Libro N° 9585. El Intruso. Blasco Ibáñez, Vicente.
© Libro N° 9585. El Intruso. Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación.
Febrero 12 de 2022.
Título original: © El Intruso. Vicente Blasco Ibáñez
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Original: © El Intruso. Vicente Blasco Ibáñez
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EL INTRUSO
Vicente Blasco Ibáñez
El Intruso
Vicente Blasco Ibáñez
Title: El Intruso
Author: Vicente Blasco
Ibáñez
Release Date: January 31,
2008 [EBook #24466]
Language: Spanish
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Vicente
Blasco Ibáñez
EL INTRUSO
—NOVELA—
22.000
F. Sempere y C.ª, Editores
CALLE DEL PINTOR SOROLLA,
30 Y 32
VALENCIA
1904
Comenzaba á clarear el día cuando despertó el
doctor Aresti, sintiéndose empujado en un hombro. Lo primero que vió fué el
rostro de manzana seca, verdoso y arrugado de Kataliñ, su ama de llaves, y los
dos cuernos del pañuelo que llevaba la vieja arrollado á las sienes.
—Don Luis... despierte. Muerto hay en el camino de
Ortuella. El jues que vaya.
Comenzó á vestirse el doctor, después de largos
desperezos y una rebusca lenta de sus ropas, entre los libros y revistas que,
desbordándose de los estantes de la inmediata habitación, se extendían por su
dormitorio de hombre solo.
Dos médicos tenía á sus órdenes en el hospital de
Gallarta, pero aquel día estaban ausentes: el uno en Bilbao con licencia; el
otro en Galdames desde la noche anterior, para curar á varios mineros heridos
por una explosión de dinamita.
Kataliñ le ayudó á ponerse el recio gabán, y abrió
la puerta de la calle mientras el doctor se calaba la boina y requería su cachaba,
grueso cayado con contera de lanza, que le acompañaba siempre en sus visitas á
las minas.
—Oye, Kataliñ—dijo al trasponer la puerta.—¿Sabes
quién es el muerto?
—El Maestrico disen. El que enseñaba
por la noche el abesedario á los pinches y era novio de esa que llaman La
Charanga. ¡Cómo está Gallarta, Señor Dios! Ya se conoce, pues: la iglesia
siempre vasía.
—Lo de siempre—murmuró el médico.—El crimen
pasional. A estos bárbaros no les basta con vivir rabiando y se matan por la
mujer.
Aresti andaba ya, calle abajo, cuando la vieja le
llamó desde la puerta.
—Don Luis, vuelva pronto. No olvide que hoy es San
José y que le esperan en Bilbao. No haga á su primo una de las suyas.
Aresti notó la entonación de respeto con que
hablaba la vieja de aquel primo que le había invitado á comer por ser sus días.
En todo el distrito minero nadie hablaba de él sin subrayar el nombre con una
admiración casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza y
poderío, le temían como á una fuerza omnipotente.
El doctor, al salir de Gallarta, se abrochó el
gabán, estremeciéndose de frío. El cielo plomizo y brumoso se confundía con las
crestas de los montes, como si fuese un toldo gris que hubiera descendido hasta
descansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones del Triano,
que arranca las boinas de las cabezas. Aresti se afirmó los lentes y siguió
adelante todavía soñoliento, con esa pasividad resignada del médico que vive
esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de sus zapatos de monte se pegaban al
barro; la cachaba iba marcando con su lanza un agujero á cada
paso.
La noche anterior había cenado Aresti con unos
cuantos contratistas de las minas, lo más distinguido de Gallarta; antiguos
jornaleros que iban camino de ser millonarios y, no pudiendo coexistir con sus
antiguos camaradas de trabajo, ni tratarse con los burgueses de Bilbao, se
pegaban al médico acosándolo con toda clase de agasajos. Despertaba en ellos
cierto orgullo que el doctor Aresti, que había estudiado en el extranjero y del
que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivir entre ellos, en la sociedad
primitiva y casi bárbara del distrito minero. Esto les halagaba como si fuese
una declaración de superioridad en pro de los mineros de las Encartaciones
sobre los chimbos de Bilbao. Además, respetaban al doctor con
cierta adoración supersticiosa porque era primo hermano de Sánchez Morueta y
éste no ocultaba su gran cariño al médico...
¡Sánchez Morueta! ¡Cómo quién dice nada! Hacía
muchos años que no había estado en las minas. Aun en el mismo Bilbao,
transcurrían los meses sin que viesen su barba cana y su cuerpo musculoso de
gigante los más íntimos del famoso personaje. Pero ya se podía preguntar por
él, lo mismo al gobernador de Bilbao que al último pinche de Gallarta: nadie se
mostraba insensible ante su nombre. Desde lo alto del Triano se veían minas y
más minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planos inclinados, tranvías
aéreos, rebaños de hombres atacando las canteras: de él, todo de él. Y de él
también, los altos hornos que ardían día y noche junto al Nervión, fabricando
el acero, y gran parte de los vapores atracados á los muelles de la ría
cargando mineral ó descargando hulla, y muchos más que paseaban la bandera de
la matrícula de Bilbao por todos los mares, y la mayor parte de los nuevos
palacios del ensanche y un sinnúmero de fábricas de explosivos, de alambres, de
hojadelata, que funcionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios: no
se dejaba ver, pero se sentía su presencia en todas partes. Podía hacer á un
hombre rico de la noche á la mañana con sólo desearlo. Hasta los señores de
Madrid que gobernaban el país le buscaban y mimaban para que prestase ayuda al
Estado en sus apuros y empréstitos. ¡Y el doctor Aresti, amado por Sánchez
Morueta con un afecto doble de padre y de hermano, se empeñaba en vivir fuera
de su protección, más allá de la lluvia de oro que parecía caer de su mirada y
que hacía que los hombres se agolpasen en torno de él, con la furia brutal de
la codicia, obligándolo á aislarse, á permanecer invisible, para no perecer
bajo el formidable empujón de los adoradores!... La única merced que el médico
había solicitado de su poderoso pariente, era el establecimiento en la cuenca
minera de un hospital para los trabajadores que antes perecían faltos de
auxilio en los accidentes de las canteras. Y con toda su fama de práctico de
los hospitales de París, con la popularidad que le habían dado en la villa sus
arriesgadas operaciones, fué á aislarse en las minas, cuando aún no tenía
treinta años, viviendo en una casita de Gallarta con sus libros y su vieja
criada Catalina.
Los contratistas, los capataces, los químicos,
toda la gente que formaba la clase sedentaria de las minas, admiraba á Aresti,
poniendo en su adoración algo del asombro que despierta en el vulgo el
desprecio á las riquezas materiales.
—Le gusta vivir con nosotros—decían con
orgullo.—Mejor prefiere una merienda con gente de boina que un banquete en el
palacio que Sánchez Morueta tiene en Las Arenas... ¡Ser primo de Don José y
pasarse meses sin verlo!... ¡Pero qué famoso es el doctor!
El mísero rebaño de los mineros, albergado en los
barracones y cantinas, tenía una fe ciega en su ciencia, le miraba como á un
brujo capaz de los mayores prodigios para remendar los desperfectos del
andamiaje humano. Pasaban por los caminos de la montaña un sinnúmero de
lisiados, que, al conservar la vida después de horribles catástrofes,
proclamaban la maestría del cirujano.
—¡Que venga Don Luis!—gemía el minero herido por la
explosión de un barreno, ó el pinche casi enterrado por un desprendimiento de
la cantera.
Y al ver con la mirada vidriosa de la agonía los
lentes del doctor, sus ojos irónicos bajo unas cejas mefistofélicas y la barba
en punta llena de canas precoces, los infelices sentíanse animados por
repentina confianza; no percibían la llegada de la muerte, esperando hasta el
último momento el milagro que había de salvarles.
Los otros médicos del distrito eran recibidos por
los enfermos con triste resignación. ¡Don Luis: sólo el doctor Aresti! Y las
señoras de Gallarta, las esposas de los contratistas, antiguas aldeanas que se
aburrían en sus flamantes chalets construidos en las afueras del pueblo,
sentían enfermedades nunca sospechadas en tiempos anteriores, sólo por el gusto
de hablar con el doctor, que á más de su ciencia llevaba con él algo de la
grandeza de Sánchez Morueta y de las altas clases de Bilbao hasta las cuales soñaban
con llegar algún día. Los maridos no necesitaban menos de la presencia de
Aresti. Le consultaban en los asuntos de familia, y, apenas terminado su
trabajo en las minas, le buscaban por las noches, organizando en su honor cenas
pantagruélicas. Le llevaban con ellos á las pruebas de bueyes y las apuestas de
barrenadores, fiestas brutales que organizaban en todos los pueblos de la
provincia, cruzando apuestas de muchos miles de duros.
La noche anterior, Aresti se había acostado tarde.
Ya que había de comer en Bilbao invitado por Don José (que así
era conocido por antonomasia el poderoso Sánchez Morueta), los ricos de
Gallarta, que llevaban igual nombre, no querían dejar de obsequiar al doctor. Y
hasta más de media noche duró la cena en el fondín principal del pueblo: un
banquete de platos populares y substanciosos, tales como los soñaban aquellos
ricos improvisados en su época de hambre: conejos de monte, gallinas en toda
clase de guisos, bacalao bajo todas las formas, un interminable desfile de
viandas vulgares rociadas desde la primera á la última con champagne de las
mejores marcas. El champagne era para aquellas gentes el distintivo de la
riqueza; lo único que habían podido copiar de las clases elevadas. Lo querían
del más caro para que constase bien su opulencia y lo gastaban á cajas,
abriendo á golpes las botellas, riendo como niños cuando el líquido se
derramaba por el suelo, mojándose unos á otros con la espuma, bebiéndolo en tanques
y llenando á veces las palanganas para lavarse la cara con el precioso vino,
despilfarro que á los postres nunca dejaba de producir hilaridad.
Aresti sonreía recordando la fiesta de la noche
anterior, las extravagancias infantiles de aquellos rústicos, enriquecidos
rápidamente é imposibilitados de ostentar mejor sus ganancias en la vida
aislada y laboriosa que llevaban en el monte.
Sin detenerse en su marcha, el doctor contempló
largo rato una colina roja que se alzaba á un lado del camino. Aquella
tumefacción del paisaje era obra del hombre. La montaña se había formado
espuerta sobre espuerta. A su sombra habían nacido Gallarta y la riqueza del
distrito. Era la escoria de la mina de San Miguel de Begoña, la explotación más
famosa de las Encartaciones: toda de mineral campanil y del
más rico. Allí habían comenzado su fortuna Sánchez Morueta y otros potentados
de Bilbao. Sólo quedaba como recuerdo la montaña de escoria. El dinero estaba
en la villa, y en las entrañas de la tierra los siervos anónimos que habían
dejado parte de su existencia en el arranque del mineral.
Aresti vió un grupo de gente á un lado del camino.
Pasaban corriendo junto á él chiquillos y mujeres. A veces se detenían para
llamar á los que estaban en los desmontes inmediatos.
—¡Ené! ¡Han matado al Maestrico! ¡Vamos
á verlo!
Y seguían corriendo hacia el gentío, en el cual se
destacaban los negros uniformes y las boinas con chapa de una pareja de
miñones. Algunos muchachuelos, pinches de las minas, llegaban atraídos por el
suceso, llevando en cada mano un cartucho de dinamita para los barrenos.
Familiarizados con el explosivo, metíanse entre los grupos empujando para
abrirse paso y ver al muerto.
En medio del camino estaban inmóviles varias
carretas con sus bueyes de raza vasca, pequeños, de patas finas, con una piel
de carnero entre los cuernos adornando el yugo.
Al llegar el doctor se abrió el compacto grupo,
dejando ver un hombre tendido en la cuneta, con las ropas en desorden. El barro
y la sangre formaban una máscara sobre su rostro. Aresti no tuvo más que
inclinarse para convencerse de que estaba muerto desde muchas horas antes.
El juez municipal, un contratista de los que habían
cenado con Aresti, le habló del suceso, lamentando el madrugón que le había
proporcionado. El pobre Maestrico debía haber muerto casi
instantáneamente. Tenía un golpe en el corazón, una de aquellas puñaladas que
sólo se veían en las minas donde vive tanta gente salida del presidio. Además,
le habían herido en la cara, en las manos, en todo el cuerpo. Debían ser dos
los que le acometieron, cerrada ya la noche, cuando volvía de Bilbao. Para el
juez, el suceso no ofrecía dudas. De allí iría á prender á los culpables sin
miedo á equivocarse.
Recordaba á Aresti, en pocas palabras, la historia
del muerto; un andaluz, de carácter triste y pocas palabras que había rodado
por el mundo buscándose la vida en América en cien oficios, y trabajando en
todas las minas de España. Por las noches, cuando volvía del trabajo, daba
lecciones á los pinches. Vivía á pupilo en casa de los padres de la
Charanga, una moza guapetona y descarada que llevaba revuelta á la
chavalería de Gallarta, prefiriendo entre todos al hijo de un licenciado de
presidio, un rebelde que iba de una á otra cantera despedido siempre por su
insolencia, y que, en los bailes del domingo, llamaba la atención por su faja
de guapo arrollada desde el pecho hasta las ingles, con un arsenal de armas
oculto. El Maestrico se había enamorado de la Charanga con
la pasión reconcentrada y silenciosa de un hombre de cuarenta años. Los padres
le querían, alabando sus costumbres sobrias, su actividad para ganarse la vida;
y la muchacha, en su diferencia de bestia alegre, decía que sí á todo,
continuando sus relaciones con el matoncillo. Iban á casarse en aquella misma
semana. El Maestrico había marchado el día anterior á Bilbao
para comprar algunos regalos á la novia y, al regreso, el amante y su padre le
habían esperado en el camino.
Aresti oyó unos gemidos á su espalda. Entre el
gentío, un minero viejo se llevaba las manos á los ojos.
—Antón... pobre Maestrico. ¡Matar á un
hombre así! ¡Tan bueno!... ¡tan trabajador!
Era el padre de la Charanga, que
lloraba ante el cadáver de su pupilo.
El médico se fijó en el abultado abdomen del
muerto, é hizo que un miñón desliase la faja negra. Aparecieron dos botinas de
mujer con la suela blanca y el charol deslumbrante; el calzado con que sueñan
las muchachas de las minas como una elegancia suprema. El pobre Maestrico había
ido á la villa para comprar este regalo á su novia.
Se abrió el grupo con cierto rumor de curiosidad,
como á la llegada de un personaje esperado. Era la Charanga, con
las manos en las fuertes caderas, los ojazos insolentes y hermosos bajo el pelo
alborotado, mostrando al sonreír sus dientes agudos de loba impúdica.
—¿Pero es verdad que han matao á ese?...
Y fijaba su mirada en el médico, con la misma
expresión de lúbrica generosidad con que muchas veces le había invitado á
seguirla cuando le encontraba en el campo. Después contempló el cadáver
fríamente, sin emoción, y al tropezar su mirada con las botas de charol rompió
á reír.
—¡Rediós! ¡Pus ya podía yo anoche esperar mis
botas!...
Fué todo lo que se le ocurrió ante el cadáver del
que iba á ser su marido. Y rompiendo á codazos por entre los hombres que se
conmovían al contacto de sus caderas, salió del grupo, alejándose con soberbia
indiferencia, pensando tal vez en el otro que por amor á ella iba á ir á
presidio.
—¡La bestia!—dijo el médico al juez, siguiéndola
con la mirada.—La hermosa bestia de los tiempos primitivos, satisfecha de que
los machos se maten por poseerla... Esto sólo se ve aquí.
Y Aresti sonreía con la satisfacción del
naturalista que contempla en su gabinete un animal extraordinario.
Llegaban de Gallarta nuevos grupos atraídos por la
noticia del asesinato. El juez mostraba prisa por ir con la pareja de miñones
en busca de los criminales. Unos amigos del muerto cogieron el cadáver,
llevándolo hasta una carreta para conducirlo al pueblo. El doctor emprendió el
regreso y, cerca ya de Gallarta, notó que un muchacho de unos catorce años, un
pinche de los que trabajaban en las minas, le seguía, marchando tan pronto á su
lado como delante, siempre volviendo la cara hacia él, mirándole con unos ojos
desmesuradamente abiertos, suplicantes y vidriosos como si fuesen á saltarles
las lágrimas.
—¿Qué se ofrece caballero?—dijo Aresti con su voz
alegre que parecía esparcir la confianza entre los desgraciados.
—Señor dotor—gimió el muchacho.—Mi padre... mi
pobre padre.
Y como si no pudiera contener la pena tanto tiempo
comprimida, se ahogaron las palabras en su garganta y rompió á llorar.
Aresti se fijó en él. No era del país: debía
ser maketo, de los que llegaban en cuadrillas de Castilla ó de
León, empujados por el hambre, atraídos por los jornales de las minas. Un
pantalón azul, con piezas superpuestas en las posaderas y las rodillas,
oscilaba sobre sus zapatones claveteados, de punta levantada. La faja negra
oprimía una camisa de franela roja, apenas cubierta por un chaleco suelto, y la
maraña de pelos ensortijados, sucios de barro, se escapaba por debajo de una
boina vieja. Olía á juventud descuidada, á ropas mantenidas sobre la carne
meses enteros. Aresti conocía este perfume de las minas; el hedor de los
cuerpos vigorosos que trabajan, sudan y duermen siempre con la misma envoltura.
—Tu padre... ya te entiendo—dijo bondadosamente.—¿Y
qué le ocurre á tu padre? Vamos á ver.
El pinche se explicó trabajosamente. Su padre
estaba arriba, en Labarga, en una casa de peones, muy enfermo; se moría. Al
amanecer había querido levantarse para ir al trabajo como los demás compañeros,
pero le ardía la piel, deliraba. El día antes había llovido y se mojó en la
cantera. Él, que era su hijo, se había quedado para cuidarle. ¿Pero cómo,
señor?... Estaba muy malo, mucho. ¡Para que él se hubiera decidido á perder el
jornal del día!...
Y el muchacho repitió lo de la pérdida del jornal
varias veces, dándole con su acento una importancia extraordinaria, como la
mejor demostración de la gravedad del enfermo.
Aresti creyó consolarle, prometiendo que enviaría
al médico que estaba en Galdames, tan pronto como volviera. Pero el muchacho
rompió á llorar de nuevo.
—Señor dotor... Usted, sólo usted... Se lo pido por
lo que quiera más en el mundo... He bajado de Labarga para eso. Usted sabe más
que todos juntos. La gente dice que usted hace milagros...
Y apoderándose de una mano del doctor, se la besó
repetidas veces sin saber qué decir, como si estas muestras de veneración
fuesen todo su lenguaje y con él quisiera convencer al médico.
—Basta, muchacho—dijo Aresti riendo.—No sigas. Iré
á Labarga para que no me beses más con tu cara sucia... Buena se va á poner
Kataliñ cuando sepa que subo al monte.
El muchacho, tranquilizado por la promesa del
doctor, habló con menos dificultad contestando á sus preguntas. Eran de tierra
de Zamora y habían venido á las minas su padre y él con seis paisanos más.
Hacía tres años que realizaban este viaje á la entrada del invierno. Ellos
tenían allá su poquito de tierra. Cultivaban hierba y centeno; las mujeres se
encargaban de los campos durante el frío y los hombres emprendían la
peregrinación á Bilbao en busca de los jornales fabulosos, de once reales ó
tres pesetas, de los que se hablaba con asombro en el país. Al venir el verano,
regresaban al pueblo para recoger la cosecha y plantar la del año próximo. En
las minas se trabajaba mucho, la vida era dura, morían algunos; pero se podía
volver á casa con buenos ahorros.
—Yo, señor dotor, gano siete reales: mi padre once
ú doce. Damos un real por la cama y nos comemos cinco cada uno, porque aquí
todo va por las nubes. Hay otros gastos de zapatos y calcetines, porque el
mineral destroza mucho. Además, casi todas las semanas llueve en esta tierra y
no se trabaja... Total, que no bebiendo vino y comiendo poco, volvemos á casa á
los diez meses con cuarenta ó cincuenta duros.
—Pues vais á ser ricos cualquier día—dijo Aresti.
—¡Quia! ¡no señor!—contestó el muchacho
cándidamente.—Ricos nunca lo seremos. ¡Aun si ese dinero fuese para
nosotros!...
—¿Es que lo regalais?...
—Se lo llevan los mandones. Con él pagamos la
contribución.
Aresti caminó un buen rato en silencio, admirando
una vez más la sencillez, la humildad de aquella gente, dura para el trabajo,
habituada á las privaciones, sin la más leve vegetación de ideas de protesta en
su cerebro estéril. Abandonaban casa y familia para hacer una vida de
campamento, encorvados ante la piedra roja, arañándola de sol á sol con un
desgaste de fuerzas que no era suplido por la alimentación, acelerando día por
día la ruina de su organismo; y este sacrificio obscuro y penoso, era para sostener
un derecho de propiedad ridículo sobre cuatro terrones infecundos, para
mantener con gotas de sangre y pedazos de vida la pompa exterior de que se
rodea el Estado.
Al entrar en Gallarta, el médico pasó
apresuradamente ante su casa, temiendo que les viera Catalina y le apostrofase
por su subida al monte.
—Vivo, muchacho; vamos aprisa. Son las siete y aún
he de tomar el tren para Bilbao.
Pasaron apresuradamente por la calle principal de
Gallarta, una cuesta empinada y pedregosa con dos filas de casuchas que
ondulaban ajustándose á todas sus tortuosidades. Eran míseros edificios
construidos con mineral en la época que éste no era tan buscado; gruesos
paredones agujereados por ventanucos, con balcones volados que amenazaban
caerse y los pisos superiores de maderas carcomidas. Las techumbres, con
grandes aleros de tejas rojizas y sueltas, estaban mantenidas contra los
embates del viento por una orla de pedruscos. En los pisos bajos estaban los
establecimientos de Gallarta, tabernas en su mayor parte. Algunas ventanas con
vidrios empañados servían de escaparates, exhibiendo zapatos ó quincalla
oxidada y vieja, restos de saldos de la villa, enviados á las minas donde todo
se compra sin protesta malo y caro. A causa del desnivel entre la empinada
calle y las casas, unas tiendas tenían varios peldaños ante su puerta, como si
fuesen torres; otras eran profundas como cuevas, con una escalera interior para
bajar á ellas. Los establecimientos de ropas ondeaban en su fachada trapos
multicolores. La calle, con sus tiendas estrechas y lóbregas y sus casas de
poca altura, hacía recordar la tortuosa vía de una población árabe. Algunas
carretas permanecían detenidas á las puertas de las tabernas, moviendo los
bueyes sus colas y bajando las testuces pacientemente, mientras adentro
gritaban los conductores ante los vasos de vino.
Aresti tenía buenas piernas, acostumbrado como
estaba á aquel país montuoso, y apoyándose en la cachaba seguía
sin dificultad al pinche que casi corría por el camino, con dirección á
Labarga, uno de los barrios extremos de Gallarta, situado en plena explotación
minera. Así como ascendían por el áspero camino, era más fuerte el viento y se
ensanchaba el paisaje. Agrandábanse los montes y se velaban los valles bajo la
bruma de la mañana. Por la parte del mar, el Serantes, que guarda la
desembocadura de la ría de Bilbao, recortaba sobre el cielo plomizo su mole
coronada por un castillete abandonado. A sus pies extendía el mar su ancha faja
obscura, cortada á trechos por otros montes más bajos, metiéndose en
triángulos, tierra adentro, en forma de ensenadas y rías.
Hacía algún tiempo que el doctor no había subido á
pie la cuesta de Labarga y encontraba cierta novedad al espectáculo. Sin dejar
de andar, iba examinando el paisaje. Una aldea que blanqueaba entre los campos
al pie de Serantes, era San Pedro Abanto; más allá, al lado de una ría,
alzábase la montaña de Somorrostro. Dos nombres famosos que conocía toda España
después de la guerra civil. Como una resurrección de aquella lucha recordada
por el doctor, sonaron varias cornetas en las alturas inmediatas al camino,
tembló la tierra con sorda trepidación y estallaron varias detonaciones entre
nubes de polvo rojo y piedras por el aire. Eran los barrenos de las minas, que
se disparaban á una hora fija, por la mañana y por la tarde, avisando los
vigilantes con sus cornetas para que se alejase la gente. Más allá de las minas
inmediatas sonaron nuevas detonaciones, y luego otras más lejanas,
estremeciéndose toda la cuenca minera con un incesante cañoneo como si tronasen
baterías ocultas en todos los repliegues y cúspides de los montes.
Aresti, excitado por este estruendo, recordaba la
famosa batalla de las Encartaciones, cuando el ejército liberal intentaba
levantar el sitio de Bilbao por segunda vez. La ferocidad de los hombres, la
triste gloria de la guerra y la destrucción, habían popularizado los nombres de
dos humildes aldeas de Vizcaya. Él no había presenciado los combates; pero como
si los hubiera visto, después de escuchar su relato tantas veces á los viejos
del país y á muchos de los contratistas que eran entonces aldeanos hambrientos
y, por inconsciencia juvenil, por no enfadar al cura de su anteiglesia, habían
tomado las armas en defensa del Señor y los Fueros. En una casita blanca, que
se alzaba entre los robledales del llano, habían matado de un certero cañonazo
á los dos mejores generales del carlismo. Después, el médico miraba el monte de
Somorrostro con sus ásperas pendientes, aislado, lúgubre como una pirámide. Aún
se encontraban osamentas al cavar en las faldas. Allí había sido la gran
carnicería: los batallones del gobierno, la infantería de marina, con la
bravura del toro que embiste bajando la cabeza sin medir el peligro, pugnaban
por subir á lo más alto para vencer al enemigo, y éste los fusilaba impunemente
desde sus atrincheramientos preparados con fría anticipación, y pareciéndole
poco mortífero el fusil, apelaba á procedimientos de la guerra primitiva y
salvaje. Soltaban desde las alturas ejes de hierro con ruedas, arrancados de
las vagonetas de las minas, y estos carros de la muerte descendían saltando de
peñasco en peñasco, con una velocidad vertiginosa que aumentaba á cada choque,
á cada aspereza del terreno. Resucitaba la antigua lucha entre los celtíberos
bárbaros y las disciplinadas legiones de Roma. Las ruedas locas rompían las
masas de pantalones rojos ó azules que en vano intentaban avanzar; aplastaban
los hombres bajo su férreo volteo, hacían crujir los huesos, deshilachaban los
músculos, y, manchadas de sangre, seguían rodando hasta encallarse en el llano,
ahitas de destrucción.
—¡Imbéciles! ¡imbéciles—repetía mentalmente el
doctor.
Y pensaba con tristeza en los miles de hombres
muertos en aquellos montes y en otros de más allá; en todos los que dormían
eternamente en las entrañas de la tierra vasca, por un pleito de familia, por
una simple cuestión de personas, hábilmente explotada en nombre del sentimiento
religioso y de la repulsión que siente el vascongado por toda autoridad que le
exija obediencia desde el otro lado del Ebro.
Contrastando con estos recuerdos de una época de
violencias, rodeaban al doctor, conforme avanzaba en su camino, la actividad
del trabajo, el movimiento de la diaria batalla del hombre con los tesoros de
la tierra. Los tranvías aéreos para la conducción del mineral apoyaban sus
cables sobre los robustos postes y deslizándose por ellos, pasaba el rosario de
tanques cargados de pedruscos rojos, salvando hondonadas y despeñaderos,
descendiendo de meseta en meseta, siempre hacia el llano, buscando los descargaderos
de Ortuella, la vía férrea del Triano, que es el respiradero de las minas.
En el fondo de las grandes cortaduras de las
canteras, corrían sobre los rieles lijeramente tendidos, las vagonetas de
mineral, tiradas unas por caballos, empujadas otras por hombres. Veíanse
grandes plataformas de madera, planos inclinados por los cuales resbalaban los
vehículos amarrados á una cadena sin fin. La vía automática de una compañía
extranjera deslizaba en un espacio de varias leguas sus vagonetas, que parecían
seres animados. Los vehículos rodaban en dos filas, en opuestas direcciones,
cabeceando lentamente como bueyes sumisos, siguiendo su camino en línea recta,
encontrando un puente sobre cada abismo y atravesando las alturas por túneles
pendientes que los devoraban.
El paisaje aparecía trastornado por la mano del
hombre. El minero violaba á la Naturaleza, volcándola, desordenando sus
ropajes. Todo había cambiado de lugar. Las cumbres habían sido echadas abajo
por la piqueta y el barreno: las hondonadas, rellenas de escoria roja, estaban
convertidas en mesetas. Las faldas de los montes aparecían desgarradas: lo que
en otros tiempos era suave declive, asustaba ahora con el pavoroso corte del
despeñadero. Habíase cambiado el curso de las aguas; las antiguas fuentes admiradas
por los ancianos escapábanse ahora con rezumamiento fangoso por las angostas
galerías que perforaban las pendientes. Muchos montes despojados de la
envoltura roja, que era su carne, mostraban el armazón calcáreo, la triste
osamenta. Los prados de otras épocas, la tierra vegetal con sus maizales y
robledales, todo había desaparecido, como si soplara sobre aquellas montañas un
viento de fuego. Sólo quedaba el pedrusco férreo, el terrón rojo, la tierra
codiciada por el hombre, que parecía haber ardido con interna combustión. A
trechos quedaban algunos jirones de suelo verdeante. Crecía la hierba allí
donde se amontonaban las vagonetas volcadas, las plataformas carcomidas,
delatando una explotación abandonada. En estos rincones pacían algunos rebaños
de ovejas panzudas, de largas lanas, dando con sus esquilas una nota de calma
pastoril á aquel paisaje desolado que parecía recién surgido de una catástrofe
geológica.
El camino bordeaba la profunda zanja de una
cantera. Era como uno de esos cráteres apagados, en los que muestra el planeta
la intensidad de sus convulsiones. Parecía imposible que aquella profundidad
fuese obra del hombre en tan pocos años. Abajo, las cuadrillas de mineros,
atacando el muro de mineral con picos y palancas, semejaban bandas de insectos.
Los caballos parecían por su tamaño escapados de una caja de juguetes.
Aresti, ante este desgarrón de la corteza terrestre
que mostraba al aire sus entrañas, recordaba las formas y colores de las piezas
anatómicas reproducidas en sus libros de estudio. Las calizas blanqueaban como
huesos; las fajas de mena rojiza tenían el tono sanguinolento de los músculos,
y las manchas de tierra vegetal eran del mismo verde musgoso de los intestinos.
A un extremo de la gigantesca excavación la montaña
se había venido abajo, formando una cascada inmóvil de ondas de tierra y
enormes pedruscos. El médico recordaba la catástrofe ocurrida cuatro años
antes. La cantera se había derrumbado, cogiendo en su caída á una cuadrilla de
obreros que trabajaba en su base. Unos habían perecido aplastados
instantáneamente: otros habían quedado enterrados en vida, en un socavón,
aislados del mundo por centenares de toneladas de mineral. La gente acudía para
pegar sus oídos con horror á los peñascos desmoronados, creyendo escuchar los
gritos implorando auxilio, los gemidos de los infelices que perecían lentamente
en la obscuridad de las entrañas de la tierra. Pasaban las horas, pasaban los
días. Centenares de obreros trabajaron con un vigor extraordinario,
pretendiendo revolver la inmensa avalancha de mineral; pero tras una semana de
trabajo, sólo habían avanzado algunos metros y ya no se oía nada: de la tierra
no salía ningún lamento. Al remover los pedruscos se encontraron varios
cadáveres: hombres desfigurados, con las piernas rotas y el cráneo aplastado;
un pinche casi intacto, con la cara sonriente, conservando aún en su mano un
tanque de agua. Eran los que se hallaban fuera del socavón en el instante del
desprendimiento. Los otros que estaban en la cueva se pudrían tras el
gigantesco tapón de mineral que los había aislado del mundo. De muchos de ellos
ni los nombres se conocían. Habían llegado á las minas poco antes y los
capataces sólo anotaban sus apodos. Tal vez en algún rincón de España los
esperarían aún, creyendo que cuanto más larga fuese la ausencia mayores serían
los ahorros.
Las mujeres de Gallarta afirmaban que de noche
salían gemidos del derrumbamiento. Durante unos meses viéronse en el camino de
Labarga formas blancas, con luces en la cabeza, arrastrando cadenas. En las
casas temblaban los muchachos y las jóvenes, oyendo hablar de las pobres almas
en pena de la mina. Pero cierta mañana apareció tendido en el camino uno de los
primeros borrachos de Gallarta, con un brazo fracturado y la cabeza rota, y ya
no volvieron á salir fantasmas, ni nadie sintió deseos de adornar la catástrofe
con grotescas apariciones.
El recuerdo de los enterrados fué borrándose en la
memoria de todos. Las desgracias, en aquella explotación cruel que gastaba las
vidas de muchos miles de hombres, superponíanse unas á otras con frecuencia,
ocultando y desvaneciendo las anteriores. Un día, las vagonetas, al chocar unas
con otras, aplastaban á un obrero: otro día saltaban de los rieles al bajar por
el plano inclinado cayendo sobre un grupo encorvado ante el trabajo, que no
recelaba la muerte traidora que llegaba á sus espaldas: los barrenos estallaban
inesperadamente abatiendo los hombres como si fuesen espigas; llovían pedruscos
en mitad de la faena, matando instantáneamente; y por si esto no era bastante,
había que contar con los navajazos á la salida de la taberna, con las riñas en
la cantera, con las disputas en los días de cobro, con la feroz acometividad de
aquella inmensa masa ignorante y enfurecida por la miseria, en la cual vivían
confundidos los que al salir de los penales de Santoña, Valladolid ó Burgos no
encontraban otro camino abierto que el de las minas de Bilbao, en las que se
necesitaban brazos, y á nadie se preguntaba quién era y de dónde venía...
La Muerte rondaba en torno del mísero populacho,
como un lobo alrededor del rebaño, siempre vigilante, con las uñas afuera y los
dientes agudos. Zarpazo aquí, dentellada allá, la gran enemiga se mostraba
infatigable. Siempre había en el hospital más de una docena de camas ocupadas
por carne enferma que pedía entre gemidos el auxilio de don Luis. Era un
perpetuo estado de guerra ante la muerte; una batalla contra la ciega fatalidad
y la barbarie de los hombres, cuyos ecos se apagaban en la misma montaña, llegando
apenas á la opulenta Bilbao. El mineral marchaba ría abajo sin que nadie
pensase en lo que había costado su arranque del suelo.
Aresti salió de su ensimismamiento al ver que
entraba en la calle única de Labarga, dos filas de míseras casuchas puestas
sobre los peñascos que bordeaban el camino. Los edificios de Gallarta parecían
palacios, comparados con las chozas de este barrio de mineros. Eran barracas,
conocidas en el país con el nombre de chabolas, con tabiques de
madera delgada y techumbre de planchas corroídas. Las puertas estaban en dos
piezas horizontales: la hoja inferior quedaba cerrada como una barrera, y la
superior, al abrirse, era la única ventana que daba á la casa luz y aire. Las
incesantes lluvias habían podrido aquellas habitaciones, reblandeciendo la
madera, deshilachando sus fibras como si toda ella fuese á convertirse en
gusanos. Fuera de las casas ondeaban sobre cuerdas los guiñapos de color
indefinible puestos á secar. Algunas gallinas flacas y espeluznadas corrían por
el camino. Los niños permanecían sentados ante las puertas, graves é inmóviles,
como si fuesen de distinta raza que la revoltosa chiquillería de los pueblos
del llano.
Al ver al doctor, salían las mujeres á las puertas
de sus tugurios, sonriendo como en presencia de un acontecimiento inesperado,
sintiendo de pronto el miedo á enfermedades que tenían olvidadas.
—¡Chicas, es don Luis!—se gritaban unas á
otras.—¡Señor doctor, aquí! ¡Míreme usted este chico!... ¡Entre á ver á mi
madre!
Pero Aresti conocía de larga fecha estos
recibimientos; el furor que acometía á todos por estar enfermos apenas le
veían, sin ocurrírseles bajar al hospital más que en casos de extrema gravedad.
Y seguía adelante sonriendo á unas, contestando á otras alegremente, precedido
por el pinche zamorano que volvía la cara como si temiese verle secuestrado por
el grupo de comadres.
Un hombre de larga barba ensortijada y canosa,
fumaba sentado ante una casucha que era la peor del barrio. Tenía los ojos casi
ocultos bajo las cejas y un gesto de desdén contraía á cada momento su cara
negruzca. Al ver al médico no se llevó la mano á la boina ni abandonó su
inmovilidad de fakir, como si estuviera abstraído en la contemplación de la
miseria que le rodeaba.
—¡Salud, amigo Barbas!—dijo el médico
alegremente, deteniéndose ante él.—¿Qué hay compañero?
—Mucho y malo, don Luis.
—Y esa revolución ¿cuándo la hacemos?...
El Barbas miró un instante á
Aresti con ojos ceñudos, como si fuese á insultarle: después escupió la
nicotina de sus labios con un gesto desdeñoso.
—Búrlese, don Luis. Usted está acostumbrado á oír
quejarse de dolor lo mismo al rico que al pobre, á ver que todos mueren igual;
por eso toma á risa las cosas de los hombres. Al fin no somos más que animales.
Hace usted bien. Ríase... pero el trueno gordo se acerca. Algún día encontrarán
su merecido todos los ladrones... ¡todos! incluso su primo Sánchez Morueta.
—¡Compañero! ¿y yo?—dijo el doctor.—¿Qué vas á
hacer de mí?
—Usted es un guasón que se ríe de la vida... pero
entre burlas y veras hace bien á los pobres y vive cerca de su miseria. Usted
es casi de los nuestros.
—Gracias, compañero Barbas.
Y dando á entender al solitario con un gesto que
volvería para hablar con él, subió los peldaños de una casucha en cuya puerta
le esperaba impaciente el pinche.
Era la casa de peones, el miserable
albergue de las montañas mineras, donde se amontonan los jornaleros. Aresti
estaba habituado á visitar aquellos tugurios que olían á rancho agrio, á humo y
á «perro mojado». En la entrada de la casa estaba el fogón con algo de loza
vieja alineada en dos estantes. Los tabiques de madera eran de un amarillo
viscoso, como si las tablas trasudasen de una pieza á otra la suciedad y la
mugre de los habitantes. Una vieja, delgada de rostro, y enorme de cuerpo por
los pañuelos que llevaba arrollados al busto y los innumerables zagalejos de su
faldamenta, vigilaba el hervor de un puchero, con las manos cruzadas sobre el
delantal de arpillera, mirándose con ojos bizcos los cuernos del pañuelo rojo
arrollado á la cabeza. Unos gatos flacos y espeluznados rodaban en torno de la
mujer, esperando que cayese algo de la olla: unos animales lúgubres, de mirada
feroz, tigres empequeñecidos que parecían alimentarse con el hambre que sobraba
á sus amos.
La vieja rompió en lamentaciones al conocer á don
Luis. El pobre peón estaba muy malito: ¡á ver si lo sacaba adelante!... Ella le
había tomado ley después de tenerlo varios años en su casa. Y al lamentarse,
había tal expresión de frío egoísmo en sus ojos, que el doctor la atajó
brutalmente:
—Sobre todo, lo que usted más siente, tía
Gertrudis, es perder un real diario si muere.
—¡Ay, don Luis, hijo! Semos probes y cada vez hay
más casas de peones. Mi probe viejo está casi baldao del reuma y gana menos que
un pinche escogiendo mineral en los lavaderos. ¡Y muchas gracias que lo
aguantan, y con el pupilaje de estos chicos de Zamora podemos ir tirando!...
¡Ay Señor, después de trabajar toda la vida! El médico levantó una cortinilla
de percal rojo y desteñido que ocultaba un tugurio sin luz, ocupado por la cama
de los viejos. Levantó otra, y vió un cuartucho no mucho más grande, obstruido
completamente por un camastro enorme, formado con tablas sin cepillar y varios
banquillos. En él dormía toda la banda de Zamora, siete hombres y el muchacho,
en mutuo contacto, sin separación alguna, sin más aire que el que entraba por
la puerta y las grietas de la techumbre. Varios jergones de hoja de maíz
cubrían el tablado: cuatro mantas cosidas unas á otras formaban la cubierta
común de los ocho, y junto á la pared yacían destripadas y mustias algunas
almohadas de percal rameado, brillantes por el roce mugriento de las cabezas.
Aresti pensó con tristeza en las noches
transcurridas en aquel tugurio. Llegaban los peones fatigados por el trabajo de
romper los bloques arrancados por el barreno, de cargar los pedruscos en las
vagonetas, de arrastrarlas hasta el depósito de mena y volverlas á su primitivo
sitio. Después de una mala comida de alubias y patatas, con un poco de bacalao
ó tocino, dormían en aquel tabuco, sin quitarse más que las botas ó, cuando
más, el chaquetón, conservando las ropas impregnadas de sudor ó mojadas por la
lluvia. El aire, estancado bajo un techo que podía tocarse con las manos,
hacíase irrespirable á las pocas horas, espesándose con el vaho de tantos
cuerpos, impregnándose del olor de suciedad. Los parásitos anidados en los
pliegues del camastro, en las junturas de la madera, en los agujeros del techo,
salían de caza con la excitación del calor, ensañándose al amparo de la
obscuridad en los cuerpos inánimes que duermen con el sueño embrutecedor de la
fatiga. En las noches tormentosas, cuando el viento pasa de parte á parte la
casucha por sus resquicios y grietas, amenazando derribarla, los cuerpos
vestidos y malolientes se buscan y se estrechan ansiando calor, y los sudores
se juntan, las respiraciones se confunden, la suciedad fraterniza.
El médico consideraba que aquellos ocho hombres que
dormían en común eran amigos, eran compatriotas, ligados por el nacimiento y
las aventuras de su peregrinación anual: y su pensamiento iba hacia otras casas
de peones, tan míseras como aquella, donde los hombres acostados en la misma
cama no se habían visto nunca; donde el infeliz muchacho, recién llegado de su
tierra, dormía en contacto con un individuo, con otro que también acababa de
llegar á la mina, tal vez recién salido del presidio ó fugitivo por algún
crimen. Los cuerpos extraños se juntaban bajo la misma pegajosa cubierta, la
carne se rozaba con otra carne sudorosa, tal vez enferma de peligrosas
infecciones. Y esta promiscuidad, bajo la misma manta, de viejos y jóvenes, de
inocentes jayanes recién venidos de su tierra y veteranos de la vida errante,
conocedores de todas las corrupciones, se efectuaba en medio de una forzada
abstinencia de la carne, en un país donde por las condiciones del trabajo, los
hombres son mucho más numerosos que las mujeres, y la continua afluencia de
presidiarios licenciados traía consigo todas las criminales aberraciones de la
virilidad aislada.
Aresti vió al enfermo en el fondo del camastro,
junto á la pared, respirando jadeante. Estaba acostumbrado á visitar los
tabucos de los mineros: nada le extrañaba, y con agilidad de muchacho saltó
encima del tablado, marchando de rodillas sobre los jergones. Encendió una
cerilla y entonces vió en el tabique de la cabecera que en otros tiempos había
sido blanco, un crucifijo y varias estampas de colores, representando generales
contemporáneos, con el ros calado y el pecho cubierto de bandas y cruces, héroes
de la guerra que se habían cubierto de gloria entregando territorios al enemigo
ó fusilando en masa á indígenas indefensos.
El médico no pudo contener su risa.
—¿Por qué estarán aquí estos tíos?...
Las estampas habrían sido pegadas como adorno, sin
fijarse en los personajes; ó tal vez serían recuerdos de algún antiguo soldado,
cándido y entusiasta, que creería haber servido á las órdenes de caudillos
inmortales.
El enfermo tenía los ojos cerrados, y respiraba
trabajosamente. Su piel ardía. Estaba vestido, conservando las mismas ropas,
mojadas por la lluvia de la noche anterior.
—Una pulmonía de padre y señor mío—dijo el doctor
arrojando la cerilla y saliendo del camastro otra vez de rodillas.
Afuera, junto al fogón, escribió una receta en una
hoja de su cartera, encargando al pobre pinche, que después de la visita
parecía más tranquilo, que bajase por los medicamentos al hospital.
Cuando Aresti salió de la barraca, después de hacer
varias recomendaciones á la vieja, vió que le aguardaba en medio del camino un
contratista de los más amigos. Iba vestido de flamante pana; sobre el chaleco
brillábale una gruesa cadena de oro y calzaba altas polainas fabricadas con la
tela impermeable que servía de forro á las cajas de dinamita.
—Hola, Milord—dijo el médico.—¿Qué, hoy
no hay oficios divinos en la capilla de Baracaldo?
—No, don Luis—dijo el contratista con cierta unción
en sus palabras.—Demasiado sabe usted que en nuestra religión este día no es de
fiesta.
—¿Y Milady, siempre tan hermosa y
elegante?
—Vaya, no se burle usted; ya sabe que no somos más
que unos pobres patanes con un poquito de protección.
Después de esto, el llamado Milord rogó
al médico, que ya que estaba en Labarga, se llegase á la cantina de Tocino,
el capataz de su confianza, que llevaba varios días inmóvil en la cama por el
reuma. Aresti se resistía alegando su viaje á Bilbao.
—Un momento nada más, don Luis: entrar y salir. Yo
también tengo prisa por llegarme á la mina. ¡El pobre Tocino me
hace tanta falta cuando no está allí!...
El doctor se dejó conducir algunos minutos más allá
de Labarga, hasta una altura donde estaba establecida la tienda de Tocino.
Por el camino bromeaba con el contratista sobre su religión. El Milord había
sido capataz de las minas de una compañía inglesa, logrando interesar al
ingeniero director en fuerza de excederse en la vigilancia del trabajo y no
dejar descanso á los peones de sol á sol. La protección del jefe lo elevó á
contratista, colocándole en el camino de la riqueza, y, no sabiendo cómo
mostrar su gratitud al inglés, había abrazado el protestantismo. La
despreocupación religiosa era general en las minas: sólo se pensaba en el
dinero y el trabajo. Era viudo, con una hija, y para ligarse más íntimamente
con sus protectores, la tuvo durante seis años en un colegio de Inglaterra,
volviendo de allá la muchacha con un exterior púdico y unas costumbres de confort que
regocijaban á toda Gallarta. Los domingos, Milord y Milady bajaban
á Baracaldo, vestidos con trajes que encargaban á Londres, para confundirse con
las familias de los ingenieros y los mecánicos ingleses empleados en las minas
ó en las fundiciones de la ría, que llenaban la única capilla evangélica del
país. Aresti, que había cogido cierto miedo á los flirts con Milady,
hasta el punto de rehuir el encontrarla sola y que conocía ciertas historias de
jovenzuelos que saltaban su ventana durante la noche, ensalzaba irónicamente al
padre lo mucho que su robusto retoño había ganado después de la cepilladura en
el extranjero.
—¡La educación inglesa!—decía Milord abriendo
mucho la boca para marcar su admiración.—¡Una gran cosa! Hay que ver lo que
sabe la chica... Es verdad que acostumbrada á tantas finuras, se aburre aquí
entre brutos. Pero, de mi para usted, don Luis, yo tengo mi plan, mi ambición,
y es casarla con algún señor de la compañía.
—Hará usted bien—dijo el médico con zumbona
gravedad, recordando las ligerezas de la niña al verse libre en las minas,
después de las pudibundeces del colegio.—Esos señores son aquí los únicos que
pueden cargar con ella.
Llegaron á la cantina de Tocino, una
casa aislada, de mampostería, con un gran mirador de madera. Desde aquella
altura abarcaba la vista toda la tierra de las Encartaciones y además el abra
de Bilbao, la ría, Portugalete. Los pueblos aglomerados en las orillas del
Nervión, parecían formar una sola urbe. En último término, entre montañas, se
adivinaba la villa heroica é industriosa: el humo de las fundiciones y fábricas
se confundía con el cielo plomizo. A la entrada de la ría, el alto puente de
Vizcaya marcábase como un arco triunfal de negro encaje.
La cantina ocupaba el piso bajo, amontonándose en
ella los más diversos objetos y comestibles, unos en estantes y tras sucios
cristales, otros pendientes del techo... Allí estaban almacenados todos los
víveres, por cuya conquista dejaban los hombres pedazos de su vida en el fondo
de las canteras. Aresti conocía aquella alimentación; alubias y patatas con un
poco de tocino. El arroz, sólo era buscado cuando la patata resultaba cara.
Además, colgaban del techo bacalao y trozos de tasajo americano entre grandes
manojos de cebollas y ajos.
El pan se amontonaba detrás del mostrador, al
amparo de los dueños, como si éstos temiesen los hurtos de los parroquianos ó
una súbita acometida de los hambrientos que pululaban afuera. Un tonel de
sardinas doradas por la ranciedad, esparcía acre hedor. De las viguetas del
techo pendían baterías de cocina, y en las estanterías se alineaban piezas de
tela, botes de conservas, ferretería, alpargatas, objetos de vidrio, pero todo
tan viejo, tan oxidado, tan mugriento, que, lo mismo comestibles que objetos,
parecían sacados de una excavación después de un entierro de siglos.
Tras el mostrador estaba la mujer de Tocino con
su hijo, un adolescente amarillucho, de movimientos felinos. Eran vascongados,
pero Aresti encontraba en sus ojos duros, en la melosidad con que robaban á los
parroquianos despreciándolos, y en su aspecto miserable, algo que le hacía
recordar á los judíos. La gente del contorno les odiaba. Al menor intento de
revuelta en las minas, cerraban la puerta, sirviendo el pan por un ventanillo.
A pesar de su insaciable codicia, tenían un aspecto de miseria y sordidez más
triste que el de la gente de fuera. El doctor recordaba las declamaciones de
muchos mitins obreros, á los que había asistido por curiosidad; los apóstrofes
á los explotadores de las cantinas que engordan con los sudores del trabajador,
que se redondean chupándoles la sangre; y se decía con gravedad:
—No; pues á éstos les luce poco la tal
alimentación.
A la entrada de la cantina existía una especie de
jaula de madera con un ventanillo. Dentro de ella estaba sentado ante un
pupitre el dueño de la tienda, envuelto en mantas, quejándose á cada momento,
pero sin dejar de repasar unos cuadernos viejos, cubiertos de rayas y
caprichosos signos, que le servían para su complicada contabilidad.
El Milord manifestó su extrañeza
viéndole allí. ¡Él, que le traía nada menos que al doctor Aresti creyéndolo en
peligro de muerte!... Mientras el médico le examinaba con la indiferencia del
que está habituado á casos más graves, Tocino prorrumpía en
lamentaciones, haciéndole coro su mujer. Estaba enfermo más de lo que creían:
no podía moverse: los dolores le mataban; pero los negocios eran ante todo y
había que repasar las cuentas, ya que estaba cerca el día de la paga.
—Vaya, Tocino—dijo Aresti;—lo que
tienes es poca cosa, desaparecerá con el cambio de tiempo. ¡Quejarse así un
hombrachón que parece un oso tras esa jaula! Es la buena vida que te das; lo
mucho que engordas con lo que robas.
—¡Pero qué cosas tiene este don Luis!—exclamó
el Milord mirando á la tendera, que enseñaba sus dientes
amarillos para sonreír lo mismo que el protector de su marido.
—¡Robar!—mugió Tocino.—¡Robar! ¡Siempre
está usted con lo mismo! Tanto oye usted á los trabajadores, en su manía de
mimarlos cuando se los llevan al hospital, que acaba por creer todas sus
mentiras. Aquí á nadie se roba. Aquí lo único que se hace es defender lo que es
de uno.
Y Tocino se indignaba, olvidando
los dolores. Él vendía sus artículos al fiado ¿estamos?... se exponía á
perderlos, ¿y qué cosa más natural que no dormirse para cobrar lo que era suyo
cuando llegaba el día del pago en las minas?... Había que conocer á los obreros:
cada uno de un país; lo mejorcito de cada casa. Se pasaban todo el mes comiendo
al fiado, y el día de cobranza, si les era posible hacían lo que ellos
llaman la curva; cobraban y se iban á la taberna, rehuyendo el
pasar por la tienda de comestibles. A bien que esto no les valía con Tocino y
con otros que eran capataces al mismo tiempo que cantineros. Él les pagaba allí
mismo su trabajo y allí mismo les descontaba lo que llevaban comido. Aun así
había sus quiebras, pues los que sólo trabajaban una semana, desaparecían
después de haber tomado al fiado más de lo que importaban sus jornales.
Aresti escuchaba al capataz, y aprovechando sus
pausas seguía recriminándolo.
—Tocino, tú eres un ladrón que vendes á los
obreros los artículos averiados que no quieren en Bilbao, y los haces pagar más
caros que en la villa.
—Esas son mentiras que sueltan los socialistas en
sus metinges—gritó el capataz enrojeciendo de indignación con el recuerdo de lo
que decían los obreros en sus reuniones.
—Tocino, tú abusas de la miseria. Los pobres
peones no tienen libertad para comprar el pan que comen. Al que no viene á tu
tienda le quitas el trabajo en la cantera.
—Los amigos son para ayudarse unos á otros. ¿Qué
tiene de particular que yo sólo dé trabajo á los que se surten de mi
establecimiento?
—Tú robas al trabajador en lo que come y en lo que
trabaja, descontándole siempre algo del jornal. Tu amo y protector te ayuda á
mantener esta esclavitud, no pagando al obrero semanalmente, como se hace en
todas partes, sino por meses, para que así tenga que vivir á crédito y se vea
obligado á comer lo que queréis darle y al precio que mejor os parece.
—Vaya; ahora me toca á mí—dijo riendo el Milord.—Pero
este don Luis es peor que los predicadores de blusa que vienen á echar soflamas
en el frontón de Gallarta. Suerte que no le da á usted por hablar en público.
—Milord: á todos vosotros no os parece
bastante el enriqueceros rápidamente con el hierro y aun arañáis algunos
céntimos en el jornal y el estómago del bracero. Las cantinas obligatorias son
vuestras y de los capataces. Vais á medias. De día explotáis los brazos y de
noche los estómagos. Hacéis mal, muy mal. Hasta ahora os salva la gran masa de
peones forasteros que vienen á rabiar y á ahorrar durante algunos meses,
pasando por todo, pues su deseo es irse. Pero cada vez se quedan más en el país
y ya veréis la que se arma cuando esta gente, viviendo siempre aquí, acabe por
conoceros.
El doctor cortó la conversación recordando su viaje
á Bilbao, y salió de la cantina después de hacer varias recomendaciones para la
curación de Tocino. La mujer y el hijo sonreían servilmente, pero
con una expresión hostil en la mirada, gravemente ofendidos por la franqueza
del doctor.
El contratista siguió adelante, hacia su mina, y
Aresti descendió á Labarga pensando en la miseria del rebaño humano esparcido
por la montaña. Varias veces había intentado rebelarse, y los resultados de su
protesta, de las huelgas ruidosas, terminadas, en más de una ocasión, con
sangre, no le habían hecho mejorar gran cosa. Únicamente el respeto á la vida
humana era mayor que en los primeros años de explotación. Aresti recordaba su
llegada á las minas, cuando se vivía en ellas casi con las armas en la mano,
como en Alaska ó en los primitivos placeres de California. Ya
no quedaban forajidos en las canteras que, con el vergajo en la mano, apaleasen
en nombre del amo á los trabajadores rebeldes; ya no existía la tarifa de la
carne humana, cotizándose las desgracias «veinte duros por un brazo, cuarenta
por las dos piernas». Se asociaban los trabajadores establecidos en el país,
creaban núcleos de resistencia, inspiraban cierto temor á los explotadores,
logrando con esto que sus penalidades fuesen menos duras: pero aún faltaba la
cohesión entre ellos, á causa del vaivén de la población minera, de aquel
oleaje de hombres que se presentaba engrosado al comenzar el invierno y el
hambre en las míseras comarcas del interior y se retiraba al llegar el buen
tiempo con sus cosechas. Los gallegos huían á su tierra así que se iniciaba una
huelga y aparecía en las minas la guardia civil. Habían venido á ganar dinero y
evitaban los conflictos pasando por toda clase de explotaciones y abusos. Los
castellanos y leoneses miraban con los brazos cruzados los esfuerzos de los
compañeros establecidos en el país, pensando con el duro egoísmo de la gente
rural, que en nada les importaba cambiar la suerte del trabajador, ya que ellos
al fin habían de volver á sus tierras. Los labriegos convertidos en mineros
eran el contrapeso inerte, incapaz de voluntad, que imposibilitaba la ascensión
de los que vivían en el país.
La cantera era el peor enemigo del obrero rebelde.
En las minas de galerías subterráneas, con sus peligros que exigen cierta
maestría, el personal no era fácil de sustituir; necesitaba cierto aprendizaje.
Pero en las pródigas Encartaciones el hierro forma montañas enteras: la
explotación es á cielo abierto; sólo se necesita hacer saltar la piedra,
recogerla y trasladarla, cavar, romper como en la tierra del campo, y el
bracero, empujado por el hambre, llegaba continuamente en grandes bandas á
sustituir sin esfuerzo alguno á todo el que abandonaba su puesto protestando
contra el abuso. Mientras no cesase la inmigración, cortándose la corriente
continua de hombres, mientras no se estancara la población obrera de las
Encartaciones, era difícil que el trabajo conquistase todos sus derechos.
Aresti, con el deseo de no sufrir nuevos retrasos,
redobló el paso al entrar en Labarga, caminando con la cabeza baja para no oír
los llamamientos de las mujeres. Un hombre se le puso delante.
—Don Luis, un momento...
Era el Barbas, que había abandonado su
inmovilidad de fakir para detener al doctor.
—¿Qué hay, compañero?
—Usted, que es bueno, quiero que se entere, ya que
sube por aquí, de lo que hacen esos ladrones.
Y le mostraba con gesto trágico su casucha. Como
Aresti no parecía comprenderse, el Barbas le mostró la parte
superior de su barraca falta de techumbre.
—Me han quitado la planchas, don Luis. Quieren que
me vaya. Los ricos de Gallarta, todas esas gentes que he conocido pobres como
yo, me odian y me tienen miedo. El amo de la barraca no sabe cómo echarme. Hace
una semana me han quitado la techumbre, la lluvia cae en mi casa como en la
calle, pero el Barbas firme en su puesto con la compañera. La
pobre vieja llora y quiere irse, pero soy capaz de darla una paliza si se menea
de ahí. Me han de tener á la vista siempre. Hay para rato si piensan librarse
de mí... Ahora, don Luis, han discurrido algo mejor. Quieren quitarme el suelo
así como me han robado el techo. Piensan excavar la roca hasta que la casa se
quede en el aire, sobre sus estacas, para ver si así me voy... ¡Pues no me iré!
El Barbas, en su sitio, para que todos le oigan, para echarles en
cara sus robos. Ni trabajo, ni me voy... Espero, ¿sabe usted?, espero que
llegue la gorda; espero el día en que toda la montaña baje al llano y yo pueda
quitarles el techo y el piso á todos los chalets que se han
hecho esos pintureros, esos piojos resucitados que la echan de señores á costa
de los pobres.
Y el Barbas acompañó un buen
trecho al doctor, mugiendo sus maldiciones y amenazas contra los contratistas
que eran sus enemigos más inmediatos y contra los ricos de Bilbao siempre
invisibles, divinidades maléficas que hacían sentir la fuerza de su poder en la
montaña, sin mostrarse más que por la mediación de administradores y capataces,
si explotaban la mina directamente, ó de contratistas si creían más ventajoso
para ellos ajustar el arranque del mineral.
Cerca ya de Gallarta, al quedar solo el doctor, vió
venir hacia él un hombre montado en una burra blanca, tan grande y tan fuerte
que casi parecía una mulilla. Por la cabalgadura conoció Aresti desde muy lejos
á don Facundo, el cura párroco de Gallarta. Hacía diez años que había sido
trasladado al distrito minero desde un pueblecillo de Álava, y afirmaba que la
mejor tierra del mundo era la de las Encartaciones. «Paz, mucha paz; para todos
hay vida en el mundo.» Y en santa paz vivía, siendo gran amigo de Aresti, y
tomando á broma las doctrinas revolucionarias que el doctor, por aburrimiento,
exponía á los ricos de Gallarta después de sus famosas cenas. Cierta vez que el
médico, cansado de la monotonía de su existencia, se divirtió en propagar el
budhismo entre los rudos contratistas y hasta intentó algunas ceremonias del
culto indostánico, á estilo de las que había presenciado en el museo Guimet de
París, el cura no manifestó indignación, «Bah; cosas de don Luis; chifladuras
de los sabios: ya se cansará.» Para él, la religión verdadera no decrecía ni
experimentaba quebranto alguno mientras se celebrasen bautizos, casamientos, y,
sobre todo, entierros, muchos entierros.
A misa sólo iban algunas viejas del pueblo: la
iglesia estaba siempre vacía, pero el país era muy religioso y la prueba estaba
en que él no tenía libre un momento, y continuamente veían todos trotar su
burra blanca por los caminos y atajos de la montaña. Aquel curato valía más que
algunos obispados. La gente pobre que no se acordaba de la casa de Dios,
encontraba en su miseria el dinero necesario para que el pariente marchase á la
fosa escoltado por la burra de don Facundo y mecido en su ataúd por el vozarrón
del cura. Había días en que acompañaba cinco entierros en los lugares más
lejanos de la parroquia; asunto de leguas. Pero él no se asustaba de nada
mientras contase con su cabalgadura infatigable, y montado en ella acudía á
todas partes. Delante, marchaba el ataúd en hombros de los mineros, escoltado
por mujeres que daban alaridos y se mesaban el pelo con desesperación de
gitanas, y detrás don Facundo, montado en su burra, con sobrepelliz y bonete,
seguido á pie por el sacristán, al que llamaba su «corneta de órdenes», siempre
cantando, pues los parientes ponían reparos á la hora de pagar si cantaba poco,
repitiendo automáticamente los versículos del oficio de difuntos, al mismo
tiempo que se daba el compás esgrimiendo sobre su cabeza la vara de fresno con
que arreaba á la cabalgadura.
Un alto en la marcha era lo único que le hacía
perder la calma.
—Aprisa, hijos míos—decía á los conductores del
cadáver—que hoy aún me quedan tres. Tengo trabajo en Galdames y en la Arboleda.
Muchas veces llegaba la obscuridad antes de que
terminase su tarea de acompañar muertos por veredas y desmontes. Aresti
recordaba una noche de luna clarísima, al retirarse á casa después de una cena
con los contratistas, en las afueras de Gallarta. Oyó un canto lúgubre que
rasgaba como un lamento la calma de la noche, y vió pasar á un hombre,
vacilante sobre sus piernas, que parecía ebrio, llevando á cuestas á otro,
envuelto en una sábana, con un brazo colgante que le golpeaba á cada paso.
Después, una especie de centauro agrandado por el misterio de la noche, que
movía algo negro como una espada, sin cesar de mugir:
Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt...
—Buenas noches, don Luis—dijo el cura al reconocer
al doctor.—Con este van hoy ocho. Es un pobrecito que ha muerto de la viruela y
lo he dejado para lo último... ¡Después dirá usted que la Iglesia no trabaja!
Y en el silencio de la noche, volvió á reanudar su
lúgubre cantinela, á la luz de la luna, camino del cementerio.
Lo único que le indignaba era que le hablasen de la
extensión de la parroquia y lo difícil de servirla un hombre solo. ¡No,
carape!: él tenía fuerzas para servir á Dios hasta que reventase; sobre todo,
tratándose de entierros. Cada vez que recelaba alguna modificación parroquial
tomaba el camino de Vitoria para ver á los señores del obispado después de dar
un tiento doloroso á los ahorros y cuando al fin habían acabado por colocar á
sus órdenes á dos vicarios, dedicó á éstos á las faenas menudas del
templo, reservándose él los entierros.
Las asombrosas fortunas creadas en las minas habían
tentado su codicia. Él también tenía sus contratas; también pactaba arranque de
mineral con los señores de Bilbao é iba sobre la burra de los entierros á echar
un vistazo al trabajo de los peones. Pero á pesar de que sus negocios marchaban
bien y á la hora del champagne, en las cenas de los contratistas, le hacía
confesar el médico que llevaba reunidos más de cuarenta mil duros, recordaba
los pasados tiempos, aquella primera época de las minas, cuando él y don Luis
eran recién llegados y cada cual vivía á su gusto sin obispos ni autoridades de
ninguna clase. Aborrecía los tranvías aéreos, los planos inclinados, todos los
recientes medios de conducción. Los buenos tiempos eran cuando el mineral iba
arrastrado por bueyes hasta la ría, y había guardas en los caminos para ordenar
el paso de las carretas que alegraban la montaña con sus chirridos. Sólo en
Gallarta existían más de mil. Se exportaba menos mineral, pero se pagaba más
caro y el dinero se repartía entre más gente. Entonces fué cuando el cura
inauguró su iglesia y al buscar un santo patrón eligió á San Antonio. Aún reía
el doctor recordando la candidez con que explicaba el cura esta preferencia.
—No puede ser otro. San Antonio es el patrón de las
bestias y aquí en Gallarta hay tanto buey....
Al reconocer don Facundo al médico, refrenó el paso
de su cabalgadura.
—A la mina, ¿eh?—preguntó Aresti.
—Sí señor: acabo de largar mi misita y ahora un
rato á ver lo que hacen aquellos, hasta la hora de comer. Hay que cuidarse de
lo divino y lo humano. Hay que trabajar, don Luis.
—¿Pero hoy no es día de fiesta?...
—¡Ah, grandísimo zumbón! Ya adivino lo que quiere
decirme con su sonrisa. Sí, día de fiesta es, según nuestra Madre la Iglesia, y
deben guardarla los que son ricos. Pero mire usted, cómo los pobres trabajan en
todas las canteras. Yo no voy á privar de un jornal á mis peones, después de
tantos días de lluvia, en los que no han podido hacer nada. Además, tengo mis
contratos con el dueño de la mina... Vaya, adiós: le dejo para que se burle de
mí á sus anchas.
Iba ya á arrear la burra, cuando se detuvo para
hacer una pregunta.
—¿Dicen que han matado al Maestrico?...
Vaya un caso. Era un buen muchacho, serio y ahorrador. Este es el mundo... ¡A
la tarde entierro! ¡Arre burra!
Y se alejó con alegre cantoneo, gozoso por la
seguridad de que había caído trabajo.
Cuando el doctor fué á entrar en su casa todavía se
vió detenido por un hombre que le esperaba sentado junto á la puerta. La vieja
Catalina le llamaba furiosa desde adentro.
—¡Qué está frío el desayuno!... ¡Qué no cogerá
usted el tren! Ya le he dicho á ese condenao que su primo le espera y no está
usted para canciones...
Pero Aresti no la hizo caso y se dejó abordar por
aquel hombre, diciéndose mentalmente: «¡Qué magnífico animal!» Tembló por su
mano, cuando se la agarró el gigantón con una de sus garras de dedos callosos y
gruesos. Bajo la blusa se delataba á cada movimiento una musculatura de atleta
desarrollada por el trabajo. Su cara abobada y enorme, hacía recordar á Aresti
la de los gigantones de las fiestas de Bilbao, que había admirado en su niñez.
—Vengo á lo del otro día—dijo con alguna torpeza,
pero mirando al médico en los ojos como dispuesto á pelear, si era preciso
defendiendo sus pretensiones.
—¿A lo del otro día?... Pues hijo, no me acuerdo.
¡Me buscan tantos!...
Pero de pronto, el doctor pareció recordar, y una
sonrisa maliciosa animó su rostro.
—¡Ah, sí! Ya me acuerdo: vienes á lo del
practicante. Tú eres el marido de esa... Bien ¿y qué?
—Quiero que usted arregle eso, don Luis—continuó el
gigantón con energía;—ó lo arregla usted que es tan bueno ó doy el gran
escándalo. Ya le dije cómo los pillé en mi casa el domingo pasado: tengo
testigos. Los llevaré al juzgado, y si él no se pone en razón y hace lo que le
corresponde, irá á un presidio y ella á la galera.
—Sí, hombre, sí—dijo Aresti.—Recuerdo tu asunto. Me
gusta verte más tranquilo que el otro día. ¿Pero qué voy a hacer yo?
—Arreglarlo, señor dotor: que ese sinvergüenza
sufra castigo. ¿Va á ser él de mejor pasta que otros? Al juzgado iré con él.
—Pero pides demasiado, hijo mío. Ya recuerdo lo que
exijes. Veinte duros: ¡pero si el pobre enfermero es un muchacho que apenas
gana eso en el hospital!... ¡Si es más pobre que tú!...
—Bueno—dijo el gigantón con aspecto indeciso,
rascándose la cabeza por debajo de la boina.—Pus que sean quince... ó que sean
doce, ya que usted se empeña. Pero de ahí no bajo nada. No me conformo con
menos de doce ó daré el escándalo. En usted confío, dotor. Ya le quisiera yo
ver con una perra como la mía: sabría lo que es bueno. ¿Qué he de hacer? ¿Ir á
presidio y que se mueran de hambre mis pequeños? ¡Que paguen, que paguen, ya
que quieren hacer el guapo!
Y se alejó, después de recomendar varias veces al
médico, con tono suplicante, que no olvidase su asunto.
Aresti, mientras despachaba el desayuno y vestía
sus ropas de fiesta, colocadas sobre la cama por Catalina, pensaba en la
extraña psicología de una gran parte de las gentes de las minas.
De jóvenes se mataban por la mujer soltera;
bailaban con el cuchillo oculto en la faja, dispuestos á disputarse la hembra á
puñaladas. Asesinaban al rival como al infeliz Maestrico; y
después, de casados, satisfecho el primer ímpetu de su apetito exacerbado por
la escasez de mujeres, se entregaban al trabajo que gastaba su voluntad y sus
fuerzas; olvidaban el amor hasta despreciarlo, para no pensar más que en el
dinero, como si los envenenase el viento de fortunas rápidas y milagrosos
encumbramientos que parecía soplar sobre las minas. Se exterminaban por una
cuestión de jornales ó de comestibles, y al encontrarse frente á frente con el
adulterio, torcían el gesto como ante una contrariedad vulgar y hasta algunos
procuraban extraer de su desgracia cierto provecho.
Más de seis meses iban transcurridos, sin que el
doctor Aresti bajara á Bilbao. Por esto, al pasar del tren de Ortuella al de
Portugalete, en la estación de El Desierto, experimentó ante el magnífico
panorama de la ría la misma impresión de asombro de los aldeanos que sólo
abandonaban sus caseríos ó la anteiglesia de su vecindad, cuando un asunto
importante los llamaba á la villa.
El tren dejó atrás los torreones gemelos de los
altos hornos de fundición—«los castillos feudales de Sánchez Morueta» según
decía el doctor, que pregonaban la gloria industrial de su poderoso primo,—y
después de atravesar un túnel, avanzó por la ribera cruzando los descargaderos
de mineral. Eran estos á modo de baluartes que, arrancando de la montaña,
llegaban hasta la ría, elevados algunos metros sobre el nivel de los campos.
Los de las compañías extranjeras eran verdes, con los taludes cubiertos de musgo
como los glacis de los fuertes modernos, y las pequeñas locomotoras pasaban
sobre ellos ligeras y brillantes como juguetes. Los de las explotaciones del
país eran de un rojo antipático, de escombros de mineral, desmoronándose con
las lluvias sus pendientes, revelando el espíritu de sus dueños, incapaces de
realzar con el más leve adorno los instrumentos de explotación. En la ría,
junto á las grúas que funcionaban incesantemente, dormían los vapores, con el
casco invisible tras la riba, mostrando por encima de ella las chimeneas y los
mástiles. Subían de sus entrañas los grandes tanques de hierro cargados de
hulla inglesa y, deslizándose por los rails aéreos, iban á volcar el negro
mineral en las enormes montañas de las fábricas. Corrían por las vías de los
descargaderos las vagonetas repletas de hierro y al llegar al punto más
avanzado inclinábanse como si quisieran arrojarse al agua, soltando en los
vientres de los buques su rojo contenido. Las dos riberas de la ría estaban en
continua función, vomitando y absorviendo; entregando el mineral de sus
montañas y apoderándose del carbón extranjero. Banderas de todas las
nacionalidades ondeaban en las popas de los buques; los nombres más exóticos é
impronunciables lucían en sus costados, y entre las chimeneas apagadas y
negruzcas, erguían los veleros las esbeltas cruces de sus arboladuras, en el
espacio azul.
Por un lado del tren, se abarcaba el vertiginoso
movimiento de la ría con sus barcos y fábricas: por la ventanilla opuesta,
admirábase la paz de los campos, el trabajo cachazudo y tranquilo de los
aldeanos, removiendo la tierra arcillosa. Las mujeres, con la falda atrás y las
piernas desnudas, sudaban dobladas sobre el surco. Las vacas movían el baboso
hocico, sin ninguna inquietud, al ver el tren y volvían de nuevo á rumiar con
la cabeza baja sobre el verde del prado. Grupos de mujeres lavaban sus guiñapos
casi tendidas al borde de arroyos de líquido rojo, como si fuese sangre. Era el
eterno color del agua en los alrededores de Bilbao: los lavados del mineral
enrojecían hasta la corriente del Nervión. La industria, al enriquecer al país,
corrompía las aguas puras y cristalinas de la época pastoril. El doctor
recordaba la miseria de los peones de las minas, que les hacía huir de las
fuentes de la montaña, porque sus aguas abren el apetito y facilitan la
digestión. Preferían el líquido rojo é impuro de los lavaderos porque,
ensuciando su estómago, hacía menos frecuente el hambre.
Avanzaba él tren hacia Bilbao, deteniéndose en las
estaciones de la orilla izquierda, Luchana, Zorroza y Olaveaga, pueblos que
prolongaban su caserío hasta la ribera opuesta. Por el centro de la ría pasaban
pequeños remolcadores tirando de un rosario de gabarras, balandros de cabotaje
de las matrículas de la costa, navegando lentamente por miedo á las revueltas;
vapores que rompían las aguas con imperceptible movimiento hasta pegarse al
descargadero. Y flotando por encima del bosque de chimeneas de ladrillo y de
hierro, el eterno dosel de la moderna Bilbao, los velos en que se envuelve como
si quisiera ocultar púdicamente su grandeza, los humos multicolores de sus
fábricas, negros, de espesos vellones, como rebaños de la noche; blancos,
ligeramente dorados por la luz del sol; azules y tenues como la respiración de
un hogar campesino; amarillos rabiosos con un chisporroteo de escorias
minerales. La blanca vedija, signo de actividad, repetíase por todo el paisaje,
como una nota característica del panorama bilbaíno, avanzando por las
quebraduras de la montaña donde están las vías férreas del mineral, resbalando
por las dos orillas de la ría tras las chimeneas de los trenes de Portugalete y
Las Arenas, ondeando sobre el casco de los remolcadores y de las máquinas
giratorias de sus grúas.
Aresti admiraba toda esta actividad como si le
sorprendiera por primera vez.
—Bilbao es grande—se decía con cierto orgullo.—Hay
que confesar que esta gente ha hecho mucho, ¡Lástima que valga tan poco cuando
la sacan de sus negocios!...
Pasaban ante el tren los diques, con sus grandes
vapores en seco, al aire la roja panza, que una cuadrilla de obreros rascaba y
pintaba de nuevo. Quedaba atrás, confundiéndose con otras montañas, el famoso
pico de Banderas, con su castillete abandonado que recordaba la heroica Noche
Buena de Espartero, el combate de Luchana, milagro de la leyenda dorada del
liberalismo, que aún vivía en todas las memorias agrandado por las fantásticas
proporciones que da la tradición. Después aparecía entre los montes de la
ribera izquierda, con una insolencia monumental que irritaba al doctor, la
Universidad de Deusto, la obra del jesuitismo, señor de la villa. Eran tres
enormes cuerpos de edificio con frontones triangulares, y á sus espaldas un
parque grandioso, extendiendo su arboleda montaña arriba, hasta la cumbre
coronada por una granja vaquería. En mitad del parque, sobre una eminencia del
terreno, habían levantado los jesuítas una imagen de San José, con un arco de
focos eléctricos. Mientras dormían los buenos padres, el semicírculo luminoso
recordaba á los pueblos de la ría y á la misma Bilbao que allí estaba la orden
poderosa y dominadora, pronta siempre á ponerse de pie, no queriendo abdicar ni
ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El doctor hallaba natural que
fuese San José el escogido para esta glorificación; el santo resignado y sin
voluntad, con la pureza gris de la impotencia, hermoso molde escogido por
aquellos educadores para formar la sociedad del porvenir.
Adivinábase la proximidad de la villa. A un lado
surgían entre los campos los altos edificios del ensanche, los grupos aislados
de casas que eran como las avanzadas de una población desbordada y en continuo
avance. Al otro se cubrían las orillas de la ría de almacenes, tinglados y
grúas, elevándose el carbón en montañas, sin dejar un espacio de muelle libre.
Las embarcaciones tocábanse unas á otras amarradas á las enormes anillas de los
malecones, en cuyas piedras una faja húmeda y fangosa marcaba las subidas y
descensos de las mareas. Veíase el incesante ir y venir de las cargueras,
míseras mujeres de ropas sucias y cara negra, pasando y repasando como filas de
hormigas por los tablones que servían de puente entre los buques y el muelle.
Unas llevaban sobre la cabeza la cesta llena de carbón; otras descargaban los
fardos del bacalao, apilando en gigantescas masas el alimento del pobre que
había de ser consumido en el interior de la península.
Detúvose el tren después de atravesar un túnel, y
el doctor, subiendo una larga escalera, se vió en el sitio más céntrico de la
villa, junto al puente del Arenal, donde parecía condensarse todo el movimiento
de la población. En aquel pedazo de ribera, robando á las aguas parte de su
curso y hasta aprovechándose del subsuelo, la iniciativa industrial había
escalonado tres grandes estaciones de ferrocarril: la de Portugalete, la de
Santander y la de Madrid. A un lado estaba la Bilbao nueva, el ensanche, el antiguo
territorio de la República de Abando, con sus calles rectas, de gran anchura y
joven arbolado, sus casas de siete pisos, y sus plazas de geométrica rigidez.
Al otro lado del puente, la Bilbao tradicional; la Bilbao de los chimbos,
de los hijos del país que habían conocido la llegada de gentes del interior,
atraídas por la prosperidad de las minas, y que formaban ahora más de la mitad
del vecindario. Allí estaban las famosas Siete Calles, núcleo de la antigua
villa, las iglesias viejas, el comercio rancio y las fortunas modestas y
morigeradas de los tiempos primitivos. En el ensanche, erguía sus torres de un
gótico ridículo la iglesia de los jesuítas, con su residencia anexa; y en torno
de ella se alineaban con rigidez geométrica, los hoteles y caserones de los
nuevos capitalistas, enriquecidos fabulosamente por las minas de la noche á la
mañana.
Aresti pasó el puente, siempre tembloroso bajo el
paso de los tranvías y las carretas, y entró en el Arenal. A un lado, el teatro
Arriaga reflejaba en las aguas del Nervión su arquitectura pretenciosa cargada
de cariátides y estatuas; al otro, extendía el paseo sus filas de plátanos, por
entre cuyas copas asomaban los mástiles y chimeneas de los buques atracados á
la orilla. Piaban los pájaros, saltando sobre la arena de las avenidas, pero
sus gritos perdíanse entre el bramido de las locomotoras, el silbido de los
tranvías y el mugido de algún vapor que entraba lentamente ría arriba.
Aresti dió un vistazo á la acera llamada el boulevard,
ocupada siempre por los curiosos estacionados ante los cafés. Frente al Suizo,
se colocaban los bolsistas, accionando en grupos, lamentándose de la decadencia
de los negocios. Los pilluelos pregonaban á gritos los diarios recién llegados
de Madrid. Pasaban solas las mujeres por el centro del arroyo, el devocionario
en la mano, la mantilla caída sobre los ojos y la falda agarrada y bien ceñida,
de modo que al andar se marcasen los tesoros dorsales, su esbeltez maciza de
hembras fuertes y, bien proporcionadas. Aresti fijábase en la separación del
hombre y la mujer que se notaba en las calles. Bilbao no cambiaba: cada sexo
por su sitio. El hombre á los negocios y la mujer sola á la iglesia ó á hacer
visitas, como única diversión. Pasó una pareja cogida del brazo.
—Serán forasteros—se dijo el doctor.—Tal vez algún
empleado de los que envía el gobierno. Maketos, como dicen mis
paisanos.
Eran ya las once, y Aresti, pasando ante la iglesia
de San Nicolás, fué en busca de su primo. El poderoso Sánchez Morueta vivía en
su hotel de Las Arenas, evitándose así el molesto asedio que parásitos y
protegidos le hacían sufrir en Bilbao. Además, habituado á las costumbres
inglesas, gustaba de residir en el campo: pero las exigencias de sus múltiples
negocios le hacían venir casi todos los días al escritorio que tenía en la
villa, para firmar y dirigir. Llegaba por las mañanas, á todo correr de sus briosos
caballos y se arrojaba del coche, metiéndose en el escritorio como si huyera.
Aun así, tenía que separar muchas veces con sus fuertes puños á los que le
esperaban en la puerta, para proponerle negocios disparatados ó pedirle dinero.
Una vez en su despacho, era difícil abordarle al través de los escribientes y
criados que guardaban la escalera. A la salida, Sánchez Morueta sólo osaba
poner el pie en la calle cuando tenía su carruaje cerca y podía escapar, ante
la mirada atónita de los solicitantes que esperaban horas y más horas. Los
despechados, la turba pedigüeña que en vano le asediaba y bloqueaba, llamábanle
«El solitario de Las Arenas», «El ogro de la Sendeja», que era donde tenía su
escritorio, y hasta afirmaban, faltando á la verdad, que su carruaje sólo tenía
un asiento, para evitarse de este modo toda compañía. Transcurrían meses
enteros sin que penetrasen en su despacho otras personas que algún corredor de
confianza ó los principales empleados del escritorio, que recibían sus órdenes.
Con los otros capitalistas de la población—muchos de ellos compañeros de la
juventud, que habían marchado juntos con él en la primera etapa por el camino
de la fortuna—se comunicaba telefónicamente tuteándose, pero en estilo conciso
y seco, como si la riqueza hubiese secado los antiguos afectos.
Aresti siguió su marcha á lo largo del muelle,
mirando los remolinos del agua enrojecida por los residuos de las minas. Se
detuvo un momento para examinar dos barcos de cabotaje, dos cachemerines de
la costa, con los títulos en vascuence pintados en la popa, y la cubierta
obstruida por extraños cargamentos, en los que se confundían los fardos de
bacalao con mesas y sillerías embaladas. Ofrecían igual aspecto que los
carromatos de los ordinarios de los pueblos, cargados de los más diversos
objetos. En uno de los buques, la tripulación se agrupaba á proa en torno del
hornillo donde hervía el caldero del rancho. Los barcos estaban tan hundidos á
causa de la marea baja, que el doctor, desde la riba, veía el fondo de sus
escotillas. Aquellos hombres, que pasaban por bajo de él, tostados, enjutos,
habituados á la lucha mortal con el mar cántabro, le hacían recordar á su
padre, entrevisto en los primeros años de su vida y del que apenas quedaba en
su memoria una sombra vaga.
El doctor, separándose del muelle, pasó á la acera
de la Sendeja. El escritorio de su primo estaba en un caserón antiguo y
señorial, todo de piedra obscura, con balcones de hierro retorcido y pomos
dorados, y un gran escudo de armas que ocupaba gran parte de la pared entre el
primero y segundo piso. Era propiedad de una vieja devota que, por legar toda
su fortuna á la Iglesia, se negaba á vender el edificio á Sánchez Morueta,
dándose la satisfacción de tener por inquilino á uno de los primeros ricos de Bilbao.
Aresti no osó subir directamente al despacho de su
primo, temiendo la resistencia de algún portero nuevo, y las idas y venidas y
consultas de los empleados, antes de reconocerle y dejarle paso franco.
Prefirió entrar en el entresuelo donde estaba el despacho de los buques de la
casa, bajo la dirección de un antiguo amigo de la familia, el capitán Matías
Iriondo. Aquella oficina era lo único accesible del edificio, donde se podía
entrar á la buena de Dios, sin miedo á esperar ni á porteros inflexibles.
—¿Está el Capi?...—preguntó Aresti á
los escribientes que trabajaban tras un atajadizo de cristales.
—¡Pasa, Planeta, pasa!—gritó alguien
tras una puerta del fondo del corredor.
Y Aresti entró, al mismo tiempo que el capitán,
el Capi como le llamaba Aresti, abandonaba su escritorio
avanzando hacia él con los brazos abiertos.
—Te he conocido con sólo oírte, Luisillo—dijo
Iriondo con su voz bronca y discordante de hombre enronquecido por la continua
humedad y obligado á hacerse oír entre los mugidos del viento y de las
olas.—¡Ay, Planeta!... Te encuentro algo aviejado.
Y había que oír la expresión cariñosa que daba el
marino al mote de Planeta aplicado al doctor. Para él, en su
habla bilbaína, los hombres se dividían en tres clases. Los que trabajaban
seriamente en cosas de utilidad y no tenían mote alguno. Los vagos y viciosos,
que no sirven de nada, á los que llamaba arlotes. Y luego venían
los planetas, gente simpática y buena, pero sin seriedad ni sentido
práctico; los calaveras; los que tienen talento, pero maldito en lo que lo
emplean; los artistas que hacen cosas muy bonitas que no sirven para nada; los
que desprecian el dinero llegando á la vejez sin salir de pobres. ¿Y qué
mayor planeta que aquel médico que, pudiendo hacerse de oro en
Bilbao, prefería vivir entre los brutos de las minas?
—¡Ah, Planeta!—decía sin soltar á Luis
de entre sus brazos.—Lo menos hace medio año que no te veo. Y siempre tan loco,
¿verdad? Siempre coleccionando libros y aprendiendo cosas sin sacar de ellas
provecho. ¡Apuesto cualquier cosa á que aún no has reunido mil duros!...
Y reía, con lástima cariñosa, de su querido Planeta,
al que consideraba en eterna infancia, como un niño revoltoso que había que
dejar en libertad. Aresti le examinaba con no menos cariño.
—Capi, pues tú tampoco estás muy joven que
digamos. Te probaba más el mar.
—Tienes razón—dijo Iriondo con melancolía.—¡Si al
menos pudiese ir todos los días al monte con la escopeta, á cazar chimbos!...
Pero hay que despachar cinco ó seis barcos por semana. Tu primo quiere tragarse
el mundo y todos trabajamos como negros... Además, nos hacemos viejos,
Luisillo. Tú olvidas que tengo la edad de Pepe, y que ya era yo piloto, cuando
tú aún jugabas en Olaveaga en la huerta de tu tío.
Aresti admiraba el vigor del capitán. Estaba en los
cincuenta años. Era bajo de estatura, musculoso y fuerte, con cierta tendencia
á ensancharse, como si fuera á cuadrársele el cuerpo. Su cara se había
recocido, como él decía, en casi todos los puntos de la línea ecuatorial:
estaba curtida, con un color bronceado, semejante al de su barba, en la que
sólo apuntaban algunas canas. Tenía las córneas de los ojos con manchas de
color de tabaco, y sus pupilas, que siempre miraban de frente, brillaban con
una expresión de bondad. Conocía todas las picardías del mundo: había pasado en
su juventud por todos los desórdenes de las gentes de mar, que después de meses
enteros de aislamiento y privación sobre las olas, bajan á tierra como lobos.
Había brindado con todas las bebidas del mundo, incluso con las fermentaciones
diabólicas de los negros; se había rozado con hembras de todos los colores,
pardas, bronceadas, verdes y rojas, y, sin embargo, después de una vida de
aventuras, notábase en él la honrada simplicidad de esos marinos, ascetas de
los horizontes inmensos que, al abordar los puertos cosmopolitas, sienten el
contacto de todas las podredumbres, sin llegar á contaminarse con ellas,
sacudiéndolas apenas vuelven al desierto del océano.
El doctor recordaba los principales detalles de su
vida, que muchas veces había contado el Capi de sobremesa en
casa de Sánchez Morueta, con su sencillez de hombre franco y comedido al mismo
tiempo, sin parar atención en el entrecejo de la señora que temía á cada
instante extralimitaciones en el relato. No había mar en el globo en el cual no
hubiese navegado alguna vez, ni clase de buque que no conociera, desde el cachemerin al
trasatlántico. De joven había hecho el cabotaje entre el archipiélago de Luzón
y las Molucas. El sultán de allá era gran amigote suyo, y le invitaba, como
muestra de afecto, a que escogiese entre sus sesenta mujeres amarillas y
hocicudas. ¿Para qué? Con un tabaco de Manila podía llevárselas él a todas sin
permiso de sultanillo. Había trasladado cargamentos de chinos de Hong-Kong a
San Francisco de California; montañas de trigo de Odessa a Barcelona; recordaba
viajes a Australia, a la vela, por el cabo de Buena Esperanza; hacía memoria,
con sonrisa pudorosa, de sus juergas de la Habana, en plena juventud, con
ciertos marinos rumbosos como nababs y valientes y crueles lo mismo que los
aventureros de otros siglos, los cuales, al bajar a tierra, gastaban en unas
cuantas noches la ganancia de sus viajes desde las costas de África con la
bodega abarrotada de negros. Al hablar, sentía la nostalgia del azul negruzco e
intenso del Océano, del verde luminoso y diáfano del mar de las Antillas, de la
larga ondulación del Pacífico y las aguas plomizas y brumosas de los mares del
Norte. El Mediterráneo le inspiraba desprecio, con sus puertos como Alejandría
y Nápoles, verdaderos pudrideros de todo el detritus de Europa. «Desde
Gibraltar a Suez—decía—, ladrones a la derecha y a la izquierda. Antes robaban
en el mar, y ahora esperan en los puertos.»
Su amistad con Sánchez Morueta, que databa de la
infancia, le había proporcionado un retiro en tierra. Era el inspector de los
numerosos barcos de la casa; y además, no cargaba un buque extranjero minerales
de su principal que no lo despachase él, acumulando así una pequeña fortuna que
le envidiaban sus antiguos compañeros de navegación. Era bilbaíno á la antigua
en todas sus aficiones. Su mayor placer era salir el domingo con la escopeta al
hombro á cazar chimbos en los montes, pajarillos de varias
clases, que habían proporcionado un mote á los hijos de la villa. El mayor de
los regalos era subirse, en las tardes que no tenía trabajo, á algún chacolín del
camino de Begoña á saborear el bacalao á la vizcaína, rociándolo con el vinillo
agrio del país. Sus amigos chacolineros pasaban por el
despacho para noticiarle misteriosamente cuándo se abría pipa nueva.
—Capitán, esta tarde, donde Echevarri, dan espiche
á un chacolín de dos años.
Y el capitán abandonaba su despacho que, por lo
desarreglado y pobre, parecía un cuarto de marinería, sin más adornos que una
mesa vieja, algunas sillas, un botijo en un rincón y algunas fotografías de
buques en las paredes. Parecía imposible que allí se hablase de negocios que
importaban millones. Un barómetro enorme, dorado y con vistosos adornos, regalo
de Sánchez Morueta, era el único objeto notable y el que más estimaba el
capitán, pues, por sus hábitos de hombre de mar, siempre se estaba preocupando
del tiempo.
—Tenía muchas ganas de verte—dijo Iriondo, ocupando
de nuevo su sitio ante la mesa.—¡Las veces que he pensado en ir á pasar un día
en las minas! Allí hay caza ahora, ¿verdad? Sólo que la gente acomodada parece
que no se dedica á otra cosa. ¡Ay, Planeta! Y cómo va á alegrarse
Pepe cuando te vea. Yo hace cuatro días que no le he hablado. Ya sabes su
genio: viene, se va, y, cuando quiere algo, me lo dice desde arriba por ese
tubo que tienes al lado. Es muy bueno Pepe, pero con él, cuanto menos se habla,
mejor. Su debilidad eres tú... tú y Fernandito, ese ingenierete tan simpático
que tiene en los altos hornos. ¡Las veces que Pepe te recuerda! Un día,
hablando de tí y de tus planetadas, le oí decir. «Ese chico, ese
chico debía estar á mi lado».
—Oye Capi; ¿y cómo anda mi prima, la
santa doña Cristina? ¿ha metido ya alguna comunidad de frailes en el hotel de
Las Arenas?
El capitán cesó de sonreír y por sus ojos cándidos
pasó una sombra de inquietud. No podía disimular su turbación.
—No sé... la veo poco. Debe estar como siempre...
Y añadió con repentina resolución:
—Mira, Luisillo: cada uno que proceda como mejor le
parezca. Yo á mis barcos, y fuera de ellos nada me importa.
Tras esto, quedaron los dos en silencio, como si el
recuerdo de la esposa de Sánchez Morueta hubiera hecho pasar entre ellos algo
que helaba las palabras y cohibía el pensamiento. Aresti se levantó para subir
al despacho de su primo.
—Por la escalera no—dijo el capitán.—Sube por ahí:
es la escalerilla interior y llegarás más pronto. Hasta luego: yo también soy
de la cuchipanda. Me ha invitado Pepe y nos llevará en su carruaje.... Si estás
falto de apetito, tienes tiempo para hacer coraje. Lo menos hasta las dos no
comeremos.
El doctor subió por una escalerilla de madera con
cubierta de cristales, que á través de un patio interior ponía en comunicación
el entresuelo con el despacho del jefe. Arriba, las oficinas estaban instaladas
con mayor lujo: las paredes eran de un blanco charolado; brillaban las mesas y
taquillas de madera rojiza, así como los lomos de cobre de los grandes libros
de cuentas. Los verdes hilos de la luz y de los timbres corrían por las
cornisas de una á otra pieza, y sobre las chimeneas funcionaban relojes eléctricos.
Los planos de las minas, las vistas de las fábricas de la casa, adornaban las
paredes.
Aresti, después de una corta espera, fué
introducido en aquel despacho, del que se hablaba en Bilbao como de un
laboratorio misterioso, donde Sánchez Morueta fabricaba raudales de oro con
sólo concentrar su pensamiento.
—¿Cómo estás, Luis?...
Lo primero que vió el doctor fué una mano tendida
hacia él, una mano firme, velluda y, sin embargo, hermosa; una mano fuerte de
héroe prehistórico, que hubiese parecido proporcionada perteneciendo á un
cuerpo mucho mayor. Y eso que el primo de Aresti era tan alto, que casi le
sobrepasaba toda la cabeza; una cabeza, que conocía la villa entera, virilmente
rapada, de ancha frente, y ojos serenos que derramaban hacia abajo una luz
fría. Una hermosa barba patriarcal que le tapaba las solapas del traje parecía
suavizar los salientes enérgicos de los pómulos y las fuertes articulaciones de
su mandíbula robusta y prominente como la de los animales de presa. Tenía cana
la barba, gris el pelo y, sin embargo, parecía envolverle un nimbo de juventud,
de fuerza serena, de energía reposada y tenaz, que se comunicaba á cuantos le
rodeaban. Era hermoso como los hombres primitivos que luchaban con la
naturaleza hostil, con las fieras, con los semejantes, sin más auxilio que las
energías del músculo y del pensamiento, y acababan por posesionarse del mundo.
Aresti, recordando los dos Alcides que con la porra en la mano, y al aire la
soberbia musculatura dan guardia á los blasones de armas de la provincia, decía
hablando de él: «Mi primo se ha escapado del escudo de Vizcaya».
Era sobrio en palabras, como todos los hombres que
tienen el pensamiento y la acción en continuo uso.
Conservó un instante la mano del doctor perdida en
la suya, estrujándola con sólo un ligero movimiento, y pasada esta efusión
extraordinaria en él, volvióse hacia su secretario, que permanecía de pie junto
á la mesa manejando papeles y hojas telegráficas.
—Siéntate, Luis—dijo como si le diese una
orden—acabo en seguida.
Y le volvió la espalda, olvidándolo, mientras el
secretario sonreía servilmente al primo de su principal y le saludaba con
varias reverencias. Aresti conocía de muchos años á aquel hombrecillo que había
comenzado de escribiente en la casa y era ahora el empleado de confianza de
Sánchez Morueta. El capitán le llamaba «el perro de doña Cristina» por la
protección que le dispensaba la señora y la adhesión absoluta con que él le
correspondía. Aresti despreciábale por las sonrisas con que saludaba su parentesco
con el amo.
Mientras el millonario leía los papeles, cambiando
de vez en cuando alguna palabra con su secretario, el médico, hundido en un
sillón, dejaba vagar su mirada por el despacho. Sufrían una decepción al entrar
allí, los que hablaban con asombro del retiro misterioso del omnipotente
Sánchez Morueta. La habitación era sencilla: dos grandes balcones sobre la
Sendeja, con obscuros cortinajes; las paredes cubiertas de un papel imitación
de madera; una mullida alfombra y la gran mesa de escritorio con una docena de sillones
de cuero, anchos y profundos como si en ellos se hubiera de dormir. En un
rincón, una caja de hierro; en otro una antigua arca vascongada con primitivos
arabescos de talla, recuerdo arqueológico del país, y en las paredes, modelos
en relieve de los principales vapores de la casa y una enorme fotografía del «Goizeko
izarra» (Estrella de la mañana), el yate de tres mástiles y doble
chimenea, que permanecía amarrado todo el año en la bahía de Axpe, como si
Sánchez Morueta hubiese perdido su afición á los viajes. Sobre la chimenea se
alineaban en escala de tamaños, fragmentos pulidos de rieles y piezas de
fundición, muestras flamantes del acero fabricado en los altos hornos de la
casa. Un pequeño estante contenía libros ingleses, anuarios comerciales,
catálogos de navegación, memorias sobre minería y metalurgia. El único libro
que estaba entre los papeles de la mesa de trabajo, dorado y con broches, cual
un devocionario elegante, era el Yacht Register de más
reciente publicación, como si el millonario encadenado por sus negocios, se
consolase siguiendo con el pensamiento á los potentados de la tierra que más
dichosos que él, podían vagar por los mares. El despacho tenía el mismo aspecto
de sobriedad y robustez de su dueño. Todas las maderas eran de un rojo obscuro,
con ese brillo sólido y discreto que sólo se encuentra en las cámaras de los
grandes buques. Aresti resumía la impresión en pocas palabras; «Allí todo olía
á inglés.... Hasta el traje del amo».
Al concentrar la atención en su primo, volvía á
admirar sus manos; aquellas manos únicas, que parecían dotadas de vida y
pensamiento aparte; que iban instintivamente, entre el montón de papeles, en
línea recta y sin vacilación hacia aquello que deseaba la voluntad. Eran como
animales independientes puestos al servicio del cuerpo, pero con fuerza propia
para vivir por sí solas. Aresti las admiraba con cierto respeto supersticioso.
Donde ellas estuvieran, el dinero y el poder se entregarían vencidos, anonadados.
Nada podía resistir á aquellas hermosas garras de bestia luchadora é
inteligente. El movimiento de la sangre en sus venas de grueso relieve, parecía
el latido de un pensamiento oculto.
Las poderosas zarpas acabaron por amontonar con
sólo un movimiento todos los papeles, dando la tarea por terminada, y los ojos
grises del grande hombre indicaron al secretario con fría mirada que podía
retirarse á la habitación inmediata donde tenía su despacho: una pieza con
grandes estantes cargados de carpetas verdes y algunos ejemplares raros de
mineral bajo campanas de vidrio.
—Don José, un momento,—dijo el hombrecillo;—me
permito recordar á usted el encargo de doña Cristina, ya que está aquí el señor
doctor.
Y como Sánchez Morueta pareciera no acordarse, el
secretario se inclinó hacia él, murmurando algunas palabras.
El millonario dudó algunos momentos mirando á su
primo.
—Es un favor que te pide Cristina—dijo con alguna
vacilación.—Al saber que venías hoy, me encargó que subieses un momento á
Begoña para ver á don Tomás, ese cura viejo que algunas veces nos visita.
Y como creyese ver en la cara del doctor un gesto
de disgusto, se apresuró á añadir.
—Anda, Luis; hazme ese favor. Piensa que son mis
días y que hay que tener contentas á las señoras. Mi mujer y mi hija se
alegrarán mucho. Es una visita corta: el pobre, según parece, está desahuciado
de todos. ¿Qué te cuesta darlas gusto?...
En su mirada y su acento había tal tono de súplica,
que Aresti aceptó mudamente, adivinando que con ello aliviaba de un gran peso á
su poderoso primo. Aquel hombre envidiado por todos, el «hijo favorito de la
fortuna», como él lo llamaba, tenía sus disgustos dentro del hogar.
—Goicochea te acompañará—dijo señalando á su
secretario.—Toma abajo mi carruaje, y, mientras vuelves, terminaré mi tarea.
Hasta luego, Luis.
Y cogiendo una pluma, comenzó á escribir, como si
una repentina preocupación le hiciese olvidar por completo á su pariente.
Aresti, llevando al lado á Goicochea en el mullido
carruaje del millonario, pasó por varias calles de la Bilbao tradicional,
admirando sus tiendas antiguas, adornadas lo mismo que en los tiempos de su
niñez. Era igual el olor de zapatos nuevos y telas multicolores fuertemente
teñidas. El carruaje comenzó á ascender penosamente por la áspera cuesta de
Begoña. Terminaba el desfile de casas. Ensanchábase el horizonte, extendiéndose
entre las montañas los campos verdes, y los robledales de tono bronceado, interrumpidos
á trechos por las blancas manchas de las caserías. El sol asomaba por primera
vez en la mañana al través de un desgarrón de las nubes, y el humo que se
extendía sobre la villa tomaba una transparencia luminosa, como si fuese oro
gaseoso. Al borde del camino levantábanse casas aisladas, ostentando en su
puerta el tradicional branque, el ramo verde que indica la buena
bebida del país. Eran los famosos chacolines con sus rótulos:
«Se venden voladores», para que el estruendo fuese completo en días de romería.
Goicochea, que no era hombre silencioso y creía
faltar al respeto al primo de su principal permaneciendo callado, hablaba de
aquellos lugares con cierto entusiasmo.
—Me gusta pasar por aquí, señor doctor, porque
recuerdo mi juventud... los famosos días del sitio. Usted sería muy niño
entonces, y ya no se acordará.
Animado por la mirada interrogante del doctor,
siguió hablando:
—¿Ve usted dónde hemos dejado la cárcel? Pues poco
más ó menos ahí estaba la línea entre sitiados y sitiadores. Nos fusilábamos de
cerca, viéndonos las caras, y por las noches charlaban amigablemente los
centinelas de una y otra parte: cambiaban cigarros y se ofrecían lumbre... para
matarse si era preciso al amanecer.
—Usted sería de los auxiliares, como mi
primo Pepe,—dijo Aresti;—de los que defendían la villa.
Goicochea dió un respingo en su asiento, pero en
seguida recobró su aspecto plácido y contestó con humilde sonrisa:
—¡Quia, no señor! Yo estaba con los otros: era
sargento en un tercio vizcaíno y llevaba la contabilidad... Cosas de muchachos,
don Luis: calaveradas. Entonces tenía uno la cabeza ligera y aún no habían
llegado los ocho hijos que ahora me devoran.
Y como si tuviera interés en que el doctor
conociese exactamente sus creencias, siguió hablando:
—Por supuesto, que ahora me río de aquellas
locuras. ¡Y pensar que en Somorrostro casi me entierran por culpa de una bala
perdida!... Ahora ya no soy carlista, y como yo, la mayoría de los que entonces
expusimos la pelleja.
—¿Pues qué son ustedes?...
—¿Qué hemos de ser, don Luis? ¿No lo sabe usted?...
Nacionalistas; bizkaitarras; partidarios de que el Señorío de Vizcaya vuelva á
ser lo que fué, con sus fueros benditos y mucha religión, pero mucha. ¿Quiénes
han traído á este país la mala peste de la libertad y todas sus impiedades? La
gente del otro lado del Ebro, los maketos: y don Carlos no es más
que un maketo, tan liberal como los que hoy reinan, y además tiene
los escándalos de su vida impropia de un católico.... Lo que yo digo, don Luis.
Quédese la Maketania con su gente sin religión y sin virtud y deje libre á la
honrada y noble Bizkaya.... con B alta ¿eh? con B alta, y con K, pues la gente
de España para robarnos en todo, hasta mete mano en nuestro nombre
escribiéndolo de distinta manera.
Y con el índice trazaba en el espacio grandes bes para
que constase una vez más su protesta ortográfica.
El carruaje rodaba por los altos de Begoña. Dormía
el camino en medio de una paz monacal. A un lado y á otro alzábanse grandes
edificios de reciente construcción. Eran conventos ocupados por frailes de
órdenes antiguas y religiosas de modernas fundaciones. La piedad de las señoras
ricas de la villa había levantado aquellos palacios. Allí iba á parar una parte
no pequeña de las ganancias de las minas. La limosna cuantiosa, y los legados
testamentarios cubrían de conventos ó iglesias aquella parte del monte Artagán.
El silencio monacal, que parecía extenderse por el paisaje, contrastaba con el
zumbido de vida que exhalaba abajo la población, dominada á aquella hora por la
fiebre de los negocios. De vez en cuando sonaba perezosamente una campana en
las torrecillas de ladrillo rojo, llamando á gentes invisibles: se entreabría
un portón con agudo chirrido, dejando ver una cofia monjil, blanca y almidonada
y un rincón de huerto frondoso. Aresti, influenciado por este ambiente, pensaba
en los místicos retiros de la Flandes católica, en sus conventos modernos de
escrupulosa limpieza y sus beguinas cubiertas por tocas nítidas, de movibles
alas, como mariposas de nieve.
Goicochea seguía hablando. Ahora relataba al doctor
la enfermedad de don Tomás, el cura que iban á visitar; «un santo varón» que en
otros tiempos confesaba á la de Sánchez Morueta y que pronto moriría como un
justo si la Virgen no le salvaba con un milagro. El carruaje paró ante la
iglesia de la imagen famosa, atravesando la Plaza de la República; la República
de Begoña, que aún conservaba esta denominación de los tiempos forales.
Aresti, guiado por su acompañante, entró en la casa
del cura para ver á éste, inmóvil en un sillón, desalentado y tembloroso ante
la proximidad de la muerte. Al reconocer al doctor, con el que había disputado
más de una vez en casa de Sánchez Morueta, el viejo mostró en sus gestos cierta
esperanza. ¡A ver si podía salvarlo con aquella ciencia que había ensalzado
tantas veces al discutir con él! No podía dormir, no podía acostarse; se
ahogaba. Aresti conoció á primera vista la gravedad de su dolencia. Tenía enfermo
el corazón, el órgano rebelde á todo reparo. Por más que intentó animar al
enfermo con palabras alegres, el viejo, con su astucia aguzada por el miedo,
adivinó la ineficacia del remedio, entre aquellos planes de curación que Aresti
le proponía por decir algo.
—¡Lo mismo que los otros!—gimió.—¡Ay Virgen de
Begoña!... ¡Virgen de Begoñaaa!
El acento desesperado con que llamaba á la Virgen,
revelaba el egoísmo de la vida, agarrándose á la última esperanza, implorando
un milagro, con la ilusión de que, en favor suyo, se rompiesen y transtornasen
todas las leyes de la existencia.
Al verse de nuevo en la plaza, Goicochea miró al
templo y se descubrió como si le pesara volver á la villa sin saludar á la
imagen.
—Podíamos entrar un momento, ¿no le parece, don
Luis? Nos queda tiempo de sobra. ¿Usted, indudablemente, no habrá visto á la
Virgen desde que le coronaron como Señora de Vizcaya? Pues está muy bonita.
Entremos y yo pediré un poco por el desgraciado don Tomás.
Aresti se dejó conducir. No había estado allí desde
que era niño, y le interesaba ver las grandes reformas que la devoción de los
ricos de abajo había realizado en aquel edificio, convertido en fortaleza
durante las guerras y al que afluían ahora todos los sentimientos del país
hostiles á la nacionalidad española y á sus progresos.
Pasaron bajo unas arcadas adosadas al templo; el
paseo cubierto de todas las iglesias vascas, donde en otros tiempos se reunía
el vecindario, amparado de la lluvia, para tratar los asuntos públicos después
de la misa. Por algo, la mayoría de los pueblos vizcaínos tomaron el título de
anteiglesias, en época de fueros.
Entraron por una puerta lateral, y mientras
Goicochea marchaba hacia el altar mayor, dejándose caer de rodillas ante la
Virgen con devoción compungida, Aresti paseó por el templo, examinándolo. Los
reclinatorios, los bancos y los altares, llamaron inmediatamente su atención.
Eran piezas de esa ebanistería parisién del barrio de San Sulpicio, puesta al
servicio de los fieles, que arregla oratorios para las señoras elegantes con el
mismo refinamiento con que sus compañeros de oficio adornan un dormitorio ó un budoir.
El gusto artístico del jesuitismo contrastaba con la arquitectura del templo,
de un gótico sobrio, con grandes sillares sin adorno alguno. De las pilastras
pendían, como banderas de victoria, los estandartes de las diversas
peregrinaciones, y cubrían las paredes lápidas conmemorativas en vascuence y
algunos cuadros horribles, inmortalizando la coronación de la Virgen.
Al médico le interesaban más los votos que se
extendían por la pared, á la altura de sus ojos, cuadritos de una pintura
cándida y grosera, representando olas alborotadas, barcos próximos á zozobrar
con los palos rotos, y descendiendo de entre los nubarrones sobre el casco
desmantelado, un rayo semejante á una lombriz roja. Provocaban la risa como
obras de arte, pero Aresti los miraba con respeto, viendo en ellos el recuerdo
de un drama vivido por muchos centenares de hombres. Eran votos de la gente de
mar, muestras de agradecimiento de tripulaciones vizcaínas, por haberlas
salvado la imagen de Begoña de espantosas tempestades. Los cuadros más antiguos
y borrosos representaban bergantines y fragatas con las velas rotas,
encabritándose sobre las olas, flotando entre estas algún mástil roto: los más
modernos eran vapores espantosamente ladeados por el empuje del mar, con la
cubierta barrida por el agua. Y Aresti pensaba en la pobreza humana que resurge
siempre ante las catástrofes ciegas de la naturaleza; en la fe que siente el
hombre por lo maravilloso apenas ve en peligro su existencia.
Goicochea había cesado de rezar y, acercándose al
doctor, hablábale al oído con la satisfacción del que muestra las bellezas de
su propia casa.
—Mírela usted—decía señalando á la imagen.—¡Qué
hermosa es! ¡Y qué bien le sienta la corona!...
Aresti miraba la imagen, el «fetiche bizkaitarra»,
como decía él en sus cenas con los amigos de Gallarta, y la encontraba
grotescamente fea, como todas las imágenes españolas que son famosas y hacen
milagros. La cabecita de bebé parecía abrumada por una alta corona, inflada
como un globo; hasta sus pies descendía, como un miriñaque, el manto cubierto
de toda clase de piedras preciosas. Los diamantes, perlas y esmeraldas
arrojadas á manos llenas por la devoción, como si el brillo pudiese aumentar la
hermosura de la imagen, esparcíanse también sobre el pequeñuelo que la Virgen
mostraba entre sus manos.
—Cuántas joyas ¿eh?—murmuraba con entusiasmo
Goicochea.—Esto sólo se ve en este país. Aquí hay religión y riqueza.
El doctor pensaba involuntariamente en el sucio y
doliente rebaño de las minas, calculando en cuánto habría contribuido su
miseria á aquellos regalos inútiles, colocados por la fe y la ostentación de
unos pocos, sobre un madero tallado.
—¡Si usted hubiese visto el acto de la
coronación!—continuó la voz de Goicochea con sordina.—Aún me estremezco de
entusiasmo recordándolo. Fué cosa de llorar. Catorce obispos asistieron y hubo
quince días de peregrinación de Bilbao y los pueblos. Vizcaya entera pasó por
aquí: peregrinación de señoras, peregrinación de criadas de servir,
peregrinación de obreros; las anteiglesias en masa con sus párrocos al frente,
y sermones al aire libre de religiosos de todas las órdenes, y de padres
jesuítas: pero sermones buenos de veras, en vascuence: diciendo lo que
significaba la coronación de la Virgen como Señora de Vizcaya. Fíjese usted
bien.... ¡Señora! Vizcaya sólo ha tenido Señores. Hasta Dios
es para nosotros Jaungoicoa ó sea «Señor de arriba.» Eso de
reyes y reinas es cosa de los maketos. Desde el día de la
coronación de la Señora, que moralmente hemos arreglado nuestras cuentas con
los que viven del Ebro para allá, separándonos para siempre. La cosa fué
conmovedora: como organizada por los principales del partido.... Pero vámonos,
que aquí molestamos hablando.
Goicochea salió del templo huyendo de las miradas
que le lanzaban dos aldeanas viejas arrodilladas ante la Virgen.
En el porche de la iglesia continuó dando expansión
á su entusiasmo.
—¿Y ha visto usted cuántos milagros? ¿No le
enternece eso?...
—Sí—dijo Aresti con gravedad.—A mí me conmueve la
piedad de los hombres de mar que vienen aquí descalzos, trayendo su recuerdo á
la Virgen, por haber estado próximos á naufragar y no haber naufragado. Gran
cosa es la fe. Lo mismo que á ellos, les ocurre casi todos los días á marineros
ingleses, suecos ó americanos que son protestantes ó no son nada, y se salvan á
pesar de no tener una Virgen de Begoña á quien recomendarse. Además, vaya usted
á saber los vizcaínos que se habrán ahogado después de implorar á la Virgen.
Esos no han podido venir aquí á contarlo.
El secretario hizo un movimiento de extrañeza,
mirando escandalizado al médico.
—Don Luis—dijo con acento dulzón.—No empiece usted
á soltar de las suyas. Mire que no estamos en las minas, sino en la puerta de
la casa de la Virgen, y que ésta le castigará.
—No; yo no me burlo de la fe—dijo Aresti.—El hombre
es naturalmente cobarde ante el dolor, ante un peligro que supera á sus
fuerzas; basta que se considere perdido para creer y esperar en lo maravilloso.
Me acuerdo de mister Peterson, un ingeniero inglés empleado en las minas, un
protestante muy ilustrado y fervoroso que no perdía ocasión de burlarse de la
idolatría de los católicos y de su culto á las imágenes. Un día, un peón
despedido por él del trabajo, le dió una puñalada de muerte. Cuando se convenció
de que no podíamos salvarle, rompió en lloros y aclamaciones á la Virgen, lo
mismo que don Tomás. Se agarró á la misma fe de las mujeres más ignorantes del
pueblo. Llamaba á la Virgen de Begoña con un vozarrón que se oía desde la
calle.
—¿Y llegó á salvarse?—dijo Goicochea anhelante, con
la esperanza de un milagro.
—No; murió á las pocas horas lo mismo que si no
hubiera llamado á nadie.
Goicochea, temiendo nuevas impiedades del doctor,
desvió el curso de la conversación.
—¡Qué hermosa vista!—dijo señalando la parte de la
villa que se alcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la ría y las
montañas de las Encartaciones con sus cumbres rojas, de tierra removida.—Esto
es el más hermoso balcón de Vizcaya. ¡Cuánto trabajo se abarca desde aquí!
¡Cuánta riqueza!...
Luego, añadió en tono confidencial.
—Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra
tierra, comprendo que es imposible volver á nuevas aventuras. Hoy, una tercera
guerra civil, otro sitio como el último, mataría á Vizcaya. ¿Qué sería de los
altos hornos, de tanta fábrica y tanta vía férrea?... Por esto hemos
abandonado, quien más quien menos, nuestra antigua bandera. Para servir á Dios
no se necesita de política. Nosotros somos cada vez más intransigentes en lo
tocante á la sacrosanta religión; ¿pero pelearse por reyes? Aquí no hay más que
Vizcaya y su Señora santísima. Pregunte usted si quieren
volver á las andadas, á muchos de los contratistas de Gallarta. Yo los he
conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, y ahora van
camino de millonarios. Vea usted á muchos dueños de las minas que en su
juventud cogieron el fusil. Necuacuam, ninguno sueña remotamente
con una nueva guerra. Si en tiempos del sitio hubiera existido tanto negocio
como hoy, y tanta riqueza, no habrían llegado las cosas á mayores. Los que
comulgamos en los sanos principios, ya sabemos el buen camino. Lo mismo nos da
que reine Juan que Pedro: lo que nos importa es Vizcaya y Dios... Y Dios, ya
sabe usted, que está por encima de la Patria y del Rey.
Como Aresti sonreía socarronamente, el hombrecillo
pareció intimidarse ante su gesto.
—A ver: siga usted, señor Goicochea,—dijo el
doctor.—Me interesa eso, pues, al fin, vizcaíno soy, aunque no tenga el honor
de ser nacionalista. ¿Y cómo vamos á conseguir que Bizkaya (con B alta) se
emancipe de la odiosa Maketania? Piense usted que ella tiene sus guiris,
sus ches de pantalones rojos, prontos á disparar el fusil como
en otros tiempos.
Y Aresti, al decir estos motes, remedaba el tono de
desprecio con que había oído á algunos como Goicochea, designar á los soldados
españoles, llamados ches en Bilbao, por ser valencianos muchos
de los que componían la guarnición durante el sitio.
—Se hará sin guerra. Es asunto de tiempo don Luis:
de tiempo y de buena dirección. Poco á poco se hace camino. O nosotros
impondremos á España las sanas costumbres y creencias de los antepasados, ó nos
aislaremos como ciertos pueblos de América, que viven felices, gobernados por
el Sagrado Corazón de Jesús. Allí están los que dirigen y son gente que lo
entiende: allí se prepara el porvenir.
Y señalaba en dirección á la ría, como si al través
de las inmediatas alturas viese con la imaginación la Universidad de Deusto,
santuario, para él, de la sabiduría humana.
—Pues hay para rato, señor Goicochea—dijo el médico
saliendo del porche en busca del carruaje.
—No diré que no, don Luis. Nuestra redención es
algo difícil por la continua inmigración de gentes que traen con ellas las
malas costumbres de España. Lo peorcito de cada casa, que viene aquí á trabajar
y á hacer fortuna. Son intrusos que toman por asalto el noble solar de Vizcaya.
Cada vez son más: en Bilbao, hay que buscar casi con candil los apellidos
vascongados. Todos son Martínez ó García, y se habla menos el vascuence que en
Madrid. Esto es uno de los grandes males que nos ha traído la prosperidad. Pero
todo se andará. Yo pienso lo que García Moreno, aquel gobernante del Ecuador,
que, según cuentan los padres de Deusto, fué el estadista más grande del siglo.
¿Sabe usted lo que dijo al recibir la puñalada que lo mató? «Dios no muere
nunca».... Pues eso digo yo. Dios no muere y no morirá Vizcaya que, por el amor
que siente hacia su santísima madre, es su hija predilecta.
Ya no dijo más en todo el camino. Al fin, pareció
amoscarse por la mirada irónica del doctor y los socarrones movimientos de
cabeza con que acogía sus palabras. Reconocía en él un digno primo de Sánchez
Morueta; pues el secretario, á pesar de su servilismo exterior, sentía cierta
repugnancia por su principal, un hombre silencioso que, sin alardes de
impiedad, vivía separado de la religión, pasando meses enteros sin oír una
misa. Él conocía los hondos disgustos que esta conducta proporcionaba á la
buena doña Cristina, la cual, sólo valiéndose de la influencia que ejercía su
hija sobre el padre, podía conseguir que éste las acompañase alguna vez á la
iglesia. ¡Que hombres los dos! ¡Imposible parecía que fuesen de la tierra
vasca, patria de tantos santos!...
A las dos de la tarde se vió Aresti de nuevo en el
coche, camino de Las Arenas con su primo y el capitán Iriondo. Goicochea,
invitado también á la comida de familia, había salido antes en el tranvía.
—Tú no descansas—decía el médico á su primo,—¡todos
los días Las Arenas á Bilbao!
—Todos los días. Cuando edifiqué el hotel, creí que
me quedaría meses enteros mirando el mar sin ocuparme de los negocios. Pero por
las mañanas voy de un lado á otro, sin saber qué hacer y acabo por mandar que
enganchen. Por las tardes es diferente. Paso tranquilo las horas en el jardín,
oyendo á Pepita que toca el piano.
—¡La vida de familia!... ¡Tú eres feliz—exclamó el
médico.
Su primo le miró con ojos interrogantes, como si
encontrase en sus palabras cierta ironía.
—Sí: la vida de familia—dijo.—Es la que más me
gusta. Lástima que en este Bilbao no pueda uno gozarla á sus anchas, libre de
influencias extrañas. Tú bien lo sabes, Luis.
Y calló, mientras el médico quedaba también
silencioso y cabizbajo, como sumido en penosas reflexiones. Pasaban ante la
ventanilla del carruaje los hoteles vistosos del Campo del Volantín, donde se
albergaba la aristocracia de la villa; después las verjas y escalinatas de la
Universidad de Deusto; mientras por el lado opuesto desarrollaba la ría sus
revueltas entre los descargaderos y los barcos anclados. Aresti veía ahora en
sentido inverso y desde la orilla opuesta el paisaje que había admirado por la
mañana en el tren.
Al pasar el carruaje por Olaveaga, los tres hombres
rompieron su mutismo, animándose con repentina alegría. Aquella era su patria:
allí habían nacido los tres.
Y Aresti, evocando de un golpe todo el pasado,
hacía preguntas á sus compañeros, recordándoles los incidentes de la juventud.
Aún veía, como si lo tuviera ante sus ojos, al
señor Juan Sánchez, el padre de Sánchez Morueta, el patriarca de la familia, el
iniciador obscuro de la presente prosperidad, el que de un tirón los despegó á
todos del bajo fondo social en que habían nacido. No era del país: había
llegado de un pueblecillo de la costa de Santander, estableciéndose en Olaveaga
como gabarrero, y casándose con una joven del pueblo, que tenía varios campos
en aquella vega de Deusto, que surte de hortalizas y flores á Bilbao. Fué una
vida de trabajo: la mujer á la huerta y él á la ría, que era entonces tan
peligrosa como el mar, con sus aguaduchos ó avenidas que la
convertían en torrente y sus revueltas y bajos que hacían zozobrar las
embarcaciones. Los buques se quedaban en el abra y las gabarras subían hasta la
villa los cargamentos de bacalao y de maderas, necesitando, para esta conducción,
de hombres expertos. Ir de Bilbao á Portugalete era entonces un viaje que sólo
osaban emprender los atrevidos, tomando pasaje en las barcas que se
llamaban carrozas. La góndola del Consulado, del famoso tribunal de
comercio, era la única embarcación que surcaba la ría con frecuencia. Los
gabarreros, intermediarios obligados de todo comercio, prosperaban rápidamente,
y Olaveaga era el pueblo más rico del Nervión. El señor Juan servía á las casas
más importantes, por la confianza que inspiraba su pericia. Jamás había
averiado los géneros con un mal tropiezo en los innumerables bajos de la ría ó
en la vuelta de la Salve; conocía las aguas palmo á palmo, y siempre que había
que hacer el salvamento de alguna gabarra perdida, le llamaban á él. Así fué
reuniendo una fortuna para su hijo único, que andando el tiempo había de ser el
famoso Sánchez Morueta. En aquella época, el futuro millonario iba todas las
mañanas al instituto de Bilbao, á estudiar Náutica, pues su padre le quería
marino, pero de los de altura, para navegar y comerciar en grande, á través de
todos los mares, como él lo hacía en la ría. El honrado gabarrero, satisfecho
de su suerte, dueño de muchos de los lanchones que surcaban el Nervión, seguro
ya del porvenir con lo que llevaba ahorrado, compartía su cariño entre su hijo
Pepe y un sobrino mucho menor, que no era otro que Aresti, hijo de una hermana
de su mujer. Las dos hembras de aquella familia de hortelanos, se habían unido
con hombres de mar; pero la casada con el gabarrero, tuvo más suerte que su
hermana menor, que se enamoró de Chomín Aresti, un mocetón de la matrícula de
Bermeo, que navegaba por el Cantábrico como patrón de balandros de cabotaje,
siempre expuesto á perecer en un día de galerna. A los ocho años de casados,
ocurrió la catástrofe. Chomín se ahogó en un naufragio, y la viuda, llevando en
brazos al futuro doctor Aresti, que entonces tenía seis años y se miraba con
asombro el negro trajecito, lloró desesperadamente por todos los rincones de la
casa de su hermana.
—No te apures, mujer—decía el señor Juan.—Otras
están peor que tú, que tienes á tu hermana y me tienes á mí. No morirás de
hambre, ya que según parece, voy para rico. Si el rapaz no tiene padre, aquí
estoy yo, que rabio, porque la mía sólo me ha dado un chico.
Y así era. El gabarrero hubiera deseado que su
mujer fuese dándole hijos, conforme prosperaba la casa. Sentíase cohibido al no
poder llevar en sus brazos á aquel mocetón que estudiaba en Bilbao y era tan
alto como él y mucho más serio. Por esto agarró con un entusiasmo paternal á su
sobrino Luis, y los vecinos de Olaveaga le vieron á todas horas en la gabarra ó
por las orillas de la ría, con el pequeño cogido de la mano, acariciándolo como
si fuese un nuevo hijo.
Aresti no conoció otro padre que el señor Juan, y
Sánchez Morueta fué para él un hermano. El mocetón grave, de carácter áspero,
tuvo para el pequeño dulzuras y atenciones que sorprendían á la familia.
Cuando el gabarrero iba á Bilbao, llevábase á Luis,
dejándolo en las banquetas de los escritorios mientras ajustaba con los señores
la cuenta de sus viajes. Por las noches lo dormía sobre sus rodillas,
cantándole los viejos zortzicos de los barqueros del Nervión ó relatándole
patrañas que el pobre hombre apreciaba como lo más indiscutible de la sabiduría
histórica. Gustábale especialmente relatar el origen de Bilbao. Lo habían
fundado unos pescadores á orillas de la ría, entre las repúblicas de Begoña y
Abando, y andaban tristes y preocupados no sabiendo qué nombre dar á su
aglomeración de chozas. Un día, por divertirse, arrojaron al Nervión un botijo
vacío. Bil, bil, bil cantaba el agua al penetrar en él y
cuando casi lleno se fué á fondo, lanza un sonoro bao. Los
pescadores gritaron «Bilbao será su nombre». Y el gabarrero miraba al pequeño y
á las dos mujeres que le escuchaban atónitas, admirando su sabiduría del
pasado.
El tiempo trajo grandes modificaciones en la
familia. Pepe, que había terminado su carrera en compañía de Matías Iriondo,
hijo de un vecino, se embarcó en un vapor que hacía viajes á Inglaterra. Al
poco tiempo, no satisfecho de la vida del mar ó deseoso de mayor medro, se
quedó en Londres, entrando como empleado en una casa vizcaína.
Su madre murió de repente. La encontraron tendida
de bruces, sobre un surco de aquella tierra gredosa que cultivaba desde la
niñez, y que su marido no podía hacerla abandonar. Había querido, al irse del
mundo, morir abrazada á aquellas hortalizas que todas las mañanas llevaba al
mercado de Bilbao, con avaricia de aldeana. El señor Juan se sintió más unido á
su cuñada y su sobrino. El hijo escribía de tarde en tarde: la ría ofrecía cada
vez menos alicientes para él.
Comenzaba á despertar la explotación de las minas y
se hablaba de limpiar el Nervión, convirtiéndolo en un puerto para que los
vapores llegasen hasta el mismo paseo del Arenal. ¡Adiós las gabarras! Y
descuidando un negocio cuya muerte veía próxima, tranquilo ante el porvenir,
pues poseía una fortuna de la que se hablaba con asombro en el pueblo, no tuvo
otra ocupación que cuidarse de Luisillo y admirar sus progresos.
—¡Diablo de rapaz!—decía hablando de él con los
viejos camaradas de la ría.—¡De dónde habrá sacado tanto talento! ¡Nadie
hubiera dicho que de aquel pobre patrón de Bermeo pudiera salir un hijo así!...
Y el gabarrero temblaba de emoción, saltándole las
lágrimas, cuando le hablaban en la villa de su sobrino y de lo satisfechos que
tenía á los señores del Instituto. Llegó el momento de que Aresti, á los
catorce años, escogiera una carrera y el viejo consultó su voluntad. A ver ¿qué
quería ser? ¡con franqueza! Allí estaba el tío Juan con la bolsa abierta para
costearle la carrera que más le gustase... aunque quisiera ser Sumo Pontífice.
Marino no: ya había bastante con uno en la familia. ¿Médico? ¿quería ser
médico? Algo más grande y de mayor brillo había soñado el gabarrero, sin saber
ciertamente lo que era.... Pero, en fin ¡vaya por la medicina! Y como puesto á
hacer las cosas había que hacerlas bien, le enviaría á estudiar á Madrid. No
reparaba en gasto más ó menos. Para eso había trabajado él, y algo le
cosquilleaba la vanidad, la idea de que, con el tiempo, toda Olaveaga, los
descendientes de los que le habían conocido descalzo y despechugado, remando en
la ría, entregarían las vidas á su sobrino, viéndolo llegar como una esperanza
y llamándolo á todas horas «señor doctor».
Mientras Luis estudiaba su carrera, ocurrió la gran
transformación de la familia, el tirón loco de la suerte que sacó de la
obscuridad á Sánchez Morueta. Su primo se presentó inesperadamente en Olaveaga.
Venía á la conquista de la Fortuna; sabía dónde estaba oculta y llegaba antes
que los demás, aprovechando sus estudios y observaciones en país extranjero. El
invento de Bessemer, que acababa de revolucionar la metalurgia abaratando la
fabricación, hacía necesarios los hierros sin fósforo y ningunos como los de
las minas de Bilbao. Iba á comenzar en aquellas montañas un período de
explotación loca, de rápidas fortunas: el que primero se apoderase del mineral
sería rico como un príncipe. Dinero... necesitaba dinero, para centuplicarlo en
poco tiempo. Su padre apenas lo entendió; pero tenía fe en su hijo, le
inspiraba respeto su gravedad, aquel pensamiento siempre reconcentrado y en
función: y le entregó sus ahorros, vendió las gabarras y hasta la casa nueva
que había construido imitando á las mejores de la villa y que era el asombro de
Olaveaga.
Entonces comenzó la historia del poderoso Sánchez
Morueta, aquella transformación de cuento mágico, atropellándose los negocios
fabulosos, las caricias de la buena suerte, como si les faltase tiempo para
enriquecer á aquel hombrón que veía llegar los millones sin el más leve
estremecimiento en su rostro impasible. Se apoderó rápidamente de la montaña.
Allí donde asomaba el mineral de hierro, especialmente el llamado campanil,
que era el más rico, allí ponía sus manos de vencedor, diciendo: «Esto es mío».
Compraba minas para venderlas al mes siguiente á los ingleses que llegaban
detrás de él. Tenía en el abra los vapores á docenas, cargándolos de aquellos
terrones rojos que eran como oro. Bilbao hablaba de Sánchez Morueta con
admiración: sonaba su nombre á todas horas. Mientras los demás dormían, él
había visto claro; cuando la gente comenzaba á despertar, ya era él millonario.
Tras sus espaldas de luchador victorioso marchaba una corte de ingenieros,
contratistas y tardíos buscadores de la fortuna.
«Tu primo está loco—escribía el señor Juan á su
sobrino.—Esto es un escándalo; los millones entran en casa como una inundación.
Ahora habla de construir una flota de barcos propia para que transporten el
mineral á Inglaterra: quiere establecer fundiciones en la orilla del Nervión,
que fabriquen carriles, puentes enteros, cañones, navíos de guerra ¡qué sé yo
cuántas locuras más! Créeme, Luisillo; esto es demasiado: no puede durar».
Y hablaba con asombro de su nueva existencia. Él y
la madre de Luis vivían con el grande hombre, en una casa muy hermosa de
Bilbao, con un batallón de empleados, sirvientes y parásitos. Una vida de
abundancia y de movimiento que hacía pensar melancólicamente á los dos viejos
en sus huertecitas de Olaveaga, tan tranquilas y risueñas, al abrigo de los
montes, con la ría enfrente como un espejo en los días de sol. Además, el
poderoso príncipe de la industria se había casado para hacer dignamente los
honores á la fortuna que llegaba. Su mujer era una señorita de
Durango: (y el antiguo gabarrero, recalcaba con respeto y temor la calidad
social de su nuera) una parienta de los principales que Sánchez Morueta había
tenido en Londres. Su familia de hidalgos vivía estrechamente de las flacas
rentas de algunas caserías: nobleza agrícola que hacía remontar sus blasones á
los tiempos casi fabulosos de Vizcaya, á Jaun Zuria el Cid
vascongado, y que, aturdida por la escandalosa fortuna del hijo del gabarrero,
había accedido á emparentar con él. Sánchez Morueta, casi al día siguiente de
la boda, había continuado su vida de agitación, de viajes y de encierros en el
escritorio. La mujer, de una belleza rubia, áspera y dura, fruncía el entrecejo
ante los dos ancianos que vejetaban tímidamente en la casa, como si fuesen unos
criados distinguidos, y vivía sola, repartiendo su tiempo entre las iglesias y
las visitas á las principales familias de Bilbao. La satisfacción de
anonadarlas con su lujo, el goce de provocar la envidia de las amigas con su
riqueza, eran las únicas dulzuras que encontraba en el matrimonio.
Después, cuando Aresti estaba próximo á terminar su
carrera, ocurrió la muerte del señor Juan. El viejo se fué del mundo asustado
de la fortuna de su hijo, creyéndole loco, presagiando un desquite terrible de
la mala suerte, repitiendo tenazmente que «aquello no podía durar». Al
presentarse Luis en Bilbao vió á su primo en plena gloria, con su gravedad de
hombre fuerte y silencioso, insensible á las desgracias como á los triunfos.
Sus párpados ligeramente enrojecidos y la vehemencia con que le apretó sobre su
pecho, fueron las únicas muestras de emoción por la muerte de su padre.
—Luis—dijo con brevedad, como si sus palabras
fuesen oro,—sigue tu carrera: después irás al extranjero. Estudia... no vaciles
ante los gastos. El viejo no ha muerto: si antes era yo tu hermano, ahora soy
tu padre.
Y Aresti vivió tres años en París, hizo la vida de
estudiante en el Barrio Latino, fué interno en los hospitales, al lado de los
más célebres cirujanos, y la fama de sus estudios llegó hasta Bilbao antes que
él regresase. Cuando volvió, su carrera estaba hecha, entrando en su prestigio
lo mismo el éxito de sus operaciones que la calidad de pariente de Sánchez
Morueta.
Su primo había realizado todos sus deseos: una
flota en el mar, altos hornos de fundición junto á la ría, casi todo el mineral
de Vizcaya monopolizado por él, y el dinero acudiendo á sus manos,
embriagándolo con la borrachera de la fortuna.
La madre de Aresti había muerto mientras él estaba
en París: había languidecido, como su cuñado, en aquel ambiente de grandeza que
la asustaba. El joven doctor no tenía otra familia que la de su primo y se
instaló en su casa. Cristina, que había tenido una hija y por los cuidados de
la maternidad salía poco de casa, acogió bien al doctor. La acompañaba tardes
enteras hablándola de París, la famosa ciudad del pecado, contra la cual se
exaltaban los predicadores y que ella solo había entrevisto en un rápido viaje
de bodas. De toda la familia del marido, Aresti era el único que lograba
despertar en ella cierta simpatía. Además, Sánchez Morueta siempre estaba
ausente; sólo le veía por la noche, y aunque la escuchaba con los ojos puestos
en ella, su pensamiento estaba lejos, muy lejos. El doctor la entretenía, se
enteraba pacientemente de sus murmuraciones sobre las amigas, la daba consejos
acerca de vestidos y joyas, recordando in mente sus tratos con
ciertas amigas de París, encargaba para ella periódicos de modas, y halagaba su
vanidad, afirmando que era la señora mejor vestida de Bilbao.
Cristina sólo torcía el gesto y parecía enfadarse
con el doctor cuando á éste se le escapaba alguna afirmación impía, ó cuando,
sin darse cuenta de ello, se burlaba de la devoción de las señoras y de los
predicadores que el entusiasmo de todas ellas ponía en boga. Eran resabios,
según Cristina, de su permanencia en un país de vicios, donde se piensa poco en
Dios. ¿No podía estudiar y ser un sabio, como muchos padres jesuítas, sin
separarse por eso de la religión? Debía sentar la cabeza, y para esto nada como
casarse. Ella se encargaba de su matrimonio. Y con la tenacidad de una mujer
hastiada de su bienestar y falta de ocupaciones, se dedicó á proponer á Luis
todas las jóvenes casaderas que conocía, enumerando sus méritos entre las risas
y protestas del doctor.
Un día, le habló con gran decisión. Ninguna le
convenía como la pequeña de Lizamendi. La mamá era viuda, con dos hijas;
familia muy cristiana, emparentada con Cristina y de lo mejorcito de Vizcaya.
Eran ricas, aunque mejor se habían visto en otros tiempos; el padre había
gastado mucho en la guerra, arruinándose por la buena causa, como todas las
familias decentes del país. Y Cristina daba á entender en su gesto la
diferencia inabordable que aún existía para ella, entre la aristocracia
antigua, defensora de la tradición, y aquella otra recién formada é hija de la
fortuna, á la cual se había dignado descender.
Aresti se vió asediado por su parienta. La pequeña
de Lizamendi no le parecía mal. La mamá aceptaba, sonriendo, el plan de
Cristina, y el doctor encontraba á las de Lizamendi con una frecuencia
alarmante en el salón de su casa. Al fin acabó por ceder á los reiterados
consejos de su prima, que parecían apoyados por el silencio y la mirada
tranquila de Sánchez Morueta. Si había de casarse, no era mala proporción la
de Lizamendi. Él había soñado algunas veces con la tranquila existencia de
familia, con una vida dedicada al estudio y al ejercicio de la profesión,
encontrando, al volver á casa una boca sonriente que le besase, unos brazos que
vinieran á sorprenderle con repentina caricia, mientras reflexionaba inclinado
sobre un libro. Bien veía él que Antonieta Lizamendi era una joven
insignificante, educada, como la mayoría de las niñas de su clase, con una
instrucción de monja, sin más horizonte que el chismorreo de las tertulias y
las visitas diarias á la iglesia. Pero él despertaría aquella alma; él la formaría
á su imagen y semejanza. ¡Infeliz doctor!...
Al recordar este período de su pasado, Aresti
sonreía amargamente, burlándose de su optimismo. ¡Cambiar él á su mujer!
¡Transformarla!.... Él era quien había estado próximo á anularse, á desaparecer
aplastado en el engranaje lento y monótono de esa vida gris de las almas
muertas. Se casaron, y Aresti se trasladó á la casa de su mujer. La madre no
quería separarse de la hija; además, la familia, como ella decía, necesitaba un
hombre para mayor respeto. El joven médico creyó de buena fe que estaba enamorado
de su esposa. Rompiendo la costumbre bilbaína, la acompañaba á todas partes,
hacía esfuerzos por avivar el cariño conyugal, por fundirse moralmente con
aquella muñeca que se le había entregado, y que una vez cumplidos los deberes
conyugales, quería seguir su vida de visitas, novenas y comuniones como en
tiempos de soltera. La madre y la otra hermana eran un perpetuo obstáculo, tras
el cual se ocultaba la esposa. Lentamente se veía Aresti empujado á un mundo
nuevo que no era de su gusto. La fama de sus operaciones era cada vez mayor, y
la familia disponía de él como de un objeto de lujo que la daba cierta
distinción. Si en un convento había una monja enferma de gravedad, si un padre
jesuíta se quejaba del estado de su salud, las de Lizamendi enviaban á Luis,
con indicaciones que eran órdenes, contentas de poder servir gratuitamente á
los elegidos del Señor. El médico racionalista se veía convertido por su
familia en un trotaconventos, curando á gentes que insultaban su ciencia
después de aprovecharla y no perdían ocasión de darle las gracias echándole en
cara su falta de religiosidad. ¿Dónde estaban sus ilusiones de dedicarse al
estudio y ser un sabio? ¿Dónde aquella mujer enamorada y entusiasta que le
había de ayudar con su dulzura en las ásperas investigaciones de la ciencia?...
Aresti, á los dos años de casado, adquirió la
convicción de que su esposa no le amaba. Es más: le sirvió de consuelo la
certidumbre de que ella no podía amar á nadie. La iglesia, la confesión con el
padre de moda, un buen vestido para dar envidia á las amigas y el visiteo entre
mujeres, lejos del hombre que no era más que el macho destinado á los negocios
y á traer dinero á casa; estas eran todas las aspiraciones de su vida. Además,
Aresti adivinaba en las palabras y en los ojos de su mujer extrañas influencias
que venían de fuera. En su casa, á solas con Antonieta, presentía la existencia
de invisibles fantasmas que le espiaban, que tomaban nota de sus acciones, que
á cada arranque de pasión parecían interponerse entre su mujer y él.
—¿Por qué estás siempre leyendo?—preguntaba á veces
la joven.—¡Ay, esos libros! ¡Con qué gusto los quemaría!
Con frecuencia, echábale en cara su falta de
religiosidad; le oía con sonrisa de lástima, hablar de sus entusiasmos
científicos, pensando en los fragmentos de sermón que había escuchado contra
aquella ciencia malvada y perturbadora. Las otras dos mujeres de la familia no
le herían menos en sus ilusiones. ¡Estaba solo! Más solo que cuando vivía en
París, en su cuartucho de estudiante. La diferencia de origen, se acentuaba
entre él y su nueva familia. Era en su casa como los esclavos de Roma, famosos
y apreciados por su habilidad en las ciencias ó las artes, pero que en
presencia de los señores recobraban su humilde condición, y seguían siendo
esclavos.
Al intentar una débil protesta, se aterraba
apreciando la separación moral que existía entre él y su mujer.
—Nosotras somos así—decía con altivez.—Cada uno es
como se ha educado. Bastante se sufre viviendo con gentes que son de otra
clase.
La madre y la hermana iban más lejos.
—Nosotras somos las de Lizamendi—le decían con
arrogancia.—¿Y quién eres tú? Un chico de Olaveaga, criado en las gabarras de
la ría.
Y con un gesto de soberbia, parecían abrir entre
ellas y el médico un abismo que nunca había de llenarse, que le condenaba á
eterna separación de lo que él consideraba su familia.
¡Cuántas veces, creyendo acariciar á una mujer,
besaba á una estatua fría que se entregaba á él con rigidez de autómata! Las
preocupaciones religiosas, llegaban hasta su dormitorio. «Déjame, Luis—decía su
esposa—mañana tengo comunión en las Hijas de María, y necesito hacer examen de
conciencia». Otras veces era Cuaresma y el ayuno se extendía hasta la vida
conyugal. Aresti se decía amargamente que su mujer no era suya, que disponía de
ella menos que á medias, compartiéndola en una especie de adulterio moral con
directores de conciencia que apenas conocía. A veces, Antonieta, en sus
momentos de cólera, tenía franquezas que asustaban al doctor. «Soy tu mujer y
he de serte fiel, como manda la Santa Madre Iglesia: pero te quiero poco, lo
confieso.... ¡Ay, Luis! ¡Cómo te amaría si echases á rodar todos esos libros y
fueses á la Iglesia como van las personas decentes!».... Con gran frecuencia
notaba en su despacho la desaparición de revistas y libros, que tal vez
estarían en manos de cualquier confesor curioso que desde lejos espiaba sus
acciones.
Lo que le hacía perder la calma era la insolencia
con que la suegra y la cuñada le increpaban apenas osaba resistirse, apoyadas
por el silencio hostil de su mujer.
—¿Pero quién eres tú?—le dijeron un día.—Un
pobretón que, aunque ganas algo, casi estás mantenido por nosotras. Cuando
matabas el hambre en casa del gabarrero nosotras éramos más ricas que hoy. No
sirves para otra cosa que para tragarte libros impíos y repetir sandeces de
filósofos contra Dios y la religión. ¡Si al menos supieras ganar dinero como tu
primo Sánchez Morueta!...
Aresti no quiso sufrir más. ¿Qué hacía entre
aquella gente? Por más tiempo que transcurriera, por más que se mantuviese en
resignada sumisión nunca llegaría á fundirse con su nueva familia.
Entonces fué cuando pidió á su primo que le enviara
de médico á las minas, y, empaquetando los libros que constituían su única
fortuna, salió de aquella casa lo mismo que había entrado. ¡Ay, lo mismo no!
Había sacrificado su porvenir; había sufrido dos años de amargas humillaciones;
ya no podía dignamente unir su destino al de otra mujer dentro de una sociedad
gobernada por las leyes más que por los efectos. Además, dejaba á sus espaldas
á las tres señoras de Lizamendi, que, para justificar la fuga del doctor,
hablaban á todos de la grosería de su carácter y de su perversidad moral, fruto
de las doctrinas impías.
Después de esta fuga, la esposa de Sánchez Morueta,
casi rompió toda relación con el doctor. Hablaba indignada de él á su marido.
¡Dejar así á la pobre Antonieta, que era un ángel, un modelo de virtud y
devoción como todas las mujeres de la familia!... Fué preciso que Sánchez
Morueta, con su grave autoridad que no admitía réplicas, manifestase su
propósito de seguir recibiendo á Aresti en su casa, para que la esposa se
contuviera ante el doctor. Pero terminó entre los dos la antigua amistad.
Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar á Bilbao, sabiendo que su mujer
visitaba con frecuencia la casa de su primo.
Cuando Sánchez Morueta abandonó la villa para
habitar su hotel de Las Arenas, Aresti fué á verle con más frecuencia. Le
interesaba su sobrina Pepita, que acababa de salir del colegio y casi era una
mujer. Pero en estas entrevistas tropezaba siempre con la frialdad, cortés en
apariencia, pero implacablemente hostil de la señora, que así como avanzaba en
edad, adquiría fama en Bilbao por sus entusiasmos religiosos. La maternidad y
los años, la hacían retirarse de la ostentación elegante, abdicar de la supremacía
que ejercía en las tertulias, con sus trajes y sus joyas. Ahora la llamaban
irónicamente «la gran cristiana», y era la primera en todas las juntas de las
asociaciones religiosas y pías fundaciones, sembrando á manos llenas, en
cofradías y conventos, el dinero de Sánchez Morueta.
Aresti, al llegar á este punto de sus recuerdos,
fijaba la mirada en su primo, sentado junto á él en el carruaje. ¡Ay! Aquel
tampoco era dichoso. La suerte le esperaba todos los días á la puerta de su
casa, para acompañarlo por el mundo, pero no le seguía hasta el interior de su
hogar. No se veía obligado á romper como él con la familia, porque el dinero le
daba una superioridad irresistible, poniéndolo á cubierto de humillaciones;
porque con un puñado de su riqueza, esparcida sin regatear, lograba entretener
diariamente al enemigo, con el que estaba obligado á hacer vida común. Pero se
sentía solo: se notaba la amargura del aislamiento en su gesto ensimismado y
triste, en la alegría momentánea que experimentaba al ver á su primo, el único
que lograba ablandar su carácter huraño, excitando sus confidencias.
El carruaje había dejado atrás la dársena de Axpe,
llena de vapores que esperaban turno para la carga; de buques sin flete que
dormían en las aguas muertas. Era el hospital de los barcos, según palabras de
Iriondo. En medio de aquel pueblo flotante, estaban los yates de los ricos de
Bilbao, blancos y ligeros como juguetes, con la cubierta entoldada para
resguardar los dorados y las maderas preciosas de las cámaras. El millonario
lanzó al pasar una mirada melancólica sobre su yate enorme y gallardo, una mirada
en la que vió Aresti la nostalgia de la vida del mar, de los amplios
horizontes, de la existencia libre, sin las miserias y preocupaciones
terrestres.
Se aproximaban á Las Arenas. El puente de Vizcaya
cortaba el horizonte con su red de cables movibles. En la ribera de enfrente,
los altos hornos de Sánchez Morueta elevaban sus torreones de fundición, sus
numerosas chimeneas coronadas por las nubes de humo multicolor. Bajo los
extensos cobertizos notábase el hormigueo de varios miles de obreros. Llegaban
arrollados por el viento los estrépitos de la industria, el martilleo poderoso,
los resoplidos de las máquinas, el mugido de los convertidores del acero que
lanzaban por encima de las techumbres su chorro de chispas y escorias.
Aresti admiraba esta grandeza industrial. ¡Todo era
obra de su primo!
—¡Qué hermoso!—exclamó dando con el codo al
millonario y mostrándole sus fundiciones.—¡Y pensar que de pequeño has
correteado entre los chicos de Olaveaga! Debes estar satisfecho de tu obra.
¿Hay alguien más feliz que tú?...
Sánchez Morueta miró un instante á su primo, con
inquietud, como si temiera que se burlase. Después añadió con voz lenta:
—Sí, no estoy descontento de la suerte. Todos hemos
prosperado, Luis. A mí me rodea la felicidad: pero es por fuera: en todo lo que
se ve.... Ahora, por dentro... por dentro cada uno sabe lo que lleva.
Fué una «comida íntima» la que dió Sánchez Morueta
por ser sus días. No estaban en el comedor otras señoras que la esposa del
millonario y su hija. Los convidados eran todos de la casa, empleados como el
capitán Iriondo, el secretario Goicochea y Fernando Sanabre, el ingeniero
director de los altos hornos, ó parientes de la familia como el doctor Aresti y
Fermín Urquiola.
Este Urquiola visitaba con frecuencia la casa, por
ser sobrino lejano de la señora, aunque Sánchez Morueta no mostraba por él gran
simpatía. Era un antiguo discípulo de Deusto, que, después de abandonar la
Universidad, seguía á las órdenes de los Padres de la Compañía lo mismo que
cuando estudiaba en sus aulas. La juventud de Bilbao, que se llamaba á sí misma
distinguida, admirábale por su fuerza muscular y el entusiasmo con que
sustentaba las sanas ideas de los buenos padres. Era el organizador y el hombre
de acción de todas las asociaciones piadosas. Su ideal consistía en tener á
los liberalitos en un puño y no dejar que las gentes de la
Maketania se apoderasen del país. Pasaba en Bilbao por ser uno de los jóvenes
más elegantes, pero cuando llegaban luchas electorales, se le veía con la boina
sobre los ojos, empuñando un enorme garrote, al frente de los aldeanos de los
pueblecillos inmediatos. La rizosa y poblada barba, la nariz aguileña y pesada
y sus ojos negros de bohemio, dábanle gran prestigio entre las gentes del
campo, porque las hacía recordar la cara adorada de su ídolo.
—¡Se le parece al señor!...—murmuraban.—Tiene toda
la cara de don Carlos.
Y á Urquiola, impulsivo y brutal, que hablaba de
beber sangre por la más leve ofensa, le satisfacía que los partidarios, por
exceso de entusiasmo, relacionasen su nacimiento con los veleidosos amoríos del
fugitivo rey de las montañas. Su familia, arruinada por la guerra, apenas si le
había dejado una renta exigua para vivir, y Urquiola se ayudaba buscando la
protección de las familias más linajudas de Bilbao, que veían en él un acabado
ejemplar de la juventud sana educada en Deusto. Alborotaba en las luchas
políticas, llevando á ellas la misma violencia de su partido cuando se batía en
los montes. Por las noches mezclábase en los escándalos de ciertas casas del
barrio de San Francisco, donde ejercía alguna superioridad sobre las infelices
mercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su nombre y la leyenda sobre su
nacimiento que le convertía casi en un príncipe. Los amigos tenían fe en su
porvenir. Los padres de Deusto le protegían, sonriendo benévolamente ante lo
que llamaban sus calaveradas. Era exceso de vida: ya le casarían ventajosamente
y sería un modelo de caballeros cristinos.
Sánchez Morueta le veía en su casa con disgusto,
pero no osaba manifestarlo claramente por consideración á doña Cristina, que
parecía orgullosa de su sobrino.
—Este animal viene indudablemente por Pepita—decía
Aresti, á quien interesaba Urquiola como un ejemplar raro de egoísmo y
brutalidad.
Y se fijaba en su sobrina, la cual, á pesar de las
insinuaciones de la madre, mostraba más inclinación por Sanabre, el ingeniero
de los altos hornos, que por aquel pariente cuya petulancia y descaro parecían
intimidarla. Gustaba la joven de saber por él todo cuanto pudiera molestar á
sus amigas. Urquiola la enteraba de todas las fiestas que proyectaban los
padres de la Compañía para entretener y conservar bajo su dominio á una
sociedad ociosa y opulenta; pero una vez agotados estos temas, la joven se alejaba
de él y permanecía silenciosa, como abroquelada por la instintiva repulsión que
parecía inspirarle el famoso discípulo de Deusto.
Aresti veía en su sobrina la niña rica de las
familias de su tierra; educada primero por las monjas y dirigida después por el
confesor hasta en los hechos más pequeños de su existencia; con la voluntad
adormecida, y considerando como un pecado, el más leve intento de iniciativa
propia.
El doctor reconocía que no era gran cosa como
mujer: la alegría de la juventud en los ojos, los cabellos rubios de su madre,
y una esbeltez de muchacha sana en la que todos los encantos femeniles están
aún recogidos, como en capullo, sin la majestad exuberante de la forma
definitiva. A través de su belleza en agraz, adivinábase el esqueleto fuerte y
anguloso del padre. En sus manos largas, algo grandes para sus brazos
delicados, había mucho de Sánchez Morueta. Era la primera evolución de la
estirpe hacia el afinamiento de la ociosidad y el bienestar, guardando aún los
signos de su origen.
Iba cargada de joyas, con la suntuosidad de una
aristocracia recién creada que se consume en medio de su lujo, falta de fiestas
para lucirlo y siente el ansia de adornarse para pregonar su riqueza y herir la
envidia ajena. La hija de Sánchez Morueta era tan admirada como su padre,
cuando iba á Bilbao á oír misa en la iglesia de los jesuítas ó asistía por las
tardes á las conferencias de las Hijas de María. Los jóvenes salidos de Deusto
hablaban con fruición de ella y de los millones del padre. «¡Qué magnífico
bocado!» Y cada uno acariciaba la posibilidad de que le tocase la lotería del
matrimonio, en un país donde casi nadie se casa por amor y las uniones entre
ricos son negocios vulgares convenidos por las familias con la ayuda y buen
consejo de algún padre jesuíta.
La comida deslizábase placenteramente. Todos
sentían la dulzura del bienestar, la satisfacción de la vida, en aquel comedor,
al que daban, el roble tallado y el cuero obscuro de las paredes, una impresión
de suntuosidad discreta y señorial. Las grandes piezas del servicio lucían su
brillo mate de plata vieja y sólida, trabajada á martillo. Por las vidrieras de
las ventanas pasaban y repasaban, mecidas por el viento, las verdes copas de
los árboles del jardín. La mesa era servida por criadas jóvenes, de rizados y
blancos delantales. Sus caras, sanas y rojas como melocotones, daban una
impresión de perfume primaveral semejante al de las flores que adornaban la
mesa.
Aresti estaba sentado al lado de su prima. Hacía
mucho tiempo que no la había visto tan amable. Ni la más leve alusión á las de
Lizamendi; ni una frase amarga para su impiedad. Sin duda, le agradecía la
visita que por la mañana había hecho á Begoña. El doctor, examinándola,
encontraba en ella algo de monacal, á pesar de que en honor al día se había
cubierto de joyas. Su traje era negro y elegante, pero había en él cierto
abandono que no pasaba inadvertido para el doctor, el cual recordaba sus
pretensiones elegantes de otros tiempos. Notaba en ella los estragos de la
edad, la gordura que borraba bajo el almohadillado de la grasa su antigua
belleza de rubia altiva y dura.
—Esta se entrega—pensaba Aresti.—Huele á incienso
como las otras.
El médico atraía las miradas y las preguntas de
todos los convidados. Era un original que despertaba interés, viviendo como un
solitario en la montaña, en medio de la gente de las minas, de la que se
hablaba con cierto miedo en aquel interior elegante y rico. Miraban todos á
Aresti como si fuese un viajero de vuelta de una exploración por países
salvajes y misteriosos, donde la vida era ruda y peligrosa. Las minas se
presentaban ante muchos de ellos como un país lejano, que servía para
enriquecer á los potentados de la villa, pero al cual sólo se asomaban alguna
vez, regresando apresuradamente. Al recordar las canteras de trabajo rudo y
aquellas chabolas, donde dormían amontonados los hombres,
digiriendo con tragos de agua roja las cucharadas de alubias con tocino,
sentían la voluptuosidad del egoísmo. El comedor les parecía más hermoso, y
sonreían al desfile de manjares, á las angulas del país,
enrolladas como lombrices en la tartera de plata, á los platos extranjeros que
nunca faltaban en la cocina de Sánchez Morueta y á la fila de copas de diversas
formas y colores que cada uno tenía delante, y en las cuales iban cayendo los
vinos más diversos, desde el Tokay y el Chablis del
principio de la comida, hasta el Cordón Rouge y el Pomery,
que servirían al final.
Urquiola hablaba al doctor con el mismo aplomo que
si estuviera en el café ó en la sociedad de San Luis Gonzaga, rodeado de
aquella juventud piadosa y elegante que le tenía por capitán. Él no era enemigo
del pueblo; la Iglesia estaba siempre con los de abajo y el Santo Padre
escribía encíclica sobre encíclica en favor de los obreros. Pero el pueblo era
para él, la gente de los campos, los aldeanos respetuosos con el cura y el
señor, guardadores de las santas tradiciones. Que le diesen á él las buenas gentes
de las anteiglesias vascas, religiosas y de sanas costumbres, sin más diversión
que bailar el aurrescu los domingos y la espata danza en
las fiestas del patrón, ni otros vicios que empinar un poco el codo en las
romerías. Aquella gente vivía feliz en su estado, sin soñar en repartos ni
en revoluciones; antes bien, dispuesta á dar su sangre por Dios y las sanas
costumbres. Que no le hablasen á él del populacho de las minas; corrompido y
sin fe; hombres de todas las provincias, maketos llegados en
invasión, trayendo con ellos lo peor de España, contaminando con sus vicios la
pureza del país; siempre descontentos y amenazando con huelgas, deseando el
exterminio de los ricos y comparando su miseria con el bienestar de los demás,
como si hasta en el cielo no existiesen categorías y clases.
Y ante la mirada acariciadora de su tía, que
admiraba sus ardorosas palabras, continuó el fuerte discípulo de Deusto:
—Los míos no saben leer; no saben nada de libertad,
derechos y demás zarandajas, y por esto son felices. Esa gentuza de las minas,
que casi todos los domingos tiene sus mitins, vive desesperada y ansía bajar un
día á Bilbao para robarnos, sin saber que la recibiremos á tiros.
Aresti volvióse hacia su primo, que comía
silencioso, lanzando alguna que otra mirada al sobrino de su mujer.
—¿Qué te parece, Pepe, cómo piensan estos jóvenes?
Y encarándose con Urquiola, le dijo con una timidez
irónica, dando á entender su deseo de rehuir discusiones con él.
—Pues esa pillería venida de... España; ese
rebaño maketo y pecador, es el que trabaja y da prosperidad á
Bilbao. Ellos destrozan su cuerpo en las minas, ellos dan el mineral, y sin
mineral ¿qué sería de esta tierra? Los buenos, los del país, no hacemos más que
vigilar su trabajo y aprovecharnos del privilegio de haber nacido aquí antes
que ellos llegasen. Son como los negros que en otros tiempos eran llevados á
América para mantener á los blancos. Vienen empujados por la miseria, y ya que
no podemos agradecer su sacrifico con el látigo, les pagamos con malas
palabras.
Urquiola encabritábase ante las palabras desdeñosas
del doctor. Abominaba de aquella gente perdida, incapaz de regeneración: la
prueba era que no ahorraban, que no hacían el menor esfuerzo por salir de su
estado.
—¡El ahorro!—exclamó Aresti.—¡Ahorrar y
enriquecerse, teniendo unos cuantos reales de jornal, y viviendo rodeados de
gentes de su misma clase que les explotan en el alimento y en la casa!...
—Eso no—intervino Sánchez Morueta, con
autoridad.—Ya sabes, Luis, que no estoy conforme con tus ideas. El obrero
español es víctima de la imprevisión. En otros países es distinto: el
trabajador se forma un pequeño capital para la vejez...
—¡Bah! En otros países ocurre lo que aquí. Y lo que
hace que el obrero moderno sea rebelde y se entregue á la lucha de clase, es la
convicción de que, por más que ahorre sacrificando sus necesidades, no saldrá
de su miseria. Los progresos le han cerrado el camino. En los tiempos de
trabajo rudimentario, de industria doméstica, aún podía soñar con hacerse
patrono; podía con sus ahorros adquirir los útiles necesarios y convertir su
casa en un pequeño taller. Pero ahora, Pepe, por mucho que ayune un obrero tuyo,
amasando céntimo sobre céntimo, ¿llegará á ser accionista de tus fundiciones?
¿podrá adquirir un pedazo de las minas, con todo el material necesario para la
explotación?
—Eso está bien—arguyó Urquiola con acento
triunfante.—Este doctor dice á veces cosas muy oportunas. Lo que demuestra que
los antiguos tiempos eran los buenos y que, para tranquilidad de todos, hay que
volver á la época en que no había progreso y los hombres vivían tranquilos.
Sánchez Morueta miró al joven con unos ojos que
alarmaron á doña Cristina, haciéndola temer por su sobrino.
—Eso es una majadería—dijo con calmosa
gravedad.—Eso sólo puede decirse á la salida de Deusto. ¡Suprimir el progreso
porque trae algunas complicaciones!...
Y aquel hombre siempre silencioso, habló
lentamente, pero con gran energía. Era un admirador religioso del capital.
Aresti conocía su entusiasmo frío y firme por el dinero, que, puesto en
movimiento por los descubrimientos industriales, había revolucionado el mundo.
El millonario era á modo de un poeta del capital, y sacudiendo su
ensimismamiento, rompió en un himno á aquella fuerza casi sagrada, puesta en
manos de contadísimos iniciados. Cierto, que el trabajo, que era un auxiliar
indispensable, sufría crisis y miserias, ¿pero por esto había que renegar del
progreso, legítimo hijo del capitalismo industrial? La gran revolución moderna
era obra de la religión del dinero, en la cual figuraba Sánchez Morueta como el
más ferviente devoto. Utilizando los descubrimientos de la ciencia, había
multiplicado los productos, y disminuido su valor, poniéndolos así al alcance
de la mayoría, y facilitando su bienestar. El trabajador del presente gozaba de
comodidades que no habían conocido los ricos de otros tiempos. El capital al
servicio de la industria había civilizado territorios salvajes, había destruido
fronteras históricas, estableciendo mercados en todo el globo: él era quien
surcaba las tierras vírgenes con los rails de los ferrocarriles, quien removía
los mares para tender los cables telegráficos, quien ponía en comunicación los
productos de uno y otro hemisferio, venciendo los rigores de la naturaleza y
evitando las grandes hambres que habían hecho rugir á la humanidad en otros
siglos. Los poderes históricos se achicaban y humillaban ante el capital. Los
reyes de los pueblos, soberbios como semidioses sobre sus caballos de guerra,
cubiertos de plumas y bordados y llevando tras ellos grandes ejércitos, tenían
que mendigar en sus apuros á los capitalistas ocultos en sus escritorios.
Detrás de los imperios victoriosos estaban ocultos los verdaderos amos, los que
cambiaban la faz de la tierra, venciendo á la naturaleza para arrancarla sus
tesoros; la gran república de los capitalistas, silenciosa, humilde en apariencia,
y sin embargo, dueña de la suerte del mundo. Y lo que más entusiasmaba á
Sánchez Morueta, en esta secta oculta de universal poderío, era que sólo á la
capacidad le estaba reservado entrar en ella. La jerarquía industrial no era
como las dominaciones sacerdotales ó guerreras del pasado, en las que se
figuraba sin otro derecho que el nacimiento. El hijo del capitalista, falto de
capacidad, era expulsado por los malos negocios, y un nuevo individuo,
aprovechando los residuos de su desgracia, venía á iniciarse en la poderosa
secta. ¿Dónde encontrar una institución tan grande y poderosa y á la par
tan democrática y modesta? ¿Y había locos que pedían la muerte
ó la modificación de una fuerza que había transformado la Tierra?...
Aresti protestó. Él reconocía las grandezas del
régimen capitalista, las ventajas sociales que había reportado á la humanidad
con el auxilio del trabajo. El capital encontraba remunerados con creces sus
servicios. Pero el trabajo ¿veía recompensados igualmente sus esfuerzos? ¿No se
encontraba hoy en el mismo estado de miseria que al iniciarse á principios del
siglo XIX la gran revolución industrial?
—Eso es un error, Luis—dijo el millonario.—El
trabajo está mejor que nunca. La prueba es que en todo el mundo baja
considerablemente el interés del capital, mientras sube con las huelgas y las
reclamaciones obreras el tipo de los jornales.
—¡Bah!—dijo el doctor con gesto de desprecio.—¡El
aumento de unos reales en el jornal! Remedios del momento; cataplasmas que de
nada sirven al enfermo, pues al poco tiempo se restablece el fatal equilibrio,
aumentándose el precio de los productos, y el trabajador, con más dinero en la
mano, se ve tan necesitado como antes. Son cambios de postura, creyendo engañar
con ellos á la enfermedad. Al trabajador de nada le sirve la limosna de un
aumento en el jornal: ya sabes que en esto no nos entenderemos nunca. Lo que
necesita es justicia, ocupar el sitio que le corresponde, ser dueño de lo que
produce.
Las palabras de los dos hombres resonaban en el
silencio del comedor. Todos callaban, no osando interrumpirles. Urquiola era el
único que sonreía con aire de suficiencia, como si poseyera el secreto de
aquella cuestión.
Doña Cristina, temiendo que la polémica acabase por
turbar la placidez de la comida, intervino, preguntando á Aresti por sus amigos
de Gallarta. Pepita apoyó á su madre. La gustaba conocer las excentricidades de
aquellos contratistas que no sabían en qué emplear su riqueza. Reía con alegría
de niña educada aristocráticamente, al enterarse de las vulgares diversiones de
aquellos ricos de la víspera, que, no hacían más que seguirlas huellas de su
padre.
Todos escuchaban al doctor, el cual, con suave
ironía, describió los banquetes pantagruélicos de las minas, con sus lluvias
de Cordón Rouge. Dentro de sus nuevos y elegantes chalets no eran
menos originales aquellos ricos, que aún guardaban la boina y los zapatones del
obrero. Bajaban á la villa con sus esposas, ganosos de hacer alardes de riqueza
para deslumbrar al vecino, y compraban lo más extravagante y chillón, todo lo
que en almacenes y tiendas no sabían á quién colocar; muebles complicados y
bizarros que se cubrían de polvo de mineral, sin que sus dueños osasen
acercarse á ellos, por miedo á deslucirlos. Cada vez que el doctor, después de
una visita, quería lavarse las manos, quedaba asombrado ante las toallas con
más colores que el iris, y las pastillas de jabón en forma de tigre ó de
lagarto que parecían fabricadas para reyezuelos del África. Todos se extasiaban
ante el asombro del médico, aceptándolo como una admiración muda. Algunos, como
recuerdo de su pasado, guardaban bajo la cama un pellejo de vino, cual si fuese
un tesoro. Realizaban la ilusión acariciada tantas veces en su época de
pobreza. «Pruébelo, doctor: es de lo más selecto de la Rioja: á tantos duros la
arroba.» Otros se cubrían de brillantes las manos y el pecho, pero cuidaban de
ellos con meticulosidad supersticiosa, como si fuesen animalillos delicados y
frágiles que al menor roce se podían desvanecer. No osaban rascarse porque,
según ellos, el pelo rayaba y deslucía las joyas.
Y en su vida monótona, de continuas ganancias y
placeres vulgares, sin otras diversiones que la caza, la mesa y las apuestas,
encontraban un nuevo toma para sus alardes de riqueza en la educación de los
hijos. Los enviaban al extranjero con la esperanza de que sobrepujasen á los
señores de la villa. Los padres los querían ingenieros, como los ingleses que
venían á explotar las minas: las madres los soñaban elegantes, y de cuerpo
delicado, como los señoritos que hacían la parada en la acera del boulevard del
Arenal. Unos enviaban sus hijos á Francia; otros á Suiza; el vecino de más
allá, guiado por el deseo de excitar la envidia del compañero, empaquetaba su
descendiente para Inglaterra: alguno llegaba hasta Alemania, y todos volvían de
allá revolucionando las minas con sus cuellos y corbatas, haciéndose admirar
por los trajes, y asombrando á sus madres con la costumbre del tub,
del baño diario, del duchazo á cada momento, lo que escandalizaba á unas gentes
que en su juventud dormían vestidas. Pero los instintos hereditarios
reaccionaban en todos aquellos retoños de la montaña: resucitaba en ellos el
gusto á la antigua vida y poco á poco abandonaban los trajes exóticos,
agarraban la escopeta y volvían, como sus padres, á las comilonas, á la caza y
hablar de ganancias de miles de duros, acordándose de su educación extranjera
como de un sueño.
La apuesta era la pasión más vehemente, el placer
más vivo de los ricos encerrados en la montaña. Las pruebas de bueyes y los
desafíos de barrenadores hacían que se cruzasen enormes cantidades. Era el
culto á la fuerza, la adoración á la brutalidad, con todos los encantos del
juego de azar. Tenían en las minas mozos hábiles en el manejo del barreno que
gozaban entre ellos el mismo prestigio que un gran torero ó un pelotari famoso.
En Gallarta había un jayán, vencedor en todas las apuestas, que los contratistas
llevaban á sus cenas, cuidándolo como si fuese una mujer amada, tentándole los
músculos para apreciar si su vigor decrecía, engordándolo á todas horas con
champagne y fiambres, con igual mimo y cuidado que si fuese un gallo de pelea.
Lanzaban retos á las gentes de otros pueblos de Vizcaya y aun de Guipúzcoa,
llevando en triunfo á su barrenador favorito, para que luchase con los más
fuertes de otras comarcas. Ofreciendo los billetes á puñados, seguían durante
horas enteras el jadear de su ídolo, atacando con el hierro la piedra, hasta
que al quedar triunfante, lanzaban sus boinas al aire, gritando victoria más
por el orgullo de la clase que por las ganancias de la apuesta.
Todo les servía para arriesgar el dinero que la
fortuna les arrojaba á manos llenas. Se valían para sus porfías lo mismo de la
voracidad de los perros de caza, que del vigor de los hombres. Algunas semanas
antes habíanse cruzado muchos miles de duros en una apuesta que aún hacía reír
al doctor. Tratábase de saber quién sería capaz de tragarse más sopas de leche,
si los galgos enjutos é insaciables de uno de los contratistas ó los
barrenadores de otro, muchachotes fornidos de Castilla, de estómago sin fondo,
que nunca creían llegado el momento de levantarse de la mesa. Toda la gente
desocupada del distrito acudió á presenciar el espectáculo. Se depositaban á
puñados los billetes de Banco, como si fuesen retazos de papel sin ningún
valor; unos por los perros, otros por los hombres, mientras arriba, en las
canteras, estallaban los barrenos y el rebaño miserable de los peones se
encorvaba, con el pico en alto, ante las rojas trincheras.
—Las sopas de leche se servían en cubos—continuó
Aresti.—Los galgos, en un momento, ¡zás, zás!, se las tragaban sin pestañear;
lo mismo que si le echasen cartas á un buzón. Los jayanes comían lentamente,
sin mostrar prisa. Así estuvieron varias horas....
—¿Y quién ganó?—preguntaron varios al mismo tiempo,
interesados por la estúpida apuesta.
—¿Quién había de ganar? Los hombres. El que
apostaba por ellos me dijo después con su filosofía de palurdo: «Estaba seguro
de mis muchachos: el animal, cuando ve satisfecho su apetito, ya no quiere más,
y el hombre, como tiene amor propio, puede seguir comiendo hasta que reviente».
Y no se equivocaba: dos de ellos me dieron mucho que hacer, y á los pocos días,
el cura de Gallarta montado en su burra blanca, los acompañó cantando hasta el
cementerio.
A pesar de este final triste, los convidados de
Sánchez Morueta reían, encontrando muy interesantes las diversiones de los
opulentos patanes.
Era bien entrada la tarde cuando terminó la comida.
El capitán Iriondo después de brindar por su principal y amigo se despidió,
alegando que tenía á la carga un buque de la casa. El secretario Goicochea se
fué con él para dar el último vistazo al escritorio. Las señoras pasaron á una
habitación inmediata con Urquiola y el ingeniero Sanabre.
Esperaban á algunas amigas de Bilbao y mientras
tanto, harían música. Los dos jóvenes rogaron á Pepita que cantase alguna
canción vascongada de las antiguas, tan melancólicas y dulces, distintas
completamente del ritmo americano de los modernos zortzicos. Comenzaron á
llegar hasta el comedor las escalas y arpegios del piano.
Sánchez Morueta, con las mejillas enrojecidas por
la digestión, mordiendo un magnífico cigarro, habló á Aresti de bajar al
jardín. La tarde se había serenado y quería gozar de los últimos rayos de sol
en las avenidas que rodeaban su hotel. Los dos primos pasearon por el jardín.
Llegaba hasta ellos el movimiento invisible de la ría, el ruido de los tranvías
al otro lado de las planchas de hierro que cubrían las verjas.
El millonario mostraba su satisfacción al verse
solo con el médico, el único amigo que le inspiraba confianza, y como prueba de
cariño le echó sobre un hombro una de sus manazas. Era la primera vez en todo
el día, que estaba á sus anchas, lejos de los negocios, terminado aquel
banquete con gentes ante las cuales se mostraba abstraído y silencioso. El
cariño á su Luis, á quien veía de tarde en tarde, y la placidez de una buena
digestión, inclinábanle á las confidencias; y miraba á Aresti con ojos bondadosos
é interrogantes, como si sólo esperase una indicación suya para romper á
hablar.
—Vamos, desembucha—dijo el médico alegremente.—Ya
sé que soy tu confesor y que si callas ante los otros, es porque haces
provisión de palabras para mí. ¿Qué te pasa? Aquí tienes el médico de tu alma,
como diría uno de esos curas, amigos de tu mujer.
Sánchez Morueta hizo un gesto de indiferencia. Nada
le ocurría de extraordinario. Se fastidiaba en su aislamiento: sólo tenía un
momento alegre cuando se encontraba con él. ¡Cuántas veces sentía el impulso de
coger el tren é ir á buscarle en las minas! ¡Pero tenía tantas ocupaciones!
¡Sentía tanto miedo á presentarse en aquel feudo de la montaña, donde todos le
pedían algo!... Sólo en Bilbao, condenado á la servidumbre de la riqueza, á
vigilar y ordenar la llegada de aquel chorro de dinero que se metía por sus
puertas sin desviar su curso, se aburría, falto de deseos y aspiraciones, con
el bostezo del que nada espera, que es el más triste de los fastidios.
Había amado y había sufrido como todos los que
batallan por un ideal. Sabía lo que era forcejear á zarpazos con la Suerte,
para hacerla suya y fecundarla con ardorosa violación. Había llegado como
los políticos célebres ó los grandes artistas, que empiezan su carrera desde
abajo, conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro. Pero estos,
aunque se considerasen llegados, siempre esperaban algo nuevo, siempre tenían
la ilusión puesta en el mañana; pensaban con inquietud en la combinación
política del día siguiente, en la obra artística, que les bullía en la
imaginación, temblando, con el vago temor de la torpeza, al ir á darla forma.
Pero él... él, todo lo tenía hecho: las ambiciones de su vida se habían
realizado, cristalizándose para siempre. Había querido ser dueño de las minas,
y suyas eran en su mayor parte, dándole un rendimiento fabuloso, con la
regularidad de una fuente tranquila y perenne. ¿Para qué quería más? Establecía
nuevas fabricaciones, y, al poco tiempo marchaban por sí solas con una
exactitud desesperante. Construía barcos, y no naufragaba uno, para alterar con
una catástrofe la monotonía de su existencia. La desgracia era impotente para
él; estaba abroquelado y aunque ella corriese á estrecharle entre sus brazos,
la caricia mortal sería un roce insignificante.
Si sus barcos se perdían, estaban asegurados; si
las huelgas cerraban momentáneamente sus fábricas, no por esto sufriría su
capital grandes mermas: si se agotaban las minas de Bilbao, él tenía otras y
otras en distintos puntos de España, que aguardaban la explotación. Era el
prisionero de su buena suerte: se movía entre rejas de oro, en un aislamiento
de ave bien cebada, que ve el espacio libre por donde revolotean libres los
pájaros hambrientos sin poder ir con ellos. Amaba el mar, y tenía casi á la puerta
de su casa un palacio flotante, el yate, cuya fotografía publicaban los
periódicos ilustrados para envidia de los infelices: pero apenas emprendía un
viaje, tenía que volver llamado por sus negocios. Además, él era un hombre de
familia; se aburría en la soledad del océano ó en los puertos ruidosos,
haciendo vida de célibe, fumando y leyendo. Su mujer odiaba los viajes: su hija
no conocía mundo mejor que el de sus amigas de Bilbao, y tras cortas estancias
en Londres, volvía presurosa á su país, donde era la primera, guardando una
instintiva aversión á las grandes ciudades de gente huraña y atareada, entre la
cual, ella y su padre pasaban inadvertidos.
El millonario era el esclavo de su propia obra.
Había levantado con brazos de titán, en torno de él, la alta torre de su
fortuna, y ahora se debatía encerrado en ella, sin encontrar espacio para
tenderse y descansar.
No esperaba nada. Aunque descuidase sus negocios,
el dinero seguiría viniendo á él, como si fuese incapaz de aprender otro
camino. Si la fortuna quería volverle la espalda, sería ya tarde para hacerle
sufrir la amargura de su infidelidad. Era tan rico, había llegado tan alto, que
estaba á cubierto de toda inquietud. Por un instante había creído encontrar
remedio á su aburrimiento, entregándose á la borrachera de la construcción;
sacando de la nada la nueva Bilbao; levantando barriadas de palacios sobre los campos
yermos, con la misma facilidad que en los cuentos de hadas. Pero aquello
también había pasado; encontraba pueril levantar colmenas y más colmenas para
gentes que no conocía; fabricar avisperos en que se cobijarían otros tan
tristes como él, pero animados siquiera por el amargo placer de envidiarle.
—Me aburro, Luis—decía el millonario.—Siento una
tristeza sin esperanza, sin ilusiones; la tristeza de la buena fortuna, más
terrible que todas, pues pocos hombres la conocen.
Y mirando en torno de él, abarcaba en sus ojos el
magnífico edificio y las avenidas del jardín, con sus altas arboledas, sus
arriates en los que comenzaban á asomar las primeras flores, y allá en el
fondo, el invernadero, cuyos cristales, bañados por el sol poniente, relucían
como placas de oro.
Aresti pensaba en la gente mísera y doliente de las
minas. ¡Ay, si aquellos hombres que engañaban su estómago con agua sucia, no
teniendo bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso Sánchez
Morueta lamentarse en medio de la opulencia de su vida!
—Entonces,—dijo el doctor—eres infeliz porque nada
te falta, porque posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer
dichosos.
El millonario movió melancólicamente la cabeza. Sí;
poseía todo lo que da la felicidad aparentemente; por esto á nadie comunicaba
su tristeza, para que no le creyesen loco. Únicamente á su primo, que conocía
por sus estudios las rarezas de la vida, se atrevía á hablarle.
Interiormente le faltaba todo: deseaba descansar
después de aquella marcha ruidosa por la vida, en la cual había hecho, en pocos
años, el mismo camino que otras familias de potentados sólo recorren después de
varias generaciones. Había conquistado la riqueza, pero era semejante á uno de
aquellos forasteros infelices que, al volver á su país, satisfecho de sus
ahorros en las minas, se encontrase con la casa destruida y la familia ausente.
Aresti le escuchaba moviendo la cabeza, como si lo
que su primo le relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes. Pero al
oír su lamento contra la soledad moral en que vivía, le señaló con expresión de
protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los sonidos del
piano y el rumor de varias voces juveniles. «¿Y aquello?»
Sánchez Morueta levantó los hombros con expresión
de indiferencia.
—Lo que llaman mi palacio—murmuró—no es para mí más
que una casa de huéspedes. Vivo mejor que en la mísera pensión de Londres,
donde pasé mi juventud de empleado; eso es todo.
—¿Y tu mujer? ¿Y Cristina?
—¡Mi mujer!—dijo el millonario con amargura:—yo no
tengo mujer: sólo tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi
vida material, y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el huésped
que trae dinero á casa y al que se le corresponde con un poco de respeto. No
finjas ignorancia, Luis.... Hace tiempo que adivinas cómo vivimos. Tú, en tu
pobreza, no has sido más afortunado que yo con mis millones. Tú lo has dicho
varias veces; en esta tierra hemos oído hablar de alguien que se llama Amor,
pero por aquí no ha pasado nunca.
Y el millonario revelaba el secreto de su vida
conyugal, sin rubor alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que
casi era su hermano. Se había unido con Cristina en los albores de su fortuna.
¿La amaba entonces? No estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus
amores eran con la buena suerte, y no le quedaba tiempo para otros. Se había
casado por unir una gloria más á sus satisfacciones de triunfador; porque le
halagaba emparentar con los que habían sido sus amos en Londres, y aquella señorita,
de una aristocracia tradicional y rancia completaba la respetabilidad de su
riqueza. Pero algo de amor había indudablemente en ello. Las ocupaciones de su
vida vertiginosa, los continuos viajes, no le permitían con su mujer más que
pasajeras y rápidas intimidades. Pero para él no existía otra mujer en el
mundo, y era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atraídas
por su opulencia. Sí: él reconocía ahora que había amado á Cristina con una
pasión, en que se mezclaba el deseo á la mujer y el respeto instintivo del hijo
del gabarrero á la señorita que había tenido entre sus ascendientes, casi
fabulosos, á los señores de Vizcaya. Ahora se daba exacta cuenta de su amor,
que en aquella época no hallaba tiempo ni ocasión para exteriorizarse en la
intimidad de la vida doméstica. ¡Ah! ¡cuando descansase—se decía
entonces—cuando viera asegurada su fortuna, qué feliz sería con aquella mujer,
digna compañera de su opulencia, que parecía reinar sobre la gente más
encopetada de Bilbao!... Pero llegó el ansiado descanso, y al buscar á su
mujer, en vano se esforzó por encontrarla. Tenía ante él una buena madre, una
excelente dueña de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy interesada en
que los negocios prosperasen: una meticulosa administradora del hogar, que
tomaba las cuentas de la servidumbre con la misma minuciosidad que cuando vivía
en el arruinado caserón de Durango, y al mismo tiempo sacaba miles de duros de
la caja de su marido para restaurar una capilla que fuese más suntuosa que la costeada
por alguna de las señoras que se codeaban con ella, en las Hijas de María ó en
el salón de visitas de los padres de la Compañía.
Sánchez Morueta, resucitado á la juventud después
de su triunfo en los negocios, sufría un desencanto cada vez que se aproximaba
á su mujer con delicadezas ó arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con
enojo, como si este cariño extremado la ofendiera, colocándola al nivel de las
vendedoras de amor. Para ella, la pasión matrimonial no había de ir más allá de
la intimidad, fría y casi mecánica, de sus primeros tiempos de vida común. El
matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin dar escándalo,
procreando hijos para servir á Dios y que no se perdiera la fortuna de la
familia. Lo que llamaban amor las gentes corrompidas era un pecado repugnante,
propio de gentes sin religión. Tratar un marido á su mujer con melifluidades de
esas que sólo se ven en los amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con
las que viven del pecado. La esposa cristiana había de ser casta en el
pensamiento; cuidar de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el
bien y dirigir el hogar. Más allá sólo iban las mujeres perdidas. Y Sánchez
Morueta tropezaba con una estatua impasible, estrellándose en todos sus
intentos por darla vida.
Nada malo podía decir ella. Era virtuosa y era
fiel. Bien es verdad, que aunque quisiera faltar á sus deberes le hubiese sido
imposible. Su carne y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jamás
recordaba el millonario haber notado en su compañera un momento de abandono, un
arrebato de pasión. Cuando él se doblegaba bajo el estremecimiento de la carne,
encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si estuviera cumpliendo
un deber penoso. Los espasmos de la materia no turbaban su voluntad.
Sánchez Morueta llegó á pensar si Cristina amaría á
otro, si al casarse con él por interés, habría dejado en su pasado alguna
ilusión que aún la perseguía. Pero después de examinar sus predilecciones é
intimidades en la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desechó sus
sospechas. Ella sólo quería á su esposo, si es que aquello era querer. En su
cariño, no había fuerzas para más. Y convencido de que nunca había de triunfar
sobre una voluntad rebelde al amor, fué alejándose, sin que la esposa se mostrase
triste y ofendida. Ella misma ayudó con no oculta satisfacción á este divorcio.
Transcurrió el tiempo y al abandonar el lujo de sus primeros años de
matrimonio, para tomar sitio entre las madres de severa respetabilidad, comenzó
á seguir dentro de su casa ciertas prácticas austeras y casi conventuales.
¡Cuántas veces Sánchez Morueta se había visto rechazado con ira, porque era
Cuaresma ó estaba ella en vísperas de una comunión aparatosa!...
Al establecerse definitivamente la separación, al
alejarse él para siempre, la mujer pareció agradecérselo con sus miradas, con
una mayor dulzura en el trato. Era, sin duda, más feliz, libre de la asiduidad
ardorosa del macho; de aquellas caricias que le repugnaban como una servidumbre
cruel de su sexo.
—Es muy honrada, muy virtuosa—dijo con amargura el
millonario,—Pero, para mí, como sí no existiera. ¡Ay, Luis; estoy solo! Yo creo
que la vida debe ser otra cosa: tanta honradez es inaguantable.
Llegaba hasta el jardín la vocecita de la hija de
Sánchez Morueta, cantando al piano el Goizeko izarra, la invocación
melancólica á la estrella de la mañana. La tristeza poética de las montañas
vascas esparcíase por el jardín inglés, dorado por el último llamear del sol de
la tarde.
—¿Y esa?—preguntó el médico.—¿No tienes á tu
hija?...
El potentado se expresó con apasionamiento. Amaba á
su hija: era carne de su carne: el único recuerdo de la pasión que había
sentido por su esposa. El cariño á Pepita era lo que mantenía las apariencias
de paz de su casa: lo único que le ayudaba á sobrellevar la tristeza doméstica.
Era como un puente que mantenía la comunicación entre él y su esposa. Por ella
continuaba Sánchez Morueta su existencia febril de hombre de negocios. Tenía la
obligación de defender lo que la pertenecía por su nacimiento. Su porvenir le
causaba á veces gran inquietud. Podía casarla con el hijo de otro potentado: un
matrimonio de millonarios en el que no entrase para nada el amor. ¿Pero no era
esto perpetuar en la hija la infelicidad del padre? Observaba á Pepita, y se
entristecía, adivinando en ella una reproducción de su madre. Quería casarla
por amor, con un hombre al que se sintiera inclinada, pero no veía en ella la
menor señal de apasionamiento. Se casaría, sin ardor y sin protesta, con el que
le indicaran sus padres, para continuar con más libertad la vida insípida de
ostentaciones y de devoción elegante. Ella, como las otras jóvenes de su clase,
veía en la unión con el hombre un medio de independencia, sin que el corazón
llegara á interesarse. Iría á administrar otro hogar, como su madre dirigía el
suyo: á cuidar á un marido que trajese dinero á casa, y alguna vez, abandonando
los negocios, entrara un momento en su salón. De su padre sólo tenía algo en lo
físico: la educación y el alma eran de su madre. Si Sánchez Morueta, al escoger
el yerno, se colocaba frente á su mujer, era casi seguro que Pepita no le
seguiría á él.
—La amo—decía el millonario,—la amo á pesar de
todo. Pepita me quiere á su manera; es cariñosa conmigo, me mima y me adora,
especialmente cuando su madre la encarga que me pida algo. Pero también junto á
ella me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que
pertenezcamos á distinta raza. No sé explicarme, Luis: tal vez estoy loco; pero
jamás siento con ellas, que son mi familia, esta confianza, este dulce abandono
que tú me inspiras. Y es que tú eres de mi sangre; el único pariente verdadero.
Aresti seguía moviendo la cabeza, como quien oye
una canción harto conocida. No le extrañaba la situación de Sánchez Morueta:
era la de muchos poderosos de aquella tierra. Vivían rodeados de todos los
goces del bienestar, pero en una pobreza triste de afectos. Los matrimonios
eran vulgares asociaciones para crear hijos y que la fortuna no se perdiera.
Marido y mujer vivían en aislamiento moral: él buscando consuelo fuera de casa,
en amores vergonzosamente ocultados; ella dedicándose á la devoción.
Sánchez Morueta interrumpió estas consideraciones
de su primo, como si ansiase decirle toda la verdad. Así era él también:
necesitaba amor y amaba. Ya que la alegría de la vida no entraba en su casa, la
había buscado fuera de ella. No era un enredo vulgar para satisfacción del
sexo: era una pasión que endulzaba el ocaso de su madurez y le hacía soñar y
sentir á los cincuenta años, con una intensidad que le retrogradaba á la
juventud. Y con arrobamientos de adolescente, recreándose en el relato, recordó
toda la novela de su amor.
Había comenzado por una aventura vulgarísima: un
encuentro en Biarritz con Judith, una vendedora de amor, de nacionalidad
indeterminada, nacida en Francia, pero hija de judíos: una mujer que en plena
juventud había corrido medio mundo y conocía casi todos los idiomas europeos.
Las relaciones habían ido estrechándose. Apenas se separaba de ella jurando no
volver á verla, avergonzado de su vileza y acordándose de su hija con
remordimiento, sentía la necesidad de buscarla de nuevo, se proponía á sí mismo
un negocio que hacía necesaria su presencia en París, ó en Madrid, allí donde
se encontraba ella, siguiendo su existencia errante de aventurera del amor, tan
pronto viviendo casi maritalmente y retirada del mundo, como exhibiendo su
belleza y su voz de falsete sobre los tablados de los music-hall.
¿Qué tenía aquella mujer que le trastornaba con el mareo de la embriaguez? Era
el encanto del pecado, el sabor agridulce de lo prohibido, el perfume
canallesco, que entraba como una ráfaga de vendaval en el aburrimiento de su
vida, volcando todas las preocupaciones y los escrúpulos. Sánchez Morueta, al
considerarse culpable, se sentía más hombre. El remordimiento era una
manifestación de vida que le sacaba del letargo de su existencia.
Paladeaba las nimiedades del amor, que turbaban
dulcemente la vulgaridad monótona de su vida. Las cartas de sobra prolongado y
escritura femenil le salían al encuentro en la mesa de su despacho, entre la
correspondencia comercial, con un perfume de alcoba pecadora que estremecía su
carne y parecía traerle una ráfaga cargada de taponazos de champagne y música
chillona de café concierto. La expansión, dulcemente truhanesca, que le llamaba
con los vulgares nombres de petit coco ó mon gros cheri, hacíale
sonreír juvenilmente bajo su barba venerable. Era una pasión que alegraba el
ocaso de su vida, que resucitaba su alma casi en las puertas de la vejez. Amaba
como un patriarca de la Biblia, sorprendido en el ambiente tranquilo de su
tienda por las gracias felinas de una bayadera asiática.
Había acabado por arrancar á Judith de su vida de
aventuras, por instalarla definitivamente en Madrid, como una señora tranquila
que vive de sus rentas. Pensó por un momento traerla á Bilbao, pero había
desistido de ello, no por miedo á la familia, sino por temor á la villa
hipócrita y triste, que toleraba el amancebamiento con criadas y costureras,
que cerraba los ojos ó sonreía bondadosa ante el capricho del rico con
mujerzuelas que no abandonasen su condición de pobres, pero se escandalizaba y
enfurecía ante la cocotte, la hembra que pusiera en sus sonrisas
algo de distinción, y rodeara de una sombra de amor las necesidades de la
carne. Otros más valientes que él habían intentado aclimatar aquellas aves
pasajeras en ciertos hotelitos del ensanche, y todo el vecindario se amotinó
contra las extranjeras. Hasta habían cortado las cañerías del agua y la luz de
sus casas, para obligarlas á levantar el campo.
El millonario iba con frecuencia á Madrid por dos ó
tres días, pretextando juntas de accionistas ó gestiones cerca del gobierno.
Todos le encontraban rejuvenecido; veían en él algo nuevo é inexplicable, que
animaba sus ojos con el brillo dulce de la adolescencia, que parecía dar más
soltura á su cuerpo de hombre de lucha, y le hacía cuidar con mayor esmero del
adorno de su persona.
—Tú mismo—decía al médico,—te has extrañado de este
cambio muchas veces. Es el amor, Luis. Nada como él alegra á los hombres.
Y como si temiera alguna burla del doctor, hablaba
de Judith con entusiasmo, queriendo convencer á su primo de que su madurez no
hacía mal papel al lado de aquella juventud un poco gastada por el exceso de
placeres. Estaba seguro de que le quería. No era que él pudiese inspirar una
gran pasión: pero cansada de la antigua vida, se había refugiado en sus brazos
para siempre y le amaba con un amor en el que entraba por mucho el
agradecimiento. Esto le bastaba. No había más que ver cómo le sonreía, cómo salían
á su encuentro los brazos blancos y suaves cuando se presentaba inesperadamente
en el hotelito de las afueras de Madrid. Aquella era su verdadera casa: allí
pasaba los mejores días, y á no ser por su hija y por la respetabilidad que
exigen los negocios, allí iría á terminar su existencia.
Además, un suceso inesperado los había unido más
estrechamente: había afirmado aquel idilio oculto que llevaba cinco años de
duración. Sólo á un hombre como su primo podía hacerle tal confidencia...
¡Tenía un hijo! Y como el doctor Aresti no pudiese contener su asombro, el
millonario se apresuró á añadir:
—Tú eres el único que lo sabe: un hijo... ¡mío!
¡bien mío! Un niño de tres años que empieza á hablar, y al verme me llama: «¡El
papá de Bilbao!» El amor me da lo que tantas veces deseé en mi casa sin
conseguirlo. ¡Un hijo!... No lleva mi apellido, no puedo confesar que soy su
padre, pero pienso en él, espero que crezca y ¡ya vendrá á mi lado! ¡ya haré
por él cuanto pueda, que será mucho!
Y hablaba enternecido de aquel hogar oculta, de la
familia improvisada que era para él la verdadera. Judith, engordando en su
bienestar tranquilo; aburguesándose hasta hacer olvidar á la antigua divette aventurera,
Sánchez Morueta la quería mejor así: la creía más suya. Y entre los dos, aquel
pequeñuelo de una asombrosa precocidad. El millonario se enorgullecía viéndolo
tan hermoso, con una belleza afeminada que reflejaba la de la madre, sin ningún
rasgo de él.
—Un verdadero hijo del amor—decía el hombretón con
sonrisa placentera.—No hay en el pequeño nada de mi fealdad: ni mis manazas, ni
esta cara de gigantón. Rubio como el oro, ¡y tan blanco! ¡tan delicado! ¡tan
poquita cosa! Parece un bebé de porcelana.
Y recordaba al doctor una de sus frases que gozaban
el privilegio de indignar á las gentes honradas. Los hijos del amor eran
siempre los más hermosos: tenían algo de extraordinario, que rara vez se
encontraba en los retoños engendrados por las parejas legales, que procrean por
deber y por instinto, durante las noches blancas, de placer triste y monótono,
en las que los besos tienen el sabor suculento y vulgar de la olla casera.
Sánchez Morueta calló como fatigado por su
confesión. En uno de sus paseos habían llegado cerca del hotel, y ahora se
alejaban lentamente, sonando á sus espaldas el piano y el abejorreo de las
conversaciones de la tertulia de doña Cristina.
—¡Y pensar que podía haber encontrado en mi casa la
felicidad que busco fuera, ocultándome como un malhechor!—exclamó el
millonario, como si el recuerdo de su familia despertase en él cierto
remordimiento.—Pero no creas, Luis, que estoy arrepentido—añadió con
resolución.—Yo tengo derecho á ser feliz y la felicidad se toma donde se
encuentra.... Pero dí algo, Luis. ¿Qué opinas de todo esto?
Aresti encogió los hombros. De aquellos amores no
quería hablar. Si proporcionaban á su primo cierta felicidad, hacía bien en
continuarlos. La vida es triste y la pericia del hombre está en alegrarla, en
iluminar con brillantes colores los contornos grises de la existencia. Bueno
era que aquella mujer le amase según él decía: pero aunque el amor no
existiese, resultaba lo mismo. Lo importante era que él se creyese amado. En el
mundo se vive de la ilusión y la mentira, y la mayor desgracia es abrir los ojos.
—Me quiere, Luis, me quiere—interrumpió el
millonario apresuradamente.—¿Por qué había de fingir? Si hubiera sabido quién
era yo cuando la conocí, aún podría dudar. Pero en nuestros primeros tiempos de
amor me creía un hombre de corta fortuna. Tardó mucho á saber que era yo
Sánchez Morueta.
El doctor asombrábase ante la firme convicción de
su primo. Celebraba su optimismo: así, su dicha no correría peligro. Él no se
mezclaba en el asunto. A ser feliz ya que tenía fuerza de voluntad y medios
sociales para crearse una segunda familia, que viviría en el foso, mientras
arriba, en las tablas, tronaba la otra con todo el aparato de su riqueza. A
Aresti sólo le interesaban los infortunios domésticos de su primo, su
aislamiento moral dentro de la casa. Lo mismo que á él, les ocurría á otros.
Era el eterno obstáculo con que tropezaban todos los que en aquella tierra
querían encontrar en la esposa algo más que una compañera y administradora.
Unos habían de buscar la alegría de su existencia fracasada fuera de su casa,
manteniendo, por cobardía ó egoísmo, las apariencias de un hogar tranquilo;
otros, más resueltos y valerosos—él, por ejemplo,—rompían abiertamente, no
queriendo vivir encadenados á un alma muerta y volvían á su existencia de
solteros, con la amargura de no poder buscar públicamente una nueva compañera.
Aresti no censuraba á las mujeres de su país. Eran
como eran, un poco por la frialdad de la raza nada propensa á apasionarse por
lo que no tenga un fin inmediato y práctico, y muchísimo más por defecto de
educación, porque los mismos hombres las habían acostumbrado al aislamiento, á
la separación de sexos, á asociarse las mujeres con las mujeres, no viendo en
el hombre más que una máquina de fabricar dinero é hijos. ¿Qué había hecho al
casarse Sánchez Morueta? Lo que todos los poderosos de su país. El matrimonio
ajustado por las familias, sin hacer gran caso de la voluntad de los
contrayentes: después, el viaje aparatoso de varios meses por Europa, para
alardear de riqueza, deseando el marido volver cuanto antes á reanudar sus
negocios. Y el mismo día de la vuelta á Bilbao, él, al escritorio, á ganar
dinero, ó al club, para vivir entre hombres solos, dejando á la mujer entregada
para siempre á las amigas. Y la mujer se refugiaba entre las de su sexo, sin
más diversiones que el visiteo y el exhibir trajes y alhajas para envidia de
las compañeras, pues hasta la faltaban ocasiones de lucir su riqueza.
No conocían la vida de sociedad con sus fiestas y
saraos, como los aristócratas de otros países. Los padres de la Compañía, para
asegurar su influencia, predicaban contra los bailes, como invenciones del
demonio, propias de otras tierras que no habían gozado la gran dicha de heredar
las sanas y virtuosas costumbres de Vizcaya. Los teatros funcionaban con los
palcos vacíos, sin que á ellos asomara una mujer: las fiestas del verano eran
el único esparcimiento anual para todas ellas. Faltas de diversión, ansiosas de
reunirse, de oír música, de algo que despertase su sentimentalismo, buscaban en
la iglesia su club y su teatro, pasando el día en el templo del Corazón de
Jesús, allí donde la arquitectura afeminada y ridícula, cargada de oro y
bermellón, el armonium, las voces hermafroditas y las bombillas eléctricas,
parecían acariciarlas con un halago que tenía tanto de mundanal como de
místico.
Aresti sonreía amargamente. ¡Ay: estaba bien
discurrido aquel asedio, para apoderarse lentamente de la mujer, llegando por
medio de ella hasta la dominación del esposo! De ellos era principalmente la
culpa, ¿Qué habían de hacer unos seres débiles, faltos de dirección,
arrastrados por el especial sentimentalismo del sexo hacia todo lo absurdo?
Veíanse obligadas á una vida de harem; siempre mujeres con mujeres, viendo sólo
al hombre en el preciso momento del deseo; y el hábil jesuíta se presentaba
como un remedio á su tristeza, entretenía su fastidio con una devoción dulzona
y afeminada, era el eunuco guardián, el verdadero amo, dirigiendo á su antojo
al tropel de odaliscas cristianas. Así llegaba desde la sombra á apoderarse de
la voluntad de los hombres, los cuales se movían, sin conocer el impulso de sus
acciones.
Algunos aún se mostraban satisfechos y agradecidos
á los sacerdotes, porque proporcionaban dulce entretenimiento á sus esposas,
dejándolos en mayor libertad para sus negocios y placeres.... ¡Imbéciles! El
doctor se indignaba ante aquella intrusión, que había acabado por cambiar á las
mujeres de su país, matándolas el alma, convirtiéndolas en autómatas que
aborrecían como pecados todas las manifestaciones de la vida, y llevaban al
hogar las exigencias de una dominación acaparadora.
—Tú mismo, Pepe, que te quejas de lo que ocurre en
tu casa—dijo el doctor,—¿qué has hecho para evitarlo?...
Sánchez Morueta hizo un gesto de extrañeza. ¿Él?
¿qué podía evitar él? ¿Podía acaso cambiar el carácter de su esposa?...
—Tú has dejado, como los otros—continuó el
doctor,—que tu mujer buscase un remedio á su soledad, entregándose á la
devoción. ¡Y te extrañas de que Cristina haya ido separándose de tí! Es un caso
de adulterio moral, del que sois vosotros casi siempre los culpables. Se
comprende lo que á mí me ocurrió: yo no soy rico, y en este país de negocios,
el pobre no tiene autoridad sobre la familia. Además, junto á los prejuicios de
la que fué mi compañera, estaban como refuerzo los de su madre y su hermana.
Pero tú, que tienes la autoridad de la fortuna, ¿cómo has dejado que fuesen
apoderándose de una mujer á la que amabas, separándola de tí? Te quejas de que
ya no es tu esposa; pues ese afecto que te falta y ha trastornado tu existencia
lo tienen otros. En tus propias barbas han cortejado á tu mujer y te la han
robado. Sí alguna vez piensas vengarte, ve en busca de los que la confiesan.
El millonario sonrió con desdén.
—¡Bah! ¡Los jesuítas! ¡Ya salió tu tema!...
Efectivamente, son gente antipática; ya sabes que les tengo mala voluntad. Yo
soy liberal; yo me batí en el último sitio como auxiliar, comiendo carne de
caballo y pan de habas; yo tomaría el fusil otra vez, si volviesen los
carlistas. ¿Pero aun crees tú, Luis, en esa leyenda de los jesuítas tenebrosos,
cometiendo los mismos crímenes que ellos atribuyen á los masones?...
Y Sánchez Morueta miraba con ojos compasivos á su
primo, sin dejar de sonreír.
—No sigas, Pepe—dijo el doctor.—Adivino lo que
piensas. Soy un cursi. Conozco la frase: es un magnífico pararrayos para
desviar el odio que instintivamente sienten todos contra esos hombres. Es cursi
hablar mal de los jesuítas, afirmar que constituyen un peligro. Lo distinguido,
lo intelectual, lo moderno, es creer á ojos cerrados en cualquier patán astuto
que, vistiendo la sotana, pronuncia sermones vulgares, y pasa las horas en el
confesionario enterándose de vidas ajenas y adorando al Corazón de Jesús, que
coloca por encima de Dios.
—¡Yo no digo tanto!—exclamó el millonario.—Yo no
creo en ellos, y hasta me río de sus cosas. Pero reconocerás conmigo que eso
del odio al jesuíta es algo anticuado. Sólo aquellos progresistas cándidos y
heroicos de otros tiempos, podían ver la mano del jesuíta en todas partes y
creer en sus venenos y puñales.
—Yo no creo en su tenebroso poderío ni en sus
venganzas. En esta tierra nadie se atreve como yo á hablar contra ellos, y ya
ves, nada malo me ocurre. Así que me he puesto fuera de su alcance, saliendo de
una casa que dominaban y viviendo entre gentes que les desprecian, nada pueden
contra mí. Aislados nada valen: pero hay que temerles allí donde les ayuda la
imbecilidad, donde la gente va hacia ellos. ¿Cómo te explicaré lo que pienso?
Son como los microbios, que nada valen, y, sin embargo, llegan á producir una
epidemia. Si encuentran un ser débil preparado para recibirlos, lo matan; pero
si tropiezan con uno fuerte, dispuesto á repelerlos, ellos son los que perecen.
No tienen fuerza para apoderarse de nada por sí mismos. El que les haga frente
puede estar tranquilo de que no lo buscarán. Pero cuentan con el auxiliar
poderoso de los tontos y del sentimentalismo femenil, que avanza en su busca y
se ofrece, diciéndoles: «Dominadnos, haced de nosotros lo que queráis, y dadnos
en cambio el cielo.»
Aresti no creía, como los enemigos de la Compañía
en otros tiempos, en la grandeza y el poder del jesuitismo. La sabiduría de sus
individuos era una leyenda. Había entre ellos (que eran miles) algunos que se
distinguían en las ciencias y en las artes, nada más que como apreciables
medianías. Llevando siglos de existencia, disponiendo de riquezas y viajando
por toda la tierra, sus famosos sabios no habían enriquecido á la humanidad con
un sólo descubrimiento de importancia. Su talento consistía en presentar al
vulgo las medianías como genios de fama universal y colocar á la mayoría
restante en sitios donde no se evidenciase su vulgaridad.
El médico se reía igualmente de su poder. Sólo
alcanzaba á los que caían ante sus confesonarios. El que cortaba toda
comunicación con ellos, podía burlarse de su poder sin miedo alguno. Eran unos
pobres hombrea, temibles únicamente para los que viven á su sombra.
Aresti reconocía, sin embargo, que su influencia
dentro de la Iglesia era mayor que nunca. Cuando Loyola había fundado su
Compañía, las demás órdenes religiosas la despreciaban. Pero por ser la más
moderna se había apoderado de todas, con la fuerza de la juventud. Además, los
frailes, despojados de sus riquezas de otros siglos, tenían ahora que copiar
los procedimientos de los jesuítas, que tanto les repugnaban en pasadas épocas.
Tenían que marchar á la zaga de ellos, imitándolos para hacer dinero, guardando
la actitud humilde del pobre ante el rico. El cuarto voto de obediencia al
Papa, peculiar de la Compañía, había hecho indispensable para el Vaticano el
apoyo del jesuitismo. Hasta podía afirmarse que el ejército monástico de Íñigo
de Loyola había salvado al pontificado en el trance, terrible para él, de la
revolución luterana. Era la antigua fábula del hombre y el caballo, puesta de
nuevo en acción. El caballo prestaba sus lomos al hombre para que le defendiese
y vengase de sus enemigos, pero una vez satisfechos sus deseos, el jinete se
negaba á descender, condenándolo á eterna servidumbre. La compañía había
salvado al Papa, pero esclavizándolo para siempre. El cristianismo había muerto
con la Reforma para convertirse en catolicismo. Ahora el catolicismo ya no era
más que una palabra: la verdadera religión era el jesuitismo. El Papa que
bendice seguía en el Vaticano; pero el Papa que decreta y disciplina las
conciencias, era el General, oculto en el Jesu de Roma.
—Esto á mí en nada me interesa—acabó diciendo
Aresti.—Yo vivo fuera del gremio, y lo mismo me importa que lo dirija este que
el otro.
Su primo hizo un gesto de asentimiento. A él
tampoco. Él no hablaba con la audacia del doctor, pero vivía de hecho fuera de
las prácticas religiosas; no le preocupaban.
—A tí, sí—dijo Aresti con energía.—A tí deben
preocuparte. Crees que vives fuera de esa influencia, porque no vas á misa, ni
te tratas con curas; pero todo llegará, tú irás, y hasta es posible que te
arrodilles ante algún confesonario de la iglesia de los jesuítas. Estás en el
círculo de su influencia: te tienen al alcance de su mano por medio de la
familia; ya te agarrarán. ¡Apenas si es mal bocado el millonario Sánchez
Morueta!
El aludido sonrió. ¡Bah! No eran tan terribles. En
Inglaterra se reirían oyéndoles hablar de tales gentes. Allí las despreciaban,
si es que alguna vez hacían memoria de ellas.
—¿Pero es que Londres es Bilbao?—gritó exasperado
el doctor.—¿Acaso Inglaterra es España? Ya sé yo que se ríen de ellos en todas
las naciones modernas y poderosas: únicamente Francia se rasca de vez en cuando
para echárselos lejos. Pero vivimos en España, una nación que no concibe la
vida sin la Iglesia, y lo que te dije de los individuos, puede aplicarse á los
Estados. Contra los fuertes se estrellan y perecen, pero de los débiles,
predispuestos al contagio, se apoderan como una enfermedad. Eso de «cursi» podrá
aplicarse al que sueñe con el jesuíta temible, en Londres ó en Berlín: pero
aquí ¡vaya con la cursilería! ¡y no puedes moverte sin tropezar con
ellos!...
—Sí; aquí dominan mucho—dijo el millonario con
gravedad.—Yo sé que á otros menos poderosos, que necesitan para sus negocios
del apoyo de capitales ajenos, los han elevado ó los han hundido, enviándoles ó
retirándoles los accionistas. Se meten en las casas y las dirigen... pero es
allí donde les dejan entrar. Yo, afortunadamente, aunque tú creas lo contrario,
estoy libre de ellos. Me han buscado por mil medios; han intentado
conquistarme; me han ofrecido indirectamente apoyos que no necesitaba. Estoy
muy por encima para que puedan hacerme daño. Aquí no entrarán por más que se
empeñen. Ya lo sabe Cristina: es lo único que me impulsaría á romper con ella,
á separarme, sin miedo á lo que dijese la gente. Tú que sonríes y hasta parece
que te burlas: ¿has visto aquí alguna vez una sotana? ¿tienes noticia de que
vengan á visitarnos esos señores de la Residencia?
—No: no vienen—dijo Aresti sin abandonar su gesto
irónico.—¿Y para que habían de venir? Hace tiempo que están dentro: no
necesitan de tu permiso. ¿A quién habían de buscar en tu casa? ¿A tu mujer y á
tu hija? Ya les ahorras esa molestia enviándolas tú mismo á donde ellos las
aguardan. Les cierras la puerta de tu hotel, pero antes les entregas la
familia....
—Me has repetido lo mismo varias veces: son
ilusiones tuyas. Ya conoces mi carácter. He dicho que no entran y no entrarán.
Sería un buen golpe para ellos apoderarse de Sánchez Morueta; pero pierden el
tiempo.
Aresti estaba pensativo y parecía no oírle.
—El otro día—dijo con lentitud, como si
reconcentrase su memoria—leí un drama en francés y me acordó de tí. Era La
Intrusa de Mæterlinck, ¿Conoces eso?...
El millonario movió la cabeza: él no tenía tiempo
para la literatura.
—La Intrusa—continuó el médico,—es la
Muerte, que entra en las casas sin que nadie la vea; pero todos sienten los
efectos de su paso.
Y Aresti relató la escena lúgubre de la familia
reunida en torno de la mesa, en la penumbra, más allá del círculo de luz de una
pantalla verde. En la alcoba cercana está una enferma, con el sopor de la
gravedad: fuera de la casa, á lo lejos, se oye afilar una guadaña, rayando el
cristal negro de la noche con su chirrido. Alguien debe haber entrado en el
jardín. Se asoman y no ven á nadie. Los cisnes graznan asustados, ocultando la
cabeza bajo las alas como si pasase un peligro: los peces despiertan en el tazón
de la fuente, ocultándose temblorosos: las flores caen deshojadas, las piedras
crujen como si las pisasen unas plantas de inmensa pesadumbre... y sin embargo
no se ve á nadie. Ya suenan pasos en la escalinata: la puerta se abre, á pesar
de que no sopla el viento. Hasta la noche parece haber enmudecido sobrecogida.
Intenta la familia cerrar las hojas y no puede, como si tropezasen con un
cuerpo invisible, con alguien que asoma y se detiene indeciso, antes de
orientarse. Y después, el ser misterioso avanza por la sala. Nadie le ve, pero
se adivinan sus pasos sobre el tapiz, presienten todos que algo pasa ante la
lámpara verde. Levanta una mano invisible la cortina del cuarto de la enferma y
vuelve á caer sin que nadie haya entrado. ¡Un gemido!... La enferma acaba de
morir. Es la muerte que ha llegado hasta su cama atravesando todos los
obstáculos; la Intrusa, para la que no hay puertas, que avanza
invisible, haciendo sentir en torno su oculta presencia.
Y Aresti, después de relatar la obra de Mæterlinck,
miraba silencioso á su primo, que parecía no comprenderle.
—En tu casa ocurre lo mismo—dijo tras larga
pausa.—Crees que ese enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso
sentarse á tu mesa y ocupar un sillón en la hora de las visitas. Pues hace
tiempo que llegó hasta tu misma alcoba. Tú te lamentabas de ello hace poco.
Todos los días vuelve, siguiendo los pasos de tu mujer y tu hija cuando
regresan de la Iglesia de los jesuítas ó de sus juntas de Hijas de María. ¿No
presientes la proximidad de ese enemigo invisible? No percibes su roce? El
último de tus criados lo ve y tú estás ciego. Te mira á todas horas y conoce
tus acciones. Sus ojos son ese secretario que tienes y ese señorito pariente de
Cristina, que busca unirse á tí, pensando en tus millones más que en Pepita.
Sus manos son tu mujer y tu hija. Ellas te agarrarán cuando te sientas débil;
aprovecharán un instante de desaliento para empujarte dulcemente en brazos del
Intruso. Te crees libre de él y ronda á todas horas en torno tuyo.
Sánchez Morueta reía ruidosamente.
—Estás loco, Luis. Por algo tienes esa fama de
original. La lectura te ha trastornado el seso. ¿A qué tanto fantasma, y
dramas, é intrusos... y demonios coronados? En resumen, todo es porque dejo en
libertad á mi familia, para que se entregue á las prácticas religiosas y se
entretenga con esa devoción bonita, inventada por los jesuítas. ¡Qué he de
hacer yo, si eso las divierte! ¿Quieres acaso que me Imponga como un tirano de
comedia, y diga: «Se acabó el trato con los Padres, aquí no hay más misa que la
que diga el cura de Portugalete en el oratorio del hotel?» Eso no lo hago yo,
Luis. Yo soy muy liberal: tal vez más que tú.
Hablaba con una firmeza británica de su respeto á
la libertad. Él no quería violentar la conciencia ajena: cada cual que siguiera
sus creencias y que le dejaran á él con las suyas. Libertad para todos. Y
recordaba su educación en Inglaterra, la amplitud religiosa del pueblo
británico, con sus diversas confesiones, sin que los individuos de una misma
familia se molesten ni enemisten por practicar diversos cultos.
Aresti pareció irritado por la calma serena con que
su primo hablaba de la libertad.
—Yo también creo lo mismo—exclamó;—pero en un país
como ese de que hablas, que apenas si ha conocido la intolerancia religiosa y
la persecución por delitos de conciencia. Además, hay allí creencias diversas,
y unas á otras se equilibran, amortiguando los efectos. Es una especie de
federalismo religioso que no sale de los templos, ni pretende dominar al Estado
y dirigir las familias. ¿Pero hablar de libertad absoluta en este país, que es
famoso en el mundo por la Inquisición y por ser patria de San Ignacio?...
Llevamos sobre las costillas cuatro siglos de tiranía clerical. La unidad
católica no está consignada en las leyes, pero ya se encargan muchos de que
perdure en las costumbres. Vivimos en guerra religiosa permanente. Los pocos
que se emancipan han de estar sobre las armas, dando y recibiendo golpes. ¡Y
vienes tú con esa pachorra inglesa hablándome de libertad y de respeto á todas
las creencias!... Eso puede ser en otros países; podrá ser aquí, cuando exista
esa España nueva, cuyo nacimiento se aguarda hace cerca de un siglo, que saca
la cabeza y luego se oculta, sin decidirse á salir por completo de las entrañas
de la Historia. No: yo no soy liberal: yo soy un hombre de mi tiempo, tal como
me han formado las circunstancias de mi país, no como me lo enseñan los libros.
Yo soy un jacobino; yo quiero ser un inquisidor al revés, ¿me entiendes?, un
hombre que sueña con la violencia, con el hierro y con el fuego, como único
remedio para limpiar á su tierra de la miseria del pasado.
Y Aresti, siempre irónico y zumbón, se exaltaba
hablando. Latía en sus palabras el odio á la influencia oculta que había
truncado su vida, hiriéndolo en sus afectos de hombre pacífico, impidiéndole
constituir una familia. Él amaba la libertad; pero era la libertad para el
mejoramiento y bienestar de la especie humana; para ir adelante, hacia los
nuevos ideales marcados por la ciencia: no para retroceder, abrazándose á
instituciones que estaban muertas desde hacía siglos. Además, ¿por qué conceder
las ventajas de la libertad á los que habían empleado antaño su inmenso poderío
combatiéndola, arrumbando escombros sobre su tallo naciente y ahora, al verla
vigoroso árbol, querían ser los primeros en gozar de su sombra? No: él no
reconocía derecho para existir á unas creencias que eran la negación de la
vida; no podía conceder la libertad á los tradicionales enemigos de esa misma
libertad.
Encarándose con Sánchez Morueta, preguntábale qué
haría si supiera que en su escritorio existían hombres que deseaban el
naufragio de sus barcos, el incendio de sus fábricas, el agotamiento de sus
minas, la desaparición total de todo lo que era la existencia de su casa. ¿No
los expulsaría, indignado? Pues esto deseaba él para los enemigos de la vida,
para los que maldecían como pecados las más gratas dulzuras de la existencia;
para los que adoraban la castidad antipática de la virgen sobre la soberana fecundidad
de la madre; y ensalzaban la pereza contemplativa, considerando el trabajo como
un castigo; y hacían la apología de la vagancia y la miseria convirtiéndolas en
el estado perfecto; y tenían el hambre como signo de santidad y apartaban á las
gentes de las felicidades positivas de la tierra, haciéndolas dirigir las
miradas á un cielo mentido; y anatematizaban el amor carnal como obra del
demonio. Eran, en una palabra, los que divinizaban todas las miserias, todos
los rigores que martirizan al hombre, marcando, en cambio, con el sello de la
execración las únicas alegrías que están á su alcance. Aquellos enemigos de la
vida, la insultaban llamándola valle de lágrimas. ¿No deseaban salir de ella
cuanto antes? Pues á darles gusto y que dejaran el sitio libre á los pecadores,
á los malvados que aman este mundo y se conforman con todos sus defectos y
tristezas, sabiendo que más allá no existe otro mejor.
Aresti hablaba con una vehemencia feroz,
brillándole los ojos con fuego homicida.
—Eres un inquisidor—dijo su primo soriendo.—Parece
mentira que un hombre moderno como tú se exprese de tal modo.
Aresti no quiso protestar. No le infundía
repugnancia el mote de su primo. ¿Inquisidor? sea. Toda la España, ansiosa de
algo nuevo, sentía lo mismo que él, sólo que no llegaba á razonar sus impulsos.
En otros pueblos más adelantados, la crisis religiosa, el paso de la Fe á la
Razón, se había verificado dulcemente, en medio del respeto y la libertad. La
Reforma, con su espíritu de crítica y libre examen, había servido de puente.
Pero en esta tierra había que dar un salto violento, pasar, sin puente alguno,
desde las creencias de cuatro siglos antes, aún en pie y poderosas, á la vida
moderna. El tránsito había de ser rudo y brutal. Era un ensueño querer guiar al
pueblo mansamente, pasito á paso: había que correr, que saltar, derribando lo
que aún quedase por delante. Había que tener en cuenta la raza, la herencia
triste que pesa sobre este pueblo: su educación intolerante que databa de ayer.
En unos cuantos años de vida moderna, que no era propia, sino de reflejo, no se
podían extinguir varios siglos de ferocidad religiosa. Todo español lleva
dentro un inquisidor. Bastaba ver cómo el más leve atentado que turbaba la paz
pública, hasta las clases más elevadas y cultas, pedían la suspensión del
derecho y la intervención de la fuerza. Los ricos aplaudían á la guardia civil
cuando daba tormento, resucitando los procedimientos salvajes de la
Inquisición; los pobres admiraban al fuerte, al audaz, viendo muchos de ellos
la suprema gloria en la bomba de dinamita; los gobiernos, ante el más
insignificante motín, abominaban de la libertad como si fuese un fardo
abrumador... En otros tiempos, los católicos rancios presentaban sus pruebas de
pureza de sangre para demostrar que estaban limpios de todo origen judío ó
mahometano. ¿Quién podría jurar hoy que no circulaba por sus venas sangre de
fraile ó de familiar del Santo Oficio?
Y el doctor, que había asistido á muchas reuniones
populares, recordaba la gradación de los sentimientos y tendencias de la gran
masa. Aplaudían con un entusiasmo algo forzado, por costumbre más que por
espontáneo impulso, los ataques al régimen político. Los reyes estaban lejos, y
la gente pensaba en ellos como en una calamidad casi del pasado, que aún no se
había extinguido, pero que debía desaparecer fatalmente, más pronto ó más
tarde, sin grandes esfuerzos. Les interesaba la cuestión social como algo positivo
relacionado con su bienestar; pero por más esfuerzos que hicieran los oradores
por exponer las generosidades de la sociología revolucionaria, la gente sólo
veía la ventaja de aumentar en unos cuantos reales el jornal y trabajar alguna
hora menos... Pero se hablaba del jesuíta, del fraile, del cura, y la
muchedumbre se ponía instintivamente de pie, con nervioso impulso, y brillaban
los ojos con el fulgor diabólico de una venganza secular, y sonaba estrepitoso
el trueno del aplauso delirante, y se levantaban los puños amenazadores,
buscando al enemigo tradicional, al hombre negro, señor de España. Las huelgas
por cuestiones de trabajo se desviaban para apedrear iglesias: las
manifestaciones populares silbaban é insultaban á toda sotana que cruzaba la calle:
hasta los motines contra el impuesto de Consumos tenían por final la quema de
algún convento.
—Y es que el pueblo—continuó Aresti—adivina por
instinto cuál es el enemigo más próximo, el primero que debe acometer al
despertar, y no se junta para algo que no dirija contra él sus iras.
El doctor, guiado por un deseo de imparcialidad,
reconocía que en apariencia ningún odio ni temor debían sentir las masas contra
la Iglesia. Los obreros de las ciudades no iban á misa, ni se confesaban;
vivían separados del cura, despreciándolo. ¿Por qué, pues, habían de temerle?
Los jesuítas y los frailes sólo visitaban las casas de los ricos y no podían
esperar los pobres que se introdujeran en sus miserables tugurios. ¿Por qué,
pues, odiarlos? Era que la masa, por instinto, adivinaba en ellos la barrera opuesta
á toda tentativa de avance. Estancando la vida del país, cortaban el paso á los
de abajo. Ellos eran los que les habían tenido en la ignorancia durante siglos,
haciéndoles ver que el pobre carece de otro derecho que el de la limosna,
inculcándoles un respeto supersticioso para el potentado, obligándoles á creer
que deben aceptarse como dones celestes las miserias terrenas, pues sirven para
entrar en el cielo. Y el pueblo, que sólo conseguía ventajas en fuerza de
rebeldías y revoluciones, se vengaba del engaño de varios siglos persiguiendo á
los impostores.
Además, existía un impulso de fuerza tradicional.
Da las entrañas de la historia patria se desprendía un hálito de santo
salvajismo. El brasero inquisitorial ardía durante siglos; el cielo azul
obscurecíase con nubes de hollín humano; reyes, magnates y populacho habían
asistido entre sermones y cánticos á las quemas de hombres con el mismo
entusiasmo que provocan hoy las corridas de toros. Del fondo de la tierra
clamaban venganza miles de seres achicharrados: ancianos cuyo único delito fué
comentar la Biblia, mujeres trastornadas por enfermedades nerviosas, que
después ha explicado la ciencia, niñas inocentes que seguían con la
inconsciencia de la juventud las creencias de sus padres.
—España es un país de olvido—decía el doctor.—Aún
se estremecen en Francia recordando la matanza de San Bartolomé, que duró
veinticuatro horas. ¡Y aquí es cursi decir que hubo Inquisición! Hasta cerebros
poderosos que funcionan como si estuvieran vueltos del revés se han encargado
de demostrar que sus castigos no tuvieron importancia; que fué una institución
digna de elogios; como quien dice un jueguecito para divertir al pueblo. En
otros países levantan estatuas á los víctimas de la intolerancia religiosa.
Aquí la Iglesia omnipotente los ha matado por segunda vez, creando el vacío en
la historia. De tantos miles de mártires, ni el nombre de uno solo ha llegado
hasta el vulgo.
Pero el pueblo era, sin darse cuenta de ello, el
vengador del pasado, Aresti, que vivía en contacto con la masa, apreciaba la
simplicidad de sus ideas, el instinto paladinesco que la impulsaba á ser la
ejecutora de una revancha histórica. Sólo en el pueblo perduraba el recuerdo de
aquella ferocidad religiosa, de aquel crimen repetido fríamente en nombre de
Dios al través de los siglos; de aquellos sacrificios humanos que recordaban
los ritos sangrientos de los fenicios ante sus divinidades ardientes. Y el desquite
llegaba con no menos ferocidad, como el desahogo de un pueblo que se venga.
Intentábase ahora, al menor motín, quemar los edificios que servían de albergue
á los representantes del pasado odioso; algún día los incendiarían de veras con
todo su contenido humano. Esto parecería brutal, pero era lógico en un país
donde todavía no existe el hombre. Los hombres poblaban el resto de Europa.
Aquí aún no se habían presentado. El hombre sería el habitante de la España
nueva; pero antes tenían que evolucionar mucho los actuales pobladores del
país, dignos descendientes del inquisidor, educados por él en el desprecio á la
vida humana, en la facilidad de inmolarla como holocausto á las creencias. ¿De
qué se quejaban los que mañana serían víctimas, si ellos habían envenenado el
alma de un pueblo, formándolo durante siglos á su imagen y semejanza?...
El doctor recordaba ciertos mariscos que,
segregando el jugo de su cuerpo, forman la concha, el caparazón que les sirve
de vestido y defensa. El español no tenía otro jugo que el de la intolerancia,
el de la violencia. Así le habían formado y así era. En otros tiempos, el
caparazón era negro; ahora sería rojo; pero siempre la misma envoltura: Él
estaba orgulloso de la suya. Frente al inquisidor del pasado, el inquisidor en
nombre del porvenir. Luego, ya llegaría el hombre, limpio de todo deseo de
venganza, sin miedo á enemigos tradicionales, fraternal y dulce, que levantaría
el edificio moderno sobre el solar limpio de escombros.
—¡Estás loco!—exclamó Sánchez Morueta riendo.—Por
eso te ponen esa fama de hombre que tiene cosas. Si te tomase en
serio, habría para sentir horror por lo que dices.
Aresti se encogió de hombros.
—Pero ven acá, mediquillo chiflado—continuó el
millonario.—Reconozco que esa gente es tan nociva y tan peligrosa como tú
dices. Ya sabes que yo tampoco la tengo en gran estima, y me lamento del estado
en que han puesto á nuestro país. Pero ¿á qué la violencia? Para acabar con
ellos no hay como la libertad. Mueren dentro de ella como los gérmenes que se
encuentran en un medio que no es el suyo. Perseguirlos y oprimirlos, es tal vez
darles más fuerza, demostrar que se les tiene miedo.... ¡Mucha libertad, mucho
progreso, y ya verás como las costumbres de la civilización les empujan hasta
el sitio que deben ocupar, sin que osen salirse de él!
—¡Ahora me toca á mí reír!—exclamó el doctor.
Y reía mirando á su primo con ojos compasivos,
mientras contestaba á sus razonamientos.... ¡Querer luchar con aquellas gentes,
en la amplitud de la libertad, cuando llevaban como ventaja varios siglos de
dominación, la incultura del país, la servidumbre de la mujer encadenada á
ellos por el sentimentalismo de la ignorancia! ¡Cuando contaban con el apoyo
del rico, de tradicional estolidez, que, atormentado por el remordimiento,
compra con un trozo de su fortuna la seguridad de no ir al infierno!... Mientras
aquellos enemigos existieran, serían estériles todos los esfuerzos para
reanimar el país. Sólo ellos se aprovechaban de las ventajas del progreso
nacional. Eran los perros más fuertes y ágiles, y se zampaban los mendrugos que
la civilización arrojaba al paso, por encima de nuestras bardas, mientras el
pobre mastín español soñaba en medio de su corral, flaco, enfermo y cubierto de
parásitos.
Había que fijarse en el trabajo de los padres de la
Compañía, que eran los verdaderos representantes del catolicismo, el Estado
Mayor del ejército religioso, el único que tenía el secreto de sus marchas y
evoluciones y ocupaba las tiendas de distinción. ¿Se engrandecía Barcelona
siguiendo el movimiento fabril de Europa? Pues allí ellos. Adquiría Jerez
inmensa riqueza con la fama universal de sus vinos, y sobre las techumbres de
las bodegas alzábase dominadora la iglesia del jesuíta. Descubría Bilbao sus
minas y en seguida se presentaba el ignaciano á pedir su parte, levantando la
universidad y el templo; la fábrica de autómatas y la tienda donde se vende la
salvación eterna. No había una mancha de prosperidad y riqueza en el mísero
mapa de España, que no la ocupasen ellos. En las pobres regiones del interior,
condenadas á hambre perpetua y á un cultivo africano, no conocían su
existencia. La España mísera quedaba para los curas montaraces y famélicos,
para los merodeadores despreciables del ejército de la Fe. Ellos eran como los
juncos, que delatan en la estepa la presencia oculta del agua. Donde ellos
apareciesen, no era posible la duda: existía la riqueza.
La fábrica nueva, la mina descubierta, los campos
recién roturados, la codicia de arriba y la miseria explotada de abajo; todo se
condensaba en provecho suyo y venía lentamente á sus manos. Aresti se indignaba
ante la suerte de su país, tierra de maldición, tierra condenada, que había de
permanecer en la inmovilidad, mientras se transformaba el planeta, ó si se
abría á las caricias de la civilización era en provecho de los dominadores
acampados sobre ella.
Con el catolicismo no eran posibles los respetos.
El que se mantenía ante él en actitud puramente defensiva, con la esperanza de
que la Iglesia imitase su prudencia, estaba vencido de antemano. Los católicos
de buena fe eran temibles y peligrosos por el convencimiento de que poseían la
verdad absoluta. Dios se había tomado la molestia de hablarles para
transmitírsela, y sentían eternamente la necesidad de imponerla á los hombres,
aunque fuese por la fuerza, exterminando á los espíritus rebeldes que se resistían
á recibir el beneficio. Podía vivirse en paz con todos los errores, siempre que
fuesen fruto de la razón, pues la razón no se considera infalible y está pronta
á rectificarse. ¿Pero cómo existir tranquilamente, en mutuo respeto, con unos
hombres que tomaban todos sus pensamientos como inspiraciones indiscutibles de
la divinidad? En ellos era instintiva la violencia; se indignaban ferozmente
viendo desoído á Dios, que habla por su boca. Sus crímenes del pasado y sus
pretensiones del momento, imponían el deber de combatirlos. Podían respetarse
sus creencias, pero vigilándolos como locos peligrosos, teniéndolos en perpetuo
estado de debilidad para que no intentaran imponerse por la violencia.
—¡El respeto á la libertad!—continuó el doctor
dirigiéndose á su primo.—Oyéndote, me pareces igual á un filántropo loco, que
en una colección de fieras, se indignase ante la jaula de una pantera.
Y Aresti, en su exaltación, mimaba la escena, al
mismo tiempo que la describía de viva voz. El filántropo ideal compadecía á la
bestia, ¿Con qué derecho la tenían entre hierros? La fiera había nacido para
ser libre: tenía derecho á la vida de las selvas, sin obstáculo alguno, como en
su primera edad, «Goza de tu libertad, pobre pantera», decía abriendo la jaula.
Y el animal, al salir de un salto, mostraba su agradecimiento al libertador
haciendo uso de su fuerza, abatiéndole de una zarpada, desgarrándole el pecho
con los colmillos.
—Suelta á la pantera de nuestra historia—gritaba el
médico;—déjala en libertad, después que ha costado un siglo de esfuerzos
colocar ante ella unos barrotes por entre los cuales saca las patas siempre que
puede, y ya verás cómo corresponde á tu candidez de liberal á la antigua.
—¿Y qué quieres?—preguntó Sánchez
Morueta.—¿Matarla? ¿Crees que eso es posible, de un golpe?
—Así debía ser: lo nocivo, lo peligroso hay que
suprimirlo.
Quedó en silencio Aresti largo rato, y luego añadió
con convicción:
—Matar la fiera sería lo mejor. Pero de no ser así,
hay que conservarla entre hierros, acosarla, acabar con su fuerza, romperla las
uñas, arrancarla los dientes, y cuando la vejez y la debilidad hayan convertido
la pantera en un perro manso y débil, entonces, ¡puerta abierta! ¡libertad
completa! Y si los instintos del pasado renacen en ella, bastará un puntapié
para volverla al orden.
El despacho de los ingenieros en los altos hornos
de Sánchez Morueta, ocupaba el segundo piso de un edificio de moderna
construcción, con las paredes exteriores ennegrecidas por el humo de las
chimeneas que se alzaban entre aquél y la ría.
Abajo, en las oficinas, estaban los hombres de la
administración, con la pluma tras la oreja, llevando las complicadas cuentas de
las entradas de mineral y de hulla, del acero elaborado, que se esparcía por
toda España en forma de rieles, lingotes y máquinas, y de los jornales de un
ejército de obreros ennegrecidos y tostados junto á los hornos. Arriba, en lo
más alto, estaban los técnicos, el cerebro que dirigía aquel
establecimiento industrial, grande y populoso como una ciudad.
Esta parte de la casa era la única que los
trabajadores veían sin odio. Los días de paga, muchos, al salir, miraban con
ojos iracundos las ventanas del primer piso, como si fuesen á asomar á ellas
los administradores que regateaban el precio de su faena, cercenándolo con
multas y descuentos por tardanzas ó descuidos en el trabajo. Si miraban más
arriba era con el respeto que á la gente sencilla inspira el estudio.
Aquellos señores que pasaban el día inclinados ante
los tableros de dibujo, trazando modelos con una minuciosidad delicada ó
alineando números y letras para sus cálculos, eran mirados como seres
superiores. El rebaño obrero sentíase en contacto más íntimo con aquellos
hombres que se limitaban á dirigirles en su trabajo, que con los otros de la
administración que les entregaban el dinero.
Bajaban á ciertas horas del día á los talleres,
para dar sus órdenes á los contramaestres, y volvían á encerrarse en su estudio
misterioso, sin que los obreros oyeran de sus labios la menor repulsa. Su jefe
era Fernando Sanabre, el cual, mostrando una memoria prodigiosa, conocía á
todos los trabajadores, llamándolos por sus nombres. Cuando ellos veían á don
Fernando en los talleres, les parecía el trabajo menos pesado y procuraban que
su tarea fuese más rápida, como si el ingeniero hubiese de percibir el producto
de sus esfuerzos. Aquel joven parecía tener alrededor de su persona el ambiente
de simpatía y atracción de los grandes caudillos, de los apóstoles que
arrastran las masas. Había nacido para pastor de hombres; inspiraba confianza y
fe. Los que tenían quejas que formular iban á él, aun sabiendo que su
influencia no alcanzaba á la administración, y después de escuchar sus consejos
se retiraban más tranquilos, como si hubieran conseguido algo.
La sencillez de su trato, la dulzura de sus
palabras, aquella sonrisa espontánea, reflejo de un carácter recto,
transparente y sin dobleces, cautivaban á unos hombres habituados á la voz
imperiosa de los contramaestres y á las respuestas altivas de los escribientes
de la dirección.
Vivía como un obrero en una casa del Desierto. Era
pupilo de una vieja cuyo marido había muerto trabajando en los altos hornos, y
su hospedaje servía para mantener á la viuda. En torno de él había fabricado el
afecto de los humildes una aureola de bondad.
Una gran parte de su sueldo la enviaba á su madre y
sus hermanas, que residían en la ciudad de Levante donde él había nacido. La
pobre señora había intentado vivir cerca de él, pero temía al clima de Bilbao.
Muchos obreros guardaban el recuerdo de una anciana con el pelo blanco peinado
en bandos, de anticuada distinción, que paseaba en los días serenos por cerca
de la ría, apoyada en sus dos hijas, quejándose de las lluvias frecuentes de
aquel país, de la atmósfera cargada de carbón y polvo de hierro, pensando en el
sol de Levante, en los campos siempre verdes, en los naranjales caldeados por
un viento ardoroso.
Los obreros, al hablar de don Fernando, ensalzaban
el interés que mostraba por ellos. Aquel señorito era de los suyos. Sin el
menor esfuerzo se llevaba la mano al bolsillo, para auxiliar á algún trabajador
que por enfermedades de la familia se veía en trance apurado. El elogio que
hacían de él era siempre el mismo: «No tiene nada suyo.» Además, le querían,
por verle siempre en guerra con los señores de la administración, en defensa de
la gente de los talleres. En las oficinas trabajaban muchos amigos de Goicochea,
que se aprovechaba, para colocarlos, de su intimidad con el principal. Eran
compañeros suyos de las cofradías de Bilbao, piadosos señores que se
preocupaban más de los pensamientos de los obreros que de su trabajo, y
valiéndose de ciertos espionajes de taller, los tenían sometidos á continua
vigilancia, clasificándolos según sus creencias.
Un día el ingeniero había tenido un choque con la
administración, al ver despedido del trabajo, por fútiles pretextos, á un
obrero antiguo. Todos los compañeros recordaban que un mes antes su camarada
había enterrado civilmente, con gran escándalo de las devotas del pueblo, á un
hijo suyo, y acusaban á los culebrones de la dirección de una
ruin venganza. Los más exaltados gritaban en son de amenaza. ¿Es que después de
matarse trabajando, iban á imponerles á cambio del jornal lo que debían pensar?
¿Tendrían que ir con una vela en las procesiones, como ciertos hipócritas que
halagaban de este modo á los amos, para procurarse trabajo? Sanabre tuvo una
viva discusión en les oficinas y acabó por presentarse á Sánchez Morueta. El
millonario, abstraído en sus negocios, ignoraba la vida interna de sus
fábricas, y se indignó contra aquellos empleados, que eran excelentes
administradores, pero se aprovechaban de las facultades que él les daba, para
imponer sus creencias. Él no quería á su sombra más que trabajo. El obrero
volvió á ocupar su sitio y toda la gente de los altos hornos agradeció al
ingeniero esta victoria.
Si Sánchez Morueta gozaba de algún afecto entre los
miles de hombres que le veían pasar como un fantasma por el edificio de la
dirección, era un reflejo del cariño que todos sentían por Sanabre. Aquella
gente adivinaba la simpatía que el amo profesaba al ingeniero. Mientras don
Fernando estuviese al lado del millonario, no había que temer que entrase en
los altos hornos el espíritu de purificación santurrona que reinaba en otras
fábricas. Él defendía los intereses de su principal, procurando que el trabajo marchase
bien; pero fuera de los talleres todos quedaban en libertad. No ocurría lo que
en las fábricas y las minas de otros ricos de Bilbao, donde bastaba la lectura
de ciertos periódicos ó la asistencia á un mitin, para ser despedido con
ridículos pretextos. ¿Qué le pediría al amo aquel don Fernando tan bueno y
simpático que no se lo concediese?
Y así era: Sánchez Morueta sentía por Sanabre un
afecto casi paternal. Encontraba en él algo de aquel hijo, que en vano había
esperado en los primeros tiempos de su matrimonio. Hacía ocho años que se había
presentado una mañana en su escritorio con una carta de recomendación de un
amigo de Madrid. Acababa de terminar su carrera de ingeniero industrial en
Barcelona; era pobre y necesitaba vivir, mantener á su madre y sus hermanas que
subsistían de una mísera pensión del Estado. Su padre había sido militar; todos
los hombres de su familia eran hombres de guerra: la espada pasaba de
generación en generación, como instrumento de trabajo, en aquella familia de
levantinos. Pero á él no le gustaba la profesión de soldado: se parecía á su
madre. Y Sánchez Morueta, examinando al muchacho, reconocía que efectivamente
había en él muy poco de aquella estirpe de guerreros. Era delicado, con las
manos finas, la piel lustrosa, de un moreno pálido, los ojos grandes y dulces,
tal vez en demasía para un hombre, y una dentadura igual y nítida, sin esa
agudeza saliente que revela el instinto de la presa. El bigote, ensortijado con
cierta arrogancia, era la única herencia física de sus belicosos antecesores.
El millonario sintió simpatía por el joven desde el
primer instante. Tal vez era la fuerza del contraste entre su rudo cuerpo de
luchador y la delicadeza de aquel meridional que ocultaba sus energías, su
viveza de carácter, bajo un exterior suave de efebo bigotudo «Parece un
tenor»—se dijo el millonario al conocerle. Y desde entonces, encariñado con su
idea, no oía ópera alguna, sin encontrar en los ojos pintados de los cantantes
y en sus movimientos perezosos, algo que le recordaba á su joven ingeniero.
Sanabre no tardó en apoderarse del afecto de su
principal. Aquel hombre de pocas palabras era comprendido inmediatamente por el
joven. Muchas veces, antes de hablar, salía al encuentro de su pensamiento, lo
adivinaba, cumpliendo las órdenes que el millonario aún no había formulado.
Además, el ingeniero tenía sus ideas propias, y las comunicaba con una
discreción tan suave, que el principal acababa por creerlas suyas.
Cuando Sánchez Morueta le tomó bajo su protección
acababa de fundar los altos hornos. Sanabre entró en el despacho de los
ingenieros como un simple agregado, trabajando á las órdenes de un inglés, que
había construido los hornos y era un excelente director, hasta media tarde,
pues pasada esta hora, el whisky, bebido en abundancia durante el
día, le impulsaba á las mayores extravagancias. Cuando el inglés volvió á su
país, Sánchez Morueta miró con sonrisa paternal á su ingenierillo. «Muchacho,
¿te atreverías tú con todo eso?... ¡Vaya si se atrevió! El millonario reconocía
que desde que Sanabre estaba al frente de los altos hornos marchaba la
explotación con más regularidad, siendo menos frecuentes los conflictos entre
la administración y el ejército obrero. Era un excelente engrasador que, apenas
notaba un entorpecimiento en la complicada máquina, acudía á remediar la
aspereza con su dulzura y sus buenas palabras. A no ser por él, hubieran
surgido varias veces en los talleres la protesta y la huelga.
Los de la administración—por exceso de celo y por
antipatía instintiva hacia la masa jornalera, que vivía sin acordarse de la
religión, hablando á todas horas de sus derechos,—inventaban á cada paso nuevas
reglamentaciones para cercenar algunos céntimos de los jornales ó aumentar el
trabajo en unos cuantos minutos. Los protegidos de Goicochea hablaban de la
necesidad de «velar por los intereses de la casa», y al mismo tiempo, de meter
en un puño á aquella gentuza, cada vez más exigente y respondona. Pero Sanabre
estaba allí y servía de intermediario y pacificador. ¿Qué le importaban á un
potentado como Sánchez Morueta algunas pesetas menos? Era indigno que por tan
poca cosa entrase en guerra con la miseria aquel hijo de la Fortuna.
El millonario aceptaba silenciosamente la opinión
de su ingeniero, y renacía la paz, mientras los jesuitones de la
Dirección (así los designaban en los talleres), sonreían
hipócritamente á Sanabre, agradeciéndole las derrotas con felina amabilidad.
Muchos obreros habían notado cierta transformación
en la persona y las costumbres del ingeniero director. Vestía con más esmero, y
los que estaban habituados á verle en los talleres con boina y zapatos de suela
de cáñamo, sin preocuparse del polvo del carbón ni de las chispas del acero, se
inquietaban ahora cariñosamente por los trajes nuevos y los sombreros flamantes
adquiridos en Bilbao, que paseaba con su antiguo descuido entre las fraguas
chisporroteantes y las nubes negras de los cargaderos. Sus cuellos altos, sus
corbatas de vivos colores, llamaban la atención de las mujeres que trabajaban
en el carbón, pobres seres enflaquecidos por el trabajo y la bebida, que
siempre tenían algo que pedir al ingeniero para remedio de su maternidad
miserable.
—¡Chicas: nos lo han cambiado!—se decían;—ya no es
don Fernando: parece un señoritingo de los del Arenal. ¿Quién será la novia?...
Su instinto de mujeres adivinaba el amor tras la
repentina transformación.
Algunas noches le veían los obreros salir en un
coche para Portugalete: de allí pasaba por el puente colgante á Las Arenas. De
alguna de estas excursiones volvía con una flor en la solapa, conservándola
varios días, hasta que se secaba. Los trabajadores que tenían más confianza con
él, sonreían al sorprender las miradas involuntarias con que acariciaba este
adorno de la solapa, mientras pasaba revista á los talleres.
—¿Cuándo es la boda, don Fernando?—le preguntaban.
Y él contestaba con una sonrisa de enamorado,
contento de la vida, como si desease comunicar algo de su felicidad á cuantos
le rodeaban. La visión de un jardín, y de una mujer, marchaban ante él por los
negros y ruidosos talleres, embelleciéndolo todo como un rayo de sol.
Una tarde de verano, escribía Sanabre en su
despacho, junto á una ventana abierta que encuadraba un pedazo de la ría, con
dos vapores, un trozo de cielo azul cortado por varias chimeneas y el monte de
la orilla opuesta. Un ingeniero belga, joven de pelo rojo, mofletado como un
niño, y de bigote erizado, trabajaba cerca de él, y en la habitación inmediata
los delineantes dibujaban sobre los tableros, deteniéndose algunas veces para
pedir aclaraciones.
Sanabre parecía inquieto; miraba de vez en cuando á
sus subordinados con ojos de azoramiento, y al convencerse de que ninguno de
ellos se fijaba en él, volvía á escribir, no en los papeles de marca grande que
usaba para sus trabajos, sino en un pliego de cartas que el joven ingeniero
parecía acariciar con la pluma, trazando las letras con delicadeza de artista.
Más de dos páginas había llenado, cuando alguien
dió con el bastón fuertes golpes en la puerta del despacho y una voz conmovió á
todo el personal, habituado á la calma casi monástica de aquella oficina.
—A ver, ¿dónde está ese ingenierete?...
Lo primero que vió Sanabre al levantar la cabeza
fué el brillo de unos lentes, y al reconocer al doctor Aresti, abandonó su
sillón confuso é indeciso, dudando entre salir al encuentro de aquél ú ocultar
la carta.
Los empleados, que le conocían vagamente como
pariente del principal, volvieron á enfrascarse en su trabajo, mientras
Sanabre, todavía atolondrado por la inesperada visita, le ofrecía una silla
junto á la ventana.
El doctor explicaba su presencia allí. Había bajado
de Gallarta, llamado por la mujer de un antiguo contratista que ahora vivía en
el Desierto. Inconvenientes de la popularidad. Aquellas buenas señoras, aunque
se trasladasen á Bilbao ó fueran á vivir al otro extremo del mundo, no querían
otro médico que el doctor Aresti, obligándolo á ir de un lado á otro como un
comisionista de la salud. ¡Maldito carácter que no le permitía negarse á nada!
Y mientras venía la hora de coger el último tren de las minas, se había dicho:
«Vamos á echar un párrafo con el ingenierito y de paso veré el gran feudo
industrial de mi primo....»
Acariciando con amistosas palmadas á Sanabre, le
decía con tono malicioso:
—Desde el día del santo de Pepe que no te había
visto. Cuántas cosas han pasado desde entonces ¿eh?... Parece que todo va bien.
Aresti tuteaba al ingeniero, sin conseguir que éste
le tratase con igual confianza, pues el doctor le inspiraba cierto respeto, á
pesar de su carácter comunicativo. Los escudriñadores ojos de Aresti,
habituados al examen rápido de todo cuanto le rodeaba, iban rectos á aquella
carta que Sanabre pretendía ocultar.
—Eso no será ningún trabajo de ingeniería—dijo en
voz baja y con sonrisa burlona.—Me da en la nariz cierto tufillo de
noviazgo.... ¡Vaya un modo de velar por los intereses de mi primo, señor
ingeniero! Y de seguro que en esos cajones hay algo más que planos y estudios.
Cartitas de amor, con fina letra inglesa y alguna que otra falta de ortografía:
tal vez flores secas y amados cintajos. Muy bien, señor ingeniero. Eso es muy
propio de la seriedad de una oficina como esta.
Y reía viendo la confusión de Fernando, el cual
instintivamente volvía la mirada hacia los cajones de un secretaire inmediato,
desconcertado por la certeza con que el doctor lo adivinaba todo. Temió Sanabre
que sus subordinados oyeran alguna palabra del doctor: deseaba salir de allí
cuanto antes, y se puso de pie invitando á Aresti á seguirle. ¿De veras que no
había visto nunca los altos hornos? Pues aquella tarde era de las mejores:
había cuela de mineral. Y salió de la oficina seguido por el doctor.
Abajo, en la inmensa llanura de las fundiciones,
surcada por vías férreas y cubierta de polvo de carbón, el médico detuvo á su
guía, como si le interesase más hablar con él, que contemplar la riqueza
industrial de su primo.
—Vamos á ver, Fernandito—dijo cogiéndolo por un
botón de la americana.—Ahora que estamos solos y no hay miedo de que nos oiga
tu gente: ¿cómo van esos amores?...
Sanabre se ruborizó, haciendo signos negativos con
la cabeza; pero le desconcertaba la mirada del doctor, fija en él con la
tenacidad insolente de los miopes.
—¡Pero ingeniero del demonio! No niegues. ¡Si lo sé
todo!... Vaya por descubierta, para que seas franco conmigo. La semana pasada
me lo dijo el Capi cuando vino á cazar chimbos á
la montaña. Ya sabes que él es hombre que calla y lo ve todo. Nada se le escapa
de lo que ocurre en casa de Pepe. Conque dime, ¿cuándo piensas ser mi sobrino?
Sanabre se entregó: con aquel hombre no valían
disimulos. Además, el doctor le había inspirado una gran confianza y sentía el
anhelo de todo enamorado por comunicar su felicidad. ¿A quién mejor que al
bondadoso Aresti, que además aparecía ante sus ojos engrandecido por su
parentesco con Pepita?... La reserva vergonzosa del ingeniero, se convirtió en
una verbosidad atropellada. Quería contar de un golpe toda la historia de sus
amores: se extrañaba de que Aresti no sintiera el mismo entusiasmo que él y le
escuchase con gesto irónico, que daba á su cara una expresión de Mefistófeles
bondadoso.
¡Ay, qué tarde aquélla, en la que Pepita, paseando
por su jardín de Las Arenas, y aprovechando una corta ausencia de su madre, le
había contestado afirmativamente! Era la única vez que Sanabre creía haber
estado ebrio: ebrio de sol, de azul celeste, de verde de los árboles, de
aquella luz opalina que derramaban sobre el suelo unos ojos bajos y como
avergonzados, al pronunciar el mágico monosílabo. Lo cierto era que al
anochecer salió del hotel de Las Arenas tambaleándose, y eso que durante la
comida no osó beber más que agua, por el respeto que le infundía Sánchez
Morueta. Junto al puente de Vizcaya había vaciado sus bolsillos, derramando un
puñado de pesetas entre la chiquillería que miraba con cierto asombro á un
señorito, con el sombrero echado atrás, andando á grandes pasos, como un loco.
En Portugalete, al tomar el tren, iba de un lado á otro del vagón, con una
nerviosidad que inspiraba cierta inquietud á los viajeros, cantando entre
dientes todos sus recuerdos musicales que tenían algo de tierno y amoroso,
todos los dúos en que el tenor, con la mano sobre el pecho, jura eterna pasión
á la tiple. ¡Qué noche, doctor!... Después se había serenado; su felicidad
adquirió cierto sosiego, pero aun así, cada día le traía nuevas y profundas
emociones. Llegaba á Las Arenas y temblaba al entrar en casa de Sánchez
Morueta, como si éste fuese á presentarse iracundo é imponente, señalándole con
gesto mudo la puerta. Tenían que librarse de la vigilancia de doña Cristina,
para cambiar la carta que llevaba escrita con la que le entregaba Pepita en un
rincón del hotel, ó en una revuelta del jardín: y gracias que contaban con el
auxilio de Nicanora, la aña de su novia, la ama seca que,
después de criar á la niña, se había quedado á su lado disputando su
influencia, primero á la institutriz, y ahora á las doncellas y demás
servidumbre femenina de la casa.
Sanabre hablaba conmovido de la ansiedad con que
aguardaba las cartas de Pepita; cómo las leía y releía; cuántas veces en mitad
de su visita á los talleres, acometía su recuerdo la duda de una palabra, la
sospecha de que tal párrafo envolvía cierta frialdad, y volaba de nuevo á su
despacho, para deshacer el paquete amoroso, examinando atentamente la letra
amada, como un jeroglífico que ocultaba su felicidad. Él no había creído nunca
que pudiera amarse tan intensamente. Había conocido á Pepita con la falda corta
y el pelo suelto, cuando jugaba en el jardín, bajo la mirada de acero de una
inglesa huesuda, que al más leve descuido gritaba como un loro arisco:
«¡Miss!...» ¿Quién le hubiera dicho entonces que se había de enamorar de
aquella chiquilla? ¡Porque él estaba loco por Pepita, realmente loco, querido
doctor!
Y Aresti, sonreía con cierta compasión ante las
cosas fútiles que constituyen los grandes acontecimientos para los enamorados,
ante las inquietudes y tristezas en que les sumen una palabra, la falta de una
sonrisa, cualquier circunstancia que pasa inadvertida en la existencia vulgar.
—Es esta tu primera novia, ¿verdad?—dijo Aresti.—Ya
se conoce: todos hemos pasado por eso. Es el sarampión de la juventud. Un signo
de fuerza y de vida. El que no lo sufre es que lleva el alma muerta. Sigue,
hijo, sigue.
La única tristeza de Sanabre era la consideración
de la gran desigualdad de fortuna entre él y su novia. ¿Qué diría su principal
cuando se enterase? Le creería un aventurero que intentaba apoderarse de su
inmensa riqueza. En aquella tierra donde se casaban las fortunas y era para
muchos la única carrera un buen matrimonio, ¿qué pensarían de un ingeniero
pobre que ponía los ojos nada menos que en la hija de Sánchez Morueta?...
Fernando miraba al doctor como si quisiera adivinar
su pensamiento. ¿No creería él también que le guiaba el deseo de conquistar de
un golpe la riqueza? Esta duda le entristecía. Él amaba á Pepita... porque sí.
¿Quién sabe por qué se quiere?... Tal vez, porque en aquella vida de Bilbao,
huraña y de escaso trato social, en la que hombrea y mujeres vivían separados,
era Pepita la única joven con la que había tenido algún trato, y el amor, que
no piensa en diferencias sociales, ni conoce otros obstáculos que los de la
naturaleza, le había sorprendido, inflamando sus treinta años, la edad de las
grandes pasiones. ¡Ay! ¡Cómo deseaba que ella fuese una pobre que al entregarse
á él, le agradeciera no sólo su amor sino su trabajo! ¡Qué! ¿no le creía el
doctor?...
—Te creo, muchacho—dijo Aresti—Claro es que no te
sabrá mal ser yerno de un millonario; pero esto es miel sobre hojuelas y aquí
las hojuelas son tu amor. Tú eres de otra raza; tú vienes de abajo, del Sur, de
un país de sol y de cielo azul, donde la dulzura de la vida hace pensar menos
en el dinero, y se mata por amor, y, se quiere tanto á la mujer... ¡tanto! que
á veces se la da de puñaladas para tirarse luego del pelo ante su cadáver. Sois
unos animales más vehementes, más complicados é interesantes que los de aquí.
Tengo la certeza de que si esto sigue, aún te verán alguna noche con una
guitarra, en Las Arenas, cantando serenatas ante la ventana de mi sobrina.
Aresti, por no molestar al ingeniero, cambió de
tono y le habló con gravedad. Podía prepararse á sufrir disgustos. Aquello no
sabía él cómo podía acabar; lo más probable era que terminase de mal modo.
—Lo sé—dijo Sanabre con tristeza.—Temo al principal
cuando se entere. Se indignará, sin que le falte razón para ello.
—Mi primo es el menos temible. No tiene opinión
formada sobre el porvenir de su hija. Tal vez le parezca excelente la idea de
que tú, que eres un trabajador, continúes su obra. Hay que esperar siempre algo
bueno de su carácter.... ¡Otros son los que debes temer!
Y hablaban de su prima, la «antipáticamente
virtuosa» como él la llamaba: aquella Cristina que se creía postergada por
haberse unido á Sánchez Morueta á pesar de que éste le trajo la fortuna. ¿Qué
iba á decir ahora, en plena riqueza, ante la posibilidad de emparentar con un
empleado de su casa? Ella sólo apreciaba dos cualidades, como las únicas
respetables en el mundo: una gran fortuna ó un nombre histórico, relacionado
con las glorias del país vasco y de la religión....
—Además, ingeniero de Dios—continuó el
doctor:—tienes que luchar con Fermín Urquiola, que también parece que anda tras
de la chica, no sé si por impulso propio ó empujado por la madre.
Aquí se irguió Sanabre con el orgullo del hombre
que sabe es preferido. A ese no le tenía miedo. Estaba seguro de que inspiraba
á Pepita una aversión irresistible: bastaba ver con qué despego le trataba.
Aquellas niñas criadas junto á las faldas de sus madres, conocían todo lo que
pasaba en la villa. Al estar juntas, chismorreaban como novicias en asueto, que
se enteran con curiosidad femenil de lo que ocurre más allá de las rejas.
Pepita conocía la vida de aquel señorito, mezcla de matón clerical y de calavera
rústico, que pasaba las noches en las casas del barrio de San Francisco y había
sido conducido varias veces al juzgado por borracheras tumultuosas. No, á ese
no podía quererlo Pepita: lo despreciaba á pesar de que la perseguía en las
visitas, extremando con ella su cortesía empalagosa copiada de los padres de la
Compañía. Se retiraba de él con cierta impresión de asco: como si la pudiera
manchar con impuros contagios, á los que ella, en su inocencia, daba formas
monstruosas.
—Y de mi sobrina ¿estás muy seguro?—preguntó el
doctor fríamente, con forzada indiferencia, como si no quisiera alarmar al
joven.
Sanabre sentía la ciega convicción de todo amante.
Sí: estaba seguro de que le amaba: ¿Por qué le había de engañar, halagando sus
ilusiones? El ingeniero no comprendía la pregunta del doctor.
—Es que sois de diversa raza—continuó Aresti—Tal
vez me engañe, pero ¡qué quieres!; desde aquí, sin haber leído vuestras cartas,
sin haberos escuchado, apostaría algo á que, de los dos, tú eres el que quieres
más y mejor.
Sanabre quedó silencioso un momento. Parecía
asombrado, como si de repente se abriese en su pensamiento una gran ventana por
la que veía algo nuevo. Acudían de golpe á su memoria hechos olvidados,
palabras en las que no había puesto atención, mil insignificancias que parecían
removidas por las palabras del doctor. Tal vez estaba éste en lo cierto. Pepita
no parecía tomar el amor con el mismo apasionamiento que él. Era un incidente
que alegraba su vida dándole nuevos deseos, pero sin llegar á turbarla profundamente.
Mas el ansia de ser amado, de engañarse con dulces ilusiones, el egoísmo
varonil, inclinado siempre á creer en una predilección en favor suyo, se
sublevaron en Fernando.
—No, doctor: me quiere. Tengo pruebas.
Y las pruebas eran el fajo de cartas que estaba
arriba, entre planos y cuadernos de cálculos; hojas de papel satinado, de suave
color de rosa, en las que Pepita juraba quererlo «más que á su vida» y
terminaba invariablemente «tuya hasta la muerte.» Para Sanabre, estos
juramentos eran más solemnes é inconmovibles que las sentencias de un tribunal.
—Pues si ella te quiere—dijo el doctor—¡adelante,
muchacho! y á ver cuándo te llamo sobrino.
Sintiendo cierta conmiseración por su optimismo,
intentó animarle, disminuyendo los obstáculos ante los cuales se aterraba
Fernando. Al padre, á pesar de sus barbazas y su entrecejo de gigante, no había
que tenerle gran miedo. Era cuestión de que el descubrimiento le pillase de
buen talante. Aún pasaría tiempo antes de que se enterase, preocupado como
estaba por los nuevos negocios que le obligaban á trasladarse á Madrid todos
los meses. Además: él sabía lo que era el amor (¡vaya si lo sabía!) y no era hombre
que de buenas á primeras se indignase contra un joven, porque no había sabido
resistirse á las inclinaciones de su corazón. Quedaban otros enemigos, y además
la malicia de la gente, que creería cálculo lo que era amor.... Pero ¡qué
demonio! un ingeniero no era una cosa cualquiera. Justamente, figuraba como
eterno personaje, desde hacía años, en las novelas y los dramas. Al salir sobre
las tablas ó en el primer capítulo un protagonista joven, noble, arrogante, que
sólo abría la boca para decir cosas hermosas y profundas, ya se
sabía, era un ingeniero.
—Lo malo—añadió Aresti, recobrado su tono
irónico—es que en este Bilbao todo es diferente del resto del mundo. El
ingeniero priva en otros países como un primer galán del porvenir; pero aquí,
¡hijo mío!, el héroe de moda, el que arrambla con todo, es el abogado salido de
Deusto.
Y antes de que Sanabre volviera á hablar de su
amor, el médico añadió, cogiéndole de un brazo:
—Vaya; enséñame todo eso. Piensa que aún tengo que
ir á Gallarta.
Avanzaron por la llanura negra y rojiza, cubierta
de polvo de hulla y de residuos de mineral. A cada paso tropezaban con rieles
que formaban una complicada telaraña de vías férreas. Sanabre enumeraba todos
los medios de comunicación que convertían el establecimiento en una red
complicada, con numerosas agujas y plataformas movibles, para los cambios de
vía. Tenían un ferrocarril directo á las minas; otro para las mercancías, que
empalmaba con la vecina estación; vías para los embarcaderos, vías para comunicar
unos talleres con otros: total, muchos kilómetros de rieles que se
entrecruzaban en un espacio relativamente reducido. En algunos puntos, al
encontrarse las vías, se tendían unas sobre terraplenes y otras pasaban por
debajo, al través de pequeños túneles. El espacio estaba cruzado por los hilos
del alumbrado y los teléfonos, y los cables de los tranvías aéreos. Entre esta
red de acero alzábanse numerosos postes, con sus faros eléctricos semejantes á
lunas apagadas. Los guardas paseaban por las vías con la carabina pendiente del
hombro y el paraguas cerrado bajo del brazo, vigilando las vallas ó las orillas
de la ría por donde se colaban los merodeadores en busca de la chatarra,
acero viejo, piezas de máquinas desmontadas ó rollos de alambre, que vendían en
los baratillos de Bilbao. La ría—según decía el capitán Iriondo—era peor que
una carretera antigua. Así que cerraba la noche, una turba de merodeadores
saqueaba las orillas, llevándose todo lo que estaba suelto en barcas y
edificios.
El ingeniero mostraba con orgullo la gran sala de
los motores, que aprovechaban el gas de la hulla, al que antes no se daba
aplicación. Aquello era obra suya y proporcionaba á la casa, sin nuevos gastos,
una fuerza de más de dos mil caballos. Después venían los hornos para hacer el
cok, que extraían del carbón, el alquitrán y el amoníaco.
Luego pasaron por el desembarcadero de la hulla. Un
vapor de la casa estaba atracado á la riba, tan hondo por el descenso de la
marea, que sólo se le veían la chimenea y los mástiles. En aquélla destacábanse
pintadas de rojo las enormes iniciales entrelazadas de Sánchez Morueta. La grúa
del descargador avanzaba su inmenso brazo de hierro sobre el agua. El tanque,
que contenía una tonelada de combustible, salía de las entrañas del barco, se
remontaba hasta la punta del puente aéreo y, deslizándose con incesante
chirrido, entraba tierra adentro para vomitar su contenido en una de las varias
montañas de hulla que se interponían entre aquella parte del establecimiento y
la ría. Otro vapor con bandera inglesa, estaba inmóvil, un poco más allá,
hundido hasta la línea de flotación, esperando su turno para descargar.
—Consumimos mil toneladas diarias—decía el
ingeniero con orgullo.—Necesitamos más de un barco cada veinticuatro horas.
Después, enseñó al doctor el triturador del carbón,
donde trabajaban las mujeres entre una nube de polvillo que las cubría la cara,
dándolas un aspecto de grotesca miseria, con la boca llorosa y los ojos
enrojecidos, en medio de su máscara negra.
Los grandes talleres, para la reparación de las
maquinarias de la casa y construcción de máquinas nuevas, puentes y hasta
barcos, no atrajeron la curiosidad del doctor.
—Conozco esto—dijo Aresti.—Lo he visto muchas veces
fuera de aquí. Lo que á mí me interesa es la especialidad de la casa, la base
de vuestra industria: ver como se convierte el mineral en acero. Y señalaba los
altos hornos, las robustas torres gemelas, unidas por el ascensor que subía
hasta sus bocas las cargas de mineral y de combustible. Un calor de volcán
envolvió á los dos hombres al aproximarse á los altos hornos. Marchaban por
plataformas de tierra refractaria, surcadas con una regularidad geométrica por
pequeñas zanjas que servían de moldes al mineral en fusión. Por este
cuadriculado del suelo corría el hierro líquido al salir de los hornos, tomando
la forma de lingotes. La tierra ardía, obligando al doctor á mover
continuamente los pies. Los gruesos muros de los hornos irradiaban un calor
sofocante que abrasaba la piel. El ingeniero, habituado á esta temperatura,
describía con gran calma la función de los altos hornos.
Cada uno de ellos quedaba cargado con tres mil
kilos de mineral, mil quinientos de cok y quinientos de caliza. La carga
entraba por arriba en los tubos gigantescos, y lentamente, en el incendio de
sus entrañas, formábase el metal que descendía por su peso hasta salir por la
base de las torres. Día y noche ardían los altos hornos: el enfriamiento era su
muerte. Calentarlos y ponerlos en disposición de funcionar, costaba una
fortuna. Si se apagaban había que derribarlos y hacerlos nuevos: asunto de
medio millón.
Un descuido en el trabajo, una huelga, podía costar
la existencia á aquellos gigantes de la industria, que sólo vivían ardiendo y
tragando combustible á todas horas. Cuando surgía una huelga en la montaña y
los ferrocarriles paralizados no acarreaban mineral, había que echarles carbón
lo mismo que si funcionasen. Aquellos enormes tubos de piedra, con su aspecto
de grosera pesadez, eran delicados como juguetes de la industria, y podían
inutilizarse al menor descuido.
Mientras el ingeniero detallaba sus explicaciones,
el médico, asombrado por la enorme mole de las dos torres ardientes que
parecían servir de pilares al firmamento, pensaba en el culto del fuego, en la
adoración de las razas antiguas al gran elemento creador y destructor, en los
ídolos ígneos que cocían dentro de su vientre, en repugnante holocausto, las
víctimas humanas.
—Ahora van á sangrar—dijo Sanabre, señalando á un
obrero viejo que hurgaba con una palanca en la boca del horno cubierta de
tierra refractaria.
Se abrió un pequeño agujero en la base de una de
las torres y apareció un punto de luz deslumbradora, una estrella roja de
agudos rayos que herían la vista. Se fué agrandando, y un arroyo rojo obscuro,
como de sangre de toro, corrió por la tierra con un chisporroteo ruidoso.
—¿Eso es el hierro?—preguntó Aresti.
—No: es escoria. El hierro vendrá después.
El médico respiraba con dificultad. La tarde de
primavera era calurosa. Al lado de aquellos infiernos de la industria, la vida
era imposible. Se enrojecían los ojos; parecía que las pestañas iban á
consumirse, secábase la piel sintiéndose en cada poro una aguja ardiente, y los
pies movíanse inquietos, agitando las caldeadas suelas de los zapatos.
Aresti admiraba á los trabajadores, que estaban
allí como en su casa, habituados á una temperatura asfixiante, moviéndose como
salamandras entre arroyos de fuego, enjutos, ennegrecidos cual momias, como si
el incendio hubiese absorbido sus músculos, dejándoles el esqueleto y la piel.
Iban casi desnudos, con largos mandiles de cuero sobre el cuerpo cobrizo, como
esclavos egipcios ocupados en un rito misterioso. El calor les hacía exponer
sus miembros al chisporroteo del hierro, que volaba en partículas de ardiente
arañazo. Algunos mostraban las cicatrices de horrorosas quemaduras.
Sanabre señaló la boca del horno. Iba á comenzar la
colada. No era una estrella lo que se abría en la tierra refractaria: era una
gran hostia de fuego, un sol de color de cereza, con ondulaciones verdes, que
abrasaba los ojos hasta cegarlos. El hierro descendía por la canal,
esparciéndose en espesa ondulación en las cuadrículas del suelo. Aresti creyó
morir de asfixia. El chisporroteo del metal al ponerse en contacto con la
atmósfera, poblaba el espacio de puntos de luz, de llamas rotas en infinitos
fragmentos. Eran mariposas azules y doradas que revoloteaban vertiginosamente
con alas de vibrantes puntas; mosquitos verdosos que zumbaban un instante,
desvaneciéndose para dejar paso á otros y otros, en interminable enjambre. El
hierro era de un rosa intenso al salir del horno con ruidosas gárgaras; rodaba
por las canales con la torpeza del barro, enrojeciéndose como sangre coagulada,
y al quedar inmóvil en los moldes, se cubría de un polvo blanco, la escarcha
del enfriamiento.
El médico no podía seguir junto al horno, y tiraba
de Sanabre.
—Vámonos, ingeniero del demonio. Esto es para
morir.
Aun vieron como, cambiando de dirección la canal
del horno, arrojaba su chorro de fuego sobre un gran tanque montado en una
vagoneta. Era el caldo para los convertidores. Aquel mineral iba directamente á
transformarse en acero. Silbó la locomotora, pequeña como un juguete, salió á
toda velocidad por debajo de los cobertizos inmediatos, arrastrando el enorme
tanque, en cuyos bordes se agitaba el líquido rojo, siguiendo el traqueteo de
las ruedas.
Aresti, casi cegado por tanto resplandor, tomó la
mano del ingeniero.
—¡Guíame, Virgilio!—dijo riendo.—Yo voy como el
poeta de los infiernos: cuida de que no nos quememos.
Y avanzaba por la plataforma inmediata á los altos
hornos, saltando los arroyos de metal en ebullición. Cada vez que pasaba por
encima de una de las zanjas, una bocanada de fuego subía por sus piernas hasta
la cruz de los pantalones.
—¡Por fin!... Aquí se respira—dijo el doctor al
descender de la meseta donde sangraba el mineral, poniendo los pies en tierra
firme.
Pasó un buen rato limpiándose el sudor y haciéndose
aire con el pañuelo.
—Parece mentira, Fernandito—dijo con su acento
zumbón—que viviendo aquí tengas ánimo para pensar en amores. Yo soñaría con un
botijo grande, inmenso cual una de esas torres, lleno de agua fresca como la
nieve.
—Pues aún nos queda por ver otro infierno: sólo que
este es más pintoresco.
Y el ingeniero guió al doctor hacia el taller de
los convertidores. Eran enormes campanas colocadas casi al ras de la techumbre,
en espacios abiertos, para que esparciesen sus chorros de chispas. Los
encargados de voltearlas cuando lo exigían las operaciones de la carga,
llegaban hasta ellas por unas pasarelas de acero.
Sanabre se entusiasmaba hablando del convertidor de
Bessemer; el gran descubrimiento industrial que había abaratado el acero,
enriqueciendo á Bilbao al mismo tiempo, pues exigía minerales sin fósforo, como
los de las montañas vizcaínas. Antes del invento, el acero se fabricaba en los
hornos antiguos por medio del puldeo, un procedimiento más lento y más caro;
pero ahora todo el metal para vías férreas, que era el de más salida, lo
fabricaban con rapidez vertiginosa. Y el ingeniero describía, con un arrobamiento
de devoto, las funciones del admirable convertidor, que simplificaba la
industria. El hierro era purificado dentro de él por una gigantesca corriente
de aire que inutilizaba el carbono, el silicio y el manganeso: así se formaba
el acero. No era de clase tan superior como el Siemens, por ejemplo, pero
servía perfectamente para los rieles de los caminos de hierro; la gran
necesidad de la vida moderna.
Aresti apenas le oía, aturdido como estaba por la
grandeza del espectáculo. Era un rugido inmenso que conmovía la techumbre del
taller, y hacía temblar la tierra: un escape de fuerzas y de fuego por la boca
del convertidor, á impulsos de la corriente de aire comprimido que venía del
vecino edificio, donde estaban las grandes máquinas inyectadoras. El metal en
ebullición arrojaba por la boca superior de la campana un torbellino de
chispas, un ramillete de fuego. ¡Pero qué chispas! ¡qué fuego! Era aquello tan
grande, tan inconmensurable, que Aresti recordaba, como un juego sin
importancia, la salida del metal de los altos hornos.
Soplaba la campana su ensordecedor rugido y subía
recto por el espacio un surtidor que se abría en lo alto como una palmera roja,
esparciendo plumas de luz, hojas azules, anaranjadas, de un rosa blanquecino,
descendiendo después para apagarse antes de llegar al suelo. De vez en cuando,
la campana era volteada por ocultos obreros, y se cerraba su chorro luminoso;
pero de nuevo tornaba el cono hacia arriba y surgía el chorro con mayor rugido,
con tonos azulados que iban pasando por todos los colores del iris. Fuera del
taller aún era de día. El sol, en el ocaso, iluminaba el suelo, más allá de los
cobertizos; pero los ojos, deslumbrados por este resplandor de incendio, lo
veían todo negro, como si hubiese llegado la noche.
El acero líquido caía en moldes de forma cónica.
Una grúa movía los moldes, volteándolos cuando el acero se solidificaba; y
aparecía el lingote cónico, en forma de pan de azúcar, de un blanco rosa, como
si fuese de hielo con una luz interior, esparciéndose las cenizas de su
enfriamiento al abandonar la envoltura. Cada lingote era depositado en un
carrito, del que tiraban dos obreros, y avanzaba lentamente hacia los hornos de
laminación, solemnemente luminoso, de un brillo divino, como si fuese un ídolo arrastrado
por sus fieles.
Aresti ya no sentía el asfixiante calor. Le
entusiasmaba la original belleza del espectáculo. Allí quería ver él á ciertas
gentes que sólo aspiraban la poesía en el polvo de lo antiguo, negando toda
sensación artística á los descubrimientos modernos. Ningún poeta había dado una
impresión de grandeza como la que se experimentaba ante aquel invento
industrial. El infierno imaginado por el vate florentino resultaba un juego de
chicuelos. No era preciso emprender un largo viaje para admirar el Vesubio.
¿Qué volcán más hermoso que aquél? Los hombres, al amparo de la ciencia, hacían
poesía sin saberlo; la poesía viril, la de las fuerzas de la naturaleza.
Y así seguía el doctor, desbordando su admiración
en entusiásticas palabras ante el mugidor ramillete de fuego. La vista de los
obreros que manejaban los bloques incandescentes y los arrastraban fuera del
taller, pareció volverle á la realidad. Saltaban en torno de ellos las
moléculas del acero ígneo, como moscardones de mortal picadura. Llevaban los
pies cubiertos de trapos, y tenían que sacudirlos con frecuencia para librarse
de las mordeduras del metal. Pasaban por entre los lingotes al rojo blanco con
la tranquilidad de la costumbre. El más ligero roce con aquellos infernales
panes de azúcar, convertía instantáneamente la carne en humo, dejando el hueso
al descubierto. Podían matar á un hombre con su contacto, sin dejar en el
ambiente más que un leve hedor de chamusquina, un poco de vapor: después,
nada.... Y los conos diabólicos atraían con su luz y su blancura, confundiendo
las distancias, como si gozasen de movimiento y vida y se metieran ellos mismos
carne adentro, evaporándola.
Aresti pasó al taller de laminar: iba atolondrado
por el ruido y el calor. Había perdido el instinto de la conservación en aquel
mundo de incendios y de fuerzas ensordecedoras. Sentía caprichos de niño, una
tendencia á acariciar aquellos bloques tan refulgentes, tan bonitos, con su
blancura sonrosada, que podían comerse su mano con sólo el roce.
Pasaban los lingotes por un nuevo calentamiento en
los hornos y al salir de ellos caían en el tren de laminar, una serie de
cilindros que los torturaban, los aplastaban, adelgazándolos en infinita
prolongación. Los obreros, casi desnudos, con enormes tenazas, manejaban y
volteaban los lingotes por entre los cilindros, que se movían lentamente. La
masa de acero enrojecida, pasaba arrastrándose junto á sus pies, como una
bestia traidora. Marchaba hacia ellos queriendo lamerlos con su lengua de
muerte, pero en el momento en que iba á tocarles, un hábil golpe de las tenazas
la arrojaba entre los cilindros de donde salía por el extremo opuesto, para
volver á entrar, siempre cambiando de forma. Avanzaba el lingote desde la boca
del horno cabeceando, como un animal rojo, ventrudo y torpe; lanzaba un rugido
al sentirse agarrado y surgía por el lado opuesto convertido en una viga de
fuego, corta y encorvada: y en sucesivos pases adelgazábase, se estiraba con
ruidosos quejidos, como protestando de la dolorosa dislocación, hasta que, por
fin, no era más que una cinta incandescente que tomaba la forma del riel.
El médico, una vez satisfecha su curiosidad, miraba
á los obreros negros y recocidos por aquella temperatura de infierno,
atolondrados por el ruido ensordecedor, sudando copiosamente, teniendo que
remover pesadísimas masas en una atmósfera que apenas permitía la respiración.
Aresti comprendía ahora la injusticia con que había censurado muchas veces el
alcoholismo de aquellas pobres gentes. Pensaba en lo que haría él, de verse
condenado por la fatalidad social á aquella labor que embotaba los sentidos y parecía
evaporar el cerebro en un ambiente de fuego. Una sed eterna, semejante á la de
los condenados, martirizaba á aquellos infelices. ¡Qué otro placer al salir de
allí, que la paz y la sombra de la taberna, con el vaso delante que daba una
alegría momentánea, engañando al hombre con ficticias fuerzas para seguir
aquella vida de salamandra!...
El médico pasó de largo ante los hornos de puldeo,
y al salir al aire libre se detuvo jadeante, con la curiosidad harto
satisfecha. A lo lejos veíanse ondular como lombrices rojas, bajo extensos
cobertizos, interminables cintas de acero. Allí estaba la fabricación del
alambre. El ingeniero hablaba de lo curiosa que era esta
manipulación, pero Aresti no quiso seguirle.
—Ya he visto bastante—dijo con acento de
cansancio.—Esto es un gran espectáculo... para el invierno.
Allí, á cielo raso, oyendo de lejos el estrépito de
las máquinas, viendo cruzado el espacio por las columnas de humo de las
chimeneas, gozaban los dos de la frescura del crepúsculo.
—Es una vida dura—dijo el doctor, que seguía
pensando en los obreros del fuego.—Me dirán que este trabajo horrible es una
consecuencia de los progresos de la industria y que hay que respetarlo en bien
de la civilización. Conforme: pero el infeliz que ha de ganarse el pan de este
modo, bien puede quejarse de su perra suerte, si es que le queda cerebro para
pensar.... ¡Y aun se extrañan algunos de que esta pobre gente no se muestre
contenta, y crea que el mundo está mal arreglado y no es un modelo de dulzura!
Sanabre aprobaba las palabras del doctor. Él, podía
apreciar á todas horas la dureza de aquel trabajo, sentía una conmiseración
infinita por los obreros, cerrando los ojos ante sus defectos. Él era algo
socialista; pero sólo con el doctor Aresti se atrevía á hacer tal
confesión.
—Lo más amargo de la miseria de estas gentes—dijo
el médico—no consiste sólo en las privaciones que sufren y la rudeza con que
ganan el pan. Está en el ambiente desmoralizador que les rodea.
Y Aresti describía el sufrimiento psicológico que
había sorprendido en todo ejército obrero acantonado en torno de Bilbao, en las
minas y las fábricas. Los peones de las canteras vivían como bestias, ¿pero
acaso comían y dormían mejor los labriegos del interior de España? Para muchos,
la vida de las minas hasta constituía un mejoramiento de su bienestar,
comparada con la existencia mísera de bestias desamparadas que llevaban en sus
terruños los años de sequía y mala cosecha. En las fábricas eran los jornales
superiores á los del resto de la península y no se sufrían los grandes paros á
que se veía obligada la industria pobre y vacilante de otras ciudades. Y sin
embargo, en las minas y en las fábricas todo el que trabajaba sentía un sordo
rencor, una ira reconcentrada, un anhelo irritado de justicia, como si á todas
horas fuesen víctimas de un robo audaz, de un despojo inhumano. Era el malestar
moral, la protesta contra los caprichos de la Fortuna que acababa de pasar por
allí, á la vista de todos, tocando á algunos y volviendo la espalda á los
demás.
El explotador de la mina había sido jornalero al
lado de muchos que ahora eran sus peones; al dueño de la fábrica lo habían
conocido los trabajadores casi tan pobre como ellos. Las riquezas eran
recientes; las habían visto formarse los mismos que sufrían su servidumbre. El
bracero que en su país miraba con tradicional respeto á los que eran dueños de
la tierra por el nacimiento y la herencia, se revolvía aquí con audacia
revolucionaria contra el compañero enriquecido. El obrero industrial, habituado
á sufrir en otras partes la tiranía de las sociedades anónimas, monstruos
acéfalos de la industria, irritábase á cada momento contra el gran patrono de
reciente formación.
Todos habían presenciado el despertar de la
riqueza; habían tomado parte en él; era cosa suya; y más que la miseria, les
atormentaba el sufrimiento moral de la desigualdad, la decepción de haber
vivido en medio de una racha loca de la Suerte sin aprovecharse de ella. Era el
malestar de todas las aglomeraciones humanas de formación reciente; de las
ciudades nuevas y las comarcas mineras que empiezan su vida; la comparación
eterna entre la propia miseria y la fortuna loca y caprichosa que empuja á los
otros; la convicción del fracaso, más viva y dolorosa, ante las rápidas
elevaciones presenciadas todos los días, la tristeza por el bien ajeno, que
amarga el pan, agria el vino y hace soñar en venganzas colectivas, viendo un
robo en cada paso hacia adelante que da el afortunado.
El ingeniero reconocía la certeza de las
observaciones del doctor. La situación de aquella gente era mala: su
mejoramiento con las huelgas y los aumentos de jornal, era de un efecto
momentáneo. Él creía, como Aresti, que aquel malestar sólo tenía un arreglo;
cambiar la organización del mundo y proclamar la Justicia Social como única
religión y única ley, suprimiendo la caridad que no es más que una hipocresía
que coloca la máscara de la dulzura sobre las crueldades del presente. Pero
aparte del malestar general que reinaba en todo el mundo, reconocía también
aquel otro especialísimo descubierto por el doctor; el de los despechados, que
veían enriquecerse á sus compañeros de miseria, ascender velozmente, mientras
ellos continuaban en la miseria.
Los dos hombres iban con lento paso hacia la puerta
de salida, en la penumbra del crepúsculo, á través de las líneas férreas,
subiendo y bajando los terraplenes del inmenso establecimiento industrial.
—Lo que me irrita—dijo el doctor—en todas estas
grandes fortunas que se forman de la noche á la mañana, es su ineficacia, su
infecundidad para el bien de las gentes. Ya sabes que yo soy enemigo de la
riqueza individual, pero, ¡qué demonio! hay que reconocer que en otros países
hace algún bien y sirve para algo. En los Estados Unidos, por ejemplo, esos
tíos que atraen el dinero á sus manos, con una buena suerte escandalosa é
indecente, y que mueren dejando centenares de millones, tienen, al menos, la
discreción de hacerse perdonar con obras útiles. El uno funda una universidad,
el otro un museo, el de más allá una biblioteca; todos dejan algo que sirve
para la emancipación y perfeccionamiento de aquellos á quienes explotaron
durante su vida. Pero aquí el rico se guarda el dinero y cuando siente la
comezón de perpetuar su nombre, construye un convento ó funda una capilla. Si
se preocupa del porvenir es para que en lo futuro continúe la imbecilidad del
presente.... Ya sabes cómo defino yo al rico de esta tierra, con gran escándalo
del vulgo, que me cree loco. «Un señor que pasa su vida haciendo al obrero toda
clase de charranadas para llevar mucho dinero á su mujer... y que su mujer se
lo dé al jesuíta....» Aún quedan algunos potentados como mi primo que se defienden:
pero, créeme: si aquí no viene una revolución, esto será otro Paraguay: aquí
todos trabajamos, sin saberlo, para el jesuíta.
Estaban cerca de la puerta, cuando Aresti se detuvo
para protestar de nuevo contra su tierra.
—Además, me indignaba la tristeza de este país.
Cuando Bilbao era una villa comercial y de obscura vida, tengo la certeza de
que la gente se divertía mejor. Ahora, con la riqueza, es un convento. En el
mundo todos se alegran cuando la fortuna les entra por las puertas. Las
ciudades mineras, con su aglomeración de gentes diversas y sus fortunas
improvisadas son, como los puertos famosos, grandes centros internacionales de
diversiones, de vida atropellada y alegre. Hasta los bandoleros celebran
francachelas cuando acaban de dar un buen golpe.... Por aquí ha pasado la
Fortuna y, sin embargo, vivimos en perpetua Cuaresma; llevamos la tristeza en
el alma, como aquellos señores vestidos de negro del tiempo de los Austrias.
El ingeniero, escuchándole, veía el cuadro de la
villa, aburrida sobre el montón de sus riquezas, bostezando con tedio monacal
en medio de una prosperidad loca. Los ricos aumentaban su fortuna, sin otro
goce que el de la posesión; adornando sus casas con un lujo que nadie había de
admirar, pues el retraimiento de la raza y los escrúpulos religiosos se oponían
á las fiestas de sociedad.
Aresti tronaba contra la vida de las gentes
opulentas. Viajaban por Europa como viajan las maletas, insensibles y sin
enterarse de nada, y al volver á Bilbao, seguían su vida de escrúpulos y
nimiedades. Si alguna vez se reunían en un salón las grandes familias, quedaban
las jóvenes á un lado y los muchachos á otro, mirándose de lejos, como si la
alegría expansiva de la juventud fuese un delito y el amor una monstruosidad.
Tal vez en este aislamiento huraño, guardador de la inocencia, les
ocurría lo que á ciertos escritores de la Iglesia que, atenaceados por la
castidad, describían placeres inauditos, aberraciones monstruosas que nunca
habían existido, abriendo con esto nuevos horizontes á la desmoralización.
¿De qué le servía á la villa ser tan hermosa? El
doctor hablaba con entusiasmo de la belleza material y moderna de Bilbao: su
ría bordeada de fábricas y doks, que parece un trozo del Támesis; sus altos
palacios blancos del ensanche, su muchedumbre atareada que llena á todas horas
el puente del Arenal. ¡Magnífica jaula! Pero los pájaros mudos, con la cabeza
caída, tristes.
—Esto es hermoso, Fernando, pero con la belleza de
un cementerio bien cuidado. Falta la alegría, falta el alma de un pueblo libre,
que cuando termina el trabajo quiere entregarse á la vida. Muy bonitas esas
calles nuevas con sus inmensas aceras; pero les falta algo para ser calles de
ciudad: debían circular por sus aceras unas cuantas docenas de cocottes elegantes
y hermosas; vendedoras de amor, que con cierto arte educasen á esa juventud
habituada á la vida unisexual de Deusto y de la cofradía de San Luis.
El ingeniero protestó, con el rubor del enamorado
que vive en plena idealidad.
—¡Pero, don Luis!; usted propone cosas... enormes.
Aresti pareció irritarse. Lo que él proclamaba era
la vida, la juventud, el amor, tal como los concebía. Respetaba la virtud, pero
no consideraba necesario que tuviese gesto de vinagre y piel de esparto.
Además, porque la mercenaria del amor, de aspecto tolerable, estuviese
desterrada de las calles, ¿resultaba acaso la villa una población de costumbres
virtuosas? Con la vida y sus instintos no se juega. Si la entorpecen su curso
en nombre de una moral de locos, rompe por donde puede, esparciéndose en arroyos
fangosos. Él conocía su Bilbao. Los jóvenes, emborrachándose para matar el
fastidio, agarrándose en bailes públicos con cocineras y criadas, buscando el
amor en su forma más bestial, sin el más leve barniz mundano que lo idealizase.
Por esto llegaban muchos al matrimonio encanallados, viendo en la mujer la
bestia del deleite, sin sospecha de que la hembra es un ser sensitivo, que
necesita algo más que el contacto sexual. En el foso de aquella villa, tan
virtuosa á estilo católico, florecía el vicio bajo las formas más antipáticas.
Aresti, en sus visitas de médico, había conocido
los barrios altos de la villa, el albergue de las servidoras de la
prostitución. Todas eran pequeñas, flacas, de rostro aniñado, con el raquitismo
de la miseria. Las había de treinta y cinco años, que se presentaban con la
falda corta, la trenza en la espalda, imitando grotescamente el ceceo de la
infancia. Era el género más solicitado. El instinto reprimido, al no encontrar
el fruto sano y hermoso en plena madurez, buscaba en su aberración el verdor
agrio que excita los nervios. Los directores de la vida en aquel país la
descoyuntaban formándola á su gusto, haciendo un crimen del instinto del sexo,
obligándolo á refugiarse en inmundos rincones. Los ricos que podían
proporcionarse las dulzuras amorosas con su más seductora decoración, entraban
al amparo de la noche, ocultándose como criminales en casas frecuentadas por
soldados y marineros. Otros, más audaces, asediaban á la costurerilla de la
familia y comenzaban con ella una novela de amor, insípida y vulgar,
conservándola en la casa de los padres que aceptaban sin protesta el
amancebamiento á cambio de la protección del rico. Se desterraba al amor para
permitir el negocio. La cortesana estaba proscrita por cara y peligrosa: pero
se toleraba el padre pobre que transige con la prostitución de la hija, porque
ayuda á ir viviendo y se oculta en la propia casa.
¡Ni amor, ni bailes, ni trato social entre los dos
sexos; ni expansiones de la juventud! Aresti lo declaraba irritado: la vida
estaba momificada en su país. Era un cementerio muy hermoso, en el cual no
había más seres vivos que los pájaros negros que lo cubrían con sus alas. Sólo
en las últimas capas sociales existía algo de alegría, allí donde llegaban
amortiguadas ó no llegaban las influencias de la religión.
El doctor únicamente había sentido el roce de la
vida, algún domingo por la tarde, en los chacolines de las afueras ó en la
explanada de la Casilla, donde las criadas y los obreros danzaban, al son de
orquestas callejeras, los bailes vascongados y de la montaña de Santander.
Los demás estaban muertos por el fastidio ó
corrompidos por la opresión. Conocía jóvenes ricos, sin otras aspiraciones que
cambiar ocho veces de traje todos los días. Otros iban en automóvil por las
calles, sin rumbo determinado, parándose ante una casa para subir de nuevo en
el vehículo y seguir la marcha, como sí huyesen del fastidio que iba tras
ellos.
¿Y para eso servía la riqueza? ¿Y ésta era la
alegría de un pueblo opulento, que teniendo una existencia que embellecer la
martirizaba y ennegrecía con el tedio, creyendo en otra vida problemática, bajo
el testimonio de ciertos hombres que tampoco la habían visto?...
El doctor terminó enérgicamente sus protestas,
viendo próximo el momento de tomar el tren.
—Gran cosa es la virtud, Fernandito: yo la admiro y
la venero cuando sonríe y no se coloca en frente de la vida. Pero mi tierra,
triste y con el alma muerta, es tan virtuosa, ¡tan virtuosa! que, créeme, ¡hijo
mío!... tanta virtud me da asco.
Doña Cristina daba el último toque á sus cabellos
rubios, que ya comenzaban á encanecer, al mismo tiempo que con el rabillo del
ojo seguía en un espejo la marcha del reloj colocado sobre el mármol de una
chimenea.
Eran las tres de la tarde, y á las cuatro tenía que
asistir en Bilbao á una junta de señoras católicas, de la que era presidenta,
en el Colegio del Sagrado Corazón.
Pepita no la acompañaba. Decía estar enferma; se
quejaba de dolores de cabeza, sentía un malestar general; en fin, cosas de
muchacha, y doña Cristina la dejaba en el hotel bajo la vigilancia del aña Nicanora.
Sánchez Morueta estaba en Madrid desde hacía una
semana, muy atareado por los nuevos negocios que todos los meses hacían
necesaria su presencia en la capital. Su esposa aceptaba con gusto estas
ausencias. No era que el millonario se opusiese á los gustos de su mujer é
interviniera en su vida; pero se sentía mejor cuando estaba sola, sin ver
aquellos ojos fríos, que no transparentaban el más leve reproche, y que á ella
se le antojaba que la seguían en todos sus movimientos, como una protesta muda.
Pepita presenciaba desde un rincón el tocado de su
madre. No se la escapaba el gran cambio que ésta había sufrido. Los trajes
elegantes de otro tiempo, se apolillaban abandonados en el guardarropa, sin que
nuevos encargos á París y Madrid vinieran á sustituirlos. Se preocupaba algunas
veces de las galas de su hija; quería verla elegante, y la aconsejaba mirando
los periódicos de modas, con la misma bondad con que una persona mayor discute
con un niño sobre juegos. Iba siempre vestida de negro, con telas pobres y sin
brillo. Pepita notaba en sus ropas interiores un abandono, una rudeza, que
algunas veces llegaba á rebasar los límites de la higiene. Revelábase en ella
el desprecio á la carne, de los devotos fervientes; el abandono físico, la
suciedad cantada como mérito celestial en la vida de muchos santos.
Deseaba mortificar su carne, y su hija la veía en
la mesa repeler los mejores platos, los que en otros tiempos eran más de su
gusto, afirmando que ahora le repugnaban. De su dormitorio habían ido
desapareciendo poco á poco todos los muebles que significaban ostentación ó
comodidad. En el resto de la casa tronaba el lujo suntuoso y sólido, mientras
en su cuarto sólo quedaba una cama de criada, angosta y dura, que había hecho
bajar de las buhardas, y un Cristo grande y ensangrentado que ocupaba casi un
lienzo de pared, entre dos cromos de vivos colorines representando á Jesús y á
María, abriéndose el pecho para ofrecer sus corazones inflamados.
Muchos días las criadas encontraban la cama
intacta. La señora—según ellas afirmaban en sus conversaciones de la
cocina—dormía en el suelo ó no dormía. Sus ropas interiores, que cada vez
llegaban con mayor retraso á las pilas del lavadero, tenían salpicaduras de
sangre. Una doncella había recogido olvidado sobre su cama, un horrible
cinturón de esparto, un cilicio de los más sencillos que fabricaban ciertas
monjitas de Begoña.
Todos en la casa adivinaban las mortificaciones á
que sometía su cuerpo la señora, y sin embargo, la veían sonriente, con una
dulzura melosa en la voz y en el gesto, elevando los ojos á la menor
contrariedad y exclamando: «Todo sea por Dios.» En ciertos momentos se dejaba
arrastrar por su carácter imperioso, como si llevase en el cuerpo algo que
exacerbaba sus nervios con oculta molestia, pero al momento replegábase dentro
del caparazón de su bondad y con los ojos pedía perdón por su arrebato.
El marido no parecía advertir el abandono físico y
la transformación moral de su esposa. Hacía años que no pisaba el suelo de su
cuarto. Cuando hablaba con ella volvía la vista ó la miraba con ojos vagos y
sin pensamiento, que parecían no verla. Ni una protesta, ni una pregunta, como
si en el fondo le complaciese esta transformación que le apartaba de ella,
haciendo imposible todo retroceso.
Pepita seguía, con una expresión de lástima en los
ojos, el tocado rápido de su madre, que se peinaba á ciegas sin el menor rasgo
de coquetería.
—Mamá, ponte la capota negra; es muy bonita y te
sienta bien.
Doña Cristina movió la cabeza.
—No, hija, nada de sombreros. Eso pasó. Cada cosa á
su edad. Ya soy vieja y no está bien que quiera lucirme en unas reuniones que
son para bien de la religión.
—¿Pero si es una capota muy seria,
muy religiosa?
—La mantilla, hija; lo tradicional, lo que llevaban
las gentes buenas y antiguas, antes de que llegasen tantas maldades del
extranjero.
Y aquella mujer todavía hermosa, con el encanto
sabroso de la madurez, que ensanchaba sus formas, aterciopelándolas, parecía
complacerse con dolorosa coquetería en apreciar en el espejo, mientras se
colocaba la mantilla, las canas que cortaban el esplendor rubio de su
cabellera, las ojeras azuladas y dolorosas, su boca plegada por un gesto
lloroso, como si estuviera en perpetua oración.
Doña Cristina iba á salir.
—Mamá, ya sabes mi encargo—dijo Pepita.
—No lo olvido—contestó la madre con sonrisa
bondadosa.—No debía hacerlo, porque la mentira siempre es un pecado; pero, en
fin, puede mentirse cuando no es en perjuicio de tercero. Tiraré por tí del
hilito, para que las buenas madres no se enteren de tu pereza.
Pepita imitaba la estratagema inocente de muchas de
sus compañeras cuando no querían asistir á las reuniones de las Hijas de María.
En el salón del colegio había un gran cuadro con los nombres de las
congregantas y al lado de cada uno de ellos, un cordoncito azul con una pequeña
bola de marfil. Al entrar las señoras tiraban cada una de su cordoncito para
marcar la asistencia de este modo, y las amigas se encargaban algunas veces de
hacerlo por las ausentes, engañando á las monjas, que, terminada la reunión,
examinaban la lista con una curiosidad meticulosa.
Pepita, pensando en el cuadro, veía el salón de
reuniones de las Hijas de María con su lujo monástico y el mapa de la Orden,
que era el principal adorno de la pared; un mapa de colores acaramelados, en el
que figuraban Europa y América, marcándose con pequeños corazones inflamados
las poblaciones donde el jusuitismo femenil tenía establecidos sus colegios. El
Atlántico, de un azul de confitería, había sido rebautizado con un nuevo
título: Océano de Bondad. Y nadie podía adivinar el sentido de esta
bondad, atribuida al Atlántico por la monja autora del mapa.
Doña Cristina salió apresuradamente. Ante la
escalinata del hotel, la esperaba el automóvil, una máquina soberbia que había
costado á Sánchez Morueta cincuenta mil francos en París y de la que apenas
hacía uso, habituado como estaba al carruaje de sus primeros años de opulencia,
el cual, al mecerle sobre los relejes del camino, le hacía pensar en sus
negocios, como si el movimiento sacudiese sus ideas adormecidas. El automóvil
era para las señoras. Pepita apreciábalo en mucho porque era un motivo de envidia
para las amigas; doña Cristina consideraba como un homenaje á la Fe, el llegar
en él á las puertas de la iglesia de los jesuítas. Era el dernier cri de
la devoción; daba á entender, según ella, que el progreso no está reñido con el
dogma.
Doña Cristina dió al chauffeur la
orden de llegar pronto á Bilbao y el vehículo salió á toda velocidad por entre
los tranvías y carruajes que llevaban la gente á Las Arenas. La señora de
Sánchez Morueta pensaba en la importancia de la reunión. Iban á tratar la
conveniencia de una nueva romería á Begoña, tan ruidosa como la de la
coronación de la Virgen, y no sabían si hacerla en el mismo año ó dejarla para
el siguiente. Convenía organizar un alarde de fuerzas, reunir todo el país
vascongado amante de las tradiciones y que subiera entre banderas y cánticos al
monte Artagán, como protesta contra las gentes de las minas y las fábricas, que
se entregaban al monstruoso socialismo, y contra los maketos de
la villa y sus hijos que ya se consideraban de la tierra, gentes que hablaban
de República y de anticlericalismo y llamaban en sus mitins fetiche y nido
de ratas á la milagrosa imagen de la patrona de Vizcaya.
A la reunión de las señoras habían de asistir como
directores é inspiradores el Padre Paulí, un jesuíta batallador, que estaba de
moda en el púlpito y el confesonario, y Fermín Urquiola, que era su hombre de
acción, «mi brazo derecho», según decía aquel tribuno de la Compañía.
Doña Cristina admiraba á su sobrino viendo el
afecto con que le trataban los Padres, cómo le hacían partícipe de sus
proyectos en bien de la religiosidad del país. Era casi una pasión lo que
sentía por Urquiola. Cuando la visitaba, veía en él al representante de
aquellos sacerdotes tan queridos, que de este modo indirecto entraban en su
hogar. Fermín era una prolongación de la Compañía que llegaba hasta ella.
Sentía una amarga decepción de enamorada, al no poder pasar en la casa
residencia del salón de visitas. Quería saber cómo era Deusto por dentro, aquel
templo de la sabiduría envuelto en el misterio: y el sobrino, en sus visitas al
hotel, cada vez más frecuentes, la deleitaba hablándola largas horas de los
lugares que ella no podía ver por oponerse las reglas de la Compañía á las
visitas femeniles.
Entreteníala Urquiola con las minuciosidades de la
vida de cada Padre, enumerando sus méritos: uno había viajado por países
salvajes; otro sabía seis idiomas; el de más allá tocaba el violín como un
ángel ¡y todos tan modestos, durmiendo en celdas pobres de una pulcra
curiosidad, dejando por las noches en una bolsa, colgando de la puerta, las
ropas y los zapatos que limpiaban los fámulos, y vestiéndose al romper el día,
para emprender su santa obra!... Vivían con cierto desahogo, pero por ninguna
parte se veían las riquezas de que hablaban los impíos. ¡Y todos humildes y
amables, olvidados por completo de su brillante pasado, y eso que los había
entre ellos que habían sido grandes en el mundo! Por eso los Padres de la
Compañía tenían algo de príncipes arrepentidos, ocultos bajo la sotana de la
obediencia.
La Universidad de Deusto aún interesaba más á doña
Cristina. ¡Cómo lamentaba ella no poder entrar en aquel palacio, tantas veces
admirado al ir y volver á su casa; no poder correr por la montaña de su parque,
y ver de cerca el San José, que dominaba el paisaje, bajo su dosel de luces
eléctricas! La sabiduría de los buenos Padres se revelaba en todos los detalles
del establecimiento. Allí estudiaban los hijos de las principales familias de
España. La nobleza rancia y los ricos de sanos principios, recluían á sus
vástagos en la santa escuela. Allí no corrían el peligro, como en las
universidades laicas, de tropezar con profesores revolucionarios, y la ciencia
antigua y moderna se servía después de bien pasada por el tamiz de Santo Tomás
y otros grandes sabios de la Iglesia, únicos depositarios de la verdad.
El edificio estaba dividido en cuatro cuerpos
independientes, y los alumnos en cuatro secciones que vivían aisladas,
evitándose con este acordonamiento muchos pecados y ciertas propagandas. Las
secciones sólo se contemplaban de lejos en contadas fiestas del año ó al
verificarse algún acto literario en el gran salón, que parecía un teatro con su
patio y sus galerías. En el techo pintado al fresco, veíanse las figuras de San
Ignacio y los Padres más famosos de la Compañía, todos entre nubes,
revoloteando camino del cielo.
Abajo, en el patio, estaban los invitados, los
parientes masculinos de los alumnos, y en las galerías los estudiantes de las
cuatro estaciones que, al verse frente á frente, se examinaban con curiosidad,
como vecinos de una misma casa, que sólo se tropiezan de tarde en tarde. Iban
los más puestos de smoking, muy elegantes, como hijos de buenas
familias que eran. Los mayores se rizaban el bigote y lucían las sortijas. Da
una galería á otra se miraban con gemelos, lo mismo que en el teatro,
enterándose unos de otros. «Aquel pequeñito, guapo, es de Salamanca y muy
rico... Ese moreno simpático es andaluz.» Y después de mirarse largamente, se
saludaban con la mano... ¡Angelitos!
Los actos literarios eran controversias entre los
alumnos de punta, ensayadas previamente por los maestros. El
estudiante que había de hacer las objeciones, oponiendo reparos á las santas
doctrinas, era preparado con anticipación. Llevaba aprendidas unas cuantas
tonterías, que representaban las ideas modernas y el otro alumno las rebatía y
pulverizaba en un periquete, triunfando de este modo la fe sobre la impiedad de
la falsa ciencia moderna.
Un año, Urquiola, siendo estudiante del último
curso, se había cubierto de gloria sustentando un tema propuesto por los
maestros tras larga deliberación. «¿Los Borbones, subiendo al cadalso en
Francia, expiaron los atentados de su familia contra la Compañía de Jesús?»...
Urquiola sostuvo la afirmación, demostrando que la guillotina había sido un
medio indirecto de Dios para castigar á los reyes que osaron expulsar de sus
dominios á los jesuítas. ¡Muerte é infierno para los que se atrevían á
perseguir á los verdaderos representantes de Jesús!... Su contradictor mantuvo
opiniones de dulzura y olvido, objeciones humildes y tímidas, preparadas por
los maestros. Pero con gran disgusto de todos, no pudieron continuarse los
ejercicios, pues no faltó quien indicase á los Padres de Deusto que era
peligroso pagar con tales juegos literarios la bondad de los que les habían
abierto de nuevo las puertas de España.
En las Pascuas de Navidad, el salón de actos se
convertía en un teatro. Hasta en esto admiraba doña Cristina el talento y la
virtud de los Padres. ¡Si todos los teatros fuesen como aquél, podrían asistir
sin miedo las madres cristianas! La música era de las zarzuelillas y revistas
en boga: pero en la letra está el pecado, y las palabras eran de ciertos Padres
aficionados á la versificación. La mujer estaba excluida de todas las obras.
Con el mismo ritmo con que las chulas cantan «la falda de percal planchá»,
moviendo las caderas, un alumno cantaba las dificultades del Derecho Natural
con tanta gracia, que hasta parecía sonreír el sombrío San Ignacio que volaba
en el techo. La viejecita se titulaba El viejecito:
todas las obras perdían su título femenino, y si en ellas figuraban dos
amantes, convertíanse en dos primitos, compañeros de colegio, que, agarrados de
la mano jurábanse quererse mucho, estudiar y ser obedientes y humildes con sus
maestros... ¡Serafines del cielo!
Doña Cristina conmovíase con el relato de estas
fiestas. Bien se notaba que su sobrino se había educado en aquella Universidad.
Así era tan caballero, tan cristiano, y dedicaba sus músculos de atleta á la
buena causa de Dios. No era como la juventud que llegaba de Madrid contaminada
por las malas ideas, con un libertinaje en las costumbres que corrompía el
país.
La esposa del millonario se sublevaba cuando oía
hablar de las calaveradas de Urquiola, queriendo negarlas y acabando por
defenderlas con repentina bondad. ¡Descarríos de la juventud y malos ejemplos
de los muchachos que no habían sido educados en Deusto! Pero su fondo era bueno
y aquello pasaría. Urquiola estaba reservado para altos destinos, ahora que se
mezclaba en las luchas políticas. Tenía buenos directores y ¡quién sabe si
llegaría á ser diputado, repitiendo la palabra de Dios, allá en Madrid, donde todos
viven olvidados del cielo! Ella y su sobrino se bastaban para volver á Bilbao
al buen camino, siempre que no les faltase el consejo de los sabios Padres.
Y la esposa de Sánchez Morueta, acariciando estos
pensamientos, corría en su automóvil hacia la villa, dejando tras las ruedas
nubes de polvo.
Pepita, desde una ventana de su cuarto, siguió un
momento la marcha del vehículo y al verle desaparecer, esparció su mirada por
el paisaje, con la vaguedad melancólica de los que se sienten enamorados y
perciben en todo lo que les rodea una nueva vida.
Nunca le había parecido tan hermoso el paisaje como
en aquella tarde de verano. Estaba habituada á verlo desde su infancia, y, sin
embargo, ahora le encontraba algo nuevo, cual si acabase de descubrirlo.
Las gentes que pasaban al borde de la ría, por la
carretera de Las Arenas, le parecían más simpáticas que las de otros días. Eran
familias de Bilbao que bajaban del tranvía para ir á la orilla del mar. Un
grupo de obreros pasaba, camino del chacolín, por entre un
bosquecillo de pinos. Cantaban á gritos, excitados por la proximidad del mar,
el «Boga, boga, marinero» de Iparraguirre y el coro del bardo vascongado
sonaba de tal modo en el alma de la joven, que casi la hacía llorar. La ría
brillaba bajo la caricia del sol, temblando sus ondulaciones como los
fragmentos de un espejo. Más allá del puente de Vizcaya, cuya plataforma iba y
venía pendiente de su manojo de cables, transportando carruajes elegantes,
carretas de bueyes y pasajeros llegados en el tren de Portugalete, extendíase
el abra como un desgarrón del cielo, moviendo sus aguas de un azul plomizo. El
mar libre, chocaba en la línea del horizonte contra la muralla del rompeolas,
coronándola de una nube de espuma que corría de un lado á otro como el humear
de una locomotora invisible.
Al volver Pepita la vista tierra adentro,
contemplaba, avanzando sobre la ría, un pedazo de Londres bañado por un sol
meridional; todo aquel pueblo de cobertizos fabriles é innumerables chimeneas
sobre el que pesaba el poderío de Sánchez Morueta y que esparcía en el espacio
sus torbellinos de humo sonrosado por la luz de la tarde.
Bilbao estaba invisible. El horizonte cerrábase en
el fondo, con un escalonamiento de montañas. La joven conocía los nombres de
todas aquellas cumbres. Las había visto durante muchos años todos los días, al
saltar de la cama, unas veces brumosas y delineando apenas su contorno sobre el
cielo, otras veces rojas, con las manchas de sombra de sus barrancos y
oquedades, destacándose sobre la inmensidad azul. Las más próximas, que parecía
iban á tocarse con la mano, eran Luchana y el pico de Banderas. Después sobresalían
sobre ellas, á una enorme distancia, en pleno riñón de Vizcaya, los gigantes
del país, el Mañaría y el Gorbea, y entre los dos, como una giba inaccesible,
cubierta de nieve, la Peña de Amboto, misteriosa y legendaria, en la que se
desarrollaban los cuentos más tenebrosos de la imaginación vasca. Pepita
recordaba sus terrores de la niñez, cuando su aña, para imponerla
silencio, la amenazaba con llamar á la Dama de Amboto, especie de
hada maléfica, hija de un Jaun, de un caudillo legendario, que vivía
como encantada en lo alto del peñasco y únicamente salía de su cueva para
quemar las mieses, matar niños y perseguir á los pobres aldeanos con toda clase
de maleficios.
La joven permaneció mucho tiempo abstraída en la
contemplación del paisaje. De vez en cuando miraba hacia el puente colgante,
como si pretendiera reconocer á alguien de los que pasaban la ría. Creyó por un
momento ver algo blanco que se agitaba en la plataforma: tal vez un pañuelo que
le saludaba con cierta discreción como temeroso de atraerse la curiosidad de la
gente. Después ya no vió nada y creyendo en un engaño del deseo siguió
contemplando el paisaje, con mirada vaga, sumiéndose poco á poco en una dulce
somnolencia.
La joven despertó al sentir en su espalda la mano
del aña.
—Ése está ahí—dijo con tono
misterioso.—Habrá que bajar al jardín.
A la melancolía sucedió en la joven la inquietud,
el temor. Había venido preparando desde mucho tiempo aquella entrevista con
Fernando Sanabre, y al llegar el momento temblaba como si fuese á realizar un
delito. La aña reía ante los temores de la señorita, á la que
trataba con la misma familiaridad que cuando era niña. ¡Inocente! ¿Qué mal
podía haber en aquel encuentro de novios, en plena tarde, en un jardín y bajo
la mirada de ella, que era como su madre? Pero Pepita no lograba
tranquilizarse: el respeto y el miedo á su mamá la dominaban. Esperaba que de
un momento á otro apareciese la severa figura de doña Cristina tras un arriate
del jardín.
Solamente había accedido á la entrevista después de
los infinitos ruegos de Fernando. Este se desesperaba por no haber hablado ni
una vez á solas con su novia, teniendo que contentarse con las rápidas palabras
cambiadas al entrar y salir en la casa de su jefe ó con las cartas que llevaba
y traía la aña complaciente.
Pepita quería que se encontrasen en el jardín, á la
vista de la servidumbre, creyendo esto menos censurable que recibir al
ingeniero dentro de la casa.
Cuando la joven se vió bajo los árboles, Fernando
atravesaba ya la verja, haciéndose de nuevas ante el portero, al saber que la
señora no estaba en casa. Venía á visitarla y á enterarse de paso de cuándo
regresaría don José de su viaje; pero ya que la señorita estaba en el jardín,
pasaría á saludarla.
Los dos jóvenes quedaron indecisos, con la emoción
de la timidez, al verse frente á frente.
—¡Vaya, pasearos! dijo animosamente la ruda
Nicanora.—Deciros algo: hablad sin miedo. Aquí estoy yo para avisar si algo
ocurre.
Y poco á poco fué quedándose rezagada, dejando que
los novios anduviesen lentamente, la vista en el suelo, con el atolondramiento
del que ha pensado muchas cosas para decirlas y no sabe cómo empezar.
De vez en cuando se miraban sonriendo. Él la
acariciaba con los ojos, poniendo en su gesto toda la pasión, que se revolvía
inquieta, no encontrando palabras para exteriorizarse. El silencio del jardín,
la calma de aquella tarde de verano parecía adormecer el pensamiento de los
dos, dando una vida extraordinaria á sus sentidos. Creían percibir
considerablemente agrandados los movimientos del corazón, los latidos de la
sangre al pasar por las arterias de sus sienes. Poco á poco envolvíales la
alegría de la naturaleza, cómplice de las dulzuras del amor; el canturreo del
agua desgranándose en el tazón de una fuente, el crujido de los troncos al
estallar sus cortezas á impulsos de la savia, el lento murmullo de las hojas
moviéndose solemnemente en el espacio caldeada, entre nubes de insectos que
brillaban al sol como un chisporroteo de oro.
Fernando fué el que habló primero, comenzando como
todos los amantes con la expresión de la felicidad que sentía al verse por fin
junto á la mujer amada. ¡Cómo había deseado aquel momento!... Recordaba las
horas de muda contemplación, allá en su despacho de los altos hornos, con la
vista fija en las cartas de ella, como si la letra de Pepita le hablase
misteriosamente y su sonrisa brillara entre los renglones.
—Mira, nena—decía el ingeniero subiendo de tono en
su apasionamiento.—Tu voz, tu divina voz es lo que más me conmueve. Yo creo que
te quise siempre; desde que te conocí, siendo aún muy niña. Te amaba sin darme
cuenta de ello; pero el día en que ví claro, en que supe que te quería, fué
escuchando una de esas canciones vascongadas, tan dulces, tan tristes, que
parece que cantas con el alma.
Fernando se había dado cuenta de su amor oyéndola
cantar el Goizeko izarra, la invocación á la estrella de la mañana.
Él no entendía la letra, pero la música, ¡ah la música! había penetrado en él
hasta lo más hondo, como un arañazo que despertó su alma. Después había hecho
que le tradujesen la letra.
—Ya la sé—continuó el joven—la conozco y creo en
ella: siento su infinita ternura, «La estrella de la mañana, sin mancha alguna
brilla en el horizonte: pero á tu lado, querida mía, palidece y casi no se
ve...» Eso es lo que yo pienso, mi vida.
Y con el énfasis de todo enamorado, la comparaba
con el astro del amanecer, resultando que la amante vencía á la estrella en
hermosura y esplendor.
Pepita, tranquilizada ya, reía ante el entusiasmo
hiperbólico de su novio. ¡Qué exagerado! ¡Qué... romántico! ¿Pero era verdad
que le causaba tanta impresión su voz?... Y se extrañaba de buena fe, de que
una canción pudiera conmoverle tan hondamente. Ella cantaba por distraerse:
parecíale una locura tomar en serio lo que se dice con acompañamiento de
música: todo eran falsedades dulces, inventadas por los artistas para alegrar
la vida; muy bonitas, eso sí, pero al fin mentiras.
Por la memoria de Fernando pasó, como una ráfaga de
viento helado, una frase que varias veces había oído al doctor. Aquella raza
aparte, sentía una afición loca por la música: cantaba en todos los momentos de
su vida, y sus cantos tenían la tristeza melancólica del paisaje; pero la
emoción era de labios afuera, un sentimentalismo exterior que se perdía en el
aire.
—No, nena—dijo el amante.—Es tu alma entera lo que
pones, sin saberlo, en tu voz. Tú eres para mí la estrella de la canción; pero
no te diré como al final de ella: «Adiós para siempre, adiós». Si yo te
perdiese después de ser amado, no sé qué sería de mí. Dí que me quieres,
Pepita, dí que me amas.
La joven, con cierto pudor, resistíase á decir de
viva voz lo que tantas veces había escrito en sus cartas.
—¿No lo sabes?—respondió evasivamente.—¿No te lo he
dicho muchas veces?
—Pero, repítelo, quiero oírlo de tus labios. Dí que
me amas.
Y Pepita, mirándole por primera vez en los ojos,
dijo con cierta gravedad, como poniendo en sus palabras el peso de un juramento
solemne:
—Sí, te quiero: te amo, Fernando.
¡Oh aquella mirada!... Fué para el ingeniero lo
mejor de la entrevista, y la recogió en su memoria, esforzándose por
conservarla con toda su luz, para que le acompañase en las largas horas que
pasaba allá en la fundición entregado á la vida de los recuerdos.
Sanabre se convencía de que era amado por Pepita.
Su mirada, su voz, valían más que todos los papeles preciosos que guardaba en
su despacho. Ella que se burlaba con indulgente superioridad, al oírle hablar
de canciones y de estrellas, influida por el positivismo de su raza, mostrábase
sincera al mirar al hombre. Fernando era para ella ese ideal abstracto que se
forja toda mujer al sentirse enamorada por primera vez: el hombre modelo,
conjunto de gracia y de fuerza, de sentimentalismo y energía, capaz de enternecerse
ante una flor y de pelear como una fiera; ese personaje, en fin, mezcla de
tenor amoroso y de paladín membrudo, creado por las novelas, que nunca se ve en
la realidad y que turba los sueños de las vírgenes.
—Sí, te quiero—repetía Pepita.—Por mí no temas, no
seas niño, nunca me dirás adiós.
—Bebé, ¡dulce bebé!—exclamaba con entusiasmo el
ingeniero.—¡Cuánto te amo! ¡Qué feliz soy!...
Y el aña Nicanora, que los seguía
á corta distancia, oyendo muchas de sus palabras, sonrió con cierta lástima.
Todos los novios eran lo mismo; iguales los aldeanos que los señoritos; alguna
diferencia en las palabras, y nada más. Sólo sabían decirse tonterías, poniendo
en sus voces tanta solemnidad, como si la existencia del mundo dependiese de lo
que se dijeran. ¡Ah la juventud!... Y seguía sonriendo con indulgencia de
veterano ante el entusiasmo de los dos jóvenes.
Fernando, más tranquilo después de las palabras de
su novia, hablaba del por venir. Trabajaría; ¡quién sabe hasta dónde puede
llegar un hombre! Desde que estaba enamorado, sentíase con nuevas fuerzas para
el trabajo. Bullían en su pensamiento ciertas invenciones industriales, que, de
realizarse, darían nuevas ganancias á Sánchez Morueta.
Pero el recuerdo de su jefe abatió las ilusiones
del ingeniero.
—¿Que dirá tu padre cuando conozca nuestros amores?
Ya conoces por mis cartas la inquietud que esto me causa; me roba el sueño
muchas veces... ¿Y tu madre? ¡Qué miedo la tengo!... Somos muy felices
amándonos, pero el porvenir nos guarda muchos dolores. ¡Si todos en tu familia
fuesen como el doctor!...
Y hablaba con entusiasmo de Aresti, de la bondad
con que seguía sus amores.
—Sí, mi tío es muy bueno—dijo Pepita hablando del
doctor como de un pariente lejano, del que sólo se acordaba la familia de tarde
en tarde.—¡Lástima que tenga esas ideas! Es un planeta muy
simpático, pero mamá cree que está loco.
Lo incierto de su porvenir, llevó de nuevo á los
dos jóvenes á hablar de sus amores.
Fernando sentía miedo. Los padres de ella
proyectarían casarla con el vástago de alguna familia millonaria; tal vez con
un señorito de escasa fortuna, que pudiera ofrecerla viejos títulos de nobleza.
En todos pensarían antes que en él, que no era más que un servidor intelectual
de la familia. ¡La perdería amándola tanto!... ¡La diferencia de fortuna, la
maldita ley de clases, les cerraría el camino, separándolos!...
—Tonto, ¡pero si yo sólo te quiero á tí!—decía la
joven sonriendo.
Y el ingeniero, conmovido por estas palabras, en un
arranque ingenuo de agradecimiento, intentó coger las manos de su amada. Ésta
las retiró detrás del talle, frunciendo las cejas con gesto duro.
—Quieto, ¿eh?—dijo pasando sin transición de la
dulzura á la altivez, con una voz que no parecía la misma, ofendida, como si el
joven intentase una monstruosidad.
De nuevo pasó por Fernando el recuerdo del doctor
Aresti, de una de sus paradojas atrevidas que le valían la fama de loco. «Este
es un país sin corazón, donde nunca se ha visto que una muchacha se escape con
el novio.»
Sanabre quedó largo rato cohibido y como
avergonzado por el brusco movimiento de la joven. Pepita parecía arrepentida de
la viveza de su protesta, pero callaba, aguardando á que fuese él quien
reanudase la conversación.
—Tal vez quiera tu madre que Fermín Urquiola sea tu
marido—dijo el ingeniero tristemente.
La joven aprovechó la ocasión para recobrar su voz
tierna de enamorada.
—Con ese, nunca, ¡nunca!
Y habló de la repugnancia que le inspiraba
Urquiola, con sus petulancias de buen mozo, cortejando á un tiempo á varias
señoritas de la villa y escogiendo entre ellas, con la frialdad del cálculo, la
que mejor le conviniera por su fortuna. Además, conocía su vida. Las jóvenes,
en las tertulias, hablaban de él á hurtadillas, como de un don Juan que atraía
á las tontas con el maléfico encanto de sus calaveradas. Todas sabían que tenía
una mujer, allá en Bilbao la Vieja, una antigua costurera con la que vivía maritalmente.
Hasta había oído decir que tenían hijos.
—¡Oh! Con ese nunca, ¡nunca!—repetía con gestos de
repugnancia.
Ella era incapaz de rebelarse ante su madre: pero
osaba ponerse frente á ella, en la apreciación de los méritos de aquel pariente
tan querido por doña Cristina. Y como si al pensar en Urquiola recordase algún
defecto moral de su novio, preguntó á éste con dulzura:
—Dime, Fernando. ¿Tú tienes religión? ¿Es verdad
que piensas como mi tío?... Dime que no, Fernando; dime que no.
El ingeniero miró á su novia, que le contemplaba
con ojos interrogantes, de una candidez alarmada, como si temblase ante su
respuesta. Sanabre recordó un momento á Fausto en el jardín de Margarita. Otra
muchacha inocente, aunque menos apasionada que la burguesilla germánica, le
preguntaba á él en un jardín cuál era su religión. Sintió impulsos de romper en
un himno á sus creencias humanas, como el fantástico doctor. Pero el miedo al
ridículo le contuvo; su instinto le avisó el riesgo de alarmar á un alma soñolienta.
—Sí, vida mía, tengo religión—dijo
evasivamente.—Creo que el hombre debe ser bueno y feliz sobre la tierra y para
ello trabajo.
Pepita pareció no comprenderle y habló de su madre.
Si le hacía aquella pregunta era porque doña Cristina, que se acordaba pocas
veces de Fernando, no viendo en él más que un dependiente, había dicho un día
que era igual á su primo el doctor.
—¡Si supieras cuánto me hizo sufrir el pensamiento
de que esto fuese verdad! No quise decírtelo en las cartas; pero deseaba que
nos viésemos para convencerme de que no es cierto. Ahora estoy tranquila. Ya lo
decía yo; ¿si eso no puede ser? Fernando es bueno: algo loco, eso sí, un
poquito romántico, como todos los que no son de esta tierra; pero es imposible
que piense los mismos disparates que el pecador de mi tío.
Y aproximándose al joven como si se ofreciera, con
una dulzura que contrastaba con la huraña repulsión de poco antes, añadió:
—Ya que crees en Dios, ¿por qué no vas, como los
muchachos de Bilbao, á confesarte con los Padres? ¿Por qué no te veo nunca en
la Residencia?...
Sanabre se encogió de hombros, no sabiendo qué
decir, mientras Pepita seguía hablando. Él indudablemente iría á misa todos los
domingos en la iglesia más próxima ó los altos hornos, ¿verdad? Y en sus ojos
se leía por anticipado la afirmación á la pregunta, como si no pudiera
ocurrírsele la sospecha de que el joven pasase sin oír misa los días
festivos... Poco le costaba bajar a la villa, frecuentando la iglesia de la
Residencia. Dios estaba en todas partes, pero ella—no sabía explicarlo
bien—creía que en aquel templo tan bonito y tan cómodo se hallaba más cerca.
Además, la religión era allí más distinguida: sólo se veían personas decentes.
—Tengo mucho que hacer—dijo el ingeniero evadiendo
la respuesta.—Yo pertenezco á mis deberes. El trabajo también es una religión.
La joven siguió hablando, inspirada ahora por el
egoísmo del amor. Nada perdería aproximándose á los Padres, intentando hacerse
simpático á ellos. Eran personas muy buenas que se interesaban por los demás,
trabajando por su felicidad. Para ellos no existían obstáculos: todo lo hacían
llano con su sabiduría. Había que seguirlos con los ojos cerrados. ¡Si ellos
quisieran ayudarles! ¡ay; entonces sí que no tendrían que temer nada!...
—Fernandito—decía con voz acariciadora.—Ve por
allí; hazte simpático: tengo la certeza de que mamá te miraría mejor si algún
Padre la hablase de tí... ¡Y yo sería tan dichosa!...
—Veremos, veremos—murmuró indeciso el ingeniero.
Dudaba, con cierta esperanza, ante el camino
tortuoso que le proponía su novia. Experimentaba la cobardía del amor, y
cerraba los ojos. Él, que era capaz de los mayores esfuerzos por conseguir á la
mujer amada ¿por qué había de sentir remordimientos ante un medio que tal vez
era el del éxito?...
—Te quiero—dijo con entusiasmo.—No hay nada que me
detenga para llegar hasta tí. Buscaré á esos Padres, iré á la Residencia,
seré luis: todo lo que tú me digas. ¿Pero y si á pesar de esto tu
familia no me admite? ¿Y si tu madre quiere casarte con otro?...
Sanabre abordaba por fin la gran cuestión que su
inquietud amorosa traía preparada; lo que más le había hecho desear aquella
entrevista.
Pepita bajó los ojos indecisa y pensativa. No osaba
mirar á su novio como si temiera que este leyese en su pensamiento.
—Dí, mi vida—seguía preguntando el ingeniero.—¿Y si
se oponen á nuestro amor?... Si nos separan ¿que harás tú?
La joven eludió la respuesta, diciendo con ternura:
—Yo te quiero mucho, Fernando. Te amo.
—Lo sé, y mi alma se llena de alegría al
escucharte. Pero hablemos seriamente: dejemos los romanticismos, como tú dices.
Yo soy pobre y tú eres inmensamente rica. ¿Serías capaz de cambiar tu vida de
opulencia por una existencia modesta al lado de un hombre de trabajo, que te
amaría mucho... mucho?
Pepita no pareció conmoverse ante el cambio de vida
que la proponían, ni sintió miedo ante la modestia de que le hablaba el
ingeniero.
—Tú trabajarás, Fernando: tú serás rico.
Y lo decía con su convicción de muchacha feliz que
no creía en la posibilidad de la miseria; como si ésta estuviera reservada á
gentes de otra raza y no pudiese llegar á ella ni á ninguno de los que la
rodeaban. Vivir sin las ventajas de la riqueza, que la hacían ser la primera en
todas partes, le parecía un absurdo del que era innecesario hablar.
—¿Y si tus padres te ordenan que me olvides? ¿Y si
nos separan?... ¿Serás capaz de resistirte á su voluntad? ¿Les desobedecerás
para ser mi mujer?...
Se agrandaron los ojos de Pepita con expresión de
asombro, como si escuchase algo inaudito, como si ante ella se abriese un
peligro no previsto ni imaginado, algo monstruoso que rebasaba los límites de
lo humano.
—Te quiero, Fernando: yo no te olvidaré nunca.
Y no dijo más. Su novio la acosaba con preguntas.
Quería conocer su valor ante el futuro peligro, apreciar la fuerza de su
voluntad, medir la extensión de su amor; pero ella, con la cabeza baja, eludía
tenazmente la respuesta, siempre con el mismo juramento: «Te quiero, te amo.»
¿A qué hablar de lo que aún estaba por venir? Ya pensarían los dos lo que debía
hacerse cuando llegase el momento.
Quedaron en un silencio doloroso. Ella parecía
ofendida de que se le quisiera obligar á violentas resoluciones: él pensaba de
nuevo en el doctor, en aquella guitarra trovadoresca de que le había hablado el
burlón Aresti al describir su vehemencia amorosa. Realmente, eran de razas
distintas; sentían las pasiones de diverso modo. Y el ingeniero adivinaba algo
de ridículo en su situación, como si realizándose las irónicas fantasías del
doctor acabasen de sorprenderle dando su serenata ante el hotel del millonario.
Aún pasearon mucho tiempo los dos amantes.
Deteníanse para contemplar una flor rara, seguían con atención infantil los
saltitos de los pájaros corriendo por los andenes. Al enfriarse un tanto su
apasionamiento, se daban cuenta de lo que les rodeaba y veían por primera vez
el jardín con todas sus bellezas, como si hasta entonces hubiese permanecido
oculto entre nubes.
Sanabre deseaba irse. Comenzaba á caer la tarde y
podía presentarse doña Cristina. Pero al mismo tiempo pensaba con miedo en las
horas de angustia que le esperaban allá en los altos hornos, si se retiraba
llevando sobre el alma el peso de su decepción.
—¡Cuando menos, dime que me querrás siempre!—dijo
cogiendo una mano de Pepita, como si hubiese olvidado la protesta de
antes.—¡Dime que, ocurra lo que ocurra, no me olvidarás!
—Sí; te quiero: no podré olvidarte nunca.
Y dejaba su mano entre las de Fernando, sin
resistirse, con la misma tolerancia con que se entrega un objeto precioso al
niño enfurruñado, para consolarle. El ingeniero quería olvidar y acariciaba con
arrobamiento aquella mano que recordaba, al través de su figura, la potente
garra de Sánchez Morueta.
La intervención del aña interrumpió
su embriaguez amorosa. El portero acababa de abrir la verja y el automóvil de
la casa, tras un retroceso para reanudar su marcha, entraba lentamente por la
avenida principal del jardín.
Corrieron los jóvenes, seguidos por el aña,
hacia la entrada del hotel, para salir al encuentro de doña Cristina.
Al descender ésta del automóvil y ver á Pepita con
el ingeniero, miró severamente al aña. Pero la mujerona le contestó
con otra mirada arrogante de vieja servidora, que se permite por su antigüedad
no admitir repulsas. Aquel señorito había venido de visita y se había paseado
con Pepita por el jardín, siempre bajo su vigilancia: ¿qué mal había en
ello?...
Sanabre no pudo ocultar su turbación al saludar á
la señora de su jefe. Había venido para saber cuándo regresaría don José de su
viaje.
Doña Cristina le contestó duramente. Podía haberse
ahorrado la molestia de la visita, preguntando por teléfono.
—Es que, además, deseaba ver á ustedes—dijo
Sanabre.
—Muchas gracias—contestó con altivez la
señora.—Agradezco su atención. ¿Entra usted?...
Y con los ojos le daba á entender que podía
retirarse.
La joven vió como se alejaba su novio, humillado y
cabizbajo. Después subió á su cuarto, esperando de un momento á otro la temible
aparición de su madre encolerizada.
No subió. Pepita creyó oír á lo lejos su voz
temblona de ira y la del aña que le contestaba con no menos
acritud.
Por la noche, al reunirse en el comedor, doña
Cristina miró á su hija con insistencia, pero sus palabras fueron breves.
—Que sea la última vez—dijo—que recibas visitas, ni
dentro de casa... ni en el jardín. También es casualidad, venir ese...
individuo, la misma tarde en que te quedas sola, diciendo que estás enferma.
Y sus ojos parecían penetrar en la joven, como si
quisieran escudriñar el alma; pero Pepita permaneció impasible, con ese sereno
disimulo que no se aprende, que es instintivo en la mujer y se agranda con el
amor.
El amanecer era de verano, sin una nube en el
cielo, delatándose la proximidad de la salida del sol con un celaje de color de
sangre que apagaba el último parpadeo de las estrellas.
Despertaba Bilbao. Silbaban las locomotoras
anunciando los primeros trenes para Portugalete y Las Arenas, y pasaban
corriendo por el Arenal, con la comida envuelta en un pañuelo, los obreros que
tenían su trabajo en las orillas de la ría. El Nervión mostrábase entre la
bruma de su profundo cauce, con una brillantez azulada de acero. Dos anchas
fajas de barro marcaban en los malecones el descenso de la marea. Apagábanse en
la parte alta de la ría las luces de los anguleros, que durante la
noche iluminaban el cauce como una procesión de invisibles penitentes. Las aves
marinas, atraídas por el resplandor rojizo de la iluminación de la villa,
revoloteaban sobre los tejados y tendían sus alas hacia el mar, siguiendo la
tortuosa calle de la ría hasta la inmensa plaza del Abra.
Comenzaban á abrirse los establecimientos de la
gente pobre; abacerías, tabernas y bodegas. Sonaban los esquilones llamando á
los fieles á misa y como atraídas por ellos pasaban mujeres viejas, vestidas de
negro, con aspecto mixto de bruja y dueña, y ese tufo de ropa antigua,
semejante al olor de la piedra mohosa de los templos. A lo lejos contestaban á
las campanas el silbido de las locomotoras, el chirrido de los cabrestantes de
los barcos y los gritos de las cargueras que reñían por
preeminencias en el trabajo, al comenzar su vaivén de los buques á tierra, con
la cabeza abrumada por los fardos.
Por las calles comenzaban á rodar los carros de
la sarama recogiendo el estiércol: las vendedoras de fotes llamaban
á las puertas repartiendo los panecillos del desayuno.
Las criadas que pasaban por el Arenal con la cesta
al brazo, camino del mercado de San Antón, y las aldeanas que se detenían á
descansar por un momento, dejando en el suelo los cestos de verduras y las
cantimploras de leche, volvieron la cabeza hacia la Sendeja al oír el taf-taf de
un automóvil. El vehículo pasó veloz por la gran plaza, desapareciendo,
ensanche adelante, al otro lado del puente.
Las que eran de la villa, conocieron á la esposa y
la hija de Sánchez Morueta, sentadas tras el chauffeur de
ancha gorra y aspecto extranjero; las dos vestidas de negro, con mantillas que
casi las cubrían los ojos.
Las criadas se abordaban haciendo comentarios.
Aquella gente rica aun madrugaba más que ellas. Irían á la iglesia de la
Residencia á confesarse con los padres jesuítas. Allí iba todo el señorío.
El automóvil aceleró su marcha por las amplias
calles del ensanche, desiertas á aquellas horas, y paró con violenta rapidez
entre los carruajes que estaban estacionados ante la iglesia del Sagrado
Corazón, una obra prodigiosa de confitería arquitectónica, en la que el blanco
de las ojivas se combinaba con el color rosa de los muros.
Doña Cristina no entraba nunca en aquella iglesia
sin sentir un cosquilleo de bienestar. Experimentaba igual satisfacción que si
penetrase en un salón elegante, donde sin esfuerzo alguno, con una dulzura casi
voluptuosa y sin molestos contactos, se ganaba la salvación del alma.
Reconocía una vez más el talento de los buenos
Padres al admirar la decoración del templo. Era gótico, pero no
tenía la crudeza blanca, la sobriedad desnuda de las viejas catedrales. La
arquitectura ojival sé convertía en polícroma: el oro y el bermellón chorreaban
por los nervios de los pilares, y los arcos apuntados: las bóvedas, eran azules
con estrellas de oro, como un cielo de teatro. Esta belleza, tan bonita,
sólo podían imaginarla los Padres de la Compañía.
Y la de Sánchez Morueta, pensaba en su pariente el
doctor, como siempre que había de indignarse contra alguna impiedad. Recordaba
su comparación del hermoso templo con el forro interior de uno de esos baúles
que usan las criadas, matizados de chillones colorines. ¡Decir tal cosa, cuando
todo estaba en aquella iglesia discurrido y ordenado para comodidad y suave
placer de los fieles! El órgano desgarrador y tempestuoso había sido
reemplazado por el armónium; en vez de los santos negruzcos y horripilantes de la
antigua devoción española veíanse imágenes sonrientes de fresco charolado,
correctas y distinguidas cual corresponde á un culto de personas decentes; las
lámparas de luz eléctrica, en gran profusión, sustituían á los cirios humosos
que con su olor de cera daban mareos á las señoras.
Doña Cristina y su hija fueron pasando entre las
filas de penitentes arrodilladas á los lados de los confesonarios. Para ser
verano estaba muy concurrido el templo. Pero la de Sánchez Morueta reconocía la
influencia de la estación en la clase de público. Las señoras eran menos que en
el invierno. La gente baja, menestrales acomodadas, y viejas beatas
de medios de vida problemáticos, se aprovechaban del veraneo de las señoras
distinguidas, para apoderarse del templo bonito y de sus santos sacerdotes.
Pepita y su madre se arrodillaron cerca de un
confesonario; el que más gente tenía formada ante sus rejillas. Tardaría mucho
en llegarles el turno para la confesión.
Al reconocer á las dos señoras, hubo un movimiento
de respeto y curiosidad en la doble fila de mujeres arrodilladas, vestidas de
negro y con la mantilla sobre los ojos. Dos viejas se levantaron ofreciéndolas
su puesto en la fila. Doña Cristina hizo un signo de aprobación con la cabeza y
abriendo su portamonedas dió una peseta á cada una de ellas.
Las dos beatas se alejaron en busca de otro
confesonario menos concurrido. Realmente á ellas les agradaba poco el Padre
Paulí á pesar de su fama. Siempre escuchaba con impaciencia, cuando á través de
la rejilla percibía el olor agrio de las mantillas viejas. Mostraba prisa con
aquellas intrusas que se mezclaban en su elegante rebaño.
La madre y la hija, al verse cerca del
confesonario, con sólo dos penitentas por delante, abrieron sus libros de
oraciones, y descansando las carnosidades de su cuerpo sobre las piernas
dobladas, aguardaron con calma.
Doña Cristina experimentaba la emoción de la
doncella que tiente la proximidad del hombre amado.
El Padre Paulí era un varón famoso. La buena señora
admiraba su energía, su fuerza de voluntad, viendo en él algo de San Ignacio,
que había sido militar antes que santo y guardaba bajo su sotana la audacia del
hombre de guerra. No había más qué leer los papeles liberales, enterarse de los
escándalos que habían provocado, hasta en Madrid, las palabras y los actos del
Padre Paulí, para convencerse de que nadie trabajaba como él por la causa de
Dios. No iba con tapujos y miedos como muchos sacerdotes que sólo hablaban de
piedad y perdón para los enemigos, y de la dulzura de Jesús. Era el jabalí de
la Iglesia, que al verse en terreno favorable, en aquella tierra donde crecía
frondoso el bosque de la fe y de la sumisión ciega, saltaba iracundo,
repartiendo colmillazos á todos lados. «A los enemigos de la religión, palo»,
decía con fiera arrogancia, que enardecía á su laico auxiliar Fermín Urquiola.
No perdonaba medio para propagar sus belicosos
propósitos. Sus sermones en las grandes romerías, en las fiestas de la
Asociación de la Vela Nocturna y otras corporaciones que le tenían por
director, eran arengas de caudillo, hablando de matar ó morir como los
paladines de las Cruzadas, por el sagrado Corazón de Jesús. Su celebro folleto
«A las señoras católicas», publicado en vísperas de unas elecciones, había dado
que hablar hasta en el Congreso de los Diputados.
Era un hombre de lucha que iba recto á su fin,
atropellando las doctrinas religiosas para defender la religión. En su folleto
tronaba contra el lujo de las mujeres y el dinero que desperdiciaban en la
caridad. Nada de vestidos nuevos ni de limosnas; todo debían dedicarlo á las
elecciones, á comprar votos, á corromper la voluntad de la gente, para sacar
triunfante al candidato de Dios y deshonrar de paso aquella institución del
sufragio, que borrando las clases y colocando el pequeño al nivel del grande,
trastornaba las leyes de la antigua sociedad.
Doña Cristina recordaba los incidentes de la lucha
ruidosa, en la que fué victorioso caudillo el Padre Paulí. Las señoras,
amenazando con no comprar en los establecimientos cuyos dueños votasen al
candidato liberal; el dinero, entrando en los barrios populares como un veneno
que enloquecía á la gente y la hacía terminar sus disputas á palos y tiros; las
damas ricas, deslizándose en los tugurios de los miserables, arrogantes como
amazonas, con el bolso abierto y el paquete de papeletas electorales. Y enfrente
de este gran ejército manejado por el Padre Paulí, un candidato de una buena fe
paradisíaca, que hacía discursos sobre la regeneración material de la nación y
la política hidráulica, pidiendo canales y pantanos, como si á un país cual
Vizcaya, en el que llueve todo el año, pudiera interesarle lo que sólo
importaba á los maketos, en sus llanuras de Castilla secas, bajo un
sol de África. Hasta había comulgado solemnemente la víspera de la elección, en
una iglesia popular, para que su candidatura perdiera todo carácter
antirreligioso. ¡Infeliz! ¡como si estas habilidades valiesen con la Iglesia
que es maestra en ellas! ¡cómo si no supiesen los buenos que quien no está á
sus órdenes en cuerpo y alma, está contra ella!...
En esta lucha casi reciente, cuyo triunfo saborean
envalentonadas las gentes religiosas, y que esparcía en torno del enérgico
jesuíta un prestigio de caudillo invencible, había roto doña Cristina los
últimos restos de la intimidad puramente amistosa que aún existía entra ella y
su marido. Los liberales buscaron el auxilio de Sánchez Morueta, recordándole
que había peleado durante el sitio, y el millonario entregó mil pesetas para la
elección. El mismo día doña Cristina, con la amplia libertad de que gozaba en
el manejo del dinero, dió dos mil duros al Padre Paulí. Al conocerse en Bilbao
las dos ofrendas, cayó sobre Sánchez Morueta el desprecio y la burla de ambos
bandos. Doña Cristina tembló en el primer momento ante el silencio de su
esposo. Le parecía escuchar la risa irónica del doctor Aresti, allá en las
minas. Temía la explosión ruidosa del gigante que se veía ridiculizado por una
mujer, que no era para él más que una administradora del hogar. Pero
transcurrieron los días y siguió callando, como si pasada la primera impresión
de cólera, sólo le inspirasen desprecio aquellas contrariedades, y no quisiera
turbar con nuevas querellas el bienestar animal que encontraba en su casa.
Doña Cristina también había perdido su primitiva
inquietud al transcurrir el tiempo y se mostraba satisfecha, sonriendo
modestamente ante las amigas que la felicitaban por este rasgo de independencia
conyugal, para mayor gloria de Dios. El elogio del Padre Paulí valía por todos
los terrores que le había hecho sufrir el gesto hosco de su marido. El jesuíta
la comparó en una reunión de señoras con las mujeres fuertes de la Biblia y con
un sinnúmero de santas, todas princesas ó consejeras de reyes. «Con señoras tan
valerosas, pronto volverá el reinado de Jesús sobre la tierra.» Urquiola era
otro panegirista que en las reuniones de jóvenes católicos ensalzaba, entre
risas, la gran treta que su tía había jugado á aquel marido gigantón con cara
de vinagre.
Después del ruidoso triunfo, la piadosa señora
entraba en aquella iglesia como si fuese su casa, creyendo que el compañerismo
de la victoria y su tan comentado sacrificio, la unían á los buenos Padres como
si fuese de su familia.
El confesor, después de despachar á varias
penitentas, sacó la cabeza por delante del sagrado cajón, lanzando una rápida
mirada á la fila de señoras, mientras musitaba algunas oraciones.
—Me ha conocido—pensó doña Cristina con orgullo—No
tardará en despedir á la que está delante.
Pensaba en la natural sorpresa del confesor al
verla allí en verano. La afluencia de veraneantes en Las Arenas y Portugalete,
aumentaba el servicio religioso en las iglesias de ambos pueblos, y ella, sólo
de tarde en tarde hacía sus visitas al templo de la Residencia. De seguro que
el buen Padre pensaba: «Algo extraordinario le ocurre á mi hija de confesión.»
Y así era efectivamente.
No peligraba la salud de su alma ni traía ningún
grave pecado que la abrumase con su peso. Pero el jesuíta quería que se le
dijera todo, absolutamente todo lo que alteraba el pensamiento de sus
penitentas, único medio de que éstas fuesen bien dirigidas, y ella llegaba para
una confesión extraordinaria, como esposa y como madre cristiana.
Primeramente, quería hablarle de cierta carta
sorprendida en el despacho de su esposo.
Sánchez Morueta había llegado el día anterior,
después de una permanencia de dos semanas en Francia, por asuntos del comercio:
millonarios extranjeros, que veraneaban en Biarritz y con los cuales había de
tratar nuevos negocios. Esto, según él daba á entender en sus escasas palabras.
Pero doña Cristina dudaba ya de todo desde que dos días antes de que regresase
el millonario, había encontrado revolviendo los papeles de su mesa, una carta
de color gris, perfumada de ámbar y con la firma de una mujer, una tal Judith,
que debía ser una pagana, una pecadora, á juzgar por su nombre y su manera de
escribir. Ella no había entendido gran cosa; la letra era de rasgos
desordenados y fantásticos y además estaba en francés. Pero las pocas palabras
que había podido adivinar, y más que esto, su instinto femenil, la hicieron
comprender desde la primera ojeada que era una carta de amor, escrita con el
mayor desenfado. ¡Qué asco! Toda la castidad de doña Cristina, su horror á la
carne vil, se revolvió al contacto de aquel papel. No quiso verlo más y lo
abandonó en el mismo sitio donde lo había encontrado. Sabía lo necesario: su
marido tenía una amante: tal vez por esto pasaba tanto tiempo fuera de
Bilbao...
En el primer momento, doña Cristina experimentó una
sensación desconocida; un deseo de protestar, como si fuese objeto de un robo.
Sintió por Sánchez Morueta un interés más grande que en los primeros tiempos de
su matrimonio. La mujer despertaba en ella irritada por la infidelidad. Tal vez
iba á conocer el amor á impulsos de la cólera. Pero aquello sólo duró un
instante: su alma, que parecía despertar é incorporarse, volvióse del otro lado
y continuó su sueño.
Si Pepe tenía una querida ¿á ella qué? Mejor: su
indiferencia encontraba una justificación. Viviría más segura en su castidad:
se sentiría más fuerte, pudiendo echar algo en cara á aquel hombre que parecía
dominarla con su silencio. Era lo que á ella le faltaba. Doña Cristina se había
irritado muchas veces por no poder alegar ninguna falta contra aquel hombre que
vivía tranquilo, sin acordarse de la religión, cerrando su casa á los ministros
de Dios.
De aquella carta pecadora le había quedado el
principio impreso en la memoria: «Mon gros loup cheri». ¿Qué querría
decir esto? Y adivinando algo horrible y grotesco á la par, como los diablos
panzudos pintados en ciertas estampas, sonreía en medio de su repugnancia,
pensando en la figura algo ridícula de su esposo, con su barba de patriarca,
enamorando á una de aquellas perdidas que se burlaban de los hombres,
devorándolos.
Nada le importaba en el fondo este descubrimiento,
pero quería comunicárselo al Padre Paulí, y que éste la ayudara con sus
consejos. Además, tenía que hablarle de la niña, rogando que la diese un buen
repasón. Estaba en la edad de los caprichos y las tonterías, y
ella, después de la tarde en que la había sorprendido en el jardín con el
ingenierillo, sentía cierta intranquilidad. Hasta había efectuado un registro
minucioso en el cuarto de la niña, presintiendo cartitas escondidas, algo que
revelase la certeza del noviazgo. Nada había encontrado; pero le daba el
corazón que algo existía. Tal vez lo guardaba oculto la aña Nicanora,
complaciente siempre con la señorita.
Había terminado su confesión la señora arrodillada
delante de ella, y doña Cristina ocupaba ya la rejilla, esperando que fuese
absuelta la del lado opuesto. Se abrió por fin el ventanillo y Pepita vió por
encima de los hombros de su madre una sombra que murmuraba:
—¡Hola Cristina! ¡hija mía! ¿A qué obedece esta
visita tan extraordinaria?...
Pepita no oyó más: su madre pegó la cabeza á la
rejilla, ahogándose las palabras de la penitenta y el confesor en un confuso
murmullo.
La joven, sentada sobre los talones, sintiendo de
la dura carne juvenil la incrustación de los tacones de sus botas, leía en su
devocionario automáticamente, mientras pensaba lo que diría al confesor.
Estaba junto á su mamá y llegaban hasta ella
algunas de sus palabras como un lejano susurro.
Pepita comprendió que su madre hablaba de una carta
que debía interesarla mucho, á juzgar por las veces que la nombró. La joven
púsose á temblar pensando en las que tenía ocultas, como una prueba de delito,
allá en su hotel de Las Arenas. Pero doña Cristina levantó la voz un poco más,
como si tuviese que hacer un esfuerzo para soltar algo penoso y Pepita la oyó
decir con gran dificultad, vacilando á cada sílaba «Mon... gros... loup...
cheri...»
No: aquello no iba con ella... ¿Pero por qué decía
su madre tales cosas? ¿Qué lobo era aquel, en francés, que su madre llevaba tan
trabajosamente hasta los oídos del buen Padre? Y Pepita se mordía los labios
para no reír, sin saber ciertamente por qué le regocijaba esta frase que no
había encontrado nunca en sus libros cuando la enseñaban francés.
Luego cesó de oír. Hablaba el confesor, y su voz,
ahogada por la rejilla, gangosa y obscura por la costumbre del recato, llegaba
hasta Pepita como el balbucear de un pequeñuelo: «Ña... ña... ña». Debía reñir
á la madre á juzgar por lo encogida que ésta se mostraba, con la cabeza entre
los hombros, como si la abrumase el interminable regaño del confesor.
La voz de doña Cristina volvió de nuevo al oído de
su hija:
—Es verdad Padre: yo tengo la culpa. ¡Pero es una
esclavitud tan dura!... Yo no he nacido para eso. Ya sabe usted que mi vocación
me llamaba á otra parte. Pero la juventud se engaña siempre y ¡era yo entonces
tan niña!...
Calló, y de nuevo volvió á susurrar como un aleteo
el «Ña... ña... ña» siempre con tono de reproche durante muchos minutos.
—¿Cree usted Padre—volvió á murmurar la señora—que
no he hecho yo nada por atraerle al buen camino? El día mejor de mi vida sería
aquel en que le viese al lado de los buenos, ayudando á Dios con los bienes que
le ha dado, aconsejándose de personas sabias y virtuosas como ustedes... Pero
Padre: usted no lo conoce; es inabordable; siempre me ha causado respeto y
miedo. Lo repito; yo no he nacido para esto: me repugnan los hombres.
Volvió á sonar el «Ña... ña... ña...» más
imperioso, como si diese una orden, y doña Cristina achicábase ante la reja,
obediente á su director, pero anonadada por el sacrificio que la imponía.
—Lo haré, Padre, lo haré. ¡Si supiera usted el asco
que eso me produce! ¡Tan tranquila que yo vivía!... Pero obedeceré, ya que no
hay otro remedio. Dice usted bien: haberlo pensado antes de casarme. Son
sacrificios que impone Dios para la conservación del mundo: exigencias de la
vil materia... Obedeceré, Padre, ¡pero cuánto me cuesta! ¡qué repugnancia, Dios
mío!...
El «Ña... ña... ña» tomó una expresión
interrogante.
—Sí, Padre, sí: seré otra. Volveré como en otros
tiempos, á preocuparme de la envoltura terrenal. Espero que en el cielo me
recompensen este sacrificio. Copiaré las seducciones mundanas para servir á
Dios.
El murmullo del confesor sonó largamente, como si
diese consejos. De vez en cuando, le interrumpía doña Cristina con sus
afirmaciones de penitenta sumisa.
—Así lo haré, Padre.
—¿Ña... ña... ña?
—Ya he olvidado esas cosas, pero procuraré
acordarme de mis tiempos de vanidad.
—¿Ña... ña... ña?
—¿Quiere usted que sea hoy mismo? ¿Después de haber
recibido al Señor?... Bien: porque usted lo dice. Será un nuevo sacrificio.
Callaron un instante el confesor y la penitenta.
Doña Cristina volvió la cabeza, como si descansase antes de entrar en la
segunda parte de su confesión; y al ver tan próxima á Pepita, fijos en el
devocionario sus ojos cándidos, se pegó más á la rejilla. La joven ya no oyó
más que un lejano susurro, sin distinguir una palabra.
Al terminar la confesión, la madre fué á
arrodillarse en el centro del templo y Pepita ocupó su puesto. Poco rato tuvo
que esperar. El confesor despachó rápidamente á la penitenta del lado opuesto,
y volvió á abrir el ventanillo.
—Hola, buena pieza. ¿Eres tú?—dijo cariñosamente á
Pepita.—¿Ya has hecho el acto de contrición? Pues á ver esos pecadillos, á
hacer la colada del alma, que aquí está el Padre Paulí para absolver á las
niñas que son buenas y sumisas.
Y mientras la joven iba soltando con automática
regularidad los pecados de siempre, murmuraciones en las visitas, mentiras sin
importancia, deseos de humillar á las amigas, desobediencias á su madre, miraba
á través de la rejilla al famoso jesuíta, su cara sin una arruga, la nariz
aguileña, aquella sonrisa dulce que parecía acariciar, pero que á ella le
causaba cierto miedo, como si fuese una tenaza irresistible que extraía las
verdades por hondas que se ocultasen.
—Bien, ¿y qué más?—dijo el jesuíta cuando ella se
detuvo dando por terminada la enumeración de sus pecados.
—Nada más, Padre. No recuerdo otros pecados.
—Rebusca bien en tu conciencia, hijita. ¿Nada de
nuevo ha ocurrido en tu vida desde la última vez que nos vimos? Piénsalo. Mira
que con el Padre Paulí no valen engaños: que hasta mí llega un pajarito que me
cuenta todo lo que hacen las niñas embusteras, y que yo sé cuándo me dicen la
verdad y cuándo me mienten.
Pepita comenzaba á sentirse intranquila ante la
sonrisa interrogante y maliciosa del confesor. Aquel hombre lo adivinaba todo,
según afirmaba su madre. Con él de nada servían los tapujos. Y su inquietud
convirtióse en miedo cuando vió que el sacerdote cesaba de sonreír y la hablaba
con los ojos en alto, con la misma voz solemne que conmovía desde el púlpito á
la distinguida muchedumbre de sus fieles.
—Oye, hija mía. Una vez érase una princesa más
bonita que tú, y más rica, pues sus padres eran reyes...
Y describía á la princesa ideal, sin perdonar el
detalle de sus trajes, sus carrozas y los galanes que mariposeaban en torno de
ella.
—Un día, en un sarao de la corte, cuando más
llamaba la atención por su hermosura y su elegancia, danzando con el hijo de
otro rey, los cortesanos lanzaron un grito de horror. Por la boca de la
princesa asomaba, y volvía á ocultarse para aparecer de nuevo, la cabeza de una
horrible serpiente... ¿Sabes lo que era aquella inmunda bestia? Pues un pecado
que la princesa había querido ocultar á su confesor y que tomaba la forma de un
reptil para no abandonar su cuerpo.
Y el Padre Paulí, con su voz trémula de predicador
horrorizado, hacía estremecer á la joven. El final de la historia no era más
tranquilizador. La serpiente acababa por morder en el corazón á la princesa, y
la desdichada descendía con el peso de su pecado á los infiernos.
—Vamos, hija mía—dijo el confesor tras una pausa,
para recobrar su sonrisa después de la historia horripilante.—Tú eres más buena
que la princesa: tú no querrás perder tu alma ocultando las faltas al confesor.
Aquí tienes al Padre Paulí que es un buenazo con las niñas que no mienten, pero
que tiene una correa para castigar á las que son malas y rebeldes. Vamos,
Pepita, como si hablases con una amiga; ya sabes que yo para tí, como si lo
fuera... ¡Tú tienes un novio!
—No, Padre—dijo Pepita con voz trémula, intentando
todavía defenderse.—Es un amigo... Un amigo, ¡pues!... que lo distingo de los
demás... que le tengo cierta simpatía...
—¡Vaya por el amigo!—exclamó bondadosamente el
confesor.—Y este amigo te escribe cartitas y tú las contestas á hurtadillas de
mamá. No digas que no: no mientas... ¿Callas? Quedamos, pues, en que existen
las cartas y en que os habéis visto y hablado en el jardín de Las Arenas. ¡Si
es inútil negar! ¡Si yo todo lo sé por el pajarito!...
Y el jesuíta insistía complacido en aquella ñoñez
del pajarito, como si fuese un supremo rasgo de ingeniosa malicia.
La joven acabó por confesarlo todo y el Padre Paulí
tomó entonces un tono solemne:
—Pues, hija mía; tengo que decirte que has cometido
un grave pecado, pero á tiempo estás de arrepentirte y purificarte de él. Lo
has hecho, indudablemente, sin saber lo que hacías, porque tú eres buena y
espero que el arrepentimiento te volverá á la gracia de Dios. ¿Tú sabes lo
grave que resulta tu falta? ¡Una muñeca como tú, una mocosa que debe vivir
agarrada á las faldas de su madre y no sabe una palabra de lo que es el mundo,
querer arreglarse por sí misma el porvenir, y engañar á mamá, escuchando las proposiciones
de un hombre, sin saber si éste puede ser del gusto de sus padres y de las
personas de buen consejo que los rodean! Vamos que merecías una zurra, como las
chicuelas malcriadas que hacen alguna diablura.
Y su mano blanca se movía tras la rejilla con
burlona expresión de amenaza.
—Tú, que eres aficionada á lecturas como todas las
jovencitas del día, pídele á tu madre un libro titulado «La entrada en el
mundo.» Si ella no lo tiene, te lo dará tu primo Urquiola que seguramente
lo sabe de memoria. Es una obrita del Padre Bresciani traducida y arreglada por
otros Padres no menos sabios de la Compañía. Se la regalamos á los muchachos,
cuando salen con la carrera terminada de nuestra Universidad de Deusto y es una
guía completa de lo que debe pensar y hacer en el mundo todo joven cristiano.
El que la sigue al pie de la letra no necesita más para ser un modelo de
caballeros católicos y excelentes padres de familia. Lee ese libro, Pepita:
busca los capítulos que se titulan «La elección de estado» y «Antes
que te cases»... y verás lo que le corresponde hacer á la juventud
cristiana para conservar pura su alma y no ofender á Dios. Para la elección de
estado hay que meditar mucho antes, poniendo el pensamiento en Dios y en la
santísima Virgen, tal como lo dispone en sus «Ejercicios Espirituales» el
bienaventurado y glorioso compatriota nuestro San Ignacio de Loyola. La esposa
debe escogerse después de la oración, de la meditación, del examen atento; y
especialmente, ¡fíjate bien en esto, criatura!, «después del consejo maduro y
reiterado de vuestros amigos prudentes, de vuestros maestros, y sobre todo, de
vuestro director espiritual.» Así lo dice el libro.
Y el confesor recalcaba lo del director espiritual,
como si éste fuese el personaje más importante entre todos los citados.
—¿Qué es el director espiritual?—continuó.—El
librito lo dice claramente: «Es un segundo padre que la Iglesia os da para que
dirija vuestras almas. Dejaos guiar en todo por ese fiel amigo. Si los padres
se oponen á vuestro casamiento, creed que será por vuestro bien. Si os queda
alguna duda sometedla á la censura prudente de vuestros confesores, y si éstos
se oponen, resignaos; pues si las cosas no salen á medida de vuestros deseos es
porque saldrán conforme á la voluntad de Dios que es lo que más os interesa.
Eso del amor, no es más que galantería mundana, inventada por
poetas y novelistas defensores del pecado, que nunca puede dominar á una alma
cristiana.» Ahí tienes, chiquita, todo un compendio de sabiduría que siguen los
jóvenes al salir de nuestras aulas, y son felices. ¿Y esto, que respetan y
acatan muchachos con más barbas que un granadero, que poseen toda la ciencia de
nuestra Universidad, lo atropellas tú, muñeca ignorante? ¿Te atreves á buscar
marido por tu propia cuenta y á tener amoríos, cuando hombres que ostentan
títulos académicos no osan poner los ojos en una mujer sin venir aquí antes á
decirme: «Padre Paulí, he pensado en Fulana ó en Zutana: ¿me conviene?» y se
van tan satisfechos de los consejos del Padre, siguiéndolos fielmente?... ¡Ay, Pepita...
Pepita! Bien se conoce que en tu casa falta una buena dirección á pesar de que
mamá es casi una santa. Bien se ve que hay en tu familia hombres descarriados,
como ese médico loco de las minas que ha hecho infeliz á su pobre mujer, y que
entran allí gentes de todas clases que llevan con ellas la impiedad del siglo.
La joven sentíase anonadada, reconociendo de pronto
la inmensidad de su pecado. El confesor continuó con una sonrisa dulce:
—Y ese señor ingeniero que te ha trastornado el
seso, será poco más ó menos como tu tío el médico.
—¡Ay, no, Padre!—se apresuró á decir Pepita
aprovechando la ocasión para defender á su novio.—es muy buen católico: me lo
dijo el otro día cuando hablamos en el jardín.
—¡Hum, hum!—tosió el jesuíta—¿Dónde ha estudiado?
En alguna de esas escuelas donde sólo enseñan lo que llaman ciencia y que no es
más que puro materialismo, sin acordarse para nada de Dios. ¿Católico y no lo
conozco?... ¿Católico joven y no viene por aquí?...
—Me prometió que vendría, Padre. Dijo que se
confesaría aquí; que se inscribiría en los Luises, que haría todo
lo que yo le mandase. Crea usted, Padre, que no es malo.
—¡Je, je!—rió maliciosamente el confesor.—No está
mal la resolución. Pero nosotros, esas conversiones de última hora con vistas
al matrimonio, las miramos con desconfianza: dan siempre malos resultados. El
Padre Paulí es viejo y sabe mucho del mundo para que pueda engañarlo un
boquirrubio de esos á la moderna. Queremos en nuestro jardín árboles que
hayamos plantado nosotros, guiándolos desde que son tiernos... Y tú, hija mía,
¡con qué calor defiendes á ese hombre! Veo que el peligro era más grave de lo que
creía. Si persistes en esa mala pasión, contra la voluntad de tus padres y de
tu director espiritual, estás en pecado y no podré darte la absolución.
¿Entiendes?...
Tembló la joven ante esta amenaza, proferida con
voz imponente.
—Pero tú eres buena—continuó el jesuíta cambiando
de tono—y tú obedecerás. Mañana me envías todas las cartas que tengas de ese
hombre: un paquetito á nombre mío y que lo entreguen al portero de la
Residencia... Y hoy mismo, sin excusa alguna, le escribes cuatro letras á ese
individuo. «Muy señor mío: por no disgustar á mis padres... ó por consejo de mi
director espiritual...» en fin, tú lo escribirás bien: las mujeres, tenéis
talento para esas cosas. Lo que importa es hacerle saber, de un modo que no deje
lugar á dudas, que todo acabó, que ya no te acuerdas de él, que lo pasado fué
una falta de la que te muestras arrepentida... ¿Estamos?
Pepita movió la cabeza afirmativamente, con los
ojos llorosos, sin que adivinase el confesor si esta emoción era por la pena
del rompimiento ó por el miedo que le inspiraba su pecado.
—¡Tonta! ¡tontita!—dijo para tranquilizarla.—¡Si
todo esto es por tu bien!... ¿Quién es ese hombre? Un cualquiera, un ingeniero
como hay tantos, un trabajador de levita, qué necesita de protectores como tu
padre para ganar la comida. ¡Mire usted que estaría bien, ver á la hija de
Sánchez Morueta casada con un ganapán, de esos que creen ser los hombres más
útiles de nuestro siglo, porque echan rayas y manejan números! Eso de las
princesas casándose con pastores, sólo se ve en las comedias. Aún es pronto para
casarte: cuando llegue tu hora, obedece á tus padres, á mamá sobre todo, pues
las mujeres saben más de estas cosas. Confía en el Padre Paulí, que es tu
amigo, tu segundo padre, y entre todos ya verás cómo te elegimos un hombre que
te hará feliz y aun elevará más tu rango en el mundo.
Calló un momento el jesuíta, como si preparase un
avance decisivo.
—¡Con unos muchachos tan distinguidos y de tanto
porvenir que salen de nuestra Universidad!... Una joven como tú—continuó—merece
unirse con una gran fortuna ó un gran nombre. Fortuna ya la tienes, por la
bondad de Dios, que ha derramado sus dones sobre tu padre. ¡Pues á casarse con
un muchacho de porvenir y de talento, que sea en lo futuro un hombre de Estado,
y se cubra de gloria sirviendo á Dios y á su país! Eso no es difícil
encontrarlo. Ahí tienes, por ejemplo, á tu primo Urquiola.
Pepita hizo un mohín de protesta. No: ese no.
—¿Por qué no, chiquilla? ¿Tienes algo que decir de
él? Es uno de los alumnos de punta que han salido de nuestra
Universidad. Con una docena como él, Bilbao sería nuestro por completo, y esta
población aparecería como otra Covadonga, desde la cual emprenderíamos la
reconquista de España encenagada en un liberalismo que es libertinaje, y
olvidada de Dios... Comprendo por qué tuerces el gesto: chismes y enredos de
tertulia, murmuraciones de las amigas, que por exceso de atracción en el pobre
Urquiola, sólo saben hablar de él. ¡Ya las arreglaré yo á esas maldicientes!...
¿Y sabes por qué se ocupan tanto de Fermín? Porque éste no pone los ojos en
ellas; porque saben que hace tiempo se siente inclinado hacia tí, con el amor
honesto y respetuoso de un joven cristiano. Las que te hablan contra él, es
porque te tienen envidia.
Después de este hábil halago á la vanidad de la
joven, continuó con una expresión de bondad y tolerancia:
—Yo no digo que Urquiola sea un santo. Tampoco lo
fué nuestro padre San Ignacio antes de que le iluminase la divina gracia. Ya
ves, era militar, y con esto queda dicho todo. Tan vanidoso, tan enamorado de
su persona y de gustar á las damas, que al quedarle en la pierna un hueso
saliente después de ser herido en el cerco de Pamplona, se lo hizo aserrar,
para que no se notase bulto alguno en las altas y elegantes botas que entonces
se llamaban botas polidas... Urquiola es joven, y rebosa en él la
energía, el exceso de expansión y de fuerza que ha puesto al servicio de Dios.
Yo no digo que no cometa sus pecadillos; pero has de pensar, hija, que en el
mundo no somos todos iguales, que las faltas cambian según los medios de vida
de quien las realiza, y, por ejemplo, lo que es pecado en el hombre que vive
tranquilamente en su casa, rodeado de su familia, á la que debe dar ejemplo, no
lo es en el soldado que hace la guerra y va errante por el mundo. Eso es
Fermín; un soldado, un combatiente de la buena causa, y se le deben dispensar
ciertas cosas, porque las necesidades de la campaña le obligan á vivir fuera de
su mundo... Pero ya verás cómo cambia, cómo sienta la cabeza el día que tenga á
su lado una esposa cristiana, buena y virtuosa. ¿Sabes por qué le miran con tanto
agrado tus amigas? Porque están seguras de su porvenir. Fermín será diputado en
las primeras elecciones, figurará en Madrid, ¡y quien sabe á lo que puede
llegar, cuando se cambie la suerte de esta nación, que seguramente se cambiará,
de no olvidarnos Dios!...
Callaba Pepita, sin hacer el menor signo de
aprobación ó protesta ante los palabras del jesuíta, y éste se detuvo, creyendo
haber avanzado demasiado. Por aquel día bien estaba con lo dicho.
—No creas que tengo un interés especial en que sea
Urquiola quien haga feliz tu vida. Tal vez tu mamá lo defienda con más
tenacidad que yo, pues de su sangre es y conoce sus méritos. Por mí, si no es
ese, que sea otro. De sobra los hay en la juventud brillante, esperanza de la
patria y de la religión, que sale de Deusto. Lo que yo quiero es que escojas
como todas las doncellas católicas y decentes, sin disgustar á tus papás y
desobedecer á tu director. Tú eres de una familia cristiana y debes seguir sus
costumbres. Mírate en el espejo de tus padres: se unieron con el consentimiento
de sus familias, sin violencias ni disgustos y la fortuna les sonríe, y son
felices, y tienen para su vejez un consuelo tan hermoso como tú, que eres buena
y no querrás amargar los últimos años de su vida.
Y el confesor hablaba gravemente, sin el más leve
mohín, de la felicidad conyugal de los Sánchez Morueta.
—Basta por hoy. He dicho á tu madre que vengáis por
aquí con más frecuencia. Ya iremos hablando de lo que te conviene, pues tiempo
tenemos de sobra. Esa almita anda algo loca y hay que tener mucho cuidado con
ella. ¿Quedamos en que me enviarás esas cartas, para que nunca puedas volver á
leerlas, cayendo de nuevo en el pecado?
—Sí, Padre.
—¿Escribirás hoy mismo á ese señor dando por
terminadas para siempre las locuras?
—Sí, Padre.
—Muy bien: vamos á la absolución.
Y musitando sus latines, el Padre Paulí bendijo á
la joven al través de la rejilla: después sacó la mano por el frente del
confesonario para que se la besase. Mientras abría el ventanillo opuesto
preparando una sonrisa como saludo á la nueva penitenta, Pepita fué á
arrodillarse al lado de su madre.
Comulgaron tras una breve espera, después de rezar
su penitencia y salieron del templo, saludando con inclinaciones de cabeza á
las amigas que aún estaban arrodilladas ante los confesonarios.
El automóvil emprendió el regreso á Las Arenas
siguiendo la ribera de la ría que parecía irradiar fuego bajo el torrente
ardoroso del sol.
Doña Cristina sonreía al paisaje, encontrándolo más
hermoso que otros días.
—¿Pero no has notado, Pepita, qué alegría da el
recibir al Señor? Dí que hemos empleado bien la mañana.
Al entrar en el hotel se entristeció el rostro de
la señora, como si se aproximase un peligro que quería olvidar.
Las dos mujeres se encerraron en sus habitaciones.
Pepita pasó horas enteras con la pluma en la mano, mordiendo la punta
nerviosamente, rompiendo pliegos sin que llegasen á satisfacerle las cartas que
escribía. Por fin entregó un sobre cerrado á la aña Nicanora,
rogándola que aquella misma tarde fuese á los altos hornos para entregarlo á
don Fernando. Todas las preguntas de la curiosa campesina fueron inútiles. La
niña estaba de mal humor y no quería contestar.
Doña Cristina permaneció invisible hasta la hora de
la comida. Llamó varias veces á su doncella que iba de un lado á otro, llevando
dobladas sobre el brazo muchas piezas de ropa interior y varios vestidos. Toda
la servidumbre cambiaba signos de asombro, como si en la casa ocurriese algo
extraordinario. Doña Cristina revolvía su olvidado guardarropa.
Al bajar Pepita al comedor, enfurruñada y triste
por su esfuerzo epistolar, no pudo contener la admiración, viendo á su madre.
—¡Pero, mamá! ¡Qué guapa estás! ¡Qué elegante te
has puesto!...
Guapa... sí que lo estaba; con sus cabellos de oro
peinados por la doncella, y una capa de menjurgos de tocador que refrescaban,
con llamativa juventud, su madurez de rubia carnosa. ¿Pero... elegante?...
Llevaba un traje de seda clara, con los colores algo apagados y polvorientos;
una pieza magnífica que había llegado á Bilbao desde un taller de la rue
de la Paix cuatro años antes, cuando ella volvía ya la espalda á las
vanidades del mundo.
Había engordado mucho desde entonces: la seda del
pecho, cruelmente estirada, parecía próxima á estallar á impulso de los ocultos
y comprimidos globos; la falda, amplia en otros tiempos, se ajustaba como un
mallón sobre las caderas.
—Qué, ¿te parezco bien?—dijo la madre, pavoneándose
como una niña ante la admiración de su hija, que había conocido aquella moda y
al verla resucitar inesperadamente, sentía la extrañeza que causa una
resurrección histórica.
Al moverse doña Cristina sonaba el subversivo fru
fru de sus finas ropas interiores y se esparcían en el ambiente los
perfumes que se había prodigado con cierta indiscreción.
Sánchez Morueta que leía un periódico sin notar la
presencia de su mujer, acabó por levantar la cabeza.
—¿Qué te parezco, Pepe?—dijo ella con una sonrisa
que contrastaba con el temblor de su voz.
El millonario deslizó una rápida ojeada sobre su
incitante esplendor de fruto maduro.
—No estás mal—y fijó de nuevo sus ojos en el
periódico.
—Ahora voy á volver á la elegancia. Quiero gozar la
vida antes de que llegue la vejez. Nuestra hija va á tener en mí una rival.
¿Qué dices á esto, Pepe?...
—Harás bien:—y siguió leyendo, sin saber lo que
leía, con el pensamiento lejos, muy lejos.
La comida fué triste. El millonario había llegado
de su último viaje con un gesto melancólico, que desaparecía de pronto, dando
lugar á extrañas nerviosidades.
Él, que pasaba siempre por el hotel como un
sonámbulo, sin reparar en los detalles de la vida doméstica ni dirigir la
palabra á la servidumbre, venía regañando desde el día anterior con todos los
de la casa, y bastaba una respuesta para que cerrase los puños como si fuese á
golpear á todos.
Pepita también estaba triste; pero le pesaba el
silencio que reinaba en el comedor y hacía preguntas á su padre sobre la vida
de Biarritz, queriendo que le describiera alguna toilette de
las muchas que habría visto en aquella sociedad elegante.
Sánchez Morueta se esforzaba por contestar á gusto
de su hija. Era la única persona ante la cual se abatía su mal humor. Hablaba
con la cabeza baja, evitando mirar á su mujer, sentada enfrente. Varias veces
sus ojos se habían encontrado con los de Cristina, fijos en él con una
expresión desconocida. Esta caricia muda que tenía algo de súplica, le causaba
por su novedad cierta molestia.
Después de comer, el millonario se entró en su
despacho.
Cristina dejó pasar mucho tiempo y cuando los
arpegios del piano la hicieron saber que Pepita estaba en el salón, se dirigió
con paso resuelto en busca de su marido.
Tembló al dar un golpe en la puerta para anunciar
su presencia. Se acordaba de los cuentos de la infancia; de aquellas niñas
medrosas que iban en busca del ogro.
Al entrar en el despacho vió el gesto de asombro de
Sánchez Morueta, que creía en la llamada de un criado: notó el movimiento
instintivo de sus manazas, para ocultar bajo los papeles varios plieguecillos
de diversos colores que releía con gesto hosco.
Aquellas cartas ella las conocía. Por una
asociación de recuerdos, volvió á su memoria el «Mon gros loup cheri», y
sin saber por qué, sintió una tentación infantil de reír ante el gigantón de
aspecto imponente; de arrojarse á su cuello, repitiendo, como Dios le diera á
entender, aquella frase de cocotte, que debía encerrar algún
misterio mágico para apoderarse de los hombres.
—¿Qué quieres? ¿qué ocurre?—preguntó el marido con
extrañeza.
¿Querer?... Bien se lo decían aquellos ojos
agrandados por el lápiz de tocador, en los que el instinto femenil ponía el
fuego que no lograba dar la pasión: los pasos felinos, de gata enardecida, con
que se aproximaba entre el susurro acariciador de sus ropas interiores.
Al estar junto á él, no supo qué decir ni cómo
empezar y apelando al recurso de la acción, abarcó en sus brazos de blancas
carnosidades, los hombros del temido ogro.
—¡Pepe... Pepe!—murmuró con voz tenue, como un
gemido dulce.
Y su boca se abrió paso entre las barbas
patriarcales, con besos ardorosos.
El grande hombre vaciló un momento, atolondrado por
la onda de carne femenil que caía sobre él, por el perfume incitante que le
envolvía, por los labios suaves que buscaban los suyos, enredando la barba en
los dientes de láctea blancura.
Pero fué la debilidad de un instante, que pasó como
una ráfaga. Su mano poderosa apartó á la mujer, y ésta se sintió perdida, ante
aquellos ojos fríos que parecían no verla, como si su atención, su pensamiento,
su alma, pasasen por encima de ella para ir lejos, muy lejos.
Después, la voz del marido sonó en el silencio de
la habitación, lacónica, triste y monótona:
—Es tarde, Cristina, es tarde.
Estaba el señor Goicochea á media mañana,
trabajando en su despacho contiguo al de Sánchez Morueta, cuando se incorporó
en el asiento con sorpresa, viendo entrar á su principal.
Tres días antes había salido para Biarritz,
manifestando á su secretario que tardaría unas dos semanas en regresar, y se
presentaba inesperadamente, con una cara que daba miedo. ¿Qué negocio se le
habría torcido al grande hombre, hasta el punto de hacerle perder su solemne
gravedad?...
Su voz sonaba trémula y algo aflautada; una voz de
ira; sus ademanes aparecían descompuestos, y lo que más asustaba al secretario,
era que hablaba mucho, que había perdido su concisión característica y vacilaba
envolviendo en palabras y más palabras sus tardos pensamientos.
—A ver, Goicochea; que lleven á casa el equipaje
que está abajo. Avise usted por teléfono que luego iré.... No, diga usted que
no voy, que no me esperen á comer. Iré á la noche. ¿Pero, qué hace usted ahí
parado, mirándome como un bobo?... ¡Eh, alto! no se vaya usted tan pronto. A
ver, ¡que suba el Capi! Llame usted á don Matías. ¡En seguida;
listo!...
Goicochea salió del despacho temblando, al pensar
en el día que le esperaba. Conocía el carácter de su gigante: pocas rachas,
pero buenas, como él decía. Sólo muy de tarde en tarde, le había visto perder
la serenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo recuerdo de sus arrebatos.
Cuando subió el capitán Iriondo, encontró á Sánchez
Morueta paseando casi á saltos por el despacho, como una bestia enjaulada, las
manos atrás y la cabeza baja. Tardó algún tiempo en ver á Iriondo, que no
pasaba de la puerta.
—Pepe, ¿qué tienes?—dijo el marino con el acento
afectuoso de un antiguo camarada.
—Nada: cosas mías, no te ocupes de mí.... Vas á
llamar al teléfono de las minas y que busquen á mi primo Luis, que le digan que
venga en seguida.
—Pero, hombre, no será tan pronto como quieres.
Gallarta está lejos: él tiene sus ocupaciones...
—¡He dicho que venga en seguida!—gritó el
millonario.—Dile que le necesito al momento; que estoy enfermo, que voy á
morir... cualquier cosa. ¡Que venga pronto!... Y Luis vendrá, porque me quiere
de veras: es mi único amigo.
—Está bien—gruñó el capitán.—Los demás somos unos
perros.
Y encogiéndose de hombros salió del despacho.
Sánchez Morueta siguió su paseo á grandes zancadas, con la cabeza baja, como si
fuese a embestir contra los planos y modelos de buques colgados de las paredes.
De pronto se detuvo en la puerta de la habitación
contigua, mirando con ojos feroces al secretario, que se había escurrido hasta
su mesa para continuar el trabajo. El pobre hombre tembló al verse enfrente de
su irritado principal.
—Señor Goicochea: va usted a hacerme el...
pinturero favor de largarse inmediatamente. Necesito estar solo; váyase a tomar
el sol, adonde le dé la gana.... ¡al capacho! pero márchese en seguida.
Miraba al secretario de tal modo, que éste creyó
que iba a recibir algún golpe sí tardaba en obedecer. Y cogiendo el sombrero,
salió apresuradamente.
Las oficinas parecían desiertas. Todos los
empleados se encorvaban ante sus papeles, temblando al oír tras de los
cortinajes aquella voz furiosa, que matizaba sus órdenes con interjecciones y
juramentos verdaderamente extraños en tan grave personaje.
En el escritorio se hizo el mismo silencio de las
casas donde existe un enfermo. Sánchez Morueta, después de una hora de
incesantes paseos, se dejó caer en uno de los sillones ingleses, anchos y
profundos, tocando antes un botón eléctrico.
Entró un ordenanza con aire azorado.
—Tráeme un café.... pero bien fuerte.
Cuando llegó el café, Sánchez Morueta fumaba un
cigarro enorme, uno de los habanos que le enviaban de Cuba, elaborados
directamente para él, con su nombre y su retrato en la sortija, y cuya
adquisición era motivo de orgullo entre la gente menuda que laboraba en la
Bolsa ó en los negocios de minas.
Transcurrió otra hora, sin que el millonario diese
señales de existencia. El timbre sonó de nuevo en el silencio del escritorio y
corrió el criado al despacho.
—Trae otro café.
Sánchez Morueta fumaba el tercer cigarro, á juzgar
por las dos colillas arrojadas á sus pies, sobre el pavimento de madera
encerada, tersa como un espejo. Los balcones estaban cerrados, tal como los
había encontrado al llegar, y el ambiente se llenaba de humo, se hacía
irrespirable, sin que él se diese cuenta de ello.
Mucho después de medio día, cuando los empleados se
deslizaron sin ruido para ir á comer á sus casas, volvió á trotar el criado
hacia el despacho, atraído por el timbre.
—Dile al capitán que suba—dijo el millonario.
—Don Matías no está, señor—contestó el criado.
Por primera vez se le ocurrió á Sánchez Morueta
mirar el gran reloj de la chimenea. ¡Cómo había pasado el tiempo! Y más por la
fuerza de la costumbre que por necesidad, quiso comer, ya que á aquella hora
todos hacían lo mismo.
—Ve á donde el Suizo y trae la comida. Lo que te
den... lo que á tí se te ocurra. Sobre todo, un buen café: no lo olvides.
Cuando volvió el criado con una gran bandeja llena
de platos y coberteras brillantes, la atmósfera del despacho era más densa. El
millonario seguía fumando, inmóvil en su sillón, con la vista vaga y como
perdida en un punto lejano, muy lejano.
Apenas tocó los platos que el criado colocaba sobre
una mesa. Bebió un poco de vino, probó la fruta y se abalanzó por fin al café,
como si éste fuese su único alimento. Después hizo seña al criado para que se
llevase los platos casi intactos.
—Mira, hijo mío—dijo con dulzura
inesperada.—Llévate todo eso; cómetelo y que de salud te sirva.
Al quedarse solo encendió otro cigarro, adoptando
en su sillón aquella inmovilidad en la que parecía soñar con los ojos abiertos.
Sánchez Morueta no supo ciertamente si llegó á
dormirse. Era un sopor dulce que no le hacía perder de vista cuanto le rodeaba.
Pero en esta actitud, el tiempo transcurría para él inadvertido, y sentía el
bienestar del que en nada piensa.
Cuando, á la caída de la tarde, entró el doctor
Aresti en el despacho, el millonario se reanimó, volviendo de un golpe á la
vida.
—¡Esto es un horno!—gritó el médico,—¡Aquí no se
puede respirar; qué humareda; parece un incendio!
Y se fué á los balcones, abriéndolos para que se
disolviera la nube de tabaco en que se envolvía su primo.
—¿Qué pasa?—dijo Aresti cuando pudo respirar con
algún desahogo.—¿Qué te ocurre, Pepe? ¿Estás enfermo? A ver esa cara...
Y después de examinar el rostro de su primo, hizo
un gesto de asombro. Efectivamente; algo malo le ocurría. Parecía aviejado de
un golpe en más de diez años: los pómulos salientes, los ojos hundidos, con una
expresión de tristeza y desaliento. Además revelaba una gran fatiga física,
como si no hubiese dormido en algunas noches.
—¡Vamos á ver; ¿qué tienes? Cuenta, hijo, cuenta.
Sánchez Morueta sintió el mismo dolor que si de
pronto se abriesen en él ocultas heridas. La presencia de su primo despertaba
los pensamientos dolorosos, adormecidos por la embrutecedora somnolencia.
—¡Ay, Luis!—suspiró el gigante con un acento casi
infantil, cogiendo, las manos de su primo.—Mi vida terminó. Han matado todas
mis ilusiones... ¡Se fueron!... ¡se fueron!
Y se abandonaba, como si quisiese caer sobre
Aresti, abrumando la pequeñez del doctor con su corpachón.
—¡Energía, Pepe! ¿Qué es esto, que te desplomas
como una señorita desvanecida? ¡Firmes, vive Cristo! Sólo te falta echarte á
llorar como los chiquillos. A ver: serenidad, y suelta todos tus pesares.
Veamos por qué crees terminada tu vida, cuando eres el hijo de la suerte.
El millonario fué á hablar, y Aresti le interrumpió
de nuevo:
—Por lo que pueda convenirte, te advierto que
Fernando, tu ingeniero, aguarda ahí fuera. Lo he encontrado en la estación del
Desierto, y al saber que habías llegado vino conmigo. Quiere hablarte: dice que
te esperaba con impaciencia.
Sánchez Morueta hizo un gesto de desprecio. Que
aguardase. Algún asunto urgente de la fundición. ¿Qué le importaban á él los
altos hornos, y las minas y los barcos? Que se perdiese todo: que se lo llevase
la mala suerte. ¡Para lo que servía la riqueza!... Y revolvía sus ojos furiosos
por los planos y modelos del despacho, como si maldijera del poderío
industrial, haciéndolo responsable de su desgracia.
En aquel momento aborrecía al muchacho que esperaba
en las oficinas. ¡La juventud! ¡la insípida y antipática juventud! Aquel
ingenierillo no tenía otros medios de vida que los que él le diese: ni riqueza,
ni poder, y sin embargo, era posible que por sus pocos años, por su cara de
madamita con bigote, no le ocurriera lo que á él con todos sus millones.
¡Cristo! ¿Para qué servía, pues, el dinero?
Aresti se impacientaba.
—Bueno, hombre: deja en paz á ese chico, y si no
quieres verle en seguida, que aguarde. Pero cuéntame, Pepe ¿qué te pasa?
—¡Judith!...—gimió el millonario.—Ya sabes quién
digo...
Y vacilaba antes de seguir hablando, como
avergonzado de revelar su tristeza.
—Sí, Judith—dijo Aresti animándolo para que
hablase.—Aquella francesa, ó judía, ó lo que sea, de la que me hablaste con
entusiasmo... la madre de aquel niño tan hermoso... el hijo del amor.
Estoy enterado. ¿Y qué ha hecho la tal Judith? ¿Alguna perrada? ¿La has
sorprendido con alguien? ¿Ha huido y no sabes dónde está? Habla, hombre: cuenta
sin miedo. Ya sabes que soy tu confesor y por mucho que me digas, nada me
cogerá de sorpresa.
Aresti hablaba con tranquilidad, como si desde
mucho antes esperase lo que su primo iba á contarle; seguro de que aquella
novela de amor, desarrollada en el ocaso de la madurez, había de tener un
desenlace triste.
Sánchez Morueta comenzó á hablar con lentitud, como
si le doliese, con profundo desgarrón, el remover sus recuerdos. Pero, pasado
el primer dolor, se animaba, se enardecía, embriagándose en la amargura de su
desgracia.
Había conocido por primera vez el tormento de los
celos. Desde algunos meses antes, se mostraba triste, con nerviosidades y
arrebatos impropios de su carácter. ¿No lo había notado Aresti?
De pronto tomaba el tren para presentarse por
sorpresa en aquel hotelito de Madrid, nido ilegal y misterioso de su felicidad.
Varias cartas anónimas le habían avisado las
infidelidades de Judith. Alguna buena alma que conocía su dicha y deseaba
turbarla: tal vez una antigua compañera de la divette, envidiosa de
su bienestar. Y el grande hombre de la industria, aquel pastor de millones que
tenía miles de brazos á sus órdenes y flotas en el mar como un príncipe de la
moderna realeza, había descendido durante algunos meses á una vida de
espionaje, de astucias miserables, para convencerse de la certeza de las
denuncias.
—¡Ay, el amor, Luis!—exclamaba.—¡Cuán pequeños nos
hace! ¡Cómo nos envilece cuando llega tarde, á una edad en que queremos, sin la
certeza de que nos quieran!... Ahora me avergüenzo, pensando en las cosas á que
he tenido que descender. ¡Y si no fuese más que esto!...
Al llegar el verano, Judith había ido, como de
costumbre, á una casita que el millonario le había comprado en Biarritz. Así la
tenía más cerca de Bilbao. Allí se había convencido de que no le engañaban los
misteriosos avisos.
Hablábanle éstos de cierto individuo de existencia
cosmopolita, un monsieur Jules, joven, hermoso y elegante, de
problemática vida; un aventurero que invernaba en la Costa Azul, sirviendo
de croupier en los casinos de Niza, Menton y Monte Carlo, y en
verano pasaba á las estaciones elegantes de los Pirineos. Judith parecía
conocerle mucho tiempo. Era más joven que ella, y con el furor de una hembra
que se da cuenta de su próximo ocaso, se agarraba á aquel profesional de la
hermosura viril que, satisfecho de su persona, dejaba que las aventureras de
las estaciones de placer se disputasen el honor de acapararlo, con toda clase
de concesiones y sacrificios.
Sánchez Morueta, después de la lectura de los
anónimos, recordaba haber oído su nombre de labios de Judith en los momentos de
abandono, hablando de él como de un amigo antiguo. Sabía, además, que el
aventurero había pasado largas temporadas en Madrid ocupando su sitio, todavía
caliente, apenas emprendía el regreso á Bilbao. Ahora se daba cuenta de las
peticiones de Judith, cada vez mayores: de aquel afán de riquezas, de «asegurar
su posición», como ella decía, con una voracidad creciente, como si la guiase un
oculto consejero.
El millonario no lamentaba su generosidad. ¡Qué
podía importarle este chorreo de riqueza que no marcaba la más leve
desnivelación en su fortuna y le proporcionaba la dicha! Lo que le enfurecía
haciéndole abandonar su asiento con nervioso salto, era el recordar lo ridículo
de su situación. Él, Sánchez Morueta, un hombre en pleno vigor, y que á tantos
causaba miedo, ¡convertido en ese tipo grotesco del anciano verde, engañado
y pagano, eterno personaje de todos los cuentos y las comedias
parisienses! Él había sido le vieux del que se ríe la pareja
joven, enamorada y feliz, mientras devora alegremente sus billetes de Banco.
¡Dios de Dios! ¡Y por respeto al nombre que llevaba, por miedo á la familia y á
las malditas conveniencias sociales, había salido de la triste aventura sin
matar á ninguno de los dos!...
—¡Pero, hombre, siéntate!—decía el doctor asustado
al verle ir y venir por el despacho como un loco.—No golpees los muebles. Ya sé
que de un puñetazo eres capaz de romper esa mesa. No los has matado y has hecho
muy bien. ¿Acaso eres tú el primero, ni serás el último, de quien se burle una
pájara de esas? Sigue contando... sigue.
Tardó el millonario algún tiempo en recobrar su
calma, y al reanudar el relato pasó de un salto á la escena final de su novela
amorosa, á la última entrevista con Judith dos noches antes, en aquel hotelito
de Biarritz donde había pasado los mejores veranos de su vida.
Sánchez Morueta había llegado sin avisarla,
sorprendiendo al monsieur Jules casi ocupando su sitio.
Realmente la sorpresa no había sido completa. No le había visto: sólo había
adivinado su presencia en el desorden de la habitación, en los detalles que
revelaban una fuga rápida, mientras la doncella de Judith le entretenía ante la
puerta cerrada.
Después, la escena había sido horrible entre él y
su amante. ¡Ay, la mala hembra! ¡Qué franqueza tan cruel la suya! ¡Qué deseo de
acabar de una vez, de plantearle descarnadamente lo anormal y repugnante de la
situación! Podía haber seguido engañándole; negar una vez más; mantenerlo en la
dulce ceguera que le adormecía, sin fuerzas para buscar la verdad. «Vivimos de
mentiras: sólo el engaño es dulce», decía ella en las horas de abandono, cuando
en brazos de Sánchez Morueta recordaba su pasado de aventuras. Pero ahora ya no
quería mentir; estaba enamorada de su Jules, enamorada frenética,
con celos de fiera al ver que se lo disputaban otras más jóvenes; y para
atraérselo para siempre, legalizando su situación, no vacilaba en atropellar al
amante rico, en destrozarle el alma con su cínica franqueza.
¡Ay, cómo adoraba á aquel bergante, sólo porque era
joven y guapo! ¡Con qué insolencia había proclamado su pasión!... El millonario
revolvíase con furia al recordar la escena. Veía los ojos de ella, de una
provocación insolente, unos ojos de loba en celo y aún creía oír sus
desgarradoras palabras, en la jerga internacional que tanto le regocijaba en
los primeros tiempos de su amor.
—Sí, mon vieux. Lo estimo, lo amo. Con
el amor no se badina pas. Si tú me quieres, sea; pero no has de
atormentarme con celos; has de ser amigo del pobre Jules. Y si no,
la puerta está abierta. Será lo mejor. Voilà.
La cínica proposición había hecho rugir al gigante,
levantando sus zarpas con furor homicida. Pero ella ¡la maldita! tenía la
tenacidad glacial, la audacia insolente de las malas hembras que nacen para ser
asesinadas. Le miraba insultante, con la boca apretada y un gesto de desafío.
—Sí, pégame; eso es muy español. Mátame, como matan
en tu tierra á las mujeres, cuando no quieren amar. Anda, don José;
ya estamos en el final de Carmen. ¿Dónde guardas la navaja?...
Él había sentido desplomarse de un golpe todo su
furor. Se dió cuenta de su debilidad, de su insignificancia ante aquella hembra
curtida en los peligros de la existencia errante. Y lloró como un miserable,
suplicó vilmente para que no lo abandonase. Hasta creía recordar que se había
arrodillado, agarrándose á sus piernas, sintiendo la desesperación de perder
aquella carne adorada, cuyo tibio perfume parecía despedirse de él al través de
la batista que la cubría.
Sánchez Morueta, hablaba á su primo con la cabeza
baja, como un criminal, que, con voz sorda confiesa su crimen, y únicamente
cerrando los ojos adquiere la fuerza necesaria para seguir mostrando su
conciencia.
Había sido un miserable. Le repugnaba el recuerdo
de su debilidad, las lágrimas con que había mojado durante toda la noche el
cuello insensible de aquella mujer.
Ella se había apiadado del dolor del gigante, de la
mueca desesperada del pobre patriarca, y con la conmiseración maternal que
siente toda mujer por un hombre que llora, lo había tomado en sus brazos,
apoyándole la cabeza en uno de sus hombros desnudos, acariciándole las barbas
encanecidas.
La gratitud y la lástima la hacían ser bondadosa,
con palabras de triste consuelo. ¡Ah, gros coco! Había que tomar la
vida tal como se presenta; aceptar las cosas buenamente, sin empeñarse en pedir
imposibles. Cada uno se enamoraba á su hora. Él la quería, siendo casi un
viejo: ¿por qué se extrañaba de que ella, siendo joven, tuviese también su momento
de debilidad, enamorándose de aquel Jules que poseía para las
mujeres un encanto malsano y dominador?
Se luchaba por la vida, por librarse de la pobreza,
y cada cual trabajaba á su modo, sin acordarse del corazón, para asegurar su
porvenir. Pero después, con el bienestar llegaba la dulce tontería del amor.
Esto había hecho él, pasando la juventud absorbido en la caza de la riqueza,
para enamorarse como un muchachuelo, en la época en que otros no tienen
ilusiones. Lo mismo le ocurría á ella al ver asegurado su bienestar, y
convencerse de que su juventud marchaba hacia el ocaso. ¿Por qué no había de
conocer su verdadero amor con sus penas y alegrías después de haberse rozado
insensiblemente con tantos hombres?... ¡Ah mon vieux! Había que
tomar la vida con serenidad filosófica. A cada cual su turno.
Después intentaba consolarle hablando del pasado.
No debía desesperarse el enorme bebé que se adormecía llorando
sobre su hombro. Podía afirmar que había sido amado más que muchos otros.
Primeramente, le había querido con una simpatía pálida y pasiva, porque era
bueno con ella, porque la había sacado de su antigua vida de artista errante,
dándola la respetabilidad y el bienestar de una mundana que se retira. Después
le había admirado, con una admiración rayana en el amor, al apreciar su poder
para los negocios, su fuerza creadora que hacía nacer nuevas industrias, el
poder mágico, que esclavizaba el dinero, la inteligencia que hacía danzar los
millones, sin que ninguno se saliera de línea. Ella adoraba á los fuertes, y le
hubiera amado siempre, de no presentarse el otro, con algo que no podía
explicar. Tal vez era el encanto de la corrupción y de la juventud, que la
enardecía, haciéndola cometer locuras; pero aun así confesaba que no podía
compararse aquel hombre con su viejo tan bueno y tan
generoso... ¿Por qué no había de aceptar el obstáculo como lo hacían otros? Aún
podían ser felices: los tres vivirían en santa calma sabiendo respetarse. Ella
no olvidaba que poseía una fortuna, gracias á él: era buena muchacha y haría lo
necesario para que su protector no sufriese. Pero el millonario contestaba con
voz quejumbrosa, impotente ya para revolverse.—«Yo solo, yo solo.» Judith se
indignaba. ¡Grosse bête, va! Lo que él pedía era imposible.
Ella no podía separarse del que amaba, y tampoco quería mentir: ella tenía
corazón.
El doctor interrumpió á su primo, que se complacía
con doloroso deleite en detallar los recuerdos de aquella noche.
—¿Pero, y el niño? ¿Y el hijo del amor?—preguntó
con cierta ironía.
Sánchez Morueta miró al médico con unos ojos que
pedían piedad. Recordaba el entusiasmo con que había hablado á Aresti del
pequeñín: renacían en su memoria las palabras al describir su belleza delicada:
«un verdadero hijo del amor, tan hermoso que en nada se me parece.»
—No te burles, Luis, es una crueldad. Tú lo
adivinaste, sin duda, cuando te hablé de él. También esta ilusión ha
desaparecido. No queda nada... nada. Esa mujer no deja el menor rastro de su
paso por mi vida. Se lo ha llevado todo... todo.
Y recordaba, cómo por segunda vez sintió el
instinto homicida al ver la sonrisa burlona con que acogió ella el recuerdo del
pequeñuelo. ¡Ah, la cruel! ¡Con qué sencillez le había arrebatado la última
ilusión, diciéndole que no era hijo suyo, comparando su belleza delicada con la
de aquel tunante que llenaba su pensamiento! ¡Qué tirón tan doloroso en su
alma!... Esta vez, Judith, á pesar de su insolencia, había sentido miedo ante
el gesto desesperado de su viejo. Pero ¡ay! aquella mujer de
carácter doble é inexplicable era invencible. De sus crueldades, hacía un
mérito. Manteniendo en el millonario la ilusión de la paternidad, podía seguir
explotándolo. Así se lo había aconsejado su amante. Pero ella era una buena
muchacha y no quería mentir cuando llegaba la hora de las explicaciones. Aun
pretendía que su antiguo protector le agradeciese la cruel confesión. No: el
niño no era su hijo. Y lo repetía satisfecha, como si de este modo afirmase más
sus derechos sobre el hombre amado, colocando el pequeñuelo como un compromiso
eterno entre ella y el amante de corazón.
Sánchez Morueta salió de aquella casa con el alma
rendida por los crueles descubrimientos. ¡Ni amor, ni hijo! Sólo la convicción
del fracaso; la tristeza de haber creído en una dicha que él mismo se forjaba
engañándose, y un profundo desgarrón en su dignidad, el arañazo del ridículo en
que había vivido durante varios años, que él creía los mejores de su
existencia.
Vagó todo el día por Biarritz como un sonámbulo.
Por la noche, el deseo amoroso fué más fuerte que su voluntad, y sin darse
cuenta de á dónde se dirigía, se vió de pronto llamando á la puerta de Judith.
Fué en vano. Ella temía, sin duda, la repetición de
otra noche como la anterior: sentía miedo, y tal vez cansancio de luchar con la
pegajosidad de un amor desesperado. Nadie le respondió. Judith había huido con
su amante y el pequeñuelo. Adiós, para siempre. La ilusión de varios años
desaparecería sin dejar rastro.
—Más vale así—dijo el doctor.
—Sí: mejor es que haya huido.
Sánchez Morueta se avergonzaba al pensar en su
cobardía de la segunda noche. Se tenía miedo á sí mismo. Adivinaba que, viendo
de nuevo á Judith, hubiese pasado por todo, se habría sometido á una situación
envilecedora, á cambio de conservar algo de la antigua ilusión, una sombra de
felicidad á la que agarrarse.
Se hizo un largo silencio. El millonario, después
de terminado el relato, se hundió en el sillón, anonadado, sin fuerzas, como si
al echar fuera de sí el peso doloroso de los recuerdos, cayese sobre él, de un
golpe, el cansancio de la noche anterior pasada en vela, el desfallecimiento
del hambre.
—Y ahora, ¿qué piensas hacer?—preguntó Aresti.
—¿Y tú me lo preguntas?—dijo con desaliento el
millonario.—¡Qué sé yo! No puedo pensar. Dímelo tú, que sabes más de la vida.
Desde anoche que no tengo otro deseo que verte: me faltaba el tiempo para
llegar aquí y llamarte. Tú eres lo único que me resta...
Y miraba al doctor con ojos suplicantes, mientras
éste se encogía de hombros, dudando de la eficacia de sus remedios para salvar
á su primo.
—Me siento mal, Luis—dijo quejumbrosamente Sánchez
Morueta.—Yo me conozco. Este disgusto no quedará aquí: sentiré sus
consecuencias más adelante... ¿Qué voy á hacer? ¿Qué me aconsejas? ¡Por tu
vida, dímelo!
Y suplicaba con acento desesperado, tendiendo sus
manos, como un ciego que no osase moverse é implorase un guía.
—¿Qué quieres que te aconseje?—dijo el médico.—Lo
que yo te puedo decir, te lo diría cualquiera. ¿Piensas buscar á esa mujer?...
El millonario hizo un gesto negativo. No, ¿para
qué? Aquello había terminado. No podía olvidarla; eso nunca: le dolía la
decepción, pero el mismo odio con que pensaba en ella, era un signo de que no
tan fácilmente iba á librarse de su recuerdo. Sufría en silencio, intentando
curarse: sería un hombre y, en los momentos de desaliento, el recuerdo del
ridículo en que había vivido bastaría para darle fuerza. Pero, ¡ay! ¡cómo le
aterraba la soledad de aquella existencia que aún le quedaba por delante! ¡Qué
miedo le causaba la monotonía de una vida sin ilusiones!
—Vaya, Pepe: no hay que ser niño—dijo el doctor con
autoridad.—Ni estás solo, ni te hallas tan falto de afectos. ¿No deseas mi
consejo? Pues ahí lo tienes. Vuelve los ojos á tu casa: procura unirte á tu
familia. Invéntate una felicidad para tu uso, como esa que te forjaste al lado
de una desconocida. Imagínate que tu mujer te adora, y aunque no sea cierto,
esa mentira resultará menos dolorosa que la otra, pues no conocerás la
infidelidad, ni los celos.
El millonario movió tristemente la cabeza. ¡La
familia! ¡Su mujer! También esta retirada era imposible por culpa de aquella
mala hembra.
Entre él y Cristina se habían agrandado las
distancias; no podía esperar una reconciliación. Él, en su enardecimiento
amoroso, no había negado los hechos la tarde en que su esposa le sorprendió en
su despacho. Y con la falta de escrúpulos del dolor, relataba á Aresti su
escena con Cristina, la frialdad con que había acogido sus caricias, y después,
la explicación tempestuosa entre los dos: ella echándole en cara su
infidelidad: él aceptándola con altivez, como una consecuencia de la separación
moral en que vivían.
El doctor le escuchaba pensativo.
—¿Cristina fué en busca tuya?—preguntó con cierto
asombro.—Pues vuelve á ella y la encontrarás. No te asustes por lo ocurrido
entre vosotros. O te buscó porque en ella ha despertado un repentino afecto por
tí (y permite que te diga que esto es extraordinario) ó porque alguien se lo ha
mandado. De un modo ú otro, vuelve: ella te aceptará.
Sánchez Morueta le miraba con incertidumbre.
—Vuelve, hombre—continuó el doctor:—es la única
solución que puedo ofrecerte. Ya sé que esto no es gran cosa para tí, con esa
necesidad de amor que sientes cerca de la vejez; pero siempre será un remedio
para llenar ese vacío de tu vida que tanto te asusta. Si yo estuviera dentro de
tu piel encontraría otros medios para emplear mi actividad, fabricándome
ilusiones. ¡Ah, si yo tuviese tus riquezas y tu poder!...
El millonario adivinaba el pensamiento de su primo,
acogiéndolo con un gesto desdeñoso. ¡Dedicar su vida á los de abajo: ser una
especie de santo laico que empleara su fortuna, no en limosnas infecundas, sino
en emancipar moralmente á los parias del trabajo, proporcionándoles el pan de
la instrucción! ¡Fundar grandes escuelas, universidades, etc., como aquellos
ricachones de que hablaba el médico!... ¡Bah! ¿Y qué placer podía
proporcionarle esto?... Su egoísmo profundo de hombre de presa, sin otros ideales
que la vanidad y el goce de su persona, se reía del doctor. En el mundo sólo
tenía importancia lo que se relacionase con él. ¡A ver cómo no reventaban todas
las gentes por cuya triste situación se preocupaba su primo! Si él era infeliz
con toda su fortuna, ¿por qué habían de ser dichosas semejantes garrapatas?...
Otra vez volvió á hacerse un largo silencio entre
los dos. Terminaba la tarde; á lo lejos sonaba la sirena de un vapor. El buque
en marcha hizo acordarse á Aresti del ingeniero que esperaba afuera, en las
oficinas, más de una hora.
—Pepe... ese muchacho. Te advierto, para que no te
coja de sorpresa, que viene á despedirse de tí. Se marcha de Bilbao. Hemos
venido hablando de esto todo el camino. Ha tardado algunos días á decidirse,
pero ahora esperaba con impaciencia tu regreso, para manifestártelo.
—¡Se va!... ¿Y por qué?...
—¡Qué sé yo! Cosas de muchachos. Creerá que ya no
puede vivir aquí. Tal vez sufra como tú el mal de amores. En él no resulta
extraño: es cosa de la juventud.
Sánchez Morueta no preguntó más. Adivinaba en la
sonrisa del doctor algo que no quería conocer. Al mismo tiempo le causaba
alegría la posibilidad de que el joven sufriera como él. Era un consuelo
egoísta y feroz ver que á todos llegaba la desgracia, sin reparar en años ni en
gallardías... Por esto accedió al ruego de su primo, haciendo llamar al
ingeniero. ¡A ver, que pasase aquel compañero de desgracia!...
Fernando no quiso sentarse; tenía prisa por volver
á los altos hornos después del tiempo perdido; deseaba cumplir sus deberes
hasta el último momento.
Venía para manifestar su deseo de marcharse, de
abandonar el puesto tan pronto como el jefe le designase un sucesor. Y hablaba
con la vista baja, como si temiese que el millonario pudiera leerle su secreto
en los ojos.
Sánchez Morueta se deleitaba apreciando el
trastorno de aquella cara juvenil. ¡Oh! A este también le había mordido la mala
bestia; llevaba la señal en su palidez, en la tristeza de sus ojos.
De pronto, sintió por él la fraternidad dolorosa de
los penados, unidos eternamente por la misma cadena.
—¡Te vas, hijo mío!... ¿Es algún disgusto allá en
la fundición?... ¿Acaso quieres ganar más?... Si es por dinero, habla.
El ingeniero contestó con gestos negativos. Ni
disgusto ni ambición de dinero. Era que se había cansado de vivir allí; sentía
la nostalgia de ver países nuevos: le arrastraba la movilidad de carácter de
los de su tierra. Iría á Asturias ó á Cataluña; tal vez se embarcase para
América; aún no se había buscado un nuevo puesto, pero acariciaba la ilusión de
llevar con él á su madre á un clima que fuese mejor. Por esto sólo se marchaba.
El millonario, ante la sonrisa de Aresti y la
indecisión de las palabras del joven, se convenció de que éste mentía.
Sanabre siguió hablando. No olvidaba la bondad con
que le había distinguido su jefe: sentía alejarse de su lado, pero estaba
resuelto á la separación y tardaría en irse lo que tardase en encargarse de los
altos hornos otro ingeniero. Mientras tanto, allí estaría á sus órdenes.
—¡Te vas, hijo mío!—exclamó el millonario con
repentino enternecimiento.—Ya sabes que te he querido casi como un hijo. Allí
donde estés, si necesitas algo de mí, habla; si quieres volver, vuelve. No nos
despidamos ahora. Iré á verte: vendrás á...
El ingeniero, levantando la cabeza con repentina
vivacidad, le interrumpió. Cuando quisiera algo de él, mientras estuviese en la
fundición, podía darle sus órdenes por teléfono. Ya se verían, si Sánchez
Morueta visitaba los altos hornos; y si su principal no iba por allá, pasaría
él por el escritorio antes de marcharse. Sánchez Morueta nada dijo ante un
deseo tan claro de evitar toda visita al palacio de Las Arenas.
—Adiós, hijo mío... Hasta la vista.
Y estrechó con efusión la mano del joven.
Al quedar solos Morueta y su primo, el millonario,
trastornado por tantas emociones, se dejó caer en el sillón.
—Todos se van, Luis. Ese muchacho era otro de mis
afectos. Se hace el vacío alrededor de mí... Y ahora, al volver á mi hogar, la
frialdad de la casa de huéspedes, la ausencia del cariño.
—No, Pepe—dijo al doctor.—Tengo la certeza de que
ahora encontrarás allí lo que en otro tiempo deseaste. Tu mujer de seguro que
te espera.
—¿Y tú? ¿Me abandonarás también tú?...
—Yo nunca—dijo Aresti.—Pero de poco puedo servirte.
Soy un hombre, y lo que tú necesitas, no está á mi alcance el dártelo. La
alegría de tu vida sólo puedes encontrarla en tu casa... Ahora... lo que yo no
sé aún es á qué precio vas á pagarla.
El grande hombre estaba enfermo. Había transcurrido
cerca de un mes sin que Aresti fuese á verle, pues no quería despertar con su
presencia los recuerdos del millonario.
De vez en cuando, llegaban á él vagas noticias del
estado de Sánchez Morueta por los contratistas de las minas. Don José no iba al
escritorio; don José estaba enfermo en su palacio de Las Arenas. No era caso de
gravedad: inapetencia, cansancio. Quería abarcar demasiado y los negocios
minaban su salud.
—Es la crisis que él temía—pensó el médico.—Pero
cuando no me llama sus razones tendrá... Debe haber cambiado mucho aquella
casa.
Y seguía en Gallarta, con el propósito de no
visitar á su primo hasta que éste le llamase.
Un día, en Bilbao, se encontró en el Arenal con el
capitán Iriondo. El marino se extrañaba de que Aresti no hubiese visitado á su
primo.
—No es que yo crea que va á morir—dijo el
capitán—pero muchacho, anda muy malucho. No sé qué mala mosca le ha picado de
algún tiempo á esta parte. No come, está tristón, pasa el día sentado,
dejándose cuidar por su mujer y su hija como si fuese un niño. En fin, que no
es ni sombra de lo que fué. Y eso que aquella casa ha cambiado mucho. Doña
Cristina parece otra; nunca la he visto tan alegre.
Y describía á la esposa de su amigo hermoseada por
una nueva juventud, yendo por la casa con aire altivo, como si hasta entonces
no se hubiera considerado con verdadera autoridad para dirigirla; vistiendo con
tanta elegancia como su hija; olvidada ya de aquellos trajes obscuros que la
daban el aspecto de una beata.
Cuidaba y mimaba á su marido con gran cariño y él
la seguía en sus idas y venidas por las habitaciones, con unos ojazos que
revelaban la ternura del agradecimiento.
En fin, querido planeta—continuó el
capitán—que parecen unos novios. No sé qué diablos habrán andado en esto, pero
los dos son otros, completamente.
Aresti sonreía.
—¿Entonces—preguntó—la casa de mi primo será un
nido de amor?
—Hombre, yo te diré—repuso el capitán con cierta
vacilación.—Me gusta que estén así, tan amartelados, pero no me place todo lo
que allí veo. Por ejemplo, tienes á todas horas metido en el hotel al fantasmón
de Urquiola, que se pavonea por los salones como si ya fuese el amo. Doña
Cristina no hace nada sin consultárselo. Además, ¿te acuerdas de Nicanora,
el aña? Pues la han enviado á su pueblo con todo lo necesario para
comprarse unos terruños y un par de vacas. Me han dicho que la echó doña
Cristina, después de una escena algo fuerte... Pepita parece embobada ante
Urquiola. Tal vez no le tenga gran voluntad, pero la mamá los aproxima, y ya
verás como esto acaba en boda. Ese cachorro de Deusto tal vez sea mi jefe.
¡Cristo! ¡Y para esto me expuse á que me rompieran la cabeza cuando al
sitio!...
—Y Pepe ¿qué dice?...
—Pepe no tiene voluntad. Habla menos que nunca, y á
todo lo que ordena su mujer contesta que sí con la cabeza. Por dentro tal vez
pensará otras cosas, pero no se atreve á contradecir á su Cristina, á darla un
disgusto, metiendo en cintura á ese atrevidillo... Yo creo que debías ir á
verle.
—¿Yo?... No me ha llamado. Además, no me tienta ese
cuadro de familia: allí no hago yo falta.
—Sí, hombre, debes ir. Pepe desea verte: siempre
que voy me pregunta por tí. No te llama... ¿qué sé yo por qué? Tal vez por no
contrariar á su mujer. Puede que algunas veces haya tenido el llamamiento en la
punta de la lengua y no se atreva... Ya sabes que el Capi es
muy franco. Allí no te quieren: te tienen miedo. Hasta creo que el oficioso
Urquiola ha metido en la casa á un médico de su cuerda. Pero el pobre Pepe
piensa en tí. Ve á verlo y le darás un alegrón. ¡Valiente cosa te importa la
mala cara que pueda hacerte tu parienta!...
Aresti pareció encabritarse oyendo esto. ¿Conque
tenían á su primo en una especie de secuestro manso, para que no le viera, y
llamaban á otro médico como si él hubiese muerto?... Pues allá se iba al
instante. Sentía curiosidad por ver de cerca la nueva dicha del millonario. Al
mismo tiempo le regocijaba pensar en el mal gesto que pondrían aquellas gentes
ante su presencia inesperada. ¡Caería en Las Arenas como una bomba. ¡Je, je,
je! Y riendo se despidió del capitán, para subir en el tranvía.
Cuando á media tarde entró en el hotel de Sánchez
Morueta, encontró en un salón á su prima y su sobrina con el imprescindible
Urquiola.
Antes de entrar, mientras le anunciaba una
doncella, oyó un rumor de voces, hablando con apresuramiento, y después un
ruido de pasos y de faldas en fuga.
—¡No quiero verle!—gritó una voz sofocada que el
médico creyó reconocer.
Al entrar en la habitación notó algo que denunciaba
aquella fuga misteriosa. El gesto con que le recibió su prima, le dió á
entender lo inoportuno de su llegada.
El doctor pensó que las que habían huido para
evitarse su presencia eran las de Lizamendi. Aquella voz que protestaba era,
sin duda, la de su mujer.
La entrevista fué glacial, sin que la esposa del
millonario hiciese el menor esfuerzo por disimular la antipatía que le
inspiraba el médico. Sus ojos azules le miraban con fijeza desdeñosa. ¿A qué se
presentaba allí? ¿Quién le había llamado? Doña Cristina se sentía ahora dueña
absoluta del suelo que pisaba. Ella á un lado con los suyos, y el médico á
otro. Era un extraño odioso: la sangre de nada valía cuando las almas se
separaban para siempre.
Pero el doctor despreció esta hostilidad. Hablaba
como si no se diera cuenta de la sonrisilla insolente del abogado de Deusto;
del gesto asombrado y medroso con que le contemplaba su sobrina como si fuese
un aparecido.
Aresti quiso ver á Morueta, y doña Cristina miró
con inquietud á una puerta inmediata, como temiendo que el doctor llegase á
pasarla.
—No sé si podrás verle—dijo con los labios
apretados.—Está delicado: no gusta de recibir visitas.
—¡Bah! Los médicos entramos donde hay enfermos...
Y sin esperar el permiso de la señora, púsose de
pie y se dirigió á la puerta que comunicaba el salón con el despacho del
millonario.
Al levantarse el tapiz, Sánchez Morueta dió un
grito de alegría, reconociendo á su primo.
—¡Luis! ¡Luisito!...
Y le tendió las manos sin abandonar el sillón.
Aresti le abrazó. Realmente, el grande hombre no gozaba de buena salud. Había
adelgazado mucho, su barba era casi blanca, los ojos los tenía hundidos, y en
su rostro enjuto se marcaban los pómulos con agudas aristas, pareciendo la
nariz más grande y pesada.
Estaba leyendo un pequeño libro, y pasado el primer
momento de expansión se apresuró á ocultarlo en uno de sus bolsillos, como si
temiese que Aresti leyera la cubierta del volumen.
Doña Cristina siguió al médico, quedando de pie
cerca de los dos hombres, con ceño imponente, vigilando sus expansiones
fraternales.
Aresti se hacía explicar todos los síntomas de la
enfermedad. Conocía aquello: no era más que un trastorno moral que se reflejaba
en el organismo. Calma y dulzura era lo que necesitaba.
—¡Un trastorno moral! Eso es—dijo la señora con voz
áspera.—Siempre que hablases con tanta verdad. Pepe vivía demasiado... agitado.
Por fortuna, está en buenas manos y curará. La calma y la dulzura ya sabe él
cómo se adquieren.
Y á continuación, para cortar la entrevista,
recordó á su marido la conveniencia de hablar poco, de no cansarse, de estar
solo.
—¡Pero, si es Luis!—dijo el gigantón sin atreverse
á mirar á su esposa.—¡Si con este tengo el mayor gusto en hablar! ¡Si deseaba
mucho que viniese!... Ya ves, es el último que queda de mi familia. Somos como
hermanos.
Y su acento humilde parecía excusarse de este
cariño, pedir perdón á la esposa por un afecto superior á su voluntad. Se
notaba en él la abdicación del marido que vuelve hacia su mujer con el peso de
una falta y teme á cada momento que le recuerde su pasado.
Apareció Pepita en la puerta haciendo señas
misteriosas á su madre y ésta la siguió fuera del despacho. Indudablemente, se
marchaban las de Lizamendi, aprovechando la ausencia de Aresti y querían
despedirse de las señoras.
Al quedar solos los dos hombres, el medicó se
aproximo á su primo. Les dejarían solos muy poco tiempo y deseaba enterarse de
la verdadera situación del millonario. ¿Cómo vivía en su casa? ¿Era feliz?...
Sánchez Morueta sólo supo hablar de su mujer.
—Es un ángel... un verdadero ángel. Debías ver cómo
me cuida, de qué cariño me rodea. Conserva su geniecillo dominador; pero no es
más que deseo de aislarme, de tenerme siempre cerca de sus faldas. Soy otro
hombre, Luis. Esta tranquilidad no tiene precio. Estoy como el que descansa
después de una marcha forzada; no me atrevo á moverme.
Pero, á pesar de su dicha, mostraba gran timidez,
como si adivinase la fragilidad de aquella paz que le envolvía, y temiese
romperla con el más leve movimiento.
—¿Y aquello?—preguntó misteriosamente
el doctor.—¿Se olvidó ya por completo?...
El hombrón palideció como si despertase junto á un
peligro é hizo un movimiento con sus manazas pretendiendo apartar en el espacio
las palabras de su primo. No debía recordarle aquello: le causaba
vergüenza y repugnancia.
Ya no pudieron hablar más. Entró doña Cristina,
pero esta vez seguida de su hija y Urquiola. Después de despedir á las amigas,
se trasladaban al despacho para sentarse en torno de Sánchez Morueta,
interponiéndose entre él y el doctor, como si quisieran evitar todo contacto
entre ambos primos.
Debía ser esta irrupción obra de doña Cristina,
dispuesta á hacer comprender rudamente al médico su deseo de cerrarle para
siempre las puertas de la casa. Aresti veía los ojos de los tres, fijos en él,
como si le dijeran: «¿Qué haces aquí? Vete: tú no eres de los nuestros.»
El millonario acogía con una sonrisa la solicitud
con que se aproximaban á él, y le rodeaban como si temieran que escapase.
Miraba á su primo con satisfacción. ¡Cómo le querían! ¿eh? ¡Cómo sentían la
necesidad de no dejarlo solo, resarciéndole de la antigua frialdad! ¡Oh, la
familia!...
Hasta á Urquiola alcanzaba su gratitud. No podía
permanecer indiferente con aquel muchachón que le llamaba tío á boca llena,
extendiendo á él su lejano parentesco con la señora. Además le protegía en sus
deseos de enfermo. Cuando doña Cristina, atendiendo las indicaciones del
médico, le ocultaba los cigarros, Urquiola buscábalos, y, echando á broma la
prohibición, obsequiaba al tío.
Aresti sonreía ante la solicitud de acólito
respetuoso con que mimaba á Sánchez Morueta, adivinando sus antojos de enfermo;
la rapidez con que le ofrecía una cerilla, apenas se apagaba entre sus débiles
dedos el cigarro con que le había alegrado poco antes.
Doña Cristina miraba al joven, que parecía
indeciso, no sabiendo cómo iniciar la realización de algo que había prometido.
Al fijarse Urquiola en el libro que asomaba á un bolsillo del millonario, habló
del mérito de la obra.
—¿Le gusta á usted, tío? ¿Verdad que es muy profunda?
Pues el segundo tomo todavía es mejor.
Y antes de que el tío pudiera contestar, Urquiola
se dirigió á Aresti, como si sólo por él hubiese hablado del libro. Era una de
las obras más notables que se habían publicado en el siglo: las «Respuestas
á las objeciones más comunes contra la religión» del Padre Segundo Franco,
un jesuíta italiano, de inmenso talento. En este libro se echaban por tierra
todas las mentiras de los enemigos del catolicismo; su falsa ciencia, que no es
más que soberbia, sus embustes contra la Inquisición y contra todos los grandes
hechos de la Fe, que se presentan como crímenes. Al que lo leía no le quedaba
otro remedio que convertirse. Todo lo de la Iglesia quedaba justificado
claramente en sus páginas, con esa fuerza de razonamiento que sólo poseen los
Padres de la Compañía. El que aún estaba en el error era porque no conocía el
libro.
—Usted debía leerlo, doctor—dijo con impertinencia
el abogado de Deusto.
Aresti conocía la obra. Recordaba haber hojeado,
cuando vivía en casa de las de Lizamendi, aquel solemne monumento de la
estolidez, en el que se probaban los mayores absurdos con argumentos al alcance
de cualquier vieja devota. El importuno consejo de Urquiola le irritó:
—Joven—dijo con gravedad desdeñosa,—hace muchos
años que leo lo que mejor me parece, sin necesidad de consejero.
Sánchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar
la mirada de su primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro.
Pasaron en silencio un largo rato. Doña Cristina y
su sobrino seguían mirándose. Parecían dispuestos á hostilizar al doctor, á
exasperarle, buscando un rompimiento para que no volviese más a la casa. La
señora animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusión con el
médico.
Urquiola habló de la gran peregrinación á la Virgen
de Begoña, que preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de
Septiembre. Mucho había costado de organizar, pero sería una fiesta tan hermosa
como la de la Coronación; un alarde de la Vizcaya religiosa y honrada que
quería ser libre y volver á sus antiguos tiempos de grandeza.
Aresti se había impuesto la prudencia, adivinando
las intenciones de sus enemigos; pero sentía agitarse su carácter batallador y
rebelde ante el abogado, cuyas palabras le irritaban.
—¿Y qué tiempos fueron esos?—preguntó irónicamente.
Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y
su madre aquella oratoria ruidosa que tantos éxitos le había valido en los
ejercicios literarios de Deusto, acometió impetuosamente. ¡Parecía imposible
que un vizcaíno hiciese tal pregunta! ¿Qué tiempos habían de ser? Los del
Señorío; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los Jaunes prudentes
y valerosos; cuando la mala peste del maketismo no había aún
invadido la santa tierra del árbol de Guernica; cuando los vascos en Padura, en
Gordexola y en Otxandino hacían morder el polvo á los españoles, del mismo modo
que siglos después, en nuestra época, sus descendientes habían derrotado á
los guiris y los ches de pantalones rojos que
enviaba España para acabar con los últimos restos de sus libertades.
Aresti sonrió con desprecio. ¡Ya habían salido
Padura y las otras dos batallas contra los castellanos! Dichoso país aquel, tan
falto de historia que tenía que inventarla, dando la importancia de glorias
nacionales á tres miserables combates de horda, allá en los tiempos de
Mari-Castaña; tres contiendas á peñazos, golpes de cachiporra y de hacha, un
poco mayores nada más que cualquier riña de romería.
—No: Vizcaya no tiene apenas historia—continuó el
doctor,—y por esto posee la energía de los pueblos jóvenes. Su grandeza empieza
ahora; sólo que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y
está en la ría, en el puerto, en las ruinas y las fábricas, en los buques que
pasean por todos los mares la bandera de su matrícula, en el esfuerzo colosal
de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para explotarla. Los
vizcaínos que en otros tiempos iban en sus barquitos á la pesca de la ballena,
valen más, para mí, que todos esos héroes cabelludos y zafios que en Padura
gritaban ¡sabelian, sabelian sarrtu! avisándose que debían
herir con sus chuzos á los españoles en el vientre. Este es un país que no ha
dado en los tiempos pasados más que obispos y marinos. Ahora despuntan los
únicos hombres notables que puede producir esta raza con sus especiales condiciones.
¿Ve usted ahí á mi primo que no sueña con la gloria histórica, ni se preocupa
de lo que pensarán de él en el porvenir? Pues es el verdadero héroe, el paladín
moderno. Ha hecho él más por la gloria de Vizcaya con sus empresas
industriales, que todos aquellos Jaunes, sucios, barbudos y llenos
de costras.
Urquiola calló, desconcertado ante este elogio á su
querido tío, temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un
atentado á la gloria de su nombre. Pero doña Cristina vino en su auxilio para
que la discusión no quedase ahogada.
—No te esfuerces, Fermín. Al doctor le importan
poco las santas tradiciones de Vizcaya. Lo que á él le molesta es ver á todo un
pueblo rendir homenaje á nuestra santa Patrona, en la que él no cree.
Aresti se encogió de hombros. No le molestaba
ninguna de aquellas fiestas: eran para él espectáculos curiosos, en los que
estudiaba el afán por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que
experimentan la debilidad y la ignorancia. Él daba su verdadero valor á la
manifestación del próximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella lo de
menos. La gran masa inconsciente subiría al monte Artagán, con el deseo egoísta
de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la dirección la llevarían los
que soñaban con la independencia vasca, y los jesuítas, que insistían en sus
alardes, temiendo la propaganda social de las minas y el espíritu
antirreligioso de los trabajadores de la villa.
Al oír mentar á los jesuítas, Urquiola dió un
respingo en su asiento. Ahora se sentía en terreno fuerte: era como si atacasen
á su familia. Y miró á las dos mujeres, como invitándolas á que presenciasen el
gran vapuleo que iba á dar al impío... ¿Qué tenía que decir de los jesuítas?
Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por
dirigir á las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San Ignacio,
habían contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la revolución religiosa,
prestando á los pueblos latinos la gran merced de evitarles este contagio. Eran
el brazo derecho del Papa; los que mantenían en toda su pureza el catolicismo.
¿Y sabios?... Él mismo conocía en Deusto á un Padre que hablaba cinco
idiomas...
Aresti le interrumpió:
—Yo conozco empleados de hoteles que poseen más
lenguas y sin embargo, el mundo ingrato no ensalza su sabiduría.
Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un
movimiento como si fuese á caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente.
Él estaba allí como apóstol: quería aplastar al impío, de cuya ciencia hablaban
con respeto muchos tontos. Y continuó su apología del jesuitismo, hablando de
su fundación, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya conocía
él todas las calumnias lanzadas contra la orden. ¡Mentiras de la masonería, que
temblaba de cólera y miedo ante los hijos de San Ignacio! Se hablaba de la
rapacidad de los jesuítas, de su codicia, de su afán por atesorar dinero.
Embustes de los impíos y de ciertas órdenes religiosas, roídas por la envidia,
que no reparaban que al herir á los ignacianos socavaban el más fuerte cimiento
del catolicismo. ¡A ver! ¿dónde estaban esos tesoros? ¿Quién los había
visto?... Y aunque los tuvieran, ¿qué? Como decía muy bien un Padre de la
Compañía en uno de sus libros, el mundo nada perdía con que fuesen ricos, pues
dedicaban su dinero á la instrucción levantando Colegios y Universidades.
También les echaban en cara el que sólo buscasen el trato con los ricos y los
poderosos, educando únicamente á los jóvenes de nacimiento distinguido. ¿Y qué
se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los impíos; hasta en el cielo
hay jerarquías y los Padres se dedicaban al cultivo de los de arriba, de los
que por su nacimiento ó su fortuna estaban destinados á ser pastores de
hombres, dejando la gran masa que ellos no podían evangelizar, al cuidado de
los sacerdotes del clero bajo. Agarrándose al tronco estaban seguros de poseer
las ramas: educando á los privilegiados en el santo temor de Dios, mantenían el
espíritu religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los
magistrados, los militares, afirmando el porvenir más sólidamente que si
buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto á dejarse
engañar por absurdas propagandas...
¡Ah, el populacho! ¡Con qué asco hablaba Urquiola
de la masa sin voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de
pretendida ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel rebaño, que en
los conflictos de la miseria se revolvía contra los sacerdotes y especialmente
contra los jesuítas. Si surgía una huelga, apedreaban los conventos de la
Orden; si al ir en manifestación por la calle veían á un cura, lo silbaban y lo
perseguían; en sus mitins, cuando querían insultar á uno de sus opresores, le llamaban
jesuíta. ¿Qué daño podían hacer los Padres á toda aquella gente que pedía
aumento de jornal ó menos horas de trabajo? No tenían minas ni fábricas, no
eran dueños de empresas industriales, no explotaban al trabajador, ¿por qué,
pues, iban contra ellos? ¿No era natural que dejasen en paz á los sacerdotes y
se lanzaran únicamente contra los ricos? ¿A qué mezclar la religión en las
cuestiones del trabajo?...
Y el abogado miraba á Aresti con superioridad,
seguro de haberle aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin
reparar en que, por defender á sus maestros, atacaba á Sánchez Morueta.
El doctor sentíase irritado por el aire de
triunfador que tomaba el joven ante las dos mujeres, las cuales parecían
admiradas de sus palabras. Arrojó de su ánimo todo escrúpulo de prudencia,
sintió el deseo de escandalizar á su devota prima, de exponer sus ideas sin
consideración alguna, cerrándose para siempre las puertas de aquella casa. ¡Le
querían echar, pero él se iría antes!... Y habló con una calma, con una
suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su pensamiento.
A él no le extrañaba que el ejército de la miseria,
en sus protestas y rebeldías, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos, á
pesar de que éstos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran
los directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma á la clase
superior; la moldeaban á su gusto. Los tiros de los desesperados, no iban,
pues, mal dirigidos. Parecían en el primer momento caprichosos y locos, errando
á la ventura, pero en realidad herían al verdadero enemigo. Los desheredados,
los infelices adivinaban con el instinto de la desesperación dónde estaba la
causa de sus males. La sociedad tenía por base la moral cristiana, una moral
que en tiempos remotos podía ser oportuna, pero que había fracasado al contacto
de la vida moderna.
El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo
sobre la tierra, de modificar incesantemente el ambiente natural y social en
que vive; y el cristiano no da importancia á una sociedad por la que pasa
transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su verdadera vida
está más allá de la muerte. Veinte siglos lleva de experiencia la moral
cristiana y ha dado de sí todo lo que tiene dentro. Su fracaso es visible por
todas partes. Desconoce la justicia en la tierra, dejándola para el cielo; pasa
indiferente ante el derecho de los oprimidos, queriendo consolarlos con la
esperanza de que en otra vida que nadie ha visto, encontrarán satisfacción á
sus dolores. Su única fórmula clara es la de la fraternidad universal; «ama á
tu prójimo como á tí mismo», y sin embargo, transige con la guerra, bendice al
fuerte, declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que
únicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la tiene, si
vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el ser diabólico al
que hay que perseguir y exterminar.
Urquiola y doña Cristina se miraban escandalizados.
—¿Y la caridad?—gritó el abogado. ¿Y la sublime
caridad de la moral cristiana?
—¡La caridad!—contestó el médico sonriendo con
sarcasmo.—Es el medio de sostener la pobreza, de fomentarla, haciéndola eterna.
Los desgraciados la odian por instinto, al recibir sus limosnas: evitan el
buscarla mientras pueden, viendo en ella una institución degradante, que
perpetúa su esclavitud. Ese es otro de los grandes fracasos de la moral
cristiana.
Recordaba la maldición de Jesús á los ricos, su
promesa de que les sería más difícil entrar en los cielos «que un camello por
el agujero de una aguja». Y, sin embargo, todos los humanos, desoyendo á Jesús,
reclamaban el peligro de ser ricos: todos se exponían sin miedo alguno á las
llamas del infierno, por acaparar los bienes de la tierra. Los hombres, sin
excepción, deseaban ejercer la caridad, tomándolo todo para sí, y no dando más
que aquello que juzgaban innecesario ó que no podían guardar. La caridad no
influía para nada en el progreso de los humanos: antes bien, era un obstáculo.
No suprimía la esclavitud, no trocaba las formas de la propiedad, y en cambio
justificaba y santificaba la división de los ricos y pobres. Los desdichados,
en sus rebeliones, no se equivocaban al odiar una religión que exige al
miserable que se resigne con su suerte y no reclama de los ricos más que una
caridad de la que ellos son los únicos jueces, pudiendo graduarla conforme á su
egoísmo. Los desesperados veían que, así como amenguaba la fe abajo, era
arriba, entre los ricos, donde la religión encontraba sus defensores, á pesar
de que su Dios los había maldecido.
Los privilegiados empleaban la religión como un
escudo. «Nada de esperar en la tierra la justicia para todos. Estaba en manos
de Dios y había que ir á la otra vida para encontrarla. Mientras tanto, el
pueblo podía ser feliz en su miseria con la esperanza del paraíso después de la
muerte; dulce ilusión, supremo consuelo, que los revolucionarios sin conciencia
le quieren arrebatar...»
Así se expresaban los que tenían interés en que
continuase en la tierra todo lo mismo, á la sombra protectora de las creencias.
¿Cómo no habían de indignarse los infelices contra una religión que les cerraba
el camino de la justicia y el bienestar aquí abajo, para no darles más que la
quimérica esperanza de una justicia divina que los ricos pueden sobornar con
dádivas á los sacerdotes?
El cristianismo había engañado al pobre,
manteniéndolo en su triste estado con la esperanza del cielo y la amenaza del
infierno. Era el carcelero espiritual que sostenía durante veinte siglos el
extremo de su cadena. Ya que había llegado el instante de la revuelta ¡sus y á
él!... Era el enemigo secular; los demás habían crecido á su amparo... El odio
á toda religión era instintivo allí donde las masas obreras despertaban. Dios
era para los trabajadores el primero de los gendarmes, una especie de funcionario
invisible de la burguesía, al que retribuían los ricos sus buenos servicios,
levantándole viviendas, derramando el dinero á manos llenas entre los que se
llamaban sus representantes...
Doña Cristina abanicábase furiosamente las mejillas
enrojecidas. ¿Qué horrores iba soltando aquella voz suave é irónica que parecía
acariciarla con profundos arañazos?... Ahora se arrepentía de haber provocado
al impío y hacía señas á Urquiola para que no le contestase. Deseaba que se
hiciera un silencio penoso, que se fuera de allí empujado por la sorda y
desdeñosa hostilidad de todos. Pero el discípulo de Deusto temía aparecer
vencido á los ojos de Pepita, é interrumpía al doctor con exclamaciones burlonas
ó con gestos escandalizados. «Está loco: este hombre está loco.» Aprovechando
una pausa de Aresti, colocó la objeción que tenía preparada.
Criticar era fácil. Pero ya que el doctor encontraba tan defectuosa la moral
cristiana, debía decir cuál era la suya.
Aresti sonrió, mirando con lástima al joven. Era
posible que no lo entendiese: aquellas cosas no las enseñaban en Deusto.
Además, una moral con todos sus preceptos, no se fabrica de la noche á la
mañana como un sermón de los padres de la Compañía. Bastante había hecho el
pensamiento moderno en menos de un siglo; y aún estaba en la primera etapa de
su marcha hacia el infinito. Pero aun así, su moral, una moral para la tierra,
sin sanciones celestes, encaminada al bienestar positivo de los humanos, tenía forma.
—Yo—dijo Aresti con sencillez—adoro la Justicia
Social como fin y creo en la Ciencia como medio.
Urquiola rompió á reír con una carcajada insolente.
¡La ciencia! ¡La moderna ciencia de los revolucionarios y los impíos! Ya sabía
él lo que era aquello. Y la definía con arreglo al libro de un Padre famoso de
la Compañía. «Cogiendo un catecismo del Padre Ripalda y escribiendo no donde
el catecismo dice sí y sí donde dice no,
se tiene hecha y derecha toda la pretendida ciencia moderna.» Urquiola se
pavoneaba con esta definición que convertía el catecismo en centro de todos los
pensamientos humanos, colocando al Padre Ripalda por encima de todos los
grandes hombres de la historia. Doña Cristina, creyendo que esta definición tan
clara era obra de su sobrino, admiraba su talento.
Pero el abogado no se fijó en esta admiración,
enardecido por la proximidad de su triunfo. Allí quería él al doctor, ¿Conque
la ciencia podía servir de medio é instrumento á la moral?... En Deusto, aunque
Aresti no lo creyera, también les enseñaban algo de la ciencia moderna.
Levantaban nada más que una punta del velo que ocultaba este cúmulo de
impiedades, para aplastarlas con el santo peso de las buenas doctrinas. Él
conocía un poquito de la ciencia moderna, para apreciar su grosero
materialismo, incompatible con todo ideal, é instrumento de toda
desmoralización.
El hombre era una bestia para aquella ciencia. El
instinto reemplazaba al alma: nada del Dios omnipotente que había formado el
mundo: nada de existencia espiritual después de perecer la materia. Esta vida
sólo tenía por escenario la tierra. Luego de la muerte un poco de podredumbre:
polvo: nada. Como no existía otra vida, no existían castigos y todos podían
hacer lo que mejor placiera á sus instintos, sin miedo á la cólera de Dios. ¡La
bestia libre y sin sanción alguna! Ya que no había que temer á los castigos,
¿para qué renunciar á la satisfacción de los apetitos? ¿Por qué imponerse
privaciones respetando á los semejantes?... ¡A burlarse de nuestros
antecesores, unos tontos que contenían sus pasiones por la esperanza del cielo
ó el miedo al infierno! Los fuertes deben aplastar á los débiles: los débiles
deben apelar á la astucia y la maldad para salvarse de los fuertes. A nadie
hemos pedido venir al mundo, y nadie nos exigirá cuentas cuando volvamos á
confundirnos con la tierra. El vicio es lo mismo que la virtud: el crimen y la
bondad valen igual: vivamos y gocemos todo lo que nos sea posible, sin
escrúpulo alguno, ya que nadie nos ha de pedir cuentas.
—¿Es esta su moral, doctor—preguntaba irónicamente
el abogado.—¿No es esto lo que se desprende de la ciencia moderna?...
Las dos mujeres mostraban su admiración por
Urquiola con miradas de lástima al médico. Hasta Sánchez Morueta, que
permanecía con la cabeza baja, como molestado por una polémica cuya intención
adivinaba, levantó los ojos fijándolos con cierta extrañeza en el abogado.
Aquel muchacho no se expresaba mal. Ya no le creía tan necio, y pensaba si su
mujer tendría razón al elogiar sus cualidades.
Aresti acogió la sarcástica descripción de aquella
sociedad sin Dios, con rostro impasible. Si la religión era un freno para los
apetitos y las violencias ¿por qué la criminalidad era más frecuente en los
pueblos atrasados y devotos que en aquellos otros de mayor cultura? ¿Cómo era
que los mayores crímenes de la historia habían coincidido con los períodos en
que el entusiasmo religioso era más ardiente?
El médico hablaba en nombre de la ciencia, para la
cual la falta de moralidad y el crimen sólo son resultados de la incultura ó de
una regresión parcial del cerebro. Además, ¿de dónde sacaba Urquiola que porque
no existiese una sanción divina para la moral, porque el hombre no sintiera el
temor á los castigos eternos, se había de entregar á la violencia atropellando
á sus semejantes? El hombre de mentalidad desarrollada, sabía que aunque
condenado por la naturaleza á desaparecer, no por esto desaparecería la
humanidad de la que forma parte. Sólo el ser inculto y brutal, con el egoísmo
de la ignorancia podía incurrir en tales crímenes. Sólo podían pensar así los
pobres de inteligencia que forman la principal masa de todas las religiones;
los que no ven en el mundo nada más allá de su propia individualidad egoísta;
los que sólo aman la virtud como un pasaporte para entrar en la vida eterna, y
sí hacen algún bien es con la idea de que giran una letra sobre el porvenir
para que se la paguen con un puesto en el cielo.
Quedaban aún muchos seres de una mentalidad
limitada, semejante á la de los hombres primitivos, que sólo se preocupaban de
sus personas ó, cuando más, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida
como si su individualidad fuese el centro del universo, no interesándole más
que lo que ve y lo que toca. Esos, en su egoísmo, tienen tal concepto de la
importancia de su persona, que necesitan que ésta se perpetúe después de la
muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos inventados por
las religiones.
El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de
la suerte de la humanidad tanto ó más que de la de su individuo. Sabe que es un
componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga á su
especie, está seguro de que su pensamiento vivirá aún después de haberse
corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus sentidos. Tiene
la inteligencia más desarrollada que los órganos animales, y sus mayores
placeres residen en ella. Por lo mismo que no duda de que su organismo material
ha de morir para siempre, siente la necesidad de dejar rastro de su paso por el
mundo con una buena acción. En vez de querer inmortalizarse como los devotos en
un bienestar celeste (deseo egoísta que ningún beneficio proporciona á los
demás), desea sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando á ésta la
parte de bienestar ó felicidad á que puede contribuir con el trabajo de su
vida. ¿Qué moral más generosa?... El ensueño individual y egoísta de un cielo
falso é inútil, lo sustituye el hombre moderno con el ideal colectivo, que está
de acuerdo con su razón y le procura las más altas satisfacciones morales.
—Hacer el bien á los semejantes—continuó Aresti—sin
esperanza de recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los impíos
modernos, los hombres del materialismo, es ser más idealista que el
devoto que compra su parte de paraíso con oraciones que no remedian ningún mal
de la tierra.
El doctor se exaltaba, elevando su voz, al comparar
la moral de las religiones y aquella moral de los pensamientos elevados y
nobles que se desarrollaba al tranquilo amparo de la ciencia. ¡Cómo poner al
mismo nivel al egoísta crédulo que con unos cuantos sacrificios y
mortificaciones cree comprarse una eternidad de alegría en el cielo, y al
hombre moderno, que hace el bien sin creer en futuras recompensas, ni en el
agradecimiento de divinos fantasmas, únicamente por la alegría de socorrer al
semejante, por la solidaridad que debe existir entre todos los que tripulan el
barco errante de la Tierra!... Así habían procedido siempre los grandes
mártires y los genios. Era la moral de los héroes de la humanidad: en otros
siglos se había mostrado aislada, pero ahora iba generalizándose, conforme
agonizaban los dogmas, como una afirmación de la conciencia colectiva.
Doña Cristina y su hija miraban con extrañeza al
doctor sin hacer el menor esfuerzo por comprender sus palabras. Estaba loco:
todo aquello eran filosofías alemanas, monsergas confusas que
habían inventado los impíos para ocultar su maldad, cuando tan claro y sencillo
era creer en Dios y seguir lo que la Iglesia enseña. ¡Ay, si estuviera presente
el Padre Paulí, que tan soberanas palizas soltaba desde el púlpito á los filósofos!...
Urquiola ocultó con una sonrisa de superioridad
desdeñosa la turbación y desconcierto de su pensamiento ante las palabras del
doctor. De aquello no le habían hablado en Deusto ni una palabra, y colérico
por lo que consideraba una derrota, deseoso de salir del paso como en sus
trabajos electorales, con arrogancias de valiente, lamentaba la presencia de
Sánchez Morueta. De no estar el millonario, hubiera hecho la cuestión personal
y en nombre de la inmortalidad del alma y de la moral cristiana, hubiese atizado
unos cuantos puñetazos al impío, luciendo ante las señoras sus energías de
apóstol.
Aresti, arrastrado por el entusiasmo, no podía
callarse. El sofisma religioso, tolerando en la tierra la injusticia sin más
consuelo que la esperanza en un mundo mejor, era demasiado grosero para las
inteligencias modernas. La moral no consistía, como la proclamaba el
cristianismo, en achicarse, en recogerse en sí mismo, en amputar los naturales
instintos, en hacerse pequeño para pasar por el camino estrecho de la gloria
celeste, sino en aceptar la vida tal como es, en amarla en toda su plenitud. La
vida espiritual no era el egoísmo de un individuo, sino la comunión con las
aspiraciones colectivas de la humanidad. El hombre moderno no debía perder el
tiempo preguntándose sobre el origen del mal ó si la naturaleza está corrompida
por el pecado: las dos grandes preocupaciones de la moral cristiana. Bastábale
saber que la naturaleza, buena ó mala, se modifica ó transforma por el trabajo.
Poco importaba el origen del mal: lo interesante era combatirlo y vencerlo, sin
optimismos ni pesimismos, llevando como único guía el esfuerzo continuo hacia
el mejoramiento.
El hombre estaba condenado á hacerlo todo por sí
mismo, sin la esperanza de fantásticas protecciones. El trabajo es su ley. El
oficio de ser hombre era glorioso y duro. Sólo podía contar con un apoyo: la
Ciencia. El progreso de los conocimientos positivos, la industria y la
evolución incesante de las sociedades, modificaban la concepción de la vida y
de sus fines. El hombre moderno, valiéndose de la crítica, tenía una idea justa
de los límites de sus conocimientos. Ni soberbias, ni desmayos de humildad. No pretendía
conocer lo absoluto ni el origen de las cosas. ¿Pero es que las religiones las
conocían tampoco? ¿Eran racionales las explicaciones de los que creían en una
Providencia amparadora de la injusticia, y en un plan de creación ideado por
unos hebreos nómadas é ignorantes?
En cambio, el hombre conocía mejor, gracias á la
ciencia, el mundo que le rodeaba. Si no sabía la causa primera de muchos
fenómenos, había descubierto y utilizado las relaciones que los ligan, y en vez
de ser siervo de la naturaleza, como en los tiempos de barbarie religiosa, la
tenía á sus órdenes, haciéndola trabajar para su comodidad y sustento. Ante él
se abatían obstáculos que parecían eternos: la mecánica aprovechaba las fuerzas
naturales; modificábase la faz de la Tierra: suprimíase el espacio al acortar
las distancias, y el planeta parecía empequeñecerse, haciéndose cada vez más
confortable, como una habitación dentro de la cual la humanidad encontraba
satisfechas todas sus necesidades.
El hombre ya no quería fundar su moral sobre lo
desconocido, sobre Dios, el fantasma bondadoso ó terrible de la infancia de la
humanidad. Tampoco podía tolerar la moral cristiana, basada en la resignación y
en la abstención. Esta moral no era más que un arte de mutilar la vida bajo el
pretexto de guardar sus formas más altas, ó sea las espirituales.
—Hay que aceptar la vida tal como es, y vivirla
toda entera—decía el médico con entusiasmo.—Nuestra moral es simple y valiente:
se resigna á la compañía de los hombres, sabiendo que no existen los ángeles, y
los acepta tales como son. No pasa la vida orando y contemplando lo perfecto y
lo eterno, sino que arrostra el encuentro de lo malo y de lo feo y hasta los
busca ya que existen, para combatirlo; y triunfar de ellos. No mira al cielo,
pues sabe que no lo hay: examina la tierra que es la realidad, y en vez de
tener las manos siempre juntas en el rezo, que salva el alma, empuña los rudos
instrumentos de trabajo, labora, lucha, suda en su eterna batalla con el sueño
por transformarlo y embellecerlo, pensando que las fatigas del presente serán
buenas obras para la humanidad del porvenir. Nuestra moral tiene callos en las
manos. No son, como las de la monja, blancas, suaves, con palidez de nácar,
cruzadas sobre el pecho, mientras, los ojos en alto buscan á Dios.
Sánchez Morueta contemplaba con admiración á su
primo. ¡Ah; su Luis! ¡Que hombre!... Su pensamiento tímido y fluctuante
sentíase arrastrado por las palabras del médico. Le entusiasmaba aquella
apología de la actividad universal. Él era un sacerdote privilegiado y feliz
del trabajo. Explotaba su estado embrionario, y aunque los fieles clamaban
contra él, queriendo arrojarlo de la iglesia obrara, le satisfacía que la
ensalzasen.
La esposa apretaba los labios, palideciendo ante el
desconcierto de su sobrino, el cual no podía asir muchas de las ideas del
doctor. Con su instinto agresivo de mujer devota intervino en la conversación,
queriendo auxiliar á Urquiola.
—No entiendo esa moral—dijo á Aresti con voz
ruda.—Nada me importa: esa queda para... sabios como tú. Nosotros, los brutos,
nos contentamos con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz á
la humanidad, ¿por qué no te acuerdas de la pobre de tu mujer?...
Y hablaba con sorda cólera de la de Lizamendi, que
muchas veces lloraba al visitarla, recordando el pasado. Se veía en una
situación difícil, ni soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado,
ocultándolo casi, para que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la
separación. Y doña Cristina se indignaba al decir esto. ¡Qué había de ser ella!
Tan buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de ángel...
—A eso conduce vuestra moral—añadió con dureza.—A
hacer infeliz á una pobre criatura, buena como una santa.
Aresti calló. Parecía atolondrado por la injusticia
del ataque. ¡Él, convertido en verdugo de un ángel! ¡Y aquel ángel era su
mujer, y Cristina le echaba en cara su crimen después de haber visto la
aspereza humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefirió acoger en
silencio el ataque, sin más protesta que un encogimiento de hombros.
Pero la de Sánchez Morueta no quería verle así. Una
voz lanzada, sentía un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un
rompimiento ruidoso y que no volviese.
—Ya que no crees en nada de la religión—dijo tras
una larga pausa, con una sonrisa dulce que daba miedo,—tampoco creerás en
Jesús... ¿Qué es para tí nuestro divino redentor?
¡Con qué alegría habló Aresti, lentamente, con voz
suave é incisiva, como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada
sobre aquellos ojos azules que le miraban con desprecio!...
—¿Jesús?... Fué un gran poeta de la poesía moral.
Yo amo su recuerdo con la ternura de la compasión, viendo la inutilidad y el
sarcasmo de su sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas,
explicándolas y practicándolas al revés. Su asesinato fué una conspiración de
las autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos que
hoy son sus devotos y explotan su recuerdo.
Doña Cristina púsose de pie con nervioso impulso.
Había escuchado las explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando
cierta calma, á pesar de que adivinaba ataques al cielo y á Dios. Pero esto de
ahora iba contra Jesús; y la indignaba, más aún que si hubiesen negado su
existencia, aquello de llamarle poeta. ¡El hijo de Dios un poeta! Para una
millonaria era este el más refinado de los insultos.
—¿Has oído, Pepe?—gritó mirando á su esposo.—¿Y tú
consientes estas atrocidades en tu casa?
Los ojos tímidos de Sánchez Morueta iban de su
mujer á su primo, como asustado en su interna somnolencia por el inesperado
choque.
—Me voy—siguió gritando doña Cristina al ver la
indecisión de su esposo.—No quiero escuchar más á este hombre.
Y dirigiéndose á Pepita, añadió:
—Niña, vámonos. Bastantes atrocidades has oído.
Dale gracias á tu padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles.
Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se
levantó, dudando un momento entre seguirlas ó acometer al doctor. Aquel era el
momento de presentarse como un paladín de la fe, de hacer la cuestión personal
en nombre de Jesús y que se tragara el médico á puñetazos aquello de «poeta»,
que no le indignaba á él menos que á doña Cristina. Pero le inspiraba gran
respeto la presencia del millonario, temía disgustar al tío y
acabó por marcharse en busca de las señoras.
Quedaron largo rato Aresti y Sánchez Morueta, con
la cabeza baja, como anonadados por el incidente. El doctor fué el primero en
romper el silencio.
—Pepe, adiós—dijo con voz triste, abandonando su
asiento, y tendiendo una mano á su primo.—Yo no te pregunto como tu mujer «¿y
tú consientes eso?» Al fin es tu esposa y con ella has de vivir.
—¡No te vayas así!—exclamó el millonario con
ansiedad.—De seguro que estás enfadado; adivino que no vas á volver. No riñas
conmigo: Cristina es así, ¿y qué voy yo á hacerla? Tú mismo lo has dicho. La
familia... la paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas
ideas y á las mujeres hay que respetárselas. La verdad es que tú también has
estado fuertecito...
—Adiós, Pepe—volvió á repetir el médico,
abandonando aquella manaza que ahora caía débil y sin voluntad.—Que seas muy
feliz.
—Pero nos veremos, ¿eh? ¿Vendrás á verme al
escritorio?... Esto pasará: ya sabes que otras veces también habéis regañado...
—Adiós, adiós.
Y el doctor Aresti, sin escuchar á su primo, que le
seguía formulando excusas, salió de allí, con la convicción de que dejaba
muerto á sus espaldas todo su pasado; de que acababa de romperse aquel
parentesco fraternal y perdía lo último que le restaba de su familia.
A mediados de Agosto se inició una agitación de
protesta entre los obreros de las minas.
Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las
noches con el doctor Aresti, hablaban de los síntomas de rebelión en las aldeas
de la cuenca minera. En la Arboleda los peones clamaban contra las cantinas,
afirmando que los capataces eran los verdaderos dueños, y que el obrero que no
se surtía de víveres en ellas era despedido del trabajo. En Pucheta, que era
donde vivían los más levantiscos, habían ido á navajazos un día de paga, por
negarse dos trabajadores á satisfacer su deuda en la tienda de un protegido de
los contratistas. Se hablaba de un gran mitin en la plaza mayor de Gallarta, al
que asistirían todos los mineros para acordar la huelga, en vista de que no era
admitida su petición en favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba la
música los domingos, hablarían los amigos del pueblo, aquellos obreros de
Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se dedicaban á la propaganda
de las doctrinas socialistas y á la organización de las fuerzas obreras. Y
mientras llegaba el momento de la rebeldía, los representantes del partido en
la cuenca minera, que eran en su mayoría taberneros, derramaban en la irritada
masa el consuelo del alcohol y de las teorías revolucionarias.
El Milord, en la tertulia de los
contratistas, hablaba, con alarma, de los pinches de las minas. Aquellos
diablejos que llevaban el cuchillo en la faja, y á los que no se atrevían á
maltratar los peones por miedo á sus venganzas de gato, le infundían mucho
miedo. Ellos eran la vanguardia ruidosa de todas las huelgas, comprometiendo á
los hombres con sus audacias, haciéndolos ir más allá de lo que se proponían.
Algunas veces habían osado apedrear de lejos á la guardia civil, cuando en
vísperas de revuelta paseaba sus tricornios por los caminos de la montaña.
Ahora, el Milord hablaba con terror de frecuentes robos de
dinamita en los depósitos de las canteras. Los cartuchos debían ocultarlos los
pinches en previsión de lo que ocurriera. ¡Buena se iba á armar!...
Al atrevimiento de los muchachos había que añadir
la cólera estrepitosa de las mujeres, que hablaban de arrojarse en fila sobre
los rieles de los planos inclinados y de los ferrocarriles, impidiendo toda
circulación de mineral para que se generalizase la huelga hasta la ría, y se
cerrasen las fundiciones, y el puerto se llenara de buques inactivos esperando
una carga que no llegaría nunca.
—Esto se pone feo, don Luis—suspiraba el admirador
de Inglaterra.—Esto va á ser la muerte de las minas.
Para darse cuenta de lo crítico de la situación,
bastaba ver que los peones gallegos tomaban el tren y se iban á su país.
Aquellos hombres eran capaces de rebelarse por su interés personal, pero apenas
presentían protestas colectivas, escapaban asustados hacia su país. Las huelgas
les olían á política, á algo peligroso en que no debían mezclarse los pobres. Y
avisados de la bronca que preparaban los compañeros, deslizábanse prudentemente
hacia su tierra, con el propósito de volver cuando todo pasase, aprovechándose
entonces de las ventajas que los otros pudieran conseguir.
—¡Pero, malditos!—exclamaba el doctor, oyendo
al Milord y á otros contratistas.—¿No es justo lo que piden?
¿Qué menos pueden reclamar que el cobro semanal y comprar su alimento donde
mejor les convenga?...
Los contratistas torcían el gesto, excusándose en
la inercia de las costumbres. Eran los señores de la villa, los mineros ricos,
las empresas extranjeras, los que debían dar el ejemplo. Ellos á lo antiguo se
atenían. Además, el miedo á la huelga no causaba gran impresión en el fondo de
su ánimo. Por grande que fuese el paro en el trabajo, poco perderían; el
mineral no iba á desaparecer en las canteras; aguardaría á que fuesen á
arrancarlo, si no en un mes, al siguiente, y si no al otro. Tenían para vivir,
y se rendirían antes que ellos los que necesitaban el jornal para no morirse de
hambre.
El cura don Facundo se indignaba, no como
contratista, sino como pastor del rebaño rebelde. No había religión, cada vez
se entibiaba más la fe, y así andaba todo de perdido. La propaganda diabólica
de los obreros de Bilbao había llegado hasta la gente sencilla y sufrida de la
montaña.
—Ya mueren aquí las gentes sin llamarme, tan
tranquilas, como si fuesen perros—exclamaba indignado.—Cada vez hay menos
entierros. Ya van al cementerio sin acordarse de don Facundo, escoltados por
centenares de badulaques que se pirran por molestar á la Iglesia asistiendo á
eso que llaman actos civiles. Señores... ¡entierros civiles en las
Encartaciones! ¿Quién podía figurarse que veríamos esto?...
Y el cura insistía en lo de los entierros, como si
de todos los actos de hostilidad ó indiferencia para la religión, fuese este el
más escandaloso y que más profundamente hería su pudor de sacerdote.
A pesar de la agitación obrera, los amigos de
Aresti sentíanse atraídos por otro asunto, del que hablaban con gran interés en
sus francachelas nocturnas.
Existía pendiente una apuesta ruidosa, en la que se
interesaban todos los notables de Gallarta. El Chiquito de Ciérvana,
el barrenador famoso, había recibido una especie de reto de un desconocido de
Guipúzcoa, para que midiese sus fuerzas con él. El encuentro debía verificarse
en Azpeitia, el centro de las fiestas vascas. Los ricos de allá hablaban con
desprecio de las gentes de las minas, como si no fuesen capaces de tomar parte
en la apuesta, presentándose en Azpeitia al lado de su barrenador.
Los contratistas de Gallarta gritaban enardecidos.
¡Vaya si irían! ¡Y menuda paliza les aguardaba á los guipuzcoanos pretenciosos!
¡Atreverse con el Chiquito de Ciérvana, que era la gloria más
grande de las Encartaciones! Miles de duros apostarían ellos contra las pesetas
que pudieran ofrecer aquellos rurales de Guipúzcoa, que vivían del miserable
cultivo de la tierra. Y en sus reuniones nocturnas acordaban los detalles de la
apuesta, con arreglo á lo convenido por cartas y hasta por mensajeros, con los
lejanos enemigos. El próximo domingo sería la lucha en la plaza mayor de
Azpeitia. Marcaban el número de perforaciones que los dos barrenadores harían
en la piedra y la duración de la apuesta.
Olvidaban las minas y el malestar de los obreros,
para no pensar más que en este desafío de destreza y vigor. Era la apuesta más
famosa de cuantas habían concertado aquellos hombres, en su afán de arriesgar
al dinero que con tanta facilidad llegaba á sus manos.
En esta lucha se interesaba el espíritu de clase y
el patriotismo. Vizcaínos contra guipuzcoanos: la gente de las Encartaciones
contra aquellos patanes que intentaban comparar sus burdos barrenadores de las
canteras de caliza con los de las minas de hierro, que eran casi unos artistas.
Al aproximarse el día de la lucha, mostraban los
contratistas los fajos de billetes de Banco, con los que habían de anonadar á
los pobres cuitados de Guipúzcoa. El Chiquito de
Ciérvana era vigilado y mimado como si fuese una tiple hermosa. No iba
á las minas, y acompañaba por las noches á los contratistas, preocupándose
todos ellos de lo que comía y bebía.
—¿Cómo va ese valor?—le preguntaban tentándole los
brazos duros y elásticos, que parecían de acero, pasándole las manos por el
pecho con una suavidad casi femenil, golpeándole el tórax y complaciéndose en
su resonancia, que revelaba salud y vigor. Y el Chiquito se
dejaba agasajar con sonrisa de ídolo, irguiendo su pequeño cuerpo de músculos
recogidos y apretados, mientras los admiradores aspiraban al examinarle el olor
agrio de sus sobacos sudorosos como si fuese un grato perfume.
Ganaría, como siempre. Y mientras llegaba el
domingo, con su estruendosa victoria, lo atiborraban de alimentos y le hacían
beber champagne, mucho Cordón Rouge, como si el vino de los ricos
afirmase de antemano su superioridad sobre aquel rival que sólo conocería la
dulzona sangardúa de sus montañas.
Los contratistas obligaron al doctor Aresti á que
les acompañase á Azpeitia. Ellos no gozarían la victoria por completo de no
presenciarla su ilustre amigo. Y el doctor, que habituado al afecto de aquellos
admiradores rudos y entusiastas, no podía separarse de ellos, acabó por ser de
la partida. En fuerza de oírles hablar de la apuesta sentía interés por ella.
Era el único que dudaba del triunfo. La gente de
Azpeitia debía conocer el trabajo del Chiquito. Los de Gallarta, en
cambio, no sabían quién era aquel contendiente desconocido. Cuando la gente de
Azpeitia iniciaba el reto, estaba segura indudablemente de la superioridad de
su barrenador.
Aquello parecía una encerrona: había que ser
prudentes. Pero los amigos del doctor le contestaban con risas. ¿Dejarse vencer
el Chiquito?... Y como prueba de su confianza, enseñaban de nuevo
los fajos de billetes. Más de cincuenta mil duros iban á apostar entre todos,
si es que los de Azpeitia tenían redaños para hacerles cara. Había que
correrles, echándoles el dinero á las narices; así aprenderían á no ir otra vez
con retos á los bilbaínos de las minas.
La partida, el domingo al amanecer, fué casi una
espedición triunfal. El Chiquito había salido el día antes con
varios de sus admiradores para estar bien descansado en el momento de la
apuesta. Los que llegaron después con el doctor eran los más respetables, y
llevaban con ellos el convoy de la expedición, enormes cestos de fiambres
encargados á los mejores restaurante de la villa, cajones de champagne, cajas
de cigarros. Ellos mismos, al repasar las vituallas alababan su previsión. Sólo
en Bilbao se sabía comer: lo demás era tierra de salvajes, país de pobreza
donde moría uno de hambre ó de asco, aunque fuese persona de las que tienen
cartera.
Los mineros ricos hicieron en Azpeitia una entrada
de invasores. Había comenzado ya la fiesta con las apuestas de bueyes, y una
muchedumbre de caseros y de gentes del pueblo se agolpaba y estrujaba en la
plaza y las calles inmediatas. Aquellos hombres de largas blusas y boinas
mugrientas, apoyados en fuertes garrotes, miraban con asombro, como si fuesen
de una raza distinta, á los arrogantes mineros, que se llamaban á gritos y se
abrían paso reclamando el auxilio del alguacil, única autoridad que guardaba el
orden del inmenso concurso, sin más arma que un mimbre blanco. La gente sobria
y humilde, habituada á los cultivos de escaso rendimiento de la montaña,
admiraba los ternos nuevos y lustrosos de los contratistas, sus boinas
flamantes, las gruesas cadenas de oro sobre el vientre y sus manos de antiguos
obreros con dedos gruesos de uñas chatas, abrumados por enormes sortijas.
Eran los forasteros, los ricachos que llegaban á la
fiesta llevando una verdadera fortuna en sus bolsillos. Para conocer su
importancia bastaba con fijarse en las miradas que lanzaban á las gentes y las
casas, con altivez de magnates que descienden á mezclarse en una diversión
campestre. ¿Y entre aquellas míseras gentes estaban los que habían osado
desafiarles?... ¡Pobres cuitados!
Precedidos por el alguacil, subieron algunos de
ellos á los balcones de la plaza, ocupados en su mayor parte por mujeres. Otros
tomaron sitio en primera línea, junto á la cuerda que marcaba un gran
rectángulo limpio de gente en medio de la plaza, como liza donde se verificaban
los juegos. Allí se hacían las apuestas de última hora entre los empujones de
la gente. Los caseros, apoyando sus manos en las espaldas que tenían delante,
se empinaban para ver mejor. De vez en cuando un empujón formidable; una avalancha
que amenazaba romper la cuerda. Pero bastaba que se levantase en alto el mimbre
alguacilesco ó que se movieran las boinas rojas de la pareja de migueletes
guipuzcoanos, para que al momento se iniciase un retroceso, quedando inmóvil el
gentío.
Aresti, desde un balcón, veía cuatro masas obscuras
de boinas, encuadrando el espacio libre, en el cual dos parejas de toros
arrastraban penosamente unas piedras más grandes que las muelas de un molino,
bloques enormes que al moverse dejaban detrás de ellos la tierra profundamente
aplastada.
La alegría de los ejercicios físicos, el
enardecimiento ruidoso de las fiestas de la tuerza, agitaba al gentío. Tiraban
los bueyes penosamente, como si fuese á estallar la testuz bajo el yugo,
esforzándose entre los gritos y los pinchazos de los conductores que los
azuzaban coreados por sus partidarios, y cada vez que una piedra, con nervioso
tirón, avanzaba algunos pasos, sonaba un clamoreo de los espectadores. Los
pechos se hinchaban con angustia, como si quisieran comunicar su fuerza á las
abrumadas bestias.
Era una diversión de raza primitiva, de pueblo en
la infancia que aún no ha llegado á la vida del pensamiento y admira la fuerza
como la más gloriosa manifestación del hombre. La dura necesidad de ganarse el
pan con el trabajo físico, hacía del vigor un culto, convertía en diversión los
alardes de resistencia de los más fuertes, admiraba como héroes á los grandes
partidores de leña ó á los expertos barrenadores, y para dar carácter de fiesta
á todos los esfuerzos del músculo en el diario trabajo, asociaba á sus juegos
al buey, manso y sufrido compañero de la miseria campestre.
El doctor, ante estos placeres rudos y violentos
del pueblo primitivo, recordaba las fiestas griegas, embellecidas al través de
los siglos por el encanto del arte. Aquellos juegos al aire libre, sencillos y
burdos, de una inmediata utilidad, recordaban involuntariamente los Juegos
Olímpicos.
—Sí; se parecen—pensaba Aresti.—Pero como se
asemejan el ave de corral y el águila, porque las dos se cubren de plumas.
Cansado del monótono espectáculo que ofrecían los
bueyes, tirando entre el clamoreo del gentío que no se fatigaba del largo
plantón, el doctor se distrajo examinando el aspecto de las casas y las
personas.
Veía Azpeitia por primera vez, aquel hermoso rincón
del territorio vasco, que sólo de lejos rozaba la vía férrea, y en el cual
parecían haberse refugiado el espíritu y las tradiciones de la raza. Aquella
tierra era la de San Ignacio. A pocos minutos, en el centro del valle, estaba
Loyola con su convento inmenso, cuya fealdad de caserón-palacio tentaba la
curiosidad del doctor. La sombra de la Residencia madre, de aquel edificio
semejante a un cuartel, en el que se reunían los comisionados del jesuitismo,
llegando de todos los puntos de la tierra, cuando había que elegir un nuevo
General de la Orden, parecía proyectar su sombra sobre el valle y las montañas,
formando los pobladores á su imagen.
Aresti veía en la muchedumbre muchas caras que le
recordaban la faz de San Ignacio. Aquellos rasgos duros, impasibles, de helada
firmeza, que se consideraban como signos característicos de una personalidad
famosa, resultaban comunes á toda una raza.
El médico se fijaba igualmente en las mujeres de
los balcones. Tenían las formas más pronunciadas que las hembras vizcaínas, con
algo de voluptuoso y mórbido que hacía recordar el título de «Andalucía vasca»,
que muchos daban á Guipúzcoa; pero en su mirada había una expresión varonil y
enérgica que hacía pensar en las fanáticas heroínas de la Vendée. El odio
al guiri, al español de pantalones rojos llegado de las más lejanas
provincias para expulsar al rey legítimo, pasaba como una herencia de
generación en generación. Todos los hombres de edad madura que ocupaban la
plaza habían vestido, seguramente, el capote de los tercios guipuzcoanos y se
acordaban del monarca de las montañas, con su gran barba negra y la boina
blanca sobre los ojos.
Eibar, con la muchedumbre obrera de sus fábricas de
armas, liberal y poco religiosa, estaba próxima, y, sin embargo, parecía al
otro extremo del mundo, como si los montes que separaban ambas poblaciones
fuesen infranqueables.
Las casas de Azpeitia ostentaban en todas las
puertas grandes placas del Corazón de Jesús. Era el único signo exterior de
religiosidad: ni alardes de fe ni entusiasmos provocadores. Eso quedaba para
los pueblos donde flaquea la devoción y la verdad divina tropieza con enemigos.
En todo el valle parecía sobrevivir el espíritu religioso, tranquilo y
confiado, de la Edad Media, la época que menos se preocupó de la fe, por lo
mismo que aún no habían levantado la cabeza la duda y la impiedad. Mostrarse el
espíritu de rebelión en una tierra que había pisado el bendito San Ignacio, era
tan absurdo, tan inconcebible, que sólo el suponerlo hubiera hecho reír a
aquella gente taciturna, orgullosa de haber dado al mundo un santo de fama
universal.
Pasado medio día, terminaron las pruebas de los
bueyes y se desparramó el gentío por la población. Lo más interesante de la
fiesta, las luchas de los aizkoralaris ó partidores de leña y
la apuesta de los barrenadores, quedaba para la tarde.
Aresti y sus amigos comieron en el casino del
pueblo, alarmando á los del país con los taponazos del champagne y la
exhibición de las carteras repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas
con afectado desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atraídas
por la fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti había salido a la calle
huyendo de la atmósfera posada del casino, cargada de gritos y nubes de tabaco.
Veía llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas por familias
mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta, guiándola con su larga
vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con la chaqueta y la boina al
extremo del garrote que llevaban al hombre como un fusil.
Cerca de la plaza, vió el médico que la gente se
detenía ante una taberna, formando compacto grupo y mirando á lo alto. En un
balcón cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina parecía tocar el
alero. En la calle se había hecho espontáneamente un gran silencio, y el viejo,
inmóvil y grave, seguía su canturria con cierta seriedad sacerdotal. Cuando
terminó su última estrofa en vascuence, con una entonación aguda, todo el
concurso prorrumpió en risotadas, que contrastaban con la gravedad del cantor.
Pero aún no se había extinguido la carcajada del público, cuando sonó una nueva
voz más aguda y estridente desde el balcón de otra taberna, y Aresti vió á un
jayán que cantaba como si contestase al viejo, mientras éste le escuchaba sin
pestañear, preparando mentalmente la contrarréplica.
El doctor conocía á aquellas gentes. Eran los versolaris,
los trovadores éuscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poesía
florecía en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos
campesinos que no sabían leer, pero que mostraban cierto ingenio y una gran
facilidad de improvisación. Sus versos sólo tenían de tales las rimas, con una
completa ausencia de sentimiento poético. Lo que la muchedumbre admiraba en
ellos era el ingenio satírico, lo grotesco del chiste y, sobre todo, la
facilidad en la respuesta. En estas batallas de viva voz, un versolari iniciaba
el tema, seguro de que al momento surgiría la contestación de sus rivales; y
así, prolongándose el razonamiento de unos á otros, agarrando cada cual el hilo
de la interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hacían pasar al
público embobado horas enteras. Estos vagabundos se mantenían de sus versos, y
en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de fiera miseria y
alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las grandes ciudades.
Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo niño
que reía las gracias de los versolaris y admiraba sus chistes
inocentes, incapaces de producir la más leve impresión en un hombre de la
ciudad. En esta sana alegría encontraba el médico la gravedad del hombre del
campo, su alma sobria á la que basta la más insignificante broma para alegrarse.
Eran espíritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento
divertíanse con cualquier cosa. Sabían que los versolaris eran
graciosos por tradición y esto bastaba para que todos rieran aun antes de
comprender sus palabras.
El doctor observaba una vez más el carácter de la
poesía entre los hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre
de los versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la
tristeza de la partida y la alegría del retorno, celos y desesperación, ó se
ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la belleza de los
campos, ó la majestuosa serenidad que desciende del cielo. Viviendo en la
eterna monotonía de las bellezas naturales, no ven en ellas nada de extraordinario,
sintiendo con más intensidad los sucesos que tocan de cerca á sus personas. Tal
vez son ciegos para la hermosura de la tierra, condenados á luchar con ella
eternamente, á vencerla y violarla para sacar de sus entrañas el sustento.
Más de una hora llevaban los versolaris lanzándose
razonamientos de balcón á balcón. Ahora eran cuatro los contendientes y la
muchedumbre volvía sus cabezas á un lado ó á otro, según el sitio de donde
partía la voz. Todos los trovadores recibían como popular homenaje las
carcajadas del público, pero el que parecía triunfar era un viejo desdentado y
de cara maliciosa, sacristán de una anteiglesia de Vizcaya que tenía gran
renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando algún admirador
salía al balcón ofreciendo el jarro á su poeta, y éste, después de largo trago,
acometía con nueva fuerza sus canturrias.
A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba
en la sombra, corrió á ella la gente, oyendo el silbido del chistu,
que hacía locas escalas, acompañado por el monótono baqueteo del tamboril.
Los versolaris se ocultaron. Iba á comenzar la parte más
interesante de la fiesta.
Los mineros bilbaínos, rojos y sudorosos en su
digestión de ogros, fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon
los mejores sitios desafiando á todos con sus retos. ¡A ver! ¿quién quería
apostar? No había que tener miedo por cantidad más ó menos: había
cartera de sobra para todos. Y exhibían ante la mirada atónita de los
caseros, habituados á la vida sobria y humilde de la montaña, aquellas riquezas
en fajos de papel mugriento. Los más acomodados del país se acercaban á ellos,
aceptando sus apuestas con una sonrisa que parecía implorar perdón.
La fiesta comenzó por la lucha de los aizkoralaris.
Habían colocado en el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por
palos hincados en la tierra, para que no rodasen. Sonó de nuevo el chistu y
el dambolin, y salieron los partidores de leña, llevando al hombro
sus hachas relucientes. Arrojaron á un lado las boinas y alpargatas, y
subiéndose sobre los troncos, comenzaron su trabajo.
Un rugido que equivalía á un aplauso, acogió sus
primeros golpes. Los mineros aplaudieron con las manos, como si estuvieran en
las corridas de toros de Bilbao. Protegían con su benevolencia á aquellos
partidores de leña, como gente humilde que en nada podía interesarles. En las
minas de Bilbao no se partían troncos: podía, pues, concederse algún mérito
como leñadores á aquellos rústicos.
Las hachas subían y bajaban, abriendo profundo
surco, en las muescas marcadas en los troncos. Volaban las astillas y cada vez
que sonaba un golpe más fuerte, más certero, extendíase por la plaza un rumor
de aprobación. El inmenso público adivinaba la marcha de los cortes sin
necesidad de verlos. Habituados todos á hacer leña en el monte, conocían los
diversos ruidos de las hachas como si éstas hablasen. Sabían, por el crujido de
la madera, lo que faltaba á cada tronco para partirse. Alguno de los aizkoralaris iba
delante de los otros; les avanzaba por momentos; su corte se aproximaba
rápidamente al fin: hasta que de pronto, un crujido especial, que no podía
confundirse, hizo estremecer el gentío hasta los últimos límites de la plaza.
Acababa de partirse un tronco. Y todos rugieron de entusiasmo, empinándose
sobre la punta de los pies, queriendo pasar sobre los hombros del vecino, para
saber quién era el vencedor.
Salieron los leñadores con el hacha al hombro,
saltando la cuerda, confundiéndose con el gentío que comentaba los incidentes
de la lucha, y otra vez sonó el pito y el tamboril, mientras las yuntas de
bueyes arrastraban al centro de la plaza dos enormes piedras. Llegaba el
momento emocionante, la hora del suceso que había atraído á Azpeitia tanta
gente. Iba á comenzar la lucha de los barrenadores.
La muchedumbre callaba como los grandes públicos de
las plazas de toros, cuando se aproxima la suerte decisiva. El tamborilero
hacía sonar sus instrumentos como en un valle desierto. La gran masa hizo un
paso adelante, y casi rompió la cuerda, cuando los dos barrenadores salieron al
espacio libre.
Todos querían ver á los contendientes y se
empujaban, ansiando pasar su mirada por encima de los hombros que tenían
delante.
El barrenador guipuzcoano era un mocetón mofletudo,
de ojos abobados, ruboroso y con cierto miedo, al verse objeto de todas las
miradas. El Chiquito de Ciérvana se pavoneaba con la palanca
al hombro, presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari célebre
en la cancha, mirando á las mujeres que ocupaban los balcones.
—¡Olé, mi niño!—gritaban los mineros. ¡Ené
el Chiquito!... Ahora se va á ver lo bueno de las minas. ¡Aquí hay
cartera para él!
Y mezclando los gritos del país con los que habían
aprendido en las plazas de toros, arrojaban más allá de la cuerda sus boinas y
sus carteras, pero llamando en seguida á los chicuelos para que las recogiesen.
El Chiquito sonreía bajo la ovación tumultuosa de sus
protectores, viendo al mismo tiempo una señal de su triunfo en el gesto
taciturno y miedoso de su contrincante y en la ansiedad silenciosa de todos los
del país, que apostaban por el guipuzcoano. Los dos se despojaron de boinas y
alpargatas y con los pies desnudos subieron sobre las piedras, en las cuales
estaban marcados los redondeles que debían perforar. El trabajo duraría dos
horas: el que antes lo terminase ó llegase más adelante sería el vencedor.
Colocáronse ambos barrenadores, cada uno sobre su
piedra, con las piernas juntas y los talones tocándose. Entre los pies desnudos
que formaban un ángulo, subía y bajaba la barra de acero abriendo el orificio.
La más leve desviación, podía herirles, destrozarles un pie, con aquel hierro
movido por hercúlea fuerza. Pero no había que temer: sus brazos mostraban la
regularidad de una máquina.
Cada uno de los contendientes iba escoltado por una
pareja de amigos. Eran los padrinos que les asistían en la lucha. Se inclinaban
y levantaban al mismo tiempo que ellos, doblándose al compás de los movimientos
del perforador, sirviendo de péndulo que regulaba el vaivén del trabajo. Al
mismo tiempo, excitaban al compañero con sus gritos: rugían ¡haup!
¡haup! al doblarse por la cintura, señalando cada golpe con esta
exclamación. Los padrinos, con los brazos inactivos, pero con los pulmones
cruelmente dilatados por la angustia, se cansaban más aún que el barrenador.
Los dos esperaban con las barras levantadas por
encima de la cabeza. Dieron la señal los directores de la apuesta y en la plaza
estalló una aclamación semejante á la que acoge la partida de los caballos en
una carrera. Después se hizo el silencio. Sonaban los golpes del acero y
el ¡haup! ¡haup! de los acompañantes con una regularidad
mecánica, interrumpidos algunas veces por el ¡brrr! de los
barrenadores, que al respirar jadeantes, parecían escupir su cólera sobre la
piedra enemiga.
Aresti sintió deseos de reír, viendo cómo se
doblaban aquellos monigotes humanos que seguían con sus cuerpos el esfuerzo de
los contendientes, fatigándose en un trabajo inútil, para transmitirles su
energía.
Transcurrieron algunos minutos. El Chiquito trabajaba
más aprisa que su rival. Subía y bajaba la palanca con tanta rapidez que apenas
se la veía. Su cuerpo era una mancha indecisa y borrosa por el continuo
movimiento; sus acompañantes no podían seguirle. Detúvose un instante y cambió
de sitio, continuando su trabajo. Los mineros adivinaron que pasaba á la
segunda perforación, dando por terminado el primer agujero. ¡Y su contrincante
aún estaba en el mismo sitio!...
—¡Olé, Chiquito!—gritaron agitando sus
manos cargadas de pedrería.—¡Haup!... ¡haup!
Y en discordante coro juntaban sus voces á las de
los dos vizcaínos que servían de auxiliares á su barrenador.
La lucha se desarrollaba con la lenta y aplastante
monotonía de todos los espectáculos de fuerza. Aresti, interesado por el final
del combate, entretenía el aburrimiento de la espera comparando á los dos
contendientes. Eran el arranque impetuoso y la destreza inteligente del nervio,
luchando con la calma tenaz y la serena fuerza del músculo. El hombre-caballo
frente al hombre-buey. El Chiquito de Ciérvana, vehemente en su
trabajo, dejaba atrás al enemigo con sólo el primer arranque: el otro seguía su
marcha sin darse cuenta de lo que le rodeaba, sin apresuramientos ni desmayos,
como si no escuchase á los que mugían junto á su oído ¡haup! ¡haup! Él
era quien reglamentaba los movimientos de sus padrinos, sin apresurarse ni
dejarse arrastrar por ellos como lo hacía su contrincante.
En cambio, el Chiquito deteníase
algunas veces, lanzaba en torno una mirada satisfecha, se escupía en las manos,
y agarrando de nuevo el perforador continuaba el trabajo. Su burdo contendiente
aún no se había detenido una sola vez: golpeaba la piedra, con la cabeza baja,
mostrando la pasividad resignada del buey que abre un surco sin fin.
Pasó una hora sin que ningún incidente alterase la
marcha de la lucha. El guipuzcoano abría sus perforaciones, pasando de una á
otra sin levantar la vista. El Chiquito le llevaba aún un
agujero de ventaja como al principio del combate. Los mineros de Bilbao
continuaban en su alegría insultante. ¡Aún admitían apuestas! Ofrecían un duro
por cada peseta que quisieran arriesgar en favor de aquel cuitado. Y no ocultaban
su asombro cuando veían aceptadas sus proposiciones por las gentes del país.
¡Qué zonzos! ¡Y cómo iban á perder el dinero!...
La segunda hora de la lucha se desarrolló en
silencio. La gente parecía anonadada por la monotonía del espectáculo. La
espera interminable embotaba los sentidos, dificultando toda emoción. Por esto
no hubo gritos de triunfo ni exclamaciones de protesta, cuando comenzó á
iniciarse la ventaja del barrenador lento é incansable, sobre el Chiquito que
hacía temblar la piedra bajo el rayo de su palanca.
Aresti presentía este suceso desde mucho antes.
El Chiquito se detenía á descansar jadeante: ya no lanzaba
ojeadas en derredor con expresión de triunfo, sino con la opacidad de la
angustia. Habíanse sucedido al lado de él varias parejas de padrinos, fatigados
de seguirle en el relampagueo de su trabajo; pero los que ahora le acompañaban
tenían que gritar ¡haup, haup, haup! con más lentitud,
esforzándose en vano por animarle y enardecerle, tirando de él con la palabra
como si fuese una bestia cansada y vacilante que se encabritase bajo el látigo,
sin poder salir de su paso.
El médico sentía angustia examinando á los dos
contendientes, con la cara pálida, sudorosos, las piernas inmóviles y como
petrificadas, el busto en incesante vaivén, los brazos hinchados por el
esfuerzo; y recordaba á otros que habían caído en aquellas apuestas brutales,
muertos como por un rayo, heridos en el corazón por el exceso de actividad.
Los mineros miraban al barrenador rústico, y
después cambiaban entre sí ojeadas de asombro. ¡Pero, aquel animal, no
descansaba nunca! Palidecían como si de golpe se alterase su digestión,
poniéndose de pie dentro de su estómago, todas las buenas cosas traídas de
Bilbao y rociadas con Cordón Rouge. Presentían la posibilidad de la
derrota: parecían olerla en el silencio que pesaba sobre la plaza, en la misma
gravedad de sus enemigos.
Algunos más enérgicos se revolvían contra la
posibilidad del fracaso. ¡Venir de tan lejos, para que se burlasen de ellos
unos pobretones!... Renacía su avaricia de antiguos miserables, que turbaba
muchas veces con detalles de ruindad sus alardes de ostentación. Habían
apostado más de ochenta mil duros, ¿é iban á dejarlos entre las uñas llenas de
tierra de aquella gente? ¡Cristo! ¡Cómo se reirían de los mineros!...
Los más furiosos saltaron la cuerda, y haciendo
retirarse á los acompañantes del Chiquito, se colocaban á ambos
lados quitándose las chaquetas y las boinas. Se doblaban en incesante vaivén, á
pesar de su corpulencia; mugían ¡haup, haup! con toda la
fuerza de sus pulmones, como si con sus gritos pudieran hacer entrar más
adentro la palanca del barrenador.
El Chiquito cobraba nuevas fuerzas
al ver junto á él á sus protectores, y partía en una carrera loca de furiosos
golpes, espoleado por nerviosa energía: pero el cansancio de los músculos
tornaba á imponerse, y el acero sonaba quejumbroso en la piedra, sin avanzar
gran cosa.
—¡Arrea, ladrón!—mugían sus ricos
padrinos—¡Fuerza... porrones! ¡Me caso con tu madre!...
Y de este modo iban intercalando en el
continuo ¡haup, haup! toda clase de interjecciones
amenazantes, de monstruosos juramentos que hacían encabritarse al barrenador
como si recibiese un latigazo, para caer de nuevo en el desaliento.
Faltaban pocos minutos para terminarla apuesta.
El Chiquito estaba en la mitad de un agujero y aún le faltaba
abrir otro. Su contendiente había comenzado el último sin apresurarse y sin
descansar, lanzando en torno una mirada triste de buey fatigado que contempla
el horizonte con el deseo de que se oculte pronto el sol, para volver al
establo.
Los mineros ansiaban una catástrofe, un temblor del
suelo, algo que les permitiese huir de allí, sin encontrarse con los ojos de
aquellas gentes. El silencio con que acogían su victoria molestábales más aún
que los gritos irónicos de algunos forasteros, que parodiaban la fanfarronería
de los bilbaínos, ofreciendo un duro por un real, en favor del guipuzcoano.
Terminó la lucha sin la explosión de entusiasmo que
esperaba Aresti. El gentío se abalanzó sobre el vencedor que miraba en torno de
él con ojos de idiota y se dejaba arrastrar inerte y sin fuerzas hacia una
taberna próxima.
Buscó el doctor á sus compañeros y no vió á
ninguno. Habían desaparecido como evaporados por la derrota. Fuése en busca de
ellos y encontró á muchos en la puerta del casino subiendo á los coches, con el
deseo de huir de allí cuanto antes, como si el suelo les quemase las plantas.
En el desorden de la fuga parecían marchar á tientas, sin fijarse en él.
Dentro del casino encontró al Chiquito tendido
en una banqueta, envuelto en una manta, sudoroso y pálido, con el aspecto de un
niño poseído de terror. Frente á él, aún lanzaban sus últimas maldiciones
algunos de las minas.
—¿Qué dice usted de esto, doctor?—preguntaron á
Aresti con desesperación.
Y el médico sonrió, levantando los hombros. Era de
esperar: habían civilizado demasiado á su ídolo: lo habían hecho conocer el
champagne, le habían arrancado de su barbarie primitiva y al encontrarse con
otro de su clase, recién salido de la cantera, forzosamente había de ser el
vencido.
Todos ellos sentían la necesidad de insultarlo
antes de irse. De buena gana hubieran golpeado aquel paquete inerte que
sollozaba encogido en la banqueta. Le echaban en cara el vino y los manjares
con que le habían atiborrado á todas horas.
—¿Oyes, ladrón, lo que dice el doctor? Tu afición
al champagne. Estarías borracho y por eso nos has hecho perder, cochino.
Ochenta mil duros, ¿te enteras, sinvergüenza? Más de ochenta mil duros hemos
perdido por tu culpa.... Por allá no vuelvas: te mataremos á patadas si
apareces en las minas.
Cada cual se alejaba, después de desahogar su
cólera, con la precipitación loca de la fuga, sin preocuparse de los
compañeros, sin acordarse de invitar al doctor, con el egoísmo de la derrota
que borra toda amistad.
El infeliz barrenador, al verse solo con Aresti
rompió á llorar.
—¡Don Luis! ¡Don Luis!...
Y su voz tenía el mismo acento de súplica infantil
que los lamentos de los mineros cuando veían aproximarse el doctor á las camas
del hospital.
Todo lo había perdido en un instante. ¡Adiós
comilonas y agasajos, el trato con los ricos, todo lo que le hacía ser mirado
con envidia por sus antiguos compañeros cuando se dignaba subir á las canteras
acompañando á los contratistas! Era un héroe, un ídolo y volvía de pronto á ser
un trabajador.... Menos aún, pues no encontraría un puesto en las minas. Si
volvía allá serían capaces de matarlo: le aterraban como un remordimiento las
grandes cantidades que había hecho perder á los señores.
—Me iré—gemía.—¡Cómo se burlarán ahora de mí!... Me
embarcaré en el primer barco que salga para América.
Un grupo de gente del pueblo le interrumpió. Venían
para llevarse al Chiquito: querían agasajarlo con la generosidad
que da la victoria. No debía entristecerse: ya habían visto todos que era un
gran barrenador. Otra vez ganaría él. Además, la cuestión había sido con
aquellos señores tan fanfarrones: él no era más que un mandado. Su
contrincante le esperaba en la taberna, para beber juntos como buenos
camaradas.
Y se lo llevaron, rodeándolo respetuosamente, como
un testimonio de su gloria, con los mismos honores que una bandera cogida al
enemigo.
Aresti volvió á la plaza. Comenzaba á obscurecer;
la gente se había esparcido por las calles inmediatas, agolpándose á las
puertas de las tabernas. Los versolaris, cada vez más ebrios,
espoleados por el gran suceso, improvisaban á rienda suelta, cantando el
triunfo de los de la tierra, con alusiones á los ricos de las minas, que
provocaban el regocijo de los aldeanos.
Iban alejándose en sus carreras las familias de los
caseros. Los grupos de campesinos bebían el último trago con los del pueblo,
antes de emprender la marcha, deseosos de relatar los incidentes de la famosa
lucha durante la velada en la casería.
En la plaza sonaban el pito y el tamboril con
cadencias de baile. Se había reunido toda la gente joven para celebrar la
victoria con un aurresku, la gran danza vasca que tenía algo de
rito primitivo. Un ágil bailarín que era el conductor del aurresku lo
iniciaba con el paso solemne de la invitación. Echaba la boina en tierra, y
después de pedir la venia al alcalde que presidía el acto, se dirigía con una
serie de minuciosos trenzados y saltos de extraordinaria agilidad, á invitar en
el corro á la mujer que deseaba elegir como reina del baile. No había ejemplo
de que ninguna hembra vasca, por alta que fuese su posición social, se negase á
este honor. Aresti había visto á señoras de la rancia nobleza admitiendo
el aurresku con campesinos y marineros. Era una danza
ceremoniosa y parca en los contactos; el hombre y la mujer apenas si en las
diversas figuras se tocaban las puntas de los dedos. Ella no hacía más que
completar el cuadro, mientras él, al son de las interminables escalas del pito,
parecía hablar con los pies, con la mímica guerrera de los pueblos primitivos,
con saltos prodigiosos y alardes inauditos de agilidad gimnástica, que
recordaban á Aresti las danzas de ciertas tribus vistas por él en el Jardín de
Aclimatación de París.
El público elogiaba la soltura del bailador de
Azpeitia. Un viejo casero hablaba á sus amigos en vascuence á espaldas del
doctor. Aquel aurresku no le llamaba la atención; él los había
visto danzados por reyes en los buenos tiempos de la guerra. Y recordaba
cierto aurresku bailado por don Carlos en Durango, en un
convento de monjas, sin pecado para nadie, por ser la danza vascongada la más
honesta del mundo.
Aresti, al cerrar la noche, buscó refugio en un
fondín que servía de alojamiento á muchos que iban al santuario de Loyola. Él
sentía también el deseo de visitar en la mañana siguiente aquel convento, como
una curiosidad que le resarciría de su viaje. Después estaba seguro de
encontrar en el tren de Bilbao á muchos de sus compañeros que habrían ido á
pernoctar en Azcoitia, en Eibar y en otros pueblos, huyendo del lugar de la
derrota.
El doctor pasó la noche en un cuarto de paredes
enjalbegadas cubiertas de estampas de santos, y con un crucifijo sobre la cama.
La hospedería era como una antesala del convento.
A las seis de la mañana salió del pueblo, siguiendo
el camino recto que atravesaba con geométrica rigidez el valle de Loyola. Había
caído durante la noche una suave lluvia de verano, refrescando los campos y
limpiando de polvo los caminos. Las altas montañas estaban encaperuzadas de
niebla, dejando ver en sus pendientes, por entre los rasguños del vapor, la
nota blanca de los caseríos y las manchas cobrizas de los robledales. Los
rebaños se esparcían por las faldas marcándose sobre el verde fondo, como enormes
piedras blancas, las ovejas de gruesos vellones. A lo lejos, sonaba el chirrido
de invisibles carretas.
Aresti llegó al monasterio á las siete. Su aspecto
monumental y aparatoso, su fealdad solemne, contrastaban con la soledad y el
silencio de los campos. Los gorriones perseguíanse en la doble escalinata de la
iglesia, y revolando de ciprés en ciprés, iban á posarse sobre la estatua de
mármol de San Ignacio. A ambos lados de la avenida que da acceso al monasterio,
dos paseos cubiertos de plantas trepadoras, dos túneles de hojarasca, ofrecían
su fresca sombra de tonos verdosos.
El doctor contempló con cierta admiración el
edificio enorme y aplastante. No podía negársele carácter propio. Los jesuítas
tenían un arte suyo; el de la ostentación y la carencia de gusto. No había obra
arquitectónica de su propiedad que no la marcasen con su sello, como si
quisieran ser conocidos de lejos.
La fachada de la iglesia, que ocupaba el centro del
monasterio, era toda de piedra. Las columnas sostenían un frontón adornado con
un escudo de armas gigantesco. La balaustrada se coronaba con enormes pináculos
rematados por esferas. Detrás escalaba el espacio la cúpula del templo, de un
gris de globo hinchado, rematada igualmente por pináculos y bolas, lo que la
daba cierto aspecto de pagoda chinesca.
A ambos lados de la iglesia, extendíanse las dos
alas del monasterio, de rojo ladrillo, con triple fila de ventanas: dos cuerpos
de edificación, enormes, sin ningún signo religioso. El monasterio, desprovisto
de la cúpula, hubiese parecido un cuartel del siglo XVIII.
A un lado extendía su corriente el río Urola,
pasando bajo un puente metálico: al otro se alzaba una gran casa con
soportales, de aspecto lujoso, en la que estaba el hotel para los ricos que
llegaban á hacer ejercicios espirituales y no podían pernoctar en el
monasterio.
Aresti entró en la iglesia: una rotonda de clara
luz, cubierta de mármoles de vivos colores.¡Ah, el templo risueño y bonito! Los
altares eran hermosos, como los platos montados de un banquete. Mármoles de
color de caramelo, de color de miel, de suave fresa, de un verde de fruta
escarchada, de una blancura tierna de merengue. Sentíase el deseo de morder
aquella piedra, pulida como un espejo, que daba á los ojos una sensación de
dulzura. Las imágenes eran sonrientes, charoladas y bonitas, como si hubiesen
salido de un escaparate de confitería. Los segmentos de la cúpula estaban
ocupados por grandes escudos de las naciones donde la Orden ignaciana había
adquirido más arraigo; las provincias de la Compañía, como
ella las llamaba en su ensueño de dominación universal.
El doctor abandonó la iglesia después de haber
distraído con su presencia á algunas señoras vestidas de negro, que rezaban
arrodilladas ante el altar mayor. Debían ser huéspedas del hotel, devotas de
distinción, venidas de muy lejos, para hacer los ejercicios en la casa del
santo.
En el atrio, un mendigo se le aproximó, con esa
solicitud de todos los parásitos que viven á la sombra de un monumento
frecuentado por viajeros. De una barraca, situada junto á la escalinata, en la
que se vendían fotografías y objetos piadosos, salieron corriendo dos chicuelas
para ofrecerse igualmente. ¿El señor deseaba ver la casa de San Ignacio?...
Se indignó el mendigo ante esta concurrencia.
¡Largo de allí! ¿No tenían bastante con lo que robaban, vendiendo retratos y
rosarios?... Y él fué quien guió al médico, por un ancho corredor que conducía
á un patio descubierto. Allí estaba la portería. Tiró de una cadena, sonó una
campana oculta, se abrió un ventanillio, y el mendigo, después de hablar por
él, se dispuso a retirarse, extendiendo la mano para recoger unas cuantas
piezas de cobre.
—Ahora mismo saldrá el hermano.
Pasó el doctor mucho tiempo en el patio, cuyas
baldosas conservaban el agua de la lluvia nocturna. Todo un lado lo ocupaba la
fachada de la antigua casa de San Ignacio. Al agrandarse el monasterio, había
abarcado en sus nuevas construcciones al viejo castillete de Loyola, dejándolo
dentro de su recinto, pegado á la nueva edificación.
La pequeña casa, que aún parecía más mezquina al
ser tragada por el monasterio, resultaba lo más hermoso de toda aquella balumba
de albañilería pretenciosa. Era un castillete de dos cuerpos, que revelaba el
período de transición del siglo XV: la diversidad de gustos superpuestos de
aquella España católica que aún tenía moros en su territorio. El cuerpo
inferior, el más grande y fuerte, era de grandes bloques de pedernal labrado,
con pocas ventanas, y éstas pequeñas y profundas como saeteras: una verdadera muralla
para vivir á cubierto de sorpresas y asedios. El cuerpo superior era ligero,
construido con ladrillos rojos, marcándose sus dos pisos con dos fajas de
dibujo árabe, y en los cuatro ángulos cuatro torrecillas delgadas, cuatro
minaretes, que daban al remate el aspecto de una alegre corona. Abajo estaban
la sombría alarma, el perpetuo miedo á los bandos que desgarraban el país
vasco, los ventanucos para dar paso al arcabuz; arriba la elegancia, copiada de
los árabes; la alegría en la construcción, de un pueblo artista; las ventanas
graciosas como ajimeces moriscos, para soñar en ellas á la caída de la tarde,
después de haber leído un libro de caballerías.
Aresti creyó encontrar en este edificio algo de la
dualidad de carácter del caballero Íñigo de Loyola en los tiempos de su
juventud. Al cristalizarse sus aspiraciones, al tomar su voluntad forma
definitiva, el alegre coronamiento, el castillete morisco se había convertido
en humo, se había derrumbado, quedando únicamente en pie la base pétrea,
sombría, con su tono lúgubre de cárcel y fortaleza al mismo tiempo.
Se abrió la portería y salió el hermano.
—¡Santos y buenos días!—dijo con voz melosa,
inclinando la cabeza al mismo tiempo que levantaba los ojos para apreciar de
una rápida mirada al visitante.
Era un joven que llamaba la atención por la
delgadez del cuello que hacía más enorme su cráneo, y por la forma de sus
orejas abiertas como abanicos, como si quisieran despegarse. Detrás de ellas la
piel florecía con un sinnúmero de costras y escoriaciones, unas secas ya, otras
rezumando, con una frescura que atraía á las moscas.
Era el hermano encargado de enseñar la casa del
santo. Por debajo de las sotanas asomaban unas zapatillas de paño, con las que
andaba sin el menor ruido: un calzado de espionaje que le permitía, como á los
demás servidores del monasterio, deslizarse por los claustros silenciosos sin
turbar el aislamiento de los Padres.
Atravesó el patio hablando á Aresti de las suelas
de su calzado, que eran de paño y se mojaban en los charcos de la lluvia. Una
mortificación más. ¡Todo sea por Dios!... Y entraron en el castillete,
convertido interiormente en capilla. Allí hacían las señoras sus ejercicios no
pudiendo entrar en el monasterio.
Subieron la escalera, adornada con imágenes en cada
rellano, y entraron en la antigua cámara, transformada en capilla. Lo primero
que llamaba la atención del visitante era la escasa elevación del techo. Podía
tocarse con la mano, parecía que iba á aplastar con la pesadez de su grueso
artesonado, todo cubierto de oro, con florones en sus profundos
encuadramientos.
El hermano explicaba con cierto orgullo el origen
de los cuadros y las telas que adornaban las paredes. Eran regalos de princesas
y reinas: testimonios de agradecimiento, de las altas conciencias sometidas á
la Compañía. En el fondo estaba el altar, y en su parte baja, detrás de un
vidrio, admiraban los devotos un verdadero interior de museo de figuras de
cera. San Ignacio tendido en una colchoneta leía un libro, vestido con
gregüescos y capotillo de vueltas de velludo como un galán del teatro clásico. Una
batería oculta de luces eléctricas iluminaba esta exhibición de feria.
El hermano no podía ocultar su admiración cada vez
que explicaba el significado de esta parte del altar, no obstante los años que
llevaba enseñándola á los forasteros. Aquella figura de cera era de don Íñigo
de Loyola, cuando aún no pensaba en ser San Ignacio ni en fundar la Orden. Le
representaba herido, con la pierna atravesada de un arcabuzazo en el sitio de
Pamplona y leyendo la historia de la Virgen, que fué el punto de partida de su
conversión.
Con voz de cicerone convencido, el
hermano explicaba á Aresti la historia del santo.
—Dios le llamó á su gracia cuando estaba
convaleciente, y se olvidó de todo, á pesar de que era un caballero muy galán y
mundano Porque nuestro santo padre San Ignacio era militar, ¿sabe usted?...
militar.
Y esta palabra tomaba en boca del lego un tono de
admiración y respeto. El pobre hombre, canijo y encogido, adoraba la fuerza, la
arrogancia, los uniformes vistosos, y al recordar que el iniciador de la Orden
había sido soldado, sonreía con cierta malicia, como si pensase en los devaneos
y buenas fortunas de los hombres de guerra, de las cuales alguna habría tocado
al santo, cuando aún no pensaba en serlo. Le llenaba de orgullo la nobleza y el
carácter caballeresco de la juventud del fundador, pensando en las otras
Ordenes, que no tenían entre sus iniciadores más que eremitas miserables,
santos piojosos, salidos de las últimas capas sociales.
Mientras hablaba el hermano, el doctor, mirando el
monigote de cera, tendido en la colchoneta, pensaba en el hombre sombrío, en el
vasco de carácter complicado, que llenó el mundo con su nombre, siendo cada
período de su vida una contradicción violenta. Primero, el soldado presuntuoso
y elegante, martirizando y amputando su cuerpo por parecer bello, y perder la
rudeza propia de su país. Después, al convencerse de que en la vida mundana sus
triunfos han terminado, el fanatismo de la raza que surge con toda la fuerza de
una voluntad poderosa.... Entonces le trastorna la locura de la santidad: es
humilde y fiero al mismo tiempo, se convierte en matón de la Virgen, queriendo
dar de puñaladas á un morisco que blasfema de ella, y poco después se deja
apedrear por los chicuelos de Salamanca, que le toman por un demente, viendo
sus piadosas extravagancias, remedo de las de San Francisco de Asís. Pero la
dulzura poética del solitario de la Umbría, su santidad soñadora, no cabe en el
carácter positivo y práctico de un vasco. Ya que se dedica á Dios, ha de ser
con un objeto terrenal e inmediato. Bueno es ser santo, pero debe servir para
algo que se vea y se toque. Los instintos de hombre de pelea renacen en él. Ve
que la Iglesia combatida por la protesta luterana necesita un fuerte auxilio, y
lleva á la religión la disciplina del campamento, fundando, no una Orden, sino
una Compañía, organizando un ejército negro que ofrece á los Papas, formando
los soldados en el molde de su férrea voluntad, sin afectos de familia, sin pensamiento
propio, con la rigidez de los autómatas, con esa insensibilidad que hace
invencible. El asceta se convierte en caudillo y en esta tercera parte de su
vida, el vagabundo apedreado por la chiquillería, toma aires de vice-papa, se
hace llamar general por los suyos, reside en Roma entre los príncipes,
interviniendo en las complicadas intrigas europeas, y muere satisfecho de su
poder y de haber salvado momentáneamente al catolicismo conservándole los
pueblos latinos.
Aresti admiraba á Íñigo de Loyola como un ejemplar
acabado de su raza, incapaz de ilusionarse por largo tiempo en cosas
inmateriales, sacando instintivamente el poder y la riqueza de la santidad
ascética, por la que habían pasado tantos otros con el cuerpo atormentado por
la penitencia, comidos de parásitos, sin otra fortuna que la soga ceñida á los
riñones.
Había sido un admirable comerciante de la religión:
un talento práctico surgido á tiempo para salvar la tienda de Roma amenazada de
quiebra, ordenando sus negocios, dándoles nuevo rumbo y fundando su Compañía,
aquel disciplinado cuerpo de comisionistas del catolicismo que viajaban por
toda la tierra, explotando las pasiones y las debilidades humanas, para la
mayor gloria de su Dios.
El hermano sacó al médico de su ensimismamiento,
enseñándole la parte superior del altar. En un relicario de oro estaba el
corazón del santo. Era lo único que allí conservaban del fundador. El cuerpo,
como sabía todo el mundo, estaba depositado en el Jesu de
Roma.
—Sí: lo conozco. Lo he visto—dijo Aresti.
Sin saber por qué, sintió la necesidad de
deslumbrar con un embuste al simple lego, el cual parecía convencido de que la
humanidad entera se interesaba por las cosas de la Orden, sin que ni un solo
hombre ignorase dónde estaba el cuerpo de San Ignacio.
—¡Ah! ¡El señor ha estado en Roma!—exclamó el
hermano mirándolo con cierta admiración, como si de repente creciese ante sus
ojos.
—Sí—dijo Aresti sintiendo de nuevo la necesidad de
mentir, para que le admirase aquel pobre hombre.—Estuve cuando la última
peregrinación.
El hermano modificó sus palabras y gestos. Ya no
era Aresti para él uno de tantos viajeros de los que llegaban atraídos por la
curiosidad; muchos de ellos, extranjeros herejes, procedentes de países que
despreciaban á la Compañía. Era uno de la familia, casi podía considerarse como
de la casa; y el hermano mostró empeño en enseñárselo todo minuciosamente,
desbordándose en palabras, con la locuacidad del que pasa mucho tiempo
condenado al silencio.
Se detuvo en una puertecita inmediata al altar,
inclinándose para ceder el paso á aquel señor tan simpático. Era una pequeña
habitación, sin otro adorno que un retablo.
—Aquí estaba enfermo nuestro santo fundador,—dijo
con voz meliflua—y aquí fué su conversión. Pidió á la familia un libro de
caballerías para entretenerse, pero como Dios tenía puestos sus ojos en él,
hizo que nadie encontrase libros de tal clase y eso que abundaban en la casa.
Entonces leyó una historia de la Virgen é inmediatamente sintióse tocado por la
gracia y decidió dedicarse á la vida santa, renunciando al mundo.
Después, el lego buscó en la pared, señalando una
grieta que la cruzaba.
—Mire usted esto, caballero. Por fuera aún se ve
mejor; llega hasta el suelo partiendo las piedras del muro.... Esta grieta la
hizo el diablo. En el mismo momento que el santo decidió dedicarse á Dios,
tembló el suelo y se estremeció toda la casa, quedando esta abertura como
recuerdo. Era el demonio que acogía de este modo la resolución del santo.
—Sería de rabia—dijo Aresti con gravedad
imperturbable.
—De rabia y de miedo—contestó el hermano con
modestia.—Tal vez el maligno tembló, adivinando que el santo iba á fundar
nuestra Orden.
Pasaron á otra habitación en el extremo opuesto de
la capilla. Cada vez que el lego veíase ante el altar, caía de rodillas,
causando la admiración del médico, por el gesto con que rezaba su corta
oración. El cuerpo quedaba recto, con las manos cruzadas sobre el pecho,
mientras el cuello se prolongaba hacia adelante, como el pescuezo de una jirafa
que quisiera tocar el cielo.
—En esta habitación—dijo el lego—nació nuestro
santo fundador. Aquí tuvo también el hermano Garrido su revelación portentosa.
Usted habrá oído hablar de ella....
Pero viendo que el señor permanecía impasible, dijo
con cierta impaciencia:
—Pero usted sí que sabrá quién era el hermano
Garrido.
—¡Oh! mucho—dijo Aresti, que oía por primera vez
este nombre.
—Ya esperaba yo—continuó el lego—que un señor como
usted conocería al hermano Garrido. Los padres de Roma piensan canonizarlo
apenas pase el tiempo preciso.
Y hablaba con entusiasmo de este hermano, como si
fuese una celebridad universal, bastando citar su nombre para que todos
repitiesen sus glorias. En aquel mismo cuarto, estando en éxtasis el hermano
Garrido, se le había presentado la Virgen anunciándole con veintidós meses de
anticipación, el asalto de los conventos y la degollación de los frailes, en
los primeros años del reinado de Isabel II.
—Entonces—dijo Aresti—los padres de la Compañía,
avisados con tiempo no serían víctimas de las turbas.
—A algunos mataron en el Colegio Imperial de
Madrid—contestó el lego.—El hermano Garrido era modesto, y se calló la
revelación, no haciéndola pública hasta después que llegó aquí la noticia de
los asesinatos.... Era muy humilde el hermano Garrido. Por esto será algún día
un santo más de nuestra Orden.
Había terminado la visita á la casa de San Ignacio.
De un momento á otro llegarían las señoras para hacer sus ejercicios en la
capilla. Pero el hermano sentía cierta pena por separarse tan pronto de aquel
señor devoto que le escuchaba sin pestañear como si le admirase.
—¿Quiere usted ver el monasterio?—le preguntó.
Esta invitación no la hacía á todos los visitantes:
pero con él era distinto; él había ido á Roma en peregrinación y había visto el
cuerpo de San Ignacio. Pasaron del castillejo al monasterio por una galería
cubierta, en la que trabajaban varios obreros con pantalones y blusas del mismo
azul celeste que el manto de la Virgen. Eran hermanos jóvenes que trabajaban de
carpinteros y albañiles; mocetones de la montaña que deseaban emanciparse del
terruño, prestando sus brazos á la Compañía para el trabajo reposado y lento de
las casas de religión; libres ya de la lucha por la vida, y teniendo de
antemano asegurada la salvación eterna, sólo con obedecer ciegamente á los
superiores.
—¿Quiere usted subir á la biblioteca?—preguntó el
hermano.—Tiene poco que ver: todo en ella es antiguo.
—Lo antiguo era lo mejor—dijo Aresti con gravedad.
—Usted está en lo cierto. ¡Ay, si todo el mundo
pensase tan sanamente como usted! No como la gente de ahora que sólo lee
novelas y libros malos contra la religión.
La biblioteca estaba en el último piso; una gran
sala, por cuyas ventanas entraba á raudales la luz del sol, viéndose desde
ellas los montes inmediatos, verdes y limpios de niebla. Unos cuantos cuerpos
de la estantería contenían diversas ediciones de clásicos griegos y latinos,
encuadernados en pergamino. Otros guardaban los autores teológicos, y el resto
estaba ocupado por todos los libros escritos en favor y defensa de la Compañía
de Jesús. Aresti leía con curiosidad los nombres de aquellos autores que le
eran desconocidos y á los cuales atribuía el hermano una fama universal.
Realmente, era todo antiguo en aquella biblioteca: olía á sepultura.
Descendieron á los claustros. El médico temía
encontrarse con algún Padre que le conociera por haber estado en Bilbao. Pero á
aquella hora los sacerdotes estaban en sus celdas, y por los claustros
únicamente pasaban algunos legos sin sotana, con aire apresurado, deslizándose
sin ruido sobre sus zapatillas silenciosas. En la antesala del refectorio
varios hermanos viejos limpiaban vasos y botellas en una fuente de mármol
obscuro, que arrojaba cuatro chorros de agua.
Aresti, solicitado por el lego, entró en una celda
de las que servían de alojamiento á los seglares durante los diez días que
duraban los ejercicios.
—Pobrecito—decía el hermano enseñándola,—pero
decentito y limpio. Aquí vienen toda clase de personas; banqueros, generales...
hasta ministros. Y viven tan ricamente y son felices en esta pobreza mientras
curiosean su alma.
El doctor examinaba el cuarto, de alto techo y
desahogadas proporciones. Junto á la ventana, una mesa con dos sillas de paja.
La cama de hierro se ocultaba tras un tabique bajo, con una cortinilla roja en
la puerta.
Los claustros estaban adornados con antiguos
retratos faltos de valor artístico, pero de cierto interés histórico. Eran los
Padres más famosos de la Compañía por las aventuras y peligros de su
existencia; los propagandistas del jesuitismo que se habían esparcido por la
tierra en la primera expansión de la Orden recién fundada, ocultando su
carácter y sus fines, amoldándose á los gustos y costumbres de los países donde
se establecieron. Los había con grandes barbas, recios capotes, altas botas y
gorro de piel, relatando la leyenda al pie del retrato, sus viajes por el Norte
de las Rusias, sus arriesgadas expediciones en países de hielo. Otros vestían
la bota floreada de la aristocracia china: habían sido mandarines, llegando á
aconsejar á individuos de la dinastía Celeste. Y además de estos arriesgados
viajeros, felices en sus aventuras, figuraban los mártires, los que habían
perecido bajo las flechas de los tártaros ó los sables de los japoneses. El
Asia, con sus enormes imperios catalépticos é insensibles, había tentado á
aquellos propagandistas de la autoridad y de la vida automática y sumisa.
Aresti vió todo el resto del monasterio: el
refectorio, con su púlpito para la lectura; la capilla, en la que hacían los
hombres sus ejercicios espirituales, colocando los Padres á la puerta una
bandeja para que los jóvenes depositasen en un papel cerrado sus peticiones á
la Virgen; la cocina, donde los hermanos guisanderos le explicaron los tres
platos sólidos que correspondían á los individuos en cada comida: el salón
acristalado, en el cual fumaban sacerdotes y seglares un cigarrillo único, pues
en el resto del monasterio, aunque el fumar no estaba prohibido, era mal visto
por los superiores.
—Queda la huerta. ¿Quiere usted verla?—dijo el
hermano con el deseo de prolongar algunos minutos más el trato con aquel señor
que le escuchaba con tanta atención.
Salieron á una huerta cerrada por un alto muro de
piedra. En el fondo había una pequeña granja con sus vacas y cerdos, de los que
hablaba el hermano con tierna admiración. Los pájaros turbaban el silencio
monástico de aquellos campos, revoloteando en torno de los árboles frutales.
Un seglar iba con un libro en la mano por el mismo
camino que seguían ellos. Era la única persona que paseaba por la huerta.
Aresti lo vió de espaldas y aceleró el paso como sí
le acometiese de pronto una duda y quisiera salir de ella.
—Es un señor muy rico, ¡muy rico!—dijo el hermano,
adivinando su curiosidad.—Está haciendo los ejercicios seis días. Creo que es
de Bilbao y que le llaman...
Pero antes de que el lego dijera el nombre, el
seglar se volvió oyendo el ruido de los pasos.
—¡Pepe!...—gritó el doctor.
La sorpresa no le permitió decir más al reconocer á
Sánchez Morueta.
—¡Luis!... ¡Primo!...—exclamó éste no menos
sorprendido.
Pero, pasada la primera impresión, hizo un
movimiento de molestia semejante al del que duerme y se ve bruscamente
despertado.
El hermano, á impulsos de su meliflua cortesía,
siguió andando para detenerse á alguna distancia de los dos hombres. Le
inspiraba profundo respeto aquel devoto al que trataban con gran deferencia
todos los Padres, permitiéndole fumar en su cuarto y bajar á la huerta á todas
horas, con otros privilegios no menos importantes que sólo se concedían á muy
contadas personas. El visitante que él acompañaba también adquiría una
importancia inmensa ante sus ojos, por tratarse tan afectuosamente con el
personaje.
Los dos hombres quedaron mirándose en silencio
largo rato.
—¿Tú aquí?...
Y Aresti encerraba en esta exclamación toda la
fuerza de su asombro.
Sánchez Morueta sonrió de un modo que su primo no
había visto nunca en él. Era una expresión de resignada modestia, de
decaimiento de la voluntad. Hablaba sencillamente, como si no hubiese ocurrido
nada de extraordinario desde la última vez que se habían visto.
Cristina y la niña le acompañaban en los
ejercicios. Muchas familias de lo mejor de Bilbao estaban en Loyola con el
mismo fin: las señoras en el hotel: los hombres en las celdas del monasterio.
Ya llevaba allí seis días y le faltaban cuatro.
—¿Y estás bien? ¿Te gusta esta vida?
—Sí—contestó el millonario con sencillez.—Me sienta
perfectamente: no tienes más que mirarme.
Sánchez Morueta parecía repuesto de su crisis. Nada
quedaba en él del enfermo que había visto Aresti en su última visita á Las
Arenas. Su mirada era tranquila, con una fijeza serena: el color sanguíneo de
sus primeros tiempos de luchador había vuelto á animar su rostro.
El médico le escuchaba con asombro enumerar las
ocupaciones de su vida en aquella casa: todas con arreglo á la distribución del
tiempo marcada por el director de sus ejercicios. Se levantaba á las cinco y
media de la mañana; á las seis bajaba á la capilla, leyendo durante media hora
aquel libro que le acompañaba siempre: después meditaba una hora, oía misa y
tomaba el desayuno, descansando hasta las diez ó paseando por la tranquila
huerta que los buenos padres ponían á su disposición. Meditaba de nuevo hasta
mediodía en su celda, recibiendo la visita de su director, rezaba el Vía Crucis
en los claustros, comía á la una descansando de nuevo hasta las cuatro, y á
esta hora bajaba á la capilla para escuchar las pláticas con los otros
compañeros de ejercicios. A las siete era la estación al Santísimo Sacramento,
después el Rosario, los dolores y gozos de San José y el examen de conciencia
de todo lo hecho durante el día: á las nueve la cena y á las diez se acostaba.
Él, que en el mundo podía dar órdenes á miles de
seres, gozaba la extraña dulzura de ser mandado, de sentir sobre su voluntad
otra que era superior y la dominaba. La celda pobre y la comida vulgar en el
refectorio, le parecían de una voluptuosidad extraña después de tantos años de
bienestar fastuoso y refinado en su palacio de Las Arenas. Los primeros días
habían sido duros para él, pero ahora paladeaba la dulzura de no ser nada, de
verse guiado, anulando su voluntad, empequeñeciéndose, pensando á todas horas
en la muerte para convencerse de la humana insignificancia.
El mundo al que había de volver le parecía lejano,
muy lejano. Aquel Bilbao, del que era rey, estaba sin duda en otro planeta con
sus agitaciones de lucro, con sus fiebres de egoísmo, de las que no llegaba
nada, absolutamente nada, á aquel tranquilo rincón.
—Estoy bien, Luis: mejor que nunca. La satisfacción
que adivino en mi mujer y mi hija, me llena de alegría. Tengo la certeza de que
al salir de aquí nos querremos más; que constituiremos una verdadera familia
cristiana, como dice....
Se detuvo como avergonzado de soltar ante Luis el
nombre en que pensaba. Pero se arrepintió de su duda como de un pecado, y
añadió con energía, queriendo imponer su convicción:
—Los jesuítas no son malos como yo creía
torpemente. Debes salir de tu error, Luis. Son unas excelentes personas: unos
santos. ¡Ay, si tú los tratases!
Después habló de Urquiola, que les había acompañado
á los ejercicios, pero había tenido que salir el día antes para Bilbao, llamado
por el Padre Paulí; de la tranquilidad de aquella vida, sin agitaciones
cerebrales, y sin ambición, que tanto contrastaba con su existencia de Bilbao.
—Creo, Luis, que si no tuviese á mi mujer y mi
hija, aquí me quedaría para siempre. Esta es la verdadera vida. La de fuera ya
sabes lo que es: penas y maldiciones.
Aresti le escuchaba silencioso, mirándolo
fijamente, sin pestañear, como en presencia de un enfermo; de «un caso
interesante».
—¿Y qué es eso que llevas ahí?—dijo de pronto,
agarrando el libro que su primo conservaba cerrado en una mano.
Le bastó una ojeada para conocer el pequeño volumen
encuadernado en pasta, con una impresión gruesa y vulgar de libro devoto. Era
los Ejercicios espirituales de San Ignacio, explicados por el Padre
Claret, el famoso arzobispo de Trajanópolis, que tanto había influido sobre los
últimos años del reinado de Isabel II.
Aresti conocía el libro. Muchas veces lo había
encontrado sobre su mesa cuando vivía con su mujer. Recordaba su estilo de
piadosa belicosidad, hablando de las dos banderas: «la una de Cristo Señor
Nuestro, sumo capitán; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza
humana.» San Ignacio y el Padre Claret llegaban á la elocuencia más conmovedora
al describir el infierno. El fuego de aquel lugar de maldición era tan intenso,
«que una sola centella reducía á polvo una piedra de molino; si caía sobre un
globo de bronce lo derretía al punto, como si fuese de cera, y si en un lago
reducido á hielo, lo hacía hervir en un instante.» Los condenados sentían este
fuego en el cerebro, los dientes, lengua, garganta, hígado, pulmón, entrañas,
vientre, corazón, venas, nervios, huesos, médula de éstos, sangre y hasta en
las potencias del alma», y después de la horripilante enumeración, San Ignacio
preguntaba al alma del pecador con quién deseaba irse, si con Dios ó con el
Demonio. ¡Ah, mísero Luzbel; ridículo pazguato que ofrecía con torpe malicia
las cortas felicidades de la tierra á cambio de una eternidad de tan horrible
fuego! La respuesta no era dudosa. Con Dios se iban las almas después de los
santos ejercicios.
Sánchez Morueta hablaba de éstos. Los primeros días
estaban dedicados á meditar sobre el pecado mortal, la muerte y el infierno.
Después se meditaba con ayuda de aquel libro sobre la gloria eterna y la
misericordia de Dios.
—¿Pero tú crees en todas esas cosas del infierno y
la gloria, tan vulgares, tan groseras como las pinta ese libro?
La firme mirada de Aresti turbó á su primo.
—Como creer... no puedo afirmarlo rotundamente. Me
asaltan dudas, y me callo por no molestar á mi director. Pero todo esto me
causa cierto bienestar. Lo absurdo me entretiene, me deleita, me vuelve á la
tranquilidad de la niñez. Creo algunas veces que aun me mecen susurrándome
cuentos al oído.
El médico sonreía, y Sánchez Morueta se apresuró á
añadir:
—Pero me siento más feliz, más tranquilo que antes.
Además, en estas meditaciones hay algo que me impresiona profundamente y que ni
tú ni nadie podéis negar: la Muerte. Nos hacemos viejos, Luis, y ella llega y
no valen para ablandarla riquezas ni ruegos. Desde que nada ansío, y no
encuentro ante mí nada que conquistar, la tengo mucho miedo.
Y el terror á lo desconocido, á la muerte
inevitable, á la eterna sombra, se manifestaba en el rostro del millonario con
un gesto desesperado.
Aresti recordaba la página de la Muerte en el libro
de San Ignacio, una página de brutal realismo, que hacía temblar á los hombres
y llorar de horror á las mujeres. «Mirad lo que pasa en aquel cuerpo: antes
hermoso é idolatrado, ya muerto: ya está sepultado, ya cayó.... Luego, se le
acercan los moscones, escarabajos, sapos y sabandijas, y se saborean y
complacen en el mal olor que despide y en la podre que empieza á manar; también
se acercan los ratones, taladran sus vestidos ó mortaja; se enredan entre el cabello,
entran en la boca y empiezan á comer la lengua, salen luego y registran todo el
cuerpo entre carne y vestido. Mientras tanto, la putrefacción se va aumentando:
ya se ve pulular una grande muchedumbre de gusanos que van comiendo la carne
del vientre, de la cara y de todo el cuerpo: ya se concluyó la comida: ya los
gusanos mueren de hambre, dejando allí unos huesos negruzcos y descarnados, que
con el tiempo se calcinarán y convertirán en polvo. Acuérdate, hombre, que eres
polvo y en polvo te has de volver, en cuanto al cuerpo, pues eres hombre de
humo ó tierra.»
—¡Lee esto! ¡lee esto!—decía el millonario abriendo
el libro por aquella misma página que tenía señalada, como si fuese su
obsesión.—¡La Muerte!—murmuraba luego.—Se habla de ella muchas veces, pero sin
pensar en lo que realmente es, sin pararse á mirarla de cerca.... ¡Qué
horrible! Luchar toda la vida para dar gusto á la carne, para preparar el pasto
del gusano....
Después, en voz baja, dijo al doctor:
—Debe existir algo después de la muerte. No sé
ciertamente si será lo que aquí dicen ó lo que digan en otra parte. ¿Pero qué
pierdo yo con creer á ojos cerrados? Por lo pronto, gano la tranquilidad de la
casa, y bueno es, por si hay algo más allá, ir preparado á todo, sin miedo á
engaños.
Aresti sonrió con lástima, ante aquel espíritu
comercial, que examinaba la vida futura con el mismo egoísmo que si apreciase
las probabilidades de un negocio.
Ahora sí que le decía adiós para siempre. Su primo
estaba bien agarrado, por el egoísmo y el miedo á la muerte, las dos flaquezas
de los felices.
—Debías quedarte aquí, Luis: venir alguna vez. Los
Padres son gente simpática. ¿Qué perderías con ello? Aunque no creyeses en
todo, podías callarte y ser feliz. ¿Qué sacas de tanto estudio? ¿Estás seguro
de que todo lo que tú crees es verdad? ¿Y si después de morir te encontrases
con la inmensa equivocación de que hay algo?...
El doctor le estrechó la mano con frialdad,
convencido de que se separaban para siempre, de que en adelante se mirarían con
extrañeza, como si fuesen otros hombres.
Y Aresti salió de la huerta, precedido por el
hermano, que ahora callaba y parecía tener prisa en sacarle del monasterio,
como si hubiese escuchado de lejos parte de la conversación.
Antes de salir, aún se volvió para ver á su primo,
que le seguía con los ojos y parecía decirle:
—¡La Muerte, Luis!... ¡Piensa en la Muerte!
A las diez de la mañana llegó el doctor Aresti á
Bilbao un domingo del mes de Septiembre.
El tren de Portugalete iba repleto de obreros,
procedentes de las minas y las riberas de la ría. Todos mostraban prisa por
llegar á la plaza de Toros. Se celebraba en ella un gran mitin de protesta
contra los patronos, por no querer aceptar las proposiciones de los mineros,
los cuales venían amenazando con una huelga hacía dos meses. La reunión popular
era el ultimátum que lanzaban los trabajadores.
Los primeros trenes de la mañana habían trasladado
á Bilbao mayores cargamentos humanos, viendo su llegada con cierta alarma las
gentes de la villa.
No todos iban al mitin. Descendían también de los
vagones aldeanos con gruesos garrotes, escoltando á los curas de su
anteiglesia. Estos grupos rurales llegaban para la gran romería que subiría por
la tarde al santuario de Begoña.
El mitin de los trabajadores y la fiesta organizada
por los jesuítas y los bizkaitarras, se encontraban en el mismo día. Un
ambiente belicoso, que excitaba los nervios, haciendo más duras las palabras y
más insolentes las miradas, parecía pesar sobre la villa.
En el camino había apreciado Aresti el estado de
los espíritus. El vagón estaba ocupado por obreros y por campesinos de los que
iban á la romería. Unos y otros se miraban hostilmente, y los aldeanos
acariciaban nerviosamente sus cachabas, oyendo las burlas de la
gente de las fábricas.
Callaban porque en aquella vía, invadida por la
moderna industria, eran menos las gentes del campo. ¡Ay, si aquello hubiese
sido en la línea de Durango, por donde descendían los rebaños de la fe para la
fiesta de la tarde, en masas cerradas, con sus curas y estandartes á la
cabeza!...
Al bajar del tren el doctor Aresti, oyó que alguien
le llamaba.
Era el capitán Iriondo, vestido con el traje viejo
de sus expediciones de caza. Llevaba la escopeta pendiente del hombro, y el
perro, junto á él, husmeaba sus manos.
—¿Buscas la bronca, eh?...—dijo al médico.—Tú
vienes porque te gustan estas cosas, y yo me voy por no verlas.
Se marchaba á cazar chimbos á
cualquier parte: le interesaba huir de Bilbao, no ver lo que seguramente
ocurriría.
—El aire huele á pólvora, querido Planeta:
van á llover palos. Al venir á la estación me recordaba esta Bilbao tan nueva y
tan bonita, la que conocí durante el sitio. Los socialistas, los republicanos,
todos los que creen que esto marcha mal, se están reuniendo en la plaza de
Toros entre banderas y vivas. Los otros se citan para la tarde en las iglesias
y se enseñan los revólvers en los rincones de las sacristías. El Padre Paulí
predica, hace tiempo, que hay que morir por la fe: el zascandil de Urquiola anda
arengando á la juventud salida de Deusto, para que mate en nombre de Dios. La
pobre villa parece un huevo entre dos piedras, y yo me voy, Luis, me voy, y
admiro el gusto que tienes en ver estas cosas.
Aresti le escuchaba con interés. Había hecho el
viaje atraído por la posibilidad de un choque. Deseaba ver cómo los obreros de
la montaña, y los industrialillos de la villa se atrevían por primera vez con
el jesuitismo. Ya era hora de que Bilbao se levantase contra aquel enemigo que
se deslizaba en sus entrañas, después que lo había derrotado por dos veces ante
sus improvisadas trincheras, cuando se cubría con la boina blanca.
—En esto llevas razón, Luis—dijo el capitán
enardeciéndose.—Si me voy, es porque no puedo aguantar lo que se ve en esas
calles. No pensaba al levantarme en salir al campo, pero de repente he cogido
la escopeta para huir. ¡Porra! ¿De qué nos ha servido tanto comer pan de habas
y carne de caballo á los que disparábamos el fusil en las trincheras, si
aquellos á quienes hicimos huir se nos han metido en casa y parecen los amos?
¡Cómo está hoy Bilbao, chiquillo! No se puede dar un paso sin tropezar con un
cura. Los que hace años bombardearon la villa y hoy darían cualquier cosa por
verla entre llamas, se pasean por ella, como señores. Han bajado en manadas
para ver á la Virgen, con el revólver en el bolsillo, y miran á todos con
insolencia, como deseando que llegue pronto el momento de matar perros
liberales.
El capitán mostraba prisa en irse. De quedarse en
la villa tal vez se mezclase en la lucha. Tenía miedo á su entusiasmo: podía
sin darse cuenta liarse á golpes con aquel carlismo vergonzante que tanto le
irritaba.
—Yo no soy más que un empleado, Luis: un
dependiente de Sánchez Morueta. ¡Y figúrate lo que haría doña Cristina si me
viese mezclado en el jaleo; lo que diría el mismo Pepe, que tan cambiado
está!... Bastante hago con defenderme y quedar á un lado, pues por su gusto
iría esta tarde camino de Begoña.
El recuerdo del millonario y su familia, hizo que
el médico y el marino hablasen de la gran transformación de Sánchez Morueta.
Muy poco había sabido de él Aresti, después de su encuentro en el monasterio de
Loyola.
—Es otro hombre—dijo Iriondo con tristeza.—Aquella
casa ya no es la misma.
Y evitaba dar más detalles, con la prudencia del
subordinado fiel que teme ser indiscreto. Pero su franqueza de viejo marino se
sobrepuso.
—¡Qué porra! Tú eres de la familia y debes saberlo
todo. Además, eres mi amigo y quieres á Pepe. ¡Ay, planeta! Aquello
ya no es casa, es un convento, y cualquier día, el que fué nuestro grande
hombre acabará por traernos el Padre Paulí al escritorio, para que dirija á los
empleados. No se separa de él un instante.
Y describía con rudeza la nueva vida del
millonario. Todos le dominaban; todos estaban sobre él: la esposa, la hija,
hasta aquel niño inaguantable de Urquiola, que le decía con la mayor
insolencia: «Tío, no haga usted eso», «tío haga usted lo otro.» Por el momento,
Sánchez Morueta sólo era el tío: pero no acabaría el año sin que el abogadillo
le llamase papá. Se casaba con Pepita y todos parecían satisfechos de tal
matrimonio: la niña, la madre y el Padre Paulí. El millonario callaba, como si
estando contentos los demás no necesitasen consultar sus deseos. Urquiola iba
ya por el escritorio y daba órdenes imperativamente á los empleados. Hasta con
el capitán se atrevía; con el viejo amigo de Pepe, á quien siempre hablaba éste
con fraternal atención. ¡Porra! ¡A la vejez, después de una vida de noble é
independiente trabajo, ser criado de aquel cachorro de Deusto!... Antes se
retiraría, abandonando á Pepe, el cual, bien mirado, ya no era el Pepe que él
conoció.
—Cómo nos lo han cambiado, Luis. ¿Querrás creer que
un día en el escritorio, al volver de Loyola, me contó con el mayor entusiasmo
que había hecho una confesión general, un recuento de todos los pecados de su
existencia y me afirmaba que después de esto se sentía con mayor salud, como si
fuese otro mundo? No he presenciado caída como esta. La mujer lo tiene tonto, y
en esto la ayuda el tunantuelo de Urquiola. ¿No sabes la última hazaña de ese
pillín?... No la sabrás: todo Bilbao habla de ella, pero á las minas no llegan
estas cosas.
Y relató á Aresti un suceso digno de la sección de
tribunales de un periódico. Urquiola había dado un abortivo á aquella infeliz
que vivía en los barrios altos y era su amante, sufriendo en silencio una
esclavitud de miseria y de golpes, enamorada sin duda, de la fachenda del
atleta y de su petulancia nobiliaria. Al protegido del Padre Paulí le aterraba
la idea de tener un hijo, ahora que su matrimonio estaba concertado con la
primera fortuna de Bilbao, y á viva fuerza había provocado el aborto. La enfermedad
de la esclava y las murmuraciones de la vecindad, habían hecho intervenir en el
asunto al juzgado. ¡Un escándalo, pero nada más! En aquella población todo se
doblegaba á la influencia de los Padres y al respeto que inspiran los ricos.
—Y Pepe—continuó el capitán,—sin enterarse de nada;
y si algo sabe, como si no lo supiera. Basta que doña Cristina afirme que todo
es mentira para que él lo crea: basta que el Padre Paulí le diga que Urquiola
será un grande hombre para que él escuche impasible sus necedades y bravatas de
cabecilla. ¡Ay, Luis! ¡Qué dominación tan rápida y absoluta la de esa gente!...
Iriondo describía su influencia extendiéndose á
todo lo que estaba bajo la dirección de Sánchez Morueta, á las fábricas, las
fundiciones y hasta los barcos. Sin respeto á su cargo de inspector de
navegación de la casa, le hacían despedir á marinos viejos que llevaban muchos
años al servicio de Sánchez Morueta, y admitir á otros jóvenes que, apenas
tomaban posesión de su camarote, pegaban frente á la litera una imagen del
Corazón de Jesús. Él no osaba protestar ante el gesto autoritario del amo, y el
miedo á los que, ocultos tras él, regulaban sus palabras y acciones.
La semana anterior le habían dado orden de despedir
á todos los obreros que, trabajando en la descarga de los buques, profiriesen
blasfemias ó se mostrasen interesados en la propaganda de doctrinas impías.
¡Cristo! ¡Él, á sus años, convertido en un hermano de la Doctrina Cristiana;
obligándole aquellos señores á que enseñase catecismo y buenas palabras á los
cargadores del Nervión!...
—Pues, ¿y en los altos hornos?—exclamó después el
capitán,—Allí va á haber cualquier día una huelga, seguida de la degollina de
todos los beatos que toman las oficinas como terreno de conquista. Desde que se
fué Sanabre, aquel chico tan simpático, la fundición es un infierno. Pepe
tendrá cualquier día una sublevación ruidosa, y á los huelguistas no les
faltará motivo. El trabajo y la honradez es lo de menos para los que dirigen la
casa. Los trabajadores que no son religiosos van á la calle, y los talleres se
llenan poco á poco de hipócritas, que trabajan como saben ó quieren, pero que
son respetados porque van á misa y se inscriben en las sociedades de obreros
católicos.
El decaimiento moral de Sánchez Morueta, la
abdicación de su voluntad, irritaban al marino.
—Tu primo no osa moverse, Luis. Su famosa confesión
general es como el traje nuevo de un niño: no se atreve á hacer nada, por miedo
á mancharse. Cuando de tarde en tarde le veo, me parece que tengo delante á un
fraile. No sabe hablar más que de la muerte; de lo que encontraremos en la otra
vida, y vuelta otra vez con la muerte por arriba y por abajo, y el muy
camastrón tiene mejor color y está más fuerte que nunca. Si yo me atreviera con
él como tú, le diría: «Qué porra: ya sé que hemos de morir; vaya un descubrimiento.
Pero mientras la muerte no llega, vivamos cada cual á su gusto, sin hacer la
santísima á los demás, que es lo único en que gozan los que piensan á todas
horas en su alma.»
Faltaban pocos minutos para que partiese el tren, y
el capitán se despidió de Aresti.
—Esta tarde, en la romería, puede que tengas la
gran sorpresa. Tal vez vaya en ella Pepe con su escapulario.
Aresti dió salida á su asombro con un juramento.
¡Quién! ¿Pepe sería capaz de exhibirse en aquella farsa?...
Iriondo no tenía la certeza de ello pero lo
presentía. Era un suceso que llevaba preocupada á toda la familia durante la
semana. La esposa quería verle atravesar Bilbao, con la cabeza descubierta, en
las filas de los devotos. ¡Qué triunfo para la religión! Él, después de volver
á la buena senda, no podía negar á Dios el prestigio que daría á la santa causa
esta adhesión pública de un hombre de su fortuna y su poder. El millonario se
resistía, adivinando lo ridículo de esta humillación; defendíase agarrado á un
harapo de su antiguo carácter. Pero todos caían sobre él, martilleando la débil
corteza de su voluntad reblandecida. La madre y la hija se lo suplicaban. ¡Las
daría tanto placer con ello!... El Padre Paulí hablaba con desprecio de los
cobardes que sólo aman á Dios en su casa y temen manifestarlo públicamente, y
el matoncillo Urquiola hacía burla de los que no se atrevían á salir á la calle
por miedo á los impíos.
—Irá, estoy seguro—dijo el capitán con tristeza.—Lo
arrastrarán, la familia de un lado, y de otro el miedo á parecer cobarde.
¡Adiós, Luis, y ten prudencia! Mira que hay cerrazón en el horizonte y la
borrasca de esta tarde va á ser de cuidado.
El doctor subió la larga escalinata de la estación,
y al salir al puente del Arenal vió muchos balcones colgados con trapos de
colores é inscripciones en loor de la Virgen de Begoña. En las Siete Calles, lo
más típico y tradicional de la población, las casas empavesadas ofrecían el
aspecto de un villorrio. Trapos multicolores ostentaban entre banderas el mismo
rótulo en honor de la Señora de Vizcaya. Las gentes mirábanse con
aire hostil; la población, dividida en dos bandos, parecía estremecerse en este
ambiente de acometividad. Los vecinos de la villa contemplaban con simpatía ó
con odio á los grupos de campesinos y de obreros, según eran sus creencias.
Cada cual miraba con desconfianza al vecino, y todos decían lo mismo en sus
conversaciones.
—¡A la tarde!... ¡Oh, á la tarde!...
Aresti, después de errar más de una hora por la
villa, se encontró al atravesar el Arenal con un obrero de ropas haraposas y
gran barba, que le saludó con un gruñido, llevándose con cierta violencia la
mano á la boina.
—Ya sabe usted, doctor, que usted es el único
burgués que yo saludo.
Era el Barbas, el terrible solitario de
Labarga, que pasaba sus horas de vagancia encogido en el suelo, inmóvil, como
un profeta de horrores, escupiendo amenazas é insultos sobre los ricos del
país. Hacía tiempo que habían demolido su barraca, después de socavar el suelo.
La vieja compañera había muerto de miseria y él vagaba por las minas, durmiendo
á la intemperie, comiendo lo que le daban los peones y pagando esta limosna con
insultos. Cuando estallaba un barreno cerca de él, miraba con ojos feroces á los
obreros.
—¡Bestias!—les gritaba como si cometiesen un
crimen.—¡Tenéis la dinamita en vuestras manos y la empleáis en eso!...
El doctor contestó á su saludo alegremente.
—¡Compañero! ¿Tú aquí?...
Había llegado por la mañana en un tren lleno de
obreros. Por supuesto, sin billete; los compañeros querían pagárselo, pero él
había protestado, ocultándose para viajar sin que los burgueses le explotasen.
—¿Y el mitin?—preguntó Aresti.—¿No vas al mitin?
El Barbas hizo un mohín de
desprecio. Él no perdía el tiempo en bobadas. Se sabía de memoria todo lo que
allí podían decir. Necedades y cobardías. Pedir más jornal ó que lo pagasen de
este modo ó del otro; reclamar como quien pide limosna mayores consideraciones
para el que trabaja. ¡Como si esto sirviese de algo! Eran unos cataplasmeros.
Y en esta palabra envolvía todo su desprecio á los que buscaban con reformas
paulatinas y con una organización fuerte y disciplinada el mejoramiento del
obrero.
—Cataplasmeros, doctor—gritaba.—Nada más que
cataplasmeros. Este es un país acostumbrado á la disciplina y á la autoridad:
por eso el pobre que en otro tiempo fué carlista, cree ahora sin esfuerzo
alguno en esas organizaciones casi militares, que le prometen cambiar la
sociedad poco á poco. Pero ya se cansarán de tanta sensatez y tanto politiqueo
obrero y entonces seguirán al Barbas y á otros como él, y en
veinticuatro horas se arreglará todo ó acabará todo. El pobre pide justicia y
la justicia ni se solicita á pedazos ni se regatea: se toma como se puede,
aunque acabe el mundo.
Después explicó por qué había hecho el viaje.
Únicamente le atraía lo que pudiera ocurrir por la tarde. Quería convencerse de
que los pobres se atrevían por fin con los ricos: deseaba ver cómo corrían
todos los enemigos por él odiados, sin que les valiese la protección de los
ídolos celestiales á los que levantaban palacios, mientras él vagaba por el
monte como un perro sin abrigo.
La esperanza del choque y de la lucha le estremecía
de placer. Husmeaba el ambiente amenazador, como un viejo caballo de guerra que
relincha oliendo la pólvora.
—¡Bronca!... ¡Ya se ha armado!—exclamó con alegría,
mirando al otro lado del puente.
Por la avenida del ensanche corría á todo galope un
grupo de jinetes de la guardia civil. En último término, veíase una gran masa
de gente, una mancha negra matizada por el rojo flotante de algunas banderas.
Era el público que salía del mitin y se detenía
ante los balcones de las mejores casas, protestando de las colgaduras en honor
de la Señora de Vizcaya. La gente silbaba: comenzaban á volar las
piedras por encima de la negra masa: caían con estrépito las vidrieras rotas.
Aresti se vió solo. El Barbas corría
hacia el gentío, dando gritos de entusiasmo. ¡Duro, duro! ¡No comenzaba mal la
cosa!... Quiso ir el doctor hacia el ensanche, pero se detuvo, viendo que la
muchedumbre, lentamente, avanzaba su pesado oleaje con dirección al Arenal. La
caballería, impotente para contenerla, se limitaba á ir con ella, creyendo
evitar así mayores desmanes.
Pasó la manifestación el puente, extendiéndose por
el Arenal y las calles inmediatas. Eran obreros en su mayoría y jóvenes de la
población cuyos sombreros se destacaban entre el oleaje de boinas y gorras.
Unos aclamaban á la Revolución social; otros daban vivas á la República;
algunos gritaban ¡viva España! ante las inscripciones en vascuence, viendo en
estas loas á la Señora de Vizcaya un hipócrita insulto á la
integridad nacional. Era una amalgama de todos los odios contra aquella Bilbao
dominada por la Compañía de Jesús y formada á su imagen.
El grito de ¡abajo los jesuítas! era contestado por
un rugido unánime de la masa. En las calles inmediatas al Arenal caían á
pedradas los cristales. Algunos chicuelos subían por las fachadas con agilidad
de monos para arrancar las colgaduras de la Virgen de Begoña, dejándolas caer
sobre el gentío, que las hacía pedazos.
Una noticia circuló como un relámpago por la gran
masa detenida en el Arenal. Estaban prendiendo fuego á la iglesia de los
jesuítas. Una parte de la manifestación, rezagada en el ensanche, sitiaba el
templo, rociándolo con petróleo. Ya ardían las puertas.
La guardia civil corrió allá á todo galope,
abandonando la manifestación. Aresti sentía un entusiasmo casi igual al
del Barbas. ¡Ya ardía el odiado cubil! ¡Bilbao despertaba!...
Pero iban llegando nuevas noticias. Las puertas
sólo habían sido chamuscadas: la presencia de la autoridad había disuelto el
grupo incendiario, extinguiendo el fuego.
Era ya más de mediodía. Los grupos se aclaraban:
todos se iban á comer. Aquello sólo había sido el prólogo de lo que ocurriría
después.
—A la tarde, aquí—se decían unos á otros al
alejarse.
Aresti entró en el restaurant del Suizo. En todas
las mesas se hablaba también de lo que ocurriría por la tarde. A las tres
estaban citados los de la peregrinación en el Arenal. Llegarían en varias
procesiones desde las distintas parroquias, para reunirse todos en la iglesia
de San Nicolás. El plan había sido preparado con el propósito de llamar la
atención, de ocupar toda la villa, de hacer un alarde de arrogancia, desafiando
á los enemigos.
Muchos esperaban que se suspendiese la fiesta
provocadora. Decían que el gobernador estaba influyendo cerca de sus
organizadores, para que desistieran de ella. El Padre Paulí se negaba
rotundamente, invocando hipócritamente la libertad. Su acólito Urquiola hablaba
de la batalla de la tarde con aires de caudillo.
Algunos mostrábanse desconsolados por la idea de
que pudiera suspenderse la romería. Al fin, era un suceso que amenizaba la
vida monótona y gris de la población. Aresti no dudaba de que se verificase.
Conocía á los organizadores, y su propósito de excitar á la impiedad naciente,
para darla la batalla y afirmar así su dominación que creían en peligro.
En una mesa cercana disputaban dos señores.
—Me he fijado bien en la manifestación—gritaba uno
de ellos.—Todos eran Pérez y Martínez, todos maketos é hijos
de maketos, mala gente, de la que ha invadido nuestro país. No iba
ni uno que tuviera los cuatro apellidos vascongados.
Y hablaba con orgullo de estos cuatro apellidos,
que exhibían como una prueba de nobleza todos los del partido bizkaitarra.
—Pues, yo los tengo—gritaba su interlocutor con
acometividad,—y digo que deseo que esta tarde les rompan el alma á los de la
romería, y ¡ojalá arrastren á todos los jesuítas!
La división que perturbaba á la villa, mostrábase,
también en el restaurant, impulsando á unos parroquianos contra otros faltando
poco para que se arrojaran los platos y se acometiesen con los cuchillos.
A las dos volvió Aresti al Arenal. Formábanse de
nuevo los grupos cerca del puente, mirando con hostilidad á los aldeanos que
pasaban camino de las parroquias. Circulaban por el gentío las más
contradictorias noticias. Ya no se verificaba la romería: oponíase á ella el
gobernador, al que los bizkaitarras, en su fervor separatista, llamaban
despreciativamente «el cónsul de España». Después corría de boca en boca la
certidumbre de que iba á celebrarse la fiesta. Se estaban formando las
comitivas en cada parroquia: pronto llegarían al Arenal para reunirse todas en
San Nicolás.
Y la gran plaza ennegrecíase de gentío inquieto.
Una masa de cabezas cubría las aceras y las calles inmediatas. El centro del
Arenal estaba desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba
instintivamente la gente: un vacío que parecía destinarse al choque de unos y
otros.
Aresti se sintió de pronto arrastrado por un
violento empellón de la muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del
enemigo. Estalló una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran
aclamaciones interrumpidas por tiros.
Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un
vaivén tempestuoso los estandartes de la primera procesión. El médico, sin
saber cómo, en uno de los empujones de la multitud, se vió en mitad del Arenal,
cerca del desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los
hombres, empuñando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario de la
Virgen de Begoña; las mujeres escoltaban á los curas, mirando á la muchedumbre
con sus ojos de hembras duras y fanáticas. Cesaron los disparos al entrar la
procesión en la plaza. Entonaban los romeros un himno en vascuence á la Señora
de Vizcaya, y de los grupos salía, como respuesta, La Marsellesa ó La
Internacional.
Agrupáronse los devotos ante la portada de San
Nicolás, y la muchedumbre avanzó lentamente hacia ellos. Estrechábase el
espacio entre unos y otros, los palos levantábanse amenazantes, los insultos
alternaban con los cánticos. De repente, el gentío se hizo atrás, volviendo sus
mil cabezas. Una nueva procesión llegaba por el puente. Se había reunido en la
Residencia de los jesuítas: era lo más brillante del ejército devoto que iba á
subir á Begoña; el señorio de Bilbao, en el que figuraban las
familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los alumnos de
Deusto. Los Padres de la Compañía más famosos, presidían las asociaciones
obreras organizadas por ellos para contener la impiedad creciente del pueblo.
Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando
el pecho para que se viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta
en los bolsillos, marcándose en la tela el rígido contorno de las armas de
fuego. Las señoras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas por la
actitud hostil del gentío, como damas altivas que no temen al mal gesto de su
servidumbre, mirando con desprecio á toda aquella balumba de pobretones que se
sustentaban de lo que sus poderosas familias querían darles.
Estalló un trueno de gritos, insultos é
imprecaciones. Aresti vió pasar á Urquiola con el revólver fuera del bolsillo,
seguido de alumnos de Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla,
orgulloso de poder realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores sólo
intentaron en las montañas inmediatas, durante los dos famosos sitios.
—¡Viva Vizcaya! ¡Viva la religión y Nuestra Señora
de Begoña! ¡Mueran los liberales!
Algunos discípulos de la Universidad jesuítica,
pareciéndoles estas aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas á la Unidad
Católica, y los aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin
entender lo que aquello significaba, pero adivinando que debía ser algo contra
los impíos de la odiada Bilbao.
Aresti vió pasar á la mujer y la hija de Sánchez
Morueta. Después á las de Lizamendi en un grupo de señoras, con la falda ceñida
y el andar arrogante. Miraban á todos lados como si buscasen á alguien entre el
gentío hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron satisfechas
de no haberse equivocado. ¡También estaba allí!... El mal hombre estaba donde
le correspondía. El médico vió la mirada de resignación y de lástima que su
mujer dirigía al ciego, como si pidiese, con lamentos de víctima, perdón para
su alma perdida. Luego vió destacarse de un grupo de sotanas á su enorme primo,
que marchaba con la cabeza descubierta, brillando la condecoración de la Virgen
entre la celosía de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y
hostil desconocida por Aresti.
El médico no pudo ver más. Creyó de pronto que se
abría el suelo de la plaza y que huían todos, chocando unos contra otros con el
terror de la fuga. Algunos palos rompiéronse en pedazos; sonaban las espaldas
al recibir los golpes con un ruido de cofres vacíos; caían muchos con la cara
cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que huían, y comenzaron á
sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros de los revólvers.
Corrían las señoras á refugiarse en San Nicolás, y
los curiosos de las aceras, huyendo de los disparos, se arrojaban de cabeza
dentro de los cafés, rompiendo cristales y volcando sillas y mesas.
En un momento se formó un gran vacío en la plaza,
quedando sembrado el suelo de garrotes, sombreros y boinas. Algunos heridos se
arrastraban, manchando de sangre el suelo del paseo. Otros eran llevados en
alto por los grupos hacia las farmacias más próximas. Mientras tanto,
continuaba el combate entre los más resueltos de una y otra parte.
De la portada de San Nicolás salían descargas
cerradas, disparos de revólvers baratos comprados el día antes por los
organizadores de la romería, balazos sin dirección, que iban á perderse en la
arena del paseo ó se incrustaban en los árboles. La mayoría de los obreros
carecían de armas y se batían con los puños ó con palos, profiriendo en la
exaltación de la lucha blasfemias contra la Virgen de Begoña y sus devotos. La
batalla se había fraccionado: peleábase en grupos sueltos ó individualmente.
Los mismos compañeros no se reconocían, y muchas veces se golpeaban, creyendo
herir á un enemigo.
Aresti permanecía inmóvil en medio de la plaza, sin
darse cuenta de las balas que á corta distancia de él levantaban las cortezas
de los troncos. Sentíase empujado de un lado á otro por los empellones de los
combatientes, viéndolo todo al través de una niebla gris, como si el sol se
hubiera ocultado. Sus pies se enredaban en cuerpos blandos, que le hacían
tropezar, y de los que salían gemidos dolorosos.
En este crepúsculo del atolondramiento creyó ver á
un cura enorme que se recogía el manteo con una mano y con la otra disparaba su
revólver sobre un trabajador que esquivaba los tiros con agilidad simiesca.
—¡Tú acabarás!—decía blandiendo una faca y
desviándose de un salto cada vez que el sacerdote tiraba del gatillo,
apuntándole.
Y cuando el cilindro del arma rodó sin que saliera
ya ninguna detonación, el obrero, con una risa feroz, se abalanzó sobre el
cura, abrazándolo, cayendo con él al suelo, hundiéndole en la espalda el arma
con tanto ímpetu, que la hoja quebróse en dos pedazos.
Aresti creyó que se había desplomado un árbol sobre
sus hombros. Fué un golpe que le sacó de su aturdimiento, haciéndole rugir de
ira: un garrotazo en la espalda, que acabó con toda su bondad irónica de
espíritu superior, despertando en él á la fiera. Levantó su bastón y comenzó á
dar golpes delante de él, sin mirar á quién alcanzaba, sin acordarse de que
podía ser un amigo, con el ansia de hacer daño, con la embriaguez de la sangre.
De pronto se sintió detenido en su avance por una
espalda que caía contra su pecho. Era un jovenzuelo, desmedrado y débil, con el
raquitismo que da el trabajo cuando es superior á las fuerzas de la edad.
Vaciló como si estuviera ebrio, llevándose las manos á la cara ensangrentada, y
al intentar erguirse, un puño enorme volvió á caer sobre él haciéndolo rodar
por tierra.
Aresti, con los pies inmovilizados por el cuerpo
del caído, levantó el bastón al ver que se alzaba contra él de nuevo aquel puño
que resonaba sordamente golpeando como una maza. Pero el médico quedó con el
brazo en alto al reconocer al hombre que le acometía.
—¡Tú!... ¡tú!...—gritó con una voz que parecía
desgarrarle la garganta.
Tenía ante él á Sánchez Morueta, con el puño
levantado, las barbas en desorden, y en los ojos una expresión feroz: el deseo
de exterminar á la canalla impía que insultaba á las personas decentes y había
hecho refugiarse á las señoras en la iglesia.
Al reconocer á Aresti, bajó el brazo y la cabeza
como avergonzado. En el mismo instante, algo blando y tibio chocó en una de sus
mejillas escurriéndose por los hilos de su barba. ¡Su Luis, su hermano, le
había escupido en el rostro! Era el odio que no encontraba otra forma de
herirle, ya que las manos se negaban á ello por el antiguo respeto; era el
desprecio al verle anonadando con su fuerza de animal bien mantenido y feliz, á
aquel aborto de la miseria que estaba en el suelo con la cara ensangrentada.
El millonario miró á su primo con ojos mansos y sin
expresión, unos ojos bovinos que parecían pedirle clemencia, al mismo tiempo
que se pasaba la mano por la barba borrando el escupitajo del odio.
Fué á hablar, pero no pudo. Un fantasma negro que
agitaba su manteo como unas alas fúnebres tiraba de él. Era el Padre Paulí.
—Don José. Vámonos de aquí. ¡A Begoña! ¡A Begoña!
Y le arrastró con paternal solicitud, como si el
millonario fuese el primer estandarte de la romería.
Aresti quedó inmóvil, avergonzado de su arrebato.
Pero en fin, lo hecho bien estaba, ya que no tenía remedio. Los empellones de
la gente que huía le sacaron de su abstracción. Los jinetes de la guardia civil
corrían al trote por la plaza, amenazando con sus sables. Los romeros se
agrupaban ante la iglesia, y la masa popular aglomerábase en las aceras,
dejando la plaza limpia de gente. De vez en cuando la atravesaban algunos
hombres, llevando en sus brazos un herido.
Las piedras arrojadas por los grupos chocaban en la
fachada de San Nicolás. Desde las dos torrecillas de la iglesia les contestaban
á tiros.
La muchedumbre sin armas, herida á mansalva desde
aquella altura, rugía impotente, y en un arranque de desesperación, intentó
arrojarse al asalto del templo, pero tropezó con un obstáculo que acababa de
interponerse entre los dos bandos, una barrera azul y roja en la que brillaban
cañones de fusil y correajes lustrosos.
Dos compañías de infantería habían entrado en la
plaza á paso gimnástico, colocándose en batalla ante la iglesia. Eran los guiris,
los ches, la España en armas que llegaba; la odiosa Maketania con
su pantalón rojo, sostenedora de la impiedad liberal, enemiga de la
resurrección de la antigua Vasconia. Los soldaditos, pálidos, con la boca
apretada, descansando sobre sus fusiles entre las pedradas y los tiros de
revólver, daban frente á la gran masa que protestaba contra la romería.
Llegaban para guardar el orden, pero sus ojos iban
instintivamente hacia la muchedumbre devota, como si deseasen girar sobre sus
talones y hacer fuego apuntando á la iglesia. Aquellos curas armados y
vociferantes, los aldeanos fuertes y sumisos como bestias, los señoritos con
aires de cabecilla, eran el eterno enemigo. Los soldados husmeaban en ellos á
los que en otro tiempo habían asesinado en las montañas á sus hermanos, y que
aun ahora deseaban volver á la lucha de emboscadas. El deber, con su peso férreo
é irresistible, mantenía inmóvil á la doble fila de hombres azules y rojos.
Un oficial vaciló un instante y entregando su sable
á un soldado, se llevó una mano á un hombro. Acababa de recibir un balazo; le
habían herido los que tiraban desde lo alto de la iglesia. Su rostro se
contrajo con tristeza dolorosa, más que por la herida, por la amargura de un
sacrificio sin gloria, por perder su sangre, no en la montaña frente á frente
con el eterno enemigo, sino á la puerta de una iglesia, á manos tal vez de un
sacristán, de uno de aquellos efebos católicos que, ocultos en las alturas, gritaban
como mujeres aclamando á la religión y la Virgen.
La guardia civil empujaba á los romeros fuera de la
plaza. Salían en bandas de la iglesia con sus estandartes, desgarrados en la
lucha, y emprendían la ascensión á Begoña escoltados por los jinetes.
La muchedumbre hostil, contenida en su avance por
la tropa, oía cómo se alejaban las cofradías por las calles empinadas que daban
acceso al santuario.
—¡Viva la Virgen!—gritaban con el enardecimiento de
una lucha en la que habían llevado la mejor parte.
—¡A Begoña! ¡A Begoña!—aullaba Urquiola agitando el
revólver al frente de un grupo.
Y las aclamaciones á la Virgen, interrumpíanlas con
frecuentes descargas. Sin cesar en sus cánticos, hacían fuego sobre todos los
que al borde de la cuesta contestaban á sus aclamaciones con gritos de
protesta.
Poco á poco fué quedando desierto el atrio de San
Nicolás. Un muerto yacía en la acera, custodiado por dos guardias. Más allá,
los grupos rodeaban á varios heridos. Algunos curas se deslizaban con paso
lento á lo largo de las paredes esquivando el gentío. Estaban heridos é iban á
sus casas á curarse ocultamente, huyendo de la publicidad y de enojosas
declaraciones.
Aresti pasó más de una hora de botica en botica y
de café en café, solicitado y arrastrado por muchos que le conocían, llamado
allí donde guardaban un herido, esforzándose por curar de primera intención,
con los medios que tenía á su alcance, á todos los infelices que en brazos de
la muchedumbre iban después hacia el hospital.
Atendió indistintamente á unos y otros, á los que
llevaban en el pecho el escapulario de la Virgen y á los que en el paroxismo
del dolor creían encontrar un alivio dando vivas á la Libertad y la República.
La carne herida, destrozada por el choque, la sangre que manchaba las aceras y
los pavimentos de los cafés, le causaban inmensa tristeza, haciéndole pensar
con lástima en la eterna infancia de los hombres: ¡Matarse, herirse por un
pedazo de madera groseramente tallada, que estaba allá en lo alto, entre luces
y flores, mientras existían en el mundo terribles enemigos, como el hambre y la
injusticia, que reclamaban para desaparecer el esfuerzo común y fraternal de
todos los humanos!
Mientras los hombres se mataban por la gloria de la
Virgen de Begoña, la carcoma, más sabia que ellos, seguiría mordiendo las
entrañas de madera del sonriente fetiche: tal vez á aquellas horas algún ratón
roía las patas del ídolo milagroso, bajo su hueca saya de pedrería.
El médico, fatigado por las emociones de la tarde y
por la violencia de aquellas curas entre la enojosa curiosidad de la gente,
respiró satisfecho cuando ya no le presentaron más heridos.
Paseó entonces por la orilla de la ría, pensando en
el encuentro con su primo, que seguramente sería el último. La injuria á
Sánchez Morueta le mordía el pensamiento: aquel salivazo parecía haber caído
sobre su alma. ¡Ay, el intruso! El maldito intruso! ¡Cómo había penetrado entre
ellos, matando todo afecto, anulando con el poder frío de la muerte todo un
pasado de cariño fraternal!... No habían reñido cuerpo á cuerpo como los
hermanos en las guerras civiles: pero se habían herido en el alma, separándose
para siempre, como bestias enfurecidas. Se acabó la familia: Aresti estaba solo
en el mundo.
Varios grupos de muchachos corrían vociferando por
las riberas del Nervión. Algunas mujeres daban alaridos, haciendo la señal de
la cruz. ¡Se iba acabar el mundo!... Un tropel de desalmados, furiosos después
de la lucha en el Arenal, se habían esparcido por las Siete Calles, escalando
las hornacinas que cobijaban las imágenes de los patronos de aquella Bilbao
tradicional.
Los santos eran arrojados de sus capillas y
arrastrados después hasta la ribera, entre las patadas y salivazos de la turba,
que quería vengar en aquellos cuerpos de palo, pintados y dorados, la sangre
derramada por otros de músculos y hueso. ¡Al agua los santos! Y caían de cabeza
en la ría las vírgenes y los bienaventurados, flotando después de la inmersión
con la ligera porosidad de la madera vieja.
La muchedumbre seguía lentamente por las riberas el
tardo descenso de las imágenes empujadas por la corriente. Silbaban y aplaudían
viendo el cabeceo de los santos, mientras algunas mujeres, con arrojo de
mártires, insultaban á los impíos, amenazándoles con las manos crispadas.
Una imagen de la Virgen de Begoña, arrancada de su
hornacina, era la que más llamaba la atención. ¡Ella tenía la culpa de todo!...
Y la silbaban é insultaban mientras la imagen descendía tendida de espaldas,
mostrando á flor de agua su vientre dorado y su carita de muñeca sagrada. Un
gabarrero, cruzando la ría en su barcaza, avanzó hacia la imagen como si
quisiera cortarla el paso. Los devotos aplaudieron, presintiendo la piedad del
marinero: iba á salvar á la Virgen.
Cuando su barca estuvo cerca de la imagen, cesó de
manejar el remo, y, levantándolo en alto, después de mirar á ambas orillas, dió
con él un golpe tremendo á la Virgen, que desapareció en un remolino de agua
para no flotar más. Entonces fueron los otros los que prorrumpieron en
aplausos, mientras los devotos elevaban los ojos al cielo. ¡Hasta sobre las
aguas se mostraba la impiedad de la villa!...
Frente á un grupo peroraba un hombre de aspecto
miserable, con movimientos desordenados, como si fuese un loco. Aresti
reconoció al Barbas.
—Lo de hoy no vale nada—gritaba.—No me parece mal
que les metan mano á los que por tanto tiempo han tenido engañada á la gente,
pero después de esto hay que ajustar la cuenta á los que la roban. Hoy ha sido
la batalla de los santirulicos: mañana será la del pan. Ya bajarán del monte
los que han producido con su trabajo las riquezas de todos los ladrones de
aquí: ya reclamarán su parte. Y nada de peticiones ordenadas ni de aumentos de
jornal, ni de limosnas. ¡Fuera los cataplasmeros! A cada cual lo que le corresponde,
y al que se oponga, ¡dinamita... roño! ¡dinamita!
Aresti se alejó para que no le viese aquel
energúmeno, que parecía enardecido por la sangre de la reciente lucha.
Sus palabras evocaban en el pensamiento del médico
las minas, con su población miserable, roída por las necesidades materiales y
la desesperación de los que sienten sed de justicia. Desde aquellos picachos
rojos, transformados y revueltos por el pico del peón y el trueno del
barrenador, un nuevo peligro espiaba á la villa opulenta y feliz. Después del
choque provocado por el fanatismo dominador, vendría la huelga de los
infelices, la reclamación imperiosa de la miseria.
Un ejército enemigo se ocultaba tras aquellas
montañas que cerraban el horizonte: una horda hambrienta que algún día caería
sobre la población como en otros tiempos las gavillas del absolutismo. Bilbao
estaba amenazada de un tercer sitio; pero en el de ahora no se detendrían los
enemigos ante las defensas exteriores; se esparcirían por las calles y
bloquearían á la riqueza en sus magníficas viviendas. La guerra en nombre del
pasado se repetiría en defensa del porvenir; los nuevos sitiadores llevarían la
miseria como bandera, y como grito de combate el derecho á la vida.
Aresti pensaba en la posibilidad de que
desapareciese aquella riqueza origen de tantos males. ¿Para qué servían los
tesoros de las minas? Se había embellecido exteriormente la población, tomando
el aspecto de una capital: la grandeza de la industria moderna tronaba en la
ría por las chimeneas de fábricas y buques; pero la vida era más triste que
antes. Con la riqueza habían llegado los hombres negros, que se hacían los amos
de todo, que se apoderaban de las conciencias, acabando por poner sus manos en
los bienes materiales.
Si la riqueza de la villa se agotara de pronto,
aquellas aves de tristeza levantarían el vuelo hacia otros países. El suelo
sería más pobre, pero renacería en él como planta de consuelo la alegría de la
vida.
La antigua Bilbao de los comerciantes y los
marinos, que aún no conocía el valor del hierro, era más feliz, con la paz de
un trabajo lento y ordenado y la llaneza fraternal de sus costumbres, que la
villa moderna, con sus improvisadas fortunas, sus ostentaciones locas y aquella
riqueza disparatada y rápida que apenas si dejaba en el país rastros
beneficiosos de su paso, perdiéndose en las obscuras tragaderas del intruso
negro, aparecido en la hora suprema de la fortuna para sentarse al lado de los
favoritos de la suerte, ofreciéndoles el cielo á cambio de una participación en
el botín.
El saqueo de la Naturaleza, la amputación de sus
entrañas de hierro, había servido únicamente para la felicidad de unos cuantos
y para qué el parásito sagrado que se ocultaba tras ellos fuese el verdadero
amo de todo. ¡Debía terminar aquel carnaval de la Fortuna, que sólo servía para
dar nuevas fuerzas al fanatismo religioso y para irritar á la miseria, con el
alarde de una concentración loca de la riqueza, que avivaba los odios
sociales!...
Las minas se empobrecían. Los optimistas las daban
vida para veinte años: los más crédulos llegaban hasta treinta. Pero después
vendría el agotamiento, la nada; la montaña pelada, con su esqueleto calcáreo
al descubierto, sin guardar el más leve harapo del manto que la había cubierto
durante siglos, más rico que el de muchos dominadores de la tierra. Algunas
minas quedaban abandonadas como los caballos moribundos, á los que se olvida
cuando ya no pueden dar utilidad. En otras, se aprovechaba la escoria de las
viejas explotaciones, para extraer el hierro que habían respetado los métodos
antiguos. En Gallarta se derribaban casas enteras, construidas algunos años
antes, para aprovechar el mineral de su paredes. Se vivía de los residuos de la
época de prosperidad, como en las casas donde asoma la escasez y se aprovechan
para un nuevo yantar las sobras de la comida anterior. Tras esto, era de
esperar la completa carencia de mineral. Serían inútiles todas las extratagemas
de aprovechamiento; sólo encontrarían la tierra pobre y estéril, sin la menor
partícula de hierro, y entonces vendría el ¡sálvese quien pueda!, el momento
terrible de la vuelta á la pobreza, la fuga desordenada y arrolladora de la
muchedumbre que engañaba su hambre trabajando en la cantera, dejando entre sus
pedruscos lo mejor de su vida: el aislamiento de los poderosos, encerrándose en
el arca de su riqueza, para flotar sobre este Diluvio final.
La Fortuna habría pasado un momento por aquella
tierra, como por otros países, sin dejar más que ligeras huellas. Bilbao
ofrecería el aspecto de las ciudades históricas de Italia, que fueron grandes,
llenando el mundo con el poderío de su comercio, y hoy son melancólicos
cementerios de un pasado glorioso. Quedarían en pie los palacios del ensanche,
la ría prodigiosa con su puerto, que parece esperar las escuadras de todo el
mundo: pero los palacios estarían desiertos, el abra, con sus contados barcos,
tendría la triste grandeza de una jaula inmensa sin pájaros, y las fundiciones,
los altos hornos, los cargaderos, serían ruinas, con sus chimeneas rotas, como
esas columnas solitarias que hacen aún más trágica la soledad de las metrópolis
muertas.
Ebrios por el vino enloquecedor de la suerte, los
dueños de tanta riqueza, no habían querido crear industrias nuevas, que fuesen
libres de la servidumbre de la mina. Las luchas industriales con sus
complicaciones y riesgos, no les tentaban, acostumbrados á las fáciles y
seguras ganancias de un país donde sólo hay que arrancar los pedruscos del
suelo para enriquecerse. La vida de la villa, el movimiento de su puerto, la
existencia de sus fábricas, todo estaba sometido á la tierra roja arrancada de
la montaña. El hierro era la sangre de Bilbao, el aire de sus pulmones, y al
faltar de repente, caería la villa ostentosa con repentina muerte,
desaparecería, como el decorado de una comedia de magia, aquella riqueza creada
de la noche á la mañana, que era para la masa infeliz una opulencia insultante.
Tal vez algún día los pasos de los raros
transeuntes despertasen el mismo eco fúnebre en las calles de la nueva Bilbao,
que los del viajero al vagar entre los muertos palacios de Pisa. Podía ser que
el mar enemigo cegase la ría con una barra de arena, y que sólo de tarde en
tarde remontase su corriente algún barco mercante.
Aresti acariciaba esta perspectiva desoladora. Su
Bilbao volvería á ser la villa comercial, la de las famosas ordenanzas, con una
vida mediocre y pacífica, sin enormes capitales, pero limpia la conciencia del
remordimiento cruel que pesaba sobre ella, cuando desfilaba por sus calles el
ejército de la miseria, los parias del trabajo en huelga, los que llegaban á
exhibir como una acusación muda sus harapos y su cara de hambre ante los
palacios de los ricos.
Y al ausentarse la Fortuna loca, marcharían tras
sus pasos aquellos hombres negros que la seguían como merodeadores, que sólo se
mostraban hablando del cielo allí donde se amontonaban los beneficios de la
tierra. No vacilarían en abandonar una tierra exhausta, olvidándola como tenían
olvidados á los países pobres, donde nunca se mostraban, como si en ellos no
existiesen hijos de su Dios.
Aresti, al pensar que la ruina de su país sería la
señal para que los invasores levantasen sus tiendas, deseaba que aquella
llegase cuanto antes: sonreía pensando en el agotamiento de las minas como en
una catástrofe providencial y salvadora.
Llevaba más de dos horas paseando por la orilla de
la ría. Comenzaba el agonizar de la tarde. A lo lejos, por la parte del mar, el
sol ocultábase tras la cumbre del Serantes. Un grupo de muchachos seguía la
lenta flotación del último santo, arrojándole piedras para que no se detuviera
en las revueltas de la corriente.
Después de las agitaciones de la tarde, la calma
majestuosa del crepúsculo de verano, parecía envolver suavemente el espíritu de
Aresti, elevando su pensamiento. Ya no se acordaba de su villa, de aquel pedazo
de tierra donde había de morir. Era un ataúd, en el que dormitaba, rodeado de
seres egoístas que se defendían del vecino ó intentaban aplastarle, siempre en
continua guerra, como si todos se creyesen inmortales y temblaran por su
sustento durante una vida sin límites.
Ahora pensaba en la humanidad; en el largo y
doloroso camino que aún tenía por delante; en la obscura selva por donde
marchaba, encadenados sus pies con los hierros del pasado, tendiendo las manos
doloridas hacia el ideal, hacia la justicia, que brillaba lejos, muy lejos,
como una estrella perdida en la noche.
El sol se había ya ocultado. Sobre las aguas
ligeramente enrojecidas por el resplandor sangriento del cielo, flotaba la
imagen del último santo.
Aresti pensaba en el ocaso de los dioses, en el
último crepúsculo de las religiones. ¡Ay, si la noche que llegaba fuese eterna
para los viejos ídolos; si al salir de nuevo el sol viese la tierra limpia de
todas las leyendas creadas por la debilidad humana, balbuciente y temblorosa
ante el negro secreto de la muerte!
El doctor contemplaba la fuga del ídolo sobre las
aguas, y, como atraído por él, lo seguía á lo largo de la ribera.
Soñaba en el día glorioso de la humana redención:
cuando desapareciesen los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que hablan
mantenido á los hombres durante siglos en la esclavitud, cantándoles la canción
de la humildad y la repugnancia á la vida, arrullándolos en su eterna niñez,
con la apología de la resignación cobarde ante las injusticias terrenales, como
medio seguro de ganar el cielo...
No: aquellos ídolos habían engañado á la humanidad
demasiado tiempo y debían morir. Sus días aún serían largos, pero estaban
contados. Los hombres comenzaban á maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos
hostiles con la sublime rebeldía del sacrilegio. Eran los alcahuetes de la
injusticia. Bajarían de sus altares como habían descendido los dioses del
paganismo cuando les llegó su hora, siendo más hermosos que ellos. Quedarían en
los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr siquiera, en su fealdad,
la admiración que inspira la armoniosa desnudez: se confundirían con los
fetiches grotescos de los pueblos primitivos, y la humanidad, incapaz ya de
envolver en formas groseras sus aspiraciones y anhelos, adoraría en el infinito
de su idealismo las dos únicas divinidades de la nueva religión: la Ciencia y
la Justicia Social.
FIN
Playa de la Malvarrosa (Valencia).
Abril-Junio de 1904.
DEL MISMO AUTOR
· NOVELAS
o Arroz y tartana. Una peseta.
o Flor de Mayo. Una peseta.
o La Barraca. 3'50 pesetas.
o Entre naranjos. 3 pesetas.
o Cañas y barro. 3 pesetas.
o Sónnica la cortesana. 3 pesetas.
o La Catedral. 3 pesetas.
· CUENTOS
o Cuentos valencianos. Una peseta.
o La Condenada. Una peseta.
· VIAJES
o París (agotada).
o En el país del Arte (Tres meses en Italia). 1'50 ptas.
End of the Project Gutenberg EBook of El intruso,
by Vicente Blasco Ibáñez
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL INTRUSO
***

