Libro N° 9582. La Cancion De Albión 03 - La Última Batalla. Lawhead, Stephen R.
© Libro N° 9582. La Cancion De Albión 03 - La Última
Batalla. Lawhead, Stephen R. Emancipación. Febrero
12 de 2022.
Título original: © La Cancion De Albión 03 - La Última Batalla. Stephen
R. Lawhead
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Original: © La Cancion De Albión 03 - La Última Batalla. Stephen R.
Lawhead
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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La Cancion De Albión 03
LA ÚLTIMA BATALLA
Stephen R. Lawhead
La Cancion De Albión 03
LA ÚLTIMA BATALLA
Stephen R. Lawhead
La cancion de Albión 03 - La última batalla
Sobrecubierta
La última batalla
Stephen R. Lawhead
Dedicado a Jan Dermis
«Puesto que el mundo no es más que una historia,
hicisteis bien en comprar la historia más perdurable en lugar de comprar la
historia menos perdurable.»
El juicio de san Columkill (San Columbán de
Escocia)
Escucha, oh Hijo de Albión, las palabras
proféticas:
Laméntate y entristécete, porque el dolor asuela
Albión en tres frentes. El Rey de Oro tropezará en su reino con la Roca de la
Contienda. El Gusano de ardiente aliento reclamará el trono de Prydain; Llogres
se quedará sin señor, pero Caledon se salvará. La Bandada de Cuervos acudirá en
tropel a sus umbrías cañadas, y el graznido será su canción.
Cuando la luz de los derwyddi se apague y la sangre
de los bardos reclame justicia, los Cuervos extenderán sus alas sobre el bosque
sagrado y el montículo sacrosanto. Bajo las alas de los Cuervos se instalará un
trono. Sobre ese trono, un rey con una mano de plata.
En el Día de la Lucha, las raíces y las ramas se
intercambiarán los lugares, y el fenómeno será considerado una maravilla. El
sol se apagará como el ámbar, la luna esconderá su faz: la abominación
contaminará la tierra. Los cuatro vientos se pelearán entre ellos con ráfagas
terribles; el estruendo se oirá hasta en las estrellas. El Polvo de los
Antepasados se alzará hasta las nubes; la esencia de Albión se dispersará y
desgarrará en la lucha de los vientos.
El mar se levantará con potentes voces. No habrá
ningún puerto seguro. Arianrhod duerme en su promontorio rodeado por el mar.
Aunque muchos la busquen, no la encontrarán. Aunque muchos la llamen, ella no
los oirá. Sólo el beso casto la devolverá a su lugar.
Entonces surgirá el Gigante de la Maldad y
aterrorizará a todos con el hábil filo de su espada. Sus ojos vomitarán fuego;
sus labios gotearán veneno. Con su enorme hueste asolará la isla. Todos los que
se le enfrenten serán barridos por el río de perversidad que fluye de su mano.
La Isla de la Fuerza se convertirá en una tumba.
Todo esto va a sobrevenir por obra del Hombre
Cínico, que, montado en su corcel de bronce, siembra un infortunio tan grande
como calamitoso. ¡Alzaos, hombres de Gwir! ¡Empuñad las armas y enfrentaos a
los hombres malvados que hay entre vosotros! El fragor de la batalla será oído
en las estrellas del cielo, y el Año Grande avanzará hacia su consumación
final.
Escucha, Hijo de Albión: la sangre nace de la
sangre. La carne nace de la carne. Pero el espíritu nace del Espíritu y con él
permanece por siempre jamás. Antes de que Albión sea una, debe ser realizada la
Heroica Hazaña y debe reinar Mano de Plata.
Banfáith de Ynys Sci
1
LLAMAS TENEBROSAS
Un fuego consume Albión. Un extraño, latente e
invisible fuego de tenebrosas llamas. Hierve, se agita y arde alimentando en su
negro y candente corazón llamas de oscuridad. Arde invisible e ignoto.
Esas llamas de oscuridad son insaciables; crecen y
se propagan con avidez, consumiéndolo todo, destruyéndolo todo. Aunque
invisibles, su calor abrasa, quema, seca la carne y los huesos; agota la fuerza
y debilita la voluntad; marchita el valor, corroe el coraje y convierte el amor
y el honor en duros y negros rescoldos.
El fuego tenebroso es un maligno y ancestral
enemigo, más antiguo que la tierra. No tiene rostro, ni cuerpo, ni piernas o
brazos contra los que se pueda combatir y luchar, y mucho menos apagar o
vencer. Sólo llamas, insidiosas lenguas de fuego y latentes chispas oscuras que
arden y se esparcen con las ráfagas del viento.
Y nada puede prevalecer contra el tenebroso fuego.
Nada puede resistirse a la incansable e insaciable corrupción de las invisibles
llamas. No se apagará hasta que todo lo que existe en el mundo quede reducido a
frías cenizas.
La piel de buey de la puerta se corrió y Tegid
Tathal entró en la cabaña. Con aguda mirada escrutó la oscuridad; había
recuperado la vista. Su ceguera había sido sanada o por lo menos transmutada en
visión por las curativas aguas del lago. Al verme sentado sobre la paja que
cubría el suelo me preguntó:
–¿Qué estás haciendo?
–Pensar -repliqué, mientras doblaba uno tras otro
los dedos de mi mano de plata.
¡Mi mano! Era la encarnación de la belleza en
hermosa y perfecta plata. Un tesoro de inimaginable valor. Un regalo, quizá la
recompensa a un guerrero, que me había hecho una deidad con un sentido del
humor muy peculiar. Muy peculiar, sin duda.
Tegid aseguraba que era un regalo de Dadda
Samildanac, de la Mano Firme y Segura. Decía que era el cumplimiento de la
promesa hecha por el señor del bosquecillo. La Mano Firme y Segura, por medio
de su mensajero, otorgó a Tegid la gracia de su visión interior y a mí me hizo
el regalo de aquella mano de plata.
Tegid me observó con curiosidad mientras yo seguía
perdido en mis meditaciones.
–¿Y en qué estás pensando? – me preguntó al fin.
–En esto -repuse alzando la mano de metal-. Y en
fuego. En un tenebroso fuego -añadí.
Aceptó mi respuesta sin plantear más preguntas.
–Ahí fuera te están esperando -se limitó a decir-.
Tu pueblo quiere ver a su rey.
–Necesitaba estar solo un rato. Tenía que pensar.
Hasta la cabaña llegaba el griterío de la fiesta;
la celebración de la victoria duraría varios días. Meldron, el Gran Sabueso,
había sido derrotado y sus seguidores ajusticiados; la sequía había terminado,
la tierra había vuelto a la vida y los supervivientes daban rienda suelta a la
felicidad que los embargaba.
Pero yo no compartía esa felicidad porque su
salvación y su alegría significaban, ni más ni menos, que mi estancia en Albión
había concluido. Mi tarea había terminado y debía marcharme, aunque todas y
cada una de las fibras de mi cuerpo lo negaran.
Tegid se acercó y se arrodilló para no tener que
hablarme desde un plano elevado.
–¿Qué pasa?
Antes de que pudiera responderle, la piel de buey
de la puerta se corrió de nuevo y entró el profesor Nettleton. Saludó con gesto
grave a Tegid y se dirigió a mí diciéndome simplemente:
–Es hora de partir.
Como no le contesté continuó:
–Llew, ya hemos hablado de este asunto. Y estuvimos
de acuerdo. Hay que hacerlo; y cuanto antes mejor. La dilación sólo empeorará
las cosas.
Tegid miró al hombrecillo fijamente y dijo:
–Es nuestro rey. Como Aird Righ de Albión está en
su derecho… –Por favor, Tegid.
Nettleton sacudió la cabeza despacio y apretó los
labios con gesto firme.
Se acercó a mí y me miró fijamente.
–No le está permitido a ningún hombre permanecer en
el Otro Mundo. Lo sabes perfectamente. Viniste a buscar a Simon para obligarle
a regresar y ya lo has conseguido. Tu tarea aquí ha terminado. Es hora de
volver a casa.
Tenía razón; lo sabía muy bien. Sin embargo, la
sola idea de marcharme me desgarraba el corazón. No podía. Lejos de allí no era
nada; no tenía vida. Un mediocre estudiante extranjero, un triste graduado
carente de casi todo lo que es esencial para el hombre, sin amigos y sin el
amor de una mujer; un perpetuo universitario sin ninguna meta en la vida salvo
aspirar a alguna beca, y eludir las responsabilidades para prolongar al máximo
la estancia en los protectores claustros de Oxford.
La única vida real que había conocido estaba en
Albión. Marcharme de allí significaría morir y no me sentía con fuerzas para
enfrentarme a ello.
–Pero aún tengo que hacer muchas cosas aquí -aduje,
casi al borde de la desesperación-. Tengo que… Además, ¿por qué me han dado
esto? añadí alzando la mano de plata.
El frío apéndice de metal brillaba apagadamente en
la oscuridad de la cabaña; la intrincada tracería de oro finamente labrada en
su superficie destacaba en la delicada tonalidad de la plata.
–Vamos -dijo el profesor instándome a que me
levantara-. No lo hagas más difícil todavía. Vayámonos ahora mismo, y con la
mayor discreción posible.
Me levanté y salí tras él de la cabaña. Tegid nos
siguió sin decir nada. Fuera resplandecían las hogueras de la fiesta; las
llamas se alzaban en el apagado crepúsculo. Alrededor de las hogueras la gente
se divertía; entre el alegre tumulto llegaban hasta nosotros retazos de
canciones. No habíamos dado ni dos pasos cuando se nos acercó Goewyn con una
jarra en una mano y una copa en la otra; detrás de ella una doncella llevaba
una bandeja con pan y carne.
–Imaginé que tendrías hambre y sed -se apresuró a
explicar mientras echaba la cerveza en la copa-. Lo siento, pero es todo lo que
he podido reservarte. Ya no queda más.
–Gracias -le respondí.
Al coger la copa dejé que mis dedos reposaran sobre
su mano. Goewyn sonrió y me di cuenta de que no podía irme sin decirle lo que
se escondía en
el fondo de mi corazón.
–Goewyn, debo decirte… -empecé.
Antes de que pudiera acabar, un jubiloso grupo de
guerreros se acercó instándome a que me uniera a ellos en la fiesta. Goewyn y
la doncella fueron apartadas sin ceremonias.
–¡Llew, Llew! – gritaban los guerreros-. ¡Salve,
Mano de Plata! Uno de ellos llevaba en la mano un anca de venado que me ofreció
insistentemente hasta que le hube dado un buen
bocado. Otro vio mi copa y me sirvió cerveza de la suya.
–¡Sláinte, Mano de Plata! – gritaron todos cuando
me la llevé a los labios. Los guerreros parecían dispuestos a llevarme en
volandas con ellos, pero
Tegid intervino. Les explicó que yo deseaba caminar
entre la gente para disfrutar de la fiesta y les rogó que protegieran la
tranquilidad del rey, alejando de mí a todo el que pudiera molestarme empezando
por ellos mismos.
Mientras los guerreros se alejaban ruidosamente,
apareció Cynan. –¡Llew! – exclamó propinándome un tremendo palmetazo en el
hombro-
¡Por fin te encuentro! Llevo horas buscándote.
¡Acompáñame, bebe conmigo! Brindaremos por tu dignidad real. ¡Que tu reinado
sea largo y glorioso! – y echó cerveza de su copa en la mía, que ya estaba a
rebosar.
–¡Que nuestras copas rebosen siempre! – añadí
mientras la cerveza se derramaba por mi mano.
Cynan se echó a reír. Bebimos y antes de que
pudiera llenar de nuevo mi copa, me apresuré a pasársela a Tegid.
–Creí que hacía tiempo que se nos había acabado la
cerveza -dije-. No tenía idea de que quedara tanta.
–Es la última -comentó Cynan mirando el contenido
de su copa-. Cuando se haya acabado, tendremos que esperar a que los campos
sean labrados y crezca el grano. Pero hoy -añadió con una carcajada-, hoy
tenemos cuanta necesitamos.
Cynan, con su resplandeciente cabellera roja, con
sus brillantes ojos azules y la copa llena de cerveza, parecía tan exultante de
vida y tan feliz de disfrutar de aquellos momentos, tras los horribles
acontecimientos de los pasados días, que no pude sino unirme a su alegría; me
eché a reír aunque el corazón me pesaba en el pecho como una losa.
–Más aún, hermano -le dije-. ¡Somos hombres libres
y estamos vivos!
–¡Desde luego! – exclamó el príncipe.
Me echó el brazo al cuello y me atrajo hacia él en
un cariñoso abrazo. Así entrelazados, dediqué un silencioso y triste adiós a mi
hermano de armas.
Bran y algunos de los Cuervos se nos acercaron y me
saludaron y aclamaron como rey jurándome eterna lealtad. También acudieron los
reyes Calbha y Cynfarch.
–¡Salud, Llew! – dijo Calbha-. Que tu reinado
continúe como ha empezado.
–¡Que te acompañe siempre la prosperidad -añadió
Cynfarch- y que la victoria corone todas tus batallas!
Les di las gracias y les rogué que me excusaran,
pues había visto que Goewyn se alejaba del grupo. Calbha se dio cuenta de que
mis ojos estaban clavados en ella y me dijo:
–Ve, Llew. Ella te está esperando. Ve.
Yo me apresuré a marcharme.
–Tegid, tú y el profesor disponed el bote.
Enseguida me reuniré con vosotros.
El profesor Nettleton echó una rápida ojeada al
cielo y dijo:
–Ve si crees que debes hacerlo, pero date prisa,
Llew. La hora-entrehoras no puede esperar.
Alcancé a Goewyn cuando pasaba entre dos casas.
–Ven conmigo -le dije-. Debo decirte algo.
La muchacha no contestó; dejó la jarra en el suelo
y me tendió la mano. Yo se la cogí y la conduje entre el laberinto de cabañas
hasta el límite del crannog. Nos deslizamos entre las sombras del muro de la
fortaleza y salimos por las puertas desprovistas de vigilancia.
Goewyn permanecía en silencio mientras yo buscaba
torpemente las palabras que expresaran lo que le quería decir. Ahora que me
prestaba toda su atención, no sabía por dónde empezar. La joven me miraba; en
la desmayada luz del crepúsculo sus ojos brillaban grandes y oscuros, los
rubios cabellos le resplandecían como plata pulida y tenía la piel pálida como
el marfil. Una delicada torque relucía en su garganta como un collar de luz.
Era en verdad la mujer más bella que jamás había conocido.
–¿Qué ocurre? – preguntó al fin-. Si hay algo que
te causa infelicidad, cámbialo. Ahora eres el rey y a ti te corresponde decir
cómo deben ser las cosas.
–Me parece -repuse con tristeza- que hay algunas
cosas que ni siquiera un rey puede cambiar.
–¿Qué ocurre, Llew? – preguntó ella de nuevo.
Titubeé. Ella se me acercó aguardando la respuesta.
La miré; estaba bellísima en la decreciente luz.
–Te amo, Goewyn -dije.
Ella sonrió y sus ojos brillaron de alegría.
–¿Y eso es lo que te hace infeliz? – bromeó,
acercándose aún más. Alzó los brazos y entrelazó los dedos en mi nuca-. Yo
también te amo. Ya ves. Ahora los dos juntos podremos sentirnos muy
desgraciados.
Sentí su dulce aliento en la cara. Deseaba cogerla
en mis brazos y besarla.
Ardía de pasión. Pero me limité a apartar la vista
de su rostro.
–Goewyn, me gustaría pedirte que fueras mi reina.
–Y si me lo pidieras -contestó con voz dulce y
acariciadora-, aceptaría… como he hecho tantas veces en el fondo de mi corazón.
Su voz… podría vivir dentro de aquella voz. Podría
existir en ella, perderme completamente, feliz de no oír nada más excepto su
armonía.
Tenía la boca seca y me esforcé por tragar el grumo
de arena que de pronto parecía atenazarme la garganta.
–Goewyn… yo…
–¿Llew? – Había captado la desesperación de mi voz.
–Goewyn, no puedo… no puedo ser rey. No puedo
pedirte que seas mi reina.
La muchacha se irguió y se apartó de mí.
–¿Qué quieres decir?
–Quiero decir que no puedo quedarme en Albión. Debo
marcharme. Debo regresar a mi mundo.
–No lo entiendo.
–Yo no pertenezco a este mundo -empecé a decir con
considerable torpeza, pero una vez hube empezado tuve miedo de callar-. Éste no
es mi mundo, Goewyn. Soy un intruso; no tengo derecho a quedarme aquí. Es
laverdad. Sólo vine aquí por Simon. Él…
–¿Simon? – preguntó ella, pues aquel nombre no
significaba nada en su lengua.
–Siawn Hy -le aclaré-. En nuestro mundo se llama
Simon. Él vino aquí y yo tras él. Vine para hacerle regresar…, y ahora que lo
he logrado tengo que
marcharme. Ahora mismo, esta noche. No te veré
nunca más…
Goewyn no dijo nada, pero era evidente que no
entendía ni una palabra de lo que le estaba diciendo. Exhalé un profundo
suspiro y proseguí con mi torpe discurso.
–Todos los problemas, todo lo que ha sucedido aquí,
en Albión… la muerte y la destrucción, la matanza de los bardos, las guerras,
la desolación de Prydain… todas las desgracias que han sucedido… han derivado
de Simon.
–¿Todo ha sido obra de Siawn Hy? – preguntó la
muchacha con incredulidad.
–No me estoy explicando muy bien -tuve que
admitir-. Pero es verdad. Pregúntaselo a Tegid; te dirá lo mismo. Siawn Hy
trajo consigo ciertas ideas…, ideas de tal astucia y perversidad que envenenó
con ellas toda Albión. Meldron comulgó con ellas y ya ves lo que sucedió.
–No sé nada de todo eso. Pero sí sé que Albión no
ha sido destruida. Y no ha sido destruida -puntualizó- gracias a que tú lo
impediste. De no ser por ti, Siawn Hy y Meldron habrían reinado sobre una
Albión asolada.
–Entonces ya ves por qué no puedo permitir que eso
suceda de nuevo. –lo único que veo -corrigió ella con firmeza- es que tú debes
quedarte
para impedir que vuelva a suceder.
Advirtió mi vacilación y adujo más argumentos.
–Sí, debes quedarte. Como rey que eres, es tu
derecho y tu deber. Hizo una pausa y sonrió-. Quédate y reina sobre una Albión
renovada.
Goewyn sabía muy bien las palabras que yo deseaba
oír y las había pronunciado. Sí, pensé yo, podía quedarme en Albión. Podía ser
rey y reinar junto a Goewyn como mi reina. Seguramente el profesor Nettleton
estaba equivocado y ella estaba en lo cierto: era mi deber como rey asegurarme
de que la renovación de Albión proseguiría como había empezado. ¡Podía
quedarme!
Goewyn ladeó la cabeza.
–¿Qué me dices, amor mío?
–Me quedo, Goewyn. Si es posible, me quedaré para
siempre. Sé mi reina. Ayúdame a reinar.
Ella se echó en mis brazos y sentí sobre mis labios
la cálida suavidad de los suyos. Aspiré con deleite la fragancia de sus
cabellos. La abracé con fuerza y la besé; besé su garganta de marfil, sus
párpados de seda, sus cálidos
y húmedos labios que sabían a miel y a flores
silvestres. Y ella también me besó.
Había soñado con aquel momento innumerables veces,
lo había deseado, lo había anhelado. En verdad, lo único que ansiaba era
amarla. Apreté contra mí el suave calor de su cuerpo y supe con certeza que me
quedaría…, como si en algún momento hubiera abrigado alguna duda.
–Espérame -dije; la solté y me apresuré a alejarme.
–¿Adónde vas? – gritó tras de mí.
–Nettles se marcha. Me está esperando -respondí-.
Debo despedirme de
él.
2
TRES PETICIONES
Corrí siguiendo el muro de troncos y me reuní con
Tegid y el profesor Nettleton que me esperaban en el bote. Lo empujé y salté a
bordo; Tegid empuñó los remos y bogó a través del lago. Las tranquilas aguas
brillaban como un espejo en el mortecino crepúsculo y reflejaban las últimas
luces del cielo azul oscuro.
Desembarcamos al pie de Druim Vran y nos
apresuramos a subir por el sendero que conducía al sagrado bosquecillo de
Tegid. A cada paso que daba, iba inventando un nuevo argumento o excusa para
justificar mi decisión de quedarme. En realidad, jamás había querido marcharme;
me parecía injusto. El amor que sentía por Goewyn sólo era un elemento más en
la larga lista de razones que tenía para oponerme al prudente designio de
Nettleton. El profesor tendría que aceptar mi decisión.
El soto estaba silencioso y la luz era tenue cuando
nos internamos en el boscoso santuario. Tegid sin perder tiempo comenzó a
trazar un círculo en la tierra con la punta de su vara. Caminaba hacia atrás
siguiendo la trayectoria del sol mientras salmodiaba con voz grave y solemne.
No podía entender lo que decía, pues utilizaba la Lengua Secreta de los
derwyddi, el Taran Tafod. Mientras aguardaba junto a Nettles, en mi mente se
entremezclaban
acusaciones, culpabilidades y una profunda
indignación… ¡Yo era rey! ¡Había construido aquel lugar! ¿Quién más que yo
tenía derecho a quedarse allí?… Pero no podía pronunciar palabra. De pie, en
furioso silencio, me limitaba a ver cómo Tegid preparaba nuestra partida.
Tras finalizar la sencilla ceremonia, el bardo
salió del círculo que había
dibujado y se acercó a nosotros.
–Todo está dispuesto -dijo con la mirada clavada en
mí.
En sus ojos se leía una profunda tristeza pero no
pronunció ni una palabra de despedida. Mi marcha le producía también a él un
enorme dolor.
El profesor avanzó hacia el círculo, pero yo no me
moví, como si hubiera echado raíces. Cuando Nettleton se dio cuenta de que me
había quedado atrás, miró por encima del hombro; al comprobar que yo no había
hecho el menor movimiento para seguirle, me instó:
–Vamos, Lewis.
–No voy a acompañarte -repuse apagadamente.
No era lo que había planeado decirle, pero las
palabras habían brotado sin darme cuenta.
–¡Lewis! – me reprendió volviéndose hacia mí-.
Piensa bien lo que estás haciendo.
–No puedo marcharme así, Nettles. Es demasiado
pronto.
Me cogió del brazo y lo apretó con violencia.
–Lewis, escúchame. Escúchame con atención. Si amas
Albión, debes marcharte. Si te quedas, sólo lograrás destruir cuanto has
salvado. Considéralo de este modo. Tu tarea ha terminado: no está permitido a
ningún ser humano…
–Correré el riesgo, Nettles -le interrumpí.
–No te corresponde a ti correr ese riesgo -explotó
impaciente, y su voz resonó en el silencio del soto. Exasperado parpadeó tras
los redondos cristales de sus gafas-. Piensa bien lo que estás haciendo, Lewis.
Has conseguido lo imposible. Tu tarea aquí ha terminado. No destruyas todo el
bien que has hecho. Te lo ruego, Lewis, piénsalo bien.
–La hora-entre-horas -dijo Tegid con voz suave.
–Me quedo -murmuré en tono terminante-. Si tienes
que marcharte, es mejor que lo hagas cuanto antes.
Viendo que no podía convencerme, el profesor se dio
la vuelta con un gesto de frustración y se internó en el círculo. Al instante,
su cuerpo pareció desvanecerse y empequeñecerse, como si hubiera penetrado en
un largo túnel.
–Despídete de todos, Lewis -me instó en tono
desesperado-, y vuelve tan pronto como puedas. Te estaré esperando.
–¡Adiós, amigo mío! – exclamó Tegid.
–Por favor, por lo que más quieras, no retrases tu
vuelta demasiado tiempo -gritó Nettles con una voz que se iba desvaneciendo.
Su imagen onduló como oculta tras una cortina de
agua. Los cristales de sus gafas destellaron y luego desapareció mientras sus
últimas palabras permanecían suspendidas en la quietud del aire, como un rápido
y apagado consejo.
Tegid se reunió conmigo.
–Bueno, hermano -dijo-, al parecer vas a tener que
soportar mi presencia aún por algún tiempo.
Luego el bardo miró el círculo ya vacío. Con el
rostro grave y la mirada perdida, parecía estar asomándose al vacío del reino
de la nada. Pensé que no iba a pronunciar palabra, pero entonces alzó su vara y
dijo con segura certeza:
–Antes de que Albión sea una, la Heroica Hazaña
debe ser llevada a cabo y Mano de Plata debe reinar.
Eran las palabras de la profecía de la banfáith, y,
como me recordaba él de vez en cuando, todavía tenía que probarse que eran
falsas. Tras haberlas pronunciado me miró.
–La elección está hecha -dijo.
–¿Qué ocurrirá si me he equivocado?
–Siempre podré hacerte volver a tu mundo -repuso.
Noté en su voz el alivio que sentía. Del mismo modo
que yo no había querido marcharme, Tegid tampoco lo había deseado.
–Es verdad -dije sintiendo que me sacaba un peso de
encima.
Desde luego; podría marcharme cuando quisiera, y me
marcharía cuando hubiera finalizado lo que había empezado. Algún día me
marcharía. Pero aún no; todavía no.
Aparté esa idea de mi mente, aplacando mi torturada
conciencia con una dulce autojustificación: después de todo lo que había
padecido, me merecía una pequeña dosis de felicidad. ¿Quién podría negármela?
Además, todavía quedaba mucho por hacer. Me quedaría hasta ver reconstruida
Albión.
Sí, y me casaría con Goewyn.
El rumor de nuestra boda se extendió por Dinas Dwr
con la celeridad de un grito. Tegid y yo llegamos al palacio y nos sumamos a la
fiesta, que con la llegada de la noche había desembocado en una franca y
vertiginosa euforia. El salón parecía desbordar luz y sonido: la chimenea rugía
y colgaban antorchas en los muros de madera; hombres y mujeres sentados en
bancos se
apretaban en grupos en torno a los pilares.
Sólo la cabecera del salón, orientada al oeste,
permanecía silenciosa y vacía de público, pues el Bardo Supremo había colocado
allí, en un pedestal de hierro, el cofre que contenía las Piedras Cantarinas y
había establecido una guardia perpetua: tres guerreros vigilaban noche y día el
tesoro de Albión. Los centinelas eran relevados a intervalos por otros
guerreros, de forma que todos compartían aquel sagrado deber. En ningún
momento, ni de día ni de noche, las milagrosas piedras quedaban sin vigilancia.
El tumulto aumentó en cuanto entramos en el palacio
y no tardé en descubrir la causa.
–¡El rey! ¡Ha llegado el rey! – gritó Bran, y los
Cuervos acudieron a su llamada-. ¡Brindo por la boda del rey! – exclamó alzando
la copa.
–¡Por la boda del rey! – coreó Cynan.
En un instante me vi rodeado, cogido y levantado en
volandas. Crucé el umbral y fui paseado en hombros de los guerreros por las
callejuelas de Dinas Dwr, mientras la multitud se congregaba a nuestro paso.
Recorrimos así el poblado, para que todo el caer se enterara de lo que sucedía
y se uniera a nosotros.
Entre el resplandor de antorchas y el clamor de
risas llegamos por fin a la cabaña donde se habían instalado Goewyn y su madre.
La comitiva se detuvo y Cynan, tomando las riendas del festejo, exclamó que el
rey había llegado a buscar a la novia.
Apareció Scatha y se dirigió a la multitud.
–Mi hija está aquí -dijo señalando a Goewyn que
había salido de la cabaña tras su madre-. ¿Dónde está el hombre que la busca? –
añadió, simulando escrutar entre la multitud, como si buscara al loco que se
atrevía a pretender a su hija.
–¡Aquí está! – gritaron todos a una.
De pronto, alzado sobre la retada multitud, caí en
la cuenta de que aquello era el preámbulo de un ceremonial de boda céltica que
jamás había presenciado. Y no era de extrañar, pues el pueblo de Albión conocía
nueve diferentes ritos de esponsales y yo había asistido tan sólo a unos pocos.
–Dejad que el hombre que pretende llevarse a mi
hija se dé a conocer por sí mismo -respondió Scatha cruzando los brazos sobre
el pecho.
–Aquí estoy, Scatha -repuse yo.
Los guerreros me depositaron en el suelo y la
multitud me abrió paso. Vi
a Goewyn aguardándome, como si estuviera al final
de un sendero franqueado por centinelas.
–Llew Mano de Plata ha venido a pedirte a tu hija
por esposa -añadí. Goewyn sonrió, pero no hizo el menor gesto de reunirse
conmigo;
mientras me acercaba a ella, Scatha se interpuso en
mi camino con expresión intimidadora; me examinó de la cabeza a los pies, como
si estuviera inspeccionando un corte de tela apolillado. Se me humedeció la
palma de mi mano de carne mientras me sometía a tan concienzudo escrutinio. La
multitud que nos rodeaba indicaba a gritos a Scatha las cualidades, reales o
imaginarias, que se suponía poseía yo.
Por fin, Scatha se declaró satisfecha con mi
aspecto y alzó la mano. –No observo defecto alguno en ti, Mano de Plata. Pero
no puedes
pretender que te entregue una hija de tanta valía
como Goewyn sin que antes me pagues a cambio un precio que esté a la altura de
la novia.
Yo sabía muy bien lo que debía responder.
–Sin duda me juzgas persona de baja estofa si crees
que voy a privarte de una hija tan hermosa, sin ofrecerte una adecuada
compensación. Pide lo que quieras, te entregaré lo que juzgues aceptable.
–Y tú me juzgas una estúpida si crees que puedo
tasar en un instante algo tan valioso. Es un asunto que requiere larga y
cuidadosa deliberación -repuso Scatha con arrogancia.
Aunque aceptaba su respuesta como parte del ritual
que estábamos celebrando, no pude menos que sentirme irritado ante las trabas
que ponía en mi camino.
–Lejos de mí negarte lo que pides. Tómate todo el
tiempo que quieras - repuse-. Mañana volveré al alba para escuchar tus
peticiones.
Mi respuesta fue considerada justa y todos la
celebraron ruidosamente. Scatha inclinó la cabeza y, como si consintiera en
dejarse llevar por la reacción de la gente, asintió despacio.
–De acuerdo. Vuelve mañana al alba y veremos qué
clase de hombre eres.
–Así lo haré -repliqué yo.
La gente rompió en aplausos y de nuevo fui
arrastrado por encima de aquella marea de aclamaciones y vítores. Regresamos al
palacio y entre risas y bromas escabrosas, Tegid me explicó lo que me esperaba
al día siguiente.
–Scatha planteará sus peticiones y tú debes
satisfacerlas con habilidad y astucia. No creas que te va a resultar fácil -me
avisó-. Cuanto más valioso es
un tesoro tanto más arduo resulta conseguirlo.
–Pero tú me ayudarás -osé sugerirle.
El bardo sacudió la cabeza.
–No, Llew; como Bardo Supremo no puedo tomar
partido. Es un asunto entre Scatha y tú. Pero, del mismo modo que ella tiene a
Goewyn para ayudarla, tú puedes escoger a uno de tus hombres.
Miré a mi alrededor. Bran sonreía a mi lado; sin
duda me resultaría de gran ayuda en aquel trance.
–¿Bran? – le pregunté-. ¿Estarías dispuesto a
ayudarme?
El jefe de los Cuervos sacudió la cabeza.
–Señor, si lo que necesitas es una mano diestra en
el manejo de la espada, yo soy tu hombre. Pero este asunto me desborda. Creo
que Alun Tringad te servirá de más ayuda que yo.
–¡Drustwn! Ése es tu hombre -exclamó Alun en cuanto
escuchó las palabras de Bran, señalando con el dedo el círculo de rostros que
me rodeaba; y al instante vi que Drustwn se escabullía-. ¡Vaya! ¿Dónde se ha
metido Drustwn?
–Escoge al rey Calbha -exclamó una voz.
Antes de que pudiera pedírselo, alguien replicó:
–¡Es una esposa, no un caballo, lo que quiere Mano
de Plata!
–¡Es cierto! – añadió el propio Calbha-. No sé nada
de novias; pero no dudes en recurrir a mí cuando necesites un caballo.
Me dirigí entonces a Cynan, que estaba junto a su
padre, el rey Cynfarch. –¡Cynan! ¿Querrás ayudarme tú, hermano?
Cynan, adoptando un aire grave e importante,
asintió con la cabeza. –Aunque todos tus hombres te abandonen, Mano de Plata,
yo estaré
siempre a tu lado. En todas las situaciones… fuego,
guerra, tretas de bardos y de mujeres…, yo soy el hombre que necesitas.
Todos se echaron a reír; incluso el propio Cynan
sonreía al hablar, pero su mirada era seria y su voz, firme. Estaba
prometiéndome más de lo que le había pedido y sus palabras brotaban desde su
corazón.
Pasé una noche intranquila e insomne en mi cabaña y
me levanté antes del alba, cuando todos dormían aún. Me dirigí al lago para
bañarme, me afeité e incluso me lavé el bigote. Estaba apuntando la luz en el
este cuando regresé a la cabaña, donde pasé largo rato escogiendo mi
vestimenta, pues quería ponerme mis mejores galas en honor a Goewyn.
Por fin me decidí por un flamante siarc rojo y unos
breecs a cuadros verdes y amarillos. Además me puse el hermoso cinturón de
discos de oro de Meldryn Mawr y su torque de oro y cogí también su cuchillo de
oro, objetos que me habían correspondido en el reparto de las pertenencias de
Meldron. «Como legítimo sucesor de Meldryn, a ti te corresponde», me había
dicho Tegid. «Meldron no tenía derecho a poseerlos. Llévalos con orgullo, Llew,
y te harás merecedor del honor que representan.»
Me los puse procurando olvidar que hacía muy poco
tiempo Meldron, el Salvaje Sabueso, los había ostentado y lucido.
Cynan apareció cuando me estaba calzando los
buskins. También él se había bañado y acicalado y se había peinado y untado de
aceite la pelirroja cabellera.
–Pareces un rey ataviado para sus bodas -me dijo en
tono aprobatorio. –Y tú eres un elegante padrino -repuse-. A lo mejor Goewyn te
prefiere a
ti.
–¿Tienes hambre? – me preguntó.
–Sí -contesté-. Pero no creo que pueda tragar
bocado. ¿Qué aspecto tengo?
Cynan sonrió.
–Ya te lo he dicho. Y no es correcto que un rey se
deje tentar por las alabanzas. Vamos -añadió posando su manaza en mi hombro-.
Está amaneciendo.
–Tegid debe de estar al llegar -dije yo-. Vayamos a
buscarlo. Abandonamos la cabaña y nos dirigimos al palacio. El sol se estaba
levantando y el cielo estaba despejado; no se veía
ni una nube. El día de mi boda iba a ser magnífico y soleado, como deben ser
los días de boda. ¡El día de mi boda! Aquellas palabras me sonaban extrañas:
boda… matrimonio… esposa.
Tegid se había levantado y estaba aguardándonos.
–Ahora mismo me disponía a ir a buscarte -dijo-.
¿Has dormido bien? –No -repuse-. No he podido pegar ojo. Asintió con la cabeza.
–Seguro que esta noche dormirás mejor.
–¿Qué hay que hacer ahora?
–Come algo si quieres -contestó el bardo-. Porque
aunque se celebrará un banquete, no creo que tengas tiempo para comer.
Pasamos entre los pilares, encontramos una mesa
vacía y nos sentamos. Bran y los Cuervos se reunieron con nosotros. Aunque
todavía era temprano para conseguir algo recién hecho en el horno, había
quedado pan de cebada de la cena de la víspera y nos lo repartimos. Los Cuervos
se lanzaron sobre sus rebanadas con hambre voraz y entre bocado y bocado me
instaban a que comiera para conservar mis fuerzas.
–Te espera un día muy largo -comentó con humor
Bran.
–Y una noche más larga todavía -bromeó Alun.
–No se hará más corto si me quedo aquí -respondí
poniéndome en pie.
–¿Estás preparado? – preguntó Tegid.
–¿Preparado? Siento como si hubiera estado
esperando este día toda mi vida. ¡En marcha, sabio bardo!
Con un salvaje y alegre alarido los guerreros
abandonaron en tropel el palacio. Era imposible guardar el más mínimo decoro,
orden o silencio. El imparable regocijo del grupo alertó a todo el crannog y
señaló el comienzo de la fiesta. Nos dirigimos a la cabaña de Scatha seguidos
por todos los habitantes de Dinas Dwr.
–Llámala -me instó Tegid en cuanto llegamos junto a
la puerta.
–¡Scatha, Pen-y-Cat de Ynys Sci! – grité-. Soy Llew
Mano de Plata.
Vengo a escuchar y a responder a tus peticiones.
Poco después, Scatha salió de la cabaña,
hermosísima, ataviada con una túnica color crema y un manto escarlata. Detrás
apareció Goewyn y mi corazón dejó de latir: estaba radiante vestida de blanco y
oro. Sus largos cabellos habían sido cepillados hasta resplandecer y habían
sido entremezclados con hilos de plata y oro y peinados en una gruesa y larga
trenza. En sus gráciles brazos brillaban pulseras de oro. Llevaba un manto
blanco y un velo de tela muy fina le cubría los desnudos hombros prendido con
dos hermosos broches de oro. Dos anchas cintas de tisú de oro bordadas con
elegantes cisnes de largos cuellos y alas fantásticamente entretejidas orlaban
el manto y la orilla de la túnica. El ceñidor era estrecho, de color blanco con
galones de oro trenzados que pendían en deslumbrante cascada de su esbelta
cintura. Llevaba pendientes de oro y anillos de oro rojizo adornaban sus
gráciles dedos.
Al contemplar su estola me quedé sin aliento; era
como mirar el resplandor del sol, y no podía apartar de ella los ojos aunque me
quemaban y se me cegaban. Jamás había visto a Goewyn tan bella, jamás había
visto una
mujer tan hermosa. Había olvidado que pudiera
existir tanta belleza.
Scatha me saludó con abierta animadversión y me
dijo:
–¿Estás preparado para oír mis peticiones?
–Lo estoy -repuse molesto por su brusquedad.
–Voy a pedirte tres cosas -declaró en tono
cortante-. Cuando me las hayas dado, te entregaré a mi hija por esposa.
–Pide lo que deseas y lo tendrás.
Ella asintió con leve movimiento de cabeza y me
pareció captar una vaga sonrisa tras su estudiada severidad.
–Lo primero que te pido es lo siguiente: dame el
mar cuajado de espuma con una playa de plata.
La gente aguardó en silencio mi respuesta. Yo hice
acopio de valor y respondí:
–Es fácil de conseguir, aunque no lo creas.
Luego me dirigí a Cynan.
–¿Qué me dices, hermano? Estamos a varios días de
viaje del mar, y… Cynan sacudió la cabeza.
–No. Scatha no quiere el mar. Es otra cosa. Sería
una tarea imposible. Pretende que demuestres tu habilidad en vencer el mayor de
los obstáculos. –Ah, quieres decir que tenemos que pensar en un plano
simbólico. Ya
entiendo.
–El mar cuajado de espuma… -repitió Cynan-. ¿Qué
podrá ser? –Scatha puso especial énfasis en eso de la espuma. Debe de ser
importante. «El mar cuajado de espuma…» -Hice una pausa; tenía la
sensación de que me ardía el cerebro-. «Una playa
de plata»… ¡Un momento!
¡Ya lo tengo!
–¿De veras? – Cynan se inclinó hacia mí impaciente.
–¡Cerveza en una copa de plata! – repuse-. La
cerveza espúmea como el mar y la copa la contiene como una playa.
–¡Ah! – exclamó Cynan dándose un puñetazo en la
palma de la mano-. ¡Esa es la respuesta!
Me volví hacia la multitud que se agolpaba a mis
espaldas.
–¡Bran! – grité, y el jefe de los Cuervos se
apresuró a adelantarse-. Bran, trae un poco de cerveza en una copa de plata
¡Date prisa!
Salió corriendo y yo me volví hacia Scatha y
aguardé el regreso del
Cuervo con la copa de cerveza.
–¿Qué pasará si no lo hemos adivinado? – le susurré
a Cynan.
El príncipe sacudió la cabeza con gravedad.
–¿Y qué pasará si Bran no encuentra cerveza? Temo
que nos la hemos bebido toda -comentó.
No se me había ocurrido tan fatal eventualidad,
pero Bran era un hombre de recursos; no me dejaría en la estacada.
Aguardamos un rato. La multitud rebullía
alegremente haciendo comentarios. Goewyn permanecía tranquila y fría como una
estatua; como no me miraba no tenía la menor idea de lo que estaba pensando.
Bran regresó corriendo; la cerveza chapoteando en
los bordes de la copa, evocaba las olas del mar espumoso lamiendo la playa. Me
entregó la copa diciéndome:
–Es toda la cerveza que queda. La poca que he
podido encontrar… y está muy aguada.
–Servirá -repuse, y con una mirada de esperanza a
Tegid, cuya expresión era inescrutable, le ofrecí mi regalo a Scatha.
Scatha cogió la copa y la alzó para que todos la
vieran. A continuación dijo:
–Acepto tu regalo. Pero aunque has salido airoso de
mi primera petición, no creas que te va a resultar fácil satisfacer la segunda.
Hombres con más méritos que tú lo han intentado y han fracasado.
Aunque yo sabía que formaba parte de la respuesta
ritual, no pude menos que ofenderme al oír lo de otros hombres con más méritos.
Pero me tragué el orgullo y respondí:
–De todos modos, estoy dispuesto a oír tu segunda
petición. Quizá triunfe donde otros fracasaron.
Scatha asintió con aire solemne.
–Mi segunda petición es la siguiente: dame una cosa
que reemplace lo que pretendes quitarme.
Me volví de nuevo hacia Cynan.
–Va a resultar duro -le dije-. Goewyn significa
para su madre el mundo entero… ¿cómo lo podríamos simbolizar?
Cynan se rascó la barbilla y frunció el entrecejo
pero era evidente que estaba disfrutando con su papel.
–Es muy difícil… reemplazar lo que le quitas.
–A lo mejor -sugerí- sólo tenemos que identificar
un rasgo que Scatha considere representativo de su hija. Como la miel
representa la dulzura…; algo así.
Cynan apoyó el codo en una mano y descansó su
barbilla en la palma de la otra.
–Dulce como la miel… dulce como el aguamiel…
-murmuró meditabundo.
–Dulce y sabroso… -sugerí yo-, dulzura y luz… dulce
como una nuez… –¿Qué has dicho?
–Dulce como una nuez. Pero no creo… –No, antes que
nuez. ¿Qué dijiste antes? –Um… dulzura y luz, creo.
–¡Luz!… ¡Sí! – asintió Cynan con entusiasmo- ¿No lo
ves? Goewyn es la luz de su vida. Como le quitas la luz, debes reemplazarla.
–¿Cómo? – pregunté-. ¿Con una lámpara?
–O con una vela -sugirió Cynan.
–Una vela… ¡Una olorosa vela de cera! Cynan sonrió
radiante de felicidad. –¡Dulzura y luz! Podría ser la respuesta.
–¡Alun! – grité dirigiéndome una vez más a los
Cuervos-. Ve a buscar una vela de cera y tráela inmediatamente.
Alun Tringad desapareció abriéndose paso a
empujones entre la multitud agolpada. Debió de ir a la casa más cercana, porque
volvió al instante con una vela que yo me apresuré a ofrecer a Scatha
diciéndole:
–Me has pedido un regalo y yo te lo entrego: esta
vela reemplazará la luz que te quito al llevarme a tu hija. Desvanecerá las
sombras y colmará la oscuridad de fragancia y calor.
Scatha cogió la vela.
–Acepto tu regalo -dijo alzando la vela para que
todos pudieran verla-. Pero aunque has salido airoso de la segunda petición, no
creas que te va a resultar fácil satisfacer mi tercera demanda. Hombres de más
méritos que tú lo han intentado y han fracasado.
Sonreí confiado y repetí la adecuada y esperada
respuesta:
–De todos modos, estoy dispuesto a oír tu petición.
Quizá triunfe donde otros fracasaron.
–Escucha, pues, si lo deseas, mi última petición:
dame lo que le falta a mi
casa, un regalo de valor incalculable.
–¿Qué será esta vez? ¿De nuevo algo imposible? –
pregunté una vez más a Cynan-. Porque a mí me lo parece.
–Podría ser -asintió él-, pero no lo creo. Ya lo
hemos conseguido una vez.
Se trata de algo más.
–Pero ¿qué le falta a su casa? Podría tratarse de
cualquier cosa.
–De cualquier cosa no -repuso, pensativo, Cynan-.
Se trata sólo de una cosa: un regalo de valor incalculable.
–Pareció enfatizar esas palabras -asentí sin
demasiada convicción-. Un regalo de valor incalculable… ¿Qué puede ser? ¿El
amor? ¿La felicidad?
–Un niño -sugirió, meditabundo, Cynan.
–¿Scatha desea que le regale un niño? No puede ser.
–A lo mejor es a ti a quien quiere -insinuó Cynan.
Cogí al vuelo la sugerencia.
–¡Eso es! ¡Ésa es la respuesta!
–¿Qué dices?
–¡Yo! – exclamé-. Piénsalo. A su casa le falta un
hijo, un yerno. El regalo de incalculable valor es la vida.
El rostro de Cynan se iluminó con una amplia
sonrisa y le brillaron los azules ojos.
–¡Desde luego! Al unir tu vida a la de Goewyn creas
una fuente de vida - guiñó un ojo y añadió-: especialmente si te das prisa en
tener unos cuantos bebés. Te está pidiendo a ti mismo, Llew.
–Esperemos que hayamos acertado -dije.
Tomé aliento y me volví hacia Scatha que me
contemplaba disfrutando del trance por el que me estaba obligando a pasar.
–Me has pedido un regalo de incalculable valor, una
cosa de la que tu casa carece -dije-. Creo que a tu casa le falta un hombre y
no se puede poner precio a la vida de ningún hombre.
Me arrodillé ante ella y añadí:
–Por tanto, Pen-y-Cat, te entrego el regalo de mi
persona.
Scatha sonrió sumamente complacida, posó sus manos
en mis hombros, se inclinó y me besó en las mejillas. Yo me levanté y ella me
dijo:
–Acepto tu regalo, Llew Mano de Plata. – Alzó la
voz para que todos la oyeran y añadió-: Que todos sepan que no existe para mi
hija un hombre de más méritos que tú, porque has triunfado donde otros
fracasaron.
Se dio la vuelta y llamó a Goewyn; luego cogió la
mano izquierda de su hija, la puso sobre la mía y estrechó las dos entre las
suyas.
–Que se celebre el matrimonio.
Entonces se adelantó el bardo. Golpeó tres veces el
suelo con su vara de fresno y exclamó:
–Os habla el Bardo Supremo de Albión. ¡Oídme todos!
Desde tiempos inmemoriales los derwyddi han unido unas vidas con otras para
perpetuación de nuestro linaje. ¿Deseáis unir vuestras vidas en matrimonio? –
añadió mirándonos.
–Lo deseamos -respondimos al unísono.
Scatha entregó a Tegid la copa que yo le había
regalado. El bardo la alzó y dijo:
–Sostengo en mis manos el mar ceñido por una playa
de plata. El mar es la vida; la plata es el círculo que rodea este mundo. Si
queréis casaros, coged este mundo y compartid la vida.
Tras estas palabras depositó en nuestras manos la
copa de plata. Sosteniéndola entre los dos, yo se la ofrecí a Goewyn para que
bebiera; luego ella me la ofreció a mí. Bebí unos tragos de la aguada cerveza y
alcé la cabeza.
–¡Bebed! – nos instó Tegid-. Es la vida lo que
sostenéis en vuestras manos, amigos míos. ¡La vida! Apuradla hasta el fondo.
La copa que había traído Bran era muy grande. Tomé
aliento y la alcé de nuevo. Cuando ya no pude más, se la pasé a Goewyn, que, a
su vez, se la llevó a los labios y bebió de ella de forma tan prolongada y
ávida que creí que no se iba a detener nunca a tomar aliento. Por fin la apartó
con los ojos especialmente brillantes; se lamió los labios y entregó la copa a
Tegid sin apartar su mirada de la mía.
Tegid dejó a un lado la copa y dijo:
–Goewyn, ¿has traído algún regalo?
Goewyn contestó:
–No he traído ni oro ni plata, ni nada que se pueda
comprar o vender, perder o robar. Pero he traído mi amor y mi vida y los
entrego de buen grado. –¿Aceptas los regalos que te han sido ofrecidos? – me
preguntó Tegid.
–Los acepto de todo corazón. Los guardaré siempre
como el más preciado de los tesoros y los protegeré hasta el último aliento.
Tegid inclinó la cabeza.
–¿Qué ofreces en prenda de tu aceptación?
¿Una prenda de aceptación? Nadie me había dicho una
palabra de eso; no tenía prenda alguna que ofrecer. Cynan me susurró al oído.
–Dale tu cinturón -sugirió.
No se me ocurría nada mejor, así que me lo quité y
se lo entregué a Tegid.
–Ofrezco este cinturón de fino oro -dije, y con
repentina inspiración añadí- que su hermosura y precio sea humilde prenda de la
estima en que tengo a mi bien amada, y que ciña su hermosa figura con
resplandeciente fulgor, del mismo modo como mi amor la acompañará siempre
sincero e incorruptible.
Tegid asintió complacido y ofreció el cinturón a
Goewyn, que inclinó la cabeza al recibirlo en sus manos. Luego lo apretó contra
su pecho y me
pareció ver lágrimas en sus ojos.
A continuación Tegid se dirigió a Goewyn:
–Esta prenda muestra que tu regalo ha sido
aceptado. Si aceptas el regalo que te ha sido ofrecido, debes entregar también
algo en prenda de tu aceptación.
Sin una palabra, Goewyn deslizó su brazo tras mi
nuca y apretó sus labios contra los míos. Me besó con tanta espontaneidad y
fervor que la multitud congregada rompió en aplausos. Luego me soltó y enrojecí
al ver la pasión que expresaban sus claros ojos castaños.
Tegid, con amplia sonrisa, golpeó de nuevo el suelo
tres veces con su vara. Luego la alzó y la sostuvo horizontalmente sobre
nuestras cabezas.
–Han sido intercambiados regalos de amor y vida.
Por tanto, que todos los hombres sepan que Llew Mano de Plata y Goewyn son
marido y mujer.
Y eso fue todo. El pueblo aclamó con desbordado
entusiasmo el fin de la ceremonia. Inmediatamente nos vimos inmersos en un
torbellino de felicitaciones. La boda había terminado y comenzaba la fiesta.
3
LA FIESTA DE BODAS
Arrastrados por un torbellino de alegre entusiasmo,
Goewyn y yo fuimos empujados a través del crannog. Perdí de vista a Tegid,
Scatha y Cynan; tampoco vi por ningún lado a Bran o a Calbha. En el embarcadero
subimos a un bote y nos llevaron hasta la otra orilla del lago, donde el campo
de
entrenamiento de Scatha se dispuso a toda prisa
para los juegos. En los días de fiesta y ceremoniales acostumbran celebrarse
competiciones de habilidad y azar. La lucha libre y
las carreras de caballos eran las favoritas del público, además de los
simulacros de combate y los partidos de hurley. Frente al campo se había
levantado un montículo de tierra en el que se habían instalado dos sitiales.
Uno de los asientos estaba hecho de astas de ciervo y adornado con una piel
blanca de buey; era el mío. Desde aquel lugar estratégico, Goewyn y yo íbamos a
presenciar las competiciones y a entregar los premios.
Primero se celebrarían los juegos y después el
banquete; así los cocineros tendrían tiempo de preparar todo lo necesario y se
iría abriendo el apetito de participantes y espectadores. Al fin y al cabo era
mucho más sano luchar con el estómago vacío que con la barriga repleta de cerdo
asado. Además, después de unas cuantas copas del fuerte aguamiel de bodas,
¿quién podría sostenerse en una silla de montar y mucho menos competir en una
carrera de caballos?
Cuando el montículo estuvo dispuesto, Goewyn y yo
ocupamos nuestros asientos y aguardamos a que la gente se reuniera. Muchos ya
habían cruzado el lago desde el crannog, pero todavía llegaban más. Me sentía
muy feliz mientras aguardaba. Era un hombre feliz; quizá por primera vez en mi
vida era realmente feliz.
Todo cuanto sabía de la alegría de la vida, y ahora
también del amor, lo había hallado allí, en el Otro Mundo, en Albión. Esta idea
despertó en mí un sentimiento de culpabilidad y me estremecí. Pero
probablemente el profesor Nettleton estaba equivocado. A buen seguro estaba
equivocado, y yo no iba a destruir lo que amaba; sin duda estaba equivocado y
por tanto yo podía quedarme. Preferiría dar mi vida que abandonar Albión.
Miré a Goewyn y mi sentimiento de culpa se
desvaneció al contemplar el brillo de sus cabellos. Ella intuyó que la estaba
mirando y volvió hacia mí sus ojos.
–Te quiero, alma mía -murmuró sonriendo.
Me sentí como un hombre que, tras pasar su vida
entera en una caverna, sale de pronto a la resplandeciente luz del día.
Tegid llegó al poco rato rodeado por sus mabinogi y
precedido por el portador del arpa, Gwion Bach. Otro ayudante llevaba su vara.
–He ordenado a Calbha que se encargue de los
premios -nos dijo-.
Está preparándolos.
–¿Premios? ¡Ah, claro, para los juegos!
–Ya suponía que no pensarías en ello -me respondió
cariñosamente. Calbha cumplió su cometido con esmero. Compareció al frente de
una
hueste de porteadores con un considerable
cargamento de valiosos objetos; algunos portaban dos pesados cestos. Fueron
disponiendo los objetos alrededor de nuestros sitiales y el montículo no tardó
en quedar semienterrado bajo el rutilante botín: lanzas recién hechas con las
puntas y los astiles labrados, hermosas espadas recamadas de gemas, escudos con
rebordes de plata y bronce, cuchillos con empuñaduras de hueso… En cualquier
sitio había copas y vasijas de cobre, bronce, plata y oro; vasijas de madera
finamente labradas; copas de asta con rebordes de plata, grandes y pequeñas,
incluso algunas de piedra. También había elegantes mantos y montones de lanudos
vellones blancos. Brazaletes de bronce, plata y oro relucían como eslabones de
una valiosa cadena, y esparcidos entre ellos había broches, pulseras y anillos.
Por si fuera poco, había tres hermosos caballos que Calbha no había podido
resistirse a añadir.
Me quedé boquiabierto ante aquella impresionante
colección.
–¿Dónde has conseguido todo esto?
–Es tuyo, señor -respondió el rey Calbha en tono
alegre-. Pero no te preocupes, he elegido sólo los más hermosos para una fiesta
como ésta.
–Gracias, Calbha -repuse contemplando el tesoro-.
Has elegido bien. No tenía ni idea de que fuera tan rico.
Había tantos y tan lujosos objetos que no pude
menos que preguntarle en voz baja a Tegid:
–¿Puedo permitírmelo?
El bardo se limitó a reír y señaló con un amplio
gesto el rutilante montículo.
–La grandeza de un rey es proporcional a su
generosidad.
–Si es así, regalemos todo esto… ¡y mucho más! Que
todos comenten que jamás hubo en Albión una fiesta de bodas como ésta. Que los
que oigan hablar de este acontecimiento en días venideros se mueran de envidia
por no haber asistido.
Cynan, que llegaba en aquel momento con sus
hombres, contempló admirado el tesoro y se mostró dispuesto a ganar su parte.
Bran y los Cuervos llegaron después y comenzaron a exigir ruidosamente el
comienzo de los
juegos. Alun retó a Cynan una vez más a que
escogiera el juego o la competición que prefiriera para demostrarle que podía
vencerlo.
–Eres un caso, Alun Tringad -cacareó Cynan-. ¿Cómo
puedes haber olvidado la derrota que te infligí la última vez que pretendiste
demostrarme tu superioridad?
–¿Derrota? – exclamó Alun-. ¡No doy crédito a mis
oídos! Fui yo el vencedor, lo sabes de sobra.
–Alun, muchacho…, estoy sorprendido de que todavía
te queden dientes, con lo mentiroso que eres. Sin embargo, en atención a la
fiesta que estamos celebrando -declaró con aire solemne Cynan-, voy a pasar por
alto tu insolencia.
–Si no recuerdo mal, fue tu voz, Cynan Machae, la
que pidió a gritos clemencia -repuso Alun afablemente-. Pero, igual que tú, en
atención a este día, voy a olvidar lo que pasó.
Se enzarzaron inmediatamente en una discusión en
torno a la cuantía de las apuestas, empeñando premios que aún no habían ganado.
Muy pronto acudió un tropel de espectadores ansiosos de apoyar a un campeón u
otro para obtener parte de la recompensa.
Como la discusión se alargaba, Goewyn se inclinó
hacia mí y me dijo:
–Si no das la señal para que comiencen los juegos,
nos veremos obligados
a oír todo el santo día sus fanfarronadas.
–Muy bien -asentí y me levanté del sitial para
dirigirme a la multitud. Tegid impuso silencio y cuando el pueblo se dio cuenta
de que yo quería
hablarles se dispusieron a escuchar.
–¡Dispongámonos a disfrutar de este día que nos ha
sido concedido! dije yo-. Luchemos con destreza y aceptemos de buen grado lo
que la fortuna nos depare, para que cuando acaben los juegos y nos retiremos al
salón de banquetes seamos mejores amigos que al comienzo de la jornada.
–¡Bien dicho, señor! – exclamó Tegid-. ¡Que así
sea!
Se celebraron primero competiciones de lucha libre,
seguidas de varias carreras, entre ellas una espectacular carrera de caballos
que dejó extenuados a todos cuando el ganador, un joven del clan de Calbha,
cruzó la línea de meta. Le recompensé con un caballo y, ante el regocijo de la
multitud, el joven se retiró de los juegos por miedo a perder su premio en
alguna insensata apuesta.
Al principio intenté dar a cada ganador el premio
más adecuado, pero
muy pronto me di por vencido e iba entregando lo
primero que tenía a mano. Después, a medida que avanzaban los juegos, recurrí a
la ayuda de Goewyn, de modo que a veces entregaba yo los premios y otras veces
los ganadores recibían sus trofeos de manos de Goewyn, cosa que sospeché les
agradaba mucho más. Me di cuenta de que muchos que se acercaban al montículo
para admirar los premios, se detenían un buen rato para contemplar a Goewyn. De
vez en cuando yo mismo me sorprendí mirándola a hurtadillas, como un mendigo
que ha encontrado una joya de inmenso valor y debe asegurarse constantemente de
que no se trata de un sueño, de que la joya existe de verdad y le pertenece
sólo a él.
Un muchacho se acercó al montículo y le llamó la
atención una copa; la cogió y era evidente que le costaba un enorme trabajo
volver a dejarla en su sitio.
–Te gusta esa copa, ¿verdad? – le dije, y el
muchacho enrojeció porque no se había dado cuenta de que lo estaba observando-.
Dime, ¿qué estarías dispuesto a hacer para ganarla?
Meditó unos instantes y respondió:
–Lucharía contra el mismísimo Bran Bresal -afirmó
con energía. –Bran seguramente no se mostraría dispuesto a arriesgar su
renombre
luchando con alguien tan joven -respondí yo-. ¿No
te gustaría medir tus fuerzas con alguien de tu edad?
El muchacho aceptó mi sugerencia y se organizó una
pelea. Acabó bien y me sentí muy complacido al recompensarle con su premio. Así
dio comienzo una serie de juegos y carreras infantiles, no menos reñidas que
las competiciones de los adultos.
Los juegos prosiguieron y poco a poco el tesoro fue
disminuyendo. En un momento determinado Tegid desapareció y yo estaba tan
enfrascado en mi tarea de repartir los trofeos que tardé un buen rato en
echarlo de menos.
Volviéndome hacia Goewyn le dije:
–Me pregunto dónde estará Tegid. ¿Lo has visto por
algún lado?
Antes de que pudiera responderme, se levantó un
tumulto, justo detrás del montículo. Oí que el ruido iba en aumento y por el
rabillo del ojo vislumbré un confuso movimiento. Volví la cabeza y vi unas
manos extendidas hacia Goewyn, y en el preciso instante en que me ponía en pie
de un salto, ella fue arrancada violentamente de su asiento.
–¡Llew! – gritó mientras se la llevaban de mi lado.
Me precipité tras ella, pero había demasiada gente,
demasiada confusión. Apenas podía dar un paso. Me arrojé de cabeza sobre la
masa de cuerpos que me rodeaba. Unas manos me cogieron y me sentaron de nuevo
en mi sitial.
Goewyn gritó otra vez, pero su voz sonó lejos y el
grito se perdió en el aire. Di una patada al sitial y bajé del montículo de un
salto. Apenas había recobrado el equilibrio cuando me empujaron desde atrás, me
arrojaron al
suelo y me inmovilizaron. En mis oídos resonaban
voces extrañas y estridentes. Me debatí contra los que me sujetaban.
–¡Soltadme! – grité-. ¡Dejadme libre!
Pero las manos me sostenían con fuerza y el caos de
voces se convirtió en una carcajada. ¡Se estaban burlando de mí!
Enfurecido me debatí con mayor violencia aún.
–¡Tegid! – aullé-. ¡Tegid!
–Aquí estoy, Llew -respondió con la mayor
tranquilidad la voz del bardo.
Miré furioso y vi aparecer el rostro de Tegid justo
encima de mí.
–¡Soltadle! – ordenó.
Cedió la presión de las manos que me sujetaban y el
círculo de rostros se apartó de mí. Me puse en pie.
–Se han llevado a Goewyn -dije-. Estábamos ahí
sentados y… Sonrisas y carcajadas contenidas. Me interrumpí. Tegid, con los
dedos
entrelazados en torno al bastón, permanecía
imperturbable.
–¿Qué sucede? – pregunté- ¿No me has oído?
–Te he oído, Llew -se limitó a responder el bardo.
Su tranquilidad me dejó pasmado. Abrí la boca para
protestar y oí de nuevo una carcajada. Miré a los demás y leí en todos los
rostros picardía y regocijo. Sólo entonces caí en la cuenta de que era víctima
de una broma.
–Bueno, Tegid, ¿qué pasa?, ¿qué has tramado?
–No me corresponde a mí decirlo, señor -fue la
respuesta.
De pronto comprendí que aquello formaba parte de
las peculiares costumbres de las bodas célticas. La burla requería que yo
solucionara el asunto por mí mismo. Aunque se tratara de una broma o de una
costumbre, la verdad es que no me hacía ninguna gracia. Me di la vuelta y
grité:
–¡Bran!, ¡Cynan!, ¡seguidme!
Me alejé del montículo a toda prisa abriéndome paso
entre la multitud. –¡Bran!, ¡Cynan! – grité otra vez, y como no acudían me di
la vuelta y los
vi impertérritos e inmóviles- ¡Seguidme!, ¡os
necesito!
Cynan, sonriendo, dio un paso al frente, pero luego
se detuvo sacudiendo la cabeza.
–¡Pues me voy solo! – exclamé.
–Es lo acostumbrado -comentó Bran.
–¡Así será! – grité.
Mientras mi exasperación devenía en cólera,
atravesé el campo a toda velocidad hacia donde había visto a Goewyn por última
vez. Era una broma de mal gusto y estaba muy enfadado.
Las huellas se dirigían hacia el lago, pero perdí
la pista en la orilla pedregosa. Podían haber tomado cualquier dirección: un
camino bordeaba el lago hacia Dinas Dwr, el otro serpenteaba hacia las montañas
y el risco de Druin Vran, que se cernía en lo más alto. Miré hacia el crannog y
no vi el menor rastro de los fugitivos, así que tomé el camino opuesto, que iba
hacia las montanas y hacia el soto de Tegid.
Llegué al sendero y emprendí la ascensión. La
multitud me seguía, esparciéndose por la orilla del lago en alegre tumulto.
Poco a poco la arboleda se fue espesando detrás de mí, amortiguando el barullo
de la gente. Hacía fresco entre los silenciosos árboles y la umbría moteada por
los rayos del sol parecía muy tranquila. Pero capté el chasquido de una rama
sendero adelante y comprobé que mi instinto no me había engañado. Apreté el
paso y seguí subiendo a toda velocidad sorteando ramas y saltando sobre troncos
y arbustos.
No tardé en distinguir el soto de Tegid y me dirigí
hacia allí. En una última carrera salvé el último tramo del sendero y llegué al
soto. Penetré en él y vi que en el centro del bosquecillo había sido erigida
una glorieta de ramas de abedul. Junto a la glorieta había siete guerreros con
las armas preparadas.
–Deponed las armas -les ordené; pero ellos no
hicieron el menor movimiento.
Conocía a aquellos hombres; habían combatido a mi
lado y se habían enfrentado a Meldron. Ahora se enfrentaban conmigo. Aunque
sabía que aquello formaba parte del ritual, sentí por unos instantes el dolor
que produce la punzada de una traición. No contaba con la ayuda de nadie. Tenía
que enfrentarme solo a ellos.
Me armé de coraje y avancé. Los guerreros se
adelantaron con aire amenazador. Me detuve y ellos se detuvieron también
mirándome con expresión sombría. Se habían desvanecido las sonrisas y las
carcajadas.
Mientras los contemplaba me pregunté qué se suponía
que debía hacer.
En esos momentos llegaron al soto los primeros
espectadores. Me volví y
vi a Bran,
a Cynan y a Tegid; después todo mi pueblo rodeó ordenadamente el sagrado
círculo. Nadie hablaba, pero la impaciencia de sus rostros me empujaba a la
acción.
Si se trataba de un simulacro de rapto, era de
suponer que yo debía librar un simulacro de combate para liberar a mi reina. No
tenía armas, pero, dispuesto a enfrentarme a la tarea que me aguardaba, avancé
temerariamente y me enfrenté al primer guerrero que me apuntaba con su lanza.
Esquivando con rápido movimiento el peligroso oscilar del astil, lo cogí con mi
mano de plata y tiré con fuerza.
Ante mi sorpresa, el guerrero soltó la lanza y cayó
a mis pies como si hubiera muerto. Empuñé la lanza y me encaré con el segundo,
que alzó la suya para dispararla. Golpeé el escudo con la punta de la lanza y
el hombre soltó su arma y se dejó caer al suelo. El tercer guerrero se derrumbó
cuando le rocé el hombro con mi lanza; y lo mismo sucedió con el cuarto y el
quinto. Los dos que quedaban me atacaron a la vez.
El primero de ellos se lanzó contra mí dibujando
con su espada un amplio y lento arco. Me agaché mientras la espada pasaba por
encima de mi cabeza y me arrojé contra los dos manteniendo oblicua la lanza.
Los toqué ligeramente y ambos se tambalearon, cayeron al suelo y se quedaron
inmóviles.
De pronto, todo el soto tembló con un alarido de
triunfo mientras yo me dirigía a la entrada de la glorieta.
–Sal, Goewyn -llamé-. Todo ha terminado.
Se oyó un leve movimiento en el interior de la
glorieta y Goewyn salió. Estaba tal como la había visto momentos antes, pero en
cierto modo había cambiado. Se había transfigurado. En efecto, al salir de
entre las verdes sombras de la glorieta de ramas de abedul, la luz del sol se
reflejó en sus cabellos y en su túnica transformándola en una criatura de luz,
un resplandeciente espíritu de aire y fuego: sus cabellos parecían doradas
llamas y su túnica brillaba con el blanco de la espuma del mar.
La multitud, tan ruidosamente jubilosa hacía un
instante, enmudeció en respetuoso silencio.
Resplandeciente, radiante de belleza, apareció ante
mí y yo no pude menos que quedarme embobado e inmóvil. Oí que algo se movía a
mi lado. –Realmente es una diosa -murmuró Cynan-. Ve a buscarla, hombre.
Toma a tu novia…, o lo haré yo.
Avancé un paso y le tendí mi mano de plata.
Mientras Goewyn me la cogía, la luz del sol destelló en el metal. Y fue como si
un resplandor surgiera de la unión de nuestras manos. Aunque todo había sido
una broma, la abracé contra mi pecho con auténtico alivio.
–No me abandones nunca, Goewyn -murmuré.
–Jamás te abandonaré -prometió ella.
Cuando regresamos al crannog, el sol comenzaba a
ponerse por el oeste. Junto al palacio un considerable número de mesas había
sido dispuesto, para acomodar a la multitud que el rey deseaba homenajear
aquella noche. Yo habría preferido quedarme allí fuera, pues tan
resplandeciente día prometía una noche templada y estrellada; pero el interior
del salón había sido adornado con velas de junco y ramas de abedul para imitar
la umbría glorieta del soto. Ante tales preparativos, dispuestos especialmente
para nosotros, habría sido descortés despreciarlos y no disfrutar de ellos.
Acuciados por el hambre y la sed, los guerreros
reclamaron ruidosamente comida y bebida en cuanto cruzaron el umbral. En el
salón, las mesas habían sido dispuestas en un enorme cuadrado con un amplio
espacio en medio para que nos pudiéramos ver unos a otros. En cuanto los
primeros invitados ocuparon sus lugares, hicieron su aparición criados portando
en hombros bandejas con escogidas tajadas de buey asado, cerdo y cordero; luego
siguieron bandejas de coles hervidas, nabos, puerros e hinojo. En el extremo de
cada mesa había sido colocada una enorme tinaja para que nadie tuviera que ir
muy lejos a llenar su copa. Pero, como se había terminado la cerveza, las
tinajas contenían tan sólo agua perfumada de miel y ciruelas. En el centro de
cada mesa había pequeñas hogazas de pan recién amasado y salido del horno
recubierto de miel sólida; era el banys bara, el pan de bodas.
A medida que iban pasando las bandejas, los
comensales, hombres o mujeres, se iban sirviendo los apetitosos manjares. Al
poco rato el jolgorio fue sustituido por un sordo masticar de bocas llenas de
sabrosos bocados. El privilegio de comer en el primer turno acarreaba la
obligación de servir después; los que servían serían luego servidos. De este
modo se mantenía el orden y la equidad de forma admirable. Las únicas
excepciones eran los centinelas que custodiaban las Piedras Cantarinas. Ninguno
de ellos comía o bebía, sino que permanecían ajenos a la fiesta, tan vigilantes
y atentos como si estuvieran solos en un territorio hostil.
Al pasear la mirada por el concurrido salón, mi
corazón se colmó de alegría al contemplar la felicidad y la alegría de mi
pueblo. Entendí entonces por qué la categoría de un rey iba ligada a su
benevolencia: la vida de su pueblo dependía de ella, pues el rey era su sostén
y apoyo; por él vivían o morían. Me serví en el plato los sabrosos manjares y
comencé a comer con repentino apetito.
Cuando todos se hubieron servido a placer, un
sonoro tamborileo resonó en el salón e hicieron su entrada ocho doncellas
caminando con lento y solemne ritmo. Llevaban los largos cabellos anudados en
la nuca. Se soltaron la orilla de sus mantos para que les quedaran libres las
piernas y se desataron las cintas del corpiño. Luego se acercaron a los
guerreros y les pidieron las espadas.
Los guerreros se apresuraron a prestárselas y las
doncellas regresaron al centro del cuadrilátero y se colocaron en círculo,
dejando las espadas a sus pies de forma que las puntas se tocaran en el centro.
Inmediatamente, hizo su entrada Tegid con el arpa al hombro y comenzó a
tocarla. Las cuerdas temblaron con armoniosas notas y las doncellas empezaron a
bailar con pausado y lento ritmo.
Danzaban alrededor de las bruñidas espadas saltando
lentamente por encima de empuñaduras y hojas, con la mirada al frente, clavada
en algún punto distante. Daban vueltas y vueltas e iban añadiendo un paso más
en cada ronda. A la sexta vuelta el ritmo del arpa se aceleró y el trenzado de
pasos se fue complicando. En la duodécima vuelta, la música fue vertiginosa y
la danza frenética. Sin embargo, las doncellas bailaban con idéntica actitud
solemne, la mirada fija y los rostros graves.
La música alcanzó un crescendo y enmudeció; las
doncellas dieron una vertiginosa vuelta agitando los brazos en intrincado
movimiento. Luego, con la rapidez de un parpadeo, se detuvieron, volvieron a
dar vueltas y se inclinaron, cogiendo cada una de ellas la espada por la
empuñadura y alzando la punta hacia el techo de troncos, mientras desplegaban
en el mismo movimiento sus mantos.
La música comenzó a sonar otra vez, muy despacio.
Las doncellas bajaron las espadas y reanudaron la danza con pasos mesurados y
precisos. Las espadas relucían y destellaban, trazando brillantes arcos en
torno a las ágiles y vertiginosas siluetas de las bailarinas. El ritmo se
aceleró y los espectadores comenzaron a golpear las mesas con las palmas
animando a las
bailarinas. La habilidad de las doncellas en el
manejo de las espadas era asombrosa; el movimiento de manos y pies era
intrincado, ágil y diestro: las manos trazaban enigmáticos dibujos y los pies,
complejos pasos entre el resplandeciente fulgor de las afiladas espadas.
La luz de las antorchas y de las velas de junco se
reflejaba en los gráciles brazos empapados de sudor, en los redondeados hombros
y en los pechos de las danzarinas. El ritmo de la música se hizo más rápido y
la danza de espadas llegó a su clímax. Con un tremendo alarido, las muchachas
dieron un salto y entrechocaron las espadas en un simulacro de combate. Una,
dos, tres veces resonaron las armas. Luego se quedaron inmóviles por un
instante y se derrumbaron en el suelo abrazando las espadas contra sus pechos
desnudos. Después se arrodillaron y se inclinaron hacia atrás hasta que sus
cabezas tocaron el suelo y las espadas yacieron sobre sus tensos torsos y
vientres.
Lentamente, alzando las espadas por la empuñadura,
se arrodillaron de nuevo blandiendo en alto las hojas. De pronto, el arpa
emitió una aguda y prolongada nota. Las espadas cayeron al suelo de punta y las
doncellas se derrumbaron con un grito.
Se hizo un momento de silencio mientras todos
mirábamos hipnotizados el balanceo de las espadas clavadas en el suelo. Luego
los aplausos atronaron el salón, celebrando calurosamente el arte de las
bailarinas. Las muchachas recogieron sus ropas y se retiraron.
Miré a Goewyn y luego al plato que sostenía en mis
manos. Había perdido por completo el apetito, reemplazado por un hambre
completamente distinta pero no menos urgente. Ella notó que la estaba mirando y
me sonrió.
–¿No te gusta la comida? – me preguntó, señalando
el plato medio vacío.
Sacudí la cabeza.
–Sí, pero es que acabo de descubrir algo que me
gusta muchísimo más.
Goewyn se inclinó, posó su mano en mi cara y me
besó.
–Si lo encuentras -susurró-, reúnete conmigo cuando
hayas terminado.
Se levantó de la silla y dejó que sus dedos
resbalaran por mi mandíbula.
La caricia me puso la piel de gallina.
La vi marcharse. Se detuvo en la puerta y me echó
una rápida mirada antes de desaparecer. Me pareció que el concurrido salón, tan
alegre hasta entonces, se me hacía insoportable y opresivo.
Cynan se dio cuenta de que había dejado de comer.
–¡Come! – me urgió-. Esta noche, más que ninguna
otra, necesitarás toda
tu energía.
Bran, sentado junto al príncipe, le dijo:
–Hermano, ¿no ves que se está muriendo de ganas por
otra clase de comida y bebida?
Los demás se apresuraron a expresar sus opiniones
sobre la mejor manera de conservar energía y vigor en tales circunstancias.
Procuré tragar algún bocado y bebí un trago, pero mis amigos juzgaron mis
esfuerzos faltos de convicción y redoblaron sus consejos. Calbha vació su copa
en la mía e insistió en que me la bebiera de un trago. Yo le obedecí
disciplinadamente y celebré sus bromas aunque mi corazón estaba lejos de allí.
La fiesta y las danzas se prolongarían durante toda
la noche, pero me sentía incapaz de aguantar un segundo más. Me levanté de la
mesa y traté de escabullirme discretamente, pero sin resultado, de modo que me
vi obligado a soportar humorísticos consejos sobre cómo comportarme en mi noche
de bodas.
Cuando pasé junto a Tegid, me puso en las manos un
pellejo de aguamiel para que a mi noche de bodas no le faltara ni dulzura ni
calor.
–El aguamiel es el condimento del lecho
matrimonial. Doblemente bendecidos son los amantes que lo comparten en su
primera noche.
Los más alborotadores parecían empecinados en
acompañarme hasta la cabaña donde me aguardaba Goewyn; pero Tegid acudió en mi
ayuda y los urgió a que volvieran a sentarse para celebrar con una canción la
felicidad de los recién casados. Cogió el arpa y con gesto solemne se dispuso a
tañerla.
–Vete enseguida -me susurró-. Yo me encargo de
mantenerlos a raya. Con el pellejo de aguamiel colgado del brazo, crucé el
patio y me dirigí a
la cabaña que habían dispuesto para nosotros. La
casa, lo mismo que el salón, había sido transformada en una boscosa glorieta;
fragantes ramas de pino y abedul adornaban paredes y techo, y velas de junco
ardían como rojizas estrellas dispensando una agradable luminosidad de tonos
rosados.
Goewyn me estaba aguardando; me recibió con un beso
y me hizo entrar cogiendo el pellejo de aguamiel.
–Hace tiempo que aguardaba esta noche, amor mío -me
susurró mientras me abrazaba con ternura.
Nuestro primer abrazo culminó en un largo y
apasionado beso. Y como habían preparado un mullido lecho de espesos vellones
cubiertos de mantas, nos dejamos caer en él. Cerré los ojos sintiendo que mis
pulmones se
llenaban con el perfume de la piel de Goewyn y
nuestras caricias se hicieron más urgentes y apasionadas.
4
UNA HERMOSA NOCHE DE TRABAJO
–El fuego arde en el ala oeste -dijo Goewyn
observando el rojizo resplandor del cielo-. El viento lo va a arrastrar hasta
aquí.
–No si nos damos prisa -dije-. Ve al salón. Alerta
a Tegid y a Bran.
Volveré en cuanto pueda.
Mientras hablaba oí otro grito de alarma.
–¡Deprisa, Llew!
La besé en la mejilla y salí corriendo.
El humo se iba espesando a medida que me acercaba
corriendo al incendio y llenaba mi nariz con el olor seco y rancio del grano
quemado. ¡Los graneros! A menos que pudiéramos atajar el fuego, nos esperaba un
difícil y hambriento invierno.
Mientras atravesaba corriendo el crannog por el
camino central que unía los distintos islotes de nuestra ciudad flotante, vi
las llamas amarillentas que se precipitaban sobre los tejados como tupida
enredadera. Oí el fragor del fuego y oí el eco de voces: hombres que gritaban,
mujeres que chillaban, niños que lloraban. Y detrás de mí, en el palacio,
resonó el carynx dando la alarma.
Las llamas crecían más y más; rojas y anaranjadas
se destacaban contra la negrura del cielo. La silueta de Dinas Dwr, nuestra
hermosa ciudad sobre el lago, se dibujaba sobre aquel pavoroso resplandor. Me
sentí desfallecer.
La gente corría por doquier, afanándose entre el
espeso humo con rostros ceñudos y asustados. Algunos llevaban cubos; otros,
vasijas de madera o metal y calderos, pero la mayoría tan sólo empuñaba mantos
hechos jirones que habían empapado con agua y que utilizaban como mayales
contra las voraces llamas que los consumían.
Me despojé del manto y corrí a unirme a ellos. El
corazón me pesaba como una losa. Las casas, tan cercanas unas a otras, con los
tejados de paja, ardían como teas en cuanto las lamía el fuego. Golpeaba con
furia las llamas en un lugar, pero sólo conseguía que aparecieran en otro. Si
no venían pronto a ayudarnos, enseguida se habría perdido todo.
Oí un grito a mi espalda.
–¡Tegid! ¡Aquí! – grité.
Me volví en el preciso instante en que el bardo
aparecía junto a mí. El rey Calbha venía con él, acompañado de unas cincuenta
personas o más entre guerreros y mujeres, y todos a una nos pusimos a combatir
las llamas con los mantos.
–¿Dónde están Bran y Cynan? – pregunté.
–He enviado a Cynan y a Cynfarch al ala sur
-explicó Tegid-. Los Cuervos han ido al norte. Les dije que enseguida te
reunirías con ellos.
–Vete, Llew -me ordenó Calbha, sin interrumpir su
trabajo-. Nos encargaremos de esta zona.
Los dejé luchando contra el fuego y corrí a ayudar
a los Cuervos, pasando junto a casas cuyos tejados comenzaban a humear bajo una
lluvia de chispas. El humo se espesaba con áspero y negro hollín. Vi un puñado
de hombres que trabajaban afanosamente.
–¡Bran! – grité.
–¡Aquí, señor! – fue la respuesta, y un torso se
materializó de pronto entre la humareda.
Bran blandía en una mano una horca y en la otra, su
manto. Iba desnudo de cintura para arriba, el humo había ennegrecido su piel y
los ojos y los dientes le destacaban blancos como lascas de piedra lunar. El
sudor dibujaba en su torso pálidos riachuelos entre la suciedad.
–Tegid pensó que quizá necesitabais ayuda -le
expliqué-. ¿Cómo va por aquí?
–Tratamos de impedir que el fuego se extienda hacia
el este. Por suerte el viento nos ayuda -respondió-, pero a Cynan y a Cynfarch
les ha correspondido la peor parte.
–Entonces me voy con ellos -le dije y empecé a
correr.
Doblé una esquina y crucé un puente, topándome con
tres mujeres cargadas con dos o tres bebés y conduciendo un sucio rebaño de
niños pequeños, todos asustados y llorosos. Una de las mujeres tropezó y pisó a
un pequeño; cayó de rodillas y casi soltó a los bebés que apretaba contra su
pecho. El niño cayó de bruces sobre los troncos del puente y se echó a llorar.
Lo levanté con tanta rapidez que el pobre, más
sorprendido que asustado, dejó de berrear. En aquel momento Goewyn apareció a
mi lado, ayudó a incorporarse a la mujer y se hizo cargo de uno de los bebés.
–¡Los pondré a salvo! – me gritó emprendiendo la
marcha-. Sigue tu
camino.
Eché a correr. Cynfarch dirigía la operación como
si se tratara de un motín. Corrí hacia él mientras me quitaba el manto.
–¡Aquí me tienes, Cynfarch! – dije-. ¿Qué hay que
hacer?
–No podremos salvar esas casas, pero… -Se
interrumpió para dar órdenes a un grupo de hombres que despejaban la paja en
llamas con rastrillos y largos ganchos de hierro. Una parte del tejado se
derrumbó con profusa lluvia de chispas y los hombres corrieron hacia la cabaña
contigua.
–Esas casas están ya perdidas -prosiguió-, pero si
el viento se mantiene como hasta ahora, quizá logremos detener el incendio.
–¿Dónde está Cynan?
–Estaba ahí -dijo mirando por encima del hombro-,
pero ya no lo veo. Corrí al lugar que me había indicado, internándome entre las
casas que
ardían en un infierno de llamas. El fuego me
rodeaba. El calor sofocante ahogaba e impedía la respiración. Todo: las casas a
izquierda y derecha, el muro al frente y el negro cielo, resplandecía con el
fulgor agobiante del fuego.
Oí el nervioso relincho de un caballo y ante mí
surgió un hombre entre la humareda sosteniendo con firmeza las riendas de un
caballo. El hombre había arrojado su manto sobre la cabeza del asustado animal
y se disponía a salvarlo de las llamas. Inmediatamente detrás de él aparecieron
cuatro hombres más también con asustados y espantadizos caballos con las
cabezas arropadas en mantos. En el crannog sólo se guardaban unos pocos
caballos y vacas; el resto vagaba por los prados bajo el risco. Pero corríamos el
riesgo de perder los que se guardaban en Dinas Dwr.
Ayudé a los hombres a conducir los caballos por el
estrecho sendero sembrado de fuego, entre las derrumbadas ruinas de casas y
cobertizos. Una vez puestos a salvo, volví sobre mis pasos a toda prisa. No
podía ver nada a causa del humo. Me protegí la nariz y la boca con el borde de
mi siarc, seguí adelante y llegué a una plaza repleta de gente. Las llamas
danzaban alrededor. Me pareció como si me hubiesen arrojado a un horno.
Cynan, con una veintena de guerreros y hombres
armados con hachas, golpeaba con furia el muro de madera. Trataban de derrumbar
una parte para hacer un cortafuego e impedir así que las llamas destruyeran
toda la empalizada. Otro puñado de hombres golpeaban con mantos empapados en
agua los troncos y el suelo, para poder mantener a raya el fuego, mientras
otros arrojaban baldes en los humeantes rescoldos
de las ruinas. Del cielo caían sucios copos de hollín y cenizas.
–¡Cynan! – grité corriendo hacia él.
Al reconocer mi voz se volvió sin dejar de dar
hachazos.
–¡Llew! Una bonita noche de bodas -dijo sacudiendo
la cabeza.
Miré el semiderruido muro.
–¿Aguantará el cortafuego?
–Oh, sí -dijo apartándose del muro para contemplar
su obra-. Aguantará.
– Alzó la voz para impartir órdenes-. ¡Abajo con
él! ¡Abajo con él! Las cuerdas se tensaron. El muro se tambaleó sin
derrumbarse. –¡Tirad! – ordenó abalanzándose a la cuerda más próxima.
Uní mis esfuerzos a los suyos. Tiramos con todas
nuestras fuerzas y los
troncos crujieron.
–¡Tirad! – gritó Cynan-. ¡Todos! ¡Todos a la vez!
¡Tirad!
Los troncos cedieron y se derrumbaron con
estrépito. Nos quedamos un momento contemplando la brecha y el lago que se veía
a través de ella.
–¡Ahora esas casas! – ordenó Cynan empuñando el
hacha.
Al instante, una veintena de hachas hicieron
temblar los tejados de madera de tres casas, todavía intactas por el implacable
fuego. Yo cogí uno de los rastrillos y la emprendí con la humeante paja de un
tejado cercano; arrojaba el rastrillo tan lejos como podía, empujaba y empujaba
con todas mis fuerzas, esparcía la paja y golpeaba los humeantes carrizos que
caían a mis pies.
Cuando acababa con un tejado, me afanaba con otro,
y luego con otro. Me dolían los brazos, me lloraban los ojos, me sofocaba el
humo. Las ascuas prendieron de mi siarc, me apresuré a sacudírmelas y la
emprendí con las llamas de otro tejado medio caído. El calor me chamuscaba el
pelo; sentía como si la piel se me llenara de ampollas. Pero seguía trabajando,
a veces con ayuda, otras solo. Todos hacían lo que buenamente podían.
–¡Llew! – gritó alguien.
Me volví justo a tiempo de ver aparecer entre el
humo un par de largos cuernos. Me hice a un lado al tiempo que los cuernos
embestían el aire en el lugar que acababa de abandonar. Un buey se había
soltado y, enloquecido, trataba de volver al establo. La estúpida bestia vagaba
entre las incendiadas cabañas buscando su redil. Me quité el siarc y agitándolo
y gritando logré alejar al animal, que se fue por donde había aparecido sin que
nadie se
molestara en cogerlo; teníamos más que suficiente
con contener las llamas. Por doquier surgían nuevas emergencias. Nos
apresurábamos a hacerles
frente, pero cada vez con menos energías. Las
fuerzas comenzaban a flaquear, luego a desvanecerse. Tenía los brazos doloridos
y entumecidos. Me ardía la mano de manejar el rastrillo y de las quemaduras. No
podía respirar, los pulmones me pesaban y me faltaba resuello. Sin embargo, me
mantenía tenazmente en pie y seguía trabajando.
Cuando comenzaba a pensar que tendríamos que
abandonar nuestra lucha contra el fuego, aparecieron Bran y los Cuervos con una
veintena de hombres y guerreros. Con un grito se lanzaron a la lucha contra el
fuego. Al poco rato, o al menos así me lo pareció, todos estábamos trabajando
con redoblado ímpetu. Rastrillábamos tejados, golpeábamos las llamas,
apagábamos las chispas; rastrillábamos, golpeábamos, apagábamos, una y otra
vez, sin descanso.
El tiempo pasaba como en un sueño. El calor me
lamía la piel; el humo me ahogaba, los ojos me lloraban. Pero seguía
afanándome. Poco a poco el resplandor del fuego fue disminuyendo. Sentí una
caricia de aire fresco y me detuve.
Un centenar de hombres me rodeaban empuñando
herramientas, vasijas y mantos en sus insensibles manos. Unos de pie, con las
cabezas inclinadas y los brazos derrumbados en el costado, otros de rodillas,
otros apoyados en sus rastrillos. Y alrededor, el silencioso siseo de las
ascuas que morían poco a poco…
–Una hermosa noche de trabajo -gruñó Cynan con una
voz tan rasgada como los jirones de sus ropas.
Alcé la cabeza y contemplé con doloridos ojos el
cielo que empezaba a grisear por el este. En aquella pálida y espectral luz,
Dinas Dwr aparecía como un enorme montón de carbonizados troncos y humeantes
cenizas.
–Quiero ver lo que ha quedado -dijo Cynan-. Y
deberíamos encargarnos de los heridos.
–Yo me ocuparé de ellos -dijo Bran.
Apenas se mantenía en pie, pero yo sabía muy bien
que no descansaría hasta que todos fueran debidamente atendidos. Así que le
encargué que obrara a su manera.
En la apagada luz del alba, Cynan y yo recorrimos
despacio el devastado caer. Los daños habían sido graves. El lado oeste de la
fortaleza había
quedado destruido; lo poco que quedaba en pie
estaba seriamente dañado por las llamas y el humo.
Calbha salió a nuestro encuentro mientras
procedíamos a la inspección; se había dedicado a construir cobertizos
provisionales para los víveres que se habían podido salvar, y rediles para
guardar los caballos y el ganado hasta que pudieran ser conducidos a los pastos
de los prados.
–¿Ha resultado herido alguien en esta zona? – le
pregunté.
Calbha sacudió la cabeza.
–Unos pocos con quemaduras y contusiones
-respondió-, pero ninguno de consideración. Tuvimos suerte.
Lo dejamos con su trabajo y continuamos nuestro
camino entre los humeantes escombros. En el centro de un pequeño patio formado
por las chamuscadas ruinas de tres casas, encontramos a Tegid y a algunas
mujeres curando a los heridos. El bardo, casi negro de humo y hollín, estaba
arrodillado junto a un cuerpo al que aplicaba un ungüento de un pote de
arcilla. Alrededor yacían una docena más de cuerpos: unos respiraban
trabajosamente entre quejidos, otros se esforzaban por incorporarse, otros
permanecían completamente inmóviles cubiertos con un manto de la cabeza a los
pies. Algunos de esos cuerpos amortajados no abultaban más que un montón de
astillas.
Me invadió una profunda tristeza y me tambaleé.
Cynan me cogió del brazo y me sostuvo en pie.
Scatha se movía entre los supervivientes con las
marcas indistintas del que ha caminado entre el fuego; y efectivamente lo había
hecho, pues cuando sonó la alarma había organizado el registro y salvamento de
las viviendas del ala oeste. Casi todos estaban en el banquete de bodas, pero
algunos, especialmente las madres de niños pequeños, se habían retirado a
dormir. Scatha las había despertado y puesto a salvo a través del humo y las
llamas, y había vuelto una y otra vez hasta que el fuego alcanzó tal altura que
le fue imposible pasar.
–¿Cuántos?
Alzó la mirada al oír mi voz y luego siguió
vendando el antebrazo quemado de un joven.
–Si hubiera habido tiempo -repuso-, podrían haberse
salvado. Pero el fuego se propagó con rapidez… y los más pequeños estaban
dormidos añadió señalando hacia los diminutos bultos-. No se despertaron y ya
no lo harán
jamás.
–Dime, Scatha -dije con voz ronca por el cansancio
y la pena-, ¿cuántos? –Dieciocho -contestó-. Dos o tres morirán antes de la
noche -añadió con
voz apagada.
Tegid acabó su quehacer y se reunió con nosotros.
–Es una desgracia horrible -murmuró-. El humo los
ahogó mientras dormían. Pero al menos han muerto sin darse cuenta.
–Si no llega a ser por la fiesta -comentó Cynan-,
creo que habría sido mucho peor. Casi todos estaban en el salón cuando comenzó
el fuego.
–Si no hubieran estado casi todos en el salón, el
fuego no habría prendido en el primer foco -sugirió Scatha.
No estaba de humor para adivinanzas.
–¿Estás diciendo que no fue un accidente? –
pregunté con brusquedad. –Desde luego, el incendio no fue accidental -afirmó
con contundencia
Cynan.
Tegid se mostró de acuerdo.
–Las llamas prendieron en tres sitios a la vez: el
muro, las casas y los cobertizos del ganado; no fue negligencia ni accidente.
Fue una acción premeditada y perversa.
El rey Calbha, que se había acercado a nosotros,
oyó las palabras del bardo.
–Alguien prendió el fuego… ¿es eso lo que quieres
decir? – preguntó incapaz de creer que algo semejante pudiera ocurrir en Dinas
Dwr-. ¿Quién de los nuestros podría hacer algo así?
–Quién o quiénes -replicó Cynan con la voz ronca
del humo y de tanto gritar-. Quizá fue más de uno. Quienquiera que fuera
conocía bien su trabajo y lo hizo a la perfección. Si el viento hubiera
cambiado, habríamos perdido todo el caer y muchas vidas -añadió observando los
humeantes escombros.
El sudor que me chorreaba por la espalda se me
heló. Miré a los que me rodeaban escrutando en silencio sus rostros. Si había
un asesino entre nosotros, no me cabía en la cabeza quién podía ser. La llamada
de una mujer alejó a Tegid del grupo.
–No habléis de esto con nadie -encargué a los
demás-, hasta que hayamos podido averiguar algo más.
Scatha volvió a su trabajo; Cynan, Calbha y yo
regresamos junto a los Cuervos que estaban desescombrando uno de los almacenes.
Al acercarnos,
vimos que estaban levantando con sumo cuidado una
viga que al derrumbarse había atrapado un cuerpo.
Cynan y yo corrimos a ayudarlos. Cogimos el
ennegrecido tronco y lo izamos lo suficiente para poder rescatar el cuerpo. Lo
sacaron de entre los escombros, lo depositaron con cuidado en el suelo y le
dieron la vuelta.
Bran alzó la cabeza con expresión grave y miró a
Cynan.
–Lo siento, Cynan…
–¡Cynfarch! – exclamó el príncipe.
Se dejó caer de rodillas y abrazó el cuerpo de su
padre. El rey de los galanae emitió un débil quejido, tosió y un hilillo de
sangre le resbaló por la comisura del labio.
Calbha soltó un juramento; yo posé mi mano en el
hombre que estaba junto a mí.
–Busca a Tegid -le ordené-. ¡Date prisa!
El bardo acudió corriendo, echó una rápida ojeada
al cuerpo y ordenó a todos que se retiraran. Luego se inclinó sobre Cynfarch y
procedió a examinarlo. Comprobó las heridas del rey y le ladeó la cabeza. Bajo
una capa de cenizas el rostro de Cynfarch estaba pálido como la cera.
Cynan, con los hombros hundidos, cogió la mano de
su padre entre las suyas y miró fijamente sus fláccidas facciones, como si
esperara verlas reanimarse.
–¿Vivirá? – preguntó cuando Tegid hubo acabado su
examen. –Sus heridas son internas -repuso el bardo-. No puedo asegurarlo.
Apenas había pronunciado esas palabras cuando un grito llamó nuestra
atención.
–¡Penderwydd! ¡Llew! ¡Socorro! ¡Venid deprisa!
Nos volvimos y vimos que un guerrero corría hacia
nosotros.
–¿Qué ocurre, Pebin? – le grité-. ¿Qué ha sucedido?
–Señor -respondió Pebin-. Fui al palacio para
relevar la guardia… Hizo una pausa mirando a los demás con inquietud-. Será
mejor que vayáis inmediatamente.
5
UN BUEN CONSEJO
–Yo cuidaré de mi padre -dijo Cynan-. Id vosotros.
–Lleva a Cynfarch a mi cabaña -le ordenó Tegid-.
Sioned lo atenderá. Luego Tegid, Pebin y yo nos dirigimos a toda prisa hacia el
centro del crannog, cruzándonos con grupos de gente que iban hacia el lugar
donde
había empezado el fuego. Las ascuas todavía
humeaban y las cenizas estaban aún calientes, pero ya habían comenzado los
trabajos de limpieza. Los que se habían refugiado junto a la orilla regresaban
para participar en el desescombro.
Cruzamos el puente de la calle principal y llegamos
a un grupo de casas redondas y bajas que se apelotonaban al abrigo del palacio.
Con excepción del olor a humo que impregnaba toda la fortaleza, las casas y el
palacio no habían sido dañadas por el incendio. Todo parecía a salvo y en pie.
Pasamos a toda prisa entre las cabañas y cruzamos
el patio.
–Quédate aquí, Pebin -ordené al guerrero-. No
permitas el paso a nadie. Cruzamos el umbral y entramos. Pese a la escasa luz,
enseguida vi que el
pedestal de hierro estaba tumbado y que el cofre de
madera que contenía las Piedras Cantarinas había desaparecido. Cerca distinguí
dos figuras acurrucadas contra el muro y una tercera caída de bruces. Cuando
entramos no hicieron el menor movimiento.
Me acerqué al hombre más próximo y lo sacudí por el
hombro. Como no obtuve reacción alguna, le di la vuelta. La cabeza le rodó
sobre el pecho y me di cuenta de que estaba muerto.
–Es uno de nuestros guerreros -dije.
Su cara me resultaba familiar pero no sabía cómo se
llamaba.
–Es Cradawc -me informó Tegid inclinándose a
observar el rostro del hombre.
Deposité el cuerpo en el suelo, sosteniéndole con
cuidado el cuello para que no se golpeara la cabeza. La mano me quedó viscosa y
húmeda. Se me revolvieron las tripas al reconocer el oscuro líquido que la
empapaba.
–Lo han golpeado en la nuca -murmuré.
Tegid se acercó al segundo hombre y le posó los
dedos en la garganta.
–¿Muerto? – pregunté.
Asintió con un movimiento de cabeza y se acercó al
tercer guerrero.
–¿También ése? – pregunté.
–No -respondió Tegid-. Está vivo.
–¿Quién es?
En ese preciso instante el hombre gimió y jadeó.
–Gorew. Ayúdame a sacarlo de aquí.
Con sumo cuidado, sacamos el cuerpo del palacio y
lo depositamos en el suelo. Tegid ladeó la cabeza de Gorew y entonces vi una
horrible tumefacción negruzca del tamaño de un huevo en la sien del guerrero,
sobre el ojo derecho. El herido volvió a gemir.
–Gorew -exclamó Tegid con voz firme.
Al oír su nombre el guerrero abrió los ojos.
–Ahhh… -se quejó en un susurro.
–No te muevas, tranquilo -le dijo Tegid-. Aquí
estamos para ayudarte.
–Han… desaparecido -murmuró Gorew con un hilillo de
voz.
–¿Qué es lo que ha desaparecido? – lo animó Tegid.
–Las piedras… -respondió el guerrero-. Han
desaparecido… las han robado.
–Ya lo sabemos, Gorew -repuse, y los ojos del
guerrero parpadearon-. ¿Quién te ha hecho esto? – le pregunté-. ¿Quién te
atacó?
–Yo, ahhh… vi a alguien… Pensé… -suspiró Gorew y
cerró los ojos. –El nombre, Gorew. Dinos su nombre. ¿Quién fue? Pero era
inútil; Gorew se había desmayado.
Pebin se había quedado como paralizado, con los
ojos clavados en el guerrero herido; lo sacudí por el brazo y le ordené que nos
ayudara a transportarlo. Lo llevamos a la cabaña de Tegid, donde nos aguardaban
Cynan y Bran. Dentro, Sioned, una mujer con habilidades de curandera, se
ocupaba de los heridos más graves. Sioned extendió un manto sobre la paja y
depositamos a Gorew al lado de Cynfarch.
–Enseguida me ocuparé de él -nos dijo.
–¿Quién ha podido hacer una cosa así? – me preguntó
Pebin al salir de la cabaña.
¿Quién?, me preguntaba yo mismo. Una veintena de
muertos, algunos más que no sobrevivirían, el caer en ruinas y el robo de las
Piedras Cantarinas. Nos habían infligido un daño considerable y además de forma
brutal. Me juré apresar a los ladrones antes de que se pusiera el sol.
Llamé a Bran y a Cynan y les informé del robo.
–Los ladrones prendieron fuego al caer y
aprovecharon la confusión para robar las Piedras Cantarinas. Gorew y los otros
centinelas fueron atacados y dejados fuera de combate.
–¿El tesoro de Albión robado? – preguntó, atónito,
Bran-. ¿Y los centinelas?
–Dos fueron asesinados; Gorew todavía vive. Quizá
pueda decirnos algo.
Cynan entrecerró sus azules ojos amenazadoramente.
–Es hombre muerto quien haya hecho esto.
–Hasta que no tengamos una pista no sabremos
cuántos están implicados.
–Tanto me da que sean uno o cien -musitó Cynan.
–Bran -dije encaminándome al palacio-, convoca a
los guerreros.
Comenzaremos la búsqueda inmediatamente.
El jefe de los Cuervos salió corriendo y Cynan y yo
nos dirigimos al palacio. Al entrar en el patio, resonó el cuerno de batalla y
a los pocos instantes comenzaron a acudir los Cuervos: Garanaw, Drustwn, Niall,
Emyr, Alun. Scatha compareció también y poco después hizo su entrada Bran al
frente de un puñado de guerreros. Todos nos reunimos en el frío hogar.
–Hemos sido atacados por el enemigo -les dije, y
les expliqué el asalto sufrido durante el incendio-. Veinte personas han
muerto, y algunas han resultado heridas de gravedad, entre ellas Cynfarch y
Gorew. Las Piedras Cantarinas han sido robadas.
Tal revelación arrancó un espontáneo grito.
–Atraparemos a los culpables -prometí, y mi
juramento fue coreado por una docena de voces-. La búsqueda comenzará
inmediatamente.
Me volví hacia Bran Bresal, mi jefe de batalla, el
líder de la Bandada de Cuervos.
–Prepara todo lo necesario para la marcha.
Partiremos en cuanto los caballos estén ensillados.
Bran vaciló y dirigió una rápida mirada a Scatha;
pero no pude descifrar la expresión de sus ojos.
–¿Qué pasa? – pregunté.
–Se hará como dices, señor -repuso Bran llevándose
a la frente el dorso de la mano. Ordenó a los guerreros que lo siguieran y
salieron a toda prisa del palacio para ponerse manos a la obra.
Cynan y Scatha se quedaron a solas conmigo.
–Lo siento, Cynan -dijo Scatha posando su mano en
el brazo del príncipe. –La deuda de sangre será pagada, Pen-y-Cat-repuso en
tono firme
Cynan-. No lo dudes -añadió con la voz quebrada por
el dolor.
Luego, dirigiéndose a mí, Scatha me dijo:
–Me gustaría ayudarte en esta tarea, señor.
Permíteme que me ponga al frente de los guerreros y capture a los ladrones.
–Te lo agradezco, Pen-y-Cat -repuse-, pero es una
tarea que me corresponde a mí. Tú haces falta aquí. Tegid necesitará tu ayuda.
–Tu lugar también está aquí -insistió ella-. Es
hora de que pienses en los que dependen de ti. Necesitas descansar -me sugirió
con tozudez-. Quédate aquí y gobierna a tu pueblo.
Sus palabras no tenían sentido alguno para mí. La
cólera me hervía en las venas y no estaba de humor para adivinanzas. Sólo veía
con claridad meridiana una cosa: los hombres que habían cometido aquella
fechoría tenían que ser capturados y juzgados.
–Un baño es lo único que necesito -gruñí-. El agua
fría me resucitará. Con el cuerpo dolorido, me dirigí a mi cabaña para bañarme
y cambiarme
de ropa antes de partir. Apestaba a humo y a sudor;
tenía el cabello chamuscado y parecía que mis brecs y mis buskins habían sido
atacados por ardientes polillas. Me detuve en la cabaña el tiempo justo de
coger una muda, un pedazo de jabón de sebo y un trozo de lino que utilizaba
como manopla. Me disponía a atravesar el patio cuando vi que Tegid salía de su
cabaña y me acerqué a él.
–Gorew quizá se salve -me dijo el bardo-. Sabré
algo más cuando se despierte.
–¿Y Cynfarch? – pregunté.
–La muerte es dura, pero puede que Cynfarch lo sea
aún más -repuso Tegid-. La batalla se decidirá antes de que acabe el día.
–De todos modos, tengo el firme propósito de
capturar a los ladrones y recuperar las piedras antes de mañana a esta misma
hora.
–¿Estás pensando en ir personalmente tras ellos? –
preguntó con intención.
–¡Naturalmente! Soy el rey. Es mi deber.
El bardo se puso tenso y abrió la boca para poner
alguna objeción. Como no estaba dispuesto a escucharlo, se lo impedí.
–Ahórrate las palabras, Tegid. Voy a comandar
personalmente a los guerreros; no hay más que hablar.
Me di la vuelta, atravesé el patio y la puerta y me
dirigí al embarcadero. Al final del mismo, la base rocosa del crannog formaba
un bajío en el que acostumbrábamos bañarnos. Pero en aquel momento no había
nadie.
Me quité las ropas y me metí en el lago. El agua
helada era como un bálsamo para mi quemado costado; me sumergí y floté un rato
sólo con la frente y la nariz fuera del agua.
Mientras procedía a enjabonarme, el sol se fue
levantando y empezó a despejar la niebla grisácea. Me lavé el pelo y me froté
la piel con la manopla. Cuando me metí de nuevo en el agua para enjuagarme, me
sentí como una serpiente que se libera de su vieja piel.
Me estaba sacudiendo el agua del pelo cuando llegó
Goewyn.
–Scatha me ha contado lo sucedido -dijo.
Estaba de pie, en el embarcadero, con los brazos
cruzados. Tenía la cara sucia de hollín y los cabellos cubiertos de ceniza. Su
manto, antes tan blanco, estaba salpicado de quemaduras negras y marrones.
Casi salí del agua de un salto, porque hasta aquel
momento en que la volvía a ver había olvidado por completo que era un hombre
casado y que mi mujer me estaba esperando.
–Goewyn, lo siento mucho, olvidé que…
–Dice que tienes intención de marcharte -continuó
en tono gélido-. Si te importa algo tu pueblo o lo que ha sucedido esta noche,
no lo hagas.
–Debo hacerlo -insistí yo-. Soy el rey, es mi
deber.
–Si eres el rey -dijo ella enfatizando las
palabras-, quédate aquí y compórtate como tal. Gobierna a tu pueblo.
Reconstruye tu fortaleza.
–¿Y qué hay de las Piedras Cantarinas? ¿Y de los
ladrones?
–Envía a tu jefe de batalla y a tus guerreros para
que te los traigan. Eso es lo que haría un verdadero rey.
–Es mi deber -repetí avanzando hacia ella.
–Estás en un error. Tu lugar está junto a tu
pueblo. No deberías permitir que te vieran persiguiendo a esos… ¡a esos
cynrhon! – exclamó utilizando un término raramente usado en Albión; nunca la
había visto tan enfadada-. ¿Acaso no estás por encima de ellos?
–Desde luego, Goewyn, pero…
–Pues ¡demuéstralo entonces! – me gritó-. ¿Acaso
esos ladrones son reyes puesto que es preciso que un rey les dé caza?
–No, pero… -comencé a decir pero me interrumpió sin
contemplaciones. –Escúchame con atención, Llew Mano de Plata: si permites que
tus
enemigos te impidan gobernar, significa que son más
poderosos que tú… y ¡toda Albión lo sabrá!
–Goewyn, por favor. No lo entiendes.
–¿Que no? – preguntó ella, y sin aguardar mi
respuesta continuó-. ¿Es que Bran no te serviría hasta su último aliento? ¿Es
que Cynan no movería montañas si se lo pidieras? ¿Es que los Cuervos no
conseguirían el sol y las estrellas para complacerte?
–Escúchame tú…, si soy rey es gracias a las Piedras
Cantarinas.
–Tú no eres un rey cualquiera. ¡Eres el Aird Righ!
Eres Albión. Por eso no puedes marcharte.
–Goewyn, por favor, sé razonable.
Debía de ofrecer un triste espectáculo, con el agua
hasta el ombligo, temblando y chorreando, porque Goewyn pareció ablandarse un
poco.
–No te comportes como un hombre sin rango y sin
poder -me dijo, y yo comencé a entender su lógica-. Si eres rey, amor mío,
condúcete como un verdadero rey. Demuestra tu autoridad y tu poder. Demuestra
tu sabiduría: envía a Bran y a la Bandada de Cuervos. Envía a Cynan. Envía a
Calbha y a Scatha y a un centenar de guerreros. ¡Envía a todos cuantos quieras!
Pero no vayas tú. No te conviertas en lo que quieres destruir.
–Hablas como Tegid -repuse, intentando con torpeza
suavizar la tensión.
Era absurdo que nos enfadáramos.
–Deberías prestar oídos a tu sabio bardo -replicó
ella con energía-. Te está dando sin duda un buen consejo.
Goewyn seguía con los brazos cruzados sobre el
pecho mirándome con implacables ojos y aguardando mi respuesta. Yo sabía muy
bien que estaba vencido. Ella tenía razón: un verdadero rey jamás arriesgaría
el honor de su soberanía persiguiendo por su reino a criminales.
–Señora, aquí me tienes apabullado por tu
reprimenda -dije tendiéndole las manos-. Y temblando, además, de frío. Está
bien, seguiré tu consejo, pero déjame salir del agua antes de que me muera de
frío.
–Lejos de mi intención impedírtelo -repuso ella
sonriendo ligeramente.
–Muy bien.
Avancé otro paso y salí del agua. Ella se inclinó,
cogió el manto y lo sostuvo en alto. Me di la vuelta y me lo colocó sobre los
hombros. Sus manos resbalaron por mi espalda y me abrazaron por la cintura. Me
volví y la abracé estrechamente.
–Te voy a mojar -murmuré.
–Yo también necesito un baño -repuso, y cayendo en
la cuenta de la
verdad de su aseveración me apartó de un empujón y
me mantuvo a distancia.
–Yo ya me he bañado -protesté.
–Pero yo no -dijo alejándose.
–Espera…
–Vuelve a casa, esposo mío -me gritó-, pero dile
antes a Tegid que te quedas en Dinas Dwr y envía a la Bandada de Cuervos a
cumplir tu voluntad.
–Goewyn, espera, voy contigo…
–Te estaré esperando -dijo desapareciendo por la
puerta.
Me puse los breecs, deslicé los brazos en las
mangas del siarc, me calcé los buskins y corrí a la cabaña de Tegid para
informarle del cambio de planes.
6
CYNAN DOS TORQUES
–¿Llamé a Tegid que salió al momento de su cabaña;
parecía encorvado y viejo. Tenía los oscuros cabellos grises de ceniza, la cara
muy pálida y los ojos enrojecidos por el humo y el cansancio. Debía de estar
muy fatigado. Me sentí culpable por haber ido a tomar un baño mientras los
demás trabajaban duramente.
–Sabio bardo -le dije-, he cambiado de opinión. Me
quedo en Dinas Dwr. Enviaré a Bran y a la Bandada de Cuervos a capturar a los
ladrones y recuperar las Piedras Cantarinas.
–Una prudente decisión, señor -dijo Tegid
asintiendo con discreta satisfacción.
–Sí, eso me dije.
Emyr Lydaw acudió en ese momento para comunicarme
que los guerreros estaban preparados.
–Reuníos en el embarcadero -le ordené-. Tegid y yo
acudiremos allí. –Ven -le dije a Tegid cogiéndolo por el brazo y conduciéndolo
a palacio-
comeremos algo antes. Nadie debe ver a un rey y a
su bardo desmayándose de hambre.
Tegid se mostró de acuerdo con esa opinión, que
demostraba que estaba empezando a pensar como un rey. Comimos una rebanada de
pan y bebimos unos tragos del aguamiel que había sobrado del banquete de bodas.
Recuperadas las fuerzas, nos dirigimos al embarcadero.
Los Cuervos, chamuscados y sucios por el arduo
trabajo de la noche, estaban acabando de cargar las provisiones en los botes.
Cynan, un tanto
apartado, con sendas lanzas en las manos,
contemplaba fijamente el agua. Alun y Drustwn me saludaron al verme. Bran dejó
lo que estaba haciendo y me dijo:
–Todo está dispuesto, señor. Aguardamos tus
órdenes.
–Me necesitan aquí; no voy a acompañaros. Y tampoco
vosotros necesitáis de mi ayuda para capturar a esos criminales -le expliqué-.
Te encargo que lleves a cabo esta misión con celeridad y regreses enseguida.
Bran, obviamente satisfecho ante el cambio de
planes, repuso:
–Se hará como ordenas, señor.
Cynan, con la mandíbula apretada y el ceño
fruncido, se limitó a mirar sin decir nada en dirección a la playa, al otro
lado del lago, donde aguardaban Niall y Garanaw con los caballos.
–¡Feliz cacería, hermano! – le deseé.
El príncipe asintió con gesto brusco y saltó a uno
de los botes. Los demás lo imitaron y las barcas se alejaron de la orilla.
Pero, apenas los remeros habían empezado a bogar, apareció Sioned en la puerta.
–¡Penderwydd! – gritó y echó a correr hacia Tegid.
–¿Qué sucede, Sioned? – preguntó el bardo saliendo
a su encuentro con sus ojos grises velados de preocupación.
–Ha muerto -contestó ella-. El rey Cynfarch ha
muerto, penderwydd.
Eleri está con él. Sencillamente ha dejado de
respirar; eso ha sido todo.
Tegid echó a correr, pero apenas hubo dado tres
pasos se detuvo y miró por encima del hombro los botes que se alejaban. Abrió
la boca para decir algo, pero yo me adelanté.
–Ve -le dije-. Yo llamaré a Cynan.
Mientras el Bardo Supremo corría hacia la puerta,
yo ordené a gritos a los botes que regresaran.
–Cynan -dije cuando estuvieron lo suficientemente
cerca para oír mis palabras-, se trata de tu padre.
El príncipe vio a Tegid y a Sioned corriendo y
supuso lo peor.
–¿Ha muerto mi padre?
–Sí, hermano. Lo siento en el alma.
Al oírme, Cynan se puso en pie con tal brusquedad
que casi volcó el bote. En cuanto los remeros acercaron la barca a la orilla,
saltó a tierra y echó a correr hacia la puerta.
Lo detuve cuando pasaba junto a mí.
–Cynan, voy a ordenar que los Cuervos se vayan sin
ti.
El rostro del príncipe se ensombreció, pero yo me
mantuve firme.
–Sé muy bien cómo te sientes, hermano, pero harás
mucha falta aquí. Tu pueblo se ha quedado sin rey. Tu lugar está junto a ellos.
Desvió la vista, luchando consigo mismo.
–Deja que se vayan -le urgí-. A Bran le corresponde
servirme. A nosotros quedarnos aquí.
Cynan me miró y luego miró el bote. Sin pronunciar
una palabra, se dio la vuelta y salió corriendo.
Desde el bote, Bran gritó:
–¿Tenemos que esperarlo, señor?
–No, Bran -respondí indicando al jefe de los
Cuervos que se marchara-.
Cynan no irá hoy con vosotros.
Contemplé cómo las barcas alcanzaban la otra orilla
y los caballos eran desembarcados. Los Cuervos montaron; Bran alzó su lanza y
los guerreros se pusieron en marcha siguiendo la orilla del lago. Levanté mi
mano de plata en señal de saludo y la mantuve en alto hasta que se perdieron de
vista. Luego me di la vuelta y me encaminé a palacio. En el fondo de mi corazón
me alegraba de no ir con ellos. Estaba muerto de cansancio y lo único que
anhelaba era dormir.
Pero me dirigí a la cabaña de Tegid donde Cynan
estaba velando el cadáver de su padre.
–No se puede hacer nada, por desgracia -me comentó
Tegid-. Necesitas descansar, Llew. Hazlo mientras te sea posible. Te llamaré si
te necesito.
Me resistía a marcharme, pero el bardo puso con
firmeza su mano en mi hombro, me obligó a darme la vuelta y me hizo salir de la
cabaña. Miré mi cabaña, al otro lado del patio, y entonces recordé que ahora
tenía otro hogar. Me alejé en dirección a la casa preparada para mí y para
Goewyn. Me parecía que había pasado un siglo desde nuestra noche de bodas.
Goewyn me estaba aguardando. Se había bañado y se
había puesto una túnica blanca. Tenía el cabello suelto, todavía húmedo del
baño. Estaba sentada en el lecho y se desenredaba el pelo con un peine de
anchas púas de madera. Cuando entré, sonrió, se levantó y me dio la bienvenida
con un beso. Luego, tomando entre las suyas mi mano de plata, me llevó hasta el
lecho, me despojó del manto y me hizo reclinarme sobre los mullidos vellones.
Se acostó a mi lado. Yo la abracé y me quedé profundamente dormido.
Me desperté sobresaltado. La cabaña estaba en
tinieblas y el caer en silencio. La pálida luz de la luna se colaba por la piel
de buey de la puerta. Al moverme desperté a Goewyn, que se apresuró a posar su
cálida mano en mi nuca.
–Es de noche -murmuró-. Acuéstate de nuevo y vuelve
a dormirte.
–Pero ya no estoy cansado -le dije apoyándome en el
codo.
–Ni yo -repuso-. ¿Tienes hambre?
–Un hambre de lobo.
–Hay un poco de pan de bodas y aguamiel.
–Magnífico.
Se levantó y se acercó a la pequeña chimenea que
había en el centro de la cabaña. La contemplé mientras ella, de rodillas, se
afanaba en su trabajo, grácil como un fantasma a la pálida luz de la luna. En
pocos instantes brotó una llama amarilla, el fuego prendió en la chimenea y
nuestra glorieta quedó bañada por el amarillento resplandor. Goewyn sacó
entonces el aguamiel, una copa y dos hogazas pequeñas de banys bara.
Se sentó de nuevo en el lecho, cortó un pedazo de
pan y me lo ofreció. Yo corté otro y se lo ofrecí a mi vez. Comimos la primera
hogaza y luego la segunda; después destapamos el pellejo de aguamiel y
saboreamos acostados su dulzura y su calor, compartiendo el dorado néctar
mezclado con besos cada vez más apasionados.
No pude esperar más. Dejé a un lado el pellejo de
aguamiel, y la atraje hacia mí. Ella, cálida y tierna, se abandonó entre mis
brazos y nos entregamos al hermoso deleite de nuestros cuerpos.
Consciente de que mi mano de metal podía resultarle
desagradable, procuré no tocarla con ella, pero no era tarea fácil, porque me
moría por acariciar sus cabellos y su piel. Sin embargo, Goewyn se apresuró a
desterrar mis temores.
Se arrodilló junto a mí, se entreabrió la túnica y
me cogió la mano de plata entre las suyas.
–Forma parte de ti -me dijo con voz suave y
acariciadora-, así que también tendrá que formar parte de mí -y posó la mano de
metal entre sus pechos.
La ternura de aquel gesto colmó mi pasión y me
abandoné a ella. Goewyn era mi universo y mi vida.
Poco después, escanciamos aguamiel en la copa de
oro y bebimos en el
lecho. Nuestra noche de bodas, aunque interrumpida,
era finalmente lo que habíamos esperado que fuera.
–Me parece como si no hubiera estado realmente vivo
hasta ahora -le dije.
Sonriendo deliciosamente, Goewyn se llevó la copa a
los labios.
–No vayas a creer que la noche ya ha terminado -me
susurró.
Hicimos de nuevo el amor con pasión, pero sin la
premura de antes; esta vez disfrutamos del placer con lento deleite. Hacia el
alba nos quedamos dormidos estrechamente abrazados. Pero no recuerdo el momento
en que cerré los ojos; sólo recuerdo a Goewyn, su dulce aliento en mi pecho y
el calor de su cuerpo junto al mío.
Aquella noche fue sólo un breve paréntesis de
respiro antes de las preocupaciones y problemas del día que siguió. Sin
embargo, a la mañana siguiente me levanté con ánimo invencible, dispuesto a
enfrentar lo que me deparara el futuro. Había mucho que hacer y anhelaba
ponerme manos a la obra.
En el palacio encontré a Tegid acompañado de un
Cynan muy taciturno; estaban comiendo y discutían los detalles del funeral de
Cynfarch. Habían decidido que el príncipe regresaría con su pueblo a Dun Cruach
para enterrar allí al rey. Debían ponerse en marcha sin más dilaciones.
–Me habría gustado que las cosas fueran de otro
modo -me dijo Cynan con los ojos enrojecidos y la voz ronca-. Me habría gustado
ayudarte a reconstruir el caer.
–Ya lo sé, hermano -repuse-. Pero disponemos de
suficientes manos. A mí me gustaría acompañarte.
Luego hablamos del aprovisionamiento para el viaje.
A causa del fuego y de la sequía de los últimos tiempos, nuestras reservas no
eran muchas. Pero quería que se llevara víveres no sólo para el viaje, sino
también para una larga temporada.
El rey Calbha, que también pensaba volver a sus
posesiones en un plazo corto, supervisó el cargamento de los carros de los
galanaes. Al cabo de un rato, entró en palacio y anunció que todo estaba listo;
nos levantamos de mala gana y salimos tras él.
–Te enviaré noticias en cuanto hayamos atrapado a
los ladrones -le prometí a Cynan una vez en el patio.
–Hasta ese día -repuso Cynan con gesto grave- no
beberé cerveza ni aguamiel y no se encenderá fuego alguno en el hogar del rey.
Dun Cruach
permanecerá en la más absoluta oscuridad.
Algunos galanaes que estaban cerca oyeron el
juramento de Cynan y se acercaron.
–Deberíamos tener un rey que nos condujera a casa
-dijeron-. No es justo que regresemos a la patria sin rey.
Tegid, al oír tal súplica, se cubrió la cabeza con
un pliegue del manto y dijo:
–Vuestra súplica os honra. ¿Hay entre vosotros un
hombre digno de ser rey?
–Sí, penderwydd-contestaron los galanaes.
–Decidme su nombre y traedlo ante mi presencia.
–Está junto a ti, penderwydd -repusieron ellos-. No
es otro que Cynan Machae.
Tegid se volvió y posó una mano en el hombro de
Cynan.
–¿Hay algo que te impida subir al trono de tu
padre? – dijo.
Cynan se pasó los dedos por la espesa cabellera
pelirroja y meditó unos instantes.
–Nada que yo sepa -respondió al fin.
–Tu pueblo te ha elegido -dijo Tegid-, y no creo
que pudieran haber hecho una elección mejor. Como Bardo Supremo de Albión,
estoy dispuesto a confiarte la dignidad real ahora mismo, si quieres aceptarla.
–La aceptaré con sumo agrado -repuso el príncipe.
–Habría que establecer tu reinado con una ceremonia
apropiada explicó Tegid-, pero dada la urgencia del viaje te proclamaremos rey
ahora mismo.
En efecto, sin más ceremonial, Cynan fue proclamado
rey en presencia de Scatha, Goewyn, Calbha y todos los galanaes que se
congregaron a nuestro alrededor al oír las palabras de Tegid. La ceremonia fue
rápida y sencilla, con una única interrupción: cuando Tegid se dispuso a
quitarle a Cynan la torque que lucía y reemplazarla por la que había ostentado
Cynfarch.
–La torque de oro es el símbolo de tu soberanía -le
dijo el bardo-. Por ella todos te reconocerán como rey y te servirán con
respeto y honor.
Cynan asintió, pero no estaba dispuesto a
desprenderse de su torque de plata.
–Ponme la torque de oro si es tu deseo, pero no
quiero quitarme la que me regaló mi padre.
–Llévala siempre…, y ésta también.
Con estas palabras el bardo deslizó la torque de
oro alrededor del cuello de Cynan y alzando la mano por encima de su cabeza
exclamó:
–Te proclamo rey de los galanaes de Caledon.
¡Salve, Cynan Dos Torques!
Todos se echaron a reír, incluso Cynan, que desde
entonces ostentaría su nuevo nombre tan orgullosamente como sus dos torques.
Yo me adelanté a abrazarlo y también Scatha y
Goewyn. Luego llegó el momento del adiós. Cynan estaba ansioso por regresar al
sur para enterrar a su padre y comenzar su reinado. Cruzamos la llanura y le
acompañamos a caballo hasta Druim Vran, donde aguardamos sobre el risco para
ver pasar la comitiva de los galanaes. Cuando el último carro hubo coronado el
risco y emprendido el lento descenso, Cynan se volvió hacia mí.
–Todavía no me he marchado y ya lo lamento. Desde
luego, la responsabilidad de un rey es una pesada carga -me dijo suspirando.
–Sin embargo, me parece que sobrevivirás.
–Tú lo tienes más fácil -repuso-, pero yo no tengo
a mi lado una bella esposa y debo soportar la carga yo solo.
–Me casaría contigo con gusto, Cynan -apostilló
amablemente Goewyn-, pero ya lo he hecho con Llew. Sin embargo, creo que no
estarás mucho tiempo sin novia. No hay duda de que un rey con dos torques es un
marido muy deseable.
Cynan puso los ojos en blanco.
–¡Vaya! No hace ni un día siquiera que soy rey y ya
me encuentro con hembras ansiosas de quitarme mi tesoro.
–Hermano -le dije-, considérate afortunado si
encuentras una mujer dispuesta a casarse contigo a cualquier precio. Vale la
pena entregar no una torque, sino diez por una esposa.
–No dudo de que estás en lo cierto -admitió Cynan-,
pero hasta que no encuentre una esposa tan valiosa como la tuya, conservaré mi
tesoro.
Goewyn se inclinó y lo besó en la mejilla. Le
dijimos adiós y nos quedamos mirándolo mientras descendía hacia el valle, y se
ponía al frente de su pueblo. Durante el camino de regreso al lago, Goewyn iba
silenciosa a mi lado.
–Cásate conmigo, Goewyn -le dije.
Ella se echó a reír.
–Pero si ya estamos casados, amado mío.
–Quiero oírtelo decir otra vez.
–Entonces, escúchame bien, Llew Mano de Plata -dijo
ella irguiéndose en la silla y alzando la cabeza con gesto orgulloso-. Me
casaré contigo hoy, y mañana, y todos los días de mi vida.
7
EL REGRESO DE LOS CUERVOS
Las obras de reconstrucción de Dinas Dwr empezaron
enseguida con enérgica eficacia. La gente parecía especialmente ansiosa por
eliminar todo rastro del incendio. La gente, mi gente, mi variopinto clan
formado por distintas tribus, parentelas, guerreros, granjeros, artesanos,
familias, viudas, huérfanos, refugiados, se afanaron sin descanso en reparar
los daños del crannog y devolverle el aspecto de antes. Trabajando con ellos,
comprendí que Dinas Dwr era para ellos algo más que un refugio; se había convertido
en su hogar. Se habían roto y se estaban rompiendo antiguos lazos y ataduras y
se estaba forjando un reino nuevo: mientras luchábamos y sudábamos hombro con
hombro nos estábamos convirtiendo en un verdadero pueblo, en un clan distinto a
cualquiera de las tribus de Albión.
La vida en el crannog, tan cruelmente atacada por
el incendio y por la destrucción del Salvaje Sabueso, comenzaba poco a poco a
recobrar su ritmo perdido. Tegid reunió a sus mabinogi y reanudó las diarias
lecciones sobre las tradiciones bárdicas. Scatha adiestraba a sus pupilos y en
el campo de prácticas resonaban otra vez los gritos de los jóvenes guerreros y
el estrépito de las espadas de madera sobre los escudos de cuero. Los granjeros
se afanaban en sus desolados sembrados con la esperanza de salvar una parte de
la cosecha, ahora que había cesado la sequía. Vaqueros y pastores se dedicaban
a reabastecer sus existencias al tiempo que los prados comenzaban a verdear
otra vez.
Mientras supervisaba las obras de reconstrucción,
me parecía que todos y cada uno de mis súbditos habían decidido olvidar el
reciente desastre cuanto antes, y liberarse de los terribles recuerdos
afanándose en hacer de Dinas Dwr el paraíso del norte. Pero las heridas eran
profundas y, pese a la gran tenacidad de mi gente, pasaría mucho tiempo antes
deque Albión estuviera totalmente curada. Ésa era la razón, me decía a mí
mismo, por la que debía quedarme: para ver la tierra renovada y el pueblo
redimido. Sí, había empezado el proceso de curación; por primera vez en años,
hombres y
mujeres podían encararse al futuro sin miedo ni
desesperación.
Así, cuando la Bandada de Cuervos regresó con un
prisionero, algunos días después de su partida, todos lo consideramos una
favorable señal.
–¡Ya veis! – se decían los hombres unos a otros-.
¡Nadie puede prevalecer contra Mano de Plata! Todos sus enemigos son vencidos
tarde o temprano.
Dispensamos una calurosa acogida a los Cuervos y
vitoreamos el éxito de su misión. Con ellos traían un único prisionero, de
aspecto lúgubre y hosco, con las manos atadas a la espalda y el manto sobre la
cabeza y los hombros.
–¡Salud y felicitaciones, Bandada de Cuervos! – les
grité en cuanto el bote tocó la orilla.
Un considerable número de personas había salido del
caer para recibirlos y se había esparcido por la orilla mientras los Cuervos
desembarcaban.
–Veo que habéis tenido una buena cacería.
–Una cacería rápida y una hermosa pieza -asintió
Bran lacónicamente-.
Pero no sin ciertos sacrificios, como te contará
enseguida Niall.
–¿Qué ha pasado? – pregunté, y al mirar a Niall vi
que bajo el manto llevaba un vendaje empapado en sangre.
El Cuervo herido disipó mi alarma con un vago
gesto, aunque tan leve movimiento dibujó en su rostro una mueca de dolor.
–Me dejé llevar por el entusiasmo, señor -repuso
Niall con los dientes apretados-. No volverá a suceder, te lo aseguro. Sin
embargo, tuve suerte; el golpe de espada me sorprendió cuando caía. Pudo haber
sido mucho peor.
–Su cabeza habría podido hacer compañía a su cuello
-me informó Alun Tringad-, aunque no sé si eso hubiera podido ser mejor o peor.
Su comentario suscitó risas entre la pequeña
concurrencia que había acudido a celebrar el éxito de los Cuervos y a conocer
la identidad del malhechor que habían capturado.
–Un prisionero muy desagradable -comentó Bran-.
Eligió la muerte y estaba decidido a arrastrarnos con él.
–Lo cogimos por sorpresa -terció Drustwn-, de otro
modo hubiera dejado fuera de combate a dos o más de los nuestros.
Entonces me di cuenta de que Drustwn y Emyr también
habían resultado heridos: Drustwn llevaba el brazo en cabestrillo y la pierna
de Emyr estaba vendada por encima de la rodilla. Cuando me interesé por sus
heridas, Drustwn me aseguró que sanarían antes de que lo hiciera el orgullo del
prisionero, que había resultado seriamente dañado.
–Lo habríamos pasado mal si no llega a resbalar con
la hierba húmeda y caerse de cabeza -añadió Garanaw, que imitó con un gesto lo
sucedido suscitando la carcajada de los reunidos.
No era una risa de felicidad, sino más bien de
alivio, y además para humillar aún más al cautivo, pues nadie había olvidado el
daño infligido. –Me alegro de que ninguno de vosotros haya resultado herido de
consideración -les dije-. No olvidaremos vuestro
sacrificio. Todos vosotros - añadí extendiendo mi mano de plata hacia ellos- os
habéis ganado una generosa recompensa y la más profunda estima en el corazón de
vuestro rey.
Bran se declaró satisfecho con la última pero Alun
reconoció que también sería bienvenida la primera. El prisionero, que había
mantenido hasta entonces un hosco silencio, pareció volver a la vida; se
revolvió en la silla y aulló desafiante:
–¡Soltadme, hijos de perra! ¡Veréis cómo os doy
vuestro merecido en una lucha cara a cara!
Al oírlo se me heló el corazón; no por lo que había
dicho, sino por su voz.
Conocía muy bien a aquel hombre.
–¡Bajadlo! – ordené-. Y quitadle el manto. Quiero
ver su cara.
Los Cuervos desmontaron sin consideraciones al
prisionero y lo obligaron a arrodillarse ante mí. Bran le desató el manto y se
lo quitó, y yo enseguida reconocí un rostro que hubiera deseado no volver a ver
jamás.
Paladyr no había cambiado desde la última vez que
lo vi: la noche en que había clavado su cuchillo en el corazón de Meldryn Mawr.
En realidad, lo había vuelto a ver unos instantes en lo alto del acantilado de
Ynys Sci, cuando había precipitado a la muerte a Gwenllian; pero entonces
apenas lo había entrevisto. Al observarlo ahora, volví a admirarme de su
corpulencia. Sus poderosos miembros, sus musculosos hombros parecían tallados
del tronco de un roble. Incluso hombres como Bran, Drustwn y Alun Tringad parecían
alfeñiques al lado del otrora paladín de Prydain.
Desde luego, no se había rendido sin lucha y los
Cuervos no habían tenido con él demasiados miramientos: tenía una fea brecha
rojiza sobre una sien, la nariz hinchada y el labio inferior partido. Pero
mostraba la misma arrogancia y el mismo aire desafiante de siempre.
–Ve a buscar a Tegid -ordené al hombre que estaba
más cerca de mí, pues no deseaba dar la espalda a Paladyr.
–Ahí viene el Bardo Supremo, señor -contestó el
hombre.
Me volví y vi que Tegid y Calbha acudían corriendo.
Al ver a Paladyr arrodillado ante mí se detuvieron en seco.
Tegid contempló con ceñuda satisfacción al
desafiante prisionero. Al ver
al Bardo Supremo de Albión, Paladyr cerró la boca y
una malévola expresión
se dibujó en sus siniestros ojos.
Tegid se dirigió a Bran.
–¿Estaban en su poder las Piedras Cantarinas?
–Sí, penderwydd -replicó Bran, e hizo un gesto a
Drustwn que descolgó de su silla una bolsa de cuero y nos la trajo.
–Lo cogimos con ellas encima -explicó Garanaw-. Nos
llena de orgullo devolverlas al lugar que les corresponde en Dinas Dwr.
Abrió un instante el cofre para mostrar que las
pálidas piedras estaban dentro, y se lo entregó a Tegid.
–¿Estaba solo? ¿No encontrasteis a nadie con él? –
preguntó el rey Calbha.
Observé atentamente la expresión de Paladyr, pero
su rostro parecía esculpido en piedra, sin mostrar el menor parpadeo o la menor
señal de que lo que se estaba hablando le incumbiera.
–No, señor -respondió el jefe de los Cuervos-.
Registramos la zona y estudiamos muy bien el rastro. No encontramos la menor
señal de que alguien lo acompañara.
Me dirigí a algunos de los hombres reunidos y les
ordené:
–Construid un cobertizo, aquí, en la orilla, para
encerrar al prisionero,
porque no voy a consentir que vuelva a poner los
pies en el crannog.
Luego le dije a Calbha:
–Envía a tu jinete más rápido a Dun Cruach. Que le
diga a Cynan que hemos capturado al responsable de la muerte de su padre y que
aguardamos su llegada para juzgarlo.
–Enseguida, Mano de Plata -repuso el rey de los
cruinos-. No debe de estar a muchos días de camino; lo alcanzaremos antes de
que llegue a Dun Cruach.
Calbha llamó a uno de sus hombres y los dos se
pusieron en marcha al momento.
–¿Qué vas a hacer con las Piedras Cantarinas? – me
preguntó Tegid alzando la bolsa de cuero.
–Se me ha ocurrido un lugar seguro para guardarlas
-contesté golpeando
con un dedo la bolsa-. No volverán a robarlas.
Dejamos al prisionero al cuidado de un grupo de
guerreros y Tegid, los Cuervos y yo regresamos a palacio, donde señalé con un
gesto la chimenea, en el centro del salón.
–Levantad la losa del hogar -dije- y colocad debajo
las Piedras Cantarinas. Nadie podrá llevárselas sin alertar a todo el crannog.
–Buena idea, señor -asintió Bran.
Trajeron herramientas y tras un tremendo esfuerzo
fue levantada la losa del hogar y se construyó debajo un agujero; pusimos las
piedras en él y volvimos a colocar la losa.
–¡Que todos vosotros seáis testigos! – declaró con
voz solemne Tegid-.
Ahora Dinas Dwr se levanta sobre una sacrosanta
piedra angular.
Despedí a los Cuervos para que descansaran e hice
llamar a palacio a Scatha y Goewyn para ponerlas al corriente de que el ladrón
responsable de la muerte de Cynfarch, del robo de las piedras y del incendio
del caer había sido capturado.
–Es Paladyr -añadí.
Un débil gemido escapó de los labios de Goewyn; el
rostro de Scatha se ensombreció.
–¿Dónde está?
–Tenía en su poder las Piedras Cantarinas. No hay
duda alguna de su culpabilidad.
–¿Dónde está? – repitió ella, emitiendo en cada
palabra un latigazo de gélido odio.
–Lo hemos encerrado en un cobertizo junto a la
orilla -respondí-. Será vigilado día y noche hasta que decidamos lo que debemos
hacer con él.
Scatha se dio la vuelta.
–¡Scatha, espera! – grité, pero ella no se detuvo.
Cuando le di alcance, Scatha había llegado ya junto
al cobertizo y estaba ordenando a los guardias que abrieran la puerta y la
dejaran entrar. Al verme, los centinelas mostraron un evidente alivio.
–Vámonos, Pen-y-Cat -le dije-. No tienes nada que
hacer aquí. –¡Mató a mis hijas! ¡La deuda de sangre debe ser saldada! –
exclamó,
mirándome, dispuesta a reclamar la deuda sin más
dilaciones.
–No se escapará -la calmé-. Dejémoslo así por
ahora, Pen-y-Cat He enviado un mensaje a Cynan y celebraremos el juicio tan
pronto como llegue.
–Quiero ver a esa maldita bestia que asesinó a mis
hijas -insistió ella.
Quiero ver su cara.
–La verás -prometí-. Pronto…, pero espera un poco.
Por favor, Scatha, escúchame. No podemos hacer nada hasta que llegue Cynan.
–Quiero verlo.
La súplica desesperada de su voz pudo más que mis
recelos.
–Muy bien -dije indicando a los guardias que
abrieran la puerta-. Sacadlo. Paladyr salió arrastrando los pies. Le habían
atado las manos y gruesas
cadenas pendían de sus pies. Parecía menos
insolente que antes y nos miró con aire cauteloso.
Rápido como el coletazo de un gato, el cuchillo de
Scatha saltó a su garganta.
–Nada me proporcionaría más placer que degollarte
como a un cerdo dijo arañándole el cuello con el cuchillo.
La punta dibujó un tenue trazo de sangre en la
piel.
Paladyr se estremeció pero no emitió sonido alguno.
–¡Scatha! ¡No! – dije apartándola de él-. Ya lo has
visto. Déjalo ya. Por favor.
La boca de Paladyr se torció en una burlona mueca.
Scatha vio la sarcástica sonrisa, se le abalanzó y le escupió a la cara.
Paladyr se inflamó de cólera y pensé que iba a golpearla, pero el otrora
paladín de Prydain se contuvo. Temblando de rabia, tragó saliva y le dirigió
una mirada asesina.
–Lleváoslo -ordené a los guardianes y volviéndome
hacia Scatha la vi alejarse con la cabeza erguida y los ojos llenos de
lágrimas.
A la llegada de Cynan, pocos días después, convoqué
el primer llys de mi reinado para juzgar al asesino. Impartir justicia era la
tarea principal de un rey, y nadie merecía más ser juzgado que Paladyr. El
veredicto era indiscutible: la muerte.
Mi asiento fue colocado en la cabecera del salón,
es decir, al oeste. Tocado con la torque de Meldryn Mawr y con la corona de
hojas de roble del Soberano Rey, avancé hacia el trono y tomé asiento. Goewyn y
Tegid ocuparon sus puestos: la reina, de pie a mi izquierda con su mano posada
en mi hombro; Tegid a mi derecha.
Cuando todos estuvieron reunidos sonó el carynx y
el penderwydd de Albión avanzó unos pasos. Se cubrió la cabeza con un pliegue
del manto y alzando la vara la sostuvo en alto.
–¡Pueblo de Dinas Dwr -exclamó enérgicamente-, oíd
la voz de la sabiduría! En el día de hoy el rey se dispone a impartir justicia.
Su palabra es ley, y su ley justicia. Oídme bien: no hay más justicia que la
palabra del rey.
Tras golpear tres veces el suelo con su vara,
volvió a ocupar su lugar junto a mí.
–¡Traed al prisionero! – ordenó.
La multitud abrió paso a seis guerreros que
escoltaban a Paladyr. Si el cautiverio lo había amansado en algo, no lo
demostraba en modo alguno. El otrora paladín de Prydain se mostraba tan altivo
como siempre: sonreía con aire satisfecho, mantenía la cabeza muy erguida y ni
siquiera pestañeaba. Era obvio que la cautividad no había domado su insolencia.
Avanzó hasta el trono y se detuvo con las piernas separadas y una mueca burlona
en su boca.
Cuando Bran vio la insolencia con que el prisionero
me miraba, lo obligó a arrodillarse propinándole varios golpes de espada en las
rodillas. Tampoco así logró doblegar el altivo porte del prisionero, que siguió
mirándome con una extraña y desdeñosa expresión, que yo interpreté como una
forma de autoinfundirse valor.
En el salón reinaba un silencio mortal. Todos los
presentes, hombres y mujeres, sabían muy bien lo que Paladyr había hecho y no
pocos anhelaban con pasión ver saldada la deuda de sangre. Tegid miró al
prisionero fríamente, empuñando la vara como un guerrero empuñaría la espada.
–Compareces ante el tribunal de justicia de Llew
Mano de Plata, Aird Righ de Albión -dijo con una autoridad que restalló como un
latigazo-. Hoy caerá sobre ti el peso de la justicia, que durante tanto tiempo
has eludido.
Al oír que Tegid utilizaba el término de Soberano
Rey, Paladyr nos dirigió una rápida mirada, primero al bardo, luego a mí; me
pareció que en los ojos del en otro tiempo paladín de Prydain aparecía por
primera vez un destello de algo parecido al miedo. ¿O era otra cosa?
El Bardo Supremo, actuando en mi nombre, continuó
con voz grave y firme:
–¿Quién tiene alguna acusación contra este hombre?
Algunas mujeres, las madres de los niños
asfixiados, gritaron al unísono, y otras, las viudas de los guerreros muertos,
sumaron sus voces al coro acusador.
–¡Asesino! – gritaban unas-. ¡Yo lo acuso! ¡Mató a
mi hijo!
–¡Mató a mi marido! – añadían otras.
Tegid dejó que los gritos se prolongaran un rato y
luego impuso silencio. –Hemos escuchado vuestras acusaciones -dijo- ¿Alguien
más lo acusa? Scatha, con voz fría y cortante como la espada que pendía en su
costado,
dio un paso al frente.
–Yo lo acuso de la muerte de mi hija Gwenllian,
banfáith de Ynys Sci.
Yo lo acuso de la muerte de mi hija Govan, gwyddon
de Ynis Sci.
Pronunció estas palabras con gélida claridad e
impresionante dignidad, e intuí que se las había repetido incontables veces,
esperando que llegara aquel día.
Luego habló Bran Bresal avanzando junto a Scatha.
–Yo lo acuso de robar el Tesoro de Albión y de
matar a los hombres que lo custodiaban.
Dando un paso al frente, Cynan exclamó:
–Yo lo acuso de haber originado el incendio que
arrebató la vida a mi padre y a otros inocentes, hombres, mujeres y niños.
Su voz cortaba como un cuchillo y la atmósfera se
cargó de reprimida cólera; sus palabras levantaron un tenso murmullo y Tegid
esperó unos instantes a que cesara. Luego impuso de nuevo silencio.
–Hemos oído vuestras acusaciones. Por tercera y
última vez: ¿alguien más lo acusa?
Como nadie más hizo amago de responder, me puse en
pie. No sabía si era propio de un rey hablar de aquel modo, pero no me importó.
Tenía acusaciones mucho más graves que las de los demás y deseaba que fueran
oídas.
–Yo también lo acuso -dije señalando con el dedo el
rostro de Paladyr. Estoy convencido de que tú, con la ayuda de otros que ya
están muertos, buscaste y mataste al Phantarch, con lo cual desataste la
destrucción de Prydain.
Mi revelación levantó un tenebroso y amenazador
murmullo entre la abarrotada concurrencia.
–Sin embargo -continué-, como no tengo pruebas de
tu participación en tan aborrecible crimen, no puedo acusarte.
Alcé mi mano de plata y lo señalé con el dedo.
–Pero con mis propios ojos vi cómo matabas a
Meldryn Mawr, que ostentaba la soberanía antes que yo. Con simulado
arrepentimiento arrebataste la vida del Soberano Rey. Por tal acción te acuso
de traición y
muerte.
Me senté de nuevo. Tegid alzó despacio por tres
veces su vara. –Acabamos de oír graves acusaciones contra ti, Paladyr. Acabamos
de oír
que con tus propias manos mataste a nuestro rey, a
Meldryn Mawr. Acabamos de oír que asesinaste a Gwenllian, la banfáith de Ynys
Sci, y violaste el ancestral geas de protección a que tenían derecho todos
cuantos se refugiaban en aquel reino. Tramaste robar el Tesoro de Albión,
utilizando las llamas para ocultar tu crimen, llamas que causaron la muerte a
una veintena de personas, hombres, mujeres y niños. Para hacerte con el tesoro
mataste a los centinelas que lo custodiaban y con sigilo te lo llevaste de Dinas
Dwr.
El Bardo Supremo continuó hablando, con una voz
hiriente como un latigazo que resonaba en el techo de troncos.
–Una y otra vez has traicionado a tu pueblo y has
pagado lealtad con alevosía: has traicionado a los que habías jurado proteger
con tu vida. Buscaste premeditadamente ganancias al servicio de un falso rey;
vendiste tu honor por promesas de riqueza y rango, y concentraste tu fuerza al
servicio del mal. Por todas estas perversas acciones tu nombre suena como una
blasfemia en boca de los hombres.
Cuando hubo acabado de hablar, nadie se movió,
nadie emitió el menor sonido. El pueblo permanecía inmóvil, enmudecido ante la
magnitud de los crímenes de Paladyr. Sin embargo, el prisionero parecía
vagamente contrito, pero en modo alguno preocupado por su suerte. Permanecía
con los ojos bajos, como si centrara toda su atención en el dibujo del suelo.
Supuse que desde hacía mucho se había hecho a la idea de las consecuencias que
podría acarrearle su perversidad.
–Por todos esos crímenes, y también por los que
cometiste a las órdenes del Salvaje Sabueso, te condenamos -declaró Tegid-.
¿Tienes algo que decir antes de escuchar la sentencia del rey?
Paladyr seguía inmóvil; creí que no iba a hablar.
Pero lentamente alzó la cabeza y miró a Tegid. Arrogante hasta el fin, dijo:
–He oído tus palabras, bardo. Me condenáis y estáis
en vuestro derecho.
No voy a negároslo.
Sus ojos se posaron en mí y sentí que se me
revolvían las tripas de recelo.
Mirándome fijamente, Paladyr dijo:
–Pero ahora vamos a ver si realmente estoy en
presencia del Soberano Rey de Albión. Si así es, que demuestre la dignidad real
que ostenta.
Escúchame bien: solicito naud.
Durante unos instantes sus palabras resonaron en el
silencio del salón. La cara de Tegid palideció. Las miradas de todos se
clavaron en el postrado Paladyr con mudo y atónito asombro. Sin dar crédito a
lo que todos habíamos oído, Tegid dijo:
–¿Que solicitas naud?
Envalentonado por el efecto que había producido su
petición, Paladyr se puso en pie.
–Comparezco condenado ante el rey. Por lo tanto,
solicito naud por mis crímenes. Concédemelo si es tu deseo.
–¡No! – gritó alguien.
Alcé los ojos y vi que Scatha se tambaleaba, como
herida por una lanza. Ella gritó de nuevo y Bran, que estaba a su lado, la
abrazó, no sé si para consolarla o para impedirle que atacara a Paladyr.
–¡No! ¡No puede ser! – gritó con el rostro
contraído por la cólera. Cynan, con los puños apretados, dio un paso al frente
resollando como un
toro. Drustwn, Niall y Garanaw lo contuvieron e
impidieron que saltara al cuello del prisionero. La multitud comenzó a agitarse
peligrosamente, pidiendo a gritos la muerte de Paladyr.
Con gesto enérgico y severo, Tegid les gritó:
–¡Silencio! Hay que guardar silencio ante el trono.
Los Cuervos se encargaron de contener a la multitud
y poco después cedió la tensión. Cuando se hubo restaurado el orden, el Bardo
Supremo se volvió hacia mí, visiblemente trastornado y se inclinó para
intercambiar consultas.
–Voy a negárselo -dije.
–No puedes -replicó; aunque atónito y consternado
era capaz de pensar con más claridad que yo.
–No me importa. No voy a permitir que se salga de
ésta.
–No te queda otro remedio -apuntó él simplemente-.
No tienes elección.
–Pero ¿por qué? – le espeté con desesperación-. No
lo entiendo, Tegid.
Debe de haber algo que podamos hacer.
Sacudió la cabeza gravemente.
–No hay nada que podamos hacer. Paladyr ha
solicitado naud y debes concedérselo -explicó-, o la Soberanía de Albión estará
en manos de un alevoso asesino.
Lo que Tegid decía era cierto, literalmente
hablando. La solicitud de naud era en parte una apelación de clemencia, como si
uno se acogiera a la misericordia del tribunal. Pero era algo más, porque iba
más allá de la justicia, trascendía lo lícito y lo ilícito y apuntaba a la
mismísima esencia de la soberanía.
Al solicitar naud, el culpable no sólo invocaba a
la misericordia del rey, sino que prácticamente trasladaba la responsabilidad
de su crimen al propio rey. El rey, desde luego, podía elegir; podía conceder o
denegar la petición.
Si la concedía, el crimen quedaba borrado: el
castigo que la justicia exigía, lo satisfaría la misma justicia. Naturalmente,
sólo el rey podía conciliarse consigo mismo.
Si el rey, sin embargo, denegaba la petición, el
culpable tenía que enfrentarse al castigo decretado por la justicia. Era una
elección fácil, podría pensarse; pero al negarse a conceder naud, el rey
prácticamente se declaraba inferior al criminal. Ningún rey merecedor de tal
nombre desearía humillarse de esa forma, ni permitir que la dignidad real
quedara degradada.
Considerada desde una apropiada perspectiva, esa
aparente falta de lógica era curiosamente lúcida. En Albión, la justicia no es
un concepto abstracto que se dispensa con el castigo del crimen. Para el pueblo
de Albión la justicia tiene un rostro humano. Si la palabra del rey es ley para
todos los que se acogen a su protección, entonces el rey se convierte para su
pueblo en la mismísima justicia; el rey es la encarnación de la justicia.
Tan peculiar concepción de la justicia significa
que el culpable puede hacer recaer en el rey una petición que él no tiene
derecho a hacer. Y, una vez hecha, le corresponde al rey, como encarnación de
la justicia, demostrar su integridad. La justicia, así pues, está limitada sólo
por la idiosincrasia del rey; es decir, la justicia está limitada sólo por la
personal concepción que el rey tenga de sí mismo como rey.
Así pues, en la petición de naud subyace esta
cuestión: ¿cuánta es la grandeza del rey?
Paladyr había intuido correctamente la cuestión y
había decidido plantearla. Si yo denegaba su petición, sería equivalente a
admitir que la amplitud y poder de mi soberanía estaban restringidos. Aún más,
todos conocerían con precisión los límites de mi autoridad.
En cambio, si concedía a Paladyr su petición de
naud, me mostraría más grande que sus crímenes, por encima de ellos, pues mi
soberanía podía
extenderse incluso más allá que los delitos de
Paladyr, lo cual significaba que era, sin duda, un gran rey. Como Aird Righ, mi
poder soberano y mi autoridad serían considerados poco menos que infinitos.
¡Oh! ¡Pero era algo muy duro! En esencia, se me
había pedido que absorbiera en mí mismo aquellos crímenes. Si lo hacía, un
hombre culpable quedaría libre.
Tegid, con el entrecejo fruncido, me miraba
fijamente como si yo fuera el culpable de su irritación.
–Bueno, Mano de Plata, ¿qué decides?
Miré a Paladyr. Sus crímenes reclamaban a gritos un
duro castigo. Sin duda, nunca un hombre se había hecho tan merecedor de la
muerte como él. –Le concederé naud-dije, sintiéndome como si hubiera recibido
una
patada en el vientre-. Pero -me apresuré a añadir-,
¿me está permitido establecer condiciones?
–Puedes dictar medidas para proteger a tu pueblo
-fue la cautelosa respuesta del bardo-. Nada más.
–Muy bien, lo enviaremos a algún lugar donde no
pueda causar daño a nadie. ¿Existe un lugar así?
Los ojos de Tegid se entrecerraron en silenciosa
aprobación.
–Tir Aflan -respondió.
–¿La Tierra Maldita? ¿Dónde está? – pregunté, pues
en todo el tiempo que llevaba en Albión apenas había oído nombrarla.
–Al este, al otro lado del mar -me explicó el
bardo-. Para los naturales de Albión es un lugar triste y desolado. Puede que
Paladyr prefiera antes la muerte -añadió esbozando una sonrisa.
–Que así sea. Mi sentencia es ésta: lo destierro a
Tir Aflan y ojalá se pudra allá de tristeza.
Tegid se enderezó y se dio la vuelta para dirigirse
al prisionero. Alzó la vara y la dejó caer con estrépito.
–Escucha la sentencia del rey -salmodió-. Has
solicitado naud y se te concede.
Sus palabras causaron general consternación. El
salón estalló en gritos; algunos protestaban abiertamente contra mi decisión,
otros sollozaban en silencio. Tegid alzó la vara e impuso silencio antes de
continuar.
–Es voluntad del rey, para proteger al pueblo de
Albión, desterrarte de todas las tierras sujetas a su autoridad.
La expresión de Paladyr se ensombreció.
Probablemente no contaba con aquel detalle. Lo vi calcular mentalmente sus
implicaciones. Luego se irguió y preguntó:
–Si todas las tierras están sujetas a tu autoridad,
¿dónde se supone que debo ir?
Una buena pregunta, que demostraba su inteligencia.
Si yo era el Soberano Rey, toda Albión estaba bajo mi autoridad. Ciertamente,
no había un lugar en la isla de la Fuerza ni en ninguna de sus islas hermanas
adonde pudiera ir. Pero Tegid tenía preparada la respuesta.
–Irás a Tir Aflan -replicó con firmeza-. Y te
quedarás a vivir donde encuentres hombres que te reciban. Entérate bien: desde
el mismísimo día en que pongas tu pie en Tir Aflan, tu vuelta a Albión te
acarreará la muerte.
Paladyr aceptó su destino con gélida dignidad. Sin
una palabra más, fue escoltado fuera del palacio por Bran y los Cuervos. Tegid
dio por concluido el llys y la gente comenzó a abandonar el salón en silencio,
con los corazones destrozados.
8
EL CYLCHEDD
Al día siguiente, al rayar el alba, los Cuervos y
unos cuantos guerreros más abandonaron Dinas Dwr para escoltar a Paladyr hacia
la costa este, donde sería embarcado para cruzar Mor Glasel y abandonado en los
devastados confines de Tir Aflan. Cynan, sombrío e irritado, emprendió la
marcha pocas horas después para regresar a Dun Cruach. Fue una despedida muy
triste.
En los días que siguieron fueron avanzando las
obras de restauración del caer. Se talaron árboles y fueron arrastrados desde
los límites del bosque hasta la orilla del lago, donde fueron podados y pulidos
para reparar los tejados y el muro. También se cortaron para los techos gran
cantidad de juncos, que fueron extendidos sobre las rocas para secar. Se
retiraron los troncos quemados y se alisó la tierra para construir nuevas
viviendas y almacenes; se transportaron carretadas y carretadas de ceniza al otro
lado del lago para abonar los campos. Me habría gustado contemplar la
finalización de las obras, pues la simple vista de las ruinas requemadas me
dolía como una herida, y cuanto antes acabara la reconstrucción de Dinas Dwr
antes cesaría mi dolor. Pero Tegid tenía otros planes.
Una noche, durante la cena, después de que los
Cuervos hubieran regresado de escoltar a Paladyr, el bardo se levantó y se
colocó ante la chimenea. Todos supusieron que iba a cantar algo y comenzaron a
vocear los títulos de las canciones que deseaban oír.
–¡Los hijos de Llyr! – gritó alguien.
–¡El corcel rojo de Rhydderch! – gritó otro, ante
la aprobación general. –¡La venganza de Gruagach! – terció otra voz, que fue
acallada con
silbidos.
Tegid se limitó a sacudir la cabeza y anunció que
no podía cantar ni aquella noche ni ninguna otra.
–¿Por qué? – preguntó alguien-. ¿Cómo es que no
puedes cantar?
El astuto bardo respondió:
–¿Cómo voy a cantar si los Tres Hermosos Reinos de
Albión permanecen separados unos de otros, sin un rey que establezca la armonía
entre las tribus?
Inclinándome hacia Goewyn le susurré:
–Me huele a gato encerrado.
Entonces, dirigiéndose a mí, el bardo declaró que
como Aird Righ que era, a buen seguro entraba en mis planes con indiscutible
prioridad recorrer mis tierras y establecer mi gobierno en todo el reino.
–A decir verdad -repuse en tono ligero-, tarde o
temprano se me habría ocurrido tal idea.
Luego me incliné hacia Goewyn y susurré:
–Ya te lo decía.
–Y puesto que eres el Soberano Rey -anunció Tegid
blandiendo orgullosamente su vara-, extenderás la gloria de tu reino a cuantos
se acojan bajo la protección de tu Mano de Plata. Por tanto, el Cylchedd que
proyectas deberá incluir todas las tierras de los Tres Hermosos Reinos para que
Caledon, Prydain y Llogres se sometan a tu soberana autoridad, pues todos deben
reconocerte como rey y tú debes recibir los honores y el tributo de toda la
isla de la Fuerza.
Sus palabras cogieron a todos por sorpresa. A mí
también, pero mientras el bardo hablaba comencé a entrever la lógica que se
escondía tras su pomposo tono. Una tarea tan importante requería un cierto
ceremonial y el pueblo de Dinas Dwr no tardó en comprender el significado del
discurso de Tegid.
No era la primera vez, desde luego, que el Bardo
Supremo hacía
referencia al título de Aird Righ. Sin embargo, una
cosa era usarlo en Dinas Dwr, entre mi propio pueblo, y otra muy distinta
proclamarlo al mundo que se extendía más allá del protector risco de Druim
Vran.
La concurrencia rompió en murmullos.
–¡Aird Righ! ¡Llew Mano de Plata es el Soberano
Rey! – decían-. ¿Lo habéis oído? ¡El Bardo Supremo lo ha proclamado Aird Righ!
Tras la proclamación de Tegid se escondía una
poderosa razón: estaba ansioso por establecer la Soberanía de Albión fuera de
toda duda. A mí me parecía una ambiciosa aventura. Además, me habría gustado
que me previniera. Hablando sin tapujos, yo no compartía el entusiasmo de Tegid
por la Soberana Realeza, lo cual, sin duda, era el motivo de que hubiese
anunciado el Cylchedd como acababa de hacer.
Cualesquiera que fuesen mis recelos, Bran y los
Cuervos, y también los demás guerreros, aprobaron las palabras de Tegid con
ruidoso entusiasmo. Entrechocaron las copas y golpearon las mesas con las
manos, organizando tal algarabía que al bardo le costó un buen rato retomar el
discurso.
El penderwydd, con una sonrisa de autosatisfacción,
contemplaba la conmoción que había causado. Sentí en mi cuello una mano fría y
alcé la mirada. Goewyn estaba de pie junto a mí.
–No es ni más ni menos que lo que te corresponde
por derecho -me susurró al oído con cálido aliento.
Cuando el tumulto se hubo apaciguado, Tegid
continuó explicando que el recorrido comenzaría en Dinas Dwr con una asamblea a
la que asistiría todo el pueblo. Luego, cuando los preparativos estuvieran a
punto, emprenderíamos un largo viaje por toda Albión.
Tegid tenía un montón de cosas que decir, y lo
cierto es que las decía muy bien. Yo lo escuchaba un poco distraído y me
preguntaba si, como él pretendía, el viaje duraría un año y un día, estimación
que yo consideraba más bien una licencia poética que un cálculo acurado. Por lo
que decía, colegí que no iba a ser un viaje rápido ni fácil, y pronto me
sorprendí a mí mismo planeando los detalles mientras el bardo seguía hablando.
–Escucha, bardo -le dije en la primera ocasión en
que nos encontramos a solas-, estoy dispuesto a realizar el Cylchedd, pero
deberías haberme prevenido de que ibas a anunciarlo.
Tegid se levantó muy tenso.
–¿Estás disgustado?
–Oh, siéntate, Tegid. No estoy enfadado. Sólo
quiero saber por qué lo hiciste de este modo.
El bardo se relajó y volvió a sentarse. Estábamos
en mi cabaña; desde mi boda con Goewyn yo prefería la tranquilidad de mi
modesta casa de una habitación, al bullicio del concurrido palacio.
–Tu dignidad real debe ser proclamada ante el
pueblo -dijo con toda sencillez-. Cuando un nuevo rey sube al trono, es
tradición que realice un Cylchedd por sus tierras. Además, como Aird Righ, es
necesario que te ganes la fidelidad de otros reyes y pueblos además de la de
tus propios capitanes y clanes.
–Lo comprendo. ¿Cuándo nos marcharemos de Dinas
Dwr?
–Tan pronto como todo esté dispuesto.
–¿Cuánto tiempo llevarán los preparativos? ¿Un par
de días? ¿Tres o cuatro?
–No mucho más. – Hizo una pausa y me miró con
expresión ilusionada-. Será algo magnífico, hermano. Estableceremos el honor de
tu nombre y aumentaremos tu fama por toda Albión.
–¿No has pensado en que algunos bastardos de la
horda de Meldron pueden estar rondando por esos mundos? Seguramente no se
mostrarán demasiado conformes contigo.
–Razón de más para que emprendamos cuanto antes el
Cylchedd. Podremos convencer a cuantos no lo estén todavía. Nos acompañarán los
guerreros.
–¿De verdad durará un ano el viaje? Soy un recién
casado, Tegid, y abrigaba la esperanza de poder quedarme en mi casa un tiempo.
–Goewyn nos acompañará -se apresuró a contestar-, y
todos los que tú quieras. Cuanto mayor sea la comitiva, mayor estima ganarás a
los ojos de tu pueblo.
Comprendí que Tegid concebía el viaje como una
demostración de pompa y poder.
–Va a ser una enorme tarea -musité.
–¡Desde luego! – declaró con orgullo-. No se habrá
visto nada igual en Albión desde los tiempos de Deorthac Varvawc.
Colegí que aquello suponía para él mucho más de lo
que dejaba entrever. Bien, me dije, dejemos que se salga con la suya. Después
de todo lo que había sufrido con Meldron, se lo tenía bien ganado. Quizá los
dos nos lo
habíamos ganado.
–¿Deorthach Varvawc? – repetí-. ¿Quién podría
olvidar un nombre como ése?
Los preparativos se llevaron a cabo con toda
urgencia. Cuatro días más tarde contemplé una impresionante comitiva de carros,
carretas y caballos. Parecía como si toda la población de Dinas Dwr planeara
emprender el viaje con nosotros. Era de esperar, sin embargo, que algunos se
quedarían para cuidar los campos y ocuparse de la reconstrucción del crannog.
Por muy apetecible que fuera viajar por Albión, había también que recoger las
cosechas y cuidar del ganado y alguien tenía que hacerlo, desde luego.
Al final se decidió que Calbha permanecería en
Dinas Dwr durante nuestra ausencia. Meldron había destruido la fortaleza del
rey de los cruinos en Blar Cadlys, así que Calbha tardaría aún bastante tiempo
en hacer acopio de víveres, herramientas y provisiones. Por eso él mismo
decidió quedarse. Aunque le hubiera gustado mucho acompañarnos, consideró que
debía emplear todo su tiempo en velar por el bienestar de su pueblo.
También Scatha decidió permanecer, pues estaba
entrenando a muchos jóvenes guerreros. Tres Cuervos se quedarían para ayudarla
y también algunos guerreros más para proteger Dinas Dwr.
La víspera de la partida, Tegid convocó al pueblo a
palacio. Cuando todos se hubieron reunido, ocupé mi trono y, al mirar todos
aquellos esperanzados rostros fijos en mí, sentí sobre mis espaldas -y no por
primera vez-la pesada carga de la responsabilidad. Habría sido abrumador si no
hubiera sentido igualmente la fuerza de la tradición, para ayudarme a
sobrellevar la carga, puesto que otros la habían llevado antes que yo y su
legitimidad latía en el mismísimo espíritu de la soberanía.
Sentado en el trono de asta se me ocurrió de pronto
que podía ser rey, incluso Soberano Rey, no porque supiera algo acerca de cómo
serlo, ni mucho menos porque lo mereciera más que otros, sino porque el pueblo
creía en mi dignidad real. Es decir, el pueblo creía en la soberanía y, animado
por tal fe, deseaba contagiarme su convicción.
Quizás el Bardo Supremo ostentaba el poder de
conferir o negar la dignidad real, pero tal poder derivaba del pueblo. «Un rey
es un rey acostumbraba decir Tegid-, pero un bardo es el corazón y el alma del
pueblo; es su vida hecha canción, la lámpara que guía sus pasos por los
senderos del destino. Un bardo es el espíritu y la esencia del clan; es el
eslabón, la cuerda
de oro que une las sucesivas generaciones del clan
y enlaza los tiempos pasados con los que están aún por venir.»
Por fin comenzaba a vislumbrar la esencia
fundamental de Albión. Comprendía, también, los mortales designios de Simon: al
atacar la soberanía había herido el mismísimo corazón de Albión. Si hubiera
conseguido matar de raíz la dignidad real, Albión habría dejado de existir.
–Mañana -anunció el Bardo Supremo-, Llew Mano de
Plata abandonará Dinas Dwr para llevar a cabo el Cylchedd de sus tierras y
recibir el homenaje de sus reyes hermanos y de las tribus de los Tres Hermosos
Reinos. Sin embargo, antes de que se gane la estima de los demás, corresponde a
su propio pueblo jurarle fidelidad y honrarlo.
Tegid alzó la vara y dio tres golpes en el suelo.
Llamó luego a los capitanes, tanto reyes como nobles o guerreros, para que me
rindieran homenaje y pronunciaran el juramento de fidelidad. Yo debía
simplemente recibir sus votos y garantizarles como rey mi protección. Cuando
cada uno de los capitanes había acabado de pronunciar su juramento, se
arrodillaba ante mí y apoyaba la cabeza en mi pecho en señal de sumisión y
amor.
Empezando por Bran Bresal, uno tras otro fueron
desfilando ante mí: Alun, Garanaw, Emyr, Drustwn, Niall, Scatha, Calbha. Luego
siguieron otros que habían llegado a Dinas Dwr durante las depredaciones de
Meldron y por último los que se habían rendido ante el Salvaje Sabueso. Recibir
el homenaje de estos últimos me conmovió profundamente. Sus juramentos los
ataban a mí, y también me ataban a mí con ellos.
Cuando la ceremonia hubo terminado, yo era más que
nunca el rey…, y estaba más deseoso que nunca de volver a ver las tierras de
Albión.
Cruzamos Druim Vran mientras el sol se levantaba
tras las montañas circundantes. Cuando comenzamos a descender del risco, me
detuve a mirar atrás y vi que los últimos carros se ponían en marcha desde la
orilla del lago.
Si, tal como había sugerido Tegid, la envergadura
de la comitiva incrementaba la estima de un rey, la mía estaba ciertamente
centuplicada. Había dieciséis carros cargados de víveres y aprovisionamientos,
ganado una verdadera despensa viviente- y caballos extra para el centenar de
hombres y mujeres que trabajaban como cocineros, servicio de campamento,
guerreros, mensajeros, cazadores y despenseros. Al frente de la comitiva iban
mis jefes Cuervos: Bran Bresal, Emyr Lydaw con el carynx de batalla, y Alun Tringad,
montados en poderosos corceles. Luego iba el penderwydd de Albión con sus
mabinogi y detrás Goewyn, sobre un caballo bayo, y
yo sobre un ruano. Nos seguía el grueso de los guerreros y por último una
interminable hilera de carros.
El valle que se extendía ante nosotros estaba
bañado de luz y relucía como una esmeralda; se me alegraba el alma ante la
perspectiva de viajar por aquellas extraordinarias tierras, sobre todo en
compañía de Goewyn y de mis amigos. Había olvidado cuán hermosa era Albión.
Resplandecía de luz y color: los variados tonos verdes de las boscosas cañadas,
el moteado y delicado verdor de los brezales, el brillante azul del despejado
cielo, la reluciente plata del agua, el fulgor dorado del sol.
En mis correrías había recorrido aquellas tierras
en varias ocasiones, pero todavía tenían el poder de sorprenderme. Un destello
de blancos abedules destacándose contra el lustroso verde del acebo, o las
sombras de nubes azuladas deslizándose por las distantes laderas me dejaban
boquiabierto de admiración. Era una maravilla, sobre todo considerando que
Albión había soportado la devastación del fuego y la sequía durante un invierno
sin fin. La tierra había sufrido la devastación de Nudd y su horda demoníaca y
luego las depredaciones de Meldron, el Salvaje Sabueso. Y pese a todo parecía
renacida.
Sin duda, un invisible agente había trabajado
infatigablemente para llevar a cabo una constante renovación de la tierra,
porque no había por ningún lado rastro de desolación, ni cicatrices, ni señales
visibles de las torturas tan recientemente sufridas. Quizás el esplendor de
aquellos parajes se renovaba sin cesar, o quizás Albión, de alguna forma, era
recreada en cada alborada, pues parecía que árboles, colinas, arroyos y piedras
acababan de surgir de la más pura y vivificante exuberancia.
Al cabo de dos días de viaje me sentía un hombre
embelesado ante la existencia, pero no sólo de sí mismo sino del universo
entero. Mi arrobamiento se extendía a la luna, a las estrellas y a la bóveda
oscura que se cernía más allá aún. Si hubiera sido un bardo, habría cantado el
vértigo que sentía.
A medida que avanzaba el viaje, iba aumentando mi
sensibilidad ante la belleza de la tierra que me rodeaba. Comencé a percibir la
gloria sutil que irradiaba de cada una de las formas que captaban mis ojos:
cada rama, cada hoja, cada brizna de hierba me asombraba con su inefable
grandiosidad y majestad. Me parecía que el mundo que veía ante mí era la mera
manifestación de una realidad vastamente poderosa y
profundamente esencial que existía más allá de la vista. No podía percibir esa
velada realidad directamente, pero sí sus efectos. Todo lo que esa realidad
tocaba, vibraba como una cuerda del arpa de Tegid. Me parecía que si escuchaba
con todos mis sentidos podría oír el murmullo de su celestial vibración. A
veces imaginaba que la oía, como el eco de una canción detenida en el umbral
del oído. No podía oír la melodía, sólo su eco.
El motivo de mi deleite se debía en parte a Goewyn.
Estaba tan enamorado que junto a ella hasta las mismas mazmorras de Nudd me
habrían parecido un paraíso. Mientras viajábamos a través del resucitado
esplendor de Albión comencé a darme cuenta de que ahora contemplaba el mundo
con ojos diferentes. Ya no era un transeúnte, un intruso que visitaba un mundo
que no era el suyo; ahora pertenecía a aquel mundo. Albión era mi hogar. Había
tomado por esposa a una mujer del Otro Mundo. Ya no era un extraño; era el rey.
Era el Aird Righ. ¿Quién si no el rey iba a pertenecer a Albión?
El rey y la tierra estaban unidos de forma íntima y
misteriosa. No de una forma abstracta y filosófica, sino concreta y física. La
relación del rey con la tierra era la misma que la del hombre con la vida; el
pueblo de Albión la consideraba incluso como un matrimonio. Y ahora que era un
hombre casado, comenzaba a entenderlo, mejor dicho, a sentirlo: el concepto
estaba aún lejos de mi comprensión lógica, pero podía discernirlo como si
tomara forma en mi carne y en mis huesos; podía percibir una ancestral y primaria
verdad que aún no podía verbalizar.
De este modo, el Cylchedd comenzó a convertirse en
un peregrinaje, en un viaje de una inmensa y espiritual trascendencia. Quizá no
comprendía del todo su significado, y mucho menos el de sus aún más etéreas
implicaciones; pero podía experimentar su inexorable e ineludible poder, como
si de la gravedad se tratara. Y en modo alguno lo sentía como una carga; en
otras palabras, sabía que de ahora en adelante me acompañaría siempre, como un
alma envuelta en carne.
Durante el día viajábamos por parajes que la luz
del sol hacía sublimes; un sol que impartía un esplendor casi luminoso a cuanto
tocaba y creaba por doquier resplandecientes horizontes y brillantes panoramas.
Por la noche, acampábamos bajo un impresionante cielo recamado de estrellas y
nos dormíamos con el relajante sonido del arpa resonando en nuestros oídos.
Así llegamos a nuestro primer destino: Gwynder
Gwydd, un poblado del
clan de los fotlae, en Llogres. Casualmente, entre
los nuestros había algunos fotlae, que estaban ansiosos por comprobar si sus
parientes habían sobrevivido.
Acampamos en un prado al pie de un menhir llamado
Carwden, el Hombre Encorvado, que los fotlae utilizaban como punto de reunión.
Un arroyo corría por el prado rodeado por bosques de árboles jóvenes. Tan
pronto como las tiendas estuvieron levantadas, Tegid envió a la Bandada de
Cuervos como mensajeros por toda la región, y los demás nos dispusimos a
esperar.
Llevábamos con nosotros mi trono de asta, y Tegid
ordenó que se levantara un pequeño montículo ante el Carwden para colocar
encima el trono. A la mañana siguiente, siguiendo los consejos de Tegid, Goewyn
y yo nos engalanamos con nuestras mejores vestimentas. Goewyn se puso una
túnica blanca, con el cinturón de escamas de oro de Meldryn Mawr que yo le
había regalado, y un manto azul cielo; yo me atavié con un manto rojo orlado de
oro, un siarc verde y unos breecs azules. Me puse un cinturón de enormes discos
de oro, un broche y mi torque de oro. Goewyn tuvo que ayudarme con el broche,
pues yo me había acostumbrado a manejarme sin la mano derecha, pero aún no me
había habituado a mi mano de plata.
Goewyn me puso el broche y retrocedió unos pasos
para examinar mi aspecto con ojo crítico. No le gustó la forma en que había
dispuesto los pliegues de mi manto, así que me lo ajustó de nuevo.
–¿Todo en orden? – pregunté.
–Si hubiera sabido que ibas a convertirte en un rey
tan apuesto, me habría casado contigo hace mucho tiempo -repuso echándome los
brazos al cuello y besándome.
Al sentir la tibieza de su cuerpo, me embargó un
repentino deseo. La estreché fuertemente… y en aquel preciso instante sonó el
carynx.
–Los horarios de Tegid son implacables -murmuré.
–El día es aún joven, amor mío -susurró ella
irguiéndose-. Pero tu pueblo aguarda. Debes disponerte a recibirlos.
Salimos de la tienda y vimos que un considerable
tropel de personas atravesaban el prado y se dirigían hacia el Carwden. Eran
los habitantes de Gwynder Gwydd y de los poblados vecinos; unos sesenta hombres
y mujeres, todo lo que quedaba de cuatro o cinco tribus. Los fotlae que estaban
con nosotros se alegraron de volver a ver a sus compatriotas, y los recibieron
con
tan ruidosos gritos y aplausos que pasó un buen
rato antes de que pudiera empezar el llys. Tegid ordenó a Emyr que hiciera
sonar el carynx otra vez y el bramido del cuerno de batalla indicó el comienzo
de la asamblea. Goewyn y yo avanzamos hacia el montículo y ocupamos nuestros
puestos: yo en el trono y ella a mi lado donde todos pudieran verla, pues Tegid
deseaba que todos la reconocieran y honraran como a su reina.
El pueblo de Gwynder Gwydd, deseoso de admirar al
nuevo rey y a la encantadora reina, se apiñó en torno al montículo para no
perderse detalle. Eso me dio la oportunidad de observarlos detenidamente. Era
evidente que habían soportado muchos padecimientos. Algunos estaban mutilados,
otros tenían cicatrices de palizas y torturas, y pese a la renovación
experimentada por la tierra, todos estaban demacrados por el sufrimiento y la
falta de alimentos. Se habían vestido con sus mejores ropas, que eran poco más
que limpios y remendados andrajos. Meldron había exigido un alto precio por su
reinado, y ellos habían tenido que pagarlo.
El Bardo Supremo procedió con el rito habitual,
proclamando ante todos el extraordinario suceso que había ocurrido. Un nuevo
Soberano Rey había aparecido en Albión y estaba haciendo un Cylchedd por su
reino para establecer su gobierno, etcétera.
Los rostros de los fotlae parecían esperanzados
aunque no totalmente convencidos; era la expresión típica de la gente
acostumbrada a que la engañen y mientan constantemente. Su actitud era
respetuosa y parecían deseosos de creer, pero sólo con verme no podían sentirse
seguros. Muy bien, pensé, tendré que ganarme su confianza.
Así que, cuando Tegid hubo acabado, me levanté.
–Os doy la bienvenida, amado pueblo -dije alzando
las manos.
El sol se reflejó en mi mano de plata que brilló
como fuego. Aquello causó sensación y todos miraron boquiabiertos mi apéndice
de metal. La sostuve en alto y doblé los dedos; ante mi sorpresa todos se
dejaron caer al suelo de bruces.
–¿Qué les pasa? – le susurré a Tegid, que se había
reunido conmigo en el montículo.
–Sienten pavor de tu mano, creo -repuso el bardo.
–Bueno, haz algo, Tegid. Diles que soy portador de
paz y buenos deseos…, tú sabes qué decir. Házselo entender.
–Se lo diré -replicó con astucia Tegid-. Pero sólo
tú eres capaz de
hacérselo entender.
El Bardo Supremo alzó la vara y explicó a la
asustada concurrencia lo hermoso que era reverenciar al rey y rendirle sincero
respeto. Les dijo cuán satisfecho me sentía yo de recibir el regalo de su
homenaje y que, ahora que Meldron había sido derrotado, no tenían nada que
temer porque el nuevo rey no era un despiadado tirano.
–Dales una vaca -susurré cuando hubo terminado-.
Dos vacas. Y un buey.
Tegid alzó las cejas.
–Eres tú quien debe recibir sus regalos.
–¿Sus regalos? Míralos, no tienen absolutamente
nada.
–Son ellos los que deben…
–Dos vacas y un buey, Tegid. Ya me has oído -lo
interrumpí.
El bardo se acercó a Alun y le susurró unas
palabras al oído. El Cuervo asintió y se alejó a toda prisa. Entonces el bardo
se dirigió a la gente y les ordenó que se levantaran. El rey sabía lo que
habían sufrido en el Día de la Lucha, les dijo, y había traído con él un regalo
como prenda de su amistad y como símbolo de la prosperidad de la que gozarían
de ahora en adelante.
Alun volvió con las cabezas de ganado.
–El rey os entrega de sus propios establos estos
animales para que podáis formar un rebaño.
Luego les preguntó quién era su jefe, para que
tomara posesión del ganado en nombre de la tribu.
Sus palabras provocaron en el grupo cierta
consternación y uno de los hombres se apresuró a explicarnos:
–Mataron a nuestro señor y nuestro capitán se puso
al servicio de Meldron.
–Ya entiendo -dije-. Según parece también tenemos
que darles un jefe - murmuré dirigiéndome a Tegid.
–Eso es fácil -repuso el bardo.
Alzando la vara, se dirigió a los fotlae y les dijo
que el Soberano Rey tendría sumo placer en darles un nuevo señor que los
gobernara y cuidara.
–¿Quién entre vosotros es digno de convertirse en
el señor de los fotlae? – preguntó.
Ellos deliberaron unos momentos pronunciando
distintas opiniones, pero por fin surgió un nombre con el que todos se
mostraron satisfechos.
–¡Urddas! – gritaron-. ¡Que Urddas sea nuestro
jefe!
Tegid me miró para que aprobara la elección.
–Muy bien -dije-. Que se adelante Urddas para que
lo conozcamos. La gente se apartó y una mujer delgada de cabellos negros se
acercó al
montículo, mientras nos observaba con profundos y
sarcásticos ojos y una expresión de desafío en su delgado rostro.
–Tegid -dije conteniendo el aliento-, creo que el
tal Urddas es una mujer.
–Posiblemente -replicó en un murmullo.
–Yo soy Urddas -dijo despejando toda duda, y echó
una ojeada a Goewyn, que estaba disfrutando de nuestra momentánea confusión.
–¡Salud, Urddas, y bienvenida! – la saludó con
cortesía Tegid-. Tu pueblo te ha nombrado su jefe. ¿Estás dispuesta a recibir
el respeto de tu tribu?
–Así lo haré -repuso la mujer.
Sólo pronunció esas tres palabras, pero con tal
autoridad que no me cupo la menor duda de que los fotlae habían escogido bien.
–No me resultará nuevo tal honor -añadió-, porque
he estado dirigiendo el clan desde que su señor, mi esposo, fue asesinado por
Mór Cù. Y si he sido nombrada de esta forma, es que me corresponde serlo por
derecho.
Sus palabras fueron cortantes… ¿cómo no iban a
serlo? Al fin y al cabo su clan había pasado por un verdadero infierno. Pero no
era el rencor o el orgullo lo que la hacían hablar de aquel modo; creo que
simplemente quería que nos enteráramos de cómo estaban las cosas entre ellos.
Sin duda juzgó que las palabras directas y claras eran más adecuadas a su
propósito que una afable ambigüedad. No debía de haber sido tarea fácil
gobernar un clan bajo la cruel tiranía de Meldron.
–Entonces, aquí tienes a tu rey -le dijo Tegid-.
¿Reconocerás su soberanía, le jurarás lealtad y le pagarás el tributo debido? –
le preguntó a continuación.
Urddas tardó en contestar; y creo que me habría
sentido decepcionado si no hubiera sido así. Clavó sus fríos e irónicos ojos en
mí como si le hubieran preguntado que tasara mi precio. Luego, aún indecisa,
echó una mirada al ganado que yo había regalado a su clan.
–Lo reconoceré como rey -respondió al fin.
Noté que mientras contestaba miraba a Goewyn, como
si cualquier falta que hubiera visto en mí quedara de sobra compensada por la
reina.
Presumiblemente, si había podido cortejar y ganar
una mujer de la distinción de Goewyn, quizás había en mí más de lo que a
primera vista se
podía apreciar.
Tegid le tomó juramento de lealtad y cuando lo hubo
pronunciado, la mujer se me acercó, se arrodilló y posó su cabeza en mi pecho.
Cuando volvió a alzarse, los fotlae rompieron en aclamaciones. Ella se apresuró
a ordenar a unos jóvenes que se llevaran las vacas y el buey…, temerosa de que
cambiara de opinión.
–Urddas -le dije cuando iba a retirarse-, me
gustaría que me contaras cómo te las arreglaste en esos tiempos tan difíciles.
Quédate después de que termine el llys y compartiremos una copa… o lo que más
te plazca.
–Una copa con el Aird Righ me complacería mucho
-respondió con franqueza.
Sólo entonces la vi sonreír. El color volvió a sus
mejillas e irguió la cabeza con orgullo.
–Ha sido un hermoso detalle -me susurró Goewyn
acariciándome ligeramente la nuca.
–Un insignificante consuelo por la pérdida de un
esposo -dije yo-, pero al menos es algo.
Había aún muchos asuntos que arbitrar, casi todos
derivados de los problemas que se habían multiplicado bajo el dominio de
Meldron. Los solventamos con prudencia, con lo cual Tegid dio por concluido el
llys y, después de tomar juramento de lealtad a las tribus reunidas, declaró al
clan de los fotlae bajo la protección del Aird Righ. Para celebrar el pacto,
los invitamos a un banquete y al día siguiente regresaron a Gwynder Gwydd
bendiciendo el nombre del nuevo rey.
La misma escena se repitió en nuestro recorrido por
el resto del territorio de Llogres. Desgraciadamente, algunos distritos o
cantrefs, antes muy populosos, habían quedado inhabitables, abandonados o
destruidos. Nuestros mensajeros cabalgaron por toda la región, visitando caers,
fortalezas y recónditos lugares. Y cuando encontraban supervivientes -en Traeth
Eur, Cilgwri, Aber Archan, Clyfar Cnûl, Ardudwy, Bryn Aryenproclamaban la buena
nueva: ¡Ha venido el Soberano Rey! Reunid a vuestro pueblo, decídselo a todos y
acudid a la asamblea en la que dará la bienvenida a cuantos lo reconozcan como
rey.
Los años de crueldad padecidos bajo el dominio de
Meldron habían cambiado horriblemente a la gente. El hermoso pueblo de Albión
había palidecido, enflaquecido; se habían convertido en ojerosos fantasmas. Se
me
desgarraba el corazón al ver la degradación de
aquella noble raza. Pero encontraba cierto alivio en el hecho de que éramos
capaces de salvar a muchos del terror y de la angustia tan largamente padecida.
Ánimo, les decíamos, un nuevo rey gobierna Albión; ha venido a restablecer la
justicia en esta tierra.
A medida que avanzaba el Cylchedd, todos nosotros,
hombres y mujeres, nos convertíamos en entusiastas portadores de buenas nuevas.
Las noticias eran recibidas por doquier con tal felicidad y gratitud que todos
competían entre sí por llevar el mensaje, sólo para compartir la alegría que
sembraba.
Mi principal placer consistía en ver cómo se
transformaban los rostros de los espectadores cuando por fin entendían que
Meldron había muerto y que la hueste de sus guerreros había sido vencida. Casi
podía ver cómo, al entender la verdad, la felicidad descendía sobre el pueblo
como una nube resplandeciente. Vi cómo se erguían encorvadas espaldas y cómo
miradas mortecinas volvían a la vida. Vi la esperanza y el coraje prender en
cenizas apagadas y frías.
La Rueda del Año seguía rodando y las estaciones se
iban sucediendo. Los días se habían acortado sensiblemente cuando acabamos el
recorrido de Llogres y nos encaminamos a Caledon. Habíamos planeado invernar en
Dun Cruach, antes de reanudar el Cylchedd. Yo quería volver a casa, pero Tegid
dijo que no podía regresar a Dinas Dwr hasta haber completado el viaje.
–El recorrido no debe ser interrumpido -insistió.
De este modo, Cynan gozaría del placer de nuestra
compañía durante sollen, la estación de las nieves.
9
ALBAN ARDDUAN
Llegamos a Dun Cruach cuando el tiempo empezaba a
empeorar. Al atravesar las puertas de la muralla, llovía a cántaros y arreciaba
el vendaval. Había sido un viaje agradable, pero estaba deseoso de abandonar
las tiendas por el calor y la lumbre de un acogedor salón. Cynan y los galanaes
nos franquearon las puertas y nos acogieron con entusiasmo.
–¡Llew! ¡Goewyn! – exclamó Cynan al tiempo que nos
abrazaba-. ¡Mo anam! Hace días que os esperábamos. ¿Os habéis perdido?
–¡Perdido! Goewyn, ¿lo has oído? Has de saber,
Cynan Dos Torques, que yo personalmente he inspeccionado palmo a palmo todos
los caminos, rutas y
senderos de toda Llogres y de casi toda Caledon. Te
lo juro, antes se perdería un ciervo en las cañadas que Llew Mano de Plata.
–Ah, Goewyn -suspiró Cynan y me di cuenta de que la
tenía abrazada por la cintura-. ¿Por qué te casaste con un hombre tan
malhumorado? Deberías haberte casado conmigo. Mira ahora lo que tienes que
soportar.
Sacudió tristemente la cabeza y chasqueó la lengua.
Goewyn lo besó en la mejilla.
–¡Ay, Cynan! – suspiró-. ¡Si lo hubiese sabido…!
–Hablas mucho de matrimonio -comenté-. ¿Estás
tratando de decirnos algo?
El guerrero pareció súbitamente tímido.
–Ahora que lo dices, hermano, creo que he
encontrado una mujer de mi agrado.
–Ya tienes media batalla ganada -repliqué yo-.
Pero, vayamos al grano. ¿Qué le pareces tú a ella?
–Bueno -repuso Cynan con una reticencia rara en
él-, hemos hablado y se muestra de acuerdo. Casualmente vamos a casarnos
durante tu estancia aquí.
–En el solsticio, quizá -sugirió Tegid, que no se
había perdido detalle-.
Será un día muy favorable…, el alban ardduan.
–Bienvenido, penderwydd -lo saludó calurosamente
Cynan tendiéndole los brazos y estrechándolo como a un hermano.
–¿Qué es eso del alban ardduan? – pregunté yo-.
Jamás había oído ese nombre.
–Es -explicó despacio el bardo- el único solsticio
en un milenio que coincide con una luna llena.
–Y -continuó Goewyn retomando la explicación de
Tegid- se puede ver a la vez cómo se pone el sol y sale la luna. De este modo,
en el día más oscuro del ano, la oscuridad es vencida.
Recordé con un estremecimiento que Goewyn, igual
que sus hermanas, había sido en otro tiempo banfáith en el palacio de un rey.
Govan y Gwenllian habían muerto, y de las tres
hermanas de Ynys Sci sólo sobrevivía Goewyn.
–Por eso -concluyó Tegid- es un día de buen agüero,
un día favorable para emprender cualquier empresa.
–Entonces, magnífico -comenté yo-. Si alguna vez ha
habido un hombre realmente necesitado de esa ayuda, ése eres tú, hermano. –
Recorrí con los
ojos el concurrido salón y pregunté- Pero ¿dónde
está ella, Cynan? Me gustaría conocer a la mujer que se ha ganado tu corazón.
Todos vimos entonces que una esbelta mujer de piel
muy blanca y ojos azules se acercaba a nosotros con un enorme bol de cerveza en
sus largas y gráciles manos. Era evidente por qué había cautivado a Cynan, pues
sus cabellos eran tan luminosamente pelirrojos como los de él; los llevaba
sueltos sobre los hombros en tan hermosa melena rizada que un hombre podría
perderse en ellos. Caminaba con paso decidido y mirada franca, y todo en ella
respiraba audacia y energía. Parecía estar con creces a la altura de Cynan.
–Amigos míos -dijo el rey de los galanaes
alegremente-, ésta es Tángwen, la afortunada mujer que ha aceptado ser mi
esposa.
Sonriendo, la muchacha me ofreció el bol.
–Bienvenido, Mano de Plata.
Su voz era profunda y vibrante; ante mi expresión
de sorpresa sonrió con malicia y dijo:
–No, no nos habíamos visto nunca. Creo que me
acordaría si así hubiera sido. Pero Cynan me ha hablado tanto de ti que creo
que te conozco como si fueras mi hermano. Y además, ¿qué otro hombre iba a
llevar en un brazo una mano de plata?
Me entregó el bol y mientras yo lo cogía, dejó que
las yemas de sus dedos acariciaran mi mano de plata.
Bebí un trago del reconfortante líquido y le
devolví el bol. Ella se lo pasó a Tegid.
–Te doy la bienvenida, penderwydd – dijo- A ti te
conocería incluso sin la vara de serbal. Sólo hay un Tegid Tathal.
Tegid alzó el bol, bebió y se lo devolvió sin
separar ni un instante sus ojos de la atractiva pelirroja. Tángwen,
imperturbable ante la mirada del bardo, se dirigió a la reina.
–Goewyn -dijo en tono suave-, esperaba con
impaciencia saludarte. Desde que llegué a Dun Cruach, no he oído más que
alabanzas para la reina de Llew. Espero que seamos buenas amigas.
–Me encantaría -respondió Goewyn aceptando el bol.
Aunque sonreía, noté que entrecerraba los ojos como
si buscara algún rasgo familiar en el rostro de la otra mujer.
Luego Tángwen se llevó el bol a los labios
diciendo:
–Bienvenidos, hermanos. Que se colmen vuestros
deseos durante vuestra
estancia entre nosotros y que esa estancia sea
larga.
Cynan contemplaba el ritual con una mirada de
orgullo. Era evidente que la había aleccionado bien. Tángwen nos conocía a
todos y hablaba con franqueza y calor. En cierto modo, me sentía desconcertado
ante las enérgicas maneras de la joven, pero comprendí que eran precisamente lo
que resultaba más atractivo para Cynan, que no era hombre que soportara la
afectación.
Después de ofrecernos el bol, Tángwen se acercó a
Bran y a los Cuervos que acababan de hacer su entrada. Contemplamos cómo se
alejaba su esbelta silueta.
–Es hermosa, ¿verdad? La flor más bella de la
cañada -comentó Cynan. –Es una maravilla -asentí-. ¿Quién es y dónde la has
encontrado?
–Se mueve con familiaridad en el palacio de un rey
-observó Goewyn-.
Estoy segura de que no es la primera vez que ofrece
la copa de bienvenida.
–Has dado en el clavo -replicó con orgullo Cynan-.
Es hija del rey Ercoll, que murió en una batalla contra Meldron. Su pueblo ha
estado vagando por Caledon buscando un lugar donde establecerse y llegó
casualmente hasta aquí. Enseguida me di cuenta de que era de noble cuna.
Desempeñará el papel de reina a la perfección.
Poco a poco el salón había ido llenándose. Habían
preparado comida y cuando la sirvieron Cynan nos condujo a la mesa. Comimos y
charlamos hasta bien entrada la noche, disfrutando de la primera de otras
muchas cenas en torno al hogar.
Pasamos un agradable invierno en Dun Cruach. Cuando
brillaba el sol cabalgábamos por las neblinosas colinas y caminábamos por los
empapados brezales, resbalando en las húmedas rocas y espantando a gallos y
perdices. Cuando la nevisca golpeaba sobre el tejado o la nieve remolineaba
arrastrada por el helado viento del norte, nos quedábamos en el palacio y nos
entreteníamos jugando al brandub, al gwddbwyll y a otros juegos, como durante
los hermosos inviernos pasados en Ynys Sci. Por la noche, el salón se llenaba
con las encantadoras melodías del arpa de Tegid. Era una verdadera delicia
escuchar en compañía de amigos las historias que los reyes de Albión habían
oído desde tiempos inmemoriales. Yo disfrutaba de cada segundo.
Cuando estaba ya cercano el día de la boda de Cynan
y Tángwen, Tegid nos confesó que estaba componiendo una canción especialmente
para tal ocasión. Al preguntarle de qué trataría, se limitó a decir que era una
antigua y hermosa historia que colmaría de felicidad a quienes la oyeran.
Entretanto, Goewyn y Tángwen se dedicaban a los
preparativos de la ceremonia. Pasaban mucho tiempo juntas y parecían gozar de
su mutua compañía. Me parecía que formaban una notable y curiosa pareja y
juzgaba que Cynan y yo éramos los hombres más afortunados de Albión y que
podíamos sentirnos orgullosos de tenerlas por esposas.
Cynan estaba encantado con su elección y comentaba
a menudo la feliz casualidad que había conducido a Tángwen hasta su puerta.
–Podía haber ido a parar a cualquier otro lugar
-decía-, pero por suerte vino a parar aquí, conmigo.
A mí me parecía aquello algo más que una simple
casualidad, pero ¿qué importaba? Si Cynan quería creer que había sido el
destino quien la había conducido hasta él, ¿qué derecho tenía yo a
desengañarlo?
En todos los asuntos, Tángwen se las había
arreglado para convertirse en el centro de la casa de Cynan. La timidez y la
humildad no eran modo alguno rasgos de su personalidad; era inteligente, capaz,
y no intentaba simular una docilidad y una modestia que no poseía. Sin embargo,
había en ella algo raro…, una especie de impulso extrañamente reprimido. A
menudo se mantenía apartada mientras Tegid cantaba y miraba desde las sombras
con una expresión casi burlona, irónica, como si despreciara nuestra compañía o
desdeñara los placeres de la reunión. Otras veces parecía olvidarse de sí misma
y participaba contenta de las veladas. Me parecía como si estuviera siguiendo
las directrices de un plan más que los dictados de su propio corazón. Y no era
yo el único en notarlo.
–En su alma hay algo oscuro y escondido -me comentó
Goewyn una noche cuando nos hubimos retirado a nuestros aposentos-. Se siente
confundida e infeliz.
–¿Infeliz? ¿De verdad lo crees? A lo mejor es que
tiene miedo de resultar herida otra vez -sugerí yo.
Goewyn sacudió la cabeza ligeramente.
–No, creo que quiere sinceramente ser amiga mía;
pero hay en ella una frialdad y una dureza que se lo impide. A veces desearía
llegar al fondo de su corazón y sacarlo a la luz. Creo que entonces se sentiría
mucho mejor.
–Quizás es su forma de ocultar el dolor.
Goewyn me dirigió una extraña mirada.
–¿Por qué dices que ha resultado herida?
–Bueno -repuse despacio-, Cynan me dijo que el
padre de Tángwen había
sido asesinado en una batalla contra Meldron.
Supongo que ella todavía arrastra ese dolor, lo mismo que otros muchos que
hemos encontrado en nuestro viaje.
–A lo mejor -asintió Goewyn con aire meditabundo.
–¿Crees que puede ser otra cosa?
–No -respondió tras unos momentos-. Debe de ser
eso. Estoy segura de que estás en lo cierto.
Los días se iban acortando a medida que se acercaba
el alban ardduan y la boda de Cynan. Los guerreros galanaes y la Bandada de
Cuervos habían llenado las cocinas con variadas piezas de caza y los cocineros
mantenían los hornos calientes, mientras preparaban la comida del banquete. El
cervecero y sus ayudantes, en previsión de una enorme demanda del fruto de su
trabajo, trajinaban incansablemente llenando las tinajas de aguamiel y cerveza.
La víspera de la boda se sacrificaron los cerdos engordados para la ocasión y a
la mañana siguiente nos despertó el aroma del asado.
Tras desayunar un poco de pan y agua, nos ataviamos
con las ropas de fiesta y nos reunimos en el salón, ansiosos de que la fiesta
comenzara. En los soportes de hierro chisporroteaban numerosas antorchas que
desvanecían las sombras de todos los rincones. Aquel día iban a permanecer
encendidas de alba a alba para cumplir el ritual del alban arddan.
Cynan compareció primero, ataviado elegantemente
con unos breecs rojos y naranjas y un siarc amarillo. Llevaba un manto a rayas
azules y blancas y ostentaba el enorme broche de oro de su padre. Se había
cepillado la roja barba y se había anudado su espesa cabellera roja en la nuca.
Sus torques de oro y plata bruñida brillaban como espejos. Estaba inquieto y no
cesaba de tocarse el cinturón y ajustarse el manto.
–Jamás se ha visto en Albión un novio con un aire
tan regio -le dije-. Estate quieto de una vez. ¿Quieres que ella crea que se
casa con un manojo de nervios?
–¿Por qué tarda tanto? – preguntó observando
nerviosamente el salón por tercera vez en pocos momentos.
–Tranquilo -repuse-. Si has soportado tu soledad
tanto tiempo, puedes soportarla un poquito más.
–¿Habrá cambiado de opinión?
–Goewyn está con ella -lo tranquilicé-. No cambiará
de opinión. –¿Por qué tardan tanto? – repitió estirando el cuello para
inspeccionar
otra vez el salón-. ¡Ahí están! – exclamó
apresurándose a salir corriendo.
–Tranquilízate; es Tegid.
–¡Vaya, sólo Tegid! – y se tocó otra vez como si
estuviera buscando algo de su persona que se le hubiera perdido.
–¿Qué aspecto tengo?
–Oh, para mi gusto muy guapo. Ahora estate quieto
de una vez, que estás haciendo un agujero en el suelo.
–¿Qué significa eso de «sólo Tegid»? – preguntó el
bardo.
–No le hagas caso -le dije a Tegid-. Cynan no está
hoy en sus cabales.
–Me arde la garganta -se quejó Cynan-. Necesito un
trago.
–Luego; después de la boda.
–Sólo una copa.
–Ni una gota siquiera. No deseamos que el rey de
los galanaes se caiga redondo al suelo durante su boda.
–¡Te digo que me muero de sed! –Entonces, procura
hacerlo en silencio. –Ahí están -terció Tegid.
Y en aquel preciso instante se oyó un murmullo en
el otro extremo del salón. Cynan y yo nos volvimos y vimos que efectivamente
Goewyn y Tángwen se acercaban.
La novia de Cynan era una auténtica visión, un
resplandor de salvaje belleza: dos largas trenzas entretejidas con cintas de
oro pendían de sus sienes y se perdían en la lujuriosa cascada de flameantes
rizos que le caían sobre los hombros. Llevaba un manto carmesí y una túnica de
color albaricoque sobre una camisa de color salmón. Iba descalza y en ambos
tobillos llevaba gruesos brazaletes de oro que despedían destellos a cada paso.
Sobre su pecho resplandecía un espléndido broche de plata: un aro rodeado de
fulgurantes gemas de color rojo, suspendido por una fina cadena de plata del
prendedor, una hermosa piedra de brillante color azul. Sin duda, aquella
magnífica joya era el más preciado tesoro de su padre.
Cynan no pudo dominarse por más tiempo. Salió al
encuentro de ella, la rodeó con sus brazos y poco menos que la trajo en
volandas a donde estábamos nosotros, junto a la enorme chimenea central.
–¡Qué mayor alegría para un hombre que la de
abrazar a una hermosa mujer, en un resplandeciente salón rodeado de sus jefes
de batalla! – exclamó.
Luego besó a Tángwen y declaró solemnemente:
–Hoy es el día más feliz de mi vida.
Tángwen lo atrajo hacia sí y le dio un ardiente y
prolongado beso en los labios.
–Vamos, Tegid -dijo Cynan-. Aquí está la novia; el
salón está repleto y el banquete aguarda. ¡Lleva a cabo de una vez el rito para
que podamos disfrutar de la fiesta!
Con la vara en alto y voz potente Tegid rogó a los
reunidos que fueran testigos del matrimonio de Cynan y Tángwen. Los asistentes
se apresuraron a acercarse y la ceremonia comenzó. La boda fue más o menos como
la mía; los novios se intercambiaron regalos y prendas y compartieron el bol.
Sentí en la mía la mano de Goewyn, que acercó los labios a mi oreja y me musitó
su amor mordisqueándome el lóbulo al apartarse.
La ceremonia concluyó con los tres rituales golpes
de vara del Bardo Supremo. Cynan soltó un alarido y cogió en brazos a la novia.
La llevó hasta la mesa y la sentó encima.
–¡Compatriotas y amigos! – exclamó-. ¡Aquí tenéis a
mi esposa!
¡Saludadla todos como reina de los galanaes!
Los galanaes saludaron a su reina con un coro de
gritos que atronó el salón. Tángwen, con el rostro arrebolado de felicidad,
sonriente, radiante, se puso en pie sobre la mesa para recibir las aclamaciones
de su pueblo. La alegría que expresaba su cara se trocó de pronto en triunfo,
como si acabara de ganar una reñida campaña.
Cynan le tendió los brazos y ella se dejó caer en
ellos. Se abrazaron ante el general griterío. Después, el rey ordenó que
trajeran cerveza para que todos brindaran por la salud y la felicidad de la
pareja. El cervecero y sus hombres portaron la primera tinaja que colocaron
junto a la chimenea. Copas y vasijas se hundieron en ella para salir llenas a
rebosar. Alzamos las copas y las voces.
–¡Sláinte! ¡Sláinte mör! – gritamos brindando por
la vida, la salud, la felicidad y la prosperidad del reinado de Cynan.
Afuera comenzó a nevar. El viento helado azotaba
las montañas, arrastrando la nieve que caía de un pálido cielo. Dentro, en el
salón, comenzó la fiesta: portaron en sus espetones olorosos cuartos de venado
y cerdo, bandejas de panes de todas clases; enormes quesos de color amarillo
pálido y montones de crujientes manzanas. Comimos, bebimos y charlamos, y
seguimos comiendo y bebiendo, disfrutando del
oscuro día en el iluminado salón rodeados de amigos y abundancia. Cuando
hubimos comido hasta la saciedad, alguien pidió una canción. Tegid cogió el
arpa y se colocó junto a la chimenea en el centro del salón.
Hizo sonar una cuerda y aguardó a que todos
encontraran acomodo y a que la concurrencia se callara. Poco a poco se fue
haciendo el silencio en el salón. Entonces el bardo alzó la voz y dijo:
–Es justo celebrar la unión de un hombre y una
mujer con boda, banquetes y canciones, más aun que celebrar las victorias de
los guerreros y las conquistas de los reyes. Es justo prestar atención a las
leyendas de nuestro pueblo, porque así aprendemos quiénes somos y qué se nos
exige en esta vida y en la del más allá. En este día más que en ningún otro,
cuando arde la luz del alban ardduan en las alturas, es justo que nos
entreguemos a la diversión, es justo acercarse al hogar para escuchar las
canciones de nuestra estirpe. Reuníos y escuchad, pues, cuantos queráis oír el
relato de una historia verdadera; escuchad con los oídos, Hijos de Albión, y
escuchad también con vuestros corazones.
Tras estas palabras, inclinó la cabeza y guardó
silencio. Después, acarició con los dedos las cuerdas del arpa, hizo surgir del
aire una melodía, tomó aliento y empezó a cantar.
10
EL HIJO DEL PODEROSO REY
Las dulces notas del arpa se derramaron como
monedas de los dedos de Tegid; como brillantes chispas surgidas del vigoroso
fuego subieron en vistoso remolino hacia las sombras del tejado. La voz del
Bardo Supremo se alzó para unirse a la melodía del arpa y ambas se hermanaron
en una armonía sin par, mientras Tegid comenzaba a cantar la historia que había
preparado para el alban ardduan. Y la canción decía así:
–En los primeros días de la existencia del hombre,
cuando el rocío de la creación brillaba todavía sobre la tierra, había un rey
que gobernaba muchos reinos y dominaba muchos clanes. El rey se llamaba
Cadwallon y gobernó larga y sabiamente, incrementando la fortuna de cuantos
estaban bajo su protección. El rey tenía por costumbre subir todas las noches
al montículo de las asambleas, que se alzaba junto a su fortaleza, y contemplar
sus tierras para ver personalmente cómo andaban los asuntos de su pueblo. Y sucedió
que…
»Un atardecer, mientras Cadwallon estaba sentado en
el montículo mirando sus tierras, cayó en la cuenta de que sus dominios habían
crecido demasiado. "Ya no puedo ver los límites de mi reino, ni puedo
contar el número de sus habitantes; mi bardo tardaría tres días enteros en
enumerar el nombre de las tribus. Sería vergonzoso -pensó- que si algún
contratiempo nos amenazara, no tuviera tiempo de prevenirlo e impedir que
cayera sobre mi pueblo. Y no sería difícil que tal eventualidad ocurriera,
porque mi reino ha crecido demasiado como para que lo pueda gobernar sólo un
rey. Así pues, debo encontrar a alguien que me ayude a gobernar y a mantener la
paz en mi pueblo."
»Y aconteció que no faltaban hombres deseosos de
convertirse en reyes y ayudarlo en las tareas de gobierno. Pero por desgracia,
no a todos les importaba tanto el bienestar de los clanes como a Cadwallon, y
al poderoso rey le afligía la idea de que un hombre egoísta se convirtiera en
un tirano con su consentimiento. Así que se retiró al montículo del gorsedd
para meditar: "No bajaré hasta que haya descubierto una solución al
problema".
»Durante tres amaneceres y tres crepúsculos,
Cadwallon permaneció allí; y pasaron tres más y luego otros tres, hasta que al
anochecer del noveno día se le ocurrió una manera de determinar quién de sus
hombres era digno de ayudarlo. Se levantó y regresó lleno de confianza a su
fortaleza.
»Al día siguiente envió mensajeros a los cuatro
puntos cardinales de su reino con el siguiente mensaje: "Nobles, el
poderoso rey os invita a servirlo durante una estación y a descansar en su
palacio donde se celebrarán fiestas y juegos y donde no cesarán las rondas de
copas de aguamiel".
»Cuando los capitanes hubieron recibido la
invitación se apresuraron a acudir junto a su señor. Y cuando vieron la
abundancia de comida y bebida dispuesta en su honor se sintieron profundamente
complacidos, y exclamaron que Cadwallon era, con seguridad, el más benévolo y
generoso de todos los señores.
»Después de que se hubieran sentado a la mesa según
sus rangos, dio comienzo el festín. Comieron y bebieron cuanto quisieron y tras
haber satisfecho a placer el hambre, comenzaron a charlar, como es costumbre
entre hombres, de las diferentes aventuras que les habían acontecido. Hablaron
uno tras otro y cada uno de ellos contó su mejor historia para delicia de los
demás.
»El poderoso rey escuchó la charla preocupado,
mientras miraba
fijamente el fondo de su copa. Cuando le
preguntaron el porqué de su expresión, el poderoso rey respondió:
»"Hemos escuchado muchas historias, pero
ninguna tan extraña como la que os voy a explicar. De todas las aventuras que
habéis relatado, la mía es la más misteriosa. Daría mi vida porque alguno fuera
capaz de explicarme su significado."
»"Afortunado tú, oh rey, si ése es todo el
motivo de tu preocupación replicaron los nobles-. Estamos dispuestos a cumplir
tu deseo. Cuéntanos tu historia y enseguida libraremos a tu corazón de ese
peso."
»"Escuchadme pues -dijo el rey-, pero no
creáis que vais a descubrir el significado de mi relato tan fácilmente como
imagináis, porque estoy convencido de que la historia os causará no poca
consternación antes de que llegue a su fin."
»"Has de saber, poderoso rey, que no tenemos
miedo a nada. Además, tus palabras han despertado nuestra curiosidad. Habla con
toda tranquilidad pues nada puede consternarnos."
»"Sin duda sabéis perfectamente lo que
decís", musitó el rey.
»Y a continuación comenzó a relatar su aventura:
»"Yo no he sido siempre el rey que contempláis
ahora -dijo Cadwallon a sus capitanes-. En mi juventud era fogoso y arrogante
pues suponía que nadie podía vencerme con las armas. Pensando que ya había
realizado todas las hazañas posibles en este reino, me encaminé a salvajes
territorios muy alejados de las regiones que conocemos. Deseaba ganar gloria y
fama con mi destreza en las armas, ansiaba oír mi nombre alabado en
imperecederas canciones."
»"¿Qué sucedió? – lo interrumpieron los
nobles-. ¿Qué hallaste en esos territorios?"
»"Encontré el más hermoso valle que jamás
nadie haya podidocontemplar. Árboles de todas clases crecían en los bosques, y
un ancho río corría por el valle. Crucé el río, hallé un sendero y llegué a una
inmensa llanura repleta de toda clase de flores. Como el sendero proseguía, me
dispuse a seguirlo. Cabalgué tres días y tres noches y al fin llegué a una
espléndida fortaleza junto a un turbulento mar azul.
»"Al acercarme a la fortaleza topé con dos
muchachos, de cabellos tan negros que me hicieron pensar en las alas de los
cuervos; ambos iban ataviados con elegantes ropajes y mantos de color verde, y
llevaban al cuello
torques de plata. Los dos portaban arcos de asta
con cuerdas de tendones de ciervo y saetas de marfil de morsa con puntas de oro
y plumas de águila. Sus cinturones eran de plata y sus cuchillos de oro, y
estaban disparando flechas contra un escudo cubierto por una piel de buey.
»"A cierta distancia había un hombre con los
cabellos tan blancos que me hicieron pensar en las alas de los cisnes. Llevaba
los cabellos y la barba pulcramente arreglados y lucía una torque de oro en el
cuello. Su manto era azul y su cinturón y buskins de fino cuero marrón.
Cabalgué al encuentro de aquel hombre con un saludo en los labios, pero fue tan
cortés como para saludarme él antes de que yo pudiera hablar y me invitó a
entrar en la fortaleza, cosa que yo ansiaba hacer pues era una auténtica maravilla.
Allí vi otros hombres y observé enseguida que era un pueblo muy próspero porque
el último de ellos hacía gala de la misma riqueza que mi huésped, y el más
poderoso no parecía ni tres veces más rico que el más modesto.
»"¡Cinco jóvenes se hicieron cargo de mi
caballo y lo atendieron mejor que los más diligentes mozos que jamás hubiera
conocido. Luego el hombre me condujo al palacio construido sobre pilares de oro
y cubierto con un techo de moteadas plumas de pájaros. Dentro, atractivos
hombres y hermosas mujeres conversaban plácidamente, cantaban, jugaban, se
divertían. Veinte doncellas cosían junto a los ventanales y la menos agraciada
de ellas era mucho más bella que cualquiera de las doncellas de la isla de la
Fuerza. Cuando entramos en el palacio, las doncellas se levantaron para
saludarme y me dieron la bienvenida con exquisita amabilidad.
»"Cinco me quitaron los buskins y me cogieron
las armas, otras cinco me despojaron de mis gastadas ropas de viaje y me
vistieron con ropas nuevas: siarc, breecs y un manto de fino tejido. Otras
cinco cubrieron la mesa con un hermoso mantel y otras cinco trajeron comida en
cinco enormes bandejas. Las cinco que me habían quitado los buskins y las armas
trajeron suaves cojines para que me sentara, y las cinco que me habían vestido
me acompañaron a la mesa.
»"Me senté al lado del hombre que me había
conducido a la fortaleza y el resto de la rutilante concurrencia se sentó a
nuestro alrededor. No había en la mesa ni una sola copa, bol o bandeja que no
fuera de oro, plata o asta. Y la comida… ¡qué comida! Jamás había probado
manjares tan deliciosos al paladar y tan saludables para el estómago como los
que comí en aquel salón en tan espléndida compañía.
»"Mientras estuvimos comiendo nadie me dirigió
ni una sola palabra. Al cabo de un rato, cuando el hombre sentado a mi lado se
dio cuenta de que había acabado de comer se volvió hacia mí y me dijo:
»'"Veo que preferirías hablar mejor que
comer.'
»"'Señor -repuse-, ya es hora de que hable con
alguien. Incluso los mejores manjares son pobres si se comparten en silencio.'
»"'Bueno -respondió el hombre-, no queríamos
molestarte mientras comías. Pero si hubiese sabido que eras de esa opinión, te
habríamos hablado mucho antes. Charlemos pues ahora, si nada te lo impide.'
»"Y me preguntó quién era y qué misión me
había llevado hasta ellos. »"'Señor -contesté-, tienes ante ti a un hombre
muy diestro en el manejo
de las armas. Recorro los desconocidos territorios
del mundo con la esperanza de encontrar alguien que pueda vencerme. Porque en
verdad te diré que no me divierte en absoluto vencer a hombres menos diestros
que yo, y hace mucho tiempo que en mi país no existe guerrero capaz de
proporcionarme la diversión que anhelo.'
»"'Amigo mío -repuso el hombre, con una
sonrisa-, me encantaría satisfacer tu deseo si no creyera que podrías salir
perjudicado.'
»"Sus palabras causaron en mí profunda
decepción, y el señor, al ver la expresión de mi rostro, añadió:
»'"Sin embargo, puesto que prefieres el
peligro a la prudencia, voy a decirte algo. Prepárate.'
»'"Señor, estoy preparado', fue mi respuesta.
»'"Escúchame, pues, con atención, porque sólo
te lo explicaré una vez. Pasa aquí la noche, levántate mañana al alba y toma el
sendero que te condujo a esta fortaleza hasta que llegues a un bosque. El
sendero se interna en el bosque y a poca distancia se bifurca; toma el camino
de la izquierda y síguelo hasta que llegues a un claro en el centro del cual se
alza un montículo. Sobre el montículo verás a un hombre enorme. Pregúntale
adónde debes dirigirte y, aunque a menudo se muestra descortés, creo que te dirá
dónde encontrar lo que buscas.'
»"La noche me pareció interminable. Ni todos
los días del mundo hasta el fin de los siglos me habrían parecido más largos.
Siempre que alzaba los ojos al cielo me parecía que la mañana estaba aún más
lejos que la última vez que había mirado. Sin embargo, al fin vi que el cielo
griseaba en el este y supe que la noche había terminado. Me levanté, me vestí,
monté a caballo y me
puse en camino. Hallé el bosque y hallé la
bifurcación de caminos; tomé el de la izquierda y hallé el claro con el
montículo en el centro, tal como el poderoso señor lo había descrito.
»"Había un hombre sentado sobre el montículo.
Mi huésped me había dicho que era enorme, pero en verdad era más grande de lo
que había imaginado… y mucho más feo. Tenía sólo un ojo en medio de la frente,
y sólo un pie; espesos pelos le cubrían la cabeza, los hombros y los brazos.
Llevaba una lanza de hierro que hubiera resultado pesada para cuatro guerreros
y que el hombre blandía como si nada. En torno al hombre, y sobre y alrededor
del montículo, pacían ciervos, cerdos, ovejas y animales salvajes de todas clases…
¡los había a miles!
»" Saludé al Guardián del Bosque y recibí una
respuesta malhumorada, cosa que ya me esperaba; le pregunté luego qué poder
tenía sobre los animales que se apiñaban alrededor. De nuevo recibí una
respuesta malhumorada:
«"'Hombrecillo -se mofó-, si no lo sabes debes
de ser sin duda el más lerdo de toda tu especie. No obstante, te demostraré el
poder que poseo.'
»"El peludo gigante alzó la lanza y la disparó
contra un ciervo. La lanza dio en el blanco y el animal se derrumbó; los
mugidos del ciervo sacudieron los árboles e hicieron que se moviera la tierra
bajo mis pies. Toda clase de animales salvajes acudieron al oírlo desde los
cuatro puntos cardinales del mundo. Acudieron a miles y miles, de modo que a mi
caballo, rodeado de pronto por lobos, osos, ciervos, nutrias, zorros, tejones,
ardillas, ratones, serpientes, hormigas, etcétera, apenas le quedaba sitio para
moverse.
»"Los animales miraban al gigantesco Guardián
del Bosque como hombres leales que honraran a su señor; él les ordenó que
pacieran y al instante las fieras le obedecieron.
»"'Bueno, hombrecillo -me dijo-, ya has visto
el poder que ostento sobre los animales. Pero creo que no has venido hasta aquí
para admirar mi poder, por muy grande que sea. ¿Qué es lo que quieres?
»"Le expliqué quién era y qué estaba buscando,
y me respondió groseramente que me largara. Pero yo insistí y finalmente me
dijo:
»"'Bueno, si eres tan estúpido como para andar
buscando semejante cosa, no voy a ser yo quien te lo impida. Sigue el sendero
que encontrarás al final del claro -añadió alzando la lanza de hierro y
señalando la dirección que debía tomar-. Al cabo de un rato encontrarás una
montaña; sube por la ladera
hasta la cima y desde allí verás una cañada tan
impresionante como jamás en tu vida has visto. En el centro de esa cañada verás
un tejo más viejo y alto que cualquiera de los de tu mundo. Bajo las ramas del
tejo hay un estanque, junto al estanque una piedra y sobre la piedra una vasija
de plata con una cadena que lo sujeta a la piedra. Coge la vasija, si es que te
atreves, llénala de agua y viértela sobre la piedra. No me preguntes lo que
sucederá a continuación, porque no voy a decírtelo aunque me lo preguntes
durante mil años.'
»'"Gran señor -repuse-, no soy de esa clase de
hombres que se amilanan así como así. Tengo que saber lo que sucederá a
continuación aunque deba permanecer aquí durante miles de años.'
»"'¿Habrase visto hombre más ignorante e
insensato que tú? – exclamó el Guardián del Bosque-. No obstante, te diré lo
que sucederá a continuación: la peña atronará con tal fuerza que te parecerá
que estallan los cielos y la tierra, y caerá una cascada de agua tan violenta y
fría que probablemente no sobrevivirás. ¡Caerá un granizo tan grueso como
hogazas de pan! No me preguntes lo que sucederá a continuación porque no voy a
decírtelo.
»'"¡Poderoso señor! – dije yo-. Creo que ya me
has dicho bastante. Puedo averiguar el resto por mí mismo. Gracias por tu
ayuda.'
»"'¡Ah! – exclamó él-. No tienes por qué
dármelas, pues la ayuda que te he proporcionado probablemente será tu
perdición. Espero no volver a encontrarme jamás con un hombre tan insensato
como tú. ¡Adiós!'
»" Seguí el camino que me había indicado y
cabalgué hasta la cima de la montaña desde la cual divisé la enorme cañada y el
tejo. El árbol era más alto y viejo de lo que me había dicho el Guardián del
Bosque. Me acerqué al árbol y encontré el estanque, la piedra, la vasija de
plata y la cadena…, tal como él me había descrito.
»"Ansioso de probar mi destreza, no perdí un
segundo; cogí la vasija, la llené con agua del estanque y la vertí sobre la
piedra. Al instante resonó un trueno más fuerte de lo que el poderoso señor me
había dicho, y después cayó un granizo tan grande como hogazas de pan. A decir
verdad, amigos míos, si no me hubiera metido bajo la peña no estaría aquí ahora
para contároslo. Aun así, estaba a punto de perder la vida cuando la granizada
cesó de golpe. Al tejo no le quedaba ni una sola hoja verde, pero el tiempo
había aclarado y una bandada de pájaros se posó en las desnudas ramas y
comenzaron a cantar.
»"Estoy seguro de que ningún hombre ha oído
jamás una música más
dulce y conmovedora que aquélla. Pero cuando más
estaba disfrutando de ella, oí unos lastimeros gemidos que fueron aumentando
hasta resonar en toda la cañada. Y los gemidos se transformaron después en
palabras.
»'"Guerrero, ¿qué quieres de mí? ¿Qué mal te
he infligido que te ha empujado a hacerme a mí y a mi reino lo que has hecho?
»'"¿Quién eres, señor? – pregunté yo-. ¿Qué
mal te he causado?
»"La quejumbrosa voz respondió:
»"'¿No sabes acaso que a causa de la lluvia
que has provocado tan imprudentemente no ha quedado en mi reino ni un hombre ni
un animal vivos? Lo has destruido todo.'
»"Tras estas palabras apareció un guerrero
montado en un caballo negro y ataviado también él de negro; su lanza y su
escudo eran negros y negra asimismo, desde la empuñadura a la punta, la espada
que pendía de su cadera. El corcel negro pateó el suelo con sus negras pezuñas
y sin más palabras el guerrero se lanzó contra mí.
»"Aunque había aparecido de forma brusca, yo
estaba preparado. Pensando que al fin iba a conseguir imperecedero renombre,
blandí mi lanza y ataqué. Confiaba plenamente en la fuerza de mi caballo y en
el rápido avance del imponente guerrero. Pero aunque mi ataque fue más hábil
que los mejores que jamás hubiera llevado a cabo, fui rápidamente derribado del
caballo y arrojado ignominiosamente al suelo. Sin mirarme y sin dirigirme
palabra alguna, mi negro enemigo pasó el astil de su lanza por la brida de mi
caballo y se lo llevó abandonándome a mi suerte. Ni siquiera se tomó la
molestia de hacerme prisionero o despojarme de mis armas.
»"De este modo, me vi obligado a volver por el
mismo camino que había tomado antes, y cuando llegué al claro del Guardián del
Bosque por poco me fundo de vergüenza ante los insultos que me dirigió. Dejé
que me denostara cuanto le viniera en gana y desde luego lo hizo con singular
elocuencia.
Luego, suspiré y me dispuse a regresar a la
espléndida fortaleza junto al mar. »"Fui recibido más calurosamente aún
que la primera vez y me sirvieron manjares si cabe aún más deliciosos. Conversé
con placer con los hombres y
mujeres de aquel hermoso lugar y ellos charlaron
afectuosamente conmigo. No obstante, nadie hizo mención alguna de mi viaje al
reino del Caballero Negro, y yo tampoco. La vergüenza que sentía era tan grande
como mi perdida arrogancia.
»"Pasé la noche allí y cuando me levanté
encontré un hermoso caballo
bayo con crines del color del liquen rojo. Cogí mis
armas, me despedí del señor de aquel lugar y regresé a mi reino. Todavía hoy
conservo aquel caballo y no miento al deciros que preferiría perder mi mano
derecha antes que desprenderme de él."
»Después, el rey alzó los ojos y miró a su
alrededor.
»"Pero de verdad os aseguro que daría la mitad
de mi reino al hombre que pudiera explicarme el significado de mi
aventura."
»De este modo terminó Cadwallon su extraña
historia. Sus nobles se quedaron asombrados no sólo por la humildad de su rey,
que les había contado una historia de la que tan malparado había salido, sino
por los extraños hechos narrados. Entonces, tomó la palabra un valiente
guerrero llamado Hy Gwyd:
»"Nobles -dijo-, nuestro señor nos ha relatado
una historia muy interesante. Y, si no estoy equivocado, nuestro poderoso rey
nos ha lanzado además un reto: que descubramos el significado de su extraña
aventura. Por tanto, comportémonos como deben hacerlo los hombres valientes;
afrontemos el reto del rey y descubramos el significado de la historia."
»Los nobles discutieron el asunto entre ellos.
Hablaron largo y tendido porque no todos estaban de acuerdo con Hy Gwyd.
Finalmente decidieron que no era prudente entremezclarse en misterios como
aquél, y que era mejor dejar las cosas como estaban. Y sin más se entregaron de
nuevo al placer de la fiesta y del banquete. Pero Hy Gwyd, tan ambicioso como
inteligente, no estaba dispuesto a abandonar la batalla y continuó argumentando
y argumentando hasta que al fin logró convencer a un amigo, un guerrero llamado
Teleri.
»Así, mientras los demás comían y bebían, los dos
guerreros salieron del palacio. Ensillaron sus caballos, empuñaron sus armas y
salieron del caer de Cadwallon para resolver el misterio. Cabalgaron leguas y
más leguas en busca de los extraños territorios que el rey había descrito. Y
finalmente dieron con el bosque y con el sendero, y supieron con certeza que
era el mismo bosque y el mismo sendero de los que les había hablado Cadwallon.
»Siguieron el sendero, llegaron al maravilloso
valle, cruzaron el ancho y refulgente río y encontraron el camino hacia la
interminable llanura repleta de flores de todas clases. Mientras la
atravesaban, la fragancia de las flores colmaba sus pulmones y la maravilla del
paisaje, sus ojos. Cabalgaron tres días y tres noches y al fin llegaron hasta
la espléndida fortaleza, junto a un
turbulento mar de un intenso color azul.
»Dos muchachos con torques de plata y arcos de asta
estaban disparando flechas de marfil contra un escudo blanco, tal como
Cadwallon les había contado. Un hombre de cabellos de oro contemplaba a los
muchachos, y los tres saludaron calurosamente a los jinetes y los invitaron a
cenar en la fortaleza. La gente que encontraron allí era más hermosa y las
mujeres más encantadoras de lo que habían imaginado. Bellas mujeres se
dispusieron a servirlos como habían servido a Cadwallon, y los manjares que
comieron en el maravilloso palacio sobrepasaban en mucho cuantos habían probado
hasta entonces. Cuando hubieron acabado de cenar, el señor que les había dado
la bienvenida se dirigió a ellos y les preguntó qué misión los había llevado
allí.
»"Estamos buscando al Caballero Negro que
guarda el estanque", respondió Hy Gwyd.
»"¡Ojalá hubierais respondido cualquier otra
cosa! – repuso el señor-. Pero si estáis decididos a buscar la verdad de este
asunto, no voy a impedíroslo."
»Y a continuación les dio toda clase de detalles,
como les había contado Cadwallon.
»Al alba, los dos amigos atravesaron aquel hermoso
reino hasta llegar al claro donde encontraron al Guardián del Bosque en su
montículo. El Guardián era más feo e impresionante de lo que habían imaginado.
Siguiendo las desabridas indicaciones del huraño señor llegaron al valle más
allá de la montaña donde se alzaba el tejo. Encontraron el estanque y la vasija
de plata sobre la piedra. Teleri quería regresar por donde habían venido, pero
Hy Gwyd se echó a reír y se burló de él:
»"No hemos llegado hasta tan lejos para darnos
la vuelta -dijo-. Intuyo que triunfaremos donde nuestro rey fracasó; tenemos al
alcance de la mano la ocasión de ser más grandes de lo que jamás fue
Cadwallon."
»Tras estas palabras cogió la vasija, la llenó de
agua y la vertió sobre la piedra. El trueno y la tormenta que siguieron fueron
mucho más imponentes de lo que les había dicho Cadwallon. Pensaron que iban a
morir y estaban sin duda a punto de hacerlo cuando el cielo se despejó y el
tejo sin hojas se llenó de pájaros. Sus trinos eran más armoniosos y
placenteros de lo que habían imaginado, pero, cuando estaban disfrutando con
deleite de aquella música, comenzaron a oírse unos gemidos tan quejumbrosos que
parecía como si el mundo estuviera agonizando. Los dos guerreros aguzaron la
mirada y vieron
que se aproximaba un solitario jinete: era el
Caballero Negro, cuya aparición les había sido anunciada.
»El Caballero Negro los miró tristemente y les
dijo:
»"Hermanos, ¿qué queréis de mí? ¿Qué daño os
he infligido para que desearais hacerme a mí y a mi reino lo que nos habéis
hecho?"
»"¿Quién eres, señor? – preguntaron los dos
guerreros-. ¿Qué daño te hemos causado?"
»"¿No sabéis que a causa de la lluvia que tan
imprudentemente habéis provocado no queda en mi reino hombre o animal alguno
con vida? Lo habéis destruido todo."
»Los dos guerreros se miraron uno a otro meditando
qué debían hacer. »"Hermano -comentó Teleri-, necesitamos un plan, porque
todo está ocurriendo tal como nos contó el rey y no estamos más cerca de
descubrir el
misterio que cuando emprendimos la aventura.
Propongo que regresemos antes de que nos sobrevenga alguna desgracia."
»"¡No puedo dar crédito a lo que oigo! – se
mofó Hy Gwyd-. Estamos a punto de ganar una gloria y un poder inmensos. Átate
una lanza a la espalda si es necesario, pero sígueme. No podemos
regresar."
»Con estas palabras, Hy Gwyd alzó el escudo y
blandió la lanza. Cuando el Caballero Negro vio que estaban dispuestos a
enfrentarse con él, los atacó derribándolos con la misma facilidad que si
hubieran sido tiernos infantes.
Luego hizo el gesto de arrebatarles los caballos;
pero los dos amigos, adiestrados por lo que le había pasado al rey, saltaron a
una, agarraron la lanza del enemigo y lo derribaron de su montura. El Caballero
Negro logró ponerse de rodillas y desenvainó la espada. Pero Hy Gwyd fue más
rápido.
»Alzó la espada y la dejó caer: rodó la cabeza del
Caballero Negro y su cuerpo se desplomó como si fuera un roble caído. Hy Gwyd
envainó la espada, jadeante pero muy satisfecho de sí mismo.
»"Lo hemos conseguido, hermano -dijo-. Hemos
triunfado donde fracasó nuestro rey. Nos hemos ganado fama y renombre al
demostrar que somos más diestros que él."
»Teleri estaba aún intentando recobrar el aliento
para responder, cuando se oyeron unos lamentos aún más quejumbrosos que los
gemidos del Caballero Negro, y fueron aumentando hasta convertirse en un agudo
gemido. Expresaban tanta pena y dolor que parecía que iban a arrancar lágrimas
incluso de las piedras. Si toda la tristeza del mundo se expresara de
pronto en una voz, no podría resultar tan
conmovedora. Los dos guerreros creyeron que no podrían sobrevivir al violento
ataque de tanto dolor.
»Miraron a su alrededor para dar con el origen de
aquel grito y vieron una mujer arrastrándose cerca de donde estaban, y ¡oh!…
era lo más horrible que habían visto en su vida. Si toda la belleza de las
mujeres del mundo se marchitara de pronto y recayera en el descarnado cuerpo de
la más repulsiva anciana, el resultado no podría dar idea de la fealdad que
ambos jóvenes contemplaban. La cara de la mujer era una masa arrugada; dientes
negros y torcidos le asomaban entre los labios partidos. Sus fláccidas carnes
eran una masa de llagas agusanadas; piojos y gusanos pululaban entre sus
cabellos. Los sucios andrajos que colgaban de su repulsivo cuerpo habían sido
en otro tiempo hermosos vestidos.
»Los gemidos de dolor seguían saliendo de la
garganta de aquella horripilante mujer, más y más quejumbrosos a medida que se
acercaba. Cuando llegó al estanque, miró el cadáver del Caballero Negro y sus
gemidos se hicieron aún más agudos. Los pájaros cayeron muertos de los árboles
ante tan conmovedor sonido.
»"¡Malditos seáis! – exclamó, mientras
lágrimas de tristeza le resbalaban por sus arrugadas mejillas-. ¡Miradme! Antes
era hermosa y ahora soy horrible. ¿Qué va a ser de mí?"
»"Señora, ¿quién eres? – preguntó Teleri-.
¿Por que nos maldices?" »"¡Habéis matado a mi marido! – repuso la
espantosa mujer-. ¡Me habéis
arrebatado a mi esposo y me he quedado sola y
abandonada! – Se inclinó hacia el cadáver, cogió la degollada cabeza por los
cabellos y la besó en la boca-. ¡Malditos! ¡Malditos! Mi señor ha muerto.
¿Quién cuidará de mí ahora? ¿Quién será mi consuelo y ayuda?"
»"Tranquilízate, si puedes -dijo Teleri-. ¿Qué
quieres de nosotros?" »"Habéis asesinado al Guardián del Estanque
-dijo el espantajo-. Era mi
marido. Ahora uno de vosotros ha de ocupar su
lugar. Uno de vosotros debe tomarme por esposa", añadió, acercándose a los
guerreros.
»Despedía tal hedor que a los dos amigos les
fallaron las piernas y se les revolvieron las tripas. Con los ojos enrojecidos
por el llanto, moqueando y babeando, la vieja les tendió los brazos mostrando
un cuerpo tan arruinado y repugnante que los dos guerreros cerraron los ojos
para no vomitar.
»"¡No! – gritaron-. No te acerques más o nos
desmayaremos."
»"¿Y bien? – preguntó la Bruja Negra-. ¿Quién
de vosotros va a tomarme
por esposa?"
»Se dirigió primero a Hy Gwyd y añadió:
«"¿Quieres abrazarme tú?"
»Hy Gwyd apartó la vista de ella.
«"¡Apártate de mí, bruja! – le gritó-. Jamás
te abrazaré."
«Entonces ella se dirigió a Teleri.
«"Creo que tú eres más compasivo -le dijo-.
¿Quieres abrazarme tú?" »El estómago de Teleri se revolvió; le sudaban las
palmas de las manos y
las plantas de los pies. Aspiró profundamente para
no desmayarse.
«"Señora, es lo último que haría en mi
vida", respondió.
«Al oírlo, la mujer comenzó a llorar otra vez y tan
lastimeros eran sus gemidos que se oscureció el cielo, comenzó a soplar el
viento, empezó a llover y retumbó en los cielos un trueno. Incluso la tierra
tembló y todo el universo se tambaleó mientras los árboles se derrumbaban y las
montañas se hundían en el mar.
»La repentina arremetida de la tormenta llenó de
pavor a los dos guerreros.
»"Vayámonos de aquí a toda prisa -gritó Hy
Gwyd-. Ya hemos llevado a cabo lo que vinimos a hacer."
»Pero, aunque estaba muerto de miedo, Teleri no
quería abandonar a la mujer si estaba en su mano remediar su aflicción.
»"Señora -le dijo-, aunque se me abran las
carnes, os abrazaré."
»"¡Estás loco, Teleri! – le gritó Hy Gwyd-.
¡Te la mereces!"
»Luego montó a caballo y se alejó a toda prisa en
medio de la tempestad. »Teleri reunió todo su valor y se acercó a la bruja. Le
lloraban los ojos,
pero no sabía si era por el asco que le producía su
aspecto o por el hedor que despedía. Le temblaban los brazos y la fuerza se le
escurría como agua. Creyó que su pobre corazón iba a estallarle por la
vergüenza y la repugnancia que sentía.
»No obstante, logró alzar los temblorosos brazos y
abrazar a la vieja. Sintió que los brazos de ella, fríos como el hielo, lo
asían y que sus esqueléticos dedos se le hundían en la carne.
»"Mujer -dijo-, ya te he abrazado y ha sido
sin duda un triste abrazo. Ni la helada muerte puede ser más desolada, ni la
fría tumba más horrible."
»"Ahora debes acostarte conmigo", le dijo
la bruja echándole en pleno rostro su fétido aliento.
»De cerca era, si cabe, más fea, más horripilante y
más repulsiva aún. «"¿Acostarme contigo?"
»Teleri casi perdió la razón. Pensó en huir, pero
la Bruja Negra lo tenía bien agarrado y como no había escapatoria decidió hacer
frente a la situación. »"Creo que será un repugnante acoplamiento. Pero si
te satisface, lo haré
para complacerte, pero el buen Dios sabe que yo no
encontraré placer en semejante unión."
»Teleri cogió a la Bruja Negra en sus brazos y
yació con ella. Posó sus labios en la repugnante boca y la besó. Hicieron el
amor, carne joven sobre quebradizo esqueleto, pero Teleri no pudo soportarlo y
perdió el conocimiento.
»Cuando se despertó se encontró entre los brazos de
la más hermosa doncella que jamás hubiera visto. Sus largos cabellos eran
amarillos como el polen y sus brazos gráciles y flexibles, sus pechos firmes y
sus piernas ágiles y largas. El joven se incorporó con un grito.
»"¿Dónde estoy? ¿Qué ha sido de la mujer que
estaba aquí?"
»La doncella se sentó y sonrió, y a Teleri le
pareció que hasta entonces no había visto el auténtico brillo del sol.
»"¿Cuántas mujeres necesitas?", le
preguntó la muchacha, con una voz que era como la dulzura de la miel en la
boca.
»"Señora -dijo Teleri-, tú eres la única mujer
que necesito. Prométeme que nunca me dejarás."
»"Permaneceré siempre a tu lado, Teleri
-respondió la joven-, pues, si no estoy equivocada, soy tu esposa y tú eres mi
marido."
»"¿Cómo te llamas?", preguntó Teleri ante
el absurdo de tener esposa pero desconocer su nombre.
»"Amado mío, mi nombre será el que te resulte
más placentero al oído - respondió la joven con ternura-. Pronúncialo y así me
llamaré para siempre."
»"Entonces te llamaré Arianrhod -dijo él-,
porque es el nombre que más me gusta."
»Teleri atrajo hacia él a la joven y la abrazó; su
piel era fina y suave y su contacto lo llenó de deleite. La besó y su alma se
elevó en éxtasis. El amor que sentía no conocía límites.
»Luego se vistieron con ropajes dignos de reyes.
Teleri encontró a su caballo pastando cerca y montó. Acomodó a su esposa
delante de él y se alejó del estanque emprendiendo el regreso a su reino por el
mismo camino por el
que había venido.
«Tras varios días de viaje, Teleri y Arianrhod
llegaron al caer de Cadwallon donde fueron calurosamente recibidos. Sus amigos
celebraron la buena suerte que había tenido Teleri al encontrar una esposa tan
bella y prudente.
«"Bienvenido a casa, Teleri -le dijo el rey
Cadwallon-. Por fin has regresado. Empezaba a pensar que tendría que gobernar
el reino yo solo, porque no encontraba a nadie digno de ayudarme."
«"¿Qué estás diciendo, señor? – preguntó
Teleri-. Hy Gwyd se marchó antes que yo. Fue él quien mató al Caballero
Negro."
«"Ah, pero no es Hy Gwyd quien está ante mí
-repuso Cadwallon sacudiendo la cabeza lentamente-, ni tampoco es Hy Gwyd quien
ha regresado tan espléndidamente ataviado y con una esposa tan hermosa y regia.
El hombre del que hablas no ha vuelto y creo que jamás lo hará. Por tanto, no
hablemos más de él, porque ya he hallado a quien merece más que ningún otro
compartir mi trono, y a quien por esa razón deseo honrar por encima de todos
los demás. Desde este día eres mi hijo y como tal gozarás de la bendición de mi
poder y prosperidad."
»Tras estas palabras, el rey se quitó la torque de
su garganta y se la puso a Teleri, confiriéndole así una dignidad real no menos
soberana ni menos honorable que la suya. Teleri apenas podía dar crédito a su
buena suerte.
»Cadwallon decretó una temporada de festejos en
todo el reino y sembró general regocijo entre todos sus súbditos. Luego confió
la mitad de sus territorios a Teleri y se retiró al otro confín de su reino
desde donde contempló con deleite y alegría cuanto hacía Teleri. En efecto, el
joven se reveló como un astuto e inteligente rey, y, a medida que creció su
gloria, creció también la de Cadwallon. La fama de Teleri aumentó entre su
pueblo de modo que el prestigio del poderoso rey se incrementó a través del de su
hijo adoptivo.
»Por su parte, Teleri, sobradamente satisfecho con
la parte que le había correspondido, procuró aumentar la fama de su poderoso
protector entre los hombres. Pero de Hy Gwyd nunca más se supo ni nadie volvió
a verlo jamás. Parecía como si nunca hubiera existido.
»Teleri y Arianrhod gobernaron muchos años con
sabiduría, siempre exultantes de felicidad. El amor que se dispensaban fue
creciendo hasta colmar de imperecedera ventura todo el país del poderoso rey.
»Aquí termina la historia del Hijo del Poderoso
Rey. Que la escuche quien lo desee.
11
LA CACERÍA DEL JABALÍ
Un esplendoroso y radiante día, recién entrada la
primavera, abandonamos Dun Cruach. La nieve todavía cubría las montañas, pero
yo ansiaba regresar a Dinas Dwr. Para completar el recorrido por Albión había
que hacer todavía un lento viaje por Prydain y Caledon. Había que visitar aún
muchos clanes y poblados del sur y todavía pasaría bastante tiempo antes de que
por fin pudiéramos dirigir nuestros pasos hacia Dinas Dwr, en el norte.
Mi comitiva había ido aumentando desde que
comenzamos el viaje, pues en cada lugar que visitábamos se nos iba añadiendo
gente. Dun Cruach no fue una excepción; Cynan insistió en escoltarnos en
nuestro viaje al sur de Caledon, con la excusa de que hacía mucho tiempo que un
rey de los galanaes no visitaba sus posesiones. Ahora él era el rey y estaba en
su derecho de hacerlo; además, el hecho de que lo vieran acompañando al Aird
Righ incrementaría su fama.
La verdadera razón, sospechaba yo, era que quería
mostrar a su esposa. Pero no me importó, pues era una ocasión para que
volviéramos a cabalgar juntos otra vez, cosa que me entusiasmaba.
Como antes, nos precedían mensajeros que iban
convocando al pueblo al llys del rey. Acampábamos en lugares sagrados: cruces
de caminos, menhires y montículos de gorsedd. Allí recibía yo los juramentos de
lealtad de las tribus caledonias y, como en Prydain y Liogres, acogía a los
clanes bajo la protección de mi autoridad.
Una y otra vez mis pensamientos volaban a Dinas
Dwr, mi espléndida ciudad sobre el agua. Me preguntaba cómo debía de estar mi
pueblo, si los ganados y las cosechas habrían prosperado. Echaba de menos aquel
lugar, echaba de menos mi variopinta tribu, y me preguntaba si me estarían
echando de menos a mí. Sentía nostalgia de mi hogar y del palacio. Los placeres
de la vida nómada empezaban a perder su atractivo y hacía tiempo que estaba
harto de dormir en una tienda.
–Sólo quedan cuatro o cinco tribus que visitar en
el sur -me animaba constantemente Tegid-. Y como quedan muy pocos habitantes en
Prydain no tardaremos mucho tiempo en emprender el regreso hacia el norte.
–¿Cuánto? – pregunté yo.
–Unos veinte… -repuso el bardo.
–¡Veinte días! – exclamé con impaciencia.
–… o treinta -se apresuró a añadir Tegid-. Quizá
más. No podré saberlo con certeza hasta que hayamos acabado de visitar todos
los poblados del sur.
–Entonces… llegará el Samhein antes de que estemos
en casa.
–De ningún modo. Deberíamos estar a la vista de
Druim Vran antes del Lugnasadh, es decir, antes de la cosecha. – Hizo una pausa
y esbozó una sonrisa de placer-. Ha sido un buen trabajo. Las tribus han
rendido honores a tu dignidad. Tus reyes hermanos te han dado la bienvenida. Es
lo que esperábamos.
En verdad, el recorrido había sido triunfal. Como
Tegid había dicho, los pueblos me aceptaban como Aird Righ, con lo cual podía
sentirme más que satisfecho. Tras los tiempos que acabábamos de vivir bajo la
tiranía de Siawn Hy y Meldron, la Soberanía Real ofrecía una sustancial
garantía, no sólo de tranquilidad, sino sobre todo de estabilidad. Si el
cumplimiento del rito del Cylchedd había ayudado a conseguirla, estaba
dispuesto a repetirlo gustoso. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para
lograr que Albión volviera a ser lo que había sido. Cualquier cosa.
–¿Por qué no vas de cacería con Bran? – sugirió
Tegid despertándome de mis meditaciones-. Llegaremos a nuestro destino después
del mediodía. Bran y algunos más están planeando explorar los senderos de caza
de los que les ha hablado Cynan. Podrías acompañarlos.
–¿Tratas de librarte de mí, bardo?
–Sí. Ve con ellos. Por favor.
Bran se mostró más que encantado de incluirme entre
su partida de caza.
Hacía mucho tiempo que no salía de caza con él o
con cualquier otro.
–Así, la punta de la lanza del rey no se oxidará
por falta de uso -me comentó.
Era una manera amable de decir que no deseaba que
me apoltronara, ahora que me sentaba más a menudo en un trono que en un caballo
al galope. Una observación muy inteligente, desde luego.
Después de acampar, cogimos las lanzas y nos
dirigimos al bosque. Era justo después del mediodía, como había dicho Tegid, y
el día estaba templado. Tropezamos con el primer sendero de caza poco después
de internarnos en el bosque, pero decidimos que probablemente no encontraríamos
ninguna pieza tan cerca de los límites del bosque, y nos apresuramos a
adentrarnos en la espesura.
La partida de caza constaba de seis hombres y, tras
encontrar el segundo sendero, nos dividimos en tres grupos y seguimos el rastro
avanzando de dos en dos. Bran y yo cabalgábamos en medio, a una distancia de
tres o cuatro lanzas respecto a los que nos precedían y seguían; aunque la
espesura del bosque no me permitía verlos, sabía que estaban a muy poca
distancia.
Cabalgábamos en silencio y por fin encontramos el
rastro de unos cerdos salvajes. Bran desmontó para estudiarlo.
–¿Cuántos? – le pregunté.
Bran, arrodillado junto al rastro, alzó la cabeza y
respondió:
–Un pequeño rebaño. Cuatro al menos… quizá más.
Cabalguemos un poco más para ver lo que encontramos -añadió incorporándose y
escrutando el moteado sendero.
Avanzamos con suma precaución. Siempre es éste un
momento tenso en la cacería, porque hasta que no son avistados los jabalíes
existe el peligro de tropezar con ellos y sorprenderlos descuidados. Entonces
pueden sobrevenir accidentes. Más de un cazador ha perdido el caballo o algo
peor aún, al topar de improviso con un jabalí que no ha visto. Los cerdos
salvajes son bravos luchadores y no dudan en atacar cuando se ven acosados; en
cambio, como otros muchos animales, si tienen ocasión, prefieren huir.
Bran y yo seguimos un trecho el rastro y nos
detuvimos a escuchar. En el corazón del bosque, el aire estaba tranquilo; sólo
el rápido tac-tac de algún pájaro carpintero rompía el denso silencio. De
pronto, un poco más adelante, se oyó un ronco gruñido, y a continuación un
crujido de ramitas y un revuelo de hojas secas. Bran bajó la lanza y apuntó a
unos matorrales que estaban un poco más adelante y a la izquierda de nosotros.
Aguardamos sin movernos y de súbito apareció una jabalina de considerable tamaño
ofreciendo una clara diana. Los jabalíes no tienen buena vista, aunque sí oído
muy agudo y olfato muy fino. Pero no hacía viento y si permanecíamos muy
quietos podía ser que el animal se acercara más.
Aguardamos.
Dos pequeños jabatos, que debían de haber nacido
tan sólo hacía dos días, se unieron a su madre, y luego tres más; emitían
débiles ronquidos y correteaban bajo el vientre y entre las patas de la
jabalina, mientras ella husmeaba el sendero con el hocico pegado a la tierra.
Bran sacudió la cabeza lentamente; no podíamos
abatir la hembra y dejar a los jabatos sin madre, así que nos dispusimos a
darnos la vuelta para evitar
el encuentro, pues las hembras recién paridas,
recelosas de su prole, pueden mostrarse muy quisquillosas y no queríamos
asustarla. Pero cuando nos dábamos la vuelta, el matorral se movió y surgió un
jabalí enorme.
Parecía más sorprendido que furioso, porque se
detuvo en medio del sendero, movió la cabezota de un lado a otro para tratar de
localizar el motivo de su agitación y supongo que para prepararse a arremeter
contra nosotros. Eso nos dio tiempo a ponernos en guardia, y cuando el animal
atacó, avanzamos hacia él con las lanzas dispuestas. Con sorprendente velocidad
la fiera acortó la distancia que la separaba de nosotros. Sin embargo, nosotros
estábamos preparados y habíamos decidido cómo abatirlo; Bran lo golpearía en el
hombro y yo en las costillas.
El jabalí era un viejo y esforzado guerrero que
conocía muy bien su fuerza. Nos engañó en su primer ataque y en el último
momento se detuvo repentinamente, de tal modo que nos vimos obligados a tirar
de las riendas y a volver grupas para mantenerlo en medio de los dos. Con el
lomo encorvado y las cerdas erizadas sobre los hombros, el animal se quedó unos
instantes quieto entre las sombras, con la cabeza baja, los colmillos
relucientes y babeando mientras pateaba la hierba.
Bran y yo nos preparamos para una nueva acometida.
Me latían las sienes; sentía que me hervía la sangre ante el reto del viejo
jabalí. Sin esperar a que la fiera tomara la iniciativa, espoleamos los
caballos para abatirla mientras corría. Pero la bestia no se movió, sino que
permaneció donde estaba, aguardando. Cuando nuestras lanzas estaban casi sobre
él, echó a correr de pronto hacia la izquierda, hacia mí, presentando con su
enorme costado un perfecto blanco para mi lanza. Yo me eché hacia atrás para
disparar.
El jabalí debió de percibir mi movimiento, porque
hurtó el cuerpo y se lanzó contra mí. Mientras corría gruñendo ferozmente, sus
patas eran sólo un difuso borrón y sus colmillos un destello de blanco entre
las sombras. Me preparé para resistir el ataque pues había decidido dejar que
se acercara todo lo posible antes de disparar mi lanza. Bran se apresuró a
reunirse conmigo con la esperanza de propinarle un segundo golpe si el mío
fallaba.
De repente, se oyó un agudo chillido y aparecieron
en el sendero otros dos jabalíes. Por el rabillo del ojo los vi como dos
manchas corriendo a toda velocidad hacia mí. Bran soltó un sonoro grito de
sorpresa. Tiré violentamente de las riendas y las patas de mi caballo casi se
doblaron
mientras el animal se esforzaba por detenerse y
darse la vuelta en un mismo movimiento.
El primer jabalí se precipitó bajo las patas
delanteras del encabritado caballo. Me las arreglé para rechazar al otro de un
golpe cuando hacía amago de herir el flanco de mi corcel. Eché una rápida
mirada al animal cuando se hacía a un lado para evitar la lanza; era un
ejemplar joven que aún no había alcanzado la plena madurez: cuartos traseros
delgados y pecho poco desarrollado. Sin embargo, suplía con mucho la escasa
corpulencia con una asombrosa velocidad y bravura, porque apenas había pasado
por un lado cuando atacaba por otro.
Previne con un grito a Bran y vi por el rabillo del
ojo que la emprendía con el segundo animal con un rápido golpe de lanza. El
jabalí se derrumbó sobre el lomo pateando y luego salió huyendo entre quejidos.
Bran tuvo entonces un momento de respiro. Se
incorporó en la silla y pidió ayuda profiriendo unos gritos que atronaron el
bosque. Yo también intenté gritar, pero estaba demasiado apurado como para
hacerlo. El viejo jabalí había pasado junto a Bran como una exhalación y estaba
otra vez detrás de mí. Oí sus furiosos ronquidos mientras se lanzaba al ataque.
Me di la vuelta y le propiné una violenta y rápida lanzada. El proyectil lo
alcanzó en una zona musculosa encima de la corcova.
La lanza se ladeó y el astil se rompió en dos con
un sonoro crujido. Luego sólo sé que me encontré cayendo de costado al suelo.
Saqué la pierna del estribo y aterricé de un
tremendo costalazo; pero al menos la pierna no me había quedado atrapada bajo
el caballo. Me incorporé como pude y me apresuré a coger otra lanza sujeta en
mi derribada montura. Bran adivinó mi intención y me lanzó la suya, que se
clavó a dos pasos junto a mí. La cogí y me precipité hacia mi caballo. Así las
riendas y lo urgí a
que se levantara; aunque sangraba profusamente por
un corvejón, tenía la esperanza de que la herida no fuera grave.
–¡Llew! – gritó Bran.
En el preciso instante en que me volvía, la lanza
del Cuervo me pasó por encima del hombro y alcanzó oblicuamente al jabalí que
se había lanzado contra mí; fue suficiente para desviar su embestida. Yo
disparé a mi vez, pero fallé el blanco pues el salvaje animal hurtó ágilmente
el cuerpo echando espumarajos por el hocico.
Entonces oí detrás de mí un tremendo estrépito y al
darme la vuelta vi que
Alun y Emyr llegaban al galope en nuestra ayuda.
Ante la súbita aparición de los recién llegados, los cerdos se dieron la vuelta
y huyeron por el sendero de caza.
–¡Huyen! – gritó Alun, espoleando el caballo para
perseguirlos.
Emyr y Bran lo siguieron. Yo pasé el brazo por el
cuello de mi corcel y monté. Poco después galopaba tras ellos. Los jabalíes
huían ceñidos a un lado del sendero, protegiéndose así entre la maleza. Nuestra
única esperanza de cenar cerdo asado era perseguirlos hasta que llegaran a un
lugar abierto.
Preparamos las lanzas y acordamos la estrategia de
caza. Después, cuando casi habíamos dado alcance a nuestras veloces presas, el
sendero dibujó un recodo y nos encontramos de pronto en un soleado calvero
rodeado de zarzas. En el centro se alzaba un dolmen: tres piedras verticales
coronadas por una enorme losa a modo de tejado. El dolmen estaba rodeado por
una zanja poco profunda cubierta de hierba.
El jabalí viejo bajó la cabeza, atravesó el claro
esquivando el dolmen y se metió entre los matorrales del otro lado del calvero.
Su joven compañero, sin embargo, no fue tan astuto. El animal salvó la zanja y
desapareció tras el dolmen perseguido de cerca por Emyr. Alun y yo corrimos
hacia el otro lado para cortarle la retirada. Bran se quedó a la entrada del
calvero para evitar que el impetuoso jabalí huyera por donde habíamos llegado.
En cuanto nos vio al otro lado del dolmen, la fiera
continuó corriendo por segunda vez. Emyr le salió al encuentro y lo acosó.
Ahora nos tocaba a Alun y a mí. Pero el veloz cerdo correteó entre las piedras
y nos esquivó. Emyr gritó cuando vio aparecer al animal en su lado una vez más,
y yo vi entonces una borrosa mancha marrón que dibujaba una tercera vuelta
alrededor del dolmen.
Alun blandió la lanza mientras el jabalí aparecía
de nuevo ante nosotros. La lanza se clavó en el suelo justo delante del hocico
del animal. El cerdo emitió un asustado gruñido y buscó cobijo bajo el dolmen.
Lo vi escabullirse entre las sombras del megalito y
vislumbré su silueta recortada contra el verdor del otro lado. Luego, de
pronto, desapareció.
El jabalí se había desvanecido como por encanto. Lo
vi desvanecerse ante mis propios ojos; mejor dicho, lo vi y luego ya no volví a
verlo. El animal sencillamente se había evaporado -colmillos, cola, cerdas,
todo-dejando atrás tan sólo un gruñido.
Lo vi desaparecer y el estómago se me encogió; el
corazón me dio un
vuelco y me sentí desvanecer. La lanza se me
escurrió entre los dedos; intenté asirla pero me fallaron las fuerzas y el arma
cayó pesadamente al suelo.
–¿Dónde está? – gritó Emyr, mirando a Alun que
seguía inclinado sobre la silla lanza en ristre, preparado para dispararla.
Ninguno de los dos había visto cómo desaparecía el animal.
–¡Se ha escondido ahí! – repuso Alun señalando un
recoveco entre las piedras.
Con toda cautela, Emyr se acercó al dolmen y hurgó
con la lanza bajo la losa que coronaba el megalito, con la intención de hacer
salir al animal. Con temblorosos dedos, cogí las riendas, volví grupas y
abandoné el calvero. Al pasar junto a Bran, oí que me gritaba:
–¿Lo han matado? ¡Llew!
No respondí. Sobrecogido por el abrumador suceso,
no podía ni hablar.
Me limité a picar espuelas.
–¡Llew! ¿Qué ha ocurrido? – preguntó Bran,
inquieto.
Yo sabía muy bien lo que había ocurrido: el
entretejido de los mundos se había debilitado tanto que incluso un asustado
jabalí podía cruzar el umbral a plena luz del día. La balanza entre los mundos
se había desequilibrado; el Nudo Sin Fin se estaba desenmarañando. El Otro
Mundo y el mundo manifiesto que yo había abandonado se desplomaban uno sobre el
otro. El caos era inminente.
Me pareció percibir el crujido del vacío mientras
me alejaba del claro. Se me helaba el corazón… y la mano: en efecto, sentía que
mi mano de plata se me iba congelando en el extremo del brazo. Su helor se me
calaba hasta los huesos. Se me emborronaba la vista.
–¿Estás herido, señor? – oí que preguntaba a mis
espaldas el jefe de los Cuervos.
No le hice caso y seguí cabalgando…
Casi había llegado al límite del bosque cuando los
demás me dieron alcance. Estaban confusos ante mi reacción y decepcionados por
no haber cobrado pieza alguna. Ninguno de ellos dijo una palabra, pero percibí
su tácito asombro ante mi conducta. Regresamos al campamento sin cruzar palabra
y tras haber desmontado me dirigí a Bran:
–Ve a buscar a Tegid -le ordené mientras entraba en
mi tienda. Goewyn no estaba. Habría ido a alguna parte con Tángwen. Me senté en
el centro de la tienda sobre una piel de buey roja,
crucé las piernas, doblé los
brazos sobre el pecho e incliné la cabeza hasta
casi tocar con ella las rodillas. Aguardé mientras me iba invadiendo una marea
de desesperación; me pareció que sólo resistiría su acometida si no pensaba en
lo que había visto ni en su significado.
–Deprisa, Tegid -murmuré balanceándome lentamente
hacia atrás y hacia delante.
De este modo mantenía a raya la marea e impedía que
me tragara y me llevara lejos. No sé cuánto tiempo pasó, pero al fin oí un
rumor de pasos fuera e intuí la presencia de alguien a mi lado. Abrí los ojos y
alcé la cabeza.
Tegid me miraba con una arruga de preocupación en
la frente.
–Aquí me tienes, hermano -dijo con voz suave-. ¿Ha
ido bien la caza? Cerré los ojos otra vez y sacudí la cabeza. Como no le
respondí, el bardo
me preguntó:
–¿Qué ha sucedido? – Hizo una pausa-. Llew, dime,
¿qué ha sucedido?
Le tendí mi mano de plata.
–Está fría, Tegid. Como el hielo.
El bardo se inclinó y tocó con aire meditabundo el
metal.
–Eso parece -observó irguiéndose de nuevo-. Háblame
de la cacería. –Tres jabalíes -comencé con voz vacilante-. Nos proporcionaron
una
buena cacería. Los perseguimos en el corazón del
bosque. Uno escapó; seguimos a los otros dos hasta un calvero. Había un dolmen
rodeado por una zanja. Acosamos a uno de los cerdos en torno al dolmen y… y
desapareció.
–¿El dolmen?
Eché una rápida mirada al bardo para ver si me
estaba tomando el pelo.
–El jabalí. El jabalí desapareció. Vi cómo se
desvanecía y sé adónde fue.
–¿Lo vieron los demás? – preguntó Tegid.
–Eso es lo de menos… ¿no? – le espeté.
Tegid me miró fijamente.
–Yo he visto antes ese animal -le dije- Antes de
venir a Albión. Vi ese animal. Es como lo de los uros, ¿no te das cuenta?
Pero Tegid no se daba cuenta. ¿Cómo podía hacerlo?
Así que le expliqué lo de los uros…, los uros que habíamos perseguido durante
nuestra huida a Findargad y que habían desaparecido en un montículo, del mismo
modo que se había desvanecido el jabalí.
–Pero si lo matamos -protestó Tegid-. Nos comimos
su carne.
–¡Eran dos! – repliqué-. Uno desapareció y matamos
al otro. Esos uros
nos trajeron a Simon y a mí a Albión; mejor dicho,
el que acosamos fue el que nos trajo hasta aquí. Y el que perseguimos hoy es el
que vi antes de venir.
Tegid sacudió la cabeza lentamente.
–Te he escuchado, hermano, pero no acabo de
entender qué te inquieta - dijo-. Es mala suerte, pero…
–¡Mala suerte!
Tegid me miró unos instantes, luego se sentó frente
a mí y me dijo:
–Si quieres que te entienda, tendrás que explicarme
lo que significa todo esto.
Hablaba despacio pero había cierta crispación en su
voz; procuraba dominarse, pero le costaba un evidente esfuerzo.
–Significa -contesté cerrando otra vez los ojos-
que Nettles estaba equivocado. El equilibrio no se ha restaurado. El Nudo… el
Nudo Sin Fin sigue desenmarañándose.
12
EL REGRESO DEL REY
Aunque Tegid y yo estuvimos hablando largo y
tendido, fui incapaz de hacerle entender el significado de la desaparición del
jabalí. Probablemente no supe explicárselo bien, o al menos de una forma en que
pudiera entenderme. Parecía que ansiaba comprenderlo, pero mi explicación
adolecía de algún elemento crucial de persuasión. No fui capaz de que viera el
peligro que nos amenazaba.
–Tegid -dije al fin-, es tarde y estoy cansado.
Vayamos a comer alguna cosa.
Tegid coincidió en que era lo mejor que podíamos
hacer; se levantó con cierta dificultad y salió de la tienda. Hasta tal punto
mi mente se había impregnado de pesimistas presentimientos que me asombró la
belleza del crepúsculo: tonos rosas, carmesíes, cobres, granates y fucsias
teñían de esplendoroso resplandor un radiante cielo de color jacinto. Pestañeé
y me detuve unos instantes a admirarlo. La atmósfera estaba aún templada, sólo
una ligera y fresca brisa anunciaba la noche. Pronto aparecerían las estrellas
y contemplaríamos otro espectáculo casi del mismo esplendor.
Pese a tantos padecimientos, Albión sobrevivía.
¿Cómo era posible? ¿Qué la mantenía con vida? ¿Qué la sostenía al borde mismo
del cataclismo y del
desastre?
–¿Qué miras? – me preguntó Goewyn con voz dulce.
–Un milagro -respondí-. Contemplo todo esto y me
pregunto cómo es posible que perdure.
Al ver a Tegid salir de la tienda, Goewyn se había
apresurado a acudir a mi encuentro. Mientras el bardo y yo hablábamos se había
mantenido alejada de la tienda, pero ahora estaba ansiosa por enterarse del
motivo de la conversación.
–¿Tienes hambre? – me preguntó.
Tomando mi mano de carne entre las suyas, se
abstuvo de comentar que había estado esperando mucho tiempo, pero sus oscuros
ojos castaños revelaban la curiosidad que sentía.
–Lo siento -le dije-. No tenía intención de
excluirte. Tegid y yo estábamos hablando, podías haberte unido a nosotros.
–Cuando un rey y su bardo celebran consejo nadie
debe inmiscuirse repuso.
No había irritación alguna en su tono, y me di
cuenta de que, pese a la natural curiosidad que sentía, habría impedido a toda
costa que alguien nos interrumpiera.
–La próxima vez te haré llamar, Goewyn -dije-.
Perdóname.
–Estás inquieto, Llew -dijo poniéndome su fresca
mano en la frente y acariciándome los cabellos-. Ve a dar un paseo. Traeré
comida y te aguardaré en la tienda.
–No, ven a pasear conmigo. No quiero estar solo en
estos momentos. Paseamos un rato sin hablar. La silenciosa presencia de Goewyn
era un
bálsamo para mi torturado espíritu y comencé a
tranquilizarme. Cuando las estrellas comenzaban a surgir volvimos a la tienda.
–Ahora descansa. Haré que traigan algo de comer.
Contemplé cómo se alejaba y sentí que mi corazón
volvía a la vida; hasta tal punto amaba todas y cada una de las líneas de su
cuerpo.
Mi melancolía se desvaneció de súbito. Ante mí
estaban el amor y la vida, colmados y libres. Ante mí brillaba un alma como la
llama de un faro, y brillaba sólo para mí. Deseaba tomarla entre mis brazos y
estrecharla así para siempre.
«No me abandones nunca, Goewyn.»
Al entrar en la tienda encontré a Tegid y Bran
aguardándome. Tegid
también había llamado a Cynan. Habían sido
encendidas y dispuestas alrededor de la tienda velas de junco que proyectaban
una luz rosada en el interior. Cuando aparecí en la puerta, los tres
interrumpieron su conversación.
–No era necesario, Tegid -le dije al bardo.
–Estás inquieto, hermano -repuso el bardo-. Y como
no he sabido reconfortarte he traído a tus jefes de batalla para que te ayuden.
Les agradecí su presencia e insistí en que no
necesitaba su ayuda.
–Tengo a Goewyn para reconfortarme -les expliqué.
–Ha sido mala suerte que el jabalí se escapara -se
condolió Bran-. Pero mañana encontraremos otro.
–El sendero de caza está repleto de jabalíes
-añadió Cynan.
Sacudí la cabeza e intenté de nuevo explicarme.
–No se trata del jabalí. No me importa en absoluto.
Lo que me preocupa es lo que representa su repentina desaparición. ¿No os dais
cuenta?
Por la forma en que me miraban era evidente que no
se daban cuenta. Lo intenté otra vez.
–Nos acecha un grave peligro -dije- Existe un
equilibrio entre este mundo y el mío, y ese equilibrio ha sido perturbado. Creí
que al vencer a Siawn Hy y a Meldron se habría recuperado… Nettles también lo
creía así. Pero estaba equivocado, y ahora…
Me miraban sin entender e interrumpí mi discurso.
Los había vuelto a perder.
–Si nos acecha un grave peligro, pronto sabremos de
qué se trata sugirió Bran-. Y lo venceremos.
Hablaba como un guerrero.
–No se trata de un peligro de esa clase -repuse.
–Podemos vencer a cualquier enemigo -fanfarroneó
Cynan-. Que venga.
No existe adversario al que no podamos vencer.
–No es tan sencillo, Cynan -dije suspirando y
sacudiendo otra vez la cabeza-. Créeme, ojalá lo fuera.
Tegid, ansiando ayudar, observó:
–La profecía de la banfáith se ha cumplido en todos
sus detalles. Todo lo que ha sucedido y todo lo que aún tiene que suceder está
contenido en esa profecía.
–¿Lo ves? – corroboró Cynan con aire satisfecho-.
No tienes por qué preocuparte. Contamos con la profecía para ayudarnos si se
presenta algún
peligro. No hay motivo alguno de inquietud.
–No lo entendéis -dije cansadamente.
Era como si un golfo nos separara, un golfo tan
ancho y profundo como el que quizá separaba a los mundos. A lo mejor no había
modo de salvarlo. Si el profesor Nettleton hubiera estado allí, habría sabido
qué decir para hacerles entender. Nettles sabría lo que significaba aquello… ¿o
no? Se había equivocado respecto a mi permanencia en Albión; era evidente que
yo tenía aún algo que hacer allí. Pero entonces, a lo mejor estaba en lo
cierto; a lo mejor era mi presencia lo que estaba ocasionando el peligro.
Casi gemí de dolor por el esfuerzo que me suponía
intentar encontrar un sentido a aquel laberinto. ¿Por qué, oh, por qué era tan
difícil?
–Si somos incapaces de entenderlo -observó el
bardo-, guiémonos por la profecía.
Juntó las manos, se llevó la punta de los dedos a
los labios y exhaló un profundo suspiro. Luego cerró los ojos y salmodió con
reposada intensidad la profecía que me había confiado Gwenllian, la banfáith de
Ynys Sci.
Yo no necesitaba que me la recordaran; me la sabía
de memoria como si la llevara grabada en el corazón. Sin embargo, siempre que
oía las tremendas e implacables palabras de la banfáith sentía que una poderosa
e incomprensible fuerza me arrastraba… ¿quizás era el destino? No lo sé. Pero
era como si me encontrara en la playa a merced de la marea. Los
acontecimientos, como olas, se arremolinaban a mi alrededor y me arrastraban;
yo me resistía, nadaba contra la marea, pero al fin me arrastraban irremisiblemente.
Tegid dio fin a su recitación con estas palabras:
–Antes de que Albión sea una, debe ser realizada la
Hazaña Heroica y debe reinar Mano de Plata.
Cynan y Bran parecían inmensamente complacidos.
Bran asintió con aire de suficiencia y Cynan cruzó los brazos sobre el pecho
como si hubiera alcanzado una victoria.
–¡Mano de Plata ya reina! – declaró con orgullo-. Y
cuando el Cylchedd haya concluido, Albión será otra vez una, bajo la autoridad
del Aird Righ.
–Sin duda alguna -exclamó con entusiasmo Bran.
Yo no estaba convencido, pero había agotado mis
argumentos. En ese momento llegó Goewyn con una doncella que portaba nuestra
cena y decidí dejar de lado el asunto. Si algo iba mal, sin duda el profesor
Nettleton vendría
a avisarme, o se las apañaría de algún modo para
enviarme un mensaje. –Esperemos que así sea -asentí a regañadientes, y les
rogué que se
retiraran a sus tiendas a descansar.
–Estaremos alerta, señor -prometió Bran al
marcharse-. Es todo cuanto podemos hacer.
–Es cierto, Bran, muy cierto.
El Cuervo y Cynan salieron de la tienda seguidos
por Tegid, que, aunque parecía ansioso por decirme algo, se limitó a mirar a
Goewyn un instante y desearle buenas noches; luego se marchó dejándonos a solas
para que compartiéramos nuestro pan y mi tristeza.
–Come, esposo mío -me rogó Goewyn cariñosamente,
tendiéndome el plato-. Un hombre no puede pensar o luchar con el estómago
vacío.
Se me hizo la boca agua al oler la carne hervida en
espeso y especiado caldo. Cogí el plato con mi mano de plata, metí en él los
dedos y comencé a comer. Seguí dando vueltas en mi mente a las severas promesas
de la profecía y comí en silencio sin hacer caso de la presencia de Goewyn
sentada ante mí.
–Toma, amor mío -dijo ella al cabo de un rato
sacándome de mis meditaciones-. Para ti.
Alcé la mirada y vi que partía una pequeña hogaza
de pan moreno y me tendía sonriente la mitad.
Era un gesto sin importancia, cotidiano: me tendía
la mano como si quisiera desbaratar con un pedazo de pan los desconocidos
azares que nos preparaba el futuro; era un gesto humilde e insignificante
frente a la abrumadora incertidumbre que nos acechaba. Sin embargo, en aquel
momento era más que suficiente.
Al día siguiente reanudamos el viaje, y todo salió
tan bien como hasta entonces. No sucedió ninguna desgracia. La tierra no se
abrió bajo nuestros pies para tragarnos; el cielo no se derrumbó; el sol no se
desvió de su órbita. Y, cuando llegó la noche, surgió la luna y envolvió a la
tierra con su hermosa luz. Todo estaba, pues, como debía estar.
Al cabo de unos cuantos días, empecé a convencerme
de que la desaparición del jabalí era simplemente un último eco de la
perturbación desencadenada por Simon y Meldron; era un insignificante y aislado
suceso que no presagiaba ningún desastre. Albión estaba sanando de sus heridas,
sí, pero era una utopía esperar que todo volviera a la normalidad de la noche a
la
mañana. Sin duda, el proceso de curación sería
largo. Y al fin y al cabo, tal como daban a entender Tegid y Cynan, mi reinado
era el elemento primordial de esa recuperación. ¿Cómo podía pensar de otro
modo?
Ya había terminado maffar, la más dulce de las
estaciones, y estaba bastante avanzada gyd, la estación del sol, cuando pusimos
rumbo al norte. Me sentía muy satisfecho de haber realizado el recorrido, pero
más aún de haberlo terminado. Echaba de menos Dinas Dwr y a los amigos que se
habían quedado allí. Y ansiaba ver lo que se había realizado en mi ausencia.
Una vez terminado nuestro viaje por el sur, Cynan y
Tángwen se despidieron, pero no sin habernos prometido que irían a pasar el
invierno con nosotros en Dinas Dwr.
–Concedednos el placer de vuestra compañía. Nuestro
palacio es un establo comparado con el vuestro -les dije-. Y junto a la
chimenea hace tanto frío como en las cimas de las montañas nevadas. Pero será
menos terrible si consentís compartir nuestra comida.
–Mo anam -exclamó Cynan- ¿Esperas que rechace tan
generosa invitación? Ve llenando las copas, hermano… ¡Cynan Machae estará en el
umbral de tu hogar cuando el viento ulule en los tejados de troncos!
Así, Cynan y Tángwen regresaron a Dun Cruach y
nosotros nos encaminamos hacia San Cathmail. En cuanto hubimos emprendido el
regreso, mi impaciencia llegó al paroxismo. Me parecía que avanzábamos muy
despacio. Cada jornada transcurrida me parecía estar más lejos; a cada paso que
dábamos mi nostalgia aumentaba; me abrasaba como la sed en una garganta seca.
Hasta que el terreno no empezó a subir y vi brillar
las altas cimas en la azulada calima, no comencé a convencerme de que por fin
estábamos de vuelta. El día que divisé Môn Dubh no pude contenerme por más
tiempo. Me adelanté con Goewyn a la vanguardia de la comitiva y habría dejado
atrás a los demás si Tegid no me lo hubiera impedido.
–No puedes regresar de este modo -me dijo cuando
nos dio alcance-. Deja que tu pueblo se prepare para dispensarte una adecuada
bienvenida.
–Volver a ver Dinas Dwr es suficiente bienvenida
para mí -insistí yo-. Ya estaríamos allí si no nos hubieses detenido. Nos
adelantaremos. Que los demás lleguen cuando quieran.
El bardo sacudió la cabeza con firmeza.
–Un día más, y entonces entrarás en tu ciudad y
recibirás la bienvenida
que un rey merece. Enviaré a Emyr para que prepare
tu camino -insistió él prestando oídos sordos a mis protestas-. Hasta ahora
hemos observado el ritual en todos los detalles. Cumplámoslo hasta el final.
Goewyn se mostró de acuerdo con él.
–Sigue los sabios consejos de tu bardo -me rogó-.
Sólo es un día más, y a tu pueblo le complacerá enterarse con anticipación de
tu regreso, para poder recibirte como exige tu rango.
De este modo, Emyr fue enviado para anunciar
nuestra llegada y yo tuve que pasar una noche más en mi tienda. Como un niño la
víspera de una fiesta, estaba demasiado excitado como para poder dormir.
Acostado en el lecho daba vueltas sin cesar y acabé por levantarme y salir a
pasear mi inquietud.
Era noche cerrada, la luna brillaba en lo alto. El
campamento estaba silencioso. Oí el ulular de una lechuza y la respuesta del
macho a poca distancia. Miré hacia el sonido y vi una fantasmal silueta entre
las copas de los árboles. Las colinas circundantes se dibujaban suavemente
contra un cielo todavía salpicado de plata. Todo estaba sumido en las sombras y
el silencio… De pronto, me llamó la atención un pequeño detalle: un ligero
resplandor sobre la cima de una lejana montaña.
Miré con atención y tardé un momento en darme
cuenta de lo que era: una almenara. En ese preciso instante sentí un escalofrío
en mi mano de plata; una aguda y fría punzada.
Me volví para observar las colinas que quedaban a
mi espalda, pero no vi brillar respuesta alguna. Me pregunté qué indicaría
aquella señal y pensé levantar a Tegid del lecho para enseñársela. Pero el
resplandor de la almenara se desvaneció y con él mi certeza de haberla visto
realmente. A lo mejor no era más que el fuego del campamento de algunos
cazadores; o quizá Scatha había enviado exploradores al risco para que le
anunciaran nuestra llegada.
Recorrí el perímetro del campamento y me detuve a
hablar unos instantes con los centinelas que vigilaban los caballos, pero no
habían visto nada. Completé la inspección del campamento y regresé a la tienda.
Me acosté y me quedé dormido arrullado por la lenta y profunda respiración de
Goewyn.
Al día siguiente me desperté temprano, me vestí con
rapidez y procedí a contagiar a todos mi nerviosismo metiéndoles prisa.
Estábamos tan sólo a un día de Druim Vran y si nos apresurábamos podríamos
llegar al lago a la puesta de sol y cenar aquella noche en Dinas Dwr.
A mediodía divisé la oscura silueta de la Sierra
del Cuervo y pensé que
no íbamos a llegar nunca. Sin embargo, mientras el
sol comenzaba a ponerse lentamente por el oeste, entramos en la ancha llanura
que se extendía al pie de las montañas. La sombra del montículo del gorsedd se
alargaba en la llanura y la imponente mole de Druim Vran se elevaba hacia el
cielo.
En lo más alto del risco, el pueblo nos aguardaba
para darnos la bienvenida al hogar. Mi corazón se regocijó al verlo.
–Escucha -dijo Goewyn ladeando la cabeza-. Están
cantando. Estábamos aún muy lejos para entender las palabras, pero el canto
caía
desde lo alto del risco como una dulce lluvia. Me
detuve, me di la vuelta y grité a Tegid:
–¿Lo oyes? ¿Qué están cantando?
El bardo picó espuelas para reunirse conmigo, se
detuvo a mi lado y aguzó el oído; luego sonrió.
–Es La Bienvenida de Arianrhod -respondió-, la
canción que Arianrhod le canta a su amado cuando lo ve llegar en su ayuda
navegando sobre las olas.
–¿De veras? – pregunté- Nunca he oído contar esa
historia.
–Es una hermosa leyenda -comentó Tegid-. Algún día
te la cantaré. Levanté el rostro y escuché embelesado aquella alegre canción.
Nunca
habría podido imaginar que pudiera emocionarme
tanto el ver a mi pueblo en el risco entonando su bienvenida hacia el valle. Se
me llenaron los ojos de lágrimas; indudablemente, había vuelto a mi hogar.
13
EL MOLINO DEL AIRD RIGH
–¡Deprisa! ¡Deprisa! – gritó Goewyn adelantándome-.
Creí que estabas ansioso por llegar a casa.
Espoleé mi caballo y galopé tras ella. Goewyn llegó
al pie del risco antes que yo y sin aminorar la marcha emprendió la ascensión.
La seguí entre la nube de polvo y las piedrecillas que levantaban las pezuñas
de su corcel, pero no pude darle alcance. Llegó antes que yo a la cima del
risco, desmontó de un salto y me aguardó.
–Bienvenido a casa, oh rey -me dijo.
Pasé una pierna por encima del cuello de mi caballo
y desmonté. –Señora, exijo que me dé un beso de bienvenida -dije atrayéndola
hacia
mí.
El pueblo corrió a nuestro encuentro y muy pronto
nos vimos rodeados
por una multitud ansiosa de saludarnos.
¡Qué alegre bienvenida! El tumulto era sincero y
ruidoso, los saludos mareantes. Enseguida nos vimos arrastrados por un
verdadero remolino de bienvenidas. Scatha apareció entre la multitud, tendió
los brazos hacia su hija y la atrajo hacia ella con ternura; luego me abrazó
estrechamente y cogiendo mi mano y la de Goewyn nos contempló con ojos
brillantes y dijo:
–Bienvenidos, hijos míos, me alegro infinito de
veros.
Nos besó a ambos y nos abrazó de nuevo con los ojos
húmedos de emoción.
–Os he echado mucho de menos a los dos -dijo.
Luego, mirándonos fijamente a los ojos, preguntó: –¿Sólo sois dos?
–Por ahora todavía dos -respondió mi esposa.
–Bueno -concedió Scatha-, no por eso sois menos
bienvenidos. Todos los días me acordaba con nostalgia de vosotros.
La abrazamos otra vez mientras yo dirigía una
rápida mirada al crannog. –Ya veo que Dinas Dwr ha sobrevivido a nuestra
ausencia. –¿Sobrevivido? – voceó Calbha abriéndose paso entre el gentío, con
los
cuervos que se habían quedado pisándole los
talones-. ¡Hemos prosperado! ¡Bienvenido, Mano de Plata! – añadió asiéndome
ambas manos-. ¿Ha ido bien el viaje?
–Mejor imposible, Calbha -repuse- Hemos recorrido
todo el territorio.
Todo ha salido a la perfección.
–Esta noche celebraremos vuestro regreso -anunció
Scatha-. Ahora os aguarda en palacio la copa de bienvenida.
Gracias a la previsión de Tegid, Scatha y Calbha
habían tenido tiempo sobrado para preparar la fiesta de nuestro regreso.
Empujados por el alegre gentío, nos dirigimos a la ciudad del lago; a la dorada
luz del sol poniente Dinas Dwr me pareció una gema que brillaba en un vasto y
resplandeciente brazalete.
Una vez en la orilla, saltamos a los botes y
remamos deprisa hacia el crannog, donde nos aguardaban los que habían tenido
que quedarse en la ciudad para ocuparse de los preparativos.
En el momento en que saltamos de los botes
percibimos el aroma a carne asada. Dos bueyes y seis cerdos rezumaban grasa
sobre el carbón vegetal; fuera del palacio habían sido dispuestas tinajas de
cerveza y pellejos de
aguamiel. Al acercarnos, doce muchachas se
apresuraron a salir a nuestro encuentro portando copas de oro y plata.
–Bienvenido, poderoso rey -dijo una graciosa y
sonriente doncella tendiéndome una copa-. Has estado ausente del hogar mucho
tiempo. Bebe y descansa -añadió con dulzura, y mi corazón se derritió al oírla.
Cogí la copa, me la llevé a los labios y bebí un
trago del dulce y dorado néctar. Estaba aromatizado con anís y sentí su caricia
en mi lengua y su calor en mi garganta. Tras afirmar calurosamente que era la
mejor bebida que jamás hubiera probado, le pasé la copa a Goewyn. Después de
que hubiera bebido el rey, fueron distribuidas el resto de copas, vasijas y
jarras; luego dio comienzo la fiesta.
Nadie se sentía más feliz que yo por haber
regresado a casa. Contemplé satisfecho la abarrotada sala y los rostros
radiantes de cuantos se habían quedado. Era mi pueblo, yo era su rey. Sentí que
en verdad estaba de vuelta en mi hogar, que me habían echado de menos y que
estaban muy contentos con mi regreso.
Hasta que no me encontré en palacio, saboreé el
aromatizado aguamiel y oí las aclamaciones de mi pueblo, no capté plenamente la
sabiduría de Tegid al proponerme el viaje. Al recorrer el territorio como rey,
había incrementado mi majestad. Ahora pertenecía a aquella tierra, formaba
parte de ella en cuerpo y alma. De forma ancestral y mística, el viaje unía mi
espíritu con Albión y con su pueblo. Sentí que mi alma se ensanchaba hasta
abarcar a cuantos me rodeaban y me acordé de cuantos había conocido durante mi
recorrido. Con la misma intensidad con que amaba a los que estaban junto a mí,
amaba también a los ausentes. Todos eran mi pueblo y yo era su rey.
Vi a Tegid a cierta distancia con una vasija en las
manos, rodeado de sus mabinogi. Al darse cuenta de que lo estaba mirando bajó
la vasija y sonrió. El astuto bardo sabía muy bien lo que había ocurrido. Sabía
muy bien el efecto que el viaje y aquella bienvenida producirían en mi alma. Me
sonrió por encima del recipiente, lo alzó y bebió un trago. Oh, sí, claro que
lo sabía.
Goewyn me entregó otra vez la copa, yo la alcé
hacia Tegid y bebí de nuevo. Luego brindamos Goewyn y yo. Garanaw, que se había
quedado para ayudar a Scatha a entrenar a los jóvenes guerreros, se acercó a
saludarme como a un hermano. Bebimos juntos y luego me vi embarcado en una
prolongada ronda de brindis, a la salud de todos los amigos a quien hacía tanto
tiempo no había visto.
Luego trajeron la comida: montañas de panes y
pasteles, crujientes pedazos de carne asada, humeantes calderos llenos de
puerros, calabacines y coles. Fue un banquete espléndido: comimos a la luz de
las antorchas, rodeados por la oscuridad y el calor de la noche.
Cuando acabamos de cenar, Tegid pidió su arpa y nos
dejamos llevar por la música. La melodía sin igual que el bardo arrancaba de
las cuerdas convertía la bóveda celeste en una vasta Copa de Adivinación, llena
a rebosar con el agua oscura de todas las posibilidades y en la que cada
estrella brillaba como una tentadora promesa. Rompía el alba cuando finalmente
nos retiramos a descansar y nos abandonamos al sueño de la felicidad.
Pocos días después se marchó Calbha, ansioso de
regresar a sus territorios de Llogres y establecerse allí con su pueblo antes
de que llegara sallen. Yo no envidiaba la dura tarea que le aguardaba y cuidé
de que se llevara abundantes provisiones de grano y aguamiel, y cerdos, ovejas
y vacas con los que comenzar a criar nuevos rebaños. Le di todo lo necesario
para pasar el primer invierno y nos separamos con votos deeterna amistad y
promesas de visitarnos a menudo. Él y los supervivientes de su tribu emprendieron
la marcha con una docena de carros repletos de provisiones, herramientas y
armas.
Como Calbha había dicho, Dinas Dwr había prosperado
durante nuestra ausencia. Los cultivos y los rebaños habían medrado, la gente
había prosperado y se sentía feliz. El horror desencadenado por Meldron, el
Salvaje Sabueso, se iba desvaneciendo y con él la corrupta abominación de su
reinado.
Tras haber llevado a cabo el Cylchedd por mis
territorios, no me hacía a la idea de sentarme en mi trono y contemplar
tranquilamente cómo iban pasando los días; en efecto, ansiaba más que nunca
llegar a ser un buen rey. Mientras los días calurosos iban transcurriendo, me
preguntaba una y otra vez qué podía hacer en beneficio de mi pueblo. ¿Qué podía
regalarles?
Mi bardo me sugirió que les regalara la prudencia
de un sabio gobierno, pero yo quería algo más tangible: una obra de ingeniería
como un puente o una carretera; pero ninguna de las dos cosas me parecía
realmente adecuada. Si era una carretera, ¿adónde iría? Si era un puente,
¿sobre qué lo tendería?
Estuve pensando un par de días tratando de dar con
algo práctico que proporcionara un buen servicio a mi pueblo. Y, por
casualidad, una mañana en que paseaba entre los cobertizos y los talleres a la
orilla del lago, oí el
lento y pesado chirrido de una rueda. Miré hacia
allí y vi a dos mujeres inclinadas sobre una enorme rueda doble de piedra. Una
de ellas daba vueltas a la piedra superior con un bastón, mientras la otra iba
derramando grano seco por el agujero de en medio. Al darse cuenta de que las
estaba mirando, ambas me saludaron.
–Por favor, continuad -les dije-. No quiero
interrumpiros.
Ellas reanudaron su tarea y yo observé el duro
proceso. Vi sus esbeltas espaldas inclinadas y sus brazos tensos por el
esfuerzo de hacer girar la pesada rueda. Era un duro trabajo para conseguir un
alimento que se consumiría inmediatamente, y al día siguiente habría más grano
que moler. Cuando acabaron, las mujeres recogieron la harina de la piedra y
utilizaron una escobilla de paja para barrer las partículas más pequeñas y
meterlas en un saco. Luego me dijeron adiós y se marcharon. Pero, tan pronto
como se quedó libre la piedra, aparecieron otras dos mujeres, cogieron grano
del almacén y procedieron a molerlo.
No era, desde luego, una faena nueva en Dinas Dwr.
Se venía realizando de la misma manera desde tiempos inmemoriales,
probablemente desde que la primera cosecha fue recogida y secada. Pero era la
primera vez que yo la presenciaba y me daba cuenta del esfuerzo físico que
suponía. Y así, de pronto, se me ocurrió lo que podía regalar a mi pueblo. Les
regalaría un molino.
¡Un molino! Algo verdaderamente sencillo y
rudimentario, pero una auténtica maravilla si jamás se había tenido uno. Y
nadie lo había tenido. Según tenía entendido, jamás había habido un molino en
Albión. Al pensar en el tiempo y los esfuerzos que se ahorrarían, me maravillé
de que no se me hubiera ocurrido antes. Después del molino, ya se me ocurrirían
otras cosas quizá más sofisticadas. El molino era sólo el principio, pero era
un proyecto tan bueno como el que más para comenzar.
De vuelta al crannog llamé a mi sabio bardo.
–Tegid -le dije-, voy a construir un molino. Y tú
me ayudarás.
Tegid me miró con expresión escéptica y se mordió
el labio inferior.
–Ya sabes -le expliqué-, un molino… con piedras
para moler el grano.
Me miró un tanto asombrado, pero se mostró de
acuerdo en que, al menos en principio, construir un molino era una buena idea.
–No, no me refiero a un par de piedras de moler
movidas a mano. Las piedras de mi molino serán mucho más grandes.
–¿Cómo de grandes? – preguntó entrecerrando los
ojos.
–Enormes. ¡Inmensas! Lo suficientemente grandes
para moler en pocos días las reservas de grano de toda una estación. ¿Qué te
parece?
Mi respuesta pareció confundirle aún más.
–Un proyecto en verdad ambicioso -repuso-. Sin
embargo, no puedo dejar de pensar que será muy difícil mover unas piedras de
moler tan grandes. ¿Estás sugiriendo que las muevan bueyes?
–No -le dije-, nada de bueyes.
–Menos mal -comentó con cierto alivio-. Los bueyes
tienen que ser alimentados y…
–Estoy sugiriendo que las mueva el agua.
–¿Agua?
–Exactamente. Será un molino de agua.
Un asombro indecible se pintó en su rostro. Yo me
eché a reír. Cuando se disponía a abrir la boca para protestar, yo me adelanté:
–Es un invento muy sencillo de mi mundo. Pero
funcionará igualmente aquí. Te mostraré lo que quiero decir.
Me arrodillé y saqué mi cuchillo. Dibujé unas
líneas en el suelo y comencé a explicárselo:
–Esto es el arroyo que desemboca en el lago. Y esto
es el lago -añadí dibujando un amplio círculo.
Tegid estudió los trazos y asintió.
–Ahora veamos -dije dibujando un cuadrado en el
arroyo-. Si construimos una presa aquí…
–Si construimos una presa aquí, el arroyo inundará
el prado y el agua no llegará al lago.
–Es cierto -asentí-. A menos que el agua tenga
forma de sobrepasar la presa. Mira, construiremos un vertedor con una estrecha
abertura y lograremos así que el agua fluya despacio… por una rueda giratoria.
Una rueda con paletas.
Dibujé una rueda con paletas planas e indiqué con
la mano cómo el agua empujaría las paletas y haría girar la rueda.
–Así. ¿Lo entiendes? Y la rueda giratoria va unida
a la piedra de moler - añadí entrelazando los dedos para evocar el engranaje
giratorio.
–Y al girar la rueda gira también la piedra de
moler -asintió Tegid con perspicacia.
–Eso es.
El bardo frunció el ceño mientras examinaba con
atención el dibujo.
–Supongo que sabes cómo hay que construirlo -dijo
al fin.
–Desde luego -afirmé con seguridad-. Bueno, así lo
creo.
–Es una verdadera maravilla que me gustaría mucho
ver -observó Tegid-. Pero ¿no hará que el pueblo se vuelva perezoso? – se
apresuró a preguntar frunciendo el ceño.
–No te preocupes, hermano. El pueblo tiene mucho
que hacer aunque no tenga necesidad de moler a mano el grano. Confía en mí.
Tegid se irguió.
–Muy bien. ¿Cómo vas a hacerlo?
–Primero hay que elegir el lugar apropiado para
construir el vertedor repuse poniéndome en pie y guardando el cuchillo en el
cinto- Para eso necesitaré tu consejo.
–¿Cuándo quieres empezar?
–Ahora mismo.
Abandonamos el crannog y caminamos por la orilla
del lago hasta el lugar donde el arroyo que fluía bordeando el risco
desembocaba en el lago. Luego remontamos la corriente hacia Druim Vran; de vez
en cuando nos deteníamos y Tegid estudiaba el terreno. En un lugar
aproximadamente a medio camino del acantilado, donde el arroyo emergía de entre
abruptos bancales en el límite de los bosques que cubrían las laderas de Druim
Vran, el bardo se detuvo.
–Aquí -dijo golpeando el suelo con su vara-. Este
es el lugar que juzgo más apropiado para tu molino.
A mí me parecía poco prometedor.
–No hay sitio para el vertedor -comenté.
Había imaginado una represa plana y tranquila, con
truchas jugueteando entre la moteada umbría… no aquel escalonado desnivel de
montaña.
–Resultará fácil hacer la presa del molino -adujo
Tegid-. Hay cerca toda la madera y piedra que se necesite, y es precisamente
aquí donde el agua comienza a precipitarse hacia el lago.
Estudié la corriente del arroyo; observé las
boscosas laderas y las penas de los bancales. Tegid tenía razón; era el lugar
más apropiado para el molino. Lo había imaginado de forma muy distinta, pero la
configuración del terreno nos proporcionaba la ventaja de poder aprovechar la
fuerza de la gravedad
para hacer girar la rueda del molino, y además allí
sería menos difícil impedir que el agua inundara el prado. Me pregunté admirado
qué sabría el astuto bardo de cosas como la gravedad y la energía hidráulica.
–Tienes razón, Tegid. Es el lugar ideal.
Construiremos nuestro molino aquí.
Aquel mismo día comenzaron las obras. Primero
ordené que se limpiara el lugar de maleza. Mientras lo hacían, busqué el modo
de dibujar mi proyecto y me decidí por una afilada rama de pino y una tablilla
de amarillenta cera; luego procedí a enseñar a mi maestro de obras, un hombre
llamado Huel Gadarn, el funcionamiento de los molinos de agua. Era un hombre
tan rápido como inteligente; unos cuantos trazos en la tablilla fueron
suficientes para que entendiera no sólo la forma, sino el concepto de lo que estaba
dibujando. El único aspecto del ingenio que le resultó misterioso fue la manera
en que la fuerza de la rueda se transfería a las gigantescas piedras de moler;
pero tal dificultad se debía más a mi escasa habilidad para esbozar el
engranaje que a su inteligencia.
Después construimos una maqueta con ramas, cortezas
y arcilla. Cuando estuvo terminada, comprobé con profunda satisfacción que Huel
había entendido perfectamente los complejos mecanismos del proyecto. No había
duda de que, pese al tiempo y a la inclinación del terreno, Huel podría
construir el molino. Podíamos ponernos, pues, manos a la obra.
Una vez el lugar estuvo despejado de maleza,
comenzamos a cavar para construir la presa. Pero entonces comenzó a llover.
Pasé el primer día de lluvia dibujando varios
proyectos de engranajes. El segundo comencé a pasear nerviosamente de un lado a
otro. El cuarto día, que amaneció tan gris y húmedo como los anteriores, seguía
paseando nerviosamente y maldiciendo la lluvia. Goewyn me soportó todo lo que
pudo, hasta que al fin perdió la paciencia y me informó de que ningún
engranaje, por complicado que fuera, merecía la irritación y el nerviosismo que
yo le estaba causando, y me instó a que me marchara a pasear a otra parte.
Pasé el resto del día en el palacio, escuchando
insulsas conversaciones y muriéndome de ganas por ir a ver las obras.
Afortunadamente, el día siguiente amaneció claro y despejado y por fin, con
gran contento por parte de Goewyn, pudimos empezar a excavar los cimientos de
la nueva maravilla de Albión: el Molino del Aird Righ.
14
INTRUSOS
La Rueda del Año fue girando lentamente a través de
los largos y calurosos días de maffar. Comenzó rhylla con su brillante
esplendor, pero los dorados días y las frescas noches se fueron apagando. Los
vistosos colores se desvanecieron y la tierra se fue marchitando bajo un cielo
frío y ventoso y una lluvia profusa y helada.
Nuestras cosechas, tan abundantes el ano anterior,
producían menos de lo esperado por causa de la lluvia. Día tras día
contemplábamos el cielo esperando una mejoría en el tiempo, y unos cuantos días
de sol que nos permitiera secar el grano. Pero el grano empezó a pulirse antes
de que lo hubiéramos acabado de cosechar. No era un desastre, gracias a la
abundancia de la última cosecha, pero no por ello dejaba de ser una decepción.
La construcción del molino iba muy despacio y yo me
mostraba más y más inquieto. Con la inminente amenaza de los helados dedos de
sollen, ansiaba que las obras progresaran todo lo posible, antes de que la
nieve nos impidiera proseguir. A veces, si no llovía mucho, ordenaba que los
trabajos siguieran. A medida que los días se acortaban, aumentaba mi
nerviosismo y mi exigencia. Incluso hice que se colocaran antorchas y braseros
para poder trabajar de noche.
Por fin Tegid se decidió a intervenir; me abordó
una noche en que regresaba temblando tras haber pasado todo el día bajo la
lluvia.
–Has conseguido mucho -me dijo-, pero no tires
demasiado de la cuerda. Mira a tu alrededor, Mano de Plata; los días son cortos
y hay poca luz. ¿Cuánto crees que falta para que el cielo empiece a dejar caer
la nieve? Es hora de que descanses.
–¿Y abandonar el molino? ¿Abandonar todo lo que
hemos hecho? Tegid, estás diciendo sandeces.
–¿Es que te he dicho que abandones algo? – me
espetó-. Puedes reemprender las obras en cuanto gyd aclare los cielos otra vez.
Ahora es época de descanso, placer y pasatiempos en el hogar.
–Unos cuantos días más de trabajo no le harán daño
a nadie, Tegid.
–Es peligroso no hacer caso de las estaciones
-repuso con brusquedad.
–Habrá tiempo sobrado para haraganear junto al
hogar, no temas.
Al dirigirme al lugar de las obras al día
siguiente, lamenté esas palabras.
Habíamos trabajado duro, muy duro; pero habíamos
emprendido la construcción del molino muy avanzado el verano, y ahora el tiempo
se nos echaba encima. Era un absurdo pretender que los hombres trabajaran entre
la oscuridad, la humedad y el frío y yo era un loco por exigírselo.
Peor aún, me estaba convirtiendo en un tirano:
exigente, insensible, obsesivo y opresivo. Mis buenos deseos de ahorrar a mi
pueblo el trabajo de moler a mano, no habían conseguido más que aumentar el
trabajo de todos. Mi sabio bardo tenía razón. El tradicional ritmo de las
estaciones, la
sucesión de trabajo, distracción y descanso,
equilibraba la balanza del sagrado entretejido de la vida. Yo había ido
demasiado lejos y era hora de que enmendara mi error.
El día había amanecido seco, el sol era débil pero
brillante; el viento del este arrastraba el fresco aroma de la nieve. Sí,
decidí al llegar al lugar de las obras, había llegado el momento de interrumpir
el trabajo para pasar el invierno. Desmonté e inspeccioné las obras mientras
aguardaba la llegada de Huel y sus obreros.
Pese a los continuos retrasos, habíamos hecho
verdaderos progresos en la construcción del molino: una presa poco profunda
había sido cavada y bordeada de piedras; habían sido echados los cimientos de
piedra y troncos para levantar el molino. En primavera, extraeríamos de la
cantera las enormes piedras de moler, las colocaríamos en su sitio y
levantaríamos la casucha del molino. Construiríamos la rueda y luego le
añadiríamos los fustes y los engranajes. Si todo iba bien, calculé, el molino
podría moler su primer grano para la cosecha del año próximo.
Sumido en estas meditaciones, vagué entre las
excavaciones y poco a poco capté un peculiar sonido, débil y lejano, pero
perceptible en el límpido aire del otoño: era un lento y rítmico golpeteo, como
si cayeran a intervalos piedras sobre la tierra. Más aún, me di cuenta de que
hacía rato que lo estaba oyendo.
Eché una rápida ojeada al sendero del risco pero no
vi a nadie. Me quedé inmóvil y agucé el oído. Pero el sonido se había
desvanecido. Intrigado, monté a caballo y cabalgué ladera arriba internándome
en el bosque. Me detuve a escuchar, pero sólo capté el silbido del viento en
las desnudas ramas.
Al volver la cabeza, creí oír el apagado rumor de
unos apresurados pasos en el sendero, pero el viento se llevó enseguida su eco.
Me enderecé en la silla y grité:
–¿Quién es?
Aguardé. No hubo respuesta alguna y grité aún más
fuerte:
–¿Quién está ahí?
Aflojé las riendas y avancé despacio entre tupidos
pinos y me encontré en uno de los muchos senderos que conducen a la cresta del
risco. Seguí el camino, llegué a la cima y bordeé la cresta del acantilado. De
pronto, topé con una huella en la húmeda tierra. Era reciente, pues no la había
borrado la lluvia de la noche; seguí explorando y encontré otras que se
internaban en el bosque.
Me aparté del sendero y avancé cautelosamente hacia
el borde del risco; no tardé mucho en encontrar un enorme montón de leña: ramas
caídas y troncos derribados del bosque habían sido apilados en el mismísimo
borde del acantilado. Habían escogido muy bien el lugar pues los árboles lo
hacían invisible desde el sendero, pero en cambio se cernía sobre el valle que
se abría abajo. No se veía a nadie, así que desmonté y me acerqué a la pila de
leña.
Había muchas huellas y al examinarlas con atención
observé que pertenecían a personas distintas. El inmenso tamaño del montón de
troncos me dejó atónito. Era un trabajo de muchos días… o de muchas manos.
Fuera como fuese, no me gustaba. Un intruso había levantado una almenara en el
mismísimo umbral de nuestra casa.
Me alejé de la almenara y monté de un salto. Cogí
las riendas, espoleé a mi caballo, bordeé la almenara y recorrí al galope la
cresta, hasta un lugar desde donde se podía ver ambas vertientes del risco: a
un lado el valle con sus campos pardos y el lago de color gris pizarra, en
medio del cual se levantaba el crannog; al otro lado, el túmulo junto al río y
la ancha extensión de la llanura.
Exhalé un suspiro de alivio con los dientes
apretados. Casi había esperado ver la enorme hueste de Meldron inundando el
valle. Pero todo estaba tranquilo y silencioso.
Aun así, estuve unos instantes mirando y
escuchando. Se deslizaron las nubes y emborronaron la luz. Una fría y neblinosa
lluvia comenzó a caer del encapotado cielo. El viento la arrastraba en
remolinos. Me alejé del precipicio y emprendí el descenso hacia el lago. Casi
había llegado al sendero que conduce a la orilla, cuando me topé con los
hombres que acudían a trabajar en las obras del molino.
–Volved junto a vuestras familias -les dije-. Ha
comenzado sollen; es hora de que descanséis.
Los hombres parecieron aliviados al oírme. Por eso
me sorprendió que Huel protestara ante mi decisión.
–Señor -me rogó-, permítenos trabajar un día de
modo que podamos dejar las obras preparadas para resistir las nevadas que se
avecinan. Nos ahorraremos así mucho trabajo cuando el sol vuelva a brillar y
reanudemos el trabajo.
–Muy bien -asentí-. Haz lo que juzgues necesario.
Pero a partir de mañana el trabajo queda interrumpido hasta gyd.
Dejé que continuaran su camino y regresé al
crannog. Tegid estaba en la sala junto a la chimenea y envié a Emyr en busca de
Bran. El bardo captó enseguida mi agitación.
–¿Qué ha sucedido? – preguntó.
Tendí las manos hacia el fuego. Mi mano de plata
destelló a la luz de las llamas y la de carne empezó a entrar en calor. Miré la
resplandeciente plata, fría y tersa como un pedazo de hielo al final de mi
brazo. ¿Por qué estaba tan helada?
–Llew… -dijo Tegid posando una mano en mi hombro.
–Hay una almenara sobre el risco. – Me volví hacia
él. La mirada de sus oscuros ojos era intensa, pero no mostraba ninguna otra
señal de inquietud-. En la cresta, justo encima del molino.
–¿Viste a alguien?
–Ni un alma. Pero oí un ruido…, supongo que lo
hacían al arrojar la madera sobre la pila de leña. Y vi huellas: eran al menos
tres hombres, quizá más. Alguien ha estado trabajando con verdadero ahínco,
Tegid.
Bran compareció en ese momento y le repetí lo que
acababa de decirle a Tegid. El bardo se quedó mirando fijamente las llamas,
acariciándose la barbilla. Bran frunció el entrecejo mientras me escuchaba y
cuando hube acabado de hablar dijo:
–Reuniré a los guerreros y registraremos los
bosques y el risco. Si las huellas son frescas, no pueden estar muy lejos.
Encontraremos a los que han construido la almenara y los traeremos ante ti.
El Bardo Supremo seguía con los ojos clavados en
las llamas. Bran aguardaba una respuesta.
–Sí -le dije-. Reúne a los guerreros. Empezaremos
por la almenara.
Tegid alzó la cabeza.
–Tú no debes ir -dijo suavemente.
Estaba a punto de replicarle, pero él sacudió
levemente la cabeza; no le gustaba contradecirme en presencia de Bran.
Recordando la discusión que habíamos sostenido sobre la conveniencia o no de
que un rey persiguiera a los criminales, comprendí su gesto y me contuve.
–Prepara a los hombres -ordené a Bran, y le indiqué
dónde estaba exactamente la almenara-. Puedes empezar por allí.
El jefe de los Cuervos asintió e hizo ademán de
marcharse; yo lo retuve cogiéndolo de la manga.
–Encuéntralos, Bran. Persíguelos y tráemelos. Me
gustaría saber quién ha levantado la almenara y por qué.
Poco después, la voz de Bran resonó en la sala
llamando a los hombres que había elegido para que lo acompañaran. Unos veinte
guerreros abandonaron el palacio inmediatamente entre especuladores murmullos.
Me dirigí de nuevo a Tegid y le dije:
–Cabalgaré con ellos sólo hasta la almenara.
El bardo desvió la mirada del fuego y me contempló
con aire escéptico.
–¿Qué estás pensando? – le pregunté.
–Has dicho que era una almenara -dijo-. ¿Por qué?
–Reconozco una almenara a simple vista, hermano.
–No lo dudo -se apresuró a replicar-. Pero
supusiste que la había levantado un enemigo.
–¿Es que tú no lo crees así?
–Creo que no me lo has contado todo.
No había alzado la voz, pero su forma de mirar era
inquietante y acusadora.
–Si hay algo más que yo deba saber, dímelo ahora
mismo -me urgió. –Te he contado todo lo que sé…, tal como ha sucedido -comencé
a decir. El bardo me interrumpió con una mueca de impaciencia. Yo lo miré
fijamente. ¿Por qué se comportaba de aquel modo?
–¡Piensa!
–¡Estoy pensando, Tegid!
Mi voz resonó con violencia en la sala. Me tragué
las palabras y cerré la boca. ¿Por qué supuse que se trataba de un enemigo? Una
almenara es una señal levantada para ser vista desde muy lejos; una almenara
es… Miré mi
mano de plata que casi tocaba las llamas y la sentí
todavía helada. Y de pronto, recordé la última vez que había sentido el mismo
helor…
Alcé los ojos y dije:
–Tienes razón, Tegid. Hace mucho tiempo que ocurrió
y lo había olvidado. No le di importancia.
–A lo mejor estabas en lo cierto. Cuéntamelo ahora.
Le hablé entonces del resplandor que había visto la
noche en que acampamos en la llanura, al pie de Druim Vran.
–Lo siento, hermano -añadí cuando hube acabado mi
relato-. Debería habértelo dicho entonces. Pero al día siguiente llegamos a
casa y supongo que imaginé que la almenara había sido encendida con motivo de
nuestro regreso; y hasta ahora no había vuelto a recordarlo.
–Esa no es la verdadera razón por la que no me lo
contaste -repuso él en tono terminante-. Dejaste que la impaciencia te
obnubilara el entendimiento. En tu ansia por volver a ver Dinas Dwr te negaste
a creer que algo podía ir mal; inconscientemente te lo ocultaste a ti mismo y
me lo ocultaste a mí.
Mi Bardo Supremo era en verdad muy astuto.
–Lo siento. No volverá a suceder.
Rechazó mi disculpa con un gesto de impaciencia.
–A lo hecho pecho.
–Así pues, ¿crees que nos han estado vigilando
desde que regresamos?
–¿Tú no?
–Lo creo probable.
–Yo estoy seguro.
–Pero ¿por qué?
–Lo averiguaremos cuando Bran regrese con esos
espías.
Así que nos dispusimos a esperar y la espera se me
hizo muy larga. Deseaba estar con mis hombres enfrentándome cara a cara con
aquella amenaza, en lugar de permanecer sentado en palacio sin hacer nada. Pasó
un día y luego otro. Yo guardaba para mí mis negros presentimientos. Como el
tercer día transcurría sin noticia alguna de nuestros rastreadores, me atreví a
comunicar mi creciente inquietud a Tegid.
–Ya deberían estar de vuelta. Hace tres días que se
marcharon.
El bardo no se molestó en alzar la vista del cesto
de hierbas que estaba clasificando.
–¿No has oído lo que te he dicho?
–Te he oído -dijo dejando de examinar las hierbas y
alzando la cabeza.
Era evidente que también él estaba inquieto por la
tardanza de Bran.
–¿Qué quieres que te diga? – me preguntó al fin.
–Seguramente les ha pasado algo. Deberíamos salir
en su busca.
–Son veinte guerreros escogidos -comentó el bardo-.
Bran se basta y se sobra para salir airoso de cualquier encuentro. Dejémoslo en
sus manos.
–Tres días más -consentí yo-. Si para entonces
continuamos sin noticias, saldré en su busca.
–Si para entonces continuamos sin noticias -asintió
el bardo-, podrás salir en su busca; y yo te acompañaré.
De todos modos, al día siguiente cabalgué hacia
Druim Vran para comprobar si se veía algo desde la cresta del risco. Aunque
hacía frío, el día estaba claro y las nubes eran blancas y altas. Goewyn
cabalgaba a mi lado; aunque recorrimos un buen trecho de la cima hacia el este,
no vimos absolutamente nada.
Antes de emprender el descenso, nos detuvimos para
que los caballos descansaran. Nos sentamos sobre una peña que se cernía sobre
el valle; el viento helado nos azotaba el rostro; yo eché el manto por encima
de los dos y atraje hacia mí a Goewyn mientras contemplábamos cómo la niebla
fluía por la ladera de las colinas e iba cubriendo la cañada.
–Deberíamos regresar, o Tegid soltará a los
sabuesos tras nuestras huellas.
Pero seguimos sin movernos, extasiados ante el
espectáculo del valle inundado por la espesa y grisácea niebla. Empezaba a
oscurecer y pese al deleite que me proporcionaba la proximidad y tibieza de
Goewyn, me decidí a levantarme.
–Pronto anochecerá -dije-. Regresemos a casa.
–Mmmm -suspiró Goewyn, encogiendo las piernas pero
sin ponerse aún de pie.
Me acerqué a los caballos, los desaté y cogí las
riendas.
–¡Llew! – exclamó Goewyn en un tono que me obligó a
volverme al instante.
–¿Qué pasa?
–Algo se mueve ahí abajo, junto al río… Entre la
niebla.
En tres zancadas estaba a su lado escrutando la
borrosa cañada. –No veo nada -dije-. ¿Estás segura?
Ella extendió el brazo señalando un punto.
–¡Allí! – exclamó con la mirada clavada en aquel
lugar.
Miré hacia donde me indicaba. La niebla se despejó
un tanto y vi tres sombras avanzando por la orilla del río. No pude discernir
si iban a pie o a caballo. Vi sólo tres oscuros bultos informes moviéndose… y
luego, de repente, la niebla los ocultó otra vez.
–Vienen hacia aquí -dije-. Vienen hacia Druim Vran.
–¿Crees que se trata de Bran y sus hombres?
–No sé. Pero algo me dice que no es Bran… ni
ninguno de sus hombres.
–¿Quién, entonces?
–Habrá que averiguarlo.
Le tendí la mano y la ayudé a que se levantara.
–Regresa a toda prisa a Dinas Dwr y alerta a Tegid
y a Scatha. Diles que reúnan un grupo de guerreros e indícales adónde deben
dirigirse.
Goewyn me sujetó los brazos.
–¿Vas a bajar?
–Sí, pero sólo para echar una ojeada a nuestros
visitantes -dije acariciándole la mano-. No te preocupes, no voy a hacerles
frente. Vete ahora mismo… y deprisa.
No le agradaba la idea de dejarme solo, pero me
obedeció. Yo me asomé de nuevo a nuestra atalaya y escruté el valle. Vislumbré
otra vez la silueta de los intrusos junto al río y luego la niebla volvió a
ocultarlos.
Monté a caballo y recorrí la cima por donde
habíamos venido; como el camino era alto, aún quedaba bastante luz como para
ver a considerable distancia, pero Goewyn no tardó en desaparecer de mi vista.
Cabalgué hasta encontrar el sendero que conducía a la cañada y emprendí el
descenso; a medio camino del valle me vi envuelto en el remolino de la niebla.
Continué adelante casi a ciegas; cuando llegué
abajo me detuve a escuchar. Todo estaba mortalmente tranquilo, la oscuridad
neblinosa amortiguaba cualquier sonido; sin embargo, estaba seguro de que si
había algo que oír lo oiría claramente.
Inmóvil en la silla, permanecía tenso aguzando el
oído para captar cualquier esporádico ruido. Al cabo de un rato, oí el ligero
tintineo de las bridas de un caballo y la sorda trápala de unas pezuñas
avanzando despacio. La niebla me impedía calcular la distancia, pero no
parecían estar demasiado cerca. Alcé las riendas y obligué a mi corcel a que
avanzara despacio, sin
hacer ruido.
Sin embargo, apenas había avanzado diez pasos
cuando la niebla se hizo jirones y vislumbré a un jinete que venía hacia mí. Un
sudor frío me recorrió el cuello y la espina dorsal.
Nos separaba la distancia de una lanzada. Me
detuve. Quizá no me había visto.
El jinete se acercó; lo vi alzar los ojos del
camino y clavarlos en mí. Su rostro era poco menos que una sombra bajo la
capucha de su manto. Tiró de las riendas y detuvo su caballo. Gritó algo por
encima del hombro a los compañeros que lo seguían. Oí su grito, agudo y
urgente, pero no distinguí las palabras.
El viento arrastró de nuevo la niebla y el jinete
desapareció de mi vista. Pero en el preciso instante en que la niebla me lo
ocultaba, creí ver que volvía grupas y retrocedía.
Desenvainé la espada que pendía de mi silla, tomé
aliento y grité con todas mis fuerzas:
–¡Alto! ¡Quédate donde estás!
Por toda respuesta oí el rápido galope del caballo
al alejarse. Empuñando la espada y deseando haber cogido además una lanza y un
escudo, cabalgué cautelosamente hasta el lugar
donde el jinete había desaparecido. Naturalmente, ya no estaba allí y además
apenas podía distinguir nada a un paso. Aguardé un rato y, como no oí nada más,
decidí regresar al sendero del risco y esperar a Scatha y a los demás. De ese
modo, podría vigilar el sendero por si los jinetes trataban de llegar hasta
allí dando un rodeo para evitarme.
Volví grupas, llegué al lugar donde el sendero
empieza a empinarse hacia el risco y me dispuse a esperar. La luz del día se
había desvanecido por completo y un tenebroso crepúsculo se había adueñado de
la cañada. La niebla y la oscuridad no tardarían en hacer dificultoso, si no
imposible, seguir a caballo. Sin duda los intrusos contaban con ello. Me
consoló en cierto modo la idea de que lo que era difícil para uno también lo
era para los otros. Cualquier cosa que me ocultara a mí, ocultaría también a los
demás; yo estaba tan protegido por la niebla como ellos.
Esperé observando y escuchando. No sé cuánto tiempo
pasó, pues la niebla se arremolinaba y espesaba como lana empapada embotando
todos mis sentidos; pero, poco a poco, comencé a imaginar que volvía a oír
ruido de
caballos, aunque a causa de la niebla no sabía en
qué dirección se aproximaban.
Podía tratarse de los guerreros que acudían a
reunirse conmigo, pensé, pero no tenían tiempo de haber salvado la cima del
risco y mucho menos de haber descendido. Probablemente, los invasores se habían
decidido a avanzar convencidos de que yo me había marchado.
Escuchando con todas las fibras de mi cuerpo y
reteniendo el aliento, aguzaba el oído en las tinieblas para captar cualquier
indicio que me señalara por dónde se acercaban. El sonido de los caballos fue
aumentando a medida que acortaban la distancia. Yo movía la cabeza de un lado a
otro, alerta al más mínimo movimiento.
Entonces, aparecieron entre la niebla tenues
esferas de luz… Eran antorchas, dos antorchas a unos veinte pasos de distancia.
Cogí crispadamente la espada y grité:
–¡Alto! ¡Ni un paso más!
Los invasores se detuvieron al instante. Las
antorchas se quedaron inmóviles en el aire; no podía distinguir a los que las
portaban, pero oía los resoplidos de los caballos y el crujir de las bridas.
Como aún no quería mostrarme ante ellos, continué
hablándoles desde donde estaba.
–Tranquilos, amigos -les dije-. Si os traen deseos
de paz, sois bienvenidos. Pero si pretendéis luchar, seréis mejor recibidos en
cualquier otra parte. ¡Desmontad!
Transcurrieron unos minutos de silencio antes de
que los intrusos replicaran. Oí el impaciente golpe de una pezuña y luego una
voz:
–Somos hombres de paz. Pero no acostumbramos
obedecer órdenes de alguien a quien no podemos ver.
–Y yo no acostumbro recibir viajeros espada en mano
-repuse con firmeza-. Quizás ambos nos encontramos en desacostumbradas
situaciones. Por eso te aconsejo prudencia.
En medio del silencio oí el chisporroteo de las
antorchas. Luego la misma voz dijo:
–¿Llew?
15
LA RIQUEZA DE UN NIÑO
–¿Cynan?
Oí una apagada orden y el movimiento de un jinete
al desmontar…, pasos rápidos que se acercaban… De pronto la robusta y cuadrada
silueta de Cynan surgió entre la niebla. Sus cabellos, su bigote y su manto
estaban perlados de gotas de niebla y abría los ojos desmesuradamente.
–¡Clanna na cù! – murmuró con el alivio pintado en
el rostro-. ¡Llew! ¿Eres tú, hermano? ¡Mo anam, hombre! – añadió mirando
alrededor-. ¿Estás solo?
–¡Salud, Cynan! – dije envainando la espada y
saltando de la silla. Di dos pasos y nos abrazamos-. Me alegro de verte.
–Una extraña bienvenida, si es que de una
bienvenida se trata. Se volvió hacia los que lo acompañaban, unas diez
personas, que
aguardaban en silencio.
–¡Tángwen! ¡Gweir! ¡Es Mano de Plata en persona
quien ha venido a recibirnos! – exclamó.
–Si hubiera sabido que eras tú -le dije-, habría
dispuesto miles de antorchas para iluminarte el camino.
–¿Quién creías que era? – preguntó, pero la
preocupación dejó pronto paso al asombro-. ¿Y quién te crees que eres para
salir solo al camino, retando a los viajeros a punta de espada?
Le conté lo de los intrusos que Goewyn y yo
habíamos visto en el valle y le pregunté si había visto a alguien.
–¿Que si he visto a alguien? – bromeó señalando con
un amplio gesto la niebla-. No podría haber reconocido ni siquiera mi propia
cara delante de mí, desde que nos internamos en el valle. ¿Crees que vale la
pena buscarlos?
–Nunca los encontraremos entre esta niebla. Vamos
-dije dirigiéndome a mi caballo-, el fuego arde en el hogar y las copas de
bienvenida nos aguardan. Vayamos a calentarnos y a brindar por tu llegada.
Monté de un salto; Cynan me miraba fijamente.
–¿Qué pasa? ¿Has renunciado a la bebida?
–¡Eso jamás! – exclamó apresurándose a volver junto
a su caballo. Gritó una orden a sus acompañantes y yo volví grupas y los
precedí en el
camino de regreso. No habíamos cabalgado mucho rato
cuando nos topamos con Scatha, Goewyn y una treintena de guerreros portando
antorchas.
Nos detuvimos y les explicamos lo sucedido. Después
de que Goewyn y Scatha hubieran saludado a Tángwen y a la comitiva, continuamos
la marcha.
La niebla se fue despejando a medida que
ascendíamos por el risco y aclaró del todo en cuanto llegamos a la cima, aunque
el cielo seguía oscuro. Iba a ser una noche muy negra, sin luna ni estrellas.
Hablé unos instantes con Scatha y decidimos establecer una vigilancia de
treinta hombres en grupos de tres a lo largo del acantilado para impedir que
los intrusos intentaran cruzar Druim Vran al abrigo de la noche.
Luego reanudamos el regreso al crannog y al
palacio. Tegid nos aguardaba junto al fuego.
–¡Salud, Cynan Dos Torques! ¡Salud, hermosa
Tángwen! – exclamó en cuanto entramos.
La sala estaba repleta y todos celebraron con
alegría la llegada de Cynan. El bardo lo abrazó cariñosamente y luego se volvió
hacia Tángwen. Ella inclinó la cabeza limitándose a tenderle las manos.
–Saludos, Tegid Tathal -dijo sonriendo; pero su
sonrisa, al igual que su saludo, carecían de auténtica efusión.
Capté ese detalle, pero enseguida trajeron la copa
de bienvenida rebosante de cerveza. La cogí, la puse en las ávidas manos de
Cynan y ya no volví a pensar en la extraña reacción de Tángwen. Cynan bebió un
largo trago y luego, limpiándose la boca y el bigote con la manga, le pasó la
copa a su mujer. Ella bebió y se la entregó a Gweir, el jefe de batalla de
Cynan.
–Gracias -dijo Tángwen en voz baja.
–Te he echado de menos, amiga mía -dijo Goewyn
quitándose el empapado manto. La abrazó y ambas mujeres se besaron.
–Me alegro mucho de verte -repuso Tángwen-. Hace
tiempo que esperaba este día.
Acercó las manos al fuego, pero noté que todavía
mantenía una actitud rígida, como si estuviera helada. Los rigores del viaje,
sin duda…, el frío y el mal tiempo la habían desquiciado.
–Habríamos llegado hace horas -comentó Cynan-, pero
la niebla nos hizo perder tiempo. Sin embargo, no me importaba pasar otra noche
en el camino.
–Bueno, ahora ya estás aquí -le dijo Goewyn a
Tángwen quitándole el manto-. Ven conmigo, te daré ropa seca.
Las dos mujeres se retiraron, dejándonos junto a la
chimenea para que nos secáramos.
–¡Ah, qué bien se está aquí! – suspiró Cynan-.
Empezaba a pensar que no íbamos a llegar nunca.
–Había olvidado que veníais -le confesé.
Cynan echó atrás la cabeza y soltó una alegre
carcajada. –Acabo de comprobarlo, desde luego. ¡Mano de Plata en persona
vigilando el sendero espada en mano para retar a
cuantos llegaran! Pero hombre, ¿no viste que era yo?
–Evidentemente, si hubiera visto que eras tú, Cynan
-repuse-, habría dejado que te perdieras en la niebla.
–¡La niebla! ¡No me la menciones siquiera! –
exclamó poniendo los ojos en blanco.
–Debe de ser tremenda, si acobarda al famoso Dos
Torques -comentó Tegid.
–Eso es precisamente lo que quería decir. Esa
maldita niebla nos ha acorralado durante días. Casi estaba a punto de darme la
vuelta. Pero luego pensé en vuestra excelente cerveza y me dije: «Cynan Machae,
¿por qué malgastar la estación de las nieves en tu seco palacio, solo y
abandonado, cuando…?».
–Cuando puedes beber la cerveza de Llew -rematé yo.
Cynan me dirigió una ofendida mirada.
–Tal pensamiento jamás pasó por mi mente -me
regañó-. Afloraba tu amistad, hermano, no la compañía de tus tinajas. Aunque,
ahora que lo dices, tu cervecero es un gran hombre. – Alzó la copa y bebió un
largo trago-. ¡Ah! ¡Verdadero néctar!
–Yo también te he echado mucho de menos -le dije-.
¡Sláinte, Cynan Dos Torques! – añadí a la vez que alzaba la copa en señal de
brindis.
La apuré hasta el fondo, aunque a decir verdad ya
estaba casi vacía, y ordené que la llenaran otra vez. Uno de los mabinogi de
Tegid acudió corriendo con una jarra.
–Me agradaría oír alguna buena noticia acerca de
tus cosechas comentó Tegid mientras llenaba la copa.
–Y a mí me agradaría contártela si pudiera -repuso
Cynan, sacudiendo lentamente la cabeza-. Fatal… ésa es la palabra. No pudimos
cosechar a su hora por la lluvia. Y perdimos mucho. Si no fuera por la
abundancia del año pasado, no tendríamos ni para sembrar.
–Lo mismo nos ha ocurrido a nosotros -le dije-. Un
buen año que acaba mal.
Nos fuimos pasando la copa, mientras charlábamos de
lo que había
sucedido desde la última vez que nos habíamos
visto. Goewyn y Tángwen se reunieron con nosotros. Tángwen se había puesto ropa
seca y se había peinado. Tenía un aspecto relajado; la tensa rigidez de antes
había desaparecido y parecía la de siempre.
Nos sentamos a la mesa donde habían sido dispuestos
los manjares. Comenzamos a comer y noté que las dos mujeres charlaban felices
durante la cena. Su forma de hablar y reír me trajo a la memoria el recuerdo de
Goewyn en compañía de sus hermanas. Goewyn había crecido en estrecha
camaradería y amistad con Govan y Gwenllian, y desde que las dos habían muerto
no había tenido una amiga.
Scatha entró en la sala y se acercó a mí para
hablarme en privado.
–Ya se ha organizado la guardia -me informó-. Si
alguien trata de cruzar el risco, lo sabremos de inmediato.
No se comentó nada más sobre el incidente y yo no
volví a pensar en ello. La sala estaba caliente e iluminada, tanto más cuanto
que Cynan había llegado, y la conversación era sumamente agradable. Así que
procuré alejar de mi mente a los intrusos.
Tampoco recelé ningún peligro cuando al día
siguiente Goewyn y Tángwen salieron a cabalgar. Los centinelas habían vigilado
toda la noche y el risco permanecía despejado de niebla; no habían visto ni
oído nada. Y cuando en el valle se aclaró la niebla no se encontró ninguna
huella. Así que olvidé el asunto.
Bran y la Bandada de Cuervos regresaron aquel mismo
día. Los centinelas los vieron entrar en el valle y se apresuraron a
anunciarnos su vuelta. Tegid, Scatha, Cynan y yo cabalgamos a su encuentro;
aunque volvían sucios y rendidos del viaje, estaban de muy buen humor.
–¡Salud, Bran Bresal! – grité ávido de noticias-.
Espero que hayas tenido una buena cacería.
–Fue una excelente cacería -repuso el jefe de los
Cuervos-, pero no pudimos acorralar la pieza.
–Mala suerte -comentó Tegid-. ¿Qué pasó?
–Encontramos un rastro que se alejaba del valle
-explicó Bran-. No fue difícil seguirlo. Pero, aunque lo seguimos tan rápido y
tan lejos como nos fue posible, no divisamos en ningún momento a los que lo
habían dejado.
–¿Cuántos eran? – pregunté.
–Tres hombres a caballo, señor -respondió Alun
Tringad, que estaba
cubierto de barro.
–Contádnoslo todo ahora -sugirió Tegid- Así no
habrá necesidad de hablar en palacio.
–Muy bien -repuso Bran-. Pero hay poco que contar.
Nos explicó a continuación que habían seguido el
rastro hacia el este, hacia la costa, y que lo perdieron en la playa rocosa.
Habían recorrido la costa hacia el norte y hacia el sur un buen trecho, sin
encontrar de nuevo el rastro ni ver señal alguna del invasor; por eso habían
decidido regresar.
–Esperaba traeros mejores noticias, señor -me dijo
Bran.
–Habéis regresado sanos y salvos -dije-. Me siento
más que satisfecho. Los días fueron acortándose y haciéndose más fríos y
oscuros, como si
sollen los estrujara y apretara con helada garra.
Pero el palacio seguía cómodamente caldeado y animado por el sonido del arpa y
el calor de la amistad. Jugábamos y escuchábamos viejas leyendas; comíamos,
bebíamos y nos divertíamos llenando las frías y largas noches de risas y luz.
El lago se heló y los niños del crannog jugaban
sobre el hielo. En uno de esos raros días en que el sol resplandece en el azul
del cielo como una reluciente gema, fuimos a observar los juegos de los
jóvenes. Unos cuantos habían afilado tiras de huesos y se las habían atado a
los buskins. Los rudimentarios patines se deslizaban a la perfección y todos
aplaudíamos al ver las piruetas de los intrépidos patinadores.
Cynan, cautivado por el espectáculo, se metió en el
helado lago y se dejó camelar para calzarse unos patines. Sus movimientos eran
tan cómicos que los demás lo imitamos deseosos de ganarle, si no en habilidad,
por lo menos en comicidad. Al cabo de un rato había más patinadores que
espectadores.
Nos deslizábamos sobre el hielo cayéndonos e
improvisando estúpidas posturas. Un grupo de jovencitas rodearon a Goewyn y le
rogaron que se pusiera unos patines. Ella se dejó convencer, se ató las tiras
de hueso a los pies y tendiéndome la mano exclamó:
–¡Cógeme! ¡Quiero volar!
Yo la cogí de la mano y la arrastré por la
resbaladiza pista batida por el viento; ella reía con las mejillas y los labios
enrojecidos por el río y con los rubios cabellos y el manto al viento. Sus
risas y las de los demás patinadores, como surgidas de una pródiga y soleada
fuente, se alzaban a los cielos como un himno al esplendoroso día.
Una y otra vez dimos vueltas y vueltas
deteniéndonos sólo para recobrar
aliento y caer el uno en brazos del otro. El sol se
reflejaba en el lago de plata y hacía que las cimas de las montañas nevadas
destellaran como diamantes. El corazón dolía al ver, al sentir tanta belleza y
tanta alegría.
Las piruetas de Cynan, adornadas con ruidosas y
espectaculares caídas, duraron todo el día. Reíamos tanto que las lágrimas se
deslizaban por nuestras mejillas. Sin embargo, no pude evitar notar que de
todos los que habían acudido a mirar, sólo Tángwen rehusó unirse al jolgorio.
Permanecía en el embarcadero con los brazos cruzados bajo el manto y una
expresión sombría en el rostro.
–Me parece que hay alguien que no aprueba nuestra
diversión -le susurré a Goewyn mientras la ayudaba a levantarse de su última
caída.
Siguiendo mi mirada, Goewyn vio a su amiga sola en
el embarcadero.
–No -dijo despacio-, es algo más.
–¿Lo sabes?
Ella cogió mi mano y la apretó.
–Ahora no. Más tarde -dijo acercando su rostro al
mío.
Luego me echó los brazos al cuello y me atrajo
hacia ella.
–Ven.
La franqueza de su tono despertó mi curiosidad. Le
brillaban los ojos y en sus labios bailaba una encantadora sonrisa.
–¿Qué? ¿De qué se trata? – le pregunté suspicaz-.
¿Qué me estás ocultando?
–Bueno, no lo podré ocultar por mucho tiempo. La
riqueza del rey está aumentando. Muy pronto todos lo sabrán.
Me soltó y se llevó la mano al vientre.
–¿Riqueza? ¿La riqueza de un niño?
Ella se rió de mi sorpresa.
–¡Un bebé! ¡Vamos a tener un bebé! – exclamé.
La abracé estrechamente y luego la solté para no
estrujar la tenue vida que crecía en su vientre.
–¿Cuándo? ¿Hace mucho que lo sabes?
–Bastante -respondió ella-. Estaba aguardando el
momento oportuno para decírtelo, pero… bueno, hace un día espléndido y no he
podido aguardar más.
–Oh, Goewyn, te amo.
La cogí en brazos y la besé largamente.
–Te amo y estoy muy contento de que no esperaras
más. Voy a decírselo
a todos… ahora mismo.
–¡Shhh! – siseó ella, poniéndome los dedos en los
labios-. Todavía no.
Deja que sea nuestro secreto durante unos días.
–Pero quiero decírselo a todos.
–Por favor… sólo unos días.
–En el solsticio, pues -sugerí-. Se celebrará una
fiesta como la del ano pasado, cuando se casaron Cynan y Tángwen. Y en plena
fiesta se lo comunicaremos a todos. ¿Lo sabe alguien más?
–Nadie -me aseguró-. Tú eres el primero.
–¿Cuándo será…? Me refiero al nacimiento. ¿Cuándo
nacerá el niño? Goewyn sonrió, me abrazó, me besó y apoyó su mejilla en mi
cuello. –Todavía tendrás esposa por algún tiempo. El niño nacerá en maffar…,
antes del Lugnasadh, creo.
–Una buena época para venir al mundo -declaré-.
Goewyn, es maravilloso. ¡Te quiero tanto!
–Shhh -me advirtió-. Todos te están oyendo.
Se deslizó hacia atrás sobre los patines de hueso.
Luego me tendió las manos y me llamó:
–Ven, amado mío. Te enseñaré a volar.
Y volamos mientras la luz se iba apagando. Corto
pero esplendoroso, el día se desvaneció rápidamente, como una chispa que prende
en medio de la oscuridad. Iluminó nuestros corazones con su hermoso resplandor
y luego sucumbió ante las tinieblas de la noche.
Mientras el sol se hundía tras las cimas de las
montañas festoneando el cielo con destellos rosas y escarlatas, unas cuantas
estrellas empezaron a brillar en el este. La noche tendía su manto sobre
Albión. Deslumbrado por el amor de Goewyn, yo veía la oscuridad pero no la
reconocía.
Aquella noche abandonamos temprano la sala. Goewyn
cogió mi mano y me llevó hasta el lecho, cubierto de mantas y pieles para
abrigarnos del frío. Se desató el cinturón, se despojó de la túnica y se quedó
quieta ante mí.
Cogió una copa que había dejado junto a la chimenea
y bebió sin dejar de mirarme.
Su cuerpo, acariciado por la luz de las velas de
junco, era como una visión de suaves, redondeadas y armónicas curvas,
seductoras y tentadoras en su dulce delicadeza. Se acercó, extendió un brazo,
me desabrochó el cinto y lo dejó caer. Luego me atrajo hacia ella; yo sentí el
calor de su cuerpo en el
mío. Cogiendo un mechón de sus cabellos, le hice
levantar la cabeza y la besé en la boca. Saboreé el calor del aguamiel en su
lengua y la pasión me encendió como una llama. Y me abandoné a su calor.
Compartimos el aguamiel y aquella noche hicimos el
amor para celebrar el nacimiento de nuestro hijo. Al día siguiente Goewyn
desapareció.
16
LA BÚSQUEDA
Me desperté temprano, pero Goewyn ya se había
levantado y vestido. Se acercó al lecho, se inclinó y me besó diciéndome:
–No quería despertarte.
–¿Qué haces? – pregunté, cogiéndola de la mano y
atrayéndola hacia mí-.
Ven a la cama… venid los dos.
–Prometí salir con Tángwen -repuso.
–Oh -bostecé-. ¿Adónde vais?
–A cabalgar.
–¿Y vas a dejar abandonado a tu esposo en este frío
y solitario lecho? Ven aquí y espera al menos a que salga el sol.
Ella se echó a reír y me besó otra vez.
–No tardará en hacerse de día. Duérmete, y déjame
marchar.
–No -dije alzando la mano y acariciándole el
cuello-. Nunca permitiré que te marches.
Ella acarició con los labios mi mano y luego la
tomó entre las suyas y me besó la palma.
–Tángwen me está esperando.
–Ten cuidado, amor mío -le advertí mientras se
marchaba.
Me quedé en la cama un rato; luego me levanté, me
vestí rápidamente y salí. La negrura del cielo se estaba tiñendo de un gris
azulado y las estrellas se iban apagando; allá en el este, sobre las montañas,
el cielo se adornaba con rayas de color sangre, como arañazos sobre una pálida
carne. No había nadie en el patio; el humo de las cocinas se alzaba en una
blanca y esbelta columna. Me estremecí de frío y crucé el patio a toda prisa.
El palacio estaba silencioso, pero algunas personas
se habían levantado y se afanaban de un lado a otro. Habían avivado el fuego y
me acerqué a la chimenea para entrar en calor. No había ni rastro de Goewyn y
Tángwen; sin duda, tenían la intención de desayunar cuando regresaran del paseo
a caballo.
Garanaw, ya levantado, me saludó y charlamos un
rato hasta que sacaron del horno las tortas de avena y las trajeron humeantes a
la sala. Nos sentamos a la mesa y no tardaron en reunirse con nosotros Bran,
unos cuantos Cuervos madrugadores y algunos hombres del séquito de Cynan.
También apareció poco después el propio Cynan, saludando ruidosamente a todos y
ocupando su lugar en el banco. Las tortas estaban calientes y sabrosas y las
regamos con rica cerveza negra.
Comenzamos a hablar de caza y todos coincidimos en
que un día empleado en la persecución de un ciervo o un jabalí sería una
jornada bien aprovechada.
–La cena resultará más sabrosa si hay caza -declaró
Cynan.
–Y disfrutaremos más de la caza si hay apuestas -se
apresuró a apostillar Alun Tringad.
–¿Me engañan mis oídos? – se preguntó jocosamente
Cynan-. ¿Alun Tringad está ofreciendo su oro?
–Si eres capaz de traer un ciervo mayor que el que
yo consiga, te entregaré complacido parte de mi oro.
–Me avergonzaría despojarte de tu tesoro tan
fácilmente -bromeó Cynan-Y nunca lo haría si no fuera aconsejable darte una
lección de humildad.
–Entonces apostemos -le dijo Alun-, y escojamos a
los hombres que deben acompañarnos. Cuanto antes salgamos, antes disfrutaré de
mis ganancias. A decir verdad, ya siento el peso de tus brazaletes de oro en mi
brazo.
–A menos que esperes adormecerme con tus vacías
fanfarronadas repuso Cynan-, te demostraré enseguida lo que es un cazador digno
de su renombre. Por tanto, te recomiendo que eches una última mirada a tu oro.
Alun se puso en pie y llamó a sus hermanos los
Cuervos.
–Hermanos -les dijo-, ya he aguantado demasiado la
estúpida charla de este arrogante sujeto. Demostrémosle lo que pueden conseguir
los verdaderos cazadores y decidamos ahora cómo vamos a repartirnos sus
tesoros.
Cynan también se puso en pie.
–Llew, cabalga conmigo, hermano -me dijo, y llamó
luego a los de su séquito-. Vamos, amigos, la caza aguarda y también una buena
cantidad de oro.
Luego se fijó la hora del regreso.
–A la puesta de sol nos reuniremos en el patio
-sugirió Alun.
Cynan se mostró de acuerdo.
–Y el penderwydd de Albión decidirá quién de los
dos es el ganador…, aunque no será necesario, pues será de sobra evidente cuál
de los dos es el cazador más hábil.
–Cierto, cierto -asintió Alun-. Será muy fácil
discernirlo.
Eché una rápida mirada a mi alrededor pero Tegid no
estaba en la sala. No importaba, habría tiempo para hablar con él cuando
regresáramos de la cacería. Rudos vozarrones atronaron el palacio mientras se
cruzaban apuestas, se fijaban ventajas y se acordaban cantidades. Devoramos las
últimas tortas de avena, salimos en tropel del palacio y cruzamos a toda prisa
el lago helado para dirigirnos a los establos en busca de los caballos.
Ensillamos y entre amistosas pullas cabalgamos a lo largo de la helada orilla.
Cynan y yo abríamos la marcha, siguiendo las
huellas que Tángwen y Goewyn habían dejado sobre la nieve. A medio camino del
bosque, la senda se alejaba de la orilla y se dirigía hacia el risco. Pero
nosotros seguimos la orilla del lago hacia los senderos de caza, en las
laderas. Tan pronto como nos encontramos en el bosque nos dividimos: la partida
de Alun tomó una dirección, y la de Cynan, otra.
El sol se alzaba sobre las cimas de las colinas y
el día era espléndido. Había nieve en los senderos de caza, pero gracias a los
árboles no era demasiado espesa. Vimos rastros de muchos animales, pero como
hacía días que no nevaba, era imposible saber cuáles eran recientes y cuáles
antiguos.
Nos desperdigamos por el sendero y nos internamos
en el silencioso santuario del bosque, con las lanzas apoyadas en los muslos
mientras nos abríamos paso entre el sotobosque. Las sombras de los árboles
dibujaban un enrejado azul sobre la endurecida nieve. El aire frío me
hormigueaba en la piel de las mejillas, la nariz y la barbilla. Me arrebujé en
el manto para aprovechar el calor de mi caballo. El radiante sol, el cielo azul
y la compañía de hombres valientes prometían un espléndido día de caza.
Dejé que los compañeros más ávidos de caza se
pusieran en cabeza y me rezagué para disfrutar del paseo a caballo. Seguimos el
largo sendero de caza que iba ascendiendo hacia el risco; al cruzar un
arroyuelo avistamos un ciervo rojo escondido tras un arbusto de endrino. Los
perros lo hubieran acosado gustosos, pero Cynan quería una presa mayor y los
obligó a regresar al sendero. Poco después su paciencia se vio recompensada con
el descubrimiento del rastro fresco de un pequeño rebaño de ciervos.
–Está todavía caliente -estaba diciendo uno de los
hombres de Cynan cuando me uní a ellos.
–Bien -exclamó Cynan-. Estad alerta. La presa está
muy cerca. Continuamos a buen paso y no tardamos en avistar los ciervos: tres
hembras y un macho enorme. Esta vez no retuvimos a
los perros y, en cuanto resonó el grito de caza, se lanzaron tras la presa. El
ciervo miró a los perros con sus enormes e inescrutables ojos negros, luego
alzó su majestuosa cabeza y bramó para avisar a su pequeño clan.
Las hembras alzaron las colas y desaparecieron de
un salto tras unos arbustos. Sólo entonces el ciervo emprendió la huida. En vez
de tratar de abrirnos paso entre la espesura, dejamos que los perros se
adelantaran y nos lanzamos en persecución de la presa.
¡Qué magnífica persecución! El viejo ciervo
demostró ser un astuto oponente y nos llevó por un largo e intrincado sendero
que atravesaba espesas arboledas, ascendía por el escarpado risco y después
descendía otra vez para desembocar en una pineda. Lo acorralamos contra una
peña al pie del acantilado. Las hembras habían escapado y el ciervo estaba casi
muerto de cansancio. Aun así, se revolvió para hacernos frente.
El sol, pálido y apagado en el horizonte, era casi
tan pequeño como una luna, cuando acabamos de atar al ciervo a unas angarillas
y emprendimos el regreso. Nos habíamos alejado considerablemente en nuestra
febril persecución. Estábamos cansados y helados pues el sudor había empapado
nuestras ropas, pero nos sentíamos satisfechos de nuestra caza y estábamos
seguros de ganar la apuesta. Cuando salimos del bosque y cogimos el sendero que
bordeaba la orilla del lago, nos dio la bienvenida el hermoso y majestuoso
espectáculo de un cielo lavanda y dorado en un resplandeciente ocaso de sollen.
La partida de Alun Tringad ya había regresado y nos
estaban esperando junto a los establos. Sus trofeos, dos hermosos jabalíes,
yacían sobre la nieve. Al ver a nuestro ciervo comenzaron a burlarse de nuestro
fracaso.
–¿Sólo un ciervo? – exclamó Alun Tringad al frente
de sus hombres-. Con tantos hombretones a caballo amenazándolo con sus lanzas,
no me
extraña que el pobre animal haya muerto del susto.
–Aunque achacoso -repuso Cynan desmontando-,
nuestro ciervo servirá para que te despojemos de tu tesoro.
Luego observó los jabalíes, con aire triste y
decepcionado.
–Oh, es vergonzoso lo que has hecho, Alun, amigo
mío…, mira que separar estos dos cerditos de su madre. ¿Por qué no me entregas
ahora mismo tu oro y te libras así de que se haga pública tu torpeza al mostrar
esos dos animalitos esmirriados?
–No tan deprisa, Cynan Machae -replicó uno de los
hombres de Alun Tringad-. El Bardo Supremo decidirá quién ha ganado la apuesta.
Esperaremos hasta oír lo que decide.
–¡Uf! – resopló Cynan-, traed a Tegid, claro que
sí; sólo trataba de evitaros la terrible humillación que os espera.
En cuanto avistó nuestra partida en el sendero del
lago, Alun Tringad había enviado a un hombre en busca de Tegid. Uno de los
hombres de Cynan señaló hacia el crannog.
–¡Ya viene! – gritó Gweir-. ¡Ahí viene el
penderwydd!
Volví la cabeza y vi un grupo de personas que desde
el crannog cruzaba a toda prisa el lago helado. Busqué a Goewyn, con la
esperanza de verla entre la gente, pero ni ella ni Tángwen estaban en el grupo.
Sin duda, habían decidido quedarse al calor de la chimenea. Y no me extrañaba,
yo mismo ansiaba quitarme mis empapadas ropas y sentarme junto al fuego con una
jarra de cerveza en la mano.
Cuando la multitud llegó junto a nosotros se
levantó un murmullo de admiración. En cuanto vieron las piezas cobradas todos
alabaron la destreza de los cazadores y el éxito de la cacería; como debía ser,
pues todos íbamos a alimentarnos durante días del producto de nuestros
esfuerzos.
–¡Penderwydd! – gritó Alun-. La cacería ha
terminado. Aquí tienes el resultado de nuestro trabajo. Como puedes ver, lo
hemos hecho muy bien. Desde luego, es obvio que hemos vencido a la partida de
Cynan. Sólo falta que tú confirmes la inevitable decisión.
El Bardo Supremo sacó una mano del manto y la alzó.
–Así lo haré, Alun Tringad. Pero lo que es tan
obvio para ti puede que no lo sea tanto para los que carecen de tu entusiasmo
por el oro de Cynan. De todas formas, hazte a un lado y permite que alguien con
ojos no velados por la avaricia examine la evidencia.
Tegid examinó primero las piezas de Alun y luego la
de Cynan. Empujó con la punta del pie los animales muertos e inspeccionó sus
pieles, dientes, colmillos, ojos, pezuñas, colas y astas. Entretanto, los dos
bandos se martirizaban mutuamente con pullas y rechiflas, aguardando la
decisión del
bardo. Tegid se lo tomó con tranquilidad y se
detenía aquí y allí para pensar en un detalle u otro que simulaba haber
descubierto, o que le indicaba la extremadamente partidista multitud.
Después, colocándose entre el ciervo y los dos
jabalíes, frunció el ceño y apoyó la barbilla en un puño con aire meditabundo.
La expectación fue en aumento y las apuestas se doblaron y triplicaron, pues
por el sesgo de una ceja o el movimiento de un labio, uno y otro bando
imaginaban que la opinión del bardo se inclinaba a su favor.
Por fin, Tegid se irguió y alzando la vara para
imponer silencio se dispuso a comunicar su decisión.
–Corresponde por derecho al rey actuar como juez
ante su pueblo recordó a todos-; pero como el rey ha tomado parte en la
cacería, le pido permiso para emitir mi juicio -añadió mirándome.
–Te lo concedo de buen grado -repuse-. Por favor,
continúa.
La multitud urgió a gritos al Bardo Supremo para
que proclamara el ganador. Pero Tegid no parecía tener prisa. Se cubrió la
cabeza con un pliegue del manto y dijo:
–He sopesado el asunto cuidadosamente. Desde los
tiempos de Dylwyn Cuchillo Corto…
Los espectadores murmuraron impacientes, pero Tegid
prosiguió con toda calma.
–… y desde los tiempos de Tryffin el Alto, está en
la propia naturaleza de las cosas que la vida de un ciervo equivale a la de un
oso, y que la de un oso equivale a la de dos jabalíes.
La impaciencia se transformó en frustración, pues
la multitud adivinó lo que venía a continuación.
–Así pues, parece lógico que un ciervo equivalga a
dos jabalíes. En consecuencia, el asunto no debe decidirse según la cantidad de
carne, sino que debemos tener en cuenta otros detalles antes de decidir.
Hizo una pausa para pasear la mirada por la
concurrencia. Se levantaron murmullos de aprobación y gruñidos de protestas. El
bardo aguardó a que cesaran.
–Por esta razón he examinado las bestias
cuidadosamente -les dijo-. Y ésta es mi decisión.
La multitud contuvo el aliento. ¿Cuál sería?
–El ciervo es un bravo rival y un arrogante señor
entre los de su
especie…
Los hombres de Cynan, al oírlo, soltaron un alarido
de triunfo.
–Pero -se apresuró a añadir Tegid-, los jabalíes no
son menos arrogantes. Y además, hay dos. Si no fuera así, me decidiría por el
ciervo. Sin embargo, puesto que para encontrar y abatir dos animales tan
magníficos y nobles, el cazador debe poner en juego toda su habilidad y
destreza, declaro que los que han cazado los dos jabalíes son los ganadores de
la competición celebrada en el día de hoy. Yo, Tegid Tathal, penderwydd de
Albión, he hablado.
Costó un momento desentrañar lo que el Bardo
Supremo había dicho, pero después todos comenzaron a discutir la decisión.
Cynan apeló a la belleza y otros variados méritos de su ejemplar, pero Tegid
permaneció inconmovible: el ganador era Alun Tringad. No había nada que hacer,
los perdedores debían pagar a los ganadores. Tegid golpeó tres veces el suelo
con su vara y dio por terminado el asunto.
Regresamos al luminoso calor del palacio, ansiosos
por comer, beber, descansar y comentar las incidencias de la cacería. Al entrar
en la sala busqué con la mirada a Goewyn, y, como no estaba, me dirigí a mi
cabaña.
Estaba oscura y vacía, y las cenizas de la chimenea
estaban frías. Era obvio que hacía tiempo que Goewyn no había estado allí,
quizá desde la mañana. Corrí a palacio y me dirigí hacia Tegid, que estaba
junto a la chimenea esperando a que le pasaran la jarra de cerveza.
–¿Dónde está Goewyn? – le pregunté sin más
preámbulos. –Hola, Llew. ¿Goewyn? No la he visto -respondió-. ¿Por qué lo
preguntas.
–No la encuentro. Salió a cabalgar con Tángwen esta
mañana.
–A lo mejor está…
–No está en la cabaña -lo interrumpí paseando una
nerviosa mirada por el salón-. Tampoco veo a Tángwen.
Sin decir ni una palabra Tegid se volvió y llamó a
Cynan.
–¿Dónde está Tángwen? – le preguntó.
–¿La has visto desde esta mañana? – añadí yo
mirándolo angustiado. –¿Que si la he visto? – repitió alzando la copa; bebió un
trago y luego me
la pasó-. Desde el alba he estado en el sendero de
caza, como bien sabes. –Goewyn y Tángwen salieron esta mañana a caballo -le
expliqué
procurando dominar mi voz-, y al parecer no han
regresado.
–¿Que no han regresado? – dijo Cynan mirando hacia
la puerta como si
esperara que las dos mujeres aparecieran en aquel
momento-. Pues ya se ha hecho de noche.
–Eso es lo más inquietante -dije-. Si les ha
sucedido algo…
–Si están aquí, alguien las habrá visto, seguro -me
interrumpió Tegid en tono tranquilizador.
El bardo se alejó unos pasos; poco después lo vi
subido a la mesa con la vara en alto.
–¡Amigos! ¡Escuchadme! Debo hablar con Goewyn y
Tángwen ahora mismo. ¿Quién sabe dónde están?
Aguardamos. La gente se miró y se encogió de
hombros. La pregunta corrió de boca en boca pero nadie fue capaz de dar la
menor información. Nadie recordaba haber visto a ninguna de las dos mujeres.
Tegid repitió la pregunta, pero tampoco esta vez obtuvo respuesta alguna.
Agradeció a la gente su atención y volvió a reunirse con nosotros.
–Registraremos el crannog -dijo.
Aunque hablaba con calma, era evidente que estaba
preocupado, y eso en modo alguno suavizó mi creciente ansiedad.
En aquel momento se nos acercó una de las
doncellas.
–Con vuestro permiso, señores -dijo apretando
nerviosamente la jarra que llevaba-, yo he visto a la reina Goewyn.
–¿Dónde? – pregunté con brusquedad-. Por favor,
habla con entera libertad.
–En el patio -contestó.
Yo me precipité velozmente hacia la puerta, pero
Tegid me retuvo por el brazo.
–¿Cuándo fue eso? – preguntó.
La doncella pareció dudar.
–Habla de una vez -la urgió el bardo-. ¿Cuándo la
viste?
–Esta mañana muy temprano -respondió la joven con
voz temblorosa, pues creo que se había dado cuenta de que aquello no era lo que
deseábamos oír-. Iban riendo mientras caminaban… las dos, la reina y Tángwen.
Imaginé que abandonaban el crannog para ir a cabalgar.
–Todavía debía de estar oscuro -observó Cynan-.
¿Estás segura de que eran ellas?
–Sí, señor -repuso la doncella-. Estoy segura de
que las vi.
–¿Y Tángwen iba con ella? – prosiguió Cynan.
–Sí, señor.
–Gracias, Ailla -dije, pues había reconocido a la
joven como una de las doncellas que acostumbraba servir a Goewyn.
Tegid le indicó que podía marcharse y dijo:
–Registremos ahora mismo el crannog.
Al salir del palacio, Tegid hizo una seña a Gwion,
su primer mabinog, y le susurró algo al oído. Gwion asintió y salió corriendo
antes que nosotros.
Registramos el crannog entre tres, tras dividirlo
en tres secciones. No nos llevó mucho tiempo. Yo corrí de casa en casa;
golpeaba las puertas con mi mano de plata para alertar a los ocupantes y luego
asomaba la cabeza. La mayoría de las cabañas estaban vacías, pues sus
habitantes se habían reunido en palacio; pero en las que estaban ocupadas nadie
había visto a ninguna de las dos mujeres. También registré los almacenes.
Mientras corría a reunirme con Cynan y Tegid en el salón, ya estaba convencido
de que Goewyn no se encontraba en Dinas Dwr.
Tegid me aguardaba en la puerta en compañía de
Gwion.
–No me gusta nada -me dijo bruscamente-. He enviado
a Gwion a los establos. Sus caballos no están allí.
El corazón me dio un vuelco.
–Entonces es que les ha sucedido algo.
Cynan apareció en aquel momento y por su forma de
caminar, con la cabeza baja y los hombros hundidos, adiviné que no había
descubierto nada y que estaba más que preocupado.
–Será difícil seguir su rastro -dijo sin más
preámbulos-. Necesitaremos antorchas y caballos de refresco. Voy a llamar a mis
guerreros.
–Los Cuervos nos acompañarán -dije-. Drustwn puede
seguir un rastro incluso en plena oscuridad. Prepararé los caballos. Ve a por
los guerreros. ¡Date prisa!
17
CABALGADA NOCTURNA
Emprendimos la ascensión en el lugar donde habíamos
visto que las huellas se alejaban del sendero del lago. A la luz de las
antorchas, el rastro de las pezuñas dibujaba una línea oscura sobre la vasta
extensión de nieve.
Atravesamos al galope el valle treinta hombres,
incluidos Cynan, yo y la Bandada de Cuervos. Tegid se quedó en Dinas Dwr para
encargarse, en nuestra ausencia, de los asuntos y ayudarnos de este modo en
nuestra búsqueda.
Enrollé las riendas a mi mano de metal y cogí con
fuerza la antorcha con mi mano de carne. La llama oscilaba al viento sobre mi
cabeza y rojas chispas caían detrás de mí mientras galopaba sobre la ondulante
nieve. El aire frío me azotaba mejillas y ojos; los labios me ardían. Pero sólo
aflojaba la marcha lo suficiente para arroparme en el manto. No pensaba
detenerme hasta que Goewyn estuviera de nuevo a mi lado, a salvo. Tras alcanzar
la cima de Druim Vran el rastro se hizo borroso. El viento había barrido casi
por completo la nieve, que sólo quedaba en los abrigaños, y avanzábamos
deteniéndonos a cada paso para poder encontrar huellas.
Parecía que las dos mujeres habían cabalgado hacia
el este siguiendo la cresta del risco. Hacía un día espléndido y habían
avanzado hacia el sol naciente. Imaginé a las dos paseando alegremente por
Druim Vran con la plateada luz del alba brillando en sus ojos. Nosotros, en
cambio, cabalgábamos entre la tenebrosa oscuridad de sollen bajo un cielo sin
estrellas; tampoco la luna iluminaba nuestro camino. Sólo contábamos con la luz
de las antorchas, que era insuficiente.
Procuraba no pensar en lo que les podía haber
ocurrido. Borré de mi mente oscuros presagios y me aferré a una idea:
encontraríamos a Goewyn. Mi esposa, mi alma, regresaría sana y salva.
Drustwn imponía un ritmo implacable. Parecía saber
perfectamente adónde llevaban las huellas y las encontraba en cuanto se detenía
a rastrear. Así, seguimos al Cuervo a lo largo de la cresta del risco; nuestra
cabalgada nocturna nos iba hundiendo más y más en las tinieblas de sollen.
Cabalgábamos en silencio, con los cinco sentidos puestos en nuestra tarea.
No nos detuvimos hasta que el rastro se perdió en
la cañada. No había nieve en la ladera y, aunque nos dispersamos entre los
matorrales, no
pudimos volver a encontrarlo. Finalmente decidimos
desmontar para rastrear a pie.
–Quizá podamos encontrar el rastro por la mañana
-sugirió Drustwn cuando nos detuvimos en el fondo de la cañada para cambiar
impresiones-. Es muy fácil perderlo en un terreno con tan poca vegetación.
–Mi esposa ha desaparecido. No esperaré a mañana.
–Señor -dijo Drustwn con el rostro cansado-, poco falta para el alba. Al oírlo,
alcé la cabeza. Drustwn estaba en lo cierto, el cielo se estaba
aclarando por el este. La noche me había pasado en
un soplo, como el chisporroteo de una antorcha al caer sobre la nieve.
–¿Qué nos propones? – pregunté.
–No es aconsejable rastrear en la oscuridad.
Podríamos borrar las huellas sin darnos cuenta. Lo más prudente es que
descansemos aquí hasta que amanezca.
–Muy bien -asentí-. Da la orden. Voy a hablar con
Cynan.
La voz de Drustwn resonó en mis oídos mientras
volvía grupas. La última vez que había visto a Cynan, cabalgaba hacia mi
derecha. Me crucé con algunos de sus hombres que acudían a la llamada de
Drustwn. Vi a Gweir y le pregunté dónde estaba su rey; él me señaló dos
antorchas que brillaban a cierta distancia. Cynan y Bran iban hablando mientras
cabalgaban hacia donde aguardaba Drustwn.
–¿Por qué se ha detenido? – me preguntó Cynan
cuando llegué junto a ellos-. ¿Habéis encontrado algo?
–Hemos perdido el rastro -respondí-. Es inútil
seguir hasta que salga el
sol.
–Entonces es mejor que hagamos un alto.
–No -repliqué con voz tensa-, encontrarlas sería lo
mejor. Pero no nos queda otro remedio que detenernos.
–Ha sido una noche muy fría -observó Cynan-. No van
suficientemente equipadas.
No contesté, pero el comentario de Cynan me hizo
caer en la cuenta de que hasta entonces no había considerado que las mujeres
tenían que pasar la noche en el camino. No se me había ocurrido, porque ni por
un instante había creído que simplemente se habían perdido. Era posible, desde
luego, pero la más que probable presencia de intrusos en Druim Vran me había
llevado a suponer algo muy distinto.
Ahora el comentario de Cynan me proporcionaba una
leve esperanza. Quizá se habían alejado demasiado y se habían visto obligadas a
refugiarse para pasar la noche en vez de regresar a Dinas Dwr en plena
oscuridad. Quizás uno de los caballos se había herido, o… habían sufrido algún
accidente.
Continuamos hacia donde aguardaban Drustwn y los
demás. Habían cortado algunos matorrales y habían encendido una fogata. Unos
cuantos se habían llevado los caballos a un arroyuelo cercano. Desmonté y
entregué mi caballo a un guerrero para que se encargara de él; me envolví en mi
manto y me senté en una helada peña.
Mientras aguardaba la salida del sol temblando de
frío, me acordé de pronto de la almenara y me puse en pie de un salto.
–¡Alun! – grité-. ¡Alun Tringad! ¡Ven aquí
enseguida!
Poco después, Alun Tringad comparecía ante mí.
–¿Señor? – preguntó llevándose el dorso de la mano
a la frente.
–Alun -le dije posando la mano en su brazo-,
¿recuerdas la almenara que descubrimos sobre el risco?
–Sí, señor.
–Ve allí. Ahora mismo. Y regresa rápidamente para
informarme de lo que encuentres.
Partió al punto sin decir palabra, cabalgando
ladera arriba hacia la cresta del risco; yo volví junto a la peña y me senté.
La luz del alba iba tiñendo el cielo de color gris y blanco. Oscuros nubarrones
se deslizaban amenazadoramente a poca altura haciéndose jirones contra las
cimas de las montañas. A lo lejos, hacia el norte, asomaban entre las nubes
cumbres coronadas de nieve. Con el sol, comenzó a soplar viento del este.
Probablemente iba a nevar antes de que acabara el día, o al menos iba a caer aguanieve.
Mi inquietud iba en aumento y monté a caballo.
–Ya hay suficiente luz -le dije a Drustwn sin más
preámbulos.
Bran, que estaba a su lado, dijo:
–Señor, permite que busquemos nosotros el rastro y
te llamemos cuando lo hayamos encontrado.
–Cabalgaremos juntos -repuse bruscamente agitando
las riendas y emprendiendo la marcha.
Seguíamos rastreando cuando apareció Alun. Cynan
estaba conmigo y
Alun parecía remiso a hablar delante de él.
–¿Qué has encontrado? – le pregunté.
–Señor -respondió-, la almenara ha sido encendida.
–¿Cuándo?
–Imposible precisarlo. Las cenizas estaban frías.
Cynan, al oír las noticias, se volvió rápidamente
hacia Alun.
–¿Qué es eso de una almenara?
Me apresuré a hablarle de la almenara que había
descubierto al borde del risco.
–Ha sido encendida -concluí.
–¡Clanna na cù! – exclamó entre dientes apretando
la mandíbula peligrosamente-. Almenaras en el risco y extraños en la cañada… ¡y
las dejamos salir a caballo solas!
No me acusó por mi falta de vigilancia, pero no
tenía necesidad de hacerlo, pues sentí igualmente la punzada de su latente
acusación. ¿Cómo había podido permitir que aquello sucediera?
–Las encontraremos, hermano -le aseguré.
–Vaya si las encontraremos -gruñó azotando su
montura y alejándose solo.
Como en respuesta al gruñido de Cynan, resonó la
llamada del carynx. Drustwn había encontrado el rastro. Nos apresuramos a
reunirnos con él y reemprendimos la búsqueda. El sol se había levantado del
todo y la mañana transcurría deprisa. Las huellas se internaban en la cañada.
Tras recorrer un buen trecho, se hizo evidente que las mujeres habían seguido
bordeándola por el otro lado. ¿Por qué? ¿Habían visto algo que les había
llamado la atención?
Cruzamos la cañada y avanzamos hacia las suaves
colinas que se alzaban detrás; el rastro estaba claro: habían cabalgado en
línea recta, sin desviarse ni detenerse. ¿Por qué?, me pregunté. Quizás habían
hecho una carrera.
Me aferré a esa idea. Sí, habían hecho una carrera.
Eso explicaría la recta dirección de las huellas. Esperaba que cuando
llegáramos arriba encontraríamos el lugar donde se habían detenido a recobrar
el aliento, antes de emprender el regreso.
Pero al llegar a la cima de la primera colina, esa
esperanza empezó a desvanecerse. El rastro no presentaba variación alguna; la
doble hilera de huellas conducía sin detenerse, sin cambiar de dirección hacia
las colinas.
Me detuve en la cima y miré hacia atrás. Druim Vran
se erguía como una
muralla, inmenso y poderoso, con la cañada a sus
pies. El fuego de la almenara debió de haberse visto desde todas las colinas
del reino, aunque no desde Dinas Dwr. Podía haber estado encendida mucho tiempo
sin que reparáramos en ello. Volví grupas y seguí tras Drustwn, mientras me iba
invadiendo una abrumadora angustia.
En el valle siguiente localizamos el sitio donde
las mujeres se habían detenido.
Drustwn ordenó un alto, desmontó y nos llamó a
Cynan y a mí. Los demás se quedaron a una cierta distancia. Los ojos del Cuervo
eran meras hendiduras, mientras escrutaba las huellas.
–¿Qué has encontrado? – le preguntó Cynan.
–Se detuvieron aquí, señor -repuso indicando con
una mano las marcas en el suelo.
Miré y vi al instante lo que lo había sobresaltado.
El corazón me dio un vuelco.
–¿Cuántos? – pregunté, procurando dominar la voz-.
¿Cuántos eran? –Creo que tres o cuatro. Cinco como mucho. No más. –Saeth du
-murmuró Cynan-. Cinco…
Miré la pisoteada nieve. El revoltijo de huellas no
dejaba lugar a dudas. Era obvio que las mujeres se habían topado con alguien.
Pero nadie había desmontado; entre las marcas de pezuñas no había rastro de
huellas humanas.
–Siguieron cabalgando en esa dirección -dijo
Drustwn mirando hacia el este.
Vi que estaba en lo cierto; era necesario tomar una
decisión.
Aguardé a que los demás se reunieran con nosotros y
les mostré lo que Drustwn había descubierto. Empezaron a comentar entre
murmullos la situación, pero yo los corté porque no podíamos perder un segundo.
–¡Garanaw! – exclamé llamando al primer hombre que
vi-. Tú, Niall y Emyr regresaréis a Dinas Dwr. Contadle a Tegid lo que hemos
descubierto y haced acopio de víveres y provisiones. Cynan y yo seguiremos
adelante. Daos prisa y reuníos con nosotros tan pronto como podáis.
Cynan captó rápidamente el sentido de mis palabras
y de inmediato ordenó a Gweir y a otros cuatro de sus guerreros que se
marcharan con los tres Cuervos y les ayudaran a traer las provisiones.
Evidentemente estaba pensando, lo mismo que yo, que el viaje podría durar más
de lo deseado. Era un pensamiento abrumador que nos angustiaba. Pero, ninguno
de los dos lo
comentamos, y tan pronto como los jinetes hubieron
emprendido el regreso, nos apresuramos a reanudar la marcha.
La confusión de huellas se fue aclarando: dos
caballos avanzaban juntos…, los de las dos mujeres, supuse, flanqueados por dos
jinetes a cierta distancia; un tercer jinete abría la marcha y otro la cerraba.
En total cuatro intrusos. No hallamos señal alguna de que hubiera más.
El rastro se dirigía hacia el este, evitando las
alturas y serpenteando entre los repliegues de las montañas, en lugar de
cruzarla directamente. Era evidente que no tenían prisa y que procuraban
mantenerse fuera de la vista.
Ahora ya no me cabía duda de que las huellas que
seguíamos tenían un día. Sabía también que no encontraríamos a Goewyn y a
Tángwen cobijadas en algún lugar esperando a que fuéramos a buscarlas. Se las
habían llevado a la fuerza. Las habían raptado.
Aún no me sentía con fuerzas para enfrentarme con
las implicaciones de tal acción. Es más, cuando me asaltaba esa idea, la
apartaba de mi mente y me concentraba en seguir el rastro. No quería hacer
ninguna especulación sobre lo que nos aguardaba al final.
Al llegar al cenit, el mortecino sol se fue
debilitando y comenzó a hundirse hacia el crepúsculo, dibujando el suave arco
de sollen. Creo que seguimos cabalgando largo tiempo, porque, cuando alcé la
vista, las nubes se habían cerrado y la nieve que había estado amenazándonos
durante el día, comenzó a caer en helados copos que rebotaban donde caían.
Imaginé la nieve cayendo sobre Goewyn y enredándose
en sus cabellos y pestañas. Imaginé sus labios azulados y temblorosos. Imaginé
sus hombros temblando mientras echaba nerviosas ojeadas hacia atrás esperando
verme aparecer para salvarla.
Nos detuvimos junto a un riachuelo para descansar y
abrevar los caballos. La nieve caía en ondulantes ráfagas. Me arrodillé y bebí
un trago de agua helada; luego me acerqué a Cynan que miraba fijamente al otro
lado del estrecho y oscuro hilillo de agua.
–El rastro continúa por allí -dijo sin separar los
ojos de aquel lugar-. Ni siquiera se detuvieron a beber.
–No -dije.
–Entonces tampoco nosotros deberíamos detenernos
-me espetó.
Estaba muy preocupado por Tángwen y por sus labios
hablaba la tensión que lo embargaba.
–Nos llevan mucha ventaja, hermano -observé-. No
sabemos cuánto tendremos que cabalgar hasta darles alcance. Debemos ahorrar
fuerzas.
No le gustó lo que le decía, pero sabía que yo
tenía razón.
–¿Cómo puede haber sucedido esto? – preguntó.
–La culpa es mía. No debería haber permitido que
salieran a caballo. Fui un imprudente.
Cynan me miró; sus ojos azules parecían casi
negros.
–No estoy echándote la culpa, hermano -dijo, aunque
su tono denotaba cierto reproche-. El mal ya está hecho. Ya no se puede evitar.
Ahora hay que repararlo.
Cuando todos, hombres y caballos, hubieron bebido a
placer, reanudamos la marcha.
Cesó de nevar justo antes de la puesta de sol y el
cielo se aclaró ligeramente hacia el oeste. El sol poniente brilló con una
violenta luz roja y anaranjada antes de esconderse tras las lejanas montañas.
El breve día invernal había llegado a su fin; pero seguimos cabalgando hasta
que oscureció totalmente. Acampamos en un estrecho valle protegido por la mole
de una montaña y nos acurrucamos en torno al fuego.
No habíamos comido nada y el hambre nos martirizó
durante la noche. Pasado el mediodía de la jornada siguiente, nos alcanzaron
los guerreros que habían ido a buscar provisiones. Cabalgando sin detenerse
durante la noche consiguieron darnos alcance antes de la puesta de sol. Hicimos
un alto para comer y alimentar a los caballos, y luego proseguimos.
El rastro que seguíamos nos llevaba
indefectiblemente hacia el este. Mucho antes de oír a lo lejos el chapaleteo
del mar contra la orilla rocosa, sabía que el rastro acabaría en la costa. Y
cuando, mientras se ponía otro sol de otro helado día, arribamos a una playa
barrida por el viento y contemplamos las frías y espumantes olas que atronaban
sin cesar nuestros oídos, sabía sin ninguna duda que Goewyn no estaba ya en
Albión.
A la débil luz del crepúsculo recorrimos la playa y
encontramos huellas en la arena. Abrigamos momentáneamente una ligera
esperanza, pero se desvaneció por completo al hallar uno de los caballos de las
mujeres, suelto, sin silla y arrastrando las bridas por la playa. Era el
caballo de Tángwen, y su descubrimiento enloqueció de dolor a Cynan.
–¿Por qué un caballo solo? – preguntó sacudiendo
nerviosamente las riendas-. ¿Qué significa esto?
–No lo sé -repuse-. Quizá trató de escapar.
–¡No tiene sentido! – gritó-. Nada de todo esto
tiene sentido. En el supuesto de que tratara de escapar y la cogieran, ¿por qué
dejaron su caballo y se llevaron los demás?
Me miraba como si le estuviese ocultando las
respuestas a sus preguntas. –Hermano, no tengo la menor idea de lo que ocurrió.
¡Ojalá la tuviera! Demasiado agitado como para estarse quieto, Cynan espoleó su
caballo y
galopó a lo largo de la orilla. Iba a seguirlo
cuando Drustwn me llamó. Había descubierto dos largas estrías en la arena…,
estrías dejadas por las quillas de unos botes que habían estado varados en la
playa.
Mientras dos de los hombres de Cynan cabalgaban en
busca de su señor, yo desmonté, me detuve junto a una de las estrías y miré
hacia el este, al otro lado del mar; hacia Tir Aflan. En algún lugar más allá
del rugiente mar, duro y negro como la pizarra, mi esposa aguardaba que la
rescatáramos.
Volví la espalda al mar con el rostro desencajado
de cólera y frustración.
Bran Bresal, que había estado todo el rato a mi
lado en silencio, dijo:
–Creo que no las encontraremos en Albión.
–Sin embargo, te aseguro que las encontraremos
-afirmé-. Envía a dos hombres al crannog. Que traigan a Tegid; lo quiero a mi
lado. Scatha también querrá venir, pero debe quedarse para proteger Dinas Dwr.
–Enseguida, señor.
El jefe de los Cuervos voló hacia su caballo y
partió al galope por la playa de guijarros.
–¡Cynan! – grité-. ¡Cynan, ven aquí!
Poco después se reunía conmigo.
–Envía a unos hombres en busca de botes.
Acamparemos y les aguardaremos aquí.
Cynan titubeó, miró de reojo al cielo y pareció a
punto de poner alguna objeción. Pero al fin dijo:
–Enseguida.
Se alejó a toda prisa llamando a Gweir. Yo cogí la
manta de mi silla de montar y la extendí en la arena. Luego, clavando los ojos
en el mar que rechinaba sin cesar sobre la playa, me senté y me dispuse a
afrontar la larga espera.
18
EL GEAS DE TREÁN AP GOLAU
Estuvimos aguardando la llegada de los barcos tres
días, y luego tres más. Cada día era una lenta tortura. Poco después del alba
del séptimo día, llegaron cuatro barcos desde el puerto de invierno en el
estuario del sur de Caledon donde Cynan los guardaba. Ordenó a sus hombres que
estuvieran preparados y luego regresamos a nuestro campamento en la playa para
aguardar la llegada de Tegid. El bardo apareció poco antes de la puesta del
sol; Scatha, que no había consentido en quedarse en Dinas Dwr, cabalgaba a su
lado.
–Mi hija ha sido raptada -me dijo a modo de
saludo-. Tengo la intención de ayudar en su rescate.
No podía negárselo, así que le dije:
–Como quieras, Pen-y-Cat Quizá tu presencia nos
resulte beneficiosa. –Como Scatha se empeñó en acompañarnos -explicó Tegid-,
llamé a Calbha para que viniera a hacerse cargo de Dinas Dwr. Por eso no hemos
llegado antes.
No me gustó aquello.
–Esperemos que vuestro imprudente retraso no cueste
la vida de Goewyn y de Tángwen.
Me volví y me apresuré a disponer los barcos para
zarpar, ordenando que encendieran antorchas y que embarcaran las provisiones.
–Pronto oscurecerá y esta noche no habrá luna
-observó Bran saliendo del inquietante mutismo que habíamos mantenido aquellos
últimos días-. Deberíamos aguardar hasta mañana.
–Ya hemos perdido demasiado tiempo -le dijo Cynan-.
Zarpamos de inmediato.
Tegid desmontó y acudió a mi lado.
–Hay algo más, Llew -dijo.
–Puede esperar a que hayamos izado velas.
–Debes oírlo ahora mismo -insistió el bardo.
Me encaré con él.
–¡Lo oiré cuando me parezca conveniente! Llevo
aguardando en esta playa helada siete días. ¡Siete días! En estos momentos sólo
me importa una cosa: rescatar a Goewyn. Si lo que tienes que decirme puede
apresurar su rescate, habla. Si no, no quiero oírlo.
El rostro de Tegid se endureció; sus ojos
relampaguearon.
–Pues tendrás que oírlo, oh poderoso rey -me espetó
luchando por dominarse.
Hice el gesto de alejarme, pero me lo impidió
cogiéndome por la muñeca de mi mano de plata. Sentí que me invadía la cólera.
–Quítame las manos de encima, bardo. ¡O las
perderás!
Algunos de los que estaban más cerca, entre ellos
Cynan y Scatha, interrumpieron sus tareas para mirarnos. Tegid me soltó y alzó
la mano sobre su cabeza con el ademán que emplean los bardos al salmodiar.
–¡Escúchame, Llew Llaw Eraint! – dijo escupiendo
las palabras-. Eres el Aird Righ de Albión y por tanto estás sujeto a muchos
geas.
–¿Tabúes dices? Ahórrate el aliento -gruñí-. ¡No me
importan lo más mínimo!
Estaba doblemente enfadado; había desobedecido mis
órdenes y nos había hecho perder algunos días y ahora por si fuera poco tenía
la audacia de entretenernos aún más hablando de ridículos tabúes.
–¡Mi mujer ha sido raptada! ¡La de Cynan ha
desaparecido! Cueste lo que cueste, iré a buscarlas. ¿Lo entiendes? Daré todo
mi reino a cambio de su libertad.
–El reino no es de tu propiedad y por lo tanto no
puedes darlo declaró con sencillez el bardo-. Pertenece al pueblo que se acoge
a tu protección. Lo único que posees es la dignidad real.
–No tengo tiempo para discutir contigo, bardo.
Quédate si es tu deseo; yo me voy.
–Y yo te digo que no puedes irte -dijo deteniéndome
con voz firme.
Lo miré; la rabia no me dejaba hablar.
–El Aird Righ de Albión no puede abandonar sus
territorios - anunció-.Éste es el principal geas que te ata a tu reino.
¿Se había vuelto loco?
–¿Qué me estás diciendo? Ya me he marchado con
anterioridad. He viajado…
El bardo sacudió la cabeza y yo caí en la cuenta de
que desde que era rey, no había puesto un pie fuera de los límites de Albión.
Al parecer, aquello me estaba prohibido por alguna oscura razón.
–Explícate -le urgí con violencia-. Y procura
hacerlo rápidamente.
Tegid se limitó a contestar:
–Está prohibido que el Soberano Rey abandone la
isla de la Fuerza… en cualquier ocasión y por cualquier causa.
–A menos que me des una explicación más convincente
-le repliqué-, no tardarás mucho en quedarte solo en esta playa. He ordenado
que zarpen los barcos y tengo la intención de estar a bordo cuando el primero
de ellos parta. –Los barcos pueden zarpar. Tus hombres pueden marcharse -dijo
con voz
suave-. Pero tú, oh rey, no puedes poner un pie más
allá de esta orilla.
–¡Mi mujer está muy lejos de aquí! Y yo voy a
buscarla -dije haciendo de nuevo ademán de alejarme.
–Y yo te digo que no puedes marcharte de Albión y
seguir siendo el Aird Righ -insistió enfatizando cada una de sus palabras.
–Entonces renuncio a ser rey -le espeté-. ¡Que así
sea! De una forma u otra, me voy a buscar a mi esposa.
Si mi dignidad real pudiera hacerla regresar a mi
lado, renunciaría a ella mil veces. Goewyn era mi vida, mi alma; estaba
dispuesto a renunciar a cualquier cosa por salvarla.
Scatha nos miraba con aire impasible. Entendía
ahora por qué había venido y por qué Tegid había desobedecido mi explícita
orden. Ella sabía que yo no podía abandonar Albión y suponía que en cuanto yo
entendiera el porqué cambiaría de parecer. Pero mi decisión era firme.
Eché una rápida mirada a Cynan, que me observaba
pensativamente sin dejar de atusarse el bigote. Alcé la mano y lo señalé.
–Entrega a Cynan la dignidad real -dije-. Que sea
él el Aird Righ.
–Yo me largo – gruñó Cynan.
–Entonces, entrega a Scatha la soberanía -dije yo.
Scatha declinó el ofrecimiento.
–Yo voy a buscar a mi bija -afirmó-. No estoy
dispuesta a quedarme aquí.
Me volví hacia Bran, pero también él rechazó el
ofrecimiento.
–Mi lugar está a tu lado -se limitó a decir.
–¿Nadie está dispuesto a aceptar la dignidad real?
– pregunté.
Todos rehuyeron mi mirada y nadie contestó. Estaba
anocheciendo muy deprisa y yo estaba perdiendo la poca dignidad que me quedaba.
Me volví hacia Tegid como si se tratara de un
enemigo.
–Ya ves cómo están las cosas -dije.
–Ya veo -repuso gélido-. Y ahora quiero que las
veas tú.
Hizo una pausa, cerró los ojos y tomó aliento. Sus
primeras palabras me
cogieron por sorpresa.
–Treán ap Golau era un rey de Albión -dijo Tegid-.
Poseía tres cosas que le proporcionaban gran renombre: el amor de bellas
mujeres, la invencibilidad en el combate y la lealtad de hombres honrados. Sólo
tenía una cosa que le causaba aflicción: el geas de su pueblo de que jamás
debía matar un jabalí. Y sucedió…
Lo miré atónito. ¡Una historia! Iba a contarme una
historia. No podía dar crédito a mis oídos.
–No tengo tiempo para esas cosas, Tegid -protesté.
El bardo alzó la cabeza, abrió mucho los ojos y
clavó en mí una mirada siniestra.
–Una mañana -salmodió fríamente-, en que el rey fue
a cazar con sus guerreros, oyeron un pavoroso gruñido, como el de una bestia
salvaje. El rugido era tan atronador que sacudió los árboles de sus raíces,
zarandeó las montañas, rompió las rocas y partió las peñas. Una, dos, tres
veces, se sucedieron los terribles gruñidos, cada vez más fuertes y espantosos.
El rey Treán llamó a Cet, su sabio bardo: «Ese ruido debe ser silenciado o
morirá cuanto hay vivo en la tierra. Busquemos a la bestia que lo produce y matémosla».
El penderwydd Cet respondió: «Es más fácil decirlo que hacerlo, poderoso rey,
porque ese sonido es emitido nada menos que por el Jabalí de Badba, un animal
encantado sin orejas ni cola, pero con unos colmillos del tamaño de las lanzas
de tu paladín y dos veces más afilados que ellas. Además, hoy ya ha matado y
devorado a trescientos hombres, y todavía está hambriento. Por eso sus rugidos
y gruñidos hacen vacilar el mundo». Cuando Treán ap Golau oyó estas palabras,
dijo: «Puede que sea un jabalí o una maldición, pero si no detengo a esa bestia
no quedará nada con vida en mi reino». Y así, el rey cabalgó al encuentro del
monstruo y lo encontró desgarrando con sus afilados colmillos un tejo caído.
Pensando abatirlo de una lanzada, atacó al Jabalí de Badba. Pero el gigantesco
cerdo lo vio acercarse y soltó tan atronador gruñido que el caballo del rey
cayó de rodillas asustado y Treán dio con sus huesos en el suelo. El jabalí se
lanzó contra el rey. Treán blandió la lanza, apuntó y la disparó. El jabalí se
acercaba más y más; pero la lanza dio en el blanco y alcanzó al animal en plena
frente. Sin embargo, no pudo atravesar la espesa piel del jabalí y rebotó. El
jabalí estaba ya muy cerca del rey. Treán desenvainó la espada, y ¡ris! ¡ras!
Pero la sólida hoja se rompió en pedazos sin hacer el menor daño al animal; ni
siquiera le
cortó una cerda. En el momento en que el jabalí
bajaba la cabeza para embestir, el rey dio un salto y cayó sobre el lomo del
animal; pero la enloquecida bestia lo lanzó por los aires y el rey se desplomó
sobre el tejo: su cuerpo se clavó en el astillado tronco y quedó colgando del
árbol, literalmente empalado. Y murió. Al verlo, el Jabalí de Badba empezó a
devorarlo. Le desgarró los miembros, se comió el brazo derecho y la mano
derecha que aún asía la empuñadura de la espada. Pero la hoja astillada se clavó
en la garganta de la bestia y el Jabalí de Badba se murió. Los compañeros del
rey corrieron en su ayuda, pero Treán ya había muerto.
Mirándome fijamente, Tegid concluyó:
–Aquí acaba la historia del rey Treán, que la
escuche quien lo desee.
Si me había contado aquella historia con la
intención de acobardarme, iba a llevarse una decepción. Mi decisión era firme.
–He escuchado tu historia, bardo -le dije-. Y es,
sin duda, un portentoso cuento. Pero si debo romper ese geas, que así sea.
En contra de lo que esperaba, Tegid se ablandó.
–Sabía muy bien lo que ibas a decir.
Hizo una pausa como para concederme una última
oportunidad de cambiar de opinión.
–¿Es firme tu decisión?
–Lo es.
Se inclinó hacia delante, dejó la vara en el suelo
ante él y luego se irguió con un rostro como labrado en piedra.
–Que así sea. El tabú será roto.
El Bardo Supremo hizo una pausa y en la desmayada
luz miró los rostros de los reunidos. Hablando con voz pausada y clara para que
todos pudieran oírlo, dijo:
–El rey ha escogido, ahora tenéis que elegir
vosotros. Si alguien quiere regresar, debe hacerlo ahora.
Nadie movió ni un músculo. Leales a un hombre, sus
juramentos de fidelidad permanecían intactos y sus corazones, impasibles.
Tegid asintió y cubriéndose la cabeza con un
pliegue del manto dijo en la
Lengua Secreta de los bardos:
–¡Datod Teyrn! Gollwng Teyrn. ¡Roi'r datod Teryn-a-
Terynás! Gwadu Teryn. Gwrthod Teyrn. Gollwng Teryn.
Luego concluyó volviéndose a los cuatro puntos
cardinales:
–Gollyngdod… gollyngdod… gollyngdod… gollyngdod.
Después cogió la vara y procedió a trazar un
círculo alrededor de los reunidos en la playa. Tras haberlo completado, volvió
al centro, dibujó una larga línea vertical con dos trazos oblicuos en sus
extremos, imitando la forma de una punta de flecha sin rematar, era lo que él
llamaba el gorgyrven: los Tres Rayos de la Verdad. Luego alzó la vara con la
mano derecha y la clavó en la arena; a continuación sacó una bolsa de su cinto
y derramó en cada una de las tres líneas que había dibujado un poco del oscuro
polvillo de ceniza que él llamaba Nawglan. Después se irguió y me rozó la
frente con las yemas de los dedos para marcarme con el gogyrven. Alzó las manos
con las palmas hacia arriba, una sobre su cabeza y la otra sobre su hombro,
abrió la boca y comenzó a salmodiar:
En la escarpada senda de nuestro común destino, te
rogamos: hazla fácil o difícil para nuestra carne, hazla luminosa u oscura para
los que la seguimos, hazla dura o suave bajo nuestros pies; concédenos, Sumo
Sabedor, tu maravillosa protección, para que no caigamos o nos extraviemos;
para cuantos están en este círculo, sé nuestro consuelo y nuestro guía; Aird
Righ, por la autoridad de los Doce: el Viento de tormentas y galernas, el
Trueno de tempestuosas olas, el Rayo del resplandeciente sol, el Oso de siete
batallas, el Águila del escarpado risco, el Jabalí del bosque, el Salmón del
estanque, el Lago de la cañada, el Brezo de la colina, la Fuerza del guerrero,
la Palabra del poeta, el Fuego del pensamiento sabio.
¿Quién sostiene el gorsedd, si no Tú? ¿Quién cuenta
las eras del mundo, si no Tú? ¿Quién gobierna la Rueda del Cielo, si no Tú?
¿Quién despierta la vida en el útero, si no Tú? Por tanto, Dios de Todas las
Virtudes y Poderes, purifícanos y protégenos con tu Mano Firme y Segura,
concédenos la victoria sobre malvados y pérfidos, condúcenos en paz hasta el
final de nuestro viaje.
Con aquel rito, el bardo nos había purificado, nos
había consagrado y había sellado nuestro viaje con una bendición. Me sentí
humilde y contrito.
–Gracias, bardo -le dije.
Pero Tegid aún no había acabado. Rebuscó en su
cinto, sacó un pálido objeto y me lo ofreció. Yo tendí mi mano y él me lo dio.
Sentí su frío peso en la palma y supe sin necesidad de mirar lo que era: una
Piedra Cantarina. Bendito era puesto que sabía con absoluta certeza que yo iba
a elegir romper el geas para salvar a Goewyn, y quería hacer lo que fuera para
ayudarme.
–De nuevo gracias, hermano -dije.
Tegid no contestó; sacó otras dos piedras y me las
puso en la mano. Con esto, el bardo me libraba a mi destino. Escondí las
piedras en mi cinturón y ordené a los hombres que subieran a bordo. Todos
echaron a correr para llegar los primeros y yo los seguí. Casi había llegado al
agua cuando Tegid me gritó:
–¡Llew! ¿Vas a dejar en tierra a tu bardo?
–Iría con más ánimos si me acompañaras -respondí-.
Pero no me lo tomaré a mal si te quedas.
A los pocos instantes el bardo estaba junto a mí.
–Iremos juntos, hermano.
Vadeamos las heladas aguas y los que aguardaban en
cubierta nos izaron a bordo. Con largos bicheros los hombres empujaron el barco
hasta aguas más profundas, mientras las velas ondeaban y se hinchaban al
viento. La noche nos encerró en su apretado puño mientras la proa surcaba las
olas salpicándonos el rostro de espuma salada y empapándonos los mantos de
agua.
Así, en una noche de sollen oscura y sin luna, dejé
atrás Albión. Y ni siquiera volví la cabeza.
El mar estaba agitado y el viento era frío y
violento. Nos azotaban la lluvia y la nevisca y nos sacudían las olas del
furioso mar. Más de una vez temí que las aguas nos tragaran, pero seguíamos
navegando impávidos. No había vuelta atrás.
–¿Qué te hace suponer que han escapado a la Tierra
Maldita? – me preguntó Tegid, de pie en proa, agarrado a la borda. No habíamos
visto el sol desde que zarpamos.
–Paladyr está detrás de todo esto -le dije mirando
fijamente las olas y golpeando la borda con el puno.
–¿Por qué lo dices?
–¿Quién otro si no? – repuse.
Sin embargo, su pregunta hizo surgir en mí la duda
que hacía tiempo reprimía. Volví la cabeza y lo miré a los ojos.
–¿Qué crees tú?
–Creo que ningún hombre deja rastro en el mar
-respondió arqueando ligeramente sus oscuras cejas.
–El rastro conduce a Tir Aflan. Allí desterramos a
Paladyr y allí se las ha llevado -afirmé, con bastante menos seguridad de la
que sentía hacía unos
momentos.
Mientras aguardaba en la playa, no abrigaba la
menor duda. Ahora, después de dos días de navegación, ya no estaba tan seguro.
¿Y si habían puesto rumbo al sur y habían desembarcado en alguna remota y
desconocida cueva de las miles que había en la costa?
Tegid guardó silencio un rato, pensativo. Luego
dijo:
–¿Qué puede haber empujado a Paladyr a hacer una
cosa así?
–Está muy claro: la venganza.
El bardo sacudió la cabeza.
–¿Venganza? ¿Por haberle devuelto la vida?
–Por haberlo desterrado a Tir Aflan -respondí en
tono cortante-. ¿Por qué lo preguntas? ¿Qué estás pensando?
–Paladyr ha buscado siempre, por encima de todo, su
beneficio y su ganancia -observó Tegid- Creo que debería estar satisfecho por
haber salido con vida. Por otra parte, jamás he visto que Paladyr actuara solo
y por su cuenta.
Era muy cierto. Paladyr era un guerrero, más
inclinado a empuñar la lanza que a sutiles maquinaciones. Medité unos
instantes.
–Da igual -decidí al fin-. Poco importa que actuara
solo o con toda una hueste de taimados intrigantes. Iría en su busca de
cualquier modo.
–Desde luego -asintió Tegid-. Pero sería
conveniente saber quién está con él en este asunto. Eso sí podría importar.
Se quedó callado un momento mirándome con sus
agudos ojos negros.
–Bran me habló de la almenara.
Fruncí el ceño y clavé los ojos en el mar
pizarroso.
–¿Hay algo más que no me hayas dicho? Si es así,
dímelo ahora.
–Hay algo más -admití finalmente.
–¿Qué es?
–Goewyn está embarazada. Nadie más lo sabe. Quería
esperar un poco antes de comunicarlo a los demás.
–¡Antes de comunicarlo a los demás! – estalló
Tegid-. ¡El hijo del rey! Sacudió la cabeza atónito e incrédulo; volvió el
rostro hacia el mar y su mirada se perdió en las agitadas aguas. Pasó un buen
rato hasta que por fin se
decidió a hablar.
–¡Ojalá lo hubiera sabido antes! – murmuró-. El
niño no es sólo tuyo; es símbolo de la riqueza de tu reino y pertenece al clan.
Deberíais habérmelo
dicho.
–No estábamos tratando de ocultarlo -repuse de
forma huraña.
Luego me callé.
–Tegid -dije al cabo de un rato-, ¿Has estado
alguna vez allí…, en Tir Aflan?
–Jamás.
–¿Sabes de alguien que haya ido?
Emitió un lúgubre gruñido a modo de risa.
–Sólo sé de uno: Paladyr.
–Pero a buen seguro debes de saber algo de ese
lugar. ¿Por qué se llama así?
El bardo frunció los labios.
–Desde tiempos inmemoriales se ha llamado Tir
Aflan. El nombre es adecuado, pero no siempre fue así. Entre la Sagrada
Hermandad se cuenta que una vez, hace mucho tiempo, era el más hermoso y
afortunado de los reinos… Entonces se llamaba Tir Gwyn.
–La Tierra Hermosa -repetí-. ¿Qué sucedió?
Su respuesta me sorprendió.
–En la cumbre de su gloria, Tir Gwyn se desplomó.
–¿Se desplomó? – pregunté asombrado-. ¿Cómo?
–Se dice que el pueblo abandonó el Camino de la
Verdad: se perdieron en el error y el egoísmo. La maldad se alzó entre ellos
sin que se dieran cuenta. En lugar de resistir, la abrazaron y se rindieron a
ella. La maldad fue en aumento; los devoró… devoró cuanto de bueno y hermoso
había en aquella tierra.
–¿Hasta que no quedó nada? – murmuré.
–El Dagda les retiró su Mano Firme y Segura y Tir
Gwyn se convirtió en Tir Aflan -me explicó-. Ahora está habitada sólo por
bestias y proscritos que se atacan unos a otros en su tormento y desdicha. Es
una tierra que carece de todo cuanto se precisa para el consuelo de los
hombres. No busques en ella ayuda, compasión o paz, porque no las encontrarás.
Sólo dolor, sufrimiento y angustia.
–Ya entiendo.
Con el ceño fruncido, Tegid me miró por el rabillo
del ojo.
–Sí; pronto lo verás con tus propios ojos -dijo
señalando con la vara hacia el mar que se extendía ante nosotros.
Miré hacia lo que parecía un grisáceo banco de
nubes flotando en el horizonte: estaba contemplando por primera vez la Tierra
Maldita.
–Cuando llevemos allí algunos días, ya me dirás si
no merece el nombre que lleva.
Miré aquella masa incolora que parecía flotar en el
agitado mar. Tenía un aspecto triste, pero no más que otras tierras cuando uno
se acerca a ellas a través de la niebla y la llovizna de un día sin sol.
Además, me preguntaba si tras lo que me había contado Tegid no parecía más
miserable y lóbrega de lo que era.
Había ido a rescatar a Goewyn y estaba dispuesto a
afrontar terremotos, inundaciones e incendios para salvarla. Ninguna tierra,
por hostil que fuera, podría obstaculizar mi camino.
Pero no tardaría en comprobar que estaba pecando de
insensatez e inocencia.
19
TIR AFLAN
Hubiera sido más fácil surcar el mar con los barcos
a cuestas que atracar sin novedad en Tir Aflan. La escarpada costa estaba
sembrada de rocas. El mar se precipitaba y desgarraba con atronador bramido
contra los afilados escollos. Pasamos la mayor parte del día buscando un lugar
en la costa para desembarcar, y por fin fuimos a dar casualmente con una bahía
resguardada por dos promontorios rocosos que protegían la estrecha entrada.
Pese a la protección que ofrecían los dos
promontorios, a Tegid no le gustó aquel sitio; decía que le inquietaba
profundamente. Sin embargo, después de un breve cambio de impresiones,
decidimos que era el mejor lugar que habíamos divisado en la costa y probablemente
el mejor que podíamos encontrar.
Di la orden y uno tras otro los barcos pasaron
entre los dos promontorios. Una vez en la bahía, las aguas estaban mortalmente
tranquilas y tenían un tono oscuro, más incluso que las que acabábamos de
dejar.
–Escucha -dijo Tegid-. ¿Has oído?
–No he oído nada -repuso inclinando a un lado la
cabeza.
–Las gaviotas han desaparecido.
Una bandada de gaviotas nos había acompañado desde
el comienzo del viaje. Ahora, en efecto, no había la menor señal de ellas.
De pie en la proa vi que el barco de Cynan nos
adelantaba y se internaba en la bahía. Cynan nos dio un grito y señaló un lugar
para desembarcar. Estaba aún asomado a la borda con la mano extendida cuando vi
que las aguas empezaban a rebullir delante mismo de su barco.
A los pocos instantes hervían furiosamente; jamás
había visto que un caldero lo hiciera con tanta fuerza. Las aguas se espesaban
y estremecían, y burbujas de gas estallaban en la superficie, soltando un vapor
verdusco que flotaba sobre el tenebroso mar.
Los hombres se precipitaron hacia la borda y se
asomaron sobre las hirvientes aguas. Las exclamaciones de asombro se
convirtieron en gritos de angustia cuando, de entre las agitadas aguas, emergió
la escamosa cabeza de una enorme serpiente. Abriendo desmesuradamente la
dentada boca y disparando su lengua bífida como una lanza de dos puntas, el
monstruo silbó y el estruendo que se oyó parecía el de las velas de un barco
azotadas por la galerna.
Desde donde estaba vi al monstruo con la claridad
que inspira el pavor; su mucosa piel estaba moteada de verde y gris, como el
mar en plena tormenta; los ojos sobresalían terriblemente en una cabeza muy
plana; sus escamas, gruesas y rugosas como la corteza de un árbol, dibujaban
una aguda cresta sobre el lomo, pero en cambio el resto del cuerpo era liso y
viscoso como el de una babosa. Un espeso río de transparente baba fluía de dos
enormes agujeros en el extremo del hocico y de otros más pequeños que se abrían
en la base de la garganta y se prolongaban en hilera a lo largo de su cuerpo.
Si el aspecto del monstruo había sido diseñado con
la exclusiva finalidad de inspirar repulsión, desde luego no podía haber sido
mejor concebido. Se me atenazó la garganta y el estómago se me revolvió.
Después, nos alcanzó una oleada del aliento del animal y el hedor me hizo
vomitar.
–¡Llew!
Tegid apareció a mi lado en la proa y me puso una
lanza en la mano. –¿Qué es esa cosa? – pregunté, limpiándome la boca con la
manga-. ¿Lo
sabes?
Sin apartar los ojos del monstruo, respondió con
voz temblorosa de miedo:
–Es un afanc.
–¿Se puede matar?
Me miró con rostro demudado. Abrió la boca, pero no
pudo emitir sonido
alguno y volvió a clavar los ojos en el monstruo.
–¡Tegid! ¡Responde! – grité agarrándolo del brazo y
obligándolo a mirarme-. ¿Se puede matar?
Pareció volver en sí.
–No lo sé -musitó.
Me volví hacia los guerreros que estaban a mi
espalda.
–¡Preparad las lanzas! – grité.
En el centro del bote había cinco caballos, que se
habían espantado ante la súbita aparición del monstruo. Corcoveaban y
relinchaban tratando de soltarse.
–¡Tranquilizad a los caballos! ¡Tapadles los ojos!
Un tremendo crujido resonó en las aguas. Me di la
vuelta y vi que el barco de Cynan se estremecía y se tambaleaba. Luego se
levantó en el aire, izado sobre un enorme y viscoso anillo. Los hombres
gritaban mientras el barco se balanceaba en el aire.
–¡Acércate! – grité al timonel-. ¡Hay que
ayudarlos!
En ese preciso instante, una joroba emergió como
una anguila ante la proa. El barco chocó contra el afanc y se estremeció
haciendo caer de bruces a los hombres. Enrollando un cabo a mi mano de plata,
me incliné sobre la borda y blandiendo la lanza la clavé con fuerza en la
viscosa piel. De la herida brotó sangre de un color negro azulado.
Tiré de la lanza y la clavé otras dos veces más, lo
más profundo que pude. La tercera vez la empujé con todas mis fuerzas, noté la
resistencia de la fuerte musculatura y luego sentí que la carne cedía y que la
afilada lanza se hendía. El enorme corpachón del monstruo se estremeció de
dolor y casi me sacó el brazo de sitio. El agua se ennegreció; yo solté la
lanza en el preciso instante en que Tegid me agarraba del cinturón y tiraba de
mí.
Los demás, aguijoneados por mi ejemplo, comenzaron
a golpear al monstruo con sus armas, abriendo cientos de heridas en la tersa
piel. Las verdigrises aguas del mar se espesaron con la sangre. No sé si el
monstruo sintió el impacto de nuestras lanzas o si simplemente se sumergió para
atacar de nuevo. Lo cierto es que el afanc silbó y la sanguinolenta joroba
desapareció bajo las aguas. Los guerreros lanzaron un grito de victoria.
Entretanto, Cynan y sus hombres, asomados a la
borda, libraban un frenético ataque contra la cabeza y la garganta del
monstruo. Vi a Cynan balancearse peligrosamente en la proa. Alzó la lanza, hizo
acopio de toda su
energía y la disparó, emitiendo, con el esfuerzo,
un tremendo gemido en el mismo instante en que el proyectil salía despedido de
su mano.
La lanza voló por los aires y fue a clavarse en los
ojos del afanc. El monstruo movió violentamente de un lado a otro su inmensa
cabezota para librarse de ella.
Los hombres gritaron de entusiasmo.
Pero los vítores se transformaron en gritos de
desconcierto, cuando el afanc alzó su espantosa cabeza por encima del agua y
abrió la inmensa boca mostrando una doble hilera de dientes, afilados como un
huso. Los guerreros se dispersaron despavoridos mientras la impresionante
mandíbula se cernía sobre ellos. Pero unos cuantos se mantuvieron en sus
puestos y dispararon sus lanzas dentro de la amarillenta garganta del monstruo.
La terrible bestia retrocedió entre silbidos y
espumarajos; algunas lanzas sobresalían de su cuello como cerdas. El barco,
todavía preso en el anillo de la serpiente, subía y bajaba tambaleante.
Nosotros estábamos demasiado lejos para ayudarlos.
–¡Más cerca! – grité-. ¡Deprisa!
Pero no había nada que hacer.
La boca del monstruo golpeó el mástil del barco; el
estrépito de la madera resonó en las aguas. El palo se rompió y el barco se
bamboleó arrojando hombres y caballos a las espumantes aguas.
En medio de los alaridos de los hombres oí un
extraño sonido, un pavoroso sonido que revolvía las entrañas…, apagado,
amordazado, áspero. Miré y vi la mitad superior del mástil atravesada en la
garganta del monstruo. La terrible bestia boqueaba intentando tragárselo, pero
el astillado tronco se había clavado profundamente en la carne.
Incapaz de librarse del mástil, el afanc sacudía la
cabeza a uno y otro lado, azotando el agua como un látigo. Y entonces, cuando
parecía que los barcos iban a hacerse pedazos con los bandazos de la enorme
cabezota, el abotargado corpachón dio una sacudida y la bestia se hundió en las
profundidades, propinando un último y tremendo coletazo. Los dos barcos que
estaban más cerca quedaron anegados y estuvieron a punto de naufragar, pero
lograron mantenerse a flote y pusieron proa hacia la orilla. El último barco,
alcanzado también por la violencia del golpe, casi zozobró.
Nos dirigimos hacia el barco de Cynan e izamos a
bordo a cuantos pudimos recoger. Aun así, tres caballos se ahogaron y unos doce
hombres
tuvieron que nadar en las heladas aguas hasta la
orilla. Pudimos salvar el destrozado barco, pero perdimos las provisiones.
Cuando los últimos hombres llegaron a tierra,
aturdidos y medio helados, nos reunimos en la orilla y contemplamos mudos la
bahía de nuevo tranquila. Amarramos los barcos lo mejor que pudimos y
abandonamos la costa, alejándonos del lecho del afanc, para pasar una insomne
noche acurrucados en torno a una chisporroteante hoguera, en un triste esfuerzo
por entrar en calor.
La nevisca silbaba entre las espasmódicas llamas y
la madera húmeda siseaba. Nos calentamos muy poco y descansamos aún menos;
cuando apareció el sol, pálido como un fantasma, en un tenebroso cielo de color
gris, nos levantamos para entrar en calor y comenzamos a rastrear la orilla en
busca de alguna señal de Goewyn, Tángwen y sus raptores. Como no descubrimos
ningún rastro, nos dispusimos a internarnos tierra adentro.
–Clanna na cù -murmuró Cynan, mientras la niebla se
condensaba en sus cabellos y bigote-. Este lugar apesta. Oled el aire. Apesta
-añadió con las aletas de la nariz dilatadas y una mueca de asco en la boca.
La atmósfera, en efecto, era fétida y densa como un
pozo de inmundicias. Muy cerca, Tegid, apoyado en su vara, escrutaba con aire
taciturno la
espesa vegetación del bosque que se alzaba como una
muralla de color gris en la estrecha playa, formada por fragmentos de afilado
pedernal. En la orilla yacían, como rígidos cadáveres, árboles muertos con las
raíces colgando.
–Deberíamos marcharnos enseguida -dijo-. Alguien
podría advertir nuestra llegada.
–Mejor que mejor -comenté-. Quiero que Paladyr sepa
que hemos llegado.
–No estaba pensando sólo en Paladyr -me dijo el
bardo-. Quizá sea la menor de nuestras preocupaciones. Intuyo que nos acechan
peligros aún mayores.
–Que vengan -declaró Alun-. No les tengo miedo.
Tegid gruñó y le dirigió una siniestra mirada.
–Cuanto menos fanfarronees ahora, menos tendrás que
lamentarlo luego. Poco después regresó Garanaw de su incursión tierra adentro e
informó
que había encontrado un riachuelo que podría
servirnos como sendero. Cynan propuso que nos dirigiéramos a las colinas que
habíamos avistado desde el mar; desde allí podríamos otear la extensión de
aquella tierra y avistar alguna
señal del enemigo.
Las huellas, la almenara y las estrías de las
quillas de los barcos no dejaban lugar a dudas de que Paladyr había contado con
ayuda. Desde las colinas podríamos avistar el humo de algún campamento o de
algún poblado. Era una esperanza muy exigua en nuestras ya escasas
posibilidades, pero era lo único que teníamos. Así que nos pusimos en marcha
como si estuviéramos seguros del triunfo.
Drustwn regresó de explorar la costa hacia el sur.
–Sólo hay escarpados acantilados. No he podido
hallar ningún lugar accesible.
–Muy bien. Entonces dirijámonos hacia el norte.
Muéstranos el camino, Garanaw.
Nos pusimos en marcha lentamente tras Garanaw. Bran
y los demás Cuervos caminaban a su lado, seguidos por Cynan y sus guerreros;
detrás íbamos Tegid, Scatha y yo, y cerraban la marcha seis guerreros que
conducían la reata de caballos en doble hilera. La vegetación que bordeaba la
orilla era tan espesa y apretada que era imposible cabalgar. Tendríamos que ir
a pie, al menos hasta que la senda se ensanchara.
El arroyo que había visto Garanaw resultó ser una
fétida filtración de agua amarillenta que fluía del bosque, se deslizaba por la
pedregosa playa e iba a parar al mar formando una mancha de color ocre. Sin
embargo, el agua había trazado en cierto modo una senda, una tosca y abrupta
torrentera, entre la maleza y el sotobosque.
Tras echar una última ojeada al mortecino cielo,
nos internamos tierra adentro siguiendo la garganta. Árboles caídos a ambos
lados y sobre la torrentera dificultaban en extremo nuestra marcha. Muy pronto
perdimos de vista el cielo: sobre nuestras cabezas se cernía un amasijo de
ramas entretejidas tan tupidas y espesas como un techo de paja. Avanzábamos con
angustiosa lentitud en medio de una fétida penumbra con los pies y las piernas
cubiertos de maloliente barro. El único ruido que percibíamos era el ulular del
viento entre los árboles y el apestoso chapoteo del arroyo.
Los caballos se mostraron reacios a internarse en
el bosque y, apenas habíamos avanzado unos pasos, tuvimos que detenernos para
taparles los ojos. De esa forma, los animales se tranquilizaron y se dejaron
conducir.
Nos afanamos durante todo el día saltando y
sorteando los árboles caídos. Cuando anocheció estábamos exhaustos y
entumecidos de tanto resbalar y
tropezar contra las paredes de la torrentera, y
salimos de la garganta para acampar. Por lo menos había leña en abundancia y
encendimos una hermosa fogata para alumbrar aquel tenebroso anochecer.
Tegid se sentó un poco apartado de los demás,
inclinado sobre su vara; sumido en sus meditaciones no hablaba con nadie.
Juzgué prudente no molestarlo y lo dejé abandonado a sus pensamientos.
Tras descansar, los hombres empezaron a charlar en
voz baja y los encargados de la intendencia se dispusieron a preparar la cena.
Yo me senté con Scatha, Bran y Cynan y comentamos el progreso de nuestra
marcha…, mejor dicho, su lentitud.
–Mañana avanzaremos mucho más -dije sin demasiada
convicción-.
Bueno, al menos no puede ser peor que hoy.
–Me encantaría salir de esta apestosa zanja
-murmuró, sombrío, Cynan. –No me extraña, Cynan Machae -observó Alun-, verte
luchando con el
barro es más que suficiente para arrancar lágrimas
de mis ojos.
Scatha, con los largos cabellos trenzados y
recogidos bajo el casco, se limpiaba el barro de los buskins con un palo
mientras murmuraba:
–Es este hedor repugnante lo que arranca lágrimas
de mis ojos. Tales comentarios aliviaron un poco nuestro pesimismo; luego
concentramos nuestra atención en distribuir a los hombres y asegurar la
vigilancia del campamento durante la noche. Comimos
con escaso apetito, nos envolvimos en los mantos y nos quedamos dormidos.
El día siguiente amaneció húmedo. Soplaba un fuerte
viento del norte. Aunque hacía bastante frío no nevaba; pero la humedad nos
calaba hasta los huesos. Caminamos penosamente por la garganta, abriéndonos
paso entre la maraña de ramas y troncos; descansábamos de vez en cuando, pero
sólo nos deteníamos cuando ya ni podíamos arrastrar los pies.
El terreno iba subiendo y al final del tercer día
comenzamos a preguntarnos por qué tardábamos tanto en llegar a nuestro destino.
–No lo entiendo -confesó Bran-. Deberíamos haber
llegado a la cima de esta asquerosa colina hace tiempo.
Estaba de pie apoyado en la lanza con la frente
manchada de barro y sudor y los breecs y el manto empapados y sucios; los demás
Cuervos no presentaban mejor aspecto que él. Más que guerreros al servicio de
un rey, parecían fugitivos escapados de una mazmorra.
Hacía días que no nos afeitábamos e íbamos
cubiertos de barro de la
cabeza a los pies. Hubiera dado algo por encontrar
un riachuelo decente o un estanque para librarme del lodo. Pero ambas cosas y
también la cima de la montaña parecían estar muy lejos de nuestro alcance.
Me volví hacia Tegid.
–¿Por qué, Tegid? A pesar de que recorremos todos
los días una considerable distancia, ni siquiera hemos avistado la cima.
El bardo torció el gesto, como si sufriera algún
dolor, y dijo: –Sabes tanto como yo acerca de estos malditos parajes. –¿Qué
quieres decir? ¿Qué ocurre?
–No puedo ver nada aquí -murmuró con amargura-.
Estoy ciego otra vez.
Lo miré fijamente y entonces comprendí lo que
quería decir.
–Tu awen, Tegid… No tenía idea…
–No importa -repuso en tono amargo dándose la
vuelta-. No es una gran pérdida.
–¿Qué le ocurre? – preguntó Cynan, que nos había
visto hablar y se acercó a mí en cuanto el bardo se hubo alejado.
–Su awen -le expliqué-. No puede utilizarlo aquí.
Cynan frunció el ceño.
–Mala cosa; si en algún lugar necesitamos la vista
de un bardo, es aquí, en Tir Aflan.
–Sí -asentí-. Pero, cuando falla la sabiduría, no
queda más remedio que confiar sólo en nuestros puños y en nuestras fuerzas.
Cynan sonrió. Le habían agradado mis palabras.
–Como rey eres bastante aceptable -comentó-, pero
no hay duda de que sigues siendo un bravo guerrero.
Acampamos en el húmedo y malsano bosque y nos
levantamos al alba para reanudar la marcha. La jornada fue una dura lucha
contra la monotonía y el tedio, pero al menos no hacía tanto frío como en los
días anteriores. De hecho, a medida que subíamos, el aire se iba templando. Nos
alegramos de tan inesperado beneficio y seguimos adelante; al final del día
nuestros esfuerzos se vieron recompensados y llegamos a la cima.
Aunque el sol hacía rato que se había rendido,
avanzamos penosamente por la cresta de la colina hasta un lugar llano y
herboso. A la mortecina luz del crepúsculo vimos un claro bastante extenso y
plano. Rápidamente apilamos leña del bosque y encendimos una hoguera. Bran nos
aconsejó que no lo hiciéramos, pensando prudentemente que sólo nos faltaba una
almenara
que alertara al enemigo de nuestra presencia. Pero
yo juzgué que necesitábamos tanto la luz como el calor del fuego y además no me
importaba que Paladyr y sus compinches lo vieran.
Pero, como mi sabio bardo había dicho, Paladyr era
el menor de los peligros que nos acechaban, como no tardaron en demostrar los
gritos de alarma de los centinelas.
20
EL SIABUR
En la hora-entre-horas, justo antes del alba, los
caballos relincharon. Los habíamos atado más allá del resplandor de la fogata
para que las llamas no los inquietaran. Como estábamos en un territorio
desconocido, Bran había establecido una constante vigilancia en torno a los
caballos y al perímetro del campamento.
Sin embargo, los únicos avisos de peligro que oímos
fueron los relinchos y el piafar de los caballos, seguidos inmediatamente por
los gritos de pánico del centinela.
Había empuñado la espada y mis pies habían empezado
a correr, incluso antes de que mis ojos estuvieran abiertos del todo. Bran me
seguía a la zaga y llegamos juntos al lugar. El guardián, uno de los hombres de
Cynan, estaba de espaldas a nosotros con la lanza caída a sus pies.
El hombre se volvió hacia nosotros con el pavor
pintado en el rostro. El sudor le caía por la frente y tenía los ojos en
blanco, el cuello en tensión y le castañeteaban los dientes. Los brazos le
pendían inertes, pero las manos le temblaban.
–¿Qué ha sucedido? – le pregunté al no ver señal
alguna de violencia. Como respuesta, el guerrero extendió la mano y apuntó
hacia un cercano
bulto. Me acerqué y vi, en la fría luz del alba,
algo que parecía ser simplemente una roca que sobresalía del suelo…
Bran se adelantó y se arrodilló para examinarlo
mejor. El jefe de los Cuervos exhaló un largo y entrecortado suspiro.
–Nunca había visto nada igual -murmuró.
Mientras hablaba, percibí un olor a rancio, como el
de queso pasado o el de una herida infectada. No era muy fuerte, pero al igual
que el centinela, me sentí invadido por un repentino e irreprimible pavor.
«¡Vete! ¡Aléjate! – gritaba una voz en mi cabeza-. ¡Vete! ¡Márchate de
aquí mientras puedas.»
Miré al guardián.
–¿Qué viste?
Durante unos instantes se limitó a mirarme
fijamente como si no entendiera. Luego pareció volver en sí y dijo:
–Vi… una sombra, señor…, sólo una sombra.
Me estremecí y para detener el temblor de mi mano,
me agaché, cogí la lanza del centinela y se la entregué.
–Ve a buscar a Tegid inmediatamente.
Algunos hombres habían acudido, despertados por el
barullo. Algunos murmuraban inquietos, pero la mayoría miraba en silencio.
Cynan apareció, echó una ojeada y soltó entre dientes una maldición. Luego me
preguntó:
–¿Quién lo ha encontrado?
–Uno de tus hombres. Lo he enviado a buscar a
Tegid.
Cynan se inclinó; tendió una mano, pero después lo
pensó mejor y la retiró.
–¡Mo anam! – murmuró-. Es increíble.
Tegid se unió al grupo y sin decir una palabra se
puso en primera fila.
Scatha venía con él.
–¿Qué ha sucedido? – preguntó Scatha a mi lado-.
¿Qué…?
Miró ante ella y enmudeció.
El bardo examinó largo rato el bulto informe,
empujándolo con la punta de su vara. De pronto, se dio la vuelta y se acercó
adonde estábamos Cynan, Bran y yo.
–¿Habéis contado los caballos? – preguntó. –No
-respondí-. No pensamos en… –Contadlos inmediatamente -ordenó el bardo.
Me di la vuelta e hice una señal a dos hombres que
al instante desaparecieron.
–¿Qué ha pasado? ¿Qué ha podido…? – me esforcé por
encontrar las palabras-. ¿Qué cosa ha podido hacer esto?
Antes de que pudiera contestarme, alguien gritó
desde la ladera. Acudimos corriendo al lugar y encontramos un segundo bulto
igual que el primero: el cadáver de un caballo. Aunque, como el primero, apenas
parecía un caballo.
El costado del animal estaba húmedo, como cubierto
de rocío, el pelo
erizado. Un ojo extrañamente descolorido le
sobresalía de la cuenca, y de la boca abierta le colgaba una lengua pálida e
hinchada. Parecían los restos de un animal muerto de hambre cuyo cadáver se
hubiera reducido, pues quedaba poco menos que el pellejo pegado a un revoltijo
de protuberantes huesos.
Las costillas, los omoplatos y las ancas del
caballo sobresalían de forma monstruosa. Los tendones y los nervios se
dibujaban con tremenda claridad. Si hubiéramos matado de hambre al animal y lo
hubiéramos dejado en la cima de la colina expuesto a los rigores del invierno,
el espectáculo no habría sido menos espantoso. Sin embargo, cuando me arrodillé
y posé mi mano en su esquelética garganta, experimenté una sensación tan
extraña que la retiré como si los dedos se me hubieran abrasado.
–El esqueleto está aún caliente -dije-. Hace muy
poco que lo han matado.
–Pero no se ve sangre… -observó Scatha,
arrebujándose en el manto.
–Pues en el animal no queda ni una gota -comentó
Cynan.
Horrorizado ante el marchito aspecto de los
animales, no se me había ocurrido preguntarme por qué estaban así. Ahora caía
en la cuenta.
–Parece como si los hubieran sorbido -dije.
–No sólo la sangre, me parece -musitó Bran
respondiendo a lo que yo estaba pensando.
Alzó la punta de su lanza y la clavó en el vientre
del caballo. No había sangre ni tampoco fluido de ninguna clase. Los órganos y
el tejido muscular estaban secos, tiesos y leñosos.
–Saeth du -gruñó Cynan frotándose el cuello-. Yace
seco como el polvo. Tegid asintió ceñudamente y contempló la larga ladera de la
colina, como
si esperara vislumbrar algún misterioso asaltante
huyendo entre los árboles. Pero apenas se podía ver nada en la apagada luz de
la mañana; la niebla que envolvía los troncos de los árboles y la escarcha que
cubría hierbas y ramas emborronaban el color de la tierra, hasta el punto de
conferirle el mismo aspecto tieso y exangüe que el del cadáver que teníamos
delante.
El caballo yacía donde había caído. Aparte de unas
extrañas señales, como las de un bastón, en torno a la cabeza del animal, no
pude distinguir huella alguna en la hierba cubierta de escarcha. Tampoco había
huellas que se alejaran del cadáver.
–¿Es posible que lo hiciera un águila? – me
pregunté en voz alta, dándome cuenta de la insensatez de mi pregunta en el
mismo instante en que la formulaba; pero no se me ocurrió ninguna sugerencia
mejor.
–Sólo ha podido hacerlo una criatura sobrenatural
-dijo Bran, con la barbilla hundida en el pecho. Casi todos estaban, como él,
protegiendo de forma inconsciente sus gargantas.
–¿Qué crees tú? – le pregunté a Tegid.
–Bran tiene razón -repuso despacio el bardo-. Se
trata de una criatura sobrenatural.
–¿Qué es? – lo urgió Cynan-. ¡Mo anam, hombre! ¿Vas
a decírnoslo de una vez?
Tegid frunció el ceño e inclinó la cabeza.
–Es un siabur.
Pronunció la palabra cautelosamente, como si
pudiera herirle la lengua. Me di cuenta, por la forma como empuñaba la vara, de
que estaba muy inquieto.
Los hombres regresaron de contar los caballos.
–Veintiocho -dijeron.
–Somos treinta y tres -observé-. Y ahora sólo
quedan caballos para veintiocho. Magnífico. Simplemente magnífico.
–Ese siabur -preguntó Scatha, ansiosa por saber-,
¿qué clase de criatura
es?
Tegid hizo una mueca.
–Es una especie de sluagh -respondió el bardo a
regañadientes, pues no le agradaba pronunciar aquella palabra en voz alta.
¿Un fantasma? ¿Un demonio? Traté de aclarar el
significado de la palabra, pero con escaso resultado.
–La Hermandad los llama siabur. Son una especie de
espíritus vivientes que sacan su sustancia de la sangre de los seres vivos.
–¿Espíritus chupadores de sangre? – exclamó Cynan
con tono forzado y voz alterada. Trataba de dominar el miedo lo mejor que
podía, pero sólo lo conseguía a medias-. Pero ¿qué estás diciendo?
–Os estoy diciendo la verdad -repuso Tegid,
sacudiendo la cabeza con gesto desafiante como retándonos a contradecirlo.
–Cuéntanos algo más, hermano -le rogó Bran-. Te
escuchamos.
–Muy bien -cedió el bardo echando una aleccionadora
mirada a Cynan-. Los siabur son espíritus depredadores… como habéis comprobado
con vuestros propios ojos. Tras encontrar una presa, adoptan un cuerpo con el
que atacarla y le devoran la sangre a medida que fluye.
No me extrañaba la incredulidad de Cynan; lo que
nos estaba contando Tegid era increíble. A no ser por los dos caballos muertos,
exangües y abandonados como vainas marchitas, lo habría tachado de pura
fantasía. Pero obviamente no había en aquello nada fantástico. Y además Tegid
se erguía ante nosotros con aire solemne y severo.
–En Albión no se conoce nada parecido -dijo
Scatha-. Nada parecido… –Porque la isla de la Fuerza está bajo la protección de
la Mano Firme y
Segura -dijo Tegid-. Pero no ocurre así en Tir
Aflan.
–¿Qué se puede hacer? – me pregunté en voz alta.
–La luz es su enemigo -explicó el bardo-. El fuego
es luz… no les gusta el fuego.
–Entonces de noche mantendremos a los caballos
dentro del resplandor de las fogatas -sugirió Cynan.
–Haremos algo mejor -añadí yo-. Construiremos un
círculo de fuego en torno al campamento.
–Servirá -aprobó Tegid-. Pero debemos hacer algo
más. Hay que quemar los cadáveres de los animales y esparcir sus cenizas sobre
aguas en movimiento antes de la puesta del sol.
–¿Nos librará eso de los siabur?
–¿Librarnos? – repitió Tegid, sacudiendo despacio
la cabeza-. Con eso les impediremos que se introduzcan en los cuerpos de los
muertos. Pero no nos libraremos de ellos hasta que hayamos puesto pie otra vez
en Albión.
Nadie quería tocar los cadáveres de los caballos y
yo no tuve valor de ordenar a nadie que hiciera lo que a mí mismo me repugnaba.
Así que amontonamos leña sobre las infortunadas bestias y las quemamos donde
yacían. Los cadáveres produjeron un espeso y oleoso humo que despedía el mismo
olor a queso rancio que había percibido poco antes.
Tegid se aseguró de que no quedara sin quemar ni un
pedazo de piel
o hueso y después hurgó entre las brasas y recogió
la ceniza en dos bolsas de cuero. Luego nos dispusimos a buscar un arroyo o un
río donde escampar las cenizas.
Y resultó más difícil de lo que imaginábamos.
Tegid consideró que la espesa filtración de la
torrentera no servía y nos vimos obligados a buscar otro lugar. Dejamos a Bran
a cargo del campamento, y Tegid, Scatha, Cynan y yo partimos en aquella
desagradable y ventosa mañana en busca de una corriente de agua. No tardamos en
descubrir que el lugar donde habíamos acampado no
era, en modo alguno, la cima de una colina natural.
Primero Scatha cayó en la cuenta de que la meseta
donde estábamos era extrañamente plana y luego nos hizo notar la peculiar
regularidad de la curva del horizonte. Recorrimos un buen trecho de la
circunferencia para asegurarnos, y comprobamos que, efectivamente, el borde de
la meseta formaba un perfecto círculo.
Pese a tal evidencia, Tegid permanecía dubitativo y
no quería emitir un juicio hasta haber examinado el centro. Nos costó un
considerable esfuerzo encontrarlo; no era sencillo dividir en cuartos un
círculo tan amplio. Pero Tegid calculó una dirección y lo seguimos. Tras una
larga inspección encontramos lo que estábamos buscando: el quebrado muñón de
una enorme columna de piedra.
La inmensidad de la colina nos había impedido
reconocer lo que en realidad era: un gigantesco montículo, levantado por manos
humanas, cuyo origen se perdía en el tiempo. Su desmesurado tamaño ocultaba su
verdadera naturaleza. Pero la presencia de la columna de piedra disipaba
cualquier duda. El montículo era el omphalos, el simbólico centro de Tir Aflan.
A juzgar por el tamaño de la meseta circular, era aproximadamente veinte o
treinta veces mayor que el sagrado montículo de Albión en Ynys Bàinail.
Tegid se quedó estupefacto. Se arrodilló entre la
crecida hierba con las manos en las caderas y la mirada clavada en la piedra,
erosionada por el tiempo, que sobresalía del suelo. Cynan segó con su espada la
hierba mientras Scatha y yo mirábamos. El viento arreciaba y los caballos
relinchaban inquietos. Noté que aunque la hierba era abundante y verde, los
caballos se abstenían de comerla.
Cynan seguía segando con la hoja de la espada y
arrancaba hierba y terrones de tierra. Luego se puso a cavar con las manos.
Cuando hubo acabado, quedó a la vista una porción de piedra gris. Sobre la
plana y suave superficie de la piedra había grabadas unas líneas profundas y
también en la columna quedaban restos de símbolos sagrados.
Con los ojos clavados en aquellas peculiares
incisiones, nos esforzamos por imaginar el aspecto que el enorme menhir había
tenido a los ojos de los que lo habían levantado y habían construido el
montículo. Como una reliquia de un remoto pasado, antes de la decadencia de la
Tierra Hermosa, la piedra rota parecía desafiar la capacidad de comprender, al
tiempo que parecía instar
a la veneración. Era como si nos enfrentáramos a
una presencia que a la vez nos abrumaba y seducía. Nadie hablaba. Simplemente
mirábamos…
Tegid fue el primero en sacudirse aquella
sobrenatural fascinación. Se levantó lentamente, se tambaleó y trazó con su
vara un arco en el aire.
–Ya es suficiente -dijo con voz espesa y perezosa-.
Abandonemos este lugar.
Mientras hablaba, sentí un repentino y virulento
resentimiento contra tal sugerencia. Sólo quería que me permitieran quedarme
como estaba, contemplando en silencio la rota columna de piedra. La voz de
Tegid me hería como una irritante molestia.
–¡Llew! ¡Cynan! ¡Scatha! – gritó-. Debemos
marcharnos ahora mismo de aquí.
En mi mente apareció la imagen de Tegid derribado
en el suelo, sangrando por la nariz y la boca; sentía su vara en mis manos. Me
embargaba una furiosa urgencia de golpearlo con su vara. Quería castigarlo por
estorbarme. Quería hacerlo sangrar y morir.
–¡Llew! Vamos, debemos…
Su cara parecía girar ante mí con una expresión de
profunda preocupación. Sentí que sus manos me agarraban, se me clavaban…
–¡Llew!
No recuerdo haber hecho el menor movimiento, ni
tampoco haber alzado mi mano de plata. Sólo vi por el rabillo del ojo un
deslumbrante destello y sentí una sacudida en el hombro. Luego recuerdo a Tegid
derrumbándose, desplomándose con las manos en la cabeza… Una mancha de sangre
sobre la verde hierba y la vara del bardo en mis manos…
… después
Cynan me sujetó y yo me debatí, mientras él me alzaba en volandas del suelo.
–¡Llew! ¡Quieto! – resonó en mi oído el vozarrón de
Cynan-. ¡Cálmate, hermano, cálmate!
–¡Cynan! – exclamé, y sentí que regresaba de muy
lejos, como si despertara de un ensueño-. Suéltame. Bájame.
Todavía seguía sosteniéndome en alto, pero noté que
la presión de su abrazo cedía.
–Ya ha pasado, hermano -le aseguré-. Por favor,
bájame.
Cynan me soltó y los dos nos arrodillamos sobre
Tegid, que yacía aturdido en el suelo sangrando de una fea herida en la sien.
–¡Tegid! – lo llamé.
Abrió los ojos y los clavó en mí. Soltó un gemido.
–Lo siento mucho -le dije-. No sé lo que me ha
sucedido. ¿Puedes levantarte?
–Ahhh, creo que sí. Ayudadme.
Cynan y yo lo levantamos y lo sostuvimos hasta que
pudo tenerse en pie.
–Esa mano de metal es más dura de lo que parece… y
más rápida dijo-.
La próxima vez estaré alerta.
–Lo siento, Tegid. No sé lo que me sucedió. Era… lo
siento.
–Vamos -repuso, temblando aún por el golpe
recibido-. No hablemos más en este lugar. Debemos marcharnos ahora mismo.
Cynan le tendió la vara y me dirigió una cautelosa
mirada.
–Los caballos se han alejado; voy a buscarlos
-dijo, pero parecía reacio a marcharse.
–Ve tranquilo -le aseguré-. No volveré a atacar a
Tegid.
Como todavía dudaba, añadí:
–De verdad, Cynan, vete.
Como Cynan había dicho, los caballos se habían
alejado; habían errado por la llanura y estaban a cierta distancia de nosotros.
–Debimos haberlos atado -observé mientras Cynan se
alejaba-. Pero no pensé en hacerlo.
Mientras se limpiaba la sangre del rostro con el
borde del manto, Tegid miró al cielo y dijo:
–Hemos permanecido aquí más de lo que imaginaba.
–¿Qué quieres decir? – pregunté, mirando a mi vez
al cielo.
Traté de calcular la posición del sol, pero la luz
de la mañana se había apagado y habían aparecido espesos nubarrones. ¿Cuánto
tiempo habíamos estado en aquel lugar?
–Ya ha pasado el día -observó el bardo-. Pronto
oscurecerá.
–No puede ser -objeté-. Hace sólo unos momentos que
desmontamos.
Sacudió la cabeza con gesto grave.
–No -insistió-, el día está llegando a su fin.
Debemos darnos prisa si queremos llegar al campamento antes de la noche.
Llamó a Scatha y echó a andar en pos de Cynan.
Scatha no hizo el menor movimiento para unirse a
nosotros. Su lanza yacía en el suelo, a su lado. La cogí y se la puse en la
mano.
–¿Scatha?
Noté al tacto que tenía la piel fría y tersa,
parecía más de piedra que de carne.
–¡Tegid! – grité.
El bardo acudió al instante.
–¡Scatha! – le gritó al oído-. ¡Scatha, escúchame!
La llamó una y otra vez, pero los ojos de Scatha,
muy abiertos y misteriosamente absortos, miraban fijamente al vacío, como
transfigurados ante algo que exigiera toda su atención.
Tegid soltó un gruñido y, cogiéndola por los
brazos, la obligó a darse la vuelta. La sacudió, pero Pen-y-Cat no reaccionaba.
–Llevémonosla de aquí -sugerí-. Quizá…
El bardo alzó la mano y la descargó sobre la
mejilla de Scatha. Yo me estremecí al oír la bofetada, pero ella ni se movió.
Volvió a golpearla y la sacudió con violencia.
–¡Scatha! ¡Resiste, Scatha, resiste!
Le propinó otra bofetada y la cabeza de Scatha se
tambaleó hacia atrás. La huella de la mano de Tegid quedó grabada en la
mejilla. Volvió a sacudirla y alzó la mano para descargar otro golpe.
–¡No! – grité cogiéndole la muñeca-. Ya es
suficiente. No sirve de nada.
Nos la llevaremos en brazos -se me ocurrió de
pronto.
Sin aguardar el asentimiento de Tegid, cogí en
brazos a Scatha y me alejé de la piedra. Su cuerpo, al principio rígido, se
relajó en cuanto la alcé del suelo y volví la espalda a la quebrada columna.
Emitió un débil gemido y cerró los ojos. Poco
después, las lágrimas brotaron de sus pestañas y rodaron por sus mejillas. Me
detuve y la dejé en el suelo. Ella se apoyó en mí.
–Llew… oh, Llew -dijo con entrecortado aliento-.
¿Qué ha sucedido? –Ya ha pasado todo. Nos marchamos de este lugar. ¿Puedes
caminar? –Me siento tan… perdida -dijo-. Un abismo se abrió a mis pies… Yo
estaba en el borde mismo y me sentía impelida hacia él. Traté de salvarme,
pero no podía moverme… No podía gritar. Oí que
alguien me llamaba - añadió llevándose la punta de los dedos a la enrojecida
mejilla.
–Este lugar está maldito -explicó Tegid-. Debemos
marcharnos cuanto antes.
Ayudándola entre los dos, nos dirigimos hacia donde
Cynan se esforzaba
por recuperar los caballos. Estaban muy asustados y
era difícil acercarse a ellos para agarrar las riendas. Vimos que se acercaba a
uno de los animales y de un salto trataba de asir las riendas; pero el caballo
se espantó, corcoveó y salió huyendo. Cynan se levantó y pateó el suelo con
furia, mientras los caballos galopaban fuera de nuestro alcance.
–Es inútil -dijo acercándose a nosotros-. Esos
estúpidos animales están asustados y huyen en cuanto ven una sombra. No puedo
acercarme a ellos.
–Entonces volveremos a pie al campamento -dijo
Tegid poniéndose en marcha.
–¿Y los caballos? – pregunté-. No podemos… –Déjalo.
–Pero necesitamos al menos nuestras armas -insistí.
Scatha tenía su lanza, pero Cynan y yo las habíamos
dejado en las sillas al desmontar.
–¡Déjalo! – repitió el bardo con un vozarrón que
resonó en la llanura-. Os aseguro que este montículo no es un lugar seguro
durante la noche. Sólo encontraremos refugio dentro del círculo de fuego del
campamento.
Se dio la vuelta y echó a andar con largas y
rápidas zancadas. Cynan, Scatha y yo lo seguimos. Tegid tenía razón; la
uniforme extensión de aquella llanura circular estaba desprovista de cualquier
cosa que hubiera podido servirnos de protección. No había ni árboles, ni peñas
ni declives en donde esconderse.
Eché una rápida ojeada hacia el muñón de piedra y
vi que el cielo se estaba oscureciendo por el este. Qué extraño, pensé, jamás
hubiera imaginado que la luz del día pudiera desvanecerse tan deprisa.
Y mientras la noche se nos echaba encima, se oyó en
la distancia un quejumbroso gemido, como el ulular del viento en los picos de
las montañas; pero no había cerca montaña alguna y no era el viento lo que
oíamos.
21
EL SLUAGH
La noche se nos echaba encima mientras nos
apresurábamos a alejarnos de la rota columna de piedra. Ni siquiera nuestros
caballos podrían llegar al campamento antes de que cayera la noche. El camino
de regreso era más largo de lo que recordaba y el misterioso crepúsculo
avanzaba con rapidez sobrenatural. Además, a medida que se hacía de noche,
aumentaba aquel
horripilante quejido, como si la fuente de tan
inquietante sonido se acercara más y más.
Tegid miraba al cielo constantemente. Cuando vio
que no podríamos llegar al campamento antes de la noche, dijo:
–Debemos dirigirnos a la ladera más cercana. Allí
al menos encontraremos leña para el fuego.
–Me parece bien -asintió Cynan-. Pero ¿dónde está?
No veo nada en estas tinieblas.
La idea de Tegid era buena, los bancales del
montículo estaban llenos de árboles y abundaba la leña. Pero ¿cómo podíamos
estar seguros de la dirección si no podíamos ver a dos pasos delante de
nosotros?
–Supongo que estamos cerca del borde de la llanura
-dijo Tegid.
La columna de piedra marcaba, efectivamente, el
centro y nosotros nos habíamos ido alejando de ella.
–Si es que no hemos estado andando en círculo
-observó sombríamente Cynan.
Tegid no hizo caso de la observación y seguimos
adelante. No habíamos dado ni cien pasos cuando Scatha se detuvo.
–¡Escuchad!
Me detuve, pero sólo oí el quejumbroso gemido que,
aparte de crecer en intensidad, no se había alterado sustancialmente.
–¿Qué pasa?
–Perros -dijo ella-. Me pareció oír perros.
–Yo no oigo nada -dijo Cynan-. ¿Estás segura…?
Lo interrumpió en seco el ladrido rápido, corto e
inconfundible de un perro.
–¡Por ahí! ¡Deprisa! – gritó Tegid echando a
correr.
Sin duda el bardo pensó que habíamos echado a
correr tras él. Pero cuando me volví para seguirlo ya se había desvanecido en
la oscuridad.
–¡Tegid, espera! ¿Dónde estás? ¿Cynan?
Una apagada respuesta llegó hasta nuestros oídos.
–Por aquí… seguidme…
–¿Tegid? – llamé escrutando entre las tinieblas-.
¡Tegid! –¿Por dónde se han ido? – preguntó Scatha-. ¿Los viste? –No -respondí-.
Desaparecieron de golpe.
El perro ladró de nuevo…, si es que se trataba de
un perro.
–Está cerca -dijo Scatha, y resonó otro ladrido, un
poco más lejos y hacia la izquierda.
–Sí, y hay más de uno.
Miré a mi alrededor pero no vi nada que pudiera
guiarnos. Una total oscuridad lo ocultaba todo.
–Será mejor que nos marchemos.
–¿Qué dirección deberíamos seguir? – se preguntó
Scatha en voz alta.
–Cualquiera, antes que quedarnos aquí quietos
-repuse.
Extendí la mano y me cogí al manto de Scatha; ella
se agarró al borde del mío.
–Nos mantendremos juntos -le dije-. Agárrate fuerte
y ten preparada la lanza.
Avanzamos en la oscuridad asidos a los mantos. No
abrigaba esperanza alguna de que pudiéramos librarnos de los perros, pero pensé
que al menos podríamos encontrar un lugar para defendernos si llegábamos a la
ladera de la montaña, antes de que la criatura que seguía nuestro rastro nos
diera alcance.
Avanzábamos todo lo rápido que éramos capaces. Pero
es enervante correr a ciegas. Cada paso es una batalla contra la duda y el
temor. Y el éxito de un paso no facilita el siguiente, sino que el miedo va en
aumento hasta convertirse en una fuerza abrumadora.
De no haber sido por la presencia de Scatha, me
habría detenido cada dos pasos para infundirme coraje. Pero no quería parecer
débil o pusilánime ante ella, así que me preparé para resistir una inevitable y
fatal caída y seguí corriendo.
Entretanto, los ladridos de los perros sonaban con
más fuerza e insistencia a medida que se acercaban. Además, parecía haber
aumentado el número de animales, porque creí percibir cinco ladridos
diferentes; por lo menos eran más de los dos que habíamos oído antes.
Nunca sabré si hubiéramos podido llegar al
campamento siguiendo aquella dirección. Probablemente, como Tegid había dicho,
entre aquellas tinieblas no había salvación para cualquier criatura que vagara
por el montículo, pues sólo el fuego ofrecía alguna protección. Sin embargo, de
pronto llegamos al borde de la llanura, el terreno se inclinó bajo nuestros
pies y caímos rodando uno sobre el otro.
Me precipité por la invisible ladera medio
resbalando y medio rodando y aterricé de costado casi sin respiración. Pasaron
unos instantes antes de que
pudiera pronunciar palabra.
–¡Scatha!
–Aquí, Llew -repuso ella luchando también por
recobrar el aliento-. ¿Estás bien?
Comprobé el estado de mi cuerpo. Me dolía la
mandíbula, pero era por correr con los dientes apretados.
–Creo que estoy entero.
Desde la meseta que se cernía sobre nuestras
cabezas oímos unos pasos que se deslizaban entre la hierba, como los de un
animal que lanza un último ataque contra su presa.
–¡Deprisa! – aullé-. ¡Bajemos!
Tropezando, cayendo y rodando, nos precipitamos
ladera abajo hasta tropezar con un matorral de agudas espinas. Cuando me
esforzaba por
desengancharme de ellas, Scatha dijo:
–¡Shhh! ¡Quieto!
Me quedé inmóvil y escuché. Todavía se oían los
perros, pero los ladridos sonaban como si de alguna manera hubiéramos logrado
poner cierta distancia entre nosotros y nuestros perseguidores. Me disponía a
seguir adelante mientras tuviéramos oportunidad de hacerlo, pero Scatha me lo
impidió.
–Quedémonos aquí un momento -me urgió internándose
entre los arbustos.
Siguiendo su ejemplo, avancé a rastras bajo el
matorral y me senté junto a Scatha a esperar.
–¿Todavía conservas la lanza?
–Sí.
–Magnífico -dije.
Deseé de nuevo haberme acordado de coger la mía
cuando desmonté en el montículo. Y también deseé tener un pedernal y una yesca
para encender fuego… o por lo menos una antorcha con la que alumbrar nuestro
camino. Pero eran deseos imposibles.
Sin embargo, mientras nos sentábamos en la
tenebrosa oscuridad para aguardar no sabíamos qué, y la infausta noche resonaba
con los ladridos de los perros, imaginé que mi mano de plata comenzaba a
brillar. Al principio fue sólo un destello, un trémulo y débil pestañeo. La
alcé y el brillo se desvaneció. La bajé otra vez y reapareció.
Estiré el cuello hacia arriba para mirar y ante mi
sorpresa vislumbré un
pálido ojo que me miraba: era la luna. Aunque
envuelta en nubes, fría, macilenta y borrosa en el negro cielo de sollen, me
infundió cierto ánimo y deseé que su luz se prolongara.
Los perros estaban en la meseta, casi encima de
nosotros. Esperaba que de un momento a otro nos saltaran a la garganta.
Scatha se movió. La punta de su lanza destelló
mientras se inclinaba hacia delante presta a defenderse del ataque. Miré
alrededor buscando un palo que pudiera blandir como una porra, pero no encontré
nada.
La luz de la luna aumentó en intensidad. Vislumbré
el brillo de los ojos de Scatha clavados en la ladera que ascendía hacia la
meseta. Sintió que la miraba, volvió su rostro hacia mí y me sonrió. En aquel
momento se parecía mucho a Goewyn. El corazón me dio un vuelco. Debió de notar
mi estremecimiento porque me dijo:
–¿Estás herido?
–No, estaba pensando en Goewyn.
–La encontraremos, Llew.
Su tono inspiraba certeza, consuelo y confianza. Si
abrigaba alguna duda en su corazón o en su mente, la disimuló muy bien, porque
no percibí en su voz el menor titubeo.
Ahora había luz suficiente para distinguir
cualquier sombra en la ladera. Esperamos escuchando con todos los sentidos. Me
quedé entumecido de estar tanto tiempo inmóvil.
–Deberíamos marcharnos -dije al fin-. Quizá
regresen otra vez.
–Yo iré delante -dijo Scatha comenzando a
desenredarse de las espinas. Se arrastró entre el arbusto y yo la seguí; cuando
nos vimos libres de las
espinosas zarzas, nos dimos cuenta de que estábamos
junto a un espeso bosque. A la débil luz de la luna se veía a cierta distancia,
por encima de nosotros, el borde de la meseta circular.
–El cielo se está despejando un poco. Quizá podamos
ver el campamento desde allá arriba -dije pensando que si no podíamos hallar a
Tegid al menos podríamos localizar el campamento.
Scatha asintió y trepamos lentamente por la ladera;
cuando llegamos arriba escrutamos a través de la meseta. Tenía la esperanza de
ver las amarillentas fogatas del campamento, o al menos su rubicundo resplandor
reflejado en las nubes más bajas, pero no se veía nada. Se me ocurrió llamar a
gritos a Cynan y a Tegid, pero luego lo pensé mejor. Era una insensatez
llamar la atención de los perros.
–Bueno -dije-, si seguimos el borde, tarde o
temprano encontraremos el campamento.
–Y podremos refugiarnos en el bosque si es
necesario -observó Scatha. Rápida y silenciosamente, como dos sombras
escabullándose entre el
apagado gris del terreno, echamos a correr. Scatha,
lanza en ristre, iba delante, yo miraba constantemente hacia atrás escrutando
la meseta por si distinguía alguna señal del campamento o de Tegid; habría dado
cualquier cosa por encontrar a cualquiera de los dos. Recorrimos un buen trecho
y de pronto, por el rabillo del ojo, vislumbré un parpadeo espectral. Pensando
que podía tratarse del campamento, me detuve y me di la vuelta…; pero si de
verdad había visto algo, se había desvanecido.
Scatha se detuvo también.
–Creí haber visto algo -le expliqué.
Poco después volví a verlo.
En efecto, apenas habíamos dado dos pasos, vi
brillar otra vez aquel extraño destello. Como antes, me detuve y me di la
vuelta para mirar.
–Hay algo ahí -le dije a Scatha.
–No veo nada.
–Ni yo. Pero había algo.
De nuevo, en cuanto reemprendimos la marcha,
reapareció el resplandor. Esa vez no me detuve, ni miré, sino que dejé que la
sutil y evanescente luz destellara en el límite de mi campo de visión, mientras
yo trataba de observarla para saber lo que era.
Sin embargo, sólo percibí un brillante parpadeo en
el aire, como si la helada luz de la luna se hubiera espesado y congelado en
alargadas hebras y diáfanos filamentos, que flotaban en el oscuro aire de la
noche, rizándose y ondeando como las algas bajo las aguas.
Pero, cada vez que volvía la cabeza con la
intención de vislumbrar algo, los fantasmas se desvanecían. Se trataba, decidí,
de un fenómeno parecido al de la luz errática de ciertas estrellas, que son
claramente visibles cuando se mira hacia otro lugar, pero desaparecen cuando se
intenta mirarlas directamente.
Seguimos adelante y no tardé en observar que
aquellas amorfas siluetas no estaban limitadas a la meseta, sino que plagaban
el aire encima y a ambos lados de nosotros. Dondequiera que mirara, percibía,
en el mismísimo limite
de mi campo de visión, aquellas fluctuantes y
rizadas formas emergiendo, entrecruzándose y flotando en torno.
–Scatha -dije en voz muy baja; ella se detuvo-. No,
sigue andando. No te detengas.
Reemprendimos la marcha y añadí:
–Me parece que esas formas… esos fantasmas se están
reuniendo a nuestro alrededor. Hay muchísimas. ¿Las ves?
–No -repuso-. No veo nada, Llew.
Hizo una pausa y preguntó:
–¿Qué aspecto tienen?
«Bendita seas, Pen-y-Cat -pensé-, por no tomarme
por loco.» –Parecen… parecen jirones de niebla, o telas de araña meciéndose en
la
brisa.
–¿Se mueven?
–Constantemente. Como el humo; se entrecruzan y
cambian de forma sin parar. Las veo cuando no las miro directamente.
Seguimos caminando y al cabo de un rato comencé a
darme cuenta de que las fantasmales siluetas se fundían en formas más
sustanciales, más espesas, más densas. Seguían emergiendo y mezclándose, pero
parecían ir acumulando sustancia. Al mismo tiempo, noté que mi mano de plata me
hormigueaba de frío…, mejor dicho, no la mano, sino el punto en que el metal se
unía a la carne.
Creí que era consecuencia del frío aire de la
noche, luego caí en la cuenta de que las bajas temperaturas jamás me habían
afectado de aquella forma. Es más, mi mano de plata siempre había permanecido
insensible tanto al calor como al frío. Siempre, con una excepción: el día que
descubrí la almenara.
Mientras continuábamos adelante, iba dando vueltas
a aquel enigma. ¿Sería posible que mi apéndice de metal, aparte de otras
propiedades que poseía, funcionara como una especie de alarma? Considerando la
fantástica naturaleza de la mano y la manera como había llegado a formar parte
de mí, aquello encajaba de forma verosímil en su prodigiosa esencia; en verdad
todo en aquella mano de plata sugería una consustancial afinidad con
misteriosos y extraños poderes.
Si mi mano de plata poseía la capacidad de alertar
a su dueño del peligro, ¿de qué me estaba avisando?
Seguía tan absorto en mis elucubraciones, que
descuidé las siluetas que se
deslizaban hasta el límite de mi campo de visión.
Cuando las observé otra vez, me quedé helado. Los fantasmas se habían
solidificado y eran ahora de un tamaño uniforme, aunque sus formas eran aún
irreconocibles. Además, habían experimentado otro cambio. Y eso fue
precisamente lo que hizo que me detuviera en seco: poseían una inconfundible
conciencia, casi una capacidad de percepción. Era como si las fantasmagóricas
siluetas parecieran ansiosas o excitadas…, impacientes quizá.
En efecto, cuando me apresuré a reunirme con
Scatha, sentí que las misteriosas formas se agitaban…, como si mis movimientos
las frustraran y las confundieran. Me embargó entonces una extraña e
inquietante sensación, porque me pareció que aquellos fantasmas eran
conscientes de mi presencia y capaces de responder a ella.
Entretanto, el helado hormigueo de mi mano de plata
se había convertido en un agudo y punzante frío que me subía por el brazo.
Apreté el paso y alcancé a Scatha.
–No dejes de moverte -le dije-. Los fantasmas saben
que estamos aquí.
Parece que nos persiguen.
Perseguir no era la palabra que quería pronunciar.
Aquellas cosas nos rodeaban, se agitaban encima de nuestras cabezas y a nuestro
lado. Era peor que cruzar un espeso y hostil bosque en el que cada hoja fuera
un enemigo, y cada rama, un adversario.
Sin aminorar la marcha, Scatha levantó la lanza y
señaló una mancha en la oscuridad.
–Ahí delante se ve el resplandor de un fuego.
Un apagado resplandor brillaba, en efecto, en el
horizonte.
–Debe de ser el campamento -dije, e inmediatamente
caí en la cuenta de algo pavoroso. «Eso explica su agitación -pensé-, los
fantasmas no quieren que lleguemos al campamento.»
–¡Deprisa! Lo lograremos.
Apenas había pronunciado estas palabras cuando
Scatha me puso la mano en el pecho para detenerme. Al momento olfateé un dulzón
olor a podrido…, el mismo que exhalan los cadáveres de los caballos. Se me
atenazó la garganta.
Scatha también había reconocido el hedor.
–¡Siabur! – exclamó casi atragantándose.
Oí un apagado sonido y vi que una bulbosa forma
caía en el suelo a pocos
pasos de nosotros. El mareante hedor dulzón se
intensificó; los ojos se me llenaron de lágrimas. El redondo burujo negriazul
tembló unos instantes y luego se encogió como una gota de agua sobre una
superficie caliente. Al mismo tiempo, pareció endurecerse porque dejó de
temblar y comenzó a desplegar unas patas en torno a un abultado estómago. Luego
emergió una cabeza con redondos ojos y una espantosa boca con pinzas.
Comprendí entonces lo que había estado viendo. Los
fantasmas eran esas criaturas que Tegid había llamado sluagh. Y ahora, gracias
a los poderes que poseían, habían reunido la fuerza suficiente para
materializarse como un siabur. Lo inmaterial se había solidificado y había
adoptado la forma de una araría grotescamente hinchada. Pero era una araña como
jamás en mi vida había visto: verde y negra como una contusión, anormalmente
grande, del tamaño de un niño que empieza a andar, con un vientre peludo y abultado
y unas patas larguísimas rematadas por una sola garra.
El enorme corpachón rezumaba un reluciente y
viscoso líquido. El siabur emitió un espeluznante sonido y arrastró su
repulsiva mole sobre la hierba.
–¡Es horrible! – musitó Scatha.
Con dos rápidas y decididas zancadas, Scatha se
acercó al monstruo con la lanza en ristre. Alzó el brazo y disparó. La lanza
hirió a la criatura detrás de la grotesca cabezota clavándola en el suelo. El
siabur se retorció emitiendo exangües chillidos; sacudió las patas y cerró
violentamente las pinzas de la boca.
Scatha revolvió la lanza en la herida; las frágiles
patas se doblaron y el monstruo se derrumbó entre temblores. Pen-y-Cat retiró
la lanza y volvió a clavarla en el vientre de la asquerosa criatura. Surgió un
apestoso y nocivo gas y el repugnante monstruo pareció derretirse; su cuerpo
perdió forma sólida y se licuó otra vez en una gota que acabó por disolverse
dejando sobre la hierba una mancha apestosa y brillante.
Mientras el siabur se evaporaba eché a correr. Cogí
a Scatha por el brazo y la arrastré. Oí el ruido de otro cuerpo caer a mi
derecha y otro en donde habíamos estado hacía un instante. Scatha se volvió
hacia el sonido.
–¡Déjalo! – le grité-. Corramos hacia el
campamento.
Y corrimos a toda velocidad. La noche se estremecía
con el sonido de aquellos asquerosos y abultados cuerpos al caer sobre la
hierba. Los había a cientos, a miles. Y seguían cayendo del aire como una
obscena y pútrida lluvia.
El hedor impregnaba la atmósfera. Mi respiración se
convirtió en un jadeo que me desgarraba la garganta y los pulmones. Las
lágrimas corrían por mis mejillas. La nariz me moqueaba.
La larga hierba se nos enredaba a los pies como si
quisiera estorbarnos la carrera. La meseta bullía de siaburs que se arrastraban
materializándose en enormes formas sobre la hierba y se afanaban, luchaban, se
esforzaban por darnos alcance, agitando las delgadas patas y sorbiendo con sus
babeantes bocas. Acabarían con nosotros en cuanto nos detuviéramos o
titubeáramos; y entonces nos quedaríamos como los caballos que habíamos visto
aquella mañana: secas cáscaras sin sangre.
Nuestra marcha fue haciéndose más y más
dificultosa, y nuestra carrera más y más azarosa, pues nos veíamos obligados a
esquivar las arañas. Mi mano de plata ardía de frío.
Un siabur apareció delante de mí y tuve que saltar
por encima de él. Cuando mis pies tocaron el suelo, sentí un peso frío entre
los hombros…, unas patas largas se aferraron a mi cuello con el helado tacto de
una cosa muerta. Me debatí con violencia agitando los brazos hasta librarme del
monstruo y arrojarlo al suelo, donde se revolvió entre espantosas sacudidas.
Otro ocupó su lugar. Sentí su frío y mortal peso en
el hombro y noté un agudo y helado mordisco en la base del cuello. Un
escalofrío intenso se extendió desde el cuello y los hombros y fue descendiendo
por mi espalda hasta los muslos y las piernas. Dejé de correr. La oscuridad era
total, sofocante. Mi rostro se entumeció; no sentía ni los brazos ni las
piernas. Se me cerraban los párpados; quería dormir… dormir y olvidar… sumirme
en el olvido… Me hubiera dormido a no ser por una vocecilla que gritaba a lo lejos.
Tan pronto como callara… Al oír mi grito, Scatha se volvió y de una patada me
libró del siabur. De una rápida lanzada lo ensartó por el hinchado estómago. La
asquerosa criatura serpenteó, luego se disolvió en un limo gelatinoso y
desapareció.
Mi vista se aclaró y mis miembros comenzaron a
reaccionar. Sentí que las manos de Scatha me levantaban. Traté de ponerme en
pie, pero no sentía las piernas.
–Llew, Llew -musitó Scatha con voz dulce-. Yo te
sostengo. Te llevaré. Me ayudó a levantarme. Di dos pasos vacilantes y caí de
bruces. Los
siaburs se precipitaron todos a una; corrían con
asombrosa rapidez. Aparté de una patada a uno, que soltó un gemido y salió
huyendo; pero me atacaron
otros dos y se asieron con sus garras a mis breecs
mientras me revolcaba por el suelo.
Scatha pateó a uno en el momento en que me agarraba
y de una certera lanzada partió al otro por la mitad. Después, con los pies
firmes en el suelo, dio media vuelta y lanceó a dos más que se acercaban; un
tercero trató de esquivarla, pero ella lo ensartó por el vientre, lo alzó
clavado en la punta de la espada y de un bandazo lo envió por los aires.
Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Scatha me
levantó y tiró de mí. Tropezando como un viejo, me dejé llevar. El movimiento
me ayudó y poco a poco fui recuperando la fuerza en las piernas; no tardé en
correr a la misma velocidad que antes. Huimos hacia el reborde de la meseta y
hacia la boscosa ladera que descendía desde allí, en donde yo esperaba que
pudiéramos eludirlos más fácilmente. Un puñado de siaburs trató de cortarnos el
paso, pero las certeras lanzadas de Scatha despejaron el camino y pudimos alcanzar
la ladera en medio de un coro de agudos e irritados chillidos.
Al llegar al reborde seguimos corriendo ladera
abajo. El aire era puro; lo aspiré ansiosamente y mi visión se aclaró y los
pulmones dejaron de quemarme. Cuando llegamos a la primera hilera de árboles,
miré hacia atrás y
vi que los
siaburs se deslizaban por el borde de la meseta en una repugnante y agitada
cascada. Aunque había esperado que nos persiguieran, el corazón se me vino
abajo al ver su número: si antes se contaban por veintenas y centenas, ahora
eran miles y miles.
Fluían ladera abajo en enorme y agitada avalancha,
gritando horriblemente. No había forma de detenerlos; no había escapatoria.
22
ABRIGO AMARILLO
El horror me atenazó. La repugnante cascada de
siaburs inundaba la boscosa ladera. No podíamos escapar; eran demasiados.
Scatha apareció a mi lado.
–Toma -me dijo entregándome una robusta rama.
Siempre precavida, Pen-y-Cat me había encontrado un
arma, adecuada al menos para luchar contra arañas.
Cogí la rama y eché una ojeada a la ladera. Las
arañas no corrían como antes. Sus movimientos eran torpes y tropezaban unas con
otras en su lento avance.
–Creo que se están deteniendo.
–Están cansados -observó Scatha-. Podemos correr
más velozmente que ellos. ¡Por aquí! ¡Deprisa!
Scatha se dispuso a internarse entre la tupida
maleza.
Yo di dos pasos y solté un alarido mientras el
dolor me atenazaba el brazo.
–¡Ay!
Scatha acudió en mi ayuda.
–¿Estás herido, Llew?
–Mi mano… mi mano de plata… ay, oh, está muy fría
-dije tendiéndosela-. ¿No lo notas?
–Está helada. Congelada.
Miramos hacia la ladera; los siaburs habían
detenido su avance y se arrastraban juntos, en pesados y vibrantes montones.
Percibimos su hedor en una ráfaga de fétido aire. Aunque la luz de la luna no
era muy fuerte, distinguía sus informes cuerpos brillando enmarañados, mientras
se retorcían y culebreaban emitiendo un sonido parecido al de los gatitos al
sorber la papilla.
Y entonces, emergiendo por encima de uno de los
serpenteantes montones, aparecieron la cabeza y las patas delanteras de un
sabueso…, un monstruoso perro de cabeza achatada, enormes y puntiagudas orejas
y largos y afilados dientes. Su piel era un empapado amasijo de pelos
negrísimos y sus ojos eran rojos. Sacudía la horrorosa cabeza de un lado a
otro, como para liberarse de la masa de arañas que se habían convertido en un
cenagal de temblorosos vientres y retorcidas patas.
Contemplé fascinado cómo la bestia se abría paso
alzando y sacando el lomo y los cuartos traseros de aquella pestilente y
pululante ciénaga. Pero el
infernal sabueso no estaba escapando, sino naciendo
de la repugnante cópula de los siaburs. Mientras tal idea tomaba forma en mi
pensamiento, vi emerger otra cabeza, una tercera a su lado, y a cierta
distancia distinguí el hocico y las orejas de un cuarto perrazo.
–¡Corre! – gritó Scatha.
El primer perro casi se había liberado del
asqueroso útero, pero yo no podía apartar mis ojos de aquel horripilante parto.
Scatha me tiró del brazo y me empujó.
–¡Llew! ¡Vamos!
Desde lo alto de la ladera se alzó un babeante
gruñido y se oyó el rumor de unos veloces pasos. Cogí con fuerza la improvisada
porra y sin mirar atrás eché a correr. Fue una dura y dificultosa carrera de
obstáculos: saltábamos, tropezábamos, nos agachábamos, sorteábamos ramas caídas
y esquivábamos enormes troncos. Yo corría tras Scatha admirando la gracia y
velocidad con que se movía, escurriéndose entre espinosos matorrales y enormes
árboles con la agilidad alada de una llama.
El pavoroso eco de sobrenaturales y espectrales
ladridos me indicó que al primer sabueso se habían unido los otros tres.
Levantaban una algarabía sanguinaria, salvaje, siniestra, inquietante, un
sonido ante el que las rodillas temblaban y el coraje se diluía como el agua.
Eché una rápida mirada atrás y
vi brillar
bajo el sotobosque las negras siluetas de las bestias; al resplandor de la luna
sus ojos ardían como brasas. No podríamos eludirlas y tampoco podíamos hacerles
frente sólo con una lanza. Nuestra única esperanza era seguir corriendo.
Corrimos durante lo que me pareció un eón. Oía los
demoníacos perros desgarrar los arbustos detrás de mí. Por el ruido que hacían
juzgué que estaban ganando terreno y que habían aumentado en número.
Eché otra mirada atrás y vi que efectivamente los
perros estaban muy cerca. Por lo menos otros tres se habían unido a la jauría.
El eco de sus sanguinarios ladridos me hacia estremecer y me ponía los pelos de
punta.
Cuando volví a mirar al frente Scatha había
desaparecido. –¡Scatha! – grité.
¿Se habría caído? Corrí hasta el lugar donde la
había visto por última vez, pero no estaba allí; no había el menor rastro de
ella. No podía quedarme allí a buscarla, ni tampoco podía abandonarla.
–¡Scatha! ¿Dónde estás?
–¡Aquí, Llew! – respondió muy cerca, aunque seguía
sin verla.
Oí un aullido que era casi un gruñido y el primer
perro se lanzó contra mí. Me volví para hacerle frente, apoyando la espalda
contra el tronco más cercano y blandiendo mi improvisada arma, listo para
defenderme. Calculé que podría propinarle al menos un par de golpes antes de
que llegaran los demás. No tenía ni idea de lo que podría hacer después.
El monstruo atacó con asombrosa velocidad. Me
dispuse a resistir la acometida.
Entonces, el extremo de un astil de lanza apareció
justo delante de mi cara.
–¡Agárrate! – me gritó una voz desde lo alto.
Arrojé la porra y me agarré a la lanza con la mano
de carne; di un salto y levanté las piernas hacia las ramas. Abracé una rama
con la rodilla y agarré otra con mi mano de plata. Debajo, las mandíbulas del
perro se cerraron con la violencia de una trampilla y faltó un pelo para que me
atraparan.
Agarrándome desesperadamente al astil de la lanza,
trepé un poco más. –Suelta la lanza, Llew -me dijo mi salvador-. Hay una rama a
tu lado. Pero no podía soltarla, pues en cuanto lo hiciera caería al suelo.
Otro
perro se había unido al primero y ambos saltaban
hacia mí cerrando las mandíbulas y entrechocando los dientes.
–Suéltala, Llew.
Miré a izquierda y derecha. Si la soltaba me caería
y sería despedazado por los perros.
–Llew, no puedo ayudarte si no la sueltas.
Titubeé balanceándome peligrosamente muy cerca de
los monstruos. Un tercer perro saltó sobre el lomo de los otros dos y agarró
entre sus dientes mi manto; me arrastró con la fuerza de su peso y casi logró
que soltara la lanza.
–¡No puedo sostenerte!
Colgado de mi manto, el monstruoso sabueso tiraba
furiosamente, con la intención de obligarme a soltar mi precario asidero. El
tejido del manto empezó a desgarrarse. Un segundo perro mordió otra punta del
manto y comenzó a dar tirones empinado sobre las patas traseras. Mi mano
comenzó a deslizarse por el astil, a medida que los tirones se hacían más
violentos. Otros perros iban llegando junto al árbol y saltaban para tratar de
alcanzar con los dientes mi colgante manto.
–¡Llew! ¡Suelta!
En tan apurado trance, deslizándome pulgada a
pulgada y casi ahogándome por la presión del manto en mi cuello, no tenía otra
solución que soltar la lanza y tratar de agarrarme a la rama invisible.
–¡No puedo sostenerte más!
Solté la lanza y extendí la mano. El peso de los
perros aferrados al manto tiró de mí. Pero mi mano encontró una rama y
rápidamente me aferré a aquel resistente asidero y me di impulso hacia arriba.
Fui a parar junto a Scatha, aún temblorosa por el
esfuerzo empleado en aguantar mi peso con el extremo de su lanza.
–Faltó poco para que te dejara caer.
–No veía la rama -repuse con los dientes apretados.
De rodillas en la rama, Scatha se inclinó y propinó
una lanzada hacia abajo. Un rabioso gruñido dejó paso a un aullido de dolor y
el peso de mi manto disminuyó considerablemente. Otra rápida lanzada suscitó
otro alarido y quedé libre. Busqué con torpeza el prendedor y logré
desabrocharlo y despojarme del manto.
Me di impulso y trepé más arriba. Abajo había no
menos de ocho sabuesos; unos saltaban frenéticamente, otros daban enloquecidas
vueltas en torno al árbol y al menos dos intentaban trepar por el tronco
ayudándose con sus garras. Uno de ellos consiguió subir hasta cierta altura,
pero Scatha, agarrándose de la rama con una sola mano, lanceó al monstruo en la
garganta. Lo vi caer al suelo panza arriba y dar vueltas sobre sí mismo
furiosamente, como si quisiera morderse la garganta de la que brotaba una sangre
muy negra.
La bestia cayó al fin muerta, y, al igual que las
arañas, se disolvió en una masa informe que se evaporó en pocos minutos,
dejando sólo un gelatinoso residuo. Pero, al pie del árbol ya se habían reunido
más de una docena de perros, que saltaban hacia nosotros chasqueando los
dientes y gruñendo. De vez en cuando, uno trataba de trepar y Scatha lo
derribaba muerto o herido. El cadáver se disolvía y desaparecía, pero con la
misma rapidez era sustituido por más perros.
Era obvio que estábamos atrapados y comencé a
pensar que los sabuesos podrían derribar el árbol simplemente aunando sus
fuerzas. Sólo el espectáculo del agitado y perverso caos de aquella frenética
jauría me llenaba de pavor y desánimo. Por su parte, Scatha no tardó en darse
cuenta de la futilidad de su lucha, porque, aunque seguía haciendo buen uso de
su lanza
cada vez que se le presentaba la ocasión, noté que
se iba desanimando. Poco a poco su rostro perdió expresividad y acabó por
abatir la cabeza.
–Aquí estamos a salvo -le dije tratando de
animarla-. El campamento está cerca. Los guerreros oirán los ladridos y vendrán
a ayudarnos.
–Si no los están atacando también a ellos -repuso
en tono lúgubre.
–Nos encontrarán -dije, aunque la duda restaba
fuerza a mis palabras-.
Vendrán en nuestra ayuda.
–No tenemos escapatoria -murmuró ella.
–Nos encontrarán -insistí-. Es cuestión de
resistir.
Sin embargo, la realidad no tardó en darle la
razón. Los infernales sabuesos no se cansaban, y su número iba en aumento.
Scatha dejó de propinar lanzadas; trepamos más arriba y nos sentamos con los
ojos clavados en el frenético espectáculo, entumecidos de frío y paralizados de
terror ante aquella algarabía de ladridos, aullidos y gruñidos.
Como hipnotizado por el resplandor de la luna en
dientes y colmillos y por el vertiginoso dibujo que trazaban en el aire
aquellos ojos de color rojo, empecé a desvariar. Los cuerpos de los perros
girando sin cesar parecían fundirse en un salvaje torrente, en una rabiosa
catarata, en un torbellino de ira. Y me pregunté qué se sentiría al abandonarse
a aquel tumultuoso remolino y entrar a formar parte de su terrorífica
turbulencia. Sin otro propósito que el caos, sin otro deseo que la destrucción.
Qué desafío, qué fuerza, qué desenfreno… abandonarme a tan impetuosa furia.
¿Qué me sucedería? ¿Moriría o simplemente me
convertiría en uno de ellos, primario y libre? Sin límites, sin frenos, una
criatura de primitivos apetitos, una fiera poseída de salvaje y terrible
belleza… ¿Qué se sentiría al actuar sin pensar, al limitarse simplemente a ser…
más allá de cualquier pensamiento, razón o sentimiento, viviendo sólo para las
sensaciones…?
Una brusca sacudida de la rama me despertó de mis
ensoñaciones. Scatha, con los ojos clavados en el enloquecido tumulto alrededor
del árbol, se había puesto de pie sobre la rama y se balanceaba peligrosamente
de atrás hacia delante, con los brazos extendidos para mantener el equilibrio.
Había dejado caer la lanza.
–Scatha -grité-, ¡no los mires, Scatha! Aparta tus
ojos de ellos.
Continué hablándole mientras me arrastraba por la
rama para acercarme a ella. Luego me puse de pie con extrema cautela y le pasé
un brazo por los hombros para sostenerla.
–Sentémonos de nuevo, Pen-y-Cat -le dije.
Ella cedió y dejó que la ayudara a sentarse.
–Así está mejor -le dije-. Me has dado un buen
susto, Scatha. Podías haberte caído.
Ella me dirigió una inexpresiva mirada y dijo:
–Quería caer.
–Scatha, escúchame bien: lo que sientes es el
sluagh…, nos están tentando. Yo también lo siento. Pero debemos resistir.
Alguien nos encontrará pronto.
Pero Scatha había vuelto a clavar los ojos en la
vociferante y pululante masa bajo el árbol. Perdida toda esperanza de
distraerla, luché contra la tentación de mirar aquel torbellino y escruté las
tinieblas del bosque en busca de alguna señal esperanzadora.
Y, sin poder dar crédito a mis ojos, vi el débil
resplandor de una antorcha que descendía por la ladera.
–¡Mira! Alguien viene hacia nosotros. Scatha, mira…
vienen a ayudarnos.
Mis palabras pretendían llamar la atención de
Scatha, pero también infundirme ánimos a mí mismo. No había razón para pensar
que acudían a salvarnos, y en cambio sí un buen número de razones para suponer
que un nuevo horror venía a nuestro encuentro.
Mis esperanzas casi se habían desvanecido cuando
Scatha dijo:
–No veo nada. No hay ninguna antorcha.
Era cierto… el resplandor no era el de una
antorcha. Lo que había visto, empujado por mi anhelo de ver una llama, era sólo
un apagado y amarillento resplandor. Pero se acercaba a nosotros a través del
bosque, y poco a poco me di cuenta de que con él se acercaba también un sonido,
difícil de percibir entre los aullidos, gruñidos y alaridos de los sabuesos.
–Escucha… ¿no oyes algo?
Scatha escuchó unos instantes apartando los ojos
del torbellino infernal.
–Um… Oigo… ladrar -respondió insegura.
–Eso es -aseguré yo-. Ladridos, exactamente… lo
mismo que oímos antes de que los siaburs aparecieran.
Scatha me dirigió una mirada escéptica y con razón,
considerando cómo habíamos huido, aterrorizados, de aquellos ladridos. Era
extraño, pues, sentir alivio al volver a oírlos. Y sin embargo yo lo sentía.
Escruté entre la espesura
mientras el extraño destello amarillo brillaba
entre los árboles. Los ladridos se iban intensificando y no cabía duda de que
eran los mismos que habíamos oído antes. Poco después, vislumbré unas sombras
blancas que corrían entre el sotobosque hacia nosotros.
–Algo se acerca -dije sofocadamente.
Sentí un templado hormigueo en el brazo y tres
perros de lustroso color blanco aparecieron de súbito y se lanzaron contra el
espantoso torbellino de los sabuesos. Blancos como la nieve desde el hocico
hasta la cola, excepto por las orejas que eran de color rojo sangre, los perros
eran más pequeños y flacos que los infernales sabuesos, pero mucho más rápidos
e igualmente fieros.
Temí que en un instante los hicieran pedazos, pero
ante mi asombro los sabuesos reaccionaron como si les hubieran echado agua
hirviendo. Se alzaron sobre sus patas traseras, saltaron en el aire y se
precipitaron unos contra otros en desesperado afán por escapar del ataque de
los recién llegados. Y pronto se hizo obvio que les sobraban motivos.
Los perros de orejas rojas propinaron feroces
dentelladas; agarraban a los sabuesos por la garganta, los destrozaban y se
lanzaban contra otra presa. Los sabuesos se derrumbaban entre gemidos, se
disolvían en informe gelatina y desaparecían.
Como relámpagos estallando entre nubarrones, los
tres perros blancos luchaban contra nuestros agresores, matándolos con singular
celeridad y lanzándose al ataque una y otra vez. Poco después de su aparición,
docenas de sus enemigos habían muerto y el resto huía en atropellada fuga. El
bosque resonaba con los ladridos de los perros que perseguían a los fugitivos
entre la espesura.
–Han desaparecido -dijo Scatha al tiempo que
exhalaba un profundo suspiro.
Abrí la boca para asentir y entonces lo vi: estaba
justo debajo de nosotros y miraba hacia donde los perros habían desaparecido.
Llevaba un abrigo amarillo muy largo atado con un cinturón. Era aquel abrigo lo
que había visto moverse entre los árboles como un fuego fatuo.
Permaneció inmóvil unos instantes y luego alzó la
cara para mirar entre la copa del árbol donde estábamos escondidos Scatha y yo.
Faltó poco para que me cayera de la rama. Era el rostro más feo que jamás había
contemplado: una cara enorme de imponentes facciones, con una nariz larga y
ganchuda y
una boca de labios abultados semejante a la de una
rana; unas orejas como las asas de una jarra asomaban entre una espesa mata de
pelos negros, y los ojos, muy separados, le sobresalían bajo una única y
encrespada ceja también negra.
Sostuvo mi mirada un breve instante, suficiente
para demostrarme que me había visto; además alzó el bastón a modo de saludo
antes de alejarse del árbol y perderse entre la espesura.
Cuando hubo desaparecido recobré el habla.
–Ya había visto antes ese rostro -murmuré. Antes…,
hacía mucho tiempo… en otro mundo.
Sentí que Scatha me tocaba el brazo.
–¿Llew?
–Todo ha terminado -le dije-. Los perros eran
suyos.
–¿De quién?
–Del hombre del abrigo amarillo. Estaba aquí. Lo
vi; él… -me interrumpí. Era inútil insistir. Era obvio que Scatha no lo había
visto. Y en cierto modo no me extrañó.
–Podemos marcharnos -le dije.
Descendí hasta la rama más baja y me dispuse a
ganar el suelo de un salto. Cuando me solté de mi asidero, Scatha gritó desde
arriba:
–¡Espera! ¡Escucha!
Pero su aviso llegó tarde. Aterricé de mala manera
y caí de espaldas. En aquel preciso instante oí un violento crujido entre la
espesura. Me puse en pie de un salto y busqué desesperadamente la lanza que
Scatha había dejado caer, deseando haber conservado mi porra.
–¡Llew! – gritó Scatha-. ¡Allí… detrás de ti!
La lanza yacía, efectivamente, a unos pasos. Me
precipité hacia ella, la cogí y me di la vuelta para encontrarme… ante Bran y
Alun Tringad,
espada en mano y acompañados de unos veinte
guerreros con antorchas. –¡Aquí! – les grité-. ¡Scatha! ¡Es Bran! ¡Estamos
salvados!
Bran y Alun se acercaron con extrema cautela, como
si yo fuera un fantasma.
–¡Aquí estoy! – grité otra vez agitando la lanza y
corriendo a su encuentro-. Scatha está conmigo.
–¿Llew? – exclamó dubitativo el jefe de los
Cuervos, y fue bajando poco a poco la espada.
Echó una rápida mirada a Alun que se apresuró a
decirle:
–Ya te dije que los encontraríamos.
–Mientras regresábamos al campamento nos perdimos
-les expliqué.
Volví apresuradamente junto al árbol y llamé a
Scatha.
–Ya puedes bajar. Estamos a salvo.
Scatha saltó de la rama y con la agilidad de un
gato aterrizó de pie en el suelo.
–¿Están con vosotros Cynan y Tegid? – preguntó Alun
escrutando entre las ramas.
–Nos separamos -respondí-. No sé hacia dónde
fueron. –No regresaron al campamento por la noche -dijo Bran. –¿Cómo supisteis
dónde estábamos?
–Oímos unos perros -explicó Bran-. Corrían por el
campamento y Alun vio a alguien…
–Dieron tres vueltas corriendo alrededor del
campamento -especificó Alun-. El individuo que iba con ellos nos hizo senas
para que lo siguiéramos.
–Yo no vi a nadie -intervino Bran con firmeza-.
Sólo los perros. –Ese individuo -le pregunté a Alun-, ¿cómo iba vestido?
–Llevaba un manto largo y un cinturón muy ancho
-respondió al instante Alun.
–Y el manto… ¿de qué color era?
–Pues, pardo. O amarillo -contestó Alun-. Aunque no
podría precisarlo porque estaba muy oscuro y no llevaba ninguna antorcha.
–¿Y los perros?
–Era blancos -respondió Bran.
–Con orejas rojas -añadió Alun Tringad-. Eran tres.
Nos condujeron hasta aquí.
–¿No oísteis nada más?
–Nada más, señor -repuso Alun.
–¿No oísteis alaridos de sabuesos? – concreté-.
Aquí mismo, en este lugar.
Bran sacudió la cabeza.
–Sólo oímos a los perros -afirmó Bran-. Y sólo eran
tres.
–Y el hombre -apostilló Alun.
–Sí, en efecto, había un hombre… el hombre del
abrigo amarillo -le confirmé-. Scatha no lo vio, pero yo sí.
–Yo sólo vi los perros -dijo Scatha con un suspiro
de alivio-. Pero ya tuve bastante.
Noté que se abstenía de hablar de los sabuesos y de
las arañas. Y yo
tampoco dije nada.
23
CROM CRUACH
Tegid y Cynan ya habían regresado al campamento y
estaban aguardándonos. El sol asomaba por el horizonte gris cuando penetramos
en el protector círculo de fuego que aún ardía lentamente. En cuanto cruzamos
el umbral de brasas, acusé el cansancio. Las piernas me pesaban y me dolía la
espalda. Tropecé y casi me vine al suelo.
Tegid me cogió del brazo y me condujo junto a la
fogata. –Siéntate -me ordenó, luego hizo una seña a un guerrero-. Trae una
copa. Yo permanecía en pie tambaleándome, incapaz de hacer el más mínimo
movimiento; me parecía que el suelo estaba muy
lejos.
Cynan, aunque tampoco estaba en su mejor forma tras
aquella noche sin dormir, se apresuró a ayudar a Scatha; le pasó el brazo por
los hombros y la condujo hasta donde yo estaba.
–Siéntate, hermano -me urgió de nuevo el bardo-.
Vas a morirte de pie. Doblé las rodillas y me derrumbé. Scatha, con los ojos
apagados y
deslucidos por aquella noche de sufrimientos, se
dejó caer a mi lado. Trajeron la copa. Tegid la puso en mis manos y me ayudó a
llevármela a
los labios.
–¿Qué os sucedió? – preguntó mientras bebíamos.
La cerveza estaba fresca y sabrosa y casi la apuré
del todo antes de caer en la cuenta de que Scatha estaba tan sedienta como yo.
Le pasé la copa y dije:
–Os perdimos en la oscuridad. Os llamé…, no
debíamos estar ni a diez pasos de vosotros. ¿Por qué nos abandonasteis?
–No oímos nada -afirmó con extrañeza Cynan-. Ni el
más leve sonido.
–¿No? – pregunté, aunque al fin y al cabo aquello
no me extrañaba-.
Bueno, como no os encontramos, seguimos el borde
del montículo. –Fuimos perseguidos por sabuesos -continuó Scatha echándose a
temblar
al recordarlo.
–Luego llegaron los perros y ahuyentaron a los
sabuesos -les expliqué
sucintamente-. Alun y Bran aparecieron poco después
y nos trajeron de vuelta.
–Háblame de los perros -dijo Tegid arrodillándose a
mi lado.
–Eran tres… delgados, con largas patas y el pelo
muy blanco. Surgieron del bosque y ahuyentaron a los otros.
Scatha explicó los detalles que yo había pasado por
alto.
–Tenían orejas rojas e iban con un hombre. Yo no lo
vi, pero Llew sí.
–¿Es cierto? – preguntó el bardo arqueando una
ceja.
Antes de que pudiera responder se me adelantó Alun.
–Lo es. Yo lo vi también. Llevaba un manto amarillo
y corría con los perros.
Bran confirmó el informe de Alun.
–Yo vi los perros. Dieron tres vueltas por el
campamento y nos condujeron hasta el lugar donde se habían escondido Llew y
Scatha.
Tegid sacudió ligeramente la cabeza.
–¿Y los sabuesos? – preguntó.
Yo no quería hablar de ellos. Era inútil sembrar
más pavor aún en el corazón de los guerreros…, ya tenían bastante.
–Bueno -repuse despacio-, no hay mucho que decir.
Eran unas bestias enormes y horribles. Salvajes. Si Alun y Bran no hubieran
aparecido tan oportunamente, ahora no estaríamos aquí.
–Querrás decir el hombre del manto amarillo.
Nosotros llegamos después -observó Alun.
–La cuestión es -dije yo- que no habríamos
sobrevivido mucho más tiempo.
–Los sabuesos -insistió Tegid-, háblame de ellos.
–No eran más que sabuesos -repuse yo.
–Eran sluagh -le informó Scatha.
Tegid entrecerró los ojos. No preguntó cómo lo
sabíamos, sino que lo aceptó sin hacer ningún comentario, lo cual era de
agradecer.
–¿Los mismos que atacaron a los caballos? –
preguntó Cynan.
–Los mismos -respondió Tegid-. Los sluagh cambian
de cuerpo para perseguir a sus presas.
–¡Cambian de cuerpo! – Cynan sacudió la cabeza y
emitió un silbido-. Clanna na cù. Eres un hombre con suerte, Llew Mano de
Plata, puesto que aún te cuentas entre los vivos esta mañana.
Tegid no dijo nada; su expresión era inescrutable y
no pude adivinar lo que estaba pensando.
Sin embargo, Cynan tenía ganas de hablar.
–Después de que Scatha y tú os perdierais en la
oscuridad, encontramos un agujero cubierto de hierba y nos metimos en él para
aguardar hasta la salida del sol. ¡Oh, qué noche más negra! No habría podido
ver menos si me hubiera quedado ciego. Poco a poco el cielo empezó a clarear y
salió el sol. Entonces nos dirigimos hacia el campamento. No estábamos
demasiado lejos, pero… ¿acaso vimos el resplandor del fuego por la noche? Pues
no; no lo vimos.
Tegid se levantó de pronto.
–Este montículo está maldito. No podemos quedarnos
aquí otra noche. –Estoy de acuerdo. Envía exploradores… dos partidas de cuatro
hombres
cada una; una que cabalgue hacia el este y la otra
hacia el oeste siguiendo el perímetro del montículo. Si ven alguna señal de un
campamento, dos deben quedarse a vigilar y los otros dos deben regresar
inmediatamente.
–Pero no deben alejarse demasiado -añadió Tegid-.
Nos marcharemos a mediodía.
–Enviaré a Gweir al mando de una de las partidas
-decidió entonces Cynan-, y volverán rápidamente.
Bran y Cynan se marcharon a organizar las partidas.
Yo me tendí con la intención de descansar hasta que regresaran. Pero no pude
conciliar el sueño durante la espera, porque me asaltaron angustiosos
pensamientos respecto a la suerte de Goewyn. ¿Dónde estaba? ¿Qué estaría
haciendo en aquellos momentos? ¿Sabría que la estaba buscando?
Pensé en construir una enorme almenara para que sus
raptores supieran que estábamos allí. Pero luego decidí no hacerlo. Si no se
enteraban de nuestra presencia, a lo mejor podíamos cogerlos por sorpresa; y si
Paladyr y sus compinches ya estaban enterados, la almenara sólo serviría para
desvelarles nuestras intenciones.
Cerca del mediodía, Tegid me trajo un poco de
comida. Dejó el plato junto a mi cabeza y se sentó a mi lado.
–Deberías comer algo.
–No tengo hambre.
–No es fácil luchar con demonios si se tiene el
estómago vacío -me dijo-.
Ya que no duermes, al menos deberías comer.
Me incorporé sobre un codo y me acerqué el plato.
Contenía una espesa papilla de avena mezclada con nabos y carne salada. Alcé el
plato y sorbí un poco de papilla. Tegid me miraba fijamente.
–Bueno, ¿qué te ronda por la cabeza, bardo?
–¿Cómo te sientes?
–Cansado -repuse-. Pero no puedo dormir. No dejo de
pensar en Goewyn.
–Goewyn no va a sufrir ningún daño.
–¿Cómo puedes estar tan seguro?
–Porque es a ti a quien quieren. Ella es tan sólo
el cebo en la trampa. Tegid hablaba con toda franqueza. Su tranquilidad me
animó a expresar
en voz alta mis más profundos temores.
–Si es eso cierto, puede que ya la hayan matado. –
El corazón me dio un vuelco ante tal pensamiento, pero tras haberlo verbalizado
me sentí mejor-. No lo sabremos hasta que no hayamos caído en la trampa, y
entonces quizá sea demasiado tarde.
Tegid reflexionó unos instantes, luego sacudió
despacio la cabeza de un lado a otro.
–No -dijo en tono seguro-. No lo creo.
Hizo una pausa y me miró fijamente, como
estudiándome…, como si yo fuera un viejo amigo que hubiera regresado y
estuviera comprobando hasta qué punto había cambiado.
–¿Qué ocurre, bardo? – dije-. No has dejado de
observarme desde que regresé al campamento esta mañana.
La comisura de sus labios se curvó en un amago de
sonrisa. –Es verdad. Quiero que me hables de ese hombre con los perros
blancos…, de ese hombre del manto amarillo.
–Te he dicho todo lo que sé.
–No es cierto -repuso inclinándose hacia mí-. Me
parece que lo conocías.
–No lo conocía -negué con brusquedad.
Tegid me dirigió una rápida y aguda mirada de
reproche.
–Lo había visto antes -confesé-, pero no lo
conocía. No es lo mismo. –¿Dónde lo viste?
Me embargó la angustia y la boca se me llenó de
bilis.
–No tiene nada que ver con todo esto. Dejémoslo.
–Cuéntamelo -insistió el bardo.
El interrogatorio de Tegid me estaba obligando a
recordar mi vida en el
otro mundo y no quería hacerlo. Lo miré con el
entrecejo fruncido, pero le obedecí:
–No fue en este mundo -murmuré-. Ocurrió antes,
cuando estaba con Simon, con Siawn Hy, en otro lugar; él había entrado en el
cairn y yo estaba aguardando a que saliera. Entonces vi a ese hombre merodeando
por allí.
–Descríbeme ese cairn -dijo Tegid.
Cuando lo hube hecho, me preguntó:
–¿Viste también los perros blancos?
–Sí, vi los perros blancos con las orejas
coloradas. Pero estaban con alguien más… un granjero, creo…; oh, hace tanto
tiempo que apenas lo recuerdo. Pero creo que estaban todos.
El bardo guardó silencio un rato; por fin musitó:
–Era el mismo hombre.
–¿Quién era el mismo?
–No importa que fuera con perros o sin perros
-afirmó crípticamente. Cuando le rogué que me explicara lo que quería decir
respondió: –Normalmente Abrigo Amarillo es visto en compañía de los perros, es
verdad. Pero tú viste a los perros y lo viste a él;
no importa que los vieras juntos o por separado.
–Bardo, procura explicarte mejor.
–Crom Cruach, Tuedd Tyrru, Crysmel Hen…, adopta
distintos nombres y distintas apariencias -dijo con voz apagada-. Pero en todas
ellas se esconde una misma identidad: es el Señor del Túmulo.
Cuando Tegid pronunció el nombre, sentí una mano
fría y húmeda en la garganta.
–No recuerdo ningún túmulo.
–Cuando un guerrero ve a la Lavandera del Vado
-dijo Tegid-, sabe a buen seguro que la muerte lo acecha.
Ya había oído antes leyendas parecidas. Son todas
más o menos iguales: un guerrero que se dirige a la batalla llega a un vado y
ve a una mujer, a veces muy hermosa, a veces extraordinariamente fea, que está
lavando en el agua prendas manchadas de sangre. Si pregunta de quién son las
ropas, la lavandera responderá que suyas. De este modo el guerrero se entera de
que su fin está cercano. Reflexioné unos instantes y pregunté:
–¿Ocurre lo mismo con el Abrigo Amarillo?
–Sólo aquellos cuyos asuntos conciernan a Crom
Cruach pueden verlo -
replicó Tegid con la típica ambigüedad de los
bardos.
–¿Eso significa la muerte? – pregunté sin rodeos.
Tegid titubeó.
–No siempre -respondió al fin.
–¿Qué significa entonces?
–Significa que Crom Cruach te ha reconocido.
Su respuesta no arrojaba demasiada luz sobre el
asunto, pero Tegid parecía reacio a dar más explicaciones.
–¿Tiene algo que ver todo esto con el hecho de que
rompiera mi geas? – pregunté.
–Descansa ahora -dijo Tegid poniéndose en pie-.
Hablaremos más tarde. Acabé de comer e intenté dormir. Pero las tenebrosas
insinuaciones de
Tegid y el bullicio del campamento no me dejaron
pegar ojo. Al cabo de un rato me levanté y me reuní con los demás a esperar el
regreso de los exploradores. Charlamos de cosas triviales, evitando mencionar
los inquietantes sucesos de la noche pasada. Cynan trató de animar a los
guerreros en una competición de lucha libre, pero los luchadores mostraron tan
pocos ánimos que abandonamos el juego.
La mañana fue transcurriendo. El sol, casi
templado, ascendía por su menguada órbita meridional arrastrando grises
nubarrones como jirones de un sudario. Poco antes del mediodía, la primera
partida de exploradores regresó al campamento con la noticia de que no habían
visto ninguna señal del enemigo. Pero los cuatro guerreros que se habían
dirigido al este no regresaron.
Los aguardamos todo lo que pudimos, más de lo que
dictaba la prudencia. Tegid echaba preocupadas miradas al sol y murmuraba entre
dientes mientras paseaba de un lado a otro con impaciencia. Por fin dijo: –No
podemos permanecer aquí por más tiempo.
–Pero no podemos abandonarlos -exclamó Cynan-. Los
capitanea Gweir.
No estoy dispuesto a dejar atrás a mi jefe de
batalla y a mis guerreros.
El bardo frunció el entrecejo y resopló.
–Muy bien, pues saldremos en su busca.
–¿Y qué pasará si se trata de una trampa? – observó
Bran-. A lo mejor eso es precisamente lo que Paladyr quiere que hagamos.
–Pues haremos saltar la trampa y ya veremos qué
sucede -espetó Tegid-. Es preferible enfrentarse a Paladyr y a sus guerreros
que pasar otra noche en
este lugar.
–Eso es cierto -asintió Bran.
–Entonces, cabalgaremos rumbo al este -concluí yo.
Atravesamos la meseta siguiendo el rastro que los
exploradores habían dejado en la hierba, dando un rodeo para esquivar la
columna de piedra, y llegamos al reborde oriental cuando empezaba a anochecer.
Nos detuvimos a observar entre las copas de los árboles el territorio que se
extendía ante nosotros: lo poco que se divisaba entre las nubes bajas era de un
triste tono marrón y gris descolorido por la neblina.
–Aquí es donde acaba el rastro -dijo Bran en tono
lúgubre.
–¿Acaba? – repetí mirándolo.
Una espesa barba negra hacía aún más fúnebre el
aspecto de mi jefe de batalla, que parecía realmente que se estaba
transformando poco a poco en un verdadero cuervo.
Bran señaló la hierba pisoteada; en la nieve se
veían claramente huellas de pezuñas, pero no había ninguna señal de lucha.
–Los exploradores se detuvieron aquí, y aquí acaba
el rastro. Debieron de internarse en el bosque -opinó sin demasiada convicción.
–Pero tú les dijiste que no lo hicieran.
–Sí. Se lo dije.
Comenzamos a descender por la boscosa ladera. La
espesa vegetación dificultaba la marcha. No habíamos avanzado demasiado cuando
nos vimos obligados a desmontar, y a encapuchar a los caballos. Como antes, los
animales rehusaban internarse en el bosque y para poder seguir adelante tuvimos
que conducirlos de la brida a pie. De todos modos tampoco habríamos podido
seguir a caballo porque la vegetación era espesísima e impenetrable.
Bran abría la marcha, flanqueado por los Cuervos,
con la esperanza de poder localizar el rastro de los exploradores perdidos.
Pero cuando llegó el crepúsculo aún no habíamos dado con una sola huella.
Avanzábamos con enloquecedora lentitud y teníamos que ir abriéndonos camino
entre el sotobosque con las espadas. Pese al ejercicio, noté que cuanto más
descendíamos más frío hacía, de forma que cuando llegó el momento de buscar un
lugar donde acampar, íbamos arropados de la cabeza a los pies con los mantos y
nuestro aliento formaba una helada nube en torno a nuestras cabezas.
Acampamos al pie de un enorme y nudoso roble, bajo
cuyas retorcidas ramas encontramos un clavero bastante grande. Trajimos leña de
los alrededores y la apilamos en tres montones con los que ir alimentando tres
fogatas. Tegid encendió las tres diciendo:
–Si encendemos tres, aunque se apague una, siempre
quedarán dos con las que prenderla de nuevo.
–¿Acaso crees que las fogatas se apagarán? – le
pregunté.
–Simplemente creo que es peligroso quedarse sin
fuego durante la noche - respondió.
Así que establecimos turnos para vigilar las
fogatas y alimentar el fuego. La noche fue muy fría pero tranquila y nos
despertamos sin novedad,
excepto por el hecho de que caía una lluvia gris y
pertinaz. Lo mismo sucedió al día siguiente y también en los otros que
siguieron. Avanzábamos entre una interminable sucesión de espinosos matorrales
tupidos como un seto, arrastrándonos sobre troncos caídos y sorteando a gatas
enormes rocas. Durante el día caminábamos penosamente en fila india empapados
hasta los huesos; por la noche procurábamos secarnos lo mejor que podíamos. A
cada paso la temperatura iba bajando, de modo que el quinto día la lluvia se transformó
en nieve. Aquello no facilitó nuestra marcha, pero por lo menos supuso una
novedad que recibimos con cierto agrado.
Caminábamos en silencio. Scatha, hosca y taciturna,
no hablaba con nadie; tampoco Tegid parecía tener mucho que decir. Cynan y Bran
se dirigían a sus hombres en tono tenso y brusco, y sólo cuando era
estrictamente preciso. Yo no encontraba nada que decir a nadie y me arrastraba
tan mudo y abatido como los demás.
La ladera fue allanándose tan poco a poco que no
nos dimos cuenta de que por fin habíamos arribado al pie del montículo, hasta
llegar a un lento riachuelo bordeado de altos pinos y esbeltos abedules.
–A partir de aquí la marcha será más rápida
-observó Bran.
Aunque no habíamos vuelto a ser atacados por los
sluaghs, experimenté cierto alivio al dejar atrás el montículo, pues tenía la
sensación de que también dejábamos atrás aquellos espíritus depredadores.
Descansamos bajo los árboles y al día siguiente seguimos el curso del arroyo.
Los árboles eran viejos y las ramas altas, y el sotobosque se aclaró
considerablemente, con lo cual nuestra marcha se hizo más fácil. Poco a poco,
el arroyo se fue ensanchando hasta convertirse en un pequeño río que
serpenteaba entre
fangosos bancales, sorteando las raíces de los
pinos. De vez en cuando vislumbrábamos un apagado sol entre las espesas ramas
de las copas.
Mientras la luz del día se apagaba en un neblinoso
crepúsculo de tonos ocres, llegamos por fin al límite del bosque y contemplamos
un ancho valle que se abría entre dos enormes riscos. La nieve cubría el valle,
pero no tenía demasiado grosor. La corriente del río se hacía más rápida al
salir del bosque y comenzar a fluir sobre un lecho rocoso. Como se veían muy
pocos árboles, decidimos pasar la noche en el lindero del bosque, donde al
menos había leña de sobra. La mañana siguiente la dedicamos a hacer acopio de
leña y cargarla a lomos de los caballos. Sin embargo, pese a que reemprendimos
tarde la marcha, avanzamos bastante y cuando acabó la jornada habíamos
recorrido una distancia mayor que los días precedentes, desde que desembarcamos
en Tir Aflan.
El sol permaneció escondido entre un sólido amasijo
de nubes bajas y oscuras, durante los días que seguimos el curso del río; sólo
nos deteníamos a abrevar los caballos, comer y dormir. La temperatura era fría,
pero nevaba poco y no demasiado rato. No se veía ningún pájaro ni ningún otro
animal; ni tampoco rastro alguno, salvo el que nosotros mismos íbamos dejando
en la delgada alfombra de nieve.
Se diría que éramos los únicos humanos que nos
habíamos internado hasta tan lejos en la Tierra Maldita. Y esa impresión
subsistió durante bastante tiempo…, hasta que empezamos a ver ruinas.
Al principio nos pareció que la cima del risco a la
izquierda del valle se había hecho más escarpada, dibujando una serie de
protuberancias de piedra y dentados y afilados promontorios. Pero, a medida que
nos internábamos en el valle, los riscos iban encajonándolo más e iban
perdiendo altura; y entonces distinguimos los restos de una arruinada muralla.
Contemplamos aquellas ruinas con la misma mezcla de
miedo y fascinación que habíamos experimentado al encontrarnos ante el
montículo. Los días iban transcurriendo y la muralla se iba haciendo más alta y
amenazadora: serpenteaba siniestramente entre la ondulada cresta del risco y de
pronto se interrumpía donde la piedra se había derrumbado y despeñado hasta el
valle, en un informe montón de rocas. Al sexto día avistamos un puente y una
torre.
La torre se alzaba en un desnudo promontorio
rocoso, justo en el lugar donde el valle se estrechaba. Los restos de una doble
hilera de derrumbadas
columnas atravesaban el valle y el río, hasta el
risco del otro lado. Avanzamos hasta los enormes basamentos redondos que yacían
semienterrados por su propio volumen y por el abrumador peso de los años. Allí
nos detuvimos.
En otros tiempos, en un remoto pasado, el río debía
de haber sido un tempestuoso torrente salvado por un enorme puente…, una obra
de gigantes. Y guardando el puente, en un extremo, se alzaba una inhóspita y
siniestra torre. Todos nos preguntamos lo mismo: ¿quién había construido la
torre?, ¿qué había detrás del muro?, ¿de qué se habían protegido? Como no
podíamos resistir más la curiosidad que sentíamos, acampamos entre las
semienterradas columnas y Cynan, Tegid, los Cuervos y yo escalamos el risco.
La torre era de piedra y constaba de tres secciones
que se alzaban en escalonados pisos, en los que se abrían extrañas ventanas
redondas que parecían cuencas de ojos vacías. En la planta baja había sólo una
entrada con un portal y una puerta, muy diferentes a cuantos había visto hasta
entonces: eran redondos, como las ventanas; y la puerta consistía en una rueda
hecha de piedra, no de madera, bordeada de hierro y empotrada en una ancha
ranura. Las superficies del portal y de la puerta estaban cubiertas de símbolos
grabados, tan erosionados por el tiempo que no se podían descifrar. Los restos
de una carretera de gastadas losas salían del portal y terminaban en el punto
en que en otro tiempo el puente se unía al risco. A juzgar por la anchura de la
carretera, el puente debía de haber sido lo suficientemente ancho como para que
pasaran por él cuatro jinetes cabalgando de cuatro en fondo.
La muralla se unía al primer piso de la torre y era
tres veces más alta que un hombre. No había otra entrada que el portal redondo
y aparentemente no había manera de mover la enorme piedra de la puerta. Pero la
curiosidad de Alun y de Bran iba en aumento y comenzaron a examinar el portal.
Luego la empujaron con los hombros y lograron mover la puerta.
–¡Acabará por ceder! – exclamó Alun-. Ayudadnos a
limpiar la ranura. La rodada por la que debía deslizarse la piedra estaba
atascada de
escombros. En poco tiempo, con la ayuda de Emyr,
Drustwn y Niall, la limpiaron de cascajos y pedruscos. Luego la emprendieron
con la puerta. Los cinco Cuervos le propinaron un tremendo empujón y ante el
asombro de todos la piedra cedió descubriendo una oscura cámara.
Los Cuervos se asomaron con cautela al interior, e
informaron de que no se veía absolutamente nada.
–Necesitamos antorchas -dijo Tegid.
A un gesto de su jefe, Emyr y Niall descendieron
por el risco y regresaron con teas. Aguardamos con impaciencia a que Tegid las
encendiera y las distribuyera; después, con el corazón palpitante cruzamos el
imponente portal y entramos en la misteriosa torre.
24
EN EL INTERIOR DE LA TORRE
Cautelosamente, encorvados y caminando con todo
sigilo, como ladrones temerosos de despertar a los dormidos ocupantes, entramos
en la tenebrosa torre.
El aire era húmedo y olía a piedra y tierra mojada
como si de una cueva se tratara. Y también la oscuridad era tan lóbrega como la
de una cueva, pese a las antorchas que portábamos. Sin embargo, poco a poco,
cuando la vista se fue acostumbrando al chisporroteante resplandor de las teas,
comenzamos a distinguir nuestras facciones entre las tinieblas.
Habíamos penetrado en una cámara tres veces más
grande que el palacio de un rey. Una hilera de columnas atravesaba la
habitación y sostenía el piso superior. Enormes aros de hierro pendían de las
paredes a diferentes alturas.
–¡Aquí! – exclamó Drustwn, que se había adelantado
un poco del grupo-. ¡Mirad!
En desordenado montón, como si hubieran sido
arrojados allí en un arranque de ira, había unos veinte carros de bronce, con
las ruedas deformadas, los ejes torcidos o rotos y el metal enmohecido por el
tiempo. Los altos y circulares costados de los carros parecían de mimbre, pero
eran en realidad de láminas triangulares de bronce entretejido, muy
resistentes.
A cierta distancia de los carros, se levantaba una
pequeña pirámide de enormes discos amontonados unos sobre otros; y al lado, un
montón de descomunales hachas de extraño diseño pues tenían una corta y sólida
hoja en un lado y una despuntada escarpia en el otro. Las había a centenares,
así como también centenares de discos, que tras un atento examen resultaron ser
escudos de bronce.
Bran cogió del montón uno de los escudos provocando
una verdadera avalancha de polvo. Lo agarró por el borde y lo sostuvo ante él;
era plano y
enorme, mucho mayor que los que se utilizaban en
Albión. En el tachón del centro, como único adorno, se habían labrado al realce
unos curiosos símbolos de bronce en torno a la imagen de una extraña y gruesa
serpiente.
–Quienquiera que lo enarbolara era, desde luego, un
hombre mucho más fuerte que yo -comentó Bran, dejando el escudo y volviendo a
coger la antorcha.
Continuamos nuestra inspección, pero, aparte de una
hilera de cortas y pesadas lanzas de bronce, no encontramos nada más y
proseguimos por una escalera de piedra que conducía al segundo piso.
Las ventanas redondas que se abrían en el centro de
cada uno de los cuatro muros iluminaban un poco la enorme y cuadrada habitación
del segundo piso, cuyo suelo estaba sembrado de yelmos y cascos de bronce,
rematados con afiladas puntas y adornados con serpientes que se enroscaban en
el borde, y alzaban sus planas cabezas sobre la visera. Alun cogió uno de los
cascos y se lo puso, pero evidentemente había sido hecho para un hombre dos
veces más voluminoso que él. Quizás había dos centenares o más de aquellos
cascos rematados con serpientes; pero no había nada más en la habitación.
En el tercer piso, encontramos una colosal mesa de
piedra con enormes platos de plata y bronce y una bandeja de oro en medio. La
plata estaba ennegrecida y el bronce enmohecido, pero el oro parecía recién
bruñido y brillaba apagadamente a la luz de las antorchas. Sobre la mesa había
también tres montones de monedas entre los podridos jirones de bolsas de cuero.
Eran monedas de plata y oro. Las de plata eran poco más que terrenos
ennegrecidos, pero las de oro relucían como nuevas. Cogimos algunas y las examinamos.
–Aquí está su rey -dijo Tegid examinando una de las
monedas-. No puedo leer su nombre.
La moneda mostraba la imagen de un hombre que
parecía haber sido grabada por un niño precoz. En una mano llevaba una lanza
corta y en la otra un hacha. Iba descubierto y los cabellos, largos y rizados,
le caían por los hombros; la barba y el bigote eran igualmente largos. Iba
desnudo de cintura para arriba, sin torques ni adorno alguno, pero llevaba una
especie de breecs o polainas e iba calzado con botas altas. Unas palabras en
extraños caracteres se arracimaban como avispas en torno a su cabeza, pero era imposible
descifrar lo que decían.
Cogimos un buen puñado de monedas para mostrárselas
a los demás y Cynan se apoderó de la bandeja de oro.
–Se la regalaré a Tángwen cuando la vea -dijo.
Junto a la mesa había un trípode de hierro con una
enorme caldera de bronce. Bajo la caldera había un círculo de piedras
ennegrecidas y dentro los restos de la última comida, duros como ladrillos.
Pero a mí me llamó la atención la superficie de la caldera. Parecía bullir de
actividad: en torno a la base de la caldera se lanzaban al ataque guerreros
montados en carros, con las lanzas en ristre y los cabellos al viento; más
arriba, galopaban jinetes blandiendo espadas y lanzas; en el nivel superior,
hombres alados corrían o quizá volaban con una serpiente en la mano derecha y
una frondosa rama en la izquierda. El reborde de la caldera era una serpiente
cubierta de escamas mordiéndose la cola.
–Los Hombres de la Serpiente -dijo Tegid señalando
a los guerreros. –¿Sabes algo de ellos?
–Los derwyddi recuerdan su historia, pero no la
cantan, como tampoco cantan la de Tir Aflan.
Creí que no iba a añadir nada más, pero el bardo,
con los ojos fijos en la caldera, prosiguió:
–Se contaba que la Serpiente despertó y con una
poderosa hueste dominó la tierra. Cuando no hubo más enemigos que conquistar
los Hombres Serpientes se pelearon y lucharon entre ellos. Cuando destruyeron
todo lo que habían construido, y cuando hubo muerto el último de ellos, la
Serpiente se retiró al mundo subterráneo a dormir hasta que fuera despertada de
nuevo.
–¿Qué puede despertarla? – pregunté.
–Una perversa maldad -respondió lacónicamente el
bardo.
Desperdigados por la habitación había variados
objetos de uso diario: copas y platos; espadas con empuñaduras de hueso
fundidas a sus vainas; escudos redondos; una colección de pequeños tarros,
frascos y cajas vacías de piedra rojiza; cucharones y tenedores de largos y
curvados mangos para servir el caldo y la comida de la caldera; numerosas
hachas; cuchillos de diferentes tamaños; una máscara de bronce que representaba
el rostro de un barbado guerrero de largos bigotes y rizados cabellos, con la
boca abierta en un grito y un casco rematado por una serpiente; y en cada uno
de los cuatro rincones de la habitación cuatro esbeltos soportes de lámparas de
aceite de piedra labrada.
Bajo uno de los escudos, Emyr encontró un extraño
objeto; una diadema de pequeños discos enlazados en torno a un cuerno cónico.
Tras darle varias vueltas declaró:
–Creo que es una corona.
Como la mayoría de los objetos que habíamos visto,
era de bronce y cuando se la puso sobre la cabeza se hizo evidente que había
sido hecha para una más voluminosa que la suya.
–Mo anam -murmuró Cynan, probándose también la
corona-, esos hombres serpientes eran verdaderos gigantes.
–¡Mirad! – exclamó Garanaw, acercando su antorcha a
la pared que quedaba más alejada.
Cruzamos la habitación y vimos en el muro una
pintura. Estaba muy bien hecha y sin duda en otro tiempo había estado
coloreada. Pero, aunque los colores se habían desvanecido en un uniforme tono
gris amarronado, vimos que nos contemplaba fijamente el rostro de un hombre
serpiente, con los carnosos labios curvados en una burlona sonrisa, un helado
regocijo en los ojos, y una lengua bífida asomándole por la boca abierta. Un
revoltijo de ensortijados cabellos le aureolaba la cara, y bajo la barbilla
todavía se podía adivinar el alado torso y una mano blandiendo una serpiente
negra que se le enrollaba en el brazo.
Nos alejamos de la pintura y Niall atrajo nuestra
atención hacia una escalera de hierro en un hueco del muro. La escalera salvaba
el techo de piedra e iba a dar al tejado. No había nada en el tejado pero el
panorama que contemplamos desde allí era impresionante. Al sur, allá abajo, en
el lecho del río entre las derrumbadas columnas, se divisaba nuestro
campamento; hombres y caballos se agrupaban junto al hilo gris de la corriente.
Al oeste se alzaba la gigantesca mole del
montículo, cuya cima se perdía entre las nubes bajas, y al este sólo se veía
fluir el río entre los dos escarpados riscos. Al norte, tras la gigantesca
muralla de piedra que se perdía hacia el este y el oeste, se sucedía una
interminable serie de bajas colinas cubiertas de nieve que subían y bajaban
como blancas olas de un helado océano.
La enormidad y soledad del paisaje, sumadas a la
tenebrosa torre y a sus extraños objetos, lograron que nos sintiéramos pequeños
y débiles, y además osados intrusos por haber penetrado en un lugar al que no
pertenecíamos.
Escruté aquel panorama montañoso en busca de alguna
huella de sus pobladores, pero no vi humo ni señal alguna que nos mostrara el
camino que
debíamos seguir.
–¿Qué piensas, bardo? – le pregunté a Tegid, que se
encontraba junto a
mí.
–Creo que deberíamos abandonar este lugar a sus
horrendos recuerdos. –Yo también, pero ¿qué dirección debemos tomar? –Hacia el
este -repuso sin la menor vacilación.
–¿Por qué hacia el este? ¿Por qué no hacia el sur o
hacia el oeste? –Porque en el este encontraremos a Goewyn. Su respuesta me
intrigó.
–¿Cómo lo sabes?
–¿Te acuerdas cuando Meldron nos abandonó a la
deriva?
–Mutilados y abandonados a la muerte en un simple
bote… ¿cómo podría olvidarlo?
–A cambio de mis ojos, me fue concedida una visión.
Lo dijo con tanta naturalidad que cualquiera
hubiera dicho que aquello había sido tan sencillo como cambiar unos breecs por
otros.
–Lo recuerdo. La entonaste en una canción.
–¿Te acuerdas de la visión?
–Vagamente -contesté.
–Yo la recuerdo muy bien.
Cerró los ojos como si la estuviera contemplando
otra vez y comenzó a cantar. Yo lo escuchaba mientras rememoraba la terrible
noche en que el bardo había tenido aquella visión.
En tono muy bajo, para que sólo yo pudiera oírla,
Tegid cantó una cañada de escalonadas laderas y una fortaleza que se alzaba en
un hermoso lago. Cantó un trono de asta adornado con una piel blanca de buey
sobre un montículo cubierto de hierba. Cantó un escudo bruñido sobre el que se
posaba un cuervo negro con las alas desplegadas elevando su ronco canto a los
cielos. Cantó una almenara llameando en la noche, cuya señal era respondida de
colina en colina. Cantó un jinete sobre un pálido caballo bayo que surgía de la
niebla; las pezuñas del caballo hacían saltar chispas de las rocas. Cantó una
enorme hueste de guerreros que se bañaba en un lago cuyas aguas se teñían de
rojo por la sangre de las heridas. Cantó una mujer de cabellos de oro en una
glorieta bañada por el sol y un recóndito Túmulo del Héroe.
Yo reconocía algunas de aquellas cosas: Druim Vran,
Dinas Dwr, mi
trono de asta; la mujer de cabellos de oro en la
enramada era Goewyn el día de nuestra boda. Pero otras me resultaban totalmente
desconocidas.
Cuando hubo terminado, abrió los ojos y dijo:
–Esta tierra forma parte de mi visión. No lo sabía
hasta que llegamos a esta torre.
–No mencionaste torre alguna en tu visión…, ¿la
había? –No -confesó-, pero ésta es la tierra. Lo percibo con todos mis
sentidos. Sus ojos oscuros escrutaron las lejanas colinas que subían y bajaban
una
tras otra hasta perderse de vista.
–En estos confines aguarda una enorme tarea que
debe ser llevada a cabo. –La única gran tarea que me importa es rescatar a
Goewyn antes de… -
me interrumpí, porque los demás, aunque no estaban
escuchando, estaban muy cerca.
–Antes de que nazca el niño -dijo Tegid expresando
lo que me torturaba el pensamiento.
–Antes de que les pase algo a los dos.
–Seguiremos nuestro viaje con ánimo esperanzado y
confiaremos en que la Mano Segura y Firme guíe nuestros pasos.
–No nos vendría mal en estos momentos una pequeña
ayuda -admití, mirando la vasta soledad de las colinas y la inmensidad del
cielo.
–Llew -me dijo el bardo-, siempre hemos sido
guiados.
Abandonamos el tejado y bajamos hasta el portal de
la torre. Tegid nos aconsejó que cerráramos la puerta, e hicimos rodar la
piedra hasta encajarla en su ranura. Luego descendimos por el escarpado risco
para reunirnos con los demás guerreros que nos estaban aguardando. Les
mostramos las monedas que habíamos encontrado y ellos quisieron regresar a
buscar el resto, pero Tegid no lo permitió, diciendo que sería muy mal recibida
una segunda intrusión. Ellos lo obedecieron. La torre tenía un aspecto siniestro
e incluso los que no habían entrado en ella percibían la opresiva desolación
del lugar. Además, estaba oscureciendo y nadie quería correr el riesgo de ser
sorprendido por las tinieblas de la noche, fuera del círculo de fuego del
campamento.
Aquella noche escuchamos los quejumbrosos aullidos
del viento estrellándose contra las ruinas de la muralla que coronaba los
riscos. Dormí muy mal y soné con serpientes aladas y hombres recubiertos de
bronce.
Me desperté dos veces y me levanté para observar la
negra mole de la
torre que se dibujaba contra un cielo aún más
negro. Parecía estar vigilándonos, posada sobre el escarpado risco como un ave
de presa que esperara el momento oportuno para desplegar sus alas de tinieblas
y precipitarse sobre nosotros. Pero yo no era el único acosado por las
pesadillas: los caballos estuvieron nerviosos e inquietos durante toda la noche
y más de un guerrero gritó en sueños.
Al día siguiente reemprendimos la marcha, mientras
el viento ululaba y gemía en el valle. La nieve caía en abundancia y se
arremolinaba en nuestros pies; nos cubrimos las cabezas con los mantos, nos
echamos sobre los hombros las mantas de las sillas de montar y avanzamos
penosamente en aquel desapacible día. El paisaje cambió ligera pero no
sustancialmente: cada vez que alzaba la mirada contemplaba los desnudos riscos
y la desdentada muralla cerniéndose amenazadoramente sobre nuestras cabezas.
Durante cinco días todo siguió igual: frío, nieve,
viento y noches sin estrellas plagadas de horribles sueños. Durante el día
avanzábamos penosamente, estremecidos de frío ora a pie ora a caballo, y por
las noches nos acurrucábamos lo más cerca posible del fuego. Después, cuando la
sexta jornada tocaba a su fin, vimos que los riscos comenzaban a perder altura,
el río se ensanchaba y el valle se iba abriendo. Dos días después llegamos al
lugar donde terminaba el risco y la muralla continuaba su solitario viaje,
virando hacia el norte, por encima de las interminables colinas. Ante nosotros
se alzaba la oscura y encrespada línea de un bosque.
Al contemplarlo dibujado en el horizonte como un
numeroso ejército en orden de batalla, sentí que mi espíritu se acobardaba. Tir
Aflan era una tierra más vasta de lo imaginable. ¿Dónde estaría Goewyn? ¿Cómo
podría encontrarla en aquel inmenso yermo?
–Escucha, bardo, ¿estás seguro de que éste es el
camino? – le pregunté a Tegid cuando nos detuvimos a abrevar los caballos.
Habíamos dejado atrás la muralla y estábamos cerca
del límite del bosque, pero no había señal alguna que nos indicara que íbamos
en la dirección correcta.
Tegid no contestó de inmediato, y cuando finalmente
lo hizo ni siquiera me miró.
–El bosque que se alza ante nosotros es más antiguo
que Albión -dijo escrutando con sus oscuros ojos la línea de árboles mientras
hacía girar entre sus palmas la vara de fresno.
–¿No has oído lo que te he preguntado? – le urgí-.
¿Es ésta la dirección correcta?
–Mucho antes de que los hombres caminaran por los
bellos confines de Albión, este bosque ya existía. Entre la Hermandad se cuenta
que todos los bosques del mundo han nacido de las semillas de esos árboles.
–Fascinante. Pero lo que quiero saber es esto:
¿tienes alguna idea, por vaga que sea, del lugar al que nos dirigimos?
–Vamos al bosque -respondió-. En el bosque de la
noche encontraremos lo que buscamos… o nos encontrará a nosotros.
¡Bardos!
25
EL BOSQUE DE LA NOCHE
Seguimos la corriente del río y penetramos en el
bosque. La nieve, que había alcanzado un considerable espesor en el valle, era
muy escasa entre los árboles. ¡Y qué árboles!
Los había de todas clases: a lo largo del río
crecían abedules plateados, sauces de varias clases, matorrales de saúco,
endrino, espino, avellano y acebo; y en las anchurosas vegas se alzaban sotos
de robles, castaños, carpes, tilos, olmos, sicomoros, plátanos, nogales,
fresnos, alerces, etc.; en los terrenos elevados había árboles de hoja perenne:
abetos, pinos y píceas en abundancia, así como cedros y tejos. Proliferaban por
doquier líquenes y musgos, de modo que parecía como si alguien hubiera cubierto
troncos y ramas con un espeso emplasto verdegrisáceo.
Era evidente que el bosque era antiquísimo. Las
ramas cubiertas de musgo pendían pesadamente y los troncos se inclinaban por el
peso de incontables años; hojarasca acumulada durante eternidades cubría el
suelo y hierbas secas como mechones de enmarañadas cabelleras se arracimaban en
torno a añosas y retorcidas raíces. Los árboles eran viejísimos.
¡Y enormes! El río, ancho y profundo al penetrar en
el bosque, parecía reducirse al tamaño de un simple arroyo bajo aquellos
gigantescos troncos. Algunos árboles tendían sus ramas más largas de una orilla
a otra y abovedaban el río como si fueran enormes serpientes vegetales.
Nos movíamos, en fin, en un mundo de gigantescas
proporciones. Y cuanto más nos internábamos en la espesura, más insignificantes
y débiles nos sentíamos…, como si nos hubiéramos encogido ante nuestros propios
ojos. A la sombra de aquellos árboles, ya no éramos
hombres, sino insectos:
diminutos, desvalidos, fútiles.
Pero por descorazonador que fuera sentirse un
insecto, más inquietante era aún el silencio que reinaba.
Cuando entramos en el bosque, fueron disminuyendo
gradualmente los sonidos del mundo exterior y se iban apagando más y más a cada
paso que dábamos, hasta que no oímos absolutamente nada, ni siquiera el viento.
No percibíamos ni el canto de los pájaros ni el más leve crujido de ramas o
troncos. El rumor de nuestros pasos quedaba amortiguado por la esponjosa
hojarasca y el río fluía mudo en su limoso lecho.
Cuando comenzaba a preguntarme si el frío me habría
dejado sordo,
Cynan exclamó:
–¡Mo anam, hermanos! Este silencio no es propio de
hombres de tan nobles clanes. ¿Es que tenemos tanto miedo que ni siquiera somos
capaces de entonar una agradable canción cuándo y dónde nos place?
Como nadie respondió, el pelirrojo héroe comenzó a
cantar profiriendo tales berridos que parecía que fuera a doblar con ellos las
herraduras. A voz en grito, con la cabeza erguida, cantaba:
¡Arriba! ¡Levantaos, valientes y bravos compañeros!
El sol se alza rojo sobre las retamas de la montaña y mi negro sabueso está
ansioso por seguir el rastro. ¡Arriba! ¡Levantaos, audaces y esforzados amigos!
El ciervo corre entre los brezos de la ladera, y mi caballo alazán está
inquieto por perseguir la presa. ¡Arriba! ¡Levántate, hermosa señora de cabello
azabache! Un beso antes de unirme a la caza, un beso antes de que me vaya
volando… ¡Arriba!
Su empeño en levantar los ánimos era digno de
admiración. Logró incluso que algunos hombres lo corearan, pero nadie estaba de
humor y no tardaron en enmudecer. Cynan, enfadado, siguió cantando solo un buen
rato por pura y simple tozudez. Pero también su impetuoso espíritu acabó
doblegándose ante el vasto y agobiante silencio del bosque.
A partir de entonces seguimos nuestro camino en
silencio, embotados y ensimismados. El bosque parecía apoderarse de nuestras
mentes y de nuestros corazones, despertaba nuestros miedos y hacía emerger
recelos y temores recónditos para que fueran desgastándonos con su corrosivo
poder. Me daba la impresión de que nos vigilaban, de que en la espesura nos
acechaba un enemigo invisible.
En las ramas que se entretejían sobre nuestras
cabezas, en las espesas y
oscuras sombras al otro lado del río, detrás de
cada uno de los árboles y matojos, nos observaban fríos ojos y nos aguardaban
frías manos. Imaginaba que una multitud de Hombres Serpientes, armados con sus
cortas lanzas de bronce, nos observaban con helada malicia de reptil, espiaban
nuestro avance y se deslizaban en el silencio del bosque con el silencio de las
serpientes.
Me repetía a mí mismo que mis temores eran meras
invenciones de mi mente, pero no podía evitar que mis ojos escrutaran
constantemente las sombras.
La noche se fue apoderando sigilosamente del
bosque, pero apenas se notó la diferencia; en aquel lugar, siempre tenebroso y
sobrenaturalmente quieto, la luz del sol era sólo una débil y ajena presencia.
Tegid lo había llamado Coed Nos, el Bosque de la Noche; y era, desde luego, un
nombre muy acertado. En efecto, el sol seguía su órbita diaria, se levantaba y
ponía en resplandecientes llamaradas que iluminaban el mundo exterior; pero
nosotros habíamos penetrado en el mismísimo reino de la noche y el astro rey no
tenía poder alguno en aquel lugar.
Acampamos a la orilla del río y encendimos enormes
fogatas. Si abrigaba la esperanza de encontrar algún alivio en el fuego, no
tardé en decepcionarme. El bosque parecía absorber el calor y la luz, incluso
la vida de las llamas, y les confería un aspecto pálido e impotente. Nos
acomodamos con las caras muy cerca del tibio resplandor, mientras sentíamos en
nuestras espaldas el peso del furtivo silencio.
No podía descansar. No podía comer ni tampoco
hablar con nadie; a cada instante volvía la cabeza y escrutaba las sombras por
encima del hombro. La sensación de que nos estaban acechando era tan fuerte que
se convertía en una absoluta certeza. Creo que los demás también lo presentían;
nadie hablaba ni bromeaba como es usual cuando los hombres se reúnen alrededor
del fuego, tras una larga jornada. Parecía como si no pudiéramos resistir aquel
absorbente silencio; preferíamos hundirnos en él, dejar que nos cubriera y nos
escondiera de las cosas que acechaban entre las sombras.
Pasamos una noche horrible. Nadie durmió; todos
permanecimos despiertos escrutando la tupida maraña de troncos y ramas, apenas
iluminados por las débiles fogatas. Sin embargo, eso no significó que no
soñáramos. Soñamos. Creo que todos nosotros fuimos visitados por inquietantes y
extrañas pesadillas.
Sentado y encorvado sobre las rodillas, mientras
escrutaba aquella
oscuridad de troncos retorcidos, vi una silueta que
destellaba débilmente y, a medida que se acercaba, iba tomando una apariencia
humana: la de una mujer esbelta vestida de blanco. ¿Goewyn?
Me puse en pie de un salto.
¡Goewyn!
Corrí hacia ella. Estaba temblando, sus brazos
desnudos estaban helados y era evidente que había estado errando por el bosque
durante muchos días. Debía de haber escapado de sus raptores y se había
refugiado en el bosque.
–¡Goewyn! Oh, Goewyn, estás sana y salva -dije, y
le tendí la mano olvidándome de lo helado que resultaría el tacto de mi mano de
plata sobre su piel. La toqué y ella gritó.
–Estoy helada, Llew -musitó.
–Toma mi manto -le dije quitándomelo-. Póntelo.
Acércate al fuego. Yo te calentaré -añadí metiendo la mano de plata entre las
llamas.
En un instante el metal se calentó, y entonces me
volví y cogí la mano de Goewyn. El metal estaba muy caliente y le quemó la
carne. Se levantó una acre humareda que me irritó los ojos. Goewyn retrocedió
con un grito, pero la piel se había adherido al metal y se le desgarró al
retirar su mano de la mía. Y no sólo la piel…, también la carne quemada.
Con un grito de agonía, se llevó la mano a la cara
pero sólo le quedaban los huesos. Sin carne y sin ligamentos que los
mantuvieran unidos, los huesos se separaron y cayeron al suelo enterrándose en
la nieve. Goewyn se agarró el muñón y se echó a llorar.
Yo estaba paralizado por el pánico y la indecisión;
deseaba consolarla pero no me atrevía a tocarla por miedo a hacerle daño. Tegid
se acercó corriendo. Cogió a Goewyn por los hombros y empezó a sacudirla con
violencia.
–¡Cállate! – le gritaba-. ¡Cállate! ¡Van a oírte!
Pero ella no podía dominarse. Lloraba y sollozaba
sosteniéndose el brazo.
Tegid seguía gritándole que se callara, que iba a
alertar al enemigo.
Bran llegó corriendo espada en mano. Sin una
palabra, se lanzó sobre Goewyn. Ella se volvió hacia él y el Cuervo le clavó la
espada en el corazón. Al retirarla, brotó un chorro escarlata que ensangrentó
la túnica blanca de Goewyn.
Ella se volvió hacia mí y gritó:
–¡Llew! ¡Sálvame!
Pero yo no podía moverme. No podía hacer nada por
salvar a mi amada, que se derrumbó, sangrando profusamente por la herida.
Tendida en el suelo alzó su brazo hacia mí.
–Llew… -jadeó con voz desmayada.
Mi nombre fue la última palabra que salió de sus
labios.
La sangre caliente que brotaba de su pecho se
hundía en la blanca nieve, que comenzó a derretirse. Y bajo la nieve derretida
empezó a aparecer y a crecer la hierba.
Alcé los ojos y miré a mi alrededor. Ya no me
encontraba en el bosque. Tegid y Bran se habían marchado y me habían dejado
solo en la cima de una montaña que se cernía sobre un arroyo; al otro lado del
arroyo había un bosquecillo de esbeltos abedules plateados. Vi que la nieve de
las laderas de la colina se derretía y que brotaban centenares de flores
amarillas. Las nubes se despejaron y apareció un cálido sol en un radiante
cielo azul.
Cuando me di la vuelta, Goewyn había desaparecido;
pero en el lugar donde había yacido había un pequeño túmulo… poco más que un
montoncito de tierra cubierto de hierba. Y sobre el túmulo se arracimaban
hermosas flores blancas, pues había brotado un arbusto de milenrama donde había
yacido el cuerpo de Goewyn.
Con lágrimas en los ojos me alejé y descendí por la
ladera hasta llegar junto al arroyo; me arrodillé y me lavé la cara en las
frías y cristalinas aguas. Mientras me estaba lavando, oí que una voz desde el
bosquecillo de abedules entonaba una melodía ligera, como el canto de los
pájaros. Me levanté, vadeé el arroyo y entré en el soto.
Avancé entre las moteadas sombras verdes y entre
los esbeltos abedules blancos, en pos de la melodía. Llegué a un calvero y me
detuve. En medio del calvero, sobre un estanque de dorados rayos se alzaba una
glorieta hecha con ramas de abedul; la melodía surgía de aquella enramada.
El corazón me latió con fuerza. Salí de entre los
árboles y crucé el prado. Mientras me acercaba, la canción enmudeció. Vi que
algo se movía entre el verdor de la enramada y me detuve.
De la glorieta salió una mujer vestida de verde y
amarillo. Los cabellos, de un suave tono dorado, le cubrían el rostro; como
mantenía la cabeza baja no podía ver quién era. Se alejó grácilmente de la
pérgola y extendió las manos hacia el sol como si quisiera recoger en ellas los
rayos convertidos en agua. Y entonces, aunque yo no me había movido y ni
siquiera respiraba, se
volvió hacia mí y me dijo:
–Llew, por fin has llegado. Te he estado esperando.
¿Por qué has tardado tanto?
Se apartó los cabellos de la cara. Yo me quedé
atónito. Ella se rió de mi aturdimiento y dijo:
–¿Es que no vas a darme un beso de bienvenida?
Su voz sonaba en mis oídos como una dulce melodía.
–¿Goewyn?
Ella me tendió los brazos.
–Te estoy esperando, amado mío. –Goewyn, estás
muerta. Vi cómo morías. –¿Muerta?
Pronunció la palabra con la suave ligereza de una
mariposa al posarse en un pétalo. Sin dejar de sonreír, mientras sus labios
formaban una deliciosa curva que se prolongaba hasta los hoyuelos de sus
mejillas, alzó la barbilla en un gesto de burlón desafío.
–No quiero saber nada de la muerte -dijo-. Y ahora,
¿no vas a darme un beso?
Corrí a sus brazos y sentí sus cálidos labios sobre
los míos y un dulce sabor en la lengua. La estreché contra mí, y la besé en la
boca, en las mejillas, en el cuello, abrazándola con fuerza para que no se me
escabullera como la luz del sol entre los dedos.
–Creí que te había perdido -le dije, mientras
brotaban de mis ojos lágrimas de alegría. Aspiré el dulce aroma de sus cabellos
como si pudiera aspirarla a ella, hacerla parte de mí mismo.
–No me dejes nunca, Goewyn.
Ella sonrió.
–¿Dejarte? ¿Cómo podría dejarte? Formas parte de mí
y yo de ti.
–Dímelo otra vez. Por favor, dime que nunca me
dejarás.
–Nunca te dejaré, alma mía -susurró ella-. Te amaré
siempre… siempre… –¿Llew? ¿Qué haces?
Era la voz de Tegid. Me di la vuelta y lo miré
exasperado.
–¿Es que no lo ves? Estás de más aquí. Vete.
–Llew, volvamos junto al fuego. Has estado soñando.
–¿Qué dices?
El rostro de Tegid se ensombreció, como si hubiera
pasado una nube y
hubiera ocultado el sol.
–Vuelve al campamento conmigo -dijo-. Has estado
caminando en sueños.
Con esas palabras, el calvero bañado de sol se
desvaneció. Miré a mi alrededor y vi que de nuevo me encontraba en el bosque,
en plena noche. La umbría enramada había desaparecido y Goewyn con ella.
En los días que siguieron no hablé con nadie.
Abatido, desanimado y turbado, eludía la compañía de todos. Cuando era
necesario, Cynan o Bran se encargaban de dar las órdenes.
Nos fuimos internando en la espesura. Los árboles
se iban haciendo más grandes, sus retorcidos troncos y enmarañadas ramas
ocultaban la luz del sol y aumentaban más y más la lobreguez y el silencio del
lugar. Si nos hubieran encerrado en sacos de cuero, no nos habrían parecido más
agobiantes y abrumadores que Coed Nos.
Una atmósfera de maligno cansancio emanaba de las
retorcidas raíces y de los troncos que nos rodeaban; bajo nuestros pies la
languidez rezumaba de la mullida hojarasca como cieno. Un letargo semejante al
liquen gris que cubría todo se adhería a nuestras piernas y nos iba arrebatando
las fuerzas.
Avanzábamos en fila, con las cabezas gachas y los
hombros hundidos. Los que iban a pie marchaban en vanguardia para que nadie se
quedara atrás, pues Tegid temía que si alguno se rezagaba no se lo volvería a
ver más. Cada vez que nos deteníamos a descansar o a abrevar los caballos,
Cynan y Bran se turnaban en el mando. Hacían todo lo que podían para imponer un
paso regular y nos obligaban a movernos pese a la apatía que nos dominaba.
Aun así, parecía que, más que avanzar, seguíamos un
camino que iba dando vueltas lentamente. Nos movíamos pero no avanzábamos,
seguíamos adelante pero nunca llegábamos. Nos empecinábamos en dirigirnos hacia
un destino que perpetuamente retrocedía. Los días fueron transcurriendo hasta
que perdimos la cuenta de ellos. Dormíamos muy poco, hablábamos aún menos y
seguíamos adelante inexorablemente.
La comida empezó a escasear. Habíamos abrigado la
esperanza de cazar en la espesura; por lo menos nos habría servido de
distracción. Pero si había caza en el bosque, no la vimos, ni nos cruzamos con
huellas de animales. Se nos acabó la carne seca y tuvimos que alimentarnos de
mendrugos, que ablandábamos empapándolos en cerveza. Cuando se nos acabó la
cerveza, bebimos agua del río. El pan se enmoheció y se volvió incomestible,
pero no
teníamos nada más. Cuando también se nos acabó el
pan, hicimos gachas hirviendo los preciosos granos de cereal que llevábamos,
con raíces y cortezas que buscaba Tegid. Los caballos se alimentaban de los
líquenes grises que empacábamos tras arrancarlos de los troncos con cuchillos y
espadas. Era un alimento muy poco adecuado para tan nobles bestias, pero por lo
menos lo había en abundancia y los animales lo devoraban de buena gana.
Nos creció la barba y la piel se nos empalideció
por la falta de sol. Nos bañábamos con regularidad en el río, hasta que los
hombres empezaron a encontrar sanguijuelas por doquier. Desde entonces dejamos
de bañarnos y nos tuvimos que conformar con lavarnos simplemente.
La inquietud de Cynan fue en aumento. A medida que
transcurrían los días, nos urgía a que apresuráramos la marcha y se quejaba con
frecuencia porque no nos afanábamos lo bastante por salir del bosque.
–Tranquilízate, hermano -le aconsejó Bran-. Nada se
gana con presionar tanto.
–Estamos tardando demasiado -gruñó Cynan-. Hace
tiempo que deberíamos haber salido del bosque.
–No te desanimes -le dije-. Pronto llegaremos.
Cynan se encaró conmigo.
–¡También han raptado a mi esposa! ¿O es que lo has
olvidado? Te aseguro que no es menos reina que tu preciosa Goewyn.
–Lo sé, hermano -intenté apaciguarlo-. Por favor,
sé…
–¿Crees acaso que no me preocupa mi esposa? – me
gritó desafiante-. ¿Crees que porque no digo nada, no pronuncio su nombre en lo
más profundo de mi corazón a cada paso que doy?
–No me cabe la menor duda, Cynan. Cálmate. Las
encontraremos a las dos.
Posé mi mano sobre su brazo, pero él la rechazó, me
miró fijamente y resopló.
Algún tiempo después -no sé si pasaron dos o diez
días-, llegamos al límite del bosque y vimos un claro rodeado por los rocosos
riscos del río. En el centro del claro, sobre la orilla izquierda, se alzaba
una ciudad, arruinada y desierta, construida con la piedra rojiza del bancal. A
primera vista me pareció una ciudad, pero cuando la hube observado mejor, vi
que consistía en una sola edificación: un enorme palacio con centenares y
centenares de
viviendas, murallas, columnas, patios y santuarios,
que se amontonaban en un confuso revoltijo de piedra rojiza.
Al salir del bosque, nos deslumbró la apagada luz
del día. Hacía incontables días que no veíamos el cielo, y nos detuvimos a
mirarlo, protegiéndonos los ojos con las manos. Después, estremecidos aún por
la brusca aparición del sol, el cielo y el aire libre, avanzamos
cautelosamente, como si aquel extraño palacio fuera un espejismo que pudiera
desvanecerse en cuanto apartáramos los ojos de él.
Pero a juzgar por los incontables pináculos de los
puntiagudos tejados que remataban las distintas edificaciones, aquella
construcción era de sólida piedra. Las columnas y los tejados estaban en su
mayoría derrumbados, y las redondas cuencas de las ventanas, vacías y apagadas.
Sin embargo, el palacio permanecía intacto en su mayor parte. En los frontones
había labradas figuras de animales y pájaros, pero no se veía ninguna figura
humana. El edificio había sido construido encarado al río; una sola entrada, semejante
a la de la torre pero mucho mayor, se abría sobre una terraza que acababa en
una ancha escalinata de piedra que descendía hacia el río. Los muros de piedra
labrada se sucedían en curvas y se inclinaban unos sobre otros como si fueran
ramas, sin dibujar ni una sola línea recta. Tan extraña arquitectura infundía a
aquel lugar una apariencia orgánica que Cynan definió muy acertadamente al
primer golpe de vista:
–Vaya, miradlo ahí acostado… como un lagarto
repantigado en la orilla del río.
–Desde luego -asintió Alun Tringad-. Es un lagarto
dormido. Ojalá no se despierte.
No se movía nada; no se oía ni el más leve sonido
entre las ruinas. El palacio rojizo estaba tan muerto y desierto como la torre
que habíamos visto, y era tan viejo como ella. Y sin embargo, cualquiera que
fuera el poder que preservaba aquella construcción, no la había abandonado del
todo. En efecto, era evidente que el palacio aún ejercía un superior dominio
sobre el bosque; de otro modo, la piedra rojiza habría sido devorada tiempo
atrás por la vegetación. Todavía persistía algo que impedía a la vegetación
invadir el claro y el abandonado palacio y adueñarse de ellos.
Al final de la terraza, los arruinados restos de lo
que parecía ser una ancha y pavimentada carretera conducían fuera de la ciudad
trazando un ángulo que se alejaba del río. Tegid contempló largo rato el rojizo
palacio y luego nos
conminó a alejarnos de allí.
–Es un lugar maldito. No encontraremos en él nada
más que aflicción.
¡Ay! Ojalá hubiéramos seguido su sabio consejo.
26
YR GYREM RUA
En el breve espacio de tiempo en que estuvimos
contemplando las ruinas, la luz del día comenzó a apagarse; pronto llegaría el
crepúsculo y enseguida la noche. Teníamos que encontrar un lugar para acampar,
y yo estaba firmemente decidido a no pasar ni una noche más en el bosque. Así
que decidimos pasar junto al palacio para ver adónde conducía la carretera que
partía de allí.
En dos apretadas líneas penetramos en la terraza.
Tras el agobiante silencio del bosque, producía una extraña sensación pisar
sobre sólida piedra, y más extraño aún resultaba oír el eco sordo de las
pezuñas. Atravesamos lentamente la espaciosa terraza; nuestros pasos resonaban
en nuestros oídos y reverberaban en los recovecos de los innumerables muros.
Bran, que abría la marcha, llegó al centro de la
terraza, a medio camino entre la escalinata que descendía al río y la
impresionante entrada del palacio. Vi que miraba hacia la puerta, se volvía
hacia ella y se quedaba inmóvil. Luego alzó la mano para indicar a los que lo
seguían que se detuvieran.
–He visto algo que se movía ahí dentro -explicó
cuando Cynan y yo nos reunimos con él.
Miré hacia la entrada, redonda como una rueda,
oscura como un pozo y cinco veces más alta que un hombre; no me cabía en la
cabeza que hubiera podido ver algo allí.
–Sigamos adelante -dije.
Todavía estaba mirando hacia la puerta cuando oímos
un grito: el gemido lastimero y conmovedor de un niño asustado.
–Mo anam -murmuró Cynan-, ahí dentro hay un bebé.
Nos miramos unos a otros un instante como
preguntándonos qué debíamos hacer.
–No podemos pasar de largo y abandonar a esa pobre
criatura -dijo Cynan-. No está bien.
Aunque reacio, accedí a una rápida inspección.
–Tiene que ser muy rápida -aconsejó Tegid-. Pronto
se hará de noche y
no debemos arriesgarnos a que nos sorprenda aquí.
Dejamos a Scatha y a los demás vigilando los
caballos, y Bran, Emyr, Garanaw, Tegid, Cynan y yo preparamos antorchas y nos
acercamos al rojizo palacio con los ojos clavados en la puerta. No vimos nada y
no se volvió a oír el grito.
En el umbral, nos detuvimos a encender las
antorchas y después penetramos en el enorme y abandonado palacio.
Sorprendentemente, la habitación resultó ser mucho más grande de lo que parecía
desde fuera. Tegid no tardó en descubrir el motivo.
–Hay solamente una habitación -observó-. Sólo una.
Las numerosas ventanas que desde fuera parecían
abrirse a habitaciones distintas, servían para iluminar aquella única y enorme
cámara. Aun así, había muy poca luz, la justa para ver que estábamos en una
especie de plataforma con anchos y bajos escalones que conducían a un nivel
inferior. Desde donde estábamos no se podía ver ni el suelo ni el techo, y la
luz de nuestras antorchas era un insignificante reto frente a la oscuridad que
reinaba en el palacio.
El aire era húmedo y frío, mucho más frío que en el
exterior. Nos detuvimos y aguzamos el oído, mientras se nos iba condensando el
aliento en torno a las cabezas. Como no oíamos nada, comenzamos a bajar por las
escaleras, hombro con hombro, manteniendo en alto las antorchas. Cada paso
producía un eco que revoloteaba como un murciélago en las tinieblas.
–Una casa muy sombría -musitó Bran, y su voz resonó
en la vasta soledad.
–Ni las llamas podrían calentar el hogar -añadió
Emyr.
–Aun así, no nos vendría mal un buen fuego -dijo
Garanaw-. La oscuridad aquí dentro es realmente tenebrosa.
Tras bajar seis escalones nos encontramos en un
ancho rellano; bajamos seis más y encontramos otro, y después de otros seis el
suelo, pavimentado con vidriadas baldosas hexagonales de color negro. Las
baldosas brillaban de humedad y eran muy resbaladizas. Avanzamos cautelosamente
hasta el centro de la habitación, donde se suponía que debería estar el hogar.
–Tus esperanzas de encontrar un fuego de bienvenida
eran infundadas, Garanaw -comentó Tegid-. No hay chimenea.
No había chimenea, ni hogar, ni siquiera un brasero
como el que habíamos visto en la torre. La habitación, al menos lo que veíamos
de ella,
estaba totalmente desprovista de muebles. Pero,
donde debería haber estado la chimenea, había un mosaico de teselas rojas,
blancas y negras que dibujaban una serpiente alada similar a la que habíamos
visto en la torre. No obstante, la serpiente del mosaico era menos estilizada y
en cierto modo parecía más viva: a la luz de las antorchas, brillaban sus
sinuosos anillos rojos, destellaban los ojos también rojos y sus alas de reptil
se desplegaban tras la achatada cabeza. Debajo había escrita en teselas también
rojas una palabra que supuse sería el nombre de aquella criatura.
Mientras observaba la imagen dibujada en el suelo,
sentí en mi brazo el hormigueo de alerta de mi mano de plata.
Mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y vi
que la enorme habitación era ovalada y que su techo de varios pináculos estaba
sustentado por hileras de ahusadas columnas que desaparecían en las tinieblas.
Frente a la entrada, al otro lado del vasto salón, se abría una segunda puerta
redonda casi tan grande como la primera, practicada en la pared de roca del
bancal.
Cruzamos cautelosamente la habitación y nos
dirigimos hacia la segunda puerta que resultó ser la entrada de una cueva, que
por la parte de fuera estaba primorosamente revestida de pulimentada piedra,
pero por la parte de dentro no era más que un túnel de tosca roca. De pronto se
me ocurrió que el palacio era tan sólo una fachada construida para esconder o,
quizá mejor, para encerrar, la única entrada de aquella caverna.
–Bien -dijo Cynan mirando el túnel con aire
dubitativo-, hemos llegado hasta aquí. ¿Vamos a regresar sin ver lo que hay más
allá?
–¿Acaso todavía te preguntas lo que hay más allá? –
saltó Tegid.
–Ilumínanos, bardo -repuso Cynan-. No tengo la
menor idea.
–¿No? Muy bien, entonces te lo diré. Ahí dentro
está la criatura cuya imagen hemos visto desde que llegamos a la Tierra
Maldita.
–¿Esa bestia que está representada en el mosaico? –
preguntó, asombrado, Cynan, señalando hacia el salón.
–La misma -respondió Tegid-. Creo que este agujero
conduce a la guarida de la bestia. Se la conoce con el nombre de Yr Gyrem Rua.
–¿La Serpiente Roja? – murmuró Cynan, mientras los
guerreros miraban temerosos a su alrededor-. ¿Sabes algo de ella?
–A menos que esté equivocado -repuso el bardo-, la
criatura que está ahí dentro es la que la Hermandad llama la Serpiente Roja de
Oeth. Algunos la llaman Wyrm -añadió tras una pausa.
–Wyrm… -murmuró Bran, echando una mirada por encima
de su hombro.
Un vertiginoso pavor me invadió como una ola; ahora
comprendía por qué el palacio constaba de una sola habitación, y por qué los
hombres de bronce de la imponente torre veneraban la imagen de la serpiente:
era su dios; le ofrecían sacrificios. Y aquel lugar era el santuario y el
templo de Yr Gyrem Rua.
–Marchémonos de aquí mientras podamos -urgió Bran.
Nos alejamos de la puerta de la cueva y emprendimos
la retirada, pero no habíamos dado ni tres pasos cuando resonó de nuevo el
grito…, el débil y asustado gemido de un pobre niño abandonado.
–Un niño ha entrado ahí sin darse cuenta -gruñó
Cynan, precipitándose a la entrada de la cueva.
Se asomó al agujero y llevándose las manos a la
boca a modo de altavoz llamó al niño, aguardó unos instantes y al no recibir
respuesta se metió en el túnel.
Yo lo agarré por el manto y tiré de él.
–No puedes meterte solo ahí dentro.
–Pues entonces ven conmigo, hermano.
Me volví hacia los demás.
–Esperad aquí -les dije-. Vamos a echar una rápida
ojeada ahí dentro. Con piernas temblorosas, Cynan y yo comenzamos a bajar por
el túnel; la
luz de nuestras antorchas parpadeaba sobre la
húmeda piedra rojiza. Descendimos cautelosamente, pero sólo topamos con un
hedor muy fuerte: mohoso y algo dulzón, pero con un cierto tufo a la caza
demasiado pasada, a aceite o a grasa rancios.
A unos cincuenta pasos vi una masa informe y
brillante que yacía sobre el suelo del pasadizo. Mi mano de metal se enfrió
repentinamente y me detuve en seco.
–¿Qué es eso? – musitó Cynan, haciéndome un gesto
con la antorcha. Me aproximé unos pasos y acerqué mi tea. Se me revolvió el
estómago y
la boca se me llenó de bilis. La náusea me dejó sin
respiración.
En el suelo, ante nosotros, en medio de un charco
de vómitos yacía la cabeza de uno de nuestros exploradores. La carne estaba
horriblemente podrida, la cara deformada; pero aun así lo reconocí.
Cynan hizo ademán de apartarme para ver, y yo
intenté impedírselo
poniéndole una mano sobre el pecho.
–Hermano, no… Es Gweir.
Cynan estiró el cuello para ver; una mezcla de
cólera, pena e incredulidad se dibujó en su rostro. Echó una rápida ojeada por
encima de mi hombro y soltó una maldición:
–¡Saeth du!
No podíamos hacer nada por Gweir, así que seguimos
adelante; a cada paso que dábamos el hedor iba haciéndose más intenso. Poco
después, el pasadizo dibujó una curva y se ensanchó un poco formando una
especie de gruta de techo muy bajo. Cuando entré en ella, la fetidez era tan
insoportable que intuitivamente retrocedí; pero con un enorme esfuerzo me
tragué la bilis y seguí adelante. Cynan entró detrás.
En medio de la gruta había un agujero en el suelo
de roca. Los bordes estaban tan gastados que brillaban. No era difícil adivinar
cómo la tosca piedra había adquirido aquel brillo tan reluciente.
Desperdigados por el suelo de aquella horripilante
cámara vimos diferentes restos de los cuerpos de nuestros exploradores y de sus
monturas: un pie aún calzado, la mutilada cabeza de un caballo, algunas
pezuñas, mandíbulas, dientes de personas y de animales, el costillar y el
esternón de un caballo. También había huesos viejos, calaveras y tibias peladas
y oscurecidas por los años…, víctimas sacrificadas en tiempos muy remotos.
No pude soportar el espectáculo y me di la vuelta.
Entonces el extraño gemido resonó de nuevo, alzándose desde las profundidades
del agujero y me di cuenta de que era el Wyrm, y no un niño, quien gritaba.
Cogí la antorcha con fuerza y me acerqué al agujero. De pronto, sentí en el
brazo una punzada de hielo.
Cynan me cogió por el hombro.
–Volvamos -me instó en un brusco susurro, tirando
de mí-. No podemos hacer nada.
Volvimos sobre nuestros pasos hasta llegar al
enorme salón. Tegid vio nuestros sombríos rostros y preguntó:
–¿Y bien? ¿Encontrasteis al niño?
Cynan sacudió la cabeza.
–No había ningún niño -respondió con voz ahogada-.
Pero hemos encontrado a la serpiente… y también a nuestros exploradores
extraviados.
Tegid tragó saliva e inclinó la cabeza mientras
nosotros le explicábamos
lo que acabábamos de ver.
–La maldad que ha permanecido aletargada durante
años y años se ha despertado -dijo el bardo cuando hubimos acabado nuestro
relato-. Debemos marcharnos ahora mismo.
En el exterior, el cielo había perdido por completo
el color y la luz. Bran dio de inmediato la orden de marcha y nos dirigimos
apresuradamente hacia la carretera, más allá del palacio. Cuando los primeros
guerreros llegaron al final de la terraza, se detuvieron para aguardar al resto
de la expedición, antes de proseguir la marcha. Y entonces el Wyrm atacó.
Fue un ataque tan rápido y silencioso que los que
estábamos en la vanguardia sólo oímos el grito ahogado de los hombres al verse
cogidos y arrastrados por la bestia. Al oír el aullido agónico de la víctima,
me di la vuelta a tiempo de ver una sinuosa silueta que se perdía entre las
sombras del crepúsculo.
Al momento, retrocedimos por la terraza hasta el
lugar donde los hombres se habían detenido.
–¿Lo habéis visto? – gritaban-. ¡Ha sido el Wyrm!
¡Se ha llevado a Selyf!
Yo alcé mi voz por encima de la algarabía:
–¿Alguien ha visto por dónde se fue?
El Wyrm había atacado y se había desvanecido
rápidamente entre las sombras sin dejar rastro alguno.
–No podemos marcharnos en esa dirección -dijo Bran,
mirando hacia la carretera-. Tendremos que dar un rodeo.
Yo miré a mi alrededor con aire dubitativo. Por un
lado, el río, tan silencioso y mortal como la serpiente; por el otro, el rojizo
palacio con su perverso inquilino. Detrás el bosque, cerniéndose como una
imponente e impenetrable cortina. Volviéndome de mala gana hacia el bosque,
dije:
–Por allí; trataremos de encontrar otro camino.
–¿Y Selyf? – preguntó Cynan-. No podemos
abandonarlo.
–Se lo ha llevado -repuso sombríamente Bran-. No
podemos hacer nada por él.
Cynan se negaba a marcharse.
–Era un buen hombre.
–¿De qué le servirá que nos sumemos a él en el
agujero? – le preguntó Bran-. ¿Cuántos otros hombres buenos debemos perder en
manos del Wyrm?
Yo era del mismo parecer que Cynan, pero Bran tenía
razón…, huir era lo
más razonable.
–Escúchame, hermano -dije-. ¿De qué le servirá a
Tángwen que no puedas rescatarla? La serpiente podría reaparecer en cualquier
momento. Vayámonos mientras podamos hacerlo.
Abandonamos la terraza y nos internamos en el
bosque, deteniéndonos sólo lo justo para encender las antorchas. Bran abría la
marcha, Cynan y yo íbamos detrás; el río quedaba a nuestras espaldas.Íbamos
abriéndonos paso entre la espesura, procurando mantenernos a distancia del
palacio. Cuanto más nos alejábamos del río, más espeso y enmarañado devenía el
bosque. Nos abríamos paso entre la vegetación a golpes de espada y seguimos
avanzando penosamente hasta topar con un muro de piedra que se alzaba a pico desde
el suelo del bosque.
–Es la misma escarpa en la que está labrado el
palacio -dijo Bran, despejando con su espada el musgo para dejar a la vista la
piedra rojiza.
Levantamos las antorchas tratando de calcular la
altura de la escarpa, pero la cima se perdía en la oscuridad, lejos de nuestra
vista.
–Aun en el caso de que nosotros pudiéramos
escalarlo -observó Cynan-, los caballos no podrían.
Dejando a nuestra derecha la escarpa, seguimos
adelante alejándonos siempre del palacio. Cuando una antorcha se apagaba,
hacíamos otra con la maraña de ramas que nos rodeaban. Una y otra vez nos
deteníamos para examinar la escarpa, pero como no encontrábamos brechas ni
asideros seguíamos adelante. Por fin apareció la luna y nos deparó un desmayado
resplandor. De vez en cuando, vislumbrábamos su pálido rostro entre el
enmarañado ramaje.
–Veo un calvero allá delante -exclamó Bran, que se
había adelantado unos pasos.
¡Por fin!
Parecía que tras haber caminado gran parte de la
noche, por fin habíamos descubierto un camino que nos permitiría salvar la
escarpa rocosa. Indiqué a los hombres que se detuvieran y me adelanté con Bran
a inspeccionar el claro. Hombro con hombro nos acercamos manteniendo siempre
las espaldas contra la roca. Al entrar en el calvero vimos justamente delante
el palacio rojizo, y a cierta distancia, a la derecha, el lúgubre brillo del
río.
–Hemos andado en círculo -observé, pues estábamos a
pocos pasos del lugar desde el que habíamos partido.
–¿Cómo es posible? – se preguntó, asombrado, Bran.
–Debe de habernos confundido la oscuridad.
Retrocederemos. Volvimos sobre nuestros pasos, informamos a los hombres del
error
cometido y nos pusimos de nuevo en marcha. Dejamos
otra vez la escarpa a la derecha para no perdernos. La luna llegó a su punto
más alto y comenzó a descender. Seguimos adelante y tras un largo rato llegamos
a otro calvero.
Bran y yo salimos juntos del protector límite del
bosque: ante nosotros se alzaba el palacio y a la derecha fluía el tenebroso
río.
Llamé a Tegid.
–Mira, bardo -le dije- es igual por donde vayamos:
al final siempre llegamos al mismo sitio. ¿Qué podemos hacer?
Tegid echó una ojeada al cielo y dijo:
–El alba está cerca. Descansemos ahora y volveremos
a intentarlo cuando nazca el día.
Nos agrupamos en el borde del calvero cerca del río
y montamos un tosco campamento. Encendimos hogueras, establecimos turnos de
guardia y nos dispusimos a guardar la salida del sol. Cynan se arrebujó en su
manto y se tendió en el suelo. Yo acababa de extender la manta de mi silla y de
sentarme con las piernas cruzadas y la lanza sobre las rodillas, cuando Tegid
se levantó de un salto.
Se quedó muy quieto, escuchando.
Percibí un leve susurro de ondas, como si un bote
se moviera en la corriente del río.
–Viene del agua -susurré-. Pero qué…
–¡Shh! – siseó Tegid-. ¡Escucha!
Débilmente, como si viniera de muy lejos, oí el
nervioso relincho de un caballo, seguido inmediatamente por otro. Cynan se puso
en pie de un salto y gritó:
–¡Los caballos!
Atravesamos raudos el campamento hacia la estacada
de los caballos. Sentí un helado pinchazo de dolor en mi mano de plata y al
punto vi, recortada contra el brillo del agua, una monstruosa serpiente que
alzaba el cuerpo sobre el suelo y movía lentamente la enorme y puntiaguda
cabezota de un lado a otro. El imponente corpachón relucía a la luz de la luna;
la cabeza, acorazada con astadas placas, surgía de entre tres enormes anillos
del tamaño de un caballo y una rígida y horquillada cola sobresalía entre el
primer y el segundo anillo. Dos largas y gruesas
crestas replegadas se extendían a ambos costados de su cuerpo desde la
horripilante cabeza.
La serpiente había dejado un rastro de agua desde
el río; era obvio que su guarida tenía más de un acceso. Había surgido del río,
cerca de los caballos, sin duda con la intención de saciar su pavoroso apetito
con carne de caballo. Los corceles, aterrorizados, cabeceaban y piafaban
tirando de las bridas y de las estacas. Algunos habían conseguido soltarse y
los hombres intentaban cogerlos de nuevo.
El Wyrm parecía fascinado ante el alboroto;
balanceaba la cabeza y sus ojos relucían al resplandor del fuego. Miré los
asustados caballos y las hogueras del campamento…
–¡Ayúdame, Cynan! – grité.
Eché a correr, cogí una de las balas de liquen con
las que alimentábamos a los caballos y me precipité hacia la fogata más
cercana. Eché la bala en el fuego y luego la ensarté en la lanza. Después, con
el coraje que infunde la cólera y el miedo, corrí hacia la serpiente y le
arrojé a la cara la llameante lanza.
El proyectil se clavó en una huesuda placa bajo el
ojo del monstruo. El Wyrm parpadeó e hizo un brusco movimiento para rehuir el
fuego.
Yo me di la vuelta gritando a los que estaban más
cerca:
–¡Encended más balas! ¡Deprisa! Lo obligaremos a
marcharse.
Cynan y otros dos guerreros se precipitaron hacia
el montón de forraje, ensartaron sendas balas y las encendieron. Cynan se lanzó
contra el Wyrm con un grito de batalla.
–¡Bás Draig! – aulló.
–¡Bás Draig!-corearon los otros dos guerreros.
Al volver por otra lanza y otra bala me topé con
Scatha que corría hacia
mí.
–¡Avisa a los demás guerreros! – le grité-. ¡Ayuda
a Cynan a mantener a la serpiente alejada de los caballos!
Luego, dirigiéndome a Tegid le ordené:
–Quédate aquí y ve encendiendo balas, a medida que
las vayamos necesitando.
Bran y Alun, que habían visto lo que hacía,
aparecieron con balas encendidas; yo me hice con otra lanza y juntos cargamos
contra el Wyrm. Scatha y sus guerreros habían tomado posiciones a medio camino
entre la
serpiente y el río -peligrosamente cerca del
monstruo, a mi parecer-, y se afanaban en atraer la atención de la bestia para
alejarla del campamento.
Yo ocupé la posición opuesta, pensando que si la
serpiente se revolvía contra ellos, podríamos atacarla por el costado sin que
se diera cuenta. Al adivinar nuestra intención, los demás Cuervos se unieron a
nosotros blandiendo las armas y soltando un estridente grito de guerra para
distraer a la serpiente. Scatha y sus hombres aprovecharon la oportunidad y
avanzaron con las lanzas inclinadas y los escudos en alto. Arremetieron contra
los anillos, hundiendo el hierro en la blanda piel del vientre, entre las escamas.
La tremenda cabeza del reptil se volvió rápidamente hacia ellos.
–¡Ahora! – grité lanzándome al ataque.
La mano de plata me ardía con frenético fuego.
Los hombres de Scatha se mantuvieron firmes e
impávidos y arrojaron sus lanzas contra el costado del Wyrm. La bestia,
inquieta, bajó la cabeza y soltó un silbido amenazador. Cuando abrió la boca,
lancé mi proyectil con todas mis fuerzas. El tiro resultó corto y con una
lluvia de chispas fue a dar justo debajo de la boca del monstruo, pero no le
ocasionó el menor daño.
Mientras mi lanza caía al suelo, yo ya corría
precipitadamente a buscar otra. Alun no tuvo mejor suerte que yo. Pero Bran,
viendo cómo habíamos
fallado, se las apañó para compensar el peso de su
lanza y preparó un calculado y magnífico tiro. La serpiente, alertada por
nuestras fallidas lanzadas, se volvió hacia él silbando perversamente.
Tan pronto como abrió la boca, Bran disparó su
lanza y acertó. Los Cuervos vitorearon a su jefe. Pero la serpiente se liberó
de la lanza con una brusca sacudida de cabeza.
Creí que Bran, igual que Cynan y que yo, volvería
junto a Tegid en busca de otra bala incendiada. Pero se limitó a recobrar la
lanza que acababa de disparar, ensartó mejor la encendida bala y se dispuso a
dispararla de nuevo.
Quizá la bestia intuyó el movimiento de Bran. O
quizá Yr Gyrem Rua, encolerizada por nuestro ataque, arremetió contra lo que se
movía más cerca. Eché una rápida ojeada alrededor y vi cómo la serpiente
inclinaba la astada cabeza y embestía con sorprendente celeridad, en el preciso
instante en que el brazo de Bran se inclinaba hacia atrás para arrojar la
lanza.
La embestida de la serpiente golpeó al jefe de los
Cuervos en el hombro. Cayó al suelo y rodó, pero sin soltar el arma. Cuando el
Wyrm se disponía a atacarlo otra vez, se puso de rodillas y levantó la lanza
con ambas manos
mientras el monstruo inclinaba la cabeza, de modo
que detuvo la embestida con el astil. La lanza con la bala incendiada saltó por
un lado y Bran por el otro. La serpiente se echó hacia atrás aprestándose a un
nuevo ataque.
Los Cuervos se lanzaron como un solo hombre para
salvar a su capitán. Alun llegó el primero y tras coger la lanza caída, la
blandió ante la cabeza del monstruo mientras sus compañeros se llevaban a
rastras a Bran.
–¡Alun! ¡Quítate de en medio! – le gritó Cynan.
Alun se apartó de un salto, cayó rodando, se puso
en pie y echó a correr. Pero en lugar de retirarse al campamento con los demás,
se inclinó a recuperar la lanza disparada por Bran.
Al verlo, le grité con todas mis fuerzas:
–¡No! ¡Alun!
27
EL AWEN DE LA BATALLA
El Wyrm arremetió. Alun giró sobre sí mismo y lanzó
la incendiada bala. El disparo alcanzó la mandíbula de la serpiente y rebotó
mientras el monstruo inclinaba la cabeza y derribaba de espaldas a Alun.
Cogí la lanza que me tendía Tegid y corrí en ayuda
de Alun. Garanaw y Niall me oyeron gritar y también se precipitaron a
auxiliarlo. Los guerreros de Scatha redoblaron sus ataques; se acercaban
peligrosamente al monstruo y lo lanceaban impávidos. Scatha, a fuerza de pura y
simple determinación, logró clavar una lanza entre dos escamas del costado de
la serpiente y con una vigorosa arremetida se la hincó profundamente. Vi cómo
la lanza se hundía en la carne de la bestia y oí el grito de triunfo de Scatha:
–¡Bás Draig!
Soltando iracundos bufidos, la serpiente silbó y
tensó su largo cuello; las dos crestas del costado se encresparon y luego se
plegaron en una inmensa capucha, dejando ver en ambos costados dos hendiduras y
dos rudimentarias patas rematadas con garras. El monstruo estiró las patas y
tensó las garras, y de pronto dos enormes alas membranosas emergieron de las
hendiduras laterales tras las patas. Luego, aquellas inmensas alas de
murciélago se estremecieron y temblaron, hinchándose como un pellejo de cuero,
y se desplegaron poco a poco en la parte posterior del Wyrm como un enorme
dosel.
Scatha agitó otra vez con violencia la lanza que
había logrado clavarle en
el costado. La serpiente silbó de nuevo y movió la
cabeza para embestir, pero Scatha y sus hombres ya se retiraban hacia la
oscuridad del bosque.
Entretanto, Garanaw y Niall se llevaron a Alun y yo
dispuse de un momentáneo respiro para calcular y lanzar otro disparo. Cynan,
iluminando la noche con la estela de su lanza, acudió a mi lado.
Mientras la fiera volvía su cabezota hacia
nosotros, abrió la boca soltando un inquietante y áspero silbido.
–¿Preparado?… ¡Ahora! – grité.
Dos estelas de fuego penetraron en las fauces del
monstruo. La lanza de Cynan se estrelló contra el paladar y rebotó sin apenas
causarle daño; la mía chocó contra un colmillo y se desvió. Volví corriendo al
campamento.
–¡Dame otra lanza! – grité a Tegid-. ¡Deprisa!
–No sirve de nada -empezó a decir Tegid-. Debemos
encontrar otra manera de…
–¡Deprisa! – lo urgí arrebatándole la tea y
acercándola al fardo más cercano. Luego cogí una lanza y ensarté la bala.
–¡Cynan! ¡Sígueme!
Scatha vio que regresábamos a buscar más balas y
comprendió que queríamos intentarlo de nuevo. Mientras Cynan y yo corríamos una
vez más hacia nuestros puestos, ella lanzó otro ataque contra el costado del
animal. Esta vez ella y uno de los guerreros lograron hincar sendas lanzas
entre las escamas del monstruo. Otros dos guerreros interrumpieron su ataque y
acudieron junto a Scatha para ayudarla a hincar hasta lo más profundo el astil.
El éxito de Scatha inspiró a los Cuervos que se
precipitaron a intentar la misma hazaña en el otro costado del monstruo.
Drustwn y Garanaw cargaron a una y hundieron sus armas en una grieta entre las
escamas. Sus esfuerzos se vieron también coronados por el éxito.
Yr Gyrem Rua aulló y agitó sus enormes alas,
sacudiendo la horquillada cola de lado a lado como un látigo.
Cynan y yo ocupamos nuestras posiciones. Coloqué el
extremo de la lanza en la palma de mi mano de plata y deslicé la otra mano por
el astil hasta donde pude. Cuando el Wyrm se volvió hacia mí otra vez, me
acuclillé con el corazón palpitante. La bala llameaba y una lluvia de chispas
me caía sobre la cabeza chamuscándome los cabellos.
–Venga, maldita serpiente -gruñí-, abre de una vez
tu asquerosa bocaza. El imponente cuello se arqueó. La horripilante cabeza se
cernió tiesa
sobre mí. Vi las llamas reflejadas en el tenebroso
y oscuro ojo de la bestia. Al grito de «¡Muere, dragón!», Cynan se colocó
detrás de mí un poco a la
izquierda. La serpiente soltó un aullido
ensordecedor; sus horribles alas se arquearon y agitaron, y sus garras arañaron
el aire. Me dio un vuelco el corazón y apreté los dientes para no morderme la
lengua.
–¡Ataca! – increpé-. ¡Ataca de una vez, Wyrm!
La enorme boca se abrió…, un pozo sin fondo
bordeado por una triple hilera de afilados dientes; dos enormes colmillos le
sobresalían de la mandíbula inferior. La bestia arqueó la larga lengua
negriazul y soltó un estremecedor chillido.
Y entonces bajó la horripilante cabeza.
–¡Ahora! – gritó Cynan. Su lanza pasó llameante
sobre mi hombro disparada hacia la bocaza-. ¡Llew!
Yo vacilé tan sólo un rápido instante y luego alcé
mi proyectil con todas las fuerzas que me quedaban. Mi mano de metal se movió
con la celeridad del látigo y el proyectil dibujó un alto y tenso arco.
La lanza de Cynan se clavó profundamente en la
abotargada carne de la bestia. La mía pasó entre los colmillos y se clavó en la
garganta.
La serpiente retrocedió. La boca se cerró apretando
el astil de la lanza de Cynan y la punta se clavó aún más en la piel blanda, e
impidió que el animal cerrara del todo la boca, lo cual le hubiera permitido
sofocar las llamas que le estaban abrasando la garganta.
El Wyrm comenzó a dar tumbos de un lado a otro. Sus
pavorosas alas batían el aire con violentas sacudidas. Líquenes encendidos
llovían sobre nuestras cabezas. La letal cola golpeaba como un relámpago
horquillado, azotando el suelo con tremendos bandazos.
–¡Corre! – gritó Cynan tirando de mí.
Huimos hacia la fogata junto a la cual los Cuervos
gritaban y aplaudían. Bran yacía en el suelo sangrando de una sien. Alun se
había derrumbado a su lado con la cara muy pálida y una expresión de
aturdimiento en el rostro.
La cabeza de Bran sangraba y los ojos de Alun
pestañeaban como si el guerrero luchara por conservar la conciencia. Me invadió
una vertiginosa cólera. Vi que la serpiente golpeaba la cabeza contra el suelo
como si quisiera morder la tierra. La violencia del golpe astilló la lanza que
pendía de su boca abierta. Las enormes mandíbulas se cerraron, la garganta se
estremeció y vomitó mi lanza con la bala todavía ensartada.
Batiendo las alas con pavoroso ritmo, la serpiente
alzó la cabeza, irguió el corpachón deshaciendo los anillos y emprendió la
retirada medio volando, medio arrastrándose. Las llamas de nuestras hogueras
vacilaron con la galerna de su retirada.
–¡Huye! – gritó Drustwn y se puso a agitar la lanza
en señal de triunfo. –¡Hurra! – coreó Emyr con un alarido de alegría-. ¡Hemos
vencido a Yr
Gyrem Rua!
–¡El Wyrm ha sido derrotado! – exclamó Cynan
abrazándome y palmeándome la espalda.
Vi cómo movía la boca pero no oí sus palabras; su
voz era como el molesto zumbido de un insecto. Su rostro adoptó una expresión
preocupada; la piel le brillaba de sudor al resplandor del fuego. El destello
de cada gotita se convirtió en una aguja de punzante luz, en una desnuda
estrella en el helado universo de la noche. El suelo tembló bajo mis pies y la
tierra perdió su solidez.
Mi espíritu pareció desbordarse dentro de mí y me
sentí invadido y arrastrado por una incontenible fuerza, como si no fuera más
que una hoja desprendida de una rama por una súbita ráfaga de viento. Los oídos
me palpitaban; mi visión se agudizó y se limitó a un estrecho ámbito: sólo veía
la alada serpiente. Al resplandor de las hogueras sus escamas relucían con la
sangre; el monstruo batía torpemente las grotescas alas y alzaba el enorme
corpachón para escapar en la oscuridad del cielo. Vi que la Serpiente de Oeth
se escapaba; todo lo demás se apagó, desapareció, se desvaneció de mi vista.
Una mano me agarró por el hombro y dos más por el
brazo. Pero el awen de batalla de Ollathir se había encendido dentro de mí y no
podían retenerme. Su poder surgía en impetuoso torrente. Como una pluma en la
corriente, arrastrada y sostenida por ella, yo formaba parte de aquella energía
que fluía en mi espíritu. Poseía la fortaleza de la tierra y del cielo. Era
sólo fuerza bruta e impulso instintivo. Las piernas me temblaban con una
energía contenida que exigía liberarse. Abrí la boca y de mi garganta surgió un
sonido semejante al del cuerno de batalla.
Y entonces eché a correr, con la rapidez del viento
en las cimas de las montañas y la seguridad de la flecha disparada hacia la
diana. Corría, pero mis pies no tocaban el suelo. Corría y mi mano de plata
comenzó a brillar con una fría y mortal luz; los dibujos de sus incrustaciones
resplandecían como oro, con el fuego purificador de la Mano Firme y Segura. Mi
puño destellaba
como un rayo de luz, intenso y deslumbrante.
Voces ininteligibles resonaron a mi espalda,
apagadas y confusas. Pero nada podía detenerme. ¿Puede acaso la lanza volver a
la mano que acaba de dispararla?
Yo era un rayo de luz. Era una ola sobre el océano.
Era un río al pie de la montaña. Era la sangre que fluye caliente del corazón.
Era la palabra ya pronunciada. Me poseía el awen del penderwydd y nada podía
detenerme.
El corpachón de la serpiente se alzaba ante mí como
un encorvado muro carmesí; vi la lanza de Scatha enterrada hasta medio astil en
el costado de la criatura. Me agarré a ella con mi mano de plata y me di
impulso. Mis dedos de carne encontraron un asidero entre las escamas y mis pies
encontraron el punto de apoyo del astil. De un salto trepé al lomo del
monstruo.
Sólida bajo los pies, pero al mismo tiempo fluida,
como una carretera derretida que se ondula lentamente sobre la tierra, la roja
bestia huía sin dejar de agitar las alas. Con la rapidez de una sombra y la
ligereza de un gato al acecho, me deslicé por la espina dorsal y por las
escamas grandes como losas. Una muesca en el lomo del animal me sirvió de
asidero cuando la tierra empezó a alejarse. La enloquecida bestia emprendió el
vuelo, pero yo ni me inmuté.
Con la misteriosa destreza que me confería el awen,
trepé hacia la cabeza de la perversa criatura y pasé entre las alas. Aguzando
la vista en la oscuridad, vi un repliegue en el pellejo de la serpiente justo
en la base del cráneo, y, encima, una ligera hendidura que marcaba la juntura
del esternón; un punto en el que la piel, muy delgada, se tensaba sobre el
suave tejido.
El cuerpo del Wyrm se iba poniendo rígido a medida
que ganaba altura. Subí a la abultada protuberancia del músculo entre las dos
alas, me coloqué bien y alzando mi mano de plata la dejé caer con todas mis
fuerzas.
El metal rompió la piel y se deslizó bajo el hueso
hasta la base del cráneo de la serpiente. Hundí con todas mis fuerzas mi mano
de metal convertida en una cortante hoja; la fría plata se deslizó entre la
piel empujando, hendiendo, desgarrando el frío cerebro de la bestia.
Una ráfaga con la fuerza de una galerna de sollen
rasgó el aire. El vuelo del monstruo vaciló mientras las inmensas alas
membranosas se esforzaban por recuperar un ritmo súbitamente interrumpido.
–¡Muere! – grité, con la potencia de un cuerno de
batalla-. ¡Muere! Clavé aún más el puño, arañando con mis dedos de metal. Hundí
el brazo
hasta el codo y mis dedos tropezaron con la gruesa
cuerda de un tendón. La así, tiré de ella y saqué el puño entre un chorro de
sangre. El ala izquierda se quedó inmóvil. El Wyrm se ladeó y cayó en picado.
Yo me agarré al huesudo reborde de escamas, mientras la tierra se precipitaba
hacia mí.
Mis pies golpearon el suelo con un violento
topetazo. Me solté y me puse en pie sano y salvo. El Wyrm se estremeció, se
enroscó una y otra vez sobre sí mismo exponiendo su pálido vientre a cada
revuelta.
La Serpiente Roja comenzó a propinarse golpes en
sus partes más indefensas; sus envenenados colmillos se clavaron una y otra vez
rasgando la piel. Me eché a reír al verlo y oí resonar el eco de mi voz en las
vacías profundidades de la cercana guarida.
Una vez más sentí las manos de los hombres sobre mi
cuerpo. Fui asido por robustos brazos y levantado en volandas. Sin dejar de
reír, fui apartado del camino de la serpiente que seguía revolcándose.
Vislumbré en la oscuridad algunos rostros; me miraban llenos de pavor con las
bocas abiertas de miedo y de asombro mientras me alejaban de los convulsos
movimientos del moribundo Wyrm.
La agonía de Yr Gyrem Rua fue espantosa. La
serpiente siseaba, se retorcía, se enroscaba, se aplastaba en sus propios
anillos, se rasgaba el vientre con las patas, batía las rotas alas. La
horquillada cola propinaba tremendos latigazos golpeando la tierra con violento
frenesí.
El Wyrm en su paroxismo se arrastró hasta el portal
de su santuario. Golpeó la piedra con la cola, derribó las antiguas columnas y
las arrancó de sus basamentos. Fragmentos de piedra labrada comenzaron a caer
de la fachada corroída por el paso del tiempo. La serpiente, llevada por una
convulsa cólera, destruyó el patio delantero de su repugnante templo, que
comenzó a desmoronarse como una vieja y quebradiza calavera. Moribunda, se
retorcía y se golpeaba contra la dura roca de su santuario. La piedra rojiza se
derrumbaba y a la luz de la luna se iba levantando una polvareda roja como una
sanguinolenta niebla. El frenesí del monstruo comenzó poco a poco a ceder, a
medida que languidecía su vitalidad. Los movimientos fueron haciéndose lentos y
perezosos; los sibilantes alaridos se fueron apagando hasta convertirse en un
patético gemido; su último grito fue una monstruosa parodia del llanto de un
niño afligido.
Poco a poco, la potencia del veneno empezó a
actuar. Aún así, el rojo Wyrm tardó bastante en morir. Mucho después de que las
convulsiones
hubieran cesado, la horquillada cola y las alas
rotas seguían agitándose. Mientras contemplaba el horroroso espectáculo, la
visión se iba desvaneciendo y los brazos y las piernas empezaron a
convulsionarse. El
temblor fue en aumento. Me mordí con fuerza el
labio inferior para no gritar. Crucé los brazos contra el pecho y me puse
rígido para dominar los temblores.
–¡Llew! ¡Llew! – gritó una aguda voz.
La cabeza me estallaba de dolor. Sentí que me asían
unas manos. Noté en la boca el sabor de la sangre; balbuceaba con la lengua
ensangrentada y hablaba en un lenguaje desconocido para cuantos me rodeaban.
Veía rostros a mi alrededor, pero no los reconocía…, eran caras sin identidad,
desconocidos familiares que me miraban angustiados. La cabeza me daba vueltas,
sentía un agudo e insoportable dolor; no veía bien, sólo vagos dibujos de luz y
oscuridad, siluetas informes.
Y entonces caí en la más absoluta inconsciencia.
Sentí oleadas de calor que me apartaban de la conciencia y me hundían en el más
absoluto olvido.
Me desperté sobresaltado en el momento en que me
depositaban en el suelo junto al fuego. El awen me había abandonado, había
pasado como una galerna que deja a su paso una estela de hierba aplastada.
Intenté incorporarme.
–Quédate acostado -me aconsejó Tegid, posando sus
manos en mi pecho y obligándome a recostarme.
–Ayúdame a levantarme -le dije; las palabras
brotaban confusas y notaba en la boca la hinchazón de la lengua.
–Todo va bien -insistió el bardo-. Descansa ahora.
No tenía fuerzas para oponerme. Me quedé acostado. –¿Cómo está Bran?
–Muy bien. Le duele la cabeza pero está despierto y
en plena actividad.
Alun no está herido de gravedad…, sólo un arañazo.
Se curará.
–Perfecto.
–Ahora descansa. Pronto se hará de día y entonces
nos marcharemos de aquí.
Cerré los ojos y me quedé dormido. Cuando desperté
el sol asomaba entre los árboles. Los hombres habían levantado el campamento y
estaban listos para reemprender la marcha. Aguardaban a que me levantara, cosa
que me apresuré a hacer. Tenía los brazos y los hombros rígidos y sentía la
espalda
como una tabla de madera. Pero estaba de una pieza.
Tegid y Scatha rondaban por allí cerca. Me reuní
con ellos y me recibieron con buenas noticias.
–Hemos explorado la carretera al otro lado del
santuario -me informó Scatha-. Hace poco han pasado por allí.
Una chispa de esperanza se encendió en mi corazón.
–¿Cuándo?
–Es difícil saberlo con certeza -respondió el
bardo.
–¿Cuándo? – volví a preguntar.
–No lo sé.
–Veámoslo.
–Ahora mismo. – Scatha, ojerosa y exhausta, sonrió
y sus facciones se relajaron-. Todo está dispuesto. No tienes más que dar la
orden.
–Entonces vayámonos inmediatamente de aquí -dije-.
Este lugar es espantoso y no deseo volver a verlo jamás.
Atravesamos las ruinas del templo para dirigirnos a
la carretera. El santuario estaba casi totalmente destruido. Apenas quedaba
piedra sobre piedra; era un montón de ruinas rojizas. Entre los escombros yacía
en retorcido revoltijo el cuerpo de Yr Gyrem Rua. Una de sus alas rotas ondeaba
ligeramente al viento como una bandera hecha jirones. El veneno del reptil
estaba actuando con rapidez en los músculos y la carne y el proceso de
putrefacción estaba muy avanzado. Mientras nos alejábamos de la espantosa guarida,
el hedor del cadáver del Wyrm nos llenaba los ojos de lágrimas.
Antes el templo nos había ocultado gran parte de la
carretera; pero ahora que el pavoroso santuario había quedado totalmente
destruido, vimos que la carretera se alejaba del río y cruzaba el bosque. Como
había dicho Scatha, era una espléndida carretera, larga y ancha, pavimentada
con losas de piedra tan bien encajadas que ni una brizna de hierba crecía en
las junturas.
–Muéstrame la evidencia de que ha sido usada -le
dije a Tegid, que cabalgaba a mi lado.
–Allá delante la verás -replicó.
Recorrimos una cierta distancia y nos detuvimos.
Tegid desmontó y me llevó a un lado de la carretera. Allí, semiescondidos como
redondos huevos entre la larga hierba, vi los excrementos de tres o cuatro
caballos.
Un poco más allá, en el lugar donde se había
levantado un campamento, la hierba estaba pisoteada y enmarañada. No había
señal alguna de que se
hubiera encendido fuego, así que no se podía
calcular cuánto tiempo hacía que los viajeros habían pasado por allí. Sin
embargo, calculé que debía de haber sido sólo unos cuantos días antes.
Regresamos junto a los caballos, montamos y
reemprendimos la marcha carretera adelante. Por primera vez desde nuestra
llegada a la Tierra Maldita nos sentíamos animados y esperanzados.
28
EN LA CARRETERA
Una vez en la carretera, avanzamos con cierta
rapidez, lo cual resultó una bendición a medias, pues no tardamos en echar de
menos la falta de caballos. En efecto, los que iban a pie no podían seguir la
marcha y constantemente teníamos que detener la columna de a caballo para que
los rezagados nos dieran alcance. Así, nos veíamos obligados con muchísima
frecuencia a aflojar la marcha y a turnarnos para ir ora a pie ora a caballo.
No obstante, al final de la jornada habíamos
recorrido una considerable distancia. En efecto, como habíamos decidido acampar
en la carretera, proseguimos hasta que se hizo tan de noche que sólo podíamos
ver a cien pasos. El cielo estaba estrellado y, aunque hacía frío, el aire no
era tan cortante como las noches pasadas. Era señal inequívoca de que el tiempo
pasaba. La temperatura cambiaba. Remitía sollen y pronto llegaría gyd.
Yo deseaba que el tiempo transcurriera deprisa:
cada día que pasaba era un día sin Goewyn, un día vacío por su ausencia. Sentía
una inquietud en mi espíritu que nada podía aplacar excepto la luz de su
mirada. Estaba angustiado y me devoraba el ansia de volverla a ver. El niño
estaba creciendo en su vientre y me preguntaba si ya se le notaría. A cada paso
que daba repetía una y otra vez su nombre.
Un día en que Cynan y yo caminábamos juntos, pues
nos había tocado el turno de ir a pie, le pregunté:
–¿Echas mucho de menos a Tángwen?
Mi amigo inclinó la cabeza.
–La echo tanto de menos que mi corazón languidece
de añoranza.
–Nunca dices nada -comenté.
–Se trata de mi propia angustia. Y la guardo para
mí.
–¿Por qué? Compartimos el mismo dolor, hermano.
Cynan inclinó el astil de su lanza golpeteando la
punta contra la piedra
del pavimento.
–La guardo para mí -repitió-, porque no quiero
afligirte con mis quejas. Bastante tienes con que hayan raptado a Goewyn; no
hay necesidad de aumentar tus sufrimientos con los míos.
Cynan no quería seguir hablando del asunto y no
insistí más. Su capacidad de dominio me humillaba. Me avergonzaba que pudiera
renunciar incluso a hacer mención de su dolor para no aumentar el mío; sobre
todo porque yo apenas había pensado en su propio sufrimiento. ¿Cómo era posible
que yo mereciera tanta lealtad?
Aquella noche acabamos las últimas reservas de
grano y fue una cena muy triste.
–Cuanto antes dejemos atrás este maldito bosque
mejor -gruñó Bran. No puede durar para siempre.
Sentados en torno al fuego estábamos celebrando
consejo para decidir qué hacer mientras los hombres comían.
–Ni nosotros tampoco -observé yo-. Sin comida y sin
aguamiel pronto estaremos demasiado débiles para viajar.
–Tenemos una despensa sobre pezuñas -sugirió con
delicadeza Scatha-.
Aunque cada caballo menos suponga que otro guerrero
deberá ir a pie.
–Nunca he comido carne de caballo -murmuró Cynan-.
Y no tengo intención de hacerlo ahora.
–Yo sí he comido carne de caballo -dijo Tegid-. Y
me alegré de poder hacerlo. Nos calentó el vientre y nos fortaleció la mano
para la lucha.
Sabía qué época estaba rememorando Tegid: la huida
a Findargad a través de las montañas del norte de Prydain. También entonces era
invierno. Nos perseguían los coranyid, la hueste demoníaca de Nudd, mientras
nos dirigíamos a la fortaleza de Meldryn Mawr. Helados y muertos de hambre,
proseguíamos nuestra penosa marcha hacia el abrigo y la protección de la
fortaleza. Ahora no sufríamos el martirio del frío, pero habíamos comenzado a
padecer hambre.
–Nada bueno puede derivar de comer un caballo
-murmuró Cynan con la barbilla hundida en el pecho-. Es una acción indigna.
–Quizás -asintió Scatha-. Pero las hay peores.
El eco de unos pasos me hizo estremecer; apareció
de pronto Emyr, ansioso e intranquilo.
–Penderwydd, se trata de Alun -le dijo a Tegid-.
Creo que deberías verlo.
Tegid se levantó sin decir una sola palabra y se
alejó a toda prisa.
–¿Qué le ha pasado? – preguntó Cynan poniéndose en
pie.
Bran se había levantado al aproximarse Emyr y se
disponía a marcharse también.
–Garanaw lo encontró sentado bastante lejos -nos
explicó el Cuervo señalando hacia la carretera por la que habíamos venido-. Le
había tocado hacer el turno de a pie, pero no se reunió con nosotros cuando nos
detuvimos a acampar. Por eso Garanaw salió en su busca a caballo.
Alun se había dejado caer pesadamente junto al
fuego. Cerca, los demás Cuervos aguardaban inmóviles con expresión preocupada.
No dijeron nada cuando nos vieron llegar, pero se acercaron más en cuanto Tegid
se detuvo junto a su hermano de armas.
–Alun -dijo el bardo-, me han dicho que te has
quedado rezagado en la carretera. ¿Qué ha pasado?
Alun alzó la cabeza con una sonrisa, pero sus ojos
expresaban dolor y la piel le brillaba de sudor.
–Bueno -repuso en tono animoso echando una mirada a
cuantos lo rodeábamos-. Hace días que no duermo todo lo bien que debiera… por
una cosa o por otra.
Scatha se arrodilló a su lado.
–¿Dónde te duele, Alun? – preguntó posando la mano
en su hombro. La caricia, aunque delicada, provocó una mueca de dolor en el
Cuervo,
que palideció.
Con sumo cuidado, Scatha quiso desabrocharle el
prendedor que le sujetaba el manto. Alun puso su mano sobre la de ella y
sacudió ligeramente la cabeza.
–No, por favor.
–Deja que te ayudemos, hermano -dijo Tegid con voz
suave.
Alun dudó, luego cerró los ojos y asintió con la
cabeza. Scatha le quitó con destreza el manto y le desabrochó el siarc. Alun no
volvió a impedírselo y enseguida quedó a la vista el hombro. Un oscuro verdugón
le iba desde el extremo del hombro hasta el omóplato.
–Traed una antorcha -ordenó el bardo, y poco
después Niall le tendía una.
Tegid la cogió y se colocó detrás de Alun acercando
la antorcha.
–¡Oh, Alun! – suspiró Scatha.
Algunos de los Cuervos murmuraron entre sí y Bran
desvió la mirada.
–¡Vaya guerreros estáis hechos! – se burló Alun-.
¿Es la primera vez que veis un arañazo?
El siarc tenía un pequeño desgarrón y algo de
sangre; una costra cubría ya el arañazo, pero debajo, la carne estaba
enrojecida e inflamada y tenía unas manchas verdinegras bastante feas.
Tegid examinó cuidadosamente el hombro de Alun,
sosteniendo en alto la antorcha y tocándolo delicadamente con la punta de los
dedos. Luego, puso la palma de la mano sobre el hombro hinchado.
–La herida está caliente -dijo- Arde.
Scatha tendió la mano hacia Alun y posó la palma en
la frente; la retiró enseguida.
–Estás ardiendo, Alun.
–Quizá me he sentado demasiado cerca del fuego
-repuso el Cuervo riendo-, porque me pareció que tenía mucho frío.
–No voy a mentirte, hermano -dijo Tegid tendiéndome
la antorcha y colocándose otra vez delante de Alun-. La herida no tiene buen
aspecto. Se ha infectado. Tengo que abrirla y limpiarla.
Alun puso los ojos en blanco, pero su irritación
era débil y parecía ocultar cierto alivio.
–¿Todo este jaleo por un simple arañazo?
–Alun, si eso es un simple arañazo -dijo Cynan sin
poder contenerse-, mi lanza es una escoba.
–Traed agua fresca y trapos limpios, si es que
podéis encontrar alguno - ordenó Tegid, con impaciencia.
Cynan se marchó al instante acompañado de Niall.
–Necesitaré un cuchillo -siguió el bardo-, y muy
afilado.
–El mío servirá -dijo Bran adelantándose.
Sacó el cuchillo del cinto y se lo tendió a Tegid.
El bardo pasó el pulgar por la hoja y se lo
devolvió.
–Afílala. Necesito una hoja bien afilada y nueva.
–Cuando la hayas afilado caliéntala sobre las
brasas -le ordené a Bran.
El Cuervo alzó las cejas sin comprender, pero yo
insistí.
–Hazlo ahora mismo -dijo el Cuervo tendiendo el
cuchillo a Drustwn que se apresuró a cumplir la orden.
Tegid se dirigió al resto de los Cuervos:
–Haced acopio de musgo, mantas y pieles de buey, y
preparad luego un
lecho.
–No voy a necesitar lecho alguno -protestó Alun.
–Cuando haya terminado mi trabajo -replicó Tegid-,
uno de los dos agradecerá tener un lugar donde apoyar la cabeza. Si tú no
quieres utilizarlo, lo haré yo.
Hizo una seña a Garanaw y a Emyr que al instante se
dieron la vuelta y desaparecieron.
Scatha y yo nos retiramos a cierta distancia.
–No me gusta el aspecto de la herida -comentó
Scatha-. Me temo que el veneno de la serpiente ha hecho mella en Alun.
–Si así fuera, a estas horas ya estaría muerto
-observé yo-. Ayuda a Tegid y ven a verme después.
Intenté mantenerme ocupado y mantener también
ocupados a los demás, mientras Tegid y Scatha curaban al herido. Atamos los
caballos y avivamos las hogueras; Cynan y yo organizamos las guardias y
procuramos que los hombres se retiraran a descansar; luego volvimos junto al
fuego y nos dispusimos a esperar.
Me quedé medio dormido; al cabo de un rato Cynan me
despertó.
–¡Ya viene Tegid!
Bostecé y me incorporé.
–¿Qué noticias traes, bardo?
Tegid se dejó caer pesadamente con los hombros
hundidos por el cansancio. Cynan le sirvió una copa de agua.
–Si tuviera una gota de cerveza -le dijo-, te la
cedería de buen grado.
Cuenta con ella en cuanto pueda conseguirla.
–La apuraré con sumo placer -repuso el bardo con
los ojos clavados en el fuego.
Bebió el agua, dejó a un lado la copa y cerró los
ojos.
–¿Cómo está Alun? – le pregunté otra vez.
Fingiendo no haberme oído, Tegid explicó con voz
quebrada:
–La herida era un simple arañazo, como decía Alun.
Pero estaba infectada y la infección se ha extendido por el hombro y el brazo.
Abrí la herida y saqué la ponzoña de la carne; luego la lavé y le puse un
emplasto para frenar el resto del veneno.
–Se recuperará pronto -afirmó Cynan deseoso de que
así fuera. –Se ha quedado dormido. Scatha lo velará durante la noche. Nos
despertará si se produce algún cambio.
Tegid se frotó la cara con las manos.
–Alun es un hombre muy valiente. Creyó que la
herida era insignificante y no quiso hacernos perder tiempo. Creo que hasta que
no se derrumbó en la carretera ni se enteró de lo mal que se encontraba.
–¿Podrá seguir viaje mañana? – dije verbalizando la
cuestión que más me preocupaba.
–Examinaré de nuevo la herida por la mañana; quizá
pueda hacerlo mejor a la luz del día. Una noche de descanso puede hacer mucho
-se volvió a frotar la cara-. A mí también me vendrá bien.
Sin más, se envolvió en el manto y se quedó
dormido.
Al día siguiente reemprendimos la marcha. Alun
parecía haber recuperado las fuerzas y afirmaba encontrarse mucho mejor. Me
aseguré de que no caminara y Tegid le dio bebedizos curativos que hizo con el
contenido de la bolsa de cuero que llevaba al cinto. Alun tenía el aspecto y
actuaba como un hombre en franca recuperación.
Así pues, proseguimos viaje; a medida que avanzaba
el día aumentaba el dolor de los pies y el hambre, pero los ánimos no decaían.
Dos días después vimos que el bosque empezaba a despejarse en cierta medida. Y
al cabo de dos días más llegamos al límite del bosque. Pese a la falta de
comida, nuestros corazones se animaron; era una bendición volver a ver el cielo
azul sobre nuestras cabezas.
Y, aunque más allá del bosque se abría un panorama
de montañas peladas y áridos y rocosos páramos, tan vasto y vacío como denso y
espeso era el bosque, los guerreros comenzaron a cantar en cuanto dejamos atrás
los últimos árboles. Tegid y yo, que íbamos en la vanguardia de la columna, nos
detuvimos a escucharlos.
–Por fin han recuperado sus voces -comenté-. Me
pregunto cuánto tiempo hace que no se ha oído una canción en Tir Aflan.
Tegid ladeó la cabeza y me dedicó una de sus
espinosas miradas de soslayo.
–¿Se puede saber qué he dicho ahora?
El bardo se irguió, suspiró y miró la carretera que
parecía estrecharse en la distancia.
–Todo esto va a pasar por obra del Hombre Cínico
-salmodió-, que montado en un corcel de bronce, siembra un infortunio tan
grande como
calamitoso.
Reconocí al instante la profecía de la banfáith; y
al reconocerla sentí un agudo dolor por la muerte de Gwenllian. Vi de nuevo el
brillo de sus cabellos negros y sus incomparables ojos de esmeralda; vi su
esbelto cuello y sus gráciles hombros inclinados sobre el arpa, mientras sus
dedos tañían las cuerdas como si hicieran surgir del aire la belleza.
–¡Alzaos, hombre de Gwir! – dije, retomando las
palabras de la profecía para demostrarle a Tegid que la recordaba muy bien-.
¡Empuñad las armas y enfrentaos a los hombres malvados que hay entre vosotros!
Tegid acabó la recitación:
–El fragor de la batalla será oído en las estrellas
del cielo y el Año Grande avanzará hacia su consumación final.
Yo repliqué:
–Que sobrevenga lo que sea. Estoy preparado.
–¿Lo estás? – preguntó el bardo.
Antes de que pudiera responderle, oímos un grito.
–¡Tegid! ¡Llew! ¡Venid enseguida!
Me di la vuelta en la silla y vi a Emyr que corría
hacia nosotros. Volví grupas y cabalgué a su encuentro.
–¡Venid deprisa! ¡Se trata de Alun!
Retrocedimos hacia donde aguardaban dos caballos
sin jinete. Unos guerreros, entre ellos los Cuervos, se agolpaban a un lado de
la carretera. Nos abrimos paso y vimos a Alun tendido en el suelo. Bran y
Scatha se inclinaban sobre él, y Cynan le decía:
–No te muevas, Alun. Estás enfermo. No es ninguna
vergüenza caerse de la silla en tu estado.
–Me he quedado dormido -protestó Alun-. Eso es
todo. Me quedé dormido y me caí. No es nada. Dejad que me levante.
–Alun -dijo Tegid acuclillándose a su lado-, quiero
echar un vistazo a tu hombro.
–Me encuentro bien, te lo aseguro -protestó Alun,
sin ninguna convicción.
Le hice una seña a Cynan, que inclinó la cabeza
hacia mí.
–Llévate a los hombres -le dije-. Nos reuniremos
con vosotros en cuanto hayamos terminado.
–Bien -dijo Cynan.
Se levantó y comenzó a alejar a los mirones.
–Venga, vámonos. No podemos hacer nada por Alun si
lo rodeamos como árboles que han echado raíces. La carretera no se acorta
cuando nos detenemos.
A regañadientes, los guerreros se alejaron
dejándonos a nosotros al cuidado de Alun. Tegid le desabrochó con destreza el
prendedor y le quitó el manto; el siarc estaba empapado de sangre.
–Has sangrado, Alun -observó Tegid con voz neutra y
tranquila.
–¿De verdad? – se admiró Alun-. No me he dado ni
cuenta.
Tegid procedió a despegarle cuidadosamente el siarc
de la piel. De la herida emanaba un olor dulzón. El hombro y el antebrazo
estaban muy inflamados, y la carne tenía un feo color púrpura con manchas
verdinegras. La herida que Tegid había abierto no había cicatrizado y supuraba
de ella un líquido amarillento.
–¿Y bien? – dijo Alun, inclinando la cabeza para
verse la herida.
–No voy a mentirte, Alun -dijo Tegid en tono
solemne-. No me gusta el aspecto de la herida.
El bardo presionó con los dedos la carne inflamada.
–¿Te duele?
–No -dijo Alun-. No siento nada.
–Pues deberías sentirlo -repuso Tegid.
Luego se volvió hacia Bran.
–Ve con Garanaw y Emyr al bosque, buscad algunos
palos largos y traedlos. Haremos un cadarn para Alun.
Alun se revolvió y luchó por ponerse en pie.
–No voy a dejar que me arrastréis detrás de un
caballo como a un niño - gruñó-. Iré a caballo o a pie.
El bardo frunció el entrecejo.
–Muy bien -asintió al fin-, te lo ahorraremos. Pero
tendrás que soportar mi cura antes de que te deje montar de nuevo.
Alun sonrió.
–Eres un hombre muy duro, Tegid -dijo-. Tan duro
como la tierra bajo tus pies.
–Dejadnos los caballos -ordenó Tegid-. Nos
reuniremos con vosotros en cuanto hayamos acabado.
Bran y yo dejamos a Tegid y a Scatha con Alun y nos
apresuramos a dar alcance a la columna.
–Tegid está preocupado -comentó Bran-. Quiere
ocultarnos la gravedad de la situación.
Hizo una pausa y añadió:
–Pero yo sé muy bien lo que está ocurriendo.
–Bueno -repuse, haciendo todo lo posible por
tranquilizar al jefe de los Cuervos-. Tegid tiene sus razones. No hay duda de
que hace todo lo que está en sus manos.
Ocupamos nuestros puestos en vanguardia junto a
Cynan. Y aunque los hombres continuaban cantando, mi optimismo se había
desvanecido por completo.
El día acabó con una gris y desapacible llovizna.
Un viento frío barría los rocosos páramos y nos alegramos de haber hecho acopio
de leña antes de abandonar el bosque. El viento, aunque quejumbroso y frío, era
preferible al adusto silencio y a la mortífera atmósfera del bosque. Por eso
nos tomamos con resignación el frío y la humedad.
Comimos aguadas gachas que consistían en agua
hervida con unas ásperas y espinosas hierbas que cogimos de los bordes de la
carretera. Las hierbas aromatizaban el caldo y le daban cierto sabor, aunque
apenas aumentaban su consistencia. El agua, que recogíamos de pequeños
recovecos entre las rocas, era mucho mejor que la del río. Algunos de los
guerreros buscaron setas en las laderas cercanas, pero no encontraron ninguna.
Tegid y Scatha velaron a Alun toda la noche. Al
alba me acerqué a ver cómo seguía el enfermo. Tegid salió a mi encuentro.
–No creo que pueda viajar hoy.
–Pues acamparemos aquí -dije-. No nos vendrá mal un
descanso y hay hierba de sobra para los caballos. ¿Cómo está?
Tegid frunció el entrecejo; sus oscuros ojos
rehuyeron los míos.
–No muy bien.
–Pero se recuperará -me apresuré a afirmar.
–Es un hombre muy fuerte. Y no se arredra ante la
lucha. Scatha y yo haremos todo lo que podamos por curarlo.
Hizo una pausa y añadió:
–El alimento lo ayudaría tanto como el descanso.
–No hay más que hablar. Me ocuparé de
conseguírselo.
Elegí uno de los caballos más pequeños, aunque no
el más joven, cuya carne hubiera sido más tierna. Pero no era una elección
culinaria; deseaba
conservar los mejores caballos tanto como fuera
posible. Bran aprobó mi elección y Garanaw me ayudó a sacrificar al pobre
animal.
Cynan insistió en que no quería ni sacrificar ni
comer carne de caballo. –No es digno de un rey de Caledon devorar un noble
bruto, su compañero
de batalla -murmuró.
–Muy bien. Entonces tendrás que reprimir tu lengua
cuando el estofado empiece a hervir y el aroma de carne asada tiente tus
narices.
Pese al frío, Garanaw y yo nos quitamos los mantos,
los siarcs, los breecs y los buskins. Nos llevamos al animal y lo sacrificamos
con un golpe de espada tan rápido e indoloro como nos fue posible. El caballo
se derrumbó sin un relincho y murió. Lo despellejamos y extendimos la piel
sobre las rocas. Luego emprendimos la horripilante tarea de descuartizarlo.
Cuando hubimos acabado estábamos cubiertos de sangre, pero habíamos conseguido
un buen montón de carne.
Niall, Emyr y Drustwn, entretanto, se ocuparon de
preparar los espetones en los que asar la carne. Garanaw y yo distribuimos las
raciones entre los hombres, reservando las mejores porciones para Tegid.
Temblando de frío, nos arrodillamos junto a un charco y nos lavamos; luego nos
vestimos y corrimos a calentarnos junto al fuego mientras la carne se asaba.
Muy pronto, el viento propagó por el campamento el
aroma del asado y disipó los escrúpulos de algunos sobre nuestra improvisada
comida. Cuando la carne estuvo hecha, no olía de forma muy diferente a la de
buey; y los hombres la devoraron de buena gana, por no decir con avidez. Me di
cuenta de que la resolución de Cynan empezaba a tambalearse, pero estaba seguro
de que si le preguntaba si quería comer, contestaría que no con orgullosa
tozudez.
Scatha acudió en su ayuda. Cogió una ración doble y
se sentó con las piernas cruzadas delante de él.
–Siempre acostumbraba decir a mis mabinogi -dijo
mientras masticaba con aire meditabundo- que el deber de un jefe de guerreros
es mantenerse con vida y con fuerzas para la batalla. El guerrero que fracasa
en hacer todo lo que está en sus manos para conseguirlo, no presta a sus
hombres la ayuda que debiera.
Cynan frunció el entrecejo y alzó la barbilla.
–Lo recuerdo muy bien -dijo.
–Os enseñé a encontrar huevos y algas y… -hizo una
pausa para chupar la
grasa de sus dedos- y todo cuanto puede servir de
alimento a un guerrero hambriento que se halla lejos del hogar de su señor.
Los anchos hombros de Cynan se encogieron un tanto,
pero la tozuda expresión de su rostro no desapareció.
–Por eso me aseguraba de que sirvieran a mis
cachorros carne de caballo - prosiguió Scatha como si nada.
Cynan la miró fijamente:
–¿Nos servías carne de caballo?
–Sí. Creo que quien la prueba…
Algunos de los que estaban cerca escuchando la
conversación sonrieron, aunque ninguno se atrevió a reír abiertamente. El
disgusto que mostraba Cynan era sincero, pero asombrosamente duró muy poco.
Scatha le ofreció una porción de carne. Cynan la
cogió entre sus manos y la miró fijamente como si aguardara que la carne le
hiciera algún reproche.
–Que nunca sea dicho que Cynan Machae desperdició
las enseñanzas que recibió en su juventud.
Luego se llevó la carne a la boca y le propinó un
buen mordisco. Lo masticó con aire sombrío y se lo tragó. Nadie volvió a hablar
del asunto.
Aquella noche nos acostamos satisfechos, con los
estómagos llenos por primera vez desde hacía muchos días. Pero yo dormí muy
poco, pues Tegid no tardó en despertarme. El viento había arreciado durante la
noche y soplaba muy frío desde el norte.
–¡Shh! – me indicó-. Ven rápidamente y sin hacer
ruido.
Me llevó hasta el lugar que él y Scatha habían
elegido para Alun, entre dos pequeñas fogatas a los pies y a la cabeza del
enfermo. Bran estaba junto a Scatha apoyado en la lanza con la cabeza gacha.
Scatha con un trapo en las manos y un bol de agua en el regazo iba humedeciendo
el rostro de Alun. El enfermo estaba muy quieto y tenía los ojos cerrados.
Tegid se inclinó sobre el guerrero.
–Alun -dijo con voz suave-. Aquí está Llew. He ido
a buscarlo tal como me pediste.
–Llew -dijo Alun con una voz que era poco menos que
un suspiro-, quería decirte que lo lamento.
–¿Que lo lamentas? Alun, no tienes nada que
lamentar -me apresuré a replicar-. No…
–Quería ayudarte a rescatar a Goewyn.
–Y lo harás, Alun. Pronto te recuperarás. Cuento
contigo.
Me dirigió una amarga y enfebrecida sonrisa; sus
ojos estaban vidriosos. –No, señor, sé que no me recuperaré. Siento privarte de
una espada más. Hizo una pausa y añadió:
–Me habría gustado ver la expresión de Paladyr
cuando aparezcas ante él.
Lamento perderme esa lucha.
–No digas eso, Alun -dije tragando saliva; me dolía
la garganta y tenía un nudo en el estómago.
–Por mí no lo lamento -repuso el Cuervo tendiéndome
una mano, se la cogí y noté que ardía-. Pero quería decirte que jamás he
servido a un rey mejor que tú, que jamás he conocido a un rey al que amara
tanto como a ti. Lamento no tener otra vida, pero si la tuviera te la
entregaría también de buen grado.
Tragó saliva y me di cuenta de que estaba sufriendo
mucho.
–Siempre me gustó luchar, pero jamás alcé mi espada
con maldad. Si los hombres hablan de mí en el futuro, me gustaría que
recordaran esto continuó el Cuervo.
Se me emborronó la vista.
–Ahora descansa -le dije con voz quebrada por la
emoción. –Pronto…, pronto descansaré para siempre -dijo él con la lengua y los
labios secos.
Scatha le alzó la cabeza y vertió un poco de agua
entre sus labios.
Alun apretó mi mano casi con desesperación.
–Dale recuerdos de mi parte a Goewyn. Dile que
habría sido el mayor placer de toda mi vida luchar con Paladyr por su libertad.
Ella es el tesoro de Albión, Llew, y si tú no hubieras acabado viéndolo, yo
mismo me habría casado con ella.
–Se lo diré, Alun -le prometí con voz ahogada por
la emoción-, en cuanto la vea.
Alun tragó saliva una vez más y se estremeció con
un espasmo de dolor. Cuando volvió a abrir los ojos, su expresión era más
relajada; había perdido la lucha, pero sonreía.
–Ah, ya es suficiente. Ya se acaba. Ahora me
gustaría ver a mis compañeros de armas -añadió mirando a Bran.
Bran alzó la cabeza, asintió y se alejó deprisa.
Alun, sin dejar de apretarme la mano, aunque ya con menos fuerza, me dijo:
–Mano de Plata, sólo me resta hacerte un último
ruego.
–Pídeme lo que quieras -dije con lágrimas en los
ojos-. Lo que quieras, Alun. Dímelo y te lo concederé.
–Señor, no me entierres en estos parajes -dijo-.
Tir Aflan no es un lugar honorable para un guerrero.
–Haré lo que me pides -le prometí.
Pero él apretó con desesperación mi mano.
–No me abandones aquí. ¡Te lo ruego! – me imploró-.
Te lo ruego, señor.
Tragó saliva y sus facciones se estremecieron de
dolor.
–Cuando hayas terminado aquí tu tarea, llévame
contigo. Entiérrame en Druim Vran.
Que un guerrero tuviera que suplicar de aquella
forma me partía el alma.
Las lágrimas rodaron por mis mejillas y me las
enjugué con la manga.
–Así lo haré, hermano.
Mi promesa lo tranquilizó.
–Mi corazón pertenece a Albión -susurró-. Ya que no
volveré a ver
aquella hermosa tierra, me conformaré con que mis
huesos regresen a ella.
–Así lo haré. Te lo juro, Alun.
Soltó mi mano y se recostó de nuevo. Scatha le dio
más agua. Bran regresó entonces con el resto de la Bandada de Cuervos: Garanaw,
Emyr, Drustwn y Niall. Uno tras otro se arrodillaron junto a su hermano de
armas para despedirse de él. Bran despertó también a Cynan, que se arrodilló
junto a Alun. Entretanto, Tegid, con la cabeza inclinada, contemplaba la escena
con emocionados ojos, pero sin decir nada.
Bran fue el último en hablar con el moribundo con
voz segura y suave; luego posó la mano sobre la frente de Alun y después se la
llevó a la suya a modo de saludo. Cuando se levantó, dijo con voz firme:
–El Cuervo ha levantado el vuelo.
29
¡VUELA, CUERVO!
Envuelto en un manto marrón, Tegid escrutaba con
sus oscuros ojos el vasto panorama montañoso. De un uniforme color pardusco,
salpicado de vez en cuando por el blanco de las rocas, interminablemente
monótono y desesperadamente desértico -sólo habían algunas matas de brezo y
turbas cenagosas en torno a peñas que sobresalían como islas en un mar color de
orín-, el páramo se extendía desolado y abandonado
hasta donde alcanzaba la vista. Jorobas de áridas montañas, encorvadas como
hombros, se empujaban unas a otras en todas direcciones hacia el horizonte.
No me miró cuando me acerqué a él.
–No deberías haberle prometido a Alun que lo
llevarías a casa.
–Se lo juré, bardo. Y pienso cumplir mi promesa.
Sus labios se apretaron en una mueca de
desaprobación.
–No podemos cargar con su cuerpo y no hay forma de
llevarlo de regreso a Albión. Debemos enterrarlo aquí.
Mientras contemplaba la tenebrosa vastedad de aquel
páramo, repliqué:
–Alun merece algo mejor, y lo tendrá.
–Entonces te sugiero que pienses en alguna
solución.
–¿Qué te parece si quemamos el cuerpo? Ya sé que no
es la forma más honorable de desprenderse de un cadáver, pero puede ser llevada
a cabo con dignidad y respeto.
Tegid me miró meditabundo con el entrecejo
fruncido. Yo comprendía perfectamente la resistencia del bardo: quemar un
cuerpo se reservaba sólo para enemigos, proscritos y criminales.
–Es un procedimiento conocido en Albión -admitió al
fin-. Ha habido épocas en que se hacía por necesidad.
–¿Acaso no estamos viviendo una de esas épocas? –
pregunté con ligereza-. Nos obliga a ello una imperiosa necesidad.
–Sí -reconoció el bardo-, nos obliga a ello una
imperiosa necesidad y el juramento de un rey. Así están las cosas. Pero, hay
que vigilar bien el fuego para que los huesos no se quemen. Deben ser reunidos
y guardados. Yo me ocuparé de eso.
–Y cuando regresemos a Albión -añadí-, los
enterraremos en Druim Vran.
–Que así sea.
–Bien. Reuniremos leña para encender la pira.
Envié ocho hombres al bosque con varios caballos
para que trajeran la madera que se necesitaba. Se marcharon bajo el mando de
Bran, porque, cuando le expliqué lo que pretendía hacer, el jefe de los Cuervos
insistió en conducir él mismo a los jinetes.
–No es necesario, Bran; puede encargarse cualquier
otro.
–Si el cuerpo de Alun tiene que ser quemado
-replicó él con firmeza-, quiero escoger personalmente la madera. Alun me salvó
del Wyrm, es lo
menos que puedo hacer por él.
Puesto que no había forma de hacerle desistir, le
permití que fuera. El bosque no estaba demasiado lejos y los caballos estaban
bien alimentados y descansados; insistí en que la partida debía estar de vuelta
en el campamento al crepúsculo del día siguiente. El día no estaba muy avanzado
y partieron en cuanto ensillaron los caballos. Los vimos alejarse con la
pequeña cantidad de carne de caballo que nos había quedado.
Los estuve observando hasta que se perdieron de
vista y después, con el corazón en un puño, me dispuse a elegir otro caballo
para sacrificarlo.
Regresaron al día siguiente por la mañana entre una
espesa niebla. El páramo se iba encharcando con la pertinaz llovizna,
arrastrada por una fresca brisa del este, que había reemplazado al helado
viento del norte de la noche. A la plomiza luz de la mañana el páramo tenía un
aspecto inhóspito y triste. Tras intercambiar saludos, los enviamos a
calentarse junto al fuego.
Ordené que descargaran los caballos y los soltaran
para que pacieran; luego me reuní con Bran junto a la fogata. El jefe de los
Cuervos me informó lacónicamente de la expedición.
–Esta tierra está muerta -dijo sacudiendo su
manto-. Todo está tal como lo vimos. No ha cambiado nada.
Ordené que trajeran un poco de asado de la víspera
y lo dejé comiendo. Entretanto, Tegid y yo preparamos la pira para la cremación
del cadáver de Alun. La leña había sido descargada junto a la carretera, y el
bardo estaba ocupado en clasificarla según su longitud, cuando me reuní con él.
Tras haberla ordenado, transportamos brazadas de seleccionada madera a una
enorme roca plana y comenzamos a apilarla cuidadosamente.
Me enfrasqué en la tarea y trabajamos juntos sin
hablar, transportando y apilando la leña hasta erigir un resistente catafalco
de madera tronco sobre tronco. Era un trabajo duro y, como los dos nos movíamos
rítmicamente, me vino a la memoria el día en que el bardo y yo comenzamos a
construir Dinas Dwr. Me aferré a aquel recuerdo reconfortado por su templado
resplandor mientras trabajábamos hombro con hombro. Cuando terminamos, la pira
se alzaba en su solitaria peña como una pequeña fortaleza de troncos. Algunos
hombres se habían acercado mientras trabajábamos y ahora contemplaban con
triste mirada la pira.
Tegid, al verlos allí inmóviles, les dijo:
–Cuando el sol se ponga encenderemos el fuego.
La niebla se aclaró mientras el día tocaba a su fin
y el sol se inclinaba hacia el oeste, regalándonos unos espléndidos destellos
de dorada luz antes de que las tinieblas nos envolvieran de nuevo. Miré hacia
el sol poniente y vi que los guerreros en grupos de dos o tres atravesaban el
páramo y se acercaban a la peña donde Tegid y yo aguardábamos.
Cuando todos estuvieron reunidos, el cuerpo de
Alun, cubierto y enfundado tras su muerte en una piel de buey, fue traído a
hombros de los Cuervos y depositado sobre la pira. Tegid encendió un fuego,
preparó las antorchas y se las entregó a los cuatro Cuervos que quedaban y a
Bran.
Luego el bardo se encaramó a la peña y ocupó su
puesto en la cabecera de la pira. Alzó los brazos y exclamó con voz sonora:
–Parientes y amigos, Alun Tringad ha muerto. Ha
llegado la hora de liberar el alma de nuestro hermano de armas para que
emprenda su viaje por los Reinos Superiores. Su cuerpo será quemado, pero sus
cenizas no serán enterradas en Tir Aflan. Cuando el fuego haya terminado su
trabajo, recogeré los huesos y regresarán con nosotros a Albión para ser
enterrados en Druim Vran.
Luego, se cubrió la cabeza con un pliegue del
manto, alzó la vara y cerró los ojos. Poco después comenzó a entonar suave y
disonantemente una endecha fúnebre:
Cuando la boca sea sellada, cuando los ojos sean
cerrados, cuando el aliento cese de respirar, cuando el corazón cese de latir,
cuando el corazón y el aliento cesen;
que la Mano Firme y Segura te sustente y te proteja
de todo mal. Que la Mano Firme y Segura te sustente y guíe tus pies en el
camino, que la Mano Firme y Segura te sustente y te conduzca por el filo del
puente, que la Mano Firme y Segura te proteja, te guíe y te conduzca por el
estrecho camino por el que abandonas este mundo.
Que te guarde de desgracias y peligros, que
encienda ante ti la hermosa luz de la alegría, que te conduzca a las Mansiones
de la Paz, y al servicio de un Verdadero Rey en las Mansiones de la Paz, donde
Gloria, Honor y Majestad deleitan para siempre al Noble Linaje.
Que la mirada del Dios Omnipotente sea la estrella
que te guíe, que el aliento del Dios Bondadoso abra para ti un dulce camino,
que el corazón de la Majestad Divina te favorezca con su bendición.
Que las llamas de este fuego iluminen tu camino…
Que las llamas de este
fuego iluminen tu camino…
Que las llamas de este fuego iluminen tu camino al
mundo del más allá.
Tras pronunciar estas palabras, el Bardo Supremo
llamó a los Cuervos. Uno tras otro, Garanaw, Emyr, Niall y Drustwn, se
adelantaron portando las antorchas y las arrojaron a la base de la pira. Bran
se adelantó el último y arrojó su antorcha junto a las otras. El fuego rugió
con el viento, prendió y se alzó hacia el cuerpo de Alun que yacía en su tosco
lecho de madera.
Como todos los que me rodeaban, contemplé cómo las
llamas se alzaban entre el enrejado de leña y acariciaban la carne yerta de mi
amigo. Sentía un inmenso dolor por mí mismo: jamás volvería a oírlo cantar,
jamás volvería a verlo apostar en el palacio. Echaría de menos sus absurdas
fanfarronadas, sus audaces e insensatos retos…, como aquella vez que retó a
Cynan a labrar, derribar y transportar troncos durante todo un día hasta casi
matarse de agotamiento por una simple chuchería de oro.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas y
dejé que rodaran libremente por mis mejillas. Era hermoso recordar y llorar por
lo que había perdido y no podría recobrar jamás.
«Adiós, Alun Tringad -me dije mientras el fuego
ululaba y crujía-. Que te vaya bien en tu viaje.»
Una voz, preñada de dolor, rasgó el silencio:
–¡Vuela, Cuervo! Extiende tus alas sobre nuevos
campos y bosques; que tu voz sea oída en desconocidas tierras.
Bran, con el noble rostro cubierto de lágrimas que
brillaban a la luz del fuego, echó el brazo hacia atrás y disparó su lanza
hacia los cielos. Vi que la punta destellaba a la luz de las estrellas y luego
se perdía en la oscuridad…, una imagen que simbolizaba a la perfección la
liberación del espíritu de un guerrero.
Las llamas se avivaron más y más; sentí su calor en
el rostro; mi manto humeaba vapor. El chasquido de las llamas se convirtió en
un rugido; el resplandor del fuego danzaba haciendo retroceder las sombras de
la siempre amenazadora oscuridad. Luego, la pira se derrumbó sobre sí misma
arrastrando el cuerpo al salvaje y dorado corazón del fuego funerario, para
consumirlo allí. Estuvimos contemplando las llamas largo rato, hasta que sólo
quedaron rescoldos, un montón de relucientes ascuas sobre la pena.
–Todo ha acabado -declaró Tegid-. Alun Tringad se
ha marchado para siempre.
Entonces regresamos al campamento y dejamos a Tegid
entregado a la tarea de recoger los huesos del fuego.
Yo caminaba junto a Bran. Como me había emocionado
su adiós a Alun, así se lo dije.
–Fue una hermosa despedida, muy adecuada para un
Cuervo que se ha marchado.
Bran ladeó la cabeza y me miró como si acabara de
sugerirle que creía que la luna se acostaba en el mar.
–Pero Alun no se ha marchado -observó con toda
sencillez-, sólo se nos ha adelantado.
Seguimos caminando y Bran me explicó:
–Los Cuervos hemos jurado reunirnos todos en el
mundo del más allá. De este modo, si uno de nosotros cae en la batalla, hay un
hermano de armas aguardando para darnos la bienvenida en el más allá. Tanto en
este mundo como en el otro, continuaremos siendo los Cuervos.
Su fe en tal acuerdo era simple y maravillosa; y
además absoluta. Ni una sombra de duda o escrúpulo oscurecía su confianza. Yo,
que carecía por completo de tal seguridad, no pude menos que maravillarme.
Al día siguiente partimos al alba. Una espesa
niebla emborronaba y oscurecía el mundo a nuestro alrededor. El cielo, denso
como la lana, se cernía sobre nuestras cabezas como una empapada piel de oveja.
Cuando el invisible sol alcanzaba el mediodía, el viento arreció y fue
arrastrando jirones de niebla por el páramo.
Avanzábamos en una doble columna, temblando bajo
los húmedos mantos. Los caballos caminaban con las cabezas bajas, casi rozando
el suelo con las narices; las pezuñas resonaban sordamente en la pavimentada
carretera.
Con el pelo empapado hasta la raíz y pegado al
cráneo, yo caminaba penosamente con los pies entumecidos, y no pensaba más que
en sentarme ante un buen fuego y librarme del frío que me atenazaba los huesos.
Por eso me cogió desprevenido la súbita revelación de Tegid:
–Anoche vi una almenara.
Me volví bruscamente hacia él y lo miré atónito,
sin poder creer que no se hubiera molestado en decírmelo antes. El bardo no me
devolvió la mirada, sino que siguió cabalgando con los hombros hundidos
contemplando de soslayo la llovizna, empapado hasta los huesos pero
impertérrito.
¡Bardos!
–Cuando los rescoldos se enfriaron -continuó con la
mayor placidez-, recogí los huesos de Alun.
Mis ojos se posaron un instante en el aseado fardo
que pendía de su silla envuelto en el manto de Alun.
–Al regresar al campamento vi la almenara.
–Ya. ¿Me lo comunicas ahora por algún motivo
especial?
–Creí que te agradaría oír una buena noticia -dijo
mi sabio bardo dignándose mirarme.
Yo también clavé los ojos en él mientras el agua me
chorreaba por los cabellos y la cara.
–Estás enfadado -observó-. ¿Por qué?
Helado hasta la médula, sin haber comido durante
días más que carne de caballo, entristecido por la muerte de Alun, lo último
que habría esperado o deseado era que mi Bardo Supremo me ocultara tan
importante información.
–No es nada -le dije esforzándome por dominar mi
cólera-. ¿Qué crees que significa?
–Significa -repuso en un tono que sugería que el
significado de la almenara era más que obvio- que estamos acercándonos al final
de nuestro viaje.
Sus palabras me llenaron de un extraño regocijo. Se
acercaba la confrontación final. La esperanza alertó mis sentidos; mi espíritu
se animó. La fatiga de la jornada se evaporaba, mientras en mi interior prendía
la ardiente llama de la expectación. ¡Se acerca el final! ¡Prepárate, Paladyr!
Nos internamos en las áridas montañas. Las
cenagosas turbas fueron cediendo lugar al brezo y al tojo. Transcurrían los
días y la carretera seguía perdiéndose en el horizonte; viajábamos desde el
alba, apagada y gris, hasta el crepúsculo, mortecino e igualmente gris; nos
deteníamos sólo para abrevar los caballos. Comíamos sólo por la noche en torno
a las fogatas, cuando podíamos asar la carne de otro caballo sacrificado; y
comíamos lamentando amargamente a cada bocado la pérdida de otro caballo; pero
era carne y nos reconfortaba y llenaba el estómago. Nadie se quejaba.
Poco a poco el terreno comenzó a ascender. Las
montañas eran más altas, los valles más profundos y las pendientes más
escarpadas a medida que el accidentado terreno ascendía hacia las montañas. Un
día coronamos una larga pendiente y vimos en lontananza el débil resplandor de
picachos coronados
de nieve. Luego las nubes y la niebla se cerraron
de nuevo y durante varios días no vimos nada. Cuando el cielo se aclaró otra
vez un poco, las montañas estaban mucho más cerca; incluso distinguíamos
diferentes picachos, agudos y escarpados, sobresaliendo entre los oscuros
nubarrones.
El tiempo fue aclarando y aunque la niebla todavía
nos rodeaba y cegaba durante el día, las noches eran a menudo claras y secas, y
las estrellas brillaban como puntas de lanza en un cielo negro como la pez. Una
noche, Tegid se me acercó mientras dormía junto al fuego.
–Llew…
Me desperté al notar su mano en el hombro.
–Ven conmigo.
–¿Qué pasa?
No respondió, pero me indicó con un gesto que lo
siguiera a cierta distancia del campamento. La luna se había alzado sobre el
horizonte e iluminaba débilmente la tierra. Subimos a la cima de una colina y
Tegid señaló hacia el este. Miré y vi una luz sobre un risco a poca distancia,
y más allá otra. Mientras estaba mirando, una tercera luz parpadeó más allá.
Inmóviles en la oscuridad de la noche, escrutando
las tinieblas, el bardo y yo aguardábamos. El viento aullaba contra las
desnudas peñas de la cima, como un animal al acecho. Poco después se encendió
un cuarto fuego, como una estrella que iluminara una lejana colina.
Contemplé las almenaras brillando en la noche y
supe con certeza que el enemigo estaba cerca.
–Había visto esto en mi visión -dijo Tegid con voz
suave.
Volví a oír el eco de su voz, que entonaba una
canción mientras las enfurecidas olas empujaban nuestro frágil bote contra las
mortales rocas de la costa.
El viento ululaba llenando la noche con un
tenebroso sonido.
–Alun -dijo Tegid deliberadamente despacio para
escoger con cuidado sus palabras- fue el único de los Cuervos que vio a Crom
Cruach.
Al principio no entendí lo que quería decir.
–Y ahora Alun está muerto -repliqué contestando a
la pregunta implícita del bardo.
–Sí.
–Por lo tanto, yo seré el siguiente. ¿Es eso lo que
quieres decir? –Eso me temo.
–Entonces tus temores carecen de fundamento -le
dije con determinación-. Puedes comprobarlo en tu propia visión. Alun y yo, los
dos, vimos a Abrigo Amarillo. Y los dos luchamos con la serpiente. Alun murió,
sí. Pero yo estoy vivo. Aquí acaba todo.
Señalando hacia la línea de almenaras que brillaban
al este, en el horizonte, Tegid dijo:
–No, aquí no acaba todo. El final está allá.
Cuando regresamos al campamento el cielo comenzaba
a grisear. Bran estaba despierto. Le informamos de las almenaras y recibió la
noticia con la mayor tranquilidad.
–De ahora en adelante avanzaremos con más cautela
-se limitó a decir-.
Mi consejo es que enviemos exploradores por
delante.
–Muy bien -asentí-. Así lo haremos.
Bran se llevó el dorso de la mano a la frente y se
alejó. Poco después, Emyr y Niall salieron del campamento a caballo. Observé
que no cabalgaban por la carretera, sino entre la larga hierba que la bordeaba.
Irían más despacio, pero no se los oiría.
«El principio del fin», pensé.
Los seguí una cierta distancia y vi cómo
desaparecían en la pálida luz del alba.
–Que la Mano Firme y Segura os acompañe, hermanos
-les grité.
Mi voz resonó en las desoladas colinas y murió
entre el brezo. La tierra pareció estremecerse con mi grito.
–Que la Mano Firme y Segura nos proteja a todos
-añadí, y regresé a toda prisa al campamento para enfrentarme a las exigencias
del día que alboreaba.
30
VOCES DE MUERTOS
Las colinas dieron paso a una interminable vastedad
rocosa, escarpada, escabrosa, resbaladiza y pelada, excepto por algunos
matorrales de espinoso tojo. El terreno era accidentado, pero la carretera
continuaba siendo firme y sólida. Nos azotaban la lluvia y el viento, y la
niebla nos cegaba día tras día; no obstante, la carretera continuaba siendo
sólida.
A cada día de marcha las montañas cubiertas de
nubes estaban más cerca. Los picachos erosionados por el viento se alzaban
hasta coronar el horizonte en todas las direcciones y, sierra tras sierra, cima
tras cima, se iban perdiendo
en la lejanía. Abrumadoras, salvajes y peligrosas
no parecían en modo alguno benévolas cumbres, sino que se cernían rígidas y
amenazadoras sobre nosotros: blancas, como astillas de huesos o dientes rotos
en un combate.
A los lados de la carretera crecía hierba
suficiente para alimentar a los caballos, y los caballos nos alimentaban a
nosotros. Eso significaba que cada pocos días sacrificábamos un animal, pero
gracias a su carne podíamos seguir adelante. Bebíamos de los arroyos y charcos
de las montañas, y aplacábamos con el agua helada el tormento del hambre.
Gyd, la estación de Thaws, se iba acercando y nos
atacaba con sus húmedos vendavales. La nieve comenzaba a derretirse en las
laderas más bajas, y helados arroyuelos fluían por barrancos, torrenteras y
cañones rocosos. Día y noche nos martirizaba el ruido del agua que borbotaba,
se estrellaba, gorgoteaba y chapoteaba al precipitarse hacia las tierras bajas
que ya habíamos dejado muy atrás. La niebla ascendía desde profundos
desfiladeros donde se despeñaban cascadas; las nubes se deslizaban por
gargantas en las que rugientes cataratas se estrellaban y resonaban con el
estrépito de guerreros enloquecidos por el combate.
La inhóspita monotonía de las peladas peñas, la
aspereza del viento y el estruendo del agua nos recordaban constantemente -como
si fuera necesario-que estábamos internándonos en un territorio hostil. A
medida que subíamos entre los escarpados picachos, nuestra agitación iba en
aumento. Y no era por causa del viento que ululaba entre las accidentadas
cumbres y se estrellaba contra las cimas; se trataba de un miedo crudo y
salvaje. Nos acostábamos temblando, arropados en los mantos, y escuchábamos los
gemidos del viento. El alba nos sorprendía insomnes y nerviosos para
enfrentarnos al renovado asalto de los elementos.
Dos veces al día nos encontrábamos con nuestros
exploradores, una al mediodía y otra cuando regresaban a la hora del
crepúsculo. Los cuatro Cuervos se turnaban para llevar a cabo la tarea de
explorar y lo hacían por parejas, de modo que cada día salían dos jinetes de
refresco. Una noche, Garanaw y Emyr regresaron cuando íbamos a instalar el
campamento al pie de un imponente acantilado.
–Hay un lugar mucho mejor justo después de aquel
recodo -nos informó Emyr-. No está demasiado lejos y nos ofrecerá mayor
protección, en el caso de que de noche se levante viento y lluvia.
Como aún no habíamos desensillado los caballos ni
habíamos encendido
las fogatas, nos trasladamos al lugar que sugerían.
Garanaw nos condujo hasta allí y cuando llegamos dijo:
–Es un lugar bien protegido, si es que puede
decirse que esos desnudos huesos pueden procurarnos algún abrigo.
Cynan al oírlo replicó:
–Querrás decir esos huesos rotos. Hace días que no
veo más que huesos fracturados en astillas.
Así fue como aquellas montañas se convirtieron para
nosotros en Tor Esgyrnau, los Huesos Rotos. Y la observación de Cynan era muy
acertada; además, al darles un nombre, se hicieron algo menos amenazadoras,
algo menos pavorosas, y comenzamos a mirarlas con menos aprensión que antes.
–Así son las cosas -observó Tegid cuando se lo comenté pocos días después-.
Entre los derwyddi se dice que conferir un nombre a algo significa
vencerlo.
–Pues ya sabes lo que tienes que hacer, bardo.
Encuentra un nombre con el que vencer a Paladyr. Y yo lo proclamaré a gritos
desde la cima del picacho más alto.
Más tarde, mientras la noche ocultaba las montañas,
lo sorprendí escrutando entre las tinieblas, que comenzaban a invadir las
tierras bajas que habíamos dejado atrás. Lo miré fijamente unos instantes y
luego le pregunté:
–¿Qué miras?
–Creí ver algo que se movía en la carretera, ahí
abajo -replicó sin dejar de observar el zigzagueante camino.
–¿Dónde?
Agucé la vista pero no vi nada entre las tinieblas.
–Enviaré a alguien.
–No hace falta -dijo Tegid-. Ha desaparecido…, si
es que había algo.
Debe de haber sido una sombra.
Se alejó, pero yo me quedé allí observando en el
apagado crepúsculo, escrutando las tinieblas por si veía moverse algo. Habíamos
subido bastante y aunque los días eran un poco más templados, las noches
todavía eran muy frías y el viento soplaba desde las cimas cubiertas de nieve.
A menudo, nos despertábamos con los mantos llenos de escarcha y lo que se
derretía durante el día se helaba durante la noche, de forma que la carretera
estaba peligrosamente resbaladiza hasta que el sol calentaba el pavimento.
Para entrar en calor quemábamos retorcidos troncos
de tojos que
arrancábamos de sus lechos de piedra con nuestras
espadas. Al quemarse producían un olor desagradable y un humo acre y oleoso,
pero los rescoldos permanecían calientes mucho tiempo después de que las llamas
se hubieran extinguido.
Llegamos a un escarpado desfiladero y cruzamos el
primer umbral de las montañas. Miré hacia atrás y contemplé el apagado e
informe panorama: un páramo inhóspito, sin árboles, neblinoso, descolorido,
empapado y triste. Me alegraba dejarlo por fin atrás. Me quedé un buen rato
mirando cómo la carretera se estrechaba en la lejanía. Desde que Tegid me había
sugerido que posiblemente nos seguían, me detenía con bastante frecuencia a
observar, y esta vez llegué a convencerme de que, en efecto, había algo o alguien
allá abajo, lejos, muy lejos. ¿O sería simplemente un fugaz jirón de niebla o
la sombra de una nube?
Arriba, entre los áridos picachos, el viento
soplaba y ululaba, castigándonos la piel con sus garras de hielo. El vendaval
era enervante; a veces, alguna peña o alguna pared rocosa nos proporcionaban
una pasajera protección, mientras la carretera serpenteaba convirtiéndose a
veces en casi un sendero colgado en la ladera. Todos íbamos a pie, porque no
nos atrevíamos a correr el riesgo de caer en tan peligroso camino.
Como no podíamos cabalgar, cargamos los caballos
con tanta provisión de tojos como pudieron soportar, de modo que los animales
parecían altozanos cubiertos de tojos que hubieran echado a andar. Avanzábamos
más lentamente de lo que hubiéramos deseado. Sin embargo, de no ser por la
carretera, nunca habríamos podido escalar las montañas.
Seguíamos adelante arrastrándonos penosamente, con
los labios amoratados, temblando, encogiéndonos, mientras el viento arrancaba
lágrimas de nuestros ojos y el frío nos calaba hasta los huesos. Nos volvimos
duros como el cuero y afilados como cuchillos. Estábamos hambrientos; nos
consumía esa hambre salvaje y corrosiva que ningún banquete puede saciar.
Anhelábamos ser curados más que saciados, ansiábamos regresar a Albión y dejar
que la vista de sus hermosas colinas y cañadas aliviara nuestros destrozados corazones.
Padecíamos el taithchwant, la profunda nostalgia del hogar.
Pero yo no podía volver al hogar. Prefería morir
que abandonar a mi bien amada. Emprendería el regreso a Druim Vran cuando la
cabeza de mi enemigo adornara mi cinto; volvería a ver Dinas Dwr cuando mi
esposa
estuviera de nuevo a mi lado. Mi reina regresaría
conmigo a Albión o de otro modo yo no regresaría jamás.
La primera noche después de cruzar el umbral de las
montañas, notamos un cierto cambio en aquella salvaje tierra. Pero dos noches
después, cuando nos habíamos internado en la fortaleza de las montañas, el
cambio comenzó a evidenciarse. Si los páramos habían sido inhóspitos y
abrumadores, las montañas eran amenazadoras. Y no se trataba sólo de la amenaza
de caer desde la estrecha carretera y estrellarse contra las rocas. Era algo
más: una especie de cautelosa malevolencia rondaba entre los picachos, un tenebroso
poder que juzgaba nuestra presencia como una invasión y reaccionaba en
consecuencia.
La tercera noche comprendimos finalmente la
naturaleza de nuestro adversario. La jornada había ido bien; avanzamos bastante
y encontramos un refugio para pasar la noche entre una profunda fisura entre
dos picachos. Sólidas paredes de roca se alzaban a pico desde la carretera, con
la superficie mellada, como si la carretera hubiera sido abierta a través de la
montaña a golpes de daga. El viento no podía alcanzarnos allí de plano y por
eso el lugar nos procuraba un cierto abrigo entre los desnudos riscos.
Como siempre, nos acurrucamos cerca de las fogatas,
pero aquella noche, mientras el vendaval arreciaba con sus habituales aullidos,
oímos en el ulular del viento un nuevo y sobrecogedor matiz. Tegid, siempre
alerta a los repentinos cambios y formas de la luz y el sonido, fue el primero
en percibirlo:
–¡Escuchad! – siseó.
La tranquila y sigilosa conversación en torno al
fuego se acalló de pronto. Aguzamos el oído, pero no percibimos nada, a
excepción de las heladas ráfagas que se desgarraban contra los desnudos
picachos de Tor Esgyrnau.
Me incliné hacia Tegid.
–¿Qué has oído? – le pregunté.
–Lo he oído y lo oigo -repuso el bardo ladeando la
cabeza-. Allí… ¡otra vez!
–Es el viento -comentó Bran-. No oigo nada más.
–Ni lo oirás si te empeñas en ahogarlo con tu voz.
Aguardamos quietos largo rato. Como seguíamos sin
oír nada, pregunté:
–¿Cómo era?
–Era una voz -respondió el bardo encorvando los
hombros-. Creí oír una
voz. Eso es todo.
Su tono, brusco y cortante, suscitó mi curiosidad.
–¿La voz de quién, Tegid?
Cynan y Bran y algunos otros que estaban cerca nos
miraron con creciente interés. El bardo miró a su alrededor y luego clavó los
ojos en el fuego.
–Se prepara una tormenta.
–Contesta, bardo. ¿De quién era la voz que has
oído?
Tegid suspiró y pronunció el último nombre que yo
esperaba oír.
–La voz de Ollathir -respondió en voz baja-. Creí
oír la voz de Ollathir. –¿Ollathir? Hace años que murió. Es… –¡Lo sé de sobra!
–Pero…
–Me preguntaste de quién era la voz que oí -replicó
Tegid con voz baja y airada-. Y yo te estoy diciendo la verdad. Creí oír la voz
de Ollathir, Bardo Supremo de Albión, que reposa en su tumba desde hace años.
Sus palabras vibraban aún en el aire cuando Bran se
puso en pie de un salto.
–¡La he oído! – exclamó con el rostro entre las
sombras-. ¡Allí! ¿No la oís? Y ahora otra vez. Pero no es la voz de Ollathir…,
sino la de Alun Tringad.
Cynan me dirigió una siniestra mirada.
–Aquí hay algo misterioso, lo intuyo -dijo con un
cauteloso susurro como si temiera que lo oyeran.
Las llamas crujían y crepitaban y el viento
aullaba. Luego Cynan se puso en pie lentamente y se llevó un dedo a los labios.
–No… no… -susurró-, no es la voz de Alun Tringad,
es la de… Cynfarch…, la de mi padre -añadió con rostro demudado.
La confusión no tardó en hacer presa de todo el
campamento a medida que todos iban reconociendo las misteriosas voces de sus
amigos y parientes muertos. Todos menos yo. Yo oía sólo el aullido del viento,
ya de por sí bastante enervante. En efecto, a medida que avanzaba la noche, el
vendaval chocaba con más fuerza contra los invisibles picachos y sus aullidos
reverberaban desde las alturas. No podíamos hacer otra cosa más que acercarnos
a las fogatas y taparnos las orejas con las manos.
Pero también nos vimos privados del fuego. Los
aullidos del viento se
despeñaban por los riscos como una cascada. Las
llamas vacilaron, se aplanaron y acabaron por apagarse. Sumidos en la tenebrosa
oscuridad, martirizados por el vendaval y por los gritos de los amigos y
parientes difuntos, los hombres comenzaron a correr desordenadamente en busca
de sus armas.
–¡Tegid! – grité tratando de hacerme oír por encima
de la galerna-.
Alguien va a resultar herido si no hacemos algo por
evitarlo.
–Me temo que estás en lo cierto -asintió Cynan-. Es
más que probable en plena oscuridad.
–¿Qué me sugieres? – replicó Tegid, airado-. No
puedo detener el viento.
–No, pero podemos evitar que los hombres huyan
enloquecidos.
El bardo trepó a una roca y alzó la vara.
–¡Aros! ¡Aros llawr! – rugió-. ¡Quietos! ¡Deteneos!
¡No son las voces de los muertos! Somos víctimas de una impostura, pero no os
dejéis engañar. ¡Tened valor!
–¡Nos están llamando! – gritó alguien-. ¡Los
muertos nos han encontrado!
¡Estamos perdidos!
–¡No! – les dije yo-. Escuchad a nuestro sabio
bardo: todos hemos perdido amigos y parientes. Nuestros pensamientos están con
ellos y por eso imagináis que estáis oyendo sus voces. Es un engaño del viento
y de la tormenta. Sólo eso.
–¿Acaso tú no los oyes? – preguntó una asustada
voz.
–No. Sólo oigo el viento -repuse con firmeza-.
Salvaje y violento, pero no es más que el viento. Sentaos todos y aguardaremos
juntos a que cese.
Mis palabras parecieron tranquilizar a los hombres.
Se reunieron todos, algunos con las armas preparadas, y se acurrucaron hombro
con hombro a esperar. Poco a poco el vendaval amainó y cesó aquel misterioso
ataque.
Avivamos las fogatas y nos fuimos relajando;
después nos echamos a dormir creyendo que el peligro había pasado. Pero no era
más que un esperanzado deseo, como no tardamos en comprobar: el martirio no
había hecho más que empezar.
31
BWGAN BWLCH
Acabábamos de echarnos a descansar cuando los
misteriosos sonidos comenzaron de nuevo, pero no sólo las voces. Esta vez
aparecieron también
los muertos.
Mientras el viento amainaba, la niebla fue
descendiendo de las heladas alturas; una niebla extraña, viscosa, que iba y
venía en ondulantes olas. Gris y fría como la muerte, el esquivo vapor
descendía sigilosamente por la desnuda pared rocosa y cubría los pedruscos de
la carretera, deslizándose y rizándose como zarcillos. Los centinelas fueron
los primeros en verla y dieron la alarma. Estaban preocupados, aunque no
estaban seguros de que fuera un verdadero peligro.
–No te apures -le dije a Niall, que se excusaba por
haberme despertado-, es imposible conciliar el sueño en una noche como ésta.
¿Qué ha sucedido?
Su rostro, semioculto entre las sombras, miraba de
soslayo escrutando las tinieblas.
–Se ha levantado una extraña niebla. – Hizo una
pausa para mirar detrás de mí-. Tiene un aspecto malévolo, señor. No me gusta.
Me levanté y miré alrededor. La niebla se había
espesado, formando una sólida capa sobre la tierra, más allá del círculo de luz
que arrojaban las fogatas. Si se hubiera tratado de una criatura viva, habría
dicho que parecía reacia a acercarse a la luz. Probablemente, el calor de las
llamas creaba un margen protector en torno a nosotros. Sin embargo, la neblina
parecía casi sensible por la forma en que serpenteaba y se enroscaba mientras
se iba espesando.
–Nos está vigilando -susurró Niall.
No era el único en percibir esa sensación. El
sobrenatural vapor no tardó en formar un misterioso paisaje en torno a
nosotros, casi de la altura de un hombre. Extrañas siluetas surgían de aquella
masa informe para volver a perderse en ella después. Los hombres comenzaron a
ver cosas entre las grises olas: piernas flotantes, cabezas, torsos, caras
etéreas con ojos vacíos.
A los caballos también los inquietó la niebla;
armaron tal revuelo encabritándose, pateando y relinchando, que ordené que los
encapucharan y los trajeran al círculo de fuego. Tampoco eso les gustó, pero al
menos pudimos calmarlos.
Nuestros miedos, en cambio, no podían ser acallados
tan fácilmente. Ordené a los hombres que se armaran y se colocaran hombro con
hombro y escudo con escudo. Procuramos extraer todo el valor posible de las
armas y sobre todo de la compañía de nuestros hermanos en la lucha, y
contemplamos impotentes aquel despliegue de espectros.
Cabezas sin cuerpo con bocas que se abrían en
silenciosas palabras, brazos sueltos que gesticulaban, piernas retorcidas y
otras partes de cuerpos que se mezclaban y separaban en monstruosos
acoplamientos. Manos engarfiadas que nos hacían señas, que se confundían y
convertían en succionantes bocas sin dientes. Vi un enorme ojo sin pestañas que
se abría en unos labios sonrientes y luego se disolvía en una arrugada fístula.
–¡Clanna na cù! – gruñó Cynan sin aliento.
Tegid, que permanecía inmóvil muy cerca, susurró:
–Algo que ha estado durmiendo durante eras se está
agitando aquí. La ancestral maldad de esta tierra se ha despertado y sus
servidores andan una vez más al acecho.
Cynan lo miró con el rostro cubierto de sudor pese
al frío.
–¿Quién es el causante?
–¿Podría ser Paladyr? – pregunté-. ¿Podría haber
hecho algo para avivar todo este… este malévolo poder, o lo que sea?
–Puede ser -respondió Tegid-. Pero creo que es algo
más poderoso que Paladyr… una presencia, quizá. No lo sé. Lo siento aquí
-añadió apretándose el puño contra el pecho-. Es una sensación de una
insondable perversidad. No creo que Paladyr sea capaz de tanto odio y de tanta
maldad.
Hizo una pausa, reflexionó y añadió:
–Probablemente es…
Las fantasmales siluetas tomaban cuerpo y se
condensaban en sutiles y sugerentes formas. Al contemplar aquella silenciosa y
deslizante danza macabra, me vino a la mente la Hueste Demoníaca de Nudd en la
batalla de Dun na Porth, en Findargad.
–Nudd -dije en voz alta-, el Príncipe de Uffern y
Annwn.
–¿El de la leyenda de Ludd y Nudd? – me preguntó,
asombrado, Cynan.
–El mismo.
Al mencionar aquel nombre, comencé a sentir un
efecto casi hipnótico. Cualquiera que fuera el poder hostil que animaba aquella
niebla, estaba comenzando a ejercer su autoridad sobre nosotros. Me sentía
arrastrado, engatusado, atraído por ella. Mi espíritu, fascinado, ansiaba
unirse a aquel ondulante desfile de mutantes formas.
Ven, parecía decir la niebla. Abrázame y déjame
consolarte. Acabarán tus afanes; terminará tu lucha. ¡Qué dulce descanso! ¡Oh,
qué cerca está tu descanso!
La seducción de tan astuta insinuación resultaba
aún más efectiva para un grupo de exhaustos y fatigados guerreros. Tras tan
largo y penoso viaje a través de una tierra inhóspita, entre los nuestros
algunos habían comenzado a dar muestras de debilidad. Un joven guerrero que
ocupaba en el círculo una posición diametralmente opuesta a la mía, arrojó a
tierra el escudo y avanzó tambaleante. Grité a sus compañeros que lo sujetaran
y lo hicieran regresar a su sitio.
Apenas lo hizo cuando otro guerrero, un hombre
llamado Cadell, lanzó un grito, soltó sus armas e hizo ademán de lanzarse hacia
la niebla. Los que estaban junto a él reaccionaron con rapidez y lo agarraron
por los brazos.
Cadell se debatió, clavó con firmeza los pies en la
tierra y golpeó a los que lo sujetaban. Luego se dio la vuelta y echó a correr
hacia la niebla. Un guerrero le puso la zancadilla con el extremo de su lanza y
sus compañeros se le echaron encima y lo arrastraron de nuevo al corro. Como
poseído por una gigantesca fuerza, pateando y debatiéndose, Cadell se
desprendió de sus aprehensores y con un tremendo alarido se puso en pie y
avanzó tambaleándose hacia la niebla.
Reclamé a gritos la ayuda de Bran y me lancé en su
persecución. Cadell había llegado hasta la niebla que parecía agitarse como si
quisiera tragárselo y se le enroscaba en muñecas y tobillos. Cuando puse mi
mano sobre el hombro del guerrero tuve la impresión de que estaba tocando una
roca húmeda y sentí que de la ondulante niebla emanaba un frío aliento.
Cadell se revolvió sacudiendo con violencia el
brazo; el codo me alcanzó en la barbilla y me lanzó por los aires hacia atrás;
creí que me había arrancado la cabeza. Caí de rodillas mientras veía un círculo
de negras estrellas ante mis ojos.
Sacudí la cabeza con violencia. Mi asaltante
avanzaba de nuevo hacia la niebla. Me puse penosamente en pie y corrí tras él.
Esta vez no trató de golpearme ni yo traté de sujetarlo; era demasiado tarde.
Simplemente me lancé sobre él y levantando la mano de plata la dejé caer
pesadamente sobre su nuca.
El guerrero se quedó rígido y dejó caer los brazos;
alzó la cabeza, lanzó un grito y se derrumbó inerte como un pesado tronco.
Temeroso de haberlo matado, me incliné sobre él y
apreté mis dedos sobre su garganta. En el preciso instante en que lo toqué, su
cuerpo empezó a sacudirse y a temblar de la cabeza a los pies, con los ojos
desorbitados y la
boca muy abierta. Me echó las manos al cuello y me
apretó la garganta.
Yo lo golpeé en la sien con mi mano de plata. Se
convulsionó y oí que de su garganta surgía una especie de gorgoteo. Y además de
espirar todo el aire de sus pulmones, espiró algo más: una forma transparente y
desdibujada como una evanescente sombra. Al salir me rozó ligeramente y sentí
un escalofrío mareante y viscoso y un vacío doloroso y punzante, como si toda
la soledad y la tristeza del mundo se hubieran concentrado en una rápida ráfaga
de insondable aflicción. En aquel ligero roce experimenté la angustia de una
criatura enloquecida, y supe lo que debía sentir un animal torturado, capaz de
experimentar dolor, pero incapaz de desentrañar su causa o razón. Parecía como
si mi corazón se abrasara en la absoluta desolación de aquella sensación.
Entonces unas manos me agarraron y me pusieron en
pie. La sensación de desesperación desapareció tan súbitamente como había
aparecido.
–Ya he vuelto en mí -les dije, mientras miraba el
cuerpo derrumbado de Cadell.
Ante mi sorpresa el hombre abrió los ojos y se
sentó. Los guerreros se apresuraron a llevarnos de nuevo al círculo.
Apenas había vuelto a ocupar mi lugar junto a Tegid
y Cynan, cuando oí de nuevo la misteriosa voz:
Ven. Oh, ven y deja a un lado tus preocupaciones.
Deja que te sostenga y consuele. Deja que te libere de tu dolor. Ven… ven.
–¡Resistid, hombres! ¡Manteneos firmes! – grité-.
¡No escuchéis!
–Está ganando fuerza -dijo Tegid mirando a su
alrededor-. Se alimenta de nuestro miedo y estamos perdiendo la voluntad de
resistir.
Se dio la vuelta y tiró de mí.
–Debe de haber una forma… ¡Ayúdame!
–Cynan, tú y Bran vigilad -ordené mientras me
apresuraba a seguirlo.
Ocurra lo que ocurra, manteneos firmes.
Los retorcidos tallos de tojo que quemábamos para
calentarnos no eran suficientemente largos, pero sí servirían los astiles de
fresno de las lanzas. Con toda premura cortamos las puntas de tres astiles y
Tegid me los tendió mientras rebuscaba en la bolsa que le pendía del cinto, lo
que él llamaba el Nawglan, el Sagrado Nueve.
Extendió en la palma de su mano derecha parte de
aquellas cenizas especialmente bendecidas y frotó con ellas los astiles de las
lanzas, uno tras
otro.
–Ya está -dijo cuando hubo acabado-. Ahora veamos
si pueden resistir.
No era posible clavar los astiles de madera en la
pavimentada carretera.
Pero tratamos de hincarlos entre las junturas de
las piedras.
–Habría sido más fácil clavarlos con las puntas -me
lamenté.
–En este rito no puede haber ningún metal -repuso
el bardo-. Ni siquiera oro.
Seguimos intentándolo y por fin logramos hincar los
astiles: uno vertical y los otros dos inclinados en ligero ángulo, de manera
que formaran el dibujo de una punta de flecha sin rematar, el gogyrven.
Recogimos brasas en el reborde de un escudo y las dispusimos en pequeños
montoncitos en torno a cada astil. Con el borde de su manto, Tegid avivó los
rescoldos y las llamas lamieron lentamente los esbeltos palitroques.
Después, el bardo alzó con ambas manos la vara
sobre su cabeza y comenzó a dar vueltas alrededor de las llamas siguiendo la
órbita del sol. Lo oí susurrar palabras en el Taran Tafod; se suponía que yo no
debía ni oír ni saber lo que estaba diciendo.
–¡Date prisa, Tegid!
Cuando hubo completado la tercera vuelta, el bardo
se detuvo, miró el llameante gogyrven y dijo:
–¡Dólasair! ¡Dódair! ¡Bladhm dó!
Las palabras de la Misteriosa Lengua se elevaron en
el desfiladero, resonando contra las paredes de roca. Luego extendió
verticalmente la vara y comenzó a pronunciar las palabras del santificador
rito:
¡Sumo Dador!
¡Tú, cuyo nombre vivifica a cuantos lo escuchan,
escúchame ahora a mí! Soy Tegid Tathal ap Talaryant, Bardo Supremo de Albión.
Heme aquí en el círculo trazado siguiendo la órbita del sol.
¡Escucha mi súplica!
¡Que sean testigos la tierra y el cielo, la roca y
el viento! ¡Por el poder de la Mano Firme y Segura, reclamo esta tierra y la
santifico con un nombre. Bwgan Bwlch!
¡Tengo sobre ella el poder del fuego, tengo sobre
ella el poder del viento, tengo sobre ella el poder del trueno, tengo sobre
ella el poder de la cólera, tengo sobre ella el poder de los cielos, tengo
sobre ella el poder de la tierra, tengo sobre ella el poder de los mundos!
Como se desliza el cisne sobre el lago, como
cabalga el caballo por la llanura, como camina el buey sobre la pradera, como
corre el jabalí por la senda, como corretean por el bosque los ciervos y las
ciervas, como huellan la tierra todas las criaturas veloces, así huello yo esta
tierra, la sojuzgo, y la libero de toda maldad.
En el nombre de la Palabra Secreta, en el nombre de
la Palabra Vivificadora, en el nombre de la Palabra Que Todo Lo Abarca, en el
nombre de la Palabra Verdadera, esta tierra se llamará Bwgan
Bwlch; que así sea mientras pervivan hombres que
pronuncien su nombre.
Tras pronunciar estas palabras, el Bardo Supremo
bajó la vara propinando un sonoro golpe sobre la roca. Luego me miró. – Ya
está.
Esperemos que sea suficiente. La niebla se agitó y
se replegó sobre sí misma como alcanzada por
una granizada de flechas, o como si fuera una
criatura acobardada por el fuego que, no obstante, se resistiera a dejar
escapar su presa. Las mutaciones se contorsionaron en agitada masa con rapidez.
Volví a mi puesto en el corro, alcé la lanza y
grité:
–En el nombre de la Palabra Secreta, en el nombre
de la Palabra Vivificadora, en el nombre de la Palabra Que Todo Lo Abarca, en
el nombre de la Palabra Verdadera, este lugar se llamará Bwgan Bwlch.
Bran, que estaba junto a mí, repitió mis palabras
con tono claro y potente. Pronto se le unieron otros, que elevaron sus voces
contra el espíritu maligno que borbotaba como espuma enloquecida en torno a
nosotros. Mientras cantábamos, la niebla se agitaba en fantasmales y
fantásticas apariencias.
Vi una cara sin ojos con hocico de cerdo y orejas
de cabra; una mano con garras que se convirtió en un gato de cinco cabezas
antes de adoptar la forma de una sonriente bocaza, que sacaba a modo de lengua
un enorme e hinchado sapo. Un par de esqueléticas ancas de buey se convirtieron
en una serpiente enroscada, antes de desintegrarse en una nube de escurridizas
cucarachas.
Vi un cuerpo de niño con cabeza de caballo; el
torso del niño terminaba en un par de delgadas y costrosas cañas de cigüeña
rematadas en unos pies esqueléticos de roedor. Un inmenso vientre se hinchó
hasta reventar, derramando lagartos ciegos que se convirtieron en una nidada de
huevos de reptil, de los que surgieron dos cabezas de brujas de descoyuntadas
mandíbulas…
–¡Más fuerte! – grité enardecido porque parecía que
nuestro canto estaba surtiendo efecto-. ¡Santificad la tierra! ¡Apoderaos de
ella!
Los hombres redoblaron sus esfuerzos. Las voces de
los guerreros, tan largo tiempo reprimidas por el lúgubre silencio de Tir
Aflan, aumentaron en intensidad hasta llenar el tenebroso desfiladero y
escalaron las desnudas paredes rocosas hasta alcanzar las heladas alturas.
Parecía como si estuviéramos seguros de poder erradicar el perverso espíritu
bwgan con la fuerza de nuestro canto.
Con cegadora rapidez, las fantasmales metamorfosis
se confundieron. Extrañas siluetas se desdibujaron en un torrente de formas
mutantes que cambiaban con tal celeridad, que no podían distinguirse más que
brumosas imágenes vagamente humanas y animales.
Oí la resonante voz de Tegid alzarse por encima de
las demás, mientras entonaba las palabras del rito santificador. Todos a una
coreamos la voz del bardo y nuestro canto se elevó sonoro y potente y
prevaleció frente al bwgan:
Tengo sobre ella el poder del fuego, tengo sobre
ella el poder del viento, tengo sobre ella el poder del trueno, tengo sobre
ella el poder de la cólera,
tengo sobre ella el poder de los
cielos,
tengo sobre ella el poder de la tierra,
tengo sobre ella el poder de los
mundos.
El canto santificador del bardo se clavaba en el
espíritu maligno como una llameante lanza, como un gogyrven hecho canción. La
niebla comenzó a desvanecerse y a disiparse ante nuestros ojos.
Como se desliza el cisne sobre el lago, como
cabalga el caballo sobre la llanura, como camina el buey sobre la pradera, como
corre el jabalí por la senda, como corretean por el bosque los ciervos y las
ciervas, como huellan la tierra todas las veloces criaturas, así huello yo esta
tierra, la sojuzgo, y la libero de toda maldad.
En el instante en que se desvanecía, el bwgan se
manifestó como un ser inmenso y monstruoso, una bestia con el cuerpo peludo de
una jabalina, las patas traseras de un buey y las delanteras de un águila.
Tenía la cola larga y pelada de una rata, pero su cabeza y cara eran
inquietantemente humanas: chata, de labios gruesos, con enormes y colgantes
orejas, ojos redondos y lengua gruesa y protuberante.
En el nombre de la Palabra Secreta,
en el nombre de la Palabra Vivificadora,
en el nombre de la Palabra Que Todo Lo Abarca,
en el nombre de la Palabra Verdadera, esta tierra
se llamará Bwgan Bwlch;
que así sea mientras pervivan hombres
que pronuncien su nombre.
Y entonces, mientras la niebla se disipaba, el
bwgan fue haciéndose más y más diáfano y se desvaneció.
El desfiladero de la montaña resonó con los
atronadores aplausos de los guerreros, que elevaban su canto hacia el cielo de
la noche súbitamente sembrado de relucientes estrellas.
–¡Lo hemos conseguido! – exclamó Cynan, palmoteando
alegremente cuantas espaldas encontraba al alcance de la mano-. ¡Hemos vencido
a la bestia del bwgan!
–¡Bravo, compañeros! – gritó Bran-. ¡Bravo!
Tan ocupados estábamos en felicitarnos unos a otros
que, en un principio, no oímos el tenue gemido en los picachos que se cernían
sobre nuestras cabezas. Pero Tegid sí lo oyó.
–¡Silencio! – gritó-. ¡Silencio!
–¡Silencio! – repitió Cynan tratando de acallar a
los hombres-. ¡Nuestro bardo nos está hablando!
–¡Escuchad! – dijo Tegid alzando la mano hacia los
tenebrosos picachos. Mientras cedía el júbilo de los hombres, oí a lo lejos un
exangüe y
lastimero gemido -como el de una enorme ave de
presa-, que se iba perdiendo en la distancia, a medida que aquel espíritu
impuro se alejaba del mundo de los hombres.
Miré a Tegid.
–¿Bardo?
–Es el bwgan -explicó con satisfacción Tegid-. Está
buscando una nueva casa entre esos escarpados picachos. Si no la encuentra
antes de la salida del sol, morirá.
Luego, extendiendo los brazos hacia el cielo gritó:
–¡Fijaos! Un nuevo día alborea en Tir Aflan.
Todos a una nos dimos la vuelta y vimos que el sol
estaba surgiendo por el este. Mientras se levantaba, lo contemplamos con la
avidez de los hombres que han estado privados largo tiempo de luz. En pocos
instantes, una lanza de clara luminosidad rozó el estrecho desfiladero y
despejó las sombras con la fuerza de su fulgor. Las rocas brillaron con un
color rojo dorado y los picachos destellaron como una gema.
–Ese malévolo espíritu no regresará jamás a este
lugar -siguió diciendo el bardo-. Esta tierra está ahora santificada, ha sido
recuperada para los seres humanos.
–¡La hemos conquistado nosotros! – exclamó Bran
Bresal.
Fue un instante de felicidad, un bendito alivio
contemplar aquel nuevo día. Sin embargo, en medio de tanta alegría, sentí la
profunda y melancólica desesperación de la tierra reafirmándose de nuevo en
ella misma. Podíamos haber recuperado un desfiladero de entre miles, pero
mientras refluía la inexorable marea de aflicción, comprendí que un simple rito
santificador no podía desvanecer tantos siglos de tormento y sufrimiento. Haría
falta, me dije, algo más que una canción para redimir Tir Aflan.
Levantamos el campamento y reanudamos la marcha.
Oscuros nubarrones
no tardaron en ocultar el sol. El día, que había
comenzado con tanto esplendor, se hundió una vez más en la lobreguez, una
lobreguez que era aún más palpable por la gloria del alba que habíamos
presenciado. Sentí -todos lo sentimos- una herida en el pecho, un agujero por
el que se escapaba el alma como si fuera sangre.
Al cabo de cinco días, dos caballos y tres
desfiladeros, avistamos, azotados por el viento y arropados en nuestros
destrozados mantos, una extraña y oscura capa de nubes que pendían sobre un
anchuroso valle que se abría en lontananza.
–¡Qué nubes tan extrañas! – comenté.
–Es humo -replicó Tegid-. Humo, polvo y pavor.
32
EXTRANJEROS
Observé el valle. La carretera parecía una estrecha
cicatriz que serpenteaba montaña abajo, hasta perderse entre el humo y el
polvo. Todo mi cuerpo presentía el significado de la señal: era la evidencia
inequívoca de un asentamiento humano. El fin de nuestro viaje estaba cerca. No
sentía pavor alguno.
–¿Por qué has dicho pavor? – preguntó Cynan a
Tegid.
–Mira cómo se levanta en nubes de humo y polvo
-repuso el bardo extendiendo las manos con los dedos separados-, mira cómo
proyecta su sombra sobre esa desgraciada tierra. Ante nosotros yace una
insondable angustia y un insondable pavor. Nuestra búsqueda ha terminado
-añadió bajando las manos y la voz.
–¿Goewyn está ahí?
–¿Y Tángwen? – preguntó Cynan con creciente
impaciencia-. ¡Mo anam, hermanos! ¿Por qué perder más tiempo? Apresurémonos a
liberarlas inmediatamente. ¿Hay algo que nos lo impida? – añadió mirándonos
ansiosamente.
Si hubiera sido por Cynan habríamos hecho sonar el
carynx de batalla y nos habríamos lanzado precipitadamente hacia el valle. Pero
prevaleció la sangre fría de Bran.
–A buen seguro, Paladyr nos está aguardando -dijo
recordándonos las almenaras que habíamos avistado-. Probablemente conoce
nuestra fuerza y en cambio nosotros no conocemos la suya. Deberíamos averiguar
el contingente
del enemigo antes de comenzar la batalla.
–Entonces vayamos -le respondí-. Tú y yo iremos a
explorar el terreno. –Yo también iré con vosotros -se apresuró a ofrecerse
Cynan echando a
andar.
Yo posé mi mano de plata en su pecho.
–Tú quédate aquí, hermano. Iremos Bran y yo. Tú
debes aprestar a los guerreros y aguardar nuestro regreso.
–También han raptado a mi esposa -gruñó él-. ¿Acaso
lo has olvidado? –No lo he olvidado. Pero necesito que prepares a los hombres
repliqué-, y
que te pongas al frente de ellos en el caso de que
no regresemos. Cynan frunció el entrecejo, pero vi que lo había convencido.
–Volveremos enseguida -añadí-, tan pronto como hayamos averiguado lo
que precisamos conocer.
Cynan cedió malhumorado.
–Id, pues. Nos encontraréis preparados cuando
regreséis.
Bran escogió dos caballos y mientras montábamos,
Tegid cogió las riendas del mío y me detuvo.
–Me preguntaste qué podía haber despertado la
ancestral maldad de la Tierra Maldita -me dijo.
–¿Sabes ya la respuesta?
–No -confesó-, pero sí sé algo: encontraremos la
respuesta ahí abajo y señaló hacia el valle cubierto de humo.
–Entonces iré a aclarar ese misterio -le dije.
Bran y yo emprendimos el descenso hacia el
anchuroso valle. Enormes peñascos bordeaban la carretera. Planeábamos cabalgar
hasta el calinoso humo y luego dejar los caballos donde pudiéramos encontrarlos
fácilmente cuando lo precisáramos. Continuaríamos a pie y nos acercaríamos
tanto como pudiéramos.
Cabalgábamos en silencio, con todos los sentidos
alerta. Bran llevaba una lanza y yo la espada desenvainada. Pero no oímos nada
salvo la trápala de nuestros caballos sobre la carretera, y no vimos nada salvo
el humo que ondeaba como las olas de un sucio océano. Fuimos descendiendo
siguiendo la escarpada carretera que serpenteaba camino del valle. Yo
contemplaba el ondulante humo a medida que nos íbamos acercando.
Al cabo de un rato desmontamos, condujimos los
caballos fuera de la carretera y los atamos tras una peña. Las briznas de
hierba que crecían al pie
de la perla los mantendría entretenidos hasta que
regresáramos. Luego proseguimos a pie casi cegados por la calina. El humo acre
nos quemaba los ojos, pero nosotros avanzábamos vigilantes, tomando toda clase
de precauciones y deteniéndonos a escuchar cada pocos pasos. Después de llegar
hasta tan lejos, no podíamos permitir que un pequeño descuido arruinara nuestra
empresa.
Corríamos de roca en roca y escrutábamos la
carretera antes de iniciar cualquier movimiento. Al cabo de un rato comencé a
oír un tamborileante ruido, profundo y bajo, como el pulso de la tierra
latiendo en el subsuelo. El rítmico sonido me resonaba en el estómago y
ascendía por las plantas de mis pies. Bran también lo oyó.
–¿Qué es eso? – preguntó cuando nos detuvimos de
nuevo.
–Viene del valle.
La capa de humo se iba aclarando a medida que
descendíamos y comprendí que no tardaríamos en encontrarnos debajo de ella.
–Ahí -dije señalando un voluminoso peñasco angular
que sobresalía a un lado de la carretera-. Podremos ver mejor desde ahí.
Echamos a correr hacia el peñasco siguiendo la
sinuosa pendiente. El tamborileante zumbido iba en aumento. Al llegar al
peñasco nos detuvimos a descansar y a avistar el panorama.
La humareda formaba un techo denso y oscuro sobre
nuestras cabezas. Ante nosotros se abría un desolado paisaje: el anchuroso
valle era una hondonada vasta y yerma; innumerables pedruscos rojizos se
amontonaban en inestables montañas que, en sucesivos niveles, se cernían sobre
zanjas y agujeros excavados en una tierra de intenso rojo rutilo, como furiosas
cuchilladas en carne tumefacta.
Penachos de espeso humo surgían de zanjas y
agujeros y también de hogueras que ardían en las laderas de los montones de
escoria. Y junto con la humareda se elevaba también un hedor a excrementos
humanos, entremezclado con el de carne podrida y agua corrompida. Era tan
insoportable que nos irritaba la garganta.
Arrastrándose en tal infernal paisaje, pululando
entre los montones de escoria y entre las zanjas, había miles de hombres y
mujeres que se movían como un enjambre de termitas, cavaban como hormigas y se
afanaban como incansables abejas obreras; más que humanos parecían, en efecto,
insectos. Medio desnudos y cubiertos de polvo, barro y humo, aquellos
desdichados
caminaban pesadamente transportando enormes fardos
sobre sus espaldas, subían por desvencijadas escaleras de mano y se descolgaban
por sogas; parecían trabajar con embotada y firme resolución, transportando
sacos de cuero y cestos de mimbre llenos de tierra. El valle entero, de una
inimaginable desolación, parecía agitarse con aquel pululante y palpitante
tumulto.
Contemplamos la devastada hondonada esforzándonos
por comprender la metódica y meticulosa minuciosidad de su desolación; pero no
podíamos salir de nuestro asombro y consternación. Yo me sentía enfermo,
mareado ante el horripilante alcance de la destrucción.
–Son como gusanos que se alimentan de un cadáver
putrefacto murmuró Bran.
En otros tiempos, un turbulento y cristalino arroyo
había cruzado el valle. Pero en un extremo habían construido una presa y las
aguas se habían remansado en un estrecho lago cubierto de espuma y de lodo
rojizo. Detrás de la presa, por una enorme chimenea, una columna de humo entre
anaranjado y marrón salía a bocanadas como si siguiera el ritmo del palpitar de
la tierra. La humareda ascendía lentamente e iba espesando el denso dosel de
suciedad que pendía sobre el desolado valle.
Me llevó un tiempo deducir que lo que estaba
mirando era una tosca y rudimentaria mina. Pero las excavadoras y vagonetas
eran seres humanos: hombres, mujeres y niños enlodados, sucios, empapados.
–¡Es una mina! – balbucí.
Bran asintió con rostro inexpresivo.
–¿Crees que están extrayendo hierro?
–Seguramente. Pero me gustaría verlo desde más
cerca.
Salimos de nuestro escondrijo y reanudamos el
descenso. La carretera dibujaba una curva que se alejaba del valle y bordeaba
un recodo entre las montañas. En un punto determinado, el muro de roca se
alzaba vertical a la izquierda de la carretera y descendía a pico por la
derecha. Por la escarpadura caía una cascada que formaba en la carretera una
charca poco profunda y se precipitaba en el vacío por el otro lado. Las aguas
habían arrastrado, desde lo alto de la pared rocosa, sedimentos y lodo que
habían formado una especie de cauce. Al cruzar el arroyuelo vi algo entre el
barro que me obligó a detenerme en seco.
Tendí una mano hacia Bran que se quedó inmóvil
lanza en ristre y echó
una rápida mirada tratando de localizar el peligro.
Al no ver nada, me miró. Yo señalé el barro a mis pies. El jefe de los Cuervos
miró largo rato la huella y luego se inclinó para examinarla mejor.
–¿Sabes qué la ha producido? – preguntó.
–Sí -repuse.
La sangre se me agolpó en las sienes y me sentí
mareado y enfermo.
–Es un… -hice una pausa buscando las palabras
adecuadas para hacérselo entender-. Una rueda -dije al fin.
De rodillas, Bran tocó con las yemas de los dedos
el intrincado dibujo en el barro.
–Jamás he visto una rueda parecida.
–La ha hecho un…
Antes de que pudiera acabar la frase, oí un rumor
extrañamente familiar.
–¡Deprisa! Salgamos inmediatamente de la carretera.
Bran oyó el sonido pero no hizo el menor
movimiento. Frunció el entrecejo y ladeó la cabeza para escuchar mejor,
inconsciente del peligro. Lo agarré por el brazo y lo empujé con violencia.
–¡Deprisa! ¡No deben vernos!
Atravesamos corriendo la carretera y nos arrojamos
a la cuneta. Poco después vislumbré una ráfaga de color amarillo y el apagado
destello de un cristal oscuro, mientras el vehículo pasaba a toda velocidad
justo encima de nuestras cabezas. Al llegar al arroyo aminoró la velocidad y el
cambio de marchas rechinó al reducir; luego el motor rugió con un extraño
ruido, como si se le revolvieran las tripas, y el coche siguió su marcha.
Nosotros permanecíamos inmóviles con las caras
pegadas al suelo. Cuando el coche hubo desaparecido, Bran alzó la cabeza con
una expresión de asombro en el rostro.
–Era una especie de carro -le expliqué-. Procede de
mi mundo. Es lo que dejó esas marcas en el barro.
–Un objeto endemoniado, sin duda -comentó él.
–No encaja en modo alguno en este mundo -repuse
levantándome-.
Vamos. Debemos darnos prisa antes de que vuelva a
aparecer.
Trepamos de nuevo a la carretera y caminamos
deprisa. Bran miraba constantemente hacia atrás, temeroso de que alguno de
aquellos extraños carros se le echara encima. Pero la carretera estaba desierta
y abajo tampoco se veía el menor movimiento.
La aparición del coche me sorprendió y perturbó más
de lo que esperaba. Pero no tenía tiempo para considerar las implicaciones de
aquel hecho. Urgía más que nunca averiguar la fuerza y la posición del enemigo.
Por eso corrí carretera abajo, ocultándome tras las peñas y deteniéndome sólo
para recuperar el aliento y seguir adelante. Bran corría detrás de mí y así
llegamos por fin al valle y nos apostamos sin ser vistos tras los montones de
escoria y pedruscos.
Comenzó a caer una lluvia sucia que dejaba en la
piel unos goterones bordeados de negro. Los trabajadores no parecían notarla.
El polvo rojizo se fue convirtiendo poco a poco en un lodo también rojizo, y el
valle se transformó en un vasto cenagal. Sin embargo, los obreros seguían
trabajando.
Bran y yo nos arrastramos hasta un peñasco bastante
voluminoso y nos dispusimos a observar. Lo primero que atrajo mi atención, tras
la sorpresa ante tanta desolación y la presencia de los dyn dythri, los
extranjeros del Otro Mundo, fue el incansable trabajo de los mineros.
Según observé, no había ni vigilancia ni capataces.
Nadie dirigía la frenética labor. Esclavizados por un invisible látigo,
aquellos hombres cubiertos de lodo trabajaban encorvados bajo el peso de sus
fardos y se afanaban entre la inmundicia, el fango y el hollín.
«Pobres e ignorantes bestias», pensé, y me pregunté
quién o qué los habría esclavizado.
En la parte más alejada del valle había un sendero
de troncos que atravesaba el lodazal. Vi cómo los hombres se encaminaban hacia
allí desde los agujeros y las zanjas y lo recorrían penosamente en dirección a
la presa. El camino atravesaba la presa y luego desaparecía de la vista
descendiendo hacia la humeante chimenea, que parecía ser el punto de destino de
los obreros.
Me pregunté si aquellos desgraciados se afanaban
impulsados por el objetivo mismo de su trabajo, o lo hacían obligados por
alguna presión o amenaza externa. A lo mejor estaban esclavizados por alguna
recóndita pasión interior; quizá querían trabajar como bestias de carga. Como
no encontraba ninguna explicación razonable, llegué a la conclusión de que
debían ser prisioneros de su propia rapacidad.
–Quiero ver lo que hay detrás de la presa -le dije
a Bran.
Lenta y cautelosamente comenzamos a rodear el
montón de escoria. Apenas nos habíamos arrastrado unos doce pasos cuando nos
topamos de
frente con dos trabajadores que estaban cavando en
el lodo, con rudimentarias palas de madera. Nos miraron con inexpresivos ojos y
yo pensé que iban a gritar al ver intrusos. Pero ellos se limitaron a encorvar
sus espaldas y a proseguir con su trabajo, sin volver siquiera la cabeza
mientras nosotros pasábamos junto a ellos y continuábamos nuestro camino.
Lo mismo se repitió otras veces. Había tantos
esclavos que era imposible que pasáramos inadvertidos; pero cuando nos veían,
no parecían reparar en nuestra presencia, o si lo hacían no parecían inmutarse.
No mostraban temor, pero tampoco curiosidad. Al parecer estaban totalmente
abstraídos en su trabajo y consagrados a él en cuerpo y alma.
–¡Qué extraño! – comentó Bran sacudiendo lentamente
la cabeza-.
Aunque fueran bestias de carga, no trabajarían de
ese modo.
Cuando llegamos a la presa, evitamos el camino de
troncos y tomamos una senda que había un poco más arriba, de modo que podíamos
observar lo que había abajo desde una respetable distancia. La chimenea que
habíamos avistado formaba parte de un desvencijado conjunto de construcciones y
se alzaba en el edificio más grande, del que surgía un constante y apagado
rumor de maquinaria pesada. Una interminable procesión de mineros entraba por
una puerta con pesados fardos y salía por otra con los sacos de cuero y las
cestas vacías.
Mi ánimo, ya bastante decaído, acabó de hundirse.
En efecto, si es que aún cabía alguna duda, la humareda y el rumor de la
maquinaria la desvanecían por completo. No había ninguna señal de Paladyr ni de
guerreros; ni tampoco había un lugar lo suficientemente grande y seguro como
para encerrar rehenes, excepto aquella fábrica, y dudaba mucho que pudiéramos
encontrarlas allí.
–Goewyn y Tángwen no están ahí -le dije a Bran-.
Regresemos al campamento.
Leí en su rostro una muda pregunta y antes de que
pudiera formularla dije:
–Los dyn dythri han venido en gran número a saquear
Tir Aflan. Les contaremos a los demás lo que hemos visto y trazaremos nuestra
estrategia de batalla.
Y así, Bran y yo nos apresuramos a deshacer el
largo camino hacia el lugar donde nos aguardaban los guerreros. Casi habíamos
superado la espesa capa de humo cuando oí el odioso zumbido del motor del
coche.
Reaccioné con celeridad.
–¡Esa peña! – grité dándome la vuelta y señalando
hacia un punto de la carretera.
En la curva se alzaba un enorme peñasco tras el que
podíamos ocultarnos. Corrimos hacia allí, nos apretamos contra la roca y
aguardamos a que pasara el coche.
Oí el rugido del motor cuando el conductor redujo
para tomar la curva. Los neumáticos del vehículo chapotearon en el fango a
pocos pasos de nuestro escondrijo. Luego, el estrépito del motor se alejó y se
fue perdiendo en el valle. Aguardamos hasta que se apagó por completo y luego
trepamos de nuevo a la carretera. Llegamos hasta donde estaban los caballos y
nos sentamos unos instantes para recobrar el aliento. Allá abajo, a nuestras
espaldas, bajo la lluvia plomiza, se extendía el valle de un apagado color rojizo,
como una herida que sangrara lentamente.
Bran se puso en pie y montó a caballo.
–Vayámonos inmediatamente de este Cwm Gwaed -dijo
en tono sombrío el jefe de los Cuervos-. Me pone enfermo.
–Cwm Gwaed -murmuré yo-, el Valle de la Sangre. El
nombre le encaja a la perfección. Así lo llamaremos.
Bran no contestó; condujo al caballo hasta la
carretera y se alejó del valle sin mirar atrás.
Al llegar al campamento nos salieron al encuentro
dos guerreros, Owyn y Rhodri, que muy nerviosos nos pusieron al corriente de
las novedades.
–¡Se acercan extranjeros!
–Cynan y Garanaw han ido a su encuentro. Desmonté
escrutando el campamento. –¿Dónde está Tegid?
–El penderwydd está observando la carretera
-respondió Owyn-. Ha dicho que te lleváramos junto a él cuando llegaras. Te
mostraré dónde está.
Rhodri se hizo cargo de los caballos y Owyn nos
condujo hasta un lugar a poca distancia del campamento, desde donde se divisaba
la carretera que ascendía hacia el desfiladero donde habíamos acampado. Como
nos habían dicho los guerreros, Tegid y Scatha estaban allí observando a unos
jinetes que se acercaban a lo lejos.
El bardo volvió la cabeza cuando nos apostamos
junto a él.
–¿Sabes quién es? – le pregunté.
–Míralo tú mismo -se limitó a contestar.
Poco después, distinguí a los jinetes, dos de los
cuales eran más menudos y delgados que los otros. Uno de ellos llevaba un
sombrero o una boina blanca. Cuando estuvo más cerca, caí en la cuenta de que
eran simplemente cabellos canosos. El hombre alzó el rostro hacia donde
estábamos y la luz del sol se reflejó en los cristales de sus gafas.
–¡Nettles! – exclamé, mientras corría a su
encuentro.
33
EL REGRESO DEL ERRABUNDO
El profesor Nettleton picó espuelas cuando vio que
yo corría ladera abajo para ir a su encuentro. Aunque enflaquecido y ojeroso
por el largo viaje, sonreía con evidente alivio. Tendí las manos hacia él y lo
hice desmontar de un apretado abrazo.
–¡Nettles! ¡Nettles! – exclamé-. ¿Qué estás
haciendo aquí? ¿Cómo supiste dónde estábamos?
El anciano sonrió y me palmoteó el brazo.
–El rey Calbha me dio una escolta de tres valientes
guerreros y Gwion nos condujo hasta aquí.
Me percaté entonces de la presencia de los otros
jinetes. Entre Cynan y Garanaw había tres guerreros que no parecían demasiado
fatigados por el viaje y que llevaban sendos caballos cargados de provisiones;
el cuarto jinete era Gwion Bach, el joven mabinog de Tegid.
–¿Cómo nos habéis encontrado? – pregunté sacudiendo
la cabeza asombrado-. No puedo creer que estéis aquí.
–Fue muy fácil encontraros -repuso el profesor-.
Sólo tuvimos que navegar hacia el este. Una vez en tierra, nos limitamos a
seguir vuestras huellas.
Señaló al joven mabinog y añadió:
–Gwion está especialmente dotado para ese menester.
Sin su ayuda hubiéramos perdido mucho tiempo.
Mientras los demás se reunían a nuestro alrededor
le pregunté al mabinog:
–¿Es cierto, Gwion? ¿Seguiste nuestras huellas?
–Así es, rey Llew -repuso el muchacho.
–Muy bien -les dije-, sea como fuere, habéis
llegado al fin de vuestro
viaje. Nos habéis encontrado. Pero sin duda estáis
muy cansados. Vamos, descansaréis mientras nos comunicáis las noticias que
traéis. Estamos ansiosos de oír cómo os ha ido y qué os ha traído hasta aquí.
Regresamos al campamento charlando animadamente
sobre los rigores del viaje.
–¡Mirad! – exclamé al llegar-. El errabundo ha
regresado.
Scatha y Tegid saludaron a los viajeros con atónito
asombro. Todos los guerreros celebraron ruidosamente su hazaña, muy alegres
además porque habían visto los fardos de provisiones y casi olían ya el
banquete que se avecinaba.
–Gwion siguió nuestro rastro -le expliqué a Tegid,
palmoteando el hombro del joven.
El mabinog se irguió con orgullo y repuso con un
aire de inmensa satisfacción:
–Por donde ibais pasando dejabais un rastro de luz.
Día y noche nos limitamos a seguir el Aryant Ol. Y el Camino Radiante nos
condujo hasta vosotros.
–Bravo, muchacho -dijo Tegid con orgullo-. Me
encantará oír más detalles luego. Os habéis enfrentado a enormes privaciones y
peligros añadió dirigiéndose a los demás-. Acuciante debe de ser la necesidad
que os ha conducido hasta aquí. ¿Por qué habéis venido?
Gwion y los guerreros miraron a Nettles, que se
apresuró a responder:
–Fue por mi insistencia, penderwydd. El rey Calbha
me previno acerca de
Tir Aflan. A cada paso que dábamos temía que no
íbamos a llegar a tiempo.
Hizo una pausa y me miró tras sus lentes.
–Se trata de Weston y sus hombres -dijo
humedeciéndose los labios-. Han logrado abrir un verdadero pórtico desde
nuestro mundo a éste. Han conseguido transportar maquinaria por la brecha y han
ideado sistemas para explotar esta tierra…, diamantes o algo de un valor
similar.
–No son diamantes -puntualicé yo- Se trata de algún
metal precioso, creo. Los puse al corriente en pocas palabras de la chimenea y
de la
maquinaria, señales inequívocas de que estaban
fundiendo metal. Luego relaté a Tegid y a los demás todo lo que Bran y yo
habíamos descubierto en el valle.
Nettleton escuchaba con expresión de angustia.
Cuando hube acabado dijo:
–Es incluso peor de lo que imaginaba. No tenía
idea… Enmudeció abrumado por la gravedad de la situación.
–Ven -le dije intentando aliviar su angustia-.
Siéntate. Descansa y después hablaremos.
Pero él se resistió y posó su mano en mi brazo para
detenerme.
–Hay algo más, Llew. Siawn Hy está vivo.
Lo miré fijamente.
–¿Cómo dices?
–Simon está vivo, Lewis -dijo, llamándome por mi
antiguo nombre para que me diera cuenta cabal del peligro-. Weston y él
trabajan juntos. Han estado de acuerdo desde el principio.
Mientras hablaba, sentí que caía sobre mí el
abrumador peso de la certeza. Era Siawn Hy y no Paladyr quien quería vengarse
mediante el rapto de Goewyn. Paladyr era quizás el autor material del crimen,
pero era Siawn Hy quien manejaba los hilos. La venenosa maldad de Siawn se
había puesto de nuevo en marcha en aquel reino.
–Llew… -El profesor me estudiaba con preocupada
atención-. ¿Me has oído?
–Sí -repuse sombríamente-. Siawn Hy vive…, eso
explica muchas cosas. –Tras un primer contacto -continuó el profesor-, Weston
proporcionó
información a Simon, a cambio de una provisión de
fondos que él obtendría de su padre. Simon ambicionaba convertirse en rey…,
incluso se jactaba de ello. Pero tú se lo impediste. Aún más, tú triunfaste en
lo que él fracasó. No creo que te lo perdone jamás -añadió Nettles con énfasis.
–No -musité-. Yo tampoco lo creo.
Me alejé unos pasos de él y alzando la voz me
dirigí entonces a los guerreros.
–Descargad las provisiones y preparad un banquete
de bienvenida. Luego disponed vuestras armas. Hoy nos prepararemos y
descansaremos. Mañana nos enfrentaremos al enemigo.
Mientras los guerreros se aprestaban a cumplir las
órdenes, llamé a Cynan, a Bran y a Scatha.
–Ahora mismo celebraremos consejo y prepararemos la
estrategia de batalla.
Cuando acabamos de deliberar, hacía largo rato que
la noche había caído sobre el campamento; las estrellas iluminaban la bóveda
del cielo con sus
puntos de luz. Habíamos empleado en el consejo el
resto de la jornada, haciendo sólo una pausa para compartir la comida de
bienvenida que consistió en pan, buey salado y cerveza, gracias a las
provisiones que nos habían traído. Aquella noche, mientras los guerreros
dormían, recorrí el campamento mientras mis pensamientos volvían una y otra vez
al significado de todo lo que me había revelado el profesor Nettleton.
Simon, gravemente herido por la lanza de Bran,
había caído por el umbral de los mundos y había sido recogido por los hombres
de Weston, que lo trasladaron a un hospital donde había pasado una larga
convalecencia.
–Tras recuperarse -me había explicado Nettles en un
aparte-, Simon desapareció. Y poco después la actividad se reanudó.
–¿Cómo lo averiguaste?
–Había estado al tanto de toda la operación. Además
me ayudaron. ¿Te acuerdas de Susannah? – me preguntó, inclinándose hacia mí.
Al oír aquel nombre surgió en mi memoria el rostro
de una joven de mirada despierta, con cerebro y arrestos para cualquier reto.
Sí, me acordaba de ella.
–Susannah ha sido una bendición de Dios -me informó
Nettles sobriamente-. Se lo conté todo. No sé cómo me las habría arreglado sin
ella. – Adoptó un aire serio y continuó-. Después de la desaparición de Simon,
comencé a percibir las señales y supe que había que hacer algo. El daño es
pavoroso.
–¿El daño?
–El daño sufrido por el mundo manifiesto. Surgen…
-vaciló buscando la palabra más adecuada- surgen anomalías. Casi todos los días
aparecen aberraciones. El Nudo, el Nudo Sin Fin, se está desenredando. Y el
mundo manifiesto está disminuyendo; el efecto es…
Tras las gafas sus ojos tenían una mirada intensa,
como si me imploraran, me suplicaran y desearan ardientemente que le creyera.
–Por eso decidiste volver -sugerí yo.
–Sí, y cuando Calbha me dijo que Goewyn había sido
raptada y llevada a la Tierra Maldita, temí que había regresado demasiado
tarde. Hay que detenerlo, Llew -añadió en tono firme e insistente-. Están
manipulando fuerzas que escapan a su comprensión. Si persisten en su ambicioso
e insensato empeño, lo destruirán literalmente todo. No puedes imaginar…
Con las advertencias del anciano profesor resonando
en mi mente como
una campana agorera, deambulé por el silencioso
campamento bajo el frío de la noche. El fin estaba cerca, presentía que se
acercaba con la misma inexorabilidad del alba. Al día siguiente, me enfrentaría
a mi enemigo y con la ayuda de la Mano Firme y Segura lo vencería, o moriría en
el intento.
El valle estaba tal y como Bran y yo lo habíamos
dejado: era una roja hendidura abierta en el vientre de la tierra. La humareda
se cernía sobre él como un techo de hollín, e impedía el paso de la escasa luz
que hubiera podido provenir del pálido y débil sol. Imaginé por un momento que
la luz del sol penetraba entre la neblina y despejaba la suciedad y la
contaminación. Pero, ¡ay!, haría falta algo más poderoso que la luz del sol
para reparar la devastación que contemplábamos.
El lago lleno de espuma, letalmente quieto bajo el
sudario de humo, parecía un espejo empañado. El hedor de las aguas y de la
desolada tierra nos irritaban los pulmones y los ojos. Los guerreros tenían que
irse habituando poco a poco para seguir avanzando.
–Los dyn dythri están allí -dije, señalando con la
punta de mi lanza hacia la presa y la chimenea.
Cynan, Bran, Scatha, Tegid y Nettles estaban a mi
lado; los guerreros se habían reunido detrás de nosotros.
–No sé cuántos extranjeros han venido, pero es
probable que sepan que estamos aquí y estarán preparados para enfrentarse a
nosotros.
–Muy bien -gruñó Cynan-. Así nadie podrá decir que
derrotamos al enemigo mientras dormía.
Scatha observaba con sus verdes ojos entrecerrados,
estudiando el terreno en sus más mínimos detalles.
–Nos lo describiste muy bien. Pero será difícil
salvar aquella ladera. Creo que deberíamos ir por el sendero -dijo, señalando
el camino a la izquierda del lago por el que los obreros arrastraban sus fardos
hacia el recinto oculto por la presa.
–Los esclavos no nos molestarán -dije yo-. No hay
necesidad de eludirlos.
No lucharán.
–No veo ningún extranjero ni tampoco a sus olwynog
tuthógi comentó Bran, y algunos guerreros se echaron a reír; pero fue una risa
nerviosa, no había en ella alegría alguna.
Me volví para dirigir a los hombres las palabras
que había estado sopesando durante la larga noche insomne:
–Compatriotas y amigos, hemos viajado hasta muy
lejos y hemos soportado muchas penalidades que habrían arredrado a hombres
inferiores a nosotros.
Se levantó un murmullo de aprobación.
–Hoy -continué- vamos a enfrentarnos con el más
engañoso y astuto de los enemigos. Engañoso porque sus armas son la cobardía y
la artimaña. Astuto porque es ducho en la malicia y tortuoso en su forma de
luchar. Os parecerá un enemigo débil y menospreciable, muy diferente a cuantos
hasta ahora os habéis enfrentado. Sus armas os parecerán toscas e inferiores;
pero no os dejéis engañar, porque pueden matar a distancia, sin que os deis
cuenta siquiera. Debéis estar constantemente alerta, porque cuanto más lejos
esté el enemigo más peligroso será.
Los hombres se miraron unos a otros atónitos, pero
yo seguí hablando:
–Debéis comprenderlo bien. Prestad atención. El
enemigo al que nos
enfrentaremos hoy no presentará batalla. Saldrán
corriendo y huirán.
Lucharán desde sus escondrijos.
Mis palabras suscitaron resoplidos de desprecio.
–¡Oídme bien! – continué-. No os dejéis engañar. No
esperéis hallar en ellos ni destreza en las armas ni sentido del honor. Esperad
sólo desorden y cobardía, porque en ellos se escuda un enemigo que no sabe lo
que es el valor y el coraje.
Los guerreros aplaudieron ruidosamente alzando sus
voces en gritos de escarnio.
–Su fuerza no reside en su número, sino en la
rapacidad y en el ansia de destrucción. Es un enemigo que aniquila sin
remordimientos. La piedad no lo detendrá, ni la compasión frenará su mano.
Carece por completo de honor.
Se oyeron gritos y mofas ante la indignidad de
semejante enemigo, pero yo alcé mi mano de plata para imponer silencio.
–¡Escuchadme con atención! Hoy no vamos a luchar
por el honor; no hay gloria alguna en la derrota. Lucharemos sólo para
sobrevivir. Somos muy pocos, pero nos interpondremos entre el enemigo y la
destrucción de nuestro mundo. Si fracasamos, Albión sucumbirá bajo las sombras
de la maldad y de la desolación, como le sucedió a Tir Aflan. Hoy vamos a
luchar por la libertad de las víctimas del enemigo, por Goewyn y Tángwen, sí;
pero también por aquellos que ni siquiera sospechan el peligro que los acecha.
De ahora en adelante avanzaremos con perspicacia y astucia. Debemos usar la
cautela en lugar de la lucha abierta; sí la cautela
y el sigilo, e incluso la huida, pueden salvarnos para poder luchar de nuevo.
A los guerreros no les agradaron mis palabras y
murmuraron contra tácticas tan cobardes, pero yo me mantuve firme:
–Aferraos al orgullo, y pereceremos. Velad por la
dignidad, y moriremos. Hoy vamos a luchar, pero tenemos que sobrevivir a la
lucha. Porque, si fracasamos, Albión sucumbirá. Y si Albión sucumbe, el orgullo
y la dignidad de este mundo se habrán perdido irremediablemente.
Los gritos y murmullos cesaron. Mis palabras habían
dado en la diana y se habían clavado profundamente. Hice una pausa antes de
concluir:
–Escuchad, hermanos. En el tiempo que llevo entre
vosotros he aprendido algo: el verdadero honor no yace en la destreza con las
armas o en la fuerza de los brazos, sino en la virtud. La destreza se acaba, la
fuerza también; sólo prevalece la virtud. Por tanto, dejemos a un lado lo que
es falso. Prefiramos en su lugar el valor de la virtud y la gloria de la
justicia.
Había hablado con el corazón en la boca, pero ¿me
habían entendido? Tenía la impresión de que me había equivocado al hablarles de
aquel modo en semejantes circunstancias. Me pareció que los guerreros no me
habían entendido, que los había perdido; y quizá también la batalla.
Sin embargo, cuando la duda comenzaba a crecer, oí
un débil golpeteo. Volví mi cabeza hacia el sonido y vi que Bran, con mirada
resuelta y serena, golpeaba con el astil de la lanza el reborde del escudo.
Click, click, click…
La Bandada de Cuervos no tardó en unírsele, Scatha
y Cynan también lo imitaron. ¡Click! ¡Click! ¡Click! Poco después, de dos en
dos y de tres en tres el resto de los guerreros comenzaron a golpetear sus
escudos. ¡Click! ¡Click! ¡Click! El sonido se convirtió en un sonoro tamborileo
y luego en un amenazador trueno, a medida que los astiles golpeaban con más
fuerza y ritmo los escudos. ¡Crack! ¡Crack! ¡Crack! ¡Crack!
El estrépito fue aumentando y de pronto cesó de
golpe. Oí cómo su eco se propagaba por el valle. Y entonces nos dirigimos
ladera abajo hacia Cwm Gwaed, el Valle de la Sangre.
34
LA TRAMPA
Sinuosa como una culebra, la carretera descendía
serpenteando hacia el valle. Aunque ya había presenciado el tremendo
espectáculo, sentí de nuevo
idéntica conmoción… como si me atenazaran la
garganta. Era muy temprano, pero los enlodados obreros ya estaban pululando
como gusanos por los montones de escoria y por las zanjas. Al otro lado de la
presa, la esbelta chimenea vomitaba sus nocivas fumarolas entre el apagado
estruendo de la escondida maquinaria.
Mis compañeros contemplaban con ojos vidriosos y
expresión atónita la enfangada desolación que nos rodeaba. Incapaces de
entender el enajenado afán de los desdichados trabajadores, los guerreros se
limitaban a mirarlos asombrados y seguían adelante.
Habíamos dividido a los guerreros en tres
secciones, cada una de ellas bajo el mando de un jefe de batalla: Scatha, Cynan
y yo; todos a pie. Sólo la Bandada de Cuervos iba a caballo, pues de este modo
Bran podría recorrer con facilidad el campo de batalla y acudir al lugar donde
más se lo necesitara. Yo había juzgado que a los demás no nos servirían de nada
los caballos; sin ellos podríamos aprovechar mejor la protección que nos
depararían los agujeros y los montones de pedruscos. Tegid, Gwion y Nettles se habían
quedado en la retaguardia para vigilar el resto de los caballos. Como en la
batalla contra Meldron, el Bardo Supremo quería supervisar el combate y
sostenernos al modo bárdico.
Los guerreros de Cynan descendieron hasta el valle
y se dirigieron hacia la presa siguiendo la orilla del contaminado lago; yo
conduje a los míos por el camino que avanzaba un poco más arriba; Scatha y los
suyos se abrían paso por la orilla opuesta del lago, intentando camuflarse en
el moteado paisaje. Bran avanzaba detrás de nosotros a considerable distancia,
de modo que cuando me detenía a mirar atrás no podía divisar por ningún lado a
la Bandada de Cuervos.
El primer disparo sobrevino sin previo aviso. Oí el
silbido de una bala y el seco impacto en la ladera un poco más abajo de donde
estábamos. Al instante, el sonido resonó en el valle con el estrépito de un
árbol al derrumbarse. Indiqué a los hombres que se echaran al suelo. Algunos
disparos más se estrellaron contra la ladera. Nervioso e indisciplinado,
nuestro enemigo había sido incapaz de esperar a que nos acercáramos y abrió
fuego demasiado pronto. Tal circunstancia nos dio ocasión de averiguar su posición
y calcular su contingente sin correr ningún riesgo.
Las espirales de humo blanco que vomitaban las
pistolas nos indicaron que el enemigo se había apostado a lo largo de la presa.
Escruté el valle y la
orilla opuesta del lago y vi que Scatha y Cynan se
habían detenido y habían localizado su emplazamiento. Los enemigos nos habían
visto a nosotros en la carretera, tal como yo había previsto, pero ni siquiera
se les había ocurrido mirar en otra dirección.
–Semejante estupidez se verá recompensada -murmuré
al guerrero que estaba a mi lado.
–Procuraremos ser generosos, señor -observó el
hombre secamente. Las balas chocaron contra las peñas, debajo de nosotros, un
buen rato y
luego cesó el fuego. Indiqué a los hombres que se
mantuvieran agachados y reanudamos la marcha lentamente, alerta al silbido de
las balas y al revelador humillo blanco que indicaba la presencia de un
pistolero. Me reconfortaba pensar que, como nuestros enemigos habían
concentrado toda su atención en nosotros, no se habían percatado de que Scatha
y Cynan se les estaban acercando.
Si conseguía entretenerlos un rato, los otros
podrían acercárseles sin correr ningún riesgo.
Alcé la mano e indiqué a los guerreros que se
detuvieran. Ya casi estábamos a tiro de las pistolas.
–¡Manteneos agachados! – les dije-. Y esperad mis
órdenes.
Luego me levanté y blandiendo la lanza y el escudo
me puse a gritar:
–¡Cobardes! ¡Salid de vuestros escondrijos y venid
a luchar como
hombres!
Sabía perfectamente que el enemigo no me entendía,
pues para envalentonar a mis guerreros había hablado en la lengua de Albión.
–¿Por qué os agazapáis como sabandijas en vuestros
agujeros? – me burlé-. ¡Venid! ¡Combatamos cara a cara!
Mi treta dio resultado. Los enemigos abrieron
fuego. Las balas rebotaron en los montones de escoria levantando polvo y
astillas, pero sin acertar en el blanco. Utilizaban pistolas y rifles ligeros.
Si hubieran dispuesto de armas de mayor calibre, los disparos habrían sido más
largos y certeros.
–¿Dónde está vuestro jefe de batalla? – grité, y mi
voz resonó al chocar en la pared lisa de la presa-. ¿Dónde está vuestro
capitán? ¡Que venga y lucharemos cara a cara!
Mis gritos suscitaron una lluvia de balas desde la
presa; los guerreros y yo nos echamos a reír. Tras haberme asegurado de que no
corríamos ningún peligro, les ordené que se pusieran en pie. Siguiendo mi
ejemplo, también
ellos se pusieron a gritar retando a los enemigos
para que dieran la cara y lucharan como verdaderos guerreros. Los disparos
alcanzaron un enloquecido frenesí y una espesa humareda blanca se alzó detrás
de la presa.
–¿Cuántos calculas que hay? – le pregunté al
guerrero que estaba junto a
mí.
–Quince -repuso.
Yo también había calculado la misma cifra. Era
previsible que quince hombres con pistolas tuvieran que derrotar a sesenta
armados tan sólo con lanzas… y nosotros éramos algunos menos. Pero dada la
torpeza estratégica que habían demostrado aquellos quince hombres, era evidente
que aquel día no se iba a imponer la superioridad de las armas.
Scatha, aguda como la hoja que empuñaba, se
apresuró a sacar provecho de nuestra estratagema. En dos rápidos y vertiginosos
avances ella y sus guerreros llegaron a la presa, la cruzaron y descendieron
por el otro lado. Cynan siguió su ejemplo y desapareció tras la presa mientras
nosotros aullábamos y bailábamos como dementes para atraer la atención y las
balas del enemigo.
Durante todo el tumulto, los enfangados esclavos
seguían trabajando, sin apenas alzar la cabeza cuando las balas les pasaban por
encima. ¿Estaban tan enajenados que ni siquiera se daban cuenta o les
preocupaba lo que ocurría a su alrededor?
Los disparos cesaron de pronto… Pero la trampa ya
se había cerrado. –Ahora debemos encontrar una manera de hacerlos salir de sus
escondrijos para que Cynan y Scatha puedan
atacarlos -dije, pensando en voz alta.
–La lujuria de la batalla ha hecho presa en ellos
-dijo el guerrero que estaba a mi lado-. Están ansiosos por matar.
–Veamos, pues, si su ansia les hace perder la
razón. Formaremos una línea de escudos.
Di la orden y los guerreros ocuparon sus puestos a
mi lado. Formamos una línea hombro con hombro y comenzamos a avanzar lentamente
carretera adelante.
–¡Alzad los escudos! – grité.
Todos antepusimos los escudos trabándolos por los
bordes y seguimos adelante.
El enemigo se abstuvo de disparar. Pese a que nos
habíamos arriesgado a
avanzar bastante, seguían sin abrir fuego.
–¡Alto! – ordené alzando mi mano de plata.
La estratagema no había dado resultado; no habíamos
atraído al enemigo hacia terreno descubierto. Si nos acercábamos más, las balas
podrían atravesar nuestros escudos de roble y hierro.
–¡Cobardes! – grité hacia la presa. Estábamos lo
bastante cerca para ver los agujeros poco profundos que los enemigos habían
practicado en la parte superior de la presa-. ¡Pérfidos! ¡Escuchadme! ¡Somos
los Gwr Gwir! ¡Salid de vuestros agujeros y os mostraremos de lo que son
capaces los guerreros de verdad!
Los guerreros comenzaron entonces a golpear sus
escudos y a insultar a los emboscados enemigos. El golpeteo de las lanzas
contra los escudos devino en resonante estruendo. Los enemigos no pudieron
resistir la tentación de un blanco tan fácil y comenzaron a disparar. Las balas
se estrellaron contra las piedras a nuestros pies. Ordené a mis hombres que
retrocedieran dos pasos.
La tentación había sido tan grande que los enemigos
se decidieron por fin a abandonar sus escondites y avanzaron gritando.
Sus primeros disparos alcanzaron las piedras a
pocos pasos de nuestra posición. Un guerrero pudo esquivar una bala que rebotó
oblicua en el suelo. Otra alcanzó el borde de mi escudo; sentí que la madera se
estremecía al impacto. Había llegado el momento de retroceder.
–¡Atrás! – grité-. ¡Tres pasos más!
La línea retrocedió y se detuvo de nuevo;
prosiguieron las burlas y rechiflas. Al ver que no nos acercábamos más, los
enemigos se lanzaron al ataque.
Apenas habían abandonado sus escondrijos cuando
Scatha y Cynan surgieron entre la humareda detrás de ellos. Los pistoleros
habían caído en la trampa.
Aterrorizados, se dieron la vuelta y dispararon
enloquecidamente. Dos de ellos cayeron víctimas de su propia incompetencia. Uno
de los hombres de Cynan recibió un impacto a través del escudo y cayó al suelo.
El enemigo que le había disparado pagó con creces su acción cuando una lanza se
le clavó en el vientre. El hombre se derrumbó debatiéndose y gritando.
Aquel simple hecho precipitó el fin de la lucha y
los demás comenzaron a gritar que se rendían, mientras arrojaban al suelo sus
armas.
–¡Lo hemos logrado! – grité-. ¡Vayamos a reunirnos
con nuestros hermanos de armas!
Corrimos carretera abajo hacia la presa. Eché una
rápida ojeada hacia atrás, pero no vi por ninguna parte a la Bandada de
Cuervos. ¿Qué los habría entretenido?
–¡Magnífico, Pen-y-Cat! ¡Bien hecho, Cynan! –
exclamé.
Al mirar entre la turbamulta de guerreros me
sorprendí agradablemente al ver que el hombre que había sido alcanzado por el
disparo estaba de nuevo en pie. Tenía el escudo abollado en la parte superior
izquierda, estaba pálido y sangraba por el hombro, pero no parecía haber
sufrido ninguna herida de gravedad.
Su atacante no había sido tan afortunado. La lanza
había hecho un buen trabajo. El hombre yacía en el suelo, inmóvil; ya no
gritaba.
Ordené a los guerreros que se apoderaran de las
pistolas del enemigo:
–Reunid sus armas y arrojadlas al lago.
Scatha y Cynan habían alineado a los doce enemigos
supervivientes.
–¿Dónde está Weston? – pregunté utilizando su
lengua.
Nadie respondió. Hice una sena a Cynan que se
adelantó y golpeó a uno de los hombres en el pecho con el extremo de su lanza.
El hombre se derrumbó como una piedra y rodó por el suelo con los ojos
desorbitados y la boca abierta, incapaz de respirar.
–Os lo preguntaré otra vez: ¿dónde está el tal
Weston?
Los prisioneros se miraron angustiados unos a
otros, pero no contestaron. Cynan recorrió con parsimonia la fila; se detuvo
ante uno de los hombres y alzó la lanza. El hombre se encogió.
–¡Espera, espera! – gritó moviendo las manos.
Cynan mantuvo la lanza en alto.
–¿Y bien? – lo urgí-. Habla.
–Weston está en el molino -balbució el hombre,
señalando hacia la chimenea que se alzaba detrás de él-. Está vigilando el
molino.
–¿Cuántos hombres están con él? – le pregunté.
–Tres o cuatro, creo -repuso el hombre-. Eso es todo. –¿Hay alguien más?
El hombre parecía reacio a contestar y Cynan
blandió de nuevo el extremo de la lanza.
–¡No! – se apresuró a responder el hombre-. No hay
nadie más. ¡Lo juro!
Miré hacia el complejo de edificios bajo la presa.
Weston se escondía en el molino con tres o cuatro hombres armados. Hacerlos
salir sería difícil y costoso. Alcé mi mano de plata y ordené a cuatro
guerreros que se llevaran a los prisioneros.
–Atadlos bien -dije-. Y vigiladlos. Procurad que no
se escapen.
Llamé a Scatha y a Cynan y les conté lo que había
averiguado.
–¿Qué sugerís que hagamos? – les pregunté.
Cynan fue el primero en replicar:
–No vale la pena poner en peligro la vida de nobles
guerreros por esos despreciables extranjeros -dijo con el mayor de los
desdenes.
–Aun así, hemos apresado a sus hombres y por tanto
no podemos consentir que su jefe quede impune -repuse-. ¿Qué opinas tú,
Pen-y-Cat? – pregunté, dirigiéndome a Scatha.
Scatha contemplaba pensativamente la humeante
chimenea.
–Con el humo se cura el pescado. Quizá también
podamos ahumar a esos enemigos.
Fue muy fácil escalar la chimenea y atascarla con
unos cuantos mantos. Al poco rato el humo empezó a salir entre las junturas del
tosco edificio, tan precariamente construido.
Nos pusimos en marcha y atravesamos el recinto con
toda cautela. Al acercarnos oímos un portazo y un motor que se ponía en marcha;
poco después una camioneta surgió detrás del edificio y pasó a nuestro lado a
toda velocidad. Los guerreros se quedaron boquiabiertos mientras el vehículo se
alejaba entre una nube de polvo y gravilla. Algunos guerreros le arrojaron
pedruscos y le rompieron las ventanillas laterales, pero la camioneta llegó a
la carretera, giró y se alejó valle arriba por otra carretera.
–Nunca los podríamos alcanzar a pie -observé,
contemplando cómo el vehículo desaparecía entre las colinas.
Me volví hacia Cynan y le ordené:
–Envía hombres a buscar los caballos. Los
seguiremos -dije dirigiéndome a Scatha-. Si Nettles está en lo cierto, nos
conducirán hasta donde están Siawn Hy y Paladyr.
Nos pusimos en marcha siguiendo las rodadas del
coche y, temeroso de alguna emboscada, envié por delante a algunos
exploradores. Seguíamos deprisa el ascendente sendero, que a cierta distancia
comenzó a alejarse de Cwm Gwaed y a internarse en las montañas.
Ordené un alto en la cima de una colina, cerca de
un arroyuelo. –Descansaremos aquí y aguardaremos a que traigan los caballos
-les dije. Cuando estábamos ya a punto de perder de vista el valle miré hacia
atrás
por última vez.
–¿Dónde estará Bran? – me pregunté en voz alta-.
¿Qué puede haberle ocurrido?
–No te preocupes por Bran -dijo Scatha-. Estará
donde más se lo necesite. –Tienes razón, Pen-y-Cat -asentí-. Pero me gustaría
que mi jefe de batalla
cabalgara a mi lado.
Apenas había pronunciado estas palabras cuando
oímos un disparo procedente del otro lado de la colina. Corrimos a la cima y
vimos que la camioneta amarilla había sido atrapada en un estrecho desfiladero
y estaba atravesada en un arroyuelo poco profundo bordeado de peñas. Bran y los
Cuervos cabalgaban en torno al vehículo gritando y blandiendo las lanzas. Dos
hombres disparaban desde las destrozadas ventanas del coche.
Nos apresuramos a acudir en su ayuda, ordenando a
gritos a los Cuervos que se retiraran. Sería fácil arreglárselas con los cuatro
individuos de la camioneta y no quería que ninguno de mis guerreros resultara
herido por una bala perdida. Los Cuervos abandonaron el coche y se retiraron
hasta nuestra posición, fuera del alcance de la mortal descarga del rifle.
Los disparos continuaron unos momentos y luego
cesaron.
–No os vi desde el valle -le dije a Bran-. Estaba
inquieto y me preguntaba qué os habría pasado.
–Paladyr atacó el campamento -me informó el jefe de
los Cuervos-Corrimos en ayuda de Tegid y pusimos en fuga al enemigo. Los
perseguimos, pero los perdimos en esas colinas. Cuando vimos al
tut-hógar-rhodau a toda velocidad, creí prudente impedirle la fuga.
El motor de la camioneta gimió, luego rechinó el
cambio de marchas, patinaron las ruedas y el vehículo salió del arroyo y huyó
del valle.
–Seguidlo -le dije a Bran-, y no lo perdáis de
vista, pero no intentéis detenerlo y no os acerquéis demasiado. El rastro que
deja es muy claro; no pueden escapar. He enviado hombres en busca de los
caballos; os alcanzaremos tan pronto como lleguen.
La Bandada de Cuervos emprendió la persecución;
mientras nosotros regresábamos a la colina a aguardar a los caballos, oímos
procedente del otro lado de la colina una apagada trápala de pezuñas.
–Es Tegid con los caballos -le dije a Cynan, y al
instante apareció el primer guerrero en la cima de la colina.
Pero no era Tegid quien apareció agitando la lanza;
y los guerreros a caballo que surgieron tras él eran desconocidos.
Habíamos caído en una trampa.
35
TREF-GAN-HAINT
–¡Paladyr! – exclamé, deteniéndome en seco.
Los enemigos parecieron vacilar y se quedaron
inmóviles en la cima de la colina. Luego sonó el cuerno de batalla, claro e
intenso, y se lanzaron colina abajo en una avalancha de pezuñas y lanzas.
Apenas disponíamos de un instante para aprestar las armas, pues casi los
teníamos encima. Scatha se hizo cargo de la situación enseguida.
–¡No podemos luchar aquí! – exclamó, dándose la
vuelta y echando a correr hacia el arroyo-. ¡Seguidme!
Cynan, lanza en ristre, gritó a sus hombres que se
reunieran con él mientras echaba a correr tras Scatha. Yo lo imité y todos nos
precipitamos hacia el terreno que comenzaba a elevarse al otro lado del arroyo,
mientras el cuerno de batalla atronaba en nuestros oídos y la trápala de
pezuñas estremecía el suelo bajo nuestros pies. Dos de nuestros guerreros
fueron arrollados por detrás y perdimos otro de una lanzada. Pero el enemigo no
se esperaba nuestra rápida finta y logramos llegar a terreno elevado antes de
que Paladyr, demasiado impaciente y ansioso de una rápida victoria, pudiera
detenernos.
Aunque nos enfrentábamos a pie contra un
contingente bastante elevado de jinetes, ahora podríamos hacernos fuertes en
una posición superior y los jinetes tendrían que luchar en un terreno irregular
y traicionero. La infalible intuición de Scatha no sólo nos había salvado, sino
que nos había proporcionado una ligera ventaja.
–¡Están hambrientos! – gritó Cynan, viendo a los
caballos debatirse entre los cantos rodados de la ladera-. ¡Vamos, hermano,
alimentemos a nuestros impetuosos huéspedes!
Agazapándose bajo el escudo, se lanzó hacia delante
propinando un tremendo guadañazo con la lanza que hirió las patas de un
caballo. El animal relinchó, piafó y arrojó a su jinete al suelo. Cynan lo
lanceó antes de que
pudiera levantarse.
Luego echó la cabeza hacia atrás y lanzó un salvaje
grito de pavorosa alegría. Otros dos jinetes no pudieron eludirlo y cayeron
víctimas de sus lanzadas. Yo despaché a otro, siguiendo la misma táctica que
Cynan y, cuando miré a mi alrededor vi que Scatha había logrado derribar a tres
más con rápidas y certeras embestidas.
El primer encontronazo duró sólo unos breves
instantes. Paladyr, al ver que no conseguía ninguna ventaja, ordenó a sus
hombres interrumpir el ataque y se retiraron al otro lado del arroyo para
reagruparse.
–Ese Paladyr no tiene un pelo de tonto -observó
Cynan-. Sabe muy bien cuándo debe retirarse.
Mirando hacia el otro lado del arroyo vi a Paladyr
desnudo de cintura para arriba, con pinturas de guerra en la cara y el torso y
los músculos de sus brazos relucientes de sudor. Empuñaba una lanza y un escudo
de bronce y reprendía furiosamente a sus hombres por su incompetencia y
descuido. Siawn Hy no estaba entre ellos, pero no me sorprendía.
–No tiene un pelo de tonto -asentí yo-, pero es muy
impulsivo. Quizás ésa sea su perdición.
–¿Quiénes están con él? – se preguntó Cynan.
Observé a los guerreros de Paladyr. Tenían un
aspecto salvaje e iban armados con antiguas armas de bronce, como las que
habíamos visto en la arruinada torre. Sus escudos eran pequeños y pesados, las
lanzas cortas con cabezas despuntadas. Algunos llevaban cascos, pero la mayoría
iba con la cabeza descubierta. Se movían torpemente como si no estuvieran
acostumbrados a cabalgar y se sintieran inseguros. Sin duda, habían esperado
derrotarnos al primer ataque, pero se encontraron ante un enemigo más peligroso
de lo que habían imaginado.
Me di cuenta de que más que entrenados guerreros
eran una banda de indisciplinados asesinos, mercenarios escogidos quizás entre
los obreros que se afanaban entre el barro del valle. Aunque iban a caballo,
era obvio que no estaban habituados a luchar sobre una silla de montar: el
desastre de su primer ataque lo demostraba sobradamente.
–¡Llew! – gritó Scatha corriendo hacia mí-. ¿Lo
ves?
–No -repuse-. Siawn Hy no está entre esos
guerreros. Pero ¿qué te parecen los demás?
–Creo que Paladyr ha tratado de fabricarse una
banda de guerreros con
una tela de poca calidad -replicó.
–Eso es precisamente lo que estaba pensando
-comenté yo-. Y me parece que se le va a descoser entre las manos.
–¿Qué oigo? ¿Llew fanfarroneando? – bromeó Cynan,
subiendo ladera arriba-. ¿Te encuentras bien, hermano?
–Mejor que nunca -repuse.
El estruendo del carynx señaló un segundo ataque y
el enemigo cruzó de nuevo el arroyo. Esta vez Paladyr dispuso a sus hombres en
una sola línea y avanzaron todos juntos con la esperanza de separarnos y
dispersar nuestra débil defensa.
Scatha tenía planes muy distintos. Llamó a todos
los guerreros y los dispuso en una cuña. Incapaces de escalar la escarpada
ladera y atacarnos por el flanco, los jinetes no tuvieron otra elección que
enfrentarse a la punta de la cuña.
Cabalgaron contra nosotros aullando y gritando,
haciendo todo cuanto estaba en sus manos para asustarnos y dispersarnos. Pero
nosotros nos mantuvimos firmes y los fuimos derribando de sus sillas a medida
que se ponían a tiro de nuestras lanzas. Ocho enemigos cayeron antes de que
pudieran volver grupas para retirarse y Paladyr se vio forzado de nuevo a
interrumpir el ataque.
Mientras el enemigo emprendía una veloz retirada al
otro lado del arroyo, yo llamé a los jefes de batalla.
–Al parecer no tienen arrestos para sostener el
ataque.
–Clanna na cù -gruñó Cynan, adelantando
orgullosamente la barbilla-. Yo sentiría vergüenza de capitanear tan
desastrosos guerreros.
–Sí, y Paladyr es un buen jefe de batalla… o por lo
menos lo era. No lo entiendo.
–La inexperiencia de esos hombres se vuelve en su
contra -observé-. No se atreven a combatir abiertamente, por eso intentan
hostigarnos para hacernos abandonar nuestra posición aventajada.
–Pues no se saldrán con la suya -dijo Scatha,
escrutando la ladera de la colina-. Si no nos atacan con más resolución,
podremos resistir todo el día.
–No tendríamos que quedarnos aquí si tuviéramos
nuestros caballos comentó Cynan.
–Entonces apoderémonos de los suyos -sugirió
Scatha-Les sacaríamos bastante más provecho.
Rápidamente trazamos un plan para apoderarnos en el
próximo ataque del mayor número posible de caballos. Y quizás hubiera
funcionado. Pero, en el preciso instante en que los guerreros de Paladyr
cruzaban el arroyo y comenzaban a subir por la ladera en un tercer ataque,
aparecieron los Cuervos. Los enemigos divisaron a la Bandada de Cuervos que
descendía por la colina entre salvajes gritos y se dispersaron cobardemente.
Volvieron a cruzar el arroyo y desaparecieron por el otro lado de la colina.
Bran se dispuso a perseguirlos, pero yo le ordené que volviera.
–Es preferible que te quedes con nosotros -le
dije-. ¿Qué encontrasteis allá delante?
Una extraña expresión asomó entonces en el rostro
del jefe de los Cuervos.
–Un poblado, señor -dijo-. Pero muy distinto a
cuantos he visto hasta ahora.
–¿Crees que es un lugar seguro? – preguntó Cynan-.
Podría ser otra trampa.
–Quizá -repuso el jefe de los Cuervos-. Pero no lo
creo.
–¿Qué quieres decir? – le preguntó Scatha.
Por toda respuesta Bran repuso:
–Te lo mostraré. No está muy lejos.
Llamé a Drustwn y a Garanaw y les ordené:
–Tegid y los caballos ya deberían haber llegado.
Cabalgad a su encuentro y luego llevadnos los caballos al poblado. Os
esperaremos allí. Enséñanos ese lugar que has encontrado -añadí, dirigiéndome a
Bran.
–Por aquí -dijo Bran volviendo grupas, y nos
condujo montaña arriba para seguir después bordeando la cresta.
El resto de los Cuervos se colocó detrás de los
guerreros para abrir la retaguardia, por si Paladyr y sus secuaces regresaban
con la intención de cogernos desprevenidos. Pero el enemigo no volvió a
aparecer.
Seguimos un trecho la cresta y luego el sendero
trazó una curva y comenzó a descender hacia una escalonada hondonada. Un río
cenagoso serpenteaba al fondo del valle y en el extremo más cercano de la
hondonada se alzaba un destartalado poblado. Había unas pocas construcciones de
madera, de cierto tamaño y solidez; pero el resto era un confuso laberinto de
barracas hechas con materiales de desecho. A poca distancia del poblado, un
estrecho lago brillaba apagadamente en la opaca luz.
Descendimos al valle, entramos en el pueblo por la
única calle de tierra que había, avanzamos entre chabolas semiderruidas que se
agolpaban unas sobre otras. Nos detuvimos en una especie de plaza que se abría
ante una de las construcciones más grandes. Una hilera de desvencijados
establos se amontonaban a lo largo de la calle frente a aquel edificio, y una
piedra cubierta de lodo endurecido se alzaba entre ellos. Nos detuvimos allí a
aguardar a Tegid y a los caballos.
No habíamos visto a nadie y por la basura y los
excrementos esparcidos por doquier se podía deducir que aquel pueblucho estaba
abandonado. Pero tan pronto como decidimos que permaneceríamos allí un buen
rato, los pobladores comenzaron a dejarse ver. Aparecieron como sabandijas
reptando de agujeros y escondrijos, primero tímidamente, después con creciente
atrevimiento. Cojeando, corriendo, arrastrando miembros destrozados y deformes,
fueron llenando la plaza. En pocos momentos nos vimos rodeados por una andrajosa
chusma de pedigüeños.
Nos acosaban con las manos tendidas y las bocas
abiertas mendigando comida y ropas como animales enfermos, aunque era obvio que
no teníamos nada que darles. Tenían la misma mirada apagada, mortecina e
inexpresiva que los miserables y sucios obreros de las minas. Zambos y
encorvados, abyectos en su aflicción, tenían un aspecto más animal que humano.
Como en Albión no había mendigos, los guerreros al principio no entendían lo
que aquella muchedumbre quería de ellos. Retrocedían ante las implorantes manos
o las rechazaban, lo cual aumentaba el clamor de los pedigüeños.
Cynan y Bran contemplaban el acoso con creciente
intranquilidad, pero sin decir nada.
–Deberíamos marcharnos inmediatamente -sugirió
Scatha-, o tendremos problemas.
–Cuando vean que no tenemos nada que darles
-repuse-, se marcharán. Pero estaba equivocado. Los mendigos se mostraban más y
más
insistentes y exigentes. Luego agresivos. Algunas
mujeres se contoneaban ante los guerreros y se atrevían a rozarlos. Los
guerreros reaccionaban con repulsión y asco. Pero las mujerzuelas eran tan
persistentes como descaradas. Los halagaban con voces estridentes y se
agarraban a ellos.
–Llew -me suplicó Scatha-, marchémonos de este… de
este Tref-gan-Haint inmediatamente.
–Tienes razón -asentí-. Iremos al lago y
esperaremos allí a los caballos.
Al ver que nos marchábamos, los mendigos comenzaron
a lamentarse gimoteando lastimosamente. Las mujerucas, al sentirse rechazadas y
desdeñadas, nos persiguieron con improperios y pullas. Una de ellas, poco menos
que una niña, vio mi mano de plata y corrió hacia mí. Se dejó caer de hinojos,
cogió mi mano y empezó a acariciarla.
Yo traté amablemente de desprenderme de ella, pero
la chiquilla se colgó de mí tirando de mi brazo. Gemía y hacía pucheros
mientras rozaba mi mano de plata con sus labios.
–No tengo nada que darte -le dije en tono firme-.
Por favor, levántate. No te humilles de esa forma.
Pero ella no hizo el menor movimiento para
soltarme. La cogí por la cintura, me desprendí de su mano e hice amago de
seguir adelante. Cuando se dio cuenta de que pretendía librarme de ella, dio un
salto con la pretensión de arañarme. Aparté la cabeza y la chiquilla cayó al
suelo debatiéndose y lloriqueando. Pasé por encima de ella y seguí adelante.
Ella pateó y me maldijo; su estridente vocecilla se fue perdiendo en la
algarabía que nos rodeaba.
Me abrí paso entre la multitud a la cabeza de mis
guerreros. Los mendigos me agarraban de brazos y piernas; gemían y gritaban. Yo
seguía adelante con los ojos bajos, sin mirar ni a izquierda ni a derecha. ¿Qué
podía hacer por ellos? ¿Qué querían de mí?
Enfilamos de nuevo la estrecha y pestilente calle y
continuamos hasta el final del poblado de chabolas, donde montones de basura
ardían lentamente con fétida humareda. También allí había mendigos escarbando
entre los desperdicios y la inmundicia en busca de algún bocado.
Escuálidos perros de largas patas olisqueaban entre
las basuras. Un hombre, desnudo, con la espalda negra por el humo, yacía medio
cubierto por las basuras; al vernos pasar se incorporó sobre el codo y nos
gritó obscenamente. Sus piernas eran un repugnante amasijo de llagas abiertas.
Los espantosos perros que rondaban por allí le lamían de vez en cuando las
rezumantes heridas. Aparté la vista de tan repugnante espectáculo, pero topé
con otro: dos perros luchaban sobre un cadáver, que era poco más que unos jirones
de carne pútrida colgando de un esqueleto. Asombrado y asqueado, caí en la
cuenta de que eran restos humanos. La garganta se me llenó de bilis y tuve que
apartar la vista.
Scatha había llamado al poblado Tref-gan-Haint, es
decir, ciudad de
pestilencia, lugar de corrupción. Y, en efecto,
enferma y moribunda, la ciudad ofrecía un espantoso espectáculo y el aire
apestaba a putrefactas heridas. Allí, reflexioné, iban a parar los esclavos
cuando dejaban de ser útiles y acababan sus días como mendigos disputándose las
inmundicias. Estaba horrorizado, pero ¿qué podía hacer?
Más allá del poblado, a poca distancia, encontramos
el lago del que nacía el arroyo y juzgamos que aquel paraje era algo más
soportable. Aunque la playa era de cortantes fragmentos de sílex, el agua
estaba bastante limpia. Ninguno de los desdichados habitantes nos siguió hasta
allí, de modo que teníamos el lago para nosotros solos y nos derrumbamos en la
dura playa a aguardar.
Yo me quedé medio dormido y soñé que Goewyn nos
había encontrado y que estaba junto a mí. Al despertarme era Bran quien estaba
a mi lado y no se veía la menor señal de los caballos. Me levanté y caminé con
mi jefe de batalla por la orilla del lago. Un apagado sol amarillento se estaba
poniendo en los picachos del oeste y alargaba nuestras sombras en la rocosa
playa.
–¿Dónde estará Tegid? – me pregunté en voz alta,
mirando hacia la destartalada ciudad y la sierra que se alzaba detrás-. ¿Crees
que ha caído en manos de Paladyr?
–Es posible. Pero Drustwn y Garanaw saben dónde
encontrarnos observó Bran-. Si hubiera algún problema, nos habrían avisado.
–Aun así, no me gusta esto -le dije-. Ya deberían
haber llegado.
–Iré a averiguar lo que ha sucedido -se ofreció
Bran.
–Que Emyr y Niall te acompañen. Envía a uno de
ellos con noticias en cuanto averigües algo.
Bran corrió hacia su caballo, montó, llamó a los
dos Cuervos y se pusieron en marcha sin perder tiempo. Los contemplé hasta
perderlos de vista y entonces llamé a Scatha y a Cynan.
–He enviado a Bran a ver qué ha podido suceder con
Tegid y los demás. –Se está haciendo tarde -dijo Scatha-. Quizá deberíamos
tratar de
encontrar un refugio mejor.
–Mucho me temo que la oscuridad será, esta noche,
nuestro único refugio.
Miré hacia la serranía y escruté las cimas, pero no
vi ninguna señal de que alguien regresara. ¿Qué podía haberles pasado a Tegid y
a Nettles?
El sol se hundía en una fea y marronosa calina; era
un tétrico crepúsculo.
Al ponerse el sol comenzó a hacer frío; sentí la
brisa helada de las montañas y la humedad de la tierra. Se levantó niebla del
lago y jirones de nubes oscuras comenzaron a descender por las laderas de las
montañas.
Los hombres habían hecho acopio de leña en las
pedregosas laderas que rodeaban el lago, y cuando cayó la noche encendieron
pequeñas fogatas que chisporroteaban a ráfagas y producían un tenue resplandor.
Como no habíamos comido nada desde primera hora de la mañana, teníamos hambre,
que procuramos aplacar con el agua del lago. Era sosa y tenía un sabor
metálico, pero estaba fría y calmaba la sed.
El crepúsculo oscureció el valle. Una luz mortecina
todavía iluminaba el cielo; la niebla del lago y de las laderas se iba
espesando. Yo caminaba sin cesar por la rocosa playa, alerta a cualquier
sonido, aguardando con ansiedad la llegada de los caballos. Pero no se oía nada
aparte del chapaleteo del agua y algún que otro perro que ladraba en la
distancia.
Estuve largo rato esperando, escuchando. Una luna
rojiza flotaba sobre las montañas, se asomaba como un ojo entre las nubes y la
niebla y proyectaba un mortecino resplandor rojizo sobre el lago y las laderas.
Al fin, me di la vuelta y regresé junto a las
fogatas del campamento que brillaban débilmente entre la neblina. Pasé junto a
la primera y oí a los hombres hablando tranquilamente, con voces que la niebla
convertía en débiles murmullos. Pero me pareció oír además otra cosa. Me detuve
y agucé el oído conteniendo el aliento…
Un ruido sordo, apagado y rítmico como el latido
del corazón, resonaba en la oscuridad… pum… pum… pum. Por efecto de la niebla
parecía provenir a la vez de todas direcciones. Cynan lo oyó también y se
reunió conmigo.
–¿Qué puede ser? – me preguntó en un susurro.
–¡Shhh!
Permanecimos inmóviles. El sonido fue aumentando y
haciéndose más claro. Pum-lump… pum-lump… pum-lump. Era el galope acompasado y
sostenido de un caballo sobre la pedregosa playa.
–Tenemos visita -le dije a Cynan.
Avancé unos pasos por la playa en dirección a la
trápala. La mano de metal me ardía con un frío helado. El jinete estaba más
cerca de lo que suponía. Y de pronto lo vi: un jinete montado en un caballo
pálido como la mismísima neblina se destacó entre los jirones de niebla; las
herraduras del
caballo levantaban chispas en el pedernal de la
playa.
El jinete iba cubierto de los pies a la cabeza en
bronce, que brillaba apagadamente a la débil luz de la luna. Su yelmo estaba
coronado por un penacho de plumas y una extraña máscara le cubría la cara.
Llevaba una larga lanza de bronce y un escudo pequeño y redondo, también de
bronce, sobre el muslo. Calzaba escarpes de bronce y en las manos llevaba
guanteletes cubiertos con escamas de bronce. La silla de montar, de esbeltos
borrenes, estaba adornada con tachones de bronce. El caballo también iba armado:
un casco de bronce con curvados cuernos le cubría la cabeza. Petos de bronce y
grebas protegían al guerrero y a su montura.
Aunque jamás había visto a aquel jinete, lo
reconocí. La banfáith me había prevenido hacía mucho tiempo, e incluso en medio
de la mortecina niebla de la noche supe quién era: el Hombre Cínico.
36
BATALLA NOCTURNA
El Hombre Cínico galopó en línea recta hacia mí. Yo
me hice a un lado en el último instante y él tiró bruscamente de las riendas.
El caballo piafó y sus patas batieron el aire. El hombre alzó la mano y yo me
dispuse a desviar un golpe. Pero en lugar de una espada vi que empuñaba un saco
cerrado con un nudo. Volvió hacia mí su inexpresiva cara cubierta de bronce, y,
aunque no pude ver sus ojos tras la reluciente máscara, sentí sobre mi carne,
como una llamarada, la violencia de su odio. Mi mano de plata ardía con helado
fuego.
El misterioso jinete blandió sobre su cabeza el
saco y lo soltó. La bolsa cayó pesadamente al suelo y rodó hasta mis pies.
Entonces, con un salvaje alarido de triunfo, el jinete volvió grupas y se alejó
al galope por donde había venido.
Cynan corrió hacia mí con una tea que había cogido
de una fogata. –¿Era Paladyr?
Sacudí la cabeza lentamente. –No -le respondí-. No
creo que fuera Paladyr… –¿Quién, entonces?
Miré el saco que yacía en el suelo, Cynan se
acercó, lo cogió y me lo entregó. En el fondo había un bulto redondo pero no
demasiado pesado. Deshice el nudo, abrí el saco y miré, pero no pude ver con
claridad lo que
contenía.
–Acerca la antorcha -dije, dejando el saco en el
suelo y ensanchando la abertura.
Cynan acercó la tea. Miré de nuevo y al instante
deseé no haberlo hecho.
El rostro pálido y exangüe del profesor Nettleton
me miraba fijamente. Sus gafas habían desaparecido y los cabellos estaban
manchados de sangre reseca. Cerré los ojos y aparté el saco, Cynan lo cogió.
Scatha, con una espada en su mano y una antorcha en
la otra, llegó corriendo.
–¿Es…? – murmuró, sin atreverse a acabar la
pregunta.
–Es el hombre de los cabellos blancos -le dijo
Cynan-. El amigo de Llew. –Lo siento mucho, Llew -dijo Scatha con voz triste,
aunque era evidente
que se sentía aliviada de que no se tratara de su
hija.
–¿Qué quieres que haga con esto? – preguntó Cynan.
–Por ahora ponlo junto a las cenizas de Alun -le
dije con el corazón destrozado-. No quiero enterrarlo en este lugar.
–Las cenizas de Alun… las tiene Tegid -me recordó
Scatha.
La oí pero no le respondí ¿A qué venía aquello?
¿Era un reto? ¿Un aviso? ¿Quién era capaz de hacer semejante cosa? ¿Cómo se
habían apoderado del profesor? ¿Qué significaba aquello? Clavé mi mirada en la
niebla deseando que, tal como había aparecido el jinete recubierto de bronce,
surgieran entre sus jirones las respuestas a mis preguntas.
¡El Hombre Cínico! Las palabras silbaron como
flechas que se me clavaron en el corazón. Y oí de nuevo la voz de la banfáith
recitando su agorera profecía.
Todo esto va a pasar por obra del Hombre Cínico,
que montado en un corcel de bronce siembra un infortunio tan grande como
calamitoso. ¡Alzaos, Hombres de Gwir! ¡Empuñad las armas y enfrentaos a los
hombres malvados que hay entre vosotros! El fragor de la batalla será oído en
las estrellas del cielo y el Año Grande avanzará hacia su consumación final.
–Llew -dijo Cynan, posando suavemente su mano sobre
mi brazo-. ¿Qué te ocurre, hermano?
Me volví hacia él.
–¡Llama a los hombres! ¡Deprisa!
Scatha me miraba con la frente surcada por una
arruga de preocupación.
Al vacilante resplandor de las fogatas se parecía
mucho a Goewyn.
–Ármate, Scatha -le dije-. Esta noche vamos a
luchar por nuestras vidas. Cynan alertó a los hombres con un grito y Emyr hizo
sonar larga y
vigorosamente el carynx. En dos segundos el
campamento se convirtió en un caos de hombres que corrían y gritaban, mientras
se armaban para enfrentarse al enemigo que se acercaba ya por la playa.
Surgieron entre la niebla como fantasmas, dispuestos en apretadas filas y
cubiertos enteramente de bronce.
Alguien puso una lanza en mi mano. No pude
encontrar un escudo, así que cogí una tea de la fogata y corrí a ponerme al
frente de mis guerreros con Scatha a mi derecha y Cynan a mi izquierda. Nos
dispusimos en línea de batalla de espaldas al lago.
Los enemigos cayeron sobre nosotros en tremenda
embestida, como si desearan empujarnos al lago de la primera arremetida. Pero
nuestros hombres eran experimentados guerreros, duchos en la lucha cuerpo a
cuerpo, y todos se habían enfrentado con Meldron, el Salvaje Sabueso. Una vez
superada la sorpresa del repentino ataque, combatieron con salvaje alegría.
Todos, como un solo hombre, estaban hartos de Tir Aflan, hartos de privaciones
y sufrimientos, y ansiosos de masacrar al enemigo que les había causado tanta
aflicción.
Como antes, el enemigo, aunque bien armado, no
estaba preparado para combatir con auténticos guerreros. Pero eran muchos,
muchísimos más que el contingente con el que habíamos luchado por la mañana.
Rechazada la primera embestida, los guerreros de
Albión saltaron como una llamarada y abrasaron al enemigo con la velocidad y el
calor del fuego. El resultado fue que los atacantes retrocedieron. Animado por
tan rápido éxito, Emyr hizo sonar con furia el cuerno de batalla y los
guerreros de Albión respondieron a su llamada con un rugiente alarido. El grito
de batalla resonó en la rocosa playa y se abrió paso entre el enemigo como un
puño.
Scatha, con los cabellos sueltos y el manto al
viento, se lanzó entre las líneas enemigas; con la espada en una mano y una tea
en la otra, como una verdadera Morrigan, la diosa de la guerra, golpeaba a
diestro y siniestro sembrando chispas y muerte a cada arremetida. El enemigo
huía a su paso como ante un remolino de llamas.
Cynan llamó junto a él a la flor y nata de Caledon
y comenzaron a abrir a lanzadas un espacio por el que hubiera podido pasar un
carro, desde la orilla hasta el final de la playa.
Yo me lancé entre mis dos jefes de batalla contra
la confusa masa de
enemigos blandiendo la lanza, cortando, tajando. La
punta de la lanza brillaba roja a la luz de la antorcha, y yo buscaba entre el
desordenado amasijo de enemigos al jinete de bronce. Pero mi mano de plata
había perdido su misterioso helor, lo cual me indicaba que el jinete no estaba
cerca.
Dos enemigos recubiertos de bronce me salieron al
paso blandiendo las espadas por encima de sus cabezas. Bajo los astados yelmos
les brillaban los ojos y les relucían los dientes sobre el borde de los
escudos, mientras emitían un atronador grito de batalla. Haciendo caso omiso de
sus espadas, corté el aire ante sus narices con la hoja de mi lanza y se
detuvieron en seco. Haciendo girar el astil, golpeé primero una espada, luego
la otra. Después… ¡crack!, ¡crack! Con dos certeras lanzadas los despojé de los
yelmos y ambos enemigos se derrumbaron como estatuas.
Paso a paso, fuimos ganando terreno playa arriba,
avanzando sobre los cuerpos sin vida de nuestros enemigos. Luchábamos
bravamente. Como paladines. Y la batalla iba cobrando un ritmo inexorable y
desesperado.
Combatimos durante toda la noche. A veces,
llegábamos hasta el final de la playa y resistíamos allí. Otras, el enemigo
contraatacaba y nos veíamos forzados a retroceder. En una ocasión, incluso,
tuvimos que luchar con el agua hasta las rodillas defendiéndonos con nuestras
hojas despuntadas de tanto golpear las armaduras del enemigo. Pero Scatha,
moviéndose entre aquel caos con la gracia y la elegancia de una bailarina, se
lanzó contra el corazón del enemigo con un puñado de guerreros. Incapaces de
enfrentarse a la pavorosa cólera de Pen-y-Cat, el enemigo retrocedió y perdió
su ventaja.
A medida que iba transcurriendo la noche, los
enemigos iban perdiendo coraje. Estaban fatigados. Se movían torpemente bajo el
peso de las armaduras de bronce. Apenas podían sostener las armas y los
escudos; incapaces de levantar los pies tropezaban y caían sobre la pedregosa
playa. Desesperados, avanzaban tambaleándose. Nosotros seguíamos golpeando sin
piedad. Ellos sucumbían ante nuestra destreza. Los cuerpos de los heridos y de
los muertos se amontonaban por doquier como troncos derrumbados; sin embargo, no
parecían dispuestos a retirarse.
–Cualquiera que sea lo que los empuja -observó
Cynan, pasándose por la cara la mano bañada en sangre-, lo temen más que a
nosotros.
Nos habíamos detenido para recobrar el aliento y
nos apoyábamos en nuestras lanzas con los hombros hundidos por el esfuerzo de
recobrar el aliento.
–Temen a su señor -le dije.
–¿Quién es?
–El Hombre Cínico.
–Cínico y además cobarde, si quieres saber mi
opinión -gruñó con desprecio Cynan-. Desde que comenzó el combate no se le ha
visto el pelo.
–Es cierto. Todavía no ha comparecido en el campo
de batalla. –¿Todavía? ¿A qué espera? Estamos masacrando a sus guerreros. Si
intenta vencernos por agotamiento, está esperando
en vano.
Era verdad; los enemigos, rendidos de cansancio,
sucumbían ante la destreza y la experiencia de nuestros guerreros. Habían
intentado sacar ventaja de la oscuridad y del ataque por sorpresa, pero
nosotros habíamos vencido; y ahora estábamos venciendo también su superioridad
numérica, lentamente, sin darles un respiro.
Se me ocurrió de pronto que aquellos desgraciados
no necesitaban un jefe de batalla, porque el plan del enemigo había consistido
en aplastarnos. Se esforzaban por rodearnos, tragarnos y ahogarnos; o, en el
caso de que no lo consiguieran, empujarnos hacia el lago con la irresistible
inercia de su número. Luchábamos contra un enemigo que carecía de sutileza y
habilidad, un enemigo cuya única esperanza residía en barrernos por la fuerza
bruta.
Al Hombre Cínico no le importaba cuántos de sus
hombres podían sucumbir ante nosotros, porque no le importaban en absoluto sus
hombres. Eran simplemente forraje ante nuestras cortantes hojas. Los enviaba a
la lucha oleada tras oleada confiando en rendirnos por agotamiento. Cuando
quedáramos pocos para resistir, saldría de su escondrijo para reclamar la
victoria.
Al ver cómo nuestros desdichados enemigos se
afanaban por sostener las armas, mi corazón se llenó de compasión. Eran ciegos,
ignorantes y torpes; se tambaleaban en la oscuridad sangrando y muriendo. Y lo
más cruel de todo es que no sabían por qué, nunca lo sabrían.
Aquellos hombres no eran en realidad nuestros
enemigos; eran sólo muñecos, peones en manos de un despiadado dueño. No tenía
sentido matarlos. Había que detener la carnicería. Bajé la lanza, me erguí y
miré alrededor.
El cielo comenzaba a grisear por el este; un débil
resplandor rojizo anunciaba la salida del sol. Habíamos luchado durante toda la
noche sin propósito ni ventaja. Era una locura, y había llegado el momento de
hacerla
cesar. Miré la línea de batalla y vi a los
guerreros de bronce con los pies pesados y las cabezas abatidas bajo el peso de
los yelmos, incapaces de blandir las armas. Avancé resueltamente hacia ellos,
que retrocedieron levantando penosamente las lanzas.
–¡Llew! – gritó Cynan, corriendo detrás de mí.
Tendí la mano, así la lanza más cercana y la
arranqué de los entumecidos dedos de uno de los enemigos. La arrojé al suelo y
cogí otra. El tercer enemigo hizo un torpe amago de golpearme con su espada. Yo
así la hoja con mi mano de plata y se la quité. Era como desarmar a criaturas.
–¡Ya es suficiente! – grité-. ¡Se ha terminado!
A lo largo de la orilla del lago, los hombres se
detuvieron en seco y me miraron boquiabiertos. Yo desarmé a otros dos
guerreros, arrebatándoles las armas de sus fláccidas manos. Blandí mi lanza y
alcé la voz:
–¡Hombres de Tir Aflan! – grité, y mi voz resonó en
la playa-. Arrojad al suelo las armas y no os pasará nada.
Miré la línea de batalla. Los hombres habían dejado
de luchar y me miraban con expresión estúpida. Muchos se tambaleaban exhaustos,
incapaces de seguir sosteniendo las armas.
–¡Escuchadme! La batalla ha terminado. No podéis
ganarla. Arrojad las armas y rendíos. Dejad de luchar… no tenéis nada que
temer.
Los enemigos seguían mirándome estúpidamente.
–Me parece que no te entienden -dijo Cynan.
–Quizá lo entenderán así -repliqué.
Alcé la lanza y la arrojé sobre la pedregosa playa;
luego indiqué con una seña a Cynan que me imitara. Pareció dudar.
–Hazlo -le urgí-. Todos están mirando.
Cynan dejó caer la lanza sobre la mía y ambos nos
quedamos desarmados ante los perplejos guerreros. Alcé mi mano de plata y dije:
–¡Escuchadme! Habéis luchado y sufrido; muchos han
muerto. Pero no podéis ganar, ha llegado el momento de detener la lucha.
Deponed las armas para que cesen el sufrimiento y la muerte.
Mi voz resonó en la playa. Todos me miraban, pero
nadie se atrevía a responder.
–Lucháis por vuestras vidas -proseguí- ¡Hombres de
Tir Aflan! ¡Rendíos! Arrojad vuestras armas y yo os regalaré esas vidas.
Podréis marcharos como hombres libres.
Mis palabras causaron sensación. Asombrados,
abrieron la boca y murmuraron entre ellos.
–¿Será verdad? – se preguntaban-. ¿Será posible?
Tendí la mano hacia el guerrero más cercano y le
hice una seña.
–Ven. Te regalo la vida.
El hombre miró a su alrededor, confundido; pareció
dudar y luego avanzó vacilante. Dio dos pasos, pero sus piernas no lo
sostuvieron y cayó a mis pies. Yo me incliné, lo cogí por el brazo y lo ayudé a
levantarse. Cogí su espada y la arrojé lejos.
–Estás a salvo -le dije- Nadie va a hacerte ningún
daño.
Oí un estrépito sobre las rocas, producido por un
escudo que su dueño ya no podía sostener por más tiempo. El hombre cayó de
rodillas. Me acerqué, lo ayudé a ponerse en pie y le dije:
–Estás a salvo. Ve junto a tu compañero.
El hombre se reunió con el primer guerrero; ambos
temblaban a la luz del alba sin apenas dar crédito a su buena suerte.
Los demás quizás esperaban que matara a los
desertores. Pero al ver que no les hacía ningún daño, un tercero se arriesgó a
confiar en mí. Le di la bienvenida y no tardaron en adelantarse otros dos, que
arrojaron sus armas a mis pies. Les di también la bienvenida y les indiqué que
se reunieran con los otros. Avanzó entonces otro desertor, y después tres más.
–¡Cynan! ¡Scatha! – exclamé, indicándoles que
acudieran en mi ayuda. ¡Venid! ¡Es una auténtica marea!
Espadas, lanzas y escudos resonaron contra las
rocas de la playa a lo largo del lago; los exhaustos enemigos se apresuraban a
desprenderse de sus armas. Tras su resistencia inicial, se rendían con evidente
alivio. Algunos estaban tan emocionados que sollozaban ante tan inimaginable
fortuna. Su larga pesadilla había acabado; eran libres, estaban a salvo.
Cuando terminamos de desarmar al último de los
enemigos, me volví hacia mis guerreros que guardaban silencio detrás de mí.
Miré sus mantos, otrora magníficos y ahora desgarrados y sucios; miré sus
caras, otrora hermosas y ahora demacradas y estragadas por las privaciones y la
lucha. Habían renunciado a la salud y a la felicidad, a sus mujeres, a sus
hijos, a sus compatriotas y amigos, a las comodidades y al placer.
Leales hasta el final, me habían apoyado en todo y
estaban dispuestos a servirme y a entregarme sus vidas si se las pedía.
Magullados y maltrechos,
se erguían como un solo hombre, con las armas
preparadas, dispuestos a ser llamados de nuevo a la batalla. Eran en verdad los
GwrGwir, los Verdaderos Hombres de Albión.
Alcé mi mano de plata y me llevé el dorso a la
frente a modo de saludo. Los guerreros respondieron con un grito de triunfo que
resonó en el lago y en las colinas circundantes.
Les dije que había llegado la hora de descansar y
se precipitaron al lago para beber y bañarse. Yo me quedé un momento
contemplando cómo mis fatigados guerreros se metían en el agua.
–Míralos -dije, mientras el orgullo estallaba en mi
interior como una canción de alegría-. Con la ayuda de unos hombres tan
generosos cualquier hombre podría ser rey.
Cynan, apoyado en su lanza, adelantó orgullosamente
la barbilla. –Ellos no apoyarían a cualquiera. Ni yo tampoco -añadió,
llevándose el
dorso de la mano a la frente.
El lago resultó una verdadera bendición. Nos
metimos en el agua helada y cubierta de niebla y refrescamos nuestros doloridos
miembros. El agua nos vivificó y tonificó, lavándonos la sangre y la suciedad
de la batalla. Al sentir sobre mi carne la fría sensación del agua, rememoré
otro momento, cuando, tras mi primera batalla, también me había bañado y me
había sentido como recién nacido.
Sin embargo, duró poco tan agradable sensación.
Bran y los Cuervos seguían sin comparecer cuando el sol se levantó sobre las
colinas circundantes.
–Esto no me gusta nada -le dije con toda franqueza
a Cynan y a Scatha-.
Algo les ha sucedido; de otro modo habrían
regresado hace rato.
–Me temo que tengas razón -asintió Scatha.
–Ya hemos acabado aquí -dijo Cynan-. Podemos
regresar a Cwn Gwaed a buscarlos.
Eché una ojeada a los hombres desarmados tendidos
en la playa. –Vamos a hablar con ellos -dije señalándolos-. Quizá puedan
decirnos
algo.
–Lo dudo -dijo Cynan-. Pero lo haré si lo crees
conveniente.
Miré a Scatha, que tras haberse lavado el hollín y
la sangre, ya no parecía Morrigan, sino Modron, la Reconfortadora. Se había
trenzado los cabellos y cepillado el manto, y, por la forma como los derrotados
guerreros la seguían
con la mirada, colegí que podría tener más éxito
que nosotros en hacerlos hablar.
–Te confío a ti esa tarea, Pen-y-Cat -le dije-.
Estoy seguro de que confiarán más en ti que en Cynan Dos Torques.
Y así, observamos cómo se movía entre los hombres,
deteniéndose de vez en cuando, inclinándose hacia uno, arrodillándose junto a
otro, hablándoles con la mayor seriedad y mirándolos a los ojos mientras ellos
le respondían. Vi que posaba la mano en los hombros de los guerreros, como lo
haría una esposa o una madre y que les hablaba tanto con los ademanes como con
la voz.
Poco después regresó junto a nosotros.
–Hay un caer bastante cerca de aquí. Algunos de
ellos han estado allí.
Dicen que el Hombre Cínico retiene en ese lugar a
algunos prisioneros.
–¿Están Tángwen y Goewyn en ese lugar? – preguntó,
ansioso, Cynan.
Scatha lo miró con expresión sombría.
–No lo saben. Pero es de todos conocido que los dyn
dythri van allí a menudo y los rhuodimi proceden de allí.
–¿Las cosas rugientes? – preguntó, asombrado,
Cynan.
«Los coches y las máquinas», pensé yo.
–Entonces allí aguarda Siawn Hy, y allí
encontraremos a Tángwen y a Goweyn. Y -me apresuré a añadir-, si no me
equivoco, allí están prisioneros Tegid y los Cuervos.
Scatha asintió.
–Pero hay algo más: dicen que el caer está
protegido por un poderoso encantamiento. Todos sienten pavor de ese lugar.
Nos alejamos del lago y caminamos hacia el este,
siguiendo la dirección que nos hablan indicado los prisioneros. Un desfiladero,
invisible desde la orilla del lago, se abría entre las colinas; lo seguimos y
fuimos a parar a una vasta meseta. El mar se extendía ante nosotros, verde e
inquieto bajo un nublado cielo gris. Sobre la cima de un promontorio rocoso,
que se cernía sobre las agitadas aguas, se levantaba una fortaleza de piedra.
Como la torre que habíamos visto hacía días, el caer se alzaba abandonado y
solitario sobre la desnuda roca, como una reliquia de remotos tiempos.
–El Hombre Cínico ha escogido este lugar como
baluarte -dijo Scatha. Nos habíamos detenido para observar el terreno que se
extendía más allá
del desfiladero y, aparte de la arruinada fortaleza
y de algunas casuchas de
piedra en las que habían vivido los guerreros, el
paraje estaba totalmente desierto. Los desertores habían descrito el lugar con
todo detalle.
Sin embargo, nos acercamos a la fortaleza muy
despacio, atentos a cualquier señal de vida que apareciera en las destrozadas
murallas. Yo abría la marcha junto a Cynan y Scatha, al frente de los GwrGwir,
como no quisieron quedarse atrás, nuestros derrotados enemigos nos seguían a
cierta distancia. Al pasar junto al promontorio vi huellas de vehículos pesados
en la hierba. Muchos rhuodimi habían pasado por allí. La puerta entre los
mundos de la que hablaba el profesor Nettleton debía de estar cerca, pero no alcanzaba
a verla.
El mar batía y suspiraba en torno al promontorio;
el viento ululaba en las ruinas. Enormes pedruscos se habían derrumbado entre
la espesa hierba verde al pie de las otrora altísimas murallas. Observamos un
buen rato los derruidos muros esperando ver alguna señal de vida.
–Arianrhod duerme en su promontorio rodeado por el
mar -dije pensando en voz alta, mientras contemplaba la derruida puerta
ennegrecida por los años y semidesprendida de sus goznes.
A lo cual replicó Scatha:
–Sólo el beso casto la devolverá al lugar que le
corresponde.
Cynan nos miró de reojo.
–¿Y bien? – preguntó con impaciencia-. ¿Es que
vamos a pasarnos todo el santo día aguardando aquí?
–No, pero primero debemos comprobar si hay otra
entrada -respondí yo. –Enseguida -repuso Cynan, e hizo un gesto a Owyn y a tres
guerreros
más, que desaparecieron corriendo por la esquina
más próxima de aquella cortina de piedra.
Poco después aparecieron por el otro lado.
–No hay ningún otro acceso -informó Owyn.
–¿Has visto a alguien? – le preguntó Scatha.
–A nadie -respondió el guerrero galanae.
–Entonces entraremos.
Alcé mi lanza en silenciosa señal y los guerreros
avanzaron en perfecta formación detrás de mí.
Cuando pasábamos bajo la sombra del muro, una voz
gritó:
–¡Alto! ¡No os acerquéis más!
Levanté la cabeza hacia la derruida muralla. El
Hombre Cínico nos
miraba desde lo alto del muro, a la izquierda, con
la máscara de bronce y la lanza en ristre.
–¡Tu hueste ha sido derrotada! – grité-. ¡Arroja
las armas y libera a los prisioneros! Hazlo inmediatamente o a buen seguro
morirás.
El guerrero de bronce echó hacia atrás la cabeza y
soltó una carcajada inquietante y odiosa. No era la primera vez que la oía.
La carcajada cesó de pronto.
–¡No me des órdenes aquí! – gritó encolerizado.
Luego, suavizando la voz, añadió:
–Si quieres recuperar a tu esposa, ven a buscarla.
Pero solo.
Y desapareció de la muralla antes de que pudiera
responderle.
–No me gusta esto -gruñó Cynan.
–Me parece que no tenemos otra opción -comenté yo-.
Iré solo.
–Es un riesgo insensato -objetó Scatha.
–Lo sé -le dije-. Pero es un riesgo que debo correr
por Goewyn.
Ella asintió, metió la mano bajo el manto y sacó un
delicado cuchillo. Se acercó y me lo escondió en el cinto.
–Ya te armé en otra ocasión, y vuelvo a hacerlo
otra vez, hijo mío. Salva a mi hija.
–Así lo haré, Pen-y-Cat -repuse.
Scatha me abrazó, me besó y se alejó rápidamente
volviendo a ocupar su lugar al frente de los guerreros.
Yo avancé dos pasos hacia la puerta.
–¡Espera! – dijo Cynan, adelantándose-. No pienses
que vas a entrar solo, mientras a Cynan Dos Torques le quede un aliento de
vida. Mi esposa también está prisionera; voy contigo.
Dio un paso hacia la puerta.
–Podemos discutir el asunto o podemos entrar a
rescatar a nuestras mujeres -añadió.
Como no habría forma de disuadirlo, asentí;
atravesamos juntos la puerta y entramos en el patio.
Hierbas secas asomaban entre las grietas del
pavimentado patio y se mecían al viento como largos bigotes blancos. El suelo
estaba sembrado de derrumbados pedruscos. Al patio se abrían puertas arqueadas
que dejaban entrever oscuros y vacíos pasillos. Al otro lado, frente a la
puerta de la muralla, se alzaba un edificio escalonado; el tejado se había
hundido y tejas
curvas como escamas de un dragón sembraban el
patio. Unos cuantos escalones de piedra conducían hasta una estrecha puerta de
madera. La puerta, dos veces más alta que un hombre, estaba abierta.
Sentí un helado escalofrío en mi mano de plata.
–Está cerca -le murmuré a Cynan.
Subimos resueltos y sigilosos los escalones y
empujamos la puerta. Al instante nos asaltó un repugnante hedor a carne
podrida, a orina y excrementos. La puerta daba a un oscuro vestíbulo lleno de
inmundicias. Las cabezas cortadas de dos desgraciados estaban clavadas en el
dintel de una puerta interior. Las jambas estaban manchadas de sangre.
Atravesamos cautelosamente la puerta y penetramos
juntos en una sala.
–Os estaba esperando -dijo una voz-. Todos os
estábamos esperando.
37
LA HEROICA HAZAÑA
La habitación, enorme y de una sola pieza, estaba
iluminada por antorchas que despedían una débil y mortecina luz, que apenas
lograba vencer la tenebrosa oscuridad. En el centro de la habitación estaba el
Hombre Cínico. La luz de las antorchas parpadeaba en su máscara de bronce, de
modo que parecía como si sus facciones cambiaran constantemente.
Detrás de él había dos puertas con barrotes de
hierro. Al mirar hacia allí, el rostro de Goewyn apareció en el pequeño
ventanuco de una de ellas, y el de Tángwen en la otra. Ninguna de las dos
mujeres lloraba, pero ambas se agarraban a los barrotes y nos miraban con la
atónita y temerosa expresión de los cautivos que han abandonado hace tiempo la
esperanza de la liberación, y de pronto ven que la esperanza no los ha
abandonado a ellos.
Mi primer impulso fue correr hacia Goewyn y sacarla
de su prisión sólo con la fuerza de mis manos. Ansiaba cogerla en mis brazos y
llevármela lejos de aquel pestilente e infernal agujero. Me acerqué al Hombre
Cínico.
–Suéltalas -le dije.
–No has venido solo -repuso él en tono amenazador.
–Mi esposa también está prisionera -le espetó
Cynan-. Si le has hecho algún daño, te mataré. Suéltala.
–¿Tu esposa? – se mofó el guerrero recubierto de
bronce-. Quizás haya compartido tu lecho, pero Tángwen no ha sido nunca tu
esposa, Cynan Machae.
–¿Quién eres? – le preguntó Cynan, adelantándose.
Asia la espada con tal fuerza que le temblaba el
puño.
–¿Queréis que las libere? – gritó de pronto el
Hombre Cínico haciéndose a un lado-. Hacedlo vosotros mismos.
Extendió la mano y con un dedo enfundado en bronce
señaló un lugar en el suelo rodeado por antorchas.
–Haced lo que tanto deseáis.
Miré hacia donde señalaba y vi dos llaves en un aro
de hierro sobre una losa del pavimento. Eché una rápida ojeada a las puertas de
las celdas y vi que hacía poco les habían puesto cerraduras nuevas.
Hice una seña a Cynan y avanzamos cautelosamente.
Mi mano de plata empezó a latirme con agudas y heladas punzadas. Apreté los
dientes y me acerqué con la lanza preparada. Las llaves habían sido colocadas
en el centro de un intrincado dibujo, trazado en el suelo con finas y negras
líneas de ceniza y trocitos de hueso…, los restos de algún sacrificio, supuse.
Los braseros ardían con un humo penetrante.
–¿Qué es eso? – preguntó Cynan-. ¿Lo reconoces?
El símbolo era una rudimentaria parodia del Môr
Cylch, el Laberinto de la Vida, pero estaba al revés y roto, y las líneas eran
torpes e irregulares. La belleza y la gracia del original habían sido
voluntariamente desfiguradas.
–Es un hechizo de alguna clase -le dije a Cynan.
–No me asusta una marca en el suelo -gruñó él.
Antes de que pudiera detenerlo, Cynan se me
adelantó y se inclinó para coger las llaves. Pero, al entrar en el círculo, fue
asaltado por una repentina parálisis que le impidió todo movimiento.
–¡Llew! – gritó con los dientes apretados y la
mandíbula paralizada-. ¡Ayúdame!
Miré al hombre recubierto de bronce. Tras la
máscara, le brillaban los ojos cruel y tenebrosamente.
–Oh, sí, ayúdalo -siseó la cínica serpiente-. Por
lo que más quieras, ayúdalo.
Luego soltó una terrible carcajada.
Conocía aquella risa. La había oído demasiadas
veces como para no reconocerla. Se echó a reír otra vez, y su carcajada despejó
el último resquicio de duda y confirmó mis sospechas.
–¡Basta ya, Simon! – grité-. Deja que se vaya.
Llevándose a la barbilla el guantelete de bronce,
el hombre se alzó la máscara de metal y se quitó el yelmo. Tenía la cara
pálida, mortalmente pálida, y delgada, demacrada. La carne parecía casi
transparente; venillas azules se marcaban bajo sus párpados y bajo la piel de
su garganta. Parecía un fantasma, una aparición, pero la línea de su barbilla y
el odio de su mirada no dejaban lugar a dudas.
–Siawn Hy -corrigió acercándose.
Mi mano de plata se estremeció; heladas punzadas me
atravesaron la carne.
–Lo hice para ti -dijo, señalando el círculo del
suelo-. Pero así está mejor.
Ahora estamos solos tú y yo. Frente a frente.
Se detuvo ante mí y se quitó el guante metálico de
la mano izquierda, luego lentamente se la llevó a la frente con la palma hacia
fuera. Era un gesto bárdico; se lo había visto hacer a Tegid muchas veces. Pero
al volver la mano hacia fuera vi grabado en la carne de la palma el dibujo de
un ojo.
Siawn pronunció una retahíla de palabras en la
lengua desconocida. Yo no podía apartar mis ojos del símbolo grabado en la
palma de su mano. La piel estaba desgarrada, pero los cortes eran recientes y
aún rezumaban sangre.
Habló de nuevo y los músculos de mis brazos y
piernas se pusieron rígidos. Mi espalda y mis hombros eran como bloques de
madera. Paralizado de tan extraña manera, no podía moverme. La lanza se me
escapó entre los dedos y cayó al suelo; mis piernas se quedaron rígidas. De la
boca de Siawn Hy seguían surgiendo palabras, un vertiginoso torrente, un
tenebroso ensalmo de perverso poder que arrastraba toda resistencia. Exhalé
todo el aliento de la boca y de los pulmones. Cynan, inmóvil junto a mí, emitió
un ahogado gemido.
Alguien gritó mi nombre…, Goewyn, creo. Pero no
podía verla. No podía cerrar los ojos ni apartar mi mirada de la mano de Simon.
El malvado ojo iba absorbiendo mi pensamiento y mi voluntad; parecía arder en
mi mente, mientras las palabras de Siawn Hy zumbaban en torno como insectos o
graznaban como grajos. Comencé a jadear, no podía respirar, pero mi visión era
más y más aguda.
La maldad ancestral de Tir Aflan… Siawn Hy la había
despertado y la empuñaba como un arma. Pero existía una fuerza mucho más
poderosa que él nunca llegaría a conocer.
«Supremo Sabedor es el Sumo Dador -pensé-, que
socorre a cuantos lo
invocan. ¡Socórreme a mí ahora!»
Al instante sentí que el sagrado awen del
penderwydd se avivaba en mí. Como se despliega una vela, mi espíritu se liberó
de sus ataduras. Una palabra, un nombre se formó en mi lengua y pude
articularlo:
–Dagda… Samildanac…
Salió de mi garganta impelido por la lengua en un
tremendo grito:
–¡Dagda Samildanac!
Punzantes rayos de hielo salieron de mi mano y me
subieron por el brazo hasta el hombro. Fuera cual fuese el origen del poder que
Siawn poseía, no podía apagar el fuego abrasador de mi mano de plata: la tersa
superficie de plata resplandeció, el intrincado laberinto de la Danza de la
Vida brilló con una deslumbrante luz de oro.
La voz de Siawn retumbó en mis oídos mientras él se
me acercaba aún más vociferando su letanía. Vi el espantoso ojo grabado en su
palma que pretendía marcarme con el repugnante símbolo.
–Por el poder de la Mano Firme y Segura prevalezco
sobre ti -dije y levanté mi mano de plata presionando mi palma contra la suya.
Siawn lanzó un alarido y separó su mano. Hilillos
de humo surgieron del dibujo de su herida. El aire llenó de nuevo mis pulmones
y aspiré con él el olor a carne chamuscada. La herida rojiza de la palma de
Siawn se había borrado, el obsceno estigma se había cauterizado; en lugar del
maléfico ojo campeaba ahora la marca del Môr Cylch, el Laberinto de la Vida.
Súbitamente liberado, me apresuré a socorrer a
Cynan; me arrodillé a su lado, tomé aliento y soplé sobre las cenizas rompiendo
así el poder del hechizo. Cynan cayó de bruces y se levantó de un salto.
–¡Bravo, hermano! – exclamó.
Yo cogí las llaves.
–Vigílalo -le ordené a Cynan.
–¡Encantado! – replicó él.
Alzó la espada, se acercó al caído Siawn y le puso
la punta de la hoja en la garganta.
Yo corrí hacia las puertas de hierro, metí la llave
en el primer cerrojo y la giré. El cerrojo cedió y yo empujé con todas mis
fuerzas; los goznes rechinaron y la puerta se abrió. Goewyn salió corriendo de
su celda y se echó en mis brazos. Le besé la cara, la boca y el cuello y sentí
sus labios sobre mi rostro. Mientras me besaba repetía sin cesar mi nombre.
–Estás libre, amor mío -le dije-. Todo ha
terminado. Estás a salvo. Estás libre.
La estreché contra mí otra vez, pero ella se apartó
con un débil grito y se llevó las manos al vientre, que estaba
considerablemente abultado bajo el manchado y sucio manto. Posé mi mano sobre
la redonda protuberancia y noté el latido de una vida.
–¿Te encuentras bien? ¿Te ha causado algún daño? –
le pregunté inquieto.
Hasta aquel momento había procurado no pensar en
sus sufrimientos y ahora de pronto me sentía abrumado por una angustiosa
preocupación.
Goewyn sonrió; su cara estaba pálida y demacrada,
pero su mirada era límpida y brillaba de amor y felicidad.
–No -repuso, acariciándome la cara-. Me decía
cosas…, cosas horribles - se le llenaron los ojos de lágrimas que resbalaron
por sus mejillas-. Pero no me hizo ningún daño. Creo que Tángwen está también
sana y salva.
Cynan, que mantenía a raya a Siawn a punta de
espada, volvió la cabeza al oír el nombre de su esposa. Al posar los ojos sobre
la celda, la espada vaciló en su mano. Goewyn seguía abrazada a mí, y por
encima de su hombro
vi cómo la
puerta se abría de golpe. La primera reacción de Cynan fue de júbilo. Pero de
pronto comprendió por qué la puerta no estaba cerrada con llave. La alegría de
su rostro se desvaneció y una expresión de horror apareció en sus ojos.
–¡Traición! – gritó.
Por la puerta de la celda de Tángwen irrumpió en la
habitación un grupo de hombres armados. Cynan se abalanzó contra ellos espada
en mano. Siawn reaccionó con vertiginosa celeridad: extendió de repente la
pierna y Cynan tropezó y cayó al suelo; la espada se le escapó de la mano y se
deslizó por el suelo.
Instantes después, cuatro hombres se echaron sobre
su espalda y otros cuatro, Paladyr entre ellos, se abalanzaron sobre mí. Empujé
a Goewyn detrás para protegerla con mi cuerpo y saqué del cinto el cuchillo que
Scatha me había dado. Pero demasiado tarde. Me inmovilizaron y Paladyr me puso
la punta de su espada en la garganta.
Otros dos hombres cogieron a Goewyn y la apartaron
de mí. En ese momento Tángwen salió de la celda con aire triunfante.
–Hay que tener siempre mucho cuidado al elegir
esposa -dijo Siawn,
mientras Tángwen se colocaba a su lado.
–Lo hice por mi padre y por mis hermanos -declaró
exultante ella-. Se aliaron con Meldron y vosotros los matasteis. La deuda de
sangre está ahora saldada.
Siawn, sosteniéndose aún su mano marcada, avanzó
sonriente. Se detuvo frente a mí con la expresión terrible y maléfica de un
demonio. Espetó una orden a uno de sus secuaces y el hombre desapareció entre
las sombras, a mi espalda.
–Vaya, por fin comienzas a ver el final.
–Deja que los demás se marchen -dije yo-. Es a mí a
quien quieres.
Retenme a mí y deja que los demás se marchen.
–Estás en mis manos, amigo mío -se mofó él-
Completamente en mis manos.
Entonces se levantó un confuso tumulto al otro lado
de la habitación. Una puerta se abrió detrás de mí -no la veía, pero oí el
chirrido de sus goznes- y por ella entraron arrastrando los pies Tegid, Gwion,
Bran y los Cuervos, con las manos atadas, pesadas cadenas en los pies y
custodiados por centinelas; Bran y Drustwn apenas podían sostenerse en pie y el
brazo de Garanaw le colgaba inerte en el costado. Mi orgullosa Bandada de
Cuervos parecía haber sido duramente batida. Detrás entró Weston y cuatro extranjeros,
que parecían asustados y confusos.
Al verme, Bran soltó un grito e intentó acercarse;
los demás Cuervos se revolvieron contra sus captores, pero los golpearon con
los extremos de las lanzas y los obligaron a volver a la fila.
–Mira por dónde -se refociló Siawn-. Nunca me
tuviste en mucho, ¿verdad? Muy bien, pues me has subestimado por última vez,
amigo -y la palabra sonó en su boca como una maldición.
–Escúchame con atención -dije yo con tono agudo,
procurando dominar la voz-. Mis guerreros están aguardando ahí fuera. Son
invencibles. Si nos ocurre algo, morirás. Te lo aseguro.
Si a Siawn Hy le afectaron en algo mis palabras, lo
disimuló; pero varios de sus guerreros se estremecieron y la espada de Paladyr
disminuyó su presión sobre mi garganta.
–Es cierto, señor -dijo-. No cabe la esperanza de
que podamos vencerlos.
Siawn hizo un ademán desdeñoso ante el comentario.
–No me interesa vencerlos -dijo como si nada-. Sólo
me interesa vencer a
Mano de Plata.
–Entonces deja que los demás se marchen -repetí
otra vez-. Una vez estén libres, ordenaré a mis guerreros que se retiren. Sin
una orden mía, ninguno de vosotros saldréis de este lugar con vida.
–Hazle caso, señor -dijo Paladyr, con una nota de
inseguridad en la voz. –¿Qué está diciendo? – preguntó Weston, y su voz sonó en
mis oídos
como un incoherente balbuceo.
Se adelantó e insistió:
–Quiero saber lo que está pasando. Dijiste que no
habría ningún problema. Dijiste que todo estaba controlado.
–¡Déjame en paz! – rugió Siawn Hy en la lengua de
los extranjeros-. Te di lo que querías. Ahora me toca a mí. Así lo acordamos.
–Pero algunos de mis hombres han sido asesinados…
-gimoteó Weston-. ¿Cómo se supone que voy a…?
–¡Cierra el pico! – vociferó Siawn,
interrumpiéndolo con un manotazo. Luego se dirigió a mí-. Si dejo a los demás
libres, tú nos darás un salvoconducto para que nos marchemos…, ¿no es eso?
–Te doy mi palabra de honor -juré-. Pero deja que
se vayan.
–No, Llew -me suplicó con débil voz Goewyn-. Yo no
te dejaré.
Siawn emitió un silbido.
–Me estoy divirtiendo de lo lindo.
–Los guerreros aguardan fuera -le dije-. Y no
aguardarán eternamente. –¿Crees que me importa mucho? – se burló Siawn-. No voy
a permitir
que un prisionero me dé órdenes.
Acercó su rostro al mío, jadeando. Las venas le
sobresalían en el cuello y la frente.
–Tu palabra no significa nada para mí. Tú no
significas nada para mí.
Desde que viniste aquí has sido mi desgracia. Pero
se acabó, viejo amigo.
Me volvió la espalda.
–¡Hacedlo! – aulló.
–¿Qué quieres que hagamos, señor? – preguntó
Paladyr.
–¡Matadlo! – gritó Siawn.
Paladyr vaciló.
–¡Hacedlo! – repitió Siawn Hy.
Paladyr miró a su alrededor y luego clavó los ojos
en Siawn.
–No -dijo bajando la espada y haciéndose a un
lado-. Deja que los demás
se vayan, o nos matarán.
–¡Paladyr! – exclamó la voz de Tegid, que había
estado aguardando el momento oportuno para hablar-. ¡Escúchame! Tú pediste naud
y Llew te lo concedió -dijo, recordándole que me debía la vida-. No te mintió
entonces y tampoco te está mintiendo ahora. Suéltanos y no sufriréis ningún
daño.
–¡Hacedlo callar! – rugió Siawn.
Oí un golpe y Tegid cayó al suelo.
–Te concedí la vida, Paladyr -dije yo.
–¡Está mintiendo! – insistió Siawn Hy-. ¡Matadlo!
Paladyr sacudió la cabeza lentamente.
–No. Está diciendo la verdad.
–i Siawn Hy! – dije yo-. Retenme a mí, pero deja
que los demás se marchen.
Para demostrar la verdad de lo que decía di vuelta
al cuchillo que tenía en la mano, lo cogí por la hoja y le ofrecí la
empuñadura.
–¡Oh, muy bien! – gruñó Siawn Hy.
Cogió el cuchillo y lo desvió un poco. Pero luego,
con un rápido movimiento de felino me lo clavó. La afilada hoja se hendió
fácilmente en el centro del pecho, justo debajo de las costillas. Ni siquiera
sentí que se me clavara.
Goewyn gritó y se soltó de sus captores. Dio unos
pasos hacia mí, pero Paladyr la detuvo cogiéndola por el brazo.
Bajé la mirada y vi el cuchillo clavado en mi
pecho. Con un grito de júbilo Siawn lo hundió aún más. Sentí bajo las costillas
como una quemadura y noté que el pulmón se deshinchaba; aire y sangre salieron
por la herida. Siawn empujó aún más la hoja y luego la soltó. Los tres hombres
que me sostenían se apartaron.
De súbito mis piernas se debilitaron. Levanté un
pie para dar un paso y caí de rodillas. Busqué con mis manos la empuñadura, la
agarré y tiré con fuerza. Sentí como si una almenara se hubiera encendido en mi
pecho y estuviera ardiendo. Dejé caer el cuchillo.
De la herida brotó sangre, caliente y oscura, que
me empapó las manos. Una confusa neblina me emborronó la vista, pero era
consciente de lo que estaba sucediendo: Siawn me contemplaba con maligno
regocijo; Cynan se debatía con violencia en el suelo, sujetado aún por los
secuaces de Siawn; Paladyr, ceñudo y silencioso, retenía a Goewyn por el brazo.
Sentí un hormigueo en la garganta y abrí la boca
para toser, pero no pude. El aire se me atascaba en la laringe. Tenía la boca
seca como si el fuego del pecho me estuviera devorando por dentro. Abrí la
boca, pero no pude aspirar aire. Emití un extraño y ahogado sonido.
Tendí la mano para sostenerme, pero se me dobló el
codo y caí de costado. Goewyn se liberó de Paladyr, corrió a mi lado y me cogió
entre sus brazos.
–¡Llew! ¡Oh, Llew! – Sollozaba y sus lágrimas caían
sobre mi cara-. Llew, alma mía…
Le miré el rostro. Era lo único que alcanzaba a
ver. Aunque lloraba, estaba hermosísima. Me arrastró una marea de recuerdos. Me
pareció que todo lo que había sufrido por ella no era nada, menos que nada,
ahora que estaba a mi lado. La amaba profundamente, ansiaba decírselo, pero no
podía. De repente cesó el fuego de mi pecho y sentí un helado entumecimiento.
Traté de sentarme, pero mis piernas no me obedecieron. Levanté la mano hacia la
cara de Goewyn y le acaricié la mejilla con dedos temblorosos.
–Goewyn, amada mía -dije en un susurro-. Te amo…
adiós…
Goewyn, con los ojos anegados en llanto acercó su
rostro al mío. El dulce beso de sus labios, calientes y vivos, fue lo último
que sentí.
Luego me embargó la oscuridad. Aunque mis ojos
continuaban abiertos, no podía ver nada a causa de la negra niebla que me
rodeaba. Me pareció que estaba flotando y cayendo a un tiempo. Oí sollozar a
Goewyn, la oí pronunciar mi nombre y después oí un estruendoso rugido, como el
del mar al estrellarse contra una remota orilla.
El sonido fue en aumento hasta ensordecerlo todo.
Se hizo tan intenso que creí que mi cabeza parecía a punto de estallar con la
presión del estruendo. Por un terrible instante temí que el sonido me tragara,
me aniquilara. Resistí aunque no sé cómo. No podía moverme, no podía hablar ni
ver.
Pero cuando pensé que ya no podría soportarlo más,
el sonido cesó de pronto y la negra niebla se aclaró. Volvía a ver y a oír, con
más claridad que nunca. Podía ver, pero ahora veía todo desde arriba y desde
fuera. Vi a Goewyn inclinada sobre mí, meciendo mi cuerpo en su regazo,
mientras sus hombros se estremecían con el llanto. Vi a Siawn y a Tángwen
mirando con los rostros iluminados por un jactancioso orgullo. Vi a Paladyr un
poco aparte, abrumado, con los brazos colgando inertes en los costados. Vi a los
Cuervos y a Tegid, atónitos y asombrados ante la atrocidad que no habían
podido impedir.
Vi a Cynan tendido en el suelo, inmovilizado por
los enemigos y enfurecido por mi muerte. Sentí pena por él. Su esposa nos había
vendido a Siawn, nos había engañado desde el principio; durante el resto de su
vida tendría que soportar el peso de aquella vergüenza, un destino fatal que en
modo alguno merecía. Sobre todas las cosas era mi mejor amigo; me habría
gustado despedirme de él. Paz, hermano, le dije, pero no me oyó.
Siawn se volvió y ordenó a sus hombres que ataran a
Cynan. Luego se dirigió a Paladyr:
–Coge el cuerpo y llévalo afuera -le ordenó.
Paladyr avanzó, pero Goewyn estrechó mi cuerpo
entre sus brazos, gritando:
–¡No! ¡No! ¡No lo toques!
–Lo siento -murmuró él, mientras se inclinaba sobre
ella.
–¡Cogedla! – gritó Siawn.
Dos de sus secuaces se apresuraron a asirla y
separarla de mí. Gritando, llorando, ella se debatió, pero ellos se la llevaron
a rastras.
Paladyr se arrodilló y cogió en brazos mi cuerpo.
Luego se puso en pie y me alzó en volandas.
–¡Seguidme! – vociferó Siawn Hy.
Se dio la vuelta y se dispuso a abandonar la
habitación; al pasar junto a un candelabro, cogió una de las antorchas.
En el vestíbulo se detuvo para dejar pasar delante
a Paladyr.
–Están aguardando a su rey -se mofó-. Se lo
llevaremos.
Paladyr me sacó del salón, atravesó el patio y se
dirigió hacia la puerta tras la que aguardaban mis guerreros. Tras él iban
Siawn y Tángwen, seguidos por Cynan y Goewyn, vigilados por sendos guardianes,
aunque en realidad Cynan había perdido su espíritu combativo y los centinelas
tenían que ayudar a Goewyn a mantenerse en pie. Tegid y los Cuervos caminaban
detrás con aire resuelto, pues habían recuperado algo de su dignidad y temple.
Cerraban la marcha Weston y sus mercenarios, temerosos e inseguros.
La procesión provocó un repentino alboroto entre
los guerreros que aguardaban junto a las murallas; pero al ver mi cuerpo sin
vida todos enmudecieron. Scatha hizo amago de echar a correr hacia su hija,
pero Siawn Hy gritó:
–¡Alto! ¡Que nadie se mueva!
Luego ordenó a Paladyr que dejara mi cuerpo en el
suelo, y blandiendo la antorcha, se colocó junto a mí.
–¡Aquí tenéis a vuestro joven rey! – vociferó a los
destrozados guerreros. –¡Siawn Hy! – gritó Scatha-. ¡Morirás por lo que has
hecho! Tú y tus
hombres.
Pero Siawn se echó a reír.
–¿Lo queréis? Os lo regalo. ¡Venid! ¡Lleváoslo!
Scatha y dos guerreros se acercaron despacio. Siawn
les permitió que lo hicieran y, cuando estaban cerca, sacó de su coraza de
bronce un frasco y vertió con premura su contenido sobre mi cuerpo. Luego,
cuando mis guerreros se hubieron detenido y tendían sus brazos para cogerme,
Siawn bajó la antorcha y la acercó al líquido que brillaba sobre mi piel.
Estalló una deslumbrante llamarada amarilla. El
calor fue instantáneo e intenso. El fuego se propagó por donde se había
extendido el líquido. Se me quemaron las ropas y después la carne.
Goewyn gritó y se debatió entre sus captores. Se
habría arrojado a las llamas, pero ellos se lo impidieron y la arrastraron
lejos de mí.
Siawn contempló con inmensa satisfacción cómo ardía
mi cuerpo. Había planeado largamente su venganza y estaba saboreando el momento
de su consumación. Cynan, mudo, inmóvil, no miraba las llamas sino a su
traidora esposa, que estaba junto a Siawn con aire altivo.
Las llamas consumieron mis ropas. Luego la piel de
la cara y del cuello comenzaron a apergaminarse y a humear. El fuego crepitaba
y silbaba a medida que prendía la grasa de mi carne. Ardieron mis cabellos, mi
siarc y mis breecs. Mi cinturón anudado con varias vueltas tardó más en
consumirse. Pero cuando las primeras capas de ropa hubieron ardido, aparecieron
tres bultos redondos.
Siawn, que estaba contemplando cómo ardía mi
cuerpo, vio los tres bultos y los miró con curiosidad. Una extraña luz iluminó
sus ojos al reconocer las piedras que Tegid me había dado para que las llevara
a Tir Aflan: tres Piedras Cantarinas, que brillaban como diminutas lunas con un
resplandeciente color blanco. Tres Piedras Cantarinas al alcance de su mano.
38
FUEGO RESPLANDECIENTE
Siawn Hy no pudo resistir la tentación. Desafiando
las llamas, acercó la mano al fuego y con la rapidez de una serpiente cogió una
de las tres piedras portadoras de la canción y la alzó con un grito de triunfo:
–¡Con esta piedra soy invencible!
La piedra, de color blanco lechoso, estaba caliente
y, mientras la sostenía en alto y su grito resonaba en el aire, se tornó
traslúcida como el hielo y se derritió en su mano. Siawn contempló asombrado
cómo el líquido se le escurría entre los dedos y se deslizaba por el brazo
alzado como si fuera agua.
Se inclinó para coger otra, desafiando de nuevo las
llamas. Sus dedos rebuscaron y cogieron la piedra; pero cuando iba a sacarla
del fuego, el líquido rocoso se inflamó. Las llamas envolvieron su mano y se
extendieron brazo arriba por el rastro de líquido que había dejado la primera
piedra.
Siawn se echó atrás sin soltar la segunda piedra y
se acercó la llameante mano a la cara. Con un deslumbrante relámpago, la piedra
estalló en su puño en miles de fragmentos de un purísimo color blanco, que se
esparcieron por doquier en una copiosa lluvia de fuego blanco.
Cada uno de los fragmentos se fundió y comenzó a
arder con maravillosa incandescencia.
La tercera piedra, que descansaba aún sobre mi
estómago, se fundió en un líquido que comenzó a fluir como miel de plata, como
agua reluciente. Rápidamente cubrió todo mi cuerpo y se desbordó a mi
alrededor. Fluía como un manantial, crecía y crecía, rezumaba de mi cuerpo y se
propagaba en esplendorosas oleadas. Y cuando la piedra derretida rozaba uno de
los flameantes fragmentos, ardía en llamas de resplandeciente blancura.
Los hombres se apartaron del fuego, algunos echaron
a correr. Pero no había escapatoria. Las llamas eran tan rápidas como
brillantes. Corrían avivadas por las ráfagas de su propio ardor y se
alimentaban con asombrosa velocidad, a medida que el fuego se propagaba y se
remontaba hacia el cielo. La hierba, la tierra y las peñas ardían. Incluso el
aire parecía quemarse como yesca. Nada se libraba, nada escapaba al devorador
fuego blanco.
Todos, tanto amigos como enemigos, cayeron ante las
insaciables llamas. Siawn, que era el que estaba más cerca, fue el primero en
sucumbir y se derrumbó en un informe amasijo. Tángwen se precipitó hacia él;
las llamas le prendieron en la túnica y el manto y sus cabellos se convirtieron
en una cortina de fuego. Al verlo, los guardias arrojaron sus armas y echaron a
correr, pero el fuego era más veloz que sus pies.
Cynan y Goewyn se vieron rodeados por las llamas.
Cynan, convertido en una tea de la cabeza a los pies, se precipitó hacia Goewyn
para protegerla, pero ella cayó al suelo antes de que él pudiera alcanzarla y
Cynan tras dar algunos pasos se desplomó también.
Bran y los Cuervos se vieron acorralados por el
fuego junto con Tegid y Gwion. Como tenían los pies encadenados no podían huir,
así que se encararon a las llamas impertérritos. No hicieron lo mismo sus
guardianes, que en su desesperación por huir tropezaban unos con otros. Pero el
fuego corría por el suelo como un relámpago y no tardó en alcanzarlos. Ellos
gritaron de pavor y agonía, pero el rugido del devastador fuego ahogó pronto
sus alaridos.
Las llamas se extendieron por doquier e inundaron
Tir Aflan en un diluvio de fuego, blanco como la plata, que consumía a su paso
todo lo que tocaba con vivas y brillantes llamas. Ardieron la hierba y las
peñas. Y mientras el incendio subía vertiginosamente hacia el cielo en
deslumbrantes llamaradas, incendiando incluso el aire, se oyó un sonido
semejante a un carillón. Era la voz del fuego purificador que repicaba clara y
límpidamente una canción, la Canción de Albión:
¡Gloria del sol! ¡Estrella rutilante de los cielos!
¡Luz de luz, Excelsa y Sagrada tierra, que resplandece con las bendiciones del
Sumo Dador! ¡Eterno don para la raza de Albión!
Arrastrado por las alas del viento, el fuego
purificador se extendió por el cielo, incendió las nubes y los tenebrosos
vapores y limpió el aire. El gris y el negro se tornaron reluciente azul, y
luego inmaculado blanco. La atmósfera brilló con una luz más brillante que la
de las estrellas, más esplendorosa y radiante que la del sol. La Canción resonó
en las alturas y se propagó por doquier:
¡Surcada por incontables ríos! Piélago de azules
aguas, playa de blancas olas, firmamento sacrosanto, exaltada por el poder del
Único, y bendecida por su paz. ¡Fuente de maravillas para los Descendientes de
Albión!
El fuego llegó a las costas y se extendió por el
mar. Arrastrado por las olas, se propagó en líquidas lenguas por el océano. El
mar comenzó a hervir, y pasó del túrgido verde al jade, y luego al color blanco
del oro acrisolado. Las aguas se convirtieron en llamas líquidas y el anchuroso
y deslumbrante mar se unió como una campana a la Canción, armonizando su
profundo tañido con las notas agudas de los cielos. Y la Canción se propagó por
doquier:
¡Deslumbrante con la pureza sin par de su verdor!
Hermosa como el esplendoroso destello de la esmeralda, resplandecen sus
profundas cañadas, brillan sus campos de labor.
¡Gema de incalculable valor para los Hijos de
Albión!
El deslumbrante fuego se extendió promontorio
abajo, como una imponente muralla de abrasadoras y relucientes llamas, y arrasó
los devastados valles de Tir Aflan extendiéndose por los páramos baldíos. El
repugnante poblado desapareció al primer contacto con las llamas; los obreros
de las minas, al ver que las llamas se precipitaban sobre ellos, se arrojaron a
las zanjas. Pero los dedos de las feroces llamas se introdujeron en los más
recónditos agujeros y los incendiaron propagándose por el barro, abrasando la
tierra y convirtiendo los peñascos de Cwm Gwaed en una columna de fuego. Y la
Canción se propagó por doquier:
¡Rica en picos coronados de nieve,
inconmensurablemente vasta!
¡Fortaleza de escarpadas montañas!
¡Elevadas alturas, oscurecidas por los bosques y
enrojecidas por veloces ciervos,
proclaman al viento el orgulloso esplendor de
Albión!
De las cimas de las montañas circundantes brotaron
coronas de llamas color blanco plata, que brillaban como titánicas almenaras.
Las montañas se convirtieron en volcanes; rocas y nieve, musgo y hielo
alimentaron el voraz fuego. Olas de calor se propagaron en todas direcciones.
La rocosa piel de las montañas se tornó vítrea y sus entrañas de piedra
ardieron con blanco fuego. Las llamas danzaban entre las estrellas. Y la
Canción se propagó por doquier:
¡Veloces caballos cruzan las praderas! ¡Gráciles
rebaños beben aguamiel en dorados ríos, retumban poderosos cascos, en
atronadora alabanza al Supremo Sabedor, fuente de alegría para el corazón de
Albión!
Dorado es el grano del Supremo Dador, generosa la
liberalidad de los fértiles campos. La tierra tiene el color rojo y oro de las
manzanas, la dulzura de los esplendorosos panales de miel. ¡Es un milagro de
abundancia para las tribus de Albión!
De plata es el tributo de las redes, numerosísimo
el tesoro de las felices aguas; salpicando de marrón las laderas lustrosos
rebaños sirven al Señor del Festín. ¡Una maravilla de abundancia para las mesas
de Albión!
Siguiendo el curso de ríos y arroyos, incendiando
las aguas,
propagándose por la Tierra Maldita con sus dedos de
fuego, las deslumbrantes llamas fluían avanzando tierra adentro hasta el
corazón de Tir Aflan, abrasando a su paso campos y prados. Las marismas
humeaban y luego ardían lentamente hasta convertirse en lagos de fuego. Juncos
y hierbas, tojos y troncos retorcidos, bosques enteros eran pasto de las
voraces llamas. El fuego purificador consumía la devastada tierra brizna a
brizna, rama a rama. Y la Canción se propagaba por doquier:
Hombres sabios, Bardos de la Verdad, audazmente
inflaman sus corazones con la Creación. ¡La sabiduría,
la clarividencia,
la gloria de la verdad pertenece a los hombres de
Albión!
¡Encendida en las llamas celestiales, fraguada
en el abrasador fuego del Amor,
inflamada de la pasión más pura,
abrasada en el corazón del Creador,
una esplendorosa bendición ilumina Albión!
Columnas de fuego de color blanco plata danzaban y
subían a los cielos ardiendo con la intensidad de cien mil soles, abrasando a
la vez la tierra y el firmamento y llenando la negra bóveda de la noche con
deslumbradora luz. Y la Canción se propagaba por doquier:
Nobles señores, de rodillas en señal de adoración,
hicieron votos perpetuos
de abrazar la causa de la misericordia, de honrar
eternamente al jefe de los jefes.
¡La vida más allá de la muerte fue prometida a los
Hijos de Albión! La dignidad real surgió de la infinita Virtud, forjada por la
Mano
Salvadora; con la osadía que nace de la Honradez,
con la valentía que nace de la Justicia, ¡una espada de honor para defender a
los Clanes de Albión!
Formada con los Nueve Elementos Sagrados, fraguada
por el Amor y la Luz del Señor, Gracia de las Gracias, Verdad de las Verdades,
llamada al Día de la Lucha, ¡Aird Righ reinará para siempre en Albión!
Nadie pudo prevalecer ante la ferocidad del fuego.
La frágil estructura humana se evaporó en el calor abrasador, la carne y los
huesos se disolvieron y sus moléculas se dispersaron en la ardiente atmósfera.
La Canción que Todo lo Armoniza se propagó por doquier en espirales de fuego
purificador.
Y todo cuanto tocó el fuego sagrado quedó
purificado, consumido, fundido, reducido a los elementos esenciales y luego
reducido a átomos. Y los liberados átomos se desintegraron, se fusionaron y
recombinaron en nuevos elementos. Desde el blanco corazón del fuego, vi cómo la
Mano Firme y Segura movía, reunía la informe materia y la moldeaba en nuevas
formas.
Sólo yo lo vi, y lo vi con el ojo del Verdadero
Aird Righ, del sagrado rey que eternamente se autosacrifica. Lo vi con el ojo
imperturbable del Sempiterno, que aviva el alma inconsciente y transforma la
muerte en vida. Fuera del derretido calor, vi que la maldita tierra de Tir
Aflan se refundía, se rehacía, renacía en el fuego.
Nada escapó a la irresistible voluntad del fuego
vivificador: las imperfecciones, la fealdad, la debilidad y la deformidad, la
fragilidad, las dolencias, la enfermedad, las deficiencias y los defectos, las
faltas y las flaquezas, las taras y las lesiones desaparecían, se limpiaban y
purificaban. Y cuando ya no quedó imperfección alguna, las llamas fueron
disminuyendo hasta apagarse. No podría decir si todo sucedió en eones o en un
abrir y cerrar de ojos. Pero cuando al fin se calmó el fuego, Tir Aflan había
sido consumida y sus elementos transmutados en una concepción más hermosa y
noble: habían sido recreados con una magnificencia opuesta a su anterior
degradación, como cuando se desecha una vieja prenda que no tiene arreglo y se
reemplaza por otra de incomparable esplendor. No se trataba, en efecto, de un
cambio, sino de una transformación; no se trataba de una conversión, sino de
una transfiguración.
Aquellos inmundos seres, putas, esclavos y
prisioneros -todos los desdichados pobladores de la Tierra Maldita- habían
desaparecido y sido reemplazados por hombres y mujeres de grácil prestancia.
Los campos y los bosques ya no estaban desiertos; animales de todas clases
-ciervos y ovejas, cerdos salvajes, jabalíes, zorros, nutrias, tejones,
conejos, ardillas y ratones, vacas, bueyes y caballos- poblaban prados y
cañadas, pacían en los senderos de caza y correteaban entre colinas y vegas;
truchas y salmones, lucios y percas jugueteaban en los lagos y arroyos; el
cielo de un azul intenso estaba lleno de pájaros y las copas de los árboles se
deleitaban con sus trinos; las abandonadas laderas, los páramos y los ventosos
brezales estaban cubiertos de flores de variadas formas y colores; los ríos
corrían límpidos y claros y las aguas eran puras y cristalinas.
Tir Aflan había dejado de existir y en su lugar
había aparecido Tir Gwyn. Tegid Tathal fue el primero en volver a la vida.
Abrió los ojos, se puso en
pie y miró a su alrededor. Scatha yacía cerca,
vestida con una túnica color verde acebo, un cinturón azul y un manto carmesí
orlado de verde y oro. Gwion estaba a los pies de Tegid y Bran junto a él; y en
torno a Bran, la Bandada de Cuervos tal como Tegid los recordaba, aunque ahora
llevaban mantos de azul noche y una torque de plata trenzada. Cynan yacía un
poco más allá con la mano tendida hacia Goewyn.
Todos, incluido Tegid, llevaban magníficas
vestiduras, de una calidad y un colorido hasta entonces desconocidos. Tegid,
Scatha, los Cuervos, todos los GwrGwir y sus prisioneros iban ataviados con
ropajes de espléndidos colores y ricos tejidos.
Las armas de los guerreros también habían cambiado.
El luminoso lustre del oro y el deslumbrante brillo de la plata resplandecían a
la luz de un alba tan límpida y clara como el primer día de la creación. Las
lanzas, tanto los astiles como las puntas, eran de oro y de oro eran también
las hojas y las empuñaduras de las espadas. Los bordes de los escudos, los
tachones y los anillos relucían con el brillo de la plata.
Tegid apartó sus atónitos ojos de los guerreros y
de sus armas. Alzó la mirada y contempló un radiante cielo, vivificado por una
vivida luz. Luego contempló la transfiguración de la Tierra Maldita, ahora de
una inefable belleza, y comenzó a entender lo que había sucedido.
Emocionado y tembloroso, se arrodilló junto a Bran
Bresal y lo tocó suavemente. El jefe de los Cuervos se despertó y el bardo lo
ayudó a ponerse en pie. Luego despertó a Scatha y a Cynan; y Bran despertó a
los Cuervos que ayudaron a Cynan y a Tegid a despertar a los GwrGwir.
Scatha, con corazón palpitante, corrió hacia su
hija y se arrodilló a su lado. Los cabellos de Goewyn, trenzados con flores
blancas y amarillas, resplandecían. Llevaba una túnica azul jacinto, un manto
color perla y una capa color alheña con bordados púrpuras. Scatha posó una mano
sobre la mejilla de su hija y le volvió la cabeza. Goewyn exhaló un profundo
suspiro y se despertó.
–¿Llew? – preguntó.
De pronto recordó lo sucedido y gritó:
–¡Llew!
Se puso en pie de un salto y corrió hacia mí. Mi
cuerpo estaba donde lo
había dejado Paladyr. Ataviado como un rey, con
siarc, cinturón, breecs y buskins de encendido color escarlata, yacía envuelto
en un manto también escarlata; el manto llevaba bordado en hilos de plata el
Môr Cylch, el Laberinto de la Vida.
Goewyn posó su helada mano en mi frente y después
me acarició la cara. Los ojos se le llenaron de lágrimas al sentir el helor de
mi carne sin vida. Scatha y Cynan acudieron a su lado; Bran y la Bandada de
Cuervos se reunieron alrededor. Cuando Tegid se unió al grupo, Goewyn alzó los
ojos arrasados en lágrimas.
–Oh, Tegid, pensé… -y rompió en sollozos.
–Está muerto, Goewyn -dijo Tegid con voz dulce,
arrodillándose a su lado.
Luego apoyó su mano en mi rígido pecho y añadió:
–No volverá.
–Mirad -exclamó Bran-, su mano de plata ha
desaparecido.
Alzaron mi mano y vi que, en efecto, mi mano de
plata había
desaparecido y el metal había sido reemplazado por
una mano de carne. Goewyn me cogió la mano, se la llevó a los labios y la besó;
luego la dejó sobre mi corazón.
–¿Dónde está Siawn Hy? – preguntó de pronto Cynan-.
¿Dónde están Tángwen y Paladyr?
En realidad, hasta aquel momento nadie había
pensado en buscarlos, ni tampoco, después de una infructuosa búsqueda, pudieron
dar con ellos. Los malvados se habían desvanecido, aunque no por completo.
–¡Venid! – exclamó Cynan, escrutando el lugar donde
habían visto a Siawn por última vez-. He encontrado algo.
Cuando los demás acudieron, estaba examinando una
pequeña y extraña mancha en el suelo.
–¿Qué es esto? – preguntó, señalando un montoncito
de polvillo.
Tegid se inclinó para examinarlo mejor.
–Es todo lo que queda de Siawn Hy -declaró al fin.
Lo mismo había ocurrido con Paladyr, Weston y los
secuaces de Siawn. El fuego purificador había quemado la escoria y no había
dejado nada tras su catarsis. Nada, excepto un puñado de cenizas blancas como
copos de nieve.
Cynan deseaba recogerlas y arrojarlas al mar, pero
Tegid lo hizo desistir de su idea.
–Déjalo -le aconsejó-. Que el viento se las lleve.
No habrá lugar de reposo para ellas.
–¿Qué ha sucedido? – preguntó Bran, tratando de
comprender el cambio que se había experimentado en ellos y en la tierra que los
rodeaba.
Por su boca hablaban otros muchos, especialmente
los desertores, que al seguirme a mí habían escapado al hado de su señor.
Totalmente transformados, miraban con mudo asombro sus nuevos cuerpos y el
mundo renacido en torno, incapaces de comprender su extraordinaria fortuna.
Tegid alzó el bastón de oro que había reemplazado
su vara de serbal. Luego, levantando la otra mano sobre su cabeza, se dirigió a
la atónita concurrencia:
–El fragor de la batalla será oído en las estrellas
del cielo y el Año Grande avanzará hacia su consumación final. Escuchad, Hijos
de Albión: la sangre nace de la sangre. La carne nace de la carne. Pero el
Espíritu nace del Espíritu y con el Espíritu permanece por siempre jamás. Antes
de que Albión sea Una, debe ser realizada la Heroica Hazaña y debe reinar Mano
de Plata.
Bajó el bastón y lo tendió sobre mi cuerpo.
–Así fue anunciado y así ha sucedido -continuó el
bardo-. El Año Grande ha terminado, el viejo mundo ha desaparecido y ha sido
creado otro nuevo.
Señaló mi cuerpo ataviado de carmesí y añadió:
–El Aird Righ de Albión ha muerto. La Heroica
Hazaña para la que fue elegido ha sido realizada. ¡Mirad en torno! Ha
conquistado Tir Aflan y la ha colocado bajo su soberanía. Así pues, todos los
territorios están ahora unidos bajo un solo rey: desde este día Albión es Una.
Este es el Reino de Mano de Plata. La profecía se ha cumplido.
Regresaron a través de las montañas ahora
transformadas: eran resplandecientes gigantes coronados de plata que sostenían
sobre sus hermosos hombros la bóveda celeste. Nubes blancas adornaban con
regios ropajes las laderas; relucientes arroyos recorrían los valles con sus
onduladas risas, y cascadas arropadas en neblina irisaban las alturas. La
carretera había desaparecido; en su lugar, un herboso sendero serpenteaba entre
los picachos y los unía a los valles.
Regresaron a través de los páramos, transformados
en vastas praderas salpicadas de árboles y de primaverales y relucientes
lagunas.
Rebaños de ciervos y de ovejas salvajes pacían por
doquier; los pájaros surcaban el cielo en alegres bandadas o lanzaban sus
trinos a un cielo tan azul
y hermoso que cortaba la respiración…
Regresaron a través de colinas y valles, ahora
renovados: suaves terraplenes subían hasta hermosas cimas y luego descendían en
umbrías y solitarias cañadas. El verdor de colinas y cañadas era tan variado
como los tonos de la dorada luz que jugaba en los oteros moteados de nubes…
Regresaron a través del bosque ahora renacido:
imponentes columnas de magníficos troncos se alzaban hacia una abovedada arcada
de miles de ramas que se extendían bajo un hermoso dosel de hojas; era un
verdadero santuario de la naturaleza, iluminado por una suave y difusa luz.
Durante el día, el herboso sendero estaba alumbrado por una interminable
sucesión de haces dibujados por los rayos del sol. Por la noche, la luna y las
estrellas derramaban su plata sobre redondos troncos y gráciles ramas, adornando
las hojas con un intrincado dibujo…
Regresaron siguiendo el río, que era ahora un
hermoso cauce de generosa corriente y vastos meandros que transcurría sonoro y
armonioso. Cisnes, ánsares y otras aves acuáticas anidaban entre los bancales
de junco; los peces ganduleaban en los umbrosos bajíos y saltaban en los
límpidos rápidos bañados por el sol…
Regresaron a través de un mundo renacido: más
hermoso que el más fervoroso ensueño de belleza de un corazón enamorado, más
grácil que el deleite, más alegre que la esperanza. Regresaron a través de Tir
Gwyn transportando mi cuerpo, hasta la playa donde aguardaban los veloces
barcos de pulidos cascos. Y luego regresaron a través de las olas coronadas de
espuma de un mar de asombroso color y claridad.
A través de aquel luminoso y siempre cambiante
firmamento de líquida luz me llevaron a Albión. Y aunque el viaje se prolongó
muchas jornadas, mi cuerpo no mostró la menor señal de corrupción. Parecía como
si estuviera dormido, aunque la respiración no agitaba mi pecho y mi corazón
estaba rígido y frío.
Mi cuerpo yacía en un féretro hecho con los escudos
de plata de los GwrGwir atados a astiles de lanza dorados. Me cubría mi manto
escarlata y Goewyn permanecía siempre junto a mí, a pie o a caballo. Cuando el
séquito se detenía para pasar la noche, ella dormía siempre a mi lado.
Al llegar a Albión, transportaron mi cuerpo a
través de aquellas tierras conocidas y familiares, pero transmutadas sin
embargo en una copia aún más perfecta. Albión, en efecto, se había transformado
en una maravilla que
colmaba el alma de deleite y de asombro, como si su
anterior belleza no hubiera sido sino un pobre reflejo de la realidad. El
esplendor de Albión era ahora más puro y hermoso que las notas de un arpa, más
exquisito que la música, de modo que los corazones de todos cantaban al
contemplarlo.
Llevaron mi cuerpo a través de Caledon, por colinas
y llanuras; luego ascendieron por Druim Vran y llegaron a Dinas Dwr donde
aguardaba el rey Calbha y mi pueblo. Al enterarse de mi muerte, la gente lloró
con sincero y desconsolado dolor. Los huesos de Alun Tringad fueron enterrados
en el dolmen que se alzaba en el Montículo del Héroe, a los pies de Druim Vran.
La cabeza del profesor Nettles fue también enterrada allí. Mi cuerpo, sin
embargo, fue colocado en el salón del rey en espera de que se celebrara el
funeral, pues Tegid había dispuesto que debía ser enterrado en una tumba que él
mismo iba a construir. Entretanto, yací en mi dorado catafalco en el salón del
rey, y Goewyn, inconsolable, permaneció a mi lado día y noche mientras se
disponía el gorsedd.
Un anochecer, Tegid entró en el salón y se
arrodilló junto a Goewyn, que pasaba la noche, igual que otras muchas, sentada
en el trono de asta junto a mi cuerpo sin vida.
–Ha llegado el momento de la despedida, Goewyn -le
dijo el bardo. –¿Despedida? Jamás lo abandonaré -replicó ella con una voz que
la pena
convertía en un susurro.
–No quiero decir que tengas que olvidarlo -la calmó
Tegid-. Pero ha llegado la hora de que Llew emprenda su viaje. Sólo tú lo
retienes aquí.
–¿Que sólo yo lo retengo aquí? – preguntó Goewyn-
Pues lo retendré siempre y él siempre permanecerá aquí a mi lado -añadió,
cogiendo mi helada mano entre las suyas.
–No -le dijo Tegid cariñosamente-. Deja que se
vaya. Es un error impedírselo.
La cogió por los hombros y la miró fijamente,
obligándola a mirarlo. –Goewyn, escúchame. Todo está como debe estar. Llew nos
fue enviado
con una misión y esa misión ha sido cumplida. Ha
llegado el momento de dejar que continúe su viaje.
–No puedo -gimió Goewyn abrumada por el dolor-. ¡Me
quedaré sola! –Si no dejas que se vaya, tu amor te hará enfermar; te quitará la
vida y la
de tu hijo -replicó Tegid con firmeza.
Los ojos de Goewyn se llenaron de lágrimas;
escondió el rostro entre las
manos y rompió a llorar.
–Oh, Tegid -exclamó, mientras las lágrimas caían
por sus mejillas-. ¡Es tan doloroso!
–Lo sé -repuso él con ternura-. Es un dolor difícil
de curar.
–No sé qué hacer -sollozó ella.
–Te diré lo que debes hacer -repuso el sabio bardo
abrazándola-. Darás a luz al niño que él te ha regalado, amarás a ese hijo y lo
educarás en su memoria. Ahora ven conmigo, Goewyn -añadió, cogiéndola de la
mano.
Goewyn se levantó y tras dirigirme una amorosa
mirada salió con Tegid. Scatha y la Bandada de Cuervos aguardaban a la puerta
del salón. Tan pronto como salieron Tegid y Goewyn, los Cuervos entraron y se
acercaron al féretro. Cargaron a hombros la litera de escudos y astiles y la
sacaron fuera; luego la transportaron a través del crannog hasta un bote, y
atravesaron el lago hasta la otra orilla donde aguardaba Cynan con caballos y
un carro. Tres corceles, uno rojo, otro blanco y un tercero negro, tiraban del
carro; las pezuñas de los caballos y las ruedas del carro estaban cubiertas con
crespones negros. Junto a Cynan, que portaba un escudo y una lanza también
enlutados, estaba el rey Calbha; y detrás, con antorchas apagadas, se había
congregado todo el pueblo de Dinas Dwr.
El cuerpo fue colocado en el carro y la procesión
recorrió lentamente la orilla del lago hasta el lugar donde Tegid había erigido
el Túmulo del Héroe, dentro del sagrado bosquecillo destinado a sus mabinogi.
Al subir ladera arriba hacia el bosquecillo, el séquito pasó junto al molino
que en mi ausencia habían acabado de construir el rey Calbha y Huel, el maestro
de obras. Al pasar junto a él, yo lo bendije para que funcionara bien.
El cortejo penetró en el umbrío soto, que
proyectaba su sombra bajo un cielo de un esplendoroso crepúsculo azul. El
gorsedd había sido erigido en el centro del soto: era una cámara subterránea de
piedra, cubierta de tierra y hierba y rodeada por un anillo de esbeltos
abedules plateados. Alguien había dejado un escudo junto al cairn, y al entrar
en el soto oí el graznido de un cuervo. Una sombra veloz cruzó el cielo y un
pájaro enorme de negras y brillantes plumas se posó en el reborde del escudo.
Creo que Alun había enviado un mensajero para que me dijera adiós.
El féretro dorado fue dejado a los pies del túmulo
ante la silenciosa multitud. El Bardo Supremo, de pie junto al cadáver, se
cubrió la cabeza con un pliegue de su manto.
Luego, alzando encima de mí la vara de oro, dijo:
-Esta noche enterramos a nuestro rey. Esta noche despedimos a nuestro hermano y
amigo; un amigo que hizo por nosotros lo que nosotros no podíamos hacer solos.
Vivió poco tiempo entre nosotros, pero, como Meldryn Mawr, que ostentó antes
que él la soberanía, Llew preservó la Canción de Albión. Su vida fue la vida de
la Canción, y la Canción reclamó la vida que tan brevemente le había otorgado.
El rey ha muerto, asesinado de la forma más vil y odiosa. Se enfrentó
gustosamente a la muerte para salvar la vida de su esposa y la de sus amigos,
por cuya libertad luchó y triunfó. Que jamás sea dicho que ambicionó la gloria;
que todos recuerden que se humilló a sí mismo y rompió su geas para poder
capitanear la expedición a Tir Aflan. Y gracias a que él no se aferró a su
rango, la felicidad y el bienestar reinan en este mundo, porque con su muerte
restauró la Canción de Albión. ¡Escucha, oh Albión! El Año Grande ha terminado,
comienza un ciclo nuevo. La Canción ya no tendrá que mantenerse escondida; ya
no necesitará que el Phantarch y los reyes la protejan, porque ahora la Canción
está en el corazón y en el alma de todas las mujeres y de todos los hombres, y
todos los hombres y las mujeres serán sus protectores.
Tegid Tathal, penderwydd de Albión, bajó la mano y
añadió: -Ha llegado el momento de despedir a nuestro hermano para que siga su
camino.
Encendió un pequeño fuego y prendió una antorcha.
El fuego fue pasando de una tea a otra hasta que todas brillaron como
estrellas, en el soto sumido en las tinieblas de la noche. Luego ordenó a los
Cuervos que alzaran de nuevo el féretro. Drustwn, Emyr, Niall y Garanaw, con
Bran junto a mi cabeza, se dispusieron a transportar mi cuerpo en torno al soto
siguiendo la órbita del sol. Detrás iba Tegid, con Scatha a su derecha y Cynan
a su izquierda, seguidos por Goewyn y por todo el pueblo de Dinas Dwr. Mientras
caminaban, todos comenzaron a cantar.
Yo estaba con ellos en el soto. Veía el resplandor
de las antorchas iluminando sus caras surcadas de lágrimas. Oía cómo sus voces
se elevaban al principio suavemente y después con más ímpetu a medida que daban
rienda suelta al dolor que los abrumaba. Goewyn también cantaba, con la cabeza
erguida y los ojos preñados de lágrimas que le iban bañando las mejillas y el
cuello.
Yo sentí el peso de su dolor y me acerqué a ella:
«Goewyn, amada mía, vivirás para siempre en mi alma -le susurré al oído-,
esposa mía, el más
sincero de los corazones, tu dolor cesará algún
día».
Tegid condujo la procesión fúnebre en torno al
túmulo…, luego dio una segunda vuelta… y una tercera. Tras haber completado el
tercer círculo, la gente se dispuso en una doble hilera y todos alzaron las
antorchas, formando así el Aryant Ol, el Camino Radiante, por el que el cuerpo
de un rey es conducido hasta su descanso eterno. Y, en la hora-entre-horas, mi
cuerpo fue llevado a su tumba.
Los Cuervos, imponentes y solemnes, con el féretro
sobre los hombros, comenzaron a avanzar con lentos y medidos pasos hacia el
túmulo a través del Camino Radiante. Tegid, con Goewyn y Cynan detrás, alzó la
antorcha y los tres, siguiendo el Camino Radiante, entraron en el cairn detrás
de los Cuervos. Colocaron el féretro sobre un jergón en el centro de la cámara
y uno tras otro se fueron despidiendo de mí, arrodillándose junto al cuerpo y
llevándose el dorso de la mano a la frente en un último saludo.
Finalmente, sólo se quedaron Cynan, Goewyn y Tegid.
Cynan, con los ojos llenos de lágrimas, se llevó las manos a la garganta y se
quitó la torque de oro; la depositó sobre mi pecho y dijo:
–Adiós, hermano. Que en el lugar a donde vas
encuentres lo que buscas y no lo que no buscas.
Se le quebró la voz y se dio la vuelta frotándose
los ojos con los nudillos. Goewyn, con los ojos brillantes a la luz de las
antorchas se inclinó y me
besó en la frente.
–Adiós, amado mío -dijo con voz temblorosa y baja-,
mi corazón te acompañará dondequiera que vayas.
Tegid tendió su antorcha a Cynan y cogió la bolsa
de cuero que le colgaba al cinto. Sacó un puñado de Nawglan, el Sagrado Nueve,
y lo depositó en la palma de su mano izquierda. Untando la yema de su dedo
índice en el polvillo, trazó una línea vertical sobre mi frente. Luego presionó
de nuevo la yema en el Nawglan y trazó una segunda y una tercera línea a ambos
lados de la primera, ligeramente inclinadas. De este modo, con las cenizas del
Sagrado Nueve, dibujó sobre mi helada frente el gogyren, los tres Rayos de la
Verdad.
–Adiós, Llew, Mano de Plata. Que te vaya bien en tu
viaje -dijo el bardo. Luego clavó la antorcha a la cabecera del féretro y se
dio la vuelta
saliendo de la tumba con Cynan y Goewyn.
Los Cuervos, que aguardaban fuera, procedieron a
sellar la entrada con
piedras. Vi, desde dentro, cómo la puerta del cairn
se iba haciendo más pequeña, piedra a piedra. Vi los rostros de los que tanto
había querido: Scatha, la majestuosa, valiente y hermosa Pen-y-Cat; Bran
Bresal, el jefe de los Cuervos, el impávido señor de la batalla; la bandada de
Cuervos: Drustwn, Emyr Laidaw, Garanaw Brazo Largo y Niall, incondicionales
compañeros, hombres en quienes se podía confiar en cualquier circunstancia; el
rey Calbha, mi generoso aliado; Cynan, fiel hermano de armas y leal amigo; Goewyn,
la más hermosa entre las hermosas, mi esposa y amante, que estaría para siempre
junto a mi corazón; y Tegid, el sabio penderwydd, el Bardo Supremo de Albión,
el amigo más fiel, cuyo amor me allanaba el viaje más allá de la muerte.
Vi cómo mi pueblo se iba pasando las piedras de
mano en mano por el Aryant Ol para sellar mi tumba. Y entonces oí la voz de
Tegid, clara y potente, que entonaba una canción que reconocí al instante como
un canto de satisfacción. Mientras paseaba sus dedos por las cuerdas del arpa,
el bardo cantaba:
En la escarpada senda de nuestro común destino, te
rogamos: hazla fácil o difícil para nuestra carne, hazla luminosa u oscura para
los que la seguimos, hazla dura o suave bajo nuestros pies; concede, Sumo
Sabedor, tu maravillosa protección, a nuestro regio amigo, para que no caiga ni
se extravíe en el error.
En el abrigo de este bosquecillo, sé su consuelo y
su guía, Aird Righ, por la autoridad de los Doce: el Viento de tormentas y
galernas, el Trueno de tempestuosas olas, el Rayo del resplandeciente sol, el
Oso de siete batallas, el Águila del escarpado risco, el Jabalí del bosque, el
Salmón del estanque, el Lago de la cañada, el Brezo de la colina, la Fuerza del
guerrero, la Palabra del poeta, el Fuego del pensamiento sabio.
¿Quién sostiene el gorsedd, si no Tú? ¿Quién cuenta
las eras del mundo, si no Tú? ¿Quién gobierna la Rueda del Cielo, si no Tú?
¿Quién despierta la vida en el útero, si no Tú? Por tanto, Dios de Todas las
Virtudes y Poderes, purifícalo y protégelo con tu Mano Firme y Segura,
condúcelo en paz hasta el final de su viaje.
La abertura del cairn ya era poco más que una
grieta en la piedra. Luego taparon también aquel pequeño resquicio y me quedé
solo. La voz de Tegid ante la sellada tumba fue lo último que oí.
–Morir en un mundo es nacer en otro -declaró ante
el pueblo de Dinas Dwr-. Que todos lo sepan y lo recuerden.
El chisporroteo de la antorcha llenaba la tumba,
pero poco a poco fue disminuyendo a medida que la tea se apagaba. La llama
acabó por morir dejando un rojizo resplandor que también se desvaneció. Luego
las tinieblas me reclamaron.
No sé cuánto tiempo estuve sumido en la silenciosa
oscuridad. De pronto oí un sonido parecido al del viento entre las ramas, un
chasquido, un crujido, un susurro. Me di la vuelta y vi detrás de mí, como a
través de una puerta entre sombras, la turbia silueta de una colina color
violeta pálido, que se recortaba sobre el azul grisáceo del alba.
Instintivamente me acerqué para ver mejor.
En el momento en que di el primer paso, oí un
estruendo y me pareció como si estuviera descendiendo por un largo y estrecho
pasillo. Y de pronto sentí una ráfaga de aire, una inmensa y abrumadora oleada
que se cernía sobre y en torno a mí, como un océano de aire. En aquel preciso
instante, la colina de color violeta pálido se emborronó y desapareció.
Adelanté un pie en el oscuro sendero y luego otro.
El viento rugía a mi alrededor con el estruendo de un océano. Con el vacío a
ambos lados y el abismo a mis pies fui avanzando paso a paso por aquel puente
estrecho como el filo de una espada. Oía en el rugido del viento el inquietante
eco de tenebrosas fuerzas que se deslizaban y chocaban en el abismo tétrico e
insondable. Todo a mi alrededor era oscuridad -la más profunda e intensa- y
abrumador silencio.
Y de pronto se alzó un espantoso vendaval que
aullaba por doquier y me impelía violentamente hacia delante. Me parecía como
si me estuvieran despellejando y arrancándome la carne de los huesos. La cabeza
comenzó a latirme dolorosamente; no podía respirar. Me dolían los pulmones y el
corazón me palpitaba agitadamente.
Sin hacer caso al dolor, alcé un pie y di otro
paso. Pero el pie se posó en el vacío y caí. Eché las manos para protegerme en
la ciega caída; mis palmas encontraron una suave y sólida superficie y caí de
bruces sobre la nieve, fuera del cairn, a la luz gris del alba.
–¿Llew…?
Era la voz de Goewyn.
39
EL NUDO SIN FIN
Alcé la cabeza y miré a mi alrededor buscándola. El
esfuerzo desencadenó en mi interior algo y mis pulmones se llenaron de aire
frío. Era un aire rudo y agudo; quemaba como fuego, pero no podía dejar de
inhalarlo. Respiraba ansiosamente, como si cada aspiración pudiera ser la
última. Los ojos me lloraban y los brazos y las piernas comenzaron a temblarme.
El corazón me palpitaba y la cabeza vibraba al ritmo de los latidos. Cerré los
ojos y procuré dominar la desbocada carrera de mi corazón.
–Lew… -dijo de nuevo la misma voz con acento
preocupado.
Sentí una mano en el hombro; ella estaba junto a
mí.
–¿Goewyn? – levanté la mirada y vislumbré un mechón
de cabellos rojizos… No era Goewyn, sino su hermana, la banfáith de Albión-.
¡Gwenllian!
–¿Lew… Lewis?
Enfoqué la vista poco a poco y vislumbré un rostro.
–Gwenllian, yo…
–Soy Susannah, Lewis. ¿Te encuentras bien?
De algún rincón de mi mente afloró un vago
recuerdo.
–¿Susannah?
–Sí, deja que te ayude.
Me pasó los brazos y me ayudó a incorporarme.
–Estás helado -dijo-. ¿Qué ha sido de tus ropas?
Bajé los ojos y vi que estaba completamente
desnudo, de pie sobre unos tres centímetros de nieve. El viento soplaba entre
las ramas de los árboles despojadas de hojas, y me encontraba junto a la
estrecha puerta de un cairn en forma de colmena, tambaleante y atontado
mientras oleadas de desesperación rompían sobre mí arrastrándome, ahogándome.
–Ponte esto o te morirás de frío -me dijo Susannah,
colocándome su abrigo sobre los hombros-. He venido en coche; está en la
carretera, en la colina. Nettles no me dijo que tenía que traer ropa, pero
tengo unas mantas. ¿Puedes andar?
Abrí la boca pero no pude articular palabra.
Probablemente no había palabras para expresar lo que sentía. Así que me limité
a asentir con la cabeza. Susannah me cogió por los hombros, hizo que le pasara
un brazo en torno al cuello y comenzó a llevarme lejos del cairn. Caminamos
entre la larga hierba, colina arriba, hasta llegar a una cancilla que estaba
abierta. Un utilitario verde aguardaba en la carretera con las ventanas
cubiertas de vaho.
Susannah me condujo hasta la puerta del copiloto y
la abrió.
–Espera un momento -me dijo-. Te traeré una manta.
Yo contemplé fijamente el mundo al que acababa de
llegar tratando de averiguar lo que me había ocurrido, mientras sentía en el
vacío de mi corazón una tristeza tan intensa que me producía dolor.
Susannah extendió una manta sobre el asiento y
luego me tapó con otra tras quitarme su abrigo. Me ayudó a entrar en el coche y
cerró la puerta. Después se instaló en el asiento del conductor y dio al
contacto. El motor gimió, pero acabó por ponerse en marcha. Luego encendió al
máximo la calefacción y el ventilador.
–Tardará un minuto en calentarse -dijo.
Asentí y miré por el empañado cristal delantero.
Reuní cuanta energía pude y pregunté:
–¿Dónde estamos?
Las palabras sonaron desmañadas y torpes; sentía la
lengua como si fuera un trozo de madera.
–Sabe Dios -oí que contestaba ella por encima del
rugido del ventilador-.
En algún lugar de Escocia. No muy lejos de Peebles.
El aire caliente del ventilador fue aclarando un
poco el cristal delantero y Susannah acabó de limpiarlo con el dorso de la
mano. Aceleró y salió a la carretera.
–No te preocupes por nada -me dijo-. Recuéstate y
descansa. Si tienes hambre, hay bocadillos y café en el termo. Afortunadamente
hoy es fiesta y habrá poco tráfico.
Viajamos todo el día y sólo nos detuvimos un par de
veces a repostar gasolina. Yo veía cómo el paisaje desfilaba por las
ventanillas, sin decir palabra. Susannah carraspeaba de vez en cuando y me
miraba de reojo como si tuviera miedo de que yo pudiera desaparecer; pero
mantuvo la boca cerrada y no me atosigó a preguntas, cosa que le agradecí
infinitamente.
Era ya muy tarde cuando llegamos a Oxford; yo
estaba exhausto por el viaje. Arropado entre las mantas, contemplaba atontado
las luces de la ciudad desde el cinturón de circunvalación y me sentía
totalmente derrotado. ¿Cómo había podido ocurrirme todo aquello a mí? ¿Qué
significaba?
No sabía dónde ir. Pero Susannah lo había preparado
todo. Condujo el coche por solitarias calles y se detuvo al fin en algún lugar
del centro de Oxford que parecía una madriguera de conejos. Me ayudó a bajar
del coche y
vi que nos
habíamos parado junto a una puerta baja. En una placa de latón se leía: D. M.
Campbell, Profesor. Susannah sacó del bolsillo un llavero, introdujo en la
cerradura una llave y le dio la vuelta.
La puerta se abrió; ella pasó delante y encendió
las luces. En cuanto entré en la habitación, la reconocí. ¿Cuánto tiempo había
transcurrido desde la última vez que había estado allí?
–El profesor Nettleton me dijo que te las diera
-dijo Susannah, poniéndome en las manos las llaves-. No está aquí… -comenzó a
decir, pero se interrumpió y añadió-… pero supongo que ya lo sabes.
–Sí -repuse.
Sospechaba que Nettles jamás regresaría; pero ¿por
qué había vuelto yo? ¿Por qué yo? ¿Y por qué a aquel lugar?
–Bueno -dijo ella escrutando con sus oscuros ojos
mi rostro, como si esperara ver alguna señal de interés-, hay comida en la
despensa y leche en la nevera. No sabía quién o cuántos comensales vendrían,
así que hay un poco de todo. Pero si necesitas algo más, aquí te dejo mi número
de teléfono y… –Gracias -dije interrumpiéndola-. Estoy seguro de… Está bien
-añadí
incapaz de articular más palabras.
Ella me miraba con curiosidad, ardiendo en deseos
de hacerme preguntas. Pero se limitó a dirigirse hacia la puerta.
–Bueno… -murmuró, posando la mano en la manecilla y
abriéndola. Vaciló unos instantes, esperando que yo la detuviera-. Nos veremos
mañana - añadió.
–Por favor, no hace falta que te molestes -balbucí
yo, pues mi lengua se resistía a utilizar mi antiguo idioma.
–No es molestia -se apresuró a responder Susannah-.
Adiós. Y salió sin darme tiempo a hacerla desistir.
No podría asegurar cuánto tiempo estuve en pie,
arropado en la manta. Permanecí escuchando los escandalosos ruidos de Oxford,
que la pesada puerta de madera y los gruesos muros de la casa del profesor no
podían acallar. Me sentía entumecido por dentro, vacío, hueco. No dejaba de
pensar: Estoy muerto y estoy en el infierno.
En cierto momento debí de dejarme caer en uno de
los sillones de Nettles, atiborrados de papeles, porque oí la puerta y al abrir
los ojos vi que Susannah entraba en la habitación cargada de paquetes y bolsas.
Trataba de no hacer ruido porque creía que dormía. Pero al volverse para dejar
los paquetes sobre
la mesa me vio sentado en el sillón.
–¡Oh! Buenos días -exclamó.
Su sonrisa era alegre y cariñosa. Tenía las
mejillas arreboladas por el frío y se frotaba las manos para entrar en calor.
–No me digas que has pasado la noche en ese sillón.
–Supongo que sí -repuse lentamente.
Me resultaba difícil escoger las palabras y la
lengua se me trababa. –Yo me he levantado al alba -declaró ella con orgullo-.
Te he comprado
ropa.
–Susannah -repuse yo-, no tenías por qué hacerlo.
Realmente yo… –No hay problema -dijo, entrando en la cocina como Pedro por su
casa-.
Prepararé algo para desayunar y después te enseñaré
lo que he comprado. Ya me darás luego las gracias.
Me quedé sentado sin fuerzas ni voluntad para
levantarme. Susannah reapareció poco después y comenzó a rebuscar entre los
paquetes.
–Muy bien -dijo sacando algo azul de una bolsa-,
cierra los ojos. Yo la miré. ¿Por qué estaba haciendo todo aquello? ¿Por qué no
me
dejaba en paz? ¿Es que no veía que estaba
destrozado?
–¿Qué ocurre, Lewis? – me preguntó.
–No puedo.
–¿Qué es lo que no puedes?
–No puedo soportarlo, Susannah -exclamé-. ¿No lo
entiendes?
Claro que no lo entendía. ¿Cómo habría podido?
¿Cómo alguien iba a entender ni siquiera la más insignificante y pequeña parte
de lo que yo había vivido? ¡Había sido rey de Albión! Había librado batallas y
matado a enemigos, y además yo mismo había sido muerto. Sólo que en lugar de ir
al otro mundo había regresado al que había dejado. Todo lo que yo había hecho y
experimentado no significaba nada.
–Lo siento -dijo Susannah con sinceridad-. Sólo
intentaba ayudarte añadió mordiéndose el labio.
–No es culpa tuya -le dije-. No tiene nada que ver
contigo.
Se acercó y se arrodilló junto al sillón.
–Quiero entenderlo, Lewis. De verdad. Sé que tiene
que ser muy difícil.
Como no le contesté siguió hablando.
–Nettles me contó un montón de cosas sobre lo que
estaba ocurriendo. Al principio no le creí. Todavía no estoy segura de haberle
creído. Pero me dijo
que buscara algunas cosas… Señales de los Tiempos,
las llamaba él; y me dijo que si las veía, debía ir a aquel lugar a esperar a
que apareciera alguien. Incluso me dio un mapa.
Se quedó pensativa unos instantes y añadió:
–No tenía la menor idea de que serías tú quien
aparecería. Guardamos silencio un buen rato. Ella esperaba que yo le dijera
algo. –Escucha -me decidí al fin-. Te agradezco lo que has hecho. Pero ahora
necesito… -casi sudaba con el esfuerzo de hablar-…
necesito cierto tiempo para poner las cosas en orden.
Me dirigió una mirada ofendida y se levantó.
–Lo comprendo. Pero sólo pretendo ayudar.
Hizo una pausa y desvió la mirada. Cuando volvió a
mirarme me dirigió una sonrisa un tanto triste.
–Te dejaré solo por ahora. Pero llámame luego, ¿de
acuerdo? ¿Me lo prometes?
Asentí arrellanándome en el cómodo sillón, y
también en mi tristeza y dolor. Ella se marchó.
Pero a la mañana siguiente regresó muy pronto. Me
echó una ojeada a mí y a la habitación y rápida como un cohete encendió la luz.
–Levántate, Lewis. Vas a venir conmigo.
Yo había perdido toda mi voluntad y la suya parecía
más que suficiente para los dos, así que la obedecí. Hurgó entre los paquetes
que seguían sobre la mesa tal como los había dejado y me puso en la mano unos
calzoncillos.
–Toma. Para empezar.
Yo me puse en pie arropado todavía en la manta que
me colgaba de los hombros como una capa.
–¿Qué pretendes?
–Tienes que salir -replicó, tajante, Susannah-. Es
domingo. Iremos a la iglesia.
–No quiero ir.
Ella se encogió de hombros, cogió una camisa y me
la probó por encima ladeando la cabeza.
–Póntela -me ordenó.
Me vistió con ruda eficiencia: pantalones,
calcetines, zapatos y cinturón; luego me contempló complacida del resultado.
–Podrías afeitarte -observó frunciendo el
entrecejo-. Pero lo dejaremos
para más tarde. ¿Listo?
–No voy a salir contigo, Susannah.
Ella sonrió con afectación y me cogió del brazo.
Sus manos estaban calientes.
–¡Claro que sí! No voy a dejarte aquí
languideciendo todo el santo día como un buitre moribundo. Después de ir a la
iglesia, te permitiré que me invites a comer.
–Sé lo que tratas de hacer, Susannah. Pero no
quiero salir.
La iglesia estaba repleta. En todo el tiempo que
había vivido en Oxford jamás había visto un oficio tan concurrido. Había al
menos mil personas. La gente se amontonaba en los bancos y se alineaba en los
vastos alféizares de la iglesia. Habían colocado sillas en la parte de atrás
cubriendo todos los espacios. Los reclinatorios habían sido retirados y
colocados en las naves laterales para acomodar más gente. Como todas aquellas
medidas resultaron insuficientes, habían abierto las puertas para que los asistentes
pudieran escuchar desde la calle.
–¿Qué ocurre? – pregunté atónito ante aquel
tumulto-. ¿Qué es todo esto? –Una iglesia -dijo Susannah asombrada ante mi
pregunta.
El oficio transcurría para mí como entre una
neblina. No podía concentrarme más que durante dos o tres segundos. Mi mente,
mi corazón, mi alma, mi vida, estaban en Albión; estaba muerto para el mundo.
Estaba bloqueado y no podría regresar jamás.
Susannah me dio un codazo. Miré a mi alrededor.
Todos se habían arrodillado y el pastor, o el sacerdote, o lo que fuera,
sostenía en alto una rebanada de pan y decía:
–Éste es mi cuerpo sacrificado por vosotros…
Yo escuchaba las palabras, las había escuchado
antes muchas otras veces; había crecido escuchándolas, y jamás les había
dedicado un pensamiento fuera de los muros de la iglesia.
Éste es mi cuerpo sacrificado por vosotros…
Palabras plenas de sentido, palabras que se
remontaban siglos y siglos atrás. Palabras que explicaban lo que me había
sucedido a mí. Como una estrella que estalla en la helada bóveda del espacio,
su significado estalló en mi cerebro. ¡Sabía, sabía muy bien, lo que querían
decir!
Me sentí débil y aturdido; la cabeza me daba
vueltas. Me invadió un rapto de alegría tan grande que temí desmayarme. Miré
las caras que me rodeaban,
transfiguradas de devoción. ¡Sí, sí! No eran los
mismos; habían cambiado. Naturalmente que habían cambiado. ¿Cómo habrían podido
no hacerlo?
Albión había sido transformada y este mundo tampoco
seguía siendo el mismo de antes. Aunque no de una forma manifiesta, había
sobrevenido en él un gran cambio. Y lo podría encontrar escondido en millones
de lugares: actuando con la sutileza y el sigilo de la levadura, invisible y
desconocido, pero alterándolo todo de forma generosa, poderosa y radical.
Sabía, como sabía el significado de las eucarísticas palabras, que el
renacimiento de Albión y la renovación de este mundo eran lo mismo. La Hazaña
Heroica había sido realizada.
El resto del oficio pasó en un suspiro. Mi mente
funcionaba febrilmente; ansiaba salir y me precipité fuera de la iglesia tan
pronto como fue dada la bendición. Susannah me agarró del brazo y me sujetó.
–¡Qué impaciente! Al menos podrías haber simulado
que prestabas atención.
–Lo siento, pero es que…
–Nunca en mi vida me he sentido tan avergonzada.
Realmente. Lewis, eres…
–¡Susannah!
Se detuvo. La cogí por los hombros y la obligué a
mirarme de frente. –Escucha, Susannah. Tengo que hablar contigo. Ahora mismo.
Es muy
importante.
Tras empezar a hablar, las palabras se atropellaron
en mi boca como un vertiginoso huracán.
–Antes no lo entendía. Pero ahora lo veo muy claro.
¡Es increíble! Ya sé qué ocurrió. Ya sé lo que ocurre por doquier. Es…
–¿Qué es eso que ocurre por doquier? – preguntó
ella, apretándome el brazo y mirándome con desconfianza.
–¡Yo fui rey de Albión! – exclamé- ¿Sabes lo que
significa eso, Susannah? ¿Tienes idea de lo que significa?
Unas cuantas cabezas se volvieron a mirarnos.
Susannah me miró alarmada y se mordió el labio.
–Mira -dije tratando de explicarme de otra manera-,
¿te importaría que no fuéramos a ningún sitio? Podríamos volver a casa de
Nettles a charlar. Tengo que contárselo a alguien. ¿Quieres?
Con evidente alivio, Susannah sonrió y se colgó de
mi brazo.
–Me encantaría. Encargaré comida y podrás
contármelo todo. Regresamos a casa charlando y seguimos hablando durante la
comida. Yo
me llevaba los bocados a la boca, pero no los
saboreaba. Ardía con la certeza de la verdad que acababa de vislumbrar. Me
había tragado el sol y ahora el sol me rezumaba por todos los poros y vísceras.
Hablaba como un descosido, llenando las horas con palabras y más palabras, sin
acertar a describir los más nimios detalles de cuanto había experimentado.
Susannah escuchaba con atención y después de comer
sugirió que fuéramos a dar un paseo por el río para poder mantenerse despejada
y seguir escuchándome. Paseamos hasta que el sol comenzó a ponerse en un
hermoso crepúsculo de primavera. El cielo resplandecía de azul, nubes rojizas y
doradas se deslizaban sobre colinas color esmeralda y campos de esplendoroso
verdor. Parejas y familias deambulaban plácidamente por el sendero y los cisnes
surcaban el río como plumíferos galeones. Mirara a donde mirase sólo veía paz y
tranquilidad… era un verdadero día del Señor.
–Tenías razón -dijo ella, cuando al fin me quedé
sin aliento-. Es increíble. Quedaba mucho, muchísimo por contar, pero me dolía
la mandíbula y
tenía seca la garganta.
–Simplemente increíble -repitió acercándose a mí y
apoyando la cabeza en mi hombro mientras emprendíamos el camino de regreso.
–Sí. Lo es. Pero tú eres la única persona que lo
sabrá.
Ella se detuvo y me miró.
–Pero tienes que decírselo a la gente, Lewis. Es de
una importancia crucial.
Abrí la boca para objetar, pero ella adivinó mi
intención. –Compréndelo, Lewis -insistió-. No puedes guardarte para ti una cosa
semejante. Debes contársela a los demás…, es tu
deber. Sólo pensar en los periódicos me aterrorizaba. Periodistas
persiguiéndome con micrófonos y cámaras,
televisiones, radio… un desfile interminable de escépticos, chiflados y
bravucones incrédulos… Jamás.
–¿Quién podría creerme? – pregunté desesperanzado-
Si se lo digo a alguien más, sería como comprar un billete de ida al manicomio.
–Quizás -asintió ella- Pero en realidad no sería
necesario que lo contaras. –¿No?
–Podrías simplemente escribirlo. Sabes cómo
manejarte con el teclado - observó Susannah muy satisfecha de su idea-. Podrías
quedarte a vivir en la
casa de Nettles y yo te ayudaría. Podríamos hacerlo
entre los dos. Arqueó las cejas en señal de desafío y sonrió maliciosamente.
–Venga ya, ¿qué te parece?
Así fue como me encontré sentado ante el escritorio
de Nettles, con una desvencijada máquina de escribir y un montón de hojas en
blanco, mientras Susannah trasteaba en la cocina preparando té y bocadillos.
Coloqué una hoja de papel en la máquina y extendí las manos sobre el teclado.
No se me ocurrió nada. ¿Por dónde empezar a contar
semejante historia? Paseé la mirada por el escritorio y vi la esquina de un
pedacito de papel
con unos trazos de colores. Lo cogí. Era un dibujo
celta, el que el profesor Nettles me había enseñado hacía mucho tiempo. Miré
fijamente el mareante y vertiginoso dibujo: dos líneas entretejidas que
simbolizaban el equilibrio de todos los elementos girando para siempre en
perfecta armonía. El Nudo Sin Fin.
Al momento las palabras empezaron a fluir y yo
comencé a teclear:
Todo empezó con el uro…
GLOSARIO
Aird Righ: en céltico significa «Soberano Rey».
Annwn o Uffern: el submundo de la mitología
céltica, los infiernos, donde reinaban los dioses malignos, los dioses de la
muerte y de la noche que, según dicha mitología, llegaron a Irlanda antes que
los Tuatha De Danann, los dioses de la luz y de la vida, porque el mal precede
al bien, del mismo modo que la noche precede al día.
ap: palabra celta que significa «hijo de».
Aryant Ol: ritual mortuorio en que los celtas
forman dos hileras e iluminan con antorchas el camino del rey difunto hasta su
tumba.
awen: espíritu que anima la sabiduría del bardo.
banfáith: profetisa. Las banfáith escrutaban el
futuro y hablaban al pueblo en nombre del Dagda.
banfilidh: mujer filidh, arpista.
beahn sidhe o banshee: habitantes del Otro Mundo.
Beltane: antigua fiesta celta; el primero de mayo,
según el calendario cristiano.
bodhran: instrumento celta, parecido al tambor.
brandub: juego de habilidad y azar.
breecs: prenda de vestir celta; una especie de
pantalones.
brehon: uno de los grados de la dignidad de bardo;
eran la mano derecha de los Bardos Supremos.
buskin (s): calzado utilizado por los celtas.
caer: en céltico significa «plaza fuerte» o «pueblo
amurallado». Esta palabra ha dado lugar a muchos topónimos galeses; por
ejemplo, Cardiff. cairn: montón de piedras levantado en el suelo a modo de
señal. Podía
indicar el emplazamiento de una tumba, un lugar de
reunión o simplemente un lugar sagrado.
carynx: instrumento celta, parecido a la trompeta.
cawganog: una de las dos subdivisiones del rango de
mabinog.
crannog: construcción hecha sobre la superficie del
agua.
cruinos: tribu celta.
cupanog: una de las dos subdivisiones del rango de
mabinog.
curragh: pequeña embarcación con casco de cuero.
Dagda: es el dios supremo de la mitología celta; su
nombre significa «buen dios». Era el jefe de los Tuatha De Danann, los dioses
del día, de la luz y de la vida; de ellos emanaba la ciencia de los druidas.
deosil: término celta que significaba «la órbita
del sol».
derwydd (i): una de las muchas formas celtas de
designar a los druidas, «derw» significa en galés «roble», y la mayoría de los
druidas acostumbraban llevar una vara de esa madera, símbolo de su rango.
dyn dythri: para los celtas, habitante del Otro
Mundo.
filidh: aprendiz de druida; eran además consumados
arpistas y hábiles contadores de historias.
fidchell: juego de habilidad y azar.
geas: voto que compromete al rey con su pueblo. En
el caso de Mano de Plata el geas lo obliga a no abandonar Albión; por eso debe
romperlo y por tanto renunciar a la soberanía, para marcharse a Tir Aflan.
goidélico: dialecto céltico. Los dialectos célticos
se dividen en tres grupos: el celta continental, representado por el galo; el
británico, hablado en Gran Bretaña y del que surgieron el actual galés, el
desaparecido córnico y el bretón armoricano, llevado a Bretaña por colonos
británicos; por último, el gaélico o goidélico, constituido por el irlandés, el
gaélico de Escocia y el manx o dialecto de la isla de Man.
gorsedd: asamblea de bardos.
gwyddbwyll: juego de estrategia parecido al ajedrez
o a las damas.
gwyddon: bardo experto en agricultura y ganadería;
tenía además conocimientos de medicina.
gyd: nombre que en céltico designaba a la
primavera.
hurley: juego parecido al hockey, que aún se
practica en Irlanda.
isla de Iona: es la isla de Hy, en el canal de San
Jorge, entre Escocia e Irlanda; en ella se han hallado numerosos vestigios del
arte celta.
llwyddios: tribu celta.
llys: en céltico significaba «corte» y por
extensión designaba a la asamblea reunida y presidida por el rey para
administrar justicia.
mabinog (i): alumno o aprendiz de bardo. De esta
palabra celta deriva el término «Mabinogion», con el que se denominan los
relatos legendarios en prosa y en lengua galesa antigua recopilados en dos
manuscritos: El libro blanco de Rydderch (s. XIII) y El libro rojo de Hergest
(principios del s. XIV). Algunas de sus historias se conservan
fragmentariamente en manuscritos más antiguos (s. XI). La sustancia de las
leyendas, transmitidas oralmente y modificadas a lo largo de los siglos, se
remonta a la época de decadencia del mundo celta en Gran Bretaña, es decir, a
los siglos VI y VII.
maffar: verano.
mertanos: tribu celta.
naud: en céltico significaba «derecho de asilo».
ogam: nombre derivado del de un personaje de las
leyendas irlandesas llamado Ogam, autor mítico del alfabeto secreto de los
bardos. El ogam es la más antigua escritura céltica conocida; fue inventada en
Irlanda y empleada en Escocia, Gales e Inglaterra por emigrados irlandeses. Las
letras están formadas por caracteres más o menos largos, colocados encima,
debajo o transversalmente a una línea de base. Se han hallado unas trescientas
inscripciones en escritura ogam, la mayor parte en Irlanda; las más antiguas
datan del siglo IV.
omphalos: piedra de forma redondeada y cónica que
se encontraba en el templo de Apolo en Delfos. La leyenda suponía que indicaba
el centro de la Tierra. Por analogía, se ha designado con este nombre a
cualquier lugar de confluencias sobrenaturales que tuviera forma cónica, como
las colinas y los montículos.
penderwydd: autoridad religiosa superior entre los
bardos; Sumo Druida, Bardo Supremo.
Phantarch: Patriarca Supremo de los bardos de
Albión; estaba por encima del grado de penderwydd; protegía y conservaba la
Canción de Albión, símbolo de la esencia céltica.
rhylla: nombre que en céltico designaba al otoño.
Samhein: una de las fechas más importantes del
calendario celta, que coincide más o menos con el primero de noviembre del
calendario cristiano. Los celtas creían que durante la noche de la víspera del
Samhein, el mundo de los dioses se hacía visible a los mortales; de ahí que se
desarrollaran portentos y desgracias.
san Columbán: en irlandés Columkill; religioso
irlandés, el más célebre de los santos irlandeses después de san Patricio.
Príncipe de la familia real de Tircornaill, abrazó el estado monacal y fundó el
monasterio de Derry; recibió del rey de Dalriada la isla de Iona y fundó allí
un nuevo monasterio que llegó a ser el gran foco misionero y cultural de la
cristiandad irlandesa.
siarc: prenda de vestir celta; una especie de
camisa.
sollen: nombre que en céltico designaba al
invierno.
taithchwant: en céltico significaba «pasión
irreprimible de marchar a recorrer y ver mundo» o también «nostalgia del
hogar».
ta'n coeth: planta seca que los celtas empleaban
para encender la hoguera.
Ta'n n'Right: Fuego del Rey, rito en el que se
confiere la dignidad real a un pretendiente.
Taran Tafod: lenguaje secreto de los bardos.
vedeios: tribu celta.
ynys: en lengua celta significa «isla».
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