Libro N° 9586. La Maja Desnuda. Blasco Ibáñez, Vicente.
© Libro N° 9586. La Maja Desnuda. Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación.
Febrero 12 de 2022.
Título original: © La Maja Desnuda. V. Blasco Ibáñez
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Original: © La Maja Desnuda. V. Blasco Ibáñez
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LA MAJA DESNUDA
V. Blasco Ibáñez
La Maja Desnuda
V. Blasco Ibáñez
Title: La maja desnuda
Author: Vicente Blasco
Ibáñez
Release Date: June 24, 2013
[EBook #43030]
Language: Spanish
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ISO-8859-1
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GUTENBERG EBOOK LA MAJA DESNUDA ***
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Nota del
transcriptor: La ortografía del original fue conservada. |
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PRIMERA PARTE: I, II, III, IV, V, VI. |
VICENTE
BLASCO IBÁÑEZ
———
LA MAJA
DESNUDA
—NOVELA—
16.000
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F.
SEMPERE y COMPAÑÍA, EDITORES |
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Palomar, 10 |
Olmo, 4
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Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.ª—Valencia
LA MAJA DESNUDA
Eran las once de la mañana cuando Mariano Renovales
llegó al Museo del Prado. Algunos años iban transcurridos sin que el famoso
pintor entrase en él. No le atraían los muertos: muy interesantes, muy dignos
de respeto, bajo la gloriosa mortaja de los siglos, pero el arte marchaba por
nuevos caminos y no era alli donde él podía estudiar, á la falsa luz de las
claraboyas, viendo la realidad á través de otros temperamentos. Un pedazo de
mar, una ladera de monte, un grupo de gente desarrapada, una cabeza expresiva,
le atraían más que aquel palacio de amplias escalinatas, blancas columnas y
estatuas de bronce y alabastro, solemne panteón del arte, donde titubeaban los
neófitos, en la más estéril de las confusiones, sin saber qué camino seguir.
El maestro Renovales detúvose unos instantes al pie
de la escalinata. Contemplaba con cierta emoción—como
se contempla después de larga ausencia los lugares de la juventud—la hondonada
que da acceso al palacio, con sus declives de césped fresco, adornados á
trechos por débiles arbolillos. En lo alto de estos desmontes, la antigua
iglesia de los Jerónimos, de gótica mampostería, marcaba sobre el espacio azul
sus torres gemelas y sus arcadas ruinosas. El invernal ramaje del Retiro servia
de fondo á la blanca masa del Casón. Renovales pensó en los frescos de Giordano
que adornaban sus techos interiores. Después se fijó en un edificio de muros
rojos y portada de piedra que cerraba el espacio pretenciosamente, en primer
término, al borde de la pendiente verdosa. ¡Puá! ¡La Academia! Y el gesto
despreciativo del artista encerró en una misma repugnancia la Academia de la
Lengua y las demás Academias; la pintura, la literatura, todas las
manifestaciones del pensamiento, amojamadas y agarrotadas, con una inmortalidad
de momia, en los vendajes de la tradición, las reglas y el respeto á los
precedentes.
Una ráfaga de viento helado agitó las haldas de su
gabán, sus barbas luengas y algo canosas y el ancho fieltro, bajo cuyos bordes
asomaban los mechones de una melena, escandalosa en su juventud, que había ido
disminuyéndose con prudentes recortes, conforme ascendía el maestro,
adquiriendo fama y dinero.
Renovales sintió frío en la hondonada húmeda. Era
un día claro y glacial de los que tanto abundan en
el invierno de Madrid. Lucía el sol; el cielo estaba azul; pero de la sierra,
cubierta de nieve, llegaba un viento helado que endurecía la tierra, dándola
una fragilidad de cristal. En los rincones, adonde no llegaba el fuego solar,
brillaba todavía la escarcha del amanecer como una capa de 'azúcar.' En las
alfombras de musgo, los gorriones, enflaquecidos por las privaciones
invernales, iban y venían con un trotecito infantil, agitando su mustio
plumaje.
La escalinata del Museo recordaba al maestro su
adolescencia. Aquellos peldaños los había subido muchas veces á los diez y seis
años, con el estómago desfallecido por la ruin comida de la casa de huéspedes.
¡Cuántas mañanas pasadas en aquel caserón, copiando á Velázquez! Estos lugares
traían á su memoria las esperanzas muertas, un cúmulo de ilusiones que ahora le
hacían sonreir: recuerdos de hambre y de humillantes regateos al ganar su
primer dinero con la venta de copias. Su faz adusta de gigante, su entrecejo
que intimidaba á discípulos y admiradores, se aclararon con una sonrisa alegre.
Recordaba sus entradas en el Museo con paso tardo, su miedo á separarse del
caballete para que no reparasen en las suelas despegadas de sus botas, que se
doblaban, dejando al descubierto los pies.
Pasó el vestíbulo y abrió la primera cancela de
cristales. Cesaron instantáneamente los ruidos del mundo exterior: el rodar de
los carruajes por el Prado, el campaneo de los
tranvías, el sordo arrastre de las carretas, la chillería de los grupos
infantiles que correteaban por los desmontes. Abrió la segunda cancela, y su
cara, entumecida por el frió, sintió la caricia de una atmósfera tibia, cargada
del inexplicable zumbido del silencio. Los pasos de los visitantes adquirían
esa sonoridad de los grandes edificios inhabitados. El golpe de la cancela al
cerrarse, retumbaba como un cañonazo, pasando de sala en sala al través de los
recios cortinajes. Las bocas de calefacción humeaban su invisible hálito
tamizado por las rejillas. Las gentes, al entrar, hablaban en tono bajo
instintivamente, cual si estuvieran en una catedral: ponían un gesto compungido
de recogimiento, como si les intimidasen los miles de lienzos alineados en las
paredes, los bustos enormes que adornaban el círculo de la rotonda y el promedio
del salón central.
Al ver á Renovales los dos porteros de largo
levitón, hicieron un movimiento para ponerse de pie. No sabían quién era; pero
ciertamente era alguien. Aquella cara la habían visto muchas veces,
tal vez en los papeles públicos, tal vez en las cajas de cerillas; se asociaba
en su mente á las glorias de la popularidad, á los altos honores reservados á
los personajes. De pronto le reconocieron. ¡Hacía tantos años que no le veían
por allí! Y los dos empleados, con la gorra de galón de oro en la mano y una
sonrisa obsequiosa, avanzaron hacia el gran artista. «Buenos días, don
Mariano.» ¿Deseaba algo de ellos el señor de
Renovales? ¿Quería que llamasen al señor director?... Era una obsequiosidad
pegajosa, un azoramiento de cortesanos que ven entrar de pronto en su palacio á
un soberano extranjero, reconociéndolo al través de su incógnito.
Renovales se libró de ellos con gesto brusco y
paseó una rápida mirada por los lienzos grandes y decorativos de la rotonda,
que recordaban las guerras del siglo XVII; generales de erizados bigotes y
chambergo plumeado dirigiendo la batalla con un bastón corto, como si
dirigiesen una orquesta; tropas de arcabuceros desapareciendo cuesta abajo con
banderas al frente de aspas rojas ó azules; bosques de picas surgiendo del
humo; verdes praderas de Flandes en el fondo; combates sonoros é infructuosos
que fueron como las últimas boqueadas de una España de influencia europea.
Levantó un pesado cortinaje y entró en el enorme salón central, viendo, á la
luz mate y discreta de las claraboyas, las personas que estaban en último
término como diminutas figurillas.
El artista siguió adelante en línea recta. Apenas
se fijaba en los cuadros, antiguos conocidos que nada nuevo podían decirle. Sus
ojos buscaban á las personas, sin encontrar tampoco en ellas mayor novedad.
Parecía que formaban parte de la casa y no se habían movido de allí en muchos
años: padres bondadosos con un grupo de niños ante las rodillas explicándoles
el argumento de los cuadros; una
profesora con varias alumnas modositas y silenciosas que, obedeciendo á una
orden superior, pasaban sin detenerse ante los santos ligeros de ropa; un señor
que acompañaba á dos curas y hablaba á gritos para demostrar que era
inteligente y se hallaba allí como en su casa; varias extranjeras con el velo
recogido sobre el sombrero de paja y el gabancito al brazo, consultando el
catálogo, todas con cierto aire de familia, con idénticos gestos de admiración
y curiosidad, hasta el punto de hacer pensar á Renovales si serían las mismas
que había visto antes, la última vez que estuvo en el Museo.
Al pasar, saludaba mentalmente á los grandes
maestros. Á un lado, las figuras santas del Greco, de un espiritualismo verdoso
ó azulado, esbeltas y ondulantes; más allá las cabezas rugosas y negruzcas de
Ribera, con gestos feroces de tortura y dolor: portentosos artistas que
admiraba Renovales, proponiéndose no imitarlos en nada. Después, entre la
barandilla que guarda los cuadros y la fila de vitrinas, bustos y mesas de
mármol sostenidas por leones dorados, tropezó con los caballetes de varios
copistas. Eran muchachos de la Escuela de Bellas Artes ó señoritas de pobre
aspecto, con tacones gastados y sombreros de reblandecido contorno, que
copiaban cuadros de Murillo. Iban marcándose sobre el lienzo el azul del manto
virginal ó las carnes con mantecosos bullones de los niños rizados que
juguetean con el Divino Cordero. Eran encargos de
personas piadosas; género de fácil salida para conventos y
oratorios. El humo de los ciríos, la pátina de los años, la discreta penumbra
de la devoción, apagarían los colores, y algún día los ojos llorosos por la
súplica, verían moverse con vida misteriosa las celestiales figuras sobre su
fondo negruzco, implorando de ellas prodigios sobrenaturales.
El maestro se dirigió á la sala de Velázquez. Allí
trabajaba su amigo Tekli. Su visita al Museo no tenía otro objeto que ver la
copia que el pintor húngaro estaba haciendo del cuadro de las Meninas.
El día anterior, al anunciarle en su lujoso estudio
la visita de este extranjero, quedó por largo rato indeciso, contemplando el
nombre impreso en la tarjeta. ¡Tekli!... Y de pronto recordó á un amigo de
veinte años antes, cuando él vivía en Roma; un húngaro bonachón que le admiraba
sinceramente y suplía su falta de genio con una tenacidad taciturna para el
trabajo, semejante á la de la bestia de labor.
Renovales vió con gusto sus ojillos azules,
hundidos bajo unas cejas ralas y sedosas; su mandíbula saliente en forma de
pala, que le daba gran semejanza con los monarcas austriacos; su alto cuerpo,
encorvado á impulsos de la emoción, extendiendo unos brazos huesosos, largos
como tentáculos, al mismo tiempo que le saludaba en italiano.
—¡Oh, maestro! ¡Caro maestro!
Se había refugiado en el profesorado, como todos
los pintores faltos de fuerzas para seguir cuesta arriba, que se tienden en el
surco. Renovales vió al artista oficial en su traje obscuro y correcto, sin una
mota; en la mirada digna que fijaba de vez en cuando en sus botas brillantes,
que parecian reflejar todo el estudio. Hasta lucía en una solapa el botón
multicolor de una condecoración misteriosa. El fieltro que tenía en la mano, de
una blancura de merengue, era lo único que desentonaba en este aspecto de
funcionario público. Renovales le cogió las manos con sincero entusiasmo. ¡El
famoso Tekli! ¡Cuánto se alegraba de verle! ¡Qué tiempos los de Roma!... Y con
una sonrisa de bondadosa superioridad escuchaba el relato de sus triunfos. Era
profesor de Buda-Pest; hacía ahorros todos los años para ir á estudiar á algún
museo célebre de Europa. Por fin, había podido venir á España, cumpliendo sus
deseos de muchos años.
—¡Oh, Velasqués! ¡Quel maestrone, caro
Mariano!...
Y echando atrás la cabeza, ponía los ojos en
blanco, agitaba con expresión voluptuosa su mandíbula saliente cubierta de
pelos rubios, como si estuviera paladeando un vaso del dulce Tokay de su país.
Hacía un mes que estaba en Madrid trabajando todas
las mañanas en el Museo. Casi tenía terminada su copia de las Meninas.
No habla ido antes á ver á su caro Mariano porque
deseaba enseñarle este trabajo. ¿Vendría á verle una mañana en el Prado? ¿Le
daría esta prueba de amistad?... Renovales intentó resistirse. ¿Qué le
importaba á él una copia? Pero había tal expresión de humilde súplica en los
ojillos del húngaro, le envolvía en tantos elogios por sus grandes triunfos,
detallando el gran éxito que había alcanzado su cuadro ¡Hombre al agua! en
la última Exposición de Buda-Pest, que el maestro prometió ir al Museo.
Y á los pocos días, una mañana en que excusó su
asistencia un señor al que estaba pintando el retrato, Renovales se acordó de
la promesa á Tekli y fué al Museo del Prado, sintiendo al entrar la misma
impresión de empequeñecimiento y nostalgia que sufre un personaje al volver á
la Universidad donde pasó su juventud.
Al verse en la sala de Velázquez, sintióse asaltado
por un respeto religioso. Allí estaba un pintor: el pintor por antonomasia.
Todas sus teorías irreverentes de odio á los muertos se quedaron más allá de la
puerta. El encanto de estos lienzos, que no había visto en algunos años, surgía
de nuevo, fresco, poderoso, irresistible; le avasallaba despertando sus
remordimientos. Permaneció largo rato inmóvil, pasando sus ojos de un lado á
otro, queriendo abarcar de golpe toda la obra del inmortal, mientras en torno
de él comenzaba á sonar un zumbido de curiosidad.
—¡Renovales!... ¡Está aquí Renovales!
La noticia había partido de la puerta,
extendiéndose por todo el Museo, llegando á la sala de Velázquez, detrás de sus
pasos. Los grupos de curiosos dejaban de contemplar los cuadros para mirar á
aquel hombretón ensimismado, que no parecía darse cuenta de la curiosidad que
le rodeaba. Las señoras, yendo de un lienzo á otro, seguían con el rabillo del
ojo al artista célebre, cuyo retrato habían visto tantas veces. Le encontraban
más feo, más ordinario que en los grabados de los periódicos.
Parecía imposible que aquel mozo de cordel tuviese talento y pintase tan bien á
las mujeres. Algunos jovencillos aproximábanse para mirarle de cerca, fingiendo
contemplar los mismos cuadros que el maestro. Le detallaban con la vista,
fijándose en sus particularidades exteriores, con ese deseo de imitaciôn
entusiasta de los aprendices. Uno se proponía copiar su lazo de corbata y sus
greñas alborotadas, con la quimérica esperanza de que esto les diese nueva
inteligencia para la pintura. Otros se plañían mentalmente de ser imberbes, por
no poder ostentar las barbas canas y ensortijadas del famoso maestro.
Éste, con su sensibilidad para percibir el elogio,
no tardó en darse cuenta del ambiente de curiosidad que le rodeaba. Los jóvenes
copistas parecían pegarse más á sus caballetes, frunciendo los ojos, dilatando
la nariz, moviendo el pincel con lentitud y titubeos, sabiendo que él estaba á
sus espaldas, estremeciéndose á cada paso que sonaba sobre
el entarimado, con el temor y el deseo de que se dignase pasar su mirada por
encima de sus hombros. Adivinaba con cierto orgullo lo que murmuraban todas las
bocas al cuchichear, lo que se decían los ojos, al fijarse distraídos en los
lienzos, para después mirarle á él.
—Es Renovales... El pintor Renovales.
El maestro miró un buen rato al más antiguo de los
copistas: un viejo decrépito y casi ciego, con anteojos gruesos y cóncavos, que
le daban el aspecto de un monstruo marino, y temblándole las manos con
estremecimiento senil. Renovales le conocía. Veinticinco años antes, cuando él
estudiaba en el Museo, le había visto en el mismo sitio, copiando siempre Los
borrachos. Aunque cegase por completo, aunque el cuadro se perdiese, podría
él rehacerlo á tientas. En aquellos tiempos se habían hablado muchas veces, pero
ni remotamente podía imaginarse el pobre hombre que aquel Renovales, del que
tanto se decía, era el mismo muchachuelo que en más de una ocasión le había
pedido prestado un pincel, y cuyo recuerdo apenas si se conservaba en su
pensamiento, momificado por la eterna imitación. Renovales pensó en la bondad
del rollizo Baco y la turba de rufianes de su corte, personajes que durante
medio siglo estaban alimentando la casa del copista, y creyó ver á la vieja
compañera, á los hijos casados, los nietos, toda una familia sostenida por la
mano trémula del anciano.
Alguien deslizó en su oído la noticia que agitaba
el Museo, y el copista, levantando los hombros con cierto desprecio, separó la
moribunda vista de su trabajo.
¡Conque estaba allí Renovales, el famoso Renovales!
¡Iba por fin á conocer al prodigio!...
El maestro vió fijos en él sus ojos grotescos de
pescado monstruoso, con un fulgor irónico tras los gruesos cristales.
¡Farsantuelo! Ya había oído él hablar de aquel estudio con honores de palacio
que tenía detrás del Retiro. Lo que á Renovales le sobraba lo había quitado á
muchos como él que, faltos de protección, se habían quedado en el camino. Se
hacía pagar por un lienzo miles de duros, y Velázquez trabajaba por tres
pesetas al día, y Goya pintaba sus retratos por un par de onzas. Todo mentira; modernismos,
audacias de una juventud falta de escrúpulos, ignorancia de los bobos que creen
á los periódicos. Lo único bueno estaba allí. Y levantando otra vez los hombros
con desprecio, se apagó en su mirada la irónica protesta y volvió á su milésima
copia de Los borrachos.
Renovales, viendo amortiguarse la curiosidad en
torno de él, entró en la pequeña sala que guarda el cuadro de las Meninas.
Allí estaba Tekli, junto al lienzo famoso, que ocupa todo el fondo de la
habitación, sentado ante su caballete, con el sombrerito blanco echado atrás
para dejar en libertad los latidos de su frente, contraída por el tenaz empeño
de la exactitud.
Al ver á Renovales se levantó con apresuramiento,
dejando su paleta sobre el pedazo de hule que defendía el entarimado de las
manchas de pintura. ¡Amable maestro! ¡Cómo agradecía esta visita! Y le mostraba
su copia, de una minuciosa exactitud, sin el prodigioso ambiente, sin la
milagrosa realidad del original. Renovales asentía con la cabeza; admiraba la
paciente labor de aquel buey manso del arte, que abría sus surcos siempre
iguales, con una rigidez geométrica, sin el más leve descuido, sin el menor intento
de originalidad.
—¿Ti piace?—preguntaba ansioso, mirándole á
los ojos para adivinar su pensamiento.—¿E vero? ¿E vero?—repetía
con la incertidumbre del niño que presiente un engaño.
Y súbitamente tranquilizado por las muestras de
aprobación de Renovales, cada vez más extremadas para disfrazar su
indiferencia, el húngaro le cogió ambas manos, llevándoselas al pecho.
—Sono contento, maestro... Sono contento.
No quería soltar á Renovales. Ya que había tenido
la magnanimidad de venir á conocer su obra, no podía dejarle marchar.
Almorzarían juntos en el hotel donde él vivía. Destaparían un frasco de Chiantti para
recordar su vida de Roma; hablarían de la alegre bohemia de la juventud, de
aquellos compañeros de diversas nacionalidades que se reunían en el café
del Greco; unos muertos ya, los demás esparcidos por Europa y
América; los menos llegados á la celebridad, la mayoría vegetando en las escuelas de su país, soñando con un cuadro
definitivo y triunfador, antes del cual llegaría la muerte.
Renovales sintióse vencido por la insistencia del
húngaro, el cual le cogía las manos con expresión dramática, como si fuese á
morir por su negativa. ¡Vaya por el Chiantti! Almorzarían
juntos, y mientras Tekli daba unos retoques á su obra, él le aguardaría
paseando por el Museo, renovando sus recuerdos.
Al volver á la sala de Velázquez había disminuído
la concurrencia, quedando solos los copistas, inclinados ante sus lienzos. El
pintor sintió de nuevo la influencia del gran maestro. Admiró su prodigioso
arte, sintiendo al mismo tiempo la intensa tristeza histórica que parecía
emanar de toda su obra. ¡Infeliz don Diego! Había nacido en el período más
melancólico de nuestra historia. Su sano realismo era para haber inmortalizado
la forma humana en toda su bella desnudez, y el destino le deparó un período en
el que las mujeres parecían tortugas asomando el busto entre la doble concha de
su hueca faldamenta, y los hombres tenían una rigidez sacerdotal, irguiendo las
morenas y mal lavadas cabezas sobre tétricas ropillas. Había pintado lo que
había visto: el miedo y la hipocresía reflejábanse en los ojos de aquel mundo.
La alegría forzada de una nación moribunda, que necesitaba para distraerse de
lo monstruoso y disparatado, revelábase en los bufones, los locos y los
contrahechos, inmortalizados por el pincel de don
Diego. El humor hipocondríaco de una monarquía enferma de cuerpo y con el alma
agarrotada por el terror del infierno, vivía en todas aquellas obras maestras,
que inspiraban admiración y tristeza al mismo tiempo. ¡Lástima de tesoros
artísticos derrochados en inmortalizar un período que, sin Velázquez, hubiera
caído en el olvido más profundo!
Renovales pensaba también en el hombre, comparando
con cierto remordimiento la vida de aquel gran pintor con la existencia
principesca de los maestros modernos. ¡Oh, la munificencia de los reyes, su
protección á los artistas, de la que hablaban algunos con entusiasmo volviendo
la vista atrás!... Pensaba en el cachazudo don Diego y su sueldo de tres
pesetas como pintor del rey, que sólo cobraba muy de tarde en tarde; en su
nombre glorioso, figurando entre los de bufones y barberos en la lista del
personal cortesano; en su calidad de doméstico regio, que le obligaba á aceptar
el cargo de perito de materiales de albañilería para mejorar un tanto su
situación; en las bajezas y humillaciones de sus últimos años para alcanzar la
cruz de Santiago, negando como un delito ante el tribunal de las Ordenes que
cobrase dinero por sus cuadros, afirmando con orgullo servil su calidad de
criado del rey, como si ese título fuese superior á la gloria del artista...
¡Dichosos tiempos del presente; bendita revolución de la vida moderna, que
dignifica al artista colocándolo bajo la protección del
público, soberano impersonal que deja en libertad al creador de belleza y acaba
por seguirle en sus nuevos caminos!...
Renovales salió á la galería central buscando otra
de sus admiraciones. Las obras de Goya llenaban un gran espacio de ambos muros.
Á un lado los retratos de los reyes de la decadencia borbónica; cabezas de
monarcas ó de príncipes, abrumadas por la blanca peluca; ojos punzantes de
mujer, rostros exangües, con los cabellos peinados en forma de torre. Los dos
grandes pintores habían coincidido en su existencia con la ruina moral de dos
dinastías. En el salón del gran don Diego, los reyes delgados, huesosos, rubios,
de elegancia monacal y blancura linfática, con la mandíbula saliente y una
expresión en los ojos de duda y temor por la salvación de sus almas. Aquí los
monarcas obesos, entorpecidos por la grasa; la nariz enorme y pesada, con un
fatal estiramiento, como si tirase del cerebro por misteriosa relación,
paralizando sus funciones; el labio inferior grueso y caído con inercia
sensual; los ojos, de una calma bovina, reflejando en su tranquila luz la
indiferencia para todo lo que no tocase directamente á su egoísmo. Los
Austrias, nerviosos, inquietos por una fiebre de locura, sin saber adónde ir,
cabalgando sobre teatrales corceles, en obscuros paisajes, cerrados por las
nevadas crestas del Guadarrama, tristes, frías y cristalizadas como el alma
nacional: los Borbones, reposados, adiposos, descansando ahitos sobre sus enormes pantorrillas, sin otro pensamiento
que la cacería del día siguiente ó la intriga doméstica que trae revuelta á la
familia, ciegos para las tormentas que truenan más allá de los Pirineos. Los
unos rodeados de un mundo de imbéciles con cara brutal, de leguleyos sombríos,
de infantas de rostro aniñado y faldas huecas de virgen de altar: los otros
llevando, como comparsería alegre y desenfadada, un populacho vestido de
alegres colores, envuelto en la capa de grana ó la mantilla de blonda, coronado
por la peineta ó la masculina redecilla, raza que en las meriendas del Canal ó
en grotescas diversiones incubaba, sin saberlo, su heroísmo. El latigazo de la
invasión la sacaba de su infancia de siglos. El mismo gran artista que había
retratado durante muchos años la inocente inconsciencia de este pueblo de majos
y majas, vistoso y alegre como un coro de opereta, lo pintaba después atacando
navaja en mano, con simiesca agilidad, á los mamelucos; haciendo caer bajo sus
tajos á estos centauros del Egipto, ahumados en cien batallas, ó muriendo con
teatral fiereza á la luz de un fanal, en las tétricas soledades de la Moncloa,
fusilado por los invasores.
Renovales admiraba el ambiente trágico de este
lienzo que tenía ante sus ojos. Los verdugos ocultaban sus rostros, apoyándolos
en los fusiles; eran ciegos ejecutores del destino, una fuerza anónima; y
frente á ellos elevábase el montón de carne palpitante y sangrienta; los
muertos, con los jirones de carne arrancados por
las balas, mostrando rojizos agujeros; los vivos, con los brazos en cruz,
retando á los matadores en una lengua que no podían entender, ó cubriéndose el
rostro con las manos, como si este movimiento instintivo pudiera preservarles
del plomo. Era todo un pueblo que moría para renacer. Y junto á este cuadro de
horror y heroísmo veíase cabalgar, en otro cercano, al Leónidas de Zaragoza, á
Palafox, con sus patillas elegantes y una arrogancia de chispero dentro del
uniforme de capitán general, teniendo en su apostura cierto aspecto de caudillo
de la plebe, sosteniendo en una mano enguantada de ante el corvo sable y en la
otra las riendas de su caballejo corto y panzudo.
Renovales pensó que el arte es como la luz, que
toma el color y el brillo de los objetos que toca. Goya había pasado por un
período tempestuoso, había asistido á la resurrección del alma popular, y su
pintura encerraba la vida tumultuosa, la furia heroica que en vano se buscaba
en los lienzos de aquel otro genio amarrado á la monotonía de una existencia
palaciega, sin otros incidentes que las noticias de guerras lejanas, faltas de
entusiasmo, y cuyas victorias, tardías é inútiles, tenían la frialdad de la duda.
Volvió el pintor la espalda á las damas goyescas,
de boca recogida como un capullo de rosa, vestidas de blanca batista y con la
cabellera peinada en forma de turbante, para concentrar su atención
en una figura desnuda que parecía dejar en la sombra los lienzos cercanos, con
el esplendor luminoso de sus carnes. La contempló de cerca largo rato,
inclinado sobre la barandilla, tocando casi el lienzo con el ala de su
sombrero. Después fué alejándose lentamente, sin dejar de mirarla, hasta que,
al fin, acabó por sentarse en una banqueta, siempre frente al cuadro, con los
ojos fijos en él.
—¡La maja de Goya!... ¡La maja desnuda!...
Hablaba en voz alta, sin percatarse de ello, como
si sus palabras fuesen una explosión inevitable de los pensamientos que se
agolpaban en su frente y parecían pasar y repasar tras el cristal de sus ojos.
Sus expresiones admirativas eran en diversos tonos, marcando una escala
descendente de recuerdos.
El pintor contempló con delectación aquel cuerpo
desnudo, graciosamente frágil, luminoso, como si en su interior ardiese la
llama de la vida, transparentada por las carnes de nácar. Los pechos firmes,
audazmente abiertos en ángulo, puntiagudos como magnolias de amor, marcaban en
sus vértices los cerrados botones de un rosa pálido. Una musgosa sombra apenas
perceptible entenebrecía el misterio sexual: la luz trazaba una mancha
brillante en las rodillas de pulida redondez, y de nuevo volvía á extenderse el
discreto sombreado hasta los pies diminutos, de finos dedos, sonrosados é
infantiles.
Era la mujer pequeña, graciosa y picante; la Venus
española, sin más carne que la precisa para cubrir de suaves redondeces su
armazón ágil y esbelto. Los ojos ambarinos de malicioso fuego desconcertaban
con su fijo mirar; la boca tenía en sus graciosas alillas el revuelo de una
sonrisa eterna: en las mejillas, los codos y los pies, el tono de rosa mostraba
la transparencia y el fulgor húmedo de esas conchas que abren los colores de
sus entrañas en el profundo misterio del mar.
—¡La maja de Goya!... ¡La maja desnuda!...
Ya no decía estas palabras en voz alta, pero las
repetían su pensamiento y su mirada: su sonrisa era como un eco de ellas.
Renovales no estaba solo. De vez en cuando se
interponían entre sus ojos y el cuadro grupos de curiosos que pasaban y
repasaban hablando á gritos. Un trote de pesados pies conmovía el pavimento de
madera. Era mediodía, y los albañiles de las obras cercanas aprovechaban la
hora del descanso para explorar aquellos salones, como si fuesen un mundo
nuevo, aspirando satisfechos el tibio aire de la calefacción. Dejaban al andar
huellas de yeso en el entarimado; se llamaban unos á otros para participarse su
admiración ante un cuadro; mostraban impaciencia por abarcarlo todo de un
golpe; se extasiaban contemplando los guerreros de luminosa armadura ó los
uniformes complicados de otras épocas. Los más listos servían de guía á sus
compañeros, arreándolos con impaciencía. Ya habían
estado allí el día anterior. ¡Adentro! ¡Aun les quedaba mucho que ver! Y
corrían hacia las salas interiores con la anhelante curiosidad del que pisa
tierra nueva y aguarda que lo asombroso surja ante sus pasos.
Entre este galope de la admiración sencilla pasaban
también algunos grupos de señoras españolas. Todas hacían lo mismo ante la obra
de Goya, como si estuvieran aleccionadas previamente. Iban de un cuadro á otro,
comentando las modas de los tiempos pasados, sintiendo cierta nostalgia por las
faldas de madroños y las amplias mantillas con alta peineta. De pronto poníanse
serias, apretaban los labios y emprendían un paso vivo hacia el fondo de la
galería. Las avisaba el instinto. Sus inquietos ojos sentíanse heridos en el
rabillo por la lejana desnudez: parecían husmear á la famosa maja antes de
verla y seguían adelante erguidas, con el gesto severo, lo mismo que cuando las
molestaba en la calle un requiebro audaz, pasando frente al cuadro sin volver
la cara, sin querer ver los lienzos inmediatos, no deteniéndose hasta la vecina
sala de Murillo.
Era el odio al desnudo, la cristiana y secular
abominación de la Naturaleza y la verdad, que se ponía en pie instintivamente,
protestando de que se tolerasen tales horrores en un edificio público, poblado
de santos, reyes y ascetas.
Renovales adoraba aquel lienzo con entusiasmo
devoto, colocándolo aparte de las demás obras. Era la
primera manifestación del arte libre de escrúpulos, limpio de preocupaciones,
que existía en nuestra historia. ¡Tres siglos de pintura; varias generaciones
de nombres gloriosos, sucediéndose con portentosa fecundidad, y hasta Goya no
había osado el pincel español trazar las formas del cuerpo femenil, la divina
desnudez que, en todos los pueblos, había sido la primera inspiración del arte
naciente! Renovales recordaba otro desnudo, la Venus, de Velázquez, guardada en
extrañas tierras. Pero aquella obra no había sido espontánea: era un encargo
del monarca que, al mismo tiempo que pagaba espléndidamente á los extranjeros
sus cuadros de desnudo, quiso tener un lienzo semejante de su pintor de cámara.
La presión religiosa había entenebrecido el arte
durante siglos. La humana belleza asustaba á los grandes artistas, que pintaban
con la cruz en el pecho y el rosario en la espada. Los cuerpos ocultábanse bajo
el sayal de pesados y rígidos pliegues ó el grotesco miriñaque palaciego, sin
que el pintor osara adivinar lo que existía debajo de ellos, mirando al modelo
como el devoto contempla el manto hueco de la Virgen, no sabiendo si encierra
un cuerpo ó tres barrotes, sostenes de la cabeza. La alegría de la vida era un
pecado; la desnudez, obra de Dios, una abominación. En vano brillaba sobre la
tierra española un sol más hermoso que el de Venecia; inútilmente se quebraba
la luz sobre la tierra con mayor brillo que en Flandes; el arte español era obscuro, era seco, era sobrio, aun
después de haber conocido las obras del Ticiano. El Renacimiento, que en el
resto del mundo adoraba el desnudo como la obra definitiva de la Naturaleza,
cubríase aquí con la capucha del fraile ó los harapos del mendigo. Los paisajes
luminosos eran obscuros y tétricos al pasar al lienzo; el país del sol aparecía
bajo el pincel con un cielo gris y la tierra de un verde fúnebre; las cabezas
eran de una gravedad monacal. El artista ponía en sus cuadros, no lo que le
rodeaba, sino lo que llevaba dentro, un pedazo de su alma; y su alma estaba
agarrotada por el miedo á los peligros de la vida presente y los tormentos de
la futura; era negra, con la negrura de la tristeza, como si se hubiese tiznado
en el hollín de las hogueras de la Fe.
Aquella mujer desnuda, con la cabeza rizosa sobre
sus brazos cruzados, mostrando en tranquilo abandono la leve vegetación de sus
axilas, era el despertar de un arte que había vivido aislado. El cuerpo ligero,
que apenas descansaba sobre el verde diván y las almohadas de finos encajes,
parecía próximo á elevarse en el aire, con el potente impulso de la
resurrección.
Renovales pensaba en los dos maestros, igualmente
grandes, y sin embargo, tan distintos. El uno tenía la imponente majestad de
los monumentos famosos; reposado, correcto, frío, llenando el horizonte de la
historia con su mole colosal, envejeciendo gloriosamente sin que los siglos
abriesen la menor grieta en sus muros de mármol.
Por todos lados la misma fachada noble, ordenada, tranquila, sin fantasías de
capricho. Era la razón, sólida, equilibrada, ajena á los entusiasmos y los
desmayos, sin apresuramientos ni fiebres. El otro era grande como una montaña,
con el desorden bizarro de la Naturaleza, cubierto de tortuosas desigualdades.
Por un lado el peñascal bravío y árido; más allá la cañada cubierta de
matorrales floridos; abajo el jardín con perfumes y pájaros; en la cumbre la
corona de nubarrones que truenan y relampaguean. Era la imaginación en carrera
desenfrenada, con altos jadeantes y nuevos escapes, la frente en lo infinito y
los pies sin separarse de la tierra.
La vida de don Diego cabía en dos líneas. «Había
pintado.» Esta era toda su biografía. Jamás en sus viajes por España é Italia
sintió otra curiosidad que la de ver nuevos cuadros. En la corte del rey poeta
había vegetado entre galanteos y mascaradas, tranquilo como un monje de la
pintura, siempre de pie ante el lienzo y el modelo, hoy un bufón, mañana una
infantita, sin otras aspiraciones que las de ascender de categoría entre los
domésticos reales y coserse una cruz de paño rojo en el negro justillo. Era una
alma excelsa encerrada en un cuerpo flemático que jamás le atormentó con deseos
nerviosos ni alteró la calma de su trabajo con pasionales vehemencias. Al morir
él, moría también, á la semana siguiente, la buena doña Juana, su esposa, buscándose los dos, como si no pudiesen
permanecer separados después de su luenga peregrinación por el mundo, plácida y
sin incidentes.
Goya «había vivido». Su existencia era la del
artista gran señor: una agitada novela llena de misterios amorosos. Los
discípulos, al entreabrir las cortinas de su estudio, veían la seda de unas
faldas regias sobre las rodillas del maestro. Las lindas duquesas de la época
acudían á que las pintarrajease las mejillas aquel aragonés fuerte, de áspera y
varonil galantería, riendo como locas de estos retoques íntimos. Al contemplar
sobre revuelta cama una divina desnudez, trasladaba al lienzo sus formas, por
impulso irresistible, por imperiosa necesidad de reproducir la belleza, y la
leyenda que flotaba en torno del pintor español iba colgando un nombre ilustre
á todas las beldades que inmortalizaba su pincel.
Pintar sin miedo y sin preocupaciones, extasiarse
reproduciendo sobre el lienzo la jugosa desnudez, el húmedo ámbar de la carne
femenil con sus pálidos rosas de caracola marina, era el deseo y la envidia de
Renovales: vivir como el famoso don Francisco, cual pájaro libre, de plumaje
inquieto y luminoso, en medio de la monotonía del humano corral; ser, por las
pasiones, por el desenfado y por los gustos, distinto de la mayoría de los
hombres, ya que se diferenciaba de ellos por su modo de apreciar la vida.
Pero ¡ay! su existencia era igual á la de don Diego: llana, monótona, tirada á cordel. Pintaba,
pero no vivía; le alababan sus obras por la exactitud con que cautivaba el
natural, por el brillo de la luz, el color indefinible del aire y el exterior
de las cosas; pero algo le faltaba, algo que se revolvía en su interior y en
vano pugnaba por saltar las bardas vulgares de la existencia diaria.
El recuerdo de la novelesca vida de Goya le hacía
pensar en su propia vida. Le llamaban maestro; comprábanle á buen precio todo
lo que pintaba, especialmente si era con arreglo al gusto ajeno y contra su
voluntad de artista; gozaba una existencia tranquila, llena de comodidades;
tenía allá, en su estudio, con honores de palacio, cuya fachada reproducían los
periódicos ilustrados, una esposa que creía en su genio y una hija que casi era
una mujer, y hacía tartamudear de emoción á la tropa de discípulos íntimos. De
su pasada bohemia, sólo restaban en él los fieltros abollados, las barbas
luengas, la alborotada cabellera y cierto descuido en el vestir; pero cuando lo
exigía su posición de gloria nacional, sacaba del ropero un frac
con la solapa cubierta de condecoraciones, y hacía su figura en las fiestas
oficiales. Tenía miles de duros en el Banco. En el estudio, paleta en mano,
conferenciaba con su agente, discutiendo la clase de papel que debía adquirir
con sus ganancias del año. Su nombre no despertaba extrañeza ni repulsión en la
alta sociedad, donde era de moda que las señoras fuesen retratadas por él.
Había provocado en otro tiempo escándalos y
protestas por sus audacias de color y su modo revolucionario de ver la
Naturaleza, pero no llevaba sobre su nombre el menor atentado á las
conveniencias que hay que guardar con el público. Sus mujeres eran hembras del
pueblo, pintorescas y repugnantes; no había mostrado en sus lienzos otras
carnes que la sudorosa del labriego ó la mantecosa del niño. Era el maestro
honrado que cultiva su prodigiosa habilidad con la misma calma con que otros
cuidan sus negocios.
¿Qué faltaba en su existencia?... ¡Ay!... Renovales
sonreía irónicamente. Acudía de golpe á su memoria toda su vida en tumultuoso
agolpamiento de recuerdos. Fijaba una vez más su mirada en aquella mujer de
luminosa blancura, semejante á un ánfora de nácar, con los brazos en torno de
la cabeza, los pechos enhiestos y triunfadores, los ojos puestos en él, como si
le conociera muchos años, y repetía mentalmente, con expresión de amargura y
desaliento:
—¡La maja de Goya!... ¡La maja desnuda!...
Al recordar Mariano Renovales los primeros años de
su vida, su sensibilidad, siempre exquisita para las impresiones exteriores,
evocaba un incesante choque de martillos. Desde que asomaba el sol hasta que la
tierra comenzaba á entenebrecerse con la penumbra del crepúsculo, cantaba el
hierro ó gemía en el suplicio del yunque, haciendo temblar las paredes de la
casa y el piso del alto cuartucho donde Mariano jugueteaba, tendido en el
suelo, junto á los pies de una mujer pálida, enfermiza, de ojos graves y profundos,
la cual dejaba con frecuencia su costura para besar al pequeño con repentina
vehemencia, como si temiese no verle más.
Aquellos martillos incansables, que habían
acompañado el nacimiento de Mariano, le hacían saltar de la cama apenas
apuntaba el día y bajar á la fragua para calentarse junto al incandescente
fogón. Su padre, un cíclope bondadoso, velludo, tiznado de negro, iba de un
lado á otro revolviendo hierros, manejando limas, dando órdenes á sus ayudantes
con fuertes gritos, para que pudiesen oirle en el
estrépito del martilleo. Dos mocetones despechugados braceaban jadeantes sobre
el yunque, y el hierro, unas veces rojo y otras dorado, saltaba en chorros
luminosos, se esparcía en ramilletes crepitantes, poblaba el negro ambiente de
la fragua de un enjambre de moscas de fuego que iban á morir, apagadas y
negras, en el hollín de los rincones.
—Cuidado, pequeño—decía el padre abarcando su
cabeza tierna de pelos finos y ensortijados con una de sus manazas.
El chiquitín sentíase atraído por los colores del
hierro ardiente, hasta el punto de que, con la inconsciencia de la niñez,
intentaba algunas veces apoderarse de aquellos fragmentos que brillaban en el
suelo como estrellas caídas.
Su padre lo empujaba fuera de la fragua, y más allá
de la puerta negra de hollín veía Mariano extenderse, cuesta abajo, en el
torrente de luz solar, los campos de tierra roja, cortados en figuras
geométricas por lindes y ribazos de piedra; en el fondo, el valle, con grupos
de álamos orlando el tortuoso cristal de un río, y enfrente las montañas
cubiertas hasta sus cimas de obscuros pinares. La fragua estaba en las afueras
de un pueblo, y de éste y de las aldeas del valle llegaban los encargos que
mantenían la herrería: ejes nuevos de carro, rejas de arado, hoces, palas y
horquillas necesitadas de compostura.
El incesante golpear de los martillos parecía conmover al pequeño, infundiéndole una fiebre de
actividad, arrancándolo de sus juegos infantiles. Á los ocho años agarrábase á
la cuerda del fuelle y tiraba de ella, extasiándose en la contemplación del
charro de chispas que arrancaba la corriente de aire á los encendidos carbones.
El buen cíclope mostrábase satisfecho del vigor de su hijo, robusto y fuerte
como todos los de su familia, con unos puños que imponían respeto á los
chicuelos del lugar. Era de su sangre. De la pobre madre, débil y enferma, sólo
tenía su predisposición al silencio y al aislamiento, permaneciendo horas
enteras, cuando se amortiguaba en él la fiebre de actividad, en muda
contemplación de los campos, del cielo ó de los arroyos que bajaban saltando
sobre guijas para confundirse con el río en lo más hondo del valle.
El pequeño aborrecía la escuela, mostrando un santo
horror á las letras. Sus manos fuertes temblaban indecisas al intentar escribir
una palabra. En cambio su padre y las demás gentes de la fragua admirábanse de
la facilidad con que sabía reproducir los objetos por medio de un dibujo
sencillo, ingenuo, en el que no se escapaba detalle alguno del natural. Llevaba
siempre los bolsillos llenos de carbones y no veía una pared ó una piedra de
cierta blancura, sin que al momento dejase de trazar en ella una copia de los
objetos que herían sus ojos por alguna particularidad saliente. Los muros
exteriores de la herrería estaban ennegrecidos por los dibujos de Marianillo.
Trotaban á lo largo de las paredes, con el hocico
contraído y la cola enroscada, los cerdos de San Antón, que vagaban por el
pueblo mantenidos por la caridad pública para ser rifados en la fiesta del
santo, y en medio de esta procesión panzuda destacábanse los perfiles del
herrero y de todos los obreros de la fragua, con una inscripción al pie para que
no surgiesen dudas sobre su identidad.
—Ven, mujer—gritaba el herrero á su enfermiza
cónyuge, al descubrir un nuevo dibujo.—Ven á ver lo que ha hecho nuestro hijo.
¡Demonio de muchacho!...
Y á impulsos de este entusiasmo, no se lamentaba ya
de que Marianillo abandonase la escuela y huyera del fuelle de la fragua,
dedicando todo el día á corretear por el valle ó por el pueblo, con el carbón
en la mano, cubriendo de lineas negras las peñas del monte y las paredes de las
casas, con gran desesperación de las vecinas. En la taberna de la plaza Mayor
había trazado las cabezas de los más asiduos parroquianos, y el tabernero las
enseñaba con orgullo, no permitiendo que tocasen á la pared por miedo á que
desaparecieran. Esta obra era un motivo de vanidad para el herrero, cuando en
los domingos, después de la misa, entraba á beber un vaso con los amigos. En la
pared de la rectoría había trazado una Virgen, ante la cual deteníanse con
hondos suspiros las devotas más viejas del pueblo.
El herrero, con un rubor de satisfacción, admitía todos los elogios que tributaban al pequeño, como si
le correspondiesen á él en su mayor parte. ¿De dónde había salido aquel
prodigio, siendo tan bárbaros todos los de la familia? Y movía la cabeza
afirmativamente cuando los notables del pueblo le hablaban de hacer algo por el
chico. Ciertamente, él no sabía qué hacer, pero tenían razón; su Marianillo no
estaba destinado á golpear el hierro lo mismo que su padre. Podía ser un
personaje tan grande como don Rafael, un señor que pintaba santos y santas en
la capital de la provincia y era maestro de los pintores, en un gran caserón
lleno de cuadros, allá en la ciudad. Durante el verano venía con su familia á
vivir en una quinta del valle.
Este don Rafael era un varón imponente por su
gravedad; un santo cargado de hijos, que llevaba la levita como si fuese un
hábito y hablaba con melifluidad de fraile á través de las barbas canas que
invadían su rostro enjuto y sonrosado. En la iglesia del pueblo guardaban un
cuadro portentoso pintado por él: una Purísima, cuyos colores dulces, de un
brillo acaramelado, hacían temblar de emoción las piernas de los devotos.
Además, los ojos de la imagen tenían la milagrosa particularidad de mirar de
frente á los que la contemplaban, siguiéndoles aunque cambiasen de lugar. Un
verdadero prodigio. Parecía imposible que esta obra sobrenatural la hubiese
hecho aquel buen señor, que durante el verano subía todas las mañanas á oir su
misa en el pueblo. Un inglés había querido comprar el
cuadro por lo que pesase de oro. Nadie había visto al inglés, pero todos
sonreían sarcásticamente al comentar la proposición. ¡En seguida soltaban ellos
el cuadro! ¡Que rabiasen los herejes con todos sus millones! La Purísima
seguiría en su capilla para envidia del mundo entero, y especialmente de los
pueblecillos cercanos.
Cuando el párroco fué á visitar á don Rafael para
hablarle del hijo del herrero, el grande hombre estaba ya enterado de sus
habilidades. Había visto en el pueblo sus dibujos; el muchacho tenía cierta
disposición, y era lástima no guiarle por buen camino. Después fueron las
visitas del herrero y su hijo, temblorosos los dos al verse en el granero de la
quinta, que el gran pintor había convertido en estudio; al contemplar de cerca
los botes de color, la paleta aceitosa, los pinceles y aquellos lienzos de un suave
azul, sobre el que comenzaban á marcarse los rosados mofletes de los querubines
y la cara en éxtasis de la Madre de Dios.
Al terminar el verano, el buen herrero se decidió á
seguir los consejos de don Rafael. Ya que éste era tan bueno que quería ayudar
al chico, por él no iba á malograrse su buena fortuna. La herrería daba para
vivir. Todo consistía en trabajar unos años más, en sostenerse, hasta el fin de
su existencia, junto al yunque, sin ayuda ni sucesor. Su hijo había nacido para
personaje, y era grave pecado cortarle el camino despreciando la ayuda del buen
protector.
Lloró la madre, cada vez más débil y enfermiza,
como si el viaje á la capital de la provincia fuese al otro extremo del mundo.
—Adiós, hijo. Ya no te veré más.
Y efectivamente, Mariano vió por última vez aquel
rostro exangüe, de grandes ojos sin expresión, casi borrado ahora de su
memoria, como una mancha blanquecina, en la cual no lograba, á pesar de todos
sus esfuerzos, restablecer el contorno de las facciones.
En la ciudad cambió radicalmente su vida. Entonces
comprendió qué era lo que buscaban sus manos al mover el carbón sobre las
paredes enjalbegadas. El arte se reveló por primera vez á sus ojos en las
tardes silenciosas pasadas en un antiguo convento, donde estaba el museo
provincial, mientras su maestro don Rafael discutía con otros caballeros en la
sala de profesores ó firmaba papelotes en la secretaría.
Mariano vivió en casa de su protector, siendo á la
vez su criado y su discípulo. Llevaba cartas al señor deán y á algunos
canónigos amigos del maestro, que le acompañaban en sus paseos ó hacían
tertulia en su estudio. Más de una vez visitó los locutorios de algunos
conventos, dando recados de don Rafael, al través de las tupidas rejas, á
ciertas sombras blancas y negras que, atraídas por su juventud rolliza de
muchacho del campo y enteradas de que pretendía ser pintor, le abrumaban con
las preguntas de una curiosidad excitada por el encierro. Acababan
por regalarle, al través del torno, rosquillas, limoncitos confitados ó alguna
otra muestra de la repostería monjil, y le despedían con sanos consejos de sus
voces tenues y suaves tamizadas por el hierro de las rejas.
—¡Que seas bueno, Marianito! Estudia, reza. Sé buen
cristiano; el Señor te protegerá, y tal vez llegues á pintar como don Rafael,
que es de los primeros del mundo.
¡Cómo reía el artista recordando aquella sencillez
infantil, que le hacía ver en su maestro el pintor más asombroso de la
tierra!... Por las mañanas, al asistir á las clases de la Escuela de Bellas
Artes, se indignaba contra sus compañeros, chiquilliría irrespetuosa, educada
en la calle, hijos de menestrales, que apenas volvía la espalda el profesor, se
bombardeaban con las migas del pan destinado á borrar los dibujos y execraban á
don Rafael llamándole beato y jesuíta.
Las tardes las pasaba Mariano en el estudio, al
lado del maestro. ¡Qué emoción la primera vez que éste le puso la paleta en la
mano y le permitió copiar, en un lienzo viejo, un San Juan infante que había
terminado para una comunidad!... Mientras el muchacho, con el rostro contraído
por enérgica mueca, se esforzaba en imitar la obra del maestro, oía los buenos
consejos que le daba éste, sin apartarse del lienzo sobre el que hacía correr
su seráfico pincel.
La pintura debía ser religiosa. Los primeros cuadros del mundo habían sido inspirados por la
religión; fuera de ella, la vida sólo ofrecía vil materialismo, repugnantes
pecados. La pintura debía ser ideal, hermosa; representar siempre imágenes
bonitas; reproducir las cosas como debían ser y no como eran, y sobre todo,
mirar á lo alto, al cielo, pues allí está la verdadera vida, no en esta tierra,
valle de lágrimas. Mariano debía modificar sus instintos, se lo aconsejaba él,
que era su maestro; debía perder su afición á dibujar cosas groseras, las
gentes tal como las veía, los animales en toda su brutal materialidad, los
paisajes en la misma forma que los contemplaban sus ojos.
Había que tener idealismo. Muchos pintores fueron
casi santos; así únicamente les era posible reflejar la celeste belleza en los
rostros de sus madonas. Y el pobre Mariano esforzábase por ser ideal,
por atrapar un pequeño andrajo de aquella serenidad beatífica y dulce que
rodeaba á su maestro.
Poco á poco fué conociendo los procedimientos de
que se valía don Rafael para realizar aquellas obras maestras que arrancaban
gritos de admiración á su tertulia de canónigos y á las señoras ricas que le
encargaban imágenes. Cuando pensaba comenzar alguna de sus Purísimas, que
lentamente invadían las iglesias y conventos de la provincia, levantábase
temprano y volvía al estudio después de confesar y comulgar. Sentía con esto
una fuerza interior, un sereno entusiasmo, y si en mitad de la obra
llegaba el desaliento, volvía á acudir á esta medicina de su inspiración.
El artista, además, debe ser puro. Él había hecho
voto de castidad, pasados los cincuenta años; con algún retraso, ciertamente,
pero no era por no haber conocido antes este medio seguro de llegar á un
perfecto idealismo de pintor celestial. Su esposa, una señora envejecida por
innumerables partos, agotada por la fidelidad y la virtud abrumadoras del
maestro, no era ya más que la compañera que le daba la respuesta al rezar por
la noche rosarios y trisagios. Tenía varias hijas que pesaban sobre su conciencia
como un bochornoso recuerdo de vergonzosos materialismos; pero unas eran monjas
profesas y otras iban camino de serlo, agrandándose la idealidad del artista
conforme desaparecían de la casa estos testimonio de su impureza é iban á
ocultarse en los conventos, donde sostenían el prestigio artístico del padre.
Algunas veces el gran pintor vacilaba ante una
Purísima, que era siempre la misma, como si la pintase con trepa. Entonces
hablaba misteriosamente á su discípulo:
—Marianito: avisa mañana á los señores que
no vengan. Tenemos modelo.
Y cerrado el estudio á los sacerdotes y demás
amigos respetables, llegaba Rodríguez, un guardia municipal, pisando fuerte,
con la colilla bajo el recio bigote de púas salientes y una mano en la
empuñadura del sable. Expulsado de la guardia civil
por borracho y cruel, al verse sin ocupación, no se sabe por qué extraña
iniciativa, se dedicó á modelo de pintor. El devoto artista, que le tenía
cierto miedo, acosado por sus continuas peticiones, le había alcanzado este
empleo de guardia municipal, y Rodríguez aprovechaba todas las ocasiones para
manifestar su agradecimiento de mastín, golpeando los hombros del maestro con
sus manazas y echándole á la cara su resuello de nicotina y alcohol.
—¡Don Rafael! ¡Usted es mi padre! Al que le toque á
usted, le corto esto, aquello y lo de más allá.
Y el místico artista, satisfecho interiormente de
esta protección, ruborizábase y agitaba las manos protestando de la franqueza
de aquel bruto que llamaba por sus nombres á las cosas ocultas que deseaba
cortar.
Arrojaba su kepis en el suelo, entregaba á Mariano
el pesado chafarote y, como hombre que sabe su obligación, sacaba del fondo de
un arca una túnica de lana blanca y un guiñapo azul en forma de manto,
colocando ambas prendas sobre su cuerpo con la maestría de la costumbre.
Mariano le miraba con ojos de asombro, pero sin
ninguna tentación de reir. Eran misterios del arte; sorpresas que sólo estaban
reservadas á los que, como él, tenían la suerte de vivir en la intimidad de un
gran maestro.
—¿Estamos, Rodríguez?—preguntaba impaciente don
Rafael.
Y Rodríguez, erguido dentro de su bata de baño, con
el andrajo azul pendiente de los hombros, juntaba las manos y elevaba su mirada
feroz al techo, sin dejar de chupar la colilla que le chamuscaba el bigote. El
maestro sólo necesitaba el modelo para los paños de la imagen, para estudiar el
plegado del celeste vestido, el cual no debía revelar el más leve indício de
humanas redondeces. Jamás había pasado por su imaginación la posibilidad de
copiar á una mujer. Era caer en el materialismo, glorificar la carne, llamar á
la tentación. Con Rodríguez bastaba: había que ser idealista.
El modelo seguía en su mística actitud, con el
cuerpo perdido en los innumerables pliegues de su vestidura azul y blanca,
asomando por debajo de ésta las puntas romas de sus botas de ordenanza,
irguiendo su cabeza grotesca y chata, rematada por una pelambrera hirsuta,
tosiendo y carraspeando con el humo de su cigarro, sin dejar de mirar á lo alto
ni separar sus manazas juntas en ademán de adoración.
Algunas veces, fatigado del mutismo laborioso del
maestro y el discípulo, Rodríguez lanzaba algunos mugidos que poco á poco
tomaban forma de palabras y acababa por enfrascarse en el relato de las hazañas
de su época heroica, cuando era guardia civil y «podía darle un mal golpe á
cualquiera pagando después con un papel». La Purísima se enardecía con estos
recuerdos. Se separaban sus manazas con un temblor de voluptuosidad homicida; se descomponían los rebuscados pliegues: sus ojos
veteados de sangre ya no miraban á lo alto, y hablaba con voz bronca de
tremendas palizas, de hombres agarrados por su parte más sensible que caían al
suelo enroscándose de dolor, de fusilamientos de presos que después se
presentaban como fugas; y para dar mayor relieve á esta autobiografía declamada
con bestial orgullo, salpicaba sus palabras de interjecciones que tan pronto
aludían á las partes más intimas del organismo humano, como faltaban á todo
respeto á los primeros personajes de la corte celestial.
—¡Rodríguez! ¡Rodríguez!—exclamaba horrorizado el
maestro.
—¡Á la orden, don Rafael!
Y la Purísima, después de pasarse la colilla de un
lado á otro de la boca, juntaba otra vez las manos, se estiraba, haciendo
asomar por debajo de la túnica los pantalones con franja roja, y perdía su
mirada en lo alto, sonriendo con éxtasis, como si contemplase en el techo todas
sus heroicidades, de las que se sentía orgulloso.
Mariano desesperábase ante su lienzo. Era incapaz
de pintar otra cosa que aquello que veía, y su pincel, después de reproducir la
vestidura blanca y azul, deteníase vacilante en la cabeza, llamando en vano el
auxilio de la imaginación. Era la carátula grotesca de Rodríguez la que surgía
del lienzo, después de vanos esfuerzos.
Y el discípulo admiraba sinceramente la habilidad de don Rafael, aquella cabeza pálida velada por la
luz de su nimbo, un rostro bonito é inexpresivo de belleza infantil que
sustituía en el cuadro á la feroz testa del municipal.
Este escamoteo le parecía al joven la muestra más
asombrosa del arte. ¡Cuándo llegaría él á la fácil prestidigitación de su
maestro!
Con el tiempo fué marcándose aún más esta
diferencia entre don Rafael y su discípulo. En la escuela le rodeaban los
compañeros, reconociendo su superioridad y elogiando sus dibujos. Algunos
profesores, enemigos del maestro, lamentaban que tan buenas disposiciones
pudieran perderse al lado de aquel «pintasantos». Don Rafael miraba con asombro
lo que hacía Mariano fuera de su estudio; figuras y paisajes directamente
observados que, según él, respiraban la brutalidad de la vida.
Su tertulia de graves señores comenzaba á reconocer
cierto mérito en el discípulo.
—No llegará nunca á la altura de usted, don
Rafael—decían.—Carece de unción, no tiene idealismo, no pintará una buena
imagen, pero como pintor mundano irá lejos.
El maestro, que amaba al muchacho por su carácter
subordinado y su pureza de costumbres, intentaba en vano hacerle seguir el buen
camino. Con sólo imitarle tenía la fortuna hecha. Él moriría sin sucesor y su
estudio y su fama serían para él. No tenía más que ver como poco á poco, cual
una buena hormiga del Señor, había ido creándose con
el pincel una fortunita. Á fuerza de idealismo tenía su quinta allá en el
pueblo y un sinnúmero de campos, cuyos arrendatarios venían á visitarle en el
estudio, entablando ante las poéticas imágenes interminables discusiones sobre
el pago y cuantía de los arrendatarios. La Iglesia era pobre por culpa de la
impiedad de la época; no podía pagar tan generosamente como en otros siglos;
pero los encargos menudeaban, y una Virgen con toda su pureza era asunto de
tres días... Mas el joven Renovales torcía el gesto dolorosamente, como si le
exigieran un sacrificio doloroso.
—No puedo, maestro. Soy un imbécil; no sé inventar.
Sólo pinto lo que veo.
Y cuando comenzó á ver cuerpos desnudos en la clase
llamada del natural, se entregó con furia á este estudio, como si la carne le
produjese la más fuerte de las embriagueces. Don Rafael se aterró,
sorprendiendo en los rincones de su casa bocetos que reproducían vergonzosas
desnudeces con toda su realidad. Además, producíanle cierto malestar los
adelantos del discípulo; veía en su pintura un vigor que él no había tenido
nunca. Hasta notaba cierta defección en su tertulia de admiradores. Los buenos
canónigos admiraban, como siempre, sus vírgenes; pero algunos de ellos se
hacían retratar por Mariano, elogiando el acierto de su pincel.
Un día abordó á su discípulo con resolución.
—Ya sabes que te quiero como á un hijo, Marianito;
pero á mi lado pierdes el tiempo. Nada te puedo
enseñar. Tu sitio está en otra parte. He pensado que podías irte á Madrid. Allí
están los de tu cuerda.
Su madre había muerto; su padre seguía en la
fragua, y al verle llegar con unos cuantos duros, producto de los retratos que
había hecho, apreció esta cantidad como una fortuna. Parecíale imposible que
hubiera quien diese dinero á cambio de colorines. Una carta de don Rafael le
convenció. Ya que aquel señor tan sabio aconsejaba que su hijo fuese á Madrid,
él debía conformarse.
—Á Madrid, hijo, y procura ganar dinero pronto, que
el padre está viejo y no siempre podrá ayudarte.
Á los diez y seis años cayó Renovales en Madrid, y
viéndose solo, sin más guía que su voluntad, se entregó con furia al trabajo.
Pasó las mañanas en el Museo del Prado, copiando todas las cabezas de los
cuadros de Velázquez. Creyó que hasta entonces había vivido ciego. Además,
trabajaba en un estudio abuhardillado con otros compañeros, y por las noches
pintaba acuarelas. Con la venta de éstas y de algunas copias, iba rellenando
los vacíos que dejaba en su subsistencia la corta pensión enviada por el padre.
Recordaba con nostalgia estos años de estrechez, de
verdadera miseria: las noches de frío en el mísero camastro; las comidas
irritantes, de misteriosos ingredientes, en una taberna cercana al teatro Real:
las discusiones en un rincón de un café, bajo las
miradas hostiles de los camareros, escandalizados de que una docena de
melenudos ocupasen varias mesas para tomar en junto tres cafés y muchas
botellas de agua...
La alegre juventud soportaba sin esfuerzo estas
miserias, y en cambio, ¡qué hartazgo de ilusiones, qué banquete esplendoroso de
esperanzas! Cada día un nuevo descubrimiento. Renovales corría como un potro
salvaje por los dominios del arte, viendo abrirse ante él nuevos horizontes, y
su galope levantaba un estruendo de escándalo que equivalía á prematura
celebridad. Los viejos decían de él que era el único muchacho «que se traía
algo»; sus compañeros afirmaban que era un «pintorazo», y en su afán iconoclasta,
comparaban sus obras inexpertas con las de los maestros consagrados y antiguos,
«miserables burgueses del arte», sobre cuyas calvas creían necesario escupir su
bilis, afirmando de este modo la superioridad de la nueva generación.
Las oposiciones de Renovales para alcanzar la
pensión en Roma, equivalieron á una revolución. La juventud, que sólo juraba
por él y le tenía por glorioso capitán, se agitó amenazante con el temor de que
los «viejos» sacrificasen á su ídolo.
Cuando al fin su manifiesta superioridad le hizo
alcanzar la pensión, hubo banquetes en su honor, sueltos en los periódicos, se
publicó su retrato en las revistas ilustradas, y hasta el viejo herrero hizo un
viaje á Madrid para respirar, conmovido y lloroso,
una parte del incienso que tributaban á su hijo.
En Roma esperaba á Renovales una cruel decepción.
Sus compatriotas le recibieron con cierta frialdad. Los jóvenes le miraban como
á un rival, aguardando sus próximas obras con la esperanza de una caída; los
antiguos, que vivían lejos de la patria, le examinaron con malévola curiosidad.
«¡Conque aquel mocetón era el hijo del herrero, que tanto ruido metía entre los
ignorantes de allá!... Madrid no era Roma. Ahora verían ellos lo que
aquel genio sabía hacer.»
Renovales no hizo nada en los primeros meses de su
estancia en Roma. Contestaba encogiéndose de hombros á los que con aviesa
intención le preguntaban por sus cuadros. Él había ido allí, no á pintar, sino
á estudiar: para esto le mantenía el Estado. Y pasó más de medio año dibujando,
siempre dibujando, en los museos famosos, donde estudiaba, carbón en mano, las
obras célebres. Las cajas de colores permanecían sin abrir en un rincón de su
estudio.
Al poco tiempo abominó de la gran ciudad, por la
vida que en ella llevaban los artistas. ¿Para qué las pensiones? Se estudiaba
allí menos que en otra parte. Roma no era una escuela: era un mercado. Los
comerciantes de pintura establecían allí su negocio, atraídos por la gran
aglomeración de artistas. Todos, viejos y principiantes, ilustres y
desconocidos, sentían la tentación del dinero, se dejaban
envolver en las dulzuras de la vida cómoda, produciendo obras para la venta,
pintando cuadros con arreglo á las indicaciones de unos judíos alemanes que
recorrían los estudios marcando los géneros y tamaños que eran de moda, para
esparcirlos por Europa y América.
Renovales, al visitar los estudios, sólo veía
cuadros de género; unas veces señores de casacón, otras moros
andrajosos ó campesinos de Calabria. Eran pinturas bonitas y acabadísimas, para
las cuales empleaban como modelos un maniquí ó las familias de chocharos,
que se alquilaban todas las mañanas en la plaza de España, junto á la
escalinata de la Trinidad; la eterna aldeana, morena, de negros ojos y grandes
aros en las orejas, con falda verde, corpiño negro y la toca blanca arrollada
sobre el pelo con grandes agujas: el viejo de siempre, con abarcas, pellico de
lanas y un sombrero apuntado, con espiral de cintas, sobre su nevada cabeza de
Padre Eterno. Los artistas apreciaban entre ellos sus méritos por los miles de
liras recolectadas durante el año: hablaban con respeto de los maestros
ilustres, que cobraban una fortuna á los millonarios de París ó de Chicago por
cuadritos de caballete que nadie veía. Renovales mostrábase indignado. Este
arte era casi igual al de su primitivo maestro, aunque mundano,
como hubiese dicho don Rafael. ¡Y para esto los enviaban á Roma!...
Mal mirado por los compatriotas á causa de su
carácter brusco, de su lenguaje rudo y de la probidad, que
le hacía negarse á todo encargo de los mercaderes de pintura, buscó el trato de
los artistas de otros países. En la juventud cosmopolita de pintores
acuartelada en Roma, pronto fué popular Renovales.
Su energía, su exceso de vida, hacían de él un
simpático y alegre compañero, cuando se presentaba en los estudios de la vía
Babuino ó en las chocolaterías y cafés del Corso, donde se reunían, por
afinidades amistosas, los artistas de diversas nacionalidades.
Mariano, á los veinte años, era un mocetón
atlético, digno retoño de aquel hombre que batía el hierro, desde el amanecer
hasta la noche, en un rincón de España. Un día un joven inglés, amigo suyo,
leyó en su honor una página de Ruskin. «Las artes plásticas son esencialmente
atléticas.» Un enfermo, un semiparalítico, podía ser un gran poeta, un célebre
músico; pero para ser Miguel Ángel ó el Ticiano se necesitaba, no sólo un alma
privilegiada, sino un cuerpo vigoroso. Leonardo de Vinci partía una herradura entre
sus manos; los escultores del Renacimiento labraban inmensos bloques de mármol
á impulsos de sus brazos de titán, ó mordían con sus buriles el duro bronce;
los grandes pintores eran muchas veces arquitectos, y cubiertos de polvo hacían
moverse enormes masas... Renovales escuchó pensativo las palabras del gran
esteticista inglés. Él también era un alma fuerte, en un cuerpo de atleta.
Los apetitos de su juventud no iban más allá de la
varonil embriaguez de la fuerza y el movimiento. Atraído por la abundancia de
modelos que ofrecía Roma, desnudaba en su estudio á una chochara,
dibujando con delectación las formas de su cuerpo. Reía, con su carcajada
ruidosa de gigante; la hablaba con la misma libertad que si fuese una de las
mujerzuelas que le salían al paso por la noche al volver solo á la Academia de
España, pero una vez terminado el trabajo y vestida... ¡á la calle! Tenía la
castidad de los fuertes. Adoraba la carne, pero sólo para copiar sus líneas. Le
producía vergüenza el roce animal, el encuentro al azar, sin amor, sin
atracción, con la interna reserva de dos seres que no se conocen y se examinan
recelosos. Lo que él deseaba era estudiar, y las mujeres sólo sirven de estorbo
en las grandes empresas. El sobrante de su energía consumíalo en ejercicios
atléticos. Después de una de sus hazañas de forzudo, que entusiasmaban á los
compañeros, mostrábase fresco, sereno, insensible, como si saliera de un baño.
Hacía esgrima con los pintores franceses de la Villa Médicis; aprendía á boxear
con ingleses y americanos; organizaba con los artistas alemanes ciertas
excursiones á un bosque cercano á Roma, de las que se hablaba durante varios
días en los cafés del Corso. Bebía un sinnúmero de vasos con sus compañeros en
honor del Kaisser, al que no conocía, ni maldito lo que le
importaba su salud; entonaba con vozarrón estruendoso el tradicional Gaudeamus igitur, y acababa por coger del
talle dos modelos de la partida, y con los brazos en cruz las paseaba por la
selva hasta dejarlas sobre el césped, como si fuesen plumas. Después sonreía
satisfecho de la admiración de aquellos buenos germanos, muchos de ellos
enclenques ó miopes, que lo comparaban con Sigfrido y demás héroes de recios
músculos de su mitología belicosa.
En Carnaval, al organizar los españoles una
cabalgata del Quijote, se encargó de representar al caballero
Pentapolín, «el del arremangado brazo», y en el Corso hubo aplausos y gritos de
admiración para el enorme y duro biceps que mostraba el andante paladín,
erguido sobre su caballo. Al llegar las noches de primavera marchaban los
artistas en procesión, al través de la ciudad, hasta el barrio de los judíos,
para comer las primeras alcachofas, el plato popular de Roma, en cuya
preparación era famosa una vieja israelita. Renovales iba al frente de la carciofolatta,
llevando el estandarte, iniciando los cánticos alternados con gritos de toda
clase de animales, y sus compañeros marchaban tras él, audaces y provocadores,
bajo la protección de tan fuerte caudillo. Con Mariano no había miedo. Contaban
de él que en las callejuelas del Transtévere había dado una paliza de muerte á
dos matones del barrio, después de quitarles sus puñales.
De pronto el atleta se encerró en la Academia y no
bajó á la ciudad. Durante algunos días se habló de él en las reuniones de
artistas. Estaba pintando; aproximábase una
Exposición que iba á verificarse en Madrid y quería llevar á ella un cuadro que
justificase su pensión. Tenía cerrada para todos la puerta de su estudio; no
admitía comentarios ni consejos; el lienzo iría tal como él lo concibiese. Los
compañeros le olvidaron pronto y Renovales acabó su obra en la soledad,
saliendo con ella para su patria.
Fué un triunfo completo; el primer paso fuerte en
el camino que había de conducirle á la celebridad. Se acordaba ahora con
vergüenza, con remordimiento, del estrépito glorioso que levantó su
cuadro La victoria de Pavía. La gente se agolpaba ante el lienzo
enorme, olvidando el resto de la Exposición. Y como en aquellos días el
gobierno se mantenía firme, y las Cortes estaban cerradas, y no había cogida de
importancia en ninguna plaza de toros, los diarios, á falta de más viva
actualidad, lanzáronse en ruda competencia á reproducir el cuadro, á hablar de
él, publicando retratos del autor, lo mismo de frente que de perfil, grandes y
pequeños, detallando su vida en Roma y sus originalidades, recordando con una
lágrima de emoción al pobre anciano que allá, en su aldea, machacaba el hierro
sin conocer apenas la gloria de su hijo.
De un salto pasó Renovales de la obscuridad á una
luz de apoteosis. Los viejos encargados de juzgarle mostrábanse benévolos, con
cierta conmiseración bondadosa. La fierecilla se amansaba. Renovales había visto mundo y volvía á las buenas tradiciones,
siendo un pintor como los demás. Su cuadro tenia trozos que parecían de
Velázquez, fragmentos dignos de Goya, rincones que recordaban al Greco: de todo
había en él, menos de Renovales, y esta amalgama de reminiscencias era su
principal mérito, lo que atraía el general aplauso y le conquistó una primera
medalla.
Magnifico debut. Una duquesa viuda, gran protectora
de las artes, que no compraba jamás un cuadro ni una estatua, pero sentaba á su
mesa á los pintores y los escultores de renombre, encontrando en esto un placer
barato y cierta distinción de dama ilustre, quiso conocer á Renovales. Éste
venció la adustez de su carácter, que le tenía alejado del trato social. ¿Por
qué no había de conocer el gran mundo? Él iba adonde fuese otro hombre. Y se
hizo el primer frac, y tras los banquetes de la duquesa, donde provocaba
alegres carcajadas su modo de discutir con los académicos, visitó otros salones
y fué durante algunas semanas objeto de la atención de este mundo, un tanto
escandalizado por sus salidas de tono, pero satisfecho de la
timidez que le sobrecogía después de sus audacias. Los jóvenes le apreciaban
porque tiraba á la espada como un San Jorge. Aunque pintor é hijo de un
herrero, era toda una persona decente. Las damas le atraían con sus más amables
sonrisas, esperando que el artista de moda las obsequiase con un retrato
gratuito, como ya lo había hecho con la duquesa.
En esta época de gran vida, siempre de frac, á
partir de las siete de la tarde, y sin hacer otra pintura que la de mujeres que
deseaban aparecer bonitas y discutían con el artista gravemente el traje que
debían ponerse para servir de modelo, fué cuando Renovales conoció á su esposa
Josefina.
La primera vez que la vió entre tantas damas de
arrogante apostura y estrepitosa presencia, sintióse atraído hacia ella por la
fuerza del contraste. Le impresionó el encogimiento, la modestia, la
insignificancia de la jovencita. Era pequeña, su rostro no ofrecía otra
hermosura que la de la juventud, su cuerpo tenía la gracia de la fragilidad.
Aquella criatura estaba allí, lo mismo que él, por cierta condescendencia de
los demás: parecía ocupar un sitio prestado y se encogía en él como temerosa de
llamar la atención. Siempre la veía Renovales con el mismo traje de soirée,
algo envejecido, con ese aspecto de cansancio de las prendas incesantemente
reformadas para seguir el curso de las modas. Los guantes, las flores, los
lazos, tenían cierta tristeza en su frescura, como si delatasen las economías,
los esfuerzos caseros que había exigido su adquisición. Se tuteaba con todas
las jóvenes que hacían en los salones una entrada triunfal, levantando elogios
y envidias con sus nuevas toilettes; la mamá, una señora majestuosa,
de abultada nariz y lentes de oro, trataba con llaneza á las damas más
linajudas; pero á pesar de esta intimidad, notábase en torno de la madre y la
hija el vacío de un afecto algo desdeñoso, en el
que entraba por mucho la conmiseración. Eran pobres. El padre había sido un
diplomático de cierto nombre, que al morir no dejó á su esposa otros recursos
que la pensión de su viudedad. Dos hijos estaban en el extranjero, como
agregados de embajada, luchando con la escasez de sus sueldos y las exigencias de
su posición. La madre y la hija vivían en Madrid, aferradas á la sociedad en
que habían nacido, temblando de abandonarla, como si esto equivaliese á una
degradación, permaneciendo de día en un tercer piso, amueblado con los restos
de su pasada opulencia, haciendo inauditas economías para poder codearse por la
noche dignamente con los que habían sido sus iguales.
Ciertos parientes de doña Emilia, que era la mamá,
contribuían á su sostenimiento, no con dinero (eso nunca), sino prestándola el
sobrante de su lujo, para que ella y la hija mantuviesen una pálida apariencia
de bienestar.
Unos les cedían su coche en ciertos días para que
diesen una vuelta por la Castellana y el Retiro, saludando á las amigas al
cruzarse los carruajes; otros les enviaban su palco del Real las noches que no
eran de turno brillante. Su conmiseración tampoco se olvidaba de ellas al
extender las invitaciones para comidas de fiesta onomástica, tés de la tarde,
etc. «No hay que olvidar á las de Torrealta, ¡pobrecitas!...» Y al día
siguiente los cronistas de salones inscribían en la lista de los asistentes á la fiesta á «la bella señorita de Torrealta y su
distinguida madre, la viuda del ilustre diplomático de imperecedero recuerdo»,
y doña Emilia, olvidando su situación, creyéndose en los mejores tiempos,
entraba en todas partes, con un eterno traje negro, acosando con su tuteo y sus
confidencias á las grandes señoras, cuyas doncellas eran más ricas y comían
mejor que ella y su hija. Si algún señor viejo se refugiaba á su lado, la
diplomática intentaba anonadarlo con la majestad de sus recuerdos. «Cuando
estábamos de embajadores en Stockolmo...» «Cuando mi amiga Eugenia era
emperatriz...»
La hija, con cierto instinto de muchacha tímida,
parecía darse cuenta mejor de la situación. Permanecía sentada entre las
señoras mayores, osando, sólo de tarde en tarde, aproximarse á las otras
jóvenes que habían sido sus compañeras de colegio y ahora la trataban con
superioridad, viendo en ella algo así como una señorita de compañía elevada
hasta ellas por los recuerdos del pasado. La madre se irritaba por su timidez.
Debía bailar mucho, ser vivaracha y atrevida como las otras; decir chistes,
aunque fuesen crudos, para que los hombres los repitiesen haciéndola una fama
de ingeniosa. Parecía imposible que con su educación fuese tan insignificante.
¡La hija de un grande hombre que apenas entraba en los primeros salones de
Europa formaban círculo en torno de él! ¡Una muchacha educada en el Sagrado
Corazón de París, que hablaba el inglés,
su poquito de alemán y se pasaba el día leyendo, cuando no tenía que limpiar
unos guantes ó reformar un vestido!... ¿Era que no deseaba casarse?... ¿Tan
bien se encontraba en aquel piso tercero, miserable calabozo de la dignidad de
su apellido?...
Josefina sonreía tristemente. ¡Casarse! Jamás lo
lograría en este mundo que frecuentaban. Todos conocían su pobreza. Los jóvenes
corrían en los salones detrás de las fortunas al seguir á las mujeres. Si
alguno se acercaba á ella atraído por su pálida belleza, era para deslizarla en
el oído vergonzosas sugestiones; para proponerle, mientras bailaban, noviazgos
sin compromiso, relaciones íntimas con una prudencia traducida del
inglés, flirts que no dejaban rastro, corrupciones gratas á
las vírgenes que quieren seguir siéndolo después de conocer todas las
aberraciones del roce carnal.
Renovales no se dió cuenta de cómo se inició su
amistad con Josefina. Tal vez fué el contraste entre él y aquella mujercita que
apenas le llegaba al hombro y parecía tener quince años cuando había cumplido
los veinte. Su voz dulce, con un ceceo débil, le acariciaba los oídos. Reía
pensando en la posibilidad de dar un abrazo á aquel cuerpo gracioso y frágil:
la haría añicos entre sus manos de luchador, como si fuese una muñeca de cera.
Buscábala Mariano en los salones que solían frecuentar la madre y la hija, y
pasaba todo el tiempo sentado junto á ésta, sintiéndose invadido por una fraternal confianza, un deseo de comunicárselo todo,
su pasado, sus trabajos presentes, sus esperanzas, como si fuese un compañero
de estudio. Ella le oía, mirándole con sus ojos pardos que parecían sonreirle,
moviendo la cabeza con asentimiento, sin entenderle muchas veces, sintiéndose
acariciada por la exuberancia de aquel carácter que parecía desbordarse en olas
de fuego. Era un hombre distinto de todos los que ella había conocido.
Al verles en esta intimidad, no se sabe quién, tal
vez alguna amiga de Josefina, por burlarse de ella, lanzó la noticia. El pintor
y la de Torrealta eran novios. Entonces fué cuando los interesados se dieron
cuenta de que se amaban, sin habérselo dicho. Por algo más que por amistad
pasaba Renovales ciertas mañanas por la calle de Josefina, mirando los altos
balcones con la esperanza de ver tras los cristales su fina silueta. Una noche,
en casa de la duquesa, al verse solos en un corredor, Renovales la cogió una
mano y se la llevó á la boca con tanto temor, que apenas tocaron sus labios la
piel del guante. Tenía miedo á su rudeza, sentíase avergonzado de su vigor,
creía que iba á hacer daño á aquella criatura tan fina, tan débil. Ella podía
haberse librado de esta audacia con el más leve movimiento; pero abandonó su
mano al mismo tiempo que inclinaba la cabeza y rompía á llorar.
—¡Qué bueno es usted, Mariano!...
Sentía un intenso agradecimiento al verse amada por
primera vez, amada de veras, por un hombre de cierta celebridad que huía de las
mujeres felices para buscarla á ella, la humilde, la olvidada. Todos los
tesoros de cariño que habían ido amontonándose en el aislamiento de su vida de
humillación desbordábanse. ¡Ay, cómo se sentía capaz de amar al que la amase,
sacándola de esta existencia de parasitismo, elevándola por su fuerza y su
cariño al nivel de las que la despreciaban!...
La noble viuda de Torrealta, al conocer el noviazgo
del pintor con su hija, tuvo un movimiento de indignación. «¡El hijo del
herrero!» «¡El ilustre diplomático de imperecedera memoria!...» Pero como sí
esta protesta de su orgullo le abriese los ojos, pensó en los años que llevaba
paseando su hija de salón en salón sin que nadie se aproximase á ella. ¡Buenos
estaban los hombres! Pensó también en que un pintor célebre era un personaje;
recordó los artículos que habían dedicado á Renovales por su último cuadro, y
sobre todo, lo más conmovedor para ella fué el conocer de oídas las grandes
fortunas que amasaban los artistas en el extranjero; los centenares de miles de
francos pagados por un lienzo que podía llevarse debajo del brazo. ¿Por qué no
había de ser Renovales de estos afortunados?...
Comenzó á importunar con sus consultas á los
innumerables parientes. La niña no tenía padre y ellos
debían hacer sus veces. Unos la contestaban con indiferencia. «¡El pintor!...
¡pchs! no está mal», dando á entender con su desvío, que lo mismo les parecería
si se casaba con un guardia de consumos. Otros la insultaban involuntariamente
al dar su aprobación. «¿Renovales? Un artista de gran porvenir. ¡Qué más podéis
desear! Debes agradecer que se haya fijado en tu hija.» Pero el consejo que más
la decidió fué el de su ilustre primo el marqués de Tarfe, un personaje al que
veneraba, como si fuese el primer hombre del país, sin duda por su carácter de
jefe eterno de la diplomacia, ya que cada dos años ocupaba la cartera de
Estado.
—Me parece muy bien—dijo el prócer á toda prisa,
pues le esperaban en el Senado.—Es una boda moderna y hay que vivir con los
tiempos modernos. Yo soy conservador, pero liberal, muy liberal y muy moderno.
Protegeré á esos chicos: me gusta la boda. ¡El arte uniendo su prestigio al de
los apellidos históricos! ¡La sangre popular que asciende por sus méritos á
confundirse con la de la antigua nobleza!...
Y el marqués de Tarfe, cuyo marquesado no contaba
medio siglo de vida, decidió, con estas imágenes de orador senatorial y con las
promesas de su protección, el ánimo de la altiva viuda. Ella fué la que habló á
Renovales, excusando una penosa explicación á la timidez que sentía el artista
en este mundo que no era el suyo.
—Lo sé todo, Marianito, y me parece bien.
Pero ella no gustaba de noviazgos largos. ¿Cuándo
pensaba casarse? Renovales lo deseaba con más vehemencia aún que la madre.
Josefina era para él una mujer distinta de las demás hembras, que apenas si
conmovían su deseo. Su castidad de fiero trabajador disolvíase en una fiebre,
en un anhelo de hacer suya cuanto antes aquella muñeca encantadora. Además,
sentía halagado su orgullo por esta unión. Su novia era pobre, no llevaba al
matrimonio más que unos cuantos trapos, pero pertenecía á una familia de próceres,
ministros unos, generales otros, linajudos todos. Podían pesarse por toneladas
las coronas y escudos de aquellos parientes innumerables, que no hacían gran
caso de Josefina y su madre, pero iban á ser su familia dentro de poco. ¡Qué
pensaría el señor Antón, machacando el hierro allá en las afueras de su pueblo!
¡Qué dirían los envidiosos camaradas de Roma, cuya suerte estribaba en
amancebarse con las chocharas que les servían de modelo, para
después casarse con ellas por miedo á la daga del venerable calabrés, empeñado
en dar á su nieto un padre legítimo!
Los diarios hablaron mucho de la boda, repitiendo,
con ligeras variantes, las mismas frases del marqués de Tarfe: «El arte
uniéndose con la nobleza.» Renovales, apenas se efectuase su casamiento,
deseaba partir con Josefina para Roma. Tenia hechos allá todos los preparativos
para la nueva vida, invirtiendo en ellos los miles de pesetas que
le había dado el Estado por su cuadro y el producto de varios retratos para el
Senado, hechos por encargo del que iba á ser su ilustre pariente.
Un amigo de Roma (el famoso Cotoner), le había
alquilado una habitación en la vía Margutta, amueblándola con arreglo á sus
indicaciones de artista. Doña Emilia se quedaba en Madrid con uno de sus hijos
que pasaba á prestar servicio en el ministerio de Estado. Á los novios les
estorba todo, hasta la madre. Y doña Emilia se limpiaba una lágrima invisible
con la punta del guante. Además, no le gustaba volver á los países donde había
sido alguien: prefería quedarse en Madrid: aquí al menos la
conocían.
La boda fué un acontecimiento. No faltó ningún
individuo de la inmensa familia: todos temieron los requerimientos pegajosos de
la ilustre viuda, que llevaba la lista de los parientes hasta el sexto grado.
El señor Antón llegó dos días antes, vestido de
nuevo, con calzón corto y ancho sombrero de felpa, mirando azorado á aquellas
gentes que le contemplaban sonriendo, como un tipo original. Cabizbajo y
tembloroso en presencia de las dos mujeres, llamaba á su nuera «señorita», con
respeto de campesino.
—No, papá; llámeme usted hija. Hábleme de tú.
Pero á pesar de la sencillez de Josefina y del
tierno agradecimiento que sentía él, viéndola mirar á su hijo con amorosa
expresión, no osaba permitirse el tuteo y hacía los
mayores esfuerzos para evitar ese peligro, hablándola siempre en tercera
persona.
Doña Emilia, con sus lentes de oro y su majestuosa
altivez, aun le causaba mayor emoción. Llamábala siempre «señora marquesa»,
pues en su sencillez no podía admitir que aquella señora no fuese marquesa
cuando menos. La viuda, un tanto desarmada por el homenaje de aquel hombre,
reconocía que era un palurdo de cierto talento natural, lo que le hacía tolerar
la nota ridícula de su calzón corto.
En la capilla del palacio del marqués de Tarfe,
después de mirar con azoramiento desde la puerta todo aquel señorío que se
reunía para la boda de su hijo, el viejo rompió á llorar.
—¡Ya puedo morirme, rediez! ¡Ya puedo morirme!
Y repetía su triste deseo, sin fijarse en las risas
de los criados, como si la felicidad, después de una vida de trabajo, fuese en
él precursora inevitable de la muerte.
Los novios emprendieron su viaje el mismo día. El
señor Antón besó en la frente por primera vez á su nuera, mojándola de
lágrimas, y regresó al pueblo, repitiendo su deseo de morir, como si no le
quedase en el mundo nada que esperar.
Renovales y su mujer llegaron á Roma después de
varios altos en el camino. Su corta estancia en varias ciudades de la Costa
Azul, los días pasados en Pisa y Florencia, con
ser dulces y guardar el recuerdo de las primeras intimidades, les parecieron de
una insoportable vulgaridad al verse en su casita de Roma. Allí comenzaba su
verdadera luna de miel, en el hogar propio, aislados de toda indiscreción,
lejos de la promiscuidad de los hoteles.
Josefina, habituada á una existencia de ocultas
privaciones, á la miseria de aquel tercer piso, en el que vivían como acampadas
ella y su madre, guardando todas las ostentaciones para la calle, admiró la
coquetona gracia, la elegante pequeñez de aquella habitación de la vía
Margutta. El amigo de Mariano encargado del arreglo de la casa, un tal Pepe
Cotoner, pintor que apenas cogía los pinceles y dedicaba todos sus entusiasmos
artísticos á la admiración de Renovales, había hecho bien las cosas.
Josefina palmoteó con alegría infantil al ver el
cuarto de dormir, admirando sus muebles venecianos suntuosos, con maravillosas
incrustaciones de nácar y ébano; un lujo de príncipe que el pintor acabaría de
pagar á plazos.
¡Ah! ¡La primera noche de su estancia en Roma!
¡Cómo la recordaba Mariano!... Josefina, tendida en su cama monumental de
Dogaresa, estremecíase con la voluptuosidad del descanso, estirando sus
miembros antes de ocultarlos bajo las finas sábanas, mostrándose con el
abandono de la hembra que ya no tiene secretos que guardar. Sus pies, menudos y carnosos, movían los dedos de carmín como
si llamasen á Renovales.
Éste, de pie junto al lecho, contemplábala grave,
con las cejas fruncidas, dominado por un deseo que dudaba en formular. Quería
verla, admirarla: aún no la conocía, después de aquellas noches pasadas en los
hoteles, oyendo voces extrañas al otro lado de los tabiques.
No era un capricho amoroso, era un deseo de pintor,
una exigencia de artista. Sus ojos sentían hambre de su belleza.
Ella resistíase, con el rostro coloreado de rubor,
un tanto indignada por esta exigencia, que la hería en sus preocupaciones más
íntimas.
—No seas loco, Marianito. Acuéstate; no digas
tonterías.
Pero él, cada vez más aferrado á su deseo, insistía
tenazmente. Debía despreciar sus escrúpulos de burguesa; el arte se reía de
tales pudores; la belleza humana era para mostrarse en su radiante majestad, no
para vivir oculta, despreciada y maldita.
Él no quería pintarla; no se atrevía á pedir tanto;
pero verla sí, verla y admirarla, sin deseos groseros, con religiosa adoración.
Y sus manazas, contenidas por el miedo á hacerla
daño, tiraban suavemente de los débiles brazos que se cruzaban sobre el pecho,
intentando oponerse á estos avances. Ella reía: «Loco extravagante; que me
haces cosquillas... que me haces daño.» Pero poco á
poco, vencida por la tenacidad, satisfecho su orgullo femenil de esta adoración
de su cuerpo, acabó por entregarse, por dejarse manejar como una niña, con
suaves quejidos, como si la impusieran un tormento, sin oponer ya resistencia.
El cuerpo, libre de velos, mostró su blancura
nacarada. Josefina cerró los ojos como si quisiera huir de la vergüenza de su
desnudez. Sobre la nítida sábana destacábanse, ligeramente sonrosadas, las
armoniosas redondeces, embriagando los ojos del artista.
La cara de Josefina no era gran cosa: ¡pero el
cuerpo!... ¡Si él, venciendo sus escrúpulos, pudiese pintarlo algún día!...
Con los ojos siempre cerrados, como si la fatigase
esta muda exhibición, la mujercita dobló los brazos, colocándolos bajo su
cabeza, y arqueó el torso, elevando las blancas amenidades que hinchaban su
pecho.
Renovales se arrodilló junto á la cama en un
transporte de admiración, con toda la vehemencia de su entusiasmo, besando
aquella carne sin que la suya se estremeciese.
—Te adoro, Josefina. Eres hermosa como Venus. No:
Venus, no. Es fría y reposada como una diosa, y tú eres una mujer. Pareces...
¿qué es lo que pareces?... Sí; te veo igual. Eres la majita de Goya, con su
gracia delicada, con su seductora pequeñez... ¡Eres la maja desnuda!
La vida de Renovales fué otra. Enamorado de su
mujer, temiendo que ésta notase alguna falta en su bienestar y pensando con
cierta inquietud en aquella viuda de Torrealta, que podía quejarse de que la
hija del «ilustre diplomático, de imperecedero recuerdo», no era feliz, por
haber descendido á unirse con un pintor, trabajaba tenazmente para mantener con
el pincel las comodidades de que había rodeado á Josefina.
Él, que tanto había despreciado el arte industrial,
la pintura por dinero á que se entregaban sus camaradas, imitó á éstos, pero
con la vehemencia que ponía en todas sus empresas. En ciertos estudios levantó
gritos de protesta este competidor incansable que abarataba escandalosamente
los precios. Había vendido su pincel, por un año, á uno de aquellos mercaderes
judíos que exportaban pintura al extranjero; á tanto la pieza, y con
prohibición absoluta de pintar para otro comerciante. Renovales trabajaba de la
mañana á la noche, cambiando de asuntos cuando así lo exigía aquel que llamaba
su empresario. «Basta de chocharos: ahora moros.»
Después los moros perdían su valor en el mercado y entraban en tanda los
mosqueteros en gallardo duelo, los pastorcillos sonrosados á lo Wateau ó las
damas de cabello empolvado, embarcándose en una góndola de oro al son de
cítaras. Para refrescar el surtido, intercalaba una escena de sacristía con
gran alarde de casullas bordadas é incensarios dorados, ó alguna bacanal,
imitando de memoria y sin modelo las voluptuosas redondeces y las carnes de
ámbar del Ticiano. Cuando se acababa el catálogo, los chocharos volvían
á estar de moda, y otra vez á empezar. El pintor, con su extraordinaria
facilidad de ejecución, producía dos ó tres cuadritos por semana. El
empresario, para animarle en su trabajo, le visitaba muchas tardes, siguiendo
la marcha de su pincel con el entusiasmo del que cuenta el arte á tanto el
palmo y la hora. Sus noticias eran para infundir nuevos ánimos.
La última bacanal pintada por Renovales estaba en
un bar elegante de Nueva York. Su procesión de los Abruzos la
tenían en uno de los castillos más nobles de Rusia. Otro cuadro, representando
una danza de marquesas disfrazadas de pastorcillas, sobre una pradera de
violetas, lo guardaba en Francfort un barón judío y banquero... El mercader se
frotaba las manos, hablando al artista con aire protector. Su nombre iba
creciendo gracias á él, que no pararía hasta crearle una reputación universal.
Ya le escribían sus corresponsales pidiendo que
sólo enviase obras del signore Renovales, pues eran las que se
movían mejor en el mercado. Pero Mariano le contestaba con un estallido brusco
de su amargura de artista. Todos aquellos lienzos eran porquerías. Si el arte
fuera esto, preferiría picar piedra en una carretera.
Pero sus rebeliones contra este envilecimiento, del
pincel desaparecían al ver á su Josefina en aquella casa, cuyo adorno mejoraba,
convirtiéndola en un estuche digno de su amor. Ella sentíase dichosa en su
vivienda, con carruaje de lujo todas las tardes y completa libertad para
vestirse y adornarse. Nada faltaba á la esposa de Renovales: hasta tenía á sus
órdenes, como consultor y fiel mandadero, al buen Cotoner, que pasaba la noche
en el cuartucho que le servía de estudio en un barrio popular y el resto del
día junto al joven matrimonio. Ella era la dueña del dinero: nunca había visto
tantos billetes juntos. Cuando Renovales le entregaba el mazo de liras que le
había dado su empresario, ella decía alegremente: «¡Dinero, dinerito!», y
corría á ocultarlo, con un mohín gracioso de dueña de casa hacendosa y
económica... para sacarlo al día siguiente y desparramarlo con infantil
inconsciencia. ¡Qué gran cosa era la pintura! Su ilustre padre (á pesar de
cuanto dijese mamá) no había ganado nunca tanto dinero yendo por el mundo, de
cotillón en cotillón, representando á sus reyes.
Mientras Renovales estaba en el estudio, ella había paseado por el Pincio, saludando desde su landó
á las innumerables embajadoras residentes en Roma, á ciertas viajeras
aristocráticas de paso en la gran ciudad, que le habían sido presentadas en
algún salón, y á toda la nube de agregados diplomáticos que vivían en torno de
una corte doble: la del Vaticano y la del Quirinal.
El pintor veíase introducido por su mujer en un
mundo protocolario de la más estirada elegancia. La sobrina del marqués de
Tarfe, eterno ministro de Estado, era recibida con los brazos abiertos por la
alta sociedad romana, la más diplomática de Europa. No había fiesta en las dos
embajadas de España á la que no concurriese «el ilustre pintor Renovales con su
elegante esposa», y por irradiación, estas invitaciones habíanse extendido á
las embajadas de otros países. Pocas eran las noches sin fiesta. Al ser dobles
los centros diplomáticos, unos acreditados cerca del rey de Italia y otros
afectos al Vaticano, menudeaban las recepciones y saraos, en este mundo aparte,
que se encontraba todas las noches, bastándose á sí propio para su solaz.
Cuando Renovales llegaba á su casa al anochecer,
cansado del trabajo, ya le esperaba Josefina á medio vestir y el famoso Cotoner
le ayudaba á ponerse el traje de ceremonia.
—¡La cruz!—exclamaba Josefina al verle con el frac
puesto.—Pero hombre, ¿cómo te olvidas de la cruz? Ya sabes que allí todos
llevan algo.
Cotoner iba en busca de las insignias de una gran
cruz que el gobierno español había dado á Renovales por su cuadro, y el
artista, con la pechera cortada por la banda y un redondel brillante en el
frac, partía con su mujer para pasar la noche entre diplomáticos, ilustres
viajeros y sobrinos de cardenales.
Los otros pintores rabiaban de envidia al enterarse
de la frecuencia con que visitaban su estudio los embajadores de España, el
cónsul y ciertos personajes allegados al Vaticano. Negaban su talento,
atribuyendo estas distinciones á la posición de Josefina. Le llamaban cortesano
y adulador, suponiendo que se había casado para hacer carrera. Uno de sus
visitantes más asiduos era el padre Recovero, procurador de cierta orden
frailuna poderosa en España; una especie de embajador con capucha que gozaba de
grandes influencias cerca del Papa. Cuando no iba por el estudio de Renovales,
éste tenía la certeza de que se hallaba en su casa, cumpliendo algún encargo de
Josefina, la cual mostrábase orgullosa de su amistad con este fraile
influyente, jovial y de pretenciosa elegancia, bajo su hábito burdo. La esposa
de Renovales siempre tenía asuntos que encargarle; las amigas de Madrid no la
dejaban parar con sus incesantes peticiones.
La viuda de Torrealta contribuía á esto, hablando á
sus conocimientos de la alta posición que ocupaba su niña en Roma. Marianito,
según ella, ganaba millones; Josefina pasaba por
gran amiga del Papa; su casa estaba llena de cardenales, y si el Sumo Pontífice
no iba á visitarla, era porque el pobrecito vivía en el Vaticano. Y la esposa
del pintor siempre tenía que enviar á Madrid algún rosario pasado por la tumba
de San Pedro, ó reliquias extraídas de las Catacumbas. Daba prisa al padre
Recovero para que solucionase difíciles dispensas de casamiento, y se
interesaba por otras peticiones de ciertas señoras devotas, amigas de su madre.
Las grandes fiestas de la Iglesia romana la entusiasmaban por su interés
teatral, y agradecía mucho al campechano fraile que se acordase de ella,
reservándole una buena localidad. No había recepción de peregrinos en San
Pedro, con marcha triunfal del Papa, llevado en andas entre abanicos de plumas,
á la que no asistiese Josefina. Otras veces el buen padre la anunciaba con misterio
que al día siguiente cantaba Pallestri, el famoso castrado de la capilla papal,
y la española madrugaba, dejando acostado á su marido, para oir la voz
dulcísima del eunuco pontificio, cuyo rostro imberbe figuraba en los
escaparates de las tiendas entre los retratos de las bailarinas y los tenores
de moda.
Renovales reía con bondad de las innumerables
ocupaciones y fútiles entretenimientos de su esposa. Pobrecilla; debía pasar la
vida alegremente: para eso trabajaba él. Bastante sentía no poder acompañarla
más que en sus diversiones nocturnas. Durante el
día confiábala á su fiel Cotoner, que iba con ella como un rodrigón, llevándola
los paquetes cuando salía á compras, llenando las funciones de administrador de
la casa y en ciertas ocasiones de cocinero.
Renovales lo había conocido al llegar á Roma. Era
su mejor amigo. Mayor que él en diez años, mostraba Cotoner por el joven
artista una adoración de discípulo y un afecto de hermano mayor. Toda Roma le
conocía, riendo de sus pinturas (cuando pintaba, de tarde en tarde) y
apreciando su carácter servicial, que dignificaba en cierto modo una existencia
de parásito. Pequeño, regordete, calvo, con las orejas algo despegadas y una
fealdad de fauno alegre y bondadoso, el signore Cotoner, al
llegar el verano, encontraba siempre un refugio en el castillo de algún
cardenal, en la campiña romana. Durante el invierno veíasele en el Corso, como
una figura popular, envuelto en su macferlán verdoso, que agitaba las mangas
con aleteo de murciélago. Había comenzado en su país como paisajista, pero
quiso pintar figuras, igualarse á los maestros, y cayó en Roma acompañando al
obispo de su tierra, que le consideraba una gloria de campanario. Ya no se
movió de la gran ciudad. Sus progresos fueron notables. Conocía los nombres y
las historias de todos los artistas; nadie podía medirse con él en punto á
saber el modo de vivir en Roma con economía y dónde se encontraban las cosas
más baratas. No pasaba un español por la gran
ciudad que él no lo visitase. Los hijos de los pintores célebres le miraban
como una especie de ama seca, pues á todos los había adormecido en sus brazos.
El gran triunfo de su vida era haber figurado de Sancho Panza en la cabalgata
del Quijote. Siempre pintaba el mismo cuadro, retratos del Papa en
tres diversos tamaños, amontonándolos en el cuartucho que le servia de estudio
y dormitorio. Los cardenales amigos, á los que visitaba con frecuencia,
compadecíanse del povero signor Cotoner, y le compraban por
unas cuantas liras un retrato del Pontífice, de horrible fealdad, regalándolo á
una iglesia de aldea, donde la obra producía admiración por venir de Roma y ser
nada menos que de un pintor amigo de Su Eminencia.
Estas compras eran un rayo de alegría para Cotoner,
que llegaba al estudio de Renovales con la frente alta y una sonrisa de falsa
modestia.
—He hecho una venta, chiquillo. Un Papa... el
grande: el de dos metros.
Y con súbita confianza en su talento, hablaba del
porvenir. Otros deseaban medallas, triunfos en las exposiciones; él era más
modesto. Se daba por contento con adivinar quién sería Papa cuando muriese el
actual, para ir pintando retratos suyos, por docenas, con alguna anticipación.
¡Qué triunfo lanzar la mercancía al día siguiente del Conclave! ¡Una verdadera
fortuna! Y conocedor de todos los cardenales, pasaba revista en su memoria al
Sacro Colegio, con una tenacidad de jugador de lotería, dudando
entre la media docena que aspiraban á la tiara.
Vivía como un parásito entre los altos personajes
de la Iglesia, pero era indiferente en religión, cual si el trato con aquéllos
le hubiesen arrebatado toda creencia. El anciano vestido de blanco y los otros
señores rojos, le infundían respeto porque eran ricos y servían indirectamente
á su mísera industria de retratos. Toda su admiración era para Renovales. En
los estudios de los otros artistas acogía las bromas mortificantes con su
sonrisa plácida de eterno agradador; pero que no hablasen mal de Mariano, que
no discutiesen su talento. Para él, Renovales sólo podía producir obras
maestras, y en su ciega admiración, llegaba á extasiarse ingenuamente ante los
cuadros de caballete que pintaba para su empresario.
Algunas veces Josefina presentábase de improviso en
el estudio de su marido, charlando con él mientras pintaba, alabando los
lienzos que eran de asunto bonito. Prefería en estas visitas encontrarle solo,
pintando de fantasía, sin otra ayuda que unas ropas puestas sobre un maniquí.
Sentía cierta repugnancia por los modelos, y en vano intentaba Renovales
convencerla de su necesidad. Él tenía talento para pintar cosas hermosas sin
apelar al auxilio de aquellos tíos ordinarios, y sobre todo, de las mujeres,
unas hembras mal peinadas, de ojos de brasa y dientes de loba, que le parecían
temibles en la soledad y el silencio del estudio. Renovales
reía. ¡Qué disparate! ¡Celosilla! ¡Como si él, con la paleta en la mano, fuese
capaz de otros pensamientos que los de su arte!...
Una tarde Josefina, al entrar de pronto en el
estudio, vio sobre la tarima del modelo una mujer desnuda, tendida en unas
pieles, mostrando las redondeces de su torso, de un color amarillento. La
esposa apretó los labios y fingió no verla, oyendo con aire distraído á
Renovales, que explicaba esta innovación. Estaba pintando una bacanal y le era
imposible pasar adelante sin modelo. Era una necesidad: la carne no podía
hacerse de memoria. La modelo, tranquila ante el pintor, sintióse
avergonzada de su desnudez en presencia de aquella dama elegante, y luego de
arrebujarse en las pieles, se ocultó tras un biombo, vistiéndose con
apresuramiento.
Renovales se serenó al volver á su casa, viendo que
su mujer le recibía con la efusión de siempre, como si hubiera olvidado su
disgusto de la tarde. Rió oyendo al famoso Cotoner; fueron después de la comida
á un teatro, y al llegar la hora de dormir, el pintor ya no se acordaba de la
sorpresa en el estudio. Comenzaba á dormirse cuando le alarmó un suspiro
doloroso, prolongado, como si alguien se asfixiase junto á él.
Al dar luz vió á Josefina con los puños en los
ojos, derramando lágrimas, agitado su pecho por estremecimientos de angustia,
moviendo los pies con una rabieta de niña, que apelotonaba las ropas de la cama
echando abajo el rico edredón.
—¡No quiero! ¡No quiero!—gemía con acento de
protesta.
El pintor había saltado de la cama, lleno de
inquietud, yendo de un lado á otro sin saber qué hacer, intentando apartar sus
manos de sus ojos, cediendo, á pesar de su fuerza, á los movimientos de
Josefina para desasirse.
—¿Pero qué tienes? ¿Qué es lo que no quieres?...
¿Qué te pasa?
Y ella seguía gimoteando, revolviéndose en el
lecho, agitando sus pies con furia nerviosa.
—¡Déjame! No te quiero... No me toques... No lo
consiento, no señor; no lo consiento. Me iré... me iré con mi madre.
Renovales, asustado por esta furia de la mujercita
siempre dulce, no sabía qué hacer para calmarla. Corría en camisa por el
dormitorio y la inmediata pieza del tocador, mostrando sus músculos de atleta:
la ofrecía agua, llegando, en su aturdimiento, á echar mano de los frascos de
esencias, como si pudieran servirle de calmantes, y acabó por arrodillarse,
intentando besar las manecitas crispadas que le rechazaban, enredándose en su
barba y su cabellera.
—Déjame... Te digo que me dejes. Veo que no me
quieres. Me iré...
El pintor sintió asombro y miedo por esta
nerviosidad de su muñequita adorada: no se atrevía á tocarla por el temor á
hacerla daño... ¡Apenas saliese el sol abandonaría aquella casa para siempre! Su marido no la quería; ella no tenía otro cariño que
el de mamá. El pintor la ponía en ridículo... Y todas estas quejas
incoherentes, sin explicar el motivo de su enfado, se prolongaron mucho tiempo,
hasta que el artista columbró la causa. ¿Era la modelo... la mujer desnuda? Sí,
esto era; ella no consentía en un estudio, que era como su casa, que se
mostrasen las mujerzuelas impúdicamente á los ojos de su marido. Y al protestar
contra tales abominaciones, sus dedos crispados rasgaban el pecho de la camisa,
enseñando los ocultos encantos que tanto entusiasmaban á Renovales.
El pintor, fatigado por esta escena, enervado por
los gritos y lloros de su esposa, no pudo resistir su risa al conocer el motivo
del disgusto.
—¡Ah! ¿Conque todo es por la modelo?... Descansa,
hija: no entrará ninguna mujer en el estudio.
Y prometió cuanto quiso Josefina, para acabar
pronto. Al caer de nuevo en la obscuridad, todavía suspiró ella; pero ahora lo
hacía entre los fuertes brazos del marido, con la cabeza apoyada en su pecho,
hablando con un ceceo de niña afligida que justifica su pasada rabieta. Nada le
costaba á Mariano darla ese gusto. Ella le quería mucho, ¡mucho! y aun le
querría más si respetaba sus preocupaciones. Podía llamarla burguesa, alma
vulgar; pero así quería ser, como había sido siempre. Además, ¿qué necesidad
tenía de pintar hembras desnudas? ¿No sabía hacer
otras cosas? Le aconsejaba que pintase niños, con pellico y abarcas, tocando la
gaita, rizados y mofletudos como el niño Jesús; viejas campesinas de rostro
arrugado y cobrizo; ancianos calvos, de luenga barba; figuras de carácter;
pero nada de mujeres jóvenes, ¿eh?; nada de bellezas desnudas. Renovales decía
que si á todo, apretando aquel cuerpo adorable, todavía estremecido y vibrante
por la pasada furia. Los dos se buscaban con cierta ansiedad, ganosos de olvidar
lo ocurrido, y la noche acabó dulcemente para Renovales, en las efusiones de la
reconciliación.
Al llegar el verano alquilaron en Castel-Gandolfo
un villino. Cotoner había marchado á Tívoli á la cola del cortejo
de un cardenal, y el matrimonio vivió en el campo, sin otra compañía que la de
un par de domésticas y un criado que cuidaba de los trebejos artísticos del
señor.
Josefina vivió contenta en este aislamiento, lejos
de Roma, hablando con su marido á todas horas, libre de aquella inquietud que
la acometía cuando él trabajaba en su estudio. Durante un mes permaneció
Renovales en plácida vagancia. Parecía olvidado de su arte: las cajas de
colores, los caballetes, todo el bagaje artístico traído de Roma, estaba
empaquetado y olvidado en un cobertizo del jardín. Emprendía por las tardes
largos paseos con Josefina, volviendo al cerrar la noche lentamente hacia su
casa cogidos del talle, contemplando la faja de oro
mortecino del crepúsculo, animando el silencio de la campiña con el canturreo
de alguna de las romanzas apasionadas y dulzonas que llegaban de Nápoles. Al
verse solos, en la intimidad de una vida sin ocupaciones ni amistades, renacía
el entusiasmo amoroso de los primeros días de su casamiento. Pero el «demonio
de la pintura» no tardó en batir sobre él sus alas invisibles, de las que
parecía desprenderse un irresistible encantamiento. Se aburría en las horas de
fuerte sol; bostezaba en su silla de junco, fumando pipa tras pipa, sin saber
de qué hablar. Josefina, por su parte, combatía el tedio leyendo alguna de las
novelas inglesas, de abrumadora moralidad y costumbres aristocráticas, á las
que había tomado gran afición en sus tiempos de colegiala.
Renovales volvió á trabajar. Su criado sacó á luz
los trastos artísticos, y el pintor cogió la paleta con un entusiasmo de
principiante. Pintaba para él con un fervor religioso, como si pretendiera
purificarse de aquel año de vil sumisión á los encargos de un mercader.
Estudió directamente la Naturaleza; pintó rincones
adorables del paisaje, cabezas tostadas y antipáticas que respiraban la
brutalidad egoísta del campesino. Pero esta labor artística no parecía
satisfacerle. Su vida de mayor intimidad con Josefina excitaba en él
misteriosos anhelos, que apenas se atrevía á formular. Por las mañanas, cuando
su mujer, fresca y sonrosada por una ablución general, mostrábase
ante él casi desnuda, la contemplaba con ojos ávidos.
—¡Ay! ¡Si tú quisieras!... ¡Si no tuvieses esas
manías!...
Y sus exclamaciones la hacían sonreir, halagada su
vanidad femenil por esta adoración. Renovales se lamentaba de que su talento de
artista tuviera que ir en busca de cosas bellas, cuando la obra suprema y
definitiva estaba junto á él. La hablaba de Rubens, el maestro gran señor, que
rodeaba á Elena Froment de un lujo de princesa, y de ésta, que no sentía reparo
en despojar de velos su fresca belleza mitológica para servir de modelo al
marido. Renovales elogiaba á la dama flamenca. Los artistas formaban una familia
aparte; la moral y los prejuicios vulgares eran para los otros. Ellos vivían
acogidos al fuero de la Belleza, teniendo por natural lo que las gentes miraban
como pecado...
Josefina protestaba con una indignación cómica de
los deseos de su marido, pero se dejaba admirar. Cada vez eran mayores sus
abandonos. Por las mañanas, al levantarse, permanecía más tiempo desnuda,
prolongando las operaciones de su aseo, mientras el artista rondaba en torno de
ella elogiando las diversas bellezas de su cuerpo. «Esto es Rubens puro; esto
es el color del Ticiano... Á ver, nena, levanta los brazos... así. ¡Ay; eres la
maja, la majita de Goya!...» Y ella se prestaba á sus manejos con graciosos
mohines, como si paladease el gesto de adoración y
contrariedad que ponía su esposo al poseerla como hembra y no poseerla como
modelo.
Una tarde de viento abrasador que esparcía en su
soplo la asfixia de la campiña romana, Josefina cedió. Estaban en su habitación
con las vidrieras cerradas, buscando en la clausura y la ligereza de las ropas
un remedio al terrible siroco. No quería ver á su marido con aquella cara
triste ni escuchar sus lamentaciones. Ya que estaba loco y se había aferrado á
aquel capricho, no osaba contrariarle. Podía pintarla, pero sólo un estudio;
nada de cuadro. Cuando se cansase de reproducir su carne sobre el lienzo, rompería
éste... y como si nada hubiese hecho.
El pintor dijo á todo que si, deseando verse cuanto
antes, pincel en mano, ante la codiciada desnudez. Tres días trabajó con una
fiebre loca, los ojos desmesuradamente abiertos, cual si pretendiera devorar
con su retina aquellas formas armoniosas. Josefina, acostumbrada ya á su
desnudez, permanecía tendida, olvidando su situación, con ese impudor femenil
que sólo siente vacilaciones al dar el primer paso. Agobiada por el calor,
dormíase mientras su marido seguía pintando.
Cuando la obra estuvo terminada, Josefina no pudo
menos de admirarla. «¡Qué talento tienes! ¿Pero realmente soy yo así... tan
bonita?» Mariano mostrábase satisfecho. Era su mejor obra, la definitiva. Tal
vez en toda su existencia no hallaría otro momento
como este, de prodigiosa intensidad mental, lo que llamaban vulgarmente
inspiración. Ella seguía admirándose en el lienzo, lo mismo que ciertas mañanas
se contemplaba en el gran espejo de su dormitorio. Ensalzaba con tranquila
inmodestia las diversas partes de su hermosura, fijándose especialmente en el
vientre recogido, de curva suave, en las audaces y duras puntas de sus pechos,
orgullosa de estos blasones de la juventud. Deslumbrada por la belleza de su
cuerpo, no se fijaba en la cara, que parecía sin valor, perdida en suaves
veladuras. Cuando sus ojos se posaron en ella, mostró cierta decepción.
—¡Se me parece muy poco! ¡No es mi cara!...
El artista sonreía. No era ella; había procurado
desfigurar su rostro; su rostro nada más. Era una máscara, una concesión á las
conveniencias sociales. Así nadie la reconocería, y su obra, su grande obra,
podría salir á luz reclamando la admiración del mundo.
—Porque esto no vamos á romperlo—continuó Renovales
con cierto temblor en la voz.—Sería un crimen. En mi vida volveré á hacer nada
igual. No lo romperemos, ¿verdad, nena?
La nena permaneció silenciosa un buen rato, con la
vista fija en el cuadro. Los ávidos ojos de Renovales vieron poco á poco subir
una nube por su rostro, como se remonta una sombra en un muro blanco. El pintor
creyó que le faltaba el suelo bajo los pies; se aproximaba la tempestad.
Josefina palidecía: dos lágrimas resbalaban
suavemente junto á su naricita, dilatada por la opresión del pecho; otras dos
ocupaban el lugar de aquéllas, para caer también, y después otras y otras.
—¡No quiero!... ¡No quiero!
Era la misma voz ronca, nerviosa, despótica, que le
había espeluznado de inquietud y miedo la noche de su primer disgusto en Roma.
La mujercita miraba con odio aquel cuerpo desnudo que irradiaba su luz de nácar
desde el fondo del lienzo. Parecía sentir el espanto de la sonámbula, que
despierta de repente en medio de una plaza rodeada de mil ojos curiosos y
ávidos de su desnudez, y en su terror no sabe qué hacer ni por dónde huir.
¿Cómo había podido prestarse ella á tal escándalo?
—No quiero—gritaba iracunda.—Rómpelo, Mariano;
rómpelo.
Pero Mariano también parecía próximo á llorar.
¡Romperlo! ¿Quién podía exigirle tal disparate? Aquella figura no era ella;
nadie la reconocería. ¿Por qué privarle de un triunfo estruendoso?... Pero su
mujer no le escuchó. Se revolcaba en el suelo con las mismas contorsiones y
gemidos de aquella noche tormentosa; crispaba sus manos hasta contraerlas en
forma de gancho; agitaba sus pies con el temblor de una oveja moribunda, y su
boca, torcida por doloroso mohín, seguía gritando entre ronquidos:
—No quiero... no quiero. Rómpelo.
Se quejaba de su suerte con una furia que hería á
Renovales. ¡Ella, una señorita, sometida á este envilecimiento, como si fuese
una mujerzuela nocturna! ¡Si lo hubiese sabido!... ¡Cómo iba á figurarse que su
esposo la propondría cosas tan abominables!...
Renovales, ofendido por estos insultos, por los
latigazos que descargaba aquella voz aguda y silbante sobre su talento de
artista, abandonaba á su mujer, la dejaba rodar por el suelo y con los puños
cerrados iba de un extremo á otro de la habitación, mirando al techo,
mascullando todos los juramentos, tanto españoles como italianos, que eran de
uso corriente en su estudio.
De pronto quedó inmóvil, clavado en el suelo por el
espanto y la sorpresa. Josefina, desnuda aún, había saltado sobre el cuadro con
una agilidad de gata rabiosa. Del primer golpe de sus uñas rayó de arriba á
abajo el lienzo, mezclando los colores todavía tiernos, arrancando la
cascarilla de las partes secas. Después cogió el cuchillete de la caja de
colores y raaás... el lienzo exhaló un larguísimo quejido, se
partió bajo el impulso de aquel brazo blanco, que parecía azulear con el
espeluznamiento de la cólera.
Él no se movió. Tuvo un momento de indignación,
quiso avanzar sobre ella, pero cayó en infantil anonadamiento, deseando llorar,
refugiarse en un rincón, esconder su cabeza débil y quejumbrosa. Ella, ciega
por la cólera, seguía ensañándose en el cuadro,
enredando los pies en la madera del bastidor, arrancando tiras del lienzo,
yendo de un lado á otro con su presa como una bestia furiosa. El artista había
apoyado la frente en la pared, agitado su pecho atlético por cobardes gemidos.
Al dolor paternal por la obra perdida, uníase la amargura de la decepción. Por
primera vez adivinaba lo que iba á ser de su existencia. ¡Qué error el suyo al
casarse con aquella señorita que admiraba su arte como una carrera, como un
medio de ganar dinero, y pretendía moldearle á él en las preocupaciones y
escrúpulos del mundo en que había nacido! La amaba á pesar de esto, y estaba
seguro de que ella no le quería menos; pero ¡ay! tal vez hubiera sido mejor
permanecer solo, libre para su arte, y en el caso de serle necesaria una compañera,
buscar una Maritornes hermosa, con todo el esplendor y la humildad intelectual
de la bella bestia, que admirase y obedeciese ciegamente al maestro.
Transcurrieron tres días, sin que el pintor y su
mujer se hablasen apenas. Mirábanse á hurtadillas, anonadados y vencidos por la
tormenta doméstica. Pero la soledad en que vivían, la necesidad de permanecer
juntos, les hizo buscarse. Ella fué la primera que habló, como si la
infundiesen miedo la tristeza y el desaliento de aquel gigantón que iba por los
rincones enfurruñado como un enfermo. Le envolvió en sus brazos, besó su
frente, hizo mil gestos graciosos para arrancarle una débil sonrisa.
¿Quién le quería á él? Su Josefina. Su maja... desnuda. Pero lo de
desnuda había acabado para siempre. Jamás debía acordarse de estas
proposiciones repugnantes. Un pintor decente no piensa en tales cosas. ¿Qué
dirían sus numerosos amigos? En el mundo existían muchas cosas bonitas que
pintar. Á vivir los dos queriéndose mucho, sin que él la diese disgustos con
sus manías inconvenientes. Lo del desnudo era una afición vergonzosa de sus
tiempos de bohemio.
Y Renovales, vencido por los mimos de su mujer,
hizo las paces, se esforzó por olvidar su obra y sonrió con la resignación del
esclavo que ama la cadena porque le asegura la paz y la vida.
Al llegar el otoño volvieron á Roma. Renovales
reanudó los trabajos para su contratista, pero éste, á los pocos meses, parecía
descontento. No era que el signor Mariano decayese, eso no;
pero sus corresponsales se quejaban de cierta monotonía en los sujetos de sus
obras. El mercader le aconsejaba que viajase; podía vivir una temporada en la
Umbría, pintando campesinos en paisajes ascéticos y viejas iglesias. Podía, y
esto era lo mejor, trasladarse á Venecia. ¡Qué grandes cosas haría el signor Mariano
en aquellos canales! Y así nació en el artista el propósito de abandonar Roma.
Josefina no opuso resistencia. Aquella vida de
recepciones á diario, en las innumerables embajadas y legaciones, comenzaba á
aburrirla. Desvanecido el encanto de la primera impresión, Josefina notó que las grandes señoras la trataban con una
condescendencia penosa, como si hubiese descendido de su rango al unirse con un
artista. Además, la gente joven de las embajadas, los agregados de
diversas razas, rubios unos, morenos otros, que buscaban consuelo á su celibato
sin salir del mundo de la diplomacia, tenían con ella atrevimientos lamentables
al dar las vueltas de un vals ó seguir la figura de un cotillón, como si la
considerasen conquista fácil viéndola casada con un artista que no podía lucir
en los salones un mal uniforme. La hacían en inglés ó en alemán cínicas
declaraciones, y ella tenía que contenerse, sonriendo y mordiéndose los labios,
á corta distancia de Renovales, que no entendía una palabra y se mostraba
satisfecho de las atenciones de que era objeto su mujer por parte de una
juventud elegante, cuyas maneras él intentaba copiar.
El viaje quedó resuelto. ¡Á Venecia! El amigo
Cotoner se despidió de ellos: sentía abandonarles, pero su puesto estaba en
Roma. Justamente el Papa andaba malucho en aquellos días, y el pintor, con la
esperanza de la muerte pontifical, preparaba lienzos de todos tamaños,
esforzándose por adivinar quién sería el sucesor.
Al remontarse en sus recuerdos, Renovales pensaba
siempre con dulce nostalgia en su vida veneciana. Fué el periodo mejor de su
existencia. La ciudad encantadora de las lagunas, envuelta en una luz de oro,
temblona con el cabrilleo de las aguas, le subyugó
desde el primer momento, haciéndole olvidar su amor apasionado á la forma
humana. Se calmó durante algún tiempo su entusiasmo por el desnudo. Adoró los
viejos palacios, los canales solitarios, la laguna de aguas verdes é inmóviles,
el alma de un pasado majestuoso, que parecía respirar en la solemne vetustez de
la ciudad muerta y eternamente sonriente.
Vivieron en el palacio Foscarini, un caserón de
paredes rojas y ventanales de blanca piedra, que daba á una callejuela acuática
inmediata al Gran Canal. Era una antigua mansión de mercaderes, navegantes y
conquistadores de las islas de Oriente, que en ciertas épocas habían ostentado
en su cabeza el cuerno dorado de los Dogas. El espíritu moderno, utilitario é
irreverente, había convertido el palacio en casa de vecindad, partiendo los
dorados salones con feos tabiques; estableciendo cocinas en las arcadas afiligranadas
del patio señorial; llenando de ropas puestas á secar las galerías de mármol,
al que daban los siglos la transparencia ambarina del viejo marfil y
reemplazando con baldosines los desgarrones del rico mosaico.
Renovales y su mujer ocupaban la habitación más
inmediata al Gran Canal. Por las mañanas, Josefina veía desde un mirador la
rápida y silenciosa llegada de la góndola de su marido. El gondolero, habituado
al servicio de los artistas, llamaba á gritos al signor pittore, y
Renovales bajaba con su caja de acuarela, partiendo inmediatamente la embarcación por los tortuosos y estrechos canales,
moviendo á un lado y otro el peine plateado de su proa, como sí husmease el
camino. ¡Las mañanas de plácido silencio, en las dormidas aguas de una
callejuela, entre dos altos palacios de audaces aleros, que conservaban la
superficie del canalillo en perpetua sombra!... El gondolero dormitaba tendido
en uno de los encorvados extremos de su embarcación, y Renovales, sentado junto
á la negra litera, pintaba sus acuarelas venecianas, un nuevo género que su
empresario de Roma acogía con grandes extremos de entusiasmo. Su ligereza de
pincel le hacía producir estas obras con la misma facilidad que si fuesen
copias mecánicas. En el dédalo acuático de Venecia tenía un apartado canal, al
que llamaba «su finca», por el dinero que le producía. Había pintado un
sinnúmero de veces sus aguas muertas y silenciosas, que en todo el día no
sufrían otro roce ondulatorio que el de su góndola; dos viejos palacios con las
persianas rotas, las puertas cubiertas de la costra de los años, las
escalinatas roídas por el verdor de la humedad y en el fondo un pequeño arco de
luz, un puente de mármol y por debajo de él la vida, el movimiento, el sol de un
canal ancho y transitado. La ignorada callejuela resucitaba todas las semanas
bajo el pincel de Renovales; podía pintarla con los ojos cerrados, y la
iniciativa mercantil del judío de Roma la esparcía por todo el mundo.
La tarde la pasaba Mariano con su mujer. Unas veces iban en góndola hasta los paseos del Lido, y
sentados en la playa de fina arena, contemplaban el oleaje colérico del
Adriático libre, que extendía hasta el horizonte sus saltadoras espumas, como
un rebaño de níveos vellones avanzando en el ímpetu del pánico.
Otras tardes paseaban por la plaza de San Marcos,
bajo las arcadas de sus tres hileras de palacios, viendo brillar en el fondo, á
los últimos rayos del sol, el oro pálido de la basílica, en cuyas paredes y
cúpulas parecían haberse cristalizado todas las riquezas de la antigua
República.
Renovales, cogido del brazo de su mujer, marchaba
con cierta calma, como si lo majestuoso del lugar le impusiera un estiramiento
señorial. El augusto silencio no se turbaba con esa batahola que ensordece á
las grandes capitales. Ni el rodar de un coche, ni el trote de un caballo, ni
gritos de vendedores. La plaza, con su pavimento de mármol blanco, era un
inmenso salón por donde circulaban los transeuntes como en una visita. Los
músicos de Venecia agrupábanse en el centro, con sus bicornios rematados por negros
y ondulantes plumeros. Los rugidos del wagneriano metal, galopando en la loca
cabalgada de las Walkyrias, hacían estremecer las columnatas de mármol y
parecían dar vida á los cuatro caballos dorados que en la cornisa de San Marcos
se encabritaban sobre el vacío con mudo relincho.
Las palomas venecianas, de obscuro plumaje, esparcíanse en juguetonas espirales, levemente
asustadas por la música, para posar su lluvia de alas sobre las mesas de un
café. Remontábanse luego hasta ennegrecer los aleros de los palacios y caían á
continuación como un manto de metálicos reflejos sobre las bandas de inglesas,
de velos verdes y redondos sombreros, que las llamaban ofreciéndolas trigo.
Josefina, con anhelos de niña, separábase de su
marido para comprar un cucurucho de grano, y derramándolo sobre sus enguantadas
manecitas, se dejaba rodear por los pupilos de San Marcos. Posábanse
aleteantes, como cimeras fantásticas, sobre las flores de su sombrero; saltaban
á sus hombros, alineándose en los tendidos brazos; agarrábanse desesperados á
sus breves caderas, intentando seguir el contorno del talle, y otros más
audaces, como si estuvieran poseídos de humana malicia, arañaban su pecho,
tendían el pico, pugnando por acariciar, al través del velo, su fresca boca
entreabierta. Ella reía, estremecida por el cosquilleo de la animada nube que
rozaba su cuerpo. El marido la contemplaba riendo también, y con la seguridad
de no ser entendido más que por ella, le gritaba en español:
—¡Pero qué hermosa estás!... ¡Te pintaría! ¡Si no
fuese por la gente, te daba un beso!...
Venecia fué el escenario de sus mejores tiempos.
Ella vivía tranquila mientras su esposo trabajaba, tomando por modelos los
rincones de la ciudad. Le veía ausentarse sin que
ningún pensamiento penoso turbara su plácida calma. Esto era pintura, y no los
encierros de Roma con mujeres desvergonzadas que no temían quedarse en cueros.
Queríale con nueva pasión, le mecía en una perpetua caricia. Entonces fué
cuando nació su hija, único fruto de su matrimonio.
La majestuosa doña Emilia, al enterarse de que iba
á ser abuela, no pudo permanecer en Madrid. ¡Su pobre Josefina, en país
extranjero, sin otros cuidados que los de su marido, un buen muchacho que,
según decían, tenia talento, sin dejar por esto de parecerle algo ordinario!...
Á expensas del yerno hizo su viaje á Venecia, y allí permaneció algunos meses
echando pestes contra esta ciudad, á la que no había llegado nunca en sus
correrías diplomáticas. La ilustre señora sólo consideraba habitables las capitales
que tenían corte. ¡Pchs... Venecia! ¡Una población cursi que sólo gustaba á los
fabricantes de romanzas y los ilustradores de abanicos, y donde no había más
que cónsules! Á ella le placía Roma con el Papa y sus reyes. Además, le mareaba
ir en góndola y se quejaba de incesante reuma, echando la culpa á la humedad de
las lagunas.
Renovales, que temblaba por la vida de Josefina,
creyendo que su naturaleza endeble y delicada no podría resistir el accidente
de la maternidad, prorrumpió en una alegría ruidosa al recibir en sus brazos á
la pequeña y contemplar á la madre, que reclinaba
como muerta su cabeza en la almohada. La blancura de ésta se confundía con la
de su rostro. Su primera mirada fué para ella, para las facciones pálidas y
desencajadas por la reciente crisis, que iban serenándose con el descanso.
¡Pobrecita! ¡Cómo había sufrido! Pero al salir de puntillas del dormitorio para
no turbar el sueño abrumador que se apoderaba de la enferma después de dos días
crueles, entregóse á la admiración del pedazo de carne que, envuelto en finos
lienzos, descansaba sobre los enormes y flácidos muslos de la abuela. ¡Ah, el
adorable boceto! Contempló su carita amoratada, su abultada cabeza pobre de
pelo, buscando algo suyo en este oleaje de carne, todavía removida y sin formas
determinadas. Él no entendía de esto; era la primer criatura que veía nacer.
«Mamá, ¿á quién se parece?»
Doña Emilia se asombraba de su ceguera. ¿Á quién
había de parecerse? Á él, sólo á él. Era grande, enorme; pocas criaturas había
visto como aquella. Parecía imposible que viviese su pobre hija después de
echar al mundo aquello. Por falta de salud no había que quejarse;
tenía los colores de una lugareña.
—Es una Renovales; es tuya, y bien tuya, Mariano.
Nosotros somos de otra clase.
Y Renovales, sin fijarse en las palabras de mamá,
sólo vió que su hija era semejante á él, extasiándose en la contemplación de su
robustez, alabando á gritos aquella salud de la que
hablaba la abuela con un acento de decepción.
En vano él y doña Emilia quisieron disuadir á
Josefina de su propósito de dar el pecho á la pequeña. La mujercita, á pesar de
su debilidad, que la mantenía inmóvil en la cama, lloró y gritó casi lo mismo
que en las crisis que tanto habían asustado á Renovales.
—No quiero—dijo con aquella tenacidad que tan
terrible la hacía.—No quiero para mi hija leche extranjera. La criaré yo... su
madre.
Y hubo que entregársela, dejar que la pequeña se
agarrase con una voracidad de ogro á aquellos pechos, hinchados ahora por la
maternidad, y tantas veces admirados por el pintor en su virginal recogimiento.
Cuando Josefina pareció repuesta, su madre, dando
por terminada su misión, regresó á Madrid. Se aburría en aquella ciudad
silenciosa: de noche creía estar muerta al no escuchar desde su cama ruido
alguno. La daba miedo esta calma de cementerio, rasgada de tarde en tarde por
el grito de los gondoleros. No tenía amigas, no brillaba; no era
nadie en aquella charca, ni nadie la conocía. Recordaba á todas horas á sus
ilustres amigas de Madrid, donde ella se creía un personaje insustituible.
Tenía clavada en el alma la modestia del bautismo de su nieta, á pesar de que á
ésta la pusieron su nombre. Un cortejo pobre que cabía en dos góndolas: ella,
que era la madrina, con el padrino, un viejo pintor
veneciano amigo de Renovales, y además, éste y dos artistas, uno francés y otro
español. No había asistido al bautizo el patriarca de Venecia, ni siquiera un
obispo. (¡Ella que conocía tantos en su país!) Un simple cura, con rapidez lamentable,
había bastado para cristianizar á la nieta del famoso diplomático en una iglesia
pequeña, á la caída de la tarde. Se marchó, repitiendo una vez más que su
Josefina se estaba matando, que era una locura, con su salud delicada, dar el
pecho á la niña, lamentándose de que no la imitase á ella, que había confiado
siempre sus hijos á lactancias extrañas.
Josefina lloró mucho al separarse de mamá, mientras
Renovales la despedía con mal disimulado gozo. ¡Buen viaje! Á duras penas podía
aguantar á aquella señora, que se creía en perpetua postergación viendo cómo
trabajaba su yerno por sostener el bienestar de su hija. Únicamente estaba de
acuerdo con ella al regañar dulcemente á Josefina por su tenacidad en dar el
pecho á la pequeña. ¡Pobre maja desnuda! La gentileza de su cuerpo de capullo
borrábase con el amplio florecimiento de la maternidad. Sus piernas, dilatadas
por la hinchazón del embarazo, habían perdido sus antiguas líneas; sus pechos,
más fuertes y abultados ahora, ya no tenían su esbeltez de magnolia cerrada.
Parecía más robusta, pero la amplitud de su cuerpo
iba acompañada de enémica flacidez. El marido,
viendo cómo perdía su gentileza, la amaba más con tierna compasión. ¡Pobrecita!
¡Cuán buena era! ¡Se estaba sacrificando por su hija!...
Cuando ésta tenía un año, ocurrió la gran crisis de
la vida de Renovales. Ganoso de darse «un baño de arte», de saber lo que
ocurría fuera de aquella mazmorra en que estaba encerrado pintando á tanto la
pieza, dejó á Josefina en Venecia é hizo un corto viaje á París para ver su
famoso Salón. Volvió de allá transfigurado, con nueva fiebre de trabajo y una
resolución de transformar su existencia, que causó en su mujer asombro y miedo.
Iba á romper con su empresario; no se envilecería más en aquella pintura falsa,
aunque tuviese que pedir limosna. En el mundo se hacían grandes cosas, y él
sentíase con ánimos para ser un innovador, siguiendo el camino de aquellos
pintores modernos que tan profundamente le impresionaban.
Aborrecía ahora la vieja Italia, adonde iban á
estudiar los artistas, protegidos por gobiernos ignorantes.
En realidad, lo que encontraban en ella era un
mercado de seductoras demandas, acostumbrándose al encargo, á la vida muelle y
sin iniciativas de la ganancia fácil. Quería trasladarse á París. Pero
Josefina, que acogía en silencio las ilusiones de Renovales, incomprensibles en
gran parte para ella, modificó con sus consejos esta resolución. Ella también
quería salir de Venecia. La ciudad le parecía triste durante el invierno, con
sus interminables lluvias, que dejaban resbaladizos
los puentes é intransitables las callejuelas de mármol. Decididos ya á levantar
el campo, ¿por qué no regresar á Madrid? Mamá estaba enferma, se lamentaba en
todas las cartas de vivir lejos de su hija. Josefina deseaba verla,
presintiendo su muerte. Renovales reflexionó; también él deseaba volver á
España. Sentía la nostalgia del país; pensó en el gran alboroto que levantaría
allá, ensayando sus nuevos procedimientos en medio de la general rutina. Le
tentaba el deseo de escandalizar á la gente académica que le había aceptado por
sus anteriores abdicaciones.
El matrimonio volvió á Madrid con su pequeña
Milita, á la que llamaban así familiarmente, abreviando el diminutivo de
Emilia. Renovales llevaba por todo capital unos cuantos miles de liras, ahorros
de Josefina y producto de la venta de una parte de los muebles que adornaban
las salas destartaladas del palacio Foscarini.
Los principios fueron difíciles. Á los pocos meses
de su permanencia en Madrid murió doña Emilia. Su entierro no correspondió á
las ilusiones que siempre se había forjado la ilustre viuda. Apenas si
asistieron á él dos docenas de sus innumerables y famosos parientes. ¡Pobre
señora, si hubiese presenciado esta póstuma decepción!... Renovales casi se
alegró del suceso. Con él rompíase el único lazo que les unía al gran mundo. Él
y Josefina vivieron en un piso cuarto de la calle de Alcalá, cercano
á la Plaza de Toros, con una gran terraza que el artista convirtió en estudio.
Su existencia fué modesta, recogida, humilde: ni amigos ni fiestas. Ella pasaba
los días cuidando de su hija y de la casa, sin otra ayuda que la de una torpe
doméstica de exigua retribución. Muchas veces, cuando más activa se mostraba,
caía en profundo desaliento, quejándose de extrañas y variables enfermedades.
Mariano apenas trabajaba en su casa: pintaba al
aire libre, aborrecía la luz convencional del estudio, la estrechez de su
ambiente. Recorría los alrededores de Madrid y las provincias cercanas,
buscando los tipos toscos é ingenuos, cuyas caras parecían transpirar la
antigua alma española. Subía al Guadarrama en pleno invierno, permaneciendo
como un explorador único en los campos de nieve, para trasladar al lienzo los
pinos seculares, retorcidos y negros bajo sus gorros de heladas vedijas.
Al verificarse la Exposición estalló el nombre de
Renovales como un cañonazo, esparciendo sus ecos por las cumbres del entusiasmo
y las sombrías oquedades de la opinión. No presentó un cuadro enorme y
con argumento como en su primer triunfo. Eran lienzos
pequeños, estudios confiados al azar de un buen encuentro, pedazos de
Naturaleza, hombres y paisajes reproducidos con una verdad asombrosa y brutal
que escandalizaba al público.
Los padres graves de la pintura retorcíanse, como
si recibiesen una bofetada, ante estos hierros que parecían llamear entre los
otros cuadros apagados y plomizos. Reconocían que Renovales era un pintor, pero
sin imaginación, sin inventiva, sin otro mérito que el de trasladar al lienzo
aquello que contemplaban sus ojos. Los jóvenes se agrupaban en torno del nuevo
maestro: hubo disputas interminables, apasionadas discusiones, odios de muerte,
aleteando sobre esta batalla el nombre de Renovales, fijo casi á diario en las
columnas de los periódicos, hasta el punto de que le faltaba poco para ser tan
célebre como un matador de toros ó un orador del Congreso.
Seis años duró esta lucha, levantándose una
tormenta de insultos y de aplausos cada vez que Renovales lanzaba al público
una obra suya; y mientras tanto, el maestro, tan llevado y traído, vivía en la
estrechez, teniendo que pintar á escondidas acuarelas del antiguo estilo, para
enviarlas con gran secreto á su mercader de Roma. Pero todos los combates
tienen término. El público acabó por aceptar como indiscutible un nombre que á
diario saltaba ante sus ojos; los enemigos, quebrantados por el refuerzo inconsciente
de la opinión, mostráronse cansados, y el maestro, como todos los innovadores,
una vez pasado el primer éxito del escándalo, comenzó á limitar su audacia,
recortando y dulcificando su primitiva brutalidad. El temido pintor púsose de
moda. El éxito fácil é instantáneo conseguido al
principio de su carrera, volvió á reproducirse, pero ahora más sólido y
definitivo, como una conquista realizada por caminos ásperos y difíciles,
riñendo un combate á cada paso.
El dinero, paje veleidoso, volvió á él, sosteniendo
el manto de la gloria. Vendió cuadros á precios nunca conocidos en España, y
las cifras se hincharon fabulosamente al ser repetidas por sus admiradores.
Ciertos millonarios de América, con el asombro de que un pintor español fuese
mencionado en el extranjero y reprodujesen sus obras las primeras revistas de
Europa, compraron los lienzos de Renovales como objetos de gran lujo.
El maestro, amargado por las estrecheces de su
período de lucha, sintió de pronto un ansia de dinero, una codicia dominadora
que nunca le habían conocido sus amigos. Su mujer parecía cada vez más enferma;
su hija crecía y él deseaba para su Milita la educación y el lujo de una
princesa. Las tenia ahora en un hotel de mediano aspecto, pero deseaba para
ellas algo mejor. El instinto práctico, que todos le reconocían cuando no le
cegaba una preocupación artística, se esforzó por hacer del pincel un instrumento
de grandes ganancias.
El cuadro estaba condenado á desaparecer, según
decía el maestro. Las habitaciones modernas, pequeñas y de sobrio decorado, no
permiten los grandes lienzos de los salones de otras épocas, cuyos muros
desnudos había que adornar. Además, los gabinetes
de ahora, semejantes á piezas de muñecas, sólo podían resistir cuadros bonitos,
de amanerada hermosura. Las escenas arrancadas á la verdad se despegaban de
este fondo. Sólo quedaba, pues, el retrato para ganar dinero, y Renovales olvidó
sus glorias de innovador, para conquistar por todos los medios un renombre de
retratista entre la gente elevada. Pintó á los individuos de sangre regia en
toda suerte de actitudes, sin perdonar ninguna de sus ocupaciones importantes:
á pie y á caballo, con plumas de general ó manta parda de cazador; matando
pichones ó corriendo en automóvil. Trasladó al lienzo las más linajudas
bellezas, modificando insensiblemente, con hábil malicia, las ajaduras del
tiempo; endureciendo con el pincel las flácidas carnes; sosteniendo la pesadez
de párpados y mejillas, desplomados por el cansancio y el envenenamiento de los
afeites. Después de estos éxitos cortesanos, los ricos consideraron un retrato
de Renovales como imprescindible adorno de su salón. Iban en busca de él porque
su firma costaba miles de duros: poseer un lienzo suyo era un testimonio de
opulencia, tan preciso cual un automóvil de la mejor marca.
Renovales fué rico, como puede llegar á serlo un
pintor. Entonces construyó lo que los envidiosos llamaban «su panteón»: un
hotel soberbio, tras las verjas del Retiro.
Sintió el deseo vehemente de fabricarse un nido á
su gusto é imagen, como esos moluscos que con el
jugo de su cuerpo se fabrican el caparazón que les sirve de vivienda y defensa.
Despertó en él esa ansia de ostentación, de originalidad aparatosa, fanfarrona
y cómica que duerme en el pensamiento de todo artista. Primero soñó con una
reproducción del palacio de Rubens, en Amberes: logias abiertas que servían de
estudios, frondosos jardines cubiertos de flores en todo tiempo, y circulando
por sus avenidas gacelas, jirafas, pájaros de plumaje luminoso cual voladores
ramilletes, y otros animales exóticos que servían de modelos al gran pintor en
su afán de copiar la Naturaleza con toda su magnificencia.
Pero el madrileño solar de unos cuantos miles de
pies, yermo, blancuzco, limitado por una mísera valla y con la sequedad propia
de Castilla, le hizo abandonar este ensueño. Ya que no era posible el alarde
rubensesco, se refugiaría en el clasicismo, y levantó en el fondo de un pequeño
jardín una especie de templo griego que había de servir de vivienda y estudio.
Sobre el frontón triangular alzábanse tres trípodes á modo de flameros, que
daban á la vivienda un aspecto de tumba monumental. Pero el maestro, para
evitar toda equivocación á los que se detenían al otro lado de la verja, hizo
esculpir en la piedra de la fachada guirnaldas de laurel, paletas rodeadas de
coronas, y en medio de este aparato de ingenua modestia, una breve inscripción,
en letras de oro, de regular tamaño: «Renovales.» Ni más ni menos que una
tienda. Dentro, en dos estudios donde nadie
pintaba, y que precedían al verdadero estudio de trabajo, exhibíanse los
cuadros terminados sobre caballetes cubiertos con telas antiguas, y los
visitantes admiraban una teatral balumba de armaduras, tapices, viejos
estandartes pendientes del techo, vitrinas cargadas de venerables bagatelas,
profundos divanes con sombrajes de telas orientales sostenidas por lanzas,
cofres centenarios y bargueños abiertos brillando con el oro pálido de su
cajonería.
Equivalían estos estudios, donde nadie estudiaba, á
los salones de espera lujosos y en fila del doctor que hace pagar cien pesetas
por la consulta; á las antesalas de cuero sombrío y venerables cuadros del
jurisconsulto ilustre y probo que no abre la boca sin llevarse un pedazo de la
fortuna del cliente. Los que aguardaban en estos dos estudios, grandes como
naves de iglesia, con esa majestad silenciosa que se desprende de la pátina de
los siglos, sufrían la preparación necesaria para admitir los enormes precios
que les pedía el maestro.
Renovales había llegado y podía
descansar tranquilamente, según decían sus admiradores. Y sin embargo, el
maestro estaba triste: su carácter, agriado por oculto malestar, estallaba en
ruidosas cóleras.
Bastaba para enfurecerle el más leve ataque de un
enemigo insignificante. Los discípulos creían que era esto efecto de los años.
Las luchas le habían envejecido hasta el punto de que con sus grandes
barbas y su espalda un poco arqueada, parecía diez años más viejo.
En este templo blanco, sobre cuyo frontón flameaba
su nombre con oro de gloria, era menos feliz que en las modestas viviendas de
Italia ó en el buhardillón cercano á la Plaza de Toros. De aquella Josefina de
sus primeros tiempos de matrimonio sólo quedaba una lejana sombra. La maja
desnuda de las dulces noches de Roma y Venecia, no era más que un
recuerdo. Al volver á España se había evaporado la falsa robustez de su
maternidad.
Adelgazaba como si la consumiese un fuego oculto:
derretíase en interna combustión el grasoso almohadillado que rellenaba su
cuerpo con graciosas ondulaciones. Comenzaba á marcar el esqueleto sus agudas
aristas y obscuras oquedades bajo la piel pálida y flácida. ¡Pobre maja
desnuda! El marido la compadecía, atribuyendo su decadencia á las luchas y
preocupaciones que habían sufrido al establecerse en Madrid.
Por ella deseaba vencer y hacerse rico,
proporcionándola el soñado bienestar. Su enfermedad tenía un origen moral: era
neurastenia, honda tristeza. La pobre sufría, indudablemente, al verse en aquel
Madrid, donde había vivido con relativa brillantez, condenada á una existencia
de pobre, habitando una casa mísera, luchando con la escasez de dinero y
teniendo que ocuparse en las más vulgares faenas.
Se quejaba de extraños dolores; sus piernas perdían toda fuerza; se desplomaba
sobre una silla, permaneciendo inmóvil horas y más horas, llorando sin saber
por qué. Digería mal; durante semanas enteras repelía su estómago todo
alimento. Por las noches agitábase en la cama sin poder dormir, y apenas
apuntaba el día ya estaba de pie, corriendo la casa con una actividad de
duende, revolviéndolo todo, buscando querella á la criada, al marido, á ella
misma, hasta que, de pronto, caía en el anonadamiento desde lo alto de su
excitación, é iniciaba el primer llanto.
Estas crisis domésticas quebrantaban el ánimo del
pintor, pero las acogía con paciencia. Á su antiguo amor uníase ahora una dulce
conmiseración viéndola tan débil, sin otros restos de su antigua belleza que
los ojos, hundidos en sus azuladas órbitas, brillantes con el misterioso fuego
de la fiebre. ¡Pobrecilla! La miseria la había puesto así. Su marido
consideraba su debilidad con cierto remordimiento. Su suerte era la del soldado
que se sacrifica por la gloria de su general. Renovales había vencido, pero dejando
á sus espaldas á la mujer amada, caída en la lucha por ser más débil.
Admiraba, además, su abnegación maternal. El vigor
que á ella le faltaba lo tenía Milita, aquella criatura que llamaba la atención
por su robustez y sus colores. La voracidad de este organismo fuerte y
avasallador había absorbido toda la vida de la madre.
Cuando el artista fué rico é instaló su familia en el nuevo hotel, creyó que Josefina iba á
resucitar. Los médicos confiaban en un rápido cambio. El primer día que
pasearon los dos por los salones y estudios de la nueva casa, inventariando con
mirada satisfecha los muebles y los ricos objetos antiguos y modernos,
Renovales cogió del talle á la débil muñeca, inclinando la cabeza sobre ella,
acariciando su frente con las recias barbas.
Todo era suyo, el hotel y sus lujosas decoraciones;
de ella también el dinero que aun le quedaba y el que seguiría ganando. Ella
era la señora, la dueña absoluta; podía gastar cuanto quisiera, allí estaba él
para hacer frente á todo. Podía distinguirse por su lujo, tener carruajes, dar
envidia á sus antiguas amigas, enorgullecerse de ser la mujer de un pintor
famoso, mucho más que otras que habían pescado con el matrimonio una corona
condal... ¿Estaba contenta?
Ella decía que sí, moviendo la cabeza débilmente, y
hasta se empinó sobre las puntas de los pies para besar agradecida aquella boca
que parecía arrullarla á través de las nubes de pelos; pero su gesto era triste
y sus desmayados movimientos de flor marchita, como si no existiese alegría
mundanal que pudiera sacarla de este desaliento.
Á los pocos días, pasada la primera impresión del
cambio de vida, volvieron á repetirse en el lujoso hotel las mismas crisis que
tantas veces habían conmovido anteriores viviendas.
Renovales la encontraba en el comedor con la cabeza entre las manos, llorando, sin querer
explicarle la causa de sus lágrimas. Cuando intentaba cogerla entre sus brazos,
acariciándola como á una niña, la mujercita se encrespaba lo mismo que si
recibiese una injuria.
—Déjame—gritaba, fijando en él unos ojos
hostiles.—No me toques... Vete.
Otras veces la buscaba por la casa, preguntando en
vano á Milita, que, habituada á las crisis de su madre y sostenida por su
egoísmo de muchacha fuerte, no hacía gran caso de ella y seguía jugando con sus
innumerables muñecas.
—No sé, papaíto; debe estar llorando
arriba—contestaba con naturalidad.
Y en algún rincón del piso alto, en el dormitorio,
junto á la cama, ó entre las ropas del cuarto de vestir, la encontraba el
marido sentada en el suelo, la mandíbula apoyada en las manos, los ojos fijos
en la pared, como si contemplase algo invisible y misterioso que sólo ella
podía ver. Ahora no lloraba; sus ojos estaban secos, agrandados por una
expresión de espanto, y era en vano que el esposo intentase atraerla.
Permanecía inmóvil, fría, insensible á sus caricias, como si fuese un extraño,
como si entre los dos existiera una indiferencia inabordable.
—Quiero morir—decía con voz grave y concentrada.—No
hago falta en el mundo: quiero descansar.
Esta resignación fúnebre convertíase poco después en furiosa acometividad. Renovales nunca se daba
cuenta de cómo se iniciaba el conflicto. La más insignificante de sus palabras,
un gesto, su mismo silencio, bastaban para atraer la tormenta. Josefina
comenzaba á hablar con acento agresivo, dando á sus palabras la cortante
frialdad de una navaja. Censuraba al pintor por lo que hacía y lo que no hacía,
por sus costumbres más insignificantes, por lo que pintaba, y de pronto,
extendiendo el radio de sus injurias, queriendo abarcar en ellas al mundo
entero, prorrumpía en denuestos contra las distinguidas personas que formaban
la clientela del marido, proporcionándole enormes ganancias. Podía estar
satisfecho de los retratos de aquellas gentes: ellos, unos señores
despreciables, malas personas, ladrones casi todos. Su madre, que estaba bien
enterada de este mundo, le había contado muchas historias. Á ellas aun las
conocía mejor; casi todas habían sido sus compañeras de colegio ó sus amigas.
Se habían casado para poner en ridículo á sus maridos; todas tenían historia;
eran perdidas peores que las que montaban la guardia de noche en las aceras.
Aquella casa, con toda su fachada de laureles y sus letras de oro, era un
burdel. El mejor día se plantaba ella en el estudio y las echaba á la calle
para que las retratasen en otra parte.
—¡Por Dios, Josefina!—murmuraba angustiado
Renovales.—No digas esas cosas; no pienses esas barbaridades. Parece imposible
que hables así. La niña nos oye.
Josefina, agotada ya su ira nerviosa, prorrumpía en
llanto y Renovales tenia que abandonar la mesa para acompañarla á la cama,
donde se tendía gritando por centésima vez su deseo de morir.
Esta vida le era aún más intolerable por su
fidelidad conyugal, por aquel amor mezclado de costumbre y rutina que le
mantenía sólidamente adherido á su esposa.
Por las tardes, á última hora, se reunían en su
estudio varios amigos, entre los cuales figuraba el famoso Cotoner, que había
trasladado su residencia á Madrid. Cuando envueltos en la luz del crepúsculo
que iba penetrando por la enorme vidriera, sentíanse inclinados á las
confidencias amistosas, Renovales hacía siempre la misma declaración:
—De muchacho me he divertido como cualquiera; pero
desde que me casé no conozco otra mujer que la propia. Lo digo con orgullo.
Y el hombretón erguía su alto cuerpo y se
acariciaba hacia arriba las barbas, satisfecho de su fidelidad conyugal, como
otros lo estaban de sus buenas fortunas en amor.
Cuando se hablaba en su presencia de mujeres
hermosas ó se examinaban retratos de las grandes beldades extranjeras, el
maestro no ocultaba su aprobación:
—¡Muy hermosa! ¡Muy bonita... para pintarla!
Sus entusiasmos por la belleza no iban más allá de
los límites del arte. Sólo existía una mujer en el mundo, la suya; las demás
eran modelos.
Él, que llevaba en su pensamiento una orgía de
carne y adoraba la desnudez con unción religiosa, guardaba todos sus homenajes
de hombre para la mujer legítima, cada vez más enferma, más triste, esperando
con paciencia de enamorado un momento de calma, un rayo de sol entre las
incesantes tormentas.
Los médicos, confesándose inhábiles para curar este
desarreglo nervioso que consumía el organismo de la esposa, confiaban en un
cambio inesperado y recomendaban al marido una extremada dulzura. Esto servía
para aumentar su paciente mansedumbre. Atribuían el trastorno de sus nervios al
parto y la lactancia, que habían quebrantado su débil salud; sospechaban además
la existencia de alguna causa desconocida, que mantenía á la enferma en
interminable excitación.
Renovales, que estudiaba á su mujer con el anhelo
de recobrar la paz doméstica, adivinó de pronto la verdadera causa de su
enfermedad.
Milita iba creciendo: ya era una mujer. Tenia
catorce años y vestía de largo, atrayendo las miradas de los hombres con su
belleza sana y fuerte.
—Cualquier día se nos la llevan—decía riendo el
maestro.
Y su mujer, al oirle hablar de matrimonio, haciendo
conjeturas sobre su futuro yerno, cerraba los ojos, para decir con voz
reconcentrada, reveladora de invencible tenacidad:
—Se casará con quien quiera... menos con un pintor.
Antes prefiero verla muerta.
Renovales adivinó entonces la verdadera enfermedad
de su mujer. Eran celos, unos celos inmensos, mortales, anonadadores; era la
tristeza de verse enferma. Estaba segura de su esposo; conocía sus afirmaciones
de fidelidad conyugal. Pero el pintor, al hablar de sus entusiasmos artísticos
en presencia de ella, no ocultaba su adoración á la belleza, su culto religioso
á la forma. Aunque callase, ella penetraba en su pensamiento; leía en él este
fervor que databa de la juventud y había ido aumentándose con los años. Al
contemplar las estatuas de soberana desnudez que adornaban los estudios, al
pasar sus ojos por los álbums y cartones, donde la luz de la carne brillaba con
resplandor divino entre las sombras del grabado, ella las comparaba mentalmente
con su cuerpo enflaquecido por la enfermedad.
Los ojos de Renovales, que parecían beber con
adoración los brazos de armoniosas líneas, los pechos torneados y firmes como
copas de alabastro, las caderas de voluptuosa caída, las gargantas de
aterciopelada redondez, las piernas de esbelta majestad, eran los mismos que
contemplaban por la noche su tronco débil, surcado por la saliente escalinata
de las costillas; los blasones femeniles, antes firmes á voluptuosos, colgantes
como harapos: sus brazos, en los que la debilidad moteaba la piel con manchas amarillas;
sus piernas, cuya delgadez esquelética sólo estaba
interrumpida por el abultamiento saliente de las rótulas. ¡Mísera de ella!...
Aquel hombre no podía amarla. Su fidelidad era compasión, tal vez rutina,
virtud inconsciente. Nunca se creería amada. Con otro hombre aun era posible
esta ilusión, pero él era un artista; adoraba de día la belleza, para tropezar
por la noche con la fealdad del agotamiento, con la miseria física.
La atormentaban incesantemente los celos, amargando
su pensamiento, devorando su vida; unos celos inconsolables, por lo mismo que
no encontraban nada real en que apoyarse.
Sentía una tristeza inmensa al reconocer su
fealdad, una envidia insaciable contra todos, un deseo de morir, pero matando
antes al mundo para arrastrarlo en su caída.
Las ingenuas caricias de su esposo la irritaban
como un insulto. Tal vez creía amarla; tal vez se aproximaba á ella de buena
fe; pero leía en su pensamiento y encontraba en él á la irresistible enemiga, á
la rival que la anonadaba con su belleza. Y esto no tenía remedio. Estaba unida
á un hombre que sería fiel, mientras viviese, á la religión de lo hermoso, sin
apostatar jamás de ella. ¡Ay! ¡Cómo se acordaba de aquellos días en que
defendía del marido su cuerpo primaveral que intentaba pintar! Si ahora volviesen
á ella la juventud y la belleza, arrojaría impúdicamente todas las envolturas,
se plantaría en medio del estudio con la arrogancia de una bacante, gritando:
—Pinta; hártate de mi carne, y siempre que pienses
en tu eterna querida, en esa que llamas la Belleza, procura verla con mi misma
cara; que tenga mi mismo cuerpo.
Era una inmensa desgracia vivir unida á un artista.
Jamás casaría á su hija con un pintor: antes verla muerta. Los que llevaban
dentro el demonio de la forma, sólo podían vivir tranquilos y felices con una
compañera eternamente joven, eternamente bella.
La fidelidad de su marido, la desesperaba. Aquel
artista casto, estaba rumiando siempre en su pensamiento el recuerdo de bellas
desnudeces, imaginaba cuadros que no se atrevía á pintar por miedo á ella. Con
su penetración de enferma parecía leer estos anhelos en la frente de su esposo.
Mejor hubiese preferido una infidelidad cierta: verle enamorado de otra mujer,
enloquecido por una pasión sexual. De este viaje, fuera de los límites del
matrimonio, podría volver, fatigado y humilde, pidiéndola perdón; pero del
otro, no volvería nunca.
Renovales, al adivinar esa tristeza, emprendió con
ternura la curación moral de su mujer. Evitó hablar en presencia de ella de sus
adoraciones artísticas; encontró terribles defectos á las damas hermosas que le
buscaban como retratista; ensalzaba la belleza espiritual de Josefina; la
pintaba, trasladando al lienzo sus mismas facciones, pero hermoseadas con sutil
habilidad.
Ella sonreía, con esa eterna condescendencia que tiene la mujer para las más estupendas y
escandalosas mentiras, siempre que la halaguen.
—Eres tú—decía Renovales:—tu misma cara, tu gracia,
tu distinción. Aun creo que te he hecho menos hermosa.
Seguía sonriendo, pero de pronto su mirada
endurecíase, apretaba los labios y la sombra se remontaba poco á poco por su
rostro.
Clavaba sus ojos en los del pintor como si
registrase su pensamiento.
Todo mentira. Su marido la halagaba, creía amarla,
pero sólo su carne permanecía fiel. La enemiga invencible, la eterna amante,
era señora de su pensamiento.
Atenazada por esta infidelidad mental y por la
rabia que la producía su impotencia, iba formándose en su sistema nervioso una
de aquellas tempestades que estallaban en lluvias de lágrimas y truenos de
insultos y recriminaciones.
La vida del maestro Renovales era un infierno,
cuando poseía ya la gloria y la riqueza, con las que había soñado tantos años,
cifrando en ellas su felicidad.
Eran las tres de la tarde cuando el ilustre pintor
volvió á su casa después del almuerzo con el húngaro.
Al entrar en el comedor, antes de dirigirse al
estudio, vió á dos mujeres que, con el sombrero puesto y el velillo ante el
rostro, parecían disponerse á salir. Una de ellas, tan alta como el pintor, se
arrojó á su cuello con los brazos abiertos.
—Papá, papaíto, te hemos esperado hasta cerca de
las dos. ¿Has almorzado bien?...
Y le acariciaba con ruidosos besos, rozando sus
frescas mejillas de rosa en las barbas canas del maestro.
Renovales sonreía bondadosamente bajo este
chaparrón de caricias. ¡Ah, su Milita! Era la única alegría de aquella vivienda
triste y ostentosa como un panteón. Ella era la que dulcificaba el ambiente de
tedio agresivo que la enferma parecía esparcir en torno de él. Contempló á su
hija, adoptando un cómico aire de galán!
—Muy bonita, sí, señor; está usted muy bonita hoy.
Es usted un verdadero Rubens, señorita; un Rubens
en moreno. ¿Y adónde vamos á lucir el garbo?...
Paseaba su mirada satisfecha de creador por este
cuerpo fuerte y sonrosado, en el cual delatábase la crisis de la juventud con
cierta delgadez pasajera, producto de un rápido crecimiento, y un círculo
profundo en torno de los ojos. Su mirada húmeda y misteriosa era la de una
mujer que empieza á enterarse de su significación en la vida. Vestía con cierta
elegancia exótica: su traje tenía un aire varonil; su corbata y su cuello
hombrunos, armonizaban con la viveza rígida de sus movimientos, con sus botinas
inglesas de ancho tacón, con la soltura violenta de sus piernas, que al marchar
abrían las faldas como un compás, más atentas á la rapidez y al taconeo fuerte
que á la gracia del paso. El maestro admiraba su belleza saludable. ¡Qué
magnífico ejemplar!... Con ella no se extinguiría la raza. Era él, toda él: de
haber nacido hembra, sería semejante á su Milita.
Ésta seguía hablando, sin separar los brazos de los
hombros del padre, fijos en el maestro sus ojos, que tenían un temblor de oro
líquido.
Iba á su paseo diario con Miss; una
marcha de dos horas por la Castellana, por el Retiro, sin sentarse, sin
detenerse un instante, dando de paso una lección peripatética de inglés. Sólo
entonces volvió Renovales la vista para saludar á Miss, una mujer
obesa, con la cara roja y arrugada, mostrando al sonreir una dentadura que
tenía el brillo amarillento de las fichas de un
dominó. En el estudio, Renovales y sus amigos reían muchas veces del aspecto
de Miss y de sus manías; de su peluca roja puesta sobre el cráneo
con el mismo descuido que un sombrero; de su dentadura postiza y escandalosa;
de sus capotas que fabricaba ella misma utilizando los cintajos y harapos que
caían en sus manos; de su inapetencia crónica, que la hacía nutrirse con
cerveza, teniéndola en perpetua turbación, que se manifestaba en exageradas
reverencias.
Su gordura fofa de bebedora, mostrábase alarmada
por la proximidad de este paseo, que era su tormento diario, esforzándose
dolorosamente por seguir las zancadas de la señorita. Al ver que el pintor la
miraba, púsose aún más roja é hizo tres grandes reverencias.
—¡Oh, míster Renovales! ¡Oh, sir!...
Y no le llamó lord, porque el maestro, después de
saludarla con un movimiento de cabeza, se olvidó de ella, volviendo á hablar
con su hija.
Milita se interesaba por el almuerzo de su padre
con Tekli. ¿Conque había bebido Chiantti? ¡Ah, egoísta! ¡Con tanto
que le gustaba á ella!... Había hecho mal en avisar tan tarde. Afortunadamente
estaba Cotoner en casa, y mamá le había obligado á quedarse para no almorzar
solas. El viejo amigo se había metido en la cocina, preparando uno de aquellos
platos cuyo guiso había aprendido en sus tiempos de paisajista. Milita
observaba que todos los paisajistas eran algo
cocineros. Su vida al aire libre, las necesidades de su existencia errante por
ventas y cabañas, desafiando la escasez, les aficionaban insensiblemente á esta
habilidad.
Habían almorzado muy bien. Mamá había reído con las
gracias de Cotoner, que siempre estaba alegre; pero á los postres, cuando llegó
Soldevilla, el discípulo predilecto de Renovales, se había sentido mal,
desapareciendo para ocultar sus ojos llenos de lágrimas, su pecho angustiado
por los sollozos.
—Estará arriba—dijo la joven con cierta
indiferencia, habituada ya á estas crisis.—Adiós, papaíto; un beso. En el
estudio tienes á Cotoner y á Soldevilla. Otro beso... Deja que te muerda.
Y después de clavar con suavidad sus dientecitos en
una mejilla del maestro, la joven salió seguida de Miss, que bufaba
prematuramente pensando en el fatigoso paseo.
Renovales quedó inmóvil, como si no quisiera
sacudir este ambiente de cariño en que le envolvía su hija. Milita era suya,
toda suya. Amaba á su madre, pero su afecto resultaba frío comparado con la
pasión vehemente que sentía por él, esa predilección vaga é instintiva que las
hijas sienten por los padres, y que es como un esbozo de la adoración que ha de
inspirarles después el hombre amado.
Pensó un momento en buscar á Josefina para
consolarla, pero tras corta reflexión desistió de este
propósito. No sería nada; su hija estaba tranquila; un arrechucho,
como los de costumbre. Subiendo se exponía á una escena terrible que le
amargase la tarde, quitándole los deseos de trabajar, desvaneciendo aquella
alegría juvenil que llevaba en el alma después de su almuerzo con Tekli.
Se dirigió al último estudio, el único que merecía
este nombre, pues era donde él trabajaba, y vió á Cotoner sentado en un sillón
conventual, con el asiento combado por el peso de su abultada persona, los
codos apoyados en los brazos de roble, el chaleco desabotonado para dejar en
libertad el repleto abdomen, la cabeza hundida en los hombros, la cara roja y
sudorosa, los ojos entornados por la suave embriaguez de su digestión en aquel
ambiente caldeado por una enorme estufa.
Cotoner estaba viejo; tenía el bigote blanco y la
cabeza calva, pero su cara sonrosada y lustrosa era de una frescura infantil.
Respiraba la placidez del célibe casto que sólo ama la buena mesa y aprecia la
somnolencia digestiva de la boa como la mayor de las felicidades.
Se había cansado de vivir en Roma. Escaseaban los
encargos. Los papas vivían más años que los patriarcas bíblicos; los retratos
al cromo del Pontífice le hacían una competencia ruinosa. Además, estaba viejo
y los pintores jóvenes que llegaban á Roma no le conocían; eran gentes tristes
que le miraban como á un bufón, y sólo abandonaban su seriedad
para burlarse de él. Su tiempo había pasado. El eco de los triunfos de Mariano
allá en la tierra había tirado de él, decidiéndole á
trasladarse á Madrid. Lo mismo se vivía en todas partes. También en Madrid
tenía amigos. Y había continuado aquí su vida de Roma, sin ningún esfuerzo,
sintiendo ciertos anhelos de gloria en su exigua personalidad de jornalero del
arte, como si sus relaciones con Renovales le impusieran el deber de buscar en
la pintura un lugar cercano al suyo.
Había vuelto á los paisajes, sin obtener triunfos
mayores que la ingenua admiración de las lavanderas y los ladrilleros que en
las cercanías de Madrid formaban semicírculo ante su caballete, diciéndose que
aquel señor, que llevaba en la solapa el botón multicolor de sus diversas
condecoraciones pontificales, debía ser un pájaro gordo, alguno de los grandes
pintores de que hablaban los periódicos. Renovales le había alcanzado dos
menciones honoríficas en la Exposición, y tras esta victoria, compartida con todos
los muchachos que empezaban, Cotoner se tendió en el surco, descansando para
siempre, dando por cumplida la misión de su existencia.
La vida en Madrid no se le presentaba más difícil
que en Roma. Dormía en casa de un sacerdote, al que había conocido en Italia,
acompañándolo en sus correrías por las oficinas pontificales. Este capellán,
que estaba empleado en los escritorios de la Rota, tenia á gran honor el
hospedar al artista, recordando sus relaciones
amistosas con los cardenales y creyéndole en correspondencia con el mismo Papa.
Habían convenido una cantidad por el hospedaje,
pero el clérigo no mostraba prisa en cobrarla: ya le encargaría algún cuadro
para unas monjas de las que era confesor.
La comida ofrecía aún menos dificultades para
Cotoner. Tenía repartidos los días de la semana entre varias familias ricas, de
ferviente religiosidad, á las que había conocido en Roma durante las grandes
peregrinaciones españolas. Eran mineros opulentos de Bilbao; propietarios
agrícolas de Andalucía; viejas marquesas que pensaban mucho en Dios, siguiendo
sus costumbres de vida opulenta, á las que daban un tono severo con la pátina
de la devoción.
El pintor sentíase bien agarrado á este pequeño
mundo, grave, religioso y que comía bien. Era para todos el «buen Cotoner». Las
señoras sonreían agradecidas cuando las obsequiaba con algún rosario ú otro
objeto de devoción traído de Roma. Si mostraban deseos de obtener alguna
dispensa del Vaticano, las ofrecía escribir á «su amigo el cardenal». Los
maridos, contentos de tener un artista en casa á tan poca costa, le consultaban
el plano de una capilla nueva, el diseño de un altar, y en sus fiestas onomásticas
recibían con gesto protector algún regalo de Cotoner; una manchita,
un paisaje sobre tabla, que exigía muchas veces explicaciones previas
para conocer su significación. En las comidas era la alegría de esta gente de
sanos principios y mesuradas palabras, relatando originalidades de los
«monseñores» y «eminencias» que había conocido en Roma. Estos chistes los
aceptaban con cierta unción, por escabrosos que fuesen, viniendo de tan
respetables personajes.
Cuando por enfermedad ó viaje se rompía el orden de
las invitaciones y Cotoner carecía de convite, se quedaba á comer en casa de
Renovales, sin previa invitación. El maestro quiso instalarlo en su hotel, pero
él no aceptó. Amaba mucho á toda la familia: Milita jugaba con él como si fuese
un perro viejo; Josefina le tenía cierto afecto, porque le recordaba con su
presencia los buenos tiempos de Roma. Pero Cotoner, á pesar de esto, mostraba
cierto miedo, adivinando las tormentas que ennegrecían la vida del maestro.
Prefería su existencia libre, á la que se adaptaba con una ductilidad de
parásito. Al final de las comidas escuchaba, con movimientos de aprobación, las
graves pláticas de sobremesa entre doctos sacerdotes y graves devotas, y una
hora después bromeaba impíamente en cualquier café con pintores, cómicos y
periodistas. Conocía á todo el mundo: le bastaba hablar dos veces con un
artista, para tutearle y jurar que le quería y admiraba con toda su alma. Al
entrar Renovales en el estudio, sacudió su torpeza digestiva y estiró las
cortas piernas para tocar el suelo y salir del sillón.
—¿Te han contado, Mariano?... ¡Un plato magnifico!
Les he hecho un gazpacho de pastor... ¡Se han chupado los dedos!
Hablaba con entusiasmo de su obra culinaria, como
si concentrase en esta habilidad todos sus méritos. Después, mientras Renovales
entregaba el sombrero y el gabán al criado que le seguía, Cotoner, con una
curiosidad de amigo íntimo, deseoso de conocer todos los detalles de la
existencia de su ídolo, le hizo preguntas sobre su almuerzo con el extranjero.
Renovales se tendió en un diván, profundo como un
nicho, entre dos bibliotecas, y flanqueado por montones de cojines. Al hablar
de Tekli, recordaron á sus amigos de Roma, pintores de diversas nacionalidades,
que veinte años antes marchaban con la frente alta, siguiendo como hipnotizados
la estrella de la esperanza. Renovales, en su orgullo de luchador, incapaz de
hipocritas modestias, declaraba que él era el único que había llegado. El pobre
Tekli era un profesor: su copia de Velázquez resultaba un trabajo paciente de
bestia artística.
—¿Tú lo crees?—preguntó Cotoner con gesto de
duda.—¿Tan mal lo hace?...
Procuraba por egoísmo no hablar contra nadie;
dudaba del mal; creía ciegamente en el elogio, conservando de este modo su
reputación de bueno, que le daba acceso en todas partes, facilitando su vida.
La imagen del húngaro estaba fija en su memoria,
haciéndole pensar en una serie de almuerzos, antes de que aquél abandonase
Madrid.
—Buenas tardes, maestro.
Era Soldevilla, que con las manos cruzadas bajo el
faldón de la americana, abombando el pecho para lucir mejor el chaleco de
terciopelo granate, y la cabeza en alto, atormentada por la desmesurada altura
del cuello rígido y nítido, salía de detrás de un biombo. Su delgadez y lo
exiguo de su estatura estaban compensadas por la longitud de sus bigotes
rubios, que se empinaban en torno de la naricilla sonrosada, como si quisieran
confundirse con los bandós de su peinado, lacios y desmayados sobre la frente.
Este Soldevilla era el discípulo favorito de Renovales, «su debilidad», según
decía Cotoner. El maestro había reñido grandes batallas por alcanzarle la
pensión en Roma; después le había premiado en varias exposiciones.
Le miraba como si fuese su hijo, atraído tal vez
por el contraste entre su rudeza y la debilidad de aquel dandy de
la pintura, siempre correcto, siempre amable, que consultaba para todo á su
maestro, aunque después no hiciese gran caso de sus consejos. Cuando hablaba
mal de los compañeros de arte, lo hacía con una suavidad venenosa, con una
finura mujeril. Renovales reía de su aspecto y de sus costumbres, y Cotoner le
hacía coro. Era una porcelana, siempre brillante; no se encontraba en él la más
leve mota de polvo; debía dormir en una rinconera. ¡Ah, los pintores del día! Los dos artistas viejos recordaban el
desarreglo de su juventud; su bohemia descuidada, con grandes barbas y enormes
sombreros; todas sus bizarras extravagancias para distinguirse de los demás
mortales, formando un mundo aparte. Sentíanse malhumorados, como en presencia
de una abdicación, ante los pintores de la última hornada, correctos,
prudentes, incapaces de locuras, copiando las elegancias de los ociosos, con un
aire de funcionarios del Estado, de oficinistas que manejaban el pincel.
Soldevilla, á continuación de su saludo, aturdió al
maestro con un desmesurado elogio. Estaba admirando el retrato de la condesa de
Alberca.
—Una maravilla, maestro. Lo mejor que ha pintado
usted... y eso que está á medio hacer.
Este elogio conmovió á Renovales. Se levantó para
apartar de un empujón el biombo, y arrastró un caballete que sostenía un gran
lienzo, hasta colocarlo frente á la luz que penetraba por el ventanal de
cristales.
Sobre un fondo gris erguíase, con la majestad de la
belleza habituada á la admiración, una dama vestida de blanco. El esprit de
plumas y brillantes parecía temblar sobre sus rizos, de un rubio leonado; el
pecho marcaba el arranque de las redondeces de sus montículos entre las blondas
del escote; las manos, enguantadas hasta más arriba del codo, sostenían una el
rico abanico y otra una capa obscura, forrada de raso color de fuego, que se deslizaba de sus hombros desnudos, próxima á caer. La
parte baja de la figura estaba indicada solamente por trazos de carbón sobre la
blancura del lienzo. La cabeza, casi terminada, parecía mirar á los tres
hombres con sus ojos orgullosos, algo fríos, pero de una falsa frialdad,
delatando, detrás de su pupila, apasionamientos ocultos, un volcán muerto que
resucitaba á sus horas.
Era una mujer alta, esbelta, de adorables y justas
carnosidades, que parecía sostenerse en el esplendor de una segunda juventud
con la higiene y las comodidades de su elevada posición. Los extremos de sus
ojos estaban achicados por un pliegue de fatiga.
Cotoner la contemplaba desde su asiento con una
calma de hombre casto, comentando su belleza tranquilamente, sintiéndose á
cubierto de toda tentación.
—Es ella, la has clavado, Mariano. Ella misma...
¡Ha sido una gran mujer!
Renovales pareció ofendido por este comentario.
—Lo es—dijo con cierta hostilidad.—Lo es todavía.
Cotoner no era capaz de discutir con su ídolo y se
apresuró á rectificarse:
—Es una buena moza; muy guapa, sí, señor, y muy
elegante. Dicen también que tiene talento y que es incapaz de dejar sufrir á
los que la adoran. ¡Poquito se habrá divertido esta señora!...
Renovales volvió á encresparse como si le hiriesen
estas palabras.
—¡Bah! mentiras, calumnias—dijo con voz
fosca:—invenciones de ciertos señoritos que al verse despreciados la cuelgan
esas infamias.
Cotoner volvió á deshacerse en explicaciones. Él no
sabía nada: lo había oído decir. Las señoras en cuya casa comía, hablaban mal
de la de Alberca... pero tal vez fuesen murmuraciones de mujeres. Se hizo el
silencio, y Renovales, como si desease torcer el curso de la conversación, se
encaró con Soldevilla.
—¿Y tú, no pintas? Siempre te veo por aquí á la
hora de trabajar.
Sonreía con cierta malicia al decir esto, mientras
el joven se excusaba ruborizándose. Trabajaba mucho, pero todos los días sentía
la necesidad de dar una vuelta por el estudio del maestro antes de dirigirse al
suyo.
Era una costumbre de sus tiempos de principiante,
de aquella época, la mejor de su vida, en que aprendía junto al gran pintor, en
otro estudio menos lujoso que éste.
—¿Y Milita? ¿la has visto?—prosiguió Renovales con
sonrisa bonachona, en la que había una punta de malicia.—¿No te ha tomado hoy
el pelo por esa nueva corbata que quita la vista?
Soldevilla también sonrió. Había estado en el
comedor con doña Josefina y Milita, y ésta se había burlado de él como siempre.
Pero era sin malicia: ya sabía el maestro que
Milita y él se trataban como hermanos.
Más de una vez, cuando ella era pequeña y él un
chicuelo, la había servido de caballo, trotando por el viejo estudio, llevando
á la espalda aquel gran diablo que le tiraba del pelo y le abofeteaba con sus
manecitas.
—Es muy mona—interrumpió Cotoner.—Es la muchacha
más graciosa y más buena que conozco.
—¿Y el simpar López de Sosa?—preguntó el maestro
otra vez con tono de malicia.—¿No ha venido hoy ese chauffeur que
nos vuelve locos con sus automóviles?
Desapareció la sonrisa de Soldevilla. Púsose pálido
y brillaron sus ojos con verdoso fulgor. No; no había visto á ese caballero.
Según decían las señoras, andaba muy ocupado en la reparación de un automóvil
que se le había roto en el camino del Pardo. Y como si el recuerdo de este
amigo de la familia fuese penoso para el joven pintor y deseara evitar nuevas
alusiones, se despidió del maestro. Iba á trabajar; aun podían aprovecharse dos
horas de sol. Pero antes de salir dedicó nuevos elogios al retrato de la
condesa.
Quedaron solos los dos amigos en un largo silencio.
Renovales, sumido en la penumbra de aquel nicho de telas persas en que se
empotraba su diván, contemplaba el retrato.
—¿Ha de venir hoy?—preguntó Cotoner señalando al
lienzo.
Renovales hizo un gesto de disgusto. Hoy ú otro
día; con esta mujer era imposible un trabajo serio.
La esperaba aquella tarde, pero no le causaría
extrañeza que faltase á la sesión. Llevaban cerca de un mes sin poder pintar
dos días seguidos. Tenía muchas ocupaciones: presidía sociedades para la
enseñanza y la emancipación de la mujer; proyectaba festivales y tómbolas; una
actividad de señora aburrida, un aturdimiento de pájaro loco que la hacía
querer estar en todas partes á un mismo tiempo, sin voluntad para marcharse,
una vez lanzada en la corriente del femenil chismorreo. De pronto, el pintor,
con los ojos fijos en el retrato, tuvo un impulso de entusiasmo.
—¡Qué mujer, Pepe!—exclamó.—¡Qué mujer para
pintarla!...
Sus ojos parecían desnudar á la beldad que se
erguía en el lienzo con toda su prosopopeya aristocrática. Intentaban penetrar
el misterio de aquella envoltura de encajes y sedas; ver el color y las lineas
de unas formas que apenas se marcaban con suave bulto al través del vestido. Á
esta reconstrucción mental ayudaban los hombros desnudos y el arranque de los
amorosos globos que parecían temblar con dureza elástica en el filo del escote,
separados por una línea de suave penumbra.
—Eso mismo le he dicho á tu mujer—afirmó el bohemio
con sencillez.—Si tú pintas señoras hermosas como la condesa, es por pintarlas,
sin que se te ocurra ver en ellas más que una modelo.
—¡Ah! ¡Conque mi mujer te ha hablado de esto!...
Cotoner se apresuró á tranquilizarle, temiendo ver
turbada su digestión. Nada; nerviosidades de la pobre Josefina, que, en su
enfermedad, todo lo veía negro.
Había aludido durante el almuerzo á la de Alberca y
su retrato. No parecía quererla, á pesar de ser su compañera de colegio. Le
ocurría lo que á las otras mujeres: la condesa era un enemigo que las inspiraba
miedo. Pero él la había tranquilizado, acabando por arrancarla una risa débil.
No había que hablar más de esto.
Pero Renovales no participaba del optimismo de su
amigo. Adivinaba el estado de ánimo de su mujer; comprendía ahora el motivo que
la había hecho huir de la mesa, refugiándose arriba para llorar y desearse la
muerte. Abominaba de Concha como de todas las mujeres que entraban en su
estudio... Pero esta impresión triste no fué muy duradera en el pintor; estaba
habituado á las susceptibilidades de su esposa. Además, se tranquilizó pensando
en su fidelidad conyugal. Tenía limpia la conciencia, y Josefina podía creer lo
que quisiera. Sería una injusticia más, y él estaba resignado á sufrir su
esclavitud sin quejarse.
Para distraerse comenzó á hablar de pintura. Le
animaba el recuerdo de su conversación con Tekli, el cual venía de correr
Europa, y estaba enterado de lo que pensaban y pintaban los más famosos
maestros.
—Yo me hago viejo, Cotoner. ¿Crees que no lo
conozco? No, no protestes; ya sé que no soy viejo: cuarenta y tres años. Quiero
decir que me he encarrilado y no salgo de mi paso. Hace tiempo que no hago nada
nuevo; siempre doy la misma nota. Ya sabes que ciertos sapos, envidiosos de mi
fama, me echan en cara ese defecto, como un salibazo venenoso.
Y el pintor, con el egoísmo de los grandes
artistas, que siempre se creen olvidados y que el mundo les regatea la gloria,
lamentábase de la servidumbre que le imponía su buena suerte. ¡Ganar dinero!
¡Qué terrible cosa para el arte! Si el mundo fuese gobernado por el sentido
común, los artistas de talento estarían mantenidos por el Estado, el cual
proveería generosamente á todas sus necesidades y caprichos. No habría que
preocuparse de la vida. «Pinte usted lo que quiera y como le dé la gana.»
Entonces se harían grandes cosas y adelantaría el arte con pasos de gigante, no
teniendo que envilecerse en una adulación á la vulgaridad pública y á la
ignorancia de los ricos. Pero ahora, para ser pintor célebre, había que ganar
mucho dinero, y éste sólo se conseguía con los retratos, abriendo tienda,
pintando al primero que se presenta, sin derecho á escoger. ¡Maldita pintura!
En el escritor era mérito la pobreza; representaba virtud é integridad. Pero el
pintor había de ser rico: su talento se juzgaba por las ganancias. El renombre
de sus cuadros iba unido á la idea de miles de duros.
Al hablar de su trabajo se decía siempre «gana tanto», y para sostener esta
riqueza, compañera indispensable de la gloria, había que pintar á destajo,
halagando á la vulgaridad que paga.
Renovales se movía con nerviosa excitación en torno
del retrato. Algunas veces, este trabajo de jornalero glorioso aun era
tolerable al pintar mujeres hermosas y hombres cuya frente estaba animada por
el interno resplandor de la inteligencia. ¿Pero y los políticos vulgares; los
ricos con aspecto de mozos de cordel; las señoras hinchadas y de cara muerta
que había tenido que retratar? Cuando se dejaba vencer por su amor á la verdad
y copiaba el modelo tal como lo veía, proporcionábase un enemigo más, que pagaba
refunfuñando é iba por todas partes diciendo que Renovales no era tan grande
como le creían. Para evitar esto pintaba mintiendo, valiéndose de los
procedimientos empleados por otros artistas mediocres, y esta bajeza
atormentaba su conciencia como un despojo que hacía sufrir á sus inferiores,
dignos de respeto por lo mismo que estaban menos dotados que él para la
producción artística.
—Además, esto no es la pintura, toda la pintura.
Nos creemos artistas porque sabemos reproducir una cara, y la cara no es más
que una parte del cuerpo. Temblamos ante el desnudo; lo hemos olvidado.
Hablamos de él con respeto y temor, como de una cosa religiosa, digna de
adoración, pero que no vemos de cerca. Una gran parte de nuestro talento es talento de hortera. Telas, muchas telas; trajes.
Hay que envolver bien el cuerpo, del que huimos como de un peligro...
Cesó en sus paseos agitados, deteniéndose ante el
retrato, fijando en él su mirada.
—Figúrate, Pepe—dijo en voz baja, mirando antes
instintivamente hacia la puerta, con aquel eterno miedo á ser oído por su
esposa en estos entusiasmos artísticos.—Figúrate... si esta mujer se desnudase;
si yo pudiera pintarla tal como es seguramente...
Cotoner rompió á reir con una expresión de fraile
malicioso.
—Una gran cosa, Mariano, una obra maestra. Pero no
querrá. Tengo la certeza de que se negaría á desnudarse, y eso que debe haberlo
hecho delante de más de uno.
Renovales agitó sus brazos y levantó los ojos con
expresión de protesta.
—¿Y por qué no quieren?... ¡Qué rutina! ¡Qué
vulgaridad!
En su egoísmo de artista, imaginábase creado el
mundo sin otro objeto que el de mantener á los pintores y al resto de la
humanidad que debía servirle de modelo, y se escandalizaba de este pudor
incomprensible. ¡Ay! ¿dónde encontrar ahora las beldades griegas, plácidas
modelos de los escultores; las damas venecianas, de palidez ambarina, pintadas
por el Ticiano; las flamencas graciosas de Rubens y las bellezas picantes y
diminutas de Goya? La hermosura se había eclipsado
para siempre tras los velos de la hipocresía y del falso pudor. Se dejaban
contemplar hoy por un amante, mañana por otro; entregaban á los innumerables
galanes algo más que la exhibición de sus formas, y sin embargo, enrojecían
recordando á las hembras de otros tiempos, menos impuras, que no vacilaban en
someter á la pública admiración la obra perfecta de Dios, la castidad del
desnudo.
Renovales volvió á tenderse en el diván, y desde su
penumbra habló confidencialmente á Cotoner, con voz tenue, mirando algunas
veces hacia la puerta como si temiese ser oído.
Hacía tiempo que soñaba con una obra maestra. La
tenía completa en su imaginación, hasta en sus menores detalles. Veíala,
cerrando los ojos, tal como había de ser, si es que llegaba á pintarla. Era
Friné, la famosa beldad de Atenas, mostrándose desnuda á los peregrinos
aglomerados en la playa de Delfos. Toda la humanidad doliente de Grecia
marchaba por la orilla del mar hacia el famoso templo, buscando la intervención
divina para el alivio de sus males: paralíticos de miembros retorcidos,
leprosos de repugnante hinchazón, hidrópicos grotescos; pálidas mujeres con las
entrañas roídas por las enfermedades del sexo; ancianos trémulos; jóvenes
desfigurados por las anomalías de un nacimiento monstruoso; cabezas enormes,
caras contraídas por muecas horripilantes; brazos consumidos, como huesos
escuetos; piernas informes de elefante; todos los
esbozos de la Naturaleza despistada, los gestos llorosos y desesperados del
humano dolor. Al ver en la orilla á Friné, gloria de la Grecia, cuya belleza
era un orgullo nacional, los peregrinos se detienen y la contemplan volviendo
la espalda al templo, que, sobre el fondo de las tostadas montañas, destaca sus
columnatas de mármol; y la hermosa, conmovida por esta procesión del dolor,
quiere alegrar su tristeza, lanzar en sus míseros surcos un puñado de salud y
belleza, y se arranca los velos, haciéndoles la regia limosna de su desnudez.
El cuerpo blanco, luminoso, destaca la armoniosa curva del vientre y la punta
aguda de sus firmes senos sobre el azul obscuro del mar. El viento arremolina
sus cabellos, como serpientes de oro sobre los hombros de marfil; las ondas, al
morir cerca de sus pies, la envían estrellas de espuma que, con su caricia,
estremecen su piel desde la nuca de ámbar á los talones sonrosados. La arena
mojada, tersa y brillante como un espejo, reproduce invertida y confusa la
soberana desnudez, en líneas serpenteadas que adquieren al perderse el temblor
del iris. Y los peregrinos, caídos de rodillas, en el éxtasis de la admiración,
tienden los brazos hacia la diosa mortal, creyendo que la Belleza y la eterna
Salud salen á su encuentro.
Renovales se incorporaba cogiendo un brazo á
Cotoner al describir su futuro cuadro, y el amigo asentía gravemente,
impresionado por el relato.
—¡Muy hermoso!.. ¡Sublime, Marianito!
Pero el maestro volvía á caer en el desaliento
después de esta ráfaga de entusiasmo.
Aquella obra era muy difícil. Tendría que ir á
instalarse en la orilla del Mediterráneo, en una playa solitaria de Valencia ó
Cataluña; tendría que levantar un barracón en el mismo límite donde el agua
muere en la arena con brillante espejismo, y allí llevar mujeres tras mujeres,
cien si era preciso, para estudiar su blanca desnudez sobre el azul del mar y
del cielo, hasta que encontrase el cuerpo divino de la soñada Friné.
—Muy difícil—murmuraba Renovales.—Te digo que es
muy difícil. ¡Hay tantos inconvenientes con que luchar!...
Cotoner inclinó su cabeza con expresión
confidencial.
—Y además, está la maestra—dijo en voz queda,
mirando á la puerta con cierto miedo.—Me parece que Josefina no aceptará con
mucho gusto ese cuadro y su gran baraja de modelos.
El maestro bajó la cabeza.
—¡Si supieras, Pepe! ¡Si vieses mi vida diaria!...
—Lo sé todo—se apresuró á decir Cotoner.—Mejor
dicho, lo adivino. No me cuentes nada.
Y en su apresuramiento por repeler las tristes
confidencias del amigo, había mucho de egoísmo, el deseo de no perturbar su
plácida calma con dolores ajenos que sólo le inspiraban un lejano interés.
Renovales habló tras un largo silencio. Pensaba
frecuentemente en si el artista debía ser soltero ó casado. Otros, débiles y de
indeciso carácter, necesitaban el apoyo de la compañera, el ambiente de la
familia.
Recordaba con fruición los primeros meses de su
matrimonio; pero éste le había pesado después como una cadena. No renegaba del
amor; necesitaba para vivir de la dulce compañía de la mujer, pero con
intermitencias, sin la cárcel interminable de la vida común. Los artistas como
él debían ser libres; estaba seguro de ello.
—¡Ay, Pepe! Si yo me hubiese conservado como tú,
dueño de mi tiempo y de mis obras, sin tener que preocuparme de lo que dirá mi
gente al verme pintar esto ó aquello, ¡qué grandes cosas llevaría hechas!
El viejo fracasado iba á decir algo cuando se abrió
la puerta del estudio y entró el criado de Renovales, un hombrecillo de grandes
mejillas rubicundas y voz atiplada que, según decía Cotoner, tenía el aire de
un mandadero de monjas.
—La señora condesa.
Cotoner abandonó de un salto su sillón. Estos
modelos no gustaban de ver gente en el estudio. ¿Por dónde escapaba?...
Renovales le ayudó á buscar su sombrero, su abrigo, su bastón, que había dejado
con su habitual abandono en diversos rincones del estudio.
El maestro le empujó por una puerta que daba al jardín. Después, al quedar solo, corrió á
colocarse ante un viejo espejo veneciano, contemplándose un instante en su luna
azulada y profunda, alisándose con los dedos la crespa y encanecida cabellera.
Entró con gran estrépito de blondas y sedas,
acompañado su menudo paso por el fru-fru de las ropas
interiores, esparciendo un perfume de variadas esencias, semejante á la
respiración de exótico jardín.
—Buenas tardes, mon cher maître.
Mirándole con sus impertinentes de concha,
pendientes de una cadena de oro, adquiría el ámbar gris de sus ojos, al través
de los vidrios, una fijeza insolente, un gesto extraño, con algo de caricia y
burla al mismo tiempo.
Debía perdonarle su tardanza. Ella lamentaba estas
faltas de atención, pero era la mujer más ocupada de Madrid. ¡Las cosas que
había hecho después del almuerzo!... Firma y examen de papeles con la
secretaria de la «Liga Feminista»; conferencia con el carpintero y el maestro
de obras (unos tíos ordinarios que se la comían con los ojos), encargados de
levantar las tribunas para el gran festival á beneficio de las obreras
abandonadas; visita al presidente del Consejo de ministros, un señor algo
verde, á pesar de su gravedad, que la recibía con
aires de galán rococo, besándole la mano como en un minueto.
—Hemos perdido la tarde, ¿verdad, maître?
Apenas queda sol para trabajar. Además, no he traído la doncella para que me
ayude.
Señalaba con sus impertinentes la puerta de un
gabinete que servía de tocador y vestuario á las modelos, y donde ella guardaba
el traje de soirée y el manto de color de fuego con que la
retrataba.
Renovales, después de mirar furtivamente á la
entrada del estudio, tomó un aire de arrogancia, de galantería fanfarrona, como
en los tiempos de su juventud romana, libre y ruidosa.
—Por eso que no quede, Concha. Si usted lo permite,
yo le serviré de doncella.
La condesa prorrumpió en una risa ruidosa, echando
el busto atrás, mostrando su blanca garganta que ondulaba con los
estremecimientos de alegría.
—¡Ay, qué gracia! ¡Y qué atrevido se nos hace el
maestro!... Usted no entiende de esas cosas, Renovales. Usted sólo sabe pintar:
no tiene práctica...
Y en su acento finamente irónico, había algo de
compasión para el artista, alejado de las cosas mundanales y cuya virtud
conyugal todos conocían. Esto pareció ofenderle, y habló á la condesa con gran
brusquedad, mientras cogía la paleta y preparaba los colores. No era preciso
que cambiase de traje; emplearía la poca luz que quedaba trabajando en su
cabeza.
Concha se quitó el sombrero, y después, ante el
mismo espejo veneciano en que se había mirado el pintor, comenzó á retocarse el
peinado. Sus brazos arqueábanse en torno de la cabellera rubia, mientras
Renovales contemplaba la gentileza de su dorso, viendo al mismo tiempo de
frente su cara y su pecho en el fondo del vidrio. Canturreaba arreglándose el
pelo, con los ojos fijos en la reproducción de sus ojos, sin que nada la
distrajese de esta operación importante.
Aquel rubio luminoso y audaz debía ser teñido. El
pintor estaba seguro de ello, pero no por esto le parecía menos hermoso.
También iban teñidas de rubio las beldades de Venecia de los pintores antiguos.
La condesa se sentó en un sillón á corta distancia
del caballete. Sentíase fatigada, y ya que sólo había de pintar su rostro, no
tendría la crueldad de hacerla permanecer de pie como en los días de gran
sesión. Renovales contestaba con monosílabos y encogimientos de hombros. Bien
estaba así: ¡para lo que iban á hacer!... Una tarde perdida. Se limitaría á
trabajar en el pelo y la frente; podía descansar mirando adonde quisiera.
El maestro, por su parte, tampoco sentía deseos de
trabajar. Le perturbaba una cólera sorda; estaba irritado por el acento irónico
de la condesa, la cual veía en él un hombre aparte, un ser raro, incapaz de
hacer lo que aquellos señoritos imbéciles que formaban su corte, y muchos de
los cuales, según la pública murmuración, eran sus
amantes. ¡Extraña mujer, provocativa y fría! Sentía deseos de caer sobre ella,
en su furia de macho ofendido, de golpearla, de tratarla con el mismo desprecio
que si fuese una mujerzuela, para hacerla sentir su varonil superioridad.
De todas las señoras que llevaba retratadas,
ninguna había turbado como ésta su calma de artista. Sentíase atraído por su
gracia loca, por su ligereza casi infantil, y al mismo tiempo le inspiraba odio
por el tono compasivo con que le trataba. Era para ella un buen hombre,
vulgarísimo, que por raro capricho de la Naturaleza poseía el don de pintar
bien.
Renovales la devolvía este desprecio insultándola
en su pensamiento. Era cualquier cosa la tal condesa de Alberca. Con razón
hablaban de ella. Tal vez, al presentarse en el estudio, siempre de prisa y
sofocada, venía de una entrevista á solas con alguno de aquellos jovenzuelos
que rondaban esperanzados en torno de su naciente y provocativa madurez.
Pero bastaba que Concha le hablase con dulce
abandono, comunicándole las tristezas que decía sentir y permitiéndose ciertas
confianzas, como si la uniese á él una amistad antigua, para que al instante el
maestro cambiase de pensamientos. Era una mujer superior, ideal, condenada á
vivir en el vano ambiente aristocrático. Todas las murmuraciones sobre ella
eran calumnias, mentiras de envidiosos. Debía ser
la compañera de un hombre superior, de un artista.
Renovales conocía su historia; se envanecía de las
confidencias amistosas que había tenido con él. Era hija única de un gran
señor, jurisconsulto solemne y moderado rabioso, ministro en los gabinetes más
retrógrados del reinado de Isabel II. Se había educado en el mismo colegio que
Josefina, y á pesar de ser cuatro años mayor, guardaba un vivo recuerdo de su
bulliciosa compañera. «Para mala y traviesa, Conchita Salazar; era un demonio.»
Así oyó su nombre Renovales por primera vez. Luego, al trasladarse de Venecia á
Madrid el artista y su mujer, se enteraron de que había cambiado su apellido
por el de condesa de Alberca, casándose con un señor que podía ser su padre.
Era un antiguo cortesano que cumplía con gran
escrupulosidad las obligaciones de grande de España, celoso de su servidumbre
cerca de los reyes. Su ambición era llegar á poseer todas las condecoraciones
de Europa, y apenas le agraciaban con alguna, se hacía retratar cubierto de
bandas y cruces, vistiendo el uniforme de una de las tradicionales Órdenes
militares. Su esposa reía al verle pequeño, calvo y solemne, con altas botas,
sable rastrero y pecho cubierto de baratijas, apoyando en su corto muslo un casco
de blancos plumajes.
Durante la vida de aislamiento y privaciones que
arrostraron Renovales y su mujer, los periódicos llevaban hasta la misera casa
del artista los ecos de los triunfos de la «bella
condesa de Alberca». No había relato de fiesta aristocrática en que no figurase
su nombre en primera línea. Además, la llamaban «ilustrada», haciéndose lenguas
de su cultura literaria, de la educación clásica que debía á su «ilustre
padre», ya difunto. Y con estas noticias públicas, llegaban hasta el artista,
en las alas susurrantes de la madrileña murmuración, otras que suponían á la
condesa de Alberca consolándose alegremente del error cometido al casarse con
un viejo.
En Palacio la habían puesto en entredicho por esta
fama. El marido figuraba en las solemnidades regias, pues no todos los días se
presentaba ocasión de lucir su cargamento de honorable bisutería; pero ella se
quedaba en casa, abominando de estas ceremonias. Renovales la había oído
afirmar muchas veces, vestida lujosamente y con valiosas alhajas en las orejas
y el pecho, que ella se reía de su mundo, que estaba en el secreto... ¡que era
anarquista! Y oyéndola reía, como reían todos los hombres de lo que llamaban
las cosas de la de Alberca.
Cuando triunfó Renovales, volviendo como maestro
ilustre á aquellos salones, por los que había, pasado en su primera juventud,
sintió la atracción de la condesa que, en su calidad de gran dama
«intelectual», tenía empeño en rodearse de hombres célebres. Josefina no le
acompañó en esta vuelta al mundo. Sentíase enferma; la fatigaba el roce con las mismas gentes y en los mismos sitios;
carecía de fuerzas hasta para emprender los viajes que le recomendaban los
médicos.
La condesa amarró al pintor á su séquito,
mostrándose ofendida cuando dejaba de presentarse en su casa las tardes en que
recibía á sus amigos. ¡Qué ingratitud con una admiradora tan ferviente! ¡Tanto
que la placía á ella exhibirlo ante sus amigas, como si fuese una joya nueva!
«El pintor Renovales: el famoso maestro.»
En una de estas tardes de recepción, el conde
abordó al pintor, con su gravedad de personaje abrumado por los honores del
mundo.
—Concha desea un retrato hecho por usted, y yo
quiero darla gusto en todo. Usted dirá cuándo puede comenzar. Ella teme
proponérselo y me ha dado el encargo. Ya sé lo que usted lleva á otros por su
trabajo. Píntela usted bien... que quede contenta...
Y al notar cierto movimiento de Renovales, ofendido
por esta llaneza del gran señor, añadió, como si le hiciese una nueva merced:
—Si queda usted bien en lo de Concha, me pintará
después á mí. Sólo aguardo el Gran Crisantemo del Japón. En
Estado me dicen que llegarán los títulos un día de estos.
Renovales comenzó el retrato de la condesa. Se
prolongaba la obra por culpa de aquella aturdida, que siempre llegaba tarde con
pretexto de sus ocupaciones. Muchos días el artista no daba una sola pincelada: pasaban las horas charlando. Otras
veces el maestro escuchaba en silencio, mientras ella, en su incesante
verbosidad, burlábase de las amigas y relataba sus defectos secretos, sus
costumbres más íntimas, sus amoríos misteriosos, con cierta fruición, como si
todas las mujeres fuesen sus enemigos. En mitad de una de estas confidencias
deteníase para decir con gesto pudoroso y entonación irónica:
—¡Pero estaré escandalizando á usted, Mariano!...
¡Usted que es un buen marido, un padre de familia, un varón virtuoso!...
Renovales sentía entonces tentaciones de ahogarla.
Se burlaba de él; lo consideraba un hombre distinto de los demás, una especie
de fraile de la pintura. Deseoso de herirla, de devolverla el golpe, la atajó
una vez brutalmente, en mitad de sus despiadadas murmuraciones:
—Pues de usted también hablan, Concha. También
dicen... cosas poco gratas para el conde.
Esperaba un estallido de indignación, una protesta,
y lo que resonó en el silencio del estudio fué una risa alegre, desenfrenada,
que se prolongó largo rato, cortándose varias veces para volver á comenzar.
Después se mostró melancólica, con esa tristeza dulce de las mujeres «no
comprendidas». Era muy desgraciada, Mariano. Á él se lo podía revelar todo,
porque era un buen amigo. Se había casado siendo una niña: una terrible
equivocación. En el mundo existía algo más que el deslumbramiento de la fortuna, el esplendor del lujo y aquella corona
de conde que había perturbado su cerebro de colegiala.
—Tenemos derecho á un poco de amor; y si no es
amor, á un poco de alegría. ¿No lo cree usted, Mariano?
¡Vaya si lo creía!... Y de tal modo lo afirmaba,
mirando á Concha con ojos alarmantes, que ésta acabó por reir de su ingenuidad,
amenazándole con una mano.
—Cuidado, maestro; que Josefina es mi amiga, y si
usted se resbala, se lo cuento todo.
Renovales irritábase contra este pensamiento de
pájaro, siempre inquieto, saltador y caprichoso, que tan pronto se posaba junto
á él comunicándole el calor de la intimidad, como volaba lejos azorándole con
sus aleteos burlones.
Algunas veces presentábase agresiva, molestando al
artista desde sus primeras palabras, como acababa de ocurrir en esta tarde.
Permanecieron largo rato silenciosos; pintando él
con aire distraído, contemplando ella la marcha del pincel, hundida en un
sillón, en la dulce calma de la inmovilidad.
Pero la de Alberca era incapaz de permanecer mucho
tiempo callada. Poco á poco se enfrascó en su charla habitual, sin hacer caso
del mutismo del pintor, hablando por la necesidad de animar con sus palabras y
sus risas el conventual silencio del estudio.
El pintor le oyó el relato de sus trabajos como
presidenta de la «Liga Feminista», de las grandes cosas que se proponía hacer
en la santa empresa de la emancipación de su sexo. Y de paso, arrastrada por su
afán de ridiculizar á todas las mujeres, burlábase donosamente de sus
colaboradoras en la grande obra: literatas desconocidas, maestras amargadas por
su fealdad, pintoras de flores y palomas; una turba de pobres mujeres con
sombreros extravagantes y faldas que parecían colgadas de una percha; bohemia femenil,
rebelde y rabiosa contra su suerte, que se enorgullecía de tenerla por
directora y á cada dos palabras la soltaban todas ellas un tratamiento sonoro
de «condesa» para halagarse á sí mismas con el honor de esta amistad. Á la de
Alberca la divertía mucho su séquito de admiradoras; reía de sus
intransigencias y propósitos.
—Sí; ya sé lo que es eso—dijo Renovales rompiendo
su largo mutismo.—Quieren ustedes anularnos; reinar sobre el hombre, al que
odian.
La condesa recordaba entre risas el feminismo feroz
de algunas de sus acólitas. Como las más de ellas eran feas, abominaban de la
hermosura femenil como un signo de debilidad. Querían la mujer del porvenir sin
caderas, sin pechos, lisa, huesuda, musculosa, apta para todos los trabajos de
fuerza, libre de la esclavitud del amor y de la reproducción. ¡Guerra á la
grasa femenil!...
—¡Qué horror! ¿No le parece á usted, Mariano?—continuaba ella.—¡La mujer, lisa y escueta por
delante y por detrás, con el pelo cortado y las manos duras, en competencia con
el hombre para toda clase de luchas! ¡Y á esto llaman emancipación!... Buenos
son ustedes: á los pocos días de vernos en esa facha, nos dirigirían á
bofetadas.
No; ella no era de éstas. Deseaba el triunfo de la
mujer, pero aumentando aún más sus encantos y seducciones. Si las quitaban la
hermosura, ¿qué quedaría de ellas? La quería igual al hombre en inteligencia,
pero superior á él por la magia de su belleza.
—Yo no aborrezco al hombre, Mariano. Yo soy muy
mujer, y me gusta... ¿por qué he de negarlo?
—Lo sé, Concha; lo sé—dijo el pintor con aviesa
intención.
—¿Qué ha de saber usted? Mentiras, murmuraciones
que se ensañan en mí, porque no soy hipócrita ni tengo á todas horas un gesto
grave.
Y arrastrada por ese deseo de ser compadecidas que
sienten las mujeres de fama problemática, habló una vez más de su triste
situación. Al conde ya lo conocía Renovales: un buen señor algo maniático, que
sólo pensaba en sus baratijas honoríficas. La rodeaba de atenciones, velaba por
su bienestar, pero no era nada para ella. Faltábale lo más importante: el
corazón... el amor.
Hablaba elevando los ojos, con un anhelo de
idealidad que hubiese hecho sonreir á otro que no fuese Renovales.
—En esta situación—decía con voz lenta y la mirada
perdida,—no es extraño que una mujer busque la felicidad donde la encuentre.
Pero yo soy muy desgraciada, Mariano; yo no sé lo que es amor; yo no he amado
nunca.
¡Ay! Ella hubiese sido dichosa uniéndose á un
hombre superior. Ser la compañera de un gran artista, de un sabio, habría hecho
su felicidad. Los hombres que la rodeaban en los salones eran más jóvenes, más
fuertes que el pobre conde, pero mentalmente aún valían menos que él. No era
ninguna virtud, lo reconocía; con un amigo como el pintor no osaba mentir.
Había tenido sus distracciones, sus caprichos, como muchas que pasaban por
virtudes inexpugnables; pero de estas faltas salía siempre con una impresión de
desencanto y disgusto. Sabía que el amor era una realidad para otras, pero ella
no lograba encontrarlo.
Renovales había cesado de pintar. Ya no entraba por
el ventanal la luz del sol. Los vidrios tenían una opacidad de tono violáceo.
El crepúsculo invadía el estudio, y en su penumbra brillaban tenuamente, como
chispas mortecinas, aquí una punta de marco, más allá el oro viejo de un
estandarte bordado; en los rincones el pomo de una espada, el nácar de una
vitrina.
Sentóse el pintor cerca de la condesa, sumiéndose
en aquella atmósfera de perfumes que la rodeaba como un nimbo de acre
voluptuosidad.
Él también era desgraciado. Lo declaraba
sinceramente, creyendo de buena fe en la
melancólica desesperación de la dama. Faltaba algo en su vida; se hallaba solo
en el mundo. Y como viese en el rostro de Concha un gesto de asombro, se golpeó
el pecho enérgicamente.
Sí, solo. Adivinaba lo que ella iba á decirle.
Tenía á su mujer, tenía á su hija... De Milita no quería hablar: la adoraba;
era su alegría. Al sentirse cansado del trabajo, experimentaba una sensación de
dulce reposo pasando sus brazos en torno de su cuello. Pero él aun era joven
para contentarse con estas alegrías del amor paternal. Deseaba algo más, y no
podía encontrarlo en la compañera de su vida, siempre enferma, con los nervios
en perpetua crisis. Además, no le comprendía; no le comprendería nunca: era una
carga que abrumaba su talento.
Su unión sólo estaba basada en la amistad, en la
gratitud por las penalidades que habían soportado juntos. También él había
sufrido un engaño tomando por amor lo que sólo era un impulso de la afinidad
juvenil. Él necesitaba una verdadera pasión; vivir en contacto con un alma
gemela de la suya; amar á una mujer superior que le comprendiese y le animase
en sus audacias, que supiera sacrificar sus preocupaciones burguesas á las
exigencias del arte.
Hablaba con vehemencia, fijos sus ojos en los de
Concha, que brillaban al recibir de frente la luz del ventanal.
Pero Renovales se vió cortado por una risa irónica,
cruel, al mismo tiempo que la condesa echaba atrás su sillón como huyendo del
artista, que lentamente se inclinaba hacia ella.
—¡Que se resbala usted, Mariano! ¡Que le veo venir!
Un poco más, y me suelta usted su declaración... ¡Señor, qué hombres! Es
imposible hablar con ellos como una buena amiga, concederles cierta confianza
sin que al momento hablen de amor. Si le dejo á usted, antes de un minuto me
dice que soy su ideal... que me adora.
Renovales, que se había apartado de ella recobrando
su severidad, sintióse herido por esta risa burlona, y dijo con voz queda:
—¿Y si fuese cierto?... ¿Y si yo la amase?...
Volvió á sonar la risa de la condesa, pero forzada,
falsa, con un tono que parecía arañar el pecho del artista.
—¡Lo que yo esperaba! ¡La consabida declaración!
Con esta va la tercera que me hacen hoy. ¿Pero es que no se puede hablar con un
hombre más que de amor?...
Puesta ya de pie, buscaba con la vista el sombrero,
no recordando el lugar donde lo había dejado.
—Me voy, cher maître. Es peligroso
quedarse aquí. Procuraré venir más pronto y que no nos sorprenda el crepúsculo.
Es la hora traidora: el momento de las grandes tonterías.
El pintor se opuso á su marcha. Aun no había llegado su coche; podía esperar unos instantes más.
La prometió permanecer tranquilo; no hablarla, ya que esto la disgustaba.
La condesa se quedó, pero no quiso sentarse en el
sillón. Dió algunos pasos por el estudio y acabó por abrir la tapa de un
armónium colocado cerca del ventanal.
—Vamos á hacer un poco de música; esto nos
tranquilizará. Usted, Mariano, quietecito en su silla y sin acercarse. Á ver si
es usted buen chico...
Posáronse sus dedos en el teclado, movieron sus
pies los pedales y el Largo religioso, de Haendel, grave, místico,
soñador, se extendió dulcemente por el estudio. La melodía esparcíase por la
nave, envuelta ya en la penumbra; filtrábase entre los tapices, prolongando su
alado susurro por los otros dos estudios, como si fuese el canto de un órgano
tocado por invisibles manos, en una catedral desierta, á la hora misteriosa del
anochecer.
Concha sentíase conmovida, con femenil
sentimentalismo, con la superficial y caprichosa sensibilidad que le hacía ser
considerada, por sus amigos, como una gran artista. La música la enternecía;
hacía esfuerzos para que no saltasen lágrimas sus ojos, sin saber por qué.
De pronto cesó de tocar y volvió la cabeza con
inquietud. El pintor estaba detrás de ella; creyó sentir en su nuca el soplo de
su respiración. Quiso protestar, colocarle á distancia con una de sus risas
crueles, pero no pudo.
—Mariano—murmuró,—á su asiento: á ser buen muchacho
y obediente. ¡Mire usted que me enfado!
Pero permaneció inmóvil, después de haber dado
media vuelta en su taburete, quedando de frente al ventanal, apoyando un codo
en el teclado.
Estuvieron mucho tiempo silenciosos; ella en esta
posición; él de pie, contemplando su rostro, que no era ya más que una mancha
blanca en la creciente penumbra.
La vidriera destacábase ahora con una opacidad
azulada. Las ramas del jardín cortábanla como tortuosos y movibles trazos de
tinta. En la profunda calma del estudio sonaban los crujidos de los muebles;
esa respiración de la madera, del polvo y los objetos en el silencio y la
sombra.
Los dos parecían cautivados por el misterio de la
hora, como si la muerte del día anestesiase su pensamiento. Sentíanse mecidos
en un ensueño vago y dulce.
Ella tuvo un estremecimiento de voluptuosidad.
—Mariano, aléjese usted—dijo con voz lenta, como si
le costase un gran esfuerzo.—Esto es muy bonito... parece que me encuentro en
un baño... un gran baño que me penetra hasta el alma. Pero esto no está bien.
Encienda usted, maestro. ¡Luz, luz! Esto no es correcto.
Mariano no la escuchaba. Se había inclinado sobre
ella, cogiéndola una mano, fría, insensible, como si no se diese cuenta de la
presión de la suya. Después, en un arranque súbito
la besó, y faltó poco para que la mordiese.
La condesa pareció despertar y se irguió altiva,
ofendida.
—Es una niñería, Mariano. Es un abuso.
Pero en seguida rió, con su risa cruel, como si
sintiera lástima ante la confusión que mostraba Renovales viendo su enfado.
—Queda usted absuelto, maestro. Un beso en la mano
no significa nada. Es un gesto protocolario... Son muchos los que me la besan.
Y esta indiferencia fué un amargo castigo para el
artista, que consideraba su beso como una toma de posesión.
La condesa siguió buscando en la obscuridad,
repitiendo con vocecilla irritada:
—¡Luz, haga usted luz! ¿Pero dónde está la llave?
Se hizo la luz sin que Mariano se moviese, sin que
ella encontrase el tan buscado resorte. Brillaron en lo alto del estudio tres
focos eléctricos y sus coronas de agujas blancas sacaron de la sombra los
marcos dorados, los brillantes tapices, las armas relucientes, los muebles
vistosos, las pinturas de vivos colores.
Los dos parpadearon, cegados por el repentino
resplandor.
—Buenas noches—dijo del lado de la puerta una voz
melosa.
La condesa corrió hacia ella, abrazándola con gran
efusión, besando sus mejillas rojizas y descarnadas.
—¡Qué á obscuras estabais!—prosiguió Josefina con
una sonrisa que conocía bien Renovales.
Concha la aturdió con el chaparrón de su
palabrería. El ilustre maestro se había negado á encender; le gustaba el
crepúsculo; ¡cosas de artista! Habían hablado mucho de su querida Josefina,
mientras ella aguardaba la llegada del coche. Y decía esto besando á la
mujercita, separándose un poco para contemplarla más á su gusto, repitiendo con
vehemencia:
—¡Pero qué guapa estás hoy! Te encuentro mejor que
hace tres días.
Josefina no cesaba de sonreir. Muchas gracias... El
coche esperaba á la puerta. Se lo había dicho el criado cuando ella bajaba
atraída por el eco lejano del armónium.
La condesa mostró prisa por irse. Recordaba de
pronto un sinnúmero de cosas que debía hacer; enumeraba las personas que la
aguardaban en su casa. Josefina la ayudó á colocarse el sombrero y el velo, y
todavía, á través de éste, la dió la condesa varios besos de despedida.
—Adiós, ma chere. Adiós, mignone.
¿Te acuerdas del colegio? ¡Ay, cuán felices éramos allí!... Adiós, maître.
Todavía se detuvo en la puerta para besar una vez
más á Josefina.
Y como final, antes de desaparecer, exclamó en un
tono quejumbroso de víctima que desea ser compadecida:
—Te envidio, cherie. Tú, al menos, eres
feliz: has encontrado un marido que te adora... Maestro, cuídela usted mucho:
mímela para que se ponga buena y guapa... Cuídela usted, ó reñiremos.
Renovales acabó de leer en la cama, según su
costumbre los periódicos de la noche, y antes de apagar la luz miró á su mujer.
Estaba despierta. Sobre los embozos de la cama vió
sus ojos desmesuradamente abiertos, fijos en él con una tenacidad hostil, y los
rabitos de su pobre cabellera, que se escapaban lacios y tristes por entre las
blondas de la gorra de noche.
—¿No duermes?—preguntó el pintor con una entonación
cariñosa, en la que había algo de inquietud.
—No.
Y tras este monosílabo duro, dió una vuelta en la
cama, volviéndole la espalda.
Quedó Renovales en la obscuridad, con los ojos
abiertos, algo inquieto por el temor que le inspiraba aquel cuerpo, oculto bajo
la misma sábana, tendido á corta distancia de él y que evitaba todo roce,
achicándose con manifiesta repulsión.
¡Pobrecilla! El bueno de Renovales sentíase
atenaceado por un doloroso remordimiento. Su conciencia era una bestia feroz
que se había despertado iracunda é implacable,
destrozándolo con las dentelladas del desprecio. No significaban gran cosa los
sucesos de aquella tarde: un momento de abandono, una debilidad. Seguramente
que la condesa ya no se acordaba de ello, y él, por su parte, tenía el
propósito de no reincidir.
¡Bonita situación para un padre de familia, para un
hombre que había ya pasado su juventud, comprometerse en empresas amorosas,
ponerse melancólico á la hora del crepúsculo, besando una mano blanca, con
posturas de trovador apasionado! ¡Vive Dios! ¡Cómo se hubieran reído los amigos
al verle en esta actitud!... Había que limpiarse de este romanticismo que
le dominaba en ciertos momentos. Cada hombre debía seguir su destino, aceptando
la vida tal como se presentaba. Él había nacido para virtuoso; debía conformarse
con la relativa paz de su vida doméstica; aceptar sus escasas dulzuras como una
compensación de los tormentos morales que le hacía sufrir la enfermedad de su
compañera. Se contentaría con las fiestas de su pensamiento; con aquellos
atracones ilusorios de belleza que se daba en los banquetes servidos por su
imaginación. Mantendría su carne en una fidelidad matrimonial que equivalía á
perpetua privación. ¡Pobre Josefina! Su remordimiento, por un instante de
debilidad que él consideraba como un crimen, impulsábale á aproximarse á su
compañera de lecho, cual si buscase en su calor y su contacto un mudo perdón.
El cuerpo, ardoroso por una lenta fiebre, se alejó
al sentir su roce; se apelotonó, como esos moluscos tímidos que se achican y
ocultan al más leve tocamiento... Estaba despierta. No se oía su respiración;
parecía muerta en la profunda obscuridad, pero el marido adivinaba sus ojos
abiertos, su ceño contraído, y sentía el pavor del que presiente un peligro en
el misterio de la sombra.
Renovales también permaneció inmóvil, evitando un
nuevo encuentro con este cuerpo que le repelía mudamente. La firmeza de su
arrepentimiento le proporcionaba cierto consuelo. Jamás volvería á olvidarse de
su mujer, de su hija, de su respetabilidad de hombre grave.
Desecharía para siempre estos anhelos de juventud,
esta audacia, esta hambre de gozar todas las dulzuras de la vida. Su suerte
estaba echada; seguiría siendo el de siempre. Pintaría retratos y todo lo que
le encomendasen; daría gusto al público, ganaría más dinero; procuraría amoldar
su arte á las exigencias celosas de su mujer para que viviese tranquila; se
burlaría de ese fantasma de la ambición humana que llaman gloria. ¡La gloria!
¡Una lotería sin más probabilidades de suerte que los gustos de las gentes que
aun estaban por nacer! ¿Quién conocía las aficiones artísticas del porvenir?
Tal vez apreciase como bueno lo que él producía ahora á disgusto; tal vez
reiría con desprecio de lo que él deseaba pintar. Lo único importante era vivir
tranquilo, los más años que pudiese, rodeado de
dulce paz. Su hija se casaría. Tal vez fuese su marido el amado discípulo,
aquel Soldevilla, tan modosito, tan cortés, que andaba loco tras la revoltosa
Milita. Y si no era éste, sería López de Sosa, un mentecato enamorado de sus
automóviles, que gustaba más á Josefina que el discípulo, por no haber
incurrido en el pecado de mostrar talento y dedicarse á la pintura. Tendría
nietos, le blanquearía la barba, ofrecería la majestad de un Padre Eterno, y
Josefina, cuidada por él, reanimada por un ambiente de cariño, llegaría también
á la vejez, libre de sus nervios, equilibrada por la insensibilidad de los
años, que anula los desarreglos del sexo.
El pintor sentíase halagado por este cuadro de
felicidad patriarcal. Se iría del mundo sin haber mordido los mejores frutos
que ofrece la vida, pero con la paz de un alma que tampoco conoce las grandes
vehemencias pasionales.
Mecido por estas ilusiones, el artista fué
sumiéndose en el sueño. Veía en la sombra la imagen de su tranquila ancianidad,
con arrugas sonrosadas y cabellera de plata: á su lado una viejecita vivaracha,
sana y graciosa, peinada con bandós de brillante nieve, y en torno de ellos un
corro de niños, muchos niños, unos urgándose las narices, otros revolcándose en
el suelo, con la panza al aire, como gatitos revoltosos; los mayores, lápiz en
mano, haciendo la caricatura de la valetudinaria pareja, y todos gritando á
coro con un llamamiento de ternura: «¡Abuelitos
ricos! ¡Abuelitos monos!...»
En su imaginación adormecida se esfumaba y borraba
este cuadro. Ya no veía las figuras, pero el grito cariñoso seguía sonando en
sus oídos cada vez más lejano.
Después volvía á crecer y se aproximaba lentamente,
pero era una queja, un lamento tembloroso, un alarido como el de la bestia que
siente en la garganta el cuchillo del sacrificador.
El artista, aterrado por este gemido, creyó que un
animal obscuro, un monstruo de la noche, se agitaba junto á él, rozándolo con
sus antenas, empujándole con las huesosas puntas de sus articulaciones.
Despertóse, y turbio aún su cerebro por las nieblas
del sueño, lo primero que sintió fué un estremecimiento de miedo y sorpresa,
extendiéndose de su nuca á sus pies. El monstruo invisible estaba junto á él,
moribundo, pataleante, hiriéndole con las angulosidades de su cuerpo. El
alarido rasgaba la obscuridad con estertor agónico.
Renovales, á impulsos del miedo, despertó por
completo. Aquel lamento era de Josefina. Su mujer rodaba en la cama, rugiendo
al beber penosamente el aire.
Crujió la llave de la luz y el resplandor blanco y
crudo de la lámpara mostró á la mujercita, en el desorden de su crisis
nerviosa: los flacos miembros contraídos dolorosamente; los ojos
desmesuradamente abiertos, mates y con un
estrabismo de agonía; la boca llorosa, goteando por sus comisuras una espumilla
de rabia.
El marido, aturdido por este despertar, intentó
cogerla en sus brazos, oprimirla dulcemente, como si su calor pudiese
devolverla la calma.
—Déja... me—rugió ella con voz
entrecortada.—Suelta... Te aborrezco...
Y era ella la que, pidiendo que la soltase, se
aferraba á él, clavando los dedos en su cuello, como si quisiera extrangularle.
Renovales, insensible á este apretón, que no hacía gran mella en su cuello
atlético, murmuraba con triste bondad:
—¡Aprieta!... No temas hacerme daño. ¡Desahógate!
Sus manos, cansadas de oprimir inútilmente aquella
carne musculosa, abandonaron su presa con cierto desaliento. Aun duró un buen
rato la crisis, pero sobrevino el llanto, quedando la mujer anonadada, inerte,
sin otras manifestaciones de vida que el estertor de su pecho y el incesante
gotear del doble hilo lacrimoso.
Renovales había saltado de la cama, yendo por la
habitación, en su grotesco atavío de dormir, buscando por todos lados, sin
saber lo que buscaba, murmurando palabras cariñosas para tranquilizar á su
esposa.
Ésta interrumpía sus gemidos, pugnando por
introducir cada sílaba á través del estertor. Hablaba con la cabeza oculta
entre los brazos. El pintor se detuvo á oirla,
asombrado de las palabras soeces que se deslizaban de los labios de su
Josefina, como si el pesar, al remover su alma, sacase á flote las groserías é
impurezas oídas en la calle y depositadas en el fondo de su memoria.
—¡La tía... tal! (Y aquí soltaba la
palabra clásica, con naturalidad, como si toda su vida hubiese hablado así.)
¡La sinvergüenza! La...
Y seguía lanzando un rosario de interjecciones que
escandalizaban al marido, por salir de aquella boca.
—¿Pero de quién hablas? ¿Qué persona es esa?
Ella, como si sólo aguardase estas preguntas, se
incorporó en la cama, púsose de rodillas, mostrando su triste osamenta,
mirándole fijamente, moviendo sobre el frágil cuello su cabeza, en torno de la
cual se arremolinaban los cortos y lacios mechones de la cabellera.
—¿De quién ha de ser? De la de Alberca... ¡De ese
grandísimo plumero! ¡Hazte de nuevas! ¡Tú no sabes nada! ¡Pobrecito!
Renovales esperaba esto, pero al oirlo, tomó una
actitud arrogante, fortalecido por sus propósitos de enmienda y por la certeza
de que decía verdad. Se llevó la mano al corazón en actitud teatral, echando
atrás su melena, sin reparar en lo grotesco de su figura, que se reflejaba en
los espejos del dormitorio.
—Josefina, te juro por lo más que amo en el mundo,
que no es cierto lo que supones. Nada tengo que ver
con Concha. ¡Por nuestra hija te lo juro!
La mujercita se irritó aún más.
—No jures, no mientas... no nombres á mi hija.
¡Embustero! ¡Hipócrita! Todos sois iguales.
¿La creía una tonta? Estaba enterada de cuanto
ocurría en torno de ella. Él era un libertino, un mal esposo: lo había conocido
á los pocos meses de matrimonio; un bohemio sin otra educación que las
perversas tertulias de los de su clase. Y la otra era cualquier cosa; lo
peorcito de Madrid: por algo se reían en todas partes del conde... Mariano y
Concha se entendían; tal para cual; se burlaban de ella en su propia casa, á
obscuras en el estudio.
—Es tu querida—decía con fría cólera.—Vamos,
hombre, confiésalo; repite todas esas desvergüenzas del derecho al amor y el
derecho á la alegría de que hablas con tus amigotes en el estudio; esas
infamias hipócritas para justificar el desprecio á la familia, al matrimonio...
á todo. Ten el valor de tus actos.
Pero Renovales, aturdido por esta palabrería feroz,
que caía sobre él como una lluvia de latigazos, sólo sabía repetir, con la mano
en el corazón y el gesto noblemente resignado del que sufre una injusticia:
—Soy inocente. Te lo juro. No hay nada de lo que
supones.
Y pasando al otro lado de la cama, intentaba coger
de nuevo entre sus brazos á Josefina, creyendo calmarla,
ahora que parecía menos furiosa y el llanto cortaba sus airadas palabras.
Trabajo inútil. El frágil cuerpo escurríase entre
sus manos, repeliéndolas con una sensación de horror y repugnancia.
—Déjame; no me toques. Me das asco.
Se engañaba su marido si creía que ella era enemiga
de Concha. ¡Bah! Conocía bien á las mujeres. Hasta aceptaba (ya que tan tenaz
era en sus juramentos de inocencia) que no existía nada entre los dos. Pero
sería por ella, que estaba harta de adoradores, y á impulsos de una antigua
amistad no quería amargar la existencia de Josefina. Era Concha la que había
resistido y no él.
—Te conozco. Ya sabes que adivino tus pensamientos,
que leo en tu frente. Eres fiel por cobardía, por falta de ocasión. Pero el
pensamiento lo llevas cargado de obscenidades; tu interior me da asco.
Y antes de que pudiese protestar, su mujer le
atacaba nuevamente, soltando de una vez todas las observaciones que había
hecho, pesando sus actos y palabras con la sutileza de una imaginación enferma.
Echábale en cara la expresión de arrobamiento de
sus ojos cuando veía á las damas hermosas colocarse ante su caballete para ser
retratadas; los elogios á la garganta de una, á los hombros de otra: la unción
casi religiosa con que examinaba las fotografías y los grabados representando
beldades desnudas, pintadas por otros artistas, á los que
él pretendía seguir en sus impulsos de libertinaje.
—¡Si yo te dejase! ¡Si yo desapareciese!... Tu
estudio sería un burdel; no podría entrar en él una persona decente; siempre
tendrías al fresco alguna mujer, copiando sus vergüenzas.
Y en el temblor de su voz irritada revelábase la
ira, la amarga decepción de presenciar á todas horas este culto de la belleza,
este elogio continuo á la hermosura, sin fijarse en que ella estaba presente,
envejecida antes de tiempo, enferma, con la fealdad de la miseria física, y que
cada uno de estos entusiasmos la hería como un reproche, marcando un abismo
entre su triste condición y el ideal que llenaba la mente de su esposo.
—¿Crees que no sé lo que piensas?... Me río de tu
fidelidad. ¡Mentira! ¡Hipocresía! Así como te haces viejo, te domina un deseo
rabioso. Si pudieses, si tuvieras valor, correrías tras esas bestias de
hermosas carnes que tanto elogias... Eres un ordinario. No hay en ti más que
grosería y materialidad. ¡La forma! ¡La carne! ¿Y á esto llaman artista?...
Mejor hubiera sido casarme con un zapatero, con uno de esos hombres buenos y
simples que los domingos van con su pobre mujercita á comer en los merenderos y
la adoran no conociendo á otra.
Renovales comenzaba á sentirse irritado por este
ataque, que ya no se basaba en sus actos, sino en su pensamiento. Aquello era
peor que el Santo Oficio. Le había espiado á todas
horas; siempre atenta y observadora, recogía sus menores palabras y gestos;
penetraba en su pensamiento, haciendo materia de celos sus preocupaciones y sus
entusiasmos.
—Calla, Josefina... Eso es indigno. No podré
pensar, no podré producir... Me espías y persigues hasta en mi arte.
Ella levantaba los hombros con desprecio. ¡Su arte!
Se burlaba de él.
Y volvía á insultar á la pintura, arrepintiéndose
de haber unido su suerte á la de un artista. Los hombres como él no debían
casarse con mujeres decentes, con las que se llaman mujeres de su casa. Su
destino era permanecer solos, ó agregarse á hembras sin escrúpulo, enamoradas
de su cuerpo, capaces de exhibirlo en medio de la calle, con el orgullo de su
desnudez.
—Yo te he querido, ¿sabes?—decía fríamente.—Te he
querido, pero ya no te quiero. ¿Para qué? Sé que aunque me lo jures de
rodillas, nunca me serás fiel. Estarás cosido á mis faldas y tu pensamiento irá
lejos, muy lejos, acariciando esas vergüenzas que adoras. Tienes un serrallo en
la cabeza. Creo vivir sola contigo, y al mirarte, la casa se puebla de mujeres,
que me rodean, que lo llenan todo y se burlan de mí; todas hermosas, como
bestias del demonio; todas desnudas, como tentaciones... Déjame, Mariano; no te
acerques. No quiero verte. Apaga la luz.
Y viendo que el artista no obedecía su mandato,
ella misma dió vuelta á la llave, oyéndose en la obscuridad el chasquido de sus
huesos al arrebujarse en las ropas del lecho.
Renovales quedó en densa sombra, y á tientas buscó
la cama, acostándose también. Ya no suplicaba; permanecía mudo, irritado.
Habíase desvanecido la tierna compasión que le hacía soportar las agresivas
nerviosidades de su mujer. ¿Qué más quería de él?... ¿Hasta donde iba á
llegar?... Llevaba una vida de asceta, conteniendo sus apasionamientos de
hombre sano, guardando por costumbre y por respeto una casta fidelidad,
buscando un alivio en los fogosos extravíos de su imaginación... ¡y aun esto
era un crimen! Con la agudeza de su pensamiento de enferma, penetraba ella en
él, adivinando sus ideas, siguiendo su curso, rasgando el velo de misterio tras
el cual ocultaba aquellos banquetes de ilusiones, en los que entretenía sus
horas de soledad. ¡Hasta á su cerebro llegaba esta persecución! No podían
sufrirse con paciencia los celos de aquella mujer, amargada por la pérdida de
su frescura juvenil.
Ella reanudaba su llanto en la obscuridad. Gemía
convulsivamente, agitando las ropas con el estertor de su pecho.
La cólera hacía insensible y duro al marido.
—¡Gime, pobrecita!—pensaba con cierta
fruición.—Llora hasta deshacerte; no seré yo quien te diga una palabra.
Josefina, cansada de su mutismo, intercalaba
palabras entre los lamentos. ¡Se burlaban de ella! ¡Vivía en perpetuo
ridículo!... Los amigos que escuchaban al ilustre maestro, las señoras que
visitaban su estudio, ¡cómo reirían al oirle sus arrebatados elogios á la
belleza ante su mujer enferma y arruinada! ¿Qué era ella en aquella casa,
panteón espantoso, nido de tristezas? Una pobre ama de llaves que cuidaba del
bienestar del artista. Y el señor creía cumplir todos los deberes no
manteniendo una querida, saliendo poco de casa, pero maltratándola con sus
palabras, que la hacían objeto de ludibrio. ¡Si viviese su madre!... ¡Si sus
hermanos no fuesen unos egoístas, que rodaban por el mundo, de embajada en
embajada, contentos de la vida, dejando sin contestación sus cartas llenas de
quejas y teniéndola por loca, al ver que se lamentaba de poseer un esposo
ilustre y de ser rica!
Renovales, en la obscuridad, se llevaba las manos á
la frente con gesto de desesperación, enfurecido por el sonsonete de tanta
injusticia.
—¡Su madre!—pensaba.—Bien está la insufrible señora
para siempre en su agujero. ¡Sus hermanos! Unos sinvergüenzas que siempre que
pueden me piden algo... ¡Señor! ¡Paciencia para sufrir á esta mujer;
resignación y calma para conservar mi frialdad, para que no olvide que soy un
hombre!
La despreciaba en su pensamiento para mantener de
este modo su impasibilidad. ¡Bah! ¡Una mujer... una
enferma! Todos en el mundo arrastran su cruz, y la suya era Josefina.
Pero ésta, como si adivinase los pensamientos de su
compañero de lecho, cesó de llorar y le habló con voz lenta, en la que temblaba
una ironía cruel:
—De la de Alberca no esperes nada—dijo de pronto
con femenil incoherencia.—Te advierto que tiene los adoradores por docenas:
juventud y elegancia, que para las mujeres es algo más que el talento.
—¿Y á mi qué?—rugió en la obscuridad la voz de
Renovales, con una explosión de cólera.
—Te lo digo para que no te forjes ilusiones...
Maestro, va usted á sufrir un fracaso. Estás muy viejo, buen hombre; los años
pasan... Tan viejo y tan feo que, si te hubiese conocido así, no sería tu mujer
á pesar de toda tu gloria.
Después de este golpe, satisfecha y tranquila, cesó
de llorar y pareció dormirse.
El maestro permaneció inmóvil, tendido de espaldas,
con la cabeza apoyada en los brazos y los ojos muy abiertos, viendo poblarse la
obscuridad de puntos rojos, que se ensanchaban en incesante rotación, formando
anillos inflamados y flotantes. La cólera había sacudido sus nervios; la
puñalada final no le dejaba dormir. Sentíase inquieto, desvelado por este cruel
desgarrón en su amor propio. Creía tener en su cama, á corta distancia de él, á
su mayor enemigo. Odiaba este cuerpecillo ruin que casi podía tocar con un
ligero movimiento, como si encerrase la bilis de
todos los adversarios con los que había chocado en su vida.
¡Viejo! ¡Despreciable! ¡Inferior á aquellos
señoritos que pululaban en torno de la de Alberca; él, un hombre conocido por
toda Europa y en cuya presencia palidecían emocionadas, mirándole con ojos de
adoración, todas las señoritas que pintan abanicos y acuarelas de pájaros y
flores!...
—Ya te lo diré más adelante, pobre mujer—pensaba,
mientras una risa feroz deslizábase invisible en la sombra.—Ya verás si la
gloria es algo y si me encuentran tan viejo como tú crees.
Con una alegría de adolescente recordaba la escena
del crepúsculo, el beso en la mano de la condesa, su dulce abandono, aquella
mezcla de resistencia y de agrado que le abría el camino para ir más adelante.
Saboreaba estos recuerdos con la fruición de la venganza.
Después, su cuerpo, al moverse, tropezó con el de
Josefina, que parecía dormir, y experimentó cierta repulsión, como si rozase un
animal hostil.
Era su enemigo: había torcido y desorientado su
vida de artista y entristecía su vida de hombre. Creíase ahora capaz de haber
producido las obras más asombrosas, de no conocer á aquella mujercita que
gravitaba sobre él con aplastante pesadumbre. Su censura muda, la fiscalización
de sus ojos, aquella moralidad estrecha y mezquina de señorita bien educada,
cerrábanle el paso, haciéndole salir de su camino. Sus cóleras, sus crisis
nerviosas le desorientaban, achicándolo, robándole
fuerzas para el trabajo. ¿Y siempre habría de vivir así?... Pensó con horror en
los largos años que aun quedaban delante de él; en el camino que le ofrecía la
vida, monótono, polvoriento, de agria cuesta, sin una sombra, sin un descanso,
marchando trabajosamente, falto de entusiasmos y bríos, tirando de la cadena
del deber, á cuyo extremo se arrastraba el enemigo, siempre quejumbroso,
siempre injusto, con la egoísta crueldad del enfermo, espiándolo con ojos
inquisitoriales á las horas en que se repliega el pensamiento, á las horas en que
surge el sueño, violando su descuido, forzando su inmovilidad, robándole sus
ideas más intimas para después pasárselas ante los ojos con insolencia de
ladrón triunfante. ¡Y esto había de ser toda su vida!... ¡Cristo! No; mejor era
morir.
Entonces surgió en las negruras de su cerebro, como
una chispa azul, de lúgubre fulgor, un pensamiento, un deseo, que hizo correr
por su cuerpo el escalofrío de la estupefacción y la sorpresa:
—¡Si se muriese!...
¿Por qué no?... Siempre enferma, siempre triste,
parecía obscurecer su pensamiento con las alas de su alma, unas alas de cuervo,
de tétrica agitación. Él tenia derecho á la libertad, á romper la cadena,
porque era el más fuerte. Había pasado la vida deseando la gloria, y la gloria
era un engaño si no proporcionaba más que el frío respeto de las gentes, si no
podía cambiarse por algo más positivo. Aun le
quedaban muchos años de existencia intensa; aun podía regodearse con un atracón
colosal de placeres; aun podía vivir como ciertos artistas que él admiraba,
ebrios de dulzuras mundanales, trabajando en loca libertad.
—¡Ay! ¡Si se muriese!...
Recordaba ciertos libros que había leído, en los
cuales otros personajes imaginarios deseaban también la muerte ajena para
satisfacer con más amplitud sus apetitos y pasiones.
De pronto creyó despertar, salir de un mal sueño,
arrancarse con honda emoción de una pesadilla aterradora. ¡Pobre Josefina!...
Le horrorizaba su pensamiento: sentía el fúnebre deseo abrasar su conciencia,
como un hierro ardiente que levanta chirridos con su contacto. No era ternura
lo que le hacía volver hacia su compañera, eso no; la guardaba rencor. Pero
pensaba en sus años de sacrificio; en las privaciones que había sufrido al
seguirle en su lucha con la miseria, sin una queja, sin una protesta, en los dolores
de su maternidad, en el sustento que había dado á su hija, aquella Milita que
parecía haber robado todo el vigor de su cuerpo y tal vez era causa de su
decadencia. ¡Qué horror, desear su muerte!... ¡Que viviera! Él lo sufriría todo
con la paciencia del deber. ¿Morir ella? Nunca; antes deseaba morir él.
Pero en vano pugnó el artista por olvidar su
pensamiento. El deseo atroz, monstruoso, una vez despertado, se resistía,
negándose á retroceder, á ocultarse, á morir en las
tortuosidades cerebrales de donde había surgido. En vano se arrepentía de esta
perversidad y se avergonzaba de su idea feroz, queriendo aplastarla para
siempre. Parecía que dentro de él había surgido una segunda persona, rebelde á
sus mandatos, ajena á su conciencia, insensible y dura á los escrúpulos
compasivos, y esta personalidad, este dominio, seguía cantando en su oreja con
acento alegre, como si le prometiese todas las voluptuosidades de la vida:
—¡Si se muriese!... ¿eh, maestro?... ¡Si se
muriese!...
Al llegar la primavera, López de Sosa, el
«intrépido sportman», según le llamaba Cotoner, presentábase todas
las tardes en el hotel de Renovales.
Fuera de la verja quedaba el automóvil de cuarenta
caballos, su última adquisición, de la que hablaba con orgullo; un vehículo
enorme, charolado de verde, que avanzaba y retrocedía bajo la mano del chauffeur,
mientras el dueño cruzaba el jardín de la casa del pintor.
Renovales le veía entrar en su estudio, vestido de
azul, con una gorra de visera brillante sobre los ojos, afectando el aire
resuelto de un marino ó de un explorador.
—Buenas tardes, don Mariano. Vengo por las señoras.
Y bajaba Milita envuelta hasta los pies en un gabán
gris, cubriendo su cabellera con una gorra blanca, en torno de la cual se
arrollaba el largo velo azul. Tras ella aparecía la
madre, vestida del mismo modo, pequeña é insignificante al lado de aquella
muchacha que parecía abrumarla con su salud y su gallardía.
Renovales elogiaba mucho estos paseos. Josefina se
quejaba de las piernas; una repentina debilidad la hacía algunas veces
permanecer en un sillón días enteros. Refractaria á todo movimiento, le gustaba
correr inmóvil en aquel carruaje que devoraba las distancias, llegando á puntos
lejanos de Madrid sin esfuerzo alguno, como si no se hubiera movido de su casa.
—Divertirse mucho—decía el pintor con cierta
alegría al quedar solo, completamente solo, sin la inquietud de percibir cerca
de él la hostilidad conyugal.—Á usted se las confío, Rafaelito; nada de
locuras, ¿eh?
Y Rafaelito esbozaba un gesto de protesta, como
escandalizado de que alguien pudiese dudar de su pericia. Con él no había
cuidado.
—¿Y usted no viene, don Mariano? Deje usted los
pinceles. No vamos más que al Pardo.
El pintor se excusaba; tenía mucho que hacer.
Estaba enterado de lo que era aquello y no le placía ir tan aprisa. Le
disgustaba tragarse el espacio con los ojos casi cerrados, no viendo apenas la
campiña esfumada por la velocidad, entre nubes de polvo y piedra machacada.
Prefería contemplar el paisaje tranquilamente, sin prisa, con la calma
reflexiva del que estudia. Además era refractario á
lo que no fuese de su tiempo; iba para viejo, y estas novedades estupendas
no le iban.
—Adiós, papá.
Milita, levantándose el velo, avanzaba sus labios
rojos y sensuales, mostrando al sonreir su dentadura nítida. Después de este
beso venía el otro, ceremonioso, frío, cambiado con la indiferencia de la
costumbre, sin más novedad que la de huir su boca Josefina como si quisiera
evitar todo contacto intimo.
Salían los tres, apoyándose la madre en el brazo de
Rafaelito, con cierta pereza, como si apenas pudiese arrastrar su flaco cuerpo,
y con una palidez que no animaba el más leve arrebol de la circulación de la
sangre.
Al quedar solo en su estudio, experimentaba
Renovales la alegría de un muchacho en asueto. Trabajaba con mayor ligereza,
cantaba á gritos, complaciéndose en escuchar los ecos que despertaba su voz en
las sonoras naves. Muchas veces, al entrar Cotoner, le sorprendía entonando con
impúdica serenidad alguna de las canciones licenciosas que había aprendido en
Roma, y el pintor de los Papas, sonriente como un fauno, le hacía coro,
aplaudiendo al final estas picardías de estudio.
Tekli, el húngaro, que algunas tardes les
acompañaba, había partido para su país con su copia de Las Meninas,
después de llevarse las manos de Renovales varias veces al corazón, con grandes
extremos afectuosos, llamándole maestrone.
El retrato de la condesa de Alberca ya no estaba en el estudio. Rodeado de un
marco coruscante, exhibíase en el salón de la ilustre dama, recibiendo la
adoración de su tertulia de admiradores.
Algunas tardes, después que las señoras abandonaban
el estudio y se alejaba el sordo rodar del automóvil con grandes mugidos de
bocina, el maestro y su amigo hablaban de López de Sosa. Un buen muchacho, algo
tonto, pero excelente persona. Este era el juicio de Renovales y su viejo
amigo. Estaba orgulloso de sus bigotes, que le daban cierto parecido con el
emperador alemán, y al sentarse tenía buen cuidado de exhibir sus manos,
poniéndolas en evidencia sobre las rodillas, para que apreciasen todos su vigorosa
enormidad, sus salientes venas y sus dedos fuertes, con una ingenua
satisfacción de cavador. Su conversación giraba siempre en torno de empresas
vigorosas, y ante los dos artistas pavoneábase como si perteneciese á otra
raza, hablando de sus hazañas de esgrimidor, de sus triunfos en los asaltos, de
los kilos que levantaba sin el más leve esfuerzo, de las sillas que podía
saltar sin rozarlas siquiera. Muchas veces interrumpía á los dos pintores
cuando elogiaban á los grandes maestros del arte, para comunicarles el último
triunfo de cualquier automovilista célebre en la conquista de la disputada
copa. Sabía de memoria los nombres de todos los campeones europeos que habían
alcanzado el laurel de la inmortalidad, corriendo,
saltando, matando pichones, dándose patadas ó manejando hierros.
Renovales le había visto entrar en su estudio una
tarde, trémulo de emoción, con los ojos brillantes, mostrándole un telegrama.
—Don Mariano, ya tengo un Mercedes. Me
avisan su envío.
El pintor hizo un gesto de ignorancia. ¿Quién era
aquel sujeto que llevaba un nombre femenil? Y el elegante Rafaelito sonrió con
lástima.
—La mejor marca; Mercedes, superior
á Panard; eso todo el mundo lo sabe. Fabricación alemana; unos
sesenta mil francos. No habrá otro en Madrid.
—Pues que sea en hora buena.
Y el artista, después de encogerse de hombros,
siguió pintando.
López de Sosa era rico. Su padre, un antiguo
fabricante de conservas, le había dejado una fortuna que administraba
prudentemente, no jugando (eso jamás), no manteniendo queridas (le faltaba
tiempo para tales superfluidades), sin otro placer que los sports,
que fortalecen el cuerpo. Tenía una cochera para él solo, donde albergaba los
carruajes de tiro y los automóviles, mostrándolos á los amigos con una
satisfacción de artista. Era su museo. Además, poseía varios troncos de
caballos, pues las aficiones modernas no le hacían olvidar sus antiguos gustos,
y tomaba tan á pechos sus méritos de automovilista como sus pasadas glorias de cochero. De tarde en tarde, en los días de gran
corrida de toros, ó cuando se celebraban en el Hipódromo carreras
sensacionales, alcanzaba un triunfo de pescante, guiando seis jacas llenas de
borlas y cascabeles, que parecían pregonar con su estrepitosa marcha la gloria
y la riqueza de su dueño.
Enorgullecíase de su vida virtuosa, sin una
calaverada, sin un amorcillo, dedicada por entero al sport y
la ostentación. Sus rentas eran inferiores á los gastos. El numeroso personal
de la cuadra-garage, los caballos, la gasolina y los adornos de su persona,
devoraban una parte de su capital. Pero López de Sosa manteníase impávido en
este principio de ruina, que no pasaba inadvertido para él, muchacho juicioso y
excelente administrador en medio de su despilfarro. Era la calaverada de su
juventud; ya limitaría sus gastos cuando se casase. Dedicado por las noches á
la lectura, no pudiendo dormir tranquilamente si no hojeaba antes sus clásicos
(periódicos de sport, catálogos de automóviles, etc.), todos los
meses hacía nuevas adquisiciones en el extranjero, girando miles y miles de
francos y lamentándose como un hombre serio de la alza de los cambios, de los
exorbitantes derechos de aduanas, de la torpeza de estos malos gobiernos, que
ponen trabas al adelanto del país. Cada automóvil aumentaba considerablemente su
precio al pasar la frontera. ¡Y después de esto aun pedían los políticos
progreso y regeneración!...
Había sido educado por los padres de la Compañía en
la Universidad de Deusto y tenía su título de abogado. Mas no por esto era
devoto. Él era liberal; amaba lo moderno. Nada de fanatismos ni hipocresías.
Había dicho adiós para siempre á los buenos padres, así que murió el suyo, que
era entusiasta de ellos; pero les conservaba cierto respeto por haber sido sus
maestros y reconocía en ellos unos grandes sabios. Pero la vida moderna era
otra cosa; él leía con entera libertad; leía mucho, tenía en su casa una biblioteca,
compuesta lo menos de un centenar de novelas francesas. Adquiría todos los
volúmenes que llegaban de París, con una hembra puesta al fresco en la
cubierta, y en cuyo interior, so pretexto de relatar las costumbres griegas,
romanas ó egipcias, se encontraban un sinnúmero de buenas mozas en pelota ó
efebos al natural, sin otros adornos de civilización que las cintas y gorros
que cubrían sus cabezas.
Pedía libertad, mucha libertad; pero los hombres
estaban divididos para él en dos castas: las personas decentes y las que no lo
son. Entre los primeros figuraban en masa todos los muchachos de la Gran Peña,
los viejos del Casino, con algunos de los personajes cuyos nombres figuraban en
los periódicos, signo indiscutible de su valer. El resto era la canalla que lo
llenaba todo; despreciable y cursi en las calles de las ciudades; repugnante y
antipática en los caminos; la que insultaba con toda la grosería de su mala
crianza y lanzaba amenazas de muerte cuando un
chicuelo venía á colocarse bajo las ruedas del automóvil con la maligna
intención de dejarse aplastar, metiendo en un conflicto á una persona decente,
ó cuando alguna blusa blanca, haciéndose la sorda á los llamamientos de la bocina,
no quería apartarse y se sentía alcanzada... como si un hombre que gana dos
pesetas quisiera ser superior á las máquinas que cuestan muchos miles de
francos. ¡Qué hacer de un pueblo tan ignorante y ordinario! ¡Y aun hablaban
algunos miserables de derechos y revoluciones!...
Cotoner, que cuidaba su trajecillo con inauditas
fatigas, manteniéndolo presentable para sus visitas y comilonas, preguntaba á
López de Sosa con cierto asombro sobre los progresos de su vestuario.
—¿Cuántas corbatas tiene usted ahora, Rafael?
Unas setecientas: las había contado recientemente.
Y avergonzado de no poseer todavía el ansiado millar, hablaba de surtirse en su
próximo viaje á Londres, cuando se disputaran la copa los primeros
automovilistas británicos. Sus botas las recibía de París, pero las fabricaba
un zapatero de Suecia, el mismo que calzaba á Eduardo de Inglaterra; los
pantalones los contaba por docenas y nunca se ponía uno más allá de ocho ó diez
veces; la ropa blanca pasaba á poder de su ayuda de cámara apenas usada; sus sombreros
eran todos londonienses. Se hacía por año ocho levitas, que envejecían muchas
veces sin llegar al estreno: las tenía de varios
colores, con arreglo á las circunstancias y á las horas en que debía usarlas.
Una especial, de largos faldones y un negro mate, sombrío y austero, copiada de
las ilustraciones extranjeras que representaban desafíos, era su uniforme de
los momentos solemnes, la que vestía cuando algún amigo le buscaba en la Peña
para que le asistiese y representase, con su pericia de hombre escrupuloso en
asuntos de honor.
Su sastre admiraba su talento, su magistral golpe
de vista para escoger las telas y decidir el corte entre los innumerables
figurines. Total, que invertía unos cinco mil duros por año en sus trajes, y
decía con sencillez á los dos artistas:
—¡Qué menos puede gastar una persona decente para
estar presentable!...
López de Sosa visitaba la casa de Renovales como
amigo después de haberle pintado éste su retrato. Á pesar de sus automóviles,
de sus trajes y de escoger sus relaciones entre las gentes que ostentaban
títulos nobiliarios, no conseguía echar raíces en lo que él llamaba gran mundo.
Sabía que á sus espaldas le designaban con el apodo de «Bonito en escabeche»,
aludiendo á las fabricaciones paternas, y que las señoritas que le tenían por
amigo rebelábanse ante la idea de casarse con el «Chico de las conservas», que
era otro de sus falsos nombres. La amistad de Renovales fué para él un motivo
de orgullo.
Había solicitado que hiciese su retrato, pagándolo sin regateo, para que figurase en la Exposición; una
manera de distinguirse como cualquiera otra, de introducir su insignificancia
entre los hombres de alguna celebridad pintados por el artista. Después intimó
con el maestro, hablando en todas partes de su «amigo Renovales» con cierta
llaneza, como si fuese un camarada que no podía vivir sin él. Esto le realzaba
mucho ante sus conocimientos. Además, sentía una admiración ingenua por el
maestro desde una tarde en que algo fatigado por el relato de sus azañas de
esgrimidor, abandonó los pinceles, y descolgando unas espadas viejas, tiró con
él varios asaltos. ¡Vaya con don Mariano! ¡Y cómo se traía sus cositas
aprendidas allá en Roma!...
Frecuentando el hotel del artista, acabó por
sentirse impulsado hacia Milita: vió en ella la mujer deseada para su
matrimonio. Á falta de más sonoros títulos, ser yerno de Renovales era algo.
Además, el pintor gozaba fama de rico; se hablaba de sus enormes ganancias y
aun le quedaban por delante muchos años de trabajo para acrecentar esta
fortuna, que había de ser para su hija.
López de Sosa comenzó á hacer la corte á Milita
apelando á sus grandes medios; presentándose cada día con distinto traje,
llegando todas las tardes, ya en un carruaje de vistoso tiro, ya en uno de sus
automóviles. El elegante muchacho conquistó la tolerancia de la madre, lo que
no era poco. Un marido así convenía á su hija. ¡Nada de pintores! Y el pobre Soldevilla en vano arboraba las más
vistosas corbatas y exhibía escandalosos chalecos; su rival le aplastaba, y lo
que era peor, la señora del maestro, que le tenía antes cierto afecto maternal
y le tuteaba por haberle conocido casi un niño, acogíale ahora fríamente, como
si desease intimidarle en sus pretensiones sobre Milita.
Ésta fluctuaba sonriente y burlona entre ambos
adoradores. Lo mismo parecía importarle uno que otro. Desesperaba al pintor, al
compañero de su infancia, maltratándole unas veces con sus bromas, atrayéndolo
otras con efusivas intimidades, como en la época que jugaban juntos, y al mismo
tiempo elogiaba la elegancia de López de Sosa, reía con él y hasta recelaba
Soldevilla que se escribían cartas como si ya fuesen novios.
Renovales celebraba la gracia con que su hija
llevaba anhelantes é indecisos en torno de ella á los dos muchachos. Era
temible; un chico con faldas, más varonil que sus dos adoradores.
—La conozco, Pepe—decía á Cotoner.—Hay que dejarla
hacer su voluntad. El día que se decida por uno ó por otro, habrá que casarla
en seguida. No es de las que esperan. Si no la casamos pronto y á gusto, es
capaz de escaparse con el novio.
El padre justificaba esta impaciencia de Milita.
¡Pobrecilla! ¡Para lo que veía en su casa! La madre siempre enferma, azorándola
con sus llantos, sus gritos y sus crisis nerviosas: el padre trabajando en el
estudio, y por toda compañía la antipática Miss. Había
que dar gracias á López de Sosa porque las sacaba de casa, volviendo Josefina
un tanto calmada de estas carreras vertiginosas.
Prefería Renovales á su discípulo. Era casi su
hijo, había reñido grandes batallas por darle pensiones y premios. Un tanto
disgustadillo le tenía por ciertas menudas infidelidades, pues al verse con
cierto nombre, alardeaba de independencia, elogiando á espaldas del maestro
todo lo que éste creía vituperable. Pero aun así, le agradaba la idea de que
pudiese casarse con su hija. El yerno pintor; los nietos pintores; la sangre de
Renovales perpetuándose en una dinastía de artistas que llenase la historia con
resplandores gloriosos.
—Pero ¡ay, Pepe! Me temo que la niña se irá con el
otro. ¡Al fin, mujer! Las hembras sólo aprecian lo que se ve; la gallardía, la
juventud.
Y las palabras del maestro denotaban cierta
amargura, como si pensase en algo muy distinto de lo que decía.
Después examinaba los méritos de López de Sosa,
como si ya se hubiese introducido en la familia.
—Un buen muchacho, ¿verdad, Pepe?... Algo imbécil
para nosotros; incapaz de hablar diez minutos sin que bostecemos; excelente
persona... pero no es de nuestra promoción.
Renovales hablaba con cierto desprecio de la
juventud vigorosa, sana y con el cerebro virgen de todo cultivo, que acababa de
asaltar la vida, invadiéndolo todo. ¡Qué gente!
Mucha gimnasia, mucha esgrima, patadas á una pelota enorme, mazazos á caballo,
carreras locas en automóvil: desde los reyes al último retoño de burgués, todos
se lanzaban á esta vida de goces infantiles, como si la misión del hombre sólo
consistiera en endurecer los músculos, sudar é interesarse en las peripecias de
un juego. La actividad huía del cerebro, para localizarse en los tentáculos del
cuerpo. Eran fuertes, pero la inteligencia permanecía en barbecho; envuelta en
una bruma de credulidad infantil. Los nuevos hombres parecían plantarse para
siempre en los catorce años; no iban más allá, satisfechos con las
voluptuosidades del movimiento y la fuerza. Muchos de aquellos mocetones eran
vírgenes ó casi vírgenes, á la edad en que en otros tiempos se estaba de
vuelta, con el hastío del amor. Ocupados en correr, sin dirección ni objeto, no
tenían tiempo ni calma para pensar en la hembra. El amor iba á declararse en
huelga, no pudiendo resistir la competencia de los sports. Los
jóvenes vivían aparte, ellos entre ellos, encontrando en el esfuerzo atlético
una satisfacción que les dejaba ahitos y sin curiosidad para los demás placeres
de la vida. Eran niños grandes, de puños fuertes: podían luchar con un toro y
veían con timidez la aproximación de una mujer. Toda la savia de su vida se
escapaba en los ejercicios violentos. La inteligencia parecía haberse
aglomerado en sus manos, dejando vacío el cráneo. ¿Adonde iba la gente
nueva?... Tal vez á formar otra humanidad más sana,
más fuerte, sin amor, sin apasionamientos, sin otras aproximaciones que el
ciego impulso de la reproducción. Tal vez este culto á la fuerza, esta vida
continua de hombres entre hombres, desnudándose en la promiscuidad de los
ejercicios, admirando el músculo hinchado y la vigorosidad saliente, se
desviara en repugnante aberración, y todo ello parase en resucitar los tiempos
clásicos con sus atletas que, habituados al desprecio de la mujer, se
envilecían imitando sus pasividades.
—Nosotros éramos de otro modo, ¿eh, Pepe?—decía
Renovales guiñando un ojo con expresión maliciosa.—De muchachos cuidábamos
menos el cuerpo, pero le dábamos mayores satisfacciones. No éramos tan puros,
pero nos preocupaba algo más alto que el automóvil ó la copa de honor:
teníamos ideales.
Volvía después á hablar de aquel señorito que
pretendía introducirse en su familia, y se burlaba de su mentalidad.
—Si Milita se decide por él, yo no me opongo. Lo
que importa en estos casos es entenderse. Él es un buen chico; casi podría ir
al matrimonio con flores de azahar. Pero no sé si pasada la impresión de la
novedad volverá á entregarse á sus aficiones y la pobre Milita sentirá celos de
esos artefactos que le comen una parte de la fortuna.
Algunas tardes, antes de que acabase la luz,
Renovales despedía al modelo, si es que lo tenía, y abandonaba
los pinceles, saliendo del estudio. Al volver presentábase con sombrero y
gabán.
—Pepe, vamos á dar una vuelta.
Cotoner sabía hasta dónde llegaba esta vuelta.
Seguían la verja del Retiro, bajaban la calle de
Alcalá, caminando lentamente entre los grupos de paseantes, algunos de los
cuales volvíanse á sus espaldas para señalar al maestro. «Ese más alto es
Renovales, el pintor.» Á los pocos minutos aceleraba el paso Mariano con
nerviosa impaciencia, dejaba de hablar, y Cotoner le seguía con gesto
malhumorado, cantando entre dientes. Al llegar á la Cibeles ya sabía el viejo
pintor que se aproximaban al término del paseo.
—Hasta mañana, Pepe; me voy por aquí. Tengo que ver
á la condesa.
Un día no se limitó á esta concisa despedida.
Después de alejarse algunos pasos volvió hacia su compañero, para hablarle con
cierta vacilación:
—Oye: si Josefina te pregunta adónde voy, no digas
nada... Ya sé que eres discreto, pero ella es de cuidado. Te digo esto para
evitarme explicaciones. Las dos no se llevan bien... ¡Cosas de mujeres!
Al principio de la primavera, cuando Madrid creía
de buena fe haber entrado en la buena estación y los impacientes sacaban á luz
sus sombreros veraniegos, volvió inesperadamente el invierno con un retroceso
traidor, entenebreciendo el cielo, cubriendo con una sábana de nieve la tierra
resquebrajada por el calor solar, los jardines en los que apuntaban las hojas
de la vegetación primaveral y se esparcían las primeras flores.
La chimenea volvió á encenderse en el salón de la
de Alberca, buscando su calor todos los señores que formaban su tertulia los
días en que la «ilustre condesa» se quedaba en casa, no teniendo
reunión que presidir ni visitas que hacer.
Renovales, al llegar una tarde, habló con
entusiasmo del aspecto que ofrecía la Moncloa cubierta de nieve. Venía de allá;
un hermoso espectáculo; el bosque, sumido en el silencio invernal, sorprendido
por el blanco sudario, cuando comenzaba á crujir con el primer hervor de la
savia. ¡Lástima que la manía fotográfica poblase el bosque de tantos buenos
señores, que iban de una parte á otra con sus
maquinillas, ensuciando la pureza de la nieve!
La condesa mostró una curiosidad infantil. Quería
ver aquello: iría al día siguiente. En vano sus amigos la disuadieron hablando
del próximo cambio del tiempo. Al otro día saldría el sol, se derretirían las
nieves; esas tormentas inesperadas tenían la inestabilidad caprichosa del clima
de Madrid.
—No importa—dijo Concha con tenacidad.—Se me ha
metido en la cabeza ir á la Moncloa. Hace años que no la veo. ¡Con esta vida
tan ocupada!...
Iría á ver el deshielo por la mañana... Por la
mañana no. Se levantaba tarde, y había de recibir á todas aquellas señoras del
feminismo que venían á consultarla. Por la tarde: iría después del almuerzo.
¡Lástima que el maestro Renovales trabajase á esa hora y no pudiera
acompañarla! ¡Él que sabía ver el paisaje tan admirablemente, con sus ojos de
artista, y la había hablado muchas veces de la puesta del sol vista desde el
palacete de la Moncloa; un espectáculo casi igual al que se contempla en Roma
desde el Pincio á la caída de la tarde!... El pintor sonrió galantemente.
Procuraría estar al día siguiente en la Moncloa; ya se encontrarían.
La condesa pareció alarmarse de pronto por esta
promesa y lanzó una mirada al doctor Monteverde. Pero sufrió una decepción, en
su deseo de verse tachada de ligera é infiel, al notar que aquél permanecía
indiferente.
¡Dichoso doctor! ¡Y cómo le odiaba el maestro
Renovales! Era un jovenzuelo hermoso y frágil como una figulina de porcelana;
un conjunto de bellezas extremadas hasta el punto de dar á su rostro una
exageración caricaturesca. El pelo, partido en dos bandós sobre la pálida
frente, negro, muy negro y brillante, con reflejos azulados; los ojos, de una
suavidad aterciopelada, mostrando en su dilatado corte la mancha carmesí del
lacrimal sobre el nítido marfil de las córneas; unos verdaderos ojos de
odalisca: los labios rojos, enseñando su color de sangre por entre la celosía
del erizado bigote; la tez de una palidez de camelia, y la dentadura con un
brillo temblón semejante al del nácar. Concha le miraba con arrobamiento
devoto; hablaba con los ojos puestos en él, consultándole con la mirada,
lamentando internamente su falta de despotismo, deseando ser su sierva, verse
corregida por él en todos los caprichos de su carácter veleidoso.
Renovales lo despreciaba, dudando de su virilidad,
haciendo los más atroces comentarios con su rudeza de lenguaje.
Era doctor en Ciencias y esperaba que se declarase
vacante una cátedra de Madrid para hacer oposiciones á ella. La condesa de
Alberca le tenía bajo su alta protección, hablando con entusiasma de Monteverde
á todos los señores graves que ejercían influencia en la vida universitaria.
Prorrumpía en los más desaforados elogios del doctor en presencia
de Renovales. Era un sabio, y á ella la entusiasmaba que toda su sabiduría no
le privase de vestir con refinada elegancia y ser hermoso como un ángel.
—Para dentadura bonita la de Monteverde—decía
mirándolo en plena tertulia al través de sus impertinentes.
Otras veces, siguiendo el curso de sus ideas,
interrumpía la conversación, sin fijarse en la incoherencia de sus palabras:
—¿Pero han reparado ustedes en las manos del
doctor? ¡Más finas que las mías! Parecen manos de dama.
El pintor se indignaba ante estas demostraciones de
Concha, que muchas veces eran en presencia de su marido.
Le asombraba la calma del hombre de las
condecoraciones. ¿Pero aquel señor estaba ciego? Y el conde, con una bondad
paternal, decía siempre lo mismo:
—¡Esta Concha! ¡qué franquezas tiene! No haga usted
caso, amigo Monteverde. Son cosas de mi mujer, niñadas.
El doctor sonreía, halagado por este ambiente de
adoración de que le rodeaba la condesa.
Había escrito un libro sobre el origen natural de
los organismos animales, del que hablaba con entusiasmo la hermosa señora. El
pintor contemplaba con asombro y envidia el cambio de sus gustos. Nada de
música, ni de versos, ni de artes plásticas, que
antes eran la preocupación de su inteligencia de pájaro, atraída por todo lo
que brilla y suena. Ahora miraba las artes como lindos é insignificantes
juguetes que sólo podían divertir la infancia de la humanidad. Los tiempos
cambiaban; había que ser serios. Ciencia, mucha ciencia; ella era la
protectora, la buena amiga, la consejera de un sabio. Y Renovales encontraba
sobre mesas y sillones libros famosos, con la mitad de las hojas sin cortar,
manejados febrilmente, abandonados por el tedio y la falta de comprensión,
después de una primera acometividad de curiosidad.
Sus tertulianos, casi todos señores viejos,
atraídos por la hermosura de la condesa y enamorados de ella sin esperanza,
sonreían oyéndola hablar de la ciencia con tanta gravedad. Los que tenían un
nombre en la política se admiraban ingenuamente. ¡Cuántas cosas sabía aquella
mujer! Muchas las ignoraban ellos. Los otros señores, médicos de fama,
catedráticos, gentes de estudio, que hacía tiempo no estudiaban, aprobaban
también con cierta complacencia. Para una mujer no estaba del todo mal. Y ella,
llevándose los lentes á los ojos de vez en cuando para paladear la belleza de
su doctor, hablaba con una lentitud pedantesca del protoplasma, de la
reproducción de las células, del canibalismo de los fagocitos, de
los monos catarinos, antropoides y pitecoides, de los mamíferos discoplacentarios y
del Pithecanthropus, tratando los misterios de la vida con amistosa
confianza, repitiendo sus extraños nombres
científicos, como si fueran los de personas de la buena sociedad que hubiesen
comido con ella la noche anterior.
El lindo Monteverde estaba, según ella, por encima
de todos los sabios de fama universal.
Los libros de éstos, con admirarlos tanto el
doctor, la daban jaqueca á ella, que inútilmente quería apoderarse del misterio
de sus renglones. En cambio había leído un sinnúmero de veces el libro de
Monteverde, mágica obra cuya adquisición recomendaba á todas sus amigas, las
cuales, en materia de lectura, no iban más allá de las novelas de los
periódicos de modas.
—Es un sabio—dijo la condesa una tarde al hablar á
solas con Renovales.—Empieza ahora, pero yo le empujaré y llegará á ser un
genio. Tiene un talento inmenso. ¡Si usted hubiese leído su libro!... ¿Conoce
usted á Darwin? ¿Verdad que no? Pues es más que Darwin; mucho más.
—Lo creo—dijo el pintor.—Ese Monteverde es hermoso
como un bebé y Darwin era un tío feo.
La condesa dudó entre ponerse seria ó reir, y acabó
por amenazarle con sus impertinentes.
—Calle usted, mala persona. ¡Al fin, pintor! Usted
no puede comprender las amistades tiernas, las relaciones puras, la fraternidad
basada en el estudio.
¡Con qué dolor reía el maestro de tanta pureza y
fraternidad! Él veía claro, y Concha por su parte no era un modelo de prudencia
para ocultar sus sentimientos. Monteverde era su
amante, como antes lo había sido un músico, durante cierta época en que la
condesa no hablaba más que de Beethoven y de Wagner, como si fuesen visitas de
su casa; y mucho antes un duquesito, guapo mozo, que daba becerradas por
invitación, matando los inocentes bueyes después de saludar con ojos amorosos á
la de Alberca, que echaba fuera del palco su busto envuelto en la mantilla
blanca y adornado de claveles. Sus amores con el doctor eran casi públicos. No
había más que ver el encarnizamiento con que le despedazaban los señores de la
tertulia, afirmando que era un necio y su libro un traje de Arlequín, una serie
de retazos ajenos, mal hilvanados, con la audacia del ignorante. También á
éstos les mordía la envidia, estremecidos en sus amores seniles y silenciosos
por el triunfo de aquel jovenzuelo que les arrebataba el ídolo, adorado con una
devoción contemplativa que reanimaba su senectud.
Renovales indignábase contra sí mismo. En vano
quería vencer á la costumbre que guiaba sus pasos todas las tardes hacia la
casa de la condesa.
—Ya no vuelvo más—se decía con rabia al verse en su
estudio.—¡Bonito papel haces, Mariano! Sirves de coro con todos esos viejos
imbéciles á un dúo de amor... ¡Valiente punto la tal condesa!
Pero al día siguiente volvía, pensando con cierta
esperanza en la pretenciosa superioridad de Monteverde, en el aire desdeñoso
con que recibía las adoraciones de su amante. Ya se
cansaría Concha de esta muñeca con bigotes, volviendo los ojos á él, que era un
hombre.
El pintor se daba cuenta de la transformación de su
carácter. Era otro y hacía esfuerzos para que no se percatasen en su casa de
este cambio. Reconocía mentalmente que estaba enamorado, con la satisfacción
del hombre maduro que ve en esto un signo de juventud, el retoñamiento de una
segunda vida. Se había sentido impulsado hacia Concha por el deseo de romper el
tedio de su existencia, de imitar á los otros, de gustar la acidez de la
infidelidad, haciendo una ligera escapada fuera de las murallas severas é imponentes
que cerraban el yermo del matrimonio, cada vez más cubierto de zarzas y
malezas. La resistencia de ella le exasperaba, aumentando su deseo. No sabía
ciertamente qué era lo que sentía; tal vez una atracción material y con ella el
enconamiento del amor propio, la amargura de verse rechazado al descender de
las alturas de la virtud en las que se había mantenido con orgullo salvaje,
creyendo que todos los goces de la tierra le esperaban, deslumbrados por su
gloria, y que sólo tendría que extender los brazos para que corrieran á él.
Sentíase humillado por el fracaso; le agitaba sorda
rabia al comparar su cabello cano y sus ojos circundados de nacientes arrugas,
con aquel niño bonito de la ciencia que parecía enloquecer á la condesa. ¡Ay
las mujeres! ¡Sus entusiasmos intelectuales, sus
aspavientos de admiración ante la celebridad!... ¡Todo mentira! Sólo adoran el
talento bien presentado, en una envoltura juvenil y hermosa...
Á impulsos de su carácter tenaz, Renovales tomó á
empeño el vencer esta resistencia. Se acordaba sin remordimiento de la escena
con su mujer en la obscuridad del dormitorio; de sus palabras desdeñosas, que
le anunciaban el fracaso cerca de la condesa. El desprecio de Josefina era un
nuevo espolazo que le hacía seguir en este camino.
Concha le alejaba y le atraía al mismo tiempo. Era
indudable que el amor del maestro halagaba su vanidad. Reíase de sus
declaraciones apasionadas, tomándolas á broma, contestándolas siempre en el
mismo tono. «¡Formalidad, maestro! Eso no le está bien á usted. Usted es un
grande hombre: un genio. Deje ese aire de estudiante enamorado para los
muchachos.» Pero cuando él, enfurruñado por la fina burla, se juraba
mentalmente no volver, ella parecía adivinarlo y se mostraba cariñosa,
atrayéndolo con un interés que hacía presagiar al pintor la proximidad de su
triunfo.
Si él callaba ofendido, ella era la que hablaba de
amor, de pasiones eternas entre seres de gran intelectualidad, basadas en la
armonía de los pensamientos; y no cesaba en esta peligrosa plática, hasta que
el maestro, con súbita confianza, avanzaba de nuevo, ofreciendo su amor, para
verse acogido por aquella sonrisa bondadosa é irónica á la
vez, que parecía tratarle como á un niño grande falto de juicio.
Y así vivía el maestro, fluctuando entre la
esperanza y la desesperación, tan pronto acogido como rechazado, pero siempre
incapaz de desasirse de aquella mujer, como si le oprimiera un maleficio.
Buscaba, con astucias de colegial, ocasiones para verse á solas con ella;
inventaba pretextos para ir á su casa en horas extraordinarias, cuando no
estaban los de la tertulia, y palidecía de coraje al tropezarse con el lindo
doctor, y notar en torno de él esa sensación de vacío y malestar que envuelve
al importuno en su presentación inesperada.
La vaga esperanza de encontrar á la condesa en la
Moncloa, de pasear con ella toda una tarde, libre de aquel círculo de señores
insufribles que la rodeaban con su babosa adoración, le tuvo inquieto toda la
noche y la mañana siguiente, como si realmente le aguardase una cita de amor.
¿Iría? ¿No sería aquella promesa más que un capricho prontamente olvidado?...
Envió una carta á un ex-ministro, al que estaba retratando, para que aquella
tarde no viniese al estudio, y después del almuerzo montó en un coche de alquiler,
exigiendo al cochero que arrease al caballo, que le llevara volando, como si
temiese llegar tarde.
Sabía que aun faltaban horas para que ella
acudiese, si es que acudía; pero una impaciencia loca y sin fundamento agitaba
al artista. Creía, sin saber por qué, que llegando
con anticipación aceleraba la presencia de la condesa.
Echó pie á tierra en la plazoleta, frente al
pequeño palacio de la Moncloa. El carruaje se alejó hacia Madrid, cuesta
arriba, por una avenida que ocultaba su término tras una bóveda lejana de
ramaje seco.
Renovales paseó solo por la plazoleta. Brillaba el
sol en un pedazo de cielo azul, limitado por oleajes de nubes. En los lugares
adonde no alcanzaban sus rayos, sentíase frío. Corría el agua al pie de los
árboles, después de gotear desde sus ramas y escurrirse en hilos por los
troncos, con la abundante fluidez del deshielo. El bosque parecía llorar de
gozo bajo la caricia del sol, que deshacía los últimos restos de su blanca
mortaja.
El majestuoso silencio de la Naturaleza abandonada
á su propio poder, rodeaba al artista. Los pinos se movían en largas ráfagas,
poblando el espacio de estremecimientos de arpa. La plazoleta permanecía en la
sombra glacial de los árboles. Arriba, sobre el frontón del palacete, buscando
el sol por encima de las copas de los pinos, revoloteaban en espiral unas
cuantas palomas en torno de la vieja asta de bandera y de los bustos clásicos
ennegrecidos por la intemperie. Después, cansadas de volar, se abatían sobre
los balcones de herraje oxidado, añadiendo un adorno blanco y palpitante, un
festón de plumas y susurros al viejo edificio. En medio de la plazoleta, un
cisne de mármol, con el cuello violentamente
tendido hacia el cielo, lanzaba en el espacio un chorro, cuyo murmullo parecía
aumentar la impresión de frío glacial que se sentía en la sombra.
Renovales comenzó á pasear, aplastando en los
sitios sombríos la escarcha helada que crujía bajo sus pies. Se asomó al
balaustre circular de hierro que cierra una parte de la plazoleta. Por entre la
celosía del negro ramaje, en el que comenzaban á apuntar los primeros brotes,
vió la cordillera que limita el horizonte: los montes del Guadarrama, fantasmas
de la nieve, que se confundían con las masas de nubes. Más acá, los montes del
Pardo marcaban sus obscuras cúspides, negras de pinos, y á la izquierda extendían
las lomas de la Casa de Campo sus laderas, en las que comenzaba á verdear, con
tonos amarillentos, la vegetación primaveral.
Á sus pies esparcíanse los campos de la Moncloa,
los jardincillos de arcaica construcción, la arboleda de los Viveros orlando el
curso del río. Por los caminos de abajo pasaban coches de lujo, reflejando el
sol en su charolada superficie como una borla de fuego. Las praderas, el
follaje de los bosques, todo parecía lavado y brillante después de la reciente
mojadura. La eterna nota verde de infinitas variaciones, desde el negro al
amarillo, sonreía al sentir el contacto del sol tras el refresco de la nieve. Á
lo lejos, rasgando el espacio con la enorme sonoridad de las tardes tranquilas,
retumbaban continuos disparos de escopeta. Cazaban
en la Casa de Campo. Entre las columnatas de los troncos y las verdes sábanas
de las praderas, brillaba el agua herida por el sol; trozos de estanque,
fragmentos de canal, charcas formadas por el deshielo, como filos temblones y
luminosos de espadas gigantescas perdidas en la hierba.
Renovales apenas miró el paisaje; no le decía nada
aquella tarde. Otras eran sus preocupaciones. Vió descender por la avenida una
berlina elegante y abandonó el mirador para salir á su encuentro. ¡Ella que
llegaba!... Pero la berlina pasó junto á él sin detenerse, con lento y
majestuoso rodar, y vió al través de sus vidrios una señora vieja, envuelta en
pieles, con los ojos hundidos y la boca torcida, moviendo su cabeza, temblorosa
de senectud, al compás de la marcha. Se alejó el carruaje hacia la pequeña iglesia
inmediata al palacio y el pintor volvió á quedar solo.
¡Ay! No vendría. Comenzaba á decirle el corazón que
su espera era inútil.
Unas niñas, con los zapatos rotos y flotantes sobre
el cuello sus lacias melenillas dadas de aceite, comenzaron á correr por la
plazoleta. Renovales no vió de dónde habían salido. Tal vez eran las hijas del
guardián del palacete.
Por la avenida avanzaba un guarda con la escopeta
pendiente del hombro y la bocina al costado. Más allá se aproximaba un hombre
vestido de negro con aspecto de doméstico, escoltado por dos perros
enormes, dos daneses majestuosos, de un gris azulado, que marchaban con cierta
dignidad, prudentes y mesurados, pero orgullosos de su estampa, que metía
miedo. Carruaje no se veía ninguno. ¡Vive Dios!...
Sentado el maestro en uno de los bancos de piedra,
acabó por sacar el pequeño álbum que llevaba siempre con él. Dibujaba las
figuras de las niñas en sus correteos alrededor de la fuente. Era un medio para
que la espera fuese menos larga. Una tras otra dibujó todas las niñas; después
las sorprendió en varios grupos, pero acabaron por desaparecer detrás del
palacio, descendiendo hacia el Caño Gordo. Renovales, falto de distracción,
abandonó su banco y dió varios paseos, golpeando el suelo ruidosamente. Tenía los
pies helados; el frío y la espera le ponían de un humor terrible. Después fué á
colocarse en otro banco, cerca del criado vestido de negro, que tenía á los dos
perros junto á sus rodillas. Estaban inmóviles sobre sus patas traseras,
descansando con la dignidad de personas mayores, mirando con sus ojos grises,
de inteligente parpadeo, á aquel señor que los contemplaba atentamente y
después movía su lápiz sobre el cuaderno apoyado en una rodilla. El pintor
dibujó los dos perros en diversas posturas, entregándose á este trabajo con tal
entusiasmo, que llegó á olvidar el motivo que le había llevado allí. ¡Ah, las
adorables bestias! Renovales amaba los animales en los que la hermosura va
unida á la fuerza. De vivir solo, entregado á sus
gustos, hubiera convertido su hotel en una casa de fieras.
Se fué el criado con sus perros y volvió el artista
á quedar solo. Pasaron varias parejas con lento paso, en alarmante intimidad,
perdiéndose tras el palacio, hacia los jardincillos de abajo. Después un grupo
de seminaristas, dejando detrás de ellos, con el revoloteo de las sotanas, ese
hedor especial de carne sana, casta y sucia, que es el perfume de los cuarteles
y los conventos... ¡Y la condesa sin llegar!
El pintor fué de nuevo á acodarse en el balaustre
del mirador. Sólo esperaría media hora más. Declinaba la tarde; el sol aun se
mantenía alto, pero de vez en cuando se entenebrecía el paisaje. Las nubes,
contenidas en los rediles del horizonte, habían quedado en libertad y rodaban
por el campo del cielo tomando fantásticas formas, trotando ávidas en
tumultuosa dispersión, como si quisieran tragarse la bola de fuego que
resbalaba lenta sobre un pedazo de raso azul.
De pronto Renovales sintió en su espalda algo así
como un choque, en el sitio del corazón. Nadie le había tocado; era un aviso de
sus nervios, que parecían más excitados, más fieros, desde hacía algún tiempo.
Ella estaba cerca, llegaba, tenía la certeza. Y al volverse la vió, muy lejos
aún, descendiendo por la avenida, vestida de negro, con una chaqueta de piel,
las manos en un pequeño manguito y el velillo sobre los ojos. Su alta y
elegante silueta marcábase sobre la tierra
amarillenta, al pasar de un tronco á otro. Un carruaje, el suyo, volvíase
cuesta arriba para esperarla tal vez en lo alto, junto á la escuela de
Agricultura.
Al encontrarse en mitad de la plazoleta, ella le
tendió su manecita enguantada, tibia por el encierro del manguito, y los dos se
dirigieron conversando hacia el mirador.
—Vengo furiosa... un disgusto de muerte. No pensaba
venir; no me acordaba de usted; palabra. Pero al salir de casa del presidente
pensé en el maestro. Tenía la seguridad de encontrarle aquí y he venido para
que se me quite el mal humor.
Al través del velo vió Renovales sus ojos, que
brillaban con cierta hostilidad, su linda boca contraída en las comisuras por
un pliegue rabioso.
Hablaba con rapidez, deseosa de echar fuera la
cólera que hinchaba su pecho, sin fijarse en lo que la rodeaba, como si se
hallase en su salón, donde todo le era familiar.
Había ido á ver al presidente para
recomendarle su asunto; un deseo del conde, de cuya realización
pendía su felicidad. El pobre Paco (era su marido) soñaba con el Toisón de Oro.
Sólo esto le faltaba para coronar la torre de cruces, llaves y bandas que iba
elevando en torno de su persona, desde la barriga al cuello, no dejando un
milímetro de su tronco sin este revestimiento glorioso. ¡El Toisón de Oro y
luego morir!... ¿Por qué no habían de dar gusto á Paco, un hombre tan bueno,
incapaz de hacer daño á una mosca? ¿Qué les costaba
concederle este juguete, haciéndole feliz?...
—Ya no hay amigos, Mariano—decía la condesa con
amargura.—Ese presidente es un tonto que olvida á sus antiguas amistades al
verse jefe del gobierno. ¡Yo, que le he conocido suspirando cerca de mí como un
tenor de zarzuela, haciéndome el amor (sí, á usted se lo digo) y queriendo
matarse al ver que le despreciaba por cursi y por tonto!... Esta tarde, lo de
siempre; mucho cogerme la mano, mucho de poner los ojos en blanco, «querida
Concha», «hermosa Concha» y otras frases de merengue: lo mismo que cuando canta
en el Congreso como un canario viejo. Total, que no puede ser lo del Toisón;
que él lo siente mucho, pero en Palacio no quieren.
Y la condesa, como si viese por vez primera el
lugar en que estaba, dirigió sus ojos iracundos á las obscuras lomas de la Casa
de Campo, donde seguían sonando disparos.
—¡Después dicen si una piensa de este modo ó del
otro! Yo soy anarquista, ¿me oye usted, Mariano? Cada vez me siento más
revolucionaria. No se ría usted, que no es cosa de broma. El pobre Paco, que es
un cordero de Dios, se asusta al oirme. «Mujer, piensa en lo que somos. Debemos
estar bien con la casa grande.» Pero yo me sublevo; conozco el personal: un
atajo de indecentes. ¿Por qué no ha de tener mi Paco el Toisón, si el pobrecito
lo necesita? Crea usted, maestro, que me da rabia este país
tan cobarde y tan mansurrón. Debía repetirse aquí el 93 de Francia. Si yo fuese
sola, sin todas esas zarandajas del nombre y la posición, haría hoy algo
sonado. Echaría una bomba... Una bomba, no; cogería un revólver y...
—¡Fuego!—dijo el pintor con voz enérgica al mismo
tiempo que rompía á reir.
Concha se hizo atrás con un gesto de enfado.
—Nada de bromas, maestro. ¡Mire usted que me voy!
¡Mire usted que le pego!... Esto es más serio de lo que usted cree. ¡Para
bromitas está la tarde!
Pero desmintiendo con su carácter variable la
gravedad que pretendía dar á sus palabras, la condesa sonrió levemente, como si
le acariciase un buen recuerdo.
—No todo han sido fracasos—dijo tras una larga
pausa.—Yo no me voy con las manos vacías. El presidente, que no me quiere tener
por enemiga, me ha ofrecido una compensación, ya que lo del borrego es
imposible. Un acta de diputado en la primera elección parcial que se anuncie.
Los ojos de Renovales abriéronse con asombro.
—¿Y para qué quiere usted eso, criatura? ¿Á quién
va á dársela?
—¡Á quién!—remedó Concha con grotesca expresión de
asombro.—¡Á quién! ¡Á quién ha de ser, grandísimo tonto!... No va á ser á
usted, que no entiende de esto ni de nada, aparte de sus pinceles... Es para
Monteverde, para el doctor, que hará grandes cosas.
La carcajada sonora del artista retumbó en el
silencio de la plazoleta.
—¡Darwin diputado de la mayoría! ¡Darwin diciendo
sí y no!...
Y tras estas exclamaciones continuó sus risotadas
de cómico asombro.
—Ríase usted, feo; abra más esa bocaza; mueva sus
barbas de apóstol. ¡Qué gracioso está usted! ¿Y qué tiene eso de particular?...
Pero no se ría usted más. ¡Mire usted que me pone nerviosa! ¡Mire usted que me
voy si continúa así!...
Quedaron silenciosos largo rato. La condesa no
tardó en olvidar sus preocupaciones con la movilidad y la ligereza que obtenía
toda impresión en su cerebro de pájaro. Miró en torno de ella con ojos
desdeñosos, deseando mortificar al pintor. ¿Y era aquello lo que tanto
entusiasmaba á Renovales? ¿No había más?...
Lentamente comenzaron su paseo, descendiendo á los
viejos jardines escalonados detrás del palacio. Bajaron entre pendientes
cubiertas de musgo, por suaves declives rayados del negro pedernal de los
peldaños.
El silencio era profundo. Susurraba el agua del
deshielo al caer de los troncos, formando arroyuelos que serpenteaban cuesta
abajo, casi invisibles bajo la hierba. En algunas umbrías aun quedaban, como
vedijas de blanca lana, montones de nieve, resistiéndose á la general
licuefacción. Sonaba el chillido estridente de los pájaros, como el arañazo de un diamante sobre el cristal. En el borde de las
escalinatas, los basamentos de piedra roída y negruzca recordaban las
invisibles estatuas y los jarrones que habían sostenido. Los pequeños jardines,
recortados en formas geométricas, extendían en cada meseta las grecas obscuras
de su tapiz de follaje. En las plazoletas cantaba el agua, chorreando en
estanques de oxidadas barandillas, ó desplomándose en el triple plato de altas
fuentes que animaban la soledad con su interminable lamento. El agua por todas
partes: en el aire, en el suelo, susurrante, glacial, aumentando la fría
impresión de aquel paisaje, en el que el sol parecía una pincelada roja sin
calor.
Pasaron bajo arcos de verdura, entre árboles
enormes y moribundos, cubiertos hasta el tope por los serpenteantes anillos de
hiedra, rozando los troncos seculares, chapados por la humedad con costras
verdosas y amarillas. Los senderos estaban limitados á un lado por las cuestas,
en cuya cumbre sonaba un invisible cencerreo, viéndose aparecer de vez en
cuando, sobre el fondo azul del espacio, la maciza silueta de una vaca de lento
andar. Al lado opuesto, una barandilla rústica de troncos pintados de blanco cerraba
el sendero, y tras ella, en lo hondo, extendíanse los obscuros parterres con su
melancólica soledad y sus chorros que lloraban día y noche en un ambiente de
vejez y abandono. Las zarzas de apretado tejido, esparcíanse de árbol en árbol
por las laderas. Los esbeltos cipreses, los pinos
rectos y gallardos, de finísimo tronco, formaban una espesa columnata, un
enrejado que filtraba la luz del sol, una luz de apoteosis, falsa, teatral,
rayando el suelo de fajas de oro y barras de sombra.
El pintor elogiaba con entusiasmo estos lugares.
Era el único rincón para artistas que podía hallarse en Madrid. Allí había
trabajado el gran don Francisco. Parecía que, tras una revuelta del sendero,
iban á tropezarse con Goya, sentado junto al caballete, frunciendo el ceño
malhumorado ante alguna duquesa gentil que le servía de modelo.
Los trajes modernos parecían desentonar en este
fondo. Renovales declaraba de rigor, para tal paisaje, una casaca brillante,
peluca empolvada, medias de seda y marchar junto á una falda escurrida, con el
talle bajo los pechos.
La condesa sonrió escuchando al pintor. Miraba en
torno de ella con gran curiosidad: no estaba mal aquel paseo: creía verlo por
primera vez él. ¡Muy bonito! pero ella no era mujer de campo.
El mejor paisaje para su gusto eran las sedas de un
salón, y en cuanto á árboles, le gustaban más los de las decoraciones del
teatro Real con acompañamiento de música.
—Me fastidia el campo, maestro. Me pone triste. La
Naturaleza, si la dejan sola y entregada á sí misma, es muy ordinaria.
Entraron en una plazoleta ocupada por un estanque á
ras de tierra, con pilastras que revelaban la
antigua existencia de una barandilla. El agua, engrosada por la filtración de
las nieves, desbordábase fuera del marco de piedra, extendiéndose en delgada
sábana, para rodar cuesta abajo. La condesa se detuvo, temiendo mojarse los
pies. El pintor abrió la marcha, apoyando sus plantas en los sitios menos
húmedos, tomándola una mano para guiarla, y ella le siguió, riendo de este
obstáculo y recogiéndose las faldas.
Al continuar su camino por otro sendero, Renovales
conservó agarrada aquella manecita suave, percibiendo su dulce calor al través
del guante. Ella la abandonaba, como si no se diese cuenta de este contacto,
pero con una lejana expresión de malicia en sus labios y sus ojos. El maestro
parecía indeciso, con cierto embarazo, como si no supiese cómo empezar.
—¿Siempre igual?—preguntó con voz débil.—¿No hay un
poco de caridad?
La condesa prorrumpió en una carcajada sonora.
—Ya salió; me lo esperaba; por eso me resistía á
venir. En el carruaje me he dicho varias veces: «Hija mía, haces mal en ir á la
Moncloa; te vas á aburrir; te espera la declaración número mil.»
Luego adoptó un tono de cómica indignación.
—Pero maestro, ¿es que no puede hablarse con usted
de otra cosa? ¿Es que las mujeres estamos condenadas á no poder tratar á un
hombre sin que se crea obligado á lanzarnos una declaración?
Renovales protestó. Podía decir esto á cualquier
otro, á él no, pues estaba enamorado. Lo juraba; se lo diría de rodillas para
que lo creyese; ¡enamorado como un loco! Pero ella le remedaba grotescamente,
llevándose una mano al pecho y riendo de un modo cruel.
—Sí; conozco la canción; es inútil que la repita;
me la sé de memoria. «Un volcán en el pecho... imposible vivir... Si no me amas
me mato...» Lo mismo dicen todos; no he visto una falta mayor de
originalidad... Maestro, ¡por Dios! no se ponga usted cursi. ¡Un hombre como
usted diciendo esas cosas!...
Renovales quedó aturdido por este remedo burlón.
Pero Concha, como si se apiadara de él, se apresuró á añadir en tono cariñoso:
—¿Qué necesidad tiene usted de enamorarme? ¿Se
imagina usted que le apreciaré menos si prescinde de esa obligación que creen
tener todos los hombres que me rodean?... Yo le quiero á usted, maestro;
necesito verle; sentiría mucho que riñésemos. Le quiero como á un amigo; el
mejor de todos, el primero. Le quiero porque es usted bueno; un niño grandote;
un bebé barbudo que no sabe ni pizca así del mundo, pero tiene mucho talento,
¡mucho!... Tenía ganas de que nos viésemos á solas un buen rato para hablarle
con toda libertad, para decirle esto. Le quiero como no quiero á nadie. Siento
al lado de usted una confianza como ninguno me la inspira. Buenos amigos;
hermanos, si usted quiere... ¡Pero no ponga usted
esa carátula triste! ¡Alégrese un poco! ¡Suelte esa carcajada que me alegra el
alma, ilustre maestro!
Pero el maestro permanecía hosco, mirando al suelo,
enredando con cierta furia los dedos de su diestra en la maraña de sus barbas.
—Todo eso son mentiras, Concha—dijo rudamente.—La
verdad es que usted está enamorada; que la tiene loca ese trasto de Monteverde.
La condesa sonrió como si la halagase la brusquedad
de estas palabras.
—Pues bien; sí, Mariano. Nos queremos; yo creo
amarle como no he amado á ningún hombre. Á nadie se lo he dicho: usted es el
primero que lo oye de mí, porque es usted mi amigo, porque con usted no sé lo
que me pasa, que se lo digo todo. Nos queremos; mejor dicho, soy yo la que le
quiere mucho más que él á mí. Hay en mi amor algo de agradecimiento. Yo no me
forjo ilusiones, Mariano. ¡Treinta y seis años! Sólo á usted me atrevo á
confesar la edad. Todavía estoy presentable; me defiendo bien; pero él es mucho
más joven. Unos años más, y casi podría ser su madre...
Calló un momento, como asustada por esta diferencia
de edad entre su amante y ella, pero luego añadió con repentina confianza:
—Él también me quiere, lo reconozco. Soy para él la
consejera, la inspiradora; dice que conmigo se siente con nuevas fuerzas para
el trabajo; que será un grande hombre, gracias á mí. Pero yo le quiero más, mucho más; hay una desigualdad en nuestro
cariño casi tan grande como en nuestras edades.
—¿Y por qué no me ama usted á mí?—dijo el maestro
con voz lacrimosa.—Yo la adoro; se trocarían los papeles. Sería yo quien la
rodease de una idolatría eterna, y usted se dejaría adorar, se dejaría
acariciar como un ídolo, viéndome con la frente junto á sus pies.
Concha rió de nuevo, remedando grotescamente la voz
sorda, el ademán apasionado y los ojos vehementes del artista.
—«¿Y por qué no me ama usted?...» ¡Maestro, no sea
usted niño! Esas cosas no se preguntan; en el amor no se manda. No le quiero
como usted desea, porque no puede ser. Conténtese con ser el primero de mis
amigos. Sepa que me permito con usted confianzas que tal vez no tengo con
Monteverde. Sí; le digo á usted cosas que nunca le diré á él...
—¡Pero lo otro!—exclamó el pintor con rabia.—Lo que
yo necesito; su cuerpo, del que siento hambre; su hermosura; el verdadero
amor...
—Maestro, conténgase—dijo ella con afectada
pudibundez.—¡Que le conozco! ¡Que va usted á soltar esas indecencias que se le
ocurren siempre que desnuda con los ojos á una mujer!... ¡Que me voy por no
oirle!...
Luego añadió con una gravedad maternal, como si
quisiera corregir al vehemente maestro:
—Yo soy menos loca de lo que creen. Pienso
prudentemente en las consecuencias de mis actos... Mariano, mírese usted bien,
fíjese en lo que le rodea. Una mujer; una hija que el mejor día se le casa; la
perspectiva próxima de ser abuelo. ¡Y aun piensa usted en locuras! Yo no podría
acceder á lo que usted me propone, aunque le amase... ¡Qué horror! ¡Engañar á
Josefina, mi amiga del colegio! La pobrecita, tan dulce, tan buena... siempre
enferma. No, Mariano; nunca. Sólo se pueden arrostrar esos compromisos cuando
el hombre es libre. Yo no me sentiría con fuerzas para amarle á usted. Amigos,
nada más que amigos...
—Pues no lo seremos—exclamó Renovales con
impetuosidad.—Me alejaré para siempre de su casa; no la veré á usted más; haré
lo imposible por olvidarla. Es un suplicio insufrible. Viviré más tranquilo no
viéndola.
—No se irá usted—dijo Concha dulcemente, con la
seguridad de su fuerza.—Se quedará á mi lado como siempre, si es que me quiere,
y yo tendré en usted el mejor de los amigos... No sea usted criatura, maestro;
verá usted como nuestra amistad es algo dulce que no comprende ahora. Tendré
para usted lo que no conocen los demás: intimidad, confianza.
Y al decir esto ponía en el brazo del pintor una de
sus manecitas, se apoyaba con cierto abandono, fijando en sus ojos unas pupilas
en las que lucía algo enigmático y misterioso.
El sonido de una bocina llegó hasta ellos: un rumor
de velocidad rasgaba el aire con sordo voltear de ruedas. Pasó por abajo un
automóvil á toda marcha, siguiendo la carretera. Renovales intentó reconocer á
los muñequillos que montaban este vehículo, empequeñecido como un juguete por
la distancia. Tal vez fuese López de Sosa el que guiaba y su mujer y su hija
aquellas dos figurillas, envueltas en velos, que ocupaban los asientos.
La posibilidad de que Josefina pasase por el fondo
del paisaje sin verle, sin advertir que él estaba allí, olvidado de todo,
enamorado y suplicante, le paralizó, con la emoción del remordimiento.
Permanecieron mucho rato inmóviles, silenciosos,
apoyados en la baranda de troncos, mirando al través de la columnata de árboles
el sol brillante, de un rojo de cereza, que descendía inflamando el horizonte
con resplandores de incendio. Las nubes plomizas, viéndolo próximo á morir, le
acometían con traidora voracidad.
Concha contemplaba la puesta del sol con el interés
que ofrece un espectáculo visto muy de tarde en tarde.
—Mire usted, maestro, aquella nube enorme. ¡Qué
negra! Parece un dragón... No; es un hipopótamo; fíjese en sus patas redondas
como torres. ¡Cómo trota! Se va á comer el sol. ¡Que se lo come!... ¡Ya se lo
tragó!
Se ensombrecía el paisaje. El sol había
desaparecido en el interior de aquel monstruo que
llenaba el horizonte. Su lomo ondulado erizábase de plata, y como si no pudiera
contener el ardoroso astro, estallaba su vientre, dejando caer una lluvia de
pálidos rayos. Después, abrasado por esta digestión, desvanecíase en humo,
rasgábase en negras vedijas, y otra vez aparecía el rojo disco, bañando de oro
cielos y tierra, poblando de inquietos peces de fuego el agua de los estanques.
Renovales, apoyado en la baranda, con un codo junto
á la condesa, aspiraba el perfume de ésta, sintiendo el cálido contacto y las
durezas salientes de un lado de su cuerpo.
—Volvamos, maestro—dijo ella con cierta
inquietud.—Siento frío... Además, con un acompañante como usted, es imposible
permanecer tranquila.
Y apresuraba el paso, adivinando con su experiencia
de los hombres el peligro de permanecer en la soledad al lado de Renovales.
Presagiaba en su rostro pálido y emocionado una próxima audacia, el avance
brutal é impetuoso.
En la plazoleta del Caño Gordo se cruzaron con una
pareja que descendía lentamente, muy pegados los dos, no atreviéndose á enlazar
sus brazos todavía, pero dispuestos á cogerse del talle apenas desaparecieran
en el próximo sendero. El joven llevaba la capa bajo el brazo, con la
arrogancia de un galán de comedia antigua; ella, pequeñita y pálida, sin otra
belleza que la de la juventud, se arrebujaba en un
pobre mantón y caminaba con los ojos cándidos puestos en los de su compañero.
—Algún estudiante con su modista—dijo Renovales al
dejarlos á su espalda.—Éstos son más felices que nosotros, Concha: su paseo
será más dulce.
—Nos hacemos viejos, maestro—dijo ella con una
entonación de falsa tristeza, excluyéndose de la vejez, cargando todo el peso
de la edad sobre su acompañante.
Renovales se revolvió con los últimos ardores de su
protesta.
—¿Y por qué no he de ser yo tan feliz como ese
chico? ¿No tengo derecho á ello?... Concha, usted no sabe quien soy; usted lo
olvida, acostumbrada como está á tratarme como un chiquillo. Soy Renovales el
pintor, el célebre maestro: me conocen en todo el mundo.
Y hablaba de su gloria con brutal inmodestia,
irritado cada vez más por la frialdad de aquella mujer; exhibiendo su renombre
como un manto de luz, que debía cegar á las hembras haciéndolas caer á sus
pies. ¿Y un hombre como él tenía que verse pospuesto por aquel doctorcillo
ridículo?...
La condesa sonreía con expresión de lástima. Sus
ojos mostraban también cierta conmiseración. ¡Tonto! ¡Niño! ¡Qué simplezas
tenían los hombres de talento!
—Sí; usted es grande, maestro. Por eso me
enorgullezco con su amistad. Hasta reconozco que me da
cierta importancia... Le quiero; siento por usted admiración.
—Admiración no, Concha: ¡amor!... ¡Ser uno de
otro!... Amor completo...
Ella seguía riendo.
—¡Ay, hijo! ¡Amor!...
Sus ojos parecían hablarle irónicamente. No conocía
á las mujeres. El amor no distingue de talentos; es un ignorante y por eso se
vanagloria de su ceguera. Sólo percibe el aroma de la juventud, de la vida en
flor.
—Seremos amigos, Mariano: amigos nada más. Usted se
acostumbrará encontrando dulce nuestro afecto... No sea usted material;
parece imposible que sea usted un artista. Idealismo, maestro; mucho idealismo.
Y siguió hablándole desde lo alto de su
conmiseración, hasta que se separaron cerca del sitio donde la esperaba el
coche.
—Amigos, Mariano. Nada más que amigos... pero de
veras.
Al alejarse Concha, anduvo Renovales en la penumbra
del crepúsculo, hasta salir de la Moncloa, gesticulando y cerrando los puños.
Viéndose solo volvía á renacer su cólera é insultaba mentalmente á la condesa,
libre ya de la supeditación amorosa que sufría en su presencia. ¡Cómo se
divertía con él! ¡Cómo reirían sus enemigos al verle sometido y sin voluntad,
en manos de aquella mujer que había sido de tantos! El orgullo le hacía insistir en su deseo de conquistarla, fuese como
fuese, aun á costa de humillaciones y brutalidades. Era un empeño de honor
hacerla suya, aunque sólo fuese por una vez, y luego vengarse repeliéndola,
arrojándola á sus plantas, diciendo con gesto de soberano: «Esto hago yo con
los que se me resisten.»
Pero luego se dió cuenta de su debilidad. Siempre
sería vencido por aquella hembra que le miraba fríamente, que era incapaz de
perder su calma y le consideraba como un ser inferior. El desaliento le hizo
pensar en su casa, en la enferma, en los deberes que le ligaban á ella, y
sintió la amarga voluptuosidad del que se sacrifica, cargando con su cruz.
Estaba decidido. Huiría de aquella mujer. No la
vería más.
Y no la vió; no la vió en dos días. Pero al tercero
llegó á sus manos una cartita azul, de sobre prolongado, saturada de un fuerte
perfume que tenia la virtud de estremecerle.
La condesa se quejaba de su ausencia con cariñosos
lamentos. Necesitaba verle, tenía que decirle muchas cosas. Una verdadera carta
de amor, que el artista se apresuró á ocultar, temiendo que su lectura hiciera
suponer lo que no era cierto aún.
Renovales se mostró indignado.
—Iré á verla—se dijo, paseando por el estudio;—pero
será para decirla cuatro frescas, para acabar de una vez. Si cree que va á
jugar conmigo, se equivoca; no sabe que yo, cuando quiero, soy de piedra.
¡Pobre maestro! Mientras en un extremo de su
pensamiento formulaba sus fieros propósitos de hombre de piedra, en el otro,
una voz dulce cantaba con el arrullo de la ilusión:
—Ve pronto; aprovecha el tiempo. Tal vez se ha
arrepentido. Te espera: va á ser tuya.
Y el artista corrió ansioso á casa de la condesa.
Nada. Se quejó de su ausencia con una tristeza mimosa. ¡Ella que le quería
tanto!... Necesitaba verle; no podía permanecer tranquila creyendo que le
guardaba enojo por lo de la otra tarde. Y pasaron cerca de dos horas en el
gabinete que la servia de despacho, hasta que al caer la tarde comenzaron á
llegar los graves amigos de la condesa, su tertulia de mudos adoradores,
presentándose el último Monteverde, con la calma del que no teme peligro
alguno.
El pintor salió de aquella casa sin otra novedad
que dos besos en una mano de la condesa. La caricia protocolaria, y nada más.
Cada vez que intentaba ir más allá, remontándose á lo largo del brazo, la
hermosa señora le contenía con un gesto imperioso.
—¡Que me enfado, maestro, y no le recibo más á
solas!... ¡Que falta usted á lo convenido!
Renovales protestaba. Nada habían convenido, pero
Concha lograba calmarle instantáneamente preguntando por Milita, haciendo
elogios de su hermosura, pidiendo noticias de la pobre Josefina, tan buena, tan
simpática, interesándose por su salud y anunciando una próxima visita. Y el
maestro quedaba cohibido, atormentado por el remordimiento, no atreviéndose á
nuevos avances, hasta que se desvanecía la penosa impresión.
Volvió Renovales á casa de la condesa, como
siempre. Sentía la necesidad de verla; se había acostumbrado
á los vehementes elogios que aquella boca hacía de sus méritos de artista.
Algunas veces despertaba su carácter impetuoso de
otros tiempos, y sentía el deseo de desprenderse de esta cadena vergonzosa.
Aquella mujer le tenía como embrujado: llamábale para nada; parecía gozarse con
hacerle sufrir; le necesitaba como un juguete. Con un cinismo tranquilo hablaba
de Monteverde y de sus amores, lo mismo que si el doctor fuese su esposo.
Necesitaba confiar á alguien los incidentes de su vida oculta, con esa
franqueza imperiosa que arrastra los delincuentes á la confesión. Poco á poco
iniciaba al maestro en sus secretos pasionales, relatando sin rubor los
incidentes más íntimos de aquellos encuentros, que muchas veces eran en la
propia casa. Abusaban de la ceguera del conde, el cual parecía como atontado
por su fracaso del Toisón: gozaban un deleite malsano con la zozobra de ser
sorprendidos.
—Á usted se lo digo todo, Mariano. No sé lo que me
ocurre con usted. Le quiero como á un hermano. Un hermano, no... más bien, una
amiga; una amiga de confianza.
Al verse solo Renovales abominaba de la franqueza
de Concha. Era lo que la gente creía; muy simpática, muy bonita, pero sin
ningún escrúpulo moral. En cuanto á él, insultábase en el bizarro lenguaje de
sus tiempos de bohemio, comparándose con todos los animales cornudos que podía
recordar.
—No vuelvo más. Es una vergüenza. ¡Bonito papel
estás haciendo, maestro!
Pero apenas se mantenía ausente dos días,
presentábase Mary, la doncella francesa de la de Alberca, con la cartita
perfumada, ó llegaba ésta por el correo interior, destacándose subversiva,
escandalosa, entre los otros sobres de la correspondencia del maestro.
—¡Esa mujer!—exclamaba Renovales apresurándose á
ocultar el llamativo billete.—¡Qué falta de prudencia!... El mejor día va á
fijarse Josefina en estas cartitas.
Cotoner, en su ciega admiración al ídolo que
consideraba irresistible, imaginábase á la de Alberca loca de amor tras el
maestro, y movía la cabeza tristemente.
—Esto acabará mal, Mariano. Debes romper con esa
señora. ¡La paz del hogar! Te esperan muchos disgustos.
Las cartas siempre eran iguales. Interminables
lamentaciones por sus cortas ausencias. «Cher maître, no he podido
dormir esta noche pensando en usted...» y acababa firmando «su admiradora y
buena amiga Coquillerosse», un nombre de guerra que había adoptado
para su correspondencia con el artista.
Le escribía desordenadamente, á horas extrañas,
siguiendo los impulsos de su imaginación y sus nervios en perpetua anormalidad.
Unas veces fechaba sus cartas á las tres de la madrugada: no podía
dormir, saltaba del lecho, y para entretener su insomnio llenaba cuatro pliegos
de su menuda letra, dirigidos al buen amigo, con una facilidad de pluma
desesperante, hablándole del conde, de lo que decían sus amigas, comunicándole
las últimas murmuraciones que circulaban contra los de «la casa grande»,
lamentándose de las frialdades de su doctor. En otras ocasiones eran cuatro
lineas lacónicas, desesperadas; un llamamiento angustioso. «Venga usted en
seguida, querido Mariano. Un asunto urgentísimo.»
Y el maestro, abandonando sus trabajos, corría á
primera hora á casa de la condesa, recibiéndole ésta en la cama, en su
dormitorio cargado de perfumes, donde no había entrado en muchos años el hombre
de las condecoraciones.
Llegaba ansioso el pintor, inquieto por la
posibilidad de terribles acontecimientos, y Concha, agitándose entre las
bordadas sábanas, recogiéndose los dorados mechones que se escapaban de las
blondas de su gorra, hablaba y hablaba con la incoherencia de un canto de
pájaro, como si el silencio nocturno produjese en ella una indigestión de
palabras. Se le habían ocurrido grandes ideas: había pensado durante el sueño
una teoría científica completamente original, que haría las delicias de
Monteverde. Y gravemente se la explicaba al maestro, el cual movía su cabeza
sin entender una palabra, pensando que era un dolor ver una boca tan hermosa
empleada en soltar tantas necedades.
Otras veces le hablaba del discurso que estaba
preparando para cierto festival de la Asociación Feminista, la obra magna de su
presidencia: y sacando de entre las sábanas sus brazos ebúrneos, con una
tranquilidad que trastornaba á Renovales, cogía de la vecina mesa unos pliegos
garrapateados con lápiz, pidiendo al buen amigo que le dijese quién era el
pintor más grande del mundo, pues había dejado un claro para llenarlo con este
nombre.
Después de una hora de charla incesante, mientras
el artista la devoraba en silencio con los ojos, llegaba por fin al asunto
urgente, al llamamiento desesperado que había hecho abandonar sus trabajos al
maestro. Eran siempre motivos de vida ó muerte; compromisos, en los que iba su
honor. Unas veces que pintase cualquier cosita en el abanico de una señora
extranjera deseosa de llevarse de España algo del gran maestro. Se lo había
pedido la interesada en una soirée diplomática la noche antes,
por conocer su amistad con Renovales. En otras ocasiones le llamaba para
pedirle una manchita, un apunte, cualquier cosa de las que rodaban
por los rincones de su estudio, para una tómbola benéfica de la Asociación á
beneficio de las pobres que habían perdido su virtud, y á las cuales la condesa
y sus amigas mostraban empeño en redimir.
—No ponga usted esa cara, maestro; no sea usted
tacaño. Son los inconvenientes de la amistad. Todos
creen que yo tengo gran poder sobre el ilustre artista, y me piden, y me ponen
en cien compromisos... No le conocen; no saben lo perverso, lo rebelde que es
usted, ¡mala persona!
Y se dejaba besar la mano sonriendo con cierta
lástima. Pero al sentir el cálido contacto de su boca y el cosquilleo de su
barba en la blanca carnosidad del brazo, se agitaba, defendiéndose entre risas
y estremecimientos.
—Déjeme usted, Mariano. ¡Que grito! ¡Que llamo á
Mary! Ya no le recibo más en mi dormitorio. Es usted indigno de confianza...
¡Quietecito, maestro, ó se lo cuento todo á Josefina!
Algunas veces, al acudir Renovales alarmado por sus
llamamientos, la encontraba pálida, con círculos amoratados en los ojos, como
si hubiese pasado la noche llorando. Al ver al maestro volvían á saltar sus
lágrimas. Eran disgustos de amor, honda pena por la frialdad de Monteverde.
Pasaba días enteros sin verla; rehuía los encuentros con ella. ¡Ay, los sabios!
Hasta había llegado á decirla que las mujeres son un estorbo para los estudios
serios. ¡Y ella loca por él, sumisa como una sierva, aguantando las genialidades
del señor, adorándole con ese apasionamiento fogoso de la mujer que es más
vieja que su amante y se da cuenta de su inferioridad!
—¡Ay, Renovales! No se enamore usted nunca; es un
infierno. No sabe usted la felicidad que goza no conociendo estas cosas.
Pero el maestro, insensible á sus lágrimas,
enfurecido por estas confidencias, paseaba gesticulando, lo mismo que si
estuviera en su estudio, y hablaba á la condesa con brutal confianza, como á
una hembra que ha revelado todos sus secretos y debilidades. ¡Tapones! ¿Y qué
le importaba á él todo eso? ¿Para oir tales cosas le había llamado?... Ella se
lamentaba con suspiros infantiles desde el fondo de su lecho. Estaba sola en el
mundo; era muy desgraciada. No tenía más amigo que el maestro; era su padre, su
hermano; ¿á quién si no á él iba á relatar sus penas? Y animándose con el
silencio del pintor, el cual acababa por conmoverse ante sus lágrimas, cobraba
audacia y formulaba sus deseos. Debía ver á Monteverde, soltarle un buen
sermón, hablarle al alma para que fuese bueno y no la hiciese sufrir. Él le
respetaba mucho; era uno de sus más grandes admiradores: tenía ella la certeza
de que bastarían cuatro palabras del maestro para que volviese como un cordero.
Debía hacerle ver que no estaba sola; que tenía quien la defendiese; que nadie
podía burlarse de ella impunemente.
Pero antes de que terminase sus ruegos, andaba el
pintor en torno del lecho, los brazos en alto, echando ternos con la vehemencia
de su exaltación.
—¡Tapones! ¡Esto me faltaba! El mejor día me pedirá
usted que le cepille las botas. ¿Pero está usted loca, criatura? ¿Qué se ha
figurado usted? Para... sufridos ya tiene usted
bastante con el conde. Déjeme tranquilo.
Pero ella se arrebujaba en la cama llorando con
ruidoso desconsuelo. ¡Ya no quedaban amigos! El maestro era como los otros: en
no plegarse á sus deseos se acababa la amistad. Todo palabras, juramentos, y
después, ni el más pequeño sacrificio.
Se incorporaba de pronto, mostrando entre las
blondas misteriosas blancuras, ceñuda, irritada, con una frialdad de reina
ofendida. Ya le había conocido; se había engañado contando con él. Y como
Renovales, confuso por este enfado, intentase excusarse, ella le atajaba con
arrogancia.
—¿Quiere usted ó no quiero? Á la una... á las
dos...
Sí; haría lo que ella quisiera; veíase tan bajo,
que ya no le importaba rodar un poco más. Sermonearía al doctor, echándole en
cara su torpeza al despreciar tanta felicidad. (Esto lo decía él con toda su
alma, poniendo en su voz temblores de envidia.) ¿Qué más deseaba su hermosa
déspota? Podía pedir sin miedo. Si era necesario, retaría al conde á singular
combate con todas sus condecoraciones y lo mataría para que ella quedase libre
y pudiera juntarse con el doctorcillo.
—¡Guasón!—exclamaba Concha, sonriente por su
triunfo.—Es usted simpático como nadie, pero muy malo. Acérquese usted, mala
persona.
Y levantando con la manecita un mechón de su
cabellera de sauce, le besó en la frente, riendo del estremecimiento
que su caricia despertaba en el pintor. Éste sintió que le temblaban las
piernas; después, sus brazos intentaron estrechar aquel cuerpo tibio,
perfumado, que parecía escurrirse dentro de sus finas envolturas.
—¡Que ha sido en la frente!—gritó Concha en son de
protesta.—¡Caricia de hermanos, Mariano! ¡Quieto!... ¡Que me hace daño!... ¡Que
llamo!
Y llamó, reconociendo de pronto su debilidad,
viéndose próxima á caer vencida bajo el apretón loco y dominador. Sonó el
estremecimiento eléctrico en las profundidades tortuosas de pasillos y
gabinetes y se abrió la puerta, entrando Mary vestida de negro, con alto
delantal y rizado gorro, discreta y silenciosa. Su carita pálida y sonriente
estaba acostumbrada á verlo todo, á adivinarlo todo, sin que se reflejase en
ella la más leve impresión.
La condesa tendió su mano á Renovales con afectuosa
tranquilidad, como si la entrada de la doncella interrumpiese su despedida.
Lamentaba que se marchase tan pronto: á la noche le vería en el Real.
Cuando el pintor aspiró el viento de la calle y se
codeó con la gente, creyó despertar de una pesadilla. Tenía asco de sí mismo.
«Te luces, maestro.» Su debilidad, que le hacía plegarse á todas las exigencias
de la condesa, su vil aceptación á servir de intermediario entre ella y el
amante, le daban ahora náuseas. Pero aun sentía en la frente el
roce del beso; aun percibía aquel ambiente del dormitorio cargado de la
nocturna transpiración de carne perfumada. El optimismo se apoderó de su
pensamiento. No marchaba mal el asunto; aquel camino, aunque desagradable, le
llevaría á la realización de su deseo.
Muchas noches Renovales iba al teatro Real, por
obedecer á Concha, que deseaba verle, y pasaba actos enteros en el fondo de su
palco, conversando con ella. Milita reía de este cambio en las costumbres de su
padre, que se acostaba temprano en otros tiempos, para trabajar de buena
mañana. Era ella la que, encargada de las cosas de la casa, por la eterna
enfermedad de mamá, ayudaba al maestro á ponerse el frac, y además le peinaba,
arreglándole el lazo de la corbata entre mimos y risas.
—Papaíto, te desconozco: estás hecho un calaverón.
¿Cuándo me llevas contigo?...
Él se excusaba gravemente. Eran deberes de la
profesión; á los artistas les conviene hacer vida de sociedad. En cuanto á
llevarla con él... otro día. Por ahora necesitaba ir solo; tenía que hablar con
mucha gente en el teatro.
Otra modificación se verificó en él, provocando los
regocijados comentarios de Milita. Papá se rejuvenecía.
Cada semana sus cabellos perdían en longitud, bajo
irreverentes tijeretazos: su barba disminuía, hasta el punto de no quedar más
que una ligera vegetación de aquel bosque
enmarañado que le daba un aspecto feroz. No quería confundirse por su aspecto
con los demás; debía conservar un poco de su exterior de artista,
para que la gente no pasase junto al gran Renovales sin conocerle; pero
procuraba, dentro de este deseo, aproximarse y mezclarse con la juventud bien
vestida y elegante que rodeaba á la condesa.
Esta transformación tampoco pasó inadvertida para
otros. Los alumnos de Bellas Artes se lo mostraban con el dedo desde el paraíso
del Real, ó se detenían en las aceras al verle por la noche, con el brillante
tubo de seda coronando la tonsurada melena y exhibiendo entre el abierto gabán
el nítido peto de su uniforme de fiesta. La cándida admiración de los muchachos
se imaginaba al gran maestro tronando ante un caballete, salvaje, feroz,
intratable como Miguel Angel en el encierro de su estudio. Por esto, al verle
bajo tan distinto aspecto, le seguían sus ojos con expresión de envidia. «¡Cómo
se divierte el maestro!» Y se imaginaban á las grandes damas disputándoselo,
creyendo de buena fe que ninguna podía resistir á un hombre que pintaba tan
bien.
Los enemigos, los artistas consagrados que
marchaban tras él, rugían en sus conversaciones. «¡Farsante, egoísta! No estaba
satisfecho de ganar tanto dinero, y ahora hacía el gomoso entre la
aristocracia, para coger más retratos, para sacar á su firma todo lo que
pudiese.»
Cotoner, que se quedaba algunas noches en el hotel
para hacer compañía á las señoras, le veía partir con triste sonrisa, moviendo
la cabeza. «Mal: su Mariano se había casado demasiado pronto. Lo que no había
hecho en su juventud, por la fiebre del trabajo y la gloria, lo hacía ahora,
próximo á la vejez.» En muchas partes reían ya de él, adivinando su pasión por
la de Alberca, aquel amor sin resultados prácticos, que le hacían convivir con
ella y Monteverde, tomando aires de mediador bondadoso, de padre tolerante y
bueno. El ilustre maestro, al despojarse de su carátula feroz, era un pobre
hombre, del que se hablaba con lástima: le comparaban con Hércules, vestido de
mujer é hilando á los pies de la bella seductora.
Había contraído con Monteverde una estrecha
amistad, en fuerza de tropezarlo cerca de la condesa. Ya no le parecía tonto y
antipático. Encontraba en él algo de su amante, y le era grata por esto su
compañía. Experimentaba esa atracción plácida y sin celos que inspira á ciertos
hombres el marido de su amante. Sentábanse juntos en los teatros, paseaban en
amigable conversación, y el doctor iba muchas tardes al estudio del artista.
Desconcertaban con esta intimidad á las gentes, que ya no sabían con certeza quién
era el amo de la de Alberca y quién el aspirante, llegando á creer que por un
mutuo acuerdo y turno pacífico, vivían los tres en el mejor de los mundos.
Monteverde admiraba al maestro, y éste, por sus años y la superioridad de su renombre, tomaba
sobre él una autoridad paternal. Le reñía cuando la condesa se mostraba quejosa
de él.
—¡Las mujeres!—decía el doctor con gesto de
cansancio.—Usted no sabe lo que son, maestro; sólo sirven de estorbo, para
obstruirle á uno su carrera. Usted ha triunfado porque no se dejó dominar por
ellas, porque nadie le conoció nunca una querida, porque es usted un hombre
admirable, un varón fuerte.
Y el pobre varón fuerte contemplaba fijamente á
Monteverde, dudando si se burlaba. Sentía tentaciones de aporrearlo, viéndole
despreciar lo mismo que ansiaba él con vehemente deseo.
Concha tenia con el maestro mayores intimidades. Le
confesaba lo que nunca se había atrevido á decir al doctor.
—Á usted se lo digo todo, Marianito. No puedo vivir
sin verle. ¿Sabe usted lo que pienso? Que el doctor es algo así como mi marido
y usted es el amante de corazón... No se altere usted... no se mueva, ó llamo.
He dicho de corazón. Le quiero á usted demasiado para pensar en esas groserías
que usted desea.
Algunas veces Renovales la encontraba excitada,
nerviosa, hablando con voz ronca, moviendo los finos dedos como si quisiera
arañar al aire. Eran los días terribles que alteraban toda la casa. Mary
corría, con su paso silencioso, de salón en salón, perseguida por el repiqueteo
de los timbres; el conde se escurría hacia la calle
como un colegial medroso. Concha se aburría, sentíase cansada de todo,
abominaba de su existencia. Al presentarse el pintor, le faltaba poco para
arrojarse en sus brazos:
—Sáqueme usted de aquí, Marianito; me aburro, me
muero. Esta vida es para matarse. ¡Mi marido!... ese no se cuenta. ¡Mis
amigas!... unas necias que me despellejan apenas las dejo. ¡El doctor!... un
insubstancial, una veleta loca. Todos esos señores de mi tertulia, unos
imbéciles. ¡Maestro, téngame lástima! Lléveme lejos de aquí. Usted debe conocer
otro mundo; los artistas lo saben todo...
¡Ay, si ella no estuviera tan vista y al maestro no
lo conociese todo Madrid! En su nerviosa excitación formulaba los más locos
proyectos. Deseaba salir de noche del brazo de Renovales, ella con mantón y
pañuelo á la cabeza, él con capa y sombrero gacho. Sería su chulo; ella
imitaría el garbo y el taconeo de las mujeres de la calle, y marcharían
juntitos, como dos palomos de la noche, á los sitios más malos; y beberían,
armarían camorra, él la defendería como un valiente, é irían á pasar la noche
en la prevención.
El pintor mostrábase escandalizado. ¡Qué locura!
Pero ella insistía en sus deseos.
—Ríase usted, maestro; abra esa bocaza... feísimo.
¿Qué tiene de particular lo que digo? Usted, con todos sus pelos y chambergos
de artista, es un burgués, un alma tranquila
incapaz de nada original para distraerse.
Al acordarse de aquella pareja que habían visto una
tarde en la Moncloa, mostrábase melancólica y sentimental. También le parecía
bonito «hacer la griseta»; pasear del brazo del maestro, como si fuesen una
modistilla y un empleadillo; acabar la excursión en un merendero; y él la
mecería en el verde columpio, mientras ella gritaba de placer, subiendo y
bajando, con las faldas arremolinadas en torno de sus pies... Esto no era
ningún disparate, maestro. ¡Placer más sencillo... más bucólico!...
¡Lástima que los dos fuesen tan conocidos! Pero lo
que sí harían, cuando menos, era disfrazarse una mañana y correr los barrios
bajos; ir al Rastro, como una pareja recién unida que desea poner casa: el
socio y la socia. En aquella parte de Madrid no los conocería nadie.
¿Conformes, maestro?...
Y el maestro lo aprobaba todo. Pero al día
siguiente Concha le recibía con cierta turbación, mordiéndose los labios, hasta
que por fin prorrumpía en carcajadas, recordando los disparates que le había
propuesto.
—¡Cómo se reiría usted de mí!... Hay días en que
estoy loca.
Renovales no ocultaba su asentimiento. Sí; estaba
algo loca. Pero esta locura, que le hacía sufrir alternativas de esperanza y
desesperación, atraíale más, con sus alegres disparates y sus pasajeros
enfados, que aquella otra que le perseguía en su
casa, lenta, implacable, silenciosa, apartándose de él con invencible
repugnancia, pero siguiéndole á todos lados, con ojos de malsana luz siempre
lagrimeantes, que tomaban la agudeza hostil del acero apenas iniciaba, por
compasión ó remordimiento, la más leve intimidad.
¡Oh, la pesada é insufrible comedia! Ante su hija y
los amigos tenían que hablarse, y él, apartando la mirada para no tropezar con
sus ojos, colmábala de atenciones, la reñía dulcemente por su rebeldía á los
consejos de los médicos. Al principio hablaban éstos de neurastenia: ahora era
la diabetes la que aumentaba la debilidad de la enferma. El maestro lamentábase
de la pasiva resistencia que oponía á todos los métodos curativos. Los seguía
durante algunos días, para despreciarlos después con impasible obstinación.
Ella estaba mejor que creían. Lo que ella tenía no lo curaban los médicos.
Por la noche, al penetrar en el dormitorio, un
silencio de muerte caía sobre ellos; una muralla de plomo parecía elevarse
entre sus cuerpos. Ya no tenían que mentir; se miraban frente á frente, con
muda hostilidad. Su vida nocturna era un tormento; pero ninguno de los dos
osaba modificar su existencia. Sus cuerpos no podían abandonar la cama común;
encontraban en ella el molde de los años. La rutina de su voluntad les sujetaba
á esta habitación y á su mobiliario, con el recuerdo de los tiempos felices de
la juventud.
Renovales caía en el profundo sueño del hombre
sano, fatigado por el trabajo. Sus últimos pensamientos eran para la condesa.
La veía en esa penumbra brumosa que cubre la entrada de lo inconsciente;
dormíase pensando en lo que podría decirla al otro día, soñaba conforme á su
deseo, viéndola de pie sobre un pedestal, con toda la majestad de su desnudez,
venciendo al mármol de las estatuas más famosas con la vida de su carne. Al
despertar de pronto y extender sus brazos, tropezaba con el cuerpo de la compañera,
pequeño, rígido, ardiente por el fuego de la calentura ó glacial con un frío de
muerte. Adivinaba su insomnio. Pasaba la noche sin cerrar los ojos, pero no se
movía, como si todo su vigor se concentrase en algo que contemplaba con fijeza
hipnótica en la obscuridad. Parecía un cadáver. Era el obstáculo, el lastre de
plomo, el fantasma que aterraba á la otra cuando en ciertos instantes de
vacilación se inclinaba hacia él, próxima á caer... Y el terrible deseo, el
pensamiento monstruoso, asomaba otra vez su horrorosa fealdad, anunciando que
no había muerto, que sólo se había ocultado en la madriguera cerebral para
surgir más cruel, más insolente.
—¿Por qué no?—argüía el despiadado demonio,
esparciendo en su imaginación el polvillo de oro de las ilusiones.
Amor, gloria, alegría, una existencia nueva de
artista; el rejuvenecimiento del doctor Fausto; todo podía
esperarlo si la muerte piadosa venía á ayudarle, cortando la cadena que le
emparejaba con la tristeza y la enfermedad.
Pero inmediatamente surgía la protesta del horror.
Aunque vivía como un incrédulo, conservaba un alma religiosa, que en los
momentos difíciles de su existencia le impulsaba á aclamarse á todos los
poderes sobrehumanos y maravillosos, como si éstos tuvieran el deber ineludible
de acudir en su auxilio. «Señor, quitadme este horrible pensamiento. Alejad la
mala tentación. Que no muera; que viva, aunque yo perezca.»
Y al día siguiente, con la agitación del
remordimiento, iba en busca de ciertos médicos, amigos suyos, para consultarles
minuciosamente. Ponía en movimiento la casa, organizando la curación con
arreglo á un vasto plan, distribuyendo las medicinas por horas. Después,
tranquilo ya, volvía á su trabajo, á sus preocupaciones de artista, á sus
anhelos de hombre, sin acordarse de sus propósitos, creyendo salvada
definitivamente la vida de su mujer.
Ésta se presentó en su estudio una tarde después
del almuerzo, y el pintor, al verla, sintió cierta inquietud. Hacía mucho
tiempo que Josefina no entraba allí á las horas en que él trabajaba.
No quiso sentarse; se detuvo junto al caballete,
hablando, sin mirar á su marido, con voz lenta y humilde. Á Renovales le daba
miedo esta sencillez.
—Mariano, vengo á hablarte de la niña.
Quería casarla. Algún día había de ser, y cuanto
antes mejor. Ella moriría pronto y deseaba salir del mundo con la tranquilidad
de ver á su hija bien colocada.
Renovales creyó del caso protestar ruidosamente,
con toda la vehemencia del que no está muy seguro de lo que dice. ¡Tapones!
¡Morirse! ¿Y por qué había de morir? ¡Ahora que estaba mejor que nunca! Lo
único que le faltaba era atender las indicaciones de los médicos.
—Moriré pronto—repitió fríamente.—Moriré y tú
quedarás tranquilo. Bien lo sabes.
El pintor quiso protestar con mayores aspavientos
de indignación, pero sus ojos se encontraron con la mirada fría de su mujer.
Entonces se limitó á levantar los hombros con ademán resignado. No quería
discutir; necesitaba conservarse tranquilo. Tenía que pintar; había de salir,
como todas las tardes, para asuntos importantísimos.
—Está bien; continúa. Milita se casa, ¿y con
quién?...
Por el deseo de mantener su autoridad, de mostrar
cierta iniciativa y por su antiguo afecto al discípulo, se apresuró á hablar de
éste. ¿Era Soldevilla el candidato? Un buen muchacho y de porvenir. Adoraba á
Milita; había que ver la tristeza del pobrecillo cuando ésta le trataba mal.
Haría un excelente marido.
Josefina cortó esta charla del esposo con voz fría
y tajante:
—No quiero pintores para mi hija; bien lo sabes.
Bastante hay con lo de su madre.
Milita se casaría con López de Sosa. Era cosa
aceptada por ella. El muchacho la había hablado, y seguro de su aprobación,
dirigiría su demanda al padre.
—¿Pero ella le quiere? ¿Tú crees, Josefina, que
estas cosas pueden arreglarse á tu gusto?
—Si le quiere; está conforme y desea casarse.
Además, es hija tuya; lo mismo aceptaría al otro. Lo que ella desea es
libertad, verse lejos de su madre, no vivir en la tristeza de mis
enfermedades... Ella no lo dice, no sabe siquiera que lo piensa, pero yo lo
adivino.
Y como si al hablar de su hija no pudiera mantener
la frialdad que tenía con el marido, se llevó una mano á los ojos, recogiendo
las silenciosas lágrimas.
Renovales apeló á la brusquedad para salir del
paso. Todo eran locuras, invenciones de su cabeza enferma. Debía pensar en
curarse y no en otra cosa. ¡Á qué estas lágrimas! ¿Quería casar á su hija con
aquel señorito de los automóviles? Pues á ello. ¿No quería? Pues que la chica
se quedase en casa.
Ella mandaba; nadie la ponía obstáculos. ¡Que se
celebrara la boda cuanto antes! Él era un cero y no había por qué consultarle.
Pero tranquilidad, ¡tapones!... Tenía que trabajar; tenía que salir. Y cuando
vió que Josefina abandonaba el estudio para llorar
libremente en otro sitio, dió un bafido de satisfacción, contento de salir tán
bien librado de esta escena difícil.
Le parecía bien López de Sosa. ¡Excelente
muchacho!... Y lo mismo cualquier otro. Él no disponía de tiempo para fijarse
en tales cosas. Sus preocupaciones eran distintas.
Aceptó al futuro yerno, y muchas noches se quedó en
casa para dar cierto aire patriarcal á las veladas de familia. Milita y su
prometido hablaban en un extremo del salón. Cotoner, en plena beatitud
digestiva, se esforzaba por arrancar con sus palabras una pálida sonrisa á la
señora del maestro, que permanecía en un rincón, trémula de frío. Renovales, en
traje de casa, leía los periódicos, acariciado por ese ambiente dulce de hogar
tranquilo. ¡Si le viese la condesa!...
Una noche sonó en el salón el nombre de la de
Alberca. Repasaba Milita de memoria, con avidez juvenil, la lista de las amigas
de la casa, grandes señoras que no dejarían pasar su próximo matrimonio sin un
regalo magnifico.
—Concha no viene—dijo la joven.—Hace mucho tiempo
que no la vemos por aquí.
Hubo un silencio penoso, como si el nombre de la
condesa enfriase la atmósfera. Cotoner canturreó entre dientes, fingiéndose
distraído: López de Sosa buscó un cuaderno de música sobre el piano, hablando
de él para desviar la conversación. También éste parecía enterado.
—No viene porque no debe venir—dijo Josefina desde
su rincón.—Ya procura tu padre verla todos los días para que no nos olvide.
Renovales levantó la cabeza con expresión de
protesta, como si le despertasen de un plácido sueño. Los ojos de Josefina
estaban fijos en él, pero sin cólera, burlones y crueles. Reflejaban el mismo
desprecio con que le había herido en aquella noche triste. Ya no dijo más, pero
el maestro leía en aquellos ojos:
«Es inútil, buen hombre. Estás loco por ella, la
sigues, pero ella es para otros. La conozco bien... Todo lo sé. ¡Ay! ¡Cómo ríen
las gentes de ti! ¡Cómo me río yo!... ¡Cómo te desprecio!»
Á principios del verano se verificó la boda de la
hija de Renovales con el elegante López de Sosa. Los periódicos publicaron
columnas enteras hablando de este acontecimiento, por el cual, según la
expresión de ciertos cronistas, «se unía la gloria y el esplendor del arte con
el prestigio de la aristocracia y la fortuna». Nadie se acordaba ya del apodo
de Bonito en escabeche.
El maestro Renovales hizo bien las cosas. No tenía
más que una hija y deseaba casarla con regio aparato; que Madrid y España
entera se enterasen de este suceso, cayendo sobre Milita un rayo de la gloria
conquistada por su padre.
La lista de los regalos fué grande. Todas las
amistades del maestro, elegantes damas, próceres de la política, artistas
famosos y hasta personas reales, figuraron en ella con su correspondiente
obsequio. Había para llenar una tienda. Los dos estudios de honor quedaron
convertidos en galerías de bazar, con interminables mesas cargadas de objetos;
una exposición de telas y dijes, visitada por todas las amigas de Milita, aun
las más lejanas y olvidadas, que venían á
felicitarla con palidez de envidia.
La condesa de Alberca envió también un regalo,
enorme, estrepitoso, como si no quisiera pasar inadvertida entre los amigos de
la casa. El doctor Monteverde estaba representado por un objeto modesto, aunque
jamás había visto á los novios ni le ligaba á la familia otra relación que su
amistad con el maestro.
La boda se celebró en el hotel, habilitando para
capilla uno de sus estudios. Cotoner corrió con todo lo referente á la
ceremonia, muy satisfecho de demostrar su influencia cerca de los personajes de
la Iglesia.
Renovales se preocupó del aliño del altar,
queriendo que se notase, hasta en los menores detalles, la mano de un artista.
Sobre un fondo de antiguos tapices colocó un viejo tríptico, una cruz
medioeval, todos los objetos de culto que llenaban su estudio como adornos
decorativos, y limpios de polvo y telarañas iban á recobrar por unos instantes
su importancia religiosa.
Las flores invadieron con su ola multicolor el
hotel del ilustre maestro. Las quería Renovales en todas partes; las había
pedido á Valencia y á Murcia, sin reparar en la cantidad; se extendían por los
marcos de las puertas y las líneas de las cornisas: se amontonaban formando
gigantescos ramos en las mesas y los rincones. Hasta se balanceaban en paganas
guirnaldas de una á otra columna de la fachada,
excitando la curiosidad de los transeuntes aglomerados al otro lado de la
verja; mujeres de mantón, muchachos con grandes cestas á la cabeza, que
permanecían embobados por la novedad, esperando que ocurriese en aquella casa
algo extraordinario, siguiendo las idas y venidas de los criados que entraban
atriles de música y un par de contrabajos ocultos en fundas charoladas.
De buena mañana andaba Renovales de un lado á otro,
con dos bandas sobre la pechera y una constelación de astros dorados y
centelleantes, cubriendo todo un lado de su frac. Cotoner también se había
puesto las insignias de sus varias órdenes pontificias. El maestro se
contemplaba con cierta satisfacción en todos los espejos, admirando igualmente
á su amigo. Había que ponerse guapos; una fiesta como esta ya no la verían más.
Hacía preguntas incesantemente á su compañero, para convencerse de que nada
faltaba en los preparativos. El maestro Pedraza, gran amigo de Renovales,
dirigía la orquesta. Se habían reunido todos los músicos mejores de Madrid,
profesores del Real en su mayoría. El coro era bueno, pero como voces notables
sólo había podido echar mano de los artistas que residían fijamente en la
capital. La época no era la mejor; los teatros estaban cerrados...
Cotoner seguía exponiendo sus trabajos. Á las diez
en punto llegaría el Nuncio, monseñor Orlandi, gran amigo de él; un barbián,
todavía joven, al que había conocido en Roma de prelado doméstico. Bastaron cuatro palabras de Cotoner para que se
dignase concederle el honor de casar á los chicos. Los amigos son para las
ocasiones. Y el pintor de los papas, satisfecho de salir de su insignificancia,
iba de salón en salón, disponiéndolo todo, seguido del maestro, que aprobaba
sus órdenes.
En un estudio los músicos y las mesas para el lunch.
Las otras naves para los invitados. ¿Faltaba algo?... Los dos artistas
contemplaban el altar, con sus tapices de apagados colores y sus candelabros,
cruces y relicarios, de un oro mate y viejo que parecía tragarse la luz sin
devolverla. Nada faltaba. Telas antiguas y guirnaldas de flores cubrían las
paredes, ocultando los estudios de color del maestro, ciertos cuadros sin
acabar, obras profanas que no podían tolerarse en el ambiente discreto y
entonado de aquella nave convertida en capilla. El suelo estaba cubierto en
parte por alfombras vistosas, persas y morunas. Frente al altar dos
reclinatorios, y tras ellos, para los invitados de más importancia, todos los
asientos lujosos del estudio: sillones blancos del siglo XVIII, con escenas
pastoriles bordadas, tijeras griegas, sitiales de roble tallado, asientos
venecianos, sillas sombrías de interminable respaldo; una bizarra confusión de
almacén de antigüedades.
De pronto Cotoner dió un paso atrás, como
escandalizado. ¡Qué distracción! ¡Buena la habrían hecho de no fijarse él!...
En el fondo del estudio, frente al altar que cortaba una gran parte de la vidriera, y recibiendo directamente la luz de ésta,
destacábase una mujer enorme, blanca, desnuda, con una mano velando su sexo y
la otra cruzada ante el saliente pecho. Era la Venus de Médicis, una pieza
soberbia de mármol que Renovales había traído de Italia. La pagana belleza
parecía desafiar, con su blancura luminosa, el amarillo mortecino de los sacros
objetos alineados en el extremo opuesto. Habituados á verla los dos artistas,
habían pasado varias veces junto á ella, sin reparar en su desnudez, que
parecía más insolente y triunfadora al convertirse el estudio en oratorio.
Cotoner rompió á reir.
—¡Qué escándalo si no la vemos!... ¡Qué hubiesen
dicho las señoras! Mi amigo Orlandi creería que lo habías hecho tú, con cierta
intención, pues te tiene por algo verde... Anda, hijo; busquemos algo con que
tapar á esta dama.
Encontraron, después de mucho buscar en el desorden
de los estudios, una tela india de algodón, pintarrajeada de elefantes y flores
de loto; la extendieron sobre la cabeza de la diosa, cubriéndola hasta los
pies, y allí quedó como si fuese un misterio, una sorpresa para los invitados.
Iban llegando éstos. Fuera del hotel, junto á la
verja, sonaba el piafar de los caballos y el estrépito de las portezuelas al
cerrarse. Lejos rodaban otros carruajes, con rumor cada vez más próximo. En el
vestíbulo sonaba el roce de la seda arrastrando por el suelo y los criados iban
de un lado á otro recogiendo los abrigos y
poniéndoles números como en los teatros, para almacenarlos en un gabinete,
convertido en guardarropa. Cotoner dirigía á la servidumbre de cara rasurada ó
luengas patillas, vestida con fracs descoloridos. Renovales, en tanto, sonreía,
encorvándose con graciosas inclinaciones, saludando á las señoras que llegaban
con mantillas blancas ó negras, estrechando las manos de los hombres, algunos
de los cuales ostentaban vistosos uniformes.
El maestro sentíase conmovido por este desfile que
cruzaba con cierta ceremonia sus salones y estudios. Sonábanle en los oídos,
como una música acariciadora, el arrastre de las faldas, el rumor de los
abanicos al agitarse, los saludos de las gentes, los elogios que le dirigían
por su buen gusto. Llegaban todos con la misma satisfacción de ver y ser vistos
que les acompañaba á los estrenos teatrales y á las funciones de gran gala.
Música buena, asistencia del Nuncio, preparativos del gran lunch que
parecían olfatear, y además la certeza de ver su nombre impreso al día
siguiente, de encontrarse tal vez retratado en algún periódico de monos.
La boda de Emilia Renovales era un acontecimiento.
Entre la ola de gente elegante que se deslizaba sin
cesar, invadiéndolo todo, veíanse algunos jóvenes llevando en alto, con
apresuramiento, sus máquinas fotográficas. ¡Tendrían instantáneas! Los que
guardaban cierto resquemor contra el artista, acordándose de lo caro que les
había costado su retrato, le perdonaban ahora
generosamente, excusando su rapacidad. Era un maestro que vivía como un gran
señor... Y Renovales iba de un lado á otro, estrechando manos, haciendo
cortesías, hablando con cierta incoherencia, no sabiendo adónde acudir. Durante
un momento que permaneció en el vestíbulo, vió un trozo de jardín lleno de sol,
cubierto de flores, y al otro lado de la verja una masa negra: la multitud
admirada y risueña. Aspiró el perfume de las rosas y de las esencias femeniles,
sintiendo descender por su pecho la voluptuosidad del optimismo. La vida era
una gran cosa. La pobre muchedumbre, agolpada fuera, le hizo recordar con
cierto orgullo al hijo del herrero. ¡Dios! ¡Y cómo había subido!... Sentía
agradecimiento hacia aquella gente rica y ociosa que sustentaba su bienestar:
esforzábase por que nada la faltase y abrumaba á Cotoner con sus
recomendaciones. Éste se revolvía contra el maestro con la arrogancia del que
ejerce autoridad. Su puesto estaba dentro, cerca de los invitados. Debía
dejarle á él, que sabía sus obligaciones. Y volviendo la espalda á Mariano,
daba órdenes á los criados y enseñaba el camino á los que llegaban, bastándole
una mirada para reconocer su clase. «Por aquí, señores.»
Era un grupo de músicos, y lo encaminaba por un
pasillo de la servidumbre para que llegase á sus atriles sin mezclarse con los
invitados. Después reñía á una tropa de marmitones, que traían con retraso las
últimas remesas del lunch, y avanzaban entre
la concurrencia levantando sobre las cabezas de las señoras los grandes cestos
de mimbres.
Cotoner abandonó su puesto al ver surgir de la
escalinata un sombrero de felpa, con borlas de oro, sobre una cara pálida:
después una sotana de seda con botones y fajín morados, flanqueada de otras
dos, negras y modestas.
—¡Oh, monsignore! ¡Monsignore Orlandi! ¿Va bene?
¿Va bene?
Le besó la mano, arqueándose con una gran
reverencia, y después de enterarse de su salud con ansioso interés, como si no
le hubiese visto el día anterior, rompió la marcha, abriéndole paso en los
salones llenos de gente.
—¡El Nuncio! ¡El Nuncio de Su Santidad!
Los hombres, con un recogimiento de personas
decentes que saben respetar las potestades, cesaban de reir, de hablar con las
señoras, y se inclinaban gravemente, recogiendo al paso aquella mano fina y
pálida, una mano de dama antigua, para besar la enorme piedra de su anillo.
Ellas contemplaban un momento, con ojos húmedos, á monseñor Orlandi, un prelado
distinguidísimo, un diplomático de la Iglesia, un noble de la vieja nobleza
romana, alto, enjuto, con fina palidez de hostia, el pelo negro, los ojos imperiosos,
y en ellos un brillo intenso de llama.
Tenía en sus movimientos una gentileza arrogante
que recordaba la apostura de los toreros. Las bocas
femeninas se posaban ávidas en su mano, mientras él contemplaba con ojos
enigmáticos la fila de nucas adorables inclinadas á su paso. Cotoner seguía
avanzando, abriéndole paso, orgulloso de su papel, conmovido por el respeto que
infundía su ilustre amigo el barbián. ¡Qué gran cosa la
religión!...
Lo acompañó hasta la sacristía, que era el cuarto
donde se desnudaban y vestían las modelos. Quedó á la parte de fuera,
discretamente; pero á cada instante salía en su busca uno ú otro de los
familiares, jovenzuelos vivarachos, de movilidad femenil y lejano perfume, que
consideraban con cierto respeto al artista, creyéndole un personaje. Llamaban
al signore Cotoner, pidiéndole que les ayudase á buscar
ciertas cosas que monseñor había enviado el día antes, y el bohemio, para
evitarse nuevas reclamaciones, acabó por entrar en el cuarto de las modelos,
colaborando en el sacro tocado de su ilustre amigo.
En los salones se arremolinó la concurrencia;
cesaron las conversaciones y una avalancha de gente, después de agolparse ante
una puerta, se abrió dejando paso.
Avanzó la novia, apoyada en el brazo de un
imponente señor, que era el padrino, toda blanca; blanco de marfil el traje,
blanco de nieve el velo, blanco de nácar las flores. No había en ella otro
color vivo que el rosa saludable de sus mejillas y el rojo tostado de sus
labios. Sonreía á un lado y á otro, sin cortedad,
sin timidez, satisfecha de la fiesta y de ser ella su principal objeto. Después
pasaba el novio, dando el brazo á su nueva madre, la esposa del pintor, más
pequeña que nunca, encogida en su vestido de ceremonia, que le venía grande,
aturdida por este suceso ruidoso que rasgaba la dolorosa calma de su
existencia.
¿Y el padre?... Renovales faltó á la ceremoniosa
entrada: estaba ocupadísimo atendiendo á los invitados; le retenía en un
extremo del salón una risa graciosa, medio oculta tras un abanico. Se había
sentido tocado en un hombro, y al volverse vió al solemne conde de Alberca
llevando del brazo á su esposa. El conde le había felicitado por el aspecto de
sus estudios: todo muy artístico. La condesa le felicitaba también, en tono
zumbón, por la importancia que aquel suceso tenía en su vida. Llegaba el
momento de retirarse, de decir adiós á la juventud.
—Le arrinconan á usted, querido maestro. Pronto le
van á llamar abuelo.
Reía gozándose en la turbación y el rubor que le
causaban estas palabras compasivas. Pero antes de que Mariano pudiera contestar
á la condesa, se sintió arrastrado por Cotoner. ¿Qué hacía allí? Los novios
estaban en el altar; Monseñor comenzaba sus oficios; el asiento del padre
permanecía vacío. Y Renovales pasó media hora de tedio, siguiendo con mirada
distraída las ceremonias del prelado. Lejos, en el último estudio, rompieron
los instrumentos de cuerda en ruidoso acorde, y se
desarrolló una melodía de mundano misticismo, extendiendo sus ondas sonoras, de
habitación en habitación, en un ambiente cargado de perfume de rosas ajadas.
Luego, una voz dulce, coreada por otras más roncas,
comenzó á entonar una plegaria que tenía el voluptuoso ritmo de las serenatas
italianas. Una emoción de pasajero sentimentalismo, pareció conmover á los
invitados. Cotoner, que vigilaba cerca del altar para que nada faltase á
Monseñor, sentíase enternecido por la música, por el aspecto de aquella
muchedumbre distinguida, por la gravedad teatral con que el prócer romano sabía
ejecutar las ceremonias de su profesión. Mirando á Milita tan hermosa, arrodillada
y con los ojos bajos en la envoltura de su velo de nieve, el pobre bohemio
parpadeaba para contener sus lágrimas. Sentía la misma emoción que si se le
casase una hija; ¡él, que no había tenido ninguna!
Renovales se incorporaba, buscando los ojos de la
condesa por encima de las mantillas blancas y negras. Unas veces los encontraba
fijos en él, con expresión burlona; otras los veía buscando á Monteverde en la
masa de señores que llenaba la puerta.
Hubo un momento en que el pintor atendió á la
ceremonia. ¡Cuán larga era!... La música había cesado; Monseñor, de espaldas al
altar, avanzaba algunos pasos hacia los recién casados, extendiendo las manos, como si fuese á hablarles. Se hizo un
profundo silencio y la voz del italiano comenzó á sonar en este recogimiento,
con una pastosidad cantante, vacilando ante algunas palabras, supliéndolas con
otras de su idioma. Expuso sus deberes á los cónyuges y se extendió, con cierta
animación oratoria, al elogiar su origen. De él dijo poco: era un representante
de las clases elevadas, de donde surgen los conductores de hombres; ya conocía
sus deberes. Ella era la descendiente de un gran pintor de fama universal: de
un artista.
Y al nombrar al arte, el prelado romano
enardecíase, como si elogiase su propia estirpe, con el profundo y firme
entusiasmo de una vida transcurrida entre las espléndidas decoraciones
semipaganas del Vaticano. «Después de Dios, no hay nada como el arte...» Y tras
esta afirmación, con la que creaba á la novia una nobleza superior á la de
muchas de aquellas gentes que la contemplaban, elogió las virtudes de sus
padres. Tuvo acentos admirables para el amor puro y la fidelidad cristiana,
lazos con los que llegaban unidos, Renovales y su mujer, á las puertas de la
vejez, y que seguramente les acompañarían hasta la muerte. El pintor bajó la
cabeza, temiendo encontrar las miradas burlonas de Concha. Sonaron los lamentos
ahogados de Josefina, con la cara oculta en la blonda de su mantilla. Cotoner
creyó del caso apoyar con discretas afirmaciones de cabeza los elogios del
prelado.
Después la orquesta tocó ruidosamente la Marcha
nupcial, de Mendelssohn; crujieron las sillas al ser echadas atrás,
abalanzáronse las señoras hacia la novia, y un zumbido de felicitaciones,
formuladas á gritos, por encima de las cabezas, y de estrujones por quién
llegaría antes, apagó el vibrar de las cuerdas y el sordo rugido del metal.
Monseñor, perdida su importancia al terminar la ceremonia, se dirigió con sus
familiares al cuarto de las modelos, pasando inadvertido entre los grupos. La
novia sonreía resignada, entre el círculo de brazos femeninos que la estrujaban
y de bocas amigas que caían sobre ella con interminable besuqueo. Mostraba
asombro por la sencillez del acto. ¿Ya no quedaba más? ¿Realmente estaba
casada?...
Cotoner vió á Josefina abriéndose paso, mirando con
cierta impaciencia entre los hombros de las gentes, con la cara animada por una
oleada de sangre. Su instinto de arreglador le avisó la proximidad de un
peligro.
—Cójase de mi brazo, Josefina. Vamos fuera á
respirar. Esto está imposible.
Tomó su brazo, pero en vez de seguirle le arrastró
entre las gentes que se agolpaban en torno de su hija, hasta que se detuvo
viendo, por fin, á la condesa de Alberca. El prudente amigo se estremeció. Lo
que él creía; buscaba á la otra.
—¡Josefina... Josefina!....¡Que estamos en la boda
de Milita!...
Pero su recomendación fué inútil. Concha, al ver á su antigua amiga, corrió á ella. «¡Querida!
¡Tanto tiempo sin verte! Un beso... otro.» Y la besó ruidosamente, con grandes
transportes de efusión. La mujercita sólo tuvo un intento de resistencia; pero
se entregó, desalentada, sonriendo con tristeza, vencida por la costumbre y la
educación. Devolvió aquellos besos fríamente, con gesto de indiferencia. No
odiaba á Concha. Si su marido no iba á ella, iría á otra; la enemiga temible,
la verdadera, estaba dentro de él.
Los novios, cogidos del brazo, risueños y algo
fatigados por la vehemencia de las felicitaciones, atravesaron los grupos,
desapareciendo seguidos de los acordes de la marcha triunfal.
Calló la música, y la gente asaltó aquellas mesas
cubiertas de botellas, fiambres y dulces, tras las cuales corrían azorados los
criados, no sabiendo cómo atender á tanta manga negra, á tanto brazo blanco,
que agarraban los platos de filete dorado y los cuchilletes de nácar cruzados
sobre los manjares. Era un motín sonriente y bien educado, pero que se
empujaba, pisando las colas de los vestidos, haciendo jugar los codos, como si
al terminar la ceremonia todos se sintiesen atenaceados por el hambre.
Con el plato en la mano, sofocados y jadeantes tras
el asalto, se esparcían por los estudios, comiendo hasta en el mismo altar. No
había criados para tanto llamamiento: los jóvenes, arrebatando las botellas de
Champagne, iban de un lado á otro sirviendo copas á
las señoras. Con discreta alegría se saqueaban las mesas. Cubríanlas los
domésticos apresuradamente, y con no menos rapidez venían abajo las pirámides
de emparedados, de frutas, de dulces, y desaparecían las botellas. Los taponazos
sonaban dobles ó triples á un tiempo, con incesante tiroteo.
Renovales corría como un criado, cargado de platos
y copas, yendo desde las mesas rodeadas de gente, á los rincones donde estaban
sentadas algunas damas amigas. La de Alberca tomaba aires de dueña; le hacía ir
y venir con incesantes peticiones.
En uno de estos viajes tropezó con Soldevilla, el
amado discípulo. No le había visto en mucho tiempo. Parecía triste, pero se
consolaba mirándose el chaleco; una novedad que había dado golpe entre
la gente joven; de terciopelo negro, labrado á flores, y con botones de oro.
El maestro creyó que debía consolarle: ¡pobre
muchacho! Por primera vez le dió á entender que «estaba en el secreto».
—Yo quería otra cosa para mi hija, pero no ha
podido ser. ¡Á trabajar, Soldevillita! ¡Ánimo! Nosotros no debemos tener otra
querida que la pintura.
Y satisfecho de este consuelo bondadoso, volvió al
lado de la condesa.
Á mediodía terminó la fiesta. López de Sosa y su
mujer volvieron á presentarse en traje de viaje: él
con un abrigo de piel de zorro, á pesar del calor, gorra de cuero y altas
polainas; ella con un largo impermeable hasta los pies y la cabeza oculta en un
turbante de velos espesos, como una odalisca fugitiva.
Á la puerta les esperaba la última adquisición del
novio: un vehículo de ochenta caballos que había comprado para su viaje de
boda. Pasarían la noche á algunos centenares de kilómetros, en el riñón de
Castilla la Vieja, en una finca heredada de sus padres, que nunca había
visitado.
Boda modernista, como decía Cotoner; la
intimidad amorosa en plena carretera, sin otro testigo que las discretas
espaldas del chauffeur. Al día siguiente pensaban salir á correr
Europa. Llegarían hasta Berlín; tal vez fuesen más lejos.
López de Sosa repartió vigorosos apretones de
manos, con la arrogancia de un explorador, y salió para revisar su automóvil
antes de partir. Milita se dejó abrazar, llevándose en su envoltura de velos
las lágrimas de la madre.
—¡Adiós! ¡Adiós, hija mía!...
Y se acabó la boda.
Quedaron solos Renovales y su mujer. La ausencia de
la hija, pareció agrandar su soledad, ensanchando la distancia entre ellos. Se
miraban con extrañeza, huraños y tristes, sin una voz que, surgiendo entre su
silencio, les sirviera de puente para cambiar algunas palabras. Iba á ser su
existencia como la de los presidiarios que se odian y marchan
juntos, unidos por la misma cadena, en penosa promiscuidad, teniendo que
confundir los más bajos menesteres de la vida.
Los dos pensaron, como remedio á este aislamiento
que les infundía miedo, en llevar á vivir con ellos á los recién casados. El
hotel era grande, tenía espacio para todos. Pero Milita se opuso, con dulce
tenacidad, y su esposo le hizo coro. Necesitaba vivir cerca de sus cocheras, de
su garage. Además, ¿dónde establecería él, sin escándalo del suegro, las
preciosidades que coleccionaba, su gran museo de cabezas de toros y trajes
ensangrentados de matadores célebres, que era la admiración de sus amigos y objeto
de gran curiosidad para muchos extranjeros?...
Al quedar solos el pintor y su mujer, les pareció
que en un mes habían envejecido muchos años: encontraron su hotel más enorme,
más desierto, con la sonoridad y el silencio de los monumentos abandonados.
Renovales quiso que Cotoner se trasladase al hotel; pero el bohemio se excusó
con cierto temor. Comería con ellos; pasaría gran parte del día en su casa;
eran su única familia; pero él deseaba conservar su libertad; no podía
prescindir del trato con sus numerosas amistades.
Bien entrado el verano, el maestro indujo á su
mujer á realizar el mismo viaje de otros años. Irían á una playa andaluza poco
conocida; un pueblecillo de pescadores en el que el artista había pintado
muchos de sus cuadros. Se aburría en Madrid. La
condesa de Alberca estaba en Biarritz con su marido. El doctor Monteverde se
había marchado también, arrastrado por ella.
Hicieron el viaje, pero éste no duró más de un mes.
Apenas si el maestro pudo llenar dos lienzos. Josefina sintióse enferma. Al
llegar á la playa, su vida sufrió una saludable reacción. Se mostraba más
alegre; permanecía horas enteras sentada en la arena, tostándose al sol, con
una impasibilidad de enferma hambrienta de calor, contemplando el mar con ojos
inexpresivos, cerca de su marido que pintaba rodeado de un semicírculo de
gentes miserables. Parecía más alegre, cantaba, sonreía algunas veces al maestro,
como si lo perdonase todo y quisiera olvidar; pero de pronto había caído sobre
ella una sombra de tristeza; su cuerpo se sintió paralizado otra vez por la
debilidad. Cobró aversión á la playa alegre, á la dulce vida al aire libre, con
esa repugnancia de ciertos enfermos á la luz y el ruido, que les hace ocultarse
en las profundidades del lecho. Suspiró por su triste casa de Madrid. Allí
estaba mejor; sentíase más fuerte, rodeada de recuerdos; se creía más segura
del negro peligro que rondaba en torno de ella. Además, ansiaba ver á su hija.
Renovales debía telegrafiar á su yerno. Ya habían corrido bastante por Europa;
que volviesen; ella necesitaba ver á Milita.
Regresaron á Madrid á fines de Septiembre, y poco
después se unieron á ellos los recién casados, satisfechos de su excursión, y
más satisfechos aún de verse en tierra conocida.
López de Sosa había sufrido conociendo gentes más poderosas que él, que le
humillaban con el lujo de sus trenes. Su mujer deseaba vivir entre personas
amigas para que admirasen su bienestar. Dolíase de la falta de curiosidad de
aquellos países donde nadie se preocupaba de ella.
Josefina pareció animarse con la presencia de su
hija. Ésta llegaba muchas tardes, ostentando su lujo, que aun parecía más
estrepitoso en aquel Madrid veraniego, abandonado por la gente elegante, y se
llevaba á su madre, paseándola en automóvil por las inmediaciones de la
capital, corriendo los caminos llenos de polvo. Otras veces era Josefina la
que, en un arranque de voluntad, vencía la torpeza de su cuerpo, yendo á casa
de su hija (un piso principal de la calle de Olózaga) y admirando el confort moderno
de que vivía rodeada.
El maestro parecía aburrido. No tenía retratos que
pintar; le era imposible hacer nada en Madrid, saturado aún de la luz
esplendente y los intensos colores de la playa mediterránea. Además, le faltaba
la compañía de Cotoner, pues éste se había ido á una pequeña ciudad castellana,
de histórica ranciedad, donde recibía con cómica altivez los honores debidos al
genio, viviendo en el palacio del prelado y asesinando con una restauración
infame varios cuadros de la catedral.
La soledad aguzaba en Renovales el recuerdo de la
de Alberca. Ésta, por su parte, con gran abundancia
epistolar, hacíase presente todos los días en la memoria del pintor. Le había
escrito al pueblecillo de la costa y le escribía ahora á Madrid, queriendo
saber cuál era su vida, interesándose por los más insignificantes detalles,
relatándole la suya con una exuberancia que llenaba pliegos y pliegos,
encerrando bajo cada sobre una verdadera historia.
El pintor seguía la existencia de Concha minuto por
minuto, como si la estuviese presenciando. Le hablaba de Darwin,
ocultando bajo este nombre á Monteverde; se quejaba de su frialdad, de su
indiferencia, de aquel aire de conmiseración con que acogía su apasionamiento.
«¡Ay, maestro, soy muy desgraciada!» Otros días la carta era triunfal,
optimista: la condesa mostrábase radiante, y el pintor leía entre líneas su
satisfacción, adivinaba su embriaguez tras aquellas entrevistas audaces, en la
propia casa, desafiando la ceguera del marido. Y ella se lo contaba todo, con
una confianza impúdica y desesperante, como si fuese de su mismo sexo, como si
no pudiera sentir la más leve emoción ante estas confidencias.
En las últimas cartas mostrábase Concha loca de
alegría. El conde estaba en San Sebastián para despedirse de sus reyes: una
alta misión diplomática. Aunque no era de la carrera, le habían
escogido como representante de la más solemne nobleza española, para llevar el
Toisón á un principillo de uno de los más diminutos estados alemanes. El pobre señor, ya que no alcanzaba la áurea distinción,
consolábase llevándola á otros con gran pompa. Renovales presentía en todo esta
la mano de la condesa. Sus cartas irradiaban la alegría. Iba á quedarse sola
con Darwin, pues el noble señor estaría ausente mucho tiempo. ¡La
vida marital con el doctor, sin riesgos ni inquietudes!...
Renovales sólo leía estas cartas por curiosidad; ya
no despertaban en él una emoción intensa y duradera. Se había acostumbrado á su
situación de confidente: se enfriaba su deseo con la franqueza de aquella mujer
que se libraba á él, comunicándole todos sus secretos. Su cuerpo era lo único
que le quedaba por conocer; su vida interna la poseía como ninguno de sus
amantes, y comenzaba á sentirse fatigado de esta posesión. La distancia y la
ausencia le infundían una fría serenidad. Al acabar la lectura de estas cartas
pensaba siempre lo mismo. «Está loca; ¿qué me importarán á mí sus secretos?...»
Transcurrió una semana sin que recibiese noticias
de Biarritz. Los periódicos hablaban del viaje del respetable conde de Alberca.
Ya estaba en Alemania, con todo su cortejo, preparándose á colocar el noble
cordero sobre los principescos hombros. Renovales sonreía maliciosamente, sin
emoción, sin envidia, al pensar en el silencio de la condesa. Su soledad la
había traído, sin duda, grandes ocupaciones...
De pronto, una tarde tuvo noticias de ella del modo más inesperado. Salía Renovales de su hotel, á
la puesta del sol, para dar un paseo por los altos del Hipódromo, á lo largo
del Canalillo, contemplando Madrid desde esta eminencia, cuando en la puerta de
la verja, un muchachillo de rojo dolmán, mandadero de una agencia, le tendió
una carta. El pintor hizo un gesto de sorpresa al reconocer la letra de Concha.
Cuatro renglones apresurados, nerviosos. Acababa de llegar aquella tarde en el
exprés de Francia, con su doncella Mary. Estaba sola en casa. «Venga usted...
Corra... Noticias graves; voy á morir.» Y el maestro corrió, aunque no le
impresionase gran cosa este anuncio de muerte. Ya sería algo menos. Estaba
acostumbrado á las exageraciones de la condesa.
La casa señorial de los Alberca tenía la sonoridad,
la penumbra y el ambiente polvoroso de los edificios abandonados. No quedaba en
ella otra servidumbre que el portero. Junto á la escalera jugueteaban sus
hijos, como si aun no estuviesen enterados de la llegada de la señora. Arriba,
los muebles estaban enfundados de gris; las lámparas con envoltorios de tela;
los bronces y las lunas de los espejos, mates y como muertos bajo una capa de
polvo. Mary le abrió la puerta, guiándole al través de los salones obscuros, de
fétida atmósfera, con los balcones cerrados, faltos de cortinajes y sin otra
luz que la que entraba por las rendijas.
En un gabinete tropezó con varias maletas, todavía llenas, caídas y olvidadas en la precipitación de una
llegada anormal.
Al término de esta peregrinación, casi á tientas
por la casa abandonada, vió una mancha de luz, la puerta del dormitorio de la
condesa, la única habitación con vida, iluminada por el lejano resplandor del
sol poniente. Concha estaba allí, junto á la ventana, hundida en un sillón, con
el ceño fruncido, la mirada perdida, coloreada de un tono anaranjado por la luz
moribunda.
Al ver al pintor, púsose de pie con un movimiento
de resorte, extendió los brazos y corrió á él, como si la persiguiesen.
—¡Mariano! ¡Maestro! ¡Se fué!... ¡Me abandona para
siempre!...
Su voz era un alarido: se abrazaba á él, hundiendo
su cabeza en uno de sus hombros, mojándole la barba con las lágrimas que
comenzaban á surgir de sus ojos cayendo gota á gota.
Renovales, á impulsos de la sorpresa, la repelió
dulcemente, y la hizo volver al sillón.
—¿Pero quién se ha ido? ¿Quién es ese?... ¿Darwin?
Sí; él. Todo había acabado. La condesa apenas podía
hablar; un hipo doloroso cortaba sus palabras. La rabia de verse abandonada y
su orgullo pisoteado, revolvíanse haciendo temblar su cuerpo. Había huido en
plena dicha, cuando ella creía tenerle más seguro, cuando gozaban de una
libertad que nunca habían conocido. El señor estaba cansado; la
amaba aún—según decía en una carta,—pero deseaba verse libre para continuar sus
estudios. Huía agradecido á sus bondades, ahíto de tanto amor, para ocultarse
en el extranjero y ser un grande hombre, no pensando más en mujeres. Así decía
en los breves renglones que la había enviado al desaparecer. ¡Mentira, todo
mentira! Ella adivinaba otras cosas. El miserable se había escapado con
una cocotte, tras la cual se le iban los ojos en la playa de
Biarritz. Una fea, de gracia canallesca, que debía enloquecer á los hombres con
misteriosas variedades del pecado. ¡Las personas decentes cansaban á aquel
señorito! Debía también sentirse ofendido porque no le alcanzaba la cátedra, porque
no le habían hecho diputado. ¡Señor! ¿Qué culpa tenía ella de estos fracasos?
¿No había hecho todo lo posible?...
—¡Ay, Mariano! Yo creo que voy á morir. Esto no es
amor; ya no le quiero: ¡le detesto! Es rabia, indignación, deseos de coger á
ese mequetrefe... ansias de ahogarle. ¡Con tantas locuras que he hecho por
él!... Señor, ¡dónde tenía yo los ojos!
Al verse abandonada no había sentado más que un
deseo: correr en busca del buen amigo, del consejero, del hermano;
ir á Madrid para ver á Renovales y contárselo todo, ¡todo!, impulsada por su
necesidad de confesarse con él, de comunicarle hasta ciertos secretos cuyo
recuerdo la hacía enrojecer.
No tenía en el mundo nadie que la amase
desinteresadamente, nadie á excepción del maestro:
y con la misma precipitación que si se viera abandonada en medio del desierto y
de la noche, había corrido hacia él, pidiendo calor y amparo.
Este anhelo de ser protegida, recrudecíase en
presencia del pintor. Volvía á ir á él, con los brazos abiertos, colgándose de
su cuello, gimiendo con un terror de histérica, como si se creyera rodeada de
peligros.
—Maestro: sólo le tengo á usted. ¡Mariano, usted es
mi vida! ¿No me abandonará nunca? ¿Será siempre mi hermano?...
Renovales, aturdido por la precipitación de esta
escena, por el impulso de aquella mujer que siempre le había repelido, y ahora
de pronto se pegaba á él, no pudiendo sostenerse más que cogida á su cuello,
intentaba desligarse de los brazos que le oprimían.
Después de la primera sorpresa persistía en él
cierta frialdad. Sentíase molestado por esta desesperación orgullosa, que era
obra del otro.
La deseada, la hembra del ensueño, venia á él,
parecía abrirse con histérico bostezo, ansiosa de devorarle, sin darse cuenta
tal vez de lo que hacía, empujada por la inconsciencia de su estado anormal;
pero él se echaba atrás, con repentino miedo, indeciso y cobarde ante la
acción, dolido de que la realidad de sus anhelos se presentara, no
voluntariamente, sino á impulsos del desengaño y el abandono.
Concha se apretaba contra él, ansiosa de sentir la
protección de su cuerpo vigoroso.
—¡Maestro! ¡amigo! ¡Usted no me abandonará! ¡Usted
es bueno!...
Y cerrando los ojos, que ya no lloraban, besábale
el musculoso cuello, elevaba la mirada húmeda, buscando su rostro en la
penumbra. Apenas se veían: la habitación estaba en misterioso crepúsculo, con
todos los objetos sumidos en la indecisión de un ensueño: la hora peligrosa que
les había atraído por vez primera en la soledad del estudio.
De pronto, ella se separó con repentino terror,
huyendo del maestro, refugiándose en las sombras más densas, perseguida por
unas manos ávidas.
—¡No; eso no! ¡Nos traerá desgracias! Amigos...
¡amigos nada más, y por siempre!
Su voz, al decir esto, era sincera, pero débil,
desfallecida; voz de víctima que se resiste é intenta defenderse sin fuerzas.
El pintor, perdido en la sombra, sintió la bestial satisfacción del guerrero
primitivo, que tras las largas hambres en el desierto, hartábase de las
abundancias de la ciudad asaltada, entre rugidos salvajes.
Cuando despertó era de noche. La luz de los
reverberos de la calle entraba por las ventanas con resplandor rojizo y lejano.
El artista se estremeció con una impresión de frío,
como si emergiese de una onda, olorosa y susurrante, que le había envuelto, no
recordaba cuánto tiempo. Sentíase débil, anonadado,
con la inquietud del niño después de una mala acción.
Concha se lamentaba junto á él. ¡Qué locura! Todo
había sido contra su voluntad: presentía grandes desgracias. Su miedo turbaba
el placentero abandono, que la hacía permanecer inmóvil en las últimas dulzuras
del sacrificio.
Ella fué la primera en recobrar la serenidad. Su
silueta se elevó sobre el fondo luminoso de una ventana. Llamaba al pintor, que
permanecía avergonzado en la sombra.
—Al fin... había de ser—dijo con firmeza.—Era un
juego peligroso, y no podía terminar de otro modo. Ahora comprendo que te
quería; que eras tú el único á quien yo puedo querer.
Renovales estaba junto á ella. Sus dos figuras
marcaron una silueta única sobre el fondo luminoso de la ventana, con un
estrujón supremo, como si quisieran confundirse, refugiarse una en otra.
Las manos de ella separaron suavemente los mechones
que ocultaban la frente del artista... Le contempló con arrobamiento. Después
le besó dulcemente en la boca, con caricia interminable, susurrando leves
palabras.
—Marianito, maestro del alma... Te amo, te admiro.
Seré tu esclava... No me dejes nunca... Te buscaría de rodillas... Tú no sabes
cómo voy á quererte... No te me escaparás: tú lo has querido... pintor de mis
entrañas... feo adorable... gigantón... ídolo mío.
Una tarde, á fines de Octubre, Renovales notó en su
amigo Cotoner cierta inquietud.
El maestro bromeaba con él, haciéndole relatar sus
trabajos de restaurador en el antiguo templo. Había vuelto más grueso, más
alegre, con cierto lustre grasoso y sacerdotal. Se había traído, según decía
Renovales, toda la salud de los canónigos. La mesa del obispo, con sus
abundancias suculentas, era un dulce recuerdo para Cotoner. La ensalzaba y la
describía, elogiando á aquellos buenos señores que, como él, vivían exentos de
pasiones, sin otra voluptuosidad que la de una refinada nutrición. El maestro
reíase imaginando la sencillez de los sacerdotes que por las tardes, después
del coro, formaban grupo ante el andamio de Cotoner, siguiendo con admiración
la labor de sus manos; el respeto de los familiares y demás gente palaciega,
pendiente de los labios de don José, asombrados de tanta sencillez en un
artista que era amigo de los cardenales y había hecho sus estudios nada menos
que en Roma.
Al verle el maestro aquella tarde, grave y
silencioso después del almuerzo, quiso saber cuál
era su preocupación. ¿Se habían quejado de sus restauraciones? ¿Ya no le
quedaba dinero?... Cotoner movió su cabeza. No era asunto suyo. Le preocupaba
el estado de Josefina. ¿No se fijaba en ella?...
Renovales levantó los hombros. Era lo de siempre:
la neurastenia, la diabetes, todas aquellas dolencias ya crónicas y de las que
no quería curarse, desobedeciendo á los médicos. Estaba más enflaquecida, pero
sus nervios parecían calmados; lloraba menos: manteníase en un mutismo triste,
sin otro deseo que verse sola y permanecer en un rincón, mirando ante ella, sin
ver nada.
Cotoner volvió á mover la cabeza. No era extraño el
optimismo de Renovales.
—Llevas una vida muy rara, Mariano. Desde que
regresé de mi viaje, eres otro; no te conozco. Antes no podías vivir sin
pintar, y ahora pasan semanas enteras sin coger un pincel. Fumas, cantas, te
paseas por el estudio, y de repente echas á correr, sales de casa y vas...
adonde vas; adonde sé yo, y tal vez lo sospecha tu mujer... Parece que nos
divertimos, maestro... ¡Y á los demás que los parta un rayo! Pero, hombre, baja
de las nubes; fíjate en lo que te rodea; ten un poco de caridad.
Y el buen Cotoner lamentábase con vehemencia de la
vida que llevaba el maestro; vida agitada por repentinas impaciencias y bruscas
salidas, de las que regresaba distraído, con una débil sonrisa en
los labios y una mirada vaga, como si saborease en interna contemplación la
fiesta de recuerdos que traía en su memoria.
El viejo pintor mostrábase alarmado por la delgadez
creciente de Josefina: una consunción feroz, que aun encontraba materias que
destruir en su organismo, roído por varios años de enfermedad. La pobre
mujercita tosía, y esta tos, que no era seca, sino prolongada en varios tonos y
bruscas sacudidas, alarmaba á Cotoner.
—Debían verla los médicos otra vez.
—¡Los médicos!—exclamaba Renovales.—¿Y para qué?
Toda una facultad ha pasado por aquí, y como si nada. No obedece; se niega á
todo, tal vez por desesperarme, por llevarme la contraria. No hay peligro: tú
no la conoces. Ahí, donde la ves tan débil, tan poquita cosa, vivirá más que
tú, más que yo.
En su voz había temblores de cólera, como si le
enfureciese el ambiente uraño de aquella casa, en la que no encontraba otra
distracción que los gratos recuerdos que traía de fuera.
La insistencia de Cotoner acabó por obligarle á
llamar á un médico amigo suyo.
Josefina se irritó, adivinando los cuidados que
inspiraba su salud. Ella se sentía fuerte. No era más que un catarro; el
invierno que llegaba. Y en sus miradas al artista había reproche é insulto, por
esta atención, que consideraba una hipocresía.
Cuando después de examinar á la enferma se trasladaron al estudio, quedando frente á frente el
pintor y el médico, éste se mostró indeciso, como si temiese formular sus
ideas. Nada podía decir con certeza; era fácil engañarse en aquel organismo
pobre que sólo se mantenía por una reserva vital extraordinaria... Después
apeló al procedimiento evasivo de su profesión. Convendría sacarla de Madrid...
otros aires... otra vida.
Renovales protestó. ¡Adónde ir, comenzado ya el
invierno, cuando en pleno verano había querido ella volver á su casa! El médico
levantó los hombros y redactó una receta, notándose en su gesto el deseo de
escribir algo, de no marcharse sin dejar un papel como rastro de su paso.
Explicó al marido varios síntomas, para que los observase en la enferma, y se
fué, repitiendo su encogimiento de hombros, que revelaba indecisión y
desaliento.
—¡Pchs! ¡Quién sabe!... ¡Tal vez! El organismo
tiene reacciones inesperadas: reservas maravillosas para defenderse...
Estos consuelos enigmáticos alarmaron á Renovales.
Espiaba con disimulo á su mujer, estudiando su tos, examinándola atentamente
cuando ella no le veía. Ya no pasaban juntos la noche. Desde el casamiento de
Milita, el padre ocupaba la habitación de ésta. Habían roto la esclavitud del
lecho común que atormentaba su descanso. Renovales remediaba este alejamiento
entrando en el dormitorio de Josefina por las mañanas.
—¿Has pasado la noche bien? ¿Quieres algo?
Los ojos de la mujer le acogían con una mirada de
extrañeza, de hostilidad.
—Nada.
Y acompañaba este laconismo, revolviéndose en el
lecho, para dejarle á su espalda con gesto despectivo.
El pintor acogía sus muestras de hostilidad con
mansa resignación. Era su deber: ¡tal vez podía morirse! Pero esta posibilidad
de la muerte no le conmovía, le dejaba frío, y se irritaba contra sí mismo,
como si dentro de su pensamiento existiesen dos personalidades distintas... Se
echaba en cara su crueldad, aquella glacial indiferencia ante la enferma, que
sólo le producía un pasajero remordimiento.
Una tarde, en casa de la de Alberca, después de los
audaces abandonos con los que parecían desafiar la santa calma del prócer,
vuelto ya del viaje, el pintor habló tímidamente de su mujer.
—Vendré menos; no lo extrañes. Josefina está muy
enferma.
—¿Mucho?—preguntó Concha.
Y en la chispa que pasó por su mirada, creyó ver
Renovales algo conocido; un resplandor azul que había danzado ante él en la
obscuridad de sus noches, con brillo infernal, turbando su conciencia.
—No: tal vez no sea nada. Yo creo que no es de
peligro.
Sentía la necesidad de mentir. Se consolaba
quitando importancia á la enfermedad. Creía descargarse, con
este engaño voluntario, de la inquietud que le aguijoneaba. Era la mentira del
que se sincera, fingiendo ignorar, la importancia del daño causado.
—No es nada—decía á su hija, que, alarmada por el
aspecto de mamá, venía á pasar con ella todas las noches.—Un constipado;
ronquera de invierno. Eso desaparecerá así que llegue el buen tiempo.
Hacía encender todas las chimeneas de la casa: una
atmósfera de horno esparcíase por las habitaciones. Afirmaba á gritos, sin
emoción alguna, que su mujer sólo sufría un resfriado, y al hablar con esta
certeza, una voz extraña parecía gritarle dentro del cráneo: «Mentira; se
muere. Se muere y tú lo sabes.»
Los síntomas de que le había hablado el médico,
iban presentándose uno tras otro, con fatídica regularidad, en un engranaje
mortal. Al principio sólo notó en ella una fiebre viva y continua, que parecía
aumentarse á la caída de la tarde, con profundos estremecimientos. Después
observó sudores, de una abundancia aterradora; sudores nocturnos que dejaban
impresa en las sábanas la huella de su cuerpo. Y á este cuerpo mísero, cada vez
más frágil, más esquelético, como si el fuego de la fiebre devorase hasta la última
partícula de su grasa y sus músculos, no le quedaba otra envoltura y defensa
que la piel, que también parecía liquidarse en eterna humedad. La tos era
frecuente; rasgaba á todas horas con su escala de
ronquidos fatigosos el silencio del hotel, y la débil mujercita se incorporaba
buscando dónde ocultar los residuos de la erupción dolorosa que conmovía sus
pulmones. Se quejaba de un continuo dolor en la base del pecho. Su hija la
hacía comer, á costa de ruegos y caricias, llevándola la cuchara á la boca como
si fuese una niña; pero la tos y la náusea cortaban la nutrición, espeliendo el
alimento. Su lengua estaba seca. Se quejaba de una sed infernal que parecía
devorarle las entrañas.
Así transcurrió un mes. Renovales, en su afán
optimista, esforzábase por creer que la enfermedad no iría más lejos.
—No se muere, Pepe—decía con tono enérgico, como
dispuesto á pelearse con el que se opusiera á esta afirmación.—No se muere,
doctor. ¿No lo cree usted así?
El doctor contestaba con su eterno encogimiento de
hombros. «Tal vez... Es posible.» Y como la enferma se negase con tenacidad á
todo examen interior, iba enterándose de los síntomas por las revelaciones de
la hija y el marido.
Á pesar de su esquelética delgadez, aumentaban de
volumen algunas partes de su cuerpo. El vientre era mayor: las piernas ofrecían
extraña particularidad: una, delgadísima, enjuta, marcando bajo la piel las
estrecheces y amplificaciones de los huesos, sin el más leve almohadillado de
grasa; la otra, enorme, de una gordura que jamás había tenido,
con la piel tirante y blanca, marcando en ella las venas sus serpenteados de
intenso azul.
Renovales hacía preguntas al doctor con gran
ingenuidad. ¿Qué opinaba de estos síntomas? Y el médico bajaba la cabeza. No
sabía; había que esperar: la Naturaleza tiene sus sorpresas. Pero después, como
animado por repentina decisión, pretextó el deseo de escribir una receta, para
hablar á solas con el marido en su estudio de trabajo.
—La verdad, Renovales... Me pesa esta comedia
misericordiosa, buena para otros; pero usted es un hombre... Es una tisis
galopante; tal vez asunto de días, tal vez asunto de pocos meses; pero se muere
y yo no conozco el remedio. Si usted quiere, busque á otros.
¡Se muere!... Renovales quedó anonadado por la
sorpresa, como si nunca hubiese creído en la posibilidad de este final. ¡Se
muere!... Y después de la salida del médico, que se alejó con pasó más firme,
como el que acaba de librarse de un grave peso, el pintor repitió mentalmente
estas palabras, sin que le produjesen otro efecto que dejarlo absorto, en
estúpida insensibilidad. ¡Se muere! ¿Pero era que realmente podía morir aquella
mujercita, que tanto había pesado sobre su vida y cuya debilidad le inspiraba miedo?...
De pronto se vió paseando por el estudio,
repitiendo en alta voz:
—¡Se muere! ¡Se muere!
Se lo decía á sí mismo para conmoverse, para prorrumpir en gemidos de dolor: pero su sensibilidad
permanecía muda.
Josefina iba á morir; ¡y él estaba sereno! Sintió
deseos de llorar: quiso llorar, con la voluntad imperiosa del que necesita
cumplir un deber. Parpadeó, hinchando su pecho, conteniendo el aliento,
esforzándose por abarcar con la imaginación esta desgracia; pero sus ojos
permanecieron secos; sus pulmones aspiraron el aire con delicia; su
pensamiento, duro y refractario, no se estremeció con ninguna imagen dolorosa.
Era un pesar exterior, superficial, que no encontraba más que palabras, gestos
y desordenados paseos: el interior seguía insensible, como si la certidumbre de
aquella muerte lo hubiese congelado en plácida indiferencia.
Le atormentó la vergüenza de su monstruosidad. El
mismo impulso que obligaba á los ascetas á imponerse mortales castigos por los
pecados de su imaginación, le arrastró á él, con la fuerza del remordimiento, á
la habitación de la enferma. No saldría de allí, arrostraría su desprecio
silencioso, la acompañaría hasta el último momento, olvidando el sueño y el
hambre. Sentía la necesidad de purificarse, con algo noble y generoso, de esta
ceguera de su alma que le daba miedo.
Milita ya no pasó las noches al cuidado de su madre
y pudo volver á su casa, con escasa satisfacción del marido, que sentía cierto
placer con este retorno inesperado á su existencia de soltero.
Renovales no dormía. Después de media noche, cuando
se marchaba Cotoner, paseaba en silencio por las habitaciones profusamente
iluminadas; rondaba cerca del dormitorio; entraba en él para ver á Josefina en
su lecho, sudorosa, agitada de vez en cuando por crueles toses, sumida en un
sopor de muerte y tan enflaquecida, tan pequeña, que apenas si las ropas de la
cama marcaban su insignificante bulto, como el cuerpo de un niño. Después el
maestro pasaba el resto de la noche en un sillón, fumando, con los ojos muy
abiertos, pero sumido el cerebro en la torpeza de la somnolencia.
Su pensamiento volaba lejos. Era en vano que se
avergonzase de su crueldad: parecía hechizado por un poder misterioso, superior
á sus remordimientos. Olvidaba á la enferma; se preguntaba lo que haría Concha
á aquellas horas; la veía con la imaginación, desnuda y en impúdico abandono;
recordaba las palabras, los estremecimientos, los gritos de sus entrevistas. Y
cuando con gran esfuerzo se arrancaba á estos ensueños, iba como por expiación
hasta la puerta de la enferma y escuchaba su aliento angustioso, poniendo el
rostro compungido, pero sin poder llorar, sin aquella tristeza que en vano
deseaba sentir.
Á los dos meses de enfermedad, Josefina no pudo
permanecer en el lecho. Su hija la sacaba de él sin ningún esfuerzo, con la
misma ligereza que si fuese una pluma, y permanecía en un sillón, pequeñísima,
insignificante, desconocida, con un rostro descarnado
que no presentaba de frente más que los grandes redondeles de los ojos y la
nariz afilada como la hoja de un cuchillo.
Cotoner tenía que reprimir sus lágrimas al verla.
—¡No queda nada de ella!—decía al alejarse.—¡Nadie
la conocería!
Su tos dolorosa sembraba en torno de ella el veneno
de la muerte. Á su boca asomaba una espumilla blanca que parecía solidificarse
en las comisuras de los labios. Sus ojos se agrandaban, adquirían una luz
extraña, como si viesen más allá de las personas y las cosas. ¡Ay, estos ojos!
¡Qué estremecimiento de pavor despertaban en Renovales!...
Una tarde se fijaron en él, con la mirada intensa y
tenaz que siempre le había aterrado. Eran ojos que le agujereaban la frente,
que revolvían sus pensamientos.
Estaban solos; Milita se había ido á su casa;
Cotoner dormitaba en un sillón del estudio. La enferma parecía más animada, con
deseos de hablar, contemplando con cierta lástima al marido, sentado junto á
ella, casi á sus pies.
Iba á morir; tenía la certeza de su muerte. Y una
postrera rebelión de la vida que se resiste á extinguirse, el horror de la
nada, hizo subir las lágrimas á sus ojos.
Renovales protestó con vehemencia, queriendo
disfrazar su mentira entre gritos. ¿Morir?... ¡No había
que pensar en eso!... Viviría; aun le quedaban muchos años de existencia feliz.
Ella sonrió como si le compadeciese. No admitía el
engaño: sus ojos iban más allá que los de él; adivinaba lo impalpable, lo
invisible que rondaba en torno de ella. Habló débilmente, pero con esa
inexplicable solemnidad de la voz que emite sus últimos sonidos, del alma que
se exterioriza por vez postrera.
—Moriré, Mariano, más pronto de lo que crees... más
tarde de lo que yo deseo. Moriré, y tú quedarás tranquilo.
¡Él! ¡Él desearla la muerte!... Su sorpresa y su
remordimiento le hacían ponerse de pie, bracear con fieros ademanes de
protesta, agitarse con la misma violencia que si unas manos invisibles acabaran
de desnudarle con rudo tirón.
—Josefina, no delires. Cálmate; ¡por Dios, no digas
esos disparates!
Ella sonreía con una mueca dolorosa, horrible; pero
luego su mísero rostro se hermoseaba con la serenidad del que se va, sin
pesadillas ni delirios, en plena normalidad cerebral. Le hablaba con la inmensa
conmiseración, con la piedad sobrehumana del que contempla el mísero río de la
vida, saliéndose de su corriente, tocando ya con el pie las riberas de eterna
sombra, de eterna paz.
—No quería irme sin decírtelo: muero sabiéndolo
todo. No te muevas... no protestes. Bien conoces el poder que tengo sobre ti.
Más de una vez te he visto mirarme aterrado, por la
facilidad con que leo tus pensamientos... Hace años me convencí de que todo
había acabado entre nosotros. Hemos vivido como buenos animalitos de Dios,
comiendo juntos, durmiendo juntos, ayudándonos por necesidad; pero yo me
asomaba á tu interior, miraba tu corazón... ¡nada! ni un recuerdo, ni una
chispa de amor. He sido tu hembra, la buena compañera que cuida la casa y evita
al hombre las preocupaciones pequeñas de la vida. Has trabajado mucho para
envolverme en el bienestar, para que callase satisfecha y te dejara tranquilo.
¿Pero amor?... Nunca... Muchos viven como nosotros... muchos; casi todos. Yo no
he podido; creía que la vida era otra cosa y no siento irme... No te
enfurezcas, no grites. Tú no tienes la culpa, pobre Mariano... Fué un error el
casarnos.
Se excusaba dulcemente, con una bondad que no
parecía de este mundo, pasando generosa sobre las crueldades y los egoísmos de
una vida que iba á dejar. Hombres como él eran excepcionales; debían vivir
solos, en una existencia aparte, como los árboles grandes que absorben todo el
jugo del suelo y no dejan crecer una sola planta en lo que abarcan sus raíces.
Ella no tenía la fuerza del aislamiento: era débil; necesitaba para vivir la
sombra de la ternura, la certeza de ser amada. Debía haberse unido á un hombre
como todos; un ser simple lo mismo que ella, sin otros anhelos que los modestos
apetitos de la vulgaridad. El pintor la había
arrastrado en su ruta extraordinaria, fuera de los caminos fáciles y comunes
que siguen los demás, y ella caía en mitad de la marcha, vieja en plena
juventud, vencida por haberle acompañado en esta jornada superior á sus
fuerzas.
Renovales agitábase en torno de ella con incesante
protesta.
—¡Pero qué tonterías dices! ¡Deliras! Yo te he
querido siempre, Josefina; te quiero...
Los ojos de ella tomaron una extraña dureza. El
fulgor de la cólera pasó por sus pupilas.
—Calla, no mientas. Conozco un montón de cartas que
tienes en el estudio, ocultas tras los volúmenes de tu librería. Las he leído
una por una; he ido siguiendo su llegada; conocí tu escondrijo cuando sólo
guardabas tres. Ya sabes que adivino todo lo tuyo; que tengo sobre ti cierto
poder; que no puedes ocultarme nada. Conozco tus amores...
Renovales sintió que le zumbaban las sienes, que el
suelo se escapaba bajo sus pies. ¡Qué asombrosa brujería!... Hasta las cartas,
cuidadosamente ocultas, las había descubierto aquella mujer con su instinto
adivinatorio.
—¡Mentira!—gritó enérgicamente para ocultar su
turbación.—¡Nada de amor! Si las has leído, tú sabes lo que es tan bien como
yo: pura amistad; cartas de una amiga que está algo loca.
La enferma sonrió con tristeza. Al principio era
amistad, menos aún que esto, maligno entretenimiento de hembra caprichosa que
gozaba jugueteando con un hombre célebre,
infundiéndole los entusiasmos de un adolescente. Conocía á la compañera de su
infancia; tenía la certeza de que no pasaría de ahí; por eso se apiadaba del
pobre grande hombre, en plena imbecilidad amorosa. Pero después había ocurrido
seguramente algo extraordinario, algo que no se explicaba y que había
trastornado sus previsiones. Ahora su marido y Concha eran amantes.
—No lo niegues, es inútil. Esta certeza es la que
me mata. Lo adiviné al ver que te quedabas abstraído, con una sonrisa de
felicidad, como si saboreases tus pensamientos. Lo adiviné en la alegría con
que cantabas por las mañanas al despertar, en el perfume de que venías
impregnado, y que te seguía por todas partes. No necesitaba encontrar más
cartas. Me bastaba olerte, percibir ese perfume de infidelidad, de carne de
pecado, que te acompaña siempre. Tú, pobre hombre, entrabas en casa creyendo
que todo se quedaba más allá de la puerta, y el olor de ella te sigue, te
denuncia... Aun parece que lo percibo.
Y dilataba su nariz, aspirando el aire con gesto de
dolor, cerrando los ojos, como si quisiera huir de las imágenes que este
perfume evocaba en ella. El marido persistió en sus protestas al convencerse de
que no poseía otras pruebas de su infidelidad. ¡Todo mentiras! ¡Todo
delirios!...
—No, Mariano—murmuró la enferma.—Ella está dentro
de ti; te llena la cabeza: desde aquí la veo. Antes
ocupaban su sitio mil fantasías disparatadas, ilusiones de tu gusto, mujeres
desnudas, liviandades que eran tu devoción. Ahora es ella la que lo llena todo;
es tu deseo hecho carne... Quedaos y sed felices. Yo me voy... falta sitio en
el mundo para mí.
Calló un momento y á sus ojos subieron las lágrimas
otra vez, con el recuerdo de los primeros años de vida común.
—Nadie te ha querido como yo, Mariano—dijo con
nostálgica dulzura.—Te miro ahora como si fueses un extraño, sin cariño y sin
odio. ¡Y sin embargo, no ha habido en el mundo una mujer que amase á su marido
con mayor apasionamiento!
—Yo te adoro, Josefina. Te amo lo mismo que cuando
nos conocimos. ¿Te acuerdas?
Pero en su voz, á pesar de la emoción que pretendía
darla, sonaba la falsedad.
—No te esfuerces, Mariano, es inútil; todo acabó.
Ni tú me quieres, ni queda en mí nada de lo que fué...
En su rostro había un gesto de extrañeza, de
asombro; parecía espantada de su misma serenidad que le hacía perdonar, de esta
indiferencia final para el hombre que tanto la había hecho sufrir. En su
imaginación, veía un jardín inmenso; flores que parecían inmortales, y se
secaban y caían al llegar el invierno. Después su pensamiento seguía más allá,
por encima de los fríos de muerte. Las nieves se liquidaban, brillaba otra vez
el sol; llegaba la nueva primavera, con su cortejo
de amores, y las ramas secas reverdecían con una segunda vegetación.
—¡Quién sabe!—murmuró la enferma con los ojos
cerrados.—Tal vez, después que yo muera, te acordarás de mi... Tal vez me
quieras algo... y me recuerdes... y sientas agradecimiento hacia la que tanto
te amó. Lo que se pierde es lo que se desea...
Calló la enferma, anonadada por tanto esfuerzo; se
sumió en aquel sopor fatigoso, que para ella equivalía al descanso. Renovales,
después de esta conversación, se vió en un estado de vil inferioridad ante su
mujer. Lo sabía todo y le perdonaba. Había seguido el curso de sus amores,
carta por carta, gesto por gesto, adivinando en sus sonrisas los recuerdos de
la infidelidad, oliendo á todas horas el cuerpo de la otra en el perfume que
impregnaba sus ropas; husmeando tal vez, durante noches enteras de cruel desvelo,
aquella esencia de pecado, inadvertida para los demás, pero que ella percibía
con la agudeza de sus sentidos. ¡Y callaba! ¡Y moría sin protesta! ¡Y él no
caía á sus pies, pidiéndola perdón! ¡Y permanecía insensible, sin una lágrima,
sin un suspiro!
Tuvo miedo de verse á solas con ella. Milita volvió
á quedarse en la casa para cuidar á su madre. El maestro se refugiaba en su
estudio; quería olvidar, trabajando, á aquel cuerpo moribundo que se extinguía
bajo el mismo techo.
Pero en vano arrojaba colores en la paleta, y cogía
los pinceles, y preparaba lienzos. No hacía más que embadurnar; le era
imposible seguir adelante, como si de pronto hubiese olvidado su arte. Volvía
la cabeza con inquietud, creyendo que Josefina iba á entrar de pronto,
continuándose aquella entrevista en la que había puesto al descubierto su
grandeza de alma y la ruindad de él. Necesitaba volver á sus habitaciones, ir
de puntillas hasta la puerta del dormitorio, para convencerse de que estaba
allí, cada vez más exigua, escuchando á su hija con una sonrisa de calavera que
ajustaba la piel á las obscuras oquedades de sus huesos.
Su demacración era espantosa: no encontraba
límites. Cuando parecía haber llegado al último extremo, todavía sorprendía con
nuevos encogimientos, como si tras la desaparición total de la carne fuese
liquidándose el mísero esqueleto.
Algunas veces atormentábala el delirio, y su hija,
conteniendo las lágrimas, acogía con palabras de aprobación los disparatados
viajes que proyectaba, sus propósitos de irse muy lejos, para vivir con Milita
en un jardín, donde no encontrasen hombres, donde no existiesen pintores...
¡nada de pintores!
Aun vivió unos quince días. Renovales, con cruel
egoísmo, ansiaba descansar, lamentándose de esta existencia anormal. Si había
de morir, ¡por qué no acababa cuanto antes, devolviendo la tranquilidad á todos
los de la casa!...
Ocurrió el suceso una tarde, á la hora en que el
maestro, tendido en un diván de su estudio, releía las dulces quejas de una
cartita perfumada. ¡Tantos días sin verle! ¿Cómo seguía la enferma? Reconocía
que su deber estaba allí: la gente murmuraría si la visitaba. Pero ¡ay! ¡era
tan penosa esta separación!...
No pudo acabar de leer. Entró Milita en el estudio,
con expresión azorada, llevando en los ojos ese terror, ese asombro que infunde
la presencia de la muerte, el roce de su paso, aunque se aguarde su llegada.
Su voz tenía bruscas sacudidas. Mamá... estaba
hablando con ella, la halagaba con la esperanza de un próximo viaje... y de
pronto un ronquido... la cabeza inclinándose antes de caer sobre el hombro...
un momento... nada... ¡lo mismo que un pajarito!
Renovales corrió al dormitorio, tropezándose con su
amigo Cotoner, que salía del comedor, corriendo también. La vieron en un
sillón, encogida, plegada, con esa flacidez mortal que convierte el cuerpo en
blando pingajo. Todo había acabado.
Milita tuvo que coger á su padre; sostenerlo con su
vigor de muchacha fuerte; ser ella la que guardase la serenidad y la energía en
el crítico momento. Renovales se dejaba manejar por su hija; apoyaba el rostro
en un hombro de ella, con dolor sublime, teatral, una hermosa desesperación de
artista, conservando aún en su mano, distraídamente, la carta de la condesa.
—Valor, Mariano—decía el pobre Cotoner con voz
cargada de lágrimas.—Hay que ser hombres... Milita, lleva á tu padre al
estudio... Que no la vea...
El maestro se dejó conducir por su hija, suspirando
con fuertes resoplidos, queriendo llorar, con inútiles esfuerzos. Las lágrimas
no llegaban. Su atención no podía concentrarse: la distraía una voz interior,
la voz de las grandes tentaciones.
Había muerto y quedaba libre. Seguiría su camino,
ligero, dueño de sí mismo, sin fatigosa impedimenta. ¡Á él la vida con todos
sus goces; el amor sin miedos ni escrúpulos; la gloria con sus dulces
réditos!...
Iba á comenzar una segunda existencia.
Hasta principios del invierno siguiente, no volvió
Renovales á Madrid. La muerte de su mujer le dejó estupefacto, como si dudase
de su realidad, como si sintiera extrañeza al contemplarse solo y dueño de sus
acciones. Cotoner, viéndole sin deseos de trabajar, tendido en los divanes del
estudio, con un gesto vago, cual si soñase despierto, interpretaba su estado
como un inmenso dolor sordo y silencioso. Además, le molestaba que la condesa,
apenas muerta Josefina, frecuentase el hotel para visitar al ilustre maestro y
á su querida Milita.
—Debes irte—aconsejaba el viejo artista.—Eres
libre; lo mismo vivirás en cualquier parte que aquí. Te conviene un viaje
largo: eso te distraerá.
Y Renovales emprendió su viaje con la alegría de un
estudiante, libre por vez primera de la vigilancia de la familia. Solo, rico y
dueño de sus actos, se creyó el ser más feliz de la
tierra. Su hija tenía á su marido, formaba familia aparte; él se veía en grato
aislamiento, sin preocupaciones, sin deberes, sin otros lazos que los
dulcísimos de aquellas cartas interminables de Concha, que le salían al
encuentro en su viaje. ¡Oh, libertad feliz!...
Vivió en Holanda, estudiando sus museos, que no
conocía; después, en un capricho de pájaro errante, descendió á Italia,
saboreando algunos meses de vida fácil, sin trabajo, visitando estudios,
recibiendo los honores debidos á un maestro célebre, en los mismos sitios donde
había luchado pobre y desconocido. Luego se trasladó á París, acabando por
atraerle la condesa, que estaba en Biarritz veraneando con su esposo.
El estilo epistolar de Concha se hacía más
apremiante; mostraba nuevas exigencias al prolongarse el periodo de separación.
Debía volver; ya había viajado bastante. Ella se aburría no viéndole; le amaba,
no podía vivir sin él. Además, como supremo recurso, le hablaba de su marido,
del conde, que, en su eterna ceguera, unía sus súplicas á las de su esposa,
rogándola que invitase al artista á pasar una temporada en su hotel de
Biarritz. El pobre maestro debía sentirse muy triste en su viudez, y el prócer
bondadoso tenía empeño en consolar su soledad. En su casa le distraerían;
serían para él una nueva familia.
El pintor vivió gran parte del verano y todo el
otoño en el ambiente grato de aquel hogar, que parecía creado
para él. La servidumbre le respetaba, adivinando en Renovales al verdadero amo.
La señora, delirante por la larga ausencia, mostrábase tan audaz en sus
arrebatos, que el artista tenía que contenerla, recomendando prudencia. El
noble conde de Alberca le rodeaba de una simpática conmiseración. ¡Pobre é
ilustre amigo! ¡Verse privado de su compañera! Y el hombre de las
condecoraciones demostraba, con noble gesto, el horror que le infundía la
posibilidad de verse viudo, sin aquella esposa que tan dichoso le hacía.
Al comenzar el invierno volvió Renovales á su
hotel. Ni la más leve emoción experimentó al verse en los tres grandes
estudios, al recorrer aquellas habitaciones que parecían más heladas, más
grandes, más sonoras, ahora que no se conmovían con otros pasos que los suyos.
Creyó que no había transcurrido un año. Todo estaba lo mismo, como si su
ausencia sólo fuese de unos cuantos días. El amigo Cotoner había cuidado bien
la casa, haciendo trabajar al matrimonio que ocupaba la portería y al antiguo
doméstico encargado de la limpieza de los estudios, única servidumbre que
Renovales conservaba. Ni polvo sobre los objetos, ni atmósferas densas de larga
clausura en las habitaciones. Todo aparecía brillante, limpio, como si la vida
no se hubiera interrumpido en aquella casa. El sol y el aire habían penetrado á
raudales por las ventanas, disolviendo aquella atmósfera de enfermedad que
Renovales había dejado al irse, y en la que creía
percibir el roce del invisible ropaje de la Muerte.
Era una casa nueva, semejante en su forma á la que
había conocido antes, pero con la frescura y la sonoridad de los edificios
recién construidos.
Fuera de su estudio, nada le recordaba á la esposa
muerta. Evitó entrar en su dormitorio; no preguntó siquiera quién guardaba la
llave. Durmió en el cuarto que había sido de su hija, en su camita de soltera,
con la satisfacción de llevar una vida modesta y sobria en aquel hotel de
señorial aspecto.
Tomaba su almuerzo en el comedor, en un extremo de
la mesa, sobre una servilleta, cohibido por las dimensiones y el lujo de esta
pieza, que ahora le parecía enorme é inútil. Miraba distraído un sillón,
cercano á la chimenea, donde muchas veces se había sentado la muerta. El
asiento, con los brazos abiertos, parecía esperar aquel cuerpecillo estremecido
por encogimientos de pájaro. Pero el pintor no sentía emoción alguna. Ni
siquiera podía recordar fielmente en su imaginación la cara de Josefina. ¡Había
sufrido tantas transformaciones!... La última, aquella máscara esquelética, era
la que evocaba mejor; pero le repelía, en su egoísmo de hombre feliz y fuerte,
que no quiere entristecerse con penosos recuerdos.
No veía su imagen en ninguna parte de la casa.
Parecía haberse evaporado para siempre, sin dejar el menor roce de su cuerpo en
las paredes que tantas veces habían servido de apoyo á su andar vacilante, en los pisos que apenas si sentían el peso de sus
débiles pies. Nada: estaba bien olvidada. En el interior de Renovales no
quedaban otros vestigios de los largos años de unión, que un sentimiento
penoso, un recuerdo molesto, que le hacía gustar con mayor placer su nueva
existencia.
Sus primeros días, en la soledad de la casa, fueron
de intensos y nuevos goces. Después del almuerzo se tendía en un diván del
estudio, contemplando las espirales azules de su cigarro. ¡Libertad completa!
¡Solo en el mundo! La vida entera para él, sin preocupación alguna, sin miedos.
Podía ir y venir sin que unos ojos espiasen sus acciones, sin que una boca
amarga turbase con reproches su plácida calma. Aquella puertecilla del estudio,
que antes miraba con zozobra, no se abriría más para dar paso al enemigo. Podía
cerrarla aislándose del mundo; podía abrirla haciendo entrar por ella, en
ruidoso chorro de escándalo, todo cuanto se le antojase; batallones de bellezas
desnudas, para pintarlas en revuelta bacanal; extrañas bayaderas de ojos negros
y vientre descubierto que danzasen con mórbido abandono sobre los tapices del
estudio: todas las ilusiones desordenadas de su deseo, las monstruosas fiestas
de imaginación con que había soñado en sus tiempos de servidumbre. Él no sabía
ciertamente dónde encontrar todo esto, ni tenía gran empeño en buscarlo; pero
le bastaba la certeza de poderlo realizar sin obstáculo alguno.
Esta conciencia de su libertad absoluta, en vez de
impulsarle á la acción, le mantenía en dulce quietud, satisfecho de poder
hacerlo todo, sin que su voluntad osase intentar nada. En otros tiempos
agitábase furioso, lamentando sus cadenas. ¡Las cosas que pintaría él, de ser
libre! ¡Los escándalos que provocaría con sus audacias! ¡Ay, si no estuviese
unido á una mezquina burguesa que intentaba reglamentar su arte con la misma
corrección y dignidad que tenía para las visitas ó para los gastos de la casa!...
Y ahora que la burguesa no existía, el artista
quedaba en grata somnolencia, contemplando los lienzos empezados un año antes,
mirando como un enamorado tímido á su paleta abandonada, diciéndose con una
falsa energía: «De mañana no pasa; mañana empiezo.»
Y al día siguiente llegaba mediodía, y con él el
almuerzo, antes de que Renovales hubiese llegado á coger el pincel. Leía
periódicos extranjeros, revistas de arte, enterándose con curiosidad
profesional de lo que exponían y trabajaban los pintores famosos de Europa.
Recibía la visita de ciertos compañeros humildes, y ante ellos se lamentaba de
la insolencia de la juventud, de sus avances irrespetuosos, con una sequedad de
artista ilustre que empieza á envejecer, y cree que con él se extingue el
talento y nadie vendrá detrás de sus pasos. Luego le embargaba la modorra de la
digestión, lo mismo que á Cotoner, y sentía dulces desfallecimientos, la felicidad de no hacer nada. Para vivir bien, tenía
riquezas de sobra. Su hija, que era su única familia, encontraría á su muerte
más de lo que esperaba. Había trabajado bastante. La pintura, lo mismo que
todas las artes, era una mentira bonita, por cuyos progresos se agitaban los
hombres como locos, hasta odiarse con impulsos de muerte. ¡Qué necedad! Era
mejor permanecer en dulce calma, saboreando la alegría de la propia existencia,
embriagándose en los sencillos goces animales, sintiéndose vivir. ¿Qué
importaban unos cuantos cuadros más en aquellos enormes palacios llenos de
lienzos, desfigurados por los siglos, que no conservaban tal vez una sola
pincelada como la dieron sus autores? ¿Qué le importaba á la humanidad, que
cambia de sitio cada docena de siglos, y ha visto caer las grandes soberbias de
los hombres fabricadas con mármoles y granitos, que un tal Renovales produjera
unos hermosos juguetes de tela y colores, que podía destruir una colilla de
cigarro, ó roer en unos cuantos años un soplo de viento, una gota de agua
filtrándose por la pared?...
Pero este pesimismo desvanecíase cuando alguien le
llamaba «ilustre maestro», ó así que veía su nombre en un periódico y un
discípulo ó un admirador mostraba curiosidad por su trabajo.
Ahora descansaba. Aun no estaba repuesto de la
emoción sufrida. ¡La pobre Josefina!... Pero iba á trabajar mucho; se sentía
con nuevas fuerzas para obras más grandes que las ya conocidas. Y después de estas exclamaciones, le acometía un deseo
loco de trabajo y enumeraba los cuadros que llevaba en su pensamiento,
insistiendo en su originalidad. Eran problemas audaces de color, nuevos
procedimientos técnicos que se le ocurrían. Pero estos propósitos no rebasaban
el límite de la palabra; no llegaban jamás al pincel. Parecían rotos ó
enmohecidos los resortes de su voluntad, antes vibrantes y vigorosos. No
sufría, no deseaba. La muerta se había llevado su fiebre de trabajo, su
inquietud de artista, dejándolo en este limbo de bienestar y tranquilidad.
Por las tardes, cuando lograba arrancarse á la
dulce torpeza, á la ligera punta de embriaguez que le retenía inmóvil, iba á
ver á su hija, si es que estaba en Madrid, pues con gran frecuencia acompañaba
á su marido en sus excursiones de automovilista. Después acababa la tarde en
casa de la de Alberca, donde permanecía muchas veces hasta media noche.
Comía allí casi todos los días. La servidumbre
miraba á don Mariano con respeto, adivinando el lugar que ocupaba cerca de la
señora. El conde, acostumbrado al trato del artista, mostraba tanto empeño en
verle como su esposa. Hablaba con entusiasmo del retrato que había de hacerle
Renovales, para que formase pareja con el de Concha. Sería más adelante, cuando
conquistase ciertas condecoraciones extranjeras que faltaban en su catálogo de
glorias. Y el artista sentía cierto remordimiento al
escuchar las simplezas del buen señor, mientras su esposa, con una audacia
loca, le acariciaba con los ojos, se inclinaba hacia él, como si fuese á
desplomarse en sus brazos, y buscaba su contacto por debajo de la mesa.
Luego, apenas se ausentaba el marido, se iba sobre
Mariano con los brazos abiertos, hambrienta, desafiando la curiosidad de los
criados. Le parecía más dulce el amor amenazado de peligros. Y el artista se
dejaba adorar con cierto orgullo. Él, que al principio de esos amores era el
que suplicaba y perseguía, encerrábase ahora en una pasividad superior,
aceptando los homenajes de Concha, anhelante y vencida.
Falto Renovales de entusiasmo para el trabajo, se
refugiaba para sostener su renombre en los honores oficiales que se conceden á
los maestros respetados. Dejaba para el día siguiente la obra nueva, la magna
obra que debía levantar nuevos voceríos de admiración en torno de su nombre.
Pintaría su famoso cuadro de Friné en una playa, cuando llegase el verano y
pudiera huir á la costa solitaria, llevando con él á la belleza perfecta que le
serviría de modelo. Tal vez convenciese á la condesa. ¡Quién sabe!... Sonreía
con cierta satisfacción, cada vez que escuchaba de sus labios el elogio de sus
bellas desnudeces. Pero entretanto exigía el maestro que la gente se acordase
de su nombre por sus trabajos anteriores, que le admirara por las obras que
había producido.
Irritábase contra los periódicos, que ensalzando á
la gente joven, sólo se acordaban de él para citarle de paso, como una gloria
consagrada, como un señor que hubiese muerto y tuviera sus lienzos en el museo
del Prado. Le agitaba esa cólera sorda del cómico, que agoniza de envidia,
viendo la escena ocupada por otros.
Quería trabajar; iba á trabajar inmediatamente.
Pero así como transcurría el tiempo, sentía una creciente pereza cerebral que
le imposibilitaba para la acción; un entorpecimiento de manos, que ocultaba
hasta á sus más íntimos, avergonzado al recordar su ligereza y facilidad de
otros tiempos.
—Esto pasará—se decía con la confianza del que no
duda en su talento.
En uno de sus caprichos imaginativos, se comparaba
con los perros inquietos, fieros y acometedores cuando los atormenta el hambre,
y blandos y pacíficos si los rodea el bienestar. Él necesitaba sus tiempos de
avidez é inquietud, cuando lo deseaba todo, cuando no disponía de la paz del
trabajo, y tras los disgustos conyugales acometía al lienzo como si fuese un
enemigo, lanzándole el color furiosamente, en bofetadas de luz. Aun después de
ser rico y célebre, había tenido algo que pedir. «¡Si yo tuviese tranquilidad!
¡Si fuese dueño de mi tiempo! ¡Si viviese solo, sin familia, sin
preocupaciones, como debe vivir el verdadero artista!» Y bien; se cumplían sus
anhelos; nada tenía que esperar, pero sentía una
pereza semejante al agotamiento, con esta ausencia de todo deseo, como si la
cólera y la inquietud fuesen para él un espolonazo interno de la inspiración.
Le atormentaba el hambre de celebridad; creía haber
muerto obscuramente al transcurrir los días sin que le nombrasen. Se imaginaba
que la juventud le volvía la espalda para mirar en distinta dirección,
almacenándole entre los consagrados, admirando á otros maestros. Su orgullo de
artista le hizo buscar ocasiones de notoriedad, con la inocencia de un
principiante. Él, que tanto se había burlado del mérito oficial y de los
rediles de las Academias, se acordó de pronto que hacía varios años le habían
elegido miembro de la de Bellas Artes después de uno de sus triunfos.
Cotoner mostró asombro al ver la importancia que
daba de pronto á esta distinción no solicitada, de la que se había reído
siempre.
—Eran bromas de joven—dijo el maestro con
gravedad.—La vida no puede tomarse siempre á risa. Hay que ser serios, Pepe;
vamos para viejos, y no siempre hay que burlarse de cosas que en el fondo son
respetables.
Además, se acusaba de grosería. Aquellos dignos
personajes, á los que había comparado muchas veces con toda clase de animales,
extrañarían que transcurriesen los años sin que él se preocupara de ocupar su
sitio. Había que ir á la recepción académica. Y Cotoner, por encargó suyo,
corrió con todos los preparativos; desde llevar la
noticia á aquellos señores, para que fijasen la fecha de la artística
solemnidad, hasta ocuparse del discurso del nuevo académico. Porque Renovales
se enteró con cierto temor de que había de leer un discurso... ¡Él, que
acostumbrado al manejo del pincel y por la descuidada educación de su niñez,
cogía la pluma con cierta torpeza y hasta en sus cartas á la de Alberca
prefería representar con graciosas figuras sus frases de pasión, á encerrarlas
en letras!...
El viejo bohemio le sacó del apuro. Conocía bien á
su Madrid. Los bastidores de esa vida que se exterioriza en las columnas de los
periódicos no tenían misterios para él. Renovales leería un discurso tan
magnífico como los de otros.
Y una tarde le llevó al estudio á un tal Isidro
Maltrana, joven pequeñín, feo, con enorme cabeza y un aire de aplomo y audacia
que disgustó en el primer momento á Renovales. Iba bien trajeado, pero con las
solapas sucias de ceniza y el cuello del gabán moteado de caspa. El pintor notó
que olía á vino. Al principio le tributó pomposamente el título de maestro,
pero á las pocas palabras ya le llamaba por su apellido, con una llaneza
desconcertante. Se movía en el estudio como si fuese suyo, como si toda su vida
la hubiese pasado en él, sin admirar sus bellezas decorativas.
No tenía inconveniente en encargarse del discurso.
Era su especialidad. Las recepciones académicas y
los trabajos para los señores del Congreso constituían su mejor finca.
Comprendía que el maestro necesitase de él. ¡Un pintor!...
Y Renovales, á quien comenzaba á hacerse simpático
el tal Maltrana, á pesar de su osadía, se irguió con la majestad de su
renombre. Si se tratase de hacer un cuadro para aquel acto, allí estaba él.
¡Pero un discurso!...
—Convenidos: tendrá usted el discurso—dijo
Maltrana.—Es tarea fácil, conozco la receta. Hablaremos de las sanas
tradiciones; abominaremos de ciertas audacias y novedades de la juventud
inexperta, que estaban muy en su lugar hace veinte años, cuando usted
comenzaba, pero que ahora son extemporáneas... ¿Le parece á usted bien un
palito al modernismo?
Renovales sonrió, encantado de la llaneza con que
hablaba este joven de su próxima obra y movió una mano con significativo
balanceo. ¡Hombre! Así, así... Un justo medio estaría bien.
—Comprendido, Renovales: halagar á los viejos y no
reñir con los jóvenes. Es usted un maestro de veras. Quedará usted contento.
Con una serenidad de tendero, antes de que el
pintor hablase de la retribución, abordó él este asunto. Eran dos mil reales;
ya se lo había dicho á Cotoner. La tarifa pequeña; la que había fijado para las
personas que apreciaba.
—Hay que vivir, Renovales... Tengo un hijo.
Y su voz se tornó grave al decir esto; su rostro, feo y cínico, se ennobleció un instante, reflejando
las inquietudes del amor paternal.
—Un hijo, querido maestro, por el que hago todo lo
que se presenta. Si es preciso robaré. Es lo único que tengo en el mundo. La
madre murió de miseria en el hospital. Yo soñaba con ser algo, pero un rorro no
deja pensar en tonterías. Entre la esperanza de ser célebre y la certeza de
comer... lo primero es comer.
Pero esta ternura del hombrecillo duró poco. Volvió
á recobrar su gesto audaz de mercenario, que atravesaba la vida acorazado en su
cinismo, desengañado por la desgracia, poniendo precio á todos sus actos.
Quedaban convenidos en la cantidad: la recibiría cuando entregase el discurso.
—Y si usted lo imprime, como espero—dijo al
irse,—yo me ocuparé de las pruebas sin pedir suplemento. Eso porque se trata de
usted; porque soy su admirador.
Renovales pasó varias semanas preocupado por su
recepción, como si fuese el suceso más importante de su vida. La condesa se
interesaba igualmente en los preparativos. Ella haría que fuese una solemnidad
elegante; algo parecido á las recepciones de la Academia Francesa, descritas en
periódicos y novelas. Asistirían todas sus amigas. El gran pintor leería su
discurso, contemplado por cien miradas interesantes, entre el aleteo de los
abanicos y el rumor de las conversaciones. Un éxito inmenso que haría rabiar á
muchos artistas, ansiosos de crearse relaciones en
el gran mundo.
Pocos días antes de la solemnidad, le entregó
Cotoner un paquete de papeles. Era una copia del discurso, en magnífica letra;
ya estaba pagado. Y Renovales, con instinto de cómico, deseoso de hacer buena
figura, pasó una tarde dando zancadas de estudio en estudio, con el cuaderno en
una mano y acompañando con enérgicos ademanes de la otra los párrafos leídos en
alta voz. ¡Tenía talento aquel Maltranita descarado! Era una obra que
entusiasmaba su simpleza de artista, ajeno á todo lo que no fuese pintar; una serie
de trompetazos gloriosos en los que se mezclaban nombres, muchos nombres;
admiraciones en retórico trémolo; síntesis históricas tan redondas, tan
completas, que no parecía sino que la humanidad había vivido desde el principio
del mundo pensando en el discurso de Renovales y midiendo sus actos, para que
éste les diese una determinada interpretación.
Sentía el artista escalofríos de sublimidad,
repitiendo en elocuente carretilla los nombres griegos, muchos de los cuales
le sonaban, no sabiendo ciertamente si eran de grandes escultores ó
de poetas trágicos. Después adquiría cierto aplomo al encontrarse con Dante y
Shakespeare. Á éstos los conocía mejor; sabia que no habían pintado, pero que
debían figurar en todo discurso digno de respeto. Y al llegar á los párrafos
sobre el arte moderno, le parecía tocar tierra firme sonriendo con cierta superioridad. Maltranita no entendía gran cosa
de esta materia; apreciaciones superficiales de profano; pero escribía bien,
muy bien; él no lo hubiese hecho mejor... Y estudió su discurso, hasta el punto
de repetir muchos párrafos de memoria, preocupándose además de la pronunciación
de los nombres enrevesados, tomando lecciones de los amigos que consideraba de
mayor cultura.
—Es por el buen parecer—decía con sencillez.—Es
porque, aunque yo no sea más que un pintor, no consiento que me tomen el pelo.
El día de la recepción almorzó mucho antes de
mediodía. Apenas tocó los platos; le causaba cierta inquietud esta ceremonia,
que no había visto nunca. Á su zozobra se unía la molestia que experimentaba
cada vez que había de atender al cuidado de su persona.
Los largos años de existencia matrimonial le habían
habituado á no preocuparse de las necesidades menudas y ordinarias de la vida.
Si tenía que presentarse con un traje que no era el ordinario, las manos de la
madre ó de la hija arreglaban hábiles y ligeras el adorno de su persona. Aun en
los momentos de mayor hostilidad, cuando él y Josefina apenas se hablaban,
notaba en torno el escrupuloso orden de aquella excelente directora de la casa,
que le allanaba los obstáculos, evitándole vulgares inquietudes.
Cotoner estaba ausente; el criado había ido á casa
de la condesa para entregarla unas invitaciones reclamadas
á última hora para ciertas amigas. Renovales se decidió á vestirse solo. Su
yerno y su hija vendrían por él, á las dos. López de Sosa tenía empeño en
llevarle hasta la Academia en automóvil, buscando, sin duda con esto, un
pequeño rayo de los esplendores de gloria oficial que iban á derramarse sobre
su suegro.
Renovales se vistió, después de bregar con las
pequeñas dificultades de la falta de costumbre. Mostraba la torpeza de un niño,
falto de los auxilios de la madre. Cuando al fin se contempló con cierta
satisfacción en un espejo, con el frac puesto y la corbata regularmente
anudada, lanzó un suspiro de descanso. ¡Por fin!... Ahora las placas, la banda.
¿Dónde encontraría estos honoríficos juguetes?... Desde la boda de Milita no se
los había puesto: la pobre muerta los habría guardado. ¿Dónde encontrarlos? Y
con precipitación, temiendo que transcurriese el tiempo y le sorprendiesen sus
hijos sin haber terminado el adorno de su persona, comenzó á buscar, de
habitación en habitación, sofocado, jurando de impaciencia, con el
atolondramiento de andar á ciegas sin recordar nada preciso. Entró en el cuarto
que servía de vestuario á su esposa. Tal vez tuviese guardadas en él las
condecoraciones. Abrió con nervioso tirón las puertas de los grandes armarios
que cubrían las paredes... Ropas y más ropas.
Al olor balsámico de las maderas, que hacía pensar
en la silenciosa calma de los bosques, uníase un
perfume sutil y misterioso, perfume de años, de bellezas muertas, de recuerdos
extinguidos; algo semejante á la sensación que dan al olfato las flores secas.
Desprendíase este olor de las masas de telas colgadas; vestidos blancos,
negros, rosa, azules, con los colores apagados y discretos, los encajes mustios
y amarillentos, guardando en sus pliegues algo de perfume vital del cuerpo que
habían cubierto. Todo el pasado de la muerta estaba allí. Con cierta
preocupación supersticiosa, había almacenado los trajes de las diversas épocas
de su existencia, como si temiese el desprenderse de ellos, arrojar una parte
de su vida, un fragmento de su piel.
El pintor miraba algunos de estos trajes con la
misma emoción que si fuesen viejos y olvidados amigos, que se presentaban de
pronto, con la sorpresa de lo inesperado. Una falda rosa, le recordaba los
buenos tiempos de Roma; un traje completo azul, le hacía ver con la imaginación
la plaza de San Marcos y creía sentir el aleteo de los palomos y oir como un
zumbido lejano la ruidosa cabalgata de las Walkyrias. Los trajes sombríos y
pobres, del cruel período de lucha, colgaban en el fondo de un armario, como hábitos
de mortificación y sacrificio. Un sombrero de paja, alegre como un susurro de
bosque estival, cargado de flores rojas, de pámpanos, de cerezas, parecía
sonreirle desde lo alto de un estante. ¡Ay, también lo conocía! Muchas veces se
había clavado en la frente su filo dentado de paja,
cuando á la puesta del sol, en los caminos de la campiña romana, se agachaba
él, teniendo en un brazo el talle de su mujercita, buscando su boca que se
estremecía con dulce cosquilleo, mientras á lo lejos, en la bruma azulada,
sonaban las esquilas de los rebaños y los lamentos musicales de los guardadores
de búfalos.
También le hablaba del pasado, evocando las muertas
alegrías, aquel perfume juvenil, envejecido en su encierro, que salía á oleadas
de los armarios, con la impetuosidad de un vino venerable escapando á
borbotones de la botella empolvada. Sus sentidos se estremecían; una embriaguez
sutil penetraba en su olfato. Creía haber caído en un lago de perfumes que le
abofeteaba con sus ondas, jugueteando con él, como si fuese un cuerpo inerte.
Era el olor de la juventud que volvía; el incienso de los tiempos felices, más
débil, más sutil, con la nostalgia de los años muertos. Era el perfume de las
magnolias carnales: de la sedosa y leve vegetación puesta al descubierto por
los brazos cruzados bajo la cabeza; de aquel vientre recogido y blanco, con
esplendor nacarado de luna, que una noche, en Roma, le había hecho suspirar con
admiración:
—Te adoro, Josefina. Eres hermosa como la majita de
Goya... Eres la maja desnuda.
Conteniendo su respiración como un nadador, buceaba
en la profundidad de los armarios, tendiendo sus manos ávidas, con el deseo de
salir de allí, de volver cuanto antes á la superficie, al aire puro.
Tropezaba con cajas de cartón, paquetes de cintas y viejos encajes, sin
encontrar lo que buscaba; y cada vez que sus brazos trémulos agitaban las
viejas ropas, el oleaje de las faldas parecía, abofetearle con una bocanada de
este perfume muerto, indefinible, que aspiraba más con su imaginación que con
su olfato.
Quiso salir de allí cuanto antes. Las
condecoraciones no estaban en el vestuario; tal vez las encontrase en el
dormitorio. Y por primera vez, luego de muerta su esposa, se atrevió á rodar la
llave de la puerta. El perfume del pasado parecía ir con él; se filtraba por
todos los poros de su cuerpo. Creía sentir el apretón de unos brazos lejanos é
inmensos que venían del infinito. Ya no tenia miedo á penetrar en el
dormitorio.
Entró á tientas, buscando una de las ventanas.
Cuando crujieron las maderas y penetró de golpe la luz del sol, los ojos del
pintor, después de violento parpadeo, vieron como una sonrisa suave y discreta,
el brillo de los muebles venecianos.
¡Hermoso dormitorio de artista! Después de un año
de ausencia, el pintor admiraba el gran armario, con sus tres lunas azules y
profundas, como sólo saben fabricarlas los espejeros de Murano, y el ébano de
los muebles, con menudas incrustaciones de nácar y luminosas piedrecitas; una
muestra del genio artístico de la antigua Venecia en contacto con los pueblos
de Oriente. Este mueblaje había sido para Renovales una de las grandes empresas de su juventud; un capricho de enamorado, ansioso de
tributar honores principescos á su compañera, que le había impuesto penosas
economías durante varios años.
El lujoso dormitorio les había seguido á todas
partes, sin abandonarlos, ni aun en la época de miseria. En los días malos,
cuando él pintaba en su buhardillón y Josefina cocinaba, faltábanles sillas,
comían en el mismo plato, Milita jugaba con muñecas de andrajos; pero en la
mísera alcoba, pintada de cal, amontonábanse intactos, con respeto sagrado,
aquellos muebles de Dogaresa rubia, como una esperanza en el porvenir, como una
promesa de tiempos mejores. Ella, la infeliz, con su fe de mujer sencilla, los
limpiaba, los adoraba, esperando la hora de las mágicas transformaciones, para
trasladarlos á un palacio.
El pintor paseó su mirada por el dormitorio con
cierta tranquilidad. No encontró en él nada extraordinario; nada que le
conmoviese. El prudente Cotoner había ocultado el sillón donde murió Josefina.
La cama señorial, con sus dos fachadas monumentales
de ébano tallado y mosaicos brillantes, ofrecía un aspecto vulgar, teniendo en
su seno los colchones plegados en montón. Renovales rió del temor que le había
detenido tantas veces ante la puerta cerrada. La muerte no había dejado rastro
alguno. Nada recordaba allí á Josefina. En el ambiente flotaba ese olor pesado,
ese sabor á polvo y humedad de todas las piezas
largamente cerradas.
Transcurría el tiempo, había que buscar las
condecoraciones, y Renovales, familiarizado ya con la habitación, abrió el
armario esperando encontrarlas en él.
También allí la cerrada madera pareció esparcir, al
abrirse, un perfume semejante al de la otra pieza. Era más tenue, más vagoroso,
más lejano.
Renovales creyó que era una ilusión de sus
sentidos. Pero no; de las profundidades del armario se desprendía como un
humillo invisible, envolviéndole en su espiral acariciadora. Allí no había
ropas. Sus ojos reconocieron inmediatamente en el fondo de una tabla los
estuches que tanto buscaba; pero no tendió hacia ellos las manos; permaneció
inmóvil, abstraído en la contemplación de mil objetos menudos que le recordaban
á Josefina.
Ella también estaba allí; salía á su encuentro más
personal, más viva, que entre la balumba de sus viejas ropas. Sus guantes
parecían conservar el calor y el relieve de aquellas manos que en otros tiempos
se habían hundido acariciadoras en la cabellera del artista; sus cuellos le
recordaban aquella columnilla de tibio marfil, en la cual tenia él lugares
preferidos, sensibles rincones donde depositaba sus besos.
Sus manos lo removieron todo con dolorosa
curiosidad. Un abanico viejo, guardado cuidadosamente, pareció emocionarle, á
pesar de su pobre aspecto. Entre las roturas de sus pliegues marcábanse viejos colores; una cabeza pintada por él, cuando su
mujer no era más que una amiga; un obsequio á la señorita de Torrealta, que
deseaba tener algo del joven artista. En el fondo de un estuche brillaron con
fulgor misterioso dos enormes perlas rodeadas de brillantes. Un regalo de
Milán; la primera joya de verdadero valor que había comprado á su mujer, al
pasar por la plaza del Duomo; toda una remesa de dinero de su empresario de
Roma, invertida en este rico juguete que hacía ruborizar de placer á la
mujercita, mientras sus ojos se fijaban en él con intenso agradecimiento.
Sus dedos ávidos, revolviendo estuches, cintas,
pañuelos y guantes, tropezaban con recuerdos á los que iba unida siempre su
persona. Aquella infeliz había vivido para él, sólo para él, como si su
existencia no fuese nada, como si únicamente tuviese significación unida á la
suya. Encontraba guardadas con religioso cuidado, entre cintas y cartones,
fotografías de los lugares en que había transcurrido su juventud; los
monumentos de Roma, las montañas de la antigua tierra pontificia, los canales
venecianos; vestigios del pasado que eran sin duda de gran valor para ella,
porque evocaban la imagen del marido. Y entre estos papeles vió flores secas,
aplastadas y frágiles; rosas soberbias ó modestas florecillas del campo; áridos
hierbajos, recuerdos anónimos, faltos de significación, pero cuya importancia
presentía Renovales, sospechando que recordaban
algún momento feliz, completamente olvidado por él.
Los retratos del artista, en las diversas edades de
su vida, surgían de todos los rincones, enredados en cintas, sepultados bajo
las pilas de finos pañuelos. Luego aparecieron varios paquetes de cartas, con
la tinta enrojecida por el tiempo, escritas en una letra que produjo cierta
inquietud al artista. La conocía; se asociaba vagamente á sus recuerdos, como
la cara de una persona cuyo nombre se resiste á la memoria. ¡Ah, imbécil!...
Era su letra, la letra torpe y pesada de su juventud, que sólo tenia ligereza
para el pincel. Allí estaba, en pliegos amarillentos, toda la novela de su
vida, sus esfuerzos intelectuales por decir «cosas bonitas», lo mismo que los
hombres que escriben. Nada faltaba: las cartas de los primeros tiempos de
noviazgo, cuando después de verse y hablarse, aun sentían la necesidad de poner
sobre el papel lo que no osaban decirse los labios: otras con sello italiano,
exuberantes de fanfarrones juramentos de amor, ligeros billetes que la enviaba
cuando iba con otros artistas á pasar unos días en Napóles ó á visitar alguna
ciudad muerta de las Marcas Pontificias. Luego las cartas de París llegadas al
viejo palacio veneciano, preguntando con inquietud por la pequeña, queriendo
saber el curso de la lactancia, estremeciéndose de pavor ante la posibilidad de
las inevitables enfermedades de la niñez.
No faltaba ni una; todas estaban allí, guardadas como fetiches, perfumadas de amor, aprisionadas en
cintas, como bálsamos y vendajes de una vida momificada. Las de ella habían
tenido distinta suerte: su amor escrito se había dispersado, perdiéndose en la
nada: habían quedado olvidadas en trajes viejos, se habían consumido en el
fuego de chimeneas de hotel, habían caído tal vez en manos extrañas, provocando
crueles risas con su tierna ingenuidad. El no guardaba más que unas cartas, las
de la otra; y al pensar en esto, sintió el remordimiento, la inmensa vergüenza
de una mala acción.
Leía las primeras líneas de algunos de estos
pliegos, con cierta extrañeza, como si fuesen de otro, admirando ingenuamente
su acento apasionado. ¡Y aquello lo había escrito él!... ¡Cómo amaba entonces á
su Josefina!... Parecíale imposible que este cariño hubiese terminado tan
fríamente. Se extrañaba de la indiferencia de los últimos años; no recordaba ya
los disgustos que habían agitado su vida común; veía ahora á su mujer tal como
fué en su juventud, con rostro sereno, grave sonrisa, y la admiración en la mirada.
Siguió leyendo, pasando de una carta á otra con la
vehemencia de una lectura interesante. Admiraba su propia juventud, virtuosa en
medio de los arrebatos de pasión carnal; la castidad de su adhesión á la mujer,
á la única, á la indiscutible. Sentía ese gozo, impregnado de melancolía, de la
vejez decrépita que contempla su retrato primaveral. ¡Y
él había sido así! Del fondo de su alma parecía surgir una voz grave, con tono
de reproche: «Sí, así; cuando eras bueno; cuando eras honrado.»
Se sumió en esta lectura sin darse cuenta del curso
del tiempo. De pronto sintió pasos en el cercano corredor, ruido de faldas, la
voz de su hija. Fuera del hotel bramaba una bocina; su arrogante yerno que le
avisaba para que se apresurase. Trémulo de miedo por ser sorprendido, sacó de
los estuches las placas y las bandas y cerró precipitadamente el armario.
La solemnidad académica fué casi un fracaso para
Renovales. La condesa le encontró muy interesante, en su palidez de emoción,
constelado el pecho de astros de pedrería, cortada la blanca pechera por varias
líneas de colorines. Pero apenas se levantó en medio de la general curiosidad,
con el cuaderno en la mano, y comenzó á leer los primeros párrafos, se fué
agrandando un murmullo, que acabó casi por sofocar su voz. Leía sordamente, con
la precipitación de un escolar que desea acabar pronto, sin darse cuenta de lo
que decía, en un rezo monótono y fatigante. ¡Adiós los sonoros ensayos en el
estudio, la preparación minuciosa de ademanes teatrales! Su pensamiento parecía
estar en otra parte, lejos, muy lejos de esta solemnidad; sus ojos sólo veían
las letras. La elegante concurrencia salió satisfecha de haberse reunido,
viéndose una vez más. Del discurso reían muchas bocas
tras los abanicos de gasa, con la satisfacción de arañar indirectamente á su
buena amiga la de Alberca.
—¡Un horror, hija mía! ¡Una lata insufrible!
Apenas despertó al día siguiente, el maestro
Renovales sintió un deseo imperioso de aire libre, de luz, de espacios
ilimitados, y salió del hotel, no parando en su paseo, Castellana arriba, hasta
llegar á los desmontes vecinos al palacio de la Exposición.
La noche anterior había comido en casa de la de
Alberca; un banquete casi de ceremonia, en celebración de su ingreso académico,
con asistencia de muchos de los graves señores que formaban la tertulia de la
condesa. Ésta se había mostrado radiante de alegría, como si festejase un
triunfo suyo. El conde trataba con mayores respetos al ilustre maestro, cual si
acabase de dar el paso más grande en su fama artística. Su respeto por todas
las glorias decorativas le bacía admirar aquella medalla de académico, única
distinción que él no podía unir á su carga de condecoraciones.
Renovales pasó una mala noche. El Champagne de la
condesa fué triste para él. Había vuelto á su casa con cierto temor, como si en
ella le esperase algo anormal que su inquietud no podía definir. Se despojó del traje de ceremonia que le había
atormentado varias horas, y se metió en la cama, extrañándose del vago temor
que le acompañó hasta los umbrales de su casa. Nada veía de extraordinario en
torno de él; su cuarto ofrecía el mismo aspecto de todas las noches. Se durmió,
vencido por el cansancio, por la torpeza digestiva de aquel banquete
extraordinario, y no despertó en toda la noche; pero su sueño fué cruel,
interminable, cortado por visiones que tal vez le habían hecho gemir.
Al despertarle, bien entrada la mañana, los pasos
de su criado que andaba por el vecino cuarto de aseo, adivinó en el revoltijo
de sus ropas, en el sudor frío de su frente, en el cansancio de su cuerpo, la
noche inquieta que había pasado, entre nerviosos sobresaltos.
Su cerebro, entorpecido aún por el sueño, no podía
desembrollar los recuerdos de la noche. Sólo tenía la certeza de que había
soñado cosas tristes, penosas: tal vez había llorado. Lo único que recordaba
era un rostro pálido, asomando entre los negros velos de lo inconsciente, como
una imagen, alrededor de la cual giraban todos sus ensueños. No era Josefina;
su cara tenía una expresión de criatura de otro mundo.
Pero así como se fué disipando su torpeza
intelectual, mientras se lavaba el pintor y se vestía, y el criado le ayudaba á
meterse en el gabán, pensó, al reunir sus recuerdos con un esfuerzo, que bien
pudiera ser ella... Sí; ella era. Ahora recordaba que
había percibido en su ensueño aquel perfume que le seguía desde el día
anterior, que le acompañó á la Academia, perturbando su lectura, y que había
ido con él al banquete, corriendo entre sus ojos y los de Concha una bruma, al
través de la cual la miraba sin verla.
El fresco de la mañana despejó su inteligencia. La
vista del dilatado espacio que se abarca desde las alturas de la Exposición,
pareció borrar momentáneamente sus recuerdos de la noche.
Soplaba un viento de la sierra en la meseta vecina
al Hipódromo. Renovales, al marchar contra el viento, sentía en sus orejas un
zumbido de mar lejano. En el fondo, sobre las lomas con casitas rojas y álamos
invernales, escuetos como escobas, marcaba el Guadarrama su limpieza luminosa
sobre el espacio azul, su nevada crestería, sus enormes cimas que parecían de
sal. Al lado opuesto, aparecía hundido en una grieta profunda del terreno el
caparazón de Madrid; los tejados negros, las torrecillas puntiagudas, todo
esfumado en una neblina que daba á los edificios de último término el vago azul
de las montañas.
La meseta, cubierta de un verde ralo y miserable,
con surcos duros y petrificados, brillaba á trechos bajo la luz del sol. Los
trozos de azulejo, las vasijas rotas, los botes de conservas, lanzaban rayos de
luz, lo mismo que si fuesen materias preciosas, entre rosarios de negros
huevecillos, caídos de los rebaños, como rastro de su paso.
Renovales contempló largo rato el palacio de la
Exposición por su parte de atrás; los muros amarillos, con adornos de ladrillos
rojos, que apenas si asomaban sobre el borde de los desmontes; las techumbres
planas de zinc, con un brillo de lagos muertos; la cúpula central, enorme,
hinchada, cortando el cielo con su panza negra, como un aerostato próximo á
elevarse. De una ala del gran palacio partían los sones de varios clarines,
prolongando sus notas en esa bélica melopea que acompaña el trote de los caballos,
entre temblores del suelo y nubes de polvo. Junto á una puerta temblaba el rayo
de los sables, y se reflejaba el sol sobre charolados tricornios.
El pintor sonreía. Habían levantado para ellos
aquel palacio, y lo ocupaba la Guardia civil. Una vez cada dos años entraba
allí el Arte, disputando el sitio á los caballos guardadores del orden. Las
estatuas se aposentaban en piezas que olían á cebada y á recios zapatos. Pero
esta anomalía duraba poco; el intruso era expulsado así que realizaba su
simulacro de una cultura europea, y quedaba en el palacio de la Exposición lo
verdadero, lo nacional; el tercio privilegiado, los rocines de la santa
autoridad que bajaban al galope á las calles de Madrid, cuando se turbaba, de
tarde en tarde, su santa paz de cloaca.
Mirando después el maestro la negra cúpula,
recordaba los días de exposición; veía la juventud melenuda é inquieta, unas
veces dulce y aduladora, otras irritada é
iconoclasta, venida de todas las ciudades de España, con el cuadro por delante
y las mayores ambiciones en el pensamiento. Sonreía pensando en los grandes
disgustos y sinsabores que había sufrido bajo aquellos techos, cuando la revoltosa
plebe del arte le rodeaba, le acosaba admirándole, más que por sus obras, por
su condición de jurado influyente. Él era quien daba los premios, en opinión de
aquella juventud que le seguía con ojos de miedo y de esperanza. La tarde del
fallo corrían los grupos á la noticia de la llegada de Renovales: salían á su
encuentro en las galerías; le saludaban con exageradas muestras de respeto,
poniendo los ojos tiernos para recomendarse mudamente. Algunos marchaban
delante de él fingiendo no verle, hablando á gritos: «¡Quién! ¿Renovales? El
primer pintor del mundo. Después de Velázquez, él...» Y á la caída de la tarde,
cuando se colocaban en las columnas de la rotonda los dos papelotes, con la
lista de los premiados, el maestro se escurría prudentemente, huyendo de la
explosión final. El alma infantil que todo artista lleva dentro, estallaba
ingenuamente ante el fallo. Se acababan los fingimientos; mostrábase cada cual
según su carácter. Unos se ocultaban entre dos estatuas, encogidos,
avergonzados, con los puños en los ojos, y lloraban pensando en la vuelta al
lejano hogar, en la larga miseria sufrida, sin otra esperanza que aquella que
acababa de desvanecerse. Otros se erguían como gallos, rojas las orejas, pálidos los labios, mirando con ojos llameantes hacia
la entrada del palacio, como si quisieran ver desde allí cierto hotel
pretencioso, de fachada griega y rótulo de oro. «Granuja... Era una vergüenza
que la suerte de la juventud, que lleva algo dentro, se confiase á un tío
agotado, á un farsante que no dejaría nada». ¡Ay! De estos momentos habían
nacido todas las contrariedades, todas las molestias de la vida artística del
maestro. Cada vez que llegaba á su conocimiento una censura injusta, una
negativa brutal de sus facultades, una carga al degüello y sin piedad á lo
largo de las columnas de algún periódico obscuro, acordábase de la rotonda de
la Exposición, de aquel bramar tempestuoso del populacho pictórico, en torno de
los dos papeles que contenían sus sentencias. Pensaba con extrañeza y
conmiseración en la ceguera de aquellos jóvenes que maldecían de la vida por un
fracaso, y eran capaces de dar su salud, su alegría vigorosa, á cambio de la
triste gloria de un cuadro, menos duradera aun que el frágil lienzo. Cada
medalla era un grado en el escalafón: medían la importancia de las recompensas,
dándolas un significado semejante al de los galones militares... ¡Y él también
había sido joven! ¡También había amargado los mejores años de su vida, en estos
combates de infusorios que se pelean dentro de una gota de agua, creyendo
conquistar un mundo inmenso!... ¡Qué le importarían á la eterna belleza las
ambiciones de regimiento, las fiebres de escalafón
de los que intentaban ser sus intérpretes!
Regresó el maestro á su casa. El paseo le había
hecho olvidar sus inquietudes de la noche. Su cuerpo, debilitado por la vida
muelle, parecía agradecer este ejercicio con una violenta reacción. Sentía en
sus piernas un dulce hormigueo: la sangre zumbaba en sus sienes; parecía
derramarse por todo su cuerpo una oleada de calor. Estaba satisfecho de su
fuerza vital, y paladeaba el goce de todo organismo que se siente funcionar con
armónica regularidad.
Al atravesar su jardín, cantaba Renovales entre
dientes. Sonrió á la portera que le había abierto la verja y al perrillo feo y
vigilante que avanzaba con mujido cariñoso hasta lamer sus pantalones. Abrió la
cancela de cristales, pasando del ruido exterior á un silencio profundo,
conventual. Sus pies se hundieron en las mullidas alfombras: no sonaban otros
ruidos que los misteriosos estremecimientos de los cuadros que cubrían las
paredes hasta el techo, el crujir de invisibles carcomas en los marcos, el leve
aleteo de un soplo de aire en las telas. Todo cuanto había pintado el maestro,
por estudio y por capricho, completo ó sin terminar, estaba colocado en el piso
bajo, junto con cuadros ó dibujos de ciertos compañeros ilustres y de los
discípulos predilectos. Milita habíase entretenido mucho tiempo, cuando
soltera, en este decorado, que se extendía hasta los pasillos de escasa luz.
Al dejar en el perchero su fieltro y su bastón, los
ojos del maestro fijáronse en una acuarela cercana, como si ésta le atrajese,
con cierta extrañeza, entre los demás cuadros que la rodeaban. Le pareció raro
fijarse en ella de repente, después de pasar tantas veces sin verla. No estaba
mal, pero tenía timidez, revelaba inexperiencia. ¿De quién sería aquello? Tal
vez de Soldevillita. Pero al aproximarse para verla mejor, sonrió... ¡Si era
suya! ¡Ya había llovido desde entonces!... Se esforzó por recordar cuándo y
dónde había pintado aquello. Para ayudar á su memoria, miraba fijamente esta
cabeza de mujer, graciosa, de ojos vagos y soñadores, preguntándose quién pudo
ser la modelo.
De pronto se entenebreció su gesto. El artista
parecía confuso, avergonzado. ¡Qué disparate! ¡Si era su mujer, la Josefina de
los primeros tiempos, cuando él la contemplaba con admiración, gozando en
reproducir su rostro!
Echó sobre Milita la culpa de su torpeza y se
propuso ordenar que quitasen de allí este estudio. Un retrato de su mujer no
debía estar en la antesala, junto al perchero.
Después de almorzar dió orden al criado para que
descolgase el cuadro, trasladándolo á uno de los salones. El servidor hizo un
gesto de extrañeza.
—¡Hay tantos retratos de la señora!... ¡El señor la
ha pintado tantas veces! La casa está llena...
Renovales remedó el gesto del criado. ¡Tantos!
¡tantos! ¡Si sabría él cuántas veces la había pintado!... Con
súbita curiosidad, antes de dirigirse al estudio, entró en un salón donde
Josefina recibía sus visitas. Allí, en el sitio de honor, conocía él un gran
retrato de su esposa, pintado en Roma: una linda mujer con mantilla de blonda,
falda negra de triple volante y en la breve mano el abanico de concha: un
verdadero Goya. Contempló un instante la graciosa cara, sombreada por el negro
de las blondas, y cuya palidez aristocrática rasgaban unos ojos de expresión
oriental. ¡Qué hermosa era Josefina en aquellos tiempos!...
Abrió la ventana para ver mejor el retrato, y la
luz se esparció por las paredes de un rojo obscuro, haciendo brillar los marcos
de otros cuadros más pequeños.
Entonces vió el pintor que el retrato goyesco no
era el único. Otras Josefinas le acompañaban en esta soledad. Contempló con
asombro la cara de su esposa, que parecía surgir de todos los lados del salón.
Pequeños estudios de mujeres del pueblo ó de señoras del siglo XVIII; acuarelas
de moras; damas griegas, con la rígida severidad de las figuras arcaicas de
Alma-Tadema; todo lo que estaba en el salón, todo lo que había pintado, era
Josefina, tenía su rostro ó conservaba sus rasgos, con la vaguedad de un recuerdo.
Pasó á otro salón que estaba enfrente y también
allí le salió al encuentro la cara de su mujer, pintada por él, entre otros
cuadros de amigos suyos.
¿Pero cuándo había hecho él todo aquello?... No se
acordaba; sentía estrañeza ante la enorme cantidad de trabajo realizada
inconscientemente. Creía haber pasado la existencia entera pintando á
Josefina...
Después, en los pasillos de la casa, en todos los
cuartos adornados con pinturas, le salió al encuentro su mujer, bajo los
aspectos más diversos, ceñuda ó sonriente, hermosa ó con la expresión triste de
la enfermedad. Eran bocetos, simples dibujos al carbón, esbozos de su cabeza en
el ángulo de un lienzo sin acabar; pero siempre aquella mirada que parecía
seguirle, unas veces con melancólica dulzura, otras con intensa expresión de
reproche. ¿Dónde tenía los ojos? Había vivido en medio de todo esto sin verlo;
había pasado diariamente frente á Josefina sin fijarse en ella. Su mujer
resucitaba; en adelante sentaríase á la mesa, entraría en su lecho, pasearía
por su casa, siempre bajo la mirada de unas pupilas que en otros tiempos le
escudriñaban hasta el alma.
La muerta no había muerto; rodeábale, resucitada
por su mano. No podía dar un paso sin que su rostro surgiese de todos lados: le
saludaba en lo alto de las puertas, parecía llamarle desde el fondo de las
habitaciones.
En sus tres estudios aun fué mayor la sorpresa.
Toda su pintura íntima, la que hacía por estudiar, por impulso irresistible,
sin ningún deseo de venta, almacenábase allí, y toda ella era un recuerdo de la muerta. Los cuadros que deslumbraban á los
visitantes, estaban abajo, al nivel de la vista, en caballetes, ó colgados de
la pared, entre los muebles suntuosos: arriba, hasta llegar al techo,
alineábanse los estudios, los recuerdos, los lienzos sin marco, como obras
viejas y abandonadas, y en esta amalgama de producción, Renovales, á la primera
ojeada, vió surgir el enigmático rostro.
Había vivido sin levantar los ojos, familiarizado
con todo lo que le rodeaba, deslizándose su vista sin ver, sin fijarse en
aquellas mujeres, distintas de aspecto, pero iguales en expresión, que le
vigilaban desde lo alto. ¡Y la condesa había estado allí varias tardes,
buscando la solitaria intimidad del estudio! ¡Y la tela persa, sostenida por
lanzas ante el profundo diván, no les habría ocultado de aquellos ojos tristes
y fijos que parecían multiplicarse en la parte alta de las paredes!...
Para olvidar su remordimiento, se entretuvo en
contar las telas que reproducían la grácil figurilla de su mujer. Eran muchas;
toda una vida de artista. Se esforzaba por recordar cuándo y dónde las había
pintado. En los primeros tiempos de apasionamiento, sentía la necesidad de
pintarla, por un impulso irresistible de trasladar al lienzo todo lo que veía
con delectación, todo lo que amaba. Después había sido un deseo de adularla, de
mecerla en una mentira cariñosa, de infundirle la certeza de que era su única
adoración de artista, copiándola con vaga semejanza, extendiendo sobre sus rasgos, algo ajados por la enfermedad, una suave
veladura de idealismo. Él no podía vivir sin trabajar, y como muchos pintores,
hacía servir de modelos á los que le rodeaban. Su hija se había llevado á su
nueva casa un cargamento de pintura; todos los cuadros, apuntes, acuarelas y
tablitas que la representaban, desde los tiempos en que jugaba con el gato,
cubriéndolo de trapos en forma de pañales, hasta que fué la arrogante joven, cortejada
por Soldevilla y el que ahora era su marido.
La madre se había quedado allí, surgiendo después
de muerta, en torno del artista, con una profusión abrumadora. Todos los
pequeños incidentes de la vida habían servido á Renovales para hacer nuevos
cuadros. Recordaba sus entusiasmos de artista cada vez que la veía con un nuevo
vestido. Los colores la cambiaban; era una mujer nueva: así lo afirmaba él con
una vehemencia que la esposa tomaba por admiración y no era más que ansia de
modelo.
La existencia entera de Josefina había sido fijada
por la mano de su esposo. En un lienzo aparecía vestida de blanco, marchando
por una pradera, con la vaguedad poética de una Ofelia: en otro, con gran
sombrero empenachado y cubierta de joyas, mostraba el aplomo de una burguesa,
segura de su bienestar. Un cortinaje negro servía de fondo á su busto
descotado, que mostraba sobre la base de encajes el ligero perfil de las
clavículas y el arranque de unos pechos reducidos y firmes como
manzanas de amor: en otro lienzo tenía los débiles brazos al descubierto, bajo
las mangas recogidas; un delantal blanco la cubría de los pechos á los pies: en
su entrecejo había una pequeña arruga de preocupación, de cansancio, y en toda
ella el abandono de los que no disponen de tiempo para atender al adorno de su
persona. Este último era el retrato de los días penosos, la imagen del ama de
casa, animosa, sin servidores, trabajando con sus manos delicadas en el
buhardillón de las tristezas, esforzándose por que nada faltase al artista, por
que no vinieran las pequeñas contrariedades de la vida á distraerle de sus
esfuerzos supremos por abrirse paso.
Este retrato conmovió al artista con la melancolía
que inspiran los días aciagos recordados en pleno bienestar. La gratitud á la
animosa compañera trajo consigo otra vez el remordimiento.
—¡Ay, Josefina!... ¡Josefina!
Cuando llegó Cotoner, encontró al maestro tendido
en un diván, boca abajo, con la cabeza entre las manos, como si durmiese. Quiso
reanimarle hablándole de la solemnidad del día antes. Un gran éxito: los
periódicos hablaban de él y de su discurso, reconociendo que era un gran
escritor, afirmando que podía alcanzar en la literatura tantos triunfos como en
su arte. ¿No los había leído?...
Renovales contestó con un gesto de cansancio. Los
había encontrado por la mañana, al salir, sobre una mesa del recibidor. Había
entrevisto su retrato, rodeado de las compactas
columnas del discurso, pero dejaba la lectura de los elogios para más tarde. Le
inspiraban poco interés; pensaba en otras cosas... estaba triste.
Y á las preguntas ansiosas de Cotoner, que creía en
una enfermedad, contestó con voz queda:
—Estoy bien. Es melancolía, aburrimiento de no
hacer nada. Quiero trabajar y no tengo fuerzas.
De pronto cortó la palabra á su viejo amigo,
mostrándole con un ademán todos los retratos de Josefina, como si fuesen obras
nuevas que acababa de producir.
Cotoner se extrañó... Los conocía todos: hacía años
que estaban allí. ¿Qué novedad era aquella?...
El maestro le comunicó su reciente sorpresa. Había
vivido junto á ellos sin verlos: acababa de descubrirlos dos horas antes. Y
Cotoner reía.
—Tú estás algo tocado, Mariano. Vives sin darte
cuenta de lo que te rodea. Por eso no te has enterado aún del casamiento de
Soldevilla con una muchacha muy rica. El pobre chico está triste porque su
maestro no ha asistido á la boda.
Renovales encogió los hombros. ¿Qué le importaban á
él esas tonterías?... Hubo una larga pausa, y el maestro, pensativo y triste,
levantó de pronto la cabeza con un gesto de resolución.
—¿Qué te parecen esos retratos, Pepe?—preguntó con
ansiedad.—¿Es ella? ¿No me equivocaría al hacerlos? ¿No la vería de otro modo
que como fué?...
Cotoner rompió á reir. Realmente, el maestro
estaba tocado. ¡Vaya unas preguntas! Aquellos retratos eran unas
maravillas, como todo lo suyo. Pero Renovales insistió, con la impaciencia de
la duda. ¡El parecido!... ¡Quería saber si aquellas Josefinas eran iguales á la
muerta!
—Exactísimo—dijo el bohemio.—¡Pero hombre, si lo
que más asombra en tus retratos es la fidelidad con que sorprendes la vida!
Afirmábalo con energía, pero una duda escarabajeaba
en su interior. Sí; era Josefina, pero con algo extraordinario, ideal. Sus
facciones parecían las mismas, pero llevaban una luz interna que las
embellecía. Era el defecto que había encontrado siempre á estos retratos; pero
se calló.
—Y ella—insistió el maestro,—¿era realmente
hermosa? ¿Qué te parecía como mujer? Dímelo, Pepe... sin reparos. Es extraño;
yo no recuerdo bien cómo era.
Cotoner quedó desconcertado por estas preguntas y
respondió con cierto embarazo. ¡Vaya una ocurrencia! Josefina era muy buena, un
ángel; él la recordaría siempre con agradecimiento. La había llorado como si
fuese una madre, y eso que podía ser casi hija suya. Tenía grandes delicadezas
y cuidados para el pobre bohemio.
—No es eso—interrumpió el maestro.—Yo pregunto si
te parecía hermosa; si lo era realmente.
—Hombre, sí—dijo Cotoner con resolución.—Era
hermosa... más bien dicho, simpática. Al final parecía
un poquillo estropeada. ¡La enfermedad!... En fin, un ángel.
Y el maestro, tranquilizado por estas palabras,
quedó en larga contemplación ante sus propias obras.
—Sí; era muy hermosa—dijo lentamente, sin apartar
la vista de los lienzos.—Ahora lo reconozco; ahora la veo mejor... Es extraño,
Pepe; parece como que encuentro hoy á Josefina, después de un largo viaje. La
había olvidado; ya no sabía ciertamente cómo era su cara.
Hubo otra larga pausa, y de nuevo acometió el
maestro á su amigo con una pregunta ansiosa.
—¿Y quererme?... ¿Crees tú que me quería de veras?
¿Que era por amor por lo que se mostraba, algunas veces... tan rara?
Ahora sí que no vaciló Cotoner, como en las
preguntas anteriores:
—¡Quererte!... ¡Con delirio, Mariano! ¡Como ningún
hombre ha sido querido en el mundo! Todo lo que hubiera entre vosotros, eran
celillos, exceso de afecto. Lo sé mejor que nadie; á los buenos amigos que como
yo entran y salen en una casa, lo mismo que perros viejos, se les trata con
confianza, se les dicen cosas que no sabe el marido... Créeme, Mariano; nadie
más te querrá así. Los berrinches eran nubes de las que pasan. Tengo la certeza
de que ya no te acuerdas de ellas. Lo que no pasaba era lo otro; el amor que te
tenia. Me consta: lo sé de cierto; ya sabes que ella me lo contaba todo, que era yo la única persona á quien podía tolerar en
sus últimos tiempos.
Renovales pareció agradecer con una mirada de
alegría estas palabras de su amigo.
Salieron á pasear á la caída de la tarde, marchando
lentamente hacia el centro de Madrid. Renovales hablaba de su juventud, de sus
tiempos de Roma. Reía recordando á Cotoner su famoso surtido de papas, acudían
á su memoria las graciosas farsas de los estudios, las fiestas ruidosas, y
después, á su regreso, cuando ya era casado, las noches de amistosa intimidad
en aquel comedor pequeño y bonito de la vía Margutta; la llegada del bohemio y
otros compañeros de arte, para tomar una taza de té con el joven matrimonio;
las discusiones á gritos sobre pintura, que hacían protestar á los vecinos,
mientras ella, su Josefina, todavía con el asombro de verse dueña de una casa,
sin su madre y rodeada de hombres, sonreía á todos con timidez, encontrando
graciosos é interesantes á aquellos camaradas terroríficos, melenudos como
bandoleros, inocentes y quisquillosos como niños.
—¡Los buenos tiempos, Pepe!... La juventud, que
sólo apreciamos cuando desaparece.
Andando siempre en línea recta, sin saber adónde
iban, enfrascados en su conversación y sus recuerdos, se vieron en la Puerta
del Sol. Había cerrado la noche; brillaban los focos eléctricos; los
escaparates arrojaban sobre las aceras sus manchas de luz.
Cotoner miró la hora en el reloj del Ministerio.
¿No iba aquella noche el maestro á casa de la de
Alberca?...
Renovales pareció despertar. Sí; tenía que ir, le
esperaban... Pero no iba. Su amigo le miró escandalizado, como si considerase,
en su conciencia de parásito, una falta gravísima el despreciar una comida.
El pintor mostrábase falto de fuerzas para pasar la
noche entre Concha y su marido. Pensaba en ella con cierta aversión; sentíase
capaz de rechazar brutalmente los contactos audaces con que le perseguía á
todas horas; de contárselo todo al marido en un arrebato de franqueza. Era una
vergüenza, una traición, aquella vida á tres que la gran dama
aceptaba como el más dichoso de los estados.
—Es insufrible—dijo para desvanecer la extrañeza de
su compañero.—No se la puede aguantar; una lapa que no me suelta un instante.
Nunca había hablado á Cotoner de sus amores con la
de Alberca, pero éste no necesitaba que le contasen las cosas; tácitamente se
daba por enterado.
—Pero es guapa, Mariano—dijo.—¡Una gran mujer! Ya
sabes que la admiro. Esa te podía servir para el cuadro griego.
El maestro tuvo una mirada de conmiseración para su
ignorancia. Sentía el deseo de vejarla, de herirla, justificando así su
indiferencia.
—Fachada nada más... cara y estatura.
É inclinándose hacia su amigo, le dijo en voz baja,
gravemente, como si revelase el secreto de un inmenso crimen:
—Tiene las rodillas en punta... Una verdadera
estafa.
Cotoner dilató la boca con una risa de sátiro y se
agitaron sus orejas. Era la alegría del hombre casto; la satisfacción de
conocer los ocultos defectos de una belleza colocada fuera de su alcance.
El maestro no quiso separarse de su amigo. Le
necesitaba; mirábale con tierna simpatía, viendo en él algo de la muerta. Nadie
la había conocido como aquel compañero. En los momentos de tristeza, él era su
confidente. Cuando sus nervios la ponían como loca, las palabras de este hombre
sencillo terminaban sus crisis en un mar de lágrimas. ¿Con quién podía hablar
mejor de ella?...
—Comeremos juntos, Pepe: iremos á los Italíanos;
un banquete romano, raviolis, picatta, todo lo que
quieras, y un frasco de Chianti ó dos; cuantos puedas beber; y
al final Asti espumoso, mejor que el Champagne. ¿Te conviene,
anciano?
Se agarraron del brazo, marcharon alta la frente,
la sonrisa en los labios, como dos pintorcillos jóvenes, ansiosos de celebrar
una venta reciente con una comilona alivio de su miseria.
Renovales sumíase en sus recuerdos para sacarlos á
luz con palabra atropellada. Hacía memoria á Cotoner de cierta trattoria en
una callejuela romana, más allá de la estatua de
Pasquino, antes de llegar al Governo Vechio; un figón de quietud
eclesiástica, dirigido por el antiguo cocinero de un cardenal. Las perchas del
establecimiento estaban siempre ocupadas por sombreros de teja. Su alegría de
artistas, escandalizaba un tanto la grave parsimonia de los parroquianos: sacerdotes
de las oficinas pontificales ó de paso en Roma para intrigar ascensos; rábulas
de mugrienta levita, que llegaban cargados de papelotes del vecino Palacio de
Justicia.
—¡Qué macarrones! ¿Te acuerdas, Pepe? ¡Y cómo le
gustaban á la pobre Josefina!
Llegaban de noche á la trattoria en
alegre banda; ella cogida á su brazo, y en torno los buenos amigos que agrupaba
la admiración junto á su naciente fama de pintor. Josefina adoraba los
misterios culinarios, los secretos tradicionales de la solemne mesa de los
príncipes de la Iglesia, que habían descendido á la calle, refugiándose en
aquella salita con arcadas de bodegón. Sobre el blanco mantel temblaba la
mancha de ámbar del vino de Orvieto, en ventrudas botellas de fino cuello; un
líquido dorado, espeso, de dulzura clerical; una bebida de pontífices ancianos
que descendía como fuego hasta el estómago, y más de una vez sé había remontado
á cabezas cubiertas por la tiara.
En las noches de luna salían de allí, con dirección
al Coloseo para contemplar la ruina colosal y monstruosa bajo un torrente de
luz azulada. Josefina, trémula de inquietud, se
sumía en los túneles negros, avanzaba á tientas entre las piedras caídas, hasta
verse en pleno graderío, frente al silencioso redondel, que parecía encerrar el
cadáver de todo un pueblo. Ella pensaba en las fieras horrendas que habían
pisado aquella arena, mirando en torno con inquietud. De pronto, un espantoso
rugido, y una bestia negra salía dando saltos de los profundos vomitorios.
Josefina se agarraba á su esposo, con chillido de espanto, y todos reían. Era
Simpson, un pintor norteamericano que doblaba su larga osamenta, marchando á
cuatro patas para atacar con fieros alaridos á los compañeros.
—¿Te acuerdas, Pepe?—decía á cada instante
Renovales.—¡Qué tiempos! ¡Qué alegría! ¡Qué excelente compañera la pobrecita,
antes de que la entristeciese la enfermedad!...
Comieron, hablando de su juventud, mezclando en sus
recuerdos la imagen de la muerta. Después pasearon por las calles basta media
noche, insistiendo Renovales en aquellos tiempos, recordando á su Josefina,
como si toda su existencia la hubiese pasado adorándola. Cotoner sentíase
fatigado de esta conversación y se despidió del maestro. ¡Qué nueva manía era
aquella!... Muy interesante la pobre Josefina; pero toda la noche la habían
pasado sin hablar de otra cosa, como si en el mundo sólo existiese el recuerdo
de la muerta.
Renovales marchó á su casa con cierta impaciencia;
tomó un carruaje para llegar antes. Sentía la misma
impresión de inquietud que si le aguardara alguien: le parecía aquel hotel
presuntuoso, antes frío y solitario, animado por un espíritu que no podía
definir, una alma amada que lo llenaba todo, esparciéndose como un perfume.
Al entrar, precedido por el doméstico soñoliento,
su primera mirada fué para la acuarela. Sonrió; quiso dar las buenas noches á
aquella cabeza que fijaba sus ojos en él.
Igual sonrisa y el mismo saludo mental tuvo para
todas las Josefinas que salían á su encuentro, surgiendo de la sombra de las
paredes al encenderse las bombillas eléctricas en salas y corredores. Ya no le
inspiraban inquietud estos rostros contemplados por la mañana con sorpresa y
miedo. Ella le veía; ella adivinaba su pensamiento; ella le perdonaba,
seguramente. ¡Había sido siempre tan buena!...
Dudó un instante en su camino, queriendo ir á los
estudios, y encender sus grandes focos eléctricos. La vería de cuerpo entero,
en toda su gentileza; hablaría con ella; la pediría perdón, en el profundo
silencio de aquellas naves... Pero el maestro se contuvo. ¿Qué locuras se le
ocurrían? ¿Iba á perder el juicio?... Se pasó la mano por la frente, como si
quisiera borrar de su pensamiento estos propósitos. Era sin duda el Asti quien
le inspiraba tales extravagancias. ¡Á dormir!...
Al quedar á obscuras, tendido en la camita de su
hija, se sintió molesto. No podría dormir; estaba mal
allí... Sintió un deseo vehemente de salir del cuarto, de refugiarse en el
dormitorio abandonado, como si sólo en él pudiera encontrar descanso y sueño.
¡Oh, la cama veneciana, la cama de Dogaresa rubia, aquel mueble señorial que
guardaba toda su historia; donde ella había gemido de amor; donde se habían
dormido tantas veces comunicándose á media voz sus deseos de gloria y de
riqueza; donde había nacido su hija!....
Con la vehemencia que ponía en todos sus caprichos,
el maestro recobró sus ropas, y quedamente, como si temiera ser oído por su
criado, que descansaba cerca, encaminóse al dormitorio.
Rodó la llave con precauciones de ratero y avanzó
de puntillas, bajo la luz suave y discreta de color rosa, que derramaba un
farolón antiguo, desde el centro del techo. Tendió los colchones cuidadosamente
sobre la cama abandonada. Faltaban sábanas, almohadas, toda la ropa de dormir.
La habitación, desierta tanto tiempo, estaba fría... ¡Qué noche tan agradable
iba á pasar! ¡Qué bien dormiría allí! Los almohadones de un sofá, bordados de
oro con duro relieve, le sirvieron de cabecera. Se envolvió en un gabán y se
acostó vestido, apagando la luz, con el deseo de no ver la realidad, de soñar,
poblando la sombra con las dulces mentiras de su imaginación.
Sobre aquellos colchones había dormido Josefina;
sus blanduras conocían el suave peso de su cuerpo. No la veía como en los
últimos tiempos, enferma, demacrada, roída por la
miseria física. Esta imagen dolorosa la rechazaba su pensamiento, abriéndose á
las ilusiones bellas. La Josefina que contemplaba, la que llevaba dentro, era
la otra, la de los primeros tiempos; y no como había sido en realidad, sino
como él la había visto, como la había pintado.
Su memoria pasaba sobre una gran laguna de tiempo,
obscura y tormentosa; saltaba desde la actual nostalgia á los tiempos felices
de la juventud. Tampoco se acordaba de los años de penoso cautiverio, cuando se
debatían los dos, huraños y agresivos, incapaces de continuar juntos la misma
senda... Eran insignificantes contratiempos de la vida. Sólo pensaba en la
bondad sonriente, la generosidad y la sumisión de los tiempos de amor. ¡Con qué
ternura habían vivido juntos, una parte de su existencia, abrazados sobre aquel
lecho que ahora sólo conocía el aislamiento de su cuerpo!...
El artista se estremeció de frío en la
insuficiencia de sus envolturas. En esta situación anormal, las sensaciones
exteriores evocaban sus recuerdos; se asociaban á fragmentos del pasado,
tirando de ellos, hasta sacarlos á flote en la memoria. El frío le hizo pensar
en las noches lluviosas de Venecia, cuando el chaparrón caía horas y horas
sobre estrechas callejuelas y desiertos canales, en el profundo silencio de la
noche, en la mudez solemne de una ciudad sin caballos, sin ruedas, sin otro
ruido de vida que el chapoteo del agua solitaria en
los escalones de mármol. Ellos estaban en aquella misma cama, bajo el caliente
edredón, rodeados de los muebles que adivinaba ahora en la sombra.
Por entre las maderas del calado ventanal penetraba
el resplandor del reverbero que iluminaba el vecino canalillo. Marcábase en el
techo una faja de luz y en ella temblaba el reflejo de las aguas muertas, con
un incesante cruzamiento de hilos de sombra. Ellos, estrechamente abrazados,
con los ojos en alto, contemplaban este juego de la luz y el agua. Adivinaban
el frío y la humedad en la calle líquida; saboreaban el mutuo calor de sus
cuerpos, el apretado contacto de su carne, el egoísmo de estar juntos, en la
dulce voluptuosidad del bienestar físico, sumidos en el silencio, como si el
mundo hubiese acabado, como si su dormitorio fuese un cálido oasis en medio del
frío y la sombra.
Algunas veces sonaba un grito lúgubre rasgando el
silencio. ¡Aooo! Era un gondolero que avisaba antes de doblar
la esquina. Por la mancha de luz que cabrilleaba en el techo, deslizábase una
gondolíta negra, liliputiense, un juguete de sombra, en cuya popa se doblaba,
dándole al remo, un monigote del tamaño de una mosca. Y los dos, pensando en
los que pasaban bajo la lluvia, perseguidos por las ráfagas glaciales,
paladeaban una nueva voluptuosidad, y sus cuerpos se apretaban con más fuerza,
bajo la suave caricia del edredón, y sus bocas se
encontraban, conmoviendo la calma de su nido con la insolencia ruidosa de la
juventud y el amor...
Renovales ya no sentía frío. Revolvíase inquieto
sobre los colchones; clavábanse en su rostro los bordados metálicos del
almohadón; tendía sus brazos en la obscuridad, y una queja cortaba el silencio,
tenaz, desesperada, un lamento de niño que exige lo imposible, que pide la
luna.
Una mañana el maestro llamó con gran urgencia á
Cotoner, y éste se presentó, mostrándose alarmado por los términos del aviso.
—No es nada grave—dijo Renovales.—Necesito que me
digas dónde fué enterrada Josefina. Quiero verla.
Era un deseo que se había formado lentamente en su
pensamiento durante varias noches; un capricho de las interminables horas de
insomnio que arrastraba en la obscuridad.
Hacía más de una semana que se había trasladado al
dormitorio grande, escogiendo entre la ropa de cama, con una minuciosidad que
asombró á la servidumbre, las sábanas más usadas, las que evocaban con sus
bordados los antiguos recuerdos. No encontró en estos lienzos aquel perfume de
los armarios que tanto le perturbaba; pero algo había en ellos, la ilusión, la
certeza de que su tejido había rozado muchas veces la carne querida.
Renovales, después de exponer su deseo á Cotoner,
sobriamente y con gesto duro, creyó necesario excusarse. Era vergonzoso que él
no supiese dónde estaba Josefina; que no hubiera ido aún á visitarla.
El dolor de su muerte le había dejado sin voluntad... después, ¡el largo
viaje!...
—Tú corriste con todo, Pepe; tú arreglaste el
entierro. Dime dónde está; llévame á verla.
No se había preocupado hasta entonces de los restos
de la muerta. Recordaba el día del entierro, su dolor teatral, que le había
hecho permanecer en un rincón del estudio, con la cara oculta entre las manos.
Los amigos íntimos, los escogidos, que llegaban hasta su retiro, vestidos de
negro y con tristeza fúnebre, le cogían una mano apretándola con efusión.
«¡Valor, Mariano! ¡Ánimo, maestro!» Y fuera del hotel un patear incesante de
caballos; la verja negra de apretada muchedumbre; los carruajes en doble fila
hasta perderse de vista; los reporters yendo de un grupo á
otro, inscribiendo nombres.
Todo Madrid estaba allí... Y se la habían llevado
al lento paso de unos caballos de penachos ondeantes, entre lacayos de la
muerte, con blancas pelucas y doradas cachiporras; y él no se había acordado
más de ella, no había sentido la curiosidad de conocer el rincón fúnebre, donde
se ocultaba para siempre, bajo los ardores del sol que resquebrajan la tierra,
bajo las interminables lluvias de la noche que chorrearían sobre sus pobres
huesos. ¡Ah, malvado! ¡Ah, miserable, por el más afrentoso de los olvidos!...
—Dime dónde está, Pepe... Llévame; quiero verla.
Suplicaba con la vehemencia del remordimiento:
quería verla en seguida, cuanto antes, como un pecador que teme morir y pide á
gritos la absolución.
Cotoner accedió á este viaje inmediato. Estaba en
el cementerio de la Almudena, un camposanto cerrado desde mucho tiempo. Sólo
iban á él los que tenían tradicionales derechos sobre un pedazo de su suelo.
Cotoner había querido enterrar á la pobre Josefina cerca de su madre, en el
mismo recinto donde se oxidaba el oro de la losa que ocultaba al «malogrado
genio de la diplomacia». Quiso que descansase entre los suyos.
En el camino, Renovales sintió cierta angustia.
Veía pasar con ojos de sonámbulo, al través de los vidrios del carruaje, las
calles de la población: después bajaban una rápida cuesta; jardines mal
cuidados, en los cuales, junto á los árboles, dormitaban vagabundos ó se
peinaban mujeres con la cabeza al sol; un puente; suburbios míseros con
casuchas de lugarejo; luego el campo, caminos en cuesta y al final un bosque de
cipreses sobre una tapia y remates de edificios marmóreos, ángeles extendiendo
las alas con una trompeta en los labios, grandes cruces, flameros montados
sobre trípodes, y un cielo límpido, de intenso azul, que parecía reir con
indiferencia sobrehumana de la emoción de aquella hormiga que se apellidaba
Renovales.
Iba á verla; á poner sus plantas en la misma tierra, última sábana de su cuerpo; á aspirar un aire
en el que subsistía tal vez algo de aquel calor, que era como la respiración
del alma de la muerta. ¿Qué la diría?...
Al entrar en el camposanto miró al guardián, un
hombre feo, lúgubre, con una palidez amarillenta y grasosa de blandón. ¡Aquel
hombre vivía á todas horas cerca de Josefina!... Sintió un impulso de
generosidad, de agradecimiento: tuvo que contenerse, pensando en su
acompañante, para no entregarle todo el dinero que llevaba encima.
Sus pasos resonaron en el profundo silencio.
Sintiéronse rodeados de la rumorosa calma de un jardín abandonado, en el que
eran más los kioscos y las estatuas que los árboles. Anduvieron bajo ruinosas
columnatas que repercutían sus pasos con extraño eco; sobre losas que devolvían
la sonoridad de sus huellas, con ese estruendo sordo de los lugares huecos y
obscuros. La nada estremecida en su desierto por un ligero rozamiento de vida.
Los muertos que dormían allí estaban bien muertos,
sin la leve resurrección del recuerdo, en completo abandono, consumiéndose en
la podredumbre universal, anónimos, separados por siempre de la vida, sin que
de la inmediata colmena de gentes viniese nadie á reanimar con llantos y
ofrendas la efímera personalidad que tuvieron, el nombre que les rotuló por un
instante.
Las coronas pendían de las cruces, negras,
deshilachadas, con un hervidero de insectos en sus briznas.
La vegetación exuberante y monótona, libre del martirio de los pasos, se
extendía por todas partes, desuniendo con sus raíces las piedras de las tumbas,
haciendo saltar los peldaños de las sonoras escalinatas. Las lluvias, con su
lenta filtración, producían desplomes del terreno. Algunas losas se cuarteaban,
dejando entreabiertos profundos hoyos que exhalaban un hedor de tierra mojada y
estiércol cocido.
Había que andar con cierta precaución, temiendo que
el terreno sonoro y hueco se abriese de pronto: había que evitar repentinas
depresiones, en las cuales, junto á una lápida hundida de canto, con letras de
pálido oro y nobiliarios escudos, asomaba un cráneo pequeño, de débil osamenta;
el armazón de una cabeza de mujer, entrando y saliendo por el negro portal de
sus órbitas un rosario de hormigas.
El pintor caminaba estremecido, con la tristeza de
una decepción inmensa, dudando de sus más grandes entusiasmos. ¡Y esto era la
vida!... ¡Y así acababa la humana belleza! ¡Para esto serviría el receptáculo
de hermosas sensaciones que llevaba sobre sus hombros, y allí iría á parar con
toda su soberbia!...
—Aquí es—dijo Cotoner.
Se habían metido entre unas filas de tumbas
apretadas, rozando, al pasar, los adornos envejecidos que se desmenuzaban y
caían á su contacto.
Era una sepultura sencilla, una especie de féretro de blanco mármol, que se elevaba unos dos palmos
sobre el suelo, llevando en su parte superior un alto remate, semejante á la
cabecera de una cama, y terminado por una cruz.
Renovales permaneció frío. ¡Allí estaba
Josefina!... Leyó varias veces la inscripción, como si no pudiera convencerse.
Era ella; las letras reproducían su nombre, con una breve lamentación del
marido inconsolable, que á él le pareció falta de sentido, artificial,
vergonzosa.
Había venido pensando, con estremecimientos de
inquietud, en el terrible momento de descubrir el último lecho de su Josefina.
¡Sentirse cerca de ella, pisar el suelo que guardaba la esencia de su cuerpo!
No podría resistir este trance; lloraría como un niño, caería de rodillas,
sollozando con angustia de muerte...
Y bien; ya estaba allí: tenía la tumba ante sus
ojos, y sin embargo, permanecían secos, miraban en torno, fríamente, con
extrañeza.
¡Allí estaba!... Lo creía por la afirmación de su
amigo, por aquel rótulo declamatorio puesto sobre la tumba; pero nada le
avisaba la presencia de la muerta. Permanecía insensible, mirando con
curiosidad á las inmediatas sepulturas, sintiéndose en su interior un
monstruoso deseo de burla, no viendo en la muerte más que su mueca sardónica de
bufón de la última hora.
Á un lado, un señor que descansaba bajo el
interminable catálogo de sus títulos y condecoraciones; una
especie de conde de Alberca, que se había dormido en la solemnidad de su
grandeza, esperando el trompetazo del ángel para comparecer ante el Señor con
todos sus pergaminos y cruces. Al otro, un general que se pudría bajo un mármol
grabado de cañones, fusiles y banderas, como si quisiera infundir espanto á la
muerte. ¡En qué burlesca promiscuidad había venido á acostarse Josefina, para
dormir su último sueño! Al través de la tierra mezclábanse los jugos de todos
aquellos cuerpos, se unían y amalgamaban, con el definitivo beso de la nada,
sin haberse conocido durante la vida. Ellos eran los últimos dueños de su
cuerpo, los eternos y definitivos amantes; se la arrebataban en su presencia y
para siempre, indiferentes á las preocupaciones efímeras de los vivos. ¡Ay la
muerte! ¡Que burlona atroz! ¡Qué cinismo frío el de la tierra!...
Sentía disgusto, tristeza, asco, de la
insignificancia humana... pero no lloraba. Sólo tenía ojos para lo externo y lo
material; para la forma, preocupación constante de su pensamiento. Al verse
ante la tumba, apreció únicamente su vulgar humildad, con cierta vergüenza. Era
su mujer: la esposa de un gran artista.
Pensó en los escultores más célebres, todos amigos
suyos: hablaría con ellos; labrarían una sepultura imponente, con estatuas
lacrimosas y originales símbolos de la fidelidad, de la dulzura y del amor: un
sepulcro digno de la compañera de Renovales... Y
nada más; su pensamiento no iba más allá; su imaginación no podía traspasar la
dureza del mármol, penetrando en el oculto misterio. La tumba estaba muda y
vacia: en el ambiente no había nada que hablase al alma del pintor.
Permaneció insensible, sin que le turbase emoción
alguna, sin dejar de ver un solo instante la realidad. El cementerio era un
lugar feo, triste, repugnante, con su atmósfera de pudridero. Renovales creía
percibir un lejano hedor de carne frita esparcido en el viento, que inclinaba
el puntiagudo plumero de los cipreses, que movía las viejas coronas y el ramaje
de los rosales.
Miró con cierta hostilidad al silencioso Cotoner.
Éste tenía la culpa de su frialdad. Su presencia le cohibía, impidiendo toda
efusión. Aunque amigo, era un extraño; un obstáculo entre él y la muerta. Se
interponía entre los dos, impidiendo aquel diálogo mudo de amor y perdón con el
que venia soñando. Volvería sin su acompañante. Tal vez el cementerio fuese
distinto en la soledad.
Y volvió: volvió al día siguiente. El guardián le
hizo un saludo amable, adivinando un parroquiano de los que proporcionan
ganancias.
El cementerio le pareció más grande, más imponente,
en el silencio de una mañana tranquila y luminosa. No tenía con quién hablar,
no oía otro ruido humano que el de sus propios pasos. Subía escalinatas,
atravesaba galerías, dejando tras él su indiferencia, pensando, con inquietud,
que cada vez se separaba más de los vivos, que la
puerta, con su empleado sórdido, estaba ya lejos, y que él era el único
viviente, el único que pensaba y podía sentir miedo, en aquella ciudad lúgubre
de miles y miles de seres, envueltos en un misterio que les hacía imponentes,
entre los ruidos sordos y extraños de ese más allá que espanta con su negrura
de abismo sin fondo.
Al llegar ante la tumba de Josefina, se quitó el
sombrero.
Nadie. Los árboles y los rosales se estremecían
bajo el viento, hasta perderse de vista en las encrucijadas de los panteones.
Unos pájaros piaban sobre su cabeza, en una acacia, y este rumor de vida,
rasgando el susurro de la solitaria vegetación, esparcía cierta tranquilidad en
el espíritu del pintor, borraba el miedo infantil que había sentido antes de
llegar allí, cruzando las columnatas de pavimento sonoro.
Permaneció mucho tiempo inmóvil, abstraído en la
contemplación de aquella caja de mármol, partida oblicuamente por la luz del
sol; una parte de color de oro y otra con la blanca superficie azulada por la
sombra. De pronto se estremeció, coma si despertase oyendo una voz... La suya.
Hablaba alto, con un impulso irresistible de exteriorizar á gritos su
pensamiento, de animar con algo que significase vida este silencio mortal.
—Josefina, soy yo... ¿Me perdonas?...
Era una ansia infantil de oir la voz del más allá, derramando sobre su alma un bálsamo de perdón y
olvido; un deseo de arrastrarse, de llorar, de empequeñecerse, de que ella le
escuchase, de que sonriera desde el fondo de la nada, viendo la gran revolución
que se había operado en su espíritu. Quería decirla—y se lo decía mudamente,
con el lenguaje de la emoción—que la amaba, que había resucitado en su
pensamiento, ahora que la había perdido para siempre, con un amor que no tuvo
nunca pura ella en su existencia terrenal. Sentíase avergonzado de verse ante
su tumba; avergonzado de la desigualdad de su suerte.
Le pedía perdón de vivir, de sentirse vigoroso y
joven todavía, de amarla sin realidad, con loca esperanza, cuando la había
dejado partir indiferente y frío, con el pensamiento en otra mujer, esperando
su muerte con el más criminal de los anhelos. ¡Miserable! ¡Y él estaba en pie!
¡Y ella, la buena, la dulce, oculta para siempre; perdida y deshecha en las
entrañas de la eterna insaciable!...
Lloraba: lloraba, por fin, con esas lágrimas
cálidas y sinceras que atraen el perdón. Era el llanto por tanto tiempo
deseado. Ahora sentía que los dos se aproximaban, que estaban casi juntos, que
sólo les separaba una lámina de mármol y alguna tierra. Veía con la imaginación
sus pobres restos, los huesos tal vez cubiertos por la podredumbre epílogo de
una vida, y los amaba, los adoraba con una pasión serena, por encima de las
miserias terrenales. Nada de lo que había sido Josefina podía causarle repugnancia ni horror. ¡Si él pudiera abrir aquella
caja blanca! ¡Si pudiera besar los últimos escombros del cuerpo adorado,
llevárselos con él, para que le acompañasen en su peregrinación, como las
divinidades domésticas délos antiguos!... Ya no veía el cementerio; no oía los
pájaros ni el susurro de las ramas; creía vivir en una nube, sin contemplar
otra cosa en la densa niebla que aquella tumba blanca, la marmórea caja, último
lecho del adorado cuerpecillo...
Ella le perdonaba: su cuerpo surgía ante él, tal
como había sido en su juventud, como había quedado en los lienzos pintada por
su mano. Su mirada profunda se fijaba en la suya; su mirada de los tiempos de
amor. Le parecía oir su voz, la voz de entonaciones infantiles, la que reía,
admirando pequeñas insignificancias, en la época feliz. Era una resurrección;
la imagen de la muerta estaba ante él, formada, sin duda, por moléculas
invisibles de su ser, que flotaban sobre la tumba, por algo de su esencia vital
que aún aleteaba en torno de los restos materiales, con cierto retardo de
dolorosa despedida, antes de emprender la carrera á las profundidades de lo
infinito.
Su llanto incesante seguía derramándose en el
silencio, con una profusión de dulce desahogo: su voz, entrecortada por los
suspiros, hacía callar á los pájaros infundiéndoles momentáneo pavor.
«¡Josefina! ¡Josefina!» Y el eco de estos lugares sonoros contestaba con
rugidos sordos y burlones, desde las lisas paredes
de los mausoleos, desde el término invisible de las columnatas.
El artista, con impulso irresistible, pasó una
pierna sobre las cadenas enmohecidas que rodeaban la tumba. ¡Sentirla más
cerca! ¡Suprimir la corta distancia que los separaba! Burlar á la muerte con un
beso de amor resucitado, de intenso agradecimiento por el perdón!...
El cuerpo enorme del maestro cubrió la blanca caja,
abarcándola en sus brazos extendidos, como si quisiera desprenderla del suelo y
llevársela con él. Sus labios buscaron ansiosos la parte más alta de la losa.
Quiso adivinar el sitio que cubría el rostro de la
muerta, y entre rugidos de fiera herida, comenzó á besarlo, moviendo su cabeza,
como si quisiera estrellarla contra el mármol.
Una sensación en los labios de piedra caldeada por
el sol; un sabor de polvo, insípido y repulsivo, se extendió por su boca.
Renovales se incorporó, se puso de pie, como si despertase, como si resurgiese
de pronto el cementerio, hasta entonces invisible. El lejano hedor de carne
chamuscada volvió á herir su olfato.
Ahora veía la tumba, como la había visto el día
anterior. Ya no lloraba. La inmensa decepción secó sus lágrimas, mientras en su
interior sentía acrecentarse el ansia del llanto. ¡Horrible despertar!...
Josefina no estaba allí; en torno de él sólo existía la nada. Era inútil buscar
el pasado en el campo de la muerte. Los recuerdos
no podían prender en esta tierra fría, conmovida en sus entrañas por el pulular
del gusano, por el hervor de la materia en putrefacción. ¡Ay, dónde venía á
buscar sus ilusiones! ¡De qué estercolero hediondo quería hacer resurgir las
rosas de sus recuerdos!...
Veía con la imaginación, tras aquel mármol
antipático, el pequeño cráneo con su mueca burlona, los huesos frágiles
envueltos en sus últimos andrajos de piel, y esta visión le dejaba frío,
indiferente. ¿Qué tenía él que ver con estas miserias? No; Josefina no estaba
allí. Había muerto de veras, y si alguna vez llegaba á verla no sería cerca de
su tumba.
Lloraba otra vez, pero sin lágrimas exteriores, con
un llanto que se derramaba hacia adentro: lloraba la amargura de su soledad, el
no poder cambiar con ella un pensamiento. ¡Tantas cosas que tenía que decirla y
que le quemaban el alma!... ¡Cómo la hablaría, si una fuerza misteriosa se la
devolviese por un instante!... Imploraría, su perdón; se arrojaría á sus pies,
lamentando el error de su vida, el doloroso engaño de haber permanecido junto á
ella, indiferente, acariciando falsas ilusiones que encerraban el vacío, para
rugir ahora en el tormento de lo irreparable, con la sed de un amor loco que
adoraba á la muerta después de despreciar á la viva. La juraría mil veces la
verdad de esa adoración póstuma, de este deseo excitado por la muerte. Y luego,
la acostaría otra vez en su lecho eterno y se
alejaría tranquilo, con la conciencia en paz, después de la delirante
confesión.
Pero era imposible. El silencio entre ellos sería
para siempre. Habría de quedar por toda una eternidad con esta confesión en el
pensamiento, sin poder comunicársela, sintiendo su pesadez abrumadora. Ella se
había ido con el rencor y el desprecio en el alma, olvidando los primeros
tiempos de amor, y eternamente ignoraría que éstos habían tenido un
reverdecimiento después de su muerte.
No podía echar una mirada atrás; ella no existía;
ya no existiría nunca. Todo cuanto él hiciese y cuanto pensase, las noches de
insomnio llamándola con súplica cariñosa, las largas contemplaciones ante sus
imágenes, todo lo ignoraría. Y cuando él muriese á su vez, el silencio y el
aislamiento entre ambos aun se haría más grande. Las cosas que no había podido
decirla se extinguirían con él, y los dos se desmenuzarían en la tierra,
extraños el uno al otro, prolongando en la eternidad su error lamentable, sin poder
aproximarse, sin poder verse, sin una palabra salvadora, condenados á la nada,
pavorosa y sin límites, sobre cuya dureza infinita resbalaban imperceptibles
los deseos y los dolores de las criaturas.
El artista infeliz se revolvió con la rabia de su
impotencia. ¿De qué crueldad vivían rodeados? ¿Qué burla sombría, feroz,
implacable, era aquella que los empujaba, unos hacia otros, para después separarlos por siempre, ¡por siempre! sin que
pudieran cambiar una mirada de perdón, una palabra que rectificase sus errores
y les permitiera reanudar su eterno sueño, con nueva paz?...
La mentira; siempre el engaño en torno del hombre,
como una atmósfera protectora que le preserva en su marcha, al través del vacío
de la vida. Mentira aquella tumba con sus inscripciones: allí no estaba ella;
sólo encerraba unos despojos, iguales á todos, que nadie podría reconocer, ni
él mismo que tanto los había amado.
Su desesperación le hizo levantar los ojos al
espació, de luminosa limpidez. ¡Ah, el cielo! ¡Mentira también! Aquel azul
celestial, con sus rayos dorados y sus juegos caprichosos de nubes, era una
imperceptible película, una ilusión de los ojos. Más allá de la telaraña
engañosa que envolvía la tierra, estaba el verdadero cielo, el espacio sin fin,
y era negro, de una lobreguez fatídica, con un chisporroteo de lágrimas
ardientes, de infinitos mundos, lamparillas de la eternidad en cuya llama
vivían otros enjambres de invisibles átomos: y el alma glacial, ciega y cruel
de la tenebrosa inmensidad, reía de sus pasiones y sus anhelos, de las mentiras
que fabricaban incesantemente para acorazar su efímera existencia, queriendo
prolongarla con la ilusión de un alma inmortal.
Todo mentiras que la muerte se encargaba de
desenmascarar, cortando la marcha á los hombres en su dulce camino escalonado
de ilusiones, echándoles fuera de él, con la misma
indiferencia que sus pies habían aplastado y puesto en fuga los rosarios de
hormigas que avanzaban entre la hierba sembrada de huesos.
Renovales sintió la necesidad de huir. ¿Qué hacía
allí? ¿Qué le importaba el desolado vacío de aquel rincón de la tierra? Antes
de alejarse con la firme resolución de no volver más, buscó en torno de la
tumba una flor, unas briznas de hierba, algo que le acompañase como recuerdo.
No; Josefina no estaba allí, bien lo sabia él; pero sintió el anhelo de los
enamorados, ese apasionado respeto por las cosas que tocó alguna vez la mujer
amada.
Despreció una mata de flores silvestres que crecía
abundosa en la parte inferior de la tumba. Las quería de cerca de la cabeza, y
cogió unos pequeños botones blancos, inmediatos á la cruz, pensando que sus
raíces habrían tocado tal vez el rostro de la muerta, que conservarían en los
pétalos algo de sus ojos, algo de su boca.
Volvió á casa desalentado, triste, con el vacío en
el pensamiento y la muerte en el alma.
Pero en la atmósfera cálida de su vivienda, la
amada muerta salió á su encuentro; la vió junto á él, sonriéndole desde el
fondo de los marcos, irguiéndose en los grandes lienzos. Renovales sintió en
torno de su cara un aliento cálido, como si aquellas imágenes respirasen á la
vez, llenando la casa con la esencia de recuerdos que parecía flotar en el
ambiente. Todo le hablaba de ella; todo lo llenaba
este indefinible perfume del pasado. Allá arriba, en la fúnebre loma, había
quedado la mísera envoltura, la corteza perecedera. No volvería más. ¿Para qué?
La sentía á su alrededor: lo que de ella restaba en el mundo, conservábase
encerrado en la casa, como queda la fuerte esencia en el pomo roto y
abandonado... En la casa, no. La muerta estaba en él, la llevaba dentro, la
percibía en su interior, como esas almas errantes de las leyendas que se
refugian en un cuerpo ajeno, pugnando por compartir la morada con el alma
señora de la envoltura. No en vano habían vivido tantos años de existencia
común, unidos primero por el amor, luego por la costumbre. Sus cuerpos habían
dormido en íntimo contacto durante media vida, tocándose de la frente á los
pies, abandonándose á la inconsciencia del sueño, mezclando sus sudores,
cambiando por los abiertos poros ese calor de las horas intimas que es como la
respiración del alma. La muerta se había llevado una parte de la vida del
artista. En sus restos, que se desmenuzaban en la soledad del cementerio, había
una parte del marido, y éste, á su vez, sentía algo extraño y misterioso que le
encadenaba al recuerdo, que le hacía experimentar á todas horas el deseo de
aquel cuerpo, complemento del suyo, que se había desvanecido ya en la nada.
Renovales se encerró en su hotel, con aire
taciturno y gesto hosco, que infundieron miedo al criado. Si se presentaba el
señor Cotoner, debía decirle que había salido. Si
llegaban cartas de la condesa, podía dejarlas en un cacharro antiguo de la
antesala, donde se amontonaban las tarjetas inútiles. Si era ella la que se
presentaba, debía cerrarle la puerta. No quería ver á nadie: deseaba pintar sin
ningún género de distracción. La comida se la serviría en el mismo estudio.
Y trabajó solo, sin modelo, con una tenacidad que
le hacía permanecer derecho ante el lienzo, hasta que se desvanecía la luz.
Algunas veces su criado, al entrar al anochecer en el estudio, encontraba
intacto el almuerzo sobre una mesa. Por la noche, en la soledad del comedor,
eran los atracones mudos, el devorar silencioso y taciturno, por la imperiosa
necesidad animal, sin ver lo que comía, con los ojos perdidos en una
contemplación lejana.
Cotoner, algo picado por esta orden extraordinaria
que le impedía el acceso al estudio, presentábase por la noche y en vano
intentaba animarle con noticias del mundo exterior. Notaba en los ojos del
maestro una luz anormal, un estrabismo de locura.
—¿Cómo va esa obra?...
Renovales contestaba con un gesto vago. Ya la
vería... más adelante.
Su gesto de indiferencia repetíase al oir que le
hablaba de la condesa de Alberca. Cotoner describía la alarma de aquella
señora, su asombro por la conducta del maestro. Le había llamado para tener
noticias de Mariano, para lamentarse, con los ojos
húmedos, de esta ausencia. Había estado dos veces en la puerta del hotel, sin
poder entrar; se quejaba del criado y de aquella obra misteriosa. Al menos que
le escribiera, que contestase á sus cartas, repletas de lamentos y ternuras,
que ella no sospechaba cerradas aún y en profundo olvido, entre una nube de
amarillentas cartulinas. El artista escuchaba esto con un encogimiento de
hombros, como si le hablasen de los dolores de un planeta lejano.
—Vamos á ver á Milita—decía.—Esta noche no tiene
teatro.
En su aislamiento, lo único que le ligaba al mundo
exterior, era el ansia de ver á su hija, de hablarla, como si la amase con
nuevo cariño. Era carne de su Josefina; había vivido en sus entrañas. Tenía la
salud y el vigor de él, nada en su exterior recordaba á la otra; pero su sexo
ligábala estrechamente á la imagen adorada de la madre.
Oía á su Milita en un éxtasis sonriente,
agradeciendo el interés que mostraba por su salud.
—¿Estás enfermo, papaíto? Te encuentro desmejorado.
Tienes una mirada que no me gusta... Trabajas mucho.
Pero él la tranquilizaba moviendo sus fuertes
brazos, hinchando su pecho vigoroso. Nunca se había sentido mejor. Y se
enteraba, con una minuciosidad de abuelo bondadoso, de los pequeños disgustos
de su existencia. Su marido pasaba el día con los amigos; ella se aburría en
casa, y sólo encontraba entretenimiento en las
visitas ó en las compras. Y á continuación surgía un lamento, siempre el mismo,
que el padre adivinaba desde las primeras palabras. López de Sosa era un
egoísta, un tacaño para ella. Su vida de despilfarro, sólo alcanzaba á sus
placeres y á su persona, pretendiendo hacer economías sobre los gastos de su
mujer. La quería, á pesar de esto. Milita no osaba negarlo: ni amantes ni
ligeras infidelidades; ¡buena era ella para tolerarlas! Pero sólo encontraba
dinero para sus caballos, para sus automóviles; hasta sospechaba que iba
gustándole el juego, y su pobrecita mujer que viviese desnuda, que llorase con
interminable súplica cada vez que la presentaban una cuenta, alguna
insignificancia de mil ó dos mil pesetas.
El padre tenía para ella generosidades de amante.
Sentíase capaz de derramar á sus pies todo lo que había amontonado en largos
años de trabajo. ¡Que viviese feliz, ya que amaba á su marido! Las inquietudes
de ella le hacían sonreir con desprecio. ¡El dinero! ¡La hija de Josefina,
triste por tales necesidades, teniendo él en su casa tantos papeles sucios,
mugrientos, insignificantes, por cuya adquisición había penado, y que ahora
miraba con indiferencia!... De estas entrevistas salía siempre entre vehementes
abrazos y bajo una lluvia de besos ruidosos de aquella grandullona, que
expresaba su alegría manoseándolo irrespetuosamente, como si fuese un niño.
—Papaíto, ¡qué bueno eres!... ¡Cuánto te quiero!
Una noche, Renovales, al salir de casa de su hija
acompañado de Cotoner, dijo á éste con cierto misterio:
—Ven por la mañana. Te enseñaré aquéllo.
Aun está atrasado, pero quiero que lo veas... Sólo tú. Nadie podrá juzgar
mejor.
Después añadió con una satisfacción de artista:
—Antes sólo podía pintar lo que veía... Ahora soy
otro. Me ha costado mucho, ¡mucho!... pero tú juzgarás.
Y había en su voz la alegría de las dificultades
vencidas, la certidumbre de una grande obra.
Cotoner acudió al día siguiente, con el
apresuramiento de la curiosidad, y entró en el estudio cerrado para todos.
—¡Mira!—dijo el maestro con ademán soberbio.
El amigo miró. Frente á la luz había un lienzo en
un caballete; un lienzo gris en su mayor parte, sin otro color que el del
preparado, y sobre éste, rayas confusas y entrelazadas, delatando cierta
indecisión ante los diversos contornos de un mismo cuerpo. Á un lado una mancha
de colores, que era lo que el maestro señalaba con su mano: una cabeza de
mujer, que se destacaba vigorosa sobre el crudo fondo de la tela.
Cotoner quedó absorto. ¿Aquello lo había pintado
realmente el gran artista? No veía la mano del maestro. Aunque él fuese un
pintor insignificante, tenia buen ojo y adivinaba la indecisión, el miedo, la torpeza, la lucha con algo irreal que se
escapa, negándose á entrar en el molde de la forma. Saltaba á la vista la
inverosimilitud de los rasgos, la rebuscada exageración; los ojos enormes,
monstruosos en su grandeza; la boca diminuta como un punto; la piel de una
palidez luminosa, sobrenatural. Solamente en sus pupilas había algo notable:
una mirada que venía de muy lejos, una luz extraordinaria que parecía traspasar
el lienzo.
—Me ha costado mucho. Ninguna obra me hizo sufrir
tanto. Esto es la cabeza nada más. ¡Lo más fácil! Después vendrá el cuerpo; una
desnudez divina, como nunca se haya visto. Y tú solo la verás; ¡sólo tú!
El bohemio ya no miraba el cuadro. Contemplaba con
extrañeza al pintor, asombrado de aquella obra, desconcertado por su misterio.
—Ya ves, ¡sin modelo! ¡Sin la realidad
delante!—continuó el maestro.—No he tenido más guía que esos: pero
es el mejor, el definitivo.
Esos eran todos los retratos de la muerta, descolgados de las paredes,
colocados en caballetes ó en sillas, formando un apretado círculo en torno del
lienzo empezado.
El amigo no pudo contener su asombro, no pudo
fingir más tiempo, vencido por la sorpresa:
—¡Ah! ¡Pero es!... ¡Pero... has querido pintar á
Josefina!
Renovales se echó atrás con violenta sorpresa. Josefina, sí; ¿quién había de ser? ¿Dónde tenía los
ojos? Y su mirada iracunda trastornó á Cotoner.
Éste volvió á contemplar la cabeza. Sí; era ella,
con una belleza que parecía de otro mundo; extremada, espiritualizada, como si
perteneciese á una humanidad nueva, libre de groseras necesidades, en la que se
hubiesen extinguido los últimos restos de la animalidad ancestral. Contemplaba
los numerosos retratos de otros tiempos, y reconocía sus rasgos en la nueva
obra; pero animados por una luz que venía de dentro y cambiaba el valor de los
colores, dando al rostro una novedad extraña.
—¡La reconoces por fin!—dijo el maestro, que seguía
ansiosamente la impresión de su obra en los ojos del amigo.—¿Es ella? Di, ¿no
te parece igual?
Cotoner mintió con cierta conmiseración. Sí, era
ella; por fin la veía bien. Ella, pero más hermosa que en vida... Josefina
nunca había sido así.
Ahora era Renovales el que miró con extrañeza y
lástima. ¡Pobre Cotoner! ¡Infeliz fracasado, paria del arte, que no había
podido salir de la muchedumbre anónima y carecía de otra sensibilidad que la
del estómago!... ¡Qué sabía él de aquellas cosas! ¡Por qué consultarle!...
No había reconocido á Josefina, y sin embargo, este
lienzo era su mejor retrato; el más exacto.
Renovales la llevaba en su interior; la contemplaba
sólo con recogerse en su pensamiento. Nadie podía conocerla mejor que él. Los
demás la tenían olvidada. Así la veía... y así había sido.
La condesa de Alberca logró introducirse una tarde
en el estudio del maestro.
La vió llegar el criado, como otras veces, en un
coche de alquiler, atravesar el jardín, subir las escaleras del vestíbulo y
entrar en el recibimiento, con un paso agitado de mujer resuelta que marcha
ante ella rectamente y sin vacilación. Intentó cerrarle el paso con respeto,
yendo de un lado á otro, saliéndola al encuentro cada vez que avanzaba
ladeándose para burlar este obstáculo. ¡El señor trabajaba! ¡El señor no
recibía! ¡Era una orden severa y sin excepción!... Pero ella siguió adelante,
con el ceño duro, una luz de fría cólera en los ojos, una resolución manifiesta
de abofetear al criado si era preciso, de pasar por encima de su cuerpo.
—Vamos, buen hombre, apártese usted.
Y su entonación de gran señora, altiva é irritada,
hizo temblar al pobre sirviente, que no sabía ya cómo oponerse á esta invasión
de faldas rumorosas y fuertes perfumes. En una de sus evoluciones, la bella
señora tropezó con una mesa de mosaico italiano, en
cuyo centro estaba el antiguo jarrón. Su mirada descendió instintivamente,
hasta el fondo de la vasija.
Fué un instante nada más, pero bastó á su
curiosidad femenil para reconocer los sobrecillos azules, de blanca orla, que
asomaban las puntas cerradas ó mostraban los lomos intactos, entre el montón de
cartulinas. ¡Esto más!... Su palidez se hizo intensa, tomó un tinte verdoso, y
con tal impulso siguió adelante la dama, que el criado no pudo detenerla y
quedó á su espalda desalentado, confuso, temiendo la cólera del señor.
Renovales, alarmado por el fuerte taconeo en la
madera del pavimento y el roce de unas faldas rumorosas, se dirigió hacia la
puerta, en el mismo instante que la condesa hacia su entrada con expresión
teatral.
—Soy yo.
—¿Usted?... ¿Tú?...
La turbación, la sorpresa, el miedo á esta
entrevista, hicieron balbucear al maestro.
—Siéntate—dijo con frialdad.
Se sentó en un diván y el artista permaneció de pie
ante ella.
Miráronse con cierta extrañeza, como si no se
reconociesen después de esta ausencia de semanas que pesaba en su memoria como
si fuese de años.
Renovales la miraba fríamente, sin que su cuerpo se
estremeciera á impulsos del deseo, como si fuese una visita vulgar de la que
necesitaba librarse cuanto antes. Le extrañaban su
palidez verdosa, la boca apretada por un mohín de disgusto, la mirada dura, de
brillo amarillento, la nariz que parecía encorvarse buscando el labio superior.
Estaba irritada, pero al fijar los ojos en él, perdieron éstos su dureza.
Su instinto de mujer se tranquilizó al
contemplarle. También él parecía otro, en el abandono de su aislamiento; el
pelo alborotado, la barba enmarañada, revelando el descuido de la preocupación,
la idea fija y absorbente, que hace olvidar el aseo de la persona.
Se desvanecieron instantáneamente sus celos, la
cruel sospecha de sorprenderle, apasionado de otra mujer, con una veleidad de
artista. Ella conocía los signos exteriores del enamoramiento; la necesidad que
siente el hombre de embellecerse, de hacerse grato, extremando los cuidados de
su adorno.
Con ojos de satisfacción revisaba su abandono,
fijándose en las ropas sucias, en las manos descuidadas, en las uñas largas
manchadas de color, en todos los detalles que revelaban falta de aseo, olvido
de la persona. Indudablemente era una locura pasajera de artista, un capricho
tenaz de laborioso. Su mirada brillaba con una luz de fiebre, pero no revelaba
lo que ella había sospechado.
Á pesar de esta certidumbre tranquilizadora, como
Concha iba dispuesta á llorar y traía sus lágrimas preparadas, aguardando
impacientes en el borde de los párpados, se llevó
las manos á sus ojos, encogiéndose en un extremo del diván, con gesto trágico.
Era muy desgraciada; sufría mucho. Había pasado unas semanas horribles. ¿Qué
era aquello? ¿Por qué desaparecería sin una explicación, sin una palabra,
cuando ella le amaba mas que nunca, cuando sentía impulsos de abandonarlo todo,
de dar un escándalo enorme, viniendo á vivir con él para ser su compañera, su
esclava?... Y sus cartas, sus pobres cartas, abandonadas, sin abrir, como si
fuesen molestas peticiones de una limosna. ¡Ella, que había pasado las noches
en vela, poniendo sobre los pliegos toda su alma!... Y había en su acento un
estremecimiento de despecho literario; la amargura de que hubieran quedado en
el misterio todas las cosas bonitas que alineaba con sonrisa de satisfacción,
después de largas reflexiones... ¡Los hombres! ¡Su egoísmo y su crueldad! ¡Qué
torpeza adorarles!
Seguía en su llanto, y Renovales la miraba como si
fuese otra mujer. Le parecía ridícula en este dolor que trastornaba su rostro,
que lo afeaba, borrando su sonriente impasibilidad de hermosa muñeca.
Intentó excusarse, pero sin calor, sin deseos de
convencer, para no mostrarse cruel en su silencio. Trabajaba mucho, era ya hora
de volver á su antigua existencia de fecunda labor. Ella olvidaba que era un
artista, un maestro de cierto nombre, que tenía sus deberes con el público. No
era como aquellos señoritos que podían dedicarla el
día entero y pasar la existencia á sus pies, cual un paje enamorado.
—Hay que ser serios, Concha—añadió con una frialdad
pedantesca.—La vida no es un juego. Yo debo trabajar y trabajo. Hace no sé
cuántos días que no salgo de aquí.
Ella se irguió irritada, apartó las manos de sus
ojos, le miró, recriminándole. Mentía; había salido de su encierro, sin
ocurrirsele nunca llegar por un momento á su casa.
—Buenos días nada más... Que yo te viese un
instante, Mariano; el tiempo necesario para convencerme de que eres el mismo,
de que sigues queriéndome. Pero has salido muchas veces; te han visto. Yo tengo
mi policía, que me lo cuenta todo. Eres demasiado conocido para que la gente no
se fije en ti... Has estado por las mañanas en el Museo del Prado. Te han visto
horas enteras contemplando como un bobo un cuadro de Goya; una mujer desnuda.
¡Tu manía que vuelve otra vez, Mariano!... Y no se te ha ocurrido venir á
verme; no has contestado á mis cartas. El señor se siente orgulloso, satisfecho
de que le amen, y se deja adorar como un ídolo, seguro de que más le querrán
cuanto más grosero sea... ¡Ay, los hombres! ¡Los artistas!...
Gemía, pero su voz ya no conservaba el tono de
irritación de los primeros momentos. La certidumbre de que no había de luchar
con la influencia de otra mujer, amansaba su
orgullo, no dejando en ella más que una queja dulce de víctima que desea
sacrificarse de nuevo.
—Pero siéntate—exclamó en medio de sus sollozos,
indicándole un lugar en el diván, junto á ella.—No estés de pie; parece que
deseas que me vaya...
El pintor se sentó, pero con cierta timidez,
huyendo el contacto de su cuerpo, evitando el encuentro de aquellas manos que,
instintivamente, iban á él y ansiaban un pretexto para asirle. Adivinaba su
deseo de llorar sobre uno de sus hombros, olvidándolo todo, desvaneciendo con
una sonrisa sus últimas lágrimas. Así había ocurrido en otras ocasiones, pero
Renovales, conociendo el juego, se echaba atrás con cierta rudeza. Aquello no
debía comenzar otra vez; no podía repetirse, aunque él quisiera. Había que decir
la verdad á toda costa; acabar para siempre; echarse de los hombros el pesado
fardo.
Habló con voz fosca, titubeando, la mirada en el
suelo, sin atreverse á levantar los ojos por miedo á los de Concha, que
adivinaba fijos en él.
Hacía muchos días que pensaba escribirla..¡El miedo
á no consignar claramente sus pensamientos!... ¡Cierto pavor que le hacía dejar
la carta para el día siguiente!... Ahora se alegraba de que hubiese venido;
celebraba la debilidad de su criado al dejarla franca la puerta.
Debían hablar como buenos camaradas que examinan juntos el porvenir. Era hora de dar fin á las
locuras. Sería lo que Concha deseaba en otros tiempos: amigos, buenos amigos.
Ella era hermosa, tenía aún la frescura de la juventud, pero el tiempo no
transcurre en vano y él se sentía viejo: contemplaba la vida desde cierta
altura, como se contemplan las aguas de un río, sin mojarse en ellas.
Concha le escuchaba con asombro, resistiéndose á
comprender sus palabras. ¿Qué escrúpulos eran éstos?... Después de ciertas
divagaciones, el pintor habló con un tono de remordimiento de su amigo el conde
de Alberca, un hombre respetable por su misma simplicidad. Su conciencia se
sublevaba ante la sencilla admiración del grave señor. Era una infamia este
engaño audaz en su misma casa, bajo el mismo techo. Él no tenía fuerzas para
continuar: debían purificarse del pasado con una buena amistad; decirse adiós como
amantes, sin rencor y sin antipatía, agradecidos mutuamente por la dicha
pasada, llevándose, como muertos queridos, los agradables recuerdos...
La risa de Concha, nerviosa, sardónica, insolente,
cortó la palabra del artista. Su cruel jocosidad excitábase al pensar que era
su marido el pretexto de esta ruptura. ¡Su marido!... Y volvía á reir con
carcajadas que delataban la insignificancia del conde, la falta absoluta de
respeto que inspiraba á su mujer, la costumbre de ajustar su vida á sus
caprichos, sin pensar nunca en lo que aquel hombre
pudiera decir ó pensar. Su marido no existía para ella; jamás le había temido;
nunca había pensado que pudiera servirle de obstáculo, y ¡el amante le hablaba
de él, presentándolo como una justificación de su alejamiento!...
—¡Mi marido!—repetía entre los estremecimientos de
su risa cruel.—¡Pobrecillo! Déjale quieto: él nada tiene que hacer entre
nosotros... No mientas, no seas cobarde. Habla; otras cosas llevas en el
pensamiento. Yo no sé las que son, pero las presiento, las veo desde aquí. ¡Si
quisieras á otra!... ¡Si quisieras á otra!
Pero se interrumpía en esta exclamación sorda de
amenaza. Le bastaba mirarle para convencerse de que era imposible. Su cuerpo no
olía á amor; todo en él revelaba la paz de una carne en reposo, sin impulsos ni
deseos. Era tal vez un capricho de su imaginación, una anormalidad de
desequilibrado, lo que le impulsaba á repelerla. Y animada por esta creencia,
se abandonó, olvidando su enfado, hablándole en tono cariñoso, acariciándole
con un ardor en el que había á la vez algo de madre y de amante.
Renovales la vió pronto junto á él, enlazando los
brazos á su cuello, hundiendo las manos con delectación en el revoltijo de su
cabellera.
No era orgullosa: los hombres la adoraban, pero su
corazón, su cuerpo, toda ella, era para su pintor, para aquel ingrato que tan
mal correspondía á su cariño, que la iba á envejecer con tantos disgustos... Súbitamente enternecida, le besaba la
frente, con una expresión generosa y pura. ¡Pobrecito! ¡Trabajaba mucho! Todo
lo que tenía era cansancio, trastorno, exceso de producción. Había que dejar
quietos los pinceles, vivir, quererla mucho, ser felices, tener en reposo
aquella frente, siempre contraída por móviles arrugas, como un cortinaje tras
el cual pasaba y repasaba, en perpetua revolución, un mundo invisible.
—Deja que te bese otra vez esa frente bonita, para
que callen y duerman los duendes que tienes dentro.
Y besaba de nuevo la frente bonita,
deleitándose en acariciar con sus labios los surcos y prominencias de esta
extensión irregular, atormentada como un terreno volcánico.
Por mucho tiempo su voz mimosa, de exagerado ceceo
infantil, resonó en el silencio del estudio. Sentía celos de la pintura, señora
cruel, exigente y antipática, que parecía enloquecer á su pobre nene. El mejor
día, ilustre maestro, prendía fuego al estudio con todos sus cuadros. Se
esforzaba por atraerle á ella, por sentarlo en sus rodillas, meciéndolo como si
fuese un niño.
—Á ver, don Marianito: haga usted una risa á su
Conchita. ¡Ríase usted, granuja!... ¡Ríete ó te pego!
Él reía, pero con sonrisa forzada, intentando
resistirse al cariñoso manoseo, fatigado de estas infantiles simplezas que en
otros tiempos eran su placer. Permanecía insensible
á aquellas manos, á aquella boca, al calor de aquel cuerpo que rozaba el suyo,
sin despertar la más leve emoción. ¡Y él había amado á aquella mujer! ¡Y por
ella había cometido el crimen feroz é irreparable, que le haría arrastrar
eternamente la cadena del remordimiento!... ¡Qué sorpresas las de la vida!...
La frialdad del pintor acabó por comunicarse á la
de Alberca. Pareció despertar del ensueño en que ella misma se mecía. Se apartó
del amante, examinándolo fijamente, con ojos imperiosos, en los que comenzaba á
brillar de nuevo una chispa de orgullo.
—¡Di que me quieres! ¡Dilo en seguida! ¡lo
necesito!
Pero en vano extremaba su ademán autoritario; en
vano aproximaba sus ojos á los de él, como si quisiera asomarse á su interior.
El artista sonreía débilmente, murmuraba palabras evasivas, negábase á seguirla
en estas exigencias.
—Dilo á gritos; que yo lo oiga... Di que me
quieres. Llámame Friné, lo mismo que cuando me adorabas de rodillas, besando mi
cuerpo.
El nada dijo. Parecía avergonzado por el recuerdo;
bajaba la cabeza para no verla.
La condesa se levantó con nervioso impulso. La
cólera la hizo plantarse en medio del estudio, con las manos crispadas, el
labio inferior temblón, los ojos con un brillo verdoso. Sentía deseos de
destrozar algo, de caer en el suelo con violentas contorsiones. Dudaba entre romper una ánfora árabe, próxima, ó
abalanzarse sobre aquella cabeza inclinada, clavando en ella sus uñas.
¡Miserable! ¡Tanto que le había amado; tanto que le quería aún, sintiéndose
ligada á él por la vanidad y la costumbre!...
—¡Di si me quieres!—gritó.—¡Dilo de una vez!... ¿si
ó no?...
Tampoco obtuvo respuesta. El silencio era penoso.
Creyó de nuevo en otro amor, en una mujer que había venido á ocupar su puesto.
¿Pero quién era? ¿dónde encontrarla? Su instinto femenil le hizo volver la
cabeza, extender la mirada por la próxima puerta, viendo el estudio inmediato,
y tras él, el último, el verdadero taller donde trabajaba el maestro. Avisada
por misteriosa intuición, echó á correr hacia aquella nave. ¡Allí!... ¡Tal vez
allí! Los pasos del pintor sonaron tras ella. Había salido de su desaliento al
verla huir; la perseguía con un apresuramiento de terror. Concha presintió que
iba á saber la verdad; una verdad cruel, con toda la crudeza de un
descubrimiento á plena luz. Quedó inmóvil, con las cejas fruncidas por un gran
esfuerzo mental, ante aquel retrato que parecía reinar en el estudio, ocupando
el mejor caballete, en lugar preferente, á pesar del desierto gris de su
lienzo.
El maestro vió en la cara de Concha la misma
expresión de duda y extrañeza de su amigo Cotoner. ¿Quién era aquélla?... Pero
la vacilación fué más breve: su orgullo de mujer
aguzaba sus sentidos. Vió más allá de aquella cabeza desconocida el coro de
antiguos retratos que parecía guardarla.
¡Ay! ¡sus ojos de inmensa extrañeza! ¡la mirada de
frío asombro que clavó en el pintor, examinándole de cabeza á pies!...
—¿Es Josefina?...
Él inclinó la frente, con muda respuesta. Pero le
pareció una cobardía su silencio; sintió la necesidad de gritar, en presencia
de aquellos lienzos, lo que afuera no había osado decir. Era un deseo de
halagar á la muerta, de implorar su perdón, confesando su amor sin esperanza.
—Sí; es Josefina.
Y lo dijo avanzando un paso, gallardamente, mirando
á Concha como si fuese un enemigo, con cierta hostilidad en los ojos que no
pasó inadvertida para ella.
No se dijeron más. La condesa no podía hablar. Su
sorpresa rebasaba los límites de lo verosímil, de lo conocido.
¡Enamorado de su mujer... y después de muerta!
¡Encerrado como un asceta, para pintarla con una hermosura que nunca había
tenido!... La vida ofrecía grandes sorpresas, pero esto, seguramente, no se
había visto nunca.
Creyó que caía y caía, empujada por el asombro, y
al término de esta caída se encontró otra, sin una queja, sin un
estremecimiento de dolor, pareciéndole extraño todo
cuanto la rodeaba; la habitación, el hombre, los cuadros. Aquello iba más allá
de sus sentimientos. Una hembra sorprendida allí, le hubiese hecho llorar,
rugir de dolor, revolcarse en el pavimento, amar aún más al maestro, con el
atizamiento de los celos. ¡Pero encontrarse con la rivalidad de una muerta! ¡Y
además de muerta... su mujer!... El caso le pareció de una ridiculez
sobrehumana: sentía deseos locos de reir. Pero no rió. Recordaba la mirada
anormal que había sorprendido en el artista al entrar en el estudio; creía ver
ahora en sus ojos una chispa de aquel mismo fulgor.
De pronto sintió miedo; miedo á la soledad sonora
de aquella nave; miedo al hombre que la contemplaba en silencio, como si no la
conociese, y hacia el cual experimentaba Concha la misma extrañeza.
Aun tuvo para él una mirada de conmiseración, de
esa ternura que siente toda mujer ante la desgracia, aunque aflija á un
desconocido. ¡Pobre Mariano! Todo había acabado entre ellos. Evitó el tuteo; le
tendió los dedos de su diestra enguantada, con un ademán de gran señora
inabordable. Habían pasado mucho tiempo en esta situación, en la que sólo
hablaban sus ojos.
—Adiós, maestro; ¡cuidarse!... No se moleste
acompañándome; conozco el camino. Siga su trabajo: pinte mucho...
Taconearon sus pies nerviosamente al alejarse sobre el pavimento encerado, que ya no habían de
pisar nunca. El revoloteo de su falda esparció por última vez en el estudio su
estela de perfumes.
Renovales respiró con más libertad al verse solo.
Terminaba para siempre el error de su vida. De esta entrevista no le quedaba
otro escozor que la indecisión de la condesa ante el retrato. La había
reconocido antes que Cotoner, pero también había vacilado. Nadie se acordaba de
la muerta; sólo él guardaba su imagen.
Aquella misma tarde, antes de que llegase su viejo
amigo, recibió el maestro otra visita. Su hija se presentó en el estudio,
adivinándola Renovales antes de que entrase, por el estrépito de alegría y de
vida exuberante que parecía marchar ante sus pasos.
Venia á verle; le había prometido una visita desde
muchos meses antes. Y el padre sonrió con indulgencia, recordando ciertas
quejas de la última entrevista. ¿Nada más venía por verle?...
Milita se hizo la distraída, examinando el estudio
que no había visitado en mucho tiempo.
—¡Calla!—exclamó.—¡Si es mamá!
Miraba el retrato con cierto asombro, pero el
artista se mostró satisfecho de la prontitud con que la había reconocido. ¡Al
fin, su hija! ¡El instinto de la sangre!... El pobre maestro no vió la ojeada á
los otros retratos que había guiado á la joven en su inducción.
—¿Te gusta? ¿Es ella?—preguntó ansioso como un
principiante.
Milita respondía con cierta vaguedad. Sí, estaba
bien; tal vez un poco más hermosa que había sido. Ella no la conoció nunca así.
—Es verdad—dijo el maestro.—Tú no la viste en sus
buenos tiempos. Pero así era antes de que tú nacieses. Tu pobre madre era muy
hermosa.
Pero la hija no mostró gran emoción ante esta
imagen. Le parecía extraña. ¿Por qué estaba la cabeza en un extremo del lienzo?
¿Qué pensaba añadir? ¿Qué significaban aquellos trazos?... El maestro se excusó
con cierto rubor, temiendo comunicar su pensamiento á la hija, súbitamente
dominado por una pudibundez paternal. Ignoraba aún lo que haría; tenía que
decidirse por un vestido que encajase bien. Y en un acceso de
súbita ternura, se humedecieron sus ojos y besó á su hija.
—¿Te acuerdas mucho de ella, Milita?... ¿Verdad que
era muy buena?
La hija sintióse contagiada por la tristeza del
padre, pero fué un momento nada más. Su vigor, su salud, su alegría de vivir,
repelían pronto las impresiones tristes. Sí, muy buena; se acordaba de ella con
frecuencia... Tal vez decía verdad: pero estos recuerdos no eran profundos ni
dolorosos: la muerte le parecía una cosa sin sentido, un incidente remoto y
poco temible que no turbaba la serena calma de su equilibrio físico.
—¡Pobre mamá!—añadió á guisa de oración.—Para ella fué un consuelo el marcharse. ¡Siempre enferma,
siempre triste! ¡Con una vida así, más vale morir!...
Había en sus palabras cierta amargura; el recuerdo
de una juventud compartida con aquella eterna enferma, de humor desigual, y en
un ambiente entristecido por la sequedad hostil con que se trataban los padres.
Además, su gesto era glacial. Todos hemos de morir: que los débiles se vayan
antes, y dejen el sitio á los fuertes. Era el egoísmo inconsciente y cruel de
la salud. Renovales veía de pronto el alma de su hija, por este desgarrón
inesperado de su franqueza. La muerta los conocía bien á los dos. Era suya,
toda suya. Él también poseía este egoísmo del fuerte que le había hecho
aplastar la debilidad y la delicadeza, puestas á su amparo. Á la pobre Josefina
sólo le quedaba él, arrepentido y en eterna adoración. Para los demás, no había
pasado por el mundo: ni en su hija perduraba el dolor de su muerte.
Milita volvió la espalda al retrato. Se olvidaba de
su madre y de la obra de papá. ¡Chifladuras de artista! Ella había venido á
otra cosa.
Se sentó junto á él, casi lo mismo que horas antes
se había sentado otra mujer. Acariciábale con su voz cálida, que tomaba cierta
entonación de arrullo felino. Papá, papaíto... era muy desgraciada... Venía á
verle, á contarle sus pesares.
—Sí; dinero—dijo el maestro algo molesto por la
falta de emoción con que hablaba de su madre.
—Dinero, papaíto, ya lo sabes; ya te lo dije el
otro día. Pero no es eso sólo. ¡Rafael... mi marido! ¡esto es una vida
imposible!
Y relataba las insignificantes contrariedades de su
existencia. Para no creerse en prematura viudez, tenía que acompañar á su
marido en el automóvil, interesarse en sus excursiones que antes le parecían
una diversión y ahora le resultaban intolerables.
—Una vida de peón caminero, papá; siempre tragando
polvo, contando kilómetros. ¡Á mí que me gusta tanto Madrid! ¡que no puedo
vivir fuera de él!...
Se había sentado en las rodillas de su padre, le
hablaba con los ojos puestos en los suyos, acariciándole la cabellera,
tirándole de los bigotes, con travesuras de niña... casi lo mismo que la otra.
—Además, es roñoso; por él iría como una cursi;
todo le parece demasiado... Papaíto, sácame de este apuro; son dos mil pesetas
nada más. Con esto me arreglo, y no te molestaré con nuevos empréstitos...
Anda, papaíto dulce. Mira que las necesito en seguida, que por no incomodarte
he aguardado hasta el último momento.
Renovales se agitaba molestado por el peso de su
hija; una soberbia moza que caía sobre él con abandonos de niña. Irritábale su
confianza filial. Su perfume de mujer le hacía recordar aquel otro que turbaba
sus noches, esparciéndose por la soledad de las habitaciones. Parecía haber
heredado la carne de la muerta.
La rechazó con cierta rudeza, y ella tomó esta
repulsión por una negativa á sus súplicas. Se entristeció su cara, pusiéronse
llorosos sus ojos, y el padre se arrepintió de su brusquedad. Le extrañaban sus
incesantes peticiones de dinero. ¿Para qué lo quería?... Recordaba los grandes
regalos de su boda, aquella abundancia principesca de ropas y alhajas que se
había exhibido allí mismo, en los estudios. ¿Qué le faltaba á ella?... Pero
Milita miraba á su padre con asombro. Había transcurrido más de un año desde
entonces. Bien se veía que papá era un ignorante en estos asuntos. ¡Iba ella á
usar los mismos vestidos, los mismos sombreros, iguales adornos, en un periodo
larguísimo, interminable... de más de doce meses? ¡Qué horror! ¡Qué cursilería!
Y aterrada por tanta monstruosidad, comenzaron á asomar sus tiernas lagrimitas,
con gran inquietud del maestro...
Calma, Milita; no había por qué llorar. ¿Qué
deseaba? ¿dinero?... Al día siguiente la enviaría todo el que necesitase.
Guardaba poco en casa; tenía que pedirlo al Banco... operaciones que ella no
comprendería. Pero Milita, alentada por su victoria, insistió en la petición
con una tenacidad desesperante. La engañaba; no se acordaría de ella al día
siguiente; conocía bien á su padre. Además, necesitaba el dinero en seguida;
compromisos de honor (y lo afirmaba con gravedad), miedo á las amigas por si se
enteraban de sus deudas.
—Ahora mismo, papaíto. No seas malo; no te
diviertas en hacerme rabiar. Debes tener dinero:
mucho dinero. Tal vez lo llevas encima... Á ver, papaíto malo, déjame que te
registre, déjame ver la cartera... No digas que no; sí que la llevas... ¡sí que
la llevas!
Hundía sus manos en el pecho de su padre,
desabrochando su chaquetón de trabajo, cosquilleándole audazmente por llegar al
bolsillo interior. Renovales se defendía con cierta flojedad. Tonta; perdía el
tiempo; ¿dónde estaría la cartera?... Él no la llevaba nunca en ese traje.
—¡Si está aquí, mentirosín!—gritó con alegría la
hija, persistiendo en su registro.—¡La toco!... ¡Ya la tengo!... Mírala.
Era cierto. El pintor no se acordaba de que la
había cogido por la mañana para pagar una cuenta, guardándola luego
distraídamente en su chaquetón de pana.
Milita la abrió con una avidez que hizo daño á su
padre. ¡Ay, aquellas manos de mujer, temblonas al buscar el dinero! Se
tranquilizó pensando en la fortuna que había reunido, en los papeles de
diversos colores que guardaba en un mueble. Todo ello sería para su hija, y
esto tal vez la salvase del peligro á que la arrastraba su ansia de vivir entre
las vanidades y oropeles de la femenina esclavitud.
En un instante sus manos se apoderaron de un buen
número de billetes de diversos tamaños, formando un rollo que oprimió
fuertemente entre sus dedos.
Renovales protestaba.
—Suelta, Milita, no seas niña. Me dejas sin dinero.
Mañana te lo enviaré; deja eso ahora... Es un saqueo.
Ella le evitaba; se había puesto de pie; manteníase
á distancia, elevando su mano por encima del sombrero para poner á salvo su
botín. Reía con grandes carcajadas de su travesura... ¡Ni uno pensaba
devolverle! No sabía cuántos eran; los contaría en su casa; saldría del paso
por el momento, y al día siguiente le pediría lo que faltase.
El maestro acabó por reir, sintiéndose contagiado
por su regocijo. Perseguía á Milita con el deseo de no alcanzarla; la amenazaba
con grotesca severidad; la llamaba ladrona, lanzando voces de socorro, y así
corretearon de uno á otro estudio. Antes de desaparecer, se detuvo Milita en la
última puerta, levantando con autoridad un dedo enguantado de blanco.
—Mañana, el resto; no hay que olvidarlo... Mira,
papaíto, que esto es muy serio. Adiós; te espero mañana.
Y desapareció, dejando en su padre algo de la
alegría con que se habían perseguido.
El crepúsculo fué triste. Renovales permaneció
sentado ante las imágenes de su mujer, contemplando aquella cabeza
disparatadamente hermosa, que á él le parecía el más fiel de los retratos. Su
pensamiento fué hundiéndose en la sombra que surgía de los rincones,
envolviendo los lienzos. Sólo temblaba en los
vidrios una luz pálida, brumosa, cortada por las lineas negras de las ramas
exteriores.
Solo... solo para siempre. Tenía el cariño de
aquella muchachota que acababa de irse, alegre, insensible á todo lo que no
halagase su vanidad juvenil, su hermosura saludable. Tenia la adhesión de perro
viejo de su amigo Cotoner, que no podía vivir sin verle, pero era incapaz de
dedicarle su existencia por entero, y la compartía entre él y otras amistades,
celoso de conservar su libertad de bohemio.
Y esto era todo... Bien poca cosa.
Próximo á la vejez, contemplaba una luz cruda y
rojiza que parecía irritar sus ojos, el camino de desolación, yermo y monótono
que le aguardaba... y á su final, la muerte. ¡La muerte! Nadie la ignoraba; era
la única certeza; y sin embargo, transcurría la mayor parte de la vida sin
pensar nunca en ella, sin verla.
Era como una de esas epidemias, en países lejanos,
que devoran las existencias á millones. Se habla de ella como de un hecho
cierto, pero sin estremecimiento de horror, sin temblores de miedo. «Está
demasiado lejos; tardará mucho en llegar.»
Había nombrado muchas veces á la muerte, pero con
los labios, sin que su pensamiento abarcase la significación de la palabra,
sintiéndose vivir al mismo tiempo, aferrado á la existencia por las ilusiones y
los deseos.
La muerte estaba al final de la ruta: nadie podía
evitar su encuentro, pero todos tardaban en verla. Las ambiciones, los deseos,
los amores, las crueles necesidades animales, distraían al hombre en su marcha
hacia ella; eran como los bosques, los valles, el cielo azul y los ríos de
tortuoso espejo, que entretenían al caminante, ocultándole el término del
paisaje, el límite fatal, la negra garganta sin fondo á la que conducían todos
los caminos.
Él estaba en las últimas jornadas. El sendero de su
existencia se hacía desolado y triste; la vegetación se empequeñecía; las
grandes arboledas trocábanse en líquenes boreales, ralos y miserables. Llegaba
hasta él un hálito glacial del lóbrego desfiladero; le veía en el fondo;
marchaba irremisiblemente hacia su garganta. Los campos de ilusión, con sus
alturas luminosas, que antes cerraban el horizonte, quedábanse atrás y era
imposible retroceder. En este camino nadie volvía sobre sus pasos.
Había gastado media vida luchando por la riqueza y
por la gloria, esperando cobrar alguna vez los réditos de ésta con los placeres
del amor... ¡Morir! ¿Quién pensaba en esto? Era entonces una amenaza remota y
sin sentido. Se creía provisto de una misión providencial: la muerte no se
atrevería con él, no llegaría hasta que su trabajo estuviese terminado. Le
quedaban muchas cosas que hacer... Y bien; todo estaba hecho ya, no existían
para él deseos humanos. Todo lo tenía... Ya no se levantaban ante
sus pasos torres quiméricas que asaltar. En el horizonte, limpio de obstáculos,
sólo se presentaba la gran olvidada... la muerte.
No quería verla; aun le quedaba una gran jornada en
este camino que puede crecer, prolongarse, según las fuerzas del caminante, y
sus piernas eran vigorosas.
Pero ¡ay! marchar, marchar años y años, con la
vista fija en la lóbrega garganta, contemplándola siempre al término del
horizonte, sin poder arrancarse un instante á la certeza de que estaba allí,
era un martirio sobrehumano, que le obligaría á acelerar el paso, á correr para
acabar cuanto antes.
¡Nubes engañosas que encapotasen el horizonte,
ocultando esta realidad que amarga el pan, que entenebrece el ánimo y hace
maldecir la inutilidad de haber nacido!... ¡Mentirosos y gratos espejismos que
hacen surgir un paraíso de los sombríos yermos de la última jornada! ¡Ilusión,
á mí!...
Y el triste maestro agrandaba con el pensamiento el
último fantasma de su deseo; colgaba de la imagen amada de la muerta todos los
delirios de su imaginación, deseando infundirla nueva vida con una parte de la
suya. Cogía á puñados el barro del pasado, la masa del recuerdo, para hacerla
más grande, ¡muy grande! que ocupara todo el camino, que cerrase el horizonte
como un cerro inmenso, que ocultase hasta el último instante el lóbrego
desfiladero término de la jornada.
La conducta del maestro Renovales fué motivo de
extrañeza, y hasta de escándalo, para todos sus amigos.
La condesa de Alberca mostraba especial cuidado en
hacer saber á todos que no la unían con el pintor otras relaciones que las de
una amistad cada vez más glacial y ceremoniosa.
—Está loco—decía.—Es un hombre acabado. No queda de
él más que un recuerdo de lo que fué.
Cotoner, en su amistad inquebrantable, indignábase
al oir ciertos comentarios sobre el ilustre maestro.
—No bebe. Todo lo que dicen por ahí, son mentiras:
la eterna leyenda de los hombres célebres...
Él tenia su opinión sobre Mariano: conocía su deseo
de una existencia agitada, de imitar en plena madurez las costumbres de la
juventud, con un hambre de todos los misterios que creía ocultos en esta mala
vida, de la que había oído hablar, sin atreverse hasta entonces á mezclarse en
ella.
Cotoner acogía con indulgencia las nuevas
costumbres del maestro. ¡Infeliz!
—Estás poniendo en acción las aleluyas de «El
hombre malo»—decía á su amigo.—Tienes la voracidad del hombre virtuoso cuando
deja de serlo, cerca ya de la vejez. Te pones en ridículo, Mariano.
Pero á impulsos de su fidelidad, se dejaba
arrastrar por el maestro en su nueva existencia. Por fin había accedido á vivir
con él. Ocupaba, con sus pobres trastos, un gabinete del hotel y cuidaba de
Renovales, rodeándolo de una solicitud paternal. El bohemio mostraba por él
cierta compasión. Era la historia de siempre: «el que no la hace á la entrada,
la hace á la salida», y Renovales, después de una existencia de seriedad y
trabajo, lanzábase á la vida desordenada, con aturdimiento de adolescente, admirando
los placeres vulgares, revistiéndolos de las seducciones más ilusorias.
Muchas veces, Cotoner le acosaba con sus quejas.
¿Para qué le había llevado á vivir con él?... Le abandonaba días enteros;
quería salir solo; le dejaba en el hotel como un mayordomo de confianza. El
viejo bohemio enterábase minuciosamente de su vida. Muchas veces, los alumnos
de Bellas Artes, agrupados al anochecer junto al portalón de la Academia, le
veían pasar por la acera de la calle de Alcalá, embozado en su capa, con un
afectado misterio que atraía la atención.
—Ahí va Renovales. Ese es; el de la capa.
Y le seguían, con la curiosidad que inspira un
nombre célebre, en sus idas y venidas por la anchurosa calle,
con revuelos de palomo silencioso, como si esperase algo. Algunas veces,
cansado sin duda de estas evoluciones, se metía en un café, y la curiosa
admiración le seguía, pegando los ojos á los cristales de los huecos. Le veían
caído en la banqueta, con aire de desaliento, contemplando sus vagos ojos la
copa que tenía delante; siempre lo mismo: cognac. De pronto la bebía de golpe,
pagaba y salía rápidamente, con la precipitación del que ha tragado un
medicamento. Y otra vez continuaba sus paseos de exploración, con los ojos
ávidos, mirando por encima del embozo á todas las mujeres que pasaban solas,
volviéndose para seguir la marcha de unos tacones torcidos, el aleteo de unas
enaguas morenas, con manchas de barro. Al fin se alejaba con repentina
resolución; desaparecía casi pegado á la cola de alguna hembra, siempre del
mismo aspecto. Los muchachos conocían las preferencias del gran artista:
mujercitas pequeñas, débiles, enfermizas, de una gracia de flor mustia, con
ojos grandes, mates y dolorosos.
Una leyenda de extraña aberración se iba formando
en torno de él. Sus enemigos la repetían en los estudios: la gran masa, que no
puede imaginarse á los hombres célebres con la misma vida que los demás, y los
quiere caprichosos, atormentados por hábitos de extraordinaria monstruosidad,
comenzaba á hablar con delectación de las manías del pintor Renovales.
En todas las tiendas de carne humana, desde los pisos discretos de apariencia burguesa esparcidos
en las vías más respetables, á los antros húmedos y malolientes que arrojan por
la noche sus géneros á la calle de Peligros, circulaba la historia de cierto
señor, provocando grandes risas. Llegaba embozado, misterioso, siguiendo con
apresuramiento el almidonado estrépito de unas faldas pobres que marchaban ante
él. Atravesaba el lóbrego portal con cierto miedo, subía la tortuosa escalera
que parecía oler á residuos de vida, apresuraba la aparición de las desnudeces
con mano ávida, como si le faltase el tiempo, como si creyera morir antes de
realizar su deseo, y de pronto las pobres hembras que soportaban con cierta
inquietud su silencio febril y el hambre de fiera que lucía en sus ojos,
sentían tentaciones de reir, viéndole caer desalentado en una silla, en
contemplativo silencio, sin oir las palabras brutales que lanzaban ellas
asombradas de la situación; sin hacer caso de sus gestos é invitaciones,
saliendo únicamente de este estupor cuando fría y un tanto ofendida, intentaba
la hembra recobrar sus ropas. «Más, un momento más.» Casi siempre terminaba
esta escena por un gesto de disgusto: una amargura de decepción. Otras veces
los maniquíes carnales creían ver en sus ojos una expresión dolorosa, como si
fuese á llorar. Huía después apresuradamente, oculto en su capa, con repentina
vergüenza, con el firme propósito de no volver, de resistirse á aquel demonio
de hambrienta curiosidad que llevaba dentro y no
podía ver en la calle un cuerpo femenil sin sentir un deseo vehemente de
desnudarlo.
Á oídos de Cotoner llegaban vagamente estas
noticias. ¡Mariano! ¡Mariano! Él no osaba echarle en cara las vergüenzas de su
vida nocturna: temía una explosión del violento, carácter del maestro; había
que dirigirle con prudencia. Pero lo que más provocaba las censuras del viejo
amigo, era la gente de que se rodeaba el artista.
El falso reverdecimiento de su vida le hacía buscar
la compañía de los jóvenes, y Cotoner se daba á todos los demonios, cuando á la
salida de los teatros le encontraba en un café, rodeado de sus nuevos
camaradas, todos los cuales podían ser sus hijos. Eran en su mayoría pintores,
gente que empezaba; unos con cierto talento, otros sin más mérito que su mala
lengua: todos satisfechos de la amistad con el hombre célebre, gozándose, con
un orgullo de enanos, en tratarle como si fuese un camarada, bromeando sobre
sus debilidades. ¡Ira de Dios!... Algunos más audaces, hasta le devolvían su
tuteo de maestro, tratándole como á una ruina gloriosa, permitiéndose
comparaciones entre su pintura y la que ellos harían cuando pudiesen. «Mariano,
el arte va ahora por otros caminos.»
—¡Pero no te da vergüenza!—exclamaba
Cotoner.—Pareces un maestro de escuela rodeado de pequeños. Hay para pegarte.
¡Un hombre como tú, aguantando las insolencias de esa gentecilla!
Renovales mostraba una bondad inconmovible. Eran
muy simpáticos; le divertían; encontraba en ellos la alegría de la juventud.
Iban juntos á los teatros, á los music-halls: conocían mujeres,
sabían dónde se ocultaban los buenos modelos: con ellos podía entrar en muchos
sitios adonde no se atrevía á ir solo. Sus años, su fealdad grave, pasaban
inadvertidos entre esta alegre juventud.
—Me sirven—decía con un guiño de inocente malicia
el pobre grande hombre.—Me divierto y me hacen conocer muchas cosas... Además,
esto no es Roma: no hay apenas modelos: cuesta mucho encontrarlas y estos
chicos son mis guías.
Y hablaba á continuación de sus grandes proyectos
artísticos; de aquel cuadro de Friné, con su desnudo inmortal, que había vuelto
á surgir en su pensamiento; de aquel retrato amado que seguía en el mismo sitio
sin que el pincel pasase de la cabeza.
No trabajaba. Su antigua actividad, que hacía de la
pintura un elemento preciso de su existencia, desbordábase ahora en palabras,
en deseos de verlo todo, para conocer «nuevos aspectos de la vida».
Soldevilla, el discípulo predilecto, veíase acosado
por las preguntas del maestro, cuando de tarde en tarde presentábase en su
estudio.
—Tú debes conocer buenas mujeres, Soldevillita: tú
has corrido mucho, con esa cara de querubín... Me has de llevar contigo: me has
de presentar.
—¡Maestro!—exclamaba asombrado el joven.—¡Si aun no
hace medio año que me he casado! ¡Si no salgo de casa por la noche!... ¡Qué
bromas tiene usted!
Renovales le respondía con una mirada de desprecio.
¡Un vividor el tal Soldevilla! Ni juventud... ni alegría. Todo lo echaba en
chalecos multicolores y cuellos altos. ¡Y qué hormiguita! Se había casado con
una mujer rica, ya que no pudo atrapar á la hija del maestro. Además, un
desagradecido. Ahora se juntaba con sus enemigos, convencido de que ya no podía
sacar más de él. Le despreciaba; ¡lástima de protección que le había acarreado
tantos disgustos!... No era un artista.
Y el maestro volvíase con nuevo cariño hacia sus
compañeros nocturnos, aquella juventud alegre, maldiciente y falta de respeto.
Á todos ellos les reconocía talento.
La fama de esta vida extraordinaria llegaba hasta
su hija con la sonoridad enorme que adquiere todo lo que perjudica á un hombre
famoso.
Milita fruncía el ceño, haciendo esfuerzos por
contener la risa que le causaba lo extraño de este cambio. ¡Su padre metido á
calavera!
—¡Papá!... ¡papá!—exclamaba con una entonación
cómica de reproche.
Y papá excusábase, como un muchachuelo travieso é
hipócrita, aumentando con su turbación las ganas de reir de su hija.
López de Sosa mostrábase indulgente con su ilustre suegro. ¡Pobre señor! ¡Toda la vida
trabajando y con una mujer enferma, muy buena, muy simpática, pero que amargaba
su vida! Bien había hecho en morirse, y no hacía menos bien el artista en
indemnizarse un poco del tiempo perdido.
Con esa masonería instintiva de los que llevan una
existencia fácil y placentera, el sportman defendía á su
suegro, lo apoyaba, le parecía más simpático, más allegado á él, por sus nuevas
costumbres. No siempre había de estar encerrado en su estudio, con aire
irritado de profeta, hablando de cosas que pocos entendían.
Se encontraban los dos hombres por la noche en las
funciones de última hora de los teatros, en la postrera sección de los music-halls,
cuando las canciones y los temblores de las piernas en alto eran acompañados
por el público con una tempestad de berridos y patadas. Se saludaban:
preguntaba el padre por Milita, sonreíanse con la simpatía de buenos compadres,
y cada uno se reunía á su grupo: el yerno con sus compañeros de círculo, en un
palco, vistiendo todavía el frac de las reuniones respetables de que venían; el
pintor en las butacas, con unos cuantos de los jóvenes melenudos que eran su
escolta.
Renovales veía con cierta satisfacción á López de
Sosa saludar á las cocottes más elegantes y de mayor precio,
sonreir á las divettes, con la confianza de un buen amigo.
Aquel chico estaba admirablemente relacionado, y él acogía esto como un honor indirecto para su
personalidad de padre.
Cotoner se veía arrastrado muchas veces por el
maestro fuera de su órbita de graves y substanciosas comidas y tertulias
entonadas, que seguía frecuentando para no perder unas amistades que eran su
único capital.
—Esta noche vienes conmigo—le decía el maestro
misteriosamente.—Comeremos donde quieras y después te enseñaré una cosa... una
cosa...
Y le llevaba á oir una pieza en un teatro,
permaneciendo inquieto, impaciente, hasta que se desplegaba la fila de coristas
en la escena. Entonces daba con el codo á Cotoner, sumido en su asiento, con
los ojos muy abiertos, pero dormido interiormente, en la dulce somnolencia de
una buena digestión.
—Mira... fíjate; la tercera de la derecha, la
pequeñita... la que lleva el mantón amarillo.
—La veo, ¿y qué?—decía el amigo con voz agria por
este rudo llamamiento.
—Fíjate bien; ¿á quién se parece? ¿Á quién te
recuerda?
Cotoner respondía con un bufido de indiferencia. Á
su madre se parecería. ¿Qué le importaban á él tales semejanzas? Pero el
asombro le sacaba de su quietismo, al oir que Renovales la encontraba un raro
parecido con su mujer, indignándose contra él porque no lo reconocía.
—Pero, Mariano... ¿dónde tienes los ojos?—exclamaba con no menos acritud.—¿Qué tiene esa larguirucha, con
cara de hambre, de la pobre difunta?... Tú en ver un espárrago triste le
plantas un nombre: Josefina... y no hay más que hablar.
Aunque Renovales se irritase en el primer momento,
ante la ceguera de su amigo, acababa al fin por convencerse. Se había engañado,
ya que Cotoner no encontraba la semejanza. Debía acordarse de la muerta mejor
que él; la pasión no turbaba su recuerdo.
Pero á los pocos días asediaba otra vez á Cotoner
con aire misterioso: «Una cosa... tengo que enseñarte una cosa.» Y dejando la
compañía de aquellos efebos alegres que irritaban á su viejo amigo, llevaba á
éste á un music-hall y le enseñaba otra hembra escandalosa,
que levantaba la seca pierna ó movía el vientre, delatando bajo la máscara de
colorete la demacración de la anemia.
—¿Y ésta?—imploraba el maestro con cierto temor,
como si dudase de sus ojos.—¿No te parece que tiene algo? ¿No te la recuerda?
El amigo estallaba en indignación.
—Tú estás loco. ¿En qué se parece aquella
pobrecita, tan buena, tan dulce, tan distinguida, á ese... perro sin vergüenza?
Renovales, después de varios fracasos, que le
hacían dudar de la fidelidad de sus recuerdos, no osaba ya consultar á su
amigo. Apenas intentaba llevarle á un nuevo espectáculo, Cotoner se echaba
atrás...
—¿Otro descubrimiento?... Vamos, Mariano; quítate
esas ideas de la cabeza. Si la gente se enterase, te creería trastornado.
Pero desafiando su cólera, el maestro insistió una
noche con gran tenacidad para que le acompañase á ver á la «Bella Fregolina»,
una muchacha española, que cantaba en un teatrillo de los barrios bajos, y cuyo
nombre de guerra, en letras de á metro, ostentábase en las esquinas de Madrid.
Llevaba más de dos semanas de contemplarla todas las noches.
—Necesito que la veas, Pepe. Un momento nada más.
Te lo suplico... Creo que ahora no dirás que me equivoco.
Cotoner cedió, vencido por el tono suplicante de su
amigo. Aguardaron mucho tiempo la presentación de la «Bella Fregolina», viendo
bailes, escuchando canciones con acompañamiento de mugidos del público. Aquella
maravilla se reservaba para lo último. Por fin, con cierta solemnidad, entre un
murmullo de expectación, preludió la orquesta una música conocida de todos los
entusiastas de la divette, un rayo de luz sonrosada cruzó el
pequeño escenario, y salió la «Bella».
Era una muchacha pequeña, esbelta, de una delgadez
rayana en la demacración. Su cara, de cierta belleza dulce y melancólica, era
lo más notable de su cuerpo. Por debajo del vestido negro con hilos de plata,
que se abría en ancha campana, mostrábanse sus piernas de frágil esbeltez, con
la carne puramente necesaria para cubrir el hueso.
Sobre las gasas del escote, la piel pintada de blanco elevábase con ligerísima
protuberancia en los pechos, marcando luego las tirantes aristas de las
clavículas. Lo primero que se veía de ella eran los ojos, unos ojos límpidos,
grandes, virginales, pero de virgen perversa, por donde pasaban las expresiones
lividinosas, sin alterar su cándida superficie. Se movía como una novicia, los
brazos pegados al talle, los codos salientes, encogida y ruborosa, y en esta
posición, iba cantando con voz de falsete enormes obscenidades que contrastaban
con su aparente timidez. En esto estribaba su mérito, y el público acogía sus
palabras monstruosas con rugidos de júbilo, dándose por satisfecho con esto,
sin exigirla que levantase los pies ó moviese el vientre, respetando su rigidez
hierática.
El pintor al verla aparecer dió con un codo á su
amigo. No osaba hablar esperando su opinión ansiosamente. Con el rabillo de un
ojo le seguía en su examen.
El amigo se mostró clemente:
—Sí... tiene algo. Los ojos... la figura... el
gesto: la recuerda; es muy parecida... ¡Pero esa mueca de mona que hace ahora!
¡Esas palabrotas!... No; con todo eso pierde la semejanza.
Y como si le irritase que aquella chicuela, sin voz
y sin decoro, se asemejase á la dulce muerta, subrayaba con admiración irónica
todas las cínicas expresiones en que terminaban sus couplets.
—¡Muy bonito!... ¡Muy distinguido!...
Pero Renovales, sordo á estas ironías, ensimismado
en la contemplación de la «Fregolina», seguía empujándole y murmurando:
—Es ella, ¿verdad?... Igual; el mismo cuerpo... Y
además, Pepe; esa chica tiene cierto talento... tiene gracia.
Cotoner movía la cabeza irónicamente. Sí, mucha. Y
al oir que Mariano, una vez terminado el espectáculo, mostraba deseos de
quedarse á la otra sección y no se movía de su butaca, pensó en abandonarle.
Por fin se quedó, arrellanándose en el asiento, con el propósito de dormitar
arrullado por la música y los berridos del público.
Una mano impaciente del maestro le sacó de su dulce
abstracción. «Pepe... Pepe.» Movió la cabeza y abrió los ojos malhumorado.
«¿Qué le ocurría?» En la cara de Renovales vió una sonrisa melosa, traidora;
algún disparate que le quería proponer con la mayor dulzura.
—Se me ocurre que podríamos entrar un momento en el
escenario: la veríamos de cerca...
El amigo le contestó con indignación. Mariano se
creía un pollo, no se daba cuenta de su aspecto. Aquella ciudadana se reiría de
ellos; tomaría el aire de la casta Susana, asediada por los dos viejos...
Calló Renovales, pero al poco rato volvió á sacar
al amigo de su vaga somnolencia.
—Podías entrar tú solo, Pepe. Tú entiendes más que
yo de estas cosas; eres más atrevido. Podías decirla
que deseo pintar su retrato. ¡Ya ves, un retrato con mi firma!...
Cotoner rompió á reir, admirando la simpleza de
buen príncipe con que el maestro le daba este encargo.
—Gracias, señor; muy honrado por tanta confianza,
pero no voy... ¡Grandísimo tonto! ¿Pero tú crees que esa chicuela sabe quién es
Renovales, ni lo ha oido nombrar en su vida?...
El maestro se asombró con una simplicidad infantil.
—Hombre, yo creo que el apellido Renovales... que
lo que han dicho los periódicos... que mis retratos... En fin, di que no
quieres.
Y se calló, ofendido de la negativa de su compañero
y de que dudase de que su gloria había llegado hasta aquel rincón. La amistad
abusa, con inesperados desdenes, con grandes injusticias.
Al terminar el espectáculo, el maestro sintió la
necesidad de hacer algo, de no irse sin enviar á la «Bella Fregolina» un
testimonio de su presencia. Compró á una vendedora de flores un cesto muy
adornado, que se llevaba á casa con la tristeza del mal negocio. Debía
entregarlo inmediatamente á la señorita... «Fregolina».
—Sí, á la Pepita—dijo la mujer con aire de
inteligencia, como si la uniese á ella cierta intimidad.
—Y le dice usted que es del señor Renovales... de
Renovales el pintor.
La mujer movió la cabeza repitiendo el nombre. Estaba bien: Renovales. Lo mismo que si le hubiese
dicho otro nombre cualquiera. Y sin ninguna emoción tomó los cinco duros que le
daba el pintor.
—¡Cinco tiros!... ¡Imbécil!—murmuró el amigo
perdiendo todo respeto al maestro.
No se dejó arrastrar más el buen Cotoner. En vano
le hablaba con entusiasmo Renovales, todas las noches, de aquella muchacha,
sintiéndose impresionado por sus transformaciones. Ahora se presentaba con un
vestido de rosa pálido, casi semejante á ciertas ropas guardadas en los
armarios de su hotel. Aparecía con un sombrero de flores y cerezas, mucho más
grande, pero algo parecido á cierto sombrerillo de paja que podía él encontrar
entre la confusión de los viejos adornos de la muerta. ¡Ay! ¡Cómo se acordaba de
la pobre Josefina! Era un atizamiento de recuerdos que se renovaba todas las
noches.
Falto del auxilio de Cotoner, iba á ver á la
«Bella» con algunos de los jóvenes de su irrespetuosa corte. Estos muchachos
hablaban de la divette con un desprecio respetuoso, como la
zorra de la fábula contemplaba las lejanas uvas, consolándose con su acidez.
Alababan su belleza, vista de lejos; era lilial según ellos;
tenía la santa hermosura del pecado. Estaba fuera de su alcance; ostentaba
valiosas joyas, y según sus noticias, tenía poderosos amigos, todos aquellos
señoritos que ocupaban los palcos á última hora, vestidos de frac, y la
aguardaban á la salida para llevarla á cenar.
Renovales consumíase de impaciencia, no encontrando
el medio de acercarse á ella. Todas las noches repetía su envío de canastillas
de flores, de grandes ramos. La divette debía estar enterada
de la procedencia de tales obsequios, pues con sus ojos buscaba entre el
público á aquel señor feo y un tanto viejo, dignándose dedicarle una sonrisa.
El maestro vió una noche á López de Sosa saludar á
la cupletista. Su yerno podía ponerle en relaciones con ella. Y audazmente, con
un impudor de apasionado, le esperó á la salida para implorar su auxilio.
Quería pintarla; era una modelo magnífica para
cierta obra que llevaba en el pensamiento. Lo dijo con cierto rubor,
tartamudeando, pero el yerno rió de su timidez, mostrándose dispuesto á
protegerle.
—¡Ah, la Pepita! Una gran mujer, y eso que ahora
está en decadencia. Con esa cara de colegiala, ¡si usted la viese en una
juerga! Bebe como un mosquito... ¡Una fiera!
Pero luego, con expresión grave, expuso los
inconvenientes. Estaba con un amigo suyo; un muchacho de
provincias, ganoso de notoriedad, que perdía una parte de su fortuna en el
juego del Casino, dejando tranquilamente que devorase la otra aquella chicuela,
que le daba cierto renombre. Él la hablaría; eran antiguos amigos; nada malo,
¿eh, papá?... No sería difícil convencerla. La tal Pepita tenía predilección
por todo lo raro; era algo... romántica. Él le explicaría quién era el gran artista, encareciendo el honor de servirle de
modelo.
—Por dinero no lo dejes—murmuró el maestro con
angustia.—Todo lo que ella quiera. No temas mostrarte generoso.
Una mañana Renovales llamó á Cotoner para hablarle
con grandes extremos de alegría.
—¡Va á venir!... ¡Va á venir esta misma tarde!
El viejo paisajista hizo un mohín de extrañeza.
«¿Quién?»
—La «Bella Fregolina»... Pepita. Me avisa mi yerno
que la ha convencido; vendrá esta tarde á las tres. Él mismo la acompañará.
Luego tuvo una mirada de desolación para su taller
de trabajo. Estaba abandonado desde hacía algún tiempo; había que arreglarlo. Y
el doméstico por un lado y los dos artistas por otro, comenzaron
apresuradamente el aseo de la gran nave.
Los retratos de Josefina y el lienzo con sólo su
cabeza, fueron amontonados en un rincón, cara á la pared, por las febriles
manos del maestro. ¿Para qué aquellos fantasmas si iba á presentarse la
realidad?... En su lugar colocó un gran lienzo blanco, contemplando su virgen
superficie con ojos de esperanza. ¡Las cosas que iba á hacer aquella tarde!
¡Qué fuerza sentía para el trabajo!...
Al quedar solos los dos artistas, Renovales se
mostró inquieto, incontentable, pareciéndole siempre que faltaba algo para esta
visita, en la que pensaba con escalofríos de inquietud. Flores; había que traer flores; llenar todos los vasos antiguos del
estudio, crear un ambiente de suave perfume.
Y Cotoner recorrió el jardín con el criado, puso á
saco la serre y volvió á entrar con una brazada de flores,
obediente y sumiso como un amigo fiel, pero con un reproche irónico en los
ojos. ¡Todo aquello por la «Bella Fregolina»! El maestro estaba trastornado;
había vuelto de golpe á la infancia. ¡Con tal que esta visita le quitase su
obsesión, que era casi una locura!...
Después pidió más. Había que preparar en una mesa
del estudio dulces, Champagne, todo lo mejor que encontrase
Cotoner. Éste habló de enviar al criado, quejándose de los trabajos que le
acarreaba la visita de aquella muchacha, de la sonrisa cándida y las
obscenidades enormes, con los codos pegados al talle.
—No, Pepe—suplicó el maestro.—Ve tú; no quiero que
el criado se entere. Después habla... mi hija le acosa con preguntas.
Cotoner se fué con gesto de resignación, y al
volver una hora después, vió á Renovales en el cuarto de los modelos poniendo
en orden varias ropas.
El viejo amigo alineó sobre la mesa sus paquetes.
Puso los dulces en platos antiguos y sacó las botellas de sus envolturas.
—El señor está servido—dijo con un respeto
irónico.—¿Quiere algo más el señor?... Toda la familia está en revolución por
esa alta dama: tu yerno te la trae; yo te sirvo de
criado... sólo falta que llames á tu hija para que la ayude á desnudarse.
—Gracias, Pepe; muchas gracias—exclamó el maestro
con ingenua efusión, sin sentirse molestado por sus burlas.
Á la hora del almuerzo, Cotoner le vió entrar en el
comedor, muy peinado, muy acicalado, el bigote rizado á tenacilla, vistiendo su
mejor traje y con una rosa en la solapa. El bohemio rió con grandes carcajadas.
¡Aquello más!... Estaba loco; se iban á burlar de él.
Apenas tocó los platos. Después paseó sólo por el
estudio. ¡Con qué lentitud transcurría el tiempo!... Miraba á cada una de sus
vueltas por los tres salones las manecillas de un antiguo reloj de porcelana de
Sajonia, puesto sobre una mesa de mármol de colores, reflejando su parte
trasera en un profundo espejo veneciano.
Ya eran las tres... El maestro se preguntó con
inquietud si no vendría. Las tres y cuarto... las tres y media. No, no vendría;
había pasado la hora. ¡Aquellas mujeres, que vivían rodeadas de compromisos y
exigencias, sin tener por suyo un instante de su vida!...
De pronto oyo pasos y entró Cotoner.
—Ya está ahí; ahí la tienes... Salud, maestro...
¡Divertirse! Me parece que has abusado bastante de mí y que no exigirás que me
quede.
Se fué haciendo con las manos irónicos signos de
despedida, y poco después Renovales oyó la voz de
López de Sosa, aproximándose lentamente, explicando á su acompañante aquellos
cuadros, aquellos muebles que cautivaban su atención.
Entraron. La «Bella Fregolina» mostraba asombro en
sus ojos; parecía intimidada por el silencio majestuoso del estudio. ¡Aquel
hotel tan grande, tan señorial, tan distinto de todos los que ella había
visto!... ¡Aquel lujo antiguo, sólido, histórico, con sus muebles raros que la
infundían pavor!... Miró á Renovales con respeto. Le parecía más distinguido,
más aseñorado que aquel otro hombre entrevisto vagamente en las butacas de su
teatrillo. Le inspiraba miedo, como si fuese un gran personaje, distinto á cuantos
hombres había ella tratado. Á esta inquietud se unía cierta admiración. ¡El
dinero que tendría aquel prójimo, viviendo con tal aparato!...
Renovales también la miraba emocionado, al tenerla
tan cerca.
En el primer instante sintió cierta duda.
¿Realmente se parecía á la otra?... Le desconcertaba la pintura de su rostro;
la capa de colorete blanco, con líneas negras en los ojos, que se delataba al
través del velo. La otra no se pintaba. Pero al fijarse en sus
ojos, surgió de nuevo la conmovedora semejanza, y partiendo de éstos, fué
reconstituyendo el rostro adorado, bajo la capa de grasas de color.
La divette examinaba los lienzos
que cubrían las paredes. ¡Qué bonito! ¿Y todo aquello lo hacía este
señor?... Ella deseaba verse así, arrogante y hermosa en el fondo de un cuadro.
¿De veras deseaba pintarla? Y se erguía con vanidad, satisfecha de que la
creyesen hermosa, de gozar la emoción, hasta entonces no deseada, de ver
reproducida su imagen por un gran artista.
López de Sosa excusábase con su suegro. Habían
tardado por culpa de ella. Con mujeres como ésta nunca había prisa. Se acostaba
al amanecer: la había encontrado en la cama...
Luego se despidió, comprendiendo lo embarazosa que
resultaba su presencia. Pepita era una buena muchacha; estaba deslumbrada por
sus palabras y por el aspecto de la casa. Podía hacer de ella lo que quisiese.
—Vaya, chica, ahí te quedas. El señor es mi papá;
ya te lo he dicho. Á ver si eres buena niña.
Y se fué, seguido de la risa forzada de los dos,
que celebraron con una alegría embarazosa esta recomendación paternal.
Quedaron en un silencio largo y penoso. El maestro
no sabía qué decir. Sobre su voluntad pesaban la timidez y la emoción. Ella no
se mostraba menos conmovida. Aquella nave tan grande, tan silenciosa, tan
imponente, con su lujo macizo y soberbio, distinto de todo lo que ella había
visto, la intimidaba. Sentía el vago temor que precede á una operación
desconocida. La turbaban además los ojos ardientes de aquel hombre, fijos en
ella, con un temblor en las mejillas y un movimiento de los
labios, como si éstos sintieran los tormentos de la sed...
Pronto se repuso de su timidez. Estaba habituada á
estos momentos de vergonzoso mutismo que preceden al encuentro en la soledad de
dos personas extrañas. Conocía estas entrevistas, que empiezan con cierta
vacilación y acaban en ruidosas intimidades.
Miró en torno de ella con una sonrisa de
profesional, deseando terminar cuanto antes la molesta situación.
—Cuando usted quiera. ¿Dónde me desnudo?
Renovales se estremeció al oir su voz, como si
hubiese olvidado que podía hablar aquella imagen. Le extrañó también la llaneza
con que ahorraba explicaciones.
Su yerno hacía bien las cosas: la había traído
aleccionada, insensible á toda sorpresa.
El maestro la condujo á la habitación de los
modelos y quedó fuera, prudentemente, volviendo la cabeza sin saber por qué,
para no ver por la puerta entreabierta. Transcurrió un largo silencio, cortado
por el suave fru-fru de las ropas caídas, por el clic metálico
de botones y corchetes. De pronto la voz de ella llegó hasta el maestro,
ahogada, lejana, con cierta timidez.
—¿Las medias, también?... ¿Es preciso que me las
quite?
Renovales conocía esta resistencia de todas las
modelos al desnudarse por vez primera. López de Sosa,
extremando su buen deseo de complacer á papá, la había hablado de prestar su
cuerpo por entero, y ella se desnudaba, sin pedir más explicaciones, con la
calma del deber aceptado, creyendo que era absurda su presencia allí para otra
cosa que no fuese esto.
El pintor salió de su mutismo; gritó con inquietud.
No debía quedarse desnuda. En el cuarto tenía lo necesario para vestirse. Y sin
volver la cabeza, introduciendo un brazo por la puerta entreabierta, le
mostraba á ciegas lo que él había dejado. Allí tenía un vestido rosa, un
sombrero, zapatos, medias, una camisa...
Pepita protestó al reconocer estas prendas,
mostrando aversión á cubrir sus carnes con ropas intimas, que parecían usadas y
viejas.
—¿La camisa también? ¿También las medias?... No;
con el vestido basta.
Pero el maestro suplicaba impaciente. Era necesario
todo: lo exigía su pintura. El largo silencio de la muchacha, delató la
conformidad con que iba endosándose estas prendas antiguas, dominando su
repugnancia.
Cuando salió del cuarto, sonreía con cierta
lástima, como si se burlase de ella misma. Renovales se hizo atrás, conmovido
por su propia obra, deslumbrado, sintiendo que le zumbaban las sienes, creyendo
que cuadros y muebles se agitaban, queriendo rodar en torno de él.
¡Pobre «Fregolina»! ¡Adorable mamarracho! Sentía grandes ganas de reir, pensando en la
tempestad de berridos que estallaría en su teatro al verla aparecer en escena
vestida de este modo, en las burlas de los amigos si se presentase, en una de
sus cenas, adornada con estas ropas de veinte años antes. Ella no había
conocido estas modas y le parecían de una antigüedad remota. El maestro se
apoyó emocionado en el respaldo de un sillón.
—¡Josefina! ¡Josefina!
Era ella, tal como la guardaba en su memoria; la
del dulce verano de las montañas romanas, con su traje de color rosa y aquel
sombrero campestre que la daba el aire gracioso de una aldeana de opereta.
Aquellas modas, de las que se reía ahora la juventud, eran para él las más
hermosas, las más artísticas que había producido el gusto femenil, las que le
recordaban la primavera de su vida.
—¡Josefina! ¡Josefina!
Permaneció mudo, pues estas exclamaciones nacían y
morían en su pensamiento. No osaba moverse ni hablar, como si temiera ver
desvanecida esta aparición de ensueño. Ella, sonriente, gozábase en el efecto
que su aparición causaba en el pintor, y al verse reflejada por un lejano
espejo, reconocía que en este raro adorno de su persona no estaba del todo mal.
—¿Dónde me pongo? ¿Sentada? ¿Derecha?...
El maestro apenas lograba hablar: su voz era ronca,
trabajosa. Podía colocarse como quisiera... Y ella se sentó en un sillón,
adoptando una postura que consideraba elegantísima;
la mejilla en una mano, las piernas montadas una sobre otra, lo mismo que en el
reservado de su teatrillo, mostrando por debajo de la falda una media de color
rosa, de finos calados; la misma envoltura de seda que recordaba al pintor otra
pierna adorada.
¡Era ella! La tenía ante sus ojos, corpórea, con su
perfume de carne amada.
Por instinto, por costumbre, había cogido su paleta
y un pincel manchado en negro, intentando trazar los contornos de aquella
figura. ¡Ah, mano de viejo; mano torpe y temblorosa!... ¿Adónde habían volado
su felicidad de otros tiempos, su dibujo, sus cualidades que asombraban?
¿Realmente había pintado alguna vez? ¿Era ciertamente el pintor Renovales?...
Todo lo había olvidado de pronto. Su cráneo parecía vacío, su mano paralítica,
el lienzo blanco le inspiraba el terror de lo desconocido... Él no sabía pintar:
él no podía pintar. Eran inútiles sus esfuerzos. Su pensamiento se había
apagado. Tal vez... otro día. Ahora le zumbaban los oídos, su rostro estaba
pálido y sus orejas rojas, violáceas, como si fuesen á manar sangre. Sentía en
su boca el tormento de una sed mortal.
La «Bella Fregolina» le vió arrojar la paleta y
venir sobre ella, con un gesto de fiera loca.
Pero no sintió miedo: conocía estos rostros
trastornados. La brusca acometida entraba sin duda en el programa; estaba
prevista al ir allí, después de su conversación amistosa con el yerno... Aquel señor tan grave, tan imponente, era igual á todos los
hombres que ella conocía; le agitaba la misma brutalidad.
Le vió llegar á ella con los brazos abiertos,
estrecharla fuertemente, caer á sus pies con un mugido ardoroso, sordo, como si
se ahogase; y ella, buena muchacha, misericordiosa, le animó, inclinando la
cabeza, ofreciendo los labios, con cierto mohín amoroso y automático, que era
la herramienta de su profesión.
Este beso acabó de trastornar al maestro.
—¡Josefina! ¡Josefina!...
El perfume de los tiempos felices surgía de las
ropas, envolviendo aquel cuerpo adorable. ¡Era su vestido; era su carne! Iba á
morir á sus pies, con la asfixia del inmenso deseo que dilataba su cuerpo
angustiosamente, deseando estallar. Era ella: sus mismos ojos... ¡Sus ojos! Y
al levantar la mirada para sumirse en sus dulces pupilas, para contemplarse en
su tembloroso espejo, vió unos ojos fríos, que le examinaban entornados, con
una curiosidad profesional, paladeando irónicamente desde su altura serena esta
borrachera de la carne, esta locura que se arrastraba gimoteando de deseo.
Renovales quedó aturdido por la sorpresa, sintió
que algo helado bajaba por su espalda, paralizándole: se velaron sus ojos con
una nube de decepción y desconsuelo.
¿Era realmente Josefina la que tenia entre sus
brazos?... Era su cuerpo, su perfume, sus ropas, su pálida
belleza de flor moribunda... Pero no; no era ella. ¡Aquellos ojos!... En vano
le miraban de otro modo, alarmados por esta súbita reacción; en vano se
dulcificaban tomando una luz de ternura, con la habilidad de la costumbre. El
engaño era inútil; él veía más allá, penetraba por estas ventanas luminosas
hasta lo más hondo, encontrando sólo el vacío. El alma de la otra no estaba
allí. Aquel perfume enloquecedor ya no le emocionaba; era una falsa esencia.
Sólo tenia ante él una reproducción del vaso adorado; pero el incienso, el
alma, perdidos para siempre.
Renovales, puesto de pie, caminaba hacia atrás,
mirando á aquella mujer con ojos de espanto, y acabó por arrojarse en un diván,
con la cara entre las manos.
La muchacha, oyéndole gemir, tuvo miedo, y corrió
hacía el cuarto de los modelos para quitarse aquellos adornos, para huir. Aquel
señor debía estar loco.
El maestro lloraba. ¡Adiós, juventud! ¡Adiós,
deseo! ¡Adiós, ilusión, sirena encantadora de la existencia que huyes para
siempre! Inútil buscar; inútil debatirse en la soledad de su vida. La muerte le
tenía bien agarrado; era suyo y sólo con ella podría resucitar su juventud.
Eran vanos estos simulacros. No encontraría otra que evocase el recuerdo de la
muerta, como esta mujer alquilada que habían envuelto sus brazos... y sin
embargo, ¡no era ella!
En el instante supremo, al tocar la realidad,
desvanecíase aquel algo indefinible que había encerrado el
cuerpo de su Josefina, de su maja desnuda, adorada en las noches de juventud.
La decepción inmensa, irreparable, extendía por su
cuerpo la calma glacial de la vejez.
¡Venid abajo, torreones de la ilusión! ¡Derrumbaos,
alcázares engañosos, construidos por el ansia de embellecer la jornada, de
ocultar el horizonte!... La ruta quedaba limpia, árida, desierta. En vano se
sentaría al borde del camino, retardando la hora de reanudar la marcha; en vano
bajaría la cabeza para no ver. Cuanto mayor fuese su descanso, más largo sería
el tormento del miedo. Iba á contemplar á todas horas, sin nubes y sin
obstáculos, el temido final de la última jornada; la posada de donde no se vuelve;
la garganta de voraces negruras... la muerte.
FIN
Madrid, Febrero-Abril 1906.
J. MICHELET
———
HISTORIA
DE LA
REVOLUCIÓN FRANCESA
Ilustrada con más de 1.000 grabados reproduciendo
escenas de la Revolución, cuadros, estatuas, retratos, estampas, medallas,
sellos, armas, trajes, caricaturas y modas de la época.—Traducida por primera
vez del francés.
———
Traducción y prólogo de V. Blasco Ibáñez
———
Tres gruesos volúmenes encuadernados en tela, á 10
pesetas volumen.
End of Project Gutenberg's La maja desnuda, by
Vicente Blasco Ibáñez
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MAJA
DESNUDA ***

