?...» Toni sabía ya su viaje, gracias a la facilidad con que
circulan las más insignificantes noticias en el ambiente monótono y calmoso de
una ciudad provinciana ávida de curiosidades.
—Algo más cuentan—dijo Toni en su mallorquín de
campesino—, algo que me parece mentira. ¿Dicen que te casas con la atlota de
don Benito Valls?
Febrer, admirado de que se supiesen tan pronto sus
propósitos, no se atrevió a negar. Sí, era cierto. Sólo a Toni quería
confesarlo.
El contrabandista hizo un gesto de repulsión, al
mismo tiempo que sus ojos, acostumbrados a las mayores sorpresas, revelaban
asombro.
—Haces mal, Jaime; haces mal.
Lo decía gravemente, como si estuviera tratando un
asunto solemne.
El butifarra tuvo con aquel amigo
una confianza que no hubiera osado con ningún otro...
—¡Pero si estoy arruinado, querido Toni! ¡Si nada
de lo que tengo en mi casa es ya mío! ¡Si los acreedores sólo me respetan por
la esperanza de este matrimonio!...
Toni siguió moviendo la cabeza negativamente. El
rudo payés, el contrabandista burlador de las leyes, parecía estupefacto por la
noticia.
—De todos modos, haces mal. Debes salir de tus
apuros como puedas, pero de otra manera... Los amigos te ayudaremos. ¿Casarte
tú con una chueta?...
Se despidió de él con un vigoroso apretón de manos,
como si le viese marchar hacia un peligro de muerte.
—Haces mal... piénsalo—dijo con tono de reproche—.
¡Haces mal, Jaime!
Cuando Jaime se metió en su cama, tres horas
después de la media noche, creyó ver en la obscuridad del dormitorio los
rostros del capitán Valls y de Toni Clapés.
Parecían hablarle, lo mismo que en la tarde
anterior. «Me opongo», repetía el marino con risa irónica. «No hagas eso»,
aconsejaba el contrabandista con gesto grave...
Había pasado la noche en el Casino, silencioso y
malhumorado bajo la obsesión de estas protestas. ¿Qué tenía su proyecto de
extraño y absurdo para que lo repeliese aquel chueta, a pesar de
constituir un honor para su familia, y aquel payés rudo y falto de escrúpulos,
que vivía casi fuera de la ley?...
Era cierto que en la isla este matrimonio iba a
producir escándalos y protestas; pero ¿y él?... ¿No tenía derecho a buscar su
salvación por cualquier medio? ¿Era acaso una novedad que gentes de su clase
intentasen rehacer su fortuna por medio de un casamiento? ¿Y los duques y
príncipes que buscaban el oro en América dando su mano a hijas de millonarios
de origen más censurable que don Benito?...
¡Ay! Aquel loco de Pablo Valls tenía en parte
razón. Esas alianzas podían ser en el resto del mundo, pero Mallorca, la
amada Roqueta, tenía un alma todavía viva, el alma de otros siglos,
cargada de odios y preocupaciones. Las gentes eran tales como habían nacido,
tales como fueron sus padres, y así habían de seguir en el ambiente inmóvil de
la isla, que no lograban conmover lejanas y tardas ondulaciones venidas de
fuera.
Jaime se agitaba inquieto en su lecho. No tenía
sueño... ¡Los Febrer! ¡Qué pasado tan glorioso! ¡Y cómo gravitaba sobre él este
pasado, como una cadena de esclavitud que aún hacía más triste su miseria!...
Había pasado muchas tardes en el archivo de la
casa, la pieza inmediata al comedor, registrando legajos apilados en armarios
con puertas de alambre, a la luz suave que se filtraba por las persianas de los
huecos. ¡Polvo y papel viejo que había que sacudir para que no lo devorasen las
polillas! ¡Bárbaras cartas de navegación, con erróneos y caprichosos perfiles,
que habían servido a los Febrer en sus primeras travesías comerciales!... Por
todo esto apenas sí le darían con que comer unos días; y sin embargo, la
familia había peleado durante siglos para hacerse digna de tal depósito y
aumentarlo. ¡Cuánta gloria muerta!...
La verdadera fama de los suyos, rompiendo los
límites de la historia de la isla, comenzaba en 1541 con la llegada del gran
Emperador. Una armada de trescientas velas, con diez y ocho mil hombres de
desembarco, se juntaba en la bahía de Palma para ir a la conquista de Argel.
Estaban allí los tercios españoles mandados por Gonzaga, los alemanes regidos
por el duque de Alba, los italianos acaudillados por Colonna, doscientos
caballeros de Malta, a cuyo frente marchaba el comendador don Príamo Febrer, el
héroe de la familia, y toda la flota navegaba bajo la dirección del gran marino
Andrés Doria.
Mallorca acogía con fiestas mitológicas al señor de
las Españas y las Indias, de Alemania e Italia, gotoso ya, y roído por otras
dolencias. La mejor nobleza de Castilla seguía al Emperador en esta santa
empresa, alojándose en las casas de los caballeros mallorquines. La de Febrer
recibía como huésped a un noble improvisado, recién salido de la nada, cuyas
lejanas hazañas y visibles riquezas inspiraban entusiasmos y murmuraciones. Era
el marqués del Valle de Oaxaca, don Hernán Cortés, que había conquistado Méjico
y venía en la expedición ansioso de medirse con los antiguos nobles de la
Reconquista, ahora sus iguales, en una galera equipada a su costa, acompañado
de sus hijos don Martín y don Luis. Una magnificencia real envolvía al lejano
conquistador, dueño de fantásticas riquezas. Adornando el puente de su galera
llevaba tres esmeraldas enormes, valuadas en más de cien mil ducados: una
tallada en forma de flor, otra en forma de pájaro y otra de campanilla, a la
que servía de badajo una perla gruesa. Con él iban servidores que habían estado
en tan lejanas tierras, adoptando sus extraños usos. Enjutos hidalgos de color
enfermizo pasaban silenciosos las horas muertas encendiendo unos manojos de
hierbajos, a modo de trozos de cuerda, llamados «tobaco», y arrojando humo por
su boca como demonios que ardiesen interiormente.
Las abuelas de Jaime habían conservado de
generación en generación un grueso diamante sin tallar, recuerdo del heroico
capitán por el generoso hospedaje de los Febrer. La piedra preciosa figuraba en
los documentos de la familia, pero el abuelo don Horacio no había alcanzado a
conocerla. Desapareció en el curso de los siglos, como tantas riquezas barridas
por los apuros de una casa ostentosa.
Los Febrer preparaban un refresco para la armada, a
nombre de Mallorca, pero costeado en gran parte por ellos. Este «refresca»,
para que el Emperador apreciase la abundancia de frutos de la isla, componíase
de cien vacas, doscientos carneros, centenares de parejas de gallinas y pavos,
de cuarteras de aceite y harina, de cuarterones de vino, de cuarterolas de
queso, alcaparras y aceitunas, veinte barriles de agua de arrayán y cuatro
quintales de cera blanca. Además, los Febrer avecindados en la isla y que no
eran de la Orden de Malta se embarcaron en la escuadra con doscientos
caballeros mallorquines, ansiosos de conquistar Argel, nido de piratas. Las
trescientas galeras salieron de la bahía, ondeando sus flámulas entre el
estruendo de cañones y bombardas, saludadas por el gentío aglomerado en las
murallas. Nunca había reunido el Emperador una flota tan imponente.
Era en Octubre. El experto Doria ponía mal gesto.
Para él no existían en el Mediterráneo otros puertos seguros que «Junio, Julio,
Agosto... y Mahón». El Emperador se había retrasado demasiado en el Tirol e
Italia. El papa Paulo III, al salir a su encuentro en Luca, le había
profetizado desgracias por lo avanzado de la estación. Los expedicionarios
desembarcaron en la playa de Hamma. El comendador Febrer, con sus caballeros de
Malta, marchaba a vanguardia, sosteniendo incesantes choques con los turcos. El
ejército se apoderó de las alturas que rodean a Argel y comenzó el sitio.
Entonces se cumplieron las predicciones de Doria. Sobrevino una horrible
tempestad, con toda la violencia del invierno africano. Las tropas, sin abrigo,
caladas hasta los huesos durante la noche por la lluvia torrencial, sentíanse
ateridas. Un viento furioso obligaba a los hombres a mantenerse tendidos en el
suelo. Al amanecer, los turcos, aprovechando esta situación, cayeron por
sorpresa sobre el ejército, que casi se desbandó.
Pero estaba allí el comendador Príamo, demonio de
la guerra, insensible al agua y al fuego, duro, malicioso y despreciador de la
fatiga, que contuvo el empuje enemigo con un puñado de sus caballeros.
Españoles y alemanes se rehicieron, y los turcos se replegaron, perseguidos por
los sitiadores, hasta las mismas murallas de Argel. Don Príamo Febrer, herido
en la cara y en una pierna, se arrastró hasta una puerta de la ciudad, clavando
en ella su puñal como testimonio de su avance.
En otra salida de la morisma, el choque era tan
furioso, que cejaban los italianos, seguían su ejemplo los alemanes, y el
Emperador, rojo de cólera al ver en fuga a sus soldados favoritos, desenvainaba
la tizona, pedía su estandarte, metía espuelas al trotón y gritaba al brillante
séquito de caballeros que le seguía: «¡Arriba, señores! Si me veis caer con el
estandarte, levantad a éste antes que a mí.»
Los turcos huían ante el ímpetu de este escuadrón
de hierro. Un Febrer, «el rico», el de la isla, abuelo remoto de Jaime, se
había interpuesto por dos veces entre el Emperador y los enemigos, salvando su
existencia. A la salida de un desfiladero, el fuego de las culebrinas turcas
diezmó a los jinetes. El duque de Alba cogió la brida del caballo de su
monarca. «Señor: que vuestra vida vale más que el triunfo.» Y el Emperador,
serenándose, volvía al fin sobre sus pasos, y con un gesto de agradecimiento majestuoso
se quitaba la cadena de oro pendiente de su cuello, para colocarla sobre los
hombros de Febrer.
Mientras tanto, la tempestad destruía ciento
sesenta buques, y el resto de la flota tenía que refugiarse detrás del cabo
Matifux.
Los más de los nobles opinaban por una retirada
inmediata. Hernán Cortés, el conde de Alcaudete, gobernador de Oran, y los
caballeros mallorquines, con los Febrer a la cabeza, pedían que se pusiera en
salvo el Emperador y dejase al ejército continuar solo la empresa. Al fin se
decidió la retirada, y por cumbres y barrancas hinchadas de lluvia se fue
realizando la triste operación acosados por el enemigo, dejando una estela de
muertos y prisioneros. En plena tempestad se embarcaron los que pudieron. El mar
embravecido devoró nuevos buques, y las galeras mallorquinas llegaron
tristemente a la bahía de Palma escoltando al Emperador, que sin querer bajar a
tierra se dirigió a la Península. Los Febrer volvieron a su casa cubiertos de
gloria en plena derrota: uno con el testimonio de amistad del César; otro, el
comendador, tendido en una camilla y blasfemando como un pagano por haberse
interrumpido el cerco de Argel.
¡Príamo Febrer!... Jaime no podía pensar en este
personaje sin un sentimiento de simpatía y curiosidad que le habían infundido
los relatos escuchados en su infancia. Era el alma heroica y maldita de la
familia. Las antiguas damas de la casa no mencionaban jamás su nombre, y al
escucharlo bajaban los ojos y enrojecían. Guerrero de la Iglesia, santo
caballero que había pronunciado voto de castidad al entrar en la Orden, llevaba
siempre mujeres en su galera. Eran cristianas rescatadas al musulmán, que no tenía
gran prisa en devolver a sus hogares, o infieles hechas esclavas en sus audaces
desembarcos.
Cuando se procedía al reparto del botín, miraba
indiferente las riquezas en montón, dejándolas para el Gran Maestre. Él sólo
tenía interés en apropiarse las hembras. Si le amenazaban con la excomunión,
reía diabólicamente en la cara de los eclesiásticos de la Orden. Cuando el Gran
Maestre le llamaba para reprenderle por sus impurezas, erguíase fieramente,
hablando de las grandes victorias en el mar que le debía la cruz de Malta.
Conservábanse en el archivo de la casa algunas de
sus cartas: pliegos de papel amarillento con caracteres rojizos, desiguales y
confusos, y un estilo que delataba las pocas letras del comendador. Expresábase
con soldadesca tranquilidad, mezclando frases religiosas con las más impúdicas
expresiones. En una de dichas cartas, que Jaime había leído, escribía alarmado
a su hermano de Mallorca en vista de cierta enfermedad misteriosa que sufría
éste; y por si era «mal de mujeres, le daba expertos consejos y mágicos
remedios. Él había conocido mucho esta dolencia en sus visitas a los puertos de
Levante.
Su nombre era terriblemente popular en toda la
costa mediterránea ocupada por los infieles. Los mahometanos le temían como al
demonio; las moras hacían callar a sus pequeñuelos con la amenaza del
comendador Febrer. Dragut, gran corsario turco, le apreciaba como único rival
digno de su valor. Los dos se temían y se respetaban, procurando no verse ni
encontrarse en el mar, después de varios combates de los que ambos habían
salido malparados.
Un día, Dragut, al visitar una de sus galeras en
Argel, encontró a Príamo Febrer casi desnudo, encadenado a un banco y con un
remo en las manos.
—¡Cosas de la guerra!—dijo Dragut.
—¡Cosas de la fortuna!—contestó el comendador.
Se estrecharon la mano y no dijeron más. Ni el uno
ofreció favor ni el otro pidió misericordia. Las gentes de Argel acudían
ansiosas para conocer al «Demonio de Malta» amarrado a su banco de esclavo;
pero al verle fiero y ceñudo como un aguilucho cautivo, no se atrevían a
insultarle. La Orden dio por el rescate de su heroico guerrero centenares de
esclavos, naves y cargamentos, como si fuese un príncipe. Años después fue don
Príamo el que, entrando en una galera de Malta, encontró encadenado en un banco
de remero al intrépido Dragut. Se repitió la escena sin sorpresa para ambos,
como si el encuentro fuese natural. Se estrecharon las manos.
—¡Cosas de la guerra!—dijo uno.
—¡Cosas de la fortuna!—contestó el otro.
Jaime amaba al comendador porque había representado
en el seno de la noble familia el desorden, la libertad, el desprecio de las
preocupaciones... ¡Lo que a él le importaban las diferencias de raza y religión
cuando sentía el deseo de una mujer!... Había vivido en la madurez de su
existencia retirado en Túnez, con sus buenos amigos los ricos corsarios, que en
fuerza de odiarle y perseguirle acabaron por ser sus camaradas. Fue éste el
período más obscuro de su existencia. Las leyendas llegaban a suponer que había
renegado, y para distraer su tedio daba caza en el mar a las galeras de Malta.
Algunos caballeros de la Orden, enemigos suyos, juraban haberle visto durante
un combate vestido a la turca en el castillo de una embarcación enemiga.
Lo único cierto era que había vivido en Túnez en un
palacio a orillas del mar, con una mora de espléndida belleza, parienta de su
amigo el Bey. Dos cartas atestiguaban en el archivo esta dulce e incomprensible
esclavitud. Al morir la musulmana, don Príamo volvía a Malta, dando por
terminada su carrera. Los más importantes dignatarios de la Orden quisieron
favorecerle si cambiaba de conducta, hablando de nombrarle Bailío de Negroponto
o Gran Castellán de Amposta. Pero el empecatado don Príamo no se corregía, y
continuó siendo un libertino temible, de humor fantástico y desigual para los
otros caballeros. En cambio, el heroico comendador era adorado por los
«hermanos sirvientes», hombres de armas de la Orden, simples soldados que sólo
podían llevar sobre la coraza el adorno de media cruz.
El desprecio a las intrigas y el odio de sus
enemigos le hicieron abandonar para siempre el archipiélago de la Orden, las
islas de Malta y Gozzo, cedidas por el Emperador a los frailes guerreros sin
otro precio que el tributo anual de un azor de los que se criaban en aquellas
islas.
Viejo ya y cansado, retirábase a Mallorca, viviendo
de los bienes de su encomienda situados en Cataluña. La impiedad y los vicios
del héroe aterraban a la familia y escandalizaban a la isla. Tres moras jóvenes
y una judía de gran belleza le acompañaban como sirvientes en las habitaciones
de toda un ala del caserón de los Febrer, que era mucho más grande en aquella
época. Además conservaba varios esclavos, turcos unos, tártaros otros, que
temblaban al verle. Andaba en tratos con viejas tenidas por brujas, consultaba
a curanderos hebreos, se encerraba en su dormitorio con toda esta gente
sospechosa, y los vecinos temblaban viendo a altas horas de la noche sus
ventanas inflamadas por un fuego de infierno. Algunos de sus esclavos
languidecían, pálidos, como si les chupasen la vida. La gente murmuraba que el
comendador había empleado su sangre para mágicos bebedizos. Don Príamo quería
volver a la juventud: ansiaba reanimar con fuego vital sus fuerzas pasionales.
El Gran Inquisidor de Mallorca hablaba de una visita con familiares y
alguaciles a las habitaciones del comendador; pero éste, que era primo suyo, le
anunció por carta su propósito de abrirle la cabeza con un mandoble de abordaje
apenas avanzase un pie sobre el primer peldaño de su escalera.
Moría don Príamo, o más bien, reventaba con los
diabólicos brebajes, dejando como resumen de sus despreocupaciones un
testamento cuya copia había leído Jaime. El guerrero de la Iglesia legaba el
cuerpo de sus bienes, así como sus armas y trofeos, a los hijos de su hermano
mayor, lo mismo que habían hecho siempre todos los segundones de la casa. Pero
a continuación figuraba una extensa lista de mandas, todas para hijos suyos que
declaraba habidos con esclavas musulmanas o amigas judías, armenias y griegas
que debían vegetar a aquellas horas, decrépitas y arrugadas, en algún puerto de
Levante. Era una descendencia de patriarca bíblico, pero toda irregular y
mestiza, producto del cruzamiento de sangres enemigas, de razas antagónicas.
¡Famoso comendador! Parecía que al quebrantar sus votos hubiese buscado
aminorar esta falta escogiendo siempre mujeres infieles. A su pecado de
impureza unía lo vergonzoso del comercio con hembras enemigas del verdadero
Dios.
Admirábalo Jaime como a un precursor que le salvaba
de sus dudas. ¿Qué tenía de extraño que él se uniese a una chueta,
igual a las otras mujeres en costumbres, creencias y educación, si el más
famoso de los Febrer, en una época de intolerancia, había vivido, fuera de toda
ley, con hembras infieles?... Pero los prejuicios de familia despertaban en
Jaime como un remordimiento, haciéndole recordar una cláusula del testamento
del comendador. Dejaba bienes a los hijos de sus esclavas, mestizos de otras
razas, porque eran de su sangre y deseaba evitarles los sufrimientos de la
miseria, pero les prohibía que usasen el apellido de su padre, el nombre de los
Febrer, que se habían mantenido siempre puros de cruzamientos vergonzosos en su
casa de Mallorca.
Al recordar esto, sonreía Jaime en la obscuridad.
¿Quién podía responder del pasado? ¿Qué misterios no se ocultaban en las raíces
del tronco de su estirpe, allá en los tiempos medioevales, cuando los Febrer y
los ricos de la sinagoga balear comerciaban juntos y cargaban sus naves en
Puerto Pi? Muchos de su familia, y hasta él mismo, así como otros de la antigua
nobleza mallorquína, tenían algo de judaico en el rostro. La pureza de las
razas era una ilusión. La vida de los pueblos residía en el movimiento, gran
engendrador de mezclas y confusiones... Pero ¡ay, los orgullosos escrúpulos de
familia! ¡La separación creada por las costumbres!...
Él mismo, que pretendía burlarse de los prejuicios
del pasado, experimentaba un sentimiento irresistible de altivez al lado de don
Benito, que había de ser su suegro. Se consideraba superior a él; le toleraba
con una bondad lastimera; se había sublevado interiormente cuando el rico chueta habló
de su pretendida amistad con don Horacio. No era cierto; los Febrer no habían
tratado nunca a aquellas gentes. Cuando sus abuelos iban a Argel con el
Emperador, los abuelos de Catalina estaban tal vez recluidos en el barrio de la
Calatrava, fabricando objetos de plata, temblando ante la idea de que los
payeses pudieran bajar en son de guerra a Palma, encorvándose pálidos de miedo
ante el Gran Inquisidor—algún Febrer indudablemente—para granjearse su
protección.
Fuera, en el recibimiento, estaba el retrato de uno
de sus ascendientes menos remotos, un señor de rostro afeitado, labios finos y
descoloridos, peluca blanca y casaca de seda roja, que, según rezaba la cartela
del lienzo, había sido regidor perpetuo de la ciudad de Palma. El rey Carlos
III enviaba una pragmática a la isla prohibiendo que se insultase a los
antiguos judíos, «gente laboriosa y honrada», amenazando con pena de presidio
al que los llamase chuetas. El Concejo se alborotaba con esta
disposición absurda del monarca, sobradamente bondadoso, y el regidor Febrer
solucionaba el asunto con la autoridad de su nombre. «Archívese la pragmática;
se acata, pero no se cumple. ¿Para qué necesitan los chuetas tener
dignidad como cualquiera de nosotros? Con tal que no les toquen la bolsa o la
mujer, se dan por contentos.»
Y todos reían, diciéndose que Febrer hablaba por
experiencia propia, pues era gran aficionado a visitar «la calle», encargando
trabajo a los plateros para poder hablar con las plateras.
También estaba en el recibimiento el retrato de
otro de sus ascendientes, el inquisidor don Jaime Febrer, que llevaba su mismo
nombre. En los desvanes de la casa había encontrado él, amarillas por el
tiempo, varias cartulinas de visita con el nombre del rico sacerdote: tarjetas
grabadas con emblemas, como empezaron a usarse en el siglo xviii.
En el centro de la tarjeta aparecía una cruz leñosa
con una espada y una rama de olivo; a ambos lados dos corazas, una con la cruz
del Santo Oficio, otra con dragones y cabezas de Medusa. Esposas, látigos,
calaveras, rosarios y cirios completaban el adorno; abajo ardía una hoguera en
torno a un poste con argolla y figuraba una caperuza como un embudo adornada de
serpientes, sapos y cabezas cornudas. Una especie de sarcófago elevábase entre
estos adornos, y en él se leía en antigua letra española: «El Inquisidor Decano
don Jaime Febrer.» El pacífico mallorquín que al volver a su casa encontraba
esta cartulina de visita debía sentir un espeluznamiento de terror.
Además, pasaba por su memoria otro de sus
ascendientes, aquel a quien mencionaba iracundo Pablo Valls al recordar las
quemas de chuetas y el librito del padre Garau. Era un Febrer
elegante y galanteador, que había entusiasmado a las damas de Palma en el
famoso auto de fe, con un vestido nuevo de paño de Florencia recamado de oro,
jinete sobre un corcel tan vistoso como su dueño y llevando el estandarte del
Santo Tribunal. El jesuita hablaba con líricos arrebatos de su gentil apostura.
A la caída de la tarde había presenciado el caballero en la falda del castillo
de Bellver cómo ardía la abultada corpulencia de Rafael Valls y cómo reventaban
sus entrañas cayendo en el brasero, espectáculo del que le distrajo la
presencia de algunas damas, haciendo caracolear su caballo junto a las
portezuelas de las carrozas. El capitán Valls tenía razón: todo esto resultaba
bárbaro. Pero los Febrer eran los suyos; el nombre y los bienes ya perdidos a
ellos los debía. ¡Y él, último vástago de una familia orgullosa de su historia,
iba a casarse con Catalina Valls, descendiente del ajusticiado!...
Las consejas oídas en la niñez, los simples relatos
con que le entretenía madó Antonia, surgían ahora en su
recuerdo como ideas olvidadas, pero que habían abierto hondo surco. Pensaba en
los chuetas, que, según la opinión popular, no eran lo mismo que
las otras personas; seres de miseria sórdida y contacto viscoso, que debían
ocultar terribles deformidades. ¿Quién podía afirmarle que Catalina era igual a
las otras mujeres?...
Al momento pensaba en Pablo Valls, tan alegre y
generoso, superior por sus cualidades a casi todos los amigos que él tenía en
la isla. Pero Pablo apenas había vivido en Mallorca: había viajado mucho; no
era como los de su raza, inmóviles en la misma postura durante siglos,
reproduciéndose sobre el montón de su vileza y su cobardía, sin fuerzas ni
solidaridad para levantarse e imponer respeto.
Jaime conocía en París y en Berlín ricas familias
de judíos. Hasta había solicitado que le presentasen a los altos varones de
Israel; pero al ponerse en contacto con estos hebreos verdaderos, que
conservaban su religión y su independencia de raza, no sintió la instintiva
repugnancia que le inspiraban el devoto don Benito y otros chuetas de
Mallorca. ¿Era el ambiente, que influía en él? ¿Era que una sumisión de siglos,
el miedo y el hábito de doblarse, habían hecho de los de Mallorca una raza
distinta?...
Febrer acabó por sumirse en la lobreguez del sueño,
rodando a través de las sinuosidades de su pensamiento, cada vez más confuso.
En la mañana siguiente, mientras se vestía,
decidióse a realizar cierta visita, con gran esfuerzo de su voluntad. Aquel
casamiento era algo audaz y peligroso que exigía larga reflexión, como le había
dicho su amigo el contrabandista.
«Antes debo jugar mi última carta...—pensó Jaime—.
Voy a ver a «la Papisa Juana» Hace muchos años que no la he visto; pero es mi
tía, mi pariente más próxima. En justicia, debía ser yo su heredero. ¡Si ella
quisiera!... Le bastaría hacer un gesto, y todos mis apuros habrían terminado.»
Pensó en la hora mejor para visitar a la gran
señora. Por la tarde tenía su famosa tertulia de canónigos y graves señores, a
los que recibía con un aire de soberana. Estos eran los que iban a heredarla,
como mandatarios y representantes de varias corporaciones de carácter
religioso. La debía visitar inmediatamente, sorprenderla en su soledad después
de la misa y los ejercicios matinales.
Doña Juana vivía en un palacio inmediato a la
catedral. Se había mantenido soltera, abominando del mundo después de ciertos
desengaños de su juventud, de los que era responsable el padre de Jaime. Toda
la acometividad de su carácter bilioso y el entusiasmo de su fe seca y altiva
los había dedicado a la política y la religión. «Por Dios y por el Rey», le
había oído decir Febrer al visitarla siendo muchacho.
En su juventud había soñado doña Juana con las
heroínas de la Vendée; se había entusiasmado con las hazañas y penalidades de
la duquesa de Berry, queriendo, como estas hembras fuertes de la religión y el
legitimismo, montar a caballo, llevando sobre el pecho un crucifijo y junto a
la falda de amazona un sable pendiente. Pero estos deseos no pasaron de ser
vagas fantasías. En realidad, no había hecho otra expedición que un viaje a
Cataluña durante la última guerra carlista, para ver más de cerca la santa empresa
que consumió una parte de sus bienes.
Los enemigos de «la Papisa Juana» afirmaban que de
joven había tenido oculto en su palacio al conde de Montemolín, pretendiente a
la corona, y que allí lo había puesto en relación con el general Ortega,
capitán general de las islas. A estas murmuraciones unían la de un amor
romántico de doña Juana por el pretendiente.
Jaime sonreía al oír estas noticias. Todo mentira.
El abuelo don Horacio, que estaba bien enterado, habló muchas veces a su nieto
de tales sucesos. «La Papisa» sólo había querido al padre de Jaime. El general
Ortega era un iluso, al que recibía doña Juana con novelesco misterio, vestida
de blanco en un salón casi a obscuras, hablándole con voz dulce de ultratumba,
como si fuese el ángel del pasado, de la necesidad de volver España a sus
antiguas costumbres, barriendo a los liberales y restableciendo el gobierno de
los caballeros. «¡Por Dios y por el Rey!...» Ortega fue fusilado en la costa de
Cataluña al fracasar su desembarco carlista, y «la Papisa» se quedó en
Mallorca, pronta a dar su dinero para nuevas empresas santas.
Muchos la consideraban arruinada después de sus
prodigalidades en la última guerra civil, pero, Jaime conocía la verdadera
fortuna de la devota señora. Su vida era simple como la de una payesa; le
quedaban en la isla extensos predios, y todas sus economías las invertía en
regalos a iglesias y conventos o en donativos al tesoro de San Pedro. Su
antiguo lema «Por Dios y por el Rey» había sufrido una mutilación. Ya no
pensaba en el rey. De sus antiguos entusiasmos por el pretendiente don Carlos
sólo le quedaba una gran fotografía con dedicatoria adornando la parte más
obscura de su salón.
—Buen mozo—decía de él—, buen caballero, pero igual
casi a los liberales. ¡Ay, la vida en tierra extranjera! ¡Cómo cambia a los
hombres!... ¡Qué pecados!...
Ahora su entusiasmo era sólo por Dios, y su dinero
emprendía el camino de Roma. Una suprema ilusión animaba su existencia. ¿No le
enviaría antes de morir la «Rosa de Oro» el Santo Padre? Era regalo destinado
en otros tiempos sólo a las reinas, pero algunas devotas ricas de la América
del Sur conseguían ahora esta distinción. Y menudeaba las liberalidades,
viviendo en santa pobreza para poder enviar más dinero al Vaticano. ¡La «Rosa
de Oro», y luego morir!...
Febrer llegó a casa de «la Papisa»: un zaguán
semejante al suyo, aunque más cuidado, más limpio, sin hierbas en el pavimento,
sin grietas ni desconchaduras en las paredes, con una pulcritud monacal. Arriba
le abrió la puerta una criadita pálida, vestida con el hábito azul de una
cofradía y cordón blanco. Esta muchacha no pudo reprimir un gesto de sorpresa
al reconocer a Jaime.
Le dejó en el recibimiento, lleno de retratos como
el de casa de los Febrer, y corrió con un ligero trote de ratón a las
habitaciones interiores, para avisar esta visita extraordinaria que turbaba la
paz monástica del palacio.
Transcurrieron largos minutos de silencio. Jaime
oyó pasos furtivos en las habitaciones inmediatas; vio cortinajes que se
agitaban levemente, como movidos por suave céfiro; adivinó tras de ellos
cuerpos en acecho, ojos que le contemplaban ocultos. La criada volvió a
aparecer, saludando a don Jaime con grave cortesía. ¡Era el sobrino de la
señora!... Le acompañó hasta un gran salón, y desapareció.
Febrer entretuvo la espera contemplando esta vasta
pieza, de un lujo arcaico. Así era su casa en tiempos del abuelo. Las paredes
estaban cubiertas de rico damasco carmesí, y sobre ellas destacábanse antiguos
cuadros religiosos de suaves pinceles italianos. Los muebles eran de madera
blanca y oro, con voluptuosas curvas, tapizados de gruesa seda bordada. Sobre
las consolas, reflejándose en los espejos azulados y profundos, mezclábanse
figuras policromas de santos y péndolas del siglo xvii con figuras
mitológicas. La bóveda del techo estaba pintada al fresco, con una asamblea de
dioses y diosas sentados en nubes. Sus rosadas desnudeces y atrevidos gestos
contrastaban con la faz dolorosa de un gran Cristo que parecía presidir el
salón, ocupando la mayor parte del muro sobre el estrado, entre dos puertas.
«La Papisa» reconocía lo pecaminoso de estos adornos mitológicos; pero eran
recuerdos de la buena época, de cuando mandaban los caballeros, y los
respetaba, procurando no verlos.
Se levantó un cortinaje de damasco y entró una
criada vieja vestida de negro, con falda lisa y pobre jubón, lo mismo que una
campesina. Los cabellos grises estaban cubiertos en parte por una pañoleta
obscura, a la que el tiempo y la grasa habían dado un tinte rojizo. Por debajo
de la falda asomaban los pies calzados de paño, con unas medias blancas de
grueso tejido. Jaime se apresuró a levantarse de su asiento. Aquella criada
vieja era «la Papisa».
La sillería estaba en un desorden permanente que
parecía denunciar la tertulia reunida allí todas las tardes. Cada asiento
pertenecía por derecho consuetudinario a una grave persona, y quedaba inmóvil
en el mismo sitio. Doña Juana, al entrar, ocupó un sillón semejante a un trono,
asiento desde el cual presidía toda las tardes su fiel tertulia de canónigos,
amigas viejas y señores de sanas ideas, como una reina que recibe su corte.
—Siéntate—dijo brevemente a su sobrino.
Tendió las manos, por el automatismo de la
costumbre, sobre un brasero monumental de plata que estaba vacío, y contempló
fijamente a Jaime con sus ojillos grises de mirada aguda, habituados a infundir
miedo. Esta mirada autoritaria fue humanizándose, hasta temblar con una
lacrimosidad de emoción. Cerca de diez años que no veía a su sobrino.
—Eres un Febrer de lo más puro. Te pareces a tu
abuelo... ¡Igual a todos los de tu familia!
Y ocultaba su verdadero pensamiento; callábase el
único parecido que le conmovía: la semejanza de Jaime con su padre, cuando éste
era oficial de marina y venía a verla en tiempos ya remotos. Sólo le faltaban
para ser idéntico a su progenitor el uniforme y los lentes... ¡Ah, monstruo de
liberalismo y de ingratitud!...
Sus ojos recobraron la acostumbrada dureza; sus
facciones parecieron más secas, pálidas y angulosas.
—¿Qué deseas?—dijo con rudeza—. ¡Porque seguramente
no vienes por el placer de verme!...
Jaime bajó los ojos con una hipocresía infantil, y
temeroso de llegar a su verdadera demanda, acometió el relato desde muy lejos.
Él era bueno, creía en todo lo antiguo, deseaba mantener el prestigio de su
familia y aumentarlo... No había sido un santo, lo confesaba; una existencia
loca había consumido sus bienes... ¡pero el honor de la casa siempre intacto!
De esta vida de pecado y ruina había sacado dos cosas excelentes: la
experiencia y el firme propósito de enmendarse.
—Tía: yo quiero cambiar de modo de vivir; yo quiero
ser otro.
La tía asintió con un gesto enigmático. Muy bien;
así habían hecho San Agustín y otros santos varones que pasaron su juventud en
la licencia, para ser luego lumbreras de la Iglesia.
Se animó el sobrino con estas palabras. Él,
ciertamente, no llegaría a figurar como lumbrera de nada, pero deseaba ser un
buen caballero cristiano; se casaría, educaría a sus hijos para que continuasen
las tradiciones de la casa; un hermoso porvenir. Pero ¡ay! vidas tan
desarregladas como la suya son de difícil apaño cuando llega el momento de
enderezarlas hacia la virtud. Necesitaba una ayuda. Estaba arruinado, tía. Los
predios se hallaban en manos de los acreedores; su casa era un desierto: se
había defendido vendiendo los recuerdos del pasado. Él, un Febrer, iba a verse
en medio de la calle si una mano misericordiosa no le daba apoyo. Y había
pensado en su tía—que al fin era su pariente más próxima, algo así como su
madre—para que le salvase.
Esta supuesta maternidad hizo enrojecer débilmente
a doña Juana y aumentó la dura brillantez de sus ojos. ¡Ay, la memoria con sus
penosas evocaciones!...
—¿Y es de mí de quien esperas tu salvación?—dijo
lentamente «la Papisa», con una voz que silbaba entre los dientes, separados y
amarillentos, pero todavía fuertes—. Pierdes el tiempo, Jaime. Yo soy pobre...
no tengo casi nada. Apenas lo necesario para vivir y hacer algunas limosnas.
Lo dijo con tal firmeza, que Febrer perdió la
esperanza y juzgó inútil insistir. «La Papisa» no quería ayudarle.
—Está bien—dijo con visible despecho—. Pero a falta
de su apoyo, he de procurarme otra salida en mis apuros, y cuento con una.
Usted es ahora la mayor de mi familia, y debo pedir su consejo. Tengo en
proyecto un casamiento que puede salvarme: un matrimonio con persona rica, pero
que no es de nuestra clase, sino de un origen bajo. ¿Qué debo hacer?...
Esperaba en su tía un movimiento de sorpresa, de
curiosidad. Tal vez el anuncio de su casamiento la ablandase. Casi era seguro
que, aterrándose ante un peligro tan enorme para el honor de su casa y de su
sangre, se allanara a todo, concediéndole su protección. Pero el sorprendido,
el aterrado, fue Jaime al ver fruncirse con una sonrisa fría los labios pálidos
de la vieja.
—Lo sé—dijo—. Me lo han contado todo esta mañana en
Santa Eulalia, al salir de misa. Ayer estuviste en Valldemosa. Te casas... te
casas con... una chueta.
Le costó un esfuerzo soltar la palabra, se
estremeció al decirla. Luego de esto reinó en el salón un largo silencio, uno
de esos silencios trágicos y absolutos que siguen a las grandes catástrofes, lo
mismo que si la casa acabara de venirse abajo, extinguiéndose el eco del último
muro derrumbado.
—¿Y a usted qué le parece?—se atrevió a preguntar
tímidamente Jaime.
—Haz lo que quieras—dijo «la Papisa» con frialdad—.
Sabes que hemos estado muchos años sin vernos, y lo mismo podernos seguir el
resto de nuestra vida. Tú y yo somos ahora como de otra sangre; pensamos de
distinto modo; no podemos entendernos.
—¿De modo que debo casarme?—insistió él.
—Eso pregúntalo a ti mismo. Los Febrer marchan
desde hace años por tales caminos, que nada de ellos puede sorprenderme.
Jaime adivinaba en los ojos y la voz de su tía un
goce reprimido, la voluptuosidad de la venganza, la alegría de ver caídos a sus
enemigos en lo que consideraba una deshonra, y esto le irritó.
—Y si me caso—dijo imitando la frialdad de doña
Juana—, ¿puedo contar con usted? ¿Vendrá usted a mi boda?
Esto puso fin a la tranquilidad de «la Papisa», y
la hizo erguirse con altivez. Las lecturas románticas de la juventud acudieron
a su memoria. Habló como una reina ultrajada al final de un capítulo de novela
histórica.
—Caballero, soy Genovart por mi padre. Mi madre era
Febrer, pero tanto valen los unos como los otros. Yo reniego de la sangre que
va a mezclarse con la de la gente vil, matadora de Cristo, y me quedo con la
mía, con la de mi padre, que acabará conmigo pura y honrada.
Señalaba la puerta con ademán arrogante, dando por
terminada la entrevista. Pero luego pareció darse cuenta de lo extemporáneo y
teatral de su protesta, y bajó los ojos, se humanizó, tomando un aspecto de
mansedumbre cristiana.
—Adiós, Jaime; ¡que el Señor te ilumine!
—Adiós, tía.
La tendió él una mano, a impulsos de la costumbre,
pero ella retiró vivamente su diestra, ocultándola detrás de su espalda. Febrer
sonrió al recordar ciertas noticias de los murmuradores. Esta retracción no
significaba desprecio ni odio. Era que «la Papisa» había hecho voto de no tocar
en su vida las manos de otros hombres que los sacerdotes.
Cuando se vio en la calle prorrumpió sordamente en
denuestos, mirando los panzudos balcones del caserón. ¡Víbora! ¡Cómo se
alegraba de su casamiento!... Cuando éste fuese un hecho, fingiría indignación
y escándalo ante su tertulia. Tal vez enfermase, para que todos en la isla la
compadeciesen, y sin embargo, su alegría era inmensa, la alegría de una
venganza incubada durante muchos años, viendo a un Febrer, al hijo del hombre
odiado, sumido en lo que consideraba la más afrentosa de las deshonras... ¡Y él,
empujado por las angustias de la ruina, tendría que proporcionarle este placer
casándose con la hija de Valls!... «¡Ah, miseria!»
Vagó hasta pasado mediodía por las calles poco
frecuentadas inmediatas a la Almudaina y la catedral. El desfallecimiento del
estómago guió sus pasos instintivamente hacia su casa. Comió silencioso, sin
saber lo que comía, no viendo a madó, que, inquieta desde el día
anterior, rondaba en torno de él, ansiosa de entablar conversación.
Luego de comer salió a una pequeña galería que daba
sobre el jardín, con su ruinosa baranda de balaustres coronada por tres bustos
romanos. A sus pies extendíase el follaje de las higueras, las barnizadas hojas
de los magnolieros, las bolas verdes de los naranjos. Frente a él cortaban el
espacio azul los troncos de las palmeras, y más allá de las almenas puntiagudas
de la tapia extendíase el mar, luminoso, con estremecimientos de vida, como si
cosquilleasen su blanda epidermis las barcas, sueltas sus velas al viento. A la
derecha estaba el puerto, repleto de mástiles y amarillas chimeneas; más, allá,
avanzaba en las aguas de la bahía la masa obscura de los pinos de Bellver, y
sobre su cumbre erguíase el antiguo castillo, redondo como una plaza de toros,
con su torre del homenaje suelta, aislada, sin otro lazo de unión que un
gallardo puente. Abajo extendíase el rojo caserío moderno del Terreno, y más
allá, al extremo del cabo, el antiguo Puerto Pi, con su torre de señales y las
baterías de San Carlos.
Al otro lado de la bahía perdíase mar adentro, en
las brumas flotantes del horizonte, un cabo de obscuro verde y peñas rojizas,
sombrío y deshabitado.
La catedral destacaba sobre el azul del cielo sus
botareles y arcadas, como un navío de piedra con la arboladura desmochada que
hubiesen arrojado las olas entre la ciudad y la costa. Más allá del templo, el
antiguo alcázar de la Almudaina mostraba sus rojas torres morunas. En el
palacio del obispo brillaban como láminas de acero enrojecido los cristales de
los miradores, cual si reflejasen un incendio. Entre este palacio y la muralla
de mar, en un profundo foso lleno de hierba, por cuyos muros trepaban guirnaldas
de rosales, amontonábanse numerosos cañones: unos antiquísimos, montados sobre
ruedas; otros modernos, esparcidos por el suelo, esperando, durante años, el
momento de ser emplazados. Las torres blindadas estaban oxidadas, lo mismo que
las cureñas; los cañones de largo alcance, pintados de rojo y hundidos en la
hierba, parecían tubos de desecho. El olvido y el óxido del abandono envejecían
estas piezas modernas. El ambiente tradicional y envejecedor que según Febrer
envolvía a la isla, parecía pesar sobre estos instrumentos de guerra,
decrépitos poco después de nacer y antes de haber hablado.
Insensible a la alegría del sol, a las
palpitaciones luminosas de la extensión azul, al piar de los pájaros que
revoloteaban a sus pies, Jaime se sentía dominado por intensa tristeza, por un
desaliento anonadador.
«¿A qué luchar con el pasado?... ¿Cómo libertarse
de su cadena?... Cada uno, al nacer, encuentra marcado el sitio y gesto para
todo el curso de su existencia, y es inútil querer cambiar de situación y de
postura.»
Muchas veces, en su primera juventud, al ver desde
una cumbre la ciudad y sus risueños alrededores, se había sentido obsesionado
por fúnebres pensamientos. En las calles bañadas de sol o bajo los caparazones
de los techos agitábase el humano hormiguero, impulsado por necesidades e ideas
del momento que consideraba importantísimas. Todos creían con el más cándido y
vanidoso de los egoísmos que una voluntad superior y omnipotente vigilaba y
dirigía sus idas y venidas, iguales a las de los infusorios en una gota de
agua. Más allá de la ciudad veía Jaime con la imaginación monótonas tapias,
cipreses que asomaban sus puntas sobre ellas, una población apretada de blancas
construcciones, de ventanillas como bocas de horno, de losas que parecían
cubrir entradas de cuevas. ¿Cuántos eran los habitantes de la ciudad de los
vivos en sus plazas y sus amplias calles? Sesenta mil... ochenta mil. ¡Ay! En
la otra población situada a corta distancia, apretada, silenciosa, comprimida
en sus casitas blancas entre sombríos cipreses, los habitantes invisibles eran
cuatrocientos mil, seiscientos mil, tal vez un millón.
Luego, en Madrid, había pensado lo mismo una tarde
que paseaba con dos mujeres por los alrededores de la villa. Las cumbres de las
colinas inmediatas al río estaban ocupadas por mudas poblaciones entre cuyos
edificios blancos surgían agudos grupos de cipreses. Y en el lado opuesto de la
gran urbe existían igualmente otros campamentos de silencio y olvido. La ciudad
vivía entre un apretado cordón de fuertes de la Nada. Medio millón de seres
vivos agitábanse en las calles, creyendo ser solos en el dominio y la dirección
de la existencia, sin acordarse ni conocer a cuatro, seis u ocho millones de
semejantes que permanecían invisibles en los inmediatos cementerios.
Igual había pensado en París, donde cuatro millones
de vecinos despiertos vivían rodeados de veinte o treinta millones de antiguos
habitantes dormidos para siempre; y la misma fúnebre idea habíale perseguido en
todas las grandes ciudades.
Los vivos no están solos en ninguna parte. Les
rodean los muertos en todos los sitios, y como éstos son más, infinitamente
más, gravitan sobre su existencia con la pesadez del tiempo y del número.
No; los muertos no se van aprisa, como cree el
refrán popular. Los muertos se quedan inmóviles al borde de la vida, espiando a
las nuevas generaciones, haciéndolas sentir la autoridad del pasado con un rudo
tirón en su alma cada vez que intentan apartarse del sendero marcado por la
rutina.
¡Qué tiranía la suya! ¡Qué poder sin límites! Es
inútil apartar los ojos y paralizar la memoria; se les encuentra en todas
partes, tienen ocupadas todas las avenidas de nuestra existencia, y nos salen
al paso para recordar sus beneficios, obligándonos a una gratitud envilecedora.
¡Qué servidumbre!... La casa en que vivimos la construyeron los muertos; las
religiones ellos las crearon; las leyes que obedecemos las dictaron los
muertos, y obra suya son también nuestras pasiones y nuestros gustos, los alimentos
que nos sostienen, todo lo que produce la tierra roturada por sus manos, que
ahora son polvo. La moral, las costumbres, los prejuicios, el honor, todo obra
suya. De pensar ellos de distinto modo, otra sería la actual organización de
los hombres. Las cosas agradables a nuestros sentidos lo son porque así lo
quieren los muertos; las desagradables e inútiles se ven sumidas en su vileza
por la voluntad de los que ya no existen; lo moral y lo inmoral son sentencias
dadas hace siglos por ellos.
Los hombres que se esfuerzan por decir cosas nuevas
no hacen más que repetir con diversas palabras lo mismo que los muertos dijeron
hace siglos y siglos. Lo que consideramos más espontáneo y personal en nosotros
nos lo dictan ocultos maestros tendidos en su lecho de tierra, los cuales, a su
vez, aprendieron la lección de otros muertos anteriores. En el punto de luz de
nuestros ojos arde el alma de nuestros abuelos, así como en las líneas de
nuestras facciones se reproducen y reflejan los rasgos de generaciones
desaparecidas.
Febrer sonreía con inmensa tristeza. Creemos pensar
por cuenta propia, y en las circunvoluciones de nuestro cerebro se agita una
fuerza que ha vivido en otros organismos, semejante a la savia del injerto que
lleva la energía desde los árboles seculares y moribundos a las plantaciones
nuevas. Lo que decimos a veces espontáneamente, como última novedad de nuestro
pensamiento, es una idea de los otros enquistada en nuestro cerebro desde el
nacimiento, y que de pronto rompe su envoltura. Los gustos, los caprichos, las
virtudes, los defectos, las afinidades y las repulsiones, todo heredado, todo
obra de los desaparecidos, que se sobreviven en nosotros.
¡Con qué terror pensaba Jaime en el poder de los
muertos!... Ocultábanse para hacer menos cruel su despotismo, pero no habían
muerto realmente. Sus almas estaban agazapadas y vigilantes en los límites del
campo de nuestra existencia, así como sus cuerpos formaban un campo
atrincherado en torno a las aglomeraciones humanas. Nos espiaban con ojos
severos, nos seguían, apartándonos con invisible zarpazo al menor intento de
desviación en la ruta. Se juntaban todos para tirar con fuerza diabólica de los
rebaños de hombres que se lanzan a la conquista de un ideal nuevo y
extraordinario, restableciendo con violenta reacción la calma de la vida, que
aman silenciosa y plácida, con susurros de hierbas mustias y aleteos de
mariposas blancas: una dulce calma de cementerio dormido bajo el sol.
El alma de los muertos llenaba el mundo. Los
muertos no se van, porque son los amos. Los muertos mandan, y es inútil
resistirse a sus órdenes.
¡Ay! El hombre de las grandes ciudades, que vive
vertiginosamente, no sabe quién hizo su casa, quién elaboró su pan, y no ve de
la libre Naturaleza otras obras que los pobres árboles que adornan las calles,
ignora la tiranía de los muertos. Ni siquiera llega a enterarse de que su vida
transcurre entre millones y millones de ascendientes que están amontonados a
pocos pasos de él y le espían y dirigen. Obedece ciegamente sus tirones, sin
saber dónde termina el cabo de la cuerda amarrado a su alma; cree todos sus
actos—¡pobre autómata!—producto de su voluntad, cuando no son más que
imposiciones de los omnipotentes invisibles.
Jaime, sumido en la existencia monótona de una isla
tranquila, conociendo sus ascendientes uno a uno, sabiendo el origen y la
historia de todo cuanto le rodeaba—objetos, ropas, muebles—y de aquella casa
que parecía tener un alma, podía darse cuenta de esta tiranía mejor que los
demás.
Sí; los muertos mandan. La autoridad de los vivos,
sus asombrosas novedades, ¡todo ilusión! ¡engaños que sirven para hacernos
sobrellevar la existencia!...
Febrer, mirando el mar, en cuyo horizonte se
marcaba la débil columna de humo de un vapor, pensó en los grandes
trasatlánticos, pueblos flotantes, monstruos de velocidad, orgullo de la
industria humana, que pueden dar en poco tiempo la vuelta al mundo... Sus
remotos abuelos de la Edad Media, que iban a Inglaterra en una nave del tamaño
de una barca de pesca, representaban algo más extraordinario. Y los grandes
capitanes del presente, con sus interminables rebaños de hombres, no habían
realizado mayores hazañas que el comendador Príamo con un puñado de marineros.
¡Ah, la vida! ¡Qué engaños, qué ilusiones bordamos
sobre ella para ocultarnos la monotonía de su trama! Lo limitado de sus
sensaciones y de sus sorpresas resulta desesperante. Igual es vivir treinta
años que trescientos. Los hombres perfeccionan los juguetes útiles para su
egoísmo y su bienestar, las máquinas, los medios de locomoción; pero aparte de
esto, lo mismo se vivía antes que ahora. Las pasiones, las alegrías y las
preocupaciones son las mismas: el animal humano no cambia.
Él se había creído un hombre libre, poseedor de un
alma que llamaba «moderna», suya, toda suya, y ahora descubría en ella un
confuso amasijo de las almas de sus ascendientes. Podía reconocerlas porque las
había estudiado, porque estaban guardadas en una habitación inmediata, en el
archivo, como esas flores secas que se conservan aplastadas entre las hojas de
un libro viejo. La mayoría de los humanos que sólo guardan memoria, cuando más,
de sus bisabuelos; las familias que no conocen detalladamente la historia de su
pasado al través de los siglos, no se pueden dar cuenta de la vida ancestral
que perdura en su alma, tomando como inspiraciones propias los gritos que los
ascendientes lanzan dentro de ellos. Nuestra carne es carne de los que ya no
existen; nuestras almas son fragmentos de las almas de otros muertos.
Jaime sentía vivir en su interior al grave abuelo
don Horacio, y con él los escrúpulos del Inquisidor Decano, el de la tarjeta
horripilante, y las almas del famoso comendador y otros ascendientes. Su
mentalidad de hombre moderno guardaba algo de la de aquel regidor perpetuo que
consideraba como una raza aparte y envilecida a los judíos conversos de la
isla.
Los muertos mandan. Ahora se explicaba la
repugnancia que había sentido al ponerse en contacto con aquel don Benito tan
obsequioso y atento... ¡Y estos sentimientos eran irresistibles! Se los
imponían otros que eran más fuertes que él. Los muertos le mandaban, y debía
obedecer.
Este pesimismo le hizo recordar su situación
presente. ¡Todo perdido!... Él no servía para los pequeños negocios, para las
transacciones y arreglos que sacan adelante una vida de apuros. Renunciaba a
aquella boda que era su única salvación, y los acreedores, así que se enterasen
de esta renuncia que desvanecía sus esperanzas, caerían sobre él. Iba a verse
expulsado de la casa de sus abuelos, y la gente le compadecería con una lástima
más aflictiva para él que el insulto. Sentíase sin fuerzas para presenciar el
naufragio definitivo de su raza y su nombre. ¿Qué hacer?... ¿Adonde ir?...
Permaneció gran parte de la tarde contemplando el
mar, siguiendo el curso de las blancas velas que se ocultaban tras el cabo o se
perdían en el dilatado horizonte de la bahía.
Al retirarse de la terraza, Febrer, sin saber cómo,
se vio abriendo la puerta del oratorio, una puerta antigua y olvidada, que al
chirriar sobre sus pernos oxidados esparció polvo y telarañas. ¡Cuánto tiempo
que no había entrado allí!... En este ambiente denso de pieza cerrada creyó
percibir un vago olor de esencias, de bote de perfumes abierto y abandonado; un
olor que le hizo recordar a las solemnes damas de la familia cuyos retratos
estaban en el recibimiento.
A través de un rayo de luz que se filtraba por los
ventanillos de la cúpula danzaban en espiral ascendente millones de corpúsculos
de polvo inflamados por el sol. El altar, de talla antigua, brillaba
discretamente en la penumbra con reflejos de oro viejo. Sobre la mesa sagrada
había unos zorros y un cubo, olvidados allí hacía años, desde la última
limpieza.
Dos reclinatorios de viejo terciopelo azul parecían
guardar aún la huella de señoriales y delicados cuerpos que ya no existían.
Quedaban sobre sus pupitres, como olvidados, dos libros de oraciones con las
puntas roídas por el uso. Jaime reconoció uno de estos libros. Era de su madre,
la pobre señora pálida y enferma que compartía su vida entre el rezo y la
adoración a un hijo para el que había soñado las mayores grandezas. El otro tal
vez había pertenecido a su abuela, aquella americana de los tiempos del romanticismo,
que aún parecía estremecer el caserón con el roce de sus blancos vestidos y los
susurros de su arpa.
Esta aparición del pasado, todavía latente en la
capilla abandonada, el recuerdo de aquellas dos damas, la una toda piedad, la
otra idealista, elegante y soñadora, acabó de trastornar a Febrer. ¡Y pensar
que dentro de poco las manazas de la usura vendrían a profanar tanta cosa
venerable!... Él no podría presenciarlo. ¡Adiós! ¡adiós!...
Al anochecer buscó en el Borne a Toni Clapés. Con
la confianza amistosa que le inspiraba el contrabandista, le pidió dinero.
—No sé cuándo podré devolvértelo. Me voy de
Mallorca. Que se hunda todo, pero que yo no lo vea.
Clapés dio a Jaime más dinero que el que éste le
pedía. Toni quedaba en la isla, y con ayuda del capitán Valls intentaría
arreglar sus asuntos, si aún era posible. El capitán entendía de negocios y
sabía desenmarañar los más confusos. Febrer y él estaban reñidos desde el día
anterior; pero no importaba: Valls era un verdadero amigo.
—No digas a nadie que me voy—añadió Jaime—. Sólo
debes saberlo tú... y Pablo. Tienes razón al decir que es un amigo fiel.
—¿Y cuándo te vas?...
Esperaba el primer vapor que saliese para Ibiza.
Aún poseía allá algo: un montón de rocas con hierbajos y conejos; una torre
ruinosa del tiempo de los piratas. Lo sabía por casualidad desde el día
anterior: se lo habían dicho unos payeses de Ibiza que había encontrado en el
Borne.
—Lo mismo es estar allí que en otra parte... Tal
vez mucho mejor. Cazaré, pescaré; voy a vivir sin ver gente.
Clapés, recordando sus consejos de la noche
anterior, apretó satisfecho la mano de Jaime. ¡Se acabó lo de la chueta!...
Su alma de payés se alegraba de esta solución.
—Haces bien en irte. Lo otro... lo otro era una
locura.
Febrer contemplaba su imagen, sombra transparente,
de flotantes contornos por el estremecimiento de las aguas, a través de la cual
veíase el fondo del mar con lácteas manchas de arena y bloques obscuros
desprendidos de la montaña que se habían cubierto de costras vegetales.
Las hierbas marinas ondeaban temblorosas sus verdes
cabelleras; frutos redondos semejantes a los higos chumbos agrupábanse
blancuzcos en las aristas de las rocas; flores que parecían de nácar brillaban
en la profundidad de las aguas verdes; y entre esta vegetación de misterio
destacaban las estrellas de mar sus puntas de colores, apelotonábase el erizo
como un borrón negro lleno de púas, nadaban inquietos los caballitos del
diablo, y un chisporroteo de plata y púrpura, de colas y nadaderas, pasaba
veloz entre torbellinos de burbujas, surgiendo de una cueva para perderse en
otra boca de insondable misterio.
Estaba Jaime inclinado sobre la borda de una
pequeña embarcación que tenía su vela caída. En una mano sustentaba el volantí,
largo hilo con varios anzuelos que casi tocaba el fondo del mar.
Era cerca de mediodía. El barquichuelo estaba en la
sombra. A espaldas de Jaime extendíase con grandes sinuosidades de puntas
salientes y profundas escotaduras la costa bravia de Ibiza. Ante él erguíase el
Vedrá, peñasco aislado, mojón soberbio de trescientos metros de altura, que en
su aislamiento aún parecía más enorme. A sus pies la sombra del coloso daba a
las aguas un color denso y transparente a la vez. Más allá de su sombra azulada
hervía el Mediterráneo con burbujeo de oro bajo la luz del sol, y las costas de
Ibiza, rojas y escuetas, parecían irradiar fuego.
Jaime venía a pescar todos los días de calma en un
estrecho canal, entre la isla y el Vedrá. Era en los días buenos un río de agua
azul, con peñascos submarinos que asomaban sobre la superficie sus cabezas
negras. El gigante se dejaba abordar, sin perder por eso su aspecto imponente,
duro y hostil. Así que refrescaba el viento, las cabezas medio sumergidas se
coronaban de espuma, lanzando rugidos; montañas de agua penetraban sordas y
lívidas en la marítima garganta, y había que izar la vela y huir cuanto antes
de este callejón, caos ruidoso de remolinos y corrientes.
En la proa de la barca estaba el tío Ventolera,
viejo marinero que había navegado en buques de diversas naciones, y era el
acompañante de Jaime desde que éste llegó a Ibiza. «Cerca de ochenta años,
señor», y no dejaba un solo día de embarcarse para pescar. Ni enfermedades ni
miedo al mal tiempo. Tenía el rostro curtido por el sol y el aire salitroso,
pero con pocas arrugas. Las piernas, enjutas y al descubierto bajo unos
pantalones arremangados, tenían la piel fresca y tirante de los miembros
vigorosos. La blusa, abierta sobre el pecho, dejaba ver una pelambrera gris,
del mismo color que su cabeza, cubierta con una gorra negra—recuerdo de su
último viaje a Liverpool—, con una borla encarnada en el vértice y ancha cinta
a cuadritos blancos y rojos. Llevaba adornado el rostro con estrechas patillas
y de sus orejas pendían unos aretes de cobre.
Jaime, al conocerle, había sentido curiosidad por
estos adornos.
—De chico fui grumete en una goleta inglesa—dijo
Ventolera en su dialecto ibicenco, cantando las palabras con vocecita dulce—.
El patrón era un maltés muy arrogante, con patillas y pendientes. Y yo me
decía: «Cuando sea hombre, he de ser igual al patrón...» Aunque usted me vea
ahora así, yo he sido muy pinturero y me ha gustado imitar a las personas que
valen.
Los primeros días que Jaime pescó en el Vedrá
olvidábase de mirar al agua y al aparejo que tenía en la mano, para fijarse en
el coloso que se alza sobre el mar, despegado de la costa.
Amontonábanse las rocas, soldadas unas a otras, y
al remontarse en el espacio, obligaban al espectador a echar la cabeza atrás
para alcanzar con sus ojos la aguda cumbre. Los peñascos de la orilla del agua
eran abordables. Penetraba el mar entre ellos, sumiéndose en las bajas arcadas
de cuevas submarinas, refugio en otros tiempos de corsarios y depósitos ahora
de los contrabandistas algunas veces. Podía caminarse saltando de peñasco en
peñasco, entre cabinas y otras vegetaciones silvestres, por una parte de la
orilla del Vedrá; pero más adentro la roca se elevaba recta, lisa, inabordable,
en pulidas paredes grises cortadas a pico. A enorme altura existían algunas
mesetas cubiertas de verde, y tras de ellas volvía a elevarse el peñón en su
cortadura vertical, hasta llegar a la cumbre, aguda como un dedo. Algunos
cazadores habían escalado una parte de esta ciudadela, aprovechando como
senderos las aristas entrantes de la piedra para llegar de este modo a las
primeras mesetas. Más allá sólo había ido, según el tío Ventolera, cierto
fraile desterrado por el gobierno como agitador carlista, que había construido
en la costa de Ibiza la ermita de los Cubells.
—Era un hombre duro y atrevido—continuó el viejo—.
Dicen que puso una cruz en lo más alto, pero hace tiempo que se la llevaron los
malos vientos.
Febrer veía saltar sobre las oquedades del gran
peñón gris, sombreadas por el verde de las sabinas y los pinos marítimos, unos
puntos de color, semejantes a pulgas rojas o blanquecinas, de incesante
movilidad. Eran las cabras del Vedrá; cabras salvajes por el aislamiento,
abandonadas hacía muchos años, y que se reproducían lejos del hombre, habiendo
perdido todo hábito de domesticidad, huyendo monte arriba con prodigiosos
saltos apenas una barca abordaba el peñón. En las mañanas tranquilas, sus
balidos, agrandados por el silencio agreste, extendíanse sobre la superficie
del mar.
Un amanecer, Jaime, que había traído su escopeta,
disparó dos tiros contra un grupo de cabras que estaban a gran distancia,
seguro de no tocarlas, por el placer de verlas saltar en su huida. Los
estampidos, agrandados por el eco del canal, poblaron el espacio de chillidos y
aleteos. Eran centenares de gaviotas viejas y enormes que abandonaban sus
guaridas espantadas por el estruendo. El islote, estremecido, arrojaba fuera a
sus alados habitantes. En lo más alto, como puntos negros, volaban hacia la
isla grande otros pájaros fugitivos: los halcones que se refugiaban en el Vedrá
y daban caza a las palomas de Ibiza y Tormentera.
El viejo marinero señaló a Febrer ciertas cuevas
abiertas como ventanas en las paredes más rectas e inaccesibles del islote. Ni
las cabras ni los hombres podían llegar a ellas. El tío Ventolera sabía lo que
se ocultaba más adentro de sus negras gargantas. Eran colmenas; colmenas que
tenían siglos y siglos, refugios naturales de las abejas que, pasando el
estrecho entre Ibiza y el Vedrá, venían a refugiarse en estas cuevas
inaccesibles luego de haber revoloteado sobre los campos de la isla. Él había
visto en cierta época del año brillar junto a estas bocas hilos de luz que
serpenteaban peñas abajo. Era miel que derretía el sol en la entrada de la
caverna y chorreaba inútil fuera del depósito.
El tío Ventolera tiró de su aparejo de pesca con un
ronquido de satisfacción.
—¡Y van ocho!...
Pendiente de un anzuelo, coleaba y movía sus patas
una especie de langosta de obscuro gris. Otras semejantes descansaban inertes
en una espuerta al lado del viejo.
—Tío Ventolera, ¿no canta usted la misa?
—Si usted lo permite...
Jaime conocía las costumbres del viejo, su afición
a entonar los cánticos de la misa mayor cada vez que se sentía alegre. Retirado
de las largas navegaciones, su placer era cantar los domingos en la iglesia del
pueblo de San José o en la de San Antonio, extendiendo luego esta afición a
todos los momentos felices de su vida.
—Allá voy... allá voy—dijo con tono de
superioridad, como si fuese a dispensar a su acompañante el mayor de los
placeres.
Llevándose una mano a la boca, se extrajo de golpe
la dentadura, guardándola en la faja. Su rostro se llenó de arrugas en torno a
la boca sumida, y comenzó a cantar las frases del sacerdote y las respuestas
del ayudante. Su voz temblona e infantil adquiría una grave sonoridad al
resbalar sobre la acuática extensión y ser reproducida por los ecos de las
rocas. Las cabras del Vedrá respondían de vez en cuando con tiernos balidos de
sorpresa. Jaime reía de la vehemencia del viejo, el cual, poniendo los ojos en
blanco, se llevaba una mano al corazón sin soltar de la otra la cuerda
del volantí. Así estuvieron largo rato, atento Febrer a su aparejo,
en el que no percibía el más leve movimiento. Toda la pesca era para el
anciano. Esto le puso de mal humor, y de pronto se sintió molestado por sus
cánticos.
—Basta, tío Ventolera... ¡Ya hay bastante!
—Le ha gustado, ¿verdad?—dijo el viejo con
candidez—. También sé otras cosas; sé lo del capitán Riquer: un sucedido, nada
de cuentos. Mi padre lo vio.
Jaime hizo un ademán de protesta. No; nada del
capitán Riquer. Se sabía de memoria la hazaña. En tres meses que salían juntos
al mar, raro era el día que terminaba sin el relato del suceso. Pero el tío
Ventolera, con su inconsciencia senil, convencido de la importancia de todo lo
suyo, había ya empezado su historia, y Jaime, vuelto de espaldas, echaba el
cuerpo fuera de la borda, mirando las profundidades del mar, para no oír una
vez más lo que sabía de memoria.
¡El capitán Antonio Riquer!... Un héroe de la isla
de Ibiza, un marino tan grande como Barceló... Pero como Barceló era mallorquín
y el otro ibicenco, todos los honores y los grados habían sido para aquél. Si
hubiese justicia, debía tragarse el mar a la isla orgullosa, madrastra de
Ibiza. De pronto, el viejo recordaba que Febrer era mallorquín, y permanecía en
confuso silencio por unos instantes.
—Esto es un decir—añadía excusándose—. Buenas
personas las hay en todas partes. Vostra mercé es una de
ellas. Pero volviendo al capitán Riquer...
Era patrón de un jabeque armado en corso, el San
Antonio, tripulado por ibicencos, en continua guerra con las galeotas de
los moros argelinos y los navíos de Inglaterra, enemiga de España. El nombre de
Riquer lo conocían en todo el Mediterráneo. El suceso ocurrió en 1806. El día
de la Trinidad, por la mañana, se presentó a la vista de la ciudad de Ibiza una
fragata con bandera inglesa, dando bordadas, fuera del alcance de los cañones
del castillo. Era la Felicidad, el navío del italiano Miguel
Novelli, apodado «el Papa», vecino de Gibraltar y corsario al servicio de
Inglaterra. Venía en busca de Riquer, a burlarse en sus propias barbas,
navegando arrogante a la vista de su ciudad. Tocaron a rebato las campanas,
sonaron los tambores, el vecindario se agolpó en las murallas de Ibiza y en el
barrio de la Marina. El San Antonio estaba carenándose en
tierra; pero Riquer, con los suyos, lo echó al agua. Los cañoncitos del jabeque
habían sido desmontados, y los sujetaron a toda prisa con cuerdas. Todos los de
la Marina querían embarcarse, pero el capitán sólo escogió cincuenta hombres, y
oyó misa con ellos en la iglesia de San Telmo. Al ir a izar las velas se
presentó el padre de Riquer, un marino viejo, y atropellando la resistencia de
su hijo se metió en el buque.
Necesitó el San Antonio largas
horas y expertas maniobras para aproximarse a la fragata del «Papa». El pobre
jabeque parecía un insecto al lado del gran navío, tripulado por la gente más
brava y aventurera recogida en los muelles de Gibraltar: malteses, ingleses,
romanos, venecianos, liorneses, sardos y raguseos. La primera andanada de los
cañones del navío mata cinco hombres sobre la cubierta del jabeque, entre ellos
el padre de Riquer. Éste coge el cadáver destrozado, manchándose con su sangre,
y corre a ocultarlo en la cala. «¡Han muerto a nuestro padre!», gimen los
hermanos de Riquer. «¡A lo que estamos!—grita éste con rudeza—. ¡A los frascos!
¡Al abordaje!»
Los «frascos», arma terrible de los corsarios
ibicencos, botellas ígneas que al romperse sobre la cubierta enemiga la
incendiaban con su fuego, caen sobre el navío del «Papa». Arden los cordajes,
flamea la obra muerta, y como demonios saltan entre las llamas Riquer y los
suyos, la pistola en una mano, el hacha de abordaje en la otra. La cubierta
chorrea sangre, los cadáveres ruedan al mar con la cabeza destrozada. Al «Papa»
lo encontraron escondido y medio muerto de miedo en un armario de su cámara.
Y el tío Ventolera reía con su risa de niño al
recordar este detalle grotesco de la gran victoria de Riquer. Luego, al ser
conducido «el Papa» a la isla, las gentes de la ciudad y los payeses acudidos
en tropel lo miraban como un animal raro. ¡Éste era el pirata, terror del
Mediterráneo! ¡Y lo habían encontrado metido entre tablas por miedo a los
ibicencos! Le formaron proceso para colgarlo en la isla de los Ahorcados, un
islote donde ahora estaba el faro, en el estrecho de los Freus; pero Godoy dio
orden para que lo canjeasen por varios prisioneros españoles.
Su padre había visto estos grandes sucesos: iba de
paje en el jabeque de Riquer. Luego había caído cautivo de los argelinos,
siendo de los últimos esclavos, antes de que llegasen los franceses a Argel.
Allí se vio en peligro de muerte un día que los diezmaron a todos por el
asesinato de un moro perverso, cuyo cadáver apareció embutido en una letrina.
El tío Ventolera se acordaba también de los relatos que hacía su padre de la
época en que Ibiza tenía corsarios y llegaban a su puerto embarcaciones apresadas,
con moras y moros cautivos. Los prisioneros comparecían ante el «escribano de
presas» como testigos del suceso, y se les exigía juramento de verdad «por
Alaquivir, el Profeta y su Alcorán, alto el brazo y el dedo índice, mirando su
rostro al nacimiento del sol». Mientras tanto, los duros corsarios ibicencos,
al repartirse el botín, apartaban un fondo para la compra de sábanas destinadas
a convertirse en vendajes de sus futuras heridas, y dejaban otra parte de las
ganancias para que «un sacerdote celebrase misa todos los días mientras ellos
estuviesen fuera de la isla».
El tío Ventolera pasaba de Riquer a otros valerosos
patrones de corsos anteriores a él; pero Jaime, molestado por su charla, en la
que latía un deseo de asombrar a la isla de Mallorca, vecina y enemiga, acabó
por impacientarse.
—¡Que son las doce, abuelo!... Vámonos; ya no
pican.
El viejo miró el sol, que sobrepasaba la cumbre del
Vedrá. Aún no era mediodía, pero faltaba poco. Luego miró el mar; el señor
tenía razón: ya no picarían los peces, pero él estaba satisfecho de la jornada.
Con sus brazos enjutos tiró de la cuerda, izando la
pequeña vela triangular de la embarcación. Ésta se inclinó sobre un costado,
cabeceó un poco sin moverse del sitio, y de repente empezó a cortar el agua con
suave murmullo. Salieron del canal, dejando atrás el Vedrá y siguiendo la costa
de Ibiza. Jaime empuñaba el timón, mientras el viejo, manteniendo el cesto de
la pesca entre su rodillas, iba contando y manoseando las piezas con avaro
deleite.
Doblaron un cabo y apareció una nueva sección de la
costa. Sobre un montículo de peñas rojas, cortado a trechos por manchas
obscuras de matorrales, destacábase una torre ancha y amarilla, un cilindro
achatado, sin más huecos por la parte del mar que una ventana, negro agujero de
contornos irregulares. En el coronamiento de la torre, una tronera que había
servido en otros tiempos para un pequeño cañón recortaba su tajadura sobre el
azul del cielo. A un lado del promontorio, cortado a pico sobre el mar, descendía
el terreno, cubriéndose de verde con arboledas bajas y frondosas, entre las
cuales asomaba la mancha blanca de un exiguo caserío.
La embarcación hizo rumbo a la torre, y al llegar
cerca de ella desvióse hacia una playa inmediata, chocando su proa en el fondo
de grava. El viejo amainó la vela y aproximó la embarcación a una roca aislada
en medio de la playa, de la cual pendía una cadena. Amarró a ella la barca, y
luego saltaron a tierra él y Jaime. No quería poner en seco la embarcación;
pensaba volver al mar aquella tarde, luego de comer: asunto de calar unos
palangres, que recogería a la mañana siguiente. ¿Le acompañaba el señor?...
Febrer hizo un gesto negativo, y el viejo se despidió de él hasta la madrugada
siguiente. Le despertaría desde la playa cantando el Introito cuando
aún hubiera estrellas en el cielo. El amanecer debía sorprenderles en el Vedrá.
¡A ver si el señor salía pronto de su torre!
Se alejó el viejo tierra adentro, llevando
pendiente de un brazo el cesto de pescado.
—Déle usted mi parte a Margalida, tío Ventolera, y
que me traigan pronto la comida.
El marinero contestó con un movimiento de hombros,
sin volver el rostro, y Jaime fue avanzando por el borde de la playa hacia la
torre. Sus pies, calzados de alpargatas, hollaban la grava, en la que se
perdían los últimos estremecimientos del mar. Entre las azuladas piedrecitas
veíanse fragmentos de barro cocido: pedazos de asas; superficies cóncavas de
alfarería, con vestigios de remotos adornos que tal vez habían pertenecido a
panzudas vasijas; pequeñas esferas irregulares de tierra gris, en las que parecía
adivinarse, a través de las roeduras del agua salitrosa, rostros informes,
fisonomías crispadas por el paso de los siglos. Eran misteriosos despojos de
los días de tormenta; fragmentos del gran secreto del mar que volvían a la luz
tras una ocultación de miles de años; la historia confusa y legendaria devuelta
por las olas incoherentes a las riberas de estas islas, abrigo en tiempos
remotos de fenicios y cartagineses, árabes y normandos. El tío Ventolera
hablaba de monedas de plata, delgadas como hostias, encontradas por muchachos
al jugar en la costa. Su abuelo le había contado, siendo niño, la tradición de
cavernas submarinas que contenían tesoros, cuevas de los sarracenos y normandos
que habían sido muradas con pedruscos, perdiéndose después el secreto del
escondrijo.
Jaime comenzó a ascender por la peñascosa ladera,
camino de la torre. Los tamariscos erguían su áspera y rumorosa vegetación de
pinos enanos, que parecía nutrirse de la sal disuelta en el ambiente, hundiendo
sus raíces en la roca. El viento de los días tempestuosos, al remover la arena,
dejaba descubiertas sus múltiples y enmarañadas raíces, negras y delgadas
serpientes en las que se enredaban muchas veces los pies de Febrer. Al eco de
los pasos de éste respondía en los matorrales un rumor de medrosas carreras y
chasquido de hojas, viéndose pasar entre mata y mata, con ciega velocidad, un
bulto de pelos grises con la cola en forma de botón. La fuga de los conejos
hacía correr a los lagartos de color de esmeralda tendidos perezosamente al
sol.
Junto con estos rumores llegó a oídos de Jaime un
débil tamborileo y una voz de hombre que entonaba un romance ibicenco.
Deteníase de vez en cuando como indecisa, repitiendo los mismos versos
tenazmente, hasta que lograba pasar a otros nuevos, lanzando al final de cada
estrofa, según costumbre del país, un cloqueo extraño semejante al graznido del
pavo real, un gorgorito rudo y estridente como el que acompaña a los cantos de
los árabes.
Cuando Febrer estuvo en la cumbre vio al músico
sentado en una piedra detrás de la torre y contemplando el mar.
Era un atlot al que había
encontrado algunas veces en Can Mallorquí, la casa de su antiguo
arrendatario Pep. Tenía apoyado en un muslo el tamboril ibicenco, pequeño
tambor pintado de azul con flores y ramajes dorados. El brazo izquierdo se
apoyaba en el instrumento y la cara descansaba en una mano, oculta casi por la
palma y los dedos. Con la diestra armada de un palillo golpeaba lentamente uno
de los parches, y así permanecía inmóvil, en actitud reflexiva, con el
pensamiento concentrado en su improvisación, contemplando el inmenso horizonte
del mar a través de sus dedos.
Le llamaban el Cantó, como a todos los
que en la isla cantan versos nuevos en bailes y serenatas. Era un mozuelo alto,
paliducho y estrecho de hombros, un atlot que aún no había
llegado a los diez y ocho años. Al cantar, tosía y se hinchaba su frágil
cuello, arrebolándosele el rostro, de una blancura transparente. Sus ojos eran
grandes, ojos de mujer, con el lagrimal de color rosa muy saliente. Vestía traje
de fiesta en todo tiempo: sus pantalones eran de terciopelo azul, la faja y el
lazo que le servía de corbata de encendido rojo, y por encima de esta última
prenda ostentaba un pañolito femenil arrollado al cuello, con la bordada punta
por delante. Dos rosas asomaban sobre sus orejas, y bajo el ala de su fieltro,
echado atrás y adornado con una cinta a flores, escapábanse en rizado flequillo
las ondulaciones de su cabello, lustroso de pomada. Febrer, viendo estos
adornos casi femeniles, sus grandes ojos y su pálida tez, lo comparó a una
doncella exangüe de las que idealiza el arte moderno. Pero esta virgen mostraba
cierto bulto inquietante en el ruedo de su faja roja. Indudablemente era un
cuchillo o un pistolete de los que fabrican los herreros de la isla; el
compañero inseparable de todo atlot ibicenco.
Al ver a Jaime se levantó el cantor, dejando el
tamborcillo pendiente de una correa sujeta al brazo izquierdo, mientras con la
mano derecha, que aún empuñaba el palillo, tocaba el ala de su sombrero.
—¡Bon día tengui!
Febrer, que como buen mallorquín creía en la
ferocidad de los ibicencos, admiraba sin embargo su aspecto cortés al
encontrarlos en los caminos. Se mataban entre ellos, siempre por asuntos de
amor, pero el forastero era respetado, con el mismo escrúpulo tradicional que
muestra el árabe por el hombre que pide hospitalidad bajo su tienda.
El Cantó parecía avergonzado de
que el señor mallorquín le hubiese sorprendido junto a su casa, en un terreno
que era suyo. Balbuceaba excusas. Venía a sentarse allí porque le gustaba
contemplar el mar desde la altura. Sentíase mejor a la sombra de la torre;
ningún amigo le turbaba con su presencia y podía componer libremente los versos
de un romance para el próximo baile en el pueblo de San Antonio.
Jaime sonrió al oír las tímidas excusas del cantor.
Seguramente que sus versos eran dedicados a alguna atlota. El
muchacho inclinó la cabeza. «Sí, señor...» ¿Y quién era ella?
—Flo d'enmetllé—dijo el poeta.
«¡Flor de almendro!...» Bonito nombre. Y animado
por la aprobación del señor, el atlot siguió hablando. «Flor
de almendro» era Margalida, la hija del siñó Pep de Can
Mallorquí. Él era quien había dado este nombre, al verla blanca y hermosa
como las flores que echa el almendro cuando terminan las heladas y vienen del
mar los soplos tibios anunciadores de la primavera. Todos los muchachos del
contorno repetían este nombre, y Margalida no era conocida por otro. El cantor
confesaba poseer cierta habilidad para la invención de apodos bonitos. Lo que
él decía quedaba para siempre.
Febrer acogió sonriendo estas palabras del
muchacho. ¿Adonde había ido a refugiarse la poesía?... Luego le preguntó si
trabajaba, y el atlot contestó negativamente. No querían sus
padres: un médico de la ciudad le había visto un día de mercado, aconsejando a
su familia que le evitase toda fatiga. Y él, satisfecho del consejo, pasaba los
días de labor en pleno campo, a la sombra de un árbol, oyendo cantar a los
pájaros, espiando a las atlotas que transitaban por las
sendas; y cuando le bullía en la cabeza un trovo nuevo, sentábase a la orilla
del mar para devanarlo lentamente, fijándolo en su memoria.
Jaime se despidió de él: podía continuar su trabajo
poético.
Pero a los pocos pasos se detuvo, volviendo la
cabeza al no oír de nuevo el tamboril. El cantor se alejaba cuesta abajo,
temeroso de molestar al señor con su música, e iba en busca de otro lugar
solitario.
Llegó Febrer a la torre. Todo lo que parecía de
lejos piso bajo era una construcción maciza. La puerta estaba al nivel de las
ventanas superiores; así los antiguos guardianes podían evitar una sorpresa de
los piratas, valiéndose para sus entradas y salidas de una escala, que
retiraban al interior en cuanto llegaba la noche. Jaime había hecho fabricar
una ruda escalera de madera para llegar a su habitación, pero no la retiraba
nunca. La torre, construida con piedra arenisca, estaba algo roída en su exterior
por el viento del mar. Muchos sillares habían rodado fuera de sus alvéolos, y
estas oquedades eran como peldaños disimulados para escalar la torre.
Ascendió el solitario a su habitación. Era una
pieza circular, sin más huecos que la puerta y la ventana trasera, aberturas
que casi parecían túneles en el desmesurado espesor de los muros. Éstos, por su
parte interna, hallábanse cuidadosamente enjalbegados con la deslumbrante cal
de Ibiza, que da una transparencia y una suavidad lácteas a todos los
edificios, comunicando aspecto de risueñas mansiones a las casuchas sórdidas de
la campiña. Sólo en la bóveda, cortada por un tragaluz revelador de la antigua
escalera que conducía a la plataforma, quedaba el hollín de las fogatas que se
habían encendido en otros tiempos.
Unas tablas mal unidas por cruces de maderos que
les servían de refuerzo cerraban la puerta, la ventana y el tragaluz. No había
ni un cristal en la torre. Aún era verano, y Febrer, indeciso sobre su destino,
o más bien indiferente, dejaba los trabajos de una instalación definitiva para
más adelante.
Le parecía hermoso y seductor este retiro, a pesar
de su rudeza. Notaba en él la mano adicta de Pep y la gracia de Margalida.
Jaime se fijaba en lo nítido de las paredes, en la limpieza de las tres sillas
y la mesa de tablas, muebles fregoteados por la hija de su antiguo
arrendatario. Unos aparejos de pesca extendían sus mallas por los muros con
ondulaciones de tapiz. Más allá colgaban la escopeta y un bolso de municiones.
A trechos agrupábanse, formando abanicos, largas y estrechas valvas de mariscos
que tenían la transparencia acaramelada del carey. Eran regalo del tío
Ventolera, así como dos caracolas enormes que adornaban la mesa, blancas,
erizadas de púas y con el interior de un rosa húmedo, como el de la carne
femenil. Cerca de la ventana permanecía arrollado el jergón con su almohada y
sus sábanas, cama rústica que Margalida o su madre hacían todas las tardes.
Jaime dormía allí con más tranquilidad que en su
palacio de Palma. Los días que no le despertaba al romper el alba el tío
Ventolera cantando la misa desde la playa o subiendo la colina para lanzar unas
cuantas piedras contra la puerta de la torre, el solitario permanecía en su
jergón hasta bien entrada la mañana. Llegaba a sus oídos la voz monótona del
mar, la gran madre arrulladora. Una luz misteriosa, mezcla de oro de sol y azul
acuático, filtrábase por las rendijas, temblando en la blancura de las paredes.
Las gaviotas chillaban afuera, y pasando ante las ventanas con aleteo juguetón
trazaban rápidas sombras en el muro.
Las noches en que se acostaba temprano,
reflexionaba el solitario con los ojos abiertos, viendo deslizarse la luz
difusa estelar o el resplandor de la luna por los maderos entreabiertos. Era
esa media hora en la que se ve todo el pasado con una percepción sobrenatural;
antesala del sueño, por la que pasan los recuerdos más remotos. El mar gruñía;
sonaban estridentes silbidos de los pajarracos de la noche; las gaviotas se
quejaban con un lamento de niños martirizados. ¿Qué harían a aquellas horas sus
amigos?... ¿Qué dirían en los cafés del Borne?... ¿Quién de ellos estaría en el
Casino?...
Por la mañana estos recuerdos le hacían sonreír con
gesto lastimero. La nueva luz parecía embellecer su vida, haciéndola más
amable. ¡Y él había podido ser como los otros, adorando la existencia en la
ciudad!... La verdadera vida era ésta.
Paseaba su mirada por la interna redondez de la
torre. Un verdadero salón, más apacible para él que los de la casa de sus
antepasados. Todo suyo, sin miedo a la copropiedad con prestamistas y usureros.
Hasta tenía bellas antigüedades que nadie le podía disputar. Cerca de la puerta
se apoyaban en el muro dos ánforas extraídas por las redes de unos pescadores,
dos piezas de barro blancuzco, adornadas caprichosamente por el mar con
guirnaldas de conchas petrificadas. En el centro de la mesa, entre las caracolas,
estaba otro regalo del tío Ventolera: una cabeza de mujer rematada por una
especie de tiara redonda sobre los cabellos en trenzas. El barro gris estaba
moteado de blancas y duras esferillas, granulaciones de los siglos y del agua
salitrosa. Pero Jaime, al contemplar a esta compañera de soledad, atravesaba
con la imaginación su áspera mascarilla, adivinando sus serenas facciones y el
misterio de sus ojos orientales, rasgados en forma de almendra. La veía como
nadie podía verla. Sus largas horas de contemplación silenciosa habían acabado
por borrar el rugoso antifaz, obra de los siglos.
—Mírala, es mi novia—había dicho una mañana a
Margalida, mientras ésta limpiaba la habitación—. ¿Verdad que es hermosa?...
Debió ser princesa de Tiro o Ascalón, no lo sé cierto; pero lo que sé
indiscutiblemente es que estaba reservada para mí. Me amaba cuatro mil años
antes de nacer yo, y ha venido a buscarme a través de los siglos. Tenía barcos,
tenía esclavos, tenía trajes de púrpura y palacios con terrazas que eran
jardines; pero lo abandonó todo por ocultarse en el mar, esperando durante
siglos y siglos que una ola la arrastrase a la playa para ser recogida por el
tío Ventolera y que éste la trajese a mi casa... ¿Por qué me miras así? Tú,
pobrecita, no entiendes estas cosas.
Margalida le miraba con asombro. Heredera del
respeto que su padre sentía por el señor, sólo se imaginaba a don Jaime
hablando gravemente. ¡Las cosas que había visto en el mundo!... Y ahora sus
palabras sobre la novia milenaria conmovían su credulidad, haciéndola sonreír
levemente, al mismo tiempo que miraba con temor supersticioso a la gran señora
de otros tiempos que sólo era una cabeza. ¡Cuando el señor decía aquello! ¡Era
tan extraordinario todo lo suyo!...
Al subir Febrer a la torre se sentó cerca de la
puerta, contemplando todo el paisaje de tierra adentro que se dominaba desde
este agujero. Al pie de la colina extendíanse algunos campos roturados
recientemente. Eran los pedazos de montaña propiedad de Febrer, que Pep iba
convirtiendo en tierra cultivable. Más allá comenzaban las plantaciones de
almendros, con su follaje de un verde fresco, y los añosos y retorcidos
olivares, que extendían su leña negra con ramilletes de hojas de plateado gris.
La casa, el Can Mallorquí, era una vivienda casi árabe, un grupo de
construcciones cuadradas como dados, de techo plano y deslumbrante blancura.
Conforme aumentaban las necesidades y la expansión de la familia, se iban
levantando nuevas construcciones blancas. Cada dado era una habitación, y todos
juntos formaban una casa, que más bien parecía un aduar, no adivinándose
exteriormente cuáles servían para la vida de los habitantes y cuáles para las
bestias de labor.
Más allá del Can extendíanse la
arboleda, dividida por paredones de piedra seca, y los bancales de altos
ribazos. Los vientos de la isla no permitían la ascensión de los árboles, y
éstos esparcían su ramaje en torno de ellos con una prolijidad exuberante,
ganando en extensión lo que perdían en altura. Todos conservaban las ramas
sostenidas por numerosas horquillas. Algunas higueras llegaban a tener
centenares de sostenes, y se extendían como una inmensa tienda verde destinada
a cobijar un sueño de gigantes. Eran cenadores naturales, en los que podía
ocultarse casi un pueblo. El fondo del horizonte estaba cerrado por montañas
cubiertas de pinos con grandes calvas de tierra roja. Entre el obscuro follaje
se elevaban columnas de humo. Eran las fogatas de los leñadores que fabricaban
carbón vegetal.
Tres meses que Febrer estaba en la isla. Su llegada
había asombrado a Pep Arabi, todavía ocupado en relatar a parientes y amigos su
estupenda aventura, su inaudito atrevimiento, el reciente viaje a Mallorca con
los atlots, la estancia en Palma de unas horas, y su visita al
palacio de los Febrer, lugar encantado que guardaba cuanto en el mundo puede
existir de señorial y lujoso.
Las rudas declaraciones de Jaime asombraron menos
al payés.
—Pep, estoy arruinado; tú eres rico si te comparas
conmigo. Vengo a vivir en la torre... no sé hasta cuándo. Tal vez para siempre.
Y entró en los detalles de instalación, mientras
Pep sonreía con aire incrédulo. ¡Arruinado!... Todos los grandes señores decían
lo mismo, y lo que a ellos les sobraba en su desgracia podía hacer ricos a
muchos pobres. Eran como los barcos que encallaban en Formentera antes que el
gobierno pusiera faros. Los formenterinos, gente sin ley y dejada de Dios—por
ser de una isla más pequeña—, encendían hogueras para engañar a los navegantes;
y cuando se perdía el barco para éstos, no se perdía para los isleños, pues sus
despojos hacían ricos a muchos.
¡Pobre un Febrer!... No quiso aceptar el dinero que
le ofreció don Jaime. Él iba a cultivar unas tierras que eran del señor; ya
arreglarían cuentas. Y viendo su empeño en ocupar la torre, trabajó Pep por
hacerla habitable, ordenando además a sus hijos que llevasen la comida al señor
los días que no quisiera bajar para sentarse a su mesa.
Estos tres meses habían sido para Jaime de rústico
aislamiento; ni escribir una carta, ni abrir un periódico, ni conocer más
libros que media docena de volúmenes que había traído de Palma. La ciudad de
Ibiza, tranquila y soñolienta como un pueblo del interior de la Península,
parecíale una capital remota. Mallorca no debía existir ya, ni tampoco las
grandes ciudades que él había visitado. En el primer mes de esta nueva vida, un
suceso extraordinario turbó su plácida tranquilidad. Llegó una carta, un pliego
con membrete de un café del Borne y unos cuantos renglones de letra gruesa y
defectuosa. Era Toni Clapés quien le escribía. Le deseaba muchas felicidades en
su nueva existencia. En Palma todo continuaba lo mismo. Pablo Valls no le
escribía porque estaba enfadado con él. ¡Marcharse sin avisarle!... Pero era un
buen amigo y se ocupaba en desenmarañar sus asuntos. Tenía para esto una
habilidad diabólica. ¡Al fin, chueta!... Ya le daría más noticias.
Después habían transcurrido dos meses sin que por
suerte llegase otra carta. ¿Qué le importaban a él estas noticias de un mundo
al que no pensaba volver?... No sabía ciertamente qué le reservaba el porvenir:
allí había llegado y allí se quedaba, sin otros placeres que la caza y la
pesca, gozando una voluptuosidad animal al no tener más ideas y deseos que los
del hombre primitivo.
Permanecía aparte de la vida ibicenca, sin
mezclarse en sus costumbres. Era un señor entre los payeses, un forastero.
Aquéllos le trataban respetuosamente, pero con un respeto frío.
La existencia tradicional de estas gentes, ruda y
un tanto feroz, le atraía con la fuerza de todo lo que es extraordinario y de
contornos vigorosos. La isla, abandonada a sus propias fuerzas, había tenido
que hacer frente durante siglos y siglos a los piratas normandos, a los
navegantes árabes, a las galeras de Castilla, enemiga de los estados
aragoneses, a los barcos de las repúblicas italianas, a los bajeles turcos,
tunecinos y argelinos, y a los corsarios ingleses en tiempos más recientes.
Formentera, deshabitada durante siglos, luego de haber sido granero de los
romanos, servía de refugio traicionero a las flotas hostiles. Las iglesias de
los pueblos eran aún verdaderas fortalezas con torres robustas, donde se
refugiaban los labriegos al enterarse por las fogatas de que desembarcaban
enemigos. Esta vida azarosa, de continuo peligro e interminable lucha, había
creado una población habituada al derramamiento de sangre, a defender sus
derechos con las armas en la mano. Los labradores y pescadores del presente,
encerrados en su isla, tenían aún la misma mentalidad y costumbres de sus
abuelos. Los pueblos no existían. Eran caseríos desparramados en muchos
kilómetros, sin más núcleo que la iglesia y las casas del cura y el alcalde. La
única población era la capital, la llamada en los antiguos documentos «Real
Fuerza de Ibiza», con su barrio anexo de la Marina.
Cuando un atlot llegaba a la
pubertad, su padre lo llamaba a la cocina de la alquería en presencia de toda
la familia.
—Ya eres hombre—declaraba solemnemente.
Y le hacía entrega de un cuchillo de recia hoja.
El atlot armado caballero perdía su encogimiento filial. En
adelante se defendería él mismo, sin buscar la protección de su familia. Luego,
al juntar algún dinero, completaba sus arreos paladinescos comprando un
pistolete con adornos de plata a los herreros del país, que tenían su forja en
el bosque.
Fortalecido por el contacto de estos dos
testimonios de viril ciudadanía, que no le abandonarían mientras viviese, se
juntaba con los otros atlots igualmente pertrechados, y
empezaba para él la vida juvenil y amorosa: las serenatas con acompañamiento di
relinchos, los bailes, las excursiones a las parroquias que celebraban la
fiesta de su santo patrón, donde se divertía tirando al galle con certeras
pedradas, y sobre todo los festeigs, los tradicionales cortejos, la
busca de novia, costumbre la más respetable de todas, que daba origen a riñas y
muertes.
En la isla no había ladrones. Las casas aisladas en
pleno campo conservaban muchas veces la llave en la puerta mientras los dueños
estaban ausentes. Los hombres no se mataban por cuestiones de interés. El
disfrute del suelo estaba muy repartido, y la dulzura del clima así como la
frugalidad de las gentes hacían que éstas fuesen generosas y poco apegadas a
los bienes materiales. El amor, sólo el amor empujaba a los hombres a matarse.
Los rústicos caballeros eran apasionados en sus predilecciones y fatales en sus
celos, como héroes de novela. Por una atlota de ojos negros y
manos morenas se buscaban y se provocaban en la obscuridad de la noche con
relinchos de desafío; se aucaban de lejos antes de venir a las
manos. El arma moderna que sólo emite un proyectil en cada disparo les parecía
insuficiente, y sobre el cartucho añadían un puñado de pólvora y otro de balas,
atacándolo todo fuertemente. Si el arma no reventaba en sus manos, el agresor
estaba seguro de hacer polvo a su contrario.
Los cortejos duraban meses y años. El payés que
tenía una atlota en edad de noviazgo veía presentarse a los
muchachos del distrito y de otros distritos de la isla, pues todos los
ibicencos contaban con igual derecho para solicitarla. El padre apreciaba el
número de los pretendientes. Diez, quince, veinte: a veces hasta treinta. Luego
calculaba el tiempo de que podía disponer en la velada antes de que le rindiese
el sueño, y teniendo en cuenta el número de solicitantes, lo dividía a tantos
minutos cada uno.
Al cerrar la noche iban acudiendo por distintos
caminos los del cortejo, unos en grupos, canturreando con acompañamiento de
relinchos y cloqueos, otros solitarios, haciendo vibrar en su boca el zumbido
del bimbau, un instrumento compuesto de dos laminillas de hierro
que gruñía como un moscardón y les hacía olvidar la fatiga de la marcha. Venían
de muy lejos. Los había que caminaban tres horas a la ida y otras tantas a la
vuelta, yendo de un extremo a otro de la isla, los jueves y sábados, días de
cortejo, para hablar tres minutos con una atlota.
Sentábanse en el verano en el porchu,
especie de zaguán de la alquería, o entraban en la cocina si era invierno.
Inmóvil en un poyo de piedra les esperaba la muchacha. Habíase despojado del
sombrero de palma con largas cintas, que le daba a las horas de sol un aire de
pastora de opereta; vestía el traje de fiesta, la falda verde o azul de menudos
pliegues, que guardaba el resto de la semana apretada entre cuerdas y pendiente
del techo para que conservase intacto su plegado. Debajo de ésta llevaba otras
faldas y otras, ocho, diez o doce zagalejos, toda la ropa femenil de la casa,
un embudo sólido de paños y bayetas que borraba los vestigios del sexo y hacía
imposible imaginarse la existencia de una realidad carnal bajo la balumba de
tejidos. Las hileras de botones de filigrana brillaban en las mangas postizas
del jubón. Sobre el pecho, aplastado por un corsé monjil que parecía de hierro,
brillaba la triple cadena de oro de enormes eslabones. Por debajo del pañuelo
que cubría su cabeza colgaba una gruesa trenza con remate de cintas. Sobre el poyo,
sirviendo de tapiz a unas rotundidades que parecían voluminosas como globos por
el enorme bulto de las faldas, estaba el abrigais, la prenda
femenil de invierno.
Deliberaban los solicitantes para el buen orden del
cortejo, y uno tras otro iban a sentarse al lado de la atlota hablando
con ella los minutos marcados. Si alguno, enardecido por la conversación, se
olvidaba de los compañeros, dejando pasar el tiempo, éstos se lo advertían con
toses, miradas furiosas y palabras de amenaza. Si insistía, el más fuerte de la
banda lo agarraba de un brazo, apartándolo para que otro ocupase su lugar.
Algunas veces, cuando los pretendientes eran muchos y apremiaba el tiempo,
la atlota hablaba con dos a la vez, haciendo esfuerzos de
habilidad para no dar la preferencia a uno sobre otro... Así continuaban los
cortejos hasta que ella manifestaba su preferencia por un atlot,
sin tener en cuenta la voluntad de sus padres. En esta corta primavera de su
vida, la mujer era reina. Luego, al casarse, cultivaba la tierra como su marido
y era poco más que una bestia.
Los atlots despreciados se
retiraban, cuando no sentían gran interés por la muchacha, trasladando sus
amores algunas leguas más allá; pero si estaban realmente enamorados, seguían
acechando la casa, y el preferido tenía que pelearse con sus antiguos rivales, llegando
milagrosamente al casamiento a través de cuchillos y pistolas.
La pistola era como una segunda lengua del
ibicenco. En los bailes domingueros soltaba tiros para demostrar su entusiasmo
amoroso. Saliendo de la alquería de la novia, para dar a ésta y a su familia
una muestra de aprecio, disparaba un tiro al transponer la puerta, y gritaba
luego: «¡Bona nit!» Si, por el contrario, se retiraba ofendido
y deseaba inferir a la familia una grave injuria, invertía los términos, dando
primero las buenas noches y disparando la pistola después; pero en tal caso
había de salir inmediatamente a todo correr, pues los de la casa contestaban
acto seguido a la declaración de guerra con otros disparos o con palos y
pedradas.
Jaime vivía al borde de esta existencia ruda y
tradicional, contemplando de lejos las costumbres de aduar que aún se mantenían
en el apartamiento de la isla. España, cuya bandera ondeaba todos los domingos
sobre el menguado caserío de cada parroquia, apenas hacía memoria de este
pedazo de su suelo perdido en el mar. Muchas tierras de la lejana Oceanía se
hallaban en comunicación más frecuente con los grandes núcleos humanos que esta
isla, arrasada en otros tiempos por la guerra y la rapiña, y mísera ahora al
hallarse lejos del camino de los grandes buques, encerrada en un cinturón de
islotes, rocas y bajos, entre freos y canales cuyas aguas transparentaban el
fondo submarino.
Sentía Febrer en esta nueva existencia el deleite
del que ocupa sitio cómodo para presenciar un espectáculo interesante. Aquellos
campesinos y pescadores, belicosos nietos de corsarios, eran para él agradables
compañeros de existencia. Pretendía contemplarlos de lejos, como un testigo
curioso, pero lentamente sus costumbres habían hecho presa en él, arrastrándolo
a los mismos hábitos de existencia. No tenía enemigos, y sin embargo, en sus
paseos por la isla, cuando no llevaba la escopeta al hombro, ocultaba un
revólver en su faja... por si acaso.
En los primeros días de su estancia en la torre,
como las necesidades de la instalación le obligaban a ir a la ciudad, conservó
su traje; pero poco a poco prescindió de la corbata, del cuello de camisa, de
las botas. La caza le hizo preferir la blusa y el pantalón de pana de los
payeses. La pesca le aficionó a marchar con los pies desnudos dentro de unas
alpargatas por playas y peñascos. Un sombrero igual al que usaban todos
los atlots en la parroquia de San José cubrió su cabeza.
La hija de Pep, conocedora de las costumbres de la
isla, admiraba con cierto agradecimiento el sombrero del señor. Los hombres de
los diversos cuartones que de antiguo dividían a Ibiza
distinguíanse unos de otros por la manera de llevar el sombrero y la forma de
sus alas, diferencia imperceptible para el que no fuese de la tierra. El de don
Jaime era idéntico al de todos los atlots de San José y se
diferenciaba de los usados por los vecinos de los otros pueblos, todos con
nombres de santos. Un honor para la parroquia de que ella era hija.
¡Ingenua y graciosa Margalida! Febrer gustaba de
hablar con ella, gozándose en el asombro que sus relatos de otras tierras y sus
bromas, dichas con gesto grave, despertaban en su alma simple...
No tardaría en traerle la comida. Hacía media hora
que una columna tenue de humo flotaba sobre la chimenea de Can
Mallorquí. Se imaginaba a la hija de Pep guisando, yendo y viniendo junto
al hogar, seguida por la mirada de la madre, payesa infeliz y de silenciosa
torpeza, que no osaba poner mano en las cosas del señor.
De un momento a otro la vería aparecer bajo el
sombrajo del porchu que daba entrada a su casa, llevando al
brazo la cesta de la comida y sobre su rostro de milagrosa blancura, que el sol
apenas doraba con ligera pátina de marfil antiguo, un sombrero de paja con
largas cintas.
Alguien se movió bajo el sombrajo, emprendiendo la
marcha hacia la torre. ¡Era Margalida!... No; no era ella. Llevaba pantalones.
Era su hermano Pepet... Pepet, que vivía en Ibiza desde un mes antes,
preparándose para seminarista, y al que la gente había dado por esto el apodo
de el Capellanet.
—¡Bon día tengui!...
Pepet extendió una servilleta en un lado de la mesa
y puso sobre ella dos platos tapados y una botella de vino de parra que tenía
el color y la transparencia del rubí. Luego se sentó en el suelo, abarcando las
rodillas con los brazos, y quedó inmóvil. El luminoso marfil de su dentadura
brillaba sonriente sobre el rostro moreno. Sus ojos maliciosos fijábanse en el
señor con una expresión de can alegre y fiel.
—Pero ¿no estabas en Ibiza para ser cura?—preguntó
Jaime mientras atacaba la comida.
El muchacho movió la cabeza. Sí, señor; estaba. Su
padre lo había confiado a un profesor del Seminario. ¿Sabía don Jaime dónde era
el Seminario?...
Hablaba el pequeño payés de él como de un remoto
lugar de tortura. Ni árboles, ni libertad, ni aire apenas: la vida no era
posible en aquel encierro.
Febrer, oyéndole, recordaba su visita a la ciudad
alta, la Real Fuerza de Ibiza, población muerta, separada del barrio de la
Marina por una gran muralla del tiempo de Felipe II, con los intersticios de la
piedra arenisca cubiertos de verdes y ondeantes alcaparros. Estatuas romanas
sin cabeza decoraban en tres hornacinas la puerta que comunicaba la ciudad con
el arrabal. Más allá, las calles tortuosas empezaban a empinarse hacia la
cumbre, ocupada por la catedral y el castillo: pavimentos de piedra azul, por
cuyo centro corrían en pendiente las inmundicias; fachadas de nítida blancura,
marcando borrosamente bajo su enjalbegado escudos nobiliarios y la labor de
antiguos ventanales; un silencio de cementerio a orillas del mar, interrumpido
solamente por el lejano rumor de la resaca y el zumbido de las moscas
amontonándose en el arroyo. De tarde en tarde, pasos en el pavimento de estas
calles morunas y ventanas que se entreabren con la ávida curiosidad de un
suceso extraordinario; unos soldados que suben lentamente hacia el castillo por
las empinadas cuestas; los señores canónigos que bajan del coro, con el pecho
de la sotana brillante de grasa y el sombrero de teja y el manteo de color de
ala de mosca, míseros prebendados de una catedral olvidada, pobre y sin obispo.
En una de estas calles había visto Febrer el
Seminario, casa larga, de blancas paredes, con las ventanas cubiertas de rejas
lo mismo que una cárcel. El Capellanet, al recordarla, poníase
grave, borrándose de su rostro achocolatado el blanco marfil de la sonrisa.
¡Qué mes había pasado allí! El maestro entretenía el aburrimiento de las
vacaciones con este pequeño campesino, queriendo iniciarlo en las bellezas de
las letras latinas con ayuda de su elocuencia y de una correa. Deseaba hacer de
él un prodigio, para sorprender a los otros profesores cuando se abriesen las
clases, y los golpes menudeaban. Además de esto, las rejas, que sólo dejaban
ver la pared de enfrente; la aridez de la ciudad, donde no se encontraba una
hoja verde; los aburridos paseos al lado del cura por aquel puerto de aguas
muertas que olía a almeja corrompida y sin otros barcos que algunos veleros que
llegaban a cargar sal... El día anterior, unos cuantos correazos más fuertes
habían acabado con su paciencia. «¡Pegarle a él! ¡Si no fuese un cura!...» Se
había fugado, emprendiendo a pie el regreso a Can Mallorquí; pero
antes, como venganza, desgarró varios libros que el maestro tenía en gran
estima, volcó el tintero sobre la mesa y escribió en las paredes vergonzosas
inscripciones, con otras travesuras de mono en libertad.
La noche había sido de emociones en Can
Mallorquí. Pep había dado de palos a su hijo: lo quiso matar, ciego de ira,
teniendo que interponerse entre los dos Margalida y su madre.
La sonrisa del atlot había vuelto
a reaparecer. Hablaba con orgullo de los palos que llevaba recibidos sin que le
arrancasen un grito. Era su padre quien le pegaba, y un padre puede pegar,
porque así demuestra que se interesa por sus hijos. Pero que probase otro a
golpearle: era como sentenciarse a muerte. Y al decir esto, se erguía con la
belicosa petulancia de una raza habituada a ver correr la sangre y a hacerse
justicia por su mano. Pep hablaba de llevar a su hijo otra vez al Seminario,
pero el muchacho dudaba de esta amenaza. No iría aunque su padre cumpliera la
promesa de llevarlo atado como un costal a lomos de un asno: huiría antes a la
montaña o al islote del Vedrá, para vivir con las cabras salvajes.
El dueño de Can Mallorquí había
dispuesto del porvenir de sus hijos rudamente, con esa energía del campesino
que no repara en obstáculos cuando cree hacer el bien. Margalida se casaría con
un payés, y para él serían las tierras y la casa. Pepet sería cura, lo que
representaba una ascensión social de la familia, honor y fortuna para todos.
Jaime sonreía al escuchar las protestas del atlot contra
su destino. En toda la isla no existía otro centro de enseñanza que el
Seminario, y los payeses y patrones de barca que deseaban para sus hijos una
suerte mejor los llevaban a él. ¡Los curas de Ibiza!... Muchos de ellos,
mientras seguían sus estudios, tomaban parte en los cortejos, usando cuchillo y
pistolete. Nietos de corsarios y de soldados, al vestir la sotana guardaban la
arrogancia y la ruda virilidad de sus ascendientes. No eran impíos, pues su
simpleza de pensamiento no les permitía este lujo, pero tampoco eran devotos ni
austeros: amaban la vida con todas sus dulzuras y sentían la atracción de los
peligros con atávico entusiasmo. La isla era una fábrica de sacerdotes animosos
y aventureros. Los que permanecían en España acababan por ser capellanes de
regimiento. Otros, más atrevidos, apenas cantaban misa se embarcaban para
América, donde ciertas repúblicas de aristocrático catolicismo son el Eldorado
de los sacerdotes españoles que no temen al mar. Desde allá giraban mucho
dinero a sus familias y compraban casas y tierras, alabando a Dios, que
mantiene a sus sacerdotes con más holgura en el Nuevo Mundo que en el viejo.
Había buenas señoras en Chile y el Perú que daban cien pesos de limosna por una
misa. Estas noticias hacían abrir la boca de asombro a los parientes, reunidos
durante las noches de invierno en la cocina. A pesar de tales grandezas, su
deseo era regresar a la isla amada, y volvían a los pocos años con el propósito
de vegetar en sus tierras. Pero el demonio de la vida moderna les había mordido
en el corazón, y se aburrían en la monótona existencia isleña, tradicional y
cerrada. Pensaban en las ciudades jóvenes del otro continente, y al fin vendían
sus bienes o los regalaban a la familia, embarcándose para no volver más.
Indignábase Pep contra la tenacidad de su hijo, que
se empeñaba en continuar siendo payés. Hablaba de matarlo, como si lo viese en
un camino de perdición. Llevaba la cuenta de todos los hijos de amigos suyos
que habían partido para el otro mundo con la sotana puesta. El hijo de Treufoch llevaba
enviados de América cerca de seis mil duros. Otro, que vivía tierra adentro,
entre indios, en unas montañas muy altas a las que llamaban los Andes, había
comprado un predio en Ibiza, que cultivaba su padre. ¡Y el pillo de Pepet, más
listo para las letras que los demás, negábase a seguir tan hermosos
ejemplos!... Había para matarlo.
La noche anterior, en un momento de calma, cuando
Pep descansaba en su cocina con el brazo fatigado y el gesto triste del padre
que acaba de pegar fuerte, el atlot, rascándose los golpes, había
propuesto un arreglo. Sería cura; obedecería al siñó Pep pero
antes deseaba ser hombre, ir con los muchachos de la parroquia a hacer música,
bailar los domingos, mezclarse en los cortejos, tener novia, llevar un cuchillo
en la faja. Esto último era lo que deseaba con mayores ansias. Si su padre le
regalaba el cuchillo del abuelo, él pasaría por todo.
—¡El gabinet del güelo, pare!—imploraba el
muchacho—. ¡El gabinet del güelo!
Por obtener el cuchillo del abuelo sería cura, y
hasta si era preciso viviría solitario, de la limosna de las gentes, como los
ermitaños que estaban a orillas del mar en el santuario de los Cubells.
Al recordar el arma venerable, brillaban sus ojos con fulgores de admiración y
se la describía a Febrer. ¡Una joya! Era una antigua lima de acero aguzada y
bruñida. Podía atravesarse con ella una moneda, ¡y en manos de su abuelo!... Su
abuelo era un hombre famoso. El nieto no le había conocido, pero hablaba de él
con admiración, colocando su memoria por encima del mediano respeto que le
inspiraba el buenazo de su padre.
Luego, a impulsos de su deseo, se atrevía a
implorar la protección de don Jaime. ¡Si quisiera darle ayuda!... Bastaría que
pidiese una vez el famoso cuchillo, para que su padre se lo entregara al
instante.
Febrer acogió esta demanda con risa bondadosa.
—Tendrás el cuchillo, muchacho. Y si tu padre no
quiere entregarlo, yo te compraré otro cuando vaya a la ciudad.
Esta certeza entusiasmó al Capellanet.
Necesitaba ir armado para poder mezclarse con los hombres. Su casa iba a verse
frecuentada por los atlots más valerosos de la isla. Margalida
era ya moza e iba a comenzar el festeig. El siñó Pep
había sido rogado por los atlots con objeto de que fijase día
y hora para la visita de los cortejantes.
—¡Ah! ¡Margalida!—dijo Febrer con asombro—.
¡Margalida con novios!...
Lo que él había visto en tantas casas de la isla
parecíale un espectáculo absurdo en Can Mallorquí. Se había
olvidado de que la hija de Pep era una mujer. ¿Pero realmente aquella niña,
aquella muñeca blanca e ingenua, podía gustar a los hombres?... Sentía la
extrañeza del padre que ha enamorado en otro tiempo a muchas mujeres, y
juzgando luego por su propia sensibilidad, no puede comprender que su hija
inspire pasiones.
Pasados algunos instantes ya no la vio así.
Margalida era otra a sus ojos: era una mujer. La transformación le dolía. Creyó
que acababa de perder algo, pero se resignó ante la realidad.
—¿Y cuántos son?—dijo con voz algo apagada.
Pepet agitó una mano al mismo tiempo que elevaba
los ojos a la bóveda de la torre. ¿Cuántos?... Aún no se sabía con certeza. Lo
menos treinta. Iba a ser un festeig del que se hablaría en
toda la isla; y eso que muchos, aunque se comían a Margalida con los ojos, no
osaban entrar en el cortejo, dándose de antemano por vencidos. Como su hermana
había pocas en la isla: guapa, alegre y con un buen pedazo de pan, pues
el siñó Pep hablaba en todas partes de dar Can
Mallorquí al yerno cuando él muriese. ¡Y el hijo que se reventase con
la sotana a cuestas al otro lado del mar, sin ver más atlotas que
las indias! ¡Futro!...
Pero su indignación duró poco. Entusiasmábase al
pensar en los mozos que iban a acudir a su casa dos veces por semana para hacer
la corte a Margalida. Iban a venir hasta de San Juan, al otro extremo de la
isla, el pueblo de los hombres valientes, donde muchos evitaban salir de su
casa apenas cerraba la noche, sabiendo que cada ribazo servía de sostén a una
pistola y cada árbol de guarida a una escopeta, y todos esperaban pacientemente
la satisfacción de un agravio recibido muchos años antes; la patria de las
temibles «fieras de San Juan». Juntos con estos personajes vendrían otros de
los demás cuartones, y muchos tendrían que caminar leguas para
llegar a Can Mallorquí.
El Capellanet regocijábase
pensando en los mozos arrogantes que iba a conocer. Todos le tratarían como un
compañero, por ser hermano de la novia; pero de estas futuras amistades la que
más le halagaba era la de Pere, apodado el Ferrer por su
oficio de herrero, un hombre cercano a los treinta años, del que se hablaba
mucho en la parroquia de San José.
El muchacho lo admiraba como gran artista.
Cuando se decidía a trabajar, fabricaba las más
hermosas pistolas que se conocían en los campos de Ibiza. Pepet enumeraba su
trabajo. Le enviaban de la Península cañones viejos de escopeta—lo viejo
inspiraba respeto al atlot—y los montaba a su modo en culatas de
pistola esculpidas con bárbara fantasía, añadiendo a la obra prolijos adornos
de plata. Arma salida de sus manos podía cargarse hasta la boca, sin miedo a
que reventase.
Pero otra circunstancia más importante aumentaba su
admiración por el Ferrer. Lo declaró en voz baja, con un tono de
misterio y respeto:
—El Ferrer és un verro.
¡Un verro!... Jaime quedó pensativo
unos instantes, coordinando sus recuerdos sobre las costumbres de la isla. Un
gesto expresivo del Capellanet ayudó a su memoria. Un verro es
un hombre cuyo valor no necesita probarse, pues tiene pudriendo tierra uno o
varios ejemplos de la dureza de su mano o de lo certero de su puntería.
Pepet, para que los suyos no quedasen por debajo
del Ferrer, volvió a recordar a su abuelo. También había sido verro,
pero los antiguos sabían hacer mejor las cosas. Aún se acordaban en San José de
la habilidad con que el güelo despachaba sus asuntos: un golpe
nada más con el famoso cuchillo, y después las precauciones tan bien tomadas
que siempre se presentaban testigos para declarar que lo habían visto al otro
extremo de la isla a la misma hora en que agonizaba el enemigo.
El Ferrer era un verro con
menos fortuna. Hacía medio año que había desembarcado, después de pasar ocho en
un presidio de la Península. Le habían condenado a catorce, pero le alcanzaron
varios indultos. El recibimiento fue triunfal. ¡Un hijo de San José que
regresaba de tan heroico destierro!... No debían mostrarse menos entusiastas
que los vecinos de otras parroquias, que acogían a sus verros con
grandes agasajos. Y bajaron al puerto de Ibiza, el día de la llegada del vapor,
los parientes lejanos del Ferrer, que eran medio pueblo, y todo el
resto del vecindario por puro patriotismo. Hasta el alcalde hizo el viaje,
seguido de su secretario, para conservar las simpatías de sus administrados.
Los señores de la ciudad protestaban con indignación de estas costumbres
bárbaras e inmorales de la payesía, mientras hombres, mujeres y chiquillos
asaltaban el vapor, ansioso cada uno de ser el primero en estrechar la mano del
héroe.
Pepet se acordaba de la vuelta del verro a
San José. Él también había figurado en la comitiva, larga hilera de carros,
caballos, asnos y peatones, como si el pueblo entero emigrase. En todas las
tabernas y ventorros del camino deteníase la romería, y el grande hombre era
obsequiado con jarros de vino, pedazos de sobreasada y copas de figola,
licor de hierbas de la isla. Admiraban su traje nuevo—un traje de señor que
había comprado al salir del presidio—, se asombraban en silencio de la
desenvoltura de sus maneras, del aire de buen príncipe con que acogía a sus
antiguos amigos, protegiéndolos con el gesto y la mirada. Muchos le envidiaban.
¡Lo que aprende un hombre saliendo de la isla! ¡No hay como correr el mundo!...
El antiguo herrero los abrumó a todos con la superioridad de sus recuerdos
durante el viaje a San José. Luego, en el espacio de varias semanas, la
tertulia en la taberna del pueblo, a la caída de la tarde, resultó
interesantísima. Las palabras del verro se repetían de hogar
en hogar por todos los esparcidos caseríos del cuartón, viendo cada
payés algo honroso para su parroquia en estas aventuras del convecino.
El Ferrer no se cansaba de alabar
las bellezas del establecimiento en el que había permanecido ocho años.
Olvidaba las cóleras y tristezas sufridas allá. Todo lo veía al través de ese
amor a lo pasado que desfigura los recuerdos.
Él no había vivido, como ciertos infelices, en un
establecimiento penal de las llanuras manchegas, donde hay que subir el agua a
lomos de hombre, sufriendo los tormentos de un frío ártico. Tampoco había
estado en los presidios de la vieja Castilla, donde la nieve blanquea los
patios y los huecos de las rejas. Venía de Valencia, del penal de San Miguel de
los Reyes, llamado Niza, a causa de la dulzura de su clima, por los
habituales pensionistas de dichos establecimientos. Hablaba con orgullo de esta
casa, lo mismo que un rico estudiante recuerda los años pasados en una
universidad inglesa o alemana. Altas palmeras sombreaban los patios, ondeando
su capitel de plumas por encima de los tejados. Desde las rejas llegaba a verse
toda la extensión de la huerta valenciana, con los frontones triangulares y
blancos de sus barracas, y más allá el Mediterráneo, una faja azul inmensa,
tras cuyo lomo se ocultaba el peñón natal, la isla amada. Tal vez había pasado
por ella el viento cargado de emanaciones salinas y ardores vegetales que se
colaba como una bendición en las hediondas cuadras del presidio. ¡Qué más podía
desear un preso!... La vida era dulce: se comía a sus horas, siempre de
caliente; había orden, y el hombre no tenía más que obedecer, dejarse llevar.
Se hacían buenas amistades; se trataba uno con gentes notables, que jamás
hubiese conocido de permanecer en la isla. Y el Ferrer hablaba
con orgullo de sus amigos. Unos habían tenido millones y paseado en lujosos
carruajes allá en Madrid, ciudad casi fantástica, cuyo nombre sonaba en los
oídos de los isleños como el de Bagdad para el pobre árabe del desierto que
escucha un relato de Las mil noches y una noche. Otros habían
corrido medio mundo antes de que la desgracia les confinase en el encierro, y
recordaban ante un corro absorto sus aventuras en tierras de negros o en países
donde los hombres eran amarillos o verdes y llevaban trenzas mujeriles. En
aquel antiguo convento, grande como un pueblo, vivía lo mejor de la tierra.
Algunos habían ceñido espada y mandado hombres; otros habían manejado papeles
sellados e interpretado la ley. ¡Hasta un cura había sido compañero de cuadra
del Ferrer!...
Los admiradores de éste le oían con los ojos muy
abiertos y las narices palpitantes de emoción. ¡Qué dicha! Ser verro,
haber ganado la celebridad y el respeto matando a un enemigo en las sombras de
la noche, y a cambio de esto, ocho años en Niza, lugar de delicias
y honores. ¡No tendrían ellos tanta suerte!...
El Capellanet, que había escuchado
estos relatos, sentía por el verro un respeto admirativo.
Describía las particularidades de su persona con la prolijidad del que se
siente enamorado de un héroe.
No era alto ni fuerte como el señor; pero era ágil,
nadie le ganaba en el baile, y podía danzar horas enteras, hasta rendir a todas
las muchachas de la parroquia. Había traído de su larga temporada en Niza una
tez pálida y lustrosa, una tez de monja en clausura; pero ya estaba obscuro
como los demás, con la cara bronceada y curtida por el aire del mar y el sol
africano de la isla. Vivía en la montaña, en una casucha inmediata a los
bosques de pinos, cerca de los carboneros que proporcionaban combustible a su
fragua. Esta no se encendía todos los días. El Ferrer, con sus
pretensiones de artista, sólo trabajaba cuando tenía que reparar una escopeta,
transformar un viejo trabuco de chispa en arma de pistón, o fabricar aquellas
pistolas con adornos de plata que admiraban al Capellanet.
Deseaba éste verle preferido por su hermana; que
el verro entrase en su familia con sus asombrosas habilidades.
Tal vez a impulsos del próximo parentesco se decidiese a regalarle una de
aquellas joyas.
—Puede ser que Margalida le quiera, y entonces
el Ferrer me dé una de sus pistolas. ¿Usted qué cree, don
Jaime?...
Abogaba por el verro como si fuese
ya pariente suyo. ¡El pobre vivía tan mal!... Solo en la fragua, sin otra
compañía que una parienta vieja, siempre vestida de negro por remotos lutos,
lagrimeante un ojo, cerrado otro, y tirando del fuelle mientras su sobrino
batía el hierro rojo. La vecindad del fogón secaba cada vez más su huesosa
flacura. En su cara arrugada de manzana vieja parecían liquidarse las cuencas
de los ojos.
Aquel antro ahumado y lóbrego en medio de los
pinares podía embellecerse con la presencia de Margalida. Su único adorno
actual eran unos cuantos cestillos de juncos de colores tejidos en forma de
tablero de ajedrez, con pompones de seda, amistoso recuerdo de los ignorados
artistas que entretenían sus ocios en el retiro de Niza. Cuando su
hermana viviese en la fragua, Pepet iría a verla, y contaba adquirir de la
munificencia de su cuñado, en estas visitas, un cuchillo tan famoso como el del
abuelo, si es que el señor Pep perseveraba injustamente en negarle esta
herencia gloriosa.
El recuerdo de su padre pareció obscurecer las
esperanzas del muchacho. Veía difícil que el dueño de Can Mallorquí aceptase
como yerno a Pere el Ferrer. Nada malo podía decir el viejo de él;
aceptaba su fama como una honra para el pueblo. La isla no sólo tenía hombres
bravos en «las fieras de San Juan»; también San José podía enorgullecerse de
mozos valientes que habían sufrido duras pruebas. Pero el Ferrer era
hombre de oficio, poco entendido en materias agrícolas, y aunque todos los
ibicencos mostrábanse igualmente dispuestos a cultivar la tierra, echar una red
en el mar o hacer un alijo de contrabando, pasando fácilmente de un trabajo a
otro, él quería para su hija un verdadero labrador, habituado toda su vida a
arañar el suelo. Su resolución era inquebrantable. En aquel cerebro yermo y
duro, cuando llegaba a retoñar una idea, echaba raíces tan hondas, que no había
huracán ni cataclismo que la arrancase. Pepet sería cura y correría mundo.
Margalida la guardaba para un labrador que agrandase las tierras de Can
Mallorquí al heredarlas.
El Capellanet inquietábase al
pensar en quién podría ser el favorecido por Margalida. Trabajo le daba a todos
teniendo enfrente a un hombre como el Ferrer. Aunque su hermana se
inclinase hacia otro, el agraciado tendría que vérselas luego con Pere, el
bravo glorioso, quitándolo de en medio. Iban a verse cosas grandes. Del cortejo
de Margalida se hablaba ya en todas las casas del cuartón; su fama
acabaría por extenderse a toda la isla. Y Pepet sonreía con feroz deleite, como
un pequeño salvaje que ve próxima una matanza.
Admiraba a Margalida, reconociendo en ella una
autoridad mayor que la del padre, por lo mismo que no estaba basada en el miedo
a los golpes. Ella lo dirigía todo en la casa. La madre marchaba tras sus pasos
como una doméstica, no osando hacer nada sin consultarla. El siñó Pep,
tan absoluto en sus ideas, deteníase antes de tomar una resolución, rascándose
la frente con gesto de duda mientras decía en voz baja: «Esto habrá que
consultarlo con la atlota». El mismo Capellanet, que
había heredado la terquedad paternal, desistía fácilmente de sus intentos de
protesta con sólo una palabra de la hermana, una insinuación de su boca
sonriente, de su voz dulce.
—¡Lo que ella sabe, don Jaime!—decía el muchacho
con admiración—. Yo ignoro si es guapa. Por ahí dicen que sí; pero a mí no me
gusta. A mí me gustan otras de mi edad. ¡Lástima que no estén aún para admitir
el festeig!....
Y volviendo a hablar de su hermana, enumeraba sus
talentos, insistiendo con cierto respeto en su habilidad para el canto.
¿Conocía don Jaime al Cantó, un atlot malucho
del pecho, que no trabajaba y pasaba los días tendido a la sombra de los
árboles, golpeando el tamboril y mascullando versos?... Era un blanco cordero,
una gallina, con ojos y piel de mujer, incapaz de hacer frente a nadie. También
éste pretendía a Margalida; pero el Capellanet juraba meterle
el tamboril por el cogote antes que aceptarlo como cuñado... Él sólo podía
emparentar con un héroe... Pero en lo de sacarse canciones de la cabeza y
cantarlas intercaladas con alaridos de pavo real no había quien se midiese con
el Cantó. Había que ser justos, y Pepet reconocía su mérito. Era
para el cuartón una gloria que casi podía compararse con la
del valeroso Ferrer. Pues bien; a este cantor le hacía frente
Margalida cuando, en las tertulias de verano en el porchu de
la alquería o en los bailes del domingo, ruborosa, empujada por las compañeras,
se decidía a sentarse en el centro del corro, y con el tamboril en una rodilla,
ocultos los ojos tras un pañuelo, contestaba con un largo romance, todo de su
invención, a lo que había dicho antes el poeta.
Si el Cantó soltaba un domingo un
interminable relato sobre la falsedad de las mujeres y lo caras que cuestan al
hombre por su afición a los trapos, Margalida le respondía al otro domingo con
un romance doblemente largo criticando la vanidad y el egoísmo de los hombres,
y la turba de atlotas coreaba sus versos con cloqueos de
entusiasmo, reconociendo la gloria de una vengadora en la muchacha de Can
Mallorquí.
—¡Pepet!... ¡Atlot!
Una voz femenina sonó a lo lejos, como un cristal,
cortando el denso silencio de las primeras horas de la tarde, cargado de
vibraciones de calor y de luz. Sonaba cada vez más fuerte, al repetirse, como
si se aproximase a la torre.
Pepet abandonó su posición de bestezuela en
descanso, libertando las piernas encogidas del anillo de los brazos para
erguirse de un salto... Era Margalida la que llamaba... Su padre debía
reclamarle para algún trabajo, en vista de su tardanza.
El señor le retuvo por un brazo.
—Déjala que venga—dijo sonriendo—. Hazte el sordo,
para que grite.
El Capellanet enseñó los nítidos
dientes en la obscuridad de su cara bronceada. Sonrió el pillete, satisfecho de
esta inocente complicidad, y quiso aprovecharse de ella, hablando al señor con
atrevida confianza.
¿De veras que pediría para él, al siñó Pep,
el cuchillo del abuelo? ¡Ay, el gabinet del güelo! Estaba
siempre presente en su memoria.
—Sí, lo tendrás—dijo Jaime—. Y si tu padre no te lo
da, yo te compraré el mejor que encuentre en Ibiza.
El muchacho se frotó las manos, brillándole los
ojos con fulgores salvajes.
—Es sólo para que seas hombre como los
otros—continuó Febrer—; pero ¡nada de usarlo! Un simple adorno nada más.
Pepet, ansioso de realizar cuanto antes su deseo,
contestó con enérgicos movimientos de cabeza. Sí; un adorno nada más... Pero
sus ojos se obscurecieron con una duda cruel... Un adorno; pero si alguien le
ofendía llevando tal compañero, ¿qué debe hacer un hombre?...
—¡Pepet!... ¡Atlot!
La voz de cristal sonó ahora al pie de la torre.
Febrer esperaba oírla más cerca, ver aparecer la cabeza de Margalida y luego
todo su cuerpo en el hueco de entrada. En vano aguardó largo rato: la voz fue
haciéndose apremiante, con graciosos temblores de impaciencia, pero sin
aproximarse más.
Febrer se asomó a la puerta y vio a la muchacha al
pie de la escalera, algo empequeñecida por la distancia, con hinchada falda
azul y un sombrero de paja del que pendían cintas a flores. Sobre el fondo de
las amplias alas del sombrero, iguales a una aureola, destacábase su rostro, de
una palidez de rosa, en el que parecían temblar las gotas negras de los ojos.
—¡Salut, Flo d'enmetllé!—dijo Febrer con
cierta inseguridad en la voz, pero sonriendo.
«¡Flor de almendro!...» Al oír la muchacha este
nombre en boca del señor, el carmín de una expansión sanguínea ocultó
momentáneamente la suave blancura de su tez...
«¿Ya sabía don Jaime este nombre?... ¿Un señor como
él se enteraba de tales tonterías?...»
Febrer sólo vio ya la copa y las alas del sombrero
de Margalida. Había bajado la cabeza, y en su turbación jugueteaba con las
puntas del delantal, avergonzada como una niña que se da cuenta de pronto de la
significación de su sexo y escucha el primer requiebro.
El domingo siguiente, Febrer fue por la mañana al
pueblo. El tío Ventolera no podía acompañarle al mar, pues consideraba
indispensable su presencia en la misa, para responder con voz chillona a las
palabras del sacerdote.
Falto de ocupación, Jaime emprendió la marcha hacia
el pueblo por senderos de tierra roja que ensuciaba la blancura de sus
alpargatas. Era uno de los últimos días estivales. Las alquerías de nítida
blancura parecían reflejar como espejos el fuego de un sol africano. Zumbaban
en el ambiente los enjambres de insectos. En la sombra verdosa de las higueras,
amplias, bajas y redondas, apoyadas en un círculo de estacas como un techo de
verdura, caían los higos abiertos por el calor, reventando en el suelo como enormes
gotas de azúcar purpúreo. Las chumberas alzaban sus muros de pinchosas palas a
ambos lados del camino, y entre sus raíces polvorientas correteaban, medrosas y
ebrias de sol, pequeñas bestias ondeantes, de larga cola y verde esmeralda.
Por entre la columnata negra y retorcida de los
olivos y los almendros veíanse a lo lejos, siguiendo otros senderos, grupos de
payeses que también marchaban hacia el pueblo. Delante iban las atlotas de
traje dominguero, con pañuelos rojos o blancos y faldas verdes, brillando al
sol sus grandes cadenas de oro. Junto a ellas caminaban los pretendientes,
escolta tenaz y hostil que se disputaba una mirada o una palabra de
preferencia, asediando varios a la vez a la misma moza. Cerraban la marcha los
padres de las muchachas, envejecidos antes de tiempo por las fatigas y
sobriedades de la vida del campo, pobres bestias de la tierra, sumisas,
resignadas, negras de piel, con los miembros secos como sarmientos, y que en la
modorra de su mente recordaban cual una vaga y remota primavera los años
del festeig.
Cuando Febrer llegó al pueblo se dirigió rectamente
a la iglesia. Lo formaban seis u ocho casas con la alcaldía, la escuela y la
taberna en torno del templo. Éste erguíase soberbio y poderoso, como nexo de
unión de todo el caserío esparcido por valles y montes en algunos kilómetros a
la redonda.
Jaime, despojándose del sombrero para limpiarse el
sudor de la frente, se refugió bajo las arcadas de un pequeño claustro que
precedía a la iglesia. Allí experimentó la misma sensación de bienestar del
árabe que se acoge a un solitario morabito tras la marcha por el arenal
inflamado como un horno.
La blancura de la iglesia, enjalbegada de cal, con
sus arcadas frescas y sus ribazos de piedra seca coronados de nopales, hacía
pensar en una mezquita africana. Tenía más de fortaleza que de templo. Sus
tejados estaban ocultos por el borde superior de los muros, especie de reducto
sobre el cual habían asomado muchas veces escopetas y trabucos. La torre era un
torreón de guerra coronado todavía de almenas: su vieja campana había volteado
en otro tiempo con la fiebre del rebato.
Esta iglesia, en la que los payeses del cuartón entraban
a la vida con el bautismo y salían de ella con la misa de difuntos, había sido
durante siglos el refugio de sus pavores, la fortaleza de sus resistencias.
Cuando las atalayas de la costa anunciaban con fogatas o humaredas un barco de
moros, de todas las alquerías de la parroquia corrían las familias hacia el
templo, los hombres cargando su escopeta, las mujeres y niños arreando las
cabras y los asnos o llevando a cuestas con las patas atadas en manojo todas
las aves de corral. La casa de Dios se convertía en establo guardador de la
fortuna de sus adeptos. El cura, en un rincón, rezaba con las mujeres, siendo
cortadas sus oraciones por chillidos de angustia y llantos de niños, mientras
en los tejados y la torre los escopeteros exploraban el horizonte, hasta que
llegaba noticia de que las aves de rapiña del mar se habían alejado. Entonces
reanudábase la existencia normal, volviendo cada familia a su aislamiento, con
la certeza de repetir el viaje angustioso pocas semanas después.
Febrer permaneció bajo las arcadas viendo cómo iban
llegando los grupos de payeses a toda prisa, espoleados por el último toque del
esquilón que volteaba en lo alto de la torre. El interior de la iglesia estaba
casi lleno. Por la puerta entreabierta llegaba hasta Jaime una densa bocanada
de respiraciones ardorosas, de sudor y ropas burdas. Experimentaba Febrer
cierta simpatía por estas buenas gentes cuando las tropezaba por separado, pero
la muchedumbre inspirábale aversión, y permanecía lejos de su contacto.
Muchos domingos bajaba al pueblo para quedarse en
la puerta de la iglesia, sin entrar en ella. La soledad habitual en su torre de
la costa le hacía necesario ver gentes. Además, el domingo resultaba para él,
hombre sin ocupaciones, un día monótono, fastidioso, interminable. Este
descanso de los demás era su tormento. No podía ir al mar por falta de
barquero, y los campos solitarios, con sus casas cerradas, por hallarse las
familias en la misa o en el baile de la tarde, le comunicaban la impresión
penosa de un paseo por un cementerio. La mañana pasábala en San José, y uno de
sus placeres era permanecer en el claustro de la iglesia viendo entrar y salir
al gentío, gozando de la fresca sombra de los arcos, mientras unos pasos más
allá ardía la tierra con la reverberación solar, mecían sus ramas los árboles
lentamente, como angustiadas por el calor y el polvo que cubría sus hojas, y el
ambiente denso parecía ser mascado antes de descender a los pulmones.
Llegaban las familias retrasadas, pasando ante
Febrer con una mirada de curiosidad y un leve saludo. Todos le conocían en
el cuartón. Estas buenas gentes, al verle en el campo podían
abrirle la puerta de su casa; pero su afabilidad no iba más allá, siendo
incapaces de aproximarse a él por impulso propio. Era un forastero. Además, era
un mallorquín. Su condición de señor creaba una misteriosa desconfianza en la
gente rústica, que no podía explicarse su permanencia en el aislamiento de una
torre.
Febrer quedó solo. Llegó hasta sus oídos el
repiqueteo de una campanilla, el rumor de la gente al arrodillarse o al ponerse
de pie, y una voz conocida, la voz del tío Ventolera, lanzando en tono cantable
las respuestas de la misa con el estridor de su boca sin dientes. La gente
aceptaba sin reírse estas ingerencias de su locura senil. Estaba habituada,
años y años, a oír los latinajos del antiguo marinero, que desde su banco
apoyaba a gritos las respuestas del ayudante. Todos daban cierto carácter sagrado
a estos desvaríos, como los orientales, que ven en la demencia un signo de
santidad.
Fumó Jaime en la entrada de la iglesia para
entretenerse. Unos palomos se arrullaban sobre los arcos, cortando con el rumor
de sus caricias las largas pausas de silencio. Tres colillas de cigarro estaban
a los pies de Febrer, cuando sonó en el interior del templo un largo murmullo
como de cien respiraciones contenidas que se exhalan al fin con un suspiro de
satisfacción. Luego ruido de pasos, voces ahogadas de saludo, chocar de sillas,
chirrido de bancos, arrastre de pies, y la puerta quedó obstruida por las
gentes que intentaban salir todas a un tiempo.
Comenzaron a desfilar los fieles, saludándose como
si se vieran por primera vez al encontrarse en pleno sol, fuera de la luz
crepuscular del templo.
—¡Bon dia!... ¡Bon dia!...
Salían en grupos las mujeres: las viejas vestidas
de negro, esparciendo el interno olor de sus innumerables zagalejos y faldas;
las jóvenes erguidas en su estrecho corsé, que les aplastaba los pechos y
borraba las curvas salientes de las caderas, ostentando con nobiliario orgullo,
sobre el pañuelo multicolor, las cadenas de oro y los enormes crucifijos. Eran
cabezas morenas o verdosas con grandes ojos de dramática expresión; vírgenes
cobrizas con el pelo brillante y aceitoso partido por una raya que iba ensanchando
cada vez más la rudeza del peine.
Los hombres deteníanse un momento en la puerta para
colocarse sobre la rapada cabeza, con luengos rizos en su parte delantera, el
pañuelo que llevaban bajo el sombrero, a uso mujeril. Era una prenda con la que
suplían el capuchón del antiguo jaique del país, usado ya únicamente en
circunstancias extraordinarias.
Luego, los viejos sacaban de la faja una pipa
rústica fabricada por ellos mismos, llenándola de tabaco de pota cultivado
en la isla, hierba de acre olor. Los mozos se alejaban de ellos. Salían del
atrio para adoptar fieras posturas, con las manos en la faja y la cabeza
erguida, ante los grupos de mujeres. En ellos estaban las amadas atlotas fingiendo
indiferencia y contemplándolos al mismo tiempo con el rabillo de un ojo.
Poco a poco iba disolviéndose esta masa de gentío.
—¡Bon dia!... ¡Bon dia!...
Muchos no volverían a verse hasta el domingo
siguiente. Por todos los senderos se alejaban grupos multicolores: unos
obscuros, sin escolta alguna, marchando lentamente, como si se arrastrasen, con
la miseria de la ancianidad; otros bulliciosos, de faldas inquietas y pañuelos
ondeantes, seguidos a distancia por una tropa de atlots, que
gritaban, relinchaban y corrían para advertir su presencia a las muchachas.
Aún quedaba gente dentro de la iglesia. Febrer vio
salir a unas mujeres vestidas de negro, tétrico grupo de tapadas, que apenas sí
enseñaban a través de la abertura del manto su nariz enrojecida por el sol y un
ojo de brasa velado por las lágrimas. Iban cubiertas con el abrigais,
chal de invierno, envoltura tradicional de gruesa lana, cuya vista producía una
sensación de tormento y asfixia en aquella mañana bochornosa de verano. Detrás
salieron unos encapuchados, antiguos payeses que se habían cubierto con el
capote de ceremonia, un jaique pardo de lana burda con amplias mangas y
apretado capuchón. Las mangas las llevaban sueltas, pero el capuchón iba bien
abrochado bajo la barba, mostrando por la abertura sus rostros tostados de
piratas.
Eran los parientes de un payés que había muerto una
semana antes. La numerosa familia, que habitaba en distintos puntos del cuartón,
habíase reunido, según costumbre, en la misa del domingo para recordar al
muerto, y al verse estallaba su dolor con africana vehemencia, como si aún
tuviesen ante sus ojos el cadáver. La costumbre exigía que se cubrieran con sus
prendas de ceremonia, con sus vestidos de invierno, encerrándose en ellos cual
si fuesen cáscaras de dolor. Lloraban y sudaban bajo las envolturas, y al
reconocer cada uno a los parientes que no había visto en algunos días,
estallaba su pena con nuevo recrudecimiento. Salían suspiros de agonía de entre
los espesos mantos; las rudas caras, encuadradas por el capuchón, contraíanse
con crispaciones de dolor infantil, exhalando lamentos de pequeñuelo enfermo.
El dolor se licuaba con una incesante secreción, mezcla de sudor y lágrimas. De
todas las narices—la parte más visible de estos fantasmas doloridos—pendían
gotas que iban a caer sobre los pliegues del paño burdo.
Un hombre hablaba con bondadosa autoridad,
exigiendo calma, en medio del estrépito de las voces femeniles que rugían
broncas de pena y de los suspiros masculinos atiplados por el dolor. Era Pep el
de Can Mallorquí, lejano pariente del muerto, en esta isla donde
todos se hallaban más o menos unidos por los cruces de la sangre. El vago
parentesco, aunque le impulsaba a participar del dolor, no le había obligado a
ponerse el jaique de las grandes solemnidades. Iba vestido de negro y se cubría
con un manteo de ligera lana y un fieltro redondo, que le daban cierto aire
eclesiástico. Su mujer y Margalida, que no se creían unidas por el parentesco a
esta familia, manteníanse aparte, como si las alejase la diferencia entre sus
alegres ropas domingueras y aquel aparato de dolor.
El bondadoso Pep fingía enfadarse por los extremos
de desesperación, cada vez más vehementes, de los enlutados... «¡Ya había
bastante! Cada uno a su casa, a vivir muchos años, para encomendar el muerto al
Señor.»
Estallaron más fuertes los sollozos bajo los mantos
y los capuchones. «¡Adiós! ¡adiós!» Se estrechaban las manos, se besaban las
bocas, se retorcían los brazos, como si todos se despidieran para no verse más.
«¡Adiós! ¡adiós!» Se alejaron por grupos, cada uno en distinta dirección, hacia
las montañas cubiertas de pinos, hacia las alquerías de lejana blancura medio
ocultas entre higueras y almendrales, hacia los rojos peñascos de la costa; y
era un espectáculo absurdo e incoherente ver bajo el ardor del sol, al través
de los campos verdes y espléndidos, cómo marchaban con paso tardo estos
fantasmas espesos y sudorosos, incansables lloradores de la muerte.
La vuelta a Can Mallorquí fue
triste y silenciosa. Pepet abría la marcha con el bimbau en
los labios, que le acompañaba en su caminata con un zumbido de moscardón. De
vez en cuando deteníase para echar piedras a los pájaros o a los lagartos
hinchados y negruzcos que asomaban entre las chumberas. ¡Lo que a él le
importaba la muerte!... Margalida caminaba junto a su madre, silenciosa,
abstraída, con los ojos muy abiertos: unos ojos de vaca hermosa que miraban a
todas partes sin ver, sin reflejar pensamiento alguno. Parecía no darse cuenta
de que tras ella caminaba don Jaime, el señor, el reverenciado huésped de la
torre.
Pep, abstraído también, delataba el curso de sus
pensamientos con palabras sueltas dirigidas a Febrer, como si necesitase hacer
partícipe a alguien de sus ideas.
«¡La muerte! ¡Qué cosa tan fea, don Jaime!... Y
allí estaban ellos, en un pedazo de tierra rodeado por las olas, sin poder
escapar, sin poder defenderse, aguardando el momento en que les echase la
zarpa.» El payés sentía sublevarse su egoísmo ante esta gran injusticia. Bueno
que allá en tierra firme, donde las gentes son felices y gozan mucho, se
ensañase la muerte... ¿Pero aquí? ¿También aquí, en el último rincón del mundo?
¿No había límite ni excepción para la gran entrometida?...
Era inútil imaginarse obstáculos. Ya podía el mar
embravecerse entre las cadenas de islotes y escollos que van de Ibiza a
Formentera. Los freos eran hervideros de olas, los peñones se cubrían de
espuma, los rudos hombres de mar retrocedían vencidos, los barcos se refugiaban
en los puertos, el paso se cerraba para todos, las islas quedaban apartadas del
resto del mundo... Pero esto nada significaba para la marinera invencible de
cráneo pelado, para la caminante de piernas de hueso, que podía correr con gigantescos
saltos por encima de montañas y mares.
No había tempestad que la detuviese; no existía
alegría que la hiciera olvidar; estaba en todas partes; se acordaba de todos.
Ya podía lucir el sol, y mostrarse hermosos los campos, y ser buena la
cosecha... ¡Engañifas para entretener al hombre en sus fatigas y que le fuesen
más tolerables! ¡Mentirosas promesas, como las que se hacen a los niños para
que se sometan de buen grado al tormento de la escuela!... Y había que dejarse
engañar; la mentira era buena. No debían acordarse de este mal inevitable, de
este último peligro sin remedio alguno, que entristece la vida, quitando su
sabor al pan, su alegre topacio al líquido de la parra, su jugo al blanco
queso, su sabor de azúcar a los higos purpúreos, y su energía picante a la
sobreasada, entenebreciendo y amargando todas las cosas buenas que Dios puso en
la isla para consuelo de las gentes de bien. «¡Ay, don Jaime, qué miseria!...»
Febrer comió en Can Mallorquí, para
evitar a los hijos de Pep la subida a la torre. La comida empezó con cierta
tristeza, como si aún vibrasen en sus oídos los lamentos de los encapuchados en
el atrio de la iglesia. Poco a poco, en torno de la mesita baja y su gran
cazuela de arroz fue difundiéndose cierta alegría. El Capellanet hablaba
del baile de la tarde, olvidado totalmente de su vida de seminarista y osando
arrostrar los ojos de Pep. Margalida recordaba las miradas del Cantó y
la arrogante postura del Ferrer cuando ella había pasado ante
los atlots al entrar en misa. La madre suspiraba:
—¡Ay, Siñor!... ¡Ay, Siñor!...
Nunca había dicho más, acompañando con la misma
exclamación de su confuso pensamiento hacia Dios las alegrías y los dolores.
Pep había dado varios tientos al jarro de vino,
lleno del zumo sonrosado de las mismas parras que extendían un toldo de
pámpanos ante el porche. Su rostro cetrino se coloreó con una aurora alegre.
«¡Al diablo la muerte y sus miedos! ¿Iba un hombre honrado a pasar la
existencia entera temblando por su llegada?... Podía presentarse cuando lo
tuviese a bien. ¡Mientras tanto, a vivir!...» Y manifestó esta voluntad de vida
durmiéndose en un poyo, con sonoros ronquidos que no lograban asustar a las
moscas y avispas revoloteantes en torno de su boca.
Febrer se marchó a la torre. Margalida y su hermano
apenas se fijaron en el señor. Habían abandonado la mesa para hablar más
libremente del baile de la tarde, con una alegría de muchachos a los que
estorba la presencia de una persona grave.
En la torre se tendió en su jergón y quiso dormir.
¡Solo!... Se daba cuenta de su aislamiento, rodeado de personas que le
respetaban, que tal vez le amaban, pero al mismo tiempo sentían la irresistible
atracción de unas alegrías sencillas, insípidas para él. ¡Qué tormento el de
los domingos! ¿Adonde ir? ¿Qué hacer?...
En su firme deseo de suprimir el martirio del
tiempo, de alejarse de una vida sin objeto inmediato, acabó por dormirse y
despertó a media tarde, cuando el sol empezaba a descender lentamente, más allá
de la línea de islotes, entre una lluvia de oro pálido que parecía dar a las
aguas un azul más intenso y profundo.
Al bajar a Can Mallorquí vio
cerrada la alquería. ¡Nadie! Ni siquiera excitaron sus pasos el ladrido del
perro que estaba siempre bajo el porche. El vigilante animal había ido también
a la fiesta con la familia.
«Están todos en el baile—pensó Febrer—. ¿Si yo
fuese al pueblo?...»
Dudó largo rato. ¿Qué podía hacer allá?...
Repugnábanle estas diversiones, en las que su presencia de forastero parecía
despertar cierta molestia entre los payeses. Aquellas gentes preferían verse
solas. ¿Iba él a bailar con una atlota a sus años y con su
aspecto malhumorado que infundía respeto y frialdad?... Tendría que permanecer
con Pep y otros, aspirando el olor del tabaco de pota, hablando de
la almendra y del miedo a que se helase, esforzándose por abatir su pensamiento
al nivel del de estas gentes.
Al fin se decidió a ir al pueblo. Tenía miedo a la
soledad. Antes que pasar solo el resto de la tarde, prefería la conversación
lenta y monótona de las gentes simples, una conversación refrescante, como él
decía, que no le obligaba a reflexionar y dejaba su pensamiento en dulce calma
animal.
Cerca de San José vio la bandera española flotando
sobre el tejado de la alcaldía, y llegaron a sus oídos los golpes secos del
parche del tamboril, el bucólico gorjeo de la flauta y el repiqueteo de las
castañolas.
El baile era frente a la iglesia. La gente joven
formaba grupos, de pie, cerca de los músicos, que ocupaban silletas bajas. El
tamborilero, con su redondo instrumento acostado en una rodilla, golpeaba el
parche cadenciosamente, mientras su compañero soplaba en la larga flauta de
madera, adornada con tallas de primitiva rudeza hechas a cuchillo. El Capellanet repicaba
las castañolas, enormes como las conchas que cogía en la playa el
tío Ventolera.
Las atlotas, agarradas del talle o
apoyadas unas en los hombros de otras, miraban con virtuosa hostilidad a los
mozos, que se pavoneaban en el centro de la plaza, las manos metidas en el
cinto, el ancho castoreño echado atrás para dejar al descubierto las rizos de su
frente, el cuello envuelto en bordado pañuelo o corbata de cintas, y las
alpargatas de inmaculada blancura casi ocultas por la boca del pantalón de pana
en forma de pata de elefante.
A un lado de la plaza estaban sentadas sobre un
ribazo, o en sillas de la inmediata taberna, las casadas y las viejas; mujeres
anémicas y tristes en su relativa juventud por una procreación excesiva y por
las fatigas de su existencia campestre, con los ojos hundidos en un cerco azul
que parecía revelar desarreglos interiores, guardando sobre su pecho las
cadenas de oro de sus tiempos de atlotas y adornadas las
mangas con botones de oro. Las ancianas, cobrizas y arrugadas, vistiendo trajes
obscuros, suspiraban lastimeramente al ver la alegría de la gente moza.
Febrer, luego de contemplar un buen rato a toda
esta concurrencia, que apenas fijó en él una mirada distraída, fue a colocarse
junto a Pep en un corro de payeses viejos. Hicieron sitio al siñor de
la torre con respetuoso silencio, y después de lanzar algunas
bocanadas de humo de sus pipas cargadas de pota, reanudaron la
lenta conversación sobre los rigores probables del invierno próximo y la suerte
de la futura cosecha de almendra.
Seguía repicando el tamboril, sonaba la flauta,
tableteaban las enormes castañuelas, pero ninguna pareja se lanzaba al centro
de la plaza. Los atlots parecían consultarse con indecisión,
como si todos temiesen ser los primeros. Además, la inesperada presencia del
señor mallorquín intimidaba a las vergonzosas muchachas.
Jaime sintió que le tocaban en un codo. Era
el Capellanet, que le hablaba misteriosamente al oído al mismo
tiempo que señalaba con un dedo... Aquél era Pere el Ferrer, el
famoso verro. Y designaba a un mozo de estatura menos que mediana,
pero arrogante y jactancioso en su actitud. Los atlots se
agrupaban en torno del héroe. El Cantó le hablaba sonriente, y
él oía con protectora gravedad, escupiendo de vez en cuando por las comisuras
de la boca, y admirándose a sí mismo por la distancia a que enviaba el chorro
de secreción.
De pronto, el Capellanet saltó al
medio de la plaza tremolando su sombrero... «Pero ¿es que iban a pasar la tarde
oyendo la flauta sin bailar?» Corrió al grupo de atlotas y
agarró por las manos a la más grande, tirando de ella. «¡Tú!...» Esto bastaba
para la invitación. Cuanto más rudo era el manotazo, más cariñoso parecía y
digno de agradecimiento.
El travieso atlot quedó frente a
su pareja, moza arrogante y fea, de rudas manos, pelo aceitoso y cara negra,
que le llevaba de estatura casi toda la cabeza. El muchacho protestó,
encarándose con los músicos. Nada de llarga; quería bailar la curta.
La «larga» y la «corta» eran los dos únicos bailes de la isla. Febrer no había
llegado nunca a distinguirlos: una simple variación de ritmo, pues la música y
la danza siempre parecían iguales.
La moza, con un brazo doblado sobre la cintura en
forma de asa y pendiente el otro a lo largo de la hueca faldamenta, comenzó a
girar. No debía hacer más: ésta era toda su danza. Bajaba los ojos, fruncía la
boca, como era de rigor, con un gesto de virtuoso desprecio, cual si bailase
contra su voluntad, y así giraba y giraba, trazando en sus evoluciones sobre el
suelo grandes números ochos. El bailarín era el hombre. Reproducíase en esta
danza tradicional, inventada sin duda por los primeros pobladores de la isla,
rudos piratas de la edad heroica, la eterna historia de los humanos, la
persecución y la caza de la hembra. Ella giraba fría e insensible, con la
altivez asexual de una virtud ruda, huyendo de los saltos y contorsiones
varoniles, presentando la espalda con gesto de desprecio, y el fatigoso trabajo
de él consistía en colocarse siempre ante sus ojos, en ponerse ante su paso, en
salirle al encuentro para que le viera y le admirase. El bailarín saltaba y
saltaba sin regla alguna, sin otra disciplina que la del ritmo de la música,
rebotando sobre el suelo con incansable elasticidad. Unas veces abría los
brazos con gesto agresivo de dominador, otras los replegaba sobre la espalda,
echando los pies en alto.
Era más que baile un ejercicio gimnástico, un
delirio de acróbata, un movimiento frenético como el de las danzas guerreras de
las tribus africanas. La hembra no sudaba ni enrojecía: continuaba sus vueltas
fríamente, sin apresurar el paso, mientras el compañero, poseído del vértigo de
la velocidad, jadeaba con el rostro congestionado, retirándose trémulo de
fatiga a los pocos minutos. Cada atlota podía bailar con
varios hombres sin esfuerzo alguno, rindiéndolos. Era el triunfo de la
pasividad femenil, que sonríe ante la jactancia arrogante del sexo contrario,
sabiendo que acabará por verlo humillado...
La salida de la primera pareja pareció arrastrar a
los demás. En un momento, todo el espacio libre que había ante los músicos se
cubrió de faldas pesadas, bajo cuyo rígido y múltiple ruedo movíanse los
pequeños pies, metidos en blancas alpargatas o amarillos zapatos. Las anchas
bocas de los pantalones cimbreábanse a un lado y a otro con el rápido
movimiento de los saltos o el enérgico pateo que hería la tierra levantando
nubecillas de polvo. Los brazos varoniles escogían con galante zarpazo entre
las atlotas agrupadas. «¡Tú!...» Y a este monosílabo seguían
el tirón de conquista, los empellones, que equivalían a un título momentáneo de
propiedad, todos los extremos de una predilección rudamente ancestral, de una
galantería heredada de remotos abuelos en la época obscura en que el palo, la
pedrada y la lucha a brazo partido eran la primera declaración de amor.
Algunos atlots que se habían visto
precedidos de otros más audaces en el escogimiento de las parejas permanecían
inmóviles cerca del corro, vigilando a sus compañeros para sucederles. Cuando
veían al danzarín congestionado y sudoroso por los saltos, extremando sus
esfuerzos para seguir adelante, llegábanse a él, tirándole de un brazo para
apartarlo. «¡Déixamela!» Y ocupaban su puesto sin más
explicación, saltando y acosando a la hembra con el empuje de su frescura, sin
que ella pareciese percatarse del cambio de pareja, pues continuaba sus vueltas
con la vista baja y el gesto desdeñoso.
Jaime vio por primera vez en las evoluciones del
baile a Margalida, que hasta entonces había permanecido oculta entre sus
compañeras.
¡Hermosa «Flor de almendro»! Febrer la encontraba
más bella al compararla con sus amigas, morenas y curtidas por el sol y el
trabajo. Su piel blanca, de una suavidad de flor, sus ojos húmedos y brillantes
de animalillo dulce, su cuerpo esbelto y hasta la suavidad de sus manos, la
separaban, como si fuese de una raza distinta, de aquellas compañeras
negruzcas, seductoras por su juventud, enérgicas y guapotas, pero que parecían
talladas a hachazos.
Contemplándola, pensaba Jaime que aquella muchacha,
en otro ambiente, podía haber sido una criatura adorable. Él creía entender
algo de esto. Adivinaba en «Flor de almendro» un sinnúmero de delicadezas, de
las que ella misma no se daba cuenta. ¡Lástima que hubiese nacido en esta isla
para no salir de ella jamás!... ¡Y su belleza sería para alguno de aquellos
bárbaros que la admiraban con perruna mirada de ansiedad! ¡Tal vez para
el Ferrer, el odioso verro que parecía protegerlos
a todos con sus ojos sombríos!...
Cuando fuese casada cultivaría la tierra, como las
otras: su blancura de flor se marchitaría, amarilleando; sus manos se tornarían
negras y escamosas; acabaría siendo igual a su madre y a todas las payesas
viejas, una hembra esqueleto, retorcida y nudosa, lo mismo que un tronco de
olivo... Febrer entristecíase con estos pensamientos como ante una gran
injusticia. ¿De dónde habría sacado este retoño el simple Pep, que estaba a su
lado? ¿Por qué obscura combinación de raza había podido nacer Margalida en Can
Mallorquí?... ¿Y habría de agostarse esta florescencia misteriosa y
perfumada del tronco payés lo mismo que los otros brotes rudos que crecían
junto a ella?...
Algo extraordinario distrajo a Febrer de estos
pensamientos. Seguían sonando la flauta, el tamboril y las castañolas,
saltaban los danzarines, giraban las atlotas, pero en los ojos de
todos brillaba una mirada de alarma inteligente, una expresión de solidaridad
defensiva. Los viejos cesaban en su conversación, mirando hacia la parte que
ocupaban las mujeres. «¿Qué es? ¿qué es?» El Capellanet corría
por entre las parejas, hablando al oído de los bailarines. Éstos salíanse del
corro con las manos en la faja, y desapareciendo unos segundos volvían
inmediatamente a ocupar su sitio, mientras las atlotas seguían
girando.
Pep sonrió levemente al adivinar lo que ocurría, y
habló al oído del señor. «Nada: lo de todos los bailes. Había peligro, y
los atlots ponían en seguridad sus arreglos.»
Estos «arreglos» eran las pistolas y los cuchillos
que llevaban los muchachos como testimonio de ciudadanía. Durante unos
instantes, Febrer vio salir a luz las armas más estupendas y enormes,
disimuladas prodigiosamente en aquellos cuerpos enjutos y esbeltos. Las viejas
las reclamaban con sus manos huesosas, deseando compartir el riesgo, brillando
en sus ojos la vehemencia de un heroísmo agresivo. ¡Tiempos malditos de
impiedad los de ahora, en que se molesta a las gentes y se atenta a las
antiguas costumbres! «¡Aquí! ¡aquí!» Y agarrando los mortales chismes, los
escondían bajo el ruedo de innumerables hojas de sus faldas y zagalejos. Las
madres jóvenes se arrellanaban en sus asientos y abrían el ángulo de las
abultadas piernas, como para ofrecer mayor espacio al guerrero escondrijo. Unas
a otras se miraban las mujeres con belicosa resolución. «¡Que viniesen aquellas
malas almas!... Se dejarían hacer pedazos antes que moverse de su sitio.»
Febrer vio brillar algo en un camino que conducía a
la iglesia. Eran correajes y fusiles, y sobre éstos las blancas cogoteras de
los tricornios de una pareja de la Guardia civil.
Los dos soldados del orden se aproximaron
lentamente, con cierto desmayo, convencidos sin duda de haber sido adivinados
de lejos y llegar demasiado tarde. Jaime era el único que los miraba; los demás
fingían no verles, con la cabeza baja o puestos los ojos en distinta dirección.
Los músicos tocaban con más fuerza, pero las parejas se iban retirando.
Las atlotas abandonaban a los mozos para ir a confundirse en
el grupo de mujeres.
—¡Buenas tardes, señores!...
A este saludo del guardia más antiguo contestó el
tamboril callando en seco y dejando sola a la flauta. Ésta todavía gangueó unas
cuantas notas, que parecieron contestar irónicamente a la salutación.
Hubo un largo silencio. Algunos contestaron con un
leve «¡Tengui!» al saludo de la pareja, pero todos fingían no
verla, y miraban a otra parte, como si los guardias careciesen de presencia
real.
El silencio penoso pareció molestar a los dos
soldados.
—Vaya, sigan ustedes—continuó el más viejo—. Por
nosotros que no pare la diversión.
Hizo un gesto a los músicos, y éstos, incapaces de
desobedecer en nada a la autoridad, acometieron una música más viva y
endiabladamente alegre que la de antes. ¡Pero como si tocasen a muerto!...
Todos permanecían inmóviles y enfurruñados, pensando cómo podría acabar esta
inesperada presentación.
La pareja, acompañada por el repiqueteo del
tamboril, las cabriolas musicales de la flauta y la risa seca y estridente de
las castañuelas, comenzó a moverse entre los grupos de atlots examinándolos.
—Tú, galán—decía con paternal autoridad el más
antiguo de la pareja—, ¡brazos en alto!
Y el designado obedecía mansamente, sin el menor
intento de resistencia, casi orgulloso de esta distinción. Conocía sus deberes.
El ibicenco ha nacido para trabajar, vivir... y ser registrado. ¡Nobles
inconvenientes de ser valeroso y que le tengan a uno cierto miedo!... Y
cada atlot, viendo en el registro un testimonio de su mérito,
levantaba los brazos y avanzaba el vientre, prestándose satisfecho al manoseo
de los guardias, mientras miraba orgulloso hacia el grupo de las muchachas.
Febrer se dio cuenta de que los dos soldados
fingían no reparar en la presencia del Ferrer. Parecían no
reconocerlo; le volvían la espalda. Pasaron varias veces junto a él,
registrando minuciosamente a los que estaban a su lado y haciendo visible
alarde de no fijarse en el verro.
Pep habló al oído del señor en voz queda, con
acento de admiración. «Aquellas gentes del tricornio sabían más que el diablo.
No registrando al verro le inferían un insulto. Demostraban no
tenerle miedo; le ponían aparte de los demás, eximiéndole de una operación por
la que iban pasando todas las personas.» Siempre que encontraban al verro con
otros mozos, registraban a éstos, sin tocar nunca a aquél. De este modo,
los atlots, por miedo a perder sus armas, acababan por evitar el
trato con el héroe y huían de él como de una atracción del peligro.
Continuaba el registro al son de la música.
El Capellanet seguía a la pareja en sus evoluciones,
plantándose siempre ante el guardia viejo con las manos en la faja, mirándole
tenazmente con una expresión entre amenazadora y suplicante. El guardia parecía
no verle, buscaba a los otros, pero a poco volvía a tropezarse con el muchacho,
que le cerraba el paso. El hombre del tricornio acabó por sonreír bajo el duro
bigote y llamó a su camarada.
—Tú—dijo, designándole al muchacho—registra a
este verro. Debe ser de cuidado.
El Capellanet, perdonando el tono
zumbón del enemigo, estiró los brazos todo cuanto pudo para que nadie dejase de
enterarse de su importancia. Ya se había alejado el guardia, luego de hacerle
unas cosquillas en el ombligo, cuando todavía guardaba su actitud de hombre
temible. Después corrió hacia el grupo de mozas, para ufanarse del peligro que
acababa de arrostrar. Afortunadamente, el cuchillo del abuelo estaba en casa,
bien guardado por su padre en un lugar que él desconocía. «Si llego a traerlo,
me lo quitan.»
Los guardias cansáronse pronto de este registro
infructuoso. El guardia más antiguo miraba maliciosamente, como un perro que
husmea, hacia el grupo de mujeres. Por allí cerca debía estar el escondrijo.
¡Pero cualquiera hacía mover a las secas y negruzcas matronas de sus asientos!
Bien claro hablaban los ojos hostiles de estas damas. Habría que arrastrarlas a
viva fuerza, y eran señoras.
—¡Caballeros, buenas tardes!
Y se echaron los fusiles al hombro, rechazando la
amable solicitud de algunos mozos que habían corrido a la taberna para traer
unas copas. «Se las ofrecían sin rencor y sin miedo; al fin todos eran unos y
vivían en la estrechez de la isla.» Pero los guardias insistieron en su
negativa. «Se agradece; lo prohíbe el reglamento.» Y se marcharon, tal vez para
emboscarse a corta distancia y repetir el registro al anochecer, cuando la
gente volviese dispersa a sus alquerías.
Al alejarse este peligro cesaron de sonar los
instrumentos. Febrer vio al Cantó que se apoderaba del
tamborcillo, sentándose en el espacio libre que antes ocupaban los bailarines.
Las gentes se agruparon en semicírculo frente a él. Las respetables matronas
avanzaban sus silletas de esparto para oír mejor. Iba a cantar uno de aquellos
romances que sacaba de su cabeza; una «relación» cortada a uso del país por un
alarido tembloroso, gorjeo de dolor que se iba prolongando mientras el cantante
tenía aire en los pulmones.
Golpeó con el palillo el parche lentamente para dar
una tétrica gravedad a su canto monótono, soñoliento y triste. «¡Cómo queréis,
amigos, que cante, si tengo el corazón destrozado!...» Y a continuación un
gorjeo estridente, un quejido interminable de ave moribunda, en medio del
general silencio. Todos miraban al cantor, no viendo en él al atlot,
perezoso y enfermo, despreciable por su inutilidad para el trabajo. En el
rudimentario magín de todos ellos latía algo confuso que les impulsaba a
respetar las palabras y quejidos del mozo débil. Era algo extraordinario que
parecía pasar con rudo batir de alas sobre sus almas primitivas.
La voz del Cantó lloriqueaba
hablando de una mujer insensible a sus quejas; y al comparar su blancura con la
flor del almendro, todos volvieron la vista a Margalida, que permanecía
impasible, sin rubores virginales, habituada a estos homenajes de burda poesía,
que eran el preludio de todo galanteo.
Continuaba el Cantó sus lamentos,
enrojeciéndose con el esfuerzo del cacareo doloroso que daba remate a las
estrofas. Su pecho angosto jadeaba con el esfuerzo; dos rosetas de enfermiza
púrpura coloreaban sus pómulos; dilatábase su débil cuello, marcándose en él
las venas con azul relieve. Siguiendo la costumbre, ocultaba parte del rostro
en un pañuelo que sostenía con el brazo apoyado en el tamboril. Febrer sentía
congoja al escuchar esta voz doliente. Creía que iba a desgarrarse su pecho, a
estallar su garganta; pero los oyentes, habituados al canto bárbaro, tan
anonadador como la danza, no paraban atención en la fatiga del cantor ni se
cansaban de su interminable relato.
Un grupo de atlots separándose del
corro que rodeaba al poeta, pareció deliberar y se aproximó luego adonde
estaban los hombres graves. Venían en busca del siñó Pep el
de Can Mallorquí, para hablar con él de asuntos importantes.
Volvían la espalda con desprecio a su amigo el Cantó, un infeliz
que no servía para otra cosa que para dedicar trovos a las atlotas.
El más atrevido del grupo se encaró con Pep.
Querían hablar del festeig con Margalida; recordaban al padre
su promesa de autorizar el cortejo de la muchacha.
El payés miró el grupo detenidamente, como si
contase su número.
—¿Cuántos sois?...
Sonrió el que llevaba la voz. Eran muchos más.
Representaban a otros atlots que se habían quedado en el corro
escuchando la canción. Los había de diferentes cuartones. Hasta de
San Juan, en el extremo opuesto de la isla, vendrían mozos para cortejar a
Margalida.
Pep, a pesar de su falso gesto de padre intratable,
enrojecía y apretaba los labios con mal disimulada satisfacción, mirando de
reojo a los amigos sentados junto a él. ¡Qué honor para Can Mallorquí!
Nunca se había conocido un galanteo como éste. Jamás sus compañeros habían
visto a sus hijas tan cortejadas.
—¿Sereu vint?—preguntó.
Los atlots tardaron en contestar,
ocupados en cálculos mentales, murmurando nombres de amigos. ¿Veinte?... Más,
muchos más. Podía contar con unos treinta.
El payés extremó su falsa indignación. ¡Treinta!
¿Creían acaso que él no necesitaba descanso y que iba a pasar la noche en vela
presenciando sus galanteos?...
Luego se calmó, entregándose a complicados cálculos
mentales, mientras repetía pensativo, con expresión de asombro: «¡Trenta!...
¡trenta!
Su decisión fue autoritaria. Él no podía dedicar al
noviazgo más que hora y media de la noche. Siendo treinta, salían a tres
minutos por cabeza. Tres minutos, contados reloj en mano, para hablar cada uno
con Margalida: ni un minuto más. Noches de noviazgo, la del jueves y la del
sábado. Cuando él había cortejado a su mujer eran muchos menos los
pretendientes, y sin embargo, su suegro, un hombre al que jamás vio nadie reír,
no le concedió mayor tiempo... Mucha formalidad, ¿eh? Nada de rivalidades y
riñas. Al primero que faltase a lo convenido, él era muy nombre para hacerle
pasar la puerta a palos; y si resultaba preciso coger la escopeta, la cogería.
El buen Pep, satisfecho de poder fingir una bravura
sin límites a costa del respeto de los pretendientes de su hija, amontonaba
bravata sobre bravata, hablando de matar al que faltase a lo convenido,
mientras los atlots le escuchaban con la vista humilde y una
mueca de ironía debajo de la nariz.
El trato quedó cerrado. El jueves próximo sería la
primera velada en Can Mallorquí. Febrer, que había escuchado la
conversación, miró al verro que se mantenía aparte, como si su
grandeza no le permitiera descender a los míseros regateos de este arreglo.
Cuando se alejaron los muchachos para incorporarse
al corro, discutiendo en voz baja el modo de repartirse los turnos, cesó
el Cantó en su lastimera poesía, lanzando el último cacareo
con voz dolorosa, que parecía desgarrar definitivamente su pobre garganta. Se
limpió el sudor y luego se llevó las manos al pecho; su cara era de un rojo
amoratado; pero la gente le volvía la espalda, olvidada ya de él.
Las atlotas, con una solidaridad de
sexo, envolvían a Margalida en vehementes manoteos, la empujaban, pidiéndola
que cantase para contestar a lo que había dicho el cantor sobre la falsedad de
las mujeres.
—¡No vullc!¡no vullc!—contestaba «Flor de
almendro», agitándose entre los brazos de sus compañeras.
Y tan sincera era su resistencia, que al fin
intervinieron las mujeres viejas, defendiéndola. «¡Dejad a la atlota!
Margalida había venido para divertirse y no para entretener a los demás.
¿Creían empresa fácil sacarse de la cabeza repentinamente una contestación en
verso?...»
El tamborilero había recobrado el instrumento de
manos del Cantó, y golpeaba con su baqueta el redondo parche. La
flauta parecía gargarizar rápidas escalas, antes de emprender la adormecedora
melodía de africano ritmo. ¡Siga el baile!...
Comenzaba a ocultarse el sol. La brisa venida del
mar refrescaba los campos. Las gentes, que parecían dormidas en la pesadez
ardorosa del ambiente, agitábanse ahora con vivo movimiento, como si la
frescura las espolease.
Los atlots gritaban a un tiempo
contradictoriamente, con agresiva vehemencia, dirigiéndose a los músicos. Unos
pedían la llarga, otros la curta: todos se sentían
fuertes e imperiosos en su voluntad. La ferretería mortal oculta bajo los
zagalejos de las mujeres había vuelto a sus fajas, y con el contacto de estos
acompañantes cada uno sentía nueva vida, un recrudecimiento de sus arrogancias.
Los músicos rompieron a tocar lo que les pareció
mejor, echóse atrás el gentío curioso, y otra vez en el centro de la plaza
volvieron a dar saltos las blancas alpargatas, a agitarse, rígidos, los ruedos
de las faldas azules y verdes, mientras arriba ondeaban los picos de los
pañuelos sobre las gruesas trenzas, o se movían como borlas rojas las flores
que llevaban los atlots en las orejas.
Jaime seguía mirando al Ferrer con
la irresistible atracción de la antipatía. Manteníase el verro silencioso
y como distraído entre sus admiradores, que formaban corro en torno de él.
Parecía no ver a los demás, fijos sus ojos en Margalida con una expresión dura,
cual si pretendiese vencerla bajo esta mirada que infundía miedo a los hombres.
Cuando el Capellanet, con sus entusiasmos de aprendiz, se
aproximaba al verro éste dignábase sonreír, viendo en él a un
pariente próximo.
Los mismos atlots que habían
hablado del noviazgo con el siñó Pep parecían intimidados por
la presencia del Ferrer. Salían las muchachas a bailar, sacadas por
los mozos, y Margalida permanecía al lado de su madre, contemplada
codiciosamente por todos, pero sin que nadie osase avanzar para invitarla.
El mallorquín sintió renacer en él las aficiones
camorristas de su primera juventud. Odiaba al verro; sentía como
una vaga ofensa inferida a su persona al ver el terror que inspiraba a todos.
¿Y no habría quien le diese una bofetada a este fantasmón venido del
presidio?...
Un atlot avanzó hasta Margalida,
tomándola la mano. Era el Cantó, sudoroso y trémulo aún por su
reciente fatiga. Erguíase, como si su debilidad fuese una nueva fuerza. La
blanca «Flor de almendro» comenzó a girar sobre sus pequeños pies, y él saltó y
saltó, persiguiéndola en sus evoluciones.
¡Pobre muchacho! Jaime sentía una impresión de
angustia, adivinando los esfuerzos de aquella pobre voluntad para dominar la
fatiga de su cuerpo. Respiraba jadeante, a los pocos minutos le temblaban las
piernas, pero a pesar de esto sonreía, satisfecho de su triunfo. Contemplaba
amorosamente a Margalida, y si volvía la vista era para mirar altivamente a los
amigos, que le contestaban con gestos de lástima.
Al dar una vuelta, estuvo próximo a caer; al dar un
gran salto, sus rodillas se doblaron. Todos esperaban de un momento a otro
verle tendido en el suelo; pero él seguía bailando, adivinándose el esfuerzo de
su voluntad, su resolución de perecer antes que confesar su flaqueza.
Se cerraban ya sus ojos con el vértigo, cuando
sintió que le tocaban en un hombro, según costumbre, para que cediese la
pareja.
Era el Ferrer, que se lanzaba a bailar
por primera vez en la tarde. Sus saltos fueron acogidos con un murmullo de
aplauso. Todos le admiraban, con esa cobardía colectiva de la multitud
temerosa.
El verro, viéndose aplaudido, extremaba
los movimientos y contorsiones, persiguiendo a su pareja, saliéndola al paso,
envolviéndola en la complicada red de sus movimientos, mientras Margalida
giraba y giraba con la vista baja, evitando el encuentro de sus ojos con los
del temible galán.
En ciertos momentos, el Ferrer, para
demostrar su vigor, con el busto echado atrás y las manos en la espalda,
saltaba a considerable altura, como si el suelo fuese elástico y sus piernas
acerados resortes. Estos saltos hacían pensar a Jaime, con una sensación de
repugnancia, en carcelarias evasiones o en canallescos duelos a cuchillo.
Pasaba el tiempo y aquel hombre parecía no
fatigarse. Se habían retirado unas parejas, había sido sustituido en otras el
bailarín varias veces, y el Ferrer continuaba su danza
violenta, siempre sombrío y desdeñoso, como si fuese insensible al cansancio.
El mismo Jaime reconocía con cierta envidia el
vigor del temible herrero. ¡Qué animal!...
De pronto vio cómo buscaba algo en su faja y
avanzaba una mano hacia el suelo, sin detenerse en sus evoluciones y saltos.
Una nube de humo se esparció sobre la tierra, y entre sus blancas vedijas
marcáronse, pálidos y sonrosados por la luz del sol, dos rápidos fogonazos. A
continuación sonaron dos truenos.
Las mujeres agrupáronse chillando con instantáneo
susto; los hombres quedaron indecisos; pero al momento, reponiéndose todos,
prorrumpieron en gritos de aprobación y aplausos.
¡Muy bien! El Ferrer había
disparado la pistola a los pies de su pareja: la suprema galantería de los
hombres valientes; el mayor homenaje que podía recibir una atlota de
la isla.
Y Margalida, mujer al fin, siguió bailando, sin
haberla impresionado gran cosa, como buena ibicenca, el estampido de la
pólvora. Fijaba en el Ferrer una mirada de agradecimiento por
su bravura, que le hacía desafiar la persecución de la Guardia civil, tal vez
próxima; contemplaba después a sus amigas, temblorosas de envidia por este
homenaje.
Hasta el mismo Pep, con gran indignación de Jaime,
mostrábase orgulloso de los dos tiros disparados a los pies de su hija.
Febrer era el único que no parecía entusiasmado por
esta hazaña galante del verro.
«¡Maldito presidiario!...» No sabía ciertamente el
motivo de su furia, pero era algo inevitable... A este «tío» le pegaría él.
Llegó el invierno. El mar batió furioso, en ciertos
días, la cadena de islas y peñascos que forma entre Ibiza y Formentera una
muralla de rocas, aportillada por estrechos y freos. En estos pasadizos
marítimos, las aguas, antes tranquilas, de un azul profundo que refleja los
fondos de arena, arremolinábanse lívidas, chocando contra las costas y las
rocas sueltas, que desaparecían y emergían en la espuma.
Entre la isla del Espalmador y la de los Ahorcados,
donde se abre el paso para los grandes buques, deslizábanse éstos teniendo que
luchar con el ímpetu sordo de las corrientes y los dramáticos y ruidosos golpes
de agua. Las embarcaciones de Ibiza y Formentera tendían la lona de su velamen
para navegar al abrigo de los islotes. Las sinuosidades de este laberinto de
tierras marítimas permitían a los navegantes del archipiélago de las Pitiusas
ir de una isla a otra por distintos derroteros, con arreglo a la dirección de
los vientos. Mientras en un lado del archipiélago mugía el mar, en el otro
manteníase inmóvil y profundo, con una pesadez de aceite. En los freos
amontonábanse las olas con remolinos furiosos, pero bastaba un golpe de barra,
una desviación de la proa, para quedar al abrigo de una isla, balanceándose la
barca en aguas tranquilas, paradisíacas, límpidas, con un fondo visible de
extrañas vegetaciones, en el que bullían los peces entre chisporroteos de plata
y relámpagos de carmín.
El cielo amanecía nublado los más de los días, y el
mar ceniciento. El Vedrá parecía más enorme, más imponente, alzando su cónica
aguja en esta atmósfera tempestuosa. El mar se despeñaba en cataratas dentro de
las cavidades de sus cuevas, con gigantescos cañonazos. Las cabras silvestres,
en sus alturas inaccesibles, saltaban de meseta en meseta, y únicamente cuando
rodaba el trueno en el azul sombrío y los rayos como serpientes ígneas bajaban
con veloz angulosidad a beber en el inmenso abrevadero del mar huían las
tímidas bestias con balidos de terror a refugiarse en las oquedades cubiertas
por el ramaje de las sabinas.
Febrer iba de pesca con el tío Ventolera muchos
días de mal tiempo. El viejo conocía bien su mar. Algunas mañanas que Jaime se
quedaba en el lecho viendo filtrarse por las rendijas la luz lívida y difusa de
un día tempestuoso, tenía que levantarse apresuradamente al oír la voz de su
compañero, que «cantaba la misa» acompañando los latinajos con pedradas a la
torre. «¡Arriba! El día era bueno para la pesca. Iban a coger mucho.» Y cuando
Febrer parecía inquieto contemplando el mar amenazador, le explicaba el viejo
que al abrigo de la parte opuesta del Vedrá encontrarían aguas tranquilas.
Otras veces, en mañanas esplendorosas, aguardaba
Febrer inútilmente la llamada del viejo. Pasaban las horas. Tras la luz rosada
del amanecer marcábanse en las rendijas las barras de oro de la luz solar. Pero
en vano transcurría el tiempo: ni misa cantada ni pedradas. El tío Ventolera
permanecía invisible. Luego, al abrir su ventana, contemplaba un cielo límpido,
luminoso, con el esplendor suave del sol invernal, pero el mar estaba agitado,
ondeando sin espuma y sin estrépito a impulsos de un viento peligroso.
Las lluvias cubrían la isla de un manto gris, en el
que apenas sí se marcaban con indecisos contornos las montañas próximas. En las
cumbres lloraban los pinos por todos los filamentos de su follaje y la gruesa
capa de humus se empapaba como una esponja, expeliendo líquido bajo la huella
de los pies. En las calvas alturas de la costa, de roca viva, amontonábase la
lluvia, formando tumultuosos arroyos que saltaban de peña en peña.
Las anchas higueras temblaban como enormes paraguas
rotos, dejando entrar el agua en el amplio recinto cobijado por su cúpula. Los
almendros, desnudos de hojarasca, temblaban como negros esqueletos. Los
profundos barrancos llenábanse de aguas mugientes que rodaban infecundas hacia
el mar. Los caminos, empedrados de guijarros azules, entre altos ribazos de
piedra seca, convertíanse en cataratas. La isla, sedienta y empolvada durante
gran parte del año, parecía repeler por todos sus poros esta exuberancia de lluvia
invernal, como un enfermo repele el medicamento enérgico y tardío de difícil
asimilación.
En estos días de aguacero, Febrer permanecía
encerrado en su torre. Era imposible ir al mar e imposible también salir con la
escopeta por los campos de la isla. Las alquerías estaban cerradas, con sus
blancos cubos manchados por los raudales de lluvia, sin más vida que el hilo de
humo azul que se escapaba de los agujeros de las chimeneas.
Obligado a la inercia, el señor de la torre del
Pirata volvía a releer alguno de los pocos libros adquiridos en sus viajes a la
ciudad o fumaba pensativo, recordando aquel pasado del que había querido
huir... ¿Qué ocurriría en Mallorca? ¿Qué dirían sus amigos?...
Sumido en esta inmovilidad forzosa, cuando le
faltaba la distracción de los ejercicios físicos acordábase de la vida
anterior, cada vez más lejana e indecisa en su memoria. Creía que era la vida
de otro; algo que había presenciado y conocía con exactitud, pero perteneciente
a la historia de una existencia ajena. ¿En realidad aquel Jaime Febrer que
había rodado por Europa y había tenido sus horas de orgullo y de triunfo era el
mismo que habitaba ahora una torre junto al mar, rústico, barbudo y casi salvaje,
con alpargatas y sombrero de payés, más habituado al ruido de las olas y el
chillido de las gaviotas que al trato de los hombres?...
Semanas antes había recibido una segunda carta de
su amigo Toni Clapés, el contrabandista. Estaba escrita también en un café del
Borne: cuatro líneas garrapateadas de prisa para hacer presente su buen
recuerdo. Aquel amigo rudo y bondadoso no le olvidaba; ni siquiera parecía
ofendido por haber quedado sin respuesta su carta anterior. Le hablaba del
capitán Pablo. Siempre enfadado con Febrer, pero moviéndose hábilmente para
desenmarañar sus asuntos. El contrabandista tenía fe en Valls. Era el más listo
de los chuetas y generoso como ninguno de ellos.
Indudablemente sacaría a flote los restos de la fortuna de Jaime, y éste podría
pasar su existencia en Mallorca tranquilo y feliz. Más adelante recibiría
noticias del capitán. Valls no quería hablar hasta que todo estuviese resuelto.
Febrer movió los hombros al enterarse de estas
esperanzas. «¡Bah! Todo terminado...» Pero en los días tristes de invierno su
resignación se revolvía contra esta existencia de molusco recluido en su
caparazón de piedra. ¿Iba a vivir siempre así?... ¿No era torpeza haberse
encerrado en este rincón, teniendo aún juventud y bríos para luchar en el
mundo?...
Sí; era una torpeza. Muy hermosa la isla y su
romántico albergue durante los primeros meses, cuando lucía el sol, estaban
verdes los árboles y las costumbres isleñas ejercían sobre su ánimo el encanto
de una novedad bizarra. Pero había venido el mal tiempo, la soledad era
intolerable, y la vida de los campesinos se le aparecía con toda la rudeza de
sus bárbaras pasiones. Aquellos payeses vestidos de pana azul, con sus fajas y
corbatas de color y sus flores detrás de las orejas, le habían parecido en los
primeros momentos figulinas originales creadas únicamente para servir de adorno
a los campos, coristas de una opereta pastoril lánguida y dulzona; pero ahora
los conocía mejor, eran hombres como los demás, y hombres bárbaros, en los que
el roce de la civilización apenas había logrado un leve pulimento, conservando
todas las angulosidades cortantes de su rudeza ancestral. Vistos de lejos, por
corto tiempo, seducían con el encanto de la novedad; pero él había penetrado en
sus costumbres, casi era uno de ellos, y le pesaba como una caída en la
esclavitud esta existencia inferior, en la que chocaba a cada instante con
ideas y prejuicios de su pasado.
Debía alejarse de este ambiente; pero ¿adonde ir?
¿cómo escapar?... Era pobre. Todo su capital consistía en unas cuantas docenas
de duros que había traído de su fuga de Mallorca, cantidad que conservaba aún
gracias a Pep, tenaz en su negativa a aceptar remuneración alguna. Allí debía
permanecer, clavado a su torre como si fuese una cruz, sin esperar nada, sin
desear nada, buscando en la anulación de su pensamiento una felicidad
vegetativa semejante a la de las sabinas y tamariscos que crecían entre las peñas
del promontorio, o a la de las almejas agarradas para siempre a las rocas
sumergidas.
Tras larga reflexión conformábase con su suerte. No
pensaría, no desearía. Además, la esperanza, que jamás nos abandona, hacíale
columbrar la posibilidad confusa de algo extraordinario que iba a presentarse a
su hora para arrancarlo de tal situación. Pero mientras esto llegaba, ¡cuán
abrumadora la soledad!...
Pep y los suyos constituían su única familia; pero
sin darse cuenta de ello, obedeciendo tal vez a un confuso instinto, se
alejaban cada vez más de él. Jaime se recluía en su aislamiento, y ellos se
acordaban menos del señor.
Hacía tiempo que Margalida no se presentaba en la
torre. Parecía evitar todo pretexto para este viaje, y hasta sorteaba los
encuentros con Febrer. Era otra: diríase que había despertado a una nueva
existencia. La sonrisa inocente y confiada de su pubertad habíase trocado en un
gesto de reserva, como mujer que conoce los peligros del camino y marcha con
paso tardo y prudente.
Desde que era objeto de cortejo y los mozos acudían
a solicitarla dos veces por semana con arreglo al tradicional festeig,
parecía haberse dado cuenta de grandes e inesperados peligros que antes no
sospechaba, y permanecía al lado de su madre, evitando toda ocasión de verse a
solas con un hombre, ruborizándose apenas unos ojos varoniles se cruzaban con
los suyos.
Este galanteo nada tenía de extraordinario dentro
de las costumbres de la isla, pero no obstante, producía en Febrer sorda
cólera, como si viese en él un atentado y un despojo. La invasión de Can
Mallorquí por la atloteria bravucona y enamorada
mirábala como un insulto. Había considerado la alquería lo mismo que si fuese
su casa; pero ya que llegaban estos intrusos y eran bien recibidos, él se
marchaba.
Además, sufría en silencio el despecho de no ser,
como en los primeros días, la única preocupación de la familia. Pep y su mujer
seguían creyéndolo el señor; Margalida y su hermano le veneraban como un ser
poderoso venido de lejanas tierras, por ser Ibiza el mejor lugar del mundo;
pero a pesar de esto, otras preocupaciones parecían reflejarse en sus ojos. La
visita de tantos atlots y la modificación que esto había
traído a sus costumbres les hacía ser menos solícitos con don Jaime. A todos
ellos les inquietaba el porvenir. ¿Quién merecería al fin ser el marido de
Margalida?...
Durante las noches de invierno, Febrer, recluido en
su torre, miraba una lucecita que brillaba a sus pies: la de Can
Mallorquí. No eran noches de festeig, la familia debía estar
sola, cerca del hogar; pero él manteníase firme en su aislamiento. No, no
bajaría. Quejábase en su despecho hasta del mal tiempo, como si quisiera hacer
responsable de la frialdad invernal a este cambio que lentamente se había efectuado
en sus relaciones con la familia payesa.
¡Ay, las hermosas noches del verano con sus veladas
que se prolongaban hasta altas horas, viendo temblar las estrellas en el cielo
obscuro, más allá del borde negro del porche!... Sentábase Febrer bajo su
techumbre con toda la familia y el tío Ventolera, que acudía atraído por la
esperanza de algún obsequio. Nunca le dejaban ir sin una tajada de sandía, que
llenaba la boca del viejo con la dulce sangre de su carne roja, o una copa
de figola perfumada de hierbas olorosas del monte. Margalida,
los ojos puestos en el misterio de las estrellas, cantaba romances ibicencos
con voz infantil, más fresca y suave al oído de Febrer que la brisa que poblaba
de leves estremecimientos la azul confusión de la noche. Pep contaba con aire
de prodigioso explorador sus estupendas aventuras en tierra firme durante los
años que había servido al rey como soldado en los remotos y casi fantásticos
países de Cataluña y Valencia.
El perro, encogido a sus pies, parecía escucharle,
fijos en el amo sus ojos de suave mansedumbre, en cuyo fondo se reflejaba una
estrella. De pronto incorporábase con nervioso impulso, y dando un salto
desaparecía en la obscuridad, entre sonoro rumor de vegetaciones rotas. Pep
explicaba este arranque silencioso. No era nada; algún animal que andaba
errante y perdido en la sombra: una liebre, un conejo que había husmeado con su
sensible olfato de perro cazador. Otras veces se incorporaba lentamente, con gruñidos
de vigilante hostilidad. Alguien pasaba por cerca de la alquería; una sombra,
un hombre caminando de prisa, con la celeridad de los ibicencos, habituados a
ir rápidamente de un lado a otro de la isla. Si la sombra hablaba, contestaban
todos a su saludo. Cuando pasaba silenciosa, fingían no verla, lo mismo que el
obscuro viandante parecía no enterarse de la existencia de la alquería y de las
personas sentadas bajo el porche.
Era costumbre antiquísima en Ibiza no saludarse en
campo raso apenas cerraba la noche. En los caminos se cruzaban las sombras sin
una palabra, evitando el encuentro para no rozarse ni conocerse. Cada cual iba
a su negocio, a ver a la novia, a buscar el médico, a matar a un contrario en
el otro extremo de la isla, para regresar corriendo y poder decir que a la
misma hora estaba con los amigos. Todo el que caminaba durante la noche tenía
sus razones para pasar inadvertido. Las sombras temían a las sombras. Un «bona,
nit!» o una petición de lumbre para el cigarro podían recibir como
contestación un pistoletazo.
Algunas veces no pasaba nadie ante la alquería, y
sin embargo, el perro, avanzando el pescuezo, aullaba frente al vacío negro. A
lo lejos parecían contestarle aullidos humanos. Eran alaridos prolongados y
salvajes que cortaban como un grito de guerra el silencio misterioso: «¡Auuú!...» Y
mucho más lejos, debilitada por la distancia, contestaba otra fiera
exclamación: «¡Auuú!...»
El payés hacía callar a su perro. Nada tenían de
extraño estos gritos. Eran atlots que se aucaban en
la obscuridad, guiándose por el sonido de sus gritos tal vez para reconocerse y
reunirse, tal vez para pelear, siendo el grito un llamamiento de desafío. Era
probable que tras el aucamiento sonase una detonación. ¡Cosas
de jóvenes y de la noche!... ¡Adelante! Con los de casa no iba nada.
Y Pep seguía el relato de sus viajes
extraordinarios, bajo la mirada de asombro de su mujer, que escuchaba por
milésima vez estas maravillas, siempre nuevas.
El tío Ventolera, por no ser menos, narraba
historias de piratas y de valerosos marineros de Ibiza, apoyándolas con el
testimonio de su padre, que había sido paje en el jabeque del capitán Riquer,
asaltando detrás de este héroe la fragata Felicidad, del temible
corsario «el Papa». Entusiasmado por los recuerdos heroicos, canturreaba con su
voz trémula las coplas con que la marinería ibicenca había celebrado el
triunfo; coplas en castellano, para mayor solemnidad, y cuyas palabras
desfiguraba el tío Ventolera.
¿Dónde estás, «Papa» valiente,
hombre de tanto valor,
que por temor a la muerte
te escondiste en un cajón?...
Y la boca desdentada del marino seguía cantando las
proezas de otros tiempos, como si datasen de ayer, como si las hubiese
presenciado, como si de pronto fuesen a flamear sobre aquella tierra envuelta
en la obscuridad las llamaradas de las torres atalayas anunciando un desembarco
de enemigos.
Otras veces, con los ojos brillantes de codicia,
hablaba de enormes caudales que los moros, los romanos y otros marineros rojos,
a los que llamaba los mormandos, habían enterrado en cuevas de la
costa, tapiándolas después. Sus abuelos sabían mucho de esto. ¡Lástima que
muriesen sin decir palabra!... Relataba la historia verídica de la caverna de
Formentera, donde los normandos habían guardado los productos de sus piraterías
en España e Italia: santos de oro, cálices, cadenas, joyas, piedras preciosas y
monedas medidas a celemines. Un espantoso dragón, amaestrado sin duda por los
hombres rojos, velaba en el fondo de la sima con el tesoro debajo de su panza.
El imprudente que se descolgaba le servía de pasto. Los marineros rojos habían
muerto hacía muchos siglos; el dragón había muerto también; el tesoro debía
estar aún en Formentera. ¡Ay, quién pudiese encontrarlo!... Y el rústico
auditorio temblaba de emoción, sin dudar de la existencia de tales riquezas,
por el respeto que le inspiraba la vejez del narrador.
¡Plácidas veladas aquéllas, que ya no se repetirían
para Febrer! Evitaba bajar por la noche a Can Mallorquí, temeroso
de estorbar con su presencia las conversaciones de la familia acerca de los
pretendientes de Margalida.
En las noches de festeig experimentaba
mayor desazón; y sin explicarse el motivo, asomábase a la puerta de la torre,
mirando ávidamente hacia la alquería. La misma luz, el aspecto de siempre, pero
él se imaginaba oír en el silencio nocturno nuevos ruidos, ecos de cantos, la
voz de Margalida. Allí estaría el Ferrer odioso, y aquel pobre
diablo del Cantó, y todos los atlots bárbaros y
rudos, con sus trajes ridículos. ¡Gran Dios! ¿Cómo habían podido gustarle estos
campesinos?... ¡Con lo que él había visto en el mundo!...
Al día siguiente, al subir el Capellanet a
la torre para llevar la comida a don Jaime, éste le hacía preguntas sobre lo
ocurrido en la noche anterior.
Escuchando al muchacho, se imaginaba Febrer todos
los accidentes del galanteo. La familia cenaba de prisa, al anochecer, para
estar pronta a la ceremonia. Margalida descolgaba del techo de su cuarto la
falda de fiesta, y luego de ponérsela, con el pañuelo rojo y verde cruzado
sobre el pecho, otro más pequeño en la cabeza y un largo lazo de cintas al
extremo de la trenza, colocábase las cadenas de oro que le había cedido su
madre, e iba a sentarse sobre el abrigais, doblado en una silla de
la cocina. El padre fumaba su pipa de tabaco de pota; la madre, en
un rincón, tejía cestos de junco; el Capellanet asomábase
fuera de la casa, bajo el amplio porche, en el cual iban reuniéndose
silenciosos los atlots cortejadores. Los había que estaban
allí desde una hora antes, por ser vecinos; los había que llegaban polvorientos
o manchados de barro, después de caminar dos leguas. En las noches de lluvia
sacudían bajo el techado sus jaiques de burda capucha, herencia de los abuelos,
o el mantón femenil en que se envolvían como prenda de moderna elegancia.
Luego de acordar brevemente el orden que iban a
seguir en su conversación con la muchacha, la tropa de rivales entraba en la
cocina, por ser en invierno el porche un lugar frío. Un golpe en la puerta.
—¡Avant qui siga!—gritaba Pep como si
ignorase la presencia de los cortejantes y estuviera esperando una visita
extraordinaria.
Entraban mansamente, saludando a la familia. «¡Bona
nit!¡Bona nit!» Tomaban asiento en un banco, como niños de la escuela,
o quedaban de pie, mirando todos a la atlota. Junto a ella había
una silla vacía, y cuando faltaba ésta, el solicitante poníase en cuclillas, a
uso moruno, hablando a la muchacha en voz baja durante tres minutos, bajo la
mirada hostil de sus adversarios. La menor prolongación de este breve plazo provocaba
toses, furiosas miradas y reclamaciones amenazadoras a media voz. Se retiraba
el atlot, y otro al puesto. El Capellanet reía de
estas escenas, viendo en la tenacidad hostil de los cortejantes un motivo de
orgullo para Margalida y la familia.
El noviazgo de su hermana no iba a ser como el de
otras atlotas. Los pretendientes parecíanle a Pepet perros rabiosos
que no soltarían fácilmente su presa. A él le olía a pólvora el tal galanteo, y
esto lo afirmaba con una sonrisa de orgullo, que hacía brillar la blancura de
sus dientes de lobezno en el óvalo obscuro de la cara. Ninguno de los
pretendientes adelantaba sobre los demás. En dos meses que llevaban de
noviazgo, Margalida no había hecho más que escuchar, sonreír y responder a
todos con palabras que turbaban a los atlots. Era mucho el talento
de su hermana. Los domingos, al ir a misa, marchaba delante de sus padres
acompañada por todos los pretendientes. Un ejército: don Jaime los había
encontrado varias veces. Las amigas, al verla llegar con este acompañamiento de
reina, palidecían de envidia. Todos la asediaban, pugnando por arrancarla una
palabra, un signo de preferencia, y ella contestaba a todos con asombrosa
discreción, manteniéndolos en perfecta igualdad, evitando los choques mortales
que podían sobrevenir repentinamente entre esta juventud belicosa, armada y
poco sufrida.
—¿Y el Ferrer?—preguntaba don Jaime.
¡Maldito verro! Su nombre salía con
dificultad de los labios del señor, pero su recuerdo se estaba moviendo desde
mucho antes en su memoria.
El muchacho agitaba la cabeza negativamente.
El Ferrer tampoco adelantaba gran cosa sobre sus rivales, y
el Capellanet no parecía sentirlo mucho.
Se había enfriado algo su admiración por el verro.
El amor embravece a los hombres, y todos los atlots pretendientes
de Margalida, al verle enfrente como rival, ya no le tenían miedo y hasta
osaban atropellar su temible persona. Una noche se había presentado con una
guitarra, proponiéndose invertir en músicas gran parte del tiempo que
correspondía a otros. Al llegarle el turno se colocó junto a Margalida, templó
su instrumento y comenzó a entonar canciones de tierra firme aprendidas en el
retiro de Niza. Pero antes había sacado de la faja una pistola de dos cañones,
dejándola con las llaves montadas sobre uno de sus muslos, pronto a cogerla y
descerrajar un tiro al primero que le interrumpiese. Silencio absoluto y
miradas impasibles. Cantó cuanto quiso, se guardó la pistola con aire de
vencedor; pero luego, a la salida, en la negrura de los campos, cuando los atlots se
dispersaban con auquidos de irónica despedida, dos certeras
pedradas salidas de la sombra dieron con el bravucón en el suelo, y durante
varios días dejó de acudir al cortejo por no mostrarse con la cabeza
entrapajada. No había intentado saber quién fuese el agresor. Eran muchos los
rivales, y además había que tener en cuenta a sus padres, tíos y hermanos, casi
la cuarta parte de la isla, prontos a mezclarse por la honra de la familia en
una guerra de venganzas.
—Pienso—decía Pepet—que el Ferrer no
es tan valiente como dicen. ¿Y usted qué cree, don Jaime?...
Cuando avanzaba la noche y Margalida había hablado
ya con todos sus cortejantes, el padre, que dormía en un rincón, prorrumpía en
sonoro bostezo. Aquel hombre de campo parecía adivinar durante su sueño el
curso del tiempo. «¡Las nueve y media!... A dormir. ¡Bona nit!» Y
toda la atloteria, tras esta invitación, abandonaba la casa,
perdiéndose en la obscuridad sus pasos y relinchos.
Pepet, al hablar de estas reuniones, en las que se
rozaba con gente brava, portadora de armas, volvía a acordarse del cuchillo del
abuelo. ¿Cuándo hablaría don Jaime a su padre para que le entregase esta joya
de familia?... Ya que retardaba la petición, debía acordarse de su promesa y
regalarle otro cuchillo. ¿Qué podía hacer un hombre como él falto de tal
compañía? ¿Dónde presentarse?...
—Descansa—dijo Febrer—. Un día de estos iré a la
ciudad. Cuenta con el regalo.
Y Jaime emprendió una mañana el camino de Ibiza,
ansioso de nueva existencia, de renovar y variar sus impresiones fuera de la
rusticidad campestre.
Ibiza le pareció una gran ciudad, a él que había
corrido toda Europa. Las casas en fila, las aceras de ladrillos rojos, los
balcones con persianas, todo lo admiró con la simpleza de un salvaje del
interior que llega a una factoría de la costa. Detúvose ante algunas ventanas
convertidas en escaparates, examinando los géneros expuestos con la misma
delectación que había contemplado en otra época las lujosas vitrinas de los
bulevares o del Regent Street.
Una platería de un chueta le
retuvo largo tiempo. Admiraba las cadenas de oro hueco fabricadas para las
payesas, los botones de filigrana con una piedra en el centro, reputando en su
interior todos estos objetos como las obras más perfectas y maravillosas
creadas por el arte de los hombres. ¡Si entrase en la tienda para comprar una
docena de aquellos botones!... ¡Qué sorpresa la de la atlota de Can
Mallorquí cuando él se los ofreciese para adornar sus mangas!...
Seguramente que los aceptaría de él, un señor grave al que miraba con respeto
filial. ¡Enojoso respeto! ¡Maldita gravedad la cuya, que le estorbaba como un
fardo abrumador!... Pero el heredero de los Febrer, el descendiente de
opulentos mercaderes y heroicos navegantes, tuvo que desistir pensando en el
dinero que guardaba en su faja. Indudablemente no tenía bastante para tal
compra.
Luego, en otra tienda adquirió un cuchillo para
Pepet, el más grande y pesado que encontró, un arma absurda, capaz de hacerle
olvidar la de su glorioso abuelo.
A mediodía, Febrer, aburrido de sus paseos sin
objeto por la Marina y las empinadas callejuelas de la antigua Real Fuerza,
entró en una pequeña fonda, la única de la ciudad, situada junto al puerto.
Allí encontró los huéspedes de siempre. En el vestíbulo, unos cuantos mozos
vestidos de payeses, con gorra de cuartel: soldados de la guarnición que
servían de asistentes. En el comedor, oficiales subalternos de un batallón de
cazadores, jóvenes tenientes que fumaban con aire aburrido y contemplaban a
través de las ventanas, como prisioneros del mar, la inmensa extensión azul.
Mientras comían lamentábanse de la mala suerte de su juventud, inútil y perdida
en este peñón. Hablaban de Mallorca como de un lugar de delicias; recordaban
las provincias de tierra firme, de las que eran hijos muchos de ellos, como
paraísos a los que ansiaban volver. ¡Las mujeres!... Era un anhelo, un ansia
que hacía temblar sus voces y ponía en sus ojos fulgores de locura. Pesaba
sobre ellos, como cadena de insufrible presidio, la casta virtud ibicenca, el
exclusivismo isleño, receloso para los forasteros. Allí no se bromeaba con el
amor, no se perdía el tiempo en galanteos; o la indiferencia hostil, o el
noviazgo honesto para casarse cuanto antes. Palabras y sonrisas conducían
rectamente al matrimonio; sólo era posible el trato con las jóvenes para hablar
de la formación de una nueva familia. Y esta juventud ruidosa, alegre,
exuberante en jugos, sufría un suplicio tantalesco al hablar de las muchachas
más hermosas de la ciudad. Las admiraban y vivían aparte de ellas, a pesar de
moverse en un estrecho espacio que les obligaba a continuos encuentros. Toda su
ilusión era conseguir una licencia para vivir varios días en Mallorca o en la
Península, lejos de la isla virtuosa y huraña, que sólo admitía al forastero
como marido; embarcarse en busca de otras tierras, donde era fácil dar
expansión a sus deseos exacerbados, iguales a los del colegial y el
presidiario.
¡Las mujeres!... Aquellos jóvenes no hablaban de
otra cosa; y Febrer, sentado a la gran mesa de la fonda, aprobaba en silencio
sus palabras y sus lamentaciones. ¡Las mujeres!... La irresistible tendencia
que nos liga a ellas es lo único que se mantiene firme después de los
trastornos morales que cambian una vida; lo que permanece de pie en medio de
los cadáveres de otras ilusiones destrozadas por el cataclismo. Febrer sentía
el mismo tedio de aquellos militares, la impresión de hallarse encerrado en una
cárcel de privaciones que tenía por fosos el mar. Ahora le pareció la capital
isleña una población de irresistible monotonía, con sus señoritas encerradas en
un aislamiento huraño y monjil. Pensaba en el campo como en un lugar de
libertad, con sus mujeres de alma simple y afectos naturales, limitados
solamente por un instinto defensivo igual al de las hembras primitivas.
Aquella misma tarde salió de la ciudad. Nada
quedaba en él del optimismo de pocas horas antes. Las calles de la Marina eran
nauseabundas; un olor infecto se escapaba de las casas; en el arroyo zumbaban
enjambres de insectos, saltando de los charcos al sonar los pasos de un
transeúnte. El recuerdo de las colinas inmediatas a su torre, perfumadas de
plantas silvestres y olor salitroso de mar, parecía sonreír en su memoria con
una dulzura idílica.
El carro de un payés le llevó hasta cerca de San
José, y al separarse de él emprendió la marcha por el monte, pasando entre
pinares encorvados por las grandes tormentas. El cielo estaba nebuloso; la
atmósfera era cálida y pesada. De vez en cuando caían gruesas gotas, pero antes
de que las nubes pudieran fijar su lluvia, una ráfaga parecía barrerlas hacia
los confines del horizonte.
Cerca de la cabana de un carbonero vio Jaime a dos
mujeres que marchaban apresuradas por entre los pinos. Eran Margalida y su
madre. Venían de los Cubells, ermita situada en una altura de la
costa, junto a una fuente que fecunda los abruptos peñones, haciendo crecer el
naranjo y la palmera al abrigo de las rocas.
Jaime se unió a las dos mujeres, y entonces vio
salir de entre los matorrales a Pepet, que caminaba fuera del sendero
persiguiendo piedra en mano a un pajarraco cuyos graznidos habían llamado su
atención. Continuaron juntos la marcha hacia Can Mallorquí, y sin
saber cómo, Febrer se vio delante, caminando al lado de Margalida, mientras la
esposa de Pep marchaba tras ellos con el lento paso de su debilidad, buscando
apoyo en su hijo.
La madre estaba enferma: una enfermedad incierta
que hacía levantar los hombros al médico en sus raras visitas y excitaba la
imaginación de las curanderas de la isla. Venían de hacer una promesa a la
Virgen de los Cubells y habían dejado en su altar dos velas
rizadas traídas de la ciudad.
Mientras Margalida iba hablando con voz triste de
las dolencias de la vieja, el egoísmo de una juventud robusta coloreaba sus
mejillas y sus ojos delataban cierta impaciencia. Aquel día era de festeig.
Había que llegar pronto a Can Mallorquí, para preparar la cena de
la familia antes de que se presentasen los cortejantes.
Febrer la admiraba con sus ojos graves. Extrañábase
ahora de su anterior torpeza, que le había hecho contemplar a Margalida, meses
y meses, como una niña, como un ser asexual, sin percatarse de sus gracias.
¡Qué mujer!... Recordaba con desprecio aquellas señoritas de la ciudad por las
que suspiraban los militares recluidos en la fonda. Otra vez pensaba en el
noviazgo de Margalida con una molestia semejante a la de los celos. ¿Y esta
muchacha iba a ser para uno de aquellos bárbaros de tez obscura, que la sometería
como una bestia a la servidumbre de la tierra?...
—¡Margalida!—murmuró como si fuese a revelarle algo
importante—. ¡Margalida!...
Pero no dijo más. El antiguo calavera sintió
despertarse sus instintos de libertinaje con el perfume que exhalaba aquella
mujer, perfume indefinible de carne fresca y virginal que él creía aspirar,
como buen conocedor, más con la imaginación que con el olfato. Al mismo
tiempo—¡cosa extraña en él!—experimentó cierta timidez que le impedía hablar;
una timidez semejante a la que había sentido en los tiempos de su primera
juventud, cuando, lejos de las fáciles conquistas en su predio de Mallorca, se
atrevió a dirigirse a las señoras conocidas en la península española... ¿No era
un acto indigno de él hablar de amor a aquella muchacha a la que había visto
como niña hasta poco antes y que le respetaba cual si fuese su padre?
—¡Margalida! ¡Margalida!
Y tras estos llamamientos, que excitaban la
curiosidad de la atlota haciendo que elevase los ojos para
fijarlos interrogantes en los de Febrer, éste se lanzó por fin a hablar,
preguntándola por los progresos de su noviazgo. ¿Se había decidido por alguien?
¿Quién iba a ser el afortunado? El Ferrer... ¿el Cantó?...
Ella volvió a humillar los ojos, cogiendo en su
turbación una punta del delantal y subiéndola hasta su pecho... No sabía. Su
voz ceceaba infantilmente a impulsos de un avergonzado aturdimiento. No tenía
ganas de casarse. Ni el Cantó, ni el Ferrer, ni nadie.
Había aceptado el cortejo porque todas las muchachas hacían lo mismo al llegar
a cierta edad. Además—y aquí enrojecía vivamente—, la proporcionaba cierta
satisfacción humillar a sus amigas, que rabiaban viendo el gran número de sus
pretendientes. Ella estaba agradecida a los atlots que venían
a verla de grandes distancias a Can Mallorquí. ¿Pero quererlos?
¿casarse con ellos?...
Había acortado su paso al hablar. La mujer de Pep y
su hijo pasaron insensiblemente delante de ellos, y al quedar solos los dos en
la senda, acabaron por detenerse sin saber lo que hacían.
—¡Margalida!... ¡«Flor de almendro»!...
¡Al diablo la timidez! Febrer se sintió arrogante y
triunfador, como en sus buenos tiempos. ¿Por qué aquel miedo?... ¡Una payesa!
¡una chiquilla!...
Habló con acento firme, poniendo un intento de
fascinación en la fijeza apasionada de sus ojos, aproximando su boca a ella,
como para acariciarla con el susurro de sus palabras... ¿Y él? ¿qué pensaba
Margalida de él?... ¿Y si se presentase un día a Pep diciendo que quería
casarse con su hija?...
—¡Usted!—exclamó la muchacha—. ¡Usted, don Jaime!
Levantó los ojos sin miedo alguno, riendo de estas
palabras. El señor acostumbraba a engañarla con bromas inverosímiles. Bien
decía su padre que los Febrer eran unos caballeros serios como jueces, pero de
eterno buen humor. Iba a burlarse otra vez de ella, lo mismo que cuando le
hablaba de la novia de barro guardada en su torre, que había estado esperándole
miles de años...
Pero al fijar su mirada en la de Febrer y
encontrarse con su rostro pálido, crispado por la emoción, ella palideció
también. Era otro hombre: veía un don Jaime que nunca había conocido.
Instintivamente, a impulsos del miedo, dio un paso atrás. Quedó como a la
defensiva, apoyada en el delgado tronco de un arbolillo que se elevaba junto a
la senda, con sus menudas hojas casi sueltas por el otoño.
Aún tuvo serenidad para sonreír con una sonrisa
forzada, fingiendo creer en una broma del señor.
—No—repuso Febrer con energía—. Hablo seriamente.
Di, Margalida... «Flor de almendro»... ¿Y si yo fuese uno de tus novios? ¿Y si
yo me presentase en el cortejo? ¿Qué contestarías?...
Ella se apelotonaba contra el débil tronco,
haciéndose más pequeña, como si quisiera escapar a aquellos ojos ardientes. Su
instintivo movimiento de retroceso hizo cimbrearse el flexible árbol, y una
lluvia de hojas amarillas como copos de ámbar cayó en torno de ella,
enredándose en su trenza, pegándose a su tez, esparciéndose sobre su traje.
Pálida, con la boca apretada y los labios azulados, iba murmurando palabras que
sonaban apenas como débiles suspiros. Sus ojos, agrandados y húmedos, tenían la
expresión angustiosa de los humildes de espíritu que piensan muchas cosas y no
encuentran el modo de decirlas. ¡Él!... ¡el mayorazgo de los Febrer! ¡Un gran
señor casarse con una payesa!... ¿Estaba loco?...
—No; yo no soy un gran señor, yo soy un
desgraciado. Tú eres más rica que yo, pues vivo de vuestra limosna... Tu padre
desea para ti un marido que cultive sus tierras. ¿Aceptas que sea yo,
Margalida? ¿Me quieres, «Flor de almendro»?...
Con la cabeza baja, huyendo de una mirada que
parecía quemarla, ella siguió hablando sin saber lo que decía. «¡Locura!
Aquello no podía ser cierto. ¡Decir el mayorazgo tales cosas!... Estaba
soñando.»
Pero de pronto sintió en una de sus manos un
contacto leve y acariciador. Era la diestra de Febrer que agarraba la suya.
Volvió a verle otra vez, pero le pareció un hombre distinto. Encontró ante sus
ojos un rostro nuevo que la hizo estremecerse. Experimentó la sensación de un
grave peligro, el sobresalto nervioso que avisa. Temblaron sus rodillas, se
contrajeron como si fuese a desplomarse de miedo.
—¿Es que me encuentras viejo para ti?—murmuró en
sus oídos una voz suplicante—. ¿Es que nunca podrás quererme?...
La voz era dulce y acariciadora; ¡pero aquellos
ojos que parecían comerla! ¡aquella cara pálida, semejante a la de los hombres
que matan!... Quiso decir algo para protestar de sus últimas palabras. Don
Jaime no había tenido nunca edad para Margalida: era algo superior, como los
santos, que crecen en hermosura con los años... Pero el miedo no la dejó
hablar. Se desasió de la mano acariciadora, sintióse movida por el prodigioso
resorte de los nervios, lo mismo que si viese su vida en peligro, y huyó de Febrer
como si fuese un asesino.
—¡Jesús! Jesús!...
Saltó, murmurando esta súplica, a alguna distancia
de él, e inmediatamente empezó a correr con sus ágiles piernas de campesina,
desapareciendo en una revuelta del sendero.
Jaime no fue tras ella. Permaneció inmóvil en la
soledad del pinar, insensible a cuanto le rodeaba, como un héroe de leyenda
sometido a un encantamiento. Luego se pasó una mano por el rostro, cual si
despertase, coordinando sus ideas.
Dolíanle como un remordimiento sus audaces
palabras, el susto de Margalida, la carrera de terror con que había terminado
la entrevista. ¡Qué disparate el suyo!... Era el resultado de su viaje a la
ciudad, la vuelta a la vida civilizada que había trastornado su calma de
solitario, despertando pasiones de antaño; la conversación de los jóvenes
militares, que vivían con el pensamiento puesto en la mujer... Pero no, no
estaba arrepentido de su acción. Lo importante era que Margalida conociese lo
que tantas veces había pensado él vagamente en el aislamiento de la torre, sin
poder dar forma precisa a sus deseos.
Continuó lentamente su camino, para no alcanzar a
la familia de Can Mallorquí. Margalida se había reunido con su
madre y su hermano. Los vio desde una altura, cuando el grupo caminaba ya por
el valle con dirección a la alquería.
Febrer torció su marcha, evitando aproximarse
a Can Mallorquí. Fue hacia la torre del Pirata, pero al llegar
cerca de ella continuó su camino, no deteniéndose hasta el mar.
La costa de roca, que parecía cortada a pico sobre
las aguas, estaba quebrantada por el embate de éstas durante siglos y siglos.
Las olas, como furiosos toros azules, topaban entre espumarajos de rabia contra
la peña, abriendo cóncavas oquedades, cuevas profundas que se prolongaban hacia
lo alto en forma de grietas verticales. Esta labor secular iba royendo la
costa, arrebatándola su coraza de piedra, lámina por lámina. Despegábanse de
ella fragmentos enormes como murallas. Separábanse primeramente formando una
rendija imperceptible, que se agrandaba con el curso de los siglos. La muralla
natural se inclinaba años y años sobre las olas que batían incesantemente su
base, hasta que, perdido el centro de gravedad, una noche de tormenta
derrumbábase como la cortina de una ciudadela sitiada, deshaciéndose en
bloques, poblando el mar de nuevos escollos, prontamente cubiertos de viscosas
vegetaciones, en cuyos enmarañamientos hervían las espumas y chisporroteaban
las escamas de los peces.
Febrer fue a sentarse en el borde de un gran
peñasco avanzado, de un fragmento de roca desprendida de la costa que se
inclinaba peligrosamente sobre los escollos. Su fatalismo le impulsaba a
sentarse allí. ¡Ojalá la catástrofe esperada fuese en aquel momento, y su
cuerpo, arrastrado por el grandioso accidente, desapareciera en el fondo del
mar, teniendo como sarcófago esta mole igual a la pirámide de un Faraón!...
¡Para lo que le esperaba en la vida!...
El sol poniente, antes de ocultarse, se asomó a un
agujero del cielo tempestuoso, entre nubes desgarradas. Era una esfera
sangrienta, una hostia de púrpura que animó con tonos de incendio la inmensidad
del mar. Las negras masas de vapor que cerraban el horizonte se ribetearon de
escarlata. Sobre el obscuro verde acuático se extendió un inquieto triángulo de
llamas. Enrojecióse la espuma de las olas y la costa pareció por unos instantes
de lava en ebullición.
Al resplandor de esta luz de tempestad, Jaime
contempló a sus pies el vaivén de las aguas lanzando sus chorros rugientes en
las oquedades de la roca, bramando y retorciéndose con espumarajos de cólera en
las tortuosas callejuelas de los escollos. En el fondo de esta masa verdosa,
iluminada con transparencias de ópalo por el sol poniente, veía agarradas a las
peñas extrañas vegetaciones, bosques minúsculos, en cuyas frondas pegajosas
movíanse bestias de formas fantásticas, rampantes y veloces o torpes y sedentarias,
con duras corazas grises y rojizas, erizadas de defensas, armadas de tenazas,
de lanzas y de cuernos, dándose caza entre ellas y persiguiendo a seres menos
fuertes que pasaban como exhalaciones, haciendo brillar en la rapidez de la
fuga su transparencia de cristal.
Febrer se sintió empequeñecido por la soledad.
Perdida la fe en su importancia humana, considerábase igual a uno de estos
monstruos pequeños que se agitaban en las vegetaciones del abismo submarino.
Menos aún tal vez. Aquellos animales estaban armados para la vida, podían
mantenerse por su propia fuerza, sin conocer los desalientos, las humillaciones
y las tristezas que le afligían a él. ¡El mar!... Su grandeza, insensible para
los hombres, cruel e implacable en sus cóleras, abrumaba a Febrer, despertando
en su memoria un sinnúmero de ideas que tal vez eran nuevas, pero él las
aceptaba como vagas reminiscencias de una vida anterior, como algo que ya había
pensado, no sabía dónde ni cuándo.
Un estremecimiento de respeto, de devoción
instintiva pasaba por él, haciéndole olvidar el suceso de poco antes,
sumiéndolo en religiosa admiración. ¡El mar!... Pensaba, sin saber por qué, en
los más remotos ascendientes de la humanidad, en los primeros hombres,
miserables, apenas salidos del animalismo original, martirizados y repelidos de
todas partes por una Naturaleza hostil en su exuberancia, como el cuerpo joven
y vigoroso anula o aleja los parásitos que se empeñan en vivir a costa de su
organismo.
A la orilla del mar, ante la divinidad misteriosa,
verde e inmensa, debió tener el hombre sus mejores momentos de descanso. Del
seno de las aguas salieron los primeros dioses. Contemplando el vaivén de las
aguas y arrullado por su murmullo, debió sentir el hombre que nacía en él algo
nuevo y poderoso: un alma. ¡El mar!... Los organismos misteriosos que lo
pueblan también vivían, como los de tierra, sometidos a la tiranía del medio,
inmóviles en su primitiva existencia, repitiéndose a través de los siglos, como
si fuesen siempre el mismo ser. También los muertos mandaban allí. Los fuertes
perseguían a los débiles, y eran a su vez devorados por otros más poderosos; la
misma historia de sus remotos antecesores en las aguas todavía cálidas del
globo en formación. Todo igual, repitiéndose a través de centenares de millones
de años. Un monstruo de los tiempos prehistóricos que volviese a colear en las
aguas presentes encontraría por todas partes, en los abismos obscuros y en las
orillas costeras, la misma vida e idénticas luchas que en su juventud. La
bestia de combate acorazada de rojo, armada de uñas corvas y tenazas de
tortura, guerrero implacable de las verdes cavernas submarinas, jamás se había
unido con el pez gracioso, ligero y débil que movía la cola de su túnica rosada
y plateada en las aguas transparentes. Su destino era devorar, ser fuerte, y si
se veía desarmada, con las defensas rotas, entregarse al infortunio sin
protesta y perecer. ¡La muerte antes que abdicar de su origen, de la noble
fatalidad del nacimiento! Para los fuertes no había en la tierra y en el mar
satisfacciones ni vida fuera de su ambiente. Eran esclavos de su propia
grandeza: la casta traía para ellos, con los honores, la desgracia. ¡Y siempre
sería lo mismo!... Los muertos eran los únicos que gobernaban lo existente. Los
primeros seres que iniciaron una acción para vivir formaron con sus actos la
jaula en que habían de moverse prisioneras las sucesivas generaciones.
Los tranquilos moluscos que veía ahora en el fondo
de las aguas, agarrados a las peñas como botones obscuros, le parecían seres
divinos guardadores en su estúpida quietud del misterio de la creación.
Admirábalos augustos y grandes, como los monstruos que adoran los pueblos
salvajes por su inmovilidad, y en cuyo quietismo creen adivinar la majestad de
los dioses. Febrer recordaba sus bromas de otros tiempos, en noches de
francachela, ante los platos de ostras frescas en los grandes restoranes de
París. Sus elegantes compañeras le creían loco al escuchar los disparatados
pensamientos que le sugerían el vino, la vista de los mariscos y el recuerdo de
ciertas lecturas fragmentarias y rápidas de su juventud. «Vamos a comernos a
nuestros abuelos, como alegres antropófagos que somos.»
La ostra era una de las primeras manifestaciones de
vida en el planeta, una de las primitivas formas de la materia orgánica,
flotante aún, incierta y desorientada en su evolución, sobre la inmensidad de
las aguas. El simpático y calumniado mono sólo tenía la importancia de un primo
hermano que no ha hecho carrera, de un pariente desgraciado y ridículo al que
se deja en la puerta fingiendo ignorar su apellido de familia, negándole el
saludo. El molusco era nuestro abuelo venerable, el jefe de la casa, el creador
de la dinastía, el antecesor, cargado con una nobleza de millones de siglos...
Estas ideas resucitaban ahora en Febrer, con la frescura de verdades
indiscutibles, al contemplar los seres inmóviles y rudimentarios encerrados en
su caparazón, agarrados a las rocas, debajo de sus pies, en las profundidades
del verde cristal tembloroso entre los escollos.
La humanidad era fiel a su origen. Nadie renegaba
las tradiciones de estos venerables ascendientes que parecían dormidos en la
inmensa catacumba del mar. Los hombres se creen libres porque pueden moverse de
un lado al otro del planeta, porque su organismo va montado sobre dos columnas
ágiles y articuladas que le permiten saltar sobre el suelo con el mecanismo del
paso... ¡Error! ¡Una ilusión más de las muchas que alegran mentirosamente
nuestra vida, haciéndonos llevaderas su miseria y su pequeñez! Febrer estaba
convencido de que todos nacen metidos entre dos valvas de prejuicios,
escrúpulos y orgullos, herencia de los que nos precedieron en la vida, y por
más que los hombres se agitan, jamás llegan a arrancarse de la misma peña en
que vegetaron agarrados sus predecesores. La actividad, los incidentes de la
vida, la independencia del carácter, ¡todo ilusión! ¡vanidad de molusco que
sueña adherido a la roca, y cree estar nadando por los mares del globo,
mientras sus valvas siguen unidas a la caliza!...
Todos los seres eran como habían sido los que
marcharon delante de ellos, como serían los que llegasen detrás. Cambiaban las
formas, pero el alma permanecía inmóvil e inmutable, como la de aquellos seres
rudimentarios, testigos eternos de los primeros latidos de la vida en el
planeta, y que parecían envueltos en el más espeso de los sueños. Y así sería
siempre. Eran vanos los grandes esfuerzos para librarse de este ambiente fatal,
de la herencia del medio, del círculo en que forzosamente nos movemos; hasta que
llegaba la muerte y otros animales semejantes venían a dar vueltas en el mismo
redondel, creyéndose libres porque siempre tenían ante sus pasos nuevo espacio
que correr.
«Los muertos mandan», afirmaba una vez más Jaime en
su pensamiento. Parecía imposible que los hombres no se diesen cuenta de esta
gran verdad y se agitaran en eterna noche, creyendo hacer cosas nuevas al
resplandor de ilusiones que surgen diariamente, como surge el gran engaño del
sol para acompañarnos por el infinito, que es lóbrego y a nosotros nos parece
azul y radiante de luz...
Cuando Febrer pensaba esto, el sol se había
ocultado ya. El mar era casi negro, el cielo de un gris plomizo, y en las
brumas del horizonte serpenteaban los rayos bajando a beber en las olas. Sintió
Jaime en su rostro y en sus manos el húmedo contacto de algunas gotas de
lluvia. Iba a estallar una tormenta que tal vez durase toda la noche. Los
relámpagos brillaban cada vez más cerca. Resonaba un lejano estrépito, como si
dos flotas enemigas se estuviesen cañoneando detrás de la cortina de bruma del
horizonte, aproximándose con ésta. Las láminas de agua mansa, tersas como
cristales entre los escollos y la costa, empezaron a temblar con las
ondulaciones excéntricas de las gotas de lluvia.
A pesar de esto, el solitario no se movió.
Permanecía en la roca, sintiendo una sorda irritación contra la fatalidad,
sublevándose con toda la rudeza de su carácter ante la tiranía del pasado. ¿Y
por qué habían de mandar los muertos?... ¿Por qué obscurecían el ambiente con
las partículas de su alma, semejantes a un polvo de huesos, que se posaban en
el cerebro de los vivos imponiéndoles viejas ideas?...
De pronto Febrer sufrió una impresión de
deslumbramiento, como si contemplase una luz extraordinaria nunca vista. Su
cerebro pareció dilatarse, esparcirse, como una masa de agua que rompe el vaso
opresor de piedra. Fue en el mismo instante que un relámpago coloreaba de luz
lívida el mar y estallaba un trueno sobre su cabeza, conmoviendo con horrísono
tableteo los ecos de la inmensidad marítima y las oquedades y cimas de la
costa.
«No; los muertos no mandan, los muertos no
gobiernan.» Jaime, como si fuese un hombre nuevo, se burló de sus pensamientos
de poco antes. Aquellas bestias rudimentarias que él veía entre los peñascos, y
lo mismo que ellas todos los animales del mar y de la tierra, sufrían la
esclavitud del medio. Mandaban los muertos sobre ellas porque hacían lo que
harían sus descendientes. Pero el hombre no es esclavo del medio: es su
colaborador y a veces su dueño. El hombre es un ente de razón y de progreso, y
puede modificar el ambiente según sus conveniencias. Fue su siervo en otros
tiempos, en remotas edades; pero al dominar en parte a la Naturaleza y poder
explotarla, rasgó la especie de envoltura fatal en que siguen prisioneros los
otros seres de la creación. ¿Qué podía importarle el medio en que había nacido?
Se creería otro si lo deseaba...
No pudo seguir en sus reflexiones. La tempestad
había, estallado sobre él. La lluvia chorreaba por los bordes de su sombrero y
corría a lo largo de su espalda. La noche había llegado de pronto. A la luz de
los relámpagos veíase el mar con la superficie mate estremecida por el choque
de la lluvia.
Febrer marchó hacia la torre con toda la ligereza
de sus piernas. Iba, sin embargo, alegre, con el gozo desbordante del que sale
de un largo encierro y no ve ante los ojos bastante espacio para su contenida
actividad. Reía, sin detenerse en su carrera, y la luz de los relámpagos le
sorprendió varias veces avanzando el brazo derecho con un dedo en alto,
mientras chocaba la mano izquierda en la parte inferior del codo, realizando un
ademán de protesta tan popular como poco decente.
—¡Haré lo que quiera!—gritaba, complaciéndose en
escuchar su propia voz entre el fragor de la tempestad—. ¡Ni muertos ni vivos
mandan en mí!... ¡Toma!... ¡para mis nobles ascendientes!... ¡Toma!... ¡para
mis antiguas ideas, para todos los Febrer!...
Repitió varias veces el indecoroso ademán con una
alegría de pilluelo. De pronto se vio envuelto en una luz roja y estalló sobre
su cabeza un cañonazo, como si la costa acabase de partirse a impulsos de
inmenso cataclismo.
—Ha caído cerca—dijo Febrer refiriéndose a la
exhalación.
Su pensamiento, ocupado por el recuerdo de los
Febrer, fue hacia su ascendiente el comendador don Príamo. Aquella explosión de
trueno le hizo recordar los combates del diabólico héroe, del religioso
caballero de la Cruz, burlón con Dios y con el diablo, que hizo siempre su
soberana voluntad y tan pronto peleó al lado de los suyos como vivió entre los
enemigos de la Fe, según sus caprichos y aficiones.
No; de éste no renegaba Febrer. Adoraba al valeroso
comendador: era su verdadero ascendiente, el mejor de todos, el rebelde, el
demonio de la familia.
Al entrar en la torre encendió luz, se envolvió en
el jaique de burda lana que le servía para sus excursiones nocturnas, y tomando
un libro quiso distraerse de sus pensamientos hasta que Pepet le subiera la
cena.
La tempestad pareció fijarse sobre la isla. Caía la
lluvia en los campos, convirtiéndolos en barrizales; saltaba por las pendientes
de los caminos, desbordados como barrancos; empapaba los montes, como grandes
esponjas, por la verde porosidad de sus pinares y matorrales. La rápida luz de
los relámpagos mostraba instantáneamente, como una visión de ensueño, el mar
negruzco con hirvientes espumas, los campos encharcados, que parecían llenos de
peces de fuego, los árboles brillantes bajo su capa acuosa.
En la cocina de Can Mallorquí, los
pretendientes de Margalida formaban una masa de alpargatas enlodadas y cuerpos
humeantes por la evaporación de sus ropas húmedas. Esta noche el cortejo sería
más largo. Pep, con aire paternal, había permitido a los atlots que
esperasen después de pasada la hora del galanteo. Sentía lástima por aquellos
muchachos, obligados a caminar bajo la lluvia. Él también había sido novio.
Debían esperar; tal vez pasase la tormenta. Y si no pasaba, se quedarían a
dormir donde pudiesen: en la cocina, en el porche... «¡Una noche es una noche!»
La atloteria, contenta del accidente,
que añadía algún tiempo más a su cortejo, contemplaba a Margalida vestida con
su traje de gala, sentada en el centro de la pieza, junto a una silla vacía.
Todos habían pasado por ésta en el curso de la noche; algunos miraban con
cierta ansiedad al asiento, pero sin atreverse a ocuparlo de nuevo.
El Ferrer, ganoso de sobrepujar a sus
rivales, tañía una guitarra, cantando a media voz, acompañado por el rodar de
los truenos. El Cantó, metido en un rincón, meditaba nuevos versos.
Algunos muchachos saludaban con expresiones burlonas la luz de los relámpagos
que se filtraba por las rendijas de la puerta, y el Capellanet sonreía
sentado en el suelo con la mandíbula apoyada en ambas manos.
Pep dormitaba en su silla baja, vencido por el
cansancio, y su mujer lanzaba sordos alaridos de terror cada vez que un trueno
fuerte conmovía la casa, intercalando en sus gemidos fragmentos de oraciones,
murmuradas en castellano para mayor eficacia. «Santa Bárbera bendita,
que en el sielo estás escrita...» Margalida, insensible a las miradas
de sus pretendientes, parecía próxima a dormirse en su asiento.
Resonó de pronto la puerta con dos golpes dados por
una mano. El perro, que se había erguido momentos antes como adivinando la
presencia de alguien en el porche, estiró el cuello, pero no ladró, moviendo la
cola con tranquilidad.
Margalida y su madre miraron a la puerta con cierto
miedo. «¿Quién podría ser? ¡A aquellas horas, en aquella noche, en la soledad
de Can Mallorquí!...¿Le habría ocurrido algo al señor?...»
Pep, despertado por estos golpes, se incorporó en
su asiento. «¡Avant qui siga!» Invitaba a entrar con una
majestad de padre de familia al uso latino, señor absoluto de su casa. La
puerta sólo estaba entornada.
Se abrió, dando paso a una ráfaga de viento cargada
de lluvia, que hizo estremecerse las luces del candil y refrescó el denso
ambiente de la cocina. Iluminóse con el resplandor de una exhalación el negro
rectángulo de la puerta, y todos vieron en ella, sobre el cielo lívido, una
figura encapuchada, una especie de penitente, chorreando lluvia y con el rostro
casi oculto.
Entró con paso decidido, sin saludar a nadie,
seguido del perro, que olisqueaba sus piernas con gruñido cariñoso, y fue
rectamente a ocupar la silla vacía junto a Margalida: el lugar reservado a los
pretendientes.
Al sentarse se echó atrás la capucha y fijó sus
ojos en la muchacha.
—¡Ah!—gimió ésta, pálida, con los ojos agrandados
por la sorpresa.
Y fue tal su emoción, tan violento su impulso por
retirarse de él, que la faltó poco para caer.
Dos días después, cuando Jaime, de vuelta de la
pesca, esperaba la comida en su torre, vio presentarse a Pep, que depositó el
cestillo sobre la mesa con cierta solemnidad.
El rústico intentó excusarse por esta visita
extraordinaria. Su mujer y Margalida habían ido otra vez a la ermita de
los Cubells: el muchacho las acompañaba.
Comió Febrer con buen apetito, por haber pasado la
mañana en el mar desde que rompió el día; pero el aire grave del payés acabó
por preocuparle.
—Pep: tú quieres decirme algo y no te atreves—dijo
Jaime en dialecto ibicenco.
—Así es, señor.
Y Pep, igual a todos los tímidos, que dudan y
vacilan antes de hablar, pero una vez perdido el miedo se lanzan adelante
ciegamente, empujados por el propio temor, expuso con rudeza su pensamiento.
«Sí; algo tenía que decirle, algo muy importante.
Dos días había estado pensándolo, pero ya no podía callar más tiempo. Si se
había encargado de traer la comida del señor, era sólo por hablarle... ¿Qué
deseaba don Jaime? ¿Por qué se burlaba de ellos, que le querían tanto?...»
—¡Burlarme!—exclamó Febrer.
«Sí; burlarse de ellos.» Pep lo afirmaba con
tristeza. «¿Qué había sido lo de la noche de la tormenta? ¿Qué capricho había
impulsado al señor a presentarse en pleno cortejo, sentándose al lado de
Margalida como si fuese un pretendiente?...» ¡Ah, don Jaime! Los festeigs son
cosa seria: por ellos se matan los hombres. Bien sabía él que los señores se
burlaban de esto, considerando casi como salvajes a los payeses de la isla;
pero a los pobres hay que dejarles sus costumbres, olvidarlos, no turbar sus
escasas alegrías.
Ahora fue Febrer quien puso el gesto triste.
—¡Pero si yo no me burlo de vosotros, querido Pep!
¡Si todo es verdad!... Entérate de una vez: soy pretendiente de Margalida, como
el Cantó, como ese verro antipático, como todos
los muchachos que acuden a tu cocina para cortejarla... La otra noche me
presenté porque ya no podía sufrir más, porque comprendí de pronto la causa de
las tristezas que me vienen afligiendo, porque quiero a Margalida, y me casaré
con ella, si ella me acepta.
Su acento sincero y apasionado no dejó dudas al
payés.
—¡Luego es verdad!—exclamó—. Algo de eso me había
dicho la atlota llorando cuando yo le pregunté el motivo de la
visita del señor... Yo no la creí al principio. ¡Las muchachas son tan
pretenciosas! Se imaginan que todos los hombres andan locos tras ellas...
¿Conque es verdad?...
Y esta certidumbre le hacía sonreír, como algo
inesperado y gracioso.
¡Qué don Jaime! Muy honrados él y su familia por
esta muestra de aprecio a los de Can Mallorquí. Lo malo era para la
muchacha, que se engreiría, imaginándose ya digna de un príncipe, no queriendo
aceptar a ningún payés.
—No puede ser, señor. ¿No comprende usted que no
puede ser?... Yo también he sido joven y sé lo que es esto. Un primer
movimiento que nos hace ir detrás de toda atlota que no es
fea; pero luego reflexiona uno, piensa lo que está bien y lo que está mal, lo
que más le conviene, y acaba por no hacer tonterías. Usted habrá reflexionado,
¿verdad, señor?... Lo de la otra noche fue una broma, un capricho...
Febrer movió la cabeza enérgicamente. No; ni broma
ni capricho. Amaba a Margalida, a la gentil «Flor de almendro»; estaba
convencido de su pasión, e iría donde ella le arrastrase. Su propósito era
hacer en adelante lo que le ordenara su voluntad, sin escrúpulos ni prejuicios.
Bastante tiempo había sido esclavo de ellos. No; ni reflexión ni
arrepentimiento. Amaba a Margalida, y era uno de sus pretendientes, con el
mismo derecho que cualquier atlot de la isla. Ya estaba dicho.
Pep, escandalizado por tales palabras, herido en
sus ideas más antiguas y arraigadas, levantó las manos, al mismo tiempo que su
alma simple se asomaba a los ojos con temblores de sorpresa.
—¡Siñor!... ¡Siñor!...
Necesitaba poner por testigo al Señor del cielo
para expresar su turbación y su asombro. ¡Un Febrer queriendo casarse con la
payesa de Can Mallorquí!... El mundo ya no era el mismo: parecían
trastornadas todas sus leyes, como si el mar estuviera próximo a cubrir la isla
y los almendros floreciesen en adelante sobre las olas. ¿Pero se había dado
cuenta don Jaime de lo que significaba su deseo?...
Todo el respeto depositado en el alma del payés
durante largos años de servidumbre a la noble familia, la veneración religiosa
que le habían infundido sus padres cuando de niño veía llegar a los señores de
Mallorca, renacieron ahora, protestando de este absurdo como de algo contrario
a las costumbres humanas y la divina voluntad. El padre de don Jaime había sido
un personaje poderoso, de los que dictan las leyes allá en Madrid; hasta había
vivido en el palacio real. Le veía en su memoria, lo mismo que se lo había
imaginado en las ilusiones crédulas de su niñez, mandando a los hombres a su
voluntad; pudiendo enviar unos a la horca y perdonando a otros, según su
capricho; sentado a la mesa de los monarcas y jugando con ellos a la baraja,
igual que podía hacerlo él con un amigo en la taberna de San José, tratándose
tú por tú; y cuando no estaba en la corte, era señor absoluto en barcos de
hierro de los que escupen humo y cañonazos... ¿Y su célebre abuelo don Horacio?
Pep le había visto pocas veces, y sin embargo, temblaba aún de respeto al
recordar su aspecto señorial, su cara grave, limpia de sonrisas, y el gesto
imponente con que acompañaba sus bondades. Era un rey a la antigua, uno de
aquellos reyes buenos y justicieros, padres de los pobres, con el pan en una
mano y el palo en la otra.
—¿Y quiere usted que yo, el pobre Pep de Can
Mallorquí, sea pariente de su padre y su abuelo, y de todos los señorones
que fueron amos de Mallorca y mandones del mundo?... Vamos, don Jaime. Vuelvo a
creer que todo es una broma: su seriedad no me engaña. También don Horacio
discurría a veces las cosas más chistosas, sin perder su cara de juez.
Jaime paseó los ojos por el interior de la torre,
sonriendo de su miseria.
—¡Pero si soy un pobre, Pep ¡Si tú eres rico
comparado conmigo! ¿A qué recordar mi familia, si vivo de tu apoyo?... Si me
despidieras, no sé adonde podría ir.
El gesto de incredulidad con que Pep acogía siempre
estas afirmaciones humildes volvió a aparecer.
«¡Pobre! ¿Y aquella torre no era suya?...» Febrer
le contestó riendo. ¡Bah! Cuatro piedras viejas, que se caían cansadas de
existir; un monte inculto, que sólo tendría algún valor trabajado por el
payés... Pero éste insistió. Le quedaba lo de Mallorca, que aunque algo
enredado, era mucho... ¡mucho!
Y al extender sus brazos con un gesto de
inmensidad, como si nadie pudiese abarcar la fortuna de Jaime, añadía
convencido:
—Un Febrer nunca es pobre. Usted no podrá serlo
nunca. Después de estos tiempos otros vendrán.
Jaime desistió de hacerle reconocer su pobreza.
Mejor era que le creyese rico. Así no podrían decir aquellos atlots sin
más horizonte que el de la isla, que era un desesperado ansioso de unirse con
la familia de Pep para recuperar las tierras de Can Mallorquí.
¿Por qué se asombraba tanto el payés de que él
pretendiese a Margalida? No era esto más que la repetición de una eterna
historia: la del rey disfrazado y vagabundo enamorándose de la pastora y
dándola su mano... Y él no era un rey ni estaba disfrazado, sino en una
situación de miseria verdadera.
—También sé yo esa historia—dijo Pep—. Me la
contaron de chico muchas veces y se la he contado yo a los míos... No digo que
no sucediese así; pero sería en otros tiempos... otros tiempos muy lejanos:
cuando hablaban los animales.
Para Pep, la más remota antigüedad y el estado
dichoso de los hombres era siempre en el tiempo feliz «cuando hablaban los
animales».
Pero ¡ahora!... Ahora él, aunque no sabía leer, se
enteraba de las cosas del mundo cuando iba a San José los domingos y hablaba
con el secretario del Ayuntamiento y otras personas letradas que leían
periódicos. Los reyes se casaban con reinas y las pastoras con pastores. Se
acabaron los buenos tiempos.
—¿Pero tú sabes si Margalida me quiere o no me
quiere?... ¿Tú estás seguro de que le parece todo esto un disparate, lo mismo
que a ti?...
Pep quedó silencioso largo rato, metiendo una mano
bajo el fieltro y el pañuelo de seda puesto mujerilmente, para rascarse los
bucles crespos y canos de su cabeza. Sonreía maliciosamente y al mismo tiempo
con desprecio, como regocijado por la inferioridad en que vive la hembra de los
campos.
—¡Las mujeres! ¡Vaya usted a saber lo que piensan,
don Jaime!... Margalida es como todas: amiga de vanidades y cosas
extraordinarias. A su edad, todas sueñan que va a venir por ellas un conde o un
marqués para llevárselas en un carro de oro y que mueran de envidia sus amigas.
Yo también, cuando era atlot, pensaba muchas veces que vendría a
pedirme en matrimonio la más rica de Ibiza, una muchacha que no sabía quién
pudiera ser, pero hermosa como la Virgen y con campos tan grandes como la mitad
de la isla... Son cosas de los pocos años.
Luego, cesando de sonreír, añadió:
—Sí; tal vez le quiera a usted y no se dé cuenta de
lo que desea. ¡Esto del querer y de la juventud es tan raro!... Llora cuando le
hablan de lo de la otra noche; dice que fue una locura, pero ni una palabra
contra usted... ¡Ay! ¡el corazón quisiera yo verle!
Febrer acogió estas palabras con una sonrisa de
gozo; pero el payés desvaneció instantáneamente su alegría, añadiendo
enérgicamente:
—No puede ser, y no será... Piense ella lo que
piense, yo me opongo, porque soy su padre y quiero su bien... ¡Ay, don Jaime!
Cada cual con los suyos. Me recuerda todo esto a cierto fraile que vivía
solitario en los Cubells, hombre sabio, y por ser sabio, medio
loco, que se empeñó en sacar crías de un gallo y una gaviota: una gaviota del
tamaño de un ganso.
Y describía, con la gravedad que tiene para el
campesino la vida y el cruce de los animales, la ansiedad de los payeses cuando
iban a los Cubells, agrupándose curiosos en torno del jaulón donde
estaban bajo la vigilancia del fraile el gallo y la gaviota.
—Años duró el trabajo de aquel buen señor, y ¡ni
una cría!... Contra lo imposible nada pueden los hombres. Tenían sangre
distinta; vivían juntos y tranquilos, pero no eran iguales ni podían serlo.
Cada uno con los suyos.
Y al decir esto, Pep recogió de la mesa los platos
de la comida y los fue guardando en la cesta, preparándose para marcharse.
—Quedamos, don Jaime—dijo con su tenacidad
campesina—, en que todo es broma, y usted no inquietará a la atlota con
sus fantasías.
—No, Pep. Quedamos en que quiero a Margalida, y voy
a su cortejo con el mismo derecho que cualquier muchacho de la isla. Hay que
respetar los usos antiguos.
Y sonrió ante el gesto malhumorado del payés. Pep
movía la cabeza en señal de protesta, repitiendo que aquello era imposible. Las
muchachas del cuartón iban a burlarse de Margalida,
regocijadas por este pretendiente extraño que rompía el orden de las
costumbres. Los maliciosos tal vez iban a calumniar a Can Mallorquí,
que tenía un pasado de honradez como la mejor familia de la isla. Hasta sus
amigos, cuando fuese él a misa a San José reuniéndose con ellos en el claustro
de la iglesia, iban a suponer que era un ambicioso y deseaba convertir a su
hija en una señorita... Y no era esto sólo. Había que temer además la cólera de
los rivales, los celos de aquellos atlots que habían quedado
absortos por la sorpresa al verle entrar en plena tempestad y sentarse junto a
Margalida. De seguro que a aquellas horas ya habían salido de su asombro, y
hablaban de él concertándose todos para oponerse al forastero. Los de la isla
eran como eran. Se mataban entre ellos, sin molestar al de fuera, porque le
creían extraño a su vida, indiferente a sus pasiones. ¡Pero si el extranjero se
mezclaba en sus asuntos, y además de extranjero... era mallorquín!... ¿Cuándo
se había visto a gentes de otras tierras disputarles la novia a los
ibicencos?... Don Jaime, ¡por su padre! ¡por su noble abuelo! Se lo rogaba Pep,
que le conocía desde niño. La alquería era suya, todos sus habitantes deseaban
servirle... ¡pero no debía persistir en aquel capricho! Iba a traerle
desgracia.
Febrer, que había escuchado hasta entonces con
deferencia, se irguió ante estas palabras de Pep. Sublevóse su carácter rudo,
como si acabara de recibir una grave ofensa con los temores del payés. ¡Miedos
a él!... Sentíase capaz de pelear con todos los atlots de la
isla. No había en Ibiza quien le hiciese retroceder. A su apasionamiento
belicoso de amante uníase una soberbia de raza, el odio ancestral que separaba
a los habitantes de las dos islas. Iría al cortejo; tenía buenos compañeros que
le defendiesen en caso de apuro. Y miraba la escopeta colgada de la pared,
luego de pasar sus ojos por la faja, donde ocultaba el revólver.
Pep bajó la cabeza con desaliento. Lo mismo había
sido él cuando joven. Las mujeres hacen cometer las mayores locuras. Era inútil
insistir para convencer al señor, testarudo y soberbio como todos los suyos.
—Haga su santa voluntad, don Jaime; pero acuérdese
de lo que le digo. Nos espera una desgracia, una gran desgracia.
Salió el payés de la torre, y Jaime lo vio alejarse
cuesta abajo, hacia su alquería, moviéndose al impulso de la brisa marítima las
puntas de su pañuelo y el mantón mujeril que llevaba sobre los hombros.
Desapareció Pep tras las bardas de Can
Mallorquí. Febrer iba a separarse de la puerta, cuando vio surgir entre los
grupos de tamariscos de la pendiente un muchacho que, luego de mirar a un lado
y a otro para convencerse de que no era observado, corrió hacia él. Era
el Capellanet. Subió a saltos la escalera de la torre, y al verse
ante Febrer rompió a reír, mostrando el marfil de su dentadura rodeada de rosa
obscuro.
Desde la noche que el señor se presentó en la
alquería, el Capellanet lo trataba con la mayor confianza,
cual si le considerase ya de la familia. Él no protestaba de lo extraordinario
del suceso. Le parecía natural que Margalida gustase al señor y que éste
desease casarse con ella.
—Pero ¿no estabas en los Cubells?—preguntó
Febrer.
El muchacho volvió a reír. Había dejado a su madre
y su hermana en mitad del camino, y oculto entre los tamariscos esperó a que su
padre regresase de la torre. Sin duda el viejo quería hablar de cosas
importantes con don Jaime; por esto los había alejado a todos, encargándose de
llevar él mismo la comida. Hacía dos días que sólo hablaba en su casa de esta
entrevista. Su timidez y el respeto «al amo» le hacían vacilar, pero al fin se
había decidido. El noviazgo de Margalida le tenía de mal humor. ¿Había estado
muy regañón el viejo?...
Queriendo esquivar Febrer estas preguntas, le hizo
otras con cierta ansiedad. ¿Y «Flor de almendro»? ¿Qué decía cuando el Capellanet le
hablaba de él?
Se irguió el muchacho con petulancia, satisfecho de
proteger al señor. Su hermana no decía nada; unas veces sonreía al oír el
nombre de don Jaime, otras se le humedecían los ojos, y casi siempre daba fin a
la conversación aconsejando al Capellanet que no se mezclase
en este asunto y diese gusto al padre yendo a estudiar en el Seminario.
—Esto se arreglará, señor—continuó el muchacho,
poseído de la nueva importancia de su persona—. Se arreglará; se lo digo yo.
Estoy seguro de que mi hermana le quiere mucho... pero le tiene cierto miedo,
cierto respeto. ¡Quién podía esperar que usted se fijase en ella!... En casa
todos parecen locos. El padre pone mala cara y habla solo; la madre gime y se
aclama a la Virgen; Margalida llora; y mientras tanto, la gente cree que
estamos de lo más alegres. Pero esto se arreglará, don Jaime; yo se lo prometo.
Preocupábale otra cosa, aparte de la voluntad de
Margalida. Mientras hablaba, su pensamiento iba hacia sus antiguos amigos,
los atlots que cortejaban a «Flor de almendro». «¡Atención,
señor! ¡Mucho ojo!...» Él no sabía nada de cierto. Hasta sospechaba que
aquellos muchachos habían perdido la confianza en su persona, recatándose de
hablar en su presencia. Pero seguramente tramaban algo. Una semana antes
parecían odiarse y vivían apartados unos de otros; ahora se habían juntado
todos para abominar del forastero. Callaban, pero su silencio era taciturno,
poco tranquilizador. El único que gritaba y se movía con una cólera de cordero
rabioso era el Cantó, irguiendo su cuerpo desmedrado de tísico,
afirmando entre crueles toses su propósito de matar al mallorquín.
—Le han perdido a usted el respeto, don
Jaime—continuó el muchacho—. Cuando le vieron entrar y sentarse al lado de mi
hermana, quedaron como atontados. Yo también me quedé sin saber lo que veía, y
eso que hace tiempo me daba el corazón que a usted no le era indiferente
Margalida. Preguntaba usted demasiado por ella... Pero ahora ya se les ha
pasado el susto, y van a hacer algo: ¡vaya si lo harán!... Y no les falta
razón. ¿Cuándo se ha visto en San José venir los forasteros a quitarles la
novia a unos atlots que son los más valientes de la isla?...
El orgullo de vecindario arrastró al Capellanet a
participar momentáneamente de las opiniones de los otros, pero pronto
renacieron su gratitud y su afecto a Febrer.
—No importa. Usted la quiere, y basta. ¿Por qué ha
de ir mi hermana a trabajar la tierra y pasar fatigas, cuando un señor como
usted se fija en ella?... Además—y aquí sonreía maliciosamente el pilluelo—, a
mí me conviene este casamiento. Usted no va a cultivar los campos, usted se
llevará a Margalida, y el viejo, no teniendo a quién dejar Can
Mallorquí, me permitirá que sea labrador, que me case, y ¡adiós
capellanía!... Le digo a usted, don Jaime, que usted se la lleva. Aquí estoy
yo, el Capellanet, para pelearme con media isla en su defensa.
Miraba a un lado y a otro, como si temiera
encontrarse con los bigotes y los ojos severos de la Guardia civil, y luego,
tras una vacilación de hombre modesto que teme revelar su importancia,
llevábase una mano a los riñones y tiraba del interior de la faja, sacando un
cuchillo cuyo brillo y limpieza parecían hipnotizarle.
—¿Eh?—decía, admirando la tersura del acero virgen
y mirando a Febrer.
Era el cuchillo que le había regalado Jaime el día
antes. Como estaba de buen humor, había hecho arrodillarse al Capellanet.
Luego, con burlona gravedad, le había golpeado con el arma, proclamándolo
caballero invencible del cuartón de San José, de toda la isla
y de los freos y peñones adyacentes. El pilluelo, trémulo de emoción por el
regalo, había acogido la ceremonia con gravedad, creyéndola algo indispensable
que se usaba entre los señores.
—¿Eh?—volvió a preguntar, mirando a don Jaime como
si lo protegiese con toda la inmensidad de su valentía.
Pasaba un dedo ligeramente por el filo y luego
apoyaba la yema en la punta, gozando voluptuosamente al sentir su agudo
pinchazo. ¡Qué joya!
Febrer movió la cabeza. Sí; conocía el arma: él
mismo se la había traído de Ibiza.
—Pues con esto—continuó el chicuelo—no hay guapo
que se nos ponga delante. ¿El Ferrer?... ¡mentira! ¿El Cantó y
todos los otros?... ¡mentira también! ¡Y pocas ganas que tengo yo de usarlo!...
Él que intente algo contra usted está sentenciado a muerte.
Y a continuación, con una tristeza de grande hombre
que pierde el tiempo sin dar la medida de su valor, dijo bajando los ojos:
—Cuando mi abuelo tenía mi edad, cuentan que ya
era verro y metía miedo a toda la isla.
Pasó el Capellanet en la torre una
parte de la tarde, hablando de los enemigos supuestos de don Jaime, que ya
consideraba como suyos, ocultando su cuchillo para volver a sacarlo, como si
necesitase contemplar su imagen desfigurada en la bruñida hoja, soñando en
tremendos combates que terminaban siempre con la fuga o muerte de los
adversarios, salvando él caballerescamente al acorralado don Jaime. Éste reía
de la petulancia del muchacho, tomando a broma sus ansias de pelea y
destrucción.
Al anochecer bajó a la alquería para traerle la
cena. Ya había encontrado en el porche varios cortejantes venidos de muy lejos,
que esperaban sentados en los poyos el principio del festeig.
¡Hasta luego, don Jaime!...
Febrer, así que cerró la noche, se dispuso a bajar
a la alquería, con el gesto hosco, la mirada dura, las manos nerviosas por un
imperceptible temblor homicida, lo mismo que un guerrero primitivo al emprender
una expedición desde la cumbre al valle. Antes de echarse el jaique sobre los
hombros sacó su revólver de la faja, examinando escrupulosamente el estado de
las cápsulas y el juego de la llave. ¡Todo corriente! Al primero que intentase
algo contra él, le metía los seis tiros en la cabeza. Sentíase bárbaro,
implacable, como uno de aquellos Febrer leones del mar, que saltaban a las
playas enemigas, matando para no morir.
Anduvo cuesta abajo, por entre los grupos de
tamariscos, que movían en la obscuridad sus masas ondeantes, con una mano
metida en la faja y acariciando la culata del revólver. ¡Nadie! Al llegar al
porche de Can Mallorquí lo encontró lleno de atlots que
aguardaban de pie o sentados en los poyos a que la familia acabase su cena en
la cocina. Febrer los adivinó en la obscuridad por el olor de cáñamo de las
alpargatas nuevas y el de lana burda de sus mantones y jaiques. Las chispas
rojas de los cigarros indicaban en el fondo del porche otros grupos en espera.
—¡Bono, nit!—dijo Febrer al llegar.
Sólo le respondieron con un leve gruñido. Cesaron
las conversaciones mantenidas a media voz, y un silencio hostil y penoso empezó
a gravitar sobre todos aquellos hombres.
Jaime se apoyó en una pilastra del porche, alta la
frente, arrogante el ademán, destacando su figura sobre el fondo del horizonte,
como si adivinase los ojos que en la obscuridad estaban fijos en él.
Sentía cierta emoción, pero no era de miedo. Casi
llegó a olvidar a los enemigos que le rodeaban. Pensaba con inquietud en
Margalida. Sintió el escalofrío del enamorado cuando adivina la proximidad de
la mujer adorada y duda de su suerte, temiendo y deseando al mismo tiempo su
aparición. Ciertos recuerdos del pasado volvieron a él, haciéndole sonreír.
¿Qué diría miss Mary si le viese rodeado de esta gente rústica, tembloroso y
vacilante al pensar en la proximidad de una muchacha campesina?... ¡Cómo reirían
sus antiguas amigas de Madrid y de París al encontrarle en esta traza de
campesino, dispuesto a matar por la conquista de una mujer casi igual a sus
criadas!...
Se abrió la puerta de la alquería, que estaba
entornada, marcándose en su rectángulo de luz rojiza la silueta de Pep.
—¡Avant els hómens!—dijo como un patriarca
que comprende los anhelos de la juventud y ríe bondadosamente de ellos.
Y los hombres entraron uno tras otro, saludando
al siñó Pep y los suyos, ocupando los bancos y sillas de la
cocina como niños que llegan a la escuela.
El payés de Can Mallorquí, al reconocer
al señor, hizo un gesto de asombro. «¡Allí él esperando con los otros, como un
simple pretendiente, sin atreverse a entrar en una casa que era suya!...»
Febrer contestó con un encogimiento de hombros. Quería hacer lo mismo que los
demás. Se imaginaba que de este modo le sería más fácil conseguir sus deseos.
Nada que recordase su antigua condición de amigo respetable y de señor:
cortejante nada más.
Pep le hizo sentar a su lado. Pretendió distraerlo
con su conversación, pero él no apartaba los ojos de «Flor de almendro», que,
fiel al ritual de los festeigs, estaba en una silla, en el centro
de la pieza, acogiendo con gestos de reina tímida la admiración de sus
cortejantes.
Fueron uno tras otro sentándose todos al lado de
Margalida, que respondía en voz queda a sus palabras. Fingía no ver a don
Jaime; casi le volvía la espalda. Los pretendientes que aguardaban su vez
estaban taciturnos, sin la alegre charla con que entretenían su espera en otras
noches. Parecía que algo fúnebre pesaba sobre ellos, obligándolos a permanecer
en silencio, con la vista baja y los labios apretados, como si en la habitación
inmediata hubiese un muerto. Era la presencia del extraño, del intruso, ajeno a
su clase y sus costumbres. ¡Maldito mallorquín!...
Cuando hubieron pasado todos los mozos por la silla
inmediata a Margalida, el señor se levantó. Era el último que se había
presentado como cortejante, y en buena ley le llegaba su turno. Pep, que le
hablaba sin cesar para distraerlo, quedóse de pronto con la boca abierta al ver
cómo se alejaba sin oírle más.
Sentóse al lado de Margalida, que parecía no verle,
humillada la cabeza y fijos los ojos en sus rodillas. Todos los atlots quedaron
en silencio, para que en el ambiente tranquilo resonasen las más leves palabras
del forastero; pero Pep, adivinando esta intención, comenzó a hablar fuerte con
su mujer y su hijo sobre trabajos que debían de realizar al día siguiente.
—¡Margalida! ¡«Flor de almendro»!...
La voz de Febrer, como un susurro, acarició las
orejas de la muchacha. Allí le tenía, para convencerla de que era amor,
verdadero amor, lo que ella consideraba un capricho. Febrer no sabía aún
ciertamente cómo había sido esto. Sentía un malestar en su soledad, un anhelo
vago de cosas mejores, que tal vez estaban a su alcance, pero que él, en su
ceguera, no podía reconocer, hasta que de pronto había visto claro dónde estaba
la dicha... Y la dicha era ella. ¡Margalida! ¡«Flor de almendro»! Él no tenía
juventud, él era pobre; ¡pero la amaba tanto!... Una palabra nada más, algo que
disipase la incertidumbre en que vivía.
Y ella, al sentir más próxima la boca de Febrer, al
percibir su aliento ardoroso, movió levemente la cabeza. «No, no. ¡Váyase!...
Tengo miedo.» Sus ojos se elevaron para mirar rápidamente a todos aquellos
jóvenes morenos, de gesto trágico, que parecían quemarlos a los dos con sus
pupilas de brasa.
¡Miedo!... Esta palabra bastó para que Febrer
saliese de su encogimiento suplicante y mirase con soberbia a los rivales
sentados ante él. ¿Miedo a quién?... Sentíase capaz de pelear con todos estos
rústicos y sus innumerables parientes. ¡Miedo no, Margalida! Ni por él ni por
ella debía temer. Lo que Jaime la suplicaba era que respondiese a su pregunta.
¿Podía esperar? ¿Qué pensaba contestarle?...
Pero Margalida permanecía silenciosa, descoloridos
sus labios, pálidas las mejillas con una blancura lívida, moviendo los párpados
para esconder tras el enrejado de las pestañas la humedad lacrimosa de sus
ojos. Iba a llorar. Se adivinaban sus esfuerzos para contener el llanto:
respiraba con angustia. Sus lágrimas, surgiendo de pronto en este ambiente
hostil, podían ser una señal de combate; iban a producir la explosión de todas
las cóleras contenidas que adivinaba en torno de ella. No... ¡no! Y el esfuerzo
de su voluntad sólo servía para hacer mayor su angustia, obligándola a humillar
el rostro como las bestias dulces y tímidas, que creen salvarse del peligro
ocultando su cabeza. La madre, que trenzaba cestos en un rincón, sintióse
alarmada en sus instintos de mujer. Su alma simple se dio cuenta del estado de
Margalida. El padre, viendo la inquietud de aquellos ojos de animal triste y
resignado, intervino oportunamente.
«Las nueve y media...» Hubo un movimiento de
sorpresa y protesta en el grupo de los atlots. Aún era pronto,
faltaban muchos minutos para la hora: lo tratado era ley. Pero Pep, con su
testarudez de campesino, se hacía el sordo, repitiendo las mismas palabras
mientras se ponía de pie e iba hacia la puerta, abriéndola completamente. «Las
nueve y media.» Cada uno era amo en su casa, y él hacia en la suya lo que creía
mejor. Debía levantarse temprano al día siguiente: «¡Bona nit!...»
Y fue saludando a los cortejantes según salían de
la casa. Al pasar Jaime ante él, sombrío y despechado, intentó retenerlo por un
brazo. Debía esperar; él le acompañaría hasta la torre. Miraba con inquietud
al Ferrer, que se había quedado detrás de él, retardando
voluntariamente su salida de la casa.
Pero el señor no le contestó, librándose de su
brazo con rudo movimiento. Sentíase furioso por el mutismo de Margalida, que
consideraba un fracaso; por la actitud hostil de los mozos; por el modo
insólito con que se había dado fin a la velada.
Los atlots dispersáronse en la
sombra, sin gritos, relinchos ni canciones, como si volvieran de un entierro.
Algo trágico flotaba en las tinieblas de la noche.
Febrer siguió su camino sin volver la vista,
deseoso de oír que alguien venía tras de sus pasos, tomando por misterioso
arrastre de perseguidores los leves crujidos del ramaje de los tamariscos bajo
la brisa nocturna.
Al llegar al pie de la colina, donde los matorrales
eran más espesos, se volvió, quedando inmóvil. Su silueta destacábase sobre la
blancura del sendero a la luz vagorosa de las estrellas. Tenía el revólver en
la diestra, apretando nerviosamente la culata, acariciando el gatillo con un
dedo febril, ansioso de disparar. ¡Ay! ¿no le seguiría alguien? ¿no aparecería
el verro o cualquiera de los otros enemigos?...
Transcurrió el tiempo sin que nadie se presentase.
En torno de él, la vegetación silvestre, agrandada por la sombra y el misterio,
parecía reír irónicamente de su cólera con grandes murmullos. Al fin, la fresca
serenidad de la tierra soñolienta pareció penetrar en él. Acabó encogiéndose de
hombros con gesto de desprecio, y llevando el revólver por delante, continuó su
camino hasta encerrarse en la torre.
El día siguiente lo pasó por entero en el mar con
el tío Ventolera. De vuelta a su vivienda encontró fría sobre la mesa la cena
que le había traído el Capellanet. Unas cruces y el propio nombre
de Febrer grabados en el muro a punta de acero le revelaron la visita del atlot.
El seminarista no podía permanecer quieto teniendo un cuchillo al alcance de su
mano.
Al otro día apareció en la torre el muchacho
de Can Mallorquí con aire misterioso. Tenía que contar a don
Jaime cosas importantes. La tarde anterior, correteando en persecución de
cierto pájaro por el pinar inmediato a la forja del Ferrer, había
visto de lejos, bajo el cobertizo de la herrería, al verro hablando
con el Cantó.
—¿Y qué más?—preguntó Febrer, extrañándose de que
el muchacho callase.
Nada más. ¿Le parecía poco?... El Cantó no
era aficionado a las alturas, porque sus cuestas le hacían toser. Siempre
andaba por los valles, sentándose bajo los almendros y las higueras para
inventar sus trovos. Si había subido hasta la herrería, era indudablemente
porque el Ferrer le habría llamado. Hablaban los dos con gran
animación. El verro parecía darle consejos, y el pobrecillo le
contestaba con gestos afirmativos.
—¿Y qué?—volvió a preguntar Febrer.
El Capellanet pareció compadecerse
de la simpleza del señor. «¡Mucho ojo, don Jaime! Él no conocía a los de la
isla.» Esta conversación en la fragua le inspiraba cuidado. Estaban en sábado:
aquella noche era de festeig. De seguro que preparaban algo contra
el señor, si se presentaba en Can Mallorquí.
Febrer acogió tales palabras con un gesto de
desprecio. Bajaría, a pesar de todo... ¡Si creían que le inspiraban miedo! Lo
que lamentaba era que tardasen tanto en atacarle.
Pasó en belicosa nerviosidad todo el resto del día,
deseando que llegara pronto el anochecer. Evitaba en sus paseos acercarse
a Can Mallorquí, contemplándolo de lejos, con la esperanza de ver
unos instantes la gentil figura de Margalida bajo el porche. No por esto osaba
aproximarse, como si una irresistible timidez le cerrase el camino de la finca
mientras brillaba el sol. Desde que era pretendiente no podía presentarse como
amigo. Su llegada podía resultar embarazosa para la familia de Pep. Temía que
la muchacha se ocultase al verle.
Apenas se extinguió la luz del sol y comenzaron a
brillar las estrellas en un cielo claro de invierno, Febrer descendió de la
torre.
Durante el breve camino hasta la alquería volvieron
a renacer en su memoria los recuerdos del pasado, con una precisión irónica, lo
mismo que en la anterior noche de cortejo.
«¡Si me viese miss Mary!—pensó—. Tal vez me
comparase a un Sigfrido rústico yendo a matar el dragón que guarda el tesoro de
Ibiza... ¡Si me viesen otras mujeres que he conocido, y todo lo encontraban
ridículo!...»
Pero su amor se sobrepuso inmediatamente a tales
recuerdos. ¡Si le viesen! ¿y qué?... Margalida valía más que las hembras que él
había conocido antes: era la primera, la única. Todo en su historia pasada le
parecía falso y artificial, como la vida que se muestra en los escenarios,
pintada y cubierta de oropeles bajo una luz engañosa. Nunca había de volver a
ese mundo de ficción. La realidad era lo presente.
Al llegar al porche encontró reunidos a los
cortejantes, que parecían discutir con voz ahogada. Al verle callaron
instantáneamente.
—¡Bona nit!
Nadie contestó. Ni siquiera le acogieron con el
gruñido de la otra noche.
Cuando Pep, abriendo la puerta, les dio entrada en
la cocina, Febrer vio que el Cantó llevaba el tamborcillo
pendiente de un brazo y en la diestra la baqueta con que golpeaba el parche.
Era noche de música. Unos atlots sonreían
al ocupar sus puestos con expresión maligna, como regocijándose por adelantado
de algo extraordinario. Otros, más serios, mostraban en su gesto el noble
disgusto de los que temen presenciar una mala acción inevitable. El Ferrer permanecía
impasible en uno de los rincones más apartados, buscando empequeñecerse, pasar
inadvertido entre los camaradas.
Hablaron con Margalida unos cuantos atlots,
pero de pronto, viendo la silla libre, el Cantó avanzó para
sentarse en ella, sujetando el tambor entre la rodilla y un codo y apoyando la
frente en su mano izquierda. La baqueta golpeó lentamente el parche, mientras
sonaba un largo siseo reclamando silencio. Era un trovo nuevo: todos los sábados
traía versos el Cantó, en honor de la atlota de la
alquería. El encanto de la música bárbara y monótona, admirada desde la niñez,
obligó a callar a todos. La santa emoción de la poesía hacía estremecerse por
adelantado a estas almas simples.
El pobre tísico rompió a cantar, acompañando cada
verso con un cloqueo final que estremecía su pecho y arrebolaba sus mejillas.
Pero el Cantó se mostraba esta noche con más fuerzas que
nunca: sus ojos tenían un brillo extraordinario.
A los primeros versos, una carcajada general resonó
en la cocina, celebrando la gracia irónica del rústico poeta.
Febrer no había entendido gran cosa. Cuando
escuchaba esta música monótona y relinchante, que parecía recordar los primeros
cantos de los marineros semitas esparcidos por el Mediterráneo, sumíase en
otros pensamientos para hacer corta la espera y sufrir menos con la
extraordinaria longitud del romance.
La carcajada de los atlots atrajo
su atención, adivinando confusamente algo hostil para su persona. ¿Qué decía
aquel cordero rabioso?... La voz del cantor, su pronunciación campesina y los
continuos cloqueos con que cortaba los versos eran poco inteligibles para
Jaime; pero lentamente fue dándose cuenta de que el romance iba dirigido a
las atlotas que desean abandonar el campo, casándose con
caballeros, para lucir los mismos adornos que las señoras de la ciudad. Las
modas femeninas describíalas el cantor en términos extravagantes, que hacían
reír a los payeses.
El simple Pep reía también de estas burlas, que
halagaban a la vez su orgullo de campesino y su soberbia de varón inclinado a
no ver en la hembra más que una compañera de fatigas. «¡Verdad! ¡verdad!» Y
unía su carcajada a la de los muchachos. ¡Qué Cantó tan
gracioso!...
Pero a los pocos versos ya no habló el improvisador
de las atlotas en general, sino de una sola, ambiciosa y sin
corazón. Febrer miró instintivamente a Margalida, que permanecía inmóvil, con
los ojos bajos, pálidas las mejillas, como asustada, no de lo que escuchaba,
sino de lo que indudablemente vendría después.
Jaime comenzó a revolverse en su asiento.
¡Molestarla así, en su presencia, aquel rústico!... Una carcajada más fuerte e
insolente de aquellos jóvenes atrajo de nuevo su atención hacia los versos. El
cantor se burlaba de la atlota que para ser señora quería
casarse con un pobre arruinado, sin casa y sin familia; un forastero que no
tenía tierras que cultivar...
El efecto de estos versos fue instantáneo. Pep, en
la densidad de su pensamiento espeso, vio flotar algo como una chispa de fuego,
una luminosa adivinación, y extendió las manos imperativamente, al mismo tiempo
que se incorporaba:
—¡Prou!... ¡prou!
Pero era ya inútil que gritase «¡bastante!» Un
bulto se interpuso entre él y la luz del candil: el cuerpo de Febrer, que se
había erguido de un salto.
Con sólo un tirón arrancó el tamborcillo de las
rodillas del cantor, arrojándolo inmediatamente contra su cabeza, y tal fue el
ímpetu, que se rompieron los parches; quedando la caja como un gorro torcido
sobre la frente ensangrentada del muchacho.
Saltaron los atlots de sus
asientos, sin saber ciertamente lo que hacían, pero llevándose todos las manos
a la faja. Margalida se refugió al lado de su madre, y el Capellanet creyó
llegado el momento de sacar su cuchillo. El padre, con la autoridad de los
años, se impuso a todos: —¡Fora!... ¡fora!
Todos obedecieron, saliendo fuera de la alquería,
para detenerse en pleno campo. Febrer salió también, a pesar de la resistencia
de Pep.
Los atlots parecían divididos,
discutiendo acaloradamente. Unos protestaban. «¡Pegarle al pobre Cantó,
un infeliz enfermo que no podía defenderse!...» Otros movían la cabeza.
Esperaban aquello: no se puede insultar impunemente a un hombre sin que ocurra
algo. Ellos se habían opuesto a la canción; eran partidarios de que los
hombres, cuando tienen que decirse algo, se lo digan cara a cara.
Casi iban a reñir, con la furia de sus opiniones
encontradas y su rivalidad amorosa, cuando el Cantó distrajo
su atención. Se había librado del tamboril incrustado en su cabeza y se
limpiaba la sangre de la frente. Lloraba con la rabia del débil enfurecido,
capaz de las mayores venganzas, pero que se siente al mismo tiempo esclavo de
su impotencia.
—¡A mí! ¡a mí!—gemía asombrado de este ataque. De
pronto se agachó, buscando piedras en la obscuridad para arrojarlas contra
Febrer, y a cada pedrada retrocedía algunos pasos, como para defenderse de una
nueva agresión. Los guijarros, despedidos por sus brazos débiles, fueron a
perderse en la sombra o rebotaron contra el porche.
Luego ya no silbaron más piedras. Algunos amigos
del Cantó se lo llevaban casi a rastras en la obscuridad.
Oyéronse sus gritos a lo lejos: profería amenazas, juraba vengarse... «¡Mataría
al forastero! ¡Él solo acabaría con el mallorquín!...»
Este permaneció inmóvil, con una mano en la faja,
entre tantos enemigos. Sentíase avergonzado de su arrebato. ¡Pegarle al pobre
tísico!... Para sofocar sus remordimientos, profirió en voz baja soberbios
retos. «¡Otro deseaba él que hubiese cantado!...» Y sus ojos buscaron al Ferrer,
pero el temible verro había desaparecido.
Cuando Febrer, media hora después, apaciguado ya el
tumulto, volvía a su torre, detúvose varias veces en el camino, con el revólver
en la diestra, como si esperase a alguien.
¡Nadie!
A la mañana siguiente, apenas salido el sol, corrió
el Capellanet en busca de don Jaime, revelando en su gesto al
entrar en la torre la importancia de las noticias de que era portador.
En Can Mallorquí habían pasado
todos mala noche. Margalida lloraba; la madre se había lamentado incesantemente
de lo ocurrido. ¡Señor! ¡qué pensarían de ellos las gentes del cuartón al
saber que en su casa se pegaban los hombres como en una taberna! ¡Qué dirían
las atlotas de su hija!... Pero a Margalida la preocupaba poco
la opinión de sus amigas. Otra cosa parecía interesarla: algo que no acertaba a
decir, pero la hacía verter lágrima tras lágrima. El siñó Pep
luego de cerrar la puerta de la casa, se había paseado más de una hora por la
cocina mascullando palabras y cerrando los puños. «¡Aquel don Jaime!...
¡Empeñarse en conseguir lo que era imposible!... ¡Testarudo como todos los
suyos!...
El Capellanet tampoco había
dormido, sintiendo nacer en su pensamiento de pequeño salvaje, astuto y
receloso, una sospecha que poco a poco tomó la realidad de una certidumbre.
Al entrar en la torre comunicó inmediatamente sus
pensamientos a don Jaime. ¿Quién creía él que era el autor de la canción
injuriosa? ¿El Cantó?... Pues no señor: era el Ferrer.
Los versos los había inventado el otro, pero la intención era del
malicioso verro. Este le había sugerido la idea de que insultase a
don Jaime en pleno cortejo, contando con la seguridad de que no dejaría impune
el agravio. Ya veía claro el muchacho el verdadero motivo de la entrevista de
los dos cortejantes que él había sorprendido en el monte.
Febrer acogió con un gesto de indiferencia esta
noticia, a la que el Capellanet daba gran importancia. ¿Y
qué?... El cantor insolente ya estaba castigado; y en cuanto al verro,
había huido de sus retos a la puerta de la alquería. Era un cobarde.
Pepet movió la cabeza con incredulidad. ¡Ojo, don
Jaime! Él ignoraba las costumbres de los valientes de la tierra, las astucias
de que se valían para asegurarse la impunidad en sus venganzas. Debía
permanecer en guardia, ahora más que nunca. El Ferrer sabía lo
que era el presidio, y no deseaba volver a él. Lo que acababa de hacer lo
habían hecho otros verros antes.
Se impacientó Jaime ante el aire misterioso y las
palabras confusas del muchacho.
—¡Para qué tapujos!... ¡Habla!
El Capellanet expuso al fin sus
sospechas. Ya podía el herrero hacer lo que quisiera contra don Jaime: podía
esperarle emboscado en los tamariscos al pie de la torre y matarlo de un tiro.
Las sospechas se dirigirían inmediatamente contra el Cantó,
recordando la cuestión ocurrida en la alquería y sus palabras de venganza. Con
esto y con prepararse el verro una coartada, trasladándose a
todo correr por los atajos a algún punto lejano donde todos le viesen, le sería
fácil cumplir su venganza, sin peligro.
—¡Ah!—exclamó Febrer poniéndose hosco, como si
comprendiera de pronto toda la importancia de tales palabras.
El muchacho, satisfecho de su superioridad,
continuó dando consejos. Don Jaime debía vivir en adelante menos descuidado,
cerrar la puerta de su torre, no hacer caso, apenas llegada la noche, de los
gritos de fuera. Seguramente el verro pretendería inducirle a
salir a la obscuridad con gritos de reto, con auquidos de
desafío.
—Aunque le aúquen durante la
noche, usted quieto, don Jaime. Yo conozco eso—continuó el Capellanet con
la importancia de un verro endurecido—. Le gritará desde
fuera, oculto en la maleza, con el arma preparada, y si sale, antes de que
pueda verle le matará de un pistoletazo. Usted quieto en la torre.
Estos consejos eran para la noche. De día, el señor
podía salir sin miedo. Allí estaba él para acompañarlo a todas partes. Se
erguía con bélica vanidad, llevándose una mano a la faja para cerciorarse de
que el cuchillo no había desaparecido, pero su decepción era inmediata al ver
el gesto de burlona gratitud de Febrer.
—Ría usted, don Jaime, búrlese de mí, pero de algo
puedo yo servir... Vea usted cómo le aviso ahora el peligro. Hay que vivir en
guardia. Con alguna mala idea ha preparado el Ferrer lo de la
canción.
Y miraba en torno, como un caudillo que se prepara
para repeler un largo sitio. Sus ojos encontraron la escopeta colgando del muro
entre los adornos de conchas. ¡Muy bien! Debía cargar con bala los dos cañones,
y encima un buen puñado de postas o perdigón grueso. Esto nunca está de más.
Así lo hacía su glorioso abuelo. Después fruncía el entrecejo al ver el
revólver abandonado sobre la mesa. ¡Muy mal! Las armas cortas son para
llevarlas encima a todas horas. Él dormía con el cuchillo sobre la panza. ¿Y si
entraba de pronto el enemigo sin dejarle tiempo para buscar el arma?...
La torre, que había presenciado en otros siglos
ejecuciones y combates de piratas, cascarón de piedra de trágico vacío
disimulado por la nítida enjalbegadura de los muros, atrajo luego la atención
del muchacho.
Iba hasta la puerta con lenta precaución, como si
un enemigo le aguardase al pie de la escalera, y ocultando el cuerpo en el
borde del muro, avanzaba sólo un ojo y parte de la frente. Luego movía la
cabeza con desaliento. Al asomarse de noche, aunque fuera con estas astucias,
el enemigo, emboscado abajo, podía verlo, apuntándole con toda comodidad
apoyados los codos en una rama o en una piedra, sin miedo a perder el tiro.
Peor era aún echar el cuerpo fuera de la puerta y pretender bajar. Por obscura
que fuese la noche, el enemigo podía escoger un punto de mira, una mancha del
follaje, una estrella del horizonte, algo saliente en la obscuridad que se
destacase junto a la escalera. Y al pasar el bulto negro del que bajaba,
ocultando por un momento el objeto apuntado... ¡fuego y pieza segura! Eran
enseñanzas oídas a graves varones que habían pasado meses enteros tras un
ribazo o al abrigo de un tronco, con la culata junto a la mejilla y el ojo en
el extremo del cañón, desde la puesta del sol hasta la aurora, aguardando a un
antiguo amigo.
No; al Capellanet no le gustaba
esta puerta con su escalera al aire libre. Había que buscar otra salida, y sus
ojos fueron a la ventana, abriéndola luego para asomarse a ella.
Con una agilidad simiesca, riendo de su
descubrimiento, saltó sobre el alféizar y empezó a descender por el muro,
buscando con pies y manos las desigualdades de la mampostería, los alvéolos
profundos como peldaños que habían dejado los pedruscos al rodar desprendidos
de la argamasa. Febrer se asomó a la ventana, y le vio al pie de la torre
recogiendo su sombrero que se había caído y agitándolo en alto con expresión
triunfante. Corrió luego el muchacho en torno de la base de la torre, y sus
pasos resonaron poco después con bullicioso trote en los peldaños de madera,
cerca de la puerta.
—¡Si es lo más fácil!—gritó al entrar en la pieza,
rojo de emoción por su descubrimiento—. ¡Si es una escalera de señores!...
Y comprendiendo la importancia de su
descubrimiento, puso un gesto grave de misterio. Esto quedaba entre los dos: ni
una palabra a nadie. Era una salida preciosa, cuyo secreto había que guardar.
El Capellanet envidiaba a don
Jaime. ¡No tener él un enemigo que viniera a aucarlo allí
durante la noche!... Mientras el Ferrer aullase emboscado, con
la vista fija en la escalera, él descendería por la ventana, a espaldas de la
torre, y dando la vuelta silenciosamente, cazaría al cazador. ¡Qué golpe!...
Reía con salvaje complacencia, y en sus labios de rojo obscuro parecía
despertar temblona la ferocidad de los gloriosos abuelos, que habían
considerado la caza del hombre como el más noble de los ejercicios.
Febrer se sintió contagiado por la bárbara alegría
del muchacho. ¡Si él probase a bajar por la ventana!... Echó las piernas fuera
del alféizar, y lentamente, entorpecido por su madura corpulencia, fue
tanteando las desigualdades de la muralla con las puntas de los pies hasta
encontrar los agujeros que servían de peldaños. Descendió poco a poco, rodando
bajo sus plantas algunas piedras sueltas, hasta que al fin puso los pies en
tierra con un suspiro de satisfacción. ¡Muy bien! El descenso era fácil; después
de unos cuantos ensayos bajaría con tanta facilidad como el Capellanet.
Éste, que le había seguido ágilmente, descolgándose casi sobre su cabeza,
sonreía como un maestro satisfecho de la lección, y tornaba a repetir sus
consejos. ¡Que no los olvidase don Jaime! Apenas le anearan desde
fuera, debía echarse ventana abajo, pillando por la espalda al contrario.
Cuando a mediodía quedó solo Febrer, sintióse
poseído de un deseo belicoso, de una agresividad que le hizo mirar durante
largo rato el trozo de muro del que pendía la escopeta.
Al pie del promontorio, en la playa donde estaba
varada la barca del tío Ventolera, sonó la voz de éste cantando la misa. Febrer
se asomó a la puerta, llevándose las dos manos a la boca en forma de bocina
para gritarle.
El marinero, con la ayuda de un muchacho, echaba su
barca al agua. La vela, recogida, temblaba en lo alto del mástil. Jaime no
aceptó la invitación. «¡Muchas gracias, tío Ventolera!» Este insistió con su
vocecita, que llegaba a través del aire como el vagido lejano de una criatura.
La tarde era buena: había cambiado el viento; en las cercanías del Vedrá iban a
coger el pescado en abundancia. Febrer encogió los hombros. «No, muchas
gracias; tenía que hacer.»
Apenas acabó de hablar, cuando el Capellanet se
presentó por segunda vez en la torre, llevándole la comida. El muchacho parecía
enfurruñado y triste. Su padre, colérico por la escena de la noche anterior, le
había escogido como víctima, para desahogar su enfado. «¡Una injusticia, don
Jaime!» Gritaba paseándose por la cocina, mientras las mujeres, con los ojos
llorosos y el aire encogido, parecían huir de su mirada. Todo lo ocurrido lo
atribuía a su blandura de carácter, a su bondad; pero iba a poner remedio a
esto inmediatamente. El noviazgo quedaba suspendido: ya no admitía cortejos ni
visitas. ¡Y en cuanto al Capellanet!... Este mal hijo, desobediente
y revoltoso, tenía la culpa de todo.
Pep no sabía con certeza cómo podía haber influido
la presencia de su hijo en el escándalo de la noche anterior, pero recordaba su
resistencia a ser clérigo, su fuga del Seminario, y la memoria de estos
disgustos despertaba su cólera, haciendo que la concentrase en el muchacho. ¡Se
acabaron los miramientos y bondades! El próximo lunes lo llevaría al Seminario.
Si pensaba resistirse y huir por segunda vez, mejor sería para él embarcarse de
grumete y olvidar que tenía padre, pues al verle regresar a la alquería, Pep
era capaz de romperle las dos piernas con la tranca de la puerta. Y por puro
desahogo, por ir habituando la mano y dar una muestra de su futura cólera, le
largó unas cuantas bofetadas y puntapiés, cobrándose de esta forma el disgusto
sufrido tiempo antes al verle llegar fugitivo de Ibiza.
El Capellanet, encogido y paciente por
la costumbre, se refugió en un rincón detrás del muro de zagalejos y faldas que
oponía la llorosa madre a la furia de Pep. Pero al verse ahora en la torre y
recordar la ofensa, rechinaba los dientes, con los ojos en blanco, las mejillas
lívidas y los puños cerrados.
«¡Qué injusticia! ¿Así se pega a los hombres, sin
motivo alguno, sólo por desahogar el mal humor?... ¡A él, que llevaba un
cuchillo en la faja y no le tenía miedo a nadie de la isla! ¡Todo porque era
padre!...» ¡Ay! Esto de la paternidad y del respeto filial eran para el Capellanet en
aquellos momentos invenciones de cobardes, creadas únicamente para fastidiar y
envilecer a los hombres de corazón. Y encima de los golpes, humillantes para su
dignidad de bravo, la certeza del encierro en el Seminario; la negra sotana,
semejante a las faldas de las mujeres, y el pelo cortado al rape, perdiendo
para siempre aquellos bucles que asomaban arrogantes bajo las alas de su
sombrero; la tonsura, que haría reír o infundiría un frío respeto a las atlotas,
y ¡adiós bailes y noviazgos! ¡adiós cuchillo!...
Pronto dejaría de verle don Jaime. Antes de una
semana iban a llevarle a Ibiza. Otros le subirían la comida a la torre...
Febrer hizo un gesto revelador de su esperanza. ¡Tal vez Margalida, como en
otros tiempos! Pero el Capellanet, a pesar de su tristeza, sonrió
maliciosamente. No, Margalida no; todos menos ella. ¡Bueno estaba el siñó Pep
para consentirlo! Cuando la pobre madre, para defender a su atlot,
había hablado tímidamente de lo necesario que era el muchacho en la casa para
servir al señor, Pep estalló en nuevas vociferaciones. Él mismo se encargaría
de llevar todos los días a la torre la comida de don Jaime, y si no su mujer, y
si no buscarían una atlota que sirviese de criada a aquel
señor, ya que se empeñaba en vivir cerca de ellos.
No dijo más el Capellanet, pero Febrer
adivinó las palabras que el buen payés debía haber lanzado contra él. Olvidaba,
a impulsos de la cólera, su antiguo respeto; sentíase enfurecido por la
perturbación que acarreaba a la familia con su presencia.
El muchacho volvió a la alquería mascullando
propósitos vengativos, jurándose no ir al Seminario, aunque ignoraba el modo de
conseguirlo. Su resistencia tomó de pronto un tono de protección caballeresca.
¡Abandonar a su amigo don Jaime cuando le veía rodeado de peligros!... ¡Ir a
encerrarse en aquel caserón de tristezas, entre señores con faldas negras que
hablaban una lengua rara, ahora que en pleno campo, a la luz del sol o en el
misterio de las noches, iban a matarse los hombres!... ¡Ocurrir tan extraordinarios
sucesos y no verlos él!...
Cuando Febrer quedó sólo, descolgó la escopeta y
estuvo largo rato junto a la puerta examinándola distraídamente. Su pensamiento
iba lejos, mucho más lejos de los extremos de los cañones, que parecían apuntar
a la montaña... «¡Aquel herrero! ¡Aquel valentón insufrible!...» Desde el
primer día que lo vio algo se había removido en su interior, poniéndose de pie
con el irresistible impulso de la antipatía. A aquel fantasmón lúgubre nadie en
la isla le iba a pegar más que él.
La sensación fría del acero de la escopeta en la
palma de sus manos le volvió a la realidad. Estaba resuelto a salir de caza por
la montaña... ¡Pero qué caza!... Extrajo los dos cartuchos que ocupaban los
cañones, cartuchos cargados con perdigón menudo para las bandas de pájaros que
cruzan la isla viniendo de África. Buscó en una bolsa otros cartuchos e
introdujo dos en el doble cañón, guardándose los demás en los bolsillos. Eran
con bala. ¡Caza mayor!...
Colgóse la escopeta de un hombro y bajó la escalera
de la torre silbando y con paso arrogante, como si su resolución le llenase de
alegría.
Al pasar cerca de Can Mallorquí, el
perro salió a su encuentro con ladridos de regocijo. Nadie se asomó a la puerta
como otras veces. Seguramente le habían visto, sin moverse, desde el fondo de
la cocina. El perro saltó tras él largo trecho, retrocediendo luego al verle
tomar el camino de la montaña.
Anduvo Febrer entre paredes de piedra seca que
contenían pendientes bancales, y otras veces por senderos pavimentados de
guijarros azules, que las lluvias de invierno convertían en encajonados
barrancos. Luego dejó de ver tierras removidas y surcadas por el arado: el
suelo compacto cubríase de bravia y espinosa vegetación. A los árboles
frutales, el alto almendro y la chaparra higuera de amplia copa, sucedían las
sabinas y los pinos retorcidos por los vientos de la costa. Al detenerse Febrer
un instante y mirar atrás, vio a sus pies Can Mallorquí como
unos dados blancos escapados del cubilete de una roca vecina al mar. En la
cúspide de esta roca erguíase como un agarrador la torre del Pirata. Su
ascensión había sido veloz, casi a todo correr, como si temiera llegar tarde a
un lugar de cita que no conocía con certeza. Inmediatamente reanudó la marcha.
Dos palomas silvestres salieron de la maleza con el sonoro plumeo de un abanico
que se abre, pero el cazador pareció no verlas. Unos bultos humanos, negros y
agachados en los matorrales, le hicieron llevar la diestra a la culata de la
escopeta para descolgarla del hombro. Eran carboneros que apilaban leña. Al
pasar Febrer junto a ellos le miraron con ojos fijos, en los que creyó notar
algo extraordinario, mezcla de asombro y curiosidad.
—¡Bonas tardes tenguin!
Los hombres negros apenas contestaron, pero le
fueron siguiendo largo rato con sus ojos, que tenían el brillo y la
transparencia del agua sobre sus rostros tiznados. Seguramente los solitarios
del monte sabían ya lo ocurrido la noche anterior en Can Mallorquí,
y se asombraban viendo al señor de la torre marchar solo, como si desafiase a
sus enemigos, creyéndose invulnerable.
Ya no encontró más gente en su camino. De pronto,
sobre los rumores de la seca arboleda acariciada por el viento, oyó un tintineo
lejano de hierro batido. Por entre el ramaje elevábase una ligera columna de
humo: la fragua del Ferrer.
Jaime, llevando la escopeta algo caída de su
hombro, como si el arma fuera a descolgarse sola, desembocó en un claro del
bosque que formaba ancha plazoleta ante la fragua. Era ésta una casucha
construida con adobes, negra de humo y cubierta por un techo giboso, que en
algunos de sus puntos se abombaba como si fuera a desplomarse. Bajo un
cobertizo brillaba el ojo inflamado de una fogata, y junto a ella el Ferrer,
de pie ante el yunque, golpeaba con el martillo una barra de hierro ígneo.
Febrer no quedó descontento de su entrada teatral
en la plazoleta. El verro levantó la vista al oír ruido de
pisadas en el intervalo de dos de sus golpes, y quedó inmóvil, con el martillo
en alto, al reconocer al señor de la torre. Pero sus ojos fríos eran incapaces
de transparentar ninguna impresión.
Avanzó Jaime ante la fragua con la mirada fija en
el herrero, una mirada de reto que el otro pareció no comprender. Ni una
palabra, ni un saludo. El señor pasó adelante; pero al salir de la plazoleta se
detuvo junto a uno de los primeros árboles y acabó por sentarse en sus raíces
salientes, guardando la escopeta entre las piernas.
Un orgullo de viril soberbia invadía el alma de
Febrer. Estaba satisfecho de su arrogancia. Bien podía ver aquel matón que
venía a buscarlo en la soledad del monte, en su propia vivienda; bien podía
convencerse de que no le tenía miedo.
Y para demostrar mejor su serenidad, sacó la petaca
de la faja y se puso a liar un cigarro.
El martillo había vuelto a reanudar su tintineo
sobre el metal. Jaime, desde su asiento, veía al Ferrer vuelto
de espaldas a él con descuidada confianza, como si ignorara su presencia y sólo
le preocupase el examen de su trabajo. Esta calma desconcertó un poco a Febrer.
«¡Vive Dios! ¿No había adivinado sus intenciones?...» Le exasperaba la frialdad
del herrero, y al mismo tiempo infundíale un vago agradecimiento el hecho de
permanecer de espaldas a él, tranquilamente, con la confianza de que el señor
de la torre era incapaz de aprovecharse de esta situación para dispararle un
escopetazo traidor. Cesó de sonar el martillo. Cuando Febrer miró otra vez
hacia el cobertizo, ya no vio al herrero. Esta ausencia le hizo requerir la
escopeta, acariciando sus llaves. Indudablemente iba a salir con un arma,
cansado de aguantar esta provocación muda que venía a buscarle en su propia
casa. Tal vez iba a disparar por alguno de los ventanucos que daban luz a la
negra vivienda. Debía precaverse contra una asechanza del antiguo presidiario,
y se puso de pie, procurando disimular su cuerpo detrás del tronco de un árbol,
no dejando visible más que un ojo.
Alguien se movió en el interior de la casucha; algo
negro asomó indeciso en su puerta. Iba a salir el enemigo: ¡atención!... Empuñó
la escopeta para hacer fuego apenas se mostrase el extremo del arma enemiga;
pero quedó inmóvil y confuso al ver que era una falda negra rematada por unos
pies desnudos dentro de viejas alpargatas, y sobre esto un busto mísero,
encorvado y huesudo, una cabeza cobriza y arrugada, con sólo un ojo, y ralos
cabellos grises que dejaban brillar entre sus mechas el barniz de la calvicie.
Febrer reconoció a la mujer. Era la tía del
herrero, la tuerta de que le había hablado el Capellanet, la única
compañera del Ferrer en su bravia soledad. La vieja se plantó
en el cobertizo con los brazos en jarras, echando adelante el flácido vientre
abultado por los zagalejos, fijando su pupila única, inflamada por la cólera,
en aquel intruso que venía a provocar a un hombre de bien en medio de su
trabajo. Miraba a Jaime con la fiera acometividad de la mujer que, segura del
respeto que infunde su sexo, es más audaz e impetuosa que el hombre. Mascullaba
amenazas e insultos que el señor no podía oír, furiosa de que alguien se
atreviera contra su sobrino, amado cachorro en el que había puesto su
esterilidad todos los ardores de una madre fracasada.
Jaime se dio cuenta repentinamente de lo odioso de
su acción. ¡Un hombre como él venir a provocar en pleno día a otro, en su
propia casa! La vieja tenía razón para insultarle. El matón no era el Ferrer:
era él, señor de la torre, descendiente de tantos varones ilustres y orgulloso
de su origen.
La vergüenza le hizo tímido, sumiéndolo en torpe
confusión. No sabía cómo irse ni por dónde escapar. Al fin se echó la escopeta
al hombro, y con la vista en alto, como si persiguiese a un pájaro que saltaba
de rama en rama, emprendió la marcha por entre los árboles y la maleza,
evitando pasar otra vez ante la fragua.
Anduvo ahora cuesta abajo, hacia el valle, huyendo
de aquella montaña a la que le había arrastrado un impulso homicida,
avergonzado de sus anteriores deseos. Volvió a encontrar a los hombres negros
que hacían carbón.
—¡Bonas tardes tenguin!
Contestaron a su saludo, pero en sus ojos de
extraordinaria blancura sobre el rostro tiznado creyó notar Febrer algo de
burla hostil, de repulsiva extrañeza, como si fuese él de otra casta, como si
hubiera cometido un acto inaudito que le colocaba fuera para siempre de la
comunidad humana de la isla.
Los pinos y sabinas quedaron atrás en la falda del
monte. Caminaba ahora entre bancales de tierra arada. En unos campos vio
payeses que trabajaban; en un ribazo encontró varias atlotas que
recogían hierbas, encorvándose sobre el suelo; en un camino se cruzó con tres
viejos marchando lentamente al lado de sus borricos.
Febrer, con la humildad del que se siente
arrepentido de una mala acción, saludaba a todos dulcemente.
—¡Bonas tardes tenguin!
Los labriegos le respondieron con un gruñido sordo;
las muchachas torcieron la cara con un gesto de contrariedad para no verle; los
tres viejos contestaron al saludo tristemente, mirándole con ojillos
escrutadores, como si encontraran en su persona algo extraordinario.
Bajo una higuera, negro parasol de ramajes
enroscados, vio a unos payeses ocupados en escuchar a alguien que estaba en el
centro del corro. Al aproximarse Febrer hubo cierto movimiento en el grupo. Un
hombre surgió de él con rabioso impulso, y los otros le detuvieron, cogiéndolo
de los brazos, pugnando por contenerle. Jaime lo reconoció por el lienzo blanco
anudado bajo su sombrero. Era el cantor. Los fuertes payeses sujetaron
fácilmente con sólo una mano al enfermizo muchacho, pero éste, incapaz de moverse,
desahogó su rabia tendiendo un puño hacia el camino, mientras las amenazas e
insultos salían a borbotones de su boca.
Estaba, sin duda, contando a los amigos lo ocurrido
en la noche anterior, cuando apareció Febrer. Adivinaba éste en las voces
chillonas las amenazas del Cantó. Eran las mismas que había
proferido en Can Mallorquí. Juraba matarle: prometía ir de noche a
la torre del Pirata para incendiarla y hacer pedazos a su dueño.
«¡Bah!» Jaime levantó los hombros y siguió
adelante, pero triste, desesperado por el ambiente de repulsión y hostilidad
cada vez más sensible en torno de él. ¿Qué había hecho? ¿En dónde se había
metido? ¡Pegar a uno de la isla! ¡Él, un forastero..., y además mallorquín!...
En su tristeza, creyó que la isla entera, con todas
sus cosas inanimadas, asociábase a esta protesta de las gentes. Ante su paso se
despoblaban las alquerías; sus habitantes ocultábanse para no saludarlo; los
perros salían al camino ladrando sañudamente, como si no le hubiesen visto
nunca.
Las montañas le parecían más austeras y ceñudas en
sus cumbres de pelada roca; los bosques, más obscuros, más negros; los árboles
de los valles, más tristes y escuetos; las piedras del camino rodaban bajo sus
pies, como si huyesen de su contacto; el cielo tenía algo de repelente; hasta
el aire de la isla acabaría por huir de su boca. Febrer, en su desesperación,
se veía solo. Todos contra él; únicamente le quedaba Pep con su familia, pero
éstos acabarían alejándose igualmente, a impulsos de la necesidad de vivir bien
con sus vecinos.
El forastero no intentaba rebelarse contra su
suerte. Sentíase arrepentido, avergonzado de la acometividad de la noche
anterior y de su reciente excursión a la montaña. Para él no había sitio en la
isla. Era un forastero, un extraño que perturbaba con su presencia la vida
tradicional de aquellas gentes. Le había recibido Pep con un respeto de antiguo
siervo, y pagaba tal hospitalidad perturbando su casa y la paz de su familia.
Le habían acogido las gentes con una cortesía algo glacial, pero tranquila e inmutable,
como a un gran señor forastero, y él correspondía a este respeto golpeando al
más infeliz de todos ellos, al que por su debilidad era considerado con una
benevolencia paternal por todos los payeses del distrito. ¡Muy bien, mayorazgo
de Febrer! Desde hacía algún tiempo que andaba como loco, sin discurrir otra
cosa que disparates. ¿Y todo por qué?... Por amar absurdamente a una muchacha
que podía ser su hija; por un capricho casi senil, pues él, a pesar de su
relativa juventud, veíase viejo, triste y miserable ante Margalida y los
rústicos atlots que se agitaban en torno a su belleza. ¡Ay, el
ambiente! ¡El maldito ambiente!
En los tiempos de prosperidad, cuando habitaba él
su palacio de Palma, de ser Margalida una criada de su madre, sólo habría
sentido por ella el apetito que inspira la frescura de la juventud, sin nada
que se pareciese al amor. Otras mujeres le dominaban entonces con la seducción
de sus artificios y refinamientos. Pero aquí, en plena soledad, con el más
imperioso de los instintos irritado por la privación, viendo a Margalida entre
la morena y ruda hermosura de sus compañeras, bella como una diosa blanca de las
que inspiran veneración religiosa a los pueblos cobrizos, sentía la demencia
del deseo, y todos sus actos eran absurdos, cual si hubiera perdido para
siempre la razón.
Había que huir: en la isla no quedaba sitio para
él. Bien podría ser que le engañase su pesimismo al apreciar la importancia del
afecto que le había empujado hacia Margalida. Tal vez no era deseo, sino amor,
el primer amor verdadero de su vida: casi estaba seguro de ello. Pero aunque
así fuese, había que olvidar y huir; huir cuanto antes.
¿Para qué seguir en esta tierra? ¿Qué esperanza le
retenía?... Margalida, como si resultase superior a sus fuerzas la sorpresa
experimentada al conocer su amor, huía de él, se ocultaba silenciosa, sólo
sabía llorar, y las lágrimas no eran una respuesta. Pep, por un resto de
veneración tradicional, toleraba silencioso este capricho de gran señor, pero
iba a estallar de un momento a otro contra el hombre que perturbaba su vida. La
isla, que le había aceptado cortésmente, parecía alzarse ahora contra el forastero
venido de lejos para trastornar su patriarcal quietismo, su existencia
concentrada, su orgullo de pueblo aparte, con la misma fiereza que se había
alzado en otros siglos contra el normando, el árabe o el berberisco
desembarcados en sus costas.
Imposible hacer frente a todos: huiría. Sus ojos
acariciaron una enorme faja de mar tendida entre dos colinas, como un telón
azul que ocultase un desgarrón de la tierra. Aquel pedazo de mar era el camino
salvador, la esperanza, lo desconocido que nos abre sus brazos de misterio en
los momentos más difíciles de la existencia. Tal vez volviese a Mallorca, para
llevar una vida de mendigo respetable al lado de los amigos que aún se
acordaban de él; tal vez pasase a la Península y fuese a Madrid en busca de un
empleo; tal vez acabara embarcándose para América. Todo era preferible a seguir
allí. No sentía miedo; no le intimidaba la hostilidad de la isla y sus
habitantes; lo que sentía era remordimiento, vergüenza, por las perturbaciones
que había causado.
Instintivamente sus pies le llevaron hacia el mar,
que era ahora su amor y su esperanza. Evitó el paso por Can Mallorquí,
y al llegar a la playa marchó por la orilla, donde la última palpitación de las
olas llegaba a perderse, como delgada hoja de cristal, entre las menudas guijas
mezcladas con fragmentos de barro cocido.
Cuando estuvo al pie del promontorio de su torre,
trepó por las rocas sueltas, yendo a sentarse en el peñón roído por las olas y
casi despegado de la costa. Allí había estado reflexionando una noche de
tormenta, la misma en que se presentó como cortejante en casa de Margalida.
La tarde era serena, el mar tenía un intenso color
de extraordinaria y profunda transparencia. Los fondos de arena reflejábanse
como manchas lácteas; los peñones submarinos y sus obscuras vegetaciones
parecían temblar con un rebullicio de vida misteriosa. Las nubes blancas que
flotaban en el horizonte, al pasar ante el sol trazaban sobre el mar grandes
espacios de sombra. Un pedazo de la extensión azul quedaba obscuro y mate,
mientras más allá de este manto movible las aguas luminosas parecían hervir con
burbujas de oro. A veces, el astro, oculto tras las cortinas de nubes, lanzaba
por debajo de su orla una manga visible de luz, un chorro de linterna, un largo
triángulo de blanquecino resplandor, como el de un paisaje holandés.
Nada en este aspecto del mar recordaba a Febrer
aquella noche tempestuosa; y sin embargo, por la asociación que forman en
nuestra memoria las ideas olvidadas con los lugares antiguamente visitados
cuando volvemos a ellos, Febrer comenzó a sentir los mismos pensamientos, sólo
que ahora, en vez de seguir adelante, desfilaban en sentido inverso, con una
confusión de derrota.
Reía amargamente de su optimismo en aquella
ocasión, de la confianza que le había hecho despreciar todas sus ideas sobre el
pasado. Los muertos mandan: su autoridad y su poder son indiscutibles. ¿Cómo
había podido él, a impulsos del entusiasmo amoroso, desconocer esta enorme y
desconsoladora verdad?... Bien le hacían sentir los lóbregos tiranos de nuestra
vida todo el peso abrumador de su poder. ¿Qué había hecho él para que en este
rincón de la tierra, su último refugio, le mirasen como un extraño?... Las innumerables
generaciones de hombres cuyo polvo y cuya alma estaban confundidos con la
tierra de la isla habían dejado como herencia a los presentes el odio al
extranjero, el miedo y la repulsión al extraño, con el que vivieron siempre en
guerra. Él que llegaba de otros países era recibido con un aislamiento
repelente, ordenado por los que ya no existían.
Cuando, despreciando sus antiguos prejuicios,
intentaba aproximarse a una mujer, esta mujer replegábase misteriosa y asustada
de tal aproximación. Era una obra de loco la suya: la conjunción del gallo y la
gaviota soñada por un fraile extravagante y que tanto hacía reír a los payeses.
Así lo habían querido los hombres en otros tiempos al fundar la sociedad y
dividirla en clases, y así debía continuar. Inútil rebelarse contra las cosas
establecidas. La vida de un hombre era corta, y no bastaba para batirse con
centenares de miles de vidas que habían existido antes de ella y parecían
espiarla invisibles, oprimiéndola entre creaciones materiales que eran recuerdo
de su paso por la tierra, abrumándola con sus pensamientos, que llenaban el
ambiente y eran aprovechados por todos los que nacían sin fuerza para discurrir
algo nuevo.
Los muertos mandan, y es inútil que los vivos se
resistan a obedecer. Todas las rebeliones por salir de esta servidumbre, por
romper la cadena de los siglos, todas mentira. Febrer recordaba la rueda
sagrada de los indios, símbolo budista que había visto en París al presenciar
una ceremonia religiosa oriental en un museo.
La rueda es el símbolo de nuestra vida. Creemos
avanzar porque nos movemos; creemos progresar porque vamos hacia adelante, y
cuando la rueda da la vuelta completa, nos encontramos en el mismo sitio. La
vida de la humanidad, la historia, todo era un interminable «recomenzamiento de
las cosas». Nacen los pueblos, crecen, progresan; la cabana se convierte en
castillo y después en fábrica; se forman las enormes ciudades de millones de
hombres, sobrevienen después las catástrofes, las guerras por el pan que escasea
para tantas gentes, las protestas de los desposeídos, las grandes matanzas, y
las ciudades se despueblan y caen en ruinas. La hierba invade los orgullosos
monumentos; las metrópolis se hunden poco a poco en la tierra y duermen siglos
y siglos bajo colinas. El bosque bravío cubre la capital de remotas épocas;
pasa el cazador salvaje por donde en otro tiempo eran recibidos los caudillos
vencedores con aparato de semidioses; pacen las ovejas y sopla el pastor en su
caramillo sobre las ruinas que fueron tribuna de leyes muertas; vuelven a
agruparse los hombres y surge la cabana, la aldea, el castillo, la fábrica, la
ciudad enorme, y se repite lo mismo, siempre lo mismo, con una diferencia de
centenares de siglos, como se repiten de unos hombres en otros iguales gestos,
ideas y preocupaciones en el transcurso de unos cuantos años. ¡La rueda! ¡El
eterno recomenzar de las cosas! ¡Y todas las criaturas del rebaño humano
cambiando de aprisco, pero jamás de pastores! ¡y los pastores siempre eran los
mismos, los muertos, los primeros que pensaron, y cuyo pensamiento primordial
fue como el puñado de nieve que rueda y rueda por las pendientes, agrandándose,
llevando adherido en su pegajosidad todo cuanto encuentra al paso!... Los
hombres, orgullosos de su progreso material, de los juguetes mecánicos
inventados para su bienestar, se creían libres, superiores al pasado,
emancipados de la servidumbre original, ¡y todo cuanto decían se había dicho
centenares de siglos antes, con diversas palabras! Sus pasiones eran las mismas;
sus pensamientos, que consideraban propios, eran destellos y reflejos de otros
pensamientos remotos; y todos los actos que tenían por buenos o malos merecían
esta clasificación inmutable, porque así lo habían decidido los muertos, los
tiránicos muertos, a los que el hombre tendría que matar de nuevo si deseaba
ser libre realmente... ¿Quién llegaría a realizar esta gran hazaña libertadora?
¿Qué paladín tendría fuerzas suficientes para matar al monstruo que pesaba
sobre la humanidad, enorme y abrumador, como los dragones de las leyendas que
guardaban bajo su corpachón inútiles tesoros?...
Febrer permaneció mucho tiempo inmóvil en la roca,
con los codos en las rodillas y la mandíbula en las manos, sumido en sus
pensamientos, hipnotizados los ojos por el manso subir y bajar de las aguas
palpitantes.
Cuando se arrancó a esta meditación comenzaba a
caer la tarde... ¡Seguiría su destino! Él sólo podía vivir en las alturas,
aunque fuese con la humildad del mendicante. Todos los caminos de descenso
veíalos cerrados, ¡Adiós, felicidad buscada en un retroceso a la vida natural y
primitiva! Ya que los muertos no querían que fuese hombre, sería parásito.
Sus ojos, vagando por el horizonte, fijáronse en
los blancos vapores que se amontonaban sobre el límite del mar. Cuando era
pequeño y madó Antonia le acompañaba en sus paseos por la
costa de Sóller, se habían entretenido muchas veces dando cuerpo y nombre, con
un esfuerzo de imaginación, a las nubes que se juntaban o se esparcían en una
incesante variedad de formas, viendo en ellas tan pronto un monstruo negruzco
de inflamadas fauces como una virgen entre celestes resplandores.
Un amontonamiento de nubes densas y nítidas cual
blancos vellones atrajo su mirada. Esta blancura luminosa era la del hueso
pulido de los cráneos. Sueltas vedijas de vapor obscuro flotaban sobre esta
nube. La imaginación de Febrer fue viendo en ellas dos agujeros negros y
espantables, un triángulo lóbrego semejante al que deja la nariz desaparecida
en la faz de los muertos, y más abajo un desgarrón inmenso, trágico, igual a la
risa muda de una boca sin labios y sin dientes.
Era la Muerte, la gran señora, la emperatriz del
mundo, que se mostraba a él con su blanca y mate majestad, en pleno día,
desafiando los esplendores del sol, el azul del cielo, el verde luminoso del
mar. El reflejo del astro moribundo ponía una chispa de maligna vida en el óseo
rostro de palidez de hostia, en la lobreguez de sus negras cuencas, en su
sonrisa que daba espanto... ¡Sí; era ella! Las nubes esparcidas a ras del mar
parecían bullones y pliegues de una vestidura que ocultaba su inmenso esqueleto;
y otras nubes flotantes en lo alto, una amplia manga, de la que se escapaban
vapores más sutiles e indecisos formando un brazo de hueso rematado por un
índice seco y corvo como una uña de presa, señalando lejos, muy lejos, el
destino misterioso.
La visión se desvaneció rápidamente con el
movimiento de las nubes. Borráronse sus espantables contornos, adoptando otras
formas caprichosas; pero Febrer, al perderla de vista, no salió por esto de su
alucinación.
Aceptaba la orden sin rebelarse: partiría. Los
muertos mandan, y él era su siervo inerme. La luz de la caída de la tarde daba
a los objetos un relieve extraño. En los recovecos de la costa marcábanse
vigorosas sombras que parecían dar vida y formas animales a las piedras. A lo
lejos, un promontorio semejaba un león acurrucado junto a las olas, mirando a
Jaime con hostilidad silenciosa. Los peñascos a flor de agua sacaban y
ocultaban sus negras cabezas coronadas de melenas verdes, como gigantes
anfibios de una humanidad monstruosa. El solitario vio por la parte de
Formentera un dragón inmenso que poco a poco avanzaba en la línea del
horizonte, con larga cola de nubes, para devorar traidoramente al sol
moribundo.
Cuando la roja esfera, huyendo de este peligro, se
sumergió en las aguas, agrandada por un espasmo de terror, la tristeza gris del
crepúsculo despertó a Febrer de su alucinación.
Púsose de pie, recogió la escopeta abandonada junto
a él, y emprendió el camino de la torre. Iba preparando mentalmente el programa
de su marcha. No pensaba decir una palabra a nadie. Aguardaría a que tocase en
el puerto de Ibiza el vapor correo de Mallorca, y sólo en el último momento
daría cuenta a Pep de su resolución.
La certeza de abandonar muy pronto este retiro le
hizo ver con interés el interior de la torre al resplandor de una vela que
acababa de encender. Su sombra, gigantescamente agrandada y vacilante por las
oscilaciones de la luz, iba de un lado a otro en las blancas paredes,
eclipsando los objetos que las adornaban o haciendo que brillasen el nácar de
las conchas y el metal de la colgada escopeta.
Cierto carraspeo conocido atrajo a Febrer, y le
hizo asomarse a lo alto de la escalera. Un hombre envuelto en un mantón estaba
en los primeros peldaños. Era Pep.
—El sopar—dijo brevemente, tendiéndole una
cesta.
Jaime la tomó. Notábase en el payés un deseo de no
hablar, y él, por su parte, sintió cierto miedo de que rompiese su laconismo.
—¡Bona nit!
Pep emprendió el camino de regreso a su alquería
luego de este breve saludo, como un servidor respetuoso y enojado que sólo se
permite con su amo las palabras indispensables.
Vuelto Jaime al interior de la torre, cerró la
puerta, dejando la cesta sobre la mesa. No sentía apetito: cenaría más tarde.
Cogió una pipa rústica, labrada por un payés en una rama de cerezo, la llenó de
tabaco y comenzó a fumar, siguiendo con ojos distraídos el revoloteo de las
espirales de humo, cuya azul sutilidad tomaba ante la vela una transparencia
irisada.
Luego buscó un libro y quiso leer, pero fueron
inútiles todos los esfuerzos por concentrar su atención en la lectura.
Fuera de aquella cáscara de piedra reinaba la
noche, una noche lóbrega, de profundo misterio. Al través de los muros parecía
filtrarse ese solemne silencio que cae de lo alto, y en el cual los ruidos más
leves adquieren proporciones pavorosas, como si el rumor se escuchase a sí
mismo.
Creía percibir Febrer los latidos de la circulación
de su sangre en esta calma profunda. De vez en cuando escuchaba el chillido de
una gaviota o la agitación momentánea de los tamariscos bajo una ráfaga,
murmullo semejante al de las fingidas muchedumbres teatrales ocultas tras los
bastidores. En el techo de la habitación sonaba a intervalos el cric-cric
monótono de una carcoma royendo las vigas con un trabajo incesante, inadvertido
durante el día. El mar rasgaba la obscuridad con un ronquido plácido, cuya ondulación
iba rompiéndose en todos los salientes y recovecos de la costa.
Por primera vez se dio cuenta exacta de la soledad
en que vivía. ¿Era posible continuar esta existencia de eremita? ¿Y cuando le
sorprendiese la enfermedad? ¿Y cuando llegase la vejez?... A aquellas horas
comenzaban las ciudades una nueva vida bajo los blancos resplandores de su
alumbrado eléctrico; cortábase la circulación en las calles con la aglomeración
de los coches; brillaban los escaparates, abríanse los teatros, sonaban las
aceras bajo el gracioso taconeo de mujeres hermosas. Y él estaba como un hombre
primitivo en el interior de una torre bárbara, sin otro signo de civilización
que aquella luz macilenta que sólo servía para hacer más visibles las
tinieblas, rodeado de un silencio trágico, como si el mundo se hubiese dormido
para siempre. Adivinábase al otro lado del muro de piedra la sombra preñada de
misterios y peligros. Ya no albergaba a la fiera, como en los tiempos
prehistóricos, pero bien podía servir de guarida al hombre.
De pronto, Febrer, que permanecía inmóvil,
escuchándose a sí mismo, con una quietud semejante a la de los niños medrosos
que temen removerse en la cama por no aumentar el misterio que les rodea, se
estremeció en su asiento. Algo extraordinario cortó el aire, dominando con su
estridencia los confusos ruidos de la noche. Era un grito, un aullido, un
relincho, una de aquellas voces hostiles y burlonas con que los atlots vengativos
se llamaban en la sombra.
Jaime sintió un impulso de levantarse, de correr a
la puerta, pero luego permaneció inmóvil. El tradicional auquido había
sonado a alguna distancia. Debían ser mozos del cuartón que
escogían las inmediaciones de la torre del Pirata para encontrarse arma en
mano. Aquello no iba con él; a la mañana siguiente se enteraría de lo ocurrido.
Abrió otra vez el libro, intentando distraerse con
la lectura; pero a las pocas líneas se levantó de un salto, arrojando sobre la
mesa el volumen y la pipa.
¡Auuuú! El relincho de reto, el aullido hostil y
burlón, había resonado casi al pie de la escalera de la torre, prolongándose
con el fuerte soplo de unos pulmones como fuelles. Casi al mismo tiempo sonó en
la obscuridad un rumor estridente de abanicos abiertos: las aves marinas,
sorprendidas en su sueño, salían disparadas de entre las rocas para cambiar de
guarida.
¡Era para él! ¡Venían a retarlo a la puerta de su
vivienda!... Miró fijamente su escopeta; se llevó la diestra a la faja,
palpando el metal del revólver, tibio por el contacto del cuerpo; dio dos pasos
hacia la puerta, pero se detuvo y alzó los hombros con una sonrisa de
resignación. Él no era de la isla; él no entendía este lenguaje de chillidos, y
se creía a cubierto de tales provocaciones.
Volvió a su silla y cogió el libro, sonriendo con
una alegría forzada.
—¡Grita, buen hombre! ¡chilla, aúca! Lo
siento por ti, que puedes constiparte al fresco, mientras yo estoy tranquilo en
mi casa.
Pero esta conformidad burlona sólo era aparente.
Volvió a sonar el aullido, ya no al pie de la escalera, sino algo más lejos,
tal vez entre los tamariscos que cercaban la torre. El retador parecía haber
tomado posición esperando que saliese Febrer.
¿Quién sería?... Tal vez el miserable verro,
al que había buscado por la tarde; tal vez el Cantó, que juraba
públicamente matarlo. La noche y la astucia, que igualan las fuerzas de los
enemigos, habrían dado ánimos a este enfermo para marchar contra él. También
era posible que fuesen dos o más los que le aguardasen.
Sonó otro aullido, pero Jaime volvió a encogerse de
hombros. Podía gritar lo que quisiera su desconocido retador... Pero ¡ay!
¡imposible leer! ¡inútil esforzarse por fingir tranquilidad!...
Los aullidos repetíanse ahora rabiosamente, como
los cacareos de un gallo furioso. Jaime creyó ver el cuello de aquel hombre,
hinchado, enrojecido, con los tendones vibrantes por la cólera. El grito
gutural parecía adquirir poco a poco, al repetirse, los contornos y la
significación de un lenguaje. Era irónico, burlón, insultante; echaba en cara
su prudencia al forastero; parecía llamarle cobarde.
En vano intentó no escuchar. Nublábase su vista, le
pareció que la vela ya no daba luz; en los intervalos de silencio, la sangre
zumbaba en sus oídos. Pensó que Can Mallorquí estaba muy
cerca, y tal vez Margalida, trémula y pegada a un ventanuco, escuchaba estos
aullidos frente a la torre, donde estaba un hombre medroso oyéndolos también,
pero encerrado como si fuese sordo.
No; no más. Arrojó esta vez definitivamente el
libro sobre la mesa, y luego, por instinto, sin saber ciertamente lo que hacía,
sopló la llama de la vela. Al quedar en la obscuridad anduvo algunos pasos con
las manos avanzadas, olvidado completamente de los planes de ataque que había
concebido momentos antes en su acelerado pensamiento. La cólera trastornaba sus
ideas. La ceguedad repentina de su espíritu sólo tuvo una idea, igual al último
destello de una luz que se aleja. Tocaba ya la escopeta con sus manos
palpantes, cuando desistió de cogerla. Necesitaba un arma menos embarazosa; tal
vez tendría que descender y arrastrarse entre los matorrales.
Tiró del interior de la faja, y el revólver se
deslizó fuera de su madriguera con la suavidad de una bestia sedosa y tibia.
Anduvo a tientas hasta la puerta y la abrió con lentitud, sólo un pequeño
espacio, el necesario para asomar la cabeza, chirriando levemente sus groseros
goznes.
Pasando Febrer de la obscuridad de su habitación a
la difusa claridad de la luz sideral, vio la mancha de las malezas en torno de
la torre, más allá la confusa blancura de la alquería, y enfrente la giba negra
de los montes cortando un cielo cargado de palpitaciones de estrellas. Esta
visión sólo duró un instante: no pudo ver más. Dos pequeños relámpagos, dos
culebreos de fuego marcáronse uno tras otro en las tinieblas de los matorrales,
seguidos de dos estampidos que casi se confundieron.
Jaime experimentó en su olfato una sensación acre
de pólvora quemada, que tal vez no fue más que un fenómeno imaginativo. Al
mismo tiempo percibió sobre la cúspide de su cráneo un silencioso y violento
choque, algo anormal que pareció tocarle sin llegar a tocarle, la sensación del
roce de una piedra. Algo cayó sobre su rostro como una lluvia impalpable.
¿Sangre?... ¿tierra?...
Su sorpresa sólo duró un instante. Le habían hecho
fuego desde el matorral, en las inmediaciones de la escalera. El enemigo estaba
allí... ¡allí! Veía en la obscuridad el punto de donde habían surgido los
fogonazos, y avanzando la diestra fuera de la puerta, disparó su revólver
una... dos... cinco veces: todas las cápsulas que contenía el cilindro.
Tiró casi a ciegas, desorientado por la obscuridad
y el desconcierto de la cólera. Un leve ruido de ramas tronchadas, una
ondulación casi imperceptible del matorral, le llenaron de salvaje alegría.
Había alcanzado al enemigo indudablemente, y en su satisfacción, se llevó una
mano a la cabeza para convencerse de que no estaba herido.
Al pasarla después por su cara cayó de sus mejillas
y sus cejas algo menudo y granujiento. No era sangre: era tierra, polvo de
argamasa. Sus dedos, deslizándose sobre el cuero cabelludo, estremecido aún por
el roce mortal, tropezaron con dos agujeros de la pared, semejantes a pequeños
embudos, que guardaban una sensación de calor. Las dos balas le habían rozado,
yendo a clavarse en el muro a una distancia casi imperceptible de su cabeza.
Febrer sintióse alegre por su buena suerte. Él
sano, incólume, ¡y su enemigo!... ¿Dónde estaría en aquel momento? ¿Debía bajar
para buscarle entre los tamariscos y reconocerlo en su agonía?... De pronto se
repitió el grito, el aullido salvaje, lejos, muy lejos, casi en las
inmediaciones de la alquería: un auquido triunfante, burlón,
que Jaime interpretó como anuncio de próxima vuelta.
El perro de Can Mallorquí, excitado por
los disparos, ladraba lúgubremente. A lo lejos, otros perros le contestaban. El
aullido del hombre se alejó, con incesantes repeticiones, cada vez más remoto,
más débil, hundiéndose en el misterio azul de la noche.
Apenas rompió el día, el Capellanet se
presentó en la torre.
Lo había oído todo. Su padre, que tenía el sueño
fuerte, no estaba tal vez enterado a aquellas horas del suceso. Ya podía ladrar
el perro y sonar junto a la alquería tantos disparos como en una guerra; el
buen Pep, cuando se acostaba cansado de sus faenas diurnas, era insensible como
un muerto. Los demás de la casa habían pasado una noche de angustias. La madre,
luego de varios intentos para despertar a su esposo, sin conseguir otro éxito
que palabras incoherentes seguidas de nuevos ronquidos, había rezado hasta el
amanecer por el alma del señor de la torre, creyéndolo muerto. Margalida, que
dormía cerca de su hermano, le había llamado con voz queda y angustiosa al oír
los primeros tiros. «¿Oyes, Pepet?...»
La pobre muchacha se había incorporado en la cama,
encendiendo el candil; a su luz la había visto el atlot, con el
rostro pálido y unos ojos de loca. Ella, tan pudorosa y tímida, mostraba en su
agitación los mayores secretos de su desnudez, olvidada de todo, retorciéndose
los brazos, llevándose las manos a la cabeza. «Habían matado a don Jaime: se lo
anunciaba el corazón.» Y temblaba con el eco lejano de nuevos disparos. «Un
verdadero rosario de tiros», según decía el Capellanet, había
contestado a las dos primeras detonaciones.
—Ésos fueron de usted, ¿verdad, don Jaime?—continuó
el muchacho—. Los conocí al momento y se lo dije a Margalida. Recuerdo la tarde
que disparó usted el revólver en la playa. Yo tengo mucho oído para estas
cosas.
Luego contó la desesperación de su hermana,
buscando las ropas en silencio, queriendo vestirse para correr a la torre.
Pepet la acompañaría. Pero después, súbitamente acobardada, ya no quiso ir.
Sólo sabía llorar, y se opuso a que el muchacho cumpliera su propósito de
escaparse por las bardas del corral.
Habían oído el auquido junto a la
alquería, mucho después de los disparos; y al hablar de este grito, sonreía el
muchacho con aire malicioso. Luego, Margalida, súbitamente tranquilizada por
las palabras de su hermano, había callado, quedando inmóvil en el lecho; pero
durante toda la noche oyó el Capellanet suspiros de angustia y
un ligero murmullo, como si debajo del embozo una voz queda murmurase palabras
y palabras con incansable monotonía. También la joven había estado rezando.
Después, al esparcirse la luz del alba, se
levantaron todos, menos el padre, que seguía en su plácido sueño. Al asomarse
las mujeres al porche, dominadas por los más lúgubres pensamientos, esperaban
presenciar un cuadro horroroso: la torre destruida y colgando sobre sus ruinas
el cadáver del señor. Pero el Capellanet había reído al ver la
puerta abierta, y junto a ella, como en otras mañanas, a don Jaime, con el
busto desnudo, chapuzándose en un balde que él mismo traía de la costa lleno de
agua del mar.
No se había equivocado al reírse de los terrores de
las mujeres. «A su don Jaime no había quien lo matase. Y esto lo decía él, que
entendía de hombres.»
Luego, tras el breve relato que le hizo el señor de
todo lo ocurrido en la noche, examinó, entornando los ojos con una expresión de
inteligente, los dos agujeros abiertos por las balas en la pared.
—¿Y usted tenía la cabeza aquí, donde la tengo
yo?... ¡Futro!...
Su mirada reflejó admiración, devota idolatría,
ante aquel hombre portentoso que acababa de salvarse por un verdadero milagro.
Febrer interrogó al muchacho sobre el supuesto
agresor, fiando en su conocimiento de las gentes del país, y el Capellanet sonrió
con aire de persona importante. Había escuchado el aullido. Era el mismo modo
de aucar que tenía el Cantó: muchos se hubiesen
imaginado que era él. Lo mismo aullaba en las serenatas, en las tardes de baile
y a la salida de los cortejos.
—Pero no es él, don Jaime: estoy seguro. Si
al Cantó le preguntan, dirá que sí por darse importancia. Pero
era el otro, el Ferrer, le conocí la voz, y Margalida cree lo
mismo.
A continuación, con gesto grave, habló del necio
miedo de las mujeres, que sostenían la necesidad de avisar a la Guardia civil
de San José.
—Usted no hará eso. ¿Verdad, don Jaime, que es un
disparate? Los civiles sólo sirven para los cobardes.
La sonrisa despectiva y el encogimiento de hombros
con que le contestó Febrer devolvieron al muchacho su aspecto alegre.
—Ya me lo figuraba yo: eso no se usa en la isla.
¡Pero como usted es forastero!... Hace usted bien: cada hombre debe defenderse
él mismo; para eso es hombre; y en caso apurado, buscar a los amigos.
Y al decir esto pavoneábase, resumiendo en su
persona toda la ayuda poderosa con que podía contar don Jaime en momentos de
peligro.
El Capellanet quiso sacar provecho
de este suceso, aconsejando al señor la conveniencia de llevarle a vivir en la
torre. Si él se lo pedía al siñó Pep, éste no era capaz de
negarle tal favor. Le convenía a don Jaime tenerle a su lado: siempre serían
dos para defenderse. Y para apoyar la urgencia de la petición, recordaba el
enfado del siñó Pep, y la certeza de que éste iba a llevarlo a
Ibiza a principios de la semana próxima, para encerrarle en el Seminario. ¿Qué
haría el señor cuando se viese privado del más fiel de sus amigos?...
Queriendo demostrar la utilidad de su presencia,
censuraba los olvidos de Febrer en la noche anterior. ¿A quién podía
ocurrírsele asomar la cabeza a la puerta cuando de fuera le estaban aucando con
el arma preparada? Por milagro no lo habían matado. ¿Y la lección que él le
dio? ¿No recordaba su consejo de bajar por la ventana, a espaldas de la torre,
para sorprender al enemigo?...
—Es verdad—dijo Jaime, realmente avergonzado de su
olvido.
El Capellanet, que saboreaba orgulloso
el éxito de estos consejos, tuvo un sobresalto al mirar por el hueco de la
puerta.
—¡El pare!...
Pep subía la cuesta lentamente, con los brazos
atrás y el aspecto meditabundo. El muchacho se alarmó al verle. Indudablemente,
venía malhumorado por las recientes noticias: no le convenía encontrarse con
él. Y repitiendo a Febrer una vez más la conveniencia de que le guardase como
compañero, echó las piernas fuera de la ventana, apoyó su vientre en el
alféizar, y se deslizó por el muro.
El payés, al entrar en la torre, habló sin ninguna
emoción del suceso de la noche anterior, como si fuese un hecho normal que sólo
alteraba levemente la monotonía de la vida del campo. Las mujeres le habían
contado... él tenía un sueño pesadísimo... ¿De modo que no había sido nada?...
Escuchó con los ojos bajos y los pulgares juntos el
breve relato del señor. Luego fue a la puerta, para contemplar las huellas de
los proyectiles.
—Un milagro, don Jaime, un verdadero milagro.
Volvió a su silla, permaneciendo inmóvil largo
rato, como si le costase un gran esfuerzo interior hacer funcionar su tardo
pensamiento.
—El demonio anda en libertad, señor... Era de
esperar; ya lo dije yo... Cuando se quieren cosas imposibles, todo se enreda y
se acaba la paz.
Luego, levantando la cabeza, fijó sus ojos fríos y
escrutadores en don Jaime. Habría que avisar al alcalde; habría que decir todo
esto a la Guardia civil.
Febrer hizo un gesto negativo. No; era un asunto de
hombres, que debía ventilar él mismo.
Pep quedó con la vista fija en el señor, de un modo
enigmático, como si en su pensamiento luchasen encontradas ideas.
—Hace usted bien—dijo al poco rato el cachazudo
payés.
Los forasteros pensaban de distinto modo, pero él
se alegraba de que el señor dijese lo mismo que decía su pobre padre (que en
santa gloria esté). En la isla todos pensaban igual: lo antiguo era lo cierto.
Luego, Pep, sin consultar al señor, expuso su
propósito de ayudarle en su defensa. Era un deber de amistad. Él tenía su
escopeta en la casa. Hacía tiempo que no la usaba, pero en sus mocedades,
cuando vivía su famoso padre (que en santa gloria esté), había sido un regular
tirador. Vendría a pasar las noches en la torre, al lado de don Jaime, para que
éste no viviese solo, expuesto a una sorpresa durante el sueño.
Tampoco se extrañó el payés de la rotunda negativa
del señor, algo ofendido por la proposición. Él era un hombre, no un chiquillo
necesitado de compañía. Cada uno en su casa, y podía venir lo que la suerte
quisiera.
Pep asintió igualmente con movimientos de cabeza a
estas palabras. Lo mismo decía su padre, y como él todas las personas de bien
que seguían los antiguos usos. Parecía Febrer un hijo verdadero de la isla...
Luego, ablandado por la admiración que le inspiraba la energía de don Jaime, le
propuso otro arreglo. Ya que el señor no quería compañía en su torre, podía
bajar a dormir en Can Mallorquí. Una cama se la improvisarían en
cualquier parte.
Febrer sintióse tentado por la proposición. ¡Ver a
Margalida!... Pero el tono de flojedad con que el padre le invitaba y el gesto
inquieto con que aguardó su respuesta le hicieron desistir. No; muchas gracias,
Pep se quedaba en la torre. Podían creer que cambiaba de vivienda a impulsos
del miedo.
El payés volvió a mover la cabeza con signos de
asentimiento. Comprendía esta actitud; lo mismo haría él en su situación. Pero
esto no era obstáculo para que Pep durmiese menos por la noche, y si oía gritos
o tiros cerca de la torre saliese al campo con su vieja escopeta.
Y como si esta obligación que se imponía de dormir
con zozobra, pronto a exponer la piel en defensa de su antiguo amo, rompiese la
calma en que se había mantenido hasta entonces, el payés elevó los ojos y juntó
sus manos:
—¡Ay, Siñor!¡Siñor!...
El diablo andaba suelto; volvía a repetirlo: ya no
había tranquilidad. Todo por no creerle a él; por ir contra la corriente de los
usos antiguos, que establecieron personas más sabias que las de ahora... ¿En
qué pararía todo esto?
Febrer intentó tranquilizar al payés, y se le
escapó un pensamiento que deseaba mantener oculto. Podía tranquilizarse Pep. Él
se marchaba para siempre, no queriendo turbar su paz y la de su familia.
¡Ah! ¿Era de veras que se iba el señor?... La
alegría del campesino fue tan grande y tan viva su sorpresa, que Jaime quedó
indeciso. Le pareció ver en los ojillos del rústico, animados por el gozo de la
noticia inesperada, cierta malicia. ¿Si creería aquel isleño que su repentino
viaje era por huir de los enemigos?...
—Me voy—dijo mirando a Pep con hostilidad—, pero no
sé cuándo. Más adelante... cuando me parezca. Antes tengo que vivir aquí, para
que me encuentre el que me busque.
Pep tuvo un gesto de resignación: se desvaneció su
alegría; pero estuvo próximo a asentir también a estas palabras, añadiendo que
lo mismo hubiese hecho su padre y lo mismo creía él.
Cuando el payés se levantó para marcharse, Febrer,
que estaba junto a la puerta, distinguió cerca de la alquería al Capellanet,
y esto trajo a su memoria el deseo del muchacho. Si a Pep no le molestaba su
petición, podía dejar al atlot para que le acompañase en la
torre.
Pero el padre acogió su ruego ásperamente. No, don
Jaime. Si necesitaba compañía, allí estaba él, que era un hombre. El muchacho a
estudiar. El diablo iba suelto, y hora era ya de imponer su autoridad y que la
familia no siguiese desarreglada. En la próxima semana pensaba llevarlo al
Seminario. Era su última palabra.
Febrer, al quedar solo, bajó a la orilla del mar.
El tío Ventolera reparaba con estopa y alquitrán las junturas de su barca,
puesta en seco. Tendido en ella como si fuese un enorme ataúd, buscaba con sus
débiles ojos los intersticios, y al encontrar uno falto de carena, su alegría
le hacía prorrumpir a toda voz en latinajos cantados.
Al notar que la barca se movía y ver apoyado en la
borda al señor, el viejo tuvo una sonrisa maliciosa, e interrumpió sus
cánticos.
—¡Hola, don Chaume!...
Lo sabía todo. Las mujeres de Can Mallorquí le
habían contado la noticia, y a aquellas horas circulaba por el cuartón,
pero de oído en oído, como se debe hablar de estas cosas, sin que se enteren
las gentes de la justicia, que sólo sirven para enredarlo todo. ¿Conque le
habían buscado la noche anterior, aucándolo para que saliese
de la torre?... ¡Ji, ji! A él también... a él también, en otros tiempos, cuando
hacía el amor a su difunta entre dos viajes, lo había aucado cierto
camarada que era rival suyo. Pero él se llevó a la muchacha por tener la mano
más lista; total, una cuchillada al amigo en pleno pecho, que le tuvo mucho
tiempo entre la vida y la muerte. Luego había vivido en guardia siempre que
bajaba a tierra, para librarse de la venganza de su enemigo; pero los años
pasan, todo se olvida, y los dos compadres acabaron por contrabandear juntos,
navegando desde Argel a Ibiza o las costas de España.
El tío Ventolera reía, con risa infantil,
complacido por estos recuerdos juveniles que resurgían en su memoria siempre
que oía hablar de tiros, cuchilladas y provocaciones en la noche. ¡Ay! ¡A él ya
no lo aucarían! Esto quedaba para los jóvenes. Y su acento era
melancólico al no verse mezclado en los lances de amor y de guerra, que juzgaba
indispensables para una existencia feliz.
Febrer le dejó cantando la misa mientras terminaba
su carenaje. En la torre encontró la cesta de su comida sobre la mesa. El Capellanet la
había dejado sin esperar, obedeciendo sin duda a algún llamamiento urgente de
su padre malhumorado. Después de comer volvió Jaime a contemplar los dos
agujeros que los proyectiles habían abierto en el muro. Pasada la excitación
del peligro, y al apreciar fríamente la gravedad de éste, sintió una cólera
vengativa, más intensa que la que le había impulsado hacia la puerta en la
noche anterior. Unos milímetros más abajo al apuntar, y habría rodado en la
obscuridad, al pie de la puerta, como una bestia cazada. ¡Cristo! ¡Y así podía
morir un hombre de su clase, víctima de la traición y el acecho de uno de
aquellos rústicos!...
Su cólera tomó un impulso vengativo. Sintió la
necesidad de provocar, de ser arrogante, de aparecer sereno y amenazador ante
aquellos hombres, entre los cuales se ocultaban sus adversarios.
Descolgó la escopeta, examinó sus cargas, se la
echó al hombro y descendió de la torre, tomando el mismo camino de la tarde
anterior. Al pasar junto a Can Mallorquí, los ladridos del perro
hicieron salir a la puerta a Margalida y su madre. Los hombres estaban en un
campo lejano que cultivaba Pep. La madre, lloriqueante y con la palabra cortada
por la emoción, sólo sabía coger las manos del señor.
—¡Don Chaume! ¡Don Chaume!...
Debía tener mucho cuidado, salir poco de la torre,
estar en guardia contra los enemigos. Y Margalida, silenciosa, con los ojos
desmesuradamente abiertos, contemplaba a Febrer, revelando admiración y
zozobra. No sabía qué decir; su alma simple parecía recogerse humildemente, no
encontrando palabras para expresar sus pensamientos.
Jaime continuó su camino. Al volverse repetidas
veces vio a Margalida, de pie bajo el porche, siguiéndolo con visible ansiedad.
El señor iba de caza como otras veces, pero ¡ay! tomaba el sendero de la
montaña, iba hacia el bosque de pinos, en una de cuyas calvas estaba la
herrería.
Durante el camino rumiaba Febrer proyectos de
ataque. Estaba resuelto a una acción inmediata. Apenas saliese el verro a
la puerta de su casa, le dispararía los dos tiros de la escopeta. Él ventilaba
sus negocios a la luz del sol, y sería más afortunado: sus dos balas no irían a
clavarse en el muro.
Pero al llegar a la fragua la encontró cerrada.
¡Nadie! El herrero había desaparecido; la vieja vestida de negro no estaba allí
para recibirle colérica con el fulgor hostil de su único ojo.
Se sentó al pie de un árbol como la otra vez, con
la escopeta preparada, resguardándose detrás del tronco, por si esta soledad
ocultaba una asechanza. Transcurrió mucho tiempo; las palomas silvestres,
enardecidas por la calma y la soledad de la fragua, revoloteaban en la
plazoleta sin fijarse en el cazador, inmóvil y olvidado de ellas. Un gato
avanzaba lentamente por el ruinoso tejado, con estiramientos de tigre,
pretendiendo atrapar a los inquietos gorriones.
Pasó más tiempo. La espera y la inmovilidad
serenaron a Febrer. ¿Qué hacía allí, lejos de su casa, en medio del monte,
próximo ya el crepúsculo, esperando a un enemigo de cuya culpabilidad sólo
tenía vagos indicios? El herrero tal vez estaba en su casa. Se habría encerrado
al verle llegar, y era inútil esperarle. También podía ser que se hubiera
marchado lejos, con la vieja, y no volviese hasta bien entrada la noche. Debía
partir.
Y con la escopeta en la mano, para ser el primero
en disparar si encontraba al enemigo, emprendió el regreso al valle.
Otra vez volvió a encontrar en el camino payeses y
muchachas que le miraron con tenaz curiosidad, contestando apenas a su saludo.
Otra vez vio al Cantó con su cabeza entrapajada, en el mismo
sitio, rodeado de amigos, a los que hablaba con violentas gesticulaciones. Al
reconocer al señor de la torre, antes de que sus camaradas pudieran sujetarle,
se agachó, y agarrando dos piedras en los endurecidos surcos, arrojólas contra
aquél. Los rústicos proyectiles, a impulsos de un brazo débil, no llegaron a
hacer la mitad de su camino. Luego, irritado por la despectiva serenidad de
Febrer, que seguía adelante, el atlot, prorrumpió en amenazas.
¡Mataría al mallorquín! lo declaraba a gritos. ¡Que todos supiesen que él
juraba el exterminio de este hombre!
Jaime sonrió tristemente ante estas amenazas. No;
el cordero rabioso no era el que había venido a la torre del Pirata a matarle.
Sus escandalosas vociferaciones bastaban para demostrarlo.
El señor pasó tranquilamente la primera parte de la
noche. Luego de cenar, cuando se fue el hermano de Margalida con la triste
certeza de que su padre no desistía de llevarlo al Seminario, Jaime cerró la
puerta, colocando tras ella la mesa y las sillas. Temía ser sorprendido durante
el sueño. Apagó la luz y fumó en la obscuridad, complaciéndose en el latido del
pequeño tizón del cigarro, que se ensanchaba con sus chupetones. Tenía la
escopeta cerca y el revólver en la faja, pronto a hacer uso de ellos al menor
movimiento de la puerta. Habituado su oído a los rumores de la noche y a la
respiración del mar, buscaba al través de éstos un roce, un indicio de que en
aquella soledad había otros seres humanos aparte de él.
Pasó mucho tiempo. A la luz del cigarro miró la
esfera de su reloj. Las diez. Lejos sonaron ladridos, y Jaime creyó reconocer
al perro de Can Mallorquí. Tal vez delataba el paso de alguien
aproximándose a la torre. Ya estaba cerca el enemigo: era posible que se
arrastrase cautelosamente, fuera de la senda, entre las ramas de los
tamariscos.
Se incorporó, requiriendo la escopeta, buscando en
su faja el revólver. Tan pronto como oyese un grito de reto o un temblor en la
puerta, se echaba ventana abajo, y dando vuelta a la torre, cogía al enemigo
por la espalda.
Pasó más tiempo... ¡Nada! Febrer quiso mirar el
reloj, pero sus manos no obedecían a su voluntad. Ya no brillaba en la sombra
la punta rojiza del cigarro. Su cabeza había acabado por caer sobre la
almohada; sus ojos se cerraron: oyó gritos de reto, tiros, maldiciones, pero
esto fue en un estado anormal, como si viviese en otro mundo, donde los
insultos y los ataques no despertaban su sensibilidad. Luego... nada: una
sombra densa, una noche profunda e interminable, sin el más leve destello de
visión... Le despertó un rayo de sol que, pasando por una rendija de la
ventana, venía a dar en sus ojos. Renació con la luz diurna la blancura de
aquellos muros, que parecían sudar durante la noche la sombra y el bárbaro
misterio de otros siglos.
Jaime se levantó contento, y al deshacer la
barricada de muebles que obstruía la puerta, rio algo avergonzado de su
precaución, considerándola casi una cobardía. Las mujeres de Can
Mallorquí le habían trastornado con su miedo. ¡Quién podía venir a
buscarle en la torre, sabiendo que estaba alerta y lo recibiría a tiros! La
ausencia del Ferrer cuando él se había presentado en la fragua
y la calma de la noche anterior daban que pensar a Jaime. ¿Estaría herido
el verro? ¿Le habría alcanzado alguna de sus balas?...
Pasó la mañana en el mar. El tío Ventolera le llevó
hasta el Vedrá, alabando la ligereza y otros méritos de su barca. La reparaba
año tras año, no quedando en ella ni una astilla de su primitiva construcción.
Pescaron al abrigo de las rocas hasta media tarde. Al volver a la torre, Febrer
vio al Capellanet que corría por la playa agitando en lo alto
una cosa blanca.
Antes de saltar a tierra, cuando la barca hundía su
proa en la grava, el muchacho le gritó con la impaciencia del que trae una gran
noticia:
—¡Una carta, don Chaume!
¡Una carta!... En aquel rincón del mundo, el más
extraordinario suceso que podía turbar la vida ordinaria era la llegada de una
carta. Febrer la revolvió en sus manos, examinándola como algo extraño y
lejano. Miró el sello; luego miró la letra del sobre... La conocía; despertaba
en su memoria la misma impresión de un rostro amigo al que no podemos asociar
un nombre. ¿De quién era?...
El Capellanet, mientras tanto, daba
explicaciones sobre este gran suceso. La carta la había traído el peatón a
media mañana. Era del vapor-correo de Palma, llegado a Ibiza en la noche
anterior. Si deseaba contestarla, debía hacerlo sin pérdida de tiempo. El buque
volvería a Mallorca al día siguiente.
Mientras iba Jaime hacia la torre, rompió el sobre
y buscó la firma, casi al mismo tiempo que en su memoria se precisaba el
recuerdo y surgía un nombre: ¡Pablo Valls!... El capitán Pablo le escribía
luego de medio año de silencio, y su carta era larga: varias hojas de papel
comercial cubiertas de apretada escritura.
A las primeras líneas, el mallorquín sonrió. El
capitán estaba allí, en aquellos renglones, con su ruda y desbordante
personalidad, escandaloso, simpático y agresivo. Febrer creyó contemplar sobre
el papel su nariz enorme y pesada, sus patillas canosas, sus ojos de color de
aceite con pintas de tabaco, su chambergo abollado puesto de través.
La carta comenzaba de un modo terrible: «Querido
sinvergüenza.» Y en el mismo estilo seguían los primeros párrafos.
—Esto vale la pena—murmuró sonriendo—. Esto hay que
leerlo despacio.
Y guardando la carta, con el regodeo del que se
reserva un gran placer, Jaime subió a la torre después de despedir al muchacho.
Sentado junto a la ventana, con el busto echado
atrás y la espalda apoyada en la mesa, comenzó a leer. Una explosión de furia
cómica, de insultos cariñosos, de indignaciones por cosas olvidadas, llenaba
las primeras páginas. Pablo Valls desbordaba su graciosa incoherencia, como un
charlatán condenado largo tiempo al silencio y que sufre el suplicio de una
verbosidad comprimida. Echaba en cara a Febrer su origen y su orgullo, que le
habían impulsado a huir sin despedirse de los amigos. «Al fin, de raza de inquisidores.»
Sus abuelos habían quemado a los de Valls: ¡que no lo olvidase! Pero en algo
habían de distinguirse los buenos de los malos; y él, el réprobo, el chueta,
el hereje aborrecido de unos y otros, había correspondido a esta falta de
amistad ocupándose de los asuntos de Jaime. Seguramente le habría escrito
varias veces de esto su amigo Toni Clapés, cuyos negocios marchaban bien, como
siempre, aunque acababa de sufrir algunas contrariedades. Le habían cogido dos
barcas cargadas de tabaco.
«Pero no divaguemos: al grano. Ya sabes que soy un
hombre práctico, un verdadero inglés, enemigo de perder el tiempo.»
Y el hombre práctico, el inglés, para no divagar
más, cubría otras dos hojas con las explosiones de su indignación contra todo
lo que le rodeaba: contra sus hermanos de raza, tímidos y humildes, que
besuqueaban la mano enemiga; contra los nietos de los antiguos perseguidores;
contra el feroz padre Garau, del que no quedaba ya ni polvo; contra la isla
entera, la famosa Roqueta, a la que vivían sujetos los suyos por un
amor al terruño, pagado siempre con aislamientos e insultos.
«Pero no divaguemos: orden, método y claridad.
Sobre todo, escribamos prácticamente. La falta de carácter práctico es lo que
nos pierde.»
Y hablaba a continuación de «la Papisa Juana»,
tremenda señora que Pablo Valls había visto siempre de lejos, por ser para ella
la personificación de todas las impiedades revolucionarias y todos los pecados
de su raza. «Por este lado no tengas esperanza.» La tía de Febrer sólo se
acordaba de él para lamentarse de su mal fin y alabar la justicia del Señor,
que castiga a los que caminan por malos senderos y se apartan de las santas
tradiciones de la familia. Unas veces le creía en Ibiza la buena señora; otras afirmaba
saber con certeza que habían visto a su sobrino en América, dedicado a los más
bajos oficios. «De todos modos, cachorro de inquisidor, tu santa tía no se
acuerda de ti y no debes esperar de ella el menor auxilio.» Ahora se murmuraba
en la ciudad que renunciando definitivamente a las pompas del mundo y tal vez a
la «Rosa de Oro» pontifical, que nunca acababa de llegar, entregaría sus bienes
a los sacerdotes de su corte, yendo a encerrarse en un convento con todas las
comodidades de una dama de privilegio. «La Papisa» se alejaba para siempre;
imposible esperar nada de ella. «Y aquí entro yo, pequeño Garau; yo el réprobo,
el chueta, el rabudo, que deseo ser adorado y reverenciado por ti
como si fuese la Providencia.»
Al fin, el hombre práctico, el enemigo de las
divagaciones, cumplía su promesa, y el estilo de la carta tornábase conciso,
con una sequedad comercial. Primeramente un largo relato de los bienes que aún
poseía Jaime antes de partir de Mallorca, esclavos de toda clase de gravámenes
e hipotecas; luego una lista de sus acreedores, que era mayor que la de los
bienes, seguida de una relación de intereses y obligaciones, enmarañada red en
la que se perdía la memoria de Febrer, pero por en medio de la cual caminaba
Valls rectamente, con la seguridad de los de su raza para desentrañar los más
confusos negocios.
El capitán Pablo había pasado medio año sin
escribir a su amigo, pero ocupándose todos los días de sus asuntos. Había
peleado con los más feroces usureros de la isla, insultando a unos, venciendo a
otros en astucia, valiéndose de la persuasión o de la bravata, avanzando
dineros para satisfacer los créditos más urgentes, cuyos tenedores amenazaban
con el embargo y la venta. Total: había dejado limpia y sana la fortuna de su
amigo, pero ésta resurgía del terrible combate achicada y casi insignificante.
Sólo le restaban a Febrer unos miles de duros: tal vez no llegarían a quince;
pero mejor era esto que vivir en su antiguo ambiente de gran señor sin tener
que comer y sometido a las exigencias de los acreedores. «Ya es hora de que
vuelvas. ¿Qué haces ahí? ¿Vas a estar toda tu vida como un Robinsón en esa
torre de piratas?» Debía volver inmediatamente, para vivir en alegre modestia.
La vida en Mallorca es barata. Además, podía solicitar un empleo del Estado.
Con su nombre y sus relaciones no era difícil conseguirlo.
También podía dedicarse al comercio, bajo la
dirección y consejo de un hombre como él. Si deseaba viajar, no le sería
difícil a Valls buscarle una colocación en Argelia, en Inglaterra o en América.
El capitán tenía amigos en todas partes. «Vuelve pronto, pequeño Garau,
inquisidor simpático; no te digo más.»
Pasó Febrer el resto de la tarde leyendo la carta o
paseando por los alrededores de la torre, conmovido por tales noticias. Los
recuerdos de su pasada existencia, amortiguados por la vida solitaria, surgían
ahora con el mismo relieve que si fuesen sucesos del día anterior. ¡Los cafés
del Borne! ¡Sus amigos del Casino!... ¡Volver allá, pasando de un salto a la
vida ciudadana, luego de su reclusión casi salvaje en la torre!... Se marcharía
cuanto antes: estaba resuelto a ello. Partiría a la mañana siguiente, aprovechando
el viaje de vuelta del mismo vapor que había traído la carta.
El recuerdo de Margalida surgió en su memoria,
pretendiendo retenerle en la isla. La veía blanca, con sus adorables redondeces
y sus ojos tímidos y bajos, que parecían ocultar como un pecado el negro ardor
de sus pupilas. ¡Dejarla! ¡no verla más!... ¡Y ella iba a ser de uno de
aquellos bárbaros, que profanarían su belleza usándola en las faenas del campo,
convirtiéndola poco a poco en una bestia agrícola, negra, callosa y
arrugada!...
Pero una afirmación pesimista le arrancó al poco
tiempo de esta duda cruel. Margalida no le amaba, no podía amarle. Un mutismo
desconcertante y lágrimas misteriosas era todo lo que él había podido conseguir
con sus declaraciones de amor. ¿A qué empeñarse en conquistar lo que a todos
parecía imposible? ¿Por qué seguir la lucha sorda con toda la isla, por una
mujer que aún no sabía él ciertamente si le amaba?
La alegría de las recientes noticias volvió
escéptico a Febrer. «Nadie se muere de amor.» Le costaría un gran esfuerzo
abandonar aquella tierra al día siguiente; experimentaría honda tristeza al
perder de vista la blancura africana de Can Mallorquí. Pero al
sentirse libre del ambiente de la isla y volver a su antigua existencia, tal
vez no fuese Margalida más que un pálido recuerdo, y él reiría el primero de
esta pasión de una atlota hija de un antiguo arrendatario de
su familia.
No vaciló más. Esta noche la pasaría en la soledad
de la torre, como un hombre primitivo de los que viven acechados por el
peligro, dispuestos a matar; a la noche siguiente estaría sentado ante la mesa
de un café, bajo el resplandor de los focos eléctricos, viendo carruajes junto
a las aceras y pasando por el centro del Borne mujeres más hermosas que
Margalida. «¡A Mallorca!» No viviría en un palacio: el caserón de los Febrer lo
perdía para siempre en el arreglo revolucionario y salvador ideado por el amigo
Valls; pero no le faltaría una casita pequeña y limpia en el Terreno u otro
barrio vecino al mar, y en ella la compañía y los cuidados maternales de madó Antonia.
Ninguna tristeza, ninguna vergüenza le esperaba allá. Hasta se vería libre de
don Benito Valls y de su hija, a los que había abandonado de un modo
incorrecto, sin palabras de excusa. El rico chueta, según anunciaba
su hermano en la carta, vivía ahora en Barcelona para cuidar mejor de su salud.
Indudablemente, como creía el capitán Pablo, este viaje era para encontrar un
yerno lejos de las preocupaciones que perseguían en la isla a los de su raza.
Al cerrar la noche llegó el Capellanet llevando
la cesta de la cena. Mientras Febrer comía ávidamente, con el buen apetito de
la alegría, el muchacho anduvo por la habitación, atisbando con ojos ansiosos,
por si podía encontrar aquella carta que había excitado su curiosidad. «Nada.»
La alegría del señor acabó por contagiarle, y rio también, sin saber de qué,
creyéndose obligado a mostrar buen humor, ya que don Jaime estaba contento.
Febrer bromeó sobre su próxima ida al Seminario.
Pensaba hacerle un regalo, pero un regalo extraordinario, como él no podía
imaginárselo, y al lado del cual nada valdría el cuchillo. Sus ojos, al decir
esto, miraban la escopeta colgada del muro.
Cuando se fue el muchacho, cerró la puerta y se
entretuvo a la luz de la vela en hacer el inventario y distribución de los
objetos que llenaban su vivienda. En un antiguo arcón de madera, tallado a
cuchillo groseramente, estaban dobladas con cuidado por Margalida, entre
hierbas olorosas, las ropas con que había llegado él de Mallorca. Las vestiría
a la mañana siguiente. Pensó con cierto terror en el suplicio de las botas y el
tormento del cuello de la camisa, después de su larga temporada de campestre libertad;
pero quería salir de la isla lo mismo que había venido a ella. Lo demás lo
regalaba a Pep y la escopeta a su hijo, riendo del gesto del pequeño
seminarista ante este presente, que llegaba algo tarde... Ya cazaría, con ella
cuando fuese cura de uno de los cuartones de la isla.
Volvió a sacar del bolsillo la carta de Valls,
complaciéndose en leerla lentamente, como si cada vez encontrase en su texto
nuevas noticias. Mientras leía estos párrafos, que ya le eran familiares, su
pensamiento trabajaba aparte a impulsos de la alegría. ¡El buen amigo Pablo! ¡Y
qué a tiempo llegaban sus consejos!... Le sacaba de Ibiza en el instante más
oportuno, cuando se veía en guerra abierta con todas aquellas gentes rudas, que
deseaban la muerte del forastero. No se equivocaba el capitán. ¿Qué hacía allí,
como un Robinsón, que ni siquiera podía disfrutar la placidez de la soledad?...
Valls, oportuno como siempre, le libraba del peligro.
Su vida de horas antes, cuando aún no había
recibido la carta, parecíale absurda y ridícula.. Ahora era otro hombre.
Sonreía con lástima y vergüenza de aquel loco que el día anterior, llevando la
escopeta al hombro, había emprendido el camino de la montaña para buscar a un
antiguo presidiario, retándolo a bárbaro combate en la soledad del bosque.
¡Como si toda la vida del planeta estuviese concentrada en la pequeña isla y
hubiera que matar para poder existir en ella!... ¡Como si no hubiese vida ni
civilización más allá de la sábana azul que rodeaba a este pedazo de tierra,
con su grupo humano de almas primitivas, petrificadas en las costumbres de
otros siglos! Ésta era la última noche de su existencia salvaje. Al día
siguiente, todo lo ocurrido no sería más que una aglomeración de recuerdos
interesantes, con cuyo relato podría entretener a sus amigos del Borne.
Cortó Febrer repentinamente sus pensamientos,
separando los ojos del papel. Al encontrar su mirada una mitad de la habitación
en la sombra y otra mitad en una luz rojiza que hacía temblar los objetos,
pareció volver del lejano viaje al que le arrastraba su imaginación. Aún vivía
en la torre del Pirata; aún estaba en medio de lobregueces, de una soledad
poblada por los rumores de la Naturaleza, en el interior de un cubo de piedra
cuyas paredes parecían sudar lóbrego misterio.
Algo había sonado fuera de la torre: un grito, un
aullido, distinto del de la otra noche, más sofocado, más lejano. Jaime tuvo la
sensación de que este grito venía de muy cerca, de que tal vez lo lanzaba
alguien oculto en los grupos de tamariscos.
Concentró su atención, y al poco rato el aullido
volvió a sonar. Era el mismo aucamiento de la otra noche, pero
sordo, quedo, ronco, como si el que lo lanzaba tuviese miedo de que el grito se
esparciese demasiado, colocando sus manos en torno a la boca para enviarlo con
esta bocina natural únicamente hacia la torre.
Pasada la primera sorpresa, rio silenciosamente,
encogiendo los hombros. No pensaba moverse. ¿Qué le importaban ya estas
costumbres primitivas, estos retos de payeses? «Aúlla, buen hombre; grita hasta
que te canses: estoy sordo.»
Y para distraer su atención volvió a leer la carta,
complaciéndose en el saboreo de la larga lista de acreedores, muchos de cuyos
nombres evocaban visiones coléricas o grotescos recuerdos.
El aullido continuó sonando a largos intervalos, y
cada vez que su ronca estridencia cortaba el silencio, Febrer se estremecía de
impaciencia y de cólera. «¡Cristo! ¿Iba a pasar así la noche, desvelado por
esta serenata amenazadora?...»
Pensó que tal vez el enemigo, oculto en la maleza,
veía las rendijas de la puerta iluminadas y esto le hacía persistir en sus
provocaciones. Apagó la vela y se tendió en la cama, experimentando una
sensación de bienestar al verse en la obscuridad, con la espalda hundida en las
crujientes blanduras del jergón. Podía aullar horas y horas hasta perder la voz
aquel bárbaro. Él no quería moverse. ¿Qué le importaban sus insultos?... Y rio
con una alegría de bienestar animal, en la blandura de su lecho, mientras el
otro enronquecía oculto tras los matorrales, con el arma preparada y el ojo
atento. ¡Qué chasco para el enemigo!...
Febrer casi se durmió arrullado por estos gritos de
amenaza. Había colocado tras la puerta la misma barricada de la noche anterior.
Mientras sonasen los gritos tenía la certeza de que ningún peligro le
amenazaba. De pronto, se incorporó, repeliendo ese sopor que precede al sueño.
Ya no sonaban aullidos. Lo que le había desvelado era el misterio del silencio,
más amenazador e inquietante que las vociferaciones de la hostilidad.
Avanzando la cabeza, creyó percibir entre los
rumores confusos y fundidos de la respiración nocturna un roce, un leve crujir
de madera, algo semejante al ligero peso de un gato trepando de peldaño en
peldaño por la escala de la torre, con largas pausas de inmovilidad.
Jaime buscó el revólver y aguardó con él en la
diestra. El arma parecía temblar entre sus dedos. Comenzaba a sentir la cólera
del hombre fuerte que adivina junto a su puerta el rondar de un enemigo.
La lenta ascensión se detuvo, tal vez en mitad de
la escala, y tras largo silencio, oyó el solitario una voz queda, una voz que
sonaba sólo para él. Era la voz del Ferrer: la reconocía. Le
invitaba a salir; le llamaba cobarde, uniendo a este insulto otras injurias
para la odiada isla donde había nacido.
Con irreflexivo impulso, se levantó Jaime de la
cama, sonando ruidosamente el jergón bajo el hundimiento de sus rodillas. Al
estar de pie, en la obscuridad, con el revólver en la mano, volvió a tenerse
lástima por este movimiento y a despreciar a su retador. ¿Por qué hacerle caso?
Debía volver a acostarse... Hubo una larga pausa, como si el enemigo, al
escuchar los crujimientos del jergón, esperase que el habitante de la torre
fuera a salir de un momento a otro. Pero transcurrió algún tiempo, y la voz ronca
e injuriosa volvió a sonar en la calma de la noche. Le llamaba cobarde otra
vez; invitaba a salir al mallorquín. «Sal, hijo de...»
Febrer, ante este insulto, tembló, guardándose el
revólver en la faja. ¡Su madre, su pobre madre, pálida, enferma, dulce como una
santa, resucitando con el más infamante de los insultos en la boca de aquel
presidiario!...
Anduvo instintivamente hacia la puerta, tropezando
a los pocos pasos con la mesa y las sillas amontonadas. No; la puerta no... Un
rectángulo de luz brumosa y azul se marcó en el muro lóbrego. Jaime acababa de
abrir la ventana. El fulgor sideral iluminó débilmente la contracción de su
rostro, un rictus frío, desesperado, cruel, que le daba gran semejanza con el
comendador don Príamo y otros navegantes de guerra y destrucción, cuyos
retratos se empolvaban en el palacio de Mallorca.
Sentóse en el alféizar, echando las piernas fuera,
y lentamente empezó a descender, tanteando con los pies las oquedades del muro
para evitar que rodasen piedras sueltas, denunciándole con su estrépito.
Al tocar tierra sacó el revólver de la faja, y
agachándose, casi de rodillas, con una mano en el suelo, comenzó a seguir el
contorno de la base de la torre. Sus pies se enredaron en las raíces de los
tamariscos que el viento había dejado al descubierto, y se hundían en la arena
como marañas de serpientes negras. Cada vez que un tropezón de éstos le hacía
vacilar, obligándole a rudos tirones para seguir adelante, cada vez que una
piedra rodaba o crujía, deteníase, conteniendo su respiración. Temblaba, no de miedo,
sino de ansiedad y zozobra, con la inquietud del cazador que teme llegar tarde.
¡Ah, si caía sobre el enemigo, si le pillaba cerca de la puerta, lanzando a
media voz sus mortales injurias!...
Arrastrándose como una bestia, casi a flor del
suelo, llegó a ver el extremo inferior de su escala, luego los peldaños
superiores, y al fin la puerta negra en mitad del cubo de la torre, que
aparecía blanco bajo el fulgor de las estrellas. ¡Nadie! El enemigo había
huido.
La sorpresa le hizo incorporarse, avizorando con
inquietud la negra y ondulante mancha de matorrales que se extendía ladera
abajo. Este examen duró poco. Un culebreo rojo, una ondulación llameante y
breve, seguida de una nubecilla y de un trueno, salió de entre los tamariscos,
a corta distancia de él. Jaime creyó recibir en el pecho una piedra, un
guijarro caliente que tal vez había hecho saltar el estrépito de la detonación.
«¡No es nada!», pensó.
Pero al mismo tiempo viose en el suelo, sin saber
cómo, tendido de espaldas.
«¡No es nada!», pensó otra vez.
Y revolviéndose instintivamente, dio la vuelta,
quedando con el pecho en tierra, apoyado en una mano y tendiendo la otra, que
empuñaba el revólver. Sentíase fuerte, repetía en su interior que aquello no
era nada, pero el cuerpo se negó con súbita torpeza a obedecer su voluntad.
Parecía pegado al suelo por una dolorosa simpatía.
Vio agitarse los matorrales como movidos por una
bestia obscura, cautelosa y maligna. Allí estaba el enemigo. Primero avanzó la
cabeza, luego el busto, al fin sacó las piernas de entre el ramaje crujidor.
Febrer, con la rápida visión que acompaña al
ahogado y al moribundo en sus últimos instantes, visión en la que se concentran
los fugitivos recuerdos de toda la vida anterior, pensó en su juventud, cuando
tiraba a la pistola en el jardín de Palma tendido en el suelo y fingiéndose
herido, como un ensayo de ilusorios encuentros. Por primera vez iba a servirle
esta caprichosa precaución.
Vio claramente el bulto negro del enemigo inmóvil
ante el punto de mira de su revólver. Le vio cada vez más turbio, más indeciso,
como si la noche se obscureciese por momentos. Avanzaba cautelosamente, también
con un arma en la mano, sin duda para rematarlo. Entonces tiró del gatillo una,
y otra, y otra vez, creyendo que el arma no funcionaba, sin llegar a oír sus
detonaciones, diciéndose en su desesperación que el enemigo iba a caer sobre
él, privado de defensa. Ya no le veía. Una niebla blanca se extendió ante sus
ojos; le zumbaron los oídos... Pero cuando creía sentir cerca de él a su
contrario, la niebla se deshizo, volvió a ver la luz tranquila y azul de la
noche, y a pocos pasos, tendido igualmente en el suelo, un cuerpo que se
revolvía, que se arqueaba, arañando la tierra, lanzando un ronquido angustioso,
un hipo de muerte.
Jaime no pudo comprender este prodigio. ¿Realmente
era él quien había tirado?...
Quiso levantarse, y sus manos, al palpar el suelo,
chapotearon en un barro denso y caliente. Se tocó el pecho, y también lo
encontró mojado por algo tibio y espeso que chorreaba en hilillos sutiles e
incesantes. Intentó contraer las piernas para arrodillarse, y las piernas no le
obedecieron. Sólo entonces se convenció de que estaba herido.
Sus ojos perdieron la limpieza de su visión.
Contempló doble la torre, luego triple, después toda una cortina de cubos de
piedra que se extendía por la costa hundiéndose mar adentro. Esparcióse un
gusto acre por su paladar y sus labios. Le pareció que bebía algo caliente y
viscoso, pero que lo bebía al revés, por un capricho del mecanismo de su vida,
viniendo el extraño licor a su paladar desde lo más recóndito de sus entrañas.
El bulto negro que se revolvía entre ronquidos a pocos pasos de él agrandábase
cada vez que en sus contorsiones tocaba el suelo. Era ya una bestia
apocalíptica, un monstruo de la noche que al arquearse llegaba a las estrellas.
El ladrido de un perro y voces de personas
disolvieron estas fantasmagorías de la soledad. De la sombra surgieron luces.
—¡Don Chaume!¡Don Chaume!...
¿De quién era esta voz femenil? ¿Dónde la había
oído?...
Vio bultos negros que se movían, que se inclinaban,
llevando en las manos estrellas rojas. Vio un hombre que retenía a otro más
pequeño, y en la mano de este último un relámpago blanco, tal vez un cuchillo,
con el que pretendía rematar al monstruo pataleante.
No vio más. Sintió que unos brazos suaves, de fina
epidermis y dulce calor, le cogían la cabeza. Una voz, la misma de antes,
trémula y llorosa, sonó en sus oídos:
—¡Don Chaume!¡Ay, don Chaume!...
Percibió en su boca un roce dulce, algo suave que
le acariciaba sedosamente, y poco a poco fue extremando su contacto hasta
convertirse en un beso frenético, desesperado, rabioso de dolor.
El herido, antes de perder la vista, sonrió
débilmente al reconocer junto a sus ojos unos ojos lacrimosos de amor y de
pena: los ojos de Margalida.
Al verse Febrer en una pieza de Can
Mallorquí, tendido en una cama alta—tal vez la cama de Margalida—, fue
dándose cuenta de lo ocurrido poco antes.
Había llegado por su pie a la alquería, apoyado en
Pep y su hijo, sintiendo a sus espaldas unas manos de simpático tacto que
parecían temblar. Eran remembranzas vagas, imprecisas, rodeadas de un nimbo de
blanca niebla; algo semejante a la confusa memoria de hechos y palabras luego
de un día de embriaguez.
Recordaba que su frente había buscado con mortal
pereza un apoyo en el hombro de Pep; que las fuerzas le iban abandonando, como
si la vida se escapase con el chorreo caliente y viscoso que cosquilleaba a lo
largo de su pecho y su espalda. Recordaba también que tras sus pasos sonaban
gemidos sordos, palabras entrecortadas implorando el auxilio de todos los
poderes celestiales. Y él, en medio de su debilidad, latentes las sienes por el
zumbido cerebral que acompaña al desvanecimiento, hacía esfuerzos para concentrar
sus energías en las piernas, avanzando paso tras paso, con el temor de quedarse
para siempre en el camino. ¡Qué interminable la bajada a Can Mallorquí!
Había durado horas, había durado días: en su memoria obscura aparecía esta
marcha casi tan larga como toda su vida anterior.
Cuando brazos amigos le ayudaron a subir al lecho y
a la luz de un candil fueron despojándolo de sus ropas, experimentó Febrer una
sensación de bienestar y descanso. ¡No levantarse más de estas blanduras!
¡Permanecer en ellas para siempre!...
¡Sangre!... El rojo escandaloso de la sangre por
todas partes: en la chaqueta y la camisa, que cayeron como guiñapos al pie de
la cama; en la blancura rígida de las gruesas sábanas; en el cubo de agua que
se iba coloreando al mojar Pep un trapo para lavar el busto del herido. Cada
prenda arrancada de su cuerpo esparcía en torno una menuda lluvia. Las ropas
interiores despegábanse de la carne con un tirón doloroso. La luz del candil,
en su llamear vacilante, sacaba de las sombras una eterna nota roja.
Las mujeres prorrumpían en lamentos. La madre de
Margalida, olvidando toda prudencia, juntaba las manos y elevaba los ojos con
una expresión de terror. «¡Reina Santísima!...» Febrer, a quien el descanso en
la cama había devuelto la serenidad, extrañábase de estas exclamaciones. Él se
sentía bien: ¿por qué se alarmaban de tal modo las mujeres? Margalida,
silenciosa, con los ojos agrandados por el terror, iba de un lado a otro,
revolviendo ropas, abriendo arcas, con la precipitación del miedo, pero sin aturdirse
al oír los gritos furiosos de su padre.
El buen Pep, ceñudo, con una palidez verdosa en su
tez obscura, manejaba al herido al mismo tiempo que daba órdenes. «¡Hilas!
¡muchas hilas!... ¡Silencio las hembras! ¿A qué tantos gritos y lamentos?...»
Lo que debía hacer su mujer era ir en busca de cierto pucherete que contenía un
ungüento maravilloso guardado a prevención desde los tiempos de su valeroso
padre, un verro temible habituado a las heridas.
Y cuando la madre, afligida por las órdenes
furiosas, quería unirse a Margalida para buscar el remedio, la reclamaba otra
vez su marido junto al lecho. Debía sostener al señor: lo había puesto de lado
para examinar y lavar al mismo tiempo el pecho y la espalda. El pacífico Pep
había visto de mozo sucesos más estupendos que aquél, y entendía algo de
heridas. Al borrar las manchas de sangre con el trapo mojado, dejó al
descubierto dos orificios en el busto de don Jaime, uno en el pecho y otro en
la espalda... Bueno: la bala le había atravesado el cuerpo; no habría que
extraerla, y esto llevaban adelantado.
Con sus manos rústicas, a las que pretendía
infundir cierta delicadeza femenil, pugnaba por formar unos tapones de hilas,
intraduciéndolos en aquellos orificios de carne rota y sanguinolenta, que
seguían vomitando mansamente el rojo líquido. Margalida, frunciendo las cejas y
desviando la vista para no encontrarse con los ojos del herido, intervino,
apartando a Pep. «¡Deje, padre!»; tal vez ella sabría hacerlo mejor... Y Jaime
creyó percibir en su carne viva, sensible, vibrante por el cruel rasguño, una impresión
de frescura, de dulce calma al hundirse en ella los tapones manejados por los
dedos de la muchacha.
Quedó Jaime inmóvil, sintiendo en la espalda y en
el pecho los trapos amontonados por las dos mujeres en su horror a la sangre.
El optimismo que le había animado al doblarse sus
piernas y caer junto a la torre volvió a reaparecer. Seguramente, aquello no
era nada: una herida insignificante; sentíase mejor. Le molestaba, como si
fuese algo inoportuno, el gesto triste y silencioso de los que le rodeaban, y
sonrió para animarlos. Intentó hablar, pero el primer intento de palabra le
produjo una gran fatiga.
El payés le atajó con un gesto. «¡Quieto, don
Jaime: debía permanecer inmóvil!» El médico iba a llegar. Su hijo había montado
en la mejor caballería de la casa, para traerlo de San José.
Y al ver a don Jaime con los ojos muy abiertos,
persistiendo en su sonrisa animosa, Pep siguió hablando para entretener al
herido.
Estaba él durmiendo con la pesadez de un sueño
inconmovible, cuando le despertaron las voces y tirones de su mujer, los gritos
de los atlots que corrían hacia la puerta queriendo salir.
Fuera de la alquería, por la parte de la torre, sonaban tiros. ¡Otro ataque al
señor, lo mismo que dos noches antes!... Pepet, al escuchar los últimos
disparos, pareció alegrarse. Eran de don Jaime: conocía el estampido de su
revólver.
Pep había encendido el farol que le servía para
salir al campo, su mujer cogió el candil, y todos corrieron cuesta arriba hacia
la torre, sin pensar en el peligro. El primero que encontraron fue el Ferrer,
moribundo, con la cabeza chorreando sangre, lanzando aullidos y retorciéndose
lo mismo que un demonio... Ya había acabado de penar. ¡Que Dios le acogiese en
su misericordia! Pep había tenido que ir a las manos con su hijo, rabioso y
maligno como un mono, el cual, al ver al moribundo, extrajo de su faja un gran
cuchillo, pretendiendo rematarlo. ¿De dónde habría sacado Pepet aquella arma?
¡El demonio son los muchachos! ¡Famoso juguete para un seminarista!...
Y el padre señalaba con los ojos el cuchillo
regalado por Febrer al Capellanet, que estaba ahora abandonado
sobre una silla.
Luego habían descubierto al señor, caído de bruces
cerca de la escalera de la torre. ¡Ay, don Jaime, qué susto el de Pep y su
familia! Le habían creído muerto. En estos trances es cuando se conoce el
cariño que se tiene a las personas. Y el buen payés, con su mirada lacrimosa,
parecía besar al herido, acompañándole en esta caricia muda las dos mujeres,
que, encogidas junto a la cama, pretendían devolverle la salud con sus ojos.
Esta mirada de cariño y de zozobra dolorosa fue lo
último que vio Febrer. Sus ojos se cerraron, y dulcemente fue cayendo en un
sopor, sin ensueños, sin delirio, en la blandura gris de la nada, como si su
pensamiento se durmiese antes que su cuerpo.
Cuando volvió a abrir los ojos ya no era roja la
luz que alumbraba la habitación. Vio el candil colgado en el mismo sitio, con
la mecha negra y apagada. Una luz glacial y lívida penetraba por el ventanillo
del dormitorio: la luz del amanecer. Jaime experimentó una sensación de frío.
Arrancaban de su cuerpo las cubiertas del lecho; unas manos ágiles iban
tentando los envoltorios de sus heridas. La carne, insensible pocas horas
antes, estremecíase ahora al más leve contacto, con la espeluznante vibración del
dolor, despertando un deseo irresistible de quejarse.
El herido, siguiendo con su mirada nebulosa las
manos que le martirizaban, vio unas mangas negras, luego una corbata, un cuello
de camisa distinto al que usaban los isleños, y encima de todo esto una cara
con bigote cano, una cara que había visto otras veces en los caminos, pero no
podía asimilar ahora al recuerdo de un hombre. Poco a poco fue reconociéndolo.
Debía ser el médico de San José, al que había encontrado en muchas ocasiones a
caballo o guiando un carrito; un practicón viejo, calzando alpargatas como los
payeses, y que sólo se diferenciaba de éstos por la corbata y el cuello
planchado, signos de superioridad social mantenidos por él cuidadosamente.
¡Cómo le atormentaba este hombre al palpar su
carne, que parecía haberse endurecido, haciéndose más sensible, con una
sensibilidad enfermiza y tímida, cual si se contrajera al simple contacto del
aire!... Cuando perdió de vista esta cara, y no sintió ya el martirio de sus
manos, sumióse otra vez en el sopor del descanso. Cerró los ojos, pero su oído
pareció aguzarse en esta obscuridad. Hablaban en voz baja fuera de la pieza, en
la cocina inmediata, y el herido sólo llegó a percibir algunas frases de esta
conversación sorda. Una voz desconocida, la del médico, sonaba en medio del
angustioso silencio. Felicitábase de que la bala no se hubiese quedado en el
cuerpo; indudablemente sólo había atravesado en su trayectoria el pulmón. Aquí
un coro de exclamaciones de asombro, de ayes contenidos, y la protesta de la
misma voz. «Sí, el pulmón; no había que asustarse. El pulmón se cicatriza con
facilidad. Es el órgano más bondadoso del cuerpo.» Sólo había que temer a la
pulmonía traumática.
El herido, escuchando esto, persistía en su
optimismo. «No es nada; no es nada.» Y otra vez volvía a sumergirse dulcemente
en el brumoso mar del sopor, un mar inmenso, terso, pesado, en el que se
hundían visiones y sensaciones sin ondulación ni huellas.
Desde este instante Febrer perdió la noción del
tiempo y de la realidad. Vivía aún, estaba cierto de ello, pero su vida era
anormal, extraña, una larga vida de sombra e inconsciencia, con ligeros
intervalos de luz. Abría los ojos y era de noche. El ventanillo estaba negro y
la llama del candil lo coloreaba todo de inquietas manchas rojas que danzaban
agarradas a las sombras. Volvía a abrirlos cuando sólo consideraba
transcurridos unos instantes, y era ya de día. Un rayo de sol entraba en la
habitación trazando un redondel de oro a los pies de la cama. Y de este modo se
sucedían con una rapidez fantástica el día y la noche, como si se hubiese
trastornado para siempre el curso del tiempo. Cuando no era así, la general
revolución, en vez de marchar aceleradamente, se inmovilizaba en una monotonía
desesperante. Al abrir el herido los ojos era de noche, eternamente de noche,
como si el globo viviese condenado a interminables tinieblas. Otras veces
brillaba el sol siempre seguido, lo mismo que en los países árticos, sometidos
al deslumbramiento irritante de un día de meses.
En un despertar de estos encontró los ojos
del Capellanet. El muchacho, creyéndole súbitamente mejorado, habló
con voz queda para no incurrir en las iras de su padre, que recomendaba el
silencio.
Ya habían enterrado al Ferrer. El
valentón estaba pudriendo tierra. ¡Qué tiros tan certeros los de don Jaime!
¡Qué mano la suya!... Le había deshecho la cabeza.
Recordaba el atlot todo lo
ocurrido después, con el orgullo del que ha gozado el honor de presenciar un
suceso histórico. Habían llegado de la ciudad el juez con su bastón de borlas,
el oficial de la Guardia civil y dos señores que llevaban papeles y tinteros,
todos con escolta de tricornios y fusiles. Estos personajes omnipotentes, tras
un descanso en Can Mallorquí, habían subido a la torre, mirándolo
todo, escudriñándolo todo, corriendo el terreno como si quisieran tomar
medidas, obligándole a él, ¡al Capellanet!, a que se tendiese en el
sitio en que habían encontrado a don Jaime, adoptando su misma postura. Luego,
unos vecinos piadosos, con la venia del juez, se habían llevado el cadáver
del Ferrer al cementerio de San José, y la imponente comitiva
de la justicia bajó a la alquería para hacer preguntas al herido. Imposible
hablarle. Dormía, y cuando le despertaban miraba a todos con ojos vagos,
volviendo a cerrarlos inmediatamente. ¿De veras que no se acordaba el señor?...
Ya le preguntarían otra vez, cuando estuviese restablecido. No había cuidado:
todas las gentes honradas, lo mismo que la justicia, «estaban a favor de
ellos». Como el Ferrer carecía de parientes próximos que le
vengasen y se había hecho antipático, los vecinos no tenían interés en callar y
todos decían la verdad. El verro había ido dos noches a buscar
al señor en su torre, y el señor se había defendido. Era indudable que no le
harían nada. Lo afirmaba el Capellanet, que por sus aficiones
belicosas tenía algo de jurisconsulto. «Defensa propia, don Jaime...» En la
isla sólo se hablaba de este suceso. En los cafés y casinos de la ciudad todos
le daban la razón. Hasta habían escrito a Palma relatando el hecho para que lo
publicasen los diarios. A estas horas sus amigos de Mallorca estarían enterados
de todo.
Las actuaciones del proceso iban a ser cortas. Al
único que se habían llevado a Ibiza para meterlo en la cárcel era al Cantó,
por sus amenazas y mentiras. Intentaba hacer creer que era él quien había ido
en busca del odiado mallorquín; ensalzaba al verro como una
víctima inocente; pero de un momento a otro le pondría en libertad la justicia,
cansada de sus trapacerías y embustes. El atlot hablaba de él
con desprecio. Aquel gallina no podía darse el lujo de matar a un hombre. ¡Todo
farsa!
Otras veces, al abrir el herido sus ojos, veía la
figura inmóvil y acurrucada de la mujer de Pep mirándolo fijamente con sus
pupilas sin expresión, moviendo los labios como si rezase, interrumpiendo este
silabeo mudo con suspiros profundos. Apenas se encontraba con la mirada
vidriosa de Febrer, corría a una mesita cubierta de botellas y vasos. Su cariño
manifestábase con un incesante deseo de hacerle beber todos los líquidos
ordenados por el médico.
Cuando Jaime, en su turbio despertar, encontraba el
rostro de Margalida, sentía una impresión placentera que le ayudaba a
mantenerse con los ojos abiertos. Las pupilas de la muchacha tenían una
expresión adorante y temerosa. Parecía implorar misericordia con sus ojos
lagrimeantes, aureolados de azul sobre la blancura monástica y delicada del
rostro. «¡Por mí! ¡todo por mí!», decía mudamente, con un gesto de
remordimiento.
Se aproximaba a él tímida, vacilante, pero sin
rubores que alterasen su palidez, como si lo extraordinario de las
circunstancias hubiese vencido a su antiguo encogimiento. Arreglaba el embozo
del lecho, desordenado por los movimientos del herido, daba a beber a éste y
levantaba con manos maternales su cabeza, para ahuecar la almohada. Llevábase
un dedo a los labios para imponerle silencio cuando Febrer intentaba hablar.
Una vez, el herido agarró al paso una de sus manos
y se la llevó a la boca, acariciándola con un beso prolongado. Margalida no osó
retirarla. Únicamente volvió la cabeza para que no viese sus ojos llenos de
lágrimas. Gemía con honda angustia, y el enfermo creyó oír las mismas
expresiones de remordimiento que otras veces había adivinado en su mirada.
«¡Por mi culpa!... ¡Ha sido por mi culpa!» Jaime experimentó una sensación de
alegría ante estas lágrimas. ¡Oh dulce «Flor de almendro»!...
Ya no vio más su cara de fina palidez; sólo
distinguió el brillo de sus ojos envueltos en blancas neblinas, como se ve el
resplandor del sol en un amanecer tempestuoso. Le zumbaron cruelmente las
sienes; su mirada se enturbió. Al dulce sopor de antes, blando y vacío como la
nada, fue sucediendo un sueño poblado de visiones incoherentes, de imágenes de
fuego vibrantes sobre un fondo de intensa negrura, de tormentos que arrancaban
a su pecho gemidos de miedo y alaridos de angustia. Algunas veces, en medio de sus
espantosas pesadillas, despertábase por un instante, un instante nada más, lo
preciso para reconocerse incorporado en la cama, con los brazos sujetos por
otros brazos que intentaban mantenerlo inmóvil. Y de nuevo volvía a sumirse en
aquel mundo de sombras, poblado de espantos. En este fugaz despertar, que era
semejante a la rápida visión luminosa de un respiradero en la lobreguez de un
túnel, reconocía junto a su cara las caras afligidas de la familia de Can
Mallorquí. Otras veces, sus ojos se encontraron con los del médico, y en
una ocasión hasta creyó ver las patillas canosas y los ojos color de aceite de
su amigo Pablo Valls. «¡Ilusión! ¡Locura!», pensaba al sumirse de nuevo en su
inconsciencia.
Mientras sus ojos permanecían sumidos en este mundo
lóbrego surcado por los rojos cometas de la pesadilla, su oído vibraba
débilmente en ciertos momentos con palabras que parecían sonar lejos, muy
lejos, y sin embargo eran pronunciadas junto a su cama. «Pulmonía traumática...
Delirio.» Estas palabras eran repetidas por diversas voces, pero él dudaba que
se refiriesen a su persona. Sentíase bien; aquello no era nada: un fuerte deseo
de seguir acostado; una renuncia de la vida; la voluptuosidad de estar inmóvil,
de permanecer allí hasta que llegase la muerte, que no le infundía ahora miedo
alguno.
Su cerebro, desordenado por la fiebre, parecía
girar y girar en loca rotación, y este movimiento circulatorio evocaba en su
memoria confusa una imagen que la había ocupado muchas veces. Veía una rueda,
una enorme rueda, inmensa como el globo terráqueo, perdiéndose su parte más
alta en las nubes, hundiéndose el arco inferior entre el polvo sideral que
brillaba en la negrura celeste.
La llanta de esta rueda era de carne animada:
millones y millones de criaturas soldadas, amasadas, gesticulantes, con las
extremidades libres, moviéndolas para convencerse de su soltura y su libertad,
mientras sus cuerpos estaban pegados unos a otros. Los rayos de la rueda
atraían la atención de Febrer por sus diversas formas. Unos eran espadas con
las sangrientas hojas cubiertas de guirnaldas de laurel, símbolo de heroísmo;
otros parecían áureos cetros rematados por coronas de rey o de emperador; varas
de justicia; barras de oro formadas de monedas superpuestas; báculos con
piedras preciosas, símbolos de divino pastoreo desde que los hombres se
agruparon en rebaños para balar temerosos con la vista puesta en lo alto. Y el
cubo de esta rueda era un cráneo, blanco, limpio, brillante, como si fuese de
marfil pulido; un cráneo enorme lo mismo que un planeta, que permanecía
inmóvil, mientras todo giraba en torno de él; un cráneo luminoso como la luna,
que con sus negras oquedades parecía gesticular malignamente, burlándose
silencioso de todo este movimiento.
La rueda giraba y giraba. Los millones de seres
sujetos a su continua revolución gritaban y manoteaban entusiasmados y
enardecidos por la velocidad. Jaime, tan pronto los veía subiendo a lo más
alto, como descendiendo cabeza abajo; pero ellos, en su ilusión, creían marchar
rectamente, admirando a cada vuelta nuevos espacios, nuevas cosas. Juzgaban
como un lugar desconocido y asombroso el mismo punto por el que habían pasado
momentos antes. Ignorando la inmovilidad del centro en torno del cual rodaban,
creían con la mejor buena fe que el movimiento era de avance. «¡Cómo corremos!
¿Adonde iremos a parar?» Y Febrer sonreía, apiadado de su simpleza, viéndolos
ufanarse de la rapidez de su progreso, cuando estaban en el mismo sitio, de la
velocidad de una ascensión que emprendían por milésima vez y había de ser
seguida fatalmente por el descenso cabeza abajo.
De pronto, Jaime sintióse empujado por una fuerza
irresistible. El gran cráneo le sonreía burlonamente, «Tú también: ¿por qué
resistirte a tu destino?» Y se encontraba adosado a la rueda, confundido con
aquella humanidad crédula e infantil, pero sin el consuelo de su dulce engaño.
Y sus compañeros de viaje le insultaban, le escupían, le golpeaban indignados
al enterarse de que negaba su movimiento, y le tenían por loco al poner en duda
lo que era visible para todos.
La rueda estallaba, poblando el negro espacio de
llamas de explosión, de millares de millones de gritos y estremecimientos, que
eran otros tantos seres arrojados a través del misterio de la eternidad. Y él
caía y caía, durante años, durante siglos, hasta sentir en su espalda la
blandura de la cama... Abría entonces los ojos. Margalida estaba allí,
contemplándolo con expresión de terror a la luz del candil. Debían ser las
altas horas de la noche. La pobre muchacha suspiraba de miedo mientras le cogía
los brazos con sus manecitas temblorosas.
—¡Don Chaume!¡Ay, don Chaume!...
Había gritado como un loco; se inclinaba fuera de
la cama con marcada intención de caer al suelo; hablaba de una rueda y una
calavera. ¿Qué era aquello, don Jaime?...
El enfermo sentía el roce amoroso de unas manos
dulces que arreglaban las ropas desordenadas, subían el embozo y lo apretaban
en torno de sus hombros maternalmente, con el mismo cuidado acariciador que si
fuese un niño.
Febrer, antes de sumirse de nuevo en la
inconsciencia, antes de atravesar otra vez las puertas ígneas del delirio, veía
próximos a sus ojos los ojos húmedos de Margalida, cada vez más tristes y
lagrimeantes en sus círculos azulados; sentía el soplo tibio de su aliento en
sus propios labios, y luego estremecerse éstos con un contacto sedoso y húmedo,
una caricia leve y tímida semejante al roce de un ala. «Dorga, don
Chaume.» El señor debía dormir. Ya pesar del respeto con que hablaba
al herido, sus palabras tenían un susurro de cariñosa intimidad, como si don
Jaime fuese otro para ella luego que la desgracia los había aproximado.
El delirio de la fiebre empujaba al enfermo por
extraños mundos, donde no persistía la más leve forma de realidad. Se veía otra
vez en su torre solitaria. El sombrío cubo ya no era de piedra: estaba formado
de cráneos, unidos como bloques, por una argamasa hecha de polvo de huesos. De
huesos eran también la colina y los peñascos de la costa, y blancos esqueletos
las líneas de espuma que coronaban las rompientes del mar. Todo cuanto abarcaba
la vista, árboles y montes, buques e islas lejanas, estaba osificado, con una
blancura deslumbradora de paisaje glacial. Cráneos con alas, parecidos a los
querubines de los cuadros religiosos, revoloteaban en el espacio, lanzando por
su mandíbula caída roncos himnos a la gran divinidad que lo llenaba todo con
los bullones de su sudario y cuya cabeza de hueso se perdía en las nubes. Él
mismo sentía que uñas invisibles le despojaban de su carne, sanguinolentos
andrajos que, por haber estado adheridos a él toda una vida, le arrancaban
alaridos de dolor al despegarse. Luego se veía mondo y pulido en su blancura de
esqueleto, y una voz remota murmuraba una horrible consagración en sus orejas
ausentes. «Había llegado el momento de su verdadera grandeza: dejaba de ser
hombre para convertirse en muerto. El esclavo había pasado por la gran
iniciación, trocándose en semidiós.» ¡Los muertos mandan! No había más que ver
con qué supersticioso respeto, con qué miedo servil saludan los vivos en las
ciudades a los que se marchan para siempre. El poderoso se descubre ante el
mendigo.
Con la potente visión de sus cuencas negras y sin
ojos, para los cuales no había distancia ni obstáculos, abarcaba el conjunto de
la tierra. ¡Muertos, muertos por todas partes! Lo llenaban todo. Vio tribunales
con hombres vestidos de negro, los ojos entornados y el gesto imponente, oyendo
las miserias y locuras de sus semejantes, y tras ellos otros tantos esqueletos
enormes, con una grandeza de siglos, envueltos en togas, eran los que movían
las manos de los jueces cuando éstos escribían y los que soplando sobre sus
cabezas les dictaban sus sentencias. ¡Los muertos juzgan! Vio grandes salones
de luz cenital con hemiciclos de bancos, y en ellos centenares de hombres que
hablaban, vociferaban y gesticulaban en la ruidosa labor de confeccionar leyes.
Tras ellos se ocultaban los verdaderos legisladores, los muertos, los diputados
con sudario, cuya presencia no adivinaban estos hombres de grandilocuente
vanidad, creyendo hablar siempre por inspiración propia. ¡Los muertos legislan!
En un momento de duda, bastaba que alguien recordase lo que habían pensado los
muertos en otros tiempos para que se restableciese la calma, aceptando todos su
opinión. Los muertos eran la única realidad eterna e inmutable. Los hombres de
carne un accidente pasajero, una burbuja insignificante que no tardaba en
estallar por la hinchazón de su hueca soberbia.
Y vio blancos esqueletos velando como tétricos
ángeles a las puertas de las ciudades que eran su obra, vigilando el rebaño
apriscado en su interior, repeliendo como reses malditas a los locos
irrespetuosos que se negaban a reconocer su autoridad. Vio al pie de los
grandes monumentos, de los cuadros de los museos, de los estantes de las
bibliotecas, la muda sonrisa de los cráneos, que parecía decir a los hombres:
«Admiradnos: ésta es nuestra obra, y cuanto hagáis vosotros debe ser a nuestra
semejanza». El mundo entero pertenecía a los muertos. Ellos reinaban. El
viviente, al abrir su boca para el alimento, mascaba partículas de los que le
antecedieron en el camino de la vida; al recrear ojos y oídos en la belleza,
daba el arte obras y patrones de los muertos. Hasta el amor sufría esta
servidumbre. La hembra, en sus pudores o sus arrebatos, plagiaba sin saberlo a
sus abuelas, que habían sido, según las épocas, tentadoras con una virtud
hipócrita o francamente mesalinescas.
El enfermo, en su delirio, empezó a sentirse
agobiado por la densidad y el número de estos seres blancos y huesosos, de
negros alvéolos y maligna risa, armazones de una vida desaparecida que se
empeñaban tenazmente en subsistir, llenándolo todo. Eran tantos, ¡tantos!...
Imposible moverse. Febrer tropezaba con sus abombados y limpios costillares,
con las agudas aristas de sus caderas, estremeciéndose sus oídos con el
chasqueteo de sus rótulas. Le oprimían, le asfixiaban, eran millones de
millones: todo el pasado de la humanidad. No encontrando espacio donde poner
sus pies, se alineaban en filas unos sobre otros. Eran a modo de una marea
montante de huesos que subía y subía hasta alcanzar la cumbre de las más altas
montañas y tocar las nubes. Jaime empezaba a ahogarse en esta inundación
blanca, dura y crujiente. Gravitaban sobre su pecho con la pesadez de las cosas
muertas... Iba a perecer. En su desesperación se asió a una mano que parecía
venir de muy lejos, saliendo de la sombra: una mano de vivo, una mano de carne.
Tiró de ella, y poco a poco, en la bruma, fue tomando forma la mancha pálida de
un rostro. Después de su existencia en aquel mundo de cráneos escuetos y huesos
pelados, este rostro humano le causó la misma impresión de grata sorpresa que
siente el explorador al encontrarse con la cara de uno de su raza tras larga
permanencia entre salvajes.
Siguió tirando de aquella mano, y fue condensándose
la vaguedad del rostro, hasta reconocer a Pablo Valls inclinado sobre él,
moviendo los labios como si murmurase palabras cariñosas que no podía oír.
«¡Otra vez!... ¡Siempre el capitán apareciendo en sus delirios!»
Sumióse de nuevo el enfermo en su inconsciencia
después de esta rápida visión. Ahora su sopor era más tranquilo. La sed, una
sed horrible que le hacía avanzar las manos fuera del lecho y apartar sus
labios del vaso vacío con un gesto de ansiedad no saciada, empezó a decrecer.
Había visto en su delirio claros arroyos, ríos silenciosos e inmensos, a los
que no podía llegar nunca, sumidas sus piernas en dolorosa inmovilidad. Ahora
contemplaba una catarata luminosa y espumeante rodando en el fondo de su ensueño,
y podía al fin caminar, aproximarse a ella, viéndola a cada paso más grande,
sintiendo en su rostro la fresca caricia de la humedad.
En medio del estrépito de esta caída líquida
llegaban a su oído apagadas voces humanas. Alguien volvía a hablar de la
pulmonía traumática. «Estaba vencida.» Y una voz agregaba alegremente:
«En hora buena. Ya tenemos hombre.» El enfermo
reconoció esta voz. ¡Siempre Pablo Valls resurgiendo en su pesadilla!
Continuó su marcha hacia adelante, atraído por la
frescura del agua, hasta colocarse bajo el sonoro raudal, estremeciéndose con
escalofríos voluptuosos al recibir en su espalda todo el empuje del
derrumbamiento acuático. Una sensación de frescura se esparcía por su cuerpo,
haciéndole suspirar de placer. Sus miembros parecían dilatarse bajo la helada
caricia. Se ensanchaba su pecho, desvaneciéndose la opresión que le había
martirizado hasta poco antes, como si la tierra entera gravitase sobre su
tronco. Sentía que en el interior de su cráneo se iban disolviendo las
nebulosidades de su pensamiento. Deliraba aún, pero su delirio no se
desarrollaba cortado por escenas de terror y gritos de angustia. Era más bien
un ensueño plácido, en el que su cuerpo se dilataba con estiramientos de
voluptuosidad y su imaginación corría por los risueños horizontes del
optimismo. Las espumas de la cascada eran blancas, vibrando en las facetas de
sus diamantes líquidos los colores del iris. El cielo era de tinta rosa, con
lejanas músicas y suaves perfumes. Alguien temblaba misterioso, invisible y al
mismo tiempo sonriente, en esta atmósfera fantástica: una fuerza sobrenatural
que parecía embellecerlo todo con su contacto. La salud que llegaba.
La sábana de agua que se encorvaba al desprenderse
de las altas rocas despertó en su memoria ensueños anteriores. Vio otra vez la
rueda, la inmensa rueda, imagen de la humanidad, que giraba y giraba sin
cambiar de sitio, emprendiendo una ascensión tras otra, para pasar siempre por
los mismos puntos.
El enfermo, enardecido por aquella sensación de
frescura, creyó poseer nuevos sentidos para darse cuenta de lo que le rodeaba.
Vio otra vez la rueda girando y girando en el
infinito; ¿pero realmente estaba inmóvil?...
La duda, principio de nuevas verdades, le hizo
mirar con mayor atención. ¿No era un engaño de sus ojos? ¿Sería él quien vivía
en el error, y aquellos millones de seres que lanzaban gritos de júbilo en su
prisión rodante estarían en lo cierto al creer que realizaban un nuevo avance
con cada vuelta?...
Era cruel que la vida se desarrollase centenares y
centenares de siglos en esta agitación mentirosa que ocultaba una inmovilidad
real. ¿Para qué, entonces, la existencia de lo creado? ¿No tenía la humanidad
otro fin que engañarse a sí misma, dando vueltas por su propio esfuerzo a la
caja circular que la aprisionaba, como esos pájaros que con sus saltos mueven
una jaula que es su cárcel?...
De pronto ya no vio la rueda. Vio pasar ante él un
globo inmenso, de color azulado, en el que se marcaban mares y continentes con
perfiles iguales a los que había contemplado en los mapas. Era la Tierra. Y él,
imperceptible molécula en la inmensidad del espacio, ínfimo espectador de la
estupenda representación de la Naturaleza, podía abarcar con sus ojos el globo
azul ceñido de nubes.
También daba vueltas, como la rueda fatal. Giraba y
giraba sobre sí mismo con una monotonía desesperante; pero este movimiento, que
era el más inmediato, el más visible, el que todos podían apreciar, resultaba
insignificante. Otro movimiento era el superior. Sobre la monótona rotación
siempre en torno del mismo eje, estaba el movimiento de traslación, que
arrastraba al globo por los espacios infinitos en eterno viaje, sin pasar nunca
por los mismos lugares.
¡Maldición a la rueda! La vida no era una eterna
vuelta por idénticos puntos. Sólo los cortos de vista, al contemplar este
movimiento, podían imaginarse que era el único. La imagen de la vida era la
Tierra. Giraba sobre sí misma en determinados espacios de tiempo: repetíanse
los días y las estaciones, como en la historia de los humanos se repiten las
grandezas y las ruinas; pero había algo más sobre todo esto: el movimiento de
traslación, que arrastra hacia lo infinito, siempre adelante... ¡siempre adelante!
La teoría del «eterno recomenzar de las cosas» era
falsa. Repetíanse los hombres y los sucesos, como en la Tierra se repiten los
días y las estaciones; pero aunque todo pareciese igual, no lo era realmente.
La forma exterior de las cosas podía semejarse; el alma era distinta.
No; ¡rómpase la rueda! ¡perezca la inmovilidad! Los
muertos no podían mandar. El mundo, en su movimiento de traslación, corría
demasiado aprisa para que ellos lograsen mantenerse eternamente en su
superficie. Se agarraban a la corteza con sus garras de hueso, pugnando por
mantenerse firmes durante muchos años, tal vez durante siglos, pero la
velocidad de la carrera acababa por expelerlos a todos, dejando atrás una
estela de huesos rotos, luego de polvo, y al fin nada.
El mundo, cargado de vivientes, corría siempre
adelante, sin pasar dos veces por el mismo sitio. Jaime lo había visto aparecer
en el horizonte como una lágrima de luminoso azul; luego agrandarse y
agrandarse, hasta llenar todo el espacio, pasando junto a él con rotación de
rueda y velocidad de proyectil a un mismo tiempo; y ahora se empequeñecía otra
vez, huyendo por el extremo opuesto. Ya era una gota, un punto, nada...
perdiéndose en la obscuridad, ¡quién sabe hacia dónde y para qué!...
Era inútil que sus ideas de poco antes, al quedar
vencidas, se revolviesen con el intento de una última protesta, gritando que
aquel movimiento de traslación resultaba igualmente falso, ya que la Tierra
giraba como una rueda alrededor del Sol... No; el Sol tampoco estaba inmóvil, y
con todo su coro familiar de planetas caía y caía, si es que en el infinito se
puede caer ni subir; marchaba y marchaba, ¡quién sabe hacia que punto, ni con
qué fin!...
Definitivamente, abominó de la rueda, la hacía
trizas mentalmente, sintiendo el goce del preso que pasa la puerta del encierro
y aspira el aire libre. Se imaginó que de sus ojos caían escamas, como de los
del apóstol hebreo en el camino de Damasco. Contemplaba una luz nueva. El
hombre era libre y podía escaparse del tirón de los muertos, organizando su
vida con arreglo a sus deseos, cortando el lazo de esclavitud que le soldaba a
estos déspotas invisibles.
Cesó de soñar; se sumió en la nada con el placer
íntimo y silencioso del trabajador que descansa después de una jornada
provechosa.
Pasado mucho tiempo, ¡mucho! abrió los ojos y se
encontró con los de Pablo Valls fijos en él. Le tenía cogido de las manos, le
miraba cariñosamente con sus pupilas amarillentas.
No podía dudar: era una realidad. Su olfato
percibió el olor de tabaco inglés ligeramente perfumado de opio que parecía
flotar siempre en torno de su boca y sus patillas. ¿No era, pues, una ilusión
haberle visto en el curso de su delirio? ¿Era realmente su voz la que había
escuchado en medio de sus pesadillas?...
El capitán rompió a reír, mostrando sus dientes
largos amarilleados por la pipa.
—¡Ah, buen mozo!—dijo—. Esto marcha, ¿verdad? Ya no
hay fiebre, ya no hay nada de peligro. Las heridas marchan bien. Debes sentir
en ellas una picazón de mil demonios; algo así como si te hubiesen metido
avispas bajo los vendajes. Es la formación de los tejidos, la carne nueva que
escuece al crecer.
Jaime se dio cuenta de la verdad de estas palabras.
Sentía en el lagar de sus heridas una fuerte picazón, una rigidez que ponía
tirante su carne.
Valls adivinó una curiosidad suplicante en los ojos
de su amigo.
—No hables, no te fatigues... ¿Que cuánto tiempo
estoy en Ibiza? Cerca de dos semanas. Leí en los papeles de Palma lo tuyo, y al
momento me planté aquí. Tu amigo el chueta siempre será el
mismo... ¡Los malos ratos que nos has hecho pasar! Una pulmonía, hijo mío, y de
las de peligro. Abrías los ojos y no me reconocías: delirabas como un loco.
Pero eso se acabó. Te hemos cuidado mucho... Mira quién está aquí.
Y se apartó de la cama para que viese a Margalida,
oculta tras el capitán, encogida y vergonzosa ahora que el señor podía mirarla
con ojos limpios de fiebre. ¡Ah, «Flor de almendro»!... La mirada de Jaime,
tierna y dulce, la hizo enrojecer. Tuvo miedo de que el enfermo pudiera
acordarse de lo que ella había hecho en los momentos más críticos, cuando
estaba casi segura de que iba a morir.
—Ahora a estarse quieto—continuó Valls—.
Permaneceré aquí hasta que nos vayamos juntos a Palma. Ya me conoces... Yo lo
sé todo; yo lo arreglo todo... ¿Eh? ¿me explico?...
El chueta guiñaba un ojo y reía
maliciosamente, seguro de su habilidad para adivinar los deseos de los amigos.
¡Famoso capitán! Desde que estaba en Can
Mallorquí, todos parecían pendientes de sus mandatos, admirándolo como un
personaje poderoso y jovial. Margalida ruborizábase con sus palabras y guiños,
pero le quería al verle tan abnegado. Recordaba sus ojos llenos de lágrimas una
noche en que todos creyeron que iba a morir don Jaime. Valls había llorado al
mismo tiempo que mascullaba maldiciones. El Capellanet también
adoraba a aquel señorón de Mallorca desde que le vio reír al enterarse de que
pensaban hacerlo cura. Pep y su mujer le seguían como perros obedientes y
sumisos.
Varias tardes hablaron Pablo y el enfermo de los
sucesos pasados.
El capitán era hombre rápido en sus decisiones.
—Ya sabes que no me canso cuando se trata de un
amigo. Al desembarcar en Ibiza vi al juez. Eso se arreglará; tú llevas razón y
todos lo reconocen: defensa propia. Unas pocas molestias cuando estés bueno,
pero nada al final... El asunto de tu salud también está resuelto. ¿Qué más
queda?... ¡Ah, sí! Algo más queda, pero también lo tengo en punto de arreglo.
Rio maliciosamente al hablar así, apretando las
manos de Febrer, y éste, por su parte, no quiso preguntar más, temeroso de
sufrir una decepción.
Una vez, al entrar Margalida en el dormitorio,
Valls la cogió de un brazo, llevándola junto al lecho.
—¡Mírala!—exclamó con burlesca gravedad
dirigiéndose al enfermo—. ¿Es ésta la misma que tú quieres? ¿No te la
cambiaron?... Dale, pues, la mano, tonto. ¿Qué haces ahí, contemplándola con
ojos espantados?...
Las dos manos de Febrer estrecharon la diestra de
Margalida. ¡Ay! ¿era verdad lo que decía el capitán?... Sus ojos buscaron los
de la atlota, que permanecían bajos, mientras la emoción blanqueaba
sus mejillas y hacía palpitar las alas de su nariz.
—Ahora, besaos—dijo Valls, empujando suavemente a
la muchacha, hacia el enfermo.
Pero Margalida, como si se viera amenazada de un
peligro, se desasió de sus manos, huyendo de la habitación.
—Bueno—dijo el capitán—. Ya os besaréis dentro de
un rato: cuando yo no esté.
Valls aprobaba este casamiento. ¿La quería Febrer?
Pues adelante... Esto era más lógico que la boda con su sobrina por los
millones del padre. Margalida era una gran mujer. Él entendía de estas cosas.
Cuando Jaime la sacara de la isla, habituándola a otros usos y otros trajes,
con la facilidad de asimilación que tienen las hembras para todo lo bueno,
nadie reconocería a la antigua payesa.
—Yo he arreglado tu porvenir, pequeño inquisidor.
Ya sabes que tu amigo el judío consigue siempre lo que se propone. Te queda en
Mallorca con qué vivir modestamente. No muevas la cabeza: ya sé que deseas
trabajar, y más ahora que estás enamorado y quieres constituir una familia.
Trabajarás; entre los dos montaremos un negocio: hay donde escoger. Yo siempre
llevo la cabeza atiborrada de proyectos: es cosa de la raza... Si prefieres
irte de Mallorca, te buscaré una ocupación en el extranjero... Es asunto que debe
pensarse.
En todo lo referente a la familia de Can
Mallorquí, el capitán hablaba con una autoridad de amo. Pep y su mujer no
osaban desobedecerle. ¡Cómo discutir con un señor que lo sabía todo!... El
payés opuso escasa resistencia. Ya que don Pablo deseaba el matrimonio de
Margalida con el señor y daba palabra de que esto no traería ninguna desgracia
a la atlota, podían casarse. Era un gran infortunio para los dos
viejos verla marcharse de la isla, pero preferían esta tristeza a conservar a
su lado como yerno a Febrer, que les inspiraba un respeto irresistible.
Al Capellanet le faltó poco para
arrodillarse ante Valls. ¡Y aún dicen en Palma si los chuetas son
malos!... Bien se conocía que eran mallorquines los que hablaban: ¡gente
injusta y orgullosa!... El capitán era un santo. Gracias a él, ya no iría al
Seminario. Sería payés; Can Mallorquí quedaba para él. Hasta
había recobrado de su padre, por intercesión de don Pablo, el cuchillo regalado
por Febrer, y contaba con la promesa de una pistola moderna presente del
capitán: una de aquellas armas milagrosas que había admirado en Palma en los
escaparates del Borne. Apenas se efectuase el casamiento de Margalida, saldría
en busca de novia por el cuartón, llevando en la faja estos dos
nobles acompañantes. Los verros no debían acabarse en la isla.
Rebullía en sus venas la heroica sangre de su abuelo.
Una mañana de sol, Febrer, apoyado en Valls y en
Margalida, fue avanzando con pasos de convaleciente hasta el porche de la
alquería. Sentado en un sillón de brazos, contempló con avidez el tranquilo
paisaje extendido ante él. Sobre la cumbre del promontorio alzábase la torre
del Pirata. ¡Cuánto había soñado y sufrido en ella!... ¡Cómo la amaba al
recordar que en su interior, solo y olvidado del mundo, había incubado esta
pasión que iba a llenar el resto de una vida sin objeto hasta entonces!...
Debilitado por su larga permanencia en el lecho y
por la sangre perdida, aspiraba el tibio ambiente de la mañana luminosa,
cortado por las ráfagas que venían de la costa.
Margalida, luego de contemplar a Jaime con sus ojos
amorosos que aún guardaban cierta timidez, volvió al interior de la alquería
para preparar el desayuno.
Quedaron los dos hombres en largo silencio. Valls
había sacado su pipa, llenándola de tabaco inglés, y expelía olorosas
bocanadas.
Febrer, con la vista fija en el paisaje, abarcando
en su retina deslumbrada el cielo, los montes, el campo y el mar, habló en voz
baja, como si dialogase consigo mismo.
La vida era hermosa. Lo afirmaba con la convicción
del resucitado que vuelve inesperadamente al mundo. El hombre podía moverse
libremente, lo mismo que el pájaro y el insecto en el seno de la Naturaleza.
Para todos había sitio. ¿Por qué inmovilizarse bajo las ataduras que otros
crearon, disponiendo del porvenir de los hombres que debían venir detrás de
ellos?... ¡Los muertos, siempre los malditos muertos, queriendo mezclarse en
todo, complicando nuestra existencia!...
Sonrió Valls, mirándole con ojos maliciosos. Varias
veces le había escuchado en su delirio hablar de los muertos, agitando los
brazos como si pelease con ellos y los repeliese de sus angustias terroríficas.
Al escuchar las explicaciones que le dio Jaime, al enterarse de su antiguo
respeto al pasado y de aquella sumisión a la influencia de los muertos que
había entorpecido su vida, confinándolo en una isla apartada, Valls quedó
silencioso y abstraído.
—¿Tú crees que los muertos mandan, Pablo?...
El capitán se encogió de hombros. Para él no había
en el mundo nada absoluto. Tal vez el imperio de los muertos fuese parcial y
estuviera ya en decadencia. En otros tiempos mandaban como déspotas: esto era
indudable. Ahora sólo dominaban en determinados lugares, perdiendo en otros
para siempre toda esperanza de poder. En Mallorca aún gobernaban con mano
fuerte: lo decía él, el chueta. En otros países, tal vez no.
Sintió Febrer honda irritación al recordar sus
errores y angustias. ¡Malditos muertos! La humanidad no sería feliz y libre
mientras no acabase con ellos.
—Pablo, ¡matemos a los muertos!
Miró un instante con cierta zozobra el capitán a su
amigo; pero al ver la serenidad de sus ojos, se tranquilizó, y dijo sonriendo:
—Por mí, ¡que los maten!
Luego, recobrando su gravedad y reclinándose en su
asiento, mientras lanzaba una bocanada de humo, añadió el chueta:
—Tienes razón. Matemos a los muertos: pisoteemos
los obstáculos inútiles, las cosas viejas que obstruyen y complican nuestro
camino. Todos vivimos con arreglo a lo que dijo Moisés, a lo que dijo Buda,
Jesús, Mahoma u otros pastores de hombres, cuando lo natural y lo lógico sería
vivir con arreglo a lo que pensamos y sentimos nosotros mismos.
Jaime miró detrás de él, como si sus ojos quisieran
buscar en el interior de la casa la dulce figura de Margalida. Luego resumió
todas las congojas y las nuevas verdades de su pensamiento repitiendo la misma
afirmación enérgica: «¡Matemos a los muertos!».
La voz de Pablo le sacó de sus reflexiones.
—¿Te hubieras casado ahora con mi sobrina, sin
miedo y sin remordimiento?...
Febrer dudó antes de contestar. Sí; se habría
casado, sin parar atención en los escrúpulos heredados y las diferencias de
raza que tanto le habían hecho sufrir. Pero faltaba algo para esto; algo que
estaba por encima de la voluntad de los hombres y era superior a su poder; algo
que no podía comprarse y gobernaba al mundo; algo que traía con ella la humilde
Margalida sin saberlo.
Sus angustias habían terminado. ¡Vida nueva!
No; los muertos no mandan: quien manda es la vida,
y sobre la vida, el amor.
FIN
Madrid
Mayo y Diciembre 1908.
End of Project Gutenberg's Los muertos mandan, by
Vicente Blasco Ibáñez
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS MUERTOS
MANDAN ***

