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Libro N° 9581. La Cancion De Albión 02. La Mano De Plata. Lawhead, Stephen R.

Guillermo Molina Miranda diciembre 30, 2025

 



 

© Libro N° 9581. La Cancion De Albión 02. La Mano De Plata. Lawhead, Stephen R. Emancipación. Febrero 12 de 2022.


Título original: ©  La Cancion De Albión 02. La Mano De Plata. Stephen R. Lawhead

 

Versión Original: © La Cancion De Albión 02. La Mano De Plata. Stephen R. Lawhead

 

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La Cancion De Albión 02

LA MANO DE PLATA

Stephen R. Lawhead

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Cancion De Albión 02

LA MANO DE PLATA

Stephen R. Lawhead 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La cancion de Albión 02 - La mano de plata

 

Sobrecubierta

 

 

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La cancion de Albión 02 - La mano de plata

Sobrecubierta

Stephen R. Lawhead

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escucha, oh Hijo de Albión, las palabras proféticas:

 

Laméntate y entristécete, porque el dolor asuela Albión en tres frentes. El Rey de Oro tropezará en su reino con la Roca de la Contienda. El Gusano de ardiente aliento reclamará el trono de Prydain; Llogres se quedará sin señor, pero Caledon se salvará. La Bandada de Cuervos acudirá en tropel a sus umbrías cañadas, y el graznido será su canción.

 

Cuando la luz de los derwyddi se apague y la sangre de los bardos reclame justicia, los Cuervos extenderán sus alas sobre el bosque sagrado y el montículo sacrosanto. Bajo las alas de los Cuervos se instalará un trono. Sobre ese trono, un rey con una mano de plata.

En el Día de la Lucha, las raíces y las ramas se intercambiarán los lugares, y el fenómeno será considerado una maravilla. El sol se apagará como el ámbar, la luna esconderá su faz: la abominación contaminará la tierra. Los cuatro vientos se pelearán entre ellos con ráfagas terribles; el estruendo se oirá hasta en las estrellas. El Polvo de los Antepasados se alzará hasta las nubes; la esencia de Albión se dispersará y desgarrará en la lucha de los vientos.

 

El mar se levantará con potentes voces. No habrá ningún puerto seguro. Arianrhod duerme en su promontorio rodeado por el mar. Aunque muchos la busquen, no la encontrarán. Aunque muchos la llamen, ella no los oirá. Sólo el beso casto la devolverá a su lugar.

 

Entonces surgirá el Gigante de la Maldad y aterrorizará a todos con el hábil filo de su espada. Sus ojos vomitarán fuego; sus labios gotearán veneno. Con su enorme hueste asolará la isla. Todos los que se le enfrenten serán barridos por el río de perversidad que fluye de su mano. La Isla de la Fuerza se convertirá en una tumba.

 

Todo esto va a sobrevenir por obra del Hombre Cínico, que, montado en su corcel de bronce, siembra un infortunio tan grande como calamitoso. ¡Alzaos, hombres de Gwir! ¡Empuñad las armas y enfrentaos a los hombres malvados que hay entre vosotros! El fragor de la batalla será oído en las estrellas del cielo, y el Año Grande avanzará hacia su consumación final.

 

Escucha, Hijo de Albión: la sangre nace de la sangre. La carne nace de la carne. Pero el espíritu nace del Espíritu y con él permanece por siempre jamás. Antes de que Albión sea una, debe ser realizada la Heroica Hazaña y debe reinar Mano de Plata.

 

Banfáith de Ynys Sci

 

1

 

PÁJARO DE MAL AGÜERO

 

Transportamos el cadáver de Meldryn Mawr desde la escarpada fortaleza de Findargad para sepultarlo en la Colina de los Reyes. Tres caballos tiraban de la carreta: uno rojo y otro blanco arrastraban el féretro, y un tercero de color negro los precedía. Yo iba a pie junto al caballo negro, conduciendo el cuerpo del poderoso rey hacia su tumba.

 

Seis guerreros caminaban a ambos lados del féretro. Los cascos de los caballos y las ruedas de la carreta estaban envueltos en trapos, y también las lanzas y los escudos de los guerreros. Los llwyddios cerraban la marcha; hombres, mujeres y niños portaban antorchas apagadas.

 

Desde tiempos inmemoriales se celebran de esta forma los funerales de los reyes. Las ruedas y los cascos se envuelven en trapos para que el féretro desfile en solemne silencio; las armas se cubren y las antorchas no se encienden para que nadie pueda contemplar el paso del cortejo fúnebre. El sigilo y el silencio impiden que la tumba pueda ser descubierta y profanada por los enemigos.

 

Mientras la noche cubría el cielo con su manto de estrellas, llegamos a Glyn Du, una estrecha vaguada tributaria del valle del río Modornn. El cortejo fúnebre se internó en la sombría cañada y avanzó siguiendo la tranquila y oscura corriente del arroyo. La profunda vaguada estaba aún más oscura que el cielo, todavía teñido con la luz azulada del crepúsculo. El montículo mortuorio se elevaba en la cima de la colina como una mole de espesa lobreguez.

 

Al pie de Cnoc Righ, la Colina de los Reyes, dispuse una pequeña fogata para encender las antorchas. La gente se distribuyó en dos hileras a ambos lados del sendero que conducía colina arriba hasta la entrada del cairn, y la llama fue pasando de antorcha en antorcha. Es el rito de Aryant Ol, el iluminado pasillo por el que es conducido un rey hasta su tumba. Cuando el pueblo se hubo congregado comencé el ritual fúnebre con estas palabras:

 

–La espada que llevaba al cinto era una muralla alta y fuerte contra la que se estrellaban los enemigos. Ahora se ha quebrado.

 

»La torques que sostenía en mi mano era un faro de clarividente ecuanimidad, una almenara de justicia cuyo fulgor se veía desde la colina más lejana. Ahora se ha apagado.

 

»El escudo que llevaba al hombro era el sostén de los héroes y una fuente de abundancia en el palacio del honor. Ahora se ha resquebrajado, y la mano que lo sostenía está inerte y fría.

»El pálido cadáver pronto yacerá bajo la tierra y las piedras azules. ¡Ay de mí!, el rey ha muerto.

 

»El pálido cadáver pronto yacerá entre la tierra y el roble. ¡Ay de mí!, el Caudillo de Clanes ha sido asesinado.

 

»El pálido cadáver pronto yacerá en su tumba bajo la yerba. ¡Ay de mí!, el jefe de Prydain se reunirá con sus hermanos en el Montículo de los Héroes.

 

»¡Hombres de Prydain! Echaos de bruces sobre la tierra porque la aflicción ha caído sobre vosotros. ¡El Día de la Lucha ha amanecido! Grande es la pena, agudo el dolor. Ya no se entonarán en la tierra alegres canciones; sólo plañideros lamentos. Llorad amargamente. El Pilar de Prydain se ha roto en pedazos. El Palacio de las Tribus ya no tiene tejado.El Águila de Findargad ha muerto. El jabalí de Sycharth ya no está entre nosotros. El Soberano Señor, el Rey de Oro, Meldryn, ha sido asesinado. ¡El Día de la Lucha ha amanecido!

 

»Amargo es el día del nacimiento porque la muerte será su compañera. Sin embargo, aunque la vida sea despiadada y cruel, nos queda un último consuelo, porque morir en un mundo es nacer en otro. ¡Que todos los hombres que me escuchan lo recuerden!

 

Tras pronunciar estas palabras, me volví hacia los guerreros que flanqueaban el féretro y les hice una seña. Los caballos fueron desenganchados, la carreta fue levantada, y le quitaron las ruedas. Después los guerreros alzaron el féretro y se encaminaron despacio hacia el cairn, entre la doble hilera de antorchas que iluminaban el sendero hacia la tumba.

 

Cuando el féretro hubo pasado ante mí, ocupé mi puesto tras él y comencé a entonar el Lamento por el Paladín Caído; cantaba suave y lentamente, haciendo que las palabras cayeran como lágrimas en el silencio de la cañada. A diferencia de otros lamentos fúnebres, éste se canta sin acompañamiento de arpa y es entonado por el jefe de los bardos; aunque yo jamás lo había cantado, lo conocía muy bien.

 

Es una canción emocionante, llena de amargura y cólera porque la vida del paladín ha sido segada prematuramente y su pueblo se ha visto privado de su valor y de la segura protección de su escudo. A medida que cantaba, mi voz sonaba más potente y firme, colmando la noche de un descarnado y

 

violento dolor. Es una canción en la que no tiene cabida el consuelo: canta la frialdad de la tumba, la obscenidad de la putrefacción y el vacío e inutilidad de la muerte. Canté la pérdida de nuestro rey y la dolorosa soledad del sufrimiento, pronunciando las palabras como si las desgarrara con los dientes.

 

La gente lloraba, y yo también, mientras colina arriba, entre las hileras luminosas del Aryant Ol, nos acercábamos lentamente al cairn. Acabé la canción; la última nota se convirtió en un agudo y salvaje grito. Los pulmones me quemaban, me ardía la garganta, y pensé que mi corazón se abrasaría con el esfuerzo. El desgarrado grito resonó y se prolongó en el aire, para desvanecerse luego tras alcanzar el tono más agudo. Su eco retumbó en las laderas de Glyn Du y voló hacia la estrellada bóveda celeste como una lanza dirigida al mismísimo corazón de la noche.

 

Los guerreros que transportaban el féretro se detuvieron al oírlo. Los abandonaron las fuerzas, y el féretro se tambaleó. Por un momento temí que fueran a dejarlo caer, pero se sobrepusieron, se irguieron y alzaron otra vez el féretro. Fue un momento terrible, espantoso, que expresó con más elocuencia que mi lamento la angustia y la aflicción por la pérdida sufrida.

 

Los porteadores se detuvieron a la entrada del cairn para dejar pasar primero a dos hombres con antorchas. Luego entraron el féretro; yo los seguí. En el interior del cairn fúnebre había varias hileras de nichos, pequeñas cámaras tapadas con escudos que contenían los restos de los reyes de Prydain.

 

El cuerpo de Meldryn Mawr fue depositado en el centro del cairn, en su féretro. Los guerreros saludaron a su rey llevándose el dorso de la mano a la frente para rendirle el último tributo, y salieron de la tumba. Yo me quedé un poco más contemplando el rostro del soberano a quien tanto había amado y servido. Un rostro blanco como la ceniza, con las mejillas y los ojos hundidos, y la frente con la palidez de la muerte, pero altiva y hermosa. Incluso muerto el semblante de Meldryn Mawr expresaba nobleza.

 

Paseé la mirada por los escudos de los reyes enterrados en los nichos del cairn reyes de tiempos pasados, soberanos de renombre que se habían sucedido en el trono de Prydain. Ahora Meldryn Mawr, el Rey de Oro, había dejado vacante ese trono. ¿Quién merecía ocupar su lugar?

 

Fui el último en abandonar la tumba y dejar el cuerpo del rey sumido en su largo sueño. Un día, cuando los servidores de la muerte hubieran acabado su trabajo, regresaría para reunir sus restos y colocarlos en uno de los nichos.

 

Di mi último adiós a Meldryn Mawr y salí del cairn. Mientras descendía por el iluminado pasillo del Aryant Ol, entoné el Lamento de la Reina.

 

Enseguida las melodiosas voces de las mujeres se unieron a la mía. Es una canción que eleva y consuela el espíritu y, al cantarla, me convertí, no sólo de nombre sino también de hecho, en el Bardo Supremo de mi clan. En efecto, mientras cantaba, me di cuenta de que la vida de la canción arraigaba en mi pueblo, y de que éste sacaba fuerza y sostén de su belleza. Comprendí que revivían con la canción, y no pude menos que pensar. «Esta noche he empuñado la vara de Ollathir y me he hecho merecedor de ella. Me he hecho merecedor de ser el bardo de un gran pueblo. Pero ¿quién es merecedor de ser nuestro rey?».

 

Contemplé los rostros de los reunidos en las laderas de Cnoc Righ y me pregunté quién de ellos podría llevar la torques que Meldryn Mawr acababa de abandonar. ¿Quién podría llevar en su frente la corona de hojas de roble? Entre nosotros había hombres buenos, inteligentes y valerosos, capitanes que podían acaudillarnos en la guerra…, pero un rey es mucho más que un caudillo.

 

«¿Quién merece ser rey? – pensé-. Ollathir, mi guía y maestro, ¿qué harías tú en mi lugar? Aconséjame, viejo amigo, como tantas veces hiciste. Dale a tu filidh el regalo de tu clarividente sabiduría. Deseo seguir tu consejo, sabio maestro. Muéstrame el camino que tú escogerías…»

 

Pero Ollathir había muerto, como tantos otros orgullosos hijos de Prydain, y su voz era sólo un eco que se desvanecía en el recuerdo. Desgraciadamente su awen había desaparecido de este mundo, y yo debía encontrar solo mi camino. «Muy bien -me dije, dispuesto a asumir mi papel-. Soy un bardo y puedo hacer todo lo que un verdadero bardo puede hacer.»

 

Me cubrí la cabeza con el manto y alcé mi vara.

 

–Hijo de Tegvan, hijo de Teithi, hijo de Talaryant, bardo y descendiente de bardos; soy Tegid Tathal. ¡Escuchadme!

 

Hablé con energía, consciente de que había quienes habrían preferido que permaneciera en silencio.

 

–Soy el más desvalido de todos los hombres porque el rey que me apoyó ha sido perversamente asesinado. Meldryn Mawr ha muerto. Y yo sólo veo ante mí muerte y oscuridad. Nos han robado a nuestro resplandeciente sol. Nuestro rey yace yerto y frío en su tumba, y la traición ha usurpado el lugar del honor. ¡Ha llegado el Día de la Lucha! Que todos los hombres busquen

 

protección en el filo de su espada. La Guerra del Paraíso ha comenzado; el estrépito de la batalla se oirá en la tierra mientras Lludd y Nudd luchan uno contra otro por el trono de Albión.

–¡Pájaro de mal agüero! – exclamó Meldron abriéndose paso entre la multitud.

 

Se había puesto las vestiduras de su padre: siarc, breecs y buskins de color carmesí orlados de oro. Llevaba el puñal de oro de Meldryn Mawr y también su cinturón de discos de oro, finos como las escamas de un pez. Y, por si eso no bastara, se había atado en la nuca sus leonados cabellos para que todos vieran en su garganta la torques de oro del rey.

 

Mis palabras habían dado en el blanco. Meldron ardía de cólera. Tenía la mandíbula alzada en gesto desafiante, y los ojos le brillaban como chispas de pedernal a la luz de las antorchas. Siawn Hy, el paladín de Meldron, con rostro bronceado y sereno, se mantenía a la diestra de su señor.

 

–¡Tejid está trastornado! ¡No le hagáis caso! – gritó Meldron-. No sabe lo que dice.

 

Los llwyddios murmuraron confusos, y Meldron se encaró conmigo. –¿Por qué te comportas así, bardo? ¿Por qué te empeñas en asustar a

 

todos? Ya nos agobian suficientes preocupaciones para que encima tengamos que prestar oídos a tus insensateces.

 

–Ya veo que estás muy atareado -repliqué mirándolo de frente-. Atareado en robar el cinturón y la torques de Meldryn Mawr. Pero no creas que por ponerte las vestiduras de tu padre vas a ocupar su lugar.

–¡Nadie puede hablar en ese tono al rey, bardo! – me espetó Siawn Hy acercándose amenazadoramente-. Retén tu lengua o la perderás.

 

–No es un bardo -intervino Meldron-. ¡No es más que un pájaro de mal agüero!

 

Luego soltó una sonora carcajada y me apartó de un empujón.

 

–Sigue tu camino, Tegid Tathal. Estoy harto de que metas las narices en todo. No te queremos aquí, ni a ti ni a tu malévola lengua. Ya no te necesitamos.

 

Siawn Hy esbozó una sonrisa.

 

–Al parecer, ya no eres útil al rey, bardo. Quizá tus servicios sean mejor recibidos en cualquier otra parte.

 

Me invadió una llamarada de cólera.

 

–Meldron no es el rey -le recordé-. Sólo yo poseo la dignidad real; a mí

 

me corresponde otorgarla a quien yo escoja.

 

–Y yo tengo en mi poder las Piedras Cantarinas -bramó Meldron-.

 

Ningún hombre puede prevalecer sobre mí.

 

Su exabrupto levantó murmullos de aprobación entre los hombres que lo rodeaban. Vi claramente que se las había apañado para embaucar a sus seguidores y para utilizar en su beneficio la inspirada y valiente hazaña de Llew. Se había adueñado de las piedras que encerraban la Canción y había hecho de ellas un talismán de poder.

 

–Te equivocas al cifrar en esas piedras tu valor -le dije-. La Canción de Albión no es un arma arrojadiza.

 

Siawn Hy desenvainó la espada, que brilló como un rayo a la luz de las antorchas. Se acercó a mí y apoyó la punta de la hoja en mi garganta.

 

–Tenemos otras armas -silbó echándome el aliento a la cara.

 

Fue una amenaza imprudente y temeraria. La gente se agitó intranquila sin saber qué partido tomar. Atacar a un bardo ante su pueblo sólo podía desencadenar un enorme desastre. Pero Meldron los había intimidado con su férrea autoridad, respaldado por Siawn Hy y por la Manada de Lobos. Ya no sabían ni a quién creer ni en quién confiar.

 

Contemplé a Siawn Hy con gélido desprecio.

 

–Mátame ahora -lo desafié-. Porque Meldron jamás será rey. Siawn aumentó la presión de la espada sobre mi garganta. Sentí que

 

concentraba todas sus fuerzas en la punta del arma, y noté la frialdad del arma sobre mi carne. Agarré mi vara disponiéndome a usarla contra él.

 

Entonces surgió un grito de la multitud.

 

–¡Mirad!

 

Luego otro:

 

–¡El cairn!

 

Los ojos de Siawn Hy se desviaron para mirar el montículo fúnebre. Su expresión malévola se tornó en asombro y dejó caer la espada.

 

Miré hacia la cima de la colina. A la luz de las antorchas vi que algo se movía dentro del cairn. Pensé que era un espejismo producido por el pestañeo de una llama o el humo de una antorcha. Estaba a punto de desviar la mirada cuando de nuevo vislumbré algo…, algo que surgía de allí, que se movía en la oscuridad…

 

Ante los ojos de todos apareció la figura de un hombre que salía del cairn.

 

Una mujer gritó:

 

–¡Es el rey!

 

–¡El rey! – coreó el pueblo-. ¡El rey está vivo!

 

Un estremecimiento de miedo y asombro conmovió a la multitud.

 

Por un momento creí que el rey había resucitado a la vida. Pero enseguida deseché tal idea. Meldryn Mawr no podía volver al mundo de los vivos.

 

El hombre se alejó del montículo fúnebre y con paso firme comenzó a descender por la Colina de los Reyes hacia donde estábamos nosotros. Vislumbré en su dedo el fulgor áureo del anillo del paladín del rey.

 

–¡Llew! – exclamé-. ¡Es Llew! ¡Llew ha regresado!

 

El nombre de Llew se expandió como una ola entre la multitud congregada.

 

–Llew…, es Llew… ¿Lo veis? ¡Llew!

 

Era cierto; el viajero del Otro Mundo había regresado. Los llwyddios leabrían paso formando un luminoso pasillo de antorchas. Él no miraba ni a derecha ni a izquierda; seguía descendiendo por la ladera de la colina con andar decidido.

 

Al contemplarlo, comprendí por qué su aparición infundía en la gente asombro y ánimo a la vez. Lo aclamaban, tendían las manos para tocarlo, alzaban las antorchas ante él.

 

–¡Llew! ¡Llew! – gritaban; su nombre afloraba con facilidad pasmosa a los labios de todos.

 

Vi cómo descendía por la Colina de los Reyes flanqueado por la luz de las antorchas y me dije a mí mismo: «Quizá la Mano Segura y Certera ha elegido este bastidor para abordar el nombre de un rey».

2

 

EL REGRESO DEL HÉROE

 

–Bienvenido, hermano.

 

Lo saludé cuando Llew se detuvo ante mí. Lo hubiera abrazado como a un familiar, pero la expresión de su rostro y de su mirada revelaba tan espantosa determinación que me abstuve de hacerlo.

 

–Me alegro de verte -añadí.

 

No respondió a mi saludo, sino que se encaró a Siawn Hy.

 

–Todo ha terminado -dijo con voz pausada, pero tono muy enérgico-.

 

Aparta esa espada. Volvemos a casa.

 

Siawn Hy se puso tenso. La espada que blandía pasó con rápido

 

movimiento de mi garganta a la de Llew; pero Llew agarró la desnuda hoja con una mano y la apartó violentamente.

 

–¡Prendedlo! – gritó Meldron empuñando su cuchillo.

 

Una docena de lanzas se abalanzaron hacia Llew. Pero las puntas de las lanzas, todavía envueltas en trapos, temblequeaban vacilantes. Los guerreros de la Manada de Lobos de Meldron se habían apresurado a obedecer al príncipe, pero era evidente que les resultaba incómodo amenazar al paladín del rey. La multitud se agitó inquieta; se oyeron algunos gritos de desafío a la orden de Meldron. Aunque el pueblo no entendía lo que estaba ocurriendo, era obvio que les desagradaba.

 

–¡Llew! – exclamé apartando las amenazadoras lanzas con mi vara-. ¡Bienvenido, Llew! – Alcé la vara y me dirigí a la multitud-. ¡Nuestro paladín ha regresado! ¡Dadle todos la bienvenida!

 

Los llwyddios prorrumpieron en vítores al oír mis palabras. Llew dirigió su mirada a la muchedumbre, que nos rodeaba con las antorchas en alto y expresión anhelante. De pronto se me ocurrió que Llew no tenía ni la menor idea de la impresión que había producido su repentina aparición: el paladín de Meldryn había surgido del Montículo de los Héroes. Un rey había cruzado el oscuro umbral de la muerte, pero un hombre de carne y hueso había aparecido misteriosa e inexplicablemente ante los ojos de todos: un héroe del Otro Mundo se equiparaba así al rey que acabábamos de enterrar.

 

Antes de que Meldron pudiera reaccionar, levanté las manos para imponer silencio y dije:

 

–El rey está muerto, hermano, pero tú vives. Tu regreso al lado de tu pueblo es motivo de regocijo.

 

La gente expresó ruidosamente su aquiescencia. Meldron frunció el entrecejo al darse cuenta de que acababa de perder protagonismo. Había sobrestimado su poder y había subestimado la devoción que el pueblo sentía por Llew.

 

Al punto trató de recuperar el terreno perdido.

 

–¿Qué pretendes al aparecer entre nosotros de esta manera? preguntó.

 

–He venido a rendir homenaje al rey -contestó con calma Llew.

 

Sus ojos se clavaron un instante en el príncipe para volver a encararse enseguida con Siawn Hy. Entre ambos pasaba algo que se me escapaba. Vi que Siawn se encendía de cólera y que el rostro de Llew se ensombrecía de nuevo revelando una determinada resolución.

 

–Y para hacer algo que debería haber hecho hace mucho tiempo añadió. –Hablas de rendir homenaje al rey -dijo Meldron con desprecio-, pero

 

sólo pretendes robárselo.

 

–Llew era el paladín del rey -intervine yo, juzgando prudente recordar a todos que Meldryn Mawr había conferido ese honor a Llew; había sido el último acto del monarca y el que había causado su muerte-. ¿Quién puede negar al paladín del rey el derecho a rendir homenaje a su señor?

 

–¡No tienes autoridad alguna aquí, bardo! – exclamó Meldron con voz amenazadora y preñada de desprecio-. Tú y los de tu casta engatusasteis a mi padre con vuestras astutas palabras e hipócritas maneras. Pero a mí no me engañas.

 

–¿Cómo podría hacerlo? – pregunté yo-. Estás rodeado de sabios consejeros -añadí fijando la mirada en el malevolente rostro de Siawn-. Es natural que confíes en ellos.

 

–Yo confío en la espada que sostiene mi mano -espetó el príncipe-. Y en mis guerreros. Prefiero la camaradería de mis soldados a las vacías palabras de un bardo.

 

Meldron había llevado las cosas demasiado lejos y no sabía cómo retirarse con cierta dignidad. En vez de abrazar a Llew, lo cual habría aumentado su poder, porque era evidente que el pueblo amaba a su paladín, escogía el camino de la mofa y la injuria.

 

Se volvió hacia la muchedumbre y dijo sin disimular su desprecio:

 

–¡Llew ha regresado! No tenemos nada que temer ahora que el paladín de mi padre está de nuevo entre nosotros. – Alzó un dedo y señaló acusadoramente a Llew-. No obstante, no puedo dejar de pensar que, si Llew hubiera honrado al rey como ahora pretende hacer, Meldryn Mawr estaría todavía vivo. ¿Cómo es posible que el rey esté muerto y su paladín viva?

 

Pronto advertí lo que el príncipe pretendía conseguir con sus temerarias palabras: envenenar el aprecio que el pueblo sentía por Llew. Al parecer, imaginaba que sacaría algún provecho poniendo en entredicho la lealtad y habilidad de Llew. Pero, en lugar de sembrar la duda, sembró la confusión.

 

La gente se miró perpleja.

 

–¿Qué dice Meldron? ¡Fue Llew quien nos salvó de los coranyid! Algunos osaron protestar abiertamente.

 

–¡Paladyr mató al rey! ¡Fue Paladyr, no Llew! – gritaron. «Sí -pensé-, Paladyr mató al rey. Y ¿dónde está ahora Paladyr?»

 

Pero me mordí la lengua y no dije nada. «Si es cuestión de sembrar la sospecha -me dije-, dejemos que anide en el mismísimo tejado de Meldron.» En verdad es empresa arriesgada difamar a un héroe que se ha ganado con pleno derecho la estima de su clan. Meldron mostraba poco juicio al intentarlo, porque el pueblo tiene buena memoria y encuentra siempre la manera de desagraviar las ofensas.

 

Tras tamaña osadía, Meldron ordenó a la muchedumbre que se pusiera en marcha, y dio media vuelta abriéndose paso entre la multitud congregada. Siawn Hy se permitió una cínica sonrisa y siguió al príncipe. La Manada de Lobos se agitó incómoda y ocupó su puesto tras Meldron.

 

Me alegré de que se alejaran y me alegré igualmente de tener de nuevo a Llew junto a mí.

 

–Temía que hubieras muerto -le susurré.

 

El pueblo iba desfilando ante nosotros con los ojos clavados en Llew. Algunos lo saludaban sin reservas con calurosas palabras de bienvenida y sinceras expresiones de respeto. Pero la mayoría de ellos no osaban dirigirle la palabra y se limitaban a llevarse el dorso de la mano a la frente cuando pasaban ante él.

 

Llew me dedicó una tosca sonrisa.

 

–Debería haberte confiado lo que tramaba -dijo-. Pero juzgué más prudente marcharme sin decir nada. Lo siento. La próxima vez te lo diré.

 

–¿Significa eso que te marcharás? – pregunté.

 

–Sí -replicó Llew poniéndose de nuevo en tensión-. Lo siento, Tegid. No puede ser de otro modo. Ya me entiendes.

 

–No entiendo nada en absoluto -repuse.

 

–Entonces simplemente tendrás que aceptar lo que te estoy diciendo. –Pero ¡si no me estás diciendo nada!

 

No replicó, así que tendí mi mano y le agarré con fuerza el brazo; lo noté muy tenso.

 

–Llew, somos hermanos. Hemos bebido de la misma copa, y no dejaré que te vayas sin que me des una explicación más convincente y más clara que la que acabas de darme.

 

Llew frunció el entrecejo, pero permaneció en silencio y desvió la mirada para contemplar la marcha de los llwyddios. Comprendí cuán dura le resultaba la decisión que había tomado. Creo que deseaba abrirme su corazón, pero no sabía por dónde o cómo empezar. Por eso le sugerí:

 

–No me digas nada ahora. Aguardaremos a que todos se hayan alejado y los seguiremos a una prudente distancia para que nadie pueda oírnos. Puedes hablar mientras caminamos; nadie nos molestará.

 

Llew se mostró de acuerdo, y esperamos a que los últimos del cortejo hubieran emprendido el regreso a casa a través de Glyn Du. Entonces nos pusimos en marcha y caminamos un buen trecho en silencio hasta que Llew encontró las palabras que había estado buscando.

 

–Lo siento, Tegid -dijo-. Hubiera debido decírtelo, pero temí que me lo impidieras.

 

–¿Que te impidiera marcharte?

 

–Que me impidieras hacer lo que tenía que hacer…, lo que debía hacer - contestó.

 

Intuí la confusión que rebullía en su alma; intenté decirle alguna palabra de consuelo, pero me lo impidió.

 

–No, Tegid, espera. Tengo que decirlo.

 

Permaneció un rato en silencio. Ambos escuchábamos el suave roce de nuestros pasos sobre la yerba. Allá delante, la cabeza del cortejo había llegado a la entrada de la cañada y estaban apagando las antorchas en el arroyo. Cuando llegamos a aquel lugar, sólo quedaba un tenue olor a vapor y humo. El cortejo se internaba en el valle del Modornn. Se había levantado una luna muy pálida y podíamos vislumbrar la larga hilera de caminantes que se destacaba como un reguero de plata en la oscuridad del valle.

 

Se me encogió el corazón al verlo, porque se me figuraba que era una raza moribunda caminando bajo una luz mortecina hacia la oscuridad del olvido. Pero me guardé muy bien de hacer comentario alguno y esperé a que Llew me abriera su corazón.

 

Comenzó a hablar al salir de la oscura boca de la cañada.

 

–Una guerra está asolando mi mundo -dijo en voz muy baja-. No se trata de una guerra de espadas y lanzas. ¡Ojalá lo fuera! Entonces podríamos combatir al enemigo cara a cara. Pero el enemigo está aquí añadió golpeándose el pecho-. El enemigo está en nuestros corazones; nos ha infectado. Tenemos el espíritu enfermo, Tegid. Siawn y yo estamos contagiados y hemos traído la ponzoña a Albión. Si nos quedamos aquí, envenenaremos todo…, destrozaremos todo.

 

–Pero, Llew, si no hubiera sido por ti, todo estaría destruido en estos momentos. Nos salvaste cuando nadie podía hacerlo.

 

No pareció oírme, porque continuó en el mismo tono.

 

–Simon…, Siawn ha sembrado la ponzoña por doquier. Ha metido en la cabeza del príncipe ideas que no tienen cabida en Albión.

–Seguro que no le ha costado demasiado trabajo. Meldron siempre codició tener más de lo que se le daba.

 

–Estoy seguro de que el asesinato de Meldryn fue idea de Siawn. Creía que los reyes eran escogidos por derecho de sucesión y…

–¿Derecho de sucesión? – pregunté asombrado, deteniéndolo- Jamás he oído hablar de semejante derecho.

 

–Dilyn hawl -dijo escogiendo otras palabras-. Significa que la dignidad real pasa de padres a hijos. En nuestro mundo ésa es la costumbre. Simon, es decir, Siawn Hy, no sabía que podía transmitirse de otro modo. Pensó que, si Meldryn Mawr moría, la dignidad real pasaría directamente al príncipe Meldron.

 

–¿Te lo dijo él así?

 

–No con esas palabras, no. Pero conozco muy bien a Simon; sé cómo piensa, y convenció a Meldron de que juntos podrían cambiar la forma en que la dignidad real se obtiene y se confiere, de que podrían alterar los ritos de la soberanía.

 

–Por eso trataron de silenciar la Canción -dije yo-. Por eso se han guardado las Piedras Cantarinas.

 

–La Canción de Albión… -murmuró Llew antes de quedarse callado, recordando algo.

 

–Creen que las piedras serán la salvaguarda de su poder -le expliqué-.

 

Esperan usar la Canción como un arma.

 

–Entonces la situación es aún más grave de lo que imaginaba murmuró Llew-. Si hubiera hecho lo que vine a hacer, nada de esto habría ocurrido.

 

Se detuvo y me agarró el brazo.

 

–¿Me has oído, Tegid? Toda aquella gente…, tu pueblo, Tegid, el rey y todos los demás estarían todavía vivos si yo hubiera hecho lo que vine a hacer. Meldryn Mawr y todos los que sucumbieron ante Nudd estarían aún con vida.

 

–¿Qué pretendes decirme con esas palabras? – inquirí-. Es justo al revés; gracias a ti quedamos algunos vivos. Te debemos la vida.

 

–¡Por mi culpa murieron todos aquellos hombres! – insistió él-. Tegid, escúchame. Vine aquí para llevarme a Simon y fracasé. Me permití el lujo de

 

quedarme boquiabierto, encantado ante las maravillas de este lugar y ante la idea de que podía quedarme aquí.

 

–Si no hubieras venido -repliqué tratando de calmarlo-, Meldron y Siawn se habrían salido con la suya.

 

–Tegid -la tenebrosa determinación volvía a sonar en su voz-, Simon debe ser detenido. No pertenece a este mundo… ni yo tampoco. Tenemos que regresar al nuestro. Debo llevármelo de aquí, pero necesito tu ayuda, hermano. Préstamela, te lo ruego.

 

Así su brazo como es costumbre entre parientes y le dije:

 

–Llew, sabes bien que haré lo que me pidas. Pero tengo que pedirte a mi vez otra cosa.

 

–Dime lo que sea. Lo haré si puedo.

 

–Permite que te nombre rey -dije yo.

 

Retrocedió unos pasos.

 

–¡No has escuchado nada de lo que te he dicho! – exclamó soltándose-. ¿Cómo puedes pedirme semejante cosa?

 

–Eras el paladín del rey. Con la Hazaña Heroica nos salvaste cuando

 

nadie más podía hacerlo. El pueblo te respeta; te apoyarán frente a Meldron. –¡Tegid, no puede ser! – contestó echando a andar con rápidas y

 

decididas zancadas.

 

–No puedo permitir que Meldron se convierta en rey -repliqué alcanzándolo-. No perpetrará su maldad con mi ayuda. Tengo que otorgar la dignidad real a algún otro… y pronto.

 

–Pues, otórgasela a otro.

 

–No hay ningún otro.

 

Se dio la vuelta para mirarme cara a cara.

 

–¡No lo entiendes! Simon debe ser detenido antes de que destruya absolutamente todo. Tengo que lograr que regrese al mundo al que pertenece. ¿Es que no quieres oír lo que te estoy diciendo?

–Te oigo, hermano -repuse en tono apacible-. Pero piensa en mis palabras. Como rey, podrías detener a Siawn Hy y a Meldron. Como rey podrías remediar todo el mal que Siawn ha hecho.

Hizo amago de alejarse, pero lo retuve asiéndolo del hombro. –Escúchame, Llew -añadí con voz enérgica-. Dices que Siawn ha

 

extendido la ponzoña en este mundo. Si es cierto, detenlo. Te estoy dando la oportunidad de hacerlo.

 

3

 

TAN N'RIGH

 

–Prefiero morir y pudrirme en mi tumba -juré-, antes de otorgar la dignidad real de mi pueblo a esa víbora sibilante de Meldron. Si fuera una serpiente, le arrancaría la cabeza y arrojaría su cuerpo culebreante al fuego.

 

–Pero Meldron se ha nombrado a sí mismo rey.

 

–¡No es rey en modo alguno! Sólo la soberanía puede convertir a un hombre en rey. Y sólo un verdadero bardo puede conferir la soberanía declaré solemnemente-. Yo soy el único que posee la dignidad real de Prydain. Y a mí me corresponde otorgarla a quien escoja. Así lo dicta nuestra antigua y honorable tradición.

 

Estábamos sentados en la solitaria ladera al pie de la arruinada fortaleza de Sycharth y hablábamos en voz baja. Había juzgado prudente parlamentar en secreto, lejos de los ojos y los oídos de Meldron, y estaba seguro de que nadie nos molestaría en aquel lugar tan cercano a la devastada fortaleza.

 

Llew sacudió la cabeza lentamente.

 

–No me gusta, Tegid. ¿Acaso esperas que Meldron se quede tan tranquilo mientras tú coronas a otro? Esta misma noche nos habría matado si el pueblo no se lo hubiese impedido.

 

–Y se lo impedirá una vez más. Ya viste lo que ocurrió; no permitirán que Meldron te haga ningún daño. Te quieren, Llew. Te respetan. Dales la oportunidad de que escojan entre Meldron y tú, y ya verás como te siguen a ti.

 

Llew guardó silencio largo rato.

 

–Muy bien, Tegid -dijo al cabo-. Acepto que me nombres rey.

 

Antes de que pudiera responderle, alzó un dedo y añadió:

 

–Pero sólo hasta que mi tarea aquí finalice. Entonces tendrás que escoger a otro.

 

–De acuerdo -me apresuré a asentir.

 

–¡Que quede bien claro, Tegid! Seré rey hasta que logre encontrar el modo de obligar a Simon a que regrese a donde pertenece. ¿Entendido?

 

–Perfectamente.

 

Me escrutó en silencio.

 

–Sólo hasta que Siawn Hy sea sojuzgado. Entendido, hermano. De verdad -le aseguré.

 

La tensión pareció abandonarlo por fin.

 

–¿Qué tenemos que hacer para que yo me convierta en rey? –Existen varios ritos para conferir la dignidad real -le expliqué-.

 

Emplearé uno que Meldron no conoce, un rito muy antiguo. El Tán n'Righ. –¿Fuego del Rey? – repitió intrigado Llew-. Suena doloroso… ¿Lo es? –No -repuse-, no si se hace bien. Pero es necesario que me escuches con

 

suma atención y hagas exactamente lo que yo te diga.

 

Hablamos hasta muy entrada la noche, envueltos en nuestras capas, temblando y contemplando las fogatas del campamento que brillaban al pie de la colina. Cuando terminamos, el alba estaba ya muy cerca.

 

–¿Y ahora qué? – preguntó Llew entre bostezos.

 

–Ahora tenemos que descansar. Y tú debes mantenerte fuera de la vista de todos. Meldron no debe encontrar la menor excusa para desafiarte. Es muy importante que no entre en sospechas; de otro modo nos causará problemas. Conozco un sitio donde puedes esconderte.

Le indiqué dónde podía dormir lejos del campamento. Nos levantamos y nos pusimos en marcha.

 

–¿Estás seguro de que puede hacerse en un solo día? – me preguntó Llew. –Sólo hace falta un día. Déjalo en mis manos. Vendré a buscarte o

 

mandaré por ti cuando todo esté listo.

 

Nos separamos y cada cual siguió su camino. Mientras bajaba por la ladera hacia el campamento, mi cabeza no dejaba de trazar y trazar planes. Si, había mucho que hacer y había que actuar con rapidez. ¡La ceremonia se llevaría a cabo aquella misma noche!

 

Trabajé duro todo el día, pero calladamente y sin excesiva precipitación. Recogí piedras de los cuatro puntos cardinales: piedras negras del norte, blancas del sur, verdes del oeste y rojizas del este. Saqué agua de un helado manantial. Reuní las Nueve Maderas Sagradas: sauce de las orillas de un arroyo, avellano del roquedal, aliso de los pantanos, abedul de la cascada, tejo de los lugares abiertos y endrino de los recónditos, olmo de la umbría, serbal de la colina, roble de la solana. A estas Nueve Maderas Sagradas, el Nawglan, añadí acebo con su vistoso adorno de espinas, saúco con sus duras bayas púrpuras y manzano con su dulce y suave corteza.

 

Quemé las maderas en una fogata sobre una piedra plana. Luego recogí con sumo cuidado las cenizas y las metí en un saquito de cuero que até a mi cinturón. Cuando hube terminado todos estos preparativos, regresé al

 

campamento y me dispuse a reunir la leña necesaria para el Tán n'Righ, el Fuego del Rey. Había que coger rescoldos de cada una de las fogatas que el pueblo había encendido la noche anterior y leña de cada uno de los montones apilados en el campamento.

 

La única dificultad residía en obtener rescoldos y leña de la fogata del príncipe. Pero el Supremo Sabedor me sonrió, y Meldron, preocupado por atender a las necesidades del campamento que consideraba bajo su autoridad, salió a cazar al mediodía. Sólo tuve que aguardar a que él y los guerreros de la Manada de Lobos se hubieran perdido de vista para proveerme de lo que necesitaba sin que el príncipe lo advirtiera.

 

Al crepúsculo fui a buscar a Llew y nos apresuramos a regresar al campamento para esperar la vuelta del príncipe.

 

En la hora-entre-horas, mientras la luna se levantaba a mi izquierda y el sol se ponía a mi derecha, preparé el Fuego del Rey disponiendo en círculo las piedras recogidas de los cuatro puntos cardinales. Luego convoqué al pueblo con el cuerno de uro. El sonido del cuerno no había sido oído desde que Meldryn Mawr nos condujo a Findargad, y los hombres del clan se alarmaron al oírlo; les ordené que se dispusieran en torno al círculo de fuego y después llamé a Llew para que saliera de mi tienda.

 

Mientras Llew acudía a ocupar su lugar, el príncipe Meldron se abrió paso entre la multitud congregada seguido de Siawn Hy.

 

–¿Qué sucede, Tegid? – exclamó Meldron-. ¿Qué nueva necedad se te ha ocurrido?

 

Hice oídos sordos al insulto, porque no quería darles pie a que hablaran.

 

–Quítate las botas -ordené a Llew.

 

Cuando se hubo desabrochado los cordones y se hubo quitado los buskins, le dije:

 

–Extiende tu manto en el suelo, detrás de ti.

 

Me obedeció y se volvió otra vez hacia mí.

 

–Quítate el siarc, el cinturón y los breecs-le ordené.

 

Llew dudó un instante, pero se dispuso a obedecer.

 

–Deja a un lado tus ropas y ponte delante de mí -le indiqué.

 

Ante los ojos de todo el clan allí reunido, Llew se fue desnudando y fue dejando la ropa sobre el manto extendido en el suelo. Luego se colocó frente a mí, y le hice dar tres vueltas al círculo de piedras siguiendo la órbita del sol.

 

–Es bochornoso -murmuró entre dientes mientras completaba la primera

 

vuelta.

 

–Sigue caminando.

 

–¡Se están riendo de mí! – susurró al dar la segunda.

 

–Deja que lo hagan. Pronto chillarán como cerdos a punto de ser degollados.

 

Continuó caminando y tras completar la tercera vuelta se detuvo ante mí. –¿Es necesario todo esto?

 

–Es indispensable. Debes demostrar que no hay mancha alguna en ti -le dije-. Extiende tu mano derecha.

 

La extendió.

 

–Ahora la izquierda -le indiqué.

 

Mientras lo hacía, me acerqué a la fogata, cogí dos brasas que había preparado y me puse detrás de él.

 

–Recuerda -susurré a su espalda-. No digas nada. Y no muevas ni un músculo.

 

Con una brasa en cada mano, comencé a pasarle los tizones por el cuerpo desnudo. Empecé por los talones, seguí por las pantorrillas, muslos, nalgas, costillas, y luego por los brazos que tenía extendidos. Llew permanecía inmóvil, sin mirar ni a izquierda ni a derecha, sino al frente, con los ojos clavados en la luna que iba ascendiendo en el cielo.

 

Luego le pasé las llamas por el pecho y el estómago y fui descendiendo por las ingles, los genitales, las piernas y los pies. El vello del pecho y de las piernas se socarró cuando el fuego le rozó la piel, y el aire se llenó de olor a chamusquina.

 

Con la mandíbula apretada me echó una mirada asesina, pero ni pestañeó ni soltó el menor grito.

 

–¡Llew! – exclamé con potente voz irguiéndome para mirarlo a la cara-.

 

Has comparecido ante el pueblo. Y no hallo mácula alguna en ti.

 

Al oír mis palabras, un guerrero de la Manada de Lobos saltó:

 

–¿Cómo puedes ver a través de todo ese hollín?

 

Todos se echaron a reír sin sospechar nada, lo cual demostró hasta qué punto eran unos ignorantes.

 

–Puesto que el fuego limpia y purifica -continué yo depositando con sumo cuidado las antorchas en la fogata-, declaro ante todos que estás limpio y purificado de toda corrupción.

 

Luego cogí la bolsa que llevaba al cinto, vacié su contenido en mi mano

 

izquierda y, con la punta de los dedos de la mano derecha, marqué a Llew con el Nawglan, con las Nueve Maderas Sagradas: en la planta de cada pie, en el estómago, en el corazón, en la garganta, en la frente, bajo la espina dorsal y en torno a cada una de sus muñecas.

 

Los llwyddios contemplaban la escena perplejos. Miré de reojo al príncipe y constaté que su altiva sonrisa se había desvanecido por completo y parecía muy preocupado por lo que estaba viendo. Los ojos de Siawn Hy expresaban una fría amenaza.

 

Cuando hube acabado, me coloqué de nuevo ante Llew.

 

–Alza la voz, Llew. Declara ante el pueblo: ¿a quién sirves?

 

–¡Sirvo al pueblo! – contestó él, tal como yo le había indicado.

 

–¿De dónde procede tu vida?

 

–¡Mi vida es la vida del pueblo!

 

–¿Dónde vivirás?

 

–¡Vivo en la voluntad del pueblo!

 

–¿Cómo gobernarás?

 

–¡Gobernaré con la sabiduría del pueblo!

 

–¿Cómo la obtendrás?

 

–¡La obtendré en el bienestar y la felicidad del pueblo! Alcé las manos ante su rostro con las palmas hacia fuera.

 

–He oído lo que has declarado -exclamé en voz muy alta para que todos me oyeran-. ¡Que así sea!

 

Me di la vuelta y cogí las teas. Con celeridad, para no darle tiempo a pensar en lo que estaba ocurriendo, las puse en las manos de Llew, con las llamas hacia abajo. El fuego se avivó, y al momento las manos de Llew quedaron envueltas en llamas. Sin embargo, permaneció quieto, asiendo con fuerza las teas mientras las llamas le lamían la carne. No emitió el menor grito; ni siquiera pestañeó o soltó las antorchas.

 

El pueblo contenía el aliento. El príncipe Meldron y sus vocingleros camaradas contemplaban la escena boquiabiertos.

 

–Que las llamas del fuego confirmen lo que has declarado -proclamé yo. Llew alzó las teas por encima de su cabeza y lentamente fue dando la

 

vuelta para que todos vieran que el fuego consumía las teas sin quemarlo. Como todos los ojos contemplaban la maravilla de aquellos puños

 

cerrados en torno al fuego, nadie me vio rebuscar bajo el manto y sacar la torques. Y, mientras las teas ardían más y más, yo, detrás de Llew, le deslicé

 

la torques de oro en la garganta. Luego le impuse las manos sobre la cabeza y dije:

 

–¡Por el poder del Tán n'Righ te proclamo rey!

 

Después me volví hacia el pueblo y comencé a cantar:

 

Por el poder del viento que levanta galernas en el mar eres rey.

 

Por el poder del sol que vence al reino de las tinieblas eres rey.

 

Por el poder de la lluvia que reverdece las lejanas colinas, eres rey.

 

Por el poder de la tierra que se levanta en escarpadas montañas, eres rey.

 

Por el poder de la piedra que engendra el reluciente hierro, eres rey. Por el poder del toro, del águila, del salmón y de todas las criaturas que nadan, vuelan y recorren los recónditos espacios de la tierra, el cielo y el mar, eres rey.

 

Por el poder del Sumo Dador, que con su mano Segura y Certera establece

 

y sostiene todo lo que existe en los mundos, eres rey. Cuando hube terminado de cantar, alcé mi vara y proclamé: –¡Contempladlo! ¡Llew, soberano de Prydain, rey de los llwyddios!

 

¡Rendidle homenaje! ¡Disponeos a honrarlo!

 

Cuando algunos iban ya a hincarse de hinojos, la voz del príncipe los detuvo.

 

–¡No! ¡No! ¡Él no es vuestro rey!

 

Meldron se precipitó en el círculo de fuego y arrancó violentamente la torques de la garganta de Llew.

 

–¡El rey soy yo!

 

Antes de que nadie pudiera alzar la mano para impedírselo, Siawn Hy puso su lanza sobre las costillas de Llew.

 

–¡Meldron es el rey! – gritó-. ¡Meldron es el rey!

 

Luego obligó a Llew a bajar los brazos y le arrancó las teas de las manos. A una señal suya, la Manada de Lobos se precipitó en el círculo mirando nerviosamente al pueblo congregado; constaté que evitaban mis ojos.

 

Meldron alzó la torques por encima de su cabeza y se proclamó rey diciendo:

 

–¡Escuchadme todos! Yo poseo la torques de los reyes llwyddios. La dignidad real de mi padre me corresponde a mí por derecho.

 

–¡No existe tal derecho! – grité yo-. Sólo un bardo puede otorgar la dignidad real. ¡Y yo se la he conferido a Llew!

 

–¡Tú no tienes poder ni autoridad aquí!

 

–Soy el Bardo Supremo de nuestro pueblo -repliqué con calma y seguridad-. Sólo yo poseo la soberanía. Sólo yo tengo el poder de conferir la dignidad real.

 

–¡Tú no eres nadie! – rugió el príncipe amenazándome con el puño en el que apretaba la torques-. ¡Yo tengo la torques de mi padre y por lo tanto yo soy el rey!

 

–Permíteme que te diga que el hecho de tener la torques no te convierte en rey, como tampoco el hecho de estar en el bosque te convertiría en árbol.

 

Algunos celebraron mi salida con risas, que enardecieron aún más la rabiosa furia de Meldron.

 

–¡Haz lo que quieras! – añadí desafiándolo temerariamente-. Ponte la torques y capitanea el gosgordd de guerreros. Vístete de finos ropajes y cubre de oro y plata a esa vociferante jauría que te jalea. Haz lo que te venga en gana, Meldron. Pero recuerda siempre esto: la soberanía no reside en la torques, ni en el trono, ni siquiera en la fuerza de la espada.

 

Me encaré con el pueblo; había llegado la hora de que intervinieran, de que rechazaran a Meldron de una vez por todas.

 

–¡Escuchadme! Meldron no es el rey. Todos acabáis de contemplar a quién he otorgado la dignidad real: Llew es el rey. ¡Oponeos a Meldron! ¡Desafiadlo! No tiene poder alguno. No puede… Antes de que pudiera pronunciar otra palabra, Meldron gritó a su Manada de Lobos:

 

–¡Prendedlos! ¡A los dos!

 

4

 

EN EL HOYO DE LOS PRISIONEROS

 

–Lo siento, hermano.

 

Habría sido lo mismo hablar al barro que tenía bajo los pies. Llew estaba sentado con las rodillas pegadas al pecho y la cabeza escondida entre los brazos. En la tenebrosa luz del hoyo, era sólo una sombra, una hosca y fúnebre sombra.

 

Después de siete noches y siete días encerrados en el hoyo de los prisioneros de Meldron, no podía recriminarle su actitud. La culpa era sólo mía. Había subestimado a Meldron y sus deseos de derrocar las ancestrales tradiciones de nuestro pueblo. No había tenido en cuenta la adhesión de que gozaba entre su banda de guerreros, la Manada de Lobos, dispuestos a

 

apoyarlo frente a su propio pueblo. Además había sobrestimado mi propia habilidad para explotar el respeto que el pueblo sentía hacia Llew. Habrían podido sin duda aclamarlo, pero al fin y al cabo Meldron era uno de ellos. En cambio, Llew era un intruso, un extranjero.

 

Sin embargo, había pensado…, mejor dicho, había sentido en mi sangre y en mis huesos que el pueblo no permitiría que Meldron se rebelara contra su último bardo. Un rey es un rey, pero un bardo es el corazón y el alma del pueblo; es la vida del pueblo hecha canción, es la lámpara que guía sus pasos por los senderos del destino. Un bardo es el espíritu y la esencia del clan; es el eslabón, el hilo de oro que une las múltiples generaciones del clan, que enlaza el pasado con el porvenir.

 

Pero el miedo ciega e idiotiza a los hombres. Y vivimos tiempos difíciles. Habría debido prever que el pueblo no estaría dispuesto a derramar su sangre para oponerse a los designios de Meldron. En el Día de la Lucha incluso los hombres más valientes no osaban arriesgar sus vidas en defensa de la verdad y los principios en los que siempre hemos vivido.

 

–Lo siento, Llew.

 

–Deja de repetir siempre lo mismo, Tegid -murmuró él-. Estoy harto.

 

–No imaginé ni por asomo que pudiera ocurrir esto.

 

Llew alzó la cara y miró hacia el negro techo que teníamos justo encima de nuestras cabezas.

 

–La culpa es mía por haber dejado que me metieras en este embrollo. No debí haberte escuchado jamás.

 

–Lo siento, Llew…

 

–¡Calla de una vez! – estalló mirándome-. Es…, es… -Se esforzó por sobreponerse al letargo en que lo había sumido lo apurado de nuestra situación, pero se derrumbó hundiéndose de nuevo en la miseria-. ¿Qué más da? Ya no importa.

 

Guardó silencio largo rato y pensé que ya no volvería a hablar; pero de pronto dijo:

 

–Ahora me acuerdo, Tegid. Ahora puedo acordarme de todo… Antes no podía hacerlo.

 

–¿De qué te acuerdas?

 

–De mi mundo -respondió-. Hasta que no regresé allí, había olvidado casi que existía. No quería recordarlo, ¿sabes? Y me las arreglé para conseguirlo. Si no hubiera sido por Simon, jamás habría considerado siquiera la

 

posibilidad de regresar allá, y lo habría olvidado para siempre.

 

Escruté su rostro en la oscuridad del hoyo. Jamás me había hablado de su mundo, y no está en nuestro carácter hacer preguntas. Los habitantes de otros mundos que vienen a parar al nuestro -a quienes llamamos dyn dythri, es decir, extranjeros- son tratados con sumo respeto. Los aceptamos y los acogemos; les enseñamos nuestra forma de vivir y les damos la libertad y posibilidad de probarse a sí mismos y ganarse cuantos honores puedan.

 

En cierta ocasión, nuestra estirpe viajó a su mundo y les proporcionamos regalos para sobrellevar la pesada carga de sus vidas. Pero no volvimos a hacerlo nunca más. La grieta entre los mundos se ha hecho cada vez más grande y el puente de unión es traicionero y tenebroso. Seguimos aceptando a los extranjeros que vienen al nuestro, pero ya no viajamos al suyo, ni tampoco los alentamos como hicimos en otro tiempo.

 

–Ha cambiado -continuó Llew hablando con energía-. El mundo, mi mundo, ha cambiado. Lo encontré aún peor de como estaba cuando me marché… y creo que sólo habían pasado uno o dos días en aquellas latitudes. Ni color, ni vida… Todo se está desvaneciendo, está decayendo, desintegrándose.

 

Parecía como si estuviera hablando para sí mismo, como si tratara de explicarse algo, quizás. Así que me abstuve de interrumpirlo y lo dejé hablar.

 

–Es la Guerra del Paraíso -continuó diciendo-. Lo que ocurre aquí, en este mundo, afecta a la vida de allá. El profesor…, quiero decir, mi amigo Nettles, me lo dijo; me lo explicó con toda claridad. Y yo le creí. Pero no tenía ni idea de cómo podía ser, no tenía idea de que el cambio pudiera ser tan terriblemente devastador. Era como si el mundo estuviera desapareciendo ante mis propios ojos.

 

Me acordé de lo que me había dicho acerca de cómo Siawn Hy estaba envenenando nuestro mundo…, o por lo menos corrompiendo al débil príncipe Meldron.

 

–La corrupción es siempre un enemigo poderoso -observé.

 

–Es más que eso, Tegid -replicó al momento, moviéndose en la oscuridad para acercarse más a mí-. Mucho más que eso. Existe un equilibrio, entiéndeme; una armonía entre este mundo y el otro. Simon ha roto ese equilibrio. Sus ideas, sus valores; simplemente su presencia aquí ha cambiado las cosas.

 

–Y los cambios en este mundo provocan cambios en el otro -comenté-.

 

Ya entiendo.

 

–Créeme: si hay algo en cualquiera de los dos mundos que valga la pena salvar, hay que detener a Simon.

 

–Te creo, hermano -aseguré-. Pero, para salvar al mundo, debemos antes salvarnos a nosotros.

 

–Tenemos que salir de aquí. ¡Tenemos que escapar!

 

Se puso en pie, como tantas otras veces había hecho, para empujar los tablones de madera que había sobre nuestras cabezas. Pero era inútil y pronto se dejó caer de nuevo.

 

–¿Crees que nos matará? – preguntó al cabo de un rato-. Ahora que es el rey…

 

–Meldron no es el rey. Tú eres el rey.

 

–Te pido excusas -se mofó amargamente-. Lo había olvidado. –Yo te otorgué a ti la dignidad real -le dije; se lo había repetido

 

innumerables veces-. Tú eres el rey. Y no tengo ni idea de lo que Meldron va a hacer con nosotros. Si lo hubiera sabido, no estaríamos aquí ahora.

 

–No me digas que lo sientes, Tegid. No quiero volver a oírlo. Después de prendernos durante la ceremonia de la proclamación real,

 

Meldron nos había arrastrado hasta las ruinas del caer y nos había encerrado en el hoyo de basuras que había tras el pabellón real. Lo había cubierto con vigas requemadas y con un montón de escombros e inmundicias de la destruida fortaleza. Nos había abandonado allí bajo vigilancia. No podía adivinar lo que pretendía hacer con nosotros. Y sospechaba que ni el propio Meldron lo sabía.

 

Suponía que temía matarnos a la vista de todos; de otro modo ya lo habría hecho. Había tirado demasiado de la cuerda, y faltaba poco para que se rompiera; un paso más y se arriesgaba a perder el poco apoyo del que gozaba entre nuestro pueblo. Pero, por otro lado, no podía permitirse el lujo de liberarnos, pues sabía que soliviantaríamos a la gente contra él. Seguramente por eso había decidido mantenernos en prisión hasta que se le ocurriera qué podía hacer con nosotros.

 

El hoyo era vigilado día y noche para evitar que alguien pudiera ayudarnos a escapar. Solía haber dos guardianes, y a veces incluso más. A menudo los oíamos hablar cuando iban y venían para el cambio de guardia. Sabíamos cuándo se producía porque los vigilantes de relevo nos traían agua y un poco de comida, que nos hacían llegar bajándola por una pequeña grieta

 

en uno de los tablones.

 

Así fueron pasando los días. Llew y yo seguíamos encerrados en la hedionda e inmunda prisión, privados de la luz y de cualquier ayuda exterior. Y, a medida que iban transcurriendo los días, el odio que Meldron sentía hacia nosotros se iba transformando en desdén; pero no podría reinar a sus anchas mientras Llew y yo siguiéramos con vida. Este pensamiento era mi único consuelo, porque, por lo menos en ese minúsculo detalle, le impedíamos comenzar su ilícito reinado.

 

Una noche, me despertó el apagado sonido de una escarbadura. Al principio no le presté atención porque creí que eran los roedores que se habían enseñoreado del destruido caer. Pero al cabo de un rato caí en la cuenta de que la escarbadura seguía un cierto ritmo.

 

Alguien estaba excavando la tierra.

 

Agucé el oído en la oscuridad. El ruido se hizo más perceptible, y me aventuré a dirigir la palabra a quien estaba escarbando.

–¿Quién hay ahí? – pregunté en un susurro sin atreverme a alzar demasiado la voz.

 

Llew estaba durmiendo, pero se despertó al oírme. –¿Tegid? ¿Qué ocurre? – dijo poniéndose de rodillas. –¡Shh! ¡Escucha!

 

–¡Calla! Vas a despertar a los guardianes -dijo una voz infantil.

 

–¿Quién eres? – insistí yo.

 

–Ffand -fue la respuesta-. ¡Silencio!

 

–¿Quién es Ffand? – me preguntó intrigado Llew.

 

–¿Hay alguien contigo, Ffand? – pregunté yo acercando el rostro al techo de madera de nuestra tosca prisión.

 

–Nadie -respondió la niña.

 

Comenzó a escarbar otra vez; el ruido continuó un rato y de pronto cesó. –¿Qué estás haciendo, Ffand?

 

–¡Shh! – El siseo fue brusco y contundente.

 

Tras unos momentos de silencio absoluto, oí que la niña decía:

 

–Era uno de los guardianes. Se despertó, pero ha vuelto a dormirse. Ahora tengo que marcharme.

 

–Espera…

 

–Volveré mañana.

 

–¡Ffand! Espera, yo…

 

–Volveré mañana cuando anochezca.

 

–Por favor… Pero la niña se había ido. Me dejé caer en el suelo.

 

–¿Quién es Ffand? – me preguntó otra vez Llew.

 

–Es la niña que cuida de tu perro -le expliqué.

 

–¿Mi perro? – se preguntó en voz alta, y caí en la cuenta de que había olvidado a Twrch-. ¡Oh, claro, mi perro!

 

–Camino de Findargad le diste tu perro a una niña pequeña… –Antes de la batalla de Dun na Porth -dijo él-. Ya caigo. Nunca supe

 

cómo se llamaba.

 

Aguardamos todo aquel día que se nos hizo eterno. Parecía como si la noche no fuera a llegar nunca. Cuando la oscuridad de nuestra prisión se hizo más densa, contuvimos el aliento y aguzamos el oído para comprobar si el ruido comenzaba de nuevo. Como no oímos nada, empezamos a elucubrar tristemente sobre lo que le podía haber ocurrido a la criatura: a lo mejor aquella noche no había podido venir; a lo mejor el guardián no se había quedado dormido… O lo que era peor: quizá la habían descubierto y apresado. ¿Qué le harían si de verdad la habían sorprendido?

 

Habíamos perdido toda esperanza, cuando los tenues arañazos comenzaron de nuevo.

 

–¡Ha venido! – susurré-. ¡Ffand! ¡Ffand! – la llamé golpeando ligeramente los tablones del techo.

 

No tardó en responder.

 

–¡Shh! ¡Silencio! ¡Van a oírte!

 

Iba a hablar de nuevo, pero Llew me impuso silencio.

 

–¡Déjala en paz, Tegid! No estorbes su trabajo.

 

Me senté y escuchamos atentos aquel rítmico ruido encima de nuestras cabezas. Al cabo de un rato cesó y no volvimos a oírlo en toda la noche.

 

Esperamos la noche siguiente ansiosos e inquietos, deseando desesperadamente que no la hubieran descubierto y preguntándonos por

 

qué había dejado de cavar tan pronto.

 

Ffand no compareció aquella noche y temimos lo peor.

 

Estábamos tan abatidos que perdimos la esperanza de que regresara otra vez. Por eso, cuando la noche siguiente oímos de nuevo el ruidito, el corazón nos dio un vuelco y caímos en la cuenta de que en el fondo de nuestro corazón no habíamos perdido la esperanza de que volviera.

 

La niña se afanó durante toda la noche; sólo interrumpió su trabajo dos

 

veces: una para descansar, pues nos dijo que tenía las manos doloridas, y otra cuando uno de los guardianes se despertó para hacer sus necesidades.

 

En las dos noches que siguieron Ffand no compareció. Pero ahora ya sabíamos que no había por qué preocuparse. La pequeña Ffand era sin duda una niña astuta y lista. Escogía con cuidado la ocasión y no corría riesgos innecesarios. De cualquier modo, a nosotros no nos quedaba más remedio que conformarnos con lo que ella decidiera.

 

Ffand volvió la noche siguiente y nos contó que el príncipe Meldron había anunciado que al día siguiente celebraría consejo.

–Ha dicho que nos preparemos a abandonar este lugar. Nos vamos a Caer Modornn.

 

–¿Cuándo?

 

–Muy pronto -repuso-. Al día siguiente del consejo, al amanecer.

 

Llew me agarró con fuerza el brazo.

 

–Pregúntale cuánto tiempo tardará en liberarnos; si puede hacerlo esta noche.

 

–Ffand -pregunté con la mejilla pegada al techo-, ¿podrás acabar tu trabajo esta noche? ¿Podrías liberarnos hoy mismo?

 

Transcurrieron unos instantes; luego respondió:

 

–No creo.

 

–Mira, Ffand, tiene que ser esta noche sin falta. Mañana vendrán a buscarnos. Debemos escapar hoy mismo.

 

–Lo intentaré.

 

–Quizá podamos colaborar nosotros también. Ffand, dinos qué podemos hacer.

 

Oímos cómo se ponía a escarbar con más urgencia y celeridad, deseosa sin duda de liberarnos. Ni bajó el ritmo ni hizo la menor pausa; se pasó toda la noche escarba que te escarba.

 

De pronto se oyó un ruido sordo, como si un objeto pesado se hubiera venido abajo.

 

–¡Ya está! – se oyó la voz de Ffand-. ¡Lo he conseguido! –Muy bien. Ahora dinos qué tenemos que hacer, Ffand -le dije.

 

–He logrado desenterrar uno de los troncos. Pero pesa demasiado; no podré levantarlo. Tendréis que hacerlo vosotros.

 

–¿Qué tronco, Ffand? Da un golpe en el que tenemos que levantar.

 

Un enérgico golpe resonó en un tronco que estaba en la esquina del hoyo.

 

–Muy bien. Ahora escucha con atención, Ffand. Nosotros haremos el resto. Pero tú debes marcharte de inmediato. Quiero que te alejes ahora mismo de aquí.

La niña no contestó.

 

–¿Ffand?

 

–No quiero irme.

 

–Debes hacerlo. No quiero que sufras el menor daño si algo sale mal.

 

Vete.

 

Llew acercó su rostro al tronco.

 

–Ffand -dijo en tono enérgico-, escúchame con atención.

 

–¿Qué?

 

–Gracias, Ffand. Nos has salvado la vida. Pero ahora debes marcharte para que tus esfuerzos no resulten en vano. ¿Lo comprendes? Además, piensa en Twrch; ¿qué sería de él sin ti? Quiero que cuides de él un poco más. ¿Me harás este favor, Ffand?

 

–De acuerdo -suspiró la niña.

 

–Una cosa más, Ffand -me apresuré a decir-. ¿Cuántos guardianes hay? –Sólo dos esta noche, y son muy dormilones. – Hizo una pausa y acercó

 

aún más su rostro al tronco-. Adiós.

 

–¿Ffand?

 

No hubo respuesta.

 

–Se ha marchado -supuse- ¿Preparado?

 

Nos arrodillamos en un rincón del hoyo y agarramos el tronco metiendo los dedos en las hendiduras que había entre las vigas que lo flanqueaban. Por fin entendí lo que Ffand había hecho: aprovechando el montón de escombros para ocultarse de la vista de los guardianes, había ido apartando los cascotes y la tierra de un extremo del hoyo y había conseguido limpiar casi totalmente de escombros una viga; si conseguíamos mover el tronco hacia delante y hacia atrás los dos a la vez, lograríamos desprenderlo del todo. Una lluvia de cascotes e inmundicias cayó sobre nosotros por la hendidura que íbamos abriendo; pero seguimos esforzándonos más y más hasta abrir un agujero lo bastante ancho para que un hombre pudiera deslizar por él los hombros.

 

Nos pusimos de puntillas, escrutamos la oscuridad de la noche por el agujero que habíamos abierto y aguzamos el oído. Ni la menor señal de que los guardianes se hubieran despertado.

 

–Saldré primero yo -dije.

 

Saqué la cabeza por la abertura con sumo cuidado. Tal como nos había dicho Ffand, había dos guardianes y los dos dormían a pierna suelta. Me di impulso con brazos y piernas y logré salir.

Me agazapé, tenso y sudoroso, tras el montón de escombros que cubría el hoyo. Los guardianes dormían a una respetable distancia, supongo que para librarse de la fetidez de aquella pocilga. Por eso no habían oído a Ffand, ni tampoco a nosotros.

 

–Ahora te toca a ti -susurré a Llew.

 

Instantes después se agazapaba junto a mí. Con rapidez y sigilo nos apresuramos a cruzar las ruinas de lo que en otro tiempo había sido la magnífica fortaleza de Meldryn Mawr, temiendo darnos de bruces en cualquier momento con otros guardianes. Pero no topamos con alma viviente; y no era de extrañar. El caer era un osario hediondo y desolado. Los guerreros a quienes les había caído en suerte vigilarnos no podían haber sido designados para una tarea más desagradable.

 

Me maravillé del coraje de la pequeña Ffand. La niña había soportado lo que habían eludido hombres avezados en la lucha.

 

Nos dirigimos a toda prisa hacia el lugar donde otrora estaban las puertas y allí nos detuvimos para echar una ojeada a la llanura. Abajo se alineaban las fogatas del campamento y, hacia la curva de Muir Glain, las estacadas de los caballos. Si bordeábamos el campamento hacia el este, podríamos apoderarnos de algunos caballos sin ser vistos.

 

Pero tendríamos que darnos prisa pues el cielo comenzaba a clarear. Pronto amanecería y la gente empezaría a despertarse. Deseábamos estar lejos antes de que alguien se diera cuenta de que habíamos escapado.

 

Sin intercambiar palabra, echamos a correr camino abajo. Llegamos hasta las primeras tiendas del campamento y, con el corazón palpitante, lo fuimos bordeando; alcanzamos las empalizadas de los caballos cuando los primeros rayos del sol asomaban por el horizonte.

Había centinelas: dos hombres de la Manada de Lobos, en actitud descuidada y distraída, pero, al fin y al cabo, vigilando. Así que hicimos una pausa para decidir el mejor modo de apoderarnos de los caballos sin alertarlos. De súbito, uno de ellos se levantó, se alejó de la fogata y se dispuso a recorrer la línea de la empalizada. El otro centinela se quedó junto al fuego, aparentemente dormido.

 

–Ahora o nunca -dijo Llew, y se dispuso a precipitarse entre los animales.

 

Apenas había dado un paso cuando vimos dos caballos relativamente alejados de la empalizada que se dirigían hacia donde estábamos. Los contemplamos asombrados y de pronto vimos que una niña menuda y frágil los conducía de las riendas hacia nosotros.

 

Efectivamente, la chiquilla se acercaba hasta donde aguardábamos nosotros en un extremo de la empalizada. Era más joven de lo que yo recordaba, muy delgada, desdentada y con la cara sucia, los cabellos mojados y la ropa cubierta de polvo por el duro esfuerzo que había estado haciendo para liberarnos.

 

–¡Valiente criatura! – musitó Llew.

 

–Que el Sumo Dador la bendiga -murmuré yo.

 

Escruté la empalizada para ver si regresaba el centinela, pero no se veía un alma. Instantes después la niña se detuvo ante nosotros y nos tendió las riendas.

 

–No sabía cuáles eran vuestros caballos, así que cogí los que me parecieron mejores -explicó risueña-. ¿Lo he hecho bien?

 

–Lo has hecho estupendamente -repuse yo.

 

–Te quiero mucho, Ffand -dijo Llew besándola en la mejilla.

 

La niña enrojeció de satisfacción.

 

Cogimos las riendas y montamos a pelo en los caballos.

 

–¿Y Twrch? – preguntó la chiquilla.

 

–¿Puedes cuidar de él un poco más, Ffand? – inquirió Llew.

 

La niña asintió con aire solemne.

 

–De acuerdo entonces -añadió Llew-. Algún día regresaré a buscarlo.

 

–Adiós, Ffand -dije yo-. Jamás olvidaremos que nos has ayudado.

 

–Adiós -repuso la niña- Cuidaré de Twrch.

 

Dirigimos los caballos hacia el norte y cabalgamos hacia el río. Más allá de los pantanos se extendían boscosas colinas y, detrás, el anchuroso valle del río Modornn. Planeábamos atravesarlo y dirigirnos hacia el este, hacia Llogres, porque no podíamos esperar ayuda de ninguna clase en Prydain. Dos días a caballo nos separaban de Blár Cadlys, la fortaleza más importante del rey de los cruinos.

 

Cuando llegamos al límite de la zona pantanosa, Llew se detuvo y exclamó:

 

–¡Un momento! ¡Escucha!

 

A lo lejos oí el agudo sonido del cuerno dando la alarma. Nuestra huida

 

había sido descubierta.

 

5

 

ACOSADOS

 

Una niebla espesa cubría los pantanos. Nos internamos hacia el corazón del marjal donde la bruma era más densa. Si podíamos despistar allí a nuestros perseguidores, tendríamos alguna posibilidad de escapar.

 

Pero, antes de que aquella levísima esperanza pudiera tomar cuerpo, oí los perros, oí el agudo, salvaje y temible aullido de los sabuesos. De la hermosa jauría del rey habían quedado tres, y Meldron no había dudado un momento en azuzarlos tras nuestras huellas.

 

Llew llegó antes que yo al corazón del marjal y desapareció entre la niebla. Yo lo seguí y casi tropecé con él justo en la orilla del agua.

 

–¿Por dónde? – me preguntó.

 

–Desmonta. Espanta los caballos -lo urgí.

 

–Podemos despistar a los perros en la niebla.

 

–Nos localizarían por el ruido -le dije-. Espanta los caballos y quizás así podamos eludirlos.

 

Bajó del caballo y le dio una enérgica palmada en la grupa.

 

–¡Ea!

 

El caballo desapareció sin jinete en la niebla. Yo desmonté a mi vez y espanté mi corcel con una palmada y un grito; luego, con el agua por las rodillas, me dispuse a seguir la evanescente silueta de Llew.

 

Sentía tener que prescindir de los caballos tan pronto, pero era nuestra única posibilidad de escapatoria. Los perros pueden perseguir un caballo incansablemente siguiendo el rastro con su agudo olfato. Sin embargo, en los marjales, los perros sólo pueden confiar en su oído; suponía que los sabuesos perseguirían a los caballos, y los jinetes de Meldron los seguirían.

 

El agua estaba muy fría, el sol débil y distante. Nos dirigimos hacia unos matorrales.

 

–Por ahí -señalé.

 

Aún no habían brotado los retoños; las hojas estaban secas, y los tallos muertos nos arañaban las piernas.

 

–Nos esconderemos aquí -dije deteniéndome tras haber dado una docena de pasos-. Tan pronto como hayan pasado los jinetes, echaremos a correr hacia el río.

 

–Si es que no nos descubren antes -comentó Llew.

 

–¡Escucha!

 

Oí el chapoteo de los cascos de un caballo en el agua y el ladrido de un perro. Con los dientes apretados, nos metimos en el agua y nos ocultamos entre los matorrales.

 

Poco después, oímos que otro caballo chapoteaba en el agua; al instante lo siguió otro… y luego dos más.

 

La niebla propagaba el ruido que hacían los jinetes, de modo que parecían acercarse por todas direcciones. Era imposible decir dónde estaban y a qué distancia. Llew y yo permanecíamos agazapados en el agua, temblando, escuchando por doquier la barahúnda de nuestros perseguidores. Los oíamos darse indicaciones, azuzar a los perros y oíamos los ladridos y aullidos de los sabuesos.

 

Luego los ruidos fueron perdiéndose a medida que nuestros perseguidores se alejaban. Aguardamos un poco más sin salir del agua. La niebla comenzó a despejarse, y sobre nuestras cabezas aparecieron retazos de azul mientras el sol apretaba entre la neblina del pantanal.

–Deberíamos marcharnos -susurró Llew-. La niebla está aclarando y nos verán.

 

Se levantó y echó a andar.

 

–Espera -murmuré cogiéndolo de la muñeca y obligándolo a agazaparse de nuevo a mi lado.

 

Me había puesto en guardia un chapoteo de cascos en el agua. Un caballo se precipitaba hacia los matorrales. El jinete iba espada en mano, en actitud de ataque.

 

Llew se dejó caer hacia un lado para esquivarlo; yo me arrojé hacia el otro.

 

El caballo se alzó de patas, y el jinete descargó un golpe.

 

Con una hábil voltereta, Llew se escabulló bajo el caballo mientras el jinete propinaba otro mandoble. Con celeridad, Llew se incorporó vacilante, agarró el brazo armado del guerrero y lo derribó. Yo me precipité hacia el caballo y le propiné una enérgica palmada en el cuello. El asustado animal se desbocó y desapareció en el pantanal.

 

El guerrero dio un grito. Llew le dio un puñetazo en la cara y siguió golpeándolo hasta que el enemigo dejó de debatirse.

 

Temblando, aguzamos el oído.

 

Nadie respondió al grito del guerrero; no nos habían descubierto.

 

–Ayúdame -dijo Llew.

 

Alzamos a hombros al jinete y lo llevamos hasta la orilla del marjal, donde lo dejamos.

 

–El río está en esa dirección -dije mirando hacia el este-. Si nos damos

 

prisa, llegaremos allí antes de que los guerreros vuelvan a pasar por este lado.

 

–En marcha pues -repuso Llew.

 

Atravesamos a toda prisa aquellos pantanales, orillando el marjal; gateábamos cuando el terreno ascendía y a veces avanzábamos con el agua por los muslos. Con los pulmones a punto de estallar, los músculos doloridos y el corazón palpitante, nos arrastramos penosamente hacia un altozano boscoso que orillaba el río Modornn.

 

Chorreando agua helada, con la ropa mojada y pegada a las piernas, nos abrimos paso entre una frondosa vegetación de saúcos, sauces y avellanos. Martirizados por las espinas de las zarzas, atravesamos el soto buscando el bancal que descendía hacia el río.

Con la marea alta, el Modornn es una ancha y profunda corriente de aguas verdigrises. Con la marea baja, es un ancho cauce de lodo atravesado por un canal bastante profundo. En cualquier caso había que pasarlo a nado, pero yo abrigaba la esperanza de que la marea estuviera lo bastante alta como para ocultar nuestras huellas en el lodazal que flanqueaba el canal.

 

Cuando llegamos a la orilla del río, vi que la marea estaba en reflujo. El nivel del agua estaba bajando, pero todavía había la suficiente para ocultar nuestro rastro; y, si nos dábamos prisa, podríamos llegar a la otra orilla antes de que el cauce del río se convirtiera en una ciénaga.

 

Sin mirar atrás, nos internamos en el estuario arrastrándonos, cayendo, sosteniéndonos uno a otro y luchando sin tregua con el lodo. Atravesamos el canal y el cenagal del otro lado con las piernas y los brazos cubiertos de inmundo y apestoso barro.

 

Cuando llegamos por fin al bancal del otro lado, el agua apenas ocultaba ya nuestras huellas. Pero logramos arrastrarnos bajo el sotobosque, nos tendimos de espaldas respirando afanosamente y aguzamos el oído temiendo percibir en cualquier momento los terroríficos ecos de los gritos de los guerreros y el chapoteo de los cascos en la ciénaga.

 

Aguardamos un buen rato, pero no oímos ni gritos ni retumbar de cascos. Cuando nos pareció que por fin habíamos despistado a nuestros

 

perseguidores, hicimos acopio de las pocas fuerzas que nos quedaban y nos internamos en el bosque alejándonos del bancal. Sólo entonces comencé a abrigar realmente la esperanza de que podríamos escapar.

 

Desde que nos habían encerrado en el hoyo habíamos comido muy poco - pan seco y cerveza agria que los guardianes nos bajaban al agujero-, y el hambre había minado considerablemente nuestra resistencia. Nos dirigimos hacia el este, alejándonos del río, y nos detuvimos en un claro del bosque para descansar y para que el sol nos secara las ropas.

 

Aguzamos el oído por si percibíamos alguna señal de nuestros perseguidores, pero no se oía el menor ruido, ni de perros ni de caballos, y poco a poco la quietud del bosque comenzó a tranquilizarnos.

 

–No tenemos armas, ni provisiones, ni caballos -dijo Llew dejándose caer al suelo-. ¿Crees que podemos abrigar la esperanza de que los cruinos nos reciban con una copa de bienvenida?

 

Los llwyddios y los cruinos se habían enfrentado a menudo en el campo de batalla. Pero también habíamos celebrado banquetes juntos muchas veces. Meldryn Mawr había gozado del respeto del rey Calbha, aunque no siempre de su amistad.

 

–Bueno -comenté-, un bardo siempre es bienvenido en cualquier lugar. –Entonces, en marcha, sabio bardo -dijo Llew-. Y esperemos que el rey Calbha esté tan necesitado de oír una canción como lo estoy yo de una sopa

 

caliente.

 

Pese al cansancio de nuestras piernas, nos levantamos y emprendimos la marcha hacia la fortaleza de Blár Cadlys, a través de boscosas colinas y pantanosos bajíos. Caminamos todo el día mirando sin cesar hacia atrás; a menudo nos deteníamos para descansar y para comprobar que no se oía señal alguna de nuestros perseguidores. Cuando el sol se deslizaba tras las colinas, arribamos a los frondosos bancales de un escondido arroyuelo.

 

Allí, rendidos y con los pies destrozados, nos detuvimos a pernoctar; bebimos agua del arroyo y nos envolvimos en nuestros mantos para dormir entre las crecidas yerbas resecadas por el invierno. Me desperté al alba y llamé a Llew. Nos lavamos en el arroyo y reemprendimos la marcha.

 

Viajamos durante cuatro días; dormíamos por las noches junto a un arroyo o estanque y nos levantábamos al rayar el alba. Cuatro días a pie a través de frondosos bosques y resbaladizos pantanales. Era demasiado pronto para que hubiera bayas y no podíamos perder tiempo en intentar cazar algo.

 

Pero engañábamos el hambre con retoños y raíces que yo sabía cómo encontrar, y bebíamos en arroyos y estanques.

 

Al atardecer del último día, al borde de nuestras fuerzas, avistamos la fortaleza de los cruinos. Indeciblemente hambrientos, nos detuvimos en el límite del bosque y contemplamos el fuego plateado que surgía de las cocinas del caer. Se me hizo la boca agua con el olor a humo y sentí una tremenda punzada en mi estómago vacío.

 

Blár Cadlys se alza en la cima de una enorme colina rectangular que protege la entrada a Ystrad Can Cefyl, el Valle del Caballo Blanco, la ruta principal que lleva al corazón de Llogres. En las anchurosas llanuras del valle se crían enormes rebaños de caballos, orgullo y vanagloria de los cruinos, que presumen de ser jinetes inigualables. Y tal presunción encierra buena parte de verdad.

 

–¿Crees que saben lo que le ha ocurrido a Meldryn Mawr? – me preguntó Llew.

 

–No, no pueden saberlo todavía; a menos que…

 

–¿A menos que Paladyr haya llegado aquí antes que nosotros?

 

Llew me había adivinado el pensamiento.

 

–Vamos, pronto averiguaremos lo que saben.

 

Salimos del bosque y nos dirigimos al caer, pero despacio para darles tiempo a que se apercibieran de nuestra llegada. Y así lo hicieron. En efecto, en cuanto hollamos el camino que conducía hacia la puerta de la fortaleza, aparecieron tres guerreros en el parapeto. Uno de ellos nos gritó instándonos a que nos diéramos a conocer.

 

–Soy Tegid Talaryant -grité a mi vez-. Bardo Supremo de Meldryn Mawr, rey de los llwyddios. El hombre que me acompaña es el paladín del rey. Tenemos importantes asuntos que tratar con tu señor.

 

El guardián nos miró con aire incrédulo, intercambió unas palabras con sus camaradas y contestó:

 

–Pretendéis ser hombres de rango y categoría, pero comparecéis como mendigos. ¿Dónde están vuestros caballos y vuestras armas? ¿Por qué llegáis cubiertos de andrajos y a pie?

 

–Eso es asunto mío -respondí yo-. Pero quizá Calbha considere que vale la pena recibirnos como corresponde a hombres de nuestro rango y renombre. Los hombres soltaron una carcajada al oírme, pero yo corté sus risas en

 

seco.

 

–¡Oídme bien! Si no lleváis inmediatamente mi mensaje a vuestro señor, os maldeciré a vosotros y a todos vuestros parientes.

 

Aquello les dio que pensar.

 

–¿Crees que se lo han tragado? – preguntó Llew mientras los tres discutían en voz baja mi amenaza.

 

–Quizá no. Pero ahora mismo comprobaremos hasta qué punto les agrada arriesgarse.

 

Era evidente que a los guardianes cruinos no les gustaba tentar la suerte, porque, tras breve deliberación, uno de ellos desapareció del parapeto y momentos después la puerta se abrió de par en par. Cuatro guerreros salieron del caer para conducirnos ante el rey. No pronunciamos palabra, pero nos indicaron con un gesto que los siguiéramos.

 

Había estado hacía mucho tiempo en Blár Cadlys con Ollathir, y la fortaleza conservaba casi el mismo aspecto que recordaba, aunque se habían producido algunas mejoras: había aumentado el número de graneros y había dos casernas de guerreros donde antes se levantaba sólo una. A las puertas de las cabañas de los artesanos, había hombres tallando astiles de lanzas; los apriscos de ganado también habían sido agrandados.

 

Cuando llegamos junto al pabellón real, uno de los guerreros nos indicó que nos detuviéramos y entró a avisar a su señor. El rey Calbha salió a recibirnos en persona. De anchas espaldas y cuello de toro, el rey llevaba recortados los negros cabellos y la barba, pero el bigote muy largo. Avanzó hacia nosotros con la mano en la empuñadura de la espada y el entrecejo fruncido. Los hombres que lo acompañaban parecían interesados en presenciar cómo iba a tratarnos el rey.

 

–Salud, llwyddios -dijo el señor de los cruinos sin tendernos la mano-. Hace mucho tiempo que no acogemos a gente de vuestra tribu entre estos muros. Y no sabría decir si he echado de menos tal honor.

 

–Salud, rey Calbha -contesté inclinando respetuosamente la cabeza-. Hace mucho tiempo que los llwyddios no se aventuran a cruzar el río Modornn. Pero no me cabe duda de que pronto os acostumbraréis al placer de recibirnos con harta frecuencia.

 

El rey de los cruinos entrecerró los ojos. Había captado la admonición implícita en mis palabras.

 

–Podéis venir siempre que queráis -se apresuró a replicar-. Tanto si lo hacéis en son de paz como de guerra, nos encontraréis siempre dispuestos a

 

recibiros adecuadamente.

 

Nos contempló de los pies a la cabeza y lo que vio no pareció impresionarlo lo más mínimo, porque frunció aún más el entrecejo.

 

–¿Por qué os presentáis de tal guisa?

 

–En Prydain -respondí yo-, se procura a un bardo el calor del hogar antes de rogarle que cante.

 

Calbha apretó la mandíbula.

 

–En Llogres -dijo lentamente-, un bardo no anda por esos mundos como si acabara de escaparse del hoyo de los rehenes.

 

–Tus palabras son más certeras de lo que supones, señor. Y, si mi garganta no estuviera reseca por la sed ni mi vientre vacío por el hambre, te contaría una historia que sin duda te resultaría muy interesante.

 

Calbha echó hacia atrás la cabeza y soltó una carcajada.

 

–Bien dicho, bardo. Entra en palacio. Come y bebe conmigo; descansa y duerme. Estás en tu casa, sois mis huéspedes…, tú y ese embarrado paladín que te acompaña.

 

Alcé las manos y lo bendije.

 

–Que la paz sea contigo puesto que nos albergas bajo tu techo, y que de hoy en adelante todos te llamen Calbha el Generoso.

 

Mis palabras complacieron al señor de Blár Cadlys. Nos franqueó la entrada al palacio y ordenó que trajeran la copa de bienvenida. El copero mayor se apresuró a traer un bol de plata de considerable tamaño. Se lo ofreció a su señor, que bebió un largo trago.

 

–¡Bebed! Bebed, amigos míos, y saciaos -dijo Calbha secándose el bigote con la manga del siarc.

 

Me pasó el bol, y yo bebí pensando que jamás había probado una cerveza tan rica y sabrosa.

 

Luego pasé el bol a Llew, que debía haber bebido antes que yo, porque al fin y al cabo era el rey de Prydain. Pero consideré oportuno no revelar su rango todavía. Llew no pareció notar tal descortesía, contento de sostener el bol entre sus manos.

 

Se sucedieron varios brindis y nos sentamos junto a Calbha pasándonos una y otra vez la copa de bienvenida hasta que estuvo completamente vacía. Cuando el rey se disponía a llenarla otra vez, se lo impedí diciéndole:

 

–Tu cerveza es la mejor que he probado en muchos, muchísimos días.

 

Pero, si bebo más, seré incapaz de cantar.

 

El rey hizo un gesto de protesta, pero entonces Llew tomó por primera vez la palabra:

 

–Señor, como ves, no somos huéspedes dignos de tu mesa -dijo señalando nuestros embarrados harapos-. Permite que nos demos un baño y verás cómo nos convertimos en comensales mucho más agradables.

 

–Ya veo que habéis hecho un duro viaje -comentó Calbha-. Id a lavaros y volved cuando estéis listos. Os esperaré aquí.

 

Fuimos llevados al patio trasero del cuartel de guerreros más cercano, donde había una enorme pila de piedra llena de agua que los guerreros usaban para bañarse cuando terminaban sus ejercicios en el patio. Nos trajeron una jofaina, jabón de sebo y toallas para secarnos. Nos quitamos los andrajos y nos metimos en la pila. El agua estaba muy fría, pero nos sumergimos en ella con verdadero placer, pues era para nosotros un auténtico bálsamo. Nos frotamos la cabeza y los miembros y nos echamos agua por encima con la jofaina.

 

Mientras estábamos lavándonos, apareció una mujer que recogió nuestras ropas y dejó otras limpias para que no tuviéramos que volvernos a poner nuestros harapos. Mientras nos secábamos, Llew me preguntó de pronto:

 

–¿Por qué los coranyid sólo atacaron Prydain?

 

La pregunta me cogió desprevenido. Era cierto que Nudd y su horripilante hueste habían destruido con imparable odio y frenesí todos los poblados de Prydain. No obstante, la fortaleza de los cruinos, que estaba tan cerca de Sycharth, no había sido devastada. ¿Por qué sólo Prydain? ¿Por qué no Llogres? ¿Por qué Nudd había desatado su cólera sólo contra Prydain, y en cambio, a juzgar por el aspecto de Blár Cadlys, había respetado Llogres?

 

–Buena pregunta -repuse-. Desconozco la respuesta.

 

–Pero sabías que los cruinos seguían aquí -insistió él-. Lo sabías, Tegid.

 

Jamás lo pusiste en duda.

 

–No me detuve a considerarlo. Sólo pensaba en escapar; y éste era el refugio más cercano -contesté.

 

–Quizá sea así -dijo Llew-. Pero presupusiste que los coranyid no habían destruido a los cruinos. Me extraña en ti, Tegid.

 

Nos pusimos rápidamente los vestidos que nos habían traído y regresamos a palacio. Habían encendido la chimenea y habían colocado en torno algunos asientos. Calbha estaba sentado rodeado por sus consejeros y algunos miembros de su banda de guerreros; unos veinte hombres en total.

 

Sentada junto al rey, había una mujer de cabellos negros; los guerreros estaban de pie, muy cerca, hablando ruidosamente con jarras de cerveza en las manos.

–¿Quién es la mujer que está con el rey?

 

–Eneid -respondí-. Es la reina.

 

Calbha y su esposa estaban hablando con las cabezas muy juntas cuando entramos en la sala. Al vernos, interrumpieron la conversación; la reina nos contempló con curiosidad. Cuando estuvimos frente al trono, saludé a la reina, que inclinó la cabeza y me dijo:

–Mi marido me ha contado que habéis venido a pie desde Prydain y habéis dormido entre pantanales y matojos. Espero que disfrutéis de la hospitalidad de Blár Cadlys.

 

–Gracias, señora -repuse-. Puedo deciros que nos encontramos mucho más a gusto aquí que en nuestro propio hogar.

–Sin duda estaréis hambrientos -dijo la reina, levantándose-. Sentaos junto a mi marido. Arde en deseos de conversar con vosotros. Mientras habláis, me ocuparé de disponer lo necesario para que vuestra estancia aquí sea lo más agradable posible.

 

Me ofreció su asiento y señaló a Llew una silla vacía; luego se marchó. –Sois los primeros huéspedes que recibimos en mucho tiempo comentó el

 

rey-. Mi esposa considerará un insulto que no comáis y bebáis hasta la saciedad. En cuanto a mí, me agradaría muchísimo enterarme de lo que pasa en las tierras allende el Modornn.

 

–Pregunta lo que quieras, señor. Te relataré todo lo que sepa.

 

–Dime, pues -preguntó Calbha mientras ocupábamos nuestros asientos a su lado-, ¿os habéis fugado del hoyo de los rehenes de Meldryn Mawr?

 

Calbha era franco y directo, casi rudo. Sin embargo, nos había ofrecido la libertad y la comodidad de su hogar. No vislumbré mala intención ni en él ni en sus bruscas maneras y decidí por tanto contestarle con la misma franqueza.

 

–Sí. Hemos escapado del hoyo de prisioneros de Sycharth y hemos venido a pedirte ayuda.

 

Mi sincera confesión causó sensación entre los hombres de Calbha. El rey silenció los comentarios con un gesto.

 

–¿Un bardo y un paladín en el hoyo de prisioneros? – musitó-. No es propio de Meldryn Mawr desperdiciar los méritos de hombres tan valiosos sin motivo justificado. Debéis de haber cometido algún crimen realmente

 

atroz.

 

–No hemos cometido crimen alguno, señor -repliqué-, excepto que nos hemos enfrentado a un hombre que contra toda ley se ha proclamado a sí mismo rey.

 

Si mi primera respuesta había hecho saltar chispas entre la concurrencia, ésta levantó llamas. Los consejeros y guerreros del rey empezaron a gritar todos a una:

 

–¡Contadnos! – exclamaron-. ¿Qué significa esto? ¿Un nuevo rey? ¿Quién es? ¡Contádnoslo!

 

Calbha se inclinó hacia nosotros con el entrecejo fruncido de preocupación.

 

–¿Un nuevo rey? ¿Qué le ha sucedido a Meldryn Mawr?

 

–Meldryn ha muerto. Asesinado por su paladín.

 

La revelación acalló a la concurrencia. Calbha alzó las cejas asombrado y miró a Llew.

 

–No -le dije-, Llew no lo mató. Tal hazaña fue llevada a cabo por Paladyr, el hombre a quien Llew había reemplazado como paladín.

 

–¿Quién es ahora el rey? – preguntó Calbha.

 

–El hijo del Soberano Señor, Meldron, se ha coronado a sí mismo rey - respondí-. Se ha otorgado a sí mismo la dignidad real.

 

El rey Calbha sacudió la cabeza sin dar crédito a lo que oía; sus consejeros murmuraban entre ellos.

 

–¿Qué ha sucedido? Tú eres el Bardo Supremo, o por lo menos así lo has dicho. ¿Cómo permitiste que la dignidad real fuera profanada de esa forma?

 

–Yo otorgué la dignidad real al que creí que la merecía -contesté con sencillez-. El príncipe Meldron no acató mi elección. Por eso nos detuvo y nos arrojó al hoyo.

 

–¡Ah! – dijo Calbha comenzando a entender-. Así es como habéis llegado hasta aquí…

 

–Sí.

 

–¿Y Meldron? ¿Los guerreros lo apoyan?

 

–Sin duda.

 

–Ya veo.

 

Calbha hizo una pausa, miró a uno de sus consejeros y le hizo una señal para que se acercara. Los dos hombres conferenciaron en voz baja unos instantes y el rey se volvió hacia nosotros.

 

–Conozco a ese Meldron -dijo-. Recuerdo que capitaneaba la banda de guerreros llwyddios en los disturbios que estallaron en el norte hace algún tiempo.

–Eso es, señor -comenté-. Es un jefe de guerra muy competente. Meldryn le había confiado el mando de sus guerreros.

 

–¿Qué hay en el corazón de Meldron: paz o guerra? – preguntó el rey de los cruinos, revelando con tal pregunta lo que verdaderamente escondía su corazón.

 

Supe entonces que no me había equivocado al confiar en él. –Meldron hará lo que sea para acrecentar su poder, sea la paz o la

 

guerra…, aunque juzga que la paz es un camino muy lento.

 

–¿Qué le ha sucedido al verdadero rey? – preguntó Calbha-. Me has dicho que otorgaste la dignidad real a otro. ¿Qué ha sido de él?

 

Juzgué, por el ambiente que se respiraba entre el rey y sus hombres, que había llegado el momento de revelar lo que hasta entonces había callado deliberadamente.

 

–Aquí lo tienes, señor -dije poniendo mi mano sobre el hombro de Llew. Calbha miró a Llew y lo observó atentamente unos instantes antes de

 

hablar.

 

–No sabía que recibía en mi hogar a un rey. Confío en que mi ignorancia no te habrá ofendido.

 

–Rey Calbha -repuso Llew-, no tengo el aspecto de un rey, es natural que no lo notarais. Y no soy de esos hombres que imaginan ofensas donde no las ha habido. Además, he llegado hasta ti como un exiliado y he encontrado aquí el refugio que se me ha negado en otros lugares. Te doy las gracias por ello; no lo olvidaré jamás.

 

La respuesta no podría haber sido más del agrado del rey de los cruinos. Calbha no preguntó nada más; trajeron jarras de cerveza y llenaron nuestras copas. Mientras bebíamos, la reina y sus criados entraron en la sala para disponer las mesas. Aquella noche comimos hasta la saciedad y dormimos bajo la segura protección de Calbha.

 

6

 

EN PUERTO SEGURO

 

Empleamos los días que permanecimos en Blár Cadlys en descansar y recuperar nuestras fuerzas. El rey Calbha se reveló como un excelente anfitrión. No nos escamoteaba ni comida ni bebida, ni trató de explotar nuestra miseria en su propio beneficio. Sin duda, un hombre menos honrado que él se hubiera aprovechado de nuestra precaria situación. Pero Calbha nos dejaba a nuestro aire sin exigirnos nada. Mi confianza en él aumentaba día a día.

 

Y, puesto que se había ganado mi confianza en los nimios detalles cotidianos, decidí confiar en él en asuntos de importancia: le conté todo lo sucedido en Prydain durante aquella estación de sollen tan anormalmente prolongada. Le conté la destrucción de Prydain por Nudd y sus demonios coranyid. Calbha escuchó mi relato estupefacto y en silencio.

 

Cuando hube acabado de contarle todo, me dijo:

 

–Es cierto que fue un sollen muy largo y más crudo de lo habitual. Sin embargo, nosotros no le dimos mayor importancia -comentó sacudiendo lentamente la cabeza-. Pero todo eso que me has contado…, la destrucción de Prydain, es más de lo que habría podido imaginar jamás.

 

Calbha no pudo esclarecerme el misterio de la destrucción de Prydain. No tenía noticia alguna del ataque de Nudd y no se podía explicar por qué Llogres se había librado de la venganza de la horda demoníaca.

 

–¿Qué quieres de mí? – preguntó después percibiendo que había llegado el momento de afrontar el motivo de nuestra visita.

 

–Quiero que me ayudes a restaurar a Llew en el trono de Prydain -le dije.

 

Se acarició con aire meditabundo la punta del bigote.

 

–Me pides ayuda, y te la prestaría gustoso -repuso al fin-. Pero no es mi sangre la que debería derramarse en esa lucha. De todas maneras pondré en conocimiento de mis capitanes el asunto para que tomen una decisión.

 

Envió mensajeros a los nobles y capitanes de todos los poblados convocándolos a una asamblea. Cuando hubieron llegado a Blár Cadlys y estuvieron reunidos en el palacio, el rey me ordenó que les dirigiera la palabra.

 

–Habla, bardo -indicó-, estamos dispuestos a escucharte.

 

Yo me adelanté y les relaté todo lo que había sucedido durante la estación

 

de las nieves. Les conté que Sycharth había sido destruida y que los habitantes de Prydain habían sido diezmados. Les hablé de Nudd y de la hueste de demonios, de cómo el Soberano Señor había sido asesinado alevosamente. Les conté cómo el príncipe se había apoderado por la fuerza de la torques; les sugerí que Meldron era todavía débil y que si actuábamos con celeridad podríamos detenerlo antes de que tuviera tiempo de hacerse fuerte y poderoso.

 

Luego les rogué que apoyaran y ayudaran a Llew a recuperar el trono de Prydain, que en justicia le correspondía. Calbha me dio las gracias y me rogó que me retirara para que el rey de los cruinos y sus consejeros discutieran lo que acababa de exponerles.

 

Celebraron consejo durante todo el día, mientras Llew y yo descansábamos saboreando el calorcillo de gyd que extendía sus lenitivas manos sobre la tierra asolada por el crudo sollen. Llew permanecía silencioso y taciturno. Me di cuenta de que estaba sumido en sus pensamientos y no quise estorbarlo. Al día siguiente por la tarde fuimos conducidos ante el consejo real para que escucháramos el resultado de las deliberaciones.

 

La sala estaba oscura y olía a humo rancio. La chimenea se encontraba apagada. Avanzamos hacia el trono del rey y nos detuvimos ante él; no nos invitaron a tomar asiento. En los rostros inexpresivos y solemnes de la concurrencia leí que los buenos deseos de Calbha habían llegado a su final. El rey no suavizó el golpe, sino que habló con su habitual franqueza.

 

–Hemos prestado oído al aviso implícito en tus palabras, bardo -dijo-. Y creemos que salvará muchas vidas. Por eso, estamos en deuda contigo. Pero no podemos apoyarte frente a Meldron.

 

–Rey Calbha -repliqué-, acato tu decisión, aunque mi corazón se llena de congoja. Porque, al revelarte la debilidad de Meldron, he puesto la vida de mi pueblo en tus manos sin haberte exigido a cambio la promesa de que podía confiar en ti.

 

–Es cierto, no me has exigido promesa alguna -se apresuró a asentir el rey-. Pero te prometo que me contento con dejar las cosas como están: no empuñaré las armas contra los llwyddios ni me apoderaré de las tierras de Prydain.

 

Me disponía a darle las gracias, pero el rey de los cruinos me silenció con un gesto.

 

–Sin embargo, estoy convencido de que no será fácil contentar a Meldron.

 

El hecho de que permanezcáis aquí inflamará su cólera contra nosotros, y no tengo el menor deseo de darle motivos para que nos declare la guerra. Así que debéis marcharos antes de que el sol se ponga mañana.

 

Los cruinos mostraron su aprobación entre murmullos.

 

–Pero, por la confianza que me habéis demostrado -continuó el rey-, os daré los caballos que escojáis; también os daré las armas que deseéis y todas las provisiones que consideréis necesarias. ¿Qué os parece?

 

–Eres más que generoso, rey Calbha -respondí inclinando la cabeza respetuosamente-. Aceptamos agradecidos tus regalos.

 

Entonces intervino Llew.

 

–Tu generosidad es grande, señor. Pero no puedo menos que preguntarme…, si no es abusar demasiado: ¿podríamos pedirte algo más?

 

–¿Qué? – inquirió Calbha con cierto recelo-. Habla. ¿Qué deseas? –Nos gustaría que nos dieras un bote, rey Calbha.

Calbha observó circunspecto a Llew acariciándose la punta del bigote. –¿Un bote? – repitió mirando a sus consejeros; nadie pareció oponerse a

 

nuestra demanda-. Muy bien, os daré un bote. Pero, a cambio del bote, os pediré una cosa.

 

–Pídela -replicó Llew-. Puedes contar con ella si está en nuestras manos. –Te pido que haya paz entre nosotros mientras ambos reinemos. –Señor, soy un rey sin reino y sin pueblo, si es que lo soy. Pero

 

cualquiera que sea la autoridad que posea, te prometo mantener la paz contigo mientras viva.

 

Estas palabras, sencillas y sinceras, complacieron sumamente a Calbha. Tras intercambiar promesas de paz, el rey Calbha ordenó que trajeran una copa que compartió con Llew. Grabé en mi memoria el acontecimiento porque era la primera vez que la dignidad real de Llew había sido reconocida de hecho, no sólo de palabra.

 

Al alba del día siguiente, Calbha nos condujo a una empalizada donde habían reunido doce caballos entre los que debíamos escoger. Eran excelentes corceles y me disponía a escoger por los dos, cuando Llew se volvió hacia Calbha.

 

–Nos espera un largo viaje -dijo-, y sin duda muchos peligros. Los caballos de los cruinos gozan de merecida fama en toda Albión, y éstos superan en mucho a todos los que hasta ahora he visto. Si estuvieras en mi lugar, ¿cuáles escogerías?

 

Esto dio a Calbha la oportunidad de demostrar su superior experiencia en caballos, cosa que lo satisfizo en grado sumo.

 

–Cualesquiera de estos animales os servirán para el viaje -declaró-. Todos son excelentes corceles. – Hizo una pausa y nos guiñó un ojo-. Pero haces bien en pedirme consejo, porque a veces no basta con unas patas ligeras y un pelo lustroso.

 

Entró en la empalizada y caminó entre los caballos palmeteándolos, acariciándolos y sopesando sus flancos, seguido por Llew; mientras examinaban los caballos, iban intercambiando comentarios y discutiendo sus méritos. Los contemplé con curiosidad mientras conversaban y se me antojó que Llew parecía más resuelto y decidido que nunca. Su actitud había cambiado. Por primera vez desde que había surgido del Montículo de los Héroes en Cnoc Righ, parecía seguro de sí mismo.

 

Calbha y Llew inspeccionaron los caballos y después de largas deliberaciones escogieron dos: una yegua negra de esbeltas patas y un semental zaino con cernejas blancas. Ambos eran ejemplares fogosos, jóvenes y fuertes. Cuando estuvieron ensillados, el propio Calbha nos acompañó hasta la costa montado en su corcel, un vigoroso macho negro y blanco.

 

Como los llwyddios, los reyes cruinos han poseído desde tiempo inmemorial una franja costera a lo largo de Muir Glain, que utilizaban como varadero. Pero, a diferencia de los llwyddios, los cruinos jamás han sido hombres avezados al mar. Siempre han preferido los caballos, pues les agrada sentir la tierra firme bajo los pies.

 

Pese a ello, sus botes son resistentes y muy marineros: negros, sólidos, ligeros, con pesadas velas cuadradas. Y, aunque Calbha sólo tenía cuatro botes suficientemente grandes como para transportarnos a nosotros y a los caballos, insistió en darnos el mejor de los cuatro. Mientras los marineros aparejaban la embarcación, el rey cruino recorría la playa supervisando todos los detalles y dando órdenes a sus hombres para que sujetaran bien los caballos en el centro del bote.

 

Creo que sentía de corazón que nos marcháramos. No tenía bardo y le habría gustado que me quedara con él. Además, Llew se había ganado su respeto y consideración; habría encontrado para él un lugar en su banda de guerreros, si no hubiera sido por el miedo que le tenía a Meldron.

 

Por eso, el rey Calbha nos prestó toda la ayuda de que fue capaz. Y,

 

cuando llegó el momento de hacernos a la mar, permaneció en la orilla con las manos cruzadas sobre el pecho contemplándonos hasta que ganamos aguas profundas e izamos la vela.

–Ha sido muy generoso con nosotros -comentó Llew instalándose al timón junto a mí-. Me gustaría corresponder a su amabilidad algún día.

 

–Bueno, ahora que tienes tu barco, ¿qué rumbo quieres tomar? pregunté contemplando el mar que se extendía ante nosotros-. El mar está en calma; el viento es suave. Meldron ha quedado atrás. ¿Adónde vamos?

 

–A Ynys Sci -replicó sin titubeos-. Allí seremos bien recibidos. Así que pusimos rumbo a Ynys Sci, la más hermosa de las islas de

 

Albión, navegando hacia puerto seguro a través del camino de las ballenas. Nuestro bote no era rápido, pero sin duda habría navegado por sí solo. Bastaba con mantener las velas hinchadas para que la proa surcara las plateadas aguas. Viajábamos confiados en la seguridad de que Meldron no podía perseguirnos porque no había quedado ni un bote en Sycharth. En cuanto perdimos de vista Muir Glain, pudimos atracar donde y cuando quisimos para acampar y buscar agua y forraje para los caballos.

 

En suma, fue un agradable viaje, salvo que las tierras frente a las que pasábamos estaban deshabitadas y abandonadas. Prydain era un desierto. No se veía un alma y eso me hizo pensar que quizás encontraríamos abandonada Ynys Sci cuando llegáramos.

 

Cuando, tras varios días de navegación, avistamos el escarpado promontorio de Ynys Sci, me encaramé a proa y escruté los acantilados que se cernían sobre la bahía.

 

–¡Mira! – grité señalando el tenue hilillo de humo que se alzaba de las cocinas situadas tras el palacete de Scatha-. Nudd no ha llegado hasta aquí.

 

–Bien -repuso Llew.

 

Fue todo lo que dijo, pero era evidente que sentía un tremendo alivio. Durante su estancia en la isla, había entregado su corazón a aquellos parajes. «Ynys Sci es mi hogar, si es que tengo alguno», me había comentado en cierta ocasión.

 

Pero además tenía otra razón para desear llegar a Ynys Sci. La isla estaba fuera del alcance de Meldron; pasaría mucho tiempo antes de que el usurpador se aventurara a buscarnos allí. Sin embargo, pese a su remota situación, Ynys Sci tenía tratos con toda Albión: los hijos de nobles y paladines acudían a la isla de Scatha a aprender el arte de la guerra. Por ellos

 

tendríamos noticias de cómo estaba la situación en Caledon y Llogres. Estos pensamientos llenaban mi mente cuando entramos en la profunda

 

bahía de arenosas playas. Ya nos habían avistado y fuimos recibidos por Boru, instructor jefe de la escuela de Scatha. Bajó a caballo desde el caer hasta la playa para saludarnos.

 

–¡Tegid! – gritó cuando me vio a proa.

 

Azuzó al caballo hacia la espumosa rompiente, desmontó de un salto y se metió en el agua para recibirnos.

 

–Me alegro de verte, Tegid. ¡Bienvenido! – saludó. Le arrojé un cabo, se lo enrolló en las manos y comenzó a tirar del bote hacia la playa-. ¿Quién viene contigo, Tegid?

 

–¡Boru! – exclamó Llew saltando del bote-. ¿Es que no me conoces? El larguirucho guerrero se detuvo al oírlo y lo miró estupefacto. –¿Llyd? – dijo-. ¿Es posible que seas tú?

 

–Sí, es Llyd… o por lo menos lo era -respondí yo-. Ahora se llama Llew.

 

Han sucedido muchas cosas desde la última vez que nos vimos.

 

–¡Salud, hermano!

 

Llew chapoteó hacia Boru tendiéndole las manos según la costumbre entre parientes.

 

–¿Ahora te llamas Llew? – Boru se echó a reír y, soltando la cuerda, aferró los brazos de Llew con cariñosa energía-. Así pues has acabado por ganarte un nombre más honorífico. ¡Cuéntame cómo ha sido!

 

–Calma, calma -repuso Llew-. Tegid arde en deseos de contártelo todo. Boru nos ayudó a atracar el bote y a desembarcar los caballos, que

 

montamos a pelo para atravesar la playa y subir por el estrecho y serpenteante camino que conducía hasta el caer. El caer de Scatha no tenía ni muralla ni puertas; su renombre como guerrero le bastaba como protección. Así llegamos a caballo hasta la misma entrada del pabellón y allí desmontamos.

 

–¡Repara en el aroma de este aire, Tegid! – dijo Llew inspirando con energía; luego miró al cielo-. ¡Y mira…, ah, esta luz del sol! No la hay igual en ningún otro lugar.

 

Boru nos franqueó el paso alzando la piel de buey que cubría la entrada y gritando con excitación. No fue Scatha quien respondió, sino Goewyn, su hija de cabellos de oro. Se levantó del asiento que ocupaba junto al hogar y, primero con expresión de sorpresa y después de placer, vino a nuestro encuentro.

 

–Bienvenido, Tegid. Me alegro de verte. Parece que hace años que te marchaste, aunque en realidad sólo ha transcurrido una estación.

 

Luego miró con cortesía a Llew. Su sonrisa se desvaneció mientras sus ojos escrutaban las facciones de Llew.

 

–Goewyn…, yo… -tartamudeó Llew. Al oír su nombre, la muchacha exclamó: –¿Llyd?

 

Él asintió. Goewyn avanzó unos pasos, titubeante, y alzó las manos para tocarlo, pero las dejó caer.

 

–Antes se llamaba Llyd -expliqué yo-, pero ya no. El hombre que tienes ante ti se llama ahora Llew, y es el rey de Prydain.

 

–¿De verdad? – murmuró Goewyn con los ojos muy abiertos por el asombro-. ¿El rey?

 

–Cosas de Tegid -admitió Llew-. Es una larga historia.

 

–¡A fe que me muero por oírla! ¿Rey de Prydain? – Boru silbó con genuina sorpresa-. ¿Quién lo hubiera podido adivinar?

–Has cambiado -dijo Goewyn con voz dulce-. Y en algo más que en tu nombre. No eres la misma persona que se marchó de aquí hace tan sólo una estación.

 

Alzó la mano para tocarle el cabello y la cara. Luego, como si se hubiese convencido al fin de que el hombre que estaba ante ella era el mismo que recordaba, lo abrazó.

 

–Te he echado de menos -musitó.

 

Mientras sus hermosos ojos castaños expresaban un cariño infinito, capté perfectamente cómo se abandonaba a él y no me cupo duda alguna de que, durante los tenebrosos y gélidos días de sollen, la muchacha había guardado en su corazón un rescoldo ardiente. Ese rescoldo se había convertido en una llamarada cuando abrazó a Llew y desde ese momento iba a arder infatigablemente.

 

¿Por qué no? Ambos se conocían muy bien. Llew había vivido siete años en aquella isla: durante tres estaciones del año se entrenaba para convertirse en un guerrero, durante la cuarta estación de los fríos descansaba y gozaba de la compañía de Scatha y de sus tres hermosas hijas, cada una de las cuales servía en la corte de un rey, que regresaban a Ynys Sci en invierno cuando la mayoría de los aprendices de guerrero se habían marchado a sus hogares, junto a su clan y su familia.

 

Sin embargo, obedeciendo órdenes de Meldryn Mawr, Llew no había regresado a Sycharth, sino que había pasado las crudas y frías estaciones en Sci junto a los pocos que gozaban del privilegio de quedarse en tan agradable compañía.

 

Miré a Boru.

 

–¿Cuántos guerreros tenéis aquí?

 

–Dieciséis -contestó-. Han ido a cazar al otro lado de la isla y no regresarán hasta que hayan casi reventado sus caballos. Los demás todavía no han vuelto de sus hogares.

 

–¿Dónde está Scatha?

 

–Cabalgando -repuso Goewyn, que, recordando sus deberes de anfitriona, se dispuso a atendernos debidamente-. Estáis cansados del viaje. Sentaos, por favor, y descansad. Os traeré de comer y de beber.

Se apresuró a salir de la sala, y Llew se quedó embobado mirando la cortina tras la que había desaparecido al fondo de la habitación.

 

–Es magnífico estar de vuelta aquí. Me siento como si hubiese estado ausente toda una vida.

 

–Sentaos, hermanos -dijo Boru acercándonos unas sillas. Él también se sentó y cruzó los brazos sobre el pecho-. ¿Qué noticias traéis de Meldryn Mawr? ¿Dónde están los cachorros de guerreros? – preguntó sonriente.

 

Yo me quedé de piedra. ¿Cómo era posible que en la isla no hubieran tenido noticia de lo que pasaba en el mundo?

 

–¿Qué noticias has tenido de Prydain? – pregunté a mi vez.

 

–Nada en absoluto; ni tan siquiera un rumor -respondió Boru-. Pero no es de extrañar. El mar se heló entre Sci y la tierra firme este año.

Nunca había visto un frío tan atroz; creí que el invierno no acabaría jamás.

 

Entonces reapareció Goewyn acompañada de la hermosa Govan. Eran hermanas, pero no se parecían en nada. Los cabellos de Goewyn eran rubios como el oro y suaves como el lino, y su piel era blanca y delicada; los cabellos de Govan eran oscuros y tenía la piel muy morena, como besada por el sol. Sus ojos eran azules y los de su hermana castaños. Y mientras Goewyn era alta y grácil, Govan era menuda y vivaracha, una auténtica delicia en movimiento. Casi nunca estaba callada y jamás quieta. Donde estaba Govan siempre había risas, o lágrimas, es cierto, pero jamás silencio.

 

Entraron en la sala riendo, y Govan se apresuró a acercarse a Llew.

 

Levantó sus ojazos y lo miró con franqueza, escrutando sus facciones, fascinada por el cambio que veía en ellas.

 

–¿Llyd? – susurró impresionada con un hilillo de voz-. ¿Qué te ha ocurrido?

 

–Ha sido un invierno muy duro -contestó Llew. –Mi hermana me dijo que habías cambiado, pero…

 

Satisfecha con el nuevo aspecto de Llew, soltó una alegre carcajada y no acabó la frase.

 

–Me alegro de verte, Govan -dijo Llew.

 

–Siempre serás bienvenido aquí -declaró Govan súbitamente solemne, aunque la risa le bailaba aún en las comisuras de los labios-. Y serás no menos bienvenido ahora que te has convertido en rey.

 

Fuera resonaron ecos de cascos y, antes de que cesaran, apareció Scatha, vestida con una túnica y un manto escarlata con un ceñidor de color ciruela. Llevaba los largos cabellos sueltos y despeinados por la cabalgada. El ejercicio le había arrebolado las mejillas, y entró en la sala con la mirada alerta porque había visto nuestro bote en la playa y sabía por tanto que tenía huéspedes que atender.

 

–¡Tegid! – exclamó al entrar-. Bienvenido seas. – Luego miró a Llew-. Y tú también… -Titubeó unos instantes, se acercó más y escudriñó su rostro-¿Llyd? ¿Eres tú?

 

–He regresado, Pen-y-Cat-respondió usando el sobrenombre que le habían puesto los aprendices de guerrero y que quería decir «Jefe de Batalla».

 

–Acércate, hijo -indicó ella, pues consideraba hijos suyos a todos aquellos a quienes había adiestrado y educado en su escuela.

 

Llew avanzó unos pasos. Ella le puso las manos en los hombros y lo miró a los ojos.

 

–Sí, eres Llyd -declaró y, acercándose, lo besó en las mejillas-.

 

Bienvenido, hijo mío.

 

–Ahora me llaman Llew -dijo él con sencillez.

 

–Y es rey -añadió Govan.

 

–¿Es cierto? – preguntó Scatha mirando plácidamente a Llew-. Me gustaría oír la historia completa.

 

En ese momento entraron varios criados con bandejas de pan, carne fría y jarras de cerveza.

 

–Encended el fuego y llenad las copas -ordenó Scatha. Luego se volvió

 

hacia mí-. Y tú, Tegid Tathal, cuéntanos cómo ha sucedido ese acontecimiento tan notable.

 

–¡Por fin! – exclamó Boru-. Empezaba a pensar que este bardo se había tragado la lengua.

 

En ese preciso momento compareció Gwenllian, la hija mayor de Scatha. Había salido a cabalgar con su madre y se había entretenido atendiendo a los caballos en el establo antes de entrar en el palacete. Se unió al grupo y saludó mientras nos echaba una rápida ojeada.

Al reconocer a Llew, se quedó helada.

 

La sonrisa de bienvenida se le borró del rostro y su cuerpo se puso rígido. Creí que iba a desmayarse porque vaciló sobre sus pies, pero sus ojos permanecieron alertas y vivaces. Todos nos mantuvimos en silencio observándola.

 

–¡Salud, Llew, bienvenido seas! – exhaló casi en un susurro de reconocimiento, sin dejar de escrutarle el rostro-. Por fin has regresado.

 

No me extrañó tal bienvenida, porque había sido Gwenllian con sus ojos de color esmeralda la primera en vislumbrar los calamitosos acontecimientos que iban a asolar Albión. Y había sido Gwenllian quien pronunció la profecía de la que Llyd había sacado su nuevo nombre. Al verlo ahora, la sabia banfáith lo había reconocido pese a lo cambiado de su aspecto, o quizá precisamente por eso.

 

Pasado el emocionante momento, Gwenllian se acercó a Llew, lo cogió de las manos y lo besó en las mejillas a modo de saludo. Scatha seguía contemplando los cambios experimentados en el aspecto de Llew con vivo interés. Cuando su hija se hizo a un lado, sus ojos siguieron clavados en Llew, que parecía tranquilo y relajado, seguro del lugar que ocupaba entre aquella gente. No sé lo que estaba contemplando Scatha; tal vez estaba recordando al hombre que ella había hecho desaparecer o tal vez sopesando la fuerza de un nuevo aliado.

 

Nos instalamos junto a la chimenea, y yo comencé el doloroso relato de todo lo que había sucedido desde la última vez que Llew y yo nos habíamos sentado ante aquel feliz hogar. Les relaté el ataque de Prydain por Nudd y su hueste demoníaca de coranyid, la destrucción de Sycharth y de todos los poblados grandes y pequeños de nuestra tierra. Les relaté la desesperada huida a Findargad y el largo asedio al que puso fin Llew con el descubrimiento de las Piedras Cantarinas, con las que el moribundo

 

Phantarch había logrado salvar la Canción de Albión.

 

Por último, les narré la Hazaña Heroica de Llew en la muralla de Findargad y la traición del príncipe Meldron que culminó con el asesinato del Soberano Señor. Les conté el funeral y el entierro de Meldryn Mawr, y cómo, a la vista de todos, Llew había emergido del Montículo de los Héroes. Les relaté cómo yo había otorgado la dignidad real a Llew y cómo el perverso Meldron la había usurpado y, en represalia, nos había encarcelado. Relaté nuestra huida del hoyo de rehenes y nuestro viaje hasta Ynys Sci.

 

En resumen, les relaté todo lo que había sucedido en la tierra desde nuestra última estancia en la isla. Sabía que tendríamos necesidad de la ayuda de Scatha en los días que se avecinaban, de modo que no me callé absolutamente nada. En realidad ya había comenzado a concebir un plan con el que podríamos recuperar el trono de Prydain.

 

Por su parte, mi auditorio escuchó la triste historia en silencio, sin comer ni beber. Cuando hube acabado, había caído ya la noche y la sala estaba sumida en las sombras. Permanecimos sentados en torno a la chimenea mientras el fuego se iba consumiendo. El chisporroteo de las brasas resonaba en el silencio de la sala. Mi relato los había asombrado y conmovido. Boru miraba fijamente los rescoldos con rostro sombrío. Scatha y Govan tenían el entrecejo fruncido y los ojos arrasados en lágrimas. Gwenllian, con la espalda muy erguida y las manos entrelazadas en el regazo, permanecía inescrutable, con los ojos cerrados. Goewyn tenía una expresión mezcla de compasión y orgullo, y no pude menos de preguntarme qué había oído en mis palabras para asumir tal actitud.

 

Por fin, Scatha alzó los ojos, tomó aliento y dijo:

 

–Siento muchísimo la muerte de Meldryn Mawr, y lamento profundamente las vergonzosas acciones de su ambicioso hijo. Tened la seguridad de que haré todo lo que esté en mi mano para ayudaros.

 

Scatha acababa de ofrecerme por propia voluntad lo que yo había esperado obtener con persuasión. Se lo agradecí con alegría.

 

–Gracias -repuse-. Con tu ayuda legitimaremos los derechos de Llew y recuperaremos el trono que en justicia le pertenece.

 

Pero Gwenllian alzó la mano en gesto cauto.

 

–Deberíais tener presente un importante detalle: mi madre está obligada por un inquebrantable geas a no apoyar jamás a ningún rey en ninguna batalla, a no empuñar jamás la espada contra alguien que le haya confiado la

 

formación de sus jóvenes, a menos que antes hayan levantado las armas contra ella.

 

Hizo una pausa para darme tiempo a sopesar la tremenda importancia de sus tristes palabras.

 

Yo comprendía la sabiduría de tal prohibición, si bien lamentaba los infortunados efectos que implicaba, porque el tabú que pesaba sobre Scatha significaba que no podríamos contar con el apoyo de su inigualable experiencia.

 

–Es cierto -comentó Scatha-. Hay algunos caminos que me están vedados. –Pen-y-Cat -dijo Llew-, aunque sólo tu espada vale como veinte, ya has

 

hecho bastante con recibirnos y darnos refugio. No temas por tu geas.

 

Encontraremos otro modo de vencer a Meldron.

 

–Bueno, yo no estoy obligado por voto alguno -intervino Boru poniéndose en pie-. Será un placer empuñar las armas contra Meldron y sus seguidores. Cuentas con mi apoyo, hermano. Todo lo que tengo está a tu disposición.

 

–Gracias -contestó Llew-. Lo acepto agradecido. No cabe duda de que necesitaremos tu poderoso brazo.

 

–Bueno -dijo Scatha, levantándose-, por ahora no hay más que hablar. Sois amigos ausentes desde hace demasiado tiempo del hogar. Esta noche comeremos y beberemos juntos y gozaremos de vuestro feliz regreso.

 

Ordenó que avivaran el fuego y que nos sirvieran de nuevo comida y bebida. Nos pusimos a charlar de cosas más alegres y nos olvidamos por un tiempo de Meldron y su abyecta traición.

 

Era ya noche cerrada cuando nos retiramos a nuestros aposentos. Al salir del palacete, atravesamos con Boru el patio a la luz de la luna para dirigirnos a la caserna de los guerreros. Llew se detuvo de pronto y miró al cielo salpicado de estrellas.

 

–¿Qué ocurre? ¿Qué miras? – le pregunté.

 

Tardó en contestarme.

 

–Había olvidado qué luminoso es el cielo aquí -murmuró al fin-. Y qué cerca está.

 

7

 

UN LÚGUBRE BELTANE

 

 

Como ruidosas gaviotas que regresaban a sus nidos estivales, los jóvenes

 

guerreros comenzaron a llegar a la escuela de Scatha. Arribaban en alas del viento, pero no había ninguno de la desolada tierra de Prydain, ausencia compensada con creces por jóvenes de Caledon y Llogres.

 

Llew y yo estábamos en el acantilado cuando los primeros veleros desembarcaron sus inquietos pasajeros. Los muchachos, algunos con tan sólo ocho veranos, bajaban a tierra con las cabezas rebosantes de sueños de gloria que esperaban ganar con lo que allí iban a aprender.

–Los campos de Scatha rebosarán de nuevo este año -comenté-. Será otra buena cosecha.

 

–¿Hmmm? – musitó Llew con aire ausente.

 

Estaba mirando cómo un hombre atracaba un bote con la única ayuda de un cabo enrollado en sus anchos hombros. Se entregaba con afán a su tarea tensando las robustas piernas mientras arrastraba la embarcación hasta la orilla.

 

–Ahí tienes a un fornido jefe de batalla -comenté al ver la concentrada atención con que lo estaba observando Llew-. ¿Lo conoces?

 

–Sí, creo que sí -respondió mientras descendía del acantilado a la playa a toda prisa.

 

Lo seguí y lo oí gritar:

 

–¡Cynan!

 

El joven miró en torno y una ancha sonrisa le iluminó el rostro. Sus cabellos, rojos y luminosos como el cobre, se agitaban como plumas azotadas por la brisa marina; con ojos acerados y azules como astillas de hielo, escrutó la orilla para ver quién lo llamaba. En su garganta relucía una torques de plata.

 

–¡Eh, Cynan! – le gritó Llew chapoteando en el agua.

 

–Hola, hermano -dijo cuando Llew se detuvo ante él-. Soy Cynan ap Cynfarch.

 

Continuaba sonriendo, pero no parecía haber reconocido a Llew.

 

–Cynan, soy yo: Llyd.

 

Los despiertos ojos azules del joven jefe de batalla escrutaron el rostro de Llew.

 

–No… ¿Eres… Llyd?

 

–¿Te acuerdas de mí?

 

–¡Llyd ap Dicter! – exclamó Cynan-. ¿De verdad eres tú?

 

Le había dado un nombre bien extraño: Cólera, Hijo de la Furia. ¿Qué

 

debía querer decir?

 

Llew se echó a reír y lo abrazó. Se saludaron como parientes, y hablaban y reían olvidados de las olas que rompían en torno. Luego cogieron el cabo y juntos arrastraron el bote hasta la playa donde yo los aguardaba.

 

–Tegid -dijo Llew-, te presento a Cynan Machae. Es mi hermano de armas y estoy en deuda con él por haber aprendido lo que es la humildad.

 

–La humillación, querrás decir -bromeó Cynan pasando un brazo sobre los hombros de Llew-. Bueno, a decir verdad, eras un lamentable antagonista.

 

–El padre de Cynan es el rey Cynfarch de Caledon -explicó Llew-. Es el clan más numeroso del sur.

 

–Incluyendo las ovejas -añadió risueño Cynan-. Me alegro de conocerte.

 

Cualquier hombre que se considere amigo de Llew es amigo mío.

 

–Encantado, Cynan Machae -dije yo- Que tu lanza vuele con la misma justicia y verdad que tus palabras.

 

–Cynan, te presento a Tegid Tathal, penderwydd de Prydain -explicó Llew al príncipe-. Me permite viajar en su compañía.

 

–¿Sirves a un Bardo Supremo? – preguntó Cynan alzando sus pelirrojas y escasas cejas-. Has progresado bastante desde la última vez que nos vimos, Llyd.

 

–Desde luego -tercié yo-, aunque no lo quiera reconocer. Ya no se llama Llyd. Se ha convertido en Llew y es el rey a quien yo sirvo.

 

La estupefacción que expresaron los azules ojos de Cynan fue genuina, como también su satisfacción.

 

–Clanna na cù!– silbó-. No recuerdo que ningún blanco tan vapuleado por el entrenador de lanza llegara jamás a capitán, y mucho menos a rey. – Puso un dedo en la garganta de Llew-. ¿Dónde está tu torque, amigo?

 

–Vamos al pabellón y brindaremos juntos -propuso Llew. –Eres sin duda mi alma gemela -contestó Cynan-. Vayamos. Atravesaron la playa hacia el serpenteante sendero; Llew se volvió y me

dijo:

 

–¿Vienes, Tegid?

 

–Me reuniré con vosotros enseguida. Hace un día magnífico; quiero pasear y pensar. Guardadme una jarra.

 

Los vi ascender por el camino que conducía al caer. Luego me di la vuelta y comencé a caminar hacia el oeste playa adelante. El mar relucía y brillaba como plata bruñida, y el cielo era de un azul esplendoroso. La brisa salina era

 

cortante y fresca; un pálido sol templaba la tierra y el mar. Los guijarros de la playa sonaban a hueco bajo mis pies, y las gaviotas volaban en círculo emitiendo agudos chillidos.

Sí, era un magnífico día para pasear y pensar; y yo tenía mucho que reflexionar. Mi principal preocupación era reunir un batallón de guerreros para defender nuestros derechos frente a Meldron y recuperar el trono. La hueste de guerreros llwyddios, aunque diezmada, contaba con ochenta hombres. Y la Manada de Lobos del príncipe no había sufrido baja alguna; era una fuerza de elite formada por los veinte mejores guerreros de Prydain.

 

Tendríamos que hacer algo más que equiparar nuestro contingente al de Meldron. Teníamos que superarlo. No sentía el menor deseo de combatir contra mi propio clan, pero una hueste considerablemente numerosa quizás ahorrara algún derramamiento de sangre. No obstante, reunir un contingente de guerreros… Era más fácil convencer a las ostras del mar o atraer a los pájaros del cielo. Pero ésa era, ni más ni menos, la tarea que nos aguardaba.

 

Me encaramé por las rocas que habían caído sobre el mar y rodeé el promontorio. El viento, fuerte y húmedo, me azotó el rostro. Inspiré profundamente y avancé por la suave arena mojada que la marea acababa de abandonar.

 

Las dificultades de reunir un grupo de guerreros ocuparon mi mente durante un buen rato, pero luego mis pensamientos derivaron por otros derroteros. Sin darme cuenta, comencé a pensar en aquella noche en el montículo sagrado de Ynys Bàinail, cuando la tormenta de destrucción del Cythrawl, la Maldad Ancestral, se desató sobre la tierra. Desenterré de entre las sombras de mi memoria aquella maldita noche en que había muerto Ollathir, el Bardo Supremo de Albión.

 

Oí de nuevo la voz de Ollathir, que en la lengua secreta de los derwyddi gritaba en desesperada súplica. El montículo sagrado temblaba con su clamor. Yo me había desmayado. Lo último que vi fue la silueta del Bardo Supremo de pie, apoyado en el pilar de piedra de Prydain, con el báculo alzado sobre su cabeza, luchando por mantener a raya la fuerza arrasadora del Cythrawl.

 

Antes de morir, Ollathir había entregado su awen a Llew. Yo no había visto cómo había ocurrido, pero no me cabía duda de que había sido tal y como me lo había descrito Llew: el beso de un hombre moribundo.

 

Llew poseía el awen del Bardo Supremo, pero no era un bardo. El awen

 

es la visión que guía al bardo, el espíritu que ilumina su misión, la esencia de conocimiento que se manifiesta en poder. En un bardo como Ollathir el awen era un instrumento y un arma formidables. Y Llew lo poseía, pero, como no era bardo, no podía invocarlo a su antojo.

 

Aun así, esta arma no se había perdido para siempre. Yo la había visto emerger de Llew en el Corazón del Corazón, la recóndita cámara del Phantarch, bajo la roca de Findargad. Allí, avivado por el poder de la Canción de Albión, el awen lo había transformado por completo: Llyd, el reluctante guerrero, se había convertido en Llew, el paladín del rey.

 

El awen del Bardo Supremo vivía en Llew, pero permanecía enterrado en lo más profundo de su ser. Nos habría sido de gran ayuda si hubiera podido lograr que Llew aprendiera a invocarlo. Pero el adiestramiento de un bardo es tarea larga y difícil. Además, la disciplinada armonía de mente y corazón que se unen en el espíritu de la Canción no está al alcance de todos los que entran por la estrecha puerta de los derwyddi, y por eso no todos los bardos pueden manejar el awen a su antojo.

 

Pasear es un ejercicio reconfortante y magnífico; el viento me azotaba la cara, el sol me templaba y el mar se extendía espléndido y reluciente ante mí. En mi mente comenzó a tomar forma un plan. Yo era el último bardo de mi pueblo; todos los demás habían desaparecido. Pero, a juzgar por lo que había visto en Llogres e Ynys Sci, la destrucción desatada por Nudd se había limitado al territorio de Prydain. Probablemente en las tribus de Caledon y Llogres los bardos ni siquiera se habían enterado de lo sucedido.

 

Se me ocurrió que podía ponerme en contacto con ellos a través de los guerreros mabinogi que recalaban en la isla de Scatha. Sí, reuniría a la hermandad y les contaría lo que había sucedido. Les haría saber la ofensa contra la soberanía que Meldron había cometido y les pediría que me ayudaran a restaurar la dignidad real en Prydain.

 

Los días que siguieron hablé con los muchachos y jóvenes que llegaban a la isla y averigüé qué reyes de Caledon y Llogres tenían bardos en sus cortes. Por los guerreros mabinogi me enteré del nombre de mis hermanos y de dónde podía localizarlos. Después me limité a esperar consagrándome a las tareas que pude encontrar al servicio de Scatha.

 

Con una sucesión de días tan dulces y espléndidos como el hidromiel, la

 

Rueda del Cielo fue dando vueltas, imparable en su carrera: llegó la época de

 

la siembra, después la época en que todo florece, en que las colinas se cubren

 

de delicadas flores doradas e incluso las umbrías cañadas se engalanan de rojo y púrpura; las estaciones derramaban lentamente su encanto. Yo observaba todas las señales, marcaba todos los días que pasaban y observaba las fiestas y celebraciones sagradas de nuestro pueblo.

 

También observaba cómo se iba estrechando el vínculo entre Goewyn y Llew.

 

Pasaban mucho tiempo juntos: salían a cabalgar al alba, paseaban por las colinas a la puesta de sol, o por la playa a la luz de la luna. Me fijé en cómo miraba Goewyn a Llew, en cómo se complacía con su simple presencia. En sus oscuros ojos no se asomaba la fresca luz del alba, sino un resplandor más apacible, más luminoso y duradero.

 

Llew se mostraba cautivado por los encantos de la muchacha: sus esplendorosas trenzas, su risa, la curva de sus labios, la suave caricia de sus dedos. No tenía ojos más que para ella.

 

Rhylla, la estación de la siembra y de las canciones, llegó puntual con sus días cortos y ambarinos y sus noches frescas. Luego llegó la estación de las nieves, con sus días húmedos, nublados y borrascosos. Pero, antes de que las heladas galernas impidieran el viaje por mar, los jóvenes de la escuela de Scatha regresaron a sus hogares.

 

Antes de que los barcos zarparan, hablé con ellos y les hice prometer que darían mi mensaje a los bardos: a petición del Bardo Supremo de Albión se celebraría un gorsedd en Ynys Bàinail una luna después del Beltane.

 

Desde lo más alto del acantilado, mientras el viento me azotaba el manto contra las piernas, contemplé cómo se alejaban los veleros cada uno hacia un puerto diferente. La convocatoria de la reunión viajaba con mis improvisados mensajeros; no me cabía duda de que llegaría a su destino. Cuando el último barco salió de la bahía, regresé al pabellón animado por el convencimiento de que mi plan, tan largo tiempo madurado, comenzaba a hacerse realidad.

 

Dichosos los que gozan del abrigo del pabellón de Scatha cuando el viento ulula sin piedad. Se celebran festines con sabrosas viandas, pan tierno e hidromiel; se cantan maravillosas historias acompañadas por la incomparable música del arpa; se organizan juegos de competición, partidas de caza y paseos a caballo por la nieve, de los que se regresa con las mejillas arreboladas para entrar en calor con calientes jarras de espumante cerveza; se conversa al amor de la lumbre; se disfruta del calor de una amable compañía mientras la galerna clava sus dedos de hielo en el tejado y hace crujir las

 

vigas de madera.

 

Poco a poco fueron pasando los días y la rueda del año fue dando vueltas. La estación del hielo y de la oscuridad tocaba a su fin; apagada su furia, el invierno batía en retirada sus debilitadas fuerzas. Los días se alargaban y el viento se templaba. La luna iba cambiando de fases hasta que una mañana, mientras la luna nueva se levantaba en la hora-entrehoras, celebramos el rito que señala la llegada del nuevo año encendiendo el fuego del Beltane.

 

Ese día, todos los fuegos se apagan para que la llama del Beltane, pura y perfecta, se convierta en la madre de todas las llamas que se encenderán el nuevo año. En la casa del jefe esa llama arde sin cesar, y cualquiera que necesita encender un fuego acude a buscar rescoldos del Beltane para que así todas las casas se calienten y alumbren con la misma llama sagrada.

 

Siguiendo el ritual, la noche de luna nueva, Gwenllian y yo reunimos el Nawglan, las Nueve Maderas Sagradas cuyas particularísimas cualidades las hacen idóneas para el maravilloso beneficio del fuego sagrado. Cogimos una considerable cantidad que atamos con tiras de cuero sin curtir. En la colina más alta de Ynys Sci, cavamos una zanja bastante grande pero poco profunda en forma de círculo, lo suficientemente amplio para albergar a todos los que vivían en la casa de Scatha. En el centro del círculo colocamos el haz de leña sobre el vellón blanco de un cordero recién nacido.

 

Antes de que rayara el alba, todos nos reunimos en la cima: Gwenllian, Goewyn, Llew, Scatha, Boru, los criados y unos pocos guerreros que invernaban con nosotros. Después, en la hora-entre-horas, nos dispusimos a encender el fuego. Gwenllian cogió un arco hecho de madera verde de tejo, le quitó la cuerda de tripa e hizo girar el palo redondeado en una muesca profunda practicada en un leño de roble. En cuanto saltó la primera chispa de la madera, me apresuré a acercar la planta seca llamada tán coeth, que causa que la débil llama prenda y arda en tono carmesí como si extrajera vida del mismísimo aire.

 

Lo había hecho innumerables veces. Pero en esta ocasión, cuando apliqué el tán coeth a la madera, la llamita parpadeó débilmente y se apagó en un hilillo de humo. Gwenllian vio cómo la llama se debilitaba y contuvo el aliento; dejó caer el palo de tejo y palideció. El corazón me dio un vuelco.

 

Eché una ojeada hacia el este, hacia el sol naciente, mientras mis manos buscaban a tientas el arco de tejo. Los primeros rayos de sol acariciaron la cima de la colina sin que hubiera sido encendido el fuego que saludara al

 

nuevo día. La llama del Beltane se había apagado. El nuevo año amanecía en tinieblas.

 

Con apresurada celeridad, coloqué el arco sobre la madera de roble e hice girar el tallo de tejo tan deprisa como me permitían mis temblorosos dedos, como si sólo la rapidez pudiera remediar el desastre. ¡Un Beltane en tinieblas! ¿Cómo había podido ocurrir? Contuve el aliento deseando con todas mis fuerzas que la llama prendiera.

 

Al punto, un tenue hilillo de humo plateado surgió de la madera de roble. Soplé con sumo cuidado y logré que el fuego prendiera. En unos instantes surgió una llama potente y vivaz. Si alguien notó que algo había fallado, no dieron señal alguna, y creí que sólo Gwenllian y yo nos habíamos dado cuenta. Tan grande era mi deseo de que el nuevo año empezara bien, que me apresuré a apartar los ojos de aquella llama de mal agüero y me puse en pie para dar la bienvenida al nuevo año.

 

Luego amasamos pequeñas hogazas de grano y miel, las colocamos junto al fuego en piedras planas y cocimos así el pan del Beltane. Gwenllian preparó tortas de leche, avena y huevos, mientras yo asaba pescado, ave y caza. Goewyn repartió manzanas y avellanas preservadas durante los oscuros días del sollen, y Govan escanció cerveza e hidromiel. El rito del Beltane exige sólo que se cueza el pan, pero se añaden otros alimentos a voluntad del clan para asegurar la abundancia del nuevo año.

 

De este modo, a la nueva luz del año recién llegado, comimos y bebimos y cantamos. Gwenllian, con el arpa apoyada en el hombro, elevaba al cielo las esplendorosas notas del instrumento. Luego entonó una canción como ofrenda al nuevo día. Aunque yo también me uní al canto y oía cómo se alzaba al cielo la música, tal como el humo del fuego que habíamos encendido, mi corazón estaba apesadumbrado. El temor había anidado en mi alma y no podía cantar de corazón.

 

Cuando el fuego se hubo consumido, reuní los rescoldos para alimentar el fuego del hogar de Scatha. Luego recogí las cenizas dividiéndolas en cuatro partes iguales, tres para Gwenllian y sus hermanas y una para mí. Una vez celebrado el rito del Beltane, regresamos al caer.

 

Procuré olvidar aquel fuego de mal agüero y me concentré en la reunión que se avecinaba. Ordené en mi mente los temas a tratar y sopesé las palabras que usaría para unir a la hermandad y llamar a la acción a los bardos de Albión, teniendo muy presente que la última reunión había terminado en total

 

desacuerdo. Y así, como se acercaba la fecha de la reunión, Llew y yo dispusimos el bote en el que viajaríamos hasta Ynys Bàinail, la isla de la Roca Blanca, donde el gorsedd iba a tener lugar.

 

Un hermoso día de suave brisa, nos despedimos de nuestros amigos, izamos velas y nos dirigimos hacia Bàinail para asistir a la reunión de bardos.

 

No sabía cuántos bardos responderían a mi llamada, pero, cuando el Bardo Supremo de uno de los tres principales reinos de Albión considera necesario convocar una asamblea, todos los bardos están obligados por los votos de la hermandad a acudir al gorsedd, si nada realmente importante se lo impide. Yo, como Bardo Supremo de Prydain, tenía todo el derecho a convocar a mis hermanos.

 

Un gorsedd reúne a los bardos de todos los clanes y todos los reinos, porque los derwyddi no están obligados por los lazos de la sangre como los demás hombres. Ningún bardo jura lealtad a señor o capitán alguno; sólo al bardo que está por encima de todos nosotros. Los que poseemos la dignidad real en nombre de nuestro pueblo estamos sólo atados a la esencia misma de la soberanía: nuestra lealtad nos obliga con la dignidad real, no con el rey.

 

Así es como debe ser. Los reyes se suceden, pero la soberanía permanece. Los reyes son hombres, y los hombres caen en el vicio y la corrupción, pero la soberanía permanece pura en su prístina esencia. Los bardos de Albión son los encargados de mantener la pureza de la soberanía de Albión. Nosotros, los guardianes de la dignidad real, estamos siempre vigilantes y atentos frente a los que desearían violentar ese principio que nosotros hemos jurado defender por encima de todo.

 

Yo conducía con mano firme nuestro resistente bote de modo que la proa surcase limpiamente las aguas. Ansiaba llegar cuanto antes a Ynys Bàinail para ver quién era el primero en llegar, y también para honrar la tumba de Ollathir. Lo había enterrado a toda prisa y deseaba rendirle ahora los honores debidos.

 

–¿Qué vas a decirles? – me preguntó Llew cuando por fin apartó los ojos del azulado promontorio de Ynys Sci.

 

–Les diré que el príncipe Meldron ha profanado la dignidad real de Prydain -respondí con sencillez.

 

–¿Qué esperas que hagan?

 

–Celebraremos consejo y decidiremos lo que se debe hacer -respondí-.

 

Para eso los he convocado.

 

Llew asintió, con la mirada perdida en el horizonte.

 

–¿Cuántos acudirán?

 

–No sé. Creo que todos los bardos que haya en Caledon y Llogres.

 

–¿Sesenta y dos?

 

–¿Cómo lo sabes?

 

–Me dijiste que había noventa y tres bardos en toda Albión -repuso Llew-. Es decir, treinta y uno en cada uno de los tres reinos. Puesto que no queda bardo alguno en Prydain, excepto tú, eso quiere decir que acudirán sesenta y dos. ¿No es así? ¿He calculado bien? – añadió con una sonrisa.

 

–Sí, si es que todos obedecen a mi llamada. Algunos quizá no puedan. –¿Qué podría impedírselo?

 

–La urgencia de salvaguardar la dignidad real o de proteger a su pueblo - respondí-. A cada bardo le corresponde determinar dónde y cuándo su pueblo y su rey necesitan de su amparo y sabiduría.

 

–Ya entiendo. – Llew estaba sentado con la espalda apoyada en el mástil y los brazos doblados en torno a las rodillas-. ¿Y lo del Phantarch? ¿Les dirás que ha muerto?

 

–Naturalmente. Es un asunto de extraordinario interés -dije pensando que ni yo mismo había logrado entenderlo del todo-. La hermandad decidirá qué debemos hacer para restaurar la Canción de Albión.

 

La Canción de Albión había sido cantada desde el comienzo del mundo; desde el comienzo había habido un Phantarch para cantarla. Escondido en su cámara de piedra, bajo las escarpadas montañas, el Bardo Supremo de Albión había cantado la Canción; gracias a él la Canción seguía viva, velando por la conservación de todo lo que existía.

 

El Phantarch había muerto, pero la Canción permanecía, porque el Bardo Supremo de Albión había sabido preservarla a la hora de su muerte, como había sabido protegerla en vida. Con un misterioso hechizo, el Phantarch había encerrado la Canción de Albión en las piedras que lo habían lapidado y le servían de tumba. Lo había hecho para que la Canción no abandonara este mundo y Albión se precipitara en las tinieblas y en el caos. Y ahora Meldron tenía en su poder esas Piedras Cantarinas y con ellas quería justificar su ilegítima pretensión sobre el trono de Prydain.

 

–¿Tratarán de recuperar la Canción arrebatándole las piedras a Meldron?

 

– preguntó Llew.

 

Nuestra estancia en la isla de Scatha le había hecho recuperar el ánimo.

 

La mirada de sus ojos grises clavados en el mar era tranquila y sosegada.

 

–No lo sé -confesé-. Nunca había sucedido nada parecido.

 

Luego hablamos de otras cosas y comimos un poco de pan de nuestras provisiones. Nuestra resistente embarcación surcaba las aguas mientras las gaviotas revoloteaban en torno a la hinchada vela. Si el viento se mantenía, llegaríamos en tres jornadas a nuestro destino: Ynys Oer, una isla un poco más grande, vecina a Ynys Bàinail.

 

Avistamos la isla a primeras horas de la mañana del tercer día. Como el viento soplaba favorable, decidimos bordear la costa norte y llegar a Ynys Bàinail por el oeste. El viaje sería más largo, pero nos ahorraba la penosa caminata por el promontorio.

 

Cuando rodeamos el acantilado, apareció ante nosotros la isla de la Roca Blanca, resplandeciendo como una almenara a la luz del sol. Protegiéndome los ojos con la mano, vislumbré el pilar de piedra sobre el montículo en el centro de la isla. Seguimos navegando y entramos en el estrecho que separa la isla de la Roca Blanca de su vecina. Los que se dirigen a Ynys Bàinail a menudo acampan en la costa oeste de Ynys Oer y luego cruzan el estrecho hacia la isla sagrada en un curragh, pequeños botes con casco de cuero que los derwyddi utilizan para hacer esa travesía.

 

En la costa oeste de Ynys Oer hay una cala de arena entre las rocas y una cabaña de piedra donde se guardan provisiones y herramientas para los que visitan la isla sagrada. La cabaña se levanta en un extremo de una frondosa cañada donde pueden pacer los caballos; por la cañada fluye un arroyuelo en el que pueden abrevar. No se permiten caballos en la isla de la Roca Blanca, ni tampoco armas de ninguna clase, ni personas indignas, porque Ynys Bàinail, la isla de la Roca Blanca, es el centro sagrado de Albión.

 

Nos acercamos a la cala flanqueada de peñascos y atracamos el velero; Llew reunió leña y fue a buscar agua. Trasladó las provisiones del bote a la cabaña y tras todos estos preparativos se puso a pasear por la playa.

 

Mientras tanto, cogí un curragh y me dirigí solo a la isla de la Roca Blanca para visitar la tumba de Ollathir. La limpié y apilé encima unas cuantas piedras negras y blancas. Luego me senté junto a la tumba hasta que el sol se posó sobre el mar en el oeste; entonces me levanté y atravesé de nuevo el pequeño estrecho para aguardar la llegada de los bardos.

 

 

8

 

EL ÚLTIMO GORSEDD

 

Los primeros bardos llegaron a la mañana siguiente; diecisiete en total, todos de Llogres. Se habían congregado en la costa este de la isla, habían visto pasar nuestra embarcación y habían salvado a pie el promontorio para reunirse con nosotros. Al crepúsculo llegaron once bardos procedentes de Caledon en dos botes. Y poco después del alba del día siguiente comparecieron tres botes más de Llogres con catorce bardos y sus ayudantes mabinogi. Doce más de Caledon llegaron a caballo a mediodía y los ocho restantes lo hicieron al atardecer.

 

Así pues, habían acudido todos los bardos de Albión. Una vez recibieron mi mensaje, se habían puesto en camino deseosos de discutir las señales y portentos que habían presenciado desde la última reunión.

 

Conocía a la mayoría de los hermanos y los saludé llamándolos por su nombre. Mi corazón se alegraba de volver a verlos, porque desde la muerte de Ollathir había recorrido mi camino a solas. Por su parte, los derwyddi se asombraron de no ver a Ollathir conmigo; era lógico que esperaran encontrarlo porque no se habían enterado de su muerte. Pero, aunque vieron que yo ostentaba ahora la vara de serbal de Prydain, se abstuvieron de hacer comentarios, aguardando a que yo les explicara la razón por la que había convocado la asamblea.

 

El gorsedd se celebra con toda ceremonia y siguiendo un estricto protocolo de rangos y categorías. Es un rito antiquísimo que se lleva a cabo con solemne ceremonial y respeto. A veces en medio de una batalla se han interrumpido las guerras para celebrar una reunión de bardos. Es una ceremonia de gran tradición e importancia.

 

La palabra gorsedd es muy antigua. Puede utilizarse para designar la silla o el trono de un rey, porque los primeros reyes recibieron la soberanía en los montículos sagrados de los bosquecillos teúrgicos. Por eso la palabra que designa al trono también significa montículo. Y, como los bardos a menudo son enterrados en esos montículos sacrosantos, gorsedd significa también tumba. El montículo sagrado de Ynys Bàinail era la tumba de Ollathir, es probable que, aunque no hubiera muerto allí, habría sido enterrado en ese lugar sagrado.

 

El Bardo Supremo de Caledon era un hombre alto, con enorme bigote moreno y barba trenzada. Se llamaba Bryno Hir y, ahora que Ollathir había

 

desaparecido, Bryno era el bardo más importante de la Isla de la Fuerza. Ollathir lo respetaba muchísimo; a menudo le había pedido consejo y siempre había disfrutado con su compañía.

Cuando el barco de Bryno arribó, me apresuré a darle la bienvenida en el momento en que desembarcaba. Él alzó las manos en ademán de saludo.

 

–¡Salud, Tegid ap Talaryant! ¡Que tu canción perdure muchos años! Mientras me saludaba así, sus inquietos ojos buscaban a Ollathir, no era

 

desde luego una descortesía hacia mí, sino un movimiento dictado por el hábito.

 

–¡Salud, Bryno!

 

Me llevé la mano a la frente en señal de respeto aunque en realidad ahora compartíamos idéntico rango. Sin embargo, me dije a mí mismo que, cuando llegara la hora de elegir a un nuevo Phantarch, debería ser alguien como Bryno Hir.

 

–Espero que hayas tenido un buen viaje.

 

Me miró escrutándome con sus vivaces ojos oscuros.

 

–¿Qué ha sucedido? – preguntó en voz baja.

 

Lo aparté de los bardos que lo acompañaban y le dije:

 

–Ollathir ha muerto.

 

Antes de que pudiera preguntar cómo había ocurrido, añadí: –Y con él los demás bardos de Prydain. Sólo yo he sobrevivido. Bryno palideció y pareció encogerse. –¿Cómo? – inquirió con voz temblorosa.

 

Se lo expliqué en pocas palabras, y Bryno me escuchó sacudiendo sin cesar la cabeza con aire grave. Cuando hube acabado, dirigió la mirada hacia la Roca Blanca.

 

–No obstante, el sagrado centro no fue profanado.

 

–Llew -repliqué-, ese hombre que ha venido conmigo, lo impidió. Él recibió el awen de Ollathir, y lo he nombrado rey de Prydain.

 

Bryno guardó silencio largo rato, reflexionando sobre el significado de todo lo que acababa de contarle. Con su sabiduría y poder de predicción, el Bardo Supremo de Caledon entendió perfectamente cuál era el peligro al que nos enfrentábamos.

 

–El Día de la Lucha -dijo al fin; luego preguntó- ¿Qué le pasó al Phantarch? ¿Ha muerto?

 

–Sí.

 

No preguntó cómo había ocurrido ni cómo lo sabía yo.

 

–¿Y la Canción de Albión?

 

–Se salvó -respondí, y me apresuré a relatarle la Hazaña Heroica de las Piedras Cantarinas que había llevado a cabo Llew.

 

–¿Dónde están ahora esas piedras?

 

–En poder del príncipe Meldron -respondí-. Pero, con la ayuda de todos, estoy seguro de que podremos recuperarlas.

 

Pese a mi rotunda afirmación, Bryno se pasó nerviosamente una mano ante los ojos. Permaneció en silencio unos instantes como llorando por los días felices que se habían alejado para siempre.

–El Día de la Lucha -repitió lenta y torpemente, como si esas palabras contuvieran todo el dolor del mundo.

 

Luego me miró.

 

–Ollathir trató de explicárnoslo, pero no lo escuchamos.

 

Se refería a la última asamblea de bardos, cuando habían desoído las advertencias de Ollathir y habían caído en la disensión y la discordia.

 

–Ni siquiera el mismo Ollathir sabía lo que iba a ocurrir -dije intentando consolarlo-. Si lo hubiera sabido, jamás…

 

El bardo alzó la mano y la posó en mi hombro.

 

–No -me interrumpió con voz suave-. Nosotros tenemos la culpa. Que caiga sobre nosotros.

 

Miró a los bardos esparcidos en grupos por la playa, exhaló un profundo suspiro y añadió:

 

–Hay un traidor entre nosotros.

 

–El traidor ya ha pagado por sus crímenes -repuse-. Escogió el camino de la traición y fue víctima de ella.

 

Le conté entonces lo que había hecho Ruadh, el bardo del príncipe Meldron, y cómo Llew había encontrado su cadáver en lo más profundo del pozo seco de Findargad.

 

Tras haberme escuchado con atención, Bryno se dispuso a encararse con la tarea que nos aguardaba.

 

–Hiciste bien en convocar el gorsedd -declaró-. Tenemos mucho que hacer en el día de hoy y en los días que se avecinan.

 

Dejamos a los mabinogi al cuidado del campamento, botamos los curraghs y atravesamos el pequeño estrecho que separa Ynys Oer de Ynys Bàinail. Las diminutas embarcaciones surcaron varias veces las verdiazules

 

aguas hasta que todos los bardos estuvieron reunidos en la blanca playa de la isla sagrada. Luego ascendimos por el largo y estrecho sendero que conduce a la Roca Blanca y pasamos por el agujero practicado en la roca tras la que se abre la ancha meseta que hay en la cima. En el centro de esa meseta se alza el montículo sagrado, y en el centro del montículo el pilar de piedra, airoso como una escarpia. Los bardos de Albión llegaron hasta el pie del montículo. Cuando todos estuvieron reunidos, dimos tres vueltas en torno a la base siguiendo el curso del sol y luego ascendimos por los escarpados escalones.

 

La cima del montículo es plana y su perímetro está marcado con piedras blancas que forman una rueda cuyo eje es el pilar de piedra. Los distintos rangos de bardos, filidh, brehon, gwyddon y derwydd, algunos de ellos con ramas de avellano blanco o serbal, o varas de roble, haya o tejo, se agruparon en torno al pilar dentro del círculo sagrado.

 

Entonces dio comienzo la asamblea de bardos. Como Llew poseía el awen del Bardo Supremo de Prydain, se le permitió unirse a nosotros en la cima, aunque en otras circunstancias se le hubiese vedado. Con Bryno a mi derecha y Llew a mi izquierda, me coloqué ante el pilar pintado de azul y puse a los bardos al corriente de las terribles noticias: les relaté la muerte de Ollathir y del Phantarch, la devastación de Prydain, el asesinato de sus bardos por Nudd y el amanecer del Día de la Lucha.

 

Los bardos me escuchaban temblando de ira y dolor. Cuando hube acabado, se desgarraron las vestiduras y cayeron de hinojos golpeando el suelo con los puños. Llenaron el aire de lamentos y gemidos, se echaron tierra sobre la cabeza y se tiraron de los cabellos y las barbas. Gritaron al sol su dolor e invocaron a los elementos para que sirvieran de testimonio de su profunda aflicción. Muchos profirieron votos en la misteriosa lengua de los bardos, prometiendo consagrarse en cuerpo y alma a la causa de la justicia para vengar el asesinato de sus hermanos.

 

Llew contemplaba la escena con rostro grave, sin pronunciar palabra, con los brazos cruzados sobre el pecho. Era el único que permanecía inmóvil.

 

Cuando los gritos de dolor hubieron cesado, me dirigí de nuevo a la asamblea y les ordené que se pusieran en pie y oyeran la profecía del paladín que nos había confiado la banfáith.

 

–¡Bardos de Albión, sabios hombres, dejad a un lado las lamentaciones! Poneos en pie y escuchad las proféticas palabras que voy a deciros.

 

Los bardos se levantaron y se callaron para escuchar lo que tenía que

 

decirles. Yo conocía muy bien todas las palabras, una por una. Las sabía de memoria. Sólo tenía que abrir la boca y pronunciarlas. Sin embargo, mientras todos ellos permanecían expectantes mirándome, me sentí incapaz de hacerlo. Algo me lo impedía. Me quedé unos instantes con la boca abierta ante mis hermanos y de pronto se me ocurrió que estaba mirando a unos cadáveres: rostros pálidos, con los mantos desgarrados, los cabellos en desorden y las cuencas de los ojos vacías.

 

«Cuando la Luz de los derwyddi se apague y la sangre de los bardos reclame justicia…»

 

Las palabras de la banfáith…, la profecía se había referido sin duda a aquel momento. La Luz de los derwyddi era el Phantarch y la sangre de mis compatriotas, los bardos de Prydain, reclamaba justicia. La asamblea había reclamado a gritos justicia. No acababa de entenderlo. ¿Era así como se debía cumplir la profecía?

 

Como respuesta a mi muda pregunta, se oyó de pronto un grito, lejano y muy distinto. Era un grito de desafío. Miré a Llew. Estaba inmóvil, escuchando. Se oyó otro grito: era una palabra, una simple palabra. Lo escuché detenidamente y me di cuenta de que era mi nombre.

 

–¡T… e… e… g… i… i… d! – se oyó por tercera vez. ¿Quién se atrevía a profanar la santidad de la isla sagrada?

 

Los derwyddi se volvieron hacia el sonido. Los que estaban más cerca del borde del montículo se asomaron a la meseta. Su reacción fue instintiva y fatal.

 

Al ver el sagrado lugar profanado, algunos bardos se precipitaron por las laderas del montículo con gritos de incontenible cólera. Otros retrocedieron llamando a los que estábamos detrás. En pocos instantes reinó la más completa confusión. El griterío era ensordecedor. Era imposible averiguar lo que estaba ocurriendo.

 

–¡Sígueme, Tegid! – gritó Llew abriéndose paso entre el agitado tropel de bardos.

 

Más y más derwyddi se precipitaban montículo abajo; a gritos llamaban a la lucha a la Mano Segura y Certera. Pero ¿por qué? ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Qué estaban viendo?

 

Llew y yo llegamos al borde del montículo y miramos hacia abajo. Unos cien guerreros avanzaban por la meseta; sus armas y escudos relucían a la luz del sol. Eso era lo que habían visto los derwyddi y lo que los había empujado

 

a aquella cólera frenética.

 

–¡Meldron! – exclamó Llew; la palabra sonó en su boca como una maldición.

 

El usurpador estaba allí, entre su Manada de Lobos, dirigiendo la carga contra los indefensos bardos. Junto a Meldron estaba Siawn Hy, con la lanza en ristre y el escudo al hombro.

 

Desesperado, contemplé cómo mis hermanos se precipitaban contra las lanzas y los escudos de los guerreros.

 

–¡Detenlos! – gritó Llew.

 

Pero nada podía frenarlos. A toda prisa se precipitaban hacia la muerte, defendiendo con sus cuerpos la tierra sagrada. El aire se llenó de gritos de muerte.

 

Los bardos corrían por la meseta con los mantos al viento, volando hacia la muerte. La Manada de Lobos de Meldron atacaba sin piedad; volaban lanzas, el fulgor de las espadas brillaba una y otra vez bajo los alzados escudos. Los guerreros pisoteaban los cuerpos caídos y seguían avanzando.

 

–¡Tegid, haz algo! – gritó Llew-. ¡Detenlos!

 

Bryno Hir apareció junto a mí. Alzó su vara de serbal con ambas manos por encima de su cabeza; tenía el rostro contraído por la cólera y los dientes apretados contra los labios. Abrió la boca y el aire tembló con el sonido del Taran Tafod, el lenguaje secreto de los bardos.

–Cwmwl dyfod! Gwynt dyrnod! – gritó ordenando que se reunieran las nubes y soplaran los vientos-. Cwmwl dyfod! Gwynt dyrnod!

Al instante, el viento ululó a través de la meseta y se arremolinó al pie del montículo. Aparecieron negros nubarrones sobre el pilar de piedra que se extendieron hasta ocultar el cielo.

 

–Dyrnod! Dyfod! Tymestl rhuo! – gritó Bryno Hir agitando su vara. Las nubes se espesaron y oscurecieron la meseta. El viento arreció

 

agitando la yerba.

 

–Cwmwl dyfod! Gwynt dyrnod! Tymestl rhuo!

 

El sonido rasgó el aire y las mágicas palabras del bardo resonaron por toda la meseta.

 

–Dyrnod tymestl, rhuo tymestl! Terfesgu! Terfesgu!

 

El viento helado gemía en las alturas; las nubes se retorcían, se hinchaban, se extendían por la meseta. Estalló una violenta tormenta. La lluvia caía con una fuerza extraordinaria. Relampagueaba. Tronaba. Los

 

guerreros seguían avanzando y comenzaban a subir por las laderas del montículo. Llew dio un grito y empuñó una vara de roble a modo de arma. Bryno alzó el rostro al cielo invocando a la lluvia y al viento.

 

El enemigo avanzaba. Los derwyddi que quedaban salieron a su encuentro; preferían morir a tener que soportar que los enemigos hollaran el sagrado montículo. Y murieron. Los atacantes, con asesina determinación, acabaron con la vida de los indefensos bardos. Sus cadáveres se deslizaban montículo abajo como guijarros. Los enemigos limpiaban sus espadas en los caídos y seguían adelante.

 

Cuando los primeros guerreros aparecieron en la cima del montículo, así mi vara con fuerza y me precipité contra ellos blandiendo la vara de serbal como si fuera una porra. Un guerrero -lo conocía, era un pariente-retrocedió al verme; lo golpeé con la vara en el hombro. Soltó un grito de dolor y dejó caer la espada.

 

Antes de que pudiera volver a golpear, refulgió una espada y mi vara se partió en dos. Oí un ruido tras de mí y sentí que unas vigorosas manos me asían la garganta. Me revolví para soltarme, pero otras manos me agarraron y me inmovilizaron los brazos contra la espalda.

–¡Llew! – grité forcejeando con energía.

 

Por el rabillo del ojo vislumbré a Llew debatiéndose contra tres enemigos. Lo habían derribado y le golpeaban rostro y pecho con los puños tratando de inmovilizarlo. Uno de ellos alzó la espada y le golpeó con la empuñadura la cabeza.

 

–¡Llew!

 

Grité como una bestia herida. Me derrumbé y fui arrastrado. Mientras caía al suelo vi a Bryno sentado en el suelo con la espalda apoyada en el pilar de piedra. La lluvia le caía por la cara y se mezclaba con la sangre que le brotaba de la garganta. La sangre había salpicado el pilar de piedra y estaba empapando el suelo. Uno de los hombres de la Manada de Lobos estaba limpiando la espada en la barba del bardo.

 

Sangre, lluvia, viento. Gritos de moribundos…, muerte… La abominación, la atrocidad y la muerte se habían enseñoreado del centro sagrado de Albión…

 

Todo había acabado. Al ser silenciado Bryno, la tormenta se alejó, los nubarrones se dispersaron y el sol asomó entre los jirones de nubes. Aparté deslumbrado mis ojos de la luz y miré los cuerpos de mis hermanos que

 

yacían donde habían caído. El sagrado montículo, el gorsedd, se había convertido en su tumba.

 

Los guerreros remataron a los heridos. Llew y yo éramos los únicos supervivientes.

 

Llew, inconsciente, fue bajado a rastras del montículo. Yo fui llevado a empujones ladera abajo ante el príncipe Meldron, que me recibió con un puñetazo en los dientes. Siawn Hy soltó una carcajada, y su malvada risa me hizo más daño que la sangre que tenía su espada. Sus ojos expresaban un odio frío y salvaje.

 

–¿Creíste que podías escapar de mí, bardo? – me preguntó Meldron. Le escupí a la cara. Me dio otro puñetazo, y la boca se me llenó de

 

sangre.

 

–Conque buscando alianzas con los cruinos… -continuó, sacudiendo la cabeza con aire desaprobador-. Fue una jugada arriesgada. Esperabas ayuda, pero Calbha te arrojó de su lado.

 

Llew gimió desmayado. Meldron se acercó a él, lo agarró por los cabellos y le levantó la cabeza.

 

–Es una locura viajar sin armas -comentó con ironía-. Especialmente un rey.

 

–A lo mejor es el rey de los locos -observó Siawn Hy.

 

El príncipe se echó a reír y soltó la cabeza de Llew. Luego se encaró conmigo otra vez.

 

–Os marchasteis antes de que acabara con vosotros. Yo siempre acabo lo que he empezado; deberías saberlo, Tegid.

 

–Haz lo que te venga en gana, Meldron -murmuré con los labios ensangrentados-. Mátame y acaba de una vez. No conseguirás nada de mí. –No quiero nada de ti, bardo -rugió-, excepto lo que me pertenece. Sabía muy bien lo que quería, pero estaba dispuesto a morir antes de

 

dárselo.

 

–Le he otorgado a Llew la dignidad real. Él es el rey de Prydain.

 

–El rey de Prydain soy yo -insistió Meldron con voz ronca.

 

–Nunca te veré convertido en rey -repliqué.

 

–Para ser un hombre sabio, eres un verdadero estúpido -dijo con voz cortante como el filo de la espada que llevaba al cinto-. ¿Insistes en afirmar que Llew es el rey de Prydain?

 

–¡Sí, lo afirmo!

 

Meldron miró a Siawn, que sonrió con crueldad.

 

–Pero ¿no es cierto que un hombre tullido jamás puede ser rey? preguntó Siawn apoyándose con aire distraído en su lanza.

 

–Es cierto -contesté-. Un hombre con una tara no puede ser rey.

 

Llew gimió y abrió los ojos. Recuperó la conciencia y se debatió entre sus apresores.

 

–¡Simon! – silbó llamando a Siawn con su antiguo nombre. –Me alegro de que te hayas reunido con nosotros, amigo -replicó

 

siniestramente Siawn; luego hizo un gesto a Meldron.

 

–Obligadlo a que extienda el brazo con el que sostenía la espada ordenó Meldron desenvainando su arma.

 

Los hombres que agarraban a Llew lo obligaron a que se pusiera de rodillas. Tras un pequeño forcejeo, uno de ellos levantó el brazo de Llew, otro le asió la mano y entre los dos lo forzaron a extender el brazo.

 

–¡No! – gritó Llew tratando de retirarlo.

 

–¡No lo hagas, Meldron! – grité yo.

 

Meldron se acercó a Llew.

 

–Quiero que lo vea -dijo-. Quiero que todos lo vean.

 

Un tercer guerrero cogió a Llew por los cabellos y le volvió la cara hacia el brazo extendido.

 

–¡Noooo! – rugió Llew.

 

A mí también me forzaron a mirar.

 

–¡Detente! – vociferé.

 

Meldron alzó la espada y la dejó caer con todas sus fuerzas. Se oyó un ruido sordo, y la mano derecha de Llew rodó por el suelo chorreando sangre. Los ojos le dieron vueltas en las órbitas y se desmayó.

 

Meldron cogió la mano seccionada y me la puso ante los ojos. Luego le arrancó el anillo de oro que su padre, Meldryn Mawr, le había dado a Llew y se lo puso en el dedo. Quise desviar la vista, pero no pude.

 

–¿Lo has visto bien? – inquirió asiendo la mano por el dedo corazón y balanceándola ante mis ojos-. Ahora Llew tiene una tara. Es un tullido. Ya no puede ser rey. Ha llegado el momento de que escojas a otro.

–Mis ojos nunca te verán convertido en rey.

 

–Que así sea -replicó furioso Meldron.

 

Relampagueó la espada que blandía. Instintivamente intenté echar la cabeza hacia atrás, pero mis captores me lo impidieron y Meldron me cruzó

 

los ojos con la espada.

 

Solté un grito. El mundo se tiñó de rojo…, de un rojo intenso, líquido; luego todo se sumió en la más absoluta oscuridad.

 

9

 

A LA DERIVA

 

Nos llevaron a rastras desde la Roca Blanca hasta la playa y nos arrojaron a uno de los curraghs. Medio inconsciente, sentí que el bote era empujado por la arena y botado al agua; así fuimos abandonados al capricho de las olas.

 

Los ojos me ardían. Yacía en el fondo del curragh, ausente de todo excepto de mi agónico sufrimiento. Grité y recibí por toda respuesta burlonas risotadas. Luego se fueron perdiendo en la lejanía, sustituidas por el graznido de las gaviotas. Oí el chapoteo del agua contra los flancos del bote… y me desmayé.

 

No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Pero me despertó un agudo dolor de cabeza y me incorporé. El movimiento me causó tanto dolor que el estómago se me revolvió y vomité. Me dejé caer otra vez y tropecé con mi hermano.

 

Llew emitió un gemido, y me acordé de su mano. ¡Su mano!

 

Como pude me puse en pie agarrándome a la borda. Mi cabeza parecía a punto de estallar. El rostro me palpitaba. Me incliné sobre la borda, cogí agua entre las manos y me la eché por la cara. La sal del agua me escoció en los ojos y sentí un dolor agudo en extremo, como si tuviera brasas en los ojos. Me tambaleé y volví a derrumbarme.

 

Por fin se me despejó la cabeza y me incorporé. Maldiciendo a Meldron y a mi propio sufrimiento, tendí las manos hacia el inerte cuerpo de Llew y procedí a examinarlo.

 

Estaba tendido de costado, con el brazo doblado por el codo y el antebrazo cruzado sobre el pecho. Tanteé con el brazo hasta llegar a la muñeca y la mano. Allí estaban; así pues, había caído sobre el brazo herido.

 

Me puse de rodillas y con dificultad logré darle la vuelta y ponerlo boca arriba. Con sumo cuidado le levanté el brazo herido, lo apoyé contra mi pecho y tanteé la herida con extrema delicadeza.

 

La sangre fluía del muñón, espesa y caliente. Creo que, al caer sobre el brazo herido, el peso del cuerpo había constreñido el muñón e impedido el flujo de la sangre; eso le había salvado la vida. Al darle la vuelta la herida

 

había comenzado a sangrar, y, si quería auxiliarlo de algún modo, tenía que examinarlo minuciosamente. Con la punta de los dedos, le limpié el muñón. La espada de Meldron estaba muy afilada y había cortado limpiamente huesos y carne.

 

Bajé con extremo cuidado el muñón y me apresuré a desgarrar el borde de mi siarc. Después hice unas vendas con jirones, me arrastré hasta la borda y las empapé en agua. Mi cabeza parecía a punto de estallar. Apretando los dientes para soportar el dolor, reuní fuerzas para acabar la rudimentaria cura. Cogí otra vez el brazo herido y vendé el muñón con los jirones empapados de agua de mar.

 

La sangre surgía a borbotones a cada latido del corazón de Llew. Sentía las palpitaciones a través del vendaje. Desgarré otro jirón de tela y lo até en torno a la muñeca; luego, con un tercer vendaje, até las dos puntas de los otros dos tan fuerte como pude. Doblé el brazo por el codo y lo dejé sobre el pecho. Sólo cabía esperar que no se desangrara; no podía hacer nada más por él.

 

Aturdido y débil por el esfuerzo, desgarré otro jirón de mi siarc, lo empapé de agua y, pese al escozor que me producía la sal, lo até en torno a mis ojos. Luego, sin fuerza alguna, me derrumbé en el fondo del bote, gimiendo de fatiga y dolor.

 

¡Ciego! Todo en torno a mí era una oscuridad informe. Nunca volvería a ver los rostros de mis compatriotas y hermanos, nunca volvería a ver la luz. ¡Ciego! El mundo era tan oscuro como el sufrimiento, tan oscuro como una tumba sellada, tan oscuro como el negro abismo de Uffern, tan oscuro como la muerte eterna.

 

Acurrucado en el fondo del bote, lloré amargamente por mi perdida visión, por la agonía de mis arruinados ojos, hasta que por fin, rendido por el sufrimiento, me hundí en un sueño vacío.

 

Me despertó el agudo dolor de mis ojos. No hice el menor movimiento, sino que permanecí muy quieto con el oído aguzado. El viento era suave, las olas chapoteaban sin fuerza contra el bote. La marea en torno a las islas no es fuerte; nos llevaría a poca distancia de la costa oeste de Ynys Oer. Luego estaríamos al albur de las corrientes del mar y de los elementos.

 

Si seguía soplando el viento del norte, nos empujaría hacia el sur a lo largo de la costa occidental de Albión y nos arrastraría hacia algún lugar de la deshabitada costa. Si los vientos se tornaban caprichosos e irregulares, como

 

era de esperar en aquella cambiante estación, nos arrastrarían lejos, hacia el oeste, y llegaríamos quién sabe adónde.

 

Meldron había sido muy hábil. No nos había matado, sino que nos había dejado al albur del mar. De este modo podría, con toda razón, afirmar que no sabía dónde estábamos. No incurriría en una deuda de sangre por nuestras muertes.

 

Sin embargo, la deuda de sangre que había contraído por la muerte de los derwyddi ya era suficientemente grave. Aunque poseyera una resplandeciente montaña de oro y todas las ovejas, ganado y criados de los Tres Reinos, no podría pagarla.

 

¡El sol y las estrellas eran testigos! Nudd, príncipe de Uffern y Annwn, rey de los coranyid, Soberano de la Noche Eterna, era quien había asesinado a los bardos de Prydain. Pero el príncipe Meldron había acabado con la vida de los demás. Ya no quedaban bardos en Caledon y en Llogres. Ya no quedaban bardos en la Isla de la Fuerza.

 

No, no… Yo todavía estaba vivo, y las hijas de Scatha estaban a salvo en Ynys Sci.

 

Llew gimió y se despertó. Alcé mi dolorida cabeza y le tendí una mano.

 

–¡Tranquilo, hermano! – le dije-. Estoy aquí. No te muevas.

 

–¡Tegid! – comenzó a decir, pero se estremeció de dolor.

 

Cerró la boca y ahogó un grito, que se convirtió en un torturado gemido. Busqué su espalda con temblorosa mano. Sentí cómo se estremecía de dolor con los músculos tensos y la ropa empapada en sudor. Se desvaneció otra vez y se quedó muy quieto.

 

Yo me dormí.

 

Cuando desperté, había refrescado y el mar estaba en calma. Reconocí por eso que era de noche. Llew debía de estar esperando a que me despertara, porque cuando yo me moví dijo:

 

–¿Dónde estamos? ¿Qué ha sucedido?

 

Su voz temblaba y denotaba el sufrimiento que padecía.

 

–Vamos a la deriva -dije-. Meldron nos ha abandonado a nuestra suerte.

 

Guardó silencio un rato y luego dijo en tono lastimero:

 

–Tengo mucho frío.

 

–Ten -dije buscando mi manto y tendiéndoselo.

 

Él cogió un extremo, yo el otro, y compartimos el precario abrigo. –Mi mano, tus ojos… Tegid, ¿qué va a ser de nosotros?

 

–El mar tiene la palabra. A nosotros sólo nos queda aguardar. Aguardamos toda aquella noche inacabable y eterna. Y seguimos

 

aguardando todo el día siguiente sin apenas movernos. Cuando el sol se deslizó por el horizonte del mundo, nos acurrucamos en el fondo del bote muy juntos para darnos calor. Dormitamos penosamente sin poder conciliar del todo el sueño por el dolor de nuestras heridas. Mis ojos, su mano… ¿Qué iba a ser de nosotros?

 

El buen tiempo se mantenía y nos contentábamos con esa bendición. De vez en cuando, Llew se incorporaba y miraba en torno. Pero estábamos muy lejos de la tierra firme y yo no podía localizar nuestra situación con las escasas descripciones que me procuraba.

Al cuarto día, se levantó viento del oeste. El mar se rizó, y las olas subían y bajaban balanceando peligrosamente el bote. A cada movimiento nos veíamos empujados contra la borda y topábamos contra la barandilla de madera del curragh. Llew gritaba cada vez que se golpeaba la herida del muñón.

 

Por la noche tampoco pudimos descansar. El temporal arreció. El mar se encrespó aún más; las olas amenazaban con tragarnos. Exhausto, Llew se desmayó y yo lo sostuve abrazado contra mi pecho para protegerlo de las sacudidas. El infeliz musitaba incoherentemente mientras el mar balanceaba nuestro pequeño bote. Oí un extraño ruido y agucé el oído hasta caer en la cuenta de que lo producía Llew castañeteando los dientes. Hice un nudo en la punta del manto y se lo metí entre los dientes para impedir que se mordiera la lengua.

 

La furia de la galerna fue en aumento durante la noche. Oí un trueno y sentí en mi rostro el latigazo de la lluvia, pero no vi rayo alguno. Mientras el fragor de la tormenta estallaba sobre nuestras cabezas, Llew volvió en sí.

 

–¡Canta, Tegid! – lo oí gritar entre el ulular del viento.

 

Creí que deliraba.

 

–Calma, hermano. Tranquilo. Pronto terminará todo -dije pensando que nuestro bote naufragaría de un momento a otro y seríamos arrastrados al fondo del mar.

 

Llew se debatió.

 

–¡Canta! – insistió-. ¡Canta nuestra arribada a tierra!

 

Mientras el viento aullaba con violencia sobre nuestras cabezas y las olas del mar rompían contra la borda, alcé la voz y me puse a cantar. La galerna

 

me arrancaba de la boca las palabras y me las lanzaba después contra la cara.

 

–¡No sirve de nada! – grité.

 

–¡Canta! – me rogó Llew-. ¡Tu canto llegará hasta la Mano Segura y Certera, Tegid!

 

Alcé de nuevo la voz y entoné un canto en loor del Sumo Dador. Canté las innumerables virtudes del omnipotente y bondadoso Dios; canté la celosa providencia con que la Mano Segura y Certera sostiene y auxilia a quienes lo invocan.

 

Y, mientras brotaba mi canto, vividas y claras imágenes fueron tomando forma en mi mente. Vi una cañada de escalonadas laderas en un frondoso bosque de pinos que se elevaban hacia los cielos…, vi un recóndito lago y una fortaleza de troncos…, vi sobre un montículo cubierto de yerba un trono de asta, adornado con una piel de buey de nívea blancura…, vi un escudo bruñido en el que se había posado un cuervo negro…, vi una almenara que resplandecía en la cima de una distante colina y fogatas que se encendían en respuesta en las colinas cercanas…, vi surgir de la niebla a un jinete sobre un pálido caballo bayo, cuyos cascos hacían saltar chispas de las rocas…, vi un poderoso contingente de guerreros bañándose en un lago de aguas tintas en sangre…, vi de pie en una verde enramada a una mujer con un manto blanco, cuyos cabellos refulgían al sol como un fuego de oro…, vi un cairn en una recóndita cañada, un túmulo fúnebre escondido y secreto…

 

Canté, y la tormenta arreció. Nuestro bote de cuero se balanceaba, zarandeado arriba y abajo por el oleaje. Volábamos sobre la ondulada corriente como la espuma del mar es arrastrada por el ímpetu de la galerna. El agua caía sobre nosotros, empapándonos. La boca se me llenaba de agua y la sal me quemaba en las heridas.

 

A cada sacudida del bote, Llew gemía de dolor.

 

–¡Canta, Tegid! ¡Canta! – seguía gritando, y creí que debía de estar delirando de dolor.

 

Sin embargo, como insistía e insistía, yo seguí cantando. Y las visiones se retorcían y danzaban en mi mente a un ritmo tan vertiginoso como el de la tormenta que arreciaba en torno.

 

–¿Has oído, Tegid? – gritó Llew, y el viento se tragó su voz.

 

Agucé el oído y sólo percibí el ulular del viento y el rugir de las olas al precipitarse contra las rocas… ¡Contra las rocas!

 

–¿Has oído, Tegid?

 

–¡Sí! ¡Lo he oído!

 

En efecto, se oía el estruendo del oleaje al golpear y romper contra las rocas. La tormenta nos estaba empujando hacia la orilla.

–¿Ves algo?

 

–No -contestó Llew-. ¡Espera! Sí, veo algo. Veo rocas. Veo la rompiente.

 

–¿Ves tierra?

 

–No. Está muy oscuro.

 

Con su mano sana me agarró el brazo con fuerza. –¡Sigue cantando, Tegid! ¡Canta nuestra arribada a tierra!

 

Canté, y el rugido de las olas en la rompiente creció hasta llenar por completo la noche. El estruendo sonaba cada vez más cerca, y casi podía sentir los escarpados dientes de las rocas rechinando en la tormenta, emergiendo entre el oleaje muy cerca, surgiendo en la oscuridad para desgarrarnos, aplastarnos, destruirnos. El agua caía a chorros sobre nosotros como si todo el océano se precipitara sobre las rocas que nos rodeaban. Mi voz se perdía en el estruendo del océano, pero yo seguía cantando, suplicando que nuestro pequeño barquichuelo se salvara en un pequeño círculo trazado en medio del fragor de las olas.

 

Sentí que el mar se cernía sobre nosotros como una bestia feroz.Éramos empujados hacia lo alto, sacudidos, zarandeados como una hoja arrastrada por un remolino. El mar retumbaba en torno, atronaba nuestros oídos y nuestras mentes, sacudía nuestras almas.

Enseguida éramos arrastrados hacia abajo, para volver a ser alzados de nuevo. Oí cómo el mar se estrellaba contra la roca y sentí que nuestro bote se balanceaba peligrosamente con el reflujo. El barquichuelo se quedó unos instantes suspendido entre el mar y el cielo. El mar pareció alzarse y sostuvo en alto el bote. Luego fuimos precipitados hacia abajo, chocamos contra una roca y oí un agudo crujido mientras las cuadernas de madera se quebraban.

 

–¡Agárrate, Tegid! – chilló Llew.

 

Tendí las manos buscando a tientas la borda del bote, pero topé con la superficie helada de una roca. Cuando de un empujón me ponía a apartar el bote de la rompiente, noté que el curragh era arrastrado por el remolino de las olas. En pocos instantes seríamos engullidos por las aguas. Tomé aliento y con un último grito supliqué que nos salvaran de la tumba marina que se abría bajo nosotros.

 

El reflujo de la corriente nos arrastraba. El bote se ladeó y comenzó a dar

 

vueltas. Se me llenaron de agua la boca y los pulmones. El mar me retorcía brazos y piernas arrastrándome hacia sus insondables abismos, zarandeándome, golpeándome, tragándome.

De pronto, mi rodilla chocó con algo duro y mi hombro derecho golpeó algo semejante a una pared. La fuerza del agua me aplastaba contra ella como si fuera la enorme manaza de un gigante. Me faltó el aire y luché para darme impulso y librarme de aquella pared de roca.

 

Y después…

 

¡Me di cuenta de que milagrosamente había emergido! Abrí la boca para respirar y me atraganté con la espuma del oleaje. Luego la corriente, en lugar de estrellarme contra un acantilado, me empujó hasta una playa de cantos rodados. Las olas rompieron sobre mí y me inmovilizaron bajo su peso; luego me levantaron y me arrastraron playa adentro. Jadeando, me arrastré como un cangrejo sobre resbaladizas rocas para alejarme y librarme de la fuerza del reflujo.

 

El agua se me aferraba a las piernas; las algas se me enrollaban en brazos y muslos. Rompió otra ola que me llegó hasta las caderas, la cintura y el pecho; de nuevo fui arrastrado y empujado hacia delante. Cuando la corriente retrocedió, me encontré de rodillas con las manos enterradas entre los guijarros de la playa.

 

Me incorporé y avancé unos pasos, pero tropecé y caí de bruces. Oí el rugido de las olas que rompían una vez más. Busqué instintivamente un apoyo para mis pies, pero la resaca me arrastró y mis manos se desprendieron de su asidero. Otra vez estaba a merced del mar.

De pronto sentí que algo me cogía y me ayudaba a incorporarme. Instantes después, por encima del fragor del viento y del oleaje, oí la voz de Llew.

 

–¡Tegid! – gritó-. ¡Ponte en pie! ¡Apóyate en mí!

 

Me tiró del brazo y me ayudó a incorporarme. Apoyándonos el uno en el otro, nos alejamos de la rompiente y nos derrumbamos sin fuerzas sobre la arena.

 

–Lo conseguiste, Tegid. Tu canto nos trajo a tierra -dijo Llew.

 

Luego lo oí gemir y sentí que se retorcía de dolor.

 

–¡Llew! – grité tendiéndole las manos.

 

Se aferró a mi brazo con su mano sana y emitió un gemido desgarrador.

 

Lo sostuve hasta que el dolor remitió.

 

–Tu canto nos trajo a tierra -repitió con voz trémula cuando pudo volver a hablar-. Nos salvaste cuando ya estábamos perdidos.

 

–El Sumo Dador oyó nuestra canción, nos sostuvo con su Mano Segura y Certera y nos salvó del mar…, de la tumba que Meldron nos había preparado.

 

Yacíamos sobre la arena, temblando de frío y debilitados por el dolor de nuestras heridas. Llew gemía de tanto en tanto, cuando la agonía se le hacía insoportable, pero no emitió ni un grito. Yacimos toda la noche en la arena, mientras la tormenta iba cediendo en torno. Cuando el alba asomó entre los desgarrones de nubes, sentí que el primer rayo de sol me templaba el rostro, y me puse a cantar la canción que me había sido inspirada.

 

Canté a la cañada de escalonadas laderas escondida en un frondoso bosque. Canté a la fortaleza del lago y al trono de asta, cubierto con una piel blanca de buey, que se alzaba sobre el herboso montículo. Canté al bruñido escudo sobre el que se había posado con las alas extendidas un cuervo negro cuyo severo graznido llenaba la cañada. Canté a la almenara que alzaba sus llamas al cielo de la noche, y a las señales que en respuesta se encendían en las colinas cercanas. Canté al fantasmal guerrero montado en un caballo bayo que, envuelto en la niebla, hacía saltar chispas de las peñas. Canté a los guerreros que se bañaban en el lago de la montaña mientras el agua se iba tiñendo de rojo por sus heridas. Canté a la mujer de rubios cabellos en la enramada bañada por la luz del sol, y canté al recóndito Montículo de los Héroes.

 

Cuando mi canto finalizó Llew se había quedado dormido a mi lado. Me eché en la arena y me dormí acunado por el sonido de las olas contra las rocas.

 

10

 

EL NEMETON

 

Todavía se oía el gemido del mar sobre su lecho de rocas, pero su eco iba debilitándose a medida que avanzábamos tierra adentro. En la mano izquierda sostenía una rama de roble alisada por el mar que usaba a modo de bastón; mi mano derecha descansaba sobre el hombro de Llew, que me hacía de lazarillo. Me pareció que descendíamos, por lo que supuse que el terreno trazaba un declive desde el promontorio de la costa que íbamos dejando atrás.

 

Después de una noche de tormenta en la playa, la llegada del día nos había animado a levantarnos y a internarnos tierra adentro, lo cual significaba

 

escalar los acantilados del promontorio. Ninguno de los dos habría podido lograrlo por sí solo. Incluso ahora, no consigo explicarme cómo nos las arreglamos para lograrlo. Nos llevó todo el día, pero por fin salvamos el promontorio y nos tendimos a descansar en una pequeña hendidura cubierta de yerba entre dos peñas, temblando de frío porque el sol ya se había puesto. Por la mañana reanudamos nuestra penosa marcha.

 

Mientras avanzábamos, Llew me iba describiendo lo que veía.

 

–Hay colinas que en la distancia se convierten en elevados picos; los más altos están cubiertos de nieve.

 

–¿En qué dirección están?

 

Hizo una pausa y se orientó por el sol.

 

–Sureste, creo -contestó-. Las colinas más cercanas son suaves y están cubiertas de bosques de robles, hayas y algunos pinos. Delante de nosotros hay un arroyo, pero tendremos que salvar una pendiente para llegar a él. Los bosques comienzan al otro lado. Podemos descansar junto al arroyo antes de internarnos en la espesura y…

 

Sofocó un grito; noté que el hombro se le ponía tenso.

 

Era otro de sus repentinos ataques de dolor que lo asaltaban como afiladas flechas de agonía sin previo aviso. Cada vez que ocurría, teníamos que hacer un alto hasta que los dolores remitían y podía ponerse en marcha otra vez. Me imaginaba el sufrimiento que padecía; quizás era equiparable a los ardientes lanzazos que yo sentía en los ojos y que me taladraban el cerebro.

 

–¿Dónde crees que nos encontramos? – preguntó al cabo de un momento con los dientes aún apretados.

 

–¿Los picos están cubiertos de bosques?

 

–Creo que sí -dijo Llew tomando aliento e irguiéndose de nuevo-. Están muy lejos. No puedo asegurarlo; pero sí, parece como si las laderas estuvieran cubiertas de árboles.

 

Reanudamos la marcha.

 

–Puede ser que hayamos llegado a algún punto de la costa norte de Caledon. Si es así, los picos que ves ante ti son los Monadh Dubh.

 

–El clan de los galanaes, el pueblo de Cynan, habita en las regiones del sur de Caledon -observó Llew.

 

–Estamos muy lejos del sur. El norte está prácticamente deshabitado -le expliqué-. Son tierras salvajes e inhóspitas, azotadas por vendavales y

 

tormentas… como la que acabamos de padecer. Los parajes que estás contemplando son tierras salvajes; no encontraremos rey alguno que nos dé la bienvenida.

Con extrema precaución descendimos hasta el arroyo, junto al que nos arrodillamos para beber. Luego nos tendimos a descansar. Acostados sobre la yerba, mis pensamientos derivaron hacia la masacre del montículo sagrado. Me embargó la angustia y solté un gemido. ¿Cómo habría podido adivinar semejante atrocidad, si incluso después de sobrevenida no lograba explicármela? ¿Cómo habría podido presentir el ataque, si a duras penas podía creer que hubiera ocurrido?

 

«Cuando la Luz de los derwyddi se apague y la sangre de los bardos reclame justicia, los Cuervos extenderán sus alas sobre el bosque sagrado y el montículo sacrosanto…»

 

Ésas habían sido las palabras de la banfáith. Palabras que con atroz exactitud acababan de cumplirse. La sagrada hermandad había sido asesinada, la luz de su sabiduría había sido apagada violentamente; la sangre de los bardos se alzaba sobre la tierra reclamando justicia. ¡Que así fuera!

 

Descansando a la orilla del arroyo, dejé que mis pensamientos tomaran tales derroteros. Al cabo de un rato, sentí que Llew se movía.

 

–¿Qué vamos a hacer ahora? – preguntó.

 

–Necesitamos descansar -respondí-. Y tiempo para curar nuestras heridas.

 

–¿Te duelen mucho? – preguntó con voz tensa y contenida.

 

–No sé qué me duele más, si la pérdida de la visión o la pérdida de mis hermanos. Siento como si me hubieran arrancado el alma.

Llew permaneció en silencio un tiempo.

 

–No podemos quedarnos aquí -dijo al fin-. Hay agua, pero no comida, ni refugio. Tenemos que marcharnos.

 

–Encontraremos refugio en el bosque.

 

Pero durante un buen rato ninguno de los dos hizo el menor movimiento para reanudar la marcha. Después, Llew se puso en pie lentamente. Sentí que me agarraba el brazo y me obligaba a levantarme.

 

–Creo que debemos seguir el arroyo y ver adónde conduce.

 

Junto al cauce los matorrales eran muy frondosos y dificultaban nuestra marcha. Pero luego el arroyo desembocaba en un río, en cuyas orillas crecían esbeltos árboles y se abrían anchurosos prados que hacían más fácil nuestra marcha.

 

Caminábamos despacio y descansábamos de vez en cuando. A la caída de la noche no habíamos avanzado demasiado. Pero el cauce del río conformaba hondonadas y vallecitos en los que procurarnos un buen refugio. No teníamos con qué encender fuego, pero por lo menos pude indicar a Llew dónde encontrar algunas raíces comestibles que desenterró con un palo y lavó en el río. Quizá nos helaríamos de frío con la brisa nocturna, pero al menos no nos moriríamos de hambre.

 

Por la noche me despertaron los gritos de dolor de Llew. Sufría mucho y temblaba de frío. Lo obligué a levantarse; a trompicones nos acercamos al río y le hice meter en el agua helada su hinchado muflón. Eso le procuró cierto alivio, pero cuando regresamos a nuestro frío campamento estábamos tan helados que no pudimos volver a conciliar el sueño.

 

Al día siguiente, me aseguré de que Llew se procurara pedernal y una cierta cantidad de musgo seco para encender fuego.

–¿De qué servirá el pedernal sin nada más? – preguntó Llew. –Hay muchas piedras con las que se pueden hacer saltar chispas del

 

pedernal. Ya te enseñaré cómo. Antes de que todo esto haya acabado, habré hecho de ti un verdadero bardo -aseguré-. Incluso lograremos rescatar el awen de Ollathir.

 

–En marcha, oh maestro de la sabiduría -bromeó Llew-. Tus palabras son órdenes para mí.

 

De este modo nos internamos en el corazón de Caledon; avanzábamos muy lentamente y nos deteníamos a descansar y a lavar nuestras heridas en las heladas aguas del río. Durante una de esas pausas, rogué a Llew que se quitara el vendaje de la muñeca.

–Descríbeme el aspecto de la herida -le dije.

 

–Está mejorando.

 

–Descríbemela. Debo saber si está cicatrizando como es debido. Contuvo el aliento y procedió a quitarse los jirones del manto con los que

 

le había vendado la herida. Cuando hubo terminado, soltó un gemido, que expresaba tanto su dolor físico como su dolor moral.

 

–La herida está negra -dijo- se ven algunas astillas de hueso.

 

–Lávatela en el agua y dime qué aspecto tiene -le ordené.

 

Bajó con cuidado el brazo y oí que lo sumergía una y otra vez en el agua.

 

–Clanna na cù! – musitó entre dientes.

 

–¿Qué aspecto tiene? – pregunté cuando hubo acabado de lavarla.

 

–Está más roja que negra. Algunas astillas de hueso se han desprendido.

 

Y sangra de nuevo.

 

–¿La sangre es espesa y roja o líquida y fluida?

 

–Creo que espesa y roja.

 

–Y la carne en torno a la herida, ¿está hinchada y caliente al tacto o está fría? ¿Qué color tiene?

 

–Bueno -dijo al cabo de un momento-, está un poco templada, pero no caliente. La piel está roja e hinchada, pero no inflamada. Toca tú mismo - añadió, y sentí que me cogía la muñeca derecha, guiaba mi mano hasta su brazo y me apretaba los dedos contra su muñeca- Aquí.

 

Tanteé con delicadeza los bordes de la herida. Estaba templada, pero no febril ni caliente, como habría estado si la herida se hubiese infectado. Cuando le toqué la herida, se estremeció y retiró el brazo.

–Lo siento.

 

–Bueno, ¿qué te parece?

 

–Creo que ha empezado a cicatrizar. Deberíamos vendarla otra vez, pero con tela limpia.

 

–¿Y dónde vamos a conseguirla?

 

Me saqué el siarc por la cabeza y procedí a desgarrarlo.

 

–Tu siarc no, Tegid -protestó Llew-. Necesitas lo poco que queda de él para protegerte del frío.

 

–Aún tengo el manto -repliqué, y seguí desgarrándolo-. Ahora, ayúdame a lavar las vendas en el agua.

 

Nos arrodillamos junto al río y metimos en el agua los jirones de tela.

 

Cuando hubimos acabado, se los di a Llew.

 

–Ahora tiéndelos en un matorral para que se sequen -le indiqué.

 

Llew siguió mis instrucciones y nos echamos a dormir al sol. Cuando los vendajes estuvieron secos, lo ayudé a vendarse el brazo.

–Ahora te toca a ti -me dijo después.

 

Me llevé la mano al vendaje que me cubría los ojos.

 

–Está perfectamente.

 

–No -repuso Llew con brusquedad-. No, Tegid. Está sucio de sangre y polvo. Tienes que cambiártelo.

 

Procedí a quitarme el vendaje; pero la tela se había pegado a la herida y tuve que arrancarla de un tirón, lo cual hizo que la sangre empezara a brotar. Me mordí el labio para no gritar.

 

–Ahora tienes que lavarte la herida -insistió Llew.

 

Con su ayuda, acerqué la cara al agua y me lavé las heridas cuencas donde antes estaban mis ojos. El frescor del agua me apagó un tanto el fuego del dolor y me sentí mucho mejor.

 

Alcé la cara y me volví hacia Llew.

 

–¿Qué aspecto tiene la herida? Descríbemela.

 

–Es un corte limpio -repuso-. La carne está roja e hinchada en torno a la cuchillada, y de la herida fluye un líquido amarillento. Pero la sangre tiene buen aspecto…, es espesa.

 

Me tanteé los bordes de la herida y noté que la carne estaba inflamada. –¿Y mis ojos?

 

Aunque intentó hablar con voz neutra y tranquila, me di cuenta de que lo inquietaba lo que estaba viendo.

 

–Hay mucha sangre coagulada, hermano… No veo bien. Creo que deberías vendártelos.

 

Obviamente tenía miedo de decir lo que yo ya sabía: mis ojos nunca más cumplirían su función. Desde la cruel cuchillada que me había propinado Meldron, no había visto ni una chispa, ni un destello de luz. La luminosidad del sol y la oscuridad de la noche eran para mí lo mismo. Jamás volvería a ver otra vez.

 

Nos quedamos dos días en un herboso pradito, descansando y recuperando fuerzas. Comíamos raíces de plantas acuáticas que crecían en el río y encendíamos fuego con ramas del bosque cercano. Cuando reunimos las fuerzas suficientes, reanudamos la marcha siguiendo el curso del río. Día tras día, mientras caminábamos, fui iniciando a mi compañero en los secretos del bosque, de la campiña, de la espesura. Llew se distraía de sus sufrimientos con mis enseñanzas y se reveló como un aprendiz agudo y capaz. Memorizaba todo lo que le decía y a menudo nos enzarzábamos en interesantes discusiones sobre los más nimios detalles. Bastaba con que le enseñara las cosas una sola vez.

 

Al cabo de unos días llegamos junto a una cascada. El río, que había ido fluyendo hacia el sur, se hizo estrecho y profundo y las peñas del cauce se fueron haciendo más escarpadas a medida que la corriente se acercaba a las montañas. Nos detuvimos ensordecidos por el fragor del agua. Llew observó la cascada y dijo:

 

–Tendremos que buscar otro camino para subir. Las peñas son demasiado

 

altas y forman un acantilado imposible de escalar.

 

–Estamos ante una de las puertas que conducen a las montañas dije; y cuando pronuncié esas palabras me invadió la convicción de que habíamos sido conducidos hasta aquel lugar; el Supremo Sabedor había guiado nuestros pasos-. Tenemos que flanquearla.

 

–¿Estás seguro? No sé cómo nos las vamos a arreglar para escalar.

 

–Bueno, hay que intentarlo.

 

Llew no puso objeción alguna, sino que se sentó y procedió a examinar el roquedal. Al cabo de un rato dijo:

 

–Las peñas son grandes como casas, y están muy desgastadas; no podemos escalarlas. Podríamos subir por las rocas de menor tamaño, pero están cubiertas de un musgo húmedo y son muy resbaladizas. – Hizo una pausa y añadió-: ¿Estás seguro de que quieres intentarlo?

 

–Sí, completamente.

 

–Podríamos retroceder por el río y buscar otro camino.

 

–Éste es nuestro camino -aseguré poniéndome en pie y asiendo con decisión la rama que usaba como bastón-. Tengo el firme presentimiento de que debemos seguir por aquí.

 

Llew no discutió, y comenzamos a subir por aquella mole de rocas. Las salpicaduras de la cascada no tardaron en empaparnos. El fragor de las aguas no nos permitía hablar, pero Llew me indicaba a gritos por dónde debía avanzar. Resbalando, luchando, ganándonos a pulso cada paso que dábamos, fuimos ascendiendo por las rocas.

 

Rodeado por la más absoluta oscuridad, aferrándome a las rocas, sintiendo la fría dureza de las peñas, me puse a pensar en los menhires, en los pilares de piedra, en los círculos de rocas que señalan los misteriosos poderes de la tierra. Pensé en los ogham esculpidos en piedra, en los cairns de piedra, en todas las piedras adornadas con el MôrCylch, el laberinto de la vida.

 

Imaginé el dibujo exacto de sus líneas, como si estuvieran pintadas de azul. Me pareció que me internaba en el MôrCylch, posando a ciegas mis pies en el zigzagueante y tortuoso sendero, confiado en que el Constructor del Laberinto guiaba mis pasos.

 

–Hemos avanzado todo lo que hemos podido -gritó Llew por encima de su hombro-. Tenemos que retroceder y buscar otro camino.

 

Retrocedió hasta donde estaba yo, pegado a la superficie de una roca.

 

Cuando volvió a hablar oí su voz muy cerca.

 

–Las peñas son muy escarpadas, muy peligrosas. ¿Qué sugieres? –Yo te mostraré el camino.

 

–Pero, Tegid, si estás… -Se interrumpió-. ¿Cómo vas a poder? –Yo te mostraré el camino -insistí.

 

Pese a sus recelos, Llew se abstuvo de discutir. Sin decir nada, se colocó junto a mí. Me pegué todo lo que pude a la roca e intercambiamos los lugares con enorme dificultad. Después, comencé a escalar con extremo cuidado por la lisa superficie de la pared de roca.

–Mira bien mis manos y mis pies -grité a Llew-. Haz lo que me veas hacer.

 

–¡Es una locura! – exclamó por toda respuesta.

 

–¡Lo sé de sobra!

 

Aun así, continuamos escalando. Temblando, deteniéndome, conteniendo el aliento a cada paso que daba, rodeado por la más absoluta oscuridad, fui avanzando. Confiaba sólo en mis dedos y mis talones; iba apoyando un pie, luego otro, después una mano, luego la otra. Paso a paso seguimos subiendo. Mi mente se aferraba a la imagen del laberinto de la vida y avanzaba por el camino dibujado en la piedra.

 

Poco a poco íbamos escalando la pared de roca. El vapor del agua nos empapaba. De vez en cuando nos deteníamos para reunir los jirones de nuestras débiles fuerzas y seguíamos adelante. Llew me animaba a proseguir con gritos de coraje.

 

Después de lo que me pareció una eternidad, el fragor de la cascada disminuyó un tanto.

 

–Llew, ¿ves algo? – grité por encima del hombro.

 

–Nada -obtuve por respuesta-. La niebla y el vapor del agua no me dejan ver nada.

 

Me dispuse a proseguir, pero pese a mis esfuerzos no logré encontrar un punto de apoyo para los pies. Por fin, a punto de perder toda esperanza, me empiné todo lo que pude, me así con todas mis fuerzas a una grieta de la roca y me di impulso para subir…

 

Sentí que mi pie se posaba sobre un escalón, pero la roca estaba muy resbaladiza y el pie se me escurrió de su punto de apoyo. Si no hubiera sido porque mis dedos asían firmemente la grieta, me habría caído. Me dejé caer a la posición inicial.

 

–¡Tegid! ¿Estás bien?

 

–Sí -respondí-. Lo intentaré de nuevo.

 

–¡No! Espera… Levanté el pie otra vez y mi talón se apoyó en un estrecho borde invisible. Me apresuré a alzar los brazos y moví la otra pierna hasta que el pie dio con el escalón. Luego me estiré todo lo que pude y noté en el rostro la caricia del viento. Tanteé con una mano y sentí que la pared de roca dibujaba un declive. Dos escalones más y me encontré de pie en una ancha y plana superficie rocosa.

 

Grité a Llew que me siguiera, y él me contestó también a gritos:

 

–¡No te muevas! Espera a que suba.

 

Poco después, gritó de nuevo:

 

–Está demasiado alto. El escalón… No tengo dónde asirme.

 

Me tumbé boca abajo y le tendí la mano por encima del borde de la pared rocosa.

 

–¡Cógete a mi mano! – grité.

 

–No puedo, Tegid -exclamó él con un acento preñado de dolor y frustración-. No puedo asirme con una sola mano.

 

–Cógete a mi mano, Llew. Estírate todo lo que puedas, yo te sostendré.

 

Pon el pie en el escalón y cógete a mi mano. Te alzaré.

 

–No, Tegid. Está muy lejos. No llego… –¡Cógete a mi mano!

 

–Te he dicho que está muy lejos. ¡Sólo tengo una mano!

 

–Confía en mí, Llew. No te soltaré.

 

Se quedó en silencio un rato.

 

–¿Llew?

 

–Muy bien -respondió despacio-. Contaré hasta tres. ¿Preparado? Hasta tres. Uno… dos… ¡TRES!

 

Me preparé para agarrarlo. Su mano se aferró a la mía; mis dedos asieron su muñeca y tiré de él con todas mis fuerzas. Algunas piedras se desprendieron y se precipitaron en el torbellino de la cascada que rugía allá abajo. Poco después, noté que Llew había logrado encaramarse a la superficie rocosa junto a mí.

 

–¡Tegid, lo conseguiste! – exclamó entre jadeos-. ¡Bendito seas, hermano, lo hemos logrado!

 

Nos quedamos tendidos sobre la roca. Y, como una recompensa a nuestro esfuerzo, apareció el sol, que templó la roca y nos secó las ropas. Sin movernos, gozamos del calorcillo de los rayos, escuchando cómo las aguas

 

rugían allá abajo, muy abajo.

 

Cuando al cabo de un rato nos levantamos para proseguir la marcha, le rogué a Llew que me describiera el panorama.

 

–Creo que estamos en la entrada de una cañada. El río ha excavado una profunda garganta, muy verde. La yerba es corta y fina. Hay peñas entre los árboles; los árboles son enormes. El río es aquí más ancho y más profundo.

 

La cañada dibuja una curva y se pierde de vista. No puedo ver lo que hay más allá de la curva, ni tampoco lo que se cierne sobre el risco de la cañada. – Hizo una pausa y se volvió hacia mí-. Bien, ¿qué propones, hermano?

 

–Sigamos el curso del río y busquemos un lugar para acampar respondí-. Si encuentras por ahí una rama que me sirva de bastón, te lo agradeceré mucho.

 

Poco después, nos poníamos en marcha. Llew guiaba mis pasos; fuimos trepando por las peñas de la orilla del río. Yo aguzaba el oído y olfateaba el viento en busca de alguna señal. Entre el rumor del agua, se oía cantar a los pájaros: el débil gritito del ave trepadora, el melodioso trino del gorrión y allá en lo alto el agudo grito de un águila ratonera que sobrevolaba la arboleda en círculo. De vez en cuando se oía el chapoteo de un pez o el furtivo rumor de un animal que se internaba en la espesura al oír nuestros pasos. Inspiré el agradable perfume de la tierra, la humedad del follaje, el olor a moho del sotobosque; y sobre todo el limpio y fresco aroma del aire bañado por el sol y el suave perfume de las flores.

 

Al cabo de un rato Llew se detuvo.

 

–No muy lejos, diviso un bosquecillo de pinos -me dijo con la voz quebrada por el dolor, pues la escalada lo había extenuado y la herida lo martirizaba-. Creo que es un buen sitio para acampar.

Nos dirigimos hacia allí y, efectivamente, encontramos un claro bien protegido entre los árboles. El suelo estaba cubierto de agujas de pino que formaban un lecho espeso y suave; las ramas conformaban un excelente tejado. Unas piedras de gran tamaño, dispuestas en círculo, formaban un rudimentario caer en el que podríamos encender fuego y dormir. Llew descansó un rato y se marchó a buscar leña, mientras yo limpiaba un pequeño espacio para hacer la fogata.

 

Mientras me afanaba en mi tarea siguiendo la circunferencia del caer, oí que la brisa silbaba en lo alto de los pinos. Se estaba levantando viento del este mientras el sol describía la curva del atardecer. Iba a ser una noche fría y

 

necesitábamos un buen fuego. Así se lo dije a Llew cuando regresó con la leña.

 

–Entonces iré a buscar más -dijo.

 

Noté que era lo último que deseaba hacer, pero se apresuró a perderse entre los árboles.

 

Yo, con extrema precaución, me dirigí hacia el río y reuní algunas piedras pulidas y redondeadas. Repetí la operación varias veces y conseguí reunir un número suficiente para hacer un círculo en torno a la fogata. Cuando comencé a ordenar las piedras, capté el ligero efluvio de un olor familiar.

 

Me detuve, me senté con la cabeza en dirección al viento y olfateé de nuevo. Aguardé unos instantes, pero no olisqueé nada en absoluto. Pensé que quizás había sido producto de mi imaginación.

 

Continué trabajando y poco después una ráfaga de viento me trajo de nuevo el aroma. Esta vez estaba seguro de que no lo había imaginado; olía a leña de roble. Inmediatamente me puse de cara al viento. Cuando Llew regresó, me encontró en esa posición.

 

–¿Qué pasa? – preguntó Llew arrojando al suelo la brazada de leña-. ¿Qué has oído?

 

–Nada. Pero he olido algo… Fuego de roble -añadí indicando la dirección del viento-. Viene de allí. No debe de estar muy lejos, creo.

 

–Algún poblado.

 

–No sé.

 

–Pronto anochecerá -observó Llew-. Pero creo que deberíamos ir a ver qué es.

 

–Iremos los dos.

 

–Toma -dijo Llew cogiéndome por la muñeca-. Te he traído una cosa.

 

Y me puso en la mano una rama. Era ligera y suave, de madera flexible y resistente: fresno, adiviné enseguida.

 

–Cuando consiga un cuchillo, te haré un bastón como es debido declaró. Caminamos despacio por la orilla del río siguiendo el rastro del olor. Al

 

cabo de un rato dijo Llew:

 

–Ahora también lo huelo yo. Debemos de estar cerca, pero no se ve ni un alma.

 

–Quizá son cazadores -comenté.

 

De pronto Llew se detuvo y me puso la mano en el pecho para que me detuviera.

 

–¡Ya lo veo! – susurró-. Veo el humo… al otro lado del río. El campamento debe de estar un poco más allá.

 

Continuamos avanzando en silencio, pero tras unos cuantos pasos Llew se detuvo otra vez.

 

–Creo que ahí hay un vado -anunció. No acababa de decirlo cuando oí el rumor del agua saltando sobre las piedras-. Se puede cruzar al otro lado. ¿Quieres que pase y vea quién ha encendido fuego?

 

–Guíame. Iremos juntos.

 

Con la vara en una mano y la otra asida al brazo de Llew, cruzamos el río por el vado. Las piedras estaban estratégicamente colocadas y no me resultó difícil hacerlo. No bien mi pie hubo hollado la otra orilla, capté la extraña quietud del aire y de la tierra también.

 

–Delante de nosotros hay un soto de robles -susurró Llew-. Los árboles son enormes.

 

–Vayamos a ese soto -repliqué-. Procura estar alerta.

 

En cuanto nos pusimos en marcha, noté un cambio considerable en torno. Hacía más frío, y olía a rancio y a húmedo, pues el olor a humo se mezclaba con el del musgo de los troncos y de las hojas caídas. Apenas soplaba el viento y el bosque estaba silencioso. No se oía sonido alguno: ni la brisa del viento entre las hojas, ni el rumor de los animalillos del sotobosque, ni el canto de un pájaro.

 

Avanzamos con precaución pegándonos a los árboles. De pronto, Llew me tocó el brazo y nos detuvimos.

 

–¿Qué has visto? – murmuré.

 

–Una especie de dibujo…, el símbolo de algo. Aquí…

 

Me cogió la mano y me la acercó al tronco del árbol más cercano. La corteza había sido arrancada y habían labrado en la madera una figura. Tanteé con los dedos el dibujo y reconocí el símbolo toscamente tallado: era un círculo con una varilla en el centro. Era una rueda con una lanza como eje.

 

–Hay muchos más -susurró Llew-. Al menos hay uno en cada tronco. No necesitaba ver los dibujos tallados en los enormes robles para saber

 

que estábamos en un lugar de poder mágico. Lo sentía en la tranquilidad absoluta que reinaba en el soto; era un silencio que persistía desde tiempos inmemoriales, desde antes de que el hombre hollara la tierra, desde antes incluso de que existiera el bosque; una tranquilidad que apagaba todos los sonidos, los sofocaba, los calmaba, los abrumaba con una paz que

 

reconciliaba todas las cosas.

 

Los símbolos labrados en los troncos de los árboles identificaban el bosquecillo. Pertenecía a Gofannon, el Artífice de la Forja. Habíamos penetrado en su santuario.

 

–Estamos en un nemeton -murmuré-, un lugar ancestral y sagrado. Este bosque está consagrado a Gofannon. Vamos -dije-, saludaremos a su señor y comprobaremos si se compadece de nosotros.

Con pasos silenciosos nos internamos en el nemeton. Yo iba acariciando los toscos troncos de los árboles y olisqueaba el dulce aroma de la madera de roble mientras nos acercábamos al corazón de aquel refugio para presentarnos ante el dueño y señor del soto.

 

11

 

EL REGALO DE GOFANNON

 

–Ahí está -murmuró Llew en un susurro casi inaudible-. Es…, Tegid, es enorme…, un gigante.

 

–¿Qué aspecto tiene? Descríbemelo.

 

–Es dos veces más alto que un hombre. Sus brazos son muy musculosos; más que brazos parecen ramas de un roble. Un espeso vello le cubre todo el cuerpo: los brazos, el pecho, las piernas, las manos y la cabeza. Lleva la barba partida en dos, muy larga; sus cabellos son negros, y los lleva anudados como un guerrero. Su cara… ¡Espera! ¡Se ha dado la vuelta y mira hacia aquí!

 

Llew me apretó el brazo con excitación.

 

–No nos ha visto.

 

–¿Qué más? Dame más detalles. ¿Qué aspecto tiene? ¿Qué está haciendo? –Tiene la piel oscura, ennegrecida por el humo. Los ojos también son

 

oscuros; las cejas, enormes y negras. Su nariz es achatada e inmensa y su bigote, impresionante; le cubre la boca y se alza hacia arriba en las puntas. Se cubre sólo con unos breecs de cuero; lleva los brazos y el pecho desnudos; unos enormes brazaletes de oro le adornan las muñecas.

 

–¿Qué está haciendo?

 

–Está sentado en un montoncillo de tierra a la entrada de su cueva. La cueva tiene una puerta: dos postes de piedra coronados por un dintel también de piedra. Hay tres nichos para calaveras en cada uno de los postes; creo que las calaveras son de pájaros y animales del bosque; en el dintel está esculpido el Nudo Sin Fin. Las calaveras y el dibujo están pintados en azul pastel. A la entrada de la cueva hay una piedra y un yunque. Junto a la piedra veo un martillo enorme, el martillo más grande que jamás he visto. Sobre el yunque reposan unas tenazas.

 

–Sigue -lo urgí-. ¿Qué más?

 

–Ante él hay una especie de horno y sostiene en su mano un larguísimo espetón con carne… de oveja o ciervo. Está clavando la carne en el espetón. Todavía no ha encendido el fuego y… está mirando hacia aquí otra vez. ¡Tegid! ¡Nos ha visto!

 

En ese preciso instante oí un vozarrón enérgico y autoritario, profundo como la mismísima voz de la tierra.

 

–Bienvenidos, hombrecillos -dijo el dueño y señor del soto-. Levantaos y venid aquí.

 

Aunque el tono era autoritario, no me pareció distinguir en la orden ni amenaza ni animadversión. Sin soltarme el brazo, Llew tiró de mí y avanzamos lentamente hasta detenernos ante aquel ser ancestral.

 

–Salud, señor -le dije-, te saludamos con profundo respeto y reverencia. –Demuéstrame ese respeto del que hablas. ¿Qué regalo me traes? –Gran señor -repuse hablando en dirección a la voz-, somos exiliados en

 

busca de refugio en una tierra desconocida. Caímos en manos de enemigos que nos abandonaron a nuestra suerte. Te traemos sólo la insignificante bendición de la compañía que pueda aportarte nuestra presencia. Pero si te dignas juzgarla como un valioso regalo, te la ofrecemos con sumo placer.

 

–Es un extraño regalo -replicó aquel ser ancestral con suma seriedad, porque hace muchísimo tiempo que no he recibido en mi soto a ningún hombre. Aceptaré vuestro regalo con placer. Sentaos y compartid mi comida.

 

Llew me guió por el codo, nos acercamos más y nos sentamos en el suelo.

 

–¿Me conoces? – me preguntó la criatura ancestral.

 

–Gran señor, eres el Buscador de Secretos -repuse-. Eres el Picador del Mineral, el Cavador de Tesoros. Eres el Acrisolador y el Forjador del Metal, el Artífice de la Forja.

 

El vozarrón soltó un gruñido de asentimiento.

 

–Soy todo eso, y soy mucho más. ¿Te atreves a pronunciar mi nombre? –Eres Gofannon -repuse con tono tranquilo, aunque estaba temblando por

 

dentro.

 

–Eso es -replicó con un tono que denotaba satisfacción; al parecer estaba complacido con sus huéspedes-. ¿Cómo es que conoces mi nombre y mi naturaleza?

 

–Soy bardo y descendiente de bardos, poderoso señor. He sido adiestrado en los caminos de la tierra y del cielo, y en todas las cosas que les son necesarias a los hombres.

 

–¿Tienes algún nombre, hombrecillo?

 

–Tegid Tathal -contesté.

 

–Y el hombrecillo que te acompaña -dijo Gofannon-, ¿tiene también un nombre o compartís el mismo entre los dos?

 

–Tiene un nombre, señor.

 

–¿Y tiene lengua? ¿O es tu lengua la que habla por los dos?

 

–Tiene lengua, señor.

 

–Entonces ¿por qué no me dice cómo se llama? Me gustaría que me lo dijera, si es que nada se lo impide.

 

Noté un ligero cambio en la voz del gigante mientras se volvía hacia mi silencioso compañero.

 

–Nada me lo impide, poderoso señor -declaró Llew con voz suave-. Y no he perdido la lengua.

 

–Habla entonces, hombrecillo. Tienes mi permiso.

 

–Me llamo Llew. En otro tiempo era simplemente un extranjero en Albión, pero fui favorecido por la amistad del hombre que ves ante ti.

 

–Mi vista es muy buena, hombrecillo. Ya veo también que estás herido - dijo Gofannon-. Has perdido una mano; y tu amigo ha perdido los ojos. Y veo además que estas heridas os causan tremendo dolor. ¿Qué os pasó?

 

–Nuestros enemigos nos atacaron en un lugar sagrado -respondió Llew-. Los bardos de Albión han sido asesinados. Sólo sobrevivimos nosotros, pero nuestros enemigos nos mutilaron y nos abandonaron a la deriva en un bote.

 

El dueño y señor del soto sagrado meditó largamente, emitiendo una especie de sordo ronroneo en su garganta, mientras su mente sagaz iba dando vueltas a las palabras de Llew para sopesar la verdad que encerraban.

 

–Ahora ya sé quiénes sois -repuso al fin, y de nuevo su voz expresaba satisfacción-. Ea, comamos juntos. Pero primero necesitamos leña para el fuego. Tú, hombrecillo, la cortarás -añadió dirigiéndose a Llew.

 

Oí que el gigante se levantaba y se alejaba.

 

–Quiere que corte leña -murmuró Llew- Mi mano… ¿Cómo voy a poder manejar el hacha? No podré.

 

–Díselo.

 

–Aquí tienes el hacha -indicó Gofannon reuniéndose de nuevo con nosotros-. La leña está allá. Corta lo bastante para toda la noche; la necesitaremos.

 

–Me complace servirte, señor -dijo Llew con extrema cortesía-. Pero estoy herido, como ves. No puedo sostener el hacha y mucho menos cortar leña. Quizá pueda prestarte otro servicio.

 

Aunque Llew se negaba con exquisita delicadeza, el Artífice de la Forja permaneció inconmovible.

 

–Tenías dos manos y sólo has perdido una. ¿Acaso no te queda la otra? –Sí -respondió Llew-, pero la herida…

 

–Pues entonces usa la única mano que te ha quedado.

 

Llew no dijo nada; se levantó y al cabo de unos momentos oí unos hachazos que me indicaron que había comenzado a cortar lenta y torpemente la leña. Juzgué que la exigencia de Gofannon había sido extremadamente dura, pero consideré prudente abstenerme de hacer algún comentario.

 

Oía los hachazos y los jadeos de Llew y apretaba los dientes compadecido, pues compartía su dolor y frustración mientras manejaba el hacha del gigante.

 

Cuando hubo terminado, Gofannon le ordenó que trajera la leña junto al horno. Llew obedeció sin protestar, aunque no me cabía duda de que la herida lo estaba martirizando. Hizo varios viajes para traer la leña desde el montón de madera hasta el horno, utilizando sólo su mano sana. Cuando hubo traído el último leño, se derrumbó sin fuerzas en el suelo.

 

Estaba cubierto de sudor y temblaba de dolor y cansancio.

 

–Ya está -murmuró con los dientes apretados.

 

–Tranquilízate -le susurré-. Descansa.

 

–¡Buen trabajo! – exclamó el señor de la forja-. Ahora a comer.

 

En cuanto hubo dicho estas palabras, el gigante dio una palmada y al instante oí el chisporroteo del fuego y poco después el olorcillo de la carne asada. Se me llenó la boca de agua y noté el vacío del estómago. Mientras Gofannon se afanaba con la comida, Llew yacía en tierra, recuperando fuerzas. Yo oía el crepitar de la grasa mientras el dueño y señor del soto iba dando vueltas al espetón y el jugo de la carne caía en las brasas.

 

Cuando la carne estuvo lista, yo estaba casi a punto de perecer de hambre. –¡A comer! – exclamó el Artífice de la Forja como si él tampoco pudiese

 

esperar más.

 

Luego oí un ruido seco y un sordo desgarrón, y me arrojaron a las manos una humeante anca de venado. Enseguida sonó otro ruido seco, y supe que a Llew le había correspondido una porción similar.

–¡Hay carne para una semana! – murmuró Llew.

 

El resto de la presa pertenecía sin duda a nuestro enorme anfitrión. –¡Comed, amigos míos! ¡Comed y saciaos! – exclamó alegremente, y oí

 

un ruidoso resoplido que me indicó que nuestro huésped había hincado el diente en la carne hasta el hueso.

 

Haciendo un esfuerzo considerable, levanté el anca hasta mi boca y comencé a comer. Desgarré la carne con los dientes y arranqué con avidez un

 

bocado, extasiado con su calorcillo y aroma. El jugo de la grasa me resbalaba por la barbilla y el cuello hasta el pecho. No me importaba; estaba demasiado hambriento.

–Señor Gofannon -dijo de pronto Llew-, jamás había comido una carne tan sabrosa. Aunque sólo nos hubieras dado un simple bocado, te habríamos estado eternamente agradecidos.

 

–Cuando se come solo, las viandas no saben tan bien -respondió el gigante con afabilidad-. Pero cuando se comparten con verdaderos amigos, la comida se convierte en un festín.

 

El señor del soto se echó a reír y nosotros lo imitamos; las risas resonaron en el soto. Terminamos de comer y saboreamos el placer de sentir llenos nuestros estómagos.

 

–¡Bebed conmigo, hombrecillos! – exclamó Gofannon con un vozarrón que estremeció las ramas de los robles. Luego dio una palmada que sonó como un trueno.

 

–¡No puedo creerlo! – exclamó con un grito sofocado Llew.

 

Oí un ruido como el que produce la caída de una piedra en un estanque.

 

–¿Qué ha ocurrido? – pregunté.

 

–Ha aparecido como por encanto -susurró Llew.

 

–¿Qué es lo que ha aparecido? – susurré a mi vez-. Dime lo que ves. –¡Un tonel! Un tonel de dorada cerveza… del tamaño de… -Se

 

interrumpió, incapaz de encontrar las palabras adecuadas-. ¡Es enorme!

 

¡Cincuenta hombres no podrían levantarlo! ¡Harían falta trescientos!

 

Oí otro ruido y me encontré con una jarra entre las manos. Pero ¡qué jarra!; tenía al menos el tamaño de un balde y estaba llena de cerveza.

 

–¡Bebed! ¡Bebed, amigos míos! – gritó Gofannon-. ¡Bebed y regocijaos! Alcé la jarra y bebí un sorbo de refrescante y sabrosa cerveza. Era un

 

brebaje magnífico, agridulce y áspero a la vez, cremoso y con sabor a especias; la mejor cerveza que jamás había probado, y eso que había bebido en no pocos palacios de reyes.

 

Se me ocurrió que Llew no sería capaz de alzar su jarra y le ofrecí la mía. –No te molestes, hermano -repuso agradecido relamiéndose el bigote-. He

 

metido toda la cara en mi jarra.

 

Se echó a reír y reconocí en su risa el humor que en otro tiempo había tenido. Bebimos y reímos, y sentí que el tormento de mi herida y la desesperación de la ceguera se aliviaban como si fueran fardos dejados en el

 

umbral. Sin embargo, no era sólo por la bebida, la comida y el bienestar compartido. Estábamos en presencia de alguien más poderoso aún que el señor de la fragua, en presencia de alguien cuya compañía era un suave bálsamo, un don de inestimable valor. Olvidé mis sufrimientos y mi ceguera, porque ante la presencia del Supremo Sabedor me sentía reconfortado y curado.

 

Cuando hubimos comido y bebido hasta la saciedad, Gofannon me dijo:

 

–Me has dicho que eras un bardo. ¿Qué rango tienes en tu clan?

 

–Soy el penderwidd de Prydain -contesté-. En otros tiempos fui el Bardo Supremo de Meldryn Mawr.

 

Nuestro anfitrión emitió uno de sus característicos ruidos guturales y dijo:

 

–Hace mucho tiempo que no he oído cantar a un bardo en mi soto.

 

–Si lo deseas, poderoso señor -repliqué-, cantaré para ti. ¿Qué te gustaría escuchar?

 

El Maestro de los Artesanos meditó un buen rato, sin dejar de rumiar.

 

–La historia de Bladudd el Deforme -dijo al fin.

 

Una elección curiosa. La Canción de Bladudd es muy antigua. Es poco conocida y se canta en raras ocasiones, quizá porque no se describe en ella batalla alguna.

 

Como si me leyese el pensamiento, Gofannon añadió:

 

–Sé que es una canción muy poco conocida. No obstante, me gustaría oírla. Un verdadero bardo debería conocerla.

 

–Que así sea -dije levantándome.

 

En cuanto estuve en pie, eché de menos mi arpa.

 

–Debo pediros disculpas, señor, pero no tengo arpa. Aun así, os aseguro que apenas notaréis su falta. Os lo prometo.

 

–¡Nada de eso! – exclamó el gigante en un tono que estremeció los árboles-. ¿Por qué conformarse con la falta de un detalle tan nimio cuando sólo tienes que pedirlo para que te sea concedido?

–Señor -repuse temblando aún por la potencia de aquel vozarrón-, si fueras tan amable, ¿podrías procurarme un arpa?

 

–¡Un arpa! – exclamó él-. Me pides un arpa, pero te quedas ahí con los brazos caídos. Tiende las manos si quieres una.

 

Tendí las manos hacia él y, en efecto, recibí un arpa. Sopesé el agradable y familiar peso y apoyé el instrumento en mi pecho y hombro. Tensé las cuerdas y emitieron un melodioso y resonante sonido. Aún más, las cuerdas

 

estaban magníficamente afinadas. Hice vibrar una, y el aire se llenó de una esplendorosa nota. Era un instrumento magnífico, una delicia para tocar y escuchar.

Me dispuse a cantar y aguardé a que mis compañeros se instalaran cómodamente para escuchar la canción. Luego toqué un acorde y empecé a cantar:

 

–En tiempos muy antiguos, antes de que los cerdos fueran conocidos en Albión, cuando los reyes sólo comían carne de vaca, había en Caledon un monarca de gran renombre; se llamaba Rhud Hudibras.

 

Mi anfitrión emitió un gruñido de aprobación.

 

–Ese jefe -continué-, un hombre de gran valor, muy amado por su pueblo, tenía tres hijos. El mayor era un guerrero y un cazador astuto y hábil; el segundo era igual que el mayor. Nada les agradaba más que comer con sus valientes camaradas y escuchar las canciones de los bardos. La vida les resultaba placentera si el hidromiel colmaba sus copas y tenían una mujer en los brazos.

 

»Pero al hijo menor del monarca no le gustaba ni guerrear ni cazar. Se complacía sobre todo acrecentando su sabiduría. Sí, prefería el estudio a las melodías de los bardos, a la compañía de los camaradas, incluso al abrazo de las muchachas. Se llamaba Bladudd. La verdad y la sabiduría eran sus únicos deleites.

 

»Y sucedió que un día el rey Rhud llamó a sus hijos y les dijo: "Siempre os he complacido, hijos queridos. Os he colmado de regalos. Habladme con sinceridad; reveladme vuestros más escondidos deseos. Pedidme lo que queráis y os será concedido". Los dos hijos mayores respondieron así: "Como bien sabes, lo que más nos gusta es cazar y asistir a banquetes. Por eso no te pedimos más que veloces corceles, abundante caza, un buen fuego y sabrosa cerveza para compartir con nuestros camaradas al final de la jornada". El poderoso rey los escuchó y, como estaba dispuesto a concederles todo lo que le pidiesen, insistió: "Ya disfrutáis de todas esas cosas. ¿No deseáis nada más?". Sus hijos, hombres robustos y audaces, intercambiaron entre ellos unas palabras y le respondieron así: 'Tienes razón al decir que ya tenemos todo lo que deseamos. Sin embargo, hay algo que nos falta". "Pedid y se os concederá", dijo el sabio Rhud.

 

»La respuesta de sus hijos fue ésta: "Desearíamos vivir muchísimos años para disfrutar eternamente de estas cosas".

 

»"Si eso es lo que deseáis, es bien fácil de obtener -repuso Rhud-. ¿No queréis nada más?"

 

»"Tú nos has preguntado y nosotros te hemos respondido -replicaron los hijos-. No deseamos nada más."

 

»"Muy bien. Seguid vuestro camino. Os concedo lo que deseáis", les dijo el rey.

 

»Entonces el rey, un monarca muy sabio, se volvió hacia su hijo menor, que permanecía un poco aparte, sumido en sus pensamientos.

 

»"Bladudd, hijo querido. Siempre te he complacido. Te he colmado de regalos. Háblame con sinceridad, hijo. Revélame los recónditos deseos de tu corazón. Te concederé todo lo que me pidas", le dijo.

»Bladudd, que había estado reflexionando todo el rato, se apresuró a contestar: "Padre, puesto que eres un hombre de palabra, te contestaré con toda sinceridad. Como bien sabes, la búsqueda de la verdad y de la sabiduría es mi obsesión. No obstante, deseo algo que no sé si me reportará dolor o placer. Temo confesarlo por miedo a que me sea negado".

 

»Y su padre le preguntó: "¿De qué se trata, hijo mío? Habla con el corazón en la mano. Nada me está negado y nada te negaré a ti".

 

»Bladudd replicó: "Deseo viajar a tierras lejanas donde pueda incrementar mi sabiduría, de forma que pueda conocer la verdad de todas las cosas y, al conocer la verdad, pueda acrecentar mi sabiduría. Porque en verdad te digo que ya he aprendido todo lo que se puede saber en este reino, incluso los hechizos necesarios para cualquier encantamiento. Pero ¿qué son hechizos y encantamientos al lado de la Verdad?".

 

»Cuando oyó a su hijo, Rhud, que era a la vez hombre sabio y amante padre, se echó a llorar de alegría y dolor a la vez. De dolor porque sabía la dura tarea que aguardaba a su hijo querido; de alegría porque Bladudd deseaba el más preciado de los dones. Y dijo a su hijo: "¿Dónde está esa tierra? ¿Cómo se llama?".

 

»"Es un reino que está al oeste, más allá de donde se pone el sol allende el mar. Se llama la Tierra de Promisión, y allí cualquier criatura es más sabia que los hombres hechos y derechos de nuestro reino", respondió Bladudd.

 

»El rey Rhud alzó las manos y dijo: "Sigue tu camino, hijo querido. Te concedo lo que tanto deseas".

 

»Aquel mismo día Bladudd se hizo a la mar en un velero. Viajó lejos, lejísimos, navegando siempre hacia el oeste, hacia el lugar donde se pone el

 

sol. Pasaron muchos, muchísimos días y no encontró aquella lejana tierra. Seis lunas se sucedieron sobre su cabeza, y después dos más. La noche en que apareció la novena luna, una noche de Beltane, lo invadió un sueño profundo. Se cubrió la cabeza con el manto, cerró los ojos y se abandonó al sueño más profundo que jamás había conocido.

 

»Pero a él le pareció que había transcurrido muy poco tiempo cuando oyó un sonido semejante a la voz de una pulga. Se despertó, se despojó del manto y vio una resplandeciente luz. En el aire sonaba una tenue música. Las luces brillaban en torno y procedían de las aguas del mar. Bladudd se incorporó y, agarrándose con ambas manos a la borda, se asomó para ver de dónde salía la luz.

 

»Si la luz que brillaba sobre el mar era espléndida, la que brillaba bajo el agua era deslumbradora. Y la música era la más bella que jamás había escuchado. Pese a ello, no fue la luz ni la música lo que llamó su atención; en modo alguno. Lo que lo hechizó por completo fue la imagen de unas verdes y redondeadas colinas cubiertas de manzanos en flor.

 

»Donde antes había visto peces y algas, ahora veía pájaros y flores; hermosos pájaros y suaves prados de flores azules y blancas. Los pájaros se posaron en los manzanos y comenzaron a cantar tan dulcemente que Bladudd pensó que el corazón le iba a estallar de emoción. Era como si hubiera estado sordo hasta que había comenzado a oír aquella dulce melodía.

 

»Cuando hizo un ademán para saludar a los pájaros, todos salieron volando con nervioso batir de alas. Y cuando se posaron en el suelo se convirtieron en cincuenta muchachas de incomparable belleza. Bladudd las contemplaba embobado y habría seguido así hasta el fin de los tiempos, si no hubiera sido porque de pronto apareció en la cima de la colina un rebaño de ciervos.

 

»Cuando los ciervos llegaron hasta donde aguardaban las muchachas, se convirtieron en cincuenta jóvenes tan apuestos como hermosas eran las doncellas. Todos los muchachos llevaban una gruesa torques de oro, y las doncellas una corona también de oro. Juntos comenzaron a juguetear por los prados; y sus retozos eran de una gracilidad y belleza sin par.

 

»Al contemplar tan hermosa raza, Bladudd sintió unos enormes deseos de unirse a ellos. Se encaramó a la baranda y saltó al agua. Con la súbita aparición de Bladudd, las doncellas se convirtieron otra vez en pájaros y los jóvenes en ciervos, y emprendieron la fuga por la colina.

 

»Rápidamente, Bladudd determinó lo que debía hacer. "Me ocultaré con un hechizo", pensó; y así lo hizo.

 

»Dicho y hecho. Así escondido, corrió hacia el lugar donde los jóvenes se habían convertido en ciervos, escogió al que iba a la cabeza y se abrazó a tan gentil criatura. De este modo, el ciervo y Bladudd echaron a correr juntos por la colina. Mas, aunque el ciervo había ocupado la cabeza del rebaño, con el peso de Bladudd en torno al cuello se quedó rezagado.

 

«Corrieron un buen trecho, y Bladudd vio que en la cima de la colina se alzaba un majestuoso caer. Los pájaros volaban hacia él, seguidos de cerca por los ciervos. En el centro del caer había un hermosísimo palacio. Los campos que lo rodeaban eran los más hermosos que Bladudd había visto en su vida, y el palacio del rey eclipsaba a cuantos había conocido.

 

»Al entrar en el caer, los ciervos y los pájaros se transformaron una vez más en elegantes donceles y bellas muchachas. Los jóvenes se burlaban del ciervo que había ido a la cabeza del rebaño y que había sido el último en llegar. Entre risas, sus compañeros le preguntaron si los juegos le habían mermado las fuerzas.

 

»El joven replicó: "No, pero cuando comencé a correr sentí de pronto un peso sobre el cuello. Si la muerte, que pesa tan espantosamente sobre los mortales, se me hubiera agarrado al cuello, no habría sentido un peso mayor".

 

»Los habitantes del mundo de las hadas entraron entonces en palacio y Bladudd tras ellos. Invisible gracias al hechizo, se situó junto a una columna y se puso la mano en la boca para no gritar ante las maravillas que contemplaba. En efecto, doquiera posaba la mirada, veía fantásticos tesoros; en todos los rincones y grietas del palacio había incontables maravillas. Y el más insignificante tesoro de los que allí había sobrepasaba en mucho cualquiera de los que hubiera visto en su mundo. Sobre un trono adornado de piedras preciosas estaba sentado el rey. Sus cabellos relucían como el fuego y su rostro resplandecía. Su belleza superaba incluso la de los hermosos jóvenes de la corte.

 

»Bladudd creyó que no lo descubrirían. Pero, tan pronto como se situó junto a la columna, el rey se levantó y exclamó: "¡Hay un mortal entre nosotros!".

 

»Bladudd, sorprendido, olvidó el hechizo y se hizo visible.

 

»El rey lo miró y le preguntó su nombre y su rango.

 

»Bladudd contestó con orgullo: "Pertenezco a una noble familia que sin

 

duda honraría vuestra hospitalidad. Y puesto que soy un extranjero entre vosotros, reclamo la misma hospitalidad que tú me exigirías si nuestros papeles se intercambiaran: buena comida y bebida, la compañía de una hermosa mujer, arpistas para halagar los oídos, el mejor lugar junto al fuego y un buen número de suaves mantas para el lecho".

 

»El rey observó: "Es una audaz exigencia. ¿A qué has venido?".

 

»Bladudd respondió: "He venido en busca de la verdad que abre la puerta de la sabiduría. Juro por los dioses que sirven de testimonio a mi pueblo que no tengo intención de causaros daño alguno. Además, por mucho que me lleve no os empobreceré, porque lo único que deseo es un poco de vuestra sabiduría".

 

»Cuando el rey oyó estas palabras, echó la cabeza hacia atrás, soltó una sonora carcajada y dijo: "¿Crees que nosotros compartimos así como así nuestro saber?".

 

»"Nunca se pierde nada con preguntar", replicó Bladudd.

 

»Y el rey repuso: "Es bien cierto. De todos modos, jamás imaginé que un hombre mortal pudiera encontrar el camino que conduce hasta aquí, a excepción de Bladudd ap Rhud Hudibras de Caledon".

 

»"Yo soy ese hombre", confesó Bladudd, asombrado de que su nombre fuera conocido entre aquella maravillosa y poderosa gente.

 

»"Bueno, entonces tu ingeniosa y audaz lengua se ha ganado un puesto entre nosotros…, aunque quizá no sea el que tú has imaginado. Cuidarás de mis cerdos", fue la respuesta del rey.

 

»Así fue como Bladudd, que jamás había visto un cerdo y mucho menos olido uno, se convirtió en el porquero del rey de la Tierra de Promisión. Bladudd pronto se dio cuenta de que tales cerdos eran las más maravillosas criaturas que jamás hubiera visto. Su principal virtud consistía en que, aunque fueran sacrificados y devorados, al día siguiente estaban vivos otra vez. Pero el portento no paraba ahí. ¡Ni mucho menos! En efecto, el comer la carne de esos cerdos preservaba al pueblo del rey de la muerte.

 

»Durante siete años, según sus cuentas, cuidó Bladudd aquella maravillosa piara, aunque en todo ese tiempo no tuvo la menor oportunidad de meter su dedo meñique en la salsa de un cerdo asado, y mucho menos la oportunidad de probar un bocado de su carne. Diariamente, a mediodía, los criados del rey iban a buscar los cerdos que se necesitaban para el banquete de la noche. Y todas las mañanas los cerdos regresaban a la pocilga de

 

Bladudd.

 

»El astuto Bladudd miraba y escuchaba sin cesar. Con sus cerdos recorría la Tierra de Promisión, se familiarizaba con sus habitantes, conversaba con ellos y aprendía muchísimo. Por la noche, escuchaba las canciones de los bardos en el palacio del rey y aprendía aún más. De este modo, pese a lo humilde de su situación, fue acrecentando su sabiduría, sintiéndose por eso plenamente satisfecho.

 

»Un día, transcurridos siete años, Bladudd estaba apacentando la piara junto a un arroyo. Oyó el sonido de un cuerno de caza y vio que un grupo de jinetes se dirigían al galope hacia el soto. En torno a los corceles corrían los sabuesos; cazadores y perros perseguían a un magnífico ciervo, blanco como la espuma del mar, con cuernos y orejas de color rojo.

 

»El ciervo blanco saltó ágilmente el arroyo y fue a parar a pocos pasos de Bladudd; luego sacudió las astas y desapareció en el bosque. Sabuesos y jinetes buscaron al ciervo, pero, pese a los ladridos de los perros y a las miradas escrutadoras de los hombres, era evidente que le habían perdido el rastro.

 

»Bladudd los miró y se dio cuenta de que los veía como reflejados en un estanque; no parecían de carne y hueso. Entonces comprendió que el arroyo era uno de esos linderos que separan un mundo de otro, y que él estaba mirando nada menos que el mundo que había abandonado. Vio los hermosos dibujos de las vestiduras de los jinetes, oyó el rítmico sonido de sus conversaciones y lo invadió una tremenda nostalgia. Los ojos se le llenaron de lágrimas y se tendió junto al arroyo llorando con nostalgia su antigua forma de vida.

 

»Desde ese momento, Bladudd perdió todo su deseo de permanecer en la Tierra de Promisión y deseó con todas sus fuerzas regresar a su patria otra vez. Se obsesionó con la idea de volver junto a su familia y a su clan y aguardó la oportunidad de hacerlo.

 

»Esperó y esperó y por fin se le presentó la oportunidad de regresar el día del samhein, cuando los caminos entre los mundos se abren y se puede atravesar de uno a otro. Reunió sus pertenencias y se dirigió al vado donde había visto al ciervo blanco. Salió a escondidas del caer del rey, sin que nadie lo detuviera o le preguntara adónde iba. Y se llevó nueve cerdos del rey, porque quería ofrecer un regalo a Albión.

 

»Todo iba bien hasta que los cerdos chillaron y despertaron a todos con

 

sus lastimeros ayes. El rey lo oyó y se dispuso a perseguirlos. Bladudd huía intentando toda clase de hechizos para eludirlo.

 

»Al llegar al arroyo, el valeroso Bladudd pronunció un hechizo que lo transformó en salmón, y a los nueve cerdos en escamas. Pero el rey adoptó la apariencia de una nutria. Entonces el joven se metamorfoseó en una ardilla, a los cerdos en nueve piñones de una piña. Pero el rey se convirtió en un hurón. Después Bladudd tomó la forma de una garza y los cerdos fueron plumas. Pero el rey se convirtió en águila. Al final, Bladudd se transformó en lobo, y a los nueve cerdos en pelos. Pero el rey adoptó la forma de un cazador a caballo, arrojó una lanza contra Bladudd y los cerdos y les devolvió su auténtica naturaleza.

 

»"¡Qué porquero tan desleal!", exclamó el rey.

 

»Bladudd le contestó con audacia: "No es cierto, poderoso señor. Te he servido muy bien durante siete años. En todo ese tiempo no has sufrido pérdida alguna porque he preservado a los cerdos de la depredación del lobo o el águila, no se ha extraviado ninguno y he procurado y conseguido que no les sucediera nada malo. No has perdido ni un simple pelo del más pequeño de los lechones. ¡Y todo gracias al celo con que los he cuidado! Te lo aseguro: ni siquiera he metido ni el dedo meñique en la salsa del asado para luego chupármelo. Y tú ni siquiera te has dignado premiar con una simple palabra amable todo lo que he hecho por ti. Así pues, poderoso rey, me pareció justo llevarme una pequeña recompensa por haber incrementado la piara".

 

»"¡Pretendías robarme los cerdos!", bramó el rey.

 

»"No es cierto, señor. Simplemente me he propuesto honrar tu nombre y hacerlo tan famoso en mis tierras como lo es en las tuyas, regalando estos cerdos a mi pueblo en tu nombre. Lo he hecho para que nadie pueda pensar que eres pobre y avariento", fue la respuesta.

»La cólera ensombreció el rostro del rey, que rugió: "Eres un atrevido. No tienes idea del problema que tu entrometimiento habría causado si no te lo hubiera impedido. Los mortales sufriríais las más penosas tribulaciones si estos cerdos hollaran vuestras tierras. Sin embargo, lo impediré para que no se derrame sangre inocente. Ya puedes agradecerme mi bondad".

 

»"Gracias por nada", repuso el audaz príncipe.

 

»"Viniste en busca de sabiduría…", comenzó a decir el rey.

 

»"Y recibí sabiduría, pero no gracias a ti", replicó Bladudd.

 

»Y el rey dijo: "Si hubieras aprendido a dominar tu egoísmo y orgullo, habrías recibido un regalo mucho más valioso de lo que hubieras podido soñar".

»Al decir esto, el rey alzó la lanza y la dejó caer sobre la cabeza de Bladudd, quien perdió el sentido y cayó al suelo como si estuviese dormido. Cuando abrió los ojos, se encontró de nuevo en Albión y no vio rastro alguno del rey ni de los cerdos.

 

»Y ocurrió que el golpe propinado por el rey castigó a Bladudd despojando a su cuerpo de todo atractivo y belleza. Se le cayeron los cabellos, se le pudrieron los dientes, su piel se hinchó y sus músculos se debilitaron. Lo que en otros tiempos habían sido finos ropajes se convirtieron en harapos. Tenía el aspecto de un hombre a quien la Muerte ha llamado.

 

»Trató por todos los medios de recuperar su antiguo aspecto, pero no le sirvió de nada todo lo que había aprendido. No fue capaz de conjurar el encantamiento que había caído sobre él.

 

»Cuando Bladudd se dio cuenta de la magnitud de su desgracia, comenzó a lamentarse: 'Triste acogida me aguarda en mi hogar. No soy un hombre digno de ser agasajado por los amigos, celebrado por los bardos o amado por una hermosa mujer".

 

»Se envolvió lo mejor que pudo en sus andrajos y se dirigió a la fortaleza de su padre. La gente retrocedía al verlo y nadie osó detenerlo hasta que llegó a las mismas puertas de la fortaleza. Los guardianes se negaron a franquearle el paso y le preguntaron: "¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Qué te hace pensar que permitimos comparecer ante el rey a hombres con semejante aspecto?".

 

»El misterioso viajero repuso: "Sólo a mí me incumbe quién soy y qué hago aquí. En cuanto a vuestro rey, decidle que soy un hombre capaz de contarle inimaginables maravillas. Y, si eso no lo conmueve, decidle que traigo noticias de su perdido hijo, Bladudd".

»Tan pronto como el rey recibió tal mensaje, ordenó que llevaran al extranjero ante su presencia inmediatamente.

 

»"¿Quién eres, señor? Y, sobre todo, ¿qué noticias traes de mi hijo?", preguntó cortésmente Rhud.

 

»"Tienes ante ti a tu hijo", replicó el extranjero extendiendo los brazos de modo que sus andrajos resbalaron de su cuerpo mostrando del todo su monstruoso aspecto.

 

»El sabio y bondadoso rey se echó a llorar. Y también Bladudd y todos los parientes y camaradas del clan. Porque el príncipe había perdido todo su atractivo y se había convertido en un ser horripilante. Al cabo de un rato dejaron de llorar y le llevaron pan, carne y cerveza al joven, quien, mientras se recuperaba de las fatigas de su largo viaje, les contó su fabulosa historia. El rey lo escuchó con suma atención y deliberó con sus capitanes para decidir lo que se podía hacer.

 

»Uno de los consejeros dijo: "Es un triste caso, muy lamentable. No obstante, y perdóname por lo que voy a decir, la tradición de la dignidad real no admite excepciones: un hombre deforme no puede ser rey. Y Bladudd, tienes que admitirlo, es más que deforme. Por tanto el príncipe no puede ocupar un lugar entre los nobles con torques de plata que merecen ser reyes".

 

»El sabio consejero estaba en lo cierto. Incluso Bladudd tuvo que aceptar que no tenía más remedio que esconderse de la vista de los hombres. Se marchó lejos y se construyó en el bosque una casa donde nadie pudiera ver su deformidad.

 

»Durante siete años vivió retirado y oculto en su casa, con sólo un criado para ayudarlo. En todo ese tiempo ningún hombre se le acercó, y mucho menos la bella silueta de una mujer. Un día, transcurridos siete años, su criado le dijo: "Bladudd, levántate. Alguien ha venido a verte".

 

»"¡Qué maravilla!" -se alegró Bladudd, y, mirando en torno, preguntó-:

 

¿Dónde está esa extraordinaria persona?"

 

»"Ahí fuera, aguardando ser recibida, señor." »"¡Que entre enseguida!", exclamó Bladudd.

 

»Así fue admitido el visitante. Cuando estuvo ante Bladudd se quitó la capucha del manto y resultó ser una mujer. Pero no poseía belleza o atractivo algunos. Tenía los ojos apagados, la boca sin dientes, los labios hinchados; era fea como el lodo. Pese a ello, a Bladudd le pareció seductora por la simple razón de que había ido a verlo y porque no pestañeó ni retrocedió de repulsión ante su aspecto, sino que sonrió como si no reparara en la grotesca apariencia del príncipe. Lo saludó cariñosamente y no mostró el menor disgusto o temor ante su deformidad.

 

»Bladudd, encantado e intrigado, le preguntó: "¿Quién eres, mujer? ¿Dónde está tu casa y qué estrella errante te ha traído hasta aquí?".

 

»"Vengo de un lugar que conoces muy bien aunque quizá no lo creas. Y he venido a verte porque tengo buenas noticias para ti", fue la respuesta.

 

«"Entonces ¿por qué me tienes en ascuas? Me muero por oír una buena nueva. Dime enseguida esas excelentes noticias", exclamó Bladudd.

 

»"He descubierto un modo de curarte, señor, si es que lo deseas." »"¡Desear! – gritó el príncipe deforme-. Los bardos no tienen una palabra

 

que pueda expresar la magnitud de mi deseo por ser curado. Te explicaré lo que es desear. ¿Sabías que no he visto una mujer en siete años? ¿Ni tampoco un hombre, a decir verdad, a excepción de mi criado? ¡Claro que deseo ser curado!"

 

»"Muy bien, ven conmigo", dijo la mujer.

 

»Bladudd quería irse con ella, pero dudó al pensar en el tremendo efecto que su horrible aspecto produciría entre sus parientes. Por eso preguntó: "¿Cómo sé que vas a curarme y no a dañarme aún más? Perdóname, pero quizás el irme contigo sólo me acarree humillación y desgracias".

 

»"Allá tú, príncipe", replicó la mujer haciendo ademán de marcharse.

 

»"¡Espera! ¿Adónde vas?", gritó Bladudd.

 

»La mujer repuso: "Procura aclarar tus ideas, Bladudd. ¿Quieres acompañarme o no?".

 

»"Sí", contestó él. Recogió sus andrajos y se apresuró a seguirla.

 

»El príncipe deforme siguió a su visitante, y ella lo condujo a una árida colina, luego a un árido páramo y por último a un estanque de negro lodo fétido y burbujeante.

 

»"Quítate los andrajos y métete en el estanque. El agua tiene poderes curativos", le indicó la mujer mientras se instalaba en una roca cercana.

 

»Bladudd miró dubitativo el hediondo cieno. La superficie del lodo se agitaba y movía exhalando un humo fétido. Le pareció más un castigo que una cura. Pero no quería ofender a su visitante, y al fin y al cabo habían recorrido un largo camino. Así pues, se metió en el estanque.

 

»El lodo estaba caliente y le quemaba la piel. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Pero Bladudd, que había soportado su desgracia con gran entereza, aguantó el dolor por el enorme deseo que sentía de ser curado. Cuando ya no pudo soportar por más tiempo el calor, salió del hediondo estanque y se encaró con la mujer.

 

»"Es muy cómodo el papel de espectador. La verdad es que esperaba algo diferente", comentó, observando indignado su cuerpo cubierto de barro.

 

»Ella le dijo: "Sólo por eso debería dejarte tal y como te he encontrado. Pese a ello, tu curación está casi acabada. Al pie de aquel árbol encontrarás

 

un pilón lleno de agua. Quítate el barro y, aunque no me creas, ya verás cómo te sorprendes del resultado".

 

»Bladudd se dirigió hacia el pilón, se metió dentro y se lavó. El agua estaba limpia y fría; era una verdadera caricia para su embarrada piel. Se relajó dentro del agua y olvidó sus dolores. Olvidó, además, todas sus antiguas inquietudes y problemas. Cuando se dispuso a salir del pilón, su mente estaba totalmente renovada. Miró su deforme cuerpo y, ¡oh maravilla de maravillas!, vio que también estaba del todo renovado.

 

»Se dirigió presuroso hacia la mujer que lo esperaba en la roca. »"¡Estoy curado! Aún más, no miento al asegurarte que me encuentro

 

mejor ahora que cuando el rey de la Tierra de Promisión me golpeó con su lanza", le dijo, contemplando con regocijo su cuerpo.

»Como ella no le respondía, el príncipe alzó los ojos y vio que la espantosa mujer había desaparecido y que en su lugar estaba la más hermosa doncella que jamás hubiera contemplado. Sus cabellos eran de un amarillo tan pálido que parecían blancos; su piel era hermosa y suave como la leche, y sus ojos eran muy azules y brillaban como piedras preciosas; sus dientes eran finos y su nariz recta; su frente tersa, su cuello esbelto y elegante, sus dedos muy largos, sus brazos flexibles, su pecho suave y grácil. Era la mujer de los más ocultos sueños de Bladudd.

 

»"Señora, ¿dónde está la desdentada mujer que me trajo hasta aquí? Debo agradecerle el singular servicio que me ha prestado", dijo el príncipe con voz temblorosa.

 

»La gentil doncella miró a Bladudd; luego miró a derecha e izquierda. »"No veo mujer alguna. Creo que debes de estar equivocado. ¿O acaso te

 

parezco desdentada?", repuso ella con una voz dulce como la miel.

 

«Sonrió tan dulcemente que las rodillas de Bladudd se echaron a temblar, y el joven temió caer de bruces ante la muchacha.

 

»"Señora, no veo en ti defecto alguno", balbuceó Bladudd.

 

»La doncella repuso: "Ni yo en ti. Pero a lo mejor te sentirías más a gusto si te pusieras alguna ropa".

 

»Bladudd enrojeció y miró en torno.

 

»"Haces bien en recordármelo. Sin embargo, prefiero ir sin manto y sin vestidos a ponerme esos harapos", replicó mirando de reojo los andrajos que había arrojado al suelo.

 

»"¿Harapos? – repitió la hermosa muchacha-. Debes de estar

 

acostumbrado a ropajes muy finos para considerarlos andrajos."

 

»Se inclinó y recogió el montón de ropa. Bladudd vio con asombro que sus andrajos se habían convertido en los más finos ropajes que imaginarse pueda.

 

»"¿Son mis vestidos? – se preguntó en voz alta con asombro, porque lo que le tendía la dama era un manto, un siarc, unos breecs y unos buskins más lujosos que los que poseía su padre el rey Rhud Hudibras-. ¿Son de verdad míos?"

 

»"Supongo que no imaginas que son míos -contestó la doncella acariciando con sus elegantes manos su suave manto de color blanco-. Y, en confianza, me parece que a ti te hacen más falta que a mí."

 

»El asombrado Bladudd se vistió rápidamente alabando la excelente hechura de sus nuevas ropas. Cuando hubo terminado, parecía un verdadero rey.

 

»"Te diré la verdad -le dijo a la muchacha-. Estoy acostumbrado a las cosas buenas, pero jamás he poseído unos ropajes tan finos."

»La doncella le indicó: "Olvidas tu espada".

 

»Bladudd la miró y vio que la joven sostenía en sus manos una espada con empuñadura de oro.

 

»"¿Es mía?", inquirió sospechando alguna añagaza, porque jamás había poseído un arma tan espléndida.

 

»La dama repuso: "No veo a ningún otro aquí; sólo a ti, y he de confesarte que en verdad me agrada lo que veo".

 

»Bladudd se ciñó alegremente la espada a la cintura y se sintió como un verdadero rey. Contempló con mirada amorosa a la joven.

 

»Luego, con el corazón henchido de amor y gratitud, dijo: "Señora, ¿cómo te llamas?".

 

»La muchacha miró a Bladudd a través de sus largas pestañas y preguntó:

 

"¿No me conoces?".

 

»El príncipe respondió: "Si te hubiera visto antes, te aseguro que te recordaría. Si hubiera oído tu nombre una sola vez, habría grabado eternamente dentro de mí su sonido".

 

»La muchacha se levantó, sonrió y, tendiendo una mano hacia Bladudd, dijo: "Mi nombre es Soberanía. Hace mucho tiempo que te buscaba, Bladudd".

 

»"Un nombre sin igual -afirmó Bladudd ladeando la cabeza-. Te

 

ennoblece aún más si cabe."

 

»Le cogió la mano, y su contacto lo llenó de placer.

 

»"Señora, ¿querrás acompañarme a mi casa?", añadió.

 

»"Empezaba a pensar que no me lo ibas a pedir jamás", repuso la gentil doncella, y señaló hacia un sauce al que estaban atados dos corceles.

 

«Juntos, la hermosa doncella y el apuesto príncipe cabalgaron hacia el reino de Rhud Hudibras.

 

»Cuando el padre vio a su hijo totalmente curado, fue tan grande su regocijo que rompió a llorar de alegría. Luego ordenó que se celebrara un banquete para festejar el regreso de su hijo en otros tiempos deforme.

 

»"¡Estás curado, querido hijo! Dime cómo ha ocurrido", exclamó el rey entre lágrimas.

 

»El feliz príncipe le contó lo que había sucedido desde la última vez que se habían visto: los siete anos de largo exilio, la llegada de su visitante, el baño en el hirviente lodo, el estanque, la aparición de la doncella, todo. El rey Rhud escuchó la historia sacudiendo la cabeza, maravillado de cuanto oía.

 

»"Así que le rogué a la joven que me acompañara a mi casa. Aquí la tienes", concluyó Bladudd.

 

»Miró amorosamente a la doncella y añadió:

 

«"Espero que se quede conmigo para siempre. Creo que no podría vivir ni un día si me abandonara".

 

»"Me quedaré contigo, Bladudd", dijo la doncella.

 

»"¿Querrás casarte conmigo?", preguntó Bladudd con el corazón palpitante como un tambor.

 

»La más hermosa de las doncellas prometió: "Me casaré contigo, Bladudd. He nacido para ti, y tú para mí…, si es que quieres saberlo".

 

»Así fue como Bladudd y la hermosísima muchacha se casaron aquel mismo día. Y aquel mismo día Bladudd se convirtió en rey, porque su padre, al ver la sabiduría y bondad de su hijo y la belleza y sabiduría de su esposa, renunció a la torques de oro y convocó a sus capitanes y a su pueblo. Llamó también a su Jefe de la Canción, y cuando todos estuvieron reunidos les dijo: "¡Escuchadme! Ya no quiero seguir siendo vuestro rey".

 

»Las tribus comenzaron a lamentarse porque había sido un rey justo y bueno.

 

»"A ti te corresponde elegir a mi sucesor. Elige sabiamente y habrás elegido bien", le dijo a su bardo.

 

»El bardo y el pueblo deliberaron un rato mientras el rey aguardaba. Cuando hubo pasado un tiempo razonable, el rey preguntó: "¿Y bien? ¿Cuál es tu decisión?".

»El bardo, en nombre del pueblo, respondió con potente voz: "Sabemos bien que jamás encontraremos a un señor tan grande y bueno como tú para que nos gobierne; pero, como has declarado que ya no deseas ser rey, lo cual lamentamos y lamentaremos amargamente, elegimos a Bladudd. Que él sea para nosotros un pilar de protección y una espada de recto juicio".

 

»Rhud se alegró enormemente al ver que el pueblo había sabido leer en su corazón. Y el Jefe de la Canción colocó la torques de oro, símbolo de la dignidad real, en el cuello de Bladudd. Desde aquel día, Bladudd gobernó con sabiduría y justicia. Su constante deseo por alcanzar la Verdad y su esposa, Soberanía, lo asistieron en todo y en todo prosperó Bladudd.

 

»Aquí termina la historia del príncipe deforme. Que la escuche quien lo desee.»

 

Las últimas notas del arpa se prolongaron largo tiempo en el bosque. Me senté junto al fuego, dejé a un lado el arpa y bebí de mi jarra. Oí cómo el silencio del bosque se hacía más profundo mientras la noche extendía su manto sobre nosotros, arropándonos en su corazón de tinieblas.

 

Al cabo de un rato, Gofannon, con su voz que resonaba como un trueno en el montículo, dijo:

 

–He sido bendecido con el regalo de tu canción, y también por el no menos espléndido regalo de vuestra compañía.

 

–Somos nosotros quienes debemos estarte agradecidos, señor repuse-. Tu comida y tu bebida han significado nuestra salvación.

 

–¡Bah! – exclamó el gigante con impaciencia-. La comida y la bebida sacian sólo un corto tiempo y luego desaparecen. Pero el regalo que me habéis hecho me acompañará y me sostendrá doquiera que vaya. En honor de esta verdad, quiero recompensaros: os concederé el don de tu canción.

 

–Gofannon, poderoso señor -contesté-, hemos gozado de la liberalidad de tu hogar, de tu amabilidad y de tu compañía. Ya nos has concedido más de lo que hubiéramos osado pedirte.

 

–Aun así -respondió el gigante-, os recompensaré con creces por el servicio que me habéis brindado esta noche.

 

Oí un crujido y me pareció que la voz del gigante sonaba desde algún lugar por encima de mi cabeza.

 

–Ahora, a dormir -dijo-. Descansad en paz junto al fuego. No os inquietéis por nada. Ningún enemigo interrumpirá vuestro reposo; nada os perturbará en mi soto.

La voz se fue desvaneciendo y me di cuenta de que el dueño y señor del bosquecillo se había retirado a su cueva. Mientras nos dejaba entregados al descanso le oímos decir:

 

–Recibiréis mi recompensa a su debido tiempo. Procurad estar preparados para recibirla.

 

12

 

DRUIM VRAN

 

–Te la regaló -dijo Llew-. Quería que te la quedaras.

 

La tentación era grande; jamás había tocado un arpa tan magnífica.

 

–¿Ha dejado algo más? – pregunté.

 

Llew se detuvo y echó una ojeada al campamento.

 

–No -dijo-. Sólo el arpa. No hay rastro del tonel de cerveza, ni de las jarras; ni siquiera de las sobras de la comida. Todo ha desaparecido excepto el arpa. Es tuya, créeme. Incluso tiene una correa.

 

Al despertarnos, la cueva estaba vacía; el señor de la fragua había desaparecido. Pero había olvidado el arpa. Quizá, como insistía en repetir Llew, Gofannon deseaba que me la quedara. Pero yo había empezado a albergar dudas acerca de nuestro gigantesco anfitrión.

 

–Deberías quedártela, Tegid -insistió Llew- no puedes dejarla ahí tirada.

 

–Tienes razón, hermano. – Cogí la correa y me cargué el arpa al hombro-.

 

Vámonos.

 

Silenciosamente, para no perturbar la paz del nemeton, emprendimos el camino; Llew abría la marcha, y yo lo seguía con la mano izquierda sobre su hombro, tanteando el camino con la vara que llevaba en la mano derecha. No regresamos al campamento del día anterior, sino que seguimos el sendero que bordeaba el río. Caminamos largo rato. Llew iba sumido en sus pensamientos, y yo también tenía suficientes preocupaciones con las que entretenerme.

 

El día era templado. Caminábamos por la ribera del río, cosa que hacía más fácil la marcha. A mediodía nos detuvimos a beber, cogiendo el agua con las manos, y después nos sentamos en el herboso bancal a descansar.

 

–Anoche fue la primera vez desde que…, desde que Meldron… -Llew se

 

interrumpió-, la primera vez que no sentí dolor.

 

Me di cuenta de pronto que mi herida ya no me molestaba ni me ardía. Me llevé una mano a mis destrozados ojos; aunque la herida estaba aún tierna, el dolor había desaparecido por completo.

–Al parecer Gofannon nos ha favorecido con su bendición, tal como prometió -observó Llew.

 

–No creo que fuera Gofannon -dije más para mí mismo que para que me oyera Llew.

 

–¿Qué quieres decir?

 

–Tomó la apariencia de Gofannon -respondí-, pero creo que no fue el Artífice de la Forja quien nos hospedó anoche.

 

–Entonces ¿quién era?

 

–Otro gran señor, mucho más poderoso y ancestral. Quizá la mismísima Mano Segura y Certera.

 

–Quizá -repuso Llew pensativamente-. No lo viste mientras cantaba. Pero yo lo observé con mucha atención. Cambió por completo, Tegid. Antes tenía una apariencia salvaje, imponente, pero, mientras escuchaba tu canción, adquirió un aspecto totalmente distinto. Te lo aseguro, hermano,

 

cambió por completo.

 

–¿De verdad?

 

–Si lo hubieras podido ver, lo creerías. Cuando terminaste de cantar, no podía ni hablar. Ni yo tampoco. Siempre has cantado muy bien, Tegid, pero anoche… -Llew hizo una pausa, como buscando las palabras más adecuadas-. Anoche cantaste como el mismísimo Phantarch.

 

Me quedé pensativo. A decir verdad, mientras cantaba, me había parecido que podía ver. Mientras la canción salía de mi boca y las palabras me iban fluyendo a los labios, dejé de ser ciego. Durante todo el tiempo que estuve cantando, vi el esplendor del mundo ante mí, como si mis tinieblas se iluminaran con la luz de la canción, como si la visión de la canción se convirtiera en mi vista.

 

Reanudamos la marcha y nos fuimos internando en las boscosas colinas de Caledon. Bajo mis pies noté que la tierra comenzaba a ascender, las colinas eran más altas y los valles más profundos a medida que nos acercábamos a los picos de las montañas. El río se fue haciendo más estrecho, más profundo, más rápido, y la corriente más ruidosa. Llew me guiaba con habilidad: se había convertido en mis ojos.

 

Pero, a medida que el sendero ascendía y el bosque se espesaba, nuestra marcha se hizo más lenta y se convirtió en una penosa ascensión. Para aliviar el cansancio, íbamos charlando de la tierra, de las estaciones, de los movimientos del sol en la bóveda celeste. Discutíamos el nombre y la posición de las estrellas: la Uña del Cielo, el Bendito Salvado, el Carro, el Oso y el Jabalí, las Siete Doncellas, Arianrhod con la Rueda de Plata y todas las demás. Ahondábamos en misterios a la vez antiguos y sagrados. Charlábamos de cosas secretas y de cosas conocidas, de cosas visibles y de cosas invisibles, como los poderes del aire y del fuego, de la tierra y del agua; de principios y verdades como la sinceridad, el honor, la lealtad, la amistad y la justicia. Hablábamos de grandes reyes y jefes, de líderes sabios y de líderes locos. También charlamos largamente de la dignidad real, del derecho a gobernar pueblos y naciones, de los secretos del recto juicio, de la sagrada naturaleza de la soberanía.

 

Como siempre, Llew mostraba gran interés por todo. Su capacidad era asombrosa. Tenía una memoria de bardo. Aprendía y recordaba. Su sabiduría crecía, como crecen los árboles cuando alcanzan con sus raíces las aguas subterráneas: a lo alto y a lo ancho, extendiendo sus ramas y sobresaliendo en la espesura. Como hubiera dicho Ollathir, se estaba convirtiendo en un roble de sabiduría.

 

Le dije muchas cosas que sólo conocían los bardos. Pero ¿qué importaba? Ya no había bardos en Albión, y la sabiduría, igual que el fuego, se acrecienta cuando se comparte.

 

Pero, aunque iban acrecentándose sus conocimientos, no vislumbré en él la menor chispa del awen, el menor destello del resplandor que se escondía en su alma. El awen de Ollathir permanecía oculto como una gema escondida, aguardando revelarse cuando y donde quisiera.

 

Comíamos lo poco que encontrábamos, pero el hambre era nuestra compañera inseparable. En cambio, no padecíamos sed, porque bebíamos agua del río hasta saciarnos. Nuestros cuerpos enflaquecieron por el ayuno y se fortalecieron con los rigores del camino. Las privaciones nos acercaron aún más a nuestras almas. Llew y yo nos convertimos en hermanos de corazón, porque nos unía un lazo más estrecho que el de la sangre.

 

Un día, después de muchas jornadas de viaje, nos despertaron la lluvia y el viento del norte. Permanecimos bajo los árboles esperando a que el temporal cesara. Llovió todo el día y, cuando finalmente cesó la lluvia y las

 

nubes se despejaron, era ya demasiado tarde para emprender la marcha. Pero, así y todo, ascendimos hasta el final del sendero para ver el panorama.

 

–Estamos en la cima de una colina que se cierne sobre una cañada me explicó Llew-. La colina que se alza al otro lado de la cañada es muy alta, más que ésta.

 

–¿Qué hay más allá?

 

–No lo veo; hay una pared alta y escarpada. Será difícil escalarla. Quizá sea mejor buscar otro camino.

 

Asentí, tratando de grabar en mi mente el paisaje que acababa de describirme.

 

–¿Qué aspecto tiene el bosque?

 

–Abundan sobre todo los pinos, muy densos en las cañadas, pero un poco más escasos en las cimas. – Hizo una pausa para abarcar todo el panorama a izquierda y derecha-. Creo que la colina forma parte de una enorme cordillera; parece que hay un camino que la recorre de norte a sur. Si es así, podríamos seguirlo en dirección sur.

 

Medité unos instantes. ¿Era posible que hubiera en Caledon algún sendero antiguo? Tal vez, pero yo no sabía de ninguno. De pronto el viento arreció y cambió de dirección soplando del sur y llevándose la lluvia; el aire se llenó de un fuerte aroma a pino húmedo.

Inspiré el agradable perfume, y ante los ojos de mi mente apareció la imagen de un lago: el lago de mi visión. De pronto, vi la escarpada ladera de la cañada que se hundía en el bosque y los altos pinos que se alzaban hacia un despejado cielo azul, que se reflejaba en la límpida superficie del lago.

 

–¿Qué te sucede, Tegid? – preguntó Llew, que ya se iba acostumbrando a mis lapsos-. ¿Qué estás pensando?

 

–Subamos al punto más alto de la sierra.

 

Llew no dijo que no.

 

–Queda poco tiempo de luz; estamos lejos y se hará de noche antes de que lleguemos a la cima.

 

–A mí me da exactamente igual.

 

Llew me dio un codazo.

 

–¿Es un chiste, Tegid? Es la primera vez que bromeas a costa de tu ceguera.

 

Luego observó el camino que teníamos que seguir y suspiró.

 

–Vamos.

 

Descendimos muy deprisa, pero la ascensión de la otra ladera fue muy penosa. Llew se apresuraba todo lo que podía mientras la luz iba apagándose. Habría ido más deprisa sin mí, pero tampoco mucho más, pues, aunque los matorrales me golpeaban constantemente las espinillas, me había convertido casi en un experto en tantear el camino con mi bastón y podía andar con relativa velocidad.

 

A medida que la pendiente iba haciéndose más abrupta, las instrucciones de Llew fueron haciéndose más sucintas; hablaba sólo lo necesario para guiarme, y me pregunté asombrado si era consciente de lo bien que lo hacía. ¿Acaso era muy diferente guiar a un ciego que gobernar a los hombres? Escoger la dirección adecuada, elegir el sendero más seguro, advertir de las irregularidades del camino con palabras de ánimo, guiar, abrir la marcha sin alejarse demasiado… En el fondo, ¿no consistían en lo mismo el trabajo de guía y el de rey?

 

–Ya queda poco -comentó Llew-. Casi hemos llegado.

 

–¿Qué ves? – le pregunté.

 

–Estaba en lo cierto al pensar que se trataba de una cordillera. – Me cogió del brazo y tiró de mí hasta colocarme junto a él-. El panorama es espléndido, Tegid. El sol se ha puesto y el cielo tiene el color del brezo. Estamos en un risco muy alto. Ante nosotros se abre una vasta cañada en forma de escudilla, rodeada casi enteramente por la pared del risco. Un arroyo atraviesa la pared en algún lugar ahí abajo y desemboca en un lago que hay en el centro de la cañada. Altos árboles bordean el lago por tres lados; en el cuarto hay un hermoso prado cubierto de yerba. El lago es como un espejo; se ven las nubes reflejadas en el agua… y las estrellas que han comenzado a aparecer. Es bellísimo -concluyó-. Me gustaría poder describírtelo mejor. Me gustaría que pudieras verlo con tus propios ojos.

 

–Lo he visto -repliqué-. Y realmente es muy bello.

 

–¿Conocías este lugar?

 

–Nunca había estado aquí -le expliqué-, pero estoy casi seguro de que es el paraje que vi en mi visión.

 

–La visión que tuviste en el bote…, ya recuerdo. – Luego contempló otra vez el lago-. ¿Qué más viste, Tegid?

 

Reavivé los recuerdos de aquella tormentosa noche y busqué los resplandecientes destellos de mi visión.

 

–Vi un lago…, vi una fortaleza de enormes y robustos troncos… Vi un

 

ejército incomparable…, centenares de guerreros reunidos en torno a un trono que se levanta sobre un montículo -le dije reviviendo las imágenes-. Vi…

 

–Espera; quisiera que describieras el paraje con todo detalle. Procura ser muy preciso.

 

Me concentré, asiendo en mi mente las imágenes.

 

–Veo -comencé despacio- un soto de altos pinos que asoman por el risco a nuestra derecha. La ladera es escarpada y boscosa y se levanta desde la misma orilla del lago.

 

–Sigue.

 

–El lago es más largo que ancho; ocupa casi toda la longitud del valle. Como has dicho, está bordeado de árboles por tres lados, y en el cuarto hay un prado herboso.

 

–¿Cómo es el prado?

 

–Forma una pequeña llanura entre el lago y la montaña; una llanura perfectamente resguardada porque el risco se alza desde el suelo formando una escarpada pared a modo de muralla natural.

 

–¿Qué más?

 

–El lago está rodeado por una playa rocosa; de piedras negras, del tamaño de hogazas. Del bosque salen algunos senderos de caza que van a parar al lago.

 

–Es increíble -asintió Llew-. Es tal y como lo describes. – Me dio una palmada en el hombro-. Bajemos al lago. Acamparemos allí.

–Pero has dicho que ha oscurecido. ¿Cómo vas a ver el camino?

 

–No lo veo -contestó alegremente-. Es de noche. Pero no necesito ver el camino. Tú me guiarás.

 

–¿Te burlas de mí?

 

–¿No dijiste que te daba exactamente igual? – repuso-. Tu vista interior nos llevará hasta allí. Ni tropezaremos ni nos perderemos. No daremos ni un solo paso en falso.

 

Se oyó el graznido de un cuervo. Agucé el oído y oí otro en respuesta, luego muchos más. Pronto la cima de la montaña resonó con los desgarrados y agudos graznidos. Los cuervos se estaban reuniendo en el risco para pasar la noche.

 

–¿Has oído? – dijo Llew-. Los guardianes de este lugar nos están saludando. Vamos, hermano, sin duda seremos bien recibidos en estos parajes.

 

Estábamos en Druim Vran, el Risco de los Cuervos… «Es sin duda el lugar que apareció en mi visión», pensé, y me pareció oír de nuevo las proféticas palabras de la banfáith. «Pero Caledon se salvará; la Bandada de Cuervos acudirá en tropel a sus umbrías cañadas, y el graznido será su canción.»

 

Llew estaba en lo cierto. Me sumergí de nuevo en la visión que me había sido concedida y, ¡sí!, como si estuviéramos a plena luz del día, vi el camino que se extendía a mis pies.

 

–Muy bien -asentí-. Probemos la exactitud de mi visión. Bajaremos juntos.

 

Me ajusté la correa del arpa al hombro y di un paso con alegre audacia. Mi pie se posó en el camino que había visto mi mente. Luego di otro paso y otros dos más. Ante mi sorpresa, el camino que veía con los ojos del alma iba apareciendo a medida que avanzábamos. Vislumbré el estrecho sendero que descendía ante mí, aunque más que camino era un curso seco de agua preñado de raíces y de rocas desprendidas. Peligroso incluso a plena luz del día, iba a resultar muy traicionero para Llew en plena oscuridad.

 

Di unos cuantos pasos más.

 

–El sendero desciende abruptamente ahora -indiqué a Llew describiéndole lo que veía en mi mente-. Apoya tu mano en mi hombro. Bajaremos muy despacio.

 

Llew obedeció, y juntos emprendimos el lento descenso hacia el lago. Me concentré con todos mis sentidos; pese al frío de la noche, el sudor me corría por la frente y por la espalda. Cada paso era una prueba de confianza, una promesa que se renovaba y nos acercaba penosamente a la recompensa final.

 

Así íbamos descendiendo siguiendo el tortuoso sendero. Contrariamente a la optimista afirmación de Llew, perdíamos a menudo pie: tropezábamos en las piedras y nos enredábamos con las raíces; resbalábamos en los cantos rodados y nos arañábamos con ramas y matojos. Pero seguíamos adelante haciendo caso omiso de todos esos insignificantes obstáculos.

 

–Tegid, eres una auténtica maravilla -jadeó Llew con alivio cuando hubimos terminado el penoso descenso.

 

Caminamos un poco más hasta un lugar desde el que se veía el lago. Los árboles eran muy altos; encontramos un abrigo entre las ramas y nos dejamos caer sobre un lecho de pinaza.

 

–Estoy rendido -añadió con un gemido.

 

No tardó en quedarse dormido en el mismo lugar donde se había dejado caer.

 

Yo también estaba exhausto. Pero mi mente ardía de agitación. Ciego, había logrado salvar aquel camino traicionero. Guiado sólo con mi visión mental, había encontrado el invisible sendero, y sentía que dentro de mí un nuevo poder surgía como la llama de un fuego recién encendido. La visión que había tenido aquella pavorosa noche de tormenta se había hecho realidad. Paso a paso, habíamos comprobado que era cierta.

 

Estaba ciego, pero había encontrado una nueva capacidad para ver. Y me parecía que la vista que ahora poseía era más fidedigna que la que tenía antes. ¡Podía ver! Ya no me sentía confinado en las limitaciones de la luz y la distancia. ¡Podía ver! Si podía ver más allá de los más lejanos panoramas, ¿podría también ver más allá del presente y del futuro, podría ver lo que todavía tenía que ocurrir?

 

No pude conciliar el sueño. ¿Cómo hubiera podido? Me arrebujé en mi manto, contemplando mentalmente el lago, tal como era, tal como quizá podría ser. Rasgué suavemente las cuerdas del arpa y me puse a cantar, expresando con mi voz la visión que ardía en mi alma. El Supremo Sabedor es el Sumo Dador; que todos los hombres honren y veneren al que sostiene todo lo creado con su Mano Segura y Certera.

 

13

 

EL CRANNOG

 

Acampamos en un claro entre los pinos de la ladera que se cernía sobre el lago. El primer día Llew atrapó dos peces en las trampas que había hecho con canas entretejidas y que había escondido entre los juncos y la frondosa vegetación de la orilla.

 

Al atardecer, mientras asaba sus presas, charlamos de todo lo que nos había sucedido hasta llegar a aquellos parajes. Discutimos el significado de mi visión y cómo podría hacerse realidad; y determinamos lo que debíamos hacer. Después, con los corazones reconfortados y esperanzados, comimos los pescados y conversamos.

 

Más tarde, mientras rasgaba las cuerdas de mi arpa, Llew me cogió la muñeca y me dijo con tono decidido:

 

–Tegid, quiero hacer algo.

 

–¿Algo como qué?

 

–No podemos quedarnos aquí sentados -continuó-, o no sucederá nada.

 

Tenemos que hacer que suceda. Creo que deberíamos intentar algo.

 

–¿Y qué es lo que se te ha ocurrido? Dímelo y lo haremos.

 

–No sé -admitió-. Pero pensaré en algo.

 

No dijo nada más por el momento. Pero a la mañana siguiente se levantó con el alba y abandonó el campamento. Yo me desperté más tarde y me dirigí hacia el lago, pensando hallarlo allí. Pero no había ni rastro de él.

 

Me metí en el agua hasta la cintura y me lavé. Al salir, oí un ruido pesado y sordo. Agucé el oído y me apresuré a vestirme.

 

–¿Llew? – llamé. Luego grité-: ¡Llew! ¿Dónde estás?

 

–¡Aquí! – respondió-. ¡Aquí!

 

El sonido de la voz me indicó que estaba en el vasto prado, junto al lago.

 

–¿Qué ha sido ese ruido que he oído? – le pregunté.

 

–Esto -contestó colocando en mis manos un pesado objeto, redondo, suave y frío al tacto.

 

–¿Para qué estás acarreando piedras?

 

–Estoy marcando las dimensiones de nuestro caer -repuso cogiendo otro pedrusco-. Las piedras me sirven de hitos.

 

Al parecer había acarreado piedras de la orilla del lago y las había apilado. Ahora estaba recorriendo el perímetro de lo que iba a ser su fortaleza utilizando las piedras para señalar las murallas. Lo acompañé en el circuito y me fue enseñando dónde había colocado las piedras.

–Está muy bien -le dije-. Pero debería ser un bardo quien eligiera el emplazamiento de una fortaleza; sobre todo si ha de ser la residencia de un rey.

 

–Yo no soy un rey -gruñó-. Te olvidas de un detalle, Tegid. Soy un mutilado. En este mundo, los hombres no obedecen a un manco. ¡Es la pura y dura verdad!

 

–Sí -asentí- ¡Esa es la costumbre! Sin embargo, el Supremo Sabedor es el Sumo Dador…

 

–¡Basta ya! ¡Estoy harto de oírte!

 

–Pues vas a tener que hacerlo -insistí-. La Mano Segura y Certera te ha señalado; te ha escogido para labrar en ti su camino. Ahora te toca elegir a ti: o seguir o dar la vuelta. No hay otro camino. Si eliges seguir, quizá se nos revelen más cosas.

 

–No tiene sentido que yo elija. Nada de esto tiene sentido.

 

–Ya te lo he dicho muchas veces: es un misterio.

 

–¿Todavía persistes en tu idea?

 

–Desde luego -repuse.

 

–¿Por qué? ¿Qué te hace estar tan seguro?

 

–No estoy seguro -confesé-. Nada es seguro. ¿Deseas una certeza? –¡Sí!

 

–Entonces es que deseas la muerte.

 

–¡Mi situación es terrible, Tegid!

 

–Sí, lo es, desde luego. Y difícil. Pero es que vivir es siempre una tarea ardua y fatigosa. Tendrás que escoger al final uno u otro camino. Nadie escapa de tener que elegir.

 

–¡Bah! Es inútil seguir hablando contigo -gritó, y su voz resonó en el valle como el grito de un pájaro.

 

–El sendero se va revelando a medida que avanzamos -le dije.

 

–Hablas como…, como un bardo -replicó colérico.

 

–Un bardo que no puede dejar de creer que hemos sido conducidos hasta este lugar con un designio. Y el que nos condujo hasta aquí no verá fallido ese designio.

 

–¡Pero si ya lo está! ¡Yo te creí, Tegid!

 

Me di cuenta en ese momento de que lo atenazaba un profundo dolor, y comprendí que la pérdida de su mano era la causa. Había en él una tremenda amargura, como si un arroyo envenenado le inundara el alma. Había soportado sus sufrimientos con bravura, pero no había desterrado de su corazón ni el dolor ni la amargura. Latían tras la impaciencia que había mostrado la víspera por la noche y tras el compulsivo trabajo de trasladar las piedras.

 

–Sólo digo la verdad cuando te aseguro que hay un misterio…

 

–¡Calla! – rugió arrojando al suelo la piedra que acarreaba-. No me hables más de misterios, Tegid, y no menciones nunca más la dignidad real. ¡No quiero oír ni una palabra más!

 

Le hervía la sangre, y pese a la distancia que nos separaba sentí el calor de su cólera.

 

–¿De qué serviría? – murmuró arrebatándome con brusquedad la piedra que sostenía en mis manos-. Ni siquiera tenemos herramientas para cortar una miserable rama de sauce, y mucho menos para construir algo. Si las tuviéramos, no nos quedaríamos aquí; volveríamos a Sci, adonde

 

pertenecemos. No hay esperanza; estoy harto.

 

Nos quedamos callados un rato. El sol nos calentaba la espalda, el viento meneaba los pinos. Arriba, en Druim Vran, oí el graznido de un cuervo. «Está en un error -pensé-. Pertenecemos a este lugar.»

 

–Hay una esperanza -dije-. Remota, pero la hay.

 

–¡Palabrería de bardos! – gruñó Llew con desdén-. No podemos quedarnos, Tegid. No tenemos nada que hacer aquí. Si no podemos regresar a Sci, vayamos junto a los galanaes. Puede que el pueblo de Cynan nos reciba amigablemente.

 

Como no contesté, insistió:

 

–¿Me has oído?

 

Me incliné hacia la piedra que había caído a mis pies; había oído su impacto contra el suelo cuando la dejó caer.

 

–Te he oído -repuse-. Tienes razón. –¿En que deberíamos viajar hacia al sur?

 

–En que deberíamos empezar de algún modo. Pero no aquí.

 

–¿Qué diferencia hay? – murmuró en tono sombrío.

 

Me volví hacia el lago. Al hacerlo, mi visión interior se despertó y vi la fortaleza; vi dónde debería estar.

 

–En el lago, eso es -le dije-. Pero no aquí, allí.

 

–Estás loco.

 

–Quizás -admití acercándome al lago.

 

–¿Quieres decir en el agua?

 

–Sí.

 

–¿En medio del lago?

 

–Será un crannog-le expliqué.

 

–¿Un crannog?

 

–Es una construcción sobre una falsa isla hecha de troncos y piedras, que es…

 

–Sé cómo es -me interrumpió Llew con impaciencia-. Pero si no podemos levantar ni una simple cabaña de barro, ¿cómo vamos a construir una fortaleza en medio del lago?

 

Al oírlo, mi visión interior se reavivó y vi una imagen de cómo sería el crannog.

 

–No será sólo una fortaleza -repuse-, sino una verdadera ciudad.

 

En efecto, la fortaleza que veía era muy grande, tanto como lo había sido

 

Sycharth. Era una isla de tierra y troncos en medio del lago; y no sólo había una isla, sino muchas otras más pequeñas unidas con puentes y diques que conformaban una enorme fortaleza, un caer construido sobre el agua: viviendas redondas hechas de mimbre y arcilla, empalizadas, graneros, almacenes, y sobre el montículo central, en medio de la isla mayor, un espacioso palacete para el jefe.

 

Vi el humo que ascendía de las cocinas de las casas y de la chimenea del palacio. Vi ovejas, vacas y cerdos en los rediles del crannog, y también cultivos de cereal plantados en el vasto prado junto al lago. Docenas de embarcaciones de variados tamaños surcaban las aguas en torno al caer, los niños nadaban y jugaban y las mujeres pescaban en los bajíos.

 

Vi todo eso y mucho más. Y se lo fui describiendo a Llew a medida que lo veía.

 

–Me gustaría verlo con mis propios ojos -comentó, y noté que la amargura desaparecía, se replegaba en lo más recóndito de su corazón.

 

Luego alzó la piedra que sostenía con su brazo herido, se acercó al lago y oí el chapoteo que producía al caer al agua.

 

–¡Ya está! – gritó-. Ya he puesto la primera piedra. ¿Cómo llamaremos a nuestra ciudad acuática?

 

–Tú mismo la acabas de bautizar -contesté reuniéndome con él-. Dinas Dwr… la Ciudad Acuática. Así se llamará.

 

A Llew le agradó el nombre y arrojó otra piedra al lago.

 

–Dinas Dwr ha comenzado a ser construida -dijo-. Espero de corazón que el Dagda Sumo Dador nos envíe un bote, o no terminaremos nunca de construirla.

 

–Hará falta algo más que un bote. Hará falta un ejército de obreros y artesanos. No será sólo una ciudad, hermano. Será el refugio de mucha gente, una almenara construida en el norte para toda Albión.

Permanecimos largo rato sentados en una peña junto al lago, discutiendo la construcción del crannog. Describí la forma y la manera de hacerlo, sus ventajas en tiempos difíciles y sus desventajas. Llew me escuchaba con suma atención; cuando hube acabado, se levantó.

–No podemos llevar a cabo tan duro trabajo alimentándonos sólo de raíces, cortezas, pececillos y algún que otro pájaro -declaró-. Hace falta una buena alimentación para fortalecer los brazos que deben levantar pesadas piedras y troncos.

 

–¿Qué propones?

 

–Buscar varas de fresno y fabricar algunas lanzas para cazar -repuso. En el bosque hay caza abundante; lo único que tenemos que hacer es ir tras ella.

 

–Sí, pero… -comencé a objetar.

 

–Sé lo que estás pensando -me interrumpió-. Scatha siempre repetía que un hombre que sólo es capaz de luchar con una mano es un guerrero a medias. Por eso en Ynys Sci aprendíamos a manejar las armas con ambas manos.

 

–Nunca he puesto en duda tu capacidad.

 

–Tendré que practicar, desde luego -admitió-, pero recuperaré mi habilidad, ya lo verás.

 

–¿Cómo cortarás y afilarás las varas de fresno? – pregunté.

 

–Con sílex -respondió-. Lo hay en la cima del risco y en las laderas. Lo utilizaremos para hacer rascadores, hachas y puntas de lanza.

 

Empleamos todo el día siguiente en coger y astillar sílex para fabricar los instrumentos cortantes que necesitábamos. Me resultó más fácil de lo que imaginaba trabajar al tacto y pronto me convertí en un verdadero experto en la fabricación de cortantes lascas de piedra tan afiladas como si fueran de hierro, aunque no tan resistentes. No teníamos cuero para atar las hojas a la madera, pero utilizamos jirones de tela que arrancamos del borde de nuestros mantos. Trencé los jirones y después procedí a trenzar otra vez las tiras resultantes: tres veces tres era un número satisfactorio y además resistente.

 

Mientras trenzaba las cuerdas, Llew buscó una rama resistente para hacer el mango del hacha. Encontró una bastante gruesa de roble acabada en dos puntas y yo até la lasca de sílex a la madera.

 

Llew probó la resistencia de la herramienta golpeando un leño.

 

–Servirá perfectamente -anunció sopesando la recién fabricada hacha-.

 

Ahora sólo nos queda encontrar una buena vara de fresno. –Hallarás las que quieras en el borde este del risco -le indiqué. –¿Es que las has visto?

 

–No, pero sin duda es allí donde hay fresnos.

 

Regresó antes de que cayera la noche no con un par, sino con seis hermosas y flexibles varas de fresno. Cuatro estaban verdes, pero había dos secas que había arrancado de la ladera. Ya las había pelado y sólo faltaba afilarlas con el rascador de sílex que yo había fabricado.

 

Con una de las varas me hizo un bastón. Era más largo y más delgado que

 

los que había usado hasta entonces, pero decidí que era muy manejable y apropiado para un bardo ciego.

 

–Siento que no sea un bastón de serbal -comentó Llew-. Pero te servirá hasta que encontremos algo más adecuado.

 

Acaricié la pulida y redondeada madera. Había hecho un buen trabajo con las rudimentarias herramientas y alabé su habilidad.

 

–Has hecho un magnífico trabajo, Llew. Es un excelente bastón. No podría tener otro mejor.

 

Al día siguiente, mientras Llew fabricaba el astil, acabé de hacer la punta de lanza y de trenzar tela para atarla. Cuando terminamos, empezaba ya a oscurecer.

 

–Mañana comeremos carne -afirmó Llew masticando una raíz de malva-.

 

¡Ojalá tuviéramos un poco de sal! – añadió.

 

–Estamos muy lejos del mar, pero en estos bosques abundan las hierbas aromáticas. Buscaré algunas en tu ausencia.

 

–Ten el fuego preparado. Traeré una buena cena -prometió.

 

Cumplió su promesa, sólo que en lugar de un jabalí o un ciervo, trajo tan sólo una ardilla. Volvía muy decepcionado y comentó que hubiera hecho mejor en emplear su tiempo pescando.

 

–Los ciervos corren demasiado deprisa -murmuró mientras aguardaba que se asara la ardilla-. Antes de que pueda ensayar un tiro decente, han desaparecido. Sin un caballo, jamás podré darles alcance. Y los jabalíes son muy peligrosos para un cazador a pie. Si quiero conseguir un ciervo o un jabalí -añadió-, tendré que subir a un árbol, y aguardar a que la presa pase por debajo.

 

–Convendría localizar el sendero por donde van a beber -le sugerí-. A

 

buen seguro toda la caza que hay a este lado del risco viene a abrevar al lago.

 

Encuentra el sitio y aguarda allí.

 

Al día siguiente Llew se marchó a explorar las orillas del lago en busca del abrevadero. Yo cogí el bastón que me había hecho y tanteando aquí y allá me interné en el bosque y encontré un buen puñado de nueces que envolví en unas hojas.

 

Llew regresó a mediodía con la noticia de que había encontrado el abrevadero y el sendero por el que a buen seguro los animales bajaban desde el bosque al lago.

 

–Está en la orilla oeste; el bosque es frondoso y el agua poco profunda.

 

He visto rastros de ciervos y de jabalíes. A unos cien pasos del abrevadero hay un pino al que puedo subirme; es viejo y grande y el sotobosque poco denso. El sendero pasa justo debajo de una de las ramas del árbol y sin duda podré hacer un disparo certero desde allí. Deséame suerte, Tegid.

 

–Claro que te la deseo -repuse-. Pero ¿vas a ir ahora mismo?

 

–Creo que será lo mejor. Quiero apostarme antes de que caiga la noche para que no me olfateen.

 

–Vete, pues, y llévate esto -le dije tendiéndole las nueces envueltas en la hoja-. Que tengas buena caza.

 

Las cogió y yo me dispuse a esperar el resto del día. La luna apareció tarde, mucho después de que hubiera oscurecido. No esperaba que mi amigo regresara hasta la mañana, pero mantuve el fuego encendido durante la noche para que pudiera orientarse si volvía antes del amanecer.

 

Mientras caía la noche, cogí el arpa y me puse a cantar. La dulce melodía de las cuerdas se esparció por las tinieblas que me rodeaban como el resplandor de la fogata que yo no podía ver. Entoné con voz suave una melodía de paz y reposo para no perturbar la serenidad del bosque y de la noche.

 

Las cristalinas notas del arpa se derramaban dulcemente por el aire, las llamas crepitaban, y, de pronto, en una sutil alteración del aire, intuí la presencia de alguien. Se me puso la piel de gallina; alguien me estaba mirando.

 

Sentí la presencia del intruso justo fuera del círculo de luz del fuego. ¿Era un animal? No, no era un animal.

 

Interrumpí mi canción pero seguí rasgueando el arpa, aguzando el oído para captar hasta el más débil de los sonidos nocturnos. Al principio no oí nada, pero después capté una sofocada espiración.

Dejé a un lado el arpa y me puse en pie lentamente.

 

–¿Quién está ahí? – pregunté con tono amable.

 

No hubo respuesta, pero capté un rumor de hojas, como si alguien devolviera a su lugar una rama que había mantenido apartada.

 

–Ven -dije, esta vez con tono decidido y enérgico-. Te invito a compartir conmigo el fuego.

 

Tampoco hubo respuesta.

 

–No tengas miedo. No te haré daño. Ven. Charlaremos un rato. Tampoco esta vez hubo respuesta; pero sí oí de forma clara e indistinta el

 

crujido de una ramita y el rumor de las hojas mientras el intruso desaparecía. Esperé unos instantes: silencio absoluto. De nuevo estaba completamente solo.

Di una vuelta en torno al fuego dirigiéndome hacia el lugar donde había estado mi tímido visitante. Me apoyé en el bastón y agucé el oído, pero no oí nada. Luego, cuando me disponía a volver junto al fuego, noté algo bajo mis pies. Me incliné y lo cogí. Era un objeto plano y quebradizo, con agudas espinas unidas a un tallo de madera.

 

Le di varias vueltas entre los dedos antes de adivinar de qué se trataba:

 

era una ramita de acebo.

 

14

 

VISITANTES

 

Llew regresó al alba con una presa, un corzo que arrojó junto al fuego y al instante olvidó para contarme muy excitado lo que había visto.

 

–¡Fue increíble! – jadeó-. ¡No vas a creerlo, Tegid!

 

Regresaba corriendo desde el lago arrastrando la pieza cobrada y apenas le quedaba aliento.

 

–Tenía que mantenerme despierto… -respiró con fuerza-, para no caerme del árbol… Hacía un frío espantoso allá arriba… Así que me moví para no quedarme tieso y…

 

–Cálmate -le dije-. Puedo esperar.

 

Respiró profundamente varias veces.

 

–Se me cayó la lanza -continuó con voz más firme-. Justo en medio del sendero. Estaba oscuro, pero a la luz de la luna la vi perfectamente allá abajo. Bajé del árbol para cogerla… -Hizo una pausa y tomó aliento otra vez-. Y en el preciso momento en que la cogía… Tegid, te parecerá extraño, pero intuí que había alguien conmigo. Sentí sus ojos, como si me estuviera observando. Pensé que se trataba de un ciervo. Trepé otra vez al árbol con toda la rapidez y el sigilo que me fue posible y me dispuse a arrojar la lanza en cuanto el animal apareciera por el sendero.

 

Tragó otra vez saliva y continuó:

 

–Entretanto me iba maldiciendo a mí mismo por haber sido tan torpe. Estaba seguro de que había perdido la oportunidad de cobrar una buena pieza. Pero mientras me apostaba de nuevo oí un ruido en el sendero. Miré hacia abajo y de pie, justo bajo la rama en que yo estaba… -La voz le tembló de

 

agitación-. ¡Lo vi, Tegid! ¡No vas a creerme! Al principio no sabía lo que era; parecía un oscuro amasijo, ¡pero tenía cara y distinguí perfectamente sus ojos! Tegid, sus ojos brillaban a la luz de la luna. ¡Me estaban mirando! ¡Me había visto! Era…

 

–Acaba de una vez, ¿qué era? – lo interrumpí-. ¿Quién te estaba mirando, hermano?

 

–Era… ¿cómo se dice?, ¡un árbol viviente!

 

–¿Un árbol viviente?

 

–No sé cómo se dice. ¿Cómo lo llamáis?

 

–No puedo saber a qué te refieres si no acabas de contarme lo que viste - repuse-. Descríbemelo.

 

–Era como un hombre: muy alto y delgado, cubierto de hojas y espinas. Tenía pelo, creo, aunque en realidad estaba cubierto de los pies a la cabeza de ramitas y hojas de todas clases. Sus ojos…, Tegid, sus ojos eran enormes y me miraban fijamente. Me vio. Sabía que yo estaba allá arriba. ¡Por poco me caigo del árbol al ver a aquella cosa allá abajo que me miraba! Aquella cosa…

 

–Un cylenchar -le dije.

 

–¿Un cylenchar? – repitió tratando de comprender el significado de la palabra-. ¿Un arbusto vergonzoso…, un árbol tímido?

–Un árbol, o un bosque, sí -repliqué-. Aunque no vergonzoso, sino escondido o recóndito. Es una palabra muy antigua; significa «el que se esconde en el bosque».

 

–Pero ¿qué es?

 

Le tendí la ramita de acebo. Llew la cogió.

 

–También estuvo aquí -le expliqué-. Creo que lo atrajo la melodía de mi arpa.

 

–¿A él?

 

–Sí, al que se esconde en el bosque, al cylenchar.

 

–El Hombre Verde -dijo Llew en voz baja-. En mi mundo lo llamamos el Hombre Verde. Una vez vi uno. Era…

 

Se quedó callado rememorando el incidente.

 

–¿Qué ocurre, hermano? ¿De qué te estás acordando?

 

–Simon y yo vimos uno…, vimos a un Hombre Verde, a un cylenchar, en la carretera. Antes de venir aquí. Viajábamos por Escocia…; por Caledon…, junto a un lago como éste.

 

Su voz se apagó de nuevo. Eché más leña al fuego.

 

–Siéntate -sugerí-. Descansa.

 

Tendí la mano hacia el corzo que había traído y pasé mis dedos sobre su piel; era un animal joven, pequeño y flexible. Su carne sería sin duda tierna y fácil de masticar.

 

–Has cobrado una buena pieza; tendremos comida suficiente para varios días.

 

–No fui yo quien la cazó -repuso Llew-. Me la trajo el cylenchar. Poco antes del alba, oí un ruido entre los arbustos y me dispuse a disparar la lanza. Y entonces vi… -hizo una pausa y tragó saliva- vi un confuso revoltijo verde de ramas, hojas y tallos que se quebraban y movían; poco después desapareció y vi el cuerpo del corzo en el claro bajo el árbol. Ya estaba muerto. Bajé del árbol. El animal estaba aún caliente; hacía muy poco que lo habían matado. Aguardé unos instantes, pero no sucedió nada. Así que lo cogí y lo traje.

 

Estuvimos un rato sentados escuchando el chisporroteo del fuego y preguntándonos si el cylenchar nos estaría observando en aquellos momentos. Sospecho que nos había visto desde el primer momento, mientras acampábamos y fabricábamos las armas. Nos había observado y nos había traído un regalo. Era su manera de damos la bienvenida.

 

–Los seres que se esconden en el bosque son muy antiguos -dije al cabo de un rato-. Cuando el rocío de la creación estaba aún fresco, ya habitaban en la tierra. Cuando los hombres llegaron a Albión, se retiraron a los bosques, donde aguardan y observan.

 

–¿Qué observan?

 

–Todo. Escondidos entre las hojas y las sombras se enteran de todo lo que sucede. Cuidan de los árboles y de los animales que se refugian dentro del círculo de la espesura. Son los guardianes del bosque.

–Has dicho que nos ha dado la bienvenida y nos ha acogido en estos parajes. ¿Por qué lo habrá hecho?

 

–No lo sé. Pero estoy seguro de que seremos observados y creo que también protegidos.

 

–Y alimentados.

 

–Sí, observados y alimentados. Cortaremos un pedazo de carne para el cylenchar, así le demostraremos nuestro respeto y agradecimiento. Si acepta la carne, sabremos seguro que nuestra presencia es bien acogida.

 

Llew colgó el corzo por las piernas de la rama de un árbol y le practicó un corte en la garganta para desangrarlo; después fue a buscar unas cuantas ramas de sauce y procedió a despellejarlo.

–Estás cansado -le dije-. Vete a dormir. Yo me encargaré de lo demás. –¿Crees que podrás?

 

–Sí. Te despertaré para cenar -repuse.

 

El trabajo me resultó un poco más difícil de lo que había imaginado, más por la falta de un buen cuchillo de hierro que por la ceguera. Con una hoja de sílex y un rascador, me las apañé para despellejar al animal. Corté el cuerpo en cuatro trozos lo mejor que pude y le descoyunté las ancas. Envolví en el pellejo las porciones que consideré prudente reservar; aparté las asaduras para alimento de los pájaros y de los animales del bosque y las arrojé lejos porque no quería ensuciar el campamento con los desperdicios.

 

Cuando hube terminado, llevé la carne junto al fuego, avivé las llamas y clavé las dos ancas en sendos espetones que Llew había fabricado con varas de sauce. Luego procedí a asarlas mientras aguardaba que Llew se despertara.

 

A mediodía, saboreamos el suculento venado. Comimos hasta hartarnos y luego fuimos al lago a beber y a bañarnos. El agua estaba fría y nos provocó una saludable reacción mientras nadábamos y chapoteábamos. Echaba de menos el jabón y me molestaba la venda húmeda en los ojos. Llew se me acercó nadando al ver que me la quitaba.

 

–Es hora de ver cómo va cicatrizando -dije.

 

–De acuerdo. Yo haré lo mismo -repuso comenzando a desatarse el vendaje del muñón.

 

–¿Qué tal? Dime lo que veas.

 

Sentí que me tocaba una sien y me hacía volver la cara de un lado a otro. –No quiero mentirte, hermano -declaró en tono solemne-. No tiene buen aspecto, aunque tampoco tan malo como sería de temer. Creo que el color ha

 

mejorado. El corte fue profundo. ¿Ves algo? –No. Y no creo que pueda volver a ver jamás.

 

–Lo siento, Tegid -añadió en un tono que no dejaba lugar a la menor esperanza.

 

–¿Cómo va tu brazo?

 

–Cicatriza. La piel está aún ligeramente inflamada, y muy roja. Pero la carne está comenzando a cicatrizar en el muñón. La herida todavía supura un líquido acuoso, pero no amarillento. Me la volveré a vendar, pero no creo que

 

le resulte perjudicial un buen baño; el agua fría le sentará bien.

 

–Si tuviéramos un caldero, haría una pócima para desinflamar la carne… No había acabado de hablar cuando mi visión interior se despertó y vi con los ojos de la mente a un hombre de pie a la orilla del lago con una jofaina en las manos. La alzó por encima de su cabeza y, mientras el sol se asomaba por el risco, la arrojó al lago. Vi el chapoteo y el brillo de la

 

jofaina al hundirse en las aguas.

 

–¿Qué ocurre, Tegid? ¿Qué has visto?

 

–Hay una jofaina, una vasija de bronce… ahí -indiqué volviéndome hacia el lago-. Fue la ofrenda de un noble en recuerdo de un hijo muerto al nacer.

 

–¿Dónde está?

 

–En el fondo del lago -respondí señalando el lugar que había visto en mi mente-. Ahí.

 

–Espera -dijo Llew-. Intentaré cogerla.

 

Había aceptado mi visión sin hacer preguntas. Enseguida se sumergió en el lago y buscó entre las redondeadas piedras del fondo la vasija que le había descrito. Buceó una y otra vez sin resultado alguno.

–¡Aguarda! – le grité- Escúchame con atención; te diré exactamente dónde debes buscar.

 

Me dirigí hacia la orilla. Como antes, mientras me movía, la imagen mental volvió a aparecer. A mi derecha vi una peña enorme medio sumergida en el agua; el hombre que había visto estaba de pie en esa peña con la vasija en las manos. Tropezando en las redondeadas piedras del fondo, llegué hasta allá y me encaramé a la peña. Luego me volví de nuevo hacia el lago y extendí las manos.

 

–¿Dónde estás, Llew? –Aquí -contestó-. Un poco a tu izquierda.

 

Localicé su situación por la voz y sobrepuse mentalmente su imagen a la que había aparecido en mi mente.

 

–Levanta la mano, Llew.

 

Levantó la mano sobre su cabeza y la imagen de mi visión interior hizo lo mismo: ambas imágenes se habían convertido en una sola.

 

–La vasija está detrás de ti, a la derecha -le indiqué.

 

–¿A qué distancia?

 

Calculé la distancia entre él y el lugar donde había visto el chapoteo.

 

–Dos pasos a tu derecha -respondí-, y unos siete u ocho pasos más atrás.

 

Llew se dio la vuelta, se alejó unos pasos y mi visión se desvaneció. Oí el ruido del agua mientras se dirigía al lugar que le había indicado y después un chapoteo me indicó que se había sumergido de nuevo. Buceó varias veces.

 

Yo permanecía en guardia esperando a que emergiera. Durante unos instantes no oí nada y de pronto…

 

–¡Ya la tengo! – gritó Llew- ¡Aquí está! He encontrado la vasija.

 

Salió del agua. Yo extendí los brazos y sentí el frío y húmedo peso de la vasija en mis manos. Era ancha y honda, de macizo y bien batido bronce; en el borde tenía tres profundas incisiones.

 

–Es mayor de lo que esperaba -comentó Llew, y adiviné la sonrisa que le iluminaba el rostro-. Estaba boca abajo y bajo el agua parecía una roca. Pero la encontré justo donde me dijiste. – Hizo una pausa y se volvió hacia el lago-. Me pregunto cuántas otras cosas esconden estas aguas.

 

Iba a responderle, pero antes de que pudiera decir nada oí el relincho de un caballo.

 

–¡Escucha!

 

El relincho resonó de nuevo claramente en el silencio de la cañada.

 

–Viene del otro lado del lago -dijo Llew.

 

–¿Ves algo?

 

No me contestó; sentí su tensión. Oí la ligera brisa que soplaba sobre las aguas; el viento ululaba desde lo alto del acantilado por encima del lago.

 

–Sí -susurró Llew-. Un guerrero. Con escudo y lanza. Ha bajado hasta el lago para abrevar el caballo. Todavía no nos ha visto.

 

–¿Está solo?

 

–No veo a nadie junto a él.

 

–Observa bien.

 

–No, no hay nadie más. Está solo -repuso al cabo de unos instantes-. Se ha arrodillado. Está bebiendo. – Hizo una pausa-. Ahora se levanta. Mira hacia aquí.

 

Llew me asió el brazo con su mano sana.

 

–¡Nos ha visto! – siseó-. Ha vuelto a montar.

 

–¿Viene hacia aquí?

 

Llew pareció dudar.

 

–No -respondió al fin soltándome el brazo-. Se va por donde ha venido.

 

Se marcha… Ya no lo veo -añadió poco después.

 

–Vamos -dije yo entregándole la vasija y bajando de la peña-. Creo que

 

debemos prepararnos para recibir visitantes.

 

–¿Crees que volverá?

 

–Sí -le respondí por encima del hombro mientras cojeaba sobre las piedras de la playa-. Creo que tenemos que dar por sentado que volverá y esta vez acompañado.

 

Permanecimos en guardia toda la noche y todo el día siguiente. Y, aunque Llew escaló el risco para otear la cañada, no vio a nadie. Empecé a pensar que a lo mejor me había equivocado, que el jinete no volvería.

 

–He recorrido todo el acantilado -comentó cuando regresó al campamento-. No he visto ni oído nada.

 

Con un profundo suspiro clavó su lanza y se dejó caer al suelo.

 

–Estoy hambriento, Tegid -le oí decir al otro lado del apagado círculo de la fogata-. Encendamos fuego y asemos un poco de carne.

Dudé. No había encendido fuego la noche anterior por miedo a que lo vieran los intrusos.

 

–¿Qué te parece? – insistió Llew-. Nadie ha aparecido. Si hubiera alguien en los bosques, lo habría oído. No hay ni un alma.

 

Mis temores parecían, en efecto, infundados y exagerados.

 

–Muy bien -consentí a regañadientes-, amontona la leña. Encenderemos fuego.

 

Llew apiló los leños y yo encendí la llama. Poco después, lo que nos quedaba del corzo -tres porciones que aún no nos habíamos comido-estaba asándose en los espetones y el aire se iba impregnando con el agradable aroma de la carne; la grasa crepitaba mientras íbamos dando vueltas al asado.

 

Llew, que estaba muy hambriento, arrancó con los dedos una tira de carne y la engulló sin apenas masticarla.

 

–Mmm… -murmuró de gusto-, está excelente, Tegid. Todo el día he estado soñando con este momento.

 

Mientras la carne se hacía, acerqué la vasija de bronce al fuego. En ausencia de Llew, había preparado la pócima. En el bosque abundaban todo tipo de hierbas y, pese a mi ceguera, en poco tiempo recogí las que necesitaba. La tarea más ardua fue ir a buscar agua al lago y traerla en la vasija sin derramarla.

 

Eché en el agua las hierbas y las dejé en reposo para que se mezclaran.

 

Ahora que habíamos encendido fuego, me dispuse a calentar la pócima.

 

Mientras aguardaba a que hirviera, preparé una ramita de avellano para

 

removerla. Llew continuaba arrancando tiras de carne del asado y chupándose los dedos, y yo removía el contenido de la vasija olfateando el aroma de las hierbas.

–¿Qué es ese mejunje? – preguntó distraídamente Llew-. Parece… –¡Shh! – siseé.

 

Agucé el oído y escuché atentamente los ruidos del bosque: un pájaro trepador, un zorzal, el suave susurro de las hojas secas bajo los arbustos… y después el apagado tintineo de la brida de un caballo.

–Están a cierta distancia todavía -dije-. Alejémonos del fuego. Nos esconderemos en el bosque hasta que averigüemos lo que pretenden.

 

Llew se puso en pie y empuñó la lanza. Pero, antes de que pudiera dar un paso hacia donde yo estaba, se oyó una voz justo detrás de mí.

–¡Quieto, amigo!

 

Me volví hacia la voz.

 

–No cometáis ninguna locura -añadió.

 

–Suelta la lanza, amigo -ordenó otra voz en tono amenazador.

 

–¿Es ésta una bienvenida apropiada para guerreros de nuestro rango? – terció otra.

 

–No hagáis el menor movimiento -ordenó la primera.

 

Oí movimientos detrás de mí y también a ambos lados. Era obvio que habían dejado los caballos a cierta distancia y se habían acercado a nuestro campamento a pie. No teníamos escapatoria. Estábamos rodeados.

 

15

 

MORTALES ALIANZAS

 

–¿Quiénes sois? – preguntó Llew-. ¿Por qué nos atacáis?

 

Distinguí perfectamente el tono cautamente cortante de su voz; estaba muy tenso. Me esforcé en concentrarme para despertar mi visión interior, pero los ojos de mi mente permanecieron en tinieblas.

–Suelta la lanza -ordenó con energía el primer guerrero que había hablado.

 

–No hasta que sepa por qué habéis irrumpido en nuestro campamento. –No acostumbramos responder preguntas a punta de lanza -dijo una voz

 

detrás de mí.

 

–Pero, en cambio, sí acostumbráis invadir un pacífico campamento con sigilo y alevosía -replicó Llew con voz clara y firme.

 

–¿Acaso sois los dueños del bosque -medió un guerrero con voz suave-, puesto que os arrogáis el derecho de interrogar a los que en él se internan?

 

Oí un rumor de pasos que me indicó que uno de los hombres se había

 

acercado un poco más. Extendí las manos para demostrar que no iba armado. –Paz -dije con tono enérgico pero no intimidatorio-, no tenéis nada que

 

temer de nosotros. Acercaos al fuego.

 

Se hizo un silencio. Sentí que los ojos de los guerreros se clavaban en mí.

 

–¿Quién eres? – preguntó uno de los intrusos.

 

–Te lo diré cuando tú me hayas dicho por qué desdeñáis mi ofrecimiento de paz y mi invitación a que compartáis nuestra fogata.

 

Como no obtuve respuesta alguna, añadí:

 

–¿Es que pensáis que sería humillante para vosotros sentaros en nuestra compañía y compartir nuestra comida?

 

El guerrero que había hablado en primer lugar se apresuró a responderme.

 

–No pretendemos causaros daño alguno -afirmó en tono sombrío-. Rhoedd vio a unos hombres junto al lago y nuestro Jefe de Batalla nos ordenó que averiguáramos quiénes eran. Han llegado hasta nuestro rey inquietantes noticias de posibles invasores.

 

–¿Quién es vuestro rey?

 

–Cynfarch de Dun Cruach -respondió el guerrero.

 

–Estáis muy al norte de vuestras tierras -comentó Llew-. ¿Dónde está vuestro Jefe de Batalla?

 

–Nos aguarda en la cañada, junto al río -respondió el guerrero.

 

–Id a buscarlo -dijo Llew- Lo recibiremos con todos los honores.

 

El guerrero hizo ademán de protestar.

 

–Id a buscarlo -repetí yo-. Decidle que Llew y Tegid lo están esperando. –Pero nosotros no…

 

–¡Marchaos! – ordené con una voz que resonó en el silencio del claro del bosque-. ¡No regreséis sin él!

 

Sin añadir ni una palabra más, los tres hombres se dieron la vuelta y se marcharon por donde habían venido. Los oímos alejarse a toda prisa entre los arbustos; Llew exhaló entonces un suspiro de alivio.

–Han estado a punto de atacarnos -observó.

 

–Estaban asustados.

 

–¿Crees que Cynan está con ellos?

 

–Pronto lo averiguaremos.

 

Me acerqué a la vasija donde hervían las hierbas.

 

–La pócima está lista. Veamos cómo va tu herida -dije apartando del fuego la jofaina-. Quítate la venda y lávatela.

 

–Está hirviendo -protestó Llew.

 

–Debe estar caliente para que pueda hacerte algún bien; el calor de la pócima desinfectará la herida.

 

Llew obedeció a regañadientes sin dejar de quejarse constantemente. Cuando el mejunje se enfrió y perdió sus poderes curativos, lo calenté de nuevo sobre el fuego. Llew volvió a quejarse. Todavía estaba haciéndolo cuando nuestros visitantes regresaron.

 

Esta vez llegaron a caballo hasta nuestro campamento; eran siete jinetes con las armas y los escudos preparados.

 

–¿Cómo osáis dar órdenes a mis guerreros? – preguntó una potente voz entre los árboles-. Levantaos, amigos, y dejad que os vea.

 

–¡Cynan! – exclamó Llew poniéndose en pie de un salto, pues al momento oí el siseo de la pócima al derramarse sobre las brasas.

 

–¡Vaya! ¡Pues era verdad! – gritó Cynan, y un crujido de cuero me indicó que había desmontado de un salto-. Me dijeron que Tegid y Llew estaban acampados al otro lado del risco, pero no lo creí. Vine a comprobarlo por mí mismo y, efectivamente, aquí os encuentro.

 

Durante unos instantes reinó una completa confusión. A mis oídos llegaban los bufidos y resoplidos de los caballos entremezclados con los excitados comentarios de los guerreros. Oí una sonora risotada e instantes después Cynan estaba ante nosotros.

 

–¡Bienvenido, hermano! – exclamó Llew-. Nuestro hogar es humilde y nuestro palacio no tiene tejado, pero tuyo es todo lo que poseemos. Me alegro de verte, Cynan.

 

–Yo también… -Cynan debió de descubrir la mutilación de Llew al extender las manos para abrazarlo-. Clanna na cù! – exclamó-. ¿Qué te ha ocurrido?

 

Cynan se volvió hacia mí.

 

–Tegid, ¿tú…? – Sentí arder su cólera como una antorcha-. ¿Quién ha hecho esto? Sólo tenéis que pronunciar su nombre y os vengaré diez veces. ¡Cien veces!

 

–Meldron -contestó Llew lacónicamente.

 

–Lo mataré -juró Cynan.

 

–Meldron merece pagar una deuda de sangre -repliqué-, pero no por nuestras heridas. Te aseguro que es el menos grave de los delitos que ha cometido.

A continuación relaté a Cynan y a sus guerreros la masacre de los bardos en el montículo sagrado.

 

El príncipe y sus hombres me escuchaban en estupefacto silencio. Cuando hube acabado, parecía que se hubieran fundido en las tinieblas de la noche. Sólo se oía el crujido de los leños y el suave y tenue siseo de la brisa nocturna entre los pinos.

 

Al cabo de un buen rato Cynan rompió el silencio con una voz quebrada por la cólera y la desesperación.

 

–La situación es aún peor de lo que imagináis -dijo-. Meldron ha declarado la guerra a los señores de Llogres. Ha atacado las principales fortalezas de los cruinos y de los dorathios. Muchos hombres han sido asesinados y otros muchos han huido a las montañas y los bosques.

 

–¿Cuándo ha sucedido todo eso? – pregunté.

 

–Lo supimos poco antes del Beltane. Llegaron algunos fugitivos en busca de refugio y nos comunicaron que Meldron había enviado guerreros a Caledon para localizar los puntos débiles de nuestro territorio.

 

–¡Ah! – exclamó Llew-, por eso estáis tan al norte.

 

–Eso es -confirmó lúgubremente Cynan- Hemos recorrido las cañadas y los ríos para comprobar si tienen la intención de atacarnos desde estos salvajes territorios que no tenemos protegidos.

–¿Habéis visto a alguien?

 

–Ni un alma, hasta que Rhoedd os vio a vosotros hace dos días respondió Cynan.

 

–Pero ¿por qué tardasteis dos días en aparecer por aquí?

 

–Estábamos acampados a una jornada a caballo de aquí -explicó Cynan-. Había dado a mis hombres la orden explícita de que regresaran al campamento en cuanto encontraran el menor rastro de extranjeros en estas tierras.

 

–Si Rhoedd nos hubiera dicho algo, habría sido bien recibido -aseguró Llew-. Alguien habría podido salir malparado en todo este asunto.

 

–Lo siento mucho -replicó Cynan con cierta rudeza- Pero si hubierais sido espías de Meldron, no me cabe duda de que habríais matado a mis hombres, incluso después de darles la bienvenida. No sabíamos que erais vosotros.

 

–Bueno, me alegro de veras de volver a verte. Siéntate con nosotros lo invitó Llew-. Comparte nuestra comida. Sólo tenemos un poco de carne y agua, pero eres igualmente bienvenido.

–Nosotros tenemos provisiones de sobra y, como hemos llegado por sorpresa a vuestro campamento, permitidnos que las compartamos con vosotros -ofreció Cynan con sincera alegría.

 

–No voy a negarme -repuso Llew, y Cynan ordenó a sus hombres que dispusieran la comida.

 

Nos sentamos junto al fuego, y, mientras los demás iban a buscar agua y leña y se ocupaban en hacer más cómodo nuestro campamento, Cynan y Rhoedd comenzaron a explicarnos con todo detalle lo que había ocurrido en Albión desde nuestro último encuentro en Ynys Sci. Yo escuché asombrado el relato de cómo Meldron había derrotado y vencido tribus y clanes.

 

–Cynan -dije-, ¿cómo es posible que Meldron haya llevado a cabo todas esas atrocidades con tanta rapidez? Cuando huimos de Sycharth sólo contaba con un centenar de hombres. ¿Cómo se las ha arreglado para vencer clanes mucho más numerosos y bandas de guerreros mucho mejor armadas?

 

–La explicación es sencilla -respondió Cynan con aspereza-. Se ha aliado con los rhewtanos.

 

Los rhewtanos eran una belicosa tribu asentada al norte de Liogres. Habían causado innumerables problemas tanto a Prydain como a Caledon hasta que Meldryn Mawr puso fin a sus incursiones con una serie de duras derrotas. Era extraño que ahora se hubiesen aliado con Meldron y prestaran apoyo al hijo de un antiguo enemigo. Me pregunté intrigado qué les habría prometido Meldron para ganarse su ayuda.

 

–Los rhewtanos -repetí-. ¿Alguien más?

 

–No tengo noticias de que se le haya unido ninguna otra tribu respondió Cynan-, pero se rumorea que algunos de los jefes vencidos han preferido unirse a él a enfrentarse a la muerte. Aunque -añadió con ferocidad- cualquier jefe que haga eso no merece tal nombre.

 

Hablamos de todo lo sucedido en Albión mientras esperábamos a que la comida fuera servida. Nuestros visitantes aportaron generosamente gran cantidad de provisiones y la cena se convirtió en un verdadero festín de camaradería.

 

–A fe mía que sois las últimas personas que esperaba encontrar por aquí - exclamó Cynan, dándose una palmada en el muslo.

 

–Después de que Meldron atacó el montículo sagrado -le dijo Llew-, fuimos hechos prisioneros. Nos abandonaron a la deriva para que muriéramos.

Le relató la tormenta en el mar y cómo nos internamos tierra adentro hasta llegar a aquel paraje; advertí que en su relato no hacía la menor referencia al nemeton o al cylenchar.

 

Cynan y sus hombres escuchaban el relato con verdadero interés. Cuando Llew hubo acabado, el príncipe dijo:

 

–Es extraño. Habíamos decidido regresar a casa cuando a Rhoedd le pareció ver a alguien escondido entre los árboles. – Se volvió hacia Rhoedd. Cuéntales lo que viste.

 

–Vi a alguien que nos observaba desde el otro lado del río -empezó Rhoedd-. Se lo comuniqué a mi señor Cynan y le pedí permiso para seguirlo. Encontré un camino que me condujo hasta la catarata. Pero, como no hallé ni rastro del hombre, decidí abandonar la búsqueda. Estaba a punto de darme la vuelta cuando vi a alguien sobre las peñas en lo alto de la catarata.

 

–¿Viste quién era? – le pregunté.

 

–No -replicó Rhoedd-, pero llevaba un manto verde; estoy seguro.

 

–Así que reanudaste la persecución.

 

–Eso es. Pero es muy difícil encontrar un camino en las cataratas y todavía estaría buscándolo si no hubiera sido porque vi una cierva escabullándose por una hendidura entre las rocas. La seguí y encontré un sendero; me trajo hasta aquí, hasta este risco. Desde el risco avisté el lago y bajé a abrevar mi caballo. Tenía in mente regresar por el mismo camino por donde había venido. Si no os hubiera visto al otro lado del lago, habríamos regresado enseguida a Dun Cruach. Ya conoces el resto de la historia.

 

–Una extraña sucesión de casualidades -observé-. Tuviste mucha suerte. –Es precisamente lo que creo -admitió Rhoedd-. En realidad lo único que yo hice fue ver al hombre que me condujo hasta el camino. Sé perfectamente

 

que jamás lo habría encontrado yo solo.

 

–No -respondí-, ni tampoco habrías visto al hombre que te llevó hasta allí, si él no hubiera querido que lo vieras. Porque quien te trajo hasta aquí fue el guardián de este paraje.

 

–¿Quién es ese hombre, señor?

 

–No es un hombre -repuse-. Es un ser ancestral.

 

Entonces les conté el episodio del cylenchar y cómo habíamos sido

 

observados y acogidos por el guardián de aquella recóndita cañada.

 

Cynan y sus hombres estaban fascinados; estuvimos hablando hasta bien avanzada la noche de aquel maravilloso suceso y de todo lo que había ocurrido en Albión. Ya casi había amanecido cuando nos acostamos.

 

Al levantarse el día siguiente, Cynan dijo:

 

–Hacedme el honor de venir con nosotros; en Dun Cruach seréis recibidos como merecéis.

 

–Gracias, Cynan Machae -respondí-, pero debemos quedarnos aquí.

 

–¿Aquí? ¿Por qué? Aquí no hay nada -se dirigió a Llew-. Estáis heridos.

 

Necesitáis comida y descanso. Estaréis perfectamente en Dun Cruach. –Te lo agradecemos -repitió Llew-. Pero, tal como ha dicho Tegid,

 

debemos quedarnos aquí.

 

–¿Y si Meldron os descubre? – preguntó Cynan poniendo el dedo en la llaga-. Estáis heridos. No podéis empuñar una espada. Venid con nosotros. Os protegeremos.

 

Llew no pareció ofenderse. Rechazó la bienintencionada ofensa de Cynan con amable respuesta.

 

–No te corresponde a ti protegernos. Sabremos protegernos el uno al otro. –¿Cómo? – inquirió Cynan, afligido por la negativa de su amigo, pero al

 

mismo tiempo intrigado.

 

–Escúchame con atención -dijo Llew en voz tan baja que todos se acercaron para oírlo; me imaginé perfectamente la escena: Cynan y sus hombres pendientes de cada una de las palabras de Llew-. Tegid ha tenido una visión…, una visión de este lugar. Ha visto una enorme fortaleza en medio del lago. Una isla…

 

–¿Una isla? – repitió asombrado uno de los oyentes.

 

–¡Pero si no hay ninguna isla! – observó otro.

 

–¡Silencio! Dejadlo acabar-ordenó Cynan.

 

–Es cierto -admitió Llew-, no hay ninguna isla… todavía. Será una isla hecha por los hombres. Una isla compuesta por muchos crannogs, una fortaleza compuesta de muchas fortificaciones: se llamará Dinas Dwr. Y será un refugio y un asilo para toda Albión.

 

–¿De veras has visto eso? – me preguntó Cynan apoyando su mano en mi brazo.

 

–Lo he visto, sí -repliqué, venciendo el deseo de seguir contando más detalles; Llew había empezado, y era mejor dejar que acabara el relato como

 

quisiera-. Tal como os ha contado Llew.

 

–Dinas Dwr -musitó Cynan-. Dinas Dwr… si, es un bonito nombre. –Con una fortaleza en el norte -siguió explicando Llew-, el sur se sentiría

 

mucho más seguro. Seríamos como dos hermanos de armas que luchan espalda contra espalda, defendiéndose uno a otro, protegiéndose uno a otro, el escudo de uno apoyado en el hombro del otro y viceversa.

 

Los guerreros captaron de inmediato las ventajas de tal posibilidad. Llew se las había pintado en una simple y vivida imagen, y todos expresaron ruidosamente su aprobación.

 

–Meldron procurará atacarnos por nuestro punto más débil -concedió Cynan-. Yo soy un excelente luchador, pero aun así debo confesar que me sería imposible defender dos lugares a la vez.

–Nosotros defenderemos el norte -prometió Llew-. ¿Qué te parece, hermano?

 

–Bien -concedió Cynan-. Es un plan astuto.

 

–Préstame tu apoyo en este asunto, Cynan -dijo Llew con sincero fervor, aunque su tono distaba de ser suplicante- Juntos lograremos hacer realidad este sueño.

 

Cynan permaneció unos momentos en silencio. Luego se puso en pie gritando gozoso:

 

–¡Que así sea! – exclamó-. ¡Pongo por testigos a la tierra y a las estrellas que te prometo mi ayuda en tan ambiciosa empresa!

 

Yo me puse en pie y alcé las manos solemnemente: la izquierda, con la palma hacia fuera, por encima de mi cabeza, la derecha a la altura del hombro, empuñando con fuerza el bastón.

 

–«El Rey de Oro tropezará en su reino con la Roca de la Contienda declaré repitiendo la profecía de la banfáith-. El Gusano de ardiente aliento reclamará el trono de Prydain. Llogres se quedará sin señor pero Caledon se salvará.»

 

Los guerreros aclamaron mis solemnes palabras y corearon la promesa de su señor con juramentos. Luego todos se pusieron a parlotear a la vez con voces excitadas; y en el eco de su alegría percibí que mi visión comenzaba a adquirir solidez, que mi esperanza comenzaba a hacerse realidad.

 

Los escuché un rato y luego, cogiendo mi bastón, me levanté y me dirigí hacia el bosque. Quería estar a solas con mis pensamientos, quería meditar en lo que nos había contado Cynan: la derrota de los cruinos y de los dorathios;

 

la rendición de Llogres. La mortal alianza entre Meldron y los rhewtanos. Sopesé todas estas circunstancias pero no pude concentrarme. Oí las

 

ramas moviéndose en las copas de los árboles y olfateé la lluvia en el viento. No podía ver el cielo, pero sabía que todavía estaba claro y que el sol aún brillaba. Llovería antes de que anocheciera, pero ante los hombres reunidos en torno a nuestro humilde hogar se abría un futuro sin nubarrones.

 

Hasta mí llegaban las voces de los guerreros que discutían sus planes inflamados de fraternidad: la camaradería entre hombres honrados es una poderosísima fuerza. La alianza entre Llew y Cynan, nacida de la sinceridad y el respeto, sería formidable. Para todos los que pretendieran romperla con violencia o traición resultaría también una alianza mortal.

 

Sin duda alguna, la Mano Segura y Certera se había puesto en movimiento: poderes largo tiempo adormecidos en la tierra se estaban despertando otra vez; espíritus benéficos se agrupaban a nuestro alrededor, fuerzas ancestrales nos conducían por inesperados caminos.

 

«Caledon se salvará…» ¡Que así fuera!

 

16

 

UNA BANDADA DE CUERVOS

 

–Volveré tan pronto como me sea posible -prometió Cynan-. Y te traeré hombres, herramientas y provisiones en abundancia para que puedas construir una fortaleza sin igual en toda Caledon.

 

–Me conformaría con una muda de ropa y un poco de brezo para resguardarme de la lluvia -repuso Llew-. Pero, si no te decides a marcharte de una vez, no podrás traerme nada.

 

Mientras hablaba, cesó la lluvia que nos había estado martirizando durante dos días. Los caballos alzaron las cabezas haciendo tintinear sus arreos, ansiosos de emprender la marcha.

 

–Muy bien, ya nos vamos. Pero Rhoedd se quedará con vosotros, y también os dejaré armas para los tres.

 

–Podemos defendernos sin ayuda de nadie -protestó débilmente Llew-. No necesitamos ningún criado. Si te tropiezas en el camino con Meldron, necesitarás la espada de Rhoedd.

 

–No, lo dejo a tus órdenes -insistió Cynan-. Amigo mío, no seas cabezota. –De acuerdo -replicó Llew, haciendo una señal de despedida a Cynan. Los demás hombres los aguardaban ya en el camino; los oí gritar mientras

 

Cynan se ponía a la cabeza del grupo y luego percibí el tamborileo de los cascos cuando, tras azuzar los caballos, se perdieron entre los árboles.

 

–Bueno -me dijo Llew, volviendo a donde yo estaba apoyado en mi bastón-, tenemos un caballo y un guerrero bajo nuestras órdenes. Nuestra banda de guerreros ha empezado a formarse.

 

–Bromea si quieres -contesté-, pero ha habido grandes reyes que han comenzado con mucho menos.

 

–Si tú lo dices, tendré que creerlo -replicó con una alegría en la voz que hacía mucho tiempo no le oía-. Desde luego, estoy muy contento de que Rhoedd se haya quedado. Comparado contigo y conmigo parece una dura roca; estoy seguro de que puede enfrentarse a diez hombres.

 

Rhoedd se echó a reír al oírlo.

 

–¡Así que Cynan te ha puesto en antecedentes! – comentó alegremente. ¿Te ha hablado también del genio que me gasto?

 

Así comenzó en el corazón del bosque una camaradería que iba a prolongarse durante toda la estación templada. Rhoedd se reveló como una

 

auténtica bendición caída del cielo: era un hombre de inagotable ingenio; nos ayudaba en todo y se las arregló para incrementar las escasas comodidades de nuestro campamento.

Muchos días él y Llew salían por las mañanas de caza o de pesca, y empleaban el resto de la jornada en buscar raíces y plantas comestibles. Al anochecer nos bañábamos en el lago y por la noche cenábamos al calorcillo del fuego. Después, yo cogía el arpa y cantaba, mezclando las melodiosas notas del arpa con el aromático humo de la leña de roble. Así iban transcurriendo apaciblemente los días mientras aguardábamos el regreso de Cynan.

 

Un día Rhoedd compareció sin aliento en la orilla del lago donde yohabía ido a buscar agua. Él y Llew habían salido a cazar temprano. Respondí a su llamada y llegó hasta donde yo estaba corriendo a toda prisa.

 

–¿Qué ha sucedido? ¿Está Llew herido?

 

–Llew está perfectamente -respondió Rhoedd-. Me ha enviado en tu búsqueda. Hemos avistado unos hombres en el sendero del río, bajo el risco.

 

–¿Cuántos?

 

–Seis…, quizá más. No estoy seguro porque estaban muy lejos. Llegarán antes del mediodía. Llew se quedó vigilándolos.

 

Empuñé mi bastón, y Rhoedd me condujo ladera arriba hacia la cima del risco; nos detuvimos en el campamento para coger las lanzas y los escudos que Cynan nos había dejado. A toda prisa avanzamos en dirección oeste por el camino que corona el risco y luego descendimos por un escarpado sendero en el que nos aguardaba Llew agazapado tras unos peñascos a media ladera.

 

–Están muy cerca -dijo Llew-. Creo que Rhoedd y yo podremos con ellos, pero necesitamos tu ayuda, Tegid. Debemos asegurarnos de que ninguno de ellos escapa de la cañada.

 

–¿Espías de Meldron? ¿Es eso lo que estás pensando?

 

–¿Qué otra cosa pueden ser? Cynan nos advirtió que están explorando estas tierras.

 

Discutimos diferentes tácticas de emboscada y elaboramos un plan para cogerlos por sorpresa.

 

–Hacia el este hay un lugar donde la cañada se estrecha -indicó Llew. La pared de roca cae a pico sobre el río. Ahí los caballos no les servirán de nada.

 

–¿Y más al este? – preguntó Rhoedd.

 

–Más al este el valle se abre en una vasta llanura.

 

–Entonces tendremos más probabilidades en esa garganta -asintió Rhoedd.

 

Regresamos a toda prisa a la cima del risco y seguimos el sendero hacia el este hasta encontrar la garganta. Nos apostamos en un lugar desde el que se veía el camino junto al río y nos dispusimos a aguardar. Pasó el mediodía y seguíamos sin ver ni oír señal alguna de los intrusos. Llew comenzó a impacientarse.

 

–¿Por qué tardarán tanto? ¿Qué estarán haciendo?

 

–A lo mejor han cambiado de idea -sugerí-. O tal vez están abrevando los caballos.

 

Llew envió a Rhoedd a que echara una ojeada, recomendándole que no se dejara ver. Esperar el regreso de Rhoedd no fue menos exasperante que esperar la aparición de los intrusos. Llew iba contando el tiempo que transcurría golpeteando la punta de la lanza contra una roca, produciendo un sonido que me parecía el de un hueso contra otro.

 

De pronto el golpeteo cesó.

 

–¿Qué lo habrá entretenido? – exclamó impaciente Llew.

 

–¡Escucha!

 

Poco después oímos los pasos de Rhoedd, que enseguida se agazapó jadeando delante de nosotros.

 

–He bajado hasta el valle -dijo cuando recobró el aliento-. Los he encontrado. Han acampado.

 

–¿Te han visto?

 

–No.

 

–¿Los conoces?

 

–No pertenecen a ninguna tribu o clan que yo conozca. No creo que sean del norte. – Hizo una pausa para disimular su desprecio por respeto a nosotros-. Parecen hombres del sur.

 

–Meldron… -murmuró Llew-. ¿Cuántos has visto?

 

–Son seis -respondió Rhoedd.

 

–Si son llwyddios -observé-, quizá los conozcamos nosotros. Podría hablarles.

 

–¿Para qué? – preguntó Llew-. Después de lo que hicieron con la santa hermandad, ¿qué crees que podrías decirles?

 

Me volví hacia Rhoedd.

 

–Llévanos hasta donde los has visto.

 

Aunque el camino era arduo y escarpado, nos las arreglamos para avanzar con rapidez y cautela. Nos acercamos a rastras todo lo cerca que nos fue posible.

–Dime todo lo que veas -le pedí a Rhoedd tocándolo en el hombro. –Seis hombres, con caballos -contestó Rhoedd- ya te lo dije. –¡Descríbemelos! – lo urgí-. ¡Con todo género de detalles!

 

Rhoedd debió de mirar a Llew con aire interrogativo, porque Llew dijo:

 

–Haz lo que te pide; descríbele todo lo que ves.

 

–Bueno, son seis -repuso despacio Rhoedd-. Tienen seis caballos: tres ruanos, uno bayo, uno gris, otro negro. Son excelentes corceles. Los hombres son…, veamos…, los hombres…

 

–¿Son morenos o rubios? ¿Cómo van vestidos?

 

–Morenos; de piel oscura, sin afeitar, con los cabellos y las barbas trenzados. A pesar del calor se cubren con largos mantos. No llevan armas, pero en los caballos veo lanzas y espadas envueltas en tela. Tres llevan escudos.

 

–Eso está mejor -lo animé-. ¿Qué más?

 

–Llevan anillos y brazaletes, de oro y plata. Uno de los hombres lleva un brazalete de oro y un broche en el manto también de oro. Parece un paladín; es el único que lleva una torques, pero de plata, no de oro. Todos tienen un tatuaje azul en el brazo que empuña la espada: es un dibujo de un pájaro, quizás un halcón o un águila; desde aquí no lo distingo bien. Creo que vienen desde muy lejos, porque parecen cansados y rendidos y sus rostros son muy huesudos.

 

–¡Espléndido! – lo felicité-. Tienes alma de bardo, Rhoedd.

 

–Será difícil dominarlos a todos a la vez -opinó Llew-. Tenemos cinco lanzas, así que Rhoedd y yo podríamos dejar fuera de combate a tres antes de que puedan empuñar sus armas.

 

–¿Y los otros tres?

 

–Sólo contamos con la ventaja del ataque por sorpresa -admitió Llew-.

 

Sin embargo, creo que, si actuamos con rapidez, podremos con ellos.

 

–Si aguardáramos a que cayera la noche -señaló Rhoedd-, a lo mejor tendríamos más posibilidades. Podríamos atacarlos mientras durmieran.

 

–Pero entonces tendrán las armas al alcance de la mano -observó Llew-. Ningún guerrero duerme desarmado en un país extraño. Además, apostarán un centinela por la noche. Propongo atacar ahora mismo.

 

Llew y Rhoedd se enfrascaron en una discusión sobre la mejor táctica de ataque. Mientras los escuchaba, me fue invadiendo una creciente intranquilidad. No es que tuviera miedo, pero presentía que estábamos cometiendo un error.

 

–Tegid, toma -dijo Llew poniéndome en la mano un cuchillo-. Si alguno tratara de escapar…

 

Dejé caer el cuchillo como si quemara.

 

–No podemos hacerlo -declaré-. No es justo.

 

–No creo que ninguno venga por aquí -me aseguró Rhoedd-. Es sólo por si precisas defenderte.

 

–Tegid no se estaba refiriendo a eso -le aclaró Llew-. ¿Qué pasa, hermano?

 

–No podemos atacar a hombres desarmados. Es una vileza digna de Meldron, no de nosotros.

 

–Bueno, ¿qué propones entonces, Tegid Tathal? – replicó Llew en tono exasperado.

 

–Darles la bienvenida.

 

–Darles la bienvenida -musitó irritado Llew-. Desde luego, Tegid, eso es algo que indudablemente Meldron no haría.

 

–Bardo -comenzó a decir Rhoedd-, si les damos la bienvenida y son espías, a buen seguro estaremos muertos antes de que se ponga el sol.

 

–Pero, Rhoedd, amigo mío, si los atacamos y son hombres de paz, nos habremos convertido en asesinos.

 

–¿Qué sugieres, pues? – preguntó Llew.

 

–Recibámoslos como extranjeros que visitan nuestro hogar. Dicho y hecho, al instante empuñé el bastón y me levanté. Llew se apresuró a ponerse en pie y apoyó la mano en el brazo. –Yo iré delante -dijo y echó a andar delante de mí para que pudiera

 

seguirlo sin riesgo de tropezar o caer, lo cual habría resultado humillante ante unos extranjeros.

 

Así pues, los tres salimos juntos de nuestro escondite e irrumpimos con paso firme en el campamento de los intrusos.

 

–¡Salud, amigos! – exclamó Llew-. Que la paz sea con vosotros y con vuestro señor, quienquiera que sea.

 

–¡Salud! – contestó uno de los extranjeros muy despacio-. Os habéis acercado con extrema cautela.

 

–Es cierto -reconoció Llew- Perdonadnos si os hemos sobresaltado. No obstante, si vuestras intenciones son pacíficas, recibiréis aquí una amable acogida. Pero, si venís con ánimo belicoso, será mejor que la busquéis en otro lugar. Quisiéramos saber el nombre de vuestro señor y lo que os ha traído a estos parajes, si nada os lo impide.

 

–Aceptamos contentos vuestra bienvenida -replicó el extranjero-. No queremos causaros daño alguno, amigo, y es nuestro deseo atravesar estas tierras sin ofender a los que en ella habitan. Además, consideraríamos un honor que nos dijerais quién es el señor de estos parajes, para que pudiéramos saludarlo como sin duda merece su rango.

 

Llew se disponía a contestar, pero yo me adelanté.

 

–Hablas con suma habilidad, amigo. ¿Cómo, pues, olvidas responder lo que te hemos preguntado? ¿Es que tienes algún motivo para ocultar el nombre de tu señor?

 

–No te he respondido -repuso el extranjero con brusquedad-, porque ese nombre me resulta más amargo que ningún otro. Me lo callo porque quiero olvidarlo para siempre. Te aseguro que desearía no haberlo escuchado nunca.

 

Al punto comprendí quiénes eran y por qué habían venido a aquellas tierras.

 

–Deja a un lado tu amargura y tu rencor -dije-. Aunque quizá no lo sepas, la Mano Segura y Certera os ha guiado hasta aquí. Si queréis honrar al señor de estos parajes, sabed que es precisamente quien os ha saludado y comparece ante vosotros con la mano extendida en son de paz.

 

–No conocíamos este lugar y no esperábamos que nadie nos recibiera y, mucho menos, que alguien nos diera la bienvenida. Si mi forma de hablar o de comportarme os ha ofendido, os presento mis excusas, señor. No pretendía hacerlo.

 

–Es evidente que hablas con toda sinceridad -replicó Llew con amabilidad-. Te aseguro que no me han ofendido ni tu forma de hablar ni tu conducta. Te repito que sois bienvenidos en este lugar. Nuestro campamento está al otro lado del risco; es un hogar humilde, pero está a vuestra disposición. Venid con nosotros y descansad.

 

Los extranjeros aceptaron y emprendimos la marcha. Llew ordenó a Rhoedd que les mostrara el camino, y los extranjeros lo siguieron con sus caballos; nosotros dos cerrábamos la marcha.

 

–¿Por qué les dijiste que yo era el señor de estos parajes? – preguntó

 

Llew tan pronto como los demás se alejaron lo suficiente como para no oírnos.

 

–Porque lo eres.

 

–¿Qué harán cuando se den cuenta de que soy un señor que sólo posee un modesto refugio bajo los árboles?

 

–¿Sabes quiénes son?

 

–No. – Hizo una pausa para considerar todo lo que había visto y oído-. ¿Y

 

tú?

 

–Sí.

 

–¿Cómo lo has sabido?

 

–Su llegada había sido anunciada.

 

–Bueno, ¿vas a decírmelo de una vez o vas a dejarme en la inopia? –Son los Cuervos.

 

–¿Los cuervos? ¿Qué cuervos?

 

–«Caledon se salvará -dije recitando las palabras de la banfáith-. La Bandada de Cuervos acudirá en tropel a sus umbrías cañadas y el graznido será su canción.»

 

–Seis guerreros -comentó Llew en tono agrio-. Ni siquiera puede decirse que forman una bandada, ¿no te parece?

 

–Aumentará -aseguré-. Ya lo verás.

 

–Voy a decirte lo que veo ahora -replicó Llew con acento recriminatorio; se detuvo y me obligó a encararme con él-. Te invade una determinación obsesiva: hacer realidad esa profecía sea como sea. Sabes muy bien que es imposible, y pese a ello te empeñas tozudamente en convertirme en su centro.

 

–Y tú te empeñas tozudamente en no creerla -observé yo-. La profecía te fue dada a ti; y también el awen del Bardo Supremo.

 

–¡Sí! – silbó con vehemencia- ¡Y también me fue dado esto!

 

No me hacían falta los ojos para saber que estaba sacudiendo su muñón ante mi rostro.

 

–No vine a este mundo para ser rey. Vine para llevarme a Simon añadió con violencia- y lo haré tan pronto como se me ocurra la manera de conseguirlo. Te juro que eso es todo lo que voy a hacer.

 

Se dio la vuelta y se apresuró ladera arriba. Allá en las alturas oí el áspero graznido de un cuervo. Y de pronto mi visión interior se despertó. En mi mente apareció la imagen de un cuervo posado en el respaldo de un trono hecho de asta de ciervo; el trono que había visto en mi primera visión. Y vi

 

también otros cuervos, muchos, toda una bandada, que volaban en círculo sobre el trono. Mientras los observaba, aparecieron muchísimos, muchísimos más, como suelen hacer los cuervos, hasta ennegrecer por completo el cielo; sus alas brillaban a la luz del sol y sus ojos tenían un mortal destello azul.

 

–¡Llew! – lo llamé-. Resolvamos esta cuestión de una vez para siempre.

 

Oí que aflojaba el paso y lo acompasaba al mío.

 

–¿Cómo?

 

–¿De verdad quieres?

 

–Sí -afirmó-. ¿Qué sugieres?

 

–Esos guerreros… -comencé a decir-. Nos servirán de prueba.

 

–¿Cómo?

 

–Te aseguro que son la Bandada de Cuervos que nos fue anunciada. –Y dale con la profecía…

 

–Sí, la profecía. La profecía es la senda. Gofannon, el cylenchar, y ahora los Cuervos… son como luces que iluminan el camino. Por ellos comprobaremos la veracidad de la senda.

 

Como no me contestaba, seguí insistiendo.

 

–Si la profecía resulta cierta, ¿dejarás a un lado tu escepticismo y seguirás la senda que se abre ante ti?

 

Llew meditó unos instantes.

 

–Es una tarea difícil -repuso al fin.

 

–¿Más difícil que el hecho de que un hombre con una sola mano se convierta en rey?

 

–No, supongo que no.

 

–Entonces ¿por qué te preocupas?

 

–Muy bien -asintió a regañadientes como si le costara esfuerzo hablar-. Pongamos a prueba la veracidad de la profecía de una vez por todas. Dime ahora quiénes crees que son esos hombres.

 

Respondí sin la menor vacilación, plenamente confiado en la visión que había tenido.

 

–Son rhewtanos.

 

–Perfecto -dijo con brusquedad Llew-. Lo único que nos faltaba.

 

–Pero no son espías ni traidores. Son hombres honrados. Es más, han

 

puesto sus vidas en peligro por salvar su honor, porque cuando su alevoso señor se alió con Meldron prefirieron exiliarse a tener que servir a un traidor.

 

–Han abandonado a su señor. No me parece que eso los haga dignos de

 

confianza.

 

–No digas que han abandonado a su señor -lo corregí-. Di más bien que están buscando un señor que sea merecedor de su lealtad.

–Rhewtanos -musitó Llew-. Muy interesante. Pero no es suficiente. ¿Qué más?

 

–El que se dirigió a ti es el Jefe de Batalla y los demás son la flor y nata de la hueste de los rhewtanos. Si les dices quién eres y lo que pretendes llevar a cabo en estos parajes, te ofrecerán su apoyo.

 

–Ojalá… -murmuró Llew, y sentí que comenzaba a interesarse por el reto que le presentaba-. Algo más…, pero tiene que ser algo realmente difícil.

 

–¿Qué más quieres? – dije deteniéndome para pensar, con la visión de los

 

cuervos clavada en mi mente-. Son los Cuervos; esto te convencerá de que la

 

senda de la profecía es la correcta.

 

–Eso ya me lo has dicho antes.

 

–Sí, pero ellos no me han oído. Y te digo que ése es su verdadero nombre -le expliqué- Cuando se lo preguntes, te dirán: «Somos los Cuervos». ¿Qué me dices? ¿De acuerdo?

 

Llew exhaló un profundo suspiro y supe que estaba dispuesto a aceptar la prueba.

 

–De acuerdo. Que sea como dices.

 

17

 

GLORIOSOS PROYECTOS

 

Los extranjeros estaban haciendo una empalizada para los caballos entre la arboleda, cuando llegamos al campamento. Llew aguardó a que acabaran y luego los invitó a sentarse con nosotros. Los seis hombres se acomodaron en el suelo en torno al fuego.

 

–Sé que sois hombres acostumbrados a alojamientos más confortables - dijo Llew-. Pero quizá preferís compartir el techo del cielo con hombres honrados a alojaros en el palacio de un rey en compañía de traidores.

 

–Has dado en el clavo -repuso el guerrero que parecía el jefe-. Preferiríamos vivir como proscritos a sentarnos a la mesa de alevosos señores y perversos maquinadores.

 

–Nosotros no somos hombres de esa calaña -le aseguró con firmeza Llew-. También nosotros hemos abandonado casa y parientes para no tener que soportar la injusticia y la vergonzosa persecución de seres despreciables.

 

Los guerreros se agitaron inquietos. El jefe vaciló unos instantes y luego preguntó:

 

–¿Sabes quiénes somos, señor?

 

–Sí -contestó Llew con convicción-. Creo que sois guerreros rhewtanos.

 

–Es cierto -replicó el guerrero-. Somos los Cuervos de los rhewtanos.

 

–Clanna na cù! – murmuró Llew.

 

Oí una palmada y supuse que el hombre se había dado un manotazo en el brazo.

 

–En otros tiempos esto era una marca de honor…

 

Según había dicho Rhoedd, todos llevaban en el brazo que sostenía la espada un pájaro tatuado.

 

–… pero ahora se ha convertido en una vergüenza. Es una marca de deshonra. – El guerrero se palmeó otra vez el brazo y añadió con amargura-Nos lo cortaríamos si pudiéramos.

 

–No -dijo Llew-. Conservadla como una marca indeleble de honor, porque habéis renunciado a vuestro rango y dignidad por negaros a servir a un pérfido rey. Meldron ha robado la dignidad de vuestro rey, pero no le permitisteis que os robara vuestro sentido del honor. Por eso, os damos la bienvenida.

 

Al oír el nombre de Meldron, los extranjeros prorrumpieron en murmullos de asombro.

 

–¿Quién eres, señor, que estás enterado de todas esas cosas? inquirió el jefe, confuso.

 

–Me llamo Llew. Y el hombre que está conmigo es Tegid ap Tathal, Bardo Supremo de Prydain.

 

Los guerreros prorrumpieron en gritos de asombro.

 

–¡Hemos oído hablar de vosotros! – exclamó el jefe.

 

–¡Oímos decir que habíais muerto! – añadió otro.

 

–Eso es lo que algunos desearían -repuso Llew.

 

–También se rumoreaba que eras el rey de Prydain -afirmó el guerrero, y sus palabras sonaron como un reto.

 

–Lo era… -admitió Llew-. Ya no lo soy. Meldron se aseguró bien de que no pudiera reclamar tal dignidad.

 

–¿Qué estás haciendo aquí? – preguntó un tercero.

 

–Vinimos en busca de refugio y nos quedaremos para construir una fortaleza -replicó Llew, y en pocas palabras les explicó la alianza que había

 

hecho con los galanaes que habitaban más al sur.

 

–Entonces necesitarás hombres que te ayuden -afirmó con resolución el paladín de los rhewtanos-. Nos quedaremos contigo, si lo deseas.

 

Sus palabras tenían el tono de una súplica. Y mientras hablaba mi visión interior se avivó. Se oyó un rumor de ropas que me indicó que los guerreros se habían puesto en pie para presentarse.

 

–Me llamo Drustwn -dijo una voz potente y solemne, que me pareció de un hombre de ancho cuello y semblante adusto, muy seguro de sí mismo.

 

–Yo soy Emyr Lydaw -se presentó otro, y el ojo de mi mente vio a un hombre de hermosos cabellos con un enorme carynx de cobre colgado al hombro con una correa de cuero.

 

–Yo me llamo Niall -declaró un tercero con voz alegre, de un guerrero de astutos y despiertos ojillos y una boca dispuesta a la risa.

–Yo soy Garanaw -habló el cuarto con una voz que podía hacer saltar chispas del hierro; era un hombre de enorme vitalidad, de anchos hombros, robusto, con los cabellos y la barba rojizos.

 

–Yo Alun Tringad -anunció el quinto, con una voz vivaz y ligera; y en mi mente apareció la imagen de un hombre flaco, de largas piernas, frente ancha y noble, y ojos muy azules, tan aficionado a la lucha como a la broma.

 

–Y yo soy Bran Bresal -concluyó quien parecía el líder, con una voz que denotaba lo orgulloso que se sentía de sus hombres.

 

Con el ojo de mi mente vi a un hombre alto, de largos cabellos oscuros, barba trenzada y un espeso vello negro en brazos y manos. Miraba fijamente a Llew con penetrantes ojos oscuros.

 

–Te suplicamos nos permitas compartir la libertad de tu hogar, señor -dijo abriendo los brazos como para abarcar con ellos a todos sus hombres.

 

Yo avancé unos pasos hacia ellos y alcé mi mano por encima de mi cabeza.

 

–Vuestra llegada nos fue anunciada, y por tercera vez os damos la bienvenida. Ojalá podamos vivir todos juntos en armonía. Ojalá encontréis aquí lo que buscáis. – Bajé la mano-. Desearía poder ofreceros la copa de bienvenida, pero no tenemos copa, ni cerveza con que llenarla.

 

–Vuestra bienvenida es ya suficientemente reconfortante -aseguró Bran Bresal-. No os resultaremos huéspedes onerosos. Estamos dispuestos a compartir todo lo que tenemos…

 

–¡Más de lo que tenemos! – añadió uno de los guerreros, creo que

 

Drustwn.

 

–Sí, más de lo que tenemos -continuó Bran-. Estamos dispuestos a ponernos a trabajar ahora mismo.

 

–Os lo agradecemos -replicó Llew-. Pero el trabajo puede esperar. Descansad ahora; recobrad las fuerzas. Debéis de estar rendidos por tan largo viaje.

 

–Rendidos, sí, y también polvorientos -reconoció Bran-. Un buen baño sería una auténtica bendición para nosotros, señor.

 

–Entonces lo tendréis -dijo Llew-. Rhoedd tiene jabón; os mostrará dónde podéis bañaros.

 

Los seis guerreros se dirigieron hacia el lago con Rhoedd, dejándonos solos a Llew y a mí.

 

–¿Qué me dices ahora? – le pregunté cuando se hubieron marchado-. ¿Aceptas la veracidad de la profecía?

 

–¿Hay algo que tú no sepas? – me preguntó a su vez.

 

–Respóndeme -insistí-. ¿Estás dispuesto a emprender la senda que se abre ante ti?

 

–Sí, hermano -contestó- Pero quiero pedirte algo a cambio.

 

–Dímelo y te lo concederé si puedo.

 

–No volverás a mencionar la dignidad real.

 

–Pero, Llew…

 

–Estoy hablando muy en serio, Tegid. Nunca más… ¿entendido?

 

Creí más prudente dejar las cosas como estaban y no insistir más por el momento. Llew ya había dado el primer paso en la senda; con eso me conformaba… en un principio.

 

–Muy bien -asentí-. No volveré a hablar de la dignidad real.

 

–Los Cuervos -murmuró Llew-. ¿Quién hubiera podido adivinarlo? –¡Escucha! – dije.

 

Nos quedamos callados y el sonido que había captado mi oído, de forma débil e imprecisa primero, se convirtió en una canción: camino del lago los guerreros se habían puesto a cantar.

 

–«Caledon se salvará -recité-. La Bandada de Cuervos acudirá en tropel a sus umbrías cañadas…»

 

–«… y el graznido será su canción» -añadió Llew acabando la frase. Al llegar al lago, las voces de los guerreros resonaron fuertes y

 

melodiosas en el aire del anochecer, llenando la cañada con sus ecos.

 

–Cantan bien esos Cuervos -comentó Llew.

 

Nos dirigimos al lago para unirnos a ellos; cuando hubieron acabado de bañarse, Llew les mostró dónde se levantaría la fortaleza. Les encantó la idea del crannog y se mostraron deseosos de colaborar en su construcción. Creo que se habrían puesto enseguida manos a la obra si no les hubiéramos hecho ver que no teníamos herramientas con las que comenzar a trabajar.

 

Afortunadamente, la ayuda prometida por Cynan llegó tres días después. El príncipe en persona venía al frente de una partida de más de veinte hombres. Traía ocho carretas de herramientas, provisiones y suministros; también traía siete caballos, cinco yeguas y dos sementales, para comenzar a criar una manada, y además cuatro perros de caza con los que formar una jauría. Entre los obreros que venían con él, había once albañiles, algunos acompañados de sus mujeres e hijos.

 

–Se quedarán contigo hasta terminar la construcción de la fortaleza explicó Cynan cuando hubimos intercambiado los saludos de rigor-. Le expuse a mi padre tus planes, que calificó de «glorioso proyecto». «Es un hermoso y glorioso proyecto», fueron las palabras textuales de Cynfarch; y prometió ayudarte en todo lo que necesites hasta que puedas autoabastecerte. Ansia que hagas realidad tu sueño para poder establecer una firme alianza en el norte. – Hizo una pausa al ver que Bran se acercaba-. Y me parece que ese día está próximo.

 

–Te presento a Bran Bresal -dijo Llew-, líder de los Cuervos. Van a ayudarnos a construir Dinas Dwr.

 

Noté que Llew omitía mencionar el detalle de que Bran y sus hombres eran rhewtanos.

 

–Que los conozca primero. ¿Para qué buscarnos problemas? – me explicó más tarde, y no pude menos que admirar su sutileza y discreción.

 

Cynan y Bran se saludaron y enseguida el príncipe pidió una copa. –¡Brindemos por los nuevos amigos y por los gloriosos proyectos!

 

exclamó Cynan.

 

Llew se echó a reír.

 

–Cynan, eres un auténtico prodigio. Me encantaría poder ofrecerte una copa, pero sabes muy bien que no tenemos cerveza.

 

–¿No? – musitó Cynan-. ¿Y qué es esa espumante tinaja que hay junto al hogar?

 

El príncipe, en efecto, había traído cerveza y había ordenado a sus

 

hombres que la pusieran junto al hogar. Mientras Cynan hablaba, oí el ruido de la cerveza al llenar la copa.

 

–¡Por nosotros! – exclamó Cynan-. Báncaraid gu bráth!

 

–Slàinte môr!-respondimos al punto mientras la copa iba pasando de mano en mano.

 

Por la noche, cenamos copiosamente y mientras el fuego ardía canté la Batalla de los Árboles: un canto a la unión y a la causa común, un canto que anima a los hombres a la acción. Al día siguiente, el trabajo dio comienzo. Los albañiles reunieron las herramientas y los materiales en el prado,

 

junto al lugar que yo había elegido para el emplazamiento de la fortaleza. Llew, Cynan y yo discutimos nuestro proyecto con el capataz, un hombre llamado Derfal, que era el maestro de obras del rey Cynfarch. Mientras hablábamos, sus hombres limpiaron el terreno para construir algunas cabañas. Los guerreros, entretanto, fueron a talar árboles para obtener la madera necesaria para construir las cabañas y también algunos botes. Necesitábamos además seis u ocho sólidas y amplias balsas para transportar piedras y troncos para los cimientos.

 

Los primeros días toda la actividad se centró en el transporte de troncos, que eran arrastrados por bueyes desde el bosque hasta el prado. Luego se levantaron las cabañas para los albañiles y comenzaron a tomar forma los botes. Cuando los botes fueron echados al agua y empezaron los trabajos de construcción, nuestro campamento en el bosque, antes tan apacible y tranquilo, se convirtió en un ruidoso y alegre hervidero de actividad.

 

De la mañana a la noche resonaban en el bosque los golpes de las hachas y los mugidos de los bueyes. El campamento bullía con las voces de las mujeres que incansablemente amasaban pan y asaban carne para los trabajadores, siempre hambrientos. En la orilla del lago se oían risas de los niños y ladridos de los perros. El aire se estremecía de variados sonidos; un arco iris de alegría se extendía sobre la cañada. Yo deambulaba de aquí para allá, escuchando la alegre algarabía. «Caledon se salvará», pensaba.

 

Se prepararon enormes troncos para los cimientos; primero se limpiaron y pulieron cinco troncos de roble y luego otros cinco. Con ingente esfuerzo y trabajo se echaron al agua y fueron arrastrados hasta el lugar elegido, donde fueron clavados en el fondo del lago de modo que sus extremos sobresalieran del agua. Después los albañiles y sus aprendices manejaron sin cesar los botes transportando innumerables cargamentos de piedras desde la orilla. Las

 

piedras fueron arrojadas en torno a cada uno de los troncos de roble, que quedaron así asegurados en un lecho de piedras.

 

A los cinco pilares que sobresalían del agua fueron unidos los otros cinco troncos, formando un pentágono en medio del lago. Luego, una sólida urdimbre de ramas fue tejida entre los cinco lados del anillo. Así se logró construir una plataforma que fue cubierta primero con piedras y después con tierra. Sobre la plataforma se construirían las primeras viviendas de madera de la fortaleza.

 

A este crannog se añadiría otro, luego, otro, más tarde hasta formar un conjunto de pequeños crannogs unidos por puentes y pasadizos, rodeado por una sólida muralla de troncos. En cuanto se hubo terminado el primer crannog se procedió a la construcción del segundo.

 

El proyecto iba tomando cuerpo bajo la atenta mirada de Llew. Siempre estaba entre los obreros, trabajaba con ellos durante el día y por la noche planeaba con Derfal las obras del día siguiente. Cynan también se mostraba entusiasmado. Supervisaba la construcción de Dinas Dwr como si se tratara de una obra suya. Creo que era la primera vez que tenía un verdadero trabajo que llevar a cabo, un trabajo de importancia y envergadura. Desde luego, su padre era un excelente gobernante, pero de esa clase de hombres a quienes desagrada delegar en los que lo rodean; seguramente al príncipe jamás se le habían encomendado tareas de responsabilidad en casa de su padre. Por eso había hecho suya la aventura de Llew y se había consagrado a ella con todo el ardor de su joven y generosa alma.

 

Las brumas de maffar pasaron entre sudores y esfuerzos. Luego llegó rhylla, la estación de la sementera, bendiciéndonos con el frescor de sus días y sus noches. Teníamos la intención de trabajar mientras el tiempo lo permitiera, y todavía faltaban muchos días para que el frío y las heladas de sollen pusieran fin a nuestras actividades.

 

Cynan, que se había quedado con nosotros todo el tiempo que pudo, nos anunció que debía regresar al sur.

 

–Pronto comenzará la cosecha y tendré que recaudar los tributos del rey - explicó-. Pero regresaré antes de que empiece a nevar con las provisiones necesarias para soportar el sollen.

 

–Eres un amigo y un hermano -le dijo Llew cuando el príncipe y sus compañeros se disponían a montar; Cynan se marchaba con cuatro hombres y dejaba con nosotros a todos los demás que lo habían acompañado-. Espera a

 

que empiece el buen tiempo para volver. Estoy seguro de que las provisiones que nos has traído nos bastarán y sobrarán para sobrevivir hasta gyd.

 

Cynan rechazó con un gesto la sugerencia.

 

–Te traeré noticias de cómo va el mundo más allá de esta cañada declaró. –Vete en paz -repuso Llew-. Que tengas un buen viaje, y regresa cuando

 

quieras.

 

Cuando Cynan se hubo marchado, bajamos hasta el lago. Hasta nosotros llegaba el ruido de los hachazos con los que los obreros limpiaban y preparaban los troncos, las lentas pisadas de los bueyes que arrastraban los leños hasta el patio de los carpinteros, y el chapoteo de los niños en la orilla del lago.

 

Nos sentamos en unas rocas junto a un aromático montón de virutas y pasamos revista a todo lo que habíamos conseguido: dos crannogs terminados -el primero de ellos con dos viviendas y un almacén- y un tercero a medio construir; un redil en el prado para los bueyes y caballos; dos cabañas para herramientas y materiales, y cuatro viviendas grandes en la orilla del lago. Era un magnífico comienzo.

 

–Hemos trabajado mucho -comentó Llew-. Ya comienza a tener apariencia de fortaleza. Me gustaría que pudieras verlo con tus propios ojos, Tegid.

 

–Ya lo he visto -le recordé-. Lo he visto todo.

 

–Has visto cómo será, quizá. Pero…

 

–Sí, cómo será… y cómo es -repuse llevándome los dedos a la frente-.

 

Desde que estamos aquí mi don ha ido en aumento.

 

–¿De veras?

 

–Se manifiesta cuando quiere, como el awen; no puedo dominarlo a mi antojo. A veces aparece caprichosamente, pero casi siempre lo despierta una palabra, o un sonido. Nunca sé cuándo va a avivarse. Sin embargo, cada vez veo mejor.

 

Durante las duras noches de rhylla, el lago se cubría de neblina y los días se teñían de oro al ponerse el sol. Pero poco a poco se iban apagando, se iban volviendo grises, como el fuego se convierte en cenizas…, como el fuego del Samhein que también acaba convirtiéndose en cenizas tras haber pregonado en las cimas de las colinas el comienzo del año y haber acorralado con su resplandeciente luz las tenebrosas tinieblas de la noche; días grises de lluvia que parecen no tener fin hasta que la oscuridad se los traga y se los lleva

 

lejos. Después del Samhein empecé a oler el invierno en el aire. La piel de los bueyes y de los caballos se suavizaba, se espesaba, crecía. Los guerreros cazaban, pescaban y cortaban leña para la estación de las nieves. Las mujeres ahumaban y salaban la carne y amasaban el pan negro que comeríamos durante el invierno. Los niños se cubrían sus bronceados miembros con mantos de lana y polainas. Los obreros engrasaban las herramientas por la noche, las envolvían en trapos y las guardaban lejos del lago para que no se oxidaran.

 

Abandonamos nuestro campamento entre los árboles y nos trasladamos a las viviendas junto a la orilla del lago. Éramos poco más de treinta hombres, así que las amplias cabañas nos ofrecieron un cómodo abrigo… hasta que llegaron los primeros refugiados.

 

18

 

EL RETO

 

Cynan regresó la primera luna después del Samhein con siete guerreros y cinco carretas de suministros -grano para comer y simientes de avena, cebada y centeno- y de algunos artículos de lujo: miel, sal, hierbas, tejidos de lana y cuero curtido. También traía lanzas, espadas y escudos para todos los guerreros. Y, como para asegurarse de que no íbamos a ensoberbecernos con tantas riquezas, también traía treinta eothaelos, famélicos y con los pies destrozados; eran los supervivientes de una tribu que, por negarse a entregar los rehenes y tributos que exigía Meldron, habían visto cómo su rey, sus guerreros y sus parientes eran asesinados, su caer era incendiado y su ganado robado.

 

–No sabía qué hacer con ellos -explicó tímidamente Cynan-. Vagaban errantes por los páramos. Muertos de frío y de hambre… niños en su mayoría… sin saber adónde ir.

 

–Hiciste bien -dijo Llew.

 

–Sin armas, sin provisiones…, no habrían tardado en perecer continuó Cynan-. Si hubiera contado con ellos, te habría traído más grano. Pero no puedo…

 

–No te inquietes, hermano -se apresuró a tranquilizarlo Llew-. Para ellos y para gente como ellos hemos construido Dinas Dwr. Que se acerquen.

 

Los eothaelos se mantenían a cierta distancia, temerosos de nuestro recibimiento. Llew, Cynan y yo hablamos con ellos; eran ocho hombres,

 

quince mujeres y el resto niños y algunos bebés. Llew les dijo que no tenían nada que temer; les daríamos comida y ropa, los ayudaríamos y, si querían, podían quedarse con nosotros. Con todo, se mostraban reacios a creer en tanta fortuna.

 

Un bebé, raquítico y escuálido, se echó a llorar y su madre se apresuró a consolarlo. El llanto despertó mi visión interior y vislumbré un grupo de personas flacas, cansadas e inquietas, con el miedo pintado en sus hundidos ojos. Al frente del grupo había un sujeto escuálido con el brazo vendado en sanguinolentos jirones de tela; parecía ser el jefe del grupo, todo lo que quedaba de tres clanes.

 

–No tenemos por qué ser humillados. No somos proscritos -respondió el hombre, indignado-. Fuimos atacados sin haber hecho nada; nuestra fortaleza fue destruida, nuestro pueblo asesinado y nuestro ganado robado. Escapamos de la muerte…, pero incluso la muerte es preferible a la deshonra.

 

–Os hemos dado la bienvenida -repuso Llew-. No creo haberos infligido una deshonra, a menos que creáis que nuestra hospitalidad atenta contra vuestra dignidad.

 

–Somos eothaelos -informó el hombre con frialdad-. No somos un pueblo insignificante para que nos tratéis peor que al ganado.

 

Llew se inclinó hacia mí y me tocó ligeramente el brazo.

 

–Háblales tú, Tegid. Me temo que estoy comenzando a repetirme.

 

Los eothaelos eran una tribu orgullosa y autónoma. Viven, mejor dicho, vivían, al sur de Llogres, apegados a sus rocosos acantilados con la tenacidad de las lapas. Aunque eran famosos por la fiereza con que protegían sus pequeños y cerrados clanes, se sabía que no tenían ni oro ni demasiado ganado y que no sobresalían en el arte de la guerra. No podía imaginar qué esperaba ganar Meldron al atacarlos. Algunos barcos, a lo mejor, y unas cuantas vacas esqueléticas.

 

Los eothaelos habían comenzado a murmurar entre ellos. Alcé el bastón y golpeé con fuerza en el suelo.

 

–¡Escuchadme, cortos de entendederas! – dije con aspereza-. ¡Oíd al Bardo Supremo de Prydain!

 

Mis palabras les impusieron silencio. No se atrevían a murmurar contra un bardo. Llew había tratado de infundirles confianza; yo decidí tomar un camino más directo.

 

–¡Qué vergüenza! ¿Tan maleducados y desagradecidos sois que rechazáis

 

el regalo de amistad que se os ofrece? Habéis llegado hasta nosotros desamparados y con las manos vacías, pero no os hemos rechazado. El calor de nuestro hogar está a vuestra disposición, si queréis aceptarlo. ¿Por qué os quedáis ahí quietos como prisioneros en el hoyo de los rehenes?

 

Alcé el bastón, apunté al hombre que estaba a la cabeza del grupo y le pregunté:

 

–¿Cómo te llamas?

 

–Iollan -replicó con brusquedad el hombre, sin añadir ni una palabra más. –Escúchame bien, Iollan. Haz lo que quieras. Te hemos ofrecido nuestra bienvenida. A ti te corresponde aceptarla o rechazarla. Allá tú. Si os quedáis seréis tratados con toda amabilidad. Si decidís marcharos, lo haréis tal como

 

habéis llegado: solos y desamparados.

 

Iollan frunció el entrecejo, pero no dijo nada.

 

–¡Qué sujeto tan terco! – murmuró Cynan.

 

–Dejémoslos que lo piensen -dijo Llew dándose la vuelta.

 

Cynan y yo lo seguimos, pero apenas habíamos dado diez pasos cuando el hombre nos llamó.

 

–Aceptamos vuestro ofrecimiento de comida y descanso. Nos quedaremos, pero sólo hasta que hayamos recobrado fuerzas para marcharnos.

 

Llew se giró.

 

–Muy bien. Sois libres para hacer lo que os venga en gana. No vamos a pediros explicaciones.

 

Los llevamos hasta las viviendas del prado y los alojamos lo mejor que pudimos. Yo pensé en darles una de las viviendas para ellos solos, pero Llew se negó.

 

–No, que se dispersen entre todos nosotros; pronto se acomodarán a nuestro género de vida. Nadie debería sentirse un extraño en Dinas Dwr.

 

Así pues, repartimos a los refugiados, colocando a unos cuantos en cada casa. En un solo día habíamos doblado el número de habitantes, y las casas ya no resultaban tan cómodas como al principio. Pero, cuando llegaran los vientos helados del invierno, el hacinamiento bajo los techos de madera nos haría entrar en calor.

 

Sollen llegó frío y húmedo, pero bastante soportable. Nuestras casas eran bastante cómodas, las chimeneas acogedoras y calientes. Muchas noches nos reuníamos en la casa más grande y yo tocaba el arpa y cantaba las canciones

 

que habían sido cantadas desde los inicios del mundo: el cuento de Los Pájaros de Rhiannon, el de La Fuente de Mathonwy, el de Manawyddan y Tylwyth Teg, el de Cwn Annwn, el de La Rueda de Plata de Arianrhod, y muchos, muchos más. Cantaba para alejar al invierno y poco a poco los días fueron alargándose.

 

Cuando gyd hizo brotar de la tierra los primeros retoños, los refugiados ya no hablaban de marcharse. Se sentían a gusto entre nosotros; su desconfianza, hija del orgullo y del miedo, había dejado paso a la resolución, igualmente tenaz, de colaborar en los trabajos de construcción del poblado. Ansiaban pagar nuestra generosidad y demostraron su gratitud trabajando con denuedo: limpiaron el valle para la siembra, transportaron barcazas de piedras para cimentar los pilares de los crannogs, cuidaban de los bueyes y de los caballos, cortaban leña, araban, cocinaban, apacentaban el ganado.

 

Siempre que surgía alguna tarea, aparecía uno de los eothaelos listo para emprenderla con alegría, con tenacidad y también con habilidad. Trabajaban como esclavos. Es más, si los hubiéramos convertido en esclavos, no habríamos conseguido que trabajaran con más ahínco.

 

–No son como nosotros, Cynan -comentó Llew un hermoso día mientras se detenía a observar los campos recién arados-. Nunca he visto a un pueblo mejor dispuesto para el trabajo. Su diligencia es humillante.

 

–Entonces tendremos que trabajar más duro -replicó Cynan-. No es digno de los nobles clanes de Caledon dejarse avasallar por nadie.

Alun Tringad, que estaba cerca, oyó el comentario y se apresuró a afirmar:

 

–No vayas a creer que puedes ganar a los eothaelos, a menos que superes también a los rhewtanos…, cosa realmente imposible.

 

Cynan reaccionó con viveza ante la fanfarronada del rhewtano. –Si los hombres de Llogres fueran tan buenos trabajadores como

 

jactanciosos, te creería. Pero no he visto señal alguna de que lo sean.

 

–¿Ah no, Cynan Machae? – se burló Alun-. ¡Pues no tienes más que abrir los ojos! ¿Es que ese campo se aró solito? ¿Es que la leña se cortó sola? ¿Es que los troncos bajaron hasta el lago a su propio albedrío?

 

–Me parece que veré cómo un campo se ara solo, cómo la leña se corta sola y cómo los troncos bajan solos hasta el lago, antes de ver en tus manos un arado, un hacha o una aguijada para azuzar los bueyes, Alun Tringad.

 

Algunos hombres oyeron el reto, se detuvieron curiosos y se echaron a

 

reír ante la rápida réplica de Cynan. Algunos animaron a Alun a hacer que Cynan se tragara sus palabras.

 

–Hermano, tu temerario comentario se me ha clavado en el corazón reconoció Alun con una seriedad acorde con la herida que decía haber recibido-. Sólo veo un modo de salvar mi honor: te reto a que trabajemos un día hombro con hombro para comprobar quién lo hace mejor. Apuesto a que te haré tragar tus palabras.

 

–A menos que tengas que reconocer tu inferioridad -retrucó Cynan-.

 

Acepto el reto. Veremos quién de los dos es el mejor.

 

Luego se volvió hacia mí.

 

–Mañana araremos un campo, cortaremos leña y transportaremos troncos al lago. Trabajaremos desde la salida hasta la puesta del sol. Tú decidirás quién de los dos ha ganado.

 

–¿Te parece bien, Alun? – inquirí.

 

–Perfecto -asintió el alegre Alun-. Si hubieras dicho que teníamos que trabajar siete salidas y puestas de sol, o incluso setenta y siete, no me parecería excesivo. Pero con un día habrá suficiente, porque no quiero fatigar demasiado a Cynan; sé cuánto aprecia tirarse a la bartola.

 

La réplica de Cynan fue punzante.

 

–Agradezco tu consideración, Alun Tringad, pero no desperdicies tus escrúpulos conmigo. Mientras tú te afanas en tirar de un buey, yo puedo arar una hectárea de tierra y aún me sobraría tiempo para descansar.

 

–Entonces, de acuerdo -concluí yo-. Mañana contemplaremos el espectáculo y veremos quién de los dos es digno de equipararse a un eothaelo.

 

Por la noche, mientras cenábamos, se cruzaron apuestas sobre quién sería el ganador. Los rhewtanos apoyaban a Alun y los galanaes a Cynan; ambos grupos rodeaban a sus paladines animándolos con elogios y halagos. Observé que los eothaelos no hacían apuestas, pero participaban del bullicio, elogiando ora a Cynan ora a Alun.

 

Cynan y Alun durmieron a pierna suelta aquella noche. Al día siguiente se despertaron al alba y se dirigieron al establo para uncir los bueyes y llevarlos hasta el campo que debían arar. Todos los siguieron, animando entre risas a su favorito. Los niños correteaban a la cabeza del grupo, brincando alegremente y llenando el valle con el eco de sus gritos y carcajadas.

 

Los contrincantes se desearon mutuamente suerte, eligieron sus yuntas y

 

la competición dio comienzo. Cynan empezó a tirar de su yunta antes de que Alun hubiera uncido al primero de sus bueyes. Mientras el príncipe sacaba su yunta del establo, le gritó por encima del hombro:

–Ya puedes ir acostumbrándote a contemplar mi espalda; ¡la vas a tener que ver todo el día!

 

–¡Tu trasero no es una vista demasiado agradable, Cynan Machae! Pero no voy a verlo por mucho tiempo…, salvo cuando te inclines a besarme los pies en señal de que te das por vencido.

 

Cynan salió de la empalizada silbando alegremente y condujo la yunta hacia un campo que había sido limpiado la víspera y estaba listo para ser arado; hundió la cuchilla del arado en la tierra y blandió la aguijada de sauce.

 

–¡Ea! ¡Hala! – gritó.

 

Oí el latigazo de la vara de sauce y el crujido del arado al trazar el surco, y olfateé el agradable aroma de tierra removida; de pronto el mugido de un buey despertó los ojos de mi mente. Vi cómo los bueyes inclinaban la cerviz y bajaban la cabeza. El arado iba abriendo el surco; Cynan asía con fuerza el mango del arado y, apoyándose con todo su peso, hundía profundamente la cuchilla, mientras los bueyes tiraban con todas sus fuerzas. El arado iba dejando en la tierra una negra cicatriz.

 

Cynan fue trazando así un profundo surco hasta el final del campo. Luego obligó a los bueyes a dar la vuelta entre los aplausos de la multitud congregada. Cuando acabó el segundo surco, Alun había uncido su yunta y se dirigía hacia el campo que debía arar.

 

–Tómatelo con calma, Alun -exclamó Cynan-, porque acabaré de arar este campo en un abrir y cerrar de ojos.

 

–Sigue arando, Cynan Machae -replicó alegremente el rhewtano-. Cuando acabes de arar tu primer campo, yo habré acabado el segundo.

Todos se echaron a reír; los partidarios de Cynan, envalentonados, animaban a los otros a incrementar las apuestas. Los hinchas de Alun reaccionaron desafiantes y se cruzaron nuevas apuestas.

 

Alun llegó al lugar desde donde debía empezar a arar, instaló la reja del arado y luego fue a acariciar las cabezas de sus bueyes.

 

–¡Hermosos animales! – les dijo en voz alta para que todos lo oyeran-, mirad qué tierra tan excelente tenéis ante vosotros. Mirad qué hermosura de cielo y qué resplandeciente sol. Es un buen día para arar. Vamos, demostremos a esos perezosos holgazanes cómo se ara un campo.

 

Luego se inclinó, cogió un puñado de tierra, la amasó entre las manos y refregó con ella los hocicos de los animales. Algunos mirones se echaron a reír y alguien gritó:

–Alun, ¿pretendes que se coman un surco?

 

El engreído Cuervo no se molestó en responder, sino que se acercó a los bueyes, les susurró algo al oído y luego ocupó su lugar tras el arado. No dio ni un grito, ni utilizó la aguijada, sino que se limitó a chasquear la lengua.

 

–¡Tch! ¡Tch! – siseó.

 

Ante tan amable orden, las bestias echaron a andar. El arado surcaba suavemente la tierra, y Alun Tringad caminaba detrás chasqueando la lengua y murmurando ternezas a los animales. Así llegó hasta el final del campo y dio la vuelta con menos esfuerzo del que cualquiera hubiera supuesto; era indudable que había gastado muchas menos energías que Cynan.

 

La yunta de Alun tiraba del arado con suma facilidad, hendiendo la tierra y abriendo uno tras otro surcos profundos y rectos. Por su parte, Cynan acabó afanosamente otro surco y dio la vuelta castigando a los animales con la aguijada de sauce; el arado de Cynan avanzaba despacio y daba violentas sacudidas cuando la cuchilla tropezaba con alguna piedra; Cynan subía y bajaba sus anchos hombros luchando denodadamente con el arado y la yunta. Me pareció que estaba derramando energías, como si quisiera obligar a la cuchilla a hendir el suelo y la tierra le opusiera resistencia.

 

En cambio, Alun, con sus dulces chasquidos y halagos, parecía ayudar a la cuchilla a abrirse camino en la tierra. Su yunta tiraba suave y dulcemente, y poco a poco iba ganando terreno a la de Cynan.

Araron surco tras surco. La tierra iba dibujando al paso del arado largos y uniformes tirabuzones de color oscuro. Los pájaros brincaban entre los surcos recién abiertos. El sol se fue levantando y el día se fue haciendo más caluroso y claro. Cynan se dio cuenta de que estaba perdiendo terreno y redobló sus esfuerzos. Forzaba más y más a sus bueyes con gritos y latigazos. Las fornidas bestias bajaban la cabeza hasta casi tocar la tierra con sus hocicos; sus musculosos corpachones se inclinaban bajo el peso del yugo, arrastrando penosamente el arado.

 

Pese a sus denodados esfuerzos, Cynan no podía impedir que la yunta de Alun lo fuera alcanzando. Los halagos de Alun podían más que el derroche de energías de Cynan, y la yunta del rhewtano fue ganando terreno hasta adelantarlo.

 

Los partidarios de Alun rompieron en vítores cuando acabó el último surco; Alun desató el arado y sacó del campo recién arado a su yunta respondiendo a los gritos y saludos de los espectadores. Cynan acabó de arar su campo con el rostro sombrío y el entrecejo fruncido, desunció sus animales y se apresuró a alcanzar a Alun, que ya desaparecía en el bosque blandiendo el hacha, seguido ladera abajo por la multitud.

 

–Hoy sólo trabajarán Cynan y Alun -comenté, oyendo a los rezagados que se apresuraban a seguir a Cynan.

 

–Será un día de descanso -repuso Llew-. Se lo han ganado. En mi mundo -añadió con aire pensativo-, la gente tiene un día de descanso…, uno de cada siete. En otros tiempos se consideraba un regalo de inmenso valor, ahora ya no.

 

–Un día de cada siete -repetí sopesando la idea-. Es una práctica poco común, pero no desconocida. Hay bardos que han hecho prevalecer de vez en cuando algo parecido, y reyes que lo han establecido por decreto para su pueblo.

 

–Entonces lo estableceremos por decreto.

 

–¡Que así sea! Un día de cada siete el pueblo de Dinas Dwr descansará de sus obligaciones -asentí.

 

–Bien, se lo comunicaremos a los demás -dijo Llew-. Pero aún no.

 

Vayamos tras Cynan para darle ánimos.

 

Cynan se había detenido en el almacén junto al lago para elegir un hacha sólida y resistente. Lo encontramos con una aguijada en una mano y un hacha en la otra conduciendo su yunta por el sendero que iba desde el lago hasta el bosque.

 

–Buen trabajo, Cynan -lo felicitó Llew-. Aunque creí que ibas a acabar antes que Alun -no pudo evitar añadir.

 

–Y yo creí que no podría acabar nunca. Era el campo más duro que jamás he arado. ¿Viste qué pedruscos tan enormes? ¡Verdaderos peñascos! Y los bueyes eran las bestias más tozudas que jamás he visto.

 

–No te preocupes, hermano -dijo Llew-. Ya le ganarás. ¡Alun no puede compararse contigo en el manejo del hacha!

 

–¿Crees que me preocupan sujetos como Alun Tringad? – gruñó Cynan-. Que tale todo lo que quiera; voy a dejarlo con la boca abierta. Cincuenta hachazos suyos no pueden compararse con uno mío; a buen seguro yo talaré más árboles que él.

 

Cuando llegamos al claro del bosque donde los obreros cortaban los árboles para construir los crannogs, Alun había comenzado con buen pie; había empezado a cortar un enorme pino que estaba ya a punto de caer.

 

Los espectadores jaleaban con gritos cada hachazo.

 

Cynan eligió un árbol, se escupió en las manos, blandió el hacha y comenzó a golpear el tronco con ágiles y rítmicos hachazos. Sus seguidores lo animaban, y pronto el claro del bosque se llenó con el ruido de los hachazos y los alaridos de los espectadores.

Alun fue el primero en talar un árbol, para deleite de sus partidarios, que prorrumpieron en gritos de triunfo. Sin perder ni un instante procedió a la tarea de podar las ramas más altas del pino. En cuanto hubo terminado, cortó la punta del árbol y sujetó el tronco a una cadena enganchada al yugo por un aro de hierro.

 

Luego, chasqueó la lengua y azuzó a sus bueyes. El tronco rodó unos metros y Alun se apresuró a detener a la yunta; volvió junto al árbol y acabó de podar el resto de las ramas. Corrió entonces hacia la yunta y comenzó a arrastrar el tronco entre los aplausos de sus seguidores.

 

–Lo siento, Cynan -exclamó al pasar-. Te dejaré algunos árboles para que los cortes…, los más pequeños.

 

–No te preocupes por mí, Alun Tringad -replicó Cynan entre dientes-.

 

Para cuando termines, te estaré esperando con una copa en la mano.

 

Blandió el hacha y la dejó caer con energía; a los pocos minutos tenía a sus pies un montón de astillas.

 

–¿Apuestas quién será el que sostenga la copa, hermano? – preguntó Alun deteniéndose.

 

Cynan propinó otro hachazo que hizo saltar más astillas.

 

–La gente me llamará ladrón por despojarte de tus tesoros -repuso.

 

–Que digan lo que quieran -contestó Alun-. ¿Qué te parece dos brazaletes de oro contra tu torques?

 

Algunos espectadores, que conocían bien a Cynan, murmuraron entre ellos. Los azules ojos del príncipe se ensombrecieron, y la sonrisa se le heló en los labios.

 

–Tu oro no vale ni una décima parte de mi torques -dijo fríamente a Alun.

 

–Entonces, tres brazaletes.

 

–Siete -corrigió Cynan atusándose el bigote.

 

–Cuatro.

 

–Cinco por lo menos -exigió Cynan-. Y dos anillos.

 

–¡Hecho! – gritó Alun tirando de su yunta-. ¡Tch! ¡Tch! – chasqueó.

 

Los bueyes echaron a andar tirando del tronco.

 

Cynan reanudó su tarea; si hasta entonces había trabajado con tenaz determinación, ahora se afanaba con toda la violencia de que era capaz. Tenía la cara tan congestionada que sus cabellos parecían haber perdido color; el vello se le había erizado de los pies a la cabeza.

–Temo que Alun ha sellado su suerte -observó Llew ante tan repentino cambio-. Cynan podría haber soportado que Alun le ganara, pero jamás se resignará a perder su torques.

 

Mientras resonaban los hachazos del príncipe, Llew me contó cómo ambos se habían hecho amigos en la escuela de guerreros de Scatha.

 

–Y todo sucedió por esa dichosa torques -dijo Llew-. Creo que la valoraba más que a su propia vida, y ahora poco menos. ¡Era un joven insoportable! Altivo, soberbio… Te aseguro, Tegid, que el sol jamás se ponía en su vanidad -añadió con una sonrisa.

 

Se oyó un tremendo crujido, y el árbol de Cynan se balanceó y se derrumbó. Inmediatamente el príncipe procedió a podar las ramas. Entre los vítores de sus seguidores, azuzó a los bueyes, hizo rodar el tronco y acabó de limpiarlo cortándole la copa mientras los animales empezaban a arrastrarlo.

 

Alun regresó al claro y comenzó a talar otro árbol, mientras Cynan estaba aún en el lago. Pero muy pronto los hachazos de Alun fueron acompasados por los de Cynan, que había regresado al claro a toda prisa. Alun no sabía la magnitud de la tempestad que había desencadenado, pero pronto iba a descubrirlo. El siguiente árbol que cayó fue el de Cynan, quien le desmochó el tronco y la copa antes de que Alun hubiera derrumbado el suyo.

 

Los seguidores de Cynan gritaron de alegría mientras se llevaba el tronco. Los de Alun comenzaron a apremiarlo, y el ritmo de los hachazos del Cuervo se aceleró. El árbol gimió y cayó al suelo. Enseguida lo podó, lo desmochó y lo ató a la cadena para que los bueyes lo arrastraran.

 

La competición adquirió un ritmo trepidante. Los árboles caían uno tras otro, los troncos eran podados, desmochados y arrastrados desde el claro hasta el lago; los contrincantes se detenían un instante para beber agua y reemprendían febrilmente el trabajo. El sol alcanzó su cenit; los rayos caían verticalmente sobre el claro a través de las copas de los árboles. Los dos rivales, cubiertos de sudor, se quitaron los siarcs y siguieron talando,

 

entregándose a la tarea con la furia propia de los guerreros. La torques de Cynan refulgía en su garganta; el cuervo azul tatuado en el brazo de Alun parecía echar a volar cuando los músculos se tensaban bajo la carne.

 

Se doblaron y triplicaron las apuestas; primero a favor de uno, después a favor del otro, según cambiaban las expectativas del posible ganador. Incluso los eothaelos se incorporaron a la jarana y entraron en el juego de las apuestas. Llew me dejó para unirse a los alegres espectadores, y yo me senté sobre un montón de astillas; extendí las piernas y me apoyé en el tronco.

 

El bosque temblaba con el griterío de la multitud. Los aplausos devinieron cantos a medida que la gente se enfervorecía ante los esfuerzos de los contendientes. El griterío atronaba en mis oídos y resonaba en mi cabeza como los alaridos de una banda de guerreros. Y ante los ojos de mi mente apareció Dinas Dwr, sólida y fuerte, flotando sobre la reluciente superficie del lago. Vi fértiles campos que se extendían por el valle y vastos cotos de caza en los bosques que poblaban las laderas. Vi un pueblo valeroso que se alzaba orgullosamente para reclamar el lugar que le correspondía entre los poderosos señores del mundo.

 

Cuando desperté de mis ensueños, me encontré completamente solo. El sol ya no calentaba, el claro del bosque estaba sombrío. Oí en la distancia los gritos de la gente en pos de Alun y Cynan, que, colina abajo, conducían sus yuntas hasta la orilla del lago, donde habían apilado los troncos cortados. Iba a levantarme cuando sentí una mano que me ayudaba a ponerme en pie.

 

–Creí que te habías marchado -dijo Llew-. ¿Te habías quedado dormido? –No -respondí-. Pero he estado soñando.

 

–Ven. El sol está a punto de ponerse y habrá que proclamar al ganador.

 

No podemos perdérnoslo.

 

Nos apresuramos a bajar hasta el lago donde se había congregado la multitud para aguardar el resultado de la competición. Bran Bresal había asumido la responsabilidad de dirigirse a los espectadores.

 

–La competición que se ha celebrado hoy consistía en arar, talar y apilar troncos. Los dos contrincantes han trabajado desde la salida hasta la puesta del sol… -Se interrumpió cuando llegamos junto a los espectadores y se hizo a un lado para dejar sitio a Llew.

 

–Por favor, continúa -lo animó Llew-. Has empezado muy bien.

 

Pero Bran se negó diciendo:

 

–Señor, tú eres quien debe juzgar quién es el ganador. Así se ha acordado.

 

–Muy bien -dijo Llew subiéndose al montón de troncos-. El sol se está poniendo; el trabajo ha concluido. Dos campos han sido arados con igual número de surcos. Por tanto, juzgo que hay empate en la labor de arado.

 

–¡Empate! – protestó Cynan-. Mi campo estaba lleno de raíces y pedruscos. Era mucho más difícil ararlo. ¡Yo debería ser el ganador de esta prueba!

 

–Yo empecé después pero acabé antes -reclamó Alun Tringad-. Mi campo era tan dificultoso como el suyo. ¡Yo debería ser el ganador!

Entre los seguidores se elevó un coro de protestas, pero Llew permaneció inconmovible.

 

–La competición consistía en el trabajo hecho, no en su dificultad. El número de surcos labrados es el mismo, por tanto el trabajo también. Tendremos que buscar otra fórmula para decidir quién es el ganador.

 

–¡Cuenta los troncos! – sugirió alguien. Al instante, la multitud se puso a corear: –¡Los troncos! ¡Los troncos! ¡Los troncos! Después, poco a poco, fueron apagándose los gritos.

 

–Muy bien -acordó Llew-, los troncos decidirán quién es el ganador.

 

Bran, cuéntalos.

 

Bran se dirigió primero al montón de troncos de Cynan y comenzó a contarlos:

 

–Uno…, dos…, tres…, cuatro…, cinco…

 

La multitud, en silencio, seguía con expectación la cuenta.

 

–… nueve…, diez…, once…, ¡doce! Cynan Machae ha derribado y apilado doce árboles.

 

Los seguidores de Cynan expresaron a gritos su aprobación. Cynan dijo algo a Alun, pero sus palabras se perdieron entre la algarabía. Llew, de pie sobre los troncos, impuso silencio.

 

–Doce troncos para Cynan. Ahora contaremos los de Alun.

 

Bran se dirigió a la segunda pila de troncos.

 

–Uno…, dos… -comenzó.

 

Pero nunca llegó a saberse cuántos troncos había cortado Alun, porque, mientras Bran seguía contando, se oyó el estremecedor sonido de un carynx… Como el rugido de un toro enloquecido, las largas y atronadoras notas de un cuerno de batalla descendieron desde lo alto del risco, se extendieron por el lago y resonaron en la cañada.

 

19

 

LA INVASIÓN

 

Todos a una nos volvimos hacia el risco. El cuerno de batalla sonó otra vez, recorriendo el silencioso valle como un estremecimiento de pavor. Al instante, ante los ojos de mi mente apareció la imagen de un cielo despejado que el sol poniente teñía de rojo y oro y una hueste de guerreros que surgía del bosque, unos a pie, otros a caballo: unos cien hombres con las armas en ristre. Vi refulgir sus escudos a la roja luz del atardecer. Vi al jefe a la cabeza de sus guerreros rodeado por una guardia montada.

 

Llew ordenó a los guerreros que empuñaran las armas, y los demás se precipitaron hacia los crannogs. Aunque todavía no habíamos levantado las murallas de troncos, la gente estaría más a salvo en los crannogs que en las casas junto al lago. Los Cuervos volaron a buscar las armas almacenadas en las cabañas y los demás corrieron a toda prisa hacia el lago. Cynan ordenó a sus guerreros que fueran en busca de los caballos, y en pocos instantes todo fue confusión: guerreros que se apresuraban de aquí para allá, cogiendo lanzas y espadas y poniendo los ronzales a los caballos; hombres que se precipitaban a botar las barcas, mujeres que corrían abrazando a sus bebés, niños que gritaban, botes que se deslizaban en las aguas.

 

–¡Les haremos frente en el prado! – gritó Cynan montando de un salto. –Donde el arroyo cruza la cañada -respondió Llew-. Así daremos tiempo

 

a que la gente llegue a la fortaleza.

 

Garanaw le llevó una espada a Llew y procedió a ceñírsela a la cadera.

 

Llew rechazó su ayuda.

 

–Veinte contra cien -me dijo Llew cuando pude reunirme con él-. ¿Crees que tendremos alguna oportunidad, Tegid?

 

–Creo que sería más prudente aguardar y ver quiénes son esos hombres y por qué han venido -repuse.

 

Llew dejó de pelearse con el cinto de cuero y me miró.

 

–¿Qué has visto?

 

–Lo mismo que tú: guerreros cabalgando hacia nuestro poblado. Pero anunciaron su llegada a toque de carynx -observé-. Un detalle ciertamente extraño, teniendo en cuenta que un ataque por sorpresa les habría asegurado una rápida victoria.

 

Llew siguió luchando con el cinto.

 

–Querían asustarnos, con la idea de rodearnos sin tener que entablar batalla.

 

–Quizá sólo querían advertirnos.

 

–Es un desafío, no un aviso -terció Cynan-. Mi opinión es que tenemos que hacerles frente antes de que puedan rodearnos.

 

–Luchar o hablar, a ti te corresponde decidir.

 

Llew dudó unos instantes sopesando las consecuencias de su decisión.

 

Cynan se agitó nervioso.

 

–Debemos hacerles frente -insistió-. Somos muy inferiores en número.

 

No podemos permitir que nos rodeen.

 

–¿Bien? ¿Qué piensas hacer? – pregunté.

 

–Cynan tiene razón. Vienen con las espadas desenvainadas. Debemos plantarles cara.

 

–¡Eso es! – exclamó Cynan sacudiendo las riendas-. ¡Ea! – gritó clavando los talones en los flancos de su caballo, que se lanzó al galope.

 

Rhoedd acudió corriendo con un garañón ruano. Entregó las bridas a Llew, entrelazó las manos y lo aupó en la silla; luego le tendió un escudo, que Llew colocó sobre su brazo mutilado, y una lanza.

Bran Bresal se acercó a lomos de un fogoso caballo bayo.

 

–¿Cabalgarás con nosotros, Llew?

 

–Sí.

 

El rugido del cuerno de batalla resonó en el prado. Los caballos patearon y cabecearon inquietos.

 

–Deséanos suerte, Tegid -exclamó Llew.

 

Alcé mi vara hacia él.

 

–Que vuestras espadas sean rápidas y certeras y vuestras lanzas vuelen como el viento.

 

Bran espoleó su caballo; Llew azuzó al suyo y ambos se alejaron al galope. Yo me encaminé hacia la orilla del lago donde la gente aguardaba a que los botes regresaran para llevarlos a lugar seguro.

Oí los cascos de un caballo sobre la rocosa orilla y me volví al tiempo que Rhoedd, lanza en ristre, llegaba junto a mí.

 

–Tengo órdenes de quedarme contigo -murmuró sin poder disimular el disgusto que lo embargaba por tener que quedarse en retaguardia para proteger a un bardo ciego.

 

–No te inquietes, Rhoedd -dije procurando consolarlo-. Nos quedaremos

 

aquí en la orilla para poder observar lo que sucede.

 

Me miró con extrañeza, pero yo no me molesté en explicarle que podía ver con los ojos de la mente. Los botes regresaron por los últimos pasajeros, y un hombre nos gritó que nos diéramos prisa.

 

–Diles que se vayan. Nos quedamos aquí.

 

Rhoedd les indicó con un gesto que se marcharan y les dijo que íbamos a quedarnos en la orilla.

 

–¿Qué vas a hacer, señor? – me preguntó luego.

 

–Sígueme.

 

Cogí el bastón, me di la vuelta y comencé a caminar hacia el prado. Rhoedd cabalgaba a mi derecha, mirándome de reojo para descubrir cómo me las arreglaba para poder ver.

 

Llew, Bran y los Cuervos avanzaban hacia Druim Vran atravesando el prado. Cynan y los guerreros galanaes avanzaban un poco más al sur que la Bandada de Cuervos. Los invasores se dirigían al arroyo. Avanzaban despacio con las armas preparadas; los jinetes iban en vanguardia. La retaguardia ya había salido del bosque.

 

–Deben de ser unos sesenta -observé.

 

Rhoedd hizo un cálculo rápido.

 

–Sí -contestó mirándome de nuevo.

 

Con los ojos de la mente vi los dorados rayos del sol relampagueando en el metal de las armas y oí que el carynx resonaba otra vez: fuerte como un trueno y desgarrador como una herida.

Con un alarido, los enemigos se lanzaron al ataque. Los caballos se precipitaron en el arroyo y en el prado; los cascos golpeaban la tierra como atronadores tambores.

 

Los Cuervos espolearon los caballos y cargaron contra los invasores. Volando todos a una, con Llew entre sus filas, se precipitaron en los campos recién arados levantando una nube de polvo. La velocidad de la carga cortaba la respiración. Volaban como una lanza hacia el blanco: certeros e imparables.

 

Los enemigos se agruparon como se contraen los músculos para recibir un golpe. Las lanzas se erizaron y emitieron un fulgor mortal.

Contuve el aliento aguardando el estrépito del choque.

 

Pero, en el último momento, Bran desvió la carga de los Cuervos, alejándolos de los que se preparaban para rechazarlos y dirigiéndolos hacia

 

otro blanco. Los enemigos vieron de pronto que los Cuervos se les echaban encima en enloquecida carrera y se dieron cuenta de que iban a morir porque no tenían tiempo de prepararse a rechazar la carga.

 

Se oyó un grito penetrante, como el de un águila al lanzarse contra su presa. Me quedé asombrado ante aquel extraño alarido: agudo como una hoja afilada, se clavaba en los tímpanos y en el corazón. Eran Bran y sus guerreros emitiendo el agudo y terrible grito de guerra de los Cuervos.

 

La línea enemiga se quebró. Los invasores se dispersaron. Los caballos tropezaron y derribaron a sus desventurados jinetes. Los guerreros de a pie se arrojaron al suelo para eludir los cascos de los caballos desbocados.

 

El centro de la línea enemiga cedió ante la carga de la Bandada de Cuervos. Cynan, que se había lanzado al ataque, vio la brecha que se había abierto y se precipitó hacia allí. Los hombres que habían logrado escapar de los Cuervos veían ahora que un nuevo terror se les echaba encima.

 

Los guerreros de a pie dieron media vuelta y huyeron hacia el arroyo. Los jinetes se aprestaron a resistir. Azuzaron los caballos y alzaron las lanzas. El choque fue brutal. La tierra pareció temblar. Oí un crujido como el que produce un tronco al rajarse.

 

Los enemigos desaparecieron como por encanto. La fuerza de la carga de Cynan los había barrido.

 

–¡Jo! – gritó Rhoedd agitando la lanza-. ¡Qué magnífico espectáculo! La carga de los Cuervos había sido como una cuchillada, la de Cynan como un lanzazo que rematara el tajo del cuchillo. Tras el descalabro del

 

centro de la línea, el Jefe de Batalla de los enemigos dio la señal de retirada.

 

Debían reagruparse si querían volver a unir sus fuerzas.

 

Pero Bran no tenía la menor intención de permitirlo. En efecto, mientras el cuerno de batalla emitía la señal, sorprendió a los enemigos por detrás, de forma que al volverse tuvieron que enfrentarse de nuevo con la veloz carga de Cuervos.

 

Los que osaron resistirlos fueron masacrados, los que optaron por huir fueron arrollados por los caballos. El avance enemigo se detuvo mientras la línea de batalla se deshacía por completo. Los enemigos cruzaban a toda prisa el arroyo para refugiarse en el bosque. El Jefe de Batalla se afanaba por evitar la derrota. Lo vi dar órdenes a sus guerreros, tratando en vano de reagruparlos mientras los Cuervos se disponían a atacar otra vez.

 

El carynx sonó de nuevo. Pero esta vez fue Cynan quien respondió a su

 

llamada. La antorcha de rojos cabellos blandió su lanza, y los guerreros galanaes se precipitaron como una tormenta con los mantos al viento entre un fulgor de escudos.

De pronto vi una solitaria figura que surgía del bosque sobre un caballo pío. El corazón me dio un vuelco.

 

Un gemido escapó de mis labios. Me tambaleé y tuve que apoyarme en el bastón para no caer. Rhoedd me sostuvo.

 

–¿Qué ocurre? ¿Te sientes enfermo?

 

–¡Detenlos!

 

–¿Qué dices?

 

Lo cogí del brazo.

 

–¡Debemos detenerlos!

 

–¿Detener… la batalla? – preguntó asombrado mientras yo echaba a correr hacia el arroyo-. ¡Espera!

 

Tropecé al llegar al campo recién arado; no podía correr con suficiente velocidad.

 

–¡Deteneos! ¡Deteneos! ¡Llew! ¡Deteneos!

 

Quizá la aparición de un bardo ciego corriendo enloquecido por los campos y tropezando en los surcos llamó la atención de alguien. No lo sé. Pero lo cierto es que oí un grito, y Llew se giró en su silla; no me vio pero sus ojos escudriñaron el prado.

 

–¡Llew! – grité yo.

 

Entonces me vio corriendo y gritó algo a Bran. Yo tomé aliento y grité con todas mis fuerzas:

 

–¡Calbha!

 

Creo que me oyó, porque se detuvo y se separó de los guerreros.

 

–¡Es Calbha! – grité señalando con mi bastón al solitario jinete-. ¡Calbha! Y eché de nuevo a correr.

 

–¿Qué pasa? – gritó Rhoedd a mi espalda.

 

–¡Un error! – respondí yo precipitándome hacia el arroyo.

 

Con cuatro zancadas salvamos el arroyo. Al llegar a la otra orilla, oí el largo y estridente sonido del carynx de Emyr. Un segundo toque bastó para detener a los Cuervos que se disponían a atacar de nuevo.

 

Llew galopó hacia mí.

 

–¡Tegid! – gritó-. ¿Estás seguro?

 

–¡Es Calbha! – repetí señalando con mi bastón al guerrero que se

 

aproximaba-. ¡Su caballo! ¡Mira su caballo! ¡Habéis atacado a un amigo! Llew se dio la vuelta en la silla y miró hacia donde yo señalaba. –Clanna na cù! – exclamó-. ¿Qué estará haciendo aquí?

 

Llew tiró de las riendas tan violentamente que su caballo piafó y casi lo derribó. Luego lo lanzó al galope entre los juncos y corrió a detener el ataque de Cynan. Bran salió a su encuentro. Llew aminoró el galope para gritarle algo al Jefe de Batalla de los Cuervos y después lo espoleó otra vez. Bran dio una orden a Emyr, quien al instante hizo sonar el cuerno con todas sus fuerzas.

 

Miré hacia donde la banda de Cynan cargaba contra los enemigos en desbandada. Vislumbré un relámpago de rojos cabellos y mi visión interior se desvaneció de golpe. Me había quedado ciego otra vez.

 

–¡Rhoedd! – grité-. ¿Dónde estás? –Aquí, señor -respondió muy cerca de mí.

 

–¡Rhoedd, no puedo ver! Mira bien y dime lo que está sucediendo. –Pero, yo creí que…

 

–¡Deprisa, hombre! ¿Qué está sucediendo? ¿Sigue avanzando Cynan? –Sí, señor, sigue avanzando. No… ¡Se han detenido!

–Habla, Rhoedd. Cuéntame lo que pasa…, como aquella otra vez. –Cynan se ha empinado en los estribos. Mira a un lado y a otro. Grita

 

algo; veo que mueve la boca. Me parece que está impartiendo órdenes a sus guerreros. Lo están escuchando… y ahora… Cynan avanza solo. Cabalga hacia Llew, creo… Sí, en efecto.

 

–¿Qué hay del jinete enemigo? El que monta sobre un caballo pío… ¿Qué hace?

 

–Se ha detenido. Sigue a caballo, como esperando algo.

 

–¿Qué aspecto tiene? ¿Puedes verlo bien?

 

–No, señor, está demasiado lejos.

 

–¿Qué más?

 

–Ahora Llew y Cynan avanzan uno hacia otro. Llew está haciendo con la mano el signo de la paz… Señala hacia su banda de guerreros. Los galanaes están quietos, y Cynan cabalga al encuentro de Llew.

–¿Qué hace Bran?

 

–Los Cuervos se han dado la vuelta -respondió Rhoedd-. Se dirigen hacia los caídos en el campo de batalla. – Luego miró hacia Cynan y Llew-. Los dos señores se acercan al lugar donde aguarda el extranjero.

 

–¡Llévame con ellos! – le ordené tirándole de la manga-. ¡Deprisa! Rhoedd echó a andar, y yo me agarré a su siarc.

 

–Cabalgan hacia el extranjero. Cynan lleva la lanza en ristre. El extranjero los está aguardando.

 

El terreno ascendía hacia el risco. Rhoedd se detuvo.

 

–Un enemigo caído. – Se inclinó hacia el cuerpo y añadió-: Está muerto, señor.

 

Seguimos adelante e insté a mi guía a que me contara lo que pasaba. –Se han encontrado. Parece que están hablando…

 

–¿Qué más? – El guerrero se detuvo-. Rhoedd, ¿qué sucede? Cuéntame… –No puedo creerlo, bardo -respondió asombrado. –¡Habla de una vez! ¿Qué ocurre?

 

–Los dos hombres… han…, han… -Se interrumpió.

 

–¿Qué? ¿Qué?

 

–Han extendido los brazos… ¡Se están abrazando!

 

Exhalé un suspiro de alivio.

 

–Vamos, Rhoedd, deprisa.

 

Llew y el extranjero habían desmontado y estaban hablando cuando llegamos junto a ellos.

 

–Aquí, Tegid -gritó Llew guiándome hacia él.

 

Seguí el sonido de su voz y sentí que su muñón me rozaba el brazo por el codo.

 

–¡Salud, Calbha! – dije-. Si hubiéramos sabido que eras tú, nos habríamos ahorrado una batalla… y la vida de muchos hombres valientes.

 

–Tus palabras me resultan muy amargas, Tegid Tathal…, sobre todo porque están cargadas de razón. Sólo yo tengo la culpa; mía es la deuda de sangre.

 

Su dolor era genuino; ante nosotros teníamos a un hombre derrotado y abatido.

 

–Lo siento -añadió-. Aunque soy un rey sin reino ni riquezas, os juro que os compensaré como juzguéis conveniente.

 

–Calbha -repuso Llew-, no hables de compensaciones. No hemos sufrido hoy ningún daño irreparable.

 

–No hemos perdido ni un hombre -intervino Cynan-. Nadie ha resultado ni siquiera herido.

 

–Busca consuelo para tu pueblo -le dijo Llew-. Has sufrido muchas bajas

 

y lamentamos habértelas causado.

 

–Calbha -hablé yo-, estás muy lejos de tu casa.

 

–Ya no tengo casa -murmuró el rey en tono lúgubre-. He perdido mis tierras y mi reino. Me han arrebatado mis tierras y mi reino, han aniquilado a mi pueblo. – Con voz quebrada como un roble hendido, añadió- Mi reina…, mi esposa ha muerto.

 

–Meldron lo atacó -me explicó Llew, aunque yo había adivinado ya lo que había ocurrido.

 

–Sí, Meldron me atacó, como atacó a los demás señoríos de Liogres explicó el rey cruino-. Resistimos todo lo que pudimos, pero sus fuerzas están mejor armadas y son muy numerosas. Se le ha unido mucha gente. Los que no han querido perecer bajo su espada se han visto obligados a aliarse con él. Resistimos algún tiempo, pero todo fue inútil.

 

–¿Cómo se te ocurrió venir aquí?

 

–Oímos decir que había un refugio seguro en el norte, en Caledon. –Entonces ¿por qué nos atacaste? – preguntó Cynan, exasperado-. Mo

 

anam!

 

–Ahh… -gimió Calbha-. Tenía miedo… Obré precipitadamente.

 

–Estúpidamente -susurró Rhoedd a mi lado.

 

La llegada de Bran fue un verdadero alivio para Llew.

 

–Ocho muertos -informó el Jefe de Batalla- y seis heridos, que ya están recibiendo atención.

 

–Mía es la deuda de sangre -musitó Calbha-. Estoy avergonzado. –¿Cuántas personas traes contigo? –Trescientas, sin contar los niños.

 

–¡Trescientas! – repitió, aturdido, Rhoedd.

 

–¿Dónde están? – inquirió Llew.

 

–Aguardan en el bosque -respondió Calbha.

 

–Reúnelos y llévalos hasta el lago. Los acogeremos.

 

–¿Qué vamos a hacer con tanta gente? – se preguntó Rhoedd en voz alta-. Trescientos…

 

–No son sólo cruinos -se apresuró a añadir Calbha-. En el camino encontramos muchos fugitivos. Addanos y mereridos. Se han quedado sin señor y sin protección. También hay mawrthonos, catrinos y neifionos vagando por las montañas… Los hemos visto. – Calló abrumado por el dolor-. La desgracia se ha abatido sobre todo el territorio de Llogres… Nadie

 

está ya a salvo en su hogar.

 

Recordé la profecía de la banfáith.

 

–«Llogres se quedará sin señor» -musité para mí mismo.

 

–Recordad lo que voy a deciros -dijo Calbha en tono lúgubre-. Cuando Meldron haya acabado con Llogres atacará Caledon. Nada puede colmar su insaciable deseo de lucha. Pretende dominar toda Albión.

 

Tras estas palabras, el rey cruino montó a caballo y regresó al bosque para reunir a su gente. Y así comenzó la invasión de Dinas Dwr.

 

20

 

EL SALVAJE SABUESO DE

 

DESTRUCCIÓN

 

Calbha desapareció en la espesura y nosotros regresamos al lago para aguardar allí la llegada de los refugiados. No tardaron mucho en comenzar a aparecer entre la arboleda. Eran muchísimos: tribus, clanes y familias enteras que habían sobrevivido a los desenfrenados estragos de Meldron. Llegaban exhaustos, rendidos por el largo viaje, cansados de huir y de esconderse. Pero el sol poniente iluminaba sus ojerosos semblantes y llenaba sus ojos de luz. –Rhoedd tiene razón -comentó Bran contemplando la creciente riada de

 

refugiados- Son demasiados. ¿Cómo vamos a darles de comer?

 

–En el bosque hay caza abundante -observó Llew-. Y el lago está plagado de peces. Sobreviviremos.

 

Cynan tenía sus dudas al respecto.

 

–No pueden quedarse aquí -protestó-. No…, déjame hablar. He estado pensando y es evidente que no tenemos medios para hacernos cargo de ellos.

 

–Le dije a Calbha que podían quedarse -repuso Llew.

 

–Clanna na cù -murmuró Cynan-. Un día…, dos a lo sumo. Después tendrán que marcharse. No me gusta tener que decírtelo, hermano, pero alguien tiene que hacerlo: tu generosidad es quizá digna de encomio, pero es una insensatez.

 

–¿Has terminado?

 

–Lo que intento decirte es que si se quedan nos moriremos de hambre.

 

Así de sencillo.

 

–Si nos morimos de hambre -replicó Llew con firmeza-, nos moriremos todos juntos. ¿De acuerdo?

 

Cynan tomó aliento para seguir discutiendo. No lo veía, pero me lo

 

imaginaba sacudiendo la cabeza o pasándose sus enormes manazas por los rojos cabellos con aire exasperado.

 

–Todo saldrá bien, hermano -aseguró Llew, y oí que le palmoteaba el hombro-. Para esto hemos fundado este lugar. ¡Trescientos! Piensa en todo el trabajo que pueden hacer tantos pares de manos. ¡Dinas Dwr puede acabarse en quince días!

 

–Si no se hunde bajo su propio peso -murmuró Cynan.

 

Más tarde, cuando hubimos instalado a los recién llegados en campamentos a la orilla del lago, nos sentamos en torno al hogar del crannog con un sombrío y silencioso Calbha y sus taciturnos Jefes de Batalla. Nos habíamos retirado allí para conferenciar en paz sin que nadie pudiera oírnos. Comimos pan y carne y pasamos de mano en mano la copa a la espera de que Calbha nos contara lo que ansiábamos oír…, lo que llevaba clavado en lo más profundo de su alma.

 

Nos fuimos pasando en silencio la copa, y poco a poco la lengua de Calbha se fue desatando. Fue cobrando confianza y nosotros fuimos llevándolo al meollo de la cuestión.

 

–Meldron ha asesinado a los bardos de Caledon y de Llogres -dije yo-. Ha superado en maldad a Nudd, que se limitó a matar a los bardos de Prydain.

 

–También intentó matarnos a nosotros -añadió Llew-. Por eso yo perdí la mano y Tegid los ojos.

 

–Meldron está loco -gruñó Calbha-. Se apodera de las tierras y roba el ganado; quema lo que no puede llevarse. Va sembrando la destrucción y a su paso sólo quedan cenizas. He visto un montón tan grande de cabezas de guerreros que me llegaba hasta la barbilla, y otro de manos que me llegaba hasta el cinturón. He visto niños con la lengua cortada… ¿Qué le habían hecho para ser tratados con tanta crueldad? – preguntó ahogado por la cólera.

 

Su pregunta no tenía respuesta y nadie le brindó ninguna; nos limitamos a beber un trago de cerveza y escuchamos en silencio el chisporroteo de las llamas.

 

–Cuéntanos lo que sucedió -pidió Llew con tono amable.

 

Calbha bebió un poco, se secó el bigote en la manga y comenzó su relato. –Cayó sobre nosotros sin previo aviso. Yo había enviado jinetes para que patrullaran mi reino, pero creo que los mató, porque ninguno de ellos regresó.

 

También había apostado centinelas. Desde el día en que os marchasteis, establecí una vigilancia constante; de no ser así nos habrían aplastado en un

 

abrir y cerrar de ojos. Ojalá os hubiera hecho caso… Si hubiera atacado a Meldron como me sugeristeis, habríamos acabado con él sin darle tiempo a que se hiciera tan poderoso.

–¿Cuántos guerreros tiene a sus órdenes? – inquirió Bran. –Doscientos jinetes y trescientos guerreros de a pie. – Calbha hizo una

 

pausa y con una voz preñada de rencor añadió-: La mayoría de los jinetes son rhewtanos. Ellos y su señor cabalgan a las órdenes de Meldron. Siento decírtelo, pero me lo has preguntado.

 

–Cuando reina la injusticia -repuso Bran-, todos los hombres deben cargar con el peso del deshonor. Sé muy bien el lastre que me corresponde arrastrar.

 

Uno de los hombres de Calbha dijo:

 

–Pero ¿sabes lo que significa ver a un hijo destrozado bajo los cascos de los guerreros rhewtanos?

 

Su voz sangraba como una herida abierta.

 

–Lo siento -dijo Bran Bresal con pesar.

 

–Todos lo sentimos -murmuró Calbha.

 

Bebió otro trago y continuó su relato.

 

–Defendimos las puertas y las murallas todo un día; no fui tan insensato como para enfrentarme a él en el campo de batalla. Nos sobrepasaban en número y sabía muy bien que no podría vencerlo. Pero creí que podríamos resistir. Apenas sufríamos bajas, las provisiones eran abundantes y no podrían romper los muros por muchos caballos que tuviesen. Así resistimos tres días y habríamos podido resistir más tiempo. Pero Meldron atacó los poblados e hizo prisioneros. Llevó a los rehenes hasta Blár Cadlys y comenzó a matarlos ante las puertas. Y no se conformó con matarlos simplemente.

 

Su voz se quebró.

 

–Hizo calentar barras de hierro en una enorme hoguera. Cogió las barras ardientes y las apagó en la carne de los prisioneros. A algunos se las metía por la garganta, a otros por el vientre. Los gritos…, los gritos… ¿Imagináis lo que es morir de ese modo? ¿Tenéis alguna idea de cómo debe de ser?

 

–¿Qué hiciste entonces? – preguntó Llew con suavidad.

 

–¿Qué podía hacer? – replicó el rey cruino-. No podía permitir que mi pueblo sufriera. Di la orden de ataque. Seguramente íbamos a morir todos, lo sabía, pero por lo menos moriríamos luchando.

 

Cynan alabó su decisión.

 

–Era mejor morir honrosamente como mueren los hombres que permitir

 

que os mataran como a bestias.

 

–Jamás las bestias fueron sacrificadas de forma tan ignominiosa afirmó Calbha-. Y no penséis que se contentó con torturar sólo a los hombres. También martirizó a mujeres y a niños.

 

–¿Qué hiciste? – preguntó otra vez Llew.

 

–Atacamos -contestó uno de los Jefes de Batalla de Calbha-. Mór Cù nos abatió como si fuéramos arbolitos.

 

–Mór Cù? – musitó Llew-. ¿Por qué lo llamas el Salvaje Sabueso?

 

–Ese maldito Meldron es como un perro enloquecido -repuso el hombre-. Se lanza sobre la tierra y devora todo lo que encuentra… Es un Salvaje Sabueso de Destrucción.

 

–Nuestras pérdidas fueron muchas -siguió contando Calbha-. No podíamos vencerlos, pues eran muchos y resueltos a destruirnos.

 

–¿Cómo escapasteis?

 

–Se puso el sol; estaba demasiado oscuro para seguir luchando. Así que reuní a los que podían caminar o montar a caballo y huimos aprovechando la bendición de las tinieblas. – Calbha hizo una pausa; hacía enormes esfuerzos por mantener la voz firme-. El Salvaje Sabueso no iba a concedernos siquiera el deshonor de la huida. Nos persiguió toda la noche a la luz de las antorchas. Nos acosaron como si fuéramos animales, matando a los que caían: los afortunados eran atravesados por las lanzas; los desafortunados eran despedazados por los perros.

 

La voz de Calbha se había ido apagando en un susurro.

 

–Mi esposa, mi bien amada reina…, no estuvo entre los afortunados. El viento soplaba en el lago. Se oía el rumor del oleaje lamiendo los troncos del crannog. Mi corazón estaba abrumado por la pena y el dolor;

 

parecía que una piedra me estuviese aplastando el pecho.

 

El rey cruino tardó bastante tiempo en reanudar su relato.

 

–No sé cómo pudimos soportar aquella noche -dijo recuperando una cierta compostura-. Pero cuando amaneció nos reagrupamos y descubrimos que el Salvaje Sabueso había cesado de perseguirnos. Si hubiera persistido en su acoso, ninguno de nosotros habría podido sobrevivir -añadió tragando saliva.

 

–Y os dirigisteis hacia el norte.

 

–Sí, nos dirigimos hacia el norte. Ya no había ningún lugar seguro en Llogres. Pero pensé que si llegábamos a las desiertas montañas de Caledon

 

podríamos escapar. Viajamos por la noche para evitar las patrullas de Meldron. Y por el camino fuimos tropezando con otros fugitivos…, clanes y tribus que habían podido escapar o que habían preferido refugiarse en montañas y cañadas a aguardar a que Meldron los atacara y aniquilara.

 

Aprovechando otra pausa de Calbha, Llew le preguntó:

 

–¿Cómo te enteraste de la existencia de este lugar?

 

–Los catrinos y algunos otros habían oído hablar de un lugar al norte de Caledon en el que se podía hallar refugio. Y decidimos buscarlo.

 

–Entonces ¿por qué nos atacaste? – inquirió Cynan; había cierto resentimiento en la pregunta, pero sobre todo una viva curiosidad-. Si era un refugio lo que querías, tienes una forma bien extraña de buscarlo.

 

Los Jefes de Batalla de Calbha reaccionaron con murmullos de desaprobación ante la pregunta por considerarla una afrenta contra la dignidad y el respeto de su rey. Pero Calbha les impuso silencio.

 

–Fue una equivocación de la que me arrepiento sinceramente -dijo-. Me he deshonrado a mí y a mi pueblo. Cargaré con esta vergüenza toda la vida.

 

Luego enderezó los hombros y con voz grave añadió:

 

–Solicito de vosotros naud.

 

La petición de naud era la más solemne apelación al perdón y a la absolución que podía hacerse, y sólo un rey podía concederla. Llew le respondió con gran delicadeza.

 

–Te lo concedería gustosamente, pero no está en mi mano hacerlo, porque no soy rey. Fue una equivocación, hermano. Nadie de los presentes pretende condenarte por ello.

 

–Hombres de mi clan…, parientes… yacen esta noche bajo tierra sollozó Calbha-. La sangre de esos hombres valientes me condena.

 

–Rey Calbha -tercié yo-, nosotros te prometimos paz pero te ofrecimos guerra. También nosotros cometimos una equivocación y por tanto nos corresponde una parte de culpa.

 

El rey cruino tardó en contestarme.

 

–Gracias, Tegid Tathal -dijo al fin-, pero sé muy bien lo que hice. Vi el poblado y vi los caballos, y recelé de cuál sería vuestro recibimiento. Tuve miedo y ataqué por miedo. Nada de lo que puedas decirme hará cambiar los hechos. – Hizo una pausa y añadió- Perdí la esperanza.

 

–Ahora estás aquí -dijo Llew-. Todo ha terminado.

 

–Todo ha terminado -asintió Calbha en tono fúnebre-. Ya no soy digno de

 

seguir siendo rey.

 

–¡No digas eso, señor! – exclamó uno de los jefes cruinos-. ¿Quién otro sino tú habría podido guiarnos y ponernos a salvo?

 

–Cualquier cobarde lo habría hecho, Teirtu -respondió Calbha.

 

–Tú no eres un cobarde, señor -declaró el hombre.

 

–Todos somos unos cobardes -repuso Calbha con voz débil-, si no Meldron no habría podido hacerse tan poderoso. Le entregamos por miedo lo que debíamos haber protegido con valentía.

 

Aquella noche dormimos al amparo de las estrellas, y también otras muchas noches desde entonces. Hacía falta mucho tiempo para construir un techo para nuestro numeroso clan, que además crecía día a día. En efecto, tal como nos había dicho Calbha, las montanas se llenaron de fugitivos. Eran malos tiempos para Albión; los hombres abandonaban sus tierras en busca de refugio y consuelo. Los clanes del sur de Caledon y de Llogres huían como ovejas ante el acoso del Salvaje Sabueso. No me cabía duda de que todos se dirigirían a Dinas Dwr, el seguro refugio del norte.

 

Fueron llegando durante el largo mafflar, la estación del sol. Los mawrthonos, los catrinos y neifionos que Calbha había visto fueron los primeros en llegar. Luego arribaron otros muchos: del sureste llegaron dencanos, saranaes y vynios; de la costa este llegaron iucharos, y de las montañosas tierras del norte de Llogres llegaron goibnuos, taolentanos y oirixenos.

 

Interrogábamos a todas las tribus y clanes que llegaban, y las respuestas eran siempre igualmente trágicas. Los relatos se repetían con escasas variaciones: Meldron, el Salvaje Sabueso de Destrucción, había invadido sus tierras con asesina ferocidad. Con él cabalgaban la muerte y la ruina; a su paso sólo dejaba desolación.

 

Muchos nos dijeron que habían oído hablar de nuestro refugio en el norte. Cuando les preguntábamos cómo nos habían encontrado, todos contestaban que alguien se lo había dicho. Al parecer, la noticia se propagaba como el viento; las tribus errantes oían el rumor y emprendían nuestra búsqueda. Deliberamos acerca de las medidas que debíamos tomar, porque era evidente que sólo era cuestión de tiempo que Meldron se enterara de nuestra existencia y acudiera a destruirnos.

 

–No podemos escondernos de él siempre -dijo Cynan-. Nos atacará, sin duda. Pero si construimos una serie de almenaras en el risco, por lo menos

 

nos enteraremos de cuándo va a hacerlo.

 

Así lo hicimos.

 

Pero al final no fue ninguna almenara lo que nos anunció el avance de Meldron. La alerta llegó con los supervivientes de un pequeño clan de la costa este, cinco hermanos y su madre moribunda; ellos nos trajeron la noticia de que barcos llenos de guerreros se dirigían a Ynys Sci.

 

21

 

EL ASALTO A SCI

 

Los vi con los ojos de la mente: noventa guerreros en la playa contemplando cómo los barcos entraban en la bahía. Amenazadores nubarrones se acercaban desde el este; el viento azotaba nuestros mantos. Pero las aguas de la resguardada bahía permanecían tranquilas como plomo fundido. Alcé al cielo mis ojos sin luz y vislumbré un retazo de azul que aún resplandecía allá arriba. Olí en el aire la lluvia y oí las olas que se estrellaban contra la rocosa costa fuera de la bahía.

 

Se acercaban cuatro barcos con velas cuadradas y sólidos mástiles. Las velas, de color rojo sangre, se henchían al viento mientras los ligeros bajeles volaban delante de la tempestad. Nuestros caballos, presintiendo la proximidad de la tormenta, se movían inquietos cabeceando y pateando la arena con los cascos. Dos hombres y cuatro muchachos los llevarían de regreso a Dinas Dwr, donde se había quedado el rey Calbha. No podríamos utilizar caballos en el lugar adonde nos dirigíamos, y, si nuestra misión fracasaba, a Calbha le iban a hacer sin duda mucha falta.

 

Era el anochecer del tercer día desde que nos habíamos marchado de Dinas Dwr. Y los barcos se habían hecho a la mar desde el sur de Caledon para salir a nuestro encuentro.

 

–Tardaréis en llegar a este punto de la costa tres jornadas a caballo por la sierra -nos había explicado Cynan mientras señalaba con un palo un lugar en el mapa que había dibujado en el suelo-. Aquí os recogerán los barcos -dijo señalando otra vez-. Sólo tenemos cuatro barcos -añadió como si nos hiciera una advertencia.

 

–Cuatro serán suficientes -dijo con rotunda seguridad Llew.

 

–No podemos llevar caballos.

 

–No nos servirían de nada -replicó Llew.

 

–Somos muy pocos frente a la hueste de Meldron -observó Bran-. Cuenta con quinientos hombres por lo menos…

 

–Si nuestros informadores son dignos de crédito… -terció con escepticismo Calbha-. No se pusieron de acuerdo sobre el número de barcos que habían visto.

 

–Meldron puede llevar cuantos guerreros se le antojen -dijo Llew con cierta agresividad-. Pero nosotros no podemos llevar más de los que tenemos.

 

–Pero si Meldron nos presenta batalla a campo abierto… -insistió Calbha. El rey protestaba en realidad porque se había decidido que debía quedarse

 

en Dinas Dwr para proteger a sus habitantes.

 

Llew sacudió la cabeza en gesto conciliador.

 

–Algún día nos enfrentaremos con Meldron en el campo de batalla y entonces mediremos nuestras fuerzas. Pero aún no ha llegado ese momento. Aunque lleváramos más guerreros, no podríamos vencer a Meldron todavía, y a nosotros no nos servirían de gran ayuda. – Se levantó

 

y se sacudió el polvo-. Ya llegará el día de la revancha, Calbha.

 

Así terminó la junta de guerra.

 

Cynan se marchó de inmediato con cuatro guerreros hacia Dun Cruach para aparejar los barcos de su padre. Nosotros nos dedicamos afanosamente a disponer armas y caballos para el viaje hacia la costa, esperando con ansiedad el día señalado para la marcha y procurando apaciguar el orgullo herido de Calbha por haber sido excluido de la expedición.

 

Tres días más tarde partimos al alba y nos internamos en la cañada siguiendo la ribera del tranquilo lago. De vez en cuando y sin previo aviso, las tinieblas de mi ceguera se iluminaban con las resplandecientes imágenes del mundo que me rodeaba: hombres a caballo atravesando profundos y verdes valles…, la niebla descendiendo por las laderas desde las cimas de la sierra…, el sol reflejándose en el metal…, guerreros con mantos rojos y redondos escudos blancos…, un lago azul y un cielo aún más azul con retazos de gris…, un plomizo crepúsculo extendiéndose a hurtadillas por la bóveda celeste…, estrellas brillando como hogueras de un campamento en una oscura llanura…

 

Oía el penetrante grito de las águilas que planeaban con el viento. Oía el apagado golpeteo de los cascos sobre el camino y el agradable tintineo de los ronzales. Oía las graciosas chanzas de los hombres que se armaban de buen humor para enfrentarse a la dura misión que los aguardaba.

 

Era un plan arriesgado, dada la abrumadora superioridad del enemigo. La sorpresa era nuestra única ventaja. Nunca más podríamos volver a sorprender a Meldron, sobre todo porque nuestro ataque le revelaría que Llew y yo seguíamos con vida. Teníamos una oportunidad, sólo una. Pero, si todo iba bien, a lo mejor sería suficiente.

 

Llew conocía la isla palmo a palmo. Los seis años que había pasado bajo la tutela de Scatha facilitarían nuestra arriesgada aventura. Sabía

 

perfectamente dónde podían acercarse los barcos a la costa sin ser avistados; sabía en qué colinas y valles podríamos refugiarnos; sabía cómo atacar el caer con mayor efectividad. Nuestro plan se basaba en el profundo conocimiento que Llew tenía de Ynys Sci. Y Cynan conocía la isla casi tan bien como él.

 

Mientras avanzábamos por la sierra, yo trataba, como tantas otras veces, de adivinar lo que nos aguardaba, de apartar el velo que ocultaba el futuro para vislumbrar lo que ocurriría cuando nos enfrentáramos con Meldron. Pero era inútil; no se me concedían ni presentimientos ni visiones. Acabé por desistir. El conocimiento vendría cuando el Dagda me lo concediera, pero no antes. ¡Que así fuera!

 

Ahora estábamos contemplando al fin cómo los barcos de Cynan entraban en la bahía, una de las innumerables ensenadas sin nombre que el mar ha erosionado en la rocosa costa del norte. «Este lugar debería llamarse de algún modo», pensé mientras escuchaba el lejano retumbar del trueno entre las ráfagas del viento: Cuan Doneann, la Bahía de la Tormenta.

 

Llew, que había estado hablando con Bran junto a la orilla, se me acercó; los guijarros de la playa crujieron bajo sus pies.

 

–Cada vez me agrada más ese hombre -comentó cuando llegó a mi lado. –En él encontrarás un valiosísimo Jefe de Batalla -dije yo-. La Bandada de Cuervos alzará el vuelo bajo sus órdenes. Y él te seguirá a ti doquiera que

 

lo conduzcas, hermano.

 

Pasó por alto mi observación y me preguntó:

 

–¿Has visto algo de lo que nos aguarda en Ynys Sci?

 

–Todavía no -confesé-. Ten por seguro que te lo comunicaré enseguida. –¿Crees que esta empresa es una locura?

 

–Sí -repuse-. Pero ¿qué importa? No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras haya la más mínima posibilidad de salvarlos.

 

–Espero que no sea demasiado tarde -murmuró sombríamente Llew. –¿Qué quieres que te diga? ¡Dímelo y te lo diré! – repliqué con más impaciencia de la que sentía para conjurar la nota de incertidumbre que había captado en las palabras de Llew. Porque la incertidumbre, igual que la duda y

 

la vacilación, son semejantes al miedo.

 

–Deseo la verdad -contestó Llew-. ¿Qué crees que vamos a encontrar allá?

 

–¿Deseas oír la verdad? Pues voy a decírtela: no tengo ni idea. Hasta que no lleguemos a Ynys Sci no sabremos lo que vamos a encontrar.

 

–¡Cálmate, hermano! – exclamó Llew, un tanto ofendido-. Sólo estaba preguntando.

 

–Pero voy a decirte algo más -continué más apaciguado.

 

–¿Qué?

 

–Si salimos con éxito, Meldron tardará bastante tiempo en volver a atacar a alguien. Y creo que sólo por eso vale la pena arriesgarse.

 

Un trueno estalló en el mar y su eco se prolongó a lo largo del acantilado.

 

–Será una dura travesía -observó Llew.

 

–Mejor que mejor. No se les ocurrirá que alguien pueda hacerse a la mar con semejante temporal.

 

Alguien gritó en la playa.

 

–Vamos -dijo Llew-, ha llegado la hora de subir a bordo. Conviene que nos embarquemos los primeros para dar ejemplo.

 

Nos acercamos a la orilla y nos dirigimos hacia el barco; Llew con su lanza y su escudo, yo con mi vara de fresno. Los hombres se apresuraron a seguirnos, corrieron hacia los barcos y subieron a bordo. La travesía sería dura, pero los veleros volarían como gaviotas delante de la amenazadora tormenta.

 

¡Y cómo volamos! Aunque el mar rugía, las velas se tensaban y los mástiles gemían; las proas de los barcos se deslizaban entre las espumantes olas hendiéndolas con poderosa energía. Todo el día y toda la noche, interminable y turbulenta, desafiamos la furia del océano.

 

Al alba avistamos nuestro destino: los verdes y plateados promontorios de Ynys Sci se alzaban resplandecientes en un mar de color pizarra. Sin embargo, no nos dirigimos a tierra, sino que plegamos velas y aguardamos a que cayera la noche. El sol parecía clavado en el cielo, tan lento nos parecía su curso. Mientras los barcos se balanceaban en el mar, los hombres dormitaban o afilaban sus espadas. En el cielo los jirones de nubes volaban hacia el horizonte.

 

Por fin, medio escondido en un manto gris de nubes, el sol se hundió en el límite del mundo para iniciar su viaje a través de los reinos inferiores. Las tinieblas se congregaron en el este y se fueron extendiendo por el mar. Cuando juzgamos que ya no podíamos ser avistados desde la isla, Llew dio la señal e izamos velas.

 

Nos acercamos a Ynys Sci desde el este y atracamos en una ensenada que Llew conocía. Los guerreros se deslizaron por la borda y se dirigieron hacia

 

la orilla. La corriente era fuerte y la costa peligrosa, con escarpados acantilados y golfos sembrados de peñascos; así que, cuando el último guerrero hubo llegado a tierra firme, los barcos se hicieron a la mar otra vez. Nos reunimos en la estrecha playa y comenzamos a subir por las hendiduras del acantilado cubiertas por cantos rodados. Una vez arriba, nos apresuramos tierra adentro para llegar al lugar escogido antes de que se hiciera de día.

 

No llevábamos antorchas y caminábamos a marchas forzadas; la oscuridad hacía que muchos hombres tropezaran en las irregularidades del terreno. Llew iba a la cabeza y no parecía tener dificultad alguna en encontrar el camino; tres columnas de guerreros lo seguían a toda velocidad entre las tinieblas de la noche para llegar a sus posiciones antes del amanecer.

 

El escarpado camino nos condujo hasta unas colinas de empinadas laderas; el susurro de los pies entre la hierba era la única señal de nuestro paso. Atravesando colinas y pequeños arroyos, cruzando el escarpado lomo de la isla, llegamos a nuestro destino en el tiempo calculado. Mientras los hombres descansaban en la cañada a la espera del alba, Llew, Cynan, Bran y yo subimos a la cima de la colina para observar desde lo alto el poblado de Scatha: unas cuantas casernas, algunas pequeñas viviendas, cocinas, graneros, cabañas y almacenes se apiñaban en torno a un amplio palacio de elevado techo.

 

Yo me senté mientras los otros, tendidos boca abajo, observaban entre los peñascos de la cumbre y aguardaban a que el alba iluminara poco a poco el poblado.

 

–Meldron está ahí, sin duda alguna -dijo Bran-. En el patio de armas hay muchos caballos, calculo que cerca de doscientos.

 

–Clanna na cù! – juró en voz baja Cynan-. A fe que es un perro atrevido.

 

Ataquémoslo ahora mismo.

 

–Calma, hermano -lo apaciguó Llew-. Scatha y los demás son lo más importante. Enzarzarnos con Meldron no les serviría de ninguna ayuda.

 

–Pero lo cogeríamos por sorpresa. No puede escapar, ni puede contar con más hombres de los que ahora mismo tiene. Insisto en que lo ataquemos. Podríamos vencerlo.

 

–Seguramente moriríamos en el intento -replicó Llew-. Piénsalo, Cynan, son cinco contra uno. Nos matarían en un abrir y cerrar de ojos.

 

–Nunca tendremos una oportunidad mejor -gruñó Cynan. –Escucha -dijo Llew-, yo odio a Meldron mucho más que cualquiera de

 

vosotros. Pero morir por dejarnos llevar por el rencor no serviría de nada. La vida de los cientos de personas que se han quedado en Dinas Dwr depende de nuestro regreso. Así que nos limitaremos a hacer lo que hemos venido a hacer. ¿De acuerdo?

 

Cynan asintió a regañadientes y observó:

 

–¿Y si ya los ha matado?

 

–No se ven señales de lucha -observó Bran-. No creo que se haya entablado ninguna batalla.

 

–Tal vez los ha matado sin lucha -apuntó Cynan-. Meldron es muy capaz.

 

Yo me eché al suelo y me uní a ellos.

 

–Meldron vino en busca de algo -observé-. Y todavía no se ha marchado. –Por tanto no ha conseguido aún lo que quería… ¿Es eso lo que quieres

 

decir? – preguntó Cynan-. Entonces hemos llegado a tiempo.

 

Oí un rumor en el suelo.

 

–Llew -dijo Cynan-, nosotros… ¿Llew?

 

Llew no respondió. Oí un susurro a mi lado y el ligero rumor de unos pies que se alejaban. Con los ojos de la mente vi que Llew se ponía en pie y se dirigía a lo más alto de la colina. Empuñando con violencia la lanza, la levantó por encima de la cabeza en un silencioso gesto de desafío. Los rayos dorados y rojos del alba lo iluminaban de tal forma que parecía resplandecer con la Luz de los Héroes. Se quedó inmóvil unos instantes; luego se dio la vuelta y emprendió el descenso hacia donde aguardaban los guerreros.

 

–¿Qué estás pensando, hermano? – lo interrogué al reunirme con Llew. Permaneció unos momentos pensativo con la frente apoyada en el astil de

 

la lanza.

 

–Estoy pensando que quizás hoy me enfrente con mi amigo -repuso-. Simon…, Siawn…, fue en otros tiempos mi amigo, mi camarada más querido; comíamos juntos, vivíamos juntos… Jamás soñé que pudiera ocurrir todo esto. Te lo digo sinceramente, Tegid: no acabo de entenderlo.

 

–Es encomiable llorar la pérdida de un amigo -dije con voz suave-. Laméntalo, pero no te lleves a engaño. La maldad y la codicia de esos hombres que están ahí abajo no tiene límites. Su iniquidad ha inundado Albión con la sangre de los inocentes que han asesinado. El mal que han maquinado los ha envilecido y deben ser detenidos. Hoy comenzaremos a poner fin a su maldad.

 

–Ya lo sé…, ya lo sé… Pero me hace daño; es como si un cuchillo me

 

atravesara las tripas, Tegid. ¡Simon era mi amigo!

 

–Llora por el amigo perdido, pero no llores por Siawn Hy. No olvides que ha estado contra ti desde el momento en que llegaste. Sólo se hapreocupado de sí mismo. Él y Meldron son bestias rabiosas que deben ser destruidas.

 

Oí unos pasos y reconocí a Cynan. Llew se enderezó.

 

–Ha llegado la hora -anunció Cynan-. Los barcos fondearán pronto en la bahía. Debemos ponernos en marcha.

 

–Ve con tus hombres -le dije-. Ahora mismo vamos.

 

–No hay tiempo para…

 

–Sólo unos instantes, Cynan. Por favor.

 

–Muy bien -asintió alejándose.

 

–¿Qué pasa? – preguntó Llew cuando hubo desaparecido. –He estado pensando -repuse-. En las Piedras Cantarinas. –¿Y qué?

 

–Si Meldron ha traído las piedras a Ynys Sci, debemos intentar arrebatárselas. Me pone enfermo que Meldron posea la Canción de Albión y la utilice para sus perversidades. Debemos apoderarnos de las piedras y llevárnoslas a Dinas Dwr.

 

Antes de que Llew pudiera responder se oyó el grito de alerta de Bran, que se había quedado en la cima de la colina.

 

–¡Ya vienen!

 

–Tenemos que marcharnos, Tegid.

 

Llew hizo ademán de darse la vuelta, pero lo agarré por la manga del siarc.

 

–¿Qué pasa? – exclamó con impaciencia.

 

–Las Piedras Cantarinas -lo urgí-. Debemos recuperarlas.

 

–Sí, sí -asintió irritado-. Lo haremos si es posible. Pero, si todo sale bien, no entablaremos batalla con Meldron. Quizá no tengamos oportunidad de buscar las piedras. Además, es posible que no las haya traído.

 

–Siempre las lleva consigo.

 

–¿Cómo lo sabes?

 

–Conozco muy bien a Meldron -repliqué.

 

–Mira, Tegid, no hay tiempo para discusiones. Deberías habérmelo comentado antes. Tenemos que marcharnos. Los barcos están entrando en la bahía.

 

–Pero ¿y si las Piedras Cantarinas están en Ynys Sci?

 

–Nos apoderaremos de ellas si podemos -prometió Llew-. ¿De acuerdo? –Muy bien.

 

Nos apresuramos a reunirnos con los demás. La banda de guerreros se dividió en dos grupos: uno acompañaría a Cynan, el otro a Bran. Llew y yo iríamos al poblado con Bran, mientras Cynan y sus hombres se dirigirían a la bahía al pie del caer.

 

A una señal de Bran emprendimos la marcha. Llew sabía cómo podíamos acercarnos sin ser avistados. Las colinas que se alzaban tras el caer nos ocultarían de los enemigos la mayor parte del camino, y muy cerca de las casas había campos de cereales por los que podríamos avanzar sin ser vistos.

 

Caminábamos en silencio. La tierra, espesa y húmeda, amortiguaba nuestros pasos. Descendimos la ladera hasta un campo de cebada con el corazón en un puño. Nos agachamos y nos internamos entre las hileras de cereal con las cabezas gachas y las espaldas encorvadas.

 

Avanzamos a rastras entre las espigas. Olía a tierra mojada y a grano seco; aguzamos el oído por si captábamos alguna señal de que habíamos sido descubiertos. Como no oímos ningún grito de alarma, nos agazapamos al borde del campo y nos dispusimos a esperar.

Nuestros barcos no habían estado ociosos. Tripulados sólo por dos hombres cada uno, habían doblado el promontorio este con rumbo a la bahía que en el sur servía como único puerto de Ynys Sci. Al alba los barcos tenían órdenes de entrar en la bahía a toda vela con un bosque de erizadas lanzas en los costados.

 

Nosotros nos limitaríamos a esperar a que los centinelas de Meldron avistaran los barcos y dieran la alarma.

 

22

 

EL RESCATE

 

Oímos primero un griterío apagado y confuso. Uno de los centinelas había avistado en su ronda nuestros barcos y había dado la señal de alarma, que no tardó en ser respondida por otro grito más cercano y perceptible.

 

La mayoría de los guerreros de Meldron debían de estar acampados fuera del palacete, porque la reacción fue inmediata. Se oyó una precipitada barahúnda de hombres que empuñaban espadas, escudos y lanzas, seguida del estruendo de pisadas que se abalanzaban corriendo hacia el borde del acantilado. Poco después salieron corriendo del palacete y de las casernas

 

más guerreros que se apresuraron a reunirse con sus compañeros de armas. –Espero que no hayamos subestimado la vanidad de Meldron susurró

 

Llew.

 

–Es difícil subestimarla -repuse-. ¡Escucha!

 

Mientras hablaba retumbó el horrendo rugido de un carynx. –¡Ya está! – exclamó Llew-. ¡Vamos, Meldron! ¡Que empiece el

 

espectáculo!

 

Acurrucados en el campo de cebada, seguíamos aguardando. El cuerno de batalla atronó por segunda vez, y su eco resonó en las colinas detrás de nosotros y fue coreado por los relinchos de los caballos y los gritos de excitación de los guerreros. Los ojos de mi mente se despertaron, y ante mí apareció la imagen de nerviosos caballos atados a las empalizadas del patio de Scatha y de hombres que, con los mantos al viento, se precipitaban hacia sus monturas.

 

–¿Lo ves? – pregunté.

 

–No -respondió Llew echándome una rápida ojeada-. ¿Y tú?

 

Sacudí la cabeza.

 

–No. Meldron no está entre esos hombres.

 

Los jinetes se reunieron en el patio. El carynx emitió de nuevo su terrible bramido, y oí el atronador estruendo de los caballos que partían al galope.

 

Eso era precisamente lo que habíamos estado esperando. A una señal de Bran, Niall salió de entre las espigas y salvó a la carrera la distancia que mediaba entre el sembrado y el edificio más cercano, que era un granero. Se detuvo unos instantes y luego desapareció por la esquina del almacén. Poco después volvió a aparecer y nos indicó con un gesto que podíamos avanzar.

 

En grupos de tres o cuatro cruzamos el espacio abierto entre el sembrado y el granero. El patio estaba vacío; no quedaba ningún caballo, ni tampoco había guerrero alguno a la vista.

 

Bran hizo otra señal y en un abrir y cerrar de ojos atravesamos el patio, al otro lado del cual se alzaba el palacete. Pegados al muro avanzamos hacia la puerta. Bran y Niall iban los primeros, Llew y yo los últimos. Al doblar la esquina del palacete, chocamos con los guerreros que nos precedían, que de pronto se habían quedado paralizados y miraban fijamente algo.

 

–¿Qué pasa? – dijo Llew abriéndose paso-. ¿Por qué os habéis detenido? Seguí a Llew, que avanzó hasta donde estaba Bran y, como todos los

 

demás, se quedó de pronto inmóvil. Tendí la mano y le toqué el hombro; se

 

volvió hacia mí con el semblante demudado.

 

–¿Llew?

 

Mi visión interior contempló de pronto la causa de su angustia: varias hileras de lanzas estaban clavadas hasta medio astil en el suelo, y en la punta de cada una de ellas habían ensartado la cabeza de un joven guerrero. Meldron había asesinado a los guerreros mabinogi de la escuela de Scatha y había clavado sus cabezas ante el palacete en una espantosa pantomima de una asamblea de guerreros. Los pájaros carroñeros habían hecho su trabajo, y las cuencas vacías de los jóvenes nos miraban acusadoramente.

 

Llew se alejó del horrible espectáculo y se dirigió hacia la puerta. Pero Bran lo detuvo asiéndolo del brazo. Hizo una señal a los Cuervos y entró en el palacete espada en mano.

 

Los Cuervos lo siguieron; tras ellos todos los demás se precipitaron como una tromba dispuestos a enfrentarse con los guerreros que pudiera haber dentro.

 

Pero Meldron no estaba, y los dos guerreros que habían quedado de guardia fueron rápidamente silenciados con dos certeros lanzazos. Después, nos dispusimos a atender al prisionero que estaban vigilando.

 

Dejando a un lado la lanza, Llew se arrodilló junto al cuerpo que yacía en la ensangrentada chimenea.

 

–Boru…

 

Ante mi sorpresa, el hombre abrió los ojos y sus labios dibujaron una débil sonrisa.

 

–Llew… -murmuró con un desgarrador gemido-. Has venido… –Todavía está vivo. Traed agua -ordené, y Niall se apresuró a

 

obedecerme.

 

Me arrodillé junto a Llew y a Bran y procedí a cortar las ligaduras de cuero que sujetaban las manos y los pies del infeliz Boru. Lo habían torturado bárbaramente; le habían arrancado tiras de carne del estómago, de los muslos y de la espalda. Tenía el pelo chamuscado, porque le habían acercado la cabeza a las llamas, y un costado horriblemente quemado.

 

–Boru…, escúchame si puedes -dijo Llew-. No disponemos de mucho tiempo porque Meldron puede regresar de un momento a otro. ¿Dónde está Scatha?

 

El hombre se esforzaba por hablar, pero no podía pronunciar ni una sola palabra inteligible. Niall volvió con un vaso de agua.

 

–Haz salir a los hombres y esperadnos fuera -le dijo Llew.

 

Volvió a concentrar toda su atención en Boru. Bran le alzó con sumo cuidado la cabeza mientras Llew sostenía el vaso. El desgraciado Boru bebió un sorbo y se atragantó. Cuando el espasmo hubo pasado, Bran le apoyó otra vez la cabeza en la chimenea.

–Scatha…, ella…

 

Tosió otra vez y la tos acabó por convertirse en un angustiado jadeo. –Sí, Scatha -susurró Llew-. ¿Dónde está, Boru? –… estaba seguro de que volverías… Ah…

 

Boru sonrió con un rictus de agonía. Llew se mojó los dedos y le humedeció la lengua que, muy negra, asomaba entre sus resecos labios. –¿Dónde está Scatha? ¿Y sus hijas? Boru, ¿sabes dónde están?

 

Boru cerró los párpados y su torturado cuerpo sufrió una convulsión; luego el paroxismo cesó y exhaló un suspiro tan profundo que pensé que había muerto. Pero Llew le cogió la cara con la mano y el muflón, se inclinó hacia él y le dijo:

 

–Eres el único que puede ayudarnos ahora. Dime, Boru, ¿está viva Scatha?

 

Boru alzó los párpados; los ojos le brillaban intensamente.

 

–Llew…, estás aquí…

 

–¿Dónde están Scatha… y sus hijas, Boru? ¿Están aquí? ¿Viven todavía? Boru se estremeció luchando por articular alguna palabra con su negra

 

lengua.

 

–Las cuevas…, las cuevas del mar… -jadeó.

 

Creo que su voz llegó desde más allá de la muerte, porque, mientras

 

pronunciaba esas palabras, sus ojos se cerraron y sus músculos se relajaron.

 

Había muerto.

 

–Descansa en paz, hermano -dijo Llew con voz suave, mientras depositaba delicadamente en el suelo de la chimenea el quemado y torturado cuerpo de Boru.

 

–Las cuevas del mar -repitió Bran-. ¿Sabes dónde están?

 

–Sí. En la costa oeste de la isla hay unas cuevas. Fuimos varias veces a visitarlas a caballo.

 

–¿Están muy lejos?

 

–No -respondió Llew-, pero necesitaremos caballos si queremos llegar antes que Meldron.

 

Bran procedió a hacer un rápido registro en el palacete y regresó con el rostro ceniciento.

 

–¿Qué has encontrado? – le preguntó Llew al verlo.

 

Por toda respuesta, el Jefe de Batalla nos indicó que lo siguiéramos. Nos condujo a la habitación de Scatha, en el otro extremo del palacete.

 

Govan yacía sobre las pieles de oveja del lecho, con la túnica subida hasta las caderas. La habían violado; y, cuando sus atacantes se cansaron de esa diversión, la degollaron. Su piel estaba blanca como las mantas sobre las que descansaba, excepto en el lugar donde la sangre se había coagulado. Tenía la cabeza ladeada y los ojos abiertos.

 

Llew se tambaleó y tuvo que agarrarse a mí para no caer.

 

–El cuerpo está frío -murmuró Bran-. La mataron mucho antes de nuestra llegada.

 

Llew hizo ademán de acercarse al lecho, pero yo lo agarré del brazo. –No hay tiempo. Tenemos que salvar a los que todavía están vivos, si es

 

que podemos.

 

Se desprendió con brusquedad de mi brazo y se acercó al lecho. Con manos temblorosas desencorvó las piernas de Govan, primero la derecha y luego la izquierda, y la tapó con la túnica. Le cruzó los brazos sobre el pecho, le enderezó la cabeza y le cerró los ojos. Se quedó unos instantes mirándola; a no ser por la sangre de la herida bajo la barbilla, se hubiera dicho que la muchacha sólo estaba durmiendo.

 

Sin pronunciar ni una palabra, Llew salió de la habitación y se encaminó hacia la puerta del palacio. Bran lo alcanzó en el umbral.

 

–Quizás un solo hombre tenga más probabilidades de salir airoso observó-. Iré yo.

 

–No sabes dónde están las cuevas -dijo Llew-. Iremos los dos.

 

Luego se dirigió a Niall, que aguardaba fuera.

 

–Regresa con los hombres a la playa y esperad los barcos. Nos reuniremos con vosotros allí.

 

–¿Cómo lograréis reuniros con nosotros? – pregunté.

 

Nuestros barcos, con las bordas erizadas de lanzas, habían entrado en la bahía para alejar del palacete a los guerreros de Meldron. Cuando el enemigo llegara a la bahía para hacer frente a la supuesta invasión, nuestros barcos debían navegar costeando como si buscaran un lugar apropiado para desembarcar guerreros. Esperábamos que Meldron los perseguiría y nosotros

 

tendríamos tiempo de rescatar a los prisioneros. Los soldados de Cynan tenían órdenes de aguardar escondidos a que Meldron se alejara para entonces proceder a la destrucción de los barcos del príncipe. Una vez cumplidas las respectivas misiones, ambos contingentes regresarían al lugar donde habíamos desembarcado para encontrarse con los barcos que habrían completado la vuelta a la isla.

 

Habíamos conseguido que Meldron se alejara de la bahía, tal como habíamos planeado, pero, al parecer, se dirigía hacia el lugar donde Llew debía rescatar a Scatha y a sus hijas. No podríamos liberarlas sin ser vistos y no podíamos correr el riesgo de que nos vieran.

–No puedes cruzar la isla a plena luz del día; es muy peligroso y la distancia es muy grande.

 

–No nos queda otro remedio -repuso con brusquedad Llew mientras atravesaba el patio. Echó una ojeada a la bahía y a la humareda que se levantaba de la playa donde Cynan estaba incendiando los barcos de Meldron-. A menos que podamos detener a Cynan -añadió.

 

Corrimos hacia los acantilados que se cernían sobre la bahía. Seis barcos se hundían en las aguas con las velas en llamas y los cascos quebrados. Cynan y sus hombres habían desaparecido; habían llevado a cabo su misión y se habían marchado.

 

–Demasiado tarde -dijo Llew-. Podríamos haber utilizado uno de esos barcos.

 

–Id a las cuevas y quedaos allí. Os enviaremos un barco a la hora del crepúsculo -sugerí yo.

 

Bran y Llew se pusieron en marcha. Yo di las oportunas órdenes a los Cuervos.

 

–Niall, regresa con los hombres a la ensenada y aguardad los barcos.

 

Vosotros, Garanaw, Emyr, Alun y Drustwn, venid conmigo.

 

Niall y los guerreros se marcharon; yo regresé con los Cuervos al palacete. Garanaw y Drustwn levantaron el cuerpo de Boru, yo extendí mi manto en el suelo y Emyr y Alun envolvieron en él el cadáver. Luego, mientras Garanaw y Drustwn sacaban del palacio el cuerpo de Boru, me dirigí con Alun y Emyr a la habitación de Scatha. Envolvimos el cuerpo de Govan en una manta y nos lo llevamos. Después, en la colina que se alzaba sobre el caer, los Cuervos cavaron con sus espadas una tumba. Enterramos los dos cuerpos juntos y los cubrimos de tierra.

 

Miré en dirección a la bahía, pero desde donde estábamos no podíamos divisarla. Tampoco se veía ni rastro de la hueste de Meldron. Me volví hacia las colinas, moteadas de gris y verde, y sobre las que se deslizaba la sombra de una nube que ocultaría sin duda nuestros movimientos. Pero aquello fue lo último que vi, porque inmediatamente la ceguera se apoderó otra vez de mí y las tinieblas borraron por completo la luz.

 

Emprendimos el regreso a través de las colinas y descendimos por el acantilado hacia la pequeña ensenada rocosa en la que habíamos desembarcado. Nos reunimos con el resto de los guerreros y nos dispusimos a esperar en la playa. Drustwn encontró una peña seca desde la que otear el horizonte y nos sentamos los dos juntos.

 

–Cynan ya debería haber llegado -comentó Drustwn al cabo de un rato; se levantó y comenzó a caminar por la playa con pasos impacientes.

 

El viento soplaba del mar y las olas rompían en las rocas. Seguimos aguardando.

 

Drustwn regresó junto a mí.

 

–Algo ha ido mal -dijo-. Hace rato que deberían estar aquí.

 

Sus palabras despertaron en mi mente una imagen: un barco bordeaba lentamente la costa. En ese mismo instante se oyó en la playa un grito.

 

–¡Barco a la vista! ¡Se acerca un barco!

 

Drustwn echó a correr, y regresó enseguida apresuradamente.

 

–¡Es uno de los barcos de Meldron! – anunció.

 

Traté de retener la imagen del barco, pero se desvaneció antes de que pudiera distinguir algo más. En la playa los guerreros prorrumpieron en un desafiante griterío y se dispusieron a la lucha mientras el velero entraba en la ensenada. Empuñé el bastón, me puse en pie y le dije a Drustwn:

 

–Dime todo lo que veas.

 

Mientras hablaba, los furiosos alaridos de la playa se convirtieron en gritos de bienvenida.

 

–¡Es Cynan! – gritó alguien.

 

–¡Sí, sí! ¡Es Cynan! – confirmó Drustwn-. Se ha apoderado de uno de los barcos de Meldron.

 

Se oyó otro grito en la playa en el momento en que aparecía un segundo velero.

 

–¡Otro barco! ¡Se ha apoderado de dos barcos!

 

–¡Que los hombres suban a bordo! – ordené-. ¡Rápido! Quizá podamos

 

aún salir airosos de esta empresa.

 

Drustwn ordenó a los hombres que subieran a bordo y, cogiéndome del brazo, me condujo hasta el barco más próximo; me ayudó a subir por la borda y dio un grito para que nos hiciéramos a la mar enseguida. Todavía estaba él saltando a bordo cuando los barcos enfilaron hacia aguas más profundas.

 

Cynan vino a nuestro encuentro.

 

–¿Dónde está Llew?

 

–Ha ido a buscar a Scatha -respondí, y le relaté lo que habíamos encontrado en el palacio. Entre los muchachos asesinados había varios que pertenecían a su clan.

 

–Mataré a Meldron -juró Cynan cuando hube acabado mi relato-. Le arrancaré su negro corazón con mis propias manos.

 

–¿Cómo te fue en la bahía?

 

–No podía haberme ido mejor -replicó Cynan-. Los barcos estaban todos juntos…, ocho en total; éstos eran los mejores. Tuvimos que esperar a que nuestros veleros se marcharan de la bahía y Meldron saliera en su persecución. Reventamos los cascos e incendiamos las velas -añadió dando una palmada en la borda-. Todos excepto estos dos. Son más grandes y más rápidos que los nuestros. No pude resistir la tentación de apoderarme de ellos.

 

–Hiciste muy bien -le dije, y le conté adónde habían ido Llew y Bran.

 

Al oírme, Cynan ordenó al timonel que pusiera rumbo hacia la costa oeste de la isla.

 

–El Salvaje Sabueso ha mordido el anzuelo -afirmó-. Quizás en su prisa por alcanzar nuestros barcos no mire hacia atrás.

 

–¿Y si lo hace?

 

–Bueno -repuso Cynan con expresión astuta-, pues entonces sólo verá dos de sus barcos que persiguen a los invasores. Cuando caiga en la cuenta de que no ordenó persecución alguna, ya estaremos fuera de su alcance.

 

Si el corto viaje hacia la bahía del caer de Scatha nos pareció largo, la travesía desde la bahía hasta la costa oeste de Ynys Sci nos resultó interminable. Mi ansiedad iba en aumento minuto a minuto. Cuanto más nos acercábamos a nuestro destino, más inquieto me sentía. Escruté en lo más profundo de mis pensamientos para averiguar lo que tanto me estaba perturbando, pero no pude descubrir nada y me hundí en una lúgubre aprensión.

 

Un grito de Drustwn me despertó de mi ensimismamiento.

 

–¡Allí! ¡Ya los veo! – gritó asomado a la borda-. ¡Llew! ¡Bran! ¡Estamos aquí!

 

El alarido del Cuervo desvaneció las tinieblas y despertó mi visión interior. Agarrándose a uno de los cabos del mástil, Drustwn se subió a la barandilla y agitó frenéticamente el brazo. Dirigí mis ojos sin vista hacia tierra y escudriñé la costa.

 

Era un litoral rocoso, sembrado de peñascos y de peligrosas calas. Algunas eran poco más que agujeros excavados en la roca; otras conformaban unas cuevas lo suficientemente profundas como para esconder un bote. Llew, con Goewyn en brazos, avanzaba penosamente hacia nosotros. Bran y Scatha lo seguían muy cerca.

 

Un grito de alegría surgió de la garganta de los guerreros congregados en la borda; pero la alegría murió en el aire porque sobre el acantilado que se cernía sobre los fugitivos apareció una hilera de enemigos. Al momento unos cincuenta guerreros empezaron a descender por los peñascos mientras los demás arrojaban lanzas contra las siluetas que se internaban en la rompiente.

 

–¡Acércate más! – gritó Cynan.

 

El timonel contestó algo que no pude oír, pero Cynan no le hizo caso.

 

–¡Acércate más! – repitió, golpeando la borda con los puños.

 

Las lanzas brillaron acantilado abajo y se precipitaron en el mar. Cynan, con medio cuerpo fuera y haciendo bocina con las manos, gritó con una voz que retumbó en el mar:

 

–¡Nadad! ¡Nadad hacia aquí!

 

Desde lo alto seguían cayendo las lanzas, que dibujaban un arco en el aire y se hundían en las aguas por doquier. Pronto el primero de los enemigos llegó a la arena y se lanzó al agua en pos de los fugitivos.

Nuestros guerreros empezaron a animar con sus gritos a Llew y a Bran. Llew, con Goewyn abrazada a él, perdió pie y ambos quedaron sumergidos en el agua unos instantes; enseguida se levantó, agarró otra vez a Goewyn y reanudó la huida.

 

–¡Nunca podrán conseguirlo! – exclamó Cynan con el rostro congestionado sin dejar de golpear la borda con sus manazas.

 

Apenas acababa de pronunciar tan agoreras palabras cuando el barco se ladeó con un ruido sordo. El casco había chocado con una roca. Los hombres se apresuraron a trepar a la baranda y a empujar con los bicheros para separar el barco de las rocas. Al observar el percance que habíamos sufrido, una feroz

 

algarabía se levantó en el acantilado. Los enemigos más impulsivos arrojaron sus lanzas contra nosotros, pero los lanzazos quedaron cortos, aunque por muy poco.

Cynan se arrojó al agua y tras él los Cuervos y varios guerreros más. Unos corrieron al encuentro de Llew y lo ayudaron a llevar a bordo a Goewyn; los demás siguieron a Cynan para hacer frente a los enemigos. Bran, al ver a sus hombres dirigirse hacia él, echó una mirada hacia atrás y obligó a Scatha a seguir sola hacia el barco.

 

Llew y Niall subieron a bordo a Goewyn. Luego subió Llew. Yo acudí corriendo al encuentro de mi amigo, que se había arrodillado junto a la muchacha.

 

Goewyn estaba medio inconsciente. Yacía completamente empapada sobre la cubierta, luchando entre jadeos por recuperar la respiración. Tenía una parte de la cara hinchada y amoratada, la garganta llena de verdugones enrojecidos y los brazos y las palmas de las manos llenos de cortes como si se hubiese abierto camino entre tojos.

 

Scatha llegó junto al barco y tendió las manos hacia los hombres que la esperaban para subirla a bordo. También tenía los brazos y las manos arañados, pero no parecía haber sufrido más heridas. Se arrodilló junto a Llew; alguien le tendió un manto con el que cubrió a Goewyn.

 

–Márchate, yo cuidaré de ella -le dijo a Llew.

 

Llew se levantó y me miró. Antes de que pudiera decirme nada, se oyó el prolongado y aterrador sonido del carynx en los acantilados.

–¡Es Meldron! – gritó alguien.

 

El príncipe había avistado los barcos y había abandonado la persecución de los presuntos invasores. Con una rápida ojeada se hizo cargo de lo que estaba ocurriendo. El cuerno de batalla sonó otra vez, y cientos de guerreros se unieron a sus camaradas acantilado abajo.

 

–¡Virad el barco! – gritó Llew.

 

Los hombres se afanaron con los bicheros y la proa se deslizó suavemente hacia la boca de la ensenada.

 

Cynan y los Cuervos entablaron combate con los enemigos. Refulgieron las espadas, relampaguearon las lanzas y el crujido de las armas resonó entre las rocas. Las imágenes se sucedían vertiginosamente ante los ojos de mi mente: la luz del sol reverberaba en los tachones de los escudos y en las hojas de las espadas; la sangre teñía de rojo las verdes aguas del mar; los cuerpos

 

flotaban a la deriva; el oleaje arrastraba miembros sin vida; la espuma de las olas lamía las piernas de los combatientes…

 

Los enemigos aullaban de rabia en el acantilado. El aire parecía estallar con los graznidos y el vuelo de las gaviotas. Niall ordenó a los guerreros que abandonaran el combate. Emyr hizo sonar el carynx y Cynan alzó la espada y corrió hacia el barco. Instantes después, los hombres que estaban a bordo inclinados sobre la baranda ayudaron a subir a sus compañeros de armas.

 

En mi visión interior relampagueó la imagen de un jinete dominado por violenta cólera: Meldron, furioso al ver que le robaban los barcos, ardía en cólera por haber sido engañado y por tener que contemplar cómo sus enemigos lograban escapar.

 

Y también vi a alguien más: a Siawn Hy, que, a caballo, contemplaba junto a Meldron cómo nuestros barcos huían fuera de su alcance. Pero, a diferencia de Meldron, no parecía dominado por la ira, sino que sonreía. Y su sonrisa era cruel, fría, brutal. Lo vi inclinarse y susurrarle algo a Meldron, quien lo miró con vivo interés.

 

Después el viperino Siawn murmuró algo más al príncipe, y éste pareció animarse un tanto. Se dio la vuelta en la silla y gritó una orden a sus guerreros. Cuando volvió su rostro otra vez hacia el mar, su colérico ceño había desaparecido y su semblante estaba tranquilo; una maliciosa luz le iluminaba los ojos.

 

Y de pronto, entre la banda de guerreros, surgió un jinete: un hombre vigoroso y de hombros muy anchos. En la cabeza llevaba un casco de bronce; su escudo era ovalado y la espada, sin funda, le pendía de la cadera. Incluso antes de verle la cara, supe quién era: lo hubiera conocido por la forma de montar a caballo.

 

¡Era Paladyr!

 

23

 

LA HUIDA

 

–¡Paladyr! – gritó Llew-. ¡Tegid! ¡Es Paladyr!

 

–Ya lo le visto -repliqué, y con los ojos de la mente vi que Meldron se volvía hacia su paladín. Paladyr volvió grupas y desapareció del acantilado.

 

–¿Adónde habrá ido? – se preguntó Llew-. ¿Lo ves, Tegid?

 

–No lo veo -repuse, con el corazón encogido de negros presentimientos. Cynan se acercó a nosotros, chorreando agua y sangrando de un tajo en el

 

antebrazo.

 

–¿Dónde están los demás? – inquirió.

 

–Boru ha muerto -le dijo Llew-. Y también todos los aprendices de guerrero. – Bajando la voz añadió-: Govan también ha muerto. Pero no creo que Scatha lo sepa todavía.

 

–¿Y Gwenllian?

 

–No lo sé -respondió Llew-. Scatha dijo que las habían hecho prisioneras cuando ella se negó a unirse a la banda de Meldron. Ella y Goewyn pudieron escapar.

 

–A lo mejor Gwenllian también pudo escapar -observó con esperanza Cynan.

 

Al oírlo, me invadió tan espantoso pavor que me tambaleé como si me hubieran golpeado; tuve que agarrarme a la borda y sostenerme la cabeza entre las manos.

 

Llew se dio cuenta y me agarró del brazo para impedir que me cayera. –¿Qué te pasa?

 

Como no le respondía, me sacudió por el hombro. –Tegid, ¿qué sucede? ¿Algo va mal? ¿Qué ha pasado?

 

Abrí la boca para hablar, pero sólo pude emitir un gemido, que se convirtió en un alarido. No podía callarme, no podía dominarme.

 

–¡Mirad! – exclamó Bran.

 

Llew y Bran dirigieron los ojos hacia el acantilado. Paladyr había regresado y se había detenido al borde del precipicio; llevaba algo al hombro.

 

–¿Qué es eso? ¿Qué lleva? – preguntó Cynan.

 

–No… -murmuró Llew con la voz quebrada por el dolor.

 

Paladyr arrojó al suelo su fardo y lo enderezó de una violenta sacudida.

 

Aunque ya sabía lo que era, el corazón me dio un vuelco.

 

–Mo anam! – juró Cynan.

 

Llew soltó un reniego entre dientes; Bran maldijo a Meldron y a su chusma de seguidores; Scatha, paralizada de horror, miraba a su hija Gwenllian, que estaba de pie, al borde del precipicio, junto al paladín de Meldron.

 

En lo alto del acantilado, Paladyr agarró el manto de la banfáith por la capucha y se lo arrancó con violencia. La muchacha tenía las manos atadas y luchaba débilmente por liberarse. Paladyr le dio un puñetazo en la cara. La cabeza se le venció hacia atrás, las rodillas se le doblaron y cayó contra

 

Paladyr.

 

–¡Gwenllian! – gritó Scatha.

 

Los demás podían desviar la mirada, si querían, pero yo no podía librarme de la visión de los ojos de mi mente, que registraban sin compasión toda la escena. ¡Ojalá la oscuridad de la ceguera total me hubiera invadido de nuevo!

 

Paladyr cogió en brazos a Gwenllian y la levantó por encima de su cabeza. La muchacha se debatía y pateaba, pero él la sostuvo firmemente en alto y, avanzando hacia el borde del precipicio, la arrojó al abismo.

 

Gwenllian soltó un desesperado grito, y su cuerpo se estrelló contra las rocas. Con el violento choque se le rompió la espina dorsal y se le quebraron brazos y piernas. El cuerpo, que resaltaba blanco entre los negros y resbaladizos peñascos, cayó rodando hasta el mar dejando detrás una estela carmesí.

 

–¡Gwenllian! – aulló Scatha, y su grito se convirtió en un sollozo. Me apreté la cabeza entre las manos para librarme de tan espantosa

 

visión, pero los ojos de mi mente miraron el acantilado y vi a Paladyr contemplando las aguas con una sonrisa. Meldron dijo algo a su paladín, y éste se volvió a contestarle. Luego Paladyr se inclinó, recogió el manto y lo blandió en alto para que lo viéramos. Después lo soltó y fue cayendo lentamente hacia el mar. Meldron volvió grupas y desapareció. Pero Siawn Hy se quedó unos minutos contemplando los barcos. Cuando se aseguró de que lo estábamos mirando, sonrió y blandió la lanza como si nos saludara.

 

Después también desapareció y ante los ojos de mi mente sólo quedó la imagen del cuerpo de una hermosa mujer flotando sin vida entre las aguas, con las carnes desgarradas, los rojos cabellos ondeando entre las algas a merced de la corriente, los verdes ojos apagados, los labios partidos y la boca abierta y llena de agua…

 

Luego la imagen se fue desvaneciendo en una oscuridad neblinosa y la ceguera me invadió de nuevo.

 

Mientras los enemigos vociferaban de rabia sobre el acantilado, viramos los barcos robados y enfilamos la costa oeste de Ynys Sci. Al crepúsculo avistamos nuestros barcos. Al principio emprendieron veloz huida, pero los barcos de Meldron eran más rápidos y pronto los alcanzamos y nos dimos a conocer. Acercando casco contra casco sobre la ondulante corriente, transbordamos unos cuantos guerreros y emprendimos el viaje de regreso.

 

Llew instaló a Scatha y a su hija en un lugar resguardado junto al mástil y me rogó que les comunicara a ambas que habíamos hallado el cadáver de Govan. Les relaté los tristes hechos y añadí que habíamos podido enterrarla. Goewyn se cubrió la cabeza con el manto y lloró amargamente. Scatha soportó su dolor sin derramar una lágrima, con una dignidad encomiable.

 

–Gracias, Tegid Tathal -dijo, y se dispuso a consolar a su hija-.

 

Déjanos solas, por favor.

 

El viento siguió soplando firme y regularmente en el estrecho, y al alba llegamos a una protegida ensenada de la costa norte de Caledon. Desembarcamos para descansar y trazar la segunda parte de nuestro plan. Cuando los hombres estuvieron instalados cómodamente, Bran, Cynan, Llew y yo nos reunimos en un cercano otero que se levantaba sobre la arenosa playa. Las olas, al romper en la playa, producían un melancólico susurro.

 

–La deuda de sangre es enorme, y Meldron tendrá que saldarla declaró Cynan en tono firme-. Pasará cierto tiempo antes de que pueda abandonar esa isla. Propongo que ataquemos ahora mismo y destruyamos a todos los que lo apoyan.

 

–Estoy de acuerdo -coincidió Bran-. Debemos atacar mientras el grueso de sus tropas está en Ynys Sci. Quizá no volvamos a tener una oportunidad como ésta.

 

Cynan y Bran explicaron la conveniencia de su plan, y Llew los escuchó con atención. Luego sentí que me tocaba en el hombro.

 

–¿Qué opinas, Tegid?

 

–¿Qué puedo decir que no haya sido dicho ya? Hemos asestado un buen golpe a Meldron. Hay que combatirlo por todos los medios.

 

Llew notó en mi respuesta una nota de desaprobación. –¿Cuál es el problema, Tegid? ¿Qué es lo que va mal? –¿Acaso he dicho que algo va mal?

 

–No, pero podría jurar que lo piensas -repuso dándome unos golpecitos en el brazo con su muñón-. ¿De qué se trata? No es momento de adivinanzas.

 

–Las Piedras Cantarinas… -empecé a decir.

 

–¡Ah, vaya! – me interrumpió irritado-. ¿Qué pasa con ellas?

 

–Atacar la fortaleza de Meldron… está muy bien pensado -repliqué-. Pero sería un esfuerzo inútil si no podemos recuperar las piedras.

–Dijiste que las lleva siempre con él -observó Llew.

 

–Dije que probablemente así es. Pero, como no pudimos registrar Ynys

 

Sci, creo que sería conveniente que registráramos su fortaleza.

 

Bran terció en la conversación:

 

–Esas Piedras Cantarinas de las que estáis hablando deben de ser muy valiosas. Sin embargo, jamás había oído hablar de ellas.

–Cuéntaselo, bardo. Yo ya conozco la historia, pero tendré sumo gusto en volver a oírla -dijo Cynan.

 

Asentí y guardé silencio unos instantes para encontrar las palabras adecuadas.

 

–Antes de que el sol, la luna y las estrellas hubieran empezado a recorrer sus interminables órbitas, antes de que las criaturas respiraran, mucho antes del principio de todo lo que existe y existirá, fue cantada la Canción de Albión. La Canción sostiene este mundo y en ella se sustenta todo lo que existe. La Canción es el inestimable tesoro de este mundo y no puede ser expoliado por criaturas de almas mezquinas o por servidores indignos.

 

En cuanto hube empezado el relato, las palabras fueron brotando y fluyendo por sí mismas con el lirismo de los bardos.

 

–Meldryn Mawr, el Soberano Señor, al igual que los poderosos reyes de Prydain que lo habían precedido, defendió la Canción durante los largos años de supremacía de nuestro clan. En lo más profundo de la montaña sobre la que se alzaba la fortaleza de Findargad, el Phantarch de Albión, el Supremo, dormía su sueño encantado, seguro y protegido por el baluarte de un verdadero rey. Pero el Gusano de ardiente aliento mordió profundamente, y de su mordisco brotó la corrupción. Las raíces de la dignidad real de Prydain se pudrieron. La legítima soberanía declinó; el defensor bajó la guardia y los enemigos de la Canción aprovecharon la ocasión. El Phantarch fue asesinado para silenciar la Canción, pero su fuerza era la fuerza de la Canción de Albión y su sagrada misión prevaleció. En efecto, aunque el Phantarch, el Bardo de Bardos, descendió a los abismos de la muerte, la Canción fue salvada.

 

Bran confesó que no acertaba a explicarse cómo podía haber ocurrido.

 

–Yo tampoco podía entenderlo cuando me lo contaron -terció Cynan-.

 

Pero escucha y verás. Continúa -añadió dirigiéndose a mí.

 

–Tú ya conoces la historia -repuse-. Cuéntala tú.

 

–Con sumo gusto -replicó Cynan con entusiasmo-. Esto fue lo que sucedió: el Phantarch, con poderosos hechizos, ató la Canción a las piedras con las que lo habían lapidado. Mientras la vida lo abandonaba, el sabio

 

bardo insufló la inestimable Canción a las piedras que le servían de sepultura, para que la Canción no se perdiera. ¿Lo he explicado bien? – me preguntó cuando hubo acabado.

–Con todo detalle -afirmé.

 

–Perdonadme -dijo Bran-, pero hay algo que todavía no entiendo. Si Meldron quería silenciar la Canción, ¿por qué carga con las Piedras Cantarinas? ¿Por qué no las destruye ahora que las tiene en su poder?

 

–Eres muy perspicaz, Bran -observé-. Has dado precisamente en el meollo de la cuestión.

 

–Explícamelo si puedes -pidió el Jefe de Batalla.

 

Me disponía a hacerlo, pero Llew se me adelantó.

 

–La clave está en Siawn Hy -dijo- No pertenece a este mundo. Es un extraño aquí, lo mismo que yo. Pero, a diferencia de mí, Simon, que así se llama en mi mundo, no creía en el poder de la Canción de Albión. Pensó que, silenciando al Phantarch, podría hacerse dueño de todo… o, al menos, logró convencer a Meldron de que lo intentara.

 

–Así fue como durante un tiempo la Canción de Albión permaneció en silencio -proseguí yo-. Y entonces se desató el Cythrawl, la Criatura del Abismo, porque la Canción, una vez silenciada, ya no pudo impedir que se escapara. El Bardo Supremo Ollathir detuvo y rechazó al instrumento de los infiernos, pero no pudo impedir que antes de que desapareciera invocara a Nudd, el príncipe de Uffern, y a su Horda de Demonios, para que sembrara la destrucción en el pueblo de Prydain por haberse atrevido a proteger la Canción. Resistimos innumerables y amargas penalidades, y por fin el ancestral enemigo fue vencido ante las puertas de Findargad.

 

Cynan no pudo guardar silencio por más tiempo.

 

–Llew llevó a cabo la Heroica Hazaña sobre la muralla -exclamó, y contó cómo Llew había encontrado las Piedras Cantarinas y cómo, inspirado por el awen del Bardo Supremo, las había utilizado para salvar Albión-. Nudd y los perversos coranyid fueron arrojados de nuevo al Annwn.

 

–Después de la batalla, recogimos los fragmentos de las piedras que portaban la Canción -explicó Llew-. Y Meldron se las quedó.

 

–No sabíamos por entonces lo que estaba planeando; de otro modo no se lo habríamos permitido -añadí yo-. Pero Meldron ha visto con sus propios ojos el poder de las piedras y planea ahora aprovecharse de ese poder para proclamarse Supremo Rey de Albión.

 

–No lo logrará mientras me quede un hálito de vida -juró Bran-. Nunca lo verán mis ojos convertido en Soberano Rey.

 

–Lo mismo digo -añadió Cynan-. No habrá para nosotros descanso hasta que hayamos liberado las Piedras Cantarinas de las garras del Salvaje Sabueso.

 

Seguimos hablando de este y otros asuntos, y después Bran y Cynan regresaron junto a sus hombres. Cuando se hubieron marchado, le dije a Llew:

 

–No has expresado tu opinión acerca del ataque a la fortaleza del Salvaje Sabueso; Cynan y Bran se mostraron de acuerdo, pero tú no has dicho nada. ¿Es que no lo apruebas?

 

–No es eso -repuso él-. Considero que es el momento adecuado, puesto que Meldron se ha quedado aislado en Ynys Sci y le costará tiempo y trabajo reparar sus barcos.

 

–Podemos recuperar las piedras y regresar a Dinas Dwr antes de que pueda poner a flote un casco -dije-. ¿Por qué, pues, te muestras reacio al ataque?

 

–No es que me muestre reacio, Tegid -contestó con tono crispado-.

 

Simplemente creo que todos estos planes sobre las piedras son una temeridad.

 

–¿Por qué?

 

–Ya tenemos más que suficientes preocupaciones como para añadir la de las piedras. Además, es probable que Meldron las lleve consigo dondequiera que vaya; tú mismo lo dijiste. Es una pérdida de tiempo y no servirá de nada.

 

–Entonces ¿por qué tienes miedo de ir a buscarlas?

 

–¿Acaso he dicho que tenga miedo? – me espetó-. Adelante… Busca todo lo que quieras si eso te hace feliz.

 

–Llew -dije tratando de calmarlo-, debemos hacerlo. Todo esto no acabará hasta que hayamos recuperado las Piedras de la Canción y…

–¡Tegid, todo esto no acabará hasta que Simon regrese al lugar de donde vino!

 

Se alejó bruscamente y me esquivó el resto del día. Por la noche, a la luz de las fogatas del campamento, canté Pwyll, príncipe de Prydan, una leyenda muy hermosa. Scatha y su hija durmieron en uno de los barcos, y nosotros lo hicimos bajo las estrellas. Nos levantamos al alba y, mientras el sol comenzaba su viaje a través del cielo azul, pusimos rumbo sur, hacia Prydain.

 

Maffar, la más bella de las estaciones, nos bendijo con un mar en calma y

 

vientos suaves. Nuestros barcos volaban como gaviotas surcando el verde espejo del mar. Por la noche acampábamos en las cuevas de la costa y al día siguiente reemprendíamos viaje. A lo largo de la costa avistamos poblados desiertos y campos de labor convertidos en eriales; de vez en cuando vislumbrábamos la escurridiza silueta de un lobo en las montañas. Vimos halcones, zorros, patos salvajes y otros animales, pero ni rastro de seres humanos.

 

Prydain era un desierto. Meldron, en lugar de hacer todo lo que estaba en su mano para devolver la prosperidad a la tierra de nuestro pueblo, había agravado aún más la desolación sembrada por Nudd y los coranyid. En efecto, había llevado la destrucción a parajes por donde no había pasado el temible Nudd; ahora Llogres y Caledon sangraban bajo su cruel rapacidad.

 

No lograba entenderlo. Ya otras veces había meditado largamente en aquel misterio. ¿Por qué el perverso Nudd había atacado sólo a Prydain? ¿Por qué Llogres y Caledon habían escapado a su odio? ¿Es que de algún modo era Prydain más vulnerable que los otros dos reinos?

 

Quizá la explicación de tal hecho tenía que ver con el Phantarch y con la Canción. O quizás existía otra razón que todavía ignoraba.

 

Fuera como fuera, la desolación de mi tierra me desgarraba el alma; sufría en mi espíritu el abandono de todos aquellos hogares, de todos aquellos poblados desiertos. Me sentía abrumado por el dolor de todos los muertos del reino de Prydain; muertos que nadie había llorado ni enterrado, muertos sólo conocidos por el mismísimo Dagda. A medida que nuestro viaje se acercaba a su fin, yo me iba sumiendo en la más dolorosa desesperación jamás experimentada. No podía encararme con toda aquella devastación, crueldad, rapacidad, angustia y sufrimiento sin experimentar una aflicción infinita.

 

Scatha buscaba en mí consuelo para su pena. Pero yo no podía procurárselo. ¿Cómo habría podido aliviar su dolor cuando todo Prydain reclamaba de mí una palabra de consuelo y yo no sabía qué decir? Ante tanto sufrimiento permanecía mudo. No podía decir nada que reparara tanta ruina y mitigara tanta pena.

 

«Laméntate y entristécete, porque el dolor asuela Albión en tres frentes», había dicho la banfáith. ¡Ay, Gwenllian, por tu boca había hablado la verdad!

 

 

24

 

EL VALLE DE LA AFLICCIÓN

 

–Dejadlo en mis manos -declaró Cynan-. Lo haré con sumo gusto. Llew se disponía a poner alguna objeción, pero Bran no le dio tiempo a

 

hablar.

 

–El riesgo es muy grande, pero Cynan tiene razón: es la clase de plan que puede funcionar.

 

–¿Y si fracasa? – preguntó Llew.

 

Bran se encogió de hombros.

 

–Entonces atacáis el caer -dijo Cynan-. Pero, si el plan resulta, habremos salvado muchas vidas.

 

Llew me miró.

 

–¿Qué opinas, Tegid?

 

–¿Por qué apoderarse por la fuerza de lo que podemos conseguir a hurtadillas? – Me volví hacia Cynan-. Pero no vayas solo; llévate a Rhoedd.

 

–Muy bien -asintió Llew a regañadientes-. Puesto que no hay manera de impedírtelo, márchate lo antes posible. Te esperaremos aquí. Si surge algún problema, vuelve enseguida. Ya conoces la contraseña.

 

–Sí, sí -repuso Cynan-. Hemos repasado tantas veces el plan que hasta los caballos conocen la contraseña. Todo saldrá bien, hermano. Si las piedras están ahí, las encontraré.

 

Cynan y Rhoedd se armaron y partieron al punto. Llew y Bran observaron desde nuestro escondrijo cómo los dos hombres subían por el camino que llevaba a Caer Modorn. Como mi vista interior me había abandonado, me dispuse a esperar apoyado en mi bastón. El día era templado, la brisa suave. Olía a hojas mohosas, a madera podrida y a tierra húmeda. Nos habíamos escondido entre los matorrales del río al pie de Caer Modorn, lo suficientemente cerca para observar sin ser vistos; éramos sólo diez hombres, pues los demás habían acampado a cierta distancia.

 

–Han llegado a las puertas -informó Bran poco después-. Los guardianes les han dado el alto. Hay hombres en las murallas.

 

–Cynan está hablando con ellos -agregó Llew-. Es una buena señal.

 

Cynan es capaz de hablar hasta con las patas de una mesa.

 

–Están abriendo las puertas -añadió Bran-. Han salido algunos hombres… Tres, no…, cuatro. ¿Ves a ése? – le dijo a Llew-. El moreno que está hablando con Cynan.

 

–Sí -respondió Llew.

 

–Se llama Glessi. Es un capitán rhewtano; bueno, lo era. Parece haber

 

encontrado un hogar junto a Meldron. No me sorprende en absoluto; siempre fue una serpiente escurridiza y astuta.

 

–¿Qué ocurre ahora? – pregunté.

 

–Siguen hablando -repuso Llew-. El tal Glessi parece estar meditando. Ha cruzado los brazos sobre el pecho y se acaricia la barba. Está pensando. Cynan sigue hablando. Daría algo por oír lo que dice. – Hizo una pausa y añadió- Sea lo que sea, parece que ha funcionado. Entran en el caer. ¡Ya está!

 

Oí una ligera palmada en un hombro o un brazo.

 

–¡Lo ha conseguido! – exclamó Llew-. ¡Ya están dentro!

 

–Ahora, a esperar -dijo Bran-. Haré la primera guardia.

 

Llew se levantó y me condujo hasta la orilla del río con los Cuervos. Nos sentamos entre las zarzas y los sauces. Unos se pusieron a dormitar, otros a charlar en voz muy baja. Yo me sumí una vez más en los sombríos pensamientos que me habían invadido desde que habíamos desembarcado en Prydain hacía seis días.

 

El triste viaje hacia el sur siguiendo la costa occidental nos había llevado hasta Muir Glain, el anchuroso y plateado estuario al este de la destruida Sycharth donde Meldryn Mawr había instalado sus astilleros. Desde la última vez que había estado allí, matas de escaramujos y abedules habían invadido el lugar donde antes se construían con madera de roble los cascos de las embarcaciones. Los ortigales florecían donde en otros tiempos se acumulaban montones de virutas de madera tan espesos como la nieve.

 

Penetramos en el estuario y navegamos río arriba hasta donde nos fue posible; cuando las aguas comenzaron a hacerse poco profundas, anclamos los barcos. Acampamos en un claro del bosque y dejamos allí al grueso de los guerreros. A la mañana siguiente, con sólo cuarenta hombres nos internamos en el valle del río Modornn y dejamos el resto de nuestras fuerzas para proteger los barcos.

 

Scatha no tenía ánimos para viajar con nosotros, así que se quedó con Goewyn, cuyas heridas requerían especiales cuidados. Durante la primera jornada y las cinco siguientes, remontamos el río por la cañada. Ya cerca del poblado, dejamos treinta hombres a prudente distancia y nos acercamos al caer para tomar posiciones.

 

Meldron había decidido construir su fortaleza en el lugar del viejo caer de madera que vigilaba la región norte de Prydain. Caer Modornn sólo se había utilizado en tiempos de guerra; nunca había sido un verdadero poblado. Y,

 

aunque yo en otros tiempos había aconsejado a Meldron que no se instalara allí, ahora pude comprender por qué él se había empeñado en hacerlo. A un rey interesado en reconstruir el reino de Prydain le habría sido de más ayuda una fortaleza en el sur abierta al comercio marítimo.

 

Pero Meldron abrigaba desmesuradas ambiciones. El Salvaje Sabueso de Destrucción deseaba dominar toda la Isla de la Fuerza. Y Caer Modornn se alzaba en un lugar estratégico para que una banda de guerreros hiciera incursiones en Llogres y Caledon. ¡Oh! Si hubiera sabido sus intenciones, si hubiera sabido cuán desmesurada era su ambición y cuán insaciable su codicia, lo habría destruido como quien extermina a un perro rabioso.

 

¿Cuántos guerreros yacían en sus moradas de tierra por su culpa? ¿Cuántas mujeres sollozaban por sus maridos durante la noche? ¿Cuántos niños lloraban a sus madres? Si hubiera sabido lo que escondía en su corazón, lo habría asesinado de buen grado. Tanto de buen grado como con profundo dolor, lo habría matado antes de que devastara la tierra con su corrupción.

 

Desde nuestro escondrijo habíamos observado el caer y habíamos discutido la mejor manera de recuperar las Piedras Cantarinas. Cynan se había mostrado partidario de llevar a cabo un engaño simple pero muy audaz: acercarse a las puertas y pedir la hospitalidad debida a unos guerreros errantes.

 

–No me conocen -había dicho-. Iré yo solo con Rhoedd. No los alarmará lo más mínimo ver tan sólo a dos guerreros junto a las puertas. No representamos amenaza alguna para ellos.

 

–No me gusta -había objetado Llew, considerando que el plan era insensato y temerario.

 

–Por eso precisamente funcionará, hermano. No sospecharán nuestro verdadero propósito -había insistido Cynan, que tras algunas discusiones había acabado por salirse con la suya.

Y ahora nosotros estábamos allí esperando.

 

El día fue cayendo. Sentí en la piel el frío aliento de la noche y oí su canción en las ramas y en el sotobosque mientras el crepúsculo se convertía en anochecer. Luego oí el ligero rumor de unos pasos y me incorporé.

 

–Ni la menor señal -dijo Bran en voz baja.

 

–Haré la guardia siguiente -repuso Llew.

 

Un ligero rumor de ropas me indicó que se había levantado y se había marchado.

 

Bran se sentó a mi lado y la noche se fue espesando en torno.

 

–Pronto será totalmente de noche -comentó Bran al cabo de un rato.

 

Me di cuenta de que me estaba mirando y me pareció sentir la sutil caricia de su mirada en mi cara.

 

–¿Sí? – pregunté-. ¿Qué quieres preguntarme?

 

Soltó una risita entre dientes.

 

–Sabes que te estoy mirando -dijo-. Pero ¿cómo puedes saberlo?

 

–A veces me imagino lo que está ocurriendo, aunque puedo equivocarme -le expliqué-. Pero a veces veo las cosas aquí -añadí tocándome la frente con la punta de un dedo-, y te aseguro que veo más de lo que jamás hubiera podido imaginar.

 

–¿Como ocurrió en Ynys Sci? – inquirió.

 

–Sí -asentí, y le conté nuestro encuentro con Gofannon en el bosquecillo sagrado-. Desde entonces parece como si se me concediera la visión cuando la necesito. Pero viene y va a su voluntad; no puedo dominarla a mi antojo.

 

Estuvimos charlando un buen rato. Luego Niall nos trajo pan y carne seca; comimos y seguimos charlando, y después Bran llamó a Alun Tringad para que se hiciera cargo de la guardia siguiente. Yo me eché a dormir, y las guardias se fueron sucediendo durante toda la noche.

 

Me despertó un susurro de Emyr.

 

–Se ha abierto la puerta -anunció.

 

Me puse en pie al momento. Bran ya se había levantado.

 

–Despierta a los demás y dile a Llew que se reúna con nosotros -le indicó Bran.

 

Se fue corriendo al puesto de observación, y yo lo seguí. Oí el crujido de las ramitas cuando Bran las apartó para observar mejor.

 

–¿Qué ves?

 

–La puerta se ha… -comenzó a decir-. Hay alguien. Vienen hacia aquí. –¿Es Cynan?

 

–No puedo verlo… Está demasiado oscuro. Pero juraría que es él. Viene hacia aquí. – Hizo una pausa y luego agregó- No, me parece que es Rhoedd.

 

Aguardamos unos instantes y no tardamos en oír unos pasos apresurados. –¡Estamos aquí! ¡Por este lado! – susurró Bran-. ¿Dónde está Cynan? –Enseguida vendrá -repuso la voz de Rhoedd-. Me ha enviado delante

 

para abrir las puertas y avisaros. Tenemos que marcharnos inmediatamente en cuanto aparezca.

 

–¿Por qué? – preguntó Llew junto a mí-. ¿Qué demonios está haciendo? –Encontramos el lugar donde están guardadas las piedras. No hay

 

centinelas, pero sí una puerta con una cadena. Va a forzar la puerta y cogerlas.

 

–¡Está loco! No podrá traerlas él solo -objetó Llew-. Alguien tendrá que ir al caer para ayudarlo.

 

Se oyó un grito en el caer. Un perro comenzó a ladrar con ferocidad y se oyeron más gritos. Después el rugido del carynx desgarró la oscuridad de la noche.

 

–Bien -murmuró Llew, y lo oí desenvainar la espada-. ¡Lo han descubierto! Ahora nos toca a nosotros. Preparados.

–¡Mirad! – exclamó Bran-. Alguien se acerca. Es Cynan. ¡Ha podido escapar!

 

Poco después oí sus pisadas.

 

–¡Corred! – gritó cuando estuvo cerca-. ¡Me persiguen!

 

No dijo nada más, ni falta que hacía. En efecto, mientras hablaba se

 

levantó un alborotado estruendo en el caer: ladridos de perros, gritos de

 

hombres, estrépito de armas.

 

–¡Por aquí! – gritó Bran.

 

Alguien me cogió del brazo.

 

–¡Sígueme! – me indicó Llew.

 

Corrimos hacia el río y nos metimos de cabeza en él. Lo atravesamos como pudimos y nos reunimos en la otra orilla.

 

–Primero registrarán los matorrales -dijo Bran-. Si nos quedamos en este lado quizá podamos despistarlos.

 

–Hay que ir hacia el norte -opiné yo.

 

–Nuestros hombres están hacia el sur -señaló Rhoedd.

 

–A menos que queramos entablar batalla, sería mejor que los alejáramos de los nuestros -expliqué-. Podemos regresar por otro camino.

 

–Primero tenemos que librarnos de ellos -dijo Alun-. ¡Huyamos mientras podamos!

 

–¿Dónde están las piedras?

 

–No estaban allí -repuso Cynan, jadeando-. Meldron debe de habérselas llevado consigo.

 

–¿Estás seguro?

 

–¿Para qué crees que rompí la caja?

 

–¿Rompiste la caja?

 

–Pues claro -replicó Cynan-. Tenía que asegurarme de que no estaban. –¡Deprisa! – urgió Bran-. ¡Ya habrá tiempo para hablar!

Mientras los guerreros registraban los matorrales en la otra orilla del río, nos abrimos paso entre el tupido sotobosque con dirección norte. Al principio pareció que iba a ser fácil eludirlos, pero algunos perseguidores cruzaron el río y los perros encontraron nuestro rastro.

 

Era cuestión de correr más rápido que ellos. Corríamos sobre las rocas esquivando los árboles; las ramas nos golpeaban la cara y nos desgarraban las mangas y los mantos. Bran iba a la cabeza y forzaba la marcha mientras el ruido de nuestros perseguidores atronaba en nuestros oídos. Trastabillando, cayendo, tropezando en rocas y raíces, yo me esforzaba en seguir adelante. Llew y Garanaw corrían a mi lado, me levantaban cuando me caía, me ayudaban a no perder el equilibrio…, casi me llevaban en volandas.

 

Poco a poco fueron disminuyendo los gritos de nuestros perseguidores a medida que los dejábamos atrás. Llegamos a un vado, Bran cruzó el río y continuamos nuestra huida por la otra orilla. Cruzamos el Modornn dos veces más como medida de prudencia y el alba nos sorprendió muy al norte de la fortaleza. Nos detuvimos a escuchar y no oímos nada.

 

–Creo que se han dado la vuelta -dijo Cynan-. Ahora podemos descansar.

 

Pero Bran no quiso oír hablar de ello.

 

–Aún no -replicó.

 

Nos condujo hacia un risco cubierto de brezo que se levantaba al este a cierta distancia; desde allí podríamos vigilar la cañada mientras descansábamos. Sentados entre el brezo o tendidos en las rocas fuimos recuperando las fuerzas para poder regresar junto a los nuestros.

 

–Bien -dijo Llew al cabo de un rato-. ¿Es que voy a tener que sonsacártelo? ¿Qué sucedió en la fortaleza?

 

Cynan se incorporó.

 

–Ojalá me hubierais visto -repuso-. Estuve magnífico. ¿No es cierto, Rhoedd?

 

–Muy cierto, señor -asintió Rhoedd-. Estuviste magnífico. –Cuéntanos tu hazaña -lo apremió Alun Tringad-, para que podamos

 

apreciar tu valor.

 

–Y después -apostilló Drustwn- podremos cantar tus alabanzas adecuadamente.

 

–Aunque no es algo que necesites -añadió Emyr-. Tú solito te bastas y te sobras.

 

–Escuchadme y preparaos a quedaros boquiabiertos -se jactó Cynan.

 

–¡Empieza de una vez! – exclamó Llew.

 

–Rhoedd y yo nos dirigimos hacia el caer -comenzó Cynan-.

 

Caminábamos muy despacio…, como si fuéramos dos guerreros vagabundos.

 

–Sí, sí -lo interrumpió Alun-, ya sabemos eso. Os vimos. Cuéntanos lo que pasó dentro.

 

–Rhoedd y yo nos dirigimos al caer -repitió Cynan-. Y allí me tenéis pensando lo que diría a los centinelas para que nos dejaran entrar en la fortaleza. Mientras caminábamos lo iba pensando…

–¡Ya sabemos eso! – exclamó impaciente Alun-. Abrieron las puertas y os franquearon la entrada. ¿Qué sucedió luego?

 

Cynan fingió no haberlo oído.

 

–Mientras caminábamos, yo iba pensando. Y le dije a Rhoedd: «¿Sabes una cosa, Rhoedd? Esos hombres están habituados a oír mentiras. Sospecho que de la mañana a la noche son engañados constantemente por Meldron y sus compinches». «Una observación muy aguda, señor», repuso Rhoedd, «muy aguda».

 

Los Cuervos se impacientaron, pero Cynan hizo caso omiso de sus protestas y continuó con toda su cachaza:

 

–Y yo le dije: «Así que les voy a decir la verdad. Les contaré lo que realmente le ha sucedido a Meldron, y ellos se quedarán tan boquiabiertos que nos invitarán a entrar y a sentarnos a su mesa para poder enterarse de toda la historia». Y eso fue lo que hice. Nos acercamos a la puerta de la fortaleza; los guardianes, al vernos, nos gritaron desde la muralla: «¡Alto! ¿Quiénes sois? ¿Qué os trae hasta aquí?». Yo respondí: «Me llamo Cynan ap Cynfarch y vengo de Ynys Sci. Os traigo noticias de Meldron, vuestro señor».

 

–¿Qué contestó el centinela? – preguntó ansioso Garanaw, haciéndose eco de la impaciencia de los Cuervos por conocer todos los detalles de la historia.

 

–¿Que qué contestó el centinela? – repitió riendo Cynan-. Pues contestó: «¿De nuestro señor Meldron?». Y yo le dije: «¿Es que insinúas que en este reino hay más de un señor Meldron?». Rhoedd, ¿no es cierto que les dije eso?

 

–Sí, señor -afirmó Rhoedd-. Palabra por palabra.

 

–Bueno, nuestro hombre se quedó pensativo unos instantes y luego llamó a sus compañeros…, supongo que para que lo ayudaran a pensar. Mientras tanto nosotros dos esperamos tranquilamente, sin mover ni un cabello. Luego la puerta se abrió y salieron cuatro hombres. Uno de ellos llevaba un enorme bigotazo…

 

–Se llama Glessi -observó Bran.

 

–Eso es -asintió Cynan-. El tal Glessi frunció el entrecejo, se dio una palmada en el pecho y dijo: «¿Qué pasa con Meldron? ¿Quién demonios eres tú?». Desde luego, no se puede decir que sea un sujeto de buenos modales. Yo le contesté que tenía noticias de su señor y no tuvo más remedio que darnos la bienvenida. «¿Qué quieres?», preguntó. «¿Que qué quiero?», repetí yo. «Bebida fresca, comida caliente y un lugar junto al fuego para descansar.» Glessi frunció de nuevo el entrecejo, cosa que debe de ser en él una costumbre, y repuso: «Bueno, si traes noticias de Meldron, supongo que será mejor que entréis». ¿Qué hicimos entonces, Rhoedd?

 

–Entramos con la cabeza bien alta, como a ti te gusta -contestó Rhoedd muy contento de poder meter baza en el relato.

 

–¿Qué ocurrió después? – inquirió Llew.

 

–Bueno, trajeron cerveza en abundancia y bebimos y charlamos un buen rato. «¿Cómo es Ynys Sci?», me preguntaron. «Hace un tiempo magnífico y la brisa es suave», les respondí. Ellos dijeron: «Nos alegra mucho oír eso. ¿Y qué tal está Meldron?». Entonces yo les contesté: «Amigos, tenéis suerte por estar aquí y no donde está vuestro señor esta noche». «¿Qué ha pasado?», me preguntaron. «Voy a contaros toda la verdad; a Meldron no le van demasiado bien las cosas en Ynys Sci. Ha sido atacado. Le han destruido seis barcos y le han robado dos. Tardará bastante tiempo en reparar un barco para poder marcharse de la isla.»

 

–¿Qué dijeron ellos al oír esas noticias? – quiso saber Niall. –¿Que qué dijeron? Pues exclamaron: «¡Qué terrible y desgraciada

 

noticia!». ¿Y qué les dije yo? Pues les dije: «¡Ay!, una noticia en verdad terrible. Nosotros escapamos con vida y vinimos hasta aquí lo más deprisa que pudimos».

 

Cynan se echó a reír, y los Cuervos lo corearon.

 

–Entonces ellos nos dieron las gracias por haberles llevado tales nuevas, ¿no es cierto, Rhoedd?

 

–Sí, señor, muy cierto.

 

–Bueno, luego cenamos y bebimos un poco más. Yo procuré que las copas circularan sin cesar y mientras tanto no cesaba de observar qué hacían y adónde iban. Luego les dije que tenía que orinar y salí fuera con Rhoedd. Dimos una pequeña vuelta, pero había anochecido y apenas se veía; de todos modos, vi un almacén cerca del palacete con la puerta cerrada por una cadena. Cuando regresamos, me llevé aparte a Glessi y le dije: «Meldron debe de tener muchos tesoros para llenar un almacén tan grande».

 

–¿De veras le dijiste eso?

 

–De veras -afirmó Cynan-. El tal Glessi estaba borracho y sin duda le encanta fanfarronear. «¡Tesoros!», exclamó. «Lo que guarda es nada más y nada menos que las Piedras Cantarinas de Albión. Son unas piedras de extraños poderes, muy valiosas. Su principal virtud es otorgar la victoria en la batalla.» Me contó eso y muchas cosas más. Bien, sólo tuve que esperar a que se durmieran; después Rhoedd y yo salimos sigilosamente del palacete, entramos en el almacén y encontramos la caja; era de madera y estaba cerrada con cadenas y flejes.

 

–¿Qué hicisteis entonces? – preguntó Drustwn.

 

–Cuéntaselo, Rhoedd.

 

–Cynan me ordenó que fuera a abrir la puerta. Me dijo: «Rhoedd, me temo que voy a tener que armar un buen alboroto. Debemos estar listos para huir a toda prisa». Así que yo abrí la puerta y vine a avisaros.

 

–Yo lo observé desde el almacén -continuó Cynan-. Y, cuando vi que había abierto la puerta de la fortaleza, cogí la caja. Pesaba bastante, pero pensé que no tanto como debería haber pesado. La saqué fuera y la arrojé violentamente contra el abrevadero que había en el patio. ¡Vaya estrépito!

 

–¿Y después? – preguntó Llew-. ¿Qué viste?

 

–Vi que la caja no se había roto. Tenía que arrojarla otra vez. Así que la cogí en alto y la dejé caer con todas mis fuerzas. ¡Crash! ¡La caja se hizo pedazos! Y ahí me tenéis de rodillas husmeando entre las astillas. ¿Y qué fue lo que encontré?

 

–¿Qué fue lo que encontraste? – repitió con impaciencia Alun-. Acaba de una vez, hombre.

 

Pero a Cynan no le agradaba que le metieran prisa.

 

–Buscaba las Piedras Cantarinas. Buscaba y rebuscaba pero no las veía. ¿Qué era lo que veía?

 

–¡Cynan! – gritó Llew-. ¡Suéltalo de una vez!

 

–Ni más ni menos que arena -dijo Cynan-. Arcilla y arena del río. Las piedras no estaban en la caja. ¡Mirad! ¡Comprobadlo vosotros mismos!

 

Oí el suave susurro de la arena al caer sobre la piedra.

 

–¿Esto es todo lo que había en la caja? – inquirió Llew.

 

–Nada más -aseguró Cynan.

 

Llew me cogió la mano, me hizo poner la palma hacia arriba y me la fue llenando de una seca y arenosa sustancia. Me la acerqué a la cara y la olisqueé. Olía a madera y a tierra. Me sacudí la mano y me llevé un dedo a la lengua: sabía a barro.

 

–Ésta es toda la historia -concluyó Cynan-. Me habría gustado que hubiera tenido un final más feliz, pero no ha podido ser.

 

–Quizás están escondidas en otro lugar -sugirió Bran.

 

–No -intervine yo-. No encontraremos las piedras en Caer Modornn.

 

Volvamos junto a los barcos y regresemos a casa.

 

–No podemos regresar por donde vinimos -objetó Llew-. Tendremos que dar un rodeo en torno al caer hacia el oeste.

 

–Mejor -comenté yo-. Así podremos observar cómo le va a Prydain bajo el dominio de Meldron.

 

Nos dirigimos hacia el oeste alejándonos del río y, cuando estuvimos a cierta distancia del caer, doblamos hacia el sur y llegamos hasta un pequeño poblado, un puñado de miserables cabañas de barro y paja junto a un arroyo poco profundo. Unas setenta personas se apiñaban en las hediondas casuchas; eran mertanos, cuyo rey y nobles habían sido asesinados. Setenta infelices cubiertos de harapos y mal alimentados. Meldron los había convertido en esclavos a cambio de un mísero sustento.

 

Cuando entramos en el poblado un perro famélico alertó con sus ladridos a los habitantes, que salieron de sus casuchas y se acercaron a nosotros. Los ladridos despertaron mi visión interior, y vi con toda claridad el lugar al que habíamos llegado. Niños medio desnudos, descalzos, con enormes ojazos, se escondían tras sus derrotados progenitores. Todos tenían la sombría y vacía mirada de la gente que vive con una carga imposible de soportar durante mucho tiempo.

 

Cynan se dirigió al jefe del poblado, un hombre llamado Ognw, que le contó que los obligaban a cultivar los campos pero les negaban el producto de su trabajo.

 

–Meldron se queda con todo -se quejó el hombre mientras los demás

 

murmuraban lúgubremente detrás de él-. Nos deja sólo las sobras. Nada más. –Pero podéis cazar en los bosques -observó Bran-. No hay por qué

 

morirse de hambre.

 

–¡Pobres de nosotros! Nos está permitido cazar -repuso Ognw con amargura-, pero no tenemos lanzas ni cuchillos.

 

–¿Por qué? – preguntó Cynan.

 

–Las armas nos están vedadas -murmuró el jefe-. ¿Habéis tratado alguna vez de derribar a un ciervo sólo con vuestras manos? ¿O a un jabalí?

 

–No tenemos carne -intervino uno de aquellos desgraciados- Sólo grano mohoso y cuajada ácida.

 

Un hombre que sólo tenía un ojo contó cómo el rey enviaba a buscar la cosecha en cuanto estaba recogida.

 

–Dicen que nos darán todo el grano que necesitamos gratis. Y lo pedimos, claro que lo pedimos. Pero nos escupen por toda respuesta concluyó el hombre escupiendo en el suelo.

 

–Dos de los nuestros fueron a pedir carne al rey -añadió Ognw-. Tres días después nos trajeron sus cuerpos para que los enterráramos. Nos dijeron que habían sido atacados por un animal salvaje.

–No existía tal animal salvaje -dijo el tuerto-. Fue Meldron.

 

–Meldron arrebata todo -comentó una mujer-. Arrebata todo y no da nada a cambio.

 

Abandonamos el poblado y seguimos recorriendo el devastado territorio. A medida que nos acercábamos a Caer Modornn, íbamos encontrando más poblados. En todos ellos observábamos la misma miseria y oíamos relatos parecidos: las exigencias del rey, los deseos del rey, los engaños del rey eran la causa de todos los sufrimientos. Meldron había convertido el anchuroso y fértil valle del Modornn en el Valle de la Aflicción. El pueblo gemía bajo el peso de su aflicción.

 

A medida que escuchábamos las desesperadas quejas de aquellas gentes, se me iba haciendo más evidente cómo Meldron se había ido saliendo con la suya frente a los reyes de Llogres. Había atacado a los que eran más débiles que él y se había ganado la amistad de los más poderosos con profusos regalos, generosas alianzas y acuerdos comerciales. Y todo en perjuicio del pueblo.

 

Ni siquiera los llwyddios, la tribu del propio Meldron -y también la mía-, se habían librado del tormento de su cruel señor. Los llwyddios no lo pasaban

 

mucho mejor que el ganado que apacentaban en las boscosas colinas. Con mi visión interior vi a los hombres de mi propia sangre y fui incapaz de reconocerlos.

–Dinos qué crimen hemos cometido -me rogó uno de ellos, un pariente que había servido con lealtad a Meldryn Mawr y que había soportado el horror de la persecución de Nudd y las privaciones de la huida a Findargad-. Dinos qué hemos hecho para merecer esto. Nuestro ganado recibe mejor trato que nosotros, y si alguien se atreve a tocar a algún animal debe responder ante el mismísimo Meldron.

 

Una mujer de hundidas mejillas con un bebé desnudo colgando de su pecho nos tendió una mano.

 

–Por favor, bondadoso señor, ayudadnos. Nos estamos muriendo de hambre.

 

Cynan miró a Llew.

 

–Bueno, hermano, ¿vas a dar la orden tú o la doy yo?

 

–Yo lo haré -repuso Llew-, y con sumo gusto.

 

Llew se dirigió a los Cuervos.

 

–Drustwn, Emyr, Alun -dijo-, traed aquí al ganado. Lo sacrificaremos para obtener carne. Garanaw y Niall, traed madera y encended fuego.

 

Luego se volvió al pueblo.

 

–Hoy comeréis hasta saciaros.

 

Pero la gente estaba aterrorizada.

 

–¡No! – gritaron-. Si Meldron se entera, nos matará.

 

–No se enterará -los tranquilizó Cynan-. Se ha marchado y tardará bastante en regresar. Y cuando lo haga podéis decirle que Llew y Cynan sacrificaron su ganado para escarnecerlo.

 

Acarrearon el ganado desde las colinas y encendieron el fuego. Luego sacrificaron un buen número de vacas y el resto del rebaño fue llevado a los poblados vecinos. En cada lugarejo se sacrificaban unas cuantas cabezas para alimentar al pueblo. Aunque todos estaban deseosos de comer carne, temían la ira de Meldron y el miedo ensombrecía el festín.

 

–No deberíamos permanecer aquí más tiempo -aconsejó Bran-. Ya hemos hecho por esta gente todo lo que está en nuestra mano.

 

–Sin embargo, me gustaría hacer algo más -replicó Llew-. ¿Crees que podríamos llevárnoslos con nosotros? – me preguntó.

 

–Si quieren venir… Pero no creo que deseen abandonar sus casuchas.

 

–¿Que no desean abandonarlas? – me contradijo Cynan-. Si tú fueras un esclavo de Meldron, ¿dudarías un solo momento cuando alguien te ofreciera la libertad?

–Ofrécesela y verás -contesté.

 

Y eso hicieron al punto Llew y Cynan: ofrecieron la libertad a todos los que quisieran aceptarla. Pero nadie quiso; todos prefirieron quedarse en sus casuchas, pese a su hediondez y miseria. Y aunque discutimos con ellos largamente no pudimos convencerlos de que no nos volveríamos contra ellos como había hecho Meldron. No fuimos capaces de hacerles ver que les estábamos ofreciendo la vida y no la muerte en vida a la que estaban condenados.

 

Su negativa a librarse de la esclavitud nos entristeció más que todo lo que hasta entonces habíamos visto. Mi alma se estremeció de dolor como atravesada por la espada de un enemigo. Me entraron ganas de llorar ante la estúpida ceguera de aquellos desgraciados. Pero Meldron los había intimidado y confundido tanto que ya no podían sentir o pensar como seres humanos. No comprendían que les estábamos ofreciendo el regreso a la libertad y a la dignidad. ¿Cómo habrían podido comprenderlo? Para ellos esas palabras habían dejado de tener significado.

 

Reiteramos la oferta de libertad en el siguiente poblado. Y otra vez fue rehusada. Sin perder tiempo en inútiles explicaciones, el jefe nos llevó hasta un pequeño cairn que se alzaba en la cima de una colina junto al poblado. Lo seguimos intrigados; cuando nos acercamos al lugar, una bandada de grajos echó a volar entre graznidos y nos dimos cuenta de que el cairn consistía no en un montón de piedras sino en un montón de calaveras. Algunas de ellas conservaban aún jirones de piel y mechones de enmarañados cabellos. Pero los pájaros habían hecho un buen trabajo y los huesos brillaban a la luz del sol.

 

Mi visión interior me había abandonado otra vez, pero no tenía necesidad de ver para sentir la atrocidad de aquel vandálico acto. Llew me lo describió con todo detalle y luego le preguntó al jefe:

 

–¿Qué sucedió?

 

–Meldron juzgó que la cosecha era pequeña. Nos acusó de haberle escamoteado parte de ella -explicó el hombre-. Como no encontró el grano que pretendía que habíamos escondido, procedió a matar a la gente. Y nos dejó aquí este montón de huesos como escarmiento.

 

–Buen hombre -dijo Cynan-, ¿no quieres acompañarnos?

 

–¿Y dar a Meldron otra excusa para seguir matando? – fue la respuesta del hombre-. Si nos cogiera, esta vez no quedaría nadie con vida.

 

–Con nosotros estarás a salvo -le aseguró Bran.

 

El hombre esbozó una lúgubre sonrisa.

 

–Ningún hombre estará a salvo mientras viva Meldron.

 

–Me estoy poniendo enfermo -observó Cynan-. Vayámonos de aquí.

 

Llew asintió con pesar.

 

–No podemos hacer nada más por ellos, y permanecer más tiempo aquí nos pondría a nosotros en serio peligro.

 

Abandonamos el poblado llwyddio y acampamos en el bosque a poca distancia de Caer Modornn. Tan pronto como se hizo de día, esquivamos la fortaleza y nos dirigimos al estuario donde aguardaban nuestros barcos. Nos reunimos con el grueso de nuestros guerreros y subimos a los barcos. Aunque el sol brilló durante todos los días de la travesía, no fue capaz de confortar e iluminar nuestros espíritus; Prydain se había convertido en una tierra tan desierta y sombría como un cenagal. La constatación de la perversidad de Meldron pesaba tanto sobre nuestras almas que incluso a plena luz del día el viaje se nos antojaba lóbrego y tétrico.

 

En cuanto subimos a bordo izamos las velas y abandonamos Prydain con la marea. Por desgracia, habíamos conseguido muy poco de lo que habíamos planeado lograr. Gwenllian, Govan, Boru y los jóvenes guerreros de la escuela de Scatha habían muerto, y no habíamos recuperado las piedras portadoras de la Canción. Al menos, habíamos salvado a Scatha y a Goewyn. Y en verdad habíamos asestado a Meldron un golpe que tardaría en olvidar.

 

Esto debería haber sido un motivo suficiente de regocijo. Pero a nuestro regreso a Caledon no nos acompañaba la alegría sino la tristeza. Nuestros corazones se sentían abrumados por el peso de la mortal aflicción que habíamos presenciado en el reino de Meldron. Todos nosotros lamentábamos profundamente la desgracia de aquella atormentada tierra y todos nosotros, cada uno a su manera, juramos vengarla.

 

25

 

DINAS DWR

 

 

En los recónditos parajes del norte de Caledon iba conformándose el

 

reino secreto. Una bellota enraíza profundamente en la tierra, su airoso tallo

 

crece, se va abriendo en ramas de lustrosos retoños…, se va convirtiendo en un roble. Y eso precisamente era Dinas Dwr: un roble de las montañas, joven y verde pero robusto y prometedor. En los recónditos parajes de Caledon, en Dinas Dwr, nos íbamos convirtiendo en un pueblo.

 

Trabajábamos con verdadero ahínco: se limpiaba la tierra para convertirla en campos de labor, se criaba ganado para formar rebaños, se construían viviendas para albergar nuestra creciente población, se cavaban minas para extraer cobre y hierro con el que alimentar las fraguas de los herreros; se enseñaba a los niños y se adiestraba a los guerreros; los artesanos se afanaban por adornar nuestra vida cotidiana con bellos objetos; despuntaban jefes para las tareas de gobierno.

 

Área tras área se iban acrecentando las tierras de labor; se plantaba centeno y cebada y se llenaban los silos; se construían nuevos silos que también se llenaban. Nuestro ganado engordaba con la abundosa yerba de los prados; los rebaños iban creciendo. En las colinas obteníamos mineral de las rocas; fundíamos cobre, hierro y también oro para artesanos y herreros. La ciudad acuática crecía a medida que nuestros obreros iban construyendo crannogs en el lago. Despuntaban jefes, líderes de probada lealtad y sentido de la justicia; les dábamos autoridad y éramos recompensados con una fidelidad sin límites.

 

La tormenta de la guerra seguía rugiendo al otro lado del escarpado risco que nos servía de protección. Y, fluyendo en lúgubre riada por Druim Vran, iba llegando un inacabable torrente de exiliados. Cada campaña emprendida por Meldron empujaba hacia nosotros nuevos refugiados en busca de un lugar donde guarecerse de la tempestad de sangre que asolaba el mundo. Por ellos nos íbamos enterando de lo que sucedía en Albión, y las noticias no eran ni mucho menos halagüeñas.

 

Yo sabía muy bien que Meldron debía de haber estado registrando palmo a palmo todo el territorio para averiguar nuestro paradero. Además, a veces con la visión interior que se me iluminaba de repente, vislumbraba el colérico rostro del Salvaje Sabueso asomando entre sombríos nubarrones de tormenta. Veía sus ojos preñados de odio escrutando los horizontes lejanos, veía su mandíbula contraída en un rictus de ira y me constaba que en algún lugar de Albión estaba sembrando en aquellos precisos instantes la muerte y la destrucción.

 

Algún día tendríamos que enfrentarnos con él en el campo de batalla,

 

pero no podía precisar si ese día estaba próximo o lejano. Comenzaba a pensar que, mientras permaneciéramos en nuestra recóndita cañada tras el baluarte de Druim Vran, estaríamos a salvo. Quizás algún poder nos protegía en nuestro refugio y nos ocultaba de los escrutadores ojos de Meldron. Quizá la Mano Segura y Certera nos cubría con el Llengel, el manto mágico de Mathonwy. ¿Quién podía saberlo? Y, aunque escrutaba sin cesar cada una de las vueltas de la rueda del año, no hallaba la respuesta.

 

Mientras tanto, prestaba mis servicios como Jefe de la Canción a nuestro clan, formado por innumerables tribus. Cantaba de vez en cuando, sólo en los días sagrados. No era un trabajo en absoluto pesado, pero a medida que se iban sucediendo las estaciones mi intranquilidad iba en aumento. En efecto, tenía la impresión de que, considerando que era el último superviviente de mi casta, mi posición era muy precaria. Si me sobrevenía algún accidente o si moría en combate en caso de ser atacados, se perderían las maravillosas leyendas de Albión y se desvanecería la vasta sabiduría de nuestro mundo. Me veía a mí mismo como una vela de junco encendida en plena corriente de aire: una ráfaga, un golpe de viento, y el genuino espíritu de nuestra raza se desvanecería y se perdería para siempre.

 

Procuraba no pensar en lo mucho que se había perdido ya con la destrucción de la Sagrada Hermandad. Yo era un bardo, el Bardo Supremo de la Isla de la Fuerza. A mí me tocaba detener el declive que tanto temía y transformarlo en ascensión; tenía que intentarlo.

 

En la estación de gyd, cuando el templado calor de la primavera acaricia la tierra, decidí fundar una escuela de bardos. Medité largamente el plan y después lo puse en conocimiento de Llew. Lo encontré contemplando cómo el habilidoso Garanaw enseñaba a un puñado de jóvenes el manejo de la lanza.

 

–¡Es una maravilla! – comentó Llew refiriéndose a Garanaw-. ¡Ojalá pudieras verlo, Tegid! ¿Sabes cómo lo llaman los muchachos? – me preguntó-. Garanaw Braichir, el del Brazo Largo. Su habilidad en el manejo de la lanza me recuerda a Boru.

 

Scatha había comenzado hacía un año a entrenar jóvenes guerreros. Ella y Bran habían seleccionado lo más granado de la juventud y ella y los Cuervos se habían hecho cargo de su instrucción.

–Necesitaremos guerreros -observó Llew.

 

Aunque pronunció estas palabras con aire distraído, yo vi con los ojos de

 

mi mente la imagen de un borroso campo de batalla. Entre el humo y la oscuridad me pareció que se estaba librando una batalla que no podía ver, y no tenía manera de saber si tal imagen era la de un acontecimiento actual o por venir.

 

–Sí, siempre necesitaremos guerreros -respondí alejando de mi mente la imagen-. Pero también necesitamos bardos. Quizás aún más que guerreros.

 

–Es cierto -repuso Llew, y, aun sin verlo, supe que me observaba con fijeza; sentía sus ojos clavados en mí-. Bien, hermano bardo, habla claro de una vez. ¿Qué estás barruntando, Tegid?

–Scatha y Bran están entrenando jóvenes manos que empuñen espadas -le dije-. Yo debo entrenar jóvenes lenguas que entonen nuestras canciones. Necesitamos Jefes de Batalla, es muy cierto. ¡Pero también necesitamos paladines cantores!

 

–Calma, hermano -me apaciguó Llew-. Lo que quieres es una escuela de bardos, ¿no? Pues sólo tienes que decirlo.

 

–Ya lo estoy diciendo. Y deseo comenzar ahora mismo. Ya he perdido demasiado tiempo.

 

–Me parece una buena idea. Perfecto.

 

Comenzamos a caminar hacia el lago. En la orilla había aumentado el número de cabañas; unos cuantos artesanos -un cantero, un broncista y un carpintero- habían construido sus cabañas entre las viviendas que nosotros habíamos levantado junto al lago.

–Dinas Dwr -murmuró Llew saboreando las palabras-. Se está haciendo realidad, Tegid. Guerreros, bardos, artesanos, granjeros… -iba diciendo mientras pasábamos entre las casas-. Se está haciendo realidad. Dinas Dwr se está convirtiendo en un reino autónomo.

 

–Lo único que le falta es un rey -observé, pero Llew no dijo nada. Seguimos caminando y de pronto oí el chapoteo de los remos de un bote

 

que se acercaba desde el crannog hacia la orilla. Sentí que la atención de Llew se concentraba en la barquichuela. Oí el casco del bote rozar los guijarros de la orilla y mi visión interior se iluminó con la imagen del pasajero. Era una mujer vestida con una sencilla túnica amarilla, del color de la mantequilla. La luz del sol se reflejaba en sus cabellos y los teñía de oro. Llevaba un collar de discos de oro en cada uno de los cuales refulgía una piedra azul.

 

–¡Bienvenida, Goewyn! – saludé antes de que ella y Llew pudieran

 

pronunciar palabra.

 

Vi que la muchacha sonreía y que sus ojos se posaban ligeramente en Llew y luego se clavaban en mí.

 

–Hola, Goewyn -dijo Llew, y no pude menos que notar la frialdad de su saludo.

 

–No creo en absoluto que te hayas quedado ciego, Tegid Tathal comentó la joven con tono festivo-. Creo más bien que finges estarlo.

–¿Qué dices? – exclamé-. ¿Por qué habría de emplear tan absurda treta? –No es en absoluto absurda -insistió ella-. Si un hombre, al que todos

 

consideraran ciego, pudiera ver de verdad, vería más que ningún otro… porque vería cómo lo miran los hombres. Teniéndolo por ciego, los hombres no disimularían sus acciones. Y él los vería tal como son de verdad. Y de este modo el ciego se convertiría en el más sabio de todos los hombres.

 

–Una observación muy sagaz -concedí-. Pero no es mi caso; puedes estar bien segura.

 

–No lo estoy del todo -replicó alegremente-. Hola, Llew, creí que estarías en el campo de entrenamiento con Garanaw.

 

–Hemos estado observándolo mientras instruía a los chicos -repuso Llew-. Pero Garanaw no necesita que nadie lo ayude… y mucho menos un guerrero manco.

 

Sus palabras eran cortantes y su tono desdeñoso. Goewyn se despidió de nosotros y siguió su camino. Yo me encaré con Llew.

 

–¿Por qué siempre tratas de alejarla de ti? –¿Qué dices? Yo no trato de alejarla. –Te ama.

 

Llew se echó a reír, pero sin alegría.

 

–Has estado demasiado tiempo al sol. Me gusta Goewyn; es una alegría contemplarla y estar junto a ella.

 

–Entonces ¿por qué la esquivas?

 

–¿Qué estás diciendo, bardo entrometido? – dijo en tono desenfadado pero con cierta tirantez en la voz que lo traicionaba.

 

–¿Es que crees que a ella le importa que uno de tus brazos sea más largo que el otro? Te ama a ti, no a tu mano derecha.

 

–Estás diciendo estupideces.

 

–¿O es que quizá te importa que fuera violada por los lobos de Meldron?

 

–¿Quién se ha atrevido a decir eso?

 

–Ella misma me lo dijo el invierno pasado. Le costó mucho tiempo recuperarse de las heridas que le infligió Meldron. Tú la rescataste, viste cómo estaba… Supuso que lo sabías todo. Y me preguntó si por eso la esquivabas.

 

–Basta ya, Tegid. No sabes lo que dices.

 

–¿De veras?

 

–Sí, de veras.

 

Noté el calor de su ira mientras se alejaba de mí, muy enfadado. Su negativa había sido rotunda, contundente, y probaba que todo lo que yo había dicho era cierto. Y la verdad permanecía escondida en lo más profundo de su maltrecho corazón.

 

Continué solo mi paseo en torno al lago. Sabía que en las boscosas laderas del risco había un soto de abedules entre los pinos que podría servir para albergar mis clases. Mientras me dirigía hacia allí golpeteando el suelo con mi bastón, iba repasando mentalmente las órdenes de la Sagrada Hermandad, comenzando por la más modesta de todas: los mabinogi.

 

Los jóvenes que eligiera se convertirían en cawganog y cupanog, y comenzarían a aprender de memoria las Hazañas de los Héroes, que constituyen la esencia del arte de los bardos. Quizá descubriera a algún muchacho en cuyo espíritu ardiera como un ascua el awen; sería indudablemente magnífico. Quien lograra dominar las habilidades mentales llegaría a ser un filidh, luego un brehon, después un gwyddon, y con el tiempo se convertiría en un derwydd. Entre los derwyddi se elegirían los penderwyddi, los Bardos Supremos, uno por cada uno de los tres antiguos reinos de Albión. Y algún día, entre los Bardos Supremos de Prydain, Llogres y Caledon, destacaría alguien merecedor de ser un Phantarch, el Jefe de los Jefes, que, en su recóndita cámara, entonaría la Canción de Albión que sustenta todo lo creado.

 

Tal pensamiento me llevó a preguntarme si llegaría el día en que de nuevo habría un Phantarch. ¿Resonaría otra vez la Canción de Albión en Domhain Dorcha? ¿Resplandecería otra vez la vivificante Canción como una luz entre la Tenebrosa Oscuridad?

 

Me detuve junto al lago. El sol me calentaba la cara y el cuello; la brisa del lago me revolvía los cabellos; los trinos de los pájaros resonaban nítidamente en mis oídos. En aquel lugar protegido estábamos a salvo. No obstante, aquella paz no duraría demasiado si es que las palabras de la

 

profecía de la banfáith se hacían realidad. Y hasta ahora la profecía se había ido cumpliendo. ¡Que así fuera!

 

Hacía fresco entre los tiernos y blancos abedules. Yo permanecía inmóvil, y las jóvenes ramas se movían suavemente sobre mi cabeza. Las hojas nuevas revoloteaban como plumas, y con los ojos de la mente vi la moteada luz juguetear entre los esbeltos troncos y caer sobre la verde yerba del soto. Era el lugar ideal para comenzar mi tarea, pensé. En aquel bosquecillo establecería la nueva escuela de bardos de Albión.

 

Me aguardaba una ardua tarea, un camino de destino incierto. Empezaría al día siguiente; buscaría unos cuantos jóvenes para embarcarlos conmigo en el difícil camino a través de los ogham de los árboles, de los pájaros y de las bestias; a través de la ciencia secreta de la madera y del agua, de la tierra, del aire y de las estrellas; a través de toda clase de leyendas: las de Anruth, Nuath, Eman, Dindsenchas y Cetals; a través de las Sublimes Oraciones; a través del Bretha Nemed, las Leyes del Privilegio y la Soberanía; a través de las cuatro artes de la Poesía, a través de las leyes de los bardos y del Taran Tafod, el Lenguaje Secreto; a través de todos los sagrados ritos de nuestro pueblo. Quizás encontrara a algún muchacho en quien brillara el Imbas Forosnai, la Luz Profética; quizás encontrara a un nuevo Ollathir. Permanecí un rato más en el bosquecillo para llevar a cabo un rito sagrado: corté tres ramas tiernas de tres abedules y trencé con ellas un aro. Después hice rodar el aro tres veces en torno al bosquecillo siguiendo la órbita del sol y luego lo coloqué en el centro del soto. Saqué la bolsa que contenía el Nawglan y derramé parte de las cenizas de las Nueve Maderas Sagradas dentro del aro de abedul dibujando las tres rayas del Gogyrven, los Tres Rayos de la Verdad. Mientras lo hacía fui recitando las palabras sagradas:

 

En la escarpada senda de nuestra vocación, sea fácil o difícil para nuestra carne mortal, sea nuestro camino radiante o tenebroso, arduo o sosegado, concédenos, Supremo Sabedor, tu segura protección, para que no tropecemos ni nos extraviemos.

 

En el abrigo de este soto, ampáranos y guíanos; Aird Righ, con la autoridad de las Doce Naturalezas: el Viento de ráfagas y galernas, el Trueno de las tempestuosas olas, el Rayo del resplandeciente sol, el Jabalí de las siete batallas, el Águila del escarpado risco, el Oso del bosque, el Salmón de las aguas, el Lago de la cañada, la Flor de Brezo de la colina, la Destreza del artesano,

 

la Palabra del poeta, el Fuego del pensamiento del sabio. ¿Quién sustenta el gorsedd, sino Tú? ¿Quién contiene todas las eras del mundo, sino Tú? ¿Quién gobierna la Rueda del Cielo, sino Tú? ¿Quién alimenta la vida en el útero, sino Tú? Así pues, Dios de Todas las Virtudes y Poderes, bendícenos y protégenos con tu Mano Segura y Certera, condúcenos hasta el final de nuestro viaje.

 

Después, me levanté y abandoné el soto camino del lago. Cuando salía de entre los árboles y me encaminaba por el sendero de la ribera, oí un ligero chapoteo detrás de mí. No presté atención porque pensé que debía de haber sido un pez o una rana y seguí caminando golpeteando el suelo con la vara. Pero, cuando me acercaba ya a las primeras cabañas del lago, oí otra vez el sonido: un chapoteo justo en el borde del agua.

 

Me detuve. Me di la vuelta lentamente y grité:

 

–¡Ven aquí!

 

Nadie respondió, pero mi agudo oído captó el rumor de una respiración.

 

–Ven aquí -repetí-. Quiero hablar contigo.

 

Al momento oí el ruido de unos pies desnudos sobre la roca.

 

–Estoy esperando -dije.

 

–¿Cómo supiste que estaba allí? – fue la respuesta.

 

Era una voz clara y confiada, casi arrogante pero no exenta de cierto respeto; el que había hablado era indudablemente un muchacho.

 

–Te lo diré -respondí-, si me dices primero por qué me seguías. ¿De acuerdo?

 

–De acuerdo -asintió mi joven sombra. El muchacho tomó aliento y repuso al cabo de unos instantes-. Te seguía para ver si ibas a cantar. Ahora te toca responder a ti -añadió.

 

–Supe que me seguías porque te oí -dije; inmediatamente me giré y reanudé la marcha golpeteando el suelo con la vara.

 

El muchacho no se conformó con mi respuesta. Se puso a mi lado y protestó:

 

–¡Pero si no hacía ruido!

 

–Es cierto -reconocí-. No hacías ruido. Pero yo tengo las orejas muy largas.

 

–No tanto.

 

–Tan largas como para oír a un niño tan ruidoso como tú.

 

–¡Yo no soy ruidoso! – se quejó mi joven acompañante.

 

Luego, sin hacer una pausa para tomar aliento, inquirió:

 

–¿Te duelen los ojos por estar ciego?

 

–Al principio me dolían. Ahora ya no -contesté-. Pero no estoy tan ciego como te imaginas.

 

–Entonces ¿por qué golpeteas el suelo con tu vara?

 

Aunque la pregunta era impertinente, no la había hecho con tono irrespetuoso.

 

–¿Por qué haces tantas preguntas?

 

–No soy el único que hace preguntas -replicó al instante.

 

Me eché a reír, y pareció muy satisfecho de haberme hecho gracia. Se me adelantó unos pasos y luego se detuvo; oí el chapoteo de las piedras que estaba arrojando al lago.

 

–¿Cómo te llamas, muchacho?

 

–Gwion Bach -respondió en tono alegre-. Como la canción.

 

–¿A qué clan perteneces?

 

–A los oirixenos de Llogres. Pero ya no somos tan numerosos como antes -repuso Gwion; su voz denotaba orgullo, pero no tristeza.

 

Probablemente era aún muy joven como para entender lo que le había sucedido a su clan.

 

–Me alegro de conocerte, Gwion Bach. Yo me llamo Tegid Tathal.

 

–Ya lo sé. Eres el Bardo Supremo. Todo el mundo te conoce.

 

–¿Por qué querías oírme cantar?

 

–Me encanta el arpa.

 

–¿Y las canciones?

 

–Mi madre canta mejor.

 

–Entonces quizá sea mejor que vuelvas junto a ella.

 

–Ya no está con nosotros -murmuró el niño-. Murió cuando los bandidos quemaron nuestra fortaleza.

 

–Lo siento mucho, Gwion Bach. Hablé con imprudente precipitación.

 

–No tiene importancia -repuso el muchacho.

 

Al oír tan sencilla respuesta, mi visión interior se despertó y vi a un muchacho de rizados cabellos negros, menudo pero ágil como el pensamiento, con enormes ojos oscuros y un rostro que denotaba una despierta inteligencia. Calculé que debía de tener ocho o nueve estaciones. Pese a ello era despabilado y seguro de sí mismo como si tuviese doce.

 

–Dime, Gwion Bach -le dije-, ¿te gustaría aprender las canciones?

 

No contestó enseguida, sino que reflexionó unos instantes.

 

–¿Tendría un arpa para mí solo?

 

–Si aprendieras a tocarla, desde luego. Pero es muy difícil y tendrás que trabajar duro.

 

–Lo intentaré -dijo como si me estuviese haciendo un favor.

 

–¿Quién es tu padre? Le preguntaré si me permite enseñarte las artes de un bardo.

 

–Mi padre se llama Conn, pero también lo mataron -declaró con súbita tristeza.

 

–¿Quién cuida de ti ahora?

 

–Cleist -dijo sencillamente sin dar más explicaciones-. ¿Me estás viendo ahora?

 

Su pregunta me cogió desprevenido.

 

–Sí -repuse-, en cierto modo. A veces veo cosas, no con los ojos sino con la mente.

 

Ladeó la cabeza.

 

–Si es cierto que me ves, dime qué llevo en la mano.

 

–Una rama de color plateado -respondí-. Una rama de abedul. Me viste cortarlas en el soto y te agenciaste una.

 

Entonces cerró los ojos y se puso el dedo pulgar en la frente. Poco después los abrió y me dijo:

 

–Yo no puedo verte si cierro los ojos. ¿Me enseñarás cómo se hace? Su carita tenía una expresión tan inocente e ilusionada que no pude

 

menos que echarme otra vez a reír.

 

–Te enseñaré cosas aún mejores, Gwion ap Conn.

 

–Si Cleist lo consiente.

 

–Por supuesto; si Cleist lo consiente.

 

Nos dirigimos juntos hacia las cabañas, y Gwion me condujo hasta una casa donde vivían varios oirixenos. Le pediría permiso a Cleist; discutiríamos adecuadamente el asunto. Pero daba igual; estaba seguro de que había encontrado mi primer mabinog. Mejor dicho, él me había encontrado a mí.

 

26

 

EL AGUA MORTAL

 

Las avispas zumbaban en el umbrío bosquecillo, revoloteando perezosamente en el calor del mediodía. Gwion y sus dos compañeros, el inteligente Iollo del clan de los taolentanos y el tímido y risueño Daned del clan de los saranaes, estaban sentados en un tronco de abedul arañando la corteza mientras trataban de memorizar el ogham de los árboles. Con los ojos cerrados, yo dormitaba escuchando la salmodia de mis tres mabinogi.

 

–Beith el abedul -recitaban-, luis el serbal, nuinn el fresno, fearn el aliso, saille el sauce, huath… el roble…

 

–No. Un momento -dije alzando la cabeza-. ¿Huath el roble? ¿Estáis seguros?

 

Guardaron silencio unos instantes; luego Daned se aventuró a decir:

 

–¿Huath es el acebo?

 

–No, pero algo parecido. Piensa. ¿Qué es?

 

–¿El espino? – preguntó Iollo.

 

–Exacto. Continuad.

 

–Huath el espino, duir el roble -siguieron recitando.

 

–Desde el principio -ordené-. Empezad otra vez.

 

–¿Otra vez? – protestó Gwion-. Hace demasiado calor para pensar. Y además, estoy harto de árboles. Me apetece hablar de otras cosas.

 

En otra ocasión yo habría insistido en que acabaran la recitación, pero Gwion tenía razón: hacía demasiado calor para pensar, demasiado calor para moverse. Desde alban heruin, el día más largo, los días se habían ido haciendo más y más calurosos. El sol brillaba en un cielo blanco como metal fundido en un horno e iba marchitando todo lo verde que quedaba en la tierra. El aire estaba pesado, cargado; no soplaba la menor brisa ni se movía una hoja.

 

–Muy bien -asentí a regañadientes-. ¿De qué te gustaría hablar? –De peces -contestó Gwion.

 

–De acuerdo, recitad el ogham de los peces -sugerí.

 

–Por favor, penderwydd -intervino Iollo-, ¿de veras tenemos que hacerlo? Dudé unos instantes, y Gwion aprovechó la oportunidad al vuelo. –Quiero saber cosas del salmón -se apresuró a decir. –¿Qué quieres saber? – inquirí, presintiendo la treta.

 

–Por ejemplo -repuso con toda seriedad-, ¿por qué no hay salmones en nuestro lago?

 

–Pero ¡si ya sabéis la respuesta! – exclamé yo-. O deberíais saberla.

 

–Son peces de mar -aventuró Daned.

 

–Sí.

 

–Pero en nuestro río de Llogres había salmones -insistió Gwion- Y eso que estábamos muy lejos del mar.

 

–Iollo -dije yo-, ¿cuál es la principal diferencia entre el río y el mar? –Los ríos y los arroyos tienen agua dulce, y el mar salada. ¿Por qué

 

entonces hay salmones en los ríos? – preguntó tras reflexionar unos instantes.

 

–Eso te pregunto yo.

 

Gwion se dio cuenta de que la discusión se estaba desviando y trató de reconducirla otra vez.

 

–Pero ¿por qué no hay salmones en nuestro lago?

 

–En nuestro lago no desemboca ningún río -le explicó Iollo-. Por eso los salmones no pueden llegar hasta aquí.

 

–Sí hay un río -insistió Gwion-. Al otro lado de Druim Vran. Baja de la montaña y desemboca en el lago.

 

–¿Es cierto, penderwydd? – quiso saber Daned.

 

–Sí -repuse.

 

–Se lo enseñaré -se ofreció Gwion poniéndose en pie de un salto con demasiada prontitud, a mi juicio-. ¿Me das tu permiso, penderwydd?

 

Dudé unos instantes. Gwion aguardó conteniendo el aliento. Sentado en el suelo, con mi vara sobre las rodillas, rememoré de pronto otro caluroso y bochornoso día en un umbrío bosquecillo; un día en que era yo quien, sentado en un tronco y atontado por el calor, me devanaba los sesos para recordar un pequeño detalle de un hecho, mientras me moría de ganas por conseguir el permiso de Ollathir para retirarme a dormitar.

 

–Bueno -asentí al fin-. Vayamos a descubrir la respuesta a ese acertijo. ¡Vamos al lago! ¡Condúcenos, Gwion!

 

Gwion dio un salto de alegría.

 

–¡Enseguida, maestro!

 

–¡En marcha, pues!

 

Los tres muchachos echaron a correr y descendieron por el camino que conducía al lago. Las ramas de los abedules aún se estremecían con los gritos de los niños, cuando oí los pasos de uno de ellos que regresaba. Poco después

 

sentí que unos delgados brazos me abrazaban por la cintura y que una sudorosa cabecita se posaba en mi estómago. Gwion no pronunció palabra, pero su abrazo era de sobra elocuente. Le acaricié los húmedos cabellos, y el niño desapareció corriendo de nuevo.

 

Cogí el bastón y descendí por el camino que llevaba desde el soto al lago. Me detuve unos instantes en el sendero a plena luz del sol y sentí que su calor me abrasaba la cara y los brazos como una llamarada. Aquel bochorno me arrebataba las fuerzas y la voluntad; parecía un fenómeno casi sobrenatural.

 

Mientras permanecía quieto, oí un grito en el lago y luego un chapoteo que me indicó que uno de mis pupilos se había arrojado al agua. Mi visión interior se despertó y vi la imagen de otro rostro joven: el de una niña, consumida por el hambre y por la fatiga, cubierta de polvo y sudor, pero con los ojos iluminados por una firme determinación. Reconocí el rostro; lo había visto ya antes…

 

–Penderwydd! – gritó Gwion-. ¡Ven a nadar con nosotros!

 

Me acerqué a la orilla del lago y me senté sobre una peña. Me quité el siarc y los buskins y me puse en pie. La sensación del agua fresca en los pies era una verdadera gloria. Gwion me vio con el agua por los tobillos y me animó a gritos a que me reuniera con él.

 

¿Por qué no? Me quité los breecs y avancé unos pasos. El agua estaba deliciosa. Me metí hasta el cuello y sentí la redonda suavidad de las piedras del fondo del lago.

 

–¡Por aquí! ¡Por aquí, maestro! – gritaban mis mabinogi.

 

Me sumergí y nadé hacia ellos. Nos pusimos a juguetear en el agua, y nuestras voces resonaron en el quieto y mortecino ambiente. Poco después nuestros gritos fueron coreados por otros chillidos salvajes, exuberantes y alegres: los jóvenes aprendices de guerrero corrían también a meterse en el agua. Garanaw, siguiendo mi ejemplo, había dado permiso a sus pupilos para que se bañaran.

 

Nos alejamos de la orilla para dejar sitio a los guerreros.

 

–¡Aquí está más fría! – gritó Iollo.

 

–¡Mira! – exclamó Gwion.

 

Se sumergió en el agua y luego salió a la superficie soltando un chorro de agua por la boca.

 

–Abajo está aún más fría -informó.

 

–¡Yo puedo resistir mucho más tiempo bajo el agua! – fanfarroneó

 

Daned, y su reto fue aceptado por los demás.

 

Los tres comenzaron a bucear y a agarrarse a las rocas del fondo para no emerger enseguida a la superficie. Continuaron jugando un buen rato mientras yo me contentaba con flotar perezosamente, hasta que un grito de Gwion llamó mi atención.

 

–Penderwydd! ¡He encontrado algo! Penderwydd!

 

Nadé hacia su voz.

 

–¿Qué es, Gwion?

 

–¡Aquí! – dijo él.

 

El agua no era demasiado profunda, así que me puse en pie y el muchacho depositó un objeto en mis manos.

 

–Al principio creí que era una simple piedra -explicó.

 

Di vueltas al objeto entre mis manos para examinar su forma. Iollo y Daned se acercaron nadando.

 

–¡Una escudilla! – exclamó Iollo-. ¿Dónde la encontraste?

 

–En el fondo del lago -respondió Gwion.

 

–Llew encontró una vasija en el agua cuando llegamos aquí -les conté.

 

–¿Cómo había venido a parar hasta el lago? – quiso saber Iollo.

 

–Esta región estuvo habitada en otros tiempos -respondí.

 

Examiné la labrada superficie de la escudilla, cubierta parcialmente por algas acuáticas.

 

–¡Yo también quiero encontrar una! – exclamó Iollo.

 

Comenzaron a bucear otra vez, y pensé que iban a ahogarse tratando de encontrar más tesoros. Era improbable que encontraran nada de valor, pero de pronto…

 

–Penderwydd! – gritó Iollo-. ¡He encontrado otra cosa… y es de plata! Nadó hacia mí y yo le tendí las manos. –¿Qué es? – preguntó.

 

–Tú eres quien tiene vista. ¿No sabes lo que es?

 

Depositó en mis manos el objeto. Mis dedos lo acariciaron: era un objeto pequeño y plano de metal pulido, aunque parecía tener algunas incisiones, una especie de dibujos en la superficie.

 

–Parece un pez -sugirió Gwion-, pero es plano y no tiene cola ni aletas.

 

–Hay una inscripción -añadió Iollo-. Aquí.

 

Me cogió la mano y me hizo presionar el dedo sobre el dibujo. –¿Sabes qué es? – inquirió-. ¿Has visto alguna vez algo parecido?

 

–Parece una hoja -comentó Gwion.

 

–Es una hoja -confirmé.

 

–¿De plata? – dijo Iollo-. Debe de tener mucho valor.

 

–Sí, mucho -repliqué-. Es una ofrenda al dios de este lugar. Una hoja de abedul hecha de plata para honrar al señor del bosquecillo.

 

El hallazgo de la hoja de plata los animó aún más, y los jóvenes guerreros no tardaron en unirse a la búsqueda. Yo los dejé y me retiré a la orilla. Salí del agua y me tendí sobre las rocas para secarme al sol.

–¡Tegid! ¡Por fin te encuentro!

 

–Sí, Drustwn, aquí me tienes -dije incorporándome. –Llew me envía a buscarte -explicó el moreno Cuervo. Noté en su voz una nota de ansiedad y pregunté: –¿Qué ha sucedido?

–Ha llegado un jinete de Dun Cruach. Llew me ordenó que te buscara.

 

Bran y Calbha están ya con él.

 

–Si me sirves de guía llegaremos antes -repuse recogiendo mis ropas.

 

Me vestí y cogí el bastón.

 

Drustwn me condujo por la orilla del lago, me ayudó a subir a un bote y de un empujón lo alejó de la orilla al tiempo que saltaba a bordo, empuñaba el remo y comenzaba a bogar hacia el crannog.

 

Nuestra ciudad flotante había crecido considerablemente a medida que aumentaba el número de habitantes. El crannog tenía ya el aspecto de una verdadera isla, pues entre las viviendas habían crecido arbustos e incluso árboles y los terraplenes de la muralla de madera estaban cubiertos de matorrales. Un grupo de muchachas estaban pescando en el amarradero; hasta mí llegaba el chapoteo de sus pies en el agua y el alegre trino de su cháchara.

 

Drustwn saltó del bote en cuanto tocó el amarradero. Sentí su mano en mi brazo y no me soltó hasta que mis pies se posaron firmemente en el tosco entarimado. Entramos por la puerta principal de la muralla y fuimos atravesando una serie de patios intercomunicados hasta llegar al palacete, construido sobre una plataforma de tierra y piedra.

 

Aspiré el olor a humo rancio que salía por las puertas abiertas de las habitaciones y oí un tenue murmullo de voces procedente de la más alejada de todas, en la que estaban reunidos Llew y los demás.

El jinete, fuera quien fuera, olía a caballo y a sudor. Estaba bebiendo cerveza de una jarra con la avidez de un hombre sediento. Llew me tocó el

 

hombro con el muflón de su brazo derecho en cuanto estuve a su lado, un ademán que se había convertido en una costumbre; cuando se reunía en consejo con sus hombres me quería a su lado. Y siempre me tocaba el hombro con el muflón, como para indicar al ciego cuál era su lugar, aunque más bien me inclino a pensar que también lo hacía para infundirse confianza.

 

–Por fin has llegado, Tegid -me dijo-. Siento mucho haber interrumpido tu clase, pero pensé que querrías oír las noticias.

 

–Hola, Tegid -me saludó el mensajero.

 

–Hola, Rhoedd -repuse reconociendo al instante la voz-. Has cabalgado muy deprisa. Tu mensaje debe de ser muy urgente.

 

–Antes de hablar -le indicó Llew-, apura tu jarra.

 

Rhoedd apuró hasta el fondo su jarra y exhaló un profundo suspiro. –Gracias, Llew. Nunca había tomado una cerveza mejor, y nunca

 

tampoco había necesitado tanto un trago.

 

Sus palabras hicieron aparecer ante los ojos de mi mente un estanque de aguas muy quietas…, anormalmente quietas, rodeado de juncos. El estanque brillaba tenebrosamente bajo un sol calinoso; no soplaba la menor brisa ni cantaban los pájaros entre las requemadas hojas de los arbustos. Sus aguas estaban muertas, inertes y silenciosas. Concentré toda mi atención en la imagen y vi, en la ribera de aquel estanque muerto, el putrefacto esqueleto de una oveja semienterrado en el fango.

 

–Llenad otra vez su jarra -ordené-. Hace tres días que no bebe ni una gota.

 

–¿Es cierto? – preguntó Llew.

 

–Sí, señor; así es -asintió Rhoedd, y al momento oí el borboteo de la cerveza en la jarra-. Sólo tenía agua para dos días.

Rhoedd bebió con avidez. Todos aguardamos a que apurara hasta el fondo la dulce y dorada cerveza.

 

–De nuevo, muchas gracias -dijo cuando hubo acabado-. Os traigo saludos de parte de Cynan.

 

–¿Saludos? – repitió asombrado Bran.

 

–Buen hombre, ¿casi has reventado tu caballo sólo para traernos saludos de Cynan? – inquirió con brusquedad Calbha.

 

–Sus saludos y una advertencia -replicó Rhoedd-. Que protejáis vuestra agua.

 

Sorprendidos por las palabras de Rhoedd, todos se quedaron callados.

 

Pero yo había visto la imagen del estanque mortífero.

 

–Veneno -dije.

 

–Exactamente -asintió Rhoedd-. Nuestras aguas han sido envenenadas. Están contaminadas y todos los que beben enferman. Algunos incluso han muerto.

 

–Agua envenenada -observó consternado Calbha-. Es una atrocidad.

 

–¿Dónde más ha ocurrido? – preguntó Llew.

 

–En todos los poblados de los galanaes -replicó Rhoedd-. No sabemos hasta qué punto se ha esparcido la contaminación de las aguas, por eso no me detuve a beber en ningún lugar hasta llegar aquí.

–Pero nuestra agua es muy buena -dijo Drustwn-. ¿No lo has visto?

 

–Te diré lo que he visto -replicó Rhoedd-. He visto bebés muriendo entre espasmos; he visto a sus madres gimiendo por las noches. He visto a hombres hechos y derechos perder el control de sus intestinos y desplomarse en su propia porquería; he visto niños cegados por la fiebre. Eso es lo que he visto con mis propios ojos. La infección se ha ido extendiendo… no sé hasta dónde. Por eso no me arriesgué a probar ni gota de agua durante todo el camino.

 

–Bueno, aquí puedes beber sin temor -aseguró Bran-. La infección no nos ha alcanzado.

 

–¿Qué podemos hacer? – preguntó Llew-. ¿Cómo podemos ayudar a Dun Cruach? ¿Llevándoles agua?

 

–El rey Cynfarch no pide ayuda -repuso Rhoedd-. Sólo pensó en alertaros del peligro.

 

–Es igual -dijo Llew-. Lo ayudaremos. Le llevaremos toda el agua que podamos acarrear.

 

–No podemos acarrear demasiada -observó Bran.

 

–Podremos llevarles la suficiente como para que resistan el viaje hasta aquí -contestó Llew-. Nos pondremos en marcha tan pronto como estén dispuestas las tinajas.

 

En contra de mi parecer se decidió acarrear agua a Dun Cruach y traer a su población hasta Dinas Dwr. La decisión no me agradó. No es que quisiera escamotearle el agua a Cynan; nada más lejos de mi intención. Ni tampoco me oponía al deseo de Llew de prestarles ayuda. Pero la simple idea de abandonar Dinas Dwr me inquietaba y me llenaba de ansiedad.

 

Llew quiso saber el porqué de tal sensación.

 

–No me parece prudente marcharnos de Dinas Dwr -fue todo lo que pude decirle.

 

En dos días se dispusieron los carros y se llenaron las vasijas. La noche antes de la partida, aguardé a que Llew abandonara el palacio y me dirigí a sus aposentos.

 

–No debemos marcharnos mañana -le dije nada más entrar-. Es peligroso abandonar Druim Vran en estos momentos.

 

–Bienvenido, Tegid. ¿Qué te trae por aquí?

 

–¿No has oído lo que te he dicho?

 

–Te he oído. Y te he estado aguardando todo el día.

 

Lo oí atravesar la habitación y dirigirse a una mesa que había al fondo. Cogió una jarra y oí que llenaba unas copas. Luego vino hacia mí y me tocó la mano con el muflón.

 

–Toma -dijo-. Siéntate y charlemos.

 

Se sentó en el suelo sobre una piel de becerro, y yo me acomodé frente a él dejando el bastón a mis pies. Llew alzó la copa y exclamó:

–Slàinte!

 

–Slàinte môr! – repuse alzando la mía.

 

Entrechocamos las copas y bebimos. La cerveza estaba caliente y rancia y me dejó un regusto amargo en la boca.

 

–Ahora, dime: ¿qué es lo que te inquieta? – me preguntó al cabo de un momento-. Has comenzado con tu escuela de bardos. Me dijiste que aquí estábamos a salvo, que la cañada era un lugar seguro.

 

–Lo es. Nada malo puede pasarnos aquí -repliqué-. Por eso no debemos marcharnos.

 

–No te comprendo, Tegid. Navegamos hasta Ynys Sci e incluso fuimos a la fortaleza de Meldron. Entonces no dijiste que debíamos permanecer aquí. Corrígeme si me equivoco, pero, si no recuerdo mal, incluso nos empujaste a tales empresas.

 

–Era diferente.

 

–¿Por qué? – inquirió-. ¿Por qué era diferente? Quiero saberlo.

 

Sentía un nudo en el estómago. ¿Cómo podía explicarle a él lo que ni tan siquiera podía explicarme a mí mismo?

 

–Por aquel entonces cogimos desprevenido a Meldron.

 

Fue todo lo que se me ocurrió.

 

–No es razón suficiente.

 

–Ahora Meldron sabe sin duda alguna que estamos escondidos en algún rincón de Caledon. Nos está buscando. Si nos marchamos, nos encontrará y todavía no somos lo bastante fuertes como para enfrentarnos con él en combate.

 

–Me asombras, Tegid. Sólo se trata de llevar agua a Dun Cruach, no de enfrentarnos a Meldron cara a cara. Además, es lo mínimo que podemos hacer por ellos, después de todo lo que Cynan y su padre han hecho por nosotros.

 

–No cuestiono la deuda que hemos contraído con Cynan y con su padre. Te honra sentir la gratitud que sientes. Pero no podemos abandonar el valle en estos momentos.

 

–Pero es precisamente ahora cuando necesitan el agua -insistió Llew en tono amable pero con un deje de impaciencia-. Ahora… y no el próximo lugnasadh o quién sabe cuándo.

 

–Si nos marchamos de Dinas Dwr, habrá problemas -declaré de forma terminante.

 

–Problemas -dijo con calma-. ¿Qué clase de problemas?

 

–No lo sé -admití-. Ocurrirá un desastre.

 

–Un desastre -repitió-. ¿Es que acaso has visto ese desastre?

 

–No -tuve que admitir-. Pero lo presiento.

 

–Hace demasiado calor para seguir discutiendo este asunto, Tegid dijo, y mi visión interior se despertó al oírle.

 

Vi una opaca nube de polvo que se levantaba de la tierra reseca arrastrada por violentos vientos. El sol no brillaba, sino que su disco amarillo pendía muy pálido de un cielo de color marronoso. Y no vi señal alguna de vida ni en los aires ni en la tierra. Las palabras de la banfáith acudieron a mi mente:

 

–«El Polvo de los Antepasados se alzará hasta las nubes -salmodié en voz baja- la esencia de Albión se dispersará y desgarrará en la lucha de los vientos».

 

Llew permaneció callado unos instantes.

 

–¿Qué significan esas palabras? – preguntó al fin.

 

–El reinado de Meldron es sacrílego -le contesté-. Su profanación ha comenzado a corromper la tierra. Su ilegítima soberanía es la abominación que cabalga sobre la tierra envenenándola, matándola. Y aún falta por ocurrir lo peor.

 

Se quedó callado largo rato. Yo alcé mi copa, bebí un trago y volví a

 

dejarla en el suelo.

 

–«En el Día de la Lucha, las raíces y las ramas se intercambiarán los lugares, y la novedad del fenómeno será considerada una maravilla» recité.

 

–¿Y bien? Ilumina mi entendimiento -rogó en tono cansado.

 

–Las raíces y las ramas ya han intercambiado sus lugares, ¿no lo ves? En la persona de Meldron, el rey y la dignidad real han intercambiado sus lugares.

 

–Lo siento, Tegid…, es tarde. Estoy muy cansado… y no acabo de entenderlo.

 

–Las palabras de la profecía…

 

–Ya sé, ya sé, la profecía…, sí. ¿Qué significa?

 

–La soberanía, Llew. Meldron ha usurpado el poder que sólo poseen los bardos. Se ha proclamado rey y reclama la soberanía. Ha tergiversado el orden establecido.

 

–¿Y eso ha envenenado el agua? – inquirió Llew tratando de comprender-. ¿De veras la ha envenenado?

 

–Eso creo. ¿Cuánto tiempo piensas que ese endemoniado cínico puede reinar en estas latitudes sin envenenar la tierra? – dije-. La tierra es algo vivo. Recibe la vida del pueblo que la trabaja, del mismo modo que el pueblo recibe la vida del rey. Si la corrupción infecta al rey, el pueblo sufre las consecuencias… Sí, y finalmente también la tierra. Así es como ha ocurrido.

 

–Simon tiene la culpa de todo -replicó utilizando el antiguo nombre de Siawn Hy-. De todo. Fue Simon quien le dijo a Meldron que podía apoderarse por la fuerza de la dignidad real. Y por eso Albión está agonizando.

 

No esperó mi respuesta y continuó:

 

–Si yo hubiera hecho lo que vine a hacer, nada de todo esto habría ocurrido.

 

–De nada sirve hablar en esos términos -le recordé-. Nosotros hacemos sólo lo que sabemos hacer, hacemos lo que podemos.

 

–Razón de más para ayudar ahora a Cynan -insistió.

 

Seguía en sus trece. Le había dicho lo que debía decirle, pero no había logrado convencerlo.

 

–Muy bien -dije-. Nos iremos. Llevaremos el agua a Dun Cruach y arrostraremos las consecuencias.

 

–Como digas, hermano -asintió Llew en tono amable-. ¿Qué será de tus

 

mabinogi?

 

–Goewyn cuidará de ellos.

 

–Entonces no hay más que hablar. Partiremos al alba.

 

Me marché para que descansara. Yo estaba demasiado inquieto y angustiado como para poder conciliar el sueño aquella noche; además no se movía ni una hoja y hacía un calor sofocante.

 

27

 

LA PIEDRA DEL GIGANTE

 

Pasé la noche en vela en el soto de los abedules, desnudo y sentado en el suelo, sintiendo en mi piel el calor de la noche, escuchando el anormal silencio reinante y buscando con los ojos de la mente lo que en otros tiempos hubiera buscado en el Cuenco Adivinatorio. Escruté las misteriosas sendas del futuro en busca de algún presagio. Mi visión interior vislumbró muchas imágenes, todas ellas desoladoras y descorazonadoras: niños famélicos de miembros esqueléticos y vientres hinchados, reses muertas junto a arroyos envenenados, poblados silenciosos, cosechas agostadas, cuervos posados en los costillares de los cadáveres…

 

Me pareció que la tierra se estaba ahogando bajo una opresión que era como un pellejo pesado, viscoso y vasto: un pellejo putrefacto y corrupto que sofocaba todo bajo su peso.

 

Me levanté con el corazón encogido, me vestí y me dirigí hacia el lago donde los carros y los caballos estaban listos para la marcha. Goewyn estaba entre los pocos que se habían reunido para despedirnos.

 

–No te preocupes, Tegid. Me ocuparé de los mabinogi durante tu ausencia -dijo apretándome las manos; y noté el calor de las suyas.

 

–Gracias, Goewyn.

 

–Te veo preocupado. ¿Por qué? – preguntó sin soltarme las manos-. ¿Qué has visto?

 

–Nada bueno… Si de mí dependiera, no nos marcharíamos.

 

La muchacha se inclinó y sentí el calor de su aliento al besarme.

 

–Que tengas buen viaje y regreses sano y salvo -deseó.

 

Llew y Bran se nos acercaron con los caballos. Goewyn se despidió de ellos y, como Llew pareció no reparar en ella, se apresuró a retirarse.

 

–Tú y Alun conducid los carros -dijo Llew dirigiéndose a Bran-. Yo cabalgaré con Tegid, Rhoedd y los demás.

 

Montamos a caballo y se dio la señal de marcha. Oí el crujir de las ruedas de madera sobre los guijarros mientras los carros emprendían su lenta marcha hacia el risco. Esperamos a que el último de los carros hubiera pasado y ocupamos nuestros puestos en retaguardia.

 

La comitiva estaba formada por seis carros de gran tamaño, cargados con pellejos y vasijas de agua fresca, y diez guerreros comandados por Bran y dos Cuervos. Los Cuervos restantes se quedaban para proteger Dinas Dwr a las órdenes de Calbha y Scatha.

Aunque hacía muy poco que el sol había salido, el calor era ya considerable. Tras los carromatos fuimos ascendiendo la ladera de Druim Vran; luego, con sumo cuidado, descendimos por el escarpado camino del risco. Cuando llegamos a la cañada que se abría en la otra vertiente, estábamos sudorosos y fatigados, a pesar de que el viaje no había hecho más que comenzar.

 

Seguimos el curso del río hacia el sureste. Nuestros dos Cuervos, Alun Tringad y Drustwn, cabalgaban a la cabeza para explorar el camino por si topábamos con algún espía de Meldron. Pero no encontramos ninguno.

 

Tampoco vimos señal alguna de que la plaga de Meldron hubiera invadido la región norte de Caledon. Los ríos y fuentes eran claros y cristalinos; los lagos límpidos. Aun así, obedeciendo el consejo de Rhoedd, nos abstuvimos de beber agua.

 

Las dos primeras jornadas de viaje, estuve alerta a cualquier sonido, a cualquier olor, en busca de alguna señal, por débil que fuera, del destino que sentía que se cernía sobre nosotros a medida que nos alejábamos de Dinas Dwr. Y, aunque no ocurrió ningún percance, mis temores no me abandonaban.

 

Al tercer día dejamos el río y tomamos Sarn Cathmail, la escarpada senda que une los umbríos bosques del norte con las colinas cubiertas de brezo del sur. Nuestros exploradores se adelantaron bastante cuando llegamos a terreno abierto y, aunque tomaron todas las precauciones posibles, no vieron a nadie. De este modo seguimos avanzando mientras mis oscuros presentimientos iban en aumento.

 

A media jornada del cuarto día avistamos el mojón de piedra que marca la mitad del camino de Sarn Cathmail. Carreg Cawr, la Piedra del Gigante, es un enorme monolito de color negro azulado que sobrepasa tres veces la altura de un hombre y se cierne sobre el camino pavimentado de losas. A semejanza

 

de otros mojones, está labrada con símbolos sagrados que protegen la carretera y salvaguardan a los viajeros.

 

–Creo que sólo nos queda un día de camino -dijo Llew-. Pese al calor hemos mantenido una buena marcha. Todo está muy seco por aquí…, la yerba está requemada.

 

Mientras hablaba, mi visión interior se despertó y vi la larga carretera de color pizarra que se extendía ante nosotros entre una llanura herbosa rodeada por suaves colinas, bajo un cielo blanco y calinoso. Vi los carros cargados que traqueteaban por el camino y la negrura de Carreg Cawr brillando al sol.

 

Los exploradores habían pasado junto a la Piedra del Gigante y habían seguido adelante sin vislumbrar nada sospechoso; luego pasaron junto al mojón Bran y los guerreros y después, uno tras otro, lo hicieron los carros. Pero, mientras me acercaba a la piedra, los tenebrosos presagios que me habían inquietado desde el inicio del viaje aumentaron hasta convertirse en una palpable sensación de pavor.

 

Ya cerca de la piedra, tiré de las riendas y detuve mi caballo. Llew, que me precedía, se detuvo casi debajo del monolito. Alzó la mirada y examinó los antiguos símbolos con curiosidad.

 

–¿Sabes qué significan esos símbolos? – me preguntó por encima del hombro.

 

–Sí -repuse secamente-. Son señales sagradas que bendicen y protegen la calzada.

 

–Eso ya lo sé -insistió él-. Pero ¿qué dicen?

 

Sin aguardar mi respuesta, se dio la vuelta en la silla, alzó las riendas y obligó al caballo a acercarse a la piedra. Yo agucé el oído. Sólo se oía el viento que mecía la yerba de las suaves colinas y, allá lejos, el chillido de un halcón. De pronto oí un grito de Llew.

 

Fue un grito de sorpresa, no de dolor. Vislumbré una sombra tras la Piedra del Gigante mientras Llew se volvía bruscamente.

–¿Qué fue eso? ¿Has oído algo?

 

–No.

 

–Acaba de golpearme algo. He sentido en la espalda algo…, como una piedra. Habría podido…

 

–¡Shh! ¡Escucha!

 

Llew guardó silencio y oí un ligero arañazo tras la Piedra del Gigante.

 

Luego un apagado sonido metálico, como producido por los eslabones de una

 

cadena de hierro; después… nada.

 

–Hay alguien emboscado tras la Piedra del Gigante -le dije a Llew, quien al punto empuñó la espada que llevaba colgada a la silla de montar.

 

Avanzó hacia el monolito.

 

–Sal -ordenó-. Sabemos que estás ahí. Sal de una vez.

 

Aguardamos, pero no hubo respuesta. Llew iba a hablar de nuevo, pero se lo impedí con un gesto.

 

–¡Escucha! – grité dirigiéndome a la piedra-. Te habla el Bardo Supremo de Albión. Te ordeno que salgas ahora mismo. No vamos a hacerte ningún daño.

 

Por un momento reinó el más absoluto silencio. Luego oí el rumor de unos pasos sobre la yerba seca que crecía en la base del monolito.

 

Apareció una delgada figura, cubierta con los andrajos de un siarc y de un manto color verde. Y junto a aquella misteriosa aparición surgió un sabueso de color negro pizarra con una mancha blanca sobre una de las patas delanteras. Los reconocí al instante, antes incluso de que Llew exclamara:

 

–¡Ffand!

 

Desmontó de un salto y corrió hacia la niña. El perro se puso a ladrar y fue silenciado al momento.

 

–¡Twrch!

 

–¡Ffand! ¡Mi valiente Ffand! – dijo Llew abrazándola y alzándola en volandas. La niña se echó a reír mientras Llew le besaba las sucias mejillas-. ¿Qué estás haciendo aquí sola tan lejos de casa?

 

–No estoy sola -repuso Ffand-. Twrch está conmigo -añadió acariciando al perro que le llegaba hasta la cadera.

 

–¡Twrch! – lo llamó Llew tendiendo la mano hacia el perro.

 

El animal estiró el cuello y olisqueó la mano de Llew. ¿Reconoció el olor de su dueño? Desde luego, porque al instante comenzó a ladrar y de un salto colocó sus enormes patas sobre los hombros de Llew y le lamió la cara. Llew abrazó al perro y le acarició el cuello con su muflón, que Twrch se apresuró también a lamer.

 

–¡Tranquilo, tranquilo, Twrch! – Luego miró a Ffand-. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué has venido?

 

–Te buscaba -contestó Ffand.

 

–¿Me buscabas? – repitió, sorprendido y divertido a la vez.

 

–Supe que Llew estaba formando un reino en el norte y que Meldron te

 

busca también en el norte. Así que yo también vine al norte.

 

–Muy lógico -observó Llew.

 

–Me dijiste que volverías a buscar al perro -dijo Ffand con cierto enojo-. Volviste, pero no nos esperaste. – Su tono era acusatorio, pero enseguida lo suavizó-. Por eso decidimos venir en tu busca.

 

–¿Que no os esperé? ¿A qué te refieres?

 

–Cuando fuiste a Caer Modornn.

 

Yo desmonté y caminé hacia ellos.

 

–Es cierto que fuimos a Caer Modornn, pero no te vimos, Ffand.

 

–Os olvidasteis de mí -replicó la niña, enfadada.

 

–Sí-admitió Llew-. Lo siento mucho. Si hubiera sabido que nos estabas esperando, jamás nos habríamos marchado sin ti.

 

–Y yo no habría tenido que tirarte piedras -añadió ella, y mi visión interior se despertó con la imagen de una joven delgada de largos cabellos castaños, enormes ojazos y piel bronceada.

 

Aunque era evidente que había recorrido una enorme distancia, tenía un aspecto saludable pese a sus harapos y a su delgadez.

 

Había crecido desde la última vez que la habíamos visto, pero aún conservaba los aires de una niña. Con sus ágiles movimientos parecía una salvaje criatura del bosque. En realidad, según nos contó, así había vivido durante los años que siguieron a nuestra huida.

 

Como no había comida, ella y Twrch iban al bosque. Pasaban largo rato cazando y llevaban al poblado todo lo que podían capturar.

–Liebres y ardillas. Era la única carne que podíamos conseguir. –Ffand -dijo Llew-, eres una auténtica maravilla. ¿Tienes hambre? –Tengo más sed que hambre. Por aquí el agua es mala.

 

Volví junto a mi caballo y cogí la bolsa de provisiones. Saqué un pedazo de queso y algunas rebanadas de pan de cebada, que fueron muy bien recibidas. Después le tendí a la niña el pellejo de agua, que casi agotó antes de ofrecérselo a Twrch. El perro bebió lo que quedaba.

 

Ffand comenzó a devorar una de las rebanadas. Como suponíamos, estaba verdaderamente hambrienta. El perro, sentado junto a ella, se lamía el morro y aguardaba con paciencia.

 

–No me extraña que Meldron te tenga tanto miedo -comentó la niña partiendo otra rebanada y metiéndose una mitad en la boca.

–¿Cómo sabes que Meldron me tiene miedo?

 

–Desde que fuiste a Caer Modornn -contestó ella masticando con avidez-, no ha cesado de buscarte. No hay nadie en toda Albión que no haya sido interrogado por la Manada de Lobos de Meldron: «¿Dónde está el tullido Llew? ¿Y el ciego Tegid?». – Tragó un bocado y prosiguió-: Ha jurado acabar contigo. Ha dicho que el que te encuentre será premiado con tierras y riquezas…, muchas riquezas.

 

–Por eso saliste en mi busca.

 

Ffand se tomó la broma en serio.

 

–¡No! ¡Jamás ayudaría a Meldron! – protestó horrorizada de que Llew pudiera sospechar de ella-. He venido a avisarte y a traerte a Twrch. Es un perro magnífico… Yo misma lo he adiestrado…, y todos los reyes deben tener un perro.

 

–Te lo agradezco, Ffand -repuso cariñosamente Llew-. Me será de gran utilidad un buen perro, aunque ya no soy rey. Al parecer, he contraído una segunda deuda contigo.

 

El último carro había desaparecido tras la cima de una colina. –Debemos marcharnos -dije, observando el mojón con los ojos de mi

 

mente-. No deberíamos permanecer más tiempo aquí.

 

–Tegid tiene razón; tenemos que unirnos a los demás.

 

–Ven, Ffand, cabalgarás conmigo hasta que alcancemos los carros me dirigí hacia mi caballo, monté y le tendí la mano.

 

La niña me observó con curiosidad y se mordió el labio.

 

–¿Puedes verme? – me preguntó intrigada.

 

–Sí -respondí-. Así que deja de mirarme y dame la mano.

 

La subí a la grupa. Llew montó también y reanudamos la marcha. Twrch trotaba entre los dos, primero junto a Llew, luego junto a Ffand y a mí, como si quisiera dividirse entre sus dos dueños.

 

Antes de que mi visión interior se apagara, vislumbré al sabueso con la cabeza levantada olisqueando el viento y caminando con sus ágiles y largas patas junto a Llew como si toda la vida hubiera gozado de la compañía de un verdadero rey.

 

Al cabo la imagen se desvaneció y reinó una total oscuridad. Comencé a calibrar el significado de lo que acababa de ocurrir. Era evidente que Ffand no suponía amenaza alguna para nosotros y, no obstante, mis oscuros temores persistían. Presentía algo. La Piedra del Gigante proyectaba sobre la senda su negra y abrumadora mole, pero pasamos junto a ella sin sufrir daño alguno.

 

De pronto me pareció que sentía un extraño latido en mi estómago y en mi pecho. Y en ese preciso instante oí un ruido: algo pesado se movía lentamente; parecía que rechinaran enormes piedras de molino. Tiré de las riendas y volví grupas.

 

–Ffand -dije con urgencia-, observa con atención la Piedra del Gigante. Mira bien y dime lo que está sucediendo. ¿Qué ves?

 

–Yo no…

 

–¡Deprisa, muchacha! ¡Dime lo que ves!

 

Mis gritos alertaron a Llew, que detuvo su caballo y me gritó:

 

–¿Qué pasa, Tegid?

 

–Veo la piedra -repuso Ffand-. Nada más. Está… -Hizo una pausa-. ¿Qué fue eso?

 

–¿Viste algo?

 

–No, sentí algo… aquí, en el estómago.

 

El caballo se puso nervioso; relinchó y retrocedió unos pasos.

 

–Observa bien la piedra -le indiqué-. Dime todo lo que veas.

 

–Bien -comenzó de nuevo-, la piedra está allí. Como iba a decirte, está… -Contuvo el aliento-. ¡Mira!

 

–¿Qué pasa? ¡Ffand! Dime qué ocurre.

 

–¡Tegid! – gritó Llew, y oí el golpeteo de las herraduras de su caballo que se espantaba y piafaba.

 

El mío sacudió la cabeza y relinchó sobresaltado. Yo tiré firmemente de las riendas, y Ffand se agarró a mi manto.

 

–¡Habla de una vez, muchacha!

 

Llew se detuvo junto a nosotros.

 

–La piedra está moviéndose -dijo-. Está temblando o vibrando muy despacio. Y el suelo en torno a ella se está abriendo.

Oí un ruido como el que produce el tronco de un árbol al partirse de raíz… y después, silencio.

 

–¿Qué más? ¿Qué ocurre ahora? –Nada -replicó Llew-. La piedra está de nuevo inmóvil.

 

Percibí un ruido sordo y me di cuenta de que lo hacía Twrch, el perro estaba gruñendo amenazadoramente.

 

–Tranquilo, Twrch -lo calmó Ffand.

 

Oí una especie de trino… no, un silbido. Era una señal; alguien estaba emitiendo una señal, una especie de silbido…

 

Twrch se puso a ladrar y arañar el suelo.

 

–¡Twrch! ¡Vuelve! – gritaba Ffand.

 

–Dime qué está ocurriendo -grité-. ¡No puedo verlo!

 

–El perro -dijo Llew-. Twrch ha echado a correr hacia la piedra. –¡Mira! – exclamó Ffand, y sentí que su cuerpo temblaba de agitación-

 

Ha aparecido algo…

 

–¡Dime qué es! ¡Dímelo!

 

–Es un animal -contestó Llew-. Creo que un zorro. No, sus patas son demasiado cortas y su cabeza demasiado grande. Quizá sea un tejón… Hizo una pausa-. No, está demasiado lejos, no puedo distinguirlo bien. Pero ha surgido de la base de la piedra.

 

Twrch ladró otra vez. Su ladrido sonó bastante lejos.

 

–El animal ha visto a Twrch. Huye.

 

–¿Hacia dónde?

 

–Corre trazando un ángulo desde la piedra hacia nosotros. Twrch lo persigue. Está a punto de alcanzarlo…

 

–¡Twrch! – gritó con todas sus fuerzas Ffand-. ¡No!

 

Me pasó el brazo por la cintura, se inclinó hacia un lado y desmontó de un salto. Oí el ruido de sus buskins sobre las losas del camino; la niña corría hacia el perro sin dejar de gritar.

 

–¡Twrch! ¡Detente! ¡Vuelve!

 

A media distancia, oí un aullido de Twrch en el momento en que alcanzaba al animal. Luego un gruñido que me indicó que aquella bestia se había dado la vuelta para defenderse. El gruñido se convirtió en un quejido lastimero, que de pronto se interrumpió. Pese a la distancia oí el crujido de su cuello entre las mandíbulas del sabueso y supe que Twrch lo había matado.

 

–Bien -dijo Llew-, todo ha concluido. Fuera lo que fuera, Twrch lo ha matado.

 

Dejamos la calzada y cabalgamos sobre la herbosa llanura hacia el lugar donde Ffand sostenía por el collar al perro. Cuando desmontamos, Twrch se puso a ladrar, muy satisfecho de su presa.

 

–No -gimió Llew- Oh, no…

 

–¿Qué es? – preguntó Ffand intrigada. Supuse que estaba mirando al animal que yacía sin vida sobre la yerba y que no sabia qué era.

 

–¿Sabes qué es, Llew?

 

–Un perro…, una especie de perro -contestó en un tono que expresaba a

 

la vez recelo y lástima.

 

28

 

DYN DYTHRI

 

–¿Un perro? ¿Estás seguro? – preguntó Ffand.

 

–Sí, creo que es un corgi.

 

Con aquella alusión a su mundo, mi visión interior se iluminó con la imagen de una extraña criatura de patas cortas y espeso pelo moteado de rojo, amarillo y marrón. Tenía una enorme cabeza con orejas semejantes a las de un zorro y morro corto; su cuerpo era grueso y fornido. Era un curioso animal; parecía mitad zorro mitad tejón, pero carecía de la grácil estampa de ambos.

 

La imagen se desvaneció, pero no antes de que captara la ansiosa mirada que Llew dirigía a la Piedra del Gigante.

 

–Creo que deberíamos marcharnos -dijo inquieto.

 

Cuando nos disponíamos a montar, oímos el hueco crujir de la piedra al moverse y sentimos en nuestras entrañas el poderoso latido de la tierra. El suelo tembló bajo nuestros pies. Los caballos relincharon. Tiré de las riendas para dominar mi corcel mientras el sobrecogedor ruido iba en aumento y crecía el rítmico temblor de la tierra.

 

Twrch gruñó y echó a correr hacia la Piedra del Gigante. Ffand dio un grito y se precipitó detrás, en tanto que Llew, montado ya a caballo, azuzaba su montura tras la niña.

 

–¡Ffand! ¡Espera! – gritó.

 

Mi caballo piafó. Le refrené con fuerza la cabeza para evitar que se desbocara y saliera al galope.

 

El temblor cesó.

 

–¡Agárralo fuerte, Ffand! – gritó Llew.

 

Los ojos de mi mente permanecían en la más absoluta oscuridad y maldije mi ceguera.

 

–¿Qué sucede? – grité apresurándome a seguir a Llew-. ¡Dime!

 

–Un agujero… Se ha abierto un pasadizo bajo la piedra -me contestó-. Veo algo que se mueve. Ha desaparecido, pero creo que se trataba de una persona.

 

Desmontó y puso las riendas en mis manos.

 

–¡Sostenlas! – dijo-. Twrch va a hacerlo pedazos.

 

Antes de que pudiera replicar, Twrch comenzó a ladrar furiosamente. Ffand gritó regañándolo, pero el perro no le hizo el menor caso. En el mismo instante oí en la dirección de la piedra un grito, una voz humana. La voz gritó de nuevo pronunciando algo que no entendí.

 

Llew intentó apaciguar a Twrch.

 

–¡Agárralo fuerte, Ffand! – ordenó-. Suceda lo que suceda, no lo sueltes.

 

Oí otro grito en aquella extraña lengua, coreado al momento por otro.

 

Llew dijo algo que no entendí. Después me ordenó:

 

–¡Tegid, al suelo!

 

Al momento, un ruido atronador convulsionó el aire. Sentí en mi piel la presión de aquel sonido, y algo pasó silbando junto a mi oreja.

–¡Twrch! – vociferó Llew-. ¡No!

 

De nuevo estalló aquel agudo trueno. Ffand chilló. Twrch ladraba furiosa y salvajemente, como presintiendo un peligro mortal.

 

–¡Twrch! – lo llamó Llew frenéticamente- ¡Twrch, no! ¡Detenlo, Ffand! Un tercer trueno estalló en el aire. Oí el grito de un hombre. Luego un

 

gruñido de Twrch y la voz de Llew. Corrí hacia el sonido.

 

–¡Llew!

 

–¡Twrch! – conminó Llew.

 

–¡Llew! ¿Qué está sucediendo?

 

Me zumbaban los oídos y me dolía la cabeza. El aire olía a humo. Llew ordenaba a gritos a Twrch que se detuviera. De pronto, todo quedó en silencio. Twrch gruñía suavemente como si royera un hueso. Llew murmuró algo así como: «Demasiado tarde».

 

Llegué hasta donde él estaba.

 

–¿Qué ha pasado?

 

–Es un hombre, un extranjero…, un dyn dythri -agregó, para indicar que el extranjero era un hombre de su mundo-. Tenía un revólver…, un arma.

 

–¿Un arma es lo que ha producido ese estruendo?

 

–Sí -repuso con alarma y excitación-. Estaba asustado y comenzó a disparar contra nosotros…

 

–¿A disparar?

 

–A usar el arma; quiero decir que nos atacó con su arma. Twrch lo ha matado.

 

–Mala suerte. El extranjero demostró una total falta de prudencia. –Desde luego. Fue tan estúpido como para…

 

Antes de que pudiera acabar la frase, oí una especie de rumor junto al Carreg Cawr; Llew se puso tenso.

 

–Clanna na cù! ¡Hay más! – dijo precipitándose a agarrar al perro-. ¡Twrch, quieto, Twrch!

 

Luego me ordenó:

 

–No te muevas de aquí, Tegid. Voy a hablar con ellos.

 

–¿Cuántos han venido?

 

–Dos -contestó- No…, espera. Tres. Un tercero está saliendo en estos momentos.

 

Hizo una pausa y luego lo oí exclamar una extraña palabra:

 

–¡Nettles!

 

El grito despertó mi visión interior. La oscuridad se disipó, y vi que se había abierto un agujero al pie de la Piedra del Gigante. Junto al agujero había tres hombres de aspecto asustado y baja estatura, vestidos con los curiosos y anodinos atuendos de los extranjeros; tenían los cabellos muy cortos y la piel de un insano color gris amarillento. Era obvio que no resplandecía en ellos la luz de la vida.

 

Los dyn dythri permanecían muy juntos, encorvados, con las manos en la cara y llorando. Tras observarnos entre los dedos de las manos, se atrevieron por fin a mirarnos protegiéndose el rostro con las manos, como si les doliesen los ojos. Nos contemplaban boquiabiertos y las piernas les temblaban sin cesar. Aquellos aterrorizados extranjeros eran unas

 

criaturas vulgares y cobardes.

 

–¡Nettles! – gritó otra vez Llew.

 

Uno de los hombres lo miró y advertí que aquella extraña palabra era ni más ni menos que su nombre. Era más bajito que los demás, tenía la cara redonda y una escasa niebla de plateados cabellos flotaba sobre su cabeza como las nubes en la cresta de una montaña. En su cara brillaba un singular adorno: dos cristales redondos enmarcados en anillos de metal y unidos por tiras de plata.

 

El hombre abrió desmesuradamente los ojos tras los cristales y observó unos instantes a Llew; luego sonrió al reconocerlo. Uno de los que estaban con él, temblando todavía, murmuró algo y constaté que ya había oído antes aquella ruda forma de hablar: era la lengua que hablaba Llew cuando llegó a nuestro mundo. Por tanto, aquellos hombres pertenecían a su clan.

 

–¡Tegid! Es Nettles…, el profesor Nettleton. Ya te hablé de él,

 

¿recuerdas?

 

Llew se aproximó al hombrecillo. Los otros dos se encogieron aún más como si desearan desaparecer completamente.

 

–¡Mo anam, Nettles! – exclamó Llew- ¿Qué estás haciendo aquí? No deberías haber venido.

 

El hombrecillo, con sonrisa insegura, apenas se atrevía a mirarlo a la cara. Después Llew, acordándose de su antigua lengua, le dijo unas palabras, y el otro respondió. Hablaron un momento. Llew miró a los otros dos, que retrocedieron ante su mirada, y empujó al hombrecillo hacia donde yo me encontraba.

 

–Te presento a Nettles. Es lo más parecido a un bardo que se puede encontrar en mi mundo. Es el hombre que me ayudó.

 

–Lo recuerdo -repuse.

 

Mi visión interior estudió la imagen que estaba ante mí y me di cuenta de que, pese a su fragilidad y a su fealdad, sus ojos brillaban con la inteligencia de una mente aguda y sagaz.

 

Mientras Llew y Nettles hablaban, concentré mi atención en los dos hombres que permanecían temblando junto a la piedra. Habían visto al hombre que había matado Twrch, cuyo cuerpo yacía a pocos pasos, y su temor había aumentado.

 

Uno de ellos, el más alto, parecía ser el jefe. Avanzó titubeando hasta el cuerpo. Twrch gruñó, y se le erizó el pelo; al instante el hombre retrocedió asustado.

 

El hombrecillo miró el cadáver y dijo algo a Llew, quien le respondió en su lengua. Tras hablar unos instantes, Llew se volvió hacia mí.

 

–Le he contado lo sucedido. Y le he preguntado si esos hombres llevan más… eh…, armas. Pero no lo sabe.

 

Luego observó con ojos escrutadores a los dos sujetos.

 

–Es un verdadero desastre, hermano -se lamentó-. Ya sabes todo el mal que Simon ha causado aquí. Pues bien, estos hombres son aún peores que él. Los he visto antes, pero no me han reconocido. El alto, Weston, es el jefe. Twrch ha matado a uno de sus hombres.

En su torpe lengua se dirigió a Nettles, y luego me dijo:

 

–Deben ser vigilados y obligados a volver a su mundo lo más pronto posible. Nettles está de acuerdo; trató de detenerlos -me explicó Llew-. Logró impedir que vinieran durante bastante tiempo. Pero hoy tuvieron suerte…, o

 

desgracia, según se mire.

 

Yo no entendía lo que me estaba diciendo Llew aunque sabía que se refería a la llegada de los extranjeros. Pero sí comprendí que estaba muy enfadado y que deseaba que se marcharan.

 

Después, Llew y el hombrecillo se acercaron a los otros dos sujetos. Los dos extranjeros retrocedieron ante Llew, y con sobrada razón, porque, pese a que sólo tenía una mano, habría podido matarlos de un simple golpe.

 

Al observarlo me di cuenta de cuánto había cambiado. Sus hombros y su espalda se habían ensanchado, sus brazos habían desarrollado poderosos músculos y sus piernas se habían robustecido. Así como se cernía la Piedra del Gigante sobre él, así se alzaba él sobre las frágiles criaturas que temblaban ante su presencia.

 

Avanzó hacia ellos, y vi con los ojos de la mente aquellas cobardes caras contraídas por el miedo; oí que hablaban en su grosera lengua con el tal Nettles.

 

Llew se volvió hacia mí.

 

–Nettles les está diciendo lo que… -Hizo una pausa y miró en torno con aire inquieto-. ¡Un momento! ¿Dónde está Ffand?

 

De improviso echó a correr.

 

–¡Está herida! – gritó-. ¡Ese imbécil le ha pegado un tiro!

 

–¿Qué dices?

 

–¡Deprisa, Tegid! ¡Ven!

 

La niña yacía en el suelo; parecía poco más que un manto arrojado sobre la yerba. Tenía una mancha roja en el costado.

 

–Está sangrando. Es grave, Tegid. – Tanteó cuidadosamente la herida con los dedos de su mano sana-. La bala la ha atravesado de parte a parte. Es una herida limpia, pero está perdiendo mucha sangre.

Rasgué un jirón del borde de su manto y taponé la herida.

 

–La vendaremos -dije-. Es lo único que podemos hacer hasta que lleguemos a Dun Cruach.

 

Llew apretó el improvisado apósito sobre la herida, mientras yo rasgaba otro jirón del manto y lo anudaba con fuerza a modo de vendaje.

 

–Espero que sirva hasta que lleguemos a Dun Cruach. Debes llevarla hasta los carros, Tegid. Yo me las apañaré con esos… intrusos -dijo pronunciando con ira la última palabra-. ¿Puedes ver?

–Bastante.

 

Cogí en brazos a Ffand, y en ese preciso instante oí que se acercaban unos caballos: eran Bran y Alun. La súbita aparición de los dos Cuervos, con sus tatuajes azules, sus brazaletes, sus lanzas y escudos, alarmó aún más a los extranjeros. Se arrimaron a la Piedra del Gigante mirando a los guerreros con ojos desencajados por el temor.

 

–Hemos oído un extraño ruido -explicó Bran mirando a los extranjeros- y consideramos prudente venir a ver qué os había sucedido.

 

Alun contempló ceñudo a los extranjeros.

 

–Dyn dythri -murmuró.

 

–No te inquietes, Alun -repuso Llew con frialdad-. No se van a quedar mucho tiempo. Van a volver tan pronto como sea posible al lugar de donde han venido.

 

–¿Lo vas a hacer ahora mismo? – preguntó Alun mirando la Piedra del Gigante-. ¿Aquí?

 

–No -contestó Llew- El portal…, las puertas se han cerrado. Hay que encontrar otro lugar por el que enviarlos de regreso a su mundo. Llévatelos a los carros, Alun -añadió señalando con un gesto a los extranjeros-. Y tú coge a Ffand. Prepárale un acomodo confortable. Tegid y yo iremos enseguida. Antes tenemos que hacer una cosa.

 

Le tendí a Bran la niña, y el Cuervo la acomodó delicadamente en la silla delante de él; luego volvió grupas y se alejó. Alun, lanza en mano, cabalgó hacia los extranjeros. Un rápido movimiento de lanza fue suficiente para obligarlos a ponerse en marcha. Se alejaron por Sarn Cathmail; esperamos a que estuvieran fuera de la vista y entonces procedimos a enterrar al extranjero a la sombra de Carreg Cawr.

 

Llew removió la tierra con su espada y arrancó la yerba. Luego cavó con la ayuda de su cuchillo y después apartamos la tierra con las manos. Twrch nos ayudó. Cuando hubimos cavado la tumba, Llew fue en busca del cadáver. Rebuscó un momento entre la yerba y no tardó en encontrar lo que estaba buscando: era un extraño objeto de metal, pequeño, cuadrado, con una especie de tubo bastante largo, de color negro azulado y brillo metálico.

 

–Es el arma…, un revólver -me explicó Llew.

 

Parecía mentira que aquel pequeño objeto pudiera causar tanto daño, y mucho menos producir el atronador estruendo que habíamos oído. Llew lo abrió y extrajo unas cuantas cosillas con apariencia de simientes.

 

–Son balas -dijo llevándose a la boca una de ellas.

 

Le arrancó con los dientes la punta, la escupió y sacó del cascarillo de bronce que había quedado un polvo de color negro. Hizo lo mismo con las otras y luego arrojó el revólver a la tumba.

–Bien -declaró con evidente satisfacción-, esta pistola ha sido disparada por última vez.

 

Arrastramos el cuerpo del extranjero hasta la tumba y lo enterramos. El hombre tenía la garganta destrozada; la sangre había empapado su siarc. Twrch nos contempló en silencio mientras alisábamos la tierra y la yerba.

 

Regresamos junto a los caballos y nos apresuramos a alcanzar a nuestros compañeros. Aquella noche acampamos entre el brezo junto a Sarn Cathmail. Vigilamos por turnos a los dyn dythri para que no escaparan y al día siguiente proseguimos la marcha. Poco a poco el paisaje comenzó a cambiar: la tierra, muy seca, estaba agrietada y endurecida por el sol; la poca hierba que quedaba estaba raquítica y requemada. El brezo era de color marrón, y el cielo, amarillento y sucio del polvo arrastrado por el viento.

 

Los exploradores volvieron con la noticia de que los arroyos y las fuentes estaban contaminados. Al cabo de un rato llegamos a un pequeño lago de aspecto siniestro. El agua estaba corrompida y en la superficie flotaba una espuma negra y pútrida. Nubes de moscas revoloteaban en la orilla, donde peces muertos se pudrían al sol.

 

Seguimos cabalgando y pasamos junto a arroyos, estanques y lagos de distintos tamaños; en todos ellos el agua estaba negra y las orillas cubiertas por una especie de escarcha ocre y hedionda; la vegetación de las márgenes se había secado. Por doquier brillaban tenebrosamente al sol huesos de animales envenenados y, no muy lejos, esqueletos de pájaros carroñeros.

 

Viajábamos por una tierra quieta y silenciosa; pero el silencio era pestilencia, y la quietud, la inmovilidad de la muerte. El aire apestaba a podredumbre y corrupción. Nos abrumaba una combinación espantosa de calor y hedor. Nos picaban los ojos y nos ardía el estómago; nos tambaleábamos mareados en nuestras sillas. Incluso los caballos parecían afectados por la pestilencia del aire: sacaban espuma por la boca, se les contraían los músculos y se negaban a comer.

 

–Es horrible -murmuró lúgubremente Rhoedd-. Peor que cuando me marché. Ahora también el aire se ha contaminado; antes no olía de esta forma.

 

–Es cuestión de tiempo -observó Bran-. La atmósfera se ha contaminado

 

con la pestilencia de los cadáveres.

 

Rhoedd nos había puesto en antecedentes, pero la realidad era aún peor de lo que nos había explicado. En efecto, bajo aquel cielo mortecino y amarillento, la tierra parecía irremediablemente perdida. Y a medida que avanzábamos el hedor aumentaba. La misteriosa corrupción había penetrado profundamente, se había filtrado por doquier y poco a poco había extendido su veneno por toda Albión.

 

29

 

LA PLAGA

 

La excesiva carga de los carros nos impedía viajar más deprisa; de otro modo habríamos llegado antes a Dun Cruach. Por eso tuvimos que soportar dos jornadas más de sofocante calor respirando a cada paso el hedor de los cadáveres, el polvo y la podredumbre.

 

El sol parecía chamuscar el cielo y reducir la tierra a cenizas. Yo al menos no tenía que soportar la deslumbradora luz, pero el pestilente y sofocante aire se me pegaba a los pulmones como pelusilla y cada aspiración devenía un auténtico suplicio. Cabalgábamos en silencio, desesperanzados ante aquella impenitente plaga.

 

Como los carros traqueteaban sin cesar, nos turnamos para llevar en brazos a Ffand. La niña no pesaba nada y de vez en cuando recobraba el conocimiento. Le dábamos agua y le humedecíamos la cara y el cuello para refrescarla, pero la herida era grave y yo no abrigaba esperanzas de que pudiera sobrevivir.

 

Llegamos a Dun Cruach al crepúsculo, entumecidos por los rigores del viaje. Pero recobramos los ánimos al ver que la gente salía de la fortaleza para darnos la bienvenida. En cuanto vieron las tinajas se precipitaron hacia los carros. En un abrir y cerrar de ojos los carros fueron descargados y el aire se llenó de gritos de alegría. Ffand, acurrucada en la silla delante de mí, se estremeció pero no se despertó.

 

De pronto oímos el vozarrón de Cynan:

 

–¡Bienvenidos, hermanos! – exclamó saludándonos con sincera alegría. Nunca hubo huéspedes mejor acogidos en Dun Cruach, aunque no podré brindaros una copa de bienvenida, pues ayer nos bebimos la última reserva de cerveza.

 

–Saludos, Cynan -contestó Llew, desmontando de un salto-. Hemos

 

venido lo más deprisa que nos ha sido posible.

 

–Llegáis justo a tiempo -repuso Cynan. Oí la palmada en el hombro con la que Cynan acostumbraba saludar a Llew y después, sin que tuviera tiempo de desmontar, sentí que me asía por la rodilla-. Gracias, amigos. Jamás lo olvidaré.

 

–No tiene importancia teniendo en cuenta lo que tú has hecho por nosotros -replicó Llew.

 

–¿Quién es esa muchacha que traes contigo, Tegid? – preguntó Cynan.

 

No me digas que te has echado novia.

 

–Se llama Ffand -le dije-. La encontramos en el camino.

 

–Es la niña que nos ayudó a escapar de Meldron en Sycharth -le explicó Llew.

 

–¡Vaya! – exclamó Cynan.

 

–Está herida -añadió Llew.

 

Antes de que pudiera decir nada más, Bran y Alun se aproximaron para preguntar qué debían hacer con los extranjeros.

 

–Traedlos aquí -ordenó Llew.

 

–¿Dyn dythri entre nosotros? – inquirió intrigado Cynan, que sin duda había echado una ojeada a los carros donde Bran y Alun llevaban a los prisioneros-. Veo que has juzgado conveniente atarlos.

 

–Me pareció lo más prudente -dijo Llew- Son enemigos. El que hirió a Ffand ya está muerto. – Y le explicó a continuación cómo habíamos capturado a los intrusos-. Los enviaremos de regreso a su mundo en cuanto nos sea posible. Hasta entonces, debemos asegurarnos de que no pueden escapar. – Hizo una pausa y añadió-: Aunque, a decir verdad, el de los cabellos blancos es un amigo.

 

–Una extraña manera de tratar a un amigo. Sin embargo, si te parece conveniente, hay un almacén en el que podemos encerrarlos. Mi padre jamás ha utilizado un foso de rehenes.

 

Dio una serie de instrucciones a Bran y a Alun y luego nos invitó a que entráramos en palacio.

 

–Hace mucho calor aquí. Dentro se está más fresco.

 

Cynan llamó a uno de los suyos y le ordenó que se hiciera cargo de Ffand, que le curara la herida y que le buscara un acomodo adecuado.

 

–Iré a verla enseguida -añadí poniendo en sus brazos a la niña. Entramos en palacio para saludar a Cynfarch. El rey nos acogió con aire

 

frío, casi enfadado, y enseguida se alejó para ordenar a sus hombres cómo debían racionar el agua.

 

–Le resulta muy duro tener que aceptar vuestra ayuda -nos explicó Cynan-. Está desconcertado; todo ha caído sobre sus hombros demasiado deprisa… Mucha gente ha muerto envenenada. Hemos intentado cavar nuevos pozos, pero la tierra está demasiado seca…

 

–Estamos aquí para llevaros con nosotros a Dinas Dwr -declaró Llew-. El agua nos bastará para el viaje de regreso. ¿Cuánto tardaréis en estar listos para emprender la marcha?

 

Cynan tardó en contestar.

 

–Podríamos partir ahora mismo, pero no creo que Cynfarch quiera marcharse.

 

–Hablaremos con él.

 

–Como queráis -asintió Cynan-. Pero no esperéis que cambie de idea. Ya me costó trabajo convencerlo para que enviara a Rhoedd…, y no me permitió que os pidiera ayuda. Mi padre es un hombre muy tozudo.

 

–Quizá cambie de idea ahora que estamos aquí -sugirió Llew. –Quizá -comentó Cynan-. Deja que hable con él después de cenar. La cena fue bastante lúgubre. Cynfarch, avergonzado por no poder

 

agasajarnos con todos los honores, estaba ceñudo y silencioso, y no era una compañía ciertamente agradable. El pueblo, aunque contento por el agua recibida, no podía sobreponerse a la melancolía de su rey. En medio de una tierra devastada, no había sitio en Dun Cruach para la alegría y la esperanza. –La situación es peor de lo que esperaba -murmuró Llew cuando al fin

 

pudimos levantarnos de la mesa.

 

Salimos del palacio, pero el aire era todavía sofocante y no soplaba la menor brisa.

 

–No deberíamos haber venido -comenté.

 

–Habrían muerto sin el agua -observó sombríamente Llew.

 

Cynan se unió a nosotros.

 

–Si estáis tramando un plan para matar a Meldron, soy el hombre que necesitáis.

 

–¿Ya has hablado con Cynfarch? – preguntó Llew-. No es prudente permanecer aquí más tiempo que el estrictamente necesario.

 

–Se lo he dicho -replicó con aire lúgubre Cynan-. Mi padre prefiere morir a perder su reino.

 

–¡Ya ha perdido su reino! Y no tardará en perder la vida.

 

–¿Crees que no es consciente de ello?

 

Se hizo un silencio tenso. Los dos se miraban fijamente; la ira y la tensión se respiraban en el sofocante ambiente.

 

–¿No estaría dispuesto a marcharse para salvar a su pueblo?

 

–Quizá lo haría por ellos, pero no por otra razón.

 

–Entonces hemos de hacerle ver que si permanecemos un día más aquí, su gente morirá.

 

–Es muy fácil de decir, pero muy difícil de hacer -señaló Cynan-. Mi padre cree que cuando llueva acabará la plaga. Está en un error, y así se lo he dicho. Pero no quiere escucharme.

 

–Ahora se lo diremos nosotros -sugirió Llew.

 

–Es muy tarde y no está de humor para hablar. Mejor mañana.

 

Nos quedamos otra vez en silencio, inquietos e incomodados unos con otros. El silencio se hizo tenso y pesado; los tres estábamos pensando en si era mejor abordar de una vez por todas a Cynfarch o aguardar hasta el día siguiente. Rhoedd nos sacó de dudas, pues justo en aquel momento apareció para decirnos que Cynfarch deseaba ver a los intrusos.

 

–El rey desea que sean llevados a su presencia ahora mismo.

 

Llew titubeó.

 

–Bien -asintió por fin, aunque era evidente que no le agradaba tener que conceder a los extranjeros ni un minuto de libertad-. Traedlos -añadió disponiéndose a entrar en el palacio-. ¿Vienes, Tegid?

 

–Enseguida -respondí-. Primero iré a ver a Ffand.

 

Cynan llamó a una mujer para que me llevara hasta la casa donde habían acomodado a la niña.

 

–Está aquí -me dijo la mujer, y su voz despertó mi visión interior.

 

Vi a Ffand dormida en un lecho de mullida lana; una mujer estaba sentada junto a ella sosteniendo un velón de junco. Como hacía calor, la habían acostado desnuda cubierta sólo por una colcha amarilla. La mujer le había lavado la herida con agua y le había cambiado la venda. Luego la había peinado.

 

Me arrodillé junto a la niña y la llamé:

 

–Ffand. Soy Tegid. ¿Puedes oírme? – Le acaricié el hombro-. ¿Puedes oírme, Ffand?

 

La niña se estremeció y entreabrió lentamente los ojos.

 

–No estamos en la fortaleza de Llew -observó con una vocecilla delgada como un hilo de seda.

 

–No. Estamos en Dun Cruach, el poblado de nuestros aliados, Cynan Machae y su padre, el rey Cynfarch.

 

–Ah -suspiró aliviada.

 

–¿Creíste que era Dinas Dwr?

 

–Dicen que Dinas Dwr es una fortaleza encantada con muros de cristal, para que no pueda ser vista -susurró-. Por eso Meldron no puede encontrarla. No pensé ni por un momento que esto fuera Dinas Dwr aseguró con tono desdeñoso.

 

Cerró los ojos otra vez como para alejar una imagen desagradable. –¿Cómo te encuentras, Ffand? ¿Te duele? – Sacudió la cabeza

 

ligeramente-. ¿Tienes hambre?

 

Volvió a abrir los ojos.

 

–¿Era un hombre de Nudd?

 

–¿Quién?

 

–El extranjero -dijo con una voz mucho más débil-. ¿Por eso estaba escondido bajo la Piedra del Gigante?

 

–Sí -repuse después de reflexionar unos instantes-. Era un hombre de Nudd. Por eso estaba escondido bajo la piedra.

 

–Entonces me alegro de que Twrch lo matara.

 

Tragó saliva; los músculos de su garganta se movieron, pero su boca siguió seca. Le alcé la cabeza y le acerqué la copa a los labios. Bebió un trago, pero no quiso más.

 

–Volveré enseguida -le dije a la mujer levantándome-. Si se despierta otra vez, házmelo saber.

 

La mujer asintió y siguió velando a la niña; yo regresé al palacete. Como mi visión interior seguía despierta, al entrar vi a los tres extranjeros ante Cynfarch, cada uno de ellos vigilado de cerca por un guerrero. Los extranjeros miraban con la boca abierta a la gente reunida en torno. Me coloqué junto a Llew, que contemplaba la escena.

 

Cynfarch, con su imponente aspecto, estaba sentado orgullosamente sobre su trono. Examinó con curiosidad a los extranjeros, luego hizo un gesto para llamar al más alto. El sujeto tragó saliva, alzó las manos en gesto de súplica y comenzó a gemir lastimosamente en su desagradable lengua. A pesar de que no entendía las palabras, colegí que estaba rogando por su vida.

 

–Rhoi taw! – ordenó Cynan.

 

El significado de sus palabras era tan evidente que el extranjero cerró al punto la boca.

 

–Noble padre -dijo Cynan dirigiéndose al rey-, hemos traído ante tu presencia a los dyn dythri, como ordenaste. Míralos, señor, y verás que no son de nuestra raza.

 

–Es obvio. Me gustaría saber por qué están aquí.

 

–Se lo preguntaré, pero no creo que hablen nuestra lengua.

 

–Quizá -dijo el rey-, pero un hombre debe responder por sí mismo si puede. Pregúntales.

 

Cynan se dirigió al sujeto llamado Weston.

 

–¿Cómo te llamas, extranjero? – inquirió-. ¿Por qué has venido a nuestro mundo?

 

El extranjero se estremeció. Emitió una especie de maullido e hizo un gesto desesperado. Algunos espectadores se echaron a reír, pero fue una risa de inquietud que no tardó en desvanecerse. Los otros extranjeros se encogieron con una expresión de terror en los ojos.

Cynan se dirigió entonces a su padre.

 

–Al parecer el extranjero no posee el don del entendimiento, señor. –No me extraña, con la pinta que tiene -musitó el rey-. Sin embargo, me

 

gustaría saber por qué él y los otros han venido aquí. ¿Hay alguien que pueda hablar por él?

 

–Desde luego -contestó Cynan acercándose a Llew-. ¿Qué dices, hermano? ¿Quieres hablar por él?

 

–Nada bueno podemos obtener de ese sujeto -murmuró Llew.

 

Luego, sin dedicar ni una sola mirada al tal Weston, llamó al hombrecillo de cabellos blancos.

 

–Este hombre se llama Nettles -le dijo al rey-. Lo conozco; es amigo mío. Es una especie de bardo y podemos confiar en que dirá la verdad. En este aspecto, no se parece en nada a los otros dos.

 

Indicó con un gesto al hombrecillo que se acercara y le puso la mano sana sobre el hombro.

 

–Es un hombre honrado…, de gran sabiduría y experiencia. Ha luchado por impedir que los otros vinieran. Puedo asegurarlo.

 

Hizo una pausa y contempló con afecto al hombrecillo.

 

–Entiendo su lengua. Pregunta lo que quieras. Estoy dispuesto a hablar

 

por él.

 

–Muy bien -repuso el rey-. Me gustaría saber por qué han venido a nuestro mundo y con qué intenciones.

 

Ante el asombro de todos los reunidos, el hombrecillo de cabellos de nieve respondió sin la menor vacilación en una lengua muy parecida a la nuestra, pero ininteligible.

 

–¿Qué está diciendo? – pregunté a Llew, que sonreía cariñosamente mirando al hombrecillo.

 

–No tengo ni idea. Habla en una lengua llamada gaélico.

 

–¿Le has dicho tú que lo hiciera?

 

–No, se le ha ocurrido a él. Ha debido de pensar que era una buena idea.

 

Antes de que pudiera añadir nada más, el rey exclamó:

 

–Este hombre habla de forma muy franca. ¿Qué ha dicho?

 

–Permíteme que hable con él, noble señor -le dijo Llew.

 

Se dirigió al hombrecillo e intercambiaron unas palabras. Weston y el otro extranjero los miraban asombrados.

 

Luego el hombrecillo comenzó a hablar en voz alta. Cuando hubo acabado, Llew dijo:

 

–Soberano Señor, mi amigo dice que han llegado aquí desde un lugar que está más allá de este mundo. Dice que no miente al deciros que los hombres que están con él no son buenos. Hace tiempo que ansiaban entrar en Albión y, como ves, por fin lo han conseguido.

Llew inclinó la cabeza hacia su amigo y hablaron en voz baja. Weston intentó adelantarse para escucharlos, pero el guardián que lo vigilaba lo obligó a retroceder.

 

Nettles habló otra vez en voz alta y Llew tradujo:

 

–No te lleves a engaño. Aunque parecen débiles e insignificantes, les acompaña el fatal poder de la malevolencia, la corrupción y la deshonra. Apenas tienen conciencia de lo que se traen entre manos, pero utilizan lo poco que saben con intenciones aviesas. Me alegra que los hayan apresado porque no se puede confiar en ellos.

 

El rey escuchó con gravedad y miró a Weston. El extranjero se echó a temblar ante la escrutadora mirada de Cynfarch; el sudor le corría por la cara y el cuello. Cuando ya no pudo sostener más la mirada del rey, tendió sus manos hacia Nettles y comenzó a quejarse en su desagradable lengua.

 

Llew y Nettles conferenciaron unos instantes.

 

–Ese hombre se llama Weston -le dijo Llew al rey-. Pregunta por qué ha sido hecho prisionero. Dice que no tienes derecho a tratarlo así, y te ordena que lo liberes de inmediato.

La pretensión del extranjero enfureció al rey, que cambió completamente de idea acerca de los dyn dythri.

 

–Me asombra la ignorancia del extranjero -declaró Cynfarch con atronadora voz-. ¿Acaso no sabe que soy el rey? Mi deber es la justicia, y ejercerla es mi derecho. ¿Acaso no puede entenderlo?

–Me parece que él no reconoce a ningún hombre como rey, señor observó Llew-. Y puedo asegurarte que estos extranjeros no estiman ni respetan la soberanía…, ni en su mundo ni en éste.

 

Cynfarch entrecerró los ojos enfurecido.

 

–Es obvio. Ningún hombre inteligente comparece ante un soberano señor con demandas si no se ha ganado previamente el derecho a hacerlo con su lealtad y fidelidad.

 

–Padre -intervino Cynan-, Llew piensa que estos extranjeros deben ser devueltos a su mundo tan pronto como sea posible.

 

–¿De veras? – preguntó Cynfarch mirando a Llew.

 

–Sí, señor -replicó Llew-. El Bardo Supremo sabe cómo hacerlo. –Que así sea -asintió el rey-. Si la desaparición de estos dyn dythri de

 

nuestro mundo nos protege a nosotros de perjuicios y no les causa a ellos daño alguno, que así sea. – Hizo un gesto a los centinelas y añadió-Lleváoslos. No quiero oír nada más.

 

Los extranjeros fueron sacados al punto del palacete; Weston protestaba ruidosamente mientras los centinelas se lo llevaban. El rey sacudió la cabeza lentamente con el entrecejo fruncido. El grosero comportamiento de aquel extranjero lo había alterado.

 

Llew, olfateando la oportunidad, tomó la palabra.

 

–Rey Cynfarch, ya has visto cómo están las cosas. El agua está contaminada; arrogantes extranjeros invaden Albión; Meldron merodea por Caledon destruyendo a todos los que se alzan contra él.

–Vivimos tiempos difíciles -asintió el rey.

 

–Y peores aún se avecinan -afirmó Llew-. Pero en Dinas Dwr hay agua y comida suficiente para todos; además Druim Vran nos proporciona segura protección. Te invito a que vengas con nosotros al norte, al menos hasta que Meldron sea derrotado.

 

–Pero ¿cómo lograremos derrotar a Meldron -preguntó Cynfarch- si nadie le planta cara?

 

–Le plantaremos cara -le aseguró Llew-. Cuando llegue el momento oportuno, empuñaremos las armas. Hemos traído agua; hay suficiente para el viaje de regreso a Dinas Dwr. Pero no podemos perder más tiempo. Tenemos que partir ahora mismo.

 

El rey meditó unos instantes.

 

–He escuchado con atención lo que me has dicho -repuso-. Mañana te daré mi respuesta.

 

Llew pareció inclinado a seguir presionando a Cynfarch, pero yo sabía muy bien que eso no haría sino entorpecer la decisión del rey, así que me adelanté y dije:

 

–Aguardaremos tu decisión, señor.

 

Cynfarch se retiró a sus aposentos y el pueblo también se marchó a dormir; Llew, Cynan, Bran y yo nos quedamos solos.

 

–¿Cómo es posible que se niegue a partir? – preguntó asombrado Llew.

 

No hay agua. No podréis resistir mucho tiempo.

 

–Pese a ello, no nos marcharemos a menos que el rey esté de acuerdo - replicó Cynan-. Así están las cosas. Tendremos que aguardar hasta mañana.

 

–Bien -comentó Bran-, entonces me voy a la cama.

 

Se levantó y en cuatro pasos atravesó la sala y se echó a dormir en un rincón sobre una piel de buey.

 

–Es una buena idea -aprobó Cynan-. Acercaos, os mostraré vuestras habitaciones.

 

Nos dirigimos hacia la puerta del palacete. Pero antes de salir fuimos alcanzados por la mujer que velaba a Ffand.

 

–Bardo -dijo-, debes venir enseguida. La niña te llama.

 

Los tres la seguimos. Cuando entramos en la habitación iluminada por la vela de junco, oí que la mujer le decía:

 

–Aquí está el bardo, niña. Llew también ha venido.

 

Al oír estas palabras se avivó mi visión interior. Vi la delgada silueta de la niña en el lecho; a la luz de las velas, su cara parecía muy pálida.

 

–¿Tegid? – dijo.

 

–Aquí estoy, criatura -contesté arrodillándome junto al lecho-. Aquí estoy, Ffand.

 

–Tengo frío -se quejó ella con voz muy débil.

 

La cabaña era muy pequeña y el ambiente estaba cargado; sin embargo la muchacha estaba temblando.

 

–Trae otro manto -ordené a la mujer.

 

Llew se arrodilló a mi lado.

 

–¿Te duele mucho, Ffand?

 

La niña respiró fatigosamente.

 

–No -repuso-. Pero tengo frío…, mucho frío.

 

–¿Qué querías decirme? – pregunté.

 

Tardó en contestar.

 

–¿Dónde está Twrch? – inquirió.

 

–Fuera. Te está esperando. No se ha alejado de la puerta.

 

–¿Quieres que te lo traiga? – dijo Llew.

 

Ella sacudió la cabeza con débiles movimientos.

 

–Lo pasará mal sin mí -susurró.

 

–Ffand -dijo Llew-, ya verás como te pones bien. Pronto podrás hacerte cargo de él otra vez.

 

–Cuídalo -murmuró la niña con un hilillo de voz-. Es todo lo que tengo. –Ffand, escucha… -empezó a decir Llew cogiéndole la mano-. ¿Ffand? Pero el espíritu de Ffand había volado muy lejos. La niña había muerto. Llew sostuvo la mano de Ffand entre las suyas un momento; luego se

 

inclinó y la besó en la frente. Después se levantó y abandonó la habitación. La mujer había regresado con el manto. Lo extendimos sobre el cuerpo sin vida de Ffand y nos retiramos.

 

–… y llama también a Bran y a Alun -estaba diciendo Llew-. Yo traeré los caballos.

 

Cynan se marchó a toda prisa y Llew se encaró conmigo.

 

–¡Los dyn dythri tienen que marcharse esta misma noche! Me aseguraré de que así sea -declaró lleno de ira.

 

–Pero debemos…

 

–¡Esta misma noche! – gritó Llew alejándose-. ¡Y tú vendrás con nosotros, Tegid!

 

30

 

DONDE SE CRUZAN DOS CAMINOS

 

 

Al calor del día había sucedido un bochorno sofocante; incluso ya avanzada la noche no había refrescado. Pese a todo avanzábamos a marchas

 

forzadas. Llew, cuatro guerreros de Cynan y yo cabalgábamos vigilando a los extranjeros que iban en dos de los carros de Cynfarch. Cynan iba a la cabeza con una antorcha, explorando el camino, Bran y Alun cerraban la marcha.

 

Nuestro destino era el lugar donde Sarn Cathmail, la calzada que habíamos seguido desde el norte, se cruzaba con la senda que conducía hacia el oeste, a las colinas del corazón de Caledon. Según Cynan, esa encrucijada estaba coronada por un bosquecillo de abedules. Era un lugar sagrado, y allí íbamos a intentar enviar a los dyn dythri de regreso a su mundo.

 

Llew se había empeñado en que los extranjeros debían regresar inmediatamente a su mundo, y no parecía haber razón para contradecirlo. Así pues, nos habíamos puesto en marcha con la esperanza de llegar a la encrucijada al alba, a la hora-entre-horas, cuando la puerta entre los mundos permanece abierta unos instantes en los lugares sagrados.

 

La oscuridad de la noche dificultaba la marcha; no había luna que nos iluminara el camino y el viaje estaba resultando más largo de lo que esperábamos. Por eso teníamos que darnos prisa para llegar a tiempo a la encrucijada.

 

–Es extraño -murmuró Cynan-. Conozco perfectamente estos parajes. Quizás hemos pasado de largo junto al bosquecillo. – Detuvo el caballo y me miró-. Será mejor que retrocedamos.

 

En medio de la oscuridad reinante se oyó la voz de Llew.

 

–No -replicó en tono tenso acercándose a nosotros-. Pese a la oscuridad habríamos visto alguna señal del camino que conduce al bosquecillo. Seguiremos adelante.

 

–¡Imposible ver algo! – protestó Cynan-. Si no me puedo ver siquiera la mano ante la cara, ¿cómo quieres que distinga el camino?

Llew permaneció en sus trece.

 

–Seguiremos adelante, Cynan. No estoy dispuesto a permitir que esos hombres permanezcan en Albión ni un día más.

 

Cynan suspiró, pero espoleó a su caballo.

 

A mí me daba igual que fuera mediodía o medianoche. Mi visión interior permanecía apagada. Como no veía nada, estaba atento a todos los sonidos que me llegaban a través del inmóvil aire de la noche: oía el trote de Twrch, que de vez en cuando olisqueaba el sendero; oía el chisporroteo de la antorcha, la trápala de las herraduras de los caballos y el crujido de las ruedas de los carros. En una ocasión oí un pájaro que, asustado, echó a volar con un

 

graznido que se convirtió en un grito incorpóreo al perderse en el vacío informe de la noche.

 

Poco después descendimos por una ladera y llegamos a un valle. Cynan hizo un alto para localizar nuestra posición. Los carros se detuvieron.

 

–No veo nada -se quejó Cynan-. Tegid sería más capaz que yo de encontrar la encrucijada en estas tinieblas.

 

–No podemos estar muy lejos -opinó Llew-. ¿Conoces este valle? –No -contestó Cynan, nervioso y desorientado.

 

–Pero debes de tener alguna idea aproximada de dónde nos encontramos - insistió Llew.

 

–La tendría si pudiera ver algo -repuso con impaciencia Cynan. Llew se quedó unos instantes callado. La antorcha chisporroteó y la

 

frustración de Cynan se tradujo en palabras.

 

–¿Y ahora qué? – preguntó.

 

–Seguiremos adelante -decidió Llew-. Quizás este sendero conduzca hasta Sarn Cathmail.

 

–Quizá sí… -asintió sombríamente Cynan- o quizá no.

 

Llew chasqueó la lengua y azuzó al caballo. Oí el latigazo de las riendas y el crujido de las ruedas cuando los carros reemprendieron la marcha. Seguí la comitiva, deseando que mi visión interior se despertara y me revelara algún detalle del paraje en que nos encontrábamos. Pero, igual que mis compañeros, seguí avanzando en la oscuridad más completa.

 

Me pareció que cabalgábamos un buen trecho sin encontrar ni el camino ni el montículo. Nadie decía nada; sólo se oía la trápala de las herraduras de los caballos y el traqueteo de los carros. Debí de quedarme dormido en la silla sin darme cuenta, porque de pronto me encontré subiendo la suave pendiente de una colina y oí que alguien exclamaba:

 

–¡Se está haciendo de día allá en el este! En ese preciso instante Cynan gritó: –¡Allí está!

 

Me despabilé de golpe.

 

–¡Allí está el montículo! – dijo Cynan-. ¡Hacia el sur!

 

–¿A qué distancia? – pregunté a Llew.

 

–No demasiado lejos -contestó-. Si nos damos prisa, llegaremos a tiempo.

 

¡Adelante! – ordenó sacudiendo las riendas.

 

Al instante, todos azuzamos las cabalgaduras hacia el montículo. Yo me

 

orienté por el ruido de las herraduras y llegué justo después que Llew.

 

–Sarn Cathmail! – gritó desmontando de un salto.

 

Corrió hacia mi caballo y sujetó las riendas para detenerlo.

 

–¡Deprisa, Tegid! No nos queda demasiado tiempo.

 

Desmonté y me apresuré a coger el bastón de la silla en cuanto mis pies tocaron el suelo.

 

–Llévame al punto en que se cruzan los dos caminos.

 

Llew me condujo hacia el lugar donde una senda muy trillada bordeaba el montículo y se cruzaba con Sarn Cathmail; allí, alcé mi vara hacia los cuatro puntos cardinales e invoqué las virtudes de cada uno de ellos para consagrar la encrucijada como lugar sacrosanto. Luego corrí hacia el punto este de donde viene la tenebrosa oscuridad. Apoyé la punta de mi vara en el suelo y procedí a trazar un círculo en la tierra pronunciando precipitadamente las palabras del Taran Tafod.

 

–Modrwy a Nerth… Noddi Modrwy… Noddi Nerth… Modrwy Noddi… Drysi… Drysi… Drysi Noddi… Drysi Nerth… Drysi Modrwy…

 

Las fui repitiendo una y otra vez y sentí que el awen, animado por las mágicas palabras, se encendía como una llama dentro de mí. Mi lengua parecía tocada por un extraño fuego y las palabras del lenguaje secreto se esparcían como chispas en la menguante oscuridad.

 

Continué pronunciando las mágicas palabras hasta que hube encerrado en el círculo mágico la encrucijada. Cuando la punta de mi vara completó el círculo, sentí que se me erizaba el vello de los brazos y que mi piel se estremecía con el poder que se había despertado en torno.

 

–Traed a los dyn dythri -ordené, y al punto oí pasos precipitados-. ¿Veis el círculo que he trazado en la tierra? – indiqué-. Debe serviros de guía. Cynan, coge a dos hombres y, con un extranjero, recorred el círculo tres veces siguiendo la órbita del sol -ordené indicando con la mano la dirección.

 

–¿Ahora mismo?

 

–Sí. Ahora. Y deprisa.

 

Cynan llamó a Bran y a Alun para que se encargaran de los otros dos extranjeros y comenzaron a recorrer el círculo que yo había trazado. Cuando hubieron terminado, les dije:

 

–Ahora colocad a los extranjeros en el centro, donde se cruzan los dos caminos. ¡Deprisa!

 

–Ya está -dijo poco después Bran-. ¿Qué más tenemos que hacer?

 

–Desatadlos para que no se hagan daño -repuse.

 

Cuando lo hubieron hecho, Cynan me lo hizo saber.

 

–Dejadlos donde están y salid inmediatamente del círculo -ordené-. Y tened las lanzas dispuestas.

 

Los hombres obedecieron.

 

–¿Y ahora? – preguntó Llew.

 

–Ahora a esperar.

 

–¿Qué va a suceder? – quiso saber Bran.

 

–Pronto lo sabréis -respondí-. Decidme lo que veáis. Aguardamos. Agucé el oído, pero sólo se oía la respiración de los

 

hombres.

 

Al cabo de unos momentos, Cynan comenzó a impacientarse.

 

–No sucede absolutamente nada.

 

–Espera -lo tranquilizó Llew.

 

–Pero casi ha roto el alba y…

 

–¡Silencio!

 

Uno de los extranjeros se movió; oí sus pasos sobre las losas del pavimento.

 

–¿Habéis visto? – comentó con voz ahogada Alun.

 

–¿Qué? – exclamó Llew-. Yo no he visto nada.

 

–¡Mirad! – dijo con excitación Cynan; y noté que me aferraba el brazo-.

 

Algo está pasando.

 

Twrch comenzó a ladrar.

 

–Dime lo que estás viendo. ¡Descríbemelo!

 

–¡Veo agua! Parece como si los estuviera cubriendo el agua.

 

–¿Se están hundiendo en el agua? – inquirí.

 

–No, están como antes; no se han movido -me explicó Llew-. Pero sus siluetas han experimentado un cambio. Parece como si estuvieran reflejadas en el agua.

 

Comprendí entonces lo que quería decir. Era la hora-entre-horas. Los dyn dythri estaban en el umbral, pero había que obligarlos a que lo cruzaran y entraran en su mundo.

 

–Todo va bien -dije-. Ahora, Cynan, tú y tus hombres esgrimid las lanzas. En cuanto yo dé la señal, arrojadlas contra los extranjeros como si quisierais darles caza. Pero no penetréis dentro del círculo. ¿Has entendido?

 

–Sí -repuso el príncipe, y ordenó a sus guerreros que se aprestaran a

 

cargar.

 

–¡Deprisa! – gritó Llew.

 

Alcé la vara y la dejé caer de golpe.

 

–¡Ahora!

 

Con un grito salvaje, Cynan y los guerreros se precipitaron hacia los extranjeros. Oí un griterío confuso y el ruido de alguien que tropezaba y caía soltando un gruñido.

 

–¿Qué sucede?

 

–Ya está…, se marchan -me dijo Llew-. Están cruzando el umbral. Uno ya se ha ido… Ya no lo veo. ¡Ha desaparecido! Y ahora se va Weston; está… -Se interrumpió.

 

–Llew, ¿qué sucede?

 

No respondió, pero noté que daba un paso al frente.

 

–¡No! ¡Llew, vuelve!

 

–¡Nettles! – gritó él-. ¡Espera!

 

Tendí la mano y lo así por el borde del manto en el preciso instante en que echaba a correr.

 

–¡Llew, detente!

 

Agarré con fuerza el manto mientras él luchaba por soltarse.

 

–¡Suéltame!

 

Twrch ladraba con ferocidad.

 

Llew se despojó del manto y se precipitó en el círculo. Cynan y Bran le gritaron que volviera… pero ya había desaparecido.

 

Permanecimos inmóviles en aturdido silencio. Los tres extranjeros habían desaparecido… y Llew con ellos.

 

–¿Por qué se ha marchado? – preguntó Cynan cuando fue capaz de articular palabra.

 

–No lo sé. Quizá vio algo…

 

–¿Qué pudo ser? No lo entiendo. ¿Por qué nos ha abandonado? –No lo sé.

 

Aguardamos en un silencio denso que contrastaba poderosamente con el tumultuoso y sobrecogedor momento que acabábamos de vivir. Mientras el sol se levantaba, comenzó a soplar la brisa. Cynan me tocó el brazo.

 

–Creo que deberíamos marcharnos.

 

Su voz, teñida de tristeza y sorpresa, sonó extraña en mis oídos.

 

–Sí -asentí.

 

Como seguía sin decidirme, volvió a tocarme el brazo.

 

–Vamos -dijo-. Se está haciendo de día.

 

–Sí. Vámonos.

 

Llamó a sus hombres y se dirigieron hacia donde estaban los carros y los caballos. Yo me quedé solo, intentando comprender lo que había sucedido. Oí un rumor de cascos detrás de mí. Bran, montado a caballo, me puso las riendas del mío en las manos.

 

–Vámonos. Se ha marchado.

 

Asiendo fuertemente la vara, monté despacio a caballo. Mis compañeros se alejaban ya por el camino. Hasta mí llegaba el eco de los cascos y el crujido de las ruedas de los carros. Me detuve un instante con la esperanza de que mi visión interior se despertara y viera algo… pero los ojos de mi mente permanecían en tinieblas. Así que azucé mi caballo tras los demás.

 

Cuando me di la vuelta, oí que Twrch estaba gimiendo; lloraba por su dueño desaparecido. No necesitaba verlo para saber que tenía los ojos clavados en el lugar donde se había desvanecido Llew.

 

Le silbé pero, al advertir que no reaccionaba, lo llamé por su nombre. –¡Twrch! ¡Vámonos!

 

Como el perro no me obedeció volví grupas y regresé a la encrucijada. Desmonté y, guiándome por sus gemidos, tendí la mano, lo cogí por el collar e intenté arrastrarlo. Pero el perro no cedió ni un palmo; aunque logré levantarle las patas delanteras del suelo, no se movió lo más mínimo.

 

–¡Twrch! ¡Vamos! – dije tirando con fuerza del collar.

 

Pero el terco animal seguía sin moverse. Tiré otra vez del collar. El animal soltó un aullido de dolor, pero no se movió.

 

–¡Twrch!

 

No me agradaba tener que hacerle daño, pero no podía llevarlo a rastras. Sin embargo, tampoco podía dejarlo allí. Necesitaría una cuerda para tirar de él. Llamé a Cynan, y Twrch se puso a ladrar.

 

Me incliné sobre el perro y tendí la mano para cogerlo por el collar. El astuto animal adivinó mis intenciones porque me esquivó antes de que pudiera agarrarlo.

 

–¡Twrch! ¡Basta ya! ¡Vámonos!

 

Di un paso, tropecé con una piedra y caí de rodillas. La vara se me escapó de las manos. Atrapé el perro por un mechón de pelo y lo sujeté con fuerza. Con la otra mano tanteé hasta dar con el collar e intenté ponerme en pie.

 

Twrch ladró otra vez furiosamente y echó a correr arrastrándome.

 

Caí al suelo y el perro se me escapó.

 

–¡Twrch! – llamé incorporándome con torpeza-. ¡Ven aquí! ¡Twrch! Avancé unos pasos. El perro ladró una vez, dos veces… Los ladridos parecían venir de un lugar muy distante. De pronto sólo llegó a mis oídos el

 

rumor de mis pasos sobre las piedras de la encrucijada.

 

Me incliné y comencé a buscar mi vara. Oí un sonido como el de una ráfaga de aire, pero no sentí nada. Instintivamente tendí las manos.

 

Tropecé con un cuerpo vivo.

 

Sin dudarlo le asesté un golpe. Ante mi sorpresa el cuerpo cayó sobre mí y me derribó sobre la calzada. Luché a brazo partido con mi atacante, dándole patadas y puñetazos a ciegas.

 

–¡Tegid! – oí que alguien gritaba.

 

Asesté un puñetazo hacia donde venía la voz. Pero una mano me sujetó por la muñeca.

 

–¡Tegid! ¡Quieto, Tegid!

 

Era la voz de Llew. Era Llew quien había aparecido ante mí.

 

–¡Llew! ¡Has vuelto!

 

Me soltó la mano, luego cayó de rodillas junto a mí, jadeando. Estaba tan fatigado que no podía hablar. Lo abracé y lo sacudí.

 

–¡Llew! ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué te marchaste?

 

–¡Ayúdame, Tegid! – dijo Llew-. Nettles…

 

Sólo entonces comprendí lo que había hecho.

 

–¿Nettles está contigo?

 

–Sí -contestó jadeando-. Fui a… buscarlo. Lo he traído de vuelta conmigo.

 

Bran apareció a mi lado. Me cogió por el brazo y me puso en pie. –¿Qué ha sucedido? – preguntó tan sorprendido ahora por la súbita

 

reaparición de Llew como anteriormente por su repentina desaparición. –Ha cruzado el sutil y peligroso puente entre los mundos para traer de

 

vuelta al extranjero.

 

–¿Por qué?

 

–No lo sé.

 

–¿Dónde está Twrch? – inquirió Bran.

 

–El perro se fue tras su dueño -repuse-. Pero, a diferencia de Llew, no ha regresado.

 

–¿Twrch me siguió?

 

–Sí -repliqué con brusquedad como si estuviera enfadado con él-. Traté de impedírselo, pero no pude detenerlo. Twrch se ha marchado. Y no creo que sepa encontrar el camino de vuelta.

 

Detrás de nosotros resonó la trápala de unos cascos; con un grito, Cynan se precipitó sobre nosotros como si quisiera separar a dos luchadores y nos derribó.

 

–¡Alto, Cynan! ¡Es Llew!

 

–¡Llew! – dijo Cynan ayudando a Llew a incorporarse.

 

El sol ya se había alzado y sentí el calor de sus rayos en el rostro. –¿Crees que podrás hallar el camino de vuelta a casa, Cynan? – le

 

pregunté.

 

–Encontré el camino en plena oscuridad, ¿no es cierto? – gruñó burlonamente Cynan.

 

–Entonces enséñanoslo. Deberíamos marcharnos enseguida de aquí. Cynan ordenó que trajeran el caballo de Llew; yo me volví hacia mi

 

amigo que estaba inclinado sobre el cuerpecillo de Nettles. Le estaba hablando en su ruda lengua, pero se apresuró a incorporarse cuando lo toqué en el hombro.

 

–Se encuentra bien. Podrá hacer el viaje en uno de los carros.

 

–¿Y tú?

 

–No he sufrido el menor daño -repuso poniéndome la mano en el hombro-. Lo siento, Tegid. Debí haberte avisado, pero se me ocurrió demasiado tarde.

 

Nettles musitó algo en su desagradable lengua, y Llew le respondió.

 

–Tenía que hacerlo, Tegid -me explicó después-. Lo habrían matado. Weston habría matado a Nettles en cuanto se hubiera encontrado en su mundo. Además, creo que lo necesitaremos. Sabe muchas cosas que pueden sernos de gran utilidad.

 

–Muy bien -dije-. No me cabe duda de que has hecho lo más conveniente. Vamos…

 

–Tendremos que enseñarle nuestro idioma; tú podrías hacerlo, Tegid. Al fin y al cabo, también me lo enseñaste a mí. Y Nettles lo aprenderá enseguida; ya sabe bastante. Como te he dicho…

 

–No hace falta que me digas nada más -lo interrumpí-. Te aseguro que estoy plenamente de acuerdo contigo en esta cuestión. Ya hablaremos luego.

 

Ahora deberíamos marcharnos.

 

De regreso, el traqueteo de los carros sobre las piedras de la calzada ensordecía nuestros oídos; por eso no oímos a los jinetes enemigos hasta que casi se nos echaron encima.

 

31

 

«PROFLEMS»

 

–¡Al galope! ¡Todos! – gritó Cynan; y oí el chirrido de una espada al ser desenvainada-. ¡Deprisa! ¡Yo les haré frente!

 

–¿Cuántos son? – pregunté yo.

 

–Creo que unos veinte -dijo Llew-. Quizá más. No lo sé con seguridad.

 

–¡Marchaos de una vez! – ordenó Cynan.

 

–No. Permaneceremos todos juntos -replicó Llew. Bran y Alun secundaron su decisión y los guerreros mostraron a gritos su aprobación-. Pero nos doblan en número -añadió Llew-. ¿Qué sugieres que hagamos?

 

–Tenemos carros -observó Cynan-. Podremos sembrar el pánico con ellos. Yo conduciré uno, que Bran se encargue del otro.

–Muy bien -asintió Llew.

 

Dio una rápida orden a Bran y luego me dijo:

 

–Tegid, cuida de Nettles. Quédate en la calzada. Nos reuniremos con vosotros en cuanto podamos.

 

–Me quedo aquí.

 

–Deberías quitarte de en medio…

 

–Me quedo aquí.

 

Llew no podía perder tiempo en discusiones.

 

–De acuerdo -concedió.

 

Oí el latigazo de las riendas, los gritos de los hombres, las órdenes de los jefes, la trápala de los cascos sobre las piedras de la calzada y los gritos de los jinetes enemigos que cargaban contra nosotros.

Alguien se me acercó corriendo.

 

–Vigila nuestros caballos -dijo Alun entregándome unas riendas y echando a correr otra vez.

 

–¡Sígueme! – le gritó Cynan-. ¡Ea!

 

El martilleo de los cascos resonó en la calzada mientras los guerreros se alejaban al galope. Con el ruido se despertó mi visión interior y ante mí apareció la calzada por la que corrían dos carros. Cynan conducía el primero y se precipitaba a toda velocidad hacia un compacto grupo de unos veinte enemigos. A su izquierda iba Bran, en el segundo carro, conducido por Alun, casi a la misma velocidad que el de Cynan. Llew cabalgaba a la derecha del príncipe con los demás guerreros.

 

–¿«Proflems»? – preguntó una voz a mi lado.

 

Miré hacia allí y me topé con los ojos de Nettles. Aunque su pronunciación dejaba mucho que desear, entendí lo que quería decir.

 

–Sí -contesté-. Problemas.

 

No sé si me entendió, pero asintió con la cabeza y clavó su mirada en el campo de batalla. Mi visión interior contempló dos líneas de batalla que se precipitaban una contra otra; pero lo veía desde muy arriba, como si lo estuviese contemplando con los ojos de un halcón.

Vi con los ojos de la mente a los lustrosos caballos que se precipitaban al ataque adelantando frenéticamente las cabezas, con los ollares humeantes y los belfos cubiertos de espuma. Vi a Cynan, con los rojos cabellos llameando sobre sus hombros, con los músculos tensos y un puñado de lanzas al alcance de la mano; Llew, con la espada al cinto, blandía en alto la lanza; Bran, erguido en el segundo carro como un orgulloso roble, sostenía tres lanzas en la mano, mientras que Alun, con la cabeza gacha, empuñaba vigorosamente las riendas y azuzaba los caballos de tiro con gritos de coraje. Vi a los jinetes enardecidos por la furia del combate, con las espadas desenvainadas y las puntas de las lanzas brillando al sol de la mañana. Las patas de los caballos al galope se difuminaban con la veloz carrera, y los cascos golpeaban la tierra con atronador martilleo.

 

El enemigo se acercaba trazando un amplio arco para rodear a los adversarios y dominar la batalla con su superioridad numérica. Blandían largas lanzas y escudos oblongos; los caballos llevaban petos, refuerzos de bronce en las patas y testeras rematadas con un largo cuerno. Algunos de los guerreros lucían yelmos adornados con cuernos, y uno de ellos portaba un curvado carynx que le llegaba de la cintura al hombro como si de una serpiente enroscada se tratara. Sus rostros eran adustos y sus salvajes ojos brillaban con feroz determinación. Por su aspecto, parecían miembros de la Manada de Lobos de Meldron, lo cual quería decir que el Salvaje Sabueso no debía de andar muy lejos.

 

Las dos líneas de batalla estaban ya muy cerca una de otra. Apreté los dientes disponiéndome a presenciar el terrible encontronazo.

 

Cynan y Alun se precipitaron contra el centro de la línea enemiga y la partieron en dos, pues los guerreros enemigos se apartaron para esquivar los carros, prefiriendo combatir con nuestros jinetes. Pero Llew y los demás se mantuvieron pegados a los carros para que el enemigo no pudiera sacar

 

ventaja del ataque.

 

Los carros trazaron una curva y cambiaron bruscamente de dirección entre una densa nube de polvo. La línea enemiga, dividida como una serpiente cortada en dos, se replegó sobre sí misma para volver a unirse. Y en ese preciso instante nuestros jinetes atacaron.

 

Despegándose de pronto del carro de Cynan, los jinetes cargaron contra el enemigo con la rapidez de un lanzazo. La tierra tembló con el estrépito del choque; los caballos piafaban y se derrumbaban sobre sus costados. Las lanzas se hacían astillas. Las espadas relampagueaban.

Cynan y Alun lanzaron sus carros al combate atacando desde los flancos. Los enemigos retrocedieron como la resaca para dejar camino libre a los enloquecidos carros. Los hombres gritaban, los caballos trastabillaban.

 

Bran, de pie, arrojó su lanza. Ésta, redoblada su fuerza con la velocidad del carro, alzó limpiamente a un enemigo de su silla y le atravesó el escudo.

 

Cynan corría entre las filas enemigas con el ímpetu de un toro enloquecido que carga contra un zorro. Ante él, los enemigos huían entre aullidos. Con la cabeza alta, rugiendo salvajemente, Cynan atronaba los oídos del espantado enemigo y sembraba la muerte con certeros lanzazos. Vi a más de un adversario caer bajo las ruedas de su carro.

 

En un abrir y cerrar de ojos, la línea enemiga había sido rota y los enemigos habían sido dispersados. Después, los carros, como si fueran sólo uno, se precipitaron contra la otra mitad de la banda enemiga, que se había agrupado para cargar. Y de nuevo no hubo resistencia posible ante la velocidad de los carros y la ferocidad del ataque de Cynan y Bran.

 

Los carros atacaron el corazón de la fuerza enemiga y desaparecieron tras sembrar una tremenda confusión de caballos desbocados y cuerpos caídos; luego reaparecieron en el otro extremo, se detuvieron y se dispusieron a atacar de nuevo. La nube de polvo se dispersó. Cinco hombres yacían en el suelo, tres caballos se debatían en el polvo y cinco jinetes huían en confuso desorden.

 

Llew y los demás dieron buena cuenta de ellos. Vi el reflejo del sol en las espadas y luego tres caballos que huían sin jinete calzada adelante. Miré a Nettles y vi que se había arrodillado en el polvo; se había puesto las manos sobre los ojos y temblaba lastimosamente.

 

Los enemigos sobrevivientes se reunieron para un ataque final. Los carros de Cynan y Alun cargaron a la vez. Blandiendo la espada, Cynan azuzó sus

 

caballos, que piafaron y se lanzaron al galope. Alun soltó un feroz alarido, y sus corceles se precipitaron como lanzados por una honda. Llew y los demás se unieron a los carros a media carrera con las lanzas en ristre.

 

Fue demasiado para el enemigo. La defensa falló y los enemigos rompieron filas y huyeron en desorden ante la violenta embestida de los nuestros. Escapaban en desbandada por donde habían venido. De los veinte que nos habían atacado, sólo quedaban seis. Llew y los guerreros los persiguieron a lanzazos. Pero los tiros quedaron cortos y los seis hombres escaparon.

 

Cynan lanzó un alarido de triunfo, saltó del carro antes de que se detuviera y de un espadazo cortó la cabeza del enemigo más cercano. Cogió la lanza del muerto, clavó la cabeza en la punta y la hincó en el suelo.

 

Embargado de alegría y regocijo, yo alcé mi voz en un exaltado canto de victoria, para que las colinas que nos circundaban corearan con su eco mi desafiante canción. Luego me volví hacia Nettles.

 

–¡Todo ha terminado! ¡Los hemos derrotado!

 

El hombrecillo bajó las manos y me miró pestañeando; no me entendía, pero no importaba.

 

–Gorfoleddu! – le dije-. ¡Alégrate y regocíjate!

 

Nettles sonrió.

 

–Gorfoleddu -dijo repitiendo dos veces más la palabra y asintiendo con la cabeza.

 

Bran y Alun fueron los primeros en regresar a nuestro lado. Llew y los demás jinetes llegaron tras ellos, y después Cynan, que venía refunfuñando.

 

–Deberíamos perseguirlos -gruñó-. Se lo dirán a Meldron.

 

–Esta vez ha habido suerte -observó Bran-. No estaban preparados para hacer frente a los carros. Pero no volverá a suceder.

–Razón de más para acabar lo que hemos empezado -arguyó Cynan. –Bran está en lo cierto -intervine yo-. Puede que el grueso de las tropas de

 

Meldron esté acampado al otro lado de la colina. Deberíamos regresar a Dun Cruach sin perder tiempo.

 

Cynan no se dejaba convencer.

 

–Que llamen al Salvaje Sabueso. No le tengo miedo.

 

–Habrá otras batallas -dijo Llew-. Aprovechemos la victoria que nos ha sido concedida, y dejemos la lucha para otro día. Nos están esperando, hermano. Condúcenos a casa.

 

Montamos a caballo y emprendimos el regreso. Yo iba detrás de Llew y pese a que llevaba a la grupa a Nettles no me rezagué. Los carros traqueteaban sobre las piedras de la calzada camino de Dun Cruach. El calor iba en aumento, pero Cynan nos impuso una marcha apresurada a través de las secas y requemadas colinas y llegamos a Dun Cruach cuando el disco del sol, opaco y ceniciento, se estaba poniendo por el oeste.

 

Al llegar, me enteré de que Ffand había sido enterrada a primera hora del

 

día.

 

–Hace mucho calor -me explicó la mujer que la había cuidado-, el entierro no podía esperar y no sabíamos cuándo ibais a regresar. ¿Estás disgustado, señor?

 

En sus palabras no había censura alguna, pero me sentí herido.

 

–No -repuse-, hiciste bien. Debería haberme ocupado yo de todos los detalles.

 

La mujer nos condujo a Llew y a mí hasta la tumba: un pequeño cuadrado de tierra a la sombra del palacete.

 

–Es un lugar fresco -nos dijo-, el mejor que pude encontrar.

 

Le di las gracias y se retiró. Llew permaneció callado largo rato con la mirada clavada en la tierra removida.

 

–Ya lo ves, Tegid -habló al fin-. Los extranjeros no pertenecemos a este mundo. No podemos quedarnos…, nunca podremos quedarnos.

Después de cenar, Cynan relató los acontecimientos del día en el palacete de Cynfarch, en torno a unas copas de agua. Los nuestros, que se habían quedado en el caer para hacer los preparativos del viaje al norte, expresaron ruidosamente su pesar por haberse perdido la diversión. Y tuvimos que contar y recontar la batalla para que todos pudieran compartirla. En consecuencia, se nos vino encima la noche antes de que pudiéramos hablar con Cynfarch.

 

–Rey Cynfarch -dijo Llew poniéndose en pie para dirigirse al soberano-. Me alegro de sentarme a tu mesa esta noche para relatarte nuestra victoria. Pero tengo muy presente que hemos perdido un día y que aún estamos aguardando tu decisión. ¿Vendrás con nosotros a Dinas Dwr?

 

El rey frunció el entrecejo.

 

–He decidido… -comenzó con voz tensa.

 

Llew permanecía en silencio aguardando la decisión de Cynfarch. Pero el rey no llegó a pronunciarla, porque en aquel preciso momento oímos el grito del centinela de guardia en la muralla. Instantes después el agudo sonido del

 

cuerno de batalla dio la alarma.

 

El grito de alarma despertó mi visión interior. Vi ante mí la muralla de troncos…, los guerreros aureolados por la luz de la luna…, las fulgurantes estrellas en la bóveda oscura del cielo…, la puerta del palacete que se abría de par en par y los guerreros que se precipitaban al patio… Corrí con los demás hacia la muralla y subimos al parapeto. Ante nosotros se extendía un paisaje oscuro y desierto; sólo se veía en la distancia el débil resplandor de una antorcha. Miré al guerrero que había dado la alarma y abrí la boca para decir algo. Pero, justo cuando volvía la cabeza hacia él, capté un débil parpadeo en la oscuridad: otra antorcha.

 

El guerrero alzó el brazo y señaló un punto entre las tinieblas. Miré hacia allí y vi que el segundo resplandor parpadeaba entre un puñado de luces. Me di cuenta entonces de que había una larga hilera de antorchas.

 

Bran apareció a mi lado.

 

–¿Qué es eso?

 

–Meldron -contesté-. Nos ha encontrado.

 

De pronto la muralla se convirtió en un hervidero de guerreros. Junto a mí, Llew y Cynan contemplaban en silencio el resplandor de las antorchas que se extendían por toda la llanura. Había miles de luces, titilantes lengüetas de fuego, e iban apareciendo más y más por momentos.

 

–Así que piensa atacar de noche -observó Cynan-. Pues que venga. Le prepararemos un recibimiento que no olvidará en mucho tiempo.

 

Llew no decía nada. Miraba fijamente la oscuridad como si quisiera penetrarla; tenía el rostro contraído, los ojos entrecerrados, el entrecejo fruncido, los músculos de las mandíbulas tensos.

 

Me inquietó aún más su expresión que la súbita aparición de la hueste de Meldron.

 

–Llew… -dije tocándole el brazo; lo noté rígido como la raíz de un árbol. Mi inquietud aumentó-. ¡Llew!

 

Me miró. A la luz de la luna sus ojos brillaban de un modo extraño; estaban clavados en mí pero no me veían.

 

–Habla, Llew -dije posando mi mano en su rígido brazo-. ¿Qué estás viendo?

 

Abrió la boca despacio… Entonces vi espuma en las comisuras de sus labios y comprendí.

 

El corazón comenzó a latirme desaforadamente. Sabía muy bien lo que le

 

estaba ocurriendo. Lo sabía…, y tal certeza me llenaba a la vez de esperanza y de temor. Porque había visto antes aquello y sabía muy bien cuál era su causa.

Cynan también se había dado cuenta del cambio experimentado en Llew. –¿Qué ocurre? – preguntó-. ¡Tegid! ¿Qué le pasa?

 

Llew comenzó a temblar. Se abalanzó sobre mí y me arañó con su mano sana. Cynan le sujetó con fuerza los brazos y luchó por inmovilizarlo.

 

–¡Tegid! ¡Ayúdame! ¡No puedo dominarlo!

 

32

 

LA TORMENTA DE FUEGO

 

Cynan pasó sus brazos en torno a los hombros de Llew y lo inmovilizó con una llave de lucha libre. Los ojos de Llew giraron en sus órbitas. Emitió un alarido agudo y salvaje, como el de un lobo o un águila que se precipita tras una presa, y, alzando los brazos, se libró de Cynan como si fuera una pluma posada sobre su espalda.

 

Luego salvó la muralla de un salto y atravesó corriendo el patio hacia el palacete. Cynan se puso en pie y se dispuso a correr tras él, pero yo lo detuve diciéndole:

 

–¡Espera! Es imposible detenerlo. No te oye y podría hacerte daño.

 

–¿Qué le pasa, Tegid? – me preguntó mientras Llew entraba en palacio-.

 

Saethu du! ¿Qué le sucede?

 

–¡Mira! – repliqué.

 

Llew salía en ese instante del palacete con una antorcha en la mano y un tonel de cuero bajo el brazo. Se detuvo junto a la puerta, la empujó y se escabulló fuera.

 

–Clanna na cù -musitó Cynan.

 

–Vamos -le dije-. Reúne a tus hombres y preparaos a seguirlo.

 

Cynan me miró pasmado.

 

–¡Apresúrate!

 

El príncipe gritó unas cuantas órdenes a los guerreros que estaban más cerca. Luego saltó de la muralla al patio y pidió a gritos sus armas. Sus palabras aún resonaban en el aire cuando se dejó oír de nuevo el cuerno de batalla. Los guerreros se reunieron a toda prisa junto al palacete. Entre el tumulto destacó la figura de Bran Bresal, armado con lanza y escudo.

 

–¡Bran! – grité-. ¡Ven aquí!

 

Poco después el guerrero estaba a mi lado.

 

–Sigue a Llew pero no intentes tocarlo. Haz todo lo que te ordene. Pero no trates de detenerlo.

 

Bran alzó la lanza a modo de saludo y se fue corriendo. Me di cuenta de que habría podido ahorrarme esas recomendaciones, porque era obvio que Bran obedecería ciegamente y sin cuestionar cualquier orden de Llew.

 

Me volví a observar la hueste de Meldron; estaba muy cerca. El resplandor de centenares de antorchas se extendía por la llanura. Llew, con la tea en alto, corría a enfrentarse con el enemigo.

 

En el patio reinaba una confusa algarabía de guerreros que corrían, retumbar de voces, piafar de caballos, armas que brillaban a la luz de la luna. La puerta se abrió, y Bran se precipitó fuera con una antorcha en la mano.

 

Corrió a reunirse con Llew y vi que el resplandor de las dos teas se alejaba hasta un lugar a cierta distancia de la muralla. Llew se detuvo entonces y clavó su tea en el suelo. Se cargó al hombro el tonel de cuero y comenzó a retroceder lentamente.

 

Cynan, armado y dispuesto para la lucha, se reunió conmigo en la muralla.

 

–¿Qué está haciendo? – preguntó-. ¿Se ha vuelto loco? –No -contesté-. Ahora reúne a tus hombres y estad preparados.

 

Cynan se marchó y yo seguí observando a Llew, que dejó de retroceder y luego se dirigió adonde había dejado la tea. Con el tonel de cuero sobre el hombro comenzó a caminar hacia atrás en dirección opuesta. Al observarlo colegí lo que se traía entre manos.

 

–¡Cynan! – grité-. ¡Cynan! ¡Trae de inmediato al rey!

 

Cynan estaba en el patio con sus hombres. Los palafreneros habían ensillado los caballos y corrían a llevárselos a los guerreros. El príncipe cogió las riendas que le tendía uno de los mozos.

 

–¡Cynan! – grité-. ¿Dónde está Cynfarch?

 

–Disponiendo su carro -respondió Cynan-. Nos conducirá a la batalla. –Envía a alguien para que lo traiga a la muralla. Tengo que hablar con él

 

enseguida. ¡Deprisa!

 

Cynan hizo un gesto a uno de los guerreros, y el hombre desapareció entre el tumulto del patio.

 

–Ven tú también -lo llamé.

 

Sentí la presencia de alguien a mi lado. Me volví y vi que Nettles estaba

 

junto a mí en la muralla. Alzó el brazo y señaló hacia la llanura. Donde antes brillaban centenares de antorchas, resplandecían ahora a miles. Mientras las luces se acercaban, oí un sonido como si un trueno lejano retumbara en la llanura.

 

Llew arrojó el tonel y corrió a coger la antorcha. Bran estaba a su lado, pero Llew no parecía verlo; luego acercó la antorcha al suelo. Al momento se levantó una llamarada que se extendió hacia los lados trazando un amplio arco sobre la yerba reseca.

 

Cynfarch, espada en mano, me llamó desde el patio. En aquel preciso instante se oyó un sonido semejante a un golpe de viento, y el patio se iluminó de súbito. Por las puertas abiertas el rey vio una cortina de fuego que se alzaba hacia el cielo. Echó una rápida ojeada al extraño fenómeno e inquirió:

 

–¿Qué demonios está haciendo?

 

–Está preparándonos una salida -repuse-. Pero debemos apresurarnos a partir cuanto antes.

 

–¿A partir dices? – se sorprendió el rey torciendo el gesto, y tomó aliento para rechazar violentamente mi sugerencia.

 

–Nos vamos ahora mismo -repetí-. ¡Mira! – añadí apuntando hacia la cortina de fuego-. Llew ha preparado un escudo ante nosotros.

 

–¿Qué dices que ha hecho? – rugió Cynfarch.

 

–¡Un escudo de fuego! – exclamó Cynan.

 

–¡Llamadlo al instante! – gritó el rey-. Ha desafiado mi autoridad.

 

–El awen del penderwydd alienta en él -le dije al rey-. Sólo tiene oídos para la voz de la Mano Segura y Certera. Llámalo, si quieres, pero no creo que te obedezca.

 

La silueta de Llew se destacaba contra la cortina de llamas; había alzado la mano por encima de su cabeza, con la palma hacia arriba, en actitud de un bardo suplicante. Parecía moverse con el resplandor de las llamas de forma que se diría que estaba danzando ante el fuego.

Las llamas subían más y más a medida que el fuego prendía en la hierba reseca. El calor generaba un viento ardiente que avivaba las llamas.

 

Bran, con la lanza en alto, se volvió hacia la muralla e hizo una señal a los guerreros; al punto, como si la hubiesen estado esperando toda su vida, los guerreros se aprestaron a salir de la fortaleza para reunirse con Llew. Enarbolando las teas que habían cogido en el palacio y en el almacén, se

 

precipitaron apresuradamente por las puertas y se reunieron con él en la línea de fuego. Los gritos de los guerreros y el crepitar de las llamas llenaron la noche mientras los hombres encendían sus teas en la cortina de fuego.

 

–¡Cynfarch! – grité-. Está decidido. Reúne a tu pueblo y a tu ganado y coge todos los tesoros que puedas cargar. Echa una última mirada de despedida a estos lares y prepárate a partir.

 

La ira ensombreció el rostro del rey Cynfarch. Pero Cynan, con los ojos iluminados por las llamas, palmoteó el hombro de su padre y le dijo:

 

–Tu cólera no puede prevalecer ante su hazaña. Permite que nos comportemos como hombres valientes, conscientes de nuestra fuerza. Permite que utilicemos el escudo de fuego de Llew para protegernos mientras nos vamos.

 

–¡Mientras huimos! – gritó colérico el rey-. ¡No puede hacerme esto! ¡No tiene autoridad alguna sobre mi pueblo!

 

–No es la autoridad de Llew la que ha dispuesto todo esto -respondí yo-, sino la autoridad de Aquel que gobierna el fuego y el viento. Si eres capaz de hacer que el viento y las llamas te obedezcan, hazlo. Si no, te sugiero que te dispongas a partir mientras aún estamos a tiempo.

Cynfarch se dio la vuelta y entró en el palacete. Yo me volví hacia las llamas que se habían convertido en una muralla de fuego, en una enorme y ondulante vela que se movía con el ardiente vendaval. Los guerreros de Cynfarch completaron la tarea que Llew había empezado. Lenguas de fuego lamían la yerba seca que iba prendiendo en llamaradas agitadas por el viento.

 

–Vamos -le dije a Nettles-. Ha llegado la hora de partir.

 

El hombrecillo apartó su mirada del fuego y me siguió obedientemente sin decir ni una palabra.

 

Bajamos de la muralla y nos unimos al tumulto del patio mientras la gente corría a sacar tesoros y posesiones del palacete y de las casas. En el patio se habían reunido unos diez carros: cuatro eran los que habíamos utilizado para acarrear el agua y aún no habían sido descargados; los demás fueron cargados rápidamente hasta rebosar con las riquezas del clan.

 

Cynfarch apareció montado en su carro y se puso a la cabeza de su pueblo. Cynan, a caballo, se desgañitaba impartiendo órdenes. Un palafrenero me trajo mi caballo. Cogí las riendas y ordené al hombre que se reuniera con su familia; luego monté y ayudé a Nettles a acomodarse en la grupa. En ese momento se oyó un estrépito en la otra punta del patio, y al instante nos

 

vimos rodeados por asustadas cabezas de ganado que balaban y gemían ante las pavorosas llamas.

 

El rey Cynfarch, sobre el carro, con el conductor a su lado, se llevó a los labios el carynx y dio la señal de partida. Doscientas personas avanzaron como una sola hacia las puertas, y el rey nos condujo hacia la llanura iluminada por el fuego.

 

Me detuve ante las puertas para aguardar junto a Cynan a que todos hubieran salido. Primero desfilaron las familias apelotonándose tras el carro del rey; después salieron los pastores azuzando cerdos y vacas, pues las ovejas los seguían mansamente; por último los carros cargados con el tesoro de la tribu.

 

Cynan miró las llamas; su caballo relinchó, cabrioleó y sacudió la cabeza. –¡Mira! – dijo alzando la voz sobre el crepitar del fuego-. Las llamas

 

están levantando viento.

 

En efecto, el intenso calor del fuego había generado una ventolera que soplaba salvajemente y arrastraba las llamas avivándolas y convirtiéndolas en un verdadero torrente de fuego.

 

–¡A ver cómo te las apañas, Meldron! – exclamó Cynan-. Llew te ha vencido una vez más.

 

–¿Dónde está Llew? – grité.

 

–¡No lo veo! – respondió Cynan escrutando las ondulantes llamas-. Ni tampoco a Bran.

 

Con los ojos de la mente observé la muralla de fuego buscando a Llew. Nettles me dio un golpecito en el hombro y señaló hacia un extremo de la llameante cortina. Entonces distinguí a Llew, cubierto de sudor, galopando enloquecidamente a lo largo de la resplandeciente muralla. Parecía una criatura nacida de la tempestad, olvidada por completo de las llamas que se retorcían en torno. Bran lo seguía a poca distancia. Y los guerreros, montados a caballo, corrían con sus antorchas a lo largo de la cortina de fuego; de vez en cuando se detenían para avivar las llamas y partían de nuevo al galope.

 

–¡Allí está! – grité-. ¡Allá delante!

 

Llew desapareció otra vez entre el humo y las llamas, y nosotros nos dispusimos a cumplir con nuestra tarea. El rey Cynfarch conducía a su pueblo lejos del humo y de la incendiada llanura; luego torció hacia el norte alejándose de aquel infierno. Nosotros íbamos en retaguardia, tras los carros; Llew y los guerreros vigilaban las llamas que nos separaban del enemigo e

 

iban alimentando la tempestad de fuego.

 

Durante la jornada siguiente nos dirigimos hacia el norte a través de una calinosa humareda que oscurecía el cielo y ocultaba el sol. Una lluvia de negra ceniza caía sin cesar; avanzábamos penosamente cubriéndonos la cabeza con los mantos. A cada paso, yo esperaba que la hueste de Meldron apareciera entre la tenebrosa humareda y nos alcanzara.

 

Pero no se veía ni rastro del enemigo; no vislumbramos tan siquiera el apagado brillo de una lanza, ni oímos el eco de sus caballos. Sin embargo, yo seguía temiendo que nos dieran alcance.

 

Fueron transcurriendo los días y el calor del sol fue haciéndose más y más insoportable. La tierra estaba seca y dura como la arcilla y se resquebrajaba a nuestro paso como un pan demasiado cocido. La comitiva de fugitivos levantaba una espesa polvareda. El calor era sofocante. Descansábamos desde el amanecer hasta la puesta del sol y viajábamos de noche con la esperanza de eludir tanto el calor como la hueste de Meldron, que con toda seguridad seguía las huellas que íbamos dejando en el polvo.

 

Cuando comenzamos a ascender hacia las montañas más septentrionales de Caledon comencé a abrigar la esperanza de que podríamos escapar; y, cuando sentí bajo mis pies la pendiente que conducía hacia Druim Vran, pensé que lo habíamos conseguido.

 

Tras el frenesí producido por el awen, Llew había caído en el más absoluto silencio. Bran iba a su lado, pero Llew no hablaba con nadie y cabalgaba cabizbajo con el cuerpo inclinado, como abrumado por un insoportable dolor. Yo traté de animarlo, pero sin resultado; incluso se mostraba adusto con Nettles.

 

El hombrecillo extranjero cabalgaba conmigo; se había convertido en mi compañero, en mi sombra. Comencé a enseñarle nuestra lengua y pronto tuve que inclinarme ante la agilidad de su mente, ante la prontitud con que dominaba las expresiones más difíciles. Antes de que llegáramos a Druim Vran ya podíamos mantener una rudimentaria conversación. Era sin duda un camarada muy agradable, inteligente y curioso.

 

Fue lo único bueno de aquel viaje. Por lo demás, yo me mostraba preocupado y nervioso; y no era el único. Pese a la magnífica estratagema de Llew, tampoco Cynan acababa de creer que hubiéramos eludido a Meldron tan fácilmente y tal idea lo inquietaba. Mientras el último de los carros y el último rebaño coronaban la cresta de Druim Vran y comenzaban a descender

 

hacia nuestra recóndita fortaleza, Cynan y yo nos quedamos rezagados. –Bueno, hermano -me dijo-, quizá pienses que estoy loco, pero a decir

 

verdad me siento inquieto.

 

Mientras me hablaba había vuelto la cabeza, y, aunque no podía verlo, yo tenía la certeza de que estaba escrutando el camino por si veía aparecer a Meldron.

 

–Tuvimos mucha suerte al poder marcharnos de Dun Cruach comenté. –Oh, desde luego -asintió con tono sombrío-. Fue una verdadera proeza, y

 

necesaria, no me cabe la menor duda. No teníamos otra salida. No obstante… -hizo una pausa mirando de nuevo el camino-, una cosa es marcharse y otra llegar a la meta sanos y salvos. ¿No te parece?

 

–Pues hemos llegado sanos y salvos.

 

–¿Tú crees? No me parece que lo hayas dicho con demasiada seguridad, ¿verdad? – Hizo una pausa y luego gruñó- Vamos, bardo, hablemos con toda franqueza.

 

–No pretendo esconder mis temores. Y me alegra que los compartas conmigo, Cynan Machae. Siempre consideré este viaje una lo cura; desde el principio me manifesté en contra de emprenderlo. Y, aunque de nuevo estamos bajo la protección de nuestro risco, todavía no me siento a salvo. A decir verdad, creo que la hazaña todavía no ha terminado.

 

En mis palabras resonó el insondable eco de mi propia desesperanza. ¿Por qué? Cynan había puesto el dedo en la llaga. Yo me había resistido a

 

abandonar Dinas Dwr, pero la aventura parecía haber concluido felizmente. Entonces ¿por qué me torturaban aún oscuros presagios? ¿En nuestro recóndito reino seguían reinando la paz y la tranquilidad, como parecía, o nos acechaba algún nuevo desastre?

 

En aquel momento llegó a nuestros oídos el clamor de la gente que salía a recibirnos. Cynan montó a caballo.

 

–Apresurémonos o nos perderemos la bienvenida -dijo.

 

Yo escuché atentamente los gritos de alegría y me pareció que expresaban algo más que bienvenida; alentaba en ellos una nota extraña que se me escapaba. ¿De qué se trataba? ¿Es que la bienvenida era demasiado excesiva, demasiado ardiente? ¿O es que yo había estado esperando tanto tiempo que sucediera lo peor que ya no podía reconocer la felicidad cuando la tenía delante?

 

Cynan notó mi vacilación.

 

–¿Qué te preocupa?

 

–No es nada -repuse empuñando las riendas y montando de nuevo-.

 

Unámonos al regocijo -añadí azuzando al caballo.

 

–Tegid -gritó el príncipe siguiéndome-, ¿algo va mal?

 

No hizo falta que le respondiera, porque, cuando habíamos recorrido la mitad del camino hacia el lago, llegó hasta nosotros el inconfundible hedor a putrefacción.

 

Mi caballo se detuvo de pronto negándose a proseguir. Pero yo lo azucé con urgencia y lo lancé al galope. Cynan me gritó que lo esperara. Pero yo no le hice caso y volé camino abajo hacia el lago.

 

33

 

LA PALABRA YA PRONUNCIADA

 

Antes de llegar a Dinas Dwr, colegí lo que iba mal. Un hombre no necesita ojos para reconocer el hedor de los peces putrefactos; hasta la más torpe de las narices lo reconoce. A medida que me acercaba al lago, la pestilencia iba haciéndose más fuerte y virulenta.

 

Cuando llegué, la multitud había enmudecido. Me abrí paso entre la gente y encontré a Llew junto a la orilla mirando fijamente el agua.

 

–Me lo advertiste, Tegid -murmuró-. Pero no te hice caso.

 

Su voz despertó mi visión interior. Vi nuestro hermoso lago muerto y sus claras aguas enturbiadas y cubiertas de ponzoñosa espuma; el resplandeciente espejo de la superficie estaba mate y mortecino, como el ojo de un cuerpo muerto largo tiempo atrás. La vegetación de las orillas estaba agostada y reseca. En las aguas del lago flotaban peces y pájaros muertos. La superficie parecía estremecerse de vez en cuando formando unas burbujas que estallaban y llenaban el aire de un vapor hediondo. Todo el valle apestaba.

 

–El veneno ha alcanzado también Dinas Dwr -dijo Bran, que contemplaba cerca de mí el pútrido lago-. Ya no queda ningún lugar a salvo en este mundo.

 

Scatha y Goewyn se acercaron y nos saludaron calurosamente con un beso. Vi que Goewyn se quedaba junto a Llew; no dijo nada, pero no apartaba de él sus ojos. Sin embargo, Llew no le dirigió la palabra, ni tan siquiera la miró; si lo hubiese hecho, habría comprobado cómo su frialdad hería a la muchacha en lo más hondo.

 

Al ver las manchas de hollín y cenizas en nuestras ropas, Scatha supuso

 

que habíamos huido entre las llamas, y Alun le relató la Heroica Hazaña del escudo de fuego que había llevado a cabo Llew.

 

–Me habría gustado estar allí para verlo con mis propios ojos comentó Scatha.

 

Todos los Cuervos corearon sus palabras aplaudiéndonos. Pese a todo, era una bienvenida sombría, porque estaban tan abrumados como nosotros por la desgracia que había caído sobre Dinas Dwr.

 

–Es un triste regreso al hogar -dijo Goewyn señalando con temblorosa mano el lago-. Siento en el alma que os hayáis encontrado con esto.

 

Llew paseó los ojos por la muchedumbre.

 

–¿Dónde está Calbha? – preguntó.

 

–Ha ido a buscar agua. Se marchó hace cuatro días con seis hombres - respondió Scatha-. Casi no nos quedan reservas.

 

–Hemos tenido que abandonar el crannog – añadió con tristeza Goewyn.

 

–Pensamos que era lo mejor… mientras dure la plaga -observó Scatha.

 

–Sin duda -asintió Llew mirando con dolorosa expresión el lago.

 

Tenía los ojos bañados en lágrimas; al pestañear, corrieron por sus mejillas y se las enjugó torpemente con su muñón.

 

–Si hubiese estado aquí… -murmuró dando bruscamente la espalda a su ciudad acuática.

 

Como había dicho Goewyn, la gente se había mudado del crannog al campamento levantado en un extremo de la cañada, junto al risco, lo más lejos posible del lago. Pero el hedor de las aguas muertas bajo el sol abrasador también llegaba hasta allí.

 

Cynfarch y su pueblo, desconcertados y entristecidos, se instalaron entre los nuestros. Les parecía que habían huido hacia un destino aún más fatal que el que habían dejado atrás. Cynfarch, profundamente descorazonado, vagaba sin descanso entre las tiendas de los galanaes como una tormenta a punto de estallar. Hay que decir en su favor que mantenía la boca cerrada y se abstenía de expresar sus recelos.

 

Pasaron dos días y aumentó el calor del abrasador sol. Racionamos el agua cuidadosamente en espera de alguna noticia de Calbha. Pero no llegaba ninguna.

 

El hedor del lago también iba en aumento. El calor sofocante agravaba la pestilencia y la putrefacción; las aguas, en otro tiempo claras y límpidas, desprendían un olor insoportable. Mis mabinogi acudieron a mí deseosos de

 

reemprender su aprendizaje, pero no pudimos soportar el calor y la fetidez y decidí abandonar las lecciones.

 

–Comenzaremos otra vez cuando cese la plaga -les dije-. Volved con vuestras familias y ayudad en todo lo que podáis.

 

Gwion se entristeció mucho, así que le di mi arpa.

 

–Quédatela, Gwion Bach. Si quieres llegar a ser un filidh tienes que practicar.

 

–Llámame cuando quieras, penderwydd -exclamó el muchacho-. Día y noche el arpa estará aguardándote a que la toques.

El niño se alejó corriendo, seguramente deseoso de practicar con el instrumento. Yo me volví hacia Nettles, que me había acompañado al bosquecillo de abedules.

 

–Es un regalo sin importancia -dije.

 

–Pero le ha servido para recuperar el ánimo -observó el hombrecillo sin detenerse apenas a buscar las palabras adecuadas.

–Ojalá pudiera hacer otro tanto con los demás habitantes de Dinas Dwr - repuse.

 

Durante el día nos acosaba el hedor a muerte, y por la noche los niños lloraban de sed y de fiebre. Se preparaba y se servía la comida; pero nadie la probaba. A cada bocanada del hediondo aire, se nos revolvía el estómago. El calor y la fetidez nos mermaban las fuerzas y el espíritu; nos movíamos con torpeza, aturdidos por la enormidad de nuestra desgracia y abrumados por nuestra incapacidad para hacerle frente. Era un enemigo con el que no podíamos luchar y mucho menos pensar en vencerlo.

 

Al crepúsculo del segundo día Llew me pidió consejo.

 

–Debemos hacer algo, Tegid. Acompáñame.

 

Me condujo lejos del campamento, a un lugar donde no podíamos ser oídos. Nos sentamos juntos en una roca bajo un saliente del risco. La roca estaba aún caliente y las moscas revoloteaban en el calor del anochecer.

 

–Calbha no ha regresado y pronto se nos agotarán las reservas de agua. –¿Para cuántos días tenemos?

 

–Para tres o cuatro; cinco a lo máximo, si la escatimamos.

 

Un sorbo de agua al día para los hombres y los animales, dos para los niños… ¿Cómo podríamos escatimarla aún más?, me pregunté.

 

–No creo que Calbha regrese a tiempo -continuó Llew-, si es que regresa. –¿Qué quieres que haga?

 

Llew se quedó callado y yo escuché el zumbido de los insectos mientras el calor del día iba disminuyendo casi imperceptiblemente.

 

–No lo sé -respondió con un deje de desesperación-. Nadie puede hacer nada. No debería haberme marchado -añadió con voz tensa.

Medité en sus palabras. Era cierto: no debería haberse marchado de Dinas Dwr; así se lo había aconsejado yo. Pero el tono con que las había pronunciado…, el tono con que las había dicho despertó en mí una extraña sensación: como si una corriente fluyera bajo mis pies, como si un poderoso torrente, un tumultuoso río corriera bajo la tierra. Me pareció sentir que un misterioso poder se filtraba por la peña en que estábamos sentados.

 

–Tú sabías que esto iba a ocurrir, Tegid -continuó diciendo Llew-. Dijiste que sobrevendría un desastre. Bien, estabas en lo cierto.

 

–¿Qué quieres decir?

 

–Que no habría ocurrido si me hubiese quedado -replicó bruscamente Llew.

 

De nuevo sentí el misterioso poder estremeciéndose, agitándose en la tierra y en el aire que nos rodeaba. «No habría ocurrido si me hubiesequedado…» ¡Él también lo sabía! También lo sentía. Pero ¿por qué razón? ¿Por qué razón el hecho de permanecer en Dinas Dwr habría cambiado algo, a no ser que la mera presencia de Llew ejerciera algún poder sobre la maldad que se extendía sobre la tierra? En él alentaba el awen de Ollathir. El awen del Bardo Supremo de Albión podía ser una poderosa y potente arma…, como había demostrado la inspirada hazaña de la tormenta de fuego. ¿Era eso? ¿O era otra cosa?

 

–Llew, ¿qué quieres decir? – pregunté.

 

–Ojalá te hubiera hecho caso -replicó en tono lúgubre-. Ya está. Ya lo he dicho. No me lo hagas repetir otra vez.

 

–No me refería a eso -le dije-. ¿Por qué crees que tu presencia habría impedido que la plaga emponzoñara el lago?

 

Sentí que se estremecía.

 

–¿Quién sabe? – repuso con impaciencia-. ¿Qué quieres que te diga? –Dicen que un verdadero rey tiene el poder de proteger y preservar su reino. ¿Por eso crees que tu presencia aquí habría supuesto alguna diferencia? –Tú conoces todas las respuestas -contestó en tono áspero-. Así que tú

 

sabrás… -Se dio una palmada en el muflón-. Yo soy un tullido, Tegid. ¿Recuerdas?

 

Luego se marchó y me dejó tan in albis como antes, excepto en un aspecto: ahora sabía que una enorme y poderosa fuerza yacía escondida al alcance de la mano, como una espada envainada ante el Día de la Lucha. A mí me correspondía descubrir la forma de despertarla. Si pudiera lograrlo…

 

Pero primero tenía que encontrarla.

 

Levanté las piernas, las crucé y me acomodé en la peña. Aspiré profundamente y exhalé el aire una vez…, dos veces…, tres veces, para aclarar mis pensamientos, alejar de mí el temor y la ansiedad, y vaciar mi corazón de todo excepto del deseo de penetrar aquel misterio. Cuando estuve completamente tranquilo y relajado, completamente en paz, aspiré profundamente y recité una invocación:

 

¡Gracias sean dadas a la Mano Segura y Certera por protegernos en la necesidad!

 

¡Gracias sean dadas al Dador de la Palabra por los Tres Pilares de la Verdad! ¡Gracias sean dadas a la Luz Vivificadora por el fuego sagrado de la Sabiduría!

 

Escúchame ahora, Supremo Guía, y condúceme por tu senda.

 

Porque ancho es el mundo y confusos los caminos

 

que el hombre debe recorrer.

 

Y yo temo extraviarme.

 

Aquí me tienes sentado en esta peña:

 

permaneceré inmóvil hasta que tú, Motor Inmóvil de lo creado, me ordenes moverme;

 

guardaré silencio hasta que tú, Verbo Vivificador, me hables;

 

permaneceré en tinieblas hasta que tú, Luz de la Vida, me ilumines.

 

Concédeme ahora, Generoso Dador, tres peticiones:

 

conocimiento de lo que no sé;

 

sabiduría para comprenderlo;

 

discernimiento para aprehenderlo.

 

Después, en paz conmigo mismo, silencioso, expectante, puse las manos sobre las rodillas y aguardé… Paz…, paz. Escuchaba y aguardaba.

 

Aguardaba… paz…

 

El aire, inmóvil y pesado como un manto, recogía todos los sonidos del

 

valle como si los fosilizara en ámbar. Oí a poca distancia el apagado parloteo de las madres que acostaban a sus hijos. Oí el ladrido de un perro, el mugido de una vaca, el gorjeo de los pájaros que retornaban a sus nidos en el risco que se cernía sobre mi cabeza. Oí los sonidos del mundo que se iba hundiendo en las tinieblas, que se callaba con un postrer aliento, que suspiraba de gratitud por la liberación de las penas y los sufrimientos del día.

 

Cerré mis oídos a esos sonidos y escuché en mi interior: paz…, paz…, paz…

 

Oí el latido de mi corazón, que palpitaba con rítmica lentitud. Oí el sonido de mi propia voz que se desvanecía como una piedra arrojada al silencio de un pozo, en cuyos ondulantes abismos resonaba el eco de mi ruego que suplicaba conocimiento y sabiduría.

 

Luego el eco se perdió en los abismos. Y, en respuesta a mi súplica, oí la voz de Ollathir, el Bardo Supremo, el Sabio Guía, el amigo desaparecido para siempre:

 

–¿Para qué pronunciar la palabra que ya ha sido pronunciada? preguntó la voz de Ollathir con tono severo-. ¿Para qué revelar lo que ya ha sido mostrado? ¿Para qué proclamar la verdad que se alza como una montaña entre vosotros?

 

Y entonces oí, en lo alto del risco, el agudo son del carynx; un largo toque seguido de otros dos más cortos. Su eco retumbó en el silencioso valle a través del lago sin vida.

 

Calbha había regresado.

 

34

 

UN ENIGMA Y UNA PARADOJA

 

El pueblo se precipitó al encuentro de Calbha. Enloquecidos de sed lo aclamaban con gritos y cánticos. Pero pronto murieron las canciones y cesó el griterío. Calbha no traía agua; ni siquiera le quedaba una gota de la poca que se había llevado cuando se marchó.

 

La decepción se convirtió en desesperación cuando informó sobre lo que había visto.

 

–Meldron ha penetrado en el valle por el sur, detrás del risco -dijo desmontando de un salto-. Hemos contado cinco mil guerreros a pie y dos mil a caballo.

 

–¿A qué distancia están? – preguntó Llew abriéndose paso entre la

 

silenciosa multitud apiñada.

 

–A un día -contestó Calbha-. No más.

 

–¿Saben que estamos aquí? – inquirió Cynan situándose al lado de Llew. –Sí. Meldron lo sabe -respondió sin tapujos Calbha, y sus palabras

 

conmovieron a la multitud-. El enemigo ha seguido el rastro que dejasteis al regresar de Dun Cruach.

 

–¡Bran! – gritó Llew llamando al Jefe de Batalla de los Cuervos, que salió de entre el gentío-. Hay que apostar centinelas en el risco.

 

–Enseguida -repuso Bran apresurándose a cumplir la orden.

 

Llew se dirigió de nuevo a Calbha.

 

–¿Te han visto?

 

–No tendría importancia si lo hubieran hecho -replicó el rey-. Pero no me han visto; aguardamos a que anocheciera para cruzar el risco y nos aseguramos de que los exploradores enemigos no nos avistaran. No obstante, Meldron no tiene necesidad de exploradores. Sabe muy bien dónde encontrarnos, te lo aseguro.

 

–Celebraremos consejo de inmediato -anunció Llew-. Cynan, ve a buscar a Scatha…

 

–Aquí estoy -exclamó Scatha saliendo de entre la multitud.

 

–¿Tegid?

 

–Estoy detrás de ti -respondí.

 

–Bien. Id a buscar a Cynfarch y decidle que se una a nosotros ordenó-.

 

Celebraremos consejo en cuanto regrese Bran.

 

–Iré a buscarlo -se ofreció Cynan, y se alejó a toda prisa.

 

Goewyn y algunas mujeres se acercaron con jarras de agua para los jinetes.

 

–Estás muerto de cansancio -dijo Goewyn tendiéndole una jarra a Calbha-. Bebe.

 

Calbha cogió la jarra y se la acercó a los labios. Echó una rápida mirada en torno y preguntó:

 

–¿Hay suficiente agua para todos?

 

–Hay suficiente para vosotros -contestó la muchacha-. Habéis cabalgado mucho para salvarnos. Y os lo agradecemos de corazón. Bebe y refréscate.

 

Pero Calbha rehusó.

 

–Si no hay suficiente agua para todos, tampoco la hay para nosotros. No queremos beber mientras los demás padecen sed -dijo devolviéndole la jarra.

 

Llew ordenó a la gente que regresara a sus hogares. Mientras la multitud se dispersaba, dijo a los que quedaban:

 

–Seguidme.

 

Atravesamos nuestros agostados campos y nos dirigimos al lugar donde Llew y yo habíamos acampado cuando llegamos a Druim Vran. Llew encendió una pequeña fogata y extendimos las pieles de buey que habíamos traído del campamento. Cynan y Cynfarch se reunieron con nosotros y nos dispusimos a esperar a Bran.

 

Aunque no podía ver los rostros, sentía cómo el miedo se iba deslizando sigilosamente entre nosotros: un miedo intenso, desesperado, sigiloso como una serpiente.

 

–Empezábamos a creer que no regresarías -dijo Cynan a Calbha para disipar la creciente tensión.

 

–Fuimos tan al norte como pudimos -repuso el rey, ansioso de unir su voz a la de Cynan- más lejos de lo que habíamos planeado.

 

–¿Y no encontrasteis agua? – preguntó Cynfarch.

 

–¡Muchísima! Ríos, arroyos, estanques, manantiales…, pero todos emponzoñados, todos sin vida. – Hizo una pausa y añadió con voz quebrada-No hay agua buena en ninguna parte. La tierra se está muriendo.

 

–Lo mismo ocurre en el sur -acotó Llew.

 

–Ya entiendo -dijo Calbha-. Me estaba preguntando qué había inducido a Cynfarch a reunirse con nosotros.

 

–Burlamos a Meldron en Dun Cruach -explicó Cynan, y le relató la hazaña del escudo de fuego-. Fue glorioso -concluyó.

 

Cynfarch no pudo dejar de añadir:

 

–Y, si no hubierais malgastado vuestra seguridad por nosotros, Meldron no estaría ahora a vuestras puertas. A decir verdad, hemos cambiado una tumba por otra.

 

–Rey Cynfarch -intervino Scatha en tono firme-, estamos celebrando un consejo. No es el lugar más apropiado para hablar en esos términos.

 

–¿No? – replicó el rey-. Si he hablado a tontas y a locas, os pido disculpas. Pero si he dicho la verdad, recordad mis palabras.

 

Nos hundimos en un incómodo silencio, roto sólo por la llegada de Bran.

 

Cuando el Cuervo se hubo sentado, Llew tomó la palabra.

 

–Nos avisarán si Meldron intenta atacarnos…

 

–No necesita atacarnos -gruñó Cynfarch-. Apenas nos queda agua. La sed

 

nos matará con la misma habilidad que las espadas de Meldron…, aunque más lentamente.

 

–Con siete mil hombres -comentó Calbha-, el Salvaje Sabueso tiene espadas más que suficientes para procurarnos una rápida muerte.

 

–Siete mil… -musitó Cynan-. Me gustaría saber de dónde saca Meldron agua para un ejército tan numeroso.

 

Mi visión interior se despertó. Vi ante mí no los rostros de los reunidos en consejo sino la vasta hueste de Meldron esparciéndose por el valle al otro lado de Druim Vran. Vi la línea enemiga que avanzaba lentamente con los escudos a la espalda, sinuosa y reluciente como una serpiente venenosa. Vi el brillo rojo del sol en sus ojos, la deslumbrante luz del día reflejada en los tachones de los escudos y en los filos de las espadas. Vi las columnas de polvo que levantaban los cascos de los caballos y los pies de los hombres.

 

Vi que por donde pasaba el Salvaje Sabueso el cielo se oscurecía, se ennegrecía, se llenaba de humo; una luz sofocante rasgaba en jirones el lóbrego aire. Vi que la tierra agonizaba bajo las tinieblas, que la oscuridad se acercaba más y más a la alta muralla de Druim Vran.

–Bien, no podemos permanecer aquí sentados aguardando a que la sed acabe con nosotros -declaró Llew-. Debemos luchar mientras nos queden fuerzas.

 

–¿Luchar? – se burló Cynfarch-. ¡Son siete mil hombres! Aunque pudiéramos sobrevivir a una batalla contra un ejército tan numeroso, la sed acabaría por aniquilarnos.

 

–Te estás dejando llevar por el miedo -dijo Bran fríamente-. Llew, dinos qué deseas que hagamos.

 

Era muy propio de Bran evidenciar su respeto hacia Llew. No era nuevo; era su modo habitual de obrar. Pero, mientras hablaba, me pareció oír de nuevo la voz de Ollathir: «¿Para qué revelar lo que ya ha sido mostrado?».

 

Así dio comienzo el consejo que se prolongó hasta bien entrada la noche. Nos trajeron provisiones y comimos. El pan estaba duro y seco, y se nos atragantaba, pero no había agua para ayudarlo a bajar. Bajo una luna de aspecto siniestro se fueron acalorando las deliberaciones; se alzaban las voces, se agriaban las reacciones. Sin embargo, no recuerdo los términos de la discusión; no pude probar bocado, porque había vislumbrado algo que había borrado de mi mente todo lo demás: la silueta de una montaña que se alzaba entre nosotros.

 

Mientras los Jefes de Batalla deliberaban, iban surgiendo imágenes en mi mente…, imágenes de tiempos pasados cuando Ollathir aún vivía y Meldryn Mawr era rey. Vi a Meldryn Mawr sentado en el trono, en su palacete, con el semblante tan brillante como la torques que llevaba al cuello; sus ojos escrutaban la multitud que se congregaba ante él; su seguridad y su sabiduría resplandecían como la corona que le ceñía la frente… Era el poderoso Rey de Oro, el Señor y Protector de su pueblo…

 

Y vi junto a él a Ollathir, el Bardo Supremo, majestuosamente revestido con el manto de púrpura y la torques de oro; el Paladín de los Bardos, el Guerrero de la Verdad, orgulloso, solemne y sabio, sostenía entre sus robustas manos la vara de serbal, enseña del penderwydd, con aire resuelto, firme, inflexible… Era el señor de la Sagrada Hermandad, el fiel servidor de la Soberanía.

 

Vi la hermosa tierra de Prydain tal como era antes de su desolación: una fulgurante gema verde bajo un cielo radiante; Sycharth dominaba la llanura en su altivo promontorio cerniéndose como una atalaya sobre los campos colmados de grano y el siempre cambiante mar que se extendía a lo lejos; a la dorada luz del alba refulgían las fortalezas de los nobles señores; al sol del atardecer brillaban los muros de troncos, los hermosos bosques, las frondosas espesuras, los tumultuosos arroyos, los caudalosos ríos… Prydain, el más bello de los reinos, el inexpugnable trono del más poderoso rey.

 

Meldryn Mawr, el poderoso Monarca de Oro… Ollathir, el Príncipe de los Bardos… Prydain, la Fortaleza de los Valientes Reyes… los tres juntos…, juntos.

 

¿Por qué los tres? ¿Qué debía deducir yo de aquella visión?

 

Hacía falta una mente más sagaz que la mía para penetrar en el corazón de aquel misterio. Entretanto, nuestros enemigos se iban congregando al otro lado del risco protector. Había que encontrar con urgencia la respuesta. Meldron, siempre insaciable, no tardaría mucho en reclamar la victoria.

 

El consejo se prolongaba. Pero mi cabeza ardía con aquel enigma, que sacudía mis pensamientos como una tempestad y me llenaba de angustia. Me ardía el corazón y me sentía incapaz de soportar por más tiempo aquellas voces estridentes. Me levanté y me retiré del consejo, sin que nadie se apercibiera de mi marcha.

 

«Que hablen -pensé-. El enemigo está el acecho… Debo hacer algo.» Pero no sabía qué hacer. Así que comencé a caminar sin rumbo fijo

 

golpeteando el suelo con mi bastón y dejé que mis pies me condujeran a donde quisieran. Bordeé el campamento y seguí caminando.

 

El golpeteo de mi bastón despertó a un durmiente que se unió a mi deambular. En efecto, Nettles, sin decir nada, acompasó su paso al mío. Desde nuestra huida de Dun Cruach, me había acostumbrado a su compañía y agradecí su silenciosa presencia en aquellos difíciles momentos. Me detuve y le dije:

 

–Vamos, charlaremos un rato.

 

Ante mi sorpresa el hombrecillo respondió:

 

–Mo bodlon, do.

 

Su vocabulario aumentaba día a día de forma asombrosa, porque era de una constancia infatigable. Asentí y reanudamos el paseo. El menudo extranjero caminaba a mi lado; durante un buen rato ambos permanecimos callados.

 

–¿«Proflem»? – preguntó de pronto.

 

–Sí -repuse-. Un problema muy grande.

 

Seguimos andando y de pronto me encontré explicándole el misterio que tanto me mortificaba. No sabía hasta qué punto comprendía lo que le estaba diciendo, pero no me importaba. Me hacía mucho bien poder hablar con alguien; con alguien que además se limitaba a escuchar.

 

–Cuando el Malvado se escapó de su prisión en el Mundo Subterráneo, ¿adónde fue? – pregunté-. Cuando Nudd, el señor de Uffern y de Annwn, el rey de los coranyid, se lanzó a destruir nuestro mundo, ¿por dónde empezó?

 

Nettles, que caminaba en silencio a mi lado, no respondió; así que yo mismo contesté a mi pregunta.

 

–Por Sycharth, la fortaleza principal del rey de Prydain. Eso… –Ah -exclamó Nettles-. ¡Prydain!

 

Constaté una vez más la rapidez con que operaba su mente. Incluso mientras yo hablaba, iba registrando y acumulando vocabulario. Así que seguí pensando en voz alta, despacio, para darle ocasión a que captara lo que pudiese.

 

–Prydain sufrió la terrible cólera de Nudd… pero sólo después de que el rey fuera apartado de allí con engaños. La Horda de Demonios asoló Prydain… pero sólo después de que su rey hubiera sido alejado. Y ¿a quién persiguió Nudd con su gélido odio? ¿Quién soportó el despiadado ataque del ancestral enemigo de Albión? Te lo diré: Meldryn Mawr. El Soberano de la

 

Noche Eterna eligió al poderoso Rey de Oro para que se enfrentara a la terrible matanza desencadenada por su odio. Fue Meldryn Mawr, monarca de Prydain, soberano de los llwyddios, quien soportó el cruel ataque del enemigo.

 

«Sí -pensé-, el rey de Prydain soportó la matanza; aún más: sobrevivió a ella y triunfó.»

 

–Pero me estoy adelantando -le dije a Nettles que caminaba lleno de curiosidad a mi lado-. Antes de que Prydain cayera, antes de que Meldryn Mawr fuera alejado de su fortaleza, antes de que Nudd y sus perversos coranyid fueran liberados…, se desató el Cythrawl.

 

–El Cythrawl -repitió Nettles en voz baja-Hen Gelyn.

 

–Sí -le dije-. La Maldad Ancestral. ¿Y a quién quiso destruir en primer lugar la Bestia del Abismo? A Ollathir, el Bardo Supremo de Albión…, a Ollathir.

 

–El penderwydd Ollathir -musitó Nettles.

 

–Al Bardo Supremo Ollathir, sí…, que sustentaba la Soberanía de Prydain. ¡Sólo Ollathir sabía dónde habitaba el Phantarch!

 

De nuevo se alzaba ante mí el triple misterio: el rey, el reino y el bardo. Sin embargo, había otros reyes, otros reinos, otros bardos. ¿Qué diferenciaba a aquellos tres de los demás?

 

–Ahí precisamente radica el misterio -murmuré en voz alta a Nettles-. ¿Por qué precisamente esos tres?

 

Reflexioné unos instantes y entonces me di cuenta de que conocía la respuesta, la palabra que ya había sido pronunciada: la Canción de Albión. Y comencé a hablarle a Nettles del Phantarch, y mientras le hablaba se iba haciendo la luz en mi mente.

 

–¿Por qué precisamente esos tres? – repetí-. Te lo diré: porque ellos eran quienes sustentaban la Canción de Albión.

 

–Canaid Alba -murmuró Nettles.

 

Me detuve de nuevo. ¿Hasta qué punto me entendía aquel extranjero?

 

¿Cómo había logrado tener conocimiento de aquellas cosas?

 

–La Canción de Albión, sí; eso es justamente lo que las huestes de las tinieblas deseaban destruir. Porque, mientras se salvaguardara la Canción, ellos no prevalecerían. Por eso arrasaron Prydain. Por eso atacaron a un legítimo rey en su propio reino; al hacerlo atacaron la prístina esencia de la Soberanía.

 

–Aird Righ? – exclamó Nettles.

 

Comprendí lo que quería decir, pero el hombrecillo había cometido una ligera equivocación.

 

–No, no me refería al Supremo Rey -lo corregí-, tan sólo a un legítimo rey.

 

–Aird Righ! – repitió tozudamente.

 

Y comencé a preguntarme si sabría lo que estaba diciendo.

 

–Un momento… -dije-. Déjame pensar.

 

La Soberanía…, la presencia de un legítimo rey… ¿quién sino un legítimo rey podría salvaguardar la Canción? ¿Y sería posible que ese monarca fuera además el Supremo Rey?

 

–Pero ¿cómo es posible que Meldryn Mawr pudiera ser el Supremo Rey sin saberlo? – pregunté a mi menuda sombra-. ¡Es imposible!

 

Nettles no dijo nada; sentía sus ojos clavados en mí con expresión intensa, urgente. ¿Qué era lo que sabía?

 

–No podía ser el Aird Righ -repetí.

 

Di dos pasos y me detuve en seco. Quizá no era Meldryn Mawr quien ignoraba su suprema dignidad real. ¡Quizás era yo quien la ignoraba! A lo mejor Meldryn Mawr y Ollathir tenían una razón poderosa para ocultarlo, del mismo modo que habían ocultado que el Phantarch habitaba en el corazón de la montaña de Findargad para proteger la Canción.

 

Tal constatación me dejó tan aturdido como si hubiera recibido un puñetazo. Me tambaleé. Nettles me ayudó a no perder el equilibrio. ¡No sólo estaba ciego! Era un ignorante…, peor aún.

 

–Pridayn, Meldryn Mawr, Ollathir -dije despacio para que Nettles pudiera seguirme- en los tres residía la esencia de Albión.

 

Y ahora los tres convergían en una persona: Llew.

 

Me estremecí como el cazador que acaba de avistar su presa.

 

–Llew es el centro -concluí-. Llew es la palabra ya pronunciada. Llew es la montaña que se alza entre nosotros.

 

–Llew -repitió Nettles.

 

–Sí, mi inteligente amigo, Llew -dije.

 

Comencé a caminar otra vez; Nettles se esforzaba por seguir mi paso. –Llew posee el awen del penderwydd, porque estaba con Ollathir cuando

 

murió, y el Bardo Supremo le entregó el awen con su último aliento. Llew posee la soberanía de Meldryn Mawr porque ahora soy yo el Bardo Supremo

 

de Albión y yo lo investí con la dignidad real. Y Llew ha penetrado hasta el sagrado centro de Prydain: ha atravesado Môr Cylch en el Corazón del Corazón, y ha defendido por dos veces el pilar de piedra de Prydain que se alza en la Roca Blanca; incluso lo ha teñido con su sangre.

 

Mi mente funcionaba con la celeridad de una lanza disparada hacia el blanco. En Llew habían convergido los tres; Llew era el nudo. Era la vasija en que había sido derramada la esencia de Albión.

¡Ay!, pero era una vasija rota. No podía ostentar la dignidad real con la que había sido investido. Y ése era el corazón del enigma.

 

Rey y no rey, bardo y no bardo, Llew gobernaba, aunque rehusaba hacerlo, una tribu que no era tal tribu sino un conglomerado de diezmados clanes que formaban un reino que no era un reino. La paradoja era total. Si encerraba algún sentido, era imposible penetrarlo.

 

Sin embargo, gracias a la equivocación de Nettles, una nueva y asombrosa luz se había encendido en mi mente: la dignidad real de Prydain podía ser además la Suprema Dignidad Real de Albión.

 

Estaba ante un enigma que a la vez era una paradoja. ¿Qué significaba? No lo sabía. Tendría que meditar en ello en los próximos días.

 

Me despedí de Nettles rogándole que descansara para así poder reflexionar sobre la revelación que acababa de recibir. Vagué solo recorriendo la cañada como una fiera inquieta. Mis pies me llevaron al camino que conducía al lago muerto. Caminé hasta la orilla. El hedor de las aguas me revolvía el estómago, pero me obligué a mí mismo a continuar mi paseo por la orilla del lago. Al poco rato oí que alguien se había acercado también al lago.

 

–¿Quién está ahí?

 

–Tegid… -contestó una voz seguida de un sollozo.

 

–¿Goewyn?

 

Avancé hacia los sollozos. Goewyn se refugió en mis brazos ocultando el rostro entre las manos y apoyó la cabeza en mi pecho.

 

–¿Por qué lloras? ¿Qué te pasa?

 

–Gwenllian… -dijo con voz quebrada; sentí que alzaba la cabeza y levantaba su rostro hacia mí-. La he visto, Tegid. He visto a Gwenllian en sueños. Se me apareció mientras dormía.

 

–Ah -suspiré-. Ya entiendo.

 

–La vi -dijo, apartándose de mí-. Me habló. Gwenllian me habló.

 

–¿Qué te dijo?

 

Goewyn exhaló un largo y estremecido suspiro.

 

–No acabo de entender lo que me dijo.

 

–Cuéntamelo.

 

Goewyn deslizó su mano bajo mi brazo y caminamos por la orilla del tenebroso y pestilente lago. Poco después, me dijo:

 

–Quise aguardar despierta a que acabara el consejo para enterarme de lo que se había decidido. Pero estaba rendida de cansancio. Me pesaba la cabeza, se me cerraban los ojos. Decidí echarme para descansar un rato y me quedé dormida al instante. Mientras dormía, oí un extraño sonido, como un batir de alas sobre mi cabeza. El sonido me despertó…, me despertó en sueños. Es curioso; sabía que estaba dormida y sabía que estaba soñando.

 

–Conozco esa clase de sueños -le dije-. ¿Qué viste?

 

–Vi el lago -contestó la muchacha con una voz que sonó distante, como si hubiera vuelto a penetrar en su sueño, como si estuviera evocándolo-. Vi el lago tal como está ahora, pútrido y fétido. Vi que las aguas se iban espesando con la suciedad. Y vi a alguien en la orilla…, una mujer vestida de blanco. Tan pronto como la vi, supe que era Gwenllian. Corrí hacia ella. ¡La abracé, Tegid! ¡Estaba viva! ¡No puedes imaginar la felicidad que sentí!

 

Como no hice el menor comentario, continuó su relato.

 

–Entonces Gwenllian me habló. Oí su voz. Parecía muy tranquila; es más, parecía contenta. Su rostro resplandecía de paz y felicidad.

 

Goewyn enmudeció conmovida al evocar la visión.

 

–Así que te habló. ¿Qué te dijo?

 

–Me dijo que recordara la profecía; que era muy importante porque encerraba una verdad que iba a cumplirse -continuó, apretándome excitada el brazo-. Dijo que había llegado el Día de la Lucha, pero que la

 

Mano Segura y Certera estaba con los GwrGwir.

 

–¿Estás segura? ¿Dijo exactamente GwrGwir?

 

–Sí, pero no sé qué significa -contestó Goewyn-. Gwir significa verdad, ¿no? ¿Quiénes son los Hombres de Gwir?

 

–No lo sé -dije sacudiendo despacio la cabeza-. A menos que los Hombres de Gwir, quienes quiera que sean, se opongan a Meldron.

 

El término formaba parte de la profecía que Gwenllian había confiado a Llew tras la Hazaña Heroica de Ynys Bàinail; él solo había resistido frente al Cythrawl, y a él habían sido confiadas las palabras de la profecía. Yo había

 

pensado mucho en ellas rememorando sus términos. A menudo había discutido con Llew su significado.

 

–¿Dijo algo más?

 

Goewyn hizo una pausa para escoger las palabras.

 

–Sí -repuso con una voz que era un susurro-. Dijo: «No temáis. La curación está en el agua».

 

35

 

LOS GWR GWIR

 

–Repítemelo, Goewyn. ¿Qué fue exactamente lo que te dijo Gwenllian? –Extendió el brazo -respondió Goewyn- y señaló un lugar. Miré hacia allí

 

y vi que estaba apuntando hacia el lago. Luego me dijo: «No temáis. La curación está en el agua». Y después…

 

Se le quebró la voz.

 

–Dime, ¿qué pasó después?

 

–Me desperté -repuso la muchacha llorando-. Vine al lago corriendo…, creyendo que Gwenllian estaría aquí. Me parecía tan real… Creí que había regresado a nuestro lado… y que la encontraría aquí.

 

–¿Te dijo algo más? Piénsalo bien. ¿Algo más?

 

Goewyn sacudió la cabeza despacio; le temblaba la barbilla.

 

–No -respondió con un hilo de voz-. Nada más. Oh, Tegid… Tegid, la vi con mis propios ojos, te lo aseguro.

 

Le tendí los brazos y la atraje hacia mí. Nos quedamos un rato en silencio; luego Goewyn se separó de mí, se enjugó las lágrimas y se marchó dejándome sumido en profundas reflexiones sobre su sueño.

No dormí aquella noche. Caminé junto al ponzoñoso lago, respirando su pútrido hedor. La cabeza me daba vueltas; mis conversaciones con Nettles y Goewyn me habían perturbado y llenado de inquietud. A cada paso que daba sentía al otro lado de las murallas de este mundo la presencia de un pavoroso designio, inexorable e inflexible. Lo sentía pero no podía aprehenderlo.

 

Antes del alba los guerreros se reunieron. Los preparativos habían seguido durante la noche, y con la primera luz del día los hombres se congregaron al toque del carynx. Los vi con los ojos de la mente: listos para la batalla, con el aspecto recio y fuerte de un bosque de altos robles, aguardaban que los fueran llamando los Jefes de Batalla alineados frente a ellos.

 

Scatha, con sus hermosos ojos verdes muy serenos y los cabellos anudados bajo su bruñido casco, fue la primera en elegir. Con un pequeño escudo al hombro y una falda de cuero adornada con discos de bronce que parecían las escamas de un lagarto, blandió una lanza de color blanco agitando su largo y bien torneado brazo. Había atado al astil, justo debajo de la punta, tres tiras de tela: dos negras y una blanca. Eran meirwon cofeb, símbolos en recuerdo de sus hijas, por las que iba a luchar aquel día y cuyas muertes y violaciones se disponía a vengar. Con voz clara pronunció los nombres de los guerreros a quienes les correspondía el honor de luchar junto a ella.

 

Se había decidido que Pen-y-Cat sería el comandante en jefe de la batalla. Diestra en el manejo de las armas y con una capacidad de discernimiento sin rival, era sin duda el guerrero más temido por los enemigos y la más astuta de todos los jefes. Muchísimos hombres habían aprendido de ella las artes de la guerra y habían ganado gloria y renombre, pero ninguno había logrado superarla. Después de que Scatha hubo elegido cincuenta guerreros, le tocó el turno a Bran Bresal, el roble entre los robles. Con los negros cabellos trenzados, un brazalete de oro brillando en su brazo izquierdo y una reluciente torques en su garganta, Bran alzó su espada pintada de rojo. Entre la masa de guerreros se destacaron los Cuervos: Niall, Garanaw, Alun Tringad, Drustwn y Emyr Lydaw. Al igual que su jefe, no llevaban ni manto, ni siarc, ni breecs, ni cinturón. Como héroes épicos que se despojan de sus vestidos para la lucha, los Cuervos se aprestaban al combate desnudos, con sus cuerpos untados de aceite y reluciendo al sol.

 

Uno a uno fueron saludando a su jefe golpeando el astil de la lanza contra el escudo de Bran o dando una palmada al cuervo tatuado que adornaba su brazo.

 

Bran llamó además a otros guerreros, a quienes había escogido para que se unieran a la Bandada de Cuervos. Todos fueron agrupándose en torno a su paladín.

 

Después le tocó el turno de elegir a Cynan. Con sus azules ojos brillantes de excitación, el príncipe alzó el brazo que empuñaba una afilada espada. Se había cortado y engominado los rojos cabellos y se había cepillado cuidadosamente el bigote y la barba. Llamó a los guerreros de la hueste de los galanaes y a otros que conocía. Luego miró hacia su padre, el rey Cynfarch, quien asintió con la cabeza. En efecto, aunque Cynan era Jefe de Batalla, el

 

rey se reservaba el derecho de aprobar su elección.

 

Luego le tocó a Calbha el turno de elegir. El rey, con torques y anillos de oro y una enorme espada al cinto, clavó en el suelo la punta de su lanza pintada de azul y agarró el astil con ambas manos. Con una voz que resonó como el hierro llamó a los miembros de la hueste de los cruinos y los fue colocando en filas de a diez; cuando hubo terminado, formaban ante él ciento cincuenta hombres.

 

Llew, vestido tan sólo con unos breecs y un cinturón de cuero, aguardaba su turno sentado en una peña; cuando Calbha hubo terminado, se puso en pie empuñando la espada con su mano sana; un escudo alargado le ocultaba el muñón. Alzó la voz y llamó a los guerreros que quedaban. Deseosos de combatir a su lado, los hombres se apresuraron a acudir a su llamada. Todos fueron golpeando el borde del escudo del jefe con el astil de sus lanzas, produciendo un fragoroso estruendo. Pronto estuvieron formados ante él noventa y tres hombres, en simbólico homenaje a los bardos asesinados en Prydain.

 

Luego Llew alzó la espada, sonó el carynx y vi a Rhoedd de pie sobre una peña con el enorme y curvo cuerno de batalla en los labios. El sonido atronó los aires, se extendió por la cañada y resonó en el risco. Rhoedd hizo sonar por segunda vez el cuerno, y al instante se puso en movimiento la Bandada de Cuervos. Luego siguieron Scatha y sus hombres, después Cynan y Calbha y en la retaguardia Llew con sus hombres formados en tres filas. Yo, empuñando mi vara, comencé la ascensión de Druim Vran tras nuestro ejército.

 

El pueblo se había reunido para vernos marchar. Se habían apostado a lo largo del camino y al paso del ejército animaban con sus vítores a los guerreros. Vi a Goewyn agitando una rama de abedul y junto a ella a Nettles con una de acebo; abedul y acebo, los emblemas de la fuerza y el valor según la tradición de los bardos.

 

Con las primeras luces de la mañana, vi a los guerreros de nuestra tribu dirigirse deseosos al encuentro del enemigo. Vi a aquellos valientes acudir presurosos al encuentro de la muerte: eran los Gwr Gwir, que se disponían a librar su batalla contra el enemigo. Alcé la vara mientras desfilaban y rogué a la Mano Segura y Certera que los sostuviera durante el combate; invoqué al Supremo Sabedor para que guiara sus pasos; conjuré al Sumo Dador para que les otorgara la victoria.

 

Las fuerzas de Meldron nos sobrepasaban en número. Éramos muy conscientes de ello. Pero los Jefes de Batalla habían sopesado el riesgo con cuidado: para tener alguna oportunidad frente a aquel enemigo tan numeroso, había que actuar con la mayor celeridad. Nuestras reservas de agua disminuían rápidamente; no podíamos permitir que nos debilitara la sed. Para abrigar alguna esperanza de sobrevivir, había que atacar, mientras aún nos quedaban fuerzas, antes de que Meldron pudiera tomar posiciones en el valle al otro lado del risco.

 

El consejo había decidido salir al encuentro del Salvaje Sabueso y atacarlo. Si lográbamos aniquilar a Meldron y a su Manada de Lobos, era de esperar que el resto del ejército enemigo desertara de la lucha: muerto el perro se acabó la rabia. Entonces podríamos enviar hacia el norte una expedición a buscar agua en una de las islas, porque suponíamos que la plaga aún no se había extendido más allá de las costas de Caledon.

 

Los guerreros llegaron a la cima del risco y tomaron posiciones. Cuando llegué junto a ellos, se habían alineado por la cresta de Druim Vran a la espera de que los jefes deliberaran.

 

No atacaríamos hasta que Scatha hubiera calculado la fuerza y la posición del enemigo; Scatha quería ver exactamente dónde estaba Meldron antes de decidir la mejor forma de ataque. Pero, cualquier punto flaco que se pudiera observar en las líneas del príncipe, era compensado con creces por el abrumador número de sus tropas. La hueste del Salvaje Sabueso se extendía por el valle a ambas orillas del río: eran miles y miles.

 

–Nunca lo hubiera podido imaginar… -oí que murmuraba Llew meneando lentamente la cabeza.

 

Bran, a su izquierda, escrutó el valle con expresión grave.

 

–El Sabueso de Prydain ha prosperado más de lo que su insaciable ambición codiciaba -observé-. Ha escalado muy alto pisoteando los cuerpos de los que ha asesinado y esclavizado.

 

–Más dura será la caída -comentó Bran-. Consideraré un verdadero honor contribuir a la ruina que tanto merece.

 

Estábamos en lo alto del risco aguardando el regreso de Scatha. Como desde allí no se divisaba ni a Meldron ni a su Manada de Lobos, ella y Cynan habían ido a echar un vistazo más de cerca. Cuando regresaran, tomaríamos una definitiva decisión sobre el orden de batalla.

 

Tuvimos que aguardar mucho rato. El sol se fue levantando y el calor iba

 

en aumento a medida que el astro ascendía por el marronoso cielo e iba transcurriendo la mañana. La larga espera resultaba irritante, y los hombres comenzaban a impacientarse y a sentir el martirio de la sed. Bebimos nuestra ración de agua y contemplamos la trayectoria del bochornoso sol. Calbha se unió a nosotros y nos sentamos todos juntos escrutando el valle. El humo de las fogatas se levantaba en la distancia en oleadas grises y blancas.

 

–Son un verdadero océano -observó Calbha con voz tranquila-. Nosotros, en cambio, somos como un serpenteante arroyuelo que desciende de las colinas.

 

Casi había llegado el sol al mediodía cuando Scatha apareció al fin y con noticias preocupantes: seguían llegando al valle contingentes de guerreros.

 

–Pero Meldron no se ha unido todavía a sus fuerzas -nos informó Scatha-.

 

Quizás esté entre los que siguen llegando, pero no lo hemos visto.

 

–El ejército enemigo no está formado; no se están reuniendo para atacar - añadió Cynan-. Parecen estar a la espera de algo.

 

–Sin duda están esperando a Meldron -repuso Llew-. Si es así, no deberíamos aguardar más; deberíamos atacar ahora mismo.

 

Cynan no parecía muy de acuerdo, pero se limitó a encogerse de hombros.

 

–Preferiría combatir con el Salvaje Sabueso, no con sus marionetas, pero reconozco que no podemos seguir aquí de brazos cruzados. Empecemos cuanto antes.

 

Llew miró a Scatha.

 

–¿Qué dices tú, Pen-y-Cat?

 

Scatha se puso en pie.

 

–No creo que podamos cogerlos por sorpresa, pero al menos no están en orden de batalla. Sin Meldron se acobardarán más fácilmente. Sí, atacaremos ahora mismo.

 

Bran, Cynan y Calbha se mostraron de acuerdo y todos se apresuraron a reunirse con sus hombres.

 

–Bien -dijo Llew deslizando el muñón por las correas del escudo-, ha llegado la hora. ¿Nos prestarás tu apoyo en la batalla?

–¿Por qué lo preguntas? Lo sabes de sobra.

 

–Sí. – Dejó un instante la espada sobre su muslo y me apretó el brazo con la mano sana-. Adiós, Tegid.

 

–Que todo vaya bien, hermano -repliqué abrazándolo.

 

Se alejó y ocupó su puesto a la cabeza de sus guerreros. Poco después, alzó la espada en silenciosa señal y los guerreros comenzaron a descender desde el risco hacia el valle. Pronto desaparecieron entre los árboles, y los perdí de vista.

 

Caminé por la cresta de Druim Vran hasta encontrar una peña donde encaramarme para ser visto desde el valle. Me encaramé a la roca y aguardé a que la batalla comenzara.

 

Un pálido pero bochornoso sol llenaba el valle de una blanquecina calima; el río se deslizaba como una negra y ponzoñosa mancha. Mi atención se concentró en el río, espeso y enturbiado por una repugnante espuma. Formaba una barrera natural en el valle; no era un obstáculo insalvable, ni mucho menos, pero comprobé que el enemigo se mantenía lejos de las orillas. Los hombres, acampados a ambos lados del pestilente cauce, se guardaban muy bien de acercarse. Nadie iba a beber agua, naturalmente, y nadie intentaba cruzarlo.

 

Con los ojos de la mente, escruté el anchuroso valle en busca de algún pedazo de tierra sin ocupar, pero no distinguí ni uno. Todo el valle rebullía con la horda enemiga y seguían entrando guerreros por la estrecha boca de la cañada. Jamás se había visto en Albión un ejército tan numeroso.

 

Jamás. Me senté en la peña y contemplé el insólito y pavoroso espectáculo. Ni en los días de Nemed, ni siquiera en los días de Nuadha se había visto un ejército tan grande. Los hombres y los caballos eran incontables; las lanzas de los guerreros formaban un verdadero bosque de fresnos; las espadas refulgían al sol con el radiante brillo del mar, y los escudos eran más numerosos que las conchas de una playa infinita.

 

Scatha, nuestra astuta comandante en jefe, había decidido no emplear caballos…, una prudente estrategia dictada por lo desesperado de nuestra situación. Los caballos podrían proporcionarnos al principio una ventaja indudable, pero por otro lado facilitarían que el enemigo nos identificara, nos rodeara y nos rechazara. Nuestro plan de batalla estribaba en infiltrarnos entre las fuerzas de Meldron, encontrarlo y acabar con él; era, pues, mucho mejor emplear sólo soldados de a pie que, en el caos de la batalla, podrían deslizarse entre las tropas enemigas sin ser descubiertos.

 

Observé el pie del risco, donde esperaba ver las primeras señales del ataque. Scatha había decidido también no utilizar el toque del carynx.

 

–Ya se darán cuenta del ataque sin necesidad de que suene el cuerno de

 

batalla -había dicho-. Quizá tengamos tiempo de penetrar hasta el corazón mismo de la hueste de Meldron antes de que los que están al otro lado del río se den cuenta de lo que ocurre.

Ésa era nuestra única esperanza: llegar al centro de las tropas enemigas y hacernos fuertes allí. Así sembraríamos la confusión. Nos rodearían, sí; pero había tantos guerreros que, hiciéramos lo que hiciéramos, acabarían por rodearnos. Pero, si llegábamos hasta el centro del ejército enemigo, al menos habríamos logrado crear un pequeño campo de batalla y nuestros batallones no se verían aislados unos de otros.

 

Era, como ya he dicho, una táctica desesperada. Sin embargo, al observar las tropas enemigas acampadas en el valle, comprendí claramente la gravedad de nuestra situación. No había esperanza de vencer a Meldron. Como mucho, podríamos sólo… ¿qué? ¿Resistir su ataque? ¿Aplazar su inevitable victoria?

 

Calbha tenía razón: éramos un serpenteante arroyuelo que descendía de las montañas. La hueste del Salvaje Sabueso era, en cambio, tan vasta y profunda como el mar. Una vez comenzada la batalla, ese anchuroso mar nos tragaría y borraría para siempre nuestro rastro.

 

Mientras tal pensamiento tomaba forma en mi mente, oí el graznido de un cuervo que echaba a volar desde el risco. Dirigí mis ojos sin vista hacia el cielo y vislumbré las sombras de unas alas negras recortadas contra el amarillento cielo. Desvié inmediatamente los ojos para librarme de tal visión.

 

La voz de Gwenllian resonó entonces con nítida claridad en mis oídos. La banfáith había dicho:

 

«El sol se apagará como el ámbar, la luna esconderá su faz: la abominación contaminará la tierra. Los cuatro vientos se pelearán entre ellos con ráfagas terribles; el estruendo se oirá hasta en las estrellas. El Polvo de los Antepasados se alzará hasta las nubes; la esencia de Albión se dispersará y desgarrará en la lucha de los vientos.

 

»Entonces surgirá el Gigante de la Maldad y aterrorizará a todos con el hábil filo de su espada. Sus ojos vomitarán fuego; sus labios gotearán veneno. Con su enorme hueste asolará la isla. Todos los que se le enfrenten serán barridos por el río de perversidad que fluye de su mano. La Isla de la Fuerza se convertirá en una tumba.

 

»Todo esto va a sobrevenir por obra del Hombre Cínico, que, montado en su corcel de bronce, siembra un infortunio tan grande como calamitoso. ¡Alzaos, hombres de Gwir! ¡Empuñad las armas y enfrentaos a los hombres

 

malvados que hay entre vosotros! El fragor de la batalla será oído en las estrellas del cielo, y el Año Grande avanzará hacia su consumación final.»

 

Sí, todo lo que había predicho había sucedido. Pero la profecía acababa con un acertijo:

 

«Escucha, Hijo de Albión: la sangre nace de la sangre. La carne nace de la carne. Pero el espíritu nace del Espíritu y con él permanece por siempre jamás. Antes de que Albión sea una, debe ser realizada la Heroica Hazaña y debe reinar Mano de Plata.»

 

Mano de Plata era el nombre del paladín que iba a salvar a Albión. Era el nombre de Llew: Llew Llaw Eraint, de quien habían sido anunciadas maravillosas acciones.

 

Una voz acusadora se levantó dentro de mí: «¡Loco! ¿Qué has hecho?».

 

Había intentado forzar el cumplimiento de la profecía nombrándolo rey. Pero había fracasado. Meldron había echado por tierra las esperanzas de que pudiera reinar. La Ley de la Soberanía no puede ser desobedecida… por ninguna razón, por ningún hombre. Meldron, el Salvaje Sabueso, le había arrebatado la dignidad real al cortarle la mano.

 

«Y ahora -pensé contemplando el hediondo valle lleno de humo por el que se extendía el enemigo en mortal riada- la Isla de la Fuerza se ha convertido en una tumba.»

 

Oí unos pasos suaves detrás de mí. Antes de que pudiera darme la vuelta, sentí la mano de Goewyn posada en mi hombro.

 

–Quiero estar a tu lado, Tegid -dijo en un tono que no admitía réplica.

 

–Quédate -repuse-. Apoyaremos juntos a nuestros valientes.

 

Nos sentamos y aguardamos a que diera comienzo la batalla consolándonos con nuestra mutua presencia. Cuando por fin empezó el combate, fue como si se hubiera levantado una pequeña ola en el extremo del vasto océano de la hueste de Meldron. Vi un remolino, como el de la cresta de una ola justo al pie del risco; tuve que observar con atención para darme cuenta de que Scatha y sus hombres habían irrumpido entre el enemigo.

 

–¡Allí! – exclamó Goewyn-. Ya ha comenzado.

 

Los hombres de Calbha se sumaron a la lucha detrás y a la derecha de Scatha; Cynan lo hizo a poca distancia, por la izquierda. Los tres batallones empujaron a la vez entre las desordenadas filas de los enemigos, con más ímpetu y fuerza de lo que hubiera podido imaginar. Los enemigos parecían fundirse ante ellos y huían sin plantar batalla.

 

La Bandada de Cuervos atacó por la derecha, y se dirigió rápidamente hacia donde estaba Scatha. ¡Eran una auténtica maravilla! ¡Se movían a una velocidad vertiginosa! Vi claramente cómo Bran se lanzaba contra el enemigo barriendo a cuantos guerreros encontraba a su paso; Alun Tringad y Garanaw luchaban por mantenerse a su altura, y los restantes hombres de la Bandada de Cuervos seguían imparables a su jefe.

 

Al principio no vi a Llew. Pero Goewyn exclamó:

 

–¡Ya lo veo! A la izquierda, detrás de Cynan. ¡Allí está!

 

Con mi visión interior distinguí a Llew al frente de sus guerreros, volando al encuentro de Scatha. Los enemigos se apartaban ante ellos y luego cerraban filas una vez que habían pasado los atacantes.

 

Oí un grito en lo alto del risco, a la izquierda, y vi que la mitad de los habitantes de Dinas Dwr estaban asomados al risco mientras los demás procuraban apostarse en algún lugar desde donde poder contemplar la batalla. Incapaces de esperar el final del combate, habían venido a presenciarlo.

 

Los gritos se convirtieron pronto en un coro de entusiasmo. No sé si hasta los guerreros llegaban los gritos de valor de sus conciudadanos, pero lo cierto es que caían sobre ellos como una lluvia de sincero orgullo. Y por unos momentos pareció que lo imposible se había hecho realidad: empujados tan sólo por una valiente determinación, podríamos vencer al enemigo y expulsarlo del valle.

 

El ruido de unos guijarros a mi derecha me indicó que Nettles, con su habitual discreción, se había apostado a mi lado. Cynfarch, lanza en mano, llegó detrás y observó el valle con escrutadora mirada. Si lo sorprendió el contingente de fuerzas del Salvaje Sabueso, no dio la menor señal de ello.

 

–Ha empezado bien -comentó-. Pese a su número, están mal entrenados y organizados.

 

–Sí, ha empezado bien -asentí, pues jamás había visto una confusión semejante en un ejército-. Además, no se comportan como guerreros.

 

Al decirlo, me di cuenta de la causa: aquellos hombres no eran guerreros. Claro que no. ¿Cómo habría podido reunir Meldron una hueste tan numerosa? Si me hubiera detenido a reflexionar sólo un momento, habría advertido lo que ahora resultaba obvio: no había en Albión guerreros suficientes para conformar un ejército tan numeroso. Meldron había formado su hueste con los desgraciados que había sojuzgado: granjeros, artesanos, pastores y jóvenes inexpertos. Les había dado espadas y lanzas, pero, aunque

 

iban armados, no eran guerreros. Por eso, frente a la pavorosa desesperación de los nuestros, aquellos desventurados enemigos, inexpertos y mal entrenados, habían salido corriendo o habían sucumbido.

 

Ciertamente, aquello no era motivo de orgullo. Pero al ver al enemigo huyendo ante el rápido avance de los nuestros, el pueblo seguía gritando y vitoreando. El eco de la algarabía levantada en lo alto del risco descendía por las laderas hacia el valle en alborozada cascada. Con los ojos de la mente vi que el enemigo retrocedía, refluía como la marea empujada por el ímpetu de nuestro ataque. ¡Granjeros y pastores contra experimentados guerreros! No había gloria alguna en semejante victoria. Pero, por vergonzosa que fuera, me atreví a esperar que el potente y decisivo ataque de nuestros guerreros, que seguían avanzando hacia el corazón del invasor, convertiría la batalla en una fuga desenfrenada.

 

36

 

EL RÍO DE LA MUERTE

 

Calbha y Scatha penetraron hasta el mismísimo corazón de la hueste enemiga, pero no pudieron proseguir su rápido avance. Los enemigos, en franca retirada, se detuvieron de pronto junto a la orilla más próxima del río. Los jinetes de Meldron se habían enterado del ataque y habían tenido el tiempo suficiente para reunirse y llevar a cabo el primer intento de resistencia. Pese a ello, era tan grande el número de fugitivos y estaban tan aterrorizados que los jinetes no podían llegar hasta donde estaba el batallón de Scatha.

 

Los hombres de Cynan vieron también entorpecido su avance. Los mal entrenados enemigos, cuya retirada había sido cortada por sus propios jefes, se vieron forzados a dar la vuelta y encararse con el aplastante ataque de los galanaes. La confusión era tal y la masa de enemigos tan compacta que Cynan apenas tenía espacio para manejar la espada. Bran se veía en idénticas dificultades. Aunque no los podíamos ver demasiado bien, vislumbramos cómo la formación de los Cuervos, lanzas en ristre, penetraba con ímpetu entre las líneas enemigas con la intención de unirse a las fuerzas de Scatha, pero su avance era lentísimo.

 

–Pretenden luchar-observó Cynfarch-. Que el Dadga los proteja.

 

El batallón de Llew se esforzaba también por unirse al de Scatha y Calbha en el corazón del enemigo. Pero la irrupción de los jinetes de Meldron frenó

 

su avance, al igual que había sucedido con Bran y Cynan. En efecto, la indisciplinada masa de soldados de Meldron hacía las veces de un auténtico muro de contención y entorpecía el ataque de Llew; una masa informe de adversarios lo separaba de Scatha.

 

Pero, del mismo modo que los nuestros no podían proseguir su ataque, tampoco los enemigos podían rechazarlo. La batalla parecía haber llegado a un punto muerto. Como encontradas corrientes del mar, aquellos improvisados y desventurados soldados se movían en oleadas que chocaban entre sí: unos eran empujados contra los atacantes, otros intentaban huir. Y nuestros batallones eran como islotes aislados por aquel caótico reflujo.

 

El carynx resonó al otro lado del valle. La noticia del ataque había llegado hasta los jefes de guerra del enemigo, que se apresuraron a dar la alarma. Pero, como habían cometido la estupidez de quedarse al otro lado del río, no podían dirigir a sus inexpertos guerreros, que se debatían en la mayor confusión.

 

Bran no tardó demasiado en encontrar una salida. Juzgando imposible abrirse paso entre aquella maraña, se cubrió con el escudo y avanzó aplastando a todo el que encontraba a su paso. Los Cuervos siguieron a su jefe y no tardaron en abrir un sendero a través de un amasijo de caídos. Avanzaban por un camino viviente; no me cabe duda de que sus pies no tocaban el suelo.

 

–¡Lo han logrado! – exclamó Goewyn cuando la Bandada de Cuervos se hubo reunido con Calbha y Scatha en el corazón de las fuerzas enemigas-. ¡Y ahora lo intenta Cynan!

 

El enemigo se precipitó al espacio que los Cuervos acababan de abandonar. Cynan debió de darse cuenta del movimiento e intuitivamente se dispuso a aprovecharlo. Primero a empujones y luego con un imparable ímpetu, se lanzó entre los enemigos como un toro furioso en medio de un rebaño; muchos perecieron bajo su espada. El ímpetu de su ataque logró que sus hombres pudieran llegar al círculo que habían despejado y donde se habían hecho fuertes Scatha y los Cuervos.

 

–Ahora sólo queda Llew -dijo Goewyn apretándome la mano mientras observaba con expresión ansiosa aquella turbamulta.

 

–Los caballos se lo impedirán -comentó Cynfarch agitando su lanza-. No podrá moverse.

 

Incapaces de llegar hasta el centro de su ejército, los jinetes enemigos

 

habían dado la vuelta y se dirigían bordeando la multitud hacia donde estaba Llew, que, efectivamente, no podía unirse a sus compañeros de armas en el corazón de la hueste enemiga. El batallón de Llew se encontraba aislado del grueso de nuestras tropas y tendría que luchar solo hasta que encontrara modo de abrirse camino entre los jinetes.

 

Aunque el sol ardía en el mortecino cielo, sentí que una sombra caía sobre mí.

 

–Necesitan caballos -murmuró Cynfarch-. Y carros. ¡Caballos y carros! Los jinetes seguían avanzando hacia donde se encontraba Llew. Era

 

evidente que pronto comenzaría el combate. Goewyn también se dio cuenta. Me apretó el brazo; sus uñas se clavaron en mi piel. Oí un agudo golpeteo y

 

vi    que Nettles, asiendo nerviosamente una piedra en su puño, la golpeaba contra la peña en la que estaba sentado y contemplaba con ojos desorbitados el campo de batalla.

 

Los jinetes se acercaban más y más. Bran, Scatha, Cynan y Calbha estaban rodeados y Llew no podía hacer nada por detener la carnicería. Me tocaba actuar a mí. Me puse en pie. Así mi vara y la alcé hacia el sofocante sol. Como Bardo Supremo de Albión, invoqué el poder del Taran Tafod y lo envié en ayuda de nuestros guerreros.

Con la vara en alto alcé mi voz hacia los cielos y hacia las fuerzas que residían más allá:

 

–Gwrando! Gryd Grymoedd, Gwrando! – grité con todas mis fuerzas-. Gwrando! Nefol Elfenau, Gwrando! Erfyn Fygu Gelyn! Gwthio Gelyn! Gorch Gelyn! Gwasgu Gelyn!

 

Las palabras se articulaban en mi boca y brotaban de mis labios como llamas; respiraba fuego. Mi voz ya no era la mía, sino la voz de la Palabra que sostiene todo lo creado. Me vacié de todo pensamiento y me convertí en un vibrante junco agitado por el viento.

–Gryd Elfenau A Nefol Grymoedd! Gwrando! Gorch Gormail Fygu! grité oyendo sólo el sonido del Taran Tafod tan agudo como un carynx.

Aspiré aire, abrí la boca y dejé que las palabras de la arcana y sagrada lengua fluyeran desde lo más profundo de mi corazón.

 

–Nefol Elfenau, Gwrando! Erfyn Fygu Gelyn! Gwthio Gelyn! Gorch Gelyn! Gwasgu Gelyn!

 

Se levantó una fuerte brisa; la sentí en el rostro.

 

–Gwrando, Gryd Nefol Elfenau! Erfyn Gwrando! Erfyn Nefol! Gorch

 

Gormail Fygu!

 

Grité con el atronador bramido del toro. El viento arreció agitándome las mangas mientras sostenía en alto la vara con los brazos muy rígidos. Eché la cabeza hacia atrás y dejé que el trueno del Taran Tafod estallara a su voluntad.

 

Y, en respuesta a mi grito, oí el rugido del viento que soplaba desde los cuatro puntos cardinales. Oscuros nubarrones ocultaron el sol y cedió el seco calor del día. El ardiente y blanquecino cielo fue palideciendo bajo un palio de humo y nubes…

 

«… El sol se apagará como el ámbar…»

 

El viento arreció, ululó, se enfureció. Una fría ráfaga me azotó el rostro, otra me golpeó la espalda y las piernas. La gente gritó asustada y se echó atrás. Cynfarch se dejó caer al suelo a mi lado, y Goewyn se abrazó a mis piernas, tanto para sostenerme como para protegerse ella misma. Nettles se acurrucó junto a mí.

 

«… Los cuatro vientos se pelearán entre ellos con ráfagas terribles…» Los vientos se desataron furiosos en el cielo y ulularon en el valle;

 

arrastraban piedras y ramas, levantaban columnas de polvo que se elevaban en oscuros y ondulantes remolinos.

 

«… El Polvo de los Antepasados se alzará hasta las nubes…» Goewyn se aferraba con todas sus fuerzas a mis piernas; Cynfarch se

 

apoyaba en el astil de su lanza para guardar el equilibrio. Allá abajo, en el valle, los guerreros enemigos eran presa del terror y de la confusión. Gemían y gritaban angustiados, aturdidos por aquella sobrenatural galerna.

 

«… La esencia de Albión se dispersará y desgarrará en la lucha de los vientos…»

 

Al otro lado del ponzoñoso río resonaron los cuernos de batalla del enemigo, pero su estruendo se perdió entre la impetuosa furia de la galerna. El cielo se oscureció en un falso crepúsculo; brillaban estrellas entre los jirones de nubes. Los caballos, asustados, relinchaban y piafaban pateando a los jinetes bajo sus cascos. Los gritos de terror de los hombres se mezclaban con los gemidos de los moribundos; el fragor de las lanzas contra los escudos atronaba la bóveda celeste. Nuestros valientes guerreros seguían luchando incansablemente; sus espadas rechinaban a cada golpe.

 

«… El fragor de la batalla será oído en las estrellas del cielo…»

 

La oscuridad invadió mi visión interior. La ceguera me reclamaba otra

 

vez. Entre el bramido de la tempestad oía el estrépito de las armas y los gritos de los hombres, pero ya no podía ver lo que estaba sucediendo en el campo de batalla.

–¡Goewyn! – grité-. ¡Goewyn! ¡Escúchame! ¡No puedo ver! Me pasé el bastón a la mano izquierda, tendí la derecha hacia la

 

muchacha y la ayudé a ponerse en pie. Goewyn se abrazó a mí y juntos arrostramos la galerna. Nettles asumió la tarea de ayudarme a sostenerme de pie; se puso de rodillas y se abrazó a mis piernas con todas sus fuerzas.

 

–¡He perdido mi visión interior! – grité-. Mira por mí, Goewyn; sé mis ojos.

 

–¡Es horrible, Tegid! Son muchos… No veo a Llew… ¡Ahora sí! ¡Allí está! Ya lo veo. Y a sus guerreros. Los jinetes los han alcanzado, pero ellos resisten. Los caballos están asustados; piafan y patean… Es tremendo; los jinetes no pueden combatir desde la silla. Nuestros guerreros los están masacrando… Es una lucha muy cruel.

 

–¿Y los Cuervos?

 

–Los veo -dijo ella-. Veo a Bran. Están avanzando… Intentan llegar hasta Llew. Pero los jinetes enemigos están delante de ellos, y van llegando aún más.

 

–Están aislados -añadió Cynfarch-. Los Cuervos no pueden ayudar a Llew.

 

–¿Y Cynan? ¿Qué hace? ¿Lo ves?

 

–Sí, lo veo… -empezó a decir Goewyn.

 

–Está a la cabeza de sus hombres -la interrumpió Cynfarch-. Está luchando. Todos están luchando.

 

–¿Y el enemigo? ¿Resiste?

 

–El enemigo ha rodeado a los nuestros. Scatha está en el centro del círculo. Calbha a su derecha. Cynan a su izquierda. Bran también está a la izquierda -repuso Cynfarch alzando la voz para hacerse oír a través de la galerna.

 

–Huyen a cientos, a miles -añadió Goewyn-. No quieren luchar. Pero sus Jefes de Batalla los fuerzan a resistir. Golpean con sus lanzas, pero con escaso resultado.

 

–¿Cuántos hombres hemos perdido? ¿Cuántos han muerto o están heridos?

 

–Creo… -comenzó Goewyn, e hizo una pausa para hacer un rápido

 

cálculo-. El enemigo ha sufrido muchas bajas… pero resiste. No puedo calcularlo, Tegid. Creo que hemos perdido algunos, pero no demasiados.

 

Me pesaba la vara; me dolía el brazo de sostenerla sobre mi cabeza. El viento arrancaba lágrimas de mis ojos sin vista. Así con fuerza la vara y procuré dominar mi tembloroso brazo. Con la lengua secreta de los bardos invoqué a la Mano Segura y Certera para que socorriera a nuestros guerreros.

 

–Dagda Samildanac! – grité-. Gwrando, Dagda! Cyfodi GwrGwir, Sicur Llaw Samildanac! Cyfodi A Cysgodi, Dagda Sicur Llaw! Gwrando!

 

El vendaval rugía risco abajo; sus ráfagas eran heladas, su fuerza tremenda. Me temblaban brazos y piernas con el poder que se había desencadenado en torno. Oí el luminoso estallido de un rayo y la fragorosa respuesta de un trueno. Se me estremeció el alma; la tierra vaciló bajo mis pies. Lo único que podía hacer era resistir el embate de la tempestad.

 

–¡Tegid! – exclamó Goewyn apretándose contra mí-. Retroceden…, ¡el enemigo está retrocediendo!

 

–¡Dime lo que ves, Goewyn!

 

–Hwynt ffoi! – gritó Nettles-. ¡Huyen!

 

–Se precipitan hacia el río -confirmó Goewyn-. ¡Escapan!

 

La galerna arrancaba de sus labios las palabras antes de que las articulara.

 

Así el bastón por un extremo y lo alcé apuntando al cielo.

 

–Daillaw! Gwasgu Gelyn! Gorch YrGelyn!

 

De nuevo sentí un pálpito vibrante en las manos y en los brazos, en las piernas, en los huesos y en la sangre. Pese a la fuerza del vendaval, sentí que el aire se estremecía en torno y que los cielos se sacudían.

 

La vara que sostenía en la mano se incendió y mis pulmones aspiraron un aire caliente que olía a chamusquina, al tiempo que el fragoroso bramido de un trueno estallaba sobre mi cabeza. Mi cráneo se estremeció, y el corazón dejó de latirme en el pecho. Una deslumbradora luz blanca se encendió dentro de mi cerebro.

 

Me pareció que estaba volando, como un águila; me elevaba más y más internándome en la tempestad que estremecía el cielo, sacudido por la violencia del vendaval. Muy lejos, allá abajo, vi el campo de batalla. Vi que en él pululaban hombres; pero no me parecían hombres: eran olas de un agitado mar que se levantaban y rompían. Lo veía todo con los agudos ojos de un águila; luego comencé a perder altura poco a poco.

 

El humo no me permitía ver. Seguía cayendo. Y, cuando me pareció que

 

iba a chocar con la tierra, el humo se despejó y me di cuenta de que me encontraba en el valle, en medio de la batalla. A mi alrededor los hombres huían con los ojos desorbitados por el terror, se empujaban, tropezaban, pisoteaban a los que habían caído. Corrían hacia el río y se precipitaban en sus emponzoñadas aguas impelidos por el desesperado afán de escapar.

 

Enloquecidos, aterrorizados, saltaban desde los bancales a la putrefacta corriente. Los primeros enemigos, con el agua a la altura de los muslos, avanzaban por la pestilente corriente con la intención de llegar a la otra orilla sanos y salvos. Pero, tras dar algunos pasos, se detuvieron porque sobre ellos había caído un nuevo horror.

 

Con las bocas abiertas, se dieron la vuelta y gritaron algo a sus compatriotas en desesperada agonía. Sus gritos eran estremecedores. Pero más horrible aún era la visión de sus arrugadas y supurantes carnes.

 

En efecto, donde los alcanzaba el agua envenenada, la piel se les apergaminaba, se les llenaba de llagas que supuraban sangre y pus. Repugnantes llagas les enrojecían las manos, brazos, muslos y piernas. El veneno les salpicaba los ojos, el cuello, el pecho y el rostro. El gemido pavoroso del vendaval se mezclaba con los gritos de dolor de los hombres que iban cayendo en aquellas mortíferas aguas.

 

Los infelices se tambaleaban y perdían pie. Los que caían en el río no volvían a levantarse. Pero, aunque el aire estaba invadido de tremendos chillidos que debían de haberles servido de aviso, los enemigos seguían precipitándose en la mortífera corriente y eran mutilados y matados por el cruel veneno. Las negras aguas se iban tiñendo de sangre.

 

Los hombres, con las carnes ulceradas, se esforzaban por alcanzar la otra orilla gritando y gimiendo de dolor como animales. Pero tampoco podían retroceder: la presión de los fugitivos los empujaba, los obligaba a enfrentarse con aquella pavorosa muerte. El negro río estaba lleno de cuerpos flotantes. Ninguno de los que caían en su cauce lograba llegar a salvo a la otra orilla.

 

El horror de tan extraña y terrible forma de morir alarmó a los que estaban junto a la orilla y su pánico aumentó la confusión reinante. Los hombres soltaban las armas y se dejaban caer al suelo: se hubiera dicho que estaban muertos a no ser por el temblor de sus miembros. Al otro lado del río los hombres contemplaban boquiabiertos el tremendo portento.

 

Aparté mi vista de tan desolador panorama y busqué a nuestros guerreros:

 

Llew, Bran, Scatha y Cynan. A mi alrededor sólo vi hombres que huían enloquecidamente. Las armas se estrellaban contra el suelo. Aterrorizados, los enemigos abandonaban la lucha con la esperanza de escapar con vida. Pero no había ni rastro de nuestros valientes guerreros.

 

–¡Llew! – grité dando un paso al frente.

 

Tropecé con un cuerpo y caí de bruces. Antes de que pudiera levantarme noté que alguien me cogía por el brazo…

 

–¡Tegid!

 

Varias manos tiraron de mí. Goewyn y Nettles me agarraban con fuerza como temiendo que el viento pudiera arrastrarme.

 

En mis oídos resonó el eco de un trueno que estallaba y retumbaba en el valle. Jadeante, recuperé el aliento y me puse de rodillas. Traté de levantarme, pero las piernas no me sostenían. Nettles me asió por los hombros y me ayudó a tenerme en pie.

 

Goewyn se acercó aún más a mí. Sentí que me posaba las manos en la cara. Me habló, pero su voz me pareció lejana y débil. Me zumbaban los oídos. De nuevo estaba ciego.

 

–Mi vara… Yo… ¿Dónde está mi vara?

 

Tendí las manos hacia delante y busqué a tientas por el suelo.

 

Goewyn me cogió las manos.

 

–Estás herido, Tegid. Tu vara ha desaparecido.

 

–Ayúdame a ponerme en pie.

 

Goewyn llamó a Cynfarch y entre los tres me levantaron. Me dolían las manos, me escocían, me temblaban.

 

–¡Escuchad! ¡Oigo gritos! – exclamó Cynfarch-. ¡El río! ¡Están empujando a los enemigos hacia el río!

 

–La ponzoña reclama lo que es suyo -repuse, y les conté lo que había visto que les sucedía a los que intentaban escapar por el mortífero río-. Pero, mirad enseguida y decidme lo que veis. ¡Rápido!

–¡El río los está matando! – dijo Goewyn con voz ahogada.

 

–El viento ha amainado -observó Cynfarch-. La tormenta se aleja. –El awen también -acoté más para mí mismo que para los demás. Luego, cogiendo a Goewyn y a Nettles del brazo, les pedí: –Vamos, servidme de guías. Bajemos. ¡Deprisa!

Emprendimos el descenso desde el escarpado risco hasta el valle. Cynfarch iba delante; yo apoyaba mi mano en su hombro. Goewyn y Nettles

 

caminaban junto a mí y me sostenían porque mis piernas estaban aún muy débiles. Cuando llegamos al valle, el grueso de las tropas enemigas se había retirado hacia los bancales del río. Atrapados entre los guerreros y las mortíferas aguas, los hombres se detenían junto a la orilla para no morir en las emponzoñadas aguas. Muchos de ellos arrojaban las armas al suelo en señal de rendición. Pero los que eran guerreros de verdad hacían un último y desesperado intento de reagruparse y reemprender la batalla.

 

Atravesamos a toda prisa el valle, tropezando con los cadáveres de los infortunados que habían muerto aplastados por sus propios compañeros. Sus retorcidos miembros sobresalían de la tierra como tallos rotos; muchos ni siquiera tenían armas. Aun así, habían sido obligados a engrosar las filas del sanguinario Salvaje Sabueso.

 

Llegamos al lugar donde Llew había sido rodeado en los primeros momentos de la batalla y nos detuvimos a examinar los cuerpos que yacían en tierra. Las yerbas resecas estaban resbaladizas y el aire hedía a sangre. Encontramos a Rhoedd, que aún sostenía el carynx en sus manos, y a otros compañeros muertos; nuestro corazón se nubló de tristeza.

 

–¿Dónde está Llew? ¿Lo veis?

 

–Creo que está entre la turbamulta del río -respondió Goewyn-. Veo a gente luchando.

 

–Conducidme hasta allí -dije.

 

No habíamos dado ni diez pasos cuando Cynfarch se detuvo de pronto. –¿Qué sucede? – pregunté con impaciencia- ¿Qué has visto?

 

–Yo también lo he visto -respondió Goewyn-. Es polvo. Nubes de polvo que se levantan a lo largo de la cañada… -¡Jinetes! – la interrumpió Cynfarch. En ese preciso instante oí que la tierra retumbaba. – ¡Es Meldron!

 

37

 

LA DERROTA

 

Meldron cabalgaba al galope hacia el valle precedido por el atronador estrépito de los cascos y el pavoroso sonido del cuerno de batalla. Mi visión interior se despertó con el estruendo y vi que el Salvaje Sabueso atravesaba la llanura con un batallón de quinientos guerreros. El príncipe iba montado en un carro, rodeado por la flor y nata de sus hombres: cincuenta jinetes de su Manada de Lobos. Siawn Hy cabalgaba junto a Meldron. El traidor Paladyr no estaba con ellos, pero sin duda no debía de andar muy lejos.

 

Habían dado un rodeo por las montañas para esquivar el río, y ahora se precipitaban al campo de batalla sorprendiéndonos por detrás. Cuando nuestros Jefes de Batalla se volvieron para enfrentarse al enemigo, ya los tenían prácticamente encima. No hubo tiempo para organizar una defensa efectiva, ni tampoco para replegarse ni para reordenarse.

 

Toda esperanza se había desvanecido incluso antes de que blandiéramos las armas ante aquella nueva amenaza.

 

Aun así, Bran y Scatha plantaron valientemente cara al enemigo. Si hubieran sido alertados, ¡quién sabe lo que habrían podido conseguir! En efecto, Bran derribó de un golpe a tres jinetes y Scatha dio buena cuenta de cuatro sin darles siquiera tiempo de que apreciaran su habilidad.

 

Pero Meldron no iba a conformarse con vencernos simplemente, cosa que le habría resultado demasiado fácil. Había planeado algo más divertido. En lugar de lanzar al combate a sus hombres, los agrupó en filas y formó un muro de contención en torno a nosotros. Luego, despacio, comenzó a empujarnos paso a paso hacia el río. Los enemigos a quienes nosotros habíamos impelido hacia el río fueron haciéndose a un lado de modo que nuestros guerreros se encontraron acorralados entre las mortíferas aguas y un denso bosque de lanzas.

 

Bran arremetió con arrojo contra un guerrero que se había acercado con excesiva imprudencia; derribó al jinete y saltó a lomos del animal. Durante unos instantes pareció que podría romper las filas del enemigo; la Bandada de Cuervos se dispuso a seguirlo, pero las patas del animal fueron cortadas desde abajo, y Bran cayó bajo el caballo.

 

Goewyn, de pie, a mi lado, gritó desafiante mientras los enemigos dominaban al Cuervo y lo hacían prisionero. La muchacha podría haberse ahorrado el aliento, porque todos corrimos enseguida la misma suerte. De forma ignominiosa fueron desarmados los intrépidos guerreros; uno a uno los Cuervos fueron arrojados al suelo a golpe de lanza y despojados de sus armas; les ataron las manos a la espalda y fueron encadenados unos a otros con gruesas sogas en el cuello.

 

El batallón de Cynan tuvo que soportar idéntica humillación. Los que resistieron o trataron de huir fueron golpeados hasta perder el sentido, o les cortaron los tendones de los brazos para que no pudieran sostener nunca más sus armas. Cuando hubieron dejado fuera de combate a Cynan y le hubieron confiscado sus armas, les tocó el turno a Scatha y a Calbha.

 

Meldron apareció sólo después de que todos fuimos hechos prisioneros.

 

El Salvaje Sabueso dejó oír su voz entre la jauría de Lobos.

 

–¿Esto es todo de lo que sois capaces? – gritó-. ¿Es ésta la invencible hueste de Llew?

 

–¿Dónde está Llew? – susurró con angustia Goewyn-. No lo veo.

 

–Yo tampoco.

 

Cynfarch, que a mi lado luchaba por contener su furia, dijo: –Creo que está allí…, en el centro. ¿Por qué no ofrece resistencia? –Me voy con él -anuncié abriéndome paso hacia donde había indicado

 

Cynfarch.

 

Goewyn me acompañó cogida fuertemente de mi mano. Nettles, temblando, caminaba silencioso junto a mí. Un áspero grito y una punta de lanza en mi espalda nos detuvieron. Ya no podíamos avanzar más.

 

–¿Lo ves? – preguntó la muchacha.

 

–No -repuse.

 

Meldron también se estaba preguntando dónde se había metido Llew. –¡Llew! – rugió-. ¿Dónde estás? Muéstrate de una vez, si es que no tienes

 

miedo. He venido a buscarte, Llew. ¿Así es como recibes a tu rey? La voz de Llew se oyó entre sus hombres.

 

–Aquí estoy, Meldron.

 

–Sal de ahí para que pueda verte -ordenó Meldron-. Es inútil que te escondas de mí, condenado tullido. ¿Tendré que matar uno a uno a tus hombres para encontrarte?

 

Oí maldecir a los guerreros; la piña de prisioneros se movió ligeramente.

 

–No -susurró Nettles-. Aros ol, Llew. No salgas.

 

–¡No lo hagas! – gritó Calbha, y recibió un golpe de lanza en los dientes. Cayó al suelo; sus hombres hicieron un amago de socorrerlo pero fueron

 

inmovilizados por una doble hilera de lanzas.

 

–Estoy aquí -respondió Llew apareciendo entre los prisioneros-. No pretendo esconderme de ti, Meldron.

 

–Has llegado muy lejos -gruñó Meldron desde su carro-. ¿Es que pensabas que no vendría a sofocar tu insignificante rebelión? ¿Pensabas que podrías escapar de mí? Tengo que vengar mi honor.

–¿Honor? – repitió en tono frío Llew-. Me extraña que conozcas el significado de esa palabra.

 

–¡Atadlo! – gritó Meldron, y al instante fue obedecido.

 

Rodeado por sus hombres, con su adversario desarmado y atado, Meldron se sintió lo bastante seguro como para enfrentarse cara a cara con Llew. Ardí en cólera al contemplar la altiva expresión de su rostro y el contoneo con que se acercó a Llew.

 

–Morirás por lo que has hecho.

 

Llew no se dignó contestar.

 

–¿No dices nada? – se burló Meldron con arrogante sonrisa.

 

La vanidad del Salvaje Sabueso había aumentado considerablemente; parecía sumamente complacido de sí mismo. Se acercó, golpeó el muñón de Llew y se echó a reír. Luego, mirando a uno y otro lado, gritó:

 

–¿Dónde está tu bardo ciego? ¿Dónde se esconde Tegid? ¿Acaso teme recibir el castigo que merece por haber participado en esta traición?

 

Al momento, di un paso al frente y respondí en voz bien alta:

 

–Sólo hablas de miedo y de escondites, Meldron. Es evidente que un cobarde ve la cobardía en todos los hombres.

 

Meldron se volvió hacia mí.

 

–¡Ah, Tegid!

 

Ordenó con un gesto que me llevaran ante él, y sus hombres me arrastraron violentamente; Cynfarch osó impedirlo, pero fue golpeado.

 

–No te veía…, pero tú tampoco me ves. – Se echó a reír, y la Manada de Lobos lo coreó-. Además de ciego eres un loco; sin duda has nacido bajo una doble maldición.

 

Esperé unos instantes a que sus hombres celebraran el insulto. Luego respondí.

 

–Es propio de enfermos imaginar en los demás su propia enfermedad. A modo de respuesta, Meldron me golpeó la boca con el revés de la

 

mano.

 

–Por lo que acabas de decir, morirás el último -gruñó acercando su rostro al mío- Morirás después que todos los demás.

 

En ese preciso instante vi algo que me heló el aliento en la garganta. Engarzado en oro y colgando de una tira de cuero, Meldron llevaba al cuello un fragmento de una piedra blanca: una Piedra Cantarina.

 

Mi mirada se clavó inmediatamente en Siawn Hy; ¡también él llevaba una! Todos los jefes de Meldron y los guerreros de la Manada de Lobos llevaban al cuello amuletos que contenían pedacitos de piedras. Pensando que la Canción de Albión los haría invencibles, se habían hecho talismanes con

 

las Piedras Cantarinas y todos los llevaban colgando al cuello. –¡Llevadlos al río! – ordenó entonces Meldron mientras se alejaba. Me ataron las manos a la espalda. Unos robustos brazos me cogieron y

 

me levantaron en vilo. Goewyn gritó y fue rápidamente silenciada.

 

–¡Meldron! – exclamó una voz.

 

Era Siawn Hy. Había estado aguardando, agazapado tras la sombra del usurpador. Intercambiaron unas palabras que no pude oír.

 

–Hace tiempo que deseo ver la ciudad encantada que ha construido Llew -declaró Meldron, separándose de su compinche-. ¿Creéis que alguien puede impedírmelo ahora? ¿No? Pues vayamos a verla de una vez.

 

Luego el Salvaje Sabueso ordenó a sus hombres:

 

–¡Traedlos! ¡Traedlos a todos! – gritó-. ¡Seguidme!

 

Fuimos arrastrados risco arriba. El ingente ejército enemigo tomó posesión de Druim Vran, profanando las sendas de nuestra recóndita cañada. Nuestro pueblo, en lo alto del risco, lloraba nuestra derrota. Sus lamentos llenaban el aire como los gritos de una madre cuyo hijo le ha sido arrebatado por la muerte. El llanto se propagaba por todo el valle y se clavaba en mi corazón como una daga.

 

Fuimos llevados a través del bosque hasta el lago. Nuestros jefes fueron atados de pies y manos y obligados a alinearse en la orilla. Yo quería acercarme a Llew, para enfrentarnos juntos a la muerte y morir desafiando a Meldron hasta el último momento.

 

Pero me habían atado las manos fuertemente y dos guerreros me vigilaban. No podía moverme. La muerte se acercaba; sentía sus negras alas revoloteando cada vez más cerca.

 

Dicen que el que arriesga todo no arriesga nada, y, como no tenía nada que perder, grité:

 

–¡Meldron! ¡Salvaje Sabueso de Destrucción! Azote y Plaga de Albión, ojalá vivas muchos años para que saborees el castigo que te has ganado con tus actos. ¡Abominable Usurpador! Te deseo una larga vida, Meldron, para que puedas gozar del odio que te has ganado, para que puedas deleitarte con la aversión que inspira tu nombre. ¡Regocíjate en la ruina que has desencadenado en la tierra!

 

Deseaba con toda el alma que mis palabras devinieran armas que lo atormentaran hasta mucho después de que su carne y sus huesos se hubieran convertido en polvo.

 

–¡Meldron! ¡Escucha mi maldición! ¡Rey de Sabuesos, recibe tu parte! – grité extendiendo las atadas manos hacia el ponzoñoso lago-. Llena tus pulmones de este hedor. Es una pestilencia exquisita, ¿no te parece? ¡Conserva el esplendor de tu reino, Meldron, Rey de la Corrupción, Príncipe del Veneno!

 

–¡Hacedlo callar! – gritó enfurecido Meldron.

 

Enseguida sentí un puñetazo en la mandíbula. Un segundo golpe me hizo echar la cabeza hacia atrás. Se me llenó la boca de sangre y caí de rodillas.

 

Cuando levanté la cabeza, vi las negras aguas del lago muerto que brillaban apagadamente bajo la luz del bochornoso sol. Llew estaba de rodillas a poca distancia, también junto a la orilla; le habían atado las muñecas, las rodillas y los tobillos. Meldron, inflado de satisfacción, se erguía ante él.

 

Detrás acechaba Siawn Hy con sus audaces ojillos y su aire de superioridad.

 

Busqué entre la multitud y distinguí a Bran y a Scatha al frente de los prisioneros. Calbha estaba muy cerca, con la cabeza abatida; sangraba por el cuello y el hombro. Los tres llevaban sogas en el cuello y tenían atados los pies y las manos. No vi a Nettles, pero sí a Cynfarch, que se erguía orgulloso junto a una desafiante Goewyn que echaba fuego por los ojos. Todos ellos iban a morir después de Llew.

 

Trajeron un bote. Meldron ordenó que Llew fuera subido a él, y cuatro guerreros de la Manada de Lobos lo levantaron en vilo y lo arrojaron al bote. Luego subió Meldron y ordenó que empujaran la embarcación para alejarla de la orilla.

 

Enseguida comprendí cuál era la perversa intención del malvado Meldron. Mi corazón me dio un brinco, como una bestia cautiva que intentara escapar de su jaula. Me debatí para ponerme en pie.

 

–¡Meldron! – grité.

 

De nuevo me abatió un tremendo puñetazo, y unas robustas manos me obligaron a poner la cara a pocos centímetros del agua ponzoñosa.

 

El Salvaje Sabueso quería matar a Llew a la vista de su pueblo. Quería que todos lo oyéramos gritar con su último aliento mientras las

 

aguas letales del emponzoñado lago le arrancaban la carne de los huesos. Meldron deseaba que todos vieran morir a Llew en horrible agonía, que todos lo vieran vencido, desfigurado, con el cuerpo convertido en un amasijo de

 

llagas sanguinolentas.

 

No me cabía la menor duda de que había sido idea de Siawn Hy; habíamos sido conducidos hasta el lago para ser torturados y asesinados en presencia de todo el pueblo de Dinas Dwr. El muy malvado quería que nadie abrigara la menor duda de que Llew estaba muerto y Meldron era el rey.

 

–¡Salvaje Sabueso! – grité-. ¡Te desafío! ¡Mátame primero a mí! Meldron me miró y se echó a reír, pero no se molestó en contestar. Intenté ponerme en pie. Me propinaron una patada y las manos que me

 

inmovilizaban no me soltaron. Sólo me restaba aguardar lo inevitable; no podía hacer nada por impedirlo.

 

Meldron empuñó los remos, y el pequeño bote avanzó lentamente hasta un punto fuera del alcance de los que estábamos en la orilla, pero lo suficientemente cerca para que todos pudiéramos contemplar el espectáculo. Luego, mientras Llew permanecía acurrucado a sus pies, se levantó y alzó la mano parodiando el gesto con el que un generoso rey ofrece un regalo a su pueblo.

 

El gesto me puso enfermo, porque me recordó a su padre, Meldryn Mawr, el más noble de los reyes de Prydain. Y no fui el único en encontrar ofensiva aquella pantomima, porque Bran gritó:

 

–¡Meldron! ¡Yo te maldigo! ¡Yo, Bran Bresal, te maldigo hasta la séptima generación!

 

El valiente Cuervo se debatió para soltarse y recibió una lluvia de golpes. Al ver a la chusma de Meldron golpear a tan noble guerrero, sentí que me hervía la sangre y solté un grito tratando de levantarme, pero me pusieron un pie en el cuello y me obligaron a pegar la cabeza al suelo.

 

Los guerreros cautivos rompieron a gritar ante la vergonzosa afrenta hecha a su Jefe de Batalla. Pero fueron rápidamente silenciados de forma cruel y vergonzosa por la Manada de Lobos. La chusma de Meldron se atrevió incluso a atacar a Scatha, pero los golpes no podían nada frente a su impávida dignidad; aunque la golpearon sin piedad, ella no hizo el menor gesto para cubrirse. Permaneció con la cabeza erguida, mirando a sus atacantes con tal ferocidad que no pudieron menos que dejar de pegarle; de este modo Scatha quedó a salvo de más humillaciones.

 

No veía a Cynan ni tampoco a la Bandada de Cuervos, pues la multitud de espectadores era inmensa. Sin embargo, no me cabía duda de que ellos, como todos los demás, seguirían la suerte de Llew. Sabía que ellos, lo mismo

 

que la muchedumbre en la orilla, estaban contemplando el pavoroso espectáculo que se desarrollaba ante nuestros ojos.

 

Meldron, henchido de orgullo y de autosatisfacción, estaba de pie en el bote con los brazos levantados. Los anillos y brazaletes de oro refulgían bajo el sol implacable.

 

–Pueblo -gritó desde las mortíferas aguas-, vais a ser hoy testigos de una victoria. Vais a ser hoy testigos de cómo un rey reúne a toda Albión bajo su protección. En efecto, ha sido vencido el último enemigo que me quedaba.

 

Sus palabras eran gusanos en la boca de un cadáver.

 

–¡Abrid bien los ojos! – continuó el Salvaje Sabueso-. Ya habéis visto cómo mis enemigos han sido destruidos. Habéis visto cómo aplasto a los que intentan utilizar contra mí la traición.

 

Meldron cogió a Llew de la mano y lo obligó a ponerse en pie ante él con la cabeza gacha como corresponde a un vencido.

 

–Ahora vais a ver qué hago con los que se levantan en armas contra mí - vociferó Meldron para que lo oyera bien la multitud congregada en la ribera del lago, tanto sus guerreros como los prisioneros-. Observad cómo llevo a cabo la venganza que sólo a mí me corresponde.

 

Llew alzó el rostro, irguió los hombros y miró a Meldron con expresión desafiante.

 

Meldron lo agarró por los brazos y lo obligó a que mirara a la multitud que los observaba desde la orilla. Luego, con una sonrisa diabólica en los labios, el Salvaje Sabueso apoyó las manos en la espalda de Llew y le dio un violento empujón. Llew cayó de cabeza al lago.

 

–¡No, no! – gritó Cynan.

 

Se había lanzado con violencia hacia delante, empujando con piernas y hombros, y había logrado llegar hasta el mismo borde del agua, donde gritó con desesperado desafío mientras sus captores lo derribaban.

 

–¡Llew!

 

El aire tembló con gritos de horror y consternación, tan agudos y penetrantes como el dolor que los inspiraba. Luego reinó el más espantoso silencio…

 

Llew se hundió al instante en las pútridas aguas. No se debatió, ni pateó, ni emitió los angustiosos gritos de dolor que habíamos oído en el río. Se oyó sólo un simple chapoteo y después un pavoroso silencio, mientras las letales aguas se ondulaban y volvían a aquietarse enseguida.

 

Meldron miraba fijamente el lugar donde había caído Llew. Parecía decepcionado por la rapidez de su muerte y la serenidad con que la había afrontado. Había esperado sin duda ofrecer un espectáculo más emocionante. Frunció los labios y se le ensombreció el rostro mientras contemplaba la superficie del mortífero lago.

 

Luego se volvió hacia la multitud congregada en la orilla. Alzó el brazo y vi que señalaba a Cynan como la próxima víctima.

 

Pero, en el preciso momento en que se daba la vuelta para mirarnos, llamó su atención una trémula luz en la superficie del emponzoñado lago. Yo también la vi: un débil resplandor, un destello como el que produce un pez plateado al saltar en un arroyo. Era evidente que algo se movía bajo las aguas del mortífero lago.

 

El brazo de Meldron vaciló. Sus ojos se clavaron en el lugar donde Llew había desaparecido. Su rostro expresaba a la vez frustración y expectación. ¿A lo mejor iba a poder disfrutar al fin de su venganza contemplando la agonía de su enemigo?

 

Creí ver otra vez el destello, aunque quizá sólo fue el reflejo del sol en el agua. Meldron seguía con los ojos clavados en el lago. Le temblaba el brazo como si estuviese viendo una maravilla.

 

Goewyn fue la primera en comprender lo que estaba sucediendo. Soltó un grito de asombro que sonó como la nota de un arpa que se propagara por las aguas. Con mi visión interior vi su rostro iluminado y sus ojos desorbitados de reverencial pavor. Seguí la dirección de su mirada y

 

contemplé un maravilloso portento.

 

La mano de un hombre emergía del agua.

 

Los demás también la vieron y todos gritaron de asombro y contento. Pero su alegría cesó de pronto. Los gritos se acallaron en todas las gargantas cuando los espectadores se dieron cuenta de que la mano no era de carne: era de fría y resplandeciente plata.

 

38

 

MANO DE PLATA

 

Una mano de plata, lustrosa y resplandeciente, emergía de las tranquilas y oscuras aguas. Sí, emergía del mortífero lago, y enseguida vi que tras la mano de plata surgía un brazo desnudo.

 

–¡Es Gofannon! – exclamó un hombre.

 

–¡Es Llyr! – gritó una mujer que llevaba en brazos un bebé.

 

El pueblo contempló boquiabierto cómo después emergieron una cabeza y unos hombros. No se trataba de Gofannon, ni de Llyr; la cabeza y los hombros de Llew emergían del lago.

 

Cuando apareció en la superficie, tenía los ojos cerrados; pensé que estaba muerto. Pero de pronto los abrió; aspiró una bocanada de aire, se sacudió del rostro las putrefactas aguas y comenzó a nadar.

 

La multitud retrocedió despavorida. En su memoria estaba aún fresco el recuerdo de los que habían perecido en las aguas envenenadas del río, pues habían presenciado su agonía y su muerte. ¡Pero Llew vivía!

 

Meldron no estaba menos aturdido que los demás, pero se sobrepuso enseguida. Oí el chasquido de metal que produjo su espada al ser desenvainada y vi el reflejo del sol en la desnuda hoja.

 

Alcanzó de un salto la proa blandiendo la espada en alto.

 

–¡Muere! – rugió.

 

Descargó el golpe con violencia asiendo la empuñadura con las dos manos; su rostro era una mueca de odio y rabia.

 

–¡Llew! – grité con todas mis fuerzas.

 

Llew se giró. No sé si alertado por mi grito o por sus reflejos de guerrero, se encaró con la espada que se cernía sobre él y alzó la mano para detener el asesino ataque de Meldron.

 

La espada cayó con la celeridad del rayo. Pero la mano de plata de Llew salió a su encuentro.

 

–¡Mirad! – gritó Cynan desde la orilla.

 

Aquella mano…, aquella mano de metal unida a un muñón de carne… detuvo el espadazo de Meldron. La mano de plata chocó con la espada. Se oyó un ruido como el del martillo al golpear el yunque.

 

La hoja de la espada saltó en pedazos, que cayeron al agua. La hoja se había roto y también el brazo de Meldron.

 

El hueso produjo un chasquido sordo, y Meldron miró horrorizado cómo el brazo se le doblaba entre la muñeca y el codo. Dejó caer la espada y soltó un agudo grito que resonó en el aire. Pero, al tiempo que se agarraba el fracturado brazo, perdió pie.

 

–¡Salta! – exclamó Siawn Hy.

 

Un salto le habría salvado la vida, pero era tarde. El bote se tambaleaba aún por efecto del violento espadazo, y Meldron cayó al agua con los ojos

 

desorbitados por el terror y la boca abierta en un grito de desesperación. Tuvo su merecido, pero su muerte no produjo júbilo alguno entre los

 

espectadores. Se debatió desesperadamente mientras se lo tragaba el negro cieno. Como les había sucedido antes a muchos de sus desventurados servidores, su piel se arrugaba y se agrietaba, se le formaban verdugones y sanguinolentas úlceras, la carne se desprendía de los tendones y éstos, de los huesos.

 

Se retorcía salvajemente aullando de dolor mientras se arañaba la carne como si quisiera arrancársela. Su garganta emitió un grito estremecedor. Se debatió y agitó como si le estuvieran clavando lanzas, y los cabellos se le cayeron en repugnantes mechones. Abrió desmesuradamente la boca y tomó aliento para emitir un último y torturado alarido. Pero el agua, corrupta y putrefacta, le entró por la boca, y el malvado príncipe se ahogó con sus propios gritos. Su cabeza se estremeció de forma horripilante mientras la muerte acababa con su vida.

 

Luego se hundió en las putrefactas aguas. Poco después su cuerpo apareció flotando en la superficie; sus ojos sin vida miraban fijamente la inmensidad del cielo.

 

Llew se dirigió a la orilla; nadó un trecho hasta tocar pie. Sus ropas y ligaduras habían desaparecido, corroídas por el ponzoñoso veneno. Se erguía ante nosotros completamente desnudo, sin mancha, sin la menor herida. Su piel era lisa y perfecta, sus miembros robustos y sólidos. Alzó la mano de plata y la examinó con asombro. Avanzó unos pasos; los guerreros de Meldron retrocedieron. Sentí que las manos que me agarraban por la espalda me soltaban. Me puse en pie y eché a correr torpemente sobre la pedregosa playa. Mientras corría, no cesaba de llamar a mi amigo.

 

Llew estaba aún en el lago, a poca distancia de la orilla, chorreando agua, aturdido por lo que acababa de sucederle; se detuvo. Yo me puse justo frente a él y le grité otra vez:

 

–¡Llew! ¡Sal del agua!

 

Cynan se había puesto en pie y lo miraba aturdido sin dejar de mover la cabeza.

 

–¡Está vivo! – gritó Goewyn echando a correr hacia mí. Tenía un cuchillo en las manos y procedió inmediatamente a cortarme las ligaduras-. ¿Por qué no sale del agua?

 

–No lo sé -respondí con los ojos clavados en Llew, que se erguía frente a

 

nosotros con la mano de plata levantada.

 

Cynan le tendió a Goewyn las manos, y la muchacha se apresuró a liberarlo. El príncipe dio dos rápidas zancadas hacia el lago.

 

–¡Mirad! ¡El agua! – exclamó.

 

Mi visión interior se dirigió a donde señalaba. Vi a Llew de pie, como antes; no se había movido. Pero, en torno a él, el agua que se ondulaba en rizadas ondas como un anillo que se fuera agrandando estaba completamente limpia. También se había purificado entre él y la orilla; el anillo de agua límpida se extendía por el lago con singular rapidez.

 

La pestilente plaga cedía, se desvanecía, se disolvía empujada por las ondas de agua limpia que se formaban alrededor de Llew, cuya presencia parecía brillar como un sol que, en un cielo turbio, disipa la niebla y las nubes y disuelve la oscuridad con el resplandor de su luz.

–La curación está en el agua -murmuró Goewyn con lágrimas en los ojos.

 

Con sus palabras resonando en mis oídos eché a correr hacia Llew.

 

–¡Tegid! – gritó Cynan haciendo ademán de detenerme.

 

Di dos pasos, tropecé y caí de bruces al lago. Las aguas me cubrieron la cabeza y sentí picor en los ojos. Saqué la cabeza jadeando y me froté los ojos con ambas manos. Una resplandeciente luz me deslumbraba los ojos. Pestañeé.

 

Todo apareció ante mis ojos como lo había visto antes con los ojos de la mente, pero ahora veía mejor, más clara y nítidamente que antes. Mi visión interior y mi vista habían convergido: ¡podía ver! Una luz resplandeciente, deslumbradora, brillante, gloriosa penetraba por mis ojos; los cerré y la luz se apagó. Era cierto. ¡Estaba curado!

 

Cynan se metió en el lago detrás de mí. De un salto alcanzó a Llew y lo abrazó con todas sus fuerzas. Goewyn se apresuró a unirse a ellos. Besó a Llew y lo estrechó entre sus brazos.

 

Me levanté, corrí hacia Llew y lo toqué con mis manos. –¡Estás vivo! – exclamé-. Meldron ha muerto y tú estás vivo. –¡Todo ha terminado! – declaró Cynan-. ¡Meldron ha muerto! Goewyn volvió a besar a Llew, y otro tanto hizo Cynan. Llew

 

correspondía a sus muestras de cariño como aturdido. Nos tendió la mano de plata, y yo la cogí entre mis manos. El metal era frío, pulido como un espejo y muy brillante. Los dedos estaban ligeramente curvados y la palma abierta en un gesto de súplica o de ofrenda.

 

La plata estaba cubierta de espirales, círculos y nudos entretejidos, dibujados en la superficie de metal. En la palma estaba el Mor Cylch, el Círculo de Danza, el laberinto de la vida. Pestañeé, todavía inseguro de mis ojos, y toqué con mis dedos el sagrado emblema, comprobando el soberbio y perfecto dibujo de aquellas líneas entretejidas. Tenían un diseño exquisito, y las incisiones estaban repujadas de oro. Era la obra de un artista de fabulosa originalidad y portentosa habilidad, la obra del más perfecto de los herreros.

 

Acaricié el laberinto y recordé las palabras de una promesa que nos habían hecho: «Os concederé el don de tu canción».

 

Y en mi mente apareció la imagen del que las había pronunciado: Gofannon, el señor del bosquecillo, el Artífice de la Forja. Yo le había hecho el regalo de mi canción, y él, para corresponder, me había hecho el regalo de mi visión interior. Llew había cortado leña para él, pero no había recibido nada a cambio aquella noche.

 

«Os concederé el don de tu canción», había prometido Gofannon, y ahora en Llew se cumplía su promesa. Porque la canción que yo había cantado aquella noche era la Canción de Bladudd, el príncipe deforme. ¡Oh! ¡Qué torpe y necio había sido! Sin duda había cantado aquella noche para la mismísima Mano Segura y Certera.

 

–¡Salud, Mano de Plata! – dije llevándome el dorso de la mano a la frente-. ¡Tu servidor te saluda!

 

Con regocijado chapoteo, el pueblo de Dinas Dwr dejó a un lado el miedo y se lanzó al lago, cuyas aguas estaban ya completamente limpias. Cogían agua con las manos, se la llevaban a la boca y bebían hasta saciarse; se la derramaban sobre la cabeza para refrescarse, se lavaban y se limpiaban. Los niños chapoteaban y triscaban como atolondradas ovejitas.

 

Guiados por la sed y vencidos por la contemplación de aquellas límpidas aguas, los enemigos soltaron las armas y se sumaron al regocijo general. Escudos, cascos, espadas y lanzas caían en la playa pedregosa y eran pisoteados por la multitud que se precipitaba al lago. Los guerreros enemigos que no eran en realidad guerreros no se contentaban con abandonar sus armas; liberados de la brutal esclavitud de Meldron, se arrodillaban en el agua y lloraban de gratitud y alegría.

 

Ya no pensaban en la recompensa prometida, sino en dar las gracias de todo corazón. Habían sufrido la más perversa de las persecuciones; ¿cómo íbamos a castigarlos aún más? En realidad nunca habían sido verdaderos

 

enemigos.

 

Entretanto, los Cuervos y Calbha habían hecho prisioneros a los Jefes de Batalla de Meldron y a los guerreros de su Manada de Lobos y los habían reunido en la orilla. Cincuenta guerreros aguardaban con gesto adusto ser juzgados.

 

Bran alzó la lanza y nos llamó.

 

–¡Llew! ¡Tegid! Os necesitamos.

 

Calbha y Bran estaban juntos, y los guerreros reunidos detrás de ellos apuntaban con sus lanzas a la Manada de Lobos. Nos unimos a ellos, y Calbha y Bran se apartaron para mostrarnos a su prisionero: era Siawn Hy, que mantenía la cabeza gacha como si estuviera contemplando las ligaduras que le sujetaban las manos.

 

Al acercarnos, Siawn alzó la cabeza y nos dirigió una mirada siniestra. En la sien derecha tenía una pequeña herida.

 

–¡Locos! – siseó-. Creéis que habéis ganado. Pero nada ha cambiado. ¡No habéis ganado absolutamente nada!

 

–¡Silencio! – le advirtió Bran-. No hables de ese modo al rey.

 

–Todo ha terminado, Simon -dijo Llew.

 

Al oír su antiguo nombre, Siawn respiró hondo y le escupió a la cara. Bran, rápido como una serpiente, le pegó un puñetazo en la boca. Los labios de Siawn se llenaron de sangre. Bran se dispuso a golpearlo otra vez, pero Llew se lo impidió con un rápido movimiento de cabeza.

 

–Todo ha terminado -repitió Llew-. Meldron ha muerto.

 

–Mátame a mí también -murmuró lúgubremente Siawn-. Nunca me someteré ante ti.

 

–¿Dónde está Paladyr? – le pregunté, y recibí por toda respuesta un gruñido de desprecio.

 

Calbha alzó la espada y señaló a Siawn y después a los demás componentes de la Manada de Lobos.

 

–¿Qué hay que hacer con todos esos? – inquirió en tono frío y justiciero. –Llevadlos a los almacenes y encerradlos -ordenó Llew-. Luego

 

pasaremos cuentas.

 

Alun Tringad y Garanaw cogieron a Siawn por los brazos y se lo llevaron; los demás siguieron a los centinelas de Calbha.

Drustwn y Niall se metieron en el agua y fueron hasta donde flotaba el cuerpo de Meldron. Cogieron el cadáver y lo arrojaron dentro del bote como

 

si fuera un saco de grano. Luego empujaron a tierra el bote y se llevaron el cuerpo para que fuera enterrado y olvidado lo más pronto posible.

 

Scatha contempló la escena con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa implacable en los labios.

 

–Tenía la esperanza de ver su cabeza en la punta de mi lanza. Pero así está bien.

 

Llew asintió y se fue tras los prisioneros. No había dado ni diez pasos cuando Cynan cogió una espada del suelo, la blandió y rompió a gritar:

 

–¡Salud, Mano de Plata! ¡Salud!

 

Bran dio un paso al frente y cogió una lanza.

 

–¡Salud, Mano de Plata! ¡Salud! – gritó agitándola.

 

De pronto en todo el lago resonó el mismo grito, pues el pueblo de Dinas Dwr y la antigua hueste de Meldron dejaron de jugar y se volvieron a aclamar a Llew.

 

–¡Mano de Plata! – gritaban-. ¡Salud, Mano de Plata!

 

Los vítores resonaban como si el cielo se sacudiera con un trueno de júbilo. Y Llew, que caminaba por la orilla, se detuvo, se volvió hacia el pueblo y levantó su mano derecha de plata.

 

No podíamos celebrar la victoria mientras nuestros muertos permanecieran insepultos. ¿Cómo hubiéramos podido regocijarnos con los ojos llenos de lágrimas? ¿Cómo habríamos podido celebrar los banquetes del triunfo mientras nuestros compañeros eran pasto de las aves carroñeras?

 

Cuando hubimos descansado, comido y bebido aquella agua tan dulce y clara hasta saciarnos, nos dirigimos al campo de batalla en busca de nuestros muertos; y no eran pocos: casi la mitad de los que habían partido a luchar no habían regresado. Calbha había sufrido las pérdidas más numerosas; la hueste de los cruinos había quedado diezmada. Los guerreros galanaes también habían pagado un precio muy alto, y Cynfarch estaba profundamente abatido. Llew y Scatha habían perdido menos hombres que los demás, pero la muerte de un solo hombre era para ellos una pérdida irreparable y por eso también ellos estaban muy entristecidos. Sólo la Bandada de Cuervos había salido incólume. Pero Bran y los Cuervos se unieron a nuestro dolor y nos acompañaron al campo de batalla para enterrar a los caídos.

 

Todos nuestros hermanos de armas recibieron las honras fúnebres que merecen los héroes. Como habían muerto juntos, los depositamos a todos en una enorme tumba con las lanzas en las manos y cubiertos por sus escudos.

 

Luego los tapamos con sus mantos y levantamos un túmulo.

 

Mientras tanto, unos artesanos cortaron enormes lascas de piedra en el risco, y, cuando estuvo erigido el montículo, construimos un dolmen que señalara la tumba.

 

Ya era tarde cuando nos dedicamos a los muertos del enemigo. El sol se había puesto y las estrellas brillaban en el cielo de la noche.

–Que esperen -comentó Cynan-. Tenían muchas ganas de conquistar esta tierra; que disfruten pues de los frutos de su esfuerzo.

Pero Llew echó una ojeada al montón de cadáveres.

 

–No, Cynan -dijo-, no está bien. La mayoría de ellos no eran guerreros de Meldron.

 

–Pero luchaban a su lado. Murieron por él. Que él se encargue de ellos - replicó Cynan con tono amargo.

 

–Hermano -lo apaciguó Llew-, observa a tu alrededor. Mira a esos hombres. Eran granjeros, eran muchachos inexpertos, campesinos, leñadores y pastores. No había sitio para ellos en esta lucha. El Salvaje Sabueso los utilizó cruelmente y los arrojó a la muerte. Nosotros hemos sufrido mucho, pero ellos también han sido víctimas de la brutalidad de Meldron. Al menos, ofrezcámosles nosotros un poco de respeto a la hora de la muerte.

 

Cynan asintió de mala gana. Se rascó el cuello mientras contemplaba la llanura cubierta por las sombras; sus ojos azules brillaban con la poca luz que quedaba.

 

–¿Qué sugieres que hagamos?

 

–Enterrémoslos como hemos hecho con los nuestros -dijo Llew.

 

–No lo merecen -observó Cynan.

 

–Quizá no -asintió Llew-, pero lo haremos de todos modos.

 

–¿Por qué? – preguntó Cynan.

 

–¡Porque nosotros estamos vivos y tenemos una oportunidad, y ellos en cambio no! – repuso con pasión Llew-. Lo haremos por ellos y también por nosotros mismos.

 

Cynan sacudió la cabeza.

 

–Ellos nunca notarán esa diferencia.

 

–Pero nosotros sí -replicó Llew.

 

–Es una buena idea -intervine-. Pero ya no hay luz y estamos cansados.

 

Vayamos a descansar y mañana será otro día.

 

A Llew no le agradó la idea y sacudió la cabeza; yo me apresuré a añadir:

 

–Mañana erigiremos un dolmen sobre la tumba. Cuando lo veamos nos acordaremos de lo horrible que puede llegar a ser el miedo y con qué facilidad puede dominar el alma de un ser humano.

 

Llew contempló el campo de batalla sumido en las sombras; él mismo era poco menos que una silueta oscura recortada en el paisaje a la luz del crepúsculo.

 

–Marchaos los dos. Descansad y dormid. Yo no reposaré hasta que el último rastro de Meldron sea borrado.

 

Se alejó, solo.

 

–Pues tardará mucho en poder dormir -comentó Cynan mirándolo marcharse-. No hay hogar ni colina en toda Albión que no lleve la marca de la plaga de Meldron. Clanna na cù, Tegid. ¿Habías oído alguna vez algo parecido?

 

–No -tuve que confesar-. Jamás. Pero comienza un nuevo orden. Creo que vamos a tener que aprender muchas novedades. – Le puse la mano en el hombro y añadí-: Ordena que traigan antorchas y comida. Trabajaremos toda la noche.

 

En efecto, trabajamos durante toda la noche y durante todo el caluroso día que siguió. El pueblo de Dinas Dwr y sus antiguos enemigos trabajaron hombro con hombro, con infatigable ardor. Cuando terminamos, en la llanura se levantaban dos montículos: uno a los pies de Druim Vran, en el que estaban enterrados nuestros hermanos de armas; el otro al otro lado del río, donde habían caído tantos hombres de Meldron. Fue un noble gesto y el pueblo comprendió su significado, aunque no la prisa de Llew por llevarlo a cabo. Había dicho que no descansaría hasta que el trabajo acabara, y creo que lo había dicho de todo corazón. De todas formas era cierto que no habría un nuevo mañana hasta que el ayer estuviera del todo enterrado.

 

Cuando los equipos de obreros hubieron terminado de colocar las lascas en el dolmen, el sol se estaba poniendo y derramaba sus débiles rayos sobre la tierra del montículo. La sombra del dolmen se proyectaba sobre la verde llanura. Ordené a Gwion que me trajera el arpa y congregué a todo el pueblo para cantar el Lamento por los Valientes.

 

Hacía muchísimo tiempo que la consoladora música del arpa no se oía entre nosotros, y muchos unieron sus voces a la canción; el pueblo lloraba al escuchar la melodía. Eran lágrimas de dolor, sí, pero también de alivio. Cantábamos, y las lágrimas fluían de nuestros ojos y de nuestras almas.

 

Cuando hubimos terminado el lamento, pidieron más canciones. Yo acaricié las cuerdas del arpa mientras pensaba qué podía cantar, qué regalo podía ofrecerles. Me sentía muy a gusto con el arpa apoyada en el hombro; mis dedos no tardaron en encontrar las notas y comencé a cantar la canción que me había sido inspirada. A medida que cantaba, las palabras iluminaban una vez más la visión, que empezaba a hacerse realidad en el mundo de los hombres.

 

Canté a la escalonada cañada hundida en el frondoso bosque, los pinos altos que se alzaban hacia el cielo… Canté al trono de asta erigido en un montículo herboso y cubierto por una piel de buey blanca como la nieve… Canté al bruñido escudo en el que se había posado un cuervo con las alas abiertas que llenaba la cañada con su austero graznido… Canté a la almenara cuyo fuego se elevaba al cielo de la noche y era respondido de colina en colina… Canté al jinete montado en un caballo bayo que emergía entre la niebla gris y cuyos cascos iban arrancando chispas de las piedras… Canté al batallón de guerreros que se bañaban en el lago de la montaña mientras las aguas se iban tiñendo de la roja sangre de sus heridas… Canté a la mujer vestida de blanco, de pie, en una frondosa enramada, mientras la luz del sol hacía resplandecer sus cabellos con un fuego dorado… Canté al cairn, a la tumba de los héroes…

 

Mientras cantaba, el sol poniente teñía de rojo y oro los cielos. Las nubes parecían dedos de fuego que atravesaran la bóveda celeste. Era la hora-entre-horas, y yo cantaba ante un dolmen, ante un lugar sagrado; las palabras que pronunciaba devenían chispas que prendían en el corazón de los hombres. Y yo creía firmemente que lo que cantaba iba a suceder; tenía que suceder.

 

39

 

ORAN MOR

 

Dedicamos el día siguiente a descansar y reponer fuerzas. Pero aún no había acabado el día cuando Cynfarch y Calbha nos convocaron a consejo.

 

–No es justo que los guerreros del Salvaje Sabueso respiren entre nosotros mientras nuestros hermanos de armas yacen yertos bajo la tierra - dijo Cynfarch con firmeza- Debe hacerse justicia.

 

–Tiene razón -añadió Calbha-. Cuanto antes terminemos, mejor.

 

Propongo que lo hagamos ahora mismo.

 

Llew me miró.

 

–¿Qué opinas, Tegid?

 

Yo miré a un rey, luego al otro; ambos eran hombres inexorables y no se apaciguarían hasta que se hubiera hecho justicia.

 

–Es verdad -dije-. Tarde o temprano tendremos que tomar una decisión.

 

Es mejor hacerlo cuanto antes.

 

–De acuerdo, pues -asintió Llew-. Nos reuniremos en la orilla del lago. Abandonamos el crannog y nos dirigimos a los almacenes donde estaban

 

encerrados los prisioneros bajo estricta vigilancia desde la muerte de Meldron. Nos instalamos frente al lago sobre pieles de buey; Bran se sentó a la derecha de Llew, yo a la izquierda. Scatha estaba entre Cynan y yo; Cynfarch y Calbha completaban el círculo. Muchos habitantes de Dinas Dwr se congregaron detrás de nosotros; entre ellos distinguí la frágil figura de Nettles, inmóvil en la primera fila.

 

Los Cuervos trajeron ante nuestra presencia a los prisioneros: cincuenta guerreros de la Manada de Lobos y Siawn Hy era todo lo que quedaba de la banda de Meldron. Les habían atado las manos con cuerdas y los pies con cadenas, y habían sido despojados de los amuletos que contenían las Piedras Cantarinas.

 

Cynfarch fue el primero en tomar la palabra. Observó con mirada fría a los prisioneros y dijo:

 

–¿Hay alguien que quiera hablar por ellos? Como no hubo respuesta, preguntó: –¿Quién es vuestro jefe? Siawn Hy irguió la cabeza.

 

–¿Cómo os atrevéis a juzgarnos? ¿Quién os confiere el derecho a hacerlo? –La soberanía de Caledon me otorga a mí ese derecho -repuso Cynfarch-.

 

Tú y los que están contigo habéis asesinado a mi pueblo y arrasado mi tierra. Habéis violado, robado y destruido…

 

–¡Seguíamos a nuestro rey! – le espetó Siawn-. Lo servíamos como a ti te sirven tus guerreros. Sin embargo, tú llamas a nuestra lealtad traición y a nuestra fidelidad, una ofensa contra la soberanía.

 

–¡Sois una cuadrilla de ladrones y asesinos! – gritó Cynan-. ¡Habéis sembrado la destrucción por doquier!

 

–No hemos hecho nada que no hayáis hecho también vosotros mismos - replicó Siawn-. ¿Quién entre vosotros no ha alzado su espada contra otro? ¿Quién entre vosotros no se ha apropiado de algo que no le pertenecía?

 

Cynfarch y Calbha no supieron qué contestar. Siawn sonrió satisfecho. –Habéis hecho todo eso y mucho más -insinuó taimadamente- y os habéis

 

justificado a vosotros mismos diciendo: «Somos reyes, es nuestro derecho». Pero cuando un hombre como Meldron destaca, lo llamáis ladrón y asesino. Los hombres débiles son todos iguales: se convierten en cobardes ante la presencia de un hombre fuerte. Estáis encolerizados y llamáis a vuestra ira derecho; sois débiles y llamáis a vuestra debilidad virtud. No obstante, cualquiera de vosotros habría hecho lo mismo que Meldron, si hubierais tenido el coraje suficiente. Os contentáis con vuestros insignificantes reinos, pero sólo porque no os atrevéis a apoderaros de más.

 

–¡Silencio! – rugió Cynfarch.

 

Pero Siawn Hy se echó a reír.

 

–¡Ya lo veis! Es la pura verdad. Me mandáis callar porque no os agrada oír las verdades. Nos condenáis por lo que os falta a vosotros: la voluntad y el coraje para hacer lo que hizo Meldron.

 

Calbha se puso en pie.

 

–¡Mentiroso! – rugió-. ¡No estoy dispuesto a escucharte!

 

Siawn no se amilanó.

 

–¿Por qué no, Calbha? – preguntó-. ¿Has olvidado tus guerras con Meldryn Mawr? Mi memoria me dice que estallaron por un insulto a unos perros de caza. Y tú lo utilizaste como excusa para apoderarte de algunos territorios de Prydain, ¿no te acuerdas?

 

Calbha miró ceñudo al descarado prisionero que estaba ante él, pasmado de que Siawn Hy recordara aquellas viejas rencillas y se las echara en cara ahora.

 

–Eso era muy diferente -murmuró el rey cruino.

 

Yo recordaba muy bien la pelea que tan astutamente había mencionado Siawn Hy. Calbha y Meldryn Mawr habían librado una serie de batallas que habían comenzado por un comentario acerca de los sabuesos de Meldryn. No podía negarse la verdad de lo que Siawn afirmaba. Con un golpe maestro había logrado desarmar a Calbha.

 

–Calbha y Meldryn Mawr arreglaron sus rencillas hace mucho tiempo - intervino Cynfarch acudiendo en ayuda del rey cruino-. Además, en estos momentos no es asunto de nuestra incumbencia. Ahora estamos juzgando las acciones de Meldron.

 

–Ya habéis ajustado cuentas con Meldron -repuso Siawn-. ¿Por qué nos

 

juzgáis ahora por sus ofensas?

 

–No habría podido hacer lo que hizo -dijo Bran-, si no hubiera contado con vuestro apoyo.

 

–¿Es que es un crimen apoyar al rey? – preguntó Siawn Hy. La Manada de Lobos se irguió con orgullo; parecía haber recuperado la confianza-. Tú abandonaste a tu señor, ¿crees que eso te da derecho a juzgarme?

 

Bran miró a Siawn como si contemplara a una serpiente a la que hay que aplastar.

 

–No fue como dices. Deformas la verdad para que tus mentiras encajen. –¿Eso crees? – sonrió Siawn-. Te aseguro que, si Meldron hubiera

 

vencido, estarías tú respondiendo por tu traición. Esa es la pura verdad.

 

Niégala si puedes.

 

Llew se inclinó hacia mí.

 

–¿Te das cuenta ahora de cómo es? Es un verdadero maestro en el arte de la argumentación. Pronto nos tendrá a su merced.

 

–¿Qué piensas hacer?

 

–El juicio fue idea de Cynfarch, no mía -dijo frunciendo el entrecejo-.

 

Supongo que debo esperar y ver qué ocurre.

 

Miró en torno como buscando a alguien.

 

–¿Dónde está Nettles?

 

–Ahí mismo. ¿Por qué?

 

–Llámalo; creo que debería estar con nosotros. Quizá lo necesitemos. Me levanté y me dirigí hacia la multitud. Se había ido congregando

 

mucha gente y no vi al profesor; pero él sí me vio buscarlo y acudió enseguida a mi lado.

 

–Llew pregunta por ti -le dije-. Quiere que te reúnas con nosotros.

 

El hombrecillo no contestó; se limitó a asentir como si entendiera. Regresamos al consejo y nos sentamos junto a Llew. Calbha estaba hablando otra vez.

 

–Nettles…, ya estás aquí -lo saludó Llew al vernos-. Me alegro. Escucha:

 

no disponemos de mucho tiempo. – Hizo una pausa-. ¿Comprendes?

 

–Sí -repuso el hombrecillo de cabellos blancos.

 

–Muy bien. Trataré de explicarte lo que está ocurriendo de la forma más sencilla. – Señaló a los prisioneros alineados frente a nosotros junto a la orilla del lago, cuyas sombras alargaba el sol poniente-. Los están juzgando…, ¿entiendes?

 

–Un consejo de guerra -repuso Nettles asintiendo-. Entiendo.

 

–Bien -dijo Llew mirándome-. Muy bien.

 

Calbha terminó de hablar y Scatha, que hasta entonces había permanecido en silencio, tomó la palabra.

 

–Hablaste muy bien de lealtad y derechos -comenzó-. Pese a ello atacaste Ynys Sci, rompiendo los juramentos de lealtad que han sido respetados durante muchas generaciones. Por eso voy a juzgarte.

 

–Oh, sí, Scatha, Supremo Jefe de Guerra, me inclino ante ti, que has enseñado a tantos guerreros el arte de asesinar -replicó Siawn con una voz cortante como el filo de un cuchillo-. Mientras tus artes eran practicadas contra otros, estabas muy satisfecha. Pero, en cuanto tu reino es invadido, clamas justicia. Enseñas a los hombres a matar, los armas y los envías de regreso a su tierra, pero consideras una ofensa que empleen las habilidades que les inculcaste. ¡Qué mezquina y absurda eres, Pen-y-Cat!

 

Siawn se burlaba de todos en sus crueles argumentaciones y los vencía con su lengua viperina. Cynfarch y Calbha no esperaban tal reacción y estaban muy inquietos. Hacía sólo unos momentos, estaban muy seguros de sus derechos, pero ahora no sabían qué responder y se pusieron a conferenciar entre ellos. Llew miró a Nettles.

 

–Aquél es Simon -explicó-. ¿Te acuerdas de él?

 

El hombrecillo asintió y escrutó a Siawn. Dijo algo en su lengua a Llew, quien le respondió y luego se dirigió a mí.

 

–Nettles dice que Weston y los otros, los dyn dythri que enviamos de vuelta a su mundo, estaban en comunicación con Simon. Intentaban reunirse con él. Simon ha puesto en peligro a Albión desde el principio. Trazó su plan con Meldron con la intención de aprovecharse de cualquier situación para su propio provecho.

 

–En estos momentos Meldron está en Uffern -observé yo-. Creo que ha llegado la hora de que Siawn Hy se reúna con su señor.

 

Siawn, sonriendo abiertamente, exclamó en voz alta:

 

–¡No tenéis derecho a juzgarnos! ¡Dejadnos libres!

 

Llew me miró; me di cuenta de que estaba sopesando la decisión en su mente.

 

–Tú eres el rey por derecho -le dije posando mi mano en su mano de plata-. A ti te corresponde impartir justicia. Decidas lo que decidas, yo te apoyaré.

 

Siawn Hy había desafiado de nuevo al consejo y esta vez le respondió

 

Llew:

 

–Has dicho que no tenemos derecho a juzgarte, pero estás en un error.

 

Hay alguien libre de culpa que puede pedirte cuentas.

 

–¿Quién? – gruñó Siawn-. Que venga a condenarnos si es que está aquí. La jauría de Lobos coreó a su jefe y comenzó a pedir que se presentara el

 

acusador inocente si es que estaba allí.

 

Llew se puso en pie.

 

–Yo estoy libre le culpa -declaró con toda sencillez- No te he hecho mal alguno y sin embargo me has tratado con maldad e injusticia. Por eso y por toda la sangre inocente que ha sido derramada, te condeno.

 

Una amplia sonrisa de triunfo iluminó el rostro de Siawn.

 

–Condéname todo lo que quieras, amigo mío. No eres rey y por tanto no tienes derecho a juzgarme.

 

–Sí soy rey -replicó Llew-. La soberanía sólo puede ser conferida por el Bardo Supremo. La dignidad real de Prydain me fue entregada por Tegid Tathal en el rito del Tán n'Righ.

 

Siawn soltó una potente y seca carcajada. Cuando habló, había en su voz un pavoroso rencor.

 

–¿Tú, rey? ¡Eres un tullido, amigo mío! Un manco no puede ser rey. Pero Llew alzó la mano y dobló uno a uno todos los dedos. Todos,

 

incluso yo mismo, contemplamos boquiabiertos aquella maravilla. ¡La mano parecía real!

 

–Como puedes comprobar, Simon, ya no soy un tullido -dijo Llew; se volvió para que todos pudieran verlo y alzó la voz para que todos lo oyeran-. Con esta mano recupero la dignidad real que me fue robada.

–¿Quién te reconoce como rey? – repuso con tono salvaje Siawn Hy, y me di cuenta de que por primera vez había en su voz un deje de desesperación-. ¿Quiénes son tus súbditos?

 

–Yo lo reconozco como rey -afirmó Bran con voz tranquila-. Yo soy su súbdito y su servidor.

 

–Tú rechazaste a tu propio rey, Bran Bresal. Lo abandonaste cuando te convino. Puesto que te arrogas ese derecho, propongo que todos tengamos la misma oportunidad, que podamos jurar fidelidad a un nuevo señor.

 

Estas palabras sembraron el desconcierto en el consejo.

 

–Quizás habría que darles una oportunidad -observó Calbha, nervioso-.

 

Pero ¿cómo podríamos confiar en ellos?

 

–¿Qué oportunidad tuvieron nuestros muertos? – replicó Llew-. ¿Qué oportunidad tuvieron los que fueron violados y asesinados? – añadió mirando a Siawn y a la Manada con expresión inexorable-. Cada vez que blandisteis la espada y alzasteis la lanza tuvisteis una oportunidad de elegir, y efectivamente elegisteis.

 

–Tiene razón -lo apoyó Scatha-. Sobradas veces han elegido ya a quién servir.

 

–Estoy de acuerdo -coincidió Cynan-. Si hay que brindarles una elección, entonces que elijan si quieren morir por su mano o por las nuestras.

 

Cynfarch y Calbha expresaron su acuerdo.

 

–Entonces está decidido -declaró Llew encarándose con los prisioneros-. Os condeno por haber apoyado al usurpador Meldron. Y exijo que la deuda de sangre sea pagada con sangre.

 

–Llew -dijo Scatha-, permíteme que te ayude en este asunto. A quien le falte valor para matarse, le brindo el mío, que es más que suficiente para hacerlo.

 

–Que así sea -repuso Llew.

 

Los prisioneros fueron llevados al otro lado de Druim Vran, a la llanura que se extendía al pie del risco. Fueron conducidos hasta el túmulo fúnebre de sus compañeros y fueron ordenados en filas.

 

Nosotros nos quedamos al pie del montículo, de espaldas al sol poniente. Había acudido mucha gente a contemplar la ejecución, aunque muchos habían visto ya demasiada sangre y habían preferido quedarse en Dinas Dwr. Goewyn y Nettles estaban entre los que nos acompañaron y observaron en primera fila cómo se les iba dando a los condenados, uno tras otro, la oportunidad de darse muerte o perecer a manos de Scatha.

 

Treinta guerreros empuñaron su propia espada y se dejaron caer sobre ella; algunos morían con un grito, otros en silencio. Los demás eligieron morir a manos de Scatha. La mujer no titubeó ni le tembló la mano una sola vez. A medida que iban muriendo, los hombres de Cynan llevaban los cadáveres al montículo y los dejaban en torno al dolmen para que sirvieran de pasto a aves y fieras.

 

Luego, con el último destello de sol en el oeste, le tocó el turno a Siawn.

 

–Dame la espada. Yo mismo me daré muerte.

 

Garanaw y Emyr, que estaban a ambos lados del condenado, miraron a

 

Llew, y éste asintió. Scatha se hizo a un lado, y Garanaw puso la empuñadura de su espada entre las manos atadas de Siawn, y…

 

…    antes de que Garanaw tuviera tiempo de retirar su mano, Siawn dio la vuelta a la hoja y se la deslizó con rapidez entre las piernas. Cortó las ligaduras y echó a correr en el preciso instante en que la espada de Emyr le pasaba rozando sobre la cabeza. Siguió corriendo a toda velocidad hacia el río gritando algo que no entendí.

 

Antes de que alguno de nosotros pudiera reaccionar, había llegado al río. Sin dejar de gritar, se giró para mirarnos con una sonrisa de triunfo en los labios y, con las manos aún atadas, alzó la espada a modo de burlesco saludo.

 

La lanza de Bran voló por los aires antes de que nos apercibiéramos que la había arrojado. El esbelto proyectil parecía una mancha azul en el cielo del crepúsculo, una línea blanquiazul en la tenue luz del anochecer. Vimos que Siawn dejaba caer la espada y retrocedía apretándose con las manos el pecho, de donde sobresalía el astil de la lanza de Bran. El ímpetu del lanzazo de Bran empujó a Siawn Hy hasta la orilla del río. Con un pie en el agua y otro en tierra gritó algo que tampoco entendí y cayó. Era precisamente la hora-entre-horas.

Mientras caía, su cuerpo pareció desvanecerse. Se había metido en el agua…, lo vi muy bien. Pero ¿podía confiar en mis ojos? En efecto, no se oyó chapoteo alguno, ni encontramos el cuerpo cuando registramos el lugar. Siawn Hy se había desvanecido.

 

–Ha vuelto a casa -dijo Llew mirando fijamente el agua-. Siempre quise enviarlo de regreso, pero pensé que lo haría con vida.

–Él lo eligió.

 

–No -replicó Llew-. Fui yo.

 

El crepúsculo descendió sobre el valle; las primeras estrellas habían empezado a brillar y la luna resplandecía en el horizonte. Llew miró al pueblo de Dinas Dwr, su pueblo, y a los reyes, guerreros y amigos que lo miraban.

 

–Se ha hecho justicia -declaró-. La deuda de sangre ha sido saldada. –¡Salud, Llew Mano de Plata! – exclamó Bran alzando su lanza.

 

La Bandada de Cuervos coreó su grito, y el pueblo prorrumpió en vítores. –¡Mano de Plata! ¡Mano de Plata! ¡Mano de Plata!

 

Llew alzó la mano; la plata brilló a la luz del crepúsculo, y yo vi en el destello de plata el resplandeciente esplendor de un rey.

 

Goewyn apareció caminando por la orilla del río; sin mirar a nadie, sin

 

decir una palabra, se acercó a Llew. Todos los ojos se clavaron en aquella esbelta figura vestida con una túnica blanca y un manto azul sobre los hombros. La luna se reflejaba en sus rubios cabellos de oro, y la muchacha parecía brillar como una estrella de la tierra.

 

Llevaba en las manos una pequeña arca de madera de roble, que, según la tradición de los bardos, es la madera de la inspiración. Depositó el arca a los pies de Llew, se irguió, se llevó el dorso de la mano a la frente y retrocedió unos pasos. Llew se inclinó y cogió el arca. La abrió, la levantó en alto y la inclinó un poco para que todos la vieran. Dentro había unas piedrecitas blancas: las Piedras Cantarinas.

 

Llew sacó una de las piedras y la mostró a la multitud. Vi que los dedos de plata se movían y doblaban mientras apretaba la piedra contra la palma de plata. Un sonido como el de un coro de truenos salió de la piedra, un sonido claro como la voz de las estrellas y límpido como las piedras preciosas que recorren los cielos; un sonido como si diez mil melodiosas arpas emitieran la conmovedora música de Oran Mor, el Celestial Músico; un sonido que venía de más allá del mundo, que nacía de la Mano Segura y Certera.

 

Mi espíritu se elevó ligero y me pareció que se fundía con aquel sonido sin par. Perdí la conciencia de mí y del lugar donde me encontraba, y pasé a formar parte de la melodía que sentía brotar de mi corazón. Abrí la boca, pero no fue mi voz la que se elevó en el crepúsculo, sino la de la Canción de Albión.

 

¡Gloria del sol! ¡Estrella rutilante de los cielos! ¡Luz de luz, Excelsa y Sagrada tierra que resplandece con las bendiciones del Sumo Dador! ¡Eterno don para la Raza de Albión!

 

¡Surcada por incontables ríos! Piélago de azules aguas, playa de blancas olas, firmamento sacrosanto, exaltada por el poder del Único, y bendecida por su paz. ¡Fuente de maravillas para los Descendientes de Albión!

 

¡Deslumbrante con la pureza sin par de su verdor! Hermosa como el esplendoroso destello de la esmeralda, resplandecen sus profundas cañadas, brillan sus campos de labor. ¡Gema de incalculable valor para los Hijos de Albión!

 

¡Rica en picos coronados de nieve, inconmensurablemente vasta! ¡Fortaleza de escarpadas montañas! ¡Elevadas alturas, oscurecidas por los bosques y enrojecidas por

 

veloces ciervos, proclaman al viento el orgulloso esplendor de Albión!

 

¡Veloces caballos cruzan las praderas! ¡Gráciles rebaños beben hidromiel en dorados ríos, retumban poderosos cascos en atronadora alabanza al Supremo Sabedor, fuente de alegría para el corazón de Albión!

 

Dorado es el grano del Supremo Dador, generosa la liberalidad de los fértiles campos. La tierra tiene el color rojo y oro de las manzanas, la dulzura de los esplendorosos paneles de miel. ¡Es un milagro de abundancia para las tribus de Albión!

 

De plata es el tributo de las redes, numerosísimo el tesoro de las felices aguas; salpicando de marrón las laderas,

 

lustrosos rebaños sirven al Señor del Festín. ¡Una maravilla de abundancia para las mesas de Albión!

 

Hombres sabios, Bardos de la Verdad, audazmente inflaman sus corazones con la Creación. ¡La sabiduría,

 

la clarividencia,

 

la gloria de la verdad pertenece a los hombres de Albión!

 

¡Encendida en las llamas celestiales, fraguada

 

en el abrasador fuego del Amor,

 

inflamada de la pasión más pura,

 

abrasada en el corazón del Creador,

 

una esplendorosa bendición ilumina Albión! Nobles señores, de rodillas en señal de adoración, hicieron votos perpetuos

 

de abrazar la causa de la misericordia, de honrar eternamente al jefe de los jefes.

 

¡La vida más allá de la muerte fue prometida a los Hijos de Albión! La dignidad real surgió de la infinita Virtud, forjada por la Mano Salvadora,

 

con la osadía que nace de la Honradez,

 

con la valentía que nace de la justicia.

 

¡Una espada de honor para defender a los Clanes de Albión!

 

Formada con los Nueve Elementos Sagrados, fraguada por el Amor y la Luz del Señor, Gracia de las Gracias, Verdad de las Verdades, llamada al Día de la Lucha,

 

¡Aird Righ reinará para siempre en Albión!

 

Cuando me desperté, era noche cerrada. En mi cabaña del crannog, yacía sobre una piel de buey amarillenta, pero ignoraba cómo había llegado hasta allí. El aire estaba silencioso y tranquilo, y el calor del día había menguado considerablemente. Al principio pensé que me había despertado el eco de la Canción. Me quedé acostado sin moverme aguzando el oído en la oscuridad. Al cabo de un rato oí de nuevo el sonido y sentí en el rostro una ligera brisa.

 

Me levanté y salí de la cabaña mientras en los cielos retumbaba un trueno y comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia, unos goterones gruesos como las cuentas de un collar. Aspiré en el aire el fresco perfume de la lluvia.

 

Retumbó otro trueno y se oyó un ruido que hacía tiempo no se oía en Albión: el sonido del viento y de la lluvia barriendo las circundantes colinas. La música de la tempestad llenó la cañada y resonó en el bosque; la lluvia se desencadenó desde Druim Vran y avanzó hasta Dinas Dwr a través del lago.

 

Alertada por la tormenta, la gente salía de las cabañas. Elevaban los ojos al cielo y dejaban que la bendita lluvia les bañara el rostro. Mientras arreciaba la lluvia, estallaban los relámpagos y respondían los truenos con su poderoso estruendo. La gente cogía agua con las manos y se lavaban los miembros y las cabezas tan duramente castigados por el calor; los hombres reían y besaban a sus mujeres; los niños bailaban con los pies descalzos mientras el agua les empapaba la piel.

 

Mi visión interior se despertó de nuevo con el eco de las risas y del general regocijo. Con los ojos de la mente vi cómo las colinas se cubrían de verdor, los arroyos brotaban y los ríos volvían a correr. Vi cómo el ganado engordaba y las espigas crecían en los campos; los manzanos se doblaban con el peso de sus frutos; las nueces, las avellanas y los hayucos engordaban en sus cáscaras. Los peces nadaban en las aguas límpidas de los lagos mientras los patos, los ánsares y los cisnes anidaban en los bajíos. La leche se llenaba de blanca espuma y el dorado hidromiel brillaba en las tazas; apetitosa cerveza colmaba las jarras y sabrosos panes llenaban los hornos; los platos rebosaban de pescado y carne de todas clases: cerdo, venado, buey, aves. En toda Albión los hambrientos comían hasta hartarse y los sedientos bebían hasta saciarse.

 

Porque había acabado la larga opresión de sequía y muerte, y había comenzado el reinado de Mano de Plata.

 

 

GLOSARIO

 

Aird Righ: en céltico significa «Soberano Rey».

 

Annwn o Uffern: el submundo de la mitología céltica, los infiernos, donde reinaban los dioses malignos, los dioses de la muerte y de la noche que, según dicha mitología, llegaron a Irlanda antes que los Tuatha De Danann, los dioses de la luz y de la vida, porque el mal precede al bien, del mismo modo que la noche precede al día.

 

ap: palabra celta que significa «hijo de».

 

Aryant Ol: ritual mortuorio en que los celtas forman dos hileras e iluminan con antorchas el camino del rey difunto hasta su tumba.

 

awen: espíritu que anima la sabiduría del bardo.

 

banfáith: profetisa. Las banfáith escrutaban el futuro y hablaban al pueblo en nombre del Dagda.

 

banfilidh: mujer filidh; arpista.

 

beahn sidhe o banshee: habitantes del Otro Mundo.

 

Beltane: antigua fiesta celta; el primero de mayo, según el calendario cristiano.

 

bodhran: instrumento celta, parecido al tambor.

 

brandub: juego de habilidad y azar.

 

breecs: prenda de vestir celta; una especie de pantalones.

 

brehon: uno de los grados de la dignidad de bardo; eran la mano derecha de los Bardos Supremos.

 

buskin: calzado utilizado por los celtas.

 

caer: en céltico significa «plaza fuerte» o «pueblo amurallado». Esta palabra ha dado lugar a muchos topónimos galeses; por ejemplo, Cardiff. cairn: montón de piedras levantado en el suelo a modo de señal. Podía

 

indicar el emplazamiento de una tumba, un lugar de reunión o simplemente un lugar sagrado.

 

carynx: instrumento celta, parecido a la trompeta.

 

cawganog: una de las dos subdivisiones del rango de mabinog.

 

crannog: construcción hecha sobre la superficie del agua.

 

cruinos: tribu celta.

 

cupanog: una de las dos subdivisiones del rango de mabinog.

 

curragh: pequeña embarcación con casco de cuero.

 

Dagda: es el dios supremo de la mitología celta; su nombre significa «buen dios». Era el jefe de los Tuatha De Danann, los dioses del día, de la luz y de la vida; de ellos emanaba la ciencia de los druidas.

 

deosil: término celta que significaba «la órbita del sol».

 

derwydd: una de las muchas formas celtas de designar a los druidas; «derw» significa en galés «roble», y la mayoría de los druidas acostumbraban llevar una vara de esa madera, símbolo de su rango.

dyn dythri: para los celtas, habitante del Otro Mundo.

 

filidh: aprendiz de druida; eran además consumados arpistas y hábiles contadores de historias.

 

fidchell: juego de habilidad y azar.

 

geas: voto de silencio en señal de luto.

 

goidélico: dialecto céltico. Los dialectos célticos se dividen en tres grupos: el celta continental, representado por el galo; el británico, hablado en Gran Bretaña y del que surgieron el actual galés, el desaparecido córnico y el bretón armoricano, llevado a Bretaña por colonos británicos; por último, el gaélico o goidélico, constituido por el irlandés, el gaélico de Escocia y el manx o dialecto de la isla de Man.

 

gorsedd: asamblea de bardos.

 

gwyddbwyll: juego de estrategia parecido al ajedrez o a las damas.

 

gwyddon: bardo experto en agricultura y ganadería; tenía además conocimientos de medicina.

 

gyd: nombre que en céltico designaba a la primavera.

 

hurley: juego parecido al hockey, que aún se practica en Irlanda.

 

isla de Iona: es la isla de Hy, en el canal de San Jorge, entre Escocia e Irlanda; en ella se han hallado numerosos vestigios del arte celta.

 

llwyddios: tribu celta.

 

llys: en céltico significaba «corte» y por extensión designaba a la asamblea reunida y presidida por el rey para administrar justicia.

 

mabinog: alumno o aprendiz de bardo. De esta palabra celta deriva el término «Mabinogion», con el que se denominan los relatos legendarios en prosa y en lengua galesa antigua recopilados en dos manuscritos: El libro blanco de Rydderch (s. XIII) y El libro rojo de Hergest (principios del s. XIV). Algunas de sus historias se conservan fragmentariamente en manuscritos más antiguos (s. XI). La sustancia de las leyendas, transmitidas oralmente y modificadas a lo largo de los siglos, se remonta a la época de decadencia del mundo celta en Gran Bretaña, es decir, a los siglos VI y VII.

 

mertanos: tribu celta.

 

naud: en céltico significaba «derecho de asilo».

 

ogam: nombre derivado del de un personaje de las leyendas irlandesas llamado Ogam, autor mítico del alfabeto secreto de los bardos. El ogam es la más antigua escritura céltica conocida; fue inventada en Irlanda y empleada en Escocia, Gales e Inglaterra por emigrados irlandeses. Las letras están formadas por caracteres más o menos largos, colocados encima, debajo o transversalmente a una línea de base. Se han hallado unas trescientas inscripciones en escritura ogam, la mayor parte en Irlanda; las más antiguas datan del siglo IV.

 

omphalos: piedra de forma redondeada y cónica que se encontraba en el templo de Apolo en Delfos. La leyenda suponía que indicaba el centro de la Tierra. Por analogía, se ha designado con este nombre a cualquier lugar de confluencias sobrenaturales que tuviera forma cónica, como las colinas y los montículos.

 

penderwydd: autoridad religiosa superior entre los bardos; Sumo Druida, Bardo Supremo.

 

Phantarch: Patriarca Supremo de los bardos de Albión; estaba por encima del grado de penderwydd; protegía y conservaba la Canción de Albión, símbolo de la esencia céltica.

 

rhylla: nombre que en céltico designaba al otoño.

 

Samhein una de las fechas más importantes del calendario celta, que coincide más o menos con el primero de noviembre del calendario cristiano. Los celtas creían que durante la noche de la víspera del Samhein, el mundo de los dioses se hacía visible a los mortales; de ahí que se desarrollaran portentos y desgracias.

 

san Columbán: en irlandés Columkill; religioso irlandés, el más célebre de los santos irlandeses después de san Patricio. Príncipe de la familia real de Tircornaill, abrazó el estado monacal y fundó el monasterio de Derry; recibió del rey de Dalriada la isla de Iona y fundó allí un nuevo monasterio que llegó a ser el gran foco misionero y cultural de la cristiandad irlandesa.

 

siarc: prenda de vestir celta; una especie de camisa.

 

sollen: nombre que en céltico designaba al invierno.

 

taithchwant: en céltico significaba «pasión irreprimible de marchar a recorrer y ver mundo».

 

ta'n coeth: planta seca que los celtas empleaban para encender la hoguera.

 

Tán n'Righ: Fuego del Rey, rito en el que se confiere la dignidad real a un pretendiente.

 

Taran Tafod: lenguaje secreto de los bardos.

 

vedeios: tribu celta.

 

ynys: en lengua celta significa «isla».

 

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