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Libro N° 9580. La Canción De Albión 1. La Guerra Del Paraíso. Lawhead, Stephen R.

Guillermo Molina Miranda diciembre 29, 2025

 


© Libro N° 9580. La Canción De Albión 1. La Guerra Del Paraíso. Lawhead, Stephen R. Emancipación. Febrero 12 de 2022.

 

Título original: ©  The paradise war

 

Versión Original: © La Canción De Albión 1. La Guerra Del Paraíso. Stephen R. Lawhead

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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La Canción De Albión 1

LA GUERRA DEL PARAÍSO

Stephen R. Lawhead

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Canción De Albión 1

LA GUERRA DEL PARAÍSO

Stephen R. Lawhead

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al otro lado del Portal se halla el Otro Mundo, mágico lugar de belleza sin parangón y espejo fiel del mundo que les ha tocado vivir a Simon y Lewis, jóvenes estudiantes del apasionante folclore celta. Una brecha se ha abierto en el plexo cósmico que mantiene el sagrado equilibrio entre los dos mundos, y sobre ambos parece haber recaído la responsabilidad de aventurarse en un universo mitológico de vívida leyenda e impedir que una catástrofe de consecuencias imprevisibles suma a los dos mundos en una mortífera oscuridad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Stephen R. Lawhead

 

La guerra del paraíso

 

La canción de Albión 1

 

ePub r1.1

 

jdricky 02.09.13

 

 

Título original: The paradise war

 

Stephen R. Lawhead, 1991

 

Traducción: María José Vázquez

 

Diseño de portada: Xabier Martínez

 

Editor digital: jdricky

 

ePub base r1.0

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dedicado a Ruby Duryea

 

STEPHEN R. LAWHEAD

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Puesto que el mundo no es más que una historia, hicisteis bien en comprarla historia más perdurable en lugar de comprarla historia menos perdurable».

 

El juicio de san Columkill

(San Columbán de Escocia)

 

 

 

 

1

 

LA APARICIÓN DEL URO

 

Todo empezó con el uro.

 

Estábamos desayunando en nuestras habitaciones de la universidad. Simon presidía la mesa con su habitual actitud crítica frente al mundo, alimentada como todas las mañanas por las noticias del periódico.

 

—¡Espléndido! —resopló con desdén—. Según parece, hemos sido invadidos por una jauría de descontrolados fotógrafos extranjeros ávidos de abrir sus objetivos (y quién sabe qué más) a los exóticos encantos de nuestra querida Inglaterra. ¡Vela por tus hijas, Bognor Regis,[1] porque los fotógrafos europeos rondan por estas tierras!

 

Siguió mascullando confusamente unos momentos y luego exclamó:

 

—¡Caramba! ¡Esto sí que es un notición!

 

Dio una sacudida enérgica al periódico y se enderezó en la silla, adoptando una postura muy poco habitual en él.

 

—¿Un notición? —repetí yo distraídamente.

 

Hacía tiempo que había dejado de divertirme la costumbre de Simon de leer el periódico en voz alta haciendo comentarios despreciativos, irónicos y sarcásticos, salpicados y adobados con su peculiar cinismo. Había aprendido a emitir gruñidos de conformidad mientras devoraba el huevo con tostadas. Así me evitaba tener que prestar atención a sus diatribas por muy elocuentes que pudieran llegar a ser.

 

—Un bendito escocés ha encontrado un uro, en su propiedad.

 

—¡No me digas!

 

Sumergí la tostada en la yema del huevo pasado por agua, mientras leía un titular acerca de un conductor del metro de Londres que se había negado a detenerse en las paradas y había obligado a los furiosos pasajeros a recorrer durante cinco horas la línea de Circle.

 

—¡Qué interesante!

 

—Según parece, el animal vagaba errante por un bosque vecino y se derrumbó en medio de un campo de heno a unos treinta kilómetros al este de Inverness.

 

Simon bajó el periódico y me miró.

 

—¿Has oído lo que acabo de decir?

 

—Con todo detalle. Vagaba errante por un bosque y fue a derrumbarse cerca de Inverness…, probablemente víctima del aburrimiento —contesté yo

 

—. Imagino muy bien cómo debía de sentirse. Simon me miraba fijamente.

—¿No te das cuenta de lo que eso significa?

 

—Significa que la organización local de la Sociedad Protectora de Animales recibió una llamada telefónica. Algo importantísimo.

 

Sorbí un poco de café y me enfrasqué en las páginas deportivas.

 

—Yo no lo consideraría realmente ni siquiera una noticia —añadí.

 

—No sabes qué es un uro, ¿verdad? —me acusó—. No tienes la menor idea.

 

—Un animal… Lo acabas de decir hace un momento. De veras, Simon, vaya unos periodicuchos que lees… —protesté dando un desdeñoso capirotazo al periódico que sostenía—. Basta con ver esos escandalosos titulares: «Princesa complicada en un extraño enredo sexual», «Escalofriante fin de semana de un obispo en un salón de masaje turco». Creo que sólo lees esas porquerías para alimentar tu pesimismo.

 

Simon no se inmutó.

 

—No tienes la más ligera idea de lo que es un uro. Venga ya, Lewis, reconócelo de una vez.

 

—Es una especie de cerdo —dije al buen tuntún.

 

—¡Caliente, caliente! —se burló Simon.

 

Echó la cabeza atrás y soltó una risita burlona. Cuando quería ridiculizar la ignorancia de alguien utilizaba una desagradable risa de zorro. A Simon le gustaba extraordinariamente mofarse del prójimo; era un maestro en el arte

 

del desdén, la burla y el sarcasmo.

 

No me di por aludido. Me enfrasqué en mi periódico y seguí devorando las tostadas.

 

—¿Un cerdo? ¿Has dicho un cerdo? —repitió riéndose.

 

—¡Está bien, está bien! Le ruego humildemente, profesor Rawnson, que me diga qué es un uro.

 

Simon dobló cuidadosamente el periódico y lo blandió ante mis narices.

 

—Un uro es una especie de buey.

 

—¡Mira por dónde! —gruñí con fingido asombro—. ¿Un buey? ¿Y se derrumbó? ¡Vaya por Dios! ¿Y qué más? Déjame en paz.

 

—Tal como dices, no parece demasiado importante —concedió Simon.

 

Y enseguida se apresuró a añadir:

 

—Pero da la casualidad de que esa especie de buey es una criatura de la era de las glaciaciones y que por tanto hace más de dos mil años que se extinguió.

 

—Se extinguió —repetí yo sacudiendo lentamente la cabeza—. ¿De dónde habrán sacado semejante disparate? Si quieres saber mi opinión, lo único que se ha extinguido en este asunto es tu innato escepticismo.

 

—Parece ser que los últimos uros desaparecieron de Gran Bretaña antes de la llegada de los romanos…, aunque unos cuantos quizá sobrevivieran en el continente hasta el siglo VI más o menos.

 

—Fascinante —repuse.

 

Simon puso el periódico doblado ante mis narices. Vi la fotografía borrosa y confusa de una enorme masa oscura que tanto podía ser la imagen de un mamífero como de cualquier otra cosa. De pie, junto a aquella mal definida mole, se veía a un hombre ceñudo de mediana edad que sostenía un objeto largo y curvo semejante por su tamaño y aspecto a una vetusta guadaña. El objeto parecía de alguna forma pertenecer a la oscura mole.

 

—¡Muy bucólico! Un hombre de pie junto a un montón de estiércol con un apero en las manos. ¡Una imagen muy casera! —me burlé imitando las mañas de Simon.

 

—Lo que calificas de un montón de estiércol es ni más ni menos que el uro, y el apero que el hombre sostiene en sus manos es uno de los cuernos del animal.

 

Observé de nuevo la fotografía y a duras penas pude distinguir la cabeza del animal bajo el enorme declive de su lomo. A juzgar por el tamaño del cuerno, debía de haberse tratado de una bestia enorme…, tres o cuatro veces mayor que una vaca.

 

—No es más que una fotografía trucada —afirmé.

 

Simon chasqueó la lengua.

 

—Me decepcionas, Lewis; tan joven y sin embargo tan cínico.

 

—No me digas que crees esa estúpida falsificación —dije señalando la foto con un dedo—. La han hecho en el patio de la granja…, posiblemente con una carretada de abono.

 

—Bueno —admitió Simon alzando la taza de té y fijando toda su atención en ella—, quizá tengas razón.

 

—Puedes apostar lo que quieras —cacareé muy satisfecho.

 

Pero me había precipitado al cantar tan pronto victoria; debería haberlo imaginado, conociendo a Simon como lo conocía.

 

—Aun así, no nos costaría nada comprobarlo in situ.

 

Removió el té y lo apuró. Después, como si hubiera tomado una decisión, colocó ambas manos sobre la mesa con gesto enérgico y se levantó.

 

Vi en sus ojos una expresión astuta. Era una mirada que conocía muy bien y que por eso mismo temía.

 

—No puedes estar hablando en serio.

 

—Completamente en serio.

 

—Olvídalo.

 

—¡Vamos! Será una aventura.

 

—Tengo una cita con mi tutor esta tarde. Y eso sí que es más que una aventura.

 

—Quiero que me acompañes —insistió Simon.

 

—¿Y qué pasa con Susana? —repuse—. Según tengo entendido, ibas a comer con ella.

 

—Susana lo comprenderá —replicó Simon con celeridad—. Iremos en mi coche.

 

—No. De veras. Escucha, Simon, no podemos salir corriendo tras esa especie de buey. Es una ridiculez, una impostura. Me recuerda aquellos círculos mágicos en los trigales que tanto conmocionaron a la opinión pública el año pasado. No es más que un truco. Además, no puedo ir. Tengo mucho trabajo, y tú también.

 

—Un paseo en coche por el campo nos vendrá bien. Aire puro para limpiar las telarañas del cerebro y para levantar el ánimo.

 

Se encaminó precipitadamente a la habitación contigua. Lo oí marcar un número y poco después le oí decir:

 

—Oye, Susana, respecto a la cita de hoy… Lo siento muchísimo, cariño, pero ha surgido un imprevisto… Sí, tan pronto como regrese… Más tarde…, sí, el domingo, no lo olvidaré… Te lo juro por mi vida. ¡Besos!

 

Colgó el teléfono y marcó otro número.

 

—Al habla Rawnson. Necesito el coche esta mañana… Quince minutos.

 

Muy bien. Muchas gracias.

 

—¡Simon! —grité—. ¡Me niego en redondo!

 

Así fue como me encontré en St. Aldate la mañana lluviosa de un viernes, en la tercera semana de otoño del calendario académico, chorreando agua por la nariz, mientras esperaba el coche de Simon en el que íbamos a viajar y me preguntaba cómo demonios había conseguido engatusarme.

 

Simon y yo éramos estudiantes universitarios. Compartíamos habitaciones en la universidad. Pero, mientras Simon sólo tenía que murmurar una orden por teléfono para que su coche acudiera cuando y donde a él le viniera en gana, yo no podía ni siquiera aspirar a que el portero me permitiera apoyar en la puerta mi humilde y traqueteada bicicleta el tiempo de recoger el correo. Privilegios de clase, supongo.

 

El abismo que nos separaba no acababa ahí. Yo era de mediana estatura y una complexión que ante el espejo no tenía más remedio que calificar de esmirriada; en cambio, Simon era alto y esbelto, musculoso y ágil: la

 

complexión de un saltador de vallas olímpico. El rostro que yo ostentaba ante el mundo era ordinario, podría decirse que vulgar, coronado por unas deslucidas greñas del color de una cáscara de nuez. En cambio, los rasgos de Simon eran angulosos, bien marcados, hermosos; tenía esos cabellos espesos, oscuros y rizados que son la envidia y admiración de las mujeres. Mis ojos eran de color gris-ratón; los de él, de color avellana. Yo tenía la barbilla caída; él, en cambio, enérgica.

 

Imagino que cuando aparecíamos juntos en público debíamos de parecer el anuncio viviente de un antes y después de tomar «Nuestras vitaminas y tónico de belleza transformarán su naturaleza». Simon despertaba pasiones, tenía esa especie de vigor y rudeza que ambos sexos encuentran tan atractivos. Yo tenía esa clase de aspecto que a menudo mejora con el paso del tiempo, aunque no era seguro que pudiera llegar a una edad demasiado avanzada.

 

Un hombre mezquino habría sentido celos de la esplendorosa estrella de Simon, pero yo me conformaba con mi suerte. Bueno, también sentía celos… pero dentro de un límite.

 

En fin, allí estábamos los dos, bajo la lluvia, entre el vértigo del tráfico, mientras los autobuses vomitaban pasajeros en las saturadas aceras y yo mascullaba débiles protestas.

 

—Es una estupidez. Una ridiculez. Una chiquillada, una irresponsabilidad.

 

Una locura, ni más ni menos.

 

—Tienes razón, desde luego —asintió Simon con afabilidad.

 

La lluvia le perlaba la gorra y le goteaba en el chaquetón.

 

—No podemos dejarlo todo y salir corriendo a pasear por el campo a capricho —gruñí cruzando las manos bajo la capa de plástico—. No sé cómo permito que me metas en estas locuras.

 

—Es que tengo un encanto irresistible, viejo amigo —dijo con una simpática sonrisa—. Todos los Rawnson tenemos el encanto por arrobas.

 

—Ya. No me cabe la menor duda.

 

—¿Dónde está tu espíritu aventurero?

 

Siempre sacaba a relucir mi total carencia de espíritu aventurero cuando quería que lo secundara en alguna de sus lunáticas ocurrencias. Yo prefería

 

considerarme una persona equilibrada, sensata, con los pies sobre la tierra, de espíritu práctico y realista.

 

—Eso no tiene nada que ver —protesté—. Simplemente no puedo permitirme el lujo de desperdiciar cuatro días de trabajo para nada.

 

—Es viernes —me recordó—. Comienza el fin de semana. Estaremos de regreso el lunes, con tiempo suficiente para que reanudes tu precioso trabajo.

 

—Ni siquiera hemos cogido un cepillo de dientes o una muda de ropa interior —apunté.

 

—Muy bien —suspiró como si se diera por vencido—. Te has salido con la tuya. Si no deseas ir, no voy a obligarte.

 

—Perfecto.

 

—Iré yo solo.

 

Dio un paso al frente al tiempo que un Jaguar Sovereign se detenía junto a él. Un hombre con sombrero hongo bajó del puesto del conductor y mantuvo abierta la puerta.

 

—Gracias, Bates —dijo Simon.

 

El hombre se llevó la mano al ala del sombrero y entró apresuradamente en la portería. Simon me contempló a través del parabrisas del elegante automóvil.

 

—Bueno, colega, ¿vas a permitir que me divierta yo solito?

 

—¡Maldito seas, Simon! —exclamé mientras abría la portezuela y me metía en el coche—. Yo no necesito esta clase de diversiones.

 

Riéndose, Simon cerró la puerta, puso la primera marcha y apretó el acelerador a fondo. Los neumáticos patinaron en el pavimento mojado, y el coche salió disparado. Simon giró el volante y ejecutó un viraje en redondo totalmente ilegal en medio de la calle, entre los bocinazos de un autobús y las maldiciones de los ciclistas.

 

Tenía el convencimiento de que todo iría bien.

 

 

 

 

2

 

EL CAPARAZÓN PROTECTOR

 

Hay cosas peores que circular por la

 

autopista en un Jaguar Sovereign con la Música acuática de Händel a todo volumen. El coche alcanza los ciento cuarenta kilómetros por hora sin una queja, sin un chirrido. El paisaje se desliza suavemente. Los mullidos asientos de cuero proporcionan una agradable comodidad. Los cristales ahumados del vehículo alivian los ojos fatigados del viaje. La carrocería protege y aísla al pasajero de los sobresaltos y peligros de la carretera. Es un coche fabuloso. Sería capaz de estrangular un rinoceronte para conseguir uno.

 

El padre de Simon, un acaudalado banquero de oscuros orígenes, camino de convertirse algún día en lord, se lo había comprado a su hijo. Del mismo modo, le estaba comprando una formación de primera calidad en Oxford. Siempre lo mejor de lo mejor para su queridísimo hijito.

 

Los Rawnson eran ricos, ricos de verdad. Tenían muchísimo dinero; alguno antiguo, pero la mayor parte de reciente adquisición. Además, gozaban de ese peculiar privilegio que los ingleses aprecian por encima de todo: matrimonios de conveniencia. La bisabuela de Simon era duquesa. Su abuela se había casado con un lord que criaba caballos de carreras y en cierta ocasión había vendido un ganador del Derby a la reina Victoria, con lo cual había alcanzado fama y fortuna para siempre jamás. La familia de Simon era uno de esos respetables clanes que a través de matrimonios sagaces acaban enseñoreándose de Cornwall, del distrito de los Lagos, y de medio Buckinghamshire, antes de que nadie pueda darse cuenta. Naturalmente, tales circunstancias habían hecho de Simon un mocoso mimado.

 

Creo que, en otros tiempos y otra época, Simon habría sido muy feliz ganduleando en una mansión de los Midlands, entrenando caballos y perros de caza e interpretando el papel de un hacendado rural. Pero había aprendido demasiadas cosas como para conformarse con una vida limitada a la caza y a la equitación. ¡Jugarretas de la vida! La educación le había echado a perder tan agradable perspectiva.

 

Simon tenía todo el aire de uno de esos hombres que han nacido fuera de su época. No podía evitar que se le notara una vena aristocrática que se evidenciaba en cada uno de sus rasgos y actitudes. Me resultaba muy fácil imaginármelo como el señor de vastas haciendas o como un duque con una corte de serviciales paniaguados y una majestuosa mansión en Sussex. Pero no podía imaginármelo como un catedrático de universidad. Los claustros umbríos y los capiteles altivos no estaban hechos para él. Simon carecía de la sed de sabiduría del auténtico erudito y de la ambición necesaria para sobrevivir a las complejas intrigas de la vida académica. En pocas palabras, tenía indudables aptitudes para una brillante carrera en la universidad, pero no tenía necesidad alguna de triunfar en ella. Por eso no se tomaba su trabajo con la seriedad debida.

 

No es que fuera un gandul. Ni tampoco se había limitado a comprar su licenciatura con el abultado talonario de papá. A decir verdad, había logrado licenciarse con particular brillantez. Pero estaba comenzando a hartarse de su tercer año de doctorado. Al fin y al cabo, ¿para qué le interesaba doctorarse en historia? No aspiraba en modo alguno a convertirse en catedrático. Durante dos años se había limitado a cubrir el expediente; en los últimos tiempos ya ni siquiera se tomaba esa pequeña molestia.

 

Yo había observado cómo decrecía su interés al tiempo que iba descuidando los estudios. Era el caso típico de hastío tras la licenciatura. Es un fenómeno harto frecuente en Oxford, por lo que uno acaba por reconocer perfectamente los síntomas. Quizá Simon pretendía sólo prolongar en lo posible su estancia en la universidad porque no tenía nada mejor que hacer. En verdad, con dinero, la vida universitaria es muy agradable. Incluso sin dinero es mejor que lo que viene después.

 

Yo no censuraba a Simon; simplemente lo sentía por él. No sé lo que habría hecho en su lugar. Como la mayoría de los estudiantes norteamericanos en Oxford, yo tenía que justificar todos y cada uno de mis actos. Deseaba desesperadamente doctorarme y no podía permitirme el lujo de fracasar, de tener que volver a casa con el rabo entre las piernas. Por eso ponía todo mi empeño en lograr conseguir lo que Simon jamás poseería y mucho menos comprendería.

 

Pensándolo bien, ésta era una de las principales diferencias que nos separaban: yo he tenido que rebañar hasta la más insignificante migaja que

 

me han brindado, mientras que Simon no conoce siquiera el significado de la palabra «esfuerzo». Todo lo que tenía, todo lo que era, se lo habían dado, se lo habían regalado por su cara bonita. Conseguía todo lo que deseaba sin mérito ni esfuerzo. La gente se lo disculpaba todo simplemente por ser Simon Rawnson. Pero nadie disculpaba nada a Lewis Gillies. Jamás. Lo poco que yo tenía, y era ciertamente exiguo, me lo había ganado a pulso. El mérito era un concepto ajeno al universo en que se movía Simon; en cambio, era el hecho capital y central del mío.

 

Sin embargo, pese a tales diferencias, éramos buenos amigos. Desde buen principio, cuando el primer año nos adjudicaron habitaciones contiguas en la misma escalera, supimos que continuaríamos juntos. Simon no tenía hermanos y me adoptó como tal. Pasamos los años de universidad catando el dulce néctar de los toneles de «La Carrera de Caballos», remando en el río, metiendo en apuros a las chicas, comportándonos en general como cualquiera esperaría en dos típicos estudiantes universitarios desmandados.

 

No quiero decir con esto que fuéramos unos perdularios calaveras. Estudiábamos cuando había que hacerlo y aprobábamos los exámenes con las calificaciones que necesitábamos. No éramos, en resumen, ni más ni menos responsables que cualquier universitario.

 

Tras licenciarme, solicité una plaza en el seminario de Estudios Célticos y me aceptaron. Fue un auténtico triunfo, sobre todo teniendo en cuenta que era el único muchacho de mi ciudad natal que había podido estudiar en Oxford y además había logrado licenciarse. Salí en el periódico local para satisfacción de mis patrocinadores, la Organización de Veteranos Norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial, quienes, en un enloquecido arrebato de alegría, me prometieron una cantidad respetable para libros y gastos. Aproveché al vuelo la oportunidad, me agencié una pequeña cantidad para cubrir el resto de necesidades, y, ¡abracadabra!, me dispuse a hacer el doctorado.

 

Simon consideró que era una idea espléndida doctorarse y se matriculó en historia, aunque creo que tanto le habría dado hacerlo en astrofísica, en el estudio del comportamiento animal o en cualquier otra cosa. Pero, como ya he dicho, tenía un cerebro bien dotado bajo la gorra y sus tutores consideraron que lograría doctorarse. Incluso le ofrecieron habitaciones en la universidad, cosa que excedía los sueños de cualquiera, porque, si eran escasas las plazas de alojamiento para estudiantes de licenciatura, las disponibles para

 

doctorandos se reservaban sólo a estudiantes con premio extraordinario.

 

De nuevo, privilegios de clase, supongo. Sin duda alguna el padre de Simon, Geoffrey Rawnson, de Blackledge, Rawnson y Symes S. L, tomó cartas en el asunto. Pero ¿quién era yo para quejarme? Las habitaciones, situadas en el último piso, estaban amuebladas con algunas costosas piezas antiguas de la universidad: nada menos que tres obras de arte del Renacimiento italiano, un artesonado de roble, mesas Tiffany, una araña de cristal, dos escritorios Chippendale y un sofá cama de cuero rojo. Y los majestuosos lujos no acababan ahí; teníamos un meticuloso criado, comidas excelentes regadas por el pasable vino de las legendarias bodegas de la universidad, modesta colaboración de estudiantes aún no licenciados, privilegios en la biblioteca por los que cualquiera habría dado la vida… y, como remate, una espléndida vista sobre el patio con la aguja de la catedral al fondo. ¿Cómo habría podido yo solito lograr una situación similar?

 

Simon deseaba que continuáramos juntos como hasta entonces, por cuyo motivo hizo los arreglos necesarios para que yo pudiera compartir su alojamiento. Creo que consideraba aquello como la oportunidad de alargar tres o cuatro años más la felicidad de la soltería. Para él no podía ser más sencillo. El dinero no era problema, de modo que podía permitirse el lujo de perder el tiempo y divertirse hasta el día del juicio; en cambio, a mí me alcanzaba apenas para mantenerme. Necesitaba a toda costa acabar, doctorarme y lograr lo más pronto posible un puesto de profesor. Me encantaba Oxford, pero tenía que pagar las deudas que había contraído para estudiar, y mi familia en los Estados Unidos comenzaba a preguntarse si me volvería a ver otra vez.

 

Por eso me resistí a emprender aquel absurdo viaje con Simon. Estaba enfrascado en mi tesis: «La influencia de la Cosmografía Goidélica en la literatura medieval de viajes». En los últimos tiempos había empezado a sentir la caricia fresca del optimismo en el rostro y a vislumbrar una tenue lucecita al final del camino; débilmente brotaba dentro de mí la confianza. Al fin y al cabo, estaba a punto de acabar. Quizá.

 

Probablemente Simon se dio cuenta de mi estado de ánimo y, quizá de forma inconsciente, se dispuso a sabotearlo. No quería que los buenos tiempos se terminaran. Si yo me doctoraba antes que él, tendría que encararse solo con el mundo cruel…, perspectiva que deseaba posponer dentro de lo

 

humanamente posible. Así pues, ensayaba todo tipo de sutiles estratagemas para desviarme de mi meta.

 

Aquél dichoso asunto del uro era una táctica más de dilación. ¿Por qué yo le seguía la corriente? ¿Por qué me dejaba engatusar?

 

A decir verdad, a lo mejor yo tampoco quería terminar. En lo más profundo del corazón, tenía miedo… de fracasar, de tener que enfrentarme a lo desconocido lejos de las torres de marfil de la vida universitaria. Si no terminaba, no tendría que enfrentarme al fracaso; si no terminaba, podría seguir viviendo para siempre en aquel pequeño y cómodo refugio. Es morboso, lo sé. Pero no es más que la pura verdad, y una enfermedad que los universitarios contraen más a menudo de lo que la gente puede imaginar. Después de todo, el sistema universitario se fundamenta en eso.

 

—Mueve tu jodido trasero —murmuró Simon al conductor de un autobús peligrosamente sobrecargado—. Hazte a un lado, grandísimo imbécil.

 

Había estado musitando comentarios parecidos durante los últimos cien kilómetros. Los diez kilómetros de caravana en los alrededores de Manchester nos habían retrasado considerablemente, y el tráfico lento de la autopista comenzaba a sacarlo de sus casillas. Eché una ojeada al reloj del tablero: las tres cuarenta y siete. Los relojes digitales son una muestra sintomática de la ambivalencia de nuestros tiempos; señalan la hora a la millonésima de segundo, pero sin contexto alguno: son una infinita sucesión de flechas que nos indican «Estáis aquí», pero sin precisar exactamente dónde.

 

—Son casi las cuatro —comenté—. ¿Por qué no hacemos un alto para tomar una taza de té? Ahí hay un área de servicio.

 

Simon asintió.

 

—De acuerdo. Tengo ganas de mear.

 

Minutos después condujo el vehículo hacia la salida y abandonamos la autopista. El aparcamiento estaba abarrotado; todos habían tenido la misma idea del té. Mucha gente lo estaba tomando en el interior de los coches. Siempre me ha asombrado tan peculiar hábito. ¿Por qué esas personas se pasaban horas y horas conduciendo, se detenían en un área de servicio y, sin bajar de sus vehículos, devoraban los bocadillos que llevaban en una caja de zapatos y bebían el té tibio de un termo? Aquello no coincidía en modo alguno con mi idea de hacer un alto en el camino.

 

Aparcamos, cerramos el coche y nos encaminamos hacia un edificio bajo de ladrillos. El cielo estaba encapotado y gris, lloviznaba y un fuerte viento, impregnado de olor a gasolina, azotaba nuestras ropas.

 

—¡Por Dios! ¡Lo que faltaba! —protestó Simon.

 

—¿Qué pasa?

 

Señaló con gesto desdeñoso un tronado letrero de plástico azul sobre el muro gris de cemento. El ademán no podía ser más despreciativo.

 

—Es un Motorman Inn… Son los peores.

 

Nos metimos en el servicio de caballeros, que estaba hecho una porquería. Evidentemente algún palurdo despistado había pasado por aquel lugar con su rebaño diarreico, y los encargados de mantenimiento todavía no habían remediado el desastre. Acabamos nuestro quehacer rápidamente y en el vestíbulo pasamos junto a un grupo de holgazanes vestidos de cuero negro, apiñados ante unas escandalosas maquinitas de matar o ser matado. Las bestias vociferantes intentaron pedirnos suelto, pero Simon hizo caso omiso de ellos con arrogancia y entramos en la cafetería.

 

Naturalmente había cola, los pasteles estaban rancios y las galletas pasadas. Por fin me decidí por una barra de Twix y una taza de té. Por su parte, Simon confesó estar hambriento y pidió pollo con patatas fritas, compota de manzana y crema, y un café.

 

Encontré una mesa, y Simon, después de pagar, se instaló frente a mí. El local retumbaba con el estrépito de los cacharros y apestaba a humo de tabaco. El suelo bajo nuestra mesa estaba resbaladizo de puré de guisantes.

 

—¡Dios! ¡Es grotesco! —gruñó Simon pero con cierto aire de satisfacción —. Una auténtica pocilga. Los motormaníacos atacan de nuevo.

 

Sorbí un poco de té. Me habían puesto demasiada leche, pero no importaba; por lo menos estaba caliente.

 

—¿Quieres que luego conduzca un rato? Lo haré con gusto.

 

Simon echó un poco de vinagre sobre el pollo y las patatas. Después pinchó una patata pringosa que se balanceó peligrosamente en el tenedor. Simon la contempló con asco antes de zampársela. Luego dirigió una enfurecida mirada hacia el mostrador y la cocina.

 

—Ésos zánganos analfabetos sólo tienen que emplear sus escasas facultades mentales para sumergir las patatas en aceite caliente —comentó indignado—. Supongo que de vez en cuando lo logran… aunque sólo sea, más que nada, por pura casualidad.

 

No tenía ganas de discusiones, así que desenvolví la barra de Twix y partí un pedazo.

 

—¿A qué distancia calculas que estamos de Inverness?

 

Simon, tras haber dejado a un lado las patatas por incomibles, atacó el pollo; separó del hueso un pedazo de carne e hizo una mueca de desagrado.

 

—¡Vaya un asco! —fue el veredicto—. No me importa que esté frío, pero odio el pollo congelado. Hace tiempo inmemorial que está hecho.

 

Apartó el plato de un manotazo esparciendo por la mesa las patatas grasientas.

 

—Ése mejunje de manzana tiene buena pinta —observé más por lástima que por convicción.

 

Simon acercó el bol y probó el contenido con una cuchara. Hizo una mueca de asco e inmediatamente escupió el bocado.

 

—Nauseabundo —afirmó—. Inglaterra produce las mejores manzanas del planeta, y estos cretinos facinerosos utilizan asquerosos productos enlatados que rechazaría cualquier república bananera comida por las moscas. Para colmo, nuestras vacas dan una leche que es envidiable, vivimos en una tierra que rebosa leche y miel, pero ¿qué bebemos nosotros? Un sucedáneo a base de leche vegetal seca y helada reconstituida con aguachirle. Es un crimen.

 

—Es comida de autopista, Simon. No le des tanta importancia.

 

—Es mala leche —replicó cogiendo el bol y levantándolo en alto.

 

Temí que fuera a arrojarlo al otro lado del local. Pero se limitó a volcarlo con gesto solemne sobre el despreciado pollo y las grasientas patatas. Se dispuso a tomar el café y le ofrecí la mitad de mi barra de chocolate con intención de calmarlo.

 

—No es por el dinero —dijo apaciblemente—. No me importa malgastarlo…, siempre lo hago. Lo que me molesta es el cinismo.

 

—¿El cinismo? —pregunté asombrado—. Un timo de autopista quizá,

 

pero yo no lo calificaría de cinismo.

 

—Pues, querido amigo, no es más que eso. Ya ves, esos cabrones salteadores de caminos saben que nos tienen en sus manos…, que estamos atrapados aquí, en la autopista. No podemos acudir a la competencia. Estamos cansados, necesitamos un respiro. Se esconden tras una apariencia engañosa y simulan ofrecernos socorro y ayuda. Pero es una impostura. Nos dan bazofia y asaduras y tenemos que conformarnos. Saben que no vamos a protestar. ¡Somos ingleses! No nos gusta armar líos. Nos conformamos con cualquier porquería que nos den porque en realidad no merecemos nada mejor. Ésos bandidos hipócritas lo saben y se aprovechan. Por eso lo considero un cinismo.

 

—¡Baja la voz! —susurré—. La gente nos está mirando.

 

—¡Que lo hagan! —gritó Simon—. Ésos mamones mercachifles de mierda me han robado el dinero, pero no van a conseguir que acepte con calma el latrocinio. No van a conseguir que me calle dócilmente.

 

—¡Muy bien, muy bien! Tranquilo, Simon —dije—. Vámonos.

 

Arrojó la taza de café sobre la mesa, se levantó y se precipitó hacia la puerta. Tomé un último sorbo de té y lo seguí; en el aparcamiento eché una mirada de envidia a los que tomaban el té en la confortable privacidad de sus automóviles. De pronto se me antojaba que aquello era el colmo de la prudencia y el buen gusto.

 

Cuando llegué junto al coche, Simon ya había puesto en marcha el motor.

 

—Sabías perfectamente lo que ibas a encontrar cuando entraste ahí —le eché en cara subiendo al coche—. De veras, a veces me parece que lo haces adrede para poder quejarte después.

 

—¿Acaso tengo la culpa de tanta incompetencia? —protestó—. ¿Soy yo el responsable?

 

—Sabes perfectamente lo que quiero decir, Simon —insistí yo—. Te gusta escarbar en la mierda. Es tu vicio preferido.

 

Puso la primera marcha, salió del aparcamiento y enfilamos de nuevo la autopista. Simon tardó un buen rato en volver a hablar. Su silencio parecía la calma que precede a la tempestad. Conocía muy bien los síntomas, y, a juzgar por la fuerza con la que asía el volante, la tempestad iba a ser un verdadero

 

ciclón. Se respiraba en el ambiente la furia reprimida.

 

Por fin Simon tomó aliento, y yo me apresté a hacer frente a la primera ráfaga.

 

—Estamos condenados, sin duda —dijo lentamente, lanzando las palabras como si fueran piedras arrojadas por una honda—. Condenados como las ratas encerradas en un barril arrastrado por la lluvia.

 

—No me incluyas.

 

—¿No sabes —continuó, dando por sentado mi ignorancia— que cuando Constantino el Grande ganó la batalla del puente Milvio en el año trescientos doce decidió construir un arco de triunfo para conmemorar su victoria?

 

—Escucha, ¿por qué no dejamos este asunto de una vez?

 

—Bueno, pues así ocurrió. El único problema es que no encontró artistas que estuvieran a la altura del ambicioso proyecto. Los buscó por todos los confines del Imperio romano, pero no pudo encontrar ni un solo escultor capaz de reproducir aceptablemente el friso de la batalla o la estatua de la victoria. Pero, como no era un hombre que se desalentara con facilidad, ordenó a sus albañiles que arrancaran las estatuas de otros arcos y las colocaran en el suyo. Los artistas de aquella época no estaban a la altura de las circunstancias, ya ves.

 

—Si tú lo dices… —gruñí.

 

—Es la pura verdad —insistió—. Gibbon considera ese momento el fin de Roma, el comienzo del declive. Y desde entonces la civilización occidental se ha ido hundiendo. Mira a tu alrededor, tío; hemos alcanzado el nadir. El final de la línea. Finí! Kaput! Estamos condenados.

 

—¡Por favor! No empecemos…

 

Mi ruego era sólo un paraguas de papel abierto contra un tifón.

 

—Condenados —repitió con énfasis, lanzando la palabra como un cañonazo—. Sin duda una maldición pendía sobre nuestras desgraciadas cabezas desde el momento mismo de nacer. Tú eres norteamericano, Lewis, así que has tenido que darte cuenta. Se nota en nuestra actitud: los ingleses somos una raza condenada.

 

—Pues a mí me parece que tenéis muy buen aspecto —dije secamente—.

 

Sobreviviréis.

 

—¡Vaya! De modo que te parecemos una civilización que sobrevivirá. Fíjate en nuestra apariencia física: tenemos el pelo lacio y grasiento, la piel llena de pecas, la carne pálida y costrosa, las narices mal hechas. La barbilla hundida, la frente en declive, las mejillas fláccidas, el vientre deforme, los hombros estrechos, la espalda encorvada, las piernas torcidas; estamos ajados, somos velludos y desaseados. Tenemos la vista cansada, los dientes cariados, la respiración irregular. Somos pesimistas, depresivos, anémicos y macilentos.

 

—Nadie lo diría —comenté observando hasta qué punto el aspecto de Simon contradecía la retahíla de defectos que acababa de enumerar.

 

Tenía un físico sin tacha; sus palabras eran fuegos de artificio, mucho ruido y pocas nueces. Como era de esperar, pasó por alto mi comentario.

 

—¿Has dicho que sobreviviremos? La atmósfera está contaminada. El agua también. Y la comida. ¿Quieres que hablemos de la comida? Todo está elaborado por taimados y astutos sujetos en fábricas de salmonella, con el único propósito de contaminar al mayor número posible de consumidores y de paso sacarles el dinero, antes de obligarlos a acudir al Instituto Nacional de la Salud, donde les darán la puntilla y les proporcionarán un entierro apresurado y anónimo. Y, si por algún extraño milagro sobrevivimos a nuestra malsana alimentación diaria, nos vemos abocados a la insoportable mezquindad de nuestra existencia. ¡Míranos! Nos arrastramos entumecidos y neuróticos por inhospitalarias y pestilentes ciudades, inhalando gases nocivos de fábricas obsoletas y agarrando miserables bolsas de plástico llenas de carne tóxica y verduras y frutas cancerígenas. Hediondos ricachones amasan fortunas en cuentas de inversión libres de impuestos, mientras el resto se apretuja en espantosas calles hundidos hasta las rodillas en caca de perro, para fichar en agobiantes y apestosas fábricas, trabajando por un salario que les permita comprar una cáscara de queso rancio y una lata de judías con nuestra libra devaluada y ahogada por los impuestos. Observa cualquier calle en cualquier ciudad. Verás cómo vamos con aire ceñudo de una tienda a otra gastando el dinero en horribles ropas que no nos caen bien, comprando vulgares zapatos de suela de cartón fabricados por esclavos encerrados en gulags, y dejándonos engatusar día tras día por ordinarias y pintarrajeadas dependientas con cerebro de mosquito y piernas de gamba. Acosados por presiones de mercado que no podemos ni comprender ni controlar, vagamos por los lares de la codicia

 

consumidora, comprando a plazos complejos aparatos de fabricación coreana que ni deseamos ni necesitamos con tarjetas de crédito plastificadas, atendidos por presumidos aprendices de vendedores con la cara llena de granos, corbatas amarillas y pantalones demasiado ajustados, que están deseando escabullirse al bar más cercano para ponerse morados de cerveza aguada y mirar impúdicamente a secretarias linfáticas vestidas con minifalda de cuero negro y blusas transparentes.

 

Simon estaba fuera de sí. Me repantingué en el asiento dispuesto a soportar aquel chorreo de horrores. Habló del túnel del canal de la Mancha, de la invasión del Mercado Común Europeo, del dominio tiránico de la moda francesa, de lo lúgubres que eran los belgas, de los estudiantes de habla iraní, de los gamberros que se emborrachaban con cerveza Heineken, de los hooligans, de agujeros en la capa de ozono, de playboys italianos, del narcotráfico sudamericano, de la banca suiza, de las tarjetas de oro del American Express, del efecto invernadero, de la época de irresponsabilidad, inconsecuencia y absurdo que nos había tocado vivir, etcétera, etcétera.

 

Para enfatizar su discurso, aferraba furiosamente el volante con ambas manos y pisaba a fondo el acelerador, balanceando la cabeza al ritmo de sus palabras y mirándome de reojo de tanto en tanto para asegurarse de que seguía escuchándolo. Entretanto, yo esperaba el momento oportuno, la ocasión de meter baza en aquel torrente de atropellada velocidad.

 

—Dentro de poco careceremos de un lugar al que poder calificar como nuestro, pero gozaremos de latas heladas de cerveza Guinness, de refinadas cafeteras Braun, de elegantes prendas Benetton, de bonitas zapatillas Nike, de plumas Mont Blanc chapadas en oro, de máquinas de fax Canon, de Renaults, Porsches, Mercedes, Saabs, Fiats, Yugos, Ladas y Hyundais, de perfumes Givenchy y Chanel pour Homme, de vacaciones en Aeroflot, de estancias en la Costa del Sol, de Piat D’Or, de Viva España, de Sony, Yamaha, Suzuki, Honda, Hitachi, Toshiba, Kawasaki, Nissan, Minolta, Panasonic y Mitsubishis de mierda. ¿Y nos importará algo? —preguntó sin esperar respuesta—. ¡Joder, no! Ni siquiera pestañearemos. No moveremos un pelo ni tensaremos un músculo. Nos quedaremos pasmados ante la todopoderosa televisión, adormecidos en un falso nirvana por la combinación atontadora de trivialidad y charloteo, mientras los nocivos rayos catódicos transforman en gelatina nuestras saludables células grises.

 

Ése tipo de arengas era una de las más logradas habilidades de Simon. Pero aquella diatriba amenazaba con prolongarse eternamente y yo estaba comenzando a hartarme. Hizo un alto para recobrar aliento y aproveché la ocasión.

 

—Si te sientes tan desgraciado —dije arrojándome de cabeza en el vertiginoso torrente de aquella invectiva—, ¿por qué sigues aquí?

 

Curiosamente, mi comentario lo afectó.

 

—¿Qué quieres decir? —preguntó volviendo la cabeza hacia mí.

 

—Lo que has oído. Si eres tan infeliz como aparentas y si las cosas van tal mal como dices, ¿por qué no te largas? Podrías ir a donde quisieras.

 

Simon esbozó una sonrisa de superioridad.

 

—Dime un lugar en donde las cosas vayan mejor —dijo desafiante—, y me iré.

 

Así de improviso no se me ocurrió ningún lugar adecuado para Simon. Podría haber sugerido los Estados Unidos, pero las mismas plagas que azotaban Gran Bretaña estaban asolando también Norteamérica. La última vez que había estado allí, apenas la reconocí… No era como yo recordaba. Incluso en mi pequeña ciudad natal del interior había desaparecido completamente el espíritu de convivencia, engullido por corporaciones municipales rapaces y por la ciega adicción a los negocios rápidos y al consumismo voraz que se había apoderado de los ciudadanos. «Quizá no se celebre nunca más el desfile del Cuatro de Julio en la calle Mayor, ni se canten villancicos en el parque durante la Navidad —me había comentado mi padre—, pero no hay duda de que tendremos McDonalds, Pizza Hut, Kentucky Fried Chicken y supermercados en las afueras, abiertos las veinticuatro horas todos los días de la semana».

 

Así era el mundo: codicioso, duro, horrible. Así era en todas partes y estaba harto de que me lo recordaran cada dos por tres. Por eso me limité a mirar a Simon a los ojos y devolverle la mirada de desafío.

 

—¿Quieres decir que si te encontrara un lugar más adecuado para ti que éste, te marcharías?

 

—Como una centella.

 

—¡Ja! —exclamé—. Nunca lo harías. Te conozco muy bien, Simon. Eres

 

el eterno protestón. No eres feliz a no ser que te puedas sentir desgraciado.

 

—¿Tú crees?

 

—Pues claro, Simon —afirmé—. Si todo fuera sobre ruedas, te deprimirías. De veras. En el fondo te gusta cómo van las cosas.

 

—Bueno, muchas gracias, doctor Freud —gruñó Simon—. Agradezco muchísimo tan agudo análisis.

 

Pisó a fondo el acelerador.

 

—Deberías admitirlo, Simon —insistí—. Te encanta oler la mierda. Eres un voyeur de la miseria humana. Si a algo estás condenado, es a tu caparazón protector. ¡Convéncete! Cuanto peor van las cosas, más disfrutas. La decadencia te va que ni pintada. En el fondo te gusta. Disfrutas con la degeneración; te encanta revolcarte en la podredumbre.

 

—¡Espera y verás! —murmuró tan bajo que apenas pude oírle—. A lo mejor un día te llevas una buena sorpresa, amigo mío.

 

 

 

 

3

 

EL HOMBRE VERDE

 

Había abrigado la esperanza de ver

 

el lago Ness. Pero lo único que veía en el cristal del coche era el reflejo de mi

 

rostro soñoliento al que la lucecita de mapas del tablero confería un aspecto

 

un tanto misterioso. Era tarde, estaba hambriento, aburrido, cansado; deseaba

 

hacer un alto y en silencio me maldecía por haberme avenido a tan absurdo

 

viaje.

 

Lo que le había dicho a Simon era rigurosamente cierto. El estado de ánimo de mi amigo iba de la depresión a la megalomanía y de la megalomanía a la depresión. Sin embargo, aunque sólo me había guiado la sana intención de sacarlo de su incoherente gimoteo, mi improvisado psicoanálisis había logrado únicamente abrir un pesado e insoportable silencio entre los dos. Simon había caído en un repentino ensimismamiento y en las siguientes siete horas de nuestro viaje sólo gruñiría monosílabos. Así que me dispuse a cumplir con mis deberes de copiloto, procurando no hacer caso de su malhumor.

 

Según el mapa que tenía en el regazo estábamos al sur de Inverness. Dejé de mirar por la ventanilla y observé el mapa. Circulábamos por la A82 y nos acercábamos a un pueblecito llamado Lochend. La estrecha y larga silueta del lago del monstruo se extendía a unos cien metros, a la derecha.

 

—Pronto veremos algunas luces —dije—. Dentro de cinco o seis kilómetros.

 

Aún me hallaba inclinado sobre el mapa cuando de pronto Simon exclamó:

 

—¡Maldita sea!

 

Apretó el freno y dio un golpe de volante. Me sentí lanzado contra la puerta y me di un golpe contra la ventanilla.

 

El coche se detuvo en seco en mitad de la carretera.

 

—¿Lo has visto? —gritó Simon—. ¿Lo has visto?

 

—¡Ay! —exclamé frotándome la cabeza—. ¿Ver qué? No he visto absolutamente nada.

 

Los ojos de Simon tenían un brillo extraño. Puso la marcha atrás y reculó.

 

—¡Era una de esas cosas!

 

—¿Cosas? ¿Qué cosas?

 

—Ya sabes —dijo dándose la vuelta para mirar por el cristal de atrás—, una de esas criaturas mitológicas.

 

Tenía la voz trémula y las manos temblorosas.

 

—Nada menos que una criatura mitológica… ¡Vaya! —Me giré también, pero no vi nada—. ¿Qué clase de criatura mitológica exactamente?

 

—¡Por Dios, Lewis! —gritó con voz histérica—. ¿La viste o no?

 

—Bueno, cálmate. Te creo. —Era evidente que había conducido demasiadas horas seguidas—. Fuera lo que fuera, ha desaparecido.

 

Me disponía a mirar de nuevo hacia delante, cuando de pronto vi el torso de un hombre cubierto de andrajos, débilmente iluminado por el resplandor rojo y blanco de las luces traseras. A juzgar por sus proporciones, el cuerpo debía de ser gigantesco. Sólo lo vi breves instantes, pero la primera impresión que tuve fue que se trataba de un árbol cubierto de hojas.

 

—¡Allí! —exclamó triunfante Simon, poniendo violentamente el freno de mano—. ¡Allí está otra vez!

 

Se precipitó fuera del coche y corrió unos metros por la carretera.

 

—¡Simon, vuelve! —aullé. El eco de sus pisadas se desvaneció—. ¿Simon?

 

Me apoyé en el respaldo del asiento y escruté por la ventanilla de atrás. No distinguí absolutamente nada excepto unos cuantos metros de asfalto iluminados por las luces traseras. El motor se apagó, y por la puerta del coche que Simon había dejado abierta oí el susurro del viento en los pinos como si fueran silbidos de serpientes.

 

Mantuve la mirada fija en el círculo de luz y al cabo de unos instantes vislumbré una silueta que se aproximaba con rapidez. Poco después distinguí

 

el rostro de Simon. Se metió en el coche, cerró la puerta y bajó el seguro.

 

Puso las manos sobre el volante y se quedó inmóvil.

 

—¿Qué? ¿Viste algo?

 

—Tú también lo viste, Lewis. Lo sé —dijo volviendo el rostro hacia mí.

 

Tenía los ojos brillantes y la boca crispada. Nunca lo había visto tan excitado.

 

—Mira, sucedió demasiado deprisa. No sé lo que vi. Vayámonos de aquí, ¿te parece?

 

—Descríbelo. —Se le quebró la voz con el esfuerzo que le costaba articular las palabras.

 

—Ya te he dicho que no creo que pudiera…

 

—¡Descríbelo! —repitió dando un puñetazo al volante.

 

—Creo que era un hombre, al menos lo parecía. Sólo vi una pierna y un brazo, pero creo que era un hombre.

 

—¿De qué color?

 

—¿Cómo quieres que sepa de qué color era? —pregunté con voz estridente—. No lo sé. Estaba oscuro. No lo vi bien…

 

—¡Dime de qué color era! —insistió Simon en tono frío y cortante.

 

—Me parece que verde. El sujeto llevaba algo verde…, andrajos o algo

 

así.

 

Simon asintió y exhaló un suspiro.

 

—Sí. Verde. Eso es. Tú también lo viste.

 

—¿De qué estamos hablando exactamente? —inquirí con el corazón en un puño.

 

—De un hombre gigantesco —respondió con calma—. De dos metros y medio de altura, por lo menos.

 

—Sí. Y con una chaqueta verde hecha andrajos.

 

—No. —Simon sacudió con decisión la cabeza—. No era una chaqueta.

 

Ni andrajos.

 

—¿De qué se trataba entonces? —pregunté con voz tensa.

 

—Eran hojas.

 

Sí. También él lo había visto.

 

Nos detuvimos a poner gasolina en una estación de servicio abierta día y noche en las afueras de Inverness. El reloj del tablero marcaba las 2.47 de la madrugada. Exceptuando las paradas que habíamos hecho para poner gasolina y para engullir unos bocadillos en Carlisle, hacía exactamente once horas que no nos habíamos tomado un auténtico descanso. Simon había insistido en hacer el viaje de una tirada para, utilizando sus propios términos, «estar al alba in situ».

 

Simon puso gasolina mientras yo limpiaba el parabrisas de los insectos que se habían quedado pegados en él. Pagó el importe y volvió al coche trayendo dos tazas de plástico con Nescafé.

 

—Bebe —indicó dándome una.

 

Tomamos el brebaje mirándonos de hito en hito bajo el resplandor de unos tubos fluorescentes.

 

—Bueno —dije tras unos minutos—, ¿lo dices tú o lo digo yo?

 

—¿A qué te refieres? —preguntó Simon, dedicándome una de sus frías y cortantes miradas, un truco más de los suyos.

 

—¡Lo sabes perfectamente, Simon! —exclamé con más brusquedad de lo que pretendía. Supongo que todavía estaba alterado. Simon, en cambio, había recobrado la calma—. A lo que vimos allí —añadí señalando con la mano la carretera.

 

—Subamos al coche —contestó.

 

—¡No! No voy a subir hasta que…

 

—¡Cierra el pico, Lewis! —siseó—. Aquí no. Sube al coche y hablaremos.

 

Miré hacia la puerta de la estación de servicio y vi que el empleado nos estaba observando. No sé lo que habría oído. Me metí en el coche y cerré la portezuela. Simon puso el motor en marcha y enfilamos de nuevo la carretera.

 

—Muy bien. Ya estamos en el coche —dije—. Hablemos.

 

—¿Qué quieres que te diga?

 

—Quiero que me digas lo que crees que vimos.

 

—¡Es obvio! ¿No te parece?

 

—Quiero oírtelo decir —insistí—. Sólo por gusto.

 

Simon me dirigió una mirada de infinita paciencia.

 

—Muy bien. Sólo por gusto: creo que vimos lo que se llamaba un Hombre Verde. —Sorbió un poco de café—. ¿Satisfecho?

 

—¿Eso es todo?

 

—¿Qué más quieres que te diga, Lewis? Vimos ese enorme monstruo verde. Tú y yo…, los dos lo vimos. No sé qué más puedo decirte.

 

—Cabría añadir que es algo totalmente imposible. ¿No? Cabría decir que no existen hombres de hojas de roble, no pueden existir, no pueden haber existido jamás. Cabría decir que no existen cosas tales como el Hombre Verde…, que es sólo una creación de antiguas supersticiones y leyendas, sin base alguna de realidad. Cabría decir que estábamos tan fatigados del viaje que vimos cosas que no existen.

 

—Si eso va a hacerte feliz, diré lo que quieras —concedió—. Pero yo vi lo que vi. Explícatelo como te venga en gana.

 

—Pero ¡es que no puedo explicármelo!

 

—¿Eso es lo que te preocupa?

 

—Sí…, entre otras cosas.

 

—¿Por qué te importa tanto una explicación lógica?

 

—Perdona, pero da la casualidad de que conservar el sentido de la realidad, en la medida de lo posible, es importantísimo para cualquier hombre inteligente que esté en su sano juicio.

 

Simon se echó a reír, logrando en cierto modo romper la tensión.

 

—Así pues, según tu opinión, si un hombre ve algo que carece de explicación lógica se lo puede calificar de loco, ¿no es cierto?

 

—Yo no he dicho exactamente eso.

 

Simon tenía el feo hábito de tergiversar mis palabras.

 

—Bueno, pues tendrás que acostumbrarte, tío.

 

—¿Acostumbrarme? ¿Es todo lo que se te ocurre decir?

 

—Hasta que averigüemos algo más, sí.

 

Habíamos llegado a un cruce de tres carreteras.

 

—Ahí está el desvío —indiqué—. Coge esa carretera hasta Nairn.

 

Simon tomó dirección este, atravesó la ciudad y entonces se salió de la carretera. Detuvo el coche, paró el motor y se desató el cinturón de seguridad.

 

—¿Qué haces?

 

—Voy a dormir. Estoy cansado. Podemos descabezar aquí un sueñecito y llegar a la granja antes de la salida del sol.

 

Reclinó el respaldo del asiento y cerró los ojos. Al cabo de pocos instantes dormía profundamente.

 

Lo observé un rato, preguntándome: «Simon Rawnson, ¿en qué lío nos hemos metido por tu culpa?».

 

 

 

 

4

 

A LAS PUERTAS DEL OESTE

 

Oí el profundo y atronador rugido de

 

un monstruo y me desperté. Simon roncaba plácidamente a mi lado. Al este, el sol se estaba levantando tras las colinas y el tráfico mañanero comenzaba a ronronear en la carretera. El reloj del tablero marcaba las 6.42 de la mañana. Sacudí a Simon.

 

—¡Eh!, ¡despierta! Nos hemos quedado dormidos.

 

—¿Uh? ¡Maldita sea! —gruñó con un estremecimiento. Se incorporó y puso en marcha el motor—. ¿Por qué no me has llamado antes?

 

—Acabo de despertarme.

 

—Llegaremos tarde.

 

Se frotó los ojos con los puños, miró por el espejo retrovisor y lentamente condujo el coche hasta la carretera.

 

—¿Qué quieres decir? El sol aún no ha salido del todo. Faltan sólo unos pocos kilómetros. Llegaremos de sobra.

 

—Quería llegar antes de la salida del sol —se limitó a decirme—. No después.

 

—¿Y qué importa?

 

Simon me dedicó una sonrisa burlona.

 

—¿Y tú eres un estudioso de la cultura céltica?

 

Su tono sugería que yo estaba obligado a leer su pensamiento.

 

—La hora-entre-horas… ¿A eso te refieres? —dije yo. No tenía ni idea de que Simon estuviera al corriente de las tradiciones célticas—. ¿Por eso hemos venido hasta aquí perdiendo el culo?

 

Como no se dignó contestar, interpreté su silencio como una afirmación y continué:

 

—Mira, si ésa es la causa por la que me has arrastrado hasta estos andurriales, olvídame. La hora-entre-horas no es más que una superstición popular; una patraña poética. No existe.

 

—¿Como tampoco existe el uro?

 

—¡Claro que no existe! —Iba a añadir que tampoco existían los Hombres Verdes pero me mordí la lengua a tiempo. No era cuestión de entrar en discusiones a aquellas horas de la mañana—. Sólo se trata de periodismo sensacionalista.

 

—Eso es precisamente lo que hemos venido a comprobar, ¿no?

 

Simon sonrió taimadamente y concentró toda su atención en la carretera. Estábamos de nuevo en pleno campo, alejándonos de Inverness rumbo al este por la A96. La última señal que vi indicaba que Nairn estaba sólo a dieciocho kilómetros.

 

Rebusqué en el suelo del coche, encontré el mapa donde lo había dejado por la noche y lo abrí por la página debida. La granja que buscábamos no figuraba en el mapa, pero sí el pueblecito más cercano: un minúsculo villorrio llamado Craigiemore en una revuelta de una carretera amarilla que atravesaba lo que en términos optimistas recibía el nombre de bosque de Darnaway. Probablemente lo único que quedaba del pretendido bosque era una ladera con unos cuantos tocones podridos y un área de descanso junto a la carretera.

 

—La granja Carnwood no figura en el mapa —dije tras haberlo estudiado con detenimiento.

 

Simon soltó un gruñido en señal de reconocimiento. Animado por tal respuesta, proseguí:

 

—De todas formas, desde Nairn hay unos diez kilómetros hasta la B9007. Y desde allí a la granja hay probablemente unos cinco kilómetros como mínimo.

 

Agradeció la orientadora información con otro elocuente gruñido y pisó a fondo el acelerador. El brumoso paisaje de redondeadas colinas se deslizaba con celeridad. Apenas se veía nada. Una tupida niebla cubría la tierra, emborronaba cualquier detalle en un kilómetro a la redonda y convertía el sol naciente en un fantasmagórico disco de color rojo sangre.

 

Escocia es un extraño paraje. No podía entender la admiración que mucha

 

gente, de indudable gusto en otros temas, profesaba por aquel pelado pescuezo de polvo y rocas, sacudido sin cesar por los vientos. Donde no había páramos, había lagos, tan húmedos unos como otros. Además estaba el frío. Yo prefiero la Costa del Sol en cualquier época. Mejor todavía, que me den la Riviera Francesa y que se queden con todo lo demás. Por mí se pueden ir al diablo los lugares en los que no se puede cultivar un viñedo a un tiro de piedra de la playa.

 

Simon me sacó de mis cavilaciones poniéndose a recitar una poesía, tan extraña como espontánea, sin separar la vista de la carretera.

 

Soy el cantor en el alba de la era

 

y me encuentro a las puertas del oeste.

 

Me apoyan centenares de guerreros,

 

cuyos nombres son loados entre los jefes y

 

cuyas órdenes se apresuran a cumplir poderosos señores.

 

Sangre real fluye por mis venas;

 

no soy de humilde cuna,

 

pero se desdeñan mis dotes.

 

La verdad yace en la raíz de mi lengua,

 

la sabiduría en el aliento de mis palabras,

 

pero los hombres no celebran mis versos.

 

Soy el cantor en el alba de la era

 

y me encuentro a las puertas del oeste.

 

Me quedé boquiabierto. Uno vive unos cuantos años con alguien y cree por eso conocerlo bien.

 

—¿Dónde demonios has aprendido eso? —pregunté cuando al fin pude reaccionar.

 

—¿Te ha gustado? —Y sonrió como el escolar travieso a punto de confesar una falta al profesor.

 

—Es una poesía muy bonita —concedí—. ¿De dónde la has sacado?

 

—No tengo la más remota idea —respondió—. Debo de haber tropezado

 

con ella en alguna de mis lecturas. Ya sabes.

 

Lo sabía perfectamente bien. Simon, el escolar aplicado, no había abierto un libro durante meses.

 

—¿Tienes idea de lo que significa? —inquirí.

 

—A decir verdad, suponía que tú me lo dirías —contestó con aire tímido

 

—. Temo que quede un tanto fuera de mi especialidad. Pertenece más bien a la tuya, creo.

 

—Simon, ¿qué te traes entre manos? Primero ese asunto del buey extinguido, luego tu repentina preocupación por la hora-entre-horas, y ahora me sales con enigmas célticos. ¿Qué pretendes?

 

Se encogió de hombros.

 

—Me pareció una poesía que ni pintada para este momento, supongo.

 

Ésas colinas, la salida del sol, Escocia…, todo esto.

 

Habría sacado más información de una ostra, así que cambié de conversación.

 

—¿Qué te parece si desayunáramos?

 

Simon no se dignó contestar; parecía totalmente absorto en la conducción.

 

—¿Nos paramos en Nairn a tomar algo? —insistí.

 

No nos detuvimos en Nairn. Atravesamos la ciudad tan rápidamente que creí que a lo mejor Simon intentaba batir un récord de velocidad.

 

—¡No tan deprisa! —exclamé asiéndome al tablero.

 

Pero Simon ni se inmutó y siguió adelante.

 

A la salida de Nairn, Simon tomó la A939 y literalmente volamos entre las colinas. Por fortuna, sólo circulábamos nosotros por la carretera. Después de atravesar el río Findhorn,[2] llegamos al pueblecito de Ferness, en el cruce de la A939 y de la B9007.

 

—Ahí está el desvío. Tuerce a la derecha —le indiqué.

 

La B9007 resultó ser un estrecho camino asfaltado que bordeaba la cañada del Findhorn y se internaba en el bosque de Darnaway, que para mi sorpresa reunía las características de un auténtico bosque. Es decir, colinas cubiertas por altos y espesos pinares, niebla matutina flotando entre los árboles y

 

arroyuelos que iban a desembocar en el río. Al cabo de un kilómetro llegamos a un pequeño pueblecito llamado Mills de Airdrie.

 

Sabía el suficiente gaélico como para imaginar que la palabra «Airdrie» era la contracción de la antigua denominación céltica «Aird Righ», es decir, Soberano Rey. Aunque no había nada extraño en que un rey poseyera un molino junto al río,[3] juzgué ciertamente peculiar que pudiera haberse tratado de un Soberano Rey. En la antigüedad ese título se reservaba sólo para la elite de la realeza, y en raras ocasiones se utilizaba en Escocia.

 

El pueblecito era minúsculo: sólo una mancha en la carretera con un hostal y un establecimiento que era a la vez colmado, quiosco y correos. Recorrimos un par de kilómetros más y llegamos a una carretera que no constaba en el mapa. En el cruce había una señal un tanto borrada por los elementos; en chillonas letras azules estaba pintado el rótulo «granja Carnwood», además de una flecha que indicaba la dirección. Torcimos a la izquierda y llegamos enseguida a un puente de piedra. Cruzamos el río Findhorn una vez más y nos dirigimos al corazón del bosque de Darnaway.

 

La granja Carnwood se alzaba entre dos colinas cubiertas de árboles. Pequeña, limpia, acogedora, tenía esa apariencia que confiere la laboriosidad y la prosperidad. Pero tenía también un aire de…, no sé, de soledad; como si hiciera mucho tiempo que estuviera abandonada. No descuidada, ni desatendida: simplemente intacta. O, más exactamente, como si la finca se hubiera resistido de algún modo a que la habitaran los hombres. Era una sensación absurda. Los edificios, los campos y las ruinas de una esbelta torre de piedra cubierta de musgo junto a la casa mostraban que el lugar había sido cuidado y habitado durante generaciones.

 

—Bueno —dijo Simon—, hemos llegado.

 

Había ido disminuyendo la velocidad y detuvo el coche en la cuneta. Una casa enorme de piedra gris y varios cobertizos se levantaban al final de un camino bordeado de árboles. Una puerta de madera pintada de negro separaba el camino de la carretera. Un buzón de latón ostentaba el nombre de Grant en letras blancas.

 

—¿Ahora qué? —pregunté—. ¿Nos quedamos aquí sentados o vamos a la casa?

 

—Vayamos.

 

Apagó el motor y sacó las llaves del contacto. Salimos del coche y nos encaminamos a la valla.

 

—Hace frío —comenté estremeciéndome; había dejado la capa en el coche.

 

Simon intentó abrir la puerta; no estaba cerrada y cedió con facilidad.

 

Un inquieto y juguetón perrazo negro apareció en mitad del camino. No ladró, sino que corrió a nuestro encuentro moviendo alegremente la cola. Me lamió las manos antes de que tuviera tiempo de metérmelas en los bolsillos. Simon silbó al hospitalario animal.

 

—¡Hola, chucho! ¿Está tu amo en casa?

 

—Sí está —dije yo—. Ahí viene.

 

Desde una esquina del granero se acercaba un hombre tocado de un deforme sombrero marrón, un chaquetón negro y botas de goma verdes. Llevaba en la mano un largo bastón y tenía todo el aspecto de saber usarlo.

 

—Buenos días, señor —saludó Simon echando mano del encanto de los Rawnson—. Vive usted en un lugar muy bonito.

 

—Buenos días —respondió el hombre.

 

No sonrió pero tampoco hizo ademán de golpearnos con el bastón.

 

—Acabamos de llegar de Oxford —dijo Simon como si eso lo explicara todo.

 

—¿De tan lejos? —El granjero sacudió ligeramente la cabeza.

 

Parecía como si Oxford no encajara fácilmente en su mundo geográfico.

 

—Entonces es que deben de tener muchas ganas de ver al animal — añadió.

 

Por un momento creí que se refería al perro; estaba a punto de responder que ya habíamos gozado de tal placer, cuando Simon contestó:

 

—Exactamente. Si no es molestia, claro. No desearía en modo alguno estorbar.

 

«¡Si no es molestia!». ¡Habíamos conducido día y noche para llegar hasta allí y ver el uro, y salía con que no deseaba estorbar! ¡Era el colmo!

 

—¡Oh, no me estorban en absoluto! —replicó amablemente el granjero—.

 

Los llevaré ahora mismo.

 

Nos condujo a un pequeño campo tras el granero. La yerba, cubierta de escarcha, crujía bajo nuestras pisadas como cáscaras de huevo. Escruté el campo buscando alguna señal de la infortunada reliquia de la era de las glaciaciones, pero no vi absolutamente nada.

 

Avanzamos un trecho y el granjero señaló con la punta del bastón el suelo.

 

—Aquí es donde se derrumbó —indicó—. Observen en la yerba el rastro que dejó.

 

No vi nada. No veía nada de nada.

 

—¿Dónde está? —pregunté.

 

La decepción, o quizá la exasperación, hizo que mi voz sonara tensa.

 

El granjero me miró plácidamente; supongo que con esa mirada mezcla de compasión y burla con la que uno contempla a un palurdo ignorante.

 

—No lo veo por ningún lado. ¿Dónde está?

 

No quería ser brusco con aquel hombre, pero me sacaba de quicio el hecho de que no pareciera importarle que hubiéramos hecho un montón de kilómetros para contemplar un pedazo de tierra pelada en un campo en barbecho.

 

—Ayer por la tarde vinieron y se lo llevaron —me respondió el granjero.

 

Simon se acuclilló y puso una mano sobre la yerba aplastada.

 

—¿Quiénes se lo llevaron? —inquirió como quien no quiere la cosa—. Si es que no tiene inconveniente en decírmelo.

 

—¡No me importa en absoluto! —contestó el granjero—. Fueron unos hombres de la universidad.

 

—¿Qué universidad? —pregunté, sintiéndome más y más bobo a cada segundo que pasaba.

 

—Edimburgo —respondió el hombre como si fuera el único centro de enseñanza del mundo y yo hubiera preguntado una estupidez—. Eran arqueólogos. Traían una camioneta con remolque y todo lo demás.

 

Simon volvió a centrar la conversación en la pregunta que le interesaba.

 

—¿Ha dicho usted ayer por la tarde? ¿A qué hora?

 

—Eran las cuatro y cuarto. Me disponía a tomar el té cuando llegaron — contestó el granjero acuclillándose junto a mi amigo señalando con el bastón el cuerpo desaparecido—. Pueden ver perfectamente cómo se derrumbó. Calculo que debió de caer de costado. La cabeza estaba ahí. —Golpeó el suelo con el bastón—. Hicieron muchas fotografías. Dijeron que vendrían otros sujetos para tomar notas.

 

—Así es —confirmó Simon, dando a entender que nosotros éramos tales sujetos—. Hemos venido lo más pronto que nos ha sido posible.

 

—¿No tiene usted un montón de estiércol por aquí? —pregunté.

 

—¿Estiércol? —repitió el granjero con cierta sorna—. ¿Es que quieren ver también mi montón de estiércol?

 

Simon me echó una mirada furiosa y enseguida se dirigió al granjero:

 

—¿Adónde se llevaron el cuerpo esos sujetos de la universidad?

 

—Al laboratorio —fue la respuesta—. Allí se lo llevaron. Para hacer pruebas y demás. Todas esas cosas que acostumbran hacer.

 

Sacudió la cabeza como evidenciando que todo aquello escapaba a su incumbencia y comprensión.

 

—¿Desearían desayunar? —ofreció luego.

 

—Sí —respondí.

 

—No —corrigió Simon dirigiéndome una mirada asesina—. Ya lo hemos molestado bastante. Si no le importa, nos gustaría hacerle unas cuantas preguntas más y después nos iremos. Vamos a ver, ¿cuándo se dio cuenta de que el animal se había derrumbado en este campo?

 

El granjero alzó la vista al cielo. El sol se había levantado sobre las colinas despejando la niebla.

 

—No sería molestia alguna —aseguró.

 

—Se lo agradecemos igualmente —repuso Simon con la más encantadora de sus sonrisas—. Es usted muy amable.

 

—¿De verdad no quieren una taza de café? —insistió el granjero metiéndose las manos en los bolsillos.

 

Simon se incorporó.

 

—Sólo si de veras no resulta una molestia para usted. No querríamos hacerle perder su tiempo —respondió—. Sé perfectamente cuán importuna puede resultar una visita.

 

El granjero sonrió.

 

—Mi Morag ya debe de haber servido las tazas. Acompáñenme. Me llamo Grant…, Robert Grant —dijo alargándonos la mano.

 

—Yo soy Simon Rawnson —repuso Simon estrechándosela—. Mi colega se llama Lewis Gillies.

 

Estreché yo también la mano del granjero y, después de haber cumplido con el ritual de las presentaciones, lo seguimos hacia la casa. Ya cerca de la vivienda, Simon me cogió del brazo.

 

—No puedes comportarte así ante esta gente —susurró enfadado.

 

—¿A qué te refieres? Fue él quien nos invitó. Estoy hambriento.

 

Simon frunció el entrecejo.

 

—Pues claro que fue él quien nos invitó… ¡Era de suponer! Pero hay que esperar a que insistan.

 

—Lo que tú digas, Mil Ciencias. Al fin y al cabo tú has organizado este número circense.

 

—¡No me hagas perder la paciencia! —siseó—. Te lo advierto.

 

—Ya te he dicho que estoy de acuerdo.

 

Entramos tras el granjero en la casa y aguardamos a que se quitara el chaquetón. Su esposa, Morag, nos recibió en la cocina, donde, tal como había supuesto el granjero, nos había servido sendas tazas de café.

 

—Éstos muchachos acaban de llegar de Oxford —le hizo saber el granjero.

 

Lo dijo como si hubiésemos hecho todo el camino a pie.

 

—¿Oxford? ¿De verdad? —repitió la esposa, que parecía muy impresionada—. Siéntense, por favor. Los cereales están calientes. ¿Cómo les gustan los huevos?

 

Mis labios se aprestaron a pronunciar «fritos», pero Simon me dio un codazo.

 

—No se moleste, se lo ruego —dijo con exquisita educación—. Una taza de café es más que suficiente. Muchas gracias.

 

El granjero acercó dos sillas a la mesa.

 

—Siéntense —indicó.

 

Obedecimos.

 

—Es imposible mantener en forma el cuerpo y el alma solamente con un café —comentó la esposa de Grant—. No quiero que se diga que se han levantado de mi mesa con hambre. Espero que no les importe comer en la cocina —añadió con los brazos en jarra.

 

—Es usted muy amable —dijo Simon dirigiéndole la más espléndida de sus sonrisas—. Es una cocina preciosa.

 

Le había visto emplear con dependientas y camareras la misma afectada elegancia, siempre con inmejorables efectos. Había gente que indudablemente la encontraba irresistible.

 

Poco después estábamos devorando el contenido de sendos boles de pegajosas papas de cereales. Luego comimos huevos, tostadas con mermelada casera de uva, lonchas de tocino del país, queso de granja y tortas de avena. Morag presidía el banquete con rostro arrebolado y expresión orgullosa. Era evidente que estaba disfrutando muchísimo.

 

No volvimos a hablar del desaparecido uro hasta que los platos no fueron retirados.

 

—Es muy extraño —comentó el granjero mirando fijamente la taza de café que sostenía en sus manos—. Hacía unos cinco minutos que había atravesado ese campo. Y no había el menor rastro del animal.

 

Simon asintió como animándolo.

 

—Debió de ser algo emocionante.

 

El granjero hizo un gesto de asentimiento. Su esposa, que había estado revoloteando en torno a la mesa, intervino:

 

—¡Oh, y eso no es todo! Cuéntales lo de la lanza, Robert.

 

—¿Una lanza? —repitió Simon inclinándose hacia delante—. Perdone, pero nadie nos ha dicho nada de una lanza. No se mencionaba lanza alguna en el… informe.

 

El granjero se permitió una leve, tímida y orgullosa sonrisa.

 

—Es cierto, es cierto. No se lo he contado a nadie.

 

—¿Contar qué exactamente? —pregunté.

 

—El animal que apareció en mi campo había sido alcanzado por una lanza —contestó Robert con toda cachaza—, que le atravesó el corazón.

 

Miró a su esposa y le hizo una seña. Morag se dirigió a una pequeña rinconera junto a la cocina. Rebuscó y sacó un delgado palo de fresno de metro y medio de largo; estaba rematado por una hoja plana y afilada de hierro sujeta al astil con cuero sin curtir. La hoja, el cuero y el astil de madera estaban teñidos de un color marrón rojizo que parecía sangre.

 

Trajo el arma a la mesa. Yo me levanté y extendí las manos.

 

—¿Puedo cogerla?

 

A un gesto del marido, la mujer me entregó el arma, que sopesé en mis manos. Pesaba bastante; era un arma sólida, bien hecha. Le di la vuelta y la examiné concienzudamente, desde la punta hasta la hoja. La madera del astil estaba pulida y era muy resistente. La hoja, bajo la pátina de sangre seca, estaba bien templada y afilada. Además, se hallaba decorada con el más intrincado dibujo de espirales que pudiera imaginarse; toda la superficie de la hoja estaba labrada con precisos y vistosos remolinos entretejidos.

 

Una curiosa sensación me invadió mientras sostenía la lanza. Me pareció como si aquella lanza me resultara familiar, como si la hubiera sostenido entre mis manos antes, como si aquella forma de sostenerla no fuera la más apropiada. Sentí una sensación extraña de plenitud, de comunión…

 

¡Qué tontería! Pues claro que había visto antes aquella hoja muchas veces, en innumerables fotografías, y más de un ejemplar. La reconocía lo suficiente como para identificarla y situarla: pertenecía a la edad de hierro de los celtas, a la cultura de La Tène, que se había desarrollado entre los siglos VII y V a. C. El Museo Británico tenía centenares, si no miles, de objetos de la edad de hierro. Incluso los había tocado durante las investigaciones que el departamento llevaba a cabo en el Museo Ashmolean de Oxford. La única

 

diferencia que observaba entre aquella lanza y los oxidados ejemplares de los museos era que el arma que sostenía en mis manos parecía como si hubiera sido fabricada un día antes.

 

 

 

 

5

 

EL CAIRN

 

—Es una    broma.        Una

 

falsificación. Y tú eres un estúpido por dejarte engañar. Apuesto a que en estos momentos se están carcajeando de nosotros. Engatusaron a unos listillos de la ciudad con el cuento del uro desaparecido. ¡Qué inteligentes somos! ¡Qué gracia! ¡Ja, ja, ja!

 

Simon puso el Jaguar en marcha y enfilamos la carretera.

 

—¿Estás diciendo que no crees lo que nos han contado Robert y Morag?

 

—Bueno, no he visto señal alguna de la bestia extinguida. ¿Es que tú has visto algo? ¡Caramba, qué sorpresa! —me burlé.

 

—¿Y qué me dices de la fotografía del periódico?

 

—Ése periodicucho les pagó seguramente unas cien libras por posar y otras tantas por mantener la boca cerrada —insistí—. Lo cierto es que no hemos visto uro alguno, porque no había nada que ver.

 

—Vimos un magnífico ejemplar de lanza de la edad de hierro.

 

—Probablemente la fabricó el propio Grant para dar más credibilidad a la patraña. Yo mismo puedo hacerte una en medio día si me das las herramientas adecuadas.

 

—¿De verdad lo crees así?

 

—¡Por Dios, Simon! Despierta y verás que hay gato encerrado. Nos han llevado al huerto. Olvidémoslo, y volvamos a casa.

 

Simon me miró con expresión plácida.

 

—Fuiste tú quien preguntó por el cairn —dijo—. A mí no se me habría ocurrido jamás.

 

—Muy bien —concedí sabiendo que Simon se agarraría tozudamente a aquel detalle—, reconozco que me dejé llevar por la excitación del momento. ¿Y qué?

 

—Fue idea tuya. Así pues, vamos a ver el cairn.

 

—No me eches la culpa —le rogué—. He cambiado de idea. Mira, son casi las nueve. Si emprendemos el regreso ahora mismo, podemos llegar a Oxford esta noche.

 

—Sólo está a kilómetro y medio, y en esta misma carretera —insistió Simon—. Llegamos hasta allí, echamos un vistazo y regresamos, ¿qué te parece?

 

—¿Prometido?

 

—Sí.

 

—¡Mentiroso! No tienes intención alguna de volver a casa.

 

Simon se echó a reír.

 

—¿Qué quieres, Lewis? ¿Que te lo jure por mis muertos?

 

—Sólo quiero volver a casa.

 

Simon separó la mano derecha del volante y señaló el mapa.

 

—Mira a ver si localizas ese cairn.

 

Cogí el mapa y busqué la página.

 

—No lo veo.

 

Me maldije a mí mismo por bocazas. El cairn en cuestión había surgido en la conversación porque, cuando estábamos sentados en la cocina de la granja de los Grant, mi cabeza rebullía con ideas acerca de lanzas de la edad de hierro, bueyes extinguidos y cosas semejantes; por eso había preguntado de pronto:

 

—¿Hay algún cairn por aquí cerca?

 

—Sí —había sido la respuesta de Grant—. Bastante cerca. Formaba parte de esta hacienda, pero mi padre vendió la porción de terreno donde se levanta. El viejo era supersticioso.

 

Luego, como Simon había insistido inmediatamente en verlo ya que estaba tan cerca, nos explicó dónde podíamos hallarlo. Al granjero le pareció buena idea que inspeccionáramos el cairn y se mostró dispuesto a acompañarnos. Simon lo hizo desistir aduciendo que era mejor que se quedara en la granja puesto que podían aparecer en cualquier momento individuos de

 

otra universidad, también deseosos de hablar con él. Nos despedimos prometiendo mantenernos en contacto y visitarlos otra vez muy pronto.

 

Y ahora nos dirigíamos hacia ese montón de piedras, o lo que en aquellos húmedos parajes pasara por ser un cairn, siguiendo una de esas carreteras secundarias estrechas y tortuosas que parecen que ni pintadas para accidentes de tráfico. Sin habernos cruzado con coche alguno, llegamos hasta la valla que nos había indicado Grant. Simon detuvo el coche y bajamos.

 

—Está al otro lado de ese campo, en la cañada.

 

Señaló hacia el pie de la ladera, hacia las copas de unos árboles que se veían al fondo de la pendiente.

 

Permanecimos inmóviles unos momentos mirando el campo. Oí el ladrido de un perro y me volví hacia el lugar de donde venía el sonido. Detrás de nosotros, por el camino por donde habíamos venido, se acercaba un hombre con tres o cuatro perrazos sujetos de una correa. Estaban aún demasiado lejos como para distinguirlos con toda claridad, pero me pareció que los perros eran de color blanco.

 

—Alguien se acerca —dije.

 

—Alguno de los vecinos de Robert, seguramente —comentó Simon.

 

—Mejor será que nos marchemos.

 

—No nos molestará. Venga, vamos.

 

Sin más dilaciones, salvamos la valla y atravesamos corriendo el campo. El ejercicio hacía bien a mis piernas y sentía el aire puro y fresco en los pulmones. Al fondo del campo había un muro de piedra; lo saltamos y nos encontramos en la cañada.

 

Era poco más que un repliegue profundo y estrecho entre dos colinas. Un alegre riachuelo corría entre las raíces de los árboles, retorcidos y desprovistos de hojas, que bordeaban la cañada. Del arroyo ascendía una niebla que empapaba los árboles. La cañada era fría y húmeda porque hasta ella no llegaba apenas la luz del sol.

 

En el centro de aquel escondido repliegue de terreno se levantaba un montículo de tierra achaparrado y rechoncho, de unos dos metros y medio de alzada y unos nueve de circunferencia. A no ser por una curiosa protuberancia en forma de colmena que tenía en la cara oeste, habría sido un cono casi

 

perfecto.

 

—¿Cómo supiste que aquí había un cairn? —preguntó Simon.

 

Su voz sonó extrañamente muerta en el silencio que reinaba en la hondonada.

 

—Lo adiviné. Como la granja se llamaba Carnwood,[4] supuse que podría haber un cairn en un bosque por estos andurriales. ¿No te parece lógico? — contesté examinando aquella extraña estructura—. Y ahí lo tenemos. Ahora ya lo hemos visto. Vámonos antes de que llegue alguien.

 

Temía, en efecto, que de un momento a otro apareciera el hombre de los perros. Simon me ignoró y se acercó al cairn.

 

En la cara norte crecía una mata de acebo y, en la sur, un matorral de especie desconocida. Tenía la superficie cubierta de yerba. El aire de la cañada olía a hojas podridas y a tierra húmeda.

 

—No deseo que me sorprendan en un lugar prohibido —le dije a Simon, que sin dignarse contestar seguía explorando.

 

—¿Qué importancia tienen estos cairns? —me preguntó después de haber dado la vuelta despacio en torno a la vieja construcción.

 

—Ninguna —respondí—. Ninguna en particular.

 

—Podrías ser más complaciente. Te juro que tengo verdadero interés en saberlo.

 

Exhalé un profundo suspiro y me senté en una peña mientras Simon emprendía una segunda vuelta en torno al cairn.

 

—Bueno —comencé a explicar—, nadie lo sabe a ciencia cierta, pero al parecer los hombres amontonaban piedras construyendo estructuras como ésta para señalar determinadas cosas.

 

—¿Qué clase de cosas?

 

—De todo tipo: cruces de caminos, un pozo, una fuente, el lugar donde algo importante había ocurrido…

 

—¿Como qué?

 

Oí el ladrido de un perro en la colina que se levantaba a un lado de la cañada; me di la vuelta y creí ver un destello de color blanco entre los árboles.

 

—¿Qué quieres saber con ese «como qué»?

 

—¿Qué acontecimientos importantes querían señalar con esas construcciones?

 

—¡Quién sabe! Quizás el lugar donde alguien encontró oro, o mató a un gigante, o raptó a la mujer de otro, o topó con una inspiración divina… ¡Quién sabe! No son más que conjeturas. Quizá sólo pretendían limpiar el terreno y por eso amontonaban las piedras.

 

—Eso quiere decir que los cairns no están huecos —fue la conclusión que sacó Simon, siguiendo su parsimonioso paseo en torno al montículo.

 

—Algunos sí —corregí yo—. Pero ¿qué importa?

 

Oí el crujir de una rama quebrada tras de mí; me volví y vislumbré un breve destello blanco entre la oscura y espesa arboleda.

 

—Creo que se acerca alguien. Será mejor que nos larguemos.

 

—¿Qué hay en los montículos huecos? —inquirió Simon.

 

—No hay tesoros enterrados, si es que se te ha ocurrido tan peregrina idea.

 

Lo observé con curiosidad unos instantes; parecía tan interesado en comprender el significado de aquellas antiguas construcciones, que no pude menos que preguntarle:

 

—¿Qué te está rondando por la cabeza, Simon?

 

—¿A qué te refieres? —dijo deteniéndose en su tercera vuelta en torno al montículo.

 

—No me vengas con evasivas.

 

—¿Con evasivas, querido amigo? —repitió, con aire inocente.

 

—No me llames «querido amigo». ¿Por qué tan repentino interés por las tradiciones celtas? ¿Qué pasa?

 

—Fuiste tú quien preguntó lo del cairn, no yo.

 

—Sí, ya lo sé.

 

—Estás tan intrigado como yo —concluyó Simon—. La única diferencia es que yo lo reconozco y tú, en cambio, no.

 

—Venga ya, Simon. No te hagas el inocente conmigo. ¿Qué pasa? ¿Qué es lo que en realidad sabes?

 

Había desaparecido de mi vista, al otro lado del montículo. Esperé unos instantes, pero no apareció.

 

—¿Simon? —llamé con voz apagada.

 

Me levanté de la peña y me dirigí al otro lado del cairn. Simon estaba de rodillas, rebuscando entre el matorral que nacía al pie del montículo.

 

—¿Qué haces?

 

—Creo que este cairn está hueco.

 

—Puede ser.

 

—Quiero ver el interior.

 

—¿Por qué? ¿Por qué no te conformas simplemente con lo que has visto y regresamos a casa? Me lo prometiste.

 

—Sólo quiero echar una ojeada, luego nos marchamos.

 

Sacudí la cabeza desesperanzado.

 

—De acuerdo. Echa una ojeada.

 

Quebró algunas ramas con las manos y, reptando como una serpiente, se abrió paso entre el matorral. Yo observé con atención y vi lo que él había descubierto: en la base del cairn había una abertura pequeña y oscura, casi enterrada en el suelo. Simon logró meter la cabeza y los hombros en el agujero; luego salió.

 

—¿Satisfecho? —pregunté, creyendo en mi inocencia que lo estaría.

 

—Necesito una linterna —contestó—. Hay una en el maletero. Sé amable y ve a buscarla. Toma, las necesitarás —añadió sacando las llaves de un bolsillo de la chaqueta.

 

Las cogí, me dirigí al coche, encontré la linterna y cerré el maletero. Cuando regresaba al cairn vislumbré por el rabillo del ojo un destello blanco…, como si algo hubiera atravesado la estrecha carretera y hubiera desaparecido entre la espesura. Escudriñé ésta por unos momentos, pero no vi nada más, de modo que seguí caminando hacia el cairn.

 

Al llegar, comprobé que durante mi ausencia Simon había limpiado la

 

maleza y había logrado ensanchar aquella especie de entrada que tenía el montículo.

 

—Aquí la tienes, tío —dije alargándole la linterna—. Ya puedes salirte con la tuya.

 

—¿No quieres entrar conmigo?

 

—No tengo el más mínimo interés. Allá tú —respondí.

 

Simon se quitó la gorra.

 

—Guárdamela. No quiero que se me ensucie.

 

Cogí la gorra y me la puse.

 

—Ten cuidado. Ahí dentro podría haber un tejón.

 

—Gritaré si me topo con algo.

 

Reptó entre las ramas, deslizó medio cuerpo dentro del agujero, culebreó unos instantes y, dándose impulso con las piernas, logró meterse del todo.

 

Durante unos momentos no oí nada en absoluto.

 

—¡Simon! ¿Te encuentras bien?

 

—Muy bien, muy bien —me llegó su voz desde el interior del montículo

 

—. No hay humedad alguna aquí dentro. Creo que podré ponerme de pie… Sí.

 

—¿Qué ves? —le grité; no obtuve respuesta alguna—. Te he preguntado qué ves.

 

—Está pulimentado, bueno, bastante pulimentado —respondió; su voz sonaba como si procediera de lo más profundo de un sofá—. Algunas piedras parecen tener una especie de mar…

 

—¿Marcas? —exclamé—. ¿Has dicho marcas?

 

—Sí… —respondió—. Marcas azules…, laberintos y manos… y…

 

Aguardé unos instantes a que terminara la frase.

 

—¿Simon?

 

No contestó. Me puse a gatas y me arrastré hacia la entrada del cairn.

 

—¡Simon! ¿Qué más estás viendo?

 

Oí un ruido rechinante, como el que produce una piedra al ser separada poco a poco de una pared mediante una palanca.

 

—¡Simon! —llamé otra vez.

 

Inmediatamente oí que Simon exclamaba:

 

—¡Dios mío!

 

—¡Simon! —repetí—. ¿Qué sucede?

 

Segundos después, Simon asomó la cabeza por el agujero; tenía el rostro iluminado por la excitación.

 

—Algo está sucediendo. ¡Es increíble! ¡Fantástico!

 

Desapareció de nuevo.

 

—¡Espera! Un momento… ¿qué está pasando? ¡Simon!

 

Asomó el rostro una vez más. Tenía los ojos muy abiertos y la respiración fatigosa.

 

—¡No puedo creerlo! —dijo arrojándome la chaqueta por el agujero—. ¡Es increíble! Lewis, ¡es el paraíso! No puedo explicártelo. Tienes que verlo. ¡Venga, anímate! ¡Ven conmigo!

 

—¡No! ¡Aguarda! —grité lleno de desesperación—. ¿De qué se trata?

 

¿Qué es eso tan increíble? ¡Simon!, ¿adónde vas?

 

—Me voy al paraíso —respondió con voz apagada—. ¡Ven conmigo!

 

Fueron las últimas palabras de Simon.

 

 

 

 

6

 

UNA BROMA PESADA

 

Debieron  de  pasar  unos  diez

 

minutos, que me parecieron horas, antes de que pudiera reunir el ánimo suficiente para entrar a buscar a Simon. Aguardé y escuché, llamándolo cada treinta segundos por su nombre. Me senté con la cabeza muy cerca del agujero, pero no oí ni el más ligero sonido.

 

Por fin me decidí a apartar las ramas del arbusto y meter la cabeza en el cairn. Reinaba la más espesa oscuridad, tal como había supuesto. No se veía nada. Imaginando que quizá mis ojos acabarían por acostumbrarse a las tinieblas, me eché en el suelo y serpenteé como había visto hacer a Simon.

 

Tal como había comentado mi amigo, el lugar estaba seco y, para mayor sorpresa, hacía bastante más calor que en el exterior. Olía a musgo, como si de una gruta se tratara. Me senté en cuclillas cerca de la abertura y esperé a que mis ojos se habituaran a la oscuridad. Pero, aun así, no pude ni tan siquiera verme la mano a un palmo de la cara.

 

Sin embargo, no tenía necesidad alguna de ver para saber que Simon ya no estaba allí.

 

—¡Simon! —llamé; mi voz resonó en las piedras del cairn—. ¡Muy gracioso, Simon! Ahora ya puedes salir… ¿Simon?

 

No obtuve respuesta alguna.

 

Grité más fuerte:

 

—Sé que me estás oyendo, Simon. Sal de una vez de tu escondite, ¿de acuerdo? Venga ya. Toda broma tiene un límite. Vámonos de una vez.

 

No oí nada excepto el eco de mi voz rebotando en los muros de piedra.

 

Mi primer impulso fue largarme. Pero, ante la posibilidad de que Simon hubiera podido caer y golpearse la cabeza con una roca, me arrastré por el interior del cairn para comprobar que no yacía inconsciente en el suelo. Sin perder de vista la entrada, por la que se filtraba una luz tenue, describí un

 

círculo apoyando la mano derecha en el muro para poder orientarme mejor. Después, tras haberme cerciorado por segunda vez de que había recorrido todo el cairn, volví al punto de partida y lo atravesé a gatas una y otra vez pasando siempre por el centro.

 

En mi último recorrido por el cairn, tropecé con algo. Lo rocé con la rodilla, logré localizarlo con la mano y lo cogí: era la linterna de Simon. La encendí y registré concienzudamente el interior del montículo, centímetro a centímetro.

 

No había el menor rastro de Simon. Ningún agujero en el suelo por el que hubiera podido caer, ningún pasillo escondido por el que hubiera podido salir. Simplemente no estaba allí.

 

Me apoyé en el tosco muro del cairn.

 

—¡Simon, bastardo, no me hagas esto! —Lo maldije dando puñetazos de impotencia contra el suelo—. No te atrevas a hacérmelo.

 

Me invadió de pronto una cólera desatada.

 

—¡Me voy, Simon! —grité—. ¿Me has oído? ¡Me largo! Por mí, puedes quedarte aquí y echar raíces si te da la gana.

 

Me deslicé por el estrecho pasadizo hasta el mundo exterior. El chaquetón de Simon estaba en el mismo sitio donde yo lo había dejado. Y también su gorra. Los cogí y me dirigí hacia el coche.

 

Abrí la puerta, arrojé el chaquetón y la gorra en el asiento trasero y me senté al volante. Puse la llave en el contacto decidido a largarme. Pero dudé otra vez.

 

¡Mierda! No podía abandonarlo allí. Eché una ojeada al campo, a la semiescondida cañada; esperaba ver aparecer a Simon, muerto de risa ante su brillante ocurrencia. Me lo imaginaba exclamando:

 

—¿De veras te habrías largado sin mí, Lewis? ¡Ja, ja, ja!

 

Saqué la llave del contacto, me instalé en el asiento del copiloto, dejé abierta la puerta y me dispuse a esperar.

 

Me desperté a las dos y media y comprobé que el sol de octubre se estaba poniendo tras las colinas. Se había levantado un viento que agitaba las desnudas ramas de los árboles. Mientras había estado durmiendo, Simon no

 

había vuelto y se me había agotado del todo la paciencia.

 

—Tiene narices —murmuré para mí mismo—. Allá tú, Simon. Yo me largo ahora mismo.

 

Pero, como un buen boy scout, decidí dar una última ojeada por si encontraba algún rastro. Me puse el chaquetón de Simon y emprendí el descenso a la cañada. A medio camino vi al hombre de los perros.

 

No sé por dónde había aparecido; parecía haber surgido de la tierra. Pero allí estaba, con los tres sabuesos blancos atados de una correa. Al momento los perros me vieron y comenzaron a ladrar salvajemente. Mi primer impulso fue regresar corriendo al coche y marcharme. Pero me quedé donde estaba.

 

El hombre se detuvo a pocos metros frente a mí. Llevaba un abrigo oscuro y un bastón enorme en una mano. Con la otra sostenía la correa de los perros. ¡Y qué perros! Eran los sabuesos más raros que había visto en mi vida: blancos de la cola a la cabeza, pero con orejas de un color rojo encendido. Eran enormes, huesudos, de cuerpo robusto, piernas largas y ágiles y delgados cuartos traseros. Parecía como si tiraran del hombre, que los contenía manteniendo la correa muy tensa.

 

—¡Hola! —grité con toda la afabilidad que me fue posible.

 

El hombre no contestó. Me acerqué un poco más.

 

—Estoy esperando a mi amigo —le expliqué.

 

Los perros estaban fuera de sí. A la luz del crepúsculo sus cuerpos blancos y sus orejas rojas parecían resplandecer. Se afanaban y forcejeaban por venir a mi encuentro mostrando los colmillos por sus afilados y amenazadores hocicos. De nuevo sentí ganas de salir corriendo hacia el coche, cerrar las portezuelas y largarme a toda prisa. Pero dominé el impulso.

 

El hombre me contemplaba con aire imperturbable; tenía la cara arrugada como un mono y los ojos brillantes. No dijo nada, pero con la algarabía que estaban armando los perros no lo habría oído aunque lo hubiera hecho.

 

Habríamos podido pasarnos toda la noche allí, si no me hubiera guiado la firme determinación de echar una última ojeada al cairn, con perros o sin perros. Alcé una mano a modo de súplica y di un paso al frente.

 

—Mire —grité—, sólo quiero ir hasta el cairn de ahí abajo… —Señalé hacia el fondo de la cañada y después me volví hacia donde estaba el coche

 

—. Luego me iré enseguida…

 

Cuando lo miré de nuevo, el hombre se alejaba a campo traviesa. Sin perder más tiempo en dar o exigir explicaciones, bajé a toda prisa la ladera. La cañada estaba casi tan oscura como el interior del cairn, pero no me costó demasiado dar con la entrada del montículo. Metí la cabeza por el agujero y paseé la luz de la linterna por el interior. No hubo respuesta alguna; ni siquiera un ruido. Nada.

 

—¡Muy bien, Simon, ahí te quedas! —grité, pero me salió una voz mortecina—. Ésta vez te has pasado. ¡Tú tienes la culpa de todo! ¿Me has oído? ¡Me largo ahora mismo!

 

Rebusqué en el bolsillo interior del chaquetón su cartera, que contenía algunos billetes, varias tarjetas de crédito y unos cuantos documentos de identificación. Saqué la tarjeta del Barclays y la deslicé en una grieta entre dos piedras a la entrada del cairn, en un lugar donde le resultaría fácil encontrarla.

 

—¡Ahí te quedas! —grité, y esta vez mi voz resonó en toda la cañada—.

 

Eres un tío muy listo. Sabrás arreglártelas para regresar a casa.

 

Me alejé del cairn, ascendí por la cañada y me dirigí hacia el coche. A medio camino, vi a un hombre con un abrigo amarillo que se alejaba a paso rápido por la carretera. Lo primero que se me ocurrió fue alcanzarlo y contarle lo que había ocurrido. Si vivía por allí cerca, seguramente conocía el cairn. Al fin y al cabo, tenía que contarle a alguien lo sucedido.

 

Mientras me apresuraba a alcanzarlo, el hombre aminoró el paso como si tuviera intención de detenerse junto al coche para hablar conmigo. Cuando juzgué que ya podía oírme, alcé una mano y lo llamé. Pero, al oír mi voz, el hombre aligeró el paso. Llegué junto al coche poco antes de que el hombre llegara a la altura de una curva, unos doce pasos más allá.

 

Grité de nuevo. Estoy convencido de que el sujeto me oyó porque se dio la vuelta. Pese a la escasa luz crepuscular, pude verle la cara…, si cabe llamar cara a aquello. Tenía los rasgos marcados y exagerados como los de una máscara, la nariz larga y aguileña, la boca grande, y unas orejas desproporcionadamente enormes que le sobresalían de entre una pelambrera de enmarañados cabellos negros. Los ojos eran saltones y desencajados, y el entrecejo espeso e hirsuto.

 

Al contemplar aquel rostro tan singular, desaparecieron del todo mis deseos de hablarle. Se me agarrotó la garganta y se me heló la lengua.

 

El sujeto me miró por encima del hombro un instante y siguió su camino. Al llegar a la curva, desapareció. No quiero con eso decir que la curva de la carretera lo ocultara de mi vista. Por extraño que pueda sonar, el hombre pareció desvanecerse en el aire.

 

Lo digo porque vi brillar la ropa del sujeto mientras desaparecía de mi vista. Quizá fuera un efecto de la mortecina luz del crepúsculo. Pero juro que su ropa brilló con un extraño destello. Eso, más que el repugnante rostro del hombre, fue lo que hizo que me detuviera en seco. Me quedé unos instantes boquiabierto. El ulular del viento entre los árboles me sobresaltó tanto que entré precipitadamente en el coche y me marché.

 

En el viaje de regreso a Oxford, tuve tiempo de sobra para dar vueltas a lo sucedido y convencerme por mil motivos diferentes de que Simon merecía que lo abandonara en aquel lugar por la broma de mal gusto que me había gastado. Si había alguien capaz de maquinar y llevar a cabo una treta como aquélla, era desde luego Simon. ¿Quién más podría desperdiciar talento y recursos en una locura semejante? Probablemente había disfrutado durante meses planeando todo aquello para reírse de mí. Seguro que le había costado una bonita suma.

 

«Bueno, pues que te diviertas, Simon —pensé—. Yo me quedo con tu coche y tu cartera, en tanto tú te quedas ahí helándote de frío. Quien ríe el último ríe mejor».

 

Llegué a Oxford a las seis de la mañana, ojeroso, exhausto, temiendo que alguien descubriera que conducía el coche de Simon y diera la alarma. No ocurrió nada. El garaje donde guardaba el Jaguar estaba desierto; no había un alma. Aun así, me subí el cuello del chaquetón y me encasqueté la gorra mientras aparcaba el coche y cerraba las puertas. Luego atravesé corriendo el patio y me metí en nuestra casa.

 

La imagen de Simon Rawnson entrando a hurtadillas en la residencia de la universidad a altas horas de la madrugada era tan familiar que, aun en el caso de que alguien me hubiera visto, el hecho no causaría asombro ni suscitaría comentarios.

 

Muerto de cansancio, me derrumbé en la cama sin molestarme siquiera en

 

desnudarme. Cerré los ojos y al instante me quedé dormido; habría dormido todo el día de no haber sido por el teléfono.

 

La primera vez que sonó, hice caso omiso de él. Pero minutos después volvió a sonar y tuve el convencimiento de que, fuera quien fuera, llamaría una y otra vez hasta obtener respuesta. Medio dormido y de un humor de perros, me levanté, me arrastré hasta el cuarto de estar y descolgué.

 

—¿Diga?

 

—Soy Susana —contestó una voz al otro lado del hilo—. ¿Eres Lewis?

 

—¡Hola, Susana! ¿Cómo estás?

 

—Bien, gracias. Me gustaría hablar con Simon.

 

—¿Simon? No está aquí en estos momentos.

 

—¿Dónde está?

 

—Bueno…, está en Escocia.

 

—¿De veras?

 

—Sí, lo cierto es que fuimos juntos y él decidió quedarse.

 

Casi podía oír cómo la frase que acababa de decir se iba abriendo camino en su cerebro.

 

—¿Decidió quedarse en Escocia? —repitió sin poder dar crédito a lo que acababa de oír.

 

—Así es —insistí yo—. Nos fuimos el viernes por la mañana, ya sabes…

 

—Lo único que sé es que canceló la cita que tenía conmigo para comer — dijo con brusquedad.

 

—Fue por causa del viaje. Fuimos en coche y, bueno, decidió quedarse unos días más.

 

Intentaba que aquello pasara como uno más de los repentinos caprichos de Simon.

 

Pero Susana no estaba dispuesta a tragárselo.

 

—Llámalo ahora mismo —ordenó—. Despierta a ese lirón y dile que tengo que hablar con él.

 

—Lo haría con mucho gusto, Susana, pero es imposible. De verdad, no

 

está aquí.

 

—¿Qué está sucediendo, Lewis? —preguntó en tono glacial.

 

—¿Cómo dices?

 

—Me has oído perfectamente. ¿Qué está sucediendo? ¿Qué os traéis entre manos?

 

—No pasa nada, Susana. Me gustaría poder avisar a Simon para que hablara contigo, pero no está.

 

—A ver si me aclaro —dijo ella—. Tú y Simon fuisteis en coche a Escocia el viernes y él decidió quedarse unos días…

 

—Bueno, sí, mira…

 

—… a pesar de que sabía perfectamente que había prometido acompañarme a primera hora a la iglesia y después ir a comer con mis padres a Milton Keynes.

 

—Mira, ya sé que parece increíble, pero es la pura verdad, Susana. En realidad, yo…

 

¡Clic! Había colgado el teléfono.

 

Colgué el auricular y miré el reloj. Eran las siete y media de la mañana, y estaba muerto de cansancio. Dejé el teléfono descolgado y volví a acostarme.

 

Tardé en conciliar el sueño. Estaba roncando plácidamente, cuando me despertaron unos violentos golpetazos en la puerta.

 

—¿Qué he hecho yo para merecer esto? —murmuré mientras me deslizaba fuera de mi acogedor y calentito refugio.

 

Volvieron a llamar enérgicamente.

 

—Ya voy, ya voy. Un poco de calma.

 

Di la vuelta a la llave y abrí la puerta.

 

—¡Susana! ¡Qué sorpresa!

 

Se precipitó en la habitación como lanzada por una catapulta.

 

—No te molestes en disimular —me soltó.

 

La seguí hasta la puerta de la habitación de Simon. Echó una ojeada y luego se encaró conmigo.

 

—Muy bien, ¿dónde está?

 

—Ya te lo dije. No está aquí.

 

Susana era un monumento; esbelta, hermosa, con una esplendorosa cabellera castañorrojiza y un tipo como para parar el tráfico. Tan inteligente como guapa, le daba cien vueltas a Simon. Y, a decir verdad, a cualquiera. No me cabe en la cabeza por qué se había liado con un pillo redomado como Simon, no entiendo qué había visto en él. Su relación se me antojaba el fuego de las ordalías, una aventura más parecida a unas maniobras militares que a dos corazones que se esfuerzan por latir a la par.

 

—Tendrás que preguntárselo a Simon cuando regrese —agregué—. Yo no te lo puedo decir.

 

—¿No puedes o no quieres? —me espetó con los ojos brillando de cólera. Estaba decidiendo si destrozarme allí mismo, o calculando cuánto le darían por mi cadáver en el mercado—. ¿Esto es lo que alguna mente retorcida entiende por una broma?

 

—Creo que sí —contesté yo.

 

Cometí entonces el triste error de hablarle del uro del periódico, de nuestro precipitado viaje a Escocia, del cairn, de la repentina desaparición de Simon. Intenté quitarle importancia a la historia, pero sólo logré aumentar su cólera y sus sospechas.

 

—Yo no me preocuparía lo más mínimo —dije al final sin demasiada convicción—. Supongo que volverá pronto.

 

—¿Cuándo? —preguntó Susana con tozudez.

 

Un ceño amenazador le afeaba el rostro, normalmente tan bello. Me di cuenta de que estaba a punto de tirarme de las orejas.

 

—¡Oh! Estará de regreso en un par de días.

 

—En un par de días —repitió Susana con tono hostil e incrédulo.

 

—Bueno, como mucho, tardará una semana…

 

—Lo cual significa que no tienes ni idea de cuándo regresará.

 

—A decir verdad, no lo sé —tuve que confesar—. Pero tan pronto como se dé cuenta de que no lo secundo en esta broma tan pesada, volverá a casa

 

con el rabo entre las piernas.

 

—¿Una broma pesada? ¿Esperas que me trague ese cuento? —replicó, dirigiéndome una mirada desafiante—. Bueno, permítame decirle algo, señor mío —añadió crispadamente—. He recibido otros desaires antes, pero jamás uno como éste. Si Simon Rawnson no deseaba verme más, lo ha conseguido. ¿Por qué no se ha limitado a decírmelo a la cara… en lugar de mandarme a su monito amaestrado con ese ridículo cuento de un viaje a Escocia para ver a la reina?

 

—Para ver un cairn[5] —corregí.

 

—¡Lo que sea!

 

Giró sobre los talones y se dirigió airada hacia la puerta.

 

—¡Espera, Susana! No has entendido nada.

 

—¡Lo he entendido todo perfectamente! —me espetó—. Limítate a decirle a Simon que hemos terminado. No deseo volver a verlo. Y dile que me quedo con el collar.

 

Cerró la puerta con tal ímpetu que las paredes vibraron.

 

Salí a la escalera tras ella. Susana se dio la vuelta; había cargado de nuevo las baterías y volvió al ataque.

 

—¡Otra cosa más! Si alguna vez me encuentro a Simon Rawnson en público, le organizaré el mayor escándalo que haya visto en su vida. Deseará no haber nacido. ¡Díselo de mi parte, pelotillero!

 

—Escucha, Susana —dije cogiéndola del brazo; fue un gesto desafortunado porque por poco me quedo sin dedos.

 

—¡No te atrevas a ponerme la mano encima! —exclamó, rechazándome con violencia—. Me voy a mi casa; no intentéis llamarme ninguno de los dos.

 

Sintiéndome tan miserable como una babosa, la vi alejarse revoleando su blusa de seda. La ira había transformado su belleza natural en algo salvaje y magnífico, en una fuerza de la naturaleza, como un huracán o una tormenta eléctrica. Tenía un aspecto aterrorizador y espléndido a la vez.

 

La observé mientras bajaba la escalera y después oí su rápido taconeo sobre las losas del patio. Volví a mi habitación. Me odiaba a mí mismo por haberla engañado. Pero no, no la había engañado; le había contado la verdad.

 

Ella tenía sus propias razones para creer que le había mentido. ¿Qué podía hacer yo? Al fin y al cabo, no era culpa mía, sino de Simon. Yo no tenía nada que ver con toda aquella historia.

 

¡Y encima me había llamado monito amaestrado!

 

 

 

 

7

 

EL PROFESOR CHIFLADO

 

Mi plan, si es que alguno tenía, era

 

seguir como si nada hubiera ocurrido, como siempre. Si aparecía alguien preguntando por el paradero de Simon, le diría que se había marchado a Wolverhampton con una vendedora de Boots. Se lo tenía merecido el muy asqueroso.

 

Probablemente esperaba que yo, presa del pánico, avisaría a la policía o algo parecido. Sin duda deseaba ver su nombre en los titulares de los periódicos, e imaginaba que yo, como un imbécil, explicaría a los periodistas de qué forma se había metido en el cairn y había desaparecido. Bueno, pues podía ir esperando hasta que el infierno se helara. Yo no estaba dispuesto a permitir que se saliera con la suya.

 

Durante unos cuantos días, llevé la vida de costumbre. Me comportaba con toda naturalidad, como si nada hubiera pasado. Comía, hojeaba los libros en los quioscos, ganduleaba en la biblioteca y holgazaneaba en el despacho de mi tutor, charlaba con amigos, manoseaba el correo… En resumen, me lanzaba audazmente al frenesí de la vida académica que tan bien había llegado a conocer y a amar.

 

Pero me resultaba imposible trabajar. ¿Cómo habría podido hacerlo? Hacer caso omiso de la desaparición de Simon era tan difícil como pasar por alto el tamaño de mi nariz, por mucho que lo intentara. Transcurrieron varios días y Simon seguía sin aparecer. El teléfono no sonaba, y comenzaron a asaltarme las dudas. No podía dejar de pensar: ¿y si no se trataba de una broma?, ¿y si algo le había ocurrido?, ¿y si de verdad había desaparecido?

 

Día a día aumentaban mis preocupaciones. Me movía como un péndulo entre la cólera y la ansiedad. Cólera ante su travesura, ansiedad por su paradero. Día y noche me planteaba sin cesar preguntas y más preguntas: ¿dónde estaba Simon?, ¿qué estaba haciendo?, ¿por qué tenía yo que preocuparme por él?, ¿por qué demonios?

 

—Cuando vuelva —me prometí a mí mismo—, lo mataré. Le agarraré por los brazos, le sacudiré y le golpearé hasta que sangre. No; no sería civilizado. Mejor será que lo obligue a sentarse y le haga ver con toda calma y tranquilidad la broma de mal gusto que me ha jugado. Luego le descerrajaré un tiro en su mezquino y negro corazón.

 

A medida que iban transcurriendo los días y las semanas, me fui sintiendo progresivamente más deprimido, más inquieto, más malhumorado y turbado. Le gritaba intempestivamente a la criada cuando asomaba la nariz por mis habitaciones, hasta que se hartó y dejó de aparecer. Vagaba inquieto por las calles murmurando y soltando maldiciones. Me ponía calcetines desparejados; no me aseaba.

 

Si alguien se fijó en la progresiva decadencia de mi aspecto, no dio señales de haberlo hecho. A decir verdad, mi persona suscitaba menos comentarios que una bola de polvo bajo la cama. Sentí tentaciones de transformarme en un jorobado y comenzar a tocar la campana de la torre de Tom.

 

Mi estado de depresión aguda vino acompañado, como era de esperar, por una progresiva inestabilidad psíquica. No dormía bien, pues me inquietaban extraños sueños: imaginaba que hombres verdes y uros extinguidos corrían por el dormitorio; me veía a mí mismo vagando perdido por un bosque tenebroso; soñaba que la tierra se abría a mis pies para tragarme, que era cazado y abatido por lanzas antiquísimas arrojadas contra mi pecho, que en la oscuridad del bosque aullaban salvajes lobos, que un espantoso monstruo con el rostro crispado de la muerte me perseguía sin descanso por un páramo desolado y frío; en suma, inquietantes pesadillas que se desvanecían cuando me despertaba, dejándome exhausto e incapaz de volver a conciliar el sueño.

 

Sabía perfectamente por qué día a día iba descuidando y olvidando mis obligaciones: mi conciencia me presionaba para lograr atraer mi atención. Desde el momento mismo en que me metí en el cairn y constaté la desaparición de Simon, mi subconsciente había comenzado a entablar un combate cuerpo a cuerpo con mi razón. ¿Con qué objeto? Para obligarme a admitir que lo que pudiera haber ocurrido había ocurrido de verdad y que además yo no había hecho absolutamente nada al respecto.

 

Sin embargo, lo que me hundía más y más en la depresión no era sólo la desaparición de Simon. Aunque esto último me preocupaba, la causa de mi

 

lucha interior no era la desaparición de Simon sino su paradero. ¿Dónde había ido a parar? Era la pregunta de los sesenta y cuatro billones de dólares. Y yo sabía la respuesta.

 

Pero no quería reconocerlo.

 

No, prefería cocerme lentamente en mi propio jugo antes de admitir que sabía la verdad. No obstante, la naturaleza tiene una manera muy sutil de reaccionar con esos divertidos jueguecitos desequilibrados que tanto nos gustan. Es lo que se llama crisis nerviosa.

 

Comencé a ver cosas raras.

 

El primer incidente tuvo lugar una mañana muy temprano. Había pasado una noche más de insomnio y decidí salir a pasear por la orilla del río. Crucé el patio y cogí el camino que conduce al prado y a la ribera del río. A esa hora de la mañana todo estaba desierto, y, en el momento en que atravesaba el campo donde se guarda el ganado de la universidad, vi que un enorme perrazo gris cruzaba corriendo los pastos y se dirigía hacia mí.

 

En un primer momento, no le di importancia alguna; después de todo, hay por doquier perros extraviados. Pero, cuando el animal estuvo más cerca, me sobresaltó su tamaño. Era en verdad enorme: casi tan grande como un pony. Tenía el pelo corto y rizado y unas patas extraordinariamente largas que levantaban la tierra en su vertiginosa carrera. Y venía directamente hacia mí. Me detuve en seco y vi cómo saltaba la valla sin aminorar la velocidad. El perro fue a aterrizar en el camino a pocos metros. Sólo entonces me vio, porque se detuvo como sorprendido, abatió las orejas y gruñó enseñando unos larguísimos colmillos.

 

Yo permanecí inmóvil con el corazón palpitante. El perro, si es que lo era, gruñía amenazadoramente dispuesto a atacar. Pero yo no moví ni un músculo: estaba demasiado aterrorizado para hacerlo. El enorme sabueso, sin dejar de gruñir, se dio la vuelta y desapareció. Se desvaneció entre la niebla matinal del río. Pero, en el momento en que se daba la vuelta, vi que llevaba un extraño y vistoso collar de hierro: una cadena antigua con curiosos eslabones forjados a mano.

 

Pese a que jamás había visto un perro tan enorme, me dije a mí mismo que sin duda se trataba de un animal que había logrado soltarse de su cadena. Sólo eso, así de sencillo.

 

Pocos días después, mientras estaba sentado junto a la ventana tomando el té en una tarde lluviosa, eché una ojeada al patio y vi que algo marrón y peludo se movía en el césped. Como la tarde estaba muy encapotada, no podía estar demasiado seguro de lo que veía. En un principio habría jurado que era un cerdo… pero diferente de los que estaba acostumbrado a ver. Tenía las patas largas y delgadas, el pelo espeso e hirsuto de un oscuro color marronrojizo; dos curvados colmillos le sobresalían del hocico afilado y tenía la cola erguida sobre el lomo como si del asta de una bandera se tratara.

 

Como tenía la cara pegada a la ventana, el cristal se empañó. Lo limpié, pero la extraña criatura ya había desaparecido. Y con ella la certeza de que realmente había visto algo.

 

Al día siguiente vi un lobo en la calle Turl.

 

Cansado de haber permanecido encerrado todo el día, me había aventurado a salir cuando ya había oscurecido. Las farolas estaban encendidas y algunas tiendas ya habían cerrado. Fui a comprar pan y de regreso a casa tomé la calle Turl, que serpentea tanto que desde la mitad no se pueden ver sus extremos. Acababa de internarme en la callejuela cuando sentí un extraño picor en la nuca, como si alguien me estuviera vigilando con malvadas intenciones. Caminé unos metros, y la extraña sensación persistía en la nuca y en los omóplatos; sentía clavados en la espalda unos ojos malignos. Me invadió el miedo e imaginé oír un ruido en el pavimento detrás de mí. Anduve unos pasos y, como seguía oyendo aquel extraño ruido, me volví bruscamente, convencido de que me seguían.

 

Nunca hasta entonces había visto un lobo y al punto pensé que era otro sabueso gigante, pero entonces distinguí su pelo y sus ojos amarillentos. Caminaba con la cabeza gacha y el hocico pegado al suelo como si siguiera un rastro. Cuando me detuve, él también se detuvo, confirmándome así la impresión de que me estaba acechando. A unos tres metros a mi derecha había una tienda abierta y decidí entrar para escapar del lobo. Di un paso con suma cautela. El lobo se puso tenso. Oí un ruido como el que produce la grava en una hormigonera y me di cuenta de que procedía de la garganta de la fiera. Permanecimos quietos mirándonos fijamente a una distancia no mayor de cinco o seis metros. Decidí alcanzar la puerta de la tienda de una carrera; estaba a punto de echar a correr, cuando la puerta se abrió y un hombre salió de la tienda. Me di la vuelta y alcé la mano para llamar su atención.

 

—¡Aguarde un momento! —exclamé.

 

El sujeto me hizo una mueca, creyendo quizá que yo era un mendigo, y apresuró el paso. Cuando miré de nuevo hacia el lobo, el animal corría por la calle Turl en dirección a la calle Broad. Vi unos instantes brillar con un destello sus flacos costillares y enseguida desapareció.

 

Me dije a mí mismo que todo había sido producto de mi imaginación porque el episodio del perro gigante me había puesto los nervios a flor de piel. Pero al día siguiente el Daily Mail daba la noticia de que se había visto vagar un lobo por las calles de Oxford. Muchas personas así lo atestiguaban. Se había avisado a la policía y al servicio municipal de control de animales, pero la bestia no había sido localizada. Se conjeturó que el lobo se habría escapado de alguna casa de fieras ilegal y que habría huido a campo traviesa.

 

Durante los días que siguieron al incidente, tuve miedo de salir de casa, miedo de lo que podría toparme. Y, cuando al fin reuní el coraje suficiente para salir, en la calle Mayor bajé descuidadamente de la acera a la calzada justo delante de un autobús de esos que recorren el Oxford turístico. El vehículo me dio un golpetazo aunque no llegó a atropellarme; por fortuna, los autobuses de turistas no circulan a demasiada velocidad y los conductores tienen especial habilidad en esquivar peatones descuidados.

 

Cuando yacía en la calle, en medio de un círculo de personas que inclinaban sobre mí sus rostros preocupados, se me ocurrió de pronto que era inevitable que me pasara algo. Hoy había sido un autobús, mañana quizá sería un tren. O a lo mejor saltaría al vacío huyendo de la espiral de pesadillas de mis sueños. Para no andar con rodeos: ¿valía la pena sacrificar la salud y la vida empecinándome en seguir negando lo que en realidad había ocurrido?

 

Se tiene una perspectiva singular de la vida cuando se la contempla desde el arroyo. Cuando el policía que me ayudó a incorporarme me preguntó: «¿Se encuentra usted bien, señor?», me vi obligado a considerar la pregunta con todas sus implicaciones filosóficas. No, tuve que reconocer, no me encontraba nada bien, por muchos esfuerzos de imaginación o de lógica que hiciera.

 

Pasé el resto del día vagando sin rumbo por las calles, con el espíritu seriamente enfermo. Me confundí entre la multitud de viandantes y me dejé llevar. Anduve de aquí para allá; contemplé a los pintores y músicos callejeros sin prestar atención a lo que pintaban y tocaban. Sabía que algo estaba sucediendo. Sabía que tenía que ver conmigo. Sabía también que no podría

 

luchar contra aquello demasiado tiempo. Pero ¿qué podía hacer? ¿Qué se me estaba pidiendo que hiciera?

 

Éstas y otras cuestiones, formuladas crudamente, me obsesionaron toda la tarde. Y, cuando por fin me di por vencido y emprendí el camino de regreso a casa, era casi de noche y había comenzado a lloviznar. Las calles estaban prácticamente desiertas. En Carfax me detuve en un semáforo, aunque no circulaban coches por la calzada. Me sentí ridículo allí parado bajo la lluvia y me refugié en una marquesina cercana.

 

Mientras permanecía allí esperando a que el semáforo cambiara, me invadió una sensación extraña. Me sentí mareado, aturdido, con las rodillas débiles e inestables, como si estuviera a punto de desmayarme. Quizás el golpe del autobús me había conmocionado más de lo que imaginaba, pensé. Quizá me había herido de consideración. Me cogí la cabeza con ambas manos. Intenté respirar, pero tenía la garganta agarrotada. Me ahogaba.

 

Se me antojó que el asfalto giraba y cedía bajo mis pies. Miré al suelo y el corazón me dio un brinco. Estaba de pie en el centro de un intrincado círculo celta dibujado con tiza. Los artistas callejeros, a quienes había visto pintar sin prestar atención a lo que hacían, habían realizado un primitivo laberinto rodeado por una cenefa de lazos entretejidos de diferentes colores. A menudo había visto en las aceras retratos o paisajes. Pero jamás algo como aquello. ¿Por qué lo habían dibujado? ¿Por qué entre tantos posibles dibujos habían escogido un laberinto celta?

 

Permanecí inmóvil con la cabeza entre las manos, contemplando el complejo entretejido de líneas y el vertiginoso dibujo del laberinto. Continué así un buen rato, mientras el semáforo iba cambiando una y otra vez de rojo a verde y de verde a rojo y la lluvia me empapaba. Miraba fijamente el suelo, incapaz de moverme, atrapado en aquel círculo encantado…, atrapado inexplicablemente por aquellos entretejidos trazos de tizas de colores. Todavía seguiría paralizado, a no ser porque mi actitud llamó la atención de alguien.

 

Sentí el leve roce de una mano en mi codo y oí que una voz amable me susurraba al oído:

 

—Deje que lo ayude.

 

Volví la cabeza hacia la voz y me encontré frente a un caballero de

 

cabellos blancos vestido como un diseñador de vestuario de teatro caracterizaría a un viejo hacendado campesino, con un sombrero chato y redondo de ala caída y un bastón negro de paseo de madera de escaramujo.

 

—No, gracias. Estoy bien —le dije—. Se lo agradezco.

 

Noté que la mano que me sostenía el codo se tensaba.

 

—Disculpe, pero creo que necesita que le echen una mano —insistió.

 

Levantó el bastón a la altura de mi cara y luego lo bajó apuntando al extraño dibujo del asfalto. Golpeó el dibujo tres veces con la punta del bastón. Aquélla simple acción, lenta y estudiada, me convenció de que el encuentro no era casual y de que no era un peatón como los demás. Sabía algo.

 

—Será mejor que lo acompañe a su casa —decidió—. Vamos.

 

Yo dirigí una mirada desesperada a mis pies porque todavía no podía moverlos.

 

—No hay nada que temer —aseguró el anciano—. Vamos.

 

No bien hubo pronunciado esas palabras, mis pies me obedecieron y pude salir del círculo. Cruzamos la calle y cuando alcanzamos la otra acera me sentí avergonzado y confuso.

 

—Gracias —dije, subiendo a la acera—. Muchísimas gracias. Me encuentro bien. Sólo un poco aturdido. He recibido un golpe en la cabeza esta mañana, pero ahora ya estoy bien. —Las palabras se atropellaban en mi boca —. Me pondré perfectamente enseguida. Gracias por su ayuda.

 

Pero el anciano no me soltó el brazo. Creyendo que a lo mejor no me había oído bien, le repetí las gracias alzando la voz. El viejo se detuvo de pronto y me miró.

 

—Debe usted hacerse examinar ese golpe.

 

—Sí. Lo haré. Gracias.

 

Traté de desasirme, pero no me soltó.

 

—Me ha prestado usted una gran ayuda —añadí—. No quiero causarle más molestias.

 

—¡Oh! No es molestia alguna, se lo aseguro —declaró con la mayor naturalidad—. Me temo que debo insistir.

 

—¿Es usted doctor? —pregunté.

 

No sé por qué le hice tal pregunta, aunque supongo que me lo sugirió la solicitud de sus maneras.

 

—Soy la clase de doctor que usted necesita —respondió.

 

Y me encontré irremisiblemente obligado a recorrer con él la calle desierta cogidos del brazo.

 

Parecía muy decidido a examinarme el golpe y al parecer yo no podía alegar nada en contra. Después del trauma de los últimos días, mi fuerza de voluntad estaba por los suelos, de modo que abandoné toda resistencia y me dejé llevar. Recorrimos calles y callejuelas y nos detuvimos ante una puerta baja en la avenida de Brewer. Una placa de latón indicaba que era la residencia de D. M. Campbell, profesor. Metió la llave en la cerradura, abrió la puerta y me cedió el paso.

 

—Entre, por favor —indicó el viejo—. Considérese en su casa, amigo mío. Calentaré algo. Cuelgue su abrigo ahí.

 

Me contempló con ojos miopes, golpeteándose distraídamente los bolsillos. Entré en el oscuro apartamento.

 

—Es usted muy amable al invitarme. Pero, de verdad, no es necesario. Me encuentro bien.

 

El viejo sonrió y se perdió en la oscuridad del piso mientras se desabrochaba el abrigo.

 

—Es un placer —le oí decir—. No es molestia alguna. A decir verdad, no tengo demasiadas visitas. Siéntese, por favor. Enseguida estaré con usted.

 

Me dejé caer en una vieja y destartalada silla, preguntándome qué estaba haciendo allí. «Bueno —pensé—, no es cuestión de herir sus sentimientos. Tomaré una taza de té y me marcharé».

 

El anciano reapareció y comenzó a encender luces aquí y allá, sin demasiado efecto porque la habitación siguió casi tan a oscuras como antes. Luego se detuvo ante mí mirándome como si acabara de ganarme en un tiro al blanco.

 

—Me presentaré —dijo de pronto—. Soy el profesor Nettleton. Del Merton College. Encantado de conocerlo.

 

—¿No se llama usted Campbell? —le pregunté.

 

—Era el antiguo inquilino —explicó—. He conservado la placa porque me gusta preservar mi intimidad.

 

—¡Ah!

 

—¿Cómo se llama usted?

 

—¡Oh!, disculpe. Me llamo Lewis…, Lewis Gillies.

 

—Mucho gusto, señor Gillies —empezó a decir.

 

En ese instante se oyó el silbido de una tetera en otra habitación y el anciano salió corriendo. Volvió poco después.

 

—Permítame un momento —dijo educadamente mientras procedía a despejar una mesa abarrotada de papeles, lo cual me dio tiempo para observarlo.

 

Nettleton era el típico profesor de Oxford. Bajito, calvo, de unos sesenta años, miope y un poco encorvado de descifrar textos de ilegibles manuscritos. El poco cabello que le quedaba era finísimo y blanco como un capullo de seda, y parecía flotar más que crecer en su cabeza. Su traje era un confuso amasijo de tela de colores apagados y mal combinados; llevaba una corbata de lazo, un chaleco de lana de color azul y calzaba robustas abarcas irlandesas marrones.

 

La tetera silbó otra vez; mientras mi huésped se ocupaba de los detalles prácticos trasteando en lo más recóndito del piso, tuve ocasión de observar la habitación. Era una de esas cavernas tan frecuentes en Oxford y no menos excéntrica que su ocupante: paredes de tres metros y medio de alto, un gigantesco aparador de caoba labrada, repisas, mesas, un escritorio del tamaño del puente de mando de un barco de guerra, enormes y cómodos sillones en los que uno podía perderse. El suelo de madera oscura de roble estaba cubierto con una alfombra deshilachada de colores desvaídos; la iluminación parecía propia de la época de las cavernas y el sistema de calefacción era tan antiguo como Moisés.

 

Me fijé con especial atención en las numerosas estanterías, repletas de objetos y chucherías. La curiosidad me empujó a levantarme de mi asiento y a acercarme para mirar mejor. Era un auténtico museo de extraños artefactos: piedras de formas raras, trozos de madera labrada, pequeñas lascas de pizarra

 

con extrañas inscripciones; relucientes fragmentos de monedas, y una colección de peines de asta y de botones hechos con dientes. En un rincón había un gato disecado amarillo del tamaño de un Cocker Spaniel y un pájaro de plumas negras que tomé por un cuervo.

 

Estaba tan enfrascado en el estudio de tales rarezas que no me di cuenta de que Nettleton había regresado. Sentí un escozor en la nuca, me di la vuelta y me lo encontré mirándome, con dos humeantes tazas en las manos. He dicho tazas aunque en realidad eran recipientes altos y sin asas que parecían hechos de gres sin cocer. Había visto vasijas del mismo estilo en el Ashmolean Museum, junto a una etiqueta en que se leía: «Tazas, Neolítico, 2500 a. C.».

 

Mi huésped me tendió una de las tazas, se llevó la suya a los labios y dijo:

 

—Slàinte!

 

A lo que yo contesté:

 

—¡Salud!

 

Tomé un sorbo y a poco estuve de escupir el contenido. Logré tragármelo pero el líquido corrosivo me abrasó la garganta.

 

Nettleton sonrió con simpatía ante mis muecas.

 

—Lo siento. Debería haberlo prevenido. He echado whisky. Creo que un traguito en un día como éste ayuda a combatir el frío.

 

Desde luego, y también el deseo de seguir viviendo.

 

—Está bueno —jadeé, mientras notaba que la lengua se me estaba poniendo del tamaño de una salchicha—. ¿Qué es? —añadí.

 

El profesor hizo un ademán vago con la mano.

 

—Raíces, cortezas, bayas… Una fórmula casera. Yo mismo cojo los ingredientes. Si le gusta, puedo darle la receta.

 

Yo me había quedado sin habla.

 

Me condujo al otro extremo de la habitación donde había unos sillones de cuero rojo situados a ambos lados de la única ventana de la estancia. El cielo estaba oscuro, y los cristales de la ventana eran opacos. Entre los sillones había una mesita que parecía hecha de madera de desecho. El profesor se

 

sentó en uno de los sillones y puso su taza sobre la mesita. Me señaló con un gesto el otro sillón. Me senté frente a él y observé el brebaje de mi taza. ¿Serían pasas lo que parecía agitarse en el líquido?

 

—¡Vaya! —exclamó el profesor de pronto—. ¡Me alegro de verlo!

 

Pronunció esas palabras con sumo cuidado, como si yo fuera un aborigen que quizá no entendiera su idioma.

 

—Hace tiempo que estaba esperando esto.

 

Me desconcertó tal aseveración. Lo miré asombrado y farfullé:

 

—¿De veras?

 

—Sí. —Se apresuró a levantar una mano y añadió—: ¡Oh! Por favor, no me malinterprete… No le deseo mal alguno. Como le he dicho, sólo quiero ayudarlo. Y, si me permite decírselo, su aspecto denota a las claras que está usted necesitado de ayuda.

 

—Hum, profesor Nettleton…, creo que juega usted con ventaja.

 

—Nettles —replicó.

 

—¿Cómo dice?

 

—¿Por qué no me llama Nettles? Todo el mundo lo hace.

 

—De acuerdo —asentí—. Estaba diciendo que creo…

 

—Por favor, relájese. Está usted muy angustiado.

 

—Bueno, yo…

 

—No se disculpe, señor Gillies. Lo comprendo. Y ahora, veamos —dijo, cruzando las manos sobre el pecho y reclinándose en el respaldo de modo que el rostro le quedó entre sombras—. ¿En qué puedo servirle?

 

No se me ocurrió nada. Escruté unos instantes las sombras y luego repuse que ya me había ayudado mucho, que se estaba haciendo tarde, que estaba seguro de que era una persona muy ocupada y que no quería molestarlo más, y que…

 

—Sshh —replicó con calma—. No tiene por qué preocuparse. Le aseguro que mantendré su secreto.

 

¿Mi secreto? ¿Qué secreto? ¿Cómo sabía él mi secreto?

 

—No sé a lo que se refiere —aseguré.

 

Nettles se inclinó hacia delante con los ojillos brillantes.

 

—Es usted un creyente —susurró—. Siempre los distingo.

 

—Un creyente —repetí sordamente.

 

El viejo sonrió.

 

—¡Oh! No se preocupe. Yo también lo soy.

 

Debió de notar que me quedaba de una pieza porque se apresuró a explicar:

 

—Creo en las hadas. Todos me tienen por chiflado. Que digan lo que quieran —dijo con aire confidencial—. Yo las he visto.

 

Movió la cabeza con entusiasmo.

 

—¡Claro que las he visto! Pero prefiero llamarlas «el Pueblo Hermoso». A mi entender, la palabra «hadas» ha adquirido connotaciones desafortunadas en los últimos años. Y, aunque así no fuera, «hadas» siempre sugiere algo delicado y diminuto. Déjeme decirle —añadió con aire solemne— que son cualquier cosa excepto delicadas y diminutas.

 

Consideré que la conversación estaba adquiriendo un extraño rumbo e intenté reconducirla.

 

—Hum, yo vi un lobo en la calle Turl. Quizá leyó algo de eso en los periódicos.

 

Nettles me guiñó un ojo.

 

—Blaidd an Alba, ¡vaya!

 

—¿Cómo dice?

 

—Lobos en Albión —respondió—. No me haga caso. ¿Qué me estaba diciendo?

 

—Sólo eso. Nada más —mentí.

 

—¿Eso es todo?

 

—Bueno, sí —confesé un tanto ofendido porque el profesor parecía insinuar que había algo más—. ¿Qué más podría haber?

 

Nettleton soltó una risita sofocada.

 

—Pues, digamos que apariciones, desapariciones, sucesos extraños… Un montón de cosas por el estilo. Por ejemplo, gente que se ve atrapada en círculos célticos.

 

—No querrá usted decir que…

 

¿Estaba acaso refiriéndose a mí?

 

—Eso es precisamente lo que quiero decir.

 

Me quedé boquiabierto. ¿Chiflado? Aquél hombre estaba como un cencerro.

 

—¡Es imposible! —balbucí.

 

—¿Usted cree? —La sonrisa aún le bailaba en los labios, pero la expresión de sus ojos era seria e intensa—. Le he hecho una pregunta, señor. Estoy esperando una respuesta.

 

—Bueno —concedí con cautela—, supongo que no es del todo imposible.

 

—¡Vaya! Usted sabe muy bien que no es del todo imposible. Venga, señor Gillies, seamos más rigurosos.

 

La ferocidad con que me espetó estas palabras desapareció en cuanto las hubo pronunciado; enseguida recobró su buen humor.

 

—Ya le he dicho que conmigo no le servirá de nada andarse con rodeos.

 

Olfateo a un creyente a dos kilómetros de distancia.

 

Se inclinó hacia delante para alcanzar su brebaje, pero se detuvo a medio camino.

 

—¡Ah, ya caigo! —exclamó de pronto.

 

—¿Cómo dice?

 

—Me he equivocado con usted. —Permaneció inmóvil con la mano tendida—. Lo siento, señor Gillies. Es culpa mía.

 

—Me parece que no lo comprendo.

 

—Después de todo, a lo mejor no es usted un creyente —explicó, reclinándose otra vez en el respaldo—. Pero entonces, ¿qué es usted, señor Gillies? Estoy tan habituado a tratar con descreídos que a menudo olvido que existe una tercera categoría.

 

Para disimular mi creciente inquietud ante aquel interrogatorio, bebí un sorbo de mi brebaje. Ésta vez hasta saboreé el gusto.

 

—Creyentes y descreídos —continuó el profesor Nettleton—. La mayoría de la gente encaja en una de estas dos categorías. Pero hay una tercera: los que desean desesperadamente creer, pero la razón se lo impide.

 

Bebió un largo trago de su brebaje; yo lo imité y acabé bebiendo más de lo que era mi intención.

 

—Es reconfortante, ¿verdad? —dijo haciendo chasquear la lengua—.

 

Cerveza de brezo calentada con especias.

 

¿Cerveza de brezo? Miré mi taza. La leyenda cuenta que la receta de ese antiguo brebaje desapareció en 1411, cuando los ingleses mataron al último cacique celta por negarse a divulgar el secreto de aquel antiguo elixir. El belicoso celta prefirió precipitarse desde un acantilado al mar antes de permitir que los odiados extranjeros probaran el Brebaje de los Reyes. ¿Cómo había conseguido el profesor hacerse con la receta…, si es que de verdad lo había conseguido?

 

Mi estrafalario huésped se levantó y se dirigió al aparador. Volvió con unas vasijas de barro y llenó de nuevo las tazas.

 

—Como le decía… —puso la vasija de barro otra vez sobre el hornillo y se sentó—, quizás usted pertenezca a la tercera categoría: desea creer, pero le falta convicción. Diríamos que es simpatizante, pero escéptico. —Asintió con benevolencia—. Rondando entre los miasmas celtas se ha contagiado del microbio. ¿Me equivoco?

 

¡Diana!

 

—Creo que podré superarlo —admití con cautela.

 

—Veamos ahora, ¿qué lo ha conducido a usted a ese callejón sin salida, a esa crisis entre fe y razón? ¿Qué lo ha empujado a vagar por la ciudad mal vestido y mal afeitado, viendo cosas extrañas y dejándose atrapar en la acera por un dibujo a tiza?

 

Mis labios se disponían a farfullar una respuesta evasiva, pero en realidad la pregunta no iba dirigida a mí. Aquél viejo caballero chocho continuó diciendo:

 

—¿Qué será? Si tuviera que aventurar al azar una respuesta, me inclinaría

 

a decir que ha sido usted testigo de algo para lo que no encuentra explicación racional, por mucho que se empeñe en descubrirla. ¿Acaso se trata de esas apariciones de las que me ha hablado? ¿O quizás una desaparición? ¡Sí! ¡Creo que he acertado! —Sonrió con inocente satisfacción—. Se lo advertí: siempre los distingo.

 

—Pero ¿cómo lo ha adivinado?

 

Pasó por alto mi pregunta y me planteó otra.

 

—¿De quién se trata? ¿Algún conocido suyo? Pues claro, ¡qué pregunta tan estúpida! Ahora, cuénteme. Si tengo que ayudarlo, he de saberlo todo. — Agitó un dedo en el aire—. Todo… ¿Ha entendido bien?

 

Me repanchigué en el sillón y me sentí agradablemente envuelto en la suavidad del cuero; apoyé la humeante taza en mi pecho y murmuré:

 

—Sí, señor.

 

¿Cómo pude aceptarlo con tal facilidad? Sólo deseaba hundirme en el sillón para que nadie pudiera hallarme jamás; pero lo cierto es que tomé un largo trago del extraño brebaje, cerré los ojos y comencé a relatarle todo con voz monótona.

 

El profesor Nettleton me dejó hablar sin interrumpirme. Abrí dos veces los ojos y lo vi sentado en el borde del sillón, como si estuviera dispuesto a saltar en el momento en que me callara. Hablé y hablé hasta vomitar todo aquel embrollado episodio tal como había sucedido. Le conté todo. No tenía fuerza de voluntad para resistirme o coquetear con los hechos. Estaba harto de engañarme, cansado de soportar el peso del secreto yo solo. Me limité a abrir la boca y las palabras salieron solas. Seguí hablando y hablando.

 

Le hablé del empeño de Simon por ver el uro, del Hombre Verde, de la granja de los Grant, del cairn, del repentino interés de Simon por las tradiciones célticas; le conté mis pesadillas, mis visiones…, todo lo que había ocurrido antes y después de la desaparición de Simon. Y sentí un alivio indescriptible al desahogarme. Agradecía infinitamente que alguien me escuchara y me creyera. No tenía miedo de que el profesor me traicionara o de que me tomara por loco. Al fin y al cabo, la gente también lo tenía a él por un chiflado. Así me lo había confesado. Mi secreto estaba a salvo con él; no me cabía duda alguna de ello, y eso facilitaba las cosas.

 

Cuando hube acabado mi relato, abrí los ojos y miré mi taza. ¿Era posible que hubiera apurado todo el brebaje? Debía de haberlo bebido mientras hablaba. Lamenté no haber dejado nada y puse la taza sobre la mesita. A través de los cristales salpicados de gotas de lluvia, el cielo brillaba con el mortecino color verde-gris de las luces de la ciudad que se reflejaban en las nubes bajas. Escruté la oscuridad que rodeaba el sillón del profesor. La débil luz que se filtraba por la ventana destacaba los cabellos blancos de Nettles. Los ojos le brillaban en la penumbra.

 

—¡Claro! —exclamó al fin—. Sí, ahora lo entiendo.

 

—Créame, no deseaba hacerle perder tiempo con todo esto.

 

Hizo un leve gesto con la cabeza.

 

—Todo lo contrario, por eso precisamente vino usted a mí.

 

Un equivocado sentido del orgullo me hizo reaccionar airadamente.

 

—Mire, no sé si esto es de su incumbencia. Vine sólo porque…

 

—¿Sí?

 

—Bueno, porque no quería herir sus sentimientos.

 

—¡Vaya! Señor Gillies, dejemos bien clara una cosa. Si tenemos que trabajar juntos, debemos dejar a un lado la falsa modestia y el disimulo. Ambos sabemos muy bien de qué estamos hablando. De la libertad de los creyentes para pregonar a gritos lo que no se atreven a confesar los que dudan.

 

—¿Qué?

 

—Sabe perfectamente de qué estoy hablando —dijo en un tono que no admitía réplica, y yo desde luego no se la brindé—. Muy bien, dejemos a un lado cualquier inhibición y hablemos con toda claridad. Haré de usted un hombre nuevo —añadió alargando una mano y golpeándome cariñosamente la rodilla.

 

—Yo le he hablado de Simon y de todo lo demás —repliqué un tanto a la defensiva—. Pero usted no me ha dicho cómo sabía que yo estaba…

 

No encontraba las palabras adecuadas. ¿Cómo estaba yo?

 

—¿En apuros? —me ayudó Nettles—. Desde que todo esto empezó he

 

procurado no perderme ningún detalle.

 

—¿Ningún detalle de qué?

 

—Pues, de todo. Literalmente de todo. Los signos existen para quienes tienen ojos para verlos.

 

—No entiendo —protesté.

 

—Ya lo supongo —repuso, levantándose—, pero creo que por hoy ha sido suficiente. Buenas noches, señor Gillies. Váyase a su casa y descanse.

 

—Bien, buenas noches —dije, levantándome también—. Gracias.

 

Le estaba agradecido en un sentido muy vago; supongo que me contentaba simplemente con que no hubiera avisado a los loqueros de la camisa de fuerza.

 

Me acompañó hasta la puerta.

 

—Venga a verme mañana por la mañana. Se lo explicaré todo.

 

Poco después estaba con el abrigo en el brazo, bajo la pálida penumbra de la avenida Brewer. Me puse el abrigo y apresuré el paso bajo la helada llovizna; se había levantado viento. El alivio que había experimentado en compañía del profesor Nettleton se disipó por completo con la fría realidad de la lluvia y el viento.

 

«Como un cencerro —pensé sombríamente—. El viejo Nettles está más chiflado que yo».

 

Llegué a la puerta de mi habitación a tiempo de oír el timbre del teléfono. Abrí la puerta y me precipité a contestar la llamada. Al instante me di cuenta de que había cometido un grave error.

 

 

 

 

8

 

DESCRIBIENDO LA ÓRBITA DEL SOL

 

El reloj marcaba las once y diez.

 

¿Quién podía llamar a aquellas horas de la noche?

 

—¡Hola! ¿Es usted el señor Gillies?

 

La voz sonaba como si viniera a través de una distancia enorme…, por lo menos de Marte. Sin embargo, era una de esas voces que una vez oídas jamás se olvidan, y la reconocí al momento. El corazón me dio un brinco.

 

—Sí, señor. Buenas noches.

 

—Soy Geoffrey Rawnson.

 

—Encantado de oírlo, señor. ¿Cómo está usted?

 

—Trabajando muchísimo, como siempre. No me queda un minuto para mí. Aun así, supongo que no puedo quejarme —contestó con bastante afabilidad—. Mire, querría hablar con Simon. ¿Sería tan amable de avisarle?

 

—Lo siento, señor Rawnson, pero Simon no está en este momento.

 

—¿No? ¡Vaya! ¿Dónde está?

 

Su tono daba a entender que consideraba lo más natural del mundo que su hijo estuviera esperando su llamada pegado al teléfono.

 

—Creo que estará fuera toda la velada —mentí y, para compensarlo, añadí una nota de veracidad—. A decir verdad, yo acabo de regresar ahora mismo.

 

—Ya. Bien, no quiero entretenerlo más. ¿Sería tan amable de decirle a Simon que he telefoneado?

 

—Lo haré, señor…, tan pronto como lo vea.

 

—Muy bien —dijo el viejo Rawnson—. Otra cosa más…

 

—Usted dirá.

 

—Dígale a Simon que, a menos que haya tenido noticias de él antes de las diez de la mañana, pasaré a buscarlo a la hora convenida. ¿Lo ha anotado?

 

—Pasará a buscarlo a la hora convenida… Lo he apuntado. ¿Sería tan amable de indicarme la hora? Así podré decírselo a Simon.

 

—Es de suponer que Simon está al corriente de todos los detalles — replicó Rawnson con cierto deje de contrariedad. Hizo una pausa y por toda explicación añadió—: No me importa confesarle a usted que estoy un tanto incomodado con mi hijo. Suponíamos que iba a venir para celebrar el cumpleaños de su abuela este fin de semana. No acostumbra olvidarlo. Pero este año no ha mandado ni tan siquiera una postal, ni ha llamado por teléfono. Nada. Será preferible para él que pueda darnos una explicación aceptable; espero oírsela cuando lo vea mañana. Dígaselo de mi parte.

 

—Sí, señor —asentí.

 

—Bueno, es tarde y no quiero entretenerlo más. Buenas noches, señor Gillies. Saludos.

 

Colgó el teléfono.

 

¡Rayos y truenos! ¿Qué iba a contarle al padre de Simon cuando me lo encontrara frente a frente? Lo siento muchísimo, alteza, pero su queridísimo hijito se ha largado al país de Irás y No Volverás. ¡Vaya por Dios! ¡Perra suerte!

 

Me acosté lleno de preocupación y me quedé dormido planeando el asesinato de Simon.

 

Era probable que el profesor Nettleton durmiera vestido. O, más aún, que no durmiera en absoluto. Cuando a la mañana siguiente llegué a su casa a las nueve en punto, me lo encontré con la misma ropa de la víspera, buscando afanosamente algo; esparcidos por el suelo había un montón de papeles, folletos, periódicos y libros.

 

—¡Adelante, adelante! —dijo sin apenas mirarme cuando hube llamado

 

—. ¡Aquí lo tengo! —exclamó blandiendo un libro por encima de su cabeza —. Siéntese, Lewis, y escuche con atención.

 

El chiflado de Nettles comenzó a leerme el libro, paseando entre aquel montón de literatura y mesándose los escasos cabellos. Lo escuché unos instantes antes de darme cuenta de que no entendía ni una sola palabra de lo que leía. Mejor dicho, aunque entendía las palabras, todo aquello no tenía para mí ningún sentido. Era una auténtica jerga: nexo por aquí, plexo por allá,

 

y algo relativo al flujo secuencial del tiempo y a la infinita maleabilidad del futuro, o cosa parecida. Me senté en el sillón de cuero tras haberlo despejado de papeles. La lámpara que había junto al sillón era la única iluminación de la sala. El profesor acabó de leer y me contempló con ojos brillantes de excitación.

 

—Disculpe, Nettles —dije—, pero creo que me he perdido. No dormí bien anoche.

 

Le conté la conversación telefónica que había mantenido con el padre de Simon.

 

El viejo profesor chasqueó la lengua en señal de simpatía.

 

—Era de esperar —comentó—. La gente no puede desaparecer así como así sin que se la eche de menos. Sin embargo, supuse que tendríamos más tiempo. Pero no se preocupe.

 

—¿Que no me preocupe? ¡Pero si va a venir a ver a Simon hoy y Simon no está aquí!

 

—Ya nos ocuparemos de ese asunto más tarde —me tranquilizó el profesor—. ¿Le apetece una taza de té?

 

Se encaminó hacia el hornillo que había sobre el aparador sin dejar de hablar.

 

—El uro y la lanza son inequívocas señales. Como el Hombre Verde, el lobo, el jabalí y el perrazo. Supongo que hay otras muchas, quizá cientos, pero usted no tiene por qué haberlas visto necesariamente.

 

Lo oí confusamente trastear con la vajilla y llenar la tetera. Su voz me llegaba como si procediera de la más profunda oscuridad del otro mundo.

 

—Señales —repetí sin entusiasmo mientras bostezaba y me frotaba los ojos.

 

—Veamos. Hay dos elementos en su historia que me confunden. Le pido encarecidamente que procure recordar con la mayor precisión. Me temo que todo dependa de eso.

 

Nettleton se reunió otra vez conmigo.

 

—Piense en el cairn. ¿Vio usted si había alguien cerca cuando llegaron?

 

—me preguntó mirándome intensamente—. ¿Se acercó alguien?

 

—Nadie —repuse encogiéndome de hombros—. ¿Por qué?

 

—¿Un animal, quizás? ¿Un ciervo? ¿Algún pájaro? ¿Un perro?

 

Di un respingo.

 

—Aguarde un momento. Sí, había alguien. Recuerdo que vi a un sujeto con unos perros…, tres para ser exactos, de extraña apariencia. Quiero decir que el hombre tenía un aspecto singular, no los perros. Bueno, a decir verdad, también los perros eran raros. Blancos con orejas rojas, enormes y delgados… Parecían gigantescos sabuesos o algo así. Me salieron al paso camino del cairn, pero yo me quedé quieto y se marcharon.

 

—¿Cuándo los vio? ¿Antes o después de que Simon entrara en el cairn?

 

—Después —contesté—. No, espere… —reflexioné—. Sí, también los vi antes…, los vimos los dos, Simon y yo. Simon comentó que debía de tratarse de un granjero y continuamos nuestro camino hacia el cairn. Volví a verlos otra vez cuando regresé al cairn después de la desaparición de Simon.

 

Nettles se frotó las manos y soltó una risita de satisfacción. La tetera silbó desde el aparador y el profesor se dirigió presuroso hacia allí. Yo lo imité.

 

—¿Leche? —me preguntó.

 

—Sí, por favor.

 

Lo observé mientras echaba agua hirviendo en una enorme y manchada tetera; luego echó también agua en dos tazas sin lavar. En el aparador había una botella de leche; la destapó con el pulgar.

 

—¿He dicho algo importante? —inquirí.

 

Removió el agua de las tazas y después volvió a verterla en la tetera.

 

—Sí —respondió echando leche en las tazas—. Sin ninguna duda.

 

—Bien. Bueno, supongo que está bien, ¿no?

 

—Oh, sí. Muy bien. Comenzaba a preguntarme si estaría usted diciéndome la verdad.

 

Ante la mirada de sorpresa que le lancé, añadió:

 

—Bueno, ahora ya no me cabe duda. Ninguna en absoluto. La presencia del guardián confirma toda la historia.

 

—¿Un guardián? —me extrañé—. Usted no mencionó nada acerca de un guardián.

 

—Dejaremos reposar el té un poco. Traiga las tazas.

 

Cubrió la tetera con una funda de lana tejida a mano y la puso sobre la mesita desvencijada; luego acercó su sillón al mío.

 

—El guardián del umbral —dijo el profesor con toda sencillez—. Podía haberse tratado de un halcón, de un ciervo, o de un perro salvaje… El guardián puede adoptar distintas apariencias. Me intrigaba que no hubiera ninguno. Y me intrigaba también otra cosa: ¿por qué Simon pudo cruzar el umbral y usted no?

 

—También a mí me intriga eso. No ceso de preguntármelo.

 

—¿Quizá Simon era más sensible?

 

—¿Más sensible Simon? ¡Ca! —repuse—. De ninguna manera.

 

Nettles sacudió la cabeza y frunció el entrecejo.

 

—Entonces no lo entiendo.

 

Cogió la tetera y llenó las tazas. Me tendió una y bebimos en silencio.

 

—¿Mostró algún interés por el Otro Mundo antes del asunto del cairn? — preguntó al cabo de un rato.

 

—Ninguno —repuse—. Soy yo quien se dedica a los estudios célticos, no Simon.

 

—Sin embargo, fue él quien sugirió ir a ver el uro, ¿no es así?

 

—Sí, pero… creo que para él era una aventura más.

 

El profesor me miró por encima de su taza.

 

—¿De veras?

 

—Ya sabe lo que quiero decir. Simon aprovechaba cualquier oportunidad para divertirse.

 

—Ya. ¿Lo calificaría usted como el típico aventurero?

 

—Desde luego. Le gustaban las emociones por pequeñas que fuesen. — Sorbí un poco de té y de pronto me acordé de un detalle—. Pero aquella mañana sucedió algo realmente misterioso. Simon me recitó una poesía.

 

—¿Sí? Continúe —me rogó Nettleton.

 

—Bueno, no la recuerdo, pero tenía que ver con…, no sé.

 

—Por favor, trate de recordar. Podría ser importante.

 

—Nos dirigíamos a la granja…, antes de ver el uro, que por cierto no vimos porque jamás existió… Bueno, pues Simon de repente se puso a recitar un poema, un poema celta. Decía algo parecido a encontrarse a las puertas del oeste —relaté, intentando recordar los detalles—. Era uno de esos poemas celtas de adivinanzas, en los que el recitador da una serie de claves a partir de las cuales se supone que hay que adivinar quién es.

 

—Encontrarse a las puertas del oeste —repitió el profesor—. Sí. Continúe. ¿Se acuerda de algo más?

 

Como sacudido por una descarga eléctrica, recordé algo más.

 

—Antes de eso, cuando acabábamos de despertarnos… —dije con la voz tensa de excitación—. Dormimos junto a la carretera, como ya le expliqué, y yo me desperté poco antes de la salida del sol. Simon quería reemprender el viaje mucho antes, pero nos quedamos dormidos…, no mucho, pues casi era noche cerrada todavía cuando nos despertamos. Simon se incomodó porque quería llegar a la granja antes de la salida del sol, no después. Cuando le pregunté por qué, gruñó y murmuró: «Vaya un estudioso de las tradiciones célticas». Se trataba de la hora-entre-horas… Mire usted por dónde, Simon sabía lo de la hora-entre-horas. Por eso le corría tanta prisa llegar a la granja. Se lo pregunté y no lo negó. Simon sabía lo de la hora-entre-horas.

 

Nettleton sonrió.

 

—Ya. Continúe.

 

—Eso fue todo. Yo ignoraba que supiese tal cosa. Me extrañó, pero así era Simon; se lanzaba de cabeza en pos de cualquier capricho.

 

—Sin embargo, no llegaron a la granja o al cairn antes de la salida del sol, ¿verdad?

 

—No. Llegamos al cairn poco antes de las diez.

 

El profesor se levantó y fue a buscar la botella de leche. Echó un poco en las tazas y sirvió más té caliente; luego volvió a cubrir la tetera con la funda. Se calentó las manos con la taza humeante y dijo lentamente:

 

—Es muy interesante.

 

—Mucho, pero ¿qué tiene que ver con la desaparición de Simon?

 

Como si no me hubiese oído, el profesor se levantó y rebuscó entre los libros de su abarrotado escritorio. Encontró el que buscaba y me lo mostró.

 

—Lo encontré anoche —explicó, y comenzó a leer:

 

Un día, en agosto de 1788, llegué al pueblo más importante de la cañada de Findhorn, un villorrio de agradable aspecto llamado Mills de Aird Righ. Fui a visitar primero al maestro de escuela, el señor Desmond MacLagan, que accedió amablemente a acompañarme al cairn. MacLagan había crecido en la región y desde luego había oído contar historias del cairn de labios de su abuela, la señora Maire Grant, que seguramente le había relatado a menudo cómo ella y otros jóvenes del pueblo iban al cairn en las noches de luna llena. Tras una breve espera, oían la más exquisita música imaginable y contemplaban una torre que se elevaba desde lo más profundo de la cañada. Los diminutos habitantes de la tierra de las hadas salían de la torre y se entregaban a danzas y retozos. A la mañana siguiente la torre había desaparecido, pero la abuela y sus amigos cogían el oro de las hadas esparcido en torno al cairn. Repitieron varias veces la misma experiencia hasta que uno de los jóvenes, al ser interrogado acerca del oro, se lo contó todo a su padre, quien le prohibió volver a hacer incursiones de aquella clase y le explicó que de vez en cuando había desaparecido gente en aquellos andurriales. Después de llegar a la cañada, mi guía y yo desmontamos y seguimos a pie el camino hasta el cairn. La vieja construcción es bastante común en cuanto a tamaño y proporciones y está bastante deteriorada; pero tiene una curiosa protuberancia en forma de huevo orientada al oeste. No obstante, los granjeros y los ignorantes habitantes de la cañada creen que el cairn es un montículo de las hadas y hablan de él con gran respeto en sus discusiones sobre temas sobrenaturales.

 

Nettles alzó la vista del libro.

 

—Éste documento establece que el cairn de Carnwood es un lugar conectado con el Otro Mundo —declaró con solemnidad—. Aunque el autor no encontró la entrada, lo cual no deja de ser bastante raro, no me cabe la menor duda de que el cairn aquí descrito es el mismo que vio usted. La

 

colina, la hondonada, la protuberancia en uno de los lados no dejan lugar a dudas de que así es.

 

Me mostré de acuerdo, pero el relato no dejaba de ser una leyenda común y corriente. Durante mis estudios, había leído fragmentos y retazos de historias parecidas cientos de veces. Al fin y al cabo, formaban parte del acervo cultural céltico.

 

—La crónica —dijo Nettles— continúa contando que algunas veces se han visto seres diminutos, que se han perdido y encontrado cosas por allí cerca, y otras curiosidades sin importancia. Luego viene esto… —Y siguió la lectura:

 

MacLagan me presentó a un granjero que vivía cerca, en la granja Grove; se llamaba E. M. Roberts y me confirmó que el cairn era un montículo de las hadas, insistiendo en el hecho de que su padre una vez había contratado a un campesino llamado Gilim, quien, regresando a casa, había visto cómo salía de la mencionada hondonada un tropel de hadas. Se escondió y, cuando las hadas desaparecieron, se apresuró a bajar hasta el montículo y encontró su entrada abierta. Se metió en el cairn y vio que era de día y se encontró entre la niebla de un prado verde en el que habitantes del mundo de las hadas estaban preparando un banquete. Se dio cuenta de que no eran pequeños, sino de estatura normal y extraordinaria belleza. Una mujer hermosísima se le acercó y le ofreció comida; él aceptó y comprobó que jamás en su vida había saboreado algo más delicioso. Permaneció todo el día con las mujeres-hadas y, a la puesta del sol, los quiméricos jinetes regresaron de sus incursiones y comenzó el banquete; el príncipe de las hadas le regaló una copa de vino de plata y un abrigo amarillo y lo invitó a que se quedara allí. El asombrado campesino repuso que lo esperaban en casa por la mañana; a lo cual el príncipe comentó: «Entonces debes marcharte enseguida para que no se descubra tu secreto». Al momento, las hadas se desvanecieron en una dorada niebla y Gilim se encontró junto a un arbusto espinoso fuera del cairn con el abrigo amarillo y la copa de plata que le habían regalado. Gilim los mostraba como prueba de su relato.

 

Entonces el profesor cerró el libro y levantó su taza como quien ha clavado el último clavo en el ataúd de la duda.

 

—¿En qué está pensando? —pregunté temiendo la respuesta.

 

—Estoy pensando que su amigo Simon abandonó nuestro mundo para ir al Otro Mundo.

 

Aunque Nettles pronunció esas palabras con toda sencillez, el temor que yo había mantenido a raya durante tantos días se desbordó. Perdí de vista la habitación. El abrigo…, el abrigo amarillo…, lo había visto… y también al hombre que lo llevaba.

 

—El Otro Mundo —repetí en voz baja, poniendo en palabras por primera vez el presentimiento que me había acosado desde la desaparición de Simon; respiré profundamente y procuré calmarme—. Explíquese, por favor.

 

—Es evidente que Simon manifestó un claro y profundo interés por el Otro Mundo antes de desaparecer.

 

—Un profundo interés… ¿Eso es todo lo que se precisa?

 

—No. —Nettles sorbió un poco de té con aire meditabundo—. No.

 

Seguramente debió de cumplirse alguna clase de ritual.

 

—No hubo ritual alguno —afirmé, aferrándome a ese hecho como a un clavo ardiente—. No lo perdí de vista ni un segundo, desde el momento en que llegó al cairn hasta el instante en que desapareció. No hizo nada que yo no hiciera. Me senté en una peña y él se puso a caminar en torno a esa cosa haciéndome preguntas sin cesar. A decir verdad, mostraba un repentino interés por los cairns y lo que había en su interior… Pero nada más. Dio una o dos vueltas observando el montículo. Sólo lo perdí de vista un par de veces… cuando estaba al otro lado del cairn.

 

El profesor asintió con aire indulgente.

 

—Eso es. ¿No lo ve?

 

—No. No veo nada. No hizo nada que yo no hiciera —contesté.

 

Estaba tan empeñado en negar lo que había sucedido que supongo que juzgaba necesario resistirme hasta el final.

 

—¡Caminó en torno al cairn! Dio varias vueltas. En cambio usted no lo hizo.

 

—Muy bien, ¿y qué?

 

El profesor chasqueó la lengua.

 

—Se han olvidado de enseñarle algo, muchacho. Algo que debería saber.

 

De pronto se hizo la luz en las abotargadas tinieblas de mi cerebro. ¡Pues claro! Se había llevado a cabo un ritual: se había descrito la órbita del sol. Deosil lo llamaban los celtas.

 

—La órbita del sol —dije—. Quiere usted decir que dar tres vueltas en torno al cairn siguiendo la dirección del sol… bastó…, ya sabe, para que desapareciera.

 

—Eso es —afirmó Nettles—. Imitar el movimiento del sol en un umbral del Otro Mundo, en la hora oportuna y en las circunstancias oportunas es un ritual muy efectivo.

 

—En la hora oportuna… ¿como la hora-entre-horas?

 

—Exactamente.

 

—Pero si no llegamos a tiempo… —objeté—. El sol había salido hacía rato cuando llegamos allí.

 

Nettles se golpeteó los dientes con un dedo.

 

—Entonces sería quizás el día… ¡Claro! Dijo usted que fue el último día de octubre: Samhein!

 

—¿Cómo ha dicho?

 

—Samhein… Sin duda ha oído hablar de esa fecha.

 

—Sí, desde luego —admití sombríamente. Samhein: el día del calendario celta en que las puertas del Otro Mundo se abrían de par en par—. Pero no se me ocurrió en aquel momento.

 

—Un día cargado de energía del Otro Mundo. Debió de haber caído en la tercera semana del trimestre del otoño académico…, precisamente el día en que ustedes fueron a ver el cairn.

 

Me sentía angustiado y disgustado. Angustiado por las innegables aseveraciones de Nettles y disgustado conmigo mismo por mi ignorancia. Parece lógico pensar que después de unos cuantos años de estudio debería haber aprendido algo, ¡pero noooo!

 

—Mire, me prometió que me explicaría todo. Pero hasta ahora no me ha

 

explicado nada de nada.

 

El profesor Nettleton dejó en la mesita la taza de té.

 

—Sí, creo que ahora tengo todas las piezas. Escuche con atención. Voy a explicárselo.

 

—Muy bien.

 

—En primer lugar, debe entender perfectamente el modo en que los dos mundos están conectados.

 

—Los dos mundos… ¿Se refiere usted al Otro Mundo y al mundo real?

 

—El Otro Mundo y el mundo manifiesto —corrigió con amabilidad—. Los dos son igualmente reales, pero cada uno de ellos expresa su realidad de forma distinta. Supongo que podría decirse que existen en dimensiones paralelas.

 

—Si usted lo cree, acepto su palabra.

 

—Sigamos, pues. Los dos mundos, o si lo prefiere las dos dimensiones, están separados en su esencia, pero son ligeramente coincidentes, por decirlo de alguna manera. Como bien sabe usted, la tierra que está sumergida en el mar tiene montañas y valles. Bueno, cuando las montañas sobresalen de la superficie del mar, las llamamos islas.

 

—Y los lugares donde el Otro Mundo asoma al nuestro… son islas, ¿no?

 

—Haciendo uso de la analogía, así es. Aunque en realidad es un fenómeno bastante más complejo.

 

—Sin duda.

 

—Sigamos —continuó diciendo el profesor—. Ésa isla, o punto de contacto, se llama nexo…, tal como le leí cuando llegó. Entre otras cosas, el nexo funciona como un portal…, como una puerta por la que se puede pasar de un mundo a otro y viceversa. Los antiguos eran profundos conocedores de esos portales y los señalaban de diferentes maneras.

 

—Con cairns —dije—. Los señalaban construyendo cairns.

 

—Sí, cairns. Y círculos, piedras, montículos; siempre señales imperecederas. Cuando descubrían un nexo, lo señalaban.

 

—Para poder viajar de un mundo a otro —comenté, sintiéndome muy

 

orgulloso de mí mismo.

 

Pero Nettles no pareció impresionarse.

 

—¡No! Todo lo contrario. Señalaban esas puertas para que la gente se mantuviera alejada de ellas…, del mismo modo que nosotros señalaríamos hielo quebradizo o arenas movedizas. ¡Peligro! ¡Manténgase alejado! —El profesor sacudió la cabeza—. Por eso levantaban esas piedras enormes y construían esas estructuras imperecederas: querían advertir del peligro no sólo a los hombres de su tiempo sino también a las generaciones posteriores.

 

—No estoy seguro de comprenderlo.

 

—Pues es muy sencillo —insistió Nettles—. Los antiguos deseaban que esos lugares permanecieran señalados para siempre porque comprendían que resulta muy peligroso para los incautos aventurarse en el Otro Mundo sin estar preparados. Sólo los verdaderamente iniciados pueden pasar entre los dos mundos sin sufrir daño. Abundan historias de personas que sin pretenderlo han ido a caer en el Otro Mundo o de gente que se ha topado con seres del Otro Mundo. Ésas historias servían para advertir a los no iniciados que no hay que aventurarse en lo desconocido.

 

—Pero Simon no era un iniciado —dije yo.

 

—En efecto —asintió Nettles—. Y aún hay algo más. Mucho me temo que hay un peligro enorme implicado en todo este asunto. Un peligro que nos amenaza a todos.

 

—¿Qué clase de peligro?

 

—A menos que yo haya caído en un tremendo error, me temo que el plexo se haya convertido en algo profundamente inestable. Quizá ya sea demasiado tarde.

 

 

 

 

9

 

EL NUDO SIN FIN

 

—¿Plexo? ¿Como en el plexo

 

solar?

 

El anciano y chiflado Nettles hizo un gesto en señal de desaprobación.

 

—No me estaba usted prestando atención, ¿verdad? No oyó ni una palabra de lo que le leí.

 

—Lo siento. Estaba un poco preocupado.

 

—Se lo explicaré otra vez —suspiró—. Pero, intente concentrarse.

 

—Lo procuraré.

 

Clavé mis ojos en el rostro de búho de Nettles para no distraerme y de pronto me pregunté si se habría peinado; también sus gafas necesitaban una limpieza urgente.

 

—El nexo, según hemos dejado ya bien claro, es el punto de conexión entre los dos mundos, ¿de acuerdo?

 

—Sí.

 

—Bueno, pues el plexo es la urdimbre de esa interconexión. Porque los dos mundos no sólo están unidos, sino entretejidos.

 

Entrelazó los dedos de las manos a modo de ejemplo. Echó una rápida ojeada en torno y cogió un pedacito de papel de entre los montones que había en el suelo.

 

—¿Reconoce esto?

 

Miré el papel y vi la reproducción en tinta china de un inconfundible dibujo celta: dos líneas de colores bellamente entretejidas; dos líneas tan habilidosamente concebidas que era imposible señalar dónde acababa una y empezaba la otra.

 

—Pues claro —dije—. Es el nudo sin fin. Diría que está sacado del Libro

 

de Kells.

 

—No exactamente, pero algo parecido —replicó Nettles—. Es de un crucero celta de la isla de Iona. Supongo que ha visitado usted Iona, ¿verdad?

 

Para disimular las evidentes lagunas de mi cultura, contesté con otra pregunta:

 

—¿Qué tiene que ver el nudo sin fin con el plexo y el nexo?

 

—Me permito sugerirle que es una ilustración gráfica del plexo. Los celtas de la antigüedad no se cansaron jamás de reproducirlo. Para ellos, el dibujo simbolizaba la naturaleza esencial de la existencia del mundo. Dos bandas, es decir, este y el Otro Mundo, entrelazadas en una dinámica y móvil armonía; cada una de las bandas depende de la otra y cada una de ellas complementa y completa a la otra.

 

Observé aquel dibujo que tantas veces había visto y seguí con la vista los intrincados trazos de lazos y espirales que se cruzaban y entrecruzaban.

 

—Así que esto es un plexo, ¿no?

 

—Sí —asintió Nettles—. Es el plexo. En la analogía de la isla, el plexo sería la orilla de la isla. La orilla no pertenece completamente ni al mar ni a la tierra. La orilla es la zona que conecta y a la vez separa el mar de la tierra, pero forma parte de ambos. Cuando uno está en la orilla entre las olas, pertenece a ambos elementos a la vez…, se tiene un pie en ambos mundos, por decirlo así.

 

—Los antiguos celtas adoraban las orillas como lugares sagrados.

 

—¡Vaya! Parece que no todas sus lecturas cayeron en saco roto —bromeó Nettles; y me di cuenta de lo mucho que desentonaba el sarcasmo con su personalidad.

 

—No todas, no —murmuré—. Según tengo entendido, los celtas adoraban toda clase de cosas relacionadas con el plexo: la orilla del mar, el alba, el crepúsculo, el límite del bosque; todo lo que no perteneciera claramente a un sitio determinado, por decirlo así.

 

—Muy cierto —aprobó Nettles—. Sin embargo, hemos estado hablando del Otro Mundo y del mundo manifiesto como si fueran lugares separados. Pero los antiguos celtas no hacían distinción alguna entre los dos; ni tampoco establecían diferencia entre la realidad y la imaginación. Lo material y lo

 

espiritual no estaban separados ni pertenecían a lugares estancos: muchas veces se manifestaban de la misma manera. Por ejemplo, un bosque de robles podía ser un bosque de robles o podía ser la morada de un dios… o ambas cosas a la vez. Ésa era su concepción del mundo. Concepción que les inspiró una enorme apreciación y respeto por todo lo creado; un respeto nacido de una creencia profunda y perdurable. La idea de que un objeto o una entidad era en cierto modo más real simplemente porque poseía una presencia material, no se les habría podido ocurrir. Es interesante observar que sólo el hombre moderno hace tan temerarias distinciones. Y, una vez hecha tal distinción, llama al universo no material irreal; de ahí la poca importancia y la poca validez de su punto de vista. Por otra parte, los niños no distinguen entre lo material y lo no material. Pueden ver la diferencia, desde luego, pero no tienen necesidad de asignar un valor relativo a una cosa a costa de la otra. Como los celtas de la antigüedad, los niños aceptan con toda sencillez la existencia de ambos reinos…, como dos caras de una misma moneda, ¿me entiende?

 

—De acuerdo. ¿Y adónde nos lleva esto? —pregunté, porque comenzaba a impacientarme ante tanta filosofía.

 

—Ahí voy —repuso en un tono que evidenciaba a las claras que no le agradaba que lo apresuraran—. Veamos. Mientras el nexo existe como una realidad física aunque invisible, de ahí que lo señalen con piedras verticales, con un cairn o con lo que sea, el plexo no existe de la misma manera. Es, digámoslo así, ni más ni menos que la armonía creada por el equilibrio de los dos mundos. ¿Me sigue?

 

—A duras penas —tuve que admitir—. Pero siga, por favor.

 

—Escuche con atención. Llegamos al punto más importante: cuando se altera el equilibrio entre los dos mundos, la armonía, es decir, el propio plexo, se desestabiliza. Como el hilo de un tejido, se desenmaraña. ¿Lo entiende?

 

No pude menos que dar un respingo.

 

—La inestabilidad del plexo equivale a un caos y a una catástrofe. ¿Ahí es a donde quiere usted llegar?

 

—En esencia, sí. —El profesor se levantó y se dirigió a un rincón de la habitación—. Por eso es asunto de vital importancia descubrir primero lo que ha alterado el equilibrio para a continuación poder corregirlo. De otro

 

modo… —Se calló mientras rebuscaba entre unas cajas.

 

—De otro modo ¿qué? —lo apremié.

 

Miró unos instantes al vacío y luego dijo:

 

—Mucho me temo que el Otro Mundo se perdería irremisiblemente para nosotros.

 

—Pero me pareció oírle decir hace unos momentos que era un asunto muy grave.

 

—Y lo es —insistió el profesor Nettleton—. Es lo más grave que puede ocurrirle a la humanidad.

 

Se dirigió al otro extremo de la habitación, abrió un armario empotrado y comenzó a meter cosas en una bolsa de Iona bastante usada.

 

—Bueno, ¿y qué me dice de la amenaza nuclear, del SIDA, de la guerra, de la peste, del hambre?

 

—Son serios peligros, desde luego —admitió Nettles cogiendo un tubo de pasta de dientes—. Pero no amenazan a la humanidad en su esencia más profunda.

 

—Pues yo, sin ir más lejos, considero que la perspectiva de ser barrido por una explosión de protones es una amenaza que atenta contra mi esencia más profunda. Y podría mencionarle un par de personas más que sin duda estarían de acuerdo conmigo.

 

Nettles hizo un ademán desdeñoso con el cepillo de dientes en la mano.

 

—La muerte es la muerte, señor Gillies. Ha existido desde que el hombre apareció y continuará existiendo hasta el fin de los tiempos. Al fin y al cabo, forma parte de la vida, como la enfermedad, la peste, el hambre y la guerra. Todas son una misma cosa desde este punto de vista…, pues forman parte de la existencia humana.

 

—Es indudable que habla usted ex cátedra, perfectamente protegido por su campana de cristal. El mundo real no lo contamina. ¿Qué opina usted de…?

 

—¡Déjeme que acabe mi explicación! —me espetó el profesor blandiendo el cepillo de dientes—. ¡Está usted hablando sin ton ni son sobre algo de lo que no sabe nada! ¡Menos que nada!

 

Me dolía la cabeza y tenía los párpados a un tiempo secos y húmedos. Me sentía fatigado y confuso; no me apetecía en modo alguno que me gritaran.

 

—Lo siento. Continúe, lo escucho.

 

El profesor rebuscó otra vez en el armario y sacó un grueso jersey de lana.

 

—A veces me pregunto por qué me preocupo tanto.

 

—Por favor —le rogué para calmarlo—. Se lo prometo, me portaré bien.

 

Se mantuvo callado con los ojos clavados en el jersey.

 

—¿Qué distingue a una porcelana japonesa? —preguntó de sopetón.

 

—¿Cómo dice?

 

—¿O a una pintura de Rembrandt, Lewis? ¿O a un poema de Tennyson? ¿Qué vemos en esas cosas? Contésteme.

 

Chifladuras. Aquél hombre estaba completamente chiflado.

 

—No sé —dije encogiéndome de hombros—. Arte, belleza…, algo así.

 

No puedo decirlo exactamente.

 

Nettles hinchó los carrillos y soltó un resoplido de mofa; luego dobló el jersey y lo metió en la bolsa.

 

—Si los cuadros de Rembrandt y los poemas de Tennyson dejaran de pronto de existir, el mundo sin duda se empobrecería. Pero, al menos, hay otros cuadros, otros poemas. ¿No es cierto?

 

—Claro.

 

—¡Ah! Pero ¿qué pasaría si la belleza dejara de existir? —inquirió—. ¿Si la belleza, la idea de la belleza, dejara de existir? —Resopló otra vez—. Pues que diez mil años de evolución del pensamiento y del progreso humanos se destruirían en un instante. La raza humana habría perdido una de sus cualidades primarias: la habilidad de ver, valorar y crear belleza. Descenderíamos al nivel de los animales.

 

—Sin duda alguna.

 

—Muy bien. —Cogió un par de largos calcetines de lana y los examinó por si tenían algún agujero—. Además de proporcionarnos placer, la belleza también alimenta la imaginación, la esperanza, el valor. Si la belleza dejara de existir, nosotros también dejaríamos de existir, en sentido estricto…, pues ya

 

no podríamos seguir siendo quienes somos.

 

—Conozco esa teoría —comenté un tanto a la defensiva.

 

—Bien. Continuemos. —Dobló los calcetines, los metió en la bolsa, cogió del armario otro par, frunció el entrecejo y los volvió a dejar—. Por muy importante que sea la idea de la belleza, el Otro Mundo lo es mil veces más. Y su pérdida sería algo mucho más devastador y fatal…

 

¡Hop! ¡Una nueva pirueta! Ya me había perdido otra vez.

 

—No lo entiendo —lo interrumpí.

 

—¡Porque no está usted utilizando la cabeza, señor Gillies! —vociferó el profesor cogiendo un zapato de suela gruesa y blandiéndolo ante mí—. ¡Piense un poco!

 

—¡Estoy pensando! Lo siento, pero no lo entiendo.

 

—Entonces escuche con más atención. —Nettles estaba perdiendo la paciencia—. Si usted concibe el Otro Mundo como un depósito…, como un lugar de reserva, como un almacén o un tesoro…

 

Debió de notar por mi expresión que me estaba perdiendo otra vez, porque se detuvo.

 

—Lo intento, profesor. Pero me resulta un poco confusa esa metáfora del almacén arquetípico. Me suena a Jung.

 

—Olvídese de Jung —me amonestó Nettles dejando el zapato sobre el escritorio y centrando toda su atención en mí.

 

Yo me erguí en mi asiento y traté de escucharlo atentamente.

 

—Hacia el año 865 d. C, un filósofo irlandés llamado Johannes Scoto Erigena elaboró una doctrina que considera el mundo natural como una manifestación de Dios en cuatro aspectos o discernimientos…, es decir, diferentes divisiones que no obstante están contenidas en la singularidad de Dios. —Arqueó las cejas—. ¿Me sigue?

 

—Si —murmuré—. A duras penas.

 

—La doctrina de Erigena reconocía a Dios como el único creador, sostenedor y fuente verdadera de todo lo que existe; éste es el primero de los aspectos de Dios. En segundo lugar, Erigena reconocía una especie de

 

sobrenaturaleza, una naturaleza separada e invisible, en la que residían las ideas primordiales, las fuerzas y los arquetipos; la Forma de las formas la llamaba él, de la cual derivaban todas las formas terrenales o naturales.

 

—El Otro Mundo —murmuré.

 

—Exactamente —confirmó el profesor con alivio—. El meollo de la cuestión —continuó— es que para los seres humanos el Otro Mundo desempeña varias funciones cruciales. Podría decirse que instruye y enseña a nuestro mundo importantes lecciones, vitales para la existencia humana.

 

—Proporciona el sentido de la vida —me atreví a sugerir.

 

—No —dijo el profesor Nettleton; se quitó las gafas, miró a través y se las volvió a poner—. Sin embargo, es una interpretación errónea bastante frecuente. El Otro Mundo no proporciona el sentido de la vida sino que describe lo que es la vida. La vida en toda su gloria… y sus miserias, por así decir. Si lo prefiere, el Otro Mundo provee a éste de significado a través de ejemplos, demostraciones, ilustraciones. ¿Comprende la diferencia? A través del Otro Mundo aprendemos lo que es estar vivo, ser humano: la bondad y la maldad, el sufrimiento y el éxtasis, la victoria y la derrota, todo. Ya ve, todo está contenido en ese tesoro. El Otro Mundo es el almacén donde se guardan las imágenes arquetípicas de la vida… Podría decirse que es la fuente de todos nuestros sueños.

 

—Pero creí que había dicho que el Otro Mundo existe como un lugar real —apunté yo, volviendo otra vez al punto de partida.

 

—Sí —contestó buscando en el armario el otro zapato—, pero su existencia en la realidad es secundaria a su existencia como concepto, como metáfora si usted quiere, que instruye, enriquece e ilumina nuestro mundo.

 

Buscaba el zapato como si pensara encontrar duendes.

 

—Le aseguro que no soy del todo estúpido —insistí—. Pero no acabo de entenderlo.

 

—Vemos nuestro propio mundo —explicó Nettles armándose de paciencia— en gran parte sólo gracias a la luz que nos ilumina desde el Otro. —Por fin encontró el zapato y lo puso junto al otro sobre el escritorio y se volvió de nuevo hacia el armario mirándolo como si fuera la entrada al Otro Mundo—. Déjeme preguntarle una cosa, Lewis —continuó de pronto—

 

¿dónde se aprende por primera vez lo que es la lealtad?, ¿o el honor?, ¿o cualquiera de los valores supremos, pongamos por caso?

 

—¿Como la belleza? —inquirí, retomando el tema inicial.

 

—Eso es, muy bien —asintió—, como la belleza. La belleza de un bosque, por ejemplo: ¿dónde se aprende a valorar la belleza de un bosque y a reverenciarla?

 

—¿En la naturaleza? —contesté lo que me pareció más obvio, aunque evidentemente era erróneo.

 

—De ninguna manera. Lo demuestra fácilmente el hecho de que muchos de nosotros no reverenciamos los bosques; de hecho ni siquiera los vemos. Sabe perfectamente a qué clase de personas me estoy refiriendo. Sin duda los ha visto a ellos y a sus obras miles de veces. Unos arrasan la tierra, otros talan los bosques y depredan los océanos, otros oprimen a los pobres y tiranizan a los desamparados, otros viven la vida como si no hubiera nada más allá del horizonte de sus limitadas aspiraciones terrenales. —Se interrumpió unos instantes y se esforzó por sintetizar—. Estoy divagando. La cuestión crucial es ésta: ¿dónde se aprende a mirar un bosque como algo bello, a reverenciarlo, a conservarlo, a reconocer su valor como simple bosque en vez de considerarlo una fuente de madera que debe ser explotada o una barrera que hay que derribar para construir una autopista?

 

Sabía muy bien qué respuesta deseaba el profesor que le diera, y se la brindé para hacerlo feliz.

 

—¿En el Otro Mundo?

 

—Sí, en el Otro Mundo.

 

Estaba a punto de estallarme el cerebro.

 

—¿Cómo es posible? —pregunté con desesperación.

 

El profesor cogió un cinturón de cuero y comenzó a pasarlo por las trabillas del pantalón.

 

—Porque la simple presencia del Otro Mundo enciende en nosotros la chispa de la suprema conciencia, o de la imaginación. Las leyendas, cuentos y apariciones del Otro Mundo, esa tierra mágica y encantada que se extiende tras los muros del mundo manifiesto, despiertan y desarrollan en los seres humanos las supremas nociones de belleza, respeto, amor, nobleza y otras

 

muchas virtudes. El Otro Mundo es la Forma de las formas, el almacén, ¿no cree? Los arquetipos residen en él. Un profesor me preguntó una vez: «¿Cómo se puede ver un bosque real si antes no se ha visto nunca un bosque fantástico?». ¿Cómo? Ahora yo le planteo la misma pregunta.

 

Curiosamente, aquello tenía sentido para mí. O quizás había perdido del todo el sentido común.

 

—Gracias a que el Otro Mundo existe, podemos ver para qué existe el nuestro —dije haciendo un esfuerzo casi doloroso.

 

—Más aún —declaró Nettles abrochándose el cinturón—, y esto es lo realmente importante: gracias a la existencia del Otro Mundo reconocemos el auténtico valor de éste…, valor que va más allá de sus elementos materiales.

 

—¿Del mismo modo que el valor de un bosque va más allá del valor de la madera que produce? —sugerí lleno de esperanza.

 

—Muy bien, Lewis. —Nettles parecía complacido de verdad—. Está usted haciendo verdaderos progresos.

 

—Si, pero ¿no podríamos lograr nosotros lo mismo sin ninguna ayuda? ¿No podríamos reconocer el valor de un bosque o de cualquier otra cosa, existiera o no el Otro Mundo? Quiero decir, ¿no podríamos imaginar todo eso?

 

—Sólo Dios podría. A los seres humanos no les ha sido concedida la posibilidad de crear ex nihilo, de la nada.

 

Mientras el profesor procedía a desabrocharse la camisa, lo miré con expresión atónita.

 

—No, las criaturas humanas tienen que sentir algo firme bajo los pies, aunque sea sutil y elusivo —continuó diciendo mientras alzaba un dedo en ademán admonitorio—. Créame, nosotros no llegamos a alcanzar de una forma natural ese conocimiento, esa conciencia de las cosas supremas, señor Gillies. Necesitamos que nos enseñen. Y el Otro Mundo es el principal instrumento de nuestro aprendizaje.

 

Se quitó la camisa, sacó otra del armario y procedió a ponérsela. Tenía un cuerpo robusto y asombrosamente bien constituido.

 

—Bien —dije yo—, pero ¿qué tiene que ver todo esto con la catástrofe cósmica de la que me habló hace un rato?

 

—Imaginé que le resultaría evidente —repuso metiéndose la camisa bajo el pantalón.

 

—Pues no.

 

—Querido muchacho, cualquier cosa que amenace el Otro Mundo amenaza al nuestro. Así de simple. —Cogió la bolsa y la dejó junto a la puerta; luego cogió del escritorio los zapatones de excursión y los puso en el sillón que había frente al mío—. Cuando la Forma de las formas llega a corromperse, nuestro mundo y todo lo que en él vive se corrompe hasta las raíces.

 

¡Caramba! Resultaba arduo entenderlo. Aspiré aire, levanté la cabeza y exhalé un suspiro.

 

—Con todos los respetos, Nettles, pero no acabo de entenderlo. ¿Qué está amenazando al Otro Mundo? Ése plexo…, ha dicho usted hace un momento que se ha alterado, que se ha desenmarañado. ¿Qué quiere decir eso? ¿De qué se trata?

 

—En términos sencillos —contestó Nettleton, calzándose los zapatos—, el Otro Mundo se está filtrando en éste.

 

—Y este mundo se está filtrando en el Otro. Es grave, ¿verdad?

 

—Catastrófico. —Nettles frunció los labios mientras se anudaba el zapato derecho—. Una brecha se ha abierto entre los dos mundos y cualquier cosa puede caerse por ella.

 

—Cualquier cosa… ¿como un uro, por ejemplo? ¿O un Hombre Verde?

 

Por fin lo veía claro; el corazón me dio un vuelco. Todo era cierto, indudablemente cierto.

 

—El uro, el Hombre Verde —coreó con voz suave Nettles—, el lobo de la calle Turl y quién sabe cuántas cosas más.

 

—¿Y Simon? ¿También él se cayó por la brecha?

 

—Lo creo probable. ¿Usted no?

 

Sopesé todo lo que me había dicho, tratando desesperadamente de asimilarlo, pero era demasiado. Me incliné con respeto ante la superioridad de la inteligencia de Nettles y decidí dejarme llevar por su buen juicio.

 

—De acuerdo, muy bien. ¿Qué debemos hacer ahora?

 

—Creo que deberíamos echar una ojeada a ese dichoso cairn.

 

Otro viaje a Escocia. Lo que faltaba. Sin embargo, en fin de cuentas, un viajecito a la granja de Carnwood me parecía más tentador que tener que vérmelas con un encolerizado Geoffrey Rawnson y contarle un absurdo cuento de uros prehistóricos y montículos encantados.

 

—Me apetece —acepté—. ¿Cuándo nos vamos?

 

—Ahora mismito. Ya he hecho el equipaje —repuso señalando la bolsa que había dejado junto a la puerta.

 

—Tendré que ir a mi casa para recoger unas cuantas cosillas —dije.

 

—No será necesario —replicó el profesor—. Con lo que lleva tendrá suficiente.

 

Se dirigió al armario, sacó un cepillo de dientes y una toalla y los metió en la bolsa.

 

—Listo —anunció—. Ya podemos marcharnos.

 

 

 

 

10

 

EL SERBIO

 

El tren de Oxford a Edimburgo salió

 

hora y media después, cargado hasta los topes de hinchas del Oxford United. No tengo nada contra la Compañía Inglesa de Ferrocarriles, excepto que permite que cualquier clase de gentuza viaje en sus trenes. No creo que sea culpa de la compañía, pero tal circunstancia hace muy incómodos los viajes en tren. Al cabo de cuatro o cinco horas de viaje uno no sería capaz de diferenciar un vagón de segunda clase de un vagón de ganado. Quien crea que es una buena idea servir alcohol a los hinchas de fútbol en lugares cerrados, debería ser obligado a permanecer seis horas de viaje en compañía de hinchas borrachos.

 

Cuando llegamos a Birmingham, estaba hasta las narices de latas de cerveza Sköl y de canciones para animar al equipo. Los gritos de «¡Allá vamos!, ¡allá vamos!, ¡allá vamos!» pueden resultar entretenidos un rato; luego uno empieza a hartarse de tanto lirismo.

 

—A partir de ahora —murmuré tristemente—, creo que preferiré viajar en primera. Me parece que ya estoy preparado.

 

En Birmingham se bajaron los hinchas y pudimos disfrutar del vagón para nosotros solos. Intenté leer un periódico que alguien se había dejado, pero las letras parecían saltar y no me enteraba de lo que leía. Lo dejé y me puse a mirar por la ventanilla el monótono paisaje que se iba deslizando como emborronado por la velocidad del tren. Era como si el punto de mira se hubiera desenfocado y la fotografía hubiera salido corrida y sin color definido; mis ojos contemplaban un mundo que se iba deslizando fuera de control.

 

«Ya estamos en el punto de partida», pensé, y me acordé de la exaltada arenga de Simon en el coche la noche anterior a su desaparición. Quizá mi amigo era más sensible de lo que yo creía. Estaba angustiado, profundamente angustiado. Yo no, por lo menos no en aquellos momentos. En cambio, ahora comenzaba a sentir algo: si no angustia, por lo menos sí miedo.

 

Cerré los ojos para alejar tales pensamientos y me quedé dormido.

 

El tren llegó con puntualidad a Edimburgo. Recogimos el equipaje y bajamos al andén. Hacía frío. El aire olía a gasoil y a hamburguesas.

 

Subimos la escalera hacia las galerías comerciales construidas sobre la estación de Waverly y nos vimos empujados por el tropel de sombríos compradores. Observé el brillo y el fulgor de la decoración navideña de las tiendas y pensé que debería mandar algunas felicitaciones antes de que el correo se sobrecargara. En aquella época del año las cartas podían tardar hasta tres semanas en llegar a los Estados Unidos.

 

La última Navidad, Simon me había invitado a su casa, pero a última hora canceló la invitación porque su tía Tootie se había puesto enferma, su hermana y su novio se habían ido a Ibiza y su madre se había empeñado en montar una función de Navidad para el pueblo, había dado vacaciones al servicio y la fiesta familiar se había celebrado en la intimidad. Por eso acabé pasando un lluvioso día de Navidad en mi habitación. Sólo el pensarlo me llenaba de tristeza.

 

Nettles llamó un taxi. El castillo de Edimburgo, frío e impresionante sobre su risco, se cernía sobre nosotros. El esplendor de su iluminación destacaba contra el cielo. Subimos al taxi y el profesor indicó al taxista la dirección de una casa de huéspedes que conocía.

 

—Es barata y limpia. Y la comida también es buena. Le gustará —me aseguró.

 

No me importaba lo más mínimo que el lugar estuviera sucio, costara una fortuna y la comida fuera servida con cucarachas de metro y medio. No me importaba nada. Estaba cansado y angustiado por las fastidiosas ideas que Nettles me había metido en la cabeza. Lo único que deseaba era meterme en la cama y olvidarme de todo.

 

El taxi se detuvo frente a la estrecha fachada de una casa; un letrero de neón dibujaba sobre la puerta las palabras «Hostal Caledonia». En la ventana, una señal indicaba que se trataba de un hotel privado, término que siempre he considerado bastante contradictorio.

 

El profesor y yo bajamos del coche.

 

—Ah, sí. Está tal como la recordaba. Entremos —dijo—. La señora

 

Dalrymple debe de estar esperándonos.

 

Dudé unos instantes y luego le pregunté:

 

—Nettles, ¿qué haremos después?

 

—Espero que cenar. Estoy hambriento —contestó—. Me comería un uro.

 

Bien. Era un consuelo comprobar que uno de los dos conservaba el sentido del humor.

 

—No me refería a la cena —repuse con cierta acritud.

 

—Primero nos inscribiremos —dijo el profesor frotándose las manos con energía—. Luego iremos a ver al serbio.

 

¿El serbio? ¿Qué clase de restaurante sería?

 

—¿Qué clase de restaurante es? —inquirí.

 

Nos habíamos detenido frente a un edificio de ladrillos en un barrio donde abundaban los almacenes. No tenía ventanas, ni letrero alguno; ninguna placa de Egon Ronay o de VISA en la puerta anunciaba que se trataba de un restaurante abierto al público. Una solitaria bombilla con pantalla de latón brillaba sobre una puerta de madera muy gastada. El tirador era también de latón, ennegrecido por el tiempo y el uso. Sobre la puerta estaba pintado el número 77 en color blanco, una cifra sobre la otra.

 

—¿Está seguro de que es la dirección correcta? —pregunté, mirando cómo las luces traseras de nuestro taxi desaparecían al final de la oscura calle.

 

—Sí, aquí es —afirmó Nettles, sin demasiada seguridad según me pareció. Llamó con los nudillos a la puerta y esperamos.

 

—Me parece que no hay nadie, profesor —comenté—. Será mejor que vayamos a otro lugar.

 

—No sea tan impaciente. Relájese —me sugirió el profesor—. Le gustará el sitio, Lewis. Necesita algo así.

 

Volvió a llamar a la puerta, esta vez con la palma de la mano. En algún lugar maulló un gato mientras se lanzaba contra el ratón rabilargo que iba a servirle de cena. Oí el chirrido de neumáticos en el cercano paso elevado mientras los monstruos se precipitaban hacia el puente Forth a toda velocidad. Seguimos esperando. El frío arreciaba. Tendríamos que hacer algo pronto, de

 

otro modo nos quedaríamos dormidos y nos congelaríamos hasta morir frente a la puerta de un almacén. Estaba a punto de proponer que nos marcháramos cuando oí un débil chirrido al otro lado de la puerta.

 

La puerta se abrió con estrépito. Un brillante ojo oscuro nos contempló un instante, y enseguida un gigante con barba se precipitó hacia nosotros gritando:

 

—¡Profesor!

 

Retrocedí unos pasos adelantando las manos para protegerme. Pero el pobre del profesor fue levantado en vilo por el hombretón y aplastado en un fuerte abrazo. Nettles gritó algo, el gigante también. Luego procedió a besar al profesor en ambas mejillas. «¿Dónde está la policía cuando se la necesita?», pensé.

 

El gigantón soltó a Nettles, que, ante mi asombro, no había sufrido daño alguno. El profesor me miró y, alisándose el abrigo, me sonrió.

 

—Acérquese, Lewis. Le presentaré a nuestro huésped.

 

Me acerqué con cautela. El gigante se golpeó el pecho y dijo:

 

—Me llamo Deimos. ¿Cómo está usted? —Y seguidamente me tendió su manaza.

 

—Encantado de conocerlo, Deimos —contesté, contemplando horrorizado cómo mi mano desaparecía bajo su puño.

 

Deimos medía algo más de dos metros y era robusto como un tractor Volvo. Una barba espesa, negra, despeinada y rizada le cubría la parte inferior del rostro y todo el cuello. Vestía una bata de granjero pasada de moda y una camisa de franela cuyos dos botones superiores jamás habían sido abrochados. Los cabellos, también negros, conformaban una espesa melena que llevaba recogida en una gruesa cola de caballo en la nuca. Sus ojos eran risueños y su sonrisa sincera y cálida.

 

No se contentó con darme la mano. Me agarró y me abrazó como si fuera un hijo perdido desde el instante mismo de nacer. Sentí que mis omóplatos eran apretados y comprimidos bajo aquellos porrazos de bienvenida. Por lo menos no me besó como al profesor, así que pude considerarme afortunado por haber escapado con contusiones leves.

 

Nettles y el gigantón se pusieron a charlar en algo que parecía una lengua

 

extranjera y fuimos empujados —casi arrojados— al interior por los enormes brazos de Deimos.

 

El interior del edificio hacía perfecto juego con su gigantesco ocupante. Era un almacén vacío, oscuro, casi sin muebles y diría que sin calefacción. De hecho no estaba dotado de comodidad alguna. Deimos cogió una vela de una mesa junto a la puerta y nos condujo a través de un estrecho corredor cubierto con una alfombra floreada. Escruté en la distancia y a la luz de la vela vislumbré un curioso montón de trastos arramblados en medio de un espacio vacío.

 

Al acercarnos, aquel amasijo de chatarra resultó ser una mesa larga con bancos a los lados y dos mesas más pequeñas con sillas alrededor. Tras éstas se alzaba una alfombra persa colgada como un tapiz de un bastidor torcido. La alfombra servía de pared, y algunos agujereados biombos de madera servían de tabiques. Un gigantesco cuadro de la rebelión jacobita pendía del techo sostenido por unos alambres. Una cabeza de alce adornaba uno de los tabiques, y una imitación de un escudo medieval hecha de latón pintado adornaba otro. Cerca había un piano en bastante buen estado, sobre el cual reposaba en un lugar destacado el retrato de la reina.

 

Había flores por doquier. Flores en cestas, flores en hornacinas, flores en vasijas, en jarros, en macetas, fuentes de flores, cascadas de flores en todos los lugares aprovechables. En medio de las flores alcancé a ver personas comiendo; en la mesa larga había cuatro. Nos miraban cautelosamente y murmuraban en apagados tonos mientras Deimos nos acomodaba.

 

Nuestro gigantesco huésped nos condujo a un extremo de la mesa larga, a unos diez metros de los otros comensales.

 

—Les reservé este lugar —dijo como si hubiese guardado los mejores asientos de la casa para nosotros—. Hagan el favor de sentarse.

 

Su voz resonó como la de un dios olímpico en el espacio vacío. Me dejé caer en un banco a un lado de la mesa, Nettles se sentó frente a mí y Deimos colocó entre los dos un jarrón de flores. Luego desapareció murmurando algo.

 

—Es un lugar fascinante —comentó Nettles apartando el jarrón—. Es único.

 

—Sí —asentí mirando en torno—. Mucho ambiente. ¿Cómo dio con él?

 

—Me trajo un amigo. No se puede venir solo. Hay que ser iniciado, podríamos decir —repuso con una misteriosa sonrisa.

 

Deimos apareció en el círculo de luz con un jarro de loza y dos vasos transparentes. Puso los vasos en la mesa y los llenó de un líquido espumoso y rojo. ¿Sería vino? Sorbí un poco y comprobé que en efecto lo era.

 

El profesor Nettleton alzó su vaso.

 

—Slàinte! —exclamó.

 

—¡Salud! —respondí yo.

 

No soy un experto en vinos, pero sí puedo decir que aquél era afrutado y olía agradablemente a cinamomo. El color vivo del brebaje me tiñó la lengua mientras su calor me reconfortaba las entrañas.

 

—No está mal —concedí—. ¿Dónde está la carta?

 

—Deimos nos servirá lo que le parezca; seguro que nos gustará —explicó Nettles—. Depende de lo que haya encontrado hoy en el mercado.

 

Como en respuesta al comentario del profesor, nuestro camarero-ballenato apareció con dos enormes boles de latón. Uno contenía una papilla verdosa aderezada con pimentón y aceite; en el otro había algo cubierto con una servilleta.

 

—¡Bulakki! —anunció, y volvió a desaparecer.

 

Nettles retiró la servilleta descubriendo una pila de tortas de pan calientes. Cogió una, cortó un trozo y me dio el resto. El profesor metió el pan en la oleosa papilla, rebañó una respetable cantidad de salsa, se lo llevó a la boca, cerró los ojos y masticó.

 

—Manjar de dioses —dijo, arrebatado—. Pruébelo y verá, Lewis.

 

Rebañé un poco de salsa con una esquinita de pan y me la llevé a la boca; tenía un sabor muy agradable. Por lo menos no pasaríamos hambre. El pan estaba muy bueno; era ligero y sustancioso, y su elástica textura parecía sugerir que unas muchachas lo habían amasado cuidadosamente entre infatigables cantos.

 

Partíamos el pan, lo mojábamos en la salsa y nos lo comíamos, bebiendo vino de vez en cuando. Cuando el fondo del bol comenzó a asomar por debajo del bulakki, me sentí decepcionado. Pero Deimos reapareció en el momento

 

oportuno con una bandeja de ensalada.

 

Supuse que era ensalada, pero podría haber sido un arreglo floral más.

 

—¿Es para comer o para admirar?

 

—Para ambas cosas —respondió Nettles, cogiendo un puñado de aceitunas maceradas—. No puede imaginar cuánto he echado de menos este lugar. Hacía muchos años que no venía. Tenía ganas de volver.

 

El profesor empezó a comer con verdadera ansia. Celebraba con «¡ah!» las aceitunas y con «¡oh!» los corazones de alcachofa. Los aspavientos que hizo ante las remolachas adobadas y el salvado fueron exageradísimos.

 

Nettles lo estaba pasando en grande, y yo me reía sin cesar al verlo. O quizás era el vino. Pero era igual: estábamos disfrutando de verdad. Hacía tiempo que no me reía tanto, muchísimo tiempo.

 

En medio de tanta hilaridad, Deimos apareció una vez más con dos pesadas bandejas de latón, una en cada mano. Las puso ante nosotros con un auténtico gesto de orgullo.

 

—¡Coman, amigos! —nos instó—. ¡Coman y disfruten! ¡Diviértanse!

 

En la bandeja de la carne había pollo, me parece. Y pato, tal vez; cerdo y, desde luego, cabra. No sé cómo sabe la cabra asada, pero creo que era cabra. O cordero. ¡Y además pájaros! Pájaros cocinados enteros, con sus patitas y sus picos. Había otras carnes, pero no sé de qué clase. Entre las variadas raciones de carne había cuencos de salsas y condimentos: condimentos cremosos y de sabor dulce, salsas flameantes que chamuscaban los pelos de la nariz, pociones de yerbas astringentes y mezclas aromáticas de dulce sabor. El proceso de descubrimiento de sabores se convertía en una auténtica aventura culinaria.

 

La bandeja de verduras no era menos enigmática. Había montones de patatas y de arroz; lo cierto es que eran los únicos ingredientes que me resultaban familiares y aun así habían sido cocidos en un licor con tantas especias que les confería un sabor totalmente nuevo. En el centro de la bandeja había unos tubérculos de forma bulbosa cocidos, supongo, en un néctar, porque eran una de las cosas más dulces que había probado en mi vida. Había algunos boles con brebajes que parecían y sabían a curry, pero estaban adobados y condimentados de distintas maneras, todas muy sabrosas.

 

Comimos, charlamos y bebimos, llenando el vasto y oscuro refugio del almacén con nuestra alegría y camaradería. La comida resultaba más jovial, más alegre, más despreocupada, más amistosa, porque no había ni platos ni cubiertos. Comíamos de las bandejas con las manos, chupándonos los dedos como colegiales maleducados. El profesor Nettleton me enseñó qué mano debía usar, cómo tenía que poner los dedos, y me convertí, aunque sólo por una noche, en un verdadero sultán de exóticos modales.

 

Al final, y demasiado pronto, Deimos apareció para limpiar la mesa, con una bandeja de dulces de almendra y un bol enorme lleno de naranjas. También trajo una vasija con un líquido espeso y negro que dijo que era café. Pelamos las naranjas y tomamos café en unas tacitas de porcelana no mayores que un dedal. Como por encanto, sentí que se me despejaban los efluvios del alcohol barridos por el fuerte efecto del café.

 

Miré al otro extremo de la mesa y vi que los otros comensales habían desaparecido. No recordaba haberlos visto marchar. Pero lo cierto es que estábamos solos en aquella mesa enorme. Cuando Deimos compareció a llenar de nuevo la vasija del café, el profesor le rogó que se sentara con nosotros. Acercó una silla, cogió una minúscula tacita entre sus enormes dedazos y sorbió delicadamente.

 

—Deimos —dijo Nettles—, tu comida es como siempre digna de reyes, de dioses. No me acuerdo de haber comido jamás tan bien.

 

—Estaba buenísimo todo —añadí saboreando un pedacito de naranja que me había quedado en la boca—. Quizá no vuelva a comer nada semejante nunca más. Fue magnífico. Y estas naranjas son deliciosas.

 

Deimos, satisfecho de tanto agasajo, brindó a nuestra salud alzando la diminuta tacita de café.

 

—¡Por la amistad! La vida pertenece a los que aman, y donde reina el amor el hombre es un verdadero rey.

 

Un brindis extraño, pero a mí se me antojó muy adecuado. Luego el profesor y él rememoraron viejos tiempos; su amistad venía de muy lejos. Cuando hubieron cumplido con el ritual, nuestro huésped preguntó:

 

—¿Por qué has venido a verme esta noche?

 

—Hemos emprendido un viaje, Deimos. Necesitábamos alimento para

 

nuestros cuerpos y para nuestras almas —respondió alegremente Nettleton—.

 

Nos has proporcionado ambos.

 

Deimos asintió gravemente, como si fuera un experto en las necesidades de los viajeros y sus almas.

 

—Me siento muy feliz de poder serviros —declaró con voz solemne y grave.

 

Así terminó aquella extraña y magnífica velada. Nos levantamos y nos despedimos de nuestro huésped, que nos condujo hasta la puerta con una vela. Deimos nos abrió la puerta y, cuando pasábamos por delante de él, nos puso la mano sobre la cabeza y nos bendijo.

 

—Que Dios os acompañe en vuestro viaje, amigos. Que miles de ángeles os precedan; que miles nieguen por vuestro pronto regreso. ¡Paz! ¡Buenas noches!

 

Al encontrarnos en medio de la oscuridad de la noche, nos apretamos junto a la bombilla de la puerta antes de decidirnos a salir para coger un taxi. Cuando nos disponíamos a alejarnos, la gastada puerta se abrió otra vez. Deimos sacó la cabeza justo por debajo del dintel y nos tendió una bolsa de papel.

 

—Por favor, acéptela —me dijo—. Es para usted.

 

Cogí la bolsa y la abrí.

 

—Gracias —me limité a decir—. Muchas gracias.

 

Nuestro afable gigantón inclinó la cabeza y desapareció.

 

—Naranjas. —Metí la mano en la bolsa y le mostré a Nettles una de las relucientes frutas—. Me ha regalado naranjas —añadí un poco avergonzado ante la singular largueza de aquel hombre.

 

»¡Qué lugar tan extraordinario! —comenté, poniéndome la bolsa bajo el brazo y apresurándome a caminar junto a Nettles—. Me trajo usted a propósito, ¿verdad?

 

—Juzgué que estaba necesitando usted una noche de diversión.

 

—No me refería a eso —dije—. ¿Para qué me trajo?

 

—Alimento, Lewis.

 

—Comida para el viaje, ¿no?

 

El profesor se limitó a sonreír y siguió caminando, como murmurando para sí. Yo lo seguí, demasiado harto y demasiado dormido como para hacer otra cosa que dejarme conducir por mis pies. Mientras caminábamos por una calle oscura como boca de lobo, alcé la mirada al cielo y vi una lluvia de estrellas que resaltaban esplendorosas en la atmósfera límpida y fría. Casi me quedé sin aliento. ¿Cuándo había visto un cielo tan brillante y vivo?

 

 

 

 

11

 

LA TRAVESÍA

 

Llegar  hasta  la  granja  Carnwood

 

resultó largo y pesado, pero no dificultoso. Afortunadamente había un servicio regular de trenes entre Edimburgo e Inverness y entre ésta y Nairn, y después un autobús desde Nairn hasta Mills de Airdrie. Desde allí iríamos a pie hasta el cairn. Eran más de las cuatro de la tarde, y casi de noche, cuando llegamos a Nairn, en el estuario de Moray.

 

Pasamos la noche en una posada con vistas a la bahía. Después de tomar un sabroso desayuno, consistente en arenques, cereales, huevos fritos, tortas de avena y café, servido por una gordísima y obsequiosa patrona, nos dirigimos a la parada del autobús en la plaza del pueblo. A las once y diez apareció un autobús de color marrón; subimos y emprendimos viaje hacia Mills de Airdrie. El conductor nos indicó que bajáramos en el camino de la granja Carnwood; así lo hicimos y aguardamos junto al vetusto indicador a que el autobús se alejara.

 

Atravesamos las bien cuidadas tierras de la granja, cubiertas ya por una delgada capa de nieve. Hacía frío, el cielo estaba nublado y soplaba un cortante viento del norte. Era un día para quedarse en casita junto a la chimenea. Hablamos muy poco. El profesor parecía enfrascado en sus cavilaciones, y yo no deseaba molestarlo.

 

Pero el silencio me acobardaba. Parecía como si estuviéramos metiéndonos furtivamente en tierras prohibidas. Bajo la espesa niebla escocesa todo adquiría un aire melancólico y sobrenatural, y a cada paso que dábamos el paisaje adquiría un aspecto más extraño.

 

El camino empezó a descender; bajamos al vallecito y enseguida llegamos al puente de piedra que cruza el río Findhorn y nos internamos en el bosque de Darnaway. El bosque estaba silencioso, y los árboles parecían sumidos en un letargo invernal.

 

La granja de Carnwood estaba tal como la recordaba. Las apiñadas

 

construcciones, los campos de labor, las ruinas de la torre cubiertas de musgo; todo exactamente igual que antes. Sin embargo, esta vez parecía que la atmósfera de soledad y abandono que había percibido la primera vez pesaba aún más sobre el lugar. En aquel plácido y apartado paraje del mundo, el silencio era casi opresivo; una fuerza casi física se aferraba a la tierra y sofocaba cualquier sonido. Habría jurado que los Grant no estaban en la casa sin necesidad de acercarme.

 

Pero Nettles insistió en llamar a la puerta, por si acaso. Nadie respondió; Robert y Morag habían salido. Así que continuamos hacia el cairn siguiendo el camino lleno de baches que atravesaba las colinas. Como la otra vez, no topamos con nadie hasta llegar a la cancilla que cerraba el paso al campo de labor y a la cañada donde se alzaba el cairn. Allí, en el mismo lugar donde Simon había dejado su coche, había una camioneta gris con las iniciales S. A. M. y una especie de logotipo pintado en un lado.

 

El profesor se detuvo en seco al ver la camioneta.

 

—¿Qué ocurre? ¿Pasa algo? —pregunté.

 

Nettles se dio la vuelta y miró hacia la cañada, al otro lado del campo de labor.

 

—¿El cairn está ahí abajo?

 

—Sí —contesté—. Ahí mismo…, donde se ven las copas de esos árboles —añadí señalando unos árboles cuyas copas se alzaban sobre la ladera de la colina—. ¿Quiere que…?

 

—¡Escuche! —exclamó Nettles.

 

—¿Qué? No oigo nada.

 

—¡Deprisa! No deben vernos.

 

—No oigo nada —protesté—. ¿Usted sí?

 

—¡Deprisa!

 

Nettles echó a correr hacia un pequeño soto que se alzaba sobre el camino. Lo seguí de mala gana y me lo encontré a gatas escrutando la carretera tras un enorme fresno.

 

Me acuclillé junto a él, agucé el oído unos momentos y decidí que nos estábamos dejando llevar por el nerviosismo. Estaba a punto de decírselo

 

S. A. M.

cuando oí el tenue zumbido del motor de un coche y el ruido de los neumáticos sobre la gravilla. Me levanté para observar el camino justo debajo de donde estábamos. El profesor me cogió por la muñeca y tiró de mí.

 

—¡Agáchese! No deben verlo.

 

Me dejé caer junto a él.

 

—¿Por qué nos escondemos?

 

El ruido del vehículo se fue haciendo más perceptible y enseguida lo vi aparecer por un recodo, a menos de quinientos metros. Era una camioneta con un logotipo pintado en blanco en un lado igual que el de la que acabábamos de ver aparcada: un dibujo de la tierra circundada por unos anillos que surgían de ella como si fueran ondas o vibraciones. Bajo el logotipo figuraban las mismas letras:

 

 

—¡Agáchese más! —me ordenó el profesor mientras la segunda camioneta se detenía donde estaba aparcada la primera.

 

Dos hombres salieron del vehículo, cruzaron la cancilla y se internaron en el campo de labor hacia la cañada. Los estuvimos observando hasta perderlos de vista.

 

—Bueno, ya se han ido. ¿Y ahora qué? —pregunté.

 

Nettles sacudió la cabeza con expresión seria.

 

—Esto no tiene buen cariz.

 

—¿Por qué? ¿Quiénes son?

 

—Durante muchos años, diferentes grupos han estado investigando los secretos de los cairns y de los círculos de piedras, con la intención de entrar en el Otro Mundo. Los hombres que acabamos de ver pertenecen a uno de esos grupos, uno de los más peligrosos: la Sociedad de Arqueólogos Metafísicos.

 

—Bromea usted. —Me habría echado a reír de buena gana, de no haber sido por la expresión preocupada del profesor—. ¿Ha dicho usted arqueólogos metafísicos?

 

—Son científicos…, bueno, mejor dicho, son hombres conocedores de los principios científicos y técnicos. He topado con ellos de vez en cuando en algunos lugares mientras llevaban a cabo sus «investigaciones». Nada les

 

gustaría más que saber lo que yo sé, y tengo razones para creer que nada los detendría con tal de obtener esos datos.

 

—No habla usted en serio.

 

—¡Completamente en serio! —exclamó el profesor—. Tenemos que ir con sumo cuidado. No podemos permitirnos el lujo de cometer errores a estas alturas. ¿Le apetece un poco de chocolate?

 

Se llevó la mano al bolsillo, sacó una pastilla de chocolate con leche, la desenvolvió y me dio un trozo.

 

—¿Cree usted que están al corriente de lo del cairn? —inquirí mientras me comía el chocolate.

 

—Creo que debemos suponer que así es.

 

—Pero a lo mejor no saben nada. A lo mejor sólo están echando una ojeada. Sí, seguro que sólo están echando una ojeada —repetí tratando de convencerme a mí mismo—. De todos modos, deberíamos bajar ahí y averiguar si han encontrado alguna señal de Simon.

 

—Tiene usted razón, desde luego.

 

Nos pusimos en pie y bajamos al camino. Llegamos junto a las camionetas aparcadas y nos dirigimos a la cancilla; nos disponíamos a atravesar el campo para bajar a la cañada, cuando a Nettles se le ocurrió una idea mejor.

 

—Vayamos dando un rodeo.

 

—¿Por dónde?

 

Señaló hacia un punto de la carretera a poca distancia de donde nos encontrábamos. Vi que en aquel lugar la cañada trazaba una curva, y el arroyo se perdía entre las colinas.

 

—Podemos seguir el arroyo.

 

—Como usted diga. Vamos.

 

A un kilómetro y medio más o menos, la carretera descendía hasta alcanzar la cañada. Encontramos un sendero de ganado que bordeaba el arroyo y lo seguimos en sentido inverso para llegar hasta el cairn. El sendero se internó de golpe en la espesura del bosque. Estaba tan oscuro y silencioso

 

que se me ocurrió que nuestras pisadas debían de sonar como si un rebaño de búfalos se abriera paso entre los helechos. El sendero desaparecía entre la vegetación y tuvimos que apartar con las manos las ramas bajas para evitar que nos sacaran un ojo.

 

Seguimos abriéndonos paso un trecho; de vez en cuando nos deteníamos y escuchábamos…, no sé para qué. Sólo se oía el graznido de cuervos. Primero sonaba débilmente, pero, cada vez que nos deteníamos, parecía como si hubiese más cuervos y graznaran más fuerte. A juzgar por el estrépito, debían de estar reuniéndose para pasar la noche en el bosque. Al cabo de un rato los graznidos y gritos sonaban por doquier, aunque no se veía pájaro alguno. Continuamos nuestro camino mientras el día se hacía más frío y el cielo más oscuro.

 

El cairn de Carnwood se alzaba en medio de la cañada, con el mismo aspecto anodino de la primera vez que lo había visto: un montón casi informe de tierra y piedras cubiertas de musgo bajo la tenue luz del crepúsculo. Sólo le eché una rápida ojeada porque lo que inmediatamente atrajo mi atención no fue el cairn sino un cuervo: una negra, enorme y alada amenaza que nos contemplaba con siniestra mirada y el pico abierto desde una rama baja. Me entraron ganas de coger un palo para defenderme.

 

Obsesionado por el cuervo, en un primer momento ni siquiera vi el campamento instalado al otro lado de la cañada. Nettles me dio un codazo y miré hacia donde señalaba. Vi una enorme tienda de Iona rodeada por los pertrechos de lo que aparentaba ser una excavación arqueológica: había un considerable número de estacas clavadas en el suelo con banderitas de plástico, una cuerda rodeando un espacio excavado limpio de polvo y nieve, y un montón de picos y palas. Ante la tienda se alzaba un mástil con una bandera azul en la que campeaba el letrero «Sociedad de Arqueólogos Metafísicos» con el correspondiente logotipo en blanco.

 

Dos hombres vestidos con monos de color caqui trabajaban inclinados junto a la cuerda. Uno estaba sentado en una banqueta con un pizarrón; el otro, de rodillas rascando algo con una paleta. Se hallaban de espaldas a nosotros, por cuyo motivo —sumado al misterioso graznido de los cuervos— no nos habían oído al acercarnos.

 

—¿Y ahora qué? —pregunté en voz baja.

 

—Me gustaría examinar el cairn.

 

Observé a los dos hombres y algo me dijo que no iban a permitir que ni nosotros ni nadie se acercara al cairn.

 

—No creo que nos resulte fácil —murmuré.

 

—Lo sé —asintió Nettles con mirada aguda y vivaracha—, pero para eso hemos venido.

 

En esa época del año enseguida oscurece en Escocia. Aunque todavía era media tarde según el reloj, el sol ya se estaba ocultando por el oeste. Pronto se nos echaría encima la hora-entre-horas. Un presentimiento sombrío me embargó al darme cuenta de tal circunstancia. Parecía como si una maraña de gusanos se debatiese por franquear la boca de mi estómago.

 

El profesor dio unos pasos hacia la cañada.

 

—¿Qué va a hacer? —inquirí con una voz tan áspera como el graznido de los cuervos que nos rodeaban.

 

—¡Hola! —saludó Nettles avanzando hacia el claro—. ¡Hola!

 

Al verlo encaminarse hacia los dos hombres, me armé de todo mi valor y lo seguí.

 

—¡Hola! —repitió agitando los brazos con el típico saludo de una persona demasiado efusiva.

 

Los dos hombres volvieron a un tiempo la cabeza y miraron hacia el lugar de donde procedía el saludo perturbador. Pese a las maneras amables de Nettles, ninguno de los dos sonrió; sus rostros permanecieron inexpresivos, más bien hostiles.

 

Nettles y yo llegamos a un tiempo al lugar de la excavación. El hombre del pizarrón se levantó. Abrió la boca para decir algo, pero el profesor no le dio tiempo a articular palabra.

 

—¡Oh, es magnífico! —exclamó—. No esperaba encontrar a nadie, dado lo avanzado del año.

 

El hombre volvió a abrir la boca para hablar, pero el profesor tampoco lo dejó ni empezar.

 

—Permítanme que me presente —dijo—. Soy el doctor Nettleton y éste es mi colega, el señor Gillies —añadió poniéndome la mano en el hombro.

 

—¿Cómo están ustedes? —saludé.

 

—Precisamente le estaba diciendo a mi amigo que esperaba no llegar demasiado tarde —continuó diciendo Nettles—. Pero ya veo que sí. Sin embargo, creo que hemos llegado justo a tiempo. Parece como si estuvieran a punto de recoger y…

 

—¿Qué es lo que quieren? —preguntó con brusquedad el hombre del pizarrón.

 

Los cuervos graznaban atrozmente en las copas de los árboles, moviéndose entre las ramas como harapos arrastrados por el viento.

 

—¿Qué queremos? —replicó el profesor pasando por alto la rudeza del sujeto—. Pues hemos venido a ver este lugar, desde luego.

 

—Está cerrado al público —afirmó el hombre—. Van a tener que marcharse.

 

—¿Cerrado al público? Me parece que no le he comprendido bien —dijo Nettles fingiendo confusión.

 

—Es una excavación privada —repuso el sujeto—. No se permite la entrada al público.

 

—¡El público! —repitió alegremente Nettles—. Le aseguro, buen hombre, que nosotros no somos simplemente público.

 

—Tenemos un interés muy especial por este lugar —añadí, sintiendo que empezaba a sudar copiosamente.

 

—Quizá no lo hayan entendido bien —intervino el otro sujeto poniéndose lentamente en pie y señalándonos con la paleta—. Es una excavación privada. No tienen permiso para estar aquí; van a tener que irse.

 

—Pero si hemos venido desde muy lejos… —protestó el profesor.

 

—Lo siento muchísimo —dijo el que había hablado primero, con un aire tan compungido como un saco de serpientes—. Será mejor que se vayan.

 

Echó una mirada a su compañero, que arrojó la paleta al suelo y dio un paso hacia nosotros.

 

En ese preciso instante una cabeza asomó por la tienda.

 

—¡Hola! —exclamó.

 

Los cuatro nos volvimos hacia la voz; de la tienda salió un hombre alto de aspecto distinguido, con una cuidada barba gris. A diferencia de los otros dos, llevaba un chaquetón largo y oscuro y botas de goma.

 

—Andrew —dijo avanzando con rapidez entre herramientas y cascotes—, ¿por qué no me has dicho que teníamos visita?

 

Luego se dirigió a Nettles y a mí.

 

—Soy Nevil Weston —se presentó—, director del proyecto. ¿Cómo están?

 

—Encantado de conocerlo, señor Weston —contestó el profesor logrando disimular el ligero enfado que le había producido el hecho de que hubiesen querido expulsarnos de allí—. Yo soy el doctor Nettleton y éste es mi colega, el señor Gillies. No queremos causarle la menor molestia, pero, como le estaba diciendo a sus amigos, hemos viajado desde muy lejos para ver este lugar. Tenemos un interés muy especial en la historia de esta comarca.

 

—Comprendo —repuso Weston haciendo una seña a sus hombres—. Gracias, Andrew; gracias, Edward. Yo me haré cargo de esto. —Nos dirigió una sonrisa que distaba mucho de ser sincera y añadió—. Como este proyecto está patrocinado por una institución privada, no permitimos visitantes sin permiso de instancias superiores. Lo siento, pero son normas de la dirección. No dependen de mí.

 

Mientras hablaba, se colocó entre el profesor y yo, nos hizo dar la vuelta e intentó alejarnos con toda delicadeza del cairn. Sus maneras eran exquisitas, pero Nettles no se dejó disuadir y no se movió del sitio.

 

—Créame, ya sé cómo son estas cosas —aseguró volviéndose otra vez hacia el cairn—, pero, como le he dicho, hemos venido desde Oxford para verlo.

 

—Sí —asintió Weston con aire comprensivo—. Estoy seguro de que podremos arreglarlo. Quizá sea mejor que vuelvan mañana. Ahora se está haciendo tarde, y por la noche se cierra la excavación.

 

Nettles avanzó hacia el cairn y extendió hacia allí la mano como implorando auxilio.

 

—No puede ser —insistió—. Mañana tenemos otras cosas que hacer. No teníamos forma de saber que habría gente aquí excavando, compréndalo.

 

—Lo siento —respondió Weston con firmeza y sonriendo de nuevo, aunque era evidente que comenzaba a perder los estribos.

 

—Tiene razón este señor, profesor; se está haciendo de noche —intervine

 

—. Será mejor que nos marchemos.

 

Nettles exhaló un profundo suspiro y se encogió de hombros. —Sí, supongo que sí —dijo sin hacer el menor movimiento.

 

—¿Le importaría que diésemos una rápida ojeada al cairn antes de marcharnos? —pregunté dirigiéndome a Weston e intentando que mi pregunta tuviera un aire tan inocente que le resultara imposible negarse—. No nos llevaría ni un minuto. Ésta noche nos espera un largo viaje. No tardaremos nada y significaría muchísimo para nosotros.

 

Me pareció que Weston iba a negarnos también esto. Quienesquiera que fuesen aquellos arqueólogos metafísicos, eran indudablemente tozudos, misteriosos y hostiles; lo cual no auguraba nada bueno. Antes de que Weston pudiera responder con una negativa, jugué mi última carta.

 

—Así —expliqué a Nettles pero con la intención de que me oyera Weston —, no tendríamos que molestar a Robert y a Morag con toda esta historia.

 

Gracias a Dios, Nettles era muy despabilado.

 

—Sí —se apresuró a asentir—. Estoy seguro de que los Grant preferirían mantenerse al margen de todas estas insignificancias. El señor Grant es un hombre muy ocupado. No me gustaría molestarlo a no ser que fuera imprescindible.

 

Me di cuenta perfectamente de que Weston estaba sopesando las consecuencias que le acarrearía una negativa. Pareció dudar y yo insistí:

 

—Sólo daremos una vuelta rapidita y nos marcharemos. ¿Qué contesta?

 

—Muy bien —asintió—. No debería permitirlo. Pero, puesto que son huéspedes de los Grant… Lo cierto es que a mí tampoco me agradaría molestarlos.

 

—No podríamos estar más de acuerdo —se apresuró a apostillar el profesor—. Vamos, Lewis, daremos una vuelta al cairn antes de marcharnos.

 

Nos dirigimos a toda prisa hacia el cairn. Mientras nos acercábamos, un tremendo aleteo se desencadenó entre los árboles. Alcé los ojos y vi

 

docenas…, veintenas…, centenares de cuervos que revoloteaban desde las ramas más altas para posarse en las más bajas. Sus siluetas negras recortadas en el color gris plomo del cielo me produjeron una extraña sensación. Mientras saltaban de rama en rama, los pájaros levantaban una algarabía atroz, lanzando al aire amenazadores graznidos.

 

Al llegar al cairn, Nettles se acercó a mí y me susurró:

 

—No les haga caso.

 

No pude discernir si se refería a los pájaros o a los hombres. Comenzamos a dar la vuelta al cairn entre matojos y arbustos. Weston, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión adusta en la cara, no nos perdía de vista. Tan pronto como nos encontramos fuera del alcance de su vista, Nettles me preguntó:

 

—¿Qué me dijo que le había dejado a Simon?

 

—Una tarjeta de crédito —respondí—. La tarjeta del Barclays. La metí en una grieta de la entrada.

 

—Tenemos que recuperarla —dijo—. No sería conveniente que la encontraran ellos.

 

Acabamos de dar la vuelta al cairn y divisamos de nuevo la tienda y la excavación. Los dos hombres seguían en el mismo sitio; no nos perdían de vista mientras completábamos la vuelta. Weston seguía también donde lo habíamos dejado, esperando a que acabáramos nuestro circuito. Mientras nos acercábamos a él, Nettles dijo en voz alta:

 

—Como ve, Lewis, es un cairn semejante en todo a los de su época. La piedra está desprovista de adorno o trabajo alguno. Seguramente proviene de la cañada… Utilizaban la que tenían más a mano.

 

Saludamos con un movimiento de cabeza al ceñudo Weston y continuamos nuestra inspección entre el desagradable coro de graznidos. Aquélla algarabía ensordecía mis oídos. Alcé la vista hacia los árboles que nos circundaban y poco faltó para que me cayera de espaldas: todas las ramas y ramitas de los árboles de la cañada estaban atestadas de las siluetas negras de los amenazadores cuervos. Se me heló la sangre en las venas al ver tantos pájaros. ¡Miles de cuervos revoloteando, aleteando, saltando de rama en rama! Todos los árboles estaban plagados de encolerizados pajarracos.

 

—¿Por qué tantos cuervos? —inquirí.

 

—Son los guardianes del umbral —contestó el profesor.

 

—Creí entenderle que el guardián era el hombre de los perros.

 

—¡Oh! Hay muchos guardianes. Están ahí para acobardar a los indignos. Si no se les hace caso, se puede pasar sin sufrir daño alguno, pero, si se da muestras de que se los teme, pueden hacernos pedazos —me explicó Nettles sin dejar de escrutar el cairn—. Bueno, ¿dónde está la entrada? No la he visto, ¿y usted?

 

—No… pero seguro que hemos pasado por delante de ella. Es raro…

 

Continuamos dando la vuelta y divisamos otra vez el campamento. Los dos hombres se habían reunido con Weston y los tres estaban haciendo comentarios mientras nos observaban. Nettles simuló mostrarme algo moviendo la mano con energía.

 

—No los mire —me susurró—. No he visto la entrada de la que me habló.

 

—Yo tampoco. Pero había una. Lo juro.

 

—La buscaremos otra vez.

 

Emprendimos la tercera vuelta al cairn. Los cuervos aleteaban y graznaban levantando un alboroto atroz. Una veintena revoloteaba en torno al cairn oscureciendo el cielo con el batir de las alas. Yo alcé temeroso la mirada mientras nos apresurábamos a completar el circuito. Por eso, tampoco esa vez di con la entrada. ¡Qué raro!

 

—¡Tiene que estar! —insistí—. ¡Simon entró…, yo entré!

 

Llegamos otra vez frente a los tres hombres.

 

—Bueno, ya es suficiente —dijo Weston.

 

Como no dimos la menor señal de aflojar el paso, nos gritó:

 

—¡Eh! Creo que ya está bien. ¡Vuelvan aquí enseguida! ¡Deténganse!

 

—Siga buscando —me ordenó Nettles—. Los entretendré todo lo que pueda.

 

Me acompañó unos pasos y luego sentí que me ponía la mano en el brazo.

 

—¡Buena suerte, Lewis!

 

Se detuvo. Miré por encima del hombro y vi que Weston iba al encuentro del profesor. Nettles alzó la mano a modo de saludo y luego se volvió hacia Weston. Yo seguí dando la vuelta al cairn y los perdí de vista.

 

Me incliné sobre el escabroso terreno y busqué afanosamente la entrada que por alguna razón nos había pasado inadvertida en las dos primeras vueltas. El graznido de los cuervos me ensordecía. Centenares de pajarracos abandonaron las desnudas ramas de los árboles y volaron hacia el cielo. ¡Los cuervos! ¡Claro! Los cuervos intentaban distraerme y me impedían así encontrar la abertura.

 

Resbalando entre los yerbajos que crecían al pie del cairn, escruté el barrizal buscando con desesperación el agujero por el que Simon había desaparecido. Espantosos graznidos atronaban el cielo. Sí me acercaba más al cairn, seguramente los cuervos me atacarían. Se precipitarían sobre mí, me sacarían los ojos y me harían trizas con sus afilados picos.

 

Volví a pasar otra vez frente al campamento. Vi que Weston y sus compinches se habían reunido con el profesor Nettleton. El tal Andrew había cogido a Nettles del brazo e intentaba obligarlo a marcharse.

 

Nettles movía las manos con energía y levantaba airado la voz haciendo todo lo posible por entretenerlos. Yo bajé la cabeza y seguí mi búsqueda.

 

Cuando ya me alejaba otra vez, iniciando otra vuelta, Weston me vio. Pero yo me agaché para seguir escrutando la base del cairn.

 

—¡Detenedlo! —gritó Weston en un tono que sonó como un pistoletazo.

 

Andrew soltó el brazo del profesor y él y su compañero se lanzaron contra

 

mí.

 

Yo eché a correr con la única idea de poner el cairn entre mis perseguidores y yo. Pero el terreno era muy irregular y tropecé con una piedra. Caí de narices. Al momento, los cuervos se precipitaron hacia mí, lanzándose desde el cielo como si fueran bombas de color negro; movían con rapidez vertiginosa las alas y abrían desmesuradamente los picos, cortantes como tijeras. Me puse las manos sobre la cabeza para protegerme el rostro y me arrastré por los yerbajos intentando ponerme en pie.

 

«No les haga caso», me había dicho Nettles. Haciendo un tremendo esfuerzo de voluntad, bajé las manos y me puse en pie. Los enormes y

 

encolerizados pajarracos graznaban atrozmente, mientras iban y venían con vuelo rasante y amenazador. Pero yo procuré no mirar el cielo y centré toda mi atención en el muro del cairn. Seguía oyendo los graznidos y el aleteo enloquecido, pero no me rozó ni una pluma.

 

«¡Bendito seas, Nettles! —pensé—. ¡Tenías razón!».

 

Apenas esta idea había surgido en mi mente, cuando oí cerca un sonido chirriante…, el sonido de una piedra rozando con otra. No tuve ni tiempo de preguntarme qué debía de ser, pues al fijar la vista en el cairn, justo delante de mí, vi la entrada. No sé cómo podía haberme pasado inadvertida antes, pero ahí estaba: una estrecha fisura en la base del cairn, más angosta de lo que recordaba y medio escondida tras un escuchimizado matorral.

 

Sin pensarlo dos veces ni mirar atrás, me dejé caer junto al agujero y arranqué el matorral con las manos. ¡Allí estaba! Enseguida vi el destello del plástico azul; la tarjeta del Barclays estaba donde la había dejado. Metí la mano para cogerla. La tenebrosa entrada del cairn se abría ante mí; oí rápidas pisadas… y luego maldiciones, cuando los cuervos se precipitaron sobre mis perseguidores. Olfateé el olor a moho del interior del cairn. Tragué saliva y me arrastré hacia la entrada; al penetrar en las tinieblas del cairn me di un golpe en la cabeza y vi las estrellas. Cerré los ojos para dominar el dolor mientras me apoyaba en el muro de piedra y me frotaba el chichón que de pronto me había aparecido en la sien.

 

Cuando abrí los ojos ya no estaba en el mundo que conocía.

 

 

 

 

12

 

EL PARAÍSO

 

Toda una parte del muro interior del

 

cairn parecía haberse derrumbado y se divisaba la ladera de la colina. Lo primero que se me ocurrió fue salir huyendo precipitadamente por allí antes de que me cogieran aquellas bestias metafísicas.

 

Me puse en pie sosteniéndome la cabeza con las manos y me dirigí dando tumbos hacia el muro derruido. No había dado ni un paso cuando oí detrás de mí un atronador estruendo. Debían de ser mis perseguidores. Miré temeroso por encima del hombro y vi que el muro que había detrás retrocedía de una forma inexplicable…, como si yo me estuviera alejando de él por un pasillo largo y estrecho. Sentí una extraña ráfaga de aire, un remolino tumultuoso, una ola que crecía más y más. En aquel preciso instante, la verde ladera que se extendía ante mí se oscureció y desapareció.

 

Me detuve. Me costó recobrar la calma. Sentía palpitaciones en la cabeza, como si me estuvieran golpeando rítmicamente con un ladrillo. A cada golpe veía brillantes lucecitas y lunares rojos. Inspiré profundamente aire y, con sumo cuidado, puse un pie ante el otro. El viento me agitaba la ropa. Con un miedo sobrecogedor me di cuenta de que, de forma misteriosa, había dado aquel primer paso sobre un puente estrechísimo que se alzaba sobre un vasto e invisible abismo.

 

El puente bajo mis pies era tan delgado como el filo de una espada. Hasta podía notar el cortante acero a través de las suelas de mis zapatos. Me balanceé peligrosamente procurando guardar el equilibrio. Un paso en falso y me precipitaría en las desconocidas profundidades desde las que se elevaban ecos de fuerzas que se movían y entrechocaban como vagones de mercancías vacíos de un tren larguísimo que atraviesa la noche. Sin embargo, pese a que todos mis nervios y tendones me gritaban «¡Insensato!», me obligué a mí mismo a dar otro paso, sabiendo en lo más profundo de mi alma que podía ser el último.

 

Me tambaleé hacia delante. De pronto, la enloquecedora ráfaga de aire

 

cesó, y todo quedó inmóvil. Pero enseguida me di cuenta de que no podía respirar.

 

No había aire. Resoplé y jadeé, pero mis pulmones no inspiraron. Mi boca exhaló un gañido de sorpresa, pero ningún sonido atravesó el vacío. Tembloroso, aturdido y mareado, guardé el equilibrio sobre el estrechísimo puente. Oscilé peligrosamente pero no me caí.

 

Logré avanzar tres centímetros, luego tres más. Sólo el filo de la espada bajo mis pies parecía real. No veía nada en torno. La oscuridad reinaba por doquier…, una oscuridad hiriente, un silencio punzante. Y entonces se levantó un espantoso viento galerado que no parecía soplar de ninguna parte y que me vapuleaba y aplastaba. Sentía como si me arrancaran la piel de la cara poco a poco, como si me desgarraran la ropa, como si me separaran la piel de los huesos.

 

No sé cómo tuve el valor suficiente para dar otro paso al frente y al instante lamenté haberlo hecho. Me falló bajo el pie el estrechísimo punto de apoyo y por un brevísimo y sobrecogedor instante sentí que todo mi cuerpo se disponía a echar a volar: los brazos extendidos, la cabeza erguida, las piernas dobladas y flojas…

 

Caí.

 

Pero, en lugar de precipitarme cabeza abajo en el insondable vacío noté que mis rodillas chocaban con una superficie sólida y caí de bruces fuera del cairn, a plena luz del día.

 

Todavía me costaba trabajo respirar. Yací boca abajo como una ballena varada, jadeando, boqueando, luchando por recobrar el aliento. ¡Aire! ¡Aire! En el pecho me pesaban los pulmones, convulsos por el esfuerzo. Perdí la visión y pensé: «Todo ha terminado… Me estoy muriendo».

 

Me incorporé sobre un codo y rodé hasta quedarme echado de espaldas. El esfuerzo desencadenó algo en mi interior y noté que los pulmones se henchían de aire, un aire áspero y duro; me quemaba como si fuera fuego, pero no podía dejar de inhalarlo en ahogados jadeos. Me puse de costado, dolorido, medio ahogado, con los miembros temblorosos, los ojos llorosos y los dedos hormigueantes. El corazón me latía aceleradamente y la cabeza me palpitaba con ritmo vertiginoso.

 

Pese a todo lo que me había sucedido en los últimos momentos, juro que

 

mi primer pensamiento consciente, lo primero que se me vino a la mente fue: no lo he logrado. Pensé que el golpe que me había dado en la cabeza era la causa de todas aquellas extrañas sensaciones. Me había desorientado en la oscuridad y, dando tumbos, había vuelto a salir a través de la abertura por la que había entrado. Los árboles, la ladera, el cielo crepuscular; todo estaba como antes.

 

Había fracasado. Y ahora los gorilas de la S. A. M. me cogerían y me echarían. Tal pensamiento me hizo levantar la cabeza y mirar a diestro y siniestro. No había nadie. Quizás aún estaba a tiempo de escapar. Me puse en pie con dificultad, me tambaleé y me apoyé en el muro para no caer.

 

Fue en ese momento cuando recibí la sorpresa más grande. El cairn había desaparecido. En su lugar se levantaba un montículo enorme cubierto de yerba y coronado por una piedra vertical, con una entrada de dintel muy bajo justo detrás de mí. Parecía bastante improbable que hubiera podido salir a rastras por allí, pero no había otra posibilidad.

 

Me di la vuelta, contemplé el paisaje que me rodeaba y descubrí más contradicciones. La nieve había desaparecido. Y los árboles, pese al parecido que guardaban con los del bosque que rodeaba el cairn, no eran los mismos; eran más altos, más espesos y sus ramas mucho más gráciles. Todo lo que veía había cambiado de apariencia de una forma sutil. Incluso el cielo parecía en cierto modo más brillante, aunque era la hora del ocaso… ¿o quizá la del amanecer?

 

Como un hombre que sueña, que se da cuenta de que está soñando, comprendí en ese preciso instante que había cruzado al Otro Mundo.

 

«¡Oh, Dios! —pensé—. ¿Y ahora qué?».

 

Me senté y encogí las rodillas hasta pegarlas al pecho. Comencé a balancearme hacia atrás y hacia delante largo rato, con los ojos cerrados, con la esperanza, creo, de que cuando los abriera el cairn estaría allí de nuevo y podría regresar al lugar que acababa de abandonar. Me dolía la cabeza. Me ardía la garganta. Me sentía desgraciado, perdido, completamente solo. Y, mientras permanecía sentado sintiéndome más y más infeliz, se me ocurrió de pronto que aquella ladera se había quedado muy silenciosa. No, no se había quedado silenciosa: siempre lo había estado. Y no simplemente silenciosa; es decir, no sólo callada, como si en ella reinara la ausencia total de sonido, sino tranquila, en reposo, en paz. Estaba oyendo un mundo sumergido en una

 

quietud profunda y natural. Sentado allí, con los brazos estrechando las rodillas, mi abyecta miseria se convirtió poco a poco en una tranquilidad que jamás había experimentado en el mundo que acababa de dejar atrás.

 

Me rodeaba la serenidad de un mundo que no conocía ningún artilugio mecánico: ni aviones, ni trenes, ni automóviles; ni motores, ni máquinas; ni fábricas, ni molinos, ni oficinas, ni industrias; ni teléfonos, ni radios, ni televisiones; ni satélites, ni cohetes, ni naves espaciales; ninguna máquina de ninguna clase.

 

Nunca jamás había experimentado una paz tan completa y perfecta. En toda mi vida, no había conocido un solo minuto de tan inmaculada serenidad. Hasta entonces, todos los segundos de todos los días de mi existencia habían sido acosados y cercados por algún ruido artificial de un objeto fabricado en serie.

 

Incluso mientras dormía, siempre había sentido la incesante marcha de alguna máquina en algún sitio: el tictac del reloj, el chirrido de un coche en la calle, el distante silbido de un tren o el subliminal zumbido de un ventilador o de un horno. Hacía muchos años, había acampado en las montañas Rocosas al sur de Colorado, e incluso en aquella soledad había oído el ruido de los aviones a reacción encima de mi cabeza.

 

Pero, en aquel lugar del Otro Mundo, el incesante telón de fondo de los ruidos que proclaman los frenéticos esfuerzos de los hombres simplemente no existía. Todo era calma y reposo.

 

El fenómeno me impresionó como lo más milagroso e increíble que hasta entonces me hubiera ocurrido. Jamás habría podido imaginar una paz tan inmensa. Era una serenidad inefable, una tranquilidad que iba más allá de las palabras, una quietud que escapaba a toda posibilidad de descripción.

 

Por un momento, se me ocurrió que me había quedado sordo, quizá como consecuencia del golpe que me había dado en la cabeza. Agucé el oído y escuché… No, por fortuna no me había quedado sordo. Oía la brisa que agitaba las hojas y también el dulce gorjeo de un pájaro.

 

Me levanté, un poco mareado todavía, y emprendí el descenso de la colina. El aire, aunque frío, no resultaba desagradable. Caminaba entre árboles muy altos, pisando una yerba fina y tierna que parecía una alfombra sin fin. Bajo mis pies brillaba el rocío con el resplandor de las esmeraldas.

 

Parecía que era primavera, aunque los árboles aún no tenían hojas. Me detuve a examinar de cerca las ramas y vi que en ellas apuntaban algunas yemas; pronto se llenarían de hojas y flores.

 

Cuando llegué al pie de la colina, el sol se había levantado un poco más. Y, cuando lo hubo hecho del todo, no pude menos que caer de rodillas ante el brillo, la intensidad y el esplendor de la luz. Los ojos se me llenaron de lágrimas y se me ocurrió que podría quedarme ciego. Pasó un rato hasta que pude volver a ver con claridad; aun así, de vez en cuando tenía que protegerme los ojos con la mano o simplemente detenerme y cerrarlos para que descansaran de aquella luz tan deslumbradora.

 

A la luz del alba, contemplé el paisaje y me quedé asombrado: la yerba era tan verde que literalmente brillaba. «Verde» es un adjetivo demasiado gastado como para poder describir lo que veía: un resplandeciente verdor cristalino cuya pureza rompía el corazón.

 

El cielo, lo juro, tenía el azul más puro, claro y translúcido que jamás hubiera visto; un tono que tenía más que ver con los pavos reales y con el lapislázuli que con la atmósfera. Me quedé unos instantes contemplando extasiado aquel cielo luminoso, empapándome de aquel sorprendente azur.

 

De hecho, todo lo que veía parecía más brillante y más bello que cualquier cosa que hubiera contemplado en el mundo real. Todo parecía más nuevo, o quizá más finamente trabajado, de formas más puras y mejor definidas.

 

Al pie de la colina, encontré un arroyo. Me arrodillé, metí una mano en el agua helada y me la llevé a los labios. ¡El agua tenía un sabor vivo!; era clara, pura y reconfortante. Formé una taza con las manos y bebí aquel dulce elixir hasta que los dedos se me quedaron entumecidos de frío.

 

Me erguí despacio, limpiándome la barbilla con la manga, y miré en torno. Me encontraba en una cañada rodeada de suaves colinas, entre las que se contaba «mi colina», con el montículo y la piedra vertical. Pensé en explorar el terreno y la idea me llenó de excitación. ¡Un mundo nuevo al alcance de la mano! No pude esperar ni un minuto.

 

Se me ocurrió seguir el curso del arroyo. No sé por qué, pero me pareció lo más sensato. A lo mejor me llevaba a algún lado…, hasta algún pueblo, quizás. ¿Acaso no habría pueblos en el Otro Mundo? No lo sabía. No sabía nada. Menos que nada.

 

¡El Otro Mundo! Cada pocos segundos me acordaba de dónde estaba y tal certeza me sacudía como si un rayo se precipitara sobre el pararrayos en que se había convertido mi cabeza. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía ser? Me lo preguntaba una y otra vez. ¿Quién podría haber creído semejante cosa? ¿Quién la creería? No podía hacerme a la idea y me abandonaba a una especie de perplejidad aturdidora. De vez en cuando la completa imposibilidad de mi situación me explotaba en la cara; atónito, daba bandazos de una maravilla a otra, conmocionado por la absoluta trascendencia de aquel prodigio asombroso.

 

Verdaderamente era el Paraíso. Una creación inmaculada, nueva, virgen; un mundo sin mácula, perfecto, limpio, libre del humano e insaciable apetito de la destrucción. ¡El Paraíso! Deseaba gritar ese nombre desde las cumbres de las colinas. Nada en mi vida anterior me había preparado para una experiencia semejante…, para aquella gratificante armonía entre belleza y paz, para aquel hermoso esplendor, para aquella gloriosa creación. Como si fuera una marea, el milagro de aquella hermosura me embargaba, me sumergía, me dejaba sin sentido y sin respiración. ¡El Paraíso!

 

Pese al estupor y al asombro que sentía, seguí el curso del arroyo a través de la cañada. Mientras avanzaba, fui haciendo un inventario mental de lo que veía, un catálogo de milagros. Y enseguida empecé a compararlo con lo que había aprendido del Otro Mundo en viejas historias y leyendas leídas durante mis estudios universitarios.

 

Lo hice de una forma sistemática: animales, vegetales, minerales; pueblos, lugares, cosas. Con todo detalle construí un cuadro del Otro Mundo tal como lo describen las tradiciones célticas. No me atrevo a afirmar que fuera un cuadro demasiado fiel, ni siquiera demasiado completo. Me limité a aceptar simplemente que había llegado al Otro Mundo céltico; no se me ocurrió considerar otra posibilidad. Por lo menos el esfuerzo me sirvió de entretenimiento y me tuvo ocupado un buen rato. Debió de ser así, porque, cuando me detuve y miré en torno, vi que el arroyo se había ensanchado y que las aguas eran más fragosas y menos profundas; la cañada se había convertido en un prado que se extendía entre dos enormes riscos cubiertos de yerba.

 

El sol estaba alto. El arroyo cruzaba el prado y torcía hacia el oeste tras la ladera de una colina que se divisaba unos cuantos kilómetros más allá. Las colinas cercanas eran grandes y redondeadas, sin árboles ni arbustos. Se me

 

ocurrió que sería buena idea escalar la más cercana y reconocer el terreno. Quizá desde la cima divisaría algo que no acertaba a ver desde el valle. ¿No era acaso lo que siempre hacían los exploradores?

 

De espaldas al arroyo contemplé la larga ladera de la montaña y divisé una nube en el cielo, tenue y oscura. La observé con atención. No era una nube; era humo, humo negro de una hoguera. Donde hubiera fuego, habría gente: un poblado. Seguramente podría verlo mejor desde la cima de la colina.

 

Antes incluso de que pudiera dar forma a tal pensamiento, mis piernas echaron a correr. No había recorrido demasiada distancia cuando oí un extraño e inquietante ruido, un tamborileo rítmico e insistente. Parecía proceder de la misma tierra. Sonaba como un trueno desencadenado, como leños que se desplomaran por una pendiente.

 

Me detuve y agucé el oído. La sonora vibración aumentaba más y más, hacía resonar la tierra, retumbaba y retumbaba atronadoramente. Traté de imaginar qué podría producir semejante estruendo. ¿Caballos? Podría ser una estampida, pero una estampida extrañamente organizada. ¡Se diría que los animales estaban danzando!

 

El humo negro se alzaba en el cielo y la brisa lo desperdigaba por la cima de la colina. Y se iba espesando. Me quedé inmóvil; escuché aquel extraño ruido que parecía nacer de las entrañas de la tierra y contemplé el humo; me sentía totalmente desconcertado.

 

Luego vi algo acerca de lo cual sólo había tenido noticia por textos muy antiguos: de pronto apareció ante mi vista un soto de fresnos pequeños… ¡y los árboles parecían saltar por sí mismos a lo largo de la cima!

 

La imagen, aunque exacta, era un eufemismo poético. Yo sabía perfectamente qué eran en realidad los árboles.

 

Antes de que pudiera pensar lo que debía hacer, aparecieron los guerreros. El estruendo que agitaba la tierra y el aire no era más que el retumbar de sus tambores de guerra y el golpeteo de sus pies. El humo que se elevaba en el cielo procedía de las teas que llevaban en las manos.

 

Se alinearon a lo largo de la cima. Debían de ser un centenar o quizá más. Unos llevaban escudos oblongos y espadas, otros teas y lanzas; unos avanzaban a caballo, otros a pie, otros montados en carros. La mayoría iban

 

desnudos o casi. Coronaron la cima y se detuvieron.

 

Me imaginaba que habían venido en mi busca. Me imaginaba también que me iban a coger. Yo no era más que un extraño en una tierra extraña, perdido, sin posibilidad de defenderse. No tenía nada que hacer ante un contingente tan numeroso. Pero ¿cómo se habían enterado de mi presencia?

 

Permanecí quieto, tratando estúpidamente de encontrar sentido a tan absurda situación, cuando se levantó un espantoso estruendo, como si miles de toros enloquecidos hubieran echado a correr a la vez. Era un agudo y vigoroso toque de trompeta, un sonido como para derretir las entrañas y reventar los tímpanos.

 

BWLERWMMM! BWLERWMMM! BWLERWMMM!

 

El horroroso fragor aporreaba el oído y atronaba el cerebro; retorcía y desgarraba los nervios dejándolos tan inútiles como una cuerda empapada. Me tapé las orejas con las manos y escruté la cima de la colina para descubrir la fuente de tan fenomenal estrépito.

 

Vi veinte hombres que tocaban enormes cuernos curvos; sin duda eran aquéllos los instrumentos que producían aquel ruido ensordecedor. Entonces caí en la cuenta de que esos instrumentos eran los legendarios cuernos de batalla de los banshee. Se decía que los beahn sidhe, habitantes del Otro Mundo según la tradición, poseían unas trompetas de batalla de tan extraordinario poder que cuando las tocaban podían convertir en piedra al enemigo. Ahora entendía que esa expresión distaba de ser una exageración retórica. Yo mismo me sentía como si estuviera soldado a la tierra por un terror catatónico. Tenía las piernas tan pesadas e insensibles como si fueran de hormigón.

 

Aquél fantástico estrépito se prolongó un rato y de pronto fue sustituido por el entrechocar de espadas y lanzas contra los escudos, pues los guerreros comenzaron todos a una a batir sus armas, con el insistente sonar de los tambores como telón de fondo. El aire y la cañada retumbaban. En aquel mundo, antes tan sereno y plácido, parecía como si las montañas se estuvieran desmoronando.

 

El estruendo aumentó hasta convertirse en un enloquecedor estrépito, y de repente cesó del todo.

 

El eco en tan repentino silencio se prolongó en la cañada; lo oía

 

disgregarse por las peladas colinas como el crujido de la fatalidad. Los guerreros permanecían inmóviles en la cima de la colina en medio de la sobrenatural calma nacida de tan repentino silencio. Luego levantaron las armas y, gritando, echaron a correr colina abajo hacia donde yo estaba.

 

Todo sucedió tan deprisa que retrocedí muerto de miedo y rodé por la ladera. Me quedé tendido en el suelo y me arrastré como un cangrejo por las piedras hasta llegar al helado arroyo.

 

Los guerreros corrían gritando colina abajo, blandiendo las armas, agitando las teas, golpeando los tambores, haciendo sonar los cuernos. Estaban aún muy lejos y no podía verles el rostro, pero sí los tatuajes que les cubrían el cuerpo, según la costumbre de los antiguos guerreros celtas, civilización a la que indudable e inexplicablemente pertenecían.

 

De pronto se me ocurrió la posibilidad de esconderme. Miré a diestro y siniestro, pero enseguida perdí la esperanza. No había ninguna peña suficientemente grande como para ocultarme. Tendría que correr.

 

Me puse en pie y crucé el arroyo dirigiéndome a la colina que se alzaba al otro lado. Mi única posibilidad de escapatoria estribaba en correr más que mis perseguidores.

 

Con sorpresa, comprobé que corría más deprisa de lo que era de esperar. Parecía como si mis piernas se hubieran vuelto más largas, mi zancada más veloz y segura. Me deslizaba literalmente sobre la tierra, con los pies apenas tocando el suelo; ¡volaba con el rostro y los cabellos al viento!

 

De pronto me detuve. Frente a mí, precipitándose a la carrera por la colina, avanzaba otra formación de guerreros, tan numerosa como la otra. Corrían a sorprendente velocidad. Atrapado entre los dos veloces batallones, como una mosca entre dos platillos, me di la vuelta, regresé al arroyo, y me dejé caer junto al agua sin respiración. No tenía escapatoria.

 

Los guerreros del primer batallón casi me habían alcanzado. Distinguía perfectamente sus rostros, fieros y bravos. Si alguna vez había concebido alguna idea de lo que es la nobleza, la bravura, el coraje, la dignidad y demás cualidades de ese tipo, ahora las veía encarnadas en aquellos rostros. Con los ojos claros y las facciones firmes, viriles, fuertes y orgullosas, aquellos rostros eran la encarnación viviente de las fantasías infantiles del heroísmo y el valor.

 

Que estuvieran a punto de matarme se me antojaba una nimiedad inconsecuente. ¡Dios mío, qué hermosos eran!

 

Con celeridad se cerraron en línea de batalla. Vislumbré el destello de sus ojos y el sudor de sus musculosos miembros. Vi la blancura de sus dientes y el ondear de sus cabelleras. Oí los guturales gritos de guerra mientras se precipitaban hacia mí; me apreté contra las piedras deseando con todas mis fuerzas desaparecer bajo ellas.

 

Lo logré. No me vieron. Cuando el primer combatiente llegó a donde yo estaba agazapado, con la cabeza escondida entre los hombros, saltó sobre el arroyo y por encima de mí sin dirigirme tan siquiera una mirada.

 

El resto de la hueste también hizo caso omiso de mi presencia. Se precipitaron en el arroyo y corrieron a reunirse con la formación de guerreros que bajaba por la otra ladera. Sólo entonces caí en la cuenta de que no me perseguían a mí.

 

Tal comprobación no me produjo alivio alguno, porque de inmediato temí que pudieran matarme en la confusión de la batalla. Morir por equivocación es, al fin y al cabo, una forma más de morir.

 

Las dos líneas de batalla se lanzaron una contra otra. El estrépito del choque fue tremendo: las lanzas se estrellaban contra los escudos, las espadas golpeaban los cascos, el hierro retumbaba contra los huesos, los cuernos de batalla atronaban, los hombres vociferaban, los tambores resonaban… Era el más horroroso y ensordecedor de los estruendos. Creí que los tímpanos iban a estallarme.

 

El impacto del choque inicial separó por un instante a los combatientes. Algunos cayeron para no levantarse más, pero la mayoría volvió a la carga y la batalla se reanudó con mortal encarnizamiento. Chorreaba por doquier sangre y saliva. Los caballos se encabritaban y pateaban levantando polvareda. Los hombres luchaban y se golpeaban salvajemente con las espadas bañadas en sangre.

 

¡No podía mirar! ¡No podía dejar de mirar! Agazapado junto a la orilla, con los ojos desorbitados, gritaba aterrorizado cuando un guerrero caía con el cráneo reventado u otro se derrumbaba con la garganta degollada. Iba de un escondite a otro, tratando de quitarme de en medio. Pero, a medida que el combate arreciaba y la línea de batalla se convertía en un enfurecido y

 

desordenado amasijo, me resultaba más difícil permanecer escondido. Los hombres luchaban a mi alrededor, y tenía que concentrar toda mi atención en no ser atropellado por un caballo, atravesado por una lanza perdida o aplastado por un cuerpo al caer derrumbado.

 

Se me ocurrió hacerme con un escudo para protegerme y busqué con los ojos alguno. Vi unos cuantos sobre la yerba entre los cuerpos de sus dueños, que ya no iban a necesitarlos. Corrí hacia el más próximo e intenté cogerlo, pero estaba trabado al brazo de un cadáver cuya mano todavía lo asía con fuerza.

 

Me arrodillé junto al cuerpo y tiré con todas mis fuerzas del escudo; en ese preciso instante noté que una pesada mano se posaba sobre mi hombro.

 

Solté un grito y fui arrojado de espaldas. Vislumbré una lanza en el claro azul del cielo. Tendí las manos para protegerme del golpe y pateé con ambas piernas a mi atacante. Me retorcí y debatí sin dejar de gritar. Ante mi sorpresa, una voz exclamó:

 

—¡Quieto, Lewis!

 

Miré aturdido y vi que la silueta que se cernía sobre mí tenía un rostro familiar.

 

—¿Simon? —pregunté desconcertado—. Simon, ¿eres tú?

 

 

 

 

13

 

EL BAUTISMO DE SANGRE

 

Era efectivamente Simon, desnudo,

 

con los mismos tatuajes de guerra que los demás guerreros y luciendo además un largo bigote.

 

—¡Sí, soy Simon! —gritó—. Deja de dar patadas. Estoy tratando de ayudarte.

 

Cesé de debatirme y me senté.

 

—¡Simon!  ¡Por  fin  te  he  encontrado!  ¿Qué  estás  haciendo  aquí?

 

¿Cómo…?

 

Me cogió por el brazo y tiró de mí.

 

—¡Levántate!

 

—Simon, vámonos de aquí. Tenemos que…

 

Se inclinó sobre el cadáver del guerrero, cogió la espada y me la tendió.

 

—Toma.

 

—No sé cómo usarla —dije devolviéndosela.

 

—Ya aprenderás —replicó, y comenzó a desgarrarme las ropas—. Quítate la camisa.

 

—¡Eh! ¿Qué diablos…?

 

—No pretenderás que te vean con esa pinta —me dijo con brusquedad.

 

De mala gana me desabroché la camisa.

 

—Simon, de veras estoy muy contento de haberte encontrado.

 

—¡Date prisa! —exclamó observando la lucha.

 

El bando del que formaba parte parecía estar venciendo a sus enemigos, que iban perdiendo terreno. El combate se libraba ya un poco más lejos, colina arriba.

 

Consideré que era una ocasión favorable para escapar sin ser vistos.

 

—Mira, ahora es el momento de huir de aquí. Podemos…

 

—¡Quítatela! —gritó tirándome de la camisa—. También hay que deshacerse de esto —agregó cogiéndome el brazo y arrancándome el reloj.

 

Al momento se dio la vuelta y arrojó mi reloj al agua.

 

—Espera un minuto. No puedes…

 

La esfera del reloj brilló en el aire un momento y desapareció entre las peñas del arroyo.

 

—¡Ven conmigo! —me ordenó y, cogiendo la lanza, se precipitó a la lucha.

 

De mala gana, empuñé la espada y traté una vez más, sin éxito, de arrebatarle el escudo al cadáver del guerrero.

 

—¡Date prisa! —gritó Simon—. Procura mantenerte a mi lado.

 

Corrí tras él sin escudo, soltando maldiciones.

 

—¡Es una locura! —exclamé, pero el fragor del combate se tragó mis palabras y Simon no me oyó—. ¡Una jodida locura!

 

Simon hizo con la lanza una señal de que lo siguiera y, dándose la vuelta, se lanzó al combate. Le salió al encuentro un inmenso guerrero con un escudo redondo y blanco, tan manchado de sangre que el rojo emborronaba el fondo blanco; la espada que empuñaba estaba mellada. El guerrero alzó la espada y se arrojó contra Simon con un feroz aullido de guerra.

 

Simon no dudó ni un instante; se lanzó contra el adversario, le clavó el extremo de madera de la lanza en la ingle y apretó con furia. Me quedé boquiabierto. El guerrero retrocedió tambaleándose, alzó la espada y la dejó caer sobre el asta de la lanza de Simon.

 

—¡Huyamos! —grité.

 

Pero Simon no tenía la más mínima intención de escapar. Se lanzó contra su tambaleante enemigo descargando violentamente la lanza contra el escudo manchado de sangre. Pese al tumulto de la batalla, oí con toda claridad el golpe. El guerrero soltó el escudo y Simon clavó la afilada punta de la lanza en el pecho desnudo del enemigo. La sangre brotó de la herida como de una

 

fuente. El guerrero cayó muerto al suelo con la boca abierta como si profiriera un silencioso alarido.

 

Súbitamente mareado, con la vista borrosa, me acerqué tambaleándome a Simon.

 

—Intentó matarte —murmuré sin saber lo que decía—. ¿Está muerto?

 

Por toda respuesta, Simon arrebató la espada a su enemigo. Puso un pie sobre el pecho del muerto y, cogiendo la espada con ambas manos, descargó un golpe rápido y certero. Con un crujido carnoso, la cabeza del guerrero se separó del tronco.

 

Solté un alarido y retrocedí unos pasos.

 

—¡Simon!

 

Mi amigo cogió la cabeza, se volvió hacia mí y alzó el horripilante trofeo.

 

Lo miré sin dar crédito a mis ojos. Simon lanzó una carcajada.

 

—¡Acércate! —gritó lanzándome la cabeza—. Por lo menos, sé útil.

 

La cabeza rebotó en el suelo y rodó hasta mí sangrando por el amputado cuello. Se detuvo a mis pies; la miré horrorizado mientras tragaba la bilis que de pronto me había llenado la boca.

 

—¡Cógela! —me ordenó Simon con impaciencia—. ¡Cógela, Lewis!

 

¡Vamos!

 

Me incliné y la agarré por los pelos. La cabeza aún estaba caliente y los cabellos empapados de sudor. Me sentí mareado. No podía respirar, y pensé que iba a vomitar; el estómago me pesaba, las rodillas se me doblaban. Me erguí tambaleante, sosteniendo el horrible trofeo, aturdido por el vértigo y el mareo.

 

Simon se lanzó de nuevo a la batalla, pero el combate había terminado ya. Los vencidos huían por la colina, y los vencedores —la hueste que había aparecido primero— agitaban las lanzas y daban alaridos ante la rápida derrota que habían infligido a los enemigos. Los muertos de ambos bandos yacían esparcidos por la ladera como cantos rodados blanqueados al sol. Con los miembros destrozados y mutilados yacían sobre la yerba más suave que jamás había contemplado, bajo un cielo de un azul indescriptible.

 

Mientras contemplaba aturdido aquella feroz carnicería, oí un áspero

 

graznido, alcé la mirada y vi que se estaban reuniendo los pájaros carroñeros, dispuestos a lanzarse sobre su espantoso festín. Un cuervo enorme acudió volando a posarse frente a mí, sobre el cuerpo del hombre que Simon había matado. Con un sonoro graznido, el pajarraco clavó el pico en la herida del pecho y arrancó un jirón de carne; echó la cabeza hacia atrás y se lo tragó.

 

Tuve que apartar la vista. Seguí a Simon dando tumbos y procurando no mirar la espantosa carnicería esparcida sobre la yerba. Simon se había reunido con los demás guerreros que atronaban las colinas con sus alaridos de victoria. Algunos daban saltos y agitaban las lanzas ante el evidente deleite de sus compañeros que los coreaban con sonoras carcajadas. Simon se divertía y reía con ellos.

 

El regocijo cesó de pronto ante la llegada de dos hombres jóvenes montados a caballo: uno parecía un guerrero, el otro una especie de consejero. El guerrero iba vestido con unos vistosos pantalones de color verde y oro y una camisola roja de un tejido que por su brillo parecía satén. Llevaba al cuello una especie de torques de plata y un cinturón ancho de discos también de plata. Le sobresalía del cinto la empuñadura de una daga de oro e iba armado con una lanza de hoja plateada. También él ostentaba un enorme bigote. Los cabellos le caían en una larga melena rizada que brillaba al sol.

 

El otro joven iba vestido con más sencillez: camisa marrón, pantalones de tejido ordinario y un cinturón de cuero. No llevaba joyas ni armas. Su único adorno era un manto carmesí recogido en un hombro con un inmenso broche de plata. Tenía el cabello muy oscuro y lo llevaba peinado hacia atrás, muy tirante.

 

Ambos eran altos e impresionantes, con toda la agilidad y la gracia de la juventud. Se movían con una dignidad y autoridad que, a mi juicio, sólo podían haber poseído los divinizados emperadores romanos: majestuosos y benévolos, inspiraban confianza e intimidaban a un tiempo. Se habrían encontrado como en su casa en cualquiera de las cortes reales de Europa. Incluso sus caballos parecían más gráciles, más fuertes, más bellos que cualquiera de los pura sangre que tanto se apreciaban en el mundo real.

 

Cuando los dos jóvenes aparecieron, cesaron de golpe los alaridos y los gritos de victoria, dejando paso a un clamor que interpreté como un saludo al jefe. Me deslicé junto a Simon.

 

—Es el rey, ¿verdad? —susurré.

 

—No. El príncipe —contestó en un murmullo—. Estate callado.

 

—¿Qué príncipe?

 

—El príncipe Meldron —dijo Simon en tono irritado—. Meldron ap Meldryn Mawr. El que lo acompaña es Ruadh, su bardo.

 

—¡Oh!

 

El príncipe se detuvo en medio de los guerreros y desmontó entre las aclamaciones generales. Cualquiera habría podido pensar que había ganado la batalla él solito, aunque puedo asegurar que no había movido ni el dedo meñique. Meldron sonreía mientras sus hombres celebraban la victoria. Todos comenzaron a gritar, a abrazarse, a saltar y a pegarse golpes en la espalda. La escena me recordó la celebración que se lleva a cabo en los vestuarios tras haber ganado un campeonato de fútbol. Lo único que faltaba allí era champán para ducharse los unos a los otros.

 

Las aclamaciones se prolongaron unos minutos; luego, tras una señal o una orden que no pude entender, cesaron por completo. El príncipe pronunció unas breves palabras y todos se pusieron en acción desperdigándose por la ladera de la colina hacia los cuerpos de los guerreros muertos. Los compañeros caídos fueron trasladados solemnemente al arroyo y sus cuerpos fueron colocados en la orilla. Después los cubrieron con piedras y levantaron con rapidez y pericia un montículo.

 

Los enemigos muertos fueron abandonados donde habían caído. Pero los cadáveres fueron decapitados y las cabezas amontonadas en una pirámide como si fueran coles. Luego recogieron las armas y los adornos —brazaletes, torques, pulseras, etc.— y los apilaron en otro montón junto al de las cabezas cortadas.

 

Simon colaboró en todas estas tareas y durante un rato me quedé solo. Entonces fue advertida mi presencia en el campo de batalla. En efecto, mientras los guerreros recorrían la ladera en busca de botín, uno de ellos me vio; yo aún sostenía la cabeza del hombre que Simon había matado. El sujeto se acercó a mí y me examinó con atención.

 

Como no sabía qué hacer, le tendí la cabeza. El guerrero reaccionó como si yo me hubiera saltado una regla de etiqueta. Hizo una mueca dejando ver los dientes entre los labios y llamó por encima del hombro al bardo, que se dio la vuelta y, al verme, acudió a examinarme con la misma curiosidad que el

 

guerrero.

 

El bardo me dijo unas palabras en una voz que sonaba a un tiempo aguda y gutural. No entendí nada, pero me di cuenta de que ya había oído antes aquel lenguaje, aunque bastante cambiado. Tenía, en efecto, la misma resonancia que el galés moderno.

 

Yo seguía sonriendo como un imbécil, con la cabeza del guerrero en la mano. El bardo llamó al príncipe, que acudió enseguida con otros guerreros. Y de pronto me encontré examinado atentamente por el príncipe y rodeado por un círculo de vigorosos guerreros desnudos y tatuados de azul; ninguno parecía demasiado complacido de verme.

 

El príncipe Meldron, igual que había hecho el bardo, me dirigió unas palabras en protogaélico. Yo respondí en mi lengua, lo cual causó verdadera sensación; todos murmuraban excitadamente y señalaban mis zapatos y mis pantalones. Algunos incluso se atrevieron a tocarme el torso desnudo con dedos cautelosos. Me miraban fijamente a mí y a la cabeza que sostenía, como si no pudieran creer lo que estaban viendo.

 

Simon apareció en el círculo y acudió en mi ayuda. Se puso a mi lado y me posó la mano en el hombro; me señalaba a mí y a la cabeza sanguinolenta sin dejar de farfullar cosas en aquella extraña lengua. Me quedé pasmado ante su fluidez. Me parecía mentira que fuera el mismo Simon cuyas habilidades lingüísticas empezaban y acababan en el francés de la carta de vinos. Para mayor asombro, el bardo se dirigía a él con respeto. Mi amigo respondía con prontitud, sin vacilar y sin levantar la mano de mi hombro.

 

La conversación se prolongó un rato; luego el bardo asintió lentamente, se dirigió al príncipe y supongo que le comunicó las conclusiones que había sacado. Tras escuchar unos instantes, el príncipe alzó la mano. El bardo se calló. Meldron se acarició el bigote escrutándome con la mayor atención, como si quisiera formarse una idea de mi persona.

 

—¿Qué pasa? —pregunté con un desesperado susurro.

 

—Shh —me aconsejó Simon dándome un golpe en el pescuezo para hacerme callar.

 

Meldron pareció llegar a una conclusión, porque indicó con una seña a Simon que se apartara e inclinó su cabeza y sus hombros hacia mí. Yo no tenía ni idea de lo que me aguardaba: ¿una puñalada en las costillas?, ¿un

 

beso de bienvenida?, ¿una bofetada?, ¿un puñetazo en un ojo?

 

No hizo ninguna de estas cosas, sino que me cogió por la muñeca la mano en la que sostenía la cabeza del enemigo, me la levantó y la mantuvo en alto. La cabeza pendía grotescamente goteando sangre. El príncipe dirigió unas palabras a los reunidos, que para entonces ya eran toda la hueste, y después puso la mano que le quedaba libre con la palma hacia arriba, debajo de la sanguinolenta cabeza. La palma se le llenó pronto de sangre y, cuando hubo suficiente, la derramó sobre mí. Me embargaron una aversión y un asco atroces; me entraron ganas de vomitar, ganas de morir. Pero el príncipe seguía agarrándome de la muñeca y tuve que permanecer inmóvil, en muda agonía, mientras él derramaba la sangre sobre mi cabeza. Luego me tiñó las mejillas con la sangre que le había sobrado del extraño y macabro bautismo. Se me puso la piel de gallina.

 

Tan pronto como el príncipe hubo acabado la sangrienta ceremonia, se adelantó su bardo, Ruadh, y repitió el mismo ritual haciéndome una marca con el caliente y rojo líquido a ambos lados del cuello y encima del corazón.

 

Pero el repugnante bautismo no acabó ahí: tuve que soportar que todos los guerreros, uno tras otro, se mancharan de sangre la mano y me marcaran. Unos trazaron en mi pálida piel los mismos dibujos que ellos llevaban, otros se limitaron a dejar la señal de sus huellas dactilares. Cuando todos hubieron desfilado, tenía el torso cubierto completamente de sangre coagulada. Es imposible describir con palabras el asco y el horror que tuve que soportar.

 

Cuando me hubo marcado el último guerrero, Meldron soltó mi muñeca, se dirigió al montón de las armas y joyas arrebatadas a los muertos y, tras desechar algunos objetos de oro y plata, escogió un brazalete enorme de bronce, me lo deslizó por la mano y me lo colocó justo debajo del bíceps. Los guerreros irrumpieron en gritos de aprobación y me aporrearon la espalda con fuertes palmadas. En resumen, una experiencia de lo más desagradable. Deseé con todas mis fuerzas que la tierra se abriera y me tragara.

 

Después, el príncipe Meldron procedió a repartir el botín entre sus hombres. Cada uno de los guerreros recibió algo: una joya, un arma, una chuchería de oro o plata. Todos se comportaban como alborotados niños en un día de Navidad y soltaban exclamaciones y risotadas de agradecimiento.

 

En un abrir y cerrar de ojos el botín había desaparecido. Entonces el príncipe montó a caballo y ordenó a sus hombres que se pusieran en marcha;

 

todos se apresuraron a obedecer. Simon se acercó a mí con una sonrisa en los labios.

 

—Te has portado como un hombre —dijo dándome una palmada en el hombro—. Ya eres uno de ellos.

 

—¡Que me he portado como un hombre! ¡Mierda! Ha sido espantoso.

 

Creí que iba a vomitar.

 

De pronto caí en la cuenta de que todavía llevaba en la mano la cabeza del guerrero. Dejé caer al suelo el terrible trofeo y me limpié la mano en el pantalón. Me estremecí de asco.

 

—Apesto. Tengo que lavarme.

 

—Cógela —me ordenó Simon.

 

—No estoy dispuesto a cargar con esa asquerosidad.

 

Simon perdió la paciencia.

 

—¡Estúpido! Ésa asquerosidad te acaba de salvar la vida. Se supone que tienes que llevártela.

 

—¿Qué? —pregunté fuera de mí—. ¡Debes de haberte vuelto loco!

 

Simon señaló la cabeza que había caído en la yerba boca abajo.

 

—Es la cabeza del jefe de la tribu que mataste…

 

—¿Que yo maté? Un momento, yo jamás en mi vida he matado a nadie…

 

—Y, por si no lo has adivinado, acabas de convertirte en un guerrero del ejército de Meldryn Mawr —dijo Simon—. Ahora, coge la cabeza y vámonos con los demás.

 

Se dio la vuelta, empuñó la larga lanza que el príncipe le había regalado y corrió en pos de los otros. De muy mala gana recogí la cabeza y lo seguí.

 

—¿Adónde vamos, Simon?

 

—Volvemos al caer —me explicó—. No está demasiado lejos.

 

—¿El caer? ¿Qué caer? ¿Para qué?

 

—Ya te lo explicaré más tarde —prometió—. Créeme, no es conveniente que nos quedemos rezagados.

 

Echó a correr; yo lo seguí tan deprisa como pude, asiendo el trofeo que

 

me había salvado la vida y maldiciendo el día que nací.

 

 

 

 

14

 

CAER MODORNN

 

El caer resultó ser un sencillo fuerte

 

de madera en lo alto de una colina, que se alzaba sobre un río de plácidas y cristalinas aguas que discurría por un anchuroso valle. Como Simon había dicho, la fortaleza del rey no estaba lejos del campo de batalla. Pero, aun así, cuando llegamos al río yo estaba cansadísimo de caminar.

 

La hueste se detuvo a la orilla del río y contempló cómo el príncipe se metía hasta media corriente y se quitaba un brazalete de oro que le había correspondido en el botín. Tendió el brazalete hacia el sol, pronunció unas palabras que no entendí y arrojó la joya aguas arriba tan lejos como pudo. Vi cómo el brazalete relucía en los aires y después se hundía en las aguas. Los guerreros profirieron gritos de entusiasmo y cruzaron corriendo el río. Yo lo atravesé por un vado, gané la otra orilla y subí penosamente la ladera de la colina siguiendo el camino que conducía hacia el caer, iba el último. Esperaba encontrar una construcción enorme e imponente, pero quedé decepcionado. Una vez franqueada la estrecha puerta de madera, el caer resultó ser simplemente un campamento fortificado. Dentro de la empalizada, esparcidas por la cima de la colina, había aproximadamente una docena de tiendas hechas de piel y madera. Unas cuantas hogueras señalaban el lugar donde los guerreros se reunían para comer y para dormir.

 

Era un lugar sencillo y agreste sin ninguno de los lujos que creí que existían en el Otro Mundo. A juzgar por lo que veían mis ojos, el tal Meldryn Mawr, quienquiera que fuese, era el rey de un humilde aprisco de madera.

 

Cuando llegamos, los que se habían quedado para proteger el fuerte nos rodearon para escuchar los jugosos detalles de la jornada de labios de sus compañeros. Por la excitación que mostraban todos, tanto los que contaban fanfarronadas como los que las escuchaban, parecía que la incursión les había proporcionado una inmensa gloria.

 

Gracias a la descarada mentira de Simon, yo mismo me convertí en causa de buena parte de esa excitación. Al parecer, matar a un jefe era una hazaña

 

inconmensurable. Por la forma en que gritaban, reían y saltaban al enterarse, se habría podido decir que yo, David, había matado a Goliat y puesto en fuga a los filisteos tan sólo con mi honda.

 

Fui zarandeado, empujado y palmoteado de un extremo a otro del campamento. Examinaron con curiosidad mis ropas y también la horrible cabeza que llevaba en la mano. Cuando por fin un enorme y moreno guerrero, a quien tomé por el paladín del rey, se acercó a mí y por señas se ofreció a empalar por mí la cabeza, se la entregué con muchísimo gusto.

 

Bajo la mirada atenta del príncipe Meldron, el guerrero ensartó con pericia la cabeza en la lanza y clavó el astil a mis pies. Después me cogió por ambos brazos y me besó las ensangrentadas mejillas. Aquél gesto selló mi aceptación en la banda como un guerrero más. Todos prorrumpieron en aullidos y gritos como si acabasen de presenciar un solemne espectáculo. Y de nuevo me vi condenado a otra ronda de palmadas y empujones.

 

—Ya eres uno de ellos, amigo —dijo Simon cuando se reinstauró la calma y cada uno se dedicó a los quehaceres que habían abandonado para la ceremonia del ensartamiento—. Ahora podemos tomarnos un respiro.

 

—Muy bien —asentí mirándome el torso con viva repugnancia—. ¿Puedo lavarme? ¿Está permitido?

 

—Es mejor que no lo hagas. Quizá mañana —contestó—. Es el distintivo de que eres un iniciado, así que osténtalo con orgullo. La mayoría de los guerreros han sido entrenados para la lucha desde niños; tú por lo menos te has librado de eso. Deberías estar contento.

 

Clavé los ojos en el cuerpo tatuado de azul de Simon.

 

—¡Qué pinta tienes, Simon! Nunca te habría podido reconocer.

 

—Son pinturas de guerra —explicó; después extendió los brazos—. Pero aquí tienes algo imperecedero.

 

Vi que la parte interior de cada brazo ostentaba el inconfundible dibujo celta de intrincadas espirales entrecruzadas.

 

—Esto es un salmón —dijo con orgullo señalándose el brazo izquierdo—.

 

Y esto otro un ciervo —añadió alzando el brazo derecho para que lo viera—.

 

Los he ganado por haber matado a cinco enemigos…, cinco por cada señal.

 

—¿Has matado a diez hombres? —exclamé.

 

—Debería haber recibido una torques por el que maté hoy —replicó, algo malhumorado—. Éste fue el mejor de todos, un campeón…

 

—Simon, ¿qué te ha ocurrido? —pregunté.

 

Todavía estaba impresionado por la batalla; la escena se mantenía fresca en mi mente.

 

—¿Que qué me ha ocurrido? —gruñó señalando con el dedo la lanza clavada a mis pies—. Si no hubiera hecho lo que hice, ahora sería tu cabeza la que estaría ensartada en el astil. No lo olvides. Te he salvado la vida.

 

—Y te lo agradezco mucho, créeme —insistí yo—. Sólo que…

 

—Mira que andar errante por un campo de batalla… —continuó sin hacerme el menor caso—. Si los cruinos no te hubieran matado, lo habrían hecho los llwyddios.

 

Simon cogió un lío de ropa que había a sus pies, lo desenvolvió y sacó una camisola de una tela amarilla muy fina.

 

—¿Quiénes?

 

—El clan de los cruinos —explicó poniéndose la camisa—. Los enemigos con quienes peleamos hoy. Nosotros somos llwyddios.

 

Desenrolló unos pantalones amarillos y negros y se los puso.

 

—¿Por qué luchabais?

 

—El rey Meldryn y uno de los reyes de los cruinos riñeron por unos perros de caza.

 

Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y se dispuso a calzarse unas botas de suave cuero.

 

—¿Perros? ¿Has dicho perros? —dije dejándome caer a su lado.

 

—El rey cruino dijo que los perros de caza de Meldryn apestaban.

 

—¿Cómo? ¿Pretendes decirme que todo aquello…, que aquella matanza sobrevino por un insulto a unos perros?

 

—No seas burro. Claro que no se trata sólo de eso. Estaba en juego el honor.

 

—¡Ah, vaya! Me alegra oírlo. ¡Docenas de hombres murieron hoy porque

 

alguien dijo que el rey Meldryn tenía perros apestosos! ¡No puedo creerlo!

 

—¡No grites! No entiendes nada —dijo, atándose una bota.

 

—Lo siento, Simon, pero por poco me matan allí y yo…

 

—No te mataron —replicó con tono terminante y rostro tenso.

 

Luego me miró y añadió con voz más suave:

 

—Deberías haberte visto la cara. ¡Jamás había visto a nadie más asustado! Fue muy divertido.

 

—Vaya, gracias.

 

—En realidad —prosiguió en un tono que me recordó al Simon de siempre—, fuiste afortunado al encontrarnos. Mañana regresamos a casa.

 

Se acabó de atar la otra bota.

 

—¿Por qué? ¿Es que no estamos en la fortaleza del rey?

 

—¿Esto? —dijo Simon con un gesto despectivo—. Sólo es un campamento para pasar la noche. Meldryn posee cientos de estos fuertes esparcidos de una punta a otra del reino. Sólo somos un pequeño batallón de jóvenes guerreros y estamos aquí para vengar una afrenta hecha al honor del rey; luego regresaremos a Sycharth.

 

—¿Regresaremos? —Había oído un inconfundible acento de orgullo en la voz de Simon; por eso volví a preguntarle—: Simon, ¿qué te ha pasado? ¿Qué estás haciendo aquí?

 

—No me ha pasado nada. Como ves, estoy en mi salsa y soy muy feliz. Jamás en mi vida me he encontrado mejor. ¿Qué es lo que estás haciendo tú aquí?

 

—No lo sé. Vine a buscarte —repuse, y decidí ahorrarle una detallada explicación de lo que me había ocurrido desde su desaparición—. Hay un problema, Simon. No pertenecemos a este mundo. Tenemos que encontrar el modo de regresar… ya sabes, de regresar al mundo real.

 

Simon frunció el entrecejo. Era evidente que no le agradaba la idea.

 

—No va a ser fácil, tío.

 

—Quizá no —concedí—, pero tenemos que intentarlo. Y cuanto antes mejor.

 

Comencé a hablarle del nexo y del plexo y de la teoría del profesor Nettleton acerca de la realidad interdependiente y todo lo demás. Acabé explicándole una versión abreviada de la teoría del Desenmarañamiento del Plexo —también del profesor Nettleton— y le expuse el peligro que corríamos todos ante tal eventualidad.

 

Simon me escuchó con la mirada clavada en el suelo y una expresión distante y fría. No dijo nada; se limitó a asentir con la cabeza, a arrancar unas briznas de yerba y a retorcerlas entre las manos. No podría asegurar que lo que acababa de contarle hubiera causado alguna mella en él.

 

—¿Has oído lo que te he dicho, Simon?

 

—Lo he oído.

 

Alzó la vista y arrojó las yerbas al suelo con gesto impaciente.

 

—Entonces ¿qué ocurre?

 

—Nada —replicó—. Ya te lo he dicho: estoy muy bien. Nunca estuve mejor.

 

—Entonces ¿por qué esa cara larga? Creí que te alegraría verme. De veras es un milagro que te haya encontrado. Todavía no puedo creer que esté aquí.

 

—¿Me echan de menos? —preguntó con aire distraído.

 

—¡Pues claro que sí! Tus padres están preocupados. A estas horas seguramente ya deben de haber avisado a la policía. Pronto constarás en la lista de los desaparecidos. Te lo repito: cuanto antes regresemos, mejor.

 

Simon desvió la mirada. Creí que iba a responder algo, pero comenzó a explicarme lo que había hecho desde que cruzó de un mundo a otro.

 

—Al principio fue muy duro —dijo, y otra vez sorprendí en sus ojos aquella expresión extraña y distante—. Pero por suerte llegué al final del verano y pude encontrar frutas y bayas para alimentarme. Cuando los llwyddios me encontraron, llevaba vagando por las colinas… no sé cuánto tiempo…, semanas por lo menos. Una partida de caza acampó junto al río. Por mis ropas dedujeron que era un extranjero y me llevaron ante el rey. El jefe de los bardos me echó una ojeada y afirmó que era un visitante del Otro Mundo. Ya puedes imaginar el revuelo que se armó…

 

Asentí con la cabeza, pero lo cierto era que no podía imaginármelo.

 

Apenas podía dar crédito a lo que me había sucedido a mí en las pocas horas que llevaba en aquel mundo extraño.

 

Simon continuó su relato.

 

—Me concedieron un lugar de honor en la tribu…, era una especie de miembro honorario. Pero no tenía ni rango ni nombre.

 

—¿No tenías nombre? ¿Por qué no les dijiste cómo te llamabas?

 

Sacudió ligeramente la cabeza.

 

—No habría servido de nada. Aquí cada uno debe ganarse su nombre. Yo estoy en camino de ganarme uno muy importante.

 

Recordé la antigua tradición céltica de no atribuir un nombre a las personas hasta que realizaran una hazaña importante gracias a la cual pudiera serles otorgado uno. Además, un nombre de persona no era algo que pudiera mencionarse a la ligera. Muchos héroes legendarios mantenían en secreto sus verdaderos nombres sin revelarlos jamás para que sus enemigos no los supieran y no pudieran causarles daño.

 

—Entonces ¿cómo te llaman ellos? —le pregunté fascinado.

 

—Me llaman Sylfenu. Significa simplemente «el encontrado», puesto que me encontraron junto al río. El hecho de matar hoy a un jefe cruino me habría dado la baza que necesitaba. —Se encogió de hombros—. Pero no te preocupes, pronto tendré otra oportunidad.

 

—¿Te hicieron guerrero?

 

—Yo elegí serlo —contestó—. Me olí que la mejor manera de llegar a la cumbre era convertirme en guerrero. Un guerrero goza de una buena posición, de libertad para ir y venir, y para hacer lo que le plazca. Los guerreros sólo tienen que cazar y luchar; para ellos es el oro y la gloria.

 

—Suena bien —dije—. Pero también corren el peligro de que los maten.

 

—A veces, si tienen mala suerte —asintió—. Pero yo jamás he tenido mala suerte. —Sonrió con malicia—. También tú eres ahora un guerrero. No lo olvides.

 

—Gracias por recordármelo.

 

Procuré alejar tal idea. No tenía intención de quedarme lo bastante como

 

para ver y menos aún participar en otra batalla como la que había presenciado aquel día. Cambié de conversación.

 

—¿Por qué tiraste al agua mi reloj?

 

Simon se echó a reír.

 

—Habrías tenido problemas si te llegan a sorprender con él. Aquí el tiempo no significa nada.

 

—¿Qué quiere decir «aquí», Simon? ¿Dónde estamos? ¿Cómo se llama este lugar?

 

—Caer Modornn —respondió poniéndose en pie. Cogió un cinturón de rayas verdes y negras y se lo ató a la cintura para abrocharse así la camisa—. Ven conmigo. Te lo enseñaré.

 

Recorrimos el campamento y caí en la cuenta de que faltaba algo que ya antes había echado de menos: no había mujeres en el caer. Se lo comenté a Simon.

 

—¡Claro que no! —me dijo—. Sólo estamos haciendo una pequeña incursión; las mujeres no nos acompañan en esta clase de correrías.

 

—¡Ah! ¿En otras sí?

 

—Ya lo verás —repuso, arqueando las cejas.

 

Llegamos a la entrada del caer y seguimos un estrecho sendero que coronaba el escarpado foso que se abría al otro lado del muro de leños. Recorrimos un trecho del perímetro de la colina y nos detuvimos. Allá abajo discurría el anchuroso y cristalino río que habíamos cruzado hacía unas horas.

 

—El río Modornn —me indicó Simon—. Traza la frontera oriental del territorio de los llwyddios. Al otro lado, donde hemos luchado hoy, se extiende el territorio de los cruinos.

 

Se dio la vuelta y seguimos caminando un rato. Luego nos detuvimos de nuevo, miré hacia donde Simon me señalaba y divisé, en la neblinosa distancia ribeteada de colinas, el destello plateado de una inmensa extensión de agua.

 

—Más allá de esas colinas, hacia el noroeste, está Myr Llydan, un golfo de enorme tamaño —me explicó.

 

Reanudamos el paseo en torno al caer. Observé que la geografía del terreno iba cambiando, elevándose en estribaciones y mesetas más escabrosas. Más allá, se alzaban escarpadas montañas formando una cordillera que iba a perderse en la distancia entre nubes y niebla.

 

—Aquello es Cethness —indicó Simon—. En el corazón de Cethness, los llwyddios poseen una fortaleza de piedra que no tiene rival. Se llama Findargad y es el antiguo asentamiento del clan.

 

Escruté las macizas serranías que se alzaban azules y calinosas en el horizonte y seguimos caminando. Cuando volvimos a detenernos, contemplé una vez más las suaves colinas y el anchuroso cauce del río; detrás se veían las oscuras márgenes de un bosque.

 

—Hacia el sur —dijo Simon señalando el curso del río—, está Sycharth, palacio y fortaleza de Meldryn Mawr. Con Findargad en el norte y Sycharth en el sur, el rey domina todo el territorio del oeste.

 

—¿El oeste de qué? —pregunté.

 

—De Prydain —repuso—, uno de los tres reinos. Los otros son Caledon, al norte, y Llogres, al sur.

 

Los nombres me resultaban familiares por antiguas, antiquísimas leyendas.

 

—¿Cómo se llama…, cómo se llama todo esto, los tres reinos juntos?

 

Simon tenía la vista fija en el espléndido panorama que se abría ante nosotros. Alzó la mano y señalando el paisaje dijo:

 

—Todo eso es Albión.

 

—Albión —repetí.

 

Y se me ocurrió que resultaba muy extraño que los nombres del Otro Mundo se conocieran en el mundo manifiesto.

 

—Pero son nombres históricos. ¿Cómo es posible que el Otro Mundo tenga alguna conexión con la historia?

 

—¿Quién dice que la tenga? —replicó Simon.

 

—Bueno, ¿no te parece un poco extraño que un nombre clásico sea conocido aquí?

 

—Tú eres quien estudia la cultura celta. El problema es tuyo. Yo me limito a decirte simplemente cómo llaman a este lugar las gentes de aquí.

 

Los antiguos britanos llamaban a su isla Alba; y para algunos todavía se llamaba así. El viejo Nettles tenía razón, y yo estaba equivocado… o, a lo mejor, era al revés: el Otro Mundo no tenía fundamento histórico, sino que era el mundo histórico el que se fundamentaba en el Otro Mundo.

 

Aprehendí esta verdad y me sentí aturdido ante su aplastante peso; pero, al momento, se me escapó de nuevo, elusiva e inasible. Sin embargo, tuve el convencimiento de que, en la brevedad de unos instantes, había logrado abarcar la revelación de que Albión era el primigenio arquetipo del mundo céltico.

 

El tejido entre los mundos era vasto y tenía múltiples ramificaciones. Si había que dar crédito a Nettles —y hasta ese momento no me había llevado por mal camino—, entonces aquel lugar, Albión, era la Forma de las formas, el patrón original para todo lo que, del prodigio magnífico y único conocido como el espíritu céltico, había llegado a convertirse en realidad histórica. De ahora en adelante no debería sorprenderme al encontrar otras similitudes innegables.

 

Una vez completada la circunvalación, Simon y yo regresamos al caer. Algunos guerreros, que al parecer no se sentían saciados con la excitación de la jornada, habían comenzado una competición de lucha libre. Un enorme corro se había formado en torno a siete parejas de luchadores. El juego consistía en levantar en el aire al contrincante por cualquier medio y hacerlo caer violentamente al suelo. De alguna manera que no pude captar, los perdedores iban siendo eliminados y los ganadores tenían que luchar entre sí. Cuando quedaron sólo dos contendientes, comenzaron las apuestas.

 

El intercambio de apuestas fue rápido y animado; todos, incluido el príncipe, apostaron por uno de los dos hombres. Gritaban y se empujaban tanto que pensé que las apuestas acabarían en bofetadas. Pero, tan rápidamente como habían empezado, cesaron las apuestas y comenzó la lucha.

 

Los dos contendientes se pusieron a la defensiva en medio del corro. Iban dando vueltas con extrema cautela sobre las puntas de los pies. Creo que se habían untado con aceite para que les resultara más difícil agarrarse, porque les brillaban los brazos y las piernas como si fueran de mármol pulimentado.

 

A decir verdad, las más bellas estatuas griegas no eran tan gráciles como aquellos luchadores. «Soberbios —pensé—, perfectos. Uno moreno, el otro rubio, pero ambos magníficamente bien formados».

 

Se movían con lentitud, estrechando el círculo, cada vez más cerca uno del otro. De pronto, el de los cabellos rubios se lanzó contra las rodillas del otro, se las agarró con fuerza y lo alzó con ágil impulso. El luchador moreno apretó las manos en un puño y descargó un tremendo golpetazo entre los omóplatos de su atacante con una fuerza que se me antojó habría podido derribar un buey.

 

El rubio cayó de rodillas, pero no soltó a su contrincante, que alzó las manos sobre la cabeza para asestar otro golpe. El rubio descargó sus hombros contra el estómago de su enemigo, quien soltó un tremendo gruñido y se dobló en dos. Luego lo alzó un poco del suelo, muy poco, lo justo para hacerle perder el equilibrio. Ambos contrincantes cayeron, pero el rubio fue a caer limpiamente sobre el moreno sin tocar el suelo. La lucha había terminado, y el guerrero de los cabellos claros fue proclamado vencedor.

 

Aullidos y gritos llenaron el aire y colegí por la algarabía que casi todos habían creído que perdería el rubio. Se pagaron las apuestas: anillos y brazaletes cambiaron de manos; broches, cuchillos y lanzas fueron entregados a sus nuevos dueños. Los ganadores estaban exultantes, los perdedores afables. Todos parecían muy satisfechos con el resultado.

 

Se celebró otra lucha. Salieron al corro siete parejas más que lucharon hasta que sólo quedaron los dos mejores; luego empezó otra más. Temí que el espectáculo se prolongara durante toda la noche, pero, cuando hubo acabado la tercera pelea, la multitud se dispersó; enseguida vi el porqué. Las hogueras habían sido encendidas y por todo el campamento se estaba asando carne. Pero antes de la comida vino la bebida: largos tragos de un líquido de color ámbar, que tomé por cerveza, fueron servidos en enormes tazas, boles, cuernos y vasos…, en cualquier tipo de vasija de considerable capacidad.

 

En varios puntos estratégicos del caer se habían dispuesto tinajas. Los guerreros se apiñaban en torno con jarras que llenaban sumergiéndolas en el espumoso brebaje. Simon me condujo hasta la tinaja más cercana. Un corpulento sujeto con largas melenas oscuras y un delantal amarillo atado a la cintura me puso en las manos un vaso de cobre. El hombretón me miró con amabilidad y me indicó por señas que bebiera.

 

—Es el cervecero. Quiere que pruebes la cerveza —me explicó Simon—. ¡Bebe!

 

—¡Salud! —dije, y me llevé la copa a los labios.

 

El líquido olía a buena cerveza y tenía un gusto agradablemente ácido, un poco agrio. Tragué un buche con expresión solemne y en cuanto lo hube hecho sentí en la nariz un tremendo picor; estornudé y me atraganté a un tiempo, y acabé escupiendo el brebaje sobre el cervecero.

 

El hombrón pareció considerar aquello la más calurosa aprobación de su arte. Se echó a reír y me golpeó la espalda con tanta contundencia que me vertí por encima la mitad del contenido del vaso. La cerveza de tan inesperado bautismo se mezcló con la sangre coagulada del torso y resbaló por mi vientre en rojizos churretes. La hilaridad del cervecero fue en aumento, echó la cabeza hacia atrás y soltó unas atronadoras carcajadas.

 

—¡Bravo! —se burló Simon—. Se te puede llevar a cualquier sitio.

 

—Deberías haberme avisado —murmuré limpiándome el líquido de manos y brazos—. ¿De qué está hecha?, ¿de jengibre?

 

—Creo que de pícea —respondió Simon—. Hay que acostumbrarse al gusto.

 

—¡No me digas!

 

—Te sugiero que te acostumbres lo antes posible, pues la beben en grandes cantidades. No querrás que crean que no te gusta…

 

—Dios no lo quiera —murmuré mirando fijamente mi vaso.

 

El cervecero consideró que yo deseaba que me llenara la copa hasta el borde. La cogió, la llenó y me indicó de nuevo con señas que bebiera. Levanté la copa y la apuré hasta el fondo; a continuación me limpié la boca con el antebrazo.

 

El gigantón volvió a llenarla, y Simon y yo nos alejamos de la tinaja para sentarnos a beber y esperar la comida.

 

—¿Siempre es así? —pregunté.

 

—¿A qué te refieres?

 

—A todo este enloquecido jolgorio —repuse señalando a los vociferantes

 

y alborotados grupos de comensales.

 

—Si esto te parece un enloquecido jolgorio, espera a ver una auténtica celebración de victoria.

 

Bebimos en silencio; yo daba pequeños tragos y comenzaba a sentir los efectos de la cerveza, combinados con el cansancio, el sobresalto, la pérdida de adrenalina y el hambre. Seguimos bebiendo mientras contemplábamos cómo el rosado atardecer se iba convirtiendo en un maravilloso ocaso. Nunca había visto un anochecer más esplendoroso; me pareció que mi alma se lanzaba a abrazar las resplandecientes estrellas a medida que iban apareciendo en el firmamento. Me puse a saludarlas una tras otra:

 

—¡Salud, hermana! Bienvenida. Sé cómo te llamas.

 

Cuando llegó el momento de comer, yo ya estaba borracho. La cabeza se me caía sobre el pecho mientras me esforzaba por masticar bocados de una sabrosísima pierna asada que tenía en el regazo. La carne estaba muy sabrosa, pero me encontraba demasiado cansado como para comérmela. Me quedé dormido asiendo en una mano el vaso vacío y en la otra la cena inacabada. Lo último que recuerdo es el resplandor del fuego alzándose en una noche preñada de cantos y risas.

 

 

 

 

15

 

SYCHARTH

 

Simon me despertó de una patada en

 

las costillas.

 

—Levántate —dijo sacudiéndome con el pie—. Nos vamos.

 

—¿Qué?

 

Me desperté sobresaltado; luego experimenté la repentina sensación de que los huesos de la cabeza me estallaban en el vacío dejado por mi cerebro.

 

—¡Oooh! ¡Ayer bebí demasiado!

 

Simon me dedicó una de sus características risas de zorro.

 

—Ya te irás acostumbrando… si es que vives lo suficiente.

 

Abrí los ojos y contemplé borrosamente lo que me rodeaba. Junto a mi cabeza yacían el vaso y la pierna que me sirvió de almohada y que había medio devorado durante la cena. Alguien me había cubierto el torso desnudo con una capa, pero más o menos estaba en la misma postura en que me había derrumbado la víspera. Apestaba a cerveza y a sangre, pues tenía el cuerpo todavía manchado del sangriento bautismo. Me picaba la barba y los ojos me dolían como si bajo los párpados me hubiesen clavado alfileres. La lengua, apergaminada y pastosa, parecía tener un tamaño tres veces mayor al habitual. La vejiga, hinchada como un balón de agua, estaba tan llena que cualquier movimiento significaría un desastre seguro.

 

—Mátame ahora mismo y acabemos de una vez —murmuré con voz quejumbrosa.

 

Simon me cogió por un brazo y me obligó a ponerme en pie; me tambaleé peligrosamente.

 

—Me siento morir.

 

—Venga, vamos a lavarnos al río.

 

El sol acababa de levantarse y el campamento empezaba a despertarse

 

mientras nos dirigíamos hacia la puerta y emprendíamos el descenso por el sendero que conducía al vado. Unos cuantos guerreros se estaban lavando ya en el arroyo frotándose con energía, con el agua por las caderas.

 

—Quítate la ropa —indicó Simon, comenzando a desnudarse con rapidez.

 

Me quité la capa y la dejé sobre un roca; luego me despojé de los zapatos, los calcetines y los pantalones manchados de sangre. Los guerreros que estaban más cerca observaron con curiosidad mis calzoncillos; supuse que los calzones largos pronto se convertirían en una prenda de moda. Me los quité también y avancé vacilante hacia la helada corriente, resbalando torpemente en las redondeadas piedras del tamaño de una hogaza de pan.

 

Simon ya se había metido en el agua y chapoteaba con evidente deleite. Algunos guerreros lo llamaron y por la manera de hacerlo me di cuenta de la popularidad de que gozaba.

 

Me fui metiendo en el río con precaución; el agua me producía en la piel el mismo efecto que agujas de hielo. Uno de los guerreros se me acercó sonriente y gesticulante y me mostró algo que yo tomé por una piedra. Resultó ser un trozo de jabón de color marrón que olía a sebo y a algún tipo de yerba que no supe identificar. El sujeto me indicó con gestos cómo debía enjabonarme; supongo que por la expresión de mi cara se imaginó que jamás me había lavado.

 

El guerrero se enjabonó con un celo cercano al fanatismo. Cuando hubo acabado, se enjuagó, me tendió el jabón y se dirigió a la orilla. Apenas había empezado a lavarme, cuando el guerrero regresó con un cuchillo curvo que parecía una hoja de afeitar. Y lo era. Con nuevas sonrisas y gestos me indicó cómo usarlo. Con el revés de la mano se frotó la barba y chasqueó la lengua; luego puso el delgado cuchillo en mi mano y se marchó chapoteando.

 

Una vez que me hube acostumbrado a la temperatura del agua, procedí a refregarme, contento de disfrutar del lujo de un jabón para limpiarme aquellas asquerosas marcas. Después, utilizando como espejo las aguas del río, logré afeitarme sin segarme la garganta. Cuando hube terminado, le pasé el jabón y el cuchillo a otro guerrero que aguardaba y me sentí mucho mejor tras aquel meticuloso raspado y fregado.

 

El horror de la batalla que había presenciado la víspera desapareció junto con la fatiga que me agarrotaba los miembros; el miedo y el asco se diluyeron

 

en el bendito baño. En un instante parecía como si la carnicería de la víspera jamás hubiera ocurrido, como si la matanza fuera sólo una pesadilla que se hubiera evaporado a la clara luz del alba. Después del baño me sentía como si hubiera acabado de nacer.

 

Desde luego, no puedo recordar haberme bañado jamás con tanto placer: el aire era seco y límpido, el día fresco como si fuera el primero de la creación. El sol calentaba agradablemente y la brisa del sur soplaba ligera y suave. Las aguas del río chispeaban con los juegos y chapoteos de los guerreros, y el sonido de sus voces me llenaba de contento.

 

Durante un rato floté en las aguas haciendo el muerto mientras pensaba:

 

«Estoy en el Otro Mundo tomando un baño. Estoy nadando. Me siento feliz».

 

Simon se me acercó y me dijo:

 

—Deberíamos volver si queremos comer algo. Pronto emprenderemos la marcha.

 

Busqué mi ropa y, aunque detestaba tener que ponerme otra vez aquella asquerosidad, me vestí y lo seguí de regreso al caer. El desayuno consistió en pan moreno y carne fría de la víspera, regada con más cerveza. Bebí muy poca, pero devoré con hambre de lobo el pan y la carne.

 

Luego alguien hizo sonar agudamente un cuerno y abandonamos el campamento. El príncipe Meldron y su bardo abrían la marcha, escoltados por un contingente de guerreros montados a caballo. Los demás los seguíamos a pie. Tres carros cargados de víveres y armas venían detrás. No avanzábamos en filas ordenadas, sino en grupos de dos o tres, a paso ágil y rápido, atravesando el amplio valle por el sendero que seguía el curso del río.

 

Cuando llevábamos caminando un buen trecho, algunos guerreros se pusieron a cantar. Aunque no entendía la letra, me encantaban sus potentes voces y el evidente placer con el que cantaban. El sol se había levantado bastante y sentía su agradable calor en la piel desnuda. A medida que avanzábamos me iba invadiendo un bienestar que jamás había experimentado y que nunca había sospechado pudiera existir.

 

«¿Qué no daría —me pregunté a mi mismo— por quedarme con esta gente para siempre?».

 

Era, desde luego, una idea absurda. No podía quedarme, no me quedaría

 

ni un momento más del estrictamente necesario. Había venido a buscar a Simon, lo había encontrado y ahora tenía que regresar al mundo real.

 

—¿Adónde vamos? —pregunté acercándome a Simon.

 

—Volvemos a Sycharth.

 

—El lugar donde vive el rey —dije.

 

—Sí; el lugar donde vive el rey.

 

—¿Está muy lejos?

 

—A nueve días —me respondió con toda naturalidad.

 

—¿Andando?

 

—Andando —confirmó Simon.

 

—¡Oh!

 

—¿Algo va mal? —preguntó Simon echándome una mirada de reojo—. ¿Es que tienes otra cita?

 

—No es eso. Pero…

 

—Supongo que eres incapaz de andar tanto tiempo.

 

—¡Dame un respiro! Al fin y al cabo soy nuevo en este lugar; sólo quería saber lo que está pasando.

 

Simon frunció el entrecejo pero no respondió.

 

—¿Qué te está pasando a ti, Simon? Creí que te alegrarías de verme. Pero actúas como si fuera tu hermana menor aquejada de viruela, o algo parecido.

 

—Lo siento —gruñó; pero no parecía sentirlo en absoluto.

 

—Es eso, ¿no? —insistí—. Habrías preferido que me mantuviera al margen. Pero ahora estoy aquí y temes que vaya a aguarte la fiesta. Bueno, tanto peor, pero aquí estoy y vas a tener que acostumbrarte.

 

Simon se detuvo y me obligó a mirarlo de frente.

 

—¡Mira! —dijo con los dientes apretados—. Vamos a dejar claro un detalle: yo no te pedí que vinieras. Yo no pedí que nadie viniera a rescatarme. Puedo velar por mí mismo. Pero, ya que estás aquí, te aconsejo muy vivamente que te lo tomes con calma. Te salvé el cuello una vez, pero quizá no pueda hacerlo en la próxima ocasión. ¿Lo has entendido?

 

—Perfectamente. Te has expresado con claridad meridiana.

 

—Muy bien.

 

—Pero yo no voy a quedarme, Simon. Ni tú tampoco. Tenemos que regresar lo antes posible. Cuanto más tiempo nos quedemos, será peor.

 

Le recordé la conversación que habíamos mantenido sobre los peligros que entrañaba inmiscuirse en el Otro Mundo.

 

—Es peligroso, Simon; podríamos causar un daño irreparable.

 

—Ya —repuso asintiendo lentamente—. Quieres decir que nuestra simple presencia aquí puede alterar muchas cosas. Si alteramos cosas aquí, también se alterarían cosas en el mundo real.

 

—Eso es; y es imposible calcular lo que podría ocurrir entonces. —Me satisfacía que Simon se mostrara tan comprensivo—. Tenemos que averiguar dónde hay una puerta y cuándo está abierta.

 

—Quizá no sea fácil —replicó él.

 

—Se lo podríamos preguntar a… ¿cómo se llama?, Ruadh, el bardo del príncipe.

 

Simon hizo un gesto desdeñoso con la cabeza.

 

—Mira —dijo con mucha prudencia—, déjalo en mis manos.

 

—Pero…

 

—Sólo hasta que lleguemos a Sycharth. De todos modos, hasta entonces no podemos hacer nada. Dame unos pocos días, ¿te parece? Mientras tanto, tómatelo con calma. Ya verás cómo disfrutas de estos parajes.

 

—Bueno… —Hice una pausa mirando el esplendoroso mundo que me rodeaba—. De acuerdo. Supongo que no se perderá nada con esperar unos pocos días.

 

—Muy bien —dijo Simon con la más encantadora de sus sonrisas—.

 

Déjalo en mis manos.

 

—¿De verdad te ocuparás de esto?

 

—Me ocuparé, te lo aseguro —prometió, y yo sentí que me libraba del peso abrumador de la responsabilidad—. No te preocupes. Te aseguro que es realmente un lugar bellísimo. El paraíso.

 

Reanudamos la marcha por el magnífico valle; el plateado río Modornn fluía transparente y claro junto al sendero. Como Simon bien había dicho, era un mundo de ensueño: hermoso, virgen, de una belleza viva e inmaculada. Me extasiaba ante aquellos parajes. Mientras avanzábamos, vislumbraba ora unas colinas cubiertas de neblina, azules en la distancia, ora el brillo de unas aguas de plata que fluían lentamente entre un bosque de flexibles y blancos abedules. Me quedaba embobado ante el salto de una trucha moteada en el río, o ante el liquen amarillo que cubría las piedras negriazules, o ante el canto de los pájaros que parecía emanar de la pureza del cielo.

 

Más de una vez mis ojos se llenaron de lágrimas, puedo jurarlo. Me quedaba sin respiración y sentía una y otra vez en el corazón punzadas de deseo; me embargaba un anhelo de plenitud cercano al éxtasis. En efecto, al caminar por aquella cañada de belleza tan perfecta, me iba cerciorando más y más de la pobreza de mi espíritu. Aquélla naturaleza tan hermosa me conmovía y despertaba en mí sensaciones nuevas, al tiempo que hacía que me sintiera avergonzado. ¿Tan pocas posibilidades de asombrarme me había ofrecido la vida, que la simple contemplación de una ladera bañada por el sol despertaba en mí tan abrumadoras sensaciones?

 

Ante aquel radiante paraíso del Otro Mundo constaté con tristeza los años que había errado por la vida privado de la belleza que me rodeaba. Lo lamentaba amargamente. Me sentía como un hombre ciego al que se le concede la gracia de la vista; y, al tiempo que apreciaba el don, lamentaba la carencia y la ignorancia que ahora se me revelaban. Caminaba como un borracho por una tierra que a la vez sentía extraña y mía en sus más mínimos detalles.

 

Más de una vez, me sorprendí a mí mismo murmurando: «¡Eso es! Así es como se suponía que debía ser». Pero, si alguien me hubiera preguntado lo que quería decir con aquello, no habría sabido qué responder. Era una experiencia demasiado nueva, demasiado fantástica como para poder dotarla de un sentido racional completo. Sólo podía seguir andando y admirando.

 

Y, mientras caminaba, sentía el ineluctable encanto del Otro Mundo. Era una atracción irresistible; y, cuanto más contemplaba su esplendor, más disminuía mi deseo de resistirme a sus atractivos. Me iba convirtiendo en un prisionero voluntario de su belleza, y al cabo de poco tiempo la simple idea de regresar al mundo manifiesto se me antojó intolerable. Hasta tal punto, que

 

dejé de pensar en el regreso y me abandoné al esplendor y a la hermosura de lo que veía en torno.

 

Durante siete días atravesamos el fértil valle del Modornn, siguiendo hacia el sur el curso del río; avanzábamos deprisa, acampábamos junto al río al anochecer y reanudábamos la marcha al romper el alba. Al final de la séptima jornada de marcha, el valle se abrió y se extendió en un pantano y una pradera bordeada de bosques que cubrían las suaves laderas de las colinas. Abandonamos el curso del río y avanzamos a campo traviesa. Al anochecer del noveno día divisamos la fortaleza del sur del rey Meldryn Mawr: Sycharth.

 

Se alzaba sobre la llanura, en un risco que dominaba el mar. La fortaleza era imponente, y podía verse desde muy lejos: parecía una espléndida corona roja en lo alto de la colina, resplandeciente bajo la luz del sol poniente como una ciudad labrada en una piedra preciosa. Incluso desde lejos, parecía el lugar más adecuado para sede de un rey poderoso: era impresionante, enorme, formidable. Y sin embargo, de alguna manera, parecía un lugar hospitalario, como si pudiera esperarse una cordial bienvenida del hombre que allí gobernaba.

 

Las laderas que descendían del caer habían sido convertidas en campos de labor, donde los campesinos se afanaban para preparar la tierra con vistas a la siembra de primavera. Cuando la banda de guerreros estuvo más cerca, los granjeros soltaron los aperos y salieron a nuestro encuentro. Por lo caluroso del recibimiento, supuse que muchos de ellos eran parientes de los guerreros.

 

Continuamos la ascensión hacia el caer, y casi habíamos llegado a la entrada cuando por las puertas abiertas de par en par se precipitaron mujeres y niños a darnos la bienvenida. Los guerreros que iban a caballo desmontaron y fueron rodeados al instante. Los que íbamos a pie corrimos a reunirnos con ellos y fuimos objeto de una bienvenida igualmente calurosa: risas, abrazos, niños que nos cogían de la mano, guirnaldas de flores primaverales. Era la clase de recibimiento con el que uno siempre sueña, pero que nunca llega a saborear en la vida real.

 

—¿Todos son tan jóvenes? —pregunté asombrado al observar que todos los integrantes de la comitiva de bienvenida eran jóvenes y vigorosos—. ¿Es que nadie llega aquí a viejo?

 

Simon, guiñando un ojo a una llamativa joven de trenzas castañas,

 

confirmó mi sospecha.

 

—No exactamente. Parece como si siempre permanecieran jóvenes… Por lo menos, no envejecen como nosotros. —Se puso repentinamente serio y mirándome de frente añadió—. Tú tampoco envejecerás mientras estés aquí. Piénsalo.

 

¡No envejecer! Antes de que pudiera sopesar las implicaciones de tan asombrosa revelación, la multitud se puso en marcha. Fuimos poco menos que levantados y llevados en volandas al caer. Yo me resistí y me quedé rezagado; mientras los demás seguían avanzando, me alejé un poco. En el sur brillaba el resplandeciente arco de un brazo de mar que a la luz del crepúsculo parecía de color violeta. «Sí, piénsalo —me dije a mi mismo—. ¡Piénsalo bien, Lewis! ¡Qué darías por quedarte para siempre en estas tierras! ¡Para siempre!». Me quedé pasmado ante tal posibilidad, tratando de aprehenderla; Simon vino en mi busca.

 

—Eso es Muir Glain —me informó fingiendo no ver mi asombrada expresión—. Es un estuario. Los astilleros del rey están en aquella ensenada —añadió señalando hacia el río—, entre Sycharth y el Modornn.

 

Se dio la vuelta rápidamente y corrió a reunirse con la festiva multitud. Lo seguí de mala gana, asaltado de pronto por el temor del recibimiento de que iba a ser objeto. Las palabras de Simon me habían recordado que, después de todo, yo era un extranjero en aquellos parajes. Procuré tranquilizarme observando las edificaciones.

 

Dos altos muros de troncos se extendían desde la elevada empalizada. El camino entre esos muros antes de llegar a la puerta formaba un peligroso cuello de botella para los posibles atacantes. Aunque ennegrecidos por el tiempo, los troncos eran sólidos y estaban en excelente estado; eran un seguro refugio para un monarca poderoso.

 

Atravesamos la alta puerta de madera y entramos en un enorme patio cubierto de yerba, tan grande que habría podido albergar a todo un ejército. En el perímetro del patio se alzaban casas de piedra con tejados de paja. Algunas eran más grandes que las otras, pero la mayoría eran pequeñas y supuse que sólo debían de tener un dormitorio. Vi además entre las casas dos edificios grandes y alargados, y por el humo que se alzaba de las chimeneas centrales adiviné que eran las cocinas y los hornos.

 

Al otro lado del patio se elevaba el picudo tejado de paja del palacio del rey: era un enorme edificio, hecho de vigas de roble y piedra, que empequeñecía las construcciones contiguas; las hendeduras estaban rellenadas de musgo verde y naranja, lo cual daba a las paredes un peculiar aspecto aterciopelado. Dos puertas enormes por las que podían pasar hombres a caballo estaban abiertas de par en par; y, ante las puertas, se alzaban dos pilares de piedra sobre los que ardían dos fogatas encendidas en enormes braseros de hierro. La superficie de los pilares estaba labrada de extremo a extremo con intrincados dibujos: cabezas y cuerpos de pájaros y bestias se entrelazaban en interminables nudos y espirales.

 

Nos reunimos en el patio ante los pilares, donde fuimos recibidos por un bullicioso tropel de cortesanos y por el rey en persona, montado en un bellísimo carro. El monarca apareció por la otra punta del patio y se unió al tropel de cortesanos. Mientras avanzaba, los radios de las ruedas relampagueaban y los negros caballos movían orgullosamente las emplumadas cabezas. Desde el momento en que bajó del carro, no pude apartar de él mis ojos. Derramaba autoridad y majestad; se movía con tanto señorío y autodominio que una montaña anclada en el centro de la tierra no podría haber parecido más segura que él. Su mera presencia física era una orden: honradme, obedecedme.

 

Por lo que pude deducir de mis rudimentarios conocimientos de la lengua celta, su nombre significaba «Guerrero de Oro», y su epíteto, «Mawr», lo apodaba como «El Grande». Meldryn Mawr era, sin duda, un poderoso rey guerrero, reverenciado y honrado por su pueblo. Y también era de oro: la reluciente torques que llevaba al cuello estaba hecha de gruesos cordones trenzados de oro; su cinturón era una resplandeciente faja de discos dorados que imitaban artísticamente las escamas de un pez; los brazaletes que le ceñían los musculosos brazos eran de oro rojo y tenían la forma de serpientes enroscadas con ojos de rubí; el manto era amarillo, con emblemas y orla blancos cosidos con hilo dorado; la espada que llevaba al cinto tenía la empuñadura de oro. Tras el rey había un paje que sostenía un blanco escudo redondo con el borde y un adorno central de oro, también blanco, y blandía una lanza cuya punta era de oro bruñido.

 

Observar la grandeza del rey era como contemplar el sol. Aturdía su brillo y deslumbraba su magnificencia. Su elegancia impresionaba e imponía respeto: tenía los cabellos rubios anudados en una gruesa cola de caballo, el

 

bigote era poblado y magnífico, los ojos tranquilos y serios. Las facciones de Meldryn Mawr atestiguaban su sangre azul: frente alta, nariz recta, mandíbula y barbilla firmes, cejas bien dibujadas y pómulos bien marcados.

 

Cuando comenzó a hablar, su voz era la de un dios: profunda y melodiosa, matizada de ternura y humor, preñada de energía y autoridad. No me cabía duda de que cuando la cólera le hiciera levantar la voz podría dominar incluso a los elementos desatados. Pero entonces aún no había oído hablar a Ollathir, el Bardo Supremo del rey.

 

El bardo del rey estaba a la derecha del monarca, pero medio paso detrás. Como Ruadh, el Bardo Supremo vestía una sencilla túnica marrón, aunque su manto era de rica púrpura con un broche de oro y además llevaba una torques también de oro. Era alto y de aspecto severo, y era el único de los habitantes del caer que parecía tener edad: no es que fuera viejo, pero poseía ese aire de serenidad y dignidad que a veces adorna a los hombres de edad provecta. Orgulloso, solemne y sabio, Ollathir permanecía sereno junto al rey, tan impresionante y regio como un monarca. No me cabía duda de que me encontraba frente al paladín de los bardos.

 

El rey hizo un leve gesto con el brazo e impuso silencio a la asamblea. Habló muy poco; de vez en cuando alguna de sus palabras me sonaba familiar y supuse que estaba pronunciando un breve discurso de bienvenida. Luego se le acercó el príncipe Meldron, y ambos se abrazaron. El príncipe dijo algo y se volvió para señalar a la banda de guerreros, de la que se destacó el bardo del príncipe, quien se detuvo ante el rey con el manto sobre la cabeza y entonó un extraño y desigual canto.

 

Vi a Simon y tan discretamente como pude me acerqué a él.

 

—¿Qué sucede? —susurré.

 

—Ruadh le está recitando al rey la batalla —respondió Simon.

 

—¿Cómo sabe lo que pasó? No estaba allí —objeté—. Apareció con el príncipe cuando todo había acabado.

 

—Pues claro que no estaban allí. Presenciaron la batalla desde la cima de la colina.

 

—¿Qué está diciendo?

 

—Le está diciendo al rey y al pueblo que somos valientes e invencibles,

 

que el coraje fluye por nuestras venas, que en la batalla nos comportamos con la valentía de los osos…, esa clase de cosas, ya sabes.

 

Hizo una pausa y el bardo cantó un poco más.

 

—Ahora está describiendo la batalla…, el día que hacía, la cañada donde se libró, cuántos eran los enemigos…, todo eso.

 

Asentí. El bardo siguió cantando un rato y luego se calló. El rey volvió a hablar alzando las manos con ademán solemne.

 

—¿Y ahora qué pasa?

 

—El rey declara que el honor ha sido reparado y da las gracias a los guerreros. Nos invita a un festín que se celebrará en nuestro honor.

 

Me agradó la idea. La larga jornada me había abierto el apetito.

 

—¡Estupendo! —susurré—. Vamos allá.

 

—El festín se celebrará mañana —me informó Simon en tono áspero—.

 

Ésta noche hay que descansar.

 

Efectivamente, después de comer un poco de pan y de beber un trago de cerveza fuimos a acostarnos. Los guerreros que tenían esposa y familia se retiraron a sus casas; los demás, entre los que me contaba yo, tuvimos que buscarnos acomodo. Simon y yo nos dirigimos a uno de los tres enormes edificios de tejado bajo, a los que llamaban las Casas de los Guerreros, nos envolvimos en los mantos de lana y nos acostamos en jergones de paja fresca.

 

En la suave oscuridad, que fluía y refluía con la marea de la respiración de los guerreros, me sentía más protegido y seguro que nunca; jamás había gozado de un descanso tan profundo y tranquilo. Dormí circundado por los muros de la fortaleza del rey, entre hombres resueltos a dar su sangre y su vida por sus compañeros. Y antes del alba me desperté pensando: «¿Qué daría por despertarme siempre entre estos hombres?».

 

 

 

 

16

 

LLYS MELDRYN

 

Con la primera luz, el caer comenzó

 

a despertar. La plácida noche se desvaneció con el rojo ardiente del alba, y los habitantes de Sycharth se sacudieron el sopor y se aprestaron a preparar el festín que había ordenado el rey. Simon había desaparecido y no tenía ganas de quedarme solo en la Casa de los Guerreros. Así que, arropado en el manto que me habían prestado, vagué a mi antojo para familiarizarme con la configuración del terreno.

 

Doquiera que mirara, veía a alguien —hombre, mujer o niño— dedicado a alguna faena. Ninguna mano permanecía inactiva, excepto las mías. Nadie se preocupó de encomendarme algún trabajo; ni siquiera parecían darse cuenta de mi presencia, aunque sorprendí a algunos niños observándome boquiabiertos a hurtadillas.

 

Sycharth era aún más grande de lo que me había parecido en un principio; debía de albergar por lo menos a unas mil personas. Había tres zonas principales: una dedicada a almacén de víveres y grano, otra destinada al ganado y una tercera a los talleres de los artesanos. Y, esparcidas por doquier, se apiñaban las viviendas de los ciudadanos, normalmente en grupos de tres o más, en torno a un patio central que servía de cocina. Humo de color plateado se colaba por entre el cañizo del tejado de las cocinas; los aromas se mezclaban en el aire y hacían que la boca se me llenara de agua.

 

Todos los rincones del caer vibraban de actividad y alboroto: los golpes del hacha en la leña se mezclaban con los agudos chillidos de los cerdos que eran sacrificados, y por doquier se levantaban las voces de los hombres que cantaban mientras trabajaban, de modo que, con aquella alegre algarabía, toda la fortaleza parecía cantar. Vagué de un lado a otro, gozando de los alegres sonidos, y a cada paso aumentaba mi admiración por la sencillez de la vida en el caer.

 

No había calles propiamente dichas, sino una maraña de estrechas veredas que se entrelazaban formando senderos más anchos. En esos senderos había

 

un triple camino de piedras, cosa que al principio me sorprendió, pero luego caí en la cuenta de que en la estación de lluvias los cascos de los caballos y las ruedas de los carros se hundirían en el fango a no ser por aquel rudimentario pavimento.

 

Las distintas construcciones parecían estar en perfecto estado; los corrales estaban repletos de cerdos, ovejas y vacas, y las cabañas de los artesanos, llenas de mercancías; todo indicaba que allí vivía una tribu próspera y laboriosa. Tras un examen superficial, juzgué de sobra justificada la jactanciosa afirmación de Simon de que los llwyddios eran el clan más poderoso de aquellos territorios.

 

El recorrido por el caer me llevó más de media mañana. Luego comencé a notar un vacío en el estómago y regresé a la Casa de los Guerreros, donde me estaba esperando Simon con cierto nerviosismo.

 

—¿Dónde te habías metido? —me preguntó.

 

—Por ahí —repuse—. He estado dando un paseo.

 

Simon se dio la vuelta, cogió un bulto que había sobre el jergón y me lo entregó diciéndome:

 

—Ponte esto, y date prisa.

 

Desaté el bulto y saqué una camisa de color azul claro, unos pantalones verde oscuro con rayas rojas, un cinturón de tela marrón y un par de botas de cuero de las que usaban los llwyddios. Todas las prendas eran nuevas y estaban muy bien confeccionadas. Contento de deshacerme de mis pantalones, me los quité y me dispuse a ponerme los nuevos.

 

—También los calzoncillos —ordenó Simon—. Quítatelos.

 

—Pero… —quise objetar.

 

—Te resultarán un estorbo. De todas formas, ya no te hacen ninguna falta.

 

No demasiado convencido, me los quité; en realidad, hacía días que no me los había cambiado y no podía decirse que fuera una gran pérdida, pero dudaba que no fueran a hacerme falta, como había asegurado Simon. Sentí tener que deshacerme de mi calzado de excursión. Las botas parecían muy cómodas, pero estaba convencido de que echaría de menos el sólido empeine y la dura suela de mis zapatos.

 

Ni la camisa ni los pantalones tenían botones o cordones, así que Simon tuvo que enseñarme cómo ceñírmelos con el ancho cinturón, que me ató delante tras haberme dado dos vueltas a la cintura. La camisa y los pantalones

 

—siarc y breecs los llamaba Simon— me venían grandes, pero las botas me quedaban que ni pintadas.

 

Cuando hube acabado de vestirme, Simon retrocedió unos pasos y me contempló con mirada crítica. Consideró que tenía un aspecto aceptable, aunque no ciertamente elegante.

 

—Así estás mucho mejor.

 

Cogió entonces otro bulto y sacó un manto de color naranja, que me colocó sobre los hombros.

 

—Póntelo así —indicó, enseñándome cómo hacerlo—. Luego te lo recoges así… —Y me recogió los pliegues sobre el hombro izquierdo con un alfiler de bronce—. Siento no poder proporcionarte un broche.

 

—Así está bien. No me importa.

 

—El caso es que, si quieres conseguir uno, tendrás que ganártelo. Los broches son aquí un símbolo de rango, lo mismo que las torques y demás chucherías.

 

—El oro para los reyes, la plata para los príncipes, el bronce para los jefes, etcétera —dije enumerando parte de las tradiciones célticas.

 

—Eso es —asintió él con aire satisfecho—, pero otras sutilezas de rango vienen expresadas por el tamaño, el dibujo y la hechura. No es difícil; ya te irás dando cuenta.

 

—Simon —le pregunté en tono grave—, ¿cómo has llegado a saber tantas cosas?

 

Era una pregunta que me venía rondando por la cabeza desde el mismo momento en que vi a Simon en el campo de batalla. Pero hasta entonces no había sido capaz de formularla.

 

—¿Cómo te las has arreglado para aprenderlas en tan poco tiempo? — insistí.

 

Simon enarcó una ceja.

 

—¿De qué estás hablando?

 

—Bueno, sólo hay que verte… Eres un guerrero, luchas en las batallas, sabes todo acerca del género de vida de aquí, hablas su lengua como un nativo. ¿Cómo es posible? Hace sólo un par de meses que estás aquí.

 

—Llevo viviendo cuatro años con el clan de los llwyddios —repuso Simon con toda seriedad.

 

—¡Cuatro años! No puedes…

 

Me interrumpí de golpe. El tiempo en el Otro Mundo no era el mismo que en el mundo real. Cada mundo marcaba el tiempo de forma distinta, y no había correspondencia entre el tiempo de uno y de otro. Los minutos podían ser años, los años podían ser horas, décadas, segundos, siglos. ¿Quién podía saberlo?

 

Era un hecho de sobra documentado en la literatura del folclore celta, pero hasta esos momentos yo no había acabado de creerlo. No pude menos que sentir miedo ante la idea de que el tiempo estuviera transcurriendo en el otro lado de forma independiente a como transcurría en éste. ¿Qué nos aguardaría cuando regresáramos allá?

 

Simon frunció los labios con irritación.

 

—¿Se puede saber qué pasa ahora?

 

Dejando a un lado mi ansiedad, le sonreí.

 

—Nada. Ahora me siento como un verdadero celta —afirmé—. Es estupendo.

 

—Me alegro de que pienses así.

 

Me pareció notar un deje de mordacidad en sus palabras.

 

—¿Por qué? ¿Qué ocurre?

 

—El rey ha reunido hoy su corte y desea verte.

 

—¿De veras?

 

—Eres de los primeros en su agenda, tío.

 

—Ni siquiera sabía yo que el rey se hubiese enterado de mi presencia.

 

—Oh, claro que se ha enterado —me aseguró Simon—. Si Meldron no se lo hubiera dicho, lo habría hecho Ruadh. Mataste a un jefe cruino, ¿ya no te acuerdas?

 

—¡Oh, vaya!

 

Simon me dirigió una mirada grave.

 

—Mira, será mejor que nos dejemos de malentendidos, ¿de acuerdo? Tú mataste al jefe. Métetelo en la cabeza, ¿comprendido? Si niegas haberlo hecho, te crearás problemas y se los crearás a los demás guerreros. Podrías verte metido en un buen lío.

 

—Muy bien, Simon. De acuerdo, si es tu deseo. Pero ¿por qué es tan importante…?

 

—No quiero seguir discutiendo. Tú no tienes ni la más remota idea de cómo van las cosas aquí. Limítate a hacer lo que te digo. Es por tu bien, créeme.

 

—Bien. Magnífico. Haré lo que me dices.

 

Debía de tener un aire preocupado, porque Simon me sonrió y me dio una palmada en el brazo.

 

—No te preocupes. Estaré a tu lado en todo momento. ¿Listo?

 

—Listo —dije—. Sólo una cosa más.

 

—¿Qué te ocurre ahora?

 

—Ya sé que probablemente no es el momento adecuado —murmuré con cierta vacilación—, pero tenemos que hablar de nuestro regreso…, del regreso al mundo real. Dijiste que esperáramos hasta llegar a Sycharth; muy bien, ya hemos llegado. Quizá podrías decirle algo al rey.

 

—Tienes razón —repuso Simon, y por un momento creí que iba a mostrarse razonable—. Pero no es el momento adecuado. Hablaremos con el rey después del festín. Vamos, diviértete un poco, Lewis. Relájate, ¿te parece? Ya nos las arreglaremos.

 

—Muy bien —asentí a regañadientes—. Después del festín.

 

—Vamos, pues.

 

Simon se dio la vuelta y salimos del alojamiento. Nos dirigimos al palacio del rey siguiendo el camino inverso al de la víspera; noté que, a medida que nos acercábamos, la actividad iba en aumento. En el patio que se extendía ante el palacio real habían sido dispuestas enormes mesas sobre caballetes,

 

con bancos a ambos lados. Un considerable número de hombres y muchachos estaban levantando una pequeña pirámide de toneles de roble en medio del patio. En la puerta del palacio había varias docenas de guerreros. Y una veintena de caballos estaban atados al otro lado del patio.

 

Simon vio cómo observaba los caballos.

 

—Algunos de los jefes de Meldryn Mawr han acudido al llys.

 

«Llys» significa en britano antiguo «corte», y se refiere al lugar de reunión o a la propia reunión. Yo sabía que, además, tales reuniones se aprovechaban para muchas cosas. Se hacían negocios, se vendía y se compraba, y se exponían pendencias y desgracias personales con la pretensión de que fueran reparadas. Cualquiera con una queja o un agravio podía subir al estrado y hablar ante el rey, que debía impartir la debida justicia. En el reino la palabra del rey era la ley, la única ley que su pueblo conocía. Podían hacerse o perderse fortunas, podía cambiar para siempre el curso de las vidas, según de qué parte se inclinara la disposición del rey.

 

El hecho de que yo fuera a formar parte de ese solemne drama me hundía alternativamente en el temor y en la excitación. ¿Qué quería el rey de mí? ¿Qué me diría? ¿Qué le diría yo? Me resultaba difícil obedecer el consejo de Simon de que debía relajarme; y el de divertirme estaba desde luego fuera de toda cuestión.

 

Nos detuvimos junto a la entrada del palacio, y Simon echó una rápida ojeada al sol.

 

—Pronto empezará la reunión —dijo—. Será mejor que entremos y ocupemos nuestros sitios. —Comprobó mi aspecto por última vez—. Por desgracia, no hemos tenido tiempo para que te afeitaras.

 

—¡Vaya! ¡Y me lo dices ahora! —murmuré frotándome la rasposa barba, un tanto enojado por el descuido de Simon.

 

Pasamos entre los pilares de piedra tras saludar a los guerreros que holgazaneaban junto a la entrada; uno de ellos gritó algo y Simon le contestó. Todos se echaron a reír. Supuse que el chiste era a mi costa, pero sonreí nerviosamente y asentí con la cabeza. Luego seguimos nuestro camino.

 

Un guerrero de aspecto imponente estaba junto a la entrada. A una palabra de Simon el musculoso gigantón se hizo a un lado para dejarnos pasar y me

 

dirigió una mirada desdeñosa que no dejaba lugar a dudas; era evidente que no me consideraba un matador de jefes.

 

—Se llama Paladyr —me explicó Simon—. Es el paladín de Meldryn. Un buen muchacho.

 

El salón estaba oscuro y frío. Cuando mis ojos se acostumbraron a la escasa luz que se filtraba por estrechísimas ventanas, vi algo que parecía ser un soto de árboles; había, en efecto, enormes columnas de troncos que servían de soporte a las vigas del techo. Cada una de las columnas estaba labrada con las espirales sin fin del arte céltico. En un extremo de la enorme sala abría sus fauces frías y oscuras una gigantesca chimenea. En el extremo opuesto a la chimenea, un tabique de madera tapaba el fondo del salón, donde supuse que estaban los aposentos reales.

 

Delante del tabique se alzaba un estrado circular de piedra, en torno al cual se levantaban siete pértigas de hierro con siete antorchas encendidas. Sobre el estrado había un enorme sillón, al parecer tallado en un único y gigantesco bloque de madera negra. La madera estaba adornada con innumerables discos de oro que llevaban grabado el típico dibujo en espiral. A la vacilante luz de las antorchas, parecía que los discos se movieran despacio. La ilusión de movimiento hacía que la silla tuviera el aspecto de algo vivo, de un objeto animado con fuerza y voluntad propias.

 

Cerca del estrado unas cien personas se habían reunido en pequeños grupos y hablaban en voz muy baja. Algunas portaban objetos diversos: una pieza de tela, un arma finamente trabajada, un bol, un plato; supuse que debían de ser regalos para el rey. Deseé haber traído algo yo también.

 

Pero no tuve tiempo de entretenerme con tales pensamientos porque, en cuanto hubimos ocupado nuestros lugares a un lado de la asamblea, sonó en el salón una nota fuerte y estridente, como el sonido de un cuerno de carnero. De detrás del tabique apareció el bardo del rey que subió al estrado y se detuvo justo delante de nosotros. Cogió un pliegue de su manto y se lo puso sobre la cabeza; luego alzó las manos. Vi que sostenía un largo bastón, una especie de vara, cuyo puño relucía a la luz de las antorchas. Alzando la vara por encima de su cabeza, comenzó a hablar con tono firme y en cierto modo amenazador.

 

Dirigí una interrogante mirada a Simon.

 

—El Bardo Supremo nos está recordando que la palabra del rey es la ley y que sus juicios son inapelables —me tradujo Simon.

 

Cuando hubo acabado de hablar, el bardo se colocó a la derecha y un poco detrás del trono del rey. El cuerno volvió a sonar y apareció Meldryn Mawr, con el aspecto de un verdadero rey sol: sus vestiduras eran impresionantes y su rostro resplandecía. Iba vestido de color carmesí: camisa, pantalones y botas. El cinturón de oro de escamas de pez relucía esplendorosamente; brillaban también las gemas de sus brazaletes. Además de la torques, el rey llevaba una corona que parecía hecha de hojas y ramas de roble bañadas en oro. Escrutó a la muchedumbre con ojos confiados y sabios. La fuerza de su mera presencia llenaba todo el salón y atraía todas las miradas; yo mismo no podía apartar los ojos de él.

 

Cuando el rey se hubo sentado en el trono, el príncipe Meldron subió al estrado y colocó sobre los hombros de su padre un manto de piel de oso negro. Luego se inclinó hasta tocarle el empeine y se retiró al lugar que ocupaba entre los jefes. Vi que Ruadh se colocaba inmediatamente junto a él.

 

A una seña del rey, Ollathir levantó la vara de madera y golpeó la piedra tres veces. Después señaló al primero de los peticionarios, un hombre alto y robusto de imponente semblante, que avanzó hacia el estrado y hendió sus manos para ofrecer su regalo: un hermoso arco y un carcaj con flechas de plateadas puntas.

 

El rey inclinó su regia testa en señal de que aceptaba el regalo, y el hombre comenzó a exponer su ruego. Tras escuchar unos instantes, Simon susurró:

 

—Es Rhiogan de Caer Dyffryn, uno de los jefes de Meldryn Mawr en la frontera oriental. Está pidiendo permiso al rey para atacar a los vedeios, una de las tribus de los cruinos, al otro lado del río.

 

Simon hizo una pausa y escuchó un poco más.

 

—Según parece, los vedeios hicieron una incursión el pasado otoño y robaron ganado. Rhiogan quiere que le sea devuelto el ganado más un número igual al robado como castigo.

 

El rey escuchó la petición enlazando los dedos de vez en cuando. Cuando Rhiogan hubo acabado de hablar, Meldryn le planteó unas cuantas preguntas que el capitán respondió con sencillez y naturalidad. Luego el monarca miró a

 

Ollathir, le susurró algo al oído y se reclinó en el asiento.

 

Ollathir comunicó entonces al jefe el mensaje del rey.

 

—¿Qué está diciendo? —pregunté fascinado.

 

—Está transmitiendo el veredicto del rey; concede el permiso para atacar, con la condición de recibir parte del botín.

 

—¿Es eso justo?

 

—No es un problema de justicia —me explicó Simon—. De esa forma, si el rey comparte el botín, también se hace responsable del ataque y las culpas recaen sobre él. Así, si los vedeios causan problemas por este asunto, tendrán que vérselas con Meldryn Mawr, no sólo con Rhiogan.

 

—Eso significa que el rey está autorizando que se tomen represalias en su nombre.

 

—En esencia, así es.

 

El señor pareció complacido con la decisión y subió al estrado. Avanzó hacia el trono, se arrodilló e, inclinándose, apoyó la cabeza en el pecho del monarca, como un niño que buscara consuelo en el regazo de su madre. Pese a lo chocante de la postura, era un gesto conmovedor.

 

El siguiente peticionario no fue uno de los señores de Meldryn, sino un bardo de un asentamiento del norte, que solicitaba permiso para acudir a una reunión de bardos en el reino vecino. La petición era, según me informó Simon, una formalidad observada no tanto por deferencia al rey, sino por respeto a Ollathir, que también iba a asistir a la reunión.

 

El tercer peticionario era un granjero de una hacienda del propio Meldryn; pedía la ayuda del rey para limpiar un pedazo de tierra, proceso que incluía el drenaje de una zona pantanosa. La tarea sobrepasaba la capacidad del granjero, que iba a necesitar considerable ayuda para preparar la tierra para la próxima siembra ya inminente.

 

El rey, por mediación de su bardo, dio su beneplácito a la empresa a cambio de una modesta compensación, y prometió la ayuda de cincuenta guerreros que trabajarían bajo la dirección de un gwyddon.

 

—¿Qué es un gwyddon? —pregunté a Simon, cuando me hubo explicado la situación.

 

—Una especie de bardo. Hay varias clases de bardos, distintos grados, por así decir. Desde el penderwydd, que es el Sumo Druida, el Bardo Supremo, hasta el mabinog, que es un alumno o aprendiz. El gwyddon es un experto en cualquier cosa que tenga que ver con la tierra o el ganado; es además lo más parecido a un médico, en estas tierras.

 

«Engranajes dentro de engranajes», pensé. Incluso las sociedades más primitivas tenían su burocracia.

 

Se adelantó después el siguiente peticionario y un audible murmullo se levantó entre la multitud. Los que estaban delante se quitaron de en medio para abrir paso; por la forma en que todos se comportaban, se diría que se trataba de un criminal.

 

—Esto sí que va a ser sabroso —susurró Simon.

 

—¿Quién es?

 

—Se llama Balorgain —repuso Simon en tono excitado—. Es un noble del linaje de Meldryn Mawr. Mató a un pariente de Meldryn en una pelea; por eso ha vivido en el exilio durante los últimos años.

 

—¿Qué está haciendo aquí?

 

—Mira y observa —contestó Simon con una mirada que expresaba un enorme y casi malévolo interés.

 

El rey contempló al noble con evidente desprecio, aunque a mí me pareció que Balorgain parecía sinceramente arrepentido. Se detuvo ante el rey con las manos en jarras. El Bardo Supremo dijo algo, una pregunta. El hombre respondió en voz baja. Vi que el rostro del rey se endurecía, que la línea de la boca se tensaba y que los ojos adoptaban una expresión cruel.

 

—Balorgain tiene agallas, no puede negársele —comentó Simon—.

 

Podrían haberlo matado aquí mismo.

 

—¿Qué sucede?

 

—Ha reclamado naud del rey —me explicó—. Es…

 

—Sé lo que es —le susurré yo.

 

Ya me había topado con esa palabra otras veces: era un término legal que significaba asilo, refugio. Entre los antiguos celtas, un noble podía pedir naud, derecho de asilo, para librarse de un castigo. Curiosamente, la petición

 

de naud llevaba implícita la obligación moral por parte del rey de garantizarlo. Por alguna razón misteriosa, cuando un monarca rehusaba conceder el naud que se le pedía, la culpabilidad del crimen recaía sobre él.

 

Al parecer, Balorgain había regresado del exilio y se había introducido en la sala sin ser visto, para pedir naud. Si se le concedía, el crimen le sería perdonado y el valiente Balorgain podría volver a vivir en libertad entre su gente. Naturalmente, a Meldryn Mawr, que lo había condenado al exilio, no le complacía tal perspectiva. Pero, como el gran rey que era, se limitó a susurrar unas palabras a Ollathir, quien declaró que se concedía la gracia de naud que Balorgain solicitaba. Y Balorgain abandonó la asamblea como hombre libre.

 

Los casos que siguieron fueron insignificantes disputas entre tribus vecinas; el más interesante fue un adulterio entre una mujer casada de un asentamiento y un hombre soltero de otro. Se resolvió condenando al soltero a pagar como compensación al marido burlado tres vacas o diez ovejas, a elección del ofendido. La mujer infiel, sin embargo, no escapó sin castigo. En efecto, se le concedió al marido el derecho de tomar una concubina cuando le viniera en gana.

 

Meldryn Mawr pareció entonces perder todo interés por los juicios, y escrutó la sala en busca de alguna diversión. Sus ojos se posaron en el lugar que ocupábamos Simon y yo. Inclinó la cabeza, y Ollathir nos indicó por señas que subiéramos al estrado.

 

Simon me llevó hasta allí. No teníamos regalos, así que no hicimos ofrenda alguna. Al rey no pareció importarle demasiado. Me miró con viva curiosidad; la expresión de aburrimiento se borró de su rostro mientras me observaba de pies a cabeza.

 

Como habían hecho los demás, Simon relató sucintamente los acontecimientos. Por lo menos, así me pareció. El rey repuso algo y planteó algunas preguntas. Simon respondió con brevedad. Meldryn Mawr asintió con la cabeza y yo creí que ahí acababa todo, porque se volvió hacia el Bardo Supremo y le susurró unas palabras. Ollathir escuchó con atención sin dejar de observarme. Yo me limitaba a esperar el veredicto del rey.

 

Pero el monarca me miró y me indicó con señas que me acercara. Yo avancé unos pasos; Simon me siguió. Entonces el rey me dijo algo. Yo sonreí con educación.

 

—¿Qué dice? —le pregunté a Simon sin abandonar la sonrisa.

 

—El rey quiere saber cómo llegaste aquí —repuso con toda tranquilidad Simon—. Comprende que no hablas su idioma y me ha pedido que actúe de intérprete. No se te ocurra cuchichear; habla con toda claridad y yo traduciré tus palabras.

 

—De acuerdo. Pero ¿qué voy a decirle?

 

—Dile la verdad —contestó Simon con impaciencia—. Pero, digas lo que digas, no muestres la menor vacilación. Aquí un segundo de vacilación se considera una mentira.

 

Tragué saliva. El rey me contemplaba con expresión benigna.

 

—Soberano señor —dije—, soy un extranjero. He llegado hasta tu reino desde otro mundo… a través de un cairn que se levanta en una colina sagrada.

 

—Excelente respuesta —comentó Simon, que procedió inmediatamente a traducir mis palabras.

 

El rey asintió sin mostrar la menor sorpresa y preguntó otra cosa que Simon me tradujo.

 

—Quiere saber además cómo lograste matar al jefe cruino.

 

—Soberano señor —repuse—, maté al jefe cruino por… accidente. En el fragor de la batalla encontré una lanza y se la clavé cuando él me atacó.

 

Simon tradujo sin vacilaciones mis palabras y después me comunicó lo que el rey había dicho.

 

—Quiere saber si en tu mundo eras un bravo guerrero.

 

—Soberano señor, yo no soy un guerrero. Soy el último de los guerreros.

 

Cuando el rey escuchó la traducción de Simon, enarcó las cejas sorprendido.

 

—Si no eres un guerrero, ¿qué eres?, ¿un bardo?

 

—Soberano señor, no soy un bardo.

 

El rey escuchó mi respuesta de labios de Simon e inquirió:

 

—¿Eres un artesano, o quizá granjero?

 

—Soberano señor —respondí—, no soy ni artesano ni granjero.

 

Meldryn Mawr pareció sorprenderse al oír mi respuesta y dijo algo en un tono que traslucía su perplejidad.

 

—¿Qué ha dicho? —pregunté impaciente a Simon.

 

—No luchas, no cantas, no plantas ni siegas. ¿Qué es lo que haces entonces, extranjero? —tradujo Simon.

 

—¿Qué debo decirle? ¿Cómo explicárselo? —siseé a Simon.

 

—¡Limítate a responder! ¡Deprisa! —me siseó a su vez Simon.

 

—Soberano señor —dije—, me dedico a leer, a escribir. A aprender.

 

—¡Espléndido! ¡Acabas de estropearlo todo! —murmuró Simon, pero tradujo mi respuesta al rey.

 

Meldryn me miró con expresión desaprobadora; luego se volvió hacia Ollathir y después hacia Meldron, quien le susurró algo al oído. Entre los asistentes se levantó un murmullo.

 

—¿Qué ocurre? —quise saber.

 

Antes de que Simon pudiera contestar, el rey pronunció unas palabras que Simon me tradujo.

 

—El rey dice que no le gusta ser burlado ni siquiera por un huésped ignorante de las costumbres de los llwyddios. Has venido a su corte vestido de guerrero y tendrás que convertirte en guerrero.

 

—¡Imposible! —exclamé presa del pánico—. Explícaselo. No vamos a quedarnos mucho tiempo. Nos marcharemos lo antes posible…, tenemos que marcharnos, Simon. En cuanto averigüemos el modo de regresar a nuestro mundo, nos iremos. Tienes que decírselo, Simon —le rogué desesperadamente—. Házselo entender.

 

Simon dijo algo al rey, quien tras escucharlo murmuró algo al Bardo Supremo. Ollathir comunicó la decisión del monarca con una voz preñada de autoridad y severidad. Cuando hubo acabado de hablar, golpeó el suelo tres veces y se dio por terminada la asamblea. Meldryn Mawr se levantó del trono y se retiró. Los que nos habíamos reunido en el salón salimos lentamente al patio donde continuaban los preparativos para celebrar la victoria.

 

—¿Y bien? —pregunté tan pronto como hubimos salido del salón—. ¿Qué dijo el rey? ¿Qué ocurrió ahí dentro?

 

Simon tardó unos momentos en contestar.

 

—No consideró conveniente cambiar de decisión —dijo al fin.

 

—¿Qué significa eso?

 

—Vas a convertirte en un guerrero, muchacho.

 

—¡No puede obligarme!

 

—¡Claro que puede! —replicó Simon—. Es el rey.

 

—Pero yo no tengo ni la más remota idea de lo que es un guerrero. Me matarán. Además, no voy a quedarme aquí mucho tiempo. ¿Le dijiste que nos íbamos a ir muy pronto? Tenemos que regresar a casa, Simon. Se lo dijiste, ¿verdad?

 

Simon titubeó.

 

—Bueno, no exactamente.

 

—¿Qué le dijiste entonces? —grité indignado.

 

La gente que nos rodeaba nos contemplaba con expresión divertida; al parecer, les hacía mucha gracia mi ataque de nervios.

 

—No grites —me advirtió Simon—. Van a pensar que pones en tela de juicio la decisión del rey.

 

—¡Que se vayan al cuerno! ¡Pues claro que pongo en tela de juicio la decisión del rey! Eso es exactamente lo que estoy haciendo.

 

—No grites —volvió a advertirme Simon—. Y mucho menos aquí, ante el palacio del rey.

 

—¡Gritaré donde me venga en gana! ¿Quieres hacer el favor de decirme qué demonios está pasando?

 

Simon me agarró del brazo y nos alejamos del palacio.

 

—El rey considera que una persona capaz de matar a un jefe por accidente merece la oportunidad de convertirse él mismo en jefe. Puesto que has declarado que te dedicas a aprender, aprenderás la profesión de guerrero. Es realmente un honor lo que te ha concedido. Y bastante grande, teniendo en cuenta las circunstancias.

 

—¿Qué circunstancias?

 

—El hecho de que casi lo insultaste con la ligereza de tus respuestas.

 

—¡La ligereza de mis respuestas! ¿A qué te refieres?

 

—Ni guerrero, ni bardo, ni granjero… Lo pusiste en ridículo delante de sus jefes. Fue una insensatez.

 

—No tenía la menor intención de ponerlo en ridículo —protesté—. Sólo trataba de responder a sus preguntas, tal como me dijiste.

 

—Y así lo entendió el rey —me explicó Simon—, por eso no mandó que te arrancaran allí mismo la lengua. Como te he dicho, te ha concedido un gran honor.

 

—Bueno, pues yo no quiero aceptarlo —insistí cruzando las manos sobre el pecho—. Tendrás que decírselo. Explícale cómo están las cosas. Haz las averiguaciones necesarias. A lo mejor su bardo puede ayudarnos.

 

—Demasiado tarde —replicó Simon—. El momento oportuno ha pasado; la sesión se ha levantado. La palabra del rey es la ley, ¿lo recuerdas?

 

—¡Vaya una mierda! ¿Qué diablos se supone que tengo que hacer ahora?

 

Simon señaló hacia donde estaban atados los caballos, al otro extremo del patio. Miré hacia allí y vi a Ollathir hablando con un joven. El joven cogió la orla del manto del Bardo Supremo, se la llevó a los labios y la besó. Sin mirar hacia nosotros, el bardo se retiró. El joven se apresuró a coger las riendas de dos caballos y se dirigió a nuestro encuentro.

 

—Viene hacia aquí —observé, sintiendo que, como un enjambre de hormigas, me invadía un inquietante temor—. Simon, ¿qué va a hacer?, ¿qué pasa?

 

Simon me puso la mano en el hombro.

 

—Tranquilízate, Lewis. Será lo mejor.

 

—¿Qué será lo mejor? ¡Simon! ¿Qué va a suceder? —pregunté con voz aguda—. Tú lo sabes… ¡Dímelo de una vez, mierda!

 

—Escucha con atención, Lewis —contestó Simon como si quisiera tranquilizar a un niño preso del nerviosismo—. No va a ocurrirte nada malo. Te vas de viaje.

 

—No comprendo. ¿Adónde tengo que ir?

 

—A Ynys Sci —respondió, pronunciando «Ennis Sky»—. Es una isla donde hay una escuela para guerreros. Allí aprenderás a combatir y, cuando hayas aprendido, regresarás aquí para servir a Meldryn.

 

—¡Una escuela para guerreros! Es una broma, ¿verdad?

 

Simon sacudió la cabeza con aire solemne.

 

—No es una broma. Los muchachos de toda Albión son enviados a esa escuela…, los hijos de reyes y de jefes. Ya te lo dije, te ha sido concedido un gran honor.

 

Estaba tan aturdido que no podía ni hablar. Me quedé mirando con mudo desespero al joven que se acercaba y saludaba a Simon. Intercambiaron unas breves palabras, y después el joven me miró y se llevó la mano a la frente.

 

—Te presento a Tegid Tathal —me dijo Simon—. Es un brehon, otra clase de bardo. Es la mano derecha de Ollathir. El Bardo Supremo lo ha elegido para que sea tu guía. También se le ha encargado que te enseñe la lengua.

 

Tegid me sonrió y me tendió las riendas de uno de los caballos.

 

—¿Ya nos vamos? ¿Ahora mismo?

 

—Sí. Ahora mismo —dijo Simon acercándose al caballo—. Ven, te ayudaré a montar.

 

—¡Es una locura! —murmuré entre dientes—. Yo no pertenezco a este mundo.

 

—Relájate —me tranquilizó Simon—. Procura disfrutar. Será una experiencia inolvidable. Te han concedido un gran honor. Ojalá pudiera acompañarte…, y te hablo en serio.

 

—¿Por qué no puedes?

 

—Órdenes del rey —repuso Simon encogiéndose de hombros—. Pero no te preocupes. Estaré aguardándote cuando regreses.

 

—Querrás decir «si» regreso.

 

—¡Oh! Regresarás, no tengas miedo —me aseguró Simon—. Según dice Tegid, el rey ha decretado que te cuiden con especial cuidado; no van a matarte durante el entrenamiento. No te preocupes. Todo está en orden.

 

Simon entrelazó las manos a modo de estribo. Apoyé el pie y me alzó

 

hasta la silla. La llamo «silla» aunque era poco más que una tira de cuero sobre una manta doblada, con una correa que evitaba que se cayera.

 

—Simon, escúchame. Tienes que ir a hablar con el rey. Tienes que conseguir que cambie de opinión. Te hablo en serio, Simon. No podemos quedarnos aquí. Tenemos que regresar a casa. No pertenecemos a este mundo.

 

—Veré qué puedo hacer —me prometió vagamente—. Mientras tanto, procura tranquilizarte. No sacarás nada con ponerte nervioso. Relájate y disfruta.

 

Cuando estuve instalado en la silla, Tegid montó de un salto en su caballo, lo azuzó y atravesó el patio al trote ligero. Mi montura, un caballo enorme de color gris, trotó tras él.

 

—¡No sé montar a caballo! —grité aferrándome a las crines del animal como quien se aferra a la vida.

 

—¡Claro que sabes! —exclamó Simon—. ¡Buena suerte, Lewis!

 

Así fue como partimos de viaje. La gente dejaba sus ocupaciones y nos saludaba al vernos pasar, supongo que deseándonos buen viaje. Cuando llegamos a la estrecha puerta del caer, volví la cabeza, miré hacia atrás y vi que nos decían adiós con las manos. Fruncí el entrecejo y caí en la cuenta de que, gracias al maravilloso honor que me había concedido Meldryn Mawr, iba a perderme el festín.

 

 

 

 

17

 

CAMINO DE YNYS SCI

 

Era imposible estar de malhumor en

 

aquella hermosa tierra. Viajamos durante días a través del más bello lugar que imaginarse pueda: el paisaje me dejaba sin aliento, me fascinaba. Cada cien metros me entraban ganas de detenerme a admirar el panorama. Si Tegid me lo hubiera permitido, aún estaríamos de viaje hacia Ynys Sci.

 

Viajábamos ligeros de equipaje; yo sólo llevaba mis ropas y Tegid su vara de roble y una bolsa de cuero en la silla de montar que contenía unas pocas provisiones. Sin embargo, mi guía imponía una marcha lenta, aunque regular. Yo se lo agradecía infinitamente. No había montado a caballo desde que era un niño, durante las fiestas del condado, y además en un poni. Tegid me dio tiempo a que recordara los escasos rudimentos de equitación que poseía y me enseñó lo mucho que me quedaba por aprender. Me mostró cómo guiar al caballo con una simple presión de rodilla, de modo que las manos me quedaran libres para manejar el escudo y la espada o la lanza. Todos los días, de vez en cuando, azuzaba a los caballos y los ponía al galope, de modo que pronto aprendí a mantenerme firme en la silla y a amortiguar las sacudidas del animal.

 

Los días eran suaves y claros, las noches frescas y secas; poco a poco la tierra iba templándose para recibir a la primavera. Nos dirigíamos hacia el noroeste a través de los anchurosos bajíos sobre el río Sychnant, por un antiguo camino de montaña que un rey llwyddio había trazado para comunicar los asentamientos más alejados. Tegid lo llamaba Sarn Meldraen. Según dijo, recibía ese nombre en homenaje a uno de los más famosos antepasados de Meldryn Mawr.

 

Tegid me contó muchísimas cosas. Al principio yo entendía muy pocas, pero era un maestro infatigable y me hablaba sin parar desde las primeras luces del alba hasta la noche, cuando yo apenas podía mantener los ojos abiertos. Gracias a que me repetía las cosas una y otra vez con un celo envidiable, logré hacerme con un rudimentario vocabulario del protogaélico

 

que hablaban los habitantes de Albión.

 

Desde luego, algunos términos me resultaban familiares, pues había encontrado muchos arcaísmos durante mis estudios de las tradiciones célticas y habían cambiado poco. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, los bardos de la antigua Gran Bretaña mantuvieron siempre que su lenguaje emanaba del Otro Mundo. Muchos catedráticos descartaban semejantes historias, por considerarlas insensatas jactancias de una desharrapada tribu que pretendía presumir de ilustres antepasados. Pero al oír el lenguaje de la ágil lengua de Tegid, deseché tales dudas. El lenguaje de Albión era rotundo y sutil, muy expresivo y riquísimo en color, sonido y movimiento. No era difícil identificarlo como la raíz del moderno gaélico.

 

Como Tegid y yo no teníamos nada más que hacer durante el viaje, procuraba imitar la pronunciación de mi maestro lo mejor que podía, pese a la difícil articulación de las sílabas y a la compleja matización de las vocales. En su honor debo decir que jamás se burló de mis esfuerzos, a menudo infructuosos. Me corregía con suma paciencia los errores y alababa el más pequeño de los logros. Inventaba juegos de palabras y se hacía el sordo cuando por cansancio o frustración yo me pasaba al inglés. Parecía realmente interesado en enseñarme las endemoniadas complejidades de su idioma y jamás esquivaba una palabra o construcción extrañas. Y, en cuanto yo conseguía dominar un estadio discreto, me alentaba y empujaba a familiarizarme con construcciones más refinadas y complejas.

 

Con una enseñanza tan intensa e imaginativa, pronto me familiaricé con lo que los bardos llaman Moddion-o-Gair, los Caminos de Palabras. Y, a medida que aprendía, comencé a ver el mundo con más claridad. Sé que suena a excentricidad, pero es la pura verdad. En efecto, cuantas más palabras tenía para nombrar las cosas, con más facilidad estructuraba mis pensamientos y más vividos llegaban a ser. El conocimiento se hacía más profundo y la conciencia más aguda.

 

Creo que todo esto tenía que ver con la esencia de aquel lenguaje: no había palabras muertas. No había palabras que hubieran sufrido la rapiña de la ignorancia semiculta de los medios de comunicación, o hubieran visto diluida su sustancia con el mal uso; ni palabras que hubieran perdido su significado por el abuso, o se hubieran empobrecido por el doble sentido del lenguaje burocrático. En consecuencia, el lenguaje de Albión era un valor en curso, un

 

lenguaje pleno de significación: poético, exacto, preñado de ritmo y sonido. Cuando las palabras eran pronunciadas en voz alta, tenían el poder de llegar tanto al corazón como a la cabeza: hablaban al alma. En labios de un bardo, una historia se convertía en una asombrosa revelación, una canción se convertía en una maravilla de belleza casi paralizante.

 

Tegid y yo viajamos durante tres semanas (las llamo semanas aunque los bardos no contaban el paso de los días de esa manera), tres semanas durante las que viví y respiré el lenguaje de Albión: junto al fuego, por la noche, cuando acampábamos; sobre la silla, cuando cabalgábamos; junto a los arroyos de frías aguas, y junto a los sombríos emparrados en los que nos deteníamos a comer y a descansar. Cuando llegamos a Ffim Ffaller ya había aprendido a hablar celta, aunque a decir verdad era un celta lacónico y rudimentario.

 

Aprendí mucho acerca del mundo que me rodeaba. Albión era una isla, cosa que en el fondo de mi corazón sospechaba; ocupaba el mismo lugar y tenía la misma forma en su mundo que Gran Bretaña en el mundo real. Tegid extendió en el suelo un mapa para mostrarme adónde íbamos. Aunque las similitudes eran muchas y asombrosas, la diferencia estribaba sobre todo en el tamaño: Albión era muchísimo más extensa que la Gran Bretaña que yo había dejado atrás. A juzgar por las distancias que estábamos recorriendo, Albión era inmensa; tanto aquella tierra como el mundo que la contenía era mucho mayor de lo que hubiera podido imaginar.

 

También aprendí algo de la flora y de la fauna, pues Tegid demostró ser una verdadera fuente de información. Nada escapaba a su atención, ni en el cielo ni en la tierra. Ningún detalle era tan insignificante, ningún incidente tan trivial que no pudiera llegar a desembocar en una auténtica lección magistral. Era un hombre incansable.

 

No obstante, a pesar de ser tan buen maestro, Tegid no mostró el más mínimo interés por saber de dónde procedía yo y cómo había llegado a la corte de Meldryn Mawr. No me preguntó nada sobre mi mundo. Al principio, juzgué muy extraña su indiferencia. Pero, a medida que pasaban los días, se la agradecí. Poco a poco fui siendo cada vez más reacio a pensar en el mundo real. De hecho, dejé de pensar en él días enteros y encontré en el olvido una liberación.

 

Me entregué en cuerpo y alma al tutelaje de Tegid y aprendí un montón de

 

cosas acerca de Albión, muchas más de las que hubiera podido descubrir yo solo durante años. Al mismo tiempo, aprendí un montón de cosas acerca de mi guía y compañero.

 

Tegid Tathal ap Talaryant era bardo e hijo de bardo. Era bastante apuesto, con ojos del color de la pizarra de las montañas, un hoyuelo en la barbilla y una boca ancha y expresiva; parecía el modelo que había inspirado el Poeta Meditabundo. Tegid era de linaje noble, cosa que evidenciaba cada una de las líneas de su bien constituido esqueleto. Había nacido en una tribu del sur que durante generaciones había provisto de bardos a los reyes llwyddios. A su lado, era consciente de la vulgaridad de mi aspecto: aquella gente tan hermosa debía de encontrarme muy feo, con mi jeta vulgar y mi constitución esmirriada.

 

Aunque mi maestro aún era joven, por lo menos según los patrones de Albión, ya era un brehon, sólo tres escalones por debajo de un penderwydd o del Bardo Supremo. Brehon era la fase del aprendizaje de bardo durante la cual debía familiarizarse con las complejidades de la vida de la tribu, desde las normas que regulaban la elección de un rey y el protocolo de la corte, hasta las más insignificantes disputas entre granjeros y el número de ovejas que había que pagar por usurpar el lugar de un hombre en su lecho. Cuando se hubiera convertido en una autoridad en todo tipo de asuntos, tanto públicos como privados, el bardo se convertiría en un gwyddon y después en un derwydd.

 

Los grados en la carrera de un bardo eran complicados y ceremoniosos, y sus funciones habían quedado bien definidas a través de eones de una tradición aparentemente inalterable. El candidato partía del estadio de mabinog, que tenía dos subdivisiones distintas, cawganog y cupanog, e iba ascendiendo los diferentes grados: filidh, brehon, gwyddon, derwydd, y finalmente penderwydd, a veces llamado el Jefe de la Canción. Había además un penderwydd superior a todos, el Jefe de los jefes, por así decir. Se lo llamaba el Phantarch, y era elegido por sus iguales mediante aclamación para que reinara sobre todos los bardos de Albión.

 

Según me contó Tegid, la Isla de la Fuerza estaba protegida por el Phantarch de una forma misteriosa. Tal como lo explicaba parecía como si el Phantarch sostuviera sobre sus hombros el reino. Supuse que se trataba de una curiosa metáfora.

 

Durante la primera semana la silla de montar me produjo rozaduras y me fatigaban muchísimo los rigores del viaje. Al cumplirse la segunda semana, ya le hablaba al caballo y comenzaba a creer con optimismo que pronto me encontraría perfectamente bien. Por eso, cuando llegó el momento de dejar los caballos para embarcarnos, sentí muchísimo tener que prescindir de ellos.

 

Una tarde, hacia el final de la tercera semana, hicimos un alto en un promontorio rocoso de la costa occidental y Tegid me señaló un poblado que se veía allá abajo entre las nieblas del valle. El mar penetraba en el valle entre dos promontorios escarpados, formando una profunda bolsa que se convertía en una bahía muy bien protegida. El pequeño poblado servía de puerto.

 

—Eso es Ffim Ffaller —me dijo—. Ahí tomaremos el barco que nos llevará a Ynys Sci.

 

—¿Tendremos que esperar mucho?

 

—No. Un día o dos, quizás un poco más, aunque no lo creo. —Me miró y me puso la mano en el hombro—. Te has portado muy bien, hermano. El rey estará muy satisfecho.

 

—Tú has sido un excelente maestro, Tegid. Te agradezco mucho todo lo que has hecho por mí. Me has dado ojos para ver, orejas para oír y lengua para hablar. Muchas gracias.

 

Se encogió de hombros ante el cumplido y dijo:

 

—Lo habrías aprendido tarde o temprano. Me alegro de haber podido ayudarte.

 

Comenzamos a descender hacia el poblado y no dijo nada más. El puerto de Ffim Ffaller consistía en un malecón de madera y un varadero para botes sobre la playa guijarrosa. El malecón tenía capacidad para tres o cuatro barcos, y en la bahía había espacio para media docena más. En síntesis, el lugar parecía ser simplemente una escala a medio camino para los barcos que navegaban hacia el norte y hacia el sur.

 

El poblado consistía en unas cuantas casas redondas con tejados de cañizo, un corral para ganado y unos cuantos cobertizos, además de las cuatro barracas de la playa que conformaban el varadero para botes; eso era simplemente Ffim Ffaller, que debía de tener unos treinta habitantes.

 

Al llegar al poblado fuimos objeto de una calurosa acogida, porque

 

éramos los primeros visitantes de la temporada. El responsable del asentamiento nos confirmó que esperaban la llegada del barco dentro de un par de días, nos acompañó a la casa destinada a los huéspedes y nos asignó a una mujer para que nos hiciera la comida. Tegid le dio un trocito de oro que cortó de una de las delgadas barritas que llevaba en una bolsa de cuero bajo el cinturón. El hombre aceptó el pago con protestas de que no era necesario: se consideraban suficientemente pagados con oír noticias del reino.

 

Comprendí entonces qué solitarios podían llegar a ser esos parajes aislados para gente tan sociable. Las noticias de lo que sucedía en el mundo exterior eran un precioso artículo, y los viajeros llevaban a aquel lugar una mercancía de inapreciable valor. Antes de marcharnos, claro está, pagamos con creces nuestro alojamiento contando y repitiendo una y otra vez las noticias que traíamos con nosotros.

 

El hecho de que Tegid fuera un bardo aumentó nuestra popularidad. El poblado no contaba entre sus miembros con un filidh o con un maestro de canto. Durante el largo y frío invierno no habían oído ni una canción ni una historia, salvo las que sabían contar o cantar los escasos habitantes. Quizá tal circunstancia no parezca muy grave, pero lo cierto es que las noches de invierno son largas y los días oscuros. Y las canciones de un bardo pueden transformar la vida ante el fuego de una chimenea en un centelleante hechizo.

 

En Ffim Ffaller oí por primera vez el auténtico genio y arte de un bardo. Tegid cantó para el poblado, y la experiencia fue un tesoro maravilloso que conservaré mientras viva.

 

Nos habíamos reunido en la casa del jefe, en torno al fuego. Habíamos cenado y todos habían acudido a oír cantar a Tegid. Ante mi sorpresa, Tegid había sacado un arpa de la bolsa de cuero y había ido al malecón para afinar las cuerdas. En cuanto entró en la cabaña, una palpable emoción embargó a los presentes.

 

Se colocó en un extremo de la chimenea ante el público, alto e imponente, con el manto cayéndole en elegantes pliegues sobre los hombros, el arpa apoyada en el pecho y sus atractivas facciones iluminadas por las temblorosas llamas. Inclinó la cabeza y pasó los dedos por las cuerdas del arpa, produciendo una espléndida cascada de sonido que cayó sobre los reunidos como una lluvia de monedas de plata.

 

Luego respiró profundamente y comenzó a cantar con sencillez y

 

sentimiento. Yo procuraba seguir la letra lo mejor que podía, pero me perdía con frecuencia en la complicada urdimbre de las palabras. ¿Qué importaba? Lo que captaba compensaba con creces lo que se me escapaba. No era música: era magia.

 

Tegid cantaba su historia —un cuento de un pescador que se enamoraba de una mujer de las aguas y la perdía en el mar— con una voz tan elocuente y arrebatadora, con un sentido de la melodía tan conmovedor que mis ojos se llenaron de lágrimas. Yo sólo podía aprehender fragmentos de la canción, y se me escapaba su sutileza, pero la intensidad del canto me emocionaba con una fuerza extraordinaria. La inolvidable melodía colmaba mi alma de nostalgia.

 

Cuando terminó, la gente permaneció sentada en arrebatado silencio. Poco después, Tegid entonó otra canción. Pero, como un hombre pobre que ha comido unos manjares demasiado exquisitos para su humilde apetito, yo me sentía saciado. Escuchar otra canción me habría matado. Por eso, me deslicé silenciosamente fuera de la casa y me fui a pasear solo por la orilla del mar.

 

Allí, en la abrumadora oscuridad de la noche, deambulé por la playa mirando las resplandecientes estrellas y escuchando el jugueteo de las olas en la orilla. Estaba maravillado. Jamás en mi vida me había emocionado tanto…, y por una simple romanza sobre una sirena. No podía creer ni entender lo que me había sucedido. Al parecer, dentro de mí se había despertado algo; una parte de mi alma dormida desde hacía muchísimo tiempo había cobrado vida. Y ya no podía ser lo que hasta entonces había sido. Pero si ya no era el mismo de antes, ¿quién era?

 

¡Oh!, me encontraba en un paraíso aterrador, plagado de éxtasis fantásticos y sobresaltos tremendos. El terror y la belleza, con toda su fuerza, en estado puro, codo con codo…, y yo indefenso frente a ambos. ¿Cómo podría regresar alguna vez al mundo que había conocido hasta entonces? A decir verdad, había dejado de considerar la posibilidad de regresar. Por algún extraño milagro me encontraba allí, en aquel extraño mundo, y allí me quedaría.

 

Caminé largo rato por la playa y no pegué ojo en toda la noche. Lo que dentro de mí había cobrado vida me impedía descansar. ¿Cómo iba a poder dormir cuando mi espíritu estaba ardiendo? Me arrebujé en el manto y paseé otra vez por la orilla, tan inquieto como la marea de la bahía, con la mente torturada y ardiente y el corazón agitado por el deleite y el miedo.

 

El alba me sorprendió acurrucado en el malecón, contemplando la niebla de plata que descendía por las colinas y se extendía por las heladas aguas negriazules de la bahía. El cielo estaba encapotado y pizarroso, pero las nubes que acariciaban la costa brillaban con el color rosa del alba. En las aguas de la bahía saltó un pez que al sumergirse dibujó un anillo de ondas.

 

Al ver aquel anillo de plata que se extendía por las plácidas aguas, me estremecí hasta la médula. En efecto, me pareció que era un presagio, un portento preñado de significado, un símbolo de mi propia vida: una superficie en otro tiempo tranquila que de pronto se agitaba en un resplandeciente círculo cada vez más amplio. El círculo se extendería más y más hasta ser tragado por la vastedad de la bahía… y entonces no quedaría nada, no quedaría ni la menor huella de que había existido alguna vez.

 

 

 

 

18

 

LA ESCUELA DE SCATHA

 

La lanza que mi contrincante blandía

 

tenía en lugar de una punta de metal un trozo de madera redondeado y pulido. Pero sus golpes hacían daño. Por eso me hallaba cubierto de morados de la cabeza a los pies y estaba comenzando a cansarme de ser derribado cada vez que me disponía a atacar. El pequeño bruto que sostenía la lanza se consideraba superior a mí en todo menos en edad.

 

Cynan Machae tenía quince veranos aproximadamente, era corpulento para su edad y pese a su juventud era un formidable luchador. Era el típico ejemplar del hijo mimado de aristócrata: tenía los cabellos como un tejado de paja en llamas, los ojos pequeños y hundidos de un vivo color azul, la piel blanca salpicada de pecas. Hacía alardes de su arrogancia con el mismo insufrible orgullo con que ostentaba al cuello una gruesa torques de plata.

 

Siempre me había vencido, desde el momento mismo en que nos había emparejado nuestro instructor, Boru, un alto y esbelto genio de la jabalina. Boru, que también era un estudiante bajo la tutela de Scatha, podía arrojar una lanza tan lejos que nadie la veía, y podía hacer diana en una manzana en el preciso momento en que caía del árbol. La mayoría de los estudiantes lo escuchaba con suma atención cuando se dignaba hacer de instructor.

 

Mi única preocupación aquel día era salvar mi malparado orgullo, evitar de algún modo que mi presuntuoso y joven contrincante me vapuleara una vez más. Todos los días era la misma canción. Pero aquel día en particular me lo había tomado más en serio que nunca. Sin embargo, las perspectivas no eran demasiado halagüeñas y el tiempo iba pasando. Las prácticas con lanza estaban a punto de acabar y yo todavía tenía que reparar mi autoestima.

 

Cynan estaba a unos diez pasos con la habitual sonrisa altanera en su pecoso rostro, y sostenía la lanza con ambas manos. Los dos sabíamos que, quienquiera que fuese el que iniciara el combate, acabaría como siempre: yo caería de espaldas con un agudo dolor en las costillas, el pecho, las espinillas, los hombros… o en cualquier otra parte que aquel pedante tuviera a bien

 

golpear.

 

Al observar su aire pomposo, frío, elegante, sentí que la sangre me hervía en las venas. Me juré a mí mismo que borraría de su rostro para siempre aquella altanera sonrisa. Mientras sopesaba mi lanza, una idea atravesó mi lastimada mollera.

 

Di un paso al frente. Cynan se puso en guardia.

 

Di otro paso, luego otro más. Cynan avanzó hacia mí sonriendo.

 

—¿Quieres que te derribe otra vez? ¿Aún no has tenido bastante por hoy?

 

—Sólo una vez más —le dije sin inmutarme. «Sí, una vez más, asquerosa sabandija», pensé.

 

Se acercó un poco más con sonrisa alegre y despectiva. Era engreído y cruel; disfrutaba derribándome. Muy bien, ya me había aporreado demasiadas veces, y yo ya no tenía nada que perder. Si volvía a derribarme, para mí sólo significaría un fracaso más en una serie inacabable y desgraciada de derrotas. Pero si mi plan resultaba…

 

Incliné mi lanza despuntada. Cynan hizo lo mismo. Avancé un paso más.

 

Mi contrincante otro.

 

Boru, que estaba en el centro del campo de entrenamiento, se llevó el cuerno de plata a los labios y emitió un agudo sonido que significaba el final de las prácticas. Pero yo fingí no oírlo. Una expresión de sorpresa apareció en el condenado rostro de Cynan. Por lo general era yo el primero dispuesto a abandonar.

 

—¿No te das por vencido?

 

—Hoy no, Cynan. Muévete.

 

El muchacho avanzó, descargando rápidos y cortos lanzazos con la esperanza de hacerme retroceder. Pero yo me mantuve en mi sitio sin moverme y dejé que se acercara más.

 

—Hoy te muestras particularmente obstinado, Collri —se burló—. Tendré que enseñarte modales.

 

Todos me llamaban burlonamente Collri, que significa «perdedor», lo que sin duda era a los ojos de mis jóvenes camaradas guerreros.

 

—A ver cómo me los enseñas, Cynan —dije—. Aquí te espero.

 

Los demás, notando la tensión que había entre nosotros, se habían congregado en torno. Se oían pullas e insultos, pero la mayoría estaba simplemente interesada en ver quién era derribado. Algunos me daban consejos inútiles y reían con disimulo.

 

Cynan vio una ocasión que ni pintada para lucirse y se dispuso a aprovecharla. Bajó la cabeza y arremetió. Yo incliné la lanza y rechacé el ataque como me habían enseñado. Intuyendo mi movimiento, Cynan aprovechó el impulso descendente de la punta de su lanza para asestarme un golpe en la cabeza con el otro extremo. Era un hábil contragolpe, muy hábil.

 

Pero ya lo había usado otras veces. Y en esta ocasión no me cogió desprevenido. Extendí las manos y alcé mi lanza por encima de mi cabeza para detener el porrazo. Tal maniobra me dejó el estómago desprotegido. Cynan se dio cuenta y, dándose la vuelta, me lanzó una violenta patada al bajo vientre. Yo bajé rápidamente las manos.

 

Su lanza chocó con el astil de la mía. Aproveché la inercia del choque para bajar aún más mi lanza y le di un tremendo golpe en la espinilla de la pierna que había levantado para patearme. Soltó un aullido, más de sorpresa que de dolor, estoy seguro. Los que nos rodeaban soltaron una sonora carcajada.

 

Cynan dirigió la punta de la lanza hacia mi rostro para hacerme retroceder. Pero yo la esquivé y le golpeé con contundencia los nudillos. Creí que perdería entonces el equilibrio y podría derribarlo. Pero me dio un tremendo codazo en las costillas y fui yo quien se tambaleó. Aprovechando la ventaja, Cynan adelantó un pie y me puso la zancadilla. Caí de espaldas en el polvo del campo de entrenamiento y entonces me aporreó la cabeza.

 

El insolente mocoso comenzó a reír, y los reunidos lo corearon. Allí estaba yo otra vez mordiendo el polvo. Vi su altanero rostro, vi que volvía la cabeza para hacer una burlona seña a Boru, que se había unido a los mirones. Me había vencido otra vez.

 

Al oír sus carcajadas, me hirvió la sangre como si fuera lava, y todo a mi alrededor se coloreó de rojo. El batir de las olas retumbaba en mis oídos. Sin pensarlo dos veces, blandí la lanza contra las rodillas de Cynan y le descargué un violento golpe en ambas rótulas. Cynan soltó la lanza y cayó hacia delante,

 

mientras su risa de caballo se convertía en un estrangulado gañido.

 

Cayó de bruces a mi lado. Yo me arrodillé y apoyé el astil de mi lanza en su espalda. El muchacho besó el polvo. Me incorporé y lo golpeé con la punta de la lanza entre los omóplatos. Cynan se estremeció de dolor y perdió el conocimiento.

 

Yo cogí la lanza y me alejé. El círculo de ruidosos espectadores se había quedado en silencio. Nadie bromeaba ya; nadie se reía. Se miraban unos a otros muy asombrados.

 

Boru se abrió paso entre los mirones y se inclinó sobre Cynan. Le dio la vuelta, comprobó con satisfacción que no lo había matado e indicó a los compañeros de Cynan que se lo llevaran a la casa. Cuatro jóvenes se adelantaron, levantaron en vilo al camarada caído y lo sacaron del campo de entrenamiento.

 

Cuando se hubieron marchado, Boru se dirigió a mí.

 

—Bien hecho, Col.

 

Boru siempre me llamaba Col; se paraba a media palabra para evitar el insulto descarado, pues se conformaba con insinuarlo.

 

—Lo siento —murmuré.

 

—No, no debes sentirlo —replicó en voz suficientemente alta para que los mirones lo oyeran—. Te has portado muy bien —declaró, palmoteándome la espalda—. No es fácil vencer a un enemigo cuando uno ya ha sido derribado. No te diste por vencido…, y eso es lo que separa en el campo de batalla a los vivos de los muertos.

 

Boru se dirigió a los espectadores y les ordenó disolverse. Los mirones lo obedecieron entre murmullos. Seguramente el incidente sería el tema de conservación en la cena. Me pregunté lo que diría Scatha cuando se enterara.

 

No tuve que esperar demasiado para averiguarlo, porque en cuanto Boru y los demás se hubieron marchado oí el ligero tintineo de las herraduras de un caballo. Me volví y vi que se acercaba Scatha montada en un caballo negro cubierto de espuma por la dura cabalgada.

 

Scatha era nuestro jefe de batalla: no había mujer más hermosa que ella, ni tampoco más certeramente mortal. Bajo el casco de bronce asomaban sus cabellos trenzados, que brillaban como oro bruñido; sus ojos azul pálido,

 

adornados con largas pestañas y suaves cejas, tenían una expresión fría; sus labios eran gruesos pero bien dibujados. Sus facciones eran idénticas a las que adornan las esculturas clásicas de Atenea o Venus. Si es posible que exista algo así como la poesía de la batalla, ella lo era: grácil y fuerte, deslumbradora y terriblemente peligrosa.

 

Scatha tenía fama de ser el guerrero más hábil de Albión. Y era en la escuela de Scatha, en la isla de Sci, donde yo me esforzaba por aprender el arte de la guerra. ¡Arduo esfuerzo! Me levantaba al alba para correr hasta la playa y bañarme en las aguas heladas del mar; luego tomaba un frugal desayuno de pan negro con agua e inmediatamente después me dedicaba a las actividades del día: prácticas de espada, lanza, cuchillo y escudo, conferencias de estrategia, lecciones de distintas clases de combate, gimnasia, deportes, lucha libre, etc. Cuando no estábamos corriendo, escalando o luchando, estábamos sobre la silla de montar. Cabalgábamos sin cesar: hacíamos carreras en la playa, cazábamos en las colinas boscosas y en las cañadas de la isla o nos enzarzábamos en simulacros de batallas.

 

Yo me había acostumbrado a ese régimen de vida y la mayoría de las veces disfrutaba de lo lindo. Pero a decir verdad no progresaba como guerrero. Al parecer todavía me faltaba algún misterioso ingrediente con el cual aglutinar en un armónico y efectivo conjunto las habilidades aprendidas. Era el último entre mis compañeros, que además eran todos más jóvenes que yo. Muchachos que contaban apenas ocho veranos poseían habilidades que yo sólo podía imaginar, y me demostraban su superioridad a cada momento sin la menor compasión.

 

Juro por lo más grande que uno no conoce lo que es realmente la humillación hasta que no ha sido vencido por niños.

 

Salí al encuentro de Scatha y comprendí por la desaprobadora y adusta expresión de su rostro que había visto lo que yo acababa de hacer.

 

—Por fin derrotaste a Cynan. Le has dado una buena lección —dijo, pero a continuación añadió con agudeza—. Sin embargo, yo que tú no esperaría que me diera las gracias.

 

—No tenía intención de hacerle daño —expliqué haciendo un gesto vago hacia los muchachos que se llevaban el cuerpo inerte de mi adversario fuera del campo de entrenamiento. Los pies de Cynan iban dejando en el polvo una larga huella.

 

—Pues claro que la tenías —replicó Scatha—. Si tu lanza hubiera tenido una punta de metal en lugar de madera de abedul, lo habrías matado.

 

—No, yo…

 

La mujer me impuso silencio con un breve ademán.

 

—Hoy te enfrentaste a dos enemigos y fuiste vencido por uno de ellos.

 

No entendí lo que quería decirme.

 

—¿Qué dos enemigos, Pen-y-Cat?

 

Me dirigí a ella con el título que tanto la enorgullecía: Caudillo de la Guerra. Lo era sin duda, y más aún: era un adversario astuto y taimado, con un sinfín de recursos; el enemigo más sagaz y malicioso con el que uno se pudiera topar jamás.

 

Scatha me respondió en voz baja:

 

—Estabas encolerizado, Col. La cólera te venció hoy.

 

Era cierto.

 

—A lo mejor la próxima vez no tendrás tiempo de lamentarlo. Ya estarás muerto.

 

Se dio la vuelta y se dispuso a conducir su caballo al establo. Me indicó que la acompañara.

 

—Si tienes que derrotar a dos enemigos cada vez que entres en batalla, pronto estarás fuera de combate. Y, entre dos enemigos, la cólera es siempre el más fuerte.

 

Abrí la boca para decir algo, pero Scatha no me dejó que la interrumpiera.

 

—Deja a un lado el miedo —me dijo en tono terminante—, de otro modo acabará por matarte.

 

Bajé la cabeza. Tenía toda la razón, desde luego. Yo tenía miedo del ridículo, de la humillación, de la derrota… Pero sobre todo tenía miedo de que me hirieran, de que me mataran.

 

—La proeza de vencer a Cynan es obra tuya, Col. Tienes de sobra condiciones para lograrlo, pero debes aprender a sacarlas de ti mismo. Para conseguirlo, tienes que dejar a un lado el miedo.

 

—Lo comprendo. Trataré de hacerlo —le prometí.

 

Scatha se detuvo y me miró.

 

—¿Tan lastimosa es la vida en el mundo del que procedes que debes apegarte a ella?

 

¿Lastimosa? Seguramente había querido significar todo lo contrario. A decir verdad, aquel modo de hablar seguía desconcertándome.

 

—No te entiendo.

 

—Es el pobre quien se aferra con desesperación al oro que encuentra por temor a perderlo. El hombre rico despilfarra su oro con liberalidad para satisfacer sus deseos. Lo mismo ocurre con la vida.

 

Avergonzado súbitamente de mi visible pobreza, bajé la mirada. Pero Scatha me cogió la barbilla y me obligó a levantar la cara.

 

—Aférrate con desesperación a la vida y la perderás, querido guerrero «que se resiste a serlo». Tienes que lograr ser dueño de tu vida, no esclavo de ella.

 

Sondeé en la profundidad de sus ojos y constaté que estaba en lo cierto; sabía que estaba diciendo una gran verdad y que me veía tal como yo era. De pronto deseé con todas mis fuerzas demostrar mi valía ante aquellos claros y azules ojos. Si era la largueza de espíritu lo que hacía grande a un guerrero, yo me convertiría en un verdadero dilapidador.

 

—Gracias, Pen-y-Cat —murmuré agradecido—. Tus palabras encierran sabiduría y verdad. Las recordaré siempre.

 

—Procura hacerlo. —Scatha inclinó la cabeza en señal de que aceptaba mi cumplido—. No hay gloria alguna en entrenar a guerreros para la muerte.

 

Luego me tendió las riendas de su caballo y se alejó, dejándome solo para que atendiera al animal; era el castigo por haber perdido los estribos con Cynan.

 

Según mis cálculos, llevaba en la escuela de Scatha seis meses. El pueblo de Albión no se regía por meses sino por estaciones, lo cual hacía ligeramente difícil llevar cuenta precisa del tiempo. Pero habían pasado dos estaciones desde mi llegada a Ynys Sci, y dos más hacían el año. Al final de la tercera estación, rhylla, el equivalente en el Otro Mundo al otoño, la mayoría de los

 

muchachos regresaría a sus casas para pasar el invierno con sus clanes y tribus. Pero yo no. Siempre unos cuantos jóvenes, los de mayor edad, como Boru, se quedaban durante los oscuros y tristes meses de aquellas latitudes septentrionales azotadas por el viento frío y helado.

 

En la isla había aproximadamente un centenar de muchachos entrenándose para llegar a ser guerreros. Los más jóvenes eran entrenados en un grupo aparte, aunque la división no se hacía estrictamente por edades. Dependía sobre todo de la altura y las aptitudes. A mí a veces me ponían con los mayores, aunque era un pobre rival para su destreza y ni siquiera tenía la habilidad necesaria para hacer emocionantes los combates. En consecuencia, era el blanco de sus bromas y la diana de sus burlas.

 

No los culpaba por ello. La verdad es que era un guerrero desastroso. Pero hasta aquel día no había deseado realmente tener éxito. Ahora sí lo deseaba. Y no sólo éxito; deseaba aplausos y honores. Deseaba recubrirme de gloria ante los ojos de Scatha…, o por lo menos evitar que me despreciara.

 

Aquélla noche, cuando hube acabado de limpiar, alimentar e instalar el caballo en el establo, me uní a mis compañeros en el salón alumbrado por antorchas donde comíamos. Pero esa noche no fui recibido con silbidos y mofas; esa noche fui recibido con un silencio cercano al respeto. Se había extendido la noticia de mi combate con Cynan y la mayoría, si no todos, estaba de parte de mi adversario. Estaban molestos conmigo porque lo había vencido y me hicieron el vacío. Sin embargo, su silencio me resultó más tolerable que sus burlas.

 

Boru fue el único que se dignó sentarse a la mesa conmigo. Comimos juntos, pero hablamos poco.

 

—No veo a Cynan —comenté, paseando la mirada por las mesas del salón.

 

—No tiene hambre esta noche —repuso Boru con afabilidad—. Creo que le duele la cabeza.

 

—Pen-y-Cat cree que me dejé llevar por la ira —dije, y le relaté mi conversación con Scatha.

 

Boru escuchó con atención mi relato.

 

—Nuestro Caudillo de la Guerra es sabia —afirmó solemnemente—.

 

Hazle caso. —Una sonrisa alegre le iluminó el rostro—. No obstante, me parece que te has ganado un nombre nuevo. Ya no te llamas Collri. A partir de hoy serás Llyd.

 

Me invadió un repentino placer.

 

—¿De veras lo crees, Boru?

 

Mi amigo asintió con un leve ademán.

 

—Espera y verás.

 

Poco después se subió a la mesa y, llevándose el cuerno de plata a los labios, emitió un sonido que resonó en el salón. Todos dejaron de comer y de hablar y lo miraron.

 

—¡Hermanos! —exclamó—. Soy un hombre afortunado entre los hombres. Hoy presencié algo maravilloso.

 

Los bardos a veces introducían sus discursos con esa fórmula.

 

—¿Qué viste? —fue la esperada respuesta de los comensales.

 

Todos se dispusieron a escuchar.

 

—Vi cómo a un muñón le salían piernas y comenzaba a andar, vi cómo un patán alzaba con orgullo la cabeza —respondió Boru.

 

Todos se echaron a reír; creían que se estaba burlando de mí. Y a decir verdad yo también lo pensé.

 

Pero, antes de que tuviera tiempo de esconder la cabeza bajo el ala, Boru extendió su mano hacia mí y dijo:

 

—Hoy vi el espíritu de un guerrero encenderse en las llamas de la ira. ¡Llyd ap Dicter, bienvenido seas!

 

Las palabras de Boru resonaron en el silencio de la sala. Le agradecía infinitamente su noble gesto, pero al parecer había sido en vano. Los ceñudos rostros que se alineaban en las mesas de la sala no iban a dejar que escapara a su desprecio, no iban a liberarme de sus sarcasmos.

 

Eché una mirada en torno y descubrí la razón de aquel mudo rechazo: Cynan estaba junto a la puerta de la sala. Había oído el discurso de Boru y tenía el entrecejo fruncido. Nadie deseaba avergonzar a Cynan alabándome ante él. Por eso el generoso rasgo de Boru había fracasado. Cynan me había

 

vencido una vez más.

 

El joven miró con arrogancia a Boru y después a mí. Entró en la sala y avanzó hacia mí, con las mejillas tan rojas como el cabello, los ojuelos entrecerrados y el rostro ceñudo. Sentí un nudo en el estómago. Venía a desafiarme delante de todos los allí reunidos. Yo no tenía esperanza alguna de sobrevivir.

 

Cynan se detuvo frente a mí. Traté de aparentar tranquilidad y despreocupación al enfrentarme a su severa mirada. Nos contemplamos un momento de hito en hito. Boru, consciente de lo que estaba a punto de ocurrir, intervino:

 

—Bienvenido, Cynan Machae. Hemos echado de menos tu agradable compañía esta noche.

 

—No tenía hambre —gruñó el arrogante joven; luego se dirigió a mí—.

 

Levántate.

 

Me puse en pie despacio y me encaré con él tratando desesperadamente de encontrar una salida para aquel apurado brete. Boru bajó de la mesa al banco, dispuesto a interponerse entre los dos.

 

Cynan alzó lentamente la diestra y esgrimió el puño ante mi rostro. Con el puño casi rozándome las narices, levantó la mano izquierda y juntó los puños en gesto de colérico desafío. Luego se llevó las manos a ambos lados de la garganta y con gesto pausado tiró de los extremos de su torques de plata y se la quitó; supuse que lo hacía para no resultar dañado en el combate.

 

Luego tendió las manos, me puso el ornamento de plata al cuello y lo cerró, y, cogiéndome un brazo, lo alzó por encima de mi cabeza.

 

Me había regalado su objeto más querido, el símbolo de su linaje noble. No se mostraba en absoluto contento, pero había querido hacerme aquel regalo ante todos los reunidos.

 

—Salve, Llyd —refunfuñó amenazadoramente.

 

Acto seguido me soltó el brazo e hizo ademán de marcharse.

 

—Siéntate conmigo, hermano —repuse yo.

 

De todas las cosas que podría haber dicho, no sé por qué elegí aquellas palabras. Cynan tenía un aire tan desdichado que supongo que creí que debía

 

consolarlo. A decir verdad, sabía perfectamente que lo había vencido por pura casualidad; en cualquier otro momento yo no habría salido tan bien parado. Además, ahora ostentaba yo su más preciado tesoro y podía permitirme el lujo de mostrar magnanimidad.

 

Se dio la vuelta para encararse conmigo con los puños apretados. Boru adelantó una mano y lo cogió por el hombro.

 

—Tranquilo, hermano —dijo con voz suave—. Has hecho lo que debías.

 

No manches la grandeza de tu noble tributo con una pelea indecorosa.

 

Cynan expresó lo que pensaba del consejo de Boru con una mirada furiosa.

 

—Un guerrero jamás rinde tributo de buena gana —afirmó con voz estrangulada.

 

—Deja que te diga que, a menos que lo hagas de buena gana, no hay grandeza ninguna en un regalo —se apresuró a replicar Boru.

 

Cynan pareció vacilar pero no se sentó.

 

—Vamos —dijo Boru amablemente—, no te deshonres con una pelea por un regalo que ya has hecho.

 

Al contemplar el rostro de mi joven enemigo congestionado por la cólera, sentí por él sincera compasión. ¿Por qué me había dado la torques? Era evidente que no deseaba hacerlo. ¿Qué lo había impulsado a regalármela?

 

—¿Acaso esa chuchería de plata vale más que tu honor? —le preguntó Boru.

 

Cynan torció aún más el gesto. Algunos espectadores comenzaron a murmurar, y Cynan notó que estaba perdiendo popularidad. Parecía a punto de comenzar a dar coces porque creía que no tenía otra salida.

 

—Me has honrado con tu regalo, Cynan —le dije en voz muy alta para que todos los comensales me oyeran—. Lo acepto con la máxima humildad, porque me consta que no soy digno de recibirlo.

 

El ceño de Cynan pareció iluminarse con un ligerísimo destello de asombrado asentimiento.

 

—Tú sabrás —repuso sin confirmar ni contradecir mis palabras.

 

—Por eso, para corresponder a tu regalo, permíteme que te haga yo otro.

 

Mis palabras lo cogieron por sorpresa; el muchacho no sabía qué pensar.

 

Pero estaba lo bastante intrigado como para aceptar.

 

—Si quieres hacerme un regalo, no voy a impedírtelo.

 

—Eres muy amable, hermano —respondí.

 

Con sumo cuidado me quité del cuello la torques de plata y se la puse a él.

 

Cynan me miró asombrado.

 

—¿Por qué lo has hecho? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Acaso quieres burlarte de mí?

 

—No, Cynan —contesté—. Sólo deseo honrarte con un regalo tan valioso como el que tú me has hecho. Y, como no tengo nada excepto esta torques que acabas de darme, te la regalo.

 

La respuesta le agradó, porque le permitía a la vez conservar su autoestima y recuperar su valioso tesoro. El ceño desapareció de su rostro, reemplazado por una expresión de alivio y asombro.

 

—¿Qué dices a esto, Cynan? —inquirió Boru.

 

—Acepto tu inestimable regalo —se apresuró a responder Cynan para no darme tiempo a que cambiara de idea.

 

—Muy bien —dije—. Entonces ¿puedo pedirte que te sientes conmigo?

 

Cynan permaneció impasible, pues su orgullo no le permitía dar el brazo a torcer tan pronto. Boru se hizo a un lado y le indicó el banco.

 

—Siéntate, hermano —le instó—. Ocupa mi puesto.

 

El orgulloso joven se llevó la mano a la torques de plata y cedió por fin.

 

Su rostro se ensanchó en una amplia sonrisa.

 

—Después de todo, quizá pueda comer algo —declaró—. No se puede desdeñar un puesto entre guerreros.

 

Cynan y yo nos sentamos juntos y comimos del mismo bol. Por primera vez hablamos como si fuéramos algo más que contrincantes.

 

—Llyd ap Dicter —musitó cogiendo un pedazo de pan—. El colérico hijo de la furia; es un excelente hallazgo, Boru. Deberías ser bardo.

 

—¿Un guerrero bardo? —preguntó Boru con exagerado interés—. Nunca ha existido en Albión algo parecido. Muy bien, yo seré el primero.

 

Se echó a reír y Cynan lo imitó, pero yo no pesqué el chiste. No veía la gracia de tan peculiar conjunción.

 

Luego se habló de otras cosas. Vi que Cynan se llevaba la mano de vez en cuando a la torques, como si no pudiera creer que la había recuperado.

 

—Es una hermosa torques —le dije—. Espero tener algún día una igual.

 

—No hay otra igual —aseguró Cynan, henchido de orgullo—. Me la dio mi padre, el rey Cynfarch de Galanae.

 

—¿Por qué me la regalaste? —pregunté, intrigado por aquel misterio; era evidente que Cynan tenía al objeto en mucha estima.

 

—Mi padre me hizo jurar que se la regalaría al primer hombre que me venciera en la lucha. Si regresara a mi hogar sin ella, no podría unirme al ejército de mi clan —respondió Cynan acariciando la torques—. Es el único objeto que he recibido de manos del rey. Siempre lo he reverenciado.

 

Hablaba con toda sinceridad, sin el menor rencor y sin la menor autocompasión. Pero a mí me entraron ganas de llorar al pensar que Cynan estaba obligado a vivir y trabajar con tan abrumadora responsabilidad de perfección. ¿Cómo debía de ser aquel padre que le hacía a su hijo un regalo hermoso y a la vez convertía al chico en un esclavo de la joya? No le encontraba sentido alguno, pero por lo menos me ayudó a comprender a Cynan un poco mejor.

 

Y también comprendí que para él confiar su secreto a alguien era un sacrificio casi tan grande como regalar la torques. Aun así, había estado dispuesto a hacerlo, del mismo modo que había estado dispuesto a cumplir un juramento que sólo él conocía y que hubiera podido costarle la más querida de sus posesiones. Si hubiera simplemente incumplido el juramento, nadie lo habría sabido.

 

Estaba maravillado ante la extraordinaria fidelidad de Cynan. Aunque hacía poco tiempo que se afeitaba, ya era un hombre en el que se podía confiar hasta la muerte. Su sentido de la lealtad me hacia sentir como un gusano.

 

—Cynan —dije—, quiero pedirte un favor.

 

—Pide lo que quieras, Llyd, y lo tendrás —repuso con sincera amistad.

 

—Enséñame esa treta con la lanza —pedí, moviendo las manos como si estuviera golpeando la mollera de un enemigo.

 

Cynan sonrió complacido.

 

—Te la enseñaré, pero debes guardar celosamente el secreto. ¿De qué nos serviría si llegara a oídos de todos nuestros enemigos?

 

Hablamos de muchas cosas durante la velada. Cuando nos levantamos de la mesa para retirarnos a dormir, nos habíamos convertido en buenos amigos.

 

 

 

 

19

 

SOLLEN

 

El invierno en la isla de Sci es

 

ventoso, frío y húmedo. Los días son oscuros y cortos, las noches oscuras e interminables. La tierra es azotada por los violentos vientos del norte que durante el día descargan lluvia helada y nieve y durante la noche soplan a ráfagas en los tejados de paja. El sol se levanta muy poco, si es que llega a levantarse, se ciñe al horizonte y flota débilmente sobre las cumbres antes de perder fuerza y hundirse una vez más en el helado abismo de la noche. La estación se llama sollen, tiempo tenebroso durante el cual los hombres y los animales deben permanecer encerrados en sus cabañas y casas, protegidos por los espesos muros.

 

Sin embargo, pese a la sombría desolación de tan dura e inhospitalaria estación, hay breves interludios de calor y bienestar: en las chimeneas chisporrotea siempre el fuego, en los braseros de hierro refulgen rojos los rescoldos, en los lechos se apilan mantas de lana y colchones de blancos vellones, pequeñas lamparillas de plata queman aceites perfumados para vencer la tétrica lobreguez con su agradable resplandor.

 

Los días se dedican a juegos de sutileza, habilidad y azar —fidchell, brandub y gwyddbwyll—, que se llevan a cabo sobre tableros de hermosas maderas barnizadas con fichas labradas. Y sobre todo se habla sin cesar: la charla es como un suntuoso ropaje de fino tejido, como una fuente inagotable de pensamientos embriagadores, como una burbujeante caldera en la que se cuecen todos los temas imaginables. Del mismo modo que el hierro se afila con el hierro, mi habilidad en la conversación se incrementaba con las ingeniosas argumentaciones de aquellos debates amistosos. Una y otra vez daba mentalmente gracias a Tegid por haberme enseñado tan bien el idioma.

 

Además, durante el tenebroso sollen nuestra sencilla dieta de pan, carne y cerveza se enriquecía con un queso de color amarillo pálido, pasteles de cebada endulzados con miel, gustosas compotas de fruta, y con el dorado hidromiel, la bebida de los guerreros. A estas golosinas se sumaban patos y

 

gansos asados, criados para alegrar las comidas del invierno.

 

Al calor del hogar el espíritu de camaradería se hacía más profuso y sincero, en parte porque pocos discípulos de Scatha se quedaban a pasar el invierno. La mayoría regresaba a sus tribus para invernar con sus gentes; los que nos quedábamos, sólo un puñado de los mayores, entre los que se encontraba Boru, aprovechábamos el tiempo para crear entre nosotros unos lazos sólo superados en solidez por los de la sangre.

 

Aún hacía más agradables nuestras veladas la presencia de las encantadoras hijas de Scatha, las tres muchachas más hermosas que jamás se hayan visto bajo la capa de los cielos: Gwenllian, Govan y Goewyn. Habían llegado a Ynys Sci en el barco que se llevó a casa a los estudiantes. Venían a pasar la larga y sombría estación de sollen con su madre, tras haber servido en la corte de un rey como banfáith, es decir, como profetisas.

 

Afortunado era el rey que podía enorgullecerse de contar con una banfáith, y un rey entre reyes era quien había gozado en su corte de la presencia de una de las hijas de Scatha. Las tres eran solteras, pues, aunque el matrimonio no les estaba prohibido, las tres preferían mantenerse leales a su absorbente don, dado que el día en que se casaran dejarían de ser profetisas. Una banfáith gozaba de excelente consideración; como los bardos, cantaban y tocaban el arpa, y, también como ellos, eran sagaces consejeras. Pero además poseían un antiguo y misterioso poder: la habilidad de escrutar los entretejidos vericuetos del futuro para ver lo que ocurría y hablar al pueblo en nombre de Dagda.

 

Las tres adornaban los húmedos y fríos días del invierno con su encanto y ternura, y suavizaban el tono salvaje de nuestras costumbres militares con su grácil feminidad. Aquello formaba asimismo parte del sistema educativo de Scatha, porque un guerrero debía dominar los entresijos de la etiqueta y la cortesía que regulaban la vida social. Para eso se quedaban los estudiantes de mayor edad. Uno o dos inviernos antes de completar su entrenamiento en la escuela de Scatha, los guerreros eran adiestrados en el arte de la gentileza por sus hijas.

 

Las hijas de Scatha, tan inteligentes como hermosas, nos colmaban de atenciones. Era el más dulce de los placeres ser incluido en el resplandeciente círculo de su compañía. Durante los largos días invernales nos entregábamos en la sala a toda clase de entretenidas actividades. Gwenllian me enseñó a

 

tocar el arpa, y también pasé agradables veladas dibujando a la cera con Govan; pero yo prefería sobre todo jugar al gwyddbwyll con Goewyn.

 

¿Qué podría decir de las hijas de Scatha? Eran más hermosas que el más esplendoroso día de verano, más gráciles que los cervatillos que retozan en los prados de las montañas, más encantadoras que los umbríos y verdes valles de Sci; las tres eran atractivas, fascinantes, maravillosas, deliciosas.

 

Goewyn tenía los cabellos largos y muy rubios, peinados como los de su madre en docenas de trencitas con una campanilla de oro en la punta. Cuando se movía, sonaba una música dulcísima. Sus cejas finas y bien dibujadas y su nariz muy recta proclamaban su nobleza; tenía una boca generosa con los labios perpetuamente adornados por una sonrisa que expresaba una velada sensualidad; sus ojos castaños estaban siempre risueños, como si todo lo que contemplaran estuviera creado para su particular diversión. Yo me aficioné enseguida a pasar largo tiempo con ella, con las cabezas inclinadas sobre el tablero de madera que sosteníamos sobre las rodillas, como un regalo de un benévolo creador.

 

Govan tenía una risa pronta, una inteligencia sutil y unos ojos azules como los de su madre, escondidos entre largas pestañas. Su cabello era leonado y su piel morena, como una baya madura al sol; tenía el cuerpo bien proporcionado, fuerte y expresivo, el cuerpo de una bailarina. En los escasos días en que el sol iluminaba el cielo con un esplendor pálido, cuya brevedad lo hacía aún más radiante, Govan y yo cabalgábamos por la playa que se extendía al pie del caer. El viento nos golpeaba las mejillas y salpicaba nuestras capas con la espuma del mar; los caballos chapoteaban en la rompiente que destacaba blanca sobre los guijarros negros. Hacíamos carreras; ella sobre una yegua gris veloz como una gaviota al zambullirse en el agua y yo sobre un ruano rojo, volábamos haciendo saltar las piedras de la playa y las algas arrastradas por la tempestad, hasta quedarnos sin aliento.

 

Cabalgábamos hasta el final de la bahía donde los gigantescos peñascos del acantilado se habían precipitado al mar. Luego volvíamos grupas y nos lanzábamos hacia el otro extremo, donde desmontábamos para dar descanso a los caballos. Sus flancos cubiertos de espuma humeaban en contacto con el aire helado, y nosotros caminábamos sobre los guijarros pulidos por el mar con los pulmones escocidos por el aire salino que habíamos respirado. Yo notaba la sangre caliente en mis venas, el viento helado en la piel y la mano

 

de Govan en la mía, y me sentía plenamente vivo bajo el contacto vivificador de Dagda.

 

Dagda era el Dios Bondadoso, al que también llamaban la Mano Segura y Certera, por la infinita vastedad de su creación y su poder sempiterno para sostener todo lo que tocaba. De esta enigmática deidad celta, así como de otras, me habló Gwenllian, que además de servir de banfáith al rey Macrimhe de los mertanos, era una banfilidh, una mujer filidh, es decir, una arpista.

 

Gwenllian seducía con sus cabellos rojos y sus bellos ojos de color esmeralda, y hechizaba con su piel blanca como la leche y sus labios y mejillas rojas como pintados con dedalera; todo en ella era gracia, desde la línea de su cuello hasta la curva de sus pies. Todas las noches, Gwenllian tejía la embriagadora magia del arpa con sus hábiles dedos y cantaba las eternamente jóvenes canciones de Albión: la historia de Llyr y de sus desgraciados hijos, la de la inconstante Blodeuedd y su traición, la de Pwyll y su amada Rhiannon, la de la bella Arianrhod, la del misterioso Mathonwy, la de Bran el Bendito, la de Manawyddan, la de Gwydion, la de Pryderi, la de Dylan, Epona, Don y muchas más.

 

Cantaba sus amores y sus odios, sus luchas y sus paces, sus gloriosas hazañas y sus patéticos fracasos, su sabiduría y su locura, sus maravillosas vidas y sus miserables muertes, su inconmensurable bondad y su espantosa maldad, su magnanimidad y su crueldad, sus triunfos y derrotas, y la eterna verdad del ciclo sin fin de sus vidas. Cantaba y ante mí desfilaba la vida humana en toda su vastedad y profundidad. Cuando Gwenllian cantaba, yo me daba cuenta de lo que significaba ser humano.

 

Todas las noches después de cenar llenábamos nuestras copas y nos reuníamos en torno a la chimenea para escuchar las canciones de Gwenllian. Cuando comenzaba a cantar, el tiempo alzaba el vuelo. A veces me despertaba de mi ensueño la luz del alba que con sus rosados dedos levantaba por el este el oscuro manto de la noche; mi cabeza bullía de ardientes imágenes y constataba que el hidromiel de mi copa estaba intacto.

 

Oír cantar a Gwenllian era entrar despierto en un sueño tan poderoso que el tiempo y los elementos desaparecían. Oír cómo aquella intachable voz entonaba una canción era sentir el encanto como si fuera una fuerza física. Cuando Gwenllian cantaba, ella misma se convertía en canción. Cuando Gwenllian cantaba, los que la escuchaban saboreaban una vida superior.

 

Podría haber pasado el resto de mis días oyéndola, sin sentir fatiga, sin preocuparme de comer o beber; sus canciones eran el único alimento que yo necesitaba.

 

Así era mi vida en el reino de la isla de Scatha. Como Llyd, aprendí el arte del guerrero y me esforcé con tenacidad por dominar la habilidad de blandir la espada, de arrojar la lanza, de luchar con cuchillo, de manejar el escudo. La empuñadura me modeló la mano hasta que espada y brazo fueron una misma cosa; el astil de mi lanza se convirtió en mi criado fiel y leal; mi cuchillo y mi escudo formaban parte de mi ser como podían serlo mis dientes y mis uñas. Poco a poco, sufrimiento tras sufrimiento, mi cuerpo se aprestó para la dura disciplina de la lucha; se volvió flexible como el cuero y resistente como el astil de mi lanza.

 

Trabajé mucho. Las derrotas me enseñaron astucia y los fracasos inventiva. Me convertí en un hombre resuelto y perdí el miedo. Me convertí en un hombre despiadado y nació en mí el valor. Vivía la vida de un guerrero y en guerrero me convertí. Luché hasta que cada uno de mis nervios, tendones, huesos y miembros adquirieron la temible precisión del arte del guerrero. Y al mismo tiempo conquisté la fría objetividad del luchador que está libre tanto de cólera como de temor y cuyos movimientos son el más puro deleite, y para quien cada lucha a sangre es una exultación de destreza.

 

Trabajé durante seis años. Seis años de sudor, esfuerzo y afán. Seis años de combates amistosos. Seis años de hermosos y soleados gyd y gélidos sollen. Seis años, desde Beltane hasta Samhein, y al final ya no era el último entre mis compañeros.

 

El séptimo año progresé como los demás en casi todos los aspectos. Pero raramente había un momento en que no pensara dolorosamente que mi estancia en Ynys Sci estaba tocando a su fin: pronto volvería a Prydain para servir al rey Meldryn Mawr. Contaba los días y temía que cada jornada llegara a su conclusión, porque eso significaba que se acercaba el momento de partir.

 

No quería abandonar la isla. No volvería a gozar de la amable compañía de Goewyn, ni volvería a cabalgar con Govan, ni volvería a oír las canciones de Gwenllian. No podía soportar tal idea. Las tres hermanas me eran más queridas que mi propio corazón; hubiera preferido arrancármelo palpitante del pecho antes que dejarlas.

 

Sin embargo, ¿qué podía hacer? Mi partida estaba escrita desde el principio. Me marcharía cuando llegara el barco en la primavera.

 

Pero también tenía miedo por otro motivo. Regresar a la corte de Meldryn suponía reencontrarme con Simon y con una tarea largo tiempo descuidada: debíamos regresar al mundo del que habíamos venido. Sólo el pensarlo me llenaba de desesperado desasosiego. No tenía más ganas que Simon de regresar al mundo real. Ahora lo comprendía. En Ynys Sci los lazos que me ataban a mi mundo se habían debilitado hasta caer. No me di cuenta de que desaparecían; fue simplemente un inocente olvido. Con el transcurrir de los días, el mundo manifiesto había ido volviéndose menos real, menos vivido, hasta parecer un mundo fantasmagórico, rodeado de grises vapores y de borrosas existencias. Yo también deseaba quedarme en el Otro Mundo, costara lo que costara.

 

Al final del séptimo año, Tegid vino a buscarme.

 

Una fría mañana en que contemplaba sobre una peña la bahía, vi que el barco se acercaba. Sentí una punzada de amargo dolor al pensar que el barco que traía una vez más a las hijas de Scatha a la isla me llevaría lejos en la primavera, en gyd, cuando hubieran cesado las tormentas de sollen.

 

Durante tres largas estaciones había soportado el cruel exilio de su ausencia. Ahora regresaban y yo estaba ansioso por verlas.

 

Monté de un salto en la silla y azucé el caballo por el sendero que descendía desde el promontorio a la bahía, para aguardar en la playa la llegada del barco. Algunos de los estudiantes más jóvenes se habían reunido en la orilla, ansiosos de ver el barco que los llevaría de vuelta a su casa una vez más. Echaban de menos a su clan y a sus parientes, y en sus ojos se leía la nostalgia por el hogar. Me pregunté si se notaría en los míos el desesperanzado anhelo que me embargaba.

 

Poco a poco el barco se fue acercando; cada ola que rompía en la orilla parecía arrastrar a la embarcación más cerca. Al cabo de poco tiempo divisé las gráciles siluetas de las hijas de Scatha en la proa. Vi el alegre saludo de Goewyn, la risa de Govan, los cabellos de Gwenllian revoloteando con la brisa marina. Y después…, después me metí en el agua hasta las rodillas para ayudar a empujar el barco hasta la playa y tendí la mano para ayudar a bajar a la primera de las muchachas. Goewyn me cogió la mano, se echó en mis brazos y me besó; su dulce y tierno aliento me acarició el cuello.

 

Govan también me saludó con un beso.

 

—Te he echado de menos, Llyd —me dijo alegremente; luego, apartándome un poco, añadió—. Deja que te vea.

 

Yo así sus manos con fuerza, mientras me examinaba.

 

—No he cambiado —repuse—. Excepto que mi añoranza por vosotras ha crecido más y más desde que os fuisteis.

 

—¡Pícaro! —Se echó a reír muy contenta, y volvió a besarme.

 

Govan se alejó por la playa, y entonces vi que Tegid salvaba la rompiente de espuma sosteniendo en alto la vara de roble.

 

—¡Ya veo que han hecho de ti un verdadero guerrero! —exclamó.

 

—¡Tegid! —grité—. ¿Eres tú de verdad?

 

—El mismo que viste y calza —contestó. Avanzó hacia mí y me saludó asiéndome por los brazos, según era costumbre entre parientes—. Me encuentro con un hombre muy diferente del que dejé. Meldryn Mawr se mostrará muy satisfecho cuando te lleve ante él.

 

Aunque quería dedicarme un cumplido, sus palabras me dieron a entender por qué había venido. La alegría por ver al amigo se desvaneció de golpe. Tragué saliva.

 

—¿Cuándo? —pregunté deseando contra toda esperanza que pudiéramos quedarnos a pasar el invierno en la isla.

 

—Ésta noche —respondió—. Tenemos que marcharnos con la marea. Lo siento mucho.

 

Aunque hacía un hermoso día, sentí en mi alma la desolación de sollen. La melancolía que me producía tener que partir apagó por completo el calor del sol. Sentí como si acabaran de robarme mi más preciado tesoro. En la isla de Scatha había vivido como jamás había vivido antes. Con la dura disciplina del guerrero había aprendido lo que significaba estar vivo. Ahora todo había acabado y sentí como si mi vida, la única que verdaderamente había apreciado, hubiera terminado también.

 

—Nada me gustaría más que pasar el invierno aquí —me dijo Tegid—, pero tienes que despedirte. Me ocuparé de recoger tus cosas.

 

Era costumbre que quienes habían acabado su entrenamiento con Scatha, solicitaran formalmente permiso para marcharse. Si, a su juicio, el guerrero dominaba las habilidades de que ella lo creía capaz, Pen-y-Cat le regalaba las armas. Por regla general, era una ceremonia alegre, pero mi corazón lloraba: no deseaba marcharme.

 

Sin embargo, nos dirigimos al caer y a la sala, donde se habían reunido mis compañeros de armas para la despedida; entre ellos estaba Cynan, que me saludó al verme llegar.

 

—¡Llyd! Nos vamos juntos, ¿verdad?

 

Su rubicundo rostro resplandecía de satisfacción. Había trabajado mucho y duramente para hacerse merecedor de aquel día y apenas podía creer que por fin hubiera llegado.

 

—El barco se ha adelantado este año —comentó—. Dicen que hay problemas en Albión y que quizá nos necesiten. —Se fijó en la expresión sombría de mi cara—. ¿Qué te pasa?

 

—Abrigaba la esperanza de quedarme un poco más —repuse con voz triste y apagada.

 

Aunque éramos amigos, Cynan no podía comprender por qué me sentía tan desgraciado.

 

—¡Seremos jefes de batalla! Tenemos que ganarnos ese honor, hermano. Quizá cabalguemos juntos antes del invierno. Meldryn Mawr es un rey poderoso; ganarás mucho oro a su servicio. Ya lo verás.

 

En ese momento alzaron la cortina de cuero de buey que cubría la puerta, y Cynan fue invitado a entrar. El muchacho bajó la cabeza y entró. En los seis años que había durado nuestro exilio se había convertido en un hombre seguro y decidido. Ya no era un joven que debía demostrar su valía ante el mundo, y había alcanzado plena confianza en sí mismo y en su destreza. Había logrado encontrar cierta paz en la terrible e imposible exigencia de perfección que le había impuesto su padre. Me agradaba pensar que yo lo había ayudado. Por encima de todo, Cynan y yo nos habíamos convertido en hermanos de armas, un lazo más fuerte que la muerte y más firme que cualquier otro.

 

No quise aguardar con los demás, así que paseé un rato por el caer, visité

 

por última vez los lugares que había llegado a conocer tan bien y deambulé por el campo de entrenamiento, ahora desierto, que tantas veces había regado con mi sudor y mi sangre.

 

Goewyn salió a mi encuentro para despedirse.

 

—Echaré de menos nuestras partidas de gwyddbwyll. Has llegado a ser un contrincante de cuidado.

 

—Yo te echaré de menos a ti, Goewyn —le dije esperando alguna palabra de consuelo.

 

Ella sonrió y sacudió la cabeza haciendo sonar alegremente las campanillas.

 

—Menos de lo que te imaginas, estoy segura. Jamás has pasado un invierno con el Soberano Señor. Una ojeada a las muchachas de Sycharth y olvidarás incluso que me has conocido.

 

—Sin embargo, me gustaría tener algún recuerdo tuyo.

 

—¿Qué quieres? —me preguntó con una maliciosa sonrisa.

 

Dije lo primero que me pasó por la cabeza.

 

—Una trenza de tus rubios cabellos.

 

Goewyn se echó a reír.

 

—Córtala, si es tu deseo.

 

Permaneció inmóvil ante mí, con una sonrisa en los labios y los brazos en jarras, mientras yo cortaba con mi cuchillo la punta de una de sus trenzas. La cogió y la anudó con un hilo de espliego que sacó de la orla de su manto, para que los cabellos no se destrenzaran.

 

—Vamos —dijo metiendo el recuerdo en mi cinturón—, es hora de que te despidas.

 

Me cogió del brazo y me condujo por el sendero empedrado hasta la casa donde Scatha recibía a quienes le eran confiados y, una vez completado su entrenamiento, los despedía a sus lugares de origen. Goewyn apartó el cuero de buey que colgaba de la puerta y me indicó que debía entrar yo solo. La habitación estaba casi a oscuras, iluminada sólo por la sofocante luz de dos braseros de hierro que flanqueaban la banqueta de campaña de tres patas en la

 

que estaba sentada el Caudillo de la Guerra.

 

Scatha vestía un manto de color escarlata adornado de oro y verde, atado a su hombro derecho con un enorme broche de filigrana de oro con tres rutilantes esmeraldas. Llevaba puesto un suntuoso yelmo de bronce bruñido con incrustaciones de oro y plata; sus hermosos cabellos asomaban sueltos bajo el casco y le cubrían los hombros. En las muñecas y los brazos brillaban pulseras y brazaletes, regalos de los reyes y príncipes a quienes había servido. Detrás de ella, clavadas en el suelo, había tres lanzas con puntas de plata y los astiles cruzados y atados con un cordón de oro. Iba descalza y sus pies descansaban sobre un escudo redondo de cuero de buey con el centro y los bordes de bronce adornados con dibujos en espiral.

 

Gwenllian estaba en la sala, de pie entre las sombras. Me saludó alzando una ceja cuando la miré, pero no dijo nada. Me acerqué a la bella Pen-y-Cat llevándome la mano a la frente en señal de reverencia y respeto.

 

—¿A qué vienes? —preguntó Scatha dando comienzo a la ceremonia ritual que yo había llegado a conocer tan bien.

 

—Vengo a pedirte un favor, Caudillo de la Guerra —repuse.

 

Ella asintió.

 

—¿Qué favor solicitas, hijo mío?

 

—Querría obtener el favor de tu bendición para abandonar tu hogar.

 

Las palabras me arañaron y casi agarrotaron mi garganta.

 

—¿Adónde vas, hijo mío? —inquirió con ternura, como una madre que ve a su hijo por última vez.

 

—Regreso al hogar de mi rey, Caudillo de la Guerra, porque me comprometí a servirle y a jurarle fidelidad por haberme socorrido.

 

—Si deseas vivir como un guerrero y consagrar tu vida a un rey, debes primero consagrar tu corazón a quienes van a servirte.

 

—Dime quiénes son —repliqué—, y haré lo que deba para consagrar mi vida y mi corazón a quienes me sirvan.

 

A estas palabras, Scatha alzó la mano hacia Gwenllian, que se acercó rápidamente. Vi que llevaba una espada en la mano izquierda y una lanza en la derecha. Depositó la espada en manos de Scatha. Ésta blandió la espada y

 

me dijo:

 

—Aquí tienes al Hijo de la Tierra, cuyo espíritu fue forjado en el corazón del fuego. Cógela, hijo mío, y consérvala siempre.

 

Tendí la mano derecha, cogí la espada por la hoja y la apreté contra mi pecho, apoyando la empuñadura sobre el corazón.

 

—La acepto para que me sirva, Pen-y-Cat.

 

El Caudillo de la Guerra inclinó la cabeza, se volvió para recibir la lanza de manos de Gwenllian y dijo:

 

—Aquí tienes al Hijo del Aire, cuyo espíritu se despertó en la oscuridad del bosque. Cógela, hijo mío, y consérvala siempre.

 

Tendí la mano izquierda, cogí la lanza por el astil y la apreté contra mi pecho.

 

—La acepto para que me sirva, Pen-y-Cat.

 

Scatha alzó las manos con las palmas hacia arriba, a modo de bendición.

 

—Sigue tu camino, hijo mío. Tienes mi bendición para marcharte de aquí.

 

Con estas palabras concluía la ceremonia, pero yo sentí que faltaba algo, quería algo más. Me arrodillé y puse mis armas junto a los pies desnudos.

 

—Quisiera otra cosa más, Caudillo de la Guerra.

 

Al oírme, Scatha enarcó sorprendida las cejas.

 

—Pide lo que tu corazón desee, hijo mío.

 

—El mundo es vasto, Pen-y-Cat, y los que se van de este lugar no regresan jamás. No obstante, solicito el favor de tu bendición para regresar a tu hogar como si fuera un pariente, porque, si a partir de este día gozo de la vida, será gracias a que tú me la has dado.

 

Nuestro sabio Caudillo de la Guerra sonrió.

 

—El mundo es vasto, desde luego, hijo mío. Y es verdad que los que se van de este lugar no regresan jamás. Sin embargo, mi corazón es grande y hay sitio en mi casa. —Alzó las manos y las tendió hacia mí—. Ven, hijo mío.

 

Yo me incliné hacia ella y posé la cabeza en su pecho. Me acunó entre sus brazos, acariciándome las mejillas y los cabellos.

 

—Eres mi hijo —dijo con ternura—. Usa sabiamente la vida que te he dado y procura comportarte siempre con honor. Si nada te lo impide, regresa cuando desees. Siempre serás bienvenido bajo mi techo, hijo mío.

 

Scatha posó sus manos en mis hombros, me besó y luego me soltó.

 

Yo cogí mis armas y me marché. Ahora era hijo de Scatha, uno más de su innumerable prole, con libertad de ir y venir cuando quisiera. Me sentía contento, aunque hubiera preferido no tener que marcharme nunca.

 

Vi a Goewyn otra vez antes de embarcar. El día se había puesto frío, y grises nubes bajas se acercaban por el este cruzando la bahía. La marea estaba subiendo y algunos muchachos aguardaban ya en la orilla, deseosos de embarcar. Estaban lanzando piedras a las gaviotas que chillaban indignadas sobre sus cabezas. Caminé con Goewyn por la playa cogidos de la mano. Le dije que regresaría, pero no se lo juré, porque ambos sabíamos que era mejor no hacer juramentos que quizá no podríamos cumplir.

 

Cuando llegó la hora, caminé por las aguas hacia el barco, subí a bordo y me instalé en la proa para contemplar por última vez Ynys Sci. Goewyn permanecía en la orilla aferrando con los puños el manto amarillo mientras la espuma de las olas empapaba su túnica de color de brezo. El sol poniente asomaba débilmente por el acantilado, tiñendo la arena de rojo y oro. Las aguas del mar, de color verde y oro, se agitaban como bronce fundido, y su brillo iluminaba el rostro de Goewyn.

 

Mientras los últimos pasajeros trepaban por el costado más bajo y luego el barco comenzaba a moverse lentamente adentrándose en aguas más profundas, Goewyn alzó la mano en señal de despedida. Yo correspondí al saludo y ella se dio la vuelta y corrió por la playa hacia el sendero que subía al caer. La contemplé mientras ascendía; cuando llegó arriba, me pareció que se detenía y dirigía una última mirada al barco por encima del hombro.

 

 

 

 

20

 

EL GORSEDD DE BARDOS

 

La isla de Scatha desapareció de mi

 

vista tragada por la niebla y la oscuridad. Entonces, y sólo entonces, Tegid me reveló por qué había venido a buscarme una estación antes de lo acordado. Se reunió conmigo en la proa. Nuestros caballos estaban atados a una estaca detrás de nosotros, y los demás pasajeros se habían agrupado en torno al mástil con el equipaje, justo detrás de los caballos. Habían encendido fuego en la parrilla abierta del barco y estaban asando pescado y charlando ruidosamente; nadie reparaba en nosotros. Podíamos hablar con absoluta tranquilidad sin temor de que nos escucharan.

 

Tegid comenzó por excusarse.

 

—Lo siento, amigo. Si de mí dependiera, te habría concedido un año y un día para despedirte de tu querida isla.

 

No pude discernir si se estaba burlando de mí o si hablaba en serio.

 

—No te culpo, Tegid —repuse—. No pudo ser. No hablemos de ello.

 

—Sin embargo, déjame decirte que no hubiera venido sin una razón de peso —dijo mirando las oscuras aguas del mar como quien contempla un abismo de desesperación.

 

Esperé a que continuara hablando, pero un sombrío silencio se cernió sobre nosotros. Finalmente yo me decidí a romperlo.

 

—Bueno, ¿puedo saber cuál es esa razón? ¿O vas a seguir musitando veladas indirectas durante todo el viaje hacia Sycharth?

 

Sin apartar la mirada del mar, Tegid me confesó:

 

—No vamos a Sycharth.

 

—¿No? ¿Adónde, entonces?

 

En el fondo me daba igual; sería desgraciado fuésemos a donde fuésemos.

 

—Se acerca el Día de la Lucha —dijo por toda respuesta—. Vamos a ver

 

qué puede hacerse.

 

Sus palabras sonaron más lúgubres y misteriosas de lo que yo esperaba.

 

Intenté tomarlo a broma.

 

—¿Cómo? ¡No me digas que las tinajas de hidromiel del rey Meldryn Mawr se han agotado! —exclamé simulando horror.

 

—Bueno —respondió él siguiendo la broma—, quizá no sea tan grave como todo eso.

 

—¿Qué ocurre entonces, hermano? Habla claramente o tendré que imaginar lo peor.

 

—Dentro de tres días el barco pasará por Ynys Oer y desembarcaremos —me dijo en tono tranquilo—. Atravesaremos a caballo la isla en dirección oeste y cogeremos un bote para cruzar el estrecho de Ynys Bàinail y acudir al gorsedd de bardos. Ollathir ha convocado a los derwyddi de Albión a una reunión en la isla de la Roca Blanca.

 

—¿Puedo conocer el motivo de esa reunión de bardos?

 

—Te he dicho todo lo que sé. No puedo explicarte nada más.

 

—No lo entiendo, Tegid. Yo no soy bardo. ¿Por qué tengo que ir?

 

—Tienes que ir porque Meldryn Mawr y Ollathir así lo desean. No puedo decirte nada más —replicó Tegid.

 

Pero lo dijo en un tono que daba a entender que sí sabía más cosas, pero que si quería oírlas era mi obligación tirarle de la lengua. A veces había encontrado en otros esa misma resistencia a hablar claro. Parecía que, cuanto más delicada fuera la situación, menos franca debía ser la conversación. La costumbre obedecía al propósito, según mi humilde entender, de evitar que el emisor pudiera ser acusado de hablar más de la cuenta. Además, dada su condición de bardo, sobre Tegid seguramente pesaba alguna clase de prohibición o tabú que le impedían revelar información confidencial sobre asuntos de la corte. Pero era evidente que deseaba que yo le sacara tal información.

 

—¿Cómo está Meldryn Mawr? —pregunté—. ¿Se encuentra bien?

 

—El rey está perfectamente —afirmó—, y deseoso de comprobar en qué clase de guerrero te has convertido.

 

—Si la memoria no me engaña, a Meldryn Mawr no le faltan guerreros.

 

No puedo creer que me haya tenido en cuenta.

 

—Te equivocas. Un rey nunca tiene guerreros suficientes, del mismo modo que un hombre nunca tiene enemigos suficientes.

 

Yo sabía cómo jugar a ese juego del gato y el ratón y sabía también que podía prolongarse durante días. Pero no me importaba; nos esperaba una larga travesía y yo no tenía nada mejor que hacer que desentrañar los acertijos de Tegid.

 

—Un hombre sin amigos es más desgraciado que un perro sin casa — observé citando un refrán del país—. Pero Meldryn Mawr es un rey poderoso, me consta. Si se doblara el número de las estrellas del cielo, incluso así las superarían los amigos de Meldryn.

 

—Quizás en otros tiempos —dijo Tegid con exagerado aire de infelicidad —. Ahora ya no.

 

Así pues, el buen rey Meldryn era desgraciado porque había perdido algunos amigos. Por eso había enviado a Tegid en mi busca. Muy bien. Decidí abandonar aquella pista de momento y rastrear otra.

 

—Siento muchísimo oír tal noticia —repuse—. Me alegrará volver a ver al rey y también a Ollathir. He pensado en él a menudo.

 

Era, desde luego, una exageración, teniendo en cuenta que no había intercambiado ni siquiera una palabra con el bardo.

 

—¡Oh, sí! —asintió Tegid—. El Bardo Supremo te recuerda con singular afecto.

 

Pese a la oscuridad vi que Tegid sonreía; era evidente que estaba disfrutando con mi modo de jugar.

 

—Claro que yo que tú no esperaría una alegre bienvenida —añadió—.

 

También él, como el rey, tiene muchos problemas últimamente.

 

¿Cuál podría ser la causa de los problemas del rey y del bardo? Decidí dar un palo de ciego.

 

—Menos mal —aventuré— que el príncipe Meldron es un caudillo nato.

 

Los hijos pueden servir de consuelo a un hombre en tiempos difíciles.

 

Tegid asintió con lentos movimientos de cabeza, como si quisiera que yo

 

entendiera de una vez el misterio.

 

—Es verdad. Ojalá Meldryn Mawr tuviera más hijos.

 

—¿Es que no los tiene? —pregunté sorprendido.

 

—Desgraciadamente, no. La reina Merian era la más noble de las mujeres, la pareja ideal para Meldryn Mawr en todos los aspectos. Daba gloria verlos salir a cabalgar por las mañanas. A la reina le encantaba montar a caballo, por eso el rey tenía los caballos más hermosos. Consiguió uno de Tir Aflan, allende el mar, un animal magnífico que regaló a su esposa. El día en que montó aquel caballo por primera vez, fue el día de su muerte. El animal se encabritó y la derribó; la reina Merian se golpeó la cabeza y murió. El rey juró no volver a casarse jamás —dijo concluyendo el triste relato.

 

Pensé que aquello no hacía más que aumentar el misterio. Sin duda era una historia muy triste, pero ¿qué tenía que ver conmigo? La respuesta parecía danzar en torno al príncipe Meldron, pero no se me ocurría de qué podía tratarse.

 

—Es una desgraciada tragedia —comenté—. Pero por lo menos ya tenía un hijo.

 

—Es bien cierto.

 

La concisa aseveración de Tegid tenía un tono más condenatorio que una abierta repulsa.

 

Así pues, había problemas en la corte de Meldryn Mawr y el príncipe Meldron tenía mucho que ver con ello. ¿Por dónde continuar? Medité un momento pero no se me ocurrió nada.

 

—Somos afortunados —observé haciendo un esfuerzo—. Las preocupaciones de la corte no nos conciernen. No me gustaría ser rey.

 

—Quizá no somos tan afortunados como te imaginas —dijo Tegid en tono siniestro—. Muy pronto las preocupaciones de los reyes nos concernirán a todos.

 

Tras pronunciar estas palabras, el brehon pareció hundirse en un gris abatimiento. Se alejó entre las sombras y me dejó solo con el enigma. Pero yo había perdido todo interés por los enigmas. El negro presagio implícito en sus palabras me había amargado el gusto por la intriga. Estaba harto del juego. Si quería decirme algo abiertamente, que me lo dijera; pero, si no era así, yo no

 

estaba dispuesto a darle más vueltas.

 

Dos días seguidos de niebla y lluvia hicieron insoportable el viaje, pero la mañana del tercer día, mientras el barco cruzaba los estrechos entre la tierra firme y las áridas y amenazadoras montañas de Ynys Oer, las nubes se despejaron y nos deslumbró el resplandor del sol. Tegid y yo desembarcamos en una playa rocosa. Condujimos los caballos hasta un sendero que se adentraba en tierra y después montamos. Cuando volví la cabeza, el barco estaba poniendo proa a mar abierto.

 

La isla de Oer se caracteriza por altos y tenebrosos riscos y profundas cañadas surcadas por impetuosos arroyos. Era el hábitat ideal para cabras montesas, águilas, ciervos rojos, brezo, tojo y poco más. Las pocas personas que la habitaban vivían al abrigo de las profundas cañadas o en un terreno llano que se cernía sobre una de las innumerables ensenadas de la parte oriental de la isla.

 

Hacía un día magnífico y pudimos viajar deprisa y llegar a la costa occidental cuando el sol se hundía en el horizonte del mar. En una protegida ensenada de roca y arena encontramos muchos caballos atados junto a una cabaña de piedra blanca y a varios mabinogi cuidando los caballos de sus maestros. El bote al que se había referido Tegid se había marchado. Sin embargo, si hubiéramos querido, podríamos haber alcanzado a nado la pequeña isla a la que debíamos dirigirnos: Bàinail; el nombre significa «roca blanca» y estaba desde luego muy bien puesto. Prescindiendo de las algas verdes esparcidas por la orilla, la isla parecía poco más que un montón de piedra blanca surgida del fondo del mar.

 

Resultaba un misterio incomprensible para mí por qué los bardos habían elegido precisamente aquel lugar entre otros muchos para su reunión. No veía nada que pudiera hacerlo recomendable y sí en cambio muchos inconvenientes. Pero, al fin y al cabo, yo no era un bardo. Se lo pregunté a Tegid mientras contemplábamos la isla al otro lado del pequeño estrecho; mi amigo me lo explicó a su modo, con palabras sencillas pero de significado oscuro:

 

—Ynys Bàinail es el centro sagrado de Albión.

 

Que aquel pequeño islote rocoso no estuviera en el centro y ni siquiera se hallara unido a Albión parecía carecer de importancia.

 

—¿Quieres que vea si puedo conseguir un bote? —pregunté paseando la mirada por la rocosa ensenada.

 

—Hemos llegado tarde. Hay que cruzar de día —explicó Tegid.

 

Señalando al cielo, de color naranja y rosa por el resplandor del sol poniente, objeté:

 

—Pero si el cielo aún no está oscuro. Tenemos tiempo de llegar al otro lado.

 

Me podría haber ahorrado el aliento.

 

—El bote regresará a buscarnos por la mañana. Pasaremos la noche aquí.

 

Probablemente seria lo mejor. Estaba fatigado de la larga cabalgada y con la proximidad de la noche comenzaba a hacer mucho frío. Sólo deseaba arroparme en mi manto ante el fuego con un tazón de caldo en la tripa. Sin embargo, comimos mucho mejor aún. Los mabinogi tenían cordero, pan, cerveza y manzanas. Y habían recibido órdenes de tratar bien a los que, como Tegid y yo, aparecieran para acudir a la reunión.

 

Avivaron el fuego y disfrutamos de un buen sueño. Al alba, tal como había dicho Tegid, el bote vino a buscarnos.

 

La neblina marina cubría las tranquilas aguas y escondía la isla que habíamos visto la víspera. El bote apareció entre la niebla sin hacer el menor ruido; sólo había un remero, un gwyddon que Tegid conocía. Se saludaron mientras yo me instalaba en el centro con la lanza sobre las rodillas. El gwyddon me miró y dijo:

 

—No se permiten armas en la isla sagrada. Debes dejarlas aquí.

 

Yo vacilé, recordando la promesa de guerrero que le había hecho a Scatha.

 

Tegid malinterpretó mi reluctancia y se apresuró a tranquilizarme.

 

—No tengas miedo; ningún daño nos amenazará allí y se ha requerido tu presencia.

 

Señaló a uno de los jóvenes y yo dejé de mala gana mi espada y mi lanza al cuidado del mabinog. Tegid, con la vara de roble en la mano, subió al bote y se instaló en la proa; el hombre empuñó el remo en la popa. El mabinog empujó el bote, contempló unos momentos cómo nos alejábamos y regresó junto al fuego.

 

Una vez que alcanzamos aguas profundas, el remero hizo girar el bote y siguió remando. Nos rodeó una niebla espesa como la lana. Me pareció que a medida que el mundo desaparecía de nuestra vista dejaba de existir. Experimenté la inquietante sensación de viajar no a través del espacio, sino del tiempo, hacia otro día, hacia otra época. Con el lúgubre chapoteo del remo, el bote se internaba en un pasado oscuro y neblinoso o en un futuro invisible. La sensación me produjo vértigo y me así a los costados del bote con ambas manos.

 

A medio camino del estrecho, el bote emergió de la neblina. Vi ante nosotros la isla de la Roca Blanca y, al volver la cabeza para mirar atrás, vi sólo un banco de niebla que se levantaba como un sólido muro surgido del mar color verde-gris. No parecía quedar huella alguna del mundo.

 

El bote cobró velocidad y se desprendió de los últimos jirones de niebla. Poco después, la proa tocó la fina arena blanca de Ynys Bàinail. Tegid saltó del bote, lo empujó a la playa y lo varó junto a otras embarcaciones. Yo salté a mi vez. El agua me llegaba a las rodillas y ante mi sorpresa la encontré templada, era de color azul pálido y transparente como el cristal.

 

Chapoteé hacia donde me esperaba Tegid, en la orilla del agua. Hice ademán de pisar la orilla pero me detuvo con un gesto.

 

—Estamos en un lugar sagrado y tú no eres bardo. Si no fuera por Ollathir, no habrías podido llegar hasta aquí. ¿Lo comprendes?

 

Asentí. Tegid, más serio y solemne de lo que jamás lo había visto, me cogió del brazo y me aconsejó lacónicamente:

 

—Haz sólo lo que me veas hacer a mí. No pronuncies ni una palabra mientras estés en esta isla.

 

Asentí de nuevo y Tegid inclinó la cabeza dando por terminados sus consejos. Luego se dio la vuelta y se apresuró a seguir al remero que iba ya playa arriba. Yo llegué a la arena, di unos pasos y estuve a punto de caer de bruces, abrumado por la sobrenatural y misteriosa sensación de que no tocaba el suelo o de que la tierra bajo mis pies no era sólida, sino fluida, como el agua o las nubes. Además tenía la extraña impresión de que estaba creciendo rápidamente, de que me ensanchaba, de que me cernía sobre el panorama, de que tocaba el cielo con la cabeza. Se me erizaron los cabellos y se me puso la piel de gallina. No podía moverme por temor a caer, seguro de que no podría

 

sostenerme en pie sobre el inestable suelo que parecía que iba a ceder bajo mis pies.

 

Al ver que me había quedado varado, Tegid se apresuró a acudir a mi lado. Me puso tres dedos sobre la frente y murmuró una palabra que no entendí. Al momento, me abandonó la paralizante sensación y atravesé la playa sin mayores dificultades. Sin perder tiempo tomamos un sendero que partía de la playa y se internaba en la pequeña isla, hacia el enorme peñasco que dominaba el centro del islote y por el que recibía el nombre de Roca Blanca.

 

Caminamos un rato en silencio; no se oía ruido alguno, ni siquiera el canto de los pájaros o el rumor de las olas. Todo estaba callado y silencioso bajo un palio de densa neblina, como si la mano de un dios cubriera la isla. No sabría decir por qué, pero no creo que aquel silencio se debiera a causas naturales.

 

Yo iba detrás de Tegid, con los ojos fijos en el sendero para no tropezar y caer, pero, cuando el camino comenzó a ascender, alcé la vista hacia el enorme peñasco blanco que se levantaba ante mí como un gigantesco banco de ondulante niebla. El peñasco blanco conformaba un impresionante promontorio con tres lados encarados al mar. Sin echar ni una ojeada hacia atrás, el gwyddon nos conducía sendero arriba. El caminito era cada vez más escarpado; un paso en falso y nos precipitaríamos de cabeza en la playa cubierta de cantos rodados.

 

Seguimos subiendo por el sendero que serpenteaba en torno al gigantesco peñasco blanco. En el punto más alejado de la cara oeste, el camino terminaba en un muro de piedra. Arrimándose a la pulida superficie de la roca que quedaba a mi izquierda, vi que el gwyddon que nos conducía atravesaba el muro de roca y desaparecía. Estuve a punto de decir algo, pero recordé el consejo de Tegid y me callé.

 

Tegid se acercó al muro, se puso de lado y también desapareció. Siguiendo su ejemplo, me acerqué al muro y entonces vi una estrecha grieta, lo suficientemente ancha como para permitir el paso de un hombre si se ponía de lado. Hice lo mismo que había visto hacer a Tegid, me metí por la grieta y me encontré en un pequeño túnel. El suelo ascendía escarpadamente. Recorrí a gatas unos cuantos metros guiándome por la luz y me encontré en una amplia meseta cubierta de yerba. Unas cuantas ovejas estaban paciendo,

 

moviéndose como nubes en un vasto firmamento de color verde.

 

En medio de la llanura se alzaba un montículo cónico bastante grande con la cima achatada. No podría decir si el montículo era un fenómeno natural o había sido levantado por manos humanas en alguna época remota. Quizás ambas cosas. Sobre el montículo, una esbelta columna alzaba su afilada punta hacia el cielo. Al pie del montículo estaban reunidos unos cien bardos — luego supe que eran noventa y tres—, unos vestidos de marrón y otros de gris.

 

Los bardos se movían de un lado a otro sin rumbo fijo; unos llevaban sus varas de madera, otros ramas de avellano, de serbal, de roble y de otros árboles. Se cruzaban y entrecruzaban entre ellos sin orden ni concierto. De vez en cuando, uno de los bardos se detenía y golpeaba con la vara tres veces el suelo, o alzaba la rama y dibujaba lentamente un círculo sobre su cabeza. Al acercarme, oí que murmuraban en voz baja palabras ininteligibles.

 

Cuando estuvimos cerca del pie del montículo, uno de los bardos vio a Tegid y salió a su encuentro. Enseguida me di cuenta de que era Ollathir, el bardo del rey Meldryn Mawr. Me miró mientras Tegid y yo nos deteníamos frente a él y pareció complacido de verme, pero sólo habló con mi amigo. Cuchichearon unos instantes hasta que se les acercó un tercer bardo. Su rostro me resultaba familiar, pero me costó un poco reconocerlo: era Ruadh, el bardo del príncipe Meldron. La discusión que sostenían Tegid y Ollathir cesó bruscamente cuando Ruadh, sonriente, se unió a ellos.

 

En ese mismo instante Ollathir se dirigió a mí.

 

—Mira bien —me dijo aferrándome del hombro como si quisiera obligarme a entender—. No te pierdas ni un detalle.

 

Luego los tres se reunieron con los otros bardos. Yo hice amago de seguirlos, pero Tegid me puso la mano en el pecho y me detuvo con un ligero movimiento de cabeza. Al parecer tenía que quedarme allí solo.

 

Colegí por las crípticas instrucciones de Ollathir que debía quedarme al margen y actuar a modo de observador, así que decidí buscar un buen lugar desde el cual contemplar lo que ocurría. No encontré ninguno, ni siquiera una piedra lo bastante grande para que me sirviera de asiento. Todavía estaba examinando el lugar cuando los bardos, a una señal invisible, se dispusieron en ordenadas filas y comenzaron a caminar en torno a la base del montículo siguiendo la trayectoria del sol.

 

Dieron en torno al montículo una, dos, tres vueltas, sin dejar de murmurar aquella extraña y zumbante letanía. Una vez completada la tercera vuelta, subieron las escalonadas laderas del montículo y se reunieron en torno al pilar.

 

Creí que no iba a poder observar nada interesante desde el lugar donde me encontraba y desde luego no iba a oír una palabra de lo que sucediera en el montículo. ¿Qué demonios se suponía que tenía que observar? Sólo podría ver de lejos la reunión. Podría atestiguar que se había llevado a cabo, pero poco más.

 

Pese a ello, no separé la vista de los bardos. Oí un confuso y monótono sonido y supuse que los bardos estaban salmodiando o cantando. Luego se callaron y todo quedó en silencio, aunque de vez en cuando llegaban ráfagas y oleadas de voces: eran retazos de discusiones, murmullos de asentimiento, gruñidos de desaprobación, coros chillones de aseveración o disensión. No podría decir qué significaban aquellos exabruptos.

 

La mañana fue transcurriendo. Yo seguía observando, estirando el cuello hacia la cima del montículo, mientras los bardos seguían murmurando y musitando. Comencé a hartarme de mi tarea. Como no sabía a ciencia cierta lo que tenía que observar y no veía que sucediera nada importante, comencé a aburrirme y a distraerme.

 

Al cabo de un rato, el sol de la mañana empezó a disipar la blanca neblina revelando un cielo de un rutilante color azul. Pese al frío que hacía, la meseta se fue templando. Me tumbé de codos sobre la yerba y no tardó en entrarme sueño. Cuando mis párpados estaban a punto de cerrarse, se me ocurrió de pronto que a Ollathir no le agradaría que me quedara dormido y olvidara mi obligación, así que me puse en pie y comencé a caminar alrededor del montículo.

 

Así pasé toda la jornada, sacudiéndome el aburrimiento y el sueño con un paseo de vez en cuando en torno al montículo. Mientras tanto proseguía la asamblea de bardos; el gorsedd, como la había llamado Tegid. No ocurrió nada, por lo menos que yo viera, excepto la lenta y larga marcha del sol a través del vacío espacio del cielo.

 

Ya bastante avanzado el día, me puse en pie para pasear otra vez alrededor del montículo. Di una vuelta, luego otra. Cuando estaba dando la tercera o la cuarta, concluyó la asamblea y los bardos comenzaron a bajar. La mayoría de

 

ellos se rezagaban en pequeños grupos, otros se detenían solos en las laderas del montículo con los brazos extendidos contemplando el mar por encima de la meseta cubierta de yerba. Un reducido grupo de unos doce bardos permaneció en la cima del montículo, con las cabezas juntas como enfrascados en una importante y desesperada conversación.

 

Yo me mantenía apartado, pero nadie reparó en mi presencia. Los derwyddi, ceñudos y sombríos, parecían sumidos en hondas cavilaciones. En un momento dado, vi que uno de ellos se separaba de uno de los grupos y corría por la meseta hacia el sendero que conducía a la playa. Reparé en ese detalle porque era la única cosa extraña que había contemplado en todo el día.

 

Como no vi a Tegid ni a Ollathir entre los bardos que quedaban en la ladera o los que ya estaban en la meseta, supuse que estaban entre el corro reunido en torno al pilar de la cima que, por su aspecto, parecía estar discutiendo algo importante. La conversación prosiguió un buen rato y luego cesó de pronto. Los bardos que estaban en la meseta se dieron la vuelta para contemplar, con miradas que juzgué expectantes, cómo descendían sus compañeros.

 

Pero nadie dijo nada ni emitió la menor señal. Los que habían estado aguardando tomaron posiciones tras sus jefes y todos en procesión atravesaron la llanura en dirección al camino y comenzaron a bajar hacia la playa.

 

Tegid vino a mi encuentro mientras los demás se alejaban y me aconsejó de nuevo que permaneciera en silencio. Ollathir, que había sido el último en bajar del montículo, se acercó a nosotros. No nos miró ni dijo nada, sino que se limitó a pasar ante nosotros y a seguir su camino hacia el sendero. Tegid lo siguió y yo fui tras él.

 

Cuando llegamos a la playa, los botes ya se habían hecho a la mar y navegaban por el estrecho canal que separaba las islas. Aguardamos un rato mientras los botes atravesaban una y otra vez el estrecho para transportar a los derwyddi a la ensenada donde habían dejado los caballos. Fuimos los últimos en abandonar el islote. Creo que así lo decidió Ollathir, aunque el hambre hacía aún más larga la espera.

 

El sol ya se había puesto cuando regresamos a Ynys Oer. Los mabinogi y los bardos se habían marchado; sólo quedaban nuestros caballos en el cobertizo de la cabaña. Parecía como si el gorsedd jamás hubiera tenido lugar.

 

Encontré mis armas en la cabaña de piedra, junto a un poco de comida. Cogí mi lanza, mi espada y la comida y me reuní con Tegid y Ollathir que estaban secreteando.

 

—Pasaremos aquí la noche —me informó Tegid—. Todavía hay mucho que hacer y aún queda luz.

 

Ollathir soltó un gruñido de asentimiento, se volvió y se alejó por la playa. Tegid lo contempló unos instantes y luego, al encontrarse con mi mirada interrogadora, me explicó:

 

—Sí, está muy preocupado. El gorsedd no… —titubeó—. Acabó muy mal.

 

Yo asentí con un movimiento de cabeza. Tegid se echó a reír.

 

—Ya puedes hablar, amigo. Nada te lo impide.

 

Misteriosamente, hasta que Tegid no me hubo levantado la prohibición, yo no había sentido que pudiera hablar, aunque a decir verdad tampoco notaba ningún impedimento para hacerlo. Sin embargo, ahora era plenamente consciente de mi lengua y dije:

 

—¿Puedo saber ahora lo que está sucediendo? ¿Por qué me habéis hecho venir?

 

Tegid me puso la mano en el hombro.

 

—Es Ollathir quien debe decírtelo. Cuando regrese, quizá te lo cuente todo.

 

Luego me soltó y mientras se alejaba me pareció que susurraba:

 

—El conocimiento es un peso abrumador; una vez que se carga con él, no hay modo de liberarse.

 

Lo observé alejarse con cierto resentimiento por su reserva y astucia. «Sí, el conocimiento es una carga —pensé—, pero la ignorancia también lo es». Estaba empezando a hartarme. Me juré a mí mismo que alguien debía decirme algo muy pronto o tendría que procurarse otra bestia de carga.

 

 

 

 

21

 

CYTHRAWL

 

Ollathir no regresó hasta que el sol

 

hubo empezado a ocultarse tras Ynys Bàinail, al otro lado del estrecho. Yo me había ocupado en ir a buscar agua y coger leña para la noche. En efecto, sollen estaba ya encima y, pese al calorcillo diurno, cuando el sol desaparecía hacía mucho frío. Estaba arrodillado junto a un montón de leña, dispuesto a encender el fuego, cuando el Bardo Supremo apareció frente a mí.

 

—No enciendas fuego —dijo—. Prepara el bote.

 

Hablaba con voz tranquila, pero era evidente que estaba inquieto. Mantenía la vista baja y los brazos cruzados, con las manos escondidas en la túnica. Tenía el rostro grisáceo, con la palidez de la enfermedad, aunque su voz era firme y su mirada clara.

 

Dejé a un lado el pedernal y la yesca y me encaminé a la playa donde estaban varados los botes. Tegid se reunió conmigo y empujamos un bote hasta el agua. Cogí el remo, se lo tendí a Tegid y sostuve el bote por la proa hasta que Ollathir se hubo instalado con la vara de serbal sobre las rodillas; entonces di impulso al bote y subí. Tegid bogó con urgencia y adiviné lo que lo empujaba: la hora-entre-horas. El sol ya se había puesto tras la Roca Blanca, y debíamos darnos prisa si queríamos llegar al montículo antes del crepúsculo.

 

Cruzamos el estrecho hacia Ynys Bàinail a toda velocidad y con idéntica rapidez ascendimos por el tortuoso camino que conducía a la meseta herbosa. Ollathir abría la marcha, y Tegid lo seguía. Yo iba el último, y experimentaba una vez más la extraña sensación de ir ensanchándome, alargándome, de crecer a cada paso que daba. Era una sensación inquietante y atemorizadora. Sin embargo, no me detuve. Incliné la cabeza, respiré profundamente y me apresuré tras mis compañeros. Sin preocuparme de mis torpes traspiés, corría más de lo que aconsejaba la prudencia, temiendo anticipadamente el regreso, pues aquel estrecho sendero sería mucho más peligroso en la oscuridad.

 

Alcanzamos la meseta en el instante mismo en que el sol se hundía tras el horizonte del mar, iluminando las olas y tiñendo el cielo de tonalidades rojas, violetas y naranjas. Las primeras estrellas aparecieron por el este mientras el cielo se oscurecía anunciando la noche. Ollathir y Tegid corrieron hacia el montículo y comenzaron a subir los escalones de la ladera. Ésta vez, como nadie me dijo nada en contra, yo también subí.

 

El montículo cónico tenía la cima más achatada de lo que desde abajo parecía. A pocos pasos del borde se levantaban en círculo un centenar de piedras redondas y blancas, enterradas en la tierra. Piedras más pequeñas dibujaban los radios del círculo como los ejes de una rueda, de modo que el circulo quedaba dividido en cuatro cuartos. El pilar de piedra marcaba el centro de la rueda y estaba cubierto desde la base hasta la punta con intrincadas espirales y con el extraño e inquietante laberinto circular tan característico del arte celta; toda la superficie de la columna de piedra blanca se hallaba labrada con un profuso e interminable entretejido de dibujos.

 

Algunos de los bardos allí congregados habían dejado sus ramas de avellano al pie de la columna. Tegid cogió una y me la tendió.

 

—Cógela. Pase lo que pase, no la sueltes.

 

Estaba a punto de preguntarle qué esperaba que ocurriese, pero el bardo alzó la mano y me puso los dedos sobre la boca.

 

—Es por tu bien. Procura no emitir ni un sonido.

 

Al instante las palabras que tenía en la punta de la lengua se desvanecieron y perdí completamente las ganas de hablar. Moví la cabeza en mudo asentimiento y así con fuerza la rama de avellano.

 

—Quédate fuera del círculo —me dijo Tegid señalando las piedras blancas.

 

Alzó la vista al cielo y, volviéndose, levantó su vara de roble y se apresuró a reunirse con Ollathir, que se había puesto el manto sobre la cabeza y había empezado a dar vueltas en torno al pilar de piedra, sosteniendo la vara de serbal ante sí.

 

Los dos bardos dieron juntos la vuelta a la piedra; el cielo abandonado por el sol se oscureció con el crepúsculo. Miré hacia el este y vi que la luna llena asomaba por el horizonte del mar. Era la hora-entre-horas. En ese preciso

 

instante, Ollathir, Bardo Supremo de Meldryn Mawr, se detuvo y alzó hacia el cielo su vara de serbal, asiéndola con ambas manos. Luego, en el secreto lenguaje de los bardos, elevó la voz preñada con el poder de Taran Tafod.

 

De una bolsa de cuero que llevaba al cinto, sacó un puñado del precioso polvo que los bardos llaman Nawglan. Es una mezcla de cenizas obtenidas de la combustión de las nueve maderas sagradas: sauce de los arroyos, avellano de los peñascales, aliso de los pantanos, abedul de las cascadas, fresno de la umbría, tejo de las llanuras, olmo de las cañadas, serbal de las montañas, roble del sol. Fue esparciendo las cenizas en los cuatro cuartos del círculo mientras daba otra vuelta siguiendo la trayectoria del sol en torno al pilar, el centro sagrado de Albión, la Isla de la Fuerza.

 

Tegid seguía los pasos de Ollathir sosteniendo en alto la vara de roble y con el manto sobre la cabeza. Ollathir pronunciaba una palabra y Tegid la repetía. Una y otra vez daban vueltas en torno a la columna salmodiando en su extraño y secreto lenguaje.

 

No podría decir cuánto duró aquello. Había perdido la capacidad de entender o de sentir; en silencio contemplaba la escena sin ver nada, sin comprender nada. Perdí también la noción del tiempo. Estaba como hechizado por el constante fluir de la sonora voz de Ollathir y sus extrañas palabras.

 

De pronto la salmodia cesó. Todo quedó tranquilo y silencioso. Pero era como la paz que precede a la tempestad. En efecto, al tiempo que se desvanecía el trueno del Taran Tafod, comencé a oír un rumor como el que produce el agua al precipitarse por una presa rota, o como el del torrente al desbocarse por el cauce seco de un río: era un borboteante tumulto de sonido, confuso y violento, estrepitoso, retumbante, fragoroso, atronador, ensordecedor, más y más potente y enloquecedor a medida que se acercaba.

 

Me di la vuelta y vi que la meseta bajo el montículo estaba cubierta por una inmunda niebla amarillenta que inundaba la tierra y arrollaba todo a su paso como una plaga. Como harapientos jirones que se enroscaban furiosos una y otra vez sobre sí mismos, la viscosa niebla comenzó a serpentear en torno a la base del montículo. Yo, con la piel helada y dúctil como la arcilla, contemplaba cómo la niebla iba ascendiendo por las laderas del sagrado montículo.

 

Alcé la cabeza y miré al cielo. Las estrellas parecían caer como plata

 

derretida. La luna apareció roja como la sangre. La oscuridad se espesó y palpitó como los flancos de un animal herido.

 

Del pálido cielo surgió un agudo y estridente chillido, como el aullido del helado viento de sollen al soplar en las heladas montañas del norte. Se fue haciendo más y más fuerte, invadió la cima del montículo ensordeciendo el retumbar del agua y llenó aquellos pagos con el sonido de la desolación y la maldad.

 

Mientras miraba hacia los cielos, vi que tomaba forma una silueta fantasmagórica, tan monstruosa como vasta, y en verdad era vasta. Aquélla cosa parecía surgir de la noche, allende la bóveda del cielo, allende los espacios entre las estrellas fugaces. Parecía nacida del corazón de las tinieblas; había conformado su carne en las tinieblas y su sangre y sus huesos en la noche y el éter; se cernía sobre nosotros gritando, gritando con la agonía de su nefanda creación.

 

La cosa no era una criatura nacida de la tierra. Vivía y a la vez no estaba viva. Se movía, pero no estaba animada. Gritaba, pero no poseía lengua. Era una criatura horripilante, nacida de lo más profundo de los infiernos. Poseía en sí misma no un cuerpo, sino multitud de cuerpos, que se formaban y crecían, que se separaban y dividían, que se marchitaban, corrompían y se mezclaban con otros, siempre cambiantes y sin embargo siempre idénticos. Era una forma para helar la sangre y para paralizar el corazón.

 

Vi ojos…, diez mil rutilantes ojos de gato: funestos, saltones, dilatados, amarillentos. Vi bocas: abiertas, succionantes, cargadas de veneno. Vi miembros: enormes, deformes, que se retorcían y debatían con miles de manos al final de convulsivos brazos. Vi pies zopos en muñones de piernas consumidas. Vi torsos: hinchados, obscenos, marchitos, esqueléticos, putrefactos y podridos, llenos de excrecencias costrosas. Vi horribles cabezas: rostros consumidos por la enfermedad, desfigurados, con cuencas ulcerosas, narices carcomidas por el cáncer, blancas calaveras relucientes bajo jirones de pelo, quijadas desencajadas, cuellos retorcidos, dientes negros supurando pus de las encías.

 

Aquélla infernal criatura se acercaba amenazadoramente, se precipitaba sobre nosotros desde las alturas del cielo. Cruel y salvaje, venía a destruirnos. Pero algo se interponía entre la tierra y las abismales regiones que le servían de guarida; algo la detenía, aunque quizá no lo haría por mucho tiempo. La

 

cosa se infundió a sí misma energía; su espantosa fuerza pareció aumentar, y se acercó un poco más dando vueltas y flotando sobre nosotros mientras sus miríadas de cuerpos monstruosos se revolvían incesantemente.

 

No podía mirar, pero no podía dejar de hacerlo, mientras aquel aborto del demonio tendía su enorme garra hacia la cima del montículo. La mano, llagada y escamosa, salvó con celeridad el vacío que parecía ser nuestra única protección.

 

Mientras la monstruosa mano se cerraba sobre nosotros, Ollathir emitió un grito de angustia y con su vara de serbal dibujó un arco por encima de su cabeza. Oí el zumbido del cayado mientras cortaba el aire. Una vez, dos veces, y entonces… ¡CRACK! El bardo golpeó la columna de piedra y partió en dos la vara de madera.

 

En ese mismo instante surgió una deslumbradora luz de la columna de piedra. El derwydd cayó de rodillas asiendo la vara con ambas manos y con una espantosa expresión de agonía en el rostro desencajado. Instintivamente hice ademán de precipitarme hacia él, pero Tegid se volvió y alzó una mano para detenerme.

 

Del corazón del montículo se levantó un estruendo como si se hubiera desencadenado un terremoto que arrastrara bajo tierra piedras y cascotes. Sin embargo, no noté temblor alguno, ni tan sólo una pequeña vibración. Sentí que el estruendo sacudía mis entrañas y mis rodillas; me parecía como si el fragor atravesara el suelo, se metiera en la médula de mis huesos y me subiera por la columna vertebral hasta llegar a la cabeza. Me tambaleé súbitamente mareado, como si mis músculos hubieran perdido toda su fuerza.

 

Ollathir, utilizando como muleta la vara partida, se levantó, vaciló y se derrumbó de nuevo contra la columna de piedra que ahora brillaba con una luz suave y perlada. Pero yo ni me inmuté por tan extraordinario fenómeno, porque toda mi atención se concentraba en la figura de Ollathir, cuyas facciones habían sufrido una espantosa transformación.

 

Tenía la espalda apoyada en la columna de misteriosos dibujos y los brazos rígidos y extendidos; asía con fuerza la vara partida y gritaba con todas sus fuerzas. Con la boca abierta, las narices dilatadas y los ojos desencajados, más que un ser humano parecía una fiera: un buey enfurecido.

 

El rugido no salía de la garganta del bardo, sino que emanaba de la tierra,

 

y se transmitía primero a través de la columna y después a través de Ollathir, que le prestaba su voz. ¡Y qué voz! Era poderosa y horrenda, cargada con una tremenda fuerza, firme como una roca, profunda como un sepulcro.

 

El rugido se convirtió en una salvaje y rudimentaria salmodia. Primero no entendía las palabras, pero después oí un nombre; Ollathir estaba pronunciando un nombre. Y el nombre era «Dagda Samildanac».

 

Es decir, Supremo Sabedor, Sumo Dador. Era el nombre secreto de la suprema deidad entre las tribus de Albión.

 

—¡Dagda! ¡Dagda Samildanac! —bramaba aquel rugido de buey furioso —. ¡Dagda! ¡Samildanac Dagda!

 

Una y otra vez resonaba la misteriosa invocación, tomando forma y sustancia. Se alzaba al cielo y se extendía sobre nosotros como un escudo, envolviéndonos en un manto protector, en una sagrada loriga que nos protegía frente al funesto enemigo de todas las cosas vivientes.

 

—¡Samildanac! ¡Dagda! ¡Samildanac Dagda! —rugía la poderosa voz de la tierra con tanta fuerza que todo el montículo temblaba y se estremecía.

 

No pude resistir el estruendo. Me aferré a la rama de avellano y me tambaleé. Cerré los ojos, pero la sensación de vértigo aumentó. Perdí el equilibrio y caí de rodillas sin soltar la vara. No podía respirar; jadeaba. Noté en la lengua el sabor agridulce de la sangre y me di cuenta de que me estaba mordiendo el labio inferior.

 

Preso del terror, miré hacia la demoníaca mano que se cernía sobre nosotros. La invocación de Ollathir había detenido el furioso avance de aquella cosa, pero no tenía el poder suficiente para hacerla desaparecer. El Bardo Supremo no podría prolongar la fuerza de su súplica demasiado tiempo, pues empezaba a dar muestras de fatiga. Ya no mantenía erguida la cabeza y comenzaban a fallarle los brazos.

 

Pronto lo abandonarían las fuerzas; la poderosa voz de la Lengua Misteriosa vacilaría. Y la loriga protectora se desvanecería. Con toda seguridad íbamos a ser aplastados.

 

Logré ponerme en pie. Tegid yacía ante mí, de costado, sangrando por la nariz y la boca, con un brazo sobre la cabeza y el otro extendido como si tratara de alcanzar a Ollathir. Al ver la mano crispada de Tegid, decidí lo que

 

debía hacer: sostendría las manos del Bardo Supremo; mantendría sus brazos en alto. Mientras el bardo sostuviera la vara de serbal, estaríamos a salvo.

 

Me precipité en el círculo hacia el pilar, esquivando el cuerpo de Tegid. Al momento me golpeó la fuerza de un poder cegador que me sacudió como una lengua de fuego y me rodeó como llamas avivadas por el viento. Se me nubló la vista. No podía ver. Luché por avanzar a ciegas, tambaleante, con el corazón golpeándome las costillas. Sentía que la carne se me aplastaba contra los huesos.

 

Me arrastré hasta la columna junto a la que estaba Ollathir. La cabeza se le derrumbó sobre el pecho. Sus brazos flaquearon.

 

Llegué a su lado en el momento en que lo abandonaba la capacidad de resistencia y bajaba las manos que aún sostenían la vara partida. Cogí la vara y la levanté. Ollathir alzó la cabeza, me vio junto a él y sus ojos desencajados parecieron reconocerme. Abrió la boca y respiró profundamente.

 

—¡Dagda! ¡Samildanac Dagda! —gritó el Bardo Supremo—. ¡Bodd cwi Samildanac!

 

Sentí de nuevo la extraña sensación de crecer al tocar la vara: mis manos parecían agrandarse, hacerse inmensas y fuertes. Sentí que una energía poderosa surgía de mis dedos, palmas y muñecas. Si hubiera golpeado una piedra, la habría partido en pedazos. La inquietante sensación fluía por mis manos, brazos, hombros, cuello y cabeza y se extendía por mi espalda, mi pecho, mis piernas y mis pies. Me dio la impresión de que había alcanzado una estatura enorme, como si me hubiera convertido en un gigante y poseyera la fuerza de un gigante.

 

Mantuve en alto la vara de serbal. Con un tremendo y atronador grito Ollathir se derrumbó contra la columna y cayó al suelo. Ahora estaba en pie solo, sosteniendo sobre nosotros la vara del poder. Ollathir yacía a mis pies, luchando débilmente por levantarse.

 

Alcé la mirada y vi la inmensa garra que se cernía sobre nosotros y se acercaba. Mi energía, por grande que fuera, no podría impedir que nos aplastara. Yo no era bardo; no conocía palabras de mágico poder.

 

—¡Ollathir! —grité al Bardo Supremo, y la fuerza de la voz me desgarró la garganta—. ¡Ollathir, no nos abandones! ¡Penderwydd, ayúdanos!

 

El bardo me oyó y sacó fuerzas de flaqueza. Se agarró a mis piernas y logró ponerse de rodillas. Creí que intentaba levantarse, pero me hizo señas de que me inclinara. Sin bajar la vara de serbal, bajé un brazo y lo ayudé a incorporarse. Ollathir se tambaleó y se agarró a mí con los miembros temblorosos por el esfuerzo realizado para ponerse en pie.

 

Movió la mandíbula y pronunció unas palabras, pero no pude oírlo. Creí que quería que yo repitiera las palabras que él estaba pronunciando. Incliné la cabeza y puse mi oreja junto a su boca. Ollathir me pasó un brazo en torno al cuello y me obligó a mirarlo.

 

—Domhain Dorcha… —murmuró en el lenguaje secreto de los bardos—. El corazón… en el lugar que está más allá… el Phantarch duerme…

 

No entendí nada de lo que quería decirme.

 

—¿Qué estás diciéndome? ¡Habla claro!

 

Pero ya no me oía.

 

—¡Llew! —dijo con extraña voz—. Llew…, tu servidor te saluda.

 

Vi el sudor de la muerte en su frente y los ojos extraviados y brillantes.

 

Luego puso su boca sobre la mía.

 

El Bardo Supremo me abrazó con desesperación. Antes de que pudiera apartarlo, exhaló el último suspiro en mi boca. Noté su aliento caliente en la lengua. Mis pulmones se hincharon a punto de estallar. Con la mano libre traté de soltarme de su abrazo; cogí la muñeca y logré que me soltara el cuello. Pero el bardo ya estaba muy lejos. El movimiento con que había tratado de librarme de su abrazo se convirtió en un amago para impedir que se derrumbara y se golpeara la cabeza contra la columna de piedra.

 

—¡Ollathir! —grité, y mi voz hizo temblar la tierra bajo mis pies—. ¡Ollathir, no te mueras!

 

Pero el Bardo Supremo ya había muerto.

 

Me encolerizó que se muriera mientras yo luchaba por salvarlo. Me enfureció que se muriera dejándome solo para luchar con aquella bestia de los infiernos. De súbito me invadió una rabia salvaje.

 

—¡Ollathir! —grité—. ¡Levántate! ¡Te necesito!

 

Dentro de mí se entremezclaron la cólera y la frustración. Me incliné

 

sobre él y lo golpeé con la vara de serbal. Lo golpeé varias veces gritándole que se levantara. Pero no lo hizo.

 

—¡Dagda! —gemí pronunciando las palabras que le había oído a él—. ¡Samildanac Dagda, resucítalo!

 

Se me ocurrió de pronto que estaba golpeando a un muerto y que el aborto de los infiernos que se cernía sobre el montículo estaba disfrutando con aquella abominación. Haciendo acopio de voluntad, me alejé del cuerpo inerte de Ollathir. Una vez en pie, descargué con tremenda fuerza la vara de serbal contra la columna de piedra: una vez…, otra…, otra más.

 

Después, arrojé la vara teñida de sangre contra las impúdicas y carcajeantes fauces. La vara voló por los aires y alcanzó al engendro de los infiernos. Se oyó un estruendo como una tremenda ráfaga de viento y la amenazadora imagen se desvaneció en jirones de vapor que desaparecieron como la niebla de la noche ante la brillante luz del día. El cielo pareció iluminarse de golpe con un resplandor dorado y carmesí. Escruté el horizonte y vi que se asomaba la primera llamarada del sol. ¡La hora-entre-horas!

 

En segundos, una luz dorada inundó la meseta bajo el montículo. La columna de piedra, iluminada por la luz del alba, brillaba como una estrella. En el pálido firmamento sólo se distinguían las estrellas de la mañana. La criatura de la noche había desaparecido.

 

Me invadió una abrumadora fatiga y caí de rodillas junto al cuerpo del Bardo Supremo. Los ojos se me llenaron de lágrimas al ver el daño que había causado en aquella cabeza en otro tiempo majestuosa. La vergüenza y la pena se mezclaron con las cálidas lágrimas que me bañaban el rostro.

 

—Perdóname, Ollathir —sollocé—. Por favor, perdóname.

 

Tegid me encontró poco después llorando aún sobre el cadáver, bañando con mis lágrimas la destrozada cabeza de Ollathir que había depositado sobre mis rodillas. Me tocó el hombro.

 

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.

 

Alcé el rostro para responder pero me detuvo la expresión de Tegid. Contemplaba el cadáver asombrado y perplejo; las manos le temblaban agitadamente. Intentaba hablar, pero no podía articular palabra. Cuando por fin recuperó la voz, pronunció sólo una palabra:

 

—¿Cómo?

 

Me limité a sacudir la cabeza por toda respuesta. ¿Lo había matado la criatura de los infiernos? ¿Había sido el Dagda? No lo sabía.

 

Tegid se arrodilló junto a mí y cogió entre sus manos la cabeza de Ollathir. Inclinó la suya y besó la frente del penderwydd.

 

—Que tengas suerte en el viaje que has emprendido —murmuró.

 

El brehon cogió el cadáver por los hombros, le extendió las agarrotadas piernas y le alisó los arrugados vestidos. Cuando hubo acabado, se incorporó.

 

—¿Dónde está su bastón? —inquirió.

 

—Lo tiré —respondí.

 

Paseé la mirada por la achatada cima del montículo. Vi un trozo de la vara al borde del círculo de piedras blancas, y fui a buscarlo.

 

Cuando cerré la mano en tomo a la pulimentada madera, sentí una vez más el extraño poder de la vara. Me quedé quieto sosteniendo el bastón frente a mí como si fuera una serpiente. Aquélla sensación de energía me abrumaba. Sentí que mis miembros adquirían el tamaño de los árboles, que mi cabeza tocaba las nubes y que mis manos podían mover las montañas. Notaba el palpitar de la sangre en mis oídos como el rumor de la rompiente batida por el viento.

 

Parecía como si dentro de mí guardara la energía capaz de hacer toda clase de cosas. Sólo tenía que alzar la mano y se cumpliría cualquier cosa que anhelara. Nada me estaba vedado; nada se me negaría si lo deseaba. Al sonido de mi voz, la tierra y el cielo me obedecerían. Guardaba dentro de mí el poder de conseguir lo que quisiera. Mi mera presencia podía curar o matar. Ya no estaba condenado a pisar el polvo como el resto de los mortales. Cuando los hombres caminaran, yo correría; cuando corrieran, volaría.

 

Volaría.

 

Con la vara de serbal en la mano, miré la meseta y supe que podía volar. Sólo tenía que levantar mis pies y me deslizaría sobre el viento con alas invisibles. Caminé hacia el borde del montículo y con toda calma di un paso en el vacío.

 

 

 

 

22

 

LLEW

 

No  recuerdo  haber  dormido.  No

 

recuerdo haber despertado. Sólo recuerdo una cosa: Goewyn cantaba dulcemente y su voz tiraba como una cuerda de seda de mis sentidos y de mí. Recuperé la vista, vi el hermoso rostro de Goewyn inclinado sobre mí y me di cuenta de que mi cabeza reposaba en su regazo. Yacía en un jergón de lana, en una habitación pequeña y sombría con una suave piel de nutria sobre el cuerpo.

 

Tomé aliento para hablar, pero, antes de poder articular palabra, la muchacha me silenció poniendo un dedo sobre mis labios.

 

—Sshh, alma mía —susurró—, no digas nada aún. —Me alzó la cabeza y me ofreció una taza—. Bebe esto, que te dará fuerzas para hablar.

 

Sorbí el caliente líquido que sabía a miel y a yerbas y que me suavizó la garganta. Apuré la taza y Goewyn reclinó otra vez mi cabeza en su regazo.

 

—¿Qué ha sucedido? —pregunté—. ¿Por qué estoy aquí?

 

—¿No lo sabes?

 

Ladeó la cabeza y sus largas trenzas le resbalaron por el hombro y fueron a caer como una cascada sobre mi rostro. Percibí el aroma a brezo de sus cabellos y sentí una punzada de deseo.

 

—Sólo sé que estoy donde siempre quise estar —repliqué con el corazón en la mano.

 

Y, cogiendo un mechón de sus cabellos, la atraje hacia mí. Sus labios eran ardientes y su beso dulce como el hidromiel. Deseé que aquel beso durara siempre.

 

—Menos mal que has vuelto —murmuró Goewyn—. Temí que nos hubieras dejado para siempre.

 

—¿Dónde estoy?

 

—¿No lo recuerdas?

 

—No recuerdo nada. Yo…

 

A medida que hablaba, me asaltaron una serie de confusas imágenes y sensaciones…, pero borrosas, como deformadas por una distancia enorme y un tiempo todavía más largo. Recordé vagamente la partida de Ynys Sci, la travesía a Ynys Oer, el gorsedd de bardos y la tremenda batalla con la espantosa maldad que había arrebatado la vida a Ollathir. Me vi a mí mismo desplomado en el fondo de un bote, arrastrado por un enfurecido oleaje y gritando. Me vi a mí mismo gritando palabras desconocidas con toda la energía de mis pulmones, y lanzando injurias a los cuatro vientos. Lo recordaba, pero todo parecía borroso e inconsecuente comparado con la amorosa mirada de los oscuros ojos de Goewyn.

 

—Sí —continué—. Ahora recuerdo algo. Pero no me acuerdo de haber abandonado el montículo sagrado ni de haber regresado a Ynys Sci, si es que he regresado de verdad.

 

Goewyn me acarició la frente.

 

—Estás conmigo en casa de mi madre. Mis hermanas y yo te hemos cuidado durante todos estos días.

 

—¿Cuántos?

 

—Hace nueve días que llegaste.

 

—¿Y cómo llegué?

 

—Te trajo Tegid.

 

—¿Dónde está? —pregunté.

 

—Está muy bien. Le rogaré que venga cuando tú desees.

 

Sonrió y leí en sus ojos fatiga; sin duda había estado velándome día y noche.

 

Intenté incorporarme, pero tuve que hacer un esfuerzo mayor al que imaginaba. Tenía los músculos rígidos; al moverme sentí calambres en el estómago, espalda y piernas y solté un grito de dolor.

 

Goewyn me hizo reclinar con ternura la cabeza en el jergón.

 

—Espera —me ordenó poniéndose en pie—. Voy por ayuda.

 

Me mordí la lengua para no gritar mientras mi cuerpo se sacudía en espasmos. Poco después Goewyn regresó con una de sus hermanas. Govan se precipitó hacia la cama donde yacía retorciéndome de dolor y le dijo a Goewyn:

 

—Vete. Yo me ocuparé de él.

 

Goewyn vaciló un instante.

 

—Vete —insistió Govan—. Te llamaré cuando haya terminado.

 

Tan pronto como Goewyn hubo salido de la habitación, Govan sacó un tarro verde y lo puso sobre las ascuas del brasero de hierro. Luego se despojó del cinturón y sacó los brazos por el cuello del manto para quitárselo. Cogió el tarro, le quitó el tapón de musgo y vertió parte de su contenido en la palma de la mano. Una penetrante fragancia de aceite aromático llenó la habitación. Volvió a dejar el tarro sobre el brasero y se frotó las manos.

 

—Relájate. Te aliviará y te curará.

 

Me quitó la manta de piel de nutria, me apretó los hombros y me giró para ponerme boca abajo. La carne se me templaba al contacto y poco después sentí que un suave calor me penetraba también por los tensos músculos de la espalda. Govan cantaba dulcemente mientras me masajeaba. Sus dedos fuertes me libraban del dolor con el bálsamo curativo e insuflaban vida a mis agarrotados y entorpecidos músculos.

 

Me dio masaje en los hombros, en la espalda, en los muslos, piernas y pies; luego me dio la vuelta y me frotó el pecho y el estómago, los brazos y las manos. Cuando hubo terminado, todas las partes de mi cuerpo estaban distendidas y laxas. Le dirigí una perezosa sonrisa de placer; me sentía tan reconfortado y relajado que no tenía ni fuerzas para alzar la cabeza. Ya no deseaba levantarme y no me importaba lo más mínimo si no podía moverme nunca más.

 

Govan me cubrió con la piel de nutria.

 

—Ahora te dormirás. Cuando te despiertes sentirás hambre. Te daremos de comer.

 

Se vistió y se dispuso a marcharse. Antes de que saliera de la habitación, yo ya estaba sumido en el sueño.

 

Me desperté enseguida, o al menos así me pareció. Pero había dormido

 

profundamente, pues alguien había entrado en la habitación sin que me enterara y había dejado pan, cerveza y un poco de queso. Bebí un poco de cerveza, y me entró de golpe un hambre tan feroz que partí el pan y me llevé a la boca un trozo tan grande que apenas podía masticarlo. Luego devoré el trozo de queso y el resto del pan y apuré la cerveza.

 

Además de comida, habían traído ropas que habían dejado cuidadosamente dobladas a los pies de la cama. Me incorporé despacio y me puse en pie con cierta inestabilidad. Cogí el siarc y deslicé los brazos por las mangas, admirando el color y la calidad: tenía el tono escarlata de las moras maduradas en invierno; los breecs de lana fina eran rojos y marrones. La piel del cinturón y de las botas era delgada y suave, sin defecto alguno, y tenía color arena; el manto era gris, y el intrincado trabajo de su orla era de plata. El broche también era de plata, grande y redondo con piedras azules incrustadas.

 

Nunca había tenido ropajes tan elegantes. Era la vestimenta de un jefe acaudalado. No me detuve a considerar por qué me honraban de aquel modo. Me vestí contento, alabando la generosidad de mi desconocido huésped, que sin duda alguna era Scatha. Cuando me hube arreglado el manto sobre los hombros, me puse el broche de plata y salí.

 

Estaba más débil de lo que imaginaba, porque el simple esfuerzo de cruzar el umbral me produjo vértigo y mareo. Me apoyé en el quicio de la puerta y aguardé a que la cabeza dejara de darme vueltas. El sol se había deslizado por un cielo gris y nublado para iluminar débilmente el día mortecino con una pálida luz amarilla. Soplaba viento del mar, y el aire estaba cargado de sabor a sal.

 

Algunos de los muchachos que se habían quedado en la isla durante el sollen estaban jugando al hurley. El sol, ya bajo, alargaba las sombras sobre el terreno de juego. Cuando me vieron, dejaron de jugar y se quedaron mirándome. Ninguno me saludó, aunque me constaba que me conocían muy bien.

 

Goewyn apareció en el sendero. Me vio agarrado al quicio de la puerta y corrió a mi lado. El impetuoso viento le revolvió el cabello y azotó las doradas trenzas contra su rostro en el momento en que me cogía del brazo.

 

—Venía a sentarme a tu lado mientras dormías. No creí que te fueras a levantar tan pronto.

 

—He dormido bastante. Quiero caminar —le dije.

 

Me agarró del brazo, pasamos ante los boquiabiertos muchachos y nos dirigimos al acantilado.

 

—¿Cómo te sientes? —me preguntó.

 

—Como un hombre nuevo —contesté.

 

Al oír mi respuesta vaciló como si le fallara el pie y me miró de reojo; intentó disimular su sobresalto, pero yo me di perfecta cuenta.

 

—¿Por qué me miras así? —inquirí—. ¿Algo va mal?

 

Ella sonrió, pero de nuevo me pareció sorprender un ligero titubeo en su respuesta.

 

—Parecías realmente un hombre distinto —repuso—. Debe de haber sido la luz.

 

A decir verdad, la débil luz de la tarde teñía de oro el mar y las rocas, y transformaba el color miel de los cabellos de Goewyn en refulgente oro y su hermosa piel en el ámbar más cristalino. El viento soplaba sobre el mar y empujaba las olas contra las rocas, levantando salpicaduras que relucían en el aire. Pronto la dorada luz se desvanecería. Empujado por un repentino deseo de tocarla, me detuve en medio del camino, alcé una mano y le acaricié la cara con la palma de la mano. Ella no opuso resistencia.

 

—Tegid te está esperando —dijo poco después sin hacer amago de apartarse.

 

Permanecimos un rato allí y luego regresamos al poblado.

 

Encontramos a Tegid en la sala; estaba junto a la chimenea con un cuerno de cerveza en las manos. Al verme, simuló indiferencia, pero el alivio que expresó al hablar fue elocuente.

 

—Así que te has decidido a caminar por la tierra de los vivos un poco más. Temí que te hubiésemos perdido, hermano.

 

Goewyn lo contradijo con aire alegre:

 

—Desde el primer momento nos aseguró que regresarías —dijo—. Tegid siempre estuvo seguro de ello.

 

Un tanto avergonzado, Tegid hizo un despectivo gesto con los hombros y

 

me puso el cuerno de cerveza en las manos.

 

—¡Bebe! Iré a buscar más.

 

Salió a toda prisa y yo me volví hacia Goewyn; le cogí la mano y se la apreté.

 

—Gracias por… velarme, por cuidarme, por salvarme.

 

—Tegid fue quien te salvó —replicó—. Soportó muchas fatigas para traerte aquí. En comparación, nosotras no hicimos nada.

 

—Para mí significa mucho —insistí—. Estoy en deuda con él y con vosotras. Es una deuda que procuraré pagar. Hasta entonces, acepta mi más sincero agradecimiento.

 

—De verdad —aseguró ella—, no nos debes nada. —Me apretó la mano y se apartó de mí—. Tegid y tú tenéis mucho que hablar. Te dejo.

 

Atravesó la desierta sala y yo la contemplé sorprendido por los sentimientos que de pronto habían brotado en mí. Mientras ella se alejaba, la sala pareció irse oscureciendo. Me estremecí. Estaba casi a punto de llamarla para que se sentara a mi lado, cuando Tegid apareció con copas y una jarra de cerveza oscura.

 

Nos sentamos junto a la chimenea y le rogué que me explicara lo que recordaba de la monstruosa noche en la Roca Blanca. Mi memoria, cargada con impresiones misteriosas y terribles e imágenes increíblemente grotescas, no era de fiar.

 

—Yo recuerdo muy pocas cosas —le dije—. Y lo que recuerdo es muy confuso.

 

Tegid bebió un trago antes de contestar.

 

—El gorsedd de bardos fue un fracaso —dijo al fin remontándose bastante a los sucesos en cuestión.

 

—La reunión… sí, lo recuerdo. —Y recordaba también algo más—. Sí, pero lo que yo deseo saber es ¿por qué? ¿Por qué estaba yo allí? ¿Qué estaba ocurriendo?

 

—Como te expliqué en el barco…

 

—¡Explicarme! —me burlé—. No me explicaste nada. Dijiste que estaba

 

allí porque Ollathir y Meldryn Mawr así lo deseaban. Pero no me dijiste por qué lo deseaban.

 

—Ollathir tenía intención de decírtelo después del gorsedd, pero… —Lo asustó pronunciar aquella palabra.

 

—Pero murió. Así que tienes que decírmelo tú. Ahora mismo.

 

Como quien intenta tranquilizarse para comprobar la resistencia de un miembro herido, Tegid hizo una pausa valorando el daño que sus palabras podían infligir; después dijo simplemente:

 

—Hay problemas en Albión. Los tres reinos están divididos: Prydain, Llogres y Caledon atienden sólo a sus propios intereses y preparan la guerra entre sí. El Día de la Lucha se acerca.

 

—¡Vaya, ese misterioso Día de la Lucha! Lo recuerdo. Sigue.

 

—Incluso los clanes nobles están divididos. Las casas reales tienen disensiones internas.

 

—¿Incluso la casa real de Meldryn Mawr?

 

Tegid no se dignó contestar, pero tuve la seguridad de que había dado en el clavo.

 

—Has vivido en Ynys Sci siete años —continuó—. Has estado lejos de Sycharth, por lo tanto no podías haber intervenido en las traiciones maquinadas contra el rey. Por eso fuiste escogido para que asistieras a la reunión. Ollathir y Meldryn decidieron que debías levantar testimonio de lo que sucediera en la reunión.

 

—Pero yo no asistí a la reunión —objeté, sintiéndome defraudado porque no había sido informado en su debido momento y un tanto ofendido porque no habían tenido plena confianza en mí—. Nadie me dijo nada de todo esto.

 

—Decírtelo abiertamente —explicó Tegid pacientemente— habría podido envenenar tu buen juicio.

 

—Eso lo dirás tú —gruñí.

 

Al momento recordé el juego del gato y el ratón al que habíamos jugado en el barco durante la travesía a la isla. Quizás el bardo me había insinuado entonces todo lo que le permitía la prudencia.

 

Tegid no intentó defender su aseveración y se limitó a continuar su relato.

 

—El miedo se ha enseñoreado de las almas de muchos hombres, y también de muchos bardos. Ollathir sospechaba alguna traición entre sus hermanos y planeaba desenmascarar a los traidores y castigarlos. Pero su plan falló. No le quedó más remedio que clausurar la reunión para que los traidores no se dieran cuenta de que sospechaba sus planes.

 

—Así pues, lo que se suponía que yo tenía que observar, fuera lo que fuera, no se llevó a cabo.

 

Tegid ladeó la cabeza y me contempló con aire pensativo.

 

—Yo no lo sé, pero tú sí.

 

—¿Yo?

 

—¿Viste algo durante el gorsedd?

 

—Nada. Todos subieron al montículo y yo me quedé abajo. Esperé paseando de vez en cuando en torno al montículo y después todos descendieron. No ocurrió nada especial. Todos se marcharon y yo… No, sí ocurrió algo.

 

Tegid se inclinó hacia delante.

 

—¿Qué has recordado?

 

Con los ojos de la memoria volví a ver a la figura cruzando la meseta antes de que se dispersara la reunión.

 

—No creo que tenga importancia —dije despacio—, pero, poco antes de que los bardos llegaran al pie del montículo, vi a alguien que abandonaba precipitadamente la reunión.

 

—¿Era Ruadh?

 

—¿El bardo del príncipe? —reflexioné un momento, pero no podía estar seguro—. Podría ser. No lo sé.

 

—Ollathir debería haberlo sabido —dijo Tegid con convicción.

 

—Entonces ¿por qué no me lo preguntó?

 

Todo aquello no tenía sentido. Odiaba aquellas mezquinas intrigas; estaba perdiendo la paciencia. Tegid desvió la mirada con el rostro sombrío. Aquello era muy duro para él; me acordé de pronto de cuánto amaba a Ollathir, su guía

 

y maestro. Me ablandé.

 

—¿Por qué Ollathir quiso volver al montículo aquella noche? ¿Tenía que ver con el traidor?

 

—Sí, con todos los traidores —contestó Tegid en tono solemne—. El Bardo Supremo quería saber hasta qué punto se había extendido la traición. —Hizo una pausa, me miró y volvió a desviar la vista frunciendo el entrecejo

 

—. Por eso volvió al montículo sagrado aquella noche. Tenía la esperanza de que con ayuda de la Vista sabría qué mano se había alzado contra el rey. Pero no contó con él…

 

La voz de Tegid se quebró y yo supe con seguridad cuál era la causa: la criatura infernal que había aparecido sobre el montículo.

 

—Tegid, dime —le rogué con voz dulce pero firme—, ¿qué era aquello que vimos allá arriba?

 

La boca de Tegid se crispó de asco.

 

—El Habitante del Abismo de Uffern, la Maldad Ancestral, el Espíritu de la Destrucción. Viste la fuerza de la muerte, de la decadencia, del caos. Se llama Cythrawl, un nombre que no puede pronunciarse en voz alta sin sentir un pavoroso terror.

 

Sabía perfectamente a qué se refería. Sentí que el corazón se me helaba en el pecho al recordar la impensada derrota del monstruo.

 

—¿Por qué esa cosa, el Cythrawl, nos atacó?

 

—Ollathir lo invocó… —comenzó a decir Tegid.

 

—¡Cómo! —exclamé; por poco se me cae la jarra de cerveza—. ¿Me estás diciendo que lo llamó a sabiendas?

 

—No —repuso el bardo—. No sabía que el Cythrawl estaba suelto, de otro modo jamás habría subido al montículo. Sólo quería invocar a los malvados.

 

—¿Y, en cambio, fue ese monstruo el que acudió?

 

—Sí, y en cuanto hubo comparecido el Cythrawl no tuvo otra elección que enfrentarse a él. Tenía la esperanza de someterlo antes de que su poder en la tierra fuera invencible. Ignoraba hasta qué punto se había acrecentado el poder de la maldad.

 

No pude menos que sacudir la cabeza sin entender lo que oía.

 

—¿Es que Ollathir había enloquecido? ¿Cómo le pasó por la imaginación que podría someterlo?

 

—Estábamos en el lugar sacrosanto de Albión. Si el Cythrawl lograba vencernos allí, no habría fuerza en el mundo capaz de evitar la destrucción que sobrevendría. Albión se precipitaría en el vacío. Sería como si nuestro mundo jamás hubiera existido —concluyó.

 

De pronto Tegid pareció recuperar el ánimo.

 

—Pero tú alejaste al Cythrawl antes de que pudiera destruir el centro sagrado de Albión. Aunque pase lo peor, una pequeña parte de Albión sobrevivirá.

 

—Ojalá hubiera podido salvar a Ollathir —musité—. Lo siento mucho, Tegid.

 

—No me cabe duda de que hiciste lo que pudiste —replicó con tristeza.

 

Alzamos las jarras en memoria del Bardo Supremo y bebimos en silencio.

 

—Ahora debes contarme lo que sucedió en el montículo —dije.

 

—Sé algo, pero no todo. No estaba con Ollathir cuando murió, pero tú sí.

 

Debes contarme cómo sucedió. Tengo que saberlo.

 

Me dispuse a responder, pero no podía. ¿Qué había sucedido en el montículo? Apenas lo recordaba. Por mi memoria desfilaban imágenes confusas y grotescas, un extraño río de horrendas impresiones y sensaciones de pesadilla. Cerré los ojos y traté de apartar de mi mente la odiosa visión. Cuando volví a abrirlos, Tegid me contemplaba expectante. Pero ¿cómo podía contarle lo que había sucedido si yo mismo no lo sabía?

 

—No puedo decírtelo —confesé al fin sacudiendo la cabeza—. No lo sé.

 

—Debes contármelo —me urgió Tegid.

 

—No puedo recordarlo.

 

—Cuéntamelo —insistió—. Es de suma importancia.

 

—¡Te he dicho que no lo recuerdo! ¡Dejémoslo!

 

Tegid me dirigió una mirada dura como urgiéndome a responder. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró tragándose las palabras antes de

 

articularlas. Permanecimos inmóviles unos momentos; Tegid me observaba con el entrecejo fruncido. De repente se levantó.

 

—Vamos —dijo, obligándome a ponerme en pie—. Ven conmigo.

 

—¿Por qué? ¿Adónde?

 

Sin dignarse contestar, me condujo hacia la puerta.

 

Abandonamos la sala. El sol se había puesto y el viento había amainado, pero iba a ser una noche fría. Lamenté tener que abandonar el calorcillo de la sala y me arropé en el manto mientras cruzábamos corriendo el patio entre sombras.

 

Nos detuvimos ante la puerta de una de las pequeñas y redondas casitas del caer.

 

—Aguarda aquí —indicó, y entró en la casa.

 

Yo esperé fuera; al cabo de un rato volvió a aparecer.

 

—Entra a verla —dijo.

 

—¿A quién? —pregunté cogiéndolo del brazo.

 

—A Gwenllian.

 

—¿Por qué? ¿Qué ocurre?

 

—Creo que deberías hablar con la banfáith.

 

—No quiero hablar con ella, Tegid —murmuré con acritud—. ¿Por qué te empeñas?

 

—Tienes que hablar con ella —replicó con firmeza—. Te está esperando.

 

—Entra conmigo.

 

—No. —Se soltó de mi mano y apartó la cortina de piel de becerro que cubría la puerta—. Te estaré esperando en la sala. Reúnete conmigo cuando hayas terminado —añadió dándome un empujón para que cruzara el umbral.

 

Se dio la vuelta y atravesó el patio. Cuando hubo desaparecido, entré en la casa. Como todas las restantes, carecía de muebles, pero Gwenllian tenía un brasero de hierro encendido en medio de la habitación y el suelo de juncos estaba cubierto con pieles y lana de macho cabrío y oveja.

 

Gwenllian estaba sentada en el centro de la habitación con el manto atado

 

al cuello de modo que sólo le asomaba la cabeza. Sus largos cabellos castañorrojizos le brillaban al resplandor de los rescoldos y le caían sobre los hombros. Tenía los enormes ojos cerrados y los labios ligeramente entreabiertos. Parecía un durmiente a punto de despertar. Yo avancé sigilosamente para no perturbar su meditación y me senté con las piernas cruzadas sobre una piel de becerro leonado.

 

Al rato, oí que exhalaba un largo suspiro y después inhalaba profundamente. Abrió los ojos y me observó sin pronunciar palabra. Yo sostuve su mirada, dispuesto a permanecer callado hasta que me indicara que podía hablar.

 

El manto se movió y Gwenllian tendió un brazo desnudo hacia el brasero. Tenía en la mano un puñado de hojas secas de roble que depositó sobre las ascuas de carbón. Las hojas secas se encendieron y la habitación se llenó de un fuerte aroma que me recordó otros tiempos, otros lugares, ahora ya lejanos, muy lejanos.

 

Ascendió una columnita de humo por el aire y Gwenllian inhaló el aroma. Cuando por fin habló, no reconocí su voz. Cuando Gwenllian cantaba, su voz era flexible como una vara de sauce, dulce como la miel del verano, apasionada, elocuente, hechizadora. En cambio, la voz que ahora me dirigía, aunque serena, era sombría y distante; la autoridad de cada una de sus palabras era absoluta e infalible. La banfáith Gwenllian, la sabia profetisa, era quien ahora estaba sentada ante mí, mirándome con sus insondables ojos verdes.

 

—El pie del extranjero ha hollado la Roca de Albión. Con suntuosos y ricos atavíos defiende el hermoso linaje de Dagda. ¡Salve, Mano de Plata, tu sirviente te saluda!

 

Yo incliné la cabeza en respuesta a tan extraño saludo, pero no emití ninguna palabra porque aún no me había dado permiso para hablar. Sin embargo, no estaba seguro de que hubiera hablado de mí. ¿Mano de Plata? Aquél nombre no me decía nada.

 

La banfáith sacó del manto una torques hecha de gruesos cordones de plata, retorcidos y trenzados. Puso el hermoso collar en el suelo, entre los dos, y pronunció estas solemnes palabras:

 

—Pregunta lo que quieras, que la verdad te será revelada. En el Día de la

 

Lucha nada permanecerá oculto para los escogidos de Samildanac.

 

Luego, con voz más dulce, añadió:

 

—Habla con el corazón en la mano, Mano de Plata. No serás rechazado.

 

Una vez más incliné la cabeza. Eran tantas las cosas que deseaba saber, tantas las que necesitaba preguntar, que medité unos instantes qué pregunta de todas las que se atropellaban en mi lengua debía plantear en primer lugar.

 

—Banfáith —dije por fin—, me has llamado Mano de Plata. Me gustaría saber por qué me ha sido adjudicado ese nombre.

 

Aunque había prometido que nada permanecería oculto, su respuesta no me sirvió de mucho.

 

—Quien lleve la torques de un jefe debe ser un jefe. Cuando Cythrawl se desata en Albión, Llew Llaw Gyffes, el León de la Mano Firme, regresa para defender a los hijos de Dagda.

 

—Banfáith —dije—, estoy tratando de comprender. Si nada te lo impide, te ruego me digas cómo ha sucedido eso.

 

—Nada me lo impide y te lo diré de buena gana: desde tiempos inmemoriales, el nombre de Llew pertenece al Dagda. Puesto que el jefe surge con su llamada, consecuentemente recibe el nombre de Llew Llaw Eraint.

 

Respondía a mis preguntas enseguida, pero las respuestas sólo servían para aumentar el misterio y la confusión. Volví a intentarlo.

 

—Ése jefe, ese tal Llew Mano de Plata, ¿cómo surge?

 

—El Supremo Sabedor es el Sumo Dador —respondió crípticamente Gwenllian—. Lo ve todo, lo sabe todo, lo organiza todo con su Mano Firme. La Mano Firme y Rápida escoge a quien desea.

 

—Sabia banfáith, ¿crees que yo soy ese jefe? —pregunté.

 

—El Dagda Samildanac ha escogido. Ahora te toca a ti escoger lo que desees.

 

Aquello tampoco tenía sentido para mí. Sin embargo, para no mostrar mi contrariedad, di las gracias a la banfáith por ayudarme a comprender y aventuré otra pregunta.

 

—No sé qué es el Día de la Lucha —dije—; me gustaría oír todo lo que

 

pudieras decirme.

 

La banfáith cerró los ojos y se concentró. Oí el suave chisporroteo de las ascuas en el brasero mientras ella escrutaba en los dispersos caminos del futuro una palabra o señal que pudiera transmitir. Cuando volvió a hablar, en su voz resonó un deje de angustia que me llegó hasta el alma.

 

—Escucha, Mano de Plata; presta atención a la Suma Sabiduría —declaró alzando las manos con las palmas hacia arriba—. El Destructor del Norte desatará su cólera sobre los Tres Hermosos Reinos; con garras y dientes arrancará la carne de los huesos. Sus pálidos servidores derrotarán a las fuerzas de Gyd. Un palio de blancura se extenderá sobre la tierra, y el hambre devorará a los jóvenes y a los viejos. El Mastín Gris se ha soltado de su cadena y aplastará los huesos de los niños. El Errante de Roja Mirada atravesará la garganta de los que lo persigan. Laméntate y entristécete, porque el dolor asuela Albión en tres frentes. El Rey de Oro tropezará en su reino con la Roca de la Contienda. El Gusano de ardiente aliento reclamará el trono de Prydain; Llogres se quedará sin señor. Pero Caledon se salvará; la Bandada de Cuervos acudirá en tropel a sus umbrías cañadas y el graznido será su canción. Cuando la Luz de los derwyddi se apague, y la sangre de los bardos reclame justicia, los Cuervos extenderán sus alas sobre el bosque sagrado y el montículo sacrosanto. Bajo las alas de los Cuervos, se instalará un trono. Sobre ese trono, un rey con una mano de plata. En el Día de la Lucha, las raíces y las ramas se intercambiarán los lugares y la novedad del fenómeno será considerada una maravilla. El sol se apagará como el ámbar, la luna esconderá su faz: la abominación contaminará la tierra. Los cuatro vientos pelearán entre ellos con ráfagas terribles; el sonido se oirá hasta en las estrellas. El Polvo de los Antepasados se alzará hasta las nubes; la esencia de Albión se dispersará y desgarrará en la lucha de los vientos. El mar se levantará con potentes voces. No habrá ningún puerto seguro. Arianrhod duerme en su tierra rodeada por el mar. Aunque muchos la busquen, no la encontrarán. Aunque muchos la llamen, ella no los oirá. Sólo el beso casto la devolverá a su lugar. Entonces surgirá el Gigante de la Maldad y aterrorizará a todos con el hábil filo de su espada. Sus ojos vomitarán fuego; sus labios gotearán veneno. Con su enorme hueste asolará la isla. Todos los que se le enfrenten serán barridos por el río de perversidad que fluye de su mano. La Isla de la Fuerza se convertirá en una tumba. Todo esto va a pasar por obra del Hombre Cínico, que montado en un corcel de bronce siembra un infortunio

 

tan grande como calamitoso. ¡Alzaos, Hombres de Gwir! ¡Empuñad las armas y enfrentaos a los hombres malvados que hay entre vosotros! El fragor de la batalla será oído en las estrellas del cielo y el Año Grande avanzará hacia su consumación final. Escucha, Hijo de Albión: la sangre nace de la sangre. La carne nace de la carne. Pero el espíritu nace del Espíritu y con el Espíritu permanece por siempre jamás. Antes de que Albión sea una, deben ser realizadas heroicas hazañas y debe reinar Mano de Plata.

 

Embargada por un profundo dolor, la voz de la profetisa se quebró.

 

—¡El Phantarch ha muerto! —sollozó—. ¡Muerto! Nos han arrebatado al Phantarch y la Canción ya no suena… ¡Cythrawl destruye nuestra tierra!

 

Gwenllian permaneció largo tiempo con los ojos cerrados, abandonada al llanto. Yo sólo deseaba marcharme, escabullirme de su presencia para no tener que oír sus negros presagios. Pero ella abrió los ojos y me detuvo con una desolada expresión.

 

—Banfáith —dije con el corazón agitado por el tormento de la espantosa visión de la profetisa—, yo no sé nada de esas heroicas hazañas y de cómo pueden llevarse a cabo: me parece más bien una tarea propia de un bardo. Dime sólo una cosa más: ¿cómo puede ser derrotado el Cythrawl?

 

—Antes de que el Cythrawl pueda ser abatido, hay que restaurar la Canción.

 

—Ésa canción de que hablas… ¿puedo saber cómo se llama?

 

La banfáith me miró con triste solemnidad.

 

—Nadie conoce la Canción, sólo el Phantarch, porque es el tesoro más valioso de sus reinos y no se pueden apropiar de él ni criaturas pobres de espíritu ni insignificantes servidores. Antes de que el sol, la luna y las estrellas fueran dispuestas en sus inalterables órbitas, antes de que las criaturas vivientes recibieran el aliento de vida, antes del comienzo de todas las cosas que existen y existirán, la Canción fue cantada. Me has preguntado el nombre de la Canción. Muy bien, te lo diré: es la Canción de Albión.

 

 

 

 

23

 

EL DÍA DE LA LUCHA

 

Aquella  noche  no  dormí.  Y  no

 

regresé a la sala. Caminé en la oscuridad por los acantilados que se alzaban sobre el mar tumultuoso, sin preocuparme por si tropezaba y me estrellaba contra los peñascos. Así Dagda tendría que elegir a otro. Yo no deseaba formar parte de todo aquello.

 

Deambulé largo rato por los acantilados, angustiado, temeroso, atormentado por la profecía de la banfáith y enfadado con Tegid por haberme metido en aquel lío. Por el sendero que bordeaba la costa, lancé maldiciones al viento y grité mi desafío al mar embravecido. Al final, me apoyé en una roca que se cernía sobre la playa barrida por la marea y contemplé la salida del sol. Goewyn me encontró admirando cómo la luz del sol perlaba el cielo y teñía las aguas con el color de la sangre. Se me acercó con tanto sigilo que no la oí llegar. Intuí que estaba a mi lado y noté que posaba sus dedos en mi cuello.

 

Durante un rato permaneció callada, apoyando su cuerpo en mi espalda y acariciándome el pelo. Por fin dijo:

 

—Tegid me ha dicho que tenéis que marcharos.

 

—Lo ha decidido —murmuré yo hoscamente—. Ha decidido que muramos congelados y ahogados.

 

—Los rigores de sollen aún no han comenzado. Todavía estáis a tiempo de viajar en barco con ciertas garantías —dijo ella acomodándose junto a mí en la fría roca.

 

—No hay garantía alguna —musité—. Nada sucede siempre de la misma manera.

 

Ella apoyó la cabeza en mi hombro.

 

—¡Qué tétrico! —suspiró—. Sin embargo, eres fuerte y puedes gozar de la vida. ¿Por qué pensar lo peor?

 

Porque lo peor coincidía a menudo con lo inevitable, me dije a mí mismo. Pero no deseaba discutir con Goewyn, que sólo trataba de ser cariñosa conmigo, así que me callé y contemplamos juntos el chapoteo de las olas en los guijarros de la arena. Cuatro gaviotas volaban por encima del mar, tocando las aguas con la punta de sus alas.

 

—Cuando un bardo como Ollathir muere —comentó al cabo de un rato, como si hubiésemos estado hablando de ese tema—, debe exhalar su awen en otro. De no ser así se perdería, y, una vez perdido, jamás se recupera y su luz desaparece del mundo para siempre.

 

—Ya. ¿Y qué más te dijo Tegid? —salté yo, y al momento lamenté mi exabrupto.

 

—Tegid habría dado su vida por salvar a Ollathir —continuó Goewyn fingiendo no haber captado la rudeza de mi tono—, pero no pudo ser. Cuando al Bardo Supremo le llegó la hora, tú estabas con él y recibiste su awen.

 

El awen… Así que aquello era lo que Tegid tenía in mente. Yo sabía que el awen se considera la fuente de la clarividencia de un bardo, el hálito inspirador de su misión; lo que alimenta, viste y protege a la gente de su tribu. El awen es el aliento de Dagda que guía e instruye y que a la vez aísla al bardo de los demás hombres.

 

—Pero ¿por qué me lo dio a mí? —pregunté asaltado otra vez por la ira—.

 

¡No soy un bardo! No lo quiero. No puedo usarlo.

 

—Te lo dio porque estabas junto a él —repuso suavemente Goewyn.

 

—Y yo se lo daría a Tegid si pudiera —afirmé en tono terminante—. ¡No quiero formar parte de todo esto!

 

Sentí que ponía su mano en mi mejilla y me obligaba a mirarla.

 

—Has sido escogido para una misión muy grande —dijo.

 

Aunque hablaba en un tono suave su voz estaba preñada de una convicción férrea.

 

—Ya veo que también has hablado con Gwenllian —murmuré desviando la vista.

 

—No sé qué te dijo Gwenllian. Pero no hace falta tener la visión de una banfáith para darse cuenta de eso. Cuando Tegid regresó contigo en el bote,

 

creí que estabas muerto. Pero, a la primera ojeada, vi en ti la luz de los héroes y supe que Dagda te había cubierto con su mano.

 

—Nunca pedí tal cosa —repliqué con amargura—. ¡Nunca deseé nada de todo esto!

 

Miré el sol naciente. La joven luz del alba se desvanecía tras las nubes y el viento agitaba las olas. Pronto Tegid y yo nos haríamos a la mar para regresar a Sycharth y jamás volvería a ver Ynys Sci.

 

Como si me leyera el pensamiento, Goewyn dijo:

 

—El futuro está surcado de innumerables caminos. ¿Quién sabe dónde volverán a cruzarse nuestros destinos?

 

Permanecimos allá un rato y después ella se marchó calladamente, dejándome abandonado a mis tristes cavilaciones.

 

El bote que nos había llevado hasta la isla de Scatha era pequeño. Sin piloto y sin tripulación no habríamos podido manejar una embarcación mayor. Ahora viajábamos también en el mismo bote, pues otro más grande habría naufragado en el oleaje de sollen, en tanto nuestro pequeño barquito cabalgaba ágilmente sobre las olas agitadas por el viento.

 

Sin embargo, confiar demasiado en el voluble e inconstante sollen suele conducir a un desastre. Puede, en efecto, brillar un sol templado, pero al momento el helado viento del norte comienza a soplar congelando los huesos pese al abrigo de los vestidos de lana. Sabíamos que no podríamos llegar en bote a Sycharth, aunque habría sido el camino más corto. Pero Tegid no tenía intención de suicidarse; sólo planeaba llegar al puerto de Ffin Ffaller donde podríamos conseguir caballos y provisiones para seguir viaje por tierra. O, si no podía ser así, nos dirigiríamos a Ynys Oer y pasaríamos desde allí a tierra firme, aunque eso supondría dar un largo rodeo.

 

No tuvimos suerte con el tiempo. El segundo día, una tormenta que venía del norte nos alcanzó y nos obligó a refugiarnos en una bahía de la rocosa costa de tierra firme. Encontramos una gruta en el acantilado y logramos reunir la leña necesaria para encender fuego. La gruta nos sirvió de guarida durante cinco largos días, mientras esperábamos a que cediera la furia del viento.

 

Al anochecer del quinto día, el viento amainó y antes de que se levantara

 

la luna nos hicimos a la mar. El aire era frío, pero el cielo estaba despejado y estrellado. A Tegid le fue fácil guiarse por las estrellas y por la plateada línea de la costa. Navegamos toda la noche y durante los dos días siguientes, durmiendo por turnos.

 

Yo no era un experto en manejar el timón, pero me las arreglé bastante bien como para que el bardo pudiera descansar y dormir. Ateridos por el viento constante y empapados por las salpicaduras de las olas, con los víveres casi agotados, nos dirigimos hacia la costa occidental de Ynys Oer. Sentí un gran alivio al abandonar el bote y sentir la tierra bajo los pies.

 

Nuestros caballos estaban en la hondonada donde Tegid los había dejado para que pastaran a su antojo. Podrían haber pasado allí toda la estación, porque las abruptas laderas de la hondonada los protegían de todo, excepto de la lluvia y del viento, y la yerba era abundante. Pasamos la noche en la cabaña de piedra de la playa, frente a Ynys Bàinail y su sagrada columna de piedra que marcaba ahora el lugar donde Ollathir yacía en su tumba.

 

—No podía sacaros a los dos de la Roca Blanca —me explicó Tegid—. Y como a ti te quedaba más vida que a Ollathir, cubrí su cadáver con piedras y te llevé a Ynys Sci.

 

—Te estoy muy agradecido, Tegid. Corriste un riesgo enorme. No debió de ser un viaje fácil.

 

—Fue un riesgo mucho menor que el que corriste tú al enfrentarte al Cythrawl —declaró con sencillez—. No podía abandonarte allí de ningún modo, hermano.

 

Al alba del día siguiente fuimos a buscar los caballos a la escondida cañada. He dicho «alba», pero lo cierto es que aquel día no vimos el sol, ni tampoco los días que siguieron. La lluvia y el viento azotaban la costa y una helada niebla cubría las cimas de las colinas y las cañadas. Cruzamos la isla bajo una llovizna pertinaz, muertos de cansancio, helados, empapados hasta los huesos. Alcanzamos la costa oriental y nos detuvimos a observar las grises y amenazadoras aguas que separaban Ynys Oer de la tierra firme.

 

—¿Y ahora qué? —pregunté, calculando la estrecha distancia entre las dos orillas.

 

—Los granjeros de tierra firme pasan a nado el ganado hacia los pastos estivales de la isla. Y los de la isla pasan a nado el suyo para venderlo en el

 

otro lado.

 

—Suena a tarea muy húmeda.

 

—No podemos mojarnos más de lo que ya lo estamos —comentó Tegid.

 

En efecto, el agua chorreaba por nuestros cuerpos; teníamos las ropas pegadas al cuerpo y las piernas y los brazos entumecidos.

 

—Entonces, manos a la obra —dije mirando las olas agitadas por las ráfagas de viento—. Cuanto antes lleguemos a la otra orilla, antes podremos calentarnos junto a un fuego.

 

No me cabía duda de que el agua estaba fría, pero no imaginé que pudiera estarlo tanto. La distancia no era mucha y nuestros caballos nadaban con agilidad, pero estuvimos a punto de perecer congelados.

 

Nos arrastramos por la rompiente y por la playa mientras el viento sacudía violentamente nuestras ropas empapadas y por fin nos pusimos al abrigo tras las dunas. Tegid sabía dónde encontrar astillas y ramas en las arenosas hondonadas; la leña que reunimos estaba húmeda, pero ardió gracias a la habilidad del bardo. Los derwyddi conocen muchos secretos de la tierra, el aire, el fuego y el agua. Creo que encendió el fuego por arte de magia; yo jamás habría conseguido que ardieran aquellas ramas canijas y mojadas.

 

—Quítate la ropa —me aconsejó Tegid cuando el fuego hubo prendido.

 

Habíamos encontrado abrigo entre dos dunas. Parecía una locura desnudarse con aquel frío, pero era el único modo de entrar en calor.

 

Extendimos las prendas sobre las matas de juncos y sauces marinos y nos sentamos tan cerca del fuego como permitía la prudencia. Incluso los caballos se sintieron atraídos por el calor, pese a su innato miedo a las llamas.

 

Tegid fue alimentando la hoguera con haces de yerba seca y ramas de endrino, consiguiendo mantener el fuego vivo.

 

—Cuando se hayan secado las ropas, cabalgaremos tierra adentro —dijo mientras sostenía ante las llamas unas polainas de lana y luego les daba la vuelta para que se secaran mejor.

 

No contesté; todavía quedaban muchos viajes por delante y podía esperar.

 

Poco después nos pusimos en camino.

 

—Hay gamos en el bosque. Podemos cazar alguno. Dentro de pocos días

 

llegaremos a Tyn Water y seguiremos hacia Aber Llydan. Desde allí sólo quedan tres o cuatro jornadas hasta el territorio llwyddio y otro tanto para llegar a Nant Modornn. Seguiremos el curso del río hasta Sycharth.

 

Lo dijo como si estuviéramos ya en casa y secos. En realidad, teníamos que afrontar aún muchas noches y muchos días del gélido sollen durante el viaje por las frías e intransitadas sendas de Caledon. Antes de que divisáramos el valle de Modornn, la nieve había cubierto profusamente las cumbres de las montañas.

 

Por si el frío fuera poco, había que contar con el hambre. Había poca caza y no podíamos dedicarle demasiado tiempo. Sin embargo, aun cuando no pudiéramos conseguir nada para nosotros, nos esforzábamos por encontrar para las cabalgaduras un bocado que las ayudara a seguir tirando. El frío nos hizo flexibles y duros como abedules sacudidos por la tempestad. Aprendí a dormir en la silla de montar y a encontrar abrigo en los lugares más inhóspitos. Aprendí a seguir un rastro oculto bajo la nieve. Y aprendí a orientarme por los olores que el viento arrastraba.

 

Por fin un día llegamos al pie de Caer Modornn. Al ver la empalizada de madera en lo alto de la colina sobre el río, me embargó una oleada de recuerdos. Pero, por muy extraño que parezca, aunque recordaba vividamente los primeros días que siguieron a mi llegada, no podía acordarme sin hacer un verdadero esfuerzo de lo que mi vida había sido antes, y así y todo en términos muy borrosos. Al compararla con la vida intensa que había conocido en Albión, mi vida antes de llegar al Otro Mundo se me antojaba remota e insignificante, como si hubiera sido poco más que una vaga pantomima representada en una atmósfera oscura, incolora, a media luz. No obstante, no me preocupaba lo más mínimo no poder recordarla. Desde luego había salido ganando con el cambio. Me sentía satisfecho.

 

Subimos a Caer Modornn a buscar la comida almacenada allí: grano y heno para los caballos, carne salada y cerveza conservada en jarras precintadas para Tegid y para mí. También había acopio de leña en el caer, así que nos quedamos una noche en la fortaleza, más para entrar en calor que para descansar, aunque a decir verdad ambas cosas nos vinieron muy bien.

 

Al día siguiente proseguimos viaje. Pese a la fatiga, pese a que estábamos entumecidos por el frío y empapados por el viento que azotaba el húmedo valle, seguíamos la marcha mucho más animados, porque estábamos en

 

territorio conocido y nos aproximábamos al final, aunque todavía lejano, de nuestro viaje.

 

Nos internamos por el valle de Modornn, siguiendo el curso helado del río hasta llegar al pantanal. Entonces nos separamos del río para avanzar por terrenos más firmes internándonos en el bosque. Poco antes de la puesta del sol, después de dos heladas y húmedas jornadas, divisamos Sycharth. Rendidos tras un largo día de marcha, nos detuvimos a descansar antes de llegar al caer.

 

—No se ve humo —observó Tegid.

 

Escruté el cielo sobre el caer. Las nubes se habían despejado al final del día y dejaban ver un claro cielo azul contra el que habría sido fácil ver el humo de la chimenea del palacio del rey y el de las cocinas. Pero no se veía humo, y por lo tanto no había fuego.

 

—¿Qué puede significar eso? —pregunté intrigado.

 

No se me ocurría una causa razonable para que después de tan largo viaje nos encontráramos con las chimeneas apagadas y una silenciosa acogida.

 

—Algo malo sucede.

 

Tegid espoleó el caballo y bajó al galope la ladera hasta la cañada que nos separaba de la colina en la que se alzaba el caer.

 

Debo admitir que un negro presentimiento me atenazaba el corazón mientras las pezuñas de nuestros caballos hacían retumbar la tierra helada del valle al galopar hacia el silencioso caer. Antes incluso de atravesar la estrecha empalizada y entrar por las puertas abiertas de par en par supe que Sycharth estaba abandonada. Una ojeada a las carbonizadas ruinas del palacio del monarca confirmó nuestros temores más negros: la hermosa fortaleza de Meldryn Mawr había sido incendiada.

 

El Día de la Lucha había amanecido.

 

 

 

 

24

 

TWRCH

 

Abandonada por los supervivientes,

 

habitada sólo por los muertos que yacían insepultos en medio de la destrucción, Sycharth, en otros tiempos orgullosa, parecía una tumba saqueada, fría, desolada, arruinada. La poderosa fortaleza tenía el lúgubre aspecto de un cadáver abandonado.

 

Nuestros ojos tropezaban por doquier con atrocidades: mujeres apaleadas hasta la muerte estrechando contra el pecho a sus hijos congelados por el frío, niños desangrados con sus manos y sus pies cortados, perros y guerreros decapitados, con las cabezas trocadas, ganado abrasado vivo en los establos, ovejas pasadas a cuchillo con las entrañas arrancadas para estrangular con ellas a sus pastores… Y por doquier huellas de fuego, ignominia, sangre y violencia.

 

El olor a muerto apestaba el neblinoso aire y la sangre teñía el suelo empapado por la lluvia. Tegid y yo pasábamos de abominación en abominación horrorizados, sin dar crédito a nuestros ojos. Con la boca llena de amarga bilis, marcados y aturdidos, nos resistíamos a pronunciar las dos preguntas que nos atormentaban: ¿cómo había podido suceder aquel desastre?, ¿quién podía haber cometido tal carnicería?

 

Lo que más nos intrigaba era que no había señal alguna de lucha. No encontramos ni al rey ni a su banda de guerreros, pese a que registramos cuidadosamente lo que quedaba en pie del palacio real y de los cuarteles. Aparte de algunos soldados asesinados fuera del palacio, no encontramos a ninguno de los que integraban la hueste de batalla. Dedujimos que el rey había escapado con su batallón de guerra sano y salvo, o que quizás estaba ausente cuando se produjo la destrucción de la fortaleza y a lo mejor ni siquiera se había enterado del fatal suceso.

 

Tegid descartó la deshonrosa posibilidad de que el rey hubiera podido huir de la lucha.

 

—Antes se habría arrancado él mismo el corazón —murmuró sombríamente—. Habría preferido ser pasto de los cuervos a ver a su pueblo degollado como cerdos y su fortaleza arrasada. Tampoco habría permitido ser cogido prisionero mientras le quedara un soplo de vida.

 

Contemplamos abatidos aquella devastación. No había modo de adivinar cuándo había ocurrido. El frío y la nieve habían dejado a los cadáveres tal como habían caído. Si el rey y sus guerreros hubieran estado allí, los habríamos encontrado.

 

—Seguro que se marchó antes del desastre —dije; aunque aquella posibilidad parecía igualmente improbable, no se me ocurría otra explicación —. Meldryn Mawr no está aquí.

 

El Soberano Señor debía de haber estado ausente cuando la destrucción se abatió sobre Sycharth; pero ¿adónde habría podido ir en la estación de los hielos, cuando todo el mundo se resguarda en sus cuarteles?

 

—¿Adónde habrá ido? —pregunté en voz baja.

 

—No lo sé, hermano —contestó Tegid con rudeza—. Creo que no averiguaremos la respuesta aquí.

 

—¿Dónde, entonces?

 

—Iremos a los poblados y asentamientos. Recorreremos el territorio y veremos qué podemos averiguar.

 

Abandonamos el caer. Aturdidos por el dolor y muertos de miedo, con los ojos desencajados y las manos temblorosas, montamos a caballo y nos dirigimos al puerto del rey en el cercano estuario de Muir Glain. Cabalgamos a toda prisa para aprovechar la poca luz que quedaba y llegamos al varadero con el crepúsculo, mientras oscuros nubarrones se agolpaban en el cielo.

 

No tuvimos ni siquiera necesidad de desmontar; desde nuestras sillas contemplamos el desastre: barcos quemados en el agua, velas y mástiles destruidos, cascos reventados.

 

Los cobertizos y las casas también habían sido incendiados y con ellos la leña almacenada. Nada se había librado. La destrucción era completa y total. Todo estaba reducido a carbón y cenizas.

 

—Debe de haber ardido durante días —murmuró Tegid—. El resplandor ha debido de verse a medio camino de Ynys Sci.

 

Los caballos mostraban su nerviosismo resoplando y pateando, mientras nosotros escrutábamos por doquier en busca de algún sobreviviente. Para infundirme coraje, acariciaba mis armas, cuidadosamente envueltas para protegerlas del frío, pero al alcance de la mano.

 

—Aquí no hay nada —dijo por fin Tegid—. Vámonos.

 

La noche se nos echó encima mientras nos internábamos en las boscosas colinas; el camino era más largo por allí, pero no podíamos arriesgarnos a atravesar el pantanal sin luz. Por eso seguimos los senderos de la sierra y las veredas de los cazadores que comunicaban Sycharth con los poblados vecinos. Cuando nos aproximábamos a la fortaleza más cercana, las nubes se despejaron un poco y la luna brilló unos instantes; no mucho, pero lo suficiente como para ver la negra silueta del poblado recortada contra las colinas, más negras aún, que se alzaban al otro lado del río.

 

Caer Dyffryn se levantaba sobre un otero y albergaba a unos doscientos hombres del clan de los llwyddios. Los doscientos habían huido o habían sido asesinados. No nos detuvimos a contarlos. No había necesidad, pues era evidente que no quedaba nada con vida en el círculo de carbonizados tocones que en otro tiempo había sido la empalizada de madera. No hacía falta desmontar para comprobarlo. Sin embargo, por consideración a los compatriotas, desmontamos y caminamos entre las devastadas ruinas de lo que habían sido sus hogares.

 

—No puedo soportarlo —dije cuando hubimos terminado nuestra inútil inspección.

 

Hablaba en tono apagado, pero mi voz resonó en medio de aquel silencio antinatural.

 

Como Tegid no hizo el menor movimiento ni emitió el menor sonido, le toqué un brazo; tenía la piel tensa y helada.

 

—Vámonos, hermano —insistí—. Alejémonos de aquí. Acamparemos junto al río y regresaremos por la mañana, si lo deseas.

 

Tegid no contestó; se limitó a dar la vuelta y montar a caballo. Abandonamos Caer Dyffryn, pero no nos detuvimos. Aquélla noche no descansamos y sólo hicimos un alto en la marcha para abrevar los caballos. El alba gris nos sorprendió en las ruinas de Cnoc Hydd, fatigados e insomnes. El poblado, en otros tiempos tan hermoso, situado en un bellísimo repliegue del

 

valle, era ahora una cáscara vacía, como Sycharth y Dyffryn. La mayoría de sus habitantes habían sido quemados, no podría decirse si antes o después de morir.

 

Mientras Tegid deambulaba por las húmedas cenizas del palacete, yo inspeccioné las ennegrecidas y derrumbadas vigas de la Casa de los Guerreros. Con la punta de una lanza rota iba removiendo los escombros buscando no sé qué. El hedor agrio del humo y los cuerpos chamuscados me hacían llorar, pero seguía buscando. En una esquina de la derrumbada chimenea, mis esfuerzos se vieron premiados. Llevaba un buen rato escarbando entre los cascotes y me disponía a marcharme, pero, al darme la vuelta, me llamó la atención un movimiento furtivo. Creí oír un crujido seco. Volví sobre mis pasos y escruté entre las sombras de la chimenea. Al principio no vi nada…, pero después vislumbré la silueta de un bulto escondido bajo las piedras derrumbadas.

 

Empuñé la espada y empujé suavemente aquella forma encogida. No emitió sonido alguno, pero se replegó aún más en su escondite. Quité algunos leños y piedras para que la luz iluminara la hendedura. Escudriñé el agujero y

 

vi    el cuerpo carbonizado de una perra de caza y al lado, temblando, el de su cría.

 

Tenía la piel, de color gris pizarra, desgarrada y chamuscada, y una herida roja y lacerada sobre una de las patas delanteras. El cachorro temblaba de miedo y frío y se acurrucaba junto al rígido cuerpo de la madre. Había otras crías, todas muertas; la perra había muerto defendiéndolas, porque todavía tenía las fauces abiertas. La cría parecía lo suficientemente crecida como para estar ya destetada; y, aunque todavía tenía el aspecto de bolita de felpa propia de los cachorrillos, me enseñó valientemente sus dientecitos cuando alargué la mano para cogerla.

 

Lo más compasivo habría sido matarla inmediatamente y acabar con sus sufrimientos. Pero, después de la ruina y devastación que habíamos contemplado, al encontrar aquel único superviviente, aunque sólo fuera un cachorro medio muerto de hambre, no tuve agallas para sacrificar aquella titubeante vida y añadirla a la larga lista de muertos. Decidí dejarlo vivir, lograr que viviera.

 

No gimió ni gritó cuando lo cogí por el pellejo del cuello para sacarlo de su escondite. Pero me mordisqueó cuando traté de acariciarlo y, mientras

 

intentaba instalarlo en el repliegue del codo, se aferró con sus agudos dientecillos a mi mano sin soltarla.

 

—¡Quieto, Twrch! —lo regañé dándole un golpecito en el morro y llamándolo por el primer nombre que se me ocurrió.

 

Tegid me oyó y me miró inquieto. Al ver el cachorro en mis brazos, sonrió tristemente. Le llevé al perro, lo cogió y lo sostuvo ante sí.

 

—¡Vaya! Por lo menos alguien ha sobrevivido en la tierra de los muertos. —Me miró—. ¿Cómo lo llamaste?

 

—Twrch —respondí.

 

—¿Jabalí? —preguntó con asombro—. ¿Por qué?

 

—Intentó morderme cuando lo cogí —le expliqué—. Me recordó a un jabalí viejo que continúa luchando cuando ya ha sido vencido y sólo se rinde ante la muerte. —Me encogí de hombros y añadí—. Pero no tiene importancia. Llámalo como quieras, Tegid. Merecería tener un hermoso nombre.

 

—Ya le has dado uno hermoso. Así lo llamaremos. —Levantó en alto al perro—. Twrch, eres muy batallador; quizá te conviertas en nuestro Jabalí de la Batalla.

 

Me entregó el cachorro y agregó:

 

—Éstas  ruinas  son  como  las  otras.  Aquí  no  encontraremos  nada.

 

Vámonos.

 

—Necesitamos descansar, Tegid. Descansar y comer. Nuestros caballos están casi muertos de fatiga. Deberíamos detenernos por lo menos un día. Cuando veníamos hacia aquí, pasamos por un lugar muy apropiado junto al río. Acampemos hoy allí y decidiremos qué hacer cuando hayamos dormido.

 

Tegid no estaba demasiado convencido, pero su caballo cayó de rodillas sobre el embarrado sendero mientras descendíamos del caer y tuvo que admitir que yo tenía razón. Si no hacíamos un alto, tendríamos que seguir viaje a pie; y, como no sabíamos cuánto íbamos a tardar en encontrar a nuestro rey y a sus hombres, no tenía sentido reventar nuestras monturas.

 

Así que nos dirigimos al refugio que había visto junto al río, un soto de alisos y sauces en torno a una cabaña de pescadores junto a una presa. Los

 

árboles nos protegían del viento y la cabaña de la lluvia. Crecía abundante yerba en los bancales del río y todavía estaba tierna para servir de pasto a los caballos. Los abrevamos y después los atamos a los árboles.

 

En la diminuta cabaña de junco encontramos un poco de leña, carbón vegetal, pieles de cabra y algunas jarras precintadas. Las pieles estaban sucias, pero la leña estaba seca y las jarras contenían un excelente hidromiel. El dueño de la cabaña sabía muy bien cómo aliviar sus frías vigilias.

 

Con una de las pieles hice un lecho para Twrch en un rincón de la cabaña. Lo olfateó con cuidado y enseguida se instaló. Probablemente el perro del dueño de la presa usaba la piel de cabra como lecho, y el cachorro debió de encontrar agradable el familiar olor, porque después de lamerse la herida enterró el morro entre las patas y se durmió.

 

Mientras yo me dedicaba a tan insignificante tarea, Tegid fue a inspeccionar la presa y volvió a la cabaña con cuatro lustrosas truchas marrones. En un abrir y cerrar de ojos limpió el pescado y encendió fuego en un hogar que había fuera de la cabaña. Ensartamos las truchas en finas varas de sauce y las pusimos a asar.

 

El dulce aroma del pescado asado mezclado con el acre olor a roble del humo me llenó la boca de agua y sentí el vacío del hambre en el estómago. Hacía días que no comíamos decentemente. Tegid destapó una de las jarras y bebimos varios tragos de hidromiel mientras aguardábamos a que el pescado se hiciera.

 

Nos habíamos sentado junto al fuego y de tanto en tanto dábamos vueltas a las varas de sauce en silencio. No había palabras capaces de expresar lo que pensábamos y sentíamos. Estábamos tan cansados y hambrientos que no podíamos darle forma; teníamos que comer y dormir antes de tratar de comprender lo que habíamos visto y decidir lo que debíamos hacer.

 

Aunque el día seguía frío y gris, las truchas nos templaron por dentro. Saboreé cada bocado chupándome los dedos antes de dar otro mordisco. A pesar de que me habría comido mi peso en truchas, guardé un poco para Twrch. No sabía si se lo comería, pero pensé que no podría hacerle ningún daño.

 

La cabaña era muy pequeña pero nos procuró un agradable abrigo. Nos quedamos dormidos enseguida.

 

Poco después me despertó una sensación fría y húmeda en la garganta. Twrch había trepado mientras yo dormía y se había acurrucado en el hueco de mi garganta apoyando el morro en mi barbilla. Me levanté con precaución de no despertar a Tegid, cogí al cachorro y salí de la cabaña. El tiempo no había mejorado. Por si fuera poco, el viento del nordeste había arreciado y las nubes eran más bajas y espesas.

 

—Tengo algo para ti, Twrch —susurré—. Pruébalo y dime si te gusta.

 

Le ofrecí el bocado que había guardado para él. Lo olfateó, pero no lo mordió aunque se lo acerqué al hocico. En cambio, me lamió los dedos; así que desmenucé un poco de pescado entre mis dedos y dejé que el cachorro me los lamiera. Luego le ofrecí el resto, que devoró como sólo puede hacer un perro hambriento. Después me limpió los dedos concienzudamente.

 

—Después te daré más. Encontraremos algo para que te relamas… Un ciervo, quizás, o una perdiz.

 

Al decirlo caí en la cuenta de que no habíamos visto rastro alguno de caza. Excepto los peces que habíamos comido, no habíamos visto ninguna criatura con vida desde que nos habíamos internado en el valle de Modornn.

 

—¿Es posible —le pregunté a Tegid cuando se reunió conmigo poco más tarde— llevarse a los gamos salvajes fuera del valle? ¿Puede hacerse semejante cosa?

 

—No es posible…, pero tampoco es posible destruir tres fortalezas sin que alguna de ellas alerte a las demás. Sinceramente, hay en todo esto un misterio que no soy capaz de desentrañar.

 

Por el momento no añadimos nada más, porque ninguno de los dos nos atrevíamos a hacer conjeturas. Tegid se dispuso a abrevar los caballos y a desatarlos, mientras yo inspeccionaba las redes de la presa. No había caído en ellas ni un solo pez, y cuando me disponía a volver a instalar las redes en las estacas Twrch comenzó a gruñir en la orilla. Salí del agua y lo encontré huroneando en un agujero abierto en el extremo de un montón de tierra que tenía la forma de una enorme colmena.

 

El montículo estaba escondido entre los árboles, a pocos pasos del bancal del río. No lo habría visto, si Twrch no llega a atraer mi atención. Al ver al cachorro tan excitado, decidí echar una ojeada. Creí que quizás había encontrado la madriguera de una nutria o de un tejón. Pero no tardé en darme

 

cuenta de que el montículo estaba hecho de turba recién cortada y muy bien apilada. Retiré de la boca la tierra y supe al momento por qué el perro se había excitado tanto, pues en cuanto me asomé al agujero llegó a mis narices un punzante olor a humo de roble.

 

¡El Sumo Dador nos había sonreído! Dentro de aquella especie de colmena había estacas de madera rematadas en forma de cruz y de cada una de ellas pendía un espléndido ejemplar de salmón ahumado.

 

—¡Eres un buen perro, Twrch! —dije metiendo la mano y sopesando uno de los pescados.

 

Arranqué un poco de carne del plateado lomo y se lo di a Twrch para recompensarlo por el servicio prestado. Mientras lo devoraba, lo acaricié y le dirigí cariñosos halagos. Luego cogí el pescado y volví a poner en su sitio las turbas que tapaban el agujero.

 

—Sea lo que sea de nosotros, no nos moriremos de hambre —le dije a Tegid mostrándole el salmón—. Antes de que acabemos de devorar el último, estaremos ahítos de carne. Twrch localizó el ahumadero y me condujo hasta él.

 

—Hemos contraído una deuda más con el dueño de la presa.

 

—Y con el olfato de Twrch —añadí.

 

Tegid probó el salmón.

 

—Ése hombre conocía bien su oficio —juzgó ofreciéndome un bocado—.

 

Es digno de la mesa del rey.

 

Al oír mencionar al rey, me estremecí como si una mano de hielo se hubiera posado en mi hombro.

 

—¿Qué vamos a hacer, Tegid?

 

—No lo sé —respondió en tono tranquilo—. Pero creo que ha llegado la hora de considerar lo que ha sucedido.

 

—¿Qué ha sucedido? —No encontraba una explicación lógica a todos aquellos sucesos—. Poblados enteros han sido arrasados, sus habitantes asesinados sin darles tiempo a alzar una mano para defenderse, el ganado degollado en sus cobertizos…, todo reducido a cenizas. Sin embargo no han robado ni saqueado. Una destrucción semejante, sin motivo aparente, es obra

 

de locos.

 

Una vez que había comenzado a hablar, las palabras surgieron de mi boca a borbotones.

 

—¿Cómo ha podido suceder? —proseguí—. Un caer puede ser atacado, incluso dos…, pero la noticia llegaría a los otros. Por lo menos, verían el humo de los incendios y darían la alarma. El rey conduciría su hueste de guerreros contra los invasores. Se habría entablado una batalla, y nosotros habríamos encontrado sus huellas, alguna por lo menos.

 

Tegid parecía meditabundo.

 

—No si el ataque tuvo lugar de noche —repuso—. Nadie habría visto entonces el humo.

 

—Pero sí el resplandor de las llamas. ¡Alguien habría visto algo! —dije casi a gritos—. Además, ¿quién podría ser ese enemigo capaz de atacar de noche? ¿Quién puede arrasar tres fortalezas a la vez, y quién sabe cuántas más, sin sembrar la alarma y sin perder ni un solo guerrero? ¿Quién puede causar tal destrucción sin dejar huella alguna?

 

La voz me temblaba de cólera e indignación.

 

—Te lo estoy preguntando a ti, Tegid. ¿Qué enemigo puede llevar a cabo todo eso?

 

Una extraña expresión había aparecido en los ojos del brehon mientras yo hablaba. Lo miré fijamente.

 

—¿Quién? ¿Qué me contestas?

 

—Tus preguntas son más agudas de lo que tú mismo supones —respondió con voz débil y tensa—. Sólo hay un enemigo capaz de hacer lo que acabas de describir.

 

—Ésa persona, ese monstruo…, ¿quién o qué es?

 

Tegid me impuso silencio con un rápido gesto como si temiera que yo pudiera aventurar la respuesta antes de que él la articulara. O como si el hecho de pronunciarla fuera a atraer la presencia del demonio.

 

—Aciertas al llamarlo monstruo —dijo con voz suave—, porque lo es. No obstante, camina sobre dos piernas y adopta la forma de un hombre.

 

—¿Quieres decirme cómo se llama? Temía la respuesta, pero tenía que saberla. —Sí. Se llama Nudd, el señor de Uffern.

 

 

 

 

25

 

LA GUERRA DEL PARAÍSO

 

—¿Nudd? ¿El señor del Mundo

 

Subterráneo? —pregunté pensando que debía de haber oído mal.

 

Recordaba que Gwenllian había hecho referencia a un personaje con ese nombre en algunas de sus canciones; Nudd era una figura tenebrosa y furtiva que gobernaba los reinos inferiores como rey y señor de los condenados. Seguramente Tegid no se refería al mismo Nudd.

 

Serio y cauteloso, el brehon extendió los dedos de la mano izquierda haciendo la señal para exorcizar la maldad.

 

—Quizás en los días que se acercan, desearás que tus labios no hubieran pronunciado jamás ese nombre. Te diré lo poco que se sabe, y ese poco te helará el corazón en el pecho.

 

—Es igual. Mi corazón está ya entumecido por la violencia de ese pavoroso señor cuyos crímenes he tenido que contemplar. Nada de lo que puedas decirme podrá ya horrorizarme.

 

—Tienes razón, hermano —repuso Tegid—. Siéntate y escúchame, si es tu deseo.

 

El tiempo había empeorado. La mortecina luz del día se estaba desvaneciendo y pronto se haría de noche. Tegid encendió el fuego para resistir el frío nocturno, y yo saqué unas cuantas pieles de la cabaña y las dispuse junto a la hoguera. Me senté con las piernas cruzadas en una de las pieles de cabra y Twrch vino a acurrucarse en mi regazo.

 

Tegid parecía enfrascado en la tarea de encender el fuego, pero me di cuenta de que estaba ordenando en su mente los hilos de la historia. Me puse el manto sobre los hombros y acaricié a Twrch, esperando a que Tegid comenzara el relato.

 

—Muy pocos han oído esta canción —dijo por fin Tegid, sentándose frente a mí sobre una piel—. Y menos aún se han mostrado deseosos de oírla.

 

Hay algunas canciones que paralizan la lengua y enmudecen las cuerdas del arpa. Y ésta es una de esas canciones.

 

—Sin embargo yo la oiré con gusto —declaré—, por si algún bien pudiera derivarse.

 

—Oye, pues, la historia de Nudd, el príncipe de Uffern —comenzó Tegid

 

—. En días muy remotos, cuando el rocío de la creación estaba aún fresco sobre la tierra, Beli, el de Gran Renombre, tuvo dos hijos mellizos: uno se llamaba Nudd y su hermano, Lludd. Y sucedió así: Beli gobernó largos años con sabiduría, ganando honor por su justicia y rectitud. Mientras reinó sobre la Isla de la Fuerza no hubo guerras, ni plagas, ni disturbios. Albión gozó de tanta paz bajo la égida de Beli que se convirtió en el más hermoso reino del mundo. Hombres y mujeres dedicaban sus días al conocimiento y al aprendizaje de la verdad de todas las cosas. Acrecentaron su sabiduría, su amor a la verdad y a las artes y olvidaron el ejercicio de la guerra. En aquellos días era más fácil oír una dulce canción que el entrechocar de las espadas, era más normal ver a los poetas dedicados al arte de la composición que a los jefes de batalla montados en sus carros de combate. Tan maravillosamente los hijos y las hijas de los hombres crecieron en sabiduría y gozaron de la munificencia de la tierra y de todos los dones que existen bajo los cielos, que fueron llamados Tylwyth Teg, la Hermosa Familia, y su morada fue llamada el Paraíso.

 

»Y sucedió que un día Beli fue aquejado por una irresistible taithchwant, una intensa y poderosa pasión de ver mundo. Anhelaba tanto recorrer sus dominios para ver con sus propios ojos las maravillas que habían sucedido durante su reinado, que no podía comer en su vajilla de oro ni dormir en su mullido lecho de plumas. El taithchwant lo acosaba cada vez con más fuerza, le resultaba acuciante día a día. Así que el rey se dijo a sí mismo: “Me convertiré en el más desgraciado de los hombres si continúo así un día más”.

 

»Tras hacerse tal reflexión se sentó en el trono de plata y meditó qué debía hacer. “Confiaré el mando a uno de mis hijos, que gobernará en mi nombre durante mi ausencia. Así podré viajar por mis dominios, veré con mis propios ojos la felicidad de mis súbditos y compartiré su alegría”. Sólo le restaba escoger cuál de sus dos hijos merecía gobernar en su lugar.

 

»El poderoso Beli, el Más Astuto, el Pilar de la Prudencia, el Espíritu de la Sabiduría, meditó larga y profundamente en su trono. Pensó y pensó y al

 

acabar no estaba más cerca de una decisión que al principio. La causa de su dilema era la siguiente: entre Lludd y Nudd no había la menor diferencia que pudiera decidirlo a elegir. Ambos eran hermosos e inteligentes, ingeniosos y afables. Ambos poseían las mismas virtudes. Ninguno era ni mejor ni peor que el otro. Se parecían tanto que sólo se distinguían en el color del cabello: los de Lludd eran como los rayos del sol al alba, los de Nudd como la gloriosa oscuridad de la noche. Los del primero eran rubios como el sol, los del segundo negros como el azabache.

 

»Beli, el monarca de Gran Renombre, llamó a sus dos hijos y les dijo: “Hace mucho tiempo que anhelo viajar por mi reino y ver cómo mi pueblo goza del bienestar que ha alcanzado bajo mi égida. Sabed que me ha embargado el taithchwant y que no puedo permanecer aquí ni un día más, pues, si tuviera que pasar una noche más en este palacio, mi corazón estallaría de dolor. Debo partir ahora mismo”.

 

»Los dos hijos se miraron y coincidieron en que el plan del padre era bueno. “Es un deseo loable, Soberano Señor. Permítenos que te acompañemos y compartamos contigo la alegría de ver la felicidad que has procurado a tu pueblo con tu sabio y noble gobierno”.

 

»Beli Mawr miró a sus hijos y les respondió: “Vuestro deber no es acompañarme, sino gobernar en mi nombre durante mi ausencia”.

 

»Los hijos repusieron: “Has gobernado tan bien, padre, que el más humilde de los súbditos podría hacerlo en tu nombre, y el niño más inocente podría mostrarse digno del poder real. Elige a cualquiera, porque sea quien sea no hará sino incrementar el honor de tu nombre”.

 

»Al rey le agradaron esas palabras y su corazón rebosó de orgullo y placer. Pero no se dejó convencer, porque cuando Beli había tomado una determinación no daba su brazo a torcer; y había tomado la determinación de recorrer sus dominios solo. Se marcharía solo, viajaría solo, solo saborearía las mieles de su renombre. Solo y de incógnito, para que su pueblo no descubriera su presencia y lo halagara. En efecto, Beli buscaba siempre la verdad de las cosas y sabía muy bien que a veces los hombres alteran su comportamiento habitual en presencia de un rey. Por eso respondió: “Como siempre, la buena intención os honra, hijos míos. Sin embargo, he decidido marcharme solo y solo me marcharé”.

 

»Los hijos sabían que no podrían convencerlo y dijeron: “Márchate,

 

padre, y que goces de toda clase de bendiciones mientras estés lejos de nosotros”.

 

»Nudd se acercó a su padre y, apoyando la cabeza en su pecho, dijo: “Ojalá me permitieras acompañarte, padre; ojalá encuentres todo lo que buscas y nada que no busques”.

 

»Ludd se acercó a su vez, apoyó la cabeza en el pecho de su padre y dijo: “Ojalá tu reino siga floreciendo para que encuentres tus dominios mejor de lo que los dejaste”.

 

»Beli obligó a sus hijos a alzarse y les expuso sus pensamientos. Les confió muchas cosas acerca del buen gobierno del país y acerca de cómo un rey debe servir a su pueblo. Después les dijo: “Ahora me voy. Pero uno de vosotros debe gobernar en mi lugar durante mi ausencia”.

 

»Los hijos le preguntaron: “¿Tiene que ser así?”; porque ninguno de los dos quería prevalecer sobre el otro.

 

»Beli replicó: “Sí. Veo el camino que se extiende ante mí y veo a mi pie dispuesto a hollarlo”. Luego les preguntó quién de los dos quería gobernar en su lugar.

 

»Nudd respondió: “Mi hermano está más capacitado que yo. Elígelo a él”. A lo cual repuso Lludd: “De los dos, Nudd es el más capacitado. Insisto en que lo elijas a él”.

 

»Beli escuchó estas palabras y, como era un rey sabio, escrutó los espacios vacíos entre las palabras y vio por fin cuál de sus dos hijos estaba más capacitado. Y les dijo: “Me habéis rogado que elija. Así pues, elijo a Lludd”. Se levantó del trono de plata y confió la soberanía de Albión en manos de Lludd. “Adiós, hijos míos. Que halléis la gracia en todos vuestros actos”, se despidió.

 

»Así fue como el Soberano Señor abandonó su reino, y su pueblo no lo vio durante bastante tiempo; pero sí vio a sus hijos y no le gustó lo que vio. No, en modo alguno.

 

»Primero estaban contentos porque Lludd era tan sabio y prudente como su padre. Pero Lludd no había reinado aún lo que va de una luna a otra cuando estalló la disputa entre los dos hermanos. Y la causa de la rivalidad fue la siguiente: Nudd sintió celos de la buena suerte de su hermano.

 

»En verdad no fue más que eso, pero fue suficiente y más que suficiente para acarrear el sufrimiento más terrible al paraíso de Albión. Un sufrimiento tan grande que desde entonces Albión no ha vuelto a ser la misma. En efecto, aunque jamás había estallado una riña entre los hermanos, desde el momento en que Nudd vio la torques de oro del rey en la garganta de su hermano y no en la suya, y vio la vara de la soberanía en la mano de su hermano y no en la suya, comenzó a urdir cómo apoderarse de la dignidad real. Día y noche deambuló por las altas almenas planeando cómo ocupar el trono. Día y noche envenenó su mente con pensamientos de traición y alevosía. Y una hermosa noche se le ocurrió por fin cómo podía engañar a su hermano para que le entregara el poder real. Y esto fue lo que hizo:

 

»Una esplendorosa noche, no mucho después de que el padre se hubiera marchado, Nudd y Lludd salieron a dar una vuelta por el caer. Nudd alzó la mirada hacia el anchuroso cielo plagado de estrellas. Cuando estuvieron en la puerta principal, Nudd dijo: “Mira allá lejos y verás qué prado tan hermoso y vasto poseo”.

 

»“¿Dónde, hermano?”, preguntó Lludd sin sospechar malicia alguna.

 

»“Sobre tu cabeza, tanto como alcance tu mirada”, respondió Nudd alzando los brazos hacia el cielo estrellado.

 

»Lludd escrutó los cielos. “Pues mira qué hermoso y gordo ganado tengo paciendo en tu campo”, replicó.

 

»“¿Dónde está ese ganado tuyo?”, preguntó Nudd.

 

»“Pues allí… Todas las relucientes estrellas de plata, con la luna como brillante pastor”, rio Lludd. Ésa respuesta enojó a Nudd porque oyó en ella el eco de la superioridad de su hermano.

 

»“Harías bien en llevarte a tu ganado de mi campo, porque no deseo que pazca en el prado que he elegido como mío”, murmuró Nudd.

 

»Lludd preguntó: “¿Por qué te ofendes, hermano? A mí no me importa dónde pueda pacer mi ganado”.

 

»Nudd insistió: “Sin embargo, a mí sí. Te aprovechas injustamente de mí”.

 

»“¿A qué viene eso?”, inquirió Lludd, perplejo ante la reacción de su hermano.

 

»“No pretendo que puedas comprenderme, porque tú nunca has tenido que

 

soportar la vergüenza de vivir a la sombra de otro”, repuso hoscamente Nudd.

 

»Lludd entendió entonces por qué su hermano se sentía desgraciado. “Dime lo que tengo que hacer para enmendarlo y puedes estar seguro de que lo haré antes de que salga el sol”, le dijo.

 

»Nudd frunció el entrecejo. “Ya te lo he dicho. ¡Llévate a tu ganado de mi prado!”, dijo. Luego se marchó muy contento porque la tarea que le había exigido a su hermano era imposible de realizar.

 

»Lludd se retiró a su pabellón y reunió a sus bardos para que cantaran ante él. Comió y bebió toda la noche; luego se acostó y durmió profundamente. Nudd lo vio y se alegró en su corazón porque sabía que su hermano no cumpliría su palabra. “Ningún hombre puede retirar las estrellas del cielo, y Lludd ni siquiera lo ha intentado —se dijo—. Ha perdido; mi ingenio me hace merecedor del reino”. Se acostó y durmió plácidamente.

 

»Por la mañana, Lludd se levantó y salió al baluarte que estaba ante el pabellón. “¡Despierta, Nudd, sal!”, gritó.

 

»Nudd se despertó y salió. “¿Qué significa este alboroto tan de mañana? —preguntó—. No veo razón para ello, a menos que sea para entregarme la torques real que llevas en la garganta”.

 

»Lludd sonrió y palmoteó el hombro de su hermano. “No hay necesidad, hermano, porque he hecho lo que me has pedido. Me he llevado el ganado y tu prado está libre, como me exigiste”.

 

»Nudd no podía dar crédito a lo que oía. “¿Cómo es posible?”, inquirió.

 

»“Sólo tienes que mirar al cielo para comprobar que te estoy diciendo la verdad”, dijo Lludd.

 

»Nudd alzó la mirada al cielo y vio que la bóveda celeste lucía clara y despejada; no había ni una sola estrella: el sol las había ahuyentado.

 

»Lludd le dijo a su hermano: “He hecho lo que me pediste. Ojalá no vuelva a surgir un desacuerdo entre nosotros, sino que sigamos conviviendo en paz como antes”.

 

»Pero Nudd no lo deseaba. Vio con qué facilidad su hermano lo había vencido y se sintió insignificante y estúpido. Imaginó que Lludd se estaba burlando de él y le espetó: “Me has engañado una vez, pero no volverás a hacerlo. Desde hoy ya no eres mi hermano”.

 

»Cuando Lludd oyó estas palabras, se le quebró el corazón. “Grande es tu fama en este territorio y puedes acrecentarla aún más —le dijo—. Dime qué puedo hacer para restablecer la paz entre los dos y lo haré”.

 

»Nudd cruzó los brazos sobre el pecho y dijo: “Entrégame la soberanía del reino y desaparece de mi vista”.

 

»Lludd repuso tristemente: “Podrías pedirme cualquier cosa, excepto eso; no puedo concedértelo”.

 

»Nudd preguntó: “¿Por qué no?”

 

»“Porque la soberanía del reino pertenece sólo a quien me la confió. Yo no soy quién para poder entregarla cuando me venga en gana”.

 

»“Sí puedes”, insistió Nudd.

 

»“No, no. No discutamos más”, se mantuvo inflexible Lludd.

 

»“Muy bien —gritó Nudd—. Puesto que no me das lo que prometiste, no tengo otra elección que arrebatártelo”.

 

»Lludd le dijo: “El hecho de que me arranques la torques de la garganta y coloques tus posaderas en el trono de plata no te convertirá en rey. En verdad, un hombre no puede hacerse a sí mismo rey. Sólo la bendición de quien posea la soberanía puede elevar a un hombre a ese rango, porque la realeza es una verdad sagrada que no puede ser cambiada ni vendida, y mucho menos robada o usurpada por la fuerza”.

 

»Por los labios de Lludd hablaba la verdad. Nudd la oyó y no le agradó en absoluto. Abandonó el pabellón, abandonó el caer. En tierras lejanas reunió en torno suyo a hombres que eran como él: hombres avariciosos, ambiciosos, que abrigaban desmesurados deseos y envidiaban una riqueza y un rango que no les pertenecían, hombres de Tir Aflan, allende el mar, que se dejaron seducir con altisonantes promesas de botines fáciles.

 

»Lludd gobernaba con justicia. El pueblo lo adoraba y cantaba sus alabanzas por doquier. Cada una de esas alabanzas se clavaba en el corazón de Nudd como un afilado cuchillo. Y mientras la luz de Lludd brillaba día a día con más intensidad en el país, los celos de Nudd degeneraron en un odio intenso, violento, enfermizo y orgulloso.

 

»Reunió a su hueste y les dijo: “Ya veis cómo está la situación. La fortuna de mi hermano se hace cada vez mayor mientras la mía disminuye. No es

 

justo que tenga que vivir como un perro a quien se ha expulsado del hogar. Mío debería haber sido el reino de Albión, pero ¿acaso Lludd toma esto en consideración? No. Sigue su camino con total impunidad. No miento al decir que he soportado el ultraje de su arrogancia demasiado tiempo. Ha llegado la hora de poner las cosas en su sitio”.

 

»Así fue como Nudd blandió la lanza contra su hermano. Nudd y su hueste declararon la guerra a Lludd. Los guerreros se armaron. Se reunieron los batallones. Y la Isla de la Fuerza, donde ni siquiera una palabra airada había sonado, oyó el tremendo retumbar del carynx y el choque de las espadas en los escudos y de las lanzas en los yelmos.

 

»Las batallas fueron encarnizadas, las carnicerías feroces. La sangre que anegó la tierra se convirtió en un río que llegaba hasta las cernejas de los caballos y hasta los espolones de los carros de combate. Desde el alba hasta el crepúsculo, el hermoso cielo de Albión se llenó del entrechocar de las armas y de los gemidos de heridos y moribundos. La tierra se convirtió en un erial; ningún hombre estaba a salvo. La guerra devino la práctica primordial en Albión. Fueron días de negro luto; la guerra había llegado al Paraíso.

 

»Las huestes luchaban y los guerreros morían. Se reunían nuevas huestes y nuevas huestes eran pasadas a cuchillo. Sin embargo, en medio de tantos combates y matanzas, ninguno de los dos hermanos podía proclamarse vencedor del otro. Los guerreros de Nudd y Lludd estarían todavía luchando, si el padre no hubiera comparecido un día en el campo de batalla. El Soberano Señor apareció en el lugar donde los dos bandos se habían reunido a la espera de que sonara el cuerno de batalla para atacar; llegó montado en un caballo rendido por el viaje y se interpuso entre las dos líneas de batalla.

 

»Se detuvo en el centro del campo de batalla, llamó a sus dos hijos y les preguntó: “¿Qué es eso que he oído? He recorrido de una punta a otra el reino y en ningún lugar he percibido este sonido que es entre todos el que me resulta más odioso. Hasta ahora todo lo que he visto y oído me ha complacido en grado sumo. ¿Y qué contemplo ahora?, ¿qué oigo? De la mañana a la noche sólo retumba este sonido que no puedo soportar, y sólo se ve lo que más abominable me resulta: el estrépito de la batalla y la sangre que cae sobre la tierra mientras la vida es aniquilada. Explicádmelo, si podéis, porque os aseguro que, a menos que sepa la razón por la que ha sucedido este desastre, aunque sois mis hijos y os quiero más que a mi vida, maldeciré el día de

 

vuestro nacimiento”.

 

»En estos términos y en otros aún más duros se dirigió a sus hijos el poderoso Beli. Ambos se avergonzaron y condolieron, pero sólo Lludd reconoció su parte de culpa en la desgracia que habían acarreado al más hermoso reino del mundo. “La culpa es mía, padre —lloró arrojándose a los pies del rey—. No soy merecedor de la confianza que en mí depositaste. Quítame la torques de la soberanía y expúlsame de tu reino. Mejor aún, mátame por la insensatez que he cometido, porque he antepuesto el derecho a la clemencia y el honor a la humildad”.

 

»El rey oyó estas palabras y, al reconocer la verdad que latía en ellas, su corazón se rompió. Se volvió hacia Nudd y le preguntó: “¿Qué dices a esto?”.

 

»Nudd creyó ver un medio para escaparse del apuro y contestó: “Ya has oído cómo Lludd confesaba que la culpa es suya. ¿Quién soy yo para llevarle la contraria? Al fin y al cabo, él es el rey. Que su sangre sea vertida por la maldad que ha cometido contra ti, contra tu reino y contra tu pueblo”.

 

»Beli, el Sabio y el Justo, oyó estas palabras que le atravesaron como una espada su alma bondadosa. Con lágrimas en los ojos, desenvainó su espada y cortó la cabeza de Lludd. El príncipe se estremeció y murió.

 

»Aun así Nudd, pese a que estaba muerto de miedo, no reconoció su parte de culpa por haber comenzado la riña que originó la guerra. Beli preguntó a su hijo: “¿No tienes nada que decir?”. Pero Nudd no contestó. Y su silencio hirió a su padre más aún que las palabras de falsedad que había pronunciado antes.

 

»El Soberano Señor no quería perder en un solo día a sus dos hijos y le instó, una vez más: “Hacen falta dos para comenzar una guerra. ¿Acaso debo creer que esta locura fue obra sólo de Lludd?”.

 

»Nudd, cuyo corazón se había vuelto frío como una piedra, todavía creía que podría apoderarse del trono ahora que Lludd había muerto. Por eso contestó: “Puedes creer lo que quieras, padre. Lludd ostentaba la soberanía, como bien sabes. Ha pagado el precio de sangre por el mal que causó al reino. Dejemos las cosas así”.

 

»Al oírlo, Beli Mawr emitió un largo y terrible aullido, el primero de los Tres Lamentos de Dolor de Albión. Cogió la orla de su manto y se cubrió la cabeza embargado de pena e ira. “Tienes razón al decir que Lludd ha pagado

 

la deuda de sangre que había contraído. Con mi propia mano he matado al que ocupaba mi sitio, a mi hijo y servidor. Lludd habría reinado en Albión después de mí; llevaba mi carne y mi sangre…, y lo he sacrificado en nombre de la justicia que he creado. Me he sacrificado a mí mismo. Lo he hecho para que la justicia florezca otra vez en Albión. Lludd está muerto, pero su muerte no es nada comparada al castigo que tú vas a recibir”.

 

»“¿Castigo? —gruñó Nudd—. Se ha hecho justicia. ¿Qué mal te he hecho yo?”

 

»Beli replicó: “Permitiste que tu hermano recibiera el castigo que tú te habías ganado, que sólo tú merecías. Tienes razón al decir que la deuda ha sido saldada, porque Lludd la ha pagado de sobra con su sangre inocente”.

 

»Nudd se defendió en tono lastimero: “Si la deuda de sangre ha sido pagada, dejemos las cosas así. No tienes por qué matarme”.

 

»Beli, el Conocimiento Sagaz, contestó: “Escúchame bien, Nudd: si hubieras respondido con la verdad, habrías sido perdonado. Pero tus palabras me demuestran que en ti no hay verdad alguna. Lludd ha muerto, pero en su muerte ganará una honra que jamás podrá ser igualada por ningún hombre; él será ensalzado, tú serás despreciado”.

 

»Nudd gritó: “¡Dijiste que no me matarías!”.

 

»El padre repuso: “No morirás, Nudd. Vivirás para oír cómo el nombre de tu hermano es alabado doquiera los hombres reverencien la justicia y el honor. Soportarás oír tu propio nombre como una maldición en labios de todos. Vivirás y no morirás jamás, y tu miserable vida será infinitamente peor que la noble muerte de Lludd”.

 

»Nudd exclamó: “¡No puedes hacerme esto! ¡Soy tu único hijo!”.

 

»Pero Beli no escuchó las entrecortadas palabras de Nudd. “Márchate, malvado entre los malvados. Quítate de mi vista. Habita donde encuentres a alguien que te acoja”.

 

»Nudd abandonó el campo de batalla y recorrió Albión de punta a punta. Jamás encontró un amigo que lo acogiera; jamás encontró un hogar donde calentarse o una misericordiosa taza con la que aliviar su sed. Su frío corazón se fue endureciendo más. Al final se dijo: “Todos los hombres me odian. Todas las manos se alzan contra mí. Soy un proscrito en la tierra que debería

 

haber gobernado. Que así sea. Si no puedo gobernar aquí, buscaré otros dominios. Iré a los abismos de Uffern, adonde los hombres no osan acercarse, y allí reinaré como soberano”.

 

»Así fue como Nudd volvió su duro corazón contra todo ser viviente que goce de la luz del día y se dirigió a los abismos, al negro hoyo de Uffern donde no hay nada fuera de la oscuridad y del fuego. Mientras tanto, Beli, el Rey Omnisapiente, cogió el cuerpo de su bienamado hijo y lo llevó a la colina más alta de Albión. Levantó el gorsedd de un héroe sobre su tumba y ordenó que los bardos cantaran las alabanzas de Lludd por los siglos de los siglos. Del corazón del montículo del héroe creció un abedul plateado. Beli lo cortó, encendió fuego y quemó el esbelto árbol. Las chispas del fuego subieron hasta el cielo y se convirtieron en las Estrellas Guía con las que los hombres se orientan en la oscuridad. Luego, Beli reunió los rescoldos y las cenizas del fuego y las arrojó también al cielo. Se convirtieron en el radiante cinturón de plata que es conocido como el Camino del Cielo. El propio Lludd, el Espíritu Luminoso, recorre por la noche ese camino de estrellas, mirando siempre desde las alturas la más hermosa isla que hay en el mundo. Los que al alzar los ojos a los cielos contemplan esa maravilla se conmueven con respeto reverencial ante su belleza sin par.

 

»En cambio, Nudd, el Corazón de Pedernal, el Enemigo de la Vida, se rodeó de todo tipo de maldad. Los miserables demonios que infestaban las regiones inferiores del mundo se apiñaron en torno a él y lo llamaron señor. Se convirtieron en los coranyid, la Hueste del Caos, los inhumanos servidores del Cythrawl, que se deleita con la desgracia y se congratula con la muerte. Su odio los hace perversos; su maldad, feroces; su despecho, brutales, y son enemigos acérrimos del orden, la justicia y la bondad.

 

»Alimentando incesantemente su depravación, su obscenidad y todo tipo de iniquidad, los coranyid habitan sus oscuras moradas royendo sus almas ponzoñosas, hasta que de algún modo huyen o los sueltan por el mundo. Entonces vuelan en las alas de la tempestad tras su temible monarca: Nudd, el Príncipe de Uffern y Annwn, el rey de los coranyid, el Soberano de la Noche Eterna, que lleva como torques la Serpiente Negra de Anoeth y como arma el colmillo de Wyrm. Bajo el mando de Nudd vuelan a destruir todo lo que es bueno, justo y bello.

 

Tegid alzó los ojos del fuego y me miró. Leí el temor en su mirada y supe

 

que su relato contenía una verdad demasiado poderosa como para ser emitida de otro modo que no fuera mediante los velados matices de una canción. Para terminar salmodió en voz suave:

 

—Aquí acaba la historia de Nudd; que la crea el que quiera.

 

Yo la creí. Supongo que hay quienes no la hubieran creído, pero no habían visto lo que yo había visto. Los incrédulos disfrutan de la seguridad de su incredulidad; en la ignorancia reside la confianza. Pero yo había visto al Cythrawl.

 

No me cabía duda de que Nudd y su Hueste Demoníaca habían sido soltados y rondaban por Albión en salvaje expedición de muerte y ruina. Una vez más, Nudd estaba libre para proseguir su fantasmal guerra de maldad contra Albión. Sí, el Día de la Lucha había amanecido. La Guerra del Paraíso había empezado de nuevo.

 

 

 

 

26

 

LA ALMENARA

 

Permanecimos  siete  días  en  la

 

cabaña del pescador junto al río. El tiempo fue empeorando. Todos los días amanecían con frío, viento racheado del norte helado, lluvia y nevisca. Manteníamos el fuego bien alimentado y permanecíamos acurrucados muy cerca de él la mayor parte del día. Cuando teníamos hambre, comíamos salmón del ahumadero.

 

Yo hablaba poco, Tegid aún menos. No separaba la mirada del fuego, con los ojos entrecerrados y tristes y enormes ojeras, hijas del dolor. No dormía bien; ninguno de los dos lograba conciliar un sueño profundo y tranquilo. Cuando me despertaba durante la noche, lo veía siempre encorvado entre sus pieles con los ojos clavados en los rescoldos de la fogata nocturna.

 

Mi preocupación por él iba en aumento. Trataba de hacerlo hablar, pero mis tentativas por sacarlo de su ensimismamiento chocaban con el silencio y la muda resignación. El frío arreciaba día a día y Tegid parecía cada vez más ausente y abatido. Contemplar cómo se iba alejando de mí era como tener un puñal clavado en el corazón, y determiné tomar medidas para impedirlo.

 

La mañana del octavo día me levanté y fui al río a coger agua fresca en la cantimplora de cuero. Cuando regresé, me encontré a Tegid sentado frente a los apagados rescoldos del fuego de la noche, con la cabeza inclinada y la barbilla hundida en el pecho.

 

—¡Tegid, levántate! —le grité muy fuerte.

 

Ni siquiera reaccionó al oír su nombre.

 

—Tegid —insistí—, ponte en pie; tenemos que dar un paseo. No podemos quedarnos sentados siempre.

 

Mis palabras no lo sacaron del mutismo. Me acerqué y me detuve ante él.

 

—Tegid, mírame; te estoy hablando.

 

Como ni siquiera levantó la cabeza, alcé la cantimplora y vacié sobre mi

 

amigo el agua helada. Eso lo hizo reaccionar. Se levantó de un salto, resoplando y escupiendo, y me miró. Tenía el rostro macilento, pero en los ojos brillaba el destello de la cólera.

 

—¿A qué viene esto? —preguntó sacudiéndose el agua del empapado manto—. ¡Déjame en paz!

 

—No tengo la menor intención de hacerlo —le dije—. Tenemos que hablar.

 

—¡No! —murmuró con aire sombrío haciendo ademán de marcharse—.

 

No hay nada que decir.

 

—Hablemos, Tegid —repliqué—. Tenemos que decidir qué hacer.

 

—¿Por qué? Éste lugar es tan bueno para morir como cualquier otro.

 

—No está bien que nos quedemos aquí sentados. Tenemos que hacer algo.

 

—¿Qué crees que deberíamos hacer? —gruñó—. Habla, oh espíritu de la sabiduría. Te escucho.

 

—No sé lo que hay que hacer, Tegid; sólo sé que hay que hacer algo.

 

—¡Estamos muertos! —repuso con violencia—. Nuestro pueblo ha sido asesinado. Nuestro rey ha desaparecido. Ya no tenemos por qué vivir.

 

Se dejó caer otra vez en el suelo, enfermo por el peso de la desesperación. Me senté frente a él, más decidido que nunca a sacarlo de su ensimismamiento.

 

—Mírame, Tegid —dije con repentina inspiración—. Quiero preguntarte algo. —No esperé a que me contestara, sino que seguí adelante—. ¿Quién es el Phantarch?

 

Tegid suspiró y respondió con voz apagada:

 

—Es el Patriarca Supremo de los bardos de toda Albión.

 

Lo recordaba de las primeras lecciones que me había dado.

 

—Sí —contesté—, eso ya me lo habías contado. Pero ¿qué es?, ¿qué hace?

 

Se limitó a alzar las cejas y mirarme.

 

—¿Por qué me lo preguntas?

 

—Por favor…, quiero saberlo.

 

Suspiró de nuevo y encorvó los hombros; creí que no iba a responderme, pero estaba pensando y al poco rato dijo:

 

—El Phantarch preserva la Canción. A través de él la Canción se mantiene viva; a través de él, todo se mantiene en orden.

 

—La Canción —repetí, acordándome de lo que me había contado Gwenllian—. ¿La Canción de Albión?

 

De nuevo alzó la mirada hacia mí.

 

—La Canción de Albión…, ¿qué sabes tú de ella?

 

—Sé que es el tesoro más preciado de este reino; sostiene y preserva todo lo que existe —respondí, empleando las mismas palabras que la banfáith había utilizado en su profecía—. ¿No es cierto?

 

—Sí —repuso simplemente Tegid—. ¿Qué más te dijo la banfáith?

 

Dudé un instante, sintiendo otra vez el miedo que me había inspirado la angustiosa profecía de Gwenllian…, un miedo que devenía terror.

 

Sí, ¿qué más me había dicho la banfáith? Tenía que decírselo a Tegid; debía saberlo. Sin embargo, algo dentro de mí se resistía a hacerlo; no deseaba revelar todo lo que me había dicho la banfáith. La profecía acarreaba consigo una obligación…, una abrumadora y terrible obligación que yo no deseaba aceptar. Pero Tegid tenía derecho a saber por lo menos una parte…

 

—Me dijo… —empecé a relatar, me interrumpí unos segundos y luego espeté de pronto—. Me dijo que el Phantarch había muerto y que la Canción había enmudecido.

 

Al oírme, Tegid bajó los ojos y los clavó en las frías cenizas del fuego apagado.

 

—Eso dijo —susurró con una voz transida de dolor—. Así pues, no queda ninguna esperanza.

 

—¿Por qué? ¿Por qué no queda ninguna esperanza? ¿Qué quieres decir? —exclamé en tono desafiante, pero él guardó silencio—. ¡Contéstame, Tegid! —Cogí un palo carbonizado y se lo arrojé; el palo le acertó en el hombro—. ¿Qué quieres decir?

 

—Es el Phantarch quien impide que el Cythrawl escape de los abismos del submundo —dijo en voz muy baja llevándose una mano a la cara como si la luz le hiciera daño—. El Phantarch ha muerto —gimió—. Albión está perdida, y nosotros estamos muertos.

 

—¿Por qué? —No respondió—. ¡Contesta, Tegid! ¿Por qué está perdida Albión? ¿Qué quieres decir?

 

—¿Tengo que explicarte lo que tú ves claramente con tus propios ojos?

 

—¡Sí!

 

—El Phantarch ha muerto —murmuró fatigosamente—, de otro modo la bestia del Abismo no se habría escapado y Nudd no estaría en libertad.

 

Por fin entendía lo que la banfáith me había dicho. Puesto que sólo el Phantarch tenía el poder de dominar la maldad del Cythrawl, la muerte del Phantarch debía de haber soltado al Cythrawl y ahora Nudd rondaba libre por donde quería, destruyendo todo a su paso. Comenzaba a entender, pero aun así no compartía la desesperación de Tegid.

 

—Vayamos a luchar —declaré poniéndome en pie de un salto—.

 

Desafiemos a Nudd y a sus coranyid a combatir.

 

Tegid frunció el entrecejo.

 

—Lo que dices es una locura. Nos matarían en un abrir y cerrar de ojos.

 

—¿Y qué? —le espeté—. Sería preferible a permanecer aquí sentado contemplando cómo te corroes las entrañas.

 

Tegid apretó los puños como si quisiera golpearme. Pero desistió, y su cólera cedió de nuevo ante el abatimiento.

 

—¿Qué pasa? ¿Acaso tienes miedo de morir?

 

—¿Por qué hablar de miedo? —replicó, soltando una triste carcajada—.

 

Ya estamos muertos.

 

—Entonces vayamos a nuestra tumba como hombres.

 

Me contempló unos instantes tratando de averiguar si yo había querido decir lo que había dicho.

 

—¿Qué te parece? —insistí.

 

—¿Qué sugieres que hagamos? —preguntó al fin.

 

—Levantaremos una almenara —contesté soltando lo primero que se me ocurrió.

 

Tegid esta vez no se rio, aunque tampoco pareció animarse con el plan. Se limitó a gruñir y a ensimismarse otra vez en la contemplación de las húmedas cenizas.

 

Yo me dispuse a acosarlo, manteniéndome firme en mi propósito.

 

—Una almenara. Piénsalo, Tegid. Si queda alguien con vida en el territorio, verá el fuego y vendrá a nuestro encuentro. Y, si no queda ningún superviviente, por lo menos lograremos atraer a Nudd y lo desafiaremos cara a cara. ¡Que venga! Puede matarnos, desde luego; pero no tenemos nada que perder. ¿Qué dices?

 

—Que estás completamente loco —gruñó; pero lentamente se puso en pie

 

—. Sin embargo, es cierto que no vale la pena seguir viviendo así. —Entonces ¿vas a ayudarme?

—Te ayudaré —asintió—. Alzaremos la almenara más grande que jamás se haya visto en Albión. ¡Dejemos que hablen nuestros destinos!

 

Así fue como Tegid Tathal salió de su letargo y se entregó a una actividad febril. Puso las bridas y las pieles sobre los caballos y los desató; yo envolví algunos pescados en un trozo de lana y de una patada eché tierra sobre el fuego. Luego llamé a Twrch y monté a caballo; así, con el cachorro acurrucado contra mí en un pliegue de mi manto, nos pusimos en camino.

 

—¿Dónde levantaremos la almenara? —pregunté cuando hubimos alcanzado el sendero.

 

—En Sycharth —contestó Tegid por encima de su hombro—. Es una fortaleza muy elevada. Desafiaremos al enemigo en el lugar donde sembró la destrucción más atroz. La almenara se verá desde Llogres hasta Caledon. Quienquiera que la vea sabrá que no vamos a ir a nuestras tumbas sin combatir.

 

El cambio que mi compañero había experimentado era completo y total. Se había resignado a morir, y ahora se apresuraba no a eludir la muerte sino a salir a su encuentro.

 

Yo, por mi parte, estaba menos deseoso que él de morir. Pero lo seguía de buen grado, porque tenía menos miedo de la muerte que de una supervivencia

 

vacía e inútil.

 

Cuando llegamos a la fortaleza de Meldryn Mawr, el lugar más abandonado y desolado que pudiera imaginarse jamás, nos pusimos manos a la obra. Entre el hedor de los cuerpos putrefactos, Tegid y yo nos entregamos frenéticamente a la tarea, amontonando todo lo que encontrábamos que pudiera servir. Nuestros corazones eran de piedra, y nuestras manos no temblaban.

 

—Haremos una pira sin igual en esta fortaleza en otros tiempos espléndida —declaró Tegid con los dientes apretados—. Nuestras cenizas se mezclarán con las de nuestro pueblo.

 

Pero no había suficiente combustible para alimentar una pira decente ni forma de conseguirlo. Casi todo lo que podía arder ya había sido consumido por las llamas que habían destruido el caer, y lo poco que quedaba estaba empapado por la lluvia y la nieve. Tegid contempló la ridícula pira de objetos de madera que habíamos levantado donde en otro tiempo se alzaba el palacio del Soberano Señor.

 

—No es suficiente —dijo en tono terminante—. Tendremos que ir al varadero.

 

Trabajamos hasta bien entrada la tarde, trasladando del varadero al caer los restos de troncos que no habían ardido.

 

—Todavía no es suficiente —afirmó Tegid contemplando el montón de leña a la luz ya moribunda del día.

 

—Tenemos que procurarnos más —asentí yo—. Pero podemos dejarlo para mañana.

 

No nos quedamos a dormir en la fortaleza, porque, después de haber perturbado el descanso de los difuntos, no quisimos molestar aún más a los muertos insepultos. Así que acampamos junto al río, cerca del varadero.

 

Al día siguiente cortamos largas varas de abedul para los caballos y cabalgamos hacia las colinas boscosas a través del pantanal para cargar leña y troncos y acarrearlos hasta la pira. Trabajábamos con rapidez, pese a la inseguridad de los senderos, la lluvia constante y el viento helado que nos sacudía a ráfagas. Al final de la jornada habíamos reunido una considerable cantidad, pero Tegid dijo que todavía no era suficiente. Rendidos por la fatiga,

 

dormimos envueltos en nuestros empapados mantos, y poco después nos levantamos para reanudar la tarea.

 

Bajo un cielo amenazador y plomizo, cargamos arbustos, ramas y leños en las flexibles varas de abedul y los acarreamos hasta el caer a través de los bosques y el pantanal. Fue una jornada interminable, sin comida y sin descanso. Cuando sugerí que debíamos hacer un alto para abrevar y dar un descanso a los caballos, Tegid se echó a reír y replicó que pronto descansaríamos para siempre. Estaba seguro de que la treta de la almenara funcionaría y de que Nudd nos precipitaría en nuestras tumbas antes de que la noche tocara a su fin.

 

Pero yo estaba más determinado que nunca a urdir un plan para escapar. Mi cabeza ardía; mis pensamientos se atropellaban. Mientras ataba la última carga de leña en las varas de abedul, trataba desesperadamente de pensar en el modo de impedir que la almenara ardiera. Los últimos días pasados entre los cadáveres me habían hecho cambiar. Al oler los putrefactos cuerpos y tropezar constantemente con ellos, entendí algo fundamental: yo estaba vivo y deseaba seguir viviendo. No quería que Nudd me matara. No quería convertirme en otro amasijo de carne putrefacta, asqueroso, macabro e hinchado. No estaba dispuesto a morir; deseaba vivir.

 

Mientras chapoteábamos por los pantanos y ascendíamos el embarrado sendero hacia las ruinas del caer, no cesaba de dar vueltas a mil pretextos distintos para detener la mano de Tegid. Incluso cuando la luz del día se extinguió y Tegid acercó el lío de trapos empapados en pez a los rescoldos que había conservado cuidadosamente para el fuego, todavía confiaba en que se me ocurriría algún modo de impedir que encendiera la pira.

 

No se me ocurrió nada. Me quedé inmóvil mirando cómo encendía los harapos ennegrecidos en las ascuas. Cuando los primeros jirones de humo blanco se levantaron hacia el oscuro cielo, tragué saliva creyendo que estaba contemplando cómo mi vida se escapaba hacia las alturas con aquellas espirales de humo. Al primer golpe de viento, el humo se dispersó. Así acabaría mi vida cuando Nudd apareciera con su cruel Hueste de Demonios.

 

Tegid sopló para avivar la llama. Poco después el fuego había prendido del todo y los harapos se consumían en una llamarada naranja. Tegid pinchó en un palo la bola de trapos empapados en pez y me lo ofreció.

 

—Aquí tienes, hermano —dijo—. ¿Enciendes tú la pira o quieres que lo

 

haga yo?

 

—Enciéndela tú, Tegid —repuse, tratando aún de descubrir cómo podría impedir que la almenara ardiera y anunciara al enemigo nuestra presencia.

 

Cuando las primeras llamas prendieron en la parte inferior del montón de madera, aún seguía creyendo que de algún modo se me ocurriría algo para salvarnos. Incluso cuando las llamas se propagaron de rama en rama subiendo por el entramado de leña, pensaba que lo conseguiría; y aun cuando prendieron los troncos más grandes despidiendo el vapor de la lluvia que los había empapado, confiaba en que descubriría un modo de salvarnos…

 

Incluso cuando en la oscuridad de la noche las llamas se alzaron hacia la negra bóveda de los cielos, seguía confiando en que por fin se me ocurriría la feliz idea que se me había estado escapando durante todo el día.

 

Y, cuando sobre las destruidas murallas miré hacia la negra llanura que se extendía al pie de Sycharth y vi las antorchas de los guerreros que avanzaban hacia el caer, cuando oí el atronador estruendo de los cascos de los caballos sobre la tierra y comprendí que estábamos contemplando cómo la muerte venía en nuestra busca, aun entonces todavía confiaba en que no iba a morir.

 

—¡Mira qué deprisa los ha atraído nuestra almenara! —exclamó contento Tegid—. ¡Acércate, Nudd! ¡Aquí te esperamos desafiantes!

 

La voz de Tegid era ruda, y su rostro estaba tenso por una extraña excitación. Levantó la antorcha, dibujó un arco de fuego sobre su cabeza y la arrojó a los enemigos. Yo cogí a Twrch y abandoné la muralla en busca de mis armas. Tras atar al cachorro con una brida suelta del caballo, deshice el lío de piel untado en aceite, saqué mi espada y quité la funda a la afilada punta de mi lanza. Luego cogí el escudo y corrí hacia donde me esperaba Tegid.

 

—Coge la lanza —dije tendiéndosela—. Ven, les saldremos al encuentro en la puerta.

 

Las puertas habían saltado de los goznes y estaban quemadas, pero el pasadizo del camino de entrada ofrecía cierta protección. No sabía si los demonios peleaban como guerreros o si traspasaban los muros de piedra para aniquilar a los hombres con una simple mirada. No obstante, decidí que, si el duro metal podía producirles algún daño, cualquiera que levantara su mano contra nosotros probaría el filo de mi espada. Tegid y yo tomamos posiciones hombro con hombro y contemplamos cómo se iban acercando las antorchas.

 

Las llamas de la almenara nos calentaban la espalda, la hoguera alargaba nuestras sombras y el crepitar del fuego atronaba en nuestros oídos, mientras aguardábamos al enemigo que se acercaba. Yo asía el puño de la espada sintiendo su peso familiar en la mano. Tegid arrojó la tea y, con el rostro muy pálido, blandió la lanza.

 

Yo no pensaba en la muerte que nos aguardaba, ni en los cuerpos quemados y destrozados esparcidos por el caer. Todos mis pensamientos se concentraban en la punta de la espada y en los movimientos de combate tantas veces practicados. Aquélla iba a ser mi primera batalla desde que me había convertido en un guerrero y, aunque seguramente sería también la última, la esperaba con expectación, ansioso de comprobar las habilidades tan duramente aprendidas.

 

—¡Suceda lo que suceda —gritó Tegid, dominando el crepitar de las llamas—, considero un honor morir a tu lado!

 

—No hay honor ninguno en la muerte —contesté, repitiendo lo que Scatha decía a sus alumnos—. Consideremos un honor el poder enviar a algunos de esos coranyid a la oscuridad de los infiernos que tan justamente merecen.

 

—¡Bien dicho, hermano! —aprobó Tegid—. ¡Que así sea!

 

Los primeros caballos habían llegado al camino que ascendía hasta el caer. Era evidente que el enemigo podía distinguir nuestras siluetas recortadas en el resplandor de la almenara que ardía detrás de nosotros. Titubearon y se pusieron en corro.

 

Yo solté un agudo grito. Entonces un guerrero enfiló el camino y subió al galope la rampa. Alcé la espada y me acurruqué tras el escudo. No podía ver al atacante, pero sí seguir la estela de la antorcha que llevaba. Apenas el primer demonio había enfilado el camino, otro salió tras él, y luego otro. Los tres avanzaban juntos a nuestro encuentro, mientras los demás se quedaban atrás, como reacios a aventurarse entre los destruidos muros que flanqueaban el camino hacia las puertas.

 

Cuando el primer jinete estaba a punto de llegar a la cima de la colina, me precipité hacia el lugar por donde su caballo coronaría la cima. Allí el jinete perdería momentáneamente el equilibrio al cargar su peso hacia delante para no resbalar por las ancas del animal. Y allí se encontraría con mi espada.

 

Tegid adivinó mis intenciones y se dispuso a encargarse del segundo guerrero antes de que éste pudiera auxiliar a su compañero.

 

Me ardía la sangre en las venas y mi corazón latía aceleradamente, pero mis pensamientos eran tan claros y precisos como mis movimientos.

 

Estaba preparado para enfrentarme cara a cara con el enemigo, para encararme con la encarnación más grotesca de la más terrible de mis pesadillas. Estaba preparado para enfrentarme a la muerte en cualquiera de sus más asquerosas manifestaciones. Pero no estaba preparado para ver lo que vislumbraron mis ojos cuando el enemigo apareció en el círculo de resplandor de la hoguera. Por un instante el demonio fue una sombra en movimiento; segundos después, a la luz del fuego, tomó una apariencia inconfundible.

 

Al ver el rostro de mi atacante, dejé caer el brazo.

 

Estaba dispuesto para enfrentarme a cualquier cosa, pero lo que vi fue el rostro del paladín de Meldryn Mawr, de su jefe de batalla, Paladyr, a quien había conocido en la corte del Soberano Señor.

 

Mi vacilación casi me costó la vida, porque mientras bajaba la espada el guerrero me atacó lanza en ristre. Retrocedí dando un grito, y la punta de la lanza de Paladyr refulgió. Al resplandor del fuego vi que sus labios dejaban escapar un alarido de cólera. Su caballo, guiado por las rodillas del jinete, se precipitó hacia mí con los ojos desorbitados, las narices dilatadas y los cascos golpeando con violencia el suelo. Levanté el escudo para protegerme y alcé la espada para blandirla en el momento en que me viera sin protección. Aunque estaba dispuesto a defenderme, mi mente se afanaba por encontrar un sentido a aquel extraño giro que habían dado los acontecimientos: Paladyr aquí… y atacándome.

 

Pero ¿se trataba en realidad de Paladyr? ¿O acaso un astuto demonio había adoptado su apariencia para confundirme y así poder vencerme?

 

Aunque el enemigo que tenía ante mí no fuera un ser humano, su cólera era indiscutiblemente real. Humano o no, quería matarme. Su lanza chocó con el borde de hierro de mi escudo; el golpe estremeció los huesos de mi brazo y mis rodillas flaquearon. Pero alcé la espada y rechacé con habilidad el segundo lanzazo. La lanza se desvió hacia un lado, y vi el pecho del hombre sin defensa.

 

Llevado por la cólera, mi atacante había descuidado la guardia. Podría

 

haberle atravesado el corazón con la espada. Pero me detuve a tiempo, pues no era un demonio.

 

—¡Paladyr! —grité—. ¡Detente!

 

La cólera que crispaba sus labios se relajó. Al resplandor de la hoguera, vi que la perplejidad suavizaba sus facciones de piedra. Miró a ambos lados y se dio cuenta de que Tegid y yo luchábamos solos. Sus ojos vislumbraron las ruinas sembradas por doquier, iluminadas por el fuego de la almenara, y su confusión aumentó.

 

—¡Detente, Tegid! —volví a gritar—. ¡Son los nuestros!

 

Tegid desistió de atacar al segundo guerrero y corrió a mi lado.

 

—¡Paladyr! —exclamó—. ¿No me conoces?

 

El reconocimiento iluminó los ojos del guerrero. Alzó la mano a modo de saludo, pero continuó apuntándonos con la lanza.

 

—¿Tegid? —dijo—. ¿Cómo tú por aquí, hermano?

 

Tegid dejó caer la lanza a sus pies. El paladín del rey arrojó a su vez la suya y gritó a los otros guerreros que depusieran las armas. Desmontó y se acercó a nosotros.

 

Miró el fuego de la almenara y luego la destruida fortaleza. La contempló largo rato, visiblemente emocionado.

 

—¿Qué ha sucedido aquí? —inquirió, cuando por fin pudo articular palabra.

 

La sencilla pregunta encerraba toda la angustia del mundo. Sus compañeros, aún montados a caballo, contemplaban la devastación aturdidos, mudos.

 

—Sycharth ha sido destruida —contestó Tegid, acercándose a Paladyr—. Nuestros conciudadanos han muerto. Puedes buscar por donde quieras, que todos han cruzado el negro umbral de la muerte. No encontrarás un ser vivo en todo el territorio.

 

Paladyr se pasó la manaza por los ojos. Se tambaleó y le tembló la mandíbula, pero no se derrumbó ni lloró. Entonces me di cuenta de lo fatigado que estaba. Debían de haber cabalgado durante muchos días.

 

—Vimos la almenara —explicó el paladín—. Creímos…, creímos que el caer estaba… —Logró dominarse, se dio la vuelta y montó a caballo—. El rey debe ser informado.

 

Enfiló el sendero y desapareció en la oscuridad.

 

—Entonces, el rey está vivo —observó Tegid.

 

Y, en efecto, Meldryn Mawr en persona compareció ante nosotros momentos después; ojeroso y con los ojos enrojecidos por la falta de sueño, pero era él. Con una pequeña escolta de guerreros apareció en la destruida puerta, desmontó y procedió a recorrer la arrasada fortaleza.

 

Al resplandor del fuego lo vi moverse despacio y solo entre las ruinas. Al principio soportó valientemente el horror, pero la devastación era demasiado tremenda. Cuando llegó a los carbonizados y derrumbados restos de su palacio, avanzó vacilante hasta la chimenea, cayó de hinojos y, cogiendo un puñado de empapadas cenizas, se las echó por la cabeza. Un alarido de ira le arañó la garganta, un grito de insoportable dolor, angustia y pena que brotaba de lo más profundo de su corazón. Los guerreros, que habían comenzado a murmurar palabras de venganza, enmudecieron ante la desesperación de su rey.

 

Después de cierto tiempo nos acercamos a él. Tenía el rostro tiznado, y las lágrimas derramadas habían dibujado surcos en sus mejillas. Se puso en pie cuando nos acercamos. La tristeza de sus ojos y de su voz me rompió el corazón.

 

—¿Dónde está Ollathir? —preguntó con una voz tan apacible que me hizo suponer que adivinaba la respuesta.

 

—Yace en un túmulo mortuorio, en Ynys Bàinail —respondió Tegid.

 

El rey asintió lentamente y me miró.

 

—¿Quién es este hombre?

 

No me reconocía porque en realidad sólo nos habíamos visto una vez hacía muchísimo tiempo. Le habría contestado yo mismo, pero no me había dirigido la pregunta a mí.

 

—Es el hombre errante a quien enviaste a que se convirtiera en un guerrero —repuso Tegid—. Estaba junto a Ollathir cuando murió.

 

Pese a la emoción y dolor que lo embargaban, el rey me dio la bienvenida.

 

—Puesto que Ollathir nos ha dejado, Tegid Tathal se ha convertido en mi jefe de Canción. Por tanto, tú te has convertido en su espada y en su escudo. No te separes jamás de él. Nos hará mucha falta un bardo en los días que se avecinan. Protégelo, guerrero.

 

—Lo haré con mi propia vida, Soberano Señor —contesté.

 

El rey alzó la mano hacia Tegid.

 

—Tú, brehon, eres todo lo que me queda de mi reino. Desde esta noche serás mi bardo y mi voz. Puesto que las voces de mi pueblo han enmudecido, la mía también callará. En verdad te digo que hasta que las voces de mis súbditos no vuelvan a oírse en este lugar, no tendré voz.

 

El rey alzó la cabeza y escrutó las negras ruinas de su fortaleza, en otros tiempos poderosa. Permaneció inmóvil unos momentos contemplando el horror y la devastación de la muerte, como para grabarlos en su mente. Luego se alejó, montó a caballo y comenzó a descender por el sendero.

 

Mientras los demás guerreros enfilaban despacio el camino, Tegid y yo fuimos en busca de nuestros caballos.

 

—Levanta ese ánimo, Tegid —le dije—. Hemos conjurado a la muerte por un tiempo.

 

—Hemos cambiado una tumba por otra —murmuró—. Pero eso es todo.

 

—¡Qué lúgubre! —repliqué, mientras resonaban en mis oídos las dulces palabras de Goewyn—. Todavía estamos vivos. ¿Por qué imaginar lo peor?

 

El bardo soltó un gruñido desdeñoso, pero por lo menos reaccionó. Desatamos a los caballos y montamos. Twrch, temblando de excitación por la lucha y el fuego, ladró vigorosamente cuando lo coloqué en mi regazo, y abandonamos el caer.

 

 

 

 

27

 

LA HUIDA A FINDARGAD

 

Acompañado  por  su  banda  de

 

guerreros, el Soberano Señor recorrió sus dominios: Caer Dyffryn, Cnoc Hydd, Yscaw, Dinas Galan, Caer Carnedd. En todos los asentamientos y poblados contempló la perversa destrucción con el silencio pétreo de una montaña, remoto e impenetrable en su aflicción. Nadie podía conocer los pensamientos del rey, porque no hablaba con nadie, sino que se limitaba a contemplar la carnicería y la devastación con mirada impávida.

 

Los guerreros pedían a gritos justicia, soltaban alaridos de venganza. Los embargaba la ira. En cada uno de los lugares destruidos, ante aquella atroz desolación, se renovaban sus gritos de venganza. Como perros enloquecidos que aúllan ansiosos de sangre, llenaban los aires de bramidos, gritos, insultos y maldiciones, urgiendo al rey a cabalgar en pos del enemigo. Imaginaban que podían combatirlo con espadas y lanzas.

 

Pero el rey lo conocía mejor. Cuando hubo visto bastante, Meldryn se alejó de la desolación de sus tierras y, ante la decepción de sus guerreros, tomó el camino de Findargad, su fortaleza rodeada de hielo, que se alzaba en el vasto corazón de las elevadas cumbres del norte, en las montañas de Cethness. Allí planeaba congregar lo que quedaba de su pueblo. En efecto, por alguna incomprensible fortuna, aún quedaban supervivientes. Unos cuantos poblados habían escapado a la aniquilación: los más pequeños y recónditos, adonde no había llegado la Hueste Demoníaca. Quizás en el frenesí de la destrucción no los habían visto o los habían juzgado insignificantes. Por eso, cuando Meldryn Mawr abandonó las tierras bajas y tomó el camino de Findargad, seiscientas almas lo seguían.

 

De los seiscientos, unos ciento cincuenta eran guerreros a caballo. Los demás eran granjeros y artesanos de los poblados. En los poblados todavía habitados reuníamos las provisiones que podíamos acarrear y seguíamos adelante. Necesitábamos víveres y ropa para soportar el largo viaje hacia el norte. Nos veíamos obligados a viajar deprisa y en silencio para no atraer la

 

atención de Nudd, de modo que no podíamos cargar con demasiado equipaje ni embarazar la marcha con carros empujados por bueyes. Aunque tuviéramos que pasar hambre, por lo menos viajaríamos con rapidez.

 

En Yscaw, sobre los bancales del Nantcoll, un río que nacía en el nevado corazón de las montañas de Cethness, Tegid levantó un ogam, un poste de roble pulido por un lado y grabado con letras del alfabeto ogam, para revelar a cualquiera que nos siguiera que habíamos sobrevivido.

 

Luego avanzamos por los bancales siguiendo el curso del agua que descendía desde las montañas de Cethness. Sollen, la más cruel de las estaciones, no tenía piedad de nosotros, excepto en un aspecto: el frío había helado las aguas de la ribera y nos permitía avanzar a buen paso sin dejar apenas huellas.

 

De la mañana a la noche nos afanábamos sin cesar. Hacer avanzar a tanta gente con rapidez y en silencio era una tarea ardua.

 

—Es imposible —gruñía Tegid—. Sería más fácil apacentar un banco de salmones con una vara de sauce.

 

Tenía razón de sobra para quejarse. Lo peor del trabajo recaía sobre el bardo, porque el rey sólo hablaba con él, que permanecía siempre junto a Meldryn; y, como a mí me habían ordenado ayudarlo, yo también estaba muy ocupado.

 

Abrumado por mis responsabilidades y por el juramento de proteger a Tegid, hasta la tarde de la tercera jornada hacia el norte no supe que Simon estaba todavía vivo. A decir verdad, no había pensado en él desde que abandoné Ynys Sci. Desde entonces habían sucedido tantas cosas que no había tenido tiempo de pensar en mí mismo, y mucho menos en mi antiguo amigo.

 

Pero de pronto lo vi entre el séquito de guerreros del príncipe Meldron. Y la sorpresa de volver a verlo me enfrentó con la dura realidad del lugar donde estaba y la forma como había llegado hasta allí. En aquel preciso instante, comprendí cómo se había sentido Simon al descubrirme aquel día ya lejano en el campo de batalla. Recordé con tremenda lucidez que era un extranjero, un intruso, y que estaba viviendo en un mundo que no era el mío.

 

Simon no me vio, así que pude observarlo un rato antes de ir a su encuentro. Viajaba con el príncipe Meldron, que, según me dijeron, había

 

seleccionado un grupo de elite entre los guerreros; la Manada de Lobos, los llamaba. Tenían la misión de proteger nuestra huida y se habían apostado en la retaguardia de la columna, para enfrentarse a cualquier perseguidor; por eso no había visto a Simon antes. Mi amigo se había ganado un lugar de honor en la Manada de Lobos del príncipe. Sólo había que ver el trato deferente que recibía de sus compañeros para darse cuenta.

 

Había engordado un poco, pero era todo músculo, sobre todo en brazos y hombros. Sus espaldas eran anchas y sus piernas muy robustas. Lo observé mientras se movía entre sus compañeros de armas y reconocí la misma seguridad en sí mismo que siempre había ostentado, aumentada ahora por las victorias que había conseguido al servicio del príncipe. Había ascendido a jefe de batalla y desde luego lo parecía con sus largas melenas recogidas en una cola bajo la nuca. Vestía unos breecs de lino de color azul, un siarc amarillo chillón y un manto azul y verde. No llevaba torques, pero sí cuatro brazaletes de oro y anillos también de oro en ambas manos.

 

Aunque tuve una desagradable impresión al verlo, me alegré de que estuviera vivo, pese a los cambios que había experimentado durante nuestra separación. En efecto, ya no era el hombre alegre que yo había conocido, sino un guerrero celta de los pies a la cabeza. Seguramente Simon podría decir lo mismo de mí, porque yo también había experimentado una transformación similar.

 

Cuando lo hube observado a placer, me dirigí a donde estaba sentado sobre una piel de ternero roja, en torno a una pequeña hoguera que compartía con tres compañeros.

 

—¡Simon!

 

Al oír su nombre volvió hacia mí la cabeza. Me miró unos instantes y de pronto me reconoció.

 

—¡Lewis!

 

—¡Vaya!, veo que todavía te acuerdas de mí.

 

Se levantó y se quedó de pie ante mí sin cogerme los brazos con el saludo habitual entre hombres.

 

—Me alegro de verte, amigo. Oí decir que habías vuelto.

 

Aunque su tono era afable y animado, noté una contenida frialdad en su

 

bienvenida y supe que no se alegraba en modo alguno de verme.

 

—Tenía la intención de ir a saludarte —añadió.

 

Mentía, pero fingí no darme cuenta.

 

—Tienes un aspecto estupendo, Simon.

 

Ladeó la cabeza como tratando de decidir qué hacer conmigo; luego se echó a reír.

 

—Parece que han pasado siglos desde que nos vimos por última vez — comentó—. ¿Cómo te fue por la isla? He oído decir que Scatha tiene unas hijas encantadoras.

 

Soltó otra carcajada; sus compañeros sonreían y se daban codazos.

 

—Es cierto —repuse—. ¿Qué ha sido de tu vida, Simon? Veo que has progresado.

 

Frunció el entrecejo y me miró fijamente unos instantes.

 

—Ahora me llamo Siawn Hy —me corrigió, mientras el orgullo y la ironía asomaban a sus ojos y alzaba amenazadoramente la mandíbula.

 

Miré el rostro del hombre que había conocido tan bien en otros tiempos y que ahora me resultaba un completo desconocido. Había cambiado bastante más que en el nombre.

 

—Parece que a ti también te ha ido bien —añadió.

 

—Sigo con vida.

 

—Siempre has sido para mí una fuente de sorpresas —replicó con viveza.

 

—Todos nos hemos llevado unas cuantas estos últimos días —repuse yo

 

—. No tenía intención de molestarte.

 

Pareció distenderse y aceptó mis disculpas.

 

—¡Olvídalo! —dijo en voz muy fuerte—. ¡No me has molestado, ni muchísimo menos! —Sus palabras parecían dirigidas más a sus compañeros que a mí—. Siéntate con nosotros y comparte nuestra hoguera. Siempre es grato recibir a un hermano de armas.

 

Los guerreros se apresuraron a dejarme sitio. Me senté con ellos y por unos instantes me sentí un camarada más. Me asombró con qué rapidez me

 

aceptaban y caí en la cuenta de que debían de haberme visto con Tegid y el rey, y que sin duda suponían que gozaba de una elevada posición.

 

—Dicen que estabas con Ollathir cuando murió —comentó el guerrero sentado al otro lado del fuego, frente a mí.

 

Era la fórmula acostumbrada para hacer averiguaciones: mediante la alusión indirecta a un hecho, atribuida a un sujeto impersonal.

 

—Estaba allí —respondí lacónicamente, porque era un tema del que no quería hablar.

 

—Era un gran bardo —acotó el guerrero sentado junto a Simon—. Un verdadero rey en su menester. Echaremos de menos sus consejos.

 

—Es cierto —terció otro—. Sycharth no habría caído si él hubiera estado allí.

 

Capté la tristeza de los guerreros; no era mayor que la mía, pero el horror de la destrucción estaba todavía fresco en sus mentes y se esforzaban por imaginar la enormidad de la pérdida.

 

Uno de los guerreros volvió a dirigirse a mí.

 

—Dicen que tú y Tegid encendisteis la almenara. ¿Dónde estabais cuando destruyeron el caer? ¿Lo presenciasteis?

 

La pregunta llevaba implícita la insinuación de que Tegid y yo no habíamos hecho nada para salvar la fortaleza.

 

—No —contesté—. Igual que vosotros, Tegid y yo llegamos más tarde. A propósito, ¿dónde habíais ido vosotros que no os encontrabais allí para proteger a vuestra gente?

 

Con esta pregunta había puesto el dedo en la llaga. Todos pestañearon y miraron hoscamente las llamas. Uno de los guerreros, un hombre llamado Aedd, habló en nombre de sus compañeros.

 

—Habríamos muerto con gusto mil veces con tal de salvar a uno solo de los nuestros.

 

—Diez veces mil —añadió el guerrero sentado a su lado—, si hubiéramos estado allí…

 

Yo no podía disipar su aflicción, pero sí aliviarla.

 

—No habría servido de nada —les dije—. He visto al enemigo y os puedo asegurar que hubieseis sido asesinados como los demás.

 

—¿Quién es? —quisieron saber súbitamente coléricos, levantándose de un salto como si se dispusieran a coger las armas y a salir cabalgando—. ¿Quién sembró tanto horror?

 

Antes de que yo pudiera responder, Simon les ordenó:

 

—¡Sentaos! Habéis visto Caer Dyffryn, Yscaw y Dinas Galan. No habríamos podido hacer nada.

 

—Quizá tengas razón —replicó Aedd volviendo a sentarse—. Pero un guerrero que fracasa en proteger a su pueblo es peor que un cobarde. Ojalá hubiéramos muerto con nuestro pueblo.

 

—Vuestra presencia allí no habría servido de nada —repetí con tanta convicción como pude—. No hay mérito alguno en una muerte inútil.

 

—Bien dicho —asintió Simon con rapidez—. Los muertos no pueden hacer nada. Pero los vivos tenemos la oportunidad de vengar a los nuestros.

 

Todos se mostraron de acuerdo y juraron solemnemente matar a todos los enemigos que pudieran cuando llegara el día de ajustar cuentas. Todavía no entendían la desesperanza de nuestra situación, pero no tuve valor para desilusionarlos; pronto sabrían la verdad.

 

Los guerreros aceptaron el pequeño consuelo que yo les ofrecía.

 

—La deuda de sangre que debe ser cobrada es enorme —observó Aedd—. Sin embargo, me avergüenza no haber estado con los míos en la hora de su aflicción.

 

—Eso es precisamente lo que queríamos evitarles —le recordó Simon.

 

—Cuando Tegid y yo llegamos al caer —dije volviendo a mi pregunta inicial—, pensamos que todos vosotros estabais muertos. No se nos ocurrió qué podía haberos hecho abandonar el caer.

 

—Nos dirigíamos a las montañas —repuso Aedd.

 

Y a continuación explicó cómo había llegado la noticia de una invasión desde la costa sudoeste. Con la idea de prevenir el ataque, el rey había reunido a los guerreros y había abandonado el caer. Cabalgaron largo trecho para proteger el reino, pero no vieron invasor alguno y después de varias

 

jornadas, como el tiempo empeoraba, regresaron al caer.

 

—Cuando vimos la almenara, pensamos… —Aedd se interrumpió de pronto, incapaz de continuar su relato.

 

El suave crepitar del fuego y el suspiro del viento producían en nuestros oídos un melancólico sonido. Al cabo de unos momentos, Simon dijo:

 

—Oídme, hermanos. La deuda de sangre será saldada. Vengaremos a nuestros muertos. El enemigo morderá el polvo bajo nuestros pies.

 

Pese a las bravas palabras de Simon, el dolor de los guerreros era demasiado profundo como para encontrar alivio en ellas. Con el tiempo, las arengas volverían a encender en sus corazones la llama del valor; se animarían y sus almas rebosarían coraje. Pero ahora todavía no, esa noche no. Durante esa noche y otras muchas, el lamento por los muertos colmaría sus almas y sus corazones seguirían llorándolos amargamente.

 

Los dejé con su aflicción y regresé junto a Tegid y el rey. El príncipe Meldron estaba con ellos, intentando inútilmente arrancar de su padre alguna palabra. Acabó dándose por vencido ante el mutismo del rey.

 

—Habla con él, Tegid —le pidió antes de marcharse—. A lo mejor a ti te escucha. Dile a mi padre que no podremos llegar a Findargad en estas condiciones. Está demasiado lejos y hace mucho frío. Los desfiladeros de las montañas estarán cerrados por la nieve. Perderemos la mitad de nuestra gente antes de que divisemos las torres. ¡Díselo, Tegid!

 

—Ya se lo he dicho —murmuró Tegid cuando Meldron se hubo marchado

 

—. No me hará caso.

 

—¿Es de verdad tan peligroso? —pregunté. Tegid asintió gravemente.

—Las montañas de Cethness son altas y los vientos de sollen, muy fríos. El príncipe está en lo cierto al decir que muchos morirán antes de que lleguemos a la fortaleza.

 

—Entonces ¿por qué vamos?

 

—No puedo hacer nada para evitarlo —repuso con tristeza Tegid—. Son órdenes del rey.

 

Me hacía cargo de la situación, por eso no me molesté en plantearle la

 

más evidente y perturbadora de las preguntas: si la poderosa Sycharth no había podido proteger a su pueblo, ¿por qué los muros de piedra de Findargad iban a lograr hacerlo? ¿De qué servían las espadas y las lanzas contra un enemigo que no podía ni sentir el dolor ni morir?

 

Como tan tétricamente había sugerido Tegid, habríamos podido permanecer en Sycharth y ahorrarnos la dureza y la fatiga de un viaje por las montañas, porque al fin y al cabo una tumba es semejante a otra cualquiera y cuando Nudd nos atacara no podríamos detenerlo, doquiera que estuviéramos.

 

Y, no obstante…, no obstante, un ligero destello de esperanza ardía en el borde de mi conciencia, como una luciérnaga al alcance de la mano. Estaba allí y de pronto desaparecía. Estaba a punto de asirla y se escapaba; me quedaba quieto y se me acercaba. Pero, por mucho que lo intentaba, no lograba aprehenderla.

 

Sin embargo, no podría descansar hasta que hubiera asido aquella esperanza, por pequeña que fuera. Aquélla noche, me alejé del calor del fuego del rey y me adentré solo en un bosquecillo, dispuesto a permanecer en vela hasta lograrlo. Allí permanecí toda la noche apoyándome de vez en cuando en los alisos del soto, escuchando cómo las ramas se movían con las ráfagas heladas del viento, mientras las estrellas brillantes como cuchillos titilaban en el oscuro cielo de sollen. Aguardé toda la noche. Y, cuando la luna desapareció tras las colinas, no había obtenido resultado alguno.

 

Entonces, cuando la tétrica alba verde-gris levantó la cortina de la noche en el este, la evasiva presa que perseguía se me acercó: si Nudd era tan poderoso, ¿por qué había tenido que alejar al rey de la fortaleza antes de destruirla?

 

Los coranyid no habían atacado Sycharth y los demás poblados del reino mientras el rey permaneció en la fortaleza. La destrucción sobrevino después de que Meldryn hubo sido alejado con un engaño. Me parecía que algún tipo de poder había impedido el espantoso ataque de Nudd mientras el rey permanecía junto a su pueblo. A pesar del horror que los coranyid habían sembrado, la aniquilación no había sido total. Incluso me atrevía a pensar que aun ahora estábamos a tiempo de evitarla. Pero ¿cómo?

 

Mientras los primeros rayos de la luz del día extendían un pálido resplandor por el cielo, oí de nuevo la voz de la banfáith, clara y firme como si otra vez la tuviera ante mí: «Antes de que el Cythrawl pueda ser abatido,

 

hay que restaurar la Canción».

 

¿Era ésa la esperanza que había estado buscando? Parecía improbable, porque también la profetisa había dicho: nadie conoce la Canción, excepto el Phantarch. ¿Cómo podía ser recuperada la Canción de Albión si sólo la conocía el Phantarch y éste había muerto?

 

Era un acertijo sin sentido.

 

Estuve dándole vueltas durante las largas horas del día neblinoso y también durante la helada noche, arrebujado en el manto ante la pequeña hoguera. Pero el acertijo seguía mordiéndose la cola, y yo no era capaz de encontrarle sentido.

 

—Tegid —dije en voz baja—, he estado pensando.

 

Twrch dormía a mis pies, el rey descabezaba un intranquilo sueño tendido en una piel de buey, y Tegid estaba sentado a mi lado, mirando fijamente las llamas y meditando en silencio.

 

El bardo soltó un gruñido sin separar los ojos del fuego.

 

—¿Dónde está el Phantarch?

 

—¿Por qué darle más vueltas? —musitó irritado—. El Phantarch ha muerto.

 

—Escúchame un momento —insistí— he estado meditando y no hablo sólo para distraerme con el sonido de mi voz.

 

—Muy bien. Habla —dijo a regañadientes.

 

—La banfáith me dijo muchas cosas —comencé, pero Tegid se apresuró a interrumpirme.

 

—¡Vaya! La banfáith te dijo muchas cosas…, y tú me has dicho muy pocas —observó en tono hosco—. ¿Has decidido de pronto compartir con alguien tu escondido tesoro?

 

Las palabras de la banfáith eran todavía un misterio para mí y aún tenía miedo de ellas y de su significado. Pero, a medida que los días pasaban y la desesperanza de nuestra situación se hacía más evidente, disminuyó la preocupación que sentía por mí mismo. No eran momentos para egoísmos y secretos. Ahora Tegid era el Bardo Supremo, de modo que debía decirle lo que sabía. Quizás él le viera un sentido.

 

—Tienes derecho a censurarme, Tegid —reconocí—. Te lo contaré todo.

 

Así comencé a relatarle lo que la profetisa me había dicho acerca del Phantarch y de la Canción de Albión; al principio con ciertas reservas, pero después las palabras se atropellaban y salían a borbotones de mi boca. Le hablé de la destrucción y del cataclismo que se avecinaban y de la búsqueda de un paladín. Le hablé de Llew Mano de Plata, de la Bandada de Cuervos, de la hazaña heroica al final del Año Grande y de todo lo que recordaba, tal como me lo había dicho la banfáith.

 

Cuando hube terminado, Tegid no levantó la cabeza, sino que siguió contemplando con toda calma el fuego.

 

—Me parece que pese a los portentos de la profecía quizá tengamos un futuro —comenté.

 

Pero Tegid no encontró alivio alguno en aquello que le había contado.

 

—Estás equivocado —replicó—. El futuro que hubiéramos podido tener, nunca se hará realidad. El Cythrawl tiene demasiada fuerza en la tierra; Nudd se ha hecho demasiado poderoso.

 

—Entonces ¿por qué confiar en una profecía?

 

Tegid se limitó a sacudir la cabeza.

 

—No te comprendo, Tegid. Te lamentabas porque no te había contado la profecía de la banfáith, y, cuando te la cuento, todo lo que haces es quejarte de que es demasiado tarde. Antes de que el Cythrawl sea abatido, hay que restaurar la Canción; ésas fueron sus palabras. Me parece que tenemos que encontrar al Phantarch.

 

—El Phantarch ha muerto; lo sabes muy bien.

 

—¿Y con él la Canción?

 

—Naturalmente, y con él la Canción. ¿Cómo podía ser de otro modo? El Phantarch es el instrumento de la Canción, y la Canción no existe sin el Phantarch.

 

—Pero ¿dónde está?

 

—Tú tienes el awen de Ollathir, no yo —me espetó.

 

—¿Qué quieres decir con eso?

 

Murmuró algo ininteligible e hizo ademán de marcharse, pero lo retuve.

 

—Por favor, Tegid, estoy tratando de entender. ¿Dónde está el Phantarch?

 

—No lo sé —respondió, y me explicó que, para proteger la Canción, la sede del Phantarch estaba escondida y su situación se mantenía en secreto—. Sólo el penderwydd sabe dónde se esconde el Phantarch. Ollathir lo sabía, pero Ollathir ha muerto.

 

—¿Y murió sin confiarte el secreto?

 

—¡Sí, sí! —Se levantó de un salto y alzó los puños por encima de su cabeza—. ¡Sí, Llyd! Por fin has colegido esta importante verdad: el Phantarch ha muerto, Ollathir ha muerto, la Canción ha muerto, y muy pronto también nosotros moriremos.

 

El rey se agitó en sueños; Tegid vio que su exabrupto había perturbado al monarca y bajó los puños.

 

La profecía era un cruel engaño, un despiadado ardid. Sentí que la frágil esperanza a la que me había asido comenzaba a desvanecerse. No se podía vencer al Cythrawl sin la Canción, y no existía la Canción sin el Phantarch. Pero éste había muerto y, para colmo de males, la única persona que sabía dónde encontrarlo también había muerto.

 

—Repíteme ahora que aún nos queda alguna esperanza —dijo Tegid en un tembloroso susurro.

 

Las fuerzas lo abandonaron, y se dejó caer al suelo.

 

—El rey está vivo —repliqué—. ¿Cómo no va a quedarnos una esperanza, si el rey está vivo? Tú también estás vivo, y yo. Mira a tu alrededor; ahí tienes a centenares de los nuestros dispuestos a combatir una vez más. ¿Por qué Nudd ha sido incapaz de matar a nuestro rey? ¿Por qué ha atacado sólo a los poblados sin protección?

 

A medida que hablaba, mis propias palabras me convencían de que algo o alguien separaba a Nudd de la victoria definitiva.

 

—Escúchame, Tegid, si yo fuera tan poderoso como dices que es Nudd, habría matado primero al rey y así su reino sería mío. ¿Por qué él no lo ha hecho?

 

—¡No lo sé! Pregúntaselo a él…, pregúntaselo a Nudd cuando te lo

 

encuentres.

 

—Los coranyid atacaron sólo después de que el rey se marchó. ¿Por qué?

 

—¡Y yo qué sé! Quizá Nudd desea prolongar su diversión con el bello espectáculo de nuestros vanos esfuerzos para huir.

 

—¿Así que seguimos con vida sólo para regodeo de Nudd? No lo creo.

 

—¡Puedes creerlo! Seguimos con vida para regodeo de Nudd. Y, cuando le plazca matarnos, nos matará como ha matado a todos los demás.

 

—¿Y al rey le place que muramos en Findargad? —lo desafié.

 

—¡Ni más ni menos! Al rey le place que muramos en Findargad, y yo sirvo al rey.

 

Fueron las últimas palabras de Tegid. Pero, mientras aquella noche yacía insomne junto al fuego, estas palabras de la banfáith alimentaban mi esperanza: «Caledon se salvará, la Bandada de Cuervos acudirá en tropel a sus umbrías cañadas y el graznido será su canción».

 

Y, en tanto contemplaba el resplandor de las llamas, tuve una visión entremezclada con el color rojo y oro de los rescoldos: vi un soto de verdes robles y bajo sus ramas de frondosas hojas un montículo recubierto de yerba. Sobre el montículo había un trono hecho de cornamenta de ciervo y adornado con la piel de un buey blanco. Y en el respaldo del trono estaba posado un enorme cuervo, negro como una noche sin luna, con las alas extendidas y el pico abierto, que aturdía el silencio con una canción aguda y estridente pero, sin embargo, extrañamente hermosa.

 

 

 

 

28

 

LA CACERÍA

 

Como  enloquecida  por  nuestra

 

huida, la estación del hielo nos acosó por valles y riberas atronando el mundo con su furioso bramido. Sollen se convirtió en un enemigo al que había que combatir, un adversario que se hacía más y más fuerte en tanto nosotros íbamos debilitándonos. Pese a ello, seguíamos adelante. Cuando llegamos al pie de los altos picos, todos coincidieron en afirmar que este año las inclemencias de sollen eran las más duras que jamás habían conocido; nunca el viento, la lluvia, la nieve y el frío habían sido tan salvajes y brutales. No había día en que no nevara. Y, mientras la nieve se iba acumulando en torno, nuestra marcha se hacía más lenta.

 

Encontrar leña para alimentar los fuegos del campamento se convirtió en una verdadera obsesión. A menudo teníamos que detenernos antes de la caída de la tarde, a veces incluso a media jornada, a buscar y recoger leña para calentarnos por la noche. Cargábamos con todo lo que podía arder. Todavía nos quedaba suficiente comida, sólo porque cada vez comíamos menos. Para llenar nuestros estómagos vacíos comíamos nieve cuando nos caíamos durante la marcha. Los guerreros iban ahora a pie, para dejar sus caballos a los niños y a las madres con criaturas pequeñas que no podían andar por la nieve. Tuvimos que envolver en trapos y pieles las patas de los caballos y también nuestras piernas para que no se helaran; caminábamos de dos en dos a cada lado de un caballo para que nadie cayera al suelo sin que los demás lo notaran.

 

Yo llevaba a Twrch bajo el manto porque de otro modo se habría hundido en la nieve y no cesaba de bendecir el calor que me procuraba su cuerpecillo. Le daba de comer de mi ración o conseguía desperdicios con los que se alimentaba a los perros de caza. Por la noche dormía a mi lado y así nos dábamos mutuamente calor.

 

—Nunca había tenido tanto frío —le dije a Tegid un día cuando nos detuvimos a hacer agujeros en el suelo para que los caballos bebieran.

 

—Ahórrate el aliento —repuso con amargura—. Todavía no ha llegado lo peor.

 

—Lo peor perderá el tiempo conmigo —repliqué, con la esperanza de alegrar su mal humor—. Estoy tan helado de la cabeza a los pies que no notaré la diferencia.

 

Se encogió de hombros y siguió trabajando. Cuando hubimos hecho un agujero suficientemente grande, despejé los pedazos de hielo del agujero. Por unos momentos el agua me calentó los dedos, pero enseguida volvieron a entumecérseme. Acercamos los caballos al agujero y mientras bebían le pregunté:

 

—¿Cuánto falta, Tegid? ¿Cuántas jornadas quedan hasta llegar a la fortaleza?

 

—No podría decirlo.

 

—Pero debes de tener alguna idea.

 

Sacudió la cabeza gravemente.

 

—No lo sé. Nunca he hecho este viaje con nieve. Ahora avanzamos con mucha más lentitud que al principio, e incluso entonces íbamos bastante despacio. Si comienzan a fallarnos las fuerzas en los desfiladeros, iremos aún más lentamente.

 

—Quizá mejore el tiempo —observé—. Nos vendrían muy bien unos cuantos días de bonanza.

 

Tegid echó una ojeada al cielo que presentaba el mismo aspecto que en los últimos días: oscuro, cargado de densas y grises nubes de nieve.

 

—No —dijo—. No creo que mejore. Es más, estoy comenzando a pensar que la estación de nieve no acabará hasta que Nudd sea derrotado.

 

—¿Es posible?

 

La perspectiva de un invierno interminable me habría parecido absurda, si no hubiera sido porque cada día que pasaba se hacía más evidente.

 

—Una inconmensurable maldad ha invadido Albión —declaró el bardo con voz solemne—. Cualquier cosa puede ocurrir.

 

Aunque odiaba tener que admitirlo, en el fondo de mi corazón sabía que

 

Tegid estaba en lo cierto. Nudd y su Hueste de Demonios se habían apoderado de Albión, y el odio del helado corazón de Nudd asolaba la tierra, aullando en el viento furioso y bramando en el cortante hielo y en la cegadora nieve.

 

—¿Se lo has dicho a alguien?

 

Tegid, ocupado con los caballos, no me contestó.

 

—Deberías decírselo al rey por lo menos.

 

—¿No crees que lo sabe de sobra?

 

Después de abrevar los caballos, proseguimos la marcha, pero con los corazones angustiados por la tremenda perspectiva. Los días se fueron sucediendo. El terreno fue haciéndose más abrupto, el camino más estrecho y por tanto más difícil de seguir. Avanzábamos cada vez menos; aunque nos levantábamos más temprano, teníamos que detenernos más a menudo y no recuperábamos el tiempo perdido. Sin embargo, no todo estaba contra nosotros. En efecto, a medida que las colinas iban siendo más escarpadas y rocosas, los escasos matorrales de las mesetas iban dando paso a los bosques. Podíamos conseguir toda la leña que necesitábamos y por primera vez desde que abandonamos las ruinas de Sycharth no pasábamos frío por las noches.

 

Además, los gamos que habían abandonado las praderas parecían haberse refugiado en los bosques. Comenzamos a ver huellas de animales en los vericuetos del bosque y de vez en cuando divisábamos el reflejo gris de un lobo que se escabullía sigilosamente entre los árboles. El príncipe Meldron formó una partida de caza que comandaba en persona. Al principio los cazadores no tuvieron suerte. Pero, cuando el bosque se hizo más espeso y los gamos más abundantes, los esfuerzos del príncipe comenzaron a dar frutos. Con bastante frecuencia teníamos carne asada de jabalí y de ciervo para llenar nuestros estómagos.

 

Un día, mientras estábamos acampando, un pequeño grupo de cazadores salió en busca de algún gamo. No hacía mucho que se habían marchado cuando uno de ellos regresó al campamento.

 

—¡Deprisa! —gritó—. Necesitamos seis guerreros más.

 

—¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? —preguntó Tegid.

 

—Hemos encontrado el rastro de un uro —explicó el cazador—. El

 

príncipe Meldron me ha enviado a buscar seis guerreros más para que se unan a la partida.

 

—Yo iré —me ofrecí.

 

Comencé a sentir una extraña excitación mientras en mi memoria se atropellaban recuerdos hacía tiempo olvidados. Un uro…

 

—Escoge a cinco más —indicó Tegid al cazador—. Yo me quedaré con el

 

rey.

 

No faltaron voluntarios, y en un momento montamos a caballo y volamos tras nuestro guía. Cabalgamos por una vereda de cazadores que se adentraba en el bosque. Gracias a la protección de los árboles no se había acumulado demasiada nieve y podíamos avanzar a bastante velocidad. Al cabo de poco tiempo, nos reunimos con el príncipe y su partida: cuatro cazadores, entre los que estaban Simon y Paladyr, y tres sabuesos.

 

—Aquí encontramos el rastro —dijo el príncipe señalando la nieve con la punta de su espada.

 

Por las huellas que había dejado en la nieve era evidente que una enorme y pesada criatura había pasado por la vereda. Junto a las huellas grandes se veían otras un poco más pequeñas. Eran dos animales. Miré hacia donde se dirigían las huellas, pero, como la vereda trazaba una curva y el bosque se espesaba, no vi absolutamente nada.

 

—Las huellas son recientes —observó el príncipe—. Los animales deben de estar a escasa distancia. Soltaremos los perros. Tened prontas las lanzas.

 

Volvió grupas y gritó:

 

—¡Soltad los perros!

 

Libres de sus correas, los tres perros, los únicos que quedaban de la jauría del rey, se lanzaron tras la presa. Azuzamos a los caballos para que galoparan tras ellos. El viento helado nos golpeaba el rostro y los cascos de los caballos levantaban una lluvia de nieve. Cabalgamos por la vereda con las lanzas en ristre cortando el frío aire.

 

La estrecha vereda trazaba una curva y al salvarla vimos que el camino terminaba a poca distancia en una mambla de piedra. Peñas cubiertas de musgo formaban un muro dentado y mellado en la cima del pequeño montículo. Y ante aquel montículo de color gris-verdoso había dos uros, dos

 

formidables ejemplares, uno adulto y el otro más joven —supuse que una madre y su cría—, aparentemente exhaustos.

 

El animal más pequeño era un joven toro enorme, lustroso y negro con una enorme jiba que se alzaba como una colina oscura en la vasta llanura de su lomo. La madre era aún mayor, una imponente montaña de carne y pellejo, pezuñas y cuernos. Separadas del rebaño, las bestias se habían ido debilitando de hambre y sed; habían ido a parar a la vereda de cazadores y les había fallado el instinto para percibir el peligro. Aquéllos animales apenas sabían lo que era un depredador; eran los reyes del bosque y casi nunca eran acosados, ni siquiera por los lobos, que sólo atacaban a los animales viejos y enfermos.

 

En cuanto divisaron a las bestias, los perros se pusieron a ladrar. Llenaron el aire de aullidos largos y agudos cuyo eco se propagó por la vereda. Al primer ladrido los uros hicieron amago de huir, pero vieron que estaban atrapados a ambos lados por la espesura del pinar y de los matorrales de endrino. Mientras los perros se lanzaban contra ellos, los uros trotaron hacia delante y se detuvieron con las patas muy tensas para aguardar a sus atacantes. El joven toro se quedó tras la madre, momentáneamente a salvo.

 

En Ynys Sci había tomado parte en muchas cacerías, pero nunca en una de uros. Además nunca antes había visto a esas sigilosas bestias. Al verlas ahora, incluso a cierta distancia, me quedé asombrado de su tamaño. Hacían que nuestros caballos semejaran pequeñas y delicadas criaturas; más parecidos a ciervos que a monturas de guerreros.

 

Creí que el uro cargaría contra nosotros, pero se quedó quieto con las patas rígidas y la cabeza baja. Apuntaba hacia nosotros sus enormes cuernos, afilados como puntas de espada y duros como el hierro. Un paso en falso y ensartarían a un caballo con su jinete; aquellas armas graciosamente curvadas podían destripar un caballo o atravesar como una flecha a un hombre. Un error y el infortunado cazador no viviría para cometer otro.

 

Sin preocuparse del peligro, los cazadores se precipitaron hacia los uros atronando la vereda con el grito de caza. Con la rapidez del águila nos lanzamos contra nuestra presa. Los uros permanecían inmóviles en el sendero como enormes peñascos, aguardando con la paciencia de una piedra. No se les movía ni un músculo, no les temblaban las narices. Probablemente nunca los habían atacado y ni siquiera ahora intuían el peligro que los acechaba.

 

Nuestros caballos estaban ya muy cerca de ellos. Los perros ladraban,

 

tensaban el pescuezo y enseñaban los colmillos. Los primeros jinetes estaban ya a un tiro de piedra, pero el uro no se movía. Siempre es preferible que el animal se asuste, vuelva grupas y huya, porque entonces se lo puede alcanzar por detrás; un rápido y diestro lanzazo junto al omóplato, en el corazón, y la caza termina con una muerte rápida y limpia.

 

Pero aquel uro no se daba por vencido ni huía. La bestia seguía inmóvil, obligando a los atacantes a acercarse. En las distancias cortas la posibilidad de un paso en falso se multiplicaba.

 

Los primeros en llegar junto a la vaca fueron los perros. Muchos animales enloquecen de terror ante los ladridos de una jauría de caza y, al ver tan cerca a los perros dispuestos a matar, son presa de un pánico que les resulta fatal. Pero los uros no. La valiente bestia negra apenas bajó la cabeza un poco más para protegerse el pescuezo. Los perros rodearon a los uros, ladrando y gruñendo en un frenesí de rabia y frustración, pero procuraban mantenerse fuera del alcance de los mortales cuernos.

 

Nosotros nos detuvimos a cierta distancia para trazar una estrategia.

 

—Separaremos a los dos animales —dijo el príncipe—. Vosotros cuatro distraed a la vaca —añadió señalando a Simon y a otros tres guerreros—. Los demás venid conmigo. Abatiremos primero al toro joven.

 

El uro pequeño no era una presa desdeñable, pero era todavía mejor la madre, porque podría alimentar a muchas más personas. El príncipe pensaba que la madre sería más fácil de matar si no tenía que proteger a la cría. A primera vista parecía un buen plan.

 

Tal como se desarrollaron los acontecimientos, a los siete encargados de cazar la cría les correspondió la tarea más difícil. ¡Y para qué hablar de lo de separar a los animales! Parecían haber echado raíces o haberse convertido en estatuas de hielo, porque ninguno de los dos se mostraba dispuesto a levantar siquiera una pezuña. No obstante, Simon y su grupo se pusieron manos a la obra, chillando, gritando, haciendo regates y fintas para llamar la atención de la vaca.

 

Entretanto, los demás, bajo las órdenes del príncipe Meldron, dibujamos un amplio círculo cabalgando sin cesar en torno al toro, esperando la oportunidad de abatirlo. Una mirada al vasto y musculado lomo y al enorme pescuezo me bastó para saber que sólo podríamos matarlo con un directo y

 

contundente golpe, y aun así no acababa de creer que una simple lanza pudiera lograrlo.

 

El joven toro nos miraba con ojos plácidos y tranquilos, moviendo la inmensa testuz de un lado a otro. A cada cabezazo los cuernos describían un arco mortal que sólo un loco habría podido desdeñar. Y aquel día no había entre nosotros ningún loco.

 

Pero el príncipe y sus hombres ya habían cazado uros otras veces. Después de cabalgar en torno a la bestia un buen rato para imponerle un ritmo mareante, el príncipe, que blandía en alto la lanza, la bajó al tiempo que hacía girar al caballo y se lanzaba hacia el uro acercándose a él oblicuamente por detrás.

 

Los que estaban frente al príncipe atrajeron la atención del animal con gritos. La lanza volaba hacia el blanco; el príncipe se inclinó hacia delante para cargar en ella su peso y el del caballo.

 

Pero, cuando estaba a punto de asestar el lanzazo, el joven toro se dio la vuelta y levantó la cabeza en el último momento. Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, jamás habría podido creer que una bestia tan enorme pudiera moverse con tanta rapidez.

 

En la fracción de un segundo, la enorme testuz embistió y los cuernos se clavaron en el caballo del príncipe, detrás de la pata delantera izquierda. Con una cabezada rápida y ágil el uro había alcanzado al caballo.

 

En el mismo instante, el príncipe, veloz y seguro, lo atacó con la lanza y se la clavó profundamente en el omóplato. Con la intención de que la bestia se girara, yo lancé la mía con tanta fuerza como pude; mi lanzazo alcanzó la jiba del uro sin causarle herida de cuidado, pero logré que el animal se revolviera contra mí y dejara en paz al príncipe. Meldron se dejó caer de su montura justo cuando el caballo se derrumbaba sobre los cuartos traseros con un tremendo relincho.

 

Mi intervención evitó que el príncipe resultara herido de consideración o algo aún peor. Pero ahora yo me había quedado sin lanza y el príncipe sin caballo. Continué cabalgando con los otros cazadores en torno a la bestia y llamé a Meldron; cuando volví a pasar junto a él le tendí una mano. El príncipe se agarró a ella y ágilmente saltó a mi grupa.

 

Entretanto, los perros, al ver que la bestia había alzado la cabeza, se

 

lanzaron al ataque. Uno de los sabuesos consiguió acercarse lo bastante para clavar sus dientes en la delgada piel de la garganta y mordió con violencia sin soltar la presa. El uro bajó su enorme mandíbula y apresó la cabeza del perro contra su pecho; y con ese simple movimiento dejó al perro fuera de combate.

 

Los otros dos perros atacaron al olor de la sangre. El joven toro embistió para repeler el ataque y empitonó por el cuello a uno de los perros; el desventurado animal aulló de dolor y se revolvió para liberarse del cuerno, pero sólo consiguió clavárselo más aún. El uro agitó entonces la cabeza hasta soltar al perro.

 

Los cazadores vieron una oportunidad de atacar y la aprovecharon. Tres jinetes se volvieron hacia él a la vez y tres lanzas silbaron en el aire. Dos alcanzaron el cuello del uro, y la tercera se hundió entre dos costillas.

 

Los otros dos jinetes atacaron a continuación y dos lanzas más se clavaron en el cuello del animal; una de ellas le seccionó una arteria. La sangre brotó como una fuente y salió a borbotones por la boca y las narices del animal, apestando el helado aire.

 

El uro cayó de rodillas sobre la nieve y uno de los jinetes se precipitó contra él. En un abrir y cerrar de ojos se dejó caer de la silla de montar, propinó un lanzazo en el costado del animal, recuperó el arma y la volvió a clavar, esta vez en la base del cráneo, entre los cuernos. El toro se quedó rígido y luego se derrumbó sobre un costado; murió antes de que su cuerpo dejara de temblar.

 

Hicimos una pausa, lo justo para recuperar nuestras lanzas y para procurar otra montura al príncipe, y nos unimos a los compañeros que acosaban al otro uro. La madre debía de haber visto lo sucedido porque se abrió paso entre los cazadores que la rodeaban y corrió a nuestro encuentro. Ninguno de nosotros estaba en posición de repeler el ataque, de modo que nos limitamos a quitarnos del camino de la bestia, lo cual facilitó al animal una escapatoria.

 

La vaca corrió hacia el montículo rocoso que había quedado a nuestras espaldas y los que estábamos más cerca de allí nos dispusimos a perseguirla. Yo era uno de ellos y Simon otro. Cuatro hombres salimos en pos de la bestia, mientras el príncipe ordenaba a gritos a los demás que tomaran posiciones junto al montículo para impedir la huida del uro. Lo acosaríamos detrás del montículo y lo empujaríamos hacia las lanzas de nuestros compañeros.

 

Vi que la enorme bestia llegaba hasta la pendiente del montículo y comenzaba a rodearlo. En el preciso instante en que el uro cambiaba de dirección, Simon, que iba delante de mí, vio la oportunidad de asestarle un lanzazo. Vi claramente que la lanza daba en el blanco y se clavaba en el pecho del animal detrás de la pata delantera, muy cerca del corazón.

 

El animal desapareció tras las peñas esparcidas en la ladera del montículo. Simon, yo y los otros dos cazadores nos lanzamos en su persecución. Aunque no debíamos de estar a más de cincuenta pasos, cuando llegamos a las peñas no encontramos ni rastro del uro.

 

Pensando que había subido por el montículo, Simon espoleó su caballo ladera arriba, entre las peñas. Yo refrené el mío y volví grupas para explorar el espacio entre el montículo y el lindero del bosque que se extendía detrás. Pero la bestia no estaba por ningún lado.

 

—¿Por dónde escapó? —gritó Simon volviendo a descender por la ladera

 

—. ¿Alguien lo ha visto?

 

—Debe de haber huido por allá delante —dijo uno de los cazadores.

 

Por la extraña expresión de su rostro me di cuenta de que no era eso lo que estaba pensando. Pero ¿por dónde si no podía haber escapado una criatura tan grande?

 

Todos paseamos la mirada de un lado a otro, pero no vimos la menor señal del uro; ni huellas, ni rastros de sangre sobre la nieve. Simon volvió grupas y se lanzó al galope. Los tres lo seguimos y volvimos a dar la vuelta en torno al montículo para reunirnos con el príncipe y el resto de los compañeros que nos estaban aguardando.

 

Tampoco ellos habían visto al uro.

 

—Debe de haberse internado en el bosque —opinó Paladyr.

 

—No puede ir muy lejos —dijo Simon al príncipe—. Era un tiro infalible; estoy seguro de que lo herí.

 

—Desde luego —asintió uno de los que habían perseguido con nosotros al uro—. Yo lo vi. Lo alcanzaste limpiamente en el omóplato.

 

Algunos de los cazadores ardían en deseos de perseguir al animal y estaban dispuestos a ponerse en marcha enseguida. Pero el príncipe miró al cielo que empezaba a oscurecerse y dijo:

 

—No, se está haciendo tarde. Un uro herido es demasiado peligroso. No podemos exponernos a atacarlo en la espesura del bosque. Ya tenemos suficiente trabajo con llevar el toro al campamento antes de que oscurezca.

 

A los cazadores no les agradaba la idea de dejar escapar la presa, pero no podían desobedecer al príncipe. Así que regresamos junto al hombre que había prestado su caballo al príncipe y lo encontramos engolfado en una dura tarea. Había acabado hábil y misericordiosamente con la agonía del perro corneado por el uro, y también con la del caballo del príncipe.

 

Cuando nos acercamos, el cazador había degollado con su cuchillo al uro para desangrarlo. Recogió un poco de sangre en una taza de madera que fue pasando de un cazador a otro. Probé la sangre espesa, caliente y salada y me apresuré a pasar la copa al cazador que estaba a mi lado.

 

Una vez cumplido el ritual, los cazadores, con un aullido de alegría, se precipitaron sobre el uro, cuchillo en mano. Uno de ellos le abrió el vientre para destriparlo; otro hizo una incisión en el cuello, mientras otros dos hacían cortes similares en la parte inferior de las patas, para poder arrancar la gruesa piel negra en una sola pieza.

 

Otros dos cazadores se apresuraron a ir al bosque cercano para cortar unas varas con las que poder transportar el cuerpo descuartizado del animal hasta el campamento. Trabajaban con destreza y habilidad, sin perder tiempo. Observé la velocidad con que todos realizaban sus tareas.

 

—Tienen sobrado motivo —me dijo el príncipe.

 

—¿La oscuridad? —pregunté, porque el cielo tenía ya un color plomizo y apenas quedaba luz.

 

—Los lobos.

 

Miré la mancha carmesí de la sangre sobre la nieve. El viento no tardaría en esparcir el hedor y muy pronto los lobos, al olfatearlo, acudirían al lugar de la carnicería.

 

—Ya he perdido hoy un caballo. No me agradaría perder otro en las fauces de los lobos —comentó Meldron; luego me miró—. Me salvaste de resultar herido o de algo peor. No lo olvidaré. Cuando lleguemos a Findargad, tendrás tu recompensa.

 

—Me conformaré con un trozo del anca del uro —respondí contemplando

 

cómo el perro superviviente tragaba glotonamente un trozo del hígado del animal mientras los cazadores terminaban de descuartizarlo.

 

—¡Bien dicho! —se echó a reír el príncipe dándome una palmada en la espalda—. Ésta noche recibirás de mis propias manos la porción de un héroe.

 

Frotaron con nieve la parte interior de la piel y, tras enrollarla, la ataron y la colocaron a la grupa de un caballo. El cuerpo fue cortado en cuatro partes y lavado con nieve para limpiarlo de sangre. Cada cuarto fue sujetado a las varas de sauce que ataron a los caballos para que las arrastraran.

 

Cuando emprendimos la marcha hacia el campamento, todo lo que quedaba de nuestra hazaña era un montoncito de asaduras esparcidas en la pisoteada y ensangrentada nieve. En otras circunstancias también se habrían retirado de la vereda de caza los dos perros muertos y el caballo del príncipe, pero esta vez se quedaron donde estaban.

 

—Para los lobos —me explicó el cazador que cabalgaba a mi lado—. A lo mejor se dan por satisfechos con eso.

 

El camino de regreso al campamento me pareció más largo de lo que recordaba. Era ya noche cerrada cuando llegamos junto al río, que atravesamos guiados por el resplandor de las hogueras. De alguna manera, la noticia de nuestro éxito nos había precedido y cuando entramos en el campamento la gente se apelotonó para ver el cuerpo del uro y reclamar una parte de su carne.

 

Hablando por boca de Tegid, el rey dio instrucciones para que la carne fuera repartida equitativamente entre los distintos clanes. Y, aunque el uro era un hermoso ejemplar, su carne desapareció en un visto y no visto. Fiel a su palabra, el príncipe me recompensó con la porción del héroe, aunque eso significó que él recibió menos que ningún otro. Yo la hubiera compartido de buen grado con él, pero eso lo habría avergonzado.

 

Apenas se había distribuido la carne entre los clanes, cuando rompió el viento el fantasmal aullido de los lobos. Twrch, que había estado haciendo alegres cabriolas junto al fuego, se acurrucó entre mis pies. Asustado por aquel extraño sonido, miraba furtivamente a diestro y siniestro y temblaba sin parar. Yo había oído en otras ocasiones el aullido de los lobos, pero siempre me había parecido un sonido más triste que temible, como preñado de lamento y nostalgia. Se lo comenté a Tegid.

 

—Eso es porque nunca te has visto acosado por lobos —replicó—. Ahora simplemente se están reuniendo. Espera a que encuentren nuestro rastro y lancen su aullido de caza; ya me dirás entonces si te sigue pareciendo un sonido triste.

 

Estábamos sentados ante el fuego, contemplando cómo se iba asando la carne ensartada en varas de aliso.

 

—¿Llegarán hasta aquí?

 

Tegid cogió un trocito de carne, la probó y dio una vuelta a la vara.

 

—Sí.

 

—¿Pronto?

 

—Cuando hayan acabado con el caballo que les dejasteis.

 

—¿Qué tenemos que hacer?

 

—Acercar los caballos a las fogatas y tener la lanza al alcance de la mano.

 

Como un eco a las palabras de Tegid, se oyó un aullido feroz, largo, sanguinario. Se me puso la piel de gallina, y a Twrch se le erizaron los pelos del lomo. Entonces me di cuenta de que aquella noche nadie iba a pegar ojo.

 

 

 

 

29

 

LA MATANZA NOCTURNA

 

El rey Meldryn apareció en el círculo

 

de luz y se acercó al fuego; había estado paseando solo entre las fogatas de su pueblo. Se detuvo a cierta distancia y le indicó por señas a Tegid que se reuniera con él. Conferenciaron unos instantes. No oía nada de lo que cuchicheaban, pero estuve contemplando atentamente al rey. El viaje lo estaba cambiando.

 

Ya no era el mismo hombre que había conocido en Sycharth. Meldryn estaba encorvado, ojeroso, rendido. Sí, estaba muy cansado, como lo estábamos todos, pero en el monarca se evidenciaba algo más que cansancio. Era como si el viaje en sí mismo o el inclemente viento de sollen le estuviera arrebatando el espíritu y la energía. Sus ojos ya no brillaban; ya no llevaba la cabeza ni los hombros erguidos. El Soberano Señor Meldryn era como una torre que comenzara a derrumbarse por dentro. Daba pena verlo.

 

Cuando hubieron terminado de hablar, Tegid regresó. Me levanté para ofrecerle al rey mi sitio junto al fuego, pero Meldryn me hizo una seña para que volviera a sentarme y se alejó para continuar su incansable caminata entre las hogueras del campamento.

 

Por lo que yo sabía, Meldryn Mawr no había dirigido la palabra a nadie, excepto a Tegid, desde que salimos de Sycharth. Todo lo que deseaba comunicar se lo decía al bardo, y Tegid cumplía las órdenes del rey o las transmitía a los demás.

 

—¿Por qué no quiere hablar el rey? —pregunté cogiendo un pincho de carne asada.

 

—Ha tomado sobre sus hombros la pesada carga del geas —respondió Tegid—. Las voces de sus difuntos han enmudecido. Por eso el rey permanecerá en silencio hasta que se reúna con ellos o hasta que las voces de su pueblo sean oídas otra vez en Sycharth.

 

Recordaba las palabras que había pronunciado Meldryn la noche que

 

abandonamos Sycharth, aunque entonces no las había interpretado al pie de la letra.

 

—Pero habla contigo.

 

—La corona se recibe del Bardo Supremo, que posee el poder de otorgar o retener la dignidad real. Es el bardo el único que se acerca al rey sin doblar la rodilla. Por eso Meldryn puede hablar con su bardo sin violar el geas.

 

Había oído hablar de esos extraños tabúes. Pero nunca había tenido ocasión de observar uno y quería saber más detalles.

 

—No lo entiendo —dije mordiendo un trozo de carne del pincho de aliso y chupando su jugo caliente y sabroso; luego cogí otro pedazo y se lo di a Twrch, que seguía acurrucado a mis pies aunque hacía rato que habían cesado los aullidos de los lobos—. Por lo que dices, parece como si el bardo estuviera por encima del rey.

 

Tegid se llevó un pedazo de carne a la boca y lo masticó con aire pensativo.

 

—No es una cuestión de jerarquías —repuso después de tragarlo—. La voz del bardo es la voz de todo el pueblo: de los vivos, de los muertos, de los que aún tienen que nacer. Del bardo recibe el rey la sabiduría; y por boca del bardo son comunicadas las sentencias del monarca. La palabra del rey es la ley para el pueblo, que debe someterse a él, pero el rey debe someterse a su vez a una autoridad más alta: a la de la dignidad real. Es deber del bardo sostener la ley de la corona en nombre del pueblo, para que el rey no se llene de soberbia y olvide su lugar.

 

—Así que para un rey hablar con un bardo no es como hablar con un jefe de clan cualquiera —concluí—. Es como hablar consigo mismo. ¿Es esto lo que quieres darme a entender?

 

Tegid sonrió y me resultó muy grato contemplar de nuevo su sonrisa.

 

—Lo has dicho tú, no yo.

 

—Bueno, pero ¿es así?

 

—Para un rey hablar con su bardo es hablar con la fuente de su realeza. Es como recibir consejo de su propia alma o del alma de su pueblo. El vínculo entre el rey y su bardo no es equiparable a ningún otro.

 

—Ya voy entendiendo —dije—. Bueno, si yo fuera rey, me gustaría tener un bardo como tú, Tegid.

 

Quería hacerle un cumplido, pero Tegid dejó de comer y me miró fijamente.

 

—¿He dicho algo malo?

 

No me contestó, pero su mirada tenía una expresión perturbadora, como si estuviera viendo a través de mí o viéndome con un aspecto totalmente diferente. Su escrutinio me hizo sentir incómodo.

 

—Escucha, Tegid, no quería decir nada en especial. Perdóname si he dicho algo inconveniente.

 

Tegid se relajó y empezó a comer otra vez. Yo ardía en deseos de saber qué había dicho para alterarlo de aquel modo, pero no me vi con ánimos de meter otra vez el dedo en la llaga. Acabamos de comer en un silencio un tanto cargado. Pensé en otro señor que también se había enfrentado a la muerte sin emitir ni un sonido: el uro que habíamos matado aquella tarde. Mientras se le escapaba la vida derrumbado sobre la nieve, el joven toro no había soltado ni un gemido, ni un grito. La bestia se había enfrentado a la muerte en silencio. Y ahora su carne nos alimentaba y nos mantenía con vida.

 

Tal reflexión me llevó a pensar en el otro uro, el que había desaparecido ante nuestros ojos. ¿Adónde había ido?

 

No cesaba de preguntármelo mientras masticaba el último bocado de carne. Y, cuantas más vueltas le daba, más seguro estaba de saber adónde había ido. Ésa convicción me hizo estremecer y temblar de agitación igual que cuando aquella tarde había oído mencionar a los uros. Me dije a mí mismo que aquello era absurdo, que no tenía manera de asegurarlo, que sin duda había otra explicación más lógica.

 

Sin embargo, aquella extraña sensación y aquella desconcertante seguridad persistían en mi interior. Oí una voz —quizá la mía, pero muy remota— que me decía como si susurrara desde la otra punta de un larguísimo pasillo: «Es verdad, Lewis. Sabes muy bien que es verdad. Sabes muy bien adónde ha ido a parar el uro. ¡Dilo! ¡Exprésalo con palabras!».

 

Alejé tan inquietante pensamiento y me eché en las pieles junto al fuego. Tegid había extendido sobre la nieve unas brazadas de agujas de pino para

 

que durmiéramos mejor. Me acosté junto al fuego y me tapé con el manto. Siguiendo el consejo de Tegid, tenía la lanza al alcance de la mano y la espada a mi lado. Twrch se acurrucó junto a mí y apoyó el hocico en mi brazo. Era un lecho frío pero más o menos seco.

 

Cerré los ojos, pero no podía dormir. Sabía que no conciliaría el sueño hasta que admitiera que lo que había imaginado podía ser verdad.

 

Pero ¿cómo reconocer una cosa así? Era absurdo, ridículo. No obstante…, ¿y si era cierto? Me di la vuelta y me arropé aún más en el manto.

 

«¡Dilo!».

 

Me senté y me quité el manto. El montículo, la lanza —ni más ni menos que la lanza de Simon—, el uro herido… Todo tenía sentido y todo era a la vez un absurdo. Pero ¿y si era cierto?, ¿y si lo era?

 

Con paso vacilante me alejé de la hoguera arrastrando el manto. Tegid me llamó pero no le respondí. Deambulé por el campamento dando vueltas a la misma pregunta: ¿cómo era posible? Mi idea era absurda. ¿Cómo iba a ser posible?

 

Mientras vagaba de un lado a otro, me asaltó otra voz: «Una brecha se ha abierto entre los mundos y cualquier cosa puede caerse por ella».

 

Me detuve y admití como seguro lo que había sospechado: el uro herido, enloquecido de pánico y dolor, se había caído por el portal abierto que daba al otro mundo, al mundo que yo había abandonado y casi olvidado.

 

Pero ¿cómo podía ser? ¿Cómo era posible que el uro que habíamos cazado aquel día fuera el mismo animal que había acabado por llevarnos a mí y a Simon al Otro Mundo? ¿Cómo era posible que la lanza que había tenido en mis manos cuando desayunábamos en la granja Grant fuera la misma que había arrojado Simon?

 

No sabía la respuesta. Pero sí estaba seguro de una cosa: por mucho que hubiese intentado olvidarlo, por mucho que hubiese intentado negarlo, odiaba tener que recordar que yo era en aquel mundo un extranjero, un intruso, un furtivo. Cuando todo estuviera dicho y hecho, ya no habría lugar para mí en el Otro Mundo. Y no podría quedarme por mucho que lo deseara; y en verdad lo deseaba desesperadamente. Aquélla idea me llenaba de congoja, porque ya no podía concebir otra vida más que aquella que ya me resultaba completamente

 

familiar. Me dije a mí mismo: «El día en que regrese a mi mundo, será el día de mi muerte».

 

Cuando empecé a sentir más frío, regresé junto a nuestra hoguera. Tegid me estaba aguardando. Echó más leña al fuego mientras yo me envolvía en el manto y me sentaba.

 

—Meldryn Mawr es realmente un rey poderoso, y muy rico —dijo de pronto.

 

—Es cierto —asentí yo.

 

En realidad no lo sabía con certeza, pero creía que así era porque había visto sobradas evidencias de su riqueza.

 

—¿Has visto alguna vez su tesoro? —preguntó el bardo.

 

—No —respondí.

 

—No tiene ninguno.

 

—¿No? ¿Por qué?

 

—Sería una ofensa a la dignidad real —repuso con sencillez Tegid, y al fin entendí que había retomado nuestra conversación sobre la naturaleza de la dignidad real.

 

—Pero amontona riquezas —objeté, sintiendo la extraña urgencia de defender mi suposición, aunque no sabía muy bien por qué—. Tiene oro, plata y joyas. Lo he visto.

 

—La riqueza existe para el rey —salmodió Tegid—. Y el rey existe para el pueblo. Un rey usa su riqueza para el bien de todos, para robustecer a su clan. El rey sólo atiende al bienestar del clan, nunca al suyo.

 

—El pueblo cuida del rey —musité— y el rey cuida de ellos.

 

Parecía un acuerdo justo. ¿Qué otro mejor podía haber?

 

—No lo juzgues a la ligera —dijo Tegid partiendo una rama y echándola al fuego—. El rey no se pertenece a sí mismo. Su vida es la vida de la tribu. Un verdadero rey no vive para él; sólo posee la vida que consagra a su pueblo.

 

Reflexioné unos momentos.

 

—Y Meldryn Mawr es un verdadero rey —apostillé.

 

Desde luego; nunca lo había puesto en duda.

 

—Sí —afirmó Tegid con solemne rotundidad—. Lo es.

 

No tenía idea de por qué Tegid juzgaba tan necesario dejar claro ese punto. Pero la conversación cesó tan bruscamente como había empezado. Me quedé dormido, pero no durante demasiado tiempo. Me pareció que apenas había cerrado los ojos cuando se reanudaron los aullidos.

 

Me desperté y me puse en pie lanza en ristre sin saber exactamente lo que me había despertado. Miré en torno. Tegid seguía sentado junto al fuego. Alzó la cabeza.

 

—Ya han terminado con el caballo —explicó—. Sus exploradores han estado observándonos y han regresado a decirles lo que han visto.

 

Los lobos eran unas criaturas astutas, inteligentes y agresivas. Los aullidos que resonaban en el bosque a nuestro alrededor eran muy inquietantes, no como los que habíamos oído antes. Eran agudos y penetrantes, cortaban el frío aire de la noche como cuchillos.

 

—Los lobos de las montañas son muy grandes —dijo Tegid.

 

—¿Por qué no los hemos oído hasta hoy?

 

—Llevan varios días siguiéndonos, aguardando este momento.

 

—¿Atacarán?

 

—Es un sollen muy duro. Hace mucho frío, los gamos escasean y los lobos están hambrientos. Cuando el hambre sea mayor que su miedo, atacarán.

 

Los aullidos iban en aumento; eran cada vez más fuertes, y los gritos de otros lobos se iban añadiendo a la misteriosa canción nocturna. Despiadado, insaciable, feroz y salvaje, era un sonido que aterrorizaba, acobardaba y paralizaba. Sentí su eco en mis entrañas y tuve que luchar con el deseo de salir huyendo.

 

El rey Meldryn vino a nuestro encuentro, lanza en mano. Tegid se levantó y se reunió con él; tras hablar unos instantes, el bardo se volvió hacia mí.

 

—Ve con el rey —me indicó—. Pase lo que pase, mantente siempre a su derecha.

 

El rey se acercó a la hoguera y cogió una rama encendida. Me dio la tea y cogió otra para él. Corrimos hacia los caballos. El rey había ordenado que éstos fueran vigilados en el límite del campamento en grupos de ocho o diez, entre el bosque y el río, y la línea de vigilancia se extendía de un extremo a otro del campamento. Tomamos posiciones a la cabeza del primer puesto de guardia. Otros guerreros se unieron a nosotros, a pocos pasos unos de otros, de modo que pronto pude divisar una línea de llameantes antorchas que se prolongaba alrededor del campamento.

 

A lo largo de toda la línea, se había amontonado a intervalos una considerable cantidad de maleza y leña. Cuando los aullidos de los lobos se oyeron más cerca, prendimos fuego a los montones. Aguardamos empuñando las armas mientras el bosque se hacía eco de los salvajes gemidos. Siguieron resonando un buen rato y después, de pronto, cesaron. En el repentino silencio el siseo de las antorchas retumbaba en mis oídos.

 

Escrutaba la oscuridad. La noche fría, sin luna, negra como la pez, nos acosaba por doquier y apenas veía nada más allá del resplandor de mi antorcha. Los lobos nos verían mucho antes de que nosotros los viéramos a ellos. Oí un ruido detrás de mí, me volví lanza en ristre y vi que el príncipe Meldron y el paladín del rey, Paladyr, venían hacia nosotros. Ambos llevaban teas y espadas y corrían por la nieve con bastante premura.

 

Se dirigieron directamente al rey.

 

—Padre y señor —dijo el príncipe—, permíteme que vaya con mis guerreros al encuentro de los lobos. Podríamos alejarlos del campamento y así nunca llegarían a los caballos.

 

El rey escuchó a su hijo mirándolo fijamente a la luz de las antorchas pero no le respondió. El príncipe echó una mirada a Paladyr, tomó aliento y prosiguió con su súplica.

 

—Padre, esta simple línea de defensa no tiene sentido. Con seguridad la romperán. ¿Y qué ocurrirá cuando las teas se apaguen? No podemos mantener las hogueras encendidas toda la noche. Tan pronto como se apaguen, los lobos nos atacarán.

 

El rey no respondió nada.

 

—¿Me has oído, padre? —preguntó Meldron levantando la voz—. Permíteme salir a caballo para ahuyentar los lobos. ¡Será nuestra mejor

 

protección!

 

Como yo también estaba allí mirándolo, el príncipe Meldron se encaró conmigo.

 

—Tú vendrás conmigo —ordenó; luego se dirigió otra vez al rey—. Pero, padre, debemos salir ahora mismo, mientras todavía estemos a tiempo.

 

Como yo no había hecho el menor movimiento se dirigió a mí otra vez.

 

—¿Qué me dices?

 

—Me honra que me incluyas entre tus guerreros —respondí—, pero mi puesto está junto al rey.

 

—Los guerreros de mi padre están bajo mi mando —replicó, enfadado—.

 

Ya te he dicho que vendrás conmigo.

 

—Te pido disculpas, príncipe Meldron. Tegid me ha ordenado que permanezca en todo momento junto al rey.

 

—¡Y yo te ordeno que vengas conmigo! —gritó el príncipe—. Yo soy quien comanda la banda de guerreros, no Tegid.

 

Se dirigía a mí con extrema seguridad en sí mismo. Paladyr, en cambio, serio e imponente tras el príncipe, no parecía tan seguro y frotaba nerviosamente en la nieve la punta de su lanza.

 

—De nuevo debo pedirte disculpas, señor —contesté—. He prometido servir al bardo, y Tegid me ha ordenado permanecer junto al rey.

 

—¡Tegid! —gritó el príncipe con frustración—. ¡Tegid no tiene autoridad alguna sobre mí! ¡No le corresponde a él dar órdenes! ¡Harás lo que yo te mande!

 

Dio un paso hacia mí, pero el rey esgrimió en alto la lanza y lo detuvo.

 

Quizá Tegid oyó que se había pronunciado su nombre, porque oímos un grito y lo vimos apresurarse hacia nosotros.

 

—¿Algo va mal aquí? —preguntó.

 

—¡Tú! —exclamó colérico el príncipe—. Yo soy quien comanda la banda de guerreros, no tú. Es una locura quedarse aquí esperando a que los lobos ataquen. Yo sostengo que debemos salir a su encuentro a caballo y alejarlos de una vez.

 

—Las órdenes del rey son muy diferentes —repuso Tegid con voz tranquila.

 

—¡Padre! —espetó Meldron—. Dile a este insolente perro de bardo que yo soy quien comanda a los guerreros.

 

Tegid se acercó al rey, y Meldryn Mawr le susurró algo al oído. Tegid miró al príncipe.

 

—El rey te ha oído —le dijo fríamente—. Desea recordarte que es él quien ostenta la autoridad sobre todo lo que ocurre en este reino. Te ruega que regreses a tu puesto y defiendas al pueblo tal como te han ordenado.

 

Meldron se quedó unos instantes con la mirada fija; luego, con un gruñido de rabia e impotencia, arrojó la antorcha a la nieve. La tea crepitó y se fue apagando mientras el príncipe se daba la vuelta y se alejaba a toda prisa.

 

Paladyr miró primero al monarca, que lo contemplaba con aire inexpresivo, y después miró al príncipe que se alejaba. Pareció unos momentos indeciso. Entonces el paladín del rey se giró y siguió a Meldron.

 

—Que así sea —murmuró Tegid—. Paladyr ha hecho su elección.

 

Yo no entendí del todo las implicaciones del altercado que acababa de presenciar. Pero tampoco tuve tiempo de reflexionar en ello, porque alguien soltó un grito de alarma en la línea de defensa. Miré en dirección al grito y percibí un fantasmal destello entre los árboles.

 

Escruté el bosque y al principio no pude distinguir nada en la oscuridad reinante. Pero enseguida vislumbré el débil destello dorado de unos ojos, como una chispa entre los árboles, y oí el susurro rápido y casi silencioso de unas pisadas.

 

No vi al lobo hasta que lo tuve delante, y era mucho mayor de lo que esperaba. Había imaginado una criatura del tamaño de nuestros perros, que no eran en modo alguno pequeños. Tegid me había avisado que los lobos eran enormes, pero aquel animal parecía tener el tamaño de nuestros ponis.

 

Patilargo, flaco y gris, el lobo se acercaba con la rapidez del humo empujado por el viento. Sería difícil describir una visión más espantosa que aquélla: los estrechos ojos le brillaban como carbones encendidos; el hocico, largo y afilado, dejaba ver unas babeantes mandíbulas armadas de feroces dientes; los pelos entre los sobresalientes omóplatos se le erizaban de furia.

 

En resumen, era una aparición concebida para inspirar horror y pánico en sus presas.

 

Su aspecto me llenó de pavor, que fue creciendo a medida que el animal se acercaba. Vi los feroces colmillos, el destello amarillo de los ojos, los robustos huesos bajo la piel erizada. Blandí con fuerza la lanza manteniendo el astil de fresno entre las costillas y el brazo. Menos de doce pasos me separaban de la fiera.

 

Si el lobo atacaba, no estaba seguro de poder mantenerme firme. Pero, cuando la fantasmal criatura hubo salvado de una carrera el último árbol, se desvió. Dada la larga zancada del animal, habría podido saltar por encima de mí e ir a parar en medio de los caballos. Pero se limitó a gruñir y aullar a lo largo de la línea de antorchas dispuestas por el rey.

 

Al cabo de unos instantes se reunieron con él unos seis lobos más, entre ellos un enorme animal negro que era el líder de la manada. Miré hacia el bosque sólo un momento y cuando volví a observar a los lobos ya había diez más. Poco después, no menos de veinte. Recorrían una y otra vez la línea de antorchas gruñendo y enseñando ferozmente los dientes.

 

El tumulto que armaban era amilanante y tenía como objeto sembrar entre nosotros el terror y la confusión. En cuanto rompiéramos la línea, los lobos la atravesarían y nos atacarían por detrás. Ésa era su táctica. A los lobos no les falta valor, pero no luchan si no pueden hacerlo con la ventaja que les procuran el sigilo y el engaño.

 

Como nos manteníamos en nuestras posiciones, los lobos aullaban con ciega furia. De vez en cuando, uno de ellos se acercaba a la línea de antorchas mostrando los colmillos; los hombres gritaban, blandían las lanzas y el lobo retrocedía y se ponía de nuevo fuera del alcance de éstas.

 

—Están poniendo a prueba nuestro valor —observó Tegid—. Si nos mantenemos firmes, a lo mejor se van.

 

A juzgar por la feroz determinación de los animales, pensé que era una suposición muy optimista. El duro invierno y el hambre habían aumentado su audacia. Además, habían visto a los caballos…, y los caballos habían visto a los lobos. Los asustados animales gañían y relinchaban, agitando sus testas nerviosamente, con los ojos desorbitados por el terror.

 

Los lobos seguían sin atacar. No les gustaban las antorchas ni el brillo de

 

las lanzas. Aullaban de rabia, pero no podrían alcanzar a los caballos mientras nuestra línea se mantuviera firme.

 

El sencillo plan del rey había dado resultado. Sólo teníamos que permanecer a pie firme y los lobos no se atreverían a atacar. Pese a su tremendo tamaño, no estaban tan hambrientos ni eran tan audaces como para enfrentarse a las teas y a las lanzas que enarbolábamos. Aunque era terrible tener que permanecer quietos ante ellos, estábamos a salvo.

 

Al cabo de cierto tiempo, vi que los lobos empezaban a dar muestras de cansancio; el frenesí de su asedio los fatigaba. Sus carreras no eran ya tan veloces ni su desafío tan constante. Las amenazadoras fintas comenzaron a ser menos frecuentes; les colgaba la lengua y les pesaban los delgados flancos.

 

De pronto, el negro jefe de la manada se detuvo jadeante unos momentos; luego volvió grupas y se internó en la espesura. Reconocía así que los habíamos vencido. Estábamos a salvo. Nadie había resultado herido y no habíamos perdido ni un solo caballo. Habíamos ganado. Los lobos se retiraban.

 

Con la intención de comunicárselo al rey, volví la cabeza y me quedé sin aliento: Meldryn Mawr estaba sonriendo. Pero, antes de poder articular palabra, oí un terrible grito de guerra. La sonrisa se desvaneció de los labios del rey mientras dirigía la mirada hacia la línea de antorchas. Miré hacia el sonido y vi que alguien, allá lejos, en las posiciones ocupadas por el príncipe Meldron y sus guerreros, se precipitaba en pos de los lobos agitando una antorcha y animando a los demás a seguirlo.

 

Era el príncipe. La línea defensiva se rompió mientras Meldron y su Manada de Lobos se lanzaban a perseguir a las fieras adentrándose en el bosque.

 

—¡Están locos! —gritó Tegid—. ¡Conseguirán que nos maten a todos!

 

El bardo intentó detenerlos.

 

—¡Deteneos! —gritó Tegid—. ¡Mantened vuestras posiciones en la línea!

 

Si es que lo oyeron, no se dignaron obedecerle. El príncipe y sus guerreros estaban ansiosos por perseguir a los lobos. Uno de ellos arrojó una lanza y vi que uno de los lobos de la retaguardia caía sobre las patas traseras. Con un

 

tremendo aullido, el animal herido agitó los cuartos traseros para desprenderse de la lanza.

 

El hombre corrió hacia el lobo. Brilló la hoja de un cuchillo y poco después el lobo yacía muerto en la nieve. El guerrero, que no era otro que Simon, recuperó su lanza y soltó un alarido de triunfo. Se dio la vuelta y levantó la lanza para animar a otros guerreros a seguirlo. Enardecidos por aquella hazaña, varios hombres rompieron filas y se apresuraron tras los lobos.

 

Los guerreros desaparecieron en la espesura. Sus antorchas parpadeaban entre los árboles; sus gritos se mezclaban en la oscuridad del bosque con los aullidos de los lobos. Y entonces, tan repentinamente que nos cogieron desprevenidos, los lobos aparecieron otra vez.

 

No podría decir si estaban escondidos muy cerca o si reanudaban el ataque acosados por los guerreros. Pero allí estaban; simplemente aparecieron y sin la menor vacilación se lanzaron por la brecha abierta en las filas por la deserción del príncipe Meldron y sus hombres.

 

En un abrir y cerrar de ojos todo devino caos y confusión: los hombres corrían, los caballos se encabritaban, las lanzas brillaban y las antorchas resplandecían por doquier. Los gritos de los hombres y los relinchos de los caballos ensordecían los demás ruidos.

 

—¿Qué debemos hacer? —pregunté a gritos a Tegid.

 

—¡Mantener las posiciones! —contestó, y echó a correr a lo largo de la línea llamando a los hombres—. ¡Quédate junto al rey! —me ordenó volviéndose hacia mí.

 

Logramos resistir a pie firme y los lobos no intentaron siquiera atacarnos. Centraron su ataque en el punto más débil de nuestra línea, sin hacer caso de los otros en los que permanecían hombres a la defensiva. Tegid corría a toda velocidad hacia el lugar del desastre, pero, antes de que pudiera lograr cerrar la brecha, uno de los caballos rompió la cerca y se encabritó. Unos cuantos hombres corrieron a coger las bridas y se lanzaron valientemente a detener la carrera desbocada del animal, pero no lo consiguieron.

 

Los caballos, aterrorizados por los lobos, la algarabía y el fuego no pudieron ser detenidos y se precipitaron desbocados en el bosque. Los lobos aprovecharon tan excelente oportunidad y corrieron tras ellos; todo había

 

transcurrido en escasos minutos. Los lobos habían desaparecido de nuevo y con ellos muchos caballos.

 

Permanecimos aguardando un rato, escuchando los aullidos de los lobos y los relinchos de los caballos que cabalgaban enloquecidos y a ciegas por el bosque. Pero los lobos no volvieron a aparecer. El eco de la persecución fue cediendo y haciéndose más débil a medida que los animales se internaban en la espesura. Poco después todo quedó en silencio.

 

Cuando comprendimos que el ataque había terminado, el rey arrojó su antorcha y recorrió la línea camino de las posiciones abandonadas por el príncipe y sus hombres. Tras titubear un instante, fui tras él. Al fin y al cabo, Tegid me había ordenado que permaneciera siempre a su lado. Juntos acudimos a toda prisa al escenario del ataque de los lobos.

 

Por la cantidad de sangre que vi en la nieve, iba preparado para lo peor. Cinco hombres habían resultado heridos, destrozados y despedazados por los lobos, pero no estaban muertos. Cuatro caballos estaban derribados en el suelo, dos muertos con las gargantas desgarradas; ocho más habían huido al bosque. Los lobos los acosarían hasta darles caza; no volveríamos a verlos jamás.

 

El rey contempló el desastre con rostro inexpresivo.

 

—Hemos perdido doce caballos —le informé.

 

Mientras lo decía, los dos caballos heridos fueron liberados de su agonía; un certero lanzazo tras la oreja acabó con sus sufrimientos.

 

Cuando el príncipe Meldron y sus hombres regresaron, las mujeres habían lavado con nieve y vendado las heridas de nuestros guerreros. El príncipe echó una rápida ojeada a los heridos y se dirigió hacia nosotros.

 

—Hemos alejado a los lobos —declaró con orgullo limpiándose el sudor de la frente.

 

Sus guerreros se apostaron detrás de él. A la luz vacilante de las antorchas, el vapor de su aliento brillaba como plata y se quedaba en suspenso sobre sus cabezas.

 

—Ya no volverán a molestarnos —añadió con jactancioso optimismo el príncipe—. Hemos sembrado el miedo en sus cobardes corazones.

 

—¿A cuántos habéis matado? —preguntó con aspereza Tegid.

 

Oí en su voz el cortante y frío matiz de la cólera.

 

Los congregados tras el príncipe también lo oyeron y murmuraron siniestramente. Sin embargo, Meldron sonrió y alzó la mano para silenciarlos.

 

—Siawn mató a uno, como bien sabéis —replicó en tono afable.

 

—Sí —repuso Tegid—. ¿Y a cuántos más matasteis?

 

—Ninguno más —contestó el príncipe con voz neutra—. No matamos a ninguno más. Pero tampoco sufrimos ninguna baja.

 

—¿Ninguna baja? —le espetó Tegid—. Doce caballos perdidos y cinco hombres heridos… ¿Acaso lo consideras una victoria?

 

El príncipe miró a su padre, que a su vez lo contemplaba fijamente.

 

—Pero los pusimos en fuga —insistió Meldron—. No se atreverán a atacarnos otra vez.

 

—¡Ya lo han hecho! En el momento en que abristeis una brecha en la línea, los lobos volvieron y atacaron por el lugar que habíais abandonado.

 

—No ha muerto nadie. Les hemos demostrado que sabemos luchar. — Alzó la lanza y entre sus guerreros se levantó un murmullo de aprobación.

 

—Lo único que les has demostrado, príncipe Meldron, es que valía la pena que volvieran: doce caballos a cambio de un solo lobo muerto. Ni siquiera notarán la pérdida —dijo Tegid con la voz alterada por la furia—. Puedo asegurarte que volverán otra vez. Nos acosarán desde esta noche hasta que lleguemos a Findargad, porque les has demostrado magníficamente que la ganancia es mucha y el riesgo poco. A estas horas deben de estar riéndose de la facilidad con que nos han burlado. Los lobos volverán, príncipe Meldron. Puedes apostar la vida.

 

El príncipe miró a Tegid con el entrecejo fruncido y los ojos preñados de odio.

 

—No tienes autoridad alguna sobre mí —gruñó Meldron—. Para mí no eres nadie.

 

—Soy el bardo de tu pueblo —replicó Tegid—. Has desafiado las órdenes del rey. Por tu culpa cinco hombres han resultado heridos y hemos perdido doce caballos.

 

Meldron le dirigió una mirada altanera.

 

—Todavía no he oído decir al rey que esté enfadado conmigo. Si mi padre está disgustado, deja que sea él quien me lo diga.

 

El príncipe miró a su padre. El rey Meldryn miró a su hijo pero no dijo nada.

 

—¿Lo ves? —rio el príncipe—. Ya me lo imaginaba. El rey está satisfecho. Métete en tus asuntos, Tegid Tathal, y no me molestes con tus tonterías. Si no llega a ser por mí, aún estaríamos luchando con los lobos. Los he puesto en fuga. Pronto tendrás que darme las gracias.

 

A la luz de las antorchas el rostro de Tegid aparecía muy pálido.

 

—Gracias a ti, oh príncipe impetuoso, tendremos que volver a vérnoslas con los lobos. Gracias a ti, doce personas que podrían ir a caballo tendrán que caminar a pie por la nieve. Gracias a ti, cinco cuerpos que gozaban de salud tendrán que soportar el dolor y quizá la muerte.

 

Creí que el príncipe iba a estallar de cólera. Se le hinchó el cuello, y los ojos se le empequeñecieron aún más.

 

—No permito que nadie me hable en ese tono —siseó—. Soy un príncipe, un caudillo de guerreros. Si en algo aprecias la vida, cállate.

 

—Y yo soy el bardo de tu pueblo —contestó Tegid, recordándole una vez más al príncipe su autoridad—. Hablaré en el tono que se me antoje necesario. Ningún hombre, y un príncipe o un rey menos que nadie, puede osar refrenar mi lengua. Harías bien en tenerlo siempre presente.

 

El príncipe se debatía entre la rabia y la frustración. Apeló silenciosamente a su padre, mirándolo con ojos furiosos e implorantes a un tiempo. Pero el rey apenas se dignó devolverle la mirada, escudado en su silencio de piedra. El príncipe, humillado por aquella falta de apoyo, giró de pronto sobre sus talones y se alejó. Los hombres que se consideraban propiedad del príncipe lo siguieron. Paladyr, el paladín del rey, estaba entre ellos.

 

 

 

 

30

 

LA BATALLA DE DUN NA PORTH

 

Tegid no hizo sino expresar la más

 

cruda verdad al decir que volveríamos a ver a los lobos. Envalentonados por su victoria, nos persiguieron, deslizándose en silencio a través del nevado bosque durante el día y acechándonos furtivamente durante la noche en el límite de las hogueras del campamento.

 

—Han comido bien —dijo Tegid—. Por ahora están saciados, pero debemos permanecer en guardia —añadió señalando los agudos picos que se alzaban ante nosotros—. Pronto saldremos del bosque. Cuando vean que tomamos las veredas de la montaña, nos atacarán otra vez.

 

—Pero no nos seguirán por las montañas —declaré yo con optimismo, porque no me parecía probable que los lobos siguieran persiguiéndonos cuando abandonáramos la protección de los árboles.

 

—¿Quieres apostar algo? —me preguntó el bardo maliciosamente; luego, adoptando un aire grave, añadió—: No miento al decir que jamás se habían visto lobos como ésos.

 

—¿Tan obstinados?

 

—Tan astutos.

 

Entendí perfectamente lo que quería decir. Desde el día del ataque, había notado la presencia de ojos invisibles que nos espiaban. De vez en cuando me daba la vuelta para mirar por encima del hombro o echaba una mirada de soslayo a ambos lados de la senda del bosque. Sólo muy de tanto en tanto pude sorprender la sombra furtiva y fantasmal de un lobo que se deslizaba en la oscuridad.

 

Para mayor seguridad avanzábamos siguiendo la ribera del río. Y, aunque el cauce se estrechaba y el camino se hacía más escarpado, el alto bancal rocoso nos brindaba una cierta protección y las aguas impetuosas del río no estaban heladas. Por la noche encendíamos grandes hogueras, y los guerreros se turnaban para vigilar desde el crepúsculo hasta el alba. A mí también me

 

tocó velar en esas noches que parecían interminables: arropado en el manto, pateaba para entrar en calor, me daba palmadas para mantenerme despierto y alerta, y escrutaba el vacío de las tinieblas por si sorprendía el fantasmal destello de algún ojo salvaje; luego regresaba junto al fuego y caía en un sueño intranquilo e inquieto hasta que el sol se levantaba.

 

A decir verdad, tampoco veíamos el sol. El mundo estaba tan encapotado y nevado que se habría dicho que era un mundo sin luz y sin calor. Parecía como si sollen se hubiera enseñoreado de Albión y hubiera condenado a las demás estaciones a un exilio eterno. Todas las mañanas, al despertar, oía otra vez lo que Tegid me había dicho: «La estación de las nieves no acabará hasta que Nudd sea derrotado».

 

El camino fue estrechándose hasta convertirse en un dificultoso sendero de roca. El bosque fue haciéndose cada vez menos espeso y los árboles, más pequeños, esmirriados y deformados por el constante castigo del viento, fueron espaciándose como si en su miseria se esquivaran unos a otros. El cielo cargado de hielo parecía acercarse a medida que íbamos subiendo. Jirones desprendidos de las nubes y ráfagas perdidas de nieve tapaban el camino cada vez más inseguro. Y, cuando volvíamos la vista atrás, sólo veíamos un nevado desierto blanco salpicado de grises bloques de piedras y peñas del tamaño de una casa. Ascendíamos por encima del límite del bosque acercándonos lentamente al desfiladero que conducía al corazón de piedra de Cethness.

 

Día a día el sendero se hacía más empinado; día a día el viento era más frío; día a día las nevadas eran más intensas. Y cada día caminábamos bastante menos que la víspera. Todas las noches me dolían las espinillas y los muslos por el esfuerzo de la escalada, me ardían las manos y la cara por el castigo del viento y tenía que masajearme para que mis entumecidos miembros entraran en calor.

 

Acarreamos tanta leña como pudimos del bosque y la transportamos a lomos de los caballos. Pero las noches eran terriblemente frías en aquellas alturas azotadas sin cesar por los gemidos y lamentos del viento, y nos veíamos obligados a consumir grandes cantidades del precioso combustible en un vano esfuerzo por calentarnos.

 

Había creído que abandonar el bosque significaba por lo menos vernos libres del acoso de los lobos, pero estaba muy equivocado. La segunda noche

 

que pasamos más arriba del lindero, mientras estábamos acampando, los oímos una vez más; encaramados en las rocas lanzaban al aire sus terribles aullidos. Al día siguiente los divisamos en el sendero detrás de nosotros. Ya no se molestaban siquiera en ocultarse. Sin embargo, no nos atacaron ni tampoco abandonaron el acoso, aunque ponían buen cuidado en guardar una cierta distancia.

 

Comencé a pensar que no nos atacarían otra vez. ¿Por qué iban a hacerlo? Lo único que tenían que hacer era aguardar pacientemente a que uno a uno fuéramos cayendo en el camino. Se conformarían con los rezagados, matarían a cualquiera que se quedara atrás, devorarían a los que estaban demasiado débiles o tenían demasiado frío para seguir avanzando. Por eso, el rey ordenó a los guerreros que protegieran la retaguardia, tanto para ayudar a los que desfallecieran como para impedir que los lobos se acercaran demasiado.

 

Avanzábamos penosamente por la nieve, sendero arriba, subiendo sin cesar en medio del inhóspito y helado viento. El frío, el hambre y el cansancio se aliaban contra nosotros. Pese a las medidas del rey, la gente comenzaba a desfallecer. Por la mañana, cuando levantábamos el campamento, encontrábamos cuerpos helados, grises, rígidos. A veces veíamos a alguien que se esforzaba por seguir ascendiendo, pero de pronto caía para no volverse a levantar. A veces algunos resbalaban en la nieve, al borde del camino, y no los volvíamos a ver. Enterrábamos los cuerpos que encontrábamos bajo rocas y piedras, a un lado del camino. Los que no podíamos encontrar eran pasto de los lobos.

 

Perdimos a cincuenta personas antes de llegar al desfiladero llamado la Hendedura de Rhon, una estrecha brecha entre dos montañas, donde el sendero colgaba peligrosamente sobre un precipicio, al fondo del cual caían las espumosas cataratas de un río conocido con el nombre de Afon Abwy. El caudaloso río se abría paso hacia las cañadas de la montaña, despidiendo una húmeda y blanca niebla que empapaba las rocas y se helaba sobre ellas. Toda la garganta estaba encajonada en hielo.

 

El día en que llegamos a la Hendedura de Rhon perdimos cinco hombres que cayeron en la garganta. El viento soplaba con fuerza y los infortunados perdieron pie al resbalar con el hielo y hallaron la muerte en las peñas del Afon Abwy. Yo sólo vi caer a uno de ellos y es un espectáculo que espero no volver a contemplar jamás: el desventurado cayó como un peso muerto, como

 

un trapo arrastrado por el viento, y fue rebotando en las paredes de la garganta, dando volteretas, chocando con las rocas cubiertas de hielo, hasta desaparecer entre la espuma que producía el remolino de las aguas.

 

Sólo vi caer a un hombre, pero oí los breves y agudos chillidos de los otros cuatro al resbalar. El eco de las montañas prolongó el sonido mucho después de que las víctimas hubieran muerto. No podíamos hacer nada por ellos, así que seguimos adelante.

 

El sendero de la montaña era traicionero. Escarpado, estrecho, peligroso, tortuoso, helado y cubierto de nieve, serpenteaba entre los desnudos picos con la habilidad de una serpiente. De pronto pasábamos bajo enormes lascas de piedra, y al rato teníamos que escalar por una pared de roca desnuda; unas veces teníamos que subir paso a paso por una pendiente escarpada, y otras nos veíamos impelidos de cabeza por un escabroso declive.

 

Nuestro único consuelo estribaba en que, si el viaje era duro para nosotros —y en verdad era una agonía—, no lo era menos para nuestros perseguidores. Todos los días los veíamos: a veces muy lejos de nosotros, otras a un tiro de piedra. Siguiendo al negro jefe de la manada nos perseguían día y noche, sin fatigarse, sin abandonar el implacable acoso.

 

Me iba acostumbrando a verlos y ya no los temía como antes. Pero, mientras yo me iba habituando a su amenazadora presencia, Tegid les iba cogiendo día a día más miedo. De tanto en tanto se detenía y se volvía de golpe como si quisiera sorprender algo elusivo e invisible.

 

—¿Qué haces? —le pregunté cuando había repetido el mismo movimiento sin explicación alguna.

 

Yo también escrutaba el camino que quedaba atrás por donde avanzaba la harapienta procesión de viajeros.

 

Aguzando la vista y protegiéndose con la mano los ojos de la reverberación de la nieve, me contestó:

 

—Hay algo allí atrás.

 

—Lobos…, como muy bien sabes —repuse—. ¿O acaso lo has olvidado?

 

Sacudió la cabeza con energía.

 

—No me refería a los lobos. Hay algo más.

 

—¿Qué?

 

No contestó, pero siguió escrutando el sendero un buen rato. Luego se dio la vuelta y reanudó la marcha. Yo lo seguí, pero contagiado por la inquietante sensación de un temor creciente. Me dije a mí mismo que con aquella tenaz manada de lobos a nuestras espaldas no había necesidad de buscar el origen de aquel presentimiento más allá del primero de nuestros perseguidores. Así se lo dije a Tegid, pero el bardo no pareció muy convencido. Seguía escudriñando el camino de vez en cuando, y yo también; pero no vimos nada excepto las fantasmales siluetas de los lobos.

 

Nuestros víveres se estaban acabando, y el combustible menguaba peligrosamente. Se convirtió en un tema de conjeturas qué nos mataría primero: el hambre, el frío o los lobos. Resistimos durante tres días, cansados y medio helados, hasta que el hambre nos obligó a matar el primero de los caballos. Arrancamos la carne aún caliente de los huesos y la devoramos. Limpiamos el pellejo y lo utilizamos para abrigar a los niños. El pequeño Twrch engulló con fruición jirones de asadura; guardé un hueso para dárselo después y confié el cuidado del cachorro a una niña y su madre que viajaban en mi caballo. El marido había muerto al caer por el precipicio y la mujer, abatida por el dolor, agradeció aquella pequeña diversión para su criatura. Twrch no podría haber hallado mejor guardiana y compañera.

 

El rey avanzaba siempre a la cabeza de la columna; iba a pie, no a caballo. A veces caminaba junto a Tegid, pero la mayor parte del tiempo iba solo. Cada baja le atravesaba el corazón como un cuchillo, y cargaba sobre sus hombros el dolor de cada muerte como si se tratara de la suya propia. Sin embargo, no estaba dispuesto a sacrificar a los vivos por los muertos. Seguía adelante, caminando con dificultad, encorvado, con los hombros hundidos, como si soportara en sus anchas espaldas el peso de los sufrimientos que estaba acarreando su decisión de internarse en las montañas, camino de Findargad. El rey Meldryn se mantenía firme en su propósito pese a las quejas que se levantaban contra él. Y no eran ciertamente pocas. Podríamos quedarnos sin grano, pero jamás nos faltaría el pan de la disensión. Y, cuando se agotó el último grano, la gente echó mano de esas hogazas en reserva.

 

El príncipe Meldron era el más implacable en sus reproches; él, que debería haber sido el principal apoyo de su padre, se envenenó a sí mismo y a los que lo rodeaban con toda clase de quejas y lamentos. Me harté de oír sus

 

sarcásticas burlas.

 

—¿Adónde ahora, padre? —exclamaba siempre que nos deteníamos a descansar en plena marcha—. ¡Habla, Soberano Señor! Dinos otra vez que debemos apresurarnos a llegar a Findargad.

 

Sus pullas eran cobardes; Meldron sabía perfectamente que su padre no iba a contestar, pues su geas se lo impedía: el rey no hablaría ni siquiera para defenderse de las acusaciones de su hijo.

 

Aunque me avergüenza admitirlo, pese a que tenía plena confianza en el rey, comencé a poner en duda la prudencia de su decisión. ¿Acaso no había tumbas en Sycharth? No es fácil mantener encendida la llama de la esperanza en el frío y desolado corazón de sollen. La estación de las nieves no es la época más apropiada para trazar planes para el futuro. Un paso lento tras otro: ése era todo el futuro que yo era capaz de imaginar. Un paso más, luego otro… Lo demás no me importaba nada.

 

Por fin un día divisamos Findargad: una inmensa fortaleza con innumerables torres, una magnífica corona de piedra sobre una enorme cabeza de granito erguida sobre los hombros de Cethness. Pero también divisamos finalmente a nuestros verdaderos perseguidores. He dicho «un día», pero en realidad el cielo estaba oscuro como en el crepúsculo y la nieve nos golpeaba con violencia el rostro. Vi que Tegid se detenía de pronto y se daba la vuelta como para sorprender a un ladrón que se deslizara a su espalda. Le había visto hacer lo mismo miles de veces. Pero, esta vez, vi que torcía el gesto y que sus ojos se llenaban de alarma.

 

Corrí a su lado.

 

—¿Qué ocurre, hermano?

 

No contestó, sino que alzó la vara de roble y señaló el camino que quedaba detrás de nosotros. Volví la cabeza para poder ver lo que él estaba viendo. Y lo vi. El corazón se me encogió en el pecho; me dio la sensación de que una criatura enorme se me había metido por la garganta hasta el estómago y me estrujaba las entrañas con mano de hierro.

 

—¿Qué…? —farfullé.

 

Tegid seguía rígido y silencioso junto a mí.

 

No se puede describir lo que vi. No hay palabras que puedan hacerlo. En

 

efecto, ante nuestros ojos había aparecido una monstruosa abominación de color amarillento y pies torcidos que arrastraba una tremenda tripa de ballena entre sus piernas obscenamente despatarradas; en su manchado y destrozado pelo le crecían unos penachos de cerdas negras, y sus ojos pequeños le brillaban con una malignidad bestial. Tenía una boca floja y desdentada como la de una rana, y la lengua le colgaba chorreando baba y una pútrida sustancia verdosa; le pendían unos brazos largos, flacos, fláccidos. Con las manos apretadas en puños iba arrancando y arrojando rocas mientras escalaba frenéticamente por el escarpado terreno.

 

Detrás de esta achaparrada monstruosidad surgió una hormigueante legión de engendros. ¡Un tropel de abortos monstruosos! ¡Centenares! Todos igualmente repulsivos. Vi miembros esqueléticos revolviéndose, hinchados torsos retorciéndose, rostros obscenos haciendo impúdicas muecas, pies enloquecidos lanzándose contra nosotros a toda velocidad. Me maravillaba su rapidez porque la nieve no parecía entorpecerlos en modo alguno. Tuvieran las patas largas o cortas, cuerpos gordos o esqueléticos, enormes y espantosos o esmirriados y repugnantes, todos se deslizaban por la nieve corriendo hacia nosotros en asqueroso y vomitivo tropel.

 

Nos perseguían empujados por un vendaval de odio. Su repugnante apariencia era sólo una pequeña parte de su paralizante poder; intuí que la maldad que destilaban era como un veneno atroz capaz de arruinar todo lo que tocara. Iban detrás de los lobos, azuzándolos con su rabia. Lobos y demonios, rápidos y seguros como la mismísima muerte, avanzaban todos a una sobre la nieve. ¿Quién podría resistir tan formidable ataque?

 

—Es la Hueste del Abismo —dijo Tegid en lacónico murmullo—. Los coranyid.

 

Era la Hueste Demoníaca de los Infiernos, cuya llegada había presentido Tegid silenciosamente durante días. Sin duda eran demonios, y más horripilantes de lo que cualquiera hubiera podido imaginar. Decir que vi a los malignos coranyid es como no decir nada. Mirarlos significaba contemplar el rostro de la perversidad y de la malignidad más espantosa. Eran la encarnación de la abominación y de la maldad, la pudrición convertida en carne, la muerte más allá de la muerte.

 

Mis manos perdieron toda su fuerza, mis piernas toda su energía. No tenía siquiera deseos de huir. Lo único que quería era dejarme caer en tierra y

 

cubrirme con mi manto. Y eso era, desde luego, lo que deseaban los demonios. Tenían la esperanza de detenernos antes de que llegáramos a la fortaleza del rey, aunque no sé por qué habían aguardado tanto tiempo, en vez de caer sobre nosotros en el mismo momento en que abandonamos Sycharth.

 

Por encima del hombro eché una rápida ojeada a Findargad, que se elevaba hacia los cielos a considerable distancia.

 

—La fortaleza está demasiado lejos. Nunca lograremos alcanzarla.

 

—Debemos hacerlo —replicó con energía Tegid—. Tendremos una oportunidad si conseguimos llegar a Dun na Porth.

 

Nos apresuramos a reunirnos con el rey. La noticia no pareció desanimarlo, ni siquiera sorprenderlo. Miró con ojos fatigados el desfiladero y se llevó el cuerno a los labios. Segundos después, un estremecedor sonido cortaba el frío viento con una aguda nota de alarma. Cuando el primer eco resonó en los helados picachos, el pueblo entero respondió instintivamente. Sonaron otras señales de alarma a lo largo de la procesión de fugitivos, y en un abrir y cerrar de ojos todos echaron a correr hacia la protección de la fortaleza tropezando, resbalando, patinando, hundiéndose en la nieve.

 

El desfiladero al que se había referido Tegid estaba justo delante de nosotros: Dun na Porth, la Puerta de la Fortaleza, una brecha de escarpadas paredes por la que pasaba el sendero antes de encaramarse a la aguilera donde se alzaba la fortaleza de Meldryn Mawr. Yo abrigaba escasísimas esperanzas de que pudiéramos llegar hasta sus murallas. Mientras la gente se afanaba desesperadamente por alcanzarlas, Tegid, por orden del rey, llamó a los guerreros a las armas.

 

Saqué mi espada de su funda protectora de algodón y me la ceñí a la cadera. Luego apreté con toda la fuerza de mis entumecidos dedos el astil de mi lanza y me precipité sendero abajo para reunirme con el grueso de los guerreros en la retaguardia, deteniéndome sólo para ayudar a los fugitivos que se habían caído al suelo y para animarlos a que siguieran adelante.

 

El príncipe Meldron me miró ceñudo mientras yo me apostaba con los demás guerreros, pero pronto estuvo demasiado ocupado como para discutirme mi lugar entre sus hombres. En cuanto hubo pasado el último de los fugitivos, formamos una cuña que obstruyó el camino de lado a lado. Para alcanzar a nuestro pueblo y a nuestro rey, la tropa infernal de Nudd tendría

 

primero que matarnos a nosotros. Yo no sabía si se podía matar a los demonios, ni siquiera si se los podía combatir con espadas y lanzas. Pero, si un demonio era capaz de sentir algo, estaba dispuesto a que sintiera la punta de mi espada.

 

Cuando la línea de batalla se hubo formado, me encontré aproximadamente en el centro de la segunda fila de guerreros. Blandimos las lanzas por encima de los hombros de los de la primera fila. Y, mientras Tegid y el rey conducían a los nuestros hacia el desfiladero, avanzamos lentamente sendero abajo hacia el tropel de enemigos.

 

Cuando vieron nuestra formación, los demonios soltaron un grito espantoso y sobrenatural, lastimero y furioso a la vez; un grito de cólera y demencia capaz de sembrar la desesperación en los ánimos más aguerridos. El atronador gemido llegó hasta nosotros en alas del viento, pero permanecimos firmes en nuestros puestos; y, mientras los coranyid se acercaban, nos aprestamos a recibirlos con insultos, gritando nuestro coraje con potentes alaridos de batalla.

 

Muy pocos demonios llevaban armas convencionales. Vi sólo unas cuantas espadas y lanzas asidas por dedos en forma de garras. Algunos llevaban porras ennegrecidas por el fuego, pero la mayoría tenían las manos vacías, aunque no por mucho tiempo. En efecto, mientras se precipitaban contra nosotros, iban cogiendo pedruscos del camino y de la ladera de la montaña y nos los arrojaban. Nosotros nos protegíamos bajo los escudos.

 

El jefe de batalla enemigo envió primero contra nosotros a los lobos. No sé si los coranyid habían utilizado desde siempre a los lobos o si simplemente aprovechaban ahora para sus propósitos la ferocidad innata de aquellas bestias. El caso es que los animales, enloquecidos por el hambre y el miedo, azuzados hasta el frenesí por sus inhumanos dueños, se lanzaron sin vacilar contra nosotros. Y su ataque fue esta vez directo y mortal. Los recibimos con las puntas de nuestras lanzas, y murieron mordiendo con sus crueles fauces el metal que los había ensartado.

 

Detrás de los lobos venía el grueso de los coranyid. Guerreros endurecidos en miles de batallas, que no temían ni al dolor ni a la muerte, temblaron al ver la tropa de Nudd. Verdaderamente era un ejército horripilante; todos y cada uno de ellos eran monstruos deformes: cuerpos con calaveras por cabeza, vientres hinchados, asquerosos fantasmas escapados de

 

las tumbas con miembros como husos. Desnudos, monstruosos, eran diablos semihumanos, perversos sirvientes de un amo más abominable aún. Más de un hombre se acobardó ante el asqueroso espectáculo, y por cierto no se les podía echar en cara.

 

Aunque escruté entre el numerosísimo tropel de abominaciones, no pude divisar a su espantoso señor. Sin embargo, no me cabía duda de que estaba muy cerca dirigiendo el ataque desde algún lugar invisible. En efecto, mientras la terrible horda avanzaba, me sentí invadido por un pavor que me daba vértigo; el instinto me dijo que esa sensación iba más allá de la repulsión que me inspiraba la aparición de tan tremendo enemigo. Nudd estaba cerca. Lo sentía, percibía la desesperación y la sensación de la propia insignificancia que su presencia inspiraba.

 

En ese preciso instante me acordé de la esperanza que Tegid y yo habíamos descubierto en las cenizas de Sycharth: el enemigo no era omnipotente. ¡Ni mucho menos! Las únicas armas de Nudd eran el temor y el engaño. Si nos rendíamos a ellas, ganaría. Si lo desafiábamos a él y a su hueste, fracasaría. No podía luchar contra hombres que no lo temieran. Su punto flaco era ése, aunque quizá fuera el único.

 

Por fin llegó hasta nosotros la Hueste de Demonios, desgarrando el aire con sus espantosos alaridos. La primera fila de guerreros retrocedió vacilante cuando la estridente hueste se lanzó de cabeza contra nuestras armas. Sus úlceras destilaban negra bilis y apestosa sangre, y pronto nos vimos envueltos en una mareante fetidez. La pestilencia era casi paralizante; el hedor hacía que los estómagos se nos subieran a la garganta. Los hombres más fuertes se quedaban sin respiración y vomitaban con los ojos llenos de lágrimas. Por muy asquerosa que fuera la apariencia y el estruendo de aquellos perversos engendros, aún era más insoportable su hediondez. El temple de los guerreros se vino abajo, la primera fila vaciló, cedió y acabó por romperse, y hombres de indiscutible valor echaron a correr huyendo del combate.

 

En pocos instantes, la intrépida banda de Meldryn se dio a la fuga y echó a correr sendero arriba hacia el desfiladero, perseguida por demonios y lobos. El príncipe Meldron intentó impedir la fuga gritando:

 

—¡Alto! ¡Alto, mis valientes! ¡Deteneos y luchad!

 

Pero sus hombres no podían oírlo, ensordecidos por el pánico que retumbaba en sus corazones.

 

Yo también eché a correr. Empujado por doquier, no podía menos que correr para no ser atropellado por la avalancha. Llegamos al desfiladero de Dun na Porth. Alcé la vista hacia la escarpada roca de la puerta de piedra y aflojé el paso pensando que allí por lo menos podría impedir al entrada a algunos enemigos. Me detuve y me di la vuelta para enfrentarme a la turbamulta.

 

Un lobo negro que llevaba a lomos un vociferante demonio perseguía a un guerrero. En el momento en que yo me giraba para lanzarme contra el demoníaco tropel, el lobo me vio y vino hacia mí mostrando sus terribles colmillos por las fauces abiertas. Dejé que el animal se acercara; luego bajé la espada y se la hundí en las fauces. El animal alzó las patas delanteras arañando el aire y se ahogó, atragantado con su propia sangre. El demonio hizo amago de saltar sobre mí, pero el príncipe Meldron se adelantó y con un espadazo certero le abrió la cabeza de un golpe. Ambos, lobo y demonio, cayeron muertos a nuestros pies.

 

De inmediato, otro demonio se precipitó contra nosotros haciendo oscilar sobre su repugnante cabeza de reptil un leño retorcido. El príncipe desvió la porra y con el mismo movimiento de espada le cortó el brazo al monstruo. Luego, con un segundo espadazo, ensartó limpiamente al demonio, que cayó de espaldas regurgitando gas y pus. Meldron abatió enseguida a otra repugnante criatura que saltó sobre él. Yo, a mi vez, envié a dos monstruos al infierno de donde habían salido.

 

—¡Es más fácil que matar ovejas! —exclamó el príncipe—. No se necesita especial habilidad para hacerlo. Tendremos que trabajar el doble para ganarnos gloria y honores.

 

Era cierto. Los demonios no sabían combatir y desconocían el manejo de las armas. Se revolvían y arrollaban por doquier, pero no resistían un cara a cara con un guerrero; arrojaban pedruscos y enarbolaban porras, pero no sabían presentar un ataque ordenado. Pese a ello, eran numerosísimos y, en cambio, sólo el príncipe y yo habíamos quedado para plantarles cara. Seguramente no tardaríamos en sucumbir ante tan numeroso contingente. Pero nos manteníamos firmes en la entrada del desfiladero, abatiéndolos golpe a golpe, segándolos como si fueran mala yerba ante la guadaña.

 

Los lobos eran mucho más peligrosos. Su fuerza, su agilidad, su ferocidad en la lucha los convertían en un enemigo de cuidado para un hombre. Por

 

suerte los demonios los habían empujado a tal frenesí que habían olvidado su natural instinto y se lanzaban descuidada y enloquecidamente contra nosotros. Sólo había que esperar a que se acercaran y blandir la lanza contra ellos, y los lobos caían muertos o huían desgarrándose las heridas recibidas con furiosa locura.

 

Oí un ruido a mis espaldas y me di rápidamente la vuelta con la lanza en ristre.

 

—¡Detente, hermano! —gritó una voz.

 

Era Paladyr, el líder de la Manada de Lobos del príncipe Meldron, que se reincorporaba a la lucha. Simon —Siawn Hy— venía tras él. Nos habían visto resistir a pie firme ante el enemigo y volvían al combate.

 

—¿Ahora que la batalla ha sido ganada, venís a participar de la victoria? —les espetó el príncipe—. ¡Marchaos! Estamos a punto de acabar.

 

—Ni lo pienses, príncipe. ¿Crees que os vamos a dejar toda la gloria para vosotros solitos? —respondió el paladín—. Permítenos luchar a tu lado; hay enemigos de sobra para los cuatro.

 

—¡Manos a la obra pues! —repuso el príncipe—. Pero emplead las espadas, no la lengua.

 

—¡Mira lo que hago! —exclamó Paladyr.

 

Y con un grito estridente blandió la capa y se lanzó contra una docena de demonios que avanzaban en tropel. ¡Fue un maravilloso espectáculo! Certero en cada uno de sus movimientos, impecable como el oro, mortal como la hoja que empuñaba con mano enérgica, Paladyr era como una piedra de molino y sus enemigos eran el grano que aplastaba; los cuerpos se iban amontonando a sus pies como cáscaras informes.

 

Siawn soltó un alarido agudo y ensordecedor y, precipitándose tras el paladín, comenzó a igualarlo en la habilidad de los golpes. Luchaban hombro con hombro. Sus espadas se alzaban y caían con rapidez vertiginosa como manejadas por una sola mano. Para no quedarnos atrás, el príncipe Meldron y yo redoblamos nuestros esfuerzos. Nos arrojamos a la lucha con incansable coraje y juntos abrimos una ancha brecha en la marea de demonios.

 

Al ver con qué facilidad caían los coranyid, muchos guerreros acudieron a combatir con el enemigo, y muy pronto Dun na Porth se colmó no de nieve

 

sino de repugnantes cadáveres de la Hueste Demoníaca. Nos entregábamos a la lucha en cuerpo y alma, y en verdad era una tarea fatigosa. Pese al frío, el sudor nos empapaba el cuerpo, nuestro aliento se condensaba en el aire y nuestros húmedos cabellos despedían vaho.

 

El hedor nos llenaba los ojos de lágrimas que resbalaban por nuestras mejillas. Pero resistía el ánimo de los guerreros, que se enardecían unos a otros con palabras y gritos de coraje. Hombro con hombro permanecíamos firmes frente a la embestida de aquellos pululantes, hormigueantes y apestosos enemigos. Golpe a golpe los íbamos venciendo. Habríamos logrado aniquilarlos del todo, si no hubiera sido porque eran numerosísimos y estaba cayendo la oscuridad.

 

A medida que se desvanecía la luz, resultaba más difícil ver a aquellos seres horribles; en cambio, ellos no parecían tener problemas para vernos a nosotros. Por eso sus golpes se volvían más certeros en tanto que los nuestros se hacían más torpes; sus embestidas se hacían más difíciles de contener a medida que nuestras defensas comenzaban a fallar.

 

La razón era obvia: las tinieblas eran su elemento; podían ver en la oscuridad. Habían atacado Sycharth y las fortalezas a altas horas de la noche. Podían acabar con nosotros en la oscuridad sin darnos siquiera tiempo a ver de dónde venían los golpes. Pero aun así seguimos luchando cuando ya era una locura hacerlo; y sufrimos las consecuencias.

 

Cuando la negra noche de sollen invadió por completo el desfiladero y el aullido del viento silenció los gritos de los coranyid, Paladyr se dirigió al príncipe.

 

—No soy un cobarde, pero no puedo luchar contra lo que no veo — declaró.

 

—Yo tampoco —repuso el príncipe Meldron—. No importa. Dejaremos a algunos con vida para seguir combatiendo mañana.

 

La retirada por el tortuoso sendero en medio de la oscuridad fue muy dificultosa, pero al fin ascendimos hacia las macizas puertas y los altos muros de Findargad. Nunca me he sentido tan contento de oír una pesada puerta cerrarse a mis espaldas como aquella noche, cuando me encontré al fin en el patio de la fortaleza asistido por unos hombres que nos procuraban mantos secos y humeante cerveza. Cogieron las armas de nuestros rígidos dedos y

 

pusieron en nuestras manos jarras calientes, ayudándonos a beber el primer trago de la reconfortante bebida. Cogieron en brazos a los que no podían ni andar y a los demás nos escoltaron hasta el pabellón central de la fortaleza.

 

Findargad estaba muy bien aprovisionada y abastecida. Los que nos habían precedido se habían ocupado de todo y habían encontrado las cosas necesarias en las despensas de la fortaleza. El pabellón estaba iluminado por un buen número de antorchas y caldeado con el fuego de tres enormes chimeneas. Las mesas estaban llenas de comida, pero la mayoría de nosotros estábamos demasiado cansados para probar bocado. Nos sentamos en los bancos frente al fuego, encorvados como ancianos ante nuestras jarras de cerveza, que manteníamos apretadas contra el pecho y de vez en cuando llevábamos hasta nuestros labios para sorber un poco del vivificador líquido.

 

En compañía de Tegid, el rey deambulaba entre los guerreros alabando su bravura, encomiando su destreza y prodigando las palabras necesarias para renovar la energía en los cuerpos y el coraje en los corazones. Meldryn Mawr no había combatido junto a sus hombres, pero había presenciado la lucha desde la muralla hasta que la oscuridad le impidió seguir mirando.

 

Cuando llegaron junto a mí, Tegid dijo:

 

—El rey desea que te diga que se ha fijado en tu coraje; has sido la salvaguarda de muchas vidas.

 

—Soberano Señor, siento no haber podido hacer aún más —respondí, porque en verdad me sentía muy lejos de ser un héroe—. Quizá, si no hubiera huido con los demás, habríamos podido vencerlos del todo. No hice nada que tú mismo no hubieras hecho en mi lugar.

 

El rey Meldryn susurró algo al oído de Tegid y el bardo me lo transmitió:

 

—Aunque tal vez no lo sepas, has hecho algo que el príncipe no hizo: has permanecido leal a tu rey cuando otros no lo hicieron. Ni siquiera el príncipe puede enorgullecerse de tanto. Es una acción digna de tu renombre: jamás has deshonrado a tu rey desobedeciéndolo.

 

Luego siguieron adelante. Yo estaba tan cansado que no entendí del todo el significado de las palabras del rey, pero pronto tendría ocasión de meditar largamente sobre ellas. Y aprendería a lamentar cada una de sus sílabas.

 

 

 

 

31

 

LA ASAMBLEA DEL REY

 

Día y noche, la Hueste de Demonios

 

rondaba al pie de las murallas mientras nosotros los contemplábamos desde las almenas. De vez en cuando se aventuraban a acercarse y, agarrándose a las piedras, intentaban subir. Los coranyid trepaban con la agilidad y rapidez de las arañas. Y, si no estábamos alerta, podían incluso llegar hasta las almenas; los guerreros entonces los ensartaban con sus lanzas y los precipitaban muro abajo. Pero, la mayoría de las veces, el guerrero de guardia arrojaba un pedrusco contra la horripilante cabeza del escalador y le reventaba el cráneo antes de que el asqueroso monstruo hubiera escalado la mitad del muro.

 

Cada baja lograba mantener a raya al resto de los demonios durante un tiempo, aunque ignoro por qué; no parecían tener miedo y, sin embargo, no podían soportar la pérdida de uno de ellos. Esto los enfurecía, y los más cercanos al abatido gemían y gritaban levantando una espantosa algarabía.

 

Constantemente, de día y de noche, nos turnábamos para soportar el frío y el viento de modo que los demás pudieran descansar. A medida que los días transcurrían, la Hueste de Demonios se iba haciendo más numerosa. Los veíamos subir por los senderos de la montaña, llamados al escenario de la carnicería por el temor a la cólera de su dueño y señor. No se veía señal alguna de Nudd, pero a menudo sentíamos el acecho de su presencia: los latidos del corazón se aceleraban, la náusea nos agarrotaba el estómago, la angustia nos amedrentaba, la desesperación nos paralizaba.

 

No obstante, estábamos a salvo tras la protección de las altas murallas de la fortaleza. Por muy poderosa que fuera la cólera de los demonios, no podían atravesar las piedras como espíritus ni volar por encima de las almenas como fantasmas. Mientras pudiéramos mantener las puertas cerradas, no podrían entrar. Y, si no les permitíamos entrar, su rabia y su furia no les servirían de nada.

 

Los primeros días después de nuestra llegada a Findargad, descansamos, curamos nuestras heridas y lloramos a nuestros muertos. La huida había

 

costado un alto precio. De los seiscientos que habían comenzado el viaje, apenas quedaban cuatrocientos; de esa cifra sólo ochenta eran guerreros y sólo nos quedaban unos sesenta caballos. Desde luego, hubiera podido ser peor, pero tal idea no nos servía de consuelo. Todas las bajas eran deplorables. El hecho de haber conseguido llegar a Findargad, contra toda clase de obstáculos, nos parecía una insignificancia al lado de las bajas sufridas.

 

Al sexto día del asedio, el rey reunió en asamblea a los capitanes que aún seguían con vida —cinco en total—, al príncipe, a Paladyr y a Tegid. Yo también asistí, puesto que mi obligación era estar siempre junto a Tegid; por eso fui incluido en la asamblea, a pesar de no tener derecho alguno.

 

Tegid fue quien dirigió la palabra a los reunidos y quien se encargó de los procedimientos de rigor. El rey se sentó en el trono de asta de ciervo cubierto de ricas pieles. Los demás se sentaron en el suelo de piedra sobre pieles de buey marrones y blancas, en torno a una chimenea en la que ardía un chisporroteante fuego. Tegid permanecía en pie a la derecha del rey, con la mano izquierda sobre el hombro del monarca, para dejar bien clara la autoridad en nombre de la cual hablaba. Yo me senté cerca de la puerta para que mi presencia no pudiera molestar a nadie.

 

Cuando todos los miembros de la asamblea hubieron ocupado sus lugares, Tegid tomó la palabra.

 

—Sabios capitanes, Jabalíes de las Batallas —dijo—, prestad atención a las palabras de vuestro rey y concededle el regalo de vuestro sabio consejo.

 

Luego se inclinó para poner la oreja a la altura de la boca del rey, y Meldryn le susurró lo que debía decir.

 

—Así ha hablado el rey —continuó Tegid enderezándose despacio para dirigirse a los reunidos—. Los llwyddios somos fuertes y estamos orgullosos de la fuerza de nuestros brazos. En la batalla no sucumbimos ante ningún enemigo ni fracasamos en la defensa de nuestro reino. Jamás hemos conocido la ignominia de una derrota desde la época de nuestros padres.

 

Meldryn Mawr asintió mientras Tegid acababa de hablar y se inclinaba de nuevo hacia él. Le susurró entonces otras palabras, alzó la mano derecha y la puso sobre los labios del bardo. Tegid se enderezó otra vez y se dirigió a los congregados.

 

—Así habla el rey —salmodió—. Nuestras casas han sido destruidas y

 

nuestro territorio devastado. Los lobos roen los huesos de nuestros valientes y los cuervos devoran la carne de nuestros hijos. Las cenizas cubren de negra nieve lo que antes eran hermosos palacios; ovejas y pastores han sido degollados; los muros de madera han sido destruidos; las casas se han convertido en tumbas; los hogares han sido arrasados y el hidromiel ha sido derramado en el polvo, donde se ha mezclado con la sangre de hombres honrados. La lechuza y la zorra gritan donde antes resonaban risas. El milano y el halcón anidan en las calaveras de nuestros poetas.

 

»Más amarga que la derrota es para mí la muerte de mi pueblo; más amarga que la destrucción de mis fortalezas es la certeza de que la maldad se ha apoderado de mi reino. Somos hombres. Pero no somos como los demás hombres. Somos llwyddios, y prevalecemos en estos territorios desde el principio de los tiempos. No podemos rendirnos ante los asesinos, ni olvidar la deuda de sangre.

 

»¡Capitanes, escuchad a vuestro rey! Las voces de los asesinados claman venganza desde sus tumbas; los muertos inocentes exigen una compensación por las vidas que les han sido robadas. Es deber de los vivos honrar a los muertos. Es deber de un rey proteger, defender y velar por su pueblo.

 

»Yo soy Meldryn Mawr. Yo velo por mi pueblo en la vida y en la muerte. Aunque el enemigo me mate, la dignidad real que he ostentado prevalecerá, la soberanía que he honrado no se extinguirá.

 

»Así habla el rey: en estos momentos, ante las murallas, brama un enemigo que quiere destruirnos, un cobarde que no osa desafiarnos en el campo del honor, sino en el sigilo, la traición y el engaño. Y en estos momentos en que estamos al límite de nuestras fuerzas, ese enemigo nos asedia. Y tenemos que soportar la indignidad de sus mofas y el insulto de su vil presencia ante nuestras puertas.

 

»Por eso os pregunto a vosotros, Sabios Caudillos: ¿qué es esa nieve que cae sin cesar de las heridas del cielo? ¿Qué es ese viento enloquecedor que durante la noche nos acosa con sus aullidos? ¿Qué es ese frío intenso que día a día clava sus dientes sobre la tierra?

 

»¿Qué es ese sufrimiento que envenena el agua que bebemos y amarga el pan que comemos? ¿Qué es esa cólera que se derrama sobre nosotros como aceite hirviente? ¿Qué es ese terror que atenaza nuestros corazones y hiela nuestra sangre?

 

»Oídme, Sabios Consejeros, y respondedme si podéis: ¿qué ha silenciado a los Hombres de la Canción? ¿Qué hace temblar al bello Modornn? ¿Qué es esa abominación que se cierne sobre los picos de Cethness? ¿Qué hace huir a los jabalíes de las cañadas y a los ciervos de los bosques? ¿Qué es eso que aflige a los cielos y ahuyenta a los pájaros? Mientras deliberáis, preguntaos una cosa más: ¿quién extiende su mano para conquistar nuestro reino? ¿Quién devasta nuestra tierra? ¿Quién hace que las lágrimas fluyan de los ojos de nuestro pueblo como tempestuosos arroyos? ¿Quién nos azota con esta atroz guerra?

 

Tegid hizo una pausa para dar a los reunidos tiempo de ponderar lo que acababan de oír, y luego continuó.

 

—¿Acaso no lo sabéis? ¿No osáis pronunciar en voz alta su nombre? Muy bien, yo pronunciaré las odiosas palabras. Nudd, el señor de Uffern y Annwn, el Príncipe de los Abismos, es el culpable de todas esas aflicciones. Nudd ha asesinado a nuestros hombres y ha convertido nuestra hermosa tierra en el más desdichado de los yermos. Nudd el Maldito convierte a las mujeres en viudas y a los guerreros en pasto de gusanos. Nudd, el Rey de la Noche eterna, dirige la casta de demonios contra nosotros.

 

»Lo que os digo es bien cierto, Compañeros del Hogar: a menos que seamos capaces de doblegar el poder de Nudd, los atropellos que ha cometido contra Prydain pronto serán bien conocidos también en Llogres y en Caledon. Entonces los tres bienaventurados reinos estarán unidos no en la armonía… sino en la desgracia; no en la paz, sino en el dolor. Y Albión, la más hermosa isla del mundo, se debatirá bajo el espantoso tormento de los coranyid de Nudd.

 

Cuando Tegid hubo acabado de pronunciar estas palabras, las frentes de los congregados se fruncieron y los rostros se ensombrecieron. Los capitanes de Meldryn se miraron unos a otros con consternada desesperación. Por fin Tegid rompió el tenso silencio.

 

—Habéis escuchado las palabras del rey. Las habéis ponderado y las habéis meditado. Es hora de que compartáis vuestro sabio consejo. El rey aguarda.

 

El príncipe Meldron, en deferencia a su rango, fue el primero en hablar.

 

—Padre y rey, siempre ha sido tu forma de actuar devolver herida por

 

herida y sufrimiento por sufrimiento ¿O es que acaso la habilidad en la palabra te lo ha hecho olvidar? —dijo el príncipe, dispuesto a clavar aún más hondo el cuchillo de la insidia en el corazón de su padre—. Sin embargo, me parece que vale la pena que lo recuerdes. Yo digo lo siguiente: déjanos cobrar la deuda de sangre que nos deben. Déjanos reunir a los guerreros y a cualquiera que pueda montar a caballo para luchar con Nudd. Déjanos que empuñemos las armas y lo expulsemos de nuestras tierras.

 

Algunos capitanes, entre ellos Paladyr, se palmearon los muslos y levantaron sus voces en señal de aclamación. El rey escuchó sin dar muestras de entusiasmo e indicó con una seña a Tegid que se le acercara.

 

Poco después Tegid se dirigió a los reunidos.

 

—El rey te ha oído, Meldron. Cree que la perversidad que se cierne sobre nosotros no puede ser expulsada de nuestro reino sólo con la fuerza de las armas. Porque hay una perversidad en el corazón mismo de este asunto que debe ser remediada antes de que la tierra pueda ser curada.

 

—No hay desgracia sembrada por enemigos que no pueda ser remediada con la fuerza de las armas —bramó el príncipe.

 

Tegid escuchó pacientemente la respuesta del rey y después nos la transmitió:

 

—Así habla el rey: ¿creéis de verdad que la tribulación que nos embarga sucumbirá a golpe de espada? Yo os aseguro que Nudd no teme a vuestras lanzas y a vuestras espadas. Sólo tiene miedo de una cosa: del verdadero rey en su fortaleza. Ése horrible señor sólo está sometido a una cosa: la Canción de Albión.

 

—Yo no sé nada de todo eso —repuso altivo el príncipe—. Me parece que los problemas que han caído sobre nosotros tienen su origen en el entrometimiento de los bardos. —Se volvió entonces hacia Tegid—. No habría ocurrido nada de todo esto si tú y tu prelado no hubierais metido las narices en asuntos ajenos.

 

Tegid saltó al oírlo.

 

—¿Acaso estás sugiriendo que los bardos de Albión tienen algo que ver con el desencadenamiento de todos estos horrores?

 

El príncipe no se dignó contestarle, ni tampoco retiró sus palabras.

 

—Así pues, para que te enteres —añadió furioso Tegid—, para que todos os enteréis de la verdad, hablaré sin tapujos. Sabed esto: el Cythrawl está suelto por el mundo.

 

Al oír el nombre de la Maldad Ancestral todos los reunidos en torno al hogar de Meldryn se estremecieron.

 

—Ollathir, el Bardo Supremo, se enfrentó con la Bestia del Abismo y fue asesinado, pero no antes de encadenarlo con poderosos hechizos. Al verse encadenado, el Cythrawl ha llamado a su servidor, Nudd, para arrasar y destruir lo que no puede poseer. Así han comenzado nuestros sufrimientos.

 

El Príncipe Meldron frunció el entrecejo y alzó la barbilla.

 

—Sólo oigo charlatanería de bardos —dijo sacudiéndose una oreja con el dedo—. ¿Qué me importa a mí cómo comenzó todo? Sólo me importa reclamar lo que es mío.

 

—Bien dicho, señor —exclamó Paladyr con voz potente—. Hemos demostrado que podemos matar a los coranyid. Enviemos el ogam de la guerra a todos los clanes de los Tres Reinos y convoquemos a los reyes y a sus guerreros para levantar un enorme ejército contra Nudd y su Hueste Demoníaca.

 

Tales palabras fueron calurosamente aprobadas por los capitanes de Meldryn, quienes, pese a los esfuerzos de Tegid, no creían en la enormidad de la maldad a la que se enfrentaban ni daban crédito a lo que la había desencadenado. En efecto, a pesar de las duras pruebas que habían soportado y a pesar del espantoso enemigo que habían visto, todavía seguían confiando sólo en la fuerza de sus armas.

 

Con el consentimiento del rey, Tegid disolvió la asamblea y todos se retiraron hablando animadamente del gran ejército que iban a reunir y de la gloriosa guerra que iban a emprender. Todavía creían que aquel horror podía ser combatido con lanzas y espadas; todavía creían que sollen terminaría pronto y que gyd volvería otra vez.

 

Cuando todos se hubieron marchado, el rey se levantó despacio del trono y se quedó en pie junto a la chimenea mirando fijamente el fuego, como si buscara en las llamas el rostro de su enemigo. Luego, se retiró a sus aposentos. Vi su rostro iluminado por las llamas cuando se marchaba y me pareció contemplar el rostro de un moribundo: los ojos brillantes y vidriosos,

 

las facciones desencajadas y la piel apergaminada y pálida. Era el rostro de un hombre que ve cómo se le escapa la vida y no puede hacer nada por impedirlo.

 

Me acerqué a la chimenea y me senté sobre una piel de buey junto al fuego. Tegid vio la preocupación pintada en mi rostro.

 

—El rey está fatigado. Necesita descansar.

 

—No les hablaste del Phantarch. ¿Por qué?

 

Tegid removió la leña con un atizador.

 

—Sabes muy bien cómo son. No me habrían hecho caso.

 

—Quizá no. Pero, aun así, tenían derecho a saberlo.

 

—¡Entonces díselo tú! —saltó con una voz desgarrada como una herida abierta—. Díselo tú, que tienes el awen del Bardo Supremo. A lo mejor a ti te hacen caso —añadió, arrojando con furia el atizador.

 

Me invadió de pronto una ira repentina.

 

—¡Cállate, Tegid! Dices que he recibido el awen y quizá sea verdad. Pero yo no pedí recibirlo. ¡De verdad, no lo recuerdo!

 

—¡Entonces se ha perdido! Como el hidromiel derramado sobre la arena seca, se ha desperdiciado. Y eso significa el final de todo.

 

Después, Tegid se levantó y abandonó la sala de asambleas. No volví a verlo aquella noche ni tampoco al día siguiente.

 

Dos días después de la asamblea del rey, fui a hacer mi turno de guardia en la muralla. Contemplé con horror que muchísimos demonios se habían reunido junto a las puertas. Escruté entre la reverberación de la nieve y vi cientos, miles de coranyid moviéndose a los pies de la fortaleza como un mar inquieto y embravecido. Nos miraban obscenamente, defecaban y se ventoseaban en repugnante desafío a las piedras que les arrojábamos. El ruido que armaban con sus espantosos alaridos era ensordecedor. El hedor que se levantaba de sus fétidos excrementos era aún peor. No pude menos que vomitar de asco.

 

—Día a día son más —me confirmó un guerrero llamado Hwy—. No importa cuántos podamos matar, siempre aparecen más.

 

Era cierto, y pronto me di cuenta de la causa.

 

—¿Qué es eso? —pregunté señalando un rojo resplandor que se levantaba entre un grupo de peñascos repletos de coranyid.

 

—Fuego —contestó el guerrero—. Para calentarse.

 

No entendía nada. ¿Dónde encontraban los demonios combustible para alimentar el fuego? ¿Y por qué necesitaban calentarse las Criaturas del Abismo? Parecían inmunes al frío. No necesitaban comer, ni beber, ni dormir…, ni ninguna otra de las necesidades y comodidades humanas. ¿Por qué, entonces, necesitaban una hoguera?

 

Como no encontraba explicación alguna, caminé por las almenas hasta el final de la muralla para ver mejor lo que sucedía entre aquellas peñas. Comprobé que, en efecto, el enemigo había encendido una hoguera enorme. Aún más, habían colocado sobre el fuego una caldera gigantesca para que hirviera. De la caldera subía un vapor que el viento rompía en jirones. Docenas de demonios se afanaban en torno al fuego alimentándolo y atizándolo. ¿Con qué objeto?

 

Todas mis preguntas encontraron respuesta a la vez. Mientras observaba la hoguera, un grupo de coranyid que hormigueaban junto a las puertas se precipitó hacia los muros con la intención de escalarlos. Los guardianes les arrojaron piedras que mataron a tres al instante e hirieron a dos. Los heridos también resultaron muertos mientras intentaban alejarse. Todo había ocurrido en pocos segundos. Los demás demonios, gimiendo horriblemente, se retiraron dejando atrás a los cinco cadáveres.

 

Tan pronto como se hubieron retirado los atacantes, doce demonios más corrieron hacia los muros. Pero, en lugar de intentar escalarlos como habían hecho los otros, se precipitaron hacia los cuerpos de sus compañeros, los cogieron y se los llevaron. Pensé que era ciertamente un comportamiento muy extraño. Y entonces vi adónde se llevaban los cuerpos y qué hacían con ellos. Al verlo, me estremecí hasta la médula.

 

Me di la vuelta y corrí en busca de Tegid.

 

 

 

 

32

 

LA CALDERA

 

—Ven  conmigo,  Tegid.  Quiero

 

que veas una cosa.

 

Encontré al bardo solo, sentado ante la chimenea de la cámara de asambleas del rey, dedicado a trazar las letras del ogam en el astil de una lanza. El príncipe Meldron y los jefes de batalla la necesitaban para llamar a la guerra a los reyes de Albión. Ambos sabíamos que sería una acción inútil. No habría llamada alguna, ni ejército, ni gloriosas batallas. Los capitanes de Meldryn Mawr ni siquiera se pondrían de acuerdo en quién llevaría la lanza; tampoco habían planeado cómo pasar entre el tropel de coranyid reunidos en nuestras puertas ni cómo sobrevivir al largo y duro viaje.

 

—No tengo interés alguno en ver nada —gruñó Tegid.

 

—Pues deberías ver eso —le dije.

 

—¿Tiene que ser ahora mismo?

 

—Sí.

 

—Muy bien —aceptó irritado soltando la lanza, que resonó sobre las losas de la vacía habitación.

 

Se levantó y se sacudió de los calzones algunas virutas de madera.

 

—Enséñame eso que corre tanta prisa.

 

Pese a su aire displicente, no le importó demasiado dejar la inútil tarea que tenía entre manos. Abandonamos la cámara y atravesamos la sala serpenteando cuidadosamente entre los cuerpos de los que allí dormían; en la puerta nos detuvimos a arroparnos en nuestros mantos. Abrimos la puerta, aparté la piel de buey que servía de cortina y nos internamos en la tormenta. Recorrimos el patio cubierto de nieve mientras las ráfagas del viento nos azotaban los mantos. Luego subimos la escalera que conducía hasta las almenas. Una vez allí, le señalé el resplandor del fuego que surgía entre los peñascos. Jirones de humo sulfuroso arrastrados por el viento teñían la nieve

 

de un sucio color amarillento.

 

—¿Lo ves? —dije.

 

—Han encendido una hoguera —repuso Tegid.

 

—Sí. Pero ¿por qué, oh Poseedor de la Sabiduría, han encendido una hoguera?

 

Tegid se disponía a contestar, pero se limitó a ladear la cabeza.

 

—Eso me pregunto yo. ¿Por qué demonios la han encendido?

 

Le hice una seña para que me siguiera y lo llevé hasta el lugar desde el que se divisaba la enorme vasija.

 

—¿Qué ves allí? —le pregunté.

 

—Una caldera —respondió Tegid mostrando más interés.

 

—Sí, es una caldera. Ahora observa con atención —dije indicándole la puerta.

 

Estuvimos observando un rato, no demasiado, mientras el helado viento rugía en torno. No tuvimos que esperar mucho, pues enseguida sobrevino otro ataque contra la puerta. Los ataques se habían venido sucediendo a intervalos regulares día tras día, intervalos que poco a poco se habían hecho más frecuentes. Ésta vez cuatro demonios cayeron muertos en la nieve después de gritar y agitarse espantosamente. Pero en esta ocasión los cuatro cuerpos fueron arrastrados y transportados por sus propios compañeros de ataque. Tegid admitió que era una acción muy extraña pero no acertó a hallarle significado.

 

—Espera un momento —le aconsejé—. Y no dejes de observar con suma atención.

 

Los cuerpos de los cuatro coranyid abatidos fueron llevados hasta la enorme hoguera y alzados hasta el borde de la enorme caldera de hierro; luego los arrojaron uno tras otro dentro y avivaron el fuego.

 

—¡Se los comen! —exclamó Tegid con un estremecimiento de repugnancia.

 

—No, no se comen a sus muertos. Sigue mirando.

 

Un jorobado de vientre abultado y cara de rata se encaramó al borde de la

 

humeante vasija y metió un palo negro en las hirvientes profundidades. Tras remover la caldera con el palo, la monstruosa criatura se detuvo y lo sacó.

 

—¿Qué…? —empezó a decir Tegid.

 

—Observa con detenimiento —lo interrumpí, sin apartar los ojos de la caldera.

 

Apenas había pronunciado estas palabras cuando uno de los cuerpos comenzó a salir de la caldera: primero una mano y un brazo, luego la cabeza, los hombros y el torso. Los brazos se movían, la cabeza también. Aquélla especie de resucitado se encaramó al borde de la caldera sin hacer caso de las llamas que lamían la vasija y saltó a tierra para reunirse con el grueso de sus asquerosos compañeros.

 

Poco después un segundo demonio apareció entre la espuma del enorme caldero de hierro y se encaramó también al borde. La cabeza del tercero emergió de pronto en la superficie borboteante, con la boca abierta y los ojos desencajados. Se agarró al borde con sus callosas manos, se dio impulso y cayó sobre las peñas, fuera del círculo del fuego. Por último, el cuarto surgió del hirviente líquido y fue a reunirse con la espantosa horda.

 

—Crochan-y-Aileni —murmuró Tegid en tono siniestro—. La Caldera de la Resurrección. Así es como conservan su numerosísimo contingente. No podemos matarlos. No podemos detenerlos —añadió con una voz cargada de resignación y derrota.

 

—Dijiste que la Canción los detendría —le recordé.

 

—La Canción se ha perdido.

 

—Pues entonces debemos encontrarla.

 

—Sólo un loco lo intentaría. Es imposible —replicó amargamente Tegid.

 

Yo señalé la caldera con una mano.

 

—Sólo un loco podría permanecer de brazos cruzados esperando su turno para ser devorado y destruido por esos diablos y su maldita caldera. Me parece, hermano, que los dos estamos locos, cada uno a su manera.

 

El bardo me echó una mirada que me hizo creer por unos momentos que iba a arrojarme muro abajo. Pero después miró otra vez la caldera y los miles de coranyid que se retorcían obscenamente en torno a la reluciente vasija

 

lamida por las llamas.

 

—¿Qué propones? —me preguntó.

 

—Propongo que busquemos al Phantarch. A lo mejor no está muerto. No sabemos con seguridad que lo esté. No lo sabremos con certeza hasta que lo encontremos.

 

—Imposible —gruñó Tegid—. Es inútil.

 

—¿Qué podemos perder?

 

—¿Tendré que repetírtelo una vez más? Nadie, excepto el penderwydd, sabe dónde reside el Phantarch —protestó débilmente Tegid—. Ollathir lo sabía y…

 

—Ollathir ha muerto —salté yo; no podía soportar el pesimismo de Tegid

 

—. Puedes ahorrarte el repetirlo. Bueno, pues yo digo que alguien sabe dónde reside el Phantarch, porque quienquiera que lo mató sabía muy bien dónde encontrarlo.

 

Tegid, a punto ya de replicar algo, se irguió repentinamente con el rostro animado al caer en la cuenta de la rotundidad de mi razonamiento.

 

—Me parece —proseguí— que tenemos que averiguar quién mató al Phantarch o cómo llegaron a descubrir su paradero.

 

—Será difícil.

 

—Difícil no es lo mismo que imposible.

 

—Ahora estás hablando como un verdadero bardo —observó Tegid permitiéndose incluso una débil sonrisa.

 

Lo dijo como una simple broma, pero al oírlo recordé el solemne juramento que le había hecho a la banfáith «Me parece más bien una tarea propia de un bardo. Sin embargo, haré lo que pueda».

 

—Es una tarea propia de un bardo —dije—. Yo no soy un bardo, Tegid, como ambos sabemos muy bien. Y, no obstante, me fue confiado el awen del Bardo Supremo.

 

La sonrisa se borró de los labios de Tegid, y su rostro se ensombreció con la desesperación que lo había invadido desde Sycharth. No dijo nada.

 

—Sí, Tegid, a mí. ¡Me fue confiado a mí! Debería haber sido confiado a

 

ti. ¡Y ojalá hubiera sucedido así! Sé muy bien que no soy el receptor más adecuado. Pero el hecho es que yo estaba allí cuando Ollathir murió y fui yo quien recibió el awen. Así están las cosas hoy por hoy.

 

Tegid torció el gesto, pero no respondió nada.

 

—Yo tengo buena voluntad, pero no sé qué hacer. Tú sí. Eres un bardo. Dime, Tegid; dime lo que necesito saber. No recuerdo nada de lo que me dijo Ollathir. Y, si pudiera recordarlo, a lo mejor nos serviría de gran ayuda.

 

Tegid continuaba en silencio, pero yo sabía que estaba sopesando con cuidado mis palabras. Sentía además que el bardo estaba comenzando a desterrar de su espíritu el sufrimiento y la desesperación. Me miró fijamente, como si yo fuera un caballo salvaje y él un comprador indeciso tratando de decidir si podía confiar en mí. Por fin dijo:

 

—¿Harás lo que yo te diga?

 

—Haré todo lo que pueda.

 

—Ven conmigo —me ordenó, dándose la vuelta.

 

 

 

 

33

 

EN EL CORAZÓN DEL CORAZÓN

 

Nos escabullimos silenciosamente en

 

la ventosa noche; las luces del palacio se derramaban como bronce fundido en la nieve del patio. Las antorchas que llevábamos vacilaban con las ráfagas de viento produciendo el sonido de un aleteo. Tapándome el rostro con un pliegue del manto, seguí a Tegid a través de la oscura explanada de nieve.

 

En lo alto de los muros brillaban las antorchas de los centinelas. Se oían los alaridos de los coranyid que pululaban al pie de las murallas y los gritos de los centinelas que arrojaban piedras sobre aquellos engendros demoníacos.

 

Tegid me condujo hasta una pequeña casa de piedra que se levantaba entre las sombras del palacio real. Era un almacén de pieles, lanas y otras mercancías. Olía a oveja y estaba repleta de balas de vellón y de pieles curtidas de buey enrolladas y amontonadas junto a las paredes; había además bloques de cera de abeja y fardos de lana cardada para tejer. El tejado estaba recubierto de brezo y musgo, el suelo era de madera y no había ninguna ventana.

 

En medio de la habitación se alzaba un poste y junto a éste había una trampilla. Tegid se acercó a la trampilla, me tendió la antorcha y bajó por una escalera de mano de madera. Desapareció en aquel recuadro de oscuridad y poco después lo oí decir:

 

—Dame las antorchas.

 

Me asomé al borde de la trampilla y le tendí primero una antorcha y después la otra. Luego me agarré al poste y descendí en plena oscuridad tanteando los peldaños con los pies. Por debajo del nivel del suelo, el reducido agujero se convertía en un estrecho pasillo, cuya altura apenas permitía estar erguido.

 

—Por aquí —me indicó Tegid tendiéndome una antorcha.

 

Otros dos pasillos se abrían a cada lado, pero Tegid se internó por el de en medio con la cabeza y los hombros encogidos. Nuestro aliento subía en

 

jirones retorcidos de vapor hasta el techo de piedra justo encima de nuestras cabezas. A unos treinta pasos, el pasillo desembocó en una cámara más ancha, cuya altura permitió que nos irguiéramos otra vez. A un lado de la cámara había una pila de piedra excavada en el muro; un chorrillo de agua que brotaba de una ranura iba llenando el cuenco de piedra y el agua sobrante iba a parar a una cisterna, pues desde algún lugar allá abajo llegaba hasta nosotros el eco del constante goteo. En la pared opuesta a la pila, una cuerda pendía sobre un agujero circular abierto en el suelo.

 

Tegid se dirigió hacia el agujero y me tendió su antorcha. Cogió la cuerda, avanzó hasta el borde del agujero y se dejó caer.

 

—Hay peldaños en el muro —me dijo cuando hubo llegado abajo—.

 

Agárrate a la cuerda y tírame las antorchas.

 

Siguiendo sus instrucciones y su ejemplo, agarré con fuerza la cuerda y arrojé las antorchas por el agujero. Tegid las cogió y las levantó para que yo pudiera ver las ranuras excavadas en el muro de roca. Medio descolgándome y medio bajando por aquellos escalones verticales, llegué a una habitación amplia, redonda y abovedada que era ni más ni menos que el interior de la cisterna. Una repisa de piedra bordeaba el oscuro y profundo estanque de agua. Sin pronunciar ni una palabra, Tegid me tendió la antorcha, se dio la vuelta y empezó a caminar por el reborde. Nos detuvimos junto a una hendedura que se abría un metro por encima del reborde, a medio camino de la circunferencia de la cisterna.

 

Dejamos las antorchas en dos pequeños agujeros, nos empinamos hasta la hendedura y nos encontramos en otro pasillo. Volvimos a coger las antorchas y nos internamos en el pasadizo, primero a gatas, luego en cuclillas y por último de pie, a medida que el techo iba ganando altura. Aunque el pasillo estaba a oscuras, excepto la esfera de luz que nos procuraban nuestras pequeñas y oscilantes antorchas, podría jurar que iba descendiendo lentamente y dibujando una suave curva hacia dentro. Los muros estaban húmedos, y desde el techo invisible escurría y goteaba incesantemente el agua. Quizá fuera por el esfuerzo del ejercicio físico, pero el pasillo parecía caldeado y al cabo de cierto tiempo empecé a notar en la cara y el cuello un sudor húmedo.

 

No podría decir durante cuánto tiempo anduvimos por aquel pasillo. Perdí la cuenta de los pasos y me pareció que llevábamos caminando toda la noche.

 

De vez en cuando el pasadizo se estrechaba y nos veíamos forzados a ponernos de lado para avanzar. Otras veces se ensanchaba hasta el punto de que los muros desaparecían de la esfera de luz de nuestras antorchas. A medida que avanzábamos, la pendiente aumentaba y el suelo se hacía más liso y resbaladizo, como si el pasillo hubiera sido excavado en el corazón de la montaña por un río subterráneo. También comencé a oír, primero débil y lejano, el rumor de aguas tumultuosas, como las de un arroyo de montaña que se precipitan y corren por un lecho de roca.

 

Al cabo de cierto tiempo llegamos a una amplia cámara en forma de colmena, obra de la naturaleza, no de manos humanas. Por el centro de la cámara corría un arroyo ancho pero no profundo; Tegid lo siguió hasta una grieta en el muro por la que desaparecía la corriente de agua. La fisura abarcaba la altura de la habitación, desde el techo hasta el suelo, y por abajo tenía una anchura que permitía el paso de un hombre.

 

—Esto es el útero de la montaña —dijo Tegid, y su voz resonó en la cámara vacía—. Aquí es donde nace un bardo. Tras este portal el awen está despierto.

 

Movió la antorcha para iluminar la superficie rocosa junto al reborde de la hendedura. Vi que había sido pulido un espacio cuadrado del muro en cuyo centro se había esculpido un dibujo. Era un dibujo que yo conocía muy bien, un emblema muy común en Albión: el laberinto circular cuyos retorcidos e hipnóticos lazos y espirales había visto en brazaletes, tatuajes, broches, escudos, utensilios de madera; en toda clase de objetos. Era el laberinto circular que adornaba además las piedras verticales y estaba recortado en el césped que cubría la cima de las colinas.

 

—Eso estaba en la columna de piedra de Ynys Bàinail —dije señalando el dibujo—. ¿Qué significa?

 

—Es Mor Cylch, el laberinto de la vida —contestó Tegid—. Se camina por él a oscuras, sólo con la luz suficiente para ver el paso que hay que dar a continuación, pero ni uno más. En cada recodo el alma debe decidir si continúa el viaje o si retrocede por donde vino.

 

—¿Qué ocurre si el alma no continúa el viaje? ¿Qué ocurre si elige retroceder por donde vino?

 

—Sobreviene la paralización y la muerte —repuso con vehemencia Tegid,

 

como si lo irritara la posibilidad de que alguien eligiera retirarse.

 

—¿Y si el alma sigue el viaje?

 

—Está más cerca de su destino —respondió el bardo—. El último destino de todas las almas es el Corazón del Corazón.

 

Tegid se acercó a un nicho socavado en la roca, metió una mano y sacó dos antorchas nuevas que encendió con las que llevábamos. Me entregó una de ellas y colocó su antorcha usada en una grieta junto al laberinto circular, indicándome que hiciera lo mismo.

 

Se dio la vuelta y, agachándose, se metió por la hendedura. Lo oí chapotear en el agua y vi el parpadeo de su antorcha en las lustrosas paredes de la fisura.

 

—Ven, hermano —oí que llamaba—. Aquí es donde comienza la memoria.

 

Yo avancé unos pasos, me deslicé por la angosta abertura y fui a parar a un pasillo de techo alto y una anchura que permitía extender completamente los brazos. Las curvadas paredes del pasadizo eran lisas y brillantes como si las hubiesen pulido. Por el suelo fluía el agua del arroyo. El runrún del agua al precipitarse se había hecho más sonoro, aunque era todavía un rumor distante y confuso, como amortiguado y reflejado por innumerables paredes deflectoras.

 

Y así era, en efecto, porque habíamos entrado en un inmenso laberinto, igual al que estaba labrado en el muro del otro lado, y el rumor de las cataratas nos llegaba a través de las vueltas y revueltas de vericuetos serpenteantes. Avanzábamos con el agua por los tobillos, y nuestros pies no tardaron en entumecerse por el frío.

 

Después de caminar chapoteando un buen rato en completo silencio, Tegid comenzó a explicarme cosas de aquel lugar y de por qué habíamos ido hasta allí.

 

—Es un lugar muy antiguo —dijo tocando y acariciando las piedras lisas del muro—. Ya existía casi antes de que existiera algo en Prydain. Es el omphalos de nuestro reino, el Ombligo de Prydain. Ha sido protegido y preservado por nuestros reyes desde la fundación de este reino.

 

Yo me había estado preguntando intrigado en repetidas ocasiones por qué

 

Meldryn necesitaba una fortaleza en un lugar tan extraviado dentro de su territorio.

 

—Pero ¿no era la Roca Blanca el centro de Albión?

 

—Éste lugar es también el centro —repuso Tegid sin mostrar la menor preocupación por el hecho de que existiera más de un centro sagrado—. Y para llegar a ser un bardo hay que recorrer este camino hacia el Corazón del Corazón.

 

Pese a que Tegid me guiaba, el laberinto me parecía absolutamente desorientador. Mientras seguíamos el tortuoso pasadizo aturdidos por el retumbar del agua, me sentía como un alma perdida que avanzara a tientas guiada por la vaga esperanza de alcanzar algo desconocido. Y el agua, que corría a nuestro alrededor, era como el tiempo o el impulso de vida que nos empujara durante nuestro extraño viaje.

 

De improviso, el pasillo dobló una vez más; nosotros salvamos la curva y nos encontramos en otro tortuoso corredor, más serpenteante si cabe que el anterior. Quizá fuera producto de mi imaginación, pero lo cierto es que me pareció como si aquella curva fuera algo más que una curva, como si fuera un recodo simbólico, el recodo de una disyuntiva que exigiera tomar una decisión. El camino que se extendía ante nosotros era oscuro e incierto, y el que acabábamos de dejar había desaparecido de nuestra vista. Seguir adelante significaba confiar plenamente en el Constructor del Laberinto, creer que la recompensa que aguardaba en el Corazón del Corazón sería una bendición y no una maldición.

 

El trazado del laberinto se hacía más tortuoso, las curvas más frecuentes y cerradas. Supuse por eso que nos estábamos acercando a su centro. El rumor de las aguas se hizo más sonoro. Pronto llegaríamos a la cámara central. ¿Qué íbamos a encontrar allí?

 

El rumor del agua, la oscuridad, el frío, la dureza de la roca: me sentía como si hubiera entrado en un rito de iniciación. Aquí es donde comienza la memoria, había dicho Tegid. La memoria empieza con el nacimiento. ¿Estaba yo naciendo a algo? ¿O estaba naciendo algo dentro de mí? No podría decirlo, pero a cada paso que daba crecía mi expectación.

 

Las revueltas se hacían más cerradas; aceleramos el paso. Sentí que el corazón me latía más deprisa y que me invadía una especie de presentimiento.

 

Agua, fuego, tinieblas, piedra: aquél era un mundo de una simpleza elemental que ejercía sobre mí una fuerza igualmente elemental. Sentía su energía en los huesos y en la sangre. Mi mente respondía a una llamada más antigua, primitiva y ancestral que cualquier otra: el hombre era llamado a la vida por los elementos primigenios.

 

Salvamos la última revuelta del laberinto y entramos en una cámara circular. Estaba vacía; sólo había un ancho agujero en el suelo donde se precipitaban y desaparecían las heladas aguas del arroyo tras su recorrido por los serpenteantes vericuetos del laberinto. El rugir de la voz de las aguas, como si fuera la de una deidad, ascendía por el ancho agujero mientras el arroyo caía sobre las rocas en algún lugar de allá abajo.

 

—Hemos llegado al Corazón del Corazón —declaró Tegid—. Aquí se extingue la memoria.

 

—La memoria se extingue con la muerte —murmuré yo.

 

—Así es. Pero morir en un mundo es nacer en otro. Por tanto, la vida, como todas las cosas creadas, aunque cese de fluir en este mundo continúa su viaje en el más allá.

 

Me estremecí y se me erizaron los cabellos en la nuca. «En el lugar más allá de… el Phantarch duerme…».

 

De pie en el agua helada, escuchando el rugir del arroyo al precipitarse, sentí de nuevo el terror que me había asaltado aquella noche en el montículo sagrado. En la oscuridad vi otra vez las amenazadoras fauces del Cythrawl y sentí la presión del brazo de Ollathir en mi cuello y su cálido aliento en mi oreja. Y oí otra vez las extrañas palabras que el Bardo Supremo me había legado con su último aliento.

 

—Domhain Dorcha —dije volviéndome a mirar a Tegid—. El lugar más allá.

 

Tegid pestañeó de asombro.

 

—¿Dónde has oído esas palabras?

 

—Me las dijo Ollathir —respondí, y a continuación le conté lo que recordaba—. Entonces no sabía lo que me estaba diciendo, pero ahora sí lo sé. Ya lo recuerdo. En el lugar más allá, el Phantarch duerme. Eso es lo que me dijo Ollathir. —Y, señalando el agujero por donde se precipitaba la cascada,

 

añadí—. Allí es donde encontraremos al Phantarch.

 

—¿De veras deseas hacerlo? —preguntó Tegid con voz pausada.

 

—Sí —contesté.

 

Temblando de pavor y excitación, avanzamos hasta el agujero e inclinamos las antorchas para escrutar la oscuridad que se abría a nuestros pies. Pero no pudimos vislumbrar nada. El agua se precipitaba allá abajo sobre profundidades inescrutables. Estuvimos un rato intentando calcular la altura de la cascada.

 

Luego Tegid arrojó su antorcha al agujero. La tea cayó dando vueltas y por brevísimos instantes iluminó la lisura de las paredes y el suelo de una cámara; después se hundió en un estanque. Tegid alzó la cabeza y nos miramos fijamente.

 

—Bueno, ¿qué dices, hermano? —preguntó.

 

—No hay otro modo de bajar —repuse.

 

—Y quizá tampoco otro para volver a subir —observó.

 

Era cierto. No teníamos cuerdas ni herramientas de ninguna clase. Debíamos decidir qué hacer sin saber las consecuencias de nuestra decisión. Si fracasábamos, no tendríamos una segunda oportunidad, ni posibilidad de salir, de ser rescatados, de salvarnos. Teníamos que arriesgar el todo por el todo, teníamos que confiar en las torturadas y quizás incongruentes palabras de un bardo moribundo.

 

—Si Ollathir estuviera aquí y te ordenara bajar por este agujero, ¿lo harías? —inquirí.

 

—Naturalmente —aseguró sin la menor vacilación Tegid; la fe que tenía en su superior era total y absoluta.

 

La seguridad de Tegid me bastó y me sobró. Miré las densas tinieblas del agujero, más oscuras y negras que el olvido. Tal vez la muerte nos estaba aguardando allá abajo.

 

—¿Saltas tú primero o lo hago yo?

 

—Yo —dijo Tegid echando una rápida ojeada al negro vacío—. Cuando te avise, arroja tu antorcha por el agujero. Trataré de cogerla.

 

Sin decir más, dio un paso hacia el agujero y se arrojó al vacío. Oí el chapoteo que su cuerpo produjo al caer en el agua y, durante unos estremecedores instantes, nada más; luego, por fin, lo oí toser y escupir.

 

—¡Tegid! ¿Te has hecho daño? —exclamé tendiéndome boca abajo y metiendo la antorcha por el agujero.

 

—¡Está helada! —gruñó el bardo con una voz que resonó desde las profundidades. Lo oí chapotear en el agua y poco después me gritó—: ¡Tira la antorcha! Estoy justo debajo de ti.

 

Bajé la antorcha todo lo que pude y la solté.

 

—¡Ahí va! —dije.

 

Vi que la llama oscilaba y pestañeaba y temí que se apagara del todo.

 

Pero, justo antes de que cayera en el agua, Tegid logró asirla.

 

—¡La he cogido! —gritó—. ¡La he cogido!

 

Vislumbré entonces su rostro que me sonreía como desde el fondo de un pozo.

 

—Ahora te toca a ti.

 

El bardo se hizo a un lado y yo me senté en el borde del agujero con las piernas colgando en el vacío. Las tinieblas me oprimían como si tuvieran fuerza física; sentía su presión contra mis ojos y mis pulmones, como si una mano vigorosa, suave e invisible me estrujara y sofocara. Ciego, sin aliento, rodeado por las heladas aguas del arroyo, apoyé las manos en el borde del precipicio y me di impulso. La sensación de caer al vacío rodeado por una total oscuridad resultó más inquietante de lo que había imaginado. Me pareció que caía y caía y que seguiría cayendo para siempre; estaba empezando a preguntarme si alguna vez llegaría al fondo, cuando choqué con la superficie del agua.

 

Al instante las aguas se cerraron sobre mi cabeza y me sumergí en una oscuridad húmeda y helada. Me hundí hasta sentir bajo mis pies un fondo rocoso y sólido y me di impulso hacia arriba para salir a flote. Debatiéndome y escupiendo agua, me limpié los ojos y miré hacia la luz. Tegid estaba en el borde de la piscina sosteniendo en alto la antorcha para que pudiera verlo. Nadé hacia él y salí de la piscina.

 

Me quedé inmóvil unos instantes, consciente del sutil cambio del entorno,

 

como si hubiésemos pasado de un reino a otro. Tegid hizo ademán de darse la vuelta y con el movimiento de la antorcha divisé un ligero destello de luz en el muro, como una chispa.

 

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté.

 

Mi voz no resonó, sino que pareció caer a mis pies como un peso.

 

—Veamos adónde hemos venido a parar —repuso Tegid comenzando a explorar.

 

Descubrimos que la cámara era circular y estaba excavada en el corazón de la montaña. Frente al estanque había un túnel de techo bajo. Las paredes del túnel, igual que las de la cámara, tenían unas vetas de cristal plateado que brillaban cuando pasábamos junto a ellas. Nos internamos en el túnel y empezamos a descender hacia una habitación aún más subterránea. Durante el descenso yo me detuve dos veces:

 

—¡Espera! —le dije a Tegid—. ¡Escucha!

 

Aguzamos el oído unos instantes pero no percibimos nada; sin embargo, habría podido jurar que había oído algo, un zumbido rítmico, como el ronroneo de un gato enorme o el ronquido de algún animal. Fuera lo que fuera, era un sonido vivo. Me pasó por la imaginación que por aquel túnel iríamos a parar a la madriguera de algún oso dormido.

 

El túnel seguía descendiendo y descendiendo, y el oscuro camino se iluminaba intermitentemente por los destellos y chispas que la antorcha producía en los muros cristalinos. Toqué el muro con la punta de los dedos y noté que estaba caliente. Imaginé que descendíamos al mismísimo corazón de la montaña, a tanta profundidad que nos estábamos acercando al magma líquido de la propia Tierra. Y, pese a estos temores, seguíamos avanzando.

 

Por fin, inesperadamente, el túnel desembocó en una cámara abovedada que parecía haber sido excavada en un gigantesco cristal de una sola pieza. La luz de nuestra única antorcha se reflejaba y multiplicaba en las infinitas caras, y el cristal brillaba como si fuera un cielo preñado de llameantes soles. Después de las tinieblas que reinaban en el túnel, mis ojos se deslumbraron ante tan magnífica luz. Por eso no vi el montón de piedras que había en el centro de la cámara hasta que Tegid me lo señaló.

 

Nos acercamos y vimos algo que parecía ser un pedazo de tela blanca.

 

Tegid acercó la antorcha y vimos que una mano humana sobresalía entre las piedras. La carne estaba marchita; la piel apergaminada y pálida transparentaba los huesos.

 

—Hemos encontrado al Phantarch —dijo Tegid con un entrecortado suspiro.

 

Me acerqué al túmulo que me señalaba con la antorcha.

 

—Frío como las piedras que lo cubren —añadió—. La banfáith estaba en lo cierto: el Phantarch ha muerto. Y con él todas nuestras esperanzas. Hemos venido en vano.

 

 

 

 

34

 

DOMHAIN DORCHA

 

—Lo han asesinado —dijo Tegid

 

con voz lúgubre—. La Canción ha sido silenciada y no puede ser recuperada.

 

Parecía perdido, cansado, derrotado.

 

—Hemos venido en vano —añadió.

 

Se giró para marchar, pero yo seguí inmóvil contemplando fijamente la mano sin vida que sobresalía del montón de piedras.

 

Tegid se dirigió hacia la boca del túnel para emprender el largo camino de regreso a la cámara superior. Yo quise seguirlo, pero mis piernas no me obedecieron. Habíamos encontrado al Phantarch, sí, pero alguien lo había encontrado antes que nosotros. Lo habían matado y lo habían enterrado en Domhain Dorcha, el lugar más allá del Corazón del Corazón. Sí, habíamos logrado llegar hasta allí… y acuciados por una abrumadora urgencia. Por eso tenía que contemplar con mis propios ojos el cadáver antes de creer lo que Tegid daba por irremediable y seguro.

 

—¿Vienes? —preguntó el bardo.

 

—No…, no hasta que lo haya visto. Quiero comprobar con mis propios ojos que está muerto.

 

—¡Todo ha acabado! —rugió Tegid—. Es el final. No podemos hacer nada.

 

—No me marcharé sin haberlo visto —insistí con terquedad—. Vete si quieres, pero yo me quedo.

 

—¡Estás loco! —gritó enfadado—. ¡Eres un cabezota! Hemos venido en vano.

 

Le sobraban motivos para enfadarse; mi terquedad le había hecho abrigar una última esperanza, una preciosa esperanza que se había desvanecido de golpe. Después de tantas fatigas había comprobado lo que desde el principio

 

había mantenido: el Phantarch estaba muerto, no había esperanza de escapar del destino que nos aguardaba a nosotros y a toda Albión.

 

—Tegid, te lo ruego —dije—. Hemos recorrido un largo camino…

 

Apretó los labios pero no se atrevió a contradecirme. Yo me acerqué al túmulo e, inclinándome, comencé a retirar las piedras una tras otra. Tegid me contempló impasible unos instantes, pero cuando cayó en la cuenta de que yo quería despejar el montículo acudió en mi ayuda. Clavó la antorcha entre dos rocas a la cabecera del túmulo y empezó a retirar piedras.

 

Trabajamos en silencio y al cabo de un rato vislumbré un pedazo de tela blanca. Quité unas cuantas piedras más y vi una arrugada mano de color grisáceo. Continuamos retirando piedras hasta desenterrar por completo el cadáver; luego retrocedimos unos pasos para contemplar el triste resultado de nuestros esfuerzos.

 

El Phantarch era un hombre viejo, un anciano de edad incalculable, vestido con una túnica blanca ceñida por un cinturón de tisú de oro. Llevaba un collar ancho y plano que le cubría la parte superior del pecho. En la mano derecha asía un cuchillo ritual de negra obsidiana, y sobre su codo reposaba una vara de oro. En la mano izquierda no sostenía nada, e iba descalzo.

 

El resplandor vacilante de la antorcha le confería a su rostro apariencia de vida, pero los ojos y las mejillas hundidas pregonaban lo contrario. Aunque golpeada y magullada por las piedras, la cabeza exhibía aún cierta nobleza. Tenía los cabellos blancos, las cejas espesas, la nariz aguileña, la barbilla firme y la mandíbula cubierta por una barba blanca; era la imagen misma de un profeta. Incluso muerto, el Phantarch conservaba toda la dignidad y venerabilidad que su presencia sin duda debía de haber inspirado.

 

Llevaba muerto algún tiempo, pero su cuerpo no mostraba la menor señal de putrefacción o descomposición. Parecía dormido, como si fuera a despertarse si le tocáramos la mejilla; pero cuando lo hice comprobé la rigidez y el helor de su carne. Retiré la mano como si hubiera tocado un hierro candente. Creo que hasta aquel preciso instante, hasta que me quemó aquella helada y cerúlea piel, había imaginado que el Phantarch de algún modo seguía con vida. Pero entonces constaté que Tegid estaba en lo cierto.

 

Mi amigo, entretanto, no emitió el más breve sonido; ni un reproche, ni una ironía. Se limitó a contemplar el cadáver con mirada acongojada. Luego,

 

se puso en pie y se dirigió hacia el túnel llevándose la antorcha.

 

Cuando la luz de la tea hubo desaparecido, me invadió una desesperación tan abrumadora que me dejé caer de rodillas ante el túmulo. Me sentía un idiota, engañado y timado. Si hubiera sido más rápido, pensé, y más listo… Me ruboricé avergonzado y encolerizado con mi pereza y mi estupidez. Pero no. El Phantarch había sido asesinado mucho antes de que a mí se me ocurriera que debíamos buscarlo, antes de que Nudd destruyera Sycharth. La noche del Cythrawl fue la noche en que el Phantarch murió.

 

Así pues, estábamos condenados desde el principio; nuestro destino estaba decidido antes de que emprendiéramos el penoso camino hacia Findargad. Tegid tenía razón; no podíamos hacer nada, y yo era un loco. Me entraron ganas de clamar ante tanta injusticia. Nunca habíamos tenido la menor posibilidad de salvarnos.

 

Deseaba matar a Nudd y a los demoníacos coranyid, aplastarlos con mi furia. Deseaba destruirlos, borrar de la tierra su perversa presencia. Deseaba hundirlos en la suciedad y el cieno de donde se habían alzado. Tendí las manos, cogí una piedra de cristal y la levanté por encima de la cabeza. Con un tremendo gemido arrojé la piedra como habría hecho si en aquellos momentos hubiera aparecido ante mí el rostro del Terrible Señor.

 

La tiré con tal fuerza que la piedra se hizo añicos. De la piedra rota surgieron miles de chispas. Al momento la cámara entera explotó con una luz deslumbradora, y en aquel preciso instante oí el más increíble de los sonidos.

 

Parecía música, semejante a la de un arpa tañida por la mano hábil de un bardo. Era como si una mano invisible hubiera tocado un acorde triunfal; parecía el último compás de una alegre canción cuya melodía inflamara el corazón. El espléndido sonido inundó toda la cámara, resonando y penetrando en todas las hendeduras y fisuras, en todas las grietas y rincones de las subterráneas cavernas, para seguir retumbando en las paredes de roca. El cristal de los muros de la cámara comenzó a brillar con una luz irisada e intensa, como nacida de las chispas de la piedra hecha añicos.

 

Y al tiempo que mis oídos se llenaban de aquellos espléndidos acordes y la luz deslumbraba mis ojos, mi mente fue arrastrada por una vertiginosa riada de brillantes imágenes. Como borracho de dorado hidromiel, a través de una mareante y confusa neblina, vi una magnífica sucesión de imágenes, una deslumbradora visión de un mundo rico y espléndido: un mundo colmado de

 

vida, belleza y gracia; un hermoso mundo revestido de verdes y azules, los incomparables verdes de la yerba y los árboles, de las colinas y los bosques, y los radiantes azules de hermosos cielos y de vividas aguas; un mundo creado para los hombres y adornado con toda clase de bienes, alimentos y comodidades; un mundo iluminado por la paz, en el que toda virtud era ensalzada y alabada por la propia esencia de su naturaleza. En efecto, desde la hoja más insignificante hasta la montaña más grande, todo testimoniaba una inconmensurable y omnipotente bendición de gloria, bondad y justicia.

 

Mi visión era cada vez más viva y fantástica. Veía resplandecientes arcos iris en torno a todo lo que miraba, fueran árboles o montañas, pájaros o bestias. Veía todas las cosas límpidas, claras y nítidas como puntas de lanza recién bruñidas; resplandecían con la luminosidad del sol y se engalanaban con la alegre luz de los colores del arco iris. Se me había agudizado el sentido del oído: oía el grito del águila cazadora que volaba en círculo por los cielos de Ynys Sci; oía sobre las hojas secas las suaves pisadas de un tejón salvaje que recorría las sendas boscosas de Ynys Oer; oía el chapoteo de la ballena azul que agitaba las aguas de las profundidades marinas.

 

Y por encima de todo oía aquella música. ¡Y qué música! Oía el salvaje son de las flautas y los hechizantes acordes del arpa: ¡diez mil flautas y miles y miles de arpas! Oía voces de muchachas que entonaban dulces y cimbreantes melodías, tan hermosas y bellas que no se podían escuchar sin sentir dolor en el corazón. Oía el toque de trompeta del carynx y el agudo sonido del cuerno de caza. Oía el rítmico latir del tambor, el atronador, violento e hipnótico retumbar del bodhran. Oía todo lo que sucedía en el mundo, pero amplificado, intensificado, magnificado hasta la exaltación en infinitos acordes entretejidos, siempre cambiantes, siempre nuevos, siempre frescos, como si acabaran de nacer, como si fuesen a conservar para siempre su pureza.

 

Mientras me dejaba arrastrar por la riqueza de tan extraordinaria exhibición, caí en la cuenta de que estaba contemplando Albión, pero una Albión más hermosa, más noble, más pura que la que yo conocía. Era de una pureza indecible, inmaculada, sin defecto ni tacha. Era la misma esencia de Albión, destilada como un preciado elixir en un único y resplandeciente átomo de una perfección y excelencia sin par.

 

Embriagadora y magnífica, esta maravillosa revelación casi me privó del

 

sentido. Me sentía mareado de felicidad y deleite. Abrí la boca para reír, y al momento se me llenó de una abrumadora dulzura, no empalagosa como la miel, sino delicada y distinta, de un sabor tan extraño y fino como jamás hasta entonces había degustado. Me lamí los labios y saboreé la misma dulzura, que también estaba en el aire, en todas partes.

 

Aquélla magnífica combinación de vista, oído y gusto me desbordó y me eché a reír a carcajadas. Reí y reí hasta que mis carcajadas devinieron lágrimas, y no sé qué me proporcionó más alivio. Me sentía como cautivo en un éxtasis de luz y música. Formaba ya parte del sonido que se levantaba en torno. Era como una gota solitaria que se fundía en el vasto océano de aquel maravilloso sonido. Como la espuma barrida por las olas, tenía la sensación de ser arrastrado por el imponente y abrumador poder de la música, que fluía a mi alrededor y dentro de mí; me fundía en ella, me mezclaba con ella, formaba parte de mí como el sonido de la flauta forma parte del aliento que la origina. Me convertí en sonido; era sonido.

 

Luego, tan rápidamente como se había originado, cesó el glorioso sonido.

 

Me tambaleé unos instantes como si fuera a caer y volví en mí con una sacudida. Oí que se iba desvaneciendo el eco del acorde del arpa al tiempo que se apagaba el resplandor luminoso de la cámara. Y comprendí que todo lo que había visto, oído y sentido había transcurrido en la brevedad de unos instantes, en la fracción de un pálpito, en el espacio de tiempo en que la piedra se hizo añicos. Y, sin embargo, en los brevísimos momentos que duró, la música parecía atemporal, completa, eterna. Comprendí entonces el significado de la esplendorosa visión contenida en la melodía que había oído.

 

Había oído la Canción de Albión. No la canción completa, ni siquiera un fragmento pequeño; sólo había oído la astilla de una sola nota. Y aquel insignificante pedacito me había conferido una energía, una sabiduría y un poder inimaginables. Había sido tocado por la Canción, y, aunque había sido una levísima caricia, era consciente de que me había transformado total y profundamente.

 

No supe hasta qué punto ni de qué forma se había manifestado el cambio, hasta que Tegid regresó antorcha en mano.

 

—¿Qué fue eso? —dijo precipitándose en la cámara—. ¿Qué ha sucedido?

 

—¿Lo oíste? —pregunté mirándolo.

 

Casi se le cayó la antorcha de la sorpresa. Retrocedió unos pasos con la mano extendida hacia delante presa del pavor.

 

—¿Qué ocurre, hermano? —inquirí acercándome a él.

 

Pero Tegid no contestó; me miraba fijamente como si me estuviera viendo por primera vez.

 

—¿Qué miras, Tegid? —le pregunté, y como seguía sin contestarme comencé a inquietarme—. ¡Deja de mirarme y contéstame de una vez!

 

Entonces se me acercó, pero con cautela, con el rostro semivuelto, como si recelara que fuera a golpearlo. La antorcha vacilaba en su mano; temí que fuera a dejarla caer y se la cogí. Tegid se encogió de miedo y la soltó.

 

—¡Por favor, señor! —gritó—. ¡No puedo soportarlo!

 

—¿Soportarlo? ¿Qué estás diciendo? Tegid, ¿qué te ocurre? —dije haciendo ademán de acercarme un poco más.

 

El bardo retrocedió cubriéndose la cabeza con los brazos. Yo me detuve.

 

—¿Por qué te comportas así? ¡Tegid! ¡Respóndeme! —le rogué alzando la voz, que resonó en la cámara de cristal y se expandió por los recovecos subterráneos como el repique de un trueno.

 

Tegid se derrumbó como si hubiese recibido un golpe. Me acerqué a él y me pareció que contemplaba su acurrucado cuerpo desde una gran altura. Comencé a temblar. Mis miembros rilaban y me sacudían violentos espasmos; todos mis músculos y mis órganos internos se estremecían y agitaban incontroladamente.

 

—¡Tegid! —grité—. ¿Qué me está pasando?

 

Caí retorciéndome al suelo; los dientes me castañeteaban y babeaba por las comisuras de la boca. Extrañas palabras, palabras que no conocía, se atropellaban en mi garganta y me abrasaban la lengua como fuego. Mientras las pronunciaba, sentía que mi cuerpo se fundía. Yo era sólo un espíritu que se desprendía de sus huesos, que se libraba de sus grilletes, que crecía y crecía dentro de mi cuerpo como si atravesara capas de una atmósfera más densa y subiera a regiones superiores de claridad y luz, para convertirse en un espíritu puro capaz de liberarse de la prisión torpe, incómoda y terrenal que lo

 

constreñía. Me había convertido en un espíritu y volaba alto, muy alto, tan alto como los promontorios que se elevaban sobre el mar, tan alto como los picos de Cethness, tan alto como el águila dorada que sobrevolaba Ynys Sci…

 

Después me hundí en el suave y oscuro corazón de un silencio omnímodo, un silencio aún más espléndido que la música y la luz de mi primera revelación. En efecto, en ese silencio oí la perenne estabilidad de la solidez de lo creado: eterna e inmutable, irreductible e inexpugnable, de una abundancia y riqueza inagotables, completa y absoluta, defensa y bastión de todo lo que existía o pudiera existir alguna vez.

 

Me sumergí en aquel bendito silencio y dejé que me cubriera con su paciente y firme ternura. Me abandoné a él y me recibió como el vasto océano recibe el grano de arena que se hunde en sus insondables profundidades. Y me encontré así en el inmóvil centro en torno al cual gira la danza de la vida; entré a formar parte de la paz perfecta que es la fuente de todo lo que existe. Me hundí en el todopoderoso solaz del silencio en el que había penetrado y que me colmó absolutamente; y al hundirme en él me sentí abarcado por un abrazo eterno e infinito, me sentí abarcado y sostenido por unos brazos amorosos, como un niño perdido en el cariñoso y protector abrazo de su madre.

 

Me desperté, si es que fue un despertar, en medio de una oscuridad tan negra como la pez. Había soltado la antorcha y se había apagado. Estaba tendido de costado en el suelo, con las rodillas encogidas y la cabeza hundida en el pecho. Me incorporé lentamente. Al notar que me movía, Tegid me llamó:

 

—¿Dónde estás, señor?

 

—Aquí, Tegid —respondí.

 

Me dolían la cara, la cabeza y los miembros. Me había dado golpes por todos lados y tenía el cuerpo dolorido.

 

Oí en la oscuridad un roce de ropas y después sentí que Tegid me tocaba el hombro tanteando en las tinieblas.

 

—¿Estás herido?

 

—No creo —repuse meneando sin cesar mi dolorida mandíbula—. No me he roto nada. Creo que podré ponerme en pie.

 

—He encontrado la antorcha, pero se ha apagado. No puedo volverla a encender —dijo el bardo, y añadió con cierto desespero—. No sé cómo podremos encontrar otra.

 

Logré ponerme en pie y me tambaleé unos instantes. Fui recobrando las fuerzas… y la vista. No sé cómo sucedió, pero lo cierto es que podía ver. Pese a que reinaba una total y absoluta oscuridad, podía distinguir una luz tenue, como en el interior de uno de los almacenes de Meldryn Mawr. Podía ver en la oscuridad. ¡Podía ver!

 

Sin embargo, en aquellos momentos no lo juzgué demasiado extraordinario; lo atribuí a un efecto de la luz que momentos antes me había deslumbrado. Me alegré de poder ver, pero no me sorprendí. Me parecía extrañamente natural que pudiera ver, que mis ojos pudieran penetrar con tanta facilidad las tinieblas.

 

—No te preocupes, hermano —lo tranquilicé—. No hay nada que temer.

 

A continuación le expliqué que podía ver lo bastante como para encontrar el camino de regreso.

 

Me dirigí al montón de piedras en el que yacía el cuerpo sin vida del Phantarch. Había muerto, pero la canción, la Canción de Albión, no había muerto con él. El sabio Phantarch se había encargado de que no muriera. Supongo que los asesinos, sin atreverse a despertar a alguien tan poderoso, se habían limitado a cubrir con piedras el cuerpo yacente, y así habían arrebatado poco a poco la vida del dormido Phantarch. Pero antes de morir el astuto bardo había encontrado el modo de preservar su precioso tesoro.

 

Con poderosos hechizos el infortunado Phantarch había encadenado la Canción a las piedras que lo habían cubierto y causado la muerte. La Canción no se había perdido. Vivía en las piedras desperdigadas a mis pies.

 

Me dirigí apresuradamente al otro lado de la cámara y comencé a inspeccionar el muro. Había recorrido aproximadamente la mitad de la circunferencia cuando descubrí algo que no había podido ver a la luz de la antorcha: un pasadizo bajo, cuya entrada estaba obstruida con pedruscos y rocas. Se me ocurrió que quizá los asesinos del Phantarch no habían llegado a la cámara de cristal por donde habíamos venido Tegid y yo. Parecía como si hubiesen accedido a la cámara desde el exterior y después hubiesen utilizado las piedras del túnel que habían practicado para cubrir con ellas al Phantarch

 

y matarlo mientras dormía.

 

—Tegid —dije volviendo otra vez junto al túmulo y quitándome el manto —, date prisa, quítate el manto y extiéndelo en el suelo.

 

—¿Para qué? —preguntó el bardo mirando en dirección a mi voz.

 

—Te lo explicaré mientras trabajamos, pero obedéceme y deprisa. Debemos apresurarnos y rogar al Supremo Sabedor que no sea demasiado tarde.

 

 

 

 

35

 

LAS PIEDRAS CANTARINAS

 

No sé cuánto tiempo estuvimos en

 

Domhain Dorcha, el lugar más allá del Corazón del Corazón, en las entrañas de la montaña. Regresamos a la fortaleza tan deprisa como pudimos, pero avanzábamos lenta y penosamente, porque la carga era pesada y el camino tortuoso y empinado. Utilizamos el sendero por el que habían pasado los asesinos y llevábamos a la espalda los fardos con las piedras del túmulo del Phantarch.

 

A unos doce pasos de la cámara del Phantarch el túnel desembocaba en una cueva natural excavada en la roca por un impetuoso río subterráneo. La corriente fluía rápida, precipitándose a toda velocidad hacia los abismos de la tierra; el retumbar del agua nos ensordecía. Mientras el río corría hacia su recóndito destino, nosotros ascendíamos con dificultad, paso a paso, con los fardos a la espalda, vacilantes bajo el peso de las piedras que acarreábamos.

 

La marcha era aún más difícil para Tegid. Por lo menos yo podía ver en las tinieblas, pero el bardo tenía que confiar plenamente en mí. Me seguía como un ciego, asido a mi siarc y pisando sobre mis huellas. De vez en cuando tropezábamos y nos caíamos, de modo que teníamos todos los músculos doloridos y cada vez nos costaba más trabajo incorporarnos para seguir la marcha. Redoblábamos nuestros esfuerzos, nos agarrábamos a lo que podíamos y nos arrastrábamos bajo la pesada carga, ascendiendo sin cesar, alejándonos del corazón de la montaña como si nos estuviéramos alejando de las torturas y las tinieblas del Abismo de Uffern.

 

Teníamos las manos magulladas y ensangrentadas por la abrasión que nos producía la pesada carga de nuestros mantos; las rocas del sendero nos arañaban las espinillas, los codos y las costillas; las piedras puntiagudas de nuestros fardos nos golpeaban la espalda y los hombros. Resbalábamos constantemente en el húmedo suelo rocoso, y teníamos los dedos de los pies lacerados y las rodillas en carne viva.

 

—Por favor —gemía yo a cada paso—, por favor, que podamos llegar al

 

final del camino.

 

Pero no se veía el final; sólo pasajes tenebrosos y túneles oscuros preñados del atronador retumbar del agua, y rocas y más rocas que teníamos que esquivar saltando por encima o deslizándonos por debajo. La desesperación nos acechaba en cada vuelta y revuelta del camino, la fatiga y el dolor en cada bloque de piedra.

 

Tegid, bendito sea por ello, no gritó su angustia ni una sola vez y tampoco puso en cuestión mi liderazgo. Soportaba el dolor sin una queja; sufría en silencio. Confiaba por completo en mí, y mi admiración y afecto por él iban en aumento. Yo había oído la Canción, mejor dicho, un fragmento, y por eso sabía lo que acarreábamos con tanta fatiga, pero Tegid estaba sumido en la más absoluta ignorancia.

 

En una ocasión, cuando nos detuvimos a descansar, le pregunté si había oído el mismo sonido que yo en la cámara del Phantarch. Me dijo que sólo había oído que yo lo llamaba. Yo no recordaba haberlo hecho, pero seguramente era cierto.

 

—Pero sí crees que yo oí algo, ¿verdad?

 

—Sé que oíste algo, señor —respondió con una seguridad tan firme como la roca que pisábamos.

 

Le pregunté cómo lo sabía, pero no quiso contestarme. Además, hablar suponía quemar muchas energías porque teníamos que gritar mucho para dominar el estruendo de la cascada. Así pues, descansamos en la oscuridad, muertos de fatiga, preguntándonos cuánto camino nos faltaba aún.

 

Cuando llegó el momento de reanudar la marcha, empujé suavemente a Tegid y los dos nos pusimos en pie y caminamos con los pies magullados y las piernas débiles, arrastrando la pesada carga sobre nuestras laceradas espaldas. Así, lenta y penosamente, proseguimos la marcha.

 

Me parecía que hacía siglos que habíamos abandonado la cámara del Phantarch. Me parecía que llevábamos caminando en aquel tenebroso submundo toda la vida; como espíritus errantes, como sombras perdidas, ni del todo vivos ni del todo muertos, viajábamos entre los mundos llevando eternamente sobre nuestras magulladas espaldas el peso de nuestros pecados.

 

Después de descansar dos veces más, caí en la cuenta de que el pasadizo

 

comenzaba a ascender en una pendiente cada vez más escarpada. Poco después —o quizá días después, no podría asegurarlo—, llegamos a una encrucijada. A la derecha la corriente de agua surgía espumante de una grieta vertical; el pasillo de la izquierda estaba, en cambio, seco. Nos alejamos del río y de sus impetuosas aguas y nos internamos por él.

 

No habíamos recorrido demasiado trecho cuando advertí que el pasadizo había comenzado a angostarse y el techo era cada vez más bajo. Muy pronto pude tocar las paredes extendiendo la mano y tuve que agachar la cabeza para no dar con la roca del techo.

 

Cuanto más avanzábamos, más se aproximaba una pared a otra, más estrecho se hacía el pasillo. ¿Había cometido un error al elegir aquel camino? Tal vez había tomado un camino erróneo, o me había equivocado de dirección mucho antes. Tal vez estábamos simplemente dando vueltas y revueltas perdidos por aquellos interminables corredores subterráneos, recorriendo en vano pasadizos que no empezaban ni acababan en ninguna parte.

 

Como pululan los avispones en un tronco podrido, así pululaban las dudas en mi angustiado corazón. «¡Loco! —me maldije a mí mismo—. ¿Qué estás haciendo? ¿Adónde vas? ¿Qué te hace pensar que eres capaz de cualquier cosa? ¡Estás condenado! Estás perdido. Eres un loco por pensar que puedes acabar con Nudd y los coranyid. ¡Date por vencido, gusano!».

 

Me detuve y vacilé: ¿debía volver sobre mis pasos o seguir adelante? Regresar parecía lo más prudente. Siempre podríamos volver a retomar este camino si el otro pasadizo no llevaba a ningún lado. Era imposible que nadie se hubiera aventurado por allí. Sin embargo…, sin embargo…

 

No acababa de tomar una decisión. No podía arriesgarme a dar un paso en una u otra dirección hasta no estar completamente seguro. Una tozuda terquedad me impedía volver sobre mis pasos; pero la indecisión, a su vez, me impedía seguir adelante. La incertidumbre me paralizaba, y la duda me dolía más que todos los sufrimientos hasta entonces soportados. Sencillamente, no podía arriesgarme a dar otro paso hasta tener la completa seguridad de que íbamos por buen camino. Pero esa seguridad era imposible.

 

Todavía seguiríamos detenidos allí si no hubiera sido porque Tegid reaccionó y dijo:

 

—Veo luz allá delante.

 

Miré y vi que era cierto. Mientras me había quedado paralizado por la duda, el extremo del túnel se había iluminado de algún modo. Los ojos de Tegid, privados hasta entonces de visión, lo habían percibido antes que los míos. La luz, tenue y débil, se iba haciendo más intensa.

 

En el mundo exterior era la hora del alba. Habíamos caminado bajo tierra durante la noche, y ahora el pasadizo se había iluminado porque fuera estaba amaneciendo. Si hubiéramos vuelto sobre nuestros pasos, no nos habríamos dado cuenta y quizá no habríamos podido hallar nunca el camino de salida.

 

Se me ocurrió de pronto que las dudas que me habían asaltado eran una triquiñuela de Nudd, una estratagema sutil para desviarnos del camino correcto. Pero no habíamos caído en su trampa. Ahora teníamos la seguridad de que no nos habíamos equivocado de dirección; más aún, de que estábamos muy cerca del final de nuestro viaje. A decir verdad, también estábamos muy cerca del final de nuestra resistencia física.

 

—Valor —dije más para mí que para Tegid—. Ya falta poco.

 

Aquél trecho resultó el más difícil de todo el camino. El angosto pasillo se abría paso entre rocas que surgían del suelo y bloques de piedra que sobresalían de las paredes, de modo que nos veíamos obligados unas veces a arrastrarnos sobre la barriga y otras a avanzar con el rostro pegado a la fría roca salvando a gatas los pedruscos, bajo el abrumador peso de nuestros fardos.

 

Seguíamos penosamente la marcha con los ojos fijos en la luz que se filtraba por la abertura. El resplandor no aumentaba ni decrecía, sino que seguía brillando débilmente allá delante. Avanzábamos con las rodillas y los codos desollados. Pese a nuestro empeño y obstinación, parecía que no podríamos llegar nunca a nuestro destino.

 

Hacía tiempo que nuestras botas no eran más que jirones de piel y nuestros vestidos puros andrajos, y teníamos el rostro surcado por regatones de sudor y sangre. Por fin, cuando nuestros músculos ya no nos obedecían, cuando nuestros pies se negaban a dar un paso más, cuando nuestros huesos se quebraban de cansancio, llegamos al final.

 

El pasadizo terminaba en un muro. La luz que habíamos visto se filtraba por una hendedura vertical. De arriba habían caído algunos copos de nieve y oíamos el aullido del viento que chocaba contra las rocas de la entrada abierta

 

en algún lugar allá arriba. Al mirar la altura que teníamos que salvar nos invadió la desesperación. Y no éramos los únicos a quienes la desesperación había sorprendido en aquel lugar de desolación. En efecto, cuando soltamos nuestros fardos y miramos hacia la luz, Tegid vislumbró un montón de andrajos parcialmente cubiertos por la nieve.

 

—La muerte ha sorprendido a uno de los asesinos —comentó, sacudiendo con el pie el cadáver—. Lleva bastante tiempo muerto.

 

Me reuní con él mientras el bardo procedía a arrastrar el cuerpo hasta la luz. Al quitarle los andrajos, resultó que aquellas blancas y congeladas facciones, aquellos ojos desorbitados y fijos, aquella boca abierta en un gesto de sorpresa pertenecían a Ruadh, el bardo del príncipe. Lo había visto sólo un par de veces, pero lo reconocí sin lugar a dudas.

 

—¿Crees que se cayó? —pregunté alzando los ojos hacia la abertura.

 

—No —contestó Tegid, levantando el manto del muerto.

 

Una mancha negruzca, ya seca, cubría la parte superior del pecho del bardo.

 

—Quienquiera que estuviera con él, esperó a que le mostrara el camino de salida y luego lo mató para preservar el secreto.

 

Ahora ya sabíamos quién había matado al Phantarch y también sabíamos que Ruadh no había actuado solo.

 

—¿Cómo sabían la existencia de este pasadizo? —inquirí.

 

—Lo sabremos cuando descubramos quién estaba con Ruadh. —Se levantó y miró hacia la abertura—. Vamos, no podemos hacer nada más aquí y en cambio nos necesitan con urgencia en otro lugar.

 

Nos apostamos justo debajo de la abertura; entonces entrecrucé las manos y aupé a Tegid por el pozo. El bardo fue escalando, apoyando la espalda en una pared del pozo y los pies en la otra, hasta que desapareció entre la neblinosa luz que se filtraba por la abertura.

 

Después de lo que me pareció una eternidad lo oí llamarme. Me erguí expectante. El cabo de una cuerda me dio en la cara y oí el eco de la voz de Tegid que gritaba:

 

—Ata uno de los fardos a la cuerda. Lo izaré.

 

Contemplé cómo el primer fardo ascendía lentamente hacia la abertura. Al cabo de un rato volví a oír la voz de Tegid, y echó la cuerda para que atara el segundo. Entonces me tocó el turno a mí. Hice una lazada en el extremo de la cuerda y la usé para darme impulso; luego, siguiendo el ejemplo de Tegid, escalé el pozo vertical. Tegid me ayudó a salir del agujero. Después nos dejamos caer sobre la nieve y permanecimos un rato tumbados junto a la boca del pozo. Hacía frío y el viento nos azotaba el rostro. Pero, después de respirar tanto tiempo la insana oscuridad y el aire fétido de las profundidades subterráneas, aquel frío seco nos parecía una bendición. Nos hacía revivir y nos daba ánimos para nuestros propósitos.

 

Habíamos salido a la superficie por un pozo seco que en otros tiempos había servido para las cocinas que había tras el pabellón real. Desde allí no podíamos ver la puerta ni la muralla oriental, pero aguzamos el oído unos momentos y, por encima del ulular del viento, oímos los espantosos aullidos de los coranyid y supimos que continuaban sus ataques al pie de los muros. Habíamos llegado a tiempo.

 

Miré los pedruscos que habíamos traído de la tumba del Phantarch con un sobrehumano sacrificio de fatiga y esfuerzo. A la fría y tenue luz de aquel tenebroso día de sollen, aquellos dos fardos de pedruscos me parecieron un arma insignificante e impotente contra aquellos enemigos tan poderosos e irreductibles.

 

Tegid me contempló unos instantes temblando. Luego, apoyando su mano en mi hombro, se puso primero de rodillas y enseguida de pie.

 

—Vamos, hace mucho frío. Empiezo a echar de menos mi manto.

 

Me puse en pie tambaleándome sobre mis débiles piernas y cogí otra vez el fardo.

 

—Muy bien —dije cargándomelo a la espalda—, hagamos lo que tenemos que hacer.

 

Apenas podía mantenerme en pie y aún menos obligar a caminar a mis entumecidos miembros. No pensaba en el frío, ni en la fatiga o el cansancio, ni siquiera en lo que haría si mi ridículo plan fallaba. En el palacio la chimenea estaba encendida. Me aferré a esa imagen con todas mis fuerzas. Cuanto antes me librara de mi fardo, antes podría sentarme junto a la chimenea de Meldryn Mawr y descansar…, descansar como un bendito. Eso

 

era lo único que me preocupaba; la imagen de una copa humeante en mi mano y unas ropas secas sobre mis entumecidos miembros fue lo que logró que mi cuerpo se moviera.

 

Atravesamos fatigosamente el patio y nos dirigimos a las murallas. Los guerreros de las almenas nos contemplaron con expresión extraña. Nos examinaron de arriba abajo asustados y perplejos, pero nadie pronunció ni una palabra.

 

Lo encontré muy extraño y los llamé para que nos ayudaran a subir los fardos, pero ninguno se movió.

 

—¿Qué les pasa? —pregunté enfadado a Tegid—. ¿Por qué nos miran de ese modo? ¿Es que no me han oído?

 

—Sí te han oído —repuso Tegid en tono extraño.

 

—¿Es que se han quedado congelados ahí arriba?

 

—No —dijo Tegid sacudiendo la cabeza—. No se han quedado helados.

 

—¿Qué demonios les pasa entonces? ¿Por qué no vienen a ayudarnos?

 

El bardo no contestó. Se cargó el fardo a la espalda y señaló los escalones helados que subían a las murallas.

 

—¿Subes tú primero o lo hago yo?

 

Subimos penosamente los escalones. Ni un condenado al cadalso ha conocido jamás una ascensión tan lenta y difícil. La fatiga y el letargo me paralizaban los miembros como grilletes de hierro. Me temblaban las piernas. El corazón me latía apresuradamente; el aliento me abrasaba la garganta. Sólo deseaba soltar el fardo que llevaba a la espalda. ¡Qué estupidez acarrear pedruscos! Sin duda unos momentos de descanso no podían causar ningún mal.

 

Descansar…, descansar y dormir…

 

No. No habría descanso ni sueño hasta que acabara el trabajo que tenía que hacer. Cada paso que daba parecía durar una eternidad. Temblando de frío y cansancio, seguía subiendo y subiendo. ¡Qué fatigado me sentía! Muy fatigado…

 

Alcé la vista hacia las almenas y vi a los guerreros inmóviles con la misma expresión de asombro que antes. ¿Por qué no me echaban una mano?

 

¿Por qué me miraban de aquel modo? ¿Es que nadie iba a mover un dedo para ayudarme?

 

Una neblina oscura me nubló la visión, ocultándome los rostros de los guerreros. Cerré los ojos, levanté el pie para alcanzar el escalón siguiente y perdí el equilibrio. Caí de bruces y me golpeé las rodillas con el escalón. El fardo que llevaba a la espalda se ladeó y por poco me saca el brazo de sitio. Todos los nervios y tendones me suplicaban a gritos que soltara la carga que asía con tanta firmeza, que la dejara ir, que la dejara caer. Al fin y al cabo no valía la pena sacrificar la vida a aquel fardo. Pero mis manos no obedecieron; heladas como la muerte seguían aferradas al saco.

 

El dolor me hizo llorar, y las lágrimas se helaron y se quedaron pegadas a mis mejillas.

 

Aunque me temblaban las rodillas, logré vencer el dolor y alejar la negra neblina que me embotaba los sentidos. Recuperé la visión, levanté el fardo y me lo cargué a la espalda; me incorporé y seguí subiendo escalón tras escalón.

 

Por fin me encontré en las almenas, encogido bajo el peso del saco y rodeado por los asombrados guerreros; supuse que me contemplaban asombrados por mi tonta e insensata estupidez, mientras el viento agitaba furioso mis andrajos y me azotaba la piel.

 

Me acerqué al parapeto y dejé el fardo en el suelo. Tegid se apostó tambaleante a mi lado y ambos nos asomamos a las almenas y contemplamos la pululante masa de coranyid que se apelotonaban junto a la muralla. Me parecieron más espantosos y atroces de lo que recordaba: enormes y monstruosos cuerpos rojos con forma de sapo junto a raquíticos engendros esqueléticos con patas flacas como husos; filas interminables de demonios con forma de escamosos reptiles; huestes de diablos desnudos en cuclillas con forma semihumana, enormes genitales y cabezas apergaminadas…

 

Vi cuerpos retorcidos, hinchados, deformes, mutilados, rostros burlones y lujuriosos, y ardí en cólera ante su sacrílego júbilo. Me incliné hacia el bulto que había dejado a mis pies y me afané por desatarlo, temiendo de pronto que fuera demasiado tarde, que ningún poder en la tierra fuera capaz de detener la maldad que se había desatado contra nosotros.

 

Mis manos luchaban con el nudo, tan congelado y rígido con el sudor de mis manos que no cedía. Miré en torno con desesperación y arranqué la lanza

 

de manos del guerrero que estaba más cerca. Desgarré el manto con la punta de la lanza. Las piedras se esparcieron por la nieve, sucias e incoloras a la pálida luz del día. Me extrañó su sombría y triste apariencia. Seguramente había cometido un error. De pronto mi plan se me antojó absurdo y patético. Iba a resultar un fracaso.

 

Alcé la mirada y tropecé con los ojos de Tegid. Interpretó mi vacilación como si no supiera qué piedra escoger y me dijo:

 

—Permíteme, hermano; coge ésta.

 

Cogí la piedra que me tendía, me puse en pie y me asomé al parapeto. El viento soplaba tan fuerte que estuvo a punto de arrebatarme la piedra. Los coranyid se movían al pie de la fortaleza como un océano sacudido por los vientos; gritaban, gemían, se agarraban al muro con sus espantosas manos. Me invadieron de pronto el asco y la repulsión. Con un movimiento rápido alcé la piedra y la arrojé sobre las odiosas cabezas que se apiñaban junto a la muralla.

 

Vi cómo caía dando vueltas. Los demonios salieron en desbandada mientras el pedrusco se hacía trizas al chocar con la escarpa rocosa.

 

Al instante el aire se llenó de aquel sonido, aquel incomparable tañido de arpa, aquel acorde sostenido que había oído en la cámara del Phantarch. El extraordinario sonido salió de la piedra que lo contenía y se esparció por los aires en una explosión de vibrante música.

 

Los demonios coranyid huyeron; antes de que pudieran reagruparse, Tegid me tendió otra piedra que me apresuré a arrojar. El segundo pedrusco se estrelló contra las peñas al pie de la muralla y produjo un ondulante y jubiloso sonido que se levantó en esplendorosas oleadas y se extendió como si fuera a tragarse el mundo entero.

 

Mientras en el aire aún resonaban los magníficos acordes, Tegid ya tenía otra piedra preparada. La alcé por encima del parapeto y se hizo añicos contra el pie de la muralla. Cada fragmento producía una resplandeciente nota de plata de asombrosa belleza que resonaba en los picos de las montañas que nos rodeaban.

 

Los guerreros que estaban junto a nosotros en el muro oyeron el sonido y se transfiguraron. Del palacio del rey muchos hombres salieron en tropel al patio. Se quedaron inmóviles en la nieve, mirando asombrados las montañas

 

que devolvían aquella música extraña y delicada.

 

Yo me incliné sobre el saco, cogí una brazada de piedras y las repartí entre los guerreros que estaban más cerca. Tegid me imitó, y a una señal mía todos arrojamos las piedras encantadas contra los coranyid. Ésta vez el sonido explotó en un atronador repique de jubiloso canto coral.

 

Los demonios se acobardaron ante el sonido y se arrugaron como la carne ante un hierro candente. Se revolvieron y retiraron entre aullidos y alaridos, retorciéndose de dolor y pisoteándose unos a otros en su afán de huir del ataque de las piedras cantarinas.

 

La gente reunida en el patio oyó el maravilloso sonido y corrieron hacia las almenas para contemplar cómo los terribles coranyid huían entre gritos de agonía y cómo su odiosa presencia se disolvía como una mancha de suciedad se disuelve en el agua limpia.

 

Cuando los demonios parecían haber emprendido una definitiva retirada, se levantó un tremendo tumulto y entre aquel amasijo pululante surgió una enorme figura vestida de negro, a lomos de un gigantesco uro, negro como las alas de un cuervo. Aquél capitán demoníaco llevaba un manto negro y un escudo también negro; en su mano derecha blandía una espada larga y curvada como un colmillo y negra como el azabache: el colmillo de Wyrm. Enrollada a la garganta llevaba una serpiente, una torques viviente de piel negra y brillante y ojos amarillos como carbones ardientes. No se le veía el rostro porque lo llevaba cubierto con un yelmo de color negro. Pero no necesitaba verle la cara para saber que era Nudd, el Príncipe de Uffern y Annwn, el temible señor de los Reinos Infernales, quien acudía a combatir contra nosotros montado sobre aquella extraña bestia. Había aparecido para detener la fuga de su Hueste Demoníaca.

 

La tenebrosa figura de Nudd avanzó lentamente hacia la muralla. Los coranyid, detenidos por la súbita aparición de su señor, se apiñaron tras él y sus gemidos de agonía se transformaron en alaridos de enloquecida alegría. Volvían a acercarse a la fortaleza en un repulsivo amasijo.

 

Rápidamente, Tegid y yo fuimos repartiendo a lo largo de las murallas las piedras cantarinas, que iban pasando de mano en mano hasta que todos los que se habían reunido en las almenas —hombres, mujeres e incluso niños— tuvieron una piedra en sus manos.

 

Nudd alzó el colmillo de Wyrm. La negra espada trazó un círculo en el aire, y al instante se reunieron negras nubes de tormenta. El viento adquirió la fuerza de la galerna, nos arrancó las piedras de las manos y azotó y arrastró a todos los reunidos en las almenas. El viento feroz lo arrasaba todo. La nieve y el hielo nos cegaban. Algunos sucumbieron ante el helado asalto del frío y del viento, pero otros ocuparon de inmediato sus puestos y la línea de defensa permaneció intacta.

 

Nudd seguía avanzando. Su temible silueta se agrandaba a cada paso, se agigantaba a medida que se acercaba. Yo no podía ver el rostro escondido bajo el yelmo, pero la maldad del señor de las tinieblas me atravesó como la punta de un afilado cuchillo. El corazón me golpeaba con violencia las costillas.

 

Aquél enemigo era más formidable de lo que hubiera podido creer, más poderoso de lo que hubiera podido imaginar. No podríamos escapar de su ira. Nos aplastaría bajo sus pies como polvo. A decir verdad ya estaba arrebatándonos la vida de nuestras manos. Mis dedos estaban rígidos e insensibles; ya ni siquiera sentía el contacto de la piedra que sostenía en mis manos.

 

Nudd bajó la negra espada y sus servidores se lanzaron al ataque, agarrándose a los muros para escalar las verticales paredes de la fortaleza. Yo sabía que los guerreros estaban aguardando a que les diera la señal para arrojar las piedras. Me estaban mirando, esperaban que les diera la orden. Pero era incapaz de hacerlo. ¿Quién era yo para creer que podía burlar a tan poderoso enemigo?

 

Desvié los ojos de sus expectantes miradas. Desvié los ojos y los cerré.

 

En aquel preciso instante sentí que una mano firme se posaba sobre la mía. Abrí los ojos y me encontré con la límpida y firme mirada de Meldryn Mawr. No sé cuándo había aparecido ni de dónde. Debilitado por el hambre y la sed, flaco y tambaleante, allí estaba junto a mí, sosteniendo mi temblorosa mano. El rey no dijo nada, pero con la fuerza de su mano me contagió su coraje y me devolvió el valor.

 

Me di la vuelta y vi que la cabeza y los hombros de Nudd se cernían sobre el parapeto. La vastedad y la fuerza de su odio lo hacían inmenso. Estaba a punto de aplastarnos. Miré al rey; Meldryn inclinó la cabeza permitiéndome que diera la orden.

 

—¡Ahora! —grité.

 

Alcé la piedra por encima de la cabeza y la arrojé contra el tenebroso rostro de Nudd con toda la fuerza de que fui capaz.

 

 

 

 

36

 

LA CANCIÓN

 

Desde la muralla, miles de piedras

 

llovieron en medio de la galerna. Cayeron dando vueltas y tumbos y se rompieron en resplandecientes añicos que se precipitaron entre la tormenta sobre la enfurecida masa de enemigos. Cada astilla, cada fragmento levantaba un acorde de incomparable armonía.

 

Los acordes se acompasaban y entremezclaban en una hermosa melodía que abatía las filas del enemigo. Nudd rugió al oírla, levantó el negro colmillo de Wyrm, y el vendaval se convirtió en un ensordecedor estruendo. El viento sofocaba la maravillosa melodía, la apagaba con su terrorífico ulular. Estábamos perdidos; nada, ni siquiera la Canción de Albión, podía sobrevivir ante el azote del odio del Señor de las Tinieblas, la Muerte y la Destrucción.

 

El viento ululaba, arrastrando el sonido como para llevárselo lejos. Pero el sonido no se extinguió con la tempestad. Se intensificó y se hizo más sonoro; se extendió con la tormenta y llenó las alturas azotadas por el viento con la resplandeciente melodía, como si el vendaval acrecentara su fuerza. Y de pronto el sonido comenzó a formar palabras, las vivificadoras palabras de la Canción de Albión:

 

¡Gloria del sol! ¡Estrella rutilante de los cielos!

 

¡Luz de luz, Excelsa y Sagrada tierra,

 

que resplandece con las bendiciones del Sumo Dador!

 

¡Eterno don para la Raza de Albión!

 

¡Surcada por incontables ríos! Piélago de azules aguas,

 

playa de blancas olas, firmamento sacrosanto,

 

exaltada por el poder del Único,

 

y bendecida por su paz.

 

¡Fuente de maravillas para los Descendientes de Albión!

 

¡Deslumbrante con la pureza sin par de su verdor!

 

Hermosa como el esplendoroso destello de la esmeralda,

 

resplandecen sus profundas cañadas,

 

brillan sus campos de labor.

 

¡Gema de incalculable valor para los Hijos de Albión!

 

Los coranyid no pudieron resistir el poder de la Canción. La música los abatió y cayeron ahogándose, vomitando, jadeando, luchando por respirar. Mientras la Canción los arrollaba, la Hueste Demoníaca comenzó a fundirse, a filtrarse por el suelo, a disolverse como el barro en la lluvia. La odiosa horda del infierno hundía en la tierra los pies, las rodillas, las caderas; se licuaba, se desvanecía, desaparecía, se colaba por las grietas que se abrían en la tierra para tragárselos. El omnipotente esplendor de la Canción los empujaba hacia las profundidades, arrojando sobre ellos las alegres notas de su melodía como si fuera una lluvia de esplendorosas flechas. Los demonios huían de la Canción y se apresuraban a volver a las lúgubres galerías de su mundo subterráneo.

 

¡Rica en picos coronados de nieve, inconmensurablemente vasta!

 

¡Fortaleza de escarpadas montañas!

 

¡Elevadas alturas, oscurecidas por los bosques y enrojecidas por veloces ciervos,

 

proclaman al viento el orgulloso esplendor de Albión!

 

¡Veloces caballos cruzan las praderas! ¡Gráciles rebaños

 

beben hidromiel en dorados ríos,

 

retumban poderosos cascos,

 

en atronadora alabanza al Supremo Sabedor,

 

fuente de alegría para el corazón de Albión!

 

En tonos cada vez más agudos, la Canción se levantó hasta las nubes en esplendorosa melodía, hiriendo el helado cielo de sollen. La luz del sol brilló y resplandeció, fundió las tinieblas e iluminó los escondidos parajes donde se habían hecho fuertes las sombras. La hermosa y dorada luz hirió a la Hueste del Abismo, que gritó de dolor mientras los demonios se apresuraban a huir

 

arrastrándose como lagartos, escarbando como escarabajos, deslizándose como víboras y buscando desesperadamente el refugio de sus fétidas e insalubres madrigueras.

 

Entretanto, la Canción resonaba en el aire. Toda Albión se estremecía con su música, y la Canción era coreada de montaña a montaña y llenaba con su esplendor cañadas y valles, como las aguas de una tempestuosa marea desbordan los diques e inundan las tierras, como las fuentes de dorado hidromiel rebosan las tinas, como un impetuoso río alimentado por infinitos arroyos crece, se desborda y se precipita en cascada sobre la tierra arrastrando todo en torrentes de chispeante agua. Nosotros ahuecábamos las manos y bebíamos todo lo que podíamos contener en ellas, pero las aguas —la Canción— seguía huyendo sin disminuir.

 

Sólo lográbamos captar pequeños fragmentos de su totalidad, pero esos insignificantes retazos representaban para nosotros la vida. La letra de la Canción, preñada de vida, reconfortaba nuestros corazones y nuestras almas. Sollozábamos de alegría al oírla.

 

Dorado es el grano del Supremo Dador,

 

generosa la liberalidad de los fértiles campos.

 

La tierra tiene el color rojo y oro de las manzanas,

 

la dulzura de los esplendorosos panales de miel.

 

¡Es un milagro de abundancia para las tribus de Albión!

 

De plata es el tributo de las redes, numerosísimo el tesoro

 

de las felices aguas; salpicando de marrón las laderas

 

lustrosos rebaños sirven

 

al Señor del Festín.

 

¡Una maravilla de abundancia para las mesas de Albión!

 

Nudd, inmóvil y solo en medio de la marea de sus fugitivas fuerzas, levantó la lanza y emitió un terrible alarido de desafío. Pero la Canción, rodeándolo, sofocó su grito. Y, en lugar de la odiosa voz de Nudd, seguimos oyendo la Canción.

 

Hombres sabios, Bardos de la Verdad, audazmente

 

inflaman sus corazones con la Creación.

 

¡La sabiduría,

 

la clarividencia,

 

la gloria de la verdad pertenece a los hombres de Albión!

 

¡Encendida en las llamas celestiales, fraguada

 

en el abrasador fuego del Amor,

 

inflamada de la pasión más pura,

 

abrasada en el corazón del Creador,

 

una esplendorosa bendición ilumina a Albión!

 

El enloquecido Nudd no pudo resistir más ante la exaltada majestad de la Canción. Abandonado por la legión de malditos, debilitado por la magnificencia de la Canción y por su inmisericorde embestida, el Príncipe del Abismo, el Señor de la Corrupción, se rindió. Bramó su furia contra las cumbres de las montañas, pero la Canción lo cubría, lo saturaba, lo embargaba todo.

 

Nobles señores de rodillas en señal de adoración,

 

hicieron votos perpetuos

 

de abrazar la causa de la misericordia,

 

de honrar eternamente al Jefe de los jefes.

 

¡La vida más allá de la muerte fue prometida a los Hijos de Albión!

 

La dignidad real surgió de la infinita Virtud,

 

forjada por la Mano Salvadora;

 

con la osadía que nace de la Honradez,

 

con la valentía que nace de la Justicia,

 

¡una espada de honor para defender a los Clanes de Albión!

 

Formada con los Nueve Elementos Sagrados,

 

fraguada por el Amor y la Luz del Señor,

 

Gracia de las Gracias, Verdad de las Verdades,

 

llamada al Día de la Lucha,

 

¡Aird Righ reinará para siempre en Albión!

 

Derrotado, Nudd se precipitó tras sus coranyid en las profundidades del mundo infernal. Vimos cómo su negra silueta iba palideciendo hasta disolverse como una sucia neblina ante la resplandeciente claridad del sol. El perverso enemigo desapareció ante nuestros ojos, se hundió en el abismo del que había sido liberado. Nudd fue el último en desaparecer y debió de llevarse con él la Caldera de la Resurrección, porque, cuando todo hubo acabado, no encontramos ni rastro de ella.

 

Miré la meseta que se extendía junto a las murallas. No quedaba ni un solo enemigo. Todos se habían desvanecido. La dorada luz del sol alumbraba por doquier; el cielo resplandecía brillante y azul entre dispersos jirones de nubes. El asedio había concluido, la batalla había acabado. Estábamos a salvo.

 

Nos miramos unos a otros, y por unos instantes el mundo se estremeció con el último eco mientras la Canción se alejaba. Luego un agudo grito rompió la quietud. Me di la vuelta con rapidez y vi que Tegid, encaramado al muro, danzaba alegremente con los brazos extendidos y el manto flotando en torno. Poco después todos se pusieron a gritar y llorar; eran gritos de alegría y lágrimas de felicidad. Algunos subieron también al parapeto y se pusieron a bailar. La alegría era tan grande que todo el caer vibraba con la algarabía.

 

Por encima del tumulto, oí que Tegid entonaba una canción con voz potente y clara. Estaba cantando la Canción de Albión. Las palabras surgían de lo más profundo de su corazón y prendían en los corazones de los demás como chispas desprendidas de una antorcha. Y enseguida la Canción de Albión resonó en las montañas que rodeaban la fortaleza.

 

—¡Escucha! —grité dirigiéndome al rey que estaba aún a mi lado—. La Canción de Albión ha sido recuperada.

 

Pero el rey no me contestó. Había inclinado la cabeza y cerrado los ojos; las lágrimas le corrían por las mejillas, y sus hombros se estremecían con los sollozos que surgían imparablemente de su garganta. En medio de la alegría por la victoria, el rey Meldryn Mawr lloraba.

 

 

 

 

37

 

EL PALADÍN DEL REY

 

Las puertas de Findargad se abrieron

 

de par en par y todos —hombres, guerreros, mujeres, niños, danzando de alegría y alborozo— salieron precipitadamente para comprobar que Nudd y la Hueste de Demonios habían desaparecido. En efecto, el enemigo se había hundido en las regiones infernales del mundo subterráneo sin dejar atrás más que la nieve pisoteada y sucia, que ya empezaba a fundirse con el calor del sol. También habían desaparecido el hedor y la fetidez, barridos por los frescos vientos de gyd. Los llwyddios corrían al pie de la muralla de aquí para allá e iban reuniendo alegremente los fragmentos de piedras cantarinas esparcidos por doquier.

 

Tegid continuaba danzando en el parapeto, y yo permanecía junto al rey.

 

—¡El enemigo ha sido derrotado! Tu reino está libre de sufrimientos. ¿Querrás ahora abandonar tu geas y dirigir unas palabras a tu pueblo, Soberano Señor? —le pregunté.

 

Pero el rey alzó el rostro cubierto de lágrimas e hizo una señal al bardo para que se acercara. Tegid inclinó la oreja junto a la boca del rey y llamó al pueblo.

 

—¡Pueblo de Prydain! —gritó—. Oíd las palabras de vuestro rey: hoy hemos derrotado al enemigo. Ésta noche celebraremos la victoria en el pabellón del rey. Comeremos y descansaremos durante tres días; pero, al cuarto, dejaremos este lugar y regresaremos a nuestros hogares en los bajíos.

 

Luego el rey abandonó las murallas y se retiró a sus habitaciones. Lo contemplé mientras se alejaba por el patio. El príncipe Meldron y Paladyr se le acercaron junto a la entrada del palacio. El rey se detuvo, y los tres permanecieron juntos unos instantes. No podía oír lo que decían, pero vi que el príncipe Meldron hacía un rápido y violento gesto señalando hacia las puertas abiertas. El rey miró fijamente a su hijo unos momentos; luego se retiró sin contestar y entró en el palacio. El príncipe y Paladyr se alejaron

 

también, y la muralla los ocultó de mi vista.

 

Los preparativos para el banquete se prolongaron toda la jornada. El sol seguía brillando y las nubes desaparecieron. Empecé a creer que gyd, la más hermosa de las estaciones, había por fin regresado a Prydain. Durante el interminable reinado del inhóspito sollen, habíamos abrigado el temor de que el mundo jamás volvería a gozar de la liberalidad del sol. Por eso nos deleitábamos con el calorcillo primaveral mientras nos afanábamos en nuestras tareas.

 

Busqué a Simon, a Siawn Hy, dentro y fuera de las murallas, pero no pude hallarlo en el bullicio de los preparativos. Demasiado pronto se desvaneció la luz del sol en el crepúsculo, y con la noche volvió el frío. Encendimos de mala gana las antorchas en el palacio de Findargad, pese a que eso quería decir que había llegado la hora del banquete. Mientras aguardaba para entrar en el palacio con la multitud, vi a Siawn entre los guerreros de la Manada de Lobos del príncipe. Pero, cuando me dirigía a su encuentro, los guerreros entraron en el pabellón y lo perdí de vista.

 

Dulce y dorado hidromiel brillaba en las copas dispuestas en torno al pabellón real. El fuego de la chimenea ardía alegremente, y las antorchas y las velas de junco producían una luz radiante. Brindamos por la victoria y por la derrota del enemigo en medio de la esplendorosa luz. Todos —guerreros, hombres, muchachas, esposas, jóvenes y niños— participaron en la fiesta. Comimos, bebimos y cantamos. ¡Sobre todo, cómo cantamos! La noche se transformó en una hermosa canción de acción de gracias, en una resplandeciente gema de alegría y agradecimiento a la Mano salvadora que nos había liberado.

 

Y, después de comer, beber, divertirnos y cantar las canciones de la libertad, Tegid ordenó que trajeran el trono del rey a la sala. Un grupo de guerreros se dirigió a los aposentos reales y regresó portando sobre sus hombros el trono del rey. El monarca iba revestido de fino oro y su aspecto me recordó al que tenía la primera vez que lo había visto, pues su rostro apenas revelaba la enfermedad y la debilidad que lo habían aquejado en los últimos tiempos. Ocupó el lugar de honor a la cabecera de la mesa y ordenó con amplios movimientos de brazos que todos nos acercáramos un poco más.

 

Su promesa le impedía hablar, pero se dirigió a los reunidos por boca de su bardo. Tegid se apresuró a transmitirnos las palabras del rey.

 

—Ésta noche, mientras la luz de la vida arde en nuestros corazones, es justo que cantemos y dancemos alegremente por la victoria que nos ha sido otorgada. Pero hagamos una pausa para recordar a nuestros hombres que perdieron sus vidas en manos de Nudd.

 

Entonces Tegid entonó un lamento por los muertos. Era un lamento conocido por todos y tras las primeras notas todos los reunidos corearon su canto. Yo no conocía la canción, pero era tan hermosa como triste y sobrecogedora; de todos modos no podría haberla cantado porque los ojos se me llenaron de lágrimas y se me hizo un nudo en la garganta que casi me impedía respirar.

 

Otros también empezaron a llorar y, mientras cantaban, los ojos les brillaban a la luz de las antorchas. Cuando la canción hubo concluido, el salón se sumió en el silencio; los ecos de las últimas notas resonaron en los rincones. Después, el rey se inclinó otra vez hacia su jefe de Canción, y Tegid transmitió:

 

—Hemos recordado a nuestros difuntos como era de justicia. Ahora, rindamos homenaje a los vivos que han ganado la porción del héroe con su coraje y valor.

 

Ante mi sorpresa, el primer nombre que pronunció fue el mío.

 

—Llyd, acércate al trono.

 

La multitud me abrió paso y avancé vacilante. Era consciente de nuevo de las miradas y los murmullos de asombro que suscitaba mi aspecto. Pero ¿por qué? ¿Tanto había cambiado? El rey me indicó que me detuviera ante él; luego se quitó del dedo un anillo de oro y me lo dio. Yo tendí la mano para cogerlo, y el monarca me asió por la muñeca e hizo que me volviera hacia la multitud.

 

—Tú, por encima de todos los hombres, serás honrado esta noche —dijo Tegid alzando la voz para que todos pudieran oírlo—. Con enorme peligro y sacrificio trajiste las piedras encantadas de su recóndito escondite y concebiste el plan que debíamos utilizar para vencer al enemigo. Sin las piedras, jamás habríamos prevalecido frente a Nudd y a sus diabólicos coranyid. Recibe, por tanto, la gratitud de tu rey.

 

El monarca se levantó y, sosteniendo aún mi muñeca, me alzó la mano ante la multitud. Luego, cogiendo el anillo, me lo puso en el dedo. Vi la luz de

 

las antorchas reflejada en miles de ojos y oí el murmullo de asombro que se extendía por el salón. De nuevo me invadió la misteriosa e inexplicable sensación de que mi apariencia llenaba de pavor a la gente.

 

Pero no tuve tiempo de reflexionar sobre tal fenómeno. Tegid alzó las manos con las palmas hacia fuera y salmodió:

 

—Que de todos sea conocido que el rey aprecia en mucho tu habilidad y tu valor. Desde esta noche eres el paladín del rey. En prueba de tal honor, desde ahora te llamarás Llew. Que todos te saluden con ese nombre. ¡Salud, Llew, paladín del rey!

 

—¡Llew! ¡Llew! —coreó la gente en calurosa respuesta—. ¡Salud, Llew, paladín del rey!

 

Sus voces resonaron desde la chimenea hasta el tejado, y yo temblé de emoción. Ahora me llamaba Llew, el salvador de Albión. Había ocurrido lo que había profetizado la banfáith.

 

Si hubiera sabido lo que Tegid había estado proyectando, se lo habría impedido; y no hubiera sido el único en hacerlo. En efecto, cuando ocupé mi lugar, a la derecha del rey, tuve ocasión de ver que Paladyr se mantenía a distancia, claramente enfurecido por el insulto recibido. No lo culpé, puesto que había sido destituido como paladín y no se le había dado la oportunidad de defender su elevada posición; había sido degradado en presencia de sus hombres y hermanos de armas. No podía concebirse una humillación mayor.

 

El rey distribuyó otros regalos: broches, piedras preciosas y brazaletes de oro y plata. Ensalzó otros nombres, alabó otras hazañas. La cabeza me daba vueltas tratando desesperadamente de encontrar el modo de disuadir a Paladyr de que no me retara a un combate singular para defender su rango. Movería cielo y tierra para lavar su honor, empeñaría en ello la vida y más incluso. Un guerrero sin honor sufría una vergüenza mayor que la muerte. No podía albergar la esperanza de que pasara por alto el desaire recibido: su orgullo era mayor que el del rey, pese a que Meldryn Mawr gobernaba sobre Albión.

 

Así permanecía junto al rey, ocupando el sitio de Paladyr, mientras buscaba frenéticamente el modo de escapar de aquella comprometida situación. Escruté por encima de la multitud, buscando al fondo del salón la silueta del antiguo paladín del rey; pero no lo vi por ningún lado. Sin embargo, podía imaginarme su creciente cólera, alimentada como una

 

hoguera por un vendaval.

 

Cuando el último guerrero fue llamado a presencia del rey y fue entregado el último de los regalos, el rey Meldryn Mawr ordenó que siguiera la fiesta. En cuanto pude agarré del brazo a Tegid.

 

—¿Por qué me has hecho esto?

 

—Yo no he hecho nada —me dijo con toda sencillez—. Es privilegio del rey elegir un nuevo paladín y bautizarlo. Así lo ha hecho; y yo encuentro muy acertada su elección.

 

—¡Paladyr me matará! Clavará mi cabeza en su lanza. Tienes que hablar con el rey.

 

—Es un honor muy grande el que has recibido. Y además lo tenías muy merecido; te lo has ganado a pulso.

 

—¡No lo quiero! ¡Me niego a aceptarlo!

 

Tegid me miró con expresión sombría.

 

—No te comprendo, Llew.

 

—¡No me llamo Llew! —grité—. ¡No quiero honor alguno! ¿Es que no lo entiendes?

 

—Es demasiado tarde —repuso mirando hacia otro lado.

 

—¿Por qué?

 

—Por ahí viene Paladyr.

 

En efecto, abriéndose paso entre la multitud, Paladyr se acercaba a nosotros. Su rostro era inexpresivo; sólo los ojos revelaban la cólera que lo embargaba. Yo salí a su encuentro, y el guerrero se detuvo ceñudo ante mí. Antes de que pudiera abrir la boca, para dirigirle unas palabras conciliadoras, me puso la mano en el pecho y me apartó de un empujón.

 

La gente lo vio y se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. Todo el salón enmudeció de golpe.

 

Paladyr avanzó hacia el trono y se echó a los pies del rey. Meldryn Mawr lo contempló con aire impasible. Tegid acudió junto al rey y tras una breve consulta dijo:

 

—¿Qué buscas adoptando tal actitud ante el rey?

 

El antiguo paladín siguió postrado, sin mover un músculo. El rey susurró algo a Tegid, que asintió y se dirigió al postrado guerrero.

 

—Levántate, Paladyr —ordenó el bardo—. Si tienes algo que decir, ponte en pie y habla.

 

Entonces Paladyr se levantó y tendió sus manos vacías hacia el rey; mostraba una actitud humilde, pero en modo alguno humillada.

 

—¿De qué me acusas para rechazarme de esta manera?

 

—¿Estás sugiriendo que el rey te ha tratado injustamente? —le preguntó Tegid.

 

—Pregunto por qué se me ha apartado de mi cargo —repuso Paladyr hoscamente.

 

—Tu obligación no es preguntar, sino obedecer —observó el bardo—. Sin embargo, el rey aprecia tus leales servicios y por eso te responderá.

 

—Que responda entonces —dijo Paladyr conteniéndose a duras penas—.

 

Pero me gustaría oír la respuesta de sus labios, no de los tuyos, bardo.

 

Meldryn Mawr ladeó la cabeza hacia Tegid, que se inclinó para escucharlo. Luego el bardo se irguió y dijo:

 

—Eso no podrá ser por el voto de geas del rey. Pero escucha las palabras del rey y acátalas, si es tu deseo. Así habla el rey: los que me sirven deben permanecer fieles a mí y sólo a mí. Tú, Paladyr, eras el primero en guardarme lealtad. Mientras permaneciste fiel, fuiste el paladín del rey. Pero dejaste de serlo cuando decidiste seguir al príncipe Meldron. Por eso te he dado de lado. —Tegid hizo una pausa y luego concluyó—: Así ha hablado el rey.

 

Aquéllas palabras parecieron causar un gran efecto en el guerrero, que al momento adoptó un aire contrito.

 

—Tu rechazo es muy duro para mí, oh rey —dijo—. Pero acato tu decisión; permíteme sólo hacer otra vez el juramento de fidelidad y ofrecerte mi lealtad.

 

El rey Meldryn asintió lentamente, y Paladyr se acercó a él con la cabeza baja y los brazos caídos. Cayó de hinojos ante el rey en señal de arrepentimiento, apoyó la cabeza en el pecho del monarca y gritó en voz alta:

 

—¡Perdóname, Soberano Señor!

 

Meldryn Mawr alzó una mano y pareció que iba a decir algo, pero enseguida la bajó, cerró la boca e inclinó la cabeza sobre su antiguo paladín, en otros tiempos tan querido. Fue un gesto de afecto que conmovió a todos los presentes.

 

—Paladyr —dijo Tegid tras unos instantes—, renueva el juramento de lealtad.

 

Y a continuación comenzó a recitar las palabras que el antiguo paladín debía repetir.

 

Pero Paladyr no dijo nada. Ni siquiera esperó a que Tegid acabara. Se levantó, permaneció ante el rey unos momentos y luego se dio la vuelta. Todos los ojos se clavaron en él mientras abandonaba apresuradamente el salón.

 

El coro de murmullos que suscitó el extraño comportamiento de Paladyr se convirtió al momento en gritos de sorpresa e incredulidad, cuando alguien exclamó:

 

—¡Asesino! ¡El rey ha sido asesinado!

 

Las palabras sonaron como cuchillos afilados. Como todos los demás, yo había estado observando a Paladyr. Al oír aquel grito, miré al trono y vi que Meldryn seguía sentado en él, con la cabeza inclinada sobre el pecho y las manos en el regazo, en la misma postura de antes; no se había movido.

 

Y entonces observé que el puñal de Paladyr estaba clavado en el pecho del rey, junto al esternón. De la herida iba brotando lentamente la sangre de brillante color carmesí. El rey estaba muerto.

 

Durante unas milésimas de segundo el salón contuvo el aliento, horrorizado. Luego sobrevino un tremendo revuelo.

 

—¡Detenedlo! ¡Cogedlo! —gritó Tegid.

 

La multitud se precipitó hacia el trono. Alguien rompió en sollozos.

 

En medio del alboroto, intenté reunirme con Tegid. Se oyeron más sollozos. Gritos de horror. Pánico. Las puertas del salón se cerraron de un portazo que resonó como un trueno. Los guerreros gritaban órdenes confusas. Brillaban las armas desenvainadas.

 

El príncipe Meldron apareció de pronto en medio de la algarabía con los

 

brazos levantados y gritando:

 

—¡Calma! ¡Calma! ¡Que no cunda el pánico! ¡Aquí tenéis a vuestro rey!

 

Siawn Hy estaba junto al príncipe con la espada desenvainada como si quisiera proteger a su señor de algún ataque. ¿Un ataque de quién?, me pregunté. Por fortuna, la aparición de Meldron restauró la calma; el pánico y la confusión desaparecieron de golpe.

 

—¡Manada de Lobos! —gritó el príncipe llamando a los guerreros de su banda, que enseguida se abrieron paso entre la multitud y se detuvieron ante el trono—. Perseguid a Paladyr. Dadle caza y traedlo. Pero traédmelo vivo. ¿Habéis oído? ¡Que no sufra ni un rasguño!

 

Los guerreros, excepto Siawn que se quedó junto al príncipe, prometieron cumplir la orden y se marcharon a toda prisa. El príncipe se dirigió a Tegid, que estaba inclinado sobre el cuerpo del rey.

 

—¿Está muerto? —dijo el príncipe, en un tono que fue más bien una aseveración que una pregunta.

 

El bardo se irguió; tenía el rostro pálido, ceniciento y sombrío, y la voz le temblaba, aunque no podría decir si de pena, cólera o algún otro sentimiento.

 

—El cuchillo le atravesó el corazón —repuso—. El rey ha muerto. — Luego se dirigió a mí y me ordenó—: Reúne algunos hombres. Llevaremos al rey a sus aposentos.

 

Tres guerreros se nos unieron y entre todos alzamos el cuerpo, lo llevamos a los aposentos reales y lo dejamos sobre el lecho. Tegid se quitó el manto y cubrió el cadáver; después hizo salir a los guerreros tras ordenarles que se apostaran en la puerta.

 

Yo miré a Tegid en pie junto al cuerpo del rey, con la barbilla apoyada en una mano en actitud meditabunda. No sabía qué decir o qué pensar. Aquello me parecía irreal, como si fuera un sueño. No obstante, allí yacía el cadáver de Meldryn Mawr. Y yo, que era su paladín, no había cumplido el deber de protegerlo.

 

—Tegid…, yo… lo siento mucho —tartamudeé acercándome al bardo.

 

—¿Sabías lo que Paladyr albergaba en el corazón? —me preguntó fríamente.

 

—Bueno… no, yo…

 

—¿Podrías haber impedido su crimen?

 

—No. Pero…

 

—Entonces no tienes por qué reprocharte nada. —Aunque su voz era suave, el tono era terminante—. Yo tampoco te reprocho nada.

 

—Pero yo era su paladín —insistí—. Y me quedé inmóvil mientras Paladyr lo asesinaba. No hice nada. Debería…, debería haber hecho algo. Debería haberlo protegido.

 

El bardo alisó el manto sobre el cadáver. Luego se irguió y me cogió por el brazo.

 

—Escúchame bien, Llew —dijo tranquila pero firmemente—. La vida del rey pertenece a su pueblo. Si alguno de sus súbditos toma la decisión de arrebatársela a traición, no hay fuerza en la tierra capaz de impedírselo.

 

Lo que Tegid decía era la pura y cruda verdad. Entendía lo que quería decir, pero tardaría algún tiempo en poder aceptarlo.

 

—¿Qué haremos ahora?

 

El bardo contempló una vez más el cuerpo del rey.

 

—Hay que preparar el cadáver para las honras fúnebres. Cuando se hayan cumplido los ritos funerarios, se elegirá un nuevo rey.

 

—El príncipe Meldron dijo…

 

—El  príncipe  Meldron  ha  ido  demasiado  lejos  —replicó  Tegid—.

 

Meldron tendrá que someterse a la voluntad de los bardos.

 

En Albión los derwyddi elegían al rey, y la dignidad real no pasaba de padres a hijos por herencia, sino que cualquier miembro destacado del clan podía convertirse en rey si el bardo lo elegía. Se valoraba demasiado la dignidad real como para permitir que pasara de mano en mano como una prenda usada. Por eso el rey era escogido entre los hombres más honrados y afamados del clan.

 

—Ya sé —le dije—. Pero tú eres el único bardo que queda entre los llwyddios… Por lo que sabemos, eres incluso el único que queda en Albión.

 

—Entonces yo solo escogeré al rey. —Y con sonrisa sombría añadió—:

 

Yo ostento ahora la dignidad real, hermano. Y la otorgaré a quien me parezca más digno.

 

 

 

 

38

 

LA VUELTA A CASA

 

El  cuerpo  del  Soberano  Señor

 

descansó tres días en Findargad y los días destinados a la celebración de la victoria se convirtieron en días de luto. Durante ese tiempo, Tegid preparó el cuerpo para el enterramiento y organizó los preparativos para el regreso a casa, a Sycharth. El rey no sería enterrado en la fortaleza de la montaña, sino que descansaría en el valle de Modornn, en el túmulo de los reyes llwyddios. El cuerpo fue lavado y envuelto en las más finas telas. Su espada y su lanza fueron bruñidas, el escudo fue pintado y las protuberancias circulares fueron pulidas hasta que brillaron como soles.

 

Al cuarto día, el cadáver fue sacado de los aposentos reales y colocado en un carro cubierto de pieles. Entonces, cuando todos los que habían sobrevivido al ataque de Nudd estuvieron reunidos en el patio, Tegid condujo el carro fuera de las puertas y emprendimos el largo camino de regreso. Seis guerreros con lanzas flanqueaban el furgón fúnebre. El príncipe Meldron cabalgaba detrás, severo y triste; el pueblo de los llwyddios cerraba el cortejo.

 

Así dejamos Findargad. Por orden de Tegid, yo iba a pie junto a la cabeza del caballo, delante de él. El primer día de marcha no intercambiamos palabra alguna. Tegid, con la mirada fija en el camino, meditaba perdido en sus pensamientos con el entrecejo fruncido y el rostro sombrío. Yo no sabía qué le preocupaba, y él no me lo dijo.

 

Pero, en los días que siguieron, comenzó a explicarme la esencia de sus meditaciones. Sus pensamientos, solemnes y sombríos, se centraban en el tétrico futuro que el bardo veía cernirse sobre nosotros; el futuro descrito en la terrible profecía de la banfáith.

 

—El Rey de Oro tropezará con la Roca de la Contienda. El Gusano de ardiente aliento reclamará el trono de Prydain —dijo lúgubremente Tegid.

 

Nos habíamos detenido junto a un arroyo y estábamos esperando al séquito para proseguir la marcha.

 

—Míralos —continuó, señalando a la gente que atravesaba en largas filas la corriente—. Están perdidos y no se dan cuenta. No tienen quien los dirija. Un pueblo sin rey está aún más desamparado que un rebaño de ovejas sin pastor.

 

—Tienen al príncipe Meldron —observé.

 

El príncipe aguardaba a caballo en medio del arroyo a que la gente lo vadeara. Parecía como si estuviese vigilando su rebaño. Siawn estaba junto a él apoyado en la lanza. En los últimos días no se había separado ni un momento del príncipe, y yo no había tenido oportunidad de hablarle a solas.

 

Tegid me miró de soslayo con el gesto torcido en una amarga sonrisa.

 

—El príncipe Meldron no se sentará jamás en el trono de su padre.

 

Le pregunté qué quería decir, pero me dio a entender que no era el momento oportuno para hablar de ello.

 

—No hables con nadie de esto —me advirtió.

 

Creí que así daba por concluido el asunto, pero, poco después, cuando habíamos reanudado la marcha otra vez, dijo:

 

—El rey será enterrado con todos los honores.

 

Lo dijo en una voz tan baja que creí que estaba hablando consigo mismo.

 

—Quizá no pueda impedir lo que se avecina —añadió—, pero al menos lograré ver a mi rey enterrado en su tumba, como corresponde. Aún no hemos caído tan bajo como para olvidar los ancestrales ritos.

 

—Tegid, dime: ¿qué crees que va a ocurrir?

 

El bardo alzó la cabeza y escrutó indiferente el horizonte cubierto de nubes.

 

—Lo sabes de sobra —contestó.

 

—Si lo supiera, no lo preguntaría —gruñí, harto de sus evasivas.

 

—Lo sabes muy bien —repitió y, en tono desafiante, agregó—. Llew debería saberlo.

 

Antes de que pudiera sonsacarle algo más, nos vimos obligados a detenernos por la llegada de la Manada de Lobos. Los guerreros, siguiendo las órdenes del príncipe, habían cabalgado duramente y habían recorrido

 

mucha distancia; su aspecto lo pregonaba; sus ropas estaban polvorientas y sus caballos cubiertos de espuma y barro. Al verlos llegar, el príncipe abandonó su puesto junto a la carroza fúnebre y cabalgó a su encuentro.

 

—Me pregunto qué habrán encontrado —comenté observando la conferencia que mantenían el príncipe y sus guerreros en medio del camino.

 

—¿Por qué te lo preguntas? —inquirió Tegid con aspereza—. ¿Es que estás ciego?

 

—A lo mejor —respondí desabridamente.

 

—¡Abre bien los ojos! ¿O es que tendré que decirte lo que tienes delante de las narices?

 

—La Manada de Lobos ha regresado —dije enfadado—. El príncipe está hablando con ellos.

 

—¿Ves a Paladyr? —inquirió el bardo con sarcasmo.

 

—No. No está con ellos.

 

—¿Entonces?

 

—Entonces es que no lo han encontrado. Debe de haber escapado.

 

—Conque Paladyr ha escapado… —comentó Tegid poniendo los ojos en blanco—. Ésos hombres pueden seguir la pista de un oso por la espesura del bosque más umbrío. Pueden perseguir un ciervo hasta rendirlo por cansancio. Pueden seguir el vuelo de un águila y localizar su nido. ¿Cómo es posible entonces que Paladyr se les haya escapado?

 

—¿Crees que lo dejaron huir? ¿Por qué iban a hacer una cosa así?

 

—¿Por qué iba a ser?

 

Eso fue todo lo que pude sacarle antes de que el príncipe volviera a ocupar su puesto tras la carroza fúnebre y el cortejo reanudara el largo y penoso viaje. Yo registré cuidadosamente en mi mente las insinuaciones de Tegid y sopesé el alcance de cada palabra antes de unirla a las demás.

 

No cabía duda de que el bardo estaba preocupado por la profecía de la banfáith y estaba decidido a contagiarme su angustia. Eso ya era bastante inquietante, pero aún más alarmante era la insinuación de que el príncipe Meldron era responsable de la muerte de su padre. Porque, si Meldron estaba

 

implicado en el crimen, Simon también lo estaría. ¡Eran inseparables! No era probable que el príncipe pudiera urdir un plan tan alevoso y criminal sin que mi antiguo amigo se enterara. Quizá Simon había participado…, quizás había hecho algo más que participar.

 

Al pensarlo me estremecí hasta la médula. ¿Qué había hecho Simon?

 

Durante largo tiempo fui dando vueltas y más vueltas a estos pensamientos. Pero el día era hermoso y alegre y el sol me acariciaba la piel con su calorcillo. Pese a mis presentimientos, poco a poco fui dejándome extasiar por el panorama. Aún había bastante nieve en las laderas de las montañas y también en el camino, pero había comenzado a fundirse; entre la blancura sobresalían peñas rojizas y grisáceas e incluso a veces se vislumbraba el destello verde de la hierba.

 

Como si quisiera acariciar la tierra azotada por la ira de sollen, gyd comenzaba a hacer notar su amable presencia. Los arroyos corrían caudalosos por el deshielo y goteaba agua de todas las rocas. Durante el día el cielo estaba despejado y el sol calentaba; sin embargo, las noches eran frías y el suelo estaba húmedo, por lo que teníamos que encender hogueras y dormir sobre pieles de buey. Un destacamento de guerreros montaba guardia por turno junto al cadáver del rey.

 

Una noche me tocó formar parte del primer turno de guardia y dio la casualidad de que también Simon estaba incluido en el grupo. Aguardé a que llegara el relevo y entonces fui a su encuentro. Hacía muchísimo tiempo que no se me había presentado la oportunidad de hablar con él a solas.

 

—Siawn —dije llamándolo por el nombre que tanto le gustaba y tocándole un hombro.

 

Se dio la vuelta, con los puños apretados y el rostro ceñudo a la luz de la luna. Me miró largamente, pero sus ojos no dieron la menor señal de reconocerme, aunque mi presencia no pareció asustarlo como a los demás.

 

—Llew —repuso torciendo el gesto—, ¿qué quiere de mí el poderoso Llew?

 

Me encolerizó la mueca.

 

—Quiero hablar contigo —contesté.

 

Hizo ademán de alejarse, pero lo seguí y lo detuve.

 

—Simon, ¿qué pasa? ¿En qué te has metido?

 

Me esquivó y me corrigió con enfado:

 

—Me llamo Siawn Hy.

 

—Siawn —corregí rápidamente—, ¿qué sabes de Paladyr?

 

Al oírme nombrar al fugitivo, entrecerró los ojos.

 

—Nada —respondió con una voz áspera como una amenaza.

 

Hizo ademán de escabullirse, pero lo sujeté por el brazo.

 

—Todavía no he terminado —le dije.

 

—No tengo nada que decirte —me espetó—. Ocúpate de tus asuntos, Llew.

 

Puso su mano en mi muñeca y me obligó a soltarle el brazo. Un odio agudo y virulento relampagueó en sus ojos; lo invadía la cólera. Se alejó despacio.

 

—¡Espera! —exclamé intentando detenerlo—. Siawn, espera, quiero unirme a vosotros.

 

Se detuvo en seco.

 

—¿A nosotros? ¿Qué quieres decir?

 

—Lo sabes de sobra —repuse, y, aunque el corazón me latía aceleradamente, logré que mi voz sonara fría e insinuante—. ¿Crees que soy tonto? Veo muy claramente lo que está ocurriendo. Quiero unirme a vosotros.

 

Simon me observó con suspicacia, tratando de averiguar lo que se ocultaba tras mis palabras.

 

—El príncipe te hace mucho caso —insistí—. He observado hasta qué punto depende de ti, Siawn. No haría nada sin contar con tu aprobación y consejo.

 

Se puso en guardia y creí que se iba a marchar, pero había conseguido intrigarlo.

 

—Habla sin tapujos —declaró—. Te escucho.

 

—Meldron quiere ser rey —dije—. Yo puedo ayudarlo.

 

—¿Cómo?

 

—Tegid no lo va a permitir. Lo impedirá.

 

—Tegid no es un obstáculo importante. Si se cruza en nuestro camino, lo mataremos.

 

—No —repliqué yo—. Lo necesitáis vivo.

 

—¡Bardos! —exclamó Simon, y la palabra sonó en sus labios como una maldición—. Meldron ya sería rey ahora si no se hubiesen entrometido los bardos. Las cosas cambiarán cuando se siente en el trono.

 

—El pueblo se rebelaría —observé—. Nunca acatarían a un rey que hubiese matado a su bardo. Pero hay un camino mucho más fácil. Si vieran que Tegid entrega la dignidad real a Meldron, todos lo acatarían como soberano.

 

—¿Podrías lograr que lo hiciera?

 

—Pondría todos los medios. Tegid confía ciegamente en mí; soy su confidente. Podría seros de gran ayuda —aseguré—. Pero quiero algo a cambio de mis servicios.

 

Simon pareció entenderlo muy bien.

 

—¿Qué quieres?

 

—Un puesto junto a Meldron cuando sea rey —declaré con toda llaneza —. Quiero formar parte de la Manada de Lobos.

 

—Es cierto que el príncipe escucha mis consejos —reconoció orgullosamente Simon, que seguía siendo tan jactancioso como siempre—. Intercederé por ti. Le hablaré de tu indudable interés.

 

Luego añadió en voz más baja:

 

—Quizá Meldron te pida algo en prueba de lealtad.

 

—¿Qué?

 

Reflexionó unos instantes; sus maliciosos ojos relucían a la luz de la luna.

 

—Averigua qué planes tiene Tegid para cuando hayamos llegado a Sycharth.

 

—Eso me llevará cierto tiempo —mentí—. Tendré que sonsacarle sin que entre en sospechas.

 

—No será muy difícil para el poderoso Llew —comentó Simon con sorna y desprecio.

 

—De acuerdo. Lo haré.

 

Simon me dio unos golpecitos en el hombro.

 

—Muy bien —comentó—. El príncipe se sentirá muy satisfecho.

 

Alzó con arrogancia la barbilla y se marchó. Lo contemplé mientras desaparecía en la oscuridad, y me fijé en que al andar se contoneaba como un pavo real.

 

Al día siguiente, mientras hacíamos los preparativos para reanudar la marcha, fui al encuentro de Tegid y le pregunté:

 

—¿Cuándo cae el Beltane?

 

El bardo reflexionó unos instantes, porque la extraña duración de aquel sollen había echado por el suelo el cálculo de la sucesión de las estaciones por el movimiento del sol.

 

—Ahora estamos en… —Hizo una pausa y repasó sus cálculos—. Faltan tres amaneceres.

 

—Entonces aún no habremos llegado a Sycharth —observé.

 

—No —asintió Tegid— no llegaremos al caer a tiempo de celebrar el Beltane.

 

—¿Dónde lo celebraremos entonces?

 

—En cualquiera de los lugares sagrados —contestó—. Hay varios en esta ruta. Cerca de aquí hay un montículo y una piedra vertical. Llegaremos allí pasado mañana. Es un lugar muy apropiado para la celebración del Beltane.

 

«Sí —pensé—, un lugar muy apropiado». En los días que siguieron vigilé de cerca al príncipe y a sus secuaces; y me di cuenta de que también me vigilaban a mí. A primera hora de la noche del segundo día, mientras acampábamos para pasar la noche, Simon se me acercó cuando estaba abrevando a los caballos.

 

—¿Qué has averiguado? —inquirió impaciente.

 

La ambición estaba abrasando al príncipe y a su paladín; tuve la seguridad de que los tenía a mi merced.

 

—¡Aquí no! —me apresuré a decir mirando con inquietud por encima del hombro—. Tegid podría sospechar. No debe vernos juntos. Mañana pasaremos junto a un montículo y una piedra vertical; te espero allí al alba.

 

Simon estaba muy acostumbrado a las intrigas y a los manejos en secreto y aceptó la cita sin protestar.

 

—De acuerdo —contestó—. Al alba. Junto a la piedra vertical.

 

—Y ve solo —le advertí—. Cuanta menos gente lo sepa, mejor.

 

—¡No me des órdenes! —gruñó.

 

Nos separamos, y yo fui a reunirme con Tegid junto a la hoguera. Comimos nuestra exigua ración y cuando acabamos desenrollamos las pieles de buey para dormir. Yo estaba muy nervioso, pero el bardo no parecía notarlo; sin duda tenía bastante con sus propias preocupaciones.

 

Aquélla noche, antes del alba, me desperté de mi inquieto sueño, cogí mi lanza, me envolví en el manto y me escabullí del campamento. Me mantuve lejos de la luz de las hogueras, esquivé con precaución los lugares donde dormían el príncipe y sus secuaces y logré encontrar el camino. Guiado por la luna que ya se estaba poniendo, apresuré el paso. No me atrevía a pensar en lo que me esperaba ni en lo que debía hacer.

 

Seguí el tortuoso sendero, esquivando ramas bajas y troncos derrumbados. Mientras caminaba por la soledad del bosque, me asaltó el temor de que Simon no acudiera solo a la cita, de que llevara con él al príncipe. Si así ocurría, mi plan fracasaría. De pronto me encontré en el lugar de la cita. Mientras el sol comenzaba a aparecer por el este, caminé nervioso en torno al enorme montículo recubierto de yerba y coronado por una piedra vertical. Entonces comencé a preguntarme si Simon acudiría a la cita.

 

No me defraudó. Su enorme ambición lo había empujado a obedecerme. Lo vi acercarse en la pálida luz del alba y suspiré aliviado. Luego levanté mi lanza a modo de saludo.

 

Al verme, me dirigió su consabida sonrisa de superioridad.

 

—Bueno, aquí me tienes. ¿Qué has averiguado?

 

—¿Has hablado con el príncipe?

 

—Sí —repuso acercándose confiado—. Te demostrará su agradecimiento

 

cuando llegue el momento. Ya lo verás.

 

—Muy bien —dije mirando de reojo al cielo; era la hora-entre-horas—.

 

Caminemos un poco.

 

A Simon le extrañó mi sugerencia, pero me obedeció.

 

—No será fácil —comencé a decir, caminando lentamente en torno al montículo—. Tegid es una persona muy reservada, como bien sabes. No es de los que expresan abiertamente lo que piensan. Es un bardo… y ya sabes cómo se las gastan.

 

Simon emitió un gruñido de desprecio.

 

—Sigue —indicó.

 

—Quiero que sepas que no ha sido fácil sonsacarle información. He tenido dificultades.

 

—Ya te he dicho que Meldron te dará la recompensa que mereces — replicó Simon, que de pronto parecía haber entrado en sospechas—. ¿Qué más quieres?

 

—Ya hablaremos luego de eso. Ahora escucha, esto es lo que he averiguado: en cuanto lleguemos a Sycharth, Tegid convocará una reunión de bardos para que lo ayuden a decidir lo que debe hacer.

 

—¿Por qué? ¿Es que no lo sabe? —dijo deteniéndose y enarcando una ceja con desconfianza.

 

—No entiendes nada —lo recriminé con aspereza.

 

Seguí caminando; Simon me siguió, y completamos el primer círculo en torno al montículo.

 

—Primero debe ser enterrado Meldryn Mawr —añadí—. Lleva tiempo elegir a un nuevo rey.

 

—¿Cuánto tiempo?

 

—Eso carece de importancia —contesté, y seguí caminando.

 

—¿Cuánto tiempo? —repitió Simon.

 

—Por lo menos doce días —dije eligiendo un número al azar—. Cuando los bardos se hayan reunido, y ni siquiera sabemos cuántos quedan, habrá que hacer más preparativos, pues deben llevarse a cabo los rituales y ceremonias

 

de rigor.

 

—Ya sabemos todo eso —me interrumpió Simon en un torpe intento de intimidarme—. ¿Qué más?

 

Me detuve y me encaré con él asiendo con firmeza la lanza.

 

—Si sabéis tantas cosas —gruñí—, ¿por qué habéis aceptado mi ayuda?

 

¿Quieres que te diga lo que he averiguado o no?

 

—Para eso he venido —replicó con aspereza—. Te escucho.

 

Reanudé mi paseo, fingiendo enfado. La treta dio resultado.

 

—¿Qué más has averiguado? —preguntó en tono más suave.

 

—Bien —empecé lentamente—, creo que Tegid aguardará a que los bardos se hayan reunido, y luego retrasará la elección.

 

—¿Retrasar? ¿Por qué va a retrasar la elección?

 

—Hay una antigua ley —respondí escogiendo con cuidado las palabras— que permite al bardo reunir a los hombres del clan en una asamblea para competir por la dignidad real.

 

—¿Qué clase de competición?

 

—Eso depende de los bardos —repuse, completando el segundo círculo en torno al montículo y comenzando el tercero—. Normalmente se celebran luchas marciales, en las que se exhibe la fuerza y la habilidad en el manejo de las armas y de los caballos, y pruebas que demuestran el coraje y la agilidad mental.

 

Hice una pausa para comprobar el efecto de mis palabras y luego proseguí:

 

—El rey será escogido entre los ganadores de esas pruebas y no sólo entre los príncipes y capitanes.

 

Simon se encorajinó.

 

—¿Por qué tiene que ser elegido un nuevo gobernante cuando hay un heredero de sangre real, que está además capacitado para ostentar la corona que por derecho le corresponde?

 

Alzó desafiante la mandíbula y leí en su rostro como en un libro abierto; de pronto se me reveló claramente lo que había hecho y podía incluso

 

adivinar cómo.

 

Simon había alimentado la ambición del príncipe hablándole de sus derechos de sucesión: la dignidad real se transmitía de padres a hijos, por derecho de sangre y no por méritos individuales. Simon, cuya vida había sido un testimonio vivo de inmerecidos privilegios, era un ardiente defensor de esas ideas. Y le había resultado muy fácil convencer al débil y codicioso príncipe de que debía heredar el trono de su padre.

 

No obstante, la costumbre en Albión era muy distinta: los reyes se elegían entre los hombres más dignos del clan; y los bardos, que ostentaban la potestad de otorgar la dignidad real, eran quienes elegían a la persona indicada.

 

¿Se había ganado el favor del príncipe Meldron repitiéndole que la dignidad real se podía ganar sin méritos, sin la aquiescencia de los bardos?, ¿que la dignidad real se transmitía por la herencia de la sangre y no por la sangre del sacrificio?

 

No sabía quién había matado al Phantarch, ni siquiera podía adivinar cómo lo habían encontrado. Pero no me cabía ninguna duda de un hecho: Simon, que había llegado al Otro Mundo por casualidad, había traído con él ideas ajenas y fatales. Sus herejías habían causado la muerte de Ollathir, del Phantarch, del rey y de millares de hombres que habían sucumbido ante Nudd y sus hordas. Alegre y egoístamente había pretendido apropiarse de lo que no podía ser suyo, para crear un orden que sirviera a sus mezquinos y personales intereses.

 

No sabía nada de la verdadera naturaleza de la dignidad real ni le importaba en absoluto. No sabía nada de la Canción, ni del Cythrawl. Ni de la hueste de poderes infernales que habían desatado sus palabras de traición. ¡Ni siquiera ahora le importaba nada de lo que había sucedido! Sólo se preocupaba por sí mismo. Su codicia casi había destruido Albión y había que ponerle freno. Había llegado la hora de que Simon se marchara.

 

Caminamos un poco más hasta completar el tercer círculo en torno al montículo. El amanecer iluminaba el cielo con una pálida luz rosada. Simon meditaba en silencio lo que acababa de decirle.

 

—¿Cuándo comenzará esa competición? —preguntó al fin.

 

—Tendrá lugar en el espacio de tiempo que va entre una luna nueva y la

 

siguiente, aproximadamente después del Beltane y antes del Samhein — repuse.

 

—El Beltane está muy cerca —observó Simon.

 

—Así es —asentí—. Muy cerca.

 

Me hice a un lado con rapidez apuntando con la lanza a Simon, que miró sorprendido la punta del arma e hizo ademán de apartarla.

 

—Tranquilo —le dije—. Todo ha terminado, Simon. Es hora de regresar.

 

—¿De regresar? —exclamó con genuino asombro.

 

—A casa, Simon. No perteneces a este mundo. Albión no es tu mundo.

 

Has causado mucho daño y ha llegado el momento de detenerte.

 

Tomó aliento para protestar, pero no le permití pronunciar palabra.

 

—Date la vuelta —le ordené, empujándolo hacia el montículo con la punta de la lanza.

 

—No te atreverás a hacerme daño —gruñó quitándose el manto y echando mano a la espada.

 

Con un rápido movimiento le hice un corte en el brazo. Al ver brotar la sangre se enfureció.

 

—Esto te costará la vida.

 

—Date la vuelta, Simon —repetí con tono imperioso.

 

Simon me miró fijamente, todavía vacilante.

 

—¡Quieres quedarte con todo! ¡Pretendes ser el rey!

 

—¡Muévete! —Lo empujé con la lanza y me acerqué un poco más—. No olvides que estoy detrás de ti.

 

—Te arrepentirás —me espetó con voz fría y amenazadora—. Te juro que morirás arrepintiéndote de esto.

 

—Correré ese riesgo —repliqué, acercándome más y presionándole las costillas con la lanza—. Pero ahora vas a regresar a donde perteneces. ¡Muévete de una vez!

 

Se giró y se dirigió hacia la oscura hendedura que se abría en la base del montículo. Tras lanzarme una mirada asesina, bajó la cabeza y entró.

 

No perdí ni un momento en celebrar mi triunfo. El portal del Otro Mundo no iba a permanecer abierto mucho tiempo. Simon tenía razón: ya me estaba arrepintiendo de lo que había hecho, pero no por las causas que él suponía. Eché una última ojeada a la hermosa Albión y constaté hasta qué punto había llegado a amarla y cuánto la iba a echar de menos. Abrumado por la tristeza, dejé la lanza apoyada en el montículo. Luego exhalé un suspiro de silenciosa despedida, bajé la cabeza y me metí en la oscura hendedura.

 

 

 

 

39

 

EL REGRESO

 

El  interior  del  montículo  estaba

 

oscuro como un útero, y el aire era sofocante. No vi a Simon, ni lo oí, ni noté su presencia. Ya había cruzado. Temiendo que el portal se cerrara de un momento a otro y que perdiera la oportunidad de regresar —y si la perdía, seguramente sería incapaz de volver a tomar tal decisión—, exhalé un suspiro y avancé hacia el ululante vacío que separaba los dos mundos.

 

Me azotó una furiosa ráfaga de viento y me balanceé en el puente, estrecho como el filo de una espada. Extendí los brazos para guardar el equilibrio y fui deslizando los pies sobre el filo de la espada procurando hacer caso omiso de los sobrecogedores aullidos del viento y la vertiginosa sensación de que me cernía sobre un vacío infinito e invisible.

 

El filo se me clavaba en la planta de los pies mientras me iba deslizando por él. El viento me azotaba por todas direcciones. Luché por respirar, luché contra el temor de abandonarme a aquella oscuridad barrida por el viento. Haciendo acopio de las últimas fuerzas que me quedaban, seguí avanzando por el estrecho puente.

 

Parecía como si el huracán me desgarrara los vestidos y los redujera a jirones, como si me arrancara la carne de los huesos. «Valor —me dije—, pronto habrá acabado todo».

 

Avancé un paso más.

 

Mis pies pisaron el vacío y caí… con el estómago encogido, como si no pesara; me precipité en una noche sin fin… Me mordí el labio inferior para no gritar, y seguí cayendo a través del espacio y del tiempo, dando vueltas entre múltiples estratos de mundos que sólo existían en potencia, entre pasados que nunca existieron y futuros que nunca existirían; me precipité entre aquella inefable y elemental reserva del universo trascendente. Por fin aterricé de costado. Me quedé quieto unos instantes hasta que la cabeza cesó de darme vueltas y entonces abrí los ojos y me encontré en un espacio cerrado,

 

tenebroso y gris de piedra caliza.

 

Flexioné brazos y piernas para comprobar que no me había roto ningún hueso, y me incorporé lentamente hasta ponerme en pie. Una luz tenue y fría se filtraba en el cairn. No vi a Simon por ningún lado. Me acerqué a la abertura y, asiéndome a las frías piedras del borde del agujero, me di impulso y salí al mundo real.

 

Era un alba invernal y helada. El sol se acababa de levantar por el este, y un ligero manto de nieve cubría la tierra. El cielo que asomaba entre los árboles que coronaban la cañada tenía un color pálido y ceniciento. Al emerger del cairn me hallé en un mundo triste e insignificante. Mi primer pensamiento fue que me había equivocado de lugar, que había cruzado a una tierra sombría, un reflejo apagado y enfermizo del mundo que acababa de abandonar. Pero entonces vi la tienda de campaña de la Sociedad de Arqueólogos Metafísicos.

 

Y allí, sentado en un taburete, bebiendo café junto a un humeante fuego encendido ante la tienda, había un hombre que reconocí como si reconociera a alguien que se ha visto en sueños; se llamaba…, se llamaba… Weston. Sí, era Weston, el director de las excavaciones, y frente a él estaba el profesor Nettleton. Al verlos, supe a ciencia cierta que había vuelto a casa.

 

Tal seguridad me abrumó como un peso muerto sobre los hombros.

 

En efecto, aquel mundo ya no era el mismo de antes. Aburrido, incoloro, abrumador, aquel mundo se me manifestaba con una apariencia provisional y transitoria. Todo —árboles, rocas, tierra, cielo y sol invernal— parecía existir sólo precariamente, como un recuerdo a punto de desvanecerse. En el mundo que tenía ante los ojos, nada tenía sentido ni solidez, nada parecía sustancial. Era un mundo efímero, transitorio, como si fuera un fenómeno milagroso que pudiera desaparecer de un momento a otro.

 

También me di cuenta de que Weston y el profesor Nettleton habían cambiado de forma sutil pero perceptible: sus facciones eran más toscas, sus cuerpos más raquíticos y desgarbados. Parecían más débiles, en cierto modo menos presentes desde el punto de vista físico. Tenían de alguna manera un aspecto fantasmal, como si su existencia corporal dependiera de un hilo finísimo, como si los átomos que componían sus cuerpos estuvieran a punto de perder su cohesión y fueran a desvanecerse en un soplo.

 

Mientras los observaba, Weston se levantó de pronto y se metió en la tienda. En cuanto hubo desaparecido, hice un movimiento para atraer la atención de Nettleton; el profesor aguzó la vista. En su cara de búho apareció una súbita expresión de asombro.

 

—¡Dios mío! —susurró sobresaltado.

 

Era evidente que no me había reconocido. ¿Cómo iba a reconocerme? Yo iba vestido como salido de los Mabinogion,[6] desde la torques de plata que me ceñía la garganta hasta las botas de piel, los breecs, el siarc y el llamativo manto. Estaba esperando algo, desde luego, pero evidentemente no que un guerrero celta surgiera del cairn.

 

Avancé con cautela unos pasos, consciente de la perturbadora impresión que le producía mi aspecto.

 

—No tenga miedo —le dije.

 

Nettles me miraba aturdido, con la boca abierta. Pensé que no me había oído y volví a repetir las palabras, y entonces caí en la cuenta de que estaba hablando en antiguo celta. Me costó un tiempo y un esfuerzo poder hablar en inglés.

 

—Por favor —dije—, no tenga miedo.

 

Mi voz resonó demasiado alta y clara en mis oídos.

 

Mi jerga céltica lo había asombrado, pero mi lengua nativa lo llenó de pavor. El profesor Nettleton, temblando como un terrier, alzó las manos como si quisiera detenerme.

 

—Todo va bien —lo tranquilicé—. He regresado.

 

Nettleton me observaba fijamente a través de sus redondos anteojos, en aquella luz desvaída e incierta.

 

—¿Quién es usted?

 

No puedo describir la terrible impresión que me causaron aquellas simples palabras. Se me clavaron como si fueran puntas de lanzas. Se me hizo un nudo en la garganta. Jadeé y me restregué los ojos con los puños.

 

—¿Quién… es… usted? —repitió despacio el profesor, adoptando el exagerado y cuidadoso modo de hablar con que uno se dirige a un extranjero o a un loco.

 

Luego repitió las mismas palabras en galés, lo cual me hizo sentir todavía más extraño.

 

Me costó un momento poder articular algún sonido.

 

—Soy… soy… —murmuré.

 

Las palabras morían en mi lengua; era incapaz hasta de pronunciar mi nombre.

 

De pronto el profesor pareció reconocerme.

 

—¿Lewis? —preguntó en un murmullo—. ¿Realmente es usted?

 

La pregunta del profesor era más acertada de lo que él mismo podía suponer. ¿Quién era yo? ¿Era Lewis, el estudiante de doctorado de Oxford que se había visto embarcado en una increíble aventura en el Otro Mundo? ¿O era Llew, una nueva personalidad que estaba con un pie en cada uno de los mundos?

 

Nettles se acercó a mí tras dirigir una rápida y furtiva mirada a la tienda.

 

—¿Lewis?

 

—Sí…, soy Lewis…, Lewis —contesté débilmente, tartamudeando mi propio nombre, porque me costaba trabajo articular mi propia lengua—. He regresado —agregué—. Ya estoy de vuelta.

 

—¡Qué aspecto tiene usted! —exclamó, perplejo; sus ojos relucían como los de un niño al recibir los regalos de Navidad—. ¡Qué buen aspecto tiene! ¡Es…, es un milagro! —añadió tendiendo la mano para tocarme el manto.

 

Antes ya había visto el asombro, la incredulidad y el temor en los rostros de los guerreros de las almenas y en los ojos de los reunidos en el salón de Meldryn Mawr. Sabía que la estancia en el Otro Mundo me había cambiado; y, a juzgar por la reacción de los otros, el descubrimiento de las piedras cantarinas en la cámara del Phantarch me había cambiado todavía más. Pero, hasta que me encontré en la apagada y pálida luz de aquel mundo pobre y patético, no comprendí del todo lo que me había pasado: no había cambiado, me había transformado completamente.

 

Extendí los brazos y comprobé el tamaño de mi cuerpo. Mis manos eran fuertes, mis brazos musculosos y vigorosos, mis piernas firmes y derechas, mi torso ágil y elástico, mi pecho fornido y mis hombros anchos. Me llevé una

 

mano a la cara y noté el trazo recto de la nariz y la línea vigorosa de la barbilla y de la mandíbula. Pero el cambio era más que físico. Había en torno a mi persona un halo que proclamaba mi glorioso encuentro con la Canción.

 

Lewis había desaparecido para siempre. Llew había ocupado su lugar.

 

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Nettles con una expresión curiosa y animada en el rostro—. ¿Encontró a Simon? ¿Lo detuvo? ¿Cómo era aquello?

 

¿Cómo explicarle todo lo que había visto? ¿Cómo empezar a describir el Otro Mundo y traducir a palabras todo lo que me había sucedido?

 

Me quedé mirando fijamente a mi amigo, mientras en mi interior se entremezclaban distintas emociones. El profesor tenía un aspecto tan débil, tan frágil, tan insignificante… Abrumado por la visible pobreza de su mezquina y miserable existencia, me entraron ganas de llevármelo para que viera lo que yo había visto, para que conociera lo que yo había conocido. Deseaba que durmiera bajo las resplandecientes estrellas de Albión, que sintiera en el rostro la frescura de la brisa de aquellos verdes valles; deseaba que oyera la conmovedora melodía del arpa de un auténtico bardo, que oliera el aire marino de Ynys Sci, que gustara la exquisita dulzura del hidromiel; deseaba que sintiera bajo sus plantas el firme suelo rocoso de las incomparables montañas de Prydain, que contemplara el destello de fuego de la torques de un rey, que exultara en la gloria del combate. Deseaba mostrarle todas esas cosas y más aún. Deseaba que inhalara profundamente la hermosa vida del Otro Mundo, que bebiera de la copa que yo había probado…, que oyera la belleza sin par de la Canción.

 

Anhelaba mostrarle el paraíso que había descubierto en Albión, pero sabía que no podía ser. Aunque lo intentara con todas mis fuerzas, nunca lograría que me entendiera. El abismo que nos separaba era muy grande. Las palabras no podían salvar esa distancia, ni describir la cruel destrucción que amenazaba aquel hermoso mundo.

 

Pero me ahorré tener que contestarle, porque el profesor puso su mano en mi brazo y se acercó aún más a mí.

 

—Por desgracia, no disponemos de demasiado tiempo —dijo—. Los otros —señaló la tienda con un movimiento de cabeza— regresarán de un momento a otro. Han hecho grandes progresos… Ya han descubierto que aquí hay un portal entre los dos mundos. Me las he ingeniado para participar en las

 

excavaciones y así poder vigilarlos de cerca. Pero no debemos permitir que le descubran.

 

—¿Dónde está Simon? —pregunté con la lengua torpe y la boca seca.

 

—¿Simon? —El profesor pareció confundido—. No he visto a Simon por ningún lado. Sólo ha regresado usted.

 

Mientras me afanaba por entender lo que había ocurrido, noté que la tenue luz se había debilitado aún más. Era extraño, pero estaba más oscuro ahora que antes…

 

Miré hacia el cairn por encima del hombro; las tinieblas se iban cerniendo sobre la cañada, cada vez más espesas. Un cuervo describió un círculo sobre nuestras cabezas, observándonos vigilante. Y entonces caí en la cuenta de que no era el alba, sino el crepúsculo. En el mundo manifiesto el día se iba apagando, acercándose al crepúsculo y a la hora-entre-horas. Pronto se abriría el portal dentro del cairn de Carnwood.

 

Y si Simon no había regresado…

 

Vi todas esas señales y sentí en mi sangre y en mis huesos la emoción del momento. Oí la Canción que se propagaba en la invisible distancia entre los dos mundos. Oí la Canción y supe sin lugar a dudas que la Guerra del Paraíso llegaba hasta este mundo y hasta este momento. Y yo tenía que escoger.

 

Nettles me miraba. Me volví hacia él y alcé la mano en gesto de despedida. Luego me dirigí hacia el cairn. Oí que el profesor me decía:

 

—¡Adiós, Lewis! ¡Que Dios lo acompañe!

 

Luego oí otra voz, la de Weston, que gritaba alarmada:

 

—¡Espere! ¡Deténgase! ¡Detenedlo, pronto!

 

Oí unos rápidos y frenéticos pasos detrás de mí.

 

—¡No! ¡Por favor! ¡Regrese!

 

Pero yo no me detuve. No regresé. Porque había oído la Canción de Albión y mi vida ya no me pertenecía.

 

 

 

 

GLOSARIO

 

Aird Righ: en céltico significa «Soberano Rey».

 

Annwn o Uffern: el submundo de la mitología céltica, los infiernos, donde reinaban los dioses malignos, los dioses de la muerte y de la noche que, según dicha mitología, llegaron a Irlanda antes que los Tuatha De Danann, los dioses de la luz y de la vida, porque el mal precede al bien, del mismo modo que la noche precede al día.

 

ap: palabra celta que significa «hijo de».

 

awen: espíritu que anima la sabiduría del bardo.

 

banfáith: profetisa. Las banfáith escrutaban el futuro y hablaban al pueblo en nombre del Dagda.

 

banfilidh: mujer filidh; arpista.

 

beahn sidhe o banshee: habitantes del Otro Mundo.

 

Beltane: antigua fiesta celta; el primero de mayo, según el calendario cristiano.

 

bodhran: instrumento musical celta, parecido al tambor.

 

brandub: juego de habilidad y azar.

 

breecs: prenda de vestir celta; una especie de pantalones.

 

brehon: uno de los grados de la dignidad de bardo; eran la mano derecha de los Bardos Supremos.

 

caer: en céltico significa «plaza fuerte» o «pueblo amurallado». Ésta palabra ha dado lugar a muchos topónimos galeses; por ejemplo, Cardiff.

 

cairn: montón de piedras levantado en el suelo a modo de señal. Podía indicar el emplazamiento de una tumba, un lugar de reunión o simplemente un lugar sagrado.

 

carynx: instrumento musical celta, parecido a la trompeta.

 

cawganog: una de las dos subdivisiones del rango de mabinog.

 

cruinos: tribu celta.

 

cupanog: una de las dos subdivisiones del rango de mabinog.

 

Dagda: es el dios supremo de la mitología celta; su nombre significa «buen dios». Era el jefe de los Tuatha De Danann, los dioses del día, de la luz y de la vida; de ellos emanaba la ciencia de los druidas.

 

deosil: término celta que significaba «la órbita del sol».

 

derwydd: una de las muchas formas celtas de designar a los druidas. «Derw» significa en galés «roble», y la mayoría de los druidas acostumbraban llevar una vara de esa madera, símbolo de su rango.

 

filidh: aprendiz de druida; eran además consumados arpistas y hábiles contadores de historias.

 

fidchell: juego de habilidad y azar.

 

geas: voto de silencio en señal de luto.

 

goidélico: dialecto céltico. Los dialectos célticos se dividen en tres grupos: el celta continental, representado por el galo; el británico, hablado en Gran Bretaña y del que surgieron el actual galés, el desaparecido cómico y el bretón armoricano, llevado a Bretaña por colonos británicos; por último, el gaélico o goidélico, constituido por el irlandés, el gaélico de Escocia y el manx o dialecto de la isla de Man.

 

gorsedd: asamblea de bardos.

 

gwyddbwyll: juego de estrategia parecido al ajedrez o a las damas.

 

gwyddon: bardo experto en agricultura y ganadería; tenía además conocimientos de medicina.

 

gyd: nombre que en céltico designaba a la primavera.

 

hurley: juego parecido al hockey, que aún se practica en Irlanda.

 

isla de Iona: es la isla de Hy, en el canal de San Jorge, entre Escocia e Irlanda; en ella se han hallado numerosos vestigios del arte celta.

 

llwyddios: tribu celta.

 

llys: en céltico significaba «corte» y por extensión designaba a la asamblea reunida y presidida por el rey para administrar justicia.

 

mabinog: alumno o aprendiz de bardo. De esta palabra celta deriva el término «Mabinogion», con el que se denominan los relatos legendarios en prosa y en

 

lengua galesa antigua recopilados en dos manuscritos: El libro blanco de Rydderch (s. XIII) y El libro rojo de Hergest (principios del s. XIV). Algunas de sus historias se conservan fragmentariamente en manuscritos más antiguos (s. XI). La sustancia de las leyendas, transmitidas oralmente y modificadas a lo largo de los siglos, se remonta a la época de decadencia del mundo celta en Gran Bretaña, es decir, a los siglos VI y VII.

 

mertanos: tribu celta.

 

naud: en céltico significaba «derecho de asilo».

 

ogam: nombre derivado del de un personaje de las leyendas irlandesas llamado Ogam, autor mítico del alfabeto secreto de los bardos. El ogam es la más antigua escritura céltica conocida; fue inventada en Irlanda y empleada en Escocia, Gales e Inglaterra por emigrados irlandeses. Las letras están formadas por caracteres más o menos largos, colocados encima, debajo o transversalmente a una línea de base. Se han hallado unas trescientas inscripciones en escritura ogam, la mayor parte en Irlanda; las más antiguas datan del siglo IV.

 

omphalos: piedra de forma redondeada y cónica que se encontraba en el templo de Apolo en Delfos. La leyenda suponía que indicaba el centro de la Tierra. Por analogía, se ha designado con este nombre a cualquier lugar de confluencias sobrenaturales que tuviera forma cónica, como las colinas y los montículos.

 

penderwydd: autoridad religiosa superior entre los bardos; Sumo Druida, Bardo Supremo.

 

Phantarch: Patriarca Supremo de los bardos de Albión; estaba por encima del grado de penderwydd; protegía y conservaba la Canción de Albión, símbolo de la esencia céltica.

 

rhylla: nombre que en céltico designaba al otoño.

 

Samhein: una de las fechas más importantes del calendario celta, que coincide más o menos con el primero de noviembre del calendario cristiano. Los celtas creían que durante la noche de la víspera del Samhein, el mundo de los dioses se hacía visible a los mortales; de ahí que se desarrollaran portentos y desgracias.

 

san Columbán: en irlandés Columkill; religioso irlandés, el más célebre de los

 

santos irlandeses después de san Patricio. Príncipe de la familia real de Tircornaill, abrazó el estado monacal y fundó el monasterio de Derry; recibió del rey de Dalriada la isla de Iona y fundó allí un nuevo monasterio que llegó a ser el gran foco misionero y cultural de la cristiandad irlandesa.

 

siarc: prenda de vestir celta; una especie de camisa.

 

sollen: nombre que en céltico designaba al invierno.

 

taithchwant: en céltico significaba «pasión irreprimible de marchar a recorrer y ver mundo».

 

vedeios: tribu celta.

 

ynys: en lengua celta significa «isla».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

STEPHEN R. LAWHEAD. Escritor norteamericano nacido en 1950 en Kearney, Nebraska. Stephen R. Lawhead ha conseguido labrarse un reconocido prestigio en el mundo de la narrativa fantástica. Licenciado en Arte, ha publicado poemas, relatos cortos y ensayos, pero el género con el que ha alcanzado la mayoría de sus éxitos y los más celebrados ha sido en el campo de la literatura fantástica, en el que hay que destacar la trilogía de The Dragon King, las novelas que conforman su grandioso Ciclo de Pendragón —que consta de 5 tomos: Taliesin, Merlín, Arturo, Pendragón y Grail— o la serie épica de La Canción de Albión, obras que han gozado de una excelente acogida por parte de la crítica especializada y de un considerable éxito con el público. Su capacidad para recrear universos literarios perfectamente verosímiles, basados en una cuidada investigación histórica que se ha visto reflejada a lo largo de sus novelas, como Bizancio, la saga de The Celtic Crusades. Además, Stephen nos quiere sorprender con una nueva obra titulada Hood, en la que se relata la leyenda de Robin Hood a través de una historia inesperada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Notas

 

 

[1]   Bognor Regis es un centro balneario de Sussex, Gran Bretaña, en el canal de la Mancha. (N. de la T.) <<

 

 

[2]   La palabra inglesa «Findhorn» significa «cuerno encontrado». (N. de la T.)

 

<< 

 

 

[3]   La palabra inglesa «Mill» significa «molino». «Mills de Airdrie» significaría por tanto «Molinos del Soberano Rey». (N. de la T.) <<

 

 

[4]   «Wood» significa en castellano «bosque»; «Carnwood» significará por tanto «bosque de Carn», y según la deducción de Lewis, «bosque del cairn». (N. de la T.) <<

 

 

[5]   El juego de palabras entre «cairn» y «queen» (reina) se establece por similitud fonética y, por tanto, es imposible de reproducir en la traducción. (N. de la T.) <<

 

 

[6]   Relatos legendarios en prosa y en lengua galesa, de los siglos IX al XIII, imprescindibles para el conocimiento de temas mitólogicos célticos. (N. de la T.) <<

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