Libro N° 9580. La Canción De Albión 1. La Guerra Del Paraíso. Lawhead, Stephen R.
© Libro N° 9580. La Canción De Albión 1. La Guerra Del
Paraíso. Lawhead, Stephen R. Emancipación. Febrero
12 de 2022.
Título original: © The paradise war
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Original: © La Canción De Albión 1. La Guerra Del Paraíso. Stephen R.
Lawhead
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Miranda
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La Canción De Albión 1
LA GUERRA DEL PARAÍSO
Stephen R. Lawhead
La Canción De Albión 1
LA GUERRA DEL PARAÍSO
Stephen R. Lawhead
Al otro lado del Portal se halla el Otro Mundo,
mágico lugar de belleza sin parangón y espejo fiel del mundo que les ha tocado
vivir a Simon y Lewis, jóvenes estudiantes del apasionante folclore celta. Una
brecha se ha abierto en el plexo cósmico que mantiene el sagrado equilibrio
entre los dos mundos, y sobre ambos parece haber recaído la responsabilidad de
aventurarse en un universo mitológico de vívida leyenda e impedir que una
catástrofe de consecuencias imprevisibles suma a los dos mundos en una mortífera
oscuridad.
La guerra del paraíso
La canción de Albión 1
ePub r1.1
jdricky 02.09.13
Título original: The paradise war
Stephen R. Lawhead, 1991
Traducción: María José Vázquez
Diseño de portada: Xabier Martínez
Editor digital: jdricky
ePub base r1.0
Dedicado a Ruby Duryea
STEPHEN R. LAWHEAD
«Puesto que el mundo no es más que una historia,
hicisteis bien en comprarla historia más perdurable en lugar de comprarla
historia menos perdurable».
El juicio de san Columkill
(San Columbán de Escocia)
1
LA APARICIÓN DEL URO
Todo empezó con el uro.
Estábamos desayunando en nuestras habitaciones de
la universidad. Simon presidía la mesa con su habitual actitud crítica frente
al mundo, alimentada como todas las mañanas por las noticias del periódico.
—¡Espléndido! —resopló con desdén—. Según parece,
hemos sido invadidos por una jauría de descontrolados fotógrafos extranjeros
ávidos de abrir sus objetivos (y quién sabe qué más) a los exóticos encantos de
nuestra querida Inglaterra. ¡Vela por tus hijas, Bognor Regis,[1] porque los
fotógrafos europeos rondan por estas tierras!
Siguió mascullando confusamente unos momentos y
luego exclamó:
—¡Caramba! ¡Esto sí que es un notición!
Dio una sacudida enérgica al periódico y se
enderezó en la silla, adoptando una postura muy poco habitual en él.
—¿Un notición? —repetí yo distraídamente.
Hacía tiempo que había dejado de divertirme la
costumbre de Simon de leer el periódico en voz alta haciendo comentarios
despreciativos, irónicos y sarcásticos, salpicados y adobados con su peculiar
cinismo. Había aprendido a emitir gruñidos de conformidad mientras devoraba el
huevo con tostadas. Así me evitaba tener que prestar atención a sus diatribas
por muy elocuentes que pudieran llegar a ser.
—Un bendito escocés ha encontrado un uro, en su
propiedad.
—¡No me digas!
Sumergí la tostada en la yema del huevo pasado por
agua, mientras leía un titular acerca de un conductor del metro de Londres que
se había negado a detenerse en las paradas y había obligado a los furiosos
pasajeros a recorrer durante cinco horas la línea de Circle.
—¡Qué interesante!
—Según parece, el animal vagaba errante por un
bosque vecino y se derrumbó en medio de un campo de heno a unos treinta
kilómetros al este de Inverness.
Simon bajó el periódico y me miró.
—¿Has oído lo que acabo de decir?
—Con todo detalle. Vagaba errante por un bosque y
fue a derrumbarse cerca de Inverness…, probablemente víctima del aburrimiento
—contesté yo
—. Imagino muy bien cómo debía de sentirse. Simon
me miraba fijamente.
—¿No te das cuenta de lo que eso significa?
—Significa que la organización local de la Sociedad
Protectora de Animales recibió una llamada telefónica. Algo importantísimo.
Sorbí un poco de café y me enfrasqué en las páginas
deportivas.
—Yo no lo consideraría realmente ni siquiera una
noticia —añadí.
—No sabes qué es un uro, ¿verdad? —me acusó—. No
tienes la menor idea.
—Un animal… Lo acabas de decir hace un momento. De
veras, Simon, vaya unos periodicuchos que lees… —protesté dando un desdeñoso
capirotazo al periódico que sostenía—. Basta con ver esos escandalosos
titulares: «Princesa complicada en un extraño enredo sexual», «Escalofriante
fin de semana de un obispo en un salón de masaje turco». Creo que sólo lees
esas porquerías para alimentar tu pesimismo.
Simon no se inmutó.
—No tienes la más ligera idea de lo que es un uro.
Venga ya, Lewis, reconócelo de una vez.
—Es una especie de cerdo —dije al buen tuntún.
—¡Caliente, caliente! —se burló Simon.
Echó la cabeza atrás y soltó una risita burlona.
Cuando quería ridiculizar la ignorancia de alguien utilizaba una desagradable
risa de zorro. A Simon le gustaba extraordinariamente mofarse del prójimo; era
un maestro en el arte
del desdén, la burla y el sarcasmo.
No me di por aludido. Me enfrasqué en mi periódico
y seguí devorando las tostadas.
—¿Un cerdo? ¿Has dicho un cerdo? —repitió riéndose.
—¡Está bien, está bien! Le ruego humildemente,
profesor Rawnson, que me diga qué es un uro.
Simon dobló cuidadosamente el periódico y lo
blandió ante mis narices.
—Un uro es una especie de buey.
—¡Mira por dónde! —gruñí con fingido asombro—. ¿Un
buey? ¿Y se derrumbó? ¡Vaya por Dios! ¿Y qué más? Déjame en paz.
—Tal como dices, no parece demasiado importante
—concedió Simon.
Y enseguida se apresuró a añadir:
—Pero da la casualidad de que esa especie de buey
es una criatura de la era de las glaciaciones y que por tanto hace más de dos
mil años que se extinguió.
—Se extinguió —repetí yo sacudiendo lentamente la
cabeza—. ¿De dónde habrán sacado semejante disparate? Si quieres saber mi
opinión, lo único que se ha extinguido en este asunto es tu innato
escepticismo.
—Parece ser que los últimos uros desaparecieron de
Gran Bretaña antes de la llegada de los romanos…, aunque unos cuantos quizá
sobrevivieran en el continente hasta el siglo VI más o menos.
—Fascinante —repuse.
Simon puso el periódico doblado ante mis narices.
Vi la fotografía borrosa y confusa de una enorme masa oscura que tanto podía
ser la imagen de un mamífero como de cualquier otra cosa. De pie, junto a
aquella mal definida mole, se veía a un hombre ceñudo de mediana edad que
sostenía un objeto largo y curvo semejante por su tamaño y aspecto a una
vetusta guadaña. El objeto parecía de alguna forma pertenecer a la oscura mole.
—¡Muy bucólico! Un hombre de pie junto a un montón
de estiércol con un apero en las manos. ¡Una imagen muy casera! —me burlé
imitando las mañas de Simon.
—Lo que calificas de un montón de estiércol es ni
más ni menos que el uro, y el apero que el hombre sostiene en sus manos es uno
de los cuernos del animal.
Observé de nuevo la fotografía y a duras penas pude
distinguir la cabeza del animal bajo el enorme declive de su lomo. A juzgar por
el tamaño del cuerno, debía de haberse tratado de una bestia enorme…, tres o
cuatro veces mayor que una vaca.
—No es más que una fotografía trucada —afirmé.
Simon chasqueó la lengua.
—Me decepcionas, Lewis; tan joven y sin embargo tan
cínico.
—No me digas que crees esa estúpida falsificación
—dije señalando la foto con un dedo—. La han hecho en el patio de la granja…,
posiblemente con una carretada de abono.
—Bueno —admitió Simon alzando la taza de té y
fijando toda su atención en ella—, quizá tengas razón.
—Puedes apostar lo que quieras —cacareé muy
satisfecho.
Pero me había precipitado al cantar tan pronto
victoria; debería haberlo imaginado, conociendo a Simon como lo conocía.
—Aun así, no nos costaría nada comprobarlo in situ.
Removió el té y lo apuró. Después, como si hubiera
tomado una decisión, colocó ambas manos sobre la mesa con gesto enérgico y se
levantó.
Vi en sus ojos una expresión astuta. Era una mirada
que conocía muy bien y que por eso mismo temía.
—No puedes estar hablando en serio.
—Completamente en serio.
—Olvídalo.
—¡Vamos! Será una aventura.
—Tengo una cita con mi tutor esta tarde. Y eso sí
que es más que una aventura.
—Quiero que me acompañes —insistió Simon.
—¿Y qué pasa con Susana? —repuse—. Según tengo
entendido, ibas a comer con ella.
—Susana lo comprenderá —replicó Simon con
celeridad—. Iremos en mi coche.
—No. De veras. Escucha, Simon, no podemos salir
corriendo tras esa especie de buey. Es una ridiculez, una impostura. Me
recuerda aquellos círculos mágicos en los trigales que tanto conmocionaron a la
opinión pública el año pasado. No es más que un truco. Además, no puedo ir.
Tengo mucho trabajo, y tú también.
—Un paseo en coche por el campo nos vendrá bien.
Aire puro para limpiar las telarañas del cerebro y para levantar el ánimo.
Se encaminó precipitadamente a la habitación
contigua. Lo oí marcar un número y poco después le oí decir:
—Oye, Susana, respecto a la cita de hoy… Lo siento
muchísimo, cariño, pero ha surgido un imprevisto… Sí, tan pronto como regrese…
Más tarde…, sí, el domingo, no lo olvidaré… Te lo juro por mi vida. ¡Besos!
Colgó el teléfono y marcó otro número.
—Al habla Rawnson. Necesito el coche esta mañana…
Quince minutos.
Muy bien. Muchas gracias.
—¡Simon! —grité—. ¡Me niego en redondo!
Así fue como me encontré en St. Aldate la mañana
lluviosa de un viernes, en la tercera semana de otoño del calendario académico,
chorreando agua por la nariz, mientras esperaba el coche de Simon en el que
íbamos a viajar y me preguntaba cómo demonios había conseguido engatusarme.
Simon y yo éramos estudiantes universitarios.
Compartíamos habitaciones en la universidad. Pero, mientras Simon sólo tenía
que murmurar una orden por teléfono para que su coche acudiera cuando y donde a
él le viniera en gana, yo no podía ni siquiera aspirar a que el portero me
permitiera apoyar en la puerta mi humilde y traqueteada bicicleta el tiempo de
recoger el correo. Privilegios de clase, supongo.
El abismo que nos separaba no acababa ahí. Yo era
de mediana estatura y una complexión que ante el espejo no tenía más remedio
que calificar de esmirriada; en cambio, Simon era alto y esbelto, musculoso y
ágil: la
complexión de un saltador de vallas olímpico. El
rostro que yo ostentaba ante el mundo era ordinario, podría decirse que vulgar,
coronado por unas deslucidas greñas del color de una cáscara de nuez. En
cambio, los rasgos de Simon eran angulosos, bien marcados, hermosos; tenía esos
cabellos espesos, oscuros y rizados que son la envidia y admiración de las
mujeres. Mis ojos eran de color gris-ratón; los de él, de color avellana. Yo
tenía la barbilla caída; él, en cambio, enérgica.
Imagino que cuando aparecíamos juntos en público
debíamos de parecer el anuncio viviente de un antes y después de tomar
«Nuestras vitaminas y tónico de belleza transformarán su naturaleza». Simon
despertaba pasiones, tenía esa especie de vigor y rudeza que ambos sexos
encuentran tan atractivos. Yo tenía esa clase de aspecto que a menudo mejora
con el paso del tiempo, aunque no era seguro que pudiera llegar a una edad
demasiado avanzada.
Un hombre mezquino habría sentido celos de la
esplendorosa estrella de Simon, pero yo me conformaba con mi suerte. Bueno,
también sentía celos… pero dentro de un límite.
En fin, allí estábamos los dos, bajo la lluvia,
entre el vértigo del tráfico, mientras los autobuses vomitaban pasajeros en las
saturadas aceras y yo mascullaba débiles protestas.
—Es una estupidez. Una ridiculez. Una chiquillada,
una irresponsabilidad.
Una locura, ni más ni menos.
—Tienes razón, desde luego —asintió Simon con
afabilidad.
La lluvia le perlaba la gorra y le goteaba en el
chaquetón.
—No podemos dejarlo todo y salir corriendo a pasear
por el campo a capricho —gruñí cruzando las manos bajo la capa de plástico—. No
sé cómo permito que me metas en estas locuras.
—Es que tengo un encanto irresistible, viejo amigo
—dijo con una simpática sonrisa—. Todos los Rawnson tenemos el encanto por
arrobas.
—Ya. No me cabe la menor duda.
—¿Dónde está tu espíritu aventurero?
Siempre sacaba a relucir mi total carencia de
espíritu aventurero cuando quería que lo secundara en alguna de sus lunáticas
ocurrencias. Yo prefería
considerarme una persona equilibrada, sensata, con
los pies sobre la tierra, de espíritu práctico y realista.
—Eso no tiene nada que ver —protesté—. Simplemente
no puedo permitirme el lujo de desperdiciar cuatro días de trabajo para nada.
—Es viernes —me recordó—. Comienza el fin de
semana. Estaremos de regreso el lunes, con tiempo suficiente para que reanudes
tu precioso trabajo.
—Ni siquiera hemos cogido un cepillo de dientes o
una muda de ropa interior —apunté.
—Muy bien —suspiró como si se diera por vencido—.
Te has salido con la tuya. Si no deseas ir, no voy a obligarte.
—Perfecto.
—Iré yo solo.
Dio un paso al frente al tiempo que un Jaguar
Sovereign se detenía junto a él. Un hombre con sombrero hongo bajó del puesto
del conductor y mantuvo abierta la puerta.
—Gracias, Bates —dijo Simon.
El hombre se llevó la mano al ala del sombrero y
entró apresuradamente en la portería. Simon me contempló a través del
parabrisas del elegante automóvil.
—Bueno, colega, ¿vas a permitir que me divierta yo
solito?
—¡Maldito seas, Simon! —exclamé mientras abría la
portezuela y me metía en el coche—. Yo no necesito esta clase de diversiones.
Riéndose, Simon cerró la puerta, puso la primera
marcha y apretó el acelerador a fondo. Los neumáticos patinaron en el pavimento
mojado, y el coche salió disparado. Simon giró el volante y ejecutó un viraje
en redondo totalmente ilegal en medio de la calle, entre los bocinazos de un
autobús y las maldiciones de los ciclistas.
Tenía el convencimiento de que todo iría bien.
2
EL CAPARAZÓN PROTECTOR
Hay cosas peores que circular por la
autopista en un Jaguar Sovereign con la Música
acuática de Händel a todo volumen. El coche alcanza los ciento cuarenta
kilómetros por hora sin una queja, sin un chirrido. El paisaje se desliza
suavemente. Los mullidos asientos de cuero proporcionan una agradable
comodidad. Los cristales ahumados del vehículo alivian los ojos fatigados del
viaje. La carrocería protege y aísla al pasajero de los sobresaltos y peligros
de la carretera. Es un coche fabuloso. Sería capaz de estrangular un
rinoceronte para conseguir uno.
El padre de Simon, un acaudalado banquero de
oscuros orígenes, camino de convertirse algún día en lord, se lo había comprado
a su hijo. Del mismo modo, le estaba comprando una formación de primera calidad
en Oxford. Siempre lo mejor de lo mejor para su queridísimo hijito.
Los Rawnson eran ricos, ricos de verdad. Tenían
muchísimo dinero; alguno antiguo, pero la mayor parte de reciente adquisición.
Además, gozaban de ese peculiar privilegio que los ingleses aprecian por encima
de todo: matrimonios de conveniencia. La bisabuela de Simon era duquesa. Su
abuela se había casado con un lord que criaba caballos de carreras y en cierta
ocasión había vendido un ganador del Derby a la reina Victoria, con lo cual
había alcanzado fama y fortuna para siempre jamás. La familia de Simon era uno
de esos respetables clanes que a través de matrimonios sagaces acaban
enseñoreándose de Cornwall, del distrito de los Lagos, y de medio
Buckinghamshire, antes de que nadie pueda darse cuenta. Naturalmente, tales
circunstancias habían hecho de Simon un mocoso mimado.
Creo que, en otros tiempos y otra época, Simon
habría sido muy feliz ganduleando en una mansión de los Midlands, entrenando
caballos y perros de caza e interpretando el papel de un hacendado rural. Pero
había aprendido demasiadas cosas como para conformarse con una vida limitada a
la caza y a la equitación. ¡Jugarretas de la vida! La educación le había echado
a perder tan agradable perspectiva.
Simon tenía todo el aire de uno de esos hombres que
han nacido fuera de su época. No podía evitar que se le notara una vena
aristocrática que se evidenciaba en cada uno de sus rasgos y actitudes. Me
resultaba muy fácil imaginármelo como el señor de vastas haciendas o como un
duque con una corte de serviciales paniaguados y una majestuosa mansión en
Sussex. Pero no podía imaginármelo como un catedrático de universidad. Los
claustros umbríos y los capiteles altivos no estaban hechos para él. Simon
carecía de la sed de sabiduría del auténtico erudito y de la ambición necesaria
para sobrevivir a las complejas intrigas de la vida académica. En pocas
palabras, tenía indudables aptitudes para una brillante carrera en la
universidad, pero no tenía necesidad alguna de triunfar en ella. Por eso no se
tomaba su trabajo con la seriedad debida.
No es que fuera un gandul. Ni tampoco se había
limitado a comprar su licenciatura con el abultado talonario de papá. A decir
verdad, había logrado licenciarse con particular brillantez. Pero estaba
comenzando a hartarse de su tercer año de doctorado. Al fin y al cabo, ¿para
qué le interesaba doctorarse en historia? No aspiraba en modo alguno a
convertirse en catedrático. Durante dos años se había limitado a cubrir el
expediente; en los últimos tiempos ya ni siquiera se tomaba esa pequeña
molestia.
Yo había observado cómo decrecía su interés al
tiempo que iba descuidando los estudios. Era el caso típico de hastío tras la
licenciatura. Es un fenómeno harto frecuente en Oxford, por lo que uno acaba
por reconocer perfectamente los síntomas. Quizá Simon pretendía sólo prolongar
en lo posible su estancia en la universidad porque no tenía nada mejor que
hacer. En verdad, con dinero, la vida universitaria es muy agradable. Incluso
sin dinero es mejor que lo que viene después.
Yo no censuraba a Simon; simplemente lo sentía por
él. No sé lo que habría hecho en su lugar. Como la mayoría de los estudiantes
norteamericanos en Oxford, yo tenía que justificar todos y cada uno de mis
actos. Deseaba desesperadamente doctorarme y no podía permitirme el lujo de
fracasar, de tener que volver a casa con el rabo entre las piernas. Por eso
ponía todo mi empeño en lograr conseguir lo que Simon jamás poseería y mucho
menos comprendería.
Pensándolo bien, ésta era una de las principales
diferencias que nos separaban: yo he tenido que rebañar hasta la más
insignificante migaja que
me han brindado, mientras que Simon no conoce
siquiera el significado de la palabra «esfuerzo». Todo lo que tenía, todo lo
que era, se lo habían dado, se lo habían regalado por su cara bonita. Conseguía
todo lo que deseaba sin mérito ni esfuerzo. La gente se lo disculpaba todo
simplemente por ser Simon Rawnson. Pero nadie disculpaba nada a Lewis Gillies.
Jamás. Lo poco que yo tenía, y era ciertamente exiguo, me lo había ganado a
pulso. El mérito era un concepto ajeno al universo en que se movía Simon; en cambio,
era el hecho capital y central del mío.
Sin embargo, pese a tales diferencias, éramos
buenos amigos. Desde buen principio, cuando el primer año nos adjudicaron
habitaciones contiguas en la misma escalera, supimos que continuaríamos juntos.
Simon no tenía hermanos y me adoptó como tal. Pasamos los años de universidad
catando el dulce néctar de los toneles de «La Carrera de Caballos», remando en
el río, metiendo en apuros a las chicas, comportándonos en general como
cualquiera esperaría en dos típicos estudiantes universitarios desmandados.
No quiero decir con esto que fuéramos unos
perdularios calaveras. Estudiábamos cuando había que hacerlo y aprobábamos los
exámenes con las calificaciones que necesitábamos. No éramos, en resumen, ni
más ni menos responsables que cualquier universitario.
Tras licenciarme, solicité una plaza en el
seminario de Estudios Célticos y me aceptaron. Fue un auténtico triunfo, sobre
todo teniendo en cuenta que era el único muchacho de mi ciudad natal que había
podido estudiar en Oxford y además había logrado licenciarse. Salí en el
periódico local para satisfacción de mis patrocinadores, la Organización de
Veteranos Norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial, quienes, en un
enloquecido arrebato de alegría, me prometieron una cantidad respetable para
libros y gastos. Aproveché al vuelo la oportunidad, me agencié una pequeña
cantidad para cubrir el resto de necesidades, y, ¡abracadabra!, me dispuse a
hacer el doctorado.
Simon consideró que era una idea espléndida
doctorarse y se matriculó en historia, aunque creo que tanto le habría dado
hacerlo en astrofísica, en el estudio del comportamiento animal o en cualquier
otra cosa. Pero, como ya he dicho, tenía un cerebro bien dotado bajo la gorra y
sus tutores consideraron que lograría doctorarse. Incluso le ofrecieron
habitaciones en la universidad, cosa que excedía los sueños de cualquiera,
porque, si eran escasas las plazas de alojamiento para estudiantes de
licenciatura, las disponibles para
doctorandos se reservaban sólo a estudiantes con
premio extraordinario.
De nuevo, privilegios de clase, supongo. Sin duda
alguna el padre de Simon, Geoffrey Rawnson, de Blackledge, Rawnson y Symes S.
L, tomó cartas en el asunto. Pero ¿quién era yo para quejarme? Las
habitaciones, situadas en el último piso, estaban amuebladas con algunas
costosas piezas antiguas de la universidad: nada menos que tres obras de arte
del Renacimiento italiano, un artesonado de roble, mesas Tiffany, una araña de
cristal, dos escritorios Chippendale y un sofá cama de cuero rojo. Y los
majestuosos lujos no acababan ahí; teníamos un meticuloso criado, comidas
excelentes regadas por el pasable vino de las legendarias bodegas de la
universidad, modesta colaboración de estudiantes aún no licenciados,
privilegios en la biblioteca por los que cualquiera habría dado la vida… y,
como remate, una espléndida vista sobre el patio con la aguja de la catedral al
fondo. ¿Cómo habría podido yo solito lograr una situación similar?
Simon deseaba que continuáramos juntos como hasta
entonces, por cuyo motivo hizo los arreglos necesarios para que yo pudiera
compartir su alojamiento. Creo que consideraba aquello como la oportunidad de
alargar tres o cuatro años más la felicidad de la soltería. Para él no podía
ser más sencillo. El dinero no era problema, de modo que podía permitirse el
lujo de perder el tiempo y divertirse hasta el día del juicio; en cambio, a mí
me alcanzaba apenas para mantenerme. Necesitaba a toda costa acabar, doctorarme
y lograr lo más pronto posible un puesto de profesor. Me encantaba Oxford, pero
tenía que pagar las deudas que había contraído para estudiar, y mi familia en
los Estados Unidos comenzaba a preguntarse si me volvería a ver otra vez.
Por eso me resistí a emprender aquel absurdo viaje
con Simon. Estaba enfrascado en mi tesis: «La influencia de la Cosmografía
Goidélica en la literatura medieval de viajes». En los últimos tiempos había
empezado a sentir la caricia fresca del optimismo en el rostro y a vislumbrar
una tenue lucecita al final del camino; débilmente brotaba dentro de mí la
confianza. Al fin y al cabo, estaba a punto de acabar. Quizá.
Probablemente Simon se dio cuenta de mi estado de
ánimo y, quizá de forma inconsciente, se dispuso a sabotearlo. No quería que
los buenos tiempos se terminaran. Si yo me doctoraba antes que él, tendría que
encararse solo con el mundo cruel…, perspectiva que deseaba posponer dentro de
lo
humanamente posible. Así pues, ensayaba todo tipo
de sutiles estratagemas para desviarme de mi meta.
Aquél dichoso asunto del uro era una táctica más de
dilación. ¿Por qué yo le seguía la corriente? ¿Por qué me dejaba engatusar?
A decir verdad, a lo mejor yo tampoco quería
terminar. En lo más profundo del corazón, tenía miedo… de fracasar, de tener
que enfrentarme a lo desconocido lejos de las torres de marfil de la vida
universitaria. Si no terminaba, no tendría que enfrentarme al fracaso; si no
terminaba, podría seguir viviendo para siempre en aquel pequeño y cómodo
refugio. Es morboso, lo sé. Pero no es más que la pura verdad, y una enfermedad
que los universitarios contraen más a menudo de lo que la gente puede imaginar.
Después de todo, el sistema universitario se fundamenta en eso.
—Mueve tu jodido trasero —murmuró Simon al
conductor de un autobús peligrosamente sobrecargado—. Hazte a un lado,
grandísimo imbécil.
Había estado musitando comentarios parecidos
durante los últimos cien kilómetros. Los diez kilómetros de caravana en los
alrededores de Manchester nos habían retrasado considerablemente, y el tráfico
lento de la autopista comenzaba a sacarlo de sus casillas. Eché una ojeada al
reloj del tablero: las tres cuarenta y siete. Los relojes digitales son una
muestra sintomática de la ambivalencia de nuestros tiempos; señalan la hora a
la millonésima de segundo, pero sin contexto alguno: son una infinita sucesión
de flechas que nos indican «Estáis aquí», pero sin precisar exactamente dónde.
—Son casi las cuatro —comenté—. ¿Por qué no hacemos
un alto para tomar una taza de té? Ahí hay un área de servicio.
Simon asintió.
—De acuerdo. Tengo ganas de mear.
Minutos después condujo el vehículo hacia la salida
y abandonamos la autopista. El aparcamiento estaba abarrotado; todos habían
tenido la misma idea del té. Mucha gente lo estaba tomando en el interior de
los coches. Siempre me ha asombrado tan peculiar hábito. ¿Por qué esas personas
se pasaban horas y horas conduciendo, se detenían en un área de servicio y, sin
bajar de sus vehículos, devoraban los bocadillos que llevaban en una caja de
zapatos y bebían el té tibio de un termo? Aquello no coincidía en modo alguno
con mi idea de hacer un alto en el camino.
Aparcamos, cerramos el coche y nos encaminamos
hacia un edificio bajo de ladrillos. El cielo estaba encapotado y gris,
lloviznaba y un fuerte viento, impregnado de olor a gasolina, azotaba nuestras
ropas.
—¡Por Dios! ¡Lo que faltaba! —protestó Simon.
—¿Qué pasa?
Señaló con gesto desdeñoso un tronado letrero de
plástico azul sobre el muro gris de cemento. El ademán no podía ser más
despreciativo.
—Es un Motorman Inn… Son los peores.
Nos metimos en el servicio de caballeros, que
estaba hecho una porquería. Evidentemente algún palurdo despistado había pasado
por aquel lugar con su rebaño diarreico, y los encargados de mantenimiento
todavía no habían remediado el desastre. Acabamos nuestro quehacer rápidamente
y en el vestíbulo pasamos junto a un grupo de holgazanes vestidos de cuero
negro, apiñados ante unas escandalosas maquinitas de matar o ser matado. Las
bestias vociferantes intentaron pedirnos suelto, pero Simon hizo caso omiso de
ellos con arrogancia y entramos en la cafetería.
Naturalmente había cola, los pasteles estaban
rancios y las galletas pasadas. Por fin me decidí por una barra de Twix y una
taza de té. Por su parte, Simon confesó estar hambriento y pidió pollo con
patatas fritas, compota de manzana y crema, y un café.
Encontré una mesa, y Simon, después de pagar, se
instaló frente a mí. El local retumbaba con el estrépito de los cacharros y
apestaba a humo de tabaco. El suelo bajo nuestra mesa estaba resbaladizo de
puré de guisantes.
—¡Dios! ¡Es grotesco! —gruñó Simon pero con cierto
aire de satisfacción —. Una auténtica pocilga. Los motormaníacos atacan de
nuevo.
Sorbí un poco de té. Me habían puesto demasiada
leche, pero no importaba; por lo menos estaba caliente.
—¿Quieres que luego conduzca un rato? Lo haré con
gusto.
Simon echó un poco de vinagre sobre el pollo y las
patatas. Después pinchó una patata pringosa que se balanceó peligrosamente en
el tenedor. Simon la contempló con asco antes de zampársela. Luego dirigió una
enfurecida mirada hacia el mostrador y la cocina.
—Ésos zánganos analfabetos sólo tienen que emplear
sus escasas facultades mentales para sumergir las patatas en aceite caliente
—comentó indignado—. Supongo que de vez en cuando lo logran… aunque sólo sea,
más que nada, por pura casualidad.
No tenía ganas de discusiones, así que desenvolví
la barra de Twix y partí un pedazo.
—¿A qué distancia calculas que estamos de
Inverness?
Simon, tras haber dejado a un lado las patatas por
incomibles, atacó el pollo; separó del hueso un pedazo de carne e hizo una
mueca de desagrado.
—¡Vaya un asco! —fue el veredicto—. No me importa
que esté frío, pero odio el pollo congelado. Hace tiempo inmemorial que está
hecho.
Apartó el plato de un manotazo esparciendo por la
mesa las patatas grasientas.
—Ése mejunje de manzana tiene buena pinta —observé
más por lástima que por convicción.
Simon acercó el bol y probó el contenido con una
cuchara. Hizo una mueca de asco e inmediatamente escupió el bocado.
—Nauseabundo —afirmó—. Inglaterra produce las
mejores manzanas del planeta, y estos cretinos facinerosos utilizan asquerosos
productos enlatados que rechazaría cualquier república bananera comida por las
moscas. Para colmo, nuestras vacas dan una leche que es envidiable, vivimos en
una tierra que rebosa leche y miel, pero ¿qué bebemos nosotros? Un sucedáneo a
base de leche vegetal seca y helada reconstituida con aguachirle. Es un crimen.
—Es comida de autopista, Simon. No le des tanta
importancia.
—Es mala leche —replicó cogiendo el bol y
levantándolo en alto.
Temí que fuera a arrojarlo al otro lado del local.
Pero se limitó a volcarlo con gesto solemne sobre el despreciado pollo y las
grasientas patatas. Se dispuso a tomar el café y le ofrecí la mitad de mi barra
de chocolate con intención de calmarlo.
—No es por el dinero —dijo apaciblemente—. No me
importa malgastarlo…, siempre lo hago. Lo que me molesta es el cinismo.
—¿El cinismo? —pregunté asombrado—. Un timo de
autopista quizá,
pero yo no lo calificaría de cinismo.
—Pues, querido amigo, no es más que eso. Ya ves,
esos cabrones salteadores de caminos saben que nos tienen en sus manos…, que
estamos atrapados aquí, en la autopista. No podemos acudir a la competencia.
Estamos cansados, necesitamos un respiro. Se esconden tras una apariencia
engañosa y simulan ofrecernos socorro y ayuda. Pero es una impostura. Nos dan
bazofia y asaduras y tenemos que conformarnos. Saben que no vamos a protestar.
¡Somos ingleses! No nos gusta armar líos. Nos conformamos con cualquier porquería
que nos den porque en realidad no merecemos nada mejor. Ésos bandidos
hipócritas lo saben y se aprovechan. Por eso lo considero un cinismo.
—¡Baja la voz! —susurré—. La gente nos está
mirando.
—¡Que lo hagan! —gritó Simon—. Ésos mamones
mercachifles de mierda me han robado el dinero, pero no van a conseguir que
acepte con calma el latrocinio. No van a conseguir que me calle dócilmente.
—¡Muy bien, muy bien! Tranquilo, Simon —dije—.
Vámonos.
Arrojó la taza de café sobre la mesa, se levantó y
se precipitó hacia la puerta. Tomé un último sorbo de té y lo seguí; en el
aparcamiento eché una mirada de envidia a los que tomaban el té en la
confortable privacidad de sus automóviles. De pronto se me antojaba que aquello
era el colmo de la prudencia y el buen gusto.
Cuando llegué junto al coche, Simon ya había puesto
en marcha el motor.
—Sabías perfectamente lo que ibas a encontrar
cuando entraste ahí —le eché en cara subiendo al coche—. De veras, a veces me
parece que lo haces adrede para poder quejarte después.
—¿Acaso tengo la culpa de tanta incompetencia?
—protestó—. ¿Soy yo el responsable?
—Sabes perfectamente lo que quiero decir, Simon
—insistí yo—. Te gusta escarbar en la mierda. Es tu vicio preferido.
Puso la primera marcha, salió del aparcamiento y
enfilamos de nuevo la autopista. Simon tardó un buen rato en volver a hablar.
Su silencio parecía la calma que precede a la tempestad. Conocía muy bien los
síntomas, y, a juzgar por la fuerza con la que asía el volante, la tempestad
iba a ser un verdadero
ciclón. Se respiraba en el ambiente la furia
reprimida.
Por fin Simon tomó aliento, y yo me apresté a hacer
frente a la primera ráfaga.
—Estamos condenados, sin duda —dijo lentamente,
lanzando las palabras como si fueran piedras arrojadas por una honda—.
Condenados como las ratas encerradas en un barril arrastrado por la lluvia.
—No me incluyas.
—¿No sabes —continuó, dando por sentado mi
ignorancia— que cuando Constantino el Grande ganó la batalla del puente Milvio
en el año trescientos doce decidió construir un arco de triunfo para conmemorar
su victoria?
—Escucha, ¿por qué no dejamos este asunto de una
vez?
—Bueno, pues así ocurrió. El único problema es que
no encontró artistas que estuvieran a la altura del ambicioso proyecto. Los
buscó por todos los confines del Imperio romano, pero no pudo encontrar ni un
solo escultor capaz de reproducir aceptablemente el friso de la batalla o la
estatua de la victoria. Pero, como no era un hombre que se desalentara con
facilidad, ordenó a sus albañiles que arrancaran las estatuas de otros arcos y
las colocaran en el suyo. Los artistas de aquella época no estaban a la altura
de las circunstancias, ya ves.
—Si tú lo dices… —gruñí.
—Es la pura verdad —insistió—. Gibbon considera ese
momento el fin de Roma, el comienzo del declive. Y desde entonces la
civilización occidental se ha ido hundiendo. Mira a tu alrededor, tío; hemos
alcanzado el nadir. El final de la línea. Finí! Kaput! Estamos condenados.
—¡Por favor! No empecemos…
Mi ruego era sólo un paraguas de papel abierto
contra un tifón.
—Condenados —repitió con énfasis, lanzando la
palabra como un cañonazo—. Sin duda una maldición pendía sobre nuestras
desgraciadas cabezas desde el momento mismo de nacer. Tú eres norteamericano,
Lewis, así que has tenido que darte cuenta. Se nota en nuestra actitud: los
ingleses somos una raza condenada.
—Pues a mí me parece que tenéis muy buen aspecto
—dije secamente—.
Sobreviviréis.
—¡Vaya! De modo que te parecemos una civilización
que sobrevivirá. Fíjate en nuestra apariencia física: tenemos el pelo lacio y
grasiento, la piel llena de pecas, la carne pálida y costrosa, las narices mal
hechas. La barbilla hundida, la frente en declive, las mejillas fláccidas, el
vientre deforme, los hombros estrechos, la espalda encorvada, las piernas
torcidas; estamos ajados, somos velludos y desaseados. Tenemos la vista
cansada, los dientes cariados, la respiración irregular. Somos pesimistas, depresivos,
anémicos y macilentos.
—Nadie lo diría —comenté observando hasta qué punto
el aspecto de Simon contradecía la retahíla de defectos que acababa de
enumerar.
Tenía un físico sin tacha; sus palabras eran fuegos
de artificio, mucho ruido y pocas nueces. Como era de esperar, pasó por alto mi
comentario.
—¿Has dicho que sobreviviremos? La atmósfera está
contaminada. El agua también. Y la comida. ¿Quieres que hablemos de la comida?
Todo está elaborado por taimados y astutos sujetos en fábricas de salmonella,
con el único propósito de contaminar al mayor número posible de consumidores y
de paso sacarles el dinero, antes de obligarlos a acudir al Instituto Nacional
de la Salud, donde les darán la puntilla y les proporcionarán un entierro
apresurado y anónimo. Y, si por algún extraño milagro sobrevivimos a nuestra
malsana alimentación diaria, nos vemos abocados a la insoportable mezquindad de
nuestra existencia. ¡Míranos! Nos arrastramos entumecidos y neuróticos por
inhospitalarias y pestilentes ciudades, inhalando gases nocivos de fábricas
obsoletas y agarrando miserables bolsas de plástico llenas de carne tóxica y
verduras y frutas cancerígenas. Hediondos ricachones amasan fortunas en cuentas
de inversión libres de impuestos, mientras el resto se apretuja en espantosas
calles hundidos hasta las rodillas en caca de perro, para fichar en agobiantes
y apestosas fábricas, trabajando por un salario que les permita comprar una
cáscara de queso rancio y una lata de judías con nuestra libra devaluada y
ahogada por los impuestos. Observa cualquier calle en cualquier ciudad. Verás
cómo vamos con aire ceñudo de una tienda a otra gastando el dinero en horribles
ropas que no nos caen bien, comprando vulgares zapatos de suela de cartón
fabricados por esclavos encerrados en gulags, y dejándonos engatusar día tras
día por ordinarias y pintarrajeadas dependientas con cerebro de mosquito y
piernas de gamba. Acosados por presiones de mercado que no podemos ni
comprender ni controlar, vagamos por los lares de la codicia
consumidora, comprando a plazos complejos aparatos
de fabricación coreana que ni deseamos ni necesitamos con tarjetas de crédito
plastificadas, atendidos por presumidos aprendices de vendedores con la cara
llena de granos, corbatas amarillas y pantalones demasiado ajustados, que están
deseando escabullirse al bar más cercano para ponerse morados de cerveza aguada
y mirar impúdicamente a secretarias linfáticas vestidas con minifalda de cuero
negro y blusas transparentes.
Simon estaba fuera de sí. Me repantingué en el
asiento dispuesto a soportar aquel chorreo de horrores. Habló del túnel del
canal de la Mancha, de la invasión del Mercado Común Europeo, del dominio
tiránico de la moda francesa, de lo lúgubres que eran los belgas, de los
estudiantes de habla iraní, de los gamberros que se emborrachaban con cerveza
Heineken, de los hooligans, de agujeros en la capa de ozono, de playboys
italianos, del narcotráfico sudamericano, de la banca suiza, de las tarjetas de
oro del American Express, del efecto invernadero, de la época de
irresponsabilidad, inconsecuencia y absurdo que nos había tocado vivir,
etcétera, etcétera.
Para enfatizar su discurso, aferraba furiosamente
el volante con ambas manos y pisaba a fondo el acelerador, balanceando la
cabeza al ritmo de sus palabras y mirándome de reojo de tanto en tanto para
asegurarse de que seguía escuchándolo. Entretanto, yo esperaba el momento
oportuno, la ocasión de meter baza en aquel torrente de atropellada velocidad.
—Dentro de poco careceremos de un lugar al que
poder calificar como nuestro, pero gozaremos de latas heladas de cerveza
Guinness, de refinadas cafeteras Braun, de elegantes prendas Benetton, de
bonitas zapatillas Nike, de plumas Mont Blanc chapadas en oro, de máquinas de
fax Canon, de Renaults, Porsches, Mercedes, Saabs, Fiats, Yugos, Ladas y
Hyundais, de perfumes Givenchy y Chanel pour Homme, de vacaciones en Aeroflot,
de estancias en la Costa del Sol, de Piat D’Or, de Viva España, de Sony,
Yamaha, Suzuki, Honda, Hitachi, Toshiba, Kawasaki, Nissan, Minolta, Panasonic y
Mitsubishis de mierda. ¿Y nos importará algo? —preguntó sin esperar respuesta—.
¡Joder, no! Ni siquiera pestañearemos. No moveremos un pelo ni tensaremos un
músculo. Nos quedaremos pasmados ante la todopoderosa televisión, adormecidos
en un falso nirvana por la combinación atontadora de trivialidad y charloteo,
mientras los nocivos rayos catódicos transforman en gelatina nuestras
saludables células grises.
Ése tipo de arengas era una de las más logradas
habilidades de Simon. Pero aquella diatriba amenazaba con prolongarse
eternamente y yo estaba comenzando a hartarme. Hizo un alto para recobrar
aliento y aproveché la ocasión.
—Si te sientes tan desgraciado —dije arrojándome de
cabeza en el vertiginoso torrente de aquella invectiva—, ¿por qué sigues aquí?
Curiosamente, mi comentario lo afectó.
—¿Qué quieres decir? —preguntó volviendo la cabeza
hacia mí.
—Lo que has oído. Si eres tan infeliz como
aparentas y si las cosas van tal mal como dices, ¿por qué no te largas? Podrías
ir a donde quisieras.
Simon esbozó una sonrisa de superioridad.
—Dime un lugar en donde las cosas vayan mejor —dijo
desafiante—, y me iré.
Así de improviso no se me ocurrió ningún lugar
adecuado para Simon. Podría haber sugerido los Estados Unidos, pero las mismas
plagas que azotaban Gran Bretaña estaban asolando también Norteamérica. La
última vez que había estado allí, apenas la reconocí… No era como yo recordaba.
Incluso en mi pequeña ciudad natal del interior había desaparecido
completamente el espíritu de convivencia, engullido por corporaciones
municipales rapaces y por la ciega adicción a los negocios rápidos y al
consumismo voraz que se había apoderado de los ciudadanos. «Quizá no se celebre
nunca más el desfile del Cuatro de Julio en la calle Mayor, ni se canten
villancicos en el parque durante la Navidad —me había comentado mi padre—, pero
no hay duda de que tendremos McDonalds, Pizza Hut, Kentucky Fried Chicken y
supermercados en las afueras, abiertos las veinticuatro horas todos los días de
la semana».
Así era el mundo: codicioso, duro, horrible. Así
era en todas partes y estaba harto de que me lo recordaran cada dos por tres.
Por eso me limité a mirar a Simon a los ojos y devolverle la mirada de desafío.
—¿Quieres decir que si te encontrara un lugar más
adecuado para ti que éste, te marcharías?
—Como una centella.
—¡Ja! —exclamé—. Nunca lo harías. Te conozco muy
bien, Simon. Eres
el eterno protestón. No eres feliz a no ser que te
puedas sentir desgraciado.
—¿Tú crees?
—Pues claro, Simon —afirmé—. Si todo fuera sobre
ruedas, te deprimirías. De veras. En el fondo te gusta cómo van las cosas.
—Bueno, muchas gracias, doctor Freud —gruñó Simon—.
Agradezco muchísimo tan agudo análisis.
Pisó a fondo el acelerador.
—Deberías admitirlo, Simon —insistí—. Te encanta
oler la mierda. Eres un voyeur de la miseria humana. Si a algo estás condenado,
es a tu caparazón protector. ¡Convéncete! Cuanto peor van las cosas, más
disfrutas. La decadencia te va que ni pintada. En el fondo te gusta. Disfrutas
con la degeneración; te encanta revolcarte en la podredumbre.
—¡Espera y verás! —murmuró tan bajo que apenas pude
oírle—. A lo mejor un día te llevas una buena sorpresa, amigo mío.
3
EL HOMBRE VERDE
Había abrigado la esperanza de ver
el lago Ness. Pero lo único que veía en el cristal
del coche era el reflejo de mi
rostro soñoliento al que la lucecita de mapas del
tablero confería un aspecto
un tanto misterioso. Era tarde, estaba hambriento,
aburrido, cansado; deseaba
hacer un alto y en silencio me maldecía por haberme
avenido a tan absurdo
viaje.
Lo que le había dicho a Simon era rigurosamente
cierto. El estado de ánimo de mi amigo iba de la depresión a la megalomanía y
de la megalomanía a la depresión. Sin embargo, aunque sólo me había guiado la
sana intención de sacarlo de su incoherente gimoteo, mi improvisado
psicoanálisis había logrado únicamente abrir un pesado e insoportable silencio
entre los dos. Simon había caído en un repentino ensimismamiento y en las
siguientes siete horas de nuestro viaje sólo gruñiría monosílabos. Así que me
dispuse a cumplir con mis deberes de copiloto, procurando no hacer caso de su
malhumor.
Según el mapa que tenía en el regazo estábamos al
sur de Inverness. Dejé de mirar por la ventanilla y observé el mapa.
Circulábamos por la A82 y nos acercábamos a un pueblecito llamado Lochend. La
estrecha y larga silueta del lago del monstruo se extendía a unos cien metros,
a la derecha.
—Pronto veremos algunas luces —dije—. Dentro de
cinco o seis kilómetros.
Aún me hallaba inclinado sobre el mapa cuando de
pronto Simon exclamó:
—¡Maldita sea!
Apretó el freno y dio un golpe de volante. Me sentí
lanzado contra la puerta y me di un golpe contra la ventanilla.
El coche se detuvo en seco en mitad de la
carretera.
—¿Lo has visto? —gritó Simon—. ¿Lo has visto?
—¡Ay! —exclamé frotándome la cabeza—. ¿Ver qué? No
he visto absolutamente nada.
Los ojos de Simon tenían un brillo extraño. Puso la
marcha atrás y reculó.
—¡Era una de esas cosas!
—¿Cosas? ¿Qué cosas?
—Ya sabes —dijo dándose la vuelta para mirar por el
cristal de atrás—, una de esas criaturas mitológicas.
Tenía la voz trémula y las manos temblorosas.
—Nada menos que una criatura mitológica… ¡Vaya! —Me
giré también, pero no vi nada—. ¿Qué clase de criatura mitológica exactamente?
—¡Por Dios, Lewis! —gritó con voz histérica—. ¿La
viste o no?
—Bueno, cálmate. Te creo. —Era evidente que había
conducido demasiadas horas seguidas—. Fuera lo que fuera, ha desaparecido.
Me disponía a mirar de nuevo hacia delante, cuando
de pronto vi el torso de un hombre cubierto de andrajos, débilmente iluminado
por el resplandor rojo y blanco de las luces traseras. A juzgar por sus
proporciones, el cuerpo debía de ser gigantesco. Sólo lo vi breves instantes,
pero la primera impresión que tuve fue que se trataba de un árbol cubierto de
hojas.
—¡Allí! —exclamó triunfante Simon, poniendo
violentamente el freno de mano—. ¡Allí está otra vez!
Se precipitó fuera del coche y corrió unos metros
por la carretera.
—¡Simon, vuelve! —aullé. El eco de sus pisadas se
desvaneció—. ¿Simon?
Me apoyé en el respaldo del asiento y escruté por
la ventanilla de atrás. No distinguí absolutamente nada excepto unos cuantos
metros de asfalto iluminados por las luces traseras. El motor se apagó, y por
la puerta del coche que Simon había dejado abierta oí el susurro del viento en
los pinos como si fueran silbidos de serpientes.
Mantuve la mirada fija en el círculo de luz y al
cabo de unos instantes vislumbré una silueta que se aproximaba con rapidez.
Poco después distinguí
el rostro de Simon. Se metió en el coche, cerró la
puerta y bajó el seguro.
Puso las manos sobre el volante y se quedó inmóvil.
—¿Qué? ¿Viste algo?
—Tú también lo viste, Lewis. Lo sé —dijo volviendo
el rostro hacia mí.
Tenía los ojos brillantes y la boca crispada. Nunca
lo había visto tan excitado.
—Mira, sucedió demasiado deprisa. No sé lo que vi.
Vayámonos de aquí, ¿te parece?
—Descríbelo. —Se le quebró la voz con el esfuerzo
que le costaba articular las palabras.
—Ya te he dicho que no creo que pudiera…
—¡Descríbelo! —repitió dando un puñetazo al
volante.
—Creo que era un hombre, al menos lo parecía. Sólo
vi una pierna y un brazo, pero creo que era un hombre.
—¿De qué color?
—¿Cómo quieres que sepa de qué color era? —pregunté
con voz estridente—. No lo sé. Estaba oscuro. No lo vi bien…
—¡Dime de qué color era! —insistió Simon en tono
frío y cortante.
—Me parece que verde. El sujeto llevaba algo
verde…, andrajos o algo
así.
Simon asintió y exhaló un suspiro.
—Sí. Verde. Eso es. Tú también lo viste.
—¿De qué estamos hablando exactamente? —inquirí con
el corazón en un puño.
—De un hombre gigantesco —respondió con calma—. De
dos metros y medio de altura, por lo menos.
—Sí. Y con una chaqueta verde hecha andrajos.
—No. —Simon sacudió con decisión la cabeza—. No era
una chaqueta.
Ni andrajos.
—¿De qué se trataba entonces? —pregunté con voz
tensa.
—Eran hojas.
Sí. También él lo había visto.
Nos detuvimos a poner gasolina en una estación de
servicio abierta día y noche en las afueras de Inverness. El reloj del tablero
marcaba las 2.47 de la madrugada. Exceptuando las paradas que habíamos hecho
para poner gasolina y para engullir unos bocadillos en Carlisle, hacía
exactamente once horas que no nos habíamos tomado un auténtico descanso. Simon
había insistido en hacer el viaje de una tirada para, utilizando sus propios
términos, «estar al alba in situ».
Simon puso gasolina mientras yo limpiaba el
parabrisas de los insectos que se habían quedado pegados en él. Pagó el importe
y volvió al coche trayendo dos tazas de plástico con Nescafé.
—Bebe —indicó dándome una.
Tomamos el brebaje mirándonos de hito en hito bajo
el resplandor de unos tubos fluorescentes.
—Bueno —dije tras unos minutos—, ¿lo dices tú o lo
digo yo?
—¿A qué te refieres? —preguntó Simon, dedicándome
una de sus frías y cortantes miradas, un truco más de los suyos.
—¡Lo sabes perfectamente, Simon! —exclamé con más
brusquedad de lo que pretendía. Supongo que todavía estaba alterado. Simon, en
cambio, había recobrado la calma—. A lo que vimos allí —añadí señalando con la
mano la carretera.
—Subamos al coche —contestó.
—¡No! No voy a subir hasta que…
—¡Cierra el pico, Lewis! —siseó—. Aquí no. Sube al
coche y hablaremos.
Miré hacia la puerta de la estación de servicio y
vi que el empleado nos estaba observando. No sé lo que habría oído. Me metí en
el coche y cerré la portezuela. Simon puso el motor en marcha y enfilamos de
nuevo la carretera.
—Muy bien. Ya estamos en el coche —dije—. Hablemos.
—¿Qué quieres que te diga?
—Quiero que me digas lo que crees que vimos.
—¡Es obvio! ¿No te parece?
—Quiero oírtelo decir —insistí—. Sólo por gusto.
Simon me dirigió una mirada de infinita paciencia.
—Muy bien. Sólo por gusto: creo que vimos lo que se
llamaba un Hombre Verde. —Sorbió un poco de café—. ¿Satisfecho?
—¿Eso es todo?
—¿Qué más quieres que te diga, Lewis? Vimos ese
enorme monstruo verde. Tú y yo…, los dos lo vimos. No sé qué más puedo decirte.
—Cabría añadir que es algo totalmente imposible.
¿No? Cabría decir que no existen hombres de hojas de roble, no pueden existir,
no pueden haber existido jamás. Cabría decir que no existen cosas tales como el
Hombre Verde…, que es sólo una creación de antiguas supersticiones y leyendas,
sin base alguna de realidad. Cabría decir que estábamos tan fatigados del viaje
que vimos cosas que no existen.
—Si eso va a hacerte feliz, diré lo que quieras
—concedió—. Pero yo vi lo que vi. Explícatelo como te venga en gana.
—Pero ¡es que no puedo explicármelo!
—¿Eso es lo que te preocupa?
—Sí…, entre otras cosas.
—¿Por qué te importa tanto una explicación lógica?
—Perdona, pero da la casualidad de que conservar el
sentido de la realidad, en la medida de lo posible, es importantísimo para
cualquier hombre inteligente que esté en su sano juicio.
Simon se echó a reír, logrando en cierto modo
romper la tensión.
—Así pues, según tu opinión, si un hombre ve algo
que carece de explicación lógica se lo puede calificar de loco, ¿no es cierto?
—Yo no he dicho exactamente eso.
Simon tenía el feo hábito de tergiversar mis
palabras.
—Bueno, pues tendrás que acostumbrarte, tío.
—¿Acostumbrarme? ¿Es todo lo que se te ocurre
decir?
—Hasta que averigüemos algo más, sí.
Habíamos llegado a un cruce de tres carreteras.
—Ahí está el desvío —indiqué—. Coge esa carretera
hasta Nairn.
Simon tomó dirección este, atravesó la ciudad y
entonces se salió de la carretera. Detuvo el coche, paró el motor y se desató
el cinturón de seguridad.
—¿Qué haces?
—Voy a dormir. Estoy cansado. Podemos descabezar
aquí un sueñecito y llegar a la granja antes de la salida del sol.
Reclinó el respaldo del asiento y cerró los ojos.
Al cabo de pocos instantes dormía profundamente.
Lo observé un rato, preguntándome: «Simon Rawnson,
¿en qué lío nos hemos metido por tu culpa?».
4
A LAS PUERTAS DEL OESTE
Oí el profundo y atronador rugido de
un monstruo y me desperté. Simon roncaba
plácidamente a mi lado. Al este, el sol se estaba levantando tras las colinas y
el tráfico mañanero comenzaba a ronronear en la carretera. El reloj del tablero
marcaba las 6.42 de la mañana. Sacudí a Simon.
—¡Eh!, ¡despierta! Nos hemos quedado dormidos.
—¿Uh? ¡Maldita sea! —gruñó con un estremecimiento.
Se incorporó y puso en marcha el motor—. ¿Por qué no me has llamado antes?
—Acabo de despertarme.
—Llegaremos tarde.
Se frotó los ojos con los puños, miró por el espejo
retrovisor y lentamente condujo el coche hasta la carretera.
—¿Qué quieres decir? El sol aún no ha salido del
todo. Faltan sólo unos pocos kilómetros. Llegaremos de sobra.
—Quería llegar antes de la salida del sol —se
limitó a decirme—. No después.
—¿Y qué importa?
Simon me dedicó una sonrisa burlona.
—¿Y tú eres un estudioso de la cultura céltica?
Su tono sugería que yo estaba obligado a leer su
pensamiento.
—La hora-entre-horas… ¿A eso te refieres? —dije yo.
No tenía ni idea de que Simon estuviera al corriente de las tradiciones
célticas—. ¿Por eso hemos venido hasta aquí perdiendo el culo?
Como no se dignó contestar, interpreté su silencio
como una afirmación y continué:
—Mira, si ésa es la causa por la que me has
arrastrado hasta estos andurriales, olvídame. La hora-entre-horas no es más que
una superstición popular; una patraña poética. No existe.
—¿Como tampoco existe el uro?
—¡Claro que no existe! —Iba a añadir que tampoco
existían los Hombres Verdes pero me mordí la lengua a tiempo. No era cuestión
de entrar en discusiones a aquellas horas de la mañana—. Sólo se trata de
periodismo sensacionalista.
—Eso es precisamente lo que hemos venido a
comprobar, ¿no?
Simon sonrió taimadamente y concentró toda su
atención en la carretera. Estábamos de nuevo en pleno campo, alejándonos de
Inverness rumbo al este por la A96. La última señal que vi indicaba que Nairn
estaba sólo a dieciocho kilómetros.
Rebusqué en el suelo del coche, encontré el mapa
donde lo había dejado por la noche y lo abrí por la página debida. La granja
que buscábamos no figuraba en el mapa, pero sí el pueblecito más cercano: un
minúsculo villorrio llamado Craigiemore en una revuelta de una carretera
amarilla que atravesaba lo que en términos optimistas recibía el nombre de
bosque de Darnaway. Probablemente lo único que quedaba del pretendido bosque
era una ladera con unos cuantos tocones podridos y un área de descanso junto a
la carretera.
—La granja Carnwood no figura en el mapa —dije tras
haberlo estudiado con detenimiento.
Simon soltó un gruñido en señal de reconocimiento.
Animado por tal respuesta, proseguí:
—De todas formas, desde Nairn hay unos diez
kilómetros hasta la B9007. Y desde allí a la granja hay probablemente unos
cinco kilómetros como mínimo.
Agradeció la orientadora información con otro
elocuente gruñido y pisó a fondo el acelerador. El brumoso paisaje de
redondeadas colinas se deslizaba con celeridad. Apenas se veía nada. Una tupida
niebla cubría la tierra, emborronaba cualquier detalle en un kilómetro a la
redonda y convertía el sol naciente en un fantasmagórico disco de color rojo
sangre.
Escocia es un extraño paraje. No podía entender la
admiración que mucha
gente, de indudable gusto en otros temas, profesaba
por aquel pelado pescuezo de polvo y rocas, sacudido sin cesar por los vientos.
Donde no había páramos, había lagos, tan húmedos unos como otros. Además estaba
el frío. Yo prefiero la Costa del Sol en cualquier época. Mejor todavía, que me
den la Riviera Francesa y que se queden con todo lo demás. Por mí se pueden ir
al diablo los lugares en los que no se puede cultivar un viñedo a un tiro de
piedra de la playa.
Simon me sacó de mis cavilaciones poniéndose a
recitar una poesía, tan extraña como espontánea, sin separar la vista de la
carretera.
Soy el cantor en el alba de la era
y me encuentro a las puertas del oeste.
Me apoyan centenares de guerreros,
cuyos nombres son loados entre los jefes y
cuyas órdenes se apresuran a cumplir poderosos
señores.
Sangre real fluye por mis venas;
no soy de humilde cuna,
pero se desdeñan mis dotes.
La verdad yace en la raíz de mi lengua,
la sabiduría en el aliento de mis palabras,
pero los hombres no celebran mis versos.
Soy el cantor en el alba de la era
y me encuentro a las puertas del oeste.
Me quedé boquiabierto. Uno vive unos cuantos años
con alguien y cree por eso conocerlo bien.
—¿Dónde demonios has aprendido eso? —pregunté
cuando al fin pude reaccionar.
—¿Te ha gustado? —Y sonrió como el escolar travieso
a punto de confesar una falta al profesor.
—Es una poesía muy bonita —concedí—. ¿De dónde la
has sacado?
—No tengo la más remota idea —respondió—. Debo de
haber tropezado
con ella en alguna de mis lecturas. Ya sabes.
Lo sabía perfectamente bien. Simon, el escolar
aplicado, no había abierto un libro durante meses.
—¿Tienes idea de lo que significa? —inquirí.
—A decir verdad, suponía que tú me lo dirías
—contestó con aire tímido
—. Temo que quede un tanto fuera de mi
especialidad. Pertenece más bien a la tuya, creo.
—Simon, ¿qué te traes entre manos? Primero ese
asunto del buey extinguido, luego tu repentina preocupación por la
hora-entre-horas, y ahora me sales con enigmas célticos. ¿Qué pretendes?
Se encogió de hombros.
—Me pareció una poesía que ni pintada para este
momento, supongo.
Ésas colinas, la salida del sol, Escocia…, todo
esto.
Habría sacado más información de una ostra, así que
cambié de conversación.
—¿Qué te parece si desayunáramos?
Simon no se dignó contestar; parecía totalmente
absorto en la conducción.
—¿Nos paramos en Nairn a tomar algo? —insistí.
No nos detuvimos en Nairn. Atravesamos la ciudad
tan rápidamente que creí que a lo mejor Simon intentaba batir un récord de
velocidad.
—¡No tan deprisa! —exclamé asiéndome al tablero.
Pero Simon ni se inmutó y siguió adelante.
A la salida de Nairn, Simon tomó la A939 y
literalmente volamos entre las colinas. Por fortuna, sólo circulábamos nosotros
por la carretera. Después de atravesar el río Findhorn,[2] llegamos al
pueblecito de Ferness, en el cruce de la A939 y de la B9007.
—Ahí está el desvío. Tuerce a la derecha —le
indiqué.
La B9007 resultó ser un estrecho camino asfaltado
que bordeaba la cañada del Findhorn y se internaba en el bosque de Darnaway,
que para mi sorpresa reunía las características de un auténtico bosque. Es
decir, colinas cubiertas por altos y espesos pinares, niebla matutina flotando
entre los árboles y
arroyuelos que iban a desembocar en el río. Al cabo
de un kilómetro llegamos a un pequeño pueblecito llamado Mills de Airdrie.
Sabía el suficiente gaélico como para imaginar que
la palabra «Airdrie» era la contracción de la antigua denominación céltica
«Aird Righ», es decir, Soberano Rey. Aunque no había nada extraño en que un rey
poseyera un molino junto al río,[3] juzgué ciertamente peculiar que pudiera
haberse tratado de un Soberano Rey. En la antigüedad ese título se reservaba
sólo para la elite de la realeza, y en raras ocasiones se utilizaba en Escocia.
El pueblecito era minúsculo: sólo una mancha en la
carretera con un hostal y un establecimiento que era a la vez colmado, quiosco
y correos. Recorrimos un par de kilómetros más y llegamos a una carretera que
no constaba en el mapa. En el cruce había una señal un tanto borrada por los
elementos; en chillonas letras azules estaba pintado el rótulo «granja
Carnwood», además de una flecha que indicaba la dirección. Torcimos a la
izquierda y llegamos enseguida a un puente de piedra. Cruzamos el río Findhorn una
vez más y nos dirigimos al corazón del bosque de Darnaway.
La granja Carnwood se alzaba entre dos colinas
cubiertas de árboles. Pequeña, limpia, acogedora, tenía esa apariencia que
confiere la laboriosidad y la prosperidad. Pero tenía también un aire de…, no
sé, de soledad; como si hiciera mucho tiempo que estuviera abandonada. No
descuidada, ni desatendida: simplemente intacta. O, más exactamente, como si la
finca se hubiera resistido de algún modo a que la habitaran los hombres. Era
una sensación absurda. Los edificios, los campos y las ruinas de una esbelta torre
de piedra cubierta de musgo junto a la casa mostraban que el lugar había sido
cuidado y habitado durante generaciones.
—Bueno —dijo Simon—, hemos llegado.
Había ido disminuyendo la velocidad y detuvo el
coche en la cuneta. Una casa enorme de piedra gris y varios cobertizos se
levantaban al final de un camino bordeado de árboles. Una puerta de madera
pintada de negro separaba el camino de la carretera. Un buzón de latón
ostentaba el nombre de Grant en letras blancas.
—¿Ahora qué? —pregunté—. ¿Nos quedamos aquí
sentados o vamos a la casa?
—Vayamos.
Apagó el motor y sacó las llaves del contacto.
Salimos del coche y nos encaminamos a la valla.
—Hace frío —comenté estremeciéndome; había dejado
la capa en el coche.
Simon intentó abrir la puerta; no estaba cerrada y
cedió con facilidad.
Un inquieto y juguetón perrazo negro apareció en
mitad del camino. No ladró, sino que corrió a nuestro encuentro moviendo
alegremente la cola. Me lamió las manos antes de que tuviera tiempo de
metérmelas en los bolsillos. Simon silbó al hospitalario animal.
—¡Hola, chucho! ¿Está tu amo en casa?
—Sí está —dije yo—. Ahí viene.
Desde una esquina del granero se acercaba un hombre
tocado de un deforme sombrero marrón, un chaquetón negro y botas de goma
verdes. Llevaba en la mano un largo bastón y tenía todo el aspecto de saber
usarlo.
—Buenos días, señor —saludó Simon echando mano del
encanto de los Rawnson—. Vive usted en un lugar muy bonito.
—Buenos días —respondió el hombre.
No sonrió pero tampoco hizo ademán de golpearnos
con el bastón.
—Acabamos de llegar de Oxford —dijo Simon como si
eso lo explicara todo.
—¿De tan lejos? —El granjero sacudió ligeramente la
cabeza.
Parecía como si Oxford no encajara fácilmente en su
mundo geográfico.
—Entonces es que deben de tener muchas ganas de ver
al animal — añadió.
Por un momento creí que se refería al perro; estaba
a punto de responder que ya habíamos gozado de tal placer, cuando Simon
contestó:
—Exactamente. Si no es molestia, claro. No desearía
en modo alguno estorbar.
«¡Si no es molestia!». ¡Habíamos conducido día y
noche para llegar hasta allí y ver el uro, y salía con que no deseaba estorbar!
¡Era el colmo!
—¡Oh, no me estorban en absoluto! —replicó
amablemente el granjero—.
Los llevaré ahora mismo.
Nos condujo a un pequeño campo tras el granero. La
yerba, cubierta de escarcha, crujía bajo nuestras pisadas como cáscaras de
huevo. Escruté el campo buscando alguna señal de la infortunada reliquia de la
era de las glaciaciones, pero no vi absolutamente nada.
Avanzamos un trecho y el granjero señaló con la
punta del bastón el suelo.
—Aquí es donde se derrumbó —indicó—. Observen en la
yerba el rastro que dejó.
No vi nada. No veía nada de nada.
—¿Dónde está? —pregunté.
La decepción, o quizá la exasperación, hizo que mi
voz sonara tensa.
El granjero me miró plácidamente; supongo que con
esa mirada mezcla de compasión y burla con la que uno contempla a un palurdo
ignorante.
—No lo veo por ningún lado. ¿Dónde está?
No quería ser brusco con aquel hombre, pero me
sacaba de quicio el hecho de que no pareciera importarle que hubiéramos hecho
un montón de kilómetros para contemplar un pedazo de tierra pelada en un campo
en barbecho.
—Ayer por la tarde vinieron y se lo llevaron —me
respondió el granjero.
Simon se acuclilló y puso una mano sobre la yerba
aplastada.
—¿Quiénes se lo llevaron? —inquirió como quien no
quiere la cosa—. Si es que no tiene inconveniente en decírmelo.
—¡No me importa en absoluto! —contestó el
granjero—. Fueron unos hombres de la universidad.
—¿Qué universidad? —pregunté, sintiéndome más y más
bobo a cada segundo que pasaba.
—Edimburgo —respondió el hombre como si fuera el
único centro de enseñanza del mundo y yo hubiera preguntado una estupidez—.
Eran arqueólogos. Traían una camioneta con remolque y todo lo demás.
Simon volvió a centrar la conversación en la
pregunta que le interesaba.
—¿Ha dicho usted ayer por la tarde? ¿A qué hora?
—Eran las cuatro y cuarto. Me disponía a tomar el
té cuando llegaron — contestó el granjero acuclillándose junto a mi amigo
señalando con el bastón el cuerpo desaparecido—. Pueden ver perfectamente cómo
se derrumbó. Calculo que debió de caer de costado. La cabeza estaba ahí.
—Golpeó el suelo con el bastón—. Hicieron muchas fotografías. Dijeron que
vendrían otros sujetos para tomar notas.
—Así es —confirmó Simon, dando a entender que
nosotros éramos tales sujetos—. Hemos venido lo más pronto que nos ha sido
posible.
—¿No tiene usted un montón de estiércol por aquí?
—pregunté.
—¿Estiércol? —repitió el granjero con cierta
sorna—. ¿Es que quieren ver también mi montón de estiércol?
Simon me echó una mirada furiosa y enseguida se
dirigió al granjero:
—¿Adónde se llevaron el cuerpo esos sujetos de la
universidad?
—Al laboratorio —fue la respuesta—. Allí se lo
llevaron. Para hacer pruebas y demás. Todas esas cosas que acostumbran hacer.
Sacudió la cabeza como evidenciando que todo
aquello escapaba a su incumbencia y comprensión.
—¿Desearían desayunar? —ofreció luego.
—Sí —respondí.
—No —corrigió Simon dirigiéndome una mirada
asesina—. Ya lo hemos molestado bastante. Si no le importa, nos gustaría
hacerle unas cuantas preguntas más y después nos iremos. Vamos a ver, ¿cuándo
se dio cuenta de que el animal se había derrumbado en este campo?
El granjero alzó la vista al cielo. El sol se había
levantado sobre las colinas despejando la niebla.
—No sería molestia alguna —aseguró.
—Se lo agradecemos igualmente —repuso Simon con la
más encantadora de sus sonrisas—. Es usted muy amable.
—¿De verdad no quieren una taza de café? —insistió
el granjero metiéndose las manos en los bolsillos.
Simon se incorporó.
—Sólo si de veras no resulta una molestia para
usted. No querríamos hacerle perder su tiempo —respondió—. Sé perfectamente
cuán importuna puede resultar una visita.
El granjero sonrió.
—Mi Morag ya debe de haber servido las tazas.
Acompáñenme. Me llamo Grant…, Robert Grant —dijo alargándonos la mano.
—Yo soy Simon Rawnson —repuso Simon
estrechándosela—. Mi colega se llama Lewis Gillies.
Estreché yo también la mano del granjero y, después
de haber cumplido con el ritual de las presentaciones, lo seguimos hacia la
casa. Ya cerca de la vivienda, Simon me cogió del brazo.
—No puedes comportarte así ante esta gente —susurró
enfadado.
—¿A qué te refieres? Fue él quien nos invitó. Estoy
hambriento.
Simon frunció el entrecejo.
—Pues claro que fue él quien nos invitó… ¡Era de
suponer! Pero hay que esperar a que insistan.
—Lo que tú digas, Mil Ciencias. Al fin y al cabo tú
has organizado este número circense.
—¡No me hagas perder la paciencia! —siseó—. Te lo
advierto.
—Ya te he dicho que estoy de acuerdo.
Entramos tras el granjero en la casa y aguardamos a
que se quitara el chaquetón. Su esposa, Morag, nos recibió en la cocina, donde,
tal como había supuesto el granjero, nos había servido sendas tazas de café.
—Éstos muchachos acaban de llegar de Oxford —le
hizo saber el granjero.
Lo dijo como si hubiésemos hecho todo el camino a
pie.
—¿Oxford? ¿De verdad? —repitió la esposa, que
parecía muy impresionada—. Siéntense, por favor. Los cereales están calientes.
¿Cómo les gustan los huevos?
Mis labios se aprestaron a pronunciar «fritos»,
pero Simon me dio un codazo.
—No se moleste, se lo ruego —dijo con exquisita
educación—. Una taza de café es más que suficiente. Muchas gracias.
El granjero acercó dos sillas a la mesa.
—Siéntense —indicó.
Obedecimos.
—Es imposible mantener en forma el cuerpo y el alma
solamente con un café —comentó la esposa de Grant—. No quiero que se diga que
se han levantado de mi mesa con hambre. Espero que no les importe comer en la
cocina —añadió con los brazos en jarra.
—Es usted muy amable —dijo Simon dirigiéndole la
más espléndida de sus sonrisas—. Es una cocina preciosa.
Le había visto emplear con dependientas y camareras
la misma afectada elegancia, siempre con inmejorables efectos. Había gente que
indudablemente la encontraba irresistible.
Poco después estábamos devorando el contenido de
sendos boles de pegajosas papas de cereales. Luego comimos huevos, tostadas con
mermelada casera de uva, lonchas de tocino del país, queso de granja y tortas
de avena. Morag presidía el banquete con rostro arrebolado y expresión
orgullosa. Era evidente que estaba disfrutando muchísimo.
No volvimos a hablar del desaparecido uro hasta que
los platos no fueron retirados.
—Es muy extraño —comentó el granjero mirando
fijamente la taza de café que sostenía en sus manos—. Hacía unos cinco minutos
que había atravesado ese campo. Y no había el menor rastro del animal.
Simon asintió como animándolo.
—Debió de ser algo emocionante.
El granjero hizo un gesto de asentimiento. Su
esposa, que había estado revoloteando en torno a la mesa, intervino:
—¡Oh, y eso no es todo! Cuéntales lo de la lanza,
Robert.
—¿Una lanza? —repitió Simon inclinándose hacia
delante—. Perdone, pero nadie nos ha dicho nada de una lanza. No se mencionaba
lanza alguna en el… informe.
El granjero se permitió una leve, tímida y
orgullosa sonrisa.
—Es cierto, es cierto. No se lo he contado a nadie.
—¿Contar qué exactamente? —pregunté.
—El animal que apareció en mi campo había sido
alcanzado por una lanza —contestó Robert con toda cachaza—, que le atravesó el
corazón.
Miró a su esposa y le hizo una seña. Morag se
dirigió a una pequeña rinconera junto a la cocina. Rebuscó y sacó un delgado
palo de fresno de metro y medio de largo; estaba rematado por una hoja plana y
afilada de hierro sujeta al astil con cuero sin curtir. La hoja, el cuero y el
astil de madera estaban teñidos de un color marrón rojizo que parecía sangre.
Trajo el arma a la mesa. Yo me levanté y extendí
las manos.
—¿Puedo cogerla?
A un gesto del marido, la mujer me entregó el arma,
que sopesé en mis manos. Pesaba bastante; era un arma sólida, bien hecha. Le di
la vuelta y la examiné concienzudamente, desde la punta hasta la hoja. La
madera del astil estaba pulida y era muy resistente. La hoja, bajo la pátina de
sangre seca, estaba bien templada y afilada. Además, se hallaba decorada con el
más intrincado dibujo de espirales que pudiera imaginarse; toda la superficie
de la hoja estaba labrada con precisos y vistosos remolinos entretejidos.
Una curiosa sensación me invadió mientras sostenía
la lanza. Me pareció como si aquella lanza me resultara familiar, como si la
hubiera sostenido entre mis manos antes, como si aquella forma de sostenerla no
fuera la más apropiada. Sentí una sensación extraña de plenitud, de comunión…
¡Qué tontería! Pues claro que había visto antes
aquella hoja muchas veces, en innumerables fotografías, y más de un ejemplar.
La reconocía lo suficiente como para identificarla y situarla: pertenecía a la
edad de hierro de los celtas, a la cultura de La Tène, que se había
desarrollado entre los siglos VII y V a. C. El Museo Británico tenía
centenares, si no miles, de objetos de la edad de hierro. Incluso los había
tocado durante las investigaciones que el departamento llevaba a cabo en el
Museo Ashmolean de Oxford. La única
diferencia que observaba entre aquella lanza y los
oxidados ejemplares de los museos era que el arma que sostenía en mis manos
parecía como si hubiera sido fabricada un día antes.
5
EL CAIRN
—Es una broma. Una
falsificación. Y tú eres un estúpido por dejarte
engañar. Apuesto a que en estos momentos se están carcajeando de nosotros.
Engatusaron a unos listillos de la ciudad con el cuento del uro desaparecido.
¡Qué inteligentes somos! ¡Qué gracia! ¡Ja, ja, ja!
Simon puso el Jaguar en marcha y enfilamos la
carretera.
—¿Estás diciendo que no crees lo que nos han
contado Robert y Morag?
—Bueno, no he visto señal alguna de la bestia
extinguida. ¿Es que tú has visto algo? ¡Caramba, qué sorpresa! —me burlé.
—¿Y qué me dices de la fotografía del periódico?
—Ése periodicucho les pagó seguramente unas cien
libras por posar y otras tantas por mantener la boca cerrada —insistí—. Lo
cierto es que no hemos visto uro alguno, porque no había nada que ver.
—Vimos un magnífico ejemplar de lanza de la edad de
hierro.
—Probablemente la fabricó el propio Grant para dar
más credibilidad a la patraña. Yo mismo puedo hacerte una en medio día si me
das las herramientas adecuadas.
—¿De verdad lo crees así?
—¡Por Dios, Simon! Despierta y verás que hay gato
encerrado. Nos han llevado al huerto. Olvidémoslo, y volvamos a casa.
Simon me miró con expresión plácida.
—Fuiste tú quien preguntó por el cairn —dijo—. A mí
no se me habría ocurrido jamás.
—Muy bien —concedí sabiendo que Simon se agarraría
tozudamente a aquel detalle—, reconozco que me dejé llevar por la excitación
del momento. ¿Y qué?
—Fue idea tuya. Así pues, vamos a ver el cairn.
—No me eches la culpa —le rogué—. He cambiado de
idea. Mira, son casi las nueve. Si emprendemos el regreso ahora mismo, podemos
llegar a Oxford esta noche.
—Sólo está a kilómetro y medio, y en esta misma
carretera —insistió Simon—. Llegamos hasta allí, echamos un vistazo y
regresamos, ¿qué te parece?
—¿Prometido?
—Sí.
—¡Mentiroso! No tienes intención alguna de volver a
casa.
Simon se echó a reír.
—¿Qué quieres, Lewis? ¿Que te lo jure por mis
muertos?
—Sólo quiero volver a casa.
Simon separó la mano derecha del volante y señaló
el mapa.
—Mira a ver si localizas ese cairn.
Cogí el mapa y busqué la página.
—No lo veo.
Me maldije a mí mismo por bocazas. El cairn en
cuestión había surgido en la conversación porque, cuando estábamos sentados en
la cocina de la granja de los Grant, mi cabeza rebullía con ideas acerca de
lanzas de la edad de hierro, bueyes extinguidos y cosas semejantes; por eso
había preguntado de pronto:
—¿Hay algún cairn por aquí cerca?
—Sí —había sido la respuesta de Grant—. Bastante
cerca. Formaba parte de esta hacienda, pero mi padre vendió la porción de
terreno donde se levanta. El viejo era supersticioso.
Luego, como Simon había insistido inmediatamente en
verlo ya que estaba tan cerca, nos explicó dónde podíamos hallarlo. Al granjero
le pareció buena idea que inspeccionáramos el cairn y se mostró dispuesto a
acompañarnos. Simon lo hizo desistir aduciendo que era mejor que se quedara en
la granja puesto que podían aparecer en cualquier momento individuos de
otra universidad, también deseosos de hablar con
él. Nos despedimos prometiendo mantenernos en contacto y visitarlos otra vez
muy pronto.
Y ahora nos dirigíamos hacia ese montón de piedras,
o lo que en aquellos húmedos parajes pasara por ser un cairn, siguiendo una de
esas carreteras secundarias estrechas y tortuosas que parecen que ni pintadas
para accidentes de tráfico. Sin habernos cruzado con coche alguno, llegamos
hasta la valla que nos había indicado Grant. Simon detuvo el coche y bajamos.
—Está al otro lado de ese campo, en la cañada.
Señaló hacia el pie de la ladera, hacia las copas
de unos árboles que se veían al fondo de la pendiente.
Permanecimos inmóviles unos momentos mirando el
campo. Oí el ladrido de un perro y me volví hacia el lugar de donde venía el
sonido. Detrás de nosotros, por el camino por donde habíamos venido, se
acercaba un hombre con tres o cuatro perrazos sujetos de una correa. Estaban
aún demasiado lejos como para distinguirlos con toda claridad, pero me pareció
que los perros eran de color blanco.
—Alguien se acerca —dije.
—Alguno de los vecinos de Robert, seguramente
—comentó Simon.
—Mejor será que nos marchemos.
—No nos molestará. Venga, vamos.
Sin más dilaciones, salvamos la valla y atravesamos
corriendo el campo. El ejercicio hacía bien a mis piernas y sentía el aire puro
y fresco en los pulmones. Al fondo del campo había un muro de piedra; lo
saltamos y nos encontramos en la cañada.
Era poco más que un repliegue profundo y estrecho
entre dos colinas. Un alegre riachuelo corría entre las raíces de los árboles,
retorcidos y desprovistos de hojas, que bordeaban la cañada. Del arroyo
ascendía una niebla que empapaba los árboles. La cañada era fría y húmeda
porque hasta ella no llegaba apenas la luz del sol.
En el centro de aquel escondido repliegue de
terreno se levantaba un montículo de tierra achaparrado y rechoncho, de unos
dos metros y medio de alzada y unos nueve de circunferencia. A no ser por una
curiosa protuberancia en forma de colmena que tenía en la cara oeste, habría
sido un cono casi
perfecto.
—¿Cómo supiste que aquí había un cairn? —preguntó
Simon.
Su voz sonó extrañamente muerta en el silencio que
reinaba en la hondonada.
—Lo adiviné. Como la granja se llamaba Carnwood,[4]
supuse que podría haber un cairn en un bosque por estos andurriales. ¿No te
parece lógico? — contesté examinando aquella extraña estructura—. Y ahí lo
tenemos. Ahora ya lo hemos visto. Vámonos antes de que llegue alguien.
Temía, en efecto, que de un momento a otro
apareciera el hombre de los perros. Simon me ignoró y se acercó al cairn.
En la cara norte crecía una mata de acebo y, en la
sur, un matorral de especie desconocida. Tenía la superficie cubierta de yerba.
El aire de la cañada olía a hojas podridas y a tierra húmeda.
—No deseo que me sorprendan en un lugar prohibido
—le dije a Simon, que sin dignarse contestar seguía explorando.
—¿Qué importancia tienen estos cairns? —me preguntó
después de haber dado la vuelta despacio en torno a la vieja construcción.
—Ninguna —respondí—. Ninguna en particular.
—Podrías ser más complaciente. Te juro que tengo
verdadero interés en saberlo.
Exhalé un profundo suspiro y me senté en una peña
mientras Simon emprendía una segunda vuelta en torno al cairn.
—Bueno —comencé a explicar—, nadie lo sabe a
ciencia cierta, pero al parecer los hombres amontonaban piedras construyendo
estructuras como ésta para señalar determinadas cosas.
—¿Qué clase de cosas?
—De todo tipo: cruces de caminos, un pozo, una
fuente, el lugar donde algo importante había ocurrido…
—¿Como qué?
Oí el ladrido de un perro en la colina que se
levantaba a un lado de la cañada; me di la vuelta y creí ver un destello de
color blanco entre los árboles.
—¿Qué quieres saber con ese «como qué»?
—¿Qué acontecimientos importantes querían señalar
con esas construcciones?
—¡Quién sabe! Quizás el lugar donde alguien
encontró oro, o mató a un gigante, o raptó a la mujer de otro, o topó con una
inspiración divina… ¡Quién sabe! No son más que conjeturas. Quizá sólo
pretendían limpiar el terreno y por eso amontonaban las piedras.
—Eso quiere decir que los cairns no están huecos
—fue la conclusión que sacó Simon, siguiendo su parsimonioso paseo en torno al
montículo.
—Algunos sí —corregí yo—. Pero ¿qué importa?
Oí el crujir de una rama quebrada tras de mí; me
volví y vislumbré un breve destello blanco entre la oscura y espesa arboleda.
—Creo que se acerca alguien. Será mejor que nos
larguemos.
—¿Qué hay en los montículos huecos? —inquirió
Simon.
—No hay tesoros enterrados, si es que se te ha
ocurrido tan peregrina idea.
Lo observé con curiosidad unos instantes; parecía
tan interesado en comprender el significado de aquellas antiguas
construcciones, que no pude menos que preguntarle:
—¿Qué te está rondando por la cabeza, Simon?
—¿A qué te refieres? —dijo deteniéndose en su
tercera vuelta en torno al montículo.
—No me vengas con evasivas.
—¿Con evasivas, querido amigo? —repitió, con aire
inocente.
—No me llames «querido amigo». ¿Por qué tan
repentino interés por las tradiciones celtas? ¿Qué pasa?
—Fuiste tú quien preguntó lo del cairn, no yo.
—Sí, ya lo sé.
—Estás tan intrigado como yo —concluyó Simon—. La
única diferencia es que yo lo reconozco y tú, en cambio, no.
—Venga ya, Simon. No te hagas el inocente conmigo.
¿Qué pasa? ¿Qué es lo que en realidad sabes?
Había desaparecido de mi vista, al otro lado del
montículo. Esperé unos instantes, pero no apareció.
—¿Simon? —llamé con voz apagada.
Me levanté de la peña y me dirigí al otro lado del
cairn. Simon estaba de rodillas, rebuscando entre el matorral que nacía al pie
del montículo.
—¿Qué haces?
—Creo que este cairn está hueco.
—Puede ser.
—Quiero ver el interior.
—¿Por qué? ¿Por qué no te conformas simplemente con
lo que has visto y regresamos a casa? Me lo prometiste.
—Sólo quiero echar una ojeada, luego nos marchamos.
Sacudí la cabeza desesperanzado.
—De acuerdo. Echa una ojeada.
Quebró algunas ramas con las manos y, reptando como
una serpiente, se abrió paso entre el matorral. Yo observé con atención y vi lo
que él había descubierto: en la base del cairn había una abertura pequeña y
oscura, casi enterrada en el suelo. Simon logró meter la cabeza y los hombros
en el agujero; luego salió.
—¿Satisfecho? —pregunté, creyendo en mi inocencia
que lo estaría.
—Necesito una linterna —contestó—. Hay una en el
maletero. Sé amable y ve a buscarla. Toma, las necesitarás —añadió sacando las
llaves de un bolsillo de la chaqueta.
Las cogí, me dirigí al coche, encontré la linterna
y cerré el maletero. Cuando regresaba al cairn vislumbré por el rabillo del ojo
un destello blanco…, como si algo hubiera atravesado la estrecha carretera y
hubiera desaparecido entre la espesura. Escudriñé ésta por unos momentos, pero
no vi nada más, de modo que seguí caminando hacia el cairn.
Al llegar, comprobé que durante mi ausencia Simon
había limpiado la
maleza y había logrado ensanchar aquella especie de
entrada que tenía el montículo.
—Aquí la tienes, tío —dije alargándole la
linterna—. Ya puedes salirte con la tuya.
—¿No quieres entrar conmigo?
—No tengo el más mínimo interés. Allá tú —respondí.
Simon se quitó la gorra.
—Guárdamela. No quiero que se me ensucie.
Cogí la gorra y me la puse.
—Ten cuidado. Ahí dentro podría haber un tejón.
—Gritaré si me topo con algo.
Reptó entre las ramas, deslizó medio cuerpo dentro
del agujero, culebreó unos instantes y, dándose impulso con las piernas, logró
meterse del todo.
Durante unos momentos no oí nada en absoluto.
—¡Simon! ¿Te encuentras bien?
—Muy bien, muy bien —me llegó su voz desde el
interior del montículo
—. No hay humedad alguna aquí dentro. Creo que
podré ponerme de pie… Sí.
—¿Qué ves? —le grité; no obtuve respuesta alguna—.
Te he preguntado qué ves.
—Está pulimentado, bueno, bastante pulimentado
—respondió; su voz sonaba como si procediera de lo más profundo de un sofá—.
Algunas piedras parecen tener una especie de mar…
—¿Marcas? —exclamé—. ¿Has dicho marcas?
—Sí… —respondió—. Marcas azules…, laberintos y
manos… y…
Aguardé unos instantes a que terminara la frase.
—¿Simon?
No contestó. Me puse a gatas y me arrastré hacia la
entrada del cairn.
—¡Simon! ¿Qué más estás viendo?
Oí un ruido rechinante, como el que produce una
piedra al ser separada poco a poco de una pared mediante una palanca.
—¡Simon! —llamé otra vez.
Inmediatamente oí que Simon exclamaba:
—¡Dios mío!
—¡Simon! —repetí—. ¿Qué sucede?
Segundos después, Simon asomó la cabeza por el
agujero; tenía el rostro iluminado por la excitación.
—Algo está sucediendo. ¡Es increíble! ¡Fantástico!
Desapareció de nuevo.
—¡Espera! Un momento… ¿qué está pasando? ¡Simon!
Asomó el rostro una vez más. Tenía los ojos muy
abiertos y la respiración fatigosa.
—¡No puedo creerlo! —dijo arrojándome la chaqueta
por el agujero—. ¡Es increíble! Lewis, ¡es el paraíso! No puedo explicártelo.
Tienes que verlo. ¡Venga, anímate! ¡Ven conmigo!
—¡No! ¡Aguarda! —grité lleno de desesperación—. ¿De
qué se trata?
¿Qué es eso tan increíble? ¡Simon!, ¿adónde vas?
—Me voy al paraíso —respondió con voz apagada—.
¡Ven conmigo!
Fueron las últimas palabras de Simon.
6
UNA BROMA PESADA
Debieron
de pasar unos
diez
minutos, que me parecieron horas, antes de que
pudiera reunir el ánimo suficiente para entrar a buscar a Simon. Aguardé y
escuché, llamándolo cada treinta segundos por su nombre. Me senté con la cabeza
muy cerca del agujero, pero no oí ni el más ligero sonido.
Por fin me decidí a apartar las ramas del arbusto y
meter la cabeza en el cairn. Reinaba la más espesa oscuridad, tal como había
supuesto. No se veía nada. Imaginando que quizá mis ojos acabarían por
acostumbrarse a las tinieblas, me eché en el suelo y serpenteé como había visto
hacer a Simon.
Tal como había comentado mi amigo, el lugar estaba
seco y, para mayor sorpresa, hacía bastante más calor que en el exterior. Olía
a musgo, como si de una gruta se tratara. Me senté en cuclillas cerca de la
abertura y esperé a que mis ojos se habituaran a la oscuridad. Pero, aun así,
no pude ni tan siquiera verme la mano a un palmo de la cara.
Sin embargo, no tenía necesidad alguna de ver para
saber que Simon ya no estaba allí.
—¡Simon! —llamé; mi voz resonó en las piedras del
cairn—. ¡Muy gracioso, Simon! Ahora ya puedes salir… ¿Simon?
No obtuve respuesta alguna.
Grité más fuerte:
—Sé que me estás oyendo, Simon. Sal de una vez de
tu escondite, ¿de acuerdo? Venga ya. Toda broma tiene un límite. Vámonos de una
vez.
No oí nada excepto el eco de mi voz rebotando en
los muros de piedra.
Mi primer impulso fue largarme. Pero, ante la
posibilidad de que Simon hubiera podido caer y golpearse la cabeza con una
roca, me arrastré por el interior del cairn para comprobar que no yacía
inconsciente en el suelo. Sin perder de vista la entrada, por la que se
filtraba una luz tenue, describí un
círculo apoyando la mano derecha en el muro para
poder orientarme mejor. Después, tras haberme cerciorado por segunda vez de que
había recorrido todo el cairn, volví al punto de partida y lo atravesé a gatas
una y otra vez pasando siempre por el centro.
En mi último recorrido por el cairn, tropecé con
algo. Lo rocé con la rodilla, logré localizarlo con la mano y lo cogí: era la
linterna de Simon. La encendí y registré concienzudamente el interior del
montículo, centímetro a centímetro.
No había el menor rastro de Simon. Ningún agujero
en el suelo por el que hubiera podido caer, ningún pasillo escondido por el que
hubiera podido salir. Simplemente no estaba allí.
Me apoyé en el tosco muro del cairn.
—¡Simon, bastardo, no me hagas esto! —Lo maldije
dando puñetazos de impotencia contra el suelo—. No te atrevas a hacérmelo.
Me invadió de pronto una cólera desatada.
—¡Me voy, Simon! —grité—. ¿Me has oído? ¡Me largo!
Por mí, puedes quedarte aquí y echar raíces si te da la gana.
Me deslicé por el estrecho pasadizo hasta el mundo
exterior. El chaquetón de Simon estaba en el mismo sitio donde yo lo había
dejado. Y también su gorra. Los cogí y me dirigí hacia el coche.
Abrí la puerta, arrojé el chaquetón y la gorra en
el asiento trasero y me senté al volante. Puse la llave en el contacto decidido
a largarme. Pero dudé otra vez.
¡Mierda! No podía abandonarlo allí. Eché una ojeada
al campo, a la semiescondida cañada; esperaba ver aparecer a Simon, muerto de
risa ante su brillante ocurrencia. Me lo imaginaba exclamando:
—¿De veras te habrías largado sin mí, Lewis? ¡Ja,
ja, ja!
Saqué la llave del contacto, me instalé en el
asiento del copiloto, dejé abierta la puerta y me dispuse a esperar.
Me desperté a las dos y media y comprobé que el sol
de octubre se estaba poniendo tras las colinas. Se había levantado un viento
que agitaba las desnudas ramas de los árboles. Mientras había estado durmiendo,
Simon no
había vuelto y se me había agotado del todo la
paciencia.
—Tiene narices —murmuré para mí mismo—. Allá tú,
Simon. Yo me largo ahora mismo.
Pero, como un buen boy scout, decidí dar una última
ojeada por si encontraba algún rastro. Me puse el chaquetón de Simon y emprendí
el descenso a la cañada. A medio camino vi al hombre de los perros.
No sé por dónde había aparecido; parecía haber
surgido de la tierra. Pero allí estaba, con los tres sabuesos blancos atados de
una correa. Al momento los perros me vieron y comenzaron a ladrar salvajemente.
Mi primer impulso fue regresar corriendo al coche y marcharme. Pero me quedé
donde estaba.
El hombre se detuvo a pocos metros frente a mí.
Llevaba un abrigo oscuro y un bastón enorme en una mano. Con la otra sostenía
la correa de los perros. ¡Y qué perros! Eran los sabuesos más raros que había
visto en mi vida: blancos de la cola a la cabeza, pero con orejas de un color
rojo encendido. Eran enormes, huesudos, de cuerpo robusto, piernas largas y
ágiles y delgados cuartos traseros. Parecía como si tiraran del hombre, que los
contenía manteniendo la correa muy tensa.
—¡Hola! —grité con toda la afabilidad que me fue
posible.
El hombre no contestó. Me acerqué un poco más.
—Estoy esperando a mi amigo —le expliqué.
Los perros estaban fuera de sí. A la luz del
crepúsculo sus cuerpos blancos y sus orejas rojas parecían resplandecer. Se
afanaban y forcejeaban por venir a mi encuentro mostrando los colmillos por sus
afilados y amenazadores hocicos. De nuevo sentí ganas de salir corriendo hacia
el coche, cerrar las portezuelas y largarme a toda prisa. Pero dominé el
impulso.
El hombre me contemplaba con aire imperturbable;
tenía la cara arrugada como un mono y los ojos brillantes. No dijo nada, pero
con la algarabía que estaban armando los perros no lo habría oído aunque lo
hubiera hecho.
Habríamos podido pasarnos toda la noche allí, si no
me hubiera guiado la firme determinación de echar una última ojeada al cairn,
con perros o sin perros. Alcé una mano a modo de súplica y di un paso al
frente.
—Mire —grité—, sólo quiero ir hasta el cairn de ahí
abajo… —Señalé hacia el fondo de la cañada y después me volví hacia donde
estaba el coche
—. Luego me iré enseguida…
Cuando lo miré de nuevo, el hombre se alejaba a
campo traviesa. Sin perder más tiempo en dar o exigir explicaciones, bajé a
toda prisa la ladera. La cañada estaba casi tan oscura como el interior del
cairn, pero no me costó demasiado dar con la entrada del montículo. Metí la
cabeza por el agujero y paseé la luz de la linterna por el interior. No hubo
respuesta alguna; ni siquiera un ruido. Nada.
—¡Muy bien, Simon, ahí te quedas! —grité, pero me
salió una voz mortecina—. Ésta vez te has pasado. ¡Tú tienes la culpa de todo!
¿Me has oído? ¡Me largo ahora mismo!
Rebusqué en el bolsillo interior del chaquetón su
cartera, que contenía algunos billetes, varias tarjetas de crédito y unos
cuantos documentos de identificación. Saqué la tarjeta del Barclays y la
deslicé en una grieta entre dos piedras a la entrada del cairn, en un lugar
donde le resultaría fácil encontrarla.
—¡Ahí te quedas! —grité, y esta vez mi voz resonó
en toda la cañada—.
Eres un tío muy listo. Sabrás arreglártelas para
regresar a casa.
Me alejé del cairn, ascendí por la cañada y me
dirigí hacia el coche. A medio camino, vi a un hombre con un abrigo amarillo
que se alejaba a paso rápido por la carretera. Lo primero que se me ocurrió fue
alcanzarlo y contarle lo que había ocurrido. Si vivía por allí cerca,
seguramente conocía el cairn. Al fin y al cabo, tenía que contarle a alguien lo
sucedido.
Mientras me apresuraba a alcanzarlo, el hombre
aminoró el paso como si tuviera intención de detenerse junto al coche para
hablar conmigo. Cuando juzgué que ya podía oírme, alcé una mano y lo llamé.
Pero, al oír mi voz, el hombre aligeró el paso. Llegué junto al coche poco
antes de que el hombre llegara a la altura de una curva, unos doce pasos más
allá.
Grité de nuevo. Estoy convencido de que el sujeto
me oyó porque se dio la vuelta. Pese a la escasa luz crepuscular, pude verle la
cara…, si cabe llamar cara a aquello. Tenía los rasgos marcados y exagerados
como los de una máscara, la nariz larga y aguileña, la boca grande, y unas
orejas desproporcionadamente enormes que le sobresalían de entre una pelambrera
de enmarañados cabellos negros. Los ojos eran saltones y desencajados, y el
entrecejo espeso e hirsuto.
Al contemplar aquel rostro tan singular,
desaparecieron del todo mis deseos de hablarle. Se me agarrotó la garganta y se
me heló la lengua.
El sujeto me miró por encima del hombro un instante
y siguió su camino. Al llegar a la curva, desapareció. No quiero con eso decir
que la curva de la carretera lo ocultara de mi vista. Por extraño que pueda
sonar, el hombre pareció desvanecerse en el aire.
Lo digo porque vi brillar la ropa del sujeto
mientras desaparecía de mi vista. Quizá fuera un efecto de la mortecina luz del
crepúsculo. Pero juro que su ropa brilló con un extraño destello. Eso, más que
el repugnante rostro del hombre, fue lo que hizo que me detuviera en seco. Me
quedé unos instantes boquiabierto. El ulular del viento entre los árboles me
sobresaltó tanto que entré precipitadamente en el coche y me marché.
En el viaje de regreso a Oxford, tuve tiempo de
sobra para dar vueltas a lo sucedido y convencerme por mil motivos diferentes
de que Simon merecía que lo abandonara en aquel lugar por la broma de mal gusto
que me había gastado. Si había alguien capaz de maquinar y llevar a cabo una
treta como aquélla, era desde luego Simon. ¿Quién más podría desperdiciar
talento y recursos en una locura semejante? Probablemente había disfrutado
durante meses planeando todo aquello para reírse de mí. Seguro que le había costado
una bonita suma.
«Bueno, pues que te diviertas, Simon —pensé—. Yo me
quedo con tu coche y tu cartera, en tanto tú te quedas ahí helándote de frío.
Quien ríe el último ríe mejor».
Llegué a Oxford a las seis de la mañana, ojeroso,
exhausto, temiendo que alguien descubriera que conducía el coche de Simon y
diera la alarma. No ocurrió nada. El garaje donde guardaba el Jaguar estaba
desierto; no había un alma. Aun así, me subí el cuello del chaquetón y me
encasqueté la gorra mientras aparcaba el coche y cerraba las puertas. Luego
atravesé corriendo el patio y me metí en nuestra casa.
La imagen de Simon Rawnson entrando a hurtadillas
en la residencia de la universidad a altas horas de la madrugada era tan
familiar que, aun en el caso de que alguien me hubiera visto, el hecho no
causaría asombro ni suscitaría comentarios.
Muerto de cansancio, me derrumbé en la cama sin
molestarme siquiera en
desnudarme. Cerré los ojos y al instante me quedé
dormido; habría dormido todo el día de no haber sido por el teléfono.
La primera vez que sonó, hice caso omiso de él.
Pero minutos después volvió a sonar y tuve el convencimiento de que, fuera
quien fuera, llamaría una y otra vez hasta obtener respuesta. Medio dormido y
de un humor de perros, me levanté, me arrastré hasta el cuarto de estar y
descolgué.
—¿Diga?
—Soy Susana —contestó una voz al otro lado del
hilo—. ¿Eres Lewis?
—¡Hola, Susana! ¿Cómo estás?
—Bien, gracias. Me gustaría hablar con Simon.
—¿Simon? No está aquí en estos momentos.
—¿Dónde está?
—Bueno…, está en Escocia.
—¿De veras?
—Sí, lo cierto es que fuimos juntos y él decidió
quedarse.
Casi podía oír cómo la frase que acababa de decir
se iba abriendo camino en su cerebro.
—¿Decidió quedarse en Escocia? —repitió sin poder
dar crédito a lo que acababa de oír.
—Así es —insistí yo—. Nos fuimos el viernes por la
mañana, ya sabes…
—Lo único que sé es que canceló la cita que tenía
conmigo para comer — dijo con brusquedad.
—Fue por causa del viaje. Fuimos en coche y, bueno,
decidió quedarse unos días más.
Intentaba que aquello pasara como uno más de los
repentinos caprichos de Simon.
Pero Susana no estaba dispuesta a tragárselo.
—Llámalo ahora mismo —ordenó—. Despierta a ese
lirón y dile que tengo que hablar con él.
—Lo haría con mucho gusto, Susana, pero es
imposible. De verdad, no
está aquí.
—¿Qué está sucediendo, Lewis? —preguntó en tono
glacial.
—¿Cómo dices?
—Me has oído perfectamente. ¿Qué está sucediendo?
¿Qué os traéis entre manos?
—No pasa nada, Susana. Me gustaría poder avisar a
Simon para que hablara contigo, pero no está.
—A ver si me aclaro —dijo ella—. Tú y Simon
fuisteis en coche a Escocia el viernes y él decidió quedarse unos días…
—Bueno, sí, mira…
—… a pesar de que sabía perfectamente que había
prometido acompañarme a primera hora a la iglesia y después ir a comer con mis
padres a Milton Keynes.
—Mira, ya sé que parece increíble, pero es la pura
verdad, Susana. En realidad, yo…
¡Clic! Había colgado el teléfono.
Colgué el auricular y miré el reloj. Eran las siete
y media de la mañana, y estaba muerto de cansancio. Dejé el teléfono descolgado
y volví a acostarme.
Tardé en conciliar el sueño. Estaba roncando
plácidamente, cuando me despertaron unos violentos golpetazos en la puerta.
—¿Qué he hecho yo para merecer esto? —murmuré
mientras me deslizaba fuera de mi acogedor y calentito refugio.
Volvieron a llamar enérgicamente.
—Ya voy, ya voy. Un poco de calma.
Di la vuelta a la llave y abrí la puerta.
—¡Susana! ¡Qué sorpresa!
Se precipitó en la habitación como lanzada por una
catapulta.
—No te molestes en disimular —me soltó.
La seguí hasta la puerta de la habitación de Simon.
Echó una ojeada y luego se encaró conmigo.
—Muy bien, ¿dónde está?
—Ya te lo dije. No está aquí.
Susana era un monumento; esbelta, hermosa, con una
esplendorosa cabellera castañorrojiza y un tipo como para parar el tráfico. Tan
inteligente como guapa, le daba cien vueltas a Simon. Y, a decir verdad, a
cualquiera. No me cabe en la cabeza por qué se había liado con un pillo
redomado como Simon, no entiendo qué había visto en él. Su relación se me
antojaba el fuego de las ordalías, una aventura más parecida a unas maniobras
militares que a dos corazones que se esfuerzan por latir a la par.
—Tendrás que preguntárselo a Simon cuando regrese
—agregué—. Yo no te lo puedo decir.
—¿No puedes o no quieres? —me espetó con los ojos
brillando de cólera. Estaba decidiendo si destrozarme allí mismo, o calculando
cuánto le darían por mi cadáver en el mercado—. ¿Esto es lo que alguna mente
retorcida entiende por una broma?
—Creo que sí —contesté yo.
Cometí entonces el triste error de hablarle del uro
del periódico, de nuestro precipitado viaje a Escocia, del cairn, de la
repentina desaparición de Simon. Intenté quitarle importancia a la historia,
pero sólo logré aumentar su cólera y sus sospechas.
—Yo no me preocuparía lo más mínimo —dije al final
sin demasiada convicción—. Supongo que volverá pronto.
—¿Cuándo? —preguntó Susana con tozudez.
Un ceño amenazador le afeaba el rostro, normalmente
tan bello. Me di cuenta de que estaba a punto de tirarme de las orejas.
—¡Oh! Estará de regreso en un par de días.
—En un par de días —repitió Susana con tono hostil
e incrédulo.
—Bueno, como mucho, tardará una semana…
—Lo cual significa que no tienes ni idea de cuándo
regresará.
—A decir verdad, no lo sé —tuve que confesar—. Pero
tan pronto como se dé cuenta de que no lo secundo en esta broma tan pesada,
volverá a casa
con el rabo entre las piernas.
—¿Una broma pesada? ¿Esperas que me trague ese
cuento? —replicó, dirigiéndome una mirada desafiante—. Bueno, permítame decirle
algo, señor mío —añadió crispadamente—. He recibido otros desaires antes, pero
jamás uno como éste. Si Simon Rawnson no deseaba verme más, lo ha conseguido.
¿Por qué no se ha limitado a decírmelo a la cara… en lugar de mandarme a su
monito amaestrado con ese ridículo cuento de un viaje a Escocia para ver a la
reina?
—Para ver un cairn[5] —corregí.
—¡Lo que sea!
Giró sobre los talones y se dirigió airada hacia la
puerta.
—¡Espera, Susana! No has entendido nada.
—¡Lo he entendido todo perfectamente! —me espetó—.
Limítate a decirle a Simon que hemos terminado. No deseo volver a verlo. Y dile
que me quedo con el collar.
Cerró la puerta con tal ímpetu que las paredes
vibraron.
Salí a la escalera tras ella. Susana se dio la
vuelta; había cargado de nuevo las baterías y volvió al ataque.
—¡Otra cosa más! Si alguna vez me encuentro a Simon
Rawnson en público, le organizaré el mayor escándalo que haya visto en su vida.
Deseará no haber nacido. ¡Díselo de mi parte, pelotillero!
—Escucha, Susana —dije cogiéndola del brazo; fue un
gesto desafortunado porque por poco me quedo sin dedos.
—¡No te atrevas a ponerme la mano encima! —exclamó,
rechazándome con violencia—. Me voy a mi casa; no intentéis llamarme ninguno de
los dos.
Sintiéndome tan miserable como una babosa, la vi
alejarse revoleando su blusa de seda. La ira había transformado su belleza
natural en algo salvaje y magnífico, en una fuerza de la naturaleza, como un
huracán o una tormenta eléctrica. Tenía un aspecto aterrorizador y espléndido a
la vez.
La observé mientras bajaba la escalera y después oí
su rápido taconeo sobre las losas del patio. Volví a mi habitación. Me odiaba a
mí mismo por haberla engañado. Pero no, no la había engañado; le había contado
la verdad.
Ella tenía sus propias razones para creer que le
había mentido. ¿Qué podía hacer yo? Al fin y al cabo, no era culpa mía, sino de
Simon. Yo no tenía nada que ver con toda aquella historia.
¡Y encima me había llamado monito amaestrado!
7
EL PROFESOR CHIFLADO
Mi plan, si es que alguno tenía, era
seguir como si nada hubiera ocurrido, como siempre.
Si aparecía alguien preguntando por el paradero de Simon, le diría que se había
marchado a Wolverhampton con una vendedora de Boots. Se lo tenía merecido el
muy asqueroso.
Probablemente esperaba que yo, presa del pánico,
avisaría a la policía o algo parecido. Sin duda deseaba ver su nombre en los
titulares de los periódicos, e imaginaba que yo, como un imbécil, explicaría a
los periodistas de qué forma se había metido en el cairn y había desaparecido.
Bueno, pues podía ir esperando hasta que el infierno se helara. Yo no estaba
dispuesto a permitir que se saliera con la suya.
Durante unos cuantos días, llevé la vida de
costumbre. Me comportaba con toda naturalidad, como si nada hubiera pasado.
Comía, hojeaba los libros en los quioscos, ganduleaba en la biblioteca y
holgazaneaba en el despacho de mi tutor, charlaba con amigos, manoseaba el
correo… En resumen, me lanzaba audazmente al frenesí de la vida académica que
tan bien había llegado a conocer y a amar.
Pero me resultaba imposible trabajar. ¿Cómo habría
podido hacerlo? Hacer caso omiso de la desaparición de Simon era tan difícil
como pasar por alto el tamaño de mi nariz, por mucho que lo intentara.
Transcurrieron varios días y Simon seguía sin aparecer. El teléfono no sonaba,
y comenzaron a asaltarme las dudas. No podía dejar de pensar: ¿y si no se
trataba de una broma?, ¿y si algo le había ocurrido?, ¿y si de verdad había
desaparecido?
Día a día aumentaban mis preocupaciones. Me movía
como un péndulo entre la cólera y la ansiedad. Cólera ante su travesura,
ansiedad por su paradero. Día y noche me planteaba sin cesar preguntas y más
preguntas: ¿dónde estaba Simon?, ¿qué estaba haciendo?, ¿por qué tenía yo que
preocuparme por él?, ¿por qué demonios?
—Cuando vuelva —me prometí a mí mismo—, lo mataré.
Le agarraré por los brazos, le sacudiré y le golpearé hasta que sangre. No; no
sería civilizado. Mejor será que lo obligue a sentarse y le haga ver con toda
calma y tranquilidad la broma de mal gusto que me ha jugado. Luego le
descerrajaré un tiro en su mezquino y negro corazón.
A medida que iban transcurriendo los días y las
semanas, me fui sintiendo progresivamente más deprimido, más inquieto, más
malhumorado y turbado. Le gritaba intempestivamente a la criada cuando asomaba
la nariz por mis habitaciones, hasta que se hartó y dejó de aparecer. Vagaba
inquieto por las calles murmurando y soltando maldiciones. Me ponía calcetines
desparejados; no me aseaba.
Si alguien se fijó en la progresiva decadencia de
mi aspecto, no dio señales de haberlo hecho. A decir verdad, mi persona
suscitaba menos comentarios que una bola de polvo bajo la cama. Sentí
tentaciones de transformarme en un jorobado y comenzar a tocar la campana de la
torre de Tom.
Mi estado de depresión aguda vino acompañado, como
era de esperar, por una progresiva inestabilidad psíquica. No dormía bien, pues
me inquietaban extraños sueños: imaginaba que hombres verdes y uros extinguidos
corrían por el dormitorio; me veía a mí mismo vagando perdido por un bosque
tenebroso; soñaba que la tierra se abría a mis pies para tragarme, que era
cazado y abatido por lanzas antiquísimas arrojadas contra mi pecho, que en la
oscuridad del bosque aullaban salvajes lobos, que un espantoso monstruo con el
rostro crispado de la muerte me perseguía sin descanso por un páramo desolado y
frío; en suma, inquietantes pesadillas que se desvanecían cuando me despertaba,
dejándome exhausto e incapaz de volver a conciliar el sueño.
Sabía perfectamente por qué día a día iba
descuidando y olvidando mis obligaciones: mi conciencia me presionaba para
lograr atraer mi atención. Desde el momento mismo en que me metí en el cairn y
constaté la desaparición de Simon, mi subconsciente había comenzado a entablar
un combate cuerpo a cuerpo con mi razón. ¿Con qué objeto? Para obligarme a
admitir que lo que pudiera haber ocurrido había ocurrido de verdad y que además
yo no había hecho absolutamente nada al respecto.
Sin embargo, lo que me hundía más y más en la
depresión no era sólo la desaparición de Simon. Aunque esto último me
preocupaba, la causa de mi
lucha interior no era la desaparición de Simon sino
su paradero. ¿Dónde había ido a parar? Era la pregunta de los sesenta y cuatro
billones de dólares. Y yo sabía la respuesta.
Pero no quería reconocerlo.
No, prefería cocerme lentamente en mi propio jugo
antes de admitir que sabía la verdad. No obstante, la naturaleza tiene una
manera muy sutil de reaccionar con esos divertidos jueguecitos desequilibrados
que tanto nos gustan. Es lo que se llama crisis nerviosa.
Comencé a ver cosas raras.
El primer incidente tuvo lugar una mañana muy
temprano. Había pasado una noche más de insomnio y decidí salir a pasear por la
orilla del río. Crucé el patio y cogí el camino que conduce al prado y a la
ribera del río. A esa hora de la mañana todo estaba desierto, y, en el momento
en que atravesaba el campo donde se guarda el ganado de la universidad, vi que
un enorme perrazo gris cruzaba corriendo los pastos y se dirigía hacia mí.
En un primer momento, no le di importancia alguna;
después de todo, hay por doquier perros extraviados. Pero, cuando el animal
estuvo más cerca, me sobresaltó su tamaño. Era en verdad enorme: casi tan
grande como un pony. Tenía el pelo corto y rizado y unas patas
extraordinariamente largas que levantaban la tierra en su vertiginosa carrera.
Y venía directamente hacia mí. Me detuve en seco y vi cómo saltaba la valla sin
aminorar la velocidad. El perro fue a aterrizar en el camino a pocos metros.
Sólo entonces me vio, porque se detuvo como sorprendido, abatió las orejas y
gruñó enseñando unos larguísimos colmillos.
Yo permanecí inmóvil con el corazón palpitante. El
perro, si es que lo era, gruñía amenazadoramente dispuesto a atacar. Pero yo no
moví ni un músculo: estaba demasiado aterrorizado para hacerlo. El enorme
sabueso, sin dejar de gruñir, se dio la vuelta y desapareció. Se desvaneció
entre la niebla matinal del río. Pero, en el momento en que se daba la vuelta,
vi que llevaba un extraño y vistoso collar de hierro: una cadena antigua con
curiosos eslabones forjados a mano.
Pese a que jamás había visto un perro tan enorme,
me dije a mí mismo que sin duda se trataba de un animal que había logrado
soltarse de su cadena. Sólo eso, así de sencillo.
Pocos días después, mientras estaba sentado junto a
la ventana tomando el té en una tarde lluviosa, eché una ojeada al patio y vi
que algo marrón y peludo se movía en el césped. Como la tarde estaba muy
encapotada, no podía estar demasiado seguro de lo que veía. En un principio
habría jurado que era un cerdo… pero diferente de los que estaba acostumbrado a
ver. Tenía las patas largas y delgadas, el pelo espeso e hirsuto de un oscuro
color marronrojizo; dos curvados colmillos le sobresalían del hocico afilado y
tenía la cola erguida sobre el lomo como si del asta de una bandera se tratara.
Como tenía la cara pegada a la ventana, el cristal
se empañó. Lo limpié, pero la extraña criatura ya había desaparecido. Y con
ella la certeza de que realmente había visto algo.
Al día siguiente vi un lobo en la calle Turl.
Cansado de haber permanecido encerrado todo el día,
me había aventurado a salir cuando ya había oscurecido. Las farolas estaban
encendidas y algunas tiendas ya habían cerrado. Fui a comprar pan y de regreso
a casa tomé la calle Turl, que serpentea tanto que desde la mitad no se pueden
ver sus extremos. Acababa de internarme en la callejuela cuando sentí un
extraño picor en la nuca, como si alguien me estuviera vigilando con malvadas
intenciones. Caminé unos metros, y la extraña sensación persistía en la nuca y
en los omóplatos; sentía clavados en la espalda unos ojos malignos. Me invadió
el miedo e imaginé oír un ruido en el pavimento detrás de mí. Anduve unos pasos
y, como seguía oyendo aquel extraño ruido, me volví bruscamente, convencido de
que me seguían.
Nunca hasta entonces había visto un lobo y al punto
pensé que era otro sabueso gigante, pero entonces distinguí su pelo y sus ojos
amarillentos. Caminaba con la cabeza gacha y el hocico pegado al suelo como si
siguiera un rastro. Cuando me detuve, él también se detuvo, confirmándome así
la impresión de que me estaba acechando. A unos tres metros a mi derecha había
una tienda abierta y decidí entrar para escapar del lobo. Di un paso con suma
cautela. El lobo se puso tenso. Oí un ruido como el que produce la grava en una
hormigonera y me di cuenta de que procedía de la garganta de la fiera.
Permanecimos quietos mirándonos fijamente a una distancia no mayor de cinco o
seis metros. Decidí alcanzar la puerta de la tienda de una carrera; estaba a
punto de echar a correr, cuando la puerta se abrió y un hombre salió de la
tienda. Me di la vuelta y alcé la mano para llamar su atención.
—¡Aguarde un momento! —exclamé.
El sujeto me hizo una mueca, creyendo quizá que yo
era un mendigo, y apresuró el paso. Cuando miré de nuevo hacia el lobo, el
animal corría por la calle Turl en dirección a la calle Broad. Vi unos
instantes brillar con un destello sus flacos costillares y enseguida
desapareció.
Me dije a mí mismo que todo había sido producto de
mi imaginación porque el episodio del perro gigante me había puesto los nervios
a flor de piel. Pero al día siguiente el Daily Mail daba la noticia de que se
había visto vagar un lobo por las calles de Oxford. Muchas personas así lo
atestiguaban. Se había avisado a la policía y al servicio municipal de control
de animales, pero la bestia no había sido localizada. Se conjeturó que el lobo
se habría escapado de alguna casa de fieras ilegal y que habría huido a campo
traviesa.
Durante los días que siguieron al incidente, tuve
miedo de salir de casa, miedo de lo que podría toparme. Y, cuando al fin reuní
el coraje suficiente para salir, en la calle Mayor bajé descuidadamente de la
acera a la calzada justo delante de un autobús de esos que recorren el Oxford
turístico. El vehículo me dio un golpetazo aunque no llegó a atropellarme; por
fortuna, los autobuses de turistas no circulan a demasiada velocidad y los
conductores tienen especial habilidad en esquivar peatones descuidados.
Cuando yacía en la calle, en medio de un círculo de
personas que inclinaban sobre mí sus rostros preocupados, se me ocurrió de
pronto que era inevitable que me pasara algo. Hoy había sido un autobús, mañana
quizá sería un tren. O a lo mejor saltaría al vacío huyendo de la espiral de
pesadillas de mis sueños. Para no andar con rodeos: ¿valía la pena sacrificar
la salud y la vida empecinándome en seguir negando lo que en realidad había
ocurrido?
Se tiene una perspectiva singular de la vida cuando
se la contempla desde el arroyo. Cuando el policía que me ayudó a incorporarme
me preguntó: «¿Se encuentra usted bien, señor?», me vi obligado a considerar la
pregunta con todas sus implicaciones filosóficas. No, tuve que reconocer, no me
encontraba nada bien, por muchos esfuerzos de imaginación o de lógica que
hiciera.
Pasé el resto del día vagando sin rumbo por las
calles, con el espíritu seriamente enfermo. Me confundí entre la multitud de
viandantes y me dejé llevar. Anduve de aquí para allá; contemplé a los pintores
y músicos callejeros sin prestar atención a lo que pintaban y tocaban. Sabía
que algo estaba sucediendo. Sabía que tenía que ver conmigo. Sabía también que
no podría
luchar contra aquello demasiado tiempo. Pero ¿qué
podía hacer? ¿Qué se me estaba pidiendo que hiciera?
Éstas y otras cuestiones, formuladas crudamente, me
obsesionaron toda la tarde. Y, cuando por fin me di por vencido y emprendí el
camino de regreso a casa, era casi de noche y había comenzado a lloviznar. Las
calles estaban prácticamente desiertas. En Carfax me detuve en un semáforo,
aunque no circulaban coches por la calzada. Me sentí ridículo allí parado bajo
la lluvia y me refugié en una marquesina cercana.
Mientras permanecía allí esperando a que el
semáforo cambiara, me invadió una sensación extraña. Me sentí mareado,
aturdido, con las rodillas débiles e inestables, como si estuviera a punto de
desmayarme. Quizás el golpe del autobús me había conmocionado más de lo que
imaginaba, pensé. Quizá me había herido de consideración. Me cogí la cabeza con
ambas manos. Intenté respirar, pero tenía la garganta agarrotada. Me ahogaba.
Se me antojó que el asfalto giraba y cedía bajo mis
pies. Miré al suelo y el corazón me dio un brinco. Estaba de pie en el centro
de un intrincado círculo celta dibujado con tiza. Los artistas callejeros, a
quienes había visto pintar sin prestar atención a lo que hacían, habían
realizado un primitivo laberinto rodeado por una cenefa de lazos entretejidos
de diferentes colores. A menudo había visto en las aceras retratos o paisajes.
Pero jamás algo como aquello. ¿Por qué lo habían dibujado? ¿Por qué entre tantos
posibles dibujos habían escogido un laberinto celta?
Permanecí inmóvil con la cabeza entre las manos,
contemplando el complejo entretejido de líneas y el vertiginoso dibujo del
laberinto. Continué así un buen rato, mientras el semáforo iba cambiando una y
otra vez de rojo a verde y de verde a rojo y la lluvia me empapaba. Miraba
fijamente el suelo, incapaz de moverme, atrapado en aquel círculo encantado…,
atrapado inexplicablemente por aquellos entretejidos trazos de tizas de
colores. Todavía seguiría paralizado, a no ser porque mi actitud llamó la
atención de alguien.
Sentí el leve roce de una mano en mi codo y oí que
una voz amable me susurraba al oído:
—Deje que lo ayude.
Volví la cabeza hacia la voz y me encontré frente a
un caballero de
cabellos blancos vestido como un diseñador de
vestuario de teatro caracterizaría a un viejo hacendado campesino, con un
sombrero chato y redondo de ala caída y un bastón negro de paseo de madera de
escaramujo.
—No, gracias. Estoy bien —le dije—. Se lo
agradezco.
Noté que la mano que me sostenía el codo se
tensaba.
—Disculpe, pero creo que necesita que le echen una
mano —insistió.
Levantó el bastón a la altura de mi cara y luego lo
bajó apuntando al extraño dibujo del asfalto. Golpeó el dibujo tres veces con
la punta del bastón. Aquélla simple acción, lenta y estudiada, me convenció de
que el encuentro no era casual y de que no era un peatón como los demás. Sabía
algo.
—Será mejor que lo acompañe a su casa —decidió—.
Vamos.
Yo dirigí una mirada desesperada a mis pies porque
todavía no podía moverlos.
—No hay nada que temer —aseguró el anciano—. Vamos.
No bien hubo pronunciado esas palabras, mis pies me
obedecieron y pude salir del círculo. Cruzamos la calle y cuando alcanzamos la
otra acera me sentí avergonzado y confuso.
—Gracias —dije, subiendo a la acera—. Muchísimas
gracias. Me encuentro bien. Sólo un poco aturdido. He recibido un golpe en la
cabeza esta mañana, pero ahora ya estoy bien. —Las palabras se atropellaban en
mi boca —. Me pondré perfectamente enseguida. Gracias por su ayuda.
Pero el anciano no me soltó el brazo. Creyendo que
a lo mejor no me había oído bien, le repetí las gracias alzando la voz. El
viejo se detuvo de pronto y me miró.
—Debe usted hacerse examinar ese golpe.
—Sí. Lo haré. Gracias.
Traté de desasirme, pero no me soltó.
—Me ha prestado usted una gran ayuda —añadí—. No
quiero causarle más molestias.
—¡Oh! No es molestia alguna, se lo aseguro —declaró
con la mayor naturalidad—. Me temo que debo insistir.
—¿Es usted doctor? —pregunté.
No sé por qué le hice tal pregunta, aunque supongo
que me lo sugirió la solicitud de sus maneras.
—Soy la clase de doctor que usted necesita
—respondió.
Y me encontré irremisiblemente obligado a recorrer
con él la calle desierta cogidos del brazo.
Parecía muy decidido a examinarme el golpe y al
parecer yo no podía alegar nada en contra. Después del trauma de los últimos
días, mi fuerza de voluntad estaba por los suelos, de modo que abandoné toda
resistencia y me dejé llevar. Recorrimos calles y callejuelas y nos detuvimos
ante una puerta baja en la avenida de Brewer. Una placa de latón indicaba que
era la residencia de D. M. Campbell, profesor. Metió la llave en la cerradura,
abrió la puerta y me cedió el paso.
—Entre, por favor —indicó el viejo—. Considérese en
su casa, amigo mío. Calentaré algo. Cuelgue su abrigo ahí.
Me contempló con ojos miopes, golpeteándose
distraídamente los bolsillos. Entré en el oscuro apartamento.
—Es usted muy amable al invitarme. Pero, de verdad,
no es necesario. Me encuentro bien.
El viejo sonrió y se perdió en la oscuridad del
piso mientras se desabrochaba el abrigo.
—Es un placer —le oí decir—. No es molestia alguna.
A decir verdad, no tengo demasiadas visitas. Siéntese, por favor. Enseguida
estaré con usted.
Me dejé caer en una vieja y destartalada silla,
preguntándome qué estaba haciendo allí. «Bueno —pensé—, no es cuestión de herir
sus sentimientos. Tomaré una taza de té y me marcharé».
El anciano reapareció y comenzó a encender luces
aquí y allá, sin demasiado efecto porque la habitación siguió casi tan a
oscuras como antes. Luego se detuvo ante mí mirándome como si acabara de
ganarme en un tiro al blanco.
—Me presentaré —dijo de pronto—. Soy el profesor
Nettleton. Del Merton College. Encantado de conocerlo.
—¿No se llama usted Campbell? —le pregunté.
—Era el antiguo inquilino —explicó—. He conservado
la placa porque me gusta preservar mi intimidad.
—¡Ah!
—¿Cómo se llama usted?
—¡Oh!, disculpe. Me llamo Lewis…, Lewis Gillies.
—Mucho gusto, señor Gillies —empezó a decir.
En ese instante se oyó el silbido de una tetera en
otra habitación y el anciano salió corriendo. Volvió poco después.
—Permítame un momento —dijo educadamente mientras
procedía a despejar una mesa abarrotada de papeles, lo cual me dio tiempo para
observarlo.
Nettleton era el típico profesor de Oxford. Bajito,
calvo, de unos sesenta años, miope y un poco encorvado de descifrar textos de
ilegibles manuscritos. El poco cabello que le quedaba era finísimo y blanco
como un capullo de seda, y parecía flotar más que crecer en su cabeza. Su traje
era un confuso amasijo de tela de colores apagados y mal combinados; llevaba
una corbata de lazo, un chaleco de lana de color azul y calzaba robustas
abarcas irlandesas marrones.
La tetera silbó otra vez; mientras mi huésped se
ocupaba de los detalles prácticos trasteando en lo más recóndito del piso, tuve
ocasión de observar la habitación. Era una de esas cavernas tan frecuentes en
Oxford y no menos excéntrica que su ocupante: paredes de tres metros y medio de
alto, un gigantesco aparador de caoba labrada, repisas, mesas, un escritorio
del tamaño del puente de mando de un barco de guerra, enormes y cómodos
sillones en los que uno podía perderse. El suelo de madera oscura de roble estaba
cubierto con una alfombra deshilachada de colores desvaídos; la iluminación
parecía propia de la época de las cavernas y el sistema de calefacción era tan
antiguo como Moisés.
Me fijé con especial atención en las numerosas
estanterías, repletas de objetos y chucherías. La curiosidad me empujó a
levantarme de mi asiento y a acercarme para mirar mejor. Era un auténtico museo
de extraños artefactos: piedras de formas raras, trozos de madera labrada,
pequeñas lascas de pizarra
con extrañas inscripciones; relucientes fragmentos
de monedas, y una colección de peines de asta y de botones hechos con dientes.
En un rincón había un gato disecado amarillo del tamaño de un Cocker Spaniel y
un pájaro de plumas negras que tomé por un cuervo.
Estaba tan enfrascado en el estudio de tales
rarezas que no me di cuenta de que Nettleton había regresado. Sentí un escozor
en la nuca, me di la vuelta y me lo encontré mirándome, con dos humeantes tazas
en las manos. He dicho tazas aunque en realidad eran recipientes altos y sin
asas que parecían hechos de gres sin cocer. Había visto vasijas del mismo
estilo en el Ashmolean Museum, junto a una etiqueta en que se leía: «Tazas,
Neolítico, 2500 a. C.».
Mi huésped me tendió una de las tazas, se llevó la
suya a los labios y dijo:
—Slàinte!
A lo que yo contesté:
—¡Salud!
Tomé un sorbo y a poco estuve de escupir el
contenido. Logré tragármelo pero el líquido corrosivo me abrasó la garganta.
Nettleton sonrió con simpatía ante mis muecas.
—Lo siento. Debería haberlo prevenido. He echado
whisky. Creo que un traguito en un día como éste ayuda a combatir el frío.
Desde luego, y también el deseo de seguir viviendo.
—Está bueno —jadeé, mientras notaba que la lengua
se me estaba poniendo del tamaño de una salchicha—. ¿Qué es? —añadí.
El profesor hizo un ademán vago con la mano.
—Raíces, cortezas, bayas… Una fórmula casera. Yo
mismo cojo los ingredientes. Si le gusta, puedo darle la receta.
Yo me había quedado sin habla.
Me condujo al otro extremo de la habitación donde
había unos sillones de cuero rojo situados a ambos lados de la única ventana de
la estancia. El cielo estaba oscuro, y los cristales de la ventana eran opacos.
Entre los sillones había una mesita que parecía hecha de madera de desecho. El
profesor se
sentó en uno de los sillones y puso su taza sobre
la mesita. Me señaló con un gesto el otro sillón. Me senté frente a él y
observé el brebaje de mi taza. ¿Serían pasas lo que parecía agitarse en el
líquido?
—¡Vaya! —exclamó el profesor de pronto—. ¡Me alegro
de verlo!
Pronunció esas palabras con sumo cuidado, como si
yo fuera un aborigen que quizá no entendiera su idioma.
—Hace tiempo que estaba esperando esto.
Me desconcertó tal aseveración. Lo miré asombrado y
farfullé:
—¿De veras?
—Sí. —Se apresuró a levantar una mano y añadió—:
¡Oh! Por favor, no me malinterprete… No le deseo mal alguno. Como le he dicho,
sólo quiero ayudarlo. Y, si me permite decírselo, su aspecto denota a las
claras que está usted necesitado de ayuda.
—Hum, profesor Nettleton…, creo que juega usted con
ventaja.
—Nettles —replicó.
—¿Cómo dice?
—¿Por qué no me llama Nettles? Todo el mundo lo
hace.
—De acuerdo —asentí—. Estaba diciendo que creo…
—Por favor, relájese. Está usted muy angustiado.
—Bueno, yo…
—No se disculpe, señor Gillies. Lo comprendo. Y
ahora, veamos —dijo, cruzando las manos sobre el pecho y reclinándose en el
respaldo de modo que el rostro le quedó entre sombras—. ¿En qué puedo servirle?
No se me ocurrió nada. Escruté unos instantes las
sombras y luego repuse que ya me había ayudado mucho, que se estaba haciendo
tarde, que estaba seguro de que era una persona muy ocupada y que no quería
molestarlo más, y que…
—Sshh —replicó con calma—. No tiene por qué
preocuparse. Le aseguro que mantendré su secreto.
¿Mi secreto? ¿Qué secreto? ¿Cómo sabía él mi
secreto?
—No sé a lo que se refiere —aseguré.
Nettles se inclinó hacia delante con los ojillos
brillantes.
—Es usted un creyente —susurró—. Siempre los
distingo.
—Un creyente —repetí sordamente.
El viejo sonrió.
—¡Oh! No se preocupe. Yo también lo soy.
Debió de notar que me quedaba de una pieza porque
se apresuró a explicar:
—Creo en las hadas. Todos me tienen por chiflado.
Que digan lo que quieran —dijo con aire confidencial—. Yo las he visto.
Movió la cabeza con entusiasmo.
—¡Claro que las he visto! Pero prefiero llamarlas
«el Pueblo Hermoso». A mi entender, la palabra «hadas» ha adquirido
connotaciones desafortunadas en los últimos años. Y, aunque así no fuera,
«hadas» siempre sugiere algo delicado y diminuto. Déjeme decirle —añadió con
aire solemne— que son cualquier cosa excepto delicadas y diminutas.
Consideré que la conversación estaba adquiriendo un
extraño rumbo e intenté reconducirla.
—Hum, yo vi un lobo en la calle Turl. Quizá leyó
algo de eso en los periódicos.
Nettles me guiñó un ojo.
—Blaidd an Alba, ¡vaya!
—¿Cómo dice?
—Lobos en Albión —respondió—. No me haga caso. ¿Qué
me estaba diciendo?
—Sólo eso. Nada más —mentí.
—¿Eso es todo?
—Bueno, sí —confesé un tanto ofendido porque el
profesor parecía insinuar que había algo más—. ¿Qué más podría haber?
Nettleton soltó una risita sofocada.
—Pues, digamos que apariciones, desapariciones,
sucesos extraños… Un montón de cosas por el estilo. Por ejemplo, gente que se
ve atrapada en círculos célticos.
—No querrá usted decir que…
¿Estaba acaso refiriéndose a mí?
—Eso es precisamente lo que quiero decir.
Me quedé boquiabierto. ¿Chiflado? Aquél hombre
estaba como un cencerro.
—¡Es imposible! —balbucí.
—¿Usted cree? —La sonrisa aún le bailaba en los
labios, pero la expresión de sus ojos era seria e intensa—. Le he hecho una
pregunta, señor. Estoy esperando una respuesta.
—Bueno —concedí con cautela—, supongo que no es del
todo imposible.
—¡Vaya! Usted sabe muy bien que no es del todo
imposible. Venga, señor Gillies, seamos más rigurosos.
La ferocidad con que me espetó estas palabras
desapareció en cuanto las hubo pronunciado; enseguida recobró su buen humor.
—Ya le he dicho que conmigo no le servirá de nada
andarse con rodeos.
Olfateo a un creyente a dos kilómetros de
distancia.
Se inclinó hacia delante para alcanzar su brebaje,
pero se detuvo a medio camino.
—¡Ah, ya caigo! —exclamó de pronto.
—¿Cómo dice?
—Me he equivocado con usted. —Permaneció inmóvil
con la mano tendida—. Lo siento, señor Gillies. Es culpa mía.
—Me parece que no lo comprendo.
—Después de todo, a lo mejor no es usted un
creyente —explicó, reclinándose otra vez en el respaldo—. Pero entonces, ¿qué
es usted, señor Gillies? Estoy tan habituado a tratar con descreídos que a
menudo olvido que existe una tercera categoría.
Para disimular mi creciente inquietud ante aquel
interrogatorio, bebí un sorbo de mi brebaje. Ésta vez hasta saboreé el gusto.
—Creyentes y descreídos —continuó el profesor
Nettleton—. La mayoría de la gente encaja en una de estas dos categorías. Pero
hay una tercera: los que desean desesperadamente creer, pero la razón se lo
impide.
Bebió un largo trago de su brebaje; yo lo imité y
acabé bebiendo más de lo que era mi intención.
—Es reconfortante, ¿verdad? —dijo haciendo
chasquear la lengua—.
Cerveza de brezo calentada con especias.
¿Cerveza de brezo? Miré mi taza. La leyenda cuenta
que la receta de ese antiguo brebaje desapareció en 1411, cuando los ingleses
mataron al último cacique celta por negarse a divulgar el secreto de aquel
antiguo elixir. El belicoso celta prefirió precipitarse desde un acantilado al
mar antes de permitir que los odiados extranjeros probaran el Brebaje de los
Reyes. ¿Cómo había conseguido el profesor hacerse con la receta…, si es que de
verdad lo había conseguido?
Mi estrafalario huésped se levantó y se dirigió al
aparador. Volvió con unas vasijas de barro y llenó de nuevo las tazas.
—Como le decía… —puso la vasija de barro otra vez
sobre el hornillo y se sentó—, quizás usted pertenezca a la tercera categoría:
desea creer, pero le falta convicción. Diríamos que es simpatizante, pero
escéptico. —Asintió con benevolencia—. Rondando entre los miasmas celtas se ha
contagiado del microbio. ¿Me equivoco?
¡Diana!
—Creo que podré superarlo —admití con cautela.
—Veamos ahora, ¿qué lo ha conducido a usted a ese
callejón sin salida, a esa crisis entre fe y razón? ¿Qué lo ha empujado a vagar
por la ciudad mal vestido y mal afeitado, viendo cosas extrañas y dejándose
atrapar en la acera por un dibujo a tiza?
Mis labios se disponían a farfullar una respuesta
evasiva, pero en realidad la pregunta no iba dirigida a mí. Aquél viejo
caballero chocho continuó diciendo:
—¿Qué será? Si tuviera que aventurar al azar una
respuesta, me inclinaría
a decir que ha sido usted testigo de algo para lo
que no encuentra explicación racional, por mucho que se empeñe en descubrirla.
¿Acaso se trata de esas apariciones de las que me ha hablado? ¿O quizás una
desaparición? ¡Sí! ¡Creo que he acertado! —Sonrió con inocente satisfacción—.
Se lo advertí: siempre los distingo.
—Pero ¿cómo lo ha adivinado?
Pasó por alto mi pregunta y me planteó otra.
—¿De quién se trata? ¿Algún conocido suyo? Pues
claro, ¡qué pregunta tan estúpida! Ahora, cuénteme. Si tengo que ayudarlo, he
de saberlo todo. — Agitó un dedo en el aire—. Todo… ¿Ha entendido bien?
Me repanchigué en el sillón y me sentí
agradablemente envuelto en la suavidad del cuero; apoyé la humeante taza en mi
pecho y murmuré:
—Sí, señor.
¿Cómo pude aceptarlo con tal facilidad? Sólo
deseaba hundirme en el sillón para que nadie pudiera hallarme jamás; pero lo
cierto es que tomé un largo trago del extraño brebaje, cerré los ojos y comencé
a relatarle todo con voz monótona.
El profesor Nettleton me dejó hablar sin
interrumpirme. Abrí dos veces los ojos y lo vi sentado en el borde del sillón,
como si estuviera dispuesto a saltar en el momento en que me callara. Hablé y
hablé hasta vomitar todo aquel embrollado episodio tal como había sucedido. Le
conté todo. No tenía fuerza de voluntad para resistirme o coquetear con los
hechos. Estaba harto de engañarme, cansado de soportar el peso del secreto yo
solo. Me limité a abrir la boca y las palabras salieron solas. Seguí hablando y
hablando.
Le hablé del empeño de Simon por ver el uro, del
Hombre Verde, de la granja de los Grant, del cairn, del repentino interés de
Simon por las tradiciones célticas; le conté mis pesadillas, mis visiones…,
todo lo que había ocurrido antes y después de la desaparición de Simon. Y sentí
un alivio indescriptible al desahogarme. Agradecía infinitamente que alguien me
escuchara y me creyera. No tenía miedo de que el profesor me traicionara o de
que me tomara por loco. Al fin y al cabo, la gente también lo tenía a él por un
chiflado. Así me lo había confesado. Mi secreto estaba a salvo con él; no me
cabía duda alguna de ello, y eso facilitaba las cosas.
Cuando hube acabado mi relato, abrí los ojos y miré
mi taza. ¿Era posible que hubiera apurado todo el brebaje? Debía de haberlo
bebido mientras hablaba. Lamenté no haber dejado nada y puse la taza sobre la
mesita. A través de los cristales salpicados de gotas de lluvia, el cielo
brillaba con el mortecino color verde-gris de las luces de la ciudad que se
reflejaban en las nubes bajas. Escruté la oscuridad que rodeaba el sillón del
profesor. La débil luz que se filtraba por la ventana destacaba los cabellos blancos
de Nettles. Los ojos le brillaban en la penumbra.
—¡Claro! —exclamó al fin—. Sí, ahora lo entiendo.
—Créame, no deseaba hacerle perder tiempo con todo
esto.
Hizo un leve gesto con la cabeza.
—Todo lo contrario, por eso precisamente vino usted
a mí.
Un equivocado sentido del orgullo me hizo
reaccionar airadamente.
—Mire, no sé si esto es de su incumbencia. Vine
sólo porque…
—¿Sí?
—Bueno, porque no quería herir sus sentimientos.
—¡Vaya! Señor Gillies, dejemos bien clara una cosa.
Si tenemos que trabajar juntos, debemos dejar a un lado la falsa modestia y el
disimulo. Ambos sabemos muy bien de qué estamos hablando. De la libertad de los
creyentes para pregonar a gritos lo que no se atreven a confesar los que dudan.
—¿Qué?
—Sabe perfectamente de qué estoy hablando —dijo en
un tono que no admitía réplica, y yo desde luego no se la brindé—. Muy bien,
dejemos a un lado cualquier inhibición y hablemos con toda claridad. Haré de
usted un hombre nuevo —añadió alargando una mano y golpeándome cariñosamente la
rodilla.
—Yo le he hablado de Simon y de todo lo demás
—repliqué un tanto a la defensiva—. Pero usted no me ha dicho cómo sabía que yo
estaba…
No encontraba las palabras adecuadas. ¿Cómo estaba
yo?
—¿En apuros? —me ayudó Nettles—. Desde que todo
esto empezó he
procurado no perderme ningún detalle.
—¿Ningún detalle de qué?
—Pues, de todo. Literalmente de todo. Los signos
existen para quienes tienen ojos para verlos.
—No entiendo —protesté.
—Ya lo supongo —repuso, levantándose—, pero creo
que por hoy ha sido suficiente. Buenas noches, señor Gillies. Váyase a su casa
y descanse.
—Bien, buenas noches —dije, levantándome también—.
Gracias.
Le estaba agradecido en un sentido muy vago;
supongo que me contentaba simplemente con que no hubiera avisado a los loqueros
de la camisa de fuerza.
Me acompañó hasta la puerta.
—Venga a verme mañana por la mañana. Se lo
explicaré todo.
Poco después estaba con el abrigo en el brazo, bajo
la pálida penumbra de la avenida Brewer. Me puse el abrigo y apresuré el paso
bajo la helada llovizna; se había levantado viento. El alivio que había
experimentado en compañía del profesor Nettleton se disipó por completo con la
fría realidad de la lluvia y el viento.
«Como un cencerro —pensé sombríamente—. El viejo
Nettles está más chiflado que yo».
Llegué a la puerta de mi habitación a tiempo de oír
el timbre del teléfono. Abrí la puerta y me precipité a contestar la llamada.
Al instante me di cuenta de que había cometido un grave error.
8
DESCRIBIENDO LA ÓRBITA DEL SOL
El reloj marcaba las once y diez.
¿Quién podía llamar a aquellas horas de la noche?
—¡Hola! ¿Es usted el señor Gillies?
La voz sonaba como si viniera a través de una
distancia enorme…, por lo menos de Marte. Sin embargo, era una de esas voces
que una vez oídas jamás se olvidan, y la reconocí al momento. El corazón me dio
un brinco.
—Sí, señor. Buenas noches.
—Soy Geoffrey Rawnson.
—Encantado de oírlo, señor. ¿Cómo está usted?
—Trabajando muchísimo, como siempre. No me queda un
minuto para mí. Aun así, supongo que no puedo quejarme —contestó con bastante
afabilidad—. Mire, querría hablar con Simon. ¿Sería tan amable de avisarle?
—Lo siento, señor Rawnson, pero Simon no está en
este momento.
—¿No? ¡Vaya! ¿Dónde está?
Su tono daba a entender que consideraba lo más
natural del mundo que su hijo estuviera esperando su llamada pegado al
teléfono.
—Creo que estará fuera toda la velada —mentí y,
para compensarlo, añadí una nota de veracidad—. A decir verdad, yo acabo de
regresar ahora mismo.
—Ya. Bien, no quiero entretenerlo más. ¿Sería tan
amable de decirle a Simon que he telefoneado?
—Lo haré, señor…, tan pronto como lo vea.
—Muy bien —dijo el viejo Rawnson—. Otra cosa más…
—Usted dirá.
—Dígale a Simon que, a menos que haya tenido
noticias de él antes de las diez de la mañana, pasaré a buscarlo a la hora
convenida. ¿Lo ha anotado?
—Pasará a buscarlo a la hora convenida… Lo he
apuntado. ¿Sería tan amable de indicarme la hora? Así podré decírselo a Simon.
—Es de suponer que Simon está al corriente de todos
los detalles — replicó Rawnson con cierto deje de contrariedad. Hizo una pausa
y por toda explicación añadió—: No me importa confesarle a usted que estoy un
tanto incomodado con mi hijo. Suponíamos que iba a venir para celebrar el
cumpleaños de su abuela este fin de semana. No acostumbra olvidarlo. Pero este
año no ha mandado ni tan siquiera una postal, ni ha llamado por teléfono. Nada.
Será preferible para él que pueda darnos una explicación aceptable; espero
oírsela cuando lo vea mañana. Dígaselo de mi parte.
—Sí, señor —asentí.
—Bueno, es tarde y no quiero entretenerlo más.
Buenas noches, señor Gillies. Saludos.
Colgó el teléfono.
¡Rayos y truenos! ¿Qué iba a contarle al padre de
Simon cuando me lo encontrara frente a frente? Lo siento muchísimo, alteza,
pero su queridísimo hijito se ha largado al país de Irás y No Volverás. ¡Vaya
por Dios! ¡Perra suerte!
Me acosté lleno de preocupación y me quedé dormido
planeando el asesinato de Simon.
Era probable que el profesor Nettleton durmiera
vestido. O, más aún, que no durmiera en absoluto. Cuando a la mañana siguiente
llegué a su casa a las nueve en punto, me lo encontré con la misma ropa de la
víspera, buscando afanosamente algo; esparcidos por el suelo había un montón de
papeles, folletos, periódicos y libros.
—¡Adelante, adelante! —dijo sin apenas mirarme
cuando hube llamado
—. ¡Aquí lo tengo! —exclamó blandiendo un libro por
encima de su cabeza —. Siéntese, Lewis, y escuche con atención.
El chiflado de Nettles comenzó a leerme el libro,
paseando entre aquel montón de literatura y mesándose los escasos cabellos. Lo
escuché unos instantes antes de darme cuenta de que no entendía ni una sola
palabra de lo que leía. Mejor dicho, aunque entendía las palabras, todo aquello
no tenía para mí ningún sentido. Era una auténtica jerga: nexo por aquí, plexo
por allá,
y algo relativo al flujo secuencial del tiempo y a
la infinita maleabilidad del futuro, o cosa parecida. Me senté en el sillón de
cuero tras haberlo despejado de papeles. La lámpara que había junto al sillón
era la única iluminación de la sala. El profesor acabó de leer y me contempló
con ojos brillantes de excitación.
—Disculpe, Nettles —dije—, pero creo que me he
perdido. No dormí bien anoche.
Le conté la conversación telefónica que había
mantenido con el padre de Simon.
El viejo profesor chasqueó la lengua en señal de
simpatía.
—Era de esperar —comentó—. La gente no puede
desaparecer así como así sin que se la eche de menos. Sin embargo, supuse que
tendríamos más tiempo. Pero no se preocupe.
—¿Que no me preocupe? ¡Pero si va a venir a ver a
Simon hoy y Simon no está aquí!
—Ya nos ocuparemos de ese asunto más tarde —me
tranquilizó el profesor—. ¿Le apetece una taza de té?
Se encaminó hacia el hornillo que había sobre el
aparador sin dejar de hablar.
—El uro y la lanza son inequívocas señales. Como el
Hombre Verde, el lobo, el jabalí y el perrazo. Supongo que hay otras muchas,
quizá cientos, pero usted no tiene por qué haberlas visto necesariamente.
Lo oí confusamente trastear con la vajilla y llenar
la tetera. Su voz me llegaba como si procediera de la más profunda oscuridad
del otro mundo.
—Señales —repetí sin entusiasmo mientras bostezaba
y me frotaba los ojos.
—Veamos. Hay dos elementos en su historia que me
confunden. Le pido encarecidamente que procure recordar con la mayor precisión.
Me temo que todo dependa de eso.
Nettleton se reunió otra vez conmigo.
—Piense en el cairn. ¿Vio usted si había alguien
cerca cuando llegaron?
—me preguntó mirándome intensamente—. ¿Se acercó
alguien?
—Nadie —repuse encogiéndome de hombros—. ¿Por qué?
—¿Un animal, quizás? ¿Un ciervo? ¿Algún pájaro? ¿Un
perro?
Di un respingo.
—Aguarde un momento. Sí, había alguien. Recuerdo
que vi a un sujeto con unos perros…, tres para ser exactos, de extraña
apariencia. Quiero decir que el hombre tenía un aspecto singular, no los
perros. Bueno, a decir verdad, también los perros eran raros. Blancos con
orejas rojas, enormes y delgados… Parecían gigantescos sabuesos o algo así. Me
salieron al paso camino del cairn, pero yo me quedé quieto y se marcharon.
—¿Cuándo los vio? ¿Antes o después de que Simon
entrara en el cairn?
—Después —contesté—. No, espere… —reflexioné—. Sí,
también los vi antes…, los vimos los dos, Simon y yo. Simon comentó que debía
de tratarse de un granjero y continuamos nuestro camino hacia el cairn. Volví a
verlos otra vez cuando regresé al cairn después de la desaparición de Simon.
Nettles se frotó las manos y soltó una risita de
satisfacción. La tetera silbó desde el aparador y el profesor se dirigió
presuroso hacia allí. Yo lo imité.
—¿Leche? —me preguntó.
—Sí, por favor.
Lo observé mientras echaba agua hirviendo en una
enorme y manchada tetera; luego echó también agua en dos tazas sin lavar. En el
aparador había una botella de leche; la destapó con el pulgar.
—¿He dicho algo importante? —inquirí.
Removió el agua de las tazas y después volvió a
verterla en la tetera.
—Sí —respondió echando leche en las tazas—. Sin
ninguna duda.
—Bien. Bueno, supongo que está bien, ¿no?
—Oh, sí. Muy bien. Comenzaba a preguntarme si
estaría usted diciéndome la verdad.
Ante la mirada de sorpresa que le lancé, añadió:
—Bueno, ahora ya no me cabe duda. Ninguna en
absoluto. La presencia del guardián confirma toda la historia.
—¿Un guardián? —me extrañé—. Usted no mencionó nada
acerca de un guardián.
—Dejaremos reposar el té un poco. Traiga las tazas.
Cubrió la tetera con una funda de lana tejida a
mano y la puso sobre la mesita desvencijada; luego acercó su sillón al mío.
—El guardián del umbral —dijo el profesor con toda
sencillez—. Podía haberse tratado de un halcón, de un ciervo, o de un perro
salvaje… El guardián puede adoptar distintas apariencias. Me intrigaba que no
hubiera ninguno. Y me intrigaba también otra cosa: ¿por qué Simon pudo cruzar
el umbral y usted no?
—También a mí me intriga eso. No ceso de
preguntármelo.
—¿Quizá Simon era más sensible?
—¿Más sensible Simon? ¡Ca! —repuse—. De ninguna
manera.
Nettles sacudió la cabeza y frunció el entrecejo.
—Entonces no lo entiendo.
Cogió la tetera y llenó las tazas. Me tendió una y
bebimos en silencio.
—¿Mostró algún interés por el Otro Mundo antes del
asunto del cairn? — preguntó al cabo de un rato.
—Ninguno —repuse—. Soy yo quien se dedica a los
estudios célticos, no Simon.
—Sin embargo, fue él quien sugirió ir a ver el uro,
¿no es así?
—Sí, pero… creo que para él era una aventura más.
El profesor me miró por encima de su taza.
—¿De veras?
—Ya sabe lo que quiero decir. Simon aprovechaba
cualquier oportunidad para divertirse.
—Ya. ¿Lo calificaría usted como el típico
aventurero?
—Desde luego. Le gustaban las emociones por
pequeñas que fuesen. — Sorbí un poco de té y de pronto me acordé de un
detalle—. Pero aquella mañana sucedió algo realmente misterioso. Simon me
recitó una poesía.
—¿Sí? Continúe —me rogó Nettleton.
—Bueno, no la recuerdo, pero tenía que ver con…, no
sé.
—Por favor, trate de recordar. Podría ser
importante.
—Nos dirigíamos a la granja…, antes de ver el uro,
que por cierto no vimos porque jamás existió… Bueno, pues Simon de repente se
puso a recitar un poema, un poema celta. Decía algo parecido a encontrarse a
las puertas del oeste —relaté, intentando recordar los detalles—. Era uno de
esos poemas celtas de adivinanzas, en los que el recitador da una serie de
claves a partir de las cuales se supone que hay que adivinar quién es.
—Encontrarse a las puertas del oeste —repitió el
profesor—. Sí. Continúe. ¿Se acuerda de algo más?
Como sacudido por una descarga eléctrica, recordé
algo más.
—Antes de eso, cuando acabábamos de despertarnos…
—dije con la voz tensa de excitación—. Dormimos junto a la carretera, como ya
le expliqué, y yo me desperté poco antes de la salida del sol. Simon quería
reemprender el viaje mucho antes, pero nos quedamos dormidos…, no mucho, pues
casi era noche cerrada todavía cuando nos despertamos. Simon se incomodó porque
quería llegar a la granja antes de la salida del sol, no después. Cuando le
pregunté por qué, gruñó y murmuró: «Vaya un estudioso de las tradiciones célticas».
Se trataba de la hora-entre-horas… Mire usted por dónde, Simon sabía lo de la
hora-entre-horas. Por eso le corría tanta prisa llegar a la granja. Se lo
pregunté y no lo negó. Simon sabía lo de la hora-entre-horas.
Nettleton sonrió.
—Ya. Continúe.
—Eso fue todo. Yo ignoraba que supiese tal cosa. Me
extrañó, pero así era Simon; se lanzaba de cabeza en pos de cualquier capricho.
—Sin embargo, no llegaron a la granja o al cairn
antes de la salida del sol, ¿verdad?
—No. Llegamos al cairn poco antes de las diez.
El profesor se levantó y fue a buscar la botella de
leche. Echó un poco en las tazas y sirvió más té caliente; luego volvió a
cubrir la tetera con la funda. Se calentó las manos con la taza humeante y dijo
lentamente:
—Es muy interesante.
—Mucho, pero ¿qué tiene que ver con la desaparición
de Simon?
Como si no me hubiese oído, el profesor se levantó
y rebuscó entre los libros de su abarrotado escritorio. Encontró el que buscaba
y me lo mostró.
—Lo encontré anoche —explicó, y comenzó a leer:
Un día, en agosto de 1788, llegué al pueblo más
importante de la cañada de Findhorn, un villorrio de agradable aspecto llamado
Mills de Aird Righ. Fui a visitar primero al maestro de escuela, el señor
Desmond MacLagan, que accedió amablemente a acompañarme al cairn. MacLagan
había crecido en la región y desde luego había oído contar historias del cairn
de labios de su abuela, la señora Maire Grant, que seguramente le había
relatado a menudo cómo ella y otros jóvenes del pueblo iban al cairn en las
noches de luna llena. Tras una breve espera, oían la más exquisita música
imaginable y contemplaban una torre que se elevaba desde lo más profundo de la
cañada. Los diminutos habitantes de la tierra de las hadas salían de la torre y
se entregaban a danzas y retozos. A la mañana siguiente la torre había
desaparecido, pero la abuela y sus amigos cogían el oro de las hadas esparcido
en torno al cairn. Repitieron varias veces la misma experiencia hasta que uno
de los jóvenes, al ser interrogado acerca del oro, se lo contó todo a su padre,
quien le prohibió volver a hacer incursiones de aquella clase y le explicó que
de vez en cuando había desaparecido gente en aquellos andurriales. Después de
llegar a la cañada, mi guía y yo desmontamos y seguimos a pie el camino hasta
el cairn. La vieja construcción es bastante común en cuanto a tamaño y
proporciones y está bastante deteriorada; pero tiene una curiosa protuberancia
en forma de huevo orientada al oeste. No obstante, los granjeros y los
ignorantes habitantes de la cañada creen que el cairn es un montículo de las
hadas y hablan de él con gran respeto en sus discusiones sobre temas
sobrenaturales.
Nettles alzó la vista del libro.
—Éste documento establece que el cairn de Carnwood
es un lugar conectado con el Otro Mundo —declaró con solemnidad—. Aunque el
autor no encontró la entrada, lo cual no deja de ser bastante raro, no me cabe
la menor duda de que el cairn aquí descrito es el mismo que vio usted. La
colina, la hondonada, la protuberancia en uno de
los lados no dejan lugar a dudas de que así es.
Me mostré de acuerdo, pero el relato no dejaba de
ser una leyenda común y corriente. Durante mis estudios, había leído fragmentos
y retazos de historias parecidas cientos de veces. Al fin y al cabo, formaban
parte del acervo cultural céltico.
—La crónica —dijo Nettles— continúa contando que
algunas veces se han visto seres diminutos, que se han perdido y encontrado
cosas por allí cerca, y otras curiosidades sin importancia. Luego viene esto…
—Y siguió la lectura:
MacLagan me presentó a un granjero que vivía cerca,
en la granja Grove; se llamaba E. M. Roberts y me confirmó que el cairn era un
montículo de las hadas, insistiendo en el hecho de que su padre una vez había
contratado a un campesino llamado Gilim, quien, regresando a casa, había visto
cómo salía de la mencionada hondonada un tropel de hadas. Se escondió y, cuando
las hadas desaparecieron, se apresuró a bajar hasta el montículo y encontró su
entrada abierta. Se metió en el cairn y vio que era de día y se encontró entre
la niebla de un prado verde en el que habitantes del mundo de las hadas estaban
preparando un banquete. Se dio cuenta de que no eran pequeños, sino de estatura
normal y extraordinaria belleza. Una mujer hermosísima se le acercó y le
ofreció comida; él aceptó y comprobó que jamás en su vida había saboreado algo
más delicioso. Permaneció todo el día con las mujeres-hadas y, a la puesta del
sol, los quiméricos jinetes regresaron de sus incursiones y comenzó el
banquete; el príncipe de las hadas le regaló una copa de vino de plata y un
abrigo amarillo y lo invitó a que se quedara allí. El asombrado campesino
repuso que lo esperaban en casa por la mañana; a lo cual el príncipe comentó:
«Entonces debes marcharte enseguida para que no se descubra tu secreto». Al
momento, las hadas se desvanecieron en una dorada niebla y Gilim se encontró
junto a un arbusto espinoso fuera del cairn con el abrigo amarillo y la copa de
plata que le habían regalado. Gilim los mostraba como prueba de su relato.
Entonces el profesor cerró el libro y levantó su
taza como quien ha clavado el último clavo en el ataúd de la duda.
—¿En qué está pensando? —pregunté temiendo la
respuesta.
—Estoy pensando que su amigo Simon abandonó nuestro
mundo para ir al Otro Mundo.
Aunque Nettles pronunció esas palabras con toda
sencillez, el temor que yo había mantenido a raya durante tantos días se
desbordó. Perdí de vista la habitación. El abrigo…, el abrigo amarillo…, lo
había visto… y también al hombre que lo llevaba.
—El Otro Mundo —repetí en voz baja, poniendo en
palabras por primera vez el presentimiento que me había acosado desde la
desaparición de Simon; respiré profundamente y procuré calmarme—. Explíquese,
por favor.
—Es evidente que Simon manifestó un claro y
profundo interés por el Otro Mundo antes de desaparecer.
—Un profundo interés… ¿Eso es todo lo que se
precisa?
—No. —Nettles sorbió un poco de té con aire
meditabundo—. No.
Seguramente debió de cumplirse alguna clase de
ritual.
—No hubo ritual alguno —afirmé, aferrándome a ese
hecho como a un clavo ardiente—. No lo perdí de vista ni un segundo, desde el
momento en que llegó al cairn hasta el instante en que desapareció. No hizo
nada que yo no hiciera. Me senté en una peña y él se puso a caminar en torno a
esa cosa haciéndome preguntas sin cesar. A decir verdad, mostraba un repentino
interés por los cairns y lo que había en su interior… Pero nada más. Dio una o
dos vueltas observando el montículo. Sólo lo perdí de vista un par de veces…
cuando estaba al otro lado del cairn.
El profesor asintió con aire indulgente.
—Eso es. ¿No lo ve?
—No. No veo nada. No hizo nada que yo no hiciera
—contesté.
Estaba tan empeñado en negar lo que había sucedido
que supongo que juzgaba necesario resistirme hasta el final.
—¡Caminó en torno al cairn! Dio varias vueltas. En
cambio usted no lo hizo.
—Muy bien, ¿y qué?
El profesor chasqueó la lengua.
—Se han olvidado de enseñarle algo, muchacho. Algo
que debería saber.
De pronto se hizo la luz en las abotargadas
tinieblas de mi cerebro. ¡Pues claro! Se había llevado a cabo un ritual: se
había descrito la órbita del sol. Deosil lo llamaban los celtas.
—La órbita del sol —dije—. Quiere usted decir que
dar tres vueltas en torno al cairn siguiendo la dirección del sol… bastó…, ya
sabe, para que desapareciera.
—Eso es —afirmó Nettles—. Imitar el movimiento del
sol en un umbral del Otro Mundo, en la hora oportuna y en las circunstancias
oportunas es un ritual muy efectivo.
—En la hora oportuna… ¿como la hora-entre-horas?
—Exactamente.
—Pero si no llegamos a tiempo… —objeté—. El sol
había salido hacía rato cuando llegamos allí.
Nettles se golpeteó los dientes con un dedo.
—Entonces sería quizás el día… ¡Claro! Dijo usted
que fue el último día de octubre: Samhein!
—¿Cómo ha dicho?
—Samhein… Sin duda ha oído hablar de esa fecha.
—Sí, desde luego —admití sombríamente. Samhein: el
día del calendario celta en que las puertas del Otro Mundo se abrían de par en
par—. Pero no se me ocurrió en aquel momento.
—Un día cargado de energía del Otro Mundo. Debió de
haber caído en la tercera semana del trimestre del otoño académico…,
precisamente el día en que ustedes fueron a ver el cairn.
Me sentía angustiado y disgustado. Angustiado por
las innegables aseveraciones de Nettles y disgustado conmigo mismo por mi
ignorancia. Parece lógico pensar que después de unos cuantos años de estudio
debería haber aprendido algo, ¡pero noooo!
—Mire, me prometió que me explicaría todo. Pero
hasta ahora no me ha
explicado nada de nada.
El profesor Nettleton dejó en la mesita la taza de
té.
—Sí, creo que ahora tengo todas las piezas. Escuche
con atención. Voy a explicárselo.
—Muy bien.
—En primer lugar, debe entender perfectamente el
modo en que los dos mundos están conectados.
—Los dos mundos… ¿Se refiere usted al Otro Mundo y
al mundo real?
—El Otro Mundo y el mundo manifiesto —corrigió con
amabilidad—. Los dos son igualmente reales, pero cada uno de ellos expresa su
realidad de forma distinta. Supongo que podría decirse que existen en
dimensiones paralelas.
—Si usted lo cree, acepto su palabra.
—Sigamos, pues. Los dos mundos, o si lo prefiere
las dos dimensiones, están separados en su esencia, pero son ligeramente
coincidentes, por decirlo de alguna manera. Como bien sabe usted, la tierra que
está sumergida en el mar tiene montañas y valles. Bueno, cuando las montañas
sobresalen de la superficie del mar, las llamamos islas.
—Y los lugares donde el Otro Mundo asoma al
nuestro… son islas, ¿no?
—Haciendo uso de la analogía, así es. Aunque en
realidad es un fenómeno bastante más complejo.
—Sin duda.
—Sigamos —continuó diciendo el profesor—. Ésa isla,
o punto de contacto, se llama nexo…, tal como le leí cuando llegó. Entre otras
cosas, el nexo funciona como un portal…, como una puerta por la que se puede
pasar de un mundo a otro y viceversa. Los antiguos eran profundos conocedores
de esos portales y los señalaban de diferentes maneras.
—Con cairns —dije—. Los señalaban construyendo
cairns.
—Sí, cairns. Y círculos, piedras, montículos;
siempre señales imperecederas. Cuando descubrían un nexo, lo señalaban.
—Para poder viajar de un mundo a otro —comenté,
sintiéndome muy
orgulloso de mí mismo.
Pero Nettles no pareció impresionarse.
—¡No! Todo lo contrario. Señalaban esas puertas
para que la gente se mantuviera alejada de ellas…, del mismo modo que nosotros
señalaríamos hielo quebradizo o arenas movedizas. ¡Peligro! ¡Manténgase
alejado! —El profesor sacudió la cabeza—. Por eso levantaban esas piedras
enormes y construían esas estructuras imperecederas: querían advertir del
peligro no sólo a los hombres de su tiempo sino también a las generaciones
posteriores.
—No estoy seguro de comprenderlo.
—Pues es muy sencillo —insistió Nettles—. Los
antiguos deseaban que esos lugares permanecieran señalados para siempre porque
comprendían que resulta muy peligroso para los incautos aventurarse en el Otro
Mundo sin estar preparados. Sólo los verdaderamente iniciados pueden pasar
entre los dos mundos sin sufrir daño. Abundan historias de personas que sin
pretenderlo han ido a caer en el Otro Mundo o de gente que se ha topado con
seres del Otro Mundo. Ésas historias servían para advertir a los no iniciados
que no hay que aventurarse en lo desconocido.
—Pero Simon no era un iniciado —dije yo.
—En efecto —asintió Nettles—. Y aún hay algo más.
Mucho me temo que hay un peligro enorme implicado en todo este asunto. Un
peligro que nos amenaza a todos.
—¿Qué clase de peligro?
—A menos que yo haya caído en un tremendo error, me
temo que el plexo se haya convertido en algo profundamente inestable. Quizá ya
sea demasiado tarde.
9
EL NUDO SIN FIN
—¿Plexo? ¿Como en el plexo
solar?
El anciano y chiflado Nettles hizo un gesto en
señal de desaprobación.
—No me estaba usted prestando atención, ¿verdad? No
oyó ni una palabra de lo que le leí.
—Lo siento. Estaba un poco preocupado.
—Se lo explicaré otra vez —suspiró—. Pero, intente
concentrarse.
—Lo procuraré.
Clavé mis ojos en el rostro de búho de Nettles para
no distraerme y de pronto me pregunté si se habría peinado; también sus gafas
necesitaban una limpieza urgente.
—El nexo, según hemos dejado ya bien claro, es el
punto de conexión entre los dos mundos, ¿de acuerdo?
—Sí.
—Bueno, pues el plexo es la urdimbre de esa
interconexión. Porque los dos mundos no sólo están unidos, sino entretejidos.
Entrelazó los dedos de las manos a modo de ejemplo.
Echó una rápida ojeada en torno y cogió un pedacito de papel de entre los
montones que había en el suelo.
—¿Reconoce esto?
Miré el papel y vi la reproducción en tinta china
de un inconfundible dibujo celta: dos líneas de colores bellamente
entretejidas; dos líneas tan habilidosamente concebidas que era imposible
señalar dónde acababa una y empezaba la otra.
—Pues claro —dije—. Es el nudo sin fin. Diría que
está sacado del Libro
de Kells.
—No exactamente, pero algo parecido —replicó
Nettles—. Es de un crucero celta de la isla de Iona. Supongo que ha visitado
usted Iona, ¿verdad?
Para disimular las evidentes lagunas de mi cultura,
contesté con otra pregunta:
—¿Qué tiene que ver el nudo sin fin con el plexo y
el nexo?
—Me permito sugerirle que es una ilustración
gráfica del plexo. Los celtas de la antigüedad no se cansaron jamás de
reproducirlo. Para ellos, el dibujo simbolizaba la naturaleza esencial de la
existencia del mundo. Dos bandas, es decir, este y el Otro Mundo, entrelazadas
en una dinámica y móvil armonía; cada una de las bandas depende de la otra y
cada una de ellas complementa y completa a la otra.
Observé aquel dibujo que tantas veces había visto y
seguí con la vista los intrincados trazos de lazos y espirales que se cruzaban
y entrecruzaban.
—Así que esto es un plexo, ¿no?
—Sí —asintió Nettles—. Es el plexo. En la analogía
de la isla, el plexo sería la orilla de la isla. La orilla no pertenece
completamente ni al mar ni a la tierra. La orilla es la zona que conecta y a la
vez separa el mar de la tierra, pero forma parte de ambos. Cuando uno está en
la orilla entre las olas, pertenece a ambos elementos a la vez…, se tiene un
pie en ambos mundos, por decirlo así.
—Los antiguos celtas adoraban las orillas como
lugares sagrados.
—¡Vaya! Parece que no todas sus lecturas cayeron en
saco roto —bromeó Nettles; y me di cuenta de lo mucho que desentonaba el
sarcasmo con su personalidad.
—No todas, no —murmuré—. Según tengo entendido, los
celtas adoraban toda clase de cosas relacionadas con el plexo: la orilla del
mar, el alba, el crepúsculo, el límite del bosque; todo lo que no perteneciera
claramente a un sitio determinado, por decirlo así.
—Muy cierto —aprobó Nettles—. Sin embargo, hemos
estado hablando del Otro Mundo y del mundo manifiesto como si fueran lugares
separados. Pero los antiguos celtas no hacían distinción alguna entre los dos;
ni tampoco establecían diferencia entre la realidad y la imaginación. Lo
material y lo
espiritual no estaban separados ni pertenecían a
lugares estancos: muchas veces se manifestaban de la misma manera. Por ejemplo,
un bosque de robles podía ser un bosque de robles o podía ser la morada de un
dios… o ambas cosas a la vez. Ésa era su concepción del mundo. Concepción que
les inspiró una enorme apreciación y respeto por todo lo creado; un respeto
nacido de una creencia profunda y perdurable. La idea de que un objeto o una
entidad era en cierto modo más real simplemente porque poseía una presencia
material, no se les habría podido ocurrir. Es interesante observar que sólo el
hombre moderno hace tan temerarias distinciones. Y, una vez hecha tal
distinción, llama al universo no material irreal; de ahí la poca importancia y
la poca validez de su punto de vista. Por otra parte, los niños no distinguen
entre lo material y lo no material. Pueden ver la diferencia, desde luego, pero
no tienen necesidad de asignar un valor relativo a una cosa a costa de la otra.
Como los celtas de la antigüedad, los niños aceptan con toda sencillez la
existencia de ambos reinos…, como dos caras de una misma moneda, ¿me entiende?
—De acuerdo. ¿Y adónde nos lleva esto? —pregunté,
porque comenzaba a impacientarme ante tanta filosofía.
—Ahí voy —repuso en un tono que evidenciaba a las
claras que no le agradaba que lo apresuraran—. Veamos. Mientras el nexo existe
como una realidad física aunque invisible, de ahí que lo señalen con piedras
verticales, con un cairn o con lo que sea, el plexo no existe de la misma
manera. Es, digámoslo así, ni más ni menos que la armonía creada por el
equilibrio de los dos mundos. ¿Me sigue?
—A duras penas —tuve que admitir—. Pero siga, por
favor.
—Escuche con atención. Llegamos al punto más
importante: cuando se altera el equilibrio entre los dos mundos, la armonía, es
decir, el propio plexo, se desestabiliza. Como el hilo de un tejido, se
desenmaraña. ¿Lo entiende?
No pude menos que dar un respingo.
—La inestabilidad del plexo equivale a un caos y a
una catástrofe. ¿Ahí es a donde quiere usted llegar?
—En esencia, sí. —El profesor se levantó y se
dirigió a un rincón de la habitación—. Por eso es asunto de vital importancia
descubrir primero lo que ha alterado el equilibrio para a continuación poder
corregirlo. De otro
modo… —Se calló mientras rebuscaba entre unas
cajas.
—De otro modo ¿qué? —lo apremié.
Miró unos instantes al vacío y luego dijo:
—Mucho me temo que el Otro Mundo se perdería
irremisiblemente para nosotros.
—Pero me pareció oírle decir hace unos momentos que
era un asunto muy grave.
—Y lo es —insistió el profesor Nettleton—. Es lo
más grave que puede ocurrirle a la humanidad.
Se dirigió al otro extremo de la habitación, abrió
un armario empotrado y comenzó a meter cosas en una bolsa de Iona bastante
usada.
—Bueno, ¿y qué me dice de la amenaza nuclear, del
SIDA, de la guerra, de la peste, del hambre?
—Son serios peligros, desde luego —admitió Nettles
cogiendo un tubo de pasta de dientes—. Pero no amenazan a la humanidad en su
esencia más profunda.
—Pues yo, sin ir más lejos, considero que la
perspectiva de ser barrido por una explosión de protones es una amenaza que
atenta contra mi esencia más profunda. Y podría mencionarle un par de personas
más que sin duda estarían de acuerdo conmigo.
Nettles hizo un ademán desdeñoso con el cepillo de
dientes en la mano.
—La muerte es la muerte, señor Gillies. Ha existido
desde que el hombre apareció y continuará existiendo hasta el fin de los
tiempos. Al fin y al cabo, forma parte de la vida, como la enfermedad, la
peste, el hambre y la guerra. Todas son una misma cosa desde este punto de
vista…, pues forman parte de la existencia humana.
—Es indudable que habla usted ex cátedra,
perfectamente protegido por su campana de cristal. El mundo real no lo
contamina. ¿Qué opina usted de…?
—¡Déjeme que acabe mi explicación! —me espetó el
profesor blandiendo el cepillo de dientes—. ¡Está usted hablando sin ton ni son
sobre algo de lo que no sabe nada! ¡Menos que nada!
Me dolía la cabeza y tenía los párpados a un tiempo
secos y húmedos. Me sentía fatigado y confuso; no me apetecía en modo alguno
que me gritaran.
—Lo siento. Continúe, lo escucho.
El profesor rebuscó otra vez en el armario y sacó
un grueso jersey de lana.
—A veces me pregunto por qué me preocupo tanto.
—Por favor —le rogué para calmarlo—. Se lo prometo,
me portaré bien.
Se mantuvo callado con los ojos clavados en el
jersey.
—¿Qué distingue a una porcelana japonesa? —preguntó
de sopetón.
—¿Cómo dice?
—¿O a una pintura de Rembrandt, Lewis? ¿O a un
poema de Tennyson? ¿Qué vemos en esas cosas? Contésteme.
Chifladuras. Aquél hombre estaba completamente
chiflado.
—No sé —dije encogiéndome de hombros—. Arte,
belleza…, algo así.
No puedo decirlo exactamente.
Nettles hinchó los carrillos y soltó un resoplido
de mofa; luego dobló el jersey y lo metió en la bolsa.
—Si los cuadros de Rembrandt y los poemas de
Tennyson dejaran de pronto de existir, el mundo sin duda se empobrecería. Pero,
al menos, hay otros cuadros, otros poemas. ¿No es cierto?
—Claro.
—¡Ah! Pero ¿qué pasaría si la belleza dejara de
existir? —inquirió—. ¿Si la belleza, la idea de la belleza, dejara de existir?
—Resopló otra vez—. Pues que diez mil años de evolución del pensamiento y del
progreso humanos se destruirían en un instante. La raza humana habría perdido
una de sus cualidades primarias: la habilidad de ver, valorar y crear belleza.
Descenderíamos al nivel de los animales.
—Sin duda alguna.
—Muy bien. —Cogió un par de largos calcetines de
lana y los examinó por si tenían algún agujero—. Además de proporcionarnos
placer, la belleza también alimenta la imaginación, la esperanza, el valor. Si
la belleza dejara de existir, nosotros también dejaríamos de existir, en
sentido estricto…, pues ya
no podríamos seguir siendo quienes somos.
—Conozco esa teoría —comenté un tanto a la
defensiva.
—Bien. Continuemos. —Dobló los calcetines, los
metió en la bolsa, cogió del armario otro par, frunció el entrecejo y los
volvió a dejar—. Por muy importante que sea la idea de la belleza, el Otro
Mundo lo es mil veces más. Y su pérdida sería algo mucho más devastador y
fatal…
¡Hop! ¡Una nueva pirueta! Ya me había perdido otra
vez.
—No lo entiendo —lo interrumpí.
—¡Porque no está usted utilizando la cabeza, señor
Gillies! —vociferó el profesor cogiendo un zapato de suela gruesa y
blandiéndolo ante mí—. ¡Piense un poco!
—¡Estoy pensando! Lo siento, pero no lo entiendo.
—Entonces escuche con más atención. —Nettles estaba
perdiendo la paciencia—. Si usted concibe el Otro Mundo como un depósito…, como
un lugar de reserva, como un almacén o un tesoro…
Debió de notar por mi expresión que me estaba
perdiendo otra vez, porque se detuvo.
—Lo intento, profesor. Pero me resulta un poco
confusa esa metáfora del almacén arquetípico. Me suena a Jung.
—Olvídese de Jung —me amonestó Nettles dejando el
zapato sobre el escritorio y centrando toda su atención en mí.
Yo me erguí en mi asiento y traté de escucharlo
atentamente.
—Hacia el año 865 d. C, un filósofo irlandés
llamado Johannes Scoto Erigena elaboró una doctrina que considera el mundo
natural como una manifestación de Dios en cuatro aspectos o discernimientos…,
es decir, diferentes divisiones que no obstante están contenidas en la
singularidad de Dios. —Arqueó las cejas—. ¿Me sigue?
—Si —murmuré—. A duras penas.
—La doctrina de Erigena reconocía a Dios como el
único creador, sostenedor y fuente verdadera de todo lo que existe; éste es el
primero de los aspectos de Dios. En segundo lugar, Erigena reconocía una
especie de
sobrenaturaleza, una naturaleza separada e
invisible, en la que residían las ideas primordiales, las fuerzas y los
arquetipos; la Forma de las formas la llamaba él, de la cual derivaban todas
las formas terrenales o naturales.
—El Otro Mundo —murmuré.
—Exactamente —confirmó el profesor con alivio—. El
meollo de la cuestión —continuó— es que para los seres humanos el Otro Mundo
desempeña varias funciones cruciales. Podría decirse que instruye y enseña a
nuestro mundo importantes lecciones, vitales para la existencia humana.
—Proporciona el sentido de la vida —me atreví a
sugerir.
—No —dijo el profesor Nettleton; se quitó las
gafas, miró a través y se las volvió a poner—. Sin embargo, es una
interpretación errónea bastante frecuente. El Otro Mundo no proporciona el
sentido de la vida sino que describe lo que es la vida. La vida en toda su
gloria… y sus miserias, por así decir. Si lo prefiere, el Otro Mundo provee a
éste de significado a través de ejemplos, demostraciones, ilustraciones.
¿Comprende la diferencia? A través del Otro Mundo aprendemos lo que es estar
vivo, ser humano: la bondad y la maldad, el sufrimiento y el éxtasis, la
victoria y la derrota, todo. Ya ve, todo está contenido en ese tesoro. El Otro
Mundo es el almacén donde se guardan las imágenes arquetípicas de la vida…
Podría decirse que es la fuente de todos nuestros sueños.
—Pero creí que había dicho que el Otro Mundo existe
como un lugar real —apunté yo, volviendo otra vez al punto de partida.
—Sí —contestó buscando en el armario el otro
zapato—, pero su existencia en la realidad es secundaria a su existencia como
concepto, como metáfora si usted quiere, que instruye, enriquece e ilumina
nuestro mundo.
Buscaba el zapato como si pensara encontrar
duendes.
—Le aseguro que no soy del todo estúpido —insistí—.
Pero no acabo de entenderlo.
—Vemos nuestro propio mundo —explicó Nettles
armándose de paciencia— en gran parte sólo gracias a la luz que nos ilumina
desde el Otro. —Por fin encontró el zapato y lo puso junto al otro sobre el
escritorio y se volvió de nuevo hacia el armario mirándolo como si fuera la
entrada al Otro Mundo—. Déjeme preguntarle una cosa, Lewis —continuó de pronto—
¿dónde se aprende por primera vez lo que es la
lealtad?, ¿o el honor?, ¿o cualquiera de los valores supremos, pongamos por
caso?
—¿Como la belleza? —inquirí, retomando el tema
inicial.
—Eso es, muy bien —asintió—, como la belleza. La
belleza de un bosque, por ejemplo: ¿dónde se aprende a valorar la belleza de un
bosque y a reverenciarla?
—¿En la naturaleza? —contesté lo que me pareció más
obvio, aunque evidentemente era erróneo.
—De ninguna manera. Lo demuestra fácilmente el
hecho de que muchos de nosotros no reverenciamos los bosques; de hecho ni
siquiera los vemos. Sabe perfectamente a qué clase de personas me estoy
refiriendo. Sin duda los ha visto a ellos y a sus obras miles de veces. Unos
arrasan la tierra, otros talan los bosques y depredan los océanos, otros
oprimen a los pobres y tiranizan a los desamparados, otros viven la vida como
si no hubiera nada más allá del horizonte de sus limitadas aspiraciones
terrenales. —Se interrumpió unos instantes y se esforzó por sintetizar—. Estoy
divagando. La cuestión crucial es ésta: ¿dónde se aprende a mirar un bosque
como algo bello, a reverenciarlo, a conservarlo, a reconocer su valor como
simple bosque en vez de considerarlo una fuente de madera que debe ser
explotada o una barrera que hay que derribar para construir una autopista?
Sabía muy bien qué respuesta deseaba el profesor
que le diera, y se la brindé para hacerlo feliz.
—¿En el Otro Mundo?
—Sí, en el Otro Mundo.
Estaba a punto de estallarme el cerebro.
—¿Cómo es posible? —pregunté con desesperación.
El profesor cogió un cinturón de cuero y comenzó a
pasarlo por las trabillas del pantalón.
—Porque la simple presencia del Otro Mundo enciende
en nosotros la chispa de la suprema conciencia, o de la imaginación. Las
leyendas, cuentos y apariciones del Otro Mundo, esa tierra mágica y encantada
que se extiende tras los muros del mundo manifiesto, despiertan y desarrollan
en los seres humanos las supremas nociones de belleza, respeto, amor, nobleza y
otras
muchas virtudes. El Otro Mundo es la Forma de las
formas, el almacén, ¿no cree? Los arquetipos residen en él. Un profesor me
preguntó una vez: «¿Cómo se puede ver un bosque real si antes no se ha visto
nunca un bosque fantástico?». ¿Cómo? Ahora yo le planteo la misma pregunta.
Curiosamente, aquello tenía sentido para mí. O
quizás había perdido del todo el sentido común.
—Gracias a que el Otro Mundo existe, podemos ver
para qué existe el nuestro —dije haciendo un esfuerzo casi doloroso.
—Más aún —declaró Nettles abrochándose el
cinturón—, y esto es lo realmente importante: gracias a la existencia del Otro
Mundo reconocemos el auténtico valor de éste…, valor que va más allá de sus
elementos materiales.
—¿Del mismo modo que el valor de un bosque va más
allá del valor de la madera que produce? —sugerí lleno de esperanza.
—Muy bien, Lewis. —Nettles parecía complacido de
verdad—. Está usted haciendo verdaderos progresos.
—Si, pero ¿no podríamos lograr nosotros lo mismo
sin ninguna ayuda? ¿No podríamos reconocer el valor de un bosque o de cualquier
otra cosa, existiera o no el Otro Mundo? Quiero decir, ¿no podríamos imaginar
todo eso?
—Sólo Dios podría. A los seres humanos no les ha
sido concedida la posibilidad de crear ex nihilo, de la nada.
Mientras el profesor procedía a desabrocharse la
camisa, lo miré con expresión atónita.
—No, las criaturas humanas tienen que sentir algo
firme bajo los pies, aunque sea sutil y elusivo —continuó diciendo mientras
alzaba un dedo en ademán admonitorio—. Créame, nosotros no llegamos a alcanzar
de una forma natural ese conocimiento, esa conciencia de las cosas supremas,
señor Gillies. Necesitamos que nos enseñen. Y el Otro Mundo es el principal
instrumento de nuestro aprendizaje.
Se quitó la camisa, sacó otra del armario y
procedió a ponérsela. Tenía un cuerpo robusto y asombrosamente bien
constituido.
—Bien —dije yo—, pero ¿qué tiene que ver todo esto
con la catástrofe cósmica de la que me habló hace un rato?
—Imaginé que le resultaría evidente —repuso
metiéndose la camisa bajo el pantalón.
—Pues no.
—Querido muchacho, cualquier cosa que amenace el
Otro Mundo amenaza al nuestro. Así de simple. —Cogió la bolsa y la dejó junto a
la puerta; luego cogió del escritorio los zapatones de excursión y los puso en
el sillón que había frente al mío—. Cuando la Forma de las formas llega a
corromperse, nuestro mundo y todo lo que en él vive se corrompe hasta las
raíces.
¡Caramba! Resultaba arduo entenderlo. Aspiré aire,
levanté la cabeza y exhalé un suspiro.
—Con todos los respetos, Nettles, pero no acabo de
entenderlo. ¿Qué está amenazando al Otro Mundo? Ése plexo…, ha dicho usted hace
un momento que se ha alterado, que se ha desenmarañado. ¿Qué quiere decir eso?
¿De qué se trata?
—En términos sencillos —contestó Nettleton,
calzándose los zapatos—, el Otro Mundo se está filtrando en éste.
—Y este mundo se está filtrando en el Otro. Es
grave, ¿verdad?
—Catastrófico. —Nettles frunció los labios mientras
se anudaba el zapato derecho—. Una brecha se ha abierto entre los dos mundos y
cualquier cosa puede caerse por ella.
—Cualquier cosa… ¿como un uro, por ejemplo? ¿O un
Hombre Verde?
Por fin lo veía claro; el corazón me dio un vuelco.
Todo era cierto, indudablemente cierto.
—El uro, el Hombre Verde —coreó con voz suave
Nettles—, el lobo de la calle Turl y quién sabe cuántas cosas más.
—¿Y Simon? ¿También él se cayó por la brecha?
—Lo creo probable. ¿Usted no?
Sopesé todo lo que me había dicho, tratando
desesperadamente de asimilarlo, pero era demasiado. Me incliné con respeto ante
la superioridad de la inteligencia de Nettles y decidí dejarme llevar por su
buen juicio.
—De acuerdo, muy bien. ¿Qué debemos hacer ahora?
—Creo que deberíamos echar una ojeada a ese dichoso
cairn.
Otro viaje a Escocia. Lo que faltaba. Sin embargo,
en fin de cuentas, un viajecito a la granja de Carnwood me parecía más tentador
que tener que vérmelas con un encolerizado Geoffrey Rawnson y contarle un
absurdo cuento de uros prehistóricos y montículos encantados.
—Me apetece —acepté—. ¿Cuándo nos vamos?
—Ahora mismito. Ya he hecho el equipaje —repuso
señalando la bolsa que había dejado junto a la puerta.
—Tendré que ir a mi casa para recoger unas cuantas
cosillas —dije.
—No será necesario —replicó el profesor—. Con lo
que lleva tendrá suficiente.
Se dirigió al armario, sacó un cepillo de dientes y
una toalla y los metió en la bolsa.
—Listo —anunció—. Ya podemos marcharnos.
10
EL SERBIO
El tren de Oxford a Edimburgo salió
hora y media después, cargado hasta los topes de
hinchas del Oxford United. No tengo nada contra la Compañía Inglesa de
Ferrocarriles, excepto que permite que cualquier clase de gentuza viaje en sus
trenes. No creo que sea culpa de la compañía, pero tal circunstancia hace muy
incómodos los viajes en tren. Al cabo de cuatro o cinco horas de viaje uno no
sería capaz de diferenciar un vagón de segunda clase de un vagón de ganado.
Quien crea que es una buena idea servir alcohol a los hinchas de fútbol en lugares
cerrados, debería ser obligado a permanecer seis horas de viaje en compañía de
hinchas borrachos.
Cuando llegamos a Birmingham, estaba hasta las
narices de latas de cerveza Sköl y de canciones para animar al equipo. Los
gritos de «¡Allá vamos!, ¡allá vamos!, ¡allá vamos!» pueden resultar
entretenidos un rato; luego uno empieza a hartarse de tanto lirismo.
—A partir de ahora —murmuré tristemente—, creo que
preferiré viajar en primera. Me parece que ya estoy preparado.
En Birmingham se bajaron los hinchas y pudimos
disfrutar del vagón para nosotros solos. Intenté leer un periódico que alguien
se había dejado, pero las letras parecían saltar y no me enteraba de lo que
leía. Lo dejé y me puse a mirar por la ventanilla el monótono paisaje que se
iba deslizando como emborronado por la velocidad del tren. Era como si el punto
de mira se hubiera desenfocado y la fotografía hubiera salido corrida y sin
color definido; mis ojos contemplaban un mundo que se iba deslizando fuera de
control.
«Ya estamos en el punto de partida», pensé, y me
acordé de la exaltada arenga de Simon en el coche la noche anterior a su
desaparición. Quizá mi amigo era más sensible de lo que yo creía. Estaba
angustiado, profundamente angustiado. Yo no, por lo menos no en aquellos
momentos. En cambio, ahora comenzaba a sentir algo: si no angustia, por lo
menos sí miedo.
Cerré los ojos para alejar tales pensamientos y me
quedé dormido.
El tren llegó con puntualidad a Edimburgo.
Recogimos el equipaje y bajamos al andén. Hacía frío. El aire olía a gasoil y a
hamburguesas.
Subimos la escalera hacia las galerías comerciales
construidas sobre la estación de Waverly y nos vimos empujados por el tropel de
sombríos compradores. Observé el brillo y el fulgor de la decoración navideña
de las tiendas y pensé que debería mandar algunas felicitaciones antes de que
el correo se sobrecargara. En aquella época del año las cartas podían tardar
hasta tres semanas en llegar a los Estados Unidos.
La última Navidad, Simon me había invitado a su
casa, pero a última hora canceló la invitación porque su tía Tootie se había
puesto enferma, su hermana y su novio se habían ido a Ibiza y su madre se había
empeñado en montar una función de Navidad para el pueblo, había dado vacaciones
al servicio y la fiesta familiar se había celebrado en la intimidad. Por eso
acabé pasando un lluvioso día de Navidad en mi habitación. Sólo el pensarlo me
llenaba de tristeza.
Nettles llamó un taxi. El castillo de Edimburgo,
frío e impresionante sobre su risco, se cernía sobre nosotros. El esplendor de
su iluminación destacaba contra el cielo. Subimos al taxi y el profesor indicó
al taxista la dirección de una casa de huéspedes que conocía.
—Es barata y limpia. Y la comida también es buena.
Le gustará —me aseguró.
No me importaba lo más mínimo que el lugar
estuviera sucio, costara una fortuna y la comida fuera servida con cucarachas
de metro y medio. No me importaba nada. Estaba cansado y angustiado por las
fastidiosas ideas que Nettles me había metido en la cabeza. Lo único que
deseaba era meterme en la cama y olvidarme de todo.
El taxi se detuvo frente a la estrecha fachada de
una casa; un letrero de neón dibujaba sobre la puerta las palabras «Hostal
Caledonia». En la ventana, una señal indicaba que se trataba de un hotel
privado, término que siempre he considerado bastante contradictorio.
El profesor y yo bajamos del coche.
—Ah, sí. Está tal como la recordaba. Entremos
—dijo—. La señora
Dalrymple debe de estar esperándonos.
Dudé unos instantes y luego le pregunté:
—Nettles, ¿qué haremos después?
—Espero que cenar. Estoy hambriento —contestó—. Me
comería un uro.
Bien. Era un consuelo comprobar que uno de los dos
conservaba el sentido del humor.
—No me refería a la cena —repuse con cierta
acritud.
—Primero nos inscribiremos —dijo el profesor
frotándose las manos con energía—. Luego iremos a ver al serbio.
¿El serbio? ¿Qué clase de restaurante sería?
—¿Qué clase de restaurante es? —inquirí.
Nos habíamos detenido frente a un edificio de
ladrillos en un barrio donde abundaban los almacenes. No tenía ventanas, ni
letrero alguno; ninguna placa de Egon Ronay o de VISA en la puerta anunciaba
que se trataba de un restaurante abierto al público. Una solitaria bombilla con
pantalla de latón brillaba sobre una puerta de madera muy gastada. El tirador
era también de latón, ennegrecido por el tiempo y el uso. Sobre la puerta
estaba pintado el número 77 en color blanco, una cifra sobre la otra.
—¿Está seguro de que es la dirección correcta?
—pregunté, mirando cómo las luces traseras de nuestro taxi desaparecían al
final de la oscura calle.
—Sí, aquí es —afirmó Nettles, sin demasiada
seguridad según me pareció. Llamó con los nudillos a la puerta y esperamos.
—Me parece que no hay nadie, profesor —comenté—.
Será mejor que vayamos a otro lugar.
—No sea tan impaciente. Relájese —me sugirió el
profesor—. Le gustará el sitio, Lewis. Necesita algo así.
Volvió a llamar a la puerta, esta vez con la palma
de la mano. En algún lugar maulló un gato mientras se lanzaba contra el ratón
rabilargo que iba a servirle de cena. Oí el chirrido de neumáticos en el
cercano paso elevado mientras los monstruos se precipitaban hacia el puente
Forth a toda velocidad. Seguimos esperando. El frío arreciaba. Tendríamos que
hacer algo pronto, de
otro modo nos quedaríamos dormidos y nos
congelaríamos hasta morir frente a la puerta de un almacén. Estaba a punto de
proponer que nos marcháramos cuando oí un débil chirrido al otro lado de la
puerta.
La puerta se abrió con estrépito. Un brillante ojo
oscuro nos contempló un instante, y enseguida un gigante con barba se precipitó
hacia nosotros gritando:
—¡Profesor!
Retrocedí unos pasos adelantando las manos para
protegerme. Pero el pobre del profesor fue levantado en vilo por el hombretón y
aplastado en un fuerte abrazo. Nettles gritó algo, el gigante también. Luego
procedió a besar al profesor en ambas mejillas. «¿Dónde está la policía cuando
se la necesita?», pensé.
El gigantón soltó a Nettles, que, ante mi asombro,
no había sufrido daño alguno. El profesor me miró y, alisándose el abrigo, me
sonrió.
—Acérquese, Lewis. Le presentaré a nuestro huésped.
Me acerqué con cautela. El gigante se golpeó el
pecho y dijo:
—Me llamo Deimos. ¿Cómo está usted? —Y seguidamente
me tendió su manaza.
—Encantado de conocerlo, Deimos —contesté,
contemplando horrorizado cómo mi mano desaparecía bajo su puño.
Deimos medía algo más de dos metros y era robusto
como un tractor Volvo. Una barba espesa, negra, despeinada y rizada le cubría
la parte inferior del rostro y todo el cuello. Vestía una bata de granjero
pasada de moda y una camisa de franela cuyos dos botones superiores jamás
habían sido abrochados. Los cabellos, también negros, conformaban una espesa
melena que llevaba recogida en una gruesa cola de caballo en la nuca. Sus ojos
eran risueños y su sonrisa sincera y cálida.
No se contentó con darme la mano. Me agarró y me
abrazó como si fuera un hijo perdido desde el instante mismo de nacer. Sentí
que mis omóplatos eran apretados y comprimidos bajo aquellos porrazos de
bienvenida. Por lo menos no me besó como al profesor, así que pude considerarme
afortunado por haber escapado con contusiones leves.
Nettles y el gigantón se pusieron a charlar en algo
que parecía una lengua
extranjera y fuimos empujados —casi arrojados— al
interior por los enormes brazos de Deimos.
El interior del edificio hacía perfecto juego con
su gigantesco ocupante. Era un almacén vacío, oscuro, casi sin muebles y diría
que sin calefacción. De hecho no estaba dotado de comodidad alguna. Deimos
cogió una vela de una mesa junto a la puerta y nos condujo a través de un
estrecho corredor cubierto con una alfombra floreada. Escruté en la distancia y
a la luz de la vela vislumbré un curioso montón de trastos arramblados en medio
de un espacio vacío.
Al acercarnos, aquel amasijo de chatarra resultó
ser una mesa larga con bancos a los lados y dos mesas más pequeñas con sillas
alrededor. Tras éstas se alzaba una alfombra persa colgada como un tapiz de un
bastidor torcido. La alfombra servía de pared, y algunos agujereados biombos de
madera servían de tabiques. Un gigantesco cuadro de la rebelión jacobita pendía
del techo sostenido por unos alambres. Una cabeza de alce adornaba uno de los
tabiques, y una imitación de un escudo medieval hecha de latón pintado adornaba
otro. Cerca había un piano en bastante buen estado, sobre el cual reposaba en
un lugar destacado el retrato de la reina.
Había flores por doquier. Flores en cestas, flores
en hornacinas, flores en vasijas, en jarros, en macetas, fuentes de flores,
cascadas de flores en todos los lugares aprovechables. En medio de las flores
alcancé a ver personas comiendo; en la mesa larga había cuatro. Nos miraban
cautelosamente y murmuraban en apagados tonos mientras Deimos nos acomodaba.
Nuestro gigantesco huésped nos condujo a un extremo
de la mesa larga, a unos diez metros de los otros comensales.
—Les reservé este lugar —dijo como si hubiese
guardado los mejores asientos de la casa para nosotros—. Hagan el favor de
sentarse.
Su voz resonó como la de un dios olímpico en el
espacio vacío. Me dejé caer en un banco a un lado de la mesa, Nettles se sentó
frente a mí y Deimos colocó entre los dos un jarrón de flores. Luego
desapareció murmurando algo.
—Es un lugar fascinante —comentó Nettles apartando
el jarrón—. Es único.
—Sí —asentí mirando en torno—. Mucho ambiente.
¿Cómo dio con él?
—Me trajo un amigo. No se puede venir solo. Hay que
ser iniciado, podríamos decir —repuso con una misteriosa sonrisa.
Deimos apareció en el círculo de luz con un jarro
de loza y dos vasos transparentes. Puso los vasos en la mesa y los llenó de un
líquido espumoso y rojo. ¿Sería vino? Sorbí un poco y comprobé que en efecto lo
era.
El profesor Nettleton alzó su vaso.
—Slàinte! —exclamó.
—¡Salud! —respondí yo.
No soy un experto en vinos, pero sí puedo decir que
aquél era afrutado y olía agradablemente a cinamomo. El color vivo del brebaje
me tiñó la lengua mientras su calor me reconfortaba las entrañas.
—No está mal —concedí—. ¿Dónde está la carta?
—Deimos nos servirá lo que le parezca; seguro que
nos gustará —explicó Nettles—. Depende de lo que haya encontrado hoy en el
mercado.
Como en respuesta al comentario del profesor,
nuestro camarero-ballenato apareció con dos enormes boles de latón. Uno
contenía una papilla verdosa aderezada con pimentón y aceite; en el otro había
algo cubierto con una servilleta.
—¡Bulakki! —anunció, y volvió a desaparecer.
Nettles retiró la servilleta descubriendo una pila
de tortas de pan calientes. Cogió una, cortó un trozo y me dio el resto. El
profesor metió el pan en la oleosa papilla, rebañó una respetable cantidad de
salsa, se lo llevó a la boca, cerró los ojos y masticó.
—Manjar de dioses —dijo, arrebatado—. Pruébelo y
verá, Lewis.
Rebañé un poco de salsa con una esquinita de pan y
me la llevé a la boca; tenía un sabor muy agradable. Por lo menos no pasaríamos
hambre. El pan estaba muy bueno; era ligero y sustancioso, y su elástica
textura parecía sugerir que unas muchachas lo habían amasado cuidadosamente
entre infatigables cantos.
Partíamos el pan, lo mojábamos en la salsa y nos lo
comíamos, bebiendo vino de vez en cuando. Cuando el fondo del bol comenzó a
asomar por debajo del bulakki, me sentí decepcionado. Pero Deimos reapareció en
el momento
oportuno con una bandeja de ensalada.
Supuse que era ensalada, pero podría haber sido un
arreglo floral más.
—¿Es para comer o para admirar?
—Para ambas cosas —respondió Nettles, cogiendo un
puñado de aceitunas maceradas—. No puede imaginar cuánto he echado de menos
este lugar. Hacía muchos años que no venía. Tenía ganas de volver.
El profesor empezó a comer con verdadera ansia.
Celebraba con «¡ah!» las aceitunas y con «¡oh!» los corazones de alcachofa. Los
aspavientos que hizo ante las remolachas adobadas y el salvado fueron
exageradísimos.
Nettles lo estaba pasando en grande, y yo me reía
sin cesar al verlo. O quizás era el vino. Pero era igual: estábamos disfrutando
de verdad. Hacía tiempo que no me reía tanto, muchísimo tiempo.
En medio de tanta hilaridad, Deimos apareció una
vez más con dos pesadas bandejas de latón, una en cada mano. Las puso ante
nosotros con un auténtico gesto de orgullo.
—¡Coman, amigos! —nos instó—. ¡Coman y disfruten!
¡Diviértanse!
En la bandeja de la carne había pollo, me parece. Y
pato, tal vez; cerdo y, desde luego, cabra. No sé cómo sabe la cabra asada,
pero creo que era cabra. O cordero. ¡Y además pájaros! Pájaros cocinados
enteros, con sus patitas y sus picos. Había otras carnes, pero no sé de qué
clase. Entre las variadas raciones de carne había cuencos de salsas y
condimentos: condimentos cremosos y de sabor dulce, salsas flameantes que
chamuscaban los pelos de la nariz, pociones de yerbas astringentes y mezclas
aromáticas de dulce sabor. El proceso de descubrimiento de sabores se convertía
en una auténtica aventura culinaria.
La bandeja de verduras no era menos enigmática.
Había montones de patatas y de arroz; lo cierto es que eran los únicos
ingredientes que me resultaban familiares y aun así habían sido cocidos en un
licor con tantas especias que les confería un sabor totalmente nuevo. En el
centro de la bandeja había unos tubérculos de forma bulbosa cocidos, supongo,
en un néctar, porque eran una de las cosas más dulces que había probado en mi
vida. Había algunos boles con brebajes que parecían y sabían a curry, pero estaban
adobados y condimentados de distintas maneras, todas muy sabrosas.
Comimos, charlamos y bebimos, llenando el vasto y
oscuro refugio del almacén con nuestra alegría y camaradería. La comida
resultaba más jovial, más alegre, más despreocupada, más amistosa, porque no
había ni platos ni cubiertos. Comíamos de las bandejas con las manos,
chupándonos los dedos como colegiales maleducados. El profesor Nettleton me
enseñó qué mano debía usar, cómo tenía que poner los dedos, y me convertí,
aunque sólo por una noche, en un verdadero sultán de exóticos modales.
Al final, y demasiado pronto, Deimos apareció para
limpiar la mesa, con una bandeja de dulces de almendra y un bol enorme lleno de
naranjas. También trajo una vasija con un líquido espeso y negro que dijo que
era café. Pelamos las naranjas y tomamos café en unas tacitas de porcelana no
mayores que un dedal. Como por encanto, sentí que se me despejaban los efluvios
del alcohol barridos por el fuerte efecto del café.
Miré al otro extremo de la mesa y vi que los otros
comensales habían desaparecido. No recordaba haberlos visto marchar. Pero lo
cierto es que estábamos solos en aquella mesa enorme. Cuando Deimos compareció
a llenar de nuevo la vasija del café, el profesor le rogó que se sentara con
nosotros. Acercó una silla, cogió una minúscula tacita entre sus enormes
dedazos y sorbió delicadamente.
—Deimos —dijo Nettles—, tu comida es como siempre
digna de reyes, de dioses. No me acuerdo de haber comido jamás tan bien.
—Estaba buenísimo todo —añadí saboreando un
pedacito de naranja que me había quedado en la boca—. Quizá no vuelva a comer
nada semejante nunca más. Fue magnífico. Y estas naranjas son deliciosas.
Deimos, satisfecho de tanto agasajo, brindó a
nuestra salud alzando la diminuta tacita de café.
—¡Por la amistad! La vida pertenece a los que aman,
y donde reina el amor el hombre es un verdadero rey.
Un brindis extraño, pero a mí se me antojó muy
adecuado. Luego el profesor y él rememoraron viejos tiempos; su amistad venía
de muy lejos. Cuando hubieron cumplido con el ritual, nuestro huésped preguntó:
—¿Por qué has venido a verme esta noche?
—Hemos emprendido un viaje, Deimos. Necesitábamos
alimento para
nuestros cuerpos y para nuestras almas —respondió
alegremente Nettleton—.
Nos has proporcionado ambos.
Deimos asintió gravemente, como si fuera un experto
en las necesidades de los viajeros y sus almas.
—Me siento muy feliz de poder serviros —declaró con
voz solemne y grave.
Así terminó aquella extraña y magnífica velada. Nos
levantamos y nos despedimos de nuestro huésped, que nos condujo hasta la puerta
con una vela. Deimos nos abrió la puerta y, cuando pasábamos por delante de él,
nos puso la mano sobre la cabeza y nos bendijo.
—Que Dios os acompañe en vuestro viaje, amigos. Que
miles de ángeles os precedan; que miles nieguen por vuestro pronto regreso.
¡Paz! ¡Buenas noches!
Al encontrarnos en medio de la oscuridad de la
noche, nos apretamos junto a la bombilla de la puerta antes de decidirnos a
salir para coger un taxi. Cuando nos disponíamos a alejarnos, la gastada puerta
se abrió otra vez. Deimos sacó la cabeza justo por debajo del dintel y nos
tendió una bolsa de papel.
—Por favor, acéptela —me dijo—. Es para usted.
Cogí la bolsa y la abrí.
—Gracias —me limité a decir—. Muchas gracias.
Nuestro afable gigantón inclinó la cabeza y
desapareció.
—Naranjas. —Metí la mano en la bolsa y le mostré a
Nettles una de las relucientes frutas—. Me ha regalado naranjas —añadí un poco
avergonzado ante la singular largueza de aquel hombre.
»¡Qué lugar tan extraordinario! —comenté,
poniéndome la bolsa bajo el brazo y apresurándome a caminar junto a Nettles—.
Me trajo usted a propósito, ¿verdad?
—Juzgué que estaba necesitando usted una noche de
diversión.
—No me refería a eso —dije—. ¿Para qué me trajo?
—Alimento, Lewis.
—Comida para el viaje, ¿no?
El profesor se limitó a sonreír y siguió caminando,
como murmurando para sí. Yo lo seguí, demasiado harto y demasiado dormido como
para hacer otra cosa que dejarme conducir por mis pies. Mientras caminábamos
por una calle oscura como boca de lobo, alcé la mirada al cielo y vi una lluvia
de estrellas que resaltaban esplendorosas en la atmósfera límpida y fría. Casi
me quedé sin aliento. ¿Cuándo había visto un cielo tan brillante y vivo?
11
LA TRAVESÍA
Llegar
hasta la granja
Carnwood
resultó largo y pesado, pero no dificultoso.
Afortunadamente había un servicio regular de trenes entre Edimburgo e Inverness
y entre ésta y Nairn, y después un autobús desde Nairn hasta Mills de Airdrie.
Desde allí iríamos a pie hasta el cairn. Eran más de las cuatro de la tarde, y
casi de noche, cuando llegamos a Nairn, en el estuario de Moray.
Pasamos la noche en una posada con vistas a la
bahía. Después de tomar un sabroso desayuno, consistente en arenques, cereales,
huevos fritos, tortas de avena y café, servido por una gordísima y obsequiosa
patrona, nos dirigimos a la parada del autobús en la plaza del pueblo. A las
once y diez apareció un autobús de color marrón; subimos y emprendimos viaje
hacia Mills de Airdrie. El conductor nos indicó que bajáramos en el camino de
la granja Carnwood; así lo hicimos y aguardamos junto al vetusto indicador a
que el autobús se alejara.
Atravesamos las bien cuidadas tierras de la granja,
cubiertas ya por una delgada capa de nieve. Hacía frío, el cielo estaba nublado
y soplaba un cortante viento del norte. Era un día para quedarse en casita
junto a la chimenea. Hablamos muy poco. El profesor parecía enfrascado en sus
cavilaciones, y yo no deseaba molestarlo.
Pero el silencio me acobardaba. Parecía como si
estuviéramos metiéndonos furtivamente en tierras prohibidas. Bajo la espesa
niebla escocesa todo adquiría un aire melancólico y sobrenatural, y a cada paso
que dábamos el paisaje adquiría un aspecto más extraño.
El camino empezó a descender; bajamos al vallecito
y enseguida llegamos al puente de piedra que cruza el río Findhorn y nos
internamos en el bosque de Darnaway. El bosque estaba silencioso, y los árboles
parecían sumidos en un letargo invernal.
La granja de Carnwood estaba tal como la recordaba.
Las apiñadas
construcciones, los campos de labor, las ruinas de
la torre cubiertas de musgo; todo exactamente igual que antes. Sin embargo,
esta vez parecía que la atmósfera de soledad y abandono que había percibido la
primera vez pesaba aún más sobre el lugar. En aquel plácido y apartado paraje
del mundo, el silencio era casi opresivo; una fuerza casi física se aferraba a
la tierra y sofocaba cualquier sonido. Habría jurado que los Grant no estaban
en la casa sin necesidad de acercarme.
Pero Nettles insistió en llamar a la puerta, por si
acaso. Nadie respondió; Robert y Morag habían salido. Así que continuamos hacia
el cairn siguiendo el camino lleno de baches que atravesaba las colinas. Como
la otra vez, no topamos con nadie hasta llegar a la cancilla que cerraba el
paso al campo de labor y a la cañada donde se alzaba el cairn. Allí, en el
mismo lugar donde Simon había dejado su coche, había una camioneta gris con las
iniciales S. A. M. y una especie de logotipo pintado en un lado.
El profesor se detuvo en seco al ver la camioneta.
—¿Qué ocurre? ¿Pasa algo? —pregunté.
Nettles se dio la vuelta y miró hacia la cañada, al
otro lado del campo de labor.
—¿El cairn está ahí abajo?
—Sí —contesté—. Ahí mismo…, donde se ven las copas
de esos árboles —añadí señalando unos árboles cuyas copas se alzaban sobre la
ladera de la colina—. ¿Quiere que…?
—¡Escuche! —exclamó Nettles.
—¿Qué? No oigo nada.
—¡Deprisa! No deben vernos.
—No oigo nada —protesté—. ¿Usted sí?
—¡Deprisa!
Nettles echó a correr hacia un pequeño soto que se
alzaba sobre el camino. Lo seguí de mala gana y me lo encontré a gatas
escrutando la carretera tras un enorme fresno.
Me acuclillé junto a él, agucé el oído unos
momentos y decidí que nos estábamos dejando llevar por el nerviosismo. Estaba a
punto de decírselo
S. A. M.
cuando oí el tenue zumbido del motor de un coche y
el ruido de los neumáticos sobre la gravilla. Me levanté para observar el
camino justo debajo de donde estábamos. El profesor me cogió por la muñeca y
tiró de mí.
—¡Agáchese! No deben verlo.
Me dejé caer junto a él.
—¿Por qué nos escondemos?
El ruido del vehículo se fue haciendo más
perceptible y enseguida lo vi aparecer por un recodo, a menos de quinientos
metros. Era una camioneta con un logotipo pintado en blanco en un lado igual
que el de la que acabábamos de ver aparcada: un dibujo de la tierra circundada
por unos anillos que surgían de ella como si fueran ondas o vibraciones. Bajo
el logotipo figuraban las mismas letras:
—¡Agáchese más! —me ordenó el profesor mientras la
segunda camioneta se detenía donde estaba aparcada la primera.
Dos hombres salieron del vehículo, cruzaron la
cancilla y se internaron en el campo de labor hacia la cañada. Los estuvimos
observando hasta perderlos de vista.
—Bueno, ya se han ido. ¿Y ahora qué? —pregunté.
Nettles sacudió la cabeza con expresión seria.
—Esto no tiene buen cariz.
—¿Por qué? ¿Quiénes son?
—Durante muchos años, diferentes grupos han estado
investigando los secretos de los cairns y de los círculos de piedras, con la
intención de entrar en el Otro Mundo. Los hombres que acabamos de ver
pertenecen a uno de esos grupos, uno de los más peligrosos: la Sociedad de
Arqueólogos Metafísicos.
—Bromea usted. —Me habría echado a reír de buena
gana, de no haber sido por la expresión preocupada del profesor—. ¿Ha dicho
usted arqueólogos metafísicos?
—Son científicos…, bueno, mejor dicho, son hombres
conocedores de los principios científicos y técnicos. He topado con ellos de
vez en cuando en algunos lugares mientras llevaban a cabo sus
«investigaciones». Nada les
gustaría más que saber lo que yo sé, y tengo
razones para creer que nada los detendría con tal de obtener esos datos.
—No habla usted en serio.
—¡Completamente en serio! —exclamó el profesor—.
Tenemos que ir con sumo cuidado. No podemos permitirnos el lujo de cometer
errores a estas alturas. ¿Le apetece un poco de chocolate?
Se llevó la mano al bolsillo, sacó una pastilla de
chocolate con leche, la desenvolvió y me dio un trozo.
—¿Cree usted que están al corriente de lo del
cairn? —inquirí mientras me comía el chocolate.
—Creo que debemos suponer que así es.
—Pero a lo mejor no saben nada. A lo mejor sólo
están echando una ojeada. Sí, seguro que sólo están echando una ojeada —repetí
tratando de convencerme a mí mismo—. De todos modos, deberíamos bajar ahí y
averiguar si han encontrado alguna señal de Simon.
—Tiene usted razón, desde luego.
Nos pusimos en pie y bajamos al camino. Llegamos
junto a las camionetas aparcadas y nos dirigimos a la cancilla; nos disponíamos
a atravesar el campo para bajar a la cañada, cuando a Nettles se le ocurrió una
idea mejor.
—Vayamos dando un rodeo.
—¿Por dónde?
Señaló hacia un punto de la carretera a poca
distancia de donde nos encontrábamos. Vi que en aquel lugar la cañada trazaba
una curva, y el arroyo se perdía entre las colinas.
—Podemos seguir el arroyo.
—Como usted diga. Vamos.
A un kilómetro y medio más o menos, la carretera
descendía hasta alcanzar la cañada. Encontramos un sendero de ganado que
bordeaba el arroyo y lo seguimos en sentido inverso para llegar hasta el cairn.
El sendero se internó de golpe en la espesura del bosque. Estaba tan oscuro y
silencioso
que se me ocurrió que nuestras pisadas debían de
sonar como si un rebaño de búfalos se abriera paso entre los helechos. El
sendero desaparecía entre la vegetación y tuvimos que apartar con las manos las
ramas bajas para evitar que nos sacaran un ojo.
Seguimos abriéndonos paso un trecho; de vez en
cuando nos deteníamos y escuchábamos…, no sé para qué. Sólo se oía el graznido
de cuervos. Primero sonaba débilmente, pero, cada vez que nos deteníamos,
parecía como si hubiese más cuervos y graznaran más fuerte. A juzgar por el
estrépito, debían de estar reuniéndose para pasar la noche en el bosque. Al
cabo de un rato los graznidos y gritos sonaban por doquier, aunque no se veía
pájaro alguno. Continuamos nuestro camino mientras el día se hacía más frío y el
cielo más oscuro.
El cairn de Carnwood se alzaba en medio de la
cañada, con el mismo aspecto anodino de la primera vez que lo había visto: un
montón casi informe de tierra y piedras cubiertas de musgo bajo la tenue luz
del crepúsculo. Sólo le eché una rápida ojeada porque lo que inmediatamente
atrajo mi atención no fue el cairn sino un cuervo: una negra, enorme y alada
amenaza que nos contemplaba con siniestra mirada y el pico abierto desde una
rama baja. Me entraron ganas de coger un palo para defenderme.
Obsesionado por el cuervo, en un primer momento ni
siquiera vi el campamento instalado al otro lado de la cañada. Nettles me dio
un codazo y miré hacia donde señalaba. Vi una enorme tienda de Iona rodeada por
los pertrechos de lo que aparentaba ser una excavación arqueológica: había un
considerable número de estacas clavadas en el suelo con banderitas de plástico,
una cuerda rodeando un espacio excavado limpio de polvo y nieve, y un montón de
picos y palas. Ante la tienda se alzaba un mástil con una bandera azul en la
que campeaba el letrero «Sociedad de Arqueólogos Metafísicos» con el
correspondiente logotipo en blanco.
Dos hombres vestidos con monos de color caqui
trabajaban inclinados junto a la cuerda. Uno estaba sentado en una banqueta con
un pizarrón; el otro, de rodillas rascando algo con una paleta. Se hallaban de
espaldas a nosotros, por cuyo motivo —sumado al misterioso graznido de los
cuervos— no nos habían oído al acercarnos.
—¿Y ahora qué? —pregunté en voz baja.
—Me gustaría examinar el cairn.
Observé a los dos hombres y algo me dijo que no
iban a permitir que ni nosotros ni nadie se acercara al cairn.
—No creo que nos resulte fácil —murmuré.
—Lo sé —asintió Nettles con mirada aguda y
vivaracha—, pero para eso hemos venido.
En esa época del año enseguida oscurece en Escocia.
Aunque todavía era media tarde según el reloj, el sol ya se estaba ocultando
por el oeste. Pronto se nos echaría encima la hora-entre-horas. Un
presentimiento sombrío me embargó al darme cuenta de tal circunstancia. Parecía
como si una maraña de gusanos se debatiese por franquear la boca de mi
estómago.
El profesor dio unos pasos hacia la cañada.
—¿Qué va a hacer? —inquirí con una voz tan áspera
como el graznido de los cuervos que nos rodeaban.
—¡Hola! —saludó Nettles avanzando hacia el claro—.
¡Hola!
Al verlo encaminarse hacia los dos hombres, me armé
de todo mi valor y lo seguí.
—¡Hola! —repitió agitando los brazos con el típico
saludo de una persona demasiado efusiva.
Los dos hombres volvieron a un tiempo la cabeza y
miraron hacia el lugar de donde procedía el saludo perturbador. Pese a las
maneras amables de Nettles, ninguno de los dos sonrió; sus rostros
permanecieron inexpresivos, más bien hostiles.
Nettles y yo llegamos a un tiempo al lugar de la
excavación. El hombre del pizarrón se levantó. Abrió la boca para decir algo,
pero el profesor no le dio tiempo a articular palabra.
—¡Oh, es magnífico! —exclamó—. No esperaba
encontrar a nadie, dado lo avanzado del año.
El hombre volvió a abrir la boca para hablar, pero
el profesor tampoco lo dejó ni empezar.
—Permítanme que me presente —dijo—. Soy el doctor
Nettleton y éste es mi colega, el señor Gillies —añadió poniéndome la mano en
el hombro.
—¿Cómo están ustedes? —saludé.
—Precisamente le estaba diciendo a mi amigo que
esperaba no llegar demasiado tarde —continuó diciendo Nettles—. Pero ya veo que
sí. Sin embargo, creo que hemos llegado justo a tiempo. Parece como si
estuvieran a punto de recoger y…
—¿Qué es lo que quieren? —preguntó con brusquedad
el hombre del pizarrón.
Los cuervos graznaban atrozmente en las copas de
los árboles, moviéndose entre las ramas como harapos arrastrados por el viento.
—¿Qué queremos? —replicó el profesor pasando por
alto la rudeza del sujeto—. Pues hemos venido a ver este lugar, desde luego.
—Está cerrado al público —afirmó el hombre—. Van a
tener que marcharse.
—¿Cerrado al público? Me parece que no le he
comprendido bien —dijo Nettles fingiendo confusión.
—Es una excavación privada —repuso el sujeto—. No
se permite la entrada al público.
—¡El público! —repitió alegremente Nettles—. Le
aseguro, buen hombre, que nosotros no somos simplemente público.
—Tenemos un interés muy especial por este lugar
—añadí, sintiendo que empezaba a sudar copiosamente.
—Quizá no lo hayan entendido bien —intervino el
otro sujeto poniéndose lentamente en pie y señalándonos con la paleta—. Es una
excavación privada. No tienen permiso para estar aquí; van a tener que irse.
—Pero si hemos venido desde muy lejos… —protestó el
profesor.
—Lo siento muchísimo —dijo el que había hablado
primero, con un aire tan compungido como un saco de serpientes—. Será mejor que
se vayan.
Echó una mirada a su compañero, que arrojó la
paleta al suelo y dio un paso hacia nosotros.
En ese preciso instante una cabeza asomó por la
tienda.
—¡Hola! —exclamó.
Los cuatro nos volvimos hacia la voz; de la tienda
salió un hombre alto de aspecto distinguido, con una cuidada barba gris. A
diferencia de los otros dos, llevaba un chaquetón largo y oscuro y botas de
goma.
—Andrew —dijo avanzando con rapidez entre
herramientas y cascotes—, ¿por qué no me has dicho que teníamos visita?
Luego se dirigió a Nettles y a mí.
—Soy Nevil Weston —se presentó—, director del
proyecto. ¿Cómo están?
—Encantado de conocerlo, señor Weston —contestó el
profesor logrando disimular el ligero enfado que le había producido el hecho de
que hubiesen querido expulsarnos de allí—. Yo soy el doctor Nettleton y éste es
mi colega, el señor Gillies. No queremos causarle la menor molestia, pero, como
le estaba diciendo a sus amigos, hemos viajado desde muy lejos para ver este
lugar. Tenemos un interés muy especial en la historia de esta comarca.
—Comprendo —repuso Weston haciendo una seña a sus
hombres—. Gracias, Andrew; gracias, Edward. Yo me haré cargo de esto. —Nos
dirigió una sonrisa que distaba mucho de ser sincera y añadió—. Como este
proyecto está patrocinado por una institución privada, no permitimos visitantes
sin permiso de instancias superiores. Lo siento, pero son normas de la
dirección. No dependen de mí.
Mientras hablaba, se colocó entre el profesor y yo,
nos hizo dar la vuelta e intentó alejarnos con toda delicadeza del cairn. Sus
maneras eran exquisitas, pero Nettles no se dejó disuadir y no se movió del
sitio.
—Créame, ya sé cómo son estas cosas —aseguró
volviéndose otra vez hacia el cairn—, pero, como le he dicho, hemos venido
desde Oxford para verlo.
—Sí —asintió Weston con aire comprensivo—. Estoy
seguro de que podremos arreglarlo. Quizá sea mejor que vuelvan mañana. Ahora se
está haciendo tarde, y por la noche se cierra la excavación.
Nettles avanzó hacia el cairn y extendió hacia allí
la mano como implorando auxilio.
—No puede ser —insistió—. Mañana tenemos otras
cosas que hacer. No teníamos forma de saber que habría gente aquí excavando,
compréndalo.
—Lo siento —respondió Weston con firmeza y
sonriendo de nuevo, aunque era evidente que comenzaba a perder los estribos.
—Tiene razón este señor, profesor; se está haciendo
de noche —intervine
—. Será mejor que nos marchemos.
Nettles exhaló un profundo suspiro y se encogió de
hombros. —Sí, supongo que sí —dijo sin hacer el menor movimiento.
—¿Le importaría que diésemos una rápida ojeada al
cairn antes de marcharnos? —pregunté dirigiéndome a Weston e intentando que mi
pregunta tuviera un aire tan inocente que le resultara imposible negarse—. No
nos llevaría ni un minuto. Ésta noche nos espera un largo viaje. No tardaremos
nada y significaría muchísimo para nosotros.
Me pareció que Weston iba a negarnos también esto.
Quienesquiera que fuesen aquellos arqueólogos metafísicos, eran indudablemente
tozudos, misteriosos y hostiles; lo cual no auguraba nada bueno. Antes de que
Weston pudiera responder con una negativa, jugué mi última carta.
—Así —expliqué a Nettles pero con la intención de
que me oyera Weston —, no tendríamos que molestar a Robert y a Morag con toda
esta historia.
Gracias a Dios, Nettles era muy despabilado.
—Sí —se apresuró a asentir—. Estoy seguro de que
los Grant preferirían mantenerse al margen de todas estas insignificancias. El
señor Grant es un hombre muy ocupado. No me gustaría molestarlo a no ser que
fuera imprescindible.
Me di cuenta perfectamente de que Weston estaba
sopesando las consecuencias que le acarrearía una negativa. Pareció dudar y yo
insistí:
—Sólo daremos una vuelta rapidita y nos
marcharemos. ¿Qué contesta?
—Muy bien —asintió—. No debería permitirlo. Pero,
puesto que son huéspedes de los Grant… Lo cierto es que a mí tampoco me
agradaría molestarlos.
—No podríamos estar más de acuerdo —se apresuró a
apostillar el profesor—. Vamos, Lewis, daremos una vuelta al cairn antes de
marcharnos.
Nos dirigimos a toda prisa hacia el cairn. Mientras
nos acercábamos, un tremendo aleteo se desencadenó entre los árboles. Alcé los
ojos y vi
docenas…, veintenas…, centenares de cuervos que
revoloteaban desde las ramas más altas para posarse en las más bajas. Sus
siluetas negras recortadas en el color gris plomo del cielo me produjeron una
extraña sensación. Mientras saltaban de rama en rama, los pájaros levantaban
una algarabía atroz, lanzando al aire amenazadores graznidos.
Al llegar al cairn, Nettles se acercó a mí y me
susurró:
—No les haga caso.
No pude discernir si se refería a los pájaros o a
los hombres. Comenzamos a dar la vuelta al cairn entre matojos y arbustos.
Weston, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión adusta en la
cara, no nos perdía de vista. Tan pronto como nos encontramos fuera del alcance
de su vista, Nettles me preguntó:
—¿Qué me dijo que le había dejado a Simon?
—Una tarjeta de crédito —respondí—. La tarjeta del
Barclays. La metí en una grieta de la entrada.
—Tenemos que recuperarla —dijo—. No sería
conveniente que la encontraran ellos.
Acabamos de dar la vuelta al cairn y divisamos de
nuevo la tienda y la excavación. Los dos hombres seguían en el mismo sitio; no
nos perdían de vista mientras completábamos la vuelta. Weston seguía también
donde lo habíamos dejado, esperando a que acabáramos nuestro circuito. Mientras
nos acercábamos a él, Nettles dijo en voz alta:
—Como ve, Lewis, es un cairn semejante en todo a
los de su época. La piedra está desprovista de adorno o trabajo alguno.
Seguramente proviene de la cañada… Utilizaban la que tenían más a mano.
Saludamos con un movimiento de cabeza al ceñudo
Weston y continuamos nuestra inspección entre el desagradable coro de
graznidos. Aquélla algarabía ensordecía mis oídos. Alcé la vista hacia los
árboles que nos circundaban y poco faltó para que me cayera de espaldas: todas
las ramas y ramitas de los árboles de la cañada estaban atestadas de las
siluetas negras de los amenazadores cuervos. Se me heló la sangre en las venas
al ver tantos pájaros. ¡Miles de cuervos revoloteando, aleteando, saltando de
rama en rama! Todos los árboles estaban plagados de encolerizados pajarracos.
—¿Por qué tantos cuervos? —inquirí.
—Son los guardianes del umbral —contestó el
profesor.
—Creí entenderle que el guardián era el hombre de
los perros.
—¡Oh! Hay muchos guardianes. Están ahí para
acobardar a los indignos. Si no se les hace caso, se puede pasar sin sufrir
daño alguno, pero, si se da muestras de que se los teme, pueden hacernos
pedazos —me explicó Nettles sin dejar de escrutar el cairn—. Bueno, ¿dónde está
la entrada? No la he visto, ¿y usted?
—No… pero seguro que hemos pasado por delante de
ella. Es raro…
Continuamos dando la vuelta y divisamos otra vez el
campamento. Los dos hombres se habían reunido con Weston y los tres estaban
haciendo comentarios mientras nos observaban. Nettles simuló mostrarme algo
moviendo la mano con energía.
—No los mire —me susurró—. No he visto la entrada
de la que me habló.
—Yo tampoco. Pero había una. Lo juro.
—La buscaremos otra vez.
Emprendimos la tercera vuelta al cairn. Los cuervos
aleteaban y graznaban levantando un alboroto atroz. Una veintena revoloteaba en
torno al cairn oscureciendo el cielo con el batir de las alas. Yo alcé temeroso
la mirada mientras nos apresurábamos a completar el circuito. Por eso, tampoco
esa vez di con la entrada. ¡Qué raro!
—¡Tiene que estar! —insistí—. ¡Simon entró…, yo
entré!
Llegamos otra vez frente a los tres hombres.
—Bueno, ya es suficiente —dijo Weston.
Como no dimos la menor señal de aflojar el paso,
nos gritó:
—¡Eh! Creo que ya está bien. ¡Vuelvan aquí
enseguida! ¡Deténganse!
—Siga buscando —me ordenó Nettles—. Los entretendré
todo lo que pueda.
Me acompañó unos pasos y luego sentí que me ponía
la mano en el brazo.
—¡Buena suerte, Lewis!
Se detuvo. Miré por encima del hombro y vi que
Weston iba al encuentro del profesor. Nettles alzó la mano a modo de saludo y
luego se volvió hacia Weston. Yo seguí dando la vuelta al cairn y los perdí de
vista.
Me incliné sobre el escabroso terreno y busqué
afanosamente la entrada que por alguna razón nos había pasado inadvertida en
las dos primeras vueltas. El graznido de los cuervos me ensordecía. Centenares
de pajarracos abandonaron las desnudas ramas de los árboles y volaron hacia el
cielo. ¡Los cuervos! ¡Claro! Los cuervos intentaban distraerme y me impedían
así encontrar la abertura.
Resbalando entre los yerbajos que crecían al pie
del cairn, escruté el barrizal buscando con desesperación el agujero por el que
Simon había desaparecido. Espantosos graznidos atronaban el cielo. Sí me
acercaba más al cairn, seguramente los cuervos me atacarían. Se precipitarían
sobre mí, me sacarían los ojos y me harían trizas con sus afilados picos.
Volví a pasar otra vez frente al campamento. Vi que
Weston y sus compinches se habían reunido con el profesor Nettleton. El tal
Andrew había cogido a Nettles del brazo e intentaba obligarlo a marcharse.
Nettles movía las manos con energía y levantaba
airado la voz haciendo todo lo posible por entretenerlos. Yo bajé la cabeza y
seguí mi búsqueda.
Cuando ya me alejaba otra vez, iniciando otra
vuelta, Weston me vio. Pero yo me agaché para seguir escrutando la base del
cairn.
—¡Detenedlo! —gritó Weston en un tono que sonó como
un pistoletazo.
Andrew soltó el brazo del profesor y él y su
compañero se lanzaron contra
mí.
Yo eché a correr con la única idea de poner el
cairn entre mis perseguidores y yo. Pero el terreno era muy irregular y tropecé
con una piedra. Caí de narices. Al momento, los cuervos se precipitaron hacia
mí, lanzándose desde el cielo como si fueran bombas de color negro; movían con
rapidez vertiginosa las alas y abrían desmesuradamente los picos, cortantes
como tijeras. Me puse las manos sobre la cabeza para protegerme el rostro y me
arrastré por los yerbajos intentando ponerme en pie.
«No les haga caso», me había dicho Nettles.
Haciendo un tremendo esfuerzo de voluntad, bajé las manos y me puse en pie. Los
enormes y
encolerizados pajarracos graznaban atrozmente,
mientras iban y venían con vuelo rasante y amenazador. Pero yo procuré no mirar
el cielo y centré toda mi atención en el muro del cairn. Seguía oyendo los
graznidos y el aleteo enloquecido, pero no me rozó ni una pluma.
«¡Bendito seas, Nettles! —pensé—. ¡Tenías razón!».
Apenas esta idea había surgido en mi mente, cuando
oí cerca un sonido chirriante…, el sonido de una piedra rozando con otra. No
tuve ni tiempo de preguntarme qué debía de ser, pues al fijar la vista en el
cairn, justo delante de mí, vi la entrada. No sé cómo podía haberme pasado
inadvertida antes, pero ahí estaba: una estrecha fisura en la base del cairn,
más angosta de lo que recordaba y medio escondida tras un escuchimizado
matorral.
Sin pensarlo dos veces ni mirar atrás, me dejé caer
junto al agujero y arranqué el matorral con las manos. ¡Allí estaba! Enseguida
vi el destello del plástico azul; la tarjeta del Barclays estaba donde la había
dejado. Metí la mano para cogerla. La tenebrosa entrada del cairn se abría ante
mí; oí rápidas pisadas… y luego maldiciones, cuando los cuervos se precipitaron
sobre mis perseguidores. Olfateé el olor a moho del interior del cairn. Tragué
saliva y me arrastré hacia la entrada; al penetrar en las tinieblas del cairn
me di un golpe en la cabeza y vi las estrellas. Cerré los ojos para dominar el
dolor mientras me apoyaba en el muro de piedra y me frotaba el chichón que de
pronto me había aparecido en la sien.
Cuando abrí los ojos ya no estaba en el mundo que
conocía.
12
EL PARAÍSO
Toda una parte del muro interior del
cairn parecía haberse derrumbado y se divisaba la
ladera de la colina. Lo primero que se me ocurrió fue salir huyendo
precipitadamente por allí antes de que me cogieran aquellas bestias
metafísicas.
Me puse en pie sosteniéndome la cabeza con las
manos y me dirigí dando tumbos hacia el muro derruido. No había dado ni un paso
cuando oí detrás de mí un atronador estruendo. Debían de ser mis perseguidores.
Miré temeroso por encima del hombro y vi que el muro que había detrás
retrocedía de una forma inexplicable…, como si yo me estuviera alejando de él
por un pasillo largo y estrecho. Sentí una extraña ráfaga de aire, un remolino
tumultuoso, una ola que crecía más y más. En aquel preciso instante, la verde ladera
que se extendía ante mí se oscureció y desapareció.
Me detuve. Me costó recobrar la calma. Sentía
palpitaciones en la cabeza, como si me estuvieran golpeando rítmicamente con un
ladrillo. A cada golpe veía brillantes lucecitas y lunares rojos. Inspiré
profundamente aire y, con sumo cuidado, puse un pie ante el otro. El viento me
agitaba la ropa. Con un miedo sobrecogedor me di cuenta de que, de forma
misteriosa, había dado aquel primer paso sobre un puente estrechísimo que se
alzaba sobre un vasto e invisible abismo.
El puente bajo mis pies era tan delgado como el
filo de una espada. Hasta podía notar el cortante acero a través de las suelas
de mis zapatos. Me balanceé peligrosamente procurando guardar el equilibrio. Un
paso en falso y me precipitaría en las desconocidas profundidades desde las que
se elevaban ecos de fuerzas que se movían y entrechocaban como vagones de
mercancías vacíos de un tren larguísimo que atraviesa la noche. Sin embargo,
pese a que todos mis nervios y tendones me gritaban «¡Insensato!», me obligué a
mí mismo a dar otro paso, sabiendo en lo más profundo de mi alma que podía ser
el último.
Me tambaleé hacia delante. De pronto, la
enloquecedora ráfaga de aire
cesó, y todo quedó inmóvil. Pero enseguida me di
cuenta de que no podía respirar.
No había aire. Resoplé y jadeé, pero mis pulmones
no inspiraron. Mi boca exhaló un gañido de sorpresa, pero ningún sonido
atravesó el vacío. Tembloroso, aturdido y mareado, guardé el equilibrio sobre
el estrechísimo puente. Oscilé peligrosamente pero no me caí.
Logré avanzar tres centímetros, luego tres más.
Sólo el filo de la espada bajo mis pies parecía real. No veía nada en torno. La
oscuridad reinaba por doquier…, una oscuridad hiriente, un silencio punzante. Y
entonces se levantó un espantoso viento galerado que no parecía soplar de
ninguna parte y que me vapuleaba y aplastaba. Sentía como si me arrancaran la
piel de la cara poco a poco, como si me desgarraran la ropa, como si me
separaran la piel de los huesos.
No sé cómo tuve el valor suficiente para dar otro
paso al frente y al instante lamenté haberlo hecho. Me falló bajo el pie el
estrechísimo punto de apoyo y por un brevísimo y sobrecogedor instante sentí
que todo mi cuerpo se disponía a echar a volar: los brazos extendidos, la
cabeza erguida, las piernas dobladas y flojas…
Caí.
Pero, en lugar de precipitarme cabeza abajo en el
insondable vacío noté que mis rodillas chocaban con una superficie sólida y caí
de bruces fuera del cairn, a plena luz del día.
Todavía me costaba trabajo respirar. Yací boca
abajo como una ballena varada, jadeando, boqueando, luchando por recobrar el
aliento. ¡Aire! ¡Aire! En el pecho me pesaban los pulmones, convulsos por el
esfuerzo. Perdí la visión y pensé: «Todo ha terminado… Me estoy muriendo».
Me incorporé sobre un codo y rodé hasta quedarme
echado de espaldas. El esfuerzo desencadenó algo en mi interior y noté que los
pulmones se henchían de aire, un aire áspero y duro; me quemaba como si fuera
fuego, pero no podía dejar de inhalarlo en ahogados jadeos. Me puse de costado,
dolorido, medio ahogado, con los miembros temblorosos, los ojos llorosos y los
dedos hormigueantes. El corazón me latía aceleradamente y la cabeza me
palpitaba con ritmo vertiginoso.
Pese a todo lo que me había sucedido en los últimos
momentos, juro que
mi primer pensamiento consciente, lo primero que se
me vino a la mente fue: no lo he logrado. Pensé que el golpe que me había dado
en la cabeza era la causa de todas aquellas extrañas sensaciones. Me había
desorientado en la oscuridad y, dando tumbos, había vuelto a salir a través de
la abertura por la que había entrado. Los árboles, la ladera, el cielo
crepuscular; todo estaba como antes.
Había fracasado. Y ahora los gorilas de la S. A. M.
me cogerían y me echarían. Tal pensamiento me hizo levantar la cabeza y mirar a
diestro y siniestro. No había nadie. Quizás aún estaba a tiempo de escapar. Me
puse en pie con dificultad, me tambaleé y me apoyé en el muro para no caer.
Fue en ese momento cuando recibí la sorpresa más
grande. El cairn había desaparecido. En su lugar se levantaba un montículo
enorme cubierto de yerba y coronado por una piedra vertical, con una entrada de
dintel muy bajo justo detrás de mí. Parecía bastante improbable que hubiera
podido salir a rastras por allí, pero no había otra posibilidad.
Me di la vuelta, contemplé el paisaje que me
rodeaba y descubrí más contradicciones. La nieve había desaparecido. Y los
árboles, pese al parecido que guardaban con los del bosque que rodeaba el
cairn, no eran los mismos; eran más altos, más espesos y sus ramas mucho más
gráciles. Todo lo que veía había cambiado de apariencia de una forma sutil.
Incluso el cielo parecía en cierto modo más brillante, aunque era la hora del
ocaso… ¿o quizá la del amanecer?
Como un hombre que sueña, que se da cuenta de que
está soñando, comprendí en ese preciso instante que había cruzado al Otro
Mundo.
«¡Oh, Dios! —pensé—. ¿Y ahora qué?».
Me senté y encogí las rodillas hasta pegarlas al
pecho. Comencé a balancearme hacia atrás y hacia delante largo rato, con los
ojos cerrados, con la esperanza, creo, de que cuando los abriera el cairn
estaría allí de nuevo y podría regresar al lugar que acababa de abandonar. Me
dolía la cabeza. Me ardía la garganta. Me sentía desgraciado, perdido,
completamente solo. Y, mientras permanecía sentado sintiéndome más y más
infeliz, se me ocurrió de pronto que aquella ladera se había quedado muy
silenciosa. No, no se había quedado silenciosa: siempre lo había estado. Y no
simplemente silenciosa; es decir, no sólo callada, como si en ella reinara la
ausencia total de sonido, sino tranquila, en reposo, en paz. Estaba oyendo un
mundo sumergido en una
quietud profunda y natural. Sentado allí, con los
brazos estrechando las rodillas, mi abyecta miseria se convirtió poco a poco en
una tranquilidad que jamás había experimentado en el mundo que acababa de dejar
atrás.
Me rodeaba la serenidad de un mundo que no conocía
ningún artilugio mecánico: ni aviones, ni trenes, ni automóviles; ni motores,
ni máquinas; ni fábricas, ni molinos, ni oficinas, ni industrias; ni teléfonos,
ni radios, ni televisiones; ni satélites, ni cohetes, ni naves espaciales;
ninguna máquina de ninguna clase.
Nunca jamás había experimentado una paz tan
completa y perfecta. En toda mi vida, no había conocido un solo minuto de tan
inmaculada serenidad. Hasta entonces, todos los segundos de todos los días de
mi existencia habían sido acosados y cercados por algún ruido artificial de un
objeto fabricado en serie.
Incluso mientras dormía, siempre había sentido la
incesante marcha de alguna máquina en algún sitio: el tictac del reloj, el
chirrido de un coche en la calle, el distante silbido de un tren o el
subliminal zumbido de un ventilador o de un horno. Hacía muchos años, había
acampado en las montañas Rocosas al sur de Colorado, e incluso en aquella
soledad había oído el ruido de los aviones a reacción encima de mi cabeza.
Pero, en aquel lugar del Otro Mundo, el incesante
telón de fondo de los ruidos que proclaman los frenéticos esfuerzos de los
hombres simplemente no existía. Todo era calma y reposo.
El fenómeno me impresionó como lo más milagroso e
increíble que hasta entonces me hubiera ocurrido. Jamás habría podido imaginar
una paz tan inmensa. Era una serenidad inefable, una tranquilidad que iba más
allá de las palabras, una quietud que escapaba a toda posibilidad de
descripción.
Por un momento, se me ocurrió que me había quedado
sordo, quizá como consecuencia del golpe que me había dado en la cabeza. Agucé
el oído y escuché… No, por fortuna no me había quedado sordo. Oía la brisa que
agitaba las hojas y también el dulce gorjeo de un pájaro.
Me levanté, un poco mareado todavía, y emprendí el
descenso de la colina. El aire, aunque frío, no resultaba desagradable.
Caminaba entre árboles muy altos, pisando una yerba fina y tierna que parecía
una alfombra sin fin. Bajo mis pies brillaba el rocío con el resplandor de las
esmeraldas.
Parecía que era primavera, aunque los árboles aún
no tenían hojas. Me detuve a examinar de cerca las ramas y vi que en ellas
apuntaban algunas yemas; pronto se llenarían de hojas y flores.
Cuando llegué al pie de la colina, el sol se había
levantado un poco más. Y, cuando lo hubo hecho del todo, no pude menos que caer
de rodillas ante el brillo, la intensidad y el esplendor de la luz. Los ojos se
me llenaron de lágrimas y se me ocurrió que podría quedarme ciego. Pasó un rato
hasta que pude volver a ver con claridad; aun así, de vez en cuando tenía que
protegerme los ojos con la mano o simplemente detenerme y cerrarlos para que
descansaran de aquella luz tan deslumbradora.
A la luz del alba, contemplé el paisaje y me quedé
asombrado: la yerba era tan verde que literalmente brillaba. «Verde» es un
adjetivo demasiado gastado como para poder describir lo que veía: un
resplandeciente verdor cristalino cuya pureza rompía el corazón.
El cielo, lo juro, tenía el azul más puro, claro y
translúcido que jamás hubiera visto; un tono que tenía más que ver con los
pavos reales y con el lapislázuli que con la atmósfera. Me quedé unos instantes
contemplando extasiado aquel cielo luminoso, empapándome de aquel sorprendente
azur.
De hecho, todo lo que veía parecía más brillante y
más bello que cualquier cosa que hubiera contemplado en el mundo real. Todo
parecía más nuevo, o quizá más finamente trabajado, de formas más puras y mejor
definidas.
Al pie de la colina, encontré un arroyo. Me
arrodillé, metí una mano en el agua helada y me la llevé a los labios. ¡El agua
tenía un sabor vivo!; era clara, pura y reconfortante. Formé una taza con las
manos y bebí aquel dulce elixir hasta que los dedos se me quedaron entumecidos
de frío.
Me erguí despacio, limpiándome la barbilla con la
manga, y miré en torno. Me encontraba en una cañada rodeada de suaves colinas,
entre las que se contaba «mi colina», con el montículo y la piedra vertical.
Pensé en explorar el terreno y la idea me llenó de excitación. ¡Un mundo nuevo
al alcance de la mano! No pude esperar ni un minuto.
Se me ocurrió seguir el curso del arroyo. No sé por
qué, pero me pareció lo más sensato. A lo mejor me llevaba a algún lado…, hasta
algún pueblo, quizás. ¿Acaso no habría pueblos en el Otro Mundo? No lo sabía.
No sabía nada. Menos que nada.
¡El Otro Mundo! Cada pocos segundos me acordaba de
dónde estaba y tal certeza me sacudía como si un rayo se precipitara sobre el
pararrayos en que se había convertido mi cabeza. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía
ser? Me lo preguntaba una y otra vez. ¿Quién podría haber creído semejante
cosa? ¿Quién la creería? No podía hacerme a la idea y me abandonaba a una
especie de perplejidad aturdidora. De vez en cuando la completa imposibilidad
de mi situación me explotaba en la cara; atónito, daba bandazos de una maravilla
a otra, conmocionado por la absoluta trascendencia de aquel prodigio asombroso.
Verdaderamente era el Paraíso. Una creación
inmaculada, nueva, virgen; un mundo sin mácula, perfecto, limpio, libre del
humano e insaciable apetito de la destrucción. ¡El Paraíso! Deseaba gritar ese
nombre desde las cumbres de las colinas. Nada en mi vida anterior me había
preparado para una experiencia semejante…, para aquella gratificante armonía
entre belleza y paz, para aquel hermoso esplendor, para aquella gloriosa
creación. Como si fuera una marea, el milagro de aquella hermosura me
embargaba, me sumergía, me dejaba sin sentido y sin respiración. ¡El Paraíso!
Pese al estupor y al asombro que sentía, seguí el
curso del arroyo a través de la cañada. Mientras avanzaba, fui haciendo un
inventario mental de lo que veía, un catálogo de milagros. Y enseguida empecé a
compararlo con lo que había aprendido del Otro Mundo en viejas historias y
leyendas leídas durante mis estudios universitarios.
Lo hice de una forma sistemática: animales,
vegetales, minerales; pueblos, lugares, cosas. Con todo detalle construí un
cuadro del Otro Mundo tal como lo describen las tradiciones célticas. No me
atrevo a afirmar que fuera un cuadro demasiado fiel, ni siquiera demasiado
completo. Me limité a aceptar simplemente que había llegado al Otro Mundo
céltico; no se me ocurrió considerar otra posibilidad. Por lo menos el esfuerzo
me sirvió de entretenimiento y me tuvo ocupado un buen rato. Debió de ser así,
porque, cuando me detuve y miré en torno, vi que el arroyo se había ensanchado
y que las aguas eran más fragosas y menos profundas; la cañada se había
convertido en un prado que se extendía entre dos enormes riscos cubiertos de
yerba.
El sol estaba alto. El arroyo cruzaba el prado y
torcía hacia el oeste tras la ladera de una colina que se divisaba unos cuantos
kilómetros más allá. Las colinas cercanas eran grandes y redondeadas, sin
árboles ni arbustos. Se me
ocurrió que sería buena idea escalar la más cercana
y reconocer el terreno. Quizá desde la cima divisaría algo que no acertaba a
ver desde el valle. ¿No era acaso lo que siempre hacían los exploradores?
De espaldas al arroyo contemplé la larga ladera de
la montaña y divisé una nube en el cielo, tenue y oscura. La observé con
atención. No era una nube; era humo, humo negro de una hoguera. Donde hubiera
fuego, habría gente: un poblado. Seguramente podría verlo mejor desde la cima
de la colina.
Antes incluso de que pudiera dar forma a tal
pensamiento, mis piernas echaron a correr. No había recorrido demasiada
distancia cuando oí un extraño e inquietante ruido, un tamborileo rítmico e
insistente. Parecía proceder de la misma tierra. Sonaba como un trueno
desencadenado, como leños que se desplomaran por una pendiente.
Me detuve y agucé el oído. La sonora vibración
aumentaba más y más, hacía resonar la tierra, retumbaba y retumbaba
atronadoramente. Traté de imaginar qué podría producir semejante estruendo.
¿Caballos? Podría ser una estampida, pero una estampida extrañamente
organizada. ¡Se diría que los animales estaban danzando!
El humo negro se alzaba en el cielo y la brisa lo
desperdigaba por la cima de la colina. Y se iba espesando. Me quedé inmóvil;
escuché aquel extraño ruido que parecía nacer de las entrañas de la tierra y
contemplé el humo; me sentía totalmente desconcertado.
Luego vi algo acerca de lo cual sólo había tenido
noticia por textos muy antiguos: de pronto apareció ante mi vista un soto de
fresnos pequeños… ¡y los árboles parecían saltar por sí mismos a lo largo de la
cima!
La imagen, aunque exacta, era un eufemismo poético.
Yo sabía perfectamente qué eran en realidad los árboles.
Antes de que pudiera pensar lo que debía hacer,
aparecieron los guerreros. El estruendo que agitaba la tierra y el aire no era
más que el retumbar de sus tambores de guerra y el golpeteo de sus pies. El
humo que se elevaba en el cielo procedía de las teas que llevaban en las manos.
Se alinearon a lo largo de la cima. Debían de ser
un centenar o quizá más. Unos llevaban escudos oblongos y espadas, otros teas y
lanzas; unos avanzaban a caballo, otros a pie, otros montados en carros. La
mayoría iban
desnudos o casi. Coronaron la cima y se detuvieron.
Me imaginaba que habían venido en mi busca. Me
imaginaba también que me iban a coger. Yo no era más que un extraño en una
tierra extraña, perdido, sin posibilidad de defenderse. No tenía nada que hacer
ante un contingente tan numeroso. Pero ¿cómo se habían enterado de mi
presencia?
Permanecí quieto, tratando estúpidamente de
encontrar sentido a tan absurda situación, cuando se levantó un espantoso
estruendo, como si miles de toros enloquecidos hubieran echado a correr a la
vez. Era un agudo y vigoroso toque de trompeta, un sonido como para derretir
las entrañas y reventar los tímpanos.
BWLERWMMM! BWLERWMMM! BWLERWMMM!
El horroroso fragor aporreaba el oído y atronaba el
cerebro; retorcía y desgarraba los nervios dejándolos tan inútiles como una
cuerda empapada. Me tapé las orejas con las manos y escruté la cima de la
colina para descubrir la fuente de tan fenomenal estrépito.
Vi veinte hombres que tocaban enormes cuernos
curvos; sin duda eran aquéllos los instrumentos que producían aquel ruido
ensordecedor. Entonces caí en la cuenta de que esos instrumentos eran los
legendarios cuernos de batalla de los banshee. Se decía que los beahn sidhe,
habitantes del Otro Mundo según la tradición, poseían unas trompetas de batalla
de tan extraordinario poder que cuando las tocaban podían convertir en piedra
al enemigo. Ahora entendía que esa expresión distaba de ser una exageración retórica.
Yo mismo me sentía como si estuviera soldado a la tierra por un terror
catatónico. Tenía las piernas tan pesadas e insensibles como si fueran de
hormigón.
Aquél fantástico estrépito se prolongó un rato y de
pronto fue sustituido por el entrechocar de espadas y lanzas contra los
escudos, pues los guerreros comenzaron todos a una a batir sus armas, con el
insistente sonar de los tambores como telón de fondo. El aire y la cañada
retumbaban. En aquel mundo, antes tan sereno y plácido, parecía como si las
montañas se estuvieran desmoronando.
El estruendo aumentó hasta convertirse en un
enloquecedor estrépito, y de repente cesó del todo.
El eco en tan repentino silencio se prolongó en la
cañada; lo oía
disgregarse por las peladas colinas como el crujido
de la fatalidad. Los guerreros permanecían inmóviles en la cima de la colina en
medio de la sobrenatural calma nacida de tan repentino silencio. Luego
levantaron las armas y, gritando, echaron a correr colina abajo hacia donde yo
estaba.
Todo sucedió tan deprisa que retrocedí muerto de
miedo y rodé por la ladera. Me quedé tendido en el suelo y me arrastré como un
cangrejo por las piedras hasta llegar al helado arroyo.
Los guerreros corrían gritando colina abajo,
blandiendo las armas, agitando las teas, golpeando los tambores, haciendo sonar
los cuernos. Estaban aún muy lejos y no podía verles el rostro, pero sí los
tatuajes que les cubrían el cuerpo, según la costumbre de los antiguos
guerreros celtas, civilización a la que indudable e inexplicablemente
pertenecían.
De pronto se me ocurrió la posibilidad de
esconderme. Miré a diestro y siniestro, pero enseguida perdí la esperanza. No
había ninguna peña suficientemente grande como para ocultarme. Tendría que
correr.
Me puse en pie y crucé el arroyo dirigiéndome a la
colina que se alzaba al otro lado. Mi única posibilidad de escapatoria
estribaba en correr más que mis perseguidores.
Con sorpresa, comprobé que corría más deprisa de lo
que era de esperar. Parecía como si mis piernas se hubieran vuelto más largas,
mi zancada más veloz y segura. Me deslizaba literalmente sobre la tierra, con
los pies apenas tocando el suelo; ¡volaba con el rostro y los cabellos al
viento!
De pronto me detuve. Frente a mí, precipitándose a
la carrera por la colina, avanzaba otra formación de guerreros, tan numerosa
como la otra. Corrían a sorprendente velocidad. Atrapado entre los dos veloces
batallones, como una mosca entre dos platillos, me di la vuelta, regresé al
arroyo, y me dejé caer junto al agua sin respiración. No tenía escapatoria.
Los guerreros del primer batallón casi me habían
alcanzado. Distinguía perfectamente sus rostros, fieros y bravos. Si alguna vez
había concebido alguna idea de lo que es la nobleza, la bravura, el coraje, la
dignidad y demás cualidades de ese tipo, ahora las veía encarnadas en aquellos
rostros. Con los ojos claros y las facciones firmes, viriles, fuertes y
orgullosas, aquellos rostros eran la encarnación viviente de las fantasías
infantiles del heroísmo y el valor.
Que estuvieran a punto de matarme se me antojaba
una nimiedad inconsecuente. ¡Dios mío, qué hermosos eran!
Con celeridad se cerraron en línea de batalla.
Vislumbré el destello de sus ojos y el sudor de sus musculosos miembros. Vi la
blancura de sus dientes y el ondear de sus cabelleras. Oí los guturales gritos
de guerra mientras se precipitaban hacia mí; me apreté contra las piedras
deseando con todas mis fuerzas desaparecer bajo ellas.
Lo logré. No me vieron. Cuando el primer
combatiente llegó a donde yo estaba agazapado, con la cabeza escondida entre
los hombros, saltó sobre el arroyo y por encima de mí sin dirigirme tan
siquiera una mirada.
El resto de la hueste también hizo caso omiso de mi
presencia. Se precipitaron en el arroyo y corrieron a reunirse con la formación
de guerreros que bajaba por la otra ladera. Sólo entonces caí en la cuenta de
que no me perseguían a mí.
Tal comprobación no me produjo alivio alguno,
porque de inmediato temí que pudieran matarme en la confusión de la batalla.
Morir por equivocación es, al fin y al cabo, una forma más de morir.
Las dos líneas de batalla se lanzaron una contra
otra. El estrépito del choque fue tremendo: las lanzas se estrellaban contra
los escudos, las espadas golpeaban los cascos, el hierro retumbaba contra los
huesos, los cuernos de batalla atronaban, los hombres vociferaban, los tambores
resonaban… Era el más horroroso y ensordecedor de los estruendos. Creí que los
tímpanos iban a estallarme.
El impacto del choque inicial separó por un
instante a los combatientes. Algunos cayeron para no levantarse más, pero la
mayoría volvió a la carga y la batalla se reanudó con mortal encarnizamiento.
Chorreaba por doquier sangre y saliva. Los caballos se encabritaban y pateaban
levantando polvareda. Los hombres luchaban y se golpeaban salvajemente con las
espadas bañadas en sangre.
¡No podía mirar! ¡No podía dejar de mirar!
Agazapado junto a la orilla, con los ojos desorbitados, gritaba aterrorizado
cuando un guerrero caía con el cráneo reventado u otro se derrumbaba con la
garganta degollada. Iba de un escondite a otro, tratando de quitarme de en
medio. Pero, a medida que el combate arreciaba y la línea de batalla se
convertía en un enfurecido y
desordenado amasijo, me resultaba más difícil
permanecer escondido. Los hombres luchaban a mi alrededor, y tenía que
concentrar toda mi atención en no ser atropellado por un caballo, atravesado
por una lanza perdida o aplastado por un cuerpo al caer derrumbado.
Se me ocurrió hacerme con un escudo para protegerme
y busqué con los ojos alguno. Vi unos cuantos sobre la yerba entre los cuerpos
de sus dueños, que ya no iban a necesitarlos. Corrí hacia el más próximo e
intenté cogerlo, pero estaba trabado al brazo de un cadáver cuya mano todavía
lo asía con fuerza.
Me arrodillé junto al cuerpo y tiré con todas mis
fuerzas del escudo; en ese preciso instante noté que una pesada mano se posaba
sobre mi hombro.
Solté un grito y fui arrojado de espaldas.
Vislumbré una lanza en el claro azul del cielo. Tendí las manos para protegerme
del golpe y pateé con ambas piernas a mi atacante. Me retorcí y debatí sin
dejar de gritar. Ante mi sorpresa, una voz exclamó:
—¡Quieto, Lewis!
Miré aturdido y vi que la silueta que se cernía
sobre mí tenía un rostro familiar.
—¿Simon? —pregunté desconcertado—. Simon, ¿eres tú?
13
EL BAUTISMO DE SANGRE
Era efectivamente Simon, desnudo,
con los mismos tatuajes de guerra que los demás
guerreros y luciendo además un largo bigote.
—¡Sí, soy Simon! —gritó—. Deja de dar patadas.
Estoy tratando de ayudarte.
Cesé de debatirme y me senté.
—¡Simon!
¡Por fin te
he encontrado! ¿Qué
estás haciendo aquí?
¿Cómo…?
Me cogió por el brazo y tiró de mí.
—¡Levántate!
—Simon, vámonos de aquí. Tenemos que…
Se inclinó sobre el cadáver del guerrero, cogió la
espada y me la tendió.
—Toma.
—No sé cómo usarla —dije devolviéndosela.
—Ya aprenderás —replicó, y comenzó a desgarrarme
las ropas—. Quítate la camisa.
—¡Eh! ¿Qué diablos…?
—No pretenderás que te vean con esa pinta —me dijo
con brusquedad.
De mala gana me desabroché la camisa.
—Simon, de veras estoy muy contento de haberte
encontrado.
—¡Date prisa! —exclamó observando la lucha.
El bando del que formaba parte parecía estar
venciendo a sus enemigos, que iban perdiendo terreno. El combate se libraba ya
un poco más lejos, colina arriba.
Consideré que era una ocasión favorable para
escapar sin ser vistos.
—Mira, ahora es el momento de huir de aquí.
Podemos…
—¡Quítatela! —gritó tirándome de la camisa—.
También hay que deshacerse de esto —agregó cogiéndome el brazo y arrancándome
el reloj.
Al momento se dio la vuelta y arrojó mi reloj al
agua.
—Espera un minuto. No puedes…
La esfera del reloj brilló en el aire un momento y
desapareció entre las peñas del arroyo.
—¡Ven conmigo! —me ordenó y, cogiendo la lanza, se
precipitó a la lucha.
De mala gana, empuñé la espada y traté una vez más,
sin éxito, de arrebatarle el escudo al cadáver del guerrero.
—¡Date prisa! —gritó Simon—. Procura mantenerte a
mi lado.
Corrí tras él sin escudo, soltando maldiciones.
—¡Es una locura! —exclamé, pero el fragor del
combate se tragó mis palabras y Simon no me oyó—. ¡Una jodida locura!
Simon hizo con la lanza una señal de que lo
siguiera y, dándose la vuelta, se lanzó al combate. Le salió al encuentro un
inmenso guerrero con un escudo redondo y blanco, tan manchado de sangre que el
rojo emborronaba el fondo blanco; la espada que empuñaba estaba mellada. El
guerrero alzó la espada y se arrojó contra Simon con un feroz aullido de
guerra.
Simon no dudó ni un instante; se lanzó contra el
adversario, le clavó el extremo de madera de la lanza en la ingle y apretó con
furia. Me quedé boquiabierto. El guerrero retrocedió tambaleándose, alzó la
espada y la dejó caer sobre el asta de la lanza de Simon.
—¡Huyamos! —grité.
Pero Simon no tenía la más mínima intención de
escapar. Se lanzó contra su tambaleante enemigo descargando violentamente la
lanza contra el escudo manchado de sangre. Pese al tumulto de la batalla, oí
con toda claridad el golpe. El guerrero soltó el escudo y Simon clavó la
afilada punta de la lanza en el pecho desnudo del enemigo. La sangre brotó de
la herida como de una
fuente. El guerrero cayó muerto al suelo con la
boca abierta como si profiriera un silencioso alarido.
Súbitamente mareado, con la vista borrosa, me
acerqué tambaleándome a Simon.
—Intentó matarte —murmuré sin saber lo que decía—.
¿Está muerto?
Por toda respuesta, Simon arrebató la espada a su
enemigo. Puso un pie sobre el pecho del muerto y, cogiendo la espada con ambas
manos, descargó un golpe rápido y certero. Con un crujido carnoso, la cabeza
del guerrero se separó del tronco.
Solté un alarido y retrocedí unos pasos.
—¡Simon!
Mi amigo cogió la cabeza, se volvió hacia mí y alzó
el horripilante trofeo.
Lo miré sin dar crédito a mis ojos. Simon lanzó una
carcajada.
—¡Acércate! —gritó lanzándome la cabeza—. Por lo
menos, sé útil.
La cabeza rebotó en el suelo y rodó hasta mí
sangrando por el amputado cuello. Se detuvo a mis pies; la miré horrorizado
mientras tragaba la bilis que de pronto me había llenado la boca.
—¡Cógela! —me ordenó Simon con impaciencia—.
¡Cógela, Lewis!
¡Vamos!
Me incliné y la agarré por los pelos. La cabeza aún
estaba caliente y los cabellos empapados de sudor. Me sentí mareado. No podía
respirar, y pensé que iba a vomitar; el estómago me pesaba, las rodillas se me
doblaban. Me erguí tambaleante, sosteniendo el horrible trofeo, aturdido por el
vértigo y el mareo.
Simon se lanzó de nuevo a la batalla, pero el
combate había terminado ya. Los vencidos huían por la colina, y los vencedores
—la hueste que había aparecido primero— agitaban las lanzas y daban alaridos
ante la rápida derrota que habían infligido a los enemigos. Los muertos de
ambos bandos yacían esparcidos por la ladera como cantos rodados blanqueados al
sol. Con los miembros destrozados y mutilados yacían sobre la yerba más suave
que jamás había contemplado, bajo un cielo de un azul indescriptible.
Mientras contemplaba aturdido aquella feroz
carnicería, oí un áspero
graznido, alcé la mirada y vi que se estaban
reuniendo los pájaros carroñeros, dispuestos a lanzarse sobre su espantoso
festín. Un cuervo enorme acudió volando a posarse frente a mí, sobre el cuerpo
del hombre que Simon había matado. Con un sonoro graznido, el pajarraco clavó
el pico en la herida del pecho y arrancó un jirón de carne; echó la cabeza
hacia atrás y se lo tragó.
Tuve que apartar la vista. Seguí a Simon dando
tumbos y procurando no mirar la espantosa carnicería esparcida sobre la yerba.
Simon se había reunido con los demás guerreros que atronaban las colinas con
sus alaridos de victoria. Algunos daban saltos y agitaban las lanzas ante el
evidente deleite de sus compañeros que los coreaban con sonoras carcajadas.
Simon se divertía y reía con ellos.
El regocijo cesó de pronto ante la llegada de dos
hombres jóvenes montados a caballo: uno parecía un guerrero, el otro una
especie de consejero. El guerrero iba vestido con unos vistosos pantalones de
color verde y oro y una camisola roja de un tejido que por su brillo parecía
satén. Llevaba al cuello una especie de torques de plata y un cinturón ancho de
discos también de plata. Le sobresalía del cinto la empuñadura de una daga de
oro e iba armado con una lanza de hoja plateada. También él ostentaba un enorme
bigote. Los cabellos le caían en una larga melena rizada que brillaba al sol.
El otro joven iba vestido con más sencillez: camisa
marrón, pantalones de tejido ordinario y un cinturón de cuero. No llevaba joyas
ni armas. Su único adorno era un manto carmesí recogido en un hombro con un
inmenso broche de plata. Tenía el cabello muy oscuro y lo llevaba peinado hacia
atrás, muy tirante.
Ambos eran altos e impresionantes, con toda la
agilidad y la gracia de la juventud. Se movían con una dignidad y autoridad
que, a mi juicio, sólo podían haber poseído los divinizados emperadores
romanos: majestuosos y benévolos, inspiraban confianza e intimidaban a un
tiempo. Se habrían encontrado como en su casa en cualquiera de las cortes
reales de Europa. Incluso sus caballos parecían más gráciles, más fuertes, más
bellos que cualquiera de los pura sangre que tanto se apreciaban en el mundo
real.
Cuando los dos jóvenes aparecieron, cesaron de
golpe los alaridos y los gritos de victoria, dejando paso a un clamor que
interpreté como un saludo al jefe. Me deslicé junto a Simon.
—Es el rey, ¿verdad? —susurré.
—No. El príncipe —contestó en un murmullo—. Estate
callado.
—¿Qué príncipe?
—El príncipe Meldron —dijo Simon en tono irritado—.
Meldron ap Meldryn Mawr. El que lo acompaña es Ruadh, su bardo.
—¡Oh!
El príncipe se detuvo en medio de los guerreros y
desmontó entre las aclamaciones generales. Cualquiera habría podido pensar que
había ganado la batalla él solito, aunque puedo asegurar que no había movido ni
el dedo meñique. Meldron sonreía mientras sus hombres celebraban la victoria.
Todos comenzaron a gritar, a abrazarse, a saltar y a pegarse golpes en la
espalda. La escena me recordó la celebración que se lleva a cabo en los
vestuarios tras haber ganado un campeonato de fútbol. Lo único que faltaba allí
era champán para ducharse los unos a los otros.
Las aclamaciones se prolongaron unos minutos;
luego, tras una señal o una orden que no pude entender, cesaron por completo.
El príncipe pronunció unas breves palabras y todos se pusieron en acción
desperdigándose por la ladera de la colina hacia los cuerpos de los guerreros
muertos. Los compañeros caídos fueron trasladados solemnemente al arroyo y sus
cuerpos fueron colocados en la orilla. Después los cubrieron con piedras y
levantaron con rapidez y pericia un montículo.
Los enemigos muertos fueron abandonados donde
habían caído. Pero los cadáveres fueron decapitados y las cabezas amontonadas
en una pirámide como si fueran coles. Luego recogieron las armas y los adornos
—brazaletes, torques, pulseras, etc.— y los apilaron en otro montón junto al de
las cabezas cortadas.
Simon colaboró en todas estas tareas y durante un
rato me quedé solo. Entonces fue advertida mi presencia en el campo de batalla.
En efecto, mientras los guerreros recorrían la ladera en busca de botín, uno de
ellos me vio; yo aún sostenía la cabeza del hombre que Simon había matado. El
sujeto se acercó a mí y me examinó con atención.
Como no sabía qué hacer, le tendí la cabeza. El
guerrero reaccionó como si yo me hubiera saltado una regla de etiqueta. Hizo
una mueca dejando ver los dientes entre los labios y llamó por encima del
hombro al bardo, que se dio la vuelta y, al verme, acudió a examinarme con la
misma curiosidad que el
guerrero.
El bardo me dijo unas palabras en una voz que
sonaba a un tiempo aguda y gutural. No entendí nada, pero me di cuenta de que
ya había oído antes aquel lenguaje, aunque bastante cambiado. Tenía, en efecto,
la misma resonancia que el galés moderno.
Yo seguía sonriendo como un imbécil, con la cabeza
del guerrero en la mano. El bardo llamó al príncipe, que acudió enseguida con
otros guerreros. Y de pronto me encontré examinado atentamente por el príncipe
y rodeado por un círculo de vigorosos guerreros desnudos y tatuados de azul;
ninguno parecía demasiado complacido de verme.
El príncipe Meldron, igual que había hecho el
bardo, me dirigió unas palabras en protogaélico. Yo respondí en mi lengua, lo
cual causó verdadera sensación; todos murmuraban excitadamente y señalaban mis
zapatos y mis pantalones. Algunos incluso se atrevieron a tocarme el torso
desnudo con dedos cautelosos. Me miraban fijamente a mí y a la cabeza que
sostenía, como si no pudieran creer lo que estaban viendo.
Simon apareció en el círculo y acudió en mi ayuda.
Se puso a mi lado y me posó la mano en el hombro; me señalaba a mí y a la
cabeza sanguinolenta sin dejar de farfullar cosas en aquella extraña lengua. Me
quedé pasmado ante su fluidez. Me parecía mentira que fuera el mismo Simon
cuyas habilidades lingüísticas empezaban y acababan en el francés de la carta
de vinos. Para mayor asombro, el bardo se dirigía a él con respeto. Mi amigo
respondía con prontitud, sin vacilar y sin levantar la mano de mi hombro.
La conversación se prolongó un rato; luego el bardo
asintió lentamente, se dirigió al príncipe y supongo que le comunicó las
conclusiones que había sacado. Tras escuchar unos instantes, el príncipe alzó
la mano. El bardo se calló. Meldron se acarició el bigote escrutándome con la
mayor atención, como si quisiera formarse una idea de mi persona.
—¿Qué pasa? —pregunté con un desesperado susurro.
—Shh —me aconsejó Simon dándome un golpe en el
pescuezo para hacerme callar.
Meldron pareció llegar a una conclusión, porque
indicó con una seña a Simon que se apartara e inclinó su cabeza y sus hombros
hacia mí. Yo no tenía ni idea de lo que me aguardaba: ¿una puñalada en las
costillas?, ¿un
beso de bienvenida?, ¿una bofetada?, ¿un puñetazo
en un ojo?
No hizo ninguna de estas cosas, sino que me cogió
por la muñeca la mano en la que sostenía la cabeza del enemigo, me la levantó y
la mantuvo en alto. La cabeza pendía grotescamente goteando sangre. El príncipe
dirigió unas palabras a los reunidos, que para entonces ya eran toda la hueste,
y después puso la mano que le quedaba libre con la palma hacia arriba, debajo
de la sanguinolenta cabeza. La palma se le llenó pronto de sangre y, cuando
hubo suficiente, la derramó sobre mí. Me embargaron una aversión y un asco
atroces; me entraron ganas de vomitar, ganas de morir. Pero el príncipe seguía
agarrándome de la muñeca y tuve que permanecer inmóvil, en muda agonía,
mientras él derramaba la sangre sobre mi cabeza. Luego me tiñó las mejillas con
la sangre que le había sobrado del extraño y macabro bautismo. Se me puso la
piel de gallina.
Tan pronto como el príncipe hubo acabado la
sangrienta ceremonia, se adelantó su bardo, Ruadh, y repitió el mismo ritual
haciéndome una marca con el caliente y rojo líquido a ambos lados del cuello y
encima del corazón.
Pero el repugnante bautismo no acabó ahí: tuve que
soportar que todos los guerreros, uno tras otro, se mancharan de sangre la mano
y me marcaran. Unos trazaron en mi pálida piel los mismos dibujos que ellos
llevaban, otros se limitaron a dejar la señal de sus huellas dactilares. Cuando
todos hubieron desfilado, tenía el torso cubierto completamente de sangre
coagulada. Es imposible describir con palabras el asco y el horror que tuve que
soportar.
Cuando me hubo marcado el último guerrero, Meldron
soltó mi muñeca, se dirigió al montón de las armas y joyas arrebatadas a los
muertos y, tras desechar algunos objetos de oro y plata, escogió un brazalete
enorme de bronce, me lo deslizó por la mano y me lo colocó justo debajo del
bíceps. Los guerreros irrumpieron en gritos de aprobación y me aporrearon la
espalda con fuertes palmadas. En resumen, una experiencia de lo más
desagradable. Deseé con todas mis fuerzas que la tierra se abriera y me
tragara.
Después, el príncipe Meldron procedió a repartir el
botín entre sus hombres. Cada uno de los guerreros recibió algo: una joya, un
arma, una chuchería de oro o plata. Todos se comportaban como alborotados niños
en un día de Navidad y soltaban exclamaciones y risotadas de agradecimiento.
En un abrir y cerrar de ojos el botín había
desaparecido. Entonces el príncipe montó a caballo y ordenó a sus hombres que
se pusieran en marcha;
todos se apresuraron a obedecer. Simon se acercó a
mí con una sonrisa en los labios.
—Te has portado como un hombre —dijo dándome una
palmada en el hombro—. Ya eres uno de ellos.
—¡Que me he portado como un hombre! ¡Mierda! Ha
sido espantoso.
Creí que iba a vomitar.
De pronto caí en la cuenta de que todavía llevaba
en la mano la cabeza del guerrero. Dejé caer al suelo el terrible trofeo y me
limpié la mano en el pantalón. Me estremecí de asco.
—Apesto. Tengo que lavarme.
—Cógela —me ordenó Simon.
—No estoy dispuesto a cargar con esa asquerosidad.
Simon perdió la paciencia.
—¡Estúpido! Ésa asquerosidad te acaba de salvar la
vida. Se supone que tienes que llevártela.
—¿Qué? —pregunté fuera de mí—. ¡Debes de haberte
vuelto loco!
Simon señaló la cabeza que había caído en la yerba
boca abajo.
—Es la cabeza del jefe de la tribu que mataste…
—¿Que yo maté? Un momento, yo jamás en mi vida he
matado a nadie…
—Y, por si no lo has adivinado, acabas de
convertirte en un guerrero del ejército de Meldryn Mawr —dijo Simon—. Ahora,
coge la cabeza y vámonos con los demás.
Se dio la vuelta, empuñó la larga lanza que el
príncipe le había regalado y corrió en pos de los otros. De muy mala gana
recogí la cabeza y lo seguí.
—¿Adónde vamos, Simon?
—Volvemos al caer —me explicó—. No está demasiado
lejos.
—¿El caer? ¿Qué caer? ¿Para qué?
—Ya te lo explicaré más tarde —prometió—. Créeme,
no es conveniente que nos quedemos rezagados.
Echó a correr; yo lo seguí tan deprisa como pude,
asiendo el trofeo que
me había salvado la vida y maldiciendo el día que
nací.
14
CAER MODORNN
El caer resultó ser un sencillo fuerte
de madera en lo alto de una colina, que se alzaba
sobre un río de plácidas y cristalinas aguas que discurría por un anchuroso
valle. Como Simon había dicho, la fortaleza del rey no estaba lejos del campo
de batalla. Pero, aun así, cuando llegamos al río yo estaba cansadísimo de
caminar.
La hueste se detuvo a la orilla del río y contempló
cómo el príncipe se metía hasta media corriente y se quitaba un brazalete de
oro que le había correspondido en el botín. Tendió el brazalete hacia el sol,
pronunció unas palabras que no entendí y arrojó la joya aguas arriba tan lejos
como pudo. Vi cómo el brazalete relucía en los aires y después se hundía en las
aguas. Los guerreros profirieron gritos de entusiasmo y cruzaron corriendo el
río. Yo lo atravesé por un vado, gané la otra orilla y subí penosamente la
ladera de la colina siguiendo el camino que conducía hacia el caer, iba el
último. Esperaba encontrar una construcción enorme e imponente, pero quedé
decepcionado. Una vez franqueada la estrecha puerta de madera, el caer resultó
ser simplemente un campamento fortificado. Dentro de la empalizada, esparcidas
por la cima de la colina, había aproximadamente una docena de tiendas hechas de
piel y madera. Unas cuantas hogueras señalaban el lugar donde los guerreros se
reunían para comer y para dormir.
Era un lugar sencillo y agreste sin ninguno de los
lujos que creí que existían en el Otro Mundo. A juzgar por lo que veían mis
ojos, el tal Meldryn Mawr, quienquiera que fuese, era el rey de un humilde
aprisco de madera.
Cuando llegamos, los que se habían quedado para
proteger el fuerte nos rodearon para escuchar los jugosos detalles de la
jornada de labios de sus compañeros. Por la excitación que mostraban todos,
tanto los que contaban fanfarronadas como los que las escuchaban, parecía que
la incursión les había proporcionado una inmensa gloria.
Gracias a la descarada mentira de Simon, yo mismo
me convertí en causa de buena parte de esa excitación. Al parecer, matar a un
jefe era una hazaña
inconmensurable. Por la forma en que gritaban,
reían y saltaban al enterarse, se habría podido decir que yo, David, había
matado a Goliat y puesto en fuga a los filisteos tan sólo con mi honda.
Fui zarandeado, empujado y palmoteado de un extremo
a otro del campamento. Examinaron con curiosidad mis ropas y también la
horrible cabeza que llevaba en la mano. Cuando por fin un enorme y moreno
guerrero, a quien tomé por el paladín del rey, se acercó a mí y por señas se
ofreció a empalar por mí la cabeza, se la entregué con muchísimo gusto.
Bajo la mirada atenta del príncipe Meldron, el
guerrero ensartó con pericia la cabeza en la lanza y clavó el astil a mis pies.
Después me cogió por ambos brazos y me besó las ensangrentadas mejillas. Aquél
gesto selló mi aceptación en la banda como un guerrero más. Todos prorrumpieron
en aullidos y gritos como si acabasen de presenciar un solemne espectáculo. Y
de nuevo me vi condenado a otra ronda de palmadas y empujones.
—Ya eres uno de ellos, amigo —dijo Simon cuando se
reinstauró la calma y cada uno se dedicó a los quehaceres que habían abandonado
para la ceremonia del ensartamiento—. Ahora podemos tomarnos un respiro.
—Muy bien —asentí mirándome el torso con viva
repugnancia—. ¿Puedo lavarme? ¿Está permitido?
—Es mejor que no lo hagas. Quizá mañana —contestó—.
Es el distintivo de que eres un iniciado, así que osténtalo con orgullo. La
mayoría de los guerreros han sido entrenados para la lucha desde niños; tú por
lo menos te has librado de eso. Deberías estar contento.
Clavé los ojos en el cuerpo tatuado de azul de
Simon.
—¡Qué pinta tienes, Simon! Nunca te habría podido
reconocer.
—Son pinturas de guerra —explicó; después extendió
los brazos—. Pero aquí tienes algo imperecedero.
Vi que la parte interior de cada brazo ostentaba el
inconfundible dibujo celta de intrincadas espirales entrecruzadas.
—Esto es un salmón —dijo con orgullo señalándose el
brazo izquierdo—.
Y esto otro un ciervo —añadió alzando el brazo
derecho para que lo viera—.
Los he ganado por haber matado a cinco enemigos…,
cinco por cada señal.
—¿Has matado a diez hombres? —exclamé.
—Debería haber recibido una torques por el que maté
hoy —replicó, algo malhumorado—. Éste fue el mejor de todos, un campeón…
—Simon, ¿qué te ha ocurrido? —pregunté.
Todavía estaba impresionado por la batalla; la
escena se mantenía fresca en mi mente.
—¿Que qué me ha ocurrido? —gruñó señalando con el
dedo la lanza clavada a mis pies—. Si no hubiera hecho lo que hice, ahora sería
tu cabeza la que estaría ensartada en el astil. No lo olvides. Te he salvado la
vida.
—Y te lo agradezco mucho, créeme —insistí yo—. Sólo
que…
—Mira que andar errante por un campo de batalla…
—continuó sin hacerme el menor caso—. Si los cruinos no te hubieran matado, lo
habrían hecho los llwyddios.
Simon cogió un lío de ropa que había a sus pies, lo
desenvolvió y sacó una camisola de una tela amarilla muy fina.
—¿Quiénes?
—El clan de los cruinos —explicó poniéndose la
camisa—. Los enemigos con quienes peleamos hoy. Nosotros somos llwyddios.
Desenrolló unos pantalones amarillos y negros y se
los puso.
—¿Por qué luchabais?
—El rey Meldryn y uno de los reyes de los cruinos
riñeron por unos perros de caza.
Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y se
dispuso a calzarse unas botas de suave cuero.
—¿Perros? ¿Has dicho perros? —dije dejándome caer a
su lado.
—El rey cruino dijo que los perros de caza de
Meldryn apestaban.
—¿Cómo? ¿Pretendes decirme que todo aquello…, que
aquella matanza sobrevino por un insulto a unos perros?
—No seas burro. Claro que no se trata sólo de eso.
Estaba en juego el honor.
—¡Ah, vaya! Me alegra oírlo. ¡Docenas de hombres
murieron hoy porque
alguien dijo que el rey Meldryn tenía perros
apestosos! ¡No puedo creerlo!
—¡No grites! No entiendes nada —dijo, atándose una
bota.
—Lo siento, Simon, pero por poco me matan allí y
yo…
—No te mataron —replicó con tono terminante y
rostro tenso.
Luego me miró y añadió con voz más suave:
—Deberías haberte visto la cara. ¡Jamás había visto
a nadie más asustado! Fue muy divertido.
—Vaya, gracias.
—En realidad —prosiguió en un tono que me recordó
al Simon de siempre—, fuiste afortunado al encontrarnos. Mañana regresamos a
casa.
Se acabó de atar la otra bota.
—¿Por qué? ¿Es que no estamos en la fortaleza del
rey?
—¿Esto? —dijo Simon con un gesto despectivo—. Sólo
es un campamento para pasar la noche. Meldryn posee cientos de estos fuertes
esparcidos de una punta a otra del reino. Sólo somos un pequeño batallón de
jóvenes guerreros y estamos aquí para vengar una afrenta hecha al honor del
rey; luego regresaremos a Sycharth.
—¿Regresaremos? —Había oído un inconfundible acento
de orgullo en la voz de Simon; por eso volví a preguntarle—: Simon, ¿qué te ha
pasado? ¿Qué estás haciendo aquí?
—No me ha pasado nada. Como ves, estoy en mi salsa
y soy muy feliz. Jamás en mi vida me he encontrado mejor. ¿Qué es lo que estás
haciendo tú aquí?
—No lo sé. Vine a buscarte —repuse, y decidí
ahorrarle una detallada explicación de lo que me había ocurrido desde su
desaparición—. Hay un problema, Simon. No pertenecemos a este mundo. Tenemos
que encontrar el modo de regresar… ya sabes, de regresar al mundo real.
Simon frunció el entrecejo. Era evidente que no le
agradaba la idea.
—No va a ser fácil, tío.
—Quizá no —concedí—, pero tenemos que intentarlo. Y
cuanto antes mejor.
Comencé a hablarle del nexo y del plexo y de la
teoría del profesor Nettleton acerca de la realidad interdependiente y todo lo
demás. Acabé explicándole una versión abreviada de la teoría del
Desenmarañamiento del Plexo —también del profesor Nettleton— y le expuse el
peligro que corríamos todos ante tal eventualidad.
Simon me escuchó con la mirada clavada en el suelo
y una expresión distante y fría. No dijo nada; se limitó a asentir con la
cabeza, a arrancar unas briznas de yerba y a retorcerlas entre las manos. No
podría asegurar que lo que acababa de contarle hubiera causado alguna mella en
él.
—¿Has oído lo que te he dicho, Simon?
—Lo he oído.
Alzó la vista y arrojó las yerbas al suelo con
gesto impaciente.
—Entonces ¿qué ocurre?
—Nada —replicó—. Ya te lo he dicho: estoy muy bien.
Nunca estuve mejor.
—Entonces ¿por qué esa cara larga? Creí que te
alegraría verme. De veras es un milagro que te haya encontrado. Todavía no
puedo creer que esté aquí.
—¿Me echan de menos? —preguntó con aire distraído.
—¡Pues claro que sí! Tus padres están preocupados.
A estas horas seguramente ya deben de haber avisado a la policía. Pronto
constarás en la lista de los desaparecidos. Te lo repito: cuanto antes
regresemos, mejor.
Simon desvió la mirada. Creí que iba a responder
algo, pero comenzó a explicarme lo que había hecho desde que cruzó de un mundo
a otro.
—Al principio fue muy duro —dijo, y otra vez
sorprendí en sus ojos aquella expresión extraña y distante—. Pero por suerte
llegué al final del verano y pude encontrar frutas y bayas para alimentarme.
Cuando los llwyddios me encontraron, llevaba vagando por las colinas… no sé
cuánto tiempo…, semanas por lo menos. Una partida de caza acampó junto al río.
Por mis ropas dedujeron que era un extranjero y me llevaron ante el rey. El
jefe de los bardos me echó una ojeada y afirmó que era un visitante del Otro Mundo.
Ya puedes imaginar el revuelo que se armó…
Asentí con la cabeza, pero lo cierto era que no
podía imaginármelo.
Apenas podía dar crédito a lo que me había sucedido
a mí en las pocas horas que llevaba en aquel mundo extraño.
Simon continuó su relato.
—Me concedieron un lugar de honor en la tribu…, era
una especie de miembro honorario. Pero no tenía ni rango ni nombre.
—¿No tenías nombre? ¿Por qué no les dijiste cómo te
llamabas?
Sacudió ligeramente la cabeza.
—No habría servido de nada. Aquí cada uno debe
ganarse su nombre. Yo estoy en camino de ganarme uno muy importante.
Recordé la antigua tradición céltica de no atribuir
un nombre a las personas hasta que realizaran una hazaña importante gracias a
la cual pudiera serles otorgado uno. Además, un nombre de persona no era algo
que pudiera mencionarse a la ligera. Muchos héroes legendarios mantenían en
secreto sus verdaderos nombres sin revelarlos jamás para que sus enemigos no
los supieran y no pudieran causarles daño.
—Entonces ¿cómo te llaman ellos? —le pregunté
fascinado.
—Me llaman Sylfenu. Significa simplemente «el
encontrado», puesto que me encontraron junto al río. El hecho de matar hoy a un
jefe cruino me habría dado la baza que necesitaba. —Se encogió de hombros—.
Pero no te preocupes, pronto tendré otra oportunidad.
—¿Te hicieron guerrero?
—Yo elegí serlo —contestó—. Me olí que la mejor
manera de llegar a la cumbre era convertirme en guerrero. Un guerrero goza de
una buena posición, de libertad para ir y venir, y para hacer lo que le plazca.
Los guerreros sólo tienen que cazar y luchar; para ellos es el oro y la gloria.
—Suena bien —dije—. Pero también corren el peligro
de que los maten.
—A veces, si tienen mala suerte —asintió—. Pero yo
jamás he tenido mala suerte. —Sonrió con malicia—. También tú eres ahora un
guerrero. No lo olvides.
—Gracias por recordármelo.
Procuré alejar tal idea. No tenía intención de
quedarme lo bastante como
para ver y menos aún participar en otra batalla
como la que había presenciado aquel día. Cambié de conversación.
—¿Por qué tiraste al agua mi reloj?
Simon se echó a reír.
—Habrías tenido problemas si te llegan a sorprender
con él. Aquí el tiempo no significa nada.
—¿Qué quiere decir «aquí», Simon? ¿Dónde estamos?
¿Cómo se llama este lugar?
—Caer Modornn —respondió poniéndose en pie. Cogió
un cinturón de rayas verdes y negras y se lo ató a la cintura para abrocharse
así la camisa—. Ven conmigo. Te lo enseñaré.
Recorrimos el campamento y caí en la cuenta de que
faltaba algo que ya antes había echado de menos: no había mujeres en el caer.
Se lo comenté a Simon.
—¡Claro que no! —me dijo—. Sólo estamos haciendo
una pequeña incursión; las mujeres no nos acompañan en esta clase de correrías.
—¡Ah! ¿En otras sí?
—Ya lo verás —repuso, arqueando las cejas.
Llegamos a la entrada del caer y seguimos un
estrecho sendero que coronaba el escarpado foso que se abría al otro lado del
muro de leños. Recorrimos un trecho del perímetro de la colina y nos detuvimos.
Allá abajo discurría el anchuroso y cristalino río que habíamos cruzado hacía
unas horas.
—El río Modornn —me indicó Simon—. Traza la
frontera oriental del territorio de los llwyddios. Al otro lado, donde hemos
luchado hoy, se extiende el territorio de los cruinos.
Se dio la vuelta y seguimos caminando un rato.
Luego nos detuvimos de nuevo, miré hacia donde Simon me señalaba y divisé, en
la neblinosa distancia ribeteada de colinas, el destello plateado de una
inmensa extensión de agua.
—Más allá de esas colinas, hacia el noroeste, está
Myr Llydan, un golfo de enorme tamaño —me explicó.
Reanudamos el paseo en torno al caer. Observé que
la geografía del terreno iba cambiando, elevándose en estribaciones y mesetas
más escabrosas. Más allá, se alzaban escarpadas montañas formando una
cordillera que iba a perderse en la distancia entre nubes y niebla.
—Aquello es Cethness —indicó Simon—. En el corazón
de Cethness, los llwyddios poseen una fortaleza de piedra que no tiene rival.
Se llama Findargad y es el antiguo asentamiento del clan.
Escruté las macizas serranías que se alzaban azules
y calinosas en el horizonte y seguimos caminando. Cuando volvimos a detenernos,
contemplé una vez más las suaves colinas y el anchuroso cauce del río; detrás
se veían las oscuras márgenes de un bosque.
—Hacia el sur —dijo Simon señalando el curso del
río—, está Sycharth, palacio y fortaleza de Meldryn Mawr. Con Findargad en el
norte y Sycharth en el sur, el rey domina todo el territorio del oeste.
—¿El oeste de qué? —pregunté.
—De Prydain —repuso—, uno de los tres reinos. Los
otros son Caledon, al norte, y Llogres, al sur.
Los nombres me resultaban familiares por antiguas,
antiquísimas leyendas.
—¿Cómo se llama…, cómo se llama todo esto, los tres
reinos juntos?
Simon tenía la vista fija en el espléndido panorama
que se abría ante nosotros. Alzó la mano y señalando el paisaje dijo:
—Todo eso es Albión.
—Albión —repetí.
Y se me ocurrió que resultaba muy extraño que los
nombres del Otro Mundo se conocieran en el mundo manifiesto.
—Pero son nombres históricos. ¿Cómo es posible que
el Otro Mundo tenga alguna conexión con la historia?
—¿Quién dice que la tenga? —replicó Simon.
—Bueno, ¿no te parece un poco extraño que un nombre
clásico sea conocido aquí?
—Tú eres quien estudia la cultura celta. El
problema es tuyo. Yo me limito a decirte simplemente cómo llaman a este lugar
las gentes de aquí.
Los antiguos britanos llamaban a su isla Alba; y
para algunos todavía se llamaba así. El viejo Nettles tenía razón, y yo estaba
equivocado… o, a lo mejor, era al revés: el Otro Mundo no tenía fundamento
histórico, sino que era el mundo histórico el que se fundamentaba en el Otro
Mundo.
Aprehendí esta verdad y me sentí aturdido ante su
aplastante peso; pero, al momento, se me escapó de nuevo, elusiva e inasible.
Sin embargo, tuve el convencimiento de que, en la brevedad de unos instantes,
había logrado abarcar la revelación de que Albión era el primigenio arquetipo
del mundo céltico.
El tejido entre los mundos era vasto y tenía
múltiples ramificaciones. Si había que dar crédito a Nettles —y hasta ese
momento no me había llevado por mal camino—, entonces aquel lugar, Albión, era
la Forma de las formas, el patrón original para todo lo que, del prodigio
magnífico y único conocido como el espíritu céltico, había llegado a
convertirse en realidad histórica. De ahora en adelante no debería sorprenderme
al encontrar otras similitudes innegables.
Una vez completada la circunvalación, Simon y yo
regresamos al caer. Algunos guerreros, que al parecer no se sentían saciados
con la excitación de la jornada, habían comenzado una competición de lucha
libre. Un enorme corro se había formado en torno a siete parejas de luchadores.
El juego consistía en levantar en el aire al contrincante por cualquier medio y
hacerlo caer violentamente al suelo. De alguna manera que no pude captar, los
perdedores iban siendo eliminados y los ganadores tenían que luchar entre sí.
Cuando quedaron sólo dos contendientes, comenzaron las apuestas.
El intercambio de apuestas fue rápido y animado;
todos, incluido el príncipe, apostaron por uno de los dos hombres. Gritaban y
se empujaban tanto que pensé que las apuestas acabarían en bofetadas. Pero, tan
rápidamente como habían empezado, cesaron las apuestas y comenzó la lucha.
Los dos contendientes se pusieron a la defensiva en
medio del corro. Iban dando vueltas con extrema cautela sobre las puntas de los
pies. Creo que se habían untado con aceite para que les resultara más difícil
agarrarse, porque les brillaban los brazos y las piernas como si fueran de
mármol pulimentado.
A decir verdad, las más bellas estatuas griegas no
eran tan gráciles como aquellos luchadores. «Soberbios —pensé—, perfectos. Uno
moreno, el otro rubio, pero ambos magníficamente bien formados».
Se movían con lentitud, estrechando el círculo,
cada vez más cerca uno del otro. De pronto, el de los cabellos rubios se lanzó
contra las rodillas del otro, se las agarró con fuerza y lo alzó con ágil
impulso. El luchador moreno apretó las manos en un puño y descargó un tremendo
golpetazo entre los omóplatos de su atacante con una fuerza que se me antojó
habría podido derribar un buey.
El rubio cayó de rodillas, pero no soltó a su
contrincante, que alzó las manos sobre la cabeza para asestar otro golpe. El
rubio descargó sus hombros contra el estómago de su enemigo, quien soltó un
tremendo gruñido y se dobló en dos. Luego lo alzó un poco del suelo, muy poco,
lo justo para hacerle perder el equilibrio. Ambos contrincantes cayeron, pero
el rubio fue a caer limpiamente sobre el moreno sin tocar el suelo. La lucha
había terminado, y el guerrero de los cabellos claros fue proclamado vencedor.
Aullidos y gritos llenaron el aire y colegí por la
algarabía que casi todos habían creído que perdería el rubio. Se pagaron las
apuestas: anillos y brazaletes cambiaron de manos; broches, cuchillos y lanzas
fueron entregados a sus nuevos dueños. Los ganadores estaban exultantes, los
perdedores afables. Todos parecían muy satisfechos con el resultado.
Se celebró otra lucha. Salieron al corro siete
parejas más que lucharon hasta que sólo quedaron los dos mejores; luego empezó
otra más. Temí que el espectáculo se prolongara durante toda la noche, pero,
cuando hubo acabado la tercera pelea, la multitud se dispersó; enseguida vi el
porqué. Las hogueras habían sido encendidas y por todo el campamento se estaba
asando carne. Pero antes de la comida vino la bebida: largos tragos de un
líquido de color ámbar, que tomé por cerveza, fueron servidos en enormes tazas,
boles, cuernos y vasos…, en cualquier tipo de vasija de considerable capacidad.
En varios puntos estratégicos del caer se habían
dispuesto tinajas. Los guerreros se apiñaban en torno con jarras que llenaban
sumergiéndolas en el espumoso brebaje. Simon me condujo hasta la tinaja más
cercana. Un corpulento sujeto con largas melenas oscuras y un delantal amarillo
atado a la cintura me puso en las manos un vaso de cobre. El hombretón me miró
con amabilidad y me indicó por señas que bebiera.
—Es el cervecero. Quiere que pruebes la cerveza —me
explicó Simon—. ¡Bebe!
—¡Salud! —dije, y me llevé la copa a los labios.
El líquido olía a buena cerveza y tenía un gusto
agradablemente ácido, un poco agrio. Tragué un buche con expresión solemne y en
cuanto lo hube hecho sentí en la nariz un tremendo picor; estornudé y me
atraganté a un tiempo, y acabé escupiendo el brebaje sobre el cervecero.
El hombrón pareció considerar aquello la más
calurosa aprobación de su arte. Se echó a reír y me golpeó la espalda con tanta
contundencia que me vertí por encima la mitad del contenido del vaso. La
cerveza de tan inesperado bautismo se mezcló con la sangre coagulada del torso
y resbaló por mi vientre en rojizos churretes. La hilaridad del cervecero fue
en aumento, echó la cabeza hacia atrás y soltó unas atronadoras carcajadas.
—¡Bravo! —se burló Simon—. Se te puede llevar a
cualquier sitio.
—Deberías haberme avisado —murmuré limpiándome el
líquido de manos y brazos—. ¿De qué está hecha?, ¿de jengibre?
—Creo que de pícea —respondió Simon—. Hay que
acostumbrarse al gusto.
—¡No me digas!
—Te sugiero que te acostumbres lo antes posible,
pues la beben en grandes cantidades. No querrás que crean que no te gusta…
—Dios no lo quiera —murmuré mirando fijamente mi
vaso.
El cervecero consideró que yo deseaba que me
llenara la copa hasta el borde. La cogió, la llenó y me indicó de nuevo con
señas que bebiera. Levanté la copa y la apuré hasta el fondo; a continuación me
limpié la boca con el antebrazo.
El gigantón volvió a llenarla, y Simon y yo nos
alejamos de la tinaja para sentarnos a beber y esperar la comida.
—¿Siempre es así? —pregunté.
—¿A qué te refieres?
—A todo este enloquecido jolgorio —repuse señalando
a los vociferantes
y alborotados grupos de comensales.
—Si esto te parece un enloquecido jolgorio, espera
a ver una auténtica celebración de victoria.
Bebimos en silencio; yo daba pequeños tragos y
comenzaba a sentir los efectos de la cerveza, combinados con el cansancio, el
sobresalto, la pérdida de adrenalina y el hambre. Seguimos bebiendo mientras
contemplábamos cómo el rosado atardecer se iba convirtiendo en un maravilloso
ocaso. Nunca había visto un anochecer más esplendoroso; me pareció que mi alma
se lanzaba a abrazar las resplandecientes estrellas a medida que iban
apareciendo en el firmamento. Me puse a saludarlas una tras otra:
—¡Salud, hermana! Bienvenida. Sé cómo te llamas.
Cuando llegó el momento de comer, yo ya estaba
borracho. La cabeza se me caía sobre el pecho mientras me esforzaba por
masticar bocados de una sabrosísima pierna asada que tenía en el regazo. La
carne estaba muy sabrosa, pero me encontraba demasiado cansado como para
comérmela. Me quedé dormido asiendo en una mano el vaso vacío y en la otra la
cena inacabada. Lo último que recuerdo es el resplandor del fuego alzándose en
una noche preñada de cantos y risas.
15
SYCHARTH
Simon me despertó de una patada en
las costillas.
—Levántate —dijo sacudiéndome con el pie—. Nos
vamos.
—¿Qué?
Me desperté sobresaltado; luego experimenté la
repentina sensación de que los huesos de la cabeza me estallaban en el vacío
dejado por mi cerebro.
—¡Oooh! ¡Ayer bebí demasiado!
Simon me dedicó una de sus características risas de
zorro.
—Ya te irás acostumbrando… si es que vives lo
suficiente.
Abrí los ojos y contemplé borrosamente lo que me
rodeaba. Junto a mi cabeza yacían el vaso y la pierna que me sirvió de almohada
y que había medio devorado durante la cena. Alguien me había cubierto el torso
desnudo con una capa, pero más o menos estaba en la misma postura en que me
había derrumbado la víspera. Apestaba a cerveza y a sangre, pues tenía el
cuerpo todavía manchado del sangriento bautismo. Me picaba la barba y los ojos
me dolían como si bajo los párpados me hubiesen clavado alfileres. La lengua,
apergaminada y pastosa, parecía tener un tamaño tres veces mayor al habitual.
La vejiga, hinchada como un balón de agua, estaba tan llena que cualquier
movimiento significaría un desastre seguro.
—Mátame ahora mismo y acabemos de una vez —murmuré
con voz quejumbrosa.
Simon me cogió por un brazo y me obligó a ponerme
en pie; me tambaleé peligrosamente.
—Me siento morir.
—Venga, vamos a lavarnos al río.
El sol acababa de levantarse y el campamento
empezaba a despertarse
mientras nos dirigíamos hacia la puerta y
emprendíamos el descenso por el sendero que conducía al vado. Unos cuantos
guerreros se estaban lavando ya en el arroyo frotándose con energía, con el
agua por las caderas.
—Quítate la ropa —indicó Simon, comenzando a
desnudarse con rapidez.
Me quité la capa y la dejé sobre un roca; luego me
despojé de los zapatos, los calcetines y los pantalones manchados de sangre.
Los guerreros que estaban más cerca observaron con curiosidad mis calzoncillos;
supuse que los calzones largos pronto se convertirían en una prenda de moda. Me
los quité también y avancé vacilante hacia la helada corriente, resbalando
torpemente en las redondeadas piedras del tamaño de una hogaza de pan.
Simon ya se había metido en el agua y chapoteaba
con evidente deleite. Algunos guerreros lo llamaron y por la manera de hacerlo
me di cuenta de la popularidad de que gozaba.
Me fui metiendo en el río con precaución; el agua
me producía en la piel el mismo efecto que agujas de hielo. Uno de los
guerreros se me acercó sonriente y gesticulante y me mostró algo que yo tomé
por una piedra. Resultó ser un trozo de jabón de color marrón que olía a sebo y
a algún tipo de yerba que no supe identificar. El sujeto me indicó con gestos
cómo debía enjabonarme; supongo que por la expresión de mi cara se imaginó que
jamás me había lavado.
El guerrero se enjabonó con un celo cercano al
fanatismo. Cuando hubo acabado, se enjuagó, me tendió el jabón y se dirigió a
la orilla. Apenas había empezado a lavarme, cuando el guerrero regresó con un
cuchillo curvo que parecía una hoja de afeitar. Y lo era. Con nuevas sonrisas y
gestos me indicó cómo usarlo. Con el revés de la mano se frotó la barba y
chasqueó la lengua; luego puso el delgado cuchillo en mi mano y se marchó
chapoteando.
Una vez que me hube acostumbrado a la temperatura
del agua, procedí a refregarme, contento de disfrutar del lujo de un jabón para
limpiarme aquellas asquerosas marcas. Después, utilizando como espejo las aguas
del río, logré afeitarme sin segarme la garganta. Cuando hube terminado, le
pasé el jabón y el cuchillo a otro guerrero que aguardaba y me sentí mucho
mejor tras aquel meticuloso raspado y fregado.
El horror de la batalla que había presenciado la
víspera desapareció junto con la fatiga que me agarrotaba los miembros; el
miedo y el asco se diluyeron
en el bendito baño. En un instante parecía como si
la carnicería de la víspera jamás hubiera ocurrido, como si la matanza fuera
sólo una pesadilla que se hubiera evaporado a la clara luz del alba. Después
del baño me sentía como si hubiera acabado de nacer.
Desde luego, no puedo recordar haberme bañado jamás
con tanto placer: el aire era seco y límpido, el día fresco como si fuera el
primero de la creación. El sol calentaba agradablemente y la brisa del sur
soplaba ligera y suave. Las aguas del río chispeaban con los juegos y chapoteos
de los guerreros, y el sonido de sus voces me llenaba de contento.
Durante un rato floté en las aguas haciendo el
muerto mientras pensaba:
«Estoy en el Otro Mundo tomando un baño. Estoy
nadando. Me siento feliz».
Simon se me acercó y me dijo:
—Deberíamos volver si queremos comer algo. Pronto
emprenderemos la marcha.
Busqué mi ropa y, aunque detestaba tener que
ponerme otra vez aquella asquerosidad, me vestí y lo seguí de regreso al caer.
El desayuno consistió en pan moreno y carne fría de la víspera, regada con más
cerveza. Bebí muy poca, pero devoré con hambre de lobo el pan y la carne.
Luego alguien hizo sonar agudamente un cuerno y
abandonamos el campamento. El príncipe Meldron y su bardo abrían la marcha,
escoltados por un contingente de guerreros montados a caballo. Los demás los
seguíamos a pie. Tres carros cargados de víveres y armas venían detrás. No
avanzábamos en filas ordenadas, sino en grupos de dos o tres, a paso ágil y
rápido, atravesando el amplio valle por el sendero que seguía el curso del río.
Cuando llevábamos caminando un buen trecho, algunos
guerreros se pusieron a cantar. Aunque no entendía la letra, me encantaban sus
potentes voces y el evidente placer con el que cantaban. El sol se había
levantado bastante y sentía su agradable calor en la piel desnuda. A medida que
avanzábamos me iba invadiendo un bienestar que jamás había experimentado y que
nunca había sospechado pudiera existir.
«¿Qué no daría —me pregunté a mi mismo— por
quedarme con esta gente para siempre?».
Era, desde luego, una idea absurda. No podía
quedarme, no me quedaría
ni un momento más del estrictamente necesario.
Había venido a buscar a Simon, lo había encontrado y ahora tenía que regresar
al mundo real.
—¿Adónde vamos? —pregunté acercándome a Simon.
—Volvemos a Sycharth.
—El lugar donde vive el rey —dije.
—Sí; el lugar donde vive el rey.
—¿Está muy lejos?
—A nueve días —me respondió con toda naturalidad.
—¿Andando?
—Andando —confirmó Simon.
—¡Oh!
—¿Algo va mal? —preguntó Simon echándome una mirada
de reojo—. ¿Es que tienes otra cita?
—No es eso. Pero…
—Supongo que eres incapaz de andar tanto tiempo.
—¡Dame un respiro! Al fin y al cabo soy nuevo en
este lugar; sólo quería saber lo que está pasando.
Simon frunció el entrecejo pero no respondió.
—¿Qué te está pasando a ti, Simon? Creí que te
alegrarías de verme. Pero actúas como si fuera tu hermana menor aquejada de
viruela, o algo parecido.
—Lo siento —gruñó; pero no parecía sentirlo en
absoluto.
—Es eso, ¿no? —insistí—. Habrías preferido que me
mantuviera al margen. Pero ahora estoy aquí y temes que vaya a aguarte la
fiesta. Bueno, tanto peor, pero aquí estoy y vas a tener que acostumbrarte.
Simon se detuvo y me obligó a mirarlo de frente.
—¡Mira! —dijo con los dientes apretados—. Vamos a
dejar claro un detalle: yo no te pedí que vinieras. Yo no pedí que nadie
viniera a rescatarme. Puedo velar por mí mismo. Pero, ya que estás aquí, te
aconsejo muy vivamente que te lo tomes con calma. Te salvé el cuello una vez,
pero quizá no pueda hacerlo en la próxima ocasión. ¿Lo has entendido?
—Perfectamente. Te has expresado con claridad
meridiana.
—Muy bien.
—Pero yo no voy a quedarme, Simon. Ni tú tampoco.
Tenemos que regresar lo antes posible. Cuanto más tiempo nos quedemos, será
peor.
Le recordé la conversación que habíamos mantenido
sobre los peligros que entrañaba inmiscuirse en el Otro Mundo.
—Es peligroso, Simon; podríamos causar un daño
irreparable.
—Ya —repuso asintiendo lentamente—. Quieres decir
que nuestra simple presencia aquí puede alterar muchas cosas. Si alteramos
cosas aquí, también se alterarían cosas en el mundo real.
—Eso es; y es imposible calcular lo que podría
ocurrir entonces. —Me satisfacía que Simon se mostrara tan comprensivo—.
Tenemos que averiguar dónde hay una puerta y cuándo está abierta.
—Quizá no sea fácil —replicó él.
—Se lo podríamos preguntar a… ¿cómo se llama?,
Ruadh, el bardo del príncipe.
Simon hizo un gesto desdeñoso con la cabeza.
—Mira —dijo con mucha prudencia—, déjalo en mis
manos.
—Pero…
—Sólo hasta que lleguemos a Sycharth. De todos
modos, hasta entonces no podemos hacer nada. Dame unos pocos días, ¿te parece?
Mientras tanto, tómatelo con calma. Ya verás cómo disfrutas de estos parajes.
—Bueno… —Hice una pausa mirando el esplendoroso
mundo que me rodeaba—. De acuerdo. Supongo que no se perderá nada con esperar
unos pocos días.
—Muy bien —dijo Simon con la más encantadora de sus
sonrisas—.
Déjalo en mis manos.
—¿De verdad te ocuparás de esto?
—Me ocuparé, te lo aseguro —prometió, y yo sentí
que me libraba del peso abrumador de la responsabilidad—. No te preocupes. Te
aseguro que es realmente un lugar bellísimo. El paraíso.
Reanudamos la marcha por el magnífico valle; el
plateado río Modornn fluía transparente y claro junto al sendero. Como Simon
bien había dicho, era un mundo de ensueño: hermoso, virgen, de una belleza viva
e inmaculada. Me extasiaba ante aquellos parajes. Mientras avanzábamos,
vislumbraba ora unas colinas cubiertas de neblina, azules en la distancia, ora
el brillo de unas aguas de plata que fluían lentamente entre un bosque de
flexibles y blancos abedules. Me quedaba embobado ante el salto de una trucha moteada
en el río, o ante el liquen amarillo que cubría las piedras negriazules, o ante
el canto de los pájaros que parecía emanar de la pureza del cielo.
Más de una vez mis ojos se llenaron de lágrimas,
puedo jurarlo. Me quedaba sin respiración y sentía una y otra vez en el corazón
punzadas de deseo; me embargaba un anhelo de plenitud cercano al éxtasis. En
efecto, al caminar por aquella cañada de belleza tan perfecta, me iba
cerciorando más y más de la pobreza de mi espíritu. Aquélla naturaleza tan
hermosa me conmovía y despertaba en mí sensaciones nuevas, al tiempo que hacía
que me sintiera avergonzado. ¿Tan pocas posibilidades de asombrarme me había ofrecido
la vida, que la simple contemplación de una ladera bañada por el sol despertaba
en mí tan abrumadoras sensaciones?
Ante aquel radiante paraíso del Otro Mundo constaté
con tristeza los años que había errado por la vida privado de la belleza que me
rodeaba. Lo lamentaba amargamente. Me sentía como un hombre ciego al que se le
concede la gracia de la vista; y, al tiempo que apreciaba el don, lamentaba la
carencia y la ignorancia que ahora se me revelaban. Caminaba como un borracho
por una tierra que a la vez sentía extraña y mía en sus más mínimos detalles.
Más de una vez, me sorprendí a mí mismo murmurando:
«¡Eso es! Así es como se suponía que debía ser». Pero, si alguien me hubiera
preguntado lo que quería decir con aquello, no habría sabido qué responder. Era
una experiencia demasiado nueva, demasiado fantástica como para poder dotarla
de un sentido racional completo. Sólo podía seguir andando y admirando.
Y, mientras caminaba, sentía el ineluctable encanto
del Otro Mundo. Era una atracción irresistible; y, cuanto más contemplaba su
esplendor, más disminuía mi deseo de resistirme a sus atractivos. Me iba
convirtiendo en un prisionero voluntario de su belleza, y al cabo de poco
tiempo la simple idea de regresar al mundo manifiesto se me antojó intolerable.
Hasta tal punto, que
dejé de pensar en el regreso y me abandoné al
esplendor y a la hermosura de lo que veía en torno.
Durante siete días atravesamos el fértil valle del
Modornn, siguiendo hacia el sur el curso del río; avanzábamos deprisa,
acampábamos junto al río al anochecer y reanudábamos la marcha al romper el
alba. Al final de la séptima jornada de marcha, el valle se abrió y se extendió
en un pantano y una pradera bordeada de bosques que cubrían las suaves laderas
de las colinas. Abandonamos el curso del río y avanzamos a campo traviesa. Al
anochecer del noveno día divisamos la fortaleza del sur del rey Meldryn Mawr:
Sycharth.
Se alzaba sobre la llanura, en un risco que
dominaba el mar. La fortaleza era imponente, y podía verse desde muy lejos:
parecía una espléndida corona roja en lo alto de la colina, resplandeciente
bajo la luz del sol poniente como una ciudad labrada en una piedra preciosa.
Incluso desde lejos, parecía el lugar más adecuado para sede de un rey
poderoso: era impresionante, enorme, formidable. Y sin embargo, de alguna
manera, parecía un lugar hospitalario, como si pudiera esperarse una cordial
bienvenida del hombre que allí gobernaba.
Las laderas que descendían del caer habían sido
convertidas en campos de labor, donde los campesinos se afanaban para preparar
la tierra con vistas a la siembra de primavera. Cuando la banda de guerreros
estuvo más cerca, los granjeros soltaron los aperos y salieron a nuestro
encuentro. Por lo caluroso del recibimiento, supuse que muchos de ellos eran
parientes de los guerreros.
Continuamos la ascensión hacia el caer, y casi
habíamos llegado a la entrada cuando por las puertas abiertas de par en par se
precipitaron mujeres y niños a darnos la bienvenida. Los guerreros que iban a
caballo desmontaron y fueron rodeados al instante. Los que íbamos a pie
corrimos a reunirnos con ellos y fuimos objeto de una bienvenida igualmente
calurosa: risas, abrazos, niños que nos cogían de la mano, guirnaldas de flores
primaverales. Era la clase de recibimiento con el que uno siempre sueña, pero
que nunca llega a saborear en la vida real.
—¿Todos son tan jóvenes? —pregunté asombrado al
observar que todos los integrantes de la comitiva de bienvenida eran jóvenes y
vigorosos—. ¿Es que nadie llega aquí a viejo?
Simon, guiñando un ojo a una llamativa joven de
trenzas castañas,
confirmó mi sospecha.
—No exactamente. Parece como si siempre
permanecieran jóvenes… Por lo menos, no envejecen como nosotros. —Se puso
repentinamente serio y mirándome de frente añadió—. Tú tampoco envejecerás
mientras estés aquí. Piénsalo.
¡No envejecer! Antes de que pudiera sopesar las
implicaciones de tan asombrosa revelación, la multitud se puso en marcha.
Fuimos poco menos que levantados y llevados en volandas al caer. Yo me resistí
y me quedé rezagado; mientras los demás seguían avanzando, me alejé un poco. En
el sur brillaba el resplandeciente arco de un brazo de mar que a la luz del
crepúsculo parecía de color violeta. «Sí, piénsalo —me dije a mi mismo—.
¡Piénsalo bien, Lewis! ¡Qué darías por quedarte para siempre en estas tierras!
¡Para siempre!». Me quedé pasmado ante tal posibilidad, tratando de
aprehenderla; Simon vino en mi busca.
—Eso es Muir Glain —me informó fingiendo no ver mi
asombrada expresión—. Es un estuario. Los astilleros del rey están en aquella
ensenada —añadió señalando hacia el río—, entre Sycharth y el Modornn.
Se dio la vuelta rápidamente y corrió a reunirse
con la festiva multitud. Lo seguí de mala gana, asaltado de pronto por el temor
del recibimiento de que iba a ser objeto. Las palabras de Simon me habían
recordado que, después de todo, yo era un extranjero en aquellos parajes.
Procuré tranquilizarme observando las edificaciones.
Dos altos muros de troncos se extendían desde la
elevada empalizada. El camino entre esos muros antes de llegar a la puerta
formaba un peligroso cuello de botella para los posibles atacantes. Aunque
ennegrecidos por el tiempo, los troncos eran sólidos y estaban en excelente
estado; eran un seguro refugio para un monarca poderoso.
Atravesamos la alta puerta de madera y entramos en
un enorme patio cubierto de yerba, tan grande que habría podido albergar a todo
un ejército. En el perímetro del patio se alzaban casas de piedra con tejados
de paja. Algunas eran más grandes que las otras, pero la mayoría eran pequeñas
y supuse que sólo debían de tener un dormitorio. Vi además entre las casas dos
edificios grandes y alargados, y por el humo que se alzaba de las chimeneas
centrales adiviné que eran las cocinas y los hornos.
Al otro lado del patio se elevaba el picudo tejado
de paja del palacio del rey: era un enorme edificio, hecho de vigas de roble y
piedra, que empequeñecía las construcciones contiguas; las hendeduras estaban
rellenadas de musgo verde y naranja, lo cual daba a las paredes un peculiar
aspecto aterciopelado. Dos puertas enormes por las que podían pasar hombres a
caballo estaban abiertas de par en par; y, ante las puertas, se alzaban dos
pilares de piedra sobre los que ardían dos fogatas encendidas en enormes braseros
de hierro. La superficie de los pilares estaba labrada de extremo a extremo con
intrincados dibujos: cabezas y cuerpos de pájaros y bestias se entrelazaban en
interminables nudos y espirales.
Nos reunimos en el patio ante los pilares, donde
fuimos recibidos por un bullicioso tropel de cortesanos y por el rey en
persona, montado en un bellísimo carro. El monarca apareció por la otra punta
del patio y se unió al tropel de cortesanos. Mientras avanzaba, los radios de
las ruedas relampagueaban y los negros caballos movían orgullosamente las
emplumadas cabezas. Desde el momento en que bajó del carro, no pude apartar de
él mis ojos. Derramaba autoridad y majestad; se movía con tanto señorío y autodominio
que una montaña anclada en el centro de la tierra no podría haber parecido más
segura que él. Su mera presencia física era una orden: honradme, obedecedme.
Por lo que pude deducir de mis rudimentarios
conocimientos de la lengua celta, su nombre significaba «Guerrero de Oro», y su
epíteto, «Mawr», lo apodaba como «El Grande». Meldryn Mawr era, sin duda, un
poderoso rey guerrero, reverenciado y honrado por su pueblo. Y también era de
oro: la reluciente torques que llevaba al cuello estaba hecha de gruesos
cordones trenzados de oro; su cinturón era una resplandeciente faja de discos
dorados que imitaban artísticamente las escamas de un pez; los brazaletes que
le ceñían los musculosos brazos eran de oro rojo y tenían la forma de
serpientes enroscadas con ojos de rubí; el manto era amarillo, con emblemas y
orla blancos cosidos con hilo dorado; la espada que llevaba al cinto tenía la
empuñadura de oro. Tras el rey había un paje que sostenía un blanco escudo
redondo con el borde y un adorno central de oro, también blanco, y blandía una
lanza cuya punta era de oro bruñido.
Observar la grandeza del rey era como contemplar el
sol. Aturdía su brillo y deslumbraba su magnificencia. Su elegancia
impresionaba e imponía respeto: tenía los cabellos rubios anudados en una
gruesa cola de caballo, el
bigote era poblado y magnífico, los ojos tranquilos
y serios. Las facciones de Meldryn Mawr atestiguaban su sangre azul: frente
alta, nariz recta, mandíbula y barbilla firmes, cejas bien dibujadas y pómulos
bien marcados.
Cuando comenzó a hablar, su voz era la de un dios:
profunda y melodiosa, matizada de ternura y humor, preñada de energía y
autoridad. No me cabía duda de que cuando la cólera le hiciera levantar la voz
podría dominar incluso a los elementos desatados. Pero entonces aún no había
oído hablar a Ollathir, el Bardo Supremo del rey.
El bardo del rey estaba a la derecha del monarca,
pero medio paso detrás. Como Ruadh, el Bardo Supremo vestía una sencilla túnica
marrón, aunque su manto era de rica púrpura con un broche de oro y además
llevaba una torques también de oro. Era alto y de aspecto severo, y era el
único de los habitantes del caer que parecía tener edad: no es que fuera viejo,
pero poseía ese aire de serenidad y dignidad que a veces adorna a los hombres
de edad provecta. Orgulloso, solemne y sabio, Ollathir permanecía sereno junto
al rey, tan impresionante y regio como un monarca. No me cabía duda de que me
encontraba frente al paladín de los bardos.
El rey hizo un leve gesto con el brazo e impuso
silencio a la asamblea. Habló muy poco; de vez en cuando alguna de sus palabras
me sonaba familiar y supuse que estaba pronunciando un breve discurso de
bienvenida. Luego se le acercó el príncipe Meldron, y ambos se abrazaron. El
príncipe dijo algo y se volvió para señalar a la banda de guerreros, de la que
se destacó el bardo del príncipe, quien se detuvo ante el rey con el manto
sobre la cabeza y entonó un extraño y desigual canto.
Vi a Simon y tan discretamente como pude me acerqué
a él.
—¿Qué sucede? —susurré.
—Ruadh le está recitando al rey la batalla
—respondió Simon.
—¿Cómo sabe lo que pasó? No estaba allí —objeté—.
Apareció con el príncipe cuando todo había acabado.
—Pues claro que no estaban allí. Presenciaron la
batalla desde la cima de la colina.
—¿Qué está diciendo?
—Le está diciendo al rey y al pueblo que somos
valientes e invencibles,
que el coraje fluye por nuestras venas, que en la
batalla nos comportamos con la valentía de los osos…, esa clase de cosas, ya
sabes.
Hizo una pausa y el bardo cantó un poco más.
—Ahora está describiendo la batalla…, el día que
hacía, la cañada donde se libró, cuántos eran los enemigos…, todo eso.
Asentí. El bardo siguió cantando un rato y luego se
calló. El rey volvió a hablar alzando las manos con ademán solemne.
—¿Y ahora qué pasa?
—El rey declara que el honor ha sido reparado y da
las gracias a los guerreros. Nos invita a un festín que se celebrará en nuestro
honor.
Me agradó la idea. La larga jornada me había
abierto el apetito.
—¡Estupendo! —susurré—. Vamos allá.
—El festín se celebrará mañana —me informó Simon en
tono áspero—.
Ésta noche hay que descansar.
Efectivamente, después de comer un poco de pan y de
beber un trago de cerveza fuimos a acostarnos. Los guerreros que tenían esposa
y familia se retiraron a sus casas; los demás, entre los que me contaba yo,
tuvimos que buscarnos acomodo. Simon y yo nos dirigimos a uno de los tres
enormes edificios de tejado bajo, a los que llamaban las Casas de los
Guerreros, nos envolvimos en los mantos de lana y nos acostamos en jergones de
paja fresca.
En la suave oscuridad, que fluía y refluía con la
marea de la respiración de los guerreros, me sentía más protegido y seguro que
nunca; jamás había gozado de un descanso tan profundo y tranquilo. Dormí
circundado por los muros de la fortaleza del rey, entre hombres resueltos a dar
su sangre y su vida por sus compañeros. Y antes del alba me desperté pensando:
«¿Qué daría por despertarme siempre entre estos hombres?».
16
LLYS MELDRYN
Con la primera luz, el caer comenzó
a despertar. La plácida noche se desvaneció con el
rojo ardiente del alba, y los habitantes de Sycharth se sacudieron el sopor y
se aprestaron a preparar el festín que había ordenado el rey. Simon había
desaparecido y no tenía ganas de quedarme solo en la Casa de los Guerreros. Así
que, arropado en el manto que me habían prestado, vagué a mi antojo para
familiarizarme con la configuración del terreno.
Doquiera que mirara, veía a alguien —hombre, mujer
o niño— dedicado a alguna faena. Ninguna mano permanecía inactiva, excepto las
mías. Nadie se preocupó de encomendarme algún trabajo; ni siquiera parecían
darse cuenta de mi presencia, aunque sorprendí a algunos niños observándome
boquiabiertos a hurtadillas.
Sycharth era aún más grande de lo que me había
parecido en un principio; debía de albergar por lo menos a unas mil personas.
Había tres zonas principales: una dedicada a almacén de víveres y grano, otra
destinada al ganado y una tercera a los talleres de los artesanos. Y,
esparcidas por doquier, se apiñaban las viviendas de los ciudadanos,
normalmente en grupos de tres o más, en torno a un patio central que servía de
cocina. Humo de color plateado se colaba por entre el cañizo del tejado de las
cocinas; los aromas se mezclaban en el aire y hacían que la boca se me llenara
de agua.
Todos los rincones del caer vibraban de actividad y
alboroto: los golpes del hacha en la leña se mezclaban con los agudos chillidos
de los cerdos que eran sacrificados, y por doquier se levantaban las voces de
los hombres que cantaban mientras trabajaban, de modo que, con aquella alegre
algarabía, toda la fortaleza parecía cantar. Vagué de un lado a otro, gozando
de los alegres sonidos, y a cada paso aumentaba mi admiración por la sencillez
de la vida en el caer.
No había calles propiamente dichas, sino una maraña
de estrechas veredas que se entrelazaban formando senderos más anchos. En esos
senderos había
un triple camino de piedras, cosa que al principio
me sorprendió, pero luego caí en la cuenta de que en la estación de lluvias los
cascos de los caballos y las ruedas de los carros se hundirían en el fango a no
ser por aquel rudimentario pavimento.
Las distintas construcciones parecían estar en
perfecto estado; los corrales estaban repletos de cerdos, ovejas y vacas, y las
cabañas de los artesanos, llenas de mercancías; todo indicaba que allí vivía
una tribu próspera y laboriosa. Tras un examen superficial, juzgué de sobra
justificada la jactanciosa afirmación de Simon de que los llwyddios eran el
clan más poderoso de aquellos territorios.
El recorrido por el caer me llevó más de media
mañana. Luego comencé a notar un vacío en el estómago y regresé a la Casa de
los Guerreros, donde me estaba esperando Simon con cierto nerviosismo.
—¿Dónde te habías metido? —me preguntó.
—Por ahí —repuse—. He estado dando un paseo.
Simon se dio la vuelta, cogió un bulto que había
sobre el jergón y me lo entregó diciéndome:
—Ponte esto, y date prisa.
Desaté el bulto y saqué una camisa de color azul
claro, unos pantalones verde oscuro con rayas rojas, un cinturón de tela marrón
y un par de botas de cuero de las que usaban los llwyddios. Todas las prendas
eran nuevas y estaban muy bien confeccionadas. Contento de deshacerme de mis
pantalones, me los quité y me dispuse a ponerme los nuevos.
—También los calzoncillos —ordenó Simon—.
Quítatelos.
—Pero… —quise objetar.
—Te resultarán un estorbo. De todas formas, ya no
te hacen ninguna falta.
No demasiado convencido, me los quité; en realidad,
hacía días que no me los había cambiado y no podía decirse que fuera una gran
pérdida, pero dudaba que no fueran a hacerme falta, como había asegurado Simon.
Sentí tener que deshacerme de mi calzado de excursión. Las botas parecían muy
cómodas, pero estaba convencido de que echaría de menos el sólido empeine y la
dura suela de mis zapatos.
Ni la camisa ni los pantalones tenían botones o
cordones, así que Simon tuvo que enseñarme cómo ceñírmelos con el ancho
cinturón, que me ató delante tras haberme dado dos vueltas a la cintura. La
camisa y los pantalones
—siarc y breecs los llamaba Simon— me venían
grandes, pero las botas me quedaban que ni pintadas.
Cuando hube acabado de vestirme, Simon retrocedió
unos pasos y me contempló con mirada crítica. Consideró que tenía un aspecto
aceptable, aunque no ciertamente elegante.
—Así estás mucho mejor.
Cogió entonces otro bulto y sacó un manto de color
naranja, que me colocó sobre los hombros.
—Póntelo así —indicó, enseñándome cómo hacerlo—.
Luego te lo recoges así… —Y me recogió los pliegues sobre el hombro izquierdo
con un alfiler de bronce—. Siento no poder proporcionarte un broche.
—Así está bien. No me importa.
—El caso es que, si quieres conseguir uno, tendrás
que ganártelo. Los broches son aquí un símbolo de rango, lo mismo que las
torques y demás chucherías.
—El oro para los reyes, la plata para los
príncipes, el bronce para los jefes, etcétera —dije enumerando parte de las
tradiciones célticas.
—Eso es —asintió él con aire satisfecho—, pero
otras sutilezas de rango vienen expresadas por el tamaño, el dibujo y la
hechura. No es difícil; ya te irás dando cuenta.
—Simon —le pregunté en tono grave—, ¿cómo has
llegado a saber tantas cosas?
Era una pregunta que me venía rondando por la
cabeza desde el mismo momento en que vi a Simon en el campo de batalla. Pero
hasta entonces no había sido capaz de formularla.
—¿Cómo te las has arreglado para aprenderlas en tan
poco tiempo? — insistí.
Simon enarcó una ceja.
—¿De qué estás hablando?
—Bueno, sólo hay que verte… Eres un guerrero,
luchas en las batallas, sabes todo acerca del género de vida de aquí, hablas su
lengua como un nativo. ¿Cómo es posible? Hace sólo un par de meses que estás
aquí.
—Llevo viviendo cuatro años con el clan de los
llwyddios —repuso Simon con toda seriedad.
—¡Cuatro años! No puedes…
Me interrumpí de golpe. El tiempo en el Otro Mundo
no era el mismo que en el mundo real. Cada mundo marcaba el tiempo de forma
distinta, y no había correspondencia entre el tiempo de uno y de otro. Los
minutos podían ser años, los años podían ser horas, décadas, segundos, siglos.
¿Quién podía saberlo?
Era un hecho de sobra documentado en la literatura
del folclore celta, pero hasta esos momentos yo no había acabado de creerlo. No
pude menos que sentir miedo ante la idea de que el tiempo estuviera
transcurriendo en el otro lado de forma independiente a como transcurría en
éste. ¿Qué nos aguardaría cuando regresáramos allá?
Simon frunció los labios con irritación.
—¿Se puede saber qué pasa ahora?
Dejando a un lado mi ansiedad, le sonreí.
—Nada. Ahora me siento como un verdadero celta
—afirmé—. Es estupendo.
—Me alegro de que pienses así.
Me pareció notar un deje de mordacidad en sus
palabras.
—¿Por qué? ¿Qué ocurre?
—El rey ha reunido hoy su corte y desea verte.
—¿De veras?
—Eres de los primeros en su agenda, tío.
—Ni siquiera sabía yo que el rey se hubiese
enterado de mi presencia.
—Oh, claro que se ha enterado —me aseguró Simon—.
Si Meldron no se lo hubiera dicho, lo habría hecho Ruadh. Mataste a un jefe
cruino, ¿ya no te acuerdas?
—¡Oh, vaya!
Simon me dirigió una mirada grave.
—Mira, será mejor que nos dejemos de malentendidos,
¿de acuerdo? Tú mataste al jefe. Métetelo en la cabeza, ¿comprendido? Si niegas
haberlo hecho, te crearás problemas y se los crearás a los demás guerreros.
Podrías verte metido en un buen lío.
—Muy bien, Simon. De acuerdo, si es tu deseo. Pero
¿por qué es tan importante…?
—No quiero seguir discutiendo. Tú no tienes ni la
más remota idea de cómo van las cosas aquí. Limítate a hacer lo que te digo. Es
por tu bien, créeme.
—Bien. Magnífico. Haré lo que me dices.
Debía de tener un aire preocupado, porque Simon me
sonrió y me dio una palmada en el brazo.
—No te preocupes. Estaré a tu lado en todo momento.
¿Listo?
—Listo —dije—. Sólo una cosa más.
—¿Qué te ocurre ahora?
—Ya sé que probablemente no es el momento adecuado
—murmuré con cierta vacilación—, pero tenemos que hablar de nuestro regreso…,
del regreso al mundo real. Dijiste que esperáramos hasta llegar a Sycharth; muy
bien, ya hemos llegado. Quizá podrías decirle algo al rey.
—Tienes razón —repuso Simon, y por un momento creí
que iba a mostrarse razonable—. Pero no es el momento adecuado. Hablaremos con
el rey después del festín. Vamos, diviértete un poco, Lewis. Relájate, ¿te
parece? Ya nos las arreglaremos.
—Muy bien —asentí a regañadientes—. Después del
festín.
—Vamos, pues.
Simon se dio la vuelta y salimos del alojamiento.
Nos dirigimos al palacio del rey siguiendo el camino inverso al de la víspera;
noté que, a medida que nos acercábamos, la actividad iba en aumento. En el
patio que se extendía ante el palacio real habían sido dispuestas enormes mesas
sobre caballetes,
con bancos a ambos lados. Un considerable número de
hombres y muchachos estaban levantando una pequeña pirámide de toneles de roble
en medio del patio. En la puerta del palacio había varias docenas de guerreros.
Y una veintena de caballos estaban atados al otro lado del patio.
Simon vio cómo observaba los caballos.
—Algunos de los jefes de Meldryn Mawr han acudido
al llys.
«Llys» significa en britano antiguo «corte», y se
refiere al lugar de reunión o a la propia reunión. Yo sabía que, además, tales
reuniones se aprovechaban para muchas cosas. Se hacían negocios, se vendía y se
compraba, y se exponían pendencias y desgracias personales con la pretensión de
que fueran reparadas. Cualquiera con una queja o un agravio podía subir al
estrado y hablar ante el rey, que debía impartir la debida justicia. En el
reino la palabra del rey era la ley, la única ley que su pueblo conocía. Podían
hacerse o perderse fortunas, podía cambiar para siempre el curso de las vidas,
según de qué parte se inclinara la disposición del rey.
El hecho de que yo fuera a formar parte de ese
solemne drama me hundía alternativamente en el temor y en la excitación. ¿Qué
quería el rey de mí? ¿Qué me diría? ¿Qué le diría yo? Me resultaba difícil
obedecer el consejo de Simon de que debía relajarme; y el de divertirme estaba
desde luego fuera de toda cuestión.
Nos detuvimos junto a la entrada del palacio, y
Simon echó una rápida ojeada al sol.
—Pronto empezará la reunión —dijo—. Será mejor que
entremos y ocupemos nuestros sitios. —Comprobó mi aspecto por última vez—. Por
desgracia, no hemos tenido tiempo para que te afeitaras.
—¡Vaya! ¡Y me lo dices ahora! —murmuré frotándome
la rasposa barba, un tanto enojado por el descuido de Simon.
Pasamos entre los pilares de piedra tras saludar a
los guerreros que holgazaneaban junto a la entrada; uno de ellos gritó algo y
Simon le contestó. Todos se echaron a reír. Supuse que el chiste era a mi
costa, pero sonreí nerviosamente y asentí con la cabeza. Luego seguimos nuestro
camino.
Un guerrero de aspecto imponente estaba junto a la
entrada. A una palabra de Simon el musculoso gigantón se hizo a un lado para
dejarnos pasar y me
dirigió una mirada desdeñosa que no dejaba lugar a
dudas; era evidente que no me consideraba un matador de jefes.
—Se llama Paladyr —me explicó Simon—. Es el paladín
de Meldryn. Un buen muchacho.
El salón estaba oscuro y frío. Cuando mis ojos se
acostumbraron a la escasa luz que se filtraba por estrechísimas ventanas, vi
algo que parecía ser un soto de árboles; había, en efecto, enormes columnas de
troncos que servían de soporte a las vigas del techo. Cada una de las columnas
estaba labrada con las espirales sin fin del arte céltico. En un extremo de la
enorme sala abría sus fauces frías y oscuras una gigantesca chimenea. En el
extremo opuesto a la chimenea, un tabique de madera tapaba el fondo del salón,
donde supuse que estaban los aposentos reales.
Delante del tabique se alzaba un estrado circular
de piedra, en torno al cual se levantaban siete pértigas de hierro con siete
antorchas encendidas. Sobre el estrado había un enorme sillón, al parecer
tallado en un único y gigantesco bloque de madera negra. La madera estaba
adornada con innumerables discos de oro que llevaban grabado el típico dibujo
en espiral. A la vacilante luz de las antorchas, parecía que los discos se
movieran despacio. La ilusión de movimiento hacía que la silla tuviera el
aspecto de algo vivo, de un objeto animado con fuerza y voluntad propias.
Cerca del estrado unas cien personas se habían
reunido en pequeños grupos y hablaban en voz muy baja. Algunas portaban objetos
diversos: una pieza de tela, un arma finamente trabajada, un bol, un plato;
supuse que debían de ser regalos para el rey. Deseé haber traído algo yo
también.
Pero no tuve tiempo de entretenerme con tales
pensamientos porque, en cuanto hubimos ocupado nuestros lugares a un lado de la
asamblea, sonó en el salón una nota fuerte y estridente, como el sonido de un
cuerno de carnero. De detrás del tabique apareció el bardo del rey que subió al
estrado y se detuvo justo delante de nosotros. Cogió un pliegue de su manto y
se lo puso sobre la cabeza; luego alzó las manos. Vi que sostenía un largo
bastón, una especie de vara, cuyo puño relucía a la luz de las antorchas. Alzando
la vara por encima de su cabeza, comenzó a hablar con tono firme y en cierto
modo amenazador.
Dirigí una interrogante mirada a Simon.
—El Bardo Supremo nos está recordando que la
palabra del rey es la ley y que sus juicios son inapelables —me tradujo Simon.
Cuando hubo acabado de hablar, el bardo se colocó a
la derecha y un poco detrás del trono del rey. El cuerno volvió a sonar y
apareció Meldryn Mawr, con el aspecto de un verdadero rey sol: sus vestiduras
eran impresionantes y su rostro resplandecía. Iba vestido de color carmesí:
camisa, pantalones y botas. El cinturón de oro de escamas de pez relucía
esplendorosamente; brillaban también las gemas de sus brazaletes. Además de la
torques, el rey llevaba una corona que parecía hecha de hojas y ramas de roble
bañadas en oro. Escrutó a la muchedumbre con ojos confiados y sabios. La fuerza
de su mera presencia llenaba todo el salón y atraía todas las miradas; yo mismo
no podía apartar los ojos de él.
Cuando el rey se hubo sentado en el trono, el
príncipe Meldron subió al estrado y colocó sobre los hombros de su padre un
manto de piel de oso negro. Luego se inclinó hasta tocarle el empeine y se
retiró al lugar que ocupaba entre los jefes. Vi que Ruadh se colocaba
inmediatamente junto a él.
A una seña del rey, Ollathir levantó la vara de
madera y golpeó la piedra tres veces. Después señaló al primero de los
peticionarios, un hombre alto y robusto de imponente semblante, que avanzó
hacia el estrado y hendió sus manos para ofrecer su regalo: un hermoso arco y
un carcaj con flechas de plateadas puntas.
El rey inclinó su regia testa en señal de que
aceptaba el regalo, y el hombre comenzó a exponer su ruego. Tras escuchar unos
instantes, Simon susurró:
—Es Rhiogan de Caer Dyffryn, uno de los jefes de
Meldryn Mawr en la frontera oriental. Está pidiendo permiso al rey para atacar
a los vedeios, una de las tribus de los cruinos, al otro lado del río.
Simon hizo una pausa y escuchó un poco más.
—Según parece, los vedeios hicieron una incursión
el pasado otoño y robaron ganado. Rhiogan quiere que le sea devuelto el ganado
más un número igual al robado como castigo.
El rey escuchó la petición enlazando los dedos de
vez en cuando. Cuando Rhiogan hubo acabado de hablar, Meldryn le planteó unas
cuantas preguntas que el capitán respondió con sencillez y naturalidad. Luego
el monarca miró a
Ollathir, le susurró algo al oído y se reclinó en
el asiento.
Ollathir comunicó entonces al jefe el mensaje del
rey.
—¿Qué está diciendo? —pregunté fascinado.
—Está transmitiendo el veredicto del rey; concede
el permiso para atacar, con la condición de recibir parte del botín.
—¿Es eso justo?
—No es un problema de justicia —me explicó Simon—.
De esa forma, si el rey comparte el botín, también se hace responsable del
ataque y las culpas recaen sobre él. Así, si los vedeios causan problemas por
este asunto, tendrán que vérselas con Meldryn Mawr, no sólo con Rhiogan.
—Eso significa que el rey está autorizando que se
tomen represalias en su nombre.
—En esencia, así es.
El señor pareció complacido con la decisión y subió
al estrado. Avanzó hacia el trono, se arrodilló e, inclinándose, apoyó la
cabeza en el pecho del monarca, como un niño que buscara consuelo en el regazo
de su madre. Pese a lo chocante de la postura, era un gesto conmovedor.
El siguiente peticionario no fue uno de los señores
de Meldryn, sino un bardo de un asentamiento del norte, que solicitaba permiso
para acudir a una reunión de bardos en el reino vecino. La petición era, según
me informó Simon, una formalidad observada no tanto por deferencia al rey, sino
por respeto a Ollathir, que también iba a asistir a la reunión.
El tercer peticionario era un granjero de una
hacienda del propio Meldryn; pedía la ayuda del rey para limpiar un pedazo de
tierra, proceso que incluía el drenaje de una zona pantanosa. La tarea
sobrepasaba la capacidad del granjero, que iba a necesitar considerable ayuda
para preparar la tierra para la próxima siembra ya inminente.
El rey, por mediación de su bardo, dio su
beneplácito a la empresa a cambio de una modesta compensación, y prometió la
ayuda de cincuenta guerreros que trabajarían bajo la dirección de un gwyddon.
—¿Qué es un gwyddon? —pregunté a Simon, cuando me
hubo explicado la situación.
—Una especie de bardo. Hay varias clases de bardos,
distintos grados, por así decir. Desde el penderwydd, que es el Sumo Druida, el
Bardo Supremo, hasta el mabinog, que es un alumno o aprendiz. El gwyddon es un
experto en cualquier cosa que tenga que ver con la tierra o el ganado; es
además lo más parecido a un médico, en estas tierras.
«Engranajes dentro de engranajes», pensé. Incluso
las sociedades más primitivas tenían su burocracia.
Se adelantó después el siguiente peticionario y un
audible murmullo se levantó entre la multitud. Los que estaban delante se
quitaron de en medio para abrir paso; por la forma en que todos se comportaban,
se diría que se trataba de un criminal.
—Esto sí que va a ser sabroso —susurró Simon.
—¿Quién es?
—Se llama Balorgain —repuso Simon en tono
excitado—. Es un noble del linaje de Meldryn Mawr. Mató a un pariente de
Meldryn en una pelea; por eso ha vivido en el exilio durante los últimos años.
—¿Qué está haciendo aquí?
—Mira y observa —contestó Simon con una mirada que
expresaba un enorme y casi malévolo interés.
El rey contempló al noble con evidente desprecio,
aunque a mí me pareció que Balorgain parecía sinceramente arrepentido. Se
detuvo ante el rey con las manos en jarras. El Bardo Supremo dijo algo, una
pregunta. El hombre respondió en voz baja. Vi que el rostro del rey se
endurecía, que la línea de la boca se tensaba y que los ojos adoptaban una
expresión cruel.
—Balorgain tiene agallas, no puede negársele
—comentó Simon—.
Podrían haberlo matado aquí mismo.
—¿Qué sucede?
—Ha reclamado naud del rey —me explicó—. Es…
—Sé lo que es —le susurré yo.
Ya me había topado con esa palabra otras veces: era
un término legal que significaba asilo, refugio. Entre los antiguos celtas, un
noble podía pedir naud, derecho de asilo, para librarse de un castigo.
Curiosamente, la petición
de naud llevaba implícita la obligación moral por
parte del rey de garantizarlo. Por alguna razón misteriosa, cuando un monarca
rehusaba conceder el naud que se le pedía, la culpabilidad del crimen recaía
sobre él.
Al parecer, Balorgain había regresado del exilio y
se había introducido en la sala sin ser visto, para pedir naud. Si se le
concedía, el crimen le sería perdonado y el valiente Balorgain podría volver a
vivir en libertad entre su gente. Naturalmente, a Meldryn Mawr, que lo había
condenado al exilio, no le complacía tal perspectiva. Pero, como el gran rey
que era, se limitó a susurrar unas palabras a Ollathir, quien declaró que se
concedía la gracia de naud que Balorgain solicitaba. Y Balorgain abandonó la asamblea
como hombre libre.
Los casos que siguieron fueron insignificantes
disputas entre tribus vecinas; el más interesante fue un adulterio entre una
mujer casada de un asentamiento y un hombre soltero de otro. Se resolvió
condenando al soltero a pagar como compensación al marido burlado tres vacas o
diez ovejas, a elección del ofendido. La mujer infiel, sin embargo, no escapó
sin castigo. En efecto, se le concedió al marido el derecho de tomar una
concubina cuando le viniera en gana.
Meldryn Mawr pareció entonces perder todo interés
por los juicios, y escrutó la sala en busca de alguna diversión. Sus ojos se
posaron en el lugar que ocupábamos Simon y yo. Inclinó la cabeza, y Ollathir
nos indicó por señas que subiéramos al estrado.
Simon me llevó hasta allí. No teníamos regalos, así
que no hicimos ofrenda alguna. Al rey no pareció importarle demasiado. Me miró
con viva curiosidad; la expresión de aburrimiento se borró de su rostro
mientras me observaba de pies a cabeza.
Como habían hecho los demás, Simon relató
sucintamente los acontecimientos. Por lo menos, así me pareció. El rey repuso
algo y planteó algunas preguntas. Simon respondió con brevedad. Meldryn Mawr
asintió con la cabeza y yo creí que ahí acababa todo, porque se volvió hacia el
Bardo Supremo y le susurró unas palabras. Ollathir escuchó con atención sin
dejar de observarme. Yo me limitaba a esperar el veredicto del rey.
Pero el monarca me miró y me indicó con señas que
me acercara. Yo avancé unos pasos; Simon me siguió. Entonces el rey me dijo
algo. Yo sonreí con educación.
—¿Qué dice? —le pregunté a Simon sin abandonar la
sonrisa.
—El rey quiere saber cómo llegaste aquí —repuso con
toda tranquilidad Simon—. Comprende que no hablas su idioma y me ha pedido que
actúe de intérprete. No se te ocurra cuchichear; habla con toda claridad y yo
traduciré tus palabras.
—De acuerdo. Pero ¿qué voy a decirle?
—Dile la verdad —contestó Simon con impaciencia—.
Pero, digas lo que digas, no muestres la menor vacilación. Aquí un segundo de
vacilación se considera una mentira.
Tragué saliva. El rey me contemplaba con expresión
benigna.
—Soberano señor —dije—, soy un extranjero. He
llegado hasta tu reino desde otro mundo… a través de un cairn que se levanta en
una colina sagrada.
—Excelente respuesta —comentó Simon, que procedió
inmediatamente a traducir mis palabras.
El rey asintió sin mostrar la menor sorpresa y
preguntó otra cosa que Simon me tradujo.
—Quiere saber además cómo lograste matar al jefe
cruino.
—Soberano señor —repuse—, maté al jefe cruino por…
accidente. En el fragor de la batalla encontré una lanza y se la clavé cuando
él me atacó.
Simon tradujo sin vacilaciones mis palabras y
después me comunicó lo que el rey había dicho.
—Quiere saber si en tu mundo eras un bravo
guerrero.
—Soberano señor, yo no soy un guerrero. Soy el
último de los guerreros.
Cuando el rey escuchó la traducción de Simon,
enarcó las cejas sorprendido.
—Si no eres un guerrero, ¿qué eres?, ¿un bardo?
—Soberano señor, no soy un bardo.
El rey escuchó mi respuesta de labios de Simon e
inquirió:
—¿Eres un artesano, o quizá granjero?
—Soberano señor —respondí—, no soy ni artesano ni
granjero.
Meldryn Mawr pareció sorprenderse al oír mi
respuesta y dijo algo en un tono que traslucía su perplejidad.
—¿Qué ha dicho? —pregunté impaciente a Simon.
—No luchas, no cantas, no plantas ni siegas. ¿Qué
es lo que haces entonces, extranjero? —tradujo Simon.
—¿Qué debo decirle? ¿Cómo explicárselo? —siseé a
Simon.
—¡Limítate a responder! ¡Deprisa! —me siseó a su
vez Simon.
—Soberano señor —dije—, me dedico a leer, a
escribir. A aprender.
—¡Espléndido! ¡Acabas de estropearlo todo! —murmuró
Simon, pero tradujo mi respuesta al rey.
Meldryn me miró con expresión desaprobadora; luego
se volvió hacia Ollathir y después hacia Meldron, quien le susurró algo al
oído. Entre los asistentes se levantó un murmullo.
—¿Qué ocurre? —quise saber.
Antes de que Simon pudiera contestar, el rey
pronunció unas palabras que Simon me tradujo.
—El rey dice que no le gusta ser burlado ni
siquiera por un huésped ignorante de las costumbres de los llwyddios. Has
venido a su corte vestido de guerrero y tendrás que convertirte en guerrero.
—¡Imposible! —exclamé presa del pánico—.
Explícaselo. No vamos a quedarnos mucho tiempo. Nos marcharemos lo antes
posible…, tenemos que marcharnos, Simon. En cuanto averigüemos el modo de
regresar a nuestro mundo, nos iremos. Tienes que decírselo, Simon —le rogué
desesperadamente—. Házselo entender.
Simon dijo algo al rey, quien tras escucharlo
murmuró algo al Bardo Supremo. Ollathir comunicó la decisión del monarca con
una voz preñada de autoridad y severidad. Cuando hubo acabado de hablar, golpeó
el suelo tres veces y se dio por terminada la asamblea. Meldryn Mawr se levantó
del trono y se retiró. Los que nos habíamos reunido en el salón salimos
lentamente al patio donde continuaban los preparativos para celebrar la
victoria.
—¿Y bien? —pregunté tan pronto como hubimos salido
del salón—. ¿Qué dijo el rey? ¿Qué ocurrió ahí dentro?
Simon tardó unos momentos en contestar.
—No consideró conveniente cambiar de decisión —dijo
al fin.
—¿Qué significa eso?
—Vas a convertirte en un guerrero, muchacho.
—¡No puede obligarme!
—¡Claro que puede! —replicó Simon—. Es el rey.
—Pero yo no tengo ni la más remota idea de lo que
es un guerrero. Me matarán. Además, no voy a quedarme aquí mucho tiempo. ¿Le
dijiste que nos íbamos a ir muy pronto? Tenemos que regresar a casa, Simon. Se
lo dijiste, ¿verdad?
Simon titubeó.
—Bueno, no exactamente.
—¿Qué le dijiste entonces? —grité indignado.
La gente que nos rodeaba nos contemplaba con
expresión divertida; al parecer, les hacía mucha gracia mi ataque de nervios.
—No grites —me advirtió Simon—. Van a pensar que
pones en tela de juicio la decisión del rey.
—¡Que se vayan al cuerno! ¡Pues claro que pongo en
tela de juicio la decisión del rey! Eso es exactamente lo que estoy haciendo.
—No grites —volvió a advertirme Simon—. Y mucho
menos aquí, ante el palacio del rey.
—¡Gritaré donde me venga en gana! ¿Quieres hacer el
favor de decirme qué demonios está pasando?
Simon me agarró del brazo y nos alejamos del
palacio.
—El rey considera que una persona capaz de matar a
un jefe por accidente merece la oportunidad de convertirse él mismo en jefe.
Puesto que has declarado que te dedicas a aprender, aprenderás la profesión de
guerrero. Es realmente un honor lo que te ha concedido. Y bastante grande,
teniendo en cuenta las circunstancias.
—¿Qué circunstancias?
—El hecho de que casi lo insultaste con la ligereza
de tus respuestas.
—¡La ligereza de mis respuestas! ¿A qué te
refieres?
—Ni guerrero, ni bardo, ni granjero… Lo pusiste en
ridículo delante de sus jefes. Fue una insensatez.
—No tenía la menor intención de ponerlo en ridículo
—protesté—. Sólo trataba de responder a sus preguntas, tal como me dijiste.
—Y así lo entendió el rey —me explicó Simon—, por
eso no mandó que te arrancaran allí mismo la lengua. Como te he dicho, te ha
concedido un gran honor.
—Bueno, pues yo no quiero aceptarlo —insistí
cruzando las manos sobre el pecho—. Tendrás que decírselo. Explícale cómo están
las cosas. Haz las averiguaciones necesarias. A lo mejor su bardo puede
ayudarnos.
—Demasiado tarde —replicó Simon—. El momento
oportuno ha pasado; la sesión se ha levantado. La palabra del rey es la ley,
¿lo recuerdas?
—¡Vaya una mierda! ¿Qué diablos se supone que tengo
que hacer ahora?
Simon señaló hacia donde estaban atados los
caballos, al otro extremo del patio. Miré hacia allí y vi a Ollathir hablando
con un joven. El joven cogió la orla del manto del Bardo Supremo, se la llevó a
los labios y la besó. Sin mirar hacia nosotros, el bardo se retiró. El joven se
apresuró a coger las riendas de dos caballos y se dirigió a nuestro encuentro.
—Viene hacia aquí —observé, sintiendo que, como un
enjambre de hormigas, me invadía un inquietante temor—. Simon, ¿qué va a
hacer?, ¿qué pasa?
Simon me puso la mano en el hombro.
—Tranquilízate, Lewis. Será lo mejor.
—¿Qué será lo mejor? ¡Simon! ¿Qué va a suceder?
—pregunté con voz aguda—. Tú lo sabes… ¡Dímelo de una vez, mierda!
—Escucha con atención, Lewis —contestó Simon como
si quisiera tranquilizar a un niño preso del nerviosismo—. No va a ocurrirte
nada malo. Te vas de viaje.
—No comprendo. ¿Adónde tengo que ir?
—A Ynys Sci —respondió, pronunciando «Ennis Sky»—.
Es una isla donde hay una escuela para guerreros. Allí aprenderás a combatir y,
cuando hayas aprendido, regresarás aquí para servir a Meldryn.
—¡Una escuela para guerreros! Es una broma,
¿verdad?
Simon sacudió la cabeza con aire solemne.
—No es una broma. Los muchachos de toda Albión son
enviados a esa escuela…, los hijos de reyes y de jefes. Ya te lo dije, te ha
sido concedido un gran honor.
Estaba tan aturdido que no podía ni hablar. Me
quedé mirando con mudo desespero al joven que se acercaba y saludaba a Simon.
Intercambiaron unas breves palabras, y después el joven me miró y se llevó la
mano a la frente.
—Te presento a Tegid Tathal —me dijo Simon—. Es un
brehon, otra clase de bardo. Es la mano derecha de Ollathir. El Bardo Supremo
lo ha elegido para que sea tu guía. También se le ha encargado que te enseñe la
lengua.
Tegid me sonrió y me tendió las riendas de uno de
los caballos.
—¿Ya nos vamos? ¿Ahora mismo?
—Sí. Ahora mismo —dijo Simon acercándose al
caballo—. Ven, te ayudaré a montar.
—¡Es una locura! —murmuré entre dientes—. Yo no
pertenezco a este mundo.
—Relájate —me tranquilizó Simon—. Procura
disfrutar. Será una experiencia inolvidable. Te han concedido un gran honor.
Ojalá pudiera acompañarte…, y te hablo en serio.
—¿Por qué no puedes?
—Órdenes del rey —repuso Simon encogiéndose de
hombros—. Pero no te preocupes. Estaré aguardándote cuando regreses.
—Querrás decir «si» regreso.
—¡Oh! Regresarás, no tengas miedo —me aseguró
Simon—. Según dice Tegid, el rey ha decretado que te cuiden con especial
cuidado; no van a matarte durante el entrenamiento. No te preocupes. Todo está
en orden.
Simon entrelazó las manos a modo de estribo. Apoyé
el pie y me alzó
hasta la silla. La llamo «silla» aunque era poco
más que una tira de cuero sobre una manta doblada, con una correa que evitaba
que se cayera.
—Simon, escúchame. Tienes que ir a hablar con el
rey. Tienes que conseguir que cambie de opinión. Te hablo en serio, Simon. No
podemos quedarnos aquí. Tenemos que regresar a casa. No pertenecemos a este
mundo.
—Veré qué puedo hacer —me prometió vagamente—.
Mientras tanto, procura tranquilizarte. No sacarás nada con ponerte nervioso.
Relájate y disfruta.
Cuando estuve instalado en la silla, Tegid montó de
un salto en su caballo, lo azuzó y atravesó el patio al trote ligero. Mi
montura, un caballo enorme de color gris, trotó tras él.
—¡No sé montar a caballo! —grité aferrándome a las
crines del animal como quien se aferra a la vida.
—¡Claro que sabes! —exclamó Simon—. ¡Buena suerte,
Lewis!
Así fue como partimos de viaje. La gente dejaba sus
ocupaciones y nos saludaba al vernos pasar, supongo que deseándonos buen viaje.
Cuando llegamos a la estrecha puerta del caer, volví la cabeza, miré hacia
atrás y vi que nos decían adiós con las manos. Fruncí el entrecejo y caí en la
cuenta de que, gracias al maravilloso honor que me había concedido Meldryn
Mawr, iba a perderme el festín.
17
CAMINO DE YNYS SCI
Era imposible estar de malhumor en
aquella hermosa tierra. Viajamos durante días a
través del más bello lugar que imaginarse pueda: el paisaje me dejaba sin
aliento, me fascinaba. Cada cien metros me entraban ganas de detenerme a
admirar el panorama. Si Tegid me lo hubiera permitido, aún estaríamos de viaje
hacia Ynys Sci.
Viajábamos ligeros de equipaje; yo sólo llevaba mis
ropas y Tegid su vara de roble y una bolsa de cuero en la silla de montar que
contenía unas pocas provisiones. Sin embargo, mi guía imponía una marcha lenta,
aunque regular. Yo se lo agradecía infinitamente. No había montado a caballo
desde que era un niño, durante las fiestas del condado, y además en un poni.
Tegid me dio tiempo a que recordara los escasos rudimentos de equitación que
poseía y me enseñó lo mucho que me quedaba por aprender. Me mostró cómo guiar
al caballo con una simple presión de rodilla, de modo que las manos me quedaran
libres para manejar el escudo y la espada o la lanza. Todos los días, de vez en
cuando, azuzaba a los caballos y los ponía al galope, de modo que pronto
aprendí a mantenerme firme en la silla y a amortiguar las sacudidas del animal.
Los días eran suaves y claros, las noches frescas y
secas; poco a poco la tierra iba templándose para recibir a la primavera. Nos
dirigíamos hacia el noroeste a través de los anchurosos bajíos sobre el río
Sychnant, por un antiguo camino de montaña que un rey llwyddio había trazado
para comunicar los asentamientos más alejados. Tegid lo llamaba Sarn Meldraen.
Según dijo, recibía ese nombre en homenaje a uno de los más famosos antepasados
de Meldryn Mawr.
Tegid me contó muchísimas cosas. Al principio yo
entendía muy pocas, pero era un maestro infatigable y me hablaba sin parar
desde las primeras luces del alba hasta la noche, cuando yo apenas podía
mantener los ojos abiertos. Gracias a que me repetía las cosas una y otra vez
con un celo envidiable, logré hacerme con un rudimentario vocabulario del
protogaélico
que hablaban los habitantes de Albión.
Desde luego, algunos términos me resultaban
familiares, pues había encontrado muchos arcaísmos durante mis estudios de las
tradiciones célticas y habían cambiado poco. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo,
los bardos de la antigua Gran Bretaña mantuvieron siempre que su lenguaje
emanaba del Otro Mundo. Muchos catedráticos descartaban semejantes historias,
por considerarlas insensatas jactancias de una desharrapada tribu que pretendía
presumir de ilustres antepasados. Pero al oír el lenguaje de la ágil lengua de Tegid,
deseché tales dudas. El lenguaje de Albión era rotundo y sutil, muy expresivo y
riquísimo en color, sonido y movimiento. No era difícil identificarlo como la
raíz del moderno gaélico.
Como Tegid y yo no teníamos nada más que hacer
durante el viaje, procuraba imitar la pronunciación de mi maestro lo mejor que
podía, pese a la difícil articulación de las sílabas y a la compleja matización
de las vocales. En su honor debo decir que jamás se burló de mis esfuerzos, a
menudo infructuosos. Me corregía con suma paciencia los errores y alababa el
más pequeño de los logros. Inventaba juegos de palabras y se hacía el sordo
cuando por cansancio o frustración yo me pasaba al inglés. Parecía realmente
interesado en enseñarme las endemoniadas complejidades de su idioma y jamás
esquivaba una palabra o construcción extrañas. Y, en cuanto yo conseguía
dominar un estadio discreto, me alentaba y empujaba a familiarizarme con
construcciones más refinadas y complejas.
Con una enseñanza tan intensa e imaginativa, pronto
me familiaricé con lo que los bardos llaman Moddion-o-Gair, los Caminos de
Palabras. Y, a medida que aprendía, comencé a ver el mundo con más claridad. Sé
que suena a excentricidad, pero es la pura verdad. En efecto, cuantas más
palabras tenía para nombrar las cosas, con más facilidad estructuraba mis
pensamientos y más vividos llegaban a ser. El conocimiento se hacía más
profundo y la conciencia más aguda.
Creo que todo esto tenía que ver con la esencia de
aquel lenguaje: no había palabras muertas. No había palabras que hubieran
sufrido la rapiña de la ignorancia semiculta de los medios de comunicación, o
hubieran visto diluida su sustancia con el mal uso; ni palabras que hubieran
perdido su significado por el abuso, o se hubieran empobrecido por el doble
sentido del lenguaje burocrático. En consecuencia, el lenguaje de Albión era un
valor en curso, un
lenguaje pleno de significación: poético, exacto,
preñado de ritmo y sonido. Cuando las palabras eran pronunciadas en voz alta,
tenían el poder de llegar tanto al corazón como a la cabeza: hablaban al alma.
En labios de un bardo, una historia se convertía en una asombrosa revelación,
una canción se convertía en una maravilla de belleza casi paralizante.
Tegid y yo viajamos durante tres semanas (las llamo
semanas aunque los bardos no contaban el paso de los días de esa manera), tres
semanas durante las que viví y respiré el lenguaje de Albión: junto al fuego,
por la noche, cuando acampábamos; sobre la silla, cuando cabalgábamos; junto a
los arroyos de frías aguas, y junto a los sombríos emparrados en los que nos
deteníamos a comer y a descansar. Cuando llegamos a Ffim Ffaller ya había
aprendido a hablar celta, aunque a decir verdad era un celta lacónico y rudimentario.
Aprendí mucho acerca del mundo que me rodeaba.
Albión era una isla, cosa que en el fondo de mi corazón sospechaba; ocupaba el
mismo lugar y tenía la misma forma en su mundo que Gran Bretaña en el mundo
real. Tegid extendió en el suelo un mapa para mostrarme adónde íbamos. Aunque
las similitudes eran muchas y asombrosas, la diferencia estribaba sobre todo en
el tamaño: Albión era muchísimo más extensa que la Gran Bretaña que yo había
dejado atrás. A juzgar por las distancias que estábamos recorriendo, Albión era
inmensa; tanto aquella tierra como el mundo que la contenía era mucho mayor de
lo que hubiera podido imaginar.
También aprendí algo de la flora y de la fauna,
pues Tegid demostró ser una verdadera fuente de información. Nada escapaba a su
atención, ni en el cielo ni en la tierra. Ningún detalle era tan
insignificante, ningún incidente tan trivial que no pudiera llegar a desembocar
en una auténtica lección magistral. Era un hombre incansable.
No obstante, a pesar de ser tan buen maestro, Tegid
no mostró el más mínimo interés por saber de dónde procedía yo y cómo había
llegado a la corte de Meldryn Mawr. No me preguntó nada sobre mi mundo. Al
principio, juzgué muy extraña su indiferencia. Pero, a medida que pasaban los
días, se la agradecí. Poco a poco fui siendo cada vez más reacio a pensar en el
mundo real. De hecho, dejé de pensar en él días enteros y encontré en el olvido
una liberación.
Me entregué en cuerpo y alma al tutelaje de Tegid y
aprendí un montón de
cosas acerca de Albión, muchas más de las que
hubiera podido descubrir yo solo durante años. Al mismo tiempo, aprendí un
montón de cosas acerca de mi guía y compañero.
Tegid Tathal ap Talaryant era bardo e hijo de
bardo. Era bastante apuesto, con ojos del color de la pizarra de las montañas,
un hoyuelo en la barbilla y una boca ancha y expresiva; parecía el modelo que
había inspirado el Poeta Meditabundo. Tegid era de linaje noble, cosa que
evidenciaba cada una de las líneas de su bien constituido esqueleto. Había
nacido en una tribu del sur que durante generaciones había provisto de bardos a
los reyes llwyddios. A su lado, era consciente de la vulgaridad de mi aspecto:
aquella gente tan hermosa debía de encontrarme muy feo, con mi jeta vulgar y mi
constitución esmirriada.
Aunque mi maestro aún era joven, por lo menos según
los patrones de Albión, ya era un brehon, sólo tres escalones por debajo de un
penderwydd o del Bardo Supremo. Brehon era la fase del aprendizaje de bardo
durante la cual debía familiarizarse con las complejidades de la vida de la
tribu, desde las normas que regulaban la elección de un rey y el protocolo de
la corte, hasta las más insignificantes disputas entre granjeros y el número de
ovejas que había que pagar por usurpar el lugar de un hombre en su lecho.
Cuando se hubiera convertido en una autoridad en todo tipo de asuntos, tanto
públicos como privados, el bardo se convertiría en un gwyddon y después en un
derwydd.
Los grados en la carrera de un bardo eran
complicados y ceremoniosos, y sus funciones habían quedado bien definidas a
través de eones de una tradición aparentemente inalterable. El candidato partía
del estadio de mabinog, que tenía dos subdivisiones distintas, cawganog y
cupanog, e iba ascendiendo los diferentes grados: filidh, brehon, gwyddon,
derwydd, y finalmente penderwydd, a veces llamado el Jefe de la Canción. Había
además un penderwydd superior a todos, el Jefe de los jefes, por así decir. Se
lo llamaba el Phantarch, y era elegido por sus iguales mediante aclamación para
que reinara sobre todos los bardos de Albión.
Según me contó Tegid, la Isla de la Fuerza estaba
protegida por el Phantarch de una forma misteriosa. Tal como lo explicaba
parecía como si el Phantarch sostuviera sobre sus hombros el reino. Supuse que
se trataba de una curiosa metáfora.
Durante la primera semana la silla de montar me
produjo rozaduras y me fatigaban muchísimo los rigores del viaje. Al cumplirse
la segunda semana, ya le hablaba al caballo y comenzaba a creer con optimismo
que pronto me encontraría perfectamente bien. Por eso, cuando llegó el momento
de dejar los caballos para embarcarnos, sentí muchísimo tener que prescindir de
ellos.
Una tarde, hacia el final de la tercera semana,
hicimos un alto en un promontorio rocoso de la costa occidental y Tegid me
señaló un poblado que se veía allá abajo entre las nieblas del valle. El mar
penetraba en el valle entre dos promontorios escarpados, formando una profunda
bolsa que se convertía en una bahía muy bien protegida. El pequeño poblado
servía de puerto.
—Eso es Ffim Ffaller —me dijo—. Ahí tomaremos el
barco que nos llevará a Ynys Sci.
—¿Tendremos que esperar mucho?
—No. Un día o dos, quizás un poco más, aunque no lo
creo. —Me miró y me puso la mano en el hombro—. Te has portado muy bien,
hermano. El rey estará muy satisfecho.
—Tú has sido un excelente maestro, Tegid. Te
agradezco mucho todo lo que has hecho por mí. Me has dado ojos para ver, orejas
para oír y lengua para hablar. Muchas gracias.
Se encogió de hombros ante el cumplido y dijo:
—Lo habrías aprendido tarde o temprano. Me alegro
de haber podido ayudarte.
Comenzamos a descender hacia el poblado y no dijo
nada más. El puerto de Ffim Ffaller consistía en un malecón de madera y un
varadero para botes sobre la playa guijarrosa. El malecón tenía capacidad para
tres o cuatro barcos, y en la bahía había espacio para media docena más. En
síntesis, el lugar parecía ser simplemente una escala a medio camino para los
barcos que navegaban hacia el norte y hacia el sur.
El poblado consistía en unas cuantas casas redondas
con tejados de cañizo, un corral para ganado y unos cuantos cobertizos, además
de las cuatro barracas de la playa que conformaban el varadero para botes; eso
era simplemente Ffim Ffaller, que debía de tener unos treinta habitantes.
Al llegar al poblado fuimos objeto de una calurosa
acogida, porque
éramos los primeros visitantes de la temporada. El
responsable del asentamiento nos confirmó que esperaban la llegada del barco
dentro de un par de días, nos acompañó a la casa destinada a los huéspedes y
nos asignó a una mujer para que nos hiciera la comida. Tegid le dio un trocito
de oro que cortó de una de las delgadas barritas que llevaba en una bolsa de
cuero bajo el cinturón. El hombre aceptó el pago con protestas de que no era
necesario: se consideraban suficientemente pagados con oír noticias del reino.
Comprendí entonces qué solitarios podían llegar a
ser esos parajes aislados para gente tan sociable. Las noticias de lo que
sucedía en el mundo exterior eran un precioso artículo, y los viajeros llevaban
a aquel lugar una mercancía de inapreciable valor. Antes de marcharnos, claro
está, pagamos con creces nuestro alojamiento contando y repitiendo una y otra
vez las noticias que traíamos con nosotros.
El hecho de que Tegid fuera un bardo aumentó
nuestra popularidad. El poblado no contaba entre sus miembros con un filidh o
con un maestro de canto. Durante el largo y frío invierno no habían oído ni una
canción ni una historia, salvo las que sabían contar o cantar los escasos
habitantes. Quizá tal circunstancia no parezca muy grave, pero lo cierto es que
las noches de invierno son largas y los días oscuros. Y las canciones de un
bardo pueden transformar la vida ante el fuego de una chimenea en un centelleante
hechizo.
En Ffim Ffaller oí por primera vez el auténtico
genio y arte de un bardo. Tegid cantó para el poblado, y la experiencia fue un
tesoro maravilloso que conservaré mientras viva.
Nos habíamos reunido en la casa del jefe, en torno
al fuego. Habíamos cenado y todos habían acudido a oír cantar a Tegid. Ante mi
sorpresa, Tegid había sacado un arpa de la bolsa de cuero y había ido al
malecón para afinar las cuerdas. En cuanto entró en la cabaña, una palpable
emoción embargó a los presentes.
Se colocó en un extremo de la chimenea ante el
público, alto e imponente, con el manto cayéndole en elegantes pliegues sobre
los hombros, el arpa apoyada en el pecho y sus atractivas facciones iluminadas
por las temblorosas llamas. Inclinó la cabeza y pasó los dedos por las cuerdas
del arpa, produciendo una espléndida cascada de sonido que cayó sobre los
reunidos como una lluvia de monedas de plata.
Luego respiró profundamente y comenzó a cantar con
sencillez y
sentimiento. Yo procuraba seguir la letra lo mejor
que podía, pero me perdía con frecuencia en la complicada urdimbre de las
palabras. ¿Qué importaba? Lo que captaba compensaba con creces lo que se me
escapaba. No era música: era magia.
Tegid cantaba su historia —un cuento de un pescador
que se enamoraba de una mujer de las aguas y la perdía en el mar— con una voz
tan elocuente y arrebatadora, con un sentido de la melodía tan conmovedor que
mis ojos se llenaron de lágrimas. Yo sólo podía aprehender fragmentos de la
canción, y se me escapaba su sutileza, pero la intensidad del canto me
emocionaba con una fuerza extraordinaria. La inolvidable melodía colmaba mi
alma de nostalgia.
Cuando terminó, la gente permaneció sentada en
arrebatado silencio. Poco después, Tegid entonó otra canción. Pero, como un
hombre pobre que ha comido unos manjares demasiado exquisitos para su humilde
apetito, yo me sentía saciado. Escuchar otra canción me habría matado. Por eso,
me deslicé silenciosamente fuera de la casa y me fui a pasear solo por la
orilla del mar.
Allí, en la abrumadora oscuridad de la noche,
deambulé por la playa mirando las resplandecientes estrellas y escuchando el
jugueteo de las olas en la orilla. Estaba maravillado. Jamás en mi vida me
había emocionado tanto…, y por una simple romanza sobre una sirena. No podía
creer ni entender lo que me había sucedido. Al parecer, dentro de mí se había
despertado algo; una parte de mi alma dormida desde hacía muchísimo tiempo
había cobrado vida. Y ya no podía ser lo que hasta entonces había sido. Pero si
ya no era el mismo de antes, ¿quién era?
¡Oh!, me encontraba en un paraíso aterrador,
plagado de éxtasis fantásticos y sobresaltos tremendos. El terror y la belleza,
con toda su fuerza, en estado puro, codo con codo…, y yo indefenso frente a
ambos. ¿Cómo podría regresar alguna vez al mundo que había conocido hasta
entonces? A decir verdad, había dejado de considerar la posibilidad de
regresar. Por algún extraño milagro me encontraba allí, en aquel extraño mundo,
y allí me quedaría.
Caminé largo rato por la playa y no pegué ojo en
toda la noche. Lo que dentro de mí había cobrado vida me impedía descansar.
¿Cómo iba a poder dormir cuando mi espíritu estaba ardiendo? Me arrebujé en el
manto y paseé otra vez por la orilla, tan inquieto como la marea de la bahía,
con la mente torturada y ardiente y el corazón agitado por el deleite y el
miedo.
El alba me sorprendió acurrucado en el malecón,
contemplando la niebla de plata que descendía por las colinas y se extendía por
las heladas aguas negriazules de la bahía. El cielo estaba encapotado y
pizarroso, pero las nubes que acariciaban la costa brillaban con el color rosa
del alba. En las aguas de la bahía saltó un pez que al sumergirse dibujó un
anillo de ondas.
Al ver aquel anillo de plata que se extendía por
las plácidas aguas, me estremecí hasta la médula. En efecto, me pareció que era
un presagio, un portento preñado de significado, un símbolo de mi propia vida:
una superficie en otro tiempo tranquila que de pronto se agitaba en un
resplandeciente círculo cada vez más amplio. El círculo se extendería más y más
hasta ser tragado por la vastedad de la bahía… y entonces no quedaría nada, no
quedaría ni la menor huella de que había existido alguna vez.
18
LA ESCUELA DE SCATHA
La lanza que mi contrincante blandía
tenía en lugar de una punta de metal un trozo de
madera redondeado y pulido. Pero sus golpes hacían daño. Por eso me hallaba
cubierto de morados de la cabeza a los pies y estaba comenzando a cansarme de
ser derribado cada vez que me disponía a atacar. El pequeño bruto que sostenía
la lanza se consideraba superior a mí en todo menos en edad.
Cynan Machae tenía quince veranos aproximadamente,
era corpulento para su edad y pese a su juventud era un formidable luchador.
Era el típico ejemplar del hijo mimado de aristócrata: tenía los cabellos como
un tejado de paja en llamas, los ojos pequeños y hundidos de un vivo color
azul, la piel blanca salpicada de pecas. Hacía alardes de su arrogancia con el
mismo insufrible orgullo con que ostentaba al cuello una gruesa torques de
plata.
Siempre me había vencido, desde el momento mismo en
que nos había emparejado nuestro instructor, Boru, un alto y esbelto genio de
la jabalina. Boru, que también era un estudiante bajo la tutela de Scatha,
podía arrojar una lanza tan lejos que nadie la veía, y podía hacer diana en una
manzana en el preciso momento en que caía del árbol. La mayoría de los
estudiantes lo escuchaba con suma atención cuando se dignaba hacer de
instructor.
Mi única preocupación aquel día era salvar mi
malparado orgullo, evitar de algún modo que mi presuntuoso y joven contrincante
me vapuleara una vez más. Todos los días era la misma canción. Pero aquel día
en particular me lo había tomado más en serio que nunca. Sin embargo, las
perspectivas no eran demasiado halagüeñas y el tiempo iba pasando. Las
prácticas con lanza estaban a punto de acabar y yo todavía tenía que reparar mi
autoestima.
Cynan estaba a unos diez pasos con la habitual
sonrisa altanera en su pecoso rostro, y sostenía la lanza con ambas manos. Los
dos sabíamos que, quienquiera que fuese el que iniciara el combate, acabaría
como siempre: yo caería de espaldas con un agudo dolor en las costillas, el
pecho, las espinillas, los hombros… o en cualquier otra parte que aquel pedante
tuviera a bien
golpear.
Al observar su aire pomposo, frío, elegante, sentí
que la sangre me hervía en las venas. Me juré a mí mismo que borraría de su
rostro para siempre aquella altanera sonrisa. Mientras sopesaba mi lanza, una
idea atravesó mi lastimada mollera.
Di un paso al frente. Cynan se puso en guardia.
Di otro paso, luego otro más. Cynan avanzó hacia mí
sonriendo.
—¿Quieres que te derribe otra vez? ¿Aún no has
tenido bastante por hoy?
—Sólo una vez más —le dije sin inmutarme. «Sí, una
vez más, asquerosa sabandija», pensé.
Se acercó un poco más con sonrisa alegre y
despectiva. Era engreído y cruel; disfrutaba derribándome. Muy bien, ya me
había aporreado demasiadas veces, y yo ya no tenía nada que perder. Si volvía a
derribarme, para mí sólo significaría un fracaso más en una serie inacabable y
desgraciada de derrotas. Pero si mi plan resultaba…
Incliné mi lanza despuntada. Cynan hizo lo mismo.
Avancé un paso más.
Mi contrincante otro.
Boru, que estaba en el centro del campo de
entrenamiento, se llevó el cuerno de plata a los labios y emitió un agudo
sonido que significaba el final de las prácticas. Pero yo fingí no oírlo. Una
expresión de sorpresa apareció en el condenado rostro de Cynan. Por lo general
era yo el primero dispuesto a abandonar.
—¿No te das por vencido?
—Hoy no, Cynan. Muévete.
El muchacho avanzó, descargando rápidos y cortos
lanzazos con la esperanza de hacerme retroceder. Pero yo me mantuve en mi sitio
sin moverme y dejé que se acercara más.
—Hoy te muestras particularmente obstinado, Collri
—se burló—. Tendré que enseñarte modales.
Todos me llamaban burlonamente Collri, que
significa «perdedor», lo que sin duda era a los ojos de mis jóvenes camaradas
guerreros.
—A ver cómo me los enseñas, Cynan —dije—. Aquí te
espero.
Los demás, notando la tensión que había entre
nosotros, se habían congregado en torno. Se oían pullas e insultos, pero la
mayoría estaba simplemente interesada en ver quién era derribado. Algunos me
daban consejos inútiles y reían con disimulo.
Cynan vio una ocasión que ni pintada para lucirse y
se dispuso a aprovecharla. Bajó la cabeza y arremetió. Yo incliné la lanza y
rechacé el ataque como me habían enseñado. Intuyendo mi movimiento, Cynan
aprovechó el impulso descendente de la punta de su lanza para asestarme un
golpe en la cabeza con el otro extremo. Era un hábil contragolpe, muy hábil.
Pero ya lo había usado otras veces. Y en esta
ocasión no me cogió desprevenido. Extendí las manos y alcé mi lanza por encima
de mi cabeza para detener el porrazo. Tal maniobra me dejó el estómago
desprotegido. Cynan se dio cuenta y, dándose la vuelta, me lanzó una violenta
patada al bajo vientre. Yo bajé rápidamente las manos.
Su lanza chocó con el astil de la mía. Aproveché la
inercia del choque para bajar aún más mi lanza y le di un tremendo golpe en la
espinilla de la pierna que había levantado para patearme. Soltó un aullido, más
de sorpresa que de dolor, estoy seguro. Los que nos rodeaban soltaron una
sonora carcajada.
Cynan dirigió la punta de la lanza hacia mi rostro
para hacerme retroceder. Pero yo la esquivé y le golpeé con contundencia los
nudillos. Creí que perdería entonces el equilibrio y podría derribarlo. Pero me
dio un tremendo codazo en las costillas y fui yo quien se tambaleó.
Aprovechando la ventaja, Cynan adelantó un pie y me puso la zancadilla. Caí de
espaldas en el polvo del campo de entrenamiento y entonces me aporreó la
cabeza.
El insolente mocoso comenzó a reír, y los reunidos
lo corearon. Allí estaba yo otra vez mordiendo el polvo. Vi su altanero rostro,
vi que volvía la cabeza para hacer una burlona seña a Boru, que se había unido
a los mirones. Me había vencido otra vez.
Al oír sus carcajadas, me hirvió la sangre como si
fuera lava, y todo a mi alrededor se coloreó de rojo. El batir de las olas
retumbaba en mis oídos. Sin pensarlo dos veces, blandí la lanza contra las
rodillas de Cynan y le descargué un violento golpe en ambas rótulas. Cynan
soltó la lanza y cayó hacia delante,
mientras su risa de caballo se convertía en un
estrangulado gañido.
Cayó de bruces a mi lado. Yo me arrodillé y apoyé
el astil de mi lanza en su espalda. El muchacho besó el polvo. Me incorporé y
lo golpeé con la punta de la lanza entre los omóplatos. Cynan se estremeció de
dolor y perdió el conocimiento.
Yo cogí la lanza y me alejé. El círculo de ruidosos
espectadores se había quedado en silencio. Nadie bromeaba ya; nadie se reía. Se
miraban unos a otros muy asombrados.
Boru se abrió paso entre los mirones y se inclinó
sobre Cynan. Le dio la vuelta, comprobó con satisfacción que no lo había matado
e indicó a los compañeros de Cynan que se lo llevaran a la casa. Cuatro jóvenes
se adelantaron, levantaron en vilo al camarada caído y lo sacaron del campo de
entrenamiento.
Cuando se hubieron marchado, Boru se dirigió a mí.
—Bien hecho, Col.
Boru siempre me llamaba Col; se paraba a media
palabra para evitar el insulto descarado, pues se conformaba con insinuarlo.
—Lo siento —murmuré.
—No, no debes sentirlo —replicó en voz
suficientemente alta para que los mirones lo oyeran—. Te has portado muy bien
—declaró, palmoteándome la espalda—. No es fácil vencer a un enemigo cuando uno
ya ha sido derribado. No te diste por vencido…, y eso es lo que separa en el
campo de batalla a los vivos de los muertos.
Boru se dirigió a los espectadores y les ordenó
disolverse. Los mirones lo obedecieron entre murmullos. Seguramente el
incidente sería el tema de conservación en la cena. Me pregunté lo que diría
Scatha cuando se enterara.
No tuve que esperar demasiado para averiguarlo,
porque en cuanto Boru y los demás se hubieron marchado oí el ligero tintineo de
las herraduras de un caballo. Me volví y vi que se acercaba Scatha montada en
un caballo negro cubierto de espuma por la dura cabalgada.
Scatha era nuestro jefe de batalla: no había mujer
más hermosa que ella, ni tampoco más certeramente mortal. Bajo el casco de
bronce asomaban sus cabellos trenzados, que brillaban como oro bruñido; sus
ojos azul pálido,
adornados con largas pestañas y suaves cejas,
tenían una expresión fría; sus labios eran gruesos pero bien dibujados. Sus
facciones eran idénticas a las que adornan las esculturas clásicas de Atenea o
Venus. Si es posible que exista algo así como la poesía de la batalla, ella lo
era: grácil y fuerte, deslumbradora y terriblemente peligrosa.
Scatha tenía fama de ser el guerrero más hábil de
Albión. Y era en la escuela de Scatha, en la isla de Sci, donde yo me esforzaba
por aprender el arte de la guerra. ¡Arduo esfuerzo! Me levantaba al alba para
correr hasta la playa y bañarme en las aguas heladas del mar; luego tomaba un
frugal desayuno de pan negro con agua e inmediatamente después me dedicaba a
las actividades del día: prácticas de espada, lanza, cuchillo y escudo,
conferencias de estrategia, lecciones de distintas clases de combate, gimnasia,
deportes, lucha libre, etc. Cuando no estábamos corriendo, escalando o
luchando, estábamos sobre la silla de montar. Cabalgábamos sin cesar: hacíamos
carreras en la playa, cazábamos en las colinas boscosas y en las cañadas de la
isla o nos enzarzábamos en simulacros de batallas.
Yo me había acostumbrado a ese régimen de vida y la
mayoría de las veces disfrutaba de lo lindo. Pero a decir verdad no progresaba
como guerrero. Al parecer todavía me faltaba algún misterioso ingrediente con
el cual aglutinar en un armónico y efectivo conjunto las habilidades
aprendidas. Era el último entre mis compañeros, que además eran todos más
jóvenes que yo. Muchachos que contaban apenas ocho veranos poseían habilidades
que yo sólo podía imaginar, y me demostraban su superioridad a cada momento sin
la menor compasión.
Juro por lo más grande que uno no conoce lo que es
realmente la humillación hasta que no ha sido vencido por niños.
Salí al encuentro de Scatha y comprendí por la
desaprobadora y adusta expresión de su rostro que había visto lo que yo acababa
de hacer.
—Por fin derrotaste a Cynan. Le has dado una buena
lección —dijo, pero a continuación añadió con agudeza—. Sin embargo, yo que tú
no esperaría que me diera las gracias.
—No tenía intención de hacerle daño —expliqué
haciendo un gesto vago hacia los muchachos que se llevaban el cuerpo inerte de
mi adversario fuera del campo de entrenamiento. Los pies de Cynan iban dejando
en el polvo una larga huella.
—Pues claro que la tenías —replicó Scatha—. Si tu
lanza hubiera tenido una punta de metal en lugar de madera de abedul, lo
habrías matado.
—No, yo…
La mujer me impuso silencio con un breve ademán.
—Hoy te enfrentaste a dos enemigos y fuiste vencido
por uno de ellos.
No entendí lo que quería decirme.
—¿Qué dos enemigos, Pen-y-Cat?
Me dirigí a ella con el título que tanto la
enorgullecía: Caudillo de la Guerra. Lo era sin duda, y más aún: era un
adversario astuto y taimado, con un sinfín de recursos; el enemigo más sagaz y
malicioso con el que uno se pudiera topar jamás.
Scatha me respondió en voz baja:
—Estabas encolerizado, Col. La cólera te venció
hoy.
Era cierto.
—A lo mejor la próxima vez no tendrás tiempo de
lamentarlo. Ya estarás muerto.
Se dio la vuelta y se dispuso a conducir su caballo
al establo. Me indicó que la acompañara.
—Si tienes que derrotar a dos enemigos cada vez que
entres en batalla, pronto estarás fuera de combate. Y, entre dos enemigos, la
cólera es siempre el más fuerte.
Abrí la boca para decir algo, pero Scatha no me
dejó que la interrumpiera.
—Deja a un lado el miedo —me dijo en tono
terminante—, de otro modo acabará por matarte.
Bajé la cabeza. Tenía toda la razón, desde luego.
Yo tenía miedo del ridículo, de la humillación, de la derrota… Pero sobre todo
tenía miedo de que me hirieran, de que me mataran.
—La proeza de vencer a Cynan es obra tuya, Col.
Tienes de sobra condiciones para lograrlo, pero debes aprender a sacarlas de ti
mismo. Para conseguirlo, tienes que dejar a un lado el miedo.
—Lo comprendo. Trataré de hacerlo —le prometí.
Scatha se detuvo y me miró.
—¿Tan lastimosa es la vida en el mundo del que
procedes que debes apegarte a ella?
¿Lastimosa? Seguramente había querido significar
todo lo contrario. A decir verdad, aquel modo de hablar seguía
desconcertándome.
—No te entiendo.
—Es el pobre quien se aferra con desesperación al
oro que encuentra por temor a perderlo. El hombre rico despilfarra su oro con
liberalidad para satisfacer sus deseos. Lo mismo ocurre con la vida.
Avergonzado súbitamente de mi visible pobreza, bajé
la mirada. Pero Scatha me cogió la barbilla y me obligó a levantar la cara.
—Aférrate con desesperación a la vida y la
perderás, querido guerrero «que se resiste a serlo». Tienes que lograr ser
dueño de tu vida, no esclavo de ella.
Sondeé en la profundidad de sus ojos y constaté que
estaba en lo cierto; sabía que estaba diciendo una gran verdad y que me veía
tal como yo era. De pronto deseé con todas mis fuerzas demostrar mi valía ante
aquellos claros y azules ojos. Si era la largueza de espíritu lo que hacía
grande a un guerrero, yo me convertiría en un verdadero dilapidador.
—Gracias, Pen-y-Cat —murmuré agradecido—. Tus
palabras encierran sabiduría y verdad. Las recordaré siempre.
—Procura hacerlo. —Scatha inclinó la cabeza en
señal de que aceptaba mi cumplido—. No hay gloria alguna en entrenar a
guerreros para la muerte.
Luego me tendió las riendas de su caballo y se
alejó, dejándome solo para que atendiera al animal; era el castigo por haber
perdido los estribos con Cynan.
Según mis cálculos, llevaba en la escuela de Scatha
seis meses. El pueblo de Albión no se regía por meses sino por estaciones, lo
cual hacía ligeramente difícil llevar cuenta precisa del tiempo. Pero habían
pasado dos estaciones desde mi llegada a Ynys Sci, y dos más hacían el año. Al
final de la tercera estación, rhylla, el equivalente en el Otro Mundo al otoño,
la mayoría de los
muchachos regresaría a sus casas para pasar el
invierno con sus clanes y tribus. Pero yo no. Siempre unos cuantos jóvenes, los
de mayor edad, como Boru, se quedaban durante los oscuros y tristes meses de
aquellas latitudes septentrionales azotadas por el viento frío y helado.
En la isla había aproximadamente un centenar de
muchachos entrenándose para llegar a ser guerreros. Los más jóvenes eran
entrenados en un grupo aparte, aunque la división no se hacía estrictamente por
edades. Dependía sobre todo de la altura y las aptitudes. A mí a veces me
ponían con los mayores, aunque era un pobre rival para su destreza y ni
siquiera tenía la habilidad necesaria para hacer emocionantes los combates. En
consecuencia, era el blanco de sus bromas y la diana de sus burlas.
No los culpaba por ello. La verdad es que era un
guerrero desastroso. Pero hasta aquel día no había deseado realmente tener
éxito. Ahora sí lo deseaba. Y no sólo éxito; deseaba aplausos y honores.
Deseaba recubrirme de gloria ante los ojos de Scatha…, o por lo menos evitar
que me despreciara.
Aquélla noche, cuando hube acabado de limpiar,
alimentar e instalar el caballo en el establo, me uní a mis compañeros en el
salón alumbrado por antorchas donde comíamos. Pero esa noche no fui recibido
con silbidos y mofas; esa noche fui recibido con un silencio cercano al
respeto. Se había extendido la noticia de mi combate con Cynan y la mayoría, si
no todos, estaba de parte de mi adversario. Estaban molestos conmigo porque lo
había vencido y me hicieron el vacío. Sin embargo, su silencio me resultó más
tolerable que sus burlas.
Boru fue el único que se dignó sentarse a la mesa
conmigo. Comimos juntos, pero hablamos poco.
—No veo a Cynan —comenté, paseando la mirada por
las mesas del salón.
—No tiene hambre esta noche —repuso Boru con
afabilidad—. Creo que le duele la cabeza.
—Pen-y-Cat cree que me dejé llevar por la ira
—dije, y le relaté mi conversación con Scatha.
Boru escuchó con atención mi relato.
—Nuestro Caudillo de la Guerra es sabia —afirmó
solemnemente—.
Hazle caso. —Una sonrisa alegre le iluminó el
rostro—. No obstante, me parece que te has ganado un nombre nuevo. Ya no te
llamas Collri. A partir de hoy serás Llyd.
Me invadió un repentino placer.
—¿De veras lo crees, Boru?
Mi amigo asintió con un leve ademán.
—Espera y verás.
Poco después se subió a la mesa y, llevándose el
cuerno de plata a los labios, emitió un sonido que resonó en el salón. Todos
dejaron de comer y de hablar y lo miraron.
—¡Hermanos! —exclamó—. Soy un hombre afortunado
entre los hombres. Hoy presencié algo maravilloso.
Los bardos a veces introducían sus discursos con
esa fórmula.
—¿Qué viste? —fue la esperada respuesta de los
comensales.
Todos se dispusieron a escuchar.
—Vi cómo a un muñón le salían piernas y comenzaba a
andar, vi cómo un patán alzaba con orgullo la cabeza —respondió Boru.
Todos se echaron a reír; creían que se estaba
burlando de mí. Y a decir verdad yo también lo pensé.
Pero, antes de que tuviera tiempo de esconder la
cabeza bajo el ala, Boru extendió su mano hacia mí y dijo:
—Hoy vi el espíritu de un guerrero encenderse en
las llamas de la ira. ¡Llyd ap Dicter, bienvenido seas!
Las palabras de Boru resonaron en el silencio de la
sala. Le agradecía infinitamente su noble gesto, pero al parecer había sido en
vano. Los ceñudos rostros que se alineaban en las mesas de la sala no iban a
dejar que escapara a su desprecio, no iban a liberarme de sus sarcasmos.
Eché una mirada en torno y descubrí la razón de
aquel mudo rechazo: Cynan estaba junto a la puerta de la sala. Había oído el
discurso de Boru y tenía el entrecejo fruncido. Nadie deseaba avergonzar a
Cynan alabándome ante él. Por eso el generoso rasgo de Boru había fracasado.
Cynan me había
vencido una vez más.
El joven miró con arrogancia a Boru y después a mí.
Entró en la sala y avanzó hacia mí, con las mejillas tan rojas como el cabello,
los ojuelos entrecerrados y el rostro ceñudo. Sentí un nudo en el estómago.
Venía a desafiarme delante de todos los allí reunidos. Yo no tenía esperanza
alguna de sobrevivir.
Cynan se detuvo frente a mí. Traté de aparentar
tranquilidad y despreocupación al enfrentarme a su severa mirada. Nos
contemplamos un momento de hito en hito. Boru, consciente de lo que estaba a
punto de ocurrir, intervino:
—Bienvenido, Cynan Machae. Hemos echado de menos tu
agradable compañía esta noche.
—No tenía hambre —gruñó el arrogante joven; luego
se dirigió a mí—.
Levántate.
Me puse en pie despacio y me encaré con él tratando
desesperadamente de encontrar una salida para aquel apurado brete. Boru bajó de
la mesa al banco, dispuesto a interponerse entre los dos.
Cynan alzó lentamente la diestra y esgrimió el puño
ante mi rostro. Con el puño casi rozándome las narices, levantó la mano
izquierda y juntó los puños en gesto de colérico desafío. Luego se llevó las
manos a ambos lados de la garganta y con gesto pausado tiró de los extremos de
su torques de plata y se la quitó; supuse que lo hacía para no resultar dañado
en el combate.
Luego tendió las manos, me puso el ornamento de
plata al cuello y lo cerró, y, cogiéndome un brazo, lo alzó por encima de mi
cabeza.
Me había regalado su objeto más querido, el símbolo
de su linaje noble. No se mostraba en absoluto contento, pero había querido
hacerme aquel regalo ante todos los reunidos.
—Salve, Llyd —refunfuñó amenazadoramente.
Acto seguido me soltó el brazo e hizo ademán de
marcharse.
—Siéntate conmigo, hermano —repuse yo.
De todas las cosas que podría haber dicho, no sé
por qué elegí aquellas palabras. Cynan tenía un aire tan desdichado que supongo
que creí que debía
consolarlo. A decir verdad, sabía perfectamente que
lo había vencido por pura casualidad; en cualquier otro momento yo no habría
salido tan bien parado. Además, ahora ostentaba yo su más preciado tesoro y
podía permitirme el lujo de mostrar magnanimidad.
Se dio la vuelta para encararse conmigo con los
puños apretados. Boru adelantó una mano y lo cogió por el hombro.
—Tranquilo, hermano —dijo con voz suave—. Has hecho
lo que debías.
No manches la grandeza de tu noble tributo con una
pelea indecorosa.
Cynan expresó lo que pensaba del consejo de Boru
con una mirada furiosa.
—Un guerrero jamás rinde tributo de buena gana
—afirmó con voz estrangulada.
—Deja que te diga que, a menos que lo hagas de
buena gana, no hay grandeza ninguna en un regalo —se apresuró a replicar Boru.
Cynan pareció vacilar pero no se sentó.
—Vamos —dijo Boru amablemente—, no te deshonres con
una pelea por un regalo que ya has hecho.
Al contemplar el rostro de mi joven enemigo
congestionado por la cólera, sentí por él sincera compasión. ¿Por qué me había
dado la torques? Era evidente que no deseaba hacerlo. ¿Qué lo había impulsado a
regalármela?
—¿Acaso esa chuchería de plata vale más que tu
honor? —le preguntó Boru.
Cynan torció aún más el gesto. Algunos espectadores
comenzaron a murmurar, y Cynan notó que estaba perdiendo popularidad. Parecía a
punto de comenzar a dar coces porque creía que no tenía otra salida.
—Me has honrado con tu regalo, Cynan —le dije en
voz muy alta para que todos los comensales me oyeran—. Lo acepto con la máxima
humildad, porque me consta que no soy digno de recibirlo.
El ceño de Cynan pareció iluminarse con un
ligerísimo destello de asombrado asentimiento.
—Tú sabrás —repuso sin confirmar ni contradecir mis
palabras.
—Por eso, para corresponder a tu regalo, permíteme
que te haga yo otro.
Mis palabras lo cogieron por sorpresa; el muchacho
no sabía qué pensar.
Pero estaba lo bastante intrigado como para
aceptar.
—Si quieres hacerme un regalo, no voy a
impedírtelo.
—Eres muy amable, hermano —respondí.
Con sumo cuidado me quité del cuello la torques de
plata y se la puse a él.
Cynan me miró asombrado.
—¿Por qué lo has hecho? —preguntó con voz
temblorosa—. ¿Acaso quieres burlarte de mí?
—No, Cynan —contesté—. Sólo deseo honrarte con un
regalo tan valioso como el que tú me has hecho. Y, como no tengo nada excepto
esta torques que acabas de darme, te la regalo.
La respuesta le agradó, porque le permitía a la vez
conservar su autoestima y recuperar su valioso tesoro. El ceño desapareció de
su rostro, reemplazado por una expresión de alivio y asombro.
—¿Qué dices a esto, Cynan? —inquirió Boru.
—Acepto tu inestimable regalo —se apresuró a
responder Cynan para no darme tiempo a que cambiara de idea.
—Muy bien —dije—. Entonces ¿puedo pedirte que te
sientes conmigo?
Cynan permaneció impasible, pues su orgullo no le
permitía dar el brazo a torcer tan pronto. Boru se hizo a un lado y le indicó
el banco.
—Siéntate, hermano —le instó—. Ocupa mi puesto.
El orgulloso joven se llevó la mano a la torques de
plata y cedió por fin.
Su rostro se ensanchó en una amplia sonrisa.
—Después de todo, quizá pueda comer algo —declaró—.
No se puede desdeñar un puesto entre guerreros.
Cynan y yo nos sentamos juntos y comimos del mismo
bol. Por primera vez hablamos como si fuéramos algo más que contrincantes.
—Llyd ap Dicter —musitó cogiendo un pedazo de pan—.
El colérico hijo de la furia; es un excelente hallazgo, Boru. Deberías ser
bardo.
—¿Un guerrero bardo? —preguntó Boru con exagerado
interés—. Nunca ha existido en Albión algo parecido. Muy bien, yo seré el
primero.
Se echó a reír y Cynan lo imitó, pero yo no pesqué
el chiste. No veía la gracia de tan peculiar conjunción.
Luego se habló de otras cosas. Vi que Cynan se
llevaba la mano de vez en cuando a la torques, como si no pudiera creer que la
había recuperado.
—Es una hermosa torques —le dije—. Espero tener
algún día una igual.
—No hay otra igual —aseguró Cynan, henchido de
orgullo—. Me la dio mi padre, el rey Cynfarch de Galanae.
—¿Por qué me la regalaste? —pregunté, intrigado por
aquel misterio; era evidente que Cynan tenía al objeto en mucha estima.
—Mi padre me hizo jurar que se la regalaría al
primer hombre que me venciera en la lucha. Si regresara a mi hogar sin ella, no
podría unirme al ejército de mi clan —respondió Cynan acariciando la torques—.
Es el único objeto que he recibido de manos del rey. Siempre lo he
reverenciado.
Hablaba con toda sinceridad, sin el menor rencor y
sin la menor autocompasión. Pero a mí me entraron ganas de llorar al pensar que
Cynan estaba obligado a vivir y trabajar con tan abrumadora responsabilidad de
perfección. ¿Cómo debía de ser aquel padre que le hacía a su hijo un regalo
hermoso y a la vez convertía al chico en un esclavo de la joya? No le
encontraba sentido alguno, pero por lo menos me ayudó a comprender a Cynan un
poco mejor.
Y también comprendí que para él confiar su secreto
a alguien era un sacrificio casi tan grande como regalar la torques. Aun así,
había estado dispuesto a hacerlo, del mismo modo que había estado dispuesto a
cumplir un juramento que sólo él conocía y que hubiera podido costarle la más
querida de sus posesiones. Si hubiera simplemente incumplido el juramento,
nadie lo habría sabido.
Estaba maravillado ante la extraordinaria fidelidad
de Cynan. Aunque hacía poco tiempo que se afeitaba, ya era un hombre en el que
se podía confiar hasta la muerte. Su sentido de la lealtad me hacia sentir como
un gusano.
—Cynan —dije—, quiero pedirte un favor.
—Pide lo que quieras, Llyd, y lo tendrás —repuso
con sincera amistad.
—Enséñame esa treta con la lanza —pedí, moviendo
las manos como si estuviera golpeando la mollera de un enemigo.
Cynan sonrió complacido.
—Te la enseñaré, pero debes guardar celosamente el
secreto. ¿De qué nos serviría si llegara a oídos de todos nuestros enemigos?
Hablamos de muchas cosas durante la velada. Cuando
nos levantamos de la mesa para retirarnos a dormir, nos habíamos convertido en
buenos amigos.
19
SOLLEN
El invierno en la isla de Sci es
ventoso, frío y húmedo. Los días son oscuros y
cortos, las noches oscuras e interminables. La tierra es azotada por los
violentos vientos del norte que durante el día descargan lluvia helada y nieve
y durante la noche soplan a ráfagas en los tejados de paja. El sol se levanta
muy poco, si es que llega a levantarse, se ciñe al horizonte y flota débilmente
sobre las cumbres antes de perder fuerza y hundirse una vez más en el helado
abismo de la noche. La estación se llama sollen, tiempo tenebroso durante el cual
los hombres y los animales deben permanecer encerrados en sus cabañas y casas,
protegidos por los espesos muros.
Sin embargo, pese a la sombría desolación de tan
dura e inhospitalaria estación, hay breves interludios de calor y bienestar: en
las chimeneas chisporrotea siempre el fuego, en los braseros de hierro refulgen
rojos los rescoldos, en los lechos se apilan mantas de lana y colchones de
blancos vellones, pequeñas lamparillas de plata queman aceites perfumados para
vencer la tétrica lobreguez con su agradable resplandor.
Los días se dedican a juegos de sutileza, habilidad
y azar —fidchell, brandub y gwyddbwyll—, que se llevan a cabo sobre tableros de
hermosas maderas barnizadas con fichas labradas. Y sobre todo se habla sin
cesar: la charla es como un suntuoso ropaje de fino tejido, como una fuente
inagotable de pensamientos embriagadores, como una burbujeante caldera en la
que se cuecen todos los temas imaginables. Del mismo modo que el hierro se
afila con el hierro, mi habilidad en la conversación se incrementaba con las ingeniosas
argumentaciones de aquellos debates amistosos. Una y otra vez daba mentalmente
gracias a Tegid por haberme enseñado tan bien el idioma.
Además, durante el tenebroso sollen nuestra
sencilla dieta de pan, carne y cerveza se enriquecía con un queso de color
amarillo pálido, pasteles de cebada endulzados con miel, gustosas compotas de
fruta, y con el dorado hidromiel, la bebida de los guerreros. A estas golosinas
se sumaban patos y
gansos asados, criados para alegrar las comidas del
invierno.
Al calor del hogar el espíritu de camaradería se
hacía más profuso y sincero, en parte porque pocos discípulos de Scatha se
quedaban a pasar el invierno. La mayoría regresaba a sus tribus para invernar
con sus gentes; los que nos quedábamos, sólo un puñado de los mayores, entre
los que se encontraba Boru, aprovechábamos el tiempo para crear entre nosotros
unos lazos sólo superados en solidez por los de la sangre.
Aún hacía más agradables nuestras veladas la
presencia de las encantadoras hijas de Scatha, las tres muchachas más hermosas
que jamás se hayan visto bajo la capa de los cielos: Gwenllian, Govan y Goewyn.
Habían llegado a Ynys Sci en el barco que se llevó a casa a los estudiantes.
Venían a pasar la larga y sombría estación de sollen con su madre, tras haber
servido en la corte de un rey como banfáith, es decir, como profetisas.
Afortunado era el rey que podía enorgullecerse de
contar con una banfáith, y un rey entre reyes era quien había gozado en su
corte de la presencia de una de las hijas de Scatha. Las tres eran solteras,
pues, aunque el matrimonio no les estaba prohibido, las tres preferían
mantenerse leales a su absorbente don, dado que el día en que se casaran
dejarían de ser profetisas. Una banfáith gozaba de excelente consideración;
como los bardos, cantaban y tocaban el arpa, y, también como ellos, eran
sagaces consejeras. Pero además poseían un antiguo y misterioso poder: la
habilidad de escrutar los entretejidos vericuetos del futuro para ver lo que
ocurría y hablar al pueblo en nombre de Dagda.
Las tres adornaban los húmedos y fríos días del
invierno con su encanto y ternura, y suavizaban el tono salvaje de nuestras
costumbres militares con su grácil feminidad. Aquello formaba asimismo parte
del sistema educativo de Scatha, porque un guerrero debía dominar los
entresijos de la etiqueta y la cortesía que regulaban la vida social. Para eso
se quedaban los estudiantes de mayor edad. Uno o dos inviernos antes de
completar su entrenamiento en la escuela de Scatha, los guerreros eran
adiestrados en el arte de la gentileza por sus hijas.
Las hijas de Scatha, tan inteligentes como
hermosas, nos colmaban de atenciones. Era el más dulce de los placeres ser
incluido en el resplandeciente círculo de su compañía. Durante los largos días
invernales nos entregábamos en la sala a toda clase de entretenidas
actividades. Gwenllian me enseñó a
tocar el arpa, y también pasé agradables veladas
dibujando a la cera con Govan; pero yo prefería sobre todo jugar al gwyddbwyll
con Goewyn.
¿Qué podría decir de las hijas de Scatha? Eran más
hermosas que el más esplendoroso día de verano, más gráciles que los
cervatillos que retozan en los prados de las montañas, más encantadoras que los
umbríos y verdes valles de Sci; las tres eran atractivas, fascinantes,
maravillosas, deliciosas.
Goewyn tenía los cabellos largos y muy rubios,
peinados como los de su madre en docenas de trencitas con una campanilla de oro
en la punta. Cuando se movía, sonaba una música dulcísima. Sus cejas finas y
bien dibujadas y su nariz muy recta proclamaban su nobleza; tenía una boca
generosa con los labios perpetuamente adornados por una sonrisa que expresaba
una velada sensualidad; sus ojos castaños estaban siempre risueños, como si
todo lo que contemplaran estuviera creado para su particular diversión. Yo me aficioné
enseguida a pasar largo tiempo con ella, con las cabezas inclinadas sobre el
tablero de madera que sosteníamos sobre las rodillas, como un regalo de un
benévolo creador.
Govan tenía una risa pronta, una inteligencia sutil
y unos ojos azules como los de su madre, escondidos entre largas pestañas. Su
cabello era leonado y su piel morena, como una baya madura al sol; tenía el
cuerpo bien proporcionado, fuerte y expresivo, el cuerpo de una bailarina. En
los escasos días en que el sol iluminaba el cielo con un esplendor pálido, cuya
brevedad lo hacía aún más radiante, Govan y yo cabalgábamos por la playa que se
extendía al pie del caer. El viento nos golpeaba las mejillas y salpicaba
nuestras capas con la espuma del mar; los caballos chapoteaban en la rompiente
que destacaba blanca sobre los guijarros negros. Hacíamos carreras; ella sobre
una yegua gris veloz como una gaviota al zambullirse en el agua y yo sobre un
ruano rojo, volábamos haciendo saltar las piedras de la playa y las algas
arrastradas por la tempestad, hasta quedarnos sin aliento.
Cabalgábamos hasta el final de la bahía donde los
gigantescos peñascos del acantilado se habían precipitado al mar. Luego
volvíamos grupas y nos lanzábamos hacia el otro extremo, donde desmontábamos
para dar descanso a los caballos. Sus flancos cubiertos de espuma humeaban en
contacto con el aire helado, y nosotros caminábamos sobre los guijarros pulidos
por el mar con los pulmones escocidos por el aire salino que habíamos
respirado. Yo notaba la sangre caliente en mis venas, el viento helado en la
piel y la mano
de Govan en la mía, y me sentía plenamente vivo
bajo el contacto vivificador de Dagda.
Dagda era el Dios Bondadoso, al que también
llamaban la Mano Segura y Certera, por la infinita vastedad de su creación y su
poder sempiterno para sostener todo lo que tocaba. De esta enigmática deidad
celta, así como de otras, me habló Gwenllian, que además de servir de banfáith
al rey Macrimhe de los mertanos, era una banfilidh, una mujer filidh, es decir,
una arpista.
Gwenllian seducía con sus cabellos rojos y sus
bellos ojos de color esmeralda, y hechizaba con su piel blanca como la leche y
sus labios y mejillas rojas como pintados con dedalera; todo en ella era
gracia, desde la línea de su cuello hasta la curva de sus pies. Todas las
noches, Gwenllian tejía la embriagadora magia del arpa con sus hábiles dedos y
cantaba las eternamente jóvenes canciones de Albión: la historia de Llyr y de
sus desgraciados hijos, la de la inconstante Blodeuedd y su traición, la de Pwyll
y su amada Rhiannon, la de la bella Arianrhod, la del misterioso Mathonwy, la
de Bran el Bendito, la de Manawyddan, la de Gwydion, la de Pryderi, la de
Dylan, Epona, Don y muchas más.
Cantaba sus amores y sus odios, sus luchas y sus
paces, sus gloriosas hazañas y sus patéticos fracasos, su sabiduría y su
locura, sus maravillosas vidas y sus miserables muertes, su inconmensurable
bondad y su espantosa maldad, su magnanimidad y su crueldad, sus triunfos y
derrotas, y la eterna verdad del ciclo sin fin de sus vidas. Cantaba y ante mí
desfilaba la vida humana en toda su vastedad y profundidad. Cuando Gwenllian
cantaba, yo me daba cuenta de lo que significaba ser humano.
Todas las noches después de cenar llenábamos
nuestras copas y nos reuníamos en torno a la chimenea para escuchar las
canciones de Gwenllian. Cuando comenzaba a cantar, el tiempo alzaba el vuelo. A
veces me despertaba de mi ensueño la luz del alba que con sus rosados dedos
levantaba por el este el oscuro manto de la noche; mi cabeza bullía de
ardientes imágenes y constataba que el hidromiel de mi copa estaba intacto.
Oír cantar a Gwenllian era entrar despierto en un
sueño tan poderoso que el tiempo y los elementos desaparecían. Oír cómo aquella
intachable voz entonaba una canción era sentir el encanto como si fuera una
fuerza física. Cuando Gwenllian cantaba, ella misma se convertía en canción.
Cuando Gwenllian cantaba, los que la escuchaban saboreaban una vida superior.
Podría haber pasado el resto de mis días oyéndola,
sin sentir fatiga, sin preocuparme de comer o beber; sus canciones eran el
único alimento que yo necesitaba.
Así era mi vida en el reino de la isla de Scatha.
Como Llyd, aprendí el arte del guerrero y me esforcé con tenacidad por dominar
la habilidad de blandir la espada, de arrojar la lanza, de luchar con cuchillo,
de manejar el escudo. La empuñadura me modeló la mano hasta que espada y brazo
fueron una misma cosa; el astil de mi lanza se convirtió en mi criado fiel y
leal; mi cuchillo y mi escudo formaban parte de mi ser como podían serlo mis
dientes y mis uñas. Poco a poco, sufrimiento tras sufrimiento, mi cuerpo se
aprestó para la dura disciplina de la lucha; se volvió flexible como el cuero y
resistente como el astil de mi lanza.
Trabajé mucho. Las derrotas me enseñaron astucia y
los fracasos inventiva. Me convertí en un hombre resuelto y perdí el miedo. Me
convertí en un hombre despiadado y nació en mí el valor. Vivía la vida de un
guerrero y en guerrero me convertí. Luché hasta que cada uno de mis nervios,
tendones, huesos y miembros adquirieron la temible precisión del arte del
guerrero. Y al mismo tiempo conquisté la fría objetividad del luchador que está
libre tanto de cólera como de temor y cuyos movimientos son el más puro deleite,
y para quien cada lucha a sangre es una exultación de destreza.
Trabajé durante seis años. Seis años de sudor,
esfuerzo y afán. Seis años de combates amistosos. Seis años de hermosos y
soleados gyd y gélidos sollen. Seis años, desde Beltane hasta Samhein, y al
final ya no era el último entre mis compañeros.
El séptimo año progresé como los demás en casi
todos los aspectos. Pero raramente había un momento en que no pensara
dolorosamente que mi estancia en Ynys Sci estaba tocando a su fin: pronto
volvería a Prydain para servir al rey Meldryn Mawr. Contaba los días y temía
que cada jornada llegara a su conclusión, porque eso significaba que se
acercaba el momento de partir.
No quería abandonar la isla. No volvería a gozar de
la amable compañía de Goewyn, ni volvería a cabalgar con Govan, ni volvería a
oír las canciones de Gwenllian. No podía soportar tal idea. Las tres hermanas
me eran más queridas que mi propio corazón; hubiera preferido arrancármelo
palpitante del pecho antes que dejarlas.
Sin embargo, ¿qué podía hacer? Mi partida estaba
escrita desde el principio. Me marcharía cuando llegara el barco en la
primavera.
Pero también tenía miedo por otro motivo. Regresar
a la corte de Meldryn suponía reencontrarme con Simon y con una tarea largo
tiempo descuidada: debíamos regresar al mundo del que habíamos venido. Sólo el
pensarlo me llenaba de desesperado desasosiego. No tenía más ganas que Simon de
regresar al mundo real. Ahora lo comprendía. En Ynys Sci los lazos que me
ataban a mi mundo se habían debilitado hasta caer. No me di cuenta de que
desaparecían; fue simplemente un inocente olvido. Con el transcurrir de los días,
el mundo manifiesto había ido volviéndose menos real, menos vivido, hasta
parecer un mundo fantasmagórico, rodeado de grises vapores y de borrosas
existencias. Yo también deseaba quedarme en el Otro Mundo, costara lo que
costara.
Al final del séptimo año, Tegid vino a buscarme.
Una fría mañana en que contemplaba sobre una peña
la bahía, vi que el barco se acercaba. Sentí una punzada de amargo dolor al
pensar que el barco que traía una vez más a las hijas de Scatha a la isla me
llevaría lejos en la primavera, en gyd, cuando hubieran cesado las tormentas de
sollen.
Durante tres largas estaciones había soportado el
cruel exilio de su ausencia. Ahora regresaban y yo estaba ansioso por verlas.
Monté de un salto en la silla y azucé el caballo
por el sendero que descendía desde el promontorio a la bahía, para aguardar en
la playa la llegada del barco. Algunos de los estudiantes más jóvenes se habían
reunido en la orilla, ansiosos de ver el barco que los llevaría de vuelta a su
casa una vez más. Echaban de menos a su clan y a sus parientes, y en sus ojos
se leía la nostalgia por el hogar. Me pregunté si se notaría en los míos el
desesperanzado anhelo que me embargaba.
Poco a poco el barco se fue acercando; cada ola que
rompía en la orilla parecía arrastrar a la embarcación más cerca. Al cabo de
poco tiempo divisé las gráciles siluetas de las hijas de Scatha en la proa. Vi
el alegre saludo de Goewyn, la risa de Govan, los cabellos de Gwenllian
revoloteando con la brisa marina. Y después…, después me metí en el agua hasta
las rodillas para ayudar a empujar el barco hasta la playa y tendí la mano para
ayudar a bajar a la primera de las muchachas. Goewyn me cogió la mano, se echó
en mis brazos y me besó; su dulce y tierno aliento me acarició el cuello.
Govan también me saludó con un beso.
—Te he echado de menos, Llyd —me dijo alegremente;
luego, apartándome un poco, añadió—. Deja que te vea.
Yo así sus manos con fuerza, mientras me examinaba.
—No he cambiado —repuse—. Excepto que mi añoranza
por vosotras ha crecido más y más desde que os fuisteis.
—¡Pícaro! —Se echó a reír muy contenta, y volvió a
besarme.
Govan se alejó por la playa, y entonces vi que
Tegid salvaba la rompiente de espuma sosteniendo en alto la vara de roble.
—¡Ya veo que han hecho de ti un verdadero guerrero!
—exclamó.
—¡Tegid! —grité—. ¿Eres tú de verdad?
—El mismo que viste y calza —contestó. Avanzó hacia
mí y me saludó asiéndome por los brazos, según era costumbre entre parientes—.
Me encuentro con un hombre muy diferente del que dejé. Meldryn Mawr se mostrará
muy satisfecho cuando te lleve ante él.
Aunque quería dedicarme un cumplido, sus palabras
me dieron a entender por qué había venido. La alegría por ver al amigo se
desvaneció de golpe. Tragué saliva.
—¿Cuándo? —pregunté deseando contra toda esperanza
que pudiéramos quedarnos a pasar el invierno en la isla.
—Ésta noche —respondió—. Tenemos que marcharnos con
la marea. Lo siento mucho.
Aunque hacía un hermoso día, sentí en mi alma la
desolación de sollen. La melancolía que me producía tener que partir apagó por
completo el calor del sol. Sentí como si acabaran de robarme mi más preciado
tesoro. En la isla de Scatha había vivido como jamás había vivido antes. Con la
dura disciplina del guerrero había aprendido lo que significaba estar vivo.
Ahora todo había acabado y sentí como si mi vida, la única que verdaderamente
había apreciado, hubiera terminado también.
—Nada me gustaría más que pasar el invierno aquí
—me dijo Tegid—, pero tienes que despedirte. Me ocuparé de recoger tus cosas.
Era costumbre que quienes habían acabado su
entrenamiento con Scatha, solicitaran formalmente permiso para marcharse. Si, a
su juicio, el guerrero dominaba las habilidades de que ella lo creía capaz,
Pen-y-Cat le regalaba las armas. Por regla general, era una ceremonia alegre,
pero mi corazón lloraba: no deseaba marcharme.
Sin embargo, nos dirigimos al caer y a la sala,
donde se habían reunido mis compañeros de armas para la despedida; entre ellos
estaba Cynan, que me saludó al verme llegar.
—¡Llyd! Nos vamos juntos, ¿verdad?
Su rubicundo rostro resplandecía de satisfacción.
Había trabajado mucho y duramente para hacerse merecedor de aquel día y apenas
podía creer que por fin hubiera llegado.
—El barco se ha adelantado este año —comentó—.
Dicen que hay problemas en Albión y que quizá nos necesiten. —Se fijó en la
expresión sombría de mi cara—. ¿Qué te pasa?
—Abrigaba la esperanza de quedarme un poco más
—repuse con voz triste y apagada.
Aunque éramos amigos, Cynan no podía comprender por
qué me sentía tan desgraciado.
—¡Seremos jefes de batalla! Tenemos que ganarnos
ese honor, hermano. Quizá cabalguemos juntos antes del invierno. Meldryn Mawr
es un rey poderoso; ganarás mucho oro a su servicio. Ya lo verás.
En ese momento alzaron la cortina de cuero de buey
que cubría la puerta, y Cynan fue invitado a entrar. El muchacho bajó la cabeza
y entró. En los seis años que había durado nuestro exilio se había convertido
en un hombre seguro y decidido. Ya no era un joven que debía demostrar su valía
ante el mundo, y había alcanzado plena confianza en sí mismo y en su destreza.
Había logrado encontrar cierta paz en la terrible e imposible exigencia de
perfección que le había impuesto su padre. Me agradaba pensar que yo lo había
ayudado. Por encima de todo, Cynan y yo nos habíamos convertido en hermanos de
armas, un lazo más fuerte que la muerte y más firme que cualquier otro.
No quise aguardar con los demás, así que paseé un
rato por el caer, visité
por última vez los lugares que había llegado a
conocer tan bien y deambulé por el campo de entrenamiento, ahora desierto, que
tantas veces había regado con mi sudor y mi sangre.
Goewyn salió a mi encuentro para despedirse.
—Echaré de menos nuestras partidas de gwyddbwyll.
Has llegado a ser un contrincante de cuidado.
—Yo te echaré de menos a ti, Goewyn —le dije
esperando alguna palabra de consuelo.
Ella sonrió y sacudió la cabeza haciendo sonar
alegremente las campanillas.
—Menos de lo que te imaginas, estoy segura. Jamás
has pasado un invierno con el Soberano Señor. Una ojeada a las muchachas de
Sycharth y olvidarás incluso que me has conocido.
—Sin embargo, me gustaría tener algún recuerdo
tuyo.
—¿Qué quieres? —me preguntó con una maliciosa
sonrisa.
Dije lo primero que me pasó por la cabeza.
—Una trenza de tus rubios cabellos.
Goewyn se echó a reír.
—Córtala, si es tu deseo.
Permaneció inmóvil ante mí, con una sonrisa en los
labios y los brazos en jarras, mientras yo cortaba con mi cuchillo la punta de
una de sus trenzas. La cogió y la anudó con un hilo de espliego que sacó de la
orla de su manto, para que los cabellos no se destrenzaran.
—Vamos —dijo metiendo el recuerdo en mi cinturón—,
es hora de que te despidas.
Me cogió del brazo y me condujo por el sendero
empedrado hasta la casa donde Scatha recibía a quienes le eran confiados y, una
vez completado su entrenamiento, los despedía a sus lugares de origen. Goewyn
apartó el cuero de buey que colgaba de la puerta y me indicó que debía entrar
yo solo. La habitación estaba casi a oscuras, iluminada sólo por la sofocante
luz de dos braseros de hierro que flanqueaban la banqueta de campaña de tres
patas en la
que estaba sentada el Caudillo de la Guerra.
Scatha vestía un manto de color escarlata adornado
de oro y verde, atado a su hombro derecho con un enorme broche de filigrana de
oro con tres rutilantes esmeraldas. Llevaba puesto un suntuoso yelmo de bronce
bruñido con incrustaciones de oro y plata; sus hermosos cabellos asomaban
sueltos bajo el casco y le cubrían los hombros. En las muñecas y los brazos
brillaban pulseras y brazaletes, regalos de los reyes y príncipes a quienes
había servido. Detrás de ella, clavadas en el suelo, había tres lanzas con puntas
de plata y los astiles cruzados y atados con un cordón de oro. Iba descalza y
sus pies descansaban sobre un escudo redondo de cuero de buey con el centro y
los bordes de bronce adornados con dibujos en espiral.
Gwenllian estaba en la sala, de pie entre las
sombras. Me saludó alzando una ceja cuando la miré, pero no dijo nada. Me
acerqué a la bella Pen-y-Cat llevándome la mano a la frente en señal de
reverencia y respeto.
—¿A qué vienes? —preguntó Scatha dando comienzo a
la ceremonia ritual que yo había llegado a conocer tan bien.
—Vengo a pedirte un favor, Caudillo de la Guerra
—repuse.
Ella asintió.
—¿Qué favor solicitas, hijo mío?
—Querría obtener el favor de tu bendición para
abandonar tu hogar.
Las palabras me arañaron y casi agarrotaron mi
garganta.
—¿Adónde vas, hijo mío? —inquirió con ternura, como
una madre que ve a su hijo por última vez.
—Regreso al hogar de mi rey, Caudillo de la Guerra,
porque me comprometí a servirle y a jurarle fidelidad por haberme socorrido.
—Si deseas vivir como un guerrero y consagrar tu
vida a un rey, debes primero consagrar tu corazón a quienes van a servirte.
—Dime quiénes son —repliqué—, y haré lo que deba
para consagrar mi vida y mi corazón a quienes me sirvan.
A estas palabras, Scatha alzó la mano hacia
Gwenllian, que se acercó rápidamente. Vi que llevaba una espada en la mano
izquierda y una lanza en la derecha. Depositó la espada en manos de Scatha.
Ésta blandió la espada y
me dijo:
—Aquí tienes al Hijo de la Tierra, cuyo espíritu
fue forjado en el corazón del fuego. Cógela, hijo mío, y consérvala siempre.
Tendí la mano derecha, cogí la espada por la hoja y
la apreté contra mi pecho, apoyando la empuñadura sobre el corazón.
—La acepto para que me sirva, Pen-y-Cat.
El Caudillo de la Guerra inclinó la cabeza, se
volvió para recibir la lanza de manos de Gwenllian y dijo:
—Aquí tienes al Hijo del Aire, cuyo espíritu se
despertó en la oscuridad del bosque. Cógela, hijo mío, y consérvala siempre.
Tendí la mano izquierda, cogí la lanza por el astil
y la apreté contra mi pecho.
—La acepto para que me sirva, Pen-y-Cat.
Scatha alzó las manos con las palmas hacia arriba,
a modo de bendición.
—Sigue tu camino, hijo mío. Tienes mi bendición
para marcharte de aquí.
Con estas palabras concluía la ceremonia, pero yo
sentí que faltaba algo, quería algo más. Me arrodillé y puse mis armas junto a
los pies desnudos.
—Quisiera otra cosa más, Caudillo de la Guerra.
Al oírme, Scatha enarcó sorprendida las cejas.
—Pide lo que tu corazón desee, hijo mío.
—El mundo es vasto, Pen-y-Cat, y los que se van de
este lugar no regresan jamás. No obstante, solicito el favor de tu bendición
para regresar a tu hogar como si fuera un pariente, porque, si a partir de este
día gozo de la vida, será gracias a que tú me la has dado.
Nuestro sabio Caudillo de la Guerra sonrió.
—El mundo es vasto, desde luego, hijo mío. Y es
verdad que los que se van de este lugar no regresan jamás. Sin embargo, mi
corazón es grande y hay sitio en mi casa. —Alzó las manos y las tendió hacia
mí—. Ven, hijo mío.
Yo me incliné hacia ella y posé la cabeza en su
pecho. Me acunó entre sus brazos, acariciándome las mejillas y los cabellos.
—Eres mi hijo —dijo con ternura—. Usa sabiamente la
vida que te he dado y procura comportarte siempre con honor. Si nada te lo
impide, regresa cuando desees. Siempre serás bienvenido bajo mi techo, hijo
mío.
Scatha posó sus manos en mis hombros, me besó y
luego me soltó.
Yo cogí mis armas y me marché. Ahora era hijo de
Scatha, uno más de su innumerable prole, con libertad de ir y venir cuando
quisiera. Me sentía contento, aunque hubiera preferido no tener que marcharme
nunca.
Vi a Goewyn otra vez antes de embarcar. El día se
había puesto frío, y grises nubes bajas se acercaban por el este cruzando la
bahía. La marea estaba subiendo y algunos muchachos aguardaban ya en la orilla,
deseosos de embarcar. Estaban lanzando piedras a las gaviotas que chillaban
indignadas sobre sus cabezas. Caminé con Goewyn por la playa cogidos de la
mano. Le dije que regresaría, pero no se lo juré, porque ambos sabíamos que era
mejor no hacer juramentos que quizá no podríamos cumplir.
Cuando llegó la hora, caminé por las aguas hacia el
barco, subí a bordo y me instalé en la proa para contemplar por última vez Ynys
Sci. Goewyn permanecía en la orilla aferrando con los puños el manto amarillo
mientras la espuma de las olas empapaba su túnica de color de brezo. El sol
poniente asomaba débilmente por el acantilado, tiñendo la arena de rojo y oro.
Las aguas del mar, de color verde y oro, se agitaban como bronce fundido, y su
brillo iluminaba el rostro de Goewyn.
Mientras los últimos pasajeros trepaban por el
costado más bajo y luego el barco comenzaba a moverse lentamente adentrándose
en aguas más profundas, Goewyn alzó la mano en señal de despedida. Yo
correspondí al saludo y ella se dio la vuelta y corrió por la playa hacia el
sendero que subía al caer. La contemplé mientras ascendía; cuando llegó arriba,
me pareció que se detenía y dirigía una última mirada al barco por encima del
hombro.
20
EL GORSEDD DE BARDOS
La isla de Scatha desapareció de mi
vista tragada por la niebla y la oscuridad.
Entonces, y sólo entonces, Tegid me reveló por qué había venido a buscarme una
estación antes de lo acordado. Se reunió conmigo en la proa. Nuestros caballos
estaban atados a una estaca detrás de nosotros, y los demás pasajeros se habían
agrupado en torno al mástil con el equipaje, justo detrás de los caballos.
Habían encendido fuego en la parrilla abierta del barco y estaban asando
pescado y charlando ruidosamente; nadie reparaba en nosotros. Podíamos hablar con
absoluta tranquilidad sin temor de que nos escucharan.
Tegid comenzó por excusarse.
—Lo siento, amigo. Si de mí dependiera, te habría
concedido un año y un día para despedirte de tu querida isla.
No pude discernir si se estaba burlando de mí o si
hablaba en serio.
—No te culpo, Tegid —repuse—. No pudo ser. No
hablemos de ello.
—Sin embargo, déjame decirte que no hubiera venido
sin una razón de peso —dijo mirando las oscuras aguas del mar como quien
contempla un abismo de desesperación.
Esperé a que continuara hablando, pero un sombrío
silencio se cernió sobre nosotros. Finalmente yo me decidí a romperlo.
—Bueno, ¿puedo saber cuál es esa razón? ¿O vas a
seguir musitando veladas indirectas durante todo el viaje hacia Sycharth?
Sin apartar la mirada del mar, Tegid me confesó:
—No vamos a Sycharth.
—¿No? ¿Adónde, entonces?
En el fondo me daba igual; sería desgraciado
fuésemos a donde fuésemos.
—Se acerca el Día de la Lucha —dijo por toda
respuesta—. Vamos a ver
qué puede hacerse.
Sus palabras sonaron más lúgubres y misteriosas de
lo que yo esperaba.
Intenté tomarlo a broma.
—¿Cómo? ¡No me digas que las tinajas de hidromiel
del rey Meldryn Mawr se han agotado! —exclamé simulando horror.
—Bueno —respondió él siguiendo la broma—, quizá no
sea tan grave como todo eso.
—¿Qué ocurre entonces, hermano? Habla claramente o
tendré que imaginar lo peor.
—Dentro de tres días el barco pasará por Ynys Oer y
desembarcaremos —me dijo en tono tranquilo—. Atravesaremos a caballo la isla en
dirección oeste y cogeremos un bote para cruzar el estrecho de Ynys Bàinail y
acudir al gorsedd de bardos. Ollathir ha convocado a los derwyddi de Albión a
una reunión en la isla de la Roca Blanca.
—¿Puedo conocer el motivo de esa reunión de bardos?
—Te he dicho todo lo que sé. No puedo explicarte
nada más.
—No lo entiendo, Tegid. Yo no soy bardo. ¿Por qué
tengo que ir?
—Tienes que ir porque Meldryn Mawr y Ollathir así
lo desean. No puedo decirte nada más —replicó Tegid.
Pero lo dijo en un tono que daba a entender que sí
sabía más cosas, pero que si quería oírlas era mi obligación tirarle de la
lengua. A veces había encontrado en otros esa misma resistencia a hablar claro.
Parecía que, cuanto más delicada fuera la situación, menos franca debía ser la
conversación. La costumbre obedecía al propósito, según mi humilde entender, de
evitar que el emisor pudiera ser acusado de hablar más de la cuenta. Además,
dada su condición de bardo, sobre Tegid seguramente pesaba alguna clase de
prohibición o tabú que le impedían revelar información confidencial sobre
asuntos de la corte. Pero era evidente que deseaba que yo le sacara tal
información.
—¿Cómo está Meldryn Mawr? —pregunté—. ¿Se encuentra
bien?
—El rey está perfectamente —afirmó—, y deseoso de
comprobar en qué clase de guerrero te has convertido.
—Si la memoria no me engaña, a Meldryn Mawr no le
faltan guerreros.
No puedo creer que me haya tenido en cuenta.
—Te equivocas. Un rey nunca tiene guerreros
suficientes, del mismo modo que un hombre nunca tiene enemigos suficientes.
Yo sabía cómo jugar a ese juego del gato y el ratón
y sabía también que podía prolongarse durante días. Pero no me importaba; nos
esperaba una larga travesía y yo no tenía nada mejor que hacer que desentrañar
los acertijos de Tegid.
—Un hombre sin amigos es más desgraciado que un
perro sin casa — observé citando un refrán del país—. Pero Meldryn Mawr es un
rey poderoso, me consta. Si se doblara el número de las estrellas del cielo,
incluso así las superarían los amigos de Meldryn.
—Quizás en otros tiempos —dijo Tegid con exagerado
aire de infelicidad —. Ahora ya no.
Así pues, el buen rey Meldryn era desgraciado
porque había perdido algunos amigos. Por eso había enviado a Tegid en mi busca.
Muy bien. Decidí abandonar aquella pista de momento y rastrear otra.
—Siento muchísimo oír tal noticia —repuse—. Me
alegrará volver a ver al rey y también a Ollathir. He pensado en él a menudo.
Era, desde luego, una exageración, teniendo en
cuenta que no había intercambiado ni siquiera una palabra con el bardo.
—¡Oh, sí! —asintió Tegid—. El Bardo Supremo te
recuerda con singular afecto.
Pese a la oscuridad vi que Tegid sonreía; era
evidente que estaba disfrutando con mi modo de jugar.
—Claro que yo que tú no esperaría una alegre
bienvenida —añadió—.
También él, como el rey, tiene muchos problemas
últimamente.
¿Cuál podría ser la causa de los problemas del rey
y del bardo? Decidí dar un palo de ciego.
—Menos mal —aventuré— que el príncipe Meldron es un
caudillo nato.
Los hijos pueden servir de consuelo a un hombre en
tiempos difíciles.
Tegid asintió con lentos movimientos de cabeza,
como si quisiera que yo
entendiera de una vez el misterio.
—Es verdad. Ojalá Meldryn Mawr tuviera más hijos.
—¿Es que no los tiene? —pregunté sorprendido.
—Desgraciadamente, no. La reina Merian era la más
noble de las mujeres, la pareja ideal para Meldryn Mawr en todos los aspectos.
Daba gloria verlos salir a cabalgar por las mañanas. A la reina le encantaba
montar a caballo, por eso el rey tenía los caballos más hermosos. Consiguió uno
de Tir Aflan, allende el mar, un animal magnífico que regaló a su esposa. El
día en que montó aquel caballo por primera vez, fue el día de su muerte. El
animal se encabritó y la derribó; la reina Merian se golpeó la cabeza y murió.
El rey juró no volver a casarse jamás —dijo concluyendo el triste relato.
Pensé que aquello no hacía más que aumentar el
misterio. Sin duda era una historia muy triste, pero ¿qué tenía que ver
conmigo? La respuesta parecía danzar en torno al príncipe Meldron, pero no se
me ocurría de qué podía tratarse.
—Es una desgraciada tragedia —comenté—. Pero por lo
menos ya tenía un hijo.
—Es bien cierto.
La concisa aseveración de Tegid tenía un tono más
condenatorio que una abierta repulsa.
Así pues, había problemas en la corte de Meldryn
Mawr y el príncipe Meldron tenía mucho que ver con ello. ¿Por dónde continuar?
Medité un momento pero no se me ocurrió nada.
—Somos afortunados —observé haciendo un esfuerzo—.
Las preocupaciones de la corte no nos conciernen. No me gustaría ser rey.
—Quizá no somos tan afortunados como te imaginas
—dijo Tegid en tono siniestro—. Muy pronto las preocupaciones de los reyes nos
concernirán a todos.
Tras pronunciar estas palabras, el brehon pareció
hundirse en un gris abatimiento. Se alejó entre las sombras y me dejó solo con
el enigma. Pero yo había perdido todo interés por los enigmas. El negro
presagio implícito en sus palabras me había amargado el gusto por la intriga.
Estaba harto del juego. Si quería decirme algo abiertamente, que me lo dijera;
pero, si no era así, yo no
estaba dispuesto a darle más vueltas.
Dos días seguidos de niebla y lluvia hicieron
insoportable el viaje, pero la mañana del tercer día, mientras el barco cruzaba
los estrechos entre la tierra firme y las áridas y amenazadoras montañas de
Ynys Oer, las nubes se despejaron y nos deslumbró el resplandor del sol. Tegid
y yo desembarcamos en una playa rocosa. Condujimos los caballos hasta un
sendero que se adentraba en tierra y después montamos. Cuando volví la cabeza,
el barco estaba poniendo proa a mar abierto.
La isla de Oer se caracteriza por altos y
tenebrosos riscos y profundas cañadas surcadas por impetuosos arroyos. Era el
hábitat ideal para cabras montesas, águilas, ciervos rojos, brezo, tojo y poco
más. Las pocas personas que la habitaban vivían al abrigo de las profundas
cañadas o en un terreno llano que se cernía sobre una de las innumerables
ensenadas de la parte oriental de la isla.
Hacía un día magnífico y pudimos viajar deprisa y
llegar a la costa occidental cuando el sol se hundía en el horizonte del mar.
En una protegida ensenada de roca y arena encontramos muchos caballos atados
junto a una cabaña de piedra blanca y a varios mabinogi cuidando los caballos
de sus maestros. El bote al que se había referido Tegid se había marchado. Sin
embargo, si hubiéramos querido, podríamos haber alcanzado a nado la pequeña
isla a la que debíamos dirigirnos: Bàinail; el nombre significa «roca blanca» y
estaba desde luego muy bien puesto. Prescindiendo de las algas verdes
esparcidas por la orilla, la isla parecía poco más que un montón de piedra
blanca surgida del fondo del mar.
Resultaba un misterio incomprensible para mí por
qué los bardos habían elegido precisamente aquel lugar entre otros muchos para
su reunión. No veía nada que pudiera hacerlo recomendable y sí en cambio muchos
inconvenientes. Pero, al fin y al cabo, yo no era un bardo. Se lo pregunté a
Tegid mientras contemplábamos la isla al otro lado del pequeño estrecho; mi
amigo me lo explicó a su modo, con palabras sencillas pero de significado
oscuro:
—Ynys Bàinail es el centro sagrado de Albión.
Que aquel pequeño islote rocoso no estuviera en el
centro y ni siquiera se hallara unido a Albión parecía carecer de importancia.
—¿Quieres que vea si puedo conseguir un bote?
—pregunté paseando la mirada por la rocosa ensenada.
—Hemos llegado tarde. Hay que cruzar de día
—explicó Tegid.
Señalando al cielo, de color naranja y rosa por el
resplandor del sol poniente, objeté:
—Pero si el cielo aún no está oscuro. Tenemos
tiempo de llegar al otro lado.
Me podría haber ahorrado el aliento.
—El bote regresará a buscarnos por la mañana.
Pasaremos la noche aquí.
Probablemente seria lo mejor. Estaba fatigado de la
larga cabalgada y con la proximidad de la noche comenzaba a hacer mucho frío.
Sólo deseaba arroparme en mi manto ante el fuego con un tazón de caldo en la
tripa. Sin embargo, comimos mucho mejor aún. Los mabinogi tenían cordero, pan,
cerveza y manzanas. Y habían recibido órdenes de tratar bien a los que, como
Tegid y yo, aparecieran para acudir a la reunión.
Avivaron el fuego y disfrutamos de un buen sueño.
Al alba, tal como había dicho Tegid, el bote vino a buscarnos.
La neblina marina cubría las tranquilas aguas y
escondía la isla que habíamos visto la víspera. El bote apareció entre la
niebla sin hacer el menor ruido; sólo había un remero, un gwyddon que Tegid
conocía. Se saludaron mientras yo me instalaba en el centro con la lanza sobre
las rodillas. El gwyddon me miró y dijo:
—No se permiten armas en la isla sagrada. Debes
dejarlas aquí.
Yo vacilé, recordando la promesa de guerrero que le
había hecho a Scatha.
Tegid malinterpretó mi reluctancia y se apresuró a
tranquilizarme.
—No tengas miedo; ningún daño nos amenazará allí y
se ha requerido tu presencia.
Señaló a uno de los jóvenes y yo dejé de mala gana
mi espada y mi lanza al cuidado del mabinog. Tegid, con la vara de roble en la
mano, subió al bote y se instaló en la proa; el hombre empuñó el remo en la
popa. El mabinog empujó el bote, contempló unos momentos cómo nos alejábamos y
regresó junto al fuego.
Una vez que alcanzamos aguas profundas, el remero
hizo girar el bote y siguió remando. Nos rodeó una niebla espesa como la lana.
Me pareció que a medida que el mundo desaparecía de nuestra vista dejaba de
existir. Experimenté la inquietante sensación de viajar no a través del
espacio, sino del tiempo, hacia otro día, hacia otra época. Con el lúgubre
chapoteo del remo, el bote se internaba en un pasado oscuro y neblinoso o en un
futuro invisible. La sensación me produjo vértigo y me así a los costados del
bote con ambas manos.
A medio camino del estrecho, el bote emergió de la
neblina. Vi ante nosotros la isla de la Roca Blanca y, al volver la cabeza para
mirar atrás, vi sólo un banco de niebla que se levantaba como un sólido muro
surgido del mar color verde-gris. No parecía quedar huella alguna del mundo.
El bote cobró velocidad y se desprendió de los
últimos jirones de niebla. Poco después, la proa tocó la fina arena blanca de
Ynys Bàinail. Tegid saltó del bote, lo empujó a la playa y lo varó junto a
otras embarcaciones. Yo salté a mi vez. El agua me llegaba a las rodillas y
ante mi sorpresa la encontré templada, era de color azul pálido y transparente
como el cristal.
Chapoteé hacia donde me esperaba Tegid, en la
orilla del agua. Hice ademán de pisar la orilla pero me detuvo con un gesto.
—Estamos en un lugar sagrado y tú no eres bardo. Si
no fuera por Ollathir, no habrías podido llegar hasta aquí. ¿Lo comprendes?
Asentí. Tegid, más serio y solemne de lo que jamás
lo había visto, me cogió del brazo y me aconsejó lacónicamente:
—Haz sólo lo que me veas hacer a mí. No pronuncies
ni una palabra mientras estés en esta isla.
Asentí de nuevo y Tegid inclinó la cabeza dando por
terminados sus consejos. Luego se dio la vuelta y se apresuró a seguir al
remero que iba ya playa arriba. Yo llegué a la arena, di unos pasos y estuve a
punto de caer de bruces, abrumado por la sobrenatural y misteriosa sensación de
que no tocaba el suelo o de que la tierra bajo mis pies no era sólida, sino
fluida, como el agua o las nubes. Además tenía la extraña impresión de que
estaba creciendo rápidamente, de que me ensanchaba, de que me cernía sobre el
panorama, de que tocaba el cielo con la cabeza. Se me erizaron los cabellos y
se me puso la piel de gallina. No podía moverme por temor a caer, seguro de que
no podría
sostenerme en pie sobre el inestable suelo que
parecía que iba a ceder bajo mis pies.
Al ver que me había quedado varado, Tegid se
apresuró a acudir a mi lado. Me puso tres dedos sobre la frente y murmuró una
palabra que no entendí. Al momento, me abandonó la paralizante sensación y
atravesé la playa sin mayores dificultades. Sin perder tiempo tomamos un
sendero que partía de la playa y se internaba en la pequeña isla, hacia el
enorme peñasco que dominaba el centro del islote y por el que recibía el nombre
de Roca Blanca.
Caminamos un rato en silencio; no se oía ruido
alguno, ni siquiera el canto de los pájaros o el rumor de las olas. Todo estaba
callado y silencioso bajo un palio de densa neblina, como si la mano de un dios
cubriera la isla. No sabría decir por qué, pero no creo que aquel silencio se
debiera a causas naturales.
Yo iba detrás de Tegid, con los ojos fijos en el
sendero para no tropezar y caer, pero, cuando el camino comenzó a ascender,
alcé la vista hacia el enorme peñasco blanco que se levantaba ante mí como un
gigantesco banco de ondulante niebla. El peñasco blanco conformaba un
impresionante promontorio con tres lados encarados al mar. Sin echar ni una
ojeada hacia atrás, el gwyddon nos conducía sendero arriba. El caminito era
cada vez más escarpado; un paso en falso y nos precipitaríamos de cabeza en la
playa cubierta de cantos rodados.
Seguimos subiendo por el sendero que serpenteaba en
torno al gigantesco peñasco blanco. En el punto más alejado de la cara oeste,
el camino terminaba en un muro de piedra. Arrimándose a la pulida superficie de
la roca que quedaba a mi izquierda, vi que el gwyddon que nos conducía
atravesaba el muro de roca y desaparecía. Estuve a punto de decir algo, pero
recordé el consejo de Tegid y me callé.
Tegid se acercó al muro, se puso de lado y también
desapareció. Siguiendo su ejemplo, me acerqué al muro y entonces vi una
estrecha grieta, lo suficientemente ancha como para permitir el paso de un
hombre si se ponía de lado. Hice lo mismo que había visto hacer a Tegid, me
metí por la grieta y me encontré en un pequeño túnel. El suelo ascendía
escarpadamente. Recorrí a gatas unos cuantos metros guiándome por la luz y me
encontré en una amplia meseta cubierta de yerba. Unas cuantas ovejas estaban
paciendo,
moviéndose como nubes en un vasto firmamento de
color verde.
En medio de la llanura se alzaba un montículo
cónico bastante grande con la cima achatada. No podría decir si el montículo
era un fenómeno natural o había sido levantado por manos humanas en alguna
época remota. Quizás ambas cosas. Sobre el montículo, una esbelta columna
alzaba su afilada punta hacia el cielo. Al pie del montículo estaban reunidos
unos cien bardos — luego supe que eran noventa y tres—, unos vestidos de marrón
y otros de gris.
Los bardos se movían de un lado a otro sin rumbo
fijo; unos llevaban sus varas de madera, otros ramas de avellano, de serbal, de
roble y de otros árboles. Se cruzaban y entrecruzaban entre ellos sin orden ni
concierto. De vez en cuando, uno de los bardos se detenía y golpeaba con la
vara tres veces el suelo, o alzaba la rama y dibujaba lentamente un círculo
sobre su cabeza. Al acercarme, oí que murmuraban en voz baja palabras
ininteligibles.
Cuando estuvimos cerca del pie del montículo, uno
de los bardos vio a Tegid y salió a su encuentro. Enseguida me di cuenta de que
era Ollathir, el bardo del rey Meldryn Mawr. Me miró mientras Tegid y yo nos
deteníamos frente a él y pareció complacido de verme, pero sólo habló con mi
amigo. Cuchichearon unos instantes hasta que se les acercó un tercer bardo. Su
rostro me resultaba familiar, pero me costó un poco reconocerlo: era Ruadh, el
bardo del príncipe Meldron. La discusión que sostenían Tegid y Ollathir cesó
bruscamente cuando Ruadh, sonriente, se unió a ellos.
En ese mismo instante Ollathir se dirigió a mí.
—Mira bien —me dijo aferrándome del hombro como si
quisiera obligarme a entender—. No te pierdas ni un detalle.
Luego los tres se reunieron con los otros bardos.
Yo hice amago de seguirlos, pero Tegid me puso la mano en el pecho y me detuvo
con un ligero movimiento de cabeza. Al parecer tenía que quedarme allí solo.
Colegí por las crípticas instrucciones de Ollathir
que debía quedarme al margen y actuar a modo de observador, así que decidí
buscar un buen lugar desde el cual contemplar lo que ocurría. No encontré
ninguno, ni siquiera una piedra lo bastante grande para que me sirviera de
asiento. Todavía estaba examinando el lugar cuando los bardos, a una señal
invisible, se dispusieron en ordenadas filas y comenzaron a caminar en torno a
la base del montículo siguiendo la trayectoria del sol.
Dieron en torno al montículo una, dos, tres
vueltas, sin dejar de murmurar aquella extraña y zumbante letanía. Una vez
completada la tercera vuelta, subieron las escalonadas laderas del montículo y
se reunieron en torno al pilar.
Creí que no iba a poder observar nada interesante
desde el lugar donde me encontraba y desde luego no iba a oír una palabra de lo
que sucediera en el montículo. ¿Qué demonios se suponía que tenía que observar?
Sólo podría ver de lejos la reunión. Podría atestiguar que se había llevado a
cabo, pero poco más.
Pese a ello, no separé la vista de los bardos. Oí
un confuso y monótono sonido y supuse que los bardos estaban salmodiando o
cantando. Luego se callaron y todo quedó en silencio, aunque de vez en cuando
llegaban ráfagas y oleadas de voces: eran retazos de discusiones, murmullos de
asentimiento, gruñidos de desaprobación, coros chillones de aseveración o
disensión. No podría decir qué significaban aquellos exabruptos.
La mañana fue transcurriendo. Yo seguía observando,
estirando el cuello hacia la cima del montículo, mientras los bardos seguían
murmurando y musitando. Comencé a hartarme de mi tarea. Como no sabía a ciencia
cierta lo que tenía que observar y no veía que sucediera nada importante,
comencé a aburrirme y a distraerme.
Al cabo de un rato, el sol de la mañana empezó a
disipar la blanca neblina revelando un cielo de un rutilante color azul. Pese
al frío que hacía, la meseta se fue templando. Me tumbé de codos sobre la yerba
y no tardó en entrarme sueño. Cuando mis párpados estaban a punto de cerrarse,
se me ocurrió de pronto que a Ollathir no le agradaría que me quedara dormido y
olvidara mi obligación, así que me puse en pie y comencé a caminar alrededor
del montículo.
Así pasé toda la jornada, sacudiéndome el
aburrimiento y el sueño con un paseo de vez en cuando en torno al montículo.
Mientras tanto proseguía la asamblea de bardos; el gorsedd, como la había
llamado Tegid. No ocurrió nada, por lo menos que yo viera, excepto la lenta y
larga marcha del sol a través del vacío espacio del cielo.
Ya bastante avanzado el día, me puse en pie para
pasear otra vez alrededor del montículo. Di una vuelta, luego otra. Cuando
estaba dando la tercera o la cuarta, concluyó la asamblea y los bardos
comenzaron a bajar. La mayoría de
ellos se rezagaban en pequeños grupos, otros se
detenían solos en las laderas del montículo con los brazos extendidos
contemplando el mar por encima de la meseta cubierta de yerba. Un reducido
grupo de unos doce bardos permaneció en la cima del montículo, con las cabezas
juntas como enfrascados en una importante y desesperada conversación.
Yo me mantenía apartado, pero nadie reparó en mi
presencia. Los derwyddi, ceñudos y sombríos, parecían sumidos en hondas
cavilaciones. En un momento dado, vi que uno de ellos se separaba de uno de los
grupos y corría por la meseta hacia el sendero que conducía a la playa. Reparé
en ese detalle porque era la única cosa extraña que había contemplado en todo
el día.
Como no vi a Tegid ni a Ollathir entre los bardos
que quedaban en la ladera o los que ya estaban en la meseta, supuse que estaban
entre el corro reunido en torno al pilar de la cima que, por su aspecto,
parecía estar discutiendo algo importante. La conversación prosiguió un buen
rato y luego cesó de pronto. Los bardos que estaban en la meseta se dieron la
vuelta para contemplar, con miradas que juzgué expectantes, cómo descendían sus
compañeros.
Pero nadie dijo nada ni emitió la menor señal. Los
que habían estado aguardando tomaron posiciones tras sus jefes y todos en
procesión atravesaron la llanura en dirección al camino y comenzaron a bajar
hacia la playa.
Tegid vino a mi encuentro mientras los demás se
alejaban y me aconsejó de nuevo que permaneciera en silencio. Ollathir, que
había sido el último en bajar del montículo, se acercó a nosotros. No nos miró
ni dijo nada, sino que se limitó a pasar ante nosotros y a seguir su camino
hacia el sendero. Tegid lo siguió y yo fui tras él.
Cuando llegamos a la playa, los botes ya se habían
hecho a la mar y navegaban por el estrecho canal que separaba las islas.
Aguardamos un rato mientras los botes atravesaban una y otra vez el estrecho
para transportar a los derwyddi a la ensenada donde habían dejado los caballos.
Fuimos los últimos en abandonar el islote. Creo que así lo decidió Ollathir,
aunque el hambre hacía aún más larga la espera.
El sol ya se había puesto cuando regresamos a Ynys
Oer. Los mabinogi y los bardos se habían marchado; sólo quedaban nuestros
caballos en el cobertizo de la cabaña. Parecía como si el gorsedd jamás hubiera
tenido lugar.
Encontré mis armas en la cabaña de piedra, junto a
un poco de comida. Cogí mi lanza, mi espada y la comida y me reuní con Tegid y
Ollathir que estaban secreteando.
—Pasaremos aquí la noche —me informó Tegid—.
Todavía hay mucho que hacer y aún queda luz.
Ollathir soltó un gruñido de asentimiento, se
volvió y se alejó por la playa. Tegid lo contempló unos instantes y luego, al
encontrarse con mi mirada interrogadora, me explicó:
—Sí, está muy preocupado. El gorsedd no… —titubeó—.
Acabó muy mal.
Yo asentí con un movimiento de cabeza. Tegid se
echó a reír.
—Ya puedes hablar, amigo. Nada te lo impide.
Misteriosamente, hasta que Tegid no me hubo
levantado la prohibición, yo no había sentido que pudiera hablar, aunque a
decir verdad tampoco notaba ningún impedimento para hacerlo. Sin embargo, ahora
era plenamente consciente de mi lengua y dije:
—¿Puedo saber ahora lo que está sucediendo? ¿Por
qué me habéis hecho venir?
Tegid me puso la mano en el hombro.
—Es Ollathir quien debe decírtelo. Cuando regrese,
quizá te lo cuente todo.
Luego me soltó y mientras se alejaba me pareció que
susurraba:
—El conocimiento es un peso abrumador; una vez que
se carga con él, no hay modo de liberarse.
Lo observé alejarse con cierto resentimiento por su
reserva y astucia. «Sí, el conocimiento es una carga —pensé—, pero la
ignorancia también lo es». Estaba empezando a hartarme. Me juré a mí mismo que
alguien debía decirme algo muy pronto o tendría que procurarse otra bestia de
carga.
21
CYTHRAWL
Ollathir no regresó hasta que el sol
hubo empezado a ocultarse tras Ynys Bàinail, al
otro lado del estrecho. Yo me había ocupado en ir a buscar agua y coger leña
para la noche. En efecto, sollen estaba ya encima y, pese al calorcillo diurno,
cuando el sol desaparecía hacía mucho frío. Estaba arrodillado junto a un
montón de leña, dispuesto a encender el fuego, cuando el Bardo Supremo apareció
frente a mí.
—No enciendas fuego —dijo—. Prepara el bote.
Hablaba con voz tranquila, pero era evidente que
estaba inquieto. Mantenía la vista baja y los brazos cruzados, con las manos
escondidas en la túnica. Tenía el rostro grisáceo, con la palidez de la
enfermedad, aunque su voz era firme y su mirada clara.
Dejé a un lado el pedernal y la yesca y me encaminé
a la playa donde estaban varados los botes. Tegid se reunió conmigo y empujamos
un bote hasta el agua. Cogí el remo, se lo tendí a Tegid y sostuve el bote por
la proa hasta que Ollathir se hubo instalado con la vara de serbal sobre las
rodillas; entonces di impulso al bote y subí. Tegid bogó con urgencia y adiviné
lo que lo empujaba: la hora-entre-horas. El sol ya se había puesto tras la Roca
Blanca, y debíamos darnos prisa si queríamos llegar al montículo antes del
crepúsculo.
Cruzamos el estrecho hacia Ynys Bàinail a toda
velocidad y con idéntica rapidez ascendimos por el tortuoso camino que conducía
a la meseta herbosa. Ollathir abría la marcha, y Tegid lo seguía. Yo iba el
último, y experimentaba una vez más la extraña sensación de ir ensanchándome,
alargándome, de crecer a cada paso que daba. Era una sensación inquietante y
atemorizadora. Sin embargo, no me detuve. Incliné la cabeza, respiré
profundamente y me apresuré tras mis compañeros. Sin preocuparme de mis torpes
traspiés, corría más de lo que aconsejaba la prudencia, temiendo
anticipadamente el regreso, pues aquel estrecho sendero sería mucho más
peligroso en la oscuridad.
Alcanzamos la meseta en el instante mismo en que el
sol se hundía tras el horizonte del mar, iluminando las olas y tiñendo el cielo
de tonalidades rojas, violetas y naranjas. Las primeras estrellas aparecieron
por el este mientras el cielo se oscurecía anunciando la noche. Ollathir y
Tegid corrieron hacia el montículo y comenzaron a subir los escalones de la
ladera. Ésta vez, como nadie me dijo nada en contra, yo también subí.
El montículo cónico tenía la cima más achatada de
lo que desde abajo parecía. A pocos pasos del borde se levantaban en círculo un
centenar de piedras redondas y blancas, enterradas en la tierra. Piedras más
pequeñas dibujaban los radios del círculo como los ejes de una rueda, de modo
que el circulo quedaba dividido en cuatro cuartos. El pilar de piedra marcaba
el centro de la rueda y estaba cubierto desde la base hasta la punta con
intrincadas espirales y con el extraño e inquietante laberinto circular tan característico
del arte celta; toda la superficie de la columna de piedra blanca se hallaba
labrada con un profuso e interminable entretejido de dibujos.
Algunos de los bardos allí congregados habían
dejado sus ramas de avellano al pie de la columna. Tegid cogió una y me la
tendió.
—Cógela. Pase lo que pase, no la sueltes.
Estaba a punto de preguntarle qué esperaba que
ocurriese, pero el bardo alzó la mano y me puso los dedos sobre la boca.
—Es por tu bien. Procura no emitir ni un sonido.
Al instante las palabras que tenía en la punta de
la lengua se desvanecieron y perdí completamente las ganas de hablar. Moví la
cabeza en mudo asentimiento y así con fuerza la rama de avellano.
—Quédate fuera del círculo —me dijo Tegid señalando
las piedras blancas.
Alzó la vista al cielo y, volviéndose, levantó su
vara de roble y se apresuró a reunirse con Ollathir, que se había puesto el
manto sobre la cabeza y había empezado a dar vueltas en torno al pilar de
piedra, sosteniendo la vara de serbal ante sí.
Los dos bardos dieron juntos la vuelta a la piedra;
el cielo abandonado por el sol se oscureció con el crepúsculo. Miré hacia el
este y vi que la luna llena asomaba por el horizonte del mar. Era la
hora-entre-horas. En ese preciso
instante, Ollathir, Bardo Supremo de Meldryn Mawr,
se detuvo y alzó hacia el cielo su vara de serbal, asiéndola con ambas manos.
Luego, en el secreto lenguaje de los bardos, elevó la voz preñada con el poder
de Taran Tafod.
De una bolsa de cuero que llevaba al cinto, sacó un
puñado del precioso polvo que los bardos llaman Nawglan. Es una mezcla de
cenizas obtenidas de la combustión de las nueve maderas sagradas: sauce de los
arroyos, avellano de los peñascales, aliso de los pantanos, abedul de las
cascadas, fresno de la umbría, tejo de las llanuras, olmo de las cañadas,
serbal de las montañas, roble del sol. Fue esparciendo las cenizas en los
cuatro cuartos del círculo mientras daba otra vuelta siguiendo la trayectoria
del sol en torno al pilar, el centro sagrado de Albión, la Isla de la Fuerza.
Tegid seguía los pasos de Ollathir sosteniendo en
alto la vara de roble y con el manto sobre la cabeza. Ollathir pronunciaba una
palabra y Tegid la repetía. Una y otra vez daban vueltas en torno a la columna
salmodiando en su extraño y secreto lenguaje.
No podría decir cuánto duró aquello. Había perdido
la capacidad de entender o de sentir; en silencio contemplaba la escena sin ver
nada, sin comprender nada. Perdí también la noción del tiempo. Estaba como
hechizado por el constante fluir de la sonora voz de Ollathir y sus extrañas
palabras.
De pronto la salmodia cesó. Todo quedó tranquilo y
silencioso. Pero era como la paz que precede a la tempestad. En efecto, al
tiempo que se desvanecía el trueno del Taran Tafod, comencé a oír un rumor como
el que produce el agua al precipitarse por una presa rota, o como el del
torrente al desbocarse por el cauce seco de un río: era un borboteante tumulto
de sonido, confuso y violento, estrepitoso, retumbante, fragoroso, atronador,
ensordecedor, más y más potente y enloquecedor a medida que se acercaba.
Me di la vuelta y vi que la meseta bajo el
montículo estaba cubierta por una inmunda niebla amarillenta que inundaba la
tierra y arrollaba todo a su paso como una plaga. Como harapientos jirones que
se enroscaban furiosos una y otra vez sobre sí mismos, la viscosa niebla
comenzó a serpentear en torno a la base del montículo. Yo, con la piel helada y
dúctil como la arcilla, contemplaba cómo la niebla iba ascendiendo por las
laderas del sagrado montículo.
Alcé la cabeza y miré al cielo. Las estrellas
parecían caer como plata
derretida. La luna apareció roja como la sangre. La
oscuridad se espesó y palpitó como los flancos de un animal herido.
Del pálido cielo surgió un agudo y estridente
chillido, como el aullido del helado viento de sollen al soplar en las heladas
montañas del norte. Se fue haciendo más y más fuerte, invadió la cima del
montículo ensordeciendo el retumbar del agua y llenó aquellos pagos con el
sonido de la desolación y la maldad.
Mientras miraba hacia los cielos, vi que tomaba
forma una silueta fantasmagórica, tan monstruosa como vasta, y en verdad era
vasta. Aquélla cosa parecía surgir de la noche, allende la bóveda del cielo,
allende los espacios entre las estrellas fugaces. Parecía nacida del corazón de
las tinieblas; había conformado su carne en las tinieblas y su sangre y sus
huesos en la noche y el éter; se cernía sobre nosotros gritando, gritando con
la agonía de su nefanda creación.
La cosa no era una criatura nacida de la tierra.
Vivía y a la vez no estaba viva. Se movía, pero no estaba animada. Gritaba,
pero no poseía lengua. Era una criatura horripilante, nacida de lo más profundo
de los infiernos. Poseía en sí misma no un cuerpo, sino multitud de cuerpos,
que se formaban y crecían, que se separaban y dividían, que se marchitaban,
corrompían y se mezclaban con otros, siempre cambiantes y sin embargo siempre
idénticos. Era una forma para helar la sangre y para paralizar el corazón.
Vi ojos…, diez mil rutilantes ojos de gato:
funestos, saltones, dilatados, amarillentos. Vi bocas: abiertas, succionantes,
cargadas de veneno. Vi miembros: enormes, deformes, que se retorcían y debatían
con miles de manos al final de convulsivos brazos. Vi pies zopos en muñones de
piernas consumidas. Vi torsos: hinchados, obscenos, marchitos, esqueléticos,
putrefactos y podridos, llenos de excrecencias costrosas. Vi horribles cabezas:
rostros consumidos por la enfermedad, desfigurados, con cuencas ulcerosas,
narices carcomidas por el cáncer, blancas calaveras relucientes bajo jirones de
pelo, quijadas desencajadas, cuellos retorcidos, dientes negros supurando pus
de las encías.
Aquélla infernal criatura se acercaba
amenazadoramente, se precipitaba sobre nosotros desde las alturas del cielo.
Cruel y salvaje, venía a destruirnos. Pero algo se interponía entre la tierra y
las abismales regiones que le servían de guarida; algo la detenía, aunque quizá
no lo haría por mucho tiempo. La
cosa se infundió a sí misma energía; su espantosa
fuerza pareció aumentar, y se acercó un poco más dando vueltas y flotando sobre
nosotros mientras sus miríadas de cuerpos monstruosos se revolvían
incesantemente.
No podía mirar, pero no podía dejar de hacerlo,
mientras aquel aborto del demonio tendía su enorme garra hacia la cima del
montículo. La mano, llagada y escamosa, salvó con celeridad el vacío que
parecía ser nuestra única protección.
Mientras la monstruosa mano se cerraba sobre
nosotros, Ollathir emitió un grito de angustia y con su vara de serbal dibujó
un arco por encima de su cabeza. Oí el zumbido del cayado mientras cortaba el
aire. Una vez, dos veces, y entonces… ¡CRACK! El bardo golpeó la columna de
piedra y partió en dos la vara de madera.
En ese mismo instante surgió una deslumbradora luz
de la columna de piedra. El derwydd cayó de rodillas asiendo la vara con ambas
manos y con una espantosa expresión de agonía en el rostro desencajado.
Instintivamente hice ademán de precipitarme hacia él, pero Tegid se volvió y
alzó una mano para detenerme.
Del corazón del montículo se levantó un estruendo
como si se hubiera desencadenado un terremoto que arrastrara bajo tierra
piedras y cascotes. Sin embargo, no noté temblor alguno, ni tan sólo una
pequeña vibración. Sentí que el estruendo sacudía mis entrañas y mis rodillas;
me parecía como si el fragor atravesara el suelo, se metiera en la médula de
mis huesos y me subiera por la columna vertebral hasta llegar a la cabeza. Me
tambaleé súbitamente mareado, como si mis músculos hubieran perdido toda su fuerza.
Ollathir, utilizando como muleta la vara partida,
se levantó, vaciló y se derrumbó de nuevo contra la columna de piedra que ahora
brillaba con una luz suave y perlada. Pero yo ni me inmuté por tan
extraordinario fenómeno, porque toda mi atención se concentraba en la figura de
Ollathir, cuyas facciones habían sufrido una espantosa transformación.
Tenía la espalda apoyada en la columna de
misteriosos dibujos y los brazos rígidos y extendidos; asía con fuerza la vara
partida y gritaba con todas sus fuerzas. Con la boca abierta, las narices
dilatadas y los ojos desencajados, más que un ser humano parecía una fiera: un
buey enfurecido.
El rugido no salía de la garganta del bardo, sino
que emanaba de la tierra,
y se transmitía primero a través de la columna y
después a través de Ollathir, que le prestaba su voz. ¡Y qué voz! Era poderosa
y horrenda, cargada con una tremenda fuerza, firme como una roca, profunda como
un sepulcro.
El rugido se convirtió en una salvaje y
rudimentaria salmodia. Primero no entendía las palabras, pero después oí un
nombre; Ollathir estaba pronunciando un nombre. Y el nombre era «Dagda
Samildanac».
Es decir, Supremo Sabedor, Sumo Dador. Era el
nombre secreto de la suprema deidad entre las tribus de Albión.
—¡Dagda! ¡Dagda Samildanac! —bramaba aquel rugido
de buey furioso —. ¡Dagda! ¡Samildanac Dagda!
Una y otra vez resonaba la misteriosa invocación,
tomando forma y sustancia. Se alzaba al cielo y se extendía sobre nosotros como
un escudo, envolviéndonos en un manto protector, en una sagrada loriga que nos
protegía frente al funesto enemigo de todas las cosas vivientes.
—¡Samildanac! ¡Dagda! ¡Samildanac Dagda! —rugía la
poderosa voz de la tierra con tanta fuerza que todo el montículo temblaba y se
estremecía.
No pude resistir el estruendo. Me aferré a la rama
de avellano y me tambaleé. Cerré los ojos, pero la sensación de vértigo
aumentó. Perdí el equilibrio y caí de rodillas sin soltar la vara. No podía
respirar; jadeaba. Noté en la lengua el sabor agridulce de la sangre y me di
cuenta de que me estaba mordiendo el labio inferior.
Preso del terror, miré hacia la demoníaca mano que
se cernía sobre nosotros. La invocación de Ollathir había detenido el furioso
avance de aquella cosa, pero no tenía el poder suficiente para hacerla
desaparecer. El Bardo Supremo no podría prolongar la fuerza de su súplica
demasiado tiempo, pues empezaba a dar muestras de fatiga. Ya no mantenía
erguida la cabeza y comenzaban a fallarle los brazos.
Pronto lo abandonarían las fuerzas; la poderosa voz
de la Lengua Misteriosa vacilaría. Y la loriga protectora se desvanecería. Con
toda seguridad íbamos a ser aplastados.
Logré ponerme en pie. Tegid yacía ante mí, de
costado, sangrando por la nariz y la boca, con un brazo sobre la cabeza y el
otro extendido como si tratara de alcanzar a Ollathir. Al ver la mano crispada
de Tegid, decidí lo que
debía hacer: sostendría las manos del Bardo
Supremo; mantendría sus brazos en alto. Mientras el bardo sostuviera la vara de
serbal, estaríamos a salvo.
Me precipité en el círculo hacia el pilar,
esquivando el cuerpo de Tegid. Al momento me golpeó la fuerza de un poder
cegador que me sacudió como una lengua de fuego y me rodeó como llamas avivadas
por el viento. Se me nubló la vista. No podía ver. Luché por avanzar a ciegas,
tambaleante, con el corazón golpeándome las costillas. Sentía que la carne se
me aplastaba contra los huesos.
Me arrastré hasta la columna junto a la que estaba
Ollathir. La cabeza se le derrumbó sobre el pecho. Sus brazos flaquearon.
Llegué a su lado en el momento en que lo abandonaba
la capacidad de resistencia y bajaba las manos que aún sostenían la vara
partida. Cogí la vara y la levanté. Ollathir alzó la cabeza, me vio junto a él
y sus ojos desencajados parecieron reconocerme. Abrió la boca y respiró
profundamente.
—¡Dagda! ¡Samildanac Dagda! —gritó el Bardo
Supremo—. ¡Bodd cwi Samildanac!
Sentí de nuevo la extraña sensación de crecer al
tocar la vara: mis manos parecían agrandarse, hacerse inmensas y fuertes. Sentí
que una energía poderosa surgía de mis dedos, palmas y muñecas. Si hubiera
golpeado una piedra, la habría partido en pedazos. La inquietante sensación
fluía por mis manos, brazos, hombros, cuello y cabeza y se extendía por mi
espalda, mi pecho, mis piernas y mis pies. Me dio la impresión de que había
alcanzado una estatura enorme, como si me hubiera convertido en un gigante y poseyera
la fuerza de un gigante.
Mantuve en alto la vara de serbal. Con un tremendo
y atronador grito Ollathir se derrumbó contra la columna y cayó al suelo. Ahora
estaba en pie solo, sosteniendo sobre nosotros la vara del poder. Ollathir
yacía a mis pies, luchando débilmente por levantarse.
Alcé la mirada y vi la inmensa garra que se cernía
sobre nosotros y se acercaba. Mi energía, por grande que fuera, no podría
impedir que nos aplastara. Yo no era bardo; no conocía palabras de mágico
poder.
—¡Ollathir! —grité al Bardo Supremo, y la fuerza de
la voz me desgarró la garganta—. ¡Ollathir, no nos abandones! ¡Penderwydd,
ayúdanos!
El bardo me oyó y sacó fuerzas de flaqueza. Se
agarró a mis piernas y logró ponerse de rodillas. Creí que intentaba
levantarse, pero me hizo señas de que me inclinara. Sin bajar la vara de
serbal, bajé un brazo y lo ayudé a incorporarse. Ollathir se tambaleó y se
agarró a mí con los miembros temblorosos por el esfuerzo realizado para ponerse
en pie.
Movió la mandíbula y pronunció unas palabras, pero
no pude oírlo. Creí que quería que yo repitiera las palabras que él estaba
pronunciando. Incliné la cabeza y puse mi oreja junto a su boca. Ollathir me
pasó un brazo en torno al cuello y me obligó a mirarlo.
—Domhain Dorcha… —murmuró en el lenguaje secreto de
los bardos—. El corazón… en el lugar que está más allá… el Phantarch duerme…
No entendí nada de lo que quería decirme.
—¿Qué estás diciéndome? ¡Habla claro!
Pero ya no me oía.
—¡Llew! —dijo con extraña voz—. Llew…, tu servidor
te saluda.
Vi el sudor de la muerte en su frente y los ojos
extraviados y brillantes.
Luego puso su boca sobre la mía.
El Bardo Supremo me abrazó con desesperación. Antes
de que pudiera apartarlo, exhaló el último suspiro en mi boca. Noté su aliento
caliente en la lengua. Mis pulmones se hincharon a punto de estallar. Con la
mano libre traté de soltarme de su abrazo; cogí la muñeca y logré que me
soltara el cuello. Pero el bardo ya estaba muy lejos. El movimiento con que
había tratado de librarme de su abrazo se convirtió en un amago para impedir
que se derrumbara y se golpeara la cabeza contra la columna de piedra.
—¡Ollathir! —grité, y mi voz hizo temblar la tierra
bajo mis pies—. ¡Ollathir, no te mueras!
Pero el Bardo Supremo ya había muerto.
Me encolerizó que se muriera mientras yo luchaba
por salvarlo. Me enfureció que se muriera dejándome solo para luchar con
aquella bestia de los infiernos. De súbito me invadió una rabia salvaje.
—¡Ollathir! —grité—. ¡Levántate! ¡Te necesito!
Dentro de mí se entremezclaron la cólera y la
frustración. Me incliné
sobre él y lo golpeé con la vara de serbal. Lo
golpeé varias veces gritándole que se levantara. Pero no lo hizo.
—¡Dagda! —gemí pronunciando las palabras que le
había oído a él—. ¡Samildanac Dagda, resucítalo!
Se me ocurrió de pronto que estaba golpeando a un
muerto y que el aborto de los infiernos que se cernía sobre el montículo estaba
disfrutando con aquella abominación. Haciendo acopio de voluntad, me alejé del
cuerpo inerte de Ollathir. Una vez en pie, descargué con tremenda fuerza la
vara de serbal contra la columna de piedra: una vez…, otra…, otra más.
Después, arrojé la vara teñida de sangre contra las
impúdicas y carcajeantes fauces. La vara voló por los aires y alcanzó al
engendro de los infiernos. Se oyó un estruendo como una tremenda ráfaga de
viento y la amenazadora imagen se desvaneció en jirones de vapor que
desaparecieron como la niebla de la noche ante la brillante luz del día. El
cielo pareció iluminarse de golpe con un resplandor dorado y carmesí. Escruté
el horizonte y vi que se asomaba la primera llamarada del sol. ¡La
hora-entre-horas!
En segundos, una luz dorada inundó la meseta bajo
el montículo. La columna de piedra, iluminada por la luz del alba, brillaba
como una estrella. En el pálido firmamento sólo se distinguían las estrellas de
la mañana. La criatura de la noche había desaparecido.
Me invadió una abrumadora fatiga y caí de rodillas
junto al cuerpo del Bardo Supremo. Los ojos se me llenaron de lágrimas al ver
el daño que había causado en aquella cabeza en otro tiempo majestuosa. La
vergüenza y la pena se mezclaron con las cálidas lágrimas que me bañaban el
rostro.
—Perdóname, Ollathir —sollocé—. Por favor,
perdóname.
Tegid me encontró poco después llorando aún sobre
el cadáver, bañando con mis lágrimas la destrozada cabeza de Ollathir que había
depositado sobre mis rodillas. Me tocó el hombro.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.
Alcé el rostro para responder pero me detuvo la
expresión de Tegid. Contemplaba el cadáver asombrado y perplejo; las manos le
temblaban agitadamente. Intentaba hablar, pero no podía articular palabra.
Cuando por fin recuperó la voz, pronunció sólo una palabra:
—¿Cómo?
Me limité a sacudir la cabeza por toda respuesta.
¿Lo había matado la criatura de los infiernos? ¿Había sido el Dagda? No lo
sabía.
Tegid se arrodilló junto a mí y cogió entre sus
manos la cabeza de Ollathir. Inclinó la suya y besó la frente del penderwydd.
—Que tengas suerte en el viaje que has emprendido
—murmuró.
El brehon cogió el cadáver por los hombros, le
extendió las agarrotadas piernas y le alisó los arrugados vestidos. Cuando hubo
acabado, se incorporó.
—¿Dónde está su bastón? —inquirió.
—Lo tiré —respondí.
Paseé la mirada por la achatada cima del montículo.
Vi un trozo de la vara al borde del círculo de piedras blancas, y fui a
buscarlo.
Cuando cerré la mano en tomo a la pulimentada
madera, sentí una vez más el extraño poder de la vara. Me quedé quieto
sosteniendo el bastón frente a mí como si fuera una serpiente. Aquélla
sensación de energía me abrumaba. Sentí que mis miembros adquirían el tamaño de
los árboles, que mi cabeza tocaba las nubes y que mis manos podían mover las
montañas. Notaba el palpitar de la sangre en mis oídos como el rumor de la
rompiente batida por el viento.
Parecía como si dentro de mí guardara la energía
capaz de hacer toda clase de cosas. Sólo tenía que alzar la mano y se cumpliría
cualquier cosa que anhelara. Nada me estaba vedado; nada se me negaría si lo
deseaba. Al sonido de mi voz, la tierra y el cielo me obedecerían. Guardaba
dentro de mí el poder de conseguir lo que quisiera. Mi mera presencia podía
curar o matar. Ya no estaba condenado a pisar el polvo como el resto de los
mortales. Cuando los hombres caminaran, yo correría; cuando corrieran, volaría.
Volaría.
Con la vara de serbal en la mano, miré la meseta y
supe que podía volar. Sólo tenía que levantar mis pies y me deslizaría sobre el
viento con alas invisibles. Caminé hacia el borde del montículo y con toda
calma di un paso en el vacío.
22
LLEW
No
recuerdo haber dormido.
No
recuerdo haber despertado. Sólo recuerdo una cosa:
Goewyn cantaba dulcemente y su voz tiraba como una cuerda de seda de mis
sentidos y de mí. Recuperé la vista, vi el hermoso rostro de Goewyn inclinado
sobre mí y me di cuenta de que mi cabeza reposaba en su regazo. Yacía en un
jergón de lana, en una habitación pequeña y sombría con una suave piel de
nutria sobre el cuerpo.
Tomé aliento para hablar, pero, antes de poder
articular palabra, la muchacha me silenció poniendo un dedo sobre mis labios.
—Sshh, alma mía —susurró—, no digas nada aún. —Me
alzó la cabeza y me ofreció una taza—. Bebe esto, que te dará fuerzas para
hablar.
Sorbí el caliente líquido que sabía a miel y a
yerbas y que me suavizó la garganta. Apuré la taza y Goewyn reclinó otra vez mi
cabeza en su regazo.
—¿Qué ha sucedido? —pregunté—. ¿Por qué estoy aquí?
—¿No lo sabes?
Ladeó la cabeza y sus largas trenzas le resbalaron
por el hombro y fueron a caer como una cascada sobre mi rostro. Percibí el
aroma a brezo de sus cabellos y sentí una punzada de deseo.
—Sólo sé que estoy donde siempre quise estar
—repliqué con el corazón en la mano.
Y, cogiendo un mechón de sus cabellos, la atraje
hacia mí. Sus labios eran ardientes y su beso dulce como el hidromiel. Deseé
que aquel beso durara siempre.
—Menos mal que has vuelto —murmuró Goewyn—. Temí
que nos hubieras dejado para siempre.
—¿Dónde estoy?
—¿No lo recuerdas?
—No recuerdo nada. Yo…
A medida que hablaba, me asaltaron una serie de
confusas imágenes y sensaciones…, pero borrosas, como deformadas por una
distancia enorme y un tiempo todavía más largo. Recordé vagamente la partida de
Ynys Sci, la travesía a Ynys Oer, el gorsedd de bardos y la tremenda batalla
con la espantosa maldad que había arrebatado la vida a Ollathir. Me vi a mí
mismo desplomado en el fondo de un bote, arrastrado por un enfurecido oleaje y
gritando. Me vi a mí mismo gritando palabras desconocidas con toda la energía de
mis pulmones, y lanzando injurias a los cuatro vientos. Lo recordaba, pero todo
parecía borroso e inconsecuente comparado con la amorosa mirada de los oscuros
ojos de Goewyn.
—Sí —continué—. Ahora recuerdo algo. Pero no me
acuerdo de haber abandonado el montículo sagrado ni de haber regresado a Ynys
Sci, si es que he regresado de verdad.
Goewyn me acarició la frente.
—Estás conmigo en casa de mi madre. Mis hermanas y
yo te hemos cuidado durante todos estos días.
—¿Cuántos?
—Hace nueve días que llegaste.
—¿Y cómo llegué?
—Te trajo Tegid.
—¿Dónde está? —pregunté.
—Está muy bien. Le rogaré que venga cuando tú
desees.
Sonrió y leí en sus ojos fatiga; sin duda había
estado velándome día y noche.
Intenté incorporarme, pero tuve que hacer un
esfuerzo mayor al que imaginaba. Tenía los músculos rígidos; al moverme sentí
calambres en el estómago, espalda y piernas y solté un grito de dolor.
Goewyn me hizo reclinar con ternura la cabeza en el
jergón.
—Espera —me ordenó poniéndose en pie—. Voy por
ayuda.
Me mordí la lengua para no gritar mientras mi
cuerpo se sacudía en espasmos. Poco después Goewyn regresó con una de sus
hermanas. Govan se precipitó hacia la cama donde yacía retorciéndome de dolor y
le dijo a Goewyn:
—Vete. Yo me ocuparé de él.
Goewyn vaciló un instante.
—Vete —insistió Govan—. Te llamaré cuando haya
terminado.
Tan pronto como Goewyn hubo salido de la
habitación, Govan sacó un tarro verde y lo puso sobre las ascuas del brasero de
hierro. Luego se despojó del cinturón y sacó los brazos por el cuello del manto
para quitárselo. Cogió el tarro, le quitó el tapón de musgo y vertió parte de
su contenido en la palma de la mano. Una penetrante fragancia de aceite
aromático llenó la habitación. Volvió a dejar el tarro sobre el brasero y se
frotó las manos.
—Relájate. Te aliviará y te curará.
Me quitó la manta de piel de nutria, me apretó los
hombros y me giró para ponerme boca abajo. La carne se me templaba al contacto
y poco después sentí que un suave calor me penetraba también por los tensos
músculos de la espalda. Govan cantaba dulcemente mientras me masajeaba. Sus
dedos fuertes me libraban del dolor con el bálsamo curativo e insuflaban vida a
mis agarrotados y entorpecidos músculos.
Me dio masaje en los hombros, en la espalda, en los
muslos, piernas y pies; luego me dio la vuelta y me frotó el pecho y el
estómago, los brazos y las manos. Cuando hubo terminado, todas las partes de mi
cuerpo estaban distendidas y laxas. Le dirigí una perezosa sonrisa de placer;
me sentía tan reconfortado y relajado que no tenía ni fuerzas para alzar la
cabeza. Ya no deseaba levantarme y no me importaba lo más mínimo si no podía
moverme nunca más.
Govan me cubrió con la piel de nutria.
—Ahora te dormirás. Cuando te despiertes sentirás
hambre. Te daremos de comer.
Se vistió y se dispuso a marcharse. Antes de que
saliera de la habitación, yo ya estaba sumido en el sueño.
Me desperté enseguida, o al menos así me pareció.
Pero había dormido
profundamente, pues alguien había entrado en la
habitación sin que me enterara y había dejado pan, cerveza y un poco de queso.
Bebí un poco de cerveza, y me entró de golpe un hambre tan feroz que partí el
pan y me llevé a la boca un trozo tan grande que apenas podía masticarlo. Luego
devoré el trozo de queso y el resto del pan y apuré la cerveza.
Además de comida, habían traído ropas que habían
dejado cuidadosamente dobladas a los pies de la cama. Me incorporé despacio y
me puse en pie con cierta inestabilidad. Cogí el siarc y deslicé los brazos por
las mangas, admirando el color y la calidad: tenía el tono escarlata de las
moras maduradas en invierno; los breecs de lana fina eran rojos y marrones. La
piel del cinturón y de las botas era delgada y suave, sin defecto alguno, y
tenía color arena; el manto era gris, y el intrincado trabajo de su orla era de
plata. El broche también era de plata, grande y redondo con piedras azules
incrustadas.
Nunca había tenido ropajes tan elegantes. Era la
vestimenta de un jefe acaudalado. No me detuve a considerar por qué me honraban
de aquel modo. Me vestí contento, alabando la generosidad de mi desconocido
huésped, que sin duda alguna era Scatha. Cuando me hube arreglado el manto
sobre los hombros, me puse el broche de plata y salí.
Estaba más débil de lo que imaginaba, porque el
simple esfuerzo de cruzar el umbral me produjo vértigo y mareo. Me apoyé en el
quicio de la puerta y aguardé a que la cabeza dejara de darme vueltas. El sol
se había deslizado por un cielo gris y nublado para iluminar débilmente el día
mortecino con una pálida luz amarilla. Soplaba viento del mar, y el aire estaba
cargado de sabor a sal.
Algunos de los muchachos que se habían quedado en
la isla durante el sollen estaban jugando al hurley. El sol, ya bajo, alargaba
las sombras sobre el terreno de juego. Cuando me vieron, dejaron de jugar y se
quedaron mirándome. Ninguno me saludó, aunque me constaba que me conocían muy
bien.
Goewyn apareció en el sendero. Me vio agarrado al
quicio de la puerta y corrió a mi lado. El impetuoso viento le revolvió el
cabello y azotó las doradas trenzas contra su rostro en el momento en que me
cogía del brazo.
—Venía a sentarme a tu lado mientras dormías. No
creí que te fueras a levantar tan pronto.
—He dormido bastante. Quiero caminar —le dije.
Me agarró del brazo, pasamos ante los boquiabiertos
muchachos y nos dirigimos al acantilado.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó.
—Como un hombre nuevo —contesté.
Al oír mi respuesta vaciló como si le fallara el
pie y me miró de reojo; intentó disimular su sobresalto, pero yo me di perfecta
cuenta.
—¿Por qué me miras así? —inquirí—. ¿Algo va mal?
Ella sonrió, pero de nuevo me pareció sorprender un
ligero titubeo en su respuesta.
—Parecías realmente un hombre distinto —repuso—.
Debe de haber sido la luz.
A decir verdad, la débil luz de la tarde teñía de
oro el mar y las rocas, y transformaba el color miel de los cabellos de Goewyn
en refulgente oro y su hermosa piel en el ámbar más cristalino. El viento
soplaba sobre el mar y empujaba las olas contra las rocas, levantando
salpicaduras que relucían en el aire. Pronto la dorada luz se desvanecería.
Empujado por un repentino deseo de tocarla, me detuve en medio del camino, alcé
una mano y le acaricié la cara con la palma de la mano. Ella no opuso resistencia.
—Tegid te está esperando —dijo poco después sin
hacer amago de apartarse.
Permanecimos un rato allí y luego regresamos al
poblado.
Encontramos a Tegid en la sala; estaba junto a la
chimenea con un cuerno de cerveza en las manos. Al verme, simuló indiferencia,
pero el alivio que expresó al hablar fue elocuente.
—Así que te has decidido a caminar por la tierra de
los vivos un poco más. Temí que te hubiésemos perdido, hermano.
Goewyn lo contradijo con aire alegre:
—Desde el primer momento nos aseguró que
regresarías —dijo—. Tegid siempre estuvo seguro de ello.
Un tanto avergonzado, Tegid hizo un despectivo
gesto con los hombros y
me puso el cuerno de cerveza en las manos.
—¡Bebe! Iré a buscar más.
Salió a toda prisa y yo me volví hacia Goewyn; le
cogí la mano y se la apreté.
—Gracias por… velarme, por cuidarme, por salvarme.
—Tegid fue quien te salvó —replicó—. Soportó muchas
fatigas para traerte aquí. En comparación, nosotras no hicimos nada.
—Para mí significa mucho —insistí—. Estoy en deuda
con él y con vosotras. Es una deuda que procuraré pagar. Hasta entonces, acepta
mi más sincero agradecimiento.
—De verdad —aseguró ella—, no nos debes nada. —Me
apretó la mano y se apartó de mí—. Tegid y tú tenéis mucho que hablar. Te dejo.
Atravesó la desierta sala y yo la contemplé
sorprendido por los sentimientos que de pronto habían brotado en mí. Mientras
ella se alejaba, la sala pareció irse oscureciendo. Me estremecí. Estaba casi a
punto de llamarla para que se sentara a mi lado, cuando Tegid apareció con
copas y una jarra de cerveza oscura.
Nos sentamos junto a la chimenea y le rogué que me
explicara lo que recordaba de la monstruosa noche en la Roca Blanca. Mi
memoria, cargada con impresiones misteriosas y terribles e imágenes
increíblemente grotescas, no era de fiar.
—Yo recuerdo muy pocas cosas —le dije—. Y lo que
recuerdo es muy confuso.
Tegid bebió un trago antes de contestar.
—El gorsedd de bardos fue un fracaso —dijo al fin
remontándose bastante a los sucesos en cuestión.
—La reunión… sí, lo recuerdo. —Y recordaba también
algo más—. Sí, pero lo que yo deseo saber es ¿por qué? ¿Por qué estaba yo allí?
¿Qué estaba ocurriendo?
—Como te expliqué en el barco…
—¡Explicarme! —me burlé—. No me explicaste nada.
Dijiste que estaba
allí porque Ollathir y Meldryn Mawr así lo
deseaban. Pero no me dijiste por qué lo deseaban.
—Ollathir tenía intención de decírtelo después del
gorsedd, pero… —Lo asustó pronunciar aquella palabra.
—Pero murió. Así que tienes que decírmelo tú. Ahora
mismo.
Como quien intenta tranquilizarse para comprobar la
resistencia de un miembro herido, Tegid hizo una pausa valorando el daño que
sus palabras podían infligir; después dijo simplemente:
—Hay problemas en Albión. Los tres reinos están
divididos: Prydain, Llogres y Caledon atienden sólo a sus propios intereses y
preparan la guerra entre sí. El Día de la Lucha se acerca.
—¡Vaya, ese misterioso Día de la Lucha! Lo
recuerdo. Sigue.
—Incluso los clanes nobles están divididos. Las
casas reales tienen disensiones internas.
—¿Incluso la casa real de Meldryn Mawr?
Tegid no se dignó contestar, pero tuve la seguridad
de que había dado en el clavo.
—Has vivido en Ynys Sci siete años —continuó—. Has
estado lejos de Sycharth, por lo tanto no podías haber intervenido en las
traiciones maquinadas contra el rey. Por eso fuiste escogido para que
asistieras a la reunión. Ollathir y Meldryn decidieron que debías levantar
testimonio de lo que sucediera en la reunión.
—Pero yo no asistí a la reunión —objeté,
sintiéndome defraudado porque no había sido informado en su debido momento y un
tanto ofendido porque no habían tenido plena confianza en mí—. Nadie me dijo
nada de todo esto.
—Decírtelo abiertamente —explicó Tegid
pacientemente— habría podido envenenar tu buen juicio.
—Eso lo dirás tú —gruñí.
Al momento recordé el juego del gato y el ratón al
que habíamos jugado en el barco durante la travesía a la isla. Quizás el bardo
me había insinuado entonces todo lo que le permitía la prudencia.
Tegid no intentó defender su aseveración y se
limitó a continuar su relato.
—El miedo se ha enseñoreado de las almas de muchos
hombres, y también de muchos bardos. Ollathir sospechaba alguna traición entre
sus hermanos y planeaba desenmascarar a los traidores y castigarlos. Pero su
plan falló. No le quedó más remedio que clausurar la reunión para que los
traidores no se dieran cuenta de que sospechaba sus planes.
—Así pues, lo que se suponía que yo tenía que
observar, fuera lo que fuera, no se llevó a cabo.
Tegid ladeó la cabeza y me contempló con aire
pensativo.
—Yo no lo sé, pero tú sí.
—¿Yo?
—¿Viste algo durante el gorsedd?
—Nada. Todos subieron al montículo y yo me quedé
abajo. Esperé paseando de vez en cuando en torno al montículo y después todos
descendieron. No ocurrió nada especial. Todos se marcharon y yo… No, sí ocurrió
algo.
Tegid se inclinó hacia delante.
—¿Qué has recordado?
Con los ojos de la memoria volví a ver a la figura
cruzando la meseta antes de que se dispersara la reunión.
—No creo que tenga importancia —dije despacio—,
pero, poco antes de que los bardos llegaran al pie del montículo, vi a alguien
que abandonaba precipitadamente la reunión.
—¿Era Ruadh?
—¿El bardo del príncipe? —reflexioné un momento,
pero no podía estar seguro—. Podría ser. No lo sé.
—Ollathir debería haberlo sabido —dijo Tegid con
convicción.
—Entonces ¿por qué no me lo preguntó?
Todo aquello no tenía sentido. Odiaba aquellas
mezquinas intrigas; estaba perdiendo la paciencia. Tegid desvió la mirada con
el rostro sombrío. Aquello era muy duro para él; me acordé de pronto de cuánto
amaba a Ollathir, su guía
y maestro. Me ablandé.
—¿Por qué Ollathir quiso volver al montículo
aquella noche? ¿Tenía que ver con el traidor?
—Sí, con todos los traidores —contestó Tegid en
tono solemne—. El Bardo Supremo quería saber hasta qué punto se había extendido
la traición. —Hizo una pausa, me miró y volvió a desviar la vista frunciendo el
entrecejo
—. Por eso volvió al montículo sagrado aquella
noche. Tenía la esperanza de que con ayuda de la Vista sabría qué mano se había
alzado contra el rey. Pero no contó con él…
La voz de Tegid se quebró y yo supe con seguridad
cuál era la causa: la criatura infernal que había aparecido sobre el montículo.
—Tegid, dime —le rogué con voz dulce pero firme—,
¿qué era aquello que vimos allá arriba?
La boca de Tegid se crispó de asco.
—El Habitante del Abismo de Uffern, la Maldad
Ancestral, el Espíritu de la Destrucción. Viste la fuerza de la muerte, de la
decadencia, del caos. Se llama Cythrawl, un nombre que no puede pronunciarse en
voz alta sin sentir un pavoroso terror.
Sabía perfectamente a qué se refería. Sentí que el
corazón se me helaba en el pecho al recordar la impensada derrota del monstruo.
—¿Por qué esa cosa, el Cythrawl, nos atacó?
—Ollathir lo invocó… —comenzó a decir Tegid.
—¡Cómo! —exclamé; por poco se me cae la jarra de
cerveza—. ¿Me estás diciendo que lo llamó a sabiendas?
—No —repuso el bardo—. No sabía que el Cythrawl
estaba suelto, de otro modo jamás habría subido al montículo. Sólo quería
invocar a los malvados.
—¿Y, en cambio, fue ese monstruo el que acudió?
—Sí, y en cuanto hubo comparecido el Cythrawl no
tuvo otra elección que enfrentarse a él. Tenía la esperanza de someterlo antes
de que su poder en la tierra fuera invencible. Ignoraba hasta qué punto se
había acrecentado el poder de la maldad.
No pude menos que sacudir la cabeza sin entender lo
que oía.
—¿Es que Ollathir había enloquecido? ¿Cómo le pasó
por la imaginación que podría someterlo?
—Estábamos en el lugar sacrosanto de Albión. Si el
Cythrawl lograba vencernos allí, no habría fuerza en el mundo capaz de evitar
la destrucción que sobrevendría. Albión se precipitaría en el vacío. Sería como
si nuestro mundo jamás hubiera existido —concluyó.
De pronto Tegid pareció recuperar el ánimo.
—Pero tú alejaste al Cythrawl antes de que pudiera
destruir el centro sagrado de Albión. Aunque pase lo peor, una pequeña parte de
Albión sobrevivirá.
—Ojalá hubiera podido salvar a Ollathir —musité—.
Lo siento mucho, Tegid.
—No me cabe duda de que hiciste lo que pudiste
—replicó con tristeza.
Alzamos las jarras en memoria del Bardo Supremo y
bebimos en silencio.
—Ahora debes contarme lo que sucedió en el
montículo —dije.
—Sé algo, pero no todo. No estaba con Ollathir
cuando murió, pero tú sí.
Debes contarme cómo sucedió. Tengo que saberlo.
Me dispuse a responder, pero no podía. ¿Qué había
sucedido en el montículo? Apenas lo recordaba. Por mi memoria desfilaban
imágenes confusas y grotescas, un extraño río de horrendas impresiones y
sensaciones de pesadilla. Cerré los ojos y traté de apartar de mi mente la
odiosa visión. Cuando volví a abrirlos, Tegid me contemplaba expectante. Pero
¿cómo podía contarle lo que había sucedido si yo mismo no lo sabía?
—No puedo decírtelo —confesé al fin sacudiendo la
cabeza—. No lo sé.
—Debes contármelo —me urgió Tegid.
—No puedo recordarlo.
—Cuéntamelo —insistió—. Es de suma importancia.
—¡Te he dicho que no lo recuerdo! ¡Dejémoslo!
Tegid me dirigió una mirada dura como urgiéndome a
responder. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró tragándose las palabras
antes de
articularlas. Permanecimos inmóviles unos momentos;
Tegid me observaba con el entrecejo fruncido. De repente se levantó.
—Vamos —dijo, obligándome a ponerme en pie—. Ven
conmigo.
—¿Por qué? ¿Adónde?
Sin dignarse contestar, me condujo hacia la puerta.
Abandonamos la sala. El sol se había puesto y el
viento había amainado, pero iba a ser una noche fría. Lamenté tener que
abandonar el calorcillo de la sala y me arropé en el manto mientras cruzábamos
corriendo el patio entre sombras.
Nos detuvimos ante la puerta de una de las pequeñas
y redondas casitas del caer.
—Aguarda aquí —indicó, y entró en la casa.
Yo esperé fuera; al cabo de un rato volvió a
aparecer.
—Entra a verla —dijo.
—¿A quién? —pregunté cogiéndolo del brazo.
—A Gwenllian.
—¿Por qué? ¿Qué ocurre?
—Creo que deberías hablar con la banfáith.
—No quiero hablar con ella, Tegid —murmuré con
acritud—. ¿Por qué te empeñas?
—Tienes que hablar con ella —replicó con firmeza—.
Te está esperando.
—Entra conmigo.
—No. —Se soltó de mi mano y apartó la cortina de
piel de becerro que cubría la puerta—. Te estaré esperando en la sala. Reúnete
conmigo cuando hayas terminado —añadió dándome un empujón para que cruzara el
umbral.
Se dio la vuelta y atravesó el patio. Cuando hubo
desaparecido, entré en la casa. Como todas las restantes, carecía de muebles,
pero Gwenllian tenía un brasero de hierro encendido en medio de la habitación y
el suelo de juncos estaba cubierto con pieles y lana de macho cabrío y oveja.
Gwenllian estaba sentada en el centro de la
habitación con el manto atado
al cuello de modo que sólo le asomaba la cabeza.
Sus largos cabellos castañorrojizos le brillaban al resplandor de los rescoldos
y le caían sobre los hombros. Tenía los enormes ojos cerrados y los labios
ligeramente entreabiertos. Parecía un durmiente a punto de despertar. Yo avancé
sigilosamente para no perturbar su meditación y me senté con las piernas
cruzadas sobre una piel de becerro leonado.
Al rato, oí que exhalaba un largo suspiro y después
inhalaba profundamente. Abrió los ojos y me observó sin pronunciar palabra. Yo
sostuve su mirada, dispuesto a permanecer callado hasta que me indicara que
podía hablar.
El manto se movió y Gwenllian tendió un brazo
desnudo hacia el brasero. Tenía en la mano un puñado de hojas secas de roble
que depositó sobre las ascuas de carbón. Las hojas secas se encendieron y la
habitación se llenó de un fuerte aroma que me recordó otros tiempos, otros
lugares, ahora ya lejanos, muy lejanos.
Ascendió una columnita de humo por el aire y
Gwenllian inhaló el aroma. Cuando por fin habló, no reconocí su voz. Cuando
Gwenllian cantaba, su voz era flexible como una vara de sauce, dulce como la
miel del verano, apasionada, elocuente, hechizadora. En cambio, la voz que
ahora me dirigía, aunque serena, era sombría y distante; la autoridad de cada
una de sus palabras era absoluta e infalible. La banfáith Gwenllian, la sabia
profetisa, era quien ahora estaba sentada ante mí, mirándome con sus insondables
ojos verdes.
—El pie del extranjero ha hollado la Roca de
Albión. Con suntuosos y ricos atavíos defiende el hermoso linaje de Dagda.
¡Salve, Mano de Plata, tu sirviente te saluda!
Yo incliné la cabeza en respuesta a tan extraño
saludo, pero no emití ninguna palabra porque aún no me había dado permiso para
hablar. Sin embargo, no estaba seguro de que hubiera hablado de mí. ¿Mano de
Plata? Aquél nombre no me decía nada.
La banfáith sacó del manto una torques hecha de
gruesos cordones de plata, retorcidos y trenzados. Puso el hermoso collar en el
suelo, entre los dos, y pronunció estas solemnes palabras:
—Pregunta lo que quieras, que la verdad te será
revelada. En el Día de la
Lucha nada permanecerá oculto para los escogidos de
Samildanac.
Luego, con voz más dulce, añadió:
—Habla con el corazón en la mano, Mano de Plata. No
serás rechazado.
Una vez más incliné la cabeza. Eran tantas las
cosas que deseaba saber, tantas las que necesitaba preguntar, que medité unos
instantes qué pregunta de todas las que se atropellaban en mi lengua debía
plantear en primer lugar.
—Banfáith —dije por fin—, me has llamado Mano de
Plata. Me gustaría saber por qué me ha sido adjudicado ese nombre.
Aunque había prometido que nada permanecería
oculto, su respuesta no me sirvió de mucho.
—Quien lleve la torques de un jefe debe ser un
jefe. Cuando Cythrawl se desata en Albión, Llew Llaw Gyffes, el León de la Mano
Firme, regresa para defender a los hijos de Dagda.
—Banfáith —dije—, estoy tratando de comprender. Si
nada te lo impide, te ruego me digas cómo ha sucedido eso.
—Nada me lo impide y te lo diré de buena gana:
desde tiempos inmemoriales, el nombre de Llew pertenece al Dagda. Puesto que el
jefe surge con su llamada, consecuentemente recibe el nombre de Llew Llaw
Eraint.
Respondía a mis preguntas enseguida, pero las
respuestas sólo servían para aumentar el misterio y la confusión. Volví a
intentarlo.
—Ése jefe, ese tal Llew Mano de Plata, ¿cómo surge?
—El Supremo Sabedor es el Sumo Dador —respondió
crípticamente Gwenllian—. Lo ve todo, lo sabe todo, lo organiza todo con su
Mano Firme. La Mano Firme y Rápida escoge a quien desea.
—Sabia banfáith, ¿crees que yo soy ese jefe?
—pregunté.
—El Dagda Samildanac ha escogido. Ahora te toca a
ti escoger lo que desees.
Aquello tampoco tenía sentido para mí. Sin embargo,
para no mostrar mi contrariedad, di las gracias a la banfáith por ayudarme a
comprender y aventuré otra pregunta.
—No sé qué es el Día de la Lucha —dije—; me
gustaría oír todo lo que
pudieras decirme.
La banfáith cerró los ojos y se concentró. Oí el
suave chisporroteo de las ascuas en el brasero mientras ella escrutaba en los
dispersos caminos del futuro una palabra o señal que pudiera transmitir. Cuando
volvió a hablar, en su voz resonó un deje de angustia que me llegó hasta el
alma.
—Escucha, Mano de Plata; presta atención a la Suma
Sabiduría —declaró alzando las manos con las palmas hacia arriba—. El
Destructor del Norte desatará su cólera sobre los Tres Hermosos Reinos; con
garras y dientes arrancará la carne de los huesos. Sus pálidos servidores
derrotarán a las fuerzas de Gyd. Un palio de blancura se extenderá sobre la
tierra, y el hambre devorará a los jóvenes y a los viejos. El Mastín Gris se ha
soltado de su cadena y aplastará los huesos de los niños. El Errante de Roja
Mirada atravesará la garganta de los que lo persigan. Laméntate y entristécete,
porque el dolor asuela Albión en tres frentes. El Rey de Oro tropezará en su
reino con la Roca de la Contienda. El Gusano de ardiente aliento reclamará el
trono de Prydain; Llogres se quedará sin señor. Pero Caledon se salvará; la
Bandada de Cuervos acudirá en tropel a sus umbrías cañadas y el graznido será
su canción. Cuando la Luz de los derwyddi se apague, y la sangre de los bardos
reclame justicia, los Cuervos extenderán sus alas sobre el bosque sagrado y el
montículo sacrosanto. Bajo las alas de los Cuervos, se instalará un trono.
Sobre ese trono, un rey con una mano de plata. En el Día de la Lucha, las
raíces y las ramas se intercambiarán los lugares y la novedad del fenómeno será
considerada una maravilla. El sol se apagará como el ámbar, la luna esconderá
su faz: la abominación contaminará la tierra. Los cuatro vientos pelearán entre
ellos con ráfagas terribles; el sonido se oirá hasta en las estrellas. El Polvo
de los Antepasados se alzará hasta las nubes; la esencia de Albión se
dispersará y desgarrará en la lucha de los vientos. El mar se levantará con
potentes voces. No habrá ningún puerto seguro. Arianrhod duerme en su tierra
rodeada por el mar. Aunque muchos la busquen, no la encontrarán. Aunque muchos
la llamen, ella no los oirá. Sólo el beso casto la devolverá a su lugar.
Entonces surgirá el Gigante de la Maldad y aterrorizará a todos con el hábil
filo de su espada. Sus ojos vomitarán fuego; sus labios gotearán veneno. Con su
enorme hueste asolará la isla. Todos los que se le enfrenten serán barridos por
el río de perversidad que fluye de su mano. La Isla de la Fuerza se convertirá
en una tumba. Todo esto va a pasar por obra del Hombre Cínico, que montado en
un corcel de bronce siembra un infortunio
tan grande como calamitoso. ¡Alzaos, Hombres de
Gwir! ¡Empuñad las armas y enfrentaos a los hombres malvados que hay entre
vosotros! El fragor de la batalla será oído en las estrellas del cielo y el Año
Grande avanzará hacia su consumación final. Escucha, Hijo de Albión: la sangre
nace de la sangre. La carne nace de la carne. Pero el espíritu nace del
Espíritu y con el Espíritu permanece por siempre jamás. Antes de que Albión sea
una, deben ser realizadas heroicas hazañas y debe reinar Mano de Plata.
Embargada por un profundo dolor, la voz de la
profetisa se quebró.
—¡El Phantarch ha muerto! —sollozó—. ¡Muerto! Nos
han arrebatado al Phantarch y la Canción ya no suena… ¡Cythrawl destruye
nuestra tierra!
Gwenllian permaneció largo tiempo con los ojos
cerrados, abandonada al llanto. Yo sólo deseaba marcharme, escabullirme de su
presencia para no tener que oír sus negros presagios. Pero ella abrió los ojos
y me detuvo con una desolada expresión.
—Banfáith —dije con el corazón agitado por el
tormento de la espantosa visión de la profetisa—, yo no sé nada de esas
heroicas hazañas y de cómo pueden llevarse a cabo: me parece más bien una tarea
propia de un bardo. Dime sólo una cosa más: ¿cómo puede ser derrotado el
Cythrawl?
—Antes de que el Cythrawl pueda ser abatido, hay
que restaurar la Canción.
—Ésa canción de que hablas… ¿puedo saber cómo se
llama?
La banfáith me miró con triste solemnidad.
—Nadie conoce la Canción, sólo el Phantarch, porque
es el tesoro más valioso de sus reinos y no se pueden apropiar de él ni
criaturas pobres de espíritu ni insignificantes servidores. Antes de que el
sol, la luna y las estrellas fueran dispuestas en sus inalterables órbitas,
antes de que las criaturas vivientes recibieran el aliento de vida, antes del
comienzo de todas las cosas que existen y existirán, la Canción fue cantada. Me
has preguntado el nombre de la Canción. Muy bien, te lo diré: es la Canción de
Albión.
23
EL DÍA DE LA LUCHA
Aquella
noche no dormí.
Y no
regresé a la sala. Caminé en la oscuridad por los
acantilados que se alzaban sobre el mar tumultuoso, sin preocuparme por si
tropezaba y me estrellaba contra los peñascos. Así Dagda tendría que elegir a
otro. Yo no deseaba formar parte de todo aquello.
Deambulé largo rato por los acantilados,
angustiado, temeroso, atormentado por la profecía de la banfáith y enfadado con
Tegid por haberme metido en aquel lío. Por el sendero que bordeaba la costa,
lancé maldiciones al viento y grité mi desafío al mar embravecido. Al final, me
apoyé en una roca que se cernía sobre la playa barrida por la marea y contemplé
la salida del sol. Goewyn me encontró admirando cómo la luz del sol perlaba el
cielo y teñía las aguas con el color de la sangre. Se me acercó con tanto sigilo
que no la oí llegar. Intuí que estaba a mi lado y noté que posaba sus dedos en
mi cuello.
Durante un rato permaneció callada, apoyando su
cuerpo en mi espalda y acariciándome el pelo. Por fin dijo:
—Tegid me ha dicho que tenéis que marcharos.
—Lo ha decidido —murmuré yo hoscamente—. Ha
decidido que muramos congelados y ahogados.
—Los rigores de sollen aún no han comenzado.
Todavía estáis a tiempo de viajar en barco con ciertas garantías —dijo ella
acomodándose junto a mí en la fría roca.
—No hay garantía alguna —musité—. Nada sucede
siempre de la misma manera.
Ella apoyó la cabeza en mi hombro.
—¡Qué tétrico! —suspiró—. Sin embargo, eres fuerte
y puedes gozar de la vida. ¿Por qué pensar lo peor?
Porque lo peor coincidía a menudo con lo
inevitable, me dije a mí mismo. Pero no deseaba discutir con Goewyn, que sólo
trataba de ser cariñosa conmigo, así que me callé y contemplamos juntos el
chapoteo de las olas en los guijarros de la arena. Cuatro gaviotas volaban por
encima del mar, tocando las aguas con la punta de sus alas.
—Cuando un bardo como Ollathir muere —comentó al
cabo de un rato, como si hubiésemos estado hablando de ese tema—, debe exhalar
su awen en otro. De no ser así se perdería, y, una vez perdido, jamás se
recupera y su luz desaparece del mundo para siempre.
—Ya. ¿Y qué más te dijo Tegid? —salté yo, y al
momento lamenté mi exabrupto.
—Tegid habría dado su vida por salvar a Ollathir
—continuó Goewyn fingiendo no haber captado la rudeza de mi tono—, pero no pudo
ser. Cuando al Bardo Supremo le llegó la hora, tú estabas con él y recibiste su
awen.
El awen… Así que aquello era lo que Tegid tenía in
mente. Yo sabía que el awen se considera la fuente de la clarividencia de un
bardo, el hálito inspirador de su misión; lo que alimenta, viste y protege a la
gente de su tribu. El awen es el aliento de Dagda que guía e instruye y que a
la vez aísla al bardo de los demás hombres.
—Pero ¿por qué me lo dio a mí? —pregunté asaltado
otra vez por la ira—.
¡No soy un bardo! No lo quiero. No puedo usarlo.
—Te lo dio porque estabas junto a él —repuso
suavemente Goewyn.
—Y yo se lo daría a Tegid si pudiera —afirmé en
tono terminante—. ¡No quiero formar parte de todo esto!
Sentí que ponía su mano en mi mejilla y me obligaba
a mirarla.
—Has sido escogido para una misión muy grande
—dijo.
Aunque hablaba en un tono suave su voz estaba
preñada de una convicción férrea.
—Ya veo que también has hablado con Gwenllian
—murmuré desviando la vista.
—No sé qué te dijo Gwenllian. Pero no hace falta
tener la visión de una banfáith para darse cuenta de eso. Cuando Tegid regresó
contigo en el bote,
creí que estabas muerto. Pero, a la primera ojeada,
vi en ti la luz de los héroes y supe que Dagda te había cubierto con su mano.
—Nunca pedí tal cosa —repliqué con amargura—.
¡Nunca deseé nada de todo esto!
Miré el sol naciente. La joven luz del alba se
desvanecía tras las nubes y el viento agitaba las olas. Pronto Tegid y yo nos
haríamos a la mar para regresar a Sycharth y jamás volvería a ver Ynys Sci.
Como si me leyera el pensamiento, Goewyn dijo:
—El futuro está surcado de innumerables caminos.
¿Quién sabe dónde volverán a cruzarse nuestros destinos?
Permanecimos allá un rato y después ella se marchó
calladamente, dejándome abandonado a mis tristes cavilaciones.
El bote que nos había llevado hasta la isla de
Scatha era pequeño. Sin piloto y sin tripulación no habríamos podido manejar
una embarcación mayor. Ahora viajábamos también en el mismo bote, pues otro más
grande habría naufragado en el oleaje de sollen, en tanto nuestro pequeño
barquito cabalgaba ágilmente sobre las olas agitadas por el viento.
Sin embargo, confiar demasiado en el voluble e
inconstante sollen suele conducir a un desastre. Puede, en efecto, brillar un
sol templado, pero al momento el helado viento del norte comienza a soplar
congelando los huesos pese al abrigo de los vestidos de lana. Sabíamos que no
podríamos llegar en bote a Sycharth, aunque habría sido el camino más corto.
Pero Tegid no tenía intención de suicidarse; sólo planeaba llegar al puerto de
Ffin Ffaller donde podríamos conseguir caballos y provisiones para seguir viaje
por tierra. O, si no podía ser así, nos dirigiríamos a Ynys Oer y pasaríamos
desde allí a tierra firme, aunque eso supondría dar un largo rodeo.
No tuvimos suerte con el tiempo. El segundo día,
una tormenta que venía del norte nos alcanzó y nos obligó a refugiarnos en una
bahía de la rocosa costa de tierra firme. Encontramos una gruta en el
acantilado y logramos reunir la leña necesaria para encender fuego. La gruta
nos sirvió de guarida durante cinco largos días, mientras esperábamos a que
cediera la furia del viento.
Al anochecer del quinto día, el viento amainó y
antes de que se levantara
la luna nos hicimos a la mar. El aire era frío,
pero el cielo estaba despejado y estrellado. A Tegid le fue fácil guiarse por
las estrellas y por la plateada línea de la costa. Navegamos toda la noche y
durante los dos días siguientes, durmiendo por turnos.
Yo no era un experto en manejar el timón, pero me
las arreglé bastante bien como para que el bardo pudiera descansar y dormir.
Ateridos por el viento constante y empapados por las salpicaduras de las olas,
con los víveres casi agotados, nos dirigimos hacia la costa occidental de Ynys
Oer. Sentí un gran alivio al abandonar el bote y sentir la tierra bajo los
pies.
Nuestros caballos estaban en la hondonada donde
Tegid los había dejado para que pastaran a su antojo. Podrían haber pasado allí
toda la estación, porque las abruptas laderas de la hondonada los protegían de
todo, excepto de la lluvia y del viento, y la yerba era abundante. Pasamos la
noche en la cabaña de piedra de la playa, frente a Ynys Bàinail y su sagrada
columna de piedra que marcaba ahora el lugar donde Ollathir yacía en su tumba.
—No podía sacaros a los dos de la Roca Blanca —me
explicó Tegid—. Y como a ti te quedaba más vida que a Ollathir, cubrí su
cadáver con piedras y te llevé a Ynys Sci.
—Te estoy muy agradecido, Tegid. Corriste un riesgo
enorme. No debió de ser un viaje fácil.
—Fue un riesgo mucho menor que el que corriste tú
al enfrentarte al Cythrawl —declaró con sencillez—. No podía abandonarte allí
de ningún modo, hermano.
Al alba del día siguiente fuimos a buscar los
caballos a la escondida cañada. He dicho «alba», pero lo cierto es que aquel
día no vimos el sol, ni tampoco los días que siguieron. La lluvia y el viento
azotaban la costa y una helada niebla cubría las cimas de las colinas y las
cañadas. Cruzamos la isla bajo una llovizna pertinaz, muertos de cansancio,
helados, empapados hasta los huesos. Alcanzamos la costa oriental y nos
detuvimos a observar las grises y amenazadoras aguas que separaban Ynys Oer de
la tierra firme.
—¿Y ahora qué? —pregunté, calculando la estrecha
distancia entre las dos orillas.
—Los granjeros de tierra firme pasan a nado el
ganado hacia los pastos estivales de la isla. Y los de la isla pasan a nado el
suyo para venderlo en el
otro lado.
—Suena a tarea muy húmeda.
—No podemos mojarnos más de lo que ya lo estamos
—comentó Tegid.
En efecto, el agua chorreaba por nuestros cuerpos;
teníamos las ropas pegadas al cuerpo y las piernas y los brazos entumecidos.
—Entonces, manos a la obra —dije mirando las olas
agitadas por las ráfagas de viento—. Cuanto antes lleguemos a la otra orilla,
antes podremos calentarnos junto a un fuego.
No me cabía duda de que el agua estaba fría, pero
no imaginé que pudiera estarlo tanto. La distancia no era mucha y nuestros
caballos nadaban con agilidad, pero estuvimos a punto de perecer congelados.
Nos arrastramos por la rompiente y por la playa
mientras el viento sacudía violentamente nuestras ropas empapadas y por fin nos
pusimos al abrigo tras las dunas. Tegid sabía dónde encontrar astillas y ramas
en las arenosas hondonadas; la leña que reunimos estaba húmeda, pero ardió
gracias a la habilidad del bardo. Los derwyddi conocen muchos secretos de la
tierra, el aire, el fuego y el agua. Creo que encendió el fuego por arte de
magia; yo jamás habría conseguido que ardieran aquellas ramas canijas y mojadas.
—Quítate la ropa —me aconsejó Tegid cuando el fuego
hubo prendido.
Habíamos encontrado abrigo entre dos dunas. Parecía
una locura desnudarse con aquel frío, pero era el único modo de entrar en
calor.
Extendimos las prendas sobre las matas de juncos y
sauces marinos y nos sentamos tan cerca del fuego como permitía la prudencia.
Incluso los caballos se sintieron atraídos por el calor, pese a su innato miedo
a las llamas.
Tegid fue alimentando la hoguera con haces de yerba
seca y ramas de endrino, consiguiendo mantener el fuego vivo.
—Cuando se hayan secado las ropas, cabalgaremos
tierra adentro —dijo mientras sostenía ante las llamas unas polainas de lana y
luego les daba la vuelta para que se secaran mejor.
No contesté; todavía quedaban muchos viajes por
delante y podía esperar.
Poco después nos pusimos en camino.
—Hay gamos en el bosque. Podemos cazar alguno.
Dentro de pocos días
llegaremos a Tyn Water y seguiremos hacia Aber
Llydan. Desde allí sólo quedan tres o cuatro jornadas hasta el territorio
llwyddio y otro tanto para llegar a Nant Modornn. Seguiremos el curso del río
hasta Sycharth.
Lo dijo como si estuviéramos ya en casa y secos. En
realidad, teníamos que afrontar aún muchas noches y muchos días del gélido
sollen durante el viaje por las frías e intransitadas sendas de Caledon. Antes
de que divisáramos el valle de Modornn, la nieve había cubierto profusamente
las cumbres de las montañas.
Por si el frío fuera poco, había que contar con el
hambre. Había poca caza y no podíamos dedicarle demasiado tiempo. Sin embargo,
aun cuando no pudiéramos conseguir nada para nosotros, nos esforzábamos por
encontrar para las cabalgaduras un bocado que las ayudara a seguir tirando. El
frío nos hizo flexibles y duros como abedules sacudidos por la tempestad.
Aprendí a dormir en la silla de montar y a encontrar abrigo en los lugares más
inhóspitos. Aprendí a seguir un rastro oculto bajo la nieve. Y aprendí a orientarme
por los olores que el viento arrastraba.
Por fin un día llegamos al pie de Caer Modornn. Al
ver la empalizada de madera en lo alto de la colina sobre el río, me embargó
una oleada de recuerdos. Pero, por muy extraño que parezca, aunque recordaba
vividamente los primeros días que siguieron a mi llegada, no podía acordarme
sin hacer un verdadero esfuerzo de lo que mi vida había sido antes, y así y
todo en términos muy borrosos. Al compararla con la vida intensa que había
conocido en Albión, mi vida antes de llegar al Otro Mundo se me antojaba remota
e insignificante, como si hubiera sido poco más que una vaga pantomima
representada en una atmósfera oscura, incolora, a media luz. No obstante, no me
preocupaba lo más mínimo no poder recordarla. Desde luego había salido ganando
con el cambio. Me sentía satisfecho.
Subimos a Caer Modornn a buscar la comida
almacenada allí: grano y heno para los caballos, carne salada y cerveza
conservada en jarras precintadas para Tegid y para mí. También había acopio de
leña en el caer, así que nos quedamos una noche en la fortaleza, más para
entrar en calor que para descansar, aunque a decir verdad ambas cosas nos
vinieron muy bien.
Al día siguiente proseguimos viaje. Pese a la
fatiga, pese a que estábamos entumecidos por el frío y empapados por el viento
que azotaba el húmedo valle, seguíamos la marcha mucho más animados, porque
estábamos en
territorio conocido y nos aproximábamos al final,
aunque todavía lejano, de nuestro viaje.
Nos internamos por el valle de Modornn, siguiendo
el curso helado del río hasta llegar al pantanal. Entonces nos separamos del
río para avanzar por terrenos más firmes internándonos en el bosque. Poco antes
de la puesta del sol, después de dos heladas y húmedas jornadas, divisamos
Sycharth. Rendidos tras un largo día de marcha, nos detuvimos a descansar antes
de llegar al caer.
—No se ve humo —observó Tegid.
Escruté el cielo sobre el caer. Las nubes se habían
despejado al final del día y dejaban ver un claro cielo azul contra el que
habría sido fácil ver el humo de la chimenea del palacio del rey y el de las
cocinas. Pero no se veía humo, y por lo tanto no había fuego.
—¿Qué puede significar eso? —pregunté intrigado.
No se me ocurría una causa razonable para que
después de tan largo viaje nos encontráramos con las chimeneas apagadas y una
silenciosa acogida.
—Algo malo sucede.
Tegid espoleó el caballo y bajó al galope la ladera
hasta la cañada que nos separaba de la colina en la que se alzaba el caer.
Debo admitir que un negro presentimiento me
atenazaba el corazón mientras las pezuñas de nuestros caballos hacían retumbar
la tierra helada del valle al galopar hacia el silencioso caer. Antes incluso
de atravesar la estrecha empalizada y entrar por las puertas abiertas de par en
par supe que Sycharth estaba abandonada. Una ojeada a las carbonizadas ruinas
del palacio del monarca confirmó nuestros temores más negros: la hermosa
fortaleza de Meldryn Mawr había sido incendiada.
El Día de la Lucha había amanecido.
24
TWRCH
Abandonada por los supervivientes,
habitada sólo por los muertos que yacían insepultos
en medio de la destrucción, Sycharth, en otros tiempos orgullosa, parecía una
tumba saqueada, fría, desolada, arruinada. La poderosa fortaleza tenía el
lúgubre aspecto de un cadáver abandonado.
Nuestros ojos tropezaban por doquier con
atrocidades: mujeres apaleadas hasta la muerte estrechando contra el pecho a
sus hijos congelados por el frío, niños desangrados con sus manos y sus pies
cortados, perros y guerreros decapitados, con las cabezas trocadas, ganado
abrasado vivo en los establos, ovejas pasadas a cuchillo con las entrañas
arrancadas para estrangular con ellas a sus pastores… Y por doquier huellas de
fuego, ignominia, sangre y violencia.
El olor a muerto apestaba el neblinoso aire y la
sangre teñía el suelo empapado por la lluvia. Tegid y yo pasábamos de
abominación en abominación horrorizados, sin dar crédito a nuestros ojos. Con
la boca llena de amarga bilis, marcados y aturdidos, nos resistíamos a
pronunciar las dos preguntas que nos atormentaban: ¿cómo había podido suceder
aquel desastre?, ¿quién podía haber cometido tal carnicería?
Lo que más nos intrigaba era que no había señal
alguna de lucha. No encontramos ni al rey ni a su banda de guerreros, pese a
que registramos cuidadosamente lo que quedaba en pie del palacio real y de los
cuarteles. Aparte de algunos soldados asesinados fuera del palacio, no
encontramos a ninguno de los que integraban la hueste de batalla. Dedujimos que
el rey había escapado con su batallón de guerra sano y salvo, o que quizás
estaba ausente cuando se produjo la destrucción de la fortaleza y a lo mejor ni
siquiera se había enterado del fatal suceso.
Tegid descartó la deshonrosa posibilidad de que el
rey hubiera podido huir de la lucha.
—Antes se habría arrancado él mismo el corazón
—murmuró sombríamente—. Habría preferido ser pasto de los cuervos a ver a su
pueblo degollado como cerdos y su fortaleza arrasada. Tampoco habría permitido
ser cogido prisionero mientras le quedara un soplo de vida.
Contemplamos abatidos aquella devastación. No había
modo de adivinar cuándo había ocurrido. El frío y la nieve habían dejado a los
cadáveres tal como habían caído. Si el rey y sus guerreros hubieran estado
allí, los habríamos encontrado.
—Seguro que se marchó antes del desastre —dije;
aunque aquella posibilidad parecía igualmente improbable, no se me ocurría otra
explicación —. Meldryn Mawr no está aquí.
El Soberano Señor debía de haber estado ausente
cuando la destrucción se abatió sobre Sycharth; pero ¿adónde habría podido ir
en la estación de los hielos, cuando todo el mundo se resguarda en sus
cuarteles?
—¿Adónde habrá ido? —pregunté en voz baja.
—No lo sé, hermano —contestó Tegid con rudeza—.
Creo que no averiguaremos la respuesta aquí.
—¿Dónde, entonces?
—Iremos a los poblados y asentamientos.
Recorreremos el territorio y veremos qué podemos averiguar.
Abandonamos el caer. Aturdidos por el dolor y
muertos de miedo, con los ojos desencajados y las manos temblorosas, montamos a
caballo y nos dirigimos al puerto del rey en el cercano estuario de Muir Glain.
Cabalgamos a toda prisa para aprovechar la poca luz que quedaba y llegamos al
varadero con el crepúsculo, mientras oscuros nubarrones se agolpaban en el
cielo.
No tuvimos ni siquiera necesidad de desmontar;
desde nuestras sillas contemplamos el desastre: barcos quemados en el agua,
velas y mástiles destruidos, cascos reventados.
Los cobertizos y las casas también habían sido
incendiados y con ellos la leña almacenada. Nada se había librado. La
destrucción era completa y total. Todo estaba reducido a carbón y cenizas.
—Debe de haber ardido durante días —murmuró Tegid—.
El resplandor ha debido de verse a medio camino de Ynys Sci.
Los caballos mostraban su nerviosismo resoplando y
pateando, mientras nosotros escrutábamos por doquier en busca de algún
sobreviviente. Para infundirme coraje, acariciaba mis armas, cuidadosamente
envueltas para protegerlas del frío, pero al alcance de la mano.
—Aquí no hay nada —dijo por fin Tegid—. Vámonos.
La noche se nos echó encima mientras nos
internábamos en las boscosas colinas; el camino era más largo por allí, pero no
podíamos arriesgarnos a atravesar el pantanal sin luz. Por eso seguimos los
senderos de la sierra y las veredas de los cazadores que comunicaban Sycharth
con los poblados vecinos. Cuando nos aproximábamos a la fortaleza más cercana,
las nubes se despejaron un poco y la luna brilló unos instantes; no mucho, pero
lo suficiente como para ver la negra silueta del poblado recortada contra las colinas,
más negras aún, que se alzaban al otro lado del río.
Caer Dyffryn se levantaba sobre un otero y
albergaba a unos doscientos hombres del clan de los llwyddios. Los doscientos
habían huido o habían sido asesinados. No nos detuvimos a contarlos. No había
necesidad, pues era evidente que no quedaba nada con vida en el círculo de
carbonizados tocones que en otro tiempo había sido la empalizada de madera. No
hacía falta desmontar para comprobarlo. Sin embargo, por consideración a los
compatriotas, desmontamos y caminamos entre las devastadas ruinas de lo que habían
sido sus hogares.
—No puedo soportarlo —dije cuando hubimos terminado
nuestra inútil inspección.
Hablaba en tono apagado, pero mi voz resonó en
medio de aquel silencio antinatural.
Como Tegid no hizo el menor movimiento ni emitió el
menor sonido, le toqué un brazo; tenía la piel tensa y helada.
—Vámonos, hermano —insistí—. Alejémonos de aquí.
Acamparemos junto al río y regresaremos por la mañana, si lo deseas.
Tegid no contestó; se limitó a dar la vuelta y
montar a caballo. Abandonamos Caer Dyffryn, pero no nos detuvimos. Aquélla
noche no descansamos y sólo hicimos un alto en la marcha para abrevar los
caballos. El alba gris nos sorprendió en las ruinas de Cnoc Hydd, fatigados e
insomnes. El poblado, en otros tiempos tan hermoso, situado en un bellísimo
repliegue del
valle, era ahora una cáscara vacía, como Sycharth y
Dyffryn. La mayoría de sus habitantes habían sido quemados, no podría decirse
si antes o después de morir.
Mientras Tegid deambulaba por las húmedas cenizas
del palacete, yo inspeccioné las ennegrecidas y derrumbadas vigas de la Casa de
los Guerreros. Con la punta de una lanza rota iba removiendo los escombros
buscando no sé qué. El hedor agrio del humo y los cuerpos chamuscados me hacían
llorar, pero seguía buscando. En una esquina de la derrumbada chimenea, mis
esfuerzos se vieron premiados. Llevaba un buen rato escarbando entre los
cascotes y me disponía a marcharme, pero, al darme la vuelta, me llamó la atención
un movimiento furtivo. Creí oír un crujido seco. Volví sobre mis pasos y
escruté entre las sombras de la chimenea. Al principio no vi nada…, pero
después vislumbré la silueta de un bulto escondido bajo las piedras
derrumbadas.
Empuñé la espada y empujé suavemente aquella forma
encogida. No emitió sonido alguno, pero se replegó aún más en su escondite.
Quité algunos leños y piedras para que la luz iluminara la hendedura. Escudriñé
el agujero y
vi el
cuerpo carbonizado de una perra de caza y al lado, temblando, el de su cría.
Tenía la piel, de color gris pizarra, desgarrada y
chamuscada, y una herida roja y lacerada sobre una de las patas delanteras. El
cachorro temblaba de miedo y frío y se acurrucaba junto al rígido cuerpo de la
madre. Había otras crías, todas muertas; la perra había muerto defendiéndolas,
porque todavía tenía las fauces abiertas. La cría parecía lo suficientemente
crecida como para estar ya destetada; y, aunque todavía tenía el aspecto de
bolita de felpa propia de los cachorrillos, me enseñó valientemente sus
dientecitos cuando alargué la mano para cogerla.
Lo más compasivo habría sido matarla inmediatamente
y acabar con sus sufrimientos. Pero, después de la ruina y devastación que
habíamos contemplado, al encontrar aquel único superviviente, aunque sólo fuera
un cachorro medio muerto de hambre, no tuve agallas para sacrificar aquella
titubeante vida y añadirla a la larga lista de muertos. Decidí dejarlo vivir,
lograr que viviera.
No gimió ni gritó cuando lo cogí por el pellejo del
cuello para sacarlo de su escondite. Pero me mordisqueó cuando traté de
acariciarlo y, mientras
intentaba instalarlo en el repliegue del codo, se
aferró con sus agudos dientecillos a mi mano sin soltarla.
—¡Quieto, Twrch! —lo regañé dándole un golpecito en
el morro y llamándolo por el primer nombre que se me ocurrió.
Tegid me oyó y me miró inquieto. Al ver el cachorro
en mis brazos, sonrió tristemente. Le llevé al perro, lo cogió y lo sostuvo
ante sí.
—¡Vaya! Por lo menos alguien ha sobrevivido en la
tierra de los muertos. —Me miró—. ¿Cómo lo llamaste?
—Twrch —respondí.
—¿Jabalí? —preguntó con asombro—. ¿Por qué?
—Intentó morderme cuando lo cogí —le expliqué—. Me
recordó a un jabalí viejo que continúa luchando cuando ya ha sido vencido y
sólo se rinde ante la muerte. —Me encogí de hombros y añadí—. Pero no tiene
importancia. Llámalo como quieras, Tegid. Merecería tener un hermoso nombre.
—Ya le has dado uno hermoso. Así lo llamaremos.
—Levantó en alto al perro—. Twrch, eres muy batallador; quizá te conviertas en
nuestro Jabalí de la Batalla.
Me entregó el cachorro y agregó:
—Éstas
ruinas son como
las otras. Aquí
no encontraremos nada.
Vámonos.
—Necesitamos descansar, Tegid. Descansar y comer.
Nuestros caballos están casi muertos de fatiga. Deberíamos detenernos por lo
menos un día. Cuando veníamos hacia aquí, pasamos por un lugar muy apropiado
junto al río. Acampemos hoy allí y decidiremos qué hacer cuando hayamos
dormido.
Tegid no estaba demasiado convencido, pero su
caballo cayó de rodillas sobre el embarrado sendero mientras descendíamos del
caer y tuvo que admitir que yo tenía razón. Si no hacíamos un alto, tendríamos
que seguir viaje a pie; y, como no sabíamos cuánto íbamos a tardar en encontrar
a nuestro rey y a sus hombres, no tenía sentido reventar nuestras monturas.
Así que nos dirigimos al refugio que había visto
junto al río, un soto de alisos y sauces en torno a una cabaña de pescadores
junto a una presa. Los
árboles nos protegían del viento y la cabaña de la
lluvia. Crecía abundante yerba en los bancales del río y todavía estaba tierna
para servir de pasto a los caballos. Los abrevamos y después los atamos a los
árboles.
En la diminuta cabaña de junco encontramos un poco
de leña, carbón vegetal, pieles de cabra y algunas jarras precintadas. Las
pieles estaban sucias, pero la leña estaba seca y las jarras contenían un
excelente hidromiel. El dueño de la cabaña sabía muy bien cómo aliviar sus
frías vigilias.
Con una de las pieles hice un lecho para Twrch en
un rincón de la cabaña. Lo olfateó con cuidado y enseguida se instaló.
Probablemente el perro del dueño de la presa usaba la piel de cabra como lecho,
y el cachorro debió de encontrar agradable el familiar olor, porque después de
lamerse la herida enterró el morro entre las patas y se durmió.
Mientras yo me dedicaba a tan insignificante tarea,
Tegid fue a inspeccionar la presa y volvió a la cabaña con cuatro lustrosas
truchas marrones. En un abrir y cerrar de ojos limpió el pescado y encendió
fuego en un hogar que había fuera de la cabaña. Ensartamos las truchas en finas
varas de sauce y las pusimos a asar.
El dulce aroma del pescado asado mezclado con el
acre olor a roble del humo me llenó la boca de agua y sentí el vacío del hambre
en el estómago. Hacía días que no comíamos decentemente. Tegid destapó una de
las jarras y bebimos varios tragos de hidromiel mientras aguardábamos a que el
pescado se hiciera.
Nos habíamos sentado junto al fuego y de tanto en
tanto dábamos vueltas a las varas de sauce en silencio. No había palabras
capaces de expresar lo que pensábamos y sentíamos. Estábamos tan cansados y
hambrientos que no podíamos darle forma; teníamos que comer y dormir antes de
tratar de comprender lo que habíamos visto y decidir lo que debíamos hacer.
Aunque el día seguía frío y gris, las truchas nos
templaron por dentro. Saboreé cada bocado chupándome los dedos antes de dar
otro mordisco. A pesar de que me habría comido mi peso en truchas, guardé un
poco para Twrch. No sabía si se lo comería, pero pensé que no podría hacerle
ningún daño.
La cabaña era muy pequeña pero nos procuró un
agradable abrigo. Nos quedamos dormidos enseguida.
Poco después me despertó una sensación fría y
húmeda en la garganta. Twrch había trepado mientras yo dormía y se había
acurrucado en el hueco de mi garganta apoyando el morro en mi barbilla. Me
levanté con precaución de no despertar a Tegid, cogí al cachorro y salí de la
cabaña. El tiempo no había mejorado. Por si fuera poco, el viento del nordeste
había arreciado y las nubes eran más bajas y espesas.
—Tengo algo para ti, Twrch —susurré—. Pruébalo y
dime si te gusta.
Le ofrecí el bocado que había guardado para él. Lo
olfateó, pero no lo mordió aunque se lo acerqué al hocico. En cambio, me lamió
los dedos; así que desmenucé un poco de pescado entre mis dedos y dejé que el
cachorro me los lamiera. Luego le ofrecí el resto, que devoró como sólo puede
hacer un perro hambriento. Después me limpió los dedos concienzudamente.
—Después te daré más. Encontraremos algo para que
te relamas… Un ciervo, quizás, o una perdiz.
Al decirlo caí en la cuenta de que no habíamos
visto rastro alguno de caza. Excepto los peces que habíamos comido, no habíamos
visto ninguna criatura con vida desde que nos habíamos internado en el valle de
Modornn.
—¿Es posible —le pregunté a Tegid cuando se reunió
conmigo poco más tarde— llevarse a los gamos salvajes fuera del valle? ¿Puede
hacerse semejante cosa?
—No es posible…, pero tampoco es posible destruir
tres fortalezas sin que alguna de ellas alerte a las demás. Sinceramente, hay
en todo esto un misterio que no soy capaz de desentrañar.
Por el momento no añadimos nada más, porque ninguno
de los dos nos atrevíamos a hacer conjeturas. Tegid se dispuso a abrevar los
caballos y a desatarlos, mientras yo inspeccionaba las redes de la presa. No
había caído en ellas ni un solo pez, y cuando me disponía a volver a instalar
las redes en las estacas Twrch comenzó a gruñir en la orilla. Salí del agua y
lo encontré huroneando en un agujero abierto en el extremo de un montón de
tierra que tenía la forma de una enorme colmena.
El montículo estaba escondido entre los árboles, a
pocos pasos del bancal del río. No lo habría visto, si Twrch no llega a atraer
mi atención. Al ver al cachorro tan excitado, decidí echar una ojeada. Creí que
quizás había encontrado la madriguera de una nutria o de un tejón. Pero no
tardé en darme
cuenta de que el montículo estaba hecho de turba
recién cortada y muy bien apilada. Retiré de la boca la tierra y supe al
momento por qué el perro se había excitado tanto, pues en cuanto me asomé al
agujero llegó a mis narices un punzante olor a humo de roble.
¡El Sumo Dador nos había sonreído! Dentro de
aquella especie de colmena había estacas de madera rematadas en forma de cruz y
de cada una de ellas pendía un espléndido ejemplar de salmón ahumado.
—¡Eres un buen perro, Twrch! —dije metiendo la mano
y sopesando uno de los pescados.
Arranqué un poco de carne del plateado lomo y se lo
di a Twrch para recompensarlo por el servicio prestado. Mientras lo devoraba,
lo acaricié y le dirigí cariñosos halagos. Luego cogí el pescado y volví a
poner en su sitio las turbas que tapaban el agujero.
—Sea lo que sea de nosotros, no nos moriremos de
hambre —le dije a Tegid mostrándole el salmón—. Antes de que acabemos de
devorar el último, estaremos ahítos de carne. Twrch localizó el ahumadero y me
condujo hasta él.
—Hemos contraído una deuda más con el dueño de la
presa.
—Y con el olfato de Twrch —añadí.
Tegid probó el salmón.
—Ése hombre conocía bien su oficio —juzgó
ofreciéndome un bocado—.
Es digno de la mesa del rey.
Al oír mencionar al rey, me estremecí como si una
mano de hielo se hubiera posado en mi hombro.
—¿Qué vamos a hacer, Tegid?
—No lo sé —respondió en tono tranquilo—. Pero creo
que ha llegado la hora de considerar lo que ha sucedido.
—¿Qué ha sucedido? —No encontraba una explicación
lógica a todos aquellos sucesos—. Poblados enteros han sido arrasados, sus
habitantes asesinados sin darles tiempo a alzar una mano para defenderse, el
ganado degollado en sus cobertizos…, todo reducido a cenizas. Sin embargo no
han robado ni saqueado. Una destrucción semejante, sin motivo aparente, es obra
de locos.
Una vez que había comenzado a hablar, las palabras
surgieron de mi boca a borbotones.
—¿Cómo ha podido suceder? —proseguí—. Un caer puede
ser atacado, incluso dos…, pero la noticia llegaría a los otros. Por lo menos,
verían el humo de los incendios y darían la alarma. El rey conduciría su hueste
de guerreros contra los invasores. Se habría entablado una batalla, y nosotros
habríamos encontrado sus huellas, alguna por lo menos.
Tegid parecía meditabundo.
—No si el ataque tuvo lugar de noche —repuso—.
Nadie habría visto entonces el humo.
—Pero sí el resplandor de las llamas. ¡Alguien
habría visto algo! —dije casi a gritos—. Además, ¿quién podría ser ese enemigo
capaz de atacar de noche? ¿Quién puede arrasar tres fortalezas a la vez, y
quién sabe cuántas más, sin sembrar la alarma y sin perder ni un solo guerrero?
¿Quién puede causar tal destrucción sin dejar huella alguna?
La voz me temblaba de cólera e indignación.
—Te lo estoy preguntando a ti, Tegid. ¿Qué enemigo
puede llevar a cabo todo eso?
Una extraña expresión había aparecido en los ojos
del brehon mientras yo hablaba. Lo miré fijamente.
—¿Quién? ¿Qué me contestas?
—Tus preguntas son más agudas de lo que tú mismo
supones —respondió con voz débil y tensa—. Sólo hay un enemigo capaz de hacer
lo que acabas de describir.
—Ésa persona, ese monstruo…, ¿quién o qué es?
Tegid me impuso silencio con un rápido gesto como
si temiera que yo pudiera aventurar la respuesta antes de que él la articulara.
O como si el hecho de pronunciarla fuera a atraer la presencia del demonio.
—Aciertas al llamarlo monstruo —dijo con voz
suave—, porque lo es. No obstante, camina sobre dos piernas y adopta la forma
de un hombre.
—¿Quieres decirme cómo se llama? Temía la
respuesta, pero tenía que saberla. —Sí. Se llama Nudd, el señor de Uffern.
25
LA GUERRA DEL PARAÍSO
—¿Nudd? ¿El señor del Mundo
Subterráneo? —pregunté pensando que debía de haber
oído mal.
Recordaba que Gwenllian había hecho referencia a un
personaje con ese nombre en algunas de sus canciones; Nudd era una figura
tenebrosa y furtiva que gobernaba los reinos inferiores como rey y señor de los
condenados. Seguramente Tegid no se refería al mismo Nudd.
Serio y cauteloso, el brehon extendió los dedos de
la mano izquierda haciendo la señal para exorcizar la maldad.
—Quizás en los días que se acercan, desearás que
tus labios no hubieran pronunciado jamás ese nombre. Te diré lo poco que se
sabe, y ese poco te helará el corazón en el pecho.
—Es igual. Mi corazón está ya entumecido por la
violencia de ese pavoroso señor cuyos crímenes he tenido que contemplar. Nada
de lo que puedas decirme podrá ya horrorizarme.
—Tienes razón, hermano —repuso Tegid—. Siéntate y
escúchame, si es tu deseo.
El tiempo había empeorado. La mortecina luz del día
se estaba desvaneciendo y pronto se haría de noche. Tegid encendió el fuego
para resistir el frío nocturno, y yo saqué unas cuantas pieles de la cabaña y
las dispuse junto a la hoguera. Me senté con las piernas cruzadas en una de las
pieles de cabra y Twrch vino a acurrucarse en mi regazo.
Tegid parecía enfrascado en la tarea de encender el
fuego, pero me di cuenta de que estaba ordenando en su mente los hilos de la
historia. Me puse el manto sobre los hombros y acaricié a Twrch, esperando a
que Tegid comenzara el relato.
—Muy pocos han oído esta canción —dijo por fin
Tegid, sentándose frente a mí sobre una piel—. Y menos aún se han mostrado
deseosos de oírla.
Hay algunas canciones que paralizan la lengua y
enmudecen las cuerdas del arpa. Y ésta es una de esas canciones.
—Sin embargo yo la oiré con gusto —declaré—, por si
algún bien pudiera derivarse.
—Oye, pues, la historia de Nudd, el príncipe de
Uffern —comenzó Tegid
—. En días muy remotos, cuando el rocío de la
creación estaba aún fresco sobre la tierra, Beli, el de Gran Renombre, tuvo dos
hijos mellizos: uno se llamaba Nudd y su hermano, Lludd. Y sucedió así: Beli
gobernó largos años con sabiduría, ganando honor por su justicia y rectitud.
Mientras reinó sobre la Isla de la Fuerza no hubo guerras, ni plagas, ni
disturbios. Albión gozó de tanta paz bajo la égida de Beli que se convirtió en
el más hermoso reino del mundo. Hombres y mujeres dedicaban sus días al conocimiento
y al aprendizaje de la verdad de todas las cosas. Acrecentaron su sabiduría, su
amor a la verdad y a las artes y olvidaron el ejercicio de la guerra. En
aquellos días era más fácil oír una dulce canción que el entrechocar de las
espadas, era más normal ver a los poetas dedicados al arte de la composición
que a los jefes de batalla montados en sus carros de combate. Tan
maravillosamente los hijos y las hijas de los hombres crecieron en sabiduría y
gozaron de la munificencia de la tierra y de todos los dones que existen bajo
los cielos, que fueron llamados Tylwyth Teg, la Hermosa Familia, y su morada
fue llamada el Paraíso.
»Y sucedió que un día Beli fue aquejado por una
irresistible taithchwant, una intensa y poderosa pasión de ver mundo. Anhelaba
tanto recorrer sus dominios para ver con sus propios ojos las maravillas que
habían sucedido durante su reinado, que no podía comer en su vajilla de oro ni
dormir en su mullido lecho de plumas. El taithchwant lo acosaba cada vez con
más fuerza, le resultaba acuciante día a día. Así que el rey se dijo a sí
mismo: “Me convertiré en el más desgraciado de los hombres si continúo así un día
más”.
»Tras hacerse tal reflexión se sentó en el trono de
plata y meditó qué debía hacer. “Confiaré el mando a uno de mis hijos, que
gobernará en mi nombre durante mi ausencia. Así podré viajar por mis dominios,
veré con mis propios ojos la felicidad de mis súbditos y compartiré su
alegría”. Sólo le restaba escoger cuál de sus dos hijos merecía gobernar en su
lugar.
»El poderoso Beli, el Más Astuto, el Pilar de la
Prudencia, el Espíritu de la Sabiduría, meditó larga y profundamente en su
trono. Pensó y pensó y al
acabar no estaba más cerca de una decisión que al
principio. La causa de su dilema era la siguiente: entre Lludd y Nudd no había
la menor diferencia que pudiera decidirlo a elegir. Ambos eran hermosos e
inteligentes, ingeniosos y afables. Ambos poseían las mismas virtudes. Ninguno
era ni mejor ni peor que el otro. Se parecían tanto que sólo se distinguían en
el color del cabello: los de Lludd eran como los rayos del sol al alba, los de
Nudd como la gloriosa oscuridad de la noche. Los del primero eran rubios como
el sol, los del segundo negros como el azabache.
»Beli, el monarca de Gran Renombre, llamó a sus dos
hijos y les dijo: “Hace mucho tiempo que anhelo viajar por mi reino y ver cómo
mi pueblo goza del bienestar que ha alcanzado bajo mi égida. Sabed que me ha
embargado el taithchwant y que no puedo permanecer aquí ni un día más, pues, si
tuviera que pasar una noche más en este palacio, mi corazón estallaría de
dolor. Debo partir ahora mismo”.
»Los dos hijos se miraron y coincidieron en que el
plan del padre era bueno. “Es un deseo loable, Soberano Señor. Permítenos que
te acompañemos y compartamos contigo la alegría de ver la felicidad que has
procurado a tu pueblo con tu sabio y noble gobierno”.
»Beli Mawr miró a sus hijos y les respondió:
“Vuestro deber no es acompañarme, sino gobernar en mi nombre durante mi
ausencia”.
»Los hijos repusieron: “Has gobernado tan bien,
padre, que el más humilde de los súbditos podría hacerlo en tu nombre, y el
niño más inocente podría mostrarse digno del poder real. Elige a cualquiera,
porque sea quien sea no hará sino incrementar el honor de tu nombre”.
»Al rey le agradaron esas palabras y su corazón
rebosó de orgullo y placer. Pero no se dejó convencer, porque cuando Beli había
tomado una determinación no daba su brazo a torcer; y había tomado la
determinación de recorrer sus dominios solo. Se marcharía solo, viajaría solo,
solo saborearía las mieles de su renombre. Solo y de incógnito, para que su
pueblo no descubriera su presencia y lo halagara. En efecto, Beli buscaba
siempre la verdad de las cosas y sabía muy bien que a veces los hombres alteran
su comportamiento habitual en presencia de un rey. Por eso respondió: “Como
siempre, la buena intención os honra, hijos míos. Sin embargo, he decidido
marcharme solo y solo me marcharé”.
»Los hijos sabían que no podrían convencerlo y
dijeron: “Márchate,
padre, y que goces de toda clase de bendiciones
mientras estés lejos de nosotros”.
»Nudd se acercó a su padre y, apoyando la cabeza en
su pecho, dijo: “Ojalá me permitieras acompañarte, padre; ojalá encuentres todo
lo que buscas y nada que no busques”.
»Ludd se acercó a su vez, apoyó la cabeza en el
pecho de su padre y dijo: “Ojalá tu reino siga floreciendo para que encuentres
tus dominios mejor de lo que los dejaste”.
»Beli obligó a sus hijos a alzarse y les expuso sus
pensamientos. Les confió muchas cosas acerca del buen gobierno del país y
acerca de cómo un rey debe servir a su pueblo. Después les dijo: “Ahora me voy.
Pero uno de vosotros debe gobernar en mi lugar durante mi ausencia”.
»Los hijos le preguntaron: “¿Tiene que ser así?”;
porque ninguno de los dos quería prevalecer sobre el otro.
»Beli replicó: “Sí. Veo el camino que se extiende
ante mí y veo a mi pie dispuesto a hollarlo”. Luego les preguntó quién de los
dos quería gobernar en su lugar.
»Nudd respondió: “Mi hermano está más capacitado
que yo. Elígelo a él”. A lo cual repuso Lludd: “De los dos, Nudd es el más
capacitado. Insisto en que lo elijas a él”.
»Beli escuchó estas palabras y, como era un rey
sabio, escrutó los espacios vacíos entre las palabras y vio por fin cuál de sus
dos hijos estaba más capacitado. Y les dijo: “Me habéis rogado que elija. Así
pues, elijo a Lludd”. Se levantó del trono de plata y confió la soberanía de
Albión en manos de Lludd. “Adiós, hijos míos. Que halléis la gracia en todos
vuestros actos”, se despidió.
»Así fue como el Soberano Señor abandonó su reino,
y su pueblo no lo vio durante bastante tiempo; pero sí vio a sus hijos y no le
gustó lo que vio. No, en modo alguno.
»Primero estaban contentos porque Lludd era tan
sabio y prudente como su padre. Pero Lludd no había reinado aún lo que va de
una luna a otra cuando estalló la disputa entre los dos hermanos. Y la causa de
la rivalidad fue la siguiente: Nudd sintió celos de la buena suerte de su
hermano.
»En verdad no fue más que eso, pero fue suficiente
y más que suficiente para acarrear el sufrimiento más terrible al paraíso de
Albión. Un sufrimiento tan grande que desde entonces Albión no ha vuelto a ser
la misma. En efecto, aunque jamás había estallado una riña entre los hermanos,
desde el momento en que Nudd vio la torques de oro del rey en la garganta de su
hermano y no en la suya, y vio la vara de la soberanía en la mano de su hermano
y no en la suya, comenzó a urdir cómo apoderarse de la dignidad real. Día y
noche deambuló por las altas almenas planeando cómo ocupar el trono. Día y
noche envenenó su mente con pensamientos de traición y alevosía. Y una hermosa
noche se le ocurrió por fin cómo podía engañar a su hermano para que le
entregara el poder real. Y esto fue lo que hizo:
»Una esplendorosa noche, no mucho después de que el
padre se hubiera marchado, Nudd y Lludd salieron a dar una vuelta por el caer.
Nudd alzó la mirada hacia el anchuroso cielo plagado de estrellas. Cuando
estuvieron en la puerta principal, Nudd dijo: “Mira allá lejos y verás qué
prado tan hermoso y vasto poseo”.
»“¿Dónde, hermano?”, preguntó Lludd sin sospechar
malicia alguna.
»“Sobre tu cabeza, tanto como alcance tu mirada”,
respondió Nudd alzando los brazos hacia el cielo estrellado.
»Lludd escrutó los cielos. “Pues mira qué hermoso y
gordo ganado tengo paciendo en tu campo”, replicó.
»“¿Dónde está ese ganado tuyo?”, preguntó Nudd.
»“Pues allí… Todas las relucientes estrellas de
plata, con la luna como brillante pastor”, rio Lludd. Ésa respuesta enojó a
Nudd porque oyó en ella el eco de la superioridad de su hermano.
»“Harías bien en llevarte a tu ganado de mi campo,
porque no deseo que pazca en el prado que he elegido como mío”, murmuró Nudd.
»Lludd preguntó: “¿Por qué te ofendes, hermano? A
mí no me importa dónde pueda pacer mi ganado”.
»Nudd insistió: “Sin embargo, a mí sí. Te
aprovechas injustamente de mí”.
»“¿A qué viene eso?”, inquirió Lludd, perplejo ante
la reacción de su hermano.
»“No pretendo que puedas comprenderme, porque tú
nunca has tenido que
soportar la vergüenza de vivir a la sombra de
otro”, repuso hoscamente Nudd.
»Lludd entendió entonces por qué su hermano se
sentía desgraciado. “Dime lo que tengo que hacer para enmendarlo y puedes estar
seguro de que lo haré antes de que salga el sol”, le dijo.
»Nudd frunció el entrecejo. “Ya te lo he dicho.
¡Llévate a tu ganado de mi prado!”, dijo. Luego se marchó muy contento porque
la tarea que le había exigido a su hermano era imposible de realizar.
»Lludd se retiró a su pabellón y reunió a sus
bardos para que cantaran ante él. Comió y bebió toda la noche; luego se acostó
y durmió profundamente. Nudd lo vio y se alegró en su corazón porque sabía que
su hermano no cumpliría su palabra. “Ningún hombre puede retirar las estrellas
del cielo, y Lludd ni siquiera lo ha intentado —se dijo—. Ha perdido; mi
ingenio me hace merecedor del reino”. Se acostó y durmió plácidamente.
»Por la mañana, Lludd se levantó y salió al
baluarte que estaba ante el pabellón. “¡Despierta, Nudd, sal!”, gritó.
»Nudd se despertó y salió. “¿Qué significa este
alboroto tan de mañana? —preguntó—. No veo razón para ello, a menos que sea
para entregarme la torques real que llevas en la garganta”.
»Lludd sonrió y palmoteó el hombro de su hermano.
“No hay necesidad, hermano, porque he hecho lo que me has pedido. Me he llevado
el ganado y tu prado está libre, como me exigiste”.
»Nudd no podía dar crédito a lo que oía. “¿Cómo es
posible?”, inquirió.
»“Sólo tienes que mirar al cielo para comprobar que
te estoy diciendo la verdad”, dijo Lludd.
»Nudd alzó la mirada al cielo y vio que la bóveda
celeste lucía clara y despejada; no había ni una sola estrella: el sol las
había ahuyentado.
»Lludd le dijo a su hermano: “He hecho lo que me
pediste. Ojalá no vuelva a surgir un desacuerdo entre nosotros, sino que
sigamos conviviendo en paz como antes”.
»Pero Nudd no lo deseaba. Vio con qué facilidad su
hermano lo había vencido y se sintió insignificante y estúpido. Imaginó que
Lludd se estaba burlando de él y le espetó: “Me has engañado una vez, pero no
volverás a hacerlo. Desde hoy ya no eres mi hermano”.
»Cuando Lludd oyó estas palabras, se le quebró el
corazón. “Grande es tu fama en este territorio y puedes acrecentarla aún más
—le dijo—. Dime qué puedo hacer para restablecer la paz entre los dos y lo
haré”.
»Nudd cruzó los brazos sobre el pecho y dijo:
“Entrégame la soberanía del reino y desaparece de mi vista”.
»Lludd repuso tristemente: “Podrías pedirme
cualquier cosa, excepto eso; no puedo concedértelo”.
»Nudd preguntó: “¿Por qué no?”
»“Porque la soberanía del reino pertenece sólo a
quien me la confió. Yo no soy quién para poder entregarla cuando me venga en
gana”.
»“Sí puedes”, insistió Nudd.
»“No, no. No discutamos más”, se mantuvo inflexible
Lludd.
»“Muy bien —gritó Nudd—. Puesto que no me das lo
que prometiste, no tengo otra elección que arrebatártelo”.
»Lludd le dijo: “El hecho de que me arranques la
torques de la garganta y coloques tus posaderas en el trono de plata no te
convertirá en rey. En verdad, un hombre no puede hacerse a sí mismo rey. Sólo
la bendición de quien posea la soberanía puede elevar a un hombre a ese rango,
porque la realeza es una verdad sagrada que no puede ser cambiada ni vendida, y
mucho menos robada o usurpada por la fuerza”.
»Por los labios de Lludd hablaba la verdad. Nudd la
oyó y no le agradó en absoluto. Abandonó el pabellón, abandonó el caer. En
tierras lejanas reunió en torno suyo a hombres que eran como él: hombres
avariciosos, ambiciosos, que abrigaban desmesurados deseos y envidiaban una
riqueza y un rango que no les pertenecían, hombres de Tir Aflan, allende el
mar, que se dejaron seducir con altisonantes promesas de botines fáciles.
»Lludd gobernaba con justicia. El pueblo lo adoraba
y cantaba sus alabanzas por doquier. Cada una de esas alabanzas se clavaba en
el corazón de Nudd como un afilado cuchillo. Y mientras la luz de Lludd
brillaba día a día con más intensidad en el país, los celos de Nudd degeneraron
en un odio intenso, violento, enfermizo y orgulloso.
»Reunió a su hueste y les dijo: “Ya veis cómo está
la situación. La fortuna de mi hermano se hace cada vez mayor mientras la mía
disminuye. No es
justo que tenga que vivir como un perro a quien se
ha expulsado del hogar. Mío debería haber sido el reino de Albión, pero ¿acaso
Lludd toma esto en consideración? No. Sigue su camino con total impunidad. No
miento al decir que he soportado el ultraje de su arrogancia demasiado tiempo.
Ha llegado la hora de poner las cosas en su sitio”.
»Así fue como Nudd blandió la lanza contra su
hermano. Nudd y su hueste declararon la guerra a Lludd. Los guerreros se
armaron. Se reunieron los batallones. Y la Isla de la Fuerza, donde ni siquiera
una palabra airada había sonado, oyó el tremendo retumbar del carynx y el
choque de las espadas en los escudos y de las lanzas en los yelmos.
»Las batallas fueron encarnizadas, las carnicerías
feroces. La sangre que anegó la tierra se convirtió en un río que llegaba hasta
las cernejas de los caballos y hasta los espolones de los carros de combate.
Desde el alba hasta el crepúsculo, el hermoso cielo de Albión se llenó del
entrechocar de las armas y de los gemidos de heridos y moribundos. La tierra se
convirtió en un erial; ningún hombre estaba a salvo. La guerra devino la
práctica primordial en Albión. Fueron días de negro luto; la guerra había llegado
al Paraíso.
»Las huestes luchaban y los guerreros morían. Se
reunían nuevas huestes y nuevas huestes eran pasadas a cuchillo. Sin embargo,
en medio de tantos combates y matanzas, ninguno de los dos hermanos podía
proclamarse vencedor del otro. Los guerreros de Nudd y Lludd estarían todavía
luchando, si el padre no hubiera comparecido un día en el campo de batalla. El
Soberano Señor apareció en el lugar donde los dos bandos se habían reunido a la
espera de que sonara el cuerno de batalla para atacar; llegó montado en un
caballo rendido por el viaje y se interpuso entre las dos líneas de batalla.
»Se detuvo en el centro del campo de batalla, llamó
a sus dos hijos y les preguntó: “¿Qué es eso que he oído? He recorrido de una
punta a otra el reino y en ningún lugar he percibido este sonido que es entre
todos el que me resulta más odioso. Hasta ahora todo lo que he visto y oído me
ha complacido en grado sumo. ¿Y qué contemplo ahora?, ¿qué oigo? De la mañana a
la noche sólo retumba este sonido que no puedo soportar, y sólo se ve lo que
más abominable me resulta: el estrépito de la batalla y la sangre que cae sobre
la tierra mientras la vida es aniquilada. Explicádmelo, si podéis, porque os
aseguro que, a menos que sepa la razón por la que ha sucedido este desastre,
aunque sois mis hijos y os quiero más que a mi vida, maldeciré el día de
vuestro nacimiento”.
»En estos términos y en otros aún más duros se
dirigió a sus hijos el poderoso Beli. Ambos se avergonzaron y condolieron, pero
sólo Lludd reconoció su parte de culpa en la desgracia que habían acarreado al
más hermoso reino del mundo. “La culpa es mía, padre —lloró arrojándose a los
pies del rey—. No soy merecedor de la confianza que en mí depositaste. Quítame
la torques de la soberanía y expúlsame de tu reino. Mejor aún, mátame por la
insensatez que he cometido, porque he antepuesto el derecho a la clemencia y el
honor a la humildad”.
»El rey oyó estas palabras y, al reconocer la
verdad que latía en ellas, su corazón se rompió. Se volvió hacia Nudd y le
preguntó: “¿Qué dices a esto?”.
»Nudd creyó ver un medio para escaparse del apuro y
contestó: “Ya has oído cómo Lludd confesaba que la culpa es suya. ¿Quién soy yo
para llevarle la contraria? Al fin y al cabo, él es el rey. Que su sangre sea
vertida por la maldad que ha cometido contra ti, contra tu reino y contra tu
pueblo”.
»Beli, el Sabio y el Justo, oyó estas palabras que
le atravesaron como una espada su alma bondadosa. Con lágrimas en los ojos,
desenvainó su espada y cortó la cabeza de Lludd. El príncipe se estremeció y
murió.
»Aun así Nudd, pese a que estaba muerto de miedo,
no reconoció su parte de culpa por haber comenzado la riña que originó la
guerra. Beli preguntó a su hijo: “¿No tienes nada que decir?”. Pero Nudd no
contestó. Y su silencio hirió a su padre más aún que las palabras de falsedad
que había pronunciado antes.
»El Soberano Señor no quería perder en un solo día
a sus dos hijos y le instó, una vez más: “Hacen falta dos para comenzar una
guerra. ¿Acaso debo creer que esta locura fue obra sólo de Lludd?”.
»Nudd, cuyo corazón se había vuelto frío como una
piedra, todavía creía que podría apoderarse del trono ahora que Lludd había
muerto. Por eso contestó: “Puedes creer lo que quieras, padre. Lludd ostentaba
la soberanía, como bien sabes. Ha pagado el precio de sangre por el mal que
causó al reino. Dejemos las cosas así”.
»Al oírlo, Beli Mawr emitió un largo y terrible
aullido, el primero de los Tres Lamentos de Dolor de Albión. Cogió la orla de
su manto y se cubrió la cabeza embargado de pena e ira. “Tienes razón al decir
que Lludd ha pagado
la deuda de sangre que había contraído. Con mi
propia mano he matado al que ocupaba mi sitio, a mi hijo y servidor. Lludd
habría reinado en Albión después de mí; llevaba mi carne y mi sangre…, y lo he
sacrificado en nombre de la justicia que he creado. Me he sacrificado a mí
mismo. Lo he hecho para que la justicia florezca otra vez en Albión. Lludd está
muerto, pero su muerte no es nada comparada al castigo que tú vas a recibir”.
»“¿Castigo? —gruñó Nudd—. Se ha hecho justicia.
¿Qué mal te he hecho yo?”
»Beli replicó: “Permitiste que tu hermano recibiera
el castigo que tú te habías ganado, que sólo tú merecías. Tienes razón al decir
que la deuda ha sido saldada, porque Lludd la ha pagado de sobra con su sangre
inocente”.
»Nudd se defendió en tono lastimero: “Si la deuda
de sangre ha sido pagada, dejemos las cosas así. No tienes por qué matarme”.
»Beli, el Conocimiento Sagaz, contestó: “Escúchame
bien, Nudd: si hubieras respondido con la verdad, habrías sido perdonado. Pero
tus palabras me demuestran que en ti no hay verdad alguna. Lludd ha muerto,
pero en su muerte ganará una honra que jamás podrá ser igualada por ningún
hombre; él será ensalzado, tú serás despreciado”.
»Nudd gritó: “¡Dijiste que no me matarías!”.
»El padre repuso: “No morirás, Nudd. Vivirás para
oír cómo el nombre de tu hermano es alabado doquiera los hombres reverencien la
justicia y el honor. Soportarás oír tu propio nombre como una maldición en
labios de todos. Vivirás y no morirás jamás, y tu miserable vida será
infinitamente peor que la noble muerte de Lludd”.
»Nudd exclamó: “¡No puedes hacerme esto! ¡Soy tu
único hijo!”.
»Pero Beli no escuchó las entrecortadas palabras de
Nudd. “Márchate, malvado entre los malvados. Quítate de mi vista. Habita donde
encuentres a alguien que te acoja”.
»Nudd abandonó el campo de batalla y recorrió
Albión de punta a punta. Jamás encontró un amigo que lo acogiera; jamás
encontró un hogar donde calentarse o una misericordiosa taza con la que aliviar
su sed. Su frío corazón se fue endureciendo más. Al final se dijo: “Todos los
hombres me odian. Todas las manos se alzan contra mí. Soy un proscrito en la
tierra que debería
haber gobernado. Que así sea. Si no puedo gobernar
aquí, buscaré otros dominios. Iré a los abismos de Uffern, adonde los hombres
no osan acercarse, y allí reinaré como soberano”.
»Así fue como Nudd volvió su duro corazón contra
todo ser viviente que goce de la luz del día y se dirigió a los abismos, al
negro hoyo de Uffern donde no hay nada fuera de la oscuridad y del fuego.
Mientras tanto, Beli, el Rey Omnisapiente, cogió el cuerpo de su bienamado hijo
y lo llevó a la colina más alta de Albión. Levantó el gorsedd de un héroe sobre
su tumba y ordenó que los bardos cantaran las alabanzas de Lludd por los siglos
de los siglos. Del corazón del montículo del héroe creció un abedul plateado.
Beli lo cortó, encendió fuego y quemó el esbelto árbol. Las chispas del fuego
subieron hasta el cielo y se convirtieron en las Estrellas Guía con las que los
hombres se orientan en la oscuridad. Luego, Beli reunió los rescoldos y las
cenizas del fuego y las arrojó también al cielo. Se convirtieron en el radiante
cinturón de plata que es conocido como el Camino del Cielo. El propio Lludd, el
Espíritu Luminoso, recorre por la noche ese camino de estrellas, mirando
siempre desde las alturas la más hermosa isla que hay en el mundo. Los que al
alzar los ojos a los cielos contemplan esa maravilla se conmueven con respeto
reverencial ante su belleza sin par.
»En cambio, Nudd, el Corazón de Pedernal, el
Enemigo de la Vida, se rodeó de todo tipo de maldad. Los miserables demonios
que infestaban las regiones inferiores del mundo se apiñaron en torno a él y lo
llamaron señor. Se convirtieron en los coranyid, la Hueste del Caos, los
inhumanos servidores del Cythrawl, que se deleita con la desgracia y se
congratula con la muerte. Su odio los hace perversos; su maldad, feroces; su
despecho, brutales, y son enemigos acérrimos del orden, la justicia y la
bondad.
»Alimentando incesantemente su depravación, su
obscenidad y todo tipo de iniquidad, los coranyid habitan sus oscuras moradas
royendo sus almas ponzoñosas, hasta que de algún modo huyen o los sueltan por
el mundo. Entonces vuelan en las alas de la tempestad tras su temible monarca:
Nudd, el Príncipe de Uffern y Annwn, el rey de los coranyid, el Soberano de la
Noche Eterna, que lleva como torques la Serpiente Negra de Anoeth y como arma
el colmillo de Wyrm. Bajo el mando de Nudd vuelan a destruir todo lo que es
bueno, justo y bello.
Tegid alzó los ojos del fuego y me miró. Leí el
temor en su mirada y supe
que su relato contenía una verdad demasiado
poderosa como para ser emitida de otro modo que no fuera mediante los velados
matices de una canción. Para terminar salmodió en voz suave:
—Aquí acaba la historia de Nudd; que la crea el que
quiera.
Yo la creí. Supongo que hay quienes no la hubieran
creído, pero no habían visto lo que yo había visto. Los incrédulos disfrutan de
la seguridad de su incredulidad; en la ignorancia reside la confianza. Pero yo
había visto al Cythrawl.
No me cabía duda de que Nudd y su Hueste Demoníaca
habían sido soltados y rondaban por Albión en salvaje expedición de muerte y
ruina. Una vez más, Nudd estaba libre para proseguir su fantasmal guerra de
maldad contra Albión. Sí, el Día de la Lucha había amanecido. La Guerra del
Paraíso había empezado de nuevo.
26
LA ALMENARA
Permanecimos
siete días en la
cabaña del pescador junto al río. El tiempo fue
empeorando. Todos los días amanecían con frío, viento racheado del norte
helado, lluvia y nevisca. Manteníamos el fuego bien alimentado y permanecíamos
acurrucados muy cerca de él la mayor parte del día. Cuando teníamos hambre,
comíamos salmón del ahumadero.
Yo hablaba poco, Tegid aún menos. No separaba la
mirada del fuego, con los ojos entrecerrados y tristes y enormes ojeras, hijas
del dolor. No dormía bien; ninguno de los dos lograba conciliar un sueño
profundo y tranquilo. Cuando me despertaba durante la noche, lo veía siempre
encorvado entre sus pieles con los ojos clavados en los rescoldos de la fogata
nocturna.
Mi preocupación por él iba en aumento. Trataba de
hacerlo hablar, pero mis tentativas por sacarlo de su ensimismamiento chocaban
con el silencio y la muda resignación. El frío arreciaba día a día y Tegid
parecía cada vez más ausente y abatido. Contemplar cómo se iba alejando de mí
era como tener un puñal clavado en el corazón, y determiné tomar medidas para
impedirlo.
La mañana del octavo día me levanté y fui al río a
coger agua fresca en la cantimplora de cuero. Cuando regresé, me encontré a
Tegid sentado frente a los apagados rescoldos del fuego de la noche, con la
cabeza inclinada y la barbilla hundida en el pecho.
—¡Tegid, levántate! —le grité muy fuerte.
Ni siquiera reaccionó al oír su nombre.
—Tegid —insistí—, ponte en pie; tenemos que dar un
paseo. No podemos quedarnos sentados siempre.
Mis palabras no lo sacaron del mutismo. Me acerqué
y me detuve ante él.
—Tegid, mírame; te estoy hablando.
Como ni siquiera levantó la cabeza, alcé la
cantimplora y vacié sobre mi
amigo el agua helada. Eso lo hizo reaccionar. Se
levantó de un salto, resoplando y escupiendo, y me miró. Tenía el rostro
macilento, pero en los ojos brillaba el destello de la cólera.
—¿A qué viene esto? —preguntó sacudiéndose el agua
del empapado manto—. ¡Déjame en paz!
—No tengo la menor intención de hacerlo —le dije—.
Tenemos que hablar.
—¡No! —murmuró con aire sombrío haciendo ademán de
marcharse—.
No hay nada que decir.
—Hablemos, Tegid —repliqué—. Tenemos que decidir
qué hacer.
—¿Por qué? Éste lugar es tan bueno para morir como
cualquier otro.
—No está bien que nos quedemos aquí sentados.
Tenemos que hacer algo.
—¿Qué crees que deberíamos hacer? —gruñó—. Habla,
oh espíritu de la sabiduría. Te escucho.
—No sé lo que hay que hacer, Tegid; sólo sé que hay
que hacer algo.
—¡Estamos muertos! —repuso con violencia—. Nuestro
pueblo ha sido asesinado. Nuestro rey ha desaparecido. Ya no tenemos por qué
vivir.
Se dejó caer otra vez en el suelo, enfermo por el
peso de la desesperación. Me senté frente a él, más decidido que nunca a
sacarlo de su ensimismamiento.
—Mírame, Tegid —dije con repentina inspiración—.
Quiero preguntarte algo. —No esperé a que me contestara, sino que seguí
adelante—. ¿Quién es el Phantarch?
Tegid suspiró y respondió con voz apagada:
—Es el Patriarca Supremo de los bardos de toda
Albión.
Lo recordaba de las primeras lecciones que me había
dado.
—Sí —contesté—, eso ya me lo habías contado. Pero
¿qué es?, ¿qué hace?
Se limitó a alzar las cejas y mirarme.
—¿Por qué me lo preguntas?
—Por favor…, quiero saberlo.
Suspiró de nuevo y encorvó los hombros; creí que no
iba a responderme, pero estaba pensando y al poco rato dijo:
—El Phantarch preserva la Canción. A través de él
la Canción se mantiene viva; a través de él, todo se mantiene en orden.
—La Canción —repetí, acordándome de lo que me había
contado Gwenllian—. ¿La Canción de Albión?
De nuevo alzó la mirada hacia mí.
—La Canción de Albión…, ¿qué sabes tú de ella?
—Sé que es el tesoro más preciado de este reino;
sostiene y preserva todo lo que existe —respondí, empleando las mismas palabras
que la banfáith había utilizado en su profecía—. ¿No es cierto?
—Sí —repuso simplemente Tegid—. ¿Qué más te dijo la
banfáith?
Dudé un instante, sintiendo otra vez el miedo que
me había inspirado la angustiosa profecía de Gwenllian…, un miedo que devenía
terror.
Sí, ¿qué más me había dicho la banfáith? Tenía que
decírselo a Tegid; debía saberlo. Sin embargo, algo dentro de mí se resistía a
hacerlo; no deseaba revelar todo lo que me había dicho la banfáith. La profecía
acarreaba consigo una obligación…, una abrumadora y terrible obligación que yo
no deseaba aceptar. Pero Tegid tenía derecho a saber por lo menos una parte…
—Me dijo… —empecé a relatar, me interrumpí unos
segundos y luego espeté de pronto—. Me dijo que el Phantarch había muerto y que
la Canción había enmudecido.
Al oírme, Tegid bajó los ojos y los clavó en las
frías cenizas del fuego apagado.
—Eso dijo —susurró con una voz transida de dolor—.
Así pues, no queda ninguna esperanza.
—¿Por qué? ¿Por qué no queda ninguna esperanza?
¿Qué quieres decir? —exclamé en tono desafiante, pero él guardó silencio—.
¡Contéstame, Tegid! —Cogí un palo carbonizado y se lo arrojé; el palo le acertó
en el hombro—. ¿Qué quieres decir?
—Es el Phantarch quien impide que el Cythrawl
escape de los abismos del submundo —dijo en voz muy baja llevándose una mano a
la cara como si la luz le hiciera daño—. El Phantarch ha muerto —gimió—. Albión
está perdida, y nosotros estamos muertos.
—¿Por qué? —No respondió—. ¡Contesta, Tegid! ¿Por
qué está perdida Albión? ¿Qué quieres decir?
—¿Tengo que explicarte lo que tú ves claramente con
tus propios ojos?
—¡Sí!
—El Phantarch ha muerto —murmuró fatigosamente—, de
otro modo la bestia del Abismo no se habría escapado y Nudd no estaría en
libertad.
Por fin entendía lo que la banfáith me había dicho.
Puesto que sólo el Phantarch tenía el poder de dominar la maldad del Cythrawl,
la muerte del Phantarch debía de haber soltado al Cythrawl y ahora Nudd rondaba
libre por donde quería, destruyendo todo a su paso. Comenzaba a entender, pero
aun así no compartía la desesperación de Tegid.
—Vayamos a luchar —declaré poniéndome en pie de un
salto—.
Desafiemos a Nudd y a sus coranyid a combatir.
Tegid frunció el entrecejo.
—Lo que dices es una locura. Nos matarían en un
abrir y cerrar de ojos.
—¿Y qué? —le espeté—. Sería preferible a permanecer
aquí sentado contemplando cómo te corroes las entrañas.
Tegid apretó los puños como si quisiera golpearme.
Pero desistió, y su cólera cedió de nuevo ante el abatimiento.
—¿Qué pasa? ¿Acaso tienes miedo de morir?
—¿Por qué hablar de miedo? —replicó, soltando una
triste carcajada—.
Ya estamos muertos.
—Entonces vayamos a nuestra tumba como hombres.
Me contempló unos instantes tratando de averiguar
si yo había querido decir lo que había dicho.
—¿Qué te parece? —insistí.
—¿Qué sugieres que hagamos? —preguntó al fin.
—Levantaremos una almenara —contesté soltando lo
primero que se me ocurrió.
Tegid esta vez no se rio, aunque tampoco pareció
animarse con el plan. Se limitó a gruñir y a ensimismarse otra vez en la
contemplación de las húmedas cenizas.
Yo me dispuse a acosarlo, manteniéndome firme en mi
propósito.
—Una almenara. Piénsalo, Tegid. Si queda alguien
con vida en el territorio, verá el fuego y vendrá a nuestro encuentro. Y, si no
queda ningún superviviente, por lo menos lograremos atraer a Nudd y lo
desafiaremos cara a cara. ¡Que venga! Puede matarnos, desde luego; pero no
tenemos nada que perder. ¿Qué dices?
—Que estás completamente loco —gruñó; pero
lentamente se puso en pie
—. Sin embargo, es cierto que no vale la pena
seguir viviendo así. —Entonces ¿vas a ayudarme?
—Te ayudaré —asintió—. Alzaremos la almenara más
grande que jamás se haya visto en Albión. ¡Dejemos que hablen nuestros
destinos!
Así fue como Tegid Tathal salió de su letargo y se
entregó a una actividad febril. Puso las bridas y las pieles sobre los caballos
y los desató; yo envolví algunos pescados en un trozo de lana y de una patada
eché tierra sobre el fuego. Luego llamé a Twrch y monté a caballo; así, con el
cachorro acurrucado contra mí en un pliegue de mi manto, nos pusimos en camino.
—¿Dónde levantaremos la almenara? —pregunté cuando
hubimos alcanzado el sendero.
—En Sycharth —contestó Tegid por encima de su
hombro—. Es una fortaleza muy elevada. Desafiaremos al enemigo en el lugar
donde sembró la destrucción más atroz. La almenara se verá desde Llogres hasta
Caledon. Quienquiera que la vea sabrá que no vamos a ir a nuestras tumbas sin
combatir.
El cambio que mi compañero había experimentado era
completo y total. Se había resignado a morir, y ahora se apresuraba no a eludir
la muerte sino a salir a su encuentro.
Yo, por mi parte, estaba menos deseoso que él de
morir. Pero lo seguía de buen grado, porque tenía menos miedo de la muerte que
de una supervivencia
vacía e inútil.
Cuando llegamos a la fortaleza de Meldryn Mawr, el
lugar más abandonado y desolado que pudiera imaginarse jamás, nos pusimos manos
a la obra. Entre el hedor de los cuerpos putrefactos, Tegid y yo nos entregamos
frenéticamente a la tarea, amontonando todo lo que encontrábamos que pudiera
servir. Nuestros corazones eran de piedra, y nuestras manos no temblaban.
—Haremos una pira sin igual en esta fortaleza en
otros tiempos espléndida —declaró Tegid con los dientes apretados—. Nuestras
cenizas se mezclarán con las de nuestro pueblo.
Pero no había suficiente combustible para alimentar
una pira decente ni forma de conseguirlo. Casi todo lo que podía arder ya había
sido consumido por las llamas que habían destruido el caer, y lo poco que
quedaba estaba empapado por la lluvia y la nieve. Tegid contempló la ridícula
pira de objetos de madera que habíamos levantado donde en otro tiempo se alzaba
el palacio del Soberano Señor.
—No es suficiente —dijo en tono terminante—.
Tendremos que ir al varadero.
Trabajamos hasta bien entrada la tarde, trasladando
del varadero al caer los restos de troncos que no habían ardido.
—Todavía no es suficiente —afirmó Tegid
contemplando el montón de leña a la luz ya moribunda del día.
—Tenemos que procurarnos más —asentí yo—. Pero
podemos dejarlo para mañana.
No nos quedamos a dormir en la fortaleza, porque,
después de haber perturbado el descanso de los difuntos, no quisimos molestar
aún más a los muertos insepultos. Así que acampamos junto al río, cerca del
varadero.
Al día siguiente cortamos largas varas de abedul
para los caballos y cabalgamos hacia las colinas boscosas a través del pantanal
para cargar leña y troncos y acarrearlos hasta la pira. Trabajábamos con
rapidez, pese a la inseguridad de los senderos, la lluvia constante y el viento
helado que nos sacudía a ráfagas. Al final de la jornada habíamos reunido una
considerable cantidad, pero Tegid dijo que todavía no era suficiente. Rendidos
por la fatiga,
dormimos envueltos en nuestros empapados mantos, y
poco después nos levantamos para reanudar la tarea.
Bajo un cielo amenazador y plomizo, cargamos
arbustos, ramas y leños en las flexibles varas de abedul y los acarreamos hasta
el caer a través de los bosques y el pantanal. Fue una jornada interminable,
sin comida y sin descanso. Cuando sugerí que debíamos hacer un alto para
abrevar y dar un descanso a los caballos, Tegid se echó a reír y replicó que
pronto descansaríamos para siempre. Estaba seguro de que la treta de la
almenara funcionaría y de que Nudd nos precipitaría en nuestras tumbas antes de
que la noche tocara a su fin.
Pero yo estaba más determinado que nunca a urdir un
plan para escapar. Mi cabeza ardía; mis pensamientos se atropellaban. Mientras
ataba la última carga de leña en las varas de abedul, trataba desesperadamente
de pensar en el modo de impedir que la almenara ardiera. Los últimos días
pasados entre los cadáveres me habían hecho cambiar. Al oler los putrefactos
cuerpos y tropezar constantemente con ellos, entendí algo fundamental: yo
estaba vivo y deseaba seguir viviendo. No quería que Nudd me matara. No quería
convertirme en otro amasijo de carne putrefacta, asqueroso, macabro e hinchado.
No estaba dispuesto a morir; deseaba vivir.
Mientras chapoteábamos por los pantanos y
ascendíamos el embarrado sendero hacia las ruinas del caer, no cesaba de dar
vueltas a mil pretextos distintos para detener la mano de Tegid. Incluso cuando
la luz del día se extinguió y Tegid acercó el lío de trapos empapados en pez a
los rescoldos que había conservado cuidadosamente para el fuego, todavía
confiaba en que se me ocurriría algún modo de impedir que encendiera la pira.
No se me ocurrió nada. Me quedé inmóvil mirando
cómo encendía los harapos ennegrecidos en las ascuas. Cuando los primeros
jirones de humo blanco se levantaron hacia el oscuro cielo, tragué saliva
creyendo que estaba contemplando cómo mi vida se escapaba hacia las alturas con
aquellas espirales de humo. Al primer golpe de viento, el humo se dispersó. Así
acabaría mi vida cuando Nudd apareciera con su cruel Hueste de Demonios.
Tegid sopló para avivar la llama. Poco después el
fuego había prendido del todo y los harapos se consumían en una llamarada
naranja. Tegid pinchó en un palo la bola de trapos empapados en pez y me lo
ofreció.
—Aquí tienes, hermano —dijo—. ¿Enciendes tú la pira
o quieres que lo
haga yo?
—Enciéndela tú, Tegid —repuse, tratando aún de
descubrir cómo podría impedir que la almenara ardiera y anunciara al enemigo
nuestra presencia.
Cuando las primeras llamas prendieron en la parte
inferior del montón de madera, aún seguía creyendo que de algún modo se me
ocurriría algo para salvarnos. Incluso cuando las llamas se propagaron de rama
en rama subiendo por el entramado de leña, pensaba que lo conseguiría; y aun
cuando prendieron los troncos más grandes despidiendo el vapor de la lluvia que
los había empapado, confiaba en que descubriría un modo de salvarnos…
Incluso cuando en la oscuridad de la noche las
llamas se alzaron hacia la negra bóveda de los cielos, seguía confiando en que
por fin se me ocurriría la feliz idea que se me había estado escapando durante
todo el día.
Y, cuando sobre las destruidas murallas miré hacia
la negra llanura que se extendía al pie de Sycharth y vi las antorchas de los
guerreros que avanzaban hacia el caer, cuando oí el atronador estruendo de los
cascos de los caballos sobre la tierra y comprendí que estábamos contemplando
cómo la muerte venía en nuestra busca, aun entonces todavía confiaba en que no
iba a morir.
—¡Mira qué deprisa los ha atraído nuestra almenara!
—exclamó contento Tegid—. ¡Acércate, Nudd! ¡Aquí te esperamos desafiantes!
La voz de Tegid era ruda, y su rostro estaba tenso
por una extraña excitación. Levantó la antorcha, dibujó un arco de fuego sobre
su cabeza y la arrojó a los enemigos. Yo cogí a Twrch y abandoné la muralla en
busca de mis armas. Tras atar al cachorro con una brida suelta del caballo,
deshice el lío de piel untado en aceite, saqué mi espada y quité la funda a la
afilada punta de mi lanza. Luego cogí el escudo y corrí hacia donde me esperaba
Tegid.
—Coge la lanza —dije tendiéndosela—. Ven, les
saldremos al encuentro en la puerta.
Las puertas habían saltado de los goznes y estaban
quemadas, pero el pasadizo del camino de entrada ofrecía cierta protección. No
sabía si los demonios peleaban como guerreros o si traspasaban los muros de
piedra para aniquilar a los hombres con una simple mirada. No obstante, decidí
que, si el duro metal podía producirles algún daño, cualquiera que levantara su
mano contra nosotros probaría el filo de mi espada. Tegid y yo tomamos
posiciones hombro con hombro y contemplamos cómo se iban acercando las antorchas.
Las llamas de la almenara nos calentaban la
espalda, la hoguera alargaba nuestras sombras y el crepitar del fuego atronaba
en nuestros oídos, mientras aguardábamos al enemigo que se acercaba. Yo asía el
puño de la espada sintiendo su peso familiar en la mano. Tegid arrojó la tea y,
con el rostro muy pálido, blandió la lanza.
Yo no pensaba en la muerte que nos aguardaba, ni en
los cuerpos quemados y destrozados esparcidos por el caer. Todos mis
pensamientos se concentraban en la punta de la espada y en los movimientos de
combate tantas veces practicados. Aquélla iba a ser mi primera batalla desde
que me había convertido en un guerrero y, aunque seguramente sería también la
última, la esperaba con expectación, ansioso de comprobar las habilidades tan
duramente aprendidas.
—¡Suceda lo que suceda —gritó Tegid, dominando el
crepitar de las llamas—, considero un honor morir a tu lado!
—No hay honor ninguno en la muerte —contesté,
repitiendo lo que Scatha decía a sus alumnos—. Consideremos un honor el poder
enviar a algunos de esos coranyid a la oscuridad de los infiernos que tan
justamente merecen.
—¡Bien dicho, hermano! —aprobó Tegid—. ¡Que así
sea!
Los primeros caballos habían llegado al camino que
ascendía hasta el caer. Era evidente que el enemigo podía distinguir nuestras
siluetas recortadas en el resplandor de la almenara que ardía detrás de
nosotros. Titubearon y se pusieron en corro.
Yo solté un agudo grito. Entonces un guerrero
enfiló el camino y subió al galope la rampa. Alcé la espada y me acurruqué tras
el escudo. No podía ver al atacante, pero sí seguir la estela de la antorcha
que llevaba. Apenas el primer demonio había enfilado el camino, otro salió tras
él, y luego otro. Los tres avanzaban juntos a nuestro encuentro, mientras los
demás se quedaban atrás, como reacios a aventurarse entre los destruidos muros
que flanqueaban el camino hacia las puertas.
Cuando el primer jinete estaba a punto de llegar a
la cima de la colina, me precipité hacia el lugar por donde su caballo
coronaría la cima. Allí el jinete perdería momentáneamente el equilibrio al
cargar su peso hacia delante para no resbalar por las ancas del animal. Y allí
se encontraría con mi espada.
Tegid adivinó mis intenciones y se dispuso a
encargarse del segundo guerrero antes de que éste pudiera auxiliar a su
compañero.
Me ardía la sangre en las venas y mi corazón latía
aceleradamente, pero mis pensamientos eran tan claros y precisos como mis
movimientos.
Estaba preparado para enfrentarme cara a cara con
el enemigo, para encararme con la encarnación más grotesca de la más terrible
de mis pesadillas. Estaba preparado para enfrentarme a la muerte en cualquiera
de sus más asquerosas manifestaciones. Pero no estaba preparado para ver lo que
vislumbraron mis ojos cuando el enemigo apareció en el círculo de resplandor de
la hoguera. Por un instante el demonio fue una sombra en movimiento; segundos
después, a la luz del fuego, tomó una apariencia inconfundible.
Al ver el rostro de mi atacante, dejé caer el
brazo.
Estaba dispuesto para enfrentarme a cualquier cosa,
pero lo que vi fue el rostro del paladín de Meldryn Mawr, de su jefe de
batalla, Paladyr, a quien había conocido en la corte del Soberano Señor.
Mi vacilación casi me costó la vida, porque
mientras bajaba la espada el guerrero me atacó lanza en ristre. Retrocedí dando
un grito, y la punta de la lanza de Paladyr refulgió. Al resplandor del fuego
vi que sus labios dejaban escapar un alarido de cólera. Su caballo, guiado por
las rodillas del jinete, se precipitó hacia mí con los ojos desorbitados, las
narices dilatadas y los cascos golpeando con violencia el suelo. Levanté el
escudo para protegerme y alcé la espada para blandirla en el momento en que me
viera sin protección. Aunque estaba dispuesto a defenderme, mi mente se afanaba
por encontrar un sentido a aquel extraño giro que habían dado los
acontecimientos: Paladyr aquí… y atacándome.
Pero ¿se trataba en realidad de Paladyr? ¿O acaso
un astuto demonio había adoptado su apariencia para confundirme y así poder
vencerme?
Aunque el enemigo que tenía ante mí no fuera un ser
humano, su cólera era indiscutiblemente real. Humano o no, quería matarme. Su
lanza chocó con el borde de hierro de mi escudo; el golpe estremeció los huesos
de mi brazo y mis rodillas flaquearon. Pero alcé la espada y rechacé con
habilidad el segundo lanzazo. La lanza se desvió hacia un lado, y vi el pecho
del hombre sin defensa.
Llevado por la cólera, mi atacante había descuidado
la guardia. Podría
haberle atravesado el corazón con la espada. Pero
me detuve a tiempo, pues no era un demonio.
—¡Paladyr! —grité—. ¡Detente!
La cólera que crispaba sus labios se relajó. Al
resplandor de la hoguera, vi que la perplejidad suavizaba sus facciones de
piedra. Miró a ambos lados y se dio cuenta de que Tegid y yo luchábamos solos.
Sus ojos vislumbraron las ruinas sembradas por doquier, iluminadas por el fuego
de la almenara, y su confusión aumentó.
—¡Detente, Tegid! —volví a gritar—. ¡Son los
nuestros!
Tegid desistió de atacar al segundo guerrero y
corrió a mi lado.
—¡Paladyr! —exclamó—. ¿No me conoces?
El reconocimiento iluminó los ojos del guerrero.
Alzó la mano a modo de saludo, pero continuó apuntándonos con la lanza.
—¿Tegid? —dijo—. ¿Cómo tú por aquí, hermano?
Tegid dejó caer la lanza a sus pies. El paladín del
rey arrojó a su vez la suya y gritó a los otros guerreros que depusieran las
armas. Desmontó y se acercó a nosotros.
Miró el fuego de la almenara y luego la destruida
fortaleza. La contempló largo rato, visiblemente emocionado.
—¿Qué ha sucedido aquí? —inquirió, cuando por fin
pudo articular palabra.
La sencilla pregunta encerraba toda la angustia del
mundo. Sus compañeros, aún montados a caballo, contemplaban la devastación
aturdidos, mudos.
—Sycharth ha sido destruida —contestó Tegid,
acercándose a Paladyr—. Nuestros conciudadanos han muerto. Puedes buscar por
donde quieras, que todos han cruzado el negro umbral de la muerte. No
encontrarás un ser vivo en todo el territorio.
Paladyr se pasó la manaza por los ojos. Se tambaleó
y le tembló la mandíbula, pero no se derrumbó ni lloró. Entonces me di cuenta
de lo fatigado que estaba. Debían de haber cabalgado durante muchos días.
—Vimos la almenara —explicó el paladín—. Creímos…,
creímos que el caer estaba… —Logró dominarse, se dio la vuelta y montó a
caballo—. El rey debe ser informado.
Enfiló el sendero y desapareció en la oscuridad.
—Entonces, el rey está vivo —observó Tegid.
Y, en efecto, Meldryn Mawr en persona compareció
ante nosotros momentos después; ojeroso y con los ojos enrojecidos por la falta
de sueño, pero era él. Con una pequeña escolta de guerreros apareció en la
destruida puerta, desmontó y procedió a recorrer la arrasada fortaleza.
Al resplandor del fuego lo vi moverse despacio y
solo entre las ruinas. Al principio soportó valientemente el horror, pero la
devastación era demasiado tremenda. Cuando llegó a los carbonizados y
derrumbados restos de su palacio, avanzó vacilante hasta la chimenea, cayó de
hinojos y, cogiendo un puñado de empapadas cenizas, se las echó por la cabeza.
Un alarido de ira le arañó la garganta, un grito de insoportable dolor,
angustia y pena que brotaba de lo más profundo de su corazón. Los guerreros,
que habían comenzado a murmurar palabras de venganza, enmudecieron ante la
desesperación de su rey.
Después de cierto tiempo nos acercamos a él. Tenía
el rostro tiznado, y las lágrimas derramadas habían dibujado surcos en sus
mejillas. Se puso en pie cuando nos acercamos. La tristeza de sus ojos y de su
voz me rompió el corazón.
—¿Dónde está Ollathir? —preguntó con una voz tan
apacible que me hizo suponer que adivinaba la respuesta.
—Yace en un túmulo mortuorio, en Ynys Bàinail
—respondió Tegid.
El rey asintió lentamente y me miró.
—¿Quién es este hombre?
No me reconocía porque en realidad sólo nos
habíamos visto una vez hacía muchísimo tiempo. Le habría contestado yo mismo,
pero no me había dirigido la pregunta a mí.
—Es el hombre errante a quien enviaste a que se
convirtiera en un guerrero —repuso Tegid—. Estaba junto a Ollathir cuando
murió.
Pese a la emoción y dolor que lo embargaban, el rey
me dio la bienvenida.
—Puesto que Ollathir nos ha dejado, Tegid Tathal se
ha convertido en mi jefe de Canción. Por tanto, tú te has convertido en su
espada y en su escudo. No te separes jamás de él. Nos hará mucha falta un bardo
en los días que se avecinan. Protégelo, guerrero.
—Lo haré con mi propia vida, Soberano Señor
—contesté.
El rey alzó la mano hacia Tegid.
—Tú, brehon, eres todo lo que me queda de mi reino.
Desde esta noche serás mi bardo y mi voz. Puesto que las voces de mi pueblo han
enmudecido, la mía también callará. En verdad te digo que hasta que las voces
de mis súbditos no vuelvan a oírse en este lugar, no tendré voz.
El rey alzó la cabeza y escrutó las negras ruinas
de su fortaleza, en otros tiempos poderosa. Permaneció inmóvil unos momentos
contemplando el horror y la devastación de la muerte, como para grabarlos en su
mente. Luego se alejó, montó a caballo y comenzó a descender por el sendero.
Mientras los demás guerreros enfilaban despacio el
camino, Tegid y yo fuimos en busca de nuestros caballos.
—Levanta ese ánimo, Tegid —le dije—. Hemos
conjurado a la muerte por un tiempo.
—Hemos cambiado una tumba por otra —murmuró—. Pero
eso es todo.
—¡Qué lúgubre! —repliqué, mientras resonaban en mis
oídos las dulces palabras de Goewyn—. Todavía estamos vivos. ¿Por qué imaginar
lo peor?
El bardo soltó un gruñido desdeñoso, pero por lo
menos reaccionó. Desatamos a los caballos y montamos. Twrch, temblando de
excitación por la lucha y el fuego, ladró vigorosamente cuando lo coloqué en mi
regazo, y abandonamos el caer.
27
LA HUIDA A FINDARGAD
Acompañado
por su banda
de
guerreros, el Soberano Señor recorrió sus dominios:
Caer Dyffryn, Cnoc Hydd, Yscaw, Dinas Galan, Caer Carnedd. En todos los
asentamientos y poblados contempló la perversa destrucción con el silencio
pétreo de una montaña, remoto e impenetrable en su aflicción. Nadie podía
conocer los pensamientos del rey, porque no hablaba con nadie, sino que se
limitaba a contemplar la carnicería y la devastación con mirada impávida.
Los guerreros pedían a gritos justicia, soltaban
alaridos de venganza. Los embargaba la ira. En cada uno de los lugares
destruidos, ante aquella atroz desolación, se renovaban sus gritos de venganza.
Como perros enloquecidos que aúllan ansiosos de sangre, llenaban los aires de
bramidos, gritos, insultos y maldiciones, urgiendo al rey a cabalgar en pos del
enemigo. Imaginaban que podían combatirlo con espadas y lanzas.
Pero el rey lo conocía mejor. Cuando hubo visto
bastante, Meldryn se alejó de la desolación de sus tierras y, ante la decepción
de sus guerreros, tomó el camino de Findargad, su fortaleza rodeada de hielo,
que se alzaba en el vasto corazón de las elevadas cumbres del norte, en las
montañas de Cethness. Allí planeaba congregar lo que quedaba de su pueblo. En
efecto, por alguna incomprensible fortuna, aún quedaban supervivientes. Unos
cuantos poblados habían escapado a la aniquilación: los más pequeños y recónditos,
adonde no había llegado la Hueste Demoníaca. Quizás en el frenesí de la
destrucción no los habían visto o los habían juzgado insignificantes. Por eso,
cuando Meldryn Mawr abandonó las tierras bajas y tomó el camino de Findargad,
seiscientas almas lo seguían.
De los seiscientos, unos ciento cincuenta eran
guerreros a caballo. Los demás eran granjeros y artesanos de los poblados. En
los poblados todavía habitados reuníamos las provisiones que podíamos acarrear
y seguíamos adelante. Necesitábamos víveres y ropa para soportar el largo viaje
hacia el norte. Nos veíamos obligados a viajar deprisa y en silencio para no
atraer la
atención de Nudd, de modo que no podíamos cargar
con demasiado equipaje ni embarazar la marcha con carros empujados por bueyes.
Aunque tuviéramos que pasar hambre, por lo menos viajaríamos con rapidez.
En Yscaw, sobre los bancales del Nantcoll, un río
que nacía en el nevado corazón de las montañas de Cethness, Tegid levantó un
ogam, un poste de roble pulido por un lado y grabado con letras del alfabeto
ogam, para revelar a cualquiera que nos siguiera que habíamos sobrevivido.
Luego avanzamos por los bancales siguiendo el curso
del agua que descendía desde las montañas de Cethness. Sollen, la más cruel de
las estaciones, no tenía piedad de nosotros, excepto en un aspecto: el frío
había helado las aguas de la ribera y nos permitía avanzar a buen paso sin
dejar apenas huellas.
De la mañana a la noche nos afanábamos sin cesar.
Hacer avanzar a tanta gente con rapidez y en silencio era una tarea ardua.
—Es imposible —gruñía Tegid—. Sería más fácil
apacentar un banco de salmones con una vara de sauce.
Tenía razón de sobra para quejarse. Lo peor del
trabajo recaía sobre el bardo, porque el rey sólo hablaba con él, que
permanecía siempre junto a Meldryn; y, como a mí me habían ordenado ayudarlo,
yo también estaba muy ocupado.
Abrumado por mis responsabilidades y por el
juramento de proteger a Tegid, hasta la tarde de la tercera jornada hacia el
norte no supe que Simon estaba todavía vivo. A decir verdad, no había pensado
en él desde que abandoné Ynys Sci. Desde entonces habían sucedido tantas cosas
que no había tenido tiempo de pensar en mí mismo, y mucho menos en mi antiguo
amigo.
Pero de pronto lo vi entre el séquito de guerreros
del príncipe Meldron. Y la sorpresa de volver a verlo me enfrentó con la dura
realidad del lugar donde estaba y la forma como había llegado hasta allí. En
aquel preciso instante, comprendí cómo se había sentido Simon al descubrirme
aquel día ya lejano en el campo de batalla. Recordé con tremenda lucidez que
era un extranjero, un intruso, y que estaba viviendo en un mundo que no era el
mío.
Simon no me vio, así que pude observarlo un rato
antes de ir a su encuentro. Viajaba con el príncipe Meldron, que, según me
dijeron, había
seleccionado un grupo de elite entre los guerreros;
la Manada de Lobos, los llamaba. Tenían la misión de proteger nuestra huida y
se habían apostado en la retaguardia de la columna, para enfrentarse a
cualquier perseguidor; por eso no había visto a Simon antes. Mi amigo se había
ganado un lugar de honor en la Manada de Lobos del príncipe. Sólo había que ver
el trato deferente que recibía de sus compañeros para darse cuenta.
Había engordado un poco, pero era todo músculo,
sobre todo en brazos y hombros. Sus espaldas eran anchas y sus piernas muy
robustas. Lo observé mientras se movía entre sus compañeros de armas y reconocí
la misma seguridad en sí mismo que siempre había ostentado, aumentada ahora por
las victorias que había conseguido al servicio del príncipe. Había ascendido a
jefe de batalla y desde luego lo parecía con sus largas melenas recogidas en
una cola bajo la nuca. Vestía unos breecs de lino de color azul, un siarc
amarillo chillón y un manto azul y verde. No llevaba torques, pero sí cuatro
brazaletes de oro y anillos también de oro en ambas manos.
Aunque tuve una desagradable impresión al verlo, me
alegré de que estuviera vivo, pese a los cambios que había experimentado
durante nuestra separación. En efecto, ya no era el hombre alegre que yo había
conocido, sino un guerrero celta de los pies a la cabeza. Seguramente Simon
podría decir lo mismo de mí, porque yo también había experimentado una
transformación similar.
Cuando lo hube observado a placer, me dirigí a
donde estaba sentado sobre una piel de ternero roja, en torno a una pequeña
hoguera que compartía con tres compañeros.
—¡Simon!
Al oír su nombre volvió hacia mí la cabeza. Me miró
unos instantes y de pronto me reconoció.
—¡Lewis!
—¡Vaya!, veo que todavía te acuerdas de mí.
Se levantó y se quedó de pie ante mí sin cogerme
los brazos con el saludo habitual entre hombres.
—Me alegro de verte, amigo. Oí decir que habías
vuelto.
Aunque su tono era afable y animado, noté una
contenida frialdad en su
bienvenida y supe que no se alegraba en modo alguno
de verme.
—Tenía la intención de ir a saludarte —añadió.
Mentía, pero fingí no darme cuenta.
—Tienes un aspecto estupendo, Simon.
Ladeó la cabeza como tratando de decidir qué hacer
conmigo; luego se echó a reír.
—Parece que han pasado siglos desde que nos vimos
por última vez — comentó—. ¿Cómo te fue por la isla? He oído decir que Scatha
tiene unas hijas encantadoras.
Soltó otra carcajada; sus compañeros sonreían y se
daban codazos.
—Es cierto —repuse—. ¿Qué ha sido de tu vida,
Simon? Veo que has progresado.
Frunció el entrecejo y me miró fijamente unos
instantes.
—Ahora me llamo Siawn Hy —me corrigió, mientras el
orgullo y la ironía asomaban a sus ojos y alzaba amenazadoramente la mandíbula.
Miré el rostro del hombre que había conocido tan
bien en otros tiempos y que ahora me resultaba un completo desconocido. Había
cambiado bastante más que en el nombre.
—Parece que a ti también te ha ido bien —añadió.
—Sigo con vida.
—Siempre has sido para mí una fuente de sorpresas
—replicó con viveza.
—Todos nos hemos llevado unas cuantas estos últimos
días —repuse yo
—. No tenía intención de molestarte.
Pareció distenderse y aceptó mis disculpas.
—¡Olvídalo! —dijo en voz muy fuerte—. ¡No me has
molestado, ni muchísimo menos! —Sus palabras parecían dirigidas más a sus
compañeros que a mí—. Siéntate con nosotros y comparte nuestra hoguera. Siempre
es grato recibir a un hermano de armas.
Los guerreros se apresuraron a dejarme sitio. Me
senté con ellos y por unos instantes me sentí un camarada más. Me asombró con
qué rapidez me
aceptaban y caí en la cuenta de que debían de
haberme visto con Tegid y el rey, y que sin duda suponían que gozaba de una
elevada posición.
—Dicen que estabas con Ollathir cuando murió
—comentó el guerrero sentado al otro lado del fuego, frente a mí.
Era la fórmula acostumbrada para hacer
averiguaciones: mediante la alusión indirecta a un hecho, atribuida a un sujeto
impersonal.
—Estaba allí —respondí lacónicamente, porque era un
tema del que no quería hablar.
—Era un gran bardo —acotó el guerrero sentado junto
a Simon—. Un verdadero rey en su menester. Echaremos de menos sus consejos.
—Es cierto —terció otro—. Sycharth no habría caído
si él hubiera estado allí.
Capté la tristeza de los guerreros; no era mayor
que la mía, pero el horror de la destrucción estaba todavía fresco en sus
mentes y se esforzaban por imaginar la enormidad de la pérdida.
Uno de los guerreros volvió a dirigirse a mí.
—Dicen que tú y Tegid encendisteis la almenara.
¿Dónde estabais cuando destruyeron el caer? ¿Lo presenciasteis?
La pregunta llevaba implícita la insinuación de que
Tegid y yo no habíamos hecho nada para salvar la fortaleza.
—No —contesté—. Igual que vosotros, Tegid y yo
llegamos más tarde. A propósito, ¿dónde habíais ido vosotros que no os
encontrabais allí para proteger a vuestra gente?
Con esta pregunta había puesto el dedo en la llaga.
Todos pestañearon y miraron hoscamente las llamas. Uno de los guerreros, un
hombre llamado Aedd, habló en nombre de sus compañeros.
—Habríamos muerto con gusto mil veces con tal de
salvar a uno solo de los nuestros.
—Diez veces mil —añadió el guerrero sentado a su
lado—, si hubiéramos estado allí…
Yo no podía disipar su aflicción, pero sí
aliviarla.
—No habría servido de nada —les dije—. He visto al
enemigo y os puedo asegurar que hubieseis sido asesinados como los demás.
—¿Quién es? —quisieron saber súbitamente coléricos,
levantándose de un salto como si se dispusieran a coger las armas y a salir
cabalgando—. ¿Quién sembró tanto horror?
Antes de que yo pudiera responder, Simon les
ordenó:
—¡Sentaos! Habéis visto Caer Dyffryn, Yscaw y Dinas
Galan. No habríamos podido hacer nada.
—Quizá tengas razón —replicó Aedd volviendo a
sentarse—. Pero un guerrero que fracasa en proteger a su pueblo es peor que un
cobarde. Ojalá hubiéramos muerto con nuestro pueblo.
—Vuestra presencia allí no habría servido de nada
—repetí con tanta convicción como pude—. No hay mérito alguno en una muerte
inútil.
—Bien dicho —asintió Simon con rapidez—. Los
muertos no pueden hacer nada. Pero los vivos tenemos la oportunidad de vengar a
los nuestros.
Todos se mostraron de acuerdo y juraron
solemnemente matar a todos los enemigos que pudieran cuando llegara el día de
ajustar cuentas. Todavía no entendían la desesperanza de nuestra situación,
pero no tuve valor para desilusionarlos; pronto sabrían la verdad.
Los guerreros aceptaron el pequeño consuelo que yo
les ofrecía.
—La deuda de sangre que debe ser cobrada es enorme
—observó Aedd—. Sin embargo, me avergüenza no haber estado con los míos en la
hora de su aflicción.
—Eso es precisamente lo que queríamos evitarles —le
recordó Simon.
—Cuando Tegid y yo llegamos al caer —dije volviendo
a mi pregunta inicial—, pensamos que todos vosotros estabais muertos. No se nos
ocurrió qué podía haberos hecho abandonar el caer.
—Nos dirigíamos a las montañas —repuso Aedd.
Y a continuación explicó cómo había llegado la
noticia de una invasión desde la costa sudoeste. Con la idea de prevenir el
ataque, el rey había reunido a los guerreros y había abandonado el caer.
Cabalgaron largo trecho para proteger el reino, pero no vieron invasor alguno y
después de varias
jornadas, como el tiempo empeoraba, regresaron al
caer.
—Cuando vimos la almenara, pensamos… —Aedd se
interrumpió de pronto, incapaz de continuar su relato.
El suave crepitar del fuego y el suspiro del viento
producían en nuestros oídos un melancólico sonido. Al cabo de unos momentos,
Simon dijo:
—Oídme, hermanos. La deuda de sangre será saldada.
Vengaremos a nuestros muertos. El enemigo morderá el polvo bajo nuestros pies.
Pese a las bravas palabras de Simon, el dolor de
los guerreros era demasiado profundo como para encontrar alivio en ellas. Con
el tiempo, las arengas volverían a encender en sus corazones la llama del
valor; se animarían y sus almas rebosarían coraje. Pero ahora todavía no, esa
noche no. Durante esa noche y otras muchas, el lamento por los muertos colmaría
sus almas y sus corazones seguirían llorándolos amargamente.
Los dejé con su aflicción y regresé junto a Tegid y
el rey. El príncipe Meldron estaba con ellos, intentando inútilmente arrancar
de su padre alguna palabra. Acabó dándose por vencido ante el mutismo del rey.
—Habla con él, Tegid —le pidió antes de marcharse—.
A lo mejor a ti te escucha. Dile a mi padre que no podremos llegar a Findargad
en estas condiciones. Está demasiado lejos y hace mucho frío. Los desfiladeros
de las montañas estarán cerrados por la nieve. Perderemos la mitad de nuestra
gente antes de que divisemos las torres. ¡Díselo, Tegid!
—Ya se lo he dicho —murmuró Tegid cuando Meldron se
hubo marchado
—. No me hará caso.
—¿Es de verdad tan peligroso? —pregunté. Tegid
asintió gravemente.
—Las montañas de Cethness son altas y los vientos
de sollen, muy fríos. El príncipe está en lo cierto al decir que muchos morirán
antes de que lleguemos a la fortaleza.
—Entonces ¿por qué vamos?
—No puedo hacer nada para evitarlo —repuso con
tristeza Tegid—. Son órdenes del rey.
Me hacía cargo de la situación, por eso no me
molesté en plantearle la
más evidente y perturbadora de las preguntas: si la
poderosa Sycharth no había podido proteger a su pueblo, ¿por qué los muros de
piedra de Findargad iban a lograr hacerlo? ¿De qué servían las espadas y las
lanzas contra un enemigo que no podía ni sentir el dolor ni morir?
Como tan tétricamente había sugerido Tegid,
habríamos podido permanecer en Sycharth y ahorrarnos la dureza y la fatiga de
un viaje por las montañas, porque al fin y al cabo una tumba es semejante a
otra cualquiera y cuando Nudd nos atacara no podríamos detenerlo, doquiera que
estuviéramos.
Y, no obstante…, no obstante, un ligero destello de
esperanza ardía en el borde de mi conciencia, como una luciérnaga al alcance de
la mano. Estaba allí y de pronto desaparecía. Estaba a punto de asirla y se
escapaba; me quedaba quieto y se me acercaba. Pero, por mucho que lo intentaba,
no lograba aprehenderla.
Sin embargo, no podría descansar hasta que hubiera
asido aquella esperanza, por pequeña que fuera. Aquélla noche, me alejé del
calor del fuego del rey y me adentré solo en un bosquecillo, dispuesto a
permanecer en vela hasta lograrlo. Allí permanecí toda la noche apoyándome de
vez en cuando en los alisos del soto, escuchando cómo las ramas se movían con
las ráfagas heladas del viento, mientras las estrellas brillantes como
cuchillos titilaban en el oscuro cielo de sollen. Aguardé toda la noche. Y,
cuando la luna desapareció tras las colinas, no había obtenido resultado
alguno.
Entonces, cuando la tétrica alba verde-gris levantó
la cortina de la noche en el este, la evasiva presa que perseguía se me acercó:
si Nudd era tan poderoso, ¿por qué había tenido que alejar al rey de la
fortaleza antes de destruirla?
Los coranyid no habían atacado Sycharth y los demás
poblados del reino mientras el rey permaneció en la fortaleza. La destrucción
sobrevino después de que Meldryn hubo sido alejado con un engaño. Me parecía
que algún tipo de poder había impedido el espantoso ataque de Nudd mientras el
rey permanecía junto a su pueblo. A pesar del horror que los coranyid habían
sembrado, la aniquilación no había sido total. Incluso me atrevía a pensar que
aun ahora estábamos a tiempo de evitarla. Pero ¿cómo?
Mientras los primeros rayos de la luz del día
extendían un pálido resplandor por el cielo, oí de nuevo la voz de la banfáith,
clara y firme como si otra vez la tuviera ante mí: «Antes de que el Cythrawl
pueda ser abatido,
hay que restaurar la Canción».
¿Era ésa la esperanza que había estado buscando?
Parecía improbable, porque también la profetisa había dicho: nadie conoce la
Canción, excepto el Phantarch. ¿Cómo podía ser recuperada la Canción de Albión
si sólo la conocía el Phantarch y éste había muerto?
Era un acertijo sin sentido.
Estuve dándole vueltas durante las largas horas del
día neblinoso y también durante la helada noche, arrebujado en el manto ante la
pequeña hoguera. Pero el acertijo seguía mordiéndose la cola, y yo no era capaz
de encontrarle sentido.
—Tegid —dije en voz baja—, he estado pensando.
Twrch dormía a mis pies, el rey descabezaba un
intranquilo sueño tendido en una piel de buey, y Tegid estaba sentado a mi
lado, mirando fijamente las llamas y meditando en silencio.
El bardo soltó un gruñido sin separar los ojos del
fuego.
—¿Dónde está el Phantarch?
—¿Por qué darle más vueltas? —musitó irritado—. El
Phantarch ha muerto.
—Escúchame un momento —insistí— he estado meditando
y no hablo sólo para distraerme con el sonido de mi voz.
—Muy bien. Habla —dijo a regañadientes.
—La banfáith me dijo muchas cosas —comencé, pero
Tegid se apresuró a interrumpirme.
—¡Vaya! La banfáith te dijo muchas cosas…, y tú me
has dicho muy pocas —observó en tono hosco—. ¿Has decidido de pronto compartir
con alguien tu escondido tesoro?
Las palabras de la banfáith eran todavía un
misterio para mí y aún tenía miedo de ellas y de su significado. Pero, a medida
que los días pasaban y la desesperanza de nuestra situación se hacía más
evidente, disminuyó la preocupación que sentía por mí mismo. No eran momentos
para egoísmos y secretos. Ahora Tegid era el Bardo Supremo, de modo que debía
decirle lo que sabía. Quizás él le viera un sentido.
—Tienes derecho a censurarme, Tegid —reconocí—. Te
lo contaré todo.
Así comencé a relatarle lo que la profetisa me
había dicho acerca del Phantarch y de la Canción de Albión; al principio con
ciertas reservas, pero después las palabras se atropellaban y salían a
borbotones de mi boca. Le hablé de la destrucción y del cataclismo que se
avecinaban y de la búsqueda de un paladín. Le hablé de Llew Mano de Plata, de
la Bandada de Cuervos, de la hazaña heroica al final del Año Grande y de todo
lo que recordaba, tal como me lo había dicho la banfáith.
Cuando hube terminado, Tegid no levantó la cabeza,
sino que siguió contemplando con toda calma el fuego.
—Me parece que pese a los portentos de la profecía
quizá tengamos un futuro —comenté.
Pero Tegid no encontró alivio alguno en aquello que
le había contado.
—Estás equivocado —replicó—. El futuro que
hubiéramos podido tener, nunca se hará realidad. El Cythrawl tiene demasiada
fuerza en la tierra; Nudd se ha hecho demasiado poderoso.
—Entonces ¿por qué confiar en una profecía?
Tegid se limitó a sacudir la cabeza.
—No te comprendo, Tegid. Te lamentabas porque no te
había contado la profecía de la banfáith, y, cuando te la cuento, todo lo que
haces es quejarte de que es demasiado tarde. Antes de que el Cythrawl sea
abatido, hay que restaurar la Canción; ésas fueron sus palabras. Me parece que
tenemos que encontrar al Phantarch.
—El Phantarch ha muerto; lo sabes muy bien.
—¿Y con él la Canción?
—Naturalmente, y con él la Canción. ¿Cómo podía ser
de otro modo? El Phantarch es el instrumento de la Canción, y la Canción no
existe sin el Phantarch.
—Pero ¿dónde está?
—Tú tienes el awen de Ollathir, no yo —me espetó.
—¿Qué quieres decir con eso?
Murmuró algo ininteligible e hizo ademán de
marcharse, pero lo retuve.
—Por favor, Tegid, estoy tratando de entender.
¿Dónde está el Phantarch?
—No lo sé —respondió, y me explicó que, para
proteger la Canción, la sede del Phantarch estaba escondida y su situación se
mantenía en secreto—. Sólo el penderwydd sabe dónde se esconde el Phantarch.
Ollathir lo sabía, pero Ollathir ha muerto.
—¿Y murió sin confiarte el secreto?
—¡Sí, sí! —Se levantó de un salto y alzó los puños
por encima de su cabeza—. ¡Sí, Llyd! Por fin has colegido esta importante
verdad: el Phantarch ha muerto, Ollathir ha muerto, la Canción ha muerto, y muy
pronto también nosotros moriremos.
El rey se agitó en sueños; Tegid vio que su
exabrupto había perturbado al monarca y bajó los puños.
La profecía era un cruel engaño, un despiadado
ardid. Sentí que la frágil esperanza a la que me había asido comenzaba a
desvanecerse. No se podía vencer al Cythrawl sin la Canción, y no existía la
Canción sin el Phantarch. Pero éste había muerto y, para colmo de males, la
única persona que sabía dónde encontrarlo también había muerto.
—Repíteme ahora que aún nos queda alguna esperanza
—dijo Tegid en un tembloroso susurro.
Las fuerzas lo abandonaron, y se dejó caer al
suelo.
—El rey está vivo —repliqué—. ¿Cómo no va a
quedarnos una esperanza, si el rey está vivo? Tú también estás vivo, y yo. Mira
a tu alrededor; ahí tienes a centenares de los nuestros dispuestos a combatir
una vez más. ¿Por qué Nudd ha sido incapaz de matar a nuestro rey? ¿Por qué ha
atacado sólo a los poblados sin protección?
A medida que hablaba, mis propias palabras me
convencían de que algo o alguien separaba a Nudd de la victoria definitiva.
—Escúchame, Tegid, si yo fuera tan poderoso como
dices que es Nudd, habría matado primero al rey y así su reino sería mío. ¿Por
qué él no lo ha hecho?
—¡No lo sé! Pregúntaselo a él…, pregúntaselo a Nudd
cuando te lo
encuentres.
—Los coranyid atacaron sólo después de que el rey
se marchó. ¿Por qué?
—¡Y yo qué sé! Quizá Nudd desea prolongar su
diversión con el bello espectáculo de nuestros vanos esfuerzos para huir.
—¿Así que seguimos con vida sólo para regodeo de
Nudd? No lo creo.
—¡Puedes creerlo! Seguimos con vida para regodeo de
Nudd. Y, cuando le plazca matarnos, nos matará como ha matado a todos los
demás.
—¿Y al rey le place que muramos en Findargad? —lo
desafié.
—¡Ni más ni menos! Al rey le place que muramos en
Findargad, y yo sirvo al rey.
Fueron las últimas palabras de Tegid. Pero,
mientras aquella noche yacía insomne junto al fuego, estas palabras de la
banfáith alimentaban mi esperanza: «Caledon se salvará, la Bandada de Cuervos
acudirá en tropel a sus umbrías cañadas y el graznido será su canción».
Y, en tanto contemplaba el resplandor de las
llamas, tuve una visión entremezclada con el color rojo y oro de los rescoldos:
vi un soto de verdes robles y bajo sus ramas de frondosas hojas un montículo
recubierto de yerba. Sobre el montículo había un trono hecho de cornamenta de
ciervo y adornado con la piel de un buey blanco. Y en el respaldo del trono
estaba posado un enorme cuervo, negro como una noche sin luna, con las alas
extendidas y el pico abierto, que aturdía el silencio con una canción aguda y
estridente pero, sin embargo, extrañamente hermosa.
28
LA CACERÍA
Como
enloquecida por nuestra
huida, la estación del hielo nos acosó por valles y
riberas atronando el mundo con su furioso bramido. Sollen se convirtió en un
enemigo al que había que combatir, un adversario que se hacía más y más fuerte
en tanto nosotros íbamos debilitándonos. Pese a ello, seguíamos adelante.
Cuando llegamos al pie de los altos picos, todos coincidieron en afirmar que
este año las inclemencias de sollen eran las más duras que jamás habían
conocido; nunca el viento, la lluvia, la nieve y el frío habían sido tan salvajes
y brutales. No había día en que no nevara. Y, mientras la nieve se iba
acumulando en torno, nuestra marcha se hacía más lenta.
Encontrar leña para alimentar los fuegos del
campamento se convirtió en una verdadera obsesión. A menudo teníamos que
detenernos antes de la caída de la tarde, a veces incluso a media jornada, a
buscar y recoger leña para calentarnos por la noche. Cargábamos con todo lo que
podía arder. Todavía nos quedaba suficiente comida, sólo porque cada vez
comíamos menos. Para llenar nuestros estómagos vacíos comíamos nieve cuando nos
caíamos durante la marcha. Los guerreros iban ahora a pie, para dejar sus
caballos a los niños y a las madres con criaturas pequeñas que no podían andar
por la nieve. Tuvimos que envolver en trapos y pieles las patas de los caballos
y también nuestras piernas para que no se helaran; caminábamos de dos en dos a
cada lado de un caballo para que nadie cayera al suelo sin que los demás lo
notaran.
Yo llevaba a Twrch bajo el manto porque de otro
modo se habría hundido en la nieve y no cesaba de bendecir el calor que me
procuraba su cuerpecillo. Le daba de comer de mi ración o conseguía
desperdicios con los que se alimentaba a los perros de caza. Por la noche
dormía a mi lado y así nos dábamos mutuamente calor.
—Nunca había tenido tanto frío —le dije a Tegid un
día cuando nos detuvimos a hacer agujeros en el suelo para que los caballos
bebieran.
—Ahórrate el aliento —repuso con amargura—. Todavía
no ha llegado lo peor.
—Lo peor perderá el tiempo conmigo —repliqué, con
la esperanza de alegrar su mal humor—. Estoy tan helado de la cabeza a los pies
que no notaré la diferencia.
Se encogió de hombros y siguió trabajando. Cuando
hubimos hecho un agujero suficientemente grande, despejé los pedazos de hielo
del agujero. Por unos momentos el agua me calentó los dedos, pero enseguida
volvieron a entumecérseme. Acercamos los caballos al agujero y mientras bebían
le pregunté:
—¿Cuánto falta, Tegid? ¿Cuántas jornadas quedan
hasta llegar a la fortaleza?
—No podría decirlo.
—Pero debes de tener alguna idea.
Sacudió la cabeza gravemente.
—No lo sé. Nunca he hecho este viaje con nieve.
Ahora avanzamos con mucha más lentitud que al principio, e incluso entonces
íbamos bastante despacio. Si comienzan a fallarnos las fuerzas en los
desfiladeros, iremos aún más lentamente.
—Quizá mejore el tiempo —observé—. Nos vendrían muy
bien unos cuantos días de bonanza.
Tegid echó una ojeada al cielo que presentaba el
mismo aspecto que en los últimos días: oscuro, cargado de densas y grises nubes
de nieve.
—No —dijo—. No creo que mejore. Es más, estoy
comenzando a pensar que la estación de nieve no acabará hasta que Nudd sea
derrotado.
—¿Es posible?
La perspectiva de un invierno interminable me
habría parecido absurda, si no hubiera sido porque cada día que pasaba se hacía
más evidente.
—Una inconmensurable maldad ha invadido Albión
—declaró el bardo con voz solemne—. Cualquier cosa puede ocurrir.
Aunque odiaba tener que admitirlo, en el fondo de
mi corazón sabía que
Tegid estaba en lo cierto. Nudd y su Hueste de
Demonios se habían apoderado de Albión, y el odio del helado corazón de Nudd
asolaba la tierra, aullando en el viento furioso y bramando en el cortante
hielo y en la cegadora nieve.
—¿Se lo has dicho a alguien?
Tegid, ocupado con los caballos, no me contestó.
—Deberías decírselo al rey por lo menos.
—¿No crees que lo sabe de sobra?
Después de abrevar los caballos, proseguimos la
marcha, pero con los corazones angustiados por la tremenda perspectiva. Los
días se fueron sucediendo. El terreno fue haciéndose más abrupto, el camino más
estrecho y por tanto más difícil de seguir. Avanzábamos cada vez menos; aunque
nos levantábamos más temprano, teníamos que detenernos más a menudo y no
recuperábamos el tiempo perdido. Sin embargo, no todo estaba contra nosotros.
En efecto, a medida que las colinas iban siendo más escarpadas y rocosas, los escasos
matorrales de las mesetas iban dando paso a los bosques. Podíamos conseguir
toda la leña que necesitábamos y por primera vez desde que abandonamos las
ruinas de Sycharth no pasábamos frío por las noches.
Además, los gamos que habían abandonado las
praderas parecían haberse refugiado en los bosques. Comenzamos a ver huellas de
animales en los vericuetos del bosque y de vez en cuando divisábamos el reflejo
gris de un lobo que se escabullía sigilosamente entre los árboles. El príncipe
Meldron formó una partida de caza que comandaba en persona. Al principio los
cazadores no tuvieron suerte. Pero, cuando el bosque se hizo más espeso y los
gamos más abundantes, los esfuerzos del príncipe comenzaron a dar frutos. Con
bastante frecuencia teníamos carne asada de jabalí y de ciervo para llenar
nuestros estómagos.
Un día, mientras estábamos acampando, un pequeño
grupo de cazadores salió en busca de algún gamo. No hacía mucho que se habían
marchado cuando uno de ellos regresó al campamento.
—¡Deprisa! —gritó—. Necesitamos seis guerreros más.
—¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? —preguntó Tegid.
—Hemos encontrado el rastro de un uro —explicó el
cazador—. El
príncipe Meldron me ha enviado a buscar seis
guerreros más para que se unan a la partida.
—Yo iré —me ofrecí.
Comencé a sentir una extraña excitación mientras en
mi memoria se atropellaban recuerdos hacía tiempo olvidados. Un uro…
—Escoge a cinco más —indicó Tegid al cazador—. Yo
me quedaré con el
rey.
No faltaron voluntarios, y en un momento montamos a
caballo y volamos tras nuestro guía. Cabalgamos por una vereda de cazadores que
se adentraba en el bosque. Gracias a la protección de los árboles no se había
acumulado demasiada nieve y podíamos avanzar a bastante velocidad. Al cabo de
poco tiempo, nos reunimos con el príncipe y su partida: cuatro cazadores, entre
los que estaban Simon y Paladyr, y tres sabuesos.
—Aquí encontramos el rastro —dijo el príncipe
señalando la nieve con la punta de su espada.
Por las huellas que había dejado en la nieve era
evidente que una enorme y pesada criatura había pasado por la vereda. Junto a
las huellas grandes se veían otras un poco más pequeñas. Eran dos animales.
Miré hacia donde se dirigían las huellas, pero, como la vereda trazaba una
curva y el bosque se espesaba, no vi absolutamente nada.
—Las huellas son recientes —observó el príncipe—.
Los animales deben de estar a escasa distancia. Soltaremos los perros. Tened
prontas las lanzas.
Volvió grupas y gritó:
—¡Soltad los perros!
Libres de sus correas, los tres perros, los únicos
que quedaban de la jauría del rey, se lanzaron tras la presa. Azuzamos a los
caballos para que galoparan tras ellos. El viento helado nos golpeaba el rostro
y los cascos de los caballos levantaban una lluvia de nieve. Cabalgamos por la
vereda con las lanzas en ristre cortando el frío aire.
La estrecha vereda trazaba una curva y al salvarla
vimos que el camino terminaba a poca distancia en una mambla de piedra. Peñas
cubiertas de musgo formaban un muro dentado y mellado en la cima del pequeño
montículo. Y ante aquel montículo de color gris-verdoso había dos uros, dos
formidables ejemplares, uno adulto y el otro más
joven —supuse que una madre y su cría—, aparentemente exhaustos.
El animal más pequeño era un joven toro enorme,
lustroso y negro con una enorme jiba que se alzaba como una colina oscura en la
vasta llanura de su lomo. La madre era aún mayor, una imponente montaña de
carne y pellejo, pezuñas y cuernos. Separadas del rebaño, las bestias se habían
ido debilitando de hambre y sed; habían ido a parar a la vereda de cazadores y
les había fallado el instinto para percibir el peligro. Aquéllos animales
apenas sabían lo que era un depredador; eran los reyes del bosque y casi nunca
eran acosados, ni siquiera por los lobos, que sólo atacaban a los animales
viejos y enfermos.
En cuanto divisaron a las bestias, los perros se
pusieron a ladrar. Llenaron el aire de aullidos largos y agudos cuyo eco se
propagó por la vereda. Al primer ladrido los uros hicieron amago de huir, pero
vieron que estaban atrapados a ambos lados por la espesura del pinar y de los
matorrales de endrino. Mientras los perros se lanzaban contra ellos, los uros
trotaron hacia delante y se detuvieron con las patas muy tensas para aguardar a
sus atacantes. El joven toro se quedó tras la madre, momentáneamente a salvo.
En Ynys Sci había tomado parte en muchas cacerías,
pero nunca en una de uros. Además nunca antes había visto a esas sigilosas
bestias. Al verlas ahora, incluso a cierta distancia, me quedé asombrado de su
tamaño. Hacían que nuestros caballos semejaran pequeñas y delicadas criaturas;
más parecidos a ciervos que a monturas de guerreros.
Creí que el uro cargaría contra nosotros, pero se
quedó quieto con las patas rígidas y la cabeza baja. Apuntaba hacia nosotros
sus enormes cuernos, afilados como puntas de espada y duros como el hierro. Un
paso en falso y ensartarían a un caballo con su jinete; aquellas armas
graciosamente curvadas podían destripar un caballo o atravesar como una flecha
a un hombre. Un error y el infortunado cazador no viviría para cometer otro.
Sin preocuparse del peligro, los cazadores se
precipitaron hacia los uros atronando la vereda con el grito de caza. Con la
rapidez del águila nos lanzamos contra nuestra presa. Los uros permanecían
inmóviles en el sendero como enormes peñascos, aguardando con la paciencia de
una piedra. No se les movía ni un músculo, no les temblaban las narices.
Probablemente nunca los habían atacado y ni siquiera ahora intuían el peligro
que los acechaba.
Nuestros caballos estaban ya muy cerca de ellos.
Los perros ladraban,
tensaban el pescuezo y enseñaban los colmillos. Los
primeros jinetes estaban ya a un tiro de piedra, pero el uro no se movía.
Siempre es preferible que el animal se asuste, vuelva grupas y huya, porque
entonces se lo puede alcanzar por detrás; un rápido y diestro lanzazo junto al
omóplato, en el corazón, y la caza termina con una muerte rápida y limpia.
Pero aquel uro no se daba por vencido ni huía. La
bestia seguía inmóvil, obligando a los atacantes a acercarse. En las distancias
cortas la posibilidad de un paso en falso se multiplicaba.
Los primeros en llegar junto a la vaca fueron los
perros. Muchos animales enloquecen de terror ante los ladridos de una jauría de
caza y, al ver tan cerca a los perros dispuestos a matar, son presa de un
pánico que les resulta fatal. Pero los uros no. La valiente bestia negra apenas
bajó la cabeza un poco más para protegerse el pescuezo. Los perros rodearon a
los uros, ladrando y gruñendo en un frenesí de rabia y frustración, pero
procuraban mantenerse fuera del alcance de los mortales cuernos.
Nosotros nos detuvimos a cierta distancia para
trazar una estrategia.
—Separaremos a los dos animales —dijo el príncipe—.
Vosotros cuatro distraed a la vaca —añadió señalando a Simon y a otros tres
guerreros—. Los demás venid conmigo. Abatiremos primero al toro joven.
El uro pequeño no era una presa desdeñable, pero
era todavía mejor la madre, porque podría alimentar a muchas más personas. El
príncipe pensaba que la madre sería más fácil de matar si no tenía que proteger
a la cría. A primera vista parecía un buen plan.
Tal como se desarrollaron los acontecimientos, a
los siete encargados de cazar la cría les correspondió la tarea más difícil. ¡Y
para qué hablar de lo de separar a los animales! Parecían haber echado raíces o
haberse convertido en estatuas de hielo, porque ninguno de los dos se mostraba
dispuesto a levantar siquiera una pezuña. No obstante, Simon y su grupo se
pusieron manos a la obra, chillando, gritando, haciendo regates y fintas para
llamar la atención de la vaca.
Entretanto, los demás, bajo las órdenes del
príncipe Meldron, dibujamos un amplio círculo cabalgando sin cesar en torno al
toro, esperando la oportunidad de abatirlo. Una mirada al vasto y musculado
lomo y al enorme pescuezo me bastó para saber que sólo podríamos matarlo con un
directo y
contundente golpe, y aun así no acababa de creer
que una simple lanza pudiera lograrlo.
El joven toro nos miraba con ojos plácidos y
tranquilos, moviendo la inmensa testuz de un lado a otro. A cada cabezazo los
cuernos describían un arco mortal que sólo un loco habría podido desdeñar. Y
aquel día no había entre nosotros ningún loco.
Pero el príncipe y sus hombres ya habían cazado
uros otras veces. Después de cabalgar en torno a la bestia un buen rato para
imponerle un ritmo mareante, el príncipe, que blandía en alto la lanza, la bajó
al tiempo que hacía girar al caballo y se lanzaba hacia el uro acercándose a él
oblicuamente por detrás.
Los que estaban frente al príncipe atrajeron la
atención del animal con gritos. La lanza volaba hacia el blanco; el príncipe se
inclinó hacia delante para cargar en ella su peso y el del caballo.
Pero, cuando estaba a punto de asestar el lanzazo,
el joven toro se dio la vuelta y levantó la cabeza en el último momento. Si no
lo hubiera contemplado con mis propios ojos, jamás habría podido creer que una
bestia tan enorme pudiera moverse con tanta rapidez.
En la fracción de un segundo, la enorme testuz
embistió y los cuernos se clavaron en el caballo del príncipe, detrás de la
pata delantera izquierda. Con una cabezada rápida y ágil el uro había alcanzado
al caballo.
En el mismo instante, el príncipe, veloz y seguro,
lo atacó con la lanza y se la clavó profundamente en el omóplato. Con la
intención de que la bestia se girara, yo lancé la mía con tanta fuerza como
pude; mi lanzazo alcanzó la jiba del uro sin causarle herida de cuidado, pero
logré que el animal se revolviera contra mí y dejara en paz al príncipe.
Meldron se dejó caer de su montura justo cuando el caballo se derrumbaba sobre
los cuartos traseros con un tremendo relincho.
Mi intervención evitó que el príncipe resultara
herido de consideración o algo aún peor. Pero ahora yo me había quedado sin
lanza y el príncipe sin caballo. Continué cabalgando con los otros cazadores en
torno a la bestia y llamé a Meldron; cuando volví a pasar junto a él le tendí
una mano. El príncipe se agarró a ella y ágilmente saltó a mi grupa.
Entretanto, los perros, al ver que la bestia había
alzado la cabeza, se
lanzaron al ataque. Uno de los sabuesos consiguió
acercarse lo bastante para clavar sus dientes en la delgada piel de la garganta
y mordió con violencia sin soltar la presa. El uro bajó su enorme mandíbula y
apresó la cabeza del perro contra su pecho; y con ese simple movimiento dejó al
perro fuera de combate.
Los otros dos perros atacaron al olor de la sangre.
El joven toro embistió para repeler el ataque y empitonó por el cuello a uno de
los perros; el desventurado animal aulló de dolor y se revolvió para liberarse
del cuerno, pero sólo consiguió clavárselo más aún. El uro agitó entonces la
cabeza hasta soltar al perro.
Los cazadores vieron una oportunidad de atacar y la
aprovecharon. Tres jinetes se volvieron hacia él a la vez y tres lanzas
silbaron en el aire. Dos alcanzaron el cuello del uro, y la tercera se hundió
entre dos costillas.
Los otros dos jinetes atacaron a continuación y dos
lanzas más se clavaron en el cuello del animal; una de ellas le seccionó una
arteria. La sangre brotó como una fuente y salió a borbotones por la boca y las
narices del animal, apestando el helado aire.
El uro cayó de rodillas sobre la nieve y uno de los
jinetes se precipitó contra él. En un abrir y cerrar de ojos se dejó caer de la
silla de montar, propinó un lanzazo en el costado del animal, recuperó el arma
y la volvió a clavar, esta vez en la base del cráneo, entre los cuernos. El
toro se quedó rígido y luego se derrumbó sobre un costado; murió antes de que
su cuerpo dejara de temblar.
Hicimos una pausa, lo justo para recuperar nuestras
lanzas y para procurar otra montura al príncipe, y nos unimos a los compañeros
que acosaban al otro uro. La madre debía de haber visto lo sucedido porque se
abrió paso entre los cazadores que la rodeaban y corrió a nuestro encuentro.
Ninguno de nosotros estaba en posición de repeler el ataque, de modo que nos
limitamos a quitarnos del camino de la bestia, lo cual facilitó al animal una
escapatoria.
La vaca corrió hacia el montículo rocoso que había
quedado a nuestras espaldas y los que estábamos más cerca de allí nos
dispusimos a perseguirla. Yo era uno de ellos y Simon otro. Cuatro hombres
salimos en pos de la bestia, mientras el príncipe ordenaba a gritos a los demás
que tomaran posiciones junto al montículo para impedir la huida del uro. Lo
acosaríamos detrás del montículo y lo empujaríamos hacia las lanzas de nuestros
compañeros.
Vi que la enorme bestia llegaba hasta la pendiente
del montículo y comenzaba a rodearlo. En el preciso instante en que el uro
cambiaba de dirección, Simon, que iba delante de mí, vio la oportunidad de
asestarle un lanzazo. Vi claramente que la lanza daba en el blanco y se clavaba
en el pecho del animal detrás de la pata delantera, muy cerca del corazón.
El animal desapareció tras las peñas esparcidas en
la ladera del montículo. Simon, yo y los otros dos cazadores nos lanzamos en su
persecución. Aunque no debíamos de estar a más de cincuenta pasos, cuando
llegamos a las peñas no encontramos ni rastro del uro.
Pensando que había subido por el montículo, Simon
espoleó su caballo ladera arriba, entre las peñas. Yo refrené el mío y volví
grupas para explorar el espacio entre el montículo y el lindero del bosque que
se extendía detrás. Pero la bestia no estaba por ningún lado.
—¿Por dónde escapó? —gritó Simon volviendo a
descender por la ladera
—. ¿Alguien lo ha visto?
—Debe de haber huido por allá delante —dijo uno de
los cazadores.
Por la extraña expresión de su rostro me di cuenta
de que no era eso lo que estaba pensando. Pero ¿por dónde si no podía haber
escapado una criatura tan grande?
Todos paseamos la mirada de un lado a otro, pero no
vimos la menor señal del uro; ni huellas, ni rastros de sangre sobre la nieve.
Simon volvió grupas y se lanzó al galope. Los tres lo seguimos y volvimos a dar
la vuelta en torno al montículo para reunirnos con el príncipe y el resto de
los compañeros que nos estaban aguardando.
Tampoco ellos habían visto al uro.
—Debe de haberse internado en el bosque —opinó
Paladyr.
—No puede ir muy lejos —dijo Simon al príncipe—.
Era un tiro infalible; estoy seguro de que lo herí.
—Desde luego —asintió uno de los que habían
perseguido con nosotros al uro—. Yo lo vi. Lo alcanzaste limpiamente en el
omóplato.
Algunos de los cazadores ardían en deseos de
perseguir al animal y estaban dispuestos a ponerse en marcha enseguida. Pero el
príncipe miró al cielo que empezaba a oscurecerse y dijo:
—No, se está haciendo tarde. Un uro herido es
demasiado peligroso. No podemos exponernos a atacarlo en la espesura del
bosque. Ya tenemos suficiente trabajo con llevar el toro al campamento antes de
que oscurezca.
A los cazadores no les agradaba la idea de dejar
escapar la presa, pero no podían desobedecer al príncipe. Así que regresamos
junto al hombre que había prestado su caballo al príncipe y lo encontramos
engolfado en una dura tarea. Había acabado hábil y misericordiosamente con la
agonía del perro corneado por el uro, y también con la del caballo del
príncipe.
Cuando nos acercamos, el cazador había degollado
con su cuchillo al uro para desangrarlo. Recogió un poco de sangre en una taza
de madera que fue pasando de un cazador a otro. Probé la sangre espesa,
caliente y salada y me apresuré a pasar la copa al cazador que estaba a mi
lado.
Una vez cumplido el ritual, los cazadores, con un
aullido de alegría, se precipitaron sobre el uro, cuchillo en mano. Uno de
ellos le abrió el vientre para destriparlo; otro hizo una incisión en el
cuello, mientras otros dos hacían cortes similares en la parte inferior de las
patas, para poder arrancar la gruesa piel negra en una sola pieza.
Otros dos cazadores se apresuraron a ir al bosque
cercano para cortar unas varas con las que poder transportar el cuerpo
descuartizado del animal hasta el campamento. Trabajaban con destreza y
habilidad, sin perder tiempo. Observé la velocidad con que todos realizaban sus
tareas.
—Tienen sobrado motivo —me dijo el príncipe.
—¿La oscuridad? —pregunté, porque el cielo tenía ya
un color plomizo y apenas quedaba luz.
—Los lobos.
Miré la mancha carmesí de la sangre sobre la nieve.
El viento no tardaría en esparcir el hedor y muy pronto los lobos, al
olfatearlo, acudirían al lugar de la carnicería.
—Ya he perdido hoy un caballo. No me agradaría
perder otro en las fauces de los lobos —comentó Meldron; luego me miró—. Me
salvaste de resultar herido o de algo peor. No lo olvidaré. Cuando lleguemos a
Findargad, tendrás tu recompensa.
—Me conformaré con un trozo del anca del uro
—respondí contemplando
cómo el perro superviviente tragaba glotonamente un
trozo del hígado del animal mientras los cazadores terminaban de
descuartizarlo.
—¡Bien dicho! —se echó a reír el príncipe dándome
una palmada en la espalda—. Ésta noche recibirás de mis propias manos la
porción de un héroe.
Frotaron con nieve la parte interior de la piel y,
tras enrollarla, la ataron y la colocaron a la grupa de un caballo. El cuerpo
fue cortado en cuatro partes y lavado con nieve para limpiarlo de sangre. Cada
cuarto fue sujetado a las varas de sauce que ataron a los caballos para que las
arrastraran.
Cuando emprendimos la marcha hacia el campamento,
todo lo que quedaba de nuestra hazaña era un montoncito de asaduras esparcidas
en la pisoteada y ensangrentada nieve. En otras circunstancias también se
habrían retirado de la vereda de caza los dos perros muertos y el caballo del
príncipe, pero esta vez se quedaron donde estaban.
—Para los lobos —me explicó el cazador que
cabalgaba a mi lado—. A lo mejor se dan por satisfechos con eso.
El camino de regreso al campamento me pareció más
largo de lo que recordaba. Era ya noche cerrada cuando llegamos junto al río,
que atravesamos guiados por el resplandor de las hogueras. De alguna manera, la
noticia de nuestro éxito nos había precedido y cuando entramos en el campamento
la gente se apelotonó para ver el cuerpo del uro y reclamar una parte de su
carne.
Hablando por boca de Tegid, el rey dio
instrucciones para que la carne fuera repartida equitativamente entre los
distintos clanes. Y, aunque el uro era un hermoso ejemplar, su carne
desapareció en un visto y no visto. Fiel a su palabra, el príncipe me recompensó
con la porción del héroe, aunque eso significó que él recibió menos que ningún
otro. Yo la hubiera compartido de buen grado con él, pero eso lo habría
avergonzado.
Apenas se había distribuido la carne entre los
clanes, cuando rompió el viento el fantasmal aullido de los lobos. Twrch, que
había estado haciendo alegres cabriolas junto al fuego, se acurrucó entre mis
pies. Asustado por aquel extraño sonido, miraba furtivamente a diestro y
siniestro y temblaba sin parar. Yo había oído en otras ocasiones el aullido de
los lobos, pero siempre me había parecido un sonido más triste que temible,
como preñado de lamento y nostalgia. Se lo comenté a Tegid.
—Eso es porque nunca te has visto acosado por lobos
—replicó—. Ahora simplemente se están reuniendo. Espera a que encuentren
nuestro rastro y lancen su aullido de caza; ya me dirás entonces si te sigue
pareciendo un sonido triste.
Estábamos sentados ante el fuego, contemplando cómo
se iba asando la carne ensartada en varas de aliso.
—¿Llegarán hasta aquí?
Tegid cogió un trocito de carne, la probó y dio una
vuelta a la vara.
—Sí.
—¿Pronto?
—Cuando hayan acabado con el caballo que les
dejasteis.
—¿Qué tenemos que hacer?
—Acercar los caballos a las fogatas y tener la
lanza al alcance de la mano.
Como un eco a las palabras de Tegid, se oyó un
aullido feroz, largo, sanguinario. Se me puso la piel de gallina, y a Twrch se
le erizaron los pelos del lomo. Entonces me di cuenta de que aquella noche
nadie iba a pegar ojo.
29
LA MATANZA NOCTURNA
El rey Meldryn apareció en el círculo
de luz y se acercó al fuego; había estado paseando
solo entre las fogatas de su pueblo. Se detuvo a cierta distancia y le indicó
por señas a Tegid que se reuniera con él. Conferenciaron unos instantes. No oía
nada de lo que cuchicheaban, pero estuve contemplando atentamente al rey. El
viaje lo estaba cambiando.
Ya no era el mismo hombre que había conocido en
Sycharth. Meldryn estaba encorvado, ojeroso, rendido. Sí, estaba muy cansado,
como lo estábamos todos, pero en el monarca se evidenciaba algo más que
cansancio. Era como si el viaje en sí mismo o el inclemente viento de sollen le
estuviera arrebatando el espíritu y la energía. Sus ojos ya no brillaban; ya no
llevaba la cabeza ni los hombros erguidos. El Soberano Señor Meldryn era como
una torre que comenzara a derrumbarse por dentro. Daba pena verlo.
Cuando hubieron terminado de hablar, Tegid regresó.
Me levanté para ofrecerle al rey mi sitio junto al fuego, pero Meldryn me hizo
una seña para que volviera a sentarme y se alejó para continuar su incansable
caminata entre las hogueras del campamento.
Por lo que yo sabía, Meldryn Mawr no había dirigido
la palabra a nadie, excepto a Tegid, desde que salimos de Sycharth. Todo lo que
deseaba comunicar se lo decía al bardo, y Tegid cumplía las órdenes del rey o
las transmitía a los demás.
—¿Por qué no quiere hablar el rey? —pregunté
cogiendo un pincho de carne asada.
—Ha tomado sobre sus hombros la pesada carga del
geas —respondió Tegid—. Las voces de sus difuntos han enmudecido. Por eso el
rey permanecerá en silencio hasta que se reúna con ellos o hasta que las voces
de su pueblo sean oídas otra vez en Sycharth.
Recordaba las palabras que había pronunciado
Meldryn la noche que
abandonamos Sycharth, aunque entonces no las había
interpretado al pie de la letra.
—Pero habla contigo.
—La corona se recibe del Bardo Supremo, que posee
el poder de otorgar o retener la dignidad real. Es el bardo el único que se
acerca al rey sin doblar la rodilla. Por eso Meldryn puede hablar con su bardo
sin violar el geas.
Había oído hablar de esos extraños tabúes. Pero
nunca había tenido ocasión de observar uno y quería saber más detalles.
—No lo entiendo —dije mordiendo un trozo de carne
del pincho de aliso y chupando su jugo caliente y sabroso; luego cogí otro
pedazo y se lo di a Twrch, que seguía acurrucado a mis pies aunque hacía rato
que habían cesado los aullidos de los lobos—. Por lo que dices, parece como si
el bardo estuviera por encima del rey.
Tegid se llevó un pedazo de carne a la boca y lo
masticó con aire pensativo.
—No es una cuestión de jerarquías —repuso después
de tragarlo—. La voz del bardo es la voz de todo el pueblo: de los vivos, de
los muertos, de los que aún tienen que nacer. Del bardo recibe el rey la
sabiduría; y por boca del bardo son comunicadas las sentencias del monarca. La
palabra del rey es la ley para el pueblo, que debe someterse a él, pero el rey
debe someterse a su vez a una autoridad más alta: a la de la dignidad real. Es
deber del bardo sostener la ley de la corona en nombre del pueblo, para que el
rey no se llene de soberbia y olvide su lugar.
—Así que para un rey hablar con un bardo no es como
hablar con un jefe de clan cualquiera —concluí—. Es como hablar consigo mismo.
¿Es esto lo que quieres darme a entender?
Tegid sonrió y me resultó muy grato contemplar de
nuevo su sonrisa.
—Lo has dicho tú, no yo.
—Bueno, pero ¿es así?
—Para un rey hablar con su bardo es hablar con la
fuente de su realeza. Es como recibir consejo de su propia alma o del alma de
su pueblo. El vínculo entre el rey y su bardo no es equiparable a ningún otro.
—Ya voy entendiendo —dije—. Bueno, si yo fuera rey,
me gustaría tener un bardo como tú, Tegid.
Quería hacerle un cumplido, pero Tegid dejó de
comer y me miró fijamente.
—¿He dicho algo malo?
No me contestó, pero su mirada tenía una expresión
perturbadora, como si estuviera viendo a través de mí o viéndome con un aspecto
totalmente diferente. Su escrutinio me hizo sentir incómodo.
—Escucha, Tegid, no quería decir nada en especial.
Perdóname si he dicho algo inconveniente.
Tegid se relajó y empezó a comer otra vez. Yo ardía
en deseos de saber qué había dicho para alterarlo de aquel modo, pero no me vi
con ánimos de meter otra vez el dedo en la llaga. Acabamos de comer en un
silencio un tanto cargado. Pensé en otro señor que también se había enfrentado
a la muerte sin emitir ni un sonido: el uro que habíamos matado aquella tarde.
Mientras se le escapaba la vida derrumbado sobre la nieve, el joven toro no
había soltado ni un gemido, ni un grito. La bestia se había enfrentado a la
muerte en silencio. Y ahora su carne nos alimentaba y nos mantenía con vida.
Tal reflexión me llevó a pensar en el otro uro, el
que había desaparecido ante nuestros ojos. ¿Adónde había ido?
No cesaba de preguntármelo mientras masticaba el
último bocado de carne. Y, cuantas más vueltas le daba, más seguro estaba de
saber adónde había ido. Ésa convicción me hizo estremecer y temblar de
agitación igual que cuando aquella tarde había oído mencionar a los uros. Me
dije a mí mismo que aquello era absurdo, que no tenía manera de asegurarlo, que
sin duda había otra explicación más lógica.
Sin embargo, aquella extraña sensación y aquella
desconcertante seguridad persistían en mi interior. Oí una voz —quizá la mía,
pero muy remota— que me decía como si susurrara desde la otra punta de un
larguísimo pasillo: «Es verdad, Lewis. Sabes muy bien que es verdad. Sabes muy
bien adónde ha ido a parar el uro. ¡Dilo! ¡Exprésalo con palabras!».
Alejé tan inquietante pensamiento y me eché en las
pieles junto al fuego. Tegid había extendido sobre la nieve unas brazadas de
agujas de pino para
que durmiéramos mejor. Me acosté junto al fuego y
me tapé con el manto. Siguiendo el consejo de Tegid, tenía la lanza al alcance
de la mano y la espada a mi lado. Twrch se acurrucó junto a mí y apoyó el
hocico en mi brazo. Era un lecho frío pero más o menos seco.
Cerré los ojos, pero no podía dormir. Sabía que no
conciliaría el sueño hasta que admitiera que lo que había imaginado podía ser
verdad.
Pero ¿cómo reconocer una cosa así? Era absurdo,
ridículo. No obstante…, ¿y si era cierto? Me di la vuelta y me arropé aún más
en el manto.
«¡Dilo!».
Me senté y me quité el manto. El montículo, la
lanza —ni más ni menos que la lanza de Simon—, el uro herido… Todo tenía
sentido y todo era a la vez un absurdo. Pero ¿y si era cierto?, ¿y si lo era?
Con paso vacilante me alejé de la hoguera
arrastrando el manto. Tegid me llamó pero no le respondí. Deambulé por el
campamento dando vueltas a la misma pregunta: ¿cómo era posible? Mi idea era
absurda. ¿Cómo iba a ser posible?
Mientras vagaba de un lado a otro, me asaltó otra
voz: «Una brecha se ha abierto entre los mundos y cualquier cosa puede caerse
por ella».
Me detuve y admití como seguro lo que había
sospechado: el uro herido, enloquecido de pánico y dolor, se había caído por el
portal abierto que daba al otro mundo, al mundo que yo había abandonado y casi
olvidado.
Pero ¿cómo podía ser? ¿Cómo era posible que el uro
que habíamos cazado aquel día fuera el mismo animal que había acabado por
llevarnos a mí y a Simon al Otro Mundo? ¿Cómo era posible que la lanza que
había tenido en mis manos cuando desayunábamos en la granja Grant fuera la
misma que había arrojado Simon?
No sabía la respuesta. Pero sí estaba seguro de una
cosa: por mucho que hubiese intentado olvidarlo, por mucho que hubiese
intentado negarlo, odiaba tener que recordar que yo era en aquel mundo un
extranjero, un intruso, un furtivo. Cuando todo estuviera dicho y hecho, ya no
habría lugar para mí en el Otro Mundo. Y no podría quedarme por mucho que lo
deseara; y en verdad lo deseaba desesperadamente. Aquélla idea me llenaba de
congoja, porque ya no podía concebir otra vida más que aquella que ya me resultaba
completamente
familiar. Me dije a mí mismo: «El día en que
regrese a mi mundo, será el día de mi muerte».
Cuando empecé a sentir más frío, regresé junto a
nuestra hoguera. Tegid me estaba aguardando. Echó más leña al fuego mientras yo
me envolvía en el manto y me sentaba.
—Meldryn Mawr es realmente un rey poderoso, y muy
rico —dijo de pronto.
—Es cierto —asentí yo.
En realidad no lo sabía con certeza, pero creía que
así era porque había visto sobradas evidencias de su riqueza.
—¿Has visto alguna vez su tesoro? —preguntó el
bardo.
—No —respondí.
—No tiene ninguno.
—¿No? ¿Por qué?
—Sería una ofensa a la dignidad real —repuso con
sencillez Tegid, y al fin entendí que había retomado nuestra conversación sobre
la naturaleza de la dignidad real.
—Pero amontona riquezas —objeté, sintiendo la
extraña urgencia de defender mi suposición, aunque no sabía muy bien por qué—.
Tiene oro, plata y joyas. Lo he visto.
—La riqueza existe para el rey —salmodió Tegid—. Y
el rey existe para el pueblo. Un rey usa su riqueza para el bien de todos, para
robustecer a su clan. El rey sólo atiende al bienestar del clan, nunca al suyo.
—El pueblo cuida del rey —musité— y el rey cuida de
ellos.
Parecía un acuerdo justo. ¿Qué otro mejor podía
haber?
—No lo juzgues a la ligera —dijo Tegid partiendo
una rama y echándola al fuego—. El rey no se pertenece a sí mismo. Su vida es
la vida de la tribu. Un verdadero rey no vive para él; sólo posee la vida que
consagra a su pueblo.
Reflexioné unos momentos.
—Y Meldryn Mawr es un verdadero rey —apostillé.
Desde luego; nunca lo había puesto en duda.
—Sí —afirmó Tegid con solemne rotundidad—. Lo es.
No tenía idea de por qué Tegid juzgaba tan
necesario dejar claro ese punto. Pero la conversación cesó tan bruscamente como
había empezado. Me quedé dormido, pero no durante demasiado tiempo. Me pareció
que apenas había cerrado los ojos cuando se reanudaron los aullidos.
Me desperté y me puse en pie lanza en ristre sin
saber exactamente lo que me había despertado. Miré en torno. Tegid seguía
sentado junto al fuego. Alzó la cabeza.
—Ya han terminado con el caballo —explicó—. Sus
exploradores han estado observándonos y han regresado a decirles lo que han
visto.
Los lobos eran unas criaturas astutas, inteligentes
y agresivas. Los aullidos que resonaban en el bosque a nuestro alrededor eran
muy inquietantes, no como los que habíamos oído antes. Eran agudos y
penetrantes, cortaban el frío aire de la noche como cuchillos.
—Los lobos de las montañas son muy grandes —dijo
Tegid.
—¿Por qué no los hemos oído hasta hoy?
—Llevan varios días siguiéndonos, aguardando este
momento.
—¿Atacarán?
—Es un sollen muy duro. Hace mucho frío, los gamos
escasean y los lobos están hambrientos. Cuando el hambre sea mayor que su
miedo, atacarán.
Los aullidos iban en aumento; eran cada vez más
fuertes, y los gritos de otros lobos se iban añadiendo a la misteriosa canción
nocturna. Despiadado, insaciable, feroz y salvaje, era un sonido que
aterrorizaba, acobardaba y paralizaba. Sentí su eco en mis entrañas y tuve que
luchar con el deseo de salir huyendo.
El rey Meldryn vino a nuestro encuentro, lanza en
mano. Tegid se levantó y se reunió con él; tras hablar unos instantes, el bardo
se volvió hacia mí.
—Ve con el rey —me indicó—. Pase lo que pase,
mantente siempre a su derecha.
El rey se acercó a la hoguera y cogió una rama
encendida. Me dio la tea y cogió otra para él. Corrimos hacia los caballos. El
rey había ordenado que éstos fueran vigilados en el límite del campamento en
grupos de ocho o diez, entre el bosque y el río, y la línea de vigilancia se
extendía de un extremo a otro del campamento. Tomamos posiciones a la cabeza
del primer puesto de guardia. Otros guerreros se unieron a nosotros, a pocos
pasos unos de otros, de modo que pronto pude divisar una línea de llameantes antorchas
que se prolongaba alrededor del campamento.
A lo largo de toda la línea, se había amontonado a
intervalos una considerable cantidad de maleza y leña. Cuando los aullidos de
los lobos se oyeron más cerca, prendimos fuego a los montones. Aguardamos
empuñando las armas mientras el bosque se hacía eco de los salvajes gemidos.
Siguieron resonando un buen rato y después, de pronto, cesaron. En el repentino
silencio el siseo de las antorchas retumbaba en mis oídos.
Escrutaba la oscuridad. La noche fría, sin luna,
negra como la pez, nos acosaba por doquier y apenas veía nada más allá del
resplandor de mi antorcha. Los lobos nos verían mucho antes de que nosotros los
viéramos a ellos. Oí un ruido detrás de mí, me volví lanza en ristre y vi que
el príncipe Meldron y el paladín del rey, Paladyr, venían hacia nosotros. Ambos
llevaban teas y espadas y corrían por la nieve con bastante premura.
Se dirigieron directamente al rey.
—Padre y señor —dijo el príncipe—, permíteme que
vaya con mis guerreros al encuentro de los lobos. Podríamos alejarlos del
campamento y así nunca llegarían a los caballos.
El rey escuchó a su hijo mirándolo fijamente a la
luz de las antorchas pero no le respondió. El príncipe echó una mirada a
Paladyr, tomó aliento y prosiguió con su súplica.
—Padre, esta simple línea de defensa no tiene
sentido. Con seguridad la romperán. ¿Y qué ocurrirá cuando las teas se apaguen?
No podemos mantener las hogueras encendidas toda la noche. Tan pronto como se
apaguen, los lobos nos atacarán.
El rey no respondió nada.
—¿Me has oído, padre? —preguntó Meldron levantando
la voz—. Permíteme salir a caballo para ahuyentar los lobos. ¡Será nuestra
mejor
protección!
Como yo también estaba allí mirándolo, el príncipe
Meldron se encaró conmigo.
—Tú vendrás conmigo —ordenó; luego se dirigió otra
vez al rey—. Pero, padre, debemos salir ahora mismo, mientras todavía estemos a
tiempo.
Como yo no había hecho el menor movimiento se
dirigió a mí otra vez.
—¿Qué me dices?
—Me honra que me incluyas entre tus guerreros
—respondí—, pero mi puesto está junto al rey.
—Los guerreros de mi padre están bajo mi mando
—replicó, enfadado—.
Ya te he dicho que vendrás conmigo.
—Te pido disculpas, príncipe Meldron. Tegid me ha
ordenado que permanezca en todo momento junto al rey.
—¡Y yo te ordeno que vengas conmigo! —gritó el
príncipe—. Yo soy quien comanda la banda de guerreros, no Tegid.
Se dirigía a mí con extrema seguridad en sí mismo.
Paladyr, en cambio, serio e imponente tras el príncipe, no parecía tan seguro y
frotaba nerviosamente en la nieve la punta de su lanza.
—De nuevo debo pedirte disculpas, señor —contesté—.
He prometido servir al bardo, y Tegid me ha ordenado permanecer junto al rey.
—¡Tegid! —gritó el príncipe con frustración—.
¡Tegid no tiene autoridad alguna sobre mí! ¡No le corresponde a él dar órdenes!
¡Harás lo que yo te mande!
Dio un paso hacia mí, pero el rey esgrimió en alto
la lanza y lo detuvo.
Quizá Tegid oyó que se había pronunciado su nombre,
porque oímos un grito y lo vimos apresurarse hacia nosotros.
—¿Algo va mal aquí? —preguntó.
—¡Tú! —exclamó colérico el príncipe—. Yo soy quien
comanda la banda de guerreros, no tú. Es una locura quedarse aquí esperando a
que los lobos ataquen. Yo sostengo que debemos salir a su encuentro a caballo y
alejarlos de una vez.
—Las órdenes del rey son muy diferentes —repuso
Tegid con voz tranquila.
—¡Padre! —espetó Meldron—. Dile a este insolente
perro de bardo que yo soy quien comanda a los guerreros.
Tegid se acercó al rey, y Meldryn Mawr le susurró
algo al oído. Tegid miró al príncipe.
—El rey te ha oído —le dijo fríamente—. Desea
recordarte que es él quien ostenta la autoridad sobre todo lo que ocurre en
este reino. Te ruega que regreses a tu puesto y defiendas al pueblo tal como te
han ordenado.
Meldron se quedó unos instantes con la mirada fija;
luego, con un gruñido de rabia e impotencia, arrojó la antorcha a la nieve. La
tea crepitó y se fue apagando mientras el príncipe se daba la vuelta y se
alejaba a toda prisa.
Paladyr miró primero al monarca, que lo contemplaba
con aire inexpresivo, y después miró al príncipe que se alejaba. Pareció unos
momentos indeciso. Entonces el paladín del rey se giró y siguió a Meldron.
—Que así sea —murmuró Tegid—. Paladyr ha hecho su
elección.
Yo no entendí del todo las implicaciones del
altercado que acababa de presenciar. Pero tampoco tuve tiempo de reflexionar en
ello, porque alguien soltó un grito de alarma en la línea de defensa. Miré en
dirección al grito y percibí un fantasmal destello entre los árboles.
Escruté el bosque y al principio no pude distinguir
nada en la oscuridad reinante. Pero enseguida vislumbré el débil destello
dorado de unos ojos, como una chispa entre los árboles, y oí el susurro rápido
y casi silencioso de unas pisadas.
No vi al lobo hasta que lo tuve delante, y era
mucho mayor de lo que esperaba. Había imaginado una criatura del tamaño de
nuestros perros, que no eran en modo alguno pequeños. Tegid me había avisado
que los lobos eran enormes, pero aquel animal parecía tener el tamaño de
nuestros ponis.
Patilargo, flaco y gris, el lobo se acercaba con la
rapidez del humo empujado por el viento. Sería difícil describir una visión más
espantosa que aquélla: los estrechos ojos le brillaban como carbones
encendidos; el hocico, largo y afilado, dejaba ver unas babeantes mandíbulas
armadas de feroces dientes; los pelos entre los sobresalientes omóplatos se le
erizaban de furia.
En resumen, era una aparición concebida para
inspirar horror y pánico en sus presas.
Su aspecto me llenó de pavor, que fue creciendo a
medida que el animal se acercaba. Vi los feroces colmillos, el destello
amarillo de los ojos, los robustos huesos bajo la piel erizada. Blandí con
fuerza la lanza manteniendo el astil de fresno entre las costillas y el brazo.
Menos de doce pasos me separaban de la fiera.
Si el lobo atacaba, no estaba seguro de poder
mantenerme firme. Pero, cuando la fantasmal criatura hubo salvado de una
carrera el último árbol, se desvió. Dada la larga zancada del animal, habría
podido saltar por encima de mí e ir a parar en medio de los caballos. Pero se
limitó a gruñir y aullar a lo largo de la línea de antorchas dispuestas por el
rey.
Al cabo de unos instantes se reunieron con él unos
seis lobos más, entre ellos un enorme animal negro que era el líder de la
manada. Miré hacia el bosque sólo un momento y cuando volví a observar a los
lobos ya había diez más. Poco después, no menos de veinte. Recorrían una y otra
vez la línea de antorchas gruñendo y enseñando ferozmente los dientes.
El tumulto que armaban era amilanante y tenía como
objeto sembrar entre nosotros el terror y la confusión. En cuanto rompiéramos
la línea, los lobos la atravesarían y nos atacarían por detrás. Ésa era su
táctica. A los lobos no les falta valor, pero no luchan si no pueden hacerlo
con la ventaja que les procuran el sigilo y el engaño.
Como nos manteníamos en nuestras posiciones, los
lobos aullaban con ciega furia. De vez en cuando, uno de ellos se acercaba a la
línea de antorchas mostrando los colmillos; los hombres gritaban, blandían las
lanzas y el lobo retrocedía y se ponía de nuevo fuera del alcance de éstas.
—Están poniendo a prueba nuestro valor —observó
Tegid—. Si nos mantenemos firmes, a lo mejor se van.
A juzgar por la feroz determinación de los
animales, pensé que era una suposición muy optimista. El duro invierno y el
hambre habían aumentado su audacia. Además, habían visto a los caballos…, y los
caballos habían visto a los lobos. Los asustados animales gañían y relinchaban,
agitando sus testas nerviosamente, con los ojos desorbitados por el terror.
Los lobos seguían sin atacar. No les gustaban las
antorchas ni el brillo de
las lanzas. Aullaban de rabia, pero no podrían
alcanzar a los caballos mientras nuestra línea se mantuviera firme.
El sencillo plan del rey había dado resultado. Sólo
teníamos que permanecer a pie firme y los lobos no se atreverían a atacar. Pese
a su tremendo tamaño, no estaban tan hambrientos ni eran tan audaces como para
enfrentarse a las teas y a las lanzas que enarbolábamos. Aunque era terrible
tener que permanecer quietos ante ellos, estábamos a salvo.
Al cabo de cierto tiempo, vi que los lobos
empezaban a dar muestras de cansancio; el frenesí de su asedio los fatigaba.
Sus carreras no eran ya tan veloces ni su desafío tan constante. Las
amenazadoras fintas comenzaron a ser menos frecuentes; les colgaba la lengua y
les pesaban los delgados flancos.
De pronto, el negro jefe de la manada se detuvo
jadeante unos momentos; luego volvió grupas y se internó en la espesura.
Reconocía así que los habíamos vencido. Estábamos a salvo. Nadie había
resultado herido y no habíamos perdido ni un solo caballo. Habíamos ganado. Los
lobos se retiraban.
Con la intención de comunicárselo al rey, volví la
cabeza y me quedé sin aliento: Meldryn Mawr estaba sonriendo. Pero, antes de
poder articular palabra, oí un terrible grito de guerra. La sonrisa se
desvaneció de los labios del rey mientras dirigía la mirada hacia la línea de
antorchas. Miré hacia el sonido y vi que alguien, allá lejos, en las posiciones
ocupadas por el príncipe Meldron y sus guerreros, se precipitaba en pos de los
lobos agitando una antorcha y animando a los demás a seguirlo.
Era el príncipe. La línea defensiva se rompió
mientras Meldron y su Manada de Lobos se lanzaban a perseguir a las fieras
adentrándose en el bosque.
—¡Están locos! —gritó Tegid—. ¡Conseguirán que nos
maten a todos!
El bardo intentó detenerlos.
—¡Deteneos! —gritó Tegid—. ¡Mantened vuestras
posiciones en la línea!
Si es que lo oyeron, no se dignaron obedecerle. El
príncipe y sus guerreros estaban ansiosos por perseguir a los lobos. Uno de
ellos arrojó una lanza y vi que uno de los lobos de la retaguardia caía sobre
las patas traseras. Con un
tremendo aullido, el animal herido agitó los
cuartos traseros para desprenderse de la lanza.
El hombre corrió hacia el lobo. Brilló la hoja de
un cuchillo y poco después el lobo yacía muerto en la nieve. El guerrero, que
no era otro que Simon, recuperó su lanza y soltó un alarido de triunfo. Se dio
la vuelta y levantó la lanza para animar a otros guerreros a seguirlo.
Enardecidos por aquella hazaña, varios hombres rompieron filas y se apresuraron
tras los lobos.
Los guerreros desaparecieron en la espesura. Sus
antorchas parpadeaban entre los árboles; sus gritos se mezclaban en la
oscuridad del bosque con los aullidos de los lobos. Y entonces, tan
repentinamente que nos cogieron desprevenidos, los lobos aparecieron otra vez.
No podría decir si estaban escondidos muy cerca o
si reanudaban el ataque acosados por los guerreros. Pero allí estaban;
simplemente aparecieron y sin la menor vacilación se lanzaron por la brecha
abierta en las filas por la deserción del príncipe Meldron y sus hombres.
En un abrir y cerrar de ojos todo devino caos y
confusión: los hombres corrían, los caballos se encabritaban, las lanzas
brillaban y las antorchas resplandecían por doquier. Los gritos de los hombres
y los relinchos de los caballos ensordecían los demás ruidos.
—¿Qué debemos hacer? —pregunté a gritos a Tegid.
—¡Mantener las posiciones! —contestó, y echó a
correr a lo largo de la línea llamando a los hombres—. ¡Quédate junto al rey!
—me ordenó volviéndose hacia mí.
Logramos resistir a pie firme y los lobos no
intentaron siquiera atacarnos. Centraron su ataque en el punto más débil de
nuestra línea, sin hacer caso de los otros en los que permanecían hombres a la
defensiva. Tegid corría a toda velocidad hacia el lugar del desastre, pero,
antes de que pudiera lograr cerrar la brecha, uno de los caballos rompió la
cerca y se encabritó. Unos cuantos hombres corrieron a coger las bridas y se
lanzaron valientemente a detener la carrera desbocada del animal, pero no lo consiguieron.
Los caballos, aterrorizados por los lobos, la
algarabía y el fuego no pudieron ser detenidos y se precipitaron desbocados en
el bosque. Los lobos aprovecharon tan excelente oportunidad y corrieron tras
ellos; todo había
transcurrido en escasos minutos. Los lobos habían
desaparecido de nuevo y con ellos muchos caballos.
Permanecimos aguardando un rato, escuchando los
aullidos de los lobos y los relinchos de los caballos que cabalgaban
enloquecidos y a ciegas por el bosque. Pero los lobos no volvieron a aparecer.
El eco de la persecución fue cediendo y haciéndose más débil a medida que los
animales se internaban en la espesura. Poco después todo quedó en silencio.
Cuando comprendimos que el ataque había terminado,
el rey arrojó su antorcha y recorrió la línea camino de las posiciones
abandonadas por el príncipe y sus hombres. Tras titubear un instante, fui tras
él. Al fin y al cabo, Tegid me había ordenado que permaneciera siempre a su
lado. Juntos acudimos a toda prisa al escenario del ataque de los lobos.
Por la cantidad de sangre que vi en la nieve, iba
preparado para lo peor. Cinco hombres habían resultado heridos, destrozados y
despedazados por los lobos, pero no estaban muertos. Cuatro caballos estaban
derribados en el suelo, dos muertos con las gargantas desgarradas; ocho más
habían huido al bosque. Los lobos los acosarían hasta darles caza; no
volveríamos a verlos jamás.
El rey contempló el desastre con rostro
inexpresivo.
—Hemos perdido doce caballos —le informé.
Mientras lo decía, los dos caballos heridos fueron
liberados de su agonía; un certero lanzazo tras la oreja acabó con sus
sufrimientos.
Cuando el príncipe Meldron y sus hombres
regresaron, las mujeres habían lavado con nieve y vendado las heridas de
nuestros guerreros. El príncipe echó una rápida ojeada a los heridos y se
dirigió hacia nosotros.
—Hemos alejado a los lobos —declaró con orgullo
limpiándose el sudor de la frente.
Sus guerreros se apostaron detrás de él. A la luz
vacilante de las antorchas, el vapor de su aliento brillaba como plata y se
quedaba en suspenso sobre sus cabezas.
—Ya no volverán a molestarnos —añadió con
jactancioso optimismo el príncipe—. Hemos sembrado el miedo en sus cobardes
corazones.
—¿A cuántos habéis matado? —preguntó con aspereza
Tegid.
Oí en su voz el cortante y frío matiz de la cólera.
Los congregados tras el príncipe también lo oyeron
y murmuraron siniestramente. Sin embargo, Meldron sonrió y alzó la mano para
silenciarlos.
—Siawn mató a uno, como bien sabéis —replicó en
tono afable.
—Sí —repuso Tegid—. ¿Y a cuántos más matasteis?
—Ninguno más —contestó el príncipe con voz neutra—.
No matamos a ninguno más. Pero tampoco sufrimos ninguna baja.
—¿Ninguna baja? —le espetó Tegid—. Doce caballos
perdidos y cinco hombres heridos… ¿Acaso lo consideras una victoria?
El príncipe miró a su padre, que a su vez lo
contemplaba fijamente.
—Pero los pusimos en fuga —insistió Meldron—. No se
atreverán a atacarnos otra vez.
—¡Ya lo han hecho! En el momento en que abristeis
una brecha en la línea, los lobos volvieron y atacaron por el lugar que habíais
abandonado.
—No ha muerto nadie. Les hemos demostrado que
sabemos luchar. — Alzó la lanza y entre sus guerreros se levantó un murmullo de
aprobación.
—Lo único que les has demostrado, príncipe Meldron,
es que valía la pena que volvieran: doce caballos a cambio de un solo lobo
muerto. Ni siquiera notarán la pérdida —dijo Tegid con la voz alterada por la
furia—. Puedo asegurarte que volverán otra vez. Nos acosarán desde esta noche
hasta que lleguemos a Findargad, porque les has demostrado magníficamente que
la ganancia es mucha y el riesgo poco. A estas horas deben de estar riéndose de
la facilidad con que nos han burlado. Los lobos volverán, príncipe Meldron.
Puedes apostar la vida.
El príncipe miró a Tegid con el entrecejo fruncido
y los ojos preñados de odio.
—No tienes autoridad alguna sobre mí —gruñó
Meldron—. Para mí no eres nadie.
—Soy el bardo de tu pueblo —replicó Tegid—. Has
desafiado las órdenes del rey. Por tu culpa cinco hombres han resultado heridos
y hemos perdido doce caballos.
Meldron le dirigió una mirada altanera.
—Todavía no he oído decir al rey que esté enfadado
conmigo. Si mi padre está disgustado, deja que sea él quien me lo diga.
El príncipe miró a su padre. El rey Meldryn miró a
su hijo pero no dijo nada.
—¿Lo ves? —rio el príncipe—. Ya me lo imaginaba. El
rey está satisfecho. Métete en tus asuntos, Tegid Tathal, y no me molestes con
tus tonterías. Si no llega a ser por mí, aún estaríamos luchando con los lobos.
Los he puesto en fuga. Pronto tendrás que darme las gracias.
A la luz de las antorchas el rostro de Tegid
aparecía muy pálido.
—Gracias a ti, oh príncipe impetuoso, tendremos que
volver a vérnoslas con los lobos. Gracias a ti, doce personas que podrían ir a
caballo tendrán que caminar a pie por la nieve. Gracias a ti, cinco cuerpos que
gozaban de salud tendrán que soportar el dolor y quizá la muerte.
Creí que el príncipe iba a estallar de cólera. Se
le hinchó el cuello, y los ojos se le empequeñecieron aún más.
—No permito que nadie me hable en ese tono —siseó—.
Soy un príncipe, un caudillo de guerreros. Si en algo aprecias la vida,
cállate.
—Y yo soy el bardo de tu pueblo —contestó Tegid,
recordándole una vez más al príncipe su autoridad—. Hablaré en el tono que se
me antoje necesario. Ningún hombre, y un príncipe o un rey menos que nadie,
puede osar refrenar mi lengua. Harías bien en tenerlo siempre presente.
El príncipe se debatía entre la rabia y la
frustración. Apeló silenciosamente a su padre, mirándolo con ojos furiosos e
implorantes a un tiempo. Pero el rey apenas se dignó devolverle la mirada,
escudado en su silencio de piedra. El príncipe, humillado por aquella falta de
apoyo, giró de pronto sobre sus talones y se alejó. Los hombres que se
consideraban propiedad del príncipe lo siguieron. Paladyr, el paladín del rey,
estaba entre ellos.
30
LA BATALLA DE DUN NA PORTH
Tegid no hizo sino expresar la más
cruda verdad al decir que volveríamos a ver a los
lobos. Envalentonados por su victoria, nos persiguieron, deslizándose en
silencio a través del nevado bosque durante el día y acechándonos furtivamente
durante la noche en el límite de las hogueras del campamento.
—Han comido bien —dijo Tegid—. Por ahora están
saciados, pero debemos permanecer en guardia —añadió señalando los agudos picos
que se alzaban ante nosotros—. Pronto saldremos del bosque. Cuando vean que
tomamos las veredas de la montaña, nos atacarán otra vez.
—Pero no nos seguirán por las montañas —declaré yo
con optimismo, porque no me parecía probable que los lobos siguieran
persiguiéndonos cuando abandonáramos la protección de los árboles.
—¿Quieres apostar algo? —me preguntó el bardo
maliciosamente; luego, adoptando un aire grave, añadió—: No miento al decir que
jamás se habían visto lobos como ésos.
—¿Tan obstinados?
—Tan astutos.
Entendí perfectamente lo que quería decir. Desde el
día del ataque, había notado la presencia de ojos invisibles que nos espiaban.
De vez en cuando me daba la vuelta para mirar por encima del hombro o echaba
una mirada de soslayo a ambos lados de la senda del bosque. Sólo muy de tanto
en tanto pude sorprender la sombra furtiva y fantasmal de un lobo que se
deslizaba en la oscuridad.
Para mayor seguridad avanzábamos siguiendo la
ribera del río. Y, aunque el cauce se estrechaba y el camino se hacía más
escarpado, el alto bancal rocoso nos brindaba una cierta protección y las aguas
impetuosas del río no estaban heladas. Por la noche encendíamos grandes
hogueras, y los guerreros se turnaban para vigilar desde el crepúsculo hasta el
alba. A mí también me
tocó velar en esas noches que parecían
interminables: arropado en el manto, pateaba para entrar en calor, me daba
palmadas para mantenerme despierto y alerta, y escrutaba el vacío de las
tinieblas por si sorprendía el fantasmal destello de algún ojo salvaje; luego
regresaba junto al fuego y caía en un sueño intranquilo e inquieto hasta que el
sol se levantaba.
A decir verdad, tampoco veíamos el sol. El mundo
estaba tan encapotado y nevado que se habría dicho que era un mundo sin luz y
sin calor. Parecía como si sollen se hubiera enseñoreado de Albión y hubiera
condenado a las demás estaciones a un exilio eterno. Todas las mañanas, al
despertar, oía otra vez lo que Tegid me había dicho: «La estación de las nieves
no acabará hasta que Nudd sea derrotado».
El camino fue estrechándose hasta convertirse en un
dificultoso sendero de roca. El bosque fue haciéndose cada vez menos espeso y
los árboles, más pequeños, esmirriados y deformados por el constante castigo
del viento, fueron espaciándose como si en su miseria se esquivaran unos a
otros. El cielo cargado de hielo parecía acercarse a medida que íbamos
subiendo. Jirones desprendidos de las nubes y ráfagas perdidas de nieve tapaban
el camino cada vez más inseguro. Y, cuando volvíamos la vista atrás, sólo veíamos
un nevado desierto blanco salpicado de grises bloques de piedras y peñas del
tamaño de una casa. Ascendíamos por encima del límite del bosque acercándonos
lentamente al desfiladero que conducía al corazón de piedra de Cethness.
Día a día el sendero se hacía más empinado; día a
día el viento era más frío; día a día las nevadas eran más intensas. Y cada día
caminábamos bastante menos que la víspera. Todas las noches me dolían las
espinillas y los muslos por el esfuerzo de la escalada, me ardían las manos y
la cara por el castigo del viento y tenía que masajearme para que mis
entumecidos miembros entraran en calor.
Acarreamos tanta leña como pudimos del bosque y la
transportamos a lomos de los caballos. Pero las noches eran terriblemente frías
en aquellas alturas azotadas sin cesar por los gemidos y lamentos del viento, y
nos veíamos obligados a consumir grandes cantidades del precioso combustible en
un vano esfuerzo por calentarnos.
Había creído que abandonar el bosque significaba
por lo menos vernos libres del acoso de los lobos, pero estaba muy equivocado.
La segunda noche
que pasamos más arriba del lindero, mientras
estábamos acampando, los oímos una vez más; encaramados en las rocas lanzaban
al aire sus terribles aullidos. Al día siguiente los divisamos en el sendero
detrás de nosotros. Ya no se molestaban siquiera en ocultarse. Sin embargo, no
nos atacaron ni tampoco abandonaron el acoso, aunque ponían buen cuidado en
guardar una cierta distancia.
Comencé a pensar que no nos atacarían otra vez.
¿Por qué iban a hacerlo? Lo único que tenían que hacer era aguardar
pacientemente a que uno a uno fuéramos cayendo en el camino. Se conformarían
con los rezagados, matarían a cualquiera que se quedara atrás, devorarían a los
que estaban demasiado débiles o tenían demasiado frío para seguir avanzando.
Por eso, el rey ordenó a los guerreros que protegieran la retaguardia, tanto
para ayudar a los que desfallecieran como para impedir que los lobos se
acercaran demasiado.
Avanzábamos penosamente por la nieve, sendero
arriba, subiendo sin cesar en medio del inhóspito y helado viento. El frío, el
hambre y el cansancio se aliaban contra nosotros. Pese a las medidas del rey,
la gente comenzaba a desfallecer. Por la mañana, cuando levantábamos el
campamento, encontrábamos cuerpos helados, grises, rígidos. A veces veíamos a
alguien que se esforzaba por seguir ascendiendo, pero de pronto caía para no
volverse a levantar. A veces algunos resbalaban en la nieve, al borde del camino,
y no los volvíamos a ver. Enterrábamos los cuerpos que encontrábamos bajo rocas
y piedras, a un lado del camino. Los que no podíamos encontrar eran pasto de
los lobos.
Perdimos a cincuenta personas antes de llegar al
desfiladero llamado la Hendedura de Rhon, una estrecha brecha entre dos
montañas, donde el sendero colgaba peligrosamente sobre un precipicio, al fondo
del cual caían las espumosas cataratas de un río conocido con el nombre de Afon
Abwy. El caudaloso río se abría paso hacia las cañadas de la montaña,
despidiendo una húmeda y blanca niebla que empapaba las rocas y se helaba sobre
ellas. Toda la garganta estaba encajonada en hielo.
El día en que llegamos a la Hendedura de Rhon
perdimos cinco hombres que cayeron en la garganta. El viento soplaba con fuerza
y los infortunados perdieron pie al resbalar con el hielo y hallaron la muerte
en las peñas del Afon Abwy. Yo sólo vi caer a uno de ellos y es un espectáculo
que espero no volver a contemplar jamás: el desventurado cayó como un peso
muerto, como
un trapo arrastrado por el viento, y fue rebotando
en las paredes de la garganta, dando volteretas, chocando con las rocas
cubiertas de hielo, hasta desaparecer entre la espuma que producía el remolino
de las aguas.
Sólo vi caer a un hombre, pero oí los breves y
agudos chillidos de los otros cuatro al resbalar. El eco de las montañas
prolongó el sonido mucho después de que las víctimas hubieran muerto. No
podíamos hacer nada por ellos, así que seguimos adelante.
El sendero de la montaña era traicionero.
Escarpado, estrecho, peligroso, tortuoso, helado y cubierto de nieve,
serpenteaba entre los desnudos picos con la habilidad de una serpiente. De
pronto pasábamos bajo enormes lascas de piedra, y al rato teníamos que escalar
por una pared de roca desnuda; unas veces teníamos que subir paso a paso por
una pendiente escarpada, y otras nos veíamos impelidos de cabeza por un
escabroso declive.
Nuestro único consuelo estribaba en que, si el
viaje era duro para nosotros —y en verdad era una agonía—, no lo era menos para
nuestros perseguidores. Todos los días los veíamos: a veces muy lejos de
nosotros, otras a un tiro de piedra. Siguiendo al negro jefe de la manada nos
perseguían día y noche, sin fatigarse, sin abandonar el implacable acoso.
Me iba acostumbrando a verlos y ya no los temía
como antes. Pero, mientras yo me iba habituando a su amenazadora presencia,
Tegid les iba cogiendo día a día más miedo. De tanto en tanto se detenía y se
volvía de golpe como si quisiera sorprender algo elusivo e invisible.
—¿Qué haces? —le pregunté cuando había repetido el
mismo movimiento sin explicación alguna.
Yo también escrutaba el camino que quedaba atrás
por donde avanzaba la harapienta procesión de viajeros.
Aguzando la vista y protegiéndose con la mano los
ojos de la reverberación de la nieve, me contestó:
—Hay algo allí atrás.
—Lobos…, como muy bien sabes —repuse—. ¿O acaso lo
has olvidado?
Sacudió la cabeza con energía.
—No me refería a los lobos. Hay algo más.
—¿Qué?
No contestó, pero siguió escrutando el sendero un
buen rato. Luego se dio la vuelta y reanudó la marcha. Yo lo seguí, pero
contagiado por la inquietante sensación de un temor creciente. Me dije a mí
mismo que con aquella tenaz manada de lobos a nuestras espaldas no había
necesidad de buscar el origen de aquel presentimiento más allá del primero de
nuestros perseguidores. Así se lo dije a Tegid, pero el bardo no pareció muy
convencido. Seguía escudriñando el camino de vez en cuando, y yo también; pero
no vimos nada excepto las fantasmales siluetas de los lobos.
Nuestros víveres se estaban acabando, y el
combustible menguaba peligrosamente. Se convirtió en un tema de conjeturas qué
nos mataría primero: el hambre, el frío o los lobos. Resistimos durante tres
días, cansados y medio helados, hasta que el hambre nos obligó a matar el
primero de los caballos. Arrancamos la carne aún caliente de los huesos y la
devoramos. Limpiamos el pellejo y lo utilizamos para abrigar a los niños. El
pequeño Twrch engulló con fruición jirones de asadura; guardé un hueso para
dárselo después y confié el cuidado del cachorro a una niña y su madre que
viajaban en mi caballo. El marido había muerto al caer por el precipicio y la
mujer, abatida por el dolor, agradeció aquella pequeña diversión para su
criatura. Twrch no podría haber hallado mejor guardiana y compañera.
El rey avanzaba siempre a la cabeza de la columna;
iba a pie, no a caballo. A veces caminaba junto a Tegid, pero la mayor parte
del tiempo iba solo. Cada baja le atravesaba el corazón como un cuchillo, y
cargaba sobre sus hombros el dolor de cada muerte como si se tratara de la suya
propia. Sin embargo, no estaba dispuesto a sacrificar a los vivos por los
muertos. Seguía adelante, caminando con dificultad, encorvado, con los hombros
hundidos, como si soportara en sus anchas espaldas el peso de los sufrimientos
que estaba acarreando su decisión de internarse en las montañas, camino de
Findargad. El rey Meldryn se mantenía firme en su propósito pese a las quejas
que se levantaban contra él. Y no eran ciertamente pocas. Podríamos quedarnos
sin grano, pero jamás nos faltaría el pan de la disensión. Y, cuando se agotó
el último grano, la gente echó mano de esas hogazas en reserva.
El príncipe Meldron era el más implacable en sus
reproches; él, que debería haber sido el principal apoyo de su padre, se
envenenó a sí mismo y a los que lo rodeaban con toda clase de quejas y
lamentos. Me harté de oír sus
sarcásticas burlas.
—¿Adónde ahora, padre? —exclamaba siempre que nos
deteníamos a descansar en plena marcha—. ¡Habla, Soberano Señor! Dinos otra vez
que debemos apresurarnos a llegar a Findargad.
Sus pullas eran cobardes; Meldron sabía
perfectamente que su padre no iba a contestar, pues su geas se lo impedía: el
rey no hablaría ni siquiera para defenderse de las acusaciones de su hijo.
Aunque me avergüenza admitirlo, pese a que tenía
plena confianza en el rey, comencé a poner en duda la prudencia de su decisión.
¿Acaso no había tumbas en Sycharth? No es fácil mantener encendida la llama de
la esperanza en el frío y desolado corazón de sollen. La estación de las nieves
no es la época más apropiada para trazar planes para el futuro. Un paso lento
tras otro: ése era todo el futuro que yo era capaz de imaginar. Un paso más,
luego otro… Lo demás no me importaba nada.
Por fin un día divisamos Findargad: una inmensa
fortaleza con innumerables torres, una magnífica corona de piedra sobre una
enorme cabeza de granito erguida sobre los hombros de Cethness. Pero también
divisamos finalmente a nuestros verdaderos perseguidores. He dicho «un día»,
pero en realidad el cielo estaba oscuro como en el crepúsculo y la nieve nos
golpeaba con violencia el rostro. Vi que Tegid se detenía de pronto y se daba
la vuelta como para sorprender a un ladrón que se deslizara a su espalda. Le había
visto hacer lo mismo miles de veces. Pero, esta vez, vi que torcía el gesto y
que sus ojos se llenaban de alarma.
Corrí a su lado.
—¿Qué ocurre, hermano?
No contestó, sino que alzó la vara de roble y
señaló el camino que quedaba detrás de nosotros. Volví la cabeza para poder ver
lo que él estaba viendo. Y lo vi. El corazón se me encogió en el pecho; me dio
la sensación de que una criatura enorme se me había metido por la garganta
hasta el estómago y me estrujaba las entrañas con mano de hierro.
—¿Qué…? —farfullé.
Tegid seguía rígido y silencioso junto a mí.
No se puede describir lo que vi. No hay palabras
que puedan hacerlo. En
efecto, ante nuestros ojos había aparecido una
monstruosa abominación de color amarillento y pies torcidos que arrastraba una
tremenda tripa de ballena entre sus piernas obscenamente despatarradas; en su
manchado y destrozado pelo le crecían unos penachos de cerdas negras, y sus
ojos pequeños le brillaban con una malignidad bestial. Tenía una boca floja y
desdentada como la de una rana, y la lengua le colgaba chorreando baba y una
pútrida sustancia verdosa; le pendían unos brazos largos, flacos, fláccidos. Con
las manos apretadas en puños iba arrancando y arrojando rocas mientras escalaba
frenéticamente por el escarpado terreno.
Detrás de esta achaparrada monstruosidad surgió una
hormigueante legión de engendros. ¡Un tropel de abortos monstruosos!
¡Centenares! Todos igualmente repulsivos. Vi miembros esqueléticos
revolviéndose, hinchados torsos retorciéndose, rostros obscenos haciendo
impúdicas muecas, pies enloquecidos lanzándose contra nosotros a toda
velocidad. Me maravillaba su rapidez porque la nieve no parecía entorpecerlos
en modo alguno. Tuvieran las patas largas o cortas, cuerpos gordos o
esqueléticos, enormes y espantosos o esmirriados y repugnantes, todos se
deslizaban por la nieve corriendo hacia nosotros en asqueroso y vomitivo
tropel.
Nos perseguían empujados por un vendaval de odio.
Su repugnante apariencia era sólo una pequeña parte de su paralizante poder;
intuí que la maldad que destilaban era como un veneno atroz capaz de arruinar
todo lo que tocara. Iban detrás de los lobos, azuzándolos con su rabia. Lobos y
demonios, rápidos y seguros como la mismísima muerte, avanzaban todos a una
sobre la nieve. ¿Quién podría resistir tan formidable ataque?
—Es la Hueste del Abismo —dijo Tegid en lacónico
murmullo—. Los coranyid.
Era la Hueste Demoníaca de los Infiernos, cuya
llegada había presentido Tegid silenciosamente durante días. Sin duda eran
demonios, y más horripilantes de lo que cualquiera hubiera podido imaginar.
Decir que vi a los malignos coranyid es como no decir nada. Mirarlos
significaba contemplar el rostro de la perversidad y de la malignidad más
espantosa. Eran la encarnación de la abominación y de la maldad, la pudrición
convertida en carne, la muerte más allá de la muerte.
Mis manos perdieron toda su fuerza, mis piernas
toda su energía. No tenía siquiera deseos de huir. Lo único que quería era
dejarme caer en tierra y
cubrirme con mi manto. Y eso era, desde luego, lo
que deseaban los demonios. Tenían la esperanza de detenernos antes de que
llegáramos a la fortaleza del rey, aunque no sé por qué habían aguardado tanto
tiempo, en vez de caer sobre nosotros en el mismo momento en que abandonamos
Sycharth.
Por encima del hombro eché una rápida ojeada a
Findargad, que se elevaba hacia los cielos a considerable distancia.
—La fortaleza está demasiado lejos. Nunca
lograremos alcanzarla.
—Debemos hacerlo —replicó con energía Tegid—.
Tendremos una oportunidad si conseguimos llegar a Dun na Porth.
Nos apresuramos a reunirnos con el rey. La noticia
no pareció desanimarlo, ni siquiera sorprenderlo. Miró con ojos fatigados el
desfiladero y se llevó el cuerno a los labios. Segundos después, un
estremecedor sonido cortaba el frío viento con una aguda nota de alarma. Cuando
el primer eco resonó en los helados picachos, el pueblo entero respondió
instintivamente. Sonaron otras señales de alarma a lo largo de la procesión de
fugitivos, y en un abrir y cerrar de ojos todos echaron a correr hacia la
protección de la fortaleza tropezando, resbalando, patinando, hundiéndose en la
nieve.
El desfiladero al que se había referido Tegid
estaba justo delante de nosotros: Dun na Porth, la Puerta de la Fortaleza, una
brecha de escarpadas paredes por la que pasaba el sendero antes de encaramarse
a la aguilera donde se alzaba la fortaleza de Meldryn Mawr. Yo abrigaba
escasísimas esperanzas de que pudiéramos llegar hasta sus murallas. Mientras la
gente se afanaba desesperadamente por alcanzarlas, Tegid, por orden del rey,
llamó a los guerreros a las armas.
Saqué mi espada de su funda protectora de algodón y
me la ceñí a la cadera. Luego apreté con toda la fuerza de mis entumecidos
dedos el astil de mi lanza y me precipité sendero abajo para reunirme con el
grueso de los guerreros en la retaguardia, deteniéndome sólo para ayudar a los
fugitivos que se habían caído al suelo y para animarlos a que siguieran
adelante.
El príncipe Meldron me miró ceñudo mientras yo me
apostaba con los demás guerreros, pero pronto estuvo demasiado ocupado como
para discutirme mi lugar entre sus hombres. En cuanto hubo pasado el último de
los fugitivos, formamos una cuña que obstruyó el camino de lado a lado. Para
alcanzar a nuestro pueblo y a nuestro rey, la tropa infernal de Nudd tendría
primero que matarnos a nosotros. Yo no sabía si se
podía matar a los demonios, ni siquiera si se los podía combatir con espadas y
lanzas. Pero, si un demonio era capaz de sentir algo, estaba dispuesto a que
sintiera la punta de mi espada.
Cuando la línea de batalla se hubo formado, me
encontré aproximadamente en el centro de la segunda fila de guerreros.
Blandimos las lanzas por encima de los hombros de los de la primera fila. Y,
mientras Tegid y el rey conducían a los nuestros hacia el desfiladero,
avanzamos lentamente sendero abajo hacia el tropel de enemigos.
Cuando vieron nuestra formación, los demonios
soltaron un grito espantoso y sobrenatural, lastimero y furioso a la vez; un
grito de cólera y demencia capaz de sembrar la desesperación en los ánimos más
aguerridos. El atronador gemido llegó hasta nosotros en alas del viento, pero
permanecimos firmes en nuestros puestos; y, mientras los coranyid se acercaban,
nos aprestamos a recibirlos con insultos, gritando nuestro coraje con potentes
alaridos de batalla.
Muy pocos demonios llevaban armas convencionales.
Vi sólo unas cuantas espadas y lanzas asidas por dedos en forma de garras.
Algunos llevaban porras ennegrecidas por el fuego, pero la mayoría tenían las
manos vacías, aunque no por mucho tiempo. En efecto, mientras se precipitaban
contra nosotros, iban cogiendo pedruscos del camino y de la ladera de la
montaña y nos los arrojaban. Nosotros nos protegíamos bajo los escudos.
El jefe de batalla enemigo envió primero contra
nosotros a los lobos. No sé si los coranyid habían utilizado desde siempre a
los lobos o si simplemente aprovechaban ahora para sus propósitos la ferocidad
innata de aquellas bestias. El caso es que los animales, enloquecidos por el
hambre y el miedo, azuzados hasta el frenesí por sus inhumanos dueños, se
lanzaron sin vacilar contra nosotros. Y su ataque fue esta vez directo y
mortal. Los recibimos con las puntas de nuestras lanzas, y murieron mordiendo
con sus crueles fauces el metal que los había ensartado.
Detrás de los lobos venía el grueso de los
coranyid. Guerreros endurecidos en miles de batallas, que no temían ni al dolor
ni a la muerte, temblaron al ver la tropa de Nudd. Verdaderamente era un
ejército horripilante; todos y cada uno de ellos eran monstruos deformes:
cuerpos con calaveras por cabeza, vientres hinchados, asquerosos fantasmas
escapados de
las tumbas con miembros como husos. Desnudos,
monstruosos, eran diablos semihumanos, perversos sirvientes de un amo más
abominable aún. Más de un hombre se acobardó ante el asqueroso espectáculo, y
por cierto no se les podía echar en cara.
Aunque escruté entre el numerosísimo tropel de
abominaciones, no pude divisar a su espantoso señor. Sin embargo, no me cabía
duda de que estaba muy cerca dirigiendo el ataque desde algún lugar invisible.
En efecto, mientras la terrible horda avanzaba, me sentí invadido por un pavor
que me daba vértigo; el instinto me dijo que esa sensación iba más allá de la
repulsión que me inspiraba la aparición de tan tremendo enemigo. Nudd estaba
cerca. Lo sentía, percibía la desesperación y la sensación de la propia insignificancia
que su presencia inspiraba.
En ese preciso instante me acordé de la esperanza
que Tegid y yo habíamos descubierto en las cenizas de Sycharth: el enemigo no
era omnipotente. ¡Ni mucho menos! Las únicas armas de Nudd eran el temor y el
engaño. Si nos rendíamos a ellas, ganaría. Si lo desafiábamos a él y a su
hueste, fracasaría. No podía luchar contra hombres que no lo temieran. Su punto
flaco era ése, aunque quizá fuera el único.
Por fin llegó hasta nosotros la Hueste de Demonios,
desgarrando el aire con sus espantosos alaridos. La primera fila de guerreros
retrocedió vacilante cuando la estridente hueste se lanzó de cabeza contra
nuestras armas. Sus úlceras destilaban negra bilis y apestosa sangre, y pronto
nos vimos envueltos en una mareante fetidez. La pestilencia era casi
paralizante; el hedor hacía que los estómagos se nos subieran a la garganta.
Los hombres más fuertes se quedaban sin respiración y vomitaban con los ojos llenos
de lágrimas. Por muy asquerosa que fuera la apariencia y el estruendo de
aquellos perversos engendros, aún era más insoportable su hediondez. El temple
de los guerreros se vino abajo, la primera fila vaciló, cedió y acabó por
romperse, y hombres de indiscutible valor echaron a correr huyendo del combate.
En pocos instantes, la intrépida banda de Meldryn
se dio a la fuga y echó a correr sendero arriba hacia el desfiladero,
perseguida por demonios y lobos. El príncipe Meldron intentó impedir la fuga
gritando:
—¡Alto! ¡Alto, mis valientes! ¡Deteneos y luchad!
Pero sus hombres no podían oírlo, ensordecidos por
el pánico que retumbaba en sus corazones.
Yo también eché a correr. Empujado por doquier, no
podía menos que correr para no ser atropellado por la avalancha. Llegamos al
desfiladero de Dun na Porth. Alcé la vista hacia la escarpada roca de la puerta
de piedra y aflojé el paso pensando que allí por lo menos podría impedir al
entrada a algunos enemigos. Me detuve y me di la vuelta para enfrentarme a la
turbamulta.
Un lobo negro que llevaba a lomos un vociferante
demonio perseguía a un guerrero. En el momento en que yo me giraba para
lanzarme contra el demoníaco tropel, el lobo me vio y vino hacia mí mostrando
sus terribles colmillos por las fauces abiertas. Dejé que el animal se
acercara; luego bajé la espada y se la hundí en las fauces. El animal alzó las
patas delanteras arañando el aire y se ahogó, atragantado con su propia sangre.
El demonio hizo amago de saltar sobre mí, pero el príncipe Meldron se adelantó y
con un espadazo certero le abrió la cabeza de un golpe. Ambos, lobo y demonio,
cayeron muertos a nuestros pies.
De inmediato, otro demonio se precipitó contra
nosotros haciendo oscilar sobre su repugnante cabeza de reptil un leño
retorcido. El príncipe desvió la porra y con el mismo movimiento de espada le
cortó el brazo al monstruo. Luego, con un segundo espadazo, ensartó limpiamente
al demonio, que cayó de espaldas regurgitando gas y pus. Meldron abatió
enseguida a otra repugnante criatura que saltó sobre él. Yo, a mi vez, envié a
dos monstruos al infierno de donde habían salido.
—¡Es más fácil que matar ovejas! —exclamó el
príncipe—. No se necesita especial habilidad para hacerlo. Tendremos que
trabajar el doble para ganarnos gloria y honores.
Era cierto. Los demonios no sabían combatir y
desconocían el manejo de las armas. Se revolvían y arrollaban por doquier, pero
no resistían un cara a cara con un guerrero; arrojaban pedruscos y enarbolaban
porras, pero no sabían presentar un ataque ordenado. Pese a ello, eran
numerosísimos y, en cambio, sólo el príncipe y yo habíamos quedado para
plantarles cara. Seguramente no tardaríamos en sucumbir ante tan numeroso
contingente. Pero nos manteníamos firmes en la entrada del desfiladero,
abatiéndolos golpe a golpe, segándolos como si fueran mala yerba ante la
guadaña.
Los lobos eran mucho más peligrosos. Su fuerza, su
agilidad, su ferocidad en la lucha los convertían en un enemigo de cuidado para
un hombre. Por
suerte los demonios los habían empujado a tal
frenesí que habían olvidado su natural instinto y se lanzaban descuidada y
enloquecidamente contra nosotros. Sólo había que esperar a que se acercaran y
blandir la lanza contra ellos, y los lobos caían muertos o huían desgarrándose
las heridas recibidas con furiosa locura.
Oí un ruido a mis espaldas y me di rápidamente la
vuelta con la lanza en ristre.
—¡Detente, hermano! —gritó una voz.
Era Paladyr, el líder de la Manada de Lobos del
príncipe Meldron, que se reincorporaba a la lucha. Simon —Siawn Hy— venía tras
él. Nos habían visto resistir a pie firme ante el enemigo y volvían al combate.
—¿Ahora que la batalla ha sido ganada, venís a
participar de la victoria? —les espetó el príncipe—. ¡Marchaos! Estamos a punto
de acabar.
—Ni lo pienses, príncipe. ¿Crees que os vamos a
dejar toda la gloria para vosotros solitos? —respondió el paladín—. Permítenos
luchar a tu lado; hay enemigos de sobra para los cuatro.
—¡Manos a la obra pues! —repuso el príncipe—. Pero
emplead las espadas, no la lengua.
—¡Mira lo que hago! —exclamó Paladyr.
Y con un grito estridente blandió la capa y se
lanzó contra una docena de demonios que avanzaban en tropel. ¡Fue un
maravilloso espectáculo! Certero en cada uno de sus movimientos, impecable como
el oro, mortal como la hoja que empuñaba con mano enérgica, Paladyr era como
una piedra de molino y sus enemigos eran el grano que aplastaba; los cuerpos se
iban amontonando a sus pies como cáscaras informes.
Siawn soltó un alarido agudo y ensordecedor y,
precipitándose tras el paladín, comenzó a igualarlo en la habilidad de los
golpes. Luchaban hombro con hombro. Sus espadas se alzaban y caían con rapidez
vertiginosa como manejadas por una sola mano. Para no quedarnos atrás, el
príncipe Meldron y yo redoblamos nuestros esfuerzos. Nos arrojamos a la lucha
con incansable coraje y juntos abrimos una ancha brecha en la marea de
demonios.
Al ver con qué facilidad caían los coranyid, muchos
guerreros acudieron a combatir con el enemigo, y muy pronto Dun na Porth se
colmó no de nieve
sino de repugnantes cadáveres de la Hueste
Demoníaca. Nos entregábamos a la lucha en cuerpo y alma, y en verdad era una
tarea fatigosa. Pese al frío, el sudor nos empapaba el cuerpo, nuestro aliento
se condensaba en el aire y nuestros húmedos cabellos despedían vaho.
El hedor nos llenaba los ojos de lágrimas que
resbalaban por nuestras mejillas. Pero resistía el ánimo de los guerreros, que
se enardecían unos a otros con palabras y gritos de coraje. Hombro con hombro
permanecíamos firmes frente a la embestida de aquellos pululantes,
hormigueantes y apestosos enemigos. Golpe a golpe los íbamos venciendo.
Habríamos logrado aniquilarlos del todo, si no hubiera sido porque eran
numerosísimos y estaba cayendo la oscuridad.
A medida que se desvanecía la luz, resultaba más
difícil ver a aquellos seres horribles; en cambio, ellos no parecían tener
problemas para vernos a nosotros. Por eso sus golpes se volvían más certeros en
tanto que los nuestros se hacían más torpes; sus embestidas se hacían más
difíciles de contener a medida que nuestras defensas comenzaban a fallar.
La razón era obvia: las tinieblas eran su elemento;
podían ver en la oscuridad. Habían atacado Sycharth y las fortalezas a altas
horas de la noche. Podían acabar con nosotros en la oscuridad sin darnos
siquiera tiempo a ver de dónde venían los golpes. Pero aun así seguimos
luchando cuando ya era una locura hacerlo; y sufrimos las consecuencias.
Cuando la negra noche de sollen invadió por
completo el desfiladero y el aullido del viento silenció los gritos de los
coranyid, Paladyr se dirigió al príncipe.
—No soy un cobarde, pero no puedo luchar contra lo
que no veo — declaró.
—Yo tampoco —repuso el príncipe Meldron—. No
importa. Dejaremos a algunos con vida para seguir combatiendo mañana.
La retirada por el tortuoso sendero en medio de la
oscuridad fue muy dificultosa, pero al fin ascendimos hacia las macizas puertas
y los altos muros de Findargad. Nunca me he sentido tan contento de oír una
pesada puerta cerrarse a mis espaldas como aquella noche, cuando me encontré al
fin en el patio de la fortaleza asistido por unos hombres que nos procuraban
mantos secos y humeante cerveza. Cogieron las armas de nuestros rígidos dedos y
pusieron en nuestras manos jarras calientes,
ayudándonos a beber el primer trago de la reconfortante bebida. Cogieron en
brazos a los que no podían ni andar y a los demás nos escoltaron hasta el
pabellón central de la fortaleza.
Findargad estaba muy bien aprovisionada y
abastecida. Los que nos habían precedido se habían ocupado de todo y habían
encontrado las cosas necesarias en las despensas de la fortaleza. El pabellón
estaba iluminado por un buen número de antorchas y caldeado con el fuego de
tres enormes chimeneas. Las mesas estaban llenas de comida, pero la mayoría de
nosotros estábamos demasiado cansados para probar bocado. Nos sentamos en los
bancos frente al fuego, encorvados como ancianos ante nuestras jarras de cerveza,
que manteníamos apretadas contra el pecho y de vez en cuando llevábamos hasta
nuestros labios para sorber un poco del vivificador líquido.
En compañía de Tegid, el rey deambulaba entre los
guerreros alabando su bravura, encomiando su destreza y prodigando las palabras
necesarias para renovar la energía en los cuerpos y el coraje en los corazones.
Meldryn Mawr no había combatido junto a sus hombres, pero había presenciado la
lucha desde la muralla hasta que la oscuridad le impidió seguir mirando.
Cuando llegaron junto a mí, Tegid dijo:
—El rey desea que te diga que se ha fijado en tu
coraje; has sido la salvaguarda de muchas vidas.
—Soberano Señor, siento no haber podido hacer aún
más —respondí, porque en verdad me sentía muy lejos de ser un héroe—. Quizá, si
no hubiera huido con los demás, habríamos podido vencerlos del todo. No hice
nada que tú mismo no hubieras hecho en mi lugar.
El rey Meldryn susurró algo al oído de Tegid y el
bardo me lo transmitió:
—Aunque tal vez no lo sepas, has hecho algo que el
príncipe no hizo: has permanecido leal a tu rey cuando otros no lo hicieron. Ni
siquiera el príncipe puede enorgullecerse de tanto. Es una acción digna de tu
renombre: jamás has deshonrado a tu rey desobedeciéndolo.
Luego siguieron adelante. Yo estaba tan cansado que
no entendí del todo el significado de las palabras del rey, pero pronto tendría
ocasión de meditar largamente sobre ellas. Y aprendería a lamentar cada una de
sus sílabas.
31
LA ASAMBLEA DEL REY
Día y noche, la Hueste de Demonios
rondaba al pie de las murallas mientras nosotros
los contemplábamos desde las almenas. De vez en cuando se aventuraban a
acercarse y, agarrándose a las piedras, intentaban subir. Los coranyid trepaban
con la agilidad y rapidez de las arañas. Y, si no estábamos alerta, podían
incluso llegar hasta las almenas; los guerreros entonces los ensartaban con sus
lanzas y los precipitaban muro abajo. Pero, la mayoría de las veces, el
guerrero de guardia arrojaba un pedrusco contra la horripilante cabeza del
escalador y le reventaba el cráneo antes de que el asqueroso monstruo hubiera
escalado la mitad del muro.
Cada baja lograba mantener a raya al resto de los
demonios durante un tiempo, aunque ignoro por qué; no parecían tener miedo y,
sin embargo, no podían soportar la pérdida de uno de ellos. Esto los enfurecía,
y los más cercanos al abatido gemían y gritaban levantando una espantosa
algarabía.
Constantemente, de día y de noche, nos turnábamos
para soportar el frío y el viento de modo que los demás pudieran descansar. A
medida que los días transcurrían, la Hueste de Demonios se iba haciendo más
numerosa. Los veíamos subir por los senderos de la montaña, llamados al
escenario de la carnicería por el temor a la cólera de su dueño y señor. No se
veía señal alguna de Nudd, pero a menudo sentíamos el acecho de su presencia:
los latidos del corazón se aceleraban, la náusea nos agarrotaba el estómago, la
angustia nos amedrentaba, la desesperación nos paralizaba.
No obstante, estábamos a salvo tras la protección
de las altas murallas de la fortaleza. Por muy poderosa que fuera la cólera de
los demonios, no podían atravesar las piedras como espíritus ni volar por
encima de las almenas como fantasmas. Mientras pudiéramos mantener las puertas
cerradas, no podrían entrar. Y, si no les permitíamos entrar, su rabia y su
furia no les servirían de nada.
Los primeros días después de nuestra llegada a
Findargad, descansamos, curamos nuestras heridas y lloramos a nuestros muertos.
La huida había
costado un alto precio. De los seiscientos que
habían comenzado el viaje, apenas quedaban cuatrocientos; de esa cifra sólo
ochenta eran guerreros y sólo nos quedaban unos sesenta caballos. Desde luego,
hubiera podido ser peor, pero tal idea no nos servía de consuelo. Todas las
bajas eran deplorables. El hecho de haber conseguido llegar a Findargad, contra
toda clase de obstáculos, nos parecía una insignificancia al lado de las bajas
sufridas.
Al sexto día del asedio, el rey reunió en asamblea
a los capitanes que aún seguían con vida —cinco en total—, al príncipe, a
Paladyr y a Tegid. Yo también asistí, puesto que mi obligación era estar
siempre junto a Tegid; por eso fui incluido en la asamblea, a pesar de no tener
derecho alguno.
Tegid fue quien dirigió la palabra a los reunidos y
quien se encargó de los procedimientos de rigor. El rey se sentó en el trono de
asta de ciervo cubierto de ricas pieles. Los demás se sentaron en el suelo de
piedra sobre pieles de buey marrones y blancas, en torno a una chimenea en la
que ardía un chisporroteante fuego. Tegid permanecía en pie a la derecha del
rey, con la mano izquierda sobre el hombro del monarca, para dejar bien clara
la autoridad en nombre de la cual hablaba. Yo me senté cerca de la puerta para
que mi presencia no pudiera molestar a nadie.
Cuando todos los miembros de la asamblea hubieron
ocupado sus lugares, Tegid tomó la palabra.
—Sabios capitanes, Jabalíes de las Batallas —dijo—,
prestad atención a las palabras de vuestro rey y concededle el regalo de
vuestro sabio consejo.
Luego se inclinó para poner la oreja a la altura de
la boca del rey, y Meldryn le susurró lo que debía decir.
—Así ha hablado el rey —continuó Tegid
enderezándose despacio para dirigirse a los reunidos—. Los llwyddios somos
fuertes y estamos orgullosos de la fuerza de nuestros brazos. En la batalla no
sucumbimos ante ningún enemigo ni fracasamos en la defensa de nuestro reino.
Jamás hemos conocido la ignominia de una derrota desde la época de nuestros
padres.
Meldryn Mawr asintió mientras Tegid acababa de
hablar y se inclinaba de nuevo hacia él. Le susurró entonces otras palabras,
alzó la mano derecha y la puso sobre los labios del bardo. Tegid se enderezó
otra vez y se dirigió a los congregados.
—Así habla el rey —salmodió—. Nuestras casas han
sido destruidas y
nuestro territorio devastado. Los lobos roen los
huesos de nuestros valientes y los cuervos devoran la carne de nuestros hijos.
Las cenizas cubren de negra nieve lo que antes eran hermosos palacios; ovejas y
pastores han sido degollados; los muros de madera han sido destruidos; las
casas se han convertido en tumbas; los hogares han sido arrasados y el
hidromiel ha sido derramado en el polvo, donde se ha mezclado con la sangre de
hombres honrados. La lechuza y la zorra gritan donde antes resonaban risas. El milano
y el halcón anidan en las calaveras de nuestros poetas.
»Más amarga que la derrota es para mí la muerte de
mi pueblo; más amarga que la destrucción de mis fortalezas es la certeza de que
la maldad se ha apoderado de mi reino. Somos hombres. Pero no somos como los
demás hombres. Somos llwyddios, y prevalecemos en estos territorios desde el
principio de los tiempos. No podemos rendirnos ante los asesinos, ni olvidar la
deuda de sangre.
»¡Capitanes, escuchad a vuestro rey! Las voces de
los asesinados claman venganza desde sus tumbas; los muertos inocentes exigen
una compensación por las vidas que les han sido robadas. Es deber de los vivos
honrar a los muertos. Es deber de un rey proteger, defender y velar por su
pueblo.
»Yo soy Meldryn Mawr. Yo velo por mi pueblo en la
vida y en la muerte. Aunque el enemigo me mate, la dignidad real que he
ostentado prevalecerá, la soberanía que he honrado no se extinguirá.
»Así habla el rey: en estos momentos, ante las
murallas, brama un enemigo que quiere destruirnos, un cobarde que no osa
desafiarnos en el campo del honor, sino en el sigilo, la traición y el engaño.
Y en estos momentos en que estamos al límite de nuestras fuerzas, ese enemigo
nos asedia. Y tenemos que soportar la indignidad de sus mofas y el insulto de
su vil presencia ante nuestras puertas.
»Por eso os pregunto a vosotros, Sabios Caudillos:
¿qué es esa nieve que cae sin cesar de las heridas del cielo? ¿Qué es ese
viento enloquecedor que durante la noche nos acosa con sus aullidos? ¿Qué es
ese frío intenso que día a día clava sus dientes sobre la tierra?
»¿Qué es ese sufrimiento que envenena el agua que
bebemos y amarga el pan que comemos? ¿Qué es esa cólera que se derrama sobre
nosotros como aceite hirviente? ¿Qué es ese terror que atenaza nuestros
corazones y hiela nuestra sangre?
»Oídme, Sabios Consejeros, y respondedme si podéis:
¿qué ha silenciado a los Hombres de la Canción? ¿Qué hace temblar al bello
Modornn? ¿Qué es esa abominación que se cierne sobre los picos de Cethness?
¿Qué hace huir a los jabalíes de las cañadas y a los ciervos de los bosques?
¿Qué es eso que aflige a los cielos y ahuyenta a los pájaros? Mientras
deliberáis, preguntaos una cosa más: ¿quién extiende su mano para conquistar
nuestro reino? ¿Quién devasta nuestra tierra? ¿Quién hace que las lágrimas
fluyan de los ojos de nuestro pueblo como tempestuosos arroyos? ¿Quién nos
azota con esta atroz guerra?
Tegid hizo una pausa para dar a los reunidos tiempo
de ponderar lo que acababan de oír, y luego continuó.
—¿Acaso no lo sabéis? ¿No osáis pronunciar en voz
alta su nombre? Muy bien, yo pronunciaré las odiosas palabras. Nudd, el señor
de Uffern y Annwn, el Príncipe de los Abismos, es el culpable de todas esas
aflicciones. Nudd ha asesinado a nuestros hombres y ha convertido nuestra
hermosa tierra en el más desdichado de los yermos. Nudd el Maldito convierte a
las mujeres en viudas y a los guerreros en pasto de gusanos. Nudd, el Rey de la
Noche eterna, dirige la casta de demonios contra nosotros.
»Lo que os digo es bien cierto, Compañeros del
Hogar: a menos que seamos capaces de doblegar el poder de Nudd, los atropellos
que ha cometido contra Prydain pronto serán bien conocidos también en Llogres y
en Caledon. Entonces los tres bienaventurados reinos estarán unidos no en la
armonía… sino en la desgracia; no en la paz, sino en el dolor. Y Albión, la más
hermosa isla del mundo, se debatirá bajo el espantoso tormento de los coranyid
de Nudd.
Cuando Tegid hubo acabado de pronunciar estas
palabras, las frentes de los congregados se fruncieron y los rostros se
ensombrecieron. Los capitanes de Meldryn se miraron unos a otros con
consternada desesperación. Por fin Tegid rompió el tenso silencio.
—Habéis escuchado las palabras del rey. Las habéis
ponderado y las habéis meditado. Es hora de que compartáis vuestro sabio
consejo. El rey aguarda.
El príncipe Meldron, en deferencia a su rango, fue
el primero en hablar.
—Padre y rey, siempre ha sido tu forma de actuar
devolver herida por
herida y sufrimiento por sufrimiento ¿O es que
acaso la habilidad en la palabra te lo ha hecho olvidar? —dijo el príncipe,
dispuesto a clavar aún más hondo el cuchillo de la insidia en el corazón de su
padre—. Sin embargo, me parece que vale la pena que lo recuerdes. Yo digo lo
siguiente: déjanos cobrar la deuda de sangre que nos deben. Déjanos reunir a
los guerreros y a cualquiera que pueda montar a caballo para luchar con Nudd.
Déjanos que empuñemos las armas y lo expulsemos de nuestras tierras.
Algunos capitanes, entre ellos Paladyr, se
palmearon los muslos y levantaron sus voces en señal de aclamación. El rey
escuchó sin dar muestras de entusiasmo e indicó con una seña a Tegid que se le
acercara.
Poco después Tegid se dirigió a los reunidos.
—El rey te ha oído, Meldron. Cree que la
perversidad que se cierne sobre nosotros no puede ser expulsada de nuestro
reino sólo con la fuerza de las armas. Porque hay una perversidad en el corazón
mismo de este asunto que debe ser remediada antes de que la tierra pueda ser
curada.
—No hay desgracia sembrada por enemigos que no
pueda ser remediada con la fuerza de las armas —bramó el príncipe.
Tegid escuchó pacientemente la respuesta del rey y
después nos la transmitió:
—Así habla el rey: ¿creéis de verdad que la
tribulación que nos embarga sucumbirá a golpe de espada? Yo os aseguro que Nudd
no teme a vuestras lanzas y a vuestras espadas. Sólo tiene miedo de una cosa:
del verdadero rey en su fortaleza. Ése horrible señor sólo está sometido a una
cosa: la Canción de Albión.
—Yo no sé nada de todo eso —repuso altivo el
príncipe—. Me parece que los problemas que han caído sobre nosotros tienen su
origen en el entrometimiento de los bardos. —Se volvió entonces hacia Tegid—.
No habría ocurrido nada de todo esto si tú y tu prelado no hubierais metido las
narices en asuntos ajenos.
Tegid saltó al oírlo.
—¿Acaso estás sugiriendo que los bardos de Albión
tienen algo que ver con el desencadenamiento de todos estos horrores?
El príncipe no se dignó contestarle, ni tampoco
retiró sus palabras.
—Así pues, para que te enteres —añadió furioso
Tegid—, para que todos os enteréis de la verdad, hablaré sin tapujos. Sabed
esto: el Cythrawl está suelto por el mundo.
Al oír el nombre de la Maldad Ancestral todos los
reunidos en torno al hogar de Meldryn se estremecieron.
—Ollathir, el Bardo Supremo, se enfrentó con la
Bestia del Abismo y fue asesinado, pero no antes de encadenarlo con poderosos
hechizos. Al verse encadenado, el Cythrawl ha llamado a su servidor, Nudd, para
arrasar y destruir lo que no puede poseer. Así han comenzado nuestros
sufrimientos.
El Príncipe Meldron frunció el entrecejo y alzó la
barbilla.
—Sólo oigo charlatanería de bardos —dijo
sacudiéndose una oreja con el dedo—. ¿Qué me importa a mí cómo comenzó todo?
Sólo me importa reclamar lo que es mío.
—Bien dicho, señor —exclamó Paladyr con voz
potente—. Hemos demostrado que podemos matar a los coranyid. Enviemos el ogam
de la guerra a todos los clanes de los Tres Reinos y convoquemos a los reyes y
a sus guerreros para levantar un enorme ejército contra Nudd y su Hueste
Demoníaca.
Tales palabras fueron calurosamente aprobadas por
los capitanes de Meldryn, quienes, pese a los esfuerzos de Tegid, no creían en
la enormidad de la maldad a la que se enfrentaban ni daban crédito a lo que la
había desencadenado. En efecto, a pesar de las duras pruebas que habían
soportado y a pesar del espantoso enemigo que habían visto, todavía seguían
confiando sólo en la fuerza de sus armas.
Con el consentimiento del rey, Tegid disolvió la
asamblea y todos se retiraron hablando animadamente del gran ejército que iban
a reunir y de la gloriosa guerra que iban a emprender. Todavía creían que aquel
horror podía ser combatido con lanzas y espadas; todavía creían que sollen
terminaría pronto y que gyd volvería otra vez.
Cuando todos se hubieron marchado, el rey se
levantó despacio del trono y se quedó en pie junto a la chimenea mirando
fijamente el fuego, como si buscara en las llamas el rostro de su enemigo.
Luego, se retiró a sus aposentos. Vi su rostro iluminado por las llamas cuando
se marchaba y me pareció contemplar el rostro de un moribundo: los ojos
brillantes y vidriosos,
las facciones desencajadas y la piel apergaminada y
pálida. Era el rostro de un hombre que ve cómo se le escapa la vida y no puede
hacer nada por impedirlo.
Me acerqué a la chimenea y me senté sobre una piel
de buey junto al fuego. Tegid vio la preocupación pintada en mi rostro.
—El rey está fatigado. Necesita descansar.
—No les hablaste del Phantarch. ¿Por qué?
Tegid removió la leña con un atizador.
—Sabes muy bien cómo son. No me habrían hecho caso.
—Quizá no. Pero, aun así, tenían derecho a saberlo.
—¡Entonces díselo tú! —saltó con una voz desgarrada
como una herida abierta—. Díselo tú, que tienes el awen del Bardo Supremo. A lo
mejor a ti te hacen caso —añadió, arrojando con furia el atizador.
Me invadió de pronto una ira repentina.
—¡Cállate, Tegid! Dices que he recibido el awen y
quizá sea verdad. Pero yo no pedí recibirlo. ¡De verdad, no lo recuerdo!
—¡Entonces se ha perdido! Como el hidromiel
derramado sobre la arena seca, se ha desperdiciado. Y eso significa el final de
todo.
Después, Tegid se levantó y abandonó la sala de
asambleas. No volví a verlo aquella noche ni tampoco al día siguiente.
Dos días después de la asamblea del rey, fui a
hacer mi turno de guardia en la muralla. Contemplé con horror que muchísimos
demonios se habían reunido junto a las puertas. Escruté entre la reverberación
de la nieve y vi cientos, miles de coranyid moviéndose a los pies de la
fortaleza como un mar inquieto y embravecido. Nos miraban obscenamente,
defecaban y se ventoseaban en repugnante desafío a las piedras que les
arrojábamos. El ruido que armaban con sus espantosos alaridos era ensordecedor.
El hedor que se levantaba de sus fétidos excrementos era aún peor. No pude
menos que vomitar de asco.
—Día a día son más —me confirmó un guerrero llamado
Hwy—. No importa cuántos podamos matar, siempre aparecen más.
Era cierto, y pronto me di cuenta de la causa.
—¿Qué es eso? —pregunté señalando un rojo
resplandor que se levantaba entre un grupo de peñascos repletos de coranyid.
—Fuego —contestó el guerrero—. Para calentarse.
No entendía nada. ¿Dónde encontraban los demonios
combustible para alimentar el fuego? ¿Y por qué necesitaban calentarse las
Criaturas del Abismo? Parecían inmunes al frío. No necesitaban comer, ni beber,
ni dormir…, ni ninguna otra de las necesidades y comodidades humanas. ¿Por qué,
entonces, necesitaban una hoguera?
Como no encontraba explicación alguna, caminé por
las almenas hasta el final de la muralla para ver mejor lo que sucedía entre
aquellas peñas. Comprobé que, en efecto, el enemigo había encendido una hoguera
enorme. Aún más, habían colocado sobre el fuego una caldera gigantesca para que
hirviera. De la caldera subía un vapor que el viento rompía en jirones. Docenas
de demonios se afanaban en torno al fuego alimentándolo y atizándolo. ¿Con qué
objeto?
Todas mis preguntas encontraron respuesta a la vez.
Mientras observaba la hoguera, un grupo de coranyid que hormigueaban junto a
las puertas se precipitó hacia los muros con la intención de escalarlos. Los
guardianes les arrojaron piedras que mataron a tres al instante e hirieron a
dos. Los heridos también resultaron muertos mientras intentaban alejarse. Todo
había ocurrido en pocos segundos. Los demás demonios, gimiendo horriblemente,
se retiraron dejando atrás a los cinco cadáveres.
Tan pronto como se hubieron retirado los atacantes,
doce demonios más corrieron hacia los muros. Pero, en lugar de intentar
escalarlos como habían hecho los otros, se precipitaron hacia los cuerpos de
sus compañeros, los cogieron y se los llevaron. Pensé que era ciertamente un
comportamiento muy extraño. Y entonces vi adónde se llevaban los cuerpos y qué
hacían con ellos. Al verlo, me estremecí hasta la médula.
Me di la vuelta y corrí en busca de Tegid.
32
LA CALDERA
—Ven
conmigo, Tegid. Quiero
que veas una cosa.
Encontré al bardo solo, sentado ante la chimenea de
la cámara de asambleas del rey, dedicado a trazar las letras del ogam en el
astil de una lanza. El príncipe Meldron y los jefes de batalla la necesitaban
para llamar a la guerra a los reyes de Albión. Ambos sabíamos que sería una
acción inútil. No habría llamada alguna, ni ejército, ni gloriosas batallas.
Los capitanes de Meldryn Mawr ni siquiera se pondrían de acuerdo en quién
llevaría la lanza; tampoco habían planeado cómo pasar entre el tropel de coranyid
reunidos en nuestras puertas ni cómo sobrevivir al largo y duro viaje.
—No tengo interés alguno en ver nada —gruñó Tegid.
—Pues deberías ver eso —le dije.
—¿Tiene que ser ahora mismo?
—Sí.
—Muy bien —aceptó irritado soltando la lanza, que
resonó sobre las losas de la vacía habitación.
Se levantó y se sacudió de los calzones algunas
virutas de madera.
—Enséñame eso que corre tanta prisa.
Pese a su aire displicente, no le importó demasiado
dejar la inútil tarea que tenía entre manos. Abandonamos la cámara y
atravesamos la sala serpenteando cuidadosamente entre los cuerpos de los que
allí dormían; en la puerta nos detuvimos a arroparnos en nuestros mantos.
Abrimos la puerta, aparté la piel de buey que servía de cortina y nos
internamos en la tormenta. Recorrimos el patio cubierto de nieve mientras las
ráfagas del viento nos azotaban los mantos. Luego subimos la escalera que
conducía hasta las almenas. Una vez allí, le señalé el resplandor del fuego que
surgía entre los peñascos. Jirones de humo sulfuroso arrastrados por el viento
teñían la nieve
de un sucio color amarillento.
—¿Lo ves? —dije.
—Han encendido una hoguera —repuso Tegid.
—Sí. Pero ¿por qué, oh Poseedor de la Sabiduría,
han encendido una hoguera?
Tegid se disponía a contestar, pero se limitó a
ladear la cabeza.
—Eso me pregunto yo. ¿Por qué demonios la han
encendido?
Le hice una seña para que me siguiera y lo llevé
hasta el lugar desde el que se divisaba la enorme vasija.
—¿Qué ves allí? —le pregunté.
—Una caldera —respondió Tegid mostrando más
interés.
—Sí, es una caldera. Ahora observa con atención
—dije indicándole la puerta.
Estuvimos observando un rato, no demasiado,
mientras el helado viento rugía en torno. No tuvimos que esperar mucho, pues
enseguida sobrevino otro ataque contra la puerta. Los ataques se habían venido
sucediendo a intervalos regulares día tras día, intervalos que poco a poco se
habían hecho más frecuentes. Ésta vez cuatro demonios cayeron muertos en la
nieve después de gritar y agitarse espantosamente. Pero en esta ocasión los
cuatro cuerpos fueron arrastrados y transportados por sus propios compañeros de
ataque. Tegid admitió que era una acción muy extraña pero no acertó a hallarle
significado.
—Espera un momento —le aconsejé—. Y no dejes de
observar con suma atención.
Los cuerpos de los cuatro coranyid abatidos fueron
llevados hasta la enorme hoguera y alzados hasta el borde de la enorme caldera
de hierro; luego los arrojaron uno tras otro dentro y avivaron el fuego.
—¡Se los comen! —exclamó Tegid con un
estremecimiento de repugnancia.
—No, no se comen a sus muertos. Sigue mirando.
Un jorobado de vientre abultado y cara de rata se
encaramó al borde de la
humeante vasija y metió un palo negro en las
hirvientes profundidades. Tras remover la caldera con el palo, la monstruosa
criatura se detuvo y lo sacó.
—¿Qué…? —empezó a decir Tegid.
—Observa con detenimiento —lo interrumpí, sin
apartar los ojos de la caldera.
Apenas había pronunciado estas palabras cuando uno
de los cuerpos comenzó a salir de la caldera: primero una mano y un brazo,
luego la cabeza, los hombros y el torso. Los brazos se movían, la cabeza
también. Aquélla especie de resucitado se encaramó al borde de la caldera sin
hacer caso de las llamas que lamían la vasija y saltó a tierra para reunirse
con el grueso de sus asquerosos compañeros.
Poco después un segundo demonio apareció entre la
espuma del enorme caldero de hierro y se encaramó también al borde. La cabeza
del tercero emergió de pronto en la superficie borboteante, con la boca abierta
y los ojos desencajados. Se agarró al borde con sus callosas manos, se dio
impulso y cayó sobre las peñas, fuera del círculo del fuego. Por último, el
cuarto surgió del hirviente líquido y fue a reunirse con la espantosa horda.
—Crochan-y-Aileni —murmuró Tegid en tono
siniestro—. La Caldera de la Resurrección. Así es como conservan su
numerosísimo contingente. No podemos matarlos. No podemos detenerlos —añadió
con una voz cargada de resignación y derrota.
—Dijiste que la Canción los detendría —le recordé.
—La Canción se ha perdido.
—Pues entonces debemos encontrarla.
—Sólo un loco lo intentaría. Es imposible —replicó
amargamente Tegid.
Yo señalé la caldera con una mano.
—Sólo un loco podría permanecer de brazos cruzados
esperando su turno para ser devorado y destruido por esos diablos y su maldita
caldera. Me parece, hermano, que los dos estamos locos, cada uno a su manera.
El bardo me echó una mirada que me hizo creer por
unos momentos que iba a arrojarme muro abajo. Pero después miró otra vez la
caldera y los miles de coranyid que se retorcían obscenamente en torno a la
reluciente vasija
lamida por las llamas.
—¿Qué propones? —me preguntó.
—Propongo que busquemos al Phantarch. A lo mejor no
está muerto. No sabemos con seguridad que lo esté. No lo sabremos con certeza
hasta que lo encontremos.
—Imposible —gruñó Tegid—. Es inútil.
—¿Qué podemos perder?
—¿Tendré que repetírtelo una vez más? Nadie,
excepto el penderwydd, sabe dónde reside el Phantarch —protestó débilmente
Tegid—. Ollathir lo sabía y…
—Ollathir ha muerto —salté yo; no podía soportar el
pesimismo de Tegid
—. Puedes ahorrarte el repetirlo. Bueno, pues yo
digo que alguien sabe dónde reside el Phantarch, porque quienquiera que lo mató
sabía muy bien dónde encontrarlo.
Tegid, a punto ya de replicar algo, se irguió
repentinamente con el rostro animado al caer en la cuenta de la rotundidad de
mi razonamiento.
—Me parece —proseguí— que tenemos que averiguar
quién mató al Phantarch o cómo llegaron a descubrir su paradero.
—Será difícil.
—Difícil no es lo mismo que imposible.
—Ahora estás hablando como un verdadero bardo
—observó Tegid permitiéndose incluso una débil sonrisa.
Lo dijo como una simple broma, pero al oírlo
recordé el solemne juramento que le había hecho a la banfáith «Me parece más
bien una tarea propia de un bardo. Sin embargo, haré lo que pueda».
—Es una tarea propia de un bardo —dije—. Yo no soy
un bardo, Tegid, como ambos sabemos muy bien. Y, no obstante, me fue confiado
el awen del Bardo Supremo.
La sonrisa se borró de los labios de Tegid, y su
rostro se ensombreció con la desesperación que lo había invadido desde
Sycharth. No dijo nada.
—Sí, Tegid, a mí. ¡Me fue confiado a mí! Debería
haber sido confiado a
ti. ¡Y ojalá hubiera sucedido así! Sé muy bien que
no soy el receptor más adecuado. Pero el hecho es que yo estaba allí cuando
Ollathir murió y fui yo quien recibió el awen. Así están las cosas hoy por hoy.
Tegid torció el gesto, pero no respondió nada.
—Yo tengo buena voluntad, pero no sé qué hacer. Tú
sí. Eres un bardo. Dime, Tegid; dime lo que necesito saber. No recuerdo nada de
lo que me dijo Ollathir. Y, si pudiera recordarlo, a lo mejor nos serviría de
gran ayuda.
Tegid continuaba en silencio, pero yo sabía que
estaba sopesando con cuidado mis palabras. Sentía además que el bardo estaba
comenzando a desterrar de su espíritu el sufrimiento y la desesperación. Me
miró fijamente, como si yo fuera un caballo salvaje y él un comprador indeciso
tratando de decidir si podía confiar en mí. Por fin dijo:
—¿Harás lo que yo te diga?
—Haré todo lo que pueda.
—Ven conmigo —me ordenó, dándose la vuelta.
33
EN EL CORAZÓN DEL CORAZÓN
Nos escabullimos silenciosamente en
la ventosa noche; las luces del palacio se
derramaban como bronce fundido en la nieve del patio. Las antorchas que
llevábamos vacilaban con las ráfagas de viento produciendo el sonido de un
aleteo. Tapándome el rostro con un pliegue del manto, seguí a Tegid a través de
la oscura explanada de nieve.
En lo alto de los muros brillaban las antorchas de
los centinelas. Se oían los alaridos de los coranyid que pululaban al pie de
las murallas y los gritos de los centinelas que arrojaban piedras sobre
aquellos engendros demoníacos.
Tegid me condujo hasta una pequeña casa de piedra
que se levantaba entre las sombras del palacio real. Era un almacén de pieles,
lanas y otras mercancías. Olía a oveja y estaba repleta de balas de vellón y de
pieles curtidas de buey enrolladas y amontonadas junto a las paredes; había
además bloques de cera de abeja y fardos de lana cardada para tejer. El tejado
estaba recubierto de brezo y musgo, el suelo era de madera y no había ninguna
ventana.
En medio de la habitación se alzaba un poste y
junto a éste había una trampilla. Tegid se acercó a la trampilla, me tendió la
antorcha y bajó por una escalera de mano de madera. Desapareció en aquel
recuadro de oscuridad y poco después lo oí decir:
—Dame las antorchas.
Me asomé al borde de la trampilla y le tendí
primero una antorcha y después la otra. Luego me agarré al poste y descendí en
plena oscuridad tanteando los peldaños con los pies. Por debajo del nivel del
suelo, el reducido agujero se convertía en un estrecho pasillo, cuya altura
apenas permitía estar erguido.
—Por aquí —me indicó Tegid tendiéndome una
antorcha.
Otros dos pasillos se abrían a cada lado, pero
Tegid se internó por el de en medio con la cabeza y los hombros encogidos.
Nuestro aliento subía en
jirones retorcidos de vapor hasta el techo de
piedra justo encima de nuestras cabezas. A unos treinta pasos, el pasillo
desembocó en una cámara más ancha, cuya altura permitió que nos irguiéramos
otra vez. A un lado de la cámara había una pila de piedra excavada en el muro;
un chorrillo de agua que brotaba de una ranura iba llenando el cuenco de piedra
y el agua sobrante iba a parar a una cisterna, pues desde algún lugar allá
abajo llegaba hasta nosotros el eco del constante goteo. En la pared opuesta a
la pila, una cuerda pendía sobre un agujero circular abierto en el suelo.
Tegid se dirigió hacia el agujero y me tendió su
antorcha. Cogió la cuerda, avanzó hasta el borde del agujero y se dejó caer.
—Hay peldaños en el muro —me dijo cuando hubo
llegado abajo—.
Agárrate a la cuerda y tírame las antorchas.
Siguiendo sus instrucciones y su ejemplo, agarré
con fuerza la cuerda y arrojé las antorchas por el agujero. Tegid las cogió y
las levantó para que yo pudiera ver las ranuras excavadas en el muro de roca.
Medio descolgándome y medio bajando por aquellos escalones verticales, llegué a
una habitación amplia, redonda y abovedada que era ni más ni menos que el
interior de la cisterna. Una repisa de piedra bordeaba el oscuro y profundo
estanque de agua. Sin pronunciar ni una palabra, Tegid me tendió la antorcha,
se dio la vuelta y empezó a caminar por el reborde. Nos detuvimos junto a una
hendedura que se abría un metro por encima del reborde, a medio camino de la
circunferencia de la cisterna.
Dejamos las antorchas en dos pequeños agujeros, nos
empinamos hasta la hendedura y nos encontramos en otro pasillo. Volvimos a
coger las antorchas y nos internamos en el pasadizo, primero a gatas, luego en
cuclillas y por último de pie, a medida que el techo iba ganando altura. Aunque
el pasillo estaba a oscuras, excepto la esfera de luz que nos procuraban
nuestras pequeñas y oscilantes antorchas, podría jurar que iba descendiendo
lentamente y dibujando una suave curva hacia dentro. Los muros estaban húmedos,
y desde el techo invisible escurría y goteaba incesantemente el agua. Quizá
fuera por el esfuerzo del ejercicio físico, pero el pasillo parecía caldeado y
al cabo de cierto tiempo empecé a notar en la cara y el cuello un sudor húmedo.
No podría decir durante cuánto tiempo anduvimos por
aquel pasillo. Perdí la cuenta de los pasos y me pareció que llevábamos
caminando toda la noche.
De vez en cuando el pasadizo se estrechaba y nos
veíamos forzados a ponernos de lado para avanzar. Otras veces se ensanchaba
hasta el punto de que los muros desaparecían de la esfera de luz de nuestras
antorchas. A medida que avanzábamos, la pendiente aumentaba y el suelo se hacía
más liso y resbaladizo, como si el pasillo hubiera sido excavado en el corazón
de la montaña por un río subterráneo. También comencé a oír, primero débil y
lejano, el rumor de aguas tumultuosas, como las de un arroyo de montaña que se
precipitan y corren por un lecho de roca.
Al cabo de cierto tiempo llegamos a una amplia
cámara en forma de colmena, obra de la naturaleza, no de manos humanas. Por el
centro de la cámara corría un arroyo ancho pero no profundo; Tegid lo siguió
hasta una grieta en el muro por la que desaparecía la corriente de agua. La
fisura abarcaba la altura de la habitación, desde el techo hasta el suelo, y
por abajo tenía una anchura que permitía el paso de un hombre.
—Esto es el útero de la montaña —dijo Tegid, y su
voz resonó en la cámara vacía—. Aquí es donde nace un bardo. Tras este portal
el awen está despierto.
Movió la antorcha para iluminar la superficie
rocosa junto al reborde de la hendedura. Vi que había sido pulido un espacio
cuadrado del muro en cuyo centro se había esculpido un dibujo. Era un dibujo
que yo conocía muy bien, un emblema muy común en Albión: el laberinto circular
cuyos retorcidos e hipnóticos lazos y espirales había visto en brazaletes,
tatuajes, broches, escudos, utensilios de madera; en toda clase de objetos. Era
el laberinto circular que adornaba además las piedras verticales y estaba recortado
en el césped que cubría la cima de las colinas.
—Eso estaba en la columna de piedra de Ynys Bàinail
—dije señalando el dibujo—. ¿Qué significa?
—Es Mor Cylch, el laberinto de la vida —contestó
Tegid—. Se camina por él a oscuras, sólo con la luz suficiente para ver el paso
que hay que dar a continuación, pero ni uno más. En cada recodo el alma debe
decidir si continúa el viaje o si retrocede por donde vino.
—¿Qué ocurre si el alma no continúa el viaje? ¿Qué
ocurre si elige retroceder por donde vino?
—Sobreviene la paralización y la muerte —repuso con
vehemencia Tegid,
como si lo irritara la posibilidad de que alguien
eligiera retirarse.
—¿Y si el alma sigue el viaje?
—Está más cerca de su destino —respondió el bardo—.
El último destino de todas las almas es el Corazón del Corazón.
Tegid se acercó a un nicho socavado en la roca,
metió una mano y sacó dos antorchas nuevas que encendió con las que llevábamos.
Me entregó una de ellas y colocó su antorcha usada en una grieta junto al
laberinto circular, indicándome que hiciera lo mismo.
Se dio la vuelta y, agachándose, se metió por la
hendedura. Lo oí chapotear en el agua y vi el parpadeo de su antorcha en las
lustrosas paredes de la fisura.
—Ven, hermano —oí que llamaba—. Aquí es donde
comienza la memoria.
Yo avancé unos pasos, me deslicé por la angosta
abertura y fui a parar a un pasillo de techo alto y una anchura que permitía
extender completamente los brazos. Las curvadas paredes del pasadizo eran lisas
y brillantes como si las hubiesen pulido. Por el suelo fluía el agua del
arroyo. El runrún del agua al precipitarse se había hecho más sonoro, aunque
era todavía un rumor distante y confuso, como amortiguado y reflejado por
innumerables paredes deflectoras.
Y así era, en efecto, porque habíamos entrado en un
inmenso laberinto, igual al que estaba labrado en el muro del otro lado, y el
rumor de las cataratas nos llegaba a través de las vueltas y revueltas de
vericuetos serpenteantes. Avanzábamos con el agua por los tobillos, y nuestros
pies no tardaron en entumecerse por el frío.
Después de caminar chapoteando un buen rato en
completo silencio, Tegid comenzó a explicarme cosas de aquel lugar y de por qué
habíamos ido hasta allí.
—Es un lugar muy antiguo —dijo tocando y
acariciando las piedras lisas del muro—. Ya existía casi antes de que existiera
algo en Prydain. Es el omphalos de nuestro reino, el Ombligo de Prydain. Ha
sido protegido y preservado por nuestros reyes desde la fundación de este
reino.
Yo me había estado preguntando intrigado en
repetidas ocasiones por qué
Meldryn necesitaba una fortaleza en un lugar tan
extraviado dentro de su territorio.
—Pero ¿no era la Roca Blanca el centro de Albión?
—Éste lugar es también el centro —repuso Tegid sin
mostrar la menor preocupación por el hecho de que existiera más de un centro
sagrado—. Y para llegar a ser un bardo hay que recorrer este camino hacia el
Corazón del Corazón.
Pese a que Tegid me guiaba, el laberinto me parecía
absolutamente desorientador. Mientras seguíamos el tortuoso pasadizo aturdidos
por el retumbar del agua, me sentía como un alma perdida que avanzara a tientas
guiada por la vaga esperanza de alcanzar algo desconocido. Y el agua, que
corría a nuestro alrededor, era como el tiempo o el impulso de vida que nos
empujara durante nuestro extraño viaje.
De improviso, el pasillo dobló una vez más;
nosotros salvamos la curva y nos encontramos en otro tortuoso corredor, más
serpenteante si cabe que el anterior. Quizá fuera producto de mi imaginación,
pero lo cierto es que me pareció como si aquella curva fuera algo más que una
curva, como si fuera un recodo simbólico, el recodo de una disyuntiva que
exigiera tomar una decisión. El camino que se extendía ante nosotros era oscuro
e incierto, y el que acabábamos de dejar había desaparecido de nuestra vista. Seguir
adelante significaba confiar plenamente en el Constructor del Laberinto, creer
que la recompensa que aguardaba en el Corazón del Corazón sería una bendición y
no una maldición.
El trazado del laberinto se hacía más tortuoso, las
curvas más frecuentes y cerradas. Supuse por eso que nos estábamos acercando a
su centro. El rumor de las aguas se hizo más sonoro. Pronto llegaríamos a la
cámara central. ¿Qué íbamos a encontrar allí?
El rumor del agua, la oscuridad, el frío, la dureza
de la roca: me sentía como si hubiera entrado en un rito de iniciación. Aquí es
donde comienza la memoria, había dicho Tegid. La memoria empieza con el
nacimiento. ¿Estaba yo naciendo a algo? ¿O estaba naciendo algo dentro de mí?
No podría decirlo, pero a cada paso que daba crecía mi expectación.
Las revueltas se hacían más cerradas; aceleramos el
paso. Sentí que el corazón me latía más deprisa y que me invadía una especie de
presentimiento.
Agua, fuego, tinieblas, piedra: aquél era un mundo
de una simpleza elemental que ejercía sobre mí una fuerza igualmente elemental.
Sentía su energía en los huesos y en la sangre. Mi mente respondía a una
llamada más antigua, primitiva y ancestral que cualquier otra: el hombre era
llamado a la vida por los elementos primigenios.
Salvamos la última revuelta del laberinto y
entramos en una cámara circular. Estaba vacía; sólo había un ancho agujero en
el suelo donde se precipitaban y desaparecían las heladas aguas del arroyo tras
su recorrido por los serpenteantes vericuetos del laberinto. El rugir de la voz
de las aguas, como si fuera la de una deidad, ascendía por el ancho agujero
mientras el arroyo caía sobre las rocas en algún lugar de allá abajo.
—Hemos llegado al Corazón del Corazón —declaró
Tegid—. Aquí se extingue la memoria.
—La memoria se extingue con la muerte —murmuré yo.
—Así es. Pero morir en un mundo es nacer en otro.
Por tanto, la vida, como todas las cosas creadas, aunque cese de fluir en este
mundo continúa su viaje en el más allá.
Me estremecí y se me erizaron los cabellos en la
nuca. «En el lugar más allá de… el Phantarch duerme…».
De pie en el agua helada, escuchando el rugir del
arroyo al precipitarse, sentí de nuevo el terror que me había asaltado aquella
noche en el montículo sagrado. En la oscuridad vi otra vez las amenazadoras
fauces del Cythrawl y sentí la presión del brazo de Ollathir en mi cuello y su
cálido aliento en mi oreja. Y oí otra vez las extrañas palabras que el Bardo
Supremo me había legado con su último aliento.
—Domhain Dorcha —dije volviéndome a mirar a Tegid—.
El lugar más allá.
Tegid pestañeó de asombro.
—¿Dónde has oído esas palabras?
—Me las dijo Ollathir —respondí, y a continuación
le conté lo que recordaba—. Entonces no sabía lo que me estaba diciendo, pero
ahora sí lo sé. Ya lo recuerdo. En el lugar más allá, el Phantarch duerme. Eso
es lo que me dijo Ollathir. —Y, señalando el agujero por donde se precipitaba
la cascada,
añadí—. Allí es donde encontraremos al Phantarch.
—¿De veras deseas hacerlo? —preguntó Tegid con voz
pausada.
—Sí —contesté.
Temblando de pavor y excitación, avanzamos hasta el
agujero e inclinamos las antorchas para escrutar la oscuridad que se abría a
nuestros pies. Pero no pudimos vislumbrar nada. El agua se precipitaba allá
abajo sobre profundidades inescrutables. Estuvimos un rato intentando calcular
la altura de la cascada.
Luego Tegid arrojó su antorcha al agujero. La tea
cayó dando vueltas y por brevísimos instantes iluminó la lisura de las paredes
y el suelo de una cámara; después se hundió en un estanque. Tegid alzó la
cabeza y nos miramos fijamente.
—Bueno, ¿qué dices, hermano? —preguntó.
—No hay otro modo de bajar —repuse.
—Y quizá tampoco otro para volver a subir —observó.
Era cierto. No teníamos cuerdas ni herramientas de
ninguna clase. Debíamos decidir qué hacer sin saber las consecuencias de
nuestra decisión. Si fracasábamos, no tendríamos una segunda oportunidad, ni
posibilidad de salir, de ser rescatados, de salvarnos. Teníamos que arriesgar
el todo por el todo, teníamos que confiar en las torturadas y quizás
incongruentes palabras de un bardo moribundo.
—Si Ollathir estuviera aquí y te ordenara bajar por
este agujero, ¿lo harías? —inquirí.
—Naturalmente —aseguró sin la menor vacilación
Tegid; la fe que tenía en su superior era total y absoluta.
La seguridad de Tegid me bastó y me sobró. Miré las
densas tinieblas del agujero, más oscuras y negras que el olvido. Tal vez la
muerte nos estaba aguardando allá abajo.
—¿Saltas tú primero o lo hago yo?
—Yo —dijo Tegid echando una rápida ojeada al negro
vacío—. Cuando te avise, arroja tu antorcha por el agujero. Trataré de cogerla.
Sin decir más, dio un paso hacia el agujero y se
arrojó al vacío. Oí el chapoteo que su cuerpo produjo al caer en el agua y,
durante unos estremecedores instantes, nada más; luego, por fin, lo oí toser y
escupir.
—¡Tegid! ¿Te has hecho daño? —exclamé tendiéndome
boca abajo y metiendo la antorcha por el agujero.
—¡Está helada! —gruñó el bardo con una voz que
resonó desde las profundidades. Lo oí chapotear en el agua y poco después me
gritó—: ¡Tira la antorcha! Estoy justo debajo de ti.
Bajé la antorcha todo lo que pude y la solté.
—¡Ahí va! —dije.
Vi que la llama oscilaba y pestañeaba y temí que se
apagara del todo.
Pero, justo antes de que cayera en el agua, Tegid
logró asirla.
—¡La he cogido! —gritó—. ¡La he cogido!
Vislumbré entonces su rostro que me sonreía como
desde el fondo de un pozo.
—Ahora te toca a ti.
El bardo se hizo a un lado y yo me senté en el
borde del agujero con las piernas colgando en el vacío. Las tinieblas me
oprimían como si tuvieran fuerza física; sentía su presión contra mis ojos y
mis pulmones, como si una mano vigorosa, suave e invisible me estrujara y
sofocara. Ciego, sin aliento, rodeado por las heladas aguas del arroyo, apoyé
las manos en el borde del precipicio y me di impulso. La sensación de caer al
vacío rodeado por una total oscuridad resultó más inquietante de lo que había
imaginado. Me pareció que caía y caía y que seguiría cayendo para siempre;
estaba empezando a preguntarme si alguna vez llegaría al fondo, cuando choqué
con la superficie del agua.
Al instante las aguas se cerraron sobre mi cabeza y
me sumergí en una oscuridad húmeda y helada. Me hundí hasta sentir bajo mis
pies un fondo rocoso y sólido y me di impulso hacia arriba para salir a flote.
Debatiéndome y escupiendo agua, me limpié los ojos y miré hacia la luz. Tegid
estaba en el borde de la piscina sosteniendo en alto la antorcha para que
pudiera verlo. Nadé hacia él y salí de la piscina.
Me quedé inmóvil unos instantes, consciente del
sutil cambio del entorno,
como si hubiésemos pasado de un reino a otro. Tegid
hizo ademán de darse la vuelta y con el movimiento de la antorcha divisé un
ligero destello de luz en el muro, como una chispa.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté.
Mi voz no resonó, sino que pareció caer a mis pies
como un peso.
—Veamos adónde hemos venido a parar —repuso Tegid
comenzando a explorar.
Descubrimos que la cámara era circular y estaba
excavada en el corazón de la montaña. Frente al estanque había un túnel de
techo bajo. Las paredes del túnel, igual que las de la cámara, tenían unas
vetas de cristal plateado que brillaban cuando pasábamos junto a ellas. Nos
internamos en el túnel y empezamos a descender hacia una habitación aún más
subterránea. Durante el descenso yo me detuve dos veces:
—¡Espera! —le dije a Tegid—. ¡Escucha!
Aguzamos el oído unos instantes pero no percibimos
nada; sin embargo, habría podido jurar que había oído algo, un zumbido rítmico,
como el ronroneo de un gato enorme o el ronquido de algún animal. Fuera lo que
fuera, era un sonido vivo. Me pasó por la imaginación que por aquel túnel
iríamos a parar a la madriguera de algún oso dormido.
El túnel seguía descendiendo y descendiendo, y el
oscuro camino se iluminaba intermitentemente por los destellos y chispas que la
antorcha producía en los muros cristalinos. Toqué el muro con la punta de los
dedos y noté que estaba caliente. Imaginé que descendíamos al mismísimo corazón
de la montaña, a tanta profundidad que nos estábamos acercando al magma líquido
de la propia Tierra. Y, pese a estos temores, seguíamos avanzando.
Por fin, inesperadamente, el túnel desembocó en una
cámara abovedada que parecía haber sido excavada en un gigantesco cristal de
una sola pieza. La luz de nuestra única antorcha se reflejaba y multiplicaba en
las infinitas caras, y el cristal brillaba como si fuera un cielo preñado de
llameantes soles. Después de las tinieblas que reinaban en el túnel, mis ojos
se deslumbraron ante tan magnífica luz. Por eso no vi el montón de piedras que
había en el centro de la cámara hasta que Tegid me lo señaló.
Nos acercamos y vimos algo que parecía ser un
pedazo de tela blanca.
Tegid acercó la antorcha y vimos que una mano
humana sobresalía entre las piedras. La carne estaba marchita; la piel
apergaminada y pálida transparentaba los huesos.
—Hemos encontrado al Phantarch —dijo Tegid con un
entrecortado suspiro.
Me acerqué al túmulo que me señalaba con la
antorcha.
—Frío como las piedras que lo cubren —añadió—. La
banfáith estaba en lo cierto: el Phantarch ha muerto. Y con él todas nuestras
esperanzas. Hemos venido en vano.
34
DOMHAIN DORCHA
—Lo han asesinado —dijo Tegid
con voz lúgubre—. La Canción ha sido silenciada y
no puede ser recuperada.
Parecía perdido, cansado, derrotado.
—Hemos venido en vano —añadió.
Se giró para marchar, pero yo seguí inmóvil
contemplando fijamente la mano sin vida que sobresalía del montón de piedras.
Tegid se dirigió hacia la boca del túnel para
emprender el largo camino de regreso a la cámara superior. Yo quise seguirlo,
pero mis piernas no me obedecieron. Habíamos encontrado al Phantarch, sí, pero
alguien lo había encontrado antes que nosotros. Lo habían matado y lo habían
enterrado en Domhain Dorcha, el lugar más allá del Corazón del Corazón. Sí,
habíamos logrado llegar hasta allí… y acuciados por una abrumadora urgencia.
Por eso tenía que contemplar con mis propios ojos el cadáver antes de creer lo que
Tegid daba por irremediable y seguro.
—¿Vienes? —preguntó el bardo.
—No…, no hasta que lo haya visto. Quiero comprobar
con mis propios ojos que está muerto.
—¡Todo ha acabado! —rugió Tegid—. Es el final. No
podemos hacer nada.
—No me marcharé sin haberlo visto —insistí con
terquedad—. Vete si quieres, pero yo me quedo.
—¡Estás loco! —gritó enfadado—. ¡Eres un cabezota!
Hemos venido en vano.
Le sobraban motivos para enfadarse; mi terquedad le
había hecho abrigar una última esperanza, una preciosa esperanza que se había
desvanecido de golpe. Después de tantas fatigas había comprobado lo que desde
el principio
había mantenido: el Phantarch estaba muerto, no
había esperanza de escapar del destino que nos aguardaba a nosotros y a toda
Albión.
—Tegid, te lo ruego —dije—. Hemos recorrido un
largo camino…
Apretó los labios pero no se atrevió a
contradecirme. Yo me acerqué al túmulo e, inclinándome, comencé a retirar las
piedras una tras otra. Tegid me contempló impasible unos instantes, pero cuando
cayó en la cuenta de que yo quería despejar el montículo acudió en mi ayuda.
Clavó la antorcha entre dos rocas a la cabecera del túmulo y empezó a retirar
piedras.
Trabajamos en silencio y al cabo de un rato
vislumbré un pedazo de tela blanca. Quité unas cuantas piedras más y vi una
arrugada mano de color grisáceo. Continuamos retirando piedras hasta
desenterrar por completo el cadáver; luego retrocedimos unos pasos para
contemplar el triste resultado de nuestros esfuerzos.
El Phantarch era un hombre viejo, un anciano de
edad incalculable, vestido con una túnica blanca ceñida por un cinturón de tisú
de oro. Llevaba un collar ancho y plano que le cubría la parte superior del
pecho. En la mano derecha asía un cuchillo ritual de negra obsidiana, y sobre
su codo reposaba una vara de oro. En la mano izquierda no sostenía nada, e iba
descalzo.
El resplandor vacilante de la antorcha le confería
a su rostro apariencia de vida, pero los ojos y las mejillas hundidas
pregonaban lo contrario. Aunque golpeada y magullada por las piedras, la cabeza
exhibía aún cierta nobleza. Tenía los cabellos blancos, las cejas espesas, la
nariz aguileña, la barbilla firme y la mandíbula cubierta por una barba blanca;
era la imagen misma de un profeta. Incluso muerto, el Phantarch conservaba toda
la dignidad y venerabilidad que su presencia sin duda debía de haber inspirado.
Llevaba muerto algún tiempo, pero su cuerpo no
mostraba la menor señal de putrefacción o descomposición. Parecía dormido, como
si fuera a despertarse si le tocáramos la mejilla; pero cuando lo hice comprobé
la rigidez y el helor de su carne. Retiré la mano como si hubiera tocado un
hierro candente. Creo que hasta aquel preciso instante, hasta que me quemó
aquella helada y cerúlea piel, había imaginado que el Phantarch de algún modo
seguía con vida. Pero entonces constaté que Tegid estaba en lo cierto.
Mi amigo, entretanto, no emitió el más breve
sonido; ni un reproche, ni una ironía. Se limitó a contemplar el cadáver con
mirada acongojada. Luego,
se puso en pie y se dirigió hacia el túnel
llevándose la antorcha.
Cuando la luz de la tea hubo desaparecido, me
invadió una desesperación tan abrumadora que me dejé caer de rodillas ante el
túmulo. Me sentía un idiota, engañado y timado. Si hubiera sido más rápido,
pensé, y más listo… Me ruboricé avergonzado y encolerizado con mi pereza y mi
estupidez. Pero no. El Phantarch había sido asesinado mucho antes de que a mí
se me ocurriera que debíamos buscarlo, antes de que Nudd destruyera Sycharth.
La noche del Cythrawl fue la noche en que el Phantarch murió.
Así pues, estábamos condenados desde el principio;
nuestro destino estaba decidido antes de que emprendiéramos el penoso camino
hacia Findargad. Tegid tenía razón; no podíamos hacer nada, y yo era un loco.
Me entraron ganas de clamar ante tanta injusticia. Nunca habíamos tenido la
menor posibilidad de salvarnos.
Deseaba matar a Nudd y a los demoníacos coranyid,
aplastarlos con mi furia. Deseaba destruirlos, borrar de la tierra su perversa
presencia. Deseaba hundirlos en la suciedad y el cieno de donde se habían
alzado. Tendí las manos, cogí una piedra de cristal y la levanté por encima de
la cabeza. Con un tremendo gemido arrojé la piedra como habría hecho si en
aquellos momentos hubiera aparecido ante mí el rostro del Terrible Señor.
La tiré con tal fuerza que la piedra se hizo
añicos. De la piedra rota surgieron miles de chispas. Al momento la cámara
entera explotó con una luz deslumbradora, y en aquel preciso instante oí el más
increíble de los sonidos.
Parecía música, semejante a la de un arpa tañida
por la mano hábil de un bardo. Era como si una mano invisible hubiera tocado un
acorde triunfal; parecía el último compás de una alegre canción cuya melodía
inflamara el corazón. El espléndido sonido inundó toda la cámara, resonando y
penetrando en todas las hendeduras y fisuras, en todas las grietas y rincones
de las subterráneas cavernas, para seguir retumbando en las paredes de roca. El
cristal de los muros de la cámara comenzó a brillar con una luz irisada e
intensa, como nacida de las chispas de la piedra hecha añicos.
Y al tiempo que mis oídos se llenaban de aquellos
espléndidos acordes y la luz deslumbraba mis ojos, mi mente fue arrastrada por
una vertiginosa riada de brillantes imágenes. Como borracho de dorado
hidromiel, a través de una mareante y confusa neblina, vi una magnífica
sucesión de imágenes, una deslumbradora visión de un mundo rico y espléndido:
un mundo colmado de
vida, belleza y gracia; un hermoso mundo revestido
de verdes y azules, los incomparables verdes de la yerba y los árboles, de las
colinas y los bosques, y los radiantes azules de hermosos cielos y de vividas
aguas; un mundo creado para los hombres y adornado con toda clase de bienes,
alimentos y comodidades; un mundo iluminado por la paz, en el que toda virtud
era ensalzada y alabada por la propia esencia de su naturaleza. En efecto,
desde la hoja más insignificante hasta la montaña más grande, todo testimoniaba
una inconmensurable y omnipotente bendición de gloria, bondad y justicia.
Mi visión era cada vez más viva y fantástica. Veía
resplandecientes arcos iris en torno a todo lo que miraba, fueran árboles o
montañas, pájaros o bestias. Veía todas las cosas límpidas, claras y nítidas
como puntas de lanza recién bruñidas; resplandecían con la luminosidad del sol
y se engalanaban con la alegre luz de los colores del arco iris. Se me había
agudizado el sentido del oído: oía el grito del águila cazadora que volaba en
círculo por los cielos de Ynys Sci; oía sobre las hojas secas las suaves pisadas
de un tejón salvaje que recorría las sendas boscosas de Ynys Oer; oía el
chapoteo de la ballena azul que agitaba las aguas de las profundidades marinas.
Y por encima de todo oía aquella música. ¡Y qué
música! Oía el salvaje son de las flautas y los hechizantes acordes del arpa:
¡diez mil flautas y miles y miles de arpas! Oía voces de muchachas que
entonaban dulces y cimbreantes melodías, tan hermosas y bellas que no se podían
escuchar sin sentir dolor en el corazón. Oía el toque de trompeta del carynx y
el agudo sonido del cuerno de caza. Oía el rítmico latir del tambor, el
atronador, violento e hipnótico retumbar del bodhran. Oía todo lo que sucedía
en el mundo, pero amplificado, intensificado, magnificado hasta la exaltación
en infinitos acordes entretejidos, siempre cambiantes, siempre nuevos, siempre
frescos, como si acabaran de nacer, como si fuesen a conservar para siempre su
pureza.
Mientras me dejaba arrastrar por la riqueza de tan
extraordinaria exhibición, caí en la cuenta de que estaba contemplando Albión,
pero una Albión más hermosa, más noble, más pura que la que yo conocía. Era de
una pureza indecible, inmaculada, sin defecto ni tacha. Era la misma esencia de
Albión, destilada como un preciado elixir en un único y resplandeciente átomo
de una perfección y excelencia sin par.
Embriagadora y magnífica, esta maravillosa
revelación casi me privó del
sentido. Me sentía mareado de felicidad y deleite.
Abrí la boca para reír, y al momento se me llenó de una abrumadora dulzura, no
empalagosa como la miel, sino delicada y distinta, de un sabor tan extraño y
fino como jamás hasta entonces había degustado. Me lamí los labios y saboreé la
misma dulzura, que también estaba en el aire, en todas partes.
Aquélla magnífica combinación de vista, oído y
gusto me desbordó y me eché a reír a carcajadas. Reí y reí hasta que mis
carcajadas devinieron lágrimas, y no sé qué me proporcionó más alivio. Me
sentía como cautivo en un éxtasis de luz y música. Formaba ya parte del sonido
que se levantaba en torno. Era como una gota solitaria que se fundía en el
vasto océano de aquel maravilloso sonido. Como la espuma barrida por las olas,
tenía la sensación de ser arrastrado por el imponente y abrumador poder de la
música, que fluía a mi alrededor y dentro de mí; me fundía en ella, me mezclaba
con ella, formaba parte de mí como el sonido de la flauta forma parte del
aliento que la origina. Me convertí en sonido; era sonido.
Luego, tan rápidamente como se había originado,
cesó el glorioso sonido.
Me tambaleé unos instantes como si fuera a caer y
volví en mí con una sacudida. Oí que se iba desvaneciendo el eco del acorde del
arpa al tiempo que se apagaba el resplandor luminoso de la cámara. Y comprendí
que todo lo que había visto, oído y sentido había transcurrido en la brevedad
de unos instantes, en la fracción de un pálpito, en el espacio de tiempo en que
la piedra se hizo añicos. Y, sin embargo, en los brevísimos momentos que duró,
la música parecía atemporal, completa, eterna. Comprendí entonces el
significado de la esplendorosa visión contenida en la melodía que había oído.
Había oído la Canción de Albión. No la canción
completa, ni siquiera un fragmento pequeño; sólo había oído la astilla de una
sola nota. Y aquel insignificante pedacito me había conferido una energía, una
sabiduría y un poder inimaginables. Había sido tocado por la Canción, y, aunque
había sido una levísima caricia, era consciente de que me había transformado
total y profundamente.
No supe hasta qué punto ni de qué forma se había
manifestado el cambio, hasta que Tegid regresó antorcha en mano.
—¿Qué fue eso? —dijo precipitándose en la cámara—.
¿Qué ha sucedido?
—¿Lo oíste? —pregunté mirándolo.
Casi se le cayó la antorcha de la sorpresa.
Retrocedió unos pasos con la mano extendida hacia delante presa del pavor.
—¿Qué ocurre, hermano? —inquirí acercándome a él.
Pero Tegid no contestó; me miraba fijamente como si
me estuviera viendo por primera vez.
—¿Qué miras, Tegid? —le pregunté, y como seguía sin
contestarme comencé a inquietarme—. ¡Deja de mirarme y contéstame de una vez!
Entonces se me acercó, pero con cautela, con el
rostro semivuelto, como si recelara que fuera a golpearlo. La antorcha vacilaba
en su mano; temí que fuera a dejarla caer y se la cogí. Tegid se encogió de
miedo y la soltó.
—¡Por favor, señor! —gritó—. ¡No puedo soportarlo!
—¿Soportarlo? ¿Qué estás diciendo? Tegid, ¿qué te
ocurre? —dije haciendo ademán de acercarme un poco más.
El bardo retrocedió cubriéndose la cabeza con los
brazos. Yo me detuve.
—¿Por qué te comportas así? ¡Tegid! ¡Respóndeme!
—le rogué alzando la voz, que resonó en la cámara de cristal y se expandió por
los recovecos subterráneos como el repique de un trueno.
Tegid se derrumbó como si hubiese recibido un
golpe. Me acerqué a él y me pareció que contemplaba su acurrucado cuerpo desde
una gran altura. Comencé a temblar. Mis miembros rilaban y me sacudían
violentos espasmos; todos mis músculos y mis órganos internos se estremecían y
agitaban incontroladamente.
—¡Tegid! —grité—. ¿Qué me está pasando?
Caí retorciéndome al suelo; los dientes me
castañeteaban y babeaba por las comisuras de la boca. Extrañas palabras,
palabras que no conocía, se atropellaban en mi garganta y me abrasaban la
lengua como fuego. Mientras las pronunciaba, sentía que mi cuerpo se fundía. Yo
era sólo un espíritu que se desprendía de sus huesos, que se libraba de sus
grilletes, que crecía y crecía dentro de mi cuerpo como si atravesara capas de
una atmósfera más densa y subiera a regiones superiores de claridad y luz, para
convertirse en un espíritu puro capaz de liberarse de la prisión torpe,
incómoda y terrenal que lo
constreñía. Me había convertido en un espíritu y
volaba alto, muy alto, tan alto como los promontorios que se elevaban sobre el
mar, tan alto como los picos de Cethness, tan alto como el águila dorada que
sobrevolaba Ynys Sci…
Después me hundí en el suave y oscuro corazón de un
silencio omnímodo, un silencio aún más espléndido que la música y la luz de mi
primera revelación. En efecto, en ese silencio oí la perenne estabilidad de la
solidez de lo creado: eterna e inmutable, irreductible e inexpugnable, de una
abundancia y riqueza inagotables, completa y absoluta, defensa y bastión de
todo lo que existía o pudiera existir alguna vez.
Me sumergí en aquel bendito silencio y dejé que me
cubriera con su paciente y firme ternura. Me abandoné a él y me recibió como el
vasto océano recibe el grano de arena que se hunde en sus insondables
profundidades. Y me encontré así en el inmóvil centro en torno al cual gira la
danza de la vida; entré a formar parte de la paz perfecta que es la fuente de
todo lo que existe. Me hundí en el todopoderoso solaz del silencio en el que
había penetrado y que me colmó absolutamente; y al hundirme en él me sentí abarcado
por un abrazo eterno e infinito, me sentí abarcado y sostenido por unos brazos
amorosos, como un niño perdido en el cariñoso y protector abrazo de su madre.
Me desperté, si es que fue un despertar, en medio
de una oscuridad tan negra como la pez. Había soltado la antorcha y se había
apagado. Estaba tendido de costado en el suelo, con las rodillas encogidas y la
cabeza hundida en el pecho. Me incorporé lentamente. Al notar que me movía,
Tegid me llamó:
—¿Dónde estás, señor?
—Aquí, Tegid —respondí.
Me dolían la cara, la cabeza y los miembros. Me
había dado golpes por todos lados y tenía el cuerpo dolorido.
Oí en la oscuridad un roce de ropas y después sentí
que Tegid me tocaba el hombro tanteando en las tinieblas.
—¿Estás herido?
—No creo —repuse meneando sin cesar mi dolorida
mandíbula—. No me he roto nada. Creo que podré ponerme en pie.
—He encontrado la antorcha, pero se ha apagado. No
puedo volverla a encender —dijo el bardo, y añadió con cierto desespero—. No sé
cómo podremos encontrar otra.
Logré ponerme en pie y me tambaleé unos instantes.
Fui recobrando las fuerzas… y la vista. No sé cómo sucedió, pero lo cierto es
que podía ver. Pese a que reinaba una total y absoluta oscuridad, podía
distinguir una luz tenue, como en el interior de uno de los almacenes de
Meldryn Mawr. Podía ver en la oscuridad. ¡Podía ver!
Sin embargo, en aquellos momentos no lo juzgué
demasiado extraordinario; lo atribuí a un efecto de la luz que momentos antes
me había deslumbrado. Me alegré de poder ver, pero no me sorprendí. Me parecía
extrañamente natural que pudiera ver, que mis ojos pudieran penetrar con tanta
facilidad las tinieblas.
—No te preocupes, hermano —lo tranquilicé—. No hay
nada que temer.
A continuación le expliqué que podía ver lo
bastante como para encontrar el camino de regreso.
Me dirigí al montón de piedras en el que yacía el
cuerpo sin vida del Phantarch. Había muerto, pero la canción, la Canción de
Albión, no había muerto con él. El sabio Phantarch se había encargado de que no
muriera. Supongo que los asesinos, sin atreverse a despertar a alguien tan
poderoso, se habían limitado a cubrir con piedras el cuerpo yacente, y así
habían arrebatado poco a poco la vida del dormido Phantarch. Pero antes de
morir el astuto bardo había encontrado el modo de preservar su precioso tesoro.
Con poderosos hechizos el infortunado Phantarch
había encadenado la Canción a las piedras que lo habían cubierto y causado la
muerte. La Canción no se había perdido. Vivía en las piedras desperdigadas a
mis pies.
Me dirigí apresuradamente al otro lado de la cámara
y comencé a inspeccionar el muro. Había recorrido aproximadamente la mitad de
la circunferencia cuando descubrí algo que no había podido ver a la luz de la
antorcha: un pasadizo bajo, cuya entrada estaba obstruida con pedruscos y
rocas. Se me ocurrió que quizá los asesinos del Phantarch no habían llegado a
la cámara de cristal por donde habíamos venido Tegid y yo. Parecía como si
hubiesen accedido a la cámara desde el exterior y después hubiesen utilizado las
piedras del túnel que habían practicado para cubrir con ellas al Phantarch
y matarlo mientras dormía.
—Tegid —dije volviendo otra vez junto al túmulo y
quitándome el manto —, date prisa, quítate el manto y extiéndelo en el suelo.
—¿Para qué? —preguntó el bardo mirando en dirección
a mi voz.
—Te lo explicaré mientras trabajamos, pero
obedéceme y deprisa. Debemos apresurarnos y rogar al Supremo Sabedor que no sea
demasiado tarde.
35
LAS PIEDRAS CANTARINAS
No sé cuánto tiempo estuvimos en
Domhain Dorcha, el lugar más allá del Corazón del
Corazón, en las entrañas de la montaña. Regresamos a la fortaleza tan deprisa
como pudimos, pero avanzábamos lenta y penosamente, porque la carga era pesada
y el camino tortuoso y empinado. Utilizamos el sendero por el que habían pasado
los asesinos y llevábamos a la espalda los fardos con las piedras del túmulo
del Phantarch.
A unos doce pasos de la cámara del Phantarch el
túnel desembocaba en una cueva natural excavada en la roca por un impetuoso río
subterráneo. La corriente fluía rápida, precipitándose a toda velocidad hacia
los abismos de la tierra; el retumbar del agua nos ensordecía. Mientras el río
corría hacia su recóndito destino, nosotros ascendíamos con dificultad, paso a
paso, con los fardos a la espalda, vacilantes bajo el peso de las piedras que
acarreábamos.
La marcha era aún más difícil para Tegid. Por lo
menos yo podía ver en las tinieblas, pero el bardo tenía que confiar plenamente
en mí. Me seguía como un ciego, asido a mi siarc y pisando sobre mis huellas.
De vez en cuando tropezábamos y nos caíamos, de modo que teníamos todos los
músculos doloridos y cada vez nos costaba más trabajo incorporarnos para seguir
la marcha. Redoblábamos nuestros esfuerzos, nos agarrábamos a lo que podíamos y
nos arrastrábamos bajo la pesada carga, ascendiendo sin cesar, alejándonos del
corazón de la montaña como si nos estuviéramos alejando de las torturas y las
tinieblas del Abismo de Uffern.
Teníamos las manos magulladas y ensangrentadas por
la abrasión que nos producía la pesada carga de nuestros mantos; las rocas del
sendero nos arañaban las espinillas, los codos y las costillas; las piedras
puntiagudas de nuestros fardos nos golpeaban la espalda y los hombros.
Resbalábamos constantemente en el húmedo suelo rocoso, y teníamos los dedos de
los pies lacerados y las rodillas en carne viva.
—Por favor —gemía yo a cada paso—, por favor, que
podamos llegar al
final del camino.
Pero no se veía el final; sólo pasajes tenebrosos y
túneles oscuros preñados del atronador retumbar del agua, y rocas y más rocas
que teníamos que esquivar saltando por encima o deslizándonos por debajo. La
desesperación nos acechaba en cada vuelta y revuelta del camino, la fatiga y el
dolor en cada bloque de piedra.
Tegid, bendito sea por ello, no gritó su angustia
ni una sola vez y tampoco puso en cuestión mi liderazgo. Soportaba el dolor sin
una queja; sufría en silencio. Confiaba por completo en mí, y mi admiración y
afecto por él iban en aumento. Yo había oído la Canción, mejor dicho, un
fragmento, y por eso sabía lo que acarreábamos con tanta fatiga, pero Tegid
estaba sumido en la más absoluta ignorancia.
En una ocasión, cuando nos detuvimos a descansar,
le pregunté si había oído el mismo sonido que yo en la cámara del Phantarch. Me
dijo que sólo había oído que yo lo llamaba. Yo no recordaba haberlo hecho, pero
seguramente era cierto.
—Pero sí crees que yo oí algo, ¿verdad?
—Sé que oíste algo, señor —respondió con una
seguridad tan firme como la roca que pisábamos.
Le pregunté cómo lo sabía, pero no quiso
contestarme. Además, hablar suponía quemar muchas energías porque teníamos que
gritar mucho para dominar el estruendo de la cascada. Así pues, descansamos en
la oscuridad, muertos de fatiga, preguntándonos cuánto camino nos faltaba aún.
Cuando llegó el momento de reanudar la marcha,
empujé suavemente a Tegid y los dos nos pusimos en pie y caminamos con los pies
magullados y las piernas débiles, arrastrando la pesada carga sobre nuestras
laceradas espaldas. Así, lenta y penosamente, proseguimos la marcha.
Me parecía que hacía siglos que habíamos abandonado
la cámara del Phantarch. Me parecía que llevábamos caminando en aquel tenebroso
submundo toda la vida; como espíritus errantes, como sombras perdidas, ni del
todo vivos ni del todo muertos, viajábamos entre los mundos llevando
eternamente sobre nuestras magulladas espaldas el peso de nuestros pecados.
Después de descansar dos veces más, caí en la
cuenta de que el pasadizo
comenzaba a ascender en una pendiente cada vez más
escarpada. Poco después —o quizá días después, no podría asegurarlo—, llegamos
a una encrucijada. A la derecha la corriente de agua surgía espumante de una
grieta vertical; el pasillo de la izquierda estaba, en cambio, seco. Nos
alejamos del río y de sus impetuosas aguas y nos internamos por él.
No habíamos recorrido demasiado trecho cuando
advertí que el pasadizo había comenzado a angostarse y el techo era cada vez
más bajo. Muy pronto pude tocar las paredes extendiendo la mano y tuve que
agachar la cabeza para no dar con la roca del techo.
Cuanto más avanzábamos, más se aproximaba una pared
a otra, más estrecho se hacía el pasillo. ¿Había cometido un error al elegir
aquel camino? Tal vez había tomado un camino erróneo, o me había equivocado de
dirección mucho antes. Tal vez estábamos simplemente dando vueltas y revueltas
perdidos por aquellos interminables corredores subterráneos, recorriendo en
vano pasadizos que no empezaban ni acababan en ninguna parte.
Como pululan los avispones en un tronco podrido,
así pululaban las dudas en mi angustiado corazón. «¡Loco! —me maldije a mí
mismo—. ¿Qué estás haciendo? ¿Adónde vas? ¿Qué te hace pensar que eres capaz de
cualquier cosa? ¡Estás condenado! Estás perdido. Eres un loco por pensar que
puedes acabar con Nudd y los coranyid. ¡Date por vencido, gusano!».
Me detuve y vacilé: ¿debía volver sobre mis pasos o
seguir adelante? Regresar parecía lo más prudente. Siempre podríamos volver a
retomar este camino si el otro pasadizo no llevaba a ningún lado. Era imposible
que nadie se hubiera aventurado por allí. Sin embargo…, sin embargo…
No acababa de tomar una decisión. No podía
arriesgarme a dar un paso en una u otra dirección hasta no estar completamente
seguro. Una tozuda terquedad me impedía volver sobre mis pasos; pero la
indecisión, a su vez, me impedía seguir adelante. La incertidumbre me
paralizaba, y la duda me dolía más que todos los sufrimientos hasta entonces
soportados. Sencillamente, no podía arriesgarme a dar otro paso hasta tener la
completa seguridad de que íbamos por buen camino. Pero esa seguridad era
imposible.
Todavía seguiríamos detenidos allí si no hubiera
sido porque Tegid reaccionó y dijo:
—Veo luz allá delante.
Miré y vi que era cierto. Mientras me había quedado
paralizado por la duda, el extremo del túnel se había iluminado de algún modo.
Los ojos de Tegid, privados hasta entonces de visión, lo habían percibido antes
que los míos. La luz, tenue y débil, se iba haciendo más intensa.
En el mundo exterior era la hora del alba. Habíamos
caminado bajo tierra durante la noche, y ahora el pasadizo se había iluminado
porque fuera estaba amaneciendo. Si hubiéramos vuelto sobre nuestros pasos, no
nos habríamos dado cuenta y quizá no habríamos podido hallar nunca el camino de
salida.
Se me ocurrió de pronto que las dudas que me habían
asaltado eran una triquiñuela de Nudd, una estratagema sutil para desviarnos
del camino correcto. Pero no habíamos caído en su trampa. Ahora teníamos la
seguridad de que no nos habíamos equivocado de dirección; más aún, de que
estábamos muy cerca del final de nuestro viaje. A decir verdad, también
estábamos muy cerca del final de nuestra resistencia física.
—Valor —dije más para mí que para Tegid—. Ya falta
poco.
Aquél trecho resultó el más difícil de todo el
camino. El angosto pasillo se abría paso entre rocas que surgían del suelo y
bloques de piedra que sobresalían de las paredes, de modo que nos veíamos
obligados unas veces a arrastrarnos sobre la barriga y otras a avanzar con el
rostro pegado a la fría roca salvando a gatas los pedruscos, bajo el abrumador
peso de nuestros fardos.
Seguíamos penosamente la marcha con los ojos fijos
en la luz que se filtraba por la abertura. El resplandor no aumentaba ni
decrecía, sino que seguía brillando débilmente allá delante. Avanzábamos con
las rodillas y los codos desollados. Pese a nuestro empeño y obstinación,
parecía que no podríamos llegar nunca a nuestro destino.
Hacía tiempo que nuestras botas no eran más que
jirones de piel y nuestros vestidos puros andrajos, y teníamos el rostro
surcado por regatones de sudor y sangre. Por fin, cuando nuestros músculos ya
no nos obedecían, cuando nuestros pies se negaban a dar un paso más, cuando
nuestros huesos se quebraban de cansancio, llegamos al final.
El pasadizo terminaba en un muro. La luz que
habíamos visto se filtraba por una hendedura vertical. De arriba habían caído
algunos copos de nieve y oíamos el aullido del viento que chocaba contra las
rocas de la entrada abierta
en algún lugar allá arriba. Al mirar la altura que
teníamos que salvar nos invadió la desesperación. Y no éramos los únicos a
quienes la desesperación había sorprendido en aquel lugar de desolación. En
efecto, cuando soltamos nuestros fardos y miramos hacia la luz, Tegid vislumbró
un montón de andrajos parcialmente cubiertos por la nieve.
—La muerte ha sorprendido a uno de los asesinos
—comentó, sacudiendo con el pie el cadáver—. Lleva bastante tiempo muerto.
Me reuní con él mientras el bardo procedía a
arrastrar el cuerpo hasta la luz. Al quitarle los andrajos, resultó que
aquellas blancas y congeladas facciones, aquellos ojos desorbitados y fijos,
aquella boca abierta en un gesto de sorpresa pertenecían a Ruadh, el bardo del
príncipe. Lo había visto sólo un par de veces, pero lo reconocí sin lugar a
dudas.
—¿Crees que se cayó? —pregunté alzando los ojos
hacia la abertura.
—No —contestó Tegid, levantando el manto del
muerto.
Una mancha negruzca, ya seca, cubría la parte
superior del pecho del bardo.
—Quienquiera que estuviera con él, esperó a que le
mostrara el camino de salida y luego lo mató para preservar el secreto.
Ahora ya sabíamos quién había matado al Phantarch y
también sabíamos que Ruadh no había actuado solo.
—¿Cómo sabían la existencia de este pasadizo?
—inquirí.
—Lo sabremos cuando descubramos quién estaba con
Ruadh. —Se levantó y miró hacia la abertura—. Vamos, no podemos hacer nada más
aquí y en cambio nos necesitan con urgencia en otro lugar.
Nos apostamos justo debajo de la abertura; entonces
entrecrucé las manos y aupé a Tegid por el pozo. El bardo fue escalando,
apoyando la espalda en una pared del pozo y los pies en la otra, hasta que
desapareció entre la neblinosa luz que se filtraba por la abertura.
Después de lo que me pareció una eternidad lo oí
llamarme. Me erguí expectante. El cabo de una cuerda me dio en la cara y oí el
eco de la voz de Tegid que gritaba:
—Ata uno de los fardos a la cuerda. Lo izaré.
Contemplé cómo el primer fardo ascendía lentamente
hacia la abertura. Al cabo de un rato volví a oír la voz de Tegid, y echó la
cuerda para que atara el segundo. Entonces me tocó el turno a mí. Hice una
lazada en el extremo de la cuerda y la usé para darme impulso; luego, siguiendo
el ejemplo de Tegid, escalé el pozo vertical. Tegid me ayudó a salir del
agujero. Después nos dejamos caer sobre la nieve y permanecimos un rato
tumbados junto a la boca del pozo. Hacía frío y el viento nos azotaba el
rostro. Pero, después de respirar tanto tiempo la insana oscuridad y el aire
fétido de las profundidades subterráneas, aquel frío seco nos parecía una
bendición. Nos hacía revivir y nos daba ánimos para nuestros propósitos.
Habíamos salido a la superficie por un pozo seco
que en otros tiempos había servido para las cocinas que había tras el pabellón
real. Desde allí no podíamos ver la puerta ni la muralla oriental, pero
aguzamos el oído unos momentos y, por encima del ulular del viento, oímos los
espantosos aullidos de los coranyid y supimos que continuaban sus ataques al
pie de los muros. Habíamos llegado a tiempo.
Miré los pedruscos que habíamos traído de la tumba
del Phantarch con un sobrehumano sacrificio de fatiga y esfuerzo. A la fría y
tenue luz de aquel tenebroso día de sollen, aquellos dos fardos de pedruscos me
parecieron un arma insignificante e impotente contra aquellos enemigos tan
poderosos e irreductibles.
Tegid me contempló unos instantes temblando. Luego,
apoyando su mano en mi hombro, se puso primero de rodillas y enseguida de pie.
—Vamos, hace mucho frío. Empiezo a echar de menos
mi manto.
Me puse en pie tambaleándome sobre mis débiles
piernas y cogí otra vez el fardo.
—Muy bien —dije cargándomelo a la espalda—, hagamos
lo que tenemos que hacer.
Apenas podía mantenerme en pie y aún menos obligar
a caminar a mis entumecidos miembros. No pensaba en el frío, ni en la fatiga o
el cansancio, ni siquiera en lo que haría si mi ridículo plan fallaba. En el
palacio la chimenea estaba encendida. Me aferré a esa imagen con todas mis
fuerzas. Cuanto antes me librara de mi fardo, antes podría sentarme junto a la
chimenea de Meldryn Mawr y descansar…, descansar como un bendito. Eso
era lo único que me preocupaba; la imagen de una
copa humeante en mi mano y unas ropas secas sobre mis entumecidos miembros fue
lo que logró que mi cuerpo se moviera.
Atravesamos fatigosamente el patio y nos dirigimos
a las murallas. Los guerreros de las almenas nos contemplaron con expresión
extraña. Nos examinaron de arriba abajo asustados y perplejos, pero nadie
pronunció ni una palabra.
Lo encontré muy extraño y los llamé para que nos
ayudaran a subir los fardos, pero ninguno se movió.
—¿Qué les pasa? —pregunté enfadado a Tegid—. ¿Por
qué nos miran de ese modo? ¿Es que no me han oído?
—Sí te han oído —repuso Tegid en tono extraño.
—¿Es que se han quedado congelados ahí arriba?
—No —dijo Tegid sacudiendo la cabeza—. No se han
quedado helados.
—¿Qué demonios les pasa entonces? ¿Por qué no
vienen a ayudarnos?
El bardo no contestó. Se cargó el fardo a la
espalda y señaló los escalones helados que subían a las murallas.
—¿Subes tú primero o lo hago yo?
Subimos penosamente los escalones. Ni un condenado
al cadalso ha conocido jamás una ascensión tan lenta y difícil. La fatiga y el
letargo me paralizaban los miembros como grilletes de hierro. Me temblaban las
piernas. El corazón me latía apresuradamente; el aliento me abrasaba la
garganta. Sólo deseaba soltar el fardo que llevaba a la espalda. ¡Qué estupidez
acarrear pedruscos! Sin duda unos momentos de descanso no podían causar ningún
mal.
Descansar…, descansar y dormir…
No. No habría descanso ni sueño hasta que acabara
el trabajo que tenía que hacer. Cada paso que daba parecía durar una eternidad.
Temblando de frío y cansancio, seguía subiendo y subiendo. ¡Qué fatigado me
sentía! Muy fatigado…
Alcé la vista hacia las almenas y vi a los
guerreros inmóviles con la misma expresión de asombro que antes. ¿Por qué no me
echaban una mano?
¿Por qué me miraban de aquel modo? ¿Es que nadie
iba a mover un dedo para ayudarme?
Una neblina oscura me nubló la visión, ocultándome
los rostros de los guerreros. Cerré los ojos, levanté el pie para alcanzar el
escalón siguiente y perdí el equilibrio. Caí de bruces y me golpeé las rodillas
con el escalón. El fardo que llevaba a la espalda se ladeó y por poco me saca
el brazo de sitio. Todos los nervios y tendones me suplicaban a gritos que
soltara la carga que asía con tanta firmeza, que la dejara ir, que la dejara
caer. Al fin y al cabo no valía la pena sacrificar la vida a aquel fardo. Pero
mis manos no obedecieron; heladas como la muerte seguían aferradas al saco.
El dolor me hizo llorar, y las lágrimas se helaron
y se quedaron pegadas a mis mejillas.
Aunque me temblaban las rodillas, logré vencer el
dolor y alejar la negra neblina que me embotaba los sentidos. Recuperé la
visión, levanté el fardo y me lo cargué a la espalda; me incorporé y seguí
subiendo escalón tras escalón.
Por fin me encontré en las almenas, encogido bajo
el peso del saco y rodeado por los asombrados guerreros; supuse que me
contemplaban asombrados por mi tonta e insensata estupidez, mientras el viento
agitaba furioso mis andrajos y me azotaba la piel.
Me acerqué al parapeto y dejé el fardo en el suelo.
Tegid se apostó tambaleante a mi lado y ambos nos asomamos a las almenas y
contemplamos la pululante masa de coranyid que se apelotonaban junto a la
muralla. Me parecieron más espantosos y atroces de lo que recordaba: enormes y
monstruosos cuerpos rojos con forma de sapo junto a raquíticos engendros
esqueléticos con patas flacas como husos; filas interminables de demonios con
forma de escamosos reptiles; huestes de diablos desnudos en cuclillas con forma
semihumana, enormes genitales y cabezas apergaminadas…
Vi cuerpos retorcidos, hinchados, deformes,
mutilados, rostros burlones y lujuriosos, y ardí en cólera ante su sacrílego
júbilo. Me incliné hacia el bulto que había dejado a mis pies y me afané por
desatarlo, temiendo de pronto que fuera demasiado tarde, que ningún poder en la
tierra fuera capaz de detener la maldad que se había desatado contra nosotros.
Mis manos luchaban con el nudo, tan congelado y
rígido con el sudor de mis manos que no cedía. Miré en torno con desesperación
y arranqué la lanza
de manos del guerrero que estaba más cerca.
Desgarré el manto con la punta de la lanza. Las piedras se esparcieron por la
nieve, sucias e incoloras a la pálida luz del día. Me extrañó su sombría y
triste apariencia. Seguramente había cometido un error. De pronto mi plan se me
antojó absurdo y patético. Iba a resultar un fracaso.
Alcé la mirada y tropecé con los ojos de Tegid.
Interpretó mi vacilación como si no supiera qué piedra escoger y me dijo:
—Permíteme, hermano; coge ésta.
Cogí la piedra que me tendía, me puse en pie y me
asomé al parapeto. El viento soplaba tan fuerte que estuvo a punto de
arrebatarme la piedra. Los coranyid se movían al pie de la fortaleza como un
océano sacudido por los vientos; gritaban, gemían, se agarraban al muro con sus
espantosas manos. Me invadieron de pronto el asco y la repulsión. Con un
movimiento rápido alcé la piedra y la arrojé sobre las odiosas cabezas que se
apiñaban junto a la muralla.
Vi cómo caía dando vueltas. Los demonios salieron
en desbandada mientras el pedrusco se hacía trizas al chocar con la escarpa
rocosa.
Al instante el aire se llenó de aquel sonido, aquel
incomparable tañido de arpa, aquel acorde sostenido que había oído en la cámara
del Phantarch. El extraordinario sonido salió de la piedra que lo contenía y se
esparció por los aires en una explosión de vibrante música.
Los demonios coranyid huyeron; antes de que
pudieran reagruparse, Tegid me tendió otra piedra que me apresuré a arrojar. El
segundo pedrusco se estrelló contra las peñas al pie de la muralla y produjo un
ondulante y jubiloso sonido que se levantó en esplendorosas oleadas y se
extendió como si fuera a tragarse el mundo entero.
Mientras en el aire aún resonaban los magníficos
acordes, Tegid ya tenía otra piedra preparada. La alcé por encima del parapeto
y se hizo añicos contra el pie de la muralla. Cada fragmento producía una
resplandeciente nota de plata de asombrosa belleza que resonaba en los picos de
las montañas que nos rodeaban.
Los guerreros que estaban junto a nosotros en el
muro oyeron el sonido y se transfiguraron. Del palacio del rey muchos hombres
salieron en tropel al patio. Se quedaron inmóviles en la nieve, mirando
asombrados las montañas
que devolvían aquella música extraña y delicada.
Yo me incliné sobre el saco, cogí una brazada de
piedras y las repartí entre los guerreros que estaban más cerca. Tegid me
imitó, y a una señal mía todos arrojamos las piedras encantadas contra los
coranyid. Ésta vez el sonido explotó en un atronador repique de jubiloso canto
coral.
Los demonios se acobardaron ante el sonido y se
arrugaron como la carne ante un hierro candente. Se revolvieron y retiraron
entre aullidos y alaridos, retorciéndose de dolor y pisoteándose unos a otros
en su afán de huir del ataque de las piedras cantarinas.
La gente reunida en el patio oyó el maravilloso
sonido y corrieron hacia las almenas para contemplar cómo los terribles
coranyid huían entre gritos de agonía y cómo su odiosa presencia se disolvía
como una mancha de suciedad se disuelve en el agua limpia.
Cuando los demonios parecían haber emprendido una
definitiva retirada, se levantó un tremendo tumulto y entre aquel amasijo
pululante surgió una enorme figura vestida de negro, a lomos de un gigantesco
uro, negro como las alas de un cuervo. Aquél capitán demoníaco llevaba un manto
negro y un escudo también negro; en su mano derecha blandía una espada larga y
curvada como un colmillo y negra como el azabache: el colmillo de Wyrm.
Enrollada a la garganta llevaba una serpiente, una torques viviente de piel negra
y brillante y ojos amarillos como carbones ardientes. No se le veía el rostro
porque lo llevaba cubierto con un yelmo de color negro. Pero no necesitaba
verle la cara para saber que era Nudd, el Príncipe de Uffern y Annwn, el
temible señor de los Reinos Infernales, quien acudía a combatir contra nosotros
montado sobre aquella extraña bestia. Había aparecido para detener la fuga de
su Hueste Demoníaca.
La tenebrosa figura de Nudd avanzó lentamente hacia
la muralla. Los coranyid, detenidos por la súbita aparición de su señor, se
apiñaron tras él y sus gemidos de agonía se transformaron en alaridos de
enloquecida alegría. Volvían a acercarse a la fortaleza en un repulsivo
amasijo.
Rápidamente, Tegid y yo fuimos repartiendo a lo
largo de las murallas las piedras cantarinas, que iban pasando de mano en mano
hasta que todos los que se habían reunido en las almenas —hombres, mujeres e
incluso niños— tuvieron una piedra en sus manos.
Nudd alzó el colmillo de Wyrm. La negra espada
trazó un círculo en el aire, y al instante se reunieron negras nubes de
tormenta. El viento adquirió la fuerza de la galerna, nos arrancó las piedras
de las manos y azotó y arrastró a todos los reunidos en las almenas. El viento
feroz lo arrasaba todo. La nieve y el hielo nos cegaban. Algunos sucumbieron
ante el helado asalto del frío y del viento, pero otros ocuparon de inmediato
sus puestos y la línea de defensa permaneció intacta.
Nudd seguía avanzando. Su temible silueta se
agrandaba a cada paso, se agigantaba a medida que se acercaba. Yo no podía ver
el rostro escondido bajo el yelmo, pero la maldad del señor de las tinieblas me
atravesó como la punta de un afilado cuchillo. El corazón me golpeaba con
violencia las costillas.
Aquél enemigo era más formidable de lo que hubiera
podido creer, más poderoso de lo que hubiera podido imaginar. No podríamos
escapar de su ira. Nos aplastaría bajo sus pies como polvo. A decir verdad ya
estaba arrebatándonos la vida de nuestras manos. Mis dedos estaban rígidos e
insensibles; ya ni siquiera sentía el contacto de la piedra que sostenía en mis
manos.
Nudd bajó la negra espada y sus servidores se
lanzaron al ataque, agarrándose a los muros para escalar las verticales paredes
de la fortaleza. Yo sabía que los guerreros estaban aguardando a que les diera
la señal para arrojar las piedras. Me estaban mirando, esperaban que les diera
la orden. Pero era incapaz de hacerlo. ¿Quién era yo para creer que podía
burlar a tan poderoso enemigo?
Desvié los ojos de sus expectantes miradas. Desvié
los ojos y los cerré.
En aquel preciso instante sentí que una mano firme
se posaba sobre la mía. Abrí los ojos y me encontré con la límpida y firme
mirada de Meldryn Mawr. No sé cuándo había aparecido ni de dónde. Debilitado
por el hambre y la sed, flaco y tambaleante, allí estaba junto a mí,
sosteniendo mi temblorosa mano. El rey no dijo nada, pero con la fuerza de su
mano me contagió su coraje y me devolvió el valor.
Me di la vuelta y vi que la cabeza y los hombros de
Nudd se cernían sobre el parapeto. La vastedad y la fuerza de su odio lo hacían
inmenso. Estaba a punto de aplastarnos. Miré al rey; Meldryn inclinó la cabeza
permitiéndome que diera la orden.
—¡Ahora! —grité.
Alcé la piedra por encima de la cabeza y la arrojé
contra el tenebroso rostro de Nudd con toda la fuerza de que fui capaz.
36
LA CANCIÓN
Desde la muralla, miles de piedras
llovieron en medio de la galerna. Cayeron dando
vueltas y tumbos y se rompieron en resplandecientes añicos que se precipitaron
entre la tormenta sobre la enfurecida masa de enemigos. Cada astilla, cada
fragmento levantaba un acorde de incomparable armonía.
Los acordes se acompasaban y entremezclaban en una
hermosa melodía que abatía las filas del enemigo. Nudd rugió al oírla, levantó
el negro colmillo de Wyrm, y el vendaval se convirtió en un ensordecedor
estruendo. El viento sofocaba la maravillosa melodía, la apagaba con su
terrorífico ulular. Estábamos perdidos; nada, ni siquiera la Canción de Albión,
podía sobrevivir ante el azote del odio del Señor de las Tinieblas, la Muerte y
la Destrucción.
El viento ululaba, arrastrando el sonido como para
llevárselo lejos. Pero el sonido no se extinguió con la tempestad. Se
intensificó y se hizo más sonoro; se extendió con la tormenta y llenó las
alturas azotadas por el viento con la resplandeciente melodía, como si el
vendaval acrecentara su fuerza. Y de pronto el sonido comenzó a formar
palabras, las vivificadoras palabras de la Canción de Albión:
¡Gloria del sol! ¡Estrella rutilante de los cielos!
¡Luz de luz, Excelsa y Sagrada tierra,
que resplandece con las bendiciones del Sumo Dador!
¡Eterno don para la Raza de Albión!
¡Surcada por incontables ríos! Piélago de azules
aguas,
playa de blancas olas, firmamento sacrosanto,
exaltada por el poder del Único,
y bendecida por su paz.
¡Fuente de maravillas para los Descendientes de
Albión!
¡Deslumbrante con la pureza sin par de su verdor!
Hermosa como el esplendoroso destello de la
esmeralda,
resplandecen sus profundas cañadas,
brillan sus campos de labor.
¡Gema de incalculable valor para los Hijos de
Albión!
Los coranyid no pudieron resistir el poder de la
Canción. La música los abatió y cayeron ahogándose, vomitando, jadeando,
luchando por respirar. Mientras la Canción los arrollaba, la Hueste Demoníaca
comenzó a fundirse, a filtrarse por el suelo, a disolverse como el barro en la
lluvia. La odiosa horda del infierno hundía en la tierra los pies, las
rodillas, las caderas; se licuaba, se desvanecía, desaparecía, se colaba por
las grietas que se abrían en la tierra para tragárselos. El omnipotente
esplendor de la Canción los empujaba hacia las profundidades, arrojando sobre
ellos las alegres notas de su melodía como si fuera una lluvia de esplendorosas
flechas. Los demonios huían de la Canción y se apresuraban a volver a las
lúgubres galerías de su mundo subterráneo.
¡Rica en picos coronados de nieve,
inconmensurablemente vasta!
¡Fortaleza de escarpadas montañas!
¡Elevadas alturas, oscurecidas por los bosques y
enrojecidas por veloces ciervos,
proclaman al viento el orgulloso esplendor de
Albión!
¡Veloces caballos cruzan las praderas! ¡Gráciles
rebaños
beben hidromiel en dorados ríos,
retumban poderosos cascos,
en atronadora alabanza al Supremo Sabedor,
fuente de alegría para el corazón de Albión!
En tonos cada vez más agudos, la Canción se levantó
hasta las nubes en esplendorosa melodía, hiriendo el helado cielo de sollen. La
luz del sol brilló y resplandeció, fundió las tinieblas e iluminó los
escondidos parajes donde se habían hecho fuertes las sombras. La hermosa y
dorada luz hirió a la Hueste del Abismo, que gritó de dolor mientras los
demonios se apresuraban a huir
arrastrándose como lagartos, escarbando como
escarabajos, deslizándose como víboras y buscando desesperadamente el refugio
de sus fétidas e insalubres madrigueras.
Entretanto, la Canción resonaba en el aire. Toda
Albión se estremecía con su música, y la Canción era coreada de montaña a
montaña y llenaba con su esplendor cañadas y valles, como las aguas de una
tempestuosa marea desbordan los diques e inundan las tierras, como las fuentes
de dorado hidromiel rebosan las tinas, como un impetuoso río alimentado por
infinitos arroyos crece, se desborda y se precipita en cascada sobre la tierra
arrastrando todo en torrentes de chispeante agua. Nosotros ahuecábamos las manos
y bebíamos todo lo que podíamos contener en ellas, pero las aguas —la Canción—
seguía huyendo sin disminuir.
Sólo lográbamos captar pequeños fragmentos de su
totalidad, pero esos insignificantes retazos representaban para nosotros la
vida. La letra de la Canción, preñada de vida, reconfortaba nuestros corazones
y nuestras almas. Sollozábamos de alegría al oírla.
Dorado es el grano del Supremo Dador,
generosa la liberalidad de los fértiles campos.
La tierra tiene el color rojo y oro de las
manzanas,
la dulzura de los esplendorosos panales de miel.
¡Es un milagro de abundancia para las tribus de
Albión!
De plata es el tributo de las redes, numerosísimo
el tesoro
de las felices aguas; salpicando de marrón las
laderas
lustrosos rebaños sirven
al Señor del Festín.
¡Una maravilla de abundancia para las mesas de
Albión!
Nudd, inmóvil y solo en medio de la marea de sus
fugitivas fuerzas, levantó la lanza y emitió un terrible alarido de desafío.
Pero la Canción, rodeándolo, sofocó su grito. Y, en lugar de la odiosa voz de
Nudd, seguimos oyendo la Canción.
Hombres sabios, Bardos de la Verdad, audazmente
inflaman sus corazones con la Creación.
¡La sabiduría,
la clarividencia,
la gloria de la verdad pertenece a los hombres de
Albión!
¡Encendida en las llamas celestiales, fraguada
en el abrasador fuego del Amor,
inflamada de la pasión más pura,
abrasada en el corazón del Creador,
una esplendorosa bendición ilumina a Albión!
El enloquecido Nudd no pudo resistir más ante la
exaltada majestad de la Canción. Abandonado por la legión de malditos,
debilitado por la magnificencia de la Canción y por su inmisericorde embestida,
el Príncipe del Abismo, el Señor de la Corrupción, se rindió. Bramó su furia
contra las cumbres de las montañas, pero la Canción lo cubría, lo saturaba, lo
embargaba todo.
Nobles señores de rodillas en señal de adoración,
hicieron votos perpetuos
de abrazar la causa de la misericordia,
de honrar eternamente al Jefe de los jefes.
¡La vida más allá de la muerte fue prometida a los
Hijos de Albión!
La dignidad real surgió de la infinita Virtud,
forjada por la Mano Salvadora;
con la osadía que nace de la Honradez,
con la valentía que nace de la Justicia,
¡una espada de honor para defender a los Clanes de
Albión!
Formada con los Nueve Elementos Sagrados,
fraguada por el Amor y la Luz del Señor,
Gracia de las Gracias, Verdad de las Verdades,
llamada al Día de la Lucha,
¡Aird Righ reinará para siempre en Albión!
Derrotado, Nudd se precipitó tras sus coranyid en
las profundidades del mundo infernal. Vimos cómo su negra silueta iba
palideciendo hasta disolverse como una sucia neblina ante la resplandeciente
claridad del sol. El perverso enemigo desapareció ante nuestros ojos, se hundió
en el abismo del que había sido liberado. Nudd fue el último en desaparecer y
debió de llevarse con él la Caldera de la Resurrección, porque, cuando todo
hubo acabado, no encontramos ni rastro de ella.
Miré la meseta que se extendía junto a las
murallas. No quedaba ni un solo enemigo. Todos se habían desvanecido. La dorada
luz del sol alumbraba por doquier; el cielo resplandecía brillante y azul entre
dispersos jirones de nubes. El asedio había concluido, la batalla había
acabado. Estábamos a salvo.
Nos miramos unos a otros, y por unos instantes el
mundo se estremeció con el último eco mientras la Canción se alejaba. Luego un
agudo grito rompió la quietud. Me di la vuelta con rapidez y vi que Tegid,
encaramado al muro, danzaba alegremente con los brazos extendidos y el manto
flotando en torno. Poco después todos se pusieron a gritar y llorar; eran
gritos de alegría y lágrimas de felicidad. Algunos subieron también al parapeto
y se pusieron a bailar. La alegría era tan grande que todo el caer vibraba con
la algarabía.
Por encima del tumulto, oí que Tegid entonaba una
canción con voz potente y clara. Estaba cantando la Canción de Albión. Las
palabras surgían de lo más profundo de su corazón y prendían en los corazones
de los demás como chispas desprendidas de una antorcha. Y enseguida la Canción
de Albión resonó en las montañas que rodeaban la fortaleza.
—¡Escucha! —grité dirigiéndome al rey que estaba
aún a mi lado—. La Canción de Albión ha sido recuperada.
Pero el rey no me contestó. Había inclinado la
cabeza y cerrado los ojos; las lágrimas le corrían por las mejillas, y sus
hombros se estremecían con los sollozos que surgían imparablemente de su
garganta. En medio de la alegría por la victoria, el rey Meldryn Mawr lloraba.
37
EL PALADÍN DEL REY
Las puertas de Findargad se abrieron
de par en par y todos —hombres, guerreros, mujeres,
niños, danzando de alegría y alborozo— salieron precipitadamente para comprobar
que Nudd y la Hueste de Demonios habían desaparecido. En efecto, el enemigo se
había hundido en las regiones infernales del mundo subterráneo sin dejar atrás
más que la nieve pisoteada y sucia, que ya empezaba a fundirse con el calor del
sol. También habían desaparecido el hedor y la fetidez, barridos por los
frescos vientos de gyd. Los llwyddios corrían al pie de la muralla de aquí para
allá e iban reuniendo alegremente los fragmentos de piedras cantarinas
esparcidos por doquier.
Tegid continuaba danzando en el parapeto, y yo
permanecía junto al rey.
—¡El enemigo ha sido derrotado! Tu reino está libre
de sufrimientos. ¿Querrás ahora abandonar tu geas y dirigir unas palabras a tu
pueblo, Soberano Señor? —le pregunté.
Pero el rey alzó el rostro cubierto de lágrimas e
hizo una señal al bardo para que se acercara. Tegid inclinó la oreja junto a la
boca del rey y llamó al pueblo.
—¡Pueblo de Prydain! —gritó—. Oíd las palabras de
vuestro rey: hoy hemos derrotado al enemigo. Ésta noche celebraremos la
victoria en el pabellón del rey. Comeremos y descansaremos durante tres días;
pero, al cuarto, dejaremos este lugar y regresaremos a nuestros hogares en los
bajíos.
Luego el rey abandonó las murallas y se retiró a
sus habitaciones. Lo contemplé mientras se alejaba por el patio. El príncipe
Meldron y Paladyr se le acercaron junto a la entrada del palacio. El rey se
detuvo, y los tres permanecieron juntos unos instantes. No podía oír lo que
decían, pero vi que el príncipe Meldron hacía un rápido y violento gesto
señalando hacia las puertas abiertas. El rey miró fijamente a su hijo unos
momentos; luego se retiró sin contestar y entró en el palacio. El príncipe y
Paladyr se alejaron
también, y la muralla los ocultó de mi vista.
Los preparativos para el banquete se prolongaron
toda la jornada. El sol seguía brillando y las nubes desaparecieron. Empecé a
creer que gyd, la más hermosa de las estaciones, había por fin regresado a
Prydain. Durante el interminable reinado del inhóspito sollen, habíamos
abrigado el temor de que el mundo jamás volvería a gozar de la liberalidad del
sol. Por eso nos deleitábamos con el calorcillo primaveral mientras nos
afanábamos en nuestras tareas.
Busqué a Simon, a Siawn Hy, dentro y fuera de las
murallas, pero no pude hallarlo en el bullicio de los preparativos. Demasiado
pronto se desvaneció la luz del sol en el crepúsculo, y con la noche volvió el
frío. Encendimos de mala gana las antorchas en el palacio de Findargad, pese a
que eso quería decir que había llegado la hora del banquete. Mientras aguardaba
para entrar en el palacio con la multitud, vi a Siawn entre los guerreros de la
Manada de Lobos del príncipe. Pero, cuando me dirigía a su encuentro, los
guerreros entraron en el pabellón y lo perdí de vista.
Dulce y dorado hidromiel brillaba en las copas
dispuestas en torno al pabellón real. El fuego de la chimenea ardía
alegremente, y las antorchas y las velas de junco producían una luz radiante.
Brindamos por la victoria y por la derrota del enemigo en medio de la
esplendorosa luz. Todos —guerreros, hombres, muchachas, esposas, jóvenes y
niños— participaron en la fiesta. Comimos, bebimos y cantamos. ¡Sobre todo,
cómo cantamos! La noche se transformó en una hermosa canción de acción de
gracias, en una resplandeciente gema de alegría y agradecimiento a la Mano
salvadora que nos había liberado.
Y, después de comer, beber, divertirnos y cantar
las canciones de la libertad, Tegid ordenó que trajeran el trono del rey a la
sala. Un grupo de guerreros se dirigió a los aposentos reales y regresó
portando sobre sus hombros el trono del rey. El monarca iba revestido de fino
oro y su aspecto me recordó al que tenía la primera vez que lo había visto,
pues su rostro apenas revelaba la enfermedad y la debilidad que lo habían
aquejado en los últimos tiempos. Ocupó el lugar de honor a la cabecera de la
mesa y ordenó con amplios movimientos de brazos que todos nos acercáramos un
poco más.
Su promesa le impedía hablar, pero se dirigió a los
reunidos por boca de su bardo. Tegid se apresuró a transmitirnos las palabras
del rey.
—Ésta noche, mientras la luz de la vida arde en
nuestros corazones, es justo que cantemos y dancemos alegremente por la
victoria que nos ha sido otorgada. Pero hagamos una pausa para recordar a
nuestros hombres que perdieron sus vidas en manos de Nudd.
Entonces Tegid entonó un lamento por los muertos.
Era un lamento conocido por todos y tras las primeras notas todos los reunidos
corearon su canto. Yo no conocía la canción, pero era tan hermosa como triste y
sobrecogedora; de todos modos no podría haberla cantado porque los ojos se me
llenaron de lágrimas y se me hizo un nudo en la garganta que casi me impedía
respirar.
Otros también empezaron a llorar y, mientras
cantaban, los ojos les brillaban a la luz de las antorchas. Cuando la canción
hubo concluido, el salón se sumió en el silencio; los ecos de las últimas notas
resonaron en los rincones. Después, el rey se inclinó otra vez hacia su jefe de
Canción, y Tegid transmitió:
—Hemos recordado a nuestros difuntos como era de
justicia. Ahora, rindamos homenaje a los vivos que han ganado la porción del
héroe con su coraje y valor.
Ante mi sorpresa, el primer nombre que pronunció
fue el mío.
—Llyd, acércate al trono.
La multitud me abrió paso y avancé vacilante. Era
consciente de nuevo de las miradas y los murmullos de asombro que suscitaba mi
aspecto. Pero ¿por qué? ¿Tanto había cambiado? El rey me indicó que me
detuviera ante él; luego se quitó del dedo un anillo de oro y me lo dio. Yo
tendí la mano para cogerlo, y el monarca me asió por la muñeca e hizo que me
volviera hacia la multitud.
—Tú, por encima de todos los hombres, serás honrado
esta noche —dijo Tegid alzando la voz para que todos pudieran oírlo—. Con
enorme peligro y sacrificio trajiste las piedras encantadas de su recóndito
escondite y concebiste el plan que debíamos utilizar para vencer al enemigo.
Sin las piedras, jamás habríamos prevalecido frente a Nudd y a sus diabólicos
coranyid. Recibe, por tanto, la gratitud de tu rey.
El monarca se levantó y, sosteniendo aún mi muñeca,
me alzó la mano ante la multitud. Luego, cogiendo el anillo, me lo puso en el
dedo. Vi la luz de
las antorchas reflejada en miles de ojos y oí el
murmullo de asombro que se extendía por el salón. De nuevo me invadió la
misteriosa e inexplicable sensación de que mi apariencia llenaba de pavor a la
gente.
Pero no tuve tiempo de reflexionar sobre tal
fenómeno. Tegid alzó las manos con las palmas hacia fuera y salmodió:
—Que de todos sea conocido que el rey aprecia en
mucho tu habilidad y tu valor. Desde esta noche eres el paladín del rey. En
prueba de tal honor, desde ahora te llamarás Llew. Que todos te saluden con ese
nombre. ¡Salud, Llew, paladín del rey!
—¡Llew! ¡Llew! —coreó la gente en calurosa
respuesta—. ¡Salud, Llew, paladín del rey!
Sus voces resonaron desde la chimenea hasta el
tejado, y yo temblé de emoción. Ahora me llamaba Llew, el salvador de Albión.
Había ocurrido lo que había profetizado la banfáith.
Si hubiera sabido lo que Tegid había estado
proyectando, se lo habría impedido; y no hubiera sido el único en hacerlo. En
efecto, cuando ocupé mi lugar, a la derecha del rey, tuve ocasión de ver que
Paladyr se mantenía a distancia, claramente enfurecido por el insulto recibido.
No lo culpé, puesto que había sido destituido como paladín y no se le había
dado la oportunidad de defender su elevada posición; había sido degradado en
presencia de sus hombres y hermanos de armas. No podía concebirse una humillación
mayor.
El rey distribuyó otros regalos: broches, piedras
preciosas y brazaletes de oro y plata. Ensalzó otros nombres, alabó otras
hazañas. La cabeza me daba vueltas tratando desesperadamente de encontrar el
modo de disuadir a Paladyr de que no me retara a un combate singular para
defender su rango. Movería cielo y tierra para lavar su honor, empeñaría en
ello la vida y más incluso. Un guerrero sin honor sufría una vergüenza mayor
que la muerte. No podía albergar la esperanza de que pasara por alto el desaire
recibido: su orgullo era mayor que el del rey, pese a que Meldryn Mawr
gobernaba sobre Albión.
Así permanecía junto al rey, ocupando el sitio de
Paladyr, mientras buscaba frenéticamente el modo de escapar de aquella
comprometida situación. Escruté por encima de la multitud, buscando al fondo
del salón la silueta del antiguo paladín del rey; pero no lo vi por ningún
lado. Sin embargo, podía imaginarme su creciente cólera, alimentada como una
hoguera por un vendaval.
Cuando el último guerrero fue llamado a presencia
del rey y fue entregado el último de los regalos, el rey Meldryn Mawr ordenó
que siguiera la fiesta. En cuanto pude agarré del brazo a Tegid.
—¿Por qué me has hecho esto?
—Yo no he hecho nada —me dijo con toda sencillez—.
Es privilegio del rey elegir un nuevo paladín y bautizarlo. Así lo ha hecho; y
yo encuentro muy acertada su elección.
—¡Paladyr me matará! Clavará mi cabeza en su lanza.
Tienes que hablar con el rey.
—Es un honor muy grande el que has recibido. Y
además lo tenías muy merecido; te lo has ganado a pulso.
—¡No lo quiero! ¡Me niego a aceptarlo!
Tegid me miró con expresión sombría.
—No te comprendo, Llew.
—¡No me llamo Llew! —grité—. ¡No quiero honor
alguno! ¿Es que no lo entiendes?
—Es demasiado tarde —repuso mirando hacia otro
lado.
—¿Por qué?
—Por ahí viene Paladyr.
En efecto, abriéndose paso entre la multitud,
Paladyr se acercaba a nosotros. Su rostro era inexpresivo; sólo los ojos
revelaban la cólera que lo embargaba. Yo salí a su encuentro, y el guerrero se
detuvo ceñudo ante mí. Antes de que pudiera abrir la boca, para dirigirle unas
palabras conciliadoras, me puso la mano en el pecho y me apartó de un empujón.
La gente lo vio y se quedó inmóvil, conteniendo la
respiración. Todo el salón enmudeció de golpe.
Paladyr avanzó hacia el trono y se echó a los pies
del rey. Meldryn Mawr lo contempló con aire impasible. Tegid acudió junto al
rey y tras una breve consulta dijo:
—¿Qué buscas adoptando tal actitud ante el rey?
El antiguo paladín siguió postrado, sin mover un
músculo. El rey susurró algo a Tegid, que asintió y se dirigió al postrado
guerrero.
—Levántate, Paladyr —ordenó el bardo—. Si tienes
algo que decir, ponte en pie y habla.
Entonces Paladyr se levantó y tendió sus manos
vacías hacia el rey; mostraba una actitud humilde, pero en modo alguno
humillada.
—¿De qué me acusas para rechazarme de esta manera?
—¿Estás sugiriendo que el rey te ha tratado
injustamente? —le preguntó Tegid.
—Pregunto por qué se me ha apartado de mi cargo
—repuso Paladyr hoscamente.
—Tu obligación no es preguntar, sino obedecer
—observó el bardo—. Sin embargo, el rey aprecia tus leales servicios y por eso
te responderá.
—Que responda entonces —dijo Paladyr conteniéndose
a duras penas—.
Pero me gustaría oír la respuesta de sus labios, no
de los tuyos, bardo.
Meldryn Mawr ladeó la cabeza hacia Tegid, que se
inclinó para escucharlo. Luego el bardo se irguió y dijo:
—Eso no podrá ser por el voto de geas del rey. Pero
escucha las palabras del rey y acátalas, si es tu deseo. Así habla el rey: los
que me sirven deben permanecer fieles a mí y sólo a mí. Tú, Paladyr, eras el
primero en guardarme lealtad. Mientras permaneciste fiel, fuiste el paladín del
rey. Pero dejaste de serlo cuando decidiste seguir al príncipe Meldron. Por eso
te he dado de lado. —Tegid hizo una pausa y luego concluyó—: Así ha hablado el
rey.
Aquéllas palabras parecieron causar un gran efecto
en el guerrero, que al momento adoptó un aire contrito.
—Tu rechazo es muy duro para mí, oh rey —dijo—.
Pero acato tu decisión; permíteme sólo hacer otra vez el juramento de fidelidad
y ofrecerte mi lealtad.
El rey Meldryn asintió lentamente, y Paladyr se
acercó a él con la cabeza baja y los brazos caídos. Cayó de hinojos ante el rey
en señal de arrepentimiento, apoyó la cabeza en el pecho del monarca y gritó en
voz alta:
—¡Perdóname, Soberano Señor!
Meldryn Mawr alzó una mano y pareció que iba a
decir algo, pero enseguida la bajó, cerró la boca e inclinó la cabeza sobre su
antiguo paladín, en otros tiempos tan querido. Fue un gesto de afecto que
conmovió a todos los presentes.
—Paladyr —dijo Tegid tras unos instantes—, renueva
el juramento de lealtad.
Y a continuación comenzó a recitar las palabras que
el antiguo paladín debía repetir.
Pero Paladyr no dijo nada. Ni siquiera esperó a que
Tegid acabara. Se levantó, permaneció ante el rey unos momentos y luego se dio
la vuelta. Todos los ojos se clavaron en él mientras abandonaba apresuradamente
el salón.
El coro de murmullos que suscitó el extraño
comportamiento de Paladyr se convirtió al momento en gritos de sorpresa e
incredulidad, cuando alguien exclamó:
—¡Asesino! ¡El rey ha sido asesinado!
Las palabras sonaron como cuchillos afilados. Como
todos los demás, yo había estado observando a Paladyr. Al oír aquel grito, miré
al trono y vi que Meldryn seguía sentado en él, con la cabeza inclinada sobre
el pecho y las manos en el regazo, en la misma postura de antes; no se había
movido.
Y entonces observé que el puñal de Paladyr estaba
clavado en el pecho del rey, junto al esternón. De la herida iba brotando
lentamente la sangre de brillante color carmesí. El rey estaba muerto.
Durante unas milésimas de segundo el salón contuvo
el aliento, horrorizado. Luego sobrevino un tremendo revuelo.
—¡Detenedlo! ¡Cogedlo! —gritó Tegid.
La multitud se precipitó hacia el trono. Alguien
rompió en sollozos.
En medio del alboroto, intenté reunirme con Tegid.
Se oyeron más sollozos. Gritos de horror. Pánico. Las puertas del salón se
cerraron de un portazo que resonó como un trueno. Los guerreros gritaban
órdenes confusas. Brillaban las armas desenvainadas.
El príncipe Meldron apareció de pronto en medio de
la algarabía con los
brazos levantados y gritando:
—¡Calma! ¡Calma! ¡Que no cunda el pánico! ¡Aquí
tenéis a vuestro rey!
Siawn Hy estaba junto al príncipe con la espada
desenvainada como si quisiera proteger a su señor de algún ataque. ¿Un ataque
de quién?, me pregunté. Por fortuna, la aparición de Meldron restauró la calma;
el pánico y la confusión desaparecieron de golpe.
—¡Manada de Lobos! —gritó el príncipe llamando a
los guerreros de su banda, que enseguida se abrieron paso entre la multitud y
se detuvieron ante el trono—. Perseguid a Paladyr. Dadle caza y traedlo. Pero
traédmelo vivo. ¿Habéis oído? ¡Que no sufra ni un rasguño!
Los guerreros, excepto Siawn que se quedó junto al
príncipe, prometieron cumplir la orden y se marcharon a toda prisa. El príncipe
se dirigió a Tegid, que estaba inclinado sobre el cuerpo del rey.
—¿Está muerto? —dijo el príncipe, en un tono que
fue más bien una aseveración que una pregunta.
El bardo se irguió; tenía el rostro pálido,
ceniciento y sombrío, y la voz le temblaba, aunque no podría decir si de pena,
cólera o algún otro sentimiento.
—El cuchillo le atravesó el corazón —repuso—. El
rey ha muerto. — Luego se dirigió a mí y me ordenó—: Reúne algunos hombres.
Llevaremos al rey a sus aposentos.
Tres guerreros se nos unieron y entre todos alzamos
el cuerpo, lo llevamos a los aposentos reales y lo dejamos sobre el lecho.
Tegid se quitó el manto y cubrió el cadáver; después hizo salir a los guerreros
tras ordenarles que se apostaran en la puerta.
Yo miré a Tegid en pie junto al cuerpo del rey, con
la barbilla apoyada en una mano en actitud meditabunda. No sabía qué decir o
qué pensar. Aquello me parecía irreal, como si fuera un sueño. No obstante,
allí yacía el cadáver de Meldryn Mawr. Y yo, que era su paladín, no había
cumplido el deber de protegerlo.
—Tegid…, yo… lo siento mucho —tartamudeé
acercándome al bardo.
—¿Sabías lo que Paladyr albergaba en el corazón?
—me preguntó fríamente.
—Bueno… no, yo…
—¿Podrías haber impedido su crimen?
—No. Pero…
—Entonces no tienes por qué reprocharte nada.
—Aunque su voz era suave, el tono era terminante—. Yo tampoco te reprocho nada.
—Pero yo era su paladín —insistí—. Y me quedé
inmóvil mientras Paladyr lo asesinaba. No hice nada. Debería…, debería haber
hecho algo. Debería haberlo protegido.
El bardo alisó el manto sobre el cadáver. Luego se
irguió y me cogió por el brazo.
—Escúchame bien, Llew —dijo tranquila pero
firmemente—. La vida del rey pertenece a su pueblo. Si alguno de sus súbditos
toma la decisión de arrebatársela a traición, no hay fuerza en la tierra capaz
de impedírselo.
Lo que Tegid decía era la pura y cruda verdad.
Entendía lo que quería decir, pero tardaría algún tiempo en poder aceptarlo.
—¿Qué haremos ahora?
El bardo contempló una vez más el cuerpo del rey.
—Hay que preparar el cadáver para las honras
fúnebres. Cuando se hayan cumplido los ritos funerarios, se elegirá un nuevo
rey.
—El príncipe Meldron dijo…
—El
príncipe Meldron ha
ido demasiado lejos
—replicó Tegid—.
Meldron tendrá que someterse a la voluntad de los
bardos.
En Albión los derwyddi elegían al rey, y la
dignidad real no pasaba de padres a hijos por herencia, sino que cualquier
miembro destacado del clan podía convertirse en rey si el bardo lo elegía. Se
valoraba demasiado la dignidad real como para permitir que pasara de mano en
mano como una prenda usada. Por eso el rey era escogido entre los hombres más
honrados y afamados del clan.
—Ya sé —le dije—. Pero tú eres el único bardo que
queda entre los llwyddios… Por lo que sabemos, eres incluso el único que queda
en Albión.
—Entonces yo solo escogeré al rey. —Y con sonrisa
sombría añadió—:
Yo ostento ahora la dignidad real, hermano. Y la
otorgaré a quien me parezca más digno.
38
LA VUELTA A CASA
El
cuerpo del Soberano
Señor
descansó tres días en Findargad y los días
destinados a la celebración de la victoria se convirtieron en días de luto.
Durante ese tiempo, Tegid preparó el cuerpo para el enterramiento y organizó
los preparativos para el regreso a casa, a Sycharth. El rey no sería enterrado
en la fortaleza de la montaña, sino que descansaría en el valle de Modornn, en
el túmulo de los reyes llwyddios. El cuerpo fue lavado y envuelto en las más
finas telas. Su espada y su lanza fueron bruñidas, el escudo fue pintado y las
protuberancias circulares fueron pulidas hasta que brillaron como soles.
Al cuarto día, el cadáver fue sacado de los
aposentos reales y colocado en un carro cubierto de pieles. Entonces, cuando
todos los que habían sobrevivido al ataque de Nudd estuvieron reunidos en el
patio, Tegid condujo el carro fuera de las puertas y emprendimos el largo
camino de regreso. Seis guerreros con lanzas flanqueaban el furgón fúnebre. El
príncipe Meldron cabalgaba detrás, severo y triste; el pueblo de los llwyddios
cerraba el cortejo.
Así dejamos Findargad. Por orden de Tegid, yo iba a
pie junto a la cabeza del caballo, delante de él. El primer día de marcha no
intercambiamos palabra alguna. Tegid, con la mirada fija en el camino, meditaba
perdido en sus pensamientos con el entrecejo fruncido y el rostro sombrío. Yo
no sabía qué le preocupaba, y él no me lo dijo.
Pero, en los días que siguieron, comenzó a
explicarme la esencia de sus meditaciones. Sus pensamientos, solemnes y
sombríos, se centraban en el tétrico futuro que el bardo veía cernirse sobre
nosotros; el futuro descrito en la terrible profecía de la banfáith.
—El Rey de Oro tropezará con la Roca de la
Contienda. El Gusano de ardiente aliento reclamará el trono de Prydain —dijo
lúgubremente Tegid.
Nos habíamos detenido junto a un arroyo y estábamos
esperando al séquito para proseguir la marcha.
—Míralos —continuó, señalando a la gente que
atravesaba en largas filas la corriente—. Están perdidos y no se dan cuenta. No
tienen quien los dirija. Un pueblo sin rey está aún más desamparado que un
rebaño de ovejas sin pastor.
—Tienen al príncipe Meldron —observé.
El príncipe aguardaba a caballo en medio del arroyo
a que la gente lo vadeara. Parecía como si estuviese vigilando su rebaño. Siawn
estaba junto a él apoyado en la lanza. En los últimos días no se había separado
ni un momento del príncipe, y yo no había tenido oportunidad de hablarle a
solas.
Tegid me miró de soslayo con el gesto torcido en
una amarga sonrisa.
—El príncipe Meldron no se sentará jamás en el
trono de su padre.
Le pregunté qué quería decir, pero me dio a
entender que no era el momento oportuno para hablar de ello.
—No hables con nadie de esto —me advirtió.
Creí que así daba por concluido el asunto, pero,
poco después, cuando habíamos reanudado la marcha otra vez, dijo:
—El rey será enterrado con todos los honores.
Lo dijo en una voz tan baja que creí que estaba
hablando consigo mismo.
—Quizá no pueda impedir lo que se avecina —añadió—,
pero al menos lograré ver a mi rey enterrado en su tumba, como corresponde. Aún
no hemos caído tan bajo como para olvidar los ancestrales ritos.
—Tegid, dime: ¿qué crees que va a ocurrir?
El bardo alzó la cabeza y escrutó indiferente el
horizonte cubierto de nubes.
—Lo sabes de sobra —contestó.
—Si lo supiera, no lo preguntaría —gruñí, harto de
sus evasivas.
—Lo sabes muy bien —repitió y, en tono desafiante,
agregó—. Llew debería saberlo.
Antes de que pudiera sonsacarle algo más, nos vimos
obligados a detenernos por la llegada de la Manada de Lobos. Los guerreros,
siguiendo las órdenes del príncipe, habían cabalgado duramente y habían
recorrido
mucha distancia; su aspecto lo pregonaba; sus ropas
estaban polvorientas y sus caballos cubiertos de espuma y barro. Al verlos
llegar, el príncipe abandonó su puesto junto a la carroza fúnebre y cabalgó a
su encuentro.
—Me pregunto qué habrán encontrado —comenté
observando la conferencia que mantenían el príncipe y sus guerreros en medio
del camino.
—¿Por qué te lo preguntas? —inquirió Tegid con
aspereza—. ¿Es que estás ciego?
—A lo mejor —respondí desabridamente.
—¡Abre bien los ojos! ¿O es que tendré que decirte
lo que tienes delante de las narices?
—La Manada de Lobos ha regresado —dije enfadado—.
El príncipe está hablando con ellos.
—¿Ves a Paladyr? —inquirió el bardo con sarcasmo.
—No. No está con ellos.
—¿Entonces?
—Entonces es que no lo han encontrado. Debe de
haber escapado.
—Conque Paladyr ha escapado… —comentó Tegid
poniendo los ojos en blanco—. Ésos hombres pueden seguir la pista de un oso por
la espesura del bosque más umbrío. Pueden perseguir un ciervo hasta rendirlo
por cansancio. Pueden seguir el vuelo de un águila y localizar su nido. ¿Cómo
es posible entonces que Paladyr se les haya escapado?
—¿Crees que lo dejaron huir? ¿Por qué iban a hacer
una cosa así?
—¿Por qué iba a ser?
Eso fue todo lo que pude sacarle antes de que el
príncipe volviera a ocupar su puesto tras la carroza fúnebre y el cortejo
reanudara el largo y penoso viaje. Yo registré cuidadosamente en mi mente las
insinuaciones de Tegid y sopesé el alcance de cada palabra antes de unirla a
las demás.
No cabía duda de que el bardo estaba preocupado por
la profecía de la banfáith y estaba decidido a contagiarme su angustia. Eso ya
era bastante inquietante, pero aún más alarmante era la insinuación de que el
príncipe Meldron era responsable de la muerte de su padre. Porque, si Meldron
estaba
implicado en el crimen, Simon también lo estaría.
¡Eran inseparables! No era probable que el príncipe pudiera urdir un plan tan
alevoso y criminal sin que mi antiguo amigo se enterara. Quizá Simon había
participado…, quizás había hecho algo más que participar.
Al pensarlo me estremecí hasta la médula. ¿Qué
había hecho Simon?
Durante largo tiempo fui dando vueltas y más
vueltas a estos pensamientos. Pero el día era hermoso y alegre y el sol me
acariciaba la piel con su calorcillo. Pese a mis presentimientos, poco a poco
fui dejándome extasiar por el panorama. Aún había bastante nieve en las laderas
de las montañas y también en el camino, pero había comenzado a fundirse; entre
la blancura sobresalían peñas rojizas y grisáceas e incluso a veces se
vislumbraba el destello verde de la hierba.
Como si quisiera acariciar la tierra azotada por la
ira de sollen, gyd comenzaba a hacer notar su amable presencia. Los arroyos
corrían caudalosos por el deshielo y goteaba agua de todas las rocas. Durante
el día el cielo estaba despejado y el sol calentaba; sin embargo, las noches
eran frías y el suelo estaba húmedo, por lo que teníamos que encender hogueras
y dormir sobre pieles de buey. Un destacamento de guerreros montaba guardia por
turno junto al cadáver del rey.
Una noche me tocó formar parte del primer turno de
guardia y dio la casualidad de que también Simon estaba incluido en el grupo.
Aguardé a que llegara el relevo y entonces fui a su encuentro. Hacía muchísimo
tiempo que no se me había presentado la oportunidad de hablar con él a solas.
—Siawn —dije llamándolo por el nombre que tanto le
gustaba y tocándole un hombro.
Se dio la vuelta, con los puños apretados y el
rostro ceñudo a la luz de la luna. Me miró largamente, pero sus ojos no dieron
la menor señal de reconocerme, aunque mi presencia no pareció asustarlo como a
los demás.
—Llew —repuso torciendo el gesto—, ¿qué quiere de
mí el poderoso Llew?
Me encolerizó la mueca.
—Quiero hablar contigo —contesté.
Hizo ademán de alejarse, pero lo seguí y lo detuve.
—Simon, ¿qué pasa? ¿En qué te has metido?
Me esquivó y me corrigió con enfado:
—Me llamo Siawn Hy.
—Siawn —corregí rápidamente—, ¿qué sabes de
Paladyr?
Al oírme nombrar al fugitivo, entrecerró los ojos.
—Nada —respondió con una voz áspera como una
amenaza.
Hizo ademán de escabullirse, pero lo sujeté por el
brazo.
—Todavía no he terminado —le dije.
—No tengo nada que decirte —me espetó—. Ocúpate de
tus asuntos, Llew.
Puso su mano en mi muñeca y me obligó a soltarle el
brazo. Un odio agudo y virulento relampagueó en sus ojos; lo invadía la cólera.
Se alejó despacio.
—¡Espera! —exclamé intentando detenerlo—. Siawn,
espera, quiero unirme a vosotros.
Se detuvo en seco.
—¿A nosotros? ¿Qué quieres decir?
—Lo sabes de sobra —repuse, y, aunque el corazón me
latía aceleradamente, logré que mi voz sonara fría e insinuante—. ¿Crees que
soy tonto? Veo muy claramente lo que está ocurriendo. Quiero unirme a vosotros.
Simon me observó con suspicacia, tratando de
averiguar lo que se ocultaba tras mis palabras.
—El príncipe te hace mucho caso —insistí—. He
observado hasta qué punto depende de ti, Siawn. No haría nada sin contar con tu
aprobación y consejo.
Se puso en guardia y creí que se iba a marchar,
pero había conseguido intrigarlo.
—Habla sin tapujos —declaró—. Te escucho.
—Meldron quiere ser rey —dije—. Yo puedo ayudarlo.
—¿Cómo?
—Tegid no lo va a permitir. Lo impedirá.
—Tegid no es un obstáculo importante. Si se cruza
en nuestro camino, lo mataremos.
—No —repliqué yo—. Lo necesitáis vivo.
—¡Bardos! —exclamó Simon, y la palabra sonó en sus
labios como una maldición—. Meldron ya sería rey ahora si no se hubiesen
entrometido los bardos. Las cosas cambiarán cuando se siente en el trono.
—El pueblo se rebelaría —observé—. Nunca acatarían
a un rey que hubiese matado a su bardo. Pero hay un camino mucho más fácil. Si
vieran que Tegid entrega la dignidad real a Meldron, todos lo acatarían como
soberano.
—¿Podrías lograr que lo hiciera?
—Pondría todos los medios. Tegid confía ciegamente
en mí; soy su confidente. Podría seros de gran ayuda —aseguré—. Pero quiero
algo a cambio de mis servicios.
Simon pareció entenderlo muy bien.
—¿Qué quieres?
—Un puesto junto a Meldron cuando sea rey —declaré
con toda llaneza —. Quiero formar parte de la Manada de Lobos.
—Es cierto que el príncipe escucha mis consejos
—reconoció orgullosamente Simon, que seguía siendo tan jactancioso como
siempre—. Intercederé por ti. Le hablaré de tu indudable interés.
Luego añadió en voz más baja:
—Quizá Meldron te pida algo en prueba de lealtad.
—¿Qué?
Reflexionó unos instantes; sus maliciosos ojos
relucían a la luz de la luna.
—Averigua qué planes tiene Tegid para cuando
hayamos llegado a Sycharth.
—Eso me llevará cierto tiempo —mentí—. Tendré que
sonsacarle sin que entre en sospechas.
—No será muy difícil para el poderoso Llew —comentó
Simon con sorna y desprecio.
—De acuerdo. Lo haré.
Simon me dio unos golpecitos en el hombro.
—Muy bien —comentó—. El príncipe se sentirá muy
satisfecho.
Alzó con arrogancia la barbilla y se marchó. Lo
contemplé mientras desaparecía en la oscuridad, y me fijé en que al andar se
contoneaba como un pavo real.
Al día siguiente, mientras hacíamos los
preparativos para reanudar la marcha, fui al encuentro de Tegid y le pregunté:
—¿Cuándo cae el Beltane?
El bardo reflexionó unos instantes, porque la
extraña duración de aquel sollen había echado por el suelo el cálculo de la
sucesión de las estaciones por el movimiento del sol.
—Ahora estamos en… —Hizo una pausa y repasó sus
cálculos—. Faltan tres amaneceres.
—Entonces aún no habremos llegado a Sycharth
—observé.
—No —asintió Tegid— no llegaremos al caer a tiempo
de celebrar el Beltane.
—¿Dónde lo celebraremos entonces?
—En cualquiera de los lugares sagrados —contestó—.
Hay varios en esta ruta. Cerca de aquí hay un montículo y una piedra vertical.
Llegaremos allí pasado mañana. Es un lugar muy apropiado para la celebración
del Beltane.
«Sí —pensé—, un lugar muy apropiado». En los días
que siguieron vigilé de cerca al príncipe y a sus secuaces; y me di cuenta de
que también me vigilaban a mí. A primera hora de la noche del segundo día,
mientras acampábamos para pasar la noche, Simon se me acercó cuando estaba
abrevando a los caballos.
—¿Qué has averiguado? —inquirió impaciente.
La ambición estaba abrasando al príncipe y a su
paladín; tuve la seguridad de que los tenía a mi merced.
—¡Aquí no! —me apresuré a decir mirando con
inquietud por encima del hombro—. Tegid podría sospechar. No debe vernos
juntos. Mañana pasaremos junto a un montículo y una piedra vertical; te espero
allí al alba.
Simon estaba muy acostumbrado a las intrigas y a
los manejos en secreto y aceptó la cita sin protestar.
—De acuerdo —contestó—. Al alba. Junto a la piedra
vertical.
—Y ve solo —le advertí—. Cuanta menos gente lo
sepa, mejor.
—¡No me des órdenes! —gruñó.
Nos separamos, y yo fui a reunirme con Tegid junto
a la hoguera. Comimos nuestra exigua ración y cuando acabamos desenrollamos las
pieles de buey para dormir. Yo estaba muy nervioso, pero el bardo no parecía
notarlo; sin duda tenía bastante con sus propias preocupaciones.
Aquélla noche, antes del alba, me desperté de mi
inquieto sueño, cogí mi lanza, me envolví en el manto y me escabullí del
campamento. Me mantuve lejos de la luz de las hogueras, esquivé con precaución
los lugares donde dormían el príncipe y sus secuaces y logré encontrar el
camino. Guiado por la luna que ya se estaba poniendo, apresuré el paso. No me
atrevía a pensar en lo que me esperaba ni en lo que debía hacer.
Seguí el tortuoso sendero, esquivando ramas bajas y
troncos derrumbados. Mientras caminaba por la soledad del bosque, me asaltó el
temor de que Simon no acudiera solo a la cita, de que llevara con él al
príncipe. Si así ocurría, mi plan fracasaría. De pronto me encontré en el lugar
de la cita. Mientras el sol comenzaba a aparecer por el este, caminé nervioso
en torno al enorme montículo recubierto de yerba y coronado por una piedra
vertical. Entonces comencé a preguntarme si Simon acudiría a la cita.
No me defraudó. Su enorme ambición lo había
empujado a obedecerme. Lo vi acercarse en la pálida luz del alba y suspiré
aliviado. Luego levanté mi lanza a modo de saludo.
Al verme, me dirigió su consabida sonrisa de
superioridad.
—Bueno, aquí me tienes. ¿Qué has averiguado?
—¿Has hablado con el príncipe?
—Sí —repuso acercándose confiado—. Te demostrará su
agradecimiento
cuando llegue el momento. Ya lo verás.
—Muy bien —dije mirando de reojo al cielo; era la
hora-entre-horas—.
Caminemos un poco.
A Simon le extrañó mi sugerencia, pero me obedeció.
—No será fácil —comencé a decir, caminando
lentamente en torno al montículo—. Tegid es una persona muy reservada, como
bien sabes. No es de los que expresan abiertamente lo que piensan. Es un bardo…
y ya sabes cómo se las gastan.
Simon emitió un gruñido de desprecio.
—Sigue —indicó.
—Quiero que sepas que no ha sido fácil sonsacarle
información. He tenido dificultades.
—Ya te he dicho que Meldron te dará la recompensa
que mereces — replicó Simon, que de pronto parecía haber entrado en sospechas—.
¿Qué más quieres?
—Ya hablaremos luego de eso. Ahora escucha, esto es
lo que he averiguado: en cuanto lleguemos a Sycharth, Tegid convocará una
reunión de bardos para que lo ayuden a decidir lo que debe hacer.
—¿Por qué? ¿Es que no lo sabe? —dijo deteniéndose y
enarcando una ceja con desconfianza.
—No entiendes nada —lo recriminé con aspereza.
Seguí caminando; Simon me siguió, y completamos el
primer círculo en torno al montículo.
—Primero debe ser enterrado Meldryn Mawr —añadí—.
Lleva tiempo elegir a un nuevo rey.
—¿Cuánto tiempo?
—Eso carece de importancia —contesté, y seguí
caminando.
—¿Cuánto tiempo? —repitió Simon.
—Por lo menos doce días —dije eligiendo un número
al azar—. Cuando los bardos se hayan reunido, y ni siquiera sabemos cuántos
quedan, habrá que hacer más preparativos, pues deben llevarse a cabo los
rituales y ceremonias
de rigor.
—Ya sabemos todo eso —me interrumpió Simon en un
torpe intento de intimidarme—. ¿Qué más?
Me detuve y me encaré con él asiendo con firmeza la
lanza.
—Si sabéis tantas cosas —gruñí—, ¿por qué habéis
aceptado mi ayuda?
¿Quieres que te diga lo que he averiguado o no?
—Para eso he venido —replicó con aspereza—. Te
escucho.
Reanudé mi paseo, fingiendo enfado. La treta dio
resultado.
—¿Qué más has averiguado? —preguntó en tono más
suave.
—Bien —empecé lentamente—, creo que Tegid aguardará
a que los bardos se hayan reunido, y luego retrasará la elección.
—¿Retrasar? ¿Por qué va a retrasar la elección?
—Hay una antigua ley —respondí escogiendo con
cuidado las palabras— que permite al bardo reunir a los hombres del clan en una
asamblea para competir por la dignidad real.
—¿Qué clase de competición?
—Eso depende de los bardos —repuse, completando el
segundo círculo en torno al montículo y comenzando el tercero—. Normalmente se
celebran luchas marciales, en las que se exhibe la fuerza y la habilidad en el
manejo de las armas y de los caballos, y pruebas que demuestran el coraje y la
agilidad mental.
Hice una pausa para comprobar el efecto de mis
palabras y luego proseguí:
—El rey será escogido entre los ganadores de esas
pruebas y no sólo entre los príncipes y capitanes.
Simon se encorajinó.
—¿Por qué tiene que ser elegido un nuevo gobernante
cuando hay un heredero de sangre real, que está además capacitado para ostentar
la corona que por derecho le corresponde?
Alzó desafiante la mandíbula y leí en su rostro
como en un libro abierto; de pronto se me reveló claramente lo que había hecho
y podía incluso
adivinar cómo.
Simon había alimentado la ambición del príncipe
hablándole de sus derechos de sucesión: la dignidad real se transmitía de
padres a hijos, por derecho de sangre y no por méritos individuales. Simon,
cuya vida había sido un testimonio vivo de inmerecidos privilegios, era un
ardiente defensor de esas ideas. Y le había resultado muy fácil convencer al
débil y codicioso príncipe de que debía heredar el trono de su padre.
No obstante, la costumbre en Albión era muy
distinta: los reyes se elegían entre los hombres más dignos del clan; y los
bardos, que ostentaban la potestad de otorgar la dignidad real, eran quienes
elegían a la persona indicada.
¿Se había ganado el favor del príncipe Meldron
repitiéndole que la dignidad real se podía ganar sin méritos, sin la
aquiescencia de los bardos?, ¿que la dignidad real se transmitía por la
herencia de la sangre y no por la sangre del sacrificio?
No sabía quién había matado al Phantarch, ni
siquiera podía adivinar cómo lo habían encontrado. Pero no me cabía ninguna
duda de un hecho: Simon, que había llegado al Otro Mundo por casualidad, había
traído con él ideas ajenas y fatales. Sus herejías habían causado la muerte de
Ollathir, del Phantarch, del rey y de millares de hombres que habían sucumbido
ante Nudd y sus hordas. Alegre y egoístamente había pretendido apropiarse de lo
que no podía ser suyo, para crear un orden que sirviera a sus mezquinos y personales
intereses.
No sabía nada de la verdadera naturaleza de la
dignidad real ni le importaba en absoluto. No sabía nada de la Canción, ni del
Cythrawl. Ni de la hueste de poderes infernales que habían desatado sus
palabras de traición. ¡Ni siquiera ahora le importaba nada de lo que había
sucedido! Sólo se preocupaba por sí mismo. Su codicia casi había destruido
Albión y había que ponerle freno. Había llegado la hora de que Simon se
marchara.
Caminamos un poco más hasta completar el tercer
círculo en torno al montículo. El amanecer iluminaba el cielo con una pálida
luz rosada. Simon meditaba en silencio lo que acababa de decirle.
—¿Cuándo comenzará esa competición? —preguntó al
fin.
—Tendrá lugar en el espacio de tiempo que va entre
una luna nueva y la
siguiente, aproximadamente después del Beltane y
antes del Samhein — repuse.
—El Beltane está muy cerca —observó Simon.
—Así es —asentí—. Muy cerca.
Me hice a un lado con rapidez apuntando con la
lanza a Simon, que miró sorprendido la punta del arma e hizo ademán de
apartarla.
—Tranquilo —le dije—. Todo ha terminado, Simon. Es
hora de regresar.
—¿De regresar? —exclamó con genuino asombro.
—A casa, Simon. No perteneces a este mundo. Albión
no es tu mundo.
Has causado mucho daño y ha llegado el momento de
detenerte.
Tomó aliento para protestar, pero no le permití
pronunciar palabra.
—Date la vuelta —le ordené, empujándolo hacia el
montículo con la punta de la lanza.
—No te atreverás a hacerme daño —gruñó quitándose
el manto y echando mano a la espada.
Con un rápido movimiento le hice un corte en el
brazo. Al ver brotar la sangre se enfureció.
—Esto te costará la vida.
—Date la vuelta, Simon —repetí con tono imperioso.
Simon me miró fijamente, todavía vacilante.
—¡Quieres quedarte con todo! ¡Pretendes ser el rey!
—¡Muévete! —Lo empujé con la lanza y me acerqué un
poco más—. No olvides que estoy detrás de ti.
—Te arrepentirás —me espetó con voz fría y
amenazadora—. Te juro que morirás arrepintiéndote de esto.
—Correré ese riesgo —repliqué, acercándome más y
presionándole las costillas con la lanza—. Pero ahora vas a regresar a donde
perteneces. ¡Muévete de una vez!
Se giró y se dirigió hacia la oscura hendedura que
se abría en la base del montículo. Tras lanzarme una mirada asesina, bajó la
cabeza y entró.
No perdí ni un momento en celebrar mi triunfo. El
portal del Otro Mundo no iba a permanecer abierto mucho tiempo. Simon tenía
razón: ya me estaba arrepintiendo de lo que había hecho, pero no por las causas
que él suponía. Eché una última ojeada a la hermosa Albión y constaté hasta qué
punto había llegado a amarla y cuánto la iba a echar de menos. Abrumado por la
tristeza, dejé la lanza apoyada en el montículo. Luego exhalé un suspiro de
silenciosa despedida, bajé la cabeza y me metí en la oscura hendedura.
39
EL REGRESO
El
interior del montículo
estaba
oscuro como un útero, y el aire era sofocante. No
vi a Simon, ni lo oí, ni noté su presencia. Ya había cruzado. Temiendo que el
portal se cerrara de un momento a otro y que perdiera la oportunidad de
regresar —y si la perdía, seguramente sería incapaz de volver a tomar tal
decisión—, exhalé un suspiro y avancé hacia el ululante vacío que separaba los
dos mundos.
Me azotó una furiosa ráfaga de viento y me balanceé
en el puente, estrecho como el filo de una espada. Extendí los brazos para
guardar el equilibrio y fui deslizando los pies sobre el filo de la espada
procurando hacer caso omiso de los sobrecogedores aullidos del viento y la
vertiginosa sensación de que me cernía sobre un vacío infinito e invisible.
El filo se me clavaba en la planta de los pies
mientras me iba deslizando por él. El viento me azotaba por todas direcciones.
Luché por respirar, luché contra el temor de abandonarme a aquella oscuridad
barrida por el viento. Haciendo acopio de las últimas fuerzas que me quedaban,
seguí avanzando por el estrecho puente.
Parecía como si el huracán me desgarrara los
vestidos y los redujera a jirones, como si me arrancara la carne de los huesos.
«Valor —me dije—, pronto habrá acabado todo».
Avancé un paso más.
Mis pies pisaron el vacío y caí… con el estómago
encogido, como si no pesara; me precipité en una noche sin fin… Me mordí el
labio inferior para no gritar, y seguí cayendo a través del espacio y del
tiempo, dando vueltas entre múltiples estratos de mundos que sólo existían en
potencia, entre pasados que nunca existieron y futuros que nunca existirían; me
precipité entre aquella inefable y elemental reserva del universo trascendente.
Por fin aterricé de costado. Me quedé quieto unos instantes hasta que la cabeza
cesó de darme vueltas y entonces abrí los ojos y me encontré en un espacio
cerrado,
tenebroso y gris de piedra caliza.
Flexioné brazos y piernas para comprobar que no me
había roto ningún hueso, y me incorporé lentamente hasta ponerme en pie. Una
luz tenue y fría se filtraba en el cairn. No vi a Simon por ningún lado. Me
acerqué a la abertura y, asiéndome a las frías piedras del borde del agujero,
me di impulso y salí al mundo real.
Era un alba invernal y helada. El sol se acababa de
levantar por el este, y un ligero manto de nieve cubría la tierra. El cielo que
asomaba entre los árboles que coronaban la cañada tenía un color pálido y
ceniciento. Al emerger del cairn me hallé en un mundo triste e insignificante.
Mi primer pensamiento fue que me había equivocado de lugar, que había cruzado a
una tierra sombría, un reflejo apagado y enfermizo del mundo que acababa de
abandonar. Pero entonces vi la tienda de campaña de la Sociedad de Arqueólogos
Metafísicos.
Y allí, sentado en un taburete, bebiendo café junto
a un humeante fuego encendido ante la tienda, había un hombre que reconocí como
si reconociera a alguien que se ha visto en sueños; se llamaba…, se llamaba…
Weston. Sí, era Weston, el director de las excavaciones, y frente a él estaba
el profesor Nettleton. Al verlos, supe a ciencia cierta que había vuelto a
casa.
Tal seguridad me abrumó como un peso muerto sobre
los hombros.
En efecto, aquel mundo ya no era el mismo de antes.
Aburrido, incoloro, abrumador, aquel mundo se me manifestaba con una apariencia
provisional y transitoria. Todo —árboles, rocas, tierra, cielo y sol invernal—
parecía existir sólo precariamente, como un recuerdo a punto de desvanecerse.
En el mundo que tenía ante los ojos, nada tenía sentido ni solidez, nada
parecía sustancial. Era un mundo efímero, transitorio, como si fuera un
fenómeno milagroso que pudiera desaparecer de un momento a otro.
También me di cuenta de que Weston y el profesor
Nettleton habían cambiado de forma sutil pero perceptible: sus facciones eran
más toscas, sus cuerpos más raquíticos y desgarbados. Parecían más débiles, en
cierto modo menos presentes desde el punto de vista físico. Tenían de alguna
manera un aspecto fantasmal, como si su existencia corporal dependiera de un
hilo finísimo, como si los átomos que componían sus cuerpos estuvieran a punto
de perder su cohesión y fueran a desvanecerse en un soplo.
Mientras los observaba, Weston se levantó de pronto
y se metió en la tienda. En cuanto hubo desaparecido, hice un movimiento para
atraer la atención de Nettleton; el profesor aguzó la vista. En su cara de búho
apareció una súbita expresión de asombro.
—¡Dios mío! —susurró sobresaltado.
Era evidente que no me había reconocido. ¿Cómo iba
a reconocerme? Yo iba vestido como salido de los Mabinogion,[6] desde la
torques de plata que me ceñía la garganta hasta las botas de piel, los breecs,
el siarc y el llamativo manto. Estaba esperando algo, desde luego, pero
evidentemente no que un guerrero celta surgiera del cairn.
Avancé con cautela unos pasos, consciente de la
perturbadora impresión que le producía mi aspecto.
—No tenga miedo —le dije.
Nettles me miraba aturdido, con la boca abierta.
Pensé que no me había oído y volví a repetir las palabras, y entonces caí en la
cuenta de que estaba hablando en antiguo celta. Me costó un tiempo y un
esfuerzo poder hablar en inglés.
—Por favor —dije—, no tenga miedo.
Mi voz resonó demasiado alta y clara en mis oídos.
Mi jerga céltica lo había asombrado, pero mi lengua
nativa lo llenó de pavor. El profesor Nettleton, temblando como un terrier,
alzó las manos como si quisiera detenerme.
—Todo va bien —lo tranquilicé—. He regresado.
Nettleton me observaba fijamente a través de sus
redondos anteojos, en aquella luz desvaída e incierta.
—¿Quién es usted?
No puedo describir la terrible impresión que me
causaron aquellas simples palabras. Se me clavaron como si fueran puntas de
lanzas. Se me hizo un nudo en la garganta. Jadeé y me restregué los ojos con
los puños.
—¿Quién… es… usted? —repitió despacio el profesor,
adoptando el exagerado y cuidadoso modo de hablar con que uno se dirige a un
extranjero o a un loco.
Luego repitió las mismas palabras en galés, lo cual
me hizo sentir todavía más extraño.
Me costó un momento poder articular algún sonido.
—Soy… soy… —murmuré.
Las palabras morían en mi lengua; era incapaz hasta
de pronunciar mi nombre.
De pronto el profesor pareció reconocerme.
—¿Lewis? —preguntó en un murmullo—. ¿Realmente es
usted?
La pregunta del profesor era más acertada de lo que
él mismo podía suponer. ¿Quién era yo? ¿Era Lewis, el estudiante de doctorado
de Oxford que se había visto embarcado en una increíble aventura en el Otro
Mundo? ¿O era Llew, una nueva personalidad que estaba con un pie en cada uno de
los mundos?
Nettles se acercó a mí tras dirigir una rápida y
furtiva mirada a la tienda.
—¿Lewis?
—Sí…, soy Lewis…, Lewis —contesté débilmente,
tartamudeando mi propio nombre, porque me costaba trabajo articular mi propia
lengua—. He regresado —agregué—. Ya estoy de vuelta.
—¡Qué aspecto tiene usted! —exclamó, perplejo; sus
ojos relucían como los de un niño al recibir los regalos de Navidad—. ¡Qué buen
aspecto tiene! ¡Es…, es un milagro! —añadió tendiendo la mano para tocarme el
manto.
Antes ya había visto el asombro, la incredulidad y
el temor en los rostros de los guerreros de las almenas y en los ojos de los
reunidos en el salón de Meldryn Mawr. Sabía que la estancia en el Otro Mundo me
había cambiado; y, a juzgar por la reacción de los otros, el descubrimiento de
las piedras cantarinas en la cámara del Phantarch me había cambiado todavía
más. Pero, hasta que me encontré en la apagada y pálida luz de aquel mundo
pobre y patético, no comprendí del todo lo que me había pasado: no había cambiado,
me había transformado completamente.
Extendí los brazos y comprobé el tamaño de mi
cuerpo. Mis manos eran fuertes, mis brazos musculosos y vigorosos, mis piernas
firmes y derechas, mi torso ágil y elástico, mi pecho fornido y mis hombros
anchos. Me llevé una
mano a la cara y noté el trazo recto de la nariz y
la línea vigorosa de la barbilla y de la mandíbula. Pero el cambio era más que
físico. Había en torno a mi persona un halo que proclamaba mi glorioso
encuentro con la Canción.
Lewis había desaparecido para siempre. Llew había
ocupado su lugar.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Nettles con una
expresión curiosa y animada en el rostro—. ¿Encontró a Simon? ¿Lo detuvo? ¿Cómo
era aquello?
¿Cómo explicarle todo lo que había visto? ¿Cómo
empezar a describir el Otro Mundo y traducir a palabras todo lo que me había
sucedido?
Me quedé mirando fijamente a mi amigo, mientras en
mi interior se entremezclaban distintas emociones. El profesor tenía un aspecto
tan débil, tan frágil, tan insignificante… Abrumado por la visible pobreza de
su mezquina y miserable existencia, me entraron ganas de llevármelo para que
viera lo que yo había visto, para que conociera lo que yo había conocido.
Deseaba que durmiera bajo las resplandecientes estrellas de Albión, que
sintiera en el rostro la frescura de la brisa de aquellos verdes valles; deseaba
que oyera la conmovedora melodía del arpa de un auténtico bardo, que oliera el
aire marino de Ynys Sci, que gustara la exquisita dulzura del hidromiel;
deseaba que sintiera bajo sus plantas el firme suelo rocoso de las
incomparables montañas de Prydain, que contemplara el destello de fuego de la
torques de un rey, que exultara en la gloria del combate. Deseaba mostrarle
todas esas cosas y más aún. Deseaba que inhalara profundamente la hermosa vida
del Otro Mundo, que bebiera de la copa que yo había probado…, que oyera la
belleza sin par de la Canción.
Anhelaba mostrarle el paraíso que había descubierto
en Albión, pero sabía que no podía ser. Aunque lo intentara con todas mis
fuerzas, nunca lograría que me entendiera. El abismo que nos separaba era muy
grande. Las palabras no podían salvar esa distancia, ni describir la cruel
destrucción que amenazaba aquel hermoso mundo.
Pero me ahorré tener que contestarle, porque el
profesor puso su mano en mi brazo y se acercó aún más a mí.
—Por desgracia, no disponemos de demasiado tiempo
—dijo—. Los otros —señaló la tienda con un movimiento de cabeza— regresarán de
un momento a otro. Han hecho grandes progresos… Ya han descubierto que aquí hay
un portal entre los dos mundos. Me las he ingeniado para participar en las
excavaciones y así poder vigilarlos de cerca. Pero
no debemos permitir que le descubran.
—¿Dónde está Simon? —pregunté con la lengua torpe y
la boca seca.
—¿Simon? —El profesor pareció confundido—. No he
visto a Simon por ningún lado. Sólo ha regresado usted.
Mientras me afanaba por entender lo que había
ocurrido, noté que la tenue luz se había debilitado aún más. Era extraño, pero
estaba más oscuro ahora que antes…
Miré hacia el cairn por encima del hombro; las
tinieblas se iban cerniendo sobre la cañada, cada vez más espesas. Un cuervo
describió un círculo sobre nuestras cabezas, observándonos vigilante. Y
entonces caí en la cuenta de que no era el alba, sino el crepúsculo. En el
mundo manifiesto el día se iba apagando, acercándose al crepúsculo y a la
hora-entre-horas. Pronto se abriría el portal dentro del cairn de Carnwood.
Y si Simon no había regresado…
Vi todas esas señales y sentí en mi sangre y en mis
huesos la emoción del momento. Oí la Canción que se propagaba en la invisible
distancia entre los dos mundos. Oí la Canción y supe sin lugar a dudas que la
Guerra del Paraíso llegaba hasta este mundo y hasta este momento. Y yo tenía
que escoger.
Nettles me miraba. Me volví hacia él y alcé la mano
en gesto de despedida. Luego me dirigí hacia el cairn. Oí que el profesor me
decía:
—¡Adiós, Lewis! ¡Que Dios lo acompañe!
Luego oí otra voz, la de Weston, que gritaba
alarmada:
—¡Espere! ¡Deténgase! ¡Detenedlo, pronto!
Oí unos rápidos y frenéticos pasos detrás de mí.
—¡No! ¡Por favor! ¡Regrese!
Pero yo no me detuve. No regresé. Porque había oído
la Canción de Albión y mi vida ya no me pertenecía.
GLOSARIO
Aird Righ: en céltico significa «Soberano Rey».
Annwn o Uffern: el submundo de la mitología
céltica, los infiernos, donde reinaban los dioses malignos, los dioses de la
muerte y de la noche que, según dicha mitología, llegaron a Irlanda antes que
los Tuatha De Danann, los dioses de la luz y de la vida, porque el mal precede
al bien, del mismo modo que la noche precede al día.
ap: palabra celta que significa «hijo de».
awen: espíritu que anima la sabiduría del bardo.
banfáith: profetisa. Las banfáith escrutaban el
futuro y hablaban al pueblo en nombre del Dagda.
banfilidh: mujer filidh; arpista.
beahn sidhe o banshee: habitantes del Otro Mundo.
Beltane: antigua fiesta celta; el primero de mayo,
según el calendario cristiano.
bodhran: instrumento musical celta, parecido al
tambor.
brandub: juego de habilidad y azar.
breecs: prenda de vestir celta; una especie de
pantalones.
brehon: uno de los grados de la dignidad de bardo;
eran la mano derecha de los Bardos Supremos.
caer: en céltico significa «plaza fuerte» o «pueblo
amurallado». Ésta palabra ha dado lugar a muchos topónimos galeses; por
ejemplo, Cardiff.
cairn: montón de piedras levantado en el suelo a
modo de señal. Podía indicar el emplazamiento de una tumba, un lugar de reunión
o simplemente un lugar sagrado.
carynx: instrumento musical celta, parecido a la
trompeta.
cawganog: una de las dos subdivisiones del rango de
mabinog.
cruinos: tribu celta.
cupanog: una de las dos subdivisiones del rango de
mabinog.
Dagda: es el dios supremo de la mitología celta; su
nombre significa «buen dios». Era el jefe de los Tuatha De Danann, los dioses
del día, de la luz y de la vida; de ellos emanaba la ciencia de los druidas.
deosil: término celta que significaba «la órbita
del sol».
derwydd: una de las muchas formas celtas de
designar a los druidas. «Derw» significa en galés «roble», y la mayoría de los
druidas acostumbraban llevar una vara de esa madera, símbolo de su rango.
filidh: aprendiz de druida; eran además consumados
arpistas y hábiles contadores de historias.
fidchell: juego de habilidad y azar.
geas: voto de silencio en señal de luto.
goidélico: dialecto céltico. Los dialectos célticos
se dividen en tres grupos: el celta continental, representado por el galo; el
británico, hablado en Gran Bretaña y del que surgieron el actual galés, el
desaparecido cómico y el bretón armoricano, llevado a Bretaña por colonos
británicos; por último, el gaélico o goidélico, constituido por el irlandés, el
gaélico de Escocia y el manx o dialecto de la isla de Man.
gorsedd: asamblea de bardos.
gwyddbwyll: juego de estrategia parecido al ajedrez
o a las damas.
gwyddon: bardo experto en agricultura y ganadería;
tenía además conocimientos de medicina.
gyd: nombre que en céltico designaba a la
primavera.
hurley: juego parecido al hockey, que aún se
practica en Irlanda.
isla de Iona: es la isla de Hy, en el canal de San
Jorge, entre Escocia e Irlanda; en ella se han hallado numerosos vestigios del
arte celta.
llwyddios: tribu celta.
llys: en céltico significaba «corte» y por
extensión designaba a la asamblea reunida y presidida por el rey para
administrar justicia.
mabinog: alumno o aprendiz de bardo. De esta
palabra celta deriva el término «Mabinogion», con el que se denominan los
relatos legendarios en prosa y en
lengua galesa antigua recopilados en dos
manuscritos: El libro blanco de Rydderch (s. XIII) y El libro rojo de Hergest
(principios del s. XIV). Algunas de sus historias se conservan
fragmentariamente en manuscritos más antiguos (s. XI). La sustancia de las
leyendas, transmitidas oralmente y modificadas a lo largo de los siglos, se
remonta a la época de decadencia del mundo celta en Gran Bretaña, es decir, a
los siglos VI y VII.
mertanos: tribu celta.
naud: en céltico significaba «derecho de asilo».
ogam: nombre derivado del de un personaje de las
leyendas irlandesas llamado Ogam, autor mítico del alfabeto secreto de los
bardos. El ogam es la más antigua escritura céltica conocida; fue inventada en
Irlanda y empleada en Escocia, Gales e Inglaterra por emigrados irlandeses. Las
letras están formadas por caracteres más o menos largos, colocados encima,
debajo o transversalmente a una línea de base. Se han hallado unas trescientas
inscripciones en escritura ogam, la mayor parte en Irlanda; las más antiguas
datan del siglo IV.
omphalos: piedra de forma redondeada y cónica que
se encontraba en el templo de Apolo en Delfos. La leyenda suponía que indicaba
el centro de la Tierra. Por analogía, se ha designado con este nombre a
cualquier lugar de confluencias sobrenaturales que tuviera forma cónica, como
las colinas y los montículos.
penderwydd: autoridad religiosa superior entre los
bardos; Sumo Druida, Bardo Supremo.
Phantarch: Patriarca Supremo de los bardos de
Albión; estaba por encima del grado de penderwydd; protegía y conservaba la
Canción de Albión, símbolo de la esencia céltica.
rhylla: nombre que en céltico designaba al otoño.
Samhein: una de las fechas más importantes del
calendario celta, que coincide más o menos con el primero de noviembre del
calendario cristiano. Los celtas creían que durante la noche de la víspera del
Samhein, el mundo de los dioses se hacía visible a los mortales; de ahí que se
desarrollaran portentos y desgracias.
san Columbán: en irlandés Columkill; religioso
irlandés, el más célebre de los
santos irlandeses después de san Patricio. Príncipe
de la familia real de Tircornaill, abrazó el estado monacal y fundó el
monasterio de Derry; recibió del rey de Dalriada la isla de Iona y fundó allí
un nuevo monasterio que llegó a ser el gran foco misionero y cultural de la
cristiandad irlandesa.
siarc: prenda de vestir celta; una especie de
camisa.
sollen: nombre que en céltico designaba al
invierno.
taithchwant: en céltico significaba «pasión
irreprimible de marchar a recorrer y ver mundo».
vedeios: tribu celta.
ynys: en lengua celta significa «isla».
STEPHEN R. LAWHEAD. Escritor norteamericano nacido
en 1950 en Kearney, Nebraska. Stephen R. Lawhead ha conseguido labrarse un
reconocido prestigio en el mundo de la narrativa fantástica. Licenciado en
Arte, ha publicado poemas, relatos cortos y ensayos, pero el género con el que
ha alcanzado la mayoría de sus éxitos y los más celebrados ha sido en el campo
de la literatura fantástica, en el que hay que destacar la trilogía de The
Dragon King, las novelas que conforman su grandioso Ciclo de Pendragón —que consta
de 5 tomos: Taliesin, Merlín, Arturo, Pendragón y Grail— o la serie épica de La
Canción de Albión, obras que han gozado de una excelente acogida por parte de
la crítica especializada y de un considerable éxito con el público. Su
capacidad para recrear universos literarios perfectamente verosímiles, basados
en una cuidada investigación histórica que se ha visto reflejada a lo largo de
sus novelas, como Bizancio, la saga de The Celtic Crusades. Además, Stephen nos
quiere sorprender con una nueva obra titulada Hood, en la que se relata la
leyenda de Robin Hood a través de una historia inesperada.
Notas
[1] Bognor
Regis es un centro balneario de Sussex, Gran Bretaña, en el canal de la Mancha.
(N. de la T.) <<
[2] La
palabra inglesa «Findhorn» significa «cuerno encontrado». (N. de la T.)
<<
[3] La
palabra inglesa «Mill» significa «molino». «Mills de Airdrie» significaría por
tanto «Molinos del Soberano Rey». (N. de la T.) <<
[4] «Wood»
significa en castellano «bosque»; «Carnwood» significará por tanto «bosque de
Carn», y según la deducción de Lewis, «bosque del cairn». (N. de la T.)
<<
[5] El juego
de palabras entre «cairn» y «queen» (reina) se establece por similitud fonética
y, por tanto, es imposible de reproducir en la traducción. (N. de la T.)
<<
[6] Relatos
legendarios en prosa y en lengua galesa, de los siglos IX al XIII,
imprescindibles para el conocimiento de temas mitólogicos célticos. (N. de la
T.) <<

