Libro N° 9579. Reinos olvidados - 2 – Tantras. Awlinson, Richard.
© Libro N° 9579. Reinos olvidados - 2 – Tantras. Awlinson, Richard. Emancipación. Febrero
12 de 2022.
Título original: © Reinos olvidados - 2 – Tantras. Richard
Awlinson
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Original: © Reinos olvidados - 2 – Tantras. Richard Awlinson
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Reinos olvidados - 2
TANTRAS
Richard Awlinson
Reinos olvidados - 2
TANTRAS
Richard Awlinson
Reinos olvidados - 2 - Tantras
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REINOS OLVIDADOS
Volumen II de Avatar
TANTRAS
Richard Awlinson
TIMUN MAS
Ilustración de cubierta: Ciruelo
Título original: Tantras
Traducción: Sofía Noguera
© 1989,
1992, TSR, Inc. All rights reserved FORGOTTEN REALMS and the TSR logo are
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castellana: Grupo Editorial Ceac, S.A., Timun Mas es
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ISBN: 84-7722-720-9 (Obra completa)
ISBN: 84-7722-722-5 (Vol. II)
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Editorial Ceac, S.A. Perú, 164 - 08020 Barcelona Internet:
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Para la familia y los amigos, que son algo tan
querido.
Un agradecimiento especial a:
Anna, Frank, Bill, Martin, Michele, Patricia, Greg,
Marie, Millie, Christine, Joe, Mary y Jim.
Prólogo
Forester había vivido toda su vida en el valle de
las Sombras y, en la reciente batalla contra el ejército de Zhentil Keep, había
luchado valerosamente en la defensa del puente sobre el río Ashaba en el
extremo oeste del valle. Ahora se afanaba con algunos amigos y vecinos en
cargar en los carros los cadáveres de los hombres muertos del valle e
identificarlos. Un clérigo de Lathander, que sabía escribir tan bien como
Lhaeo, el escribano del difunto Elminster, apuntaba los nombres de los muertos
a medida que el corpulento guerrero los iba nombrando.
—Aquí está Meltan Elventree, hijo de Neldock —dijo
Forester con voz monótona mientras tomaba al muchacho fallecido en sus brazos.
El guerrero había abandonado la tristeza tras haber retirado una docena de
cadáveres. En realidad, después de haber transportado más de cincuenta cuerpos
muertos, entre los que se contaban amigos e incluso familiares, Forester ya
sólo prestaba particular atención cuando alguien era ostensiblemente pesado o
notablemente ligero.
—Pobre muchacho —suspiró el clérigo; acercó el
rostro a la tablilla de cera y escribió el nombre del hijo del granjero—. A
Neldock se le partirá el corazón. —Tiene otro hijo —aclaró Forester fríamente
mientras levantaba el cuerpo para ponerlo en el carro de madera basta que había
junto a él—. ¿Sabes una cosa, Rhaymon? Yo pensaba que ibas a sobrellevar todo
esto mucho mejor. Lathander es el dios de la Renovación, ¿no es así? Deberías
estar contento de que todos estos hombres comiencen una nueva vida.
Rhaymon ignoró el sarcasmo de Forester y repasó la
lista de su tablilla. —¡Tantos jóvenes muertos — dijo en voz baja—, tanto
potencial perdido! Después de colocar a Meltan Elventree en el carro, el
guerrero, alto como un gigante, se detuvo un momento y se apartó de los ojos el
largo y rebelde flequillo. Al igual que todos los que estaban destacados en la
recogida de cadáveres, Forester estaba cubierto de sudor y sangre y olía a humo
y a muerte. Se limpió las callosas manos en la túnica marrón y recorrió con la
mirada la zona calcinada que lo rodeaba. Una neblina gris azulada se cernía
sobre el bosque que bordeaba la pequeña ciudad del valle de las Sombras. Una
lluvia tan pertinaz como oportuna había apagado los incendios que las tropas de
lord Bane prendieran con sus flechas
incendiarias y con su magia arriesgada, pero el
aire seguía cargado de humo. Forester ni siquiera se hizo pregunta alguna
acerca del enorme ojo que de repente apareció sobre el valle, y sólo vertió una
lágrima que fue la que salvó a la ciudad y al bosque de una completa
destrucción. Al fin y al cabo, los dioses estaban ahora en los Reinos y esta
clase de milagros eran corrientes. La lágrima de los cielos no les había
inspirado ni mayor ni menor temor a los habitantes del valle que el ataque del
que había sido víctima la ciudad, a pesar de que el propio dios de la Lucha y
la Tiranía había conducido al ejército enemigo hasta sus puertas.
De hecho, los habitantes del valle de las Sombras,
al igual que la mayoría de los hombres y mujeres que vivían en el continente de
Faerun, se mostraban insensibles, ajenos, se puede decir, al caos que los
rodeaba desde el día del Advenimiento. Fue el día en que todos los dioses
fueron arrojados de las Esferas y se encarnaron en cuerpos humanos —mutación lo
llaman— por distintos lugares a lo largo y ancho de los Reinos.
Desde entonces, todo aquello que la gente había
tenido por constante había resultado ser inestable.
El sol, irregular en su curso diario: unas veces no
se levantaba sobre el horizonte, mientras otras aparecían cuatro soles que se
elevaban en el aire como fuegos artificiales. Empezar de pronto a caer copos de
nieve del cielo y, al cabo de un momento, estar lloviendo literalmente a
cántaros era cosa corriente. Las plantas, los animales e incluso la gente se
volvieron completamente imprevisibles; a veces se transformaban en cosas
hermosas y mágicas, otras se convertían en abominaciones aterradoras. Y lo peor
de todo, el antiguo arte de la magia había dejado de ser fiable, se había
vuelto incluso peligroso para aquellos que trataban de utilizarlo. Los magos,
que habrían debido ser quienes enmendasen aquel caos misterioso de los Reinos,
se convirtieron, por el contrario, en temerosos heraldos suyos. La mayoría de
los hechiceros se limitaron a ocultarse para meditar sobre la situación, pero
los que eran lo bastante temerarios como para lanzar sortilegios, cualquier
clase de sortilegios, descubrieron que su arte era menos previsible que el sol.
Corría incluso el rumor de que había fallecido Mystra, la diosa de la Magia, y
que aquel arte nunca volvería a ser estable en Faerun.
Hasta el gran Elminster, el mago más poderoso de
los Reinos, fue víctima del caos. Estaba muerto, se suponía que asesinado por
dos forasteros enviados a defender el templo de Lathander junto a él. Todos los
habitantes de la pequeña ciudad exigieron que los forasteros fuesen castigados
por aquel asesinato y que Elminster fuese vengado. A diferencia de lo que
ocurría con el caos desenfrenado del mundo que los rodeaba, la gente del valle
de las Sombras consideraba que con respecto a aquel crimen sí podían actuar.
Y es que la mayoría de la gente aceptaba ahora el
caos como parte de sus vidas. Los hombres y mujeres de Faerun necesitaron sólo
unos cuantos días después de la caída de los dioses para percatarse de que
éstos tenían poco control sobre su mundo, de modo que era preferible seguir
viviendo como siempre habían hecho. Y, aunque, de pronto, las herramientas se
convirtieran en cristal y se hicieran pedazos, los artesanos volvieron a sus
respectivas actividades y los campesinos a sus cultivos. Los habitantes del valle
de las Sombras se enteraron en su momento del inminente ataque de Zhentil Keep,
sus antiguos enemigos del norte, y libraron la batalla contra el ejército
diabólico como siempre habían hecho. Murieron muchos hombres y, de no haber
sido por los Caballeros de Myth Drannor y por los jinetes del valle del Tordo,
el valle de las Sombras habría sido invadido. Pero sus habitantes lograron
ahuyentar a los invasores. Ahora, como ocurre después de cualquier batalla, a
los supervivientes les tocaba enterrar a los muertos y reparar los daños
sufridos. La carretera comercial que parte del valle de las Sombras en
dirección al nordeste, poco más que un sendero de tierra de mucho paso, estaba
llena de ciudadanos y soldados que se adentraban solemnemente en el bosque para
amontonar cadáveres y desmantelar las trampas instaladas para los zhentileses.
El camino avanzaba por lo más intrincado del bosque calcinado y, debido a que
había sido el lugar donde había discurrido la mayor parte de la batalla de todo
un día entre los hombres del valle y el ejército de Zhentil Keep, allí estaba
centrado el grueso de la destrucción causada por los combatientes.
Mientras algunos de los hombres del valle se
servían de caballos de refuerzo para derrumbar las barricadas, otros, como
Forester, se ocupaban de la triste tarea de reunir los cuerpos de sus camaradas
y cargarlos en los carros. La mayoría de los heridos del valle habían sido
trasladados del campo de batalla a un hospital improvisado del centro de la
ciudad; pero, a veces, cuando alguien empezaba a cargar los cuerpos, se encontraba
con alguien vivo bajo la pila de cadáveres.
Forester se dio cuenta de que estaba mirando
fijamente un montón de cuerpos y sacudió la cabeza, como si quisiera expulsar
cualquier pensamiento no deseado de su mente. El guerrero se frotó su sucio y
sudoroso cuello y se volvió al siguiente cadáver. —¡Eh, Rhaymon! Necesito tu
ayuda para levantar éste —pidió el guerrero al clérigo—. Pesa demasiado para mí
solo.
—¿Quién es? —preguntó el clérigo de Lathander con
voz suave. La ceniza y el sudor cubrían su mandíbula cuadrada y su pelo rubio
ondulado. —Creo que es Ulman Ulphor. No, espera... es Bertil, no Ulman —gruñó
el guerrero mientras quitaba la espada de la mano del cadáver y sujetaba
firmemente el cuerpo—. Yo pensaba que no sabía manejar las armas. —Y no sabía
—suspiró el clérigo—, pero se armó a todos aquellos que no abandonaron la
ciudad antes de la batalla. Rhaymon colocó con cuidado el trozo de madera que
contenía la tablilla de cera y el estilo sobre el carro. En la tabla aparecía
una lista de los muertos que habían sido identificados, cuyos nombres anotaba
Rhaymon con torpes signos taquigráficos. Más tarde pasaría la lista a un
pergamino. Habría realizado esta tarea en su habitación del templo de
Lathander, pero éste había quedado destruido durante la batalla. El clérigo
frunció el entrecejo al pensar en el templo derruido. —Sigamos —espetó
Forester—. No quiero estar aquí cuando oscurezca. Rhaymon cogió el corpulento
cadáver por los pies y ayudó al guerrero a auparlo hasta el carro. Mientras el
clérigo recuperaba su tablilla y su estilo, resonó un aullido en el bosque.
Rhaymon miró en torno suyo con nerviosismo, pero Forester esbozó una sonrisa y
se limpió las manos en la túnica. —No es más que un depredador..., algún gato
montés o un lobo atraído por el olor de la sangre —comentó Forester.
Luego sacudió la cabeza y se dirigió al cuerpo
siguiente. Cuando vio que se trataba de un joven soldado zhentilés vestido con
la armadura negra del ejército de elite de Zhentil Keep, el guerrero lanzó una
maldición y arrastró el cuerpo hasta un lado del camino, donde permanecería
hasta que lo retirasen los hombres responsables de la recogida de cadáveres
zhentileses. Pero cuando Forester se volvió hacia el clérigo, el zhentilés
emitió un suave gemido.
—¡Maldita sea! —exclamó Forester entre dientes—.
Todavía está vivo. —Se acercó al soldado zhentilés inconsciente, sacó su daga y
lo degolló—. Otro que no podrá marcharse.
Rhaymon asintió con la cabeza e indicó con un gesto
a otro hombre del valle que se acercase y adelantase un poco más el carro en la
carretera. Forester se sentó en la parte posterior del carro y éste se puso en
movimiento dando tumbos. El clérigo caminaba pesadamente detrás, sin dejar de
comprobar una y otra vez su lista. Apenas habían recorrido unos cuantos metros
cuando oyeron un grito procedente de la zona que acababan de despejar. Rhaymon
se volvió a tiempo de ver como la figura fantasmagórica del soldado zhentilés
que Forester acababa de matar se elevaba sobre su propio cadáver. —¡Pagarás por
lo que has hecho! —gritó el fantasma, sin dejar de mirar con saña al hombre que
lo había matado—. ¡Todo el valle lo pagará! Forester perdió el equilibrio en el
carro y cayó a tierra. Rhaymon se agachó para ayudar al guerrero a ponerse de
pie pero, antes de que ninguno de los dos pudiese darse a la fuga, el fantasma
apareció junto a ellos suspendido en el aire. Forester posó su mirada en los
ojos pálidos y airados del soldado muerto y musitó una oración. Sin embargo, la
actitud de Rhaymon no fue tan pasiva.
—¡Fuera de aquí! —gritó el clérigo, a la vez que
apuntaba su símbolo sagrado, un
disco rosa de madera, hacia aquel ser no-muerto—.
¡Lord Lathander, señor de la Mañana, dios de la Primavera y de la Renovación,
ayúdame a enviar a este ser todavía vivo al reino de la Muerte!
El fantasma se limitó a echarse a reír y Forester
se mareó al darse cuenta de que podía ver, a través del fantasma soldado, el
suelo calcinado y los árboles chamuscados que había junto a la carretera. Pensó
en sacar la daga, pero sabía que de poco le serviría contra un espíritu. El
fantasma esbozó una amplia sonrisa.
—Venga, venga, clérigo de Lathander, los dioses
están en Faerun, no en las Esferas. Lord Myrkul no vive ahora en el reino de la
Muerte y, por consiguiente, no puedes esperar que me vaya a un infierno vacío.
Además, si no veo a tu dios por aquí, ¿cómo puedes esperar que tu plegaria
tenga respuesta? Un grupo de hombres del valle se apiñó alrededor de Forester,
de Rhaymon y del fantasma. Algunos optaron por sacar sus armas, pero la mayoría
se limitó a mirar el espectáculo como habrían hecho de tratarse de una comedia
en la feria. Un hombre, un forajido delgado y con nariz de halcón, vestido con
una capa oscura, se abrió paso entre el gentío y se puso junto a Forester.
—Entonces, ¿qué piensas hacernos? —preguntó Cyric,
con los brazos extendidos —. Aquí nadie teme a un soldado zhentilés vivo, así
que uno muerto supone incluso menos que una amenaza.
Forester miró de cabo a rabo a Cyric, el forajido
moreno que había sido el comandante del guerrero durante la batalla del valle
de las Sombras. Cyric el ladrón, como le llamaban, era un líder brillante y
había replegado a los hombres del valle contra una poderosa fuerza de
caballería zhentilesa, una fuerza capitaneada por el hechicero zhentilés Fzoul
Chembryl. Aun cuando Forester tenía a Cyric por un gran hombre y por un
defensor del valle, había muchos que lo consideraban sospechoso por la amistad
que le unía con el clérigo y la maga, acusados del asesinato de Elminster.
Rhaymon, que todavía sostenía el símbolo sagrado frente a él, y Forester,
todavía sentado de modo poco formal en el suelo y con la mano cerca de su daga,
notaron una ráfaga de aire frío que salió del fantasma cuando éste se desplazó
para acercarse a Cyric. El forajido entornó los ojos hasta convertirlos en una
rendija y las patas de gallo que rodeaban sus ojos se volvieron más profundas y
se multiplicaron. Mientras el fantasma se acercaba a Cyric fue extendiendo los
brazos. Cyric se rió cuando el fantasma lo atravesó. —No eres un ser real, vivo
—dijo Cyric con una sonrisa diabólica—. No eres más que otro producto del caos
de los Reinos. —El ladrón se volvió y empezó a alejarse con paso majestuoso.
El soldado zhentilés volvió a lanzar un grito, más
prolongado y desaforado que el lanzado cuando salió de su propio cadáver, pero
nadie le hizo caso. La mayoría de los hombres del valle volvieron a su trabajo.
Algunos se encaminaron a la ciudad. Rhaymon ayudó a Forester a levantarse y,
apenas estuvo de pie, echó a correr, camino adelante, en pos de Cyric. La
aparición del zhentilés fue desvaneciéndose y, sin dejar de proferir gemidos y
lamentos, desapareció de su vista. —¿Cómo..., cómo lo sabías? — preguntó
Forester con voz entrecortada y respiración jadeante. Cyric se detuvo para
mirar al guerrero.
—¿Has visto que alguien echase a correr? ¿Te
sientes más viejo? Una expresión de absoluta confusión apareció en el rostro de
Forester. —¿Más viejo? Claro que no. ¿Acaso parezco más viejo?
—No. Es así como he sabido que no era un fantasma
de verdad. Un fantasma real,
creado cuando muere un hombre verdaderamente
malvado, es algo tan aterrador que quienes lo miran envejecen diez años en un
instante. Asimismo, los fantasmas irradian miedo. —Cyric vio que el guerrero
seguía sin comprender y sacudió la cabeza. —Dado que tú no pareces mayor que
cuando estábamos defendiendo el puente y dado que ninguno de los otros hombres
del valle se ha dado a la fuga, he supuesto que no podía ser real.
Forester seguía confundido, pero hizo un gesto de
asentimiento con la cabeza como si hubiese comprendido perfectamente. Cyric
frunció el entrecejo y pensó que aquellos hombres del valle eran idiotas.
—Escucha —dijo el ladrón, finalmente—. No tengo tiempo para echarte un discurso
sobre los que no mueren. Tengo que encontrar a Kelemvor. Me han dicho que ha
pasado por aquí hace un par de horas. —Estuvo aquí —corroboró Forester—, pero
desapareció en el bosque hace un rato. No lo he visto desde entonces.
Cyric masculló un juramento y se encaminó a los
árboles. —Ten cuidado —advirtió Forester mientras
Cyric se dirigía al bosque todavía humeante—. Hace
un rato oímos a una especie de animal salvaje en el bosque. Cyric pensó que con
toda probabilidad se trataba de una pantera. Por lo menos esto significaba que
Kelemvor no se encontraba muy lejos. El ladrón desenvainó su espada y se
introdujo cautelosamente en el bosque. Entre los árboles el aire estaba
densamente cargado de humo y había momentos en que a Cyric le costaba respirar.
Sus ojos castaños empezaron a enrojecer cuando unas lágrimas punzantes corrieron
por su delgado rostro y resbalaron por la mugre todavía allí incrustada desde
la batalla. El ladrón entornó los ojos y siguió adelante para atravesar con
paso acelerado el robledal y el laberinto de enredaderas que llenaban el bosque
que lo rodeaba.
Después de caminar hacia el este lo menos una hora,
Cyric se dio cuenta de que el aire se despejaba y que podía respirar con mayor
facilidad. Encontró un mechón de pelo negro en un arbusto espinoso pero, cuando
el ladrón lo estaba examinando, oyó que, por el sur, una rama crujía
ruidosamente y luego otra más. Se apresuró a agazaparse detrás de un árbol y
aferró la espada con firmeza. No habían transcurrido dos minutos, cuando un
arquero zhentilés cubierto de sangre pasó junto al escondite de Cyric a toda velocidad.
El arquero respiraba con dificultad y movía frenéticamente brazos y piernas.
Daba dos o tres pasos, y echaba una ojeada, preocupado, por encima del hombro.
Cuando el soldado pasó por delante de unos matorrales, surgieron pájaros de
distintas formas y colores que emprendieron el vuelo.
Cyric trepó a un árbol con la esperanza de evitar
un encuentro con aquello que perseguía al joven arquero. Estaba a media altura
cuando acudió a su mente el recuerdo del bosque del Nido de Arañas, donde había
intentado escapar de unas arañas gigantes trepando a la copa de los árboles.
Pensó que tal vez se estaba equivocando de táctica. Antes de que Cyric tuviese
tiempo de saltar al suelo, surgió de entre los árboles una descomunal pantera
negra que se dirigió hacia el norte en persecución del arquero zhentilés.
Mientras el animal corría por el bosque, desapareciendo de la vista de Cyric,
no dejó de brillar en sus hermosos ojos verdes un júbilo malévolo. —Kel
—murmuró Cyric, para luego empezar a bajar del árbol. Oyó un corto y estridente
chillido al norte, seguido al instante del rugido de la pantera mientras ésta
atacaba ferozmente a su víctima.
Sintió gran piedad por Kelemvor Lyonsbane, el
poderoso y habilidoso guerrero, compañero suyo que fue por espacio de casi un
año, y se le enturbiaron los ojos por un momento. Kelemvor había viajado con
él, con Adon, un clérigo de Sune, y Medianoche, una valiente maga de pelo negro
como ala de cuervo, en una misión destinada a rescatar a la diosa de la Magia.
Ahora Adon y Medianoche estaban encarcelados en la mazmorra de la torre
Inclinada, a la espera del juicio por la muerte de Elminster, mientras Kelemvor
rondaba por el bosque en forma de pantera. Pero el guerrero no controlaba su
transformación en animal, pues la familia Lyonsbane era objeto de una
maldición. Mucho tiempo atrás, uno de los antepasados de Kelemvor abandonó a un
poderoso mago durante una batalla, pues prefirió marcharse en busca de un
tesoro. La maldición del mago moribundo hizo que a los Lyonsbane les resultase
imposible hacer nada que no fuese por motivos altruistas. Sin embargo, con el
tiempo, la maldición se invirtió y, ahora, un Lyonsbane sólo podía hacer
aquello que fuese en su propio interés. Para ayudar a otra persona, debía
recibir una recompensa. A Kelemvor no le quedó otra alternativa que la de
convertirse en un mercenario habitual... ¡o transformarse en un monstruo hasta
matar a alguien!
Cyric avanzaba sigilosamente por el monte,
preguntándose qué habría activado la maldición en aquella ocasión.
Cuando llegó a un pequeño claro, la pantera estaba
tumbada lamiéndose la sangre de las zarpas. El animal se puso rígido apenas vio
a Cyric, se incorporó y dejó al descubierto sus perfectos y blancos colmillos
en una mueca salvaje. Cyric, a la defensiva, retrocedió y levantó la espada
cautelosamente. — ¡Soy Cyric, Kel! No te muevas. No me obligues a hacerte daño.
La pantera gruñó desde la profundidad de su garganta y se agazapó, como si
estuviese a punto de saltar. Cyric siguió retrocediendo hasta que notó un roble
detrás de sí. Aunque embargado por la tristeza, se dispuso a atravesar a la
pantera si ésta se disponía a saltar sobre él. La pantera parecía pronta a
atacarle de un momento a otro, pero en lugar de hacerlo se quedó inmóvil de
repente, echó la cabeza hacia atrás y lanzó un rugido agudo y estridente.
Mientras Cyric la observaba, la piel de la pantera empezó a desgarrarse de
forma convulsa. El animal separó las mandíbulas más de lo que era posible
hacerlo. Dos manos cubiertas de sangre salieron de sus fauces, cogieron las
mandíbulas y las abrieron todavía más. Se oyó un ruido espantoso al desgarrarse
y, de pronto, el cuerpo de la pantera, empezando desde la boca, se partió en
dos. El animal cayó en dos mitades al suelo y empezó a desintegrarse inmediatamente.
Un ser tembloroso, desnudo y con aspecto de hombre, cayó al suelo junto al
montón de carne animal en desintegración, donde la pantera había estado
agazapada sólo unos segundos antes. Un temor reverencial paralizó a Cyric. A
pesar de que en una ocasión, en Tilverton, había sido testigo de la
transformación de Kelemvor a partir de la pantera, el ladrón se sentía a la vez
fascinado y asqueado por aquel espectáculo. Le resultó imposible darse media
vuelta. La forma del suelo no tardó en convertirse completamente en un ser
humano.
—¿A quién...?, ¿a quién he matado esta vez?
—preguntó Kelemvor en voz baja. Trató de ponerse de pie, pero estaba demasiado
débil. —A un soldado zhentilés. Los hombres del valle te lo agradecerán. —
Cyric se quitó la capa y la puso sobre los hombros de Kelemvor—. ¿Por qué has
cambiado, Kel? —Por Elminster —contestó Kelemvor, moviendo débilmente la
cabeza—. Me prometió invalidar la maldición si luchaba por el valle de las
Sombras en la batalla. Pero como él ha muerto, no puedo recibir mi recompensa.
—El guerrero miró el cuerpo del arquero zhentilés y se estremeció. —Me alegro
de que no haya sido uno de los hombres del valle.
—¿Por qué? Los hombres del valle no son diferentes
de los zhentileses. —Cyric
miró al guerrero con el ceño adusto—. ¿Sabes lo que
acabo de ver? He visto a Forester, aquel patán grandullón que luchó conmigo en
el puente, degollar a un zhentilés indefenso y herido, en lugar de hacerlo
prisionero. —Cyric, no te olvides de que esto es una guerra. —El guerrero
flexionó los brazos. Después de percatarse de que estaba recuperando fuerzas,
se puso en pie—. No pretenderás que los hombres del valle movilicen tropas para
ocuparse de sus enemigos heridos. Además, han sido los zhentileses quienes
empezaron esto. Se lo merecen. —¿Y acaso se merecen Medianoche y Adon estar
encerrados en la torre Inclinada, a la espera de que los hombres del valle los
declaren culpables de la muerte de Elminster? —preguntó Cyric—. Tú y yo sabemos
que ellos no han matado al anciano. Ha sido probablemente la mutación de Bane o
un hechizo malogrado, pero los habitantes del lugar necesitan echar la culpa a
alguien y, por consiguiente, declararán culpables a nuestros amigos. —¡Esto no
es verdad! Lord Mourngrym les proporcionará un juicio justo. Se hará justicia.
Cyric, muy preocupado, guardó silencio un momento.
Cuando por fin habló, fue en voz baja, casi en un gruñido.
—Mourngrym dará a los hombres del valle lo que
quieren. La justicia que se hará aquí será la misma que la que se hizo en las
ejecuciones del templo de Bane en Zhentil Keep.
Kelemvor dio la espalda al ladrón y se encaminó a
los matorrales. —Tengo que encontrar mi ropa y mi armadura. ¿Vienes? Cuando el
guerrero desapareció en el monte, Cyric lanzó un juramento en voz baja. Estaba
claro que Kelemvor se había dejado engañar por la fachada de legalidad y verdad
que la gente del valle había erigido. «Voy a tener que enfrentarme a esto yo
solo», se dijo el ladrón para sus adentros mientras se encaminaba en pos del
guerrero.
1
El juicio
En la oscuridad que envolvía a Medianoche había
abismos que ella temía explorar. La habitación era completamente negra. Podía
haber sido en otro tiempo una zona de almacenamiento o un gran armario. El
rápido vistazo que la maga echó a la diminuta celda cuando ella y Adon fueron
encerrados, poco le había revelado. La luz de la antorcha que sostenía el
carcelero no había logrado iluminar la habitación y Medianoche se preguntaba
ahora si el techo, las paredes y el suelo de la celda no habrían sido pintados
de negro para desorientarla. La habían atado y amordazado para evitar que
lanzase un hechizo, pero los
hombres del valle habían descuidado ponerle una
venda en los ojos. Tenía una espantosa sensación de total aislamiento en
aquella habitación negra como boca de lobo. Sólo la respiración de Adon le
recordaba que no estaba sola en la celda. Las cuerdas con que estaba atada la
maga mantenían sus brazos a la espalda y le apretaban las piernas con fuerza.
Le habían atado muñecas y tobillos de manera que apenas podía tocarse con los
dedos los talones de los pies. La única posición remotamente cómoda era estar tumbada
con el rostro apoyado contra el suelo. Esto, por lo menos, le permitía de vez
en cuando echar una cabezadita, pero incluso así el dolor no abandonaba su
cuerpo.
Al cabo de unas cuantas horas de estar en la negra
habitación, el pánico inicial de la maga empezó a mitigarse para ser
reemplazado por un temor insensible. ¿Era posible que la hubiesen olvidado y la
dejasen morir allí? Gritaba una y otra vez, pero sus gritos sofocados no
obtenían respuesta. De vez en cuando oía a Adon agitarse en la oscuridad.
Medianoche se preguntaba si el clérigo estaría despierto. No había pronunciado
ni una sola palabra desde que los hicieron prisioneros en el templo de
Lathander. La maga sabía que no habían amordazado al clérigo, así que si no
hablaba era, probablemente, porque estaba inconsciente o conmocionado. Cuando
Medianoche rememoraba cuanto les había sucedido a ella y a sus amigos desde que
salieron de Arabel, hacía menos de un mes, se preguntaba cómo ella no estaba
también conmocionada. Primero Mystra, la diosa de la Magia, le había confiado
una parte de su poder en forma de medallón; luego los dioses habían sido
expulsados de las Esferas a causa del robo de dos Tablas del Destino,
artefactos antiguos donde aparecían los nombres de todos los dioses y sus
campos de influencia; por último, Medianoche había ido con Kelemvor, Cyric,
Adon y la mutación escogida por la diosa, a salvar a Mystra de lord Bane, el
dios de la Lucha. Rescatada Mystra, la diosa recuperó el poder que le había
dado a Medianoche y trató de entrar en las Esferas utilizando la Escalera
Celeste. La escalera, como muchas otras a lo largo y ancho de los Reinos, era
de hecho un camino hacia las Esferas, una forma directa de ir desde el mundo a
las moradas de los dioses. Pero antes de que Mystra pudiese subir la escalera y
llegar a su casa de Nirvana, lord Helm, el dios de los Guardianes, la detuvo.
Aun cuando Mystra trató de destruir a Helm, el dios
no permitió que ella entrase en las Esferas sin las Tablas del Destino y, como
Helm seguía teniendo gran poder divino, no le resultó difícil detener a la
diosa caída. Mystra acabó muriendo, no sin
antes haber devuelto el medallón a Medianoche y
haberle dado instrucciones para que
fuese en busca de Elminster al valle de las Sombras
y encontrase las Tablas del Destino antes de que los Reinos sufriesen daños
todavía mayores. Mientras Medianoche y sus compañeros viajaban por las tierras
asoladas por el caos, llegaron a entablar una íntima amistad. La maga había
conseguido el amor de Kelemvor, y Cyric y Adon se habían convertido en
estrechos aliados. A pesar de que tenía la sensación de ser un simple
instrumento en el conflicto de los dioses, hasta aquel momento había tenido
suerte y no había perdido nada, a diferencia de Adon. Para los clérigos la
situación crítica de Faerun después de la noche del Advenimiento había sido
especialmente difícil. Los sacerdotes descubrieron que sólo podían lanzar
hechizos si estaban a menos de un kilómetro y medio de su divinidad. Peor
todavía, comprobaron que los dioses habían tenido que convertirse en seres de
carne y hueso para poder sobrevivir. Ahora los dioses tenían las limitaciones
de un cuerpo mortal. Pero parecía que Adon había aceptado todo esto porque era
voluntad de los dioses.
Hasta el día en que los héroes se marcharon de
Tilverton. Aquel día, un adorador de Gond atacó a Adon con un cuchillo, pero
con tanta furia que le hizo un profundo corte a todo lo largo del rostro. Dado
que Medianoche y sus compañeros tenían que huir a la zona desvastada que
rodeaba el desfiladero de las Sombras si querían escapar de la turba de
Tilverton que los perseguía, no pudieron llevar al inconsciente clérigo a un
sanador, y en consecuencia, en el rostro de Adon se formó una fea cicatriz que
algunas personas habrían considerado una marca de gloria, pero no Adon,
adorador de lady Sune, la diosa de la Belleza.
Adon tuvo de pronto la sensación de que Sune lo
había abandonado, como si hubiese hecho algo
terriblemente malo y mereciese ser castigado por
ello. El hasta entonces alegre clérigo se volvió taciturno y amargado.
Medianoche había albergado la esperanza de que ayudar a salvar al valle del
ejército de Zhentil Keep contribuiría a que Adon recuperase el optimismo, pero
el incidente del templo de Lathander, cuando Elminster y Medianoche lucharon
contra lord Bane, no hizo más que intensificar la depresión del clérigo.
Medianoche pensó que hasta no encontrar una forma
de probar que había sido Bane quien había matado a Elminster, las cosas podían
ponerse todavía peor para ella y para Adon.
Medianoche repasó mentalmente la lucha del templo
una y otra vez, examinó hasta el mínimo detalle, porque sabía que tenía que
haber algún medio de probar que ella y Adon no habían matado al gran sabio,
pero le resultaba imposible encontrarlo. Oyó un ruido detrás de la puerta, el
tintineo de las llaves y el chirrido de una cadena. La pesada puerta se abrió
de par en par y Medianoche se vio obligada a cerrar los ojos cuando la
deslumbrante llama de una antorcha estuvo a punto de cegarla. —Sacadlos — la voz
era profunda y sonora, pero matizada de dolor—, y tened cuidado.
Medianoche notó unas manos fuertes sobre ella e
hizo un esfuerzo para abrir los ojos. Unos guardias la sujetaban de cada lado.
Cubriendo la puerta, una figura impresionante sostenía una antorcha en una mano
y un bastón con empuñadura de plata y una pequeña calavera de dragón, en la
otra. —Está temblando —dijo uno de los guardias al levantar a Medianoche del
suelo, y escaparse un sofocado grito de agonía de la garganta de la maga. Los
guardias titubearon un instante.
—¿Qué esperáis? —les espetó el hombre de la
puerta—. La habéis atado como a un animal y le duelen todos los huesos.
Medianoche fue arrastrada con las piernas rozando
el suelo y no tardó en aparecer
ante su vista el rostro del guerrero, un semblante
de hombre maduro, magullado y con cicatrices. No reconoció a aquel hombre
entrado en años, pero sus penetrantes ojos azules la impresionaron de
inmediato. El guerrero frunció ligeramente el entrecejo cuando Medianoche pasó
siendo arrastrada por delante de él. La maga vio a otros cuatro guardias en el
vestíbulo. Dos de ellos entraron en la oscura habitación y sacaron a Adon. A
continuación llevaron a los prisioneros entre una fila de celdas con barrotes,
les hicieron atravesar un vestíbulo angosto y los metieron en una sala situada
fuera de la torre, extensa y sórdida con una mesa y tres sillas. —Quitadle la
mordaza —ordenó el hombre, ayudando a los guardias a colocar a Medianoche en
una ancha silla de madera. —¡Pero es una maga poderosa! Recuerda que ha matado
a Elminster con sus poderes —protestó un guardia rechoncho y rubio, a la vez
que se alejaba de Medianoche. Los otros guardias cogieron sus armas. Adon, con
expresión vaga en el rostro, permanecía donde los guardias lo habían dejado. El
hombre entrado en años hizo una mueca y la furia iluminó sus ojos azules. —¿Le
habéis dado comida o agua?
—No —murmuró el guardia rechoncho y rubio—. El
riesgo... —Soy yo quien corre el riesgo —gruñó el hombre maduro. Salió de
detrás de la silla y miró a la mujer morena a los ojos—. Ella sabe que estoy
aquí para ayudarla. Los guardias cruzaron unas miradas cargadas de suspicacia.
—¡Pues hacedlo ahora! —vociferó el hombre entrado en años. El esfuerzo de
levantar la voz hizo mella en él, se agarró al respaldo de la silla y empezó a
toser sin poderse controlar. A pesar de su altura impresionante, era evidente que
el hombre se estaba recuperando de una enfermedad traumática. Los guardias
retiraron la mordaza a Medianoche y ésta abrió la boca para tragar unas
bocanadas de aire.
—¡Agua...! ¡agua, por favor! —rogó Medianoche con
la garganta en carne viva. El hombre entrado en años hizo un gesto de
asentimiento con la cabeza y un guardia le llevó un cazo de agua fría.
—Cortadle las cuerdas de las piernas —ordenó el hombre de los ojos azules—. No
puede lanzar hechizos con los pies. Además, quiero que vaya al juicio
caminando. La orden fue obedecida sin rechistar y Medianoche se relajó
ostensiblemente cuando la circulación volvió a sus piernas y a sus pies. —Soy
Thurbal —dijo el hombre cuando Adon fue colocado en una silla junto a
Medianoche—, el capitán de la guardia. Es importante que prestéis atención a
todas y a cada una de mis palabras. Dentro de una hora estos hombres os
conducirán por la torre Inclinada hasta el salón de audiencias de lord
Mourngrym, nuestro señor. Allí seréis juzgados por
el asesinato de Elminster el Sabio. »Debéis decirme todo lo que sepáis sobre
los hechos que desembocaron en la muerte del mago. Para poderos defender
adecuadamente debo estar al corriente de todo. Thurbal se aferró a la calavera
de dragón de su bastón como si estuviese luchando contra un ataque de dolor.
—¿Por qué nos ayudas? —preguntó Medianoche,
curiosa. —Me hirieron en una misión en Zhentil Keep y he estado sumergido en un
profundo y reparador sueño durante casi todo el tiempo que lleváis en el valle.
Debido a ello, Mourngrym está convencido de que seré justo e imparcial en este
asunto. — Sin embargo, Elminster era amigo tuyo —dijo Medianoche, cuya mirada
se volvió hacia Adon, que, con los ojos vidriosos y la piel lívida y tirante,
miraba fijamente la pared que había detrás de Thurbal.
—Elminster era bastante más que un simple amigo
—replicó Thurbal—. Era
amigo de todos los habitantes del valle y de todos
los amantes de la libertad y del saber en Faerun. Cualquiera que lo haya
conocido dará fe de ello. Esto puede resultar perjudicial para vosotros. Queda
poco tiempo. Tienes que contarme tu versión de los hechos.
Medianoche se pasó la hora siguiente contando una y
otra vez los detalles de su relación con el anciano. Por supuesto, centró su
atención en los acontecimientos que desembocaron en la muerte de Elminster en
el templo de Lathander, pero la verdadera historia de su relación con el mago
empezó cuando Mystra le dio una parte de su poder para que lo salvaguardase.
Medianoche cerró los ojos al recordar el ataque de
Bane al templo de Lathander. —Elminster trató de requerir la ayuda de una
fuerza poderosa de otra esfera para que se enfrentase a Bane —dijo—. Pero el
hechizo no salió bien. La grieta que abrió permitió que Mystra, o dicho con
mayor precisión, un fragmento de la esencia de Mystra, escapase del tejido
mágico que rodea Faerun. —Sin embargo, según mis informaciones, has venido
diciendo que Mystra murió en el castillo de Kilgrave, en Cormyr — objetó
Thurbal. —Sí, así es. Pero cuando Helm destruyó su mutación, el tejido debió de
absorber su energía. Al aparecer era más un elemento mágico..., una fuerza más
que una persona. —Antes de proseguir, Medianoche dejó caer la cabeza hacia
atrás para aliviar la tensión del cuello—. Pero ni siquiera Mystra pudo salvar
a Elminster de Bane. Lord Black obligó a Elminster a meterse en la grieta antes
de perecer. Adon y yo tratamos de salvarlo, pero no pudimos. —Medianoche volvió
a abrir los ojos y vio que Thurbal estaba mirando al clérigo.
—Bien, Adon —dijo el hombre entrado en años—, ¿qué
tienes que decir? ¿Intentasteis salvar a Elminster?
Adon había guardado completo silencio mientras
Medianoche relataba la historia del ataque de Bane al templo. El clérigo
permanecía sentado con las manos cruzadas sobre el regazo. De vez en cuando,
las levantaba y se cubría la cicatriz del rostro, pero uno de los guardias se
apresuraba a bajárselas. Cuando Thurbal se dirigió a Adon, éste volvió
lentamente la vista hacia el capitán, pero se limitó a quedárselo mirando, con
los ojos vidriosos y en silencio.
Thurbal sacudió la cabeza y se pasó las manos por
el poco pelo castaño que le quedaba.
—Su silencio no nos va a ser de mucha ayuda en el
juicio —dijo—. ¿Puedes lograr que hable? Medianoche miró al joven clérigo. El
hombre que estaba viendo ante ella era apenas una sombra del clérigo que había
conocido en Arabel. Adon estaba lívido, y su brillante cabello castaño era un
revoltijo, algo que él jamás habría tolerado antes de ser herido. Sin embargo,
lo que más inquietaba a Medianoche era la falta de vida en sus ojos verdes,
antes deslumbradores.
—No —contestó ella en voz baja—. Será preferible
que sea yo la única que hable. —Muy bien —dijo Thurbal. Se levantó de detrás de
la mesa e hizo un gesto al guardia que se había colocado tras la maga. El
guardia volvió a ponerle la mordaza en el mismo instante en que Medianoche
trataba de lanzar un grito de protesta—. Lo siento, pero tengo órdenes. La
ciudad tiene miedo de tus poderes y lord Mourngrym no quiere correr el riesgo
de que crees problemas en el juicio con tus hechizos. Hicieron subir a los prisioneros
la escalera de la torre Inclinada, pasaron bajo un arco de piedra y mientras
Thurbal hablaba con uno de sus guardias, permanecieron de pie, con las piernas
doloridas, en el pasillo
central de la torre. Este pasillo empezaba en
la entrada principal y atravesaba longitudinalmente
dos tercios de la torre; era tan ancho
que habrían podido caminar cinco personas codo con
codo sin dificultad. En aquel momento se abrió de par en par la puerta del
salón de audiencias de Mourngrym y del interior surgió un coro de protestas
airadas. Los guardias condujeron a los prisioneros a través de la sala con una
demostración de fuerza que hizo estallar en aplausos a la gran muchedumbre
reunida en el improvisado tribunal. A pesar de las gruesas paredes de la
fortaleza, el griterío procedente de los indignados aldeanos que estaban fuera se
sumó al estruendo infernal de la sala. El caos amenazaba con alterar el acto.
En un extremo de la sala había un estrado y lord
Mourngrym ocupaba el centro, con un pequeño atril delante, y detrás, sentados,
los hombres de sangre azul, la nobleza. Cuando los prisioneros, que subieron a
empujones por las angostas escaleras, se presentaron ante él, el gobernante del
valle apretó los cantos del atril con tal fuerza que los nudillos se le
pusieron blancos. Thurbal iba detrás de los prisioneros y tomó asiento a la
izquierda de Mourngrym.
La famosa poetisa y aventurera, Vendaval Dedos de
Platino, surgió de entre la muchedumbre y se colocó a la derecha de Mourngrym.
La luz que entraba por las contraventanas abiertas y la procedente de las pocas
antorchas diseminadas alrededor de la sala se reflejaban en su cabello de
tonalidades plateadas; en sus ojos de color gris azulado brillaba el odio.
Vendaval y Sharantyr, una guardabosque de los Caballeros de Myth Drannor,
habían encontrado a Medianoche y a Adon ilesos fuera del derruido templo de Lathander.
Habían descubierto asimismo trozos de un cuerpo que se suponía había sido el de
Elminster, junto con la ropa de su túnica y páginas de uno de los libros de
hechizos del sabio. Los prisioneros se arrodillaron ante Mourngrym y el rugido
de la muchedumbre que llenaba el salón de audiencias empezó a aumentar. La
mayor parte de la población superviviente del valle de las Sombras había
acudido al juicio y tanto la sala del tribunal como la parte exterior de la
torre estaban abarrotadas de hombres y mujeres airados que maldecían a gritos a
Medianoche y a Adon. Los soldados de la guardia de Mourngrym tenían que hacer
grandes esfuerzos para contener al gentío. Kelemvor, de pie en la parte
delantera de la sala, entre los espectadores, observó la figura vulnerable de
la que había sido su amada mientras ésta era obligada a arrodillarse delante de
Mourngrym. El guerrero estudió la expresión fría e impenetrable del señor del
valle y comprendió por qué se le había negado la petición de una audiencia
privada con él la noche anterior. Aun cuando estaba tratando de dejar a un lado
sus sentimientos personales y actuar con imparcialidad, la furia de Mourngrym
por la pérdida de su amigo era evidente.
Mourngrym levantó la mano y al instante se hizo
silencio en la sala. —Nos hemos reunido aquí para llevar a cabo un solemne
deber, no para ladrar como perros hambrientos a la luna. Comportémonos como
personas civilizadas. Elminster no habría esperado menos de nosotros. Un
murmullo se elevó entre los espectadores; pero, poco a poco se fue
desvaneciendo y sólo persistió una risa entrecortada, como un gruñido. Kelemvor
se volvió a su izquierda y le dio un codazo a Cyric en el costado. — ¡Cállate,
estúpido! —susurró el guerrero. Cyric le hizo una mueca y movió la cabeza.
—Espera a que acabe el juicio, Kel. Veremos, entonces, qué piensas de la
sublime sed de justicia de los hombres del valle. Cuando Cyric volvió a mirar
al estrado, Mourngrym tenía la vista fija en el ladrón. Éste, tras disculparse
levantando con gesto burlón una mano, se inclinó ligeramente. Un
rumor de murmullos airados volvió a elevarse de
entre la muchedumbre, pero
Mourngrym alzó ambas manos a fin de acallar a la
gente enfurecida y se aclaró ruidosamente la
garganta.
—Medianoche del valle Profundo y Adon de Sune,
estáis acusados del asesinato del sabio Elminster. Así comenzó a hablar
Mourngrym, cuyas palabras rompieron el silencio de los espectadores como si
éste fuera un frágil cristal. Después de gritar: «¡Silencio!», el señor del
valle desenvainó su espada y la elevó en el aire. La luz de las antorchas se
reflejó en la hoja y pareció transformarla en un arma mística, dura,
relampagueante e inflexible. Todos los guardias sacaron sus espadas y las
levantaron de la misma
forma. Se desvanecieron los murmullos airados.
—Se hará justicia —prosiguió Mourngrym—. ¡Lo juro!
—Hubo aplausos y Mourngrym esperó a que la muchedumbre se apaciguase antes de
continuar—. Esto es un juicio militar, y como tal, no habrá jurado. Como señor
del valle, mía es la responsabilidad de la sentencia.
»Dado que la magia es inestable, no vamos a correr
el riesgo de tratar de introducirnos en la mente de los acusados. Mi veredicto
se basará sólo en los hechos. — Mourngrym hizo un gesto a la mujer de pelo
entrecano que estaba sentada junto a él—. La acusación puede presentar su caso.
Vendaval Dedos de Platino se adelantó unos pasos.
—Hay dos hechos ineludibles. Primero, se descubrió un cuerpo en el templo de
Lathander. Es cierto que el cuerpo estaba tan maltrecho y lacerado que fue
imposible hacerle un reconocimiento, pero el cadáver fue hallado junto a
retazos de la túnica de Elminster y hojas sueltas de algunos de sus antiguos
libros de hechicería. —La poetisa se volvió a los espectadores—. Nuestro sabio
y protector había desaparecido. No cabe duda de que fue asesinado. Vendaval Dedos
de Platino se volvió a los prisioneros y los señaló con el dedo. —Segundo, a
estos dos se les vio salir del templo tan sólo unos segundos antes de que unas
fuerzas mágicas lo destruyeran. Ellos escaparon ilesos. Los gritos y amenazas
de la muchedumbre resonaron en la sala. A diferencia de Mourngrym, Vendaval no
esperó a que los espectadores se calmasen.
—Es evidente que fueron ellos dos quienes mataron a
nuestro buen amigo —gritó alzando la voz sobre el ruido de los espectadores.
Medianoche intentó protestar bajo la mordaza, pero su esfuerzo fue inútil. —¡Un
momento! —exclamó Thurbal, y blandió su bastón en el aire. El capitán de la
guardia se volvió hacia Mourngrym—. No debemos presuponer la culpabilidad de
estas dos personas. ¡Estamos aquí para determinar qué sucedió, no para
lincharlos! Una lluvia de voces y silbidos estalló entre los espectadores. Cyric
miró a Kelemvor, pero éste tenía la vista clavada en Thurbal. Éste movió la
cabeza y se sentó; Mourngrym golpeó el atril con la empuñadura de su espada.
—¡Otra interrupción como ésta y se suspenderá la vista! —advirtió el señor del
valle con voz atronadora. La muchedumbre se fue apaciguando, mientras los
guardias expulsaban a unos cuantos espectadores que se negaban a dejar de
gritar. —La acusación llama a Rhaymon de Lathander —declaró Vendaval y,
acompañado de un guardia, se acercó un hombre rubio, vestido con una brillante
túnica roja con gruesas franjas de bordes dorados. —Cuéntanos qué pasó la
última vez que viste a Elminster con vida —dijo Vendaval. El sacerdote,
pensativo, frunció el entrecejo, y luego comenzó a hablar.
—La última tarea que se me encomendó el día de la
batalla del valle de las
Sombras fue montar guardia en el templo de
Lathander hasta que llegase Elminster. —¿Montar guardia? ¿Contra qué? —preguntó
Vendaval—. ¿Qué es lo que preocupaba a tus compañeros sacerdotes?
Rhaymon quedó pensativo como si considerase que le
habían formulado una pregunta estúpida. —Aquel mismo día, había sido atacado,
unas horas antes, el templo de Tymora. Todos estábamos profundamente
impresionados. Los sacerdotes de Tymora habían sido asesinados, el templo
profanado y el símbolo de Bane apareció pintado con sangre en las paredes.
También habían sido robadas las pociones curativas guardadas en el templo de
Tymora.
—Por consiguiente, y es completamente lógico,
temíais que pudiese ocurrir lo mismo en vuestro templo.
—Sí, así es —dijo Rhaymon—. Elminster dijo que
tenía que hacer algo importante en el templo y que él se haría cargo de su
vigilancia. —¿Incluso a costa de su propia vida? —Vendaval se inclinó para
acercarse al clérigo.
Thurbal dio un paso hacia delante, gesticulando con
su bastón a modo de protesta. —Esta poniendo las palabras en su boca. ¡Que sea
él quien hable! Los ojos de Mourngrym relampaguearon. —Continúa, Vendaval.
La aventurera de cabello entrecano frunció el
entrecejo y se apartó de Rhaymon. —¿Iba Elminster solo cuando llegó al templo?
—preguntó la poetisa un momento después.
El sacerdote negó con un movimiento de cabeza e
hizo un gesto en dirección a los prisioneros.
—No. Ellos lo acompañaban.
—¿Puedes describir el estado de ánimo de Elminster
en aquel momento? La pregunta pareció desconcertar a Rhaymon. —¿Hablas en
serio? —murmuró en voz baja. —Te aseguro que sí, nadie puede hablar más en
serio que yo —contestó Vendaval en tono severo. El sacerdote tragó saliva.
—Estaba un poco raro, pero hay que tener en cuenta
que se trataba de Elminster. De la muchedumbre surgieron unas risas, pero ni
una sombra de sonrisa iluminó los rasgos de Vendaval.
—¿Sería acertado decir que Elminster parecía estar
algo preocupado? ¿Le perturbaba la presencia de los prisioneros? La expresión
de Rhaymon era seria.
—No puedo decir cuál era la causa de su
desasosiego. Lo ignoro —se apresuró a decir el sacerdote sin dejar de señalar a
Adon—. El de la cicatriz me detuvo cuando me iba y me dijo que hiciese pagar a
los soldados de Bane por lo que habían hecho a los adoradores de Tymora.
Vendaval asintió con un gesto de cabeza. —Una
última pregunta. ¿Crees que los acusados mataron a Elminster? Thurbal se
levantó de un salto y se puso delante de Mourngrym. —¡Esto está yendo demasiado
lejos, señor! La expresión del señor del valle se ensombreció. —Seré yo quien
decida si está yendo demasiado lejos. —Mourngrym se volvió hacia el sacerdote—.
Contesta a la pregunta. —El clérigo se puso tenso cuando miró a
los acusados.
—Si pudiese acabar con ellos ahora mismo, lo haría
gustoso. Muchos hombres, algunos poco más que muchachos, murieron para salvar
esta ciudad. ¡Mientras esos héroes estaban dando sus vidas, estos dos se
burlaban de su sacrificio! —Eso es todo —dijo Vendaval, para luego tomar
asiento junto a Mourngrym. Thurbal observó al sacerdote con atención antes de
hablar. —¿Viste a la mujer o al clérigo de la cicatriz causar daño alguno a
Elminster? —¡Ha sido destruido nuestro modo de vida! Vamos a tener que reconstruir
el templo...
—Contesta a la pregunta —dijo Thurbal con calma.
Rhaymon sacudió la cabeza, furioso.
—No vi nada.
—Gracias —dijo Thurbal—. Puedes retirarte. Un
guardia tomó a Rhaymon por el brazo y empezó a llevárselo. El sacerdote miró
por encima de su hombro y se desasió del guardia. —¡Esta mañana no he visto
levantarse al sol! ¿Esto significa que el juicio debe estar envuelto en
tinieblas porque no se ha levantado? —¡Basta! —declaró Mourngrym con rabia mal
contenida, y dos guardias cogieron a Rhaymon por el brazo.
—¡Son culpables y sólo merecen la muerte! —gritó
Rhaymon. La muchedumbre se agitó de pronto como la marea. Mientras el hombre de
la túnica era sacado a rastras, los guardias cogieron a algunos espectadores y
los obligaron a salir de la sala de audiencias. El ruido procedente del
exterior de la torre iba siendo cada vez más fuerte.
Cyric se sentó en el banco y se pasó una mano por
el cabello castaño. Pensó que habían arriesgado sus vidas para nada. Que habían
salvado a aquel rebaño para luego ser juzgados por él.
La atención de Cyric se centró en Adon. El clérigo
tenía la mandíbula caída y parecía ajeno a la gravedad del acto que se estaba
celebrando. No le habían puesto una mordaza susceptible de evitar que declarase
su inocencia, pero Adon había decidido guardar silencio. «¡Di algo, babosa
inútil!» pensó Cyric. «¡Si no es por ti, hazlo por Medianoche!»
Pero Adon no abrió la boca, ni siquiera cuando
Lhaeo fue llamado a prestar declaración. El hombre que estaba ante el tribunal
tenía el cabello castaño y unos dulces ojos verdes. Mantenía la espalda erguida
y se concentraba en Vendaval Dedos de Platino. La actitud de Lhaeo era
majestuosa, lejos del petimetre remilgado al que estaban acostumbrados la
mayoría de los habitantes del valle. —Soy el escribano de Elminster —declaró
Lhaeo. Su voz era firme—. Cuando Medianoche y Adon llegaron por primera vez a
la torre de Elminster los acompañaba Hawksguard, el capitán en funciones.
—Lhaeo miró a los
presentes—. Los guerreros Kelemvor y Cyric también
estaban con ellos. —¿Puedes indicarnos algo fuera de lo normal en la
conversación habida entre Elminster y la maga Medianoche? —preguntó Vendaval.
Lhaeo tragó saliva.
—Elminster dijo que no era la primera vez que veía
a Medianoche. Luego comentó algo sobre las tierras de Piedra. —Donde se
observaron unas perturbaciones en el cielo precisamente unos días antes de que
los forasteros llegasen al valle de las Sombras —explicó Vendaval—. ¿Sabes algo
de esto? Lhaeo miró a Medianoche a los ojos y vio la serena desesperación de la
maga.
Acudió a la mente del escribano el recuerdo de
Elminster siendo teletransportado de su
torre a toda prisa, para luego volver después del
anochecer murmurando algo sobre el Hechizo de la Muerte de Geryon.
—Nada que yo recuerde —dijo Lhaeo, y los ojos de
Medianoche se cerraron lentamente a modo de agradecimiento—. Quiero que conste
que no creo que Elminster esté muerto.
Surgieron gritos de asombro e indignación entre los
espectadores. —Todos sabemos lo muy unido que estabas al sabio, Lhaeo —dijo
Vendaval en tono compasivo—. No creo que sea una exageración decir que era como
un padre para ti. —Vendaval observó que Lhaeo se ponía rígido—. Pero no dejes
que ello nuble tu razón.
Vendaval se inclinó y cogió los trozos hechos
jirones de la túnica de Elminster y las páginas de los antiguos libros de
hechizos. —Esto es de Elminster, ¿no es así? —Lhaeo asintió con un movimiento
lento de cabeza—. Es bastante improbable que tu maestro hubiera dejado que se
destruyera algo como esos libros. Y, de hecho, es imposible que hubiera
permitido que el templo de Lathander fuera destruido. Si estuviese con vida, no
cabe duda de que habría cumplido su promesa para con los clérigos. La poetisa
hizo una pausa antes de seguir hablando. —¿Qué asuntos tenía Medianoche con
Elminster? —Ella afirmaba que era portadora de las últimas palabras de la diosa
Mystra y de un símbolo de la confianza de la diosa.
—¡Así que, además de asesina, es hereje! —exclamó
Vendaval, y la muchedumbre estalló en un griterío infernal. —¡Basta! —gritó
Mourngrym, y los espectadores, una vez más, fueron apaciguándose
—. ¡Contrólate, Vendaval, o me veré obligado a
sustituirte en este proceso! Los espectadores guardaron silencio.
—¿Tú no estabas en el templo de Lathander?
—preguntó Vendaval cuando se dirigió de nuevo al escribano.
—No —dijo Lhaeo en voz baja—. Elminster me había
enviado a contactar con los Caballeros de Myth Drannor. La comunicación mágica
con el este estaba bloqueada. Viajé de noche, armado y con la protección de las
guardas de Elminster. —Te marchaste el día que llegaron los forasteros —afirmó
Vendaval con cierta brusquedad.
—Así es —dijo Lhaeo.
—¿Es posible que Elminster no confiase en los
forasteros y tratase de protegerte de ellos? —preguntó Vendaval.
Lhaeo titubeó un momento, pues las palabras de
Vendaval lo habían sacudido como una bofetada. —No creo —dijo el escribano
lentamente—. No, ésta no era su manera de actuar. —Sin embargo rara vez lo
acompañabas en sus muchas misiones a lo largo y ancho de los Reinos. ¿Por qué?
El escribano lanzó un sonoro suspiro y apartó la
mirada de la poetisa. —No lo sé —dijo con un hilo de voz.
—No tengo más preguntas.
Vendaval apartó la mirada de los brillantes ojos
verdes del escribano y se alejó. Thurbal asió la empuñadura de su bastón y sus
dedos se pusieron a acariciar la calavera de dragón. Mientras hablaba, el sudor
corría por su rostro. —¿Por qué permitió Elminster que Medianoche y Adon se
quedasen en la torre?
—preguntó.
—Elminster confiaba en ellos y consideraba que
serían de valiosa ayuda en la batalla del valle de las Sombras —contestó Lhaeo.
—¿Te lo dijo Elminster? —preguntó Thurbal. —Sí. Y dejó que Medianoche lo
ayudase con muchos hechizos, mientras el clérigo revisaba libros místicos.
—¿Parecía tener miedo o sospechaba de Medianoche y de Adon en un sentido u
otro? —preguntó Thurbal.
—No —dijo Lhaeo—, en absoluto, todo lo contrario.
Después de morderse el labio, Thurbal formuló la siguiente pregunta: —¿Está
muerta la diosa Mystra?
Vendaval se puso en pie para protestar, pero
Mourngrym la conminó a que callase y ordenó al escribano a que contestase la
pregunta. —Según Elminster, la diosa sufrió una horrible suerte. Yo no puedo
decir si está muerta o no. —Lhaeo suspiró y agachó la cabeza. —Cuando
Medianoche llegó afirmando que tenía un mensaje de la diosa, Elminster no se
rió ni la echó de la torre —afirmó Thurbal tajantemente—. Estaba seguro de su
integridad y de su dedicación a los Reinos. —Tanto Thurbal como el escribano
guardaron un momento de silencio. —Si no tienes más preguntas, Thurbal, creo
que ya hemos escuchado todo lo que teníamos que escuchar de este testigo —dijo
Mourngrym. Lhaeo abandonó el estrado en silencio y volvió a su asiento.
Vendaval se adelantó y llamó a un corpulento guardia de ojos garzos llamado
Irak Dontaele. —Tu patrulla estaba de servicio la noche del ataque al templo de
Tymora. Fuiste el primero que entró y descubriste los cuerpos de los adoradores
y la profanación del propio templo —dijo Vendaval.
—No —replicó Irak con un gruñido—, no es cierto.
—Pasó corriendo por delante de los otros guardias, se dirigió a Adon que estaba
de rodillas, lo asió por la túnica y lo levantó del suelo—. ¡Éste estaba allí
antes de que llegásemos nosotros! —¡Suéltalo! —ordenó Mourngrym, y las
ballestas de los guardias que estaban detrás de los acusados se pusieron de
pronto a la altura del testigo. Cuando Adon fue dejado a regañadientes en el
suelo, sus apagados ojos giraron en sus cuencas—. ¿Qué finalidad tiene todo esto,
Vendaval? ¿Estás tratando de demostrar que hay alguna relación entre los
ataques a los dos templos? —¡Existe una relación! —exclamó Vendaval, a la vez
que señalaba a Adon—. Este hombre estaba allí en ambas ocasiones. Dicen que es
un clérigo de Sune, la diosa de la Belleza, pero miradle el rostro. Incluso sin
esa fea cicatriz, no es lo que uno esperaría de un clérigo de Sune. Me permito
decir que Adon de Sune y Medianoche del valle Profundo son aliados de lord
Black y que en realidad son leales a ese dios diabólico y a la ciudad de
Zhentil Keep. ¡Por esto asesinaron a Elminster! Un griterío surgió de entre la
muchedumbre. —¡Que mueran! —se oyó que alguien vociferaba. —¡Sí! —replicó a su
vez una mujer—. ¡Muerte para los servidores de lord Bane! Mourngrym hizo un
esfuerzo por mantener la compostura. —¡Basta ya! —ordenó.
—¡No! —exclamó Vendaval volviéndose hacia lord
Mourngrym—. ¿Qué nombres dieron los aventureros a los guardias cuando llegaron
al valle? Kelemvor hizo una mueca. Al llegar al valle de las Sombras utilizaron
una carta de privilegio falsa a fin de acceder a la ciudad. El guerrero estaba
convencido de que aquel asunto se olvidaría, dado el caos causado por el ataque
de Bane.
—Utilizaron nombres falsos..., y una carta de
privilegio robada. Si mis palabras
no son ciertas, ¿por qué el clérigo no ha dicho
nada en su propia defensa? —Vendaval, que ahora estaba justo delante de Adon,
le gritaba—: ¡Habla, asesino! ¡Dinos lo que has hecho!
Adon no levantó la vista para mirar los furiosos
ojos de la poetisa. Se limitó a mirar al vacío y a gimotear.
—Sune —dijo solamente; y volvió a reinar el
silencio. —Thurbal, ¿tienes algún testigo a quien llamar? —preguntó Mourngrym.
—Llamo a Kelemvor Lyonsbane —dijo Thurbal. El guerrero fue escoltado desde su
lugar entre los espectadores—. Estuviste al frente de las defensas orientales
cerca de la charca de Krag, donde el ejército de Bane sufrió el mayor número de
bajas y donde se ganó la victoria decisiva contra nuestros enemigos. No
obstante, llegaste al valle de las Sombras al mismo tiempo que los prisioneros
y en su compañía. Explícanos brevemente de qué conoces a los acusados.
—Medianoche y Adon son unas personas valientes,
cuya lealtad por el valle y por los Reinos está fuera
de toda duda —dijo Kelemvor con voz segura. —Dile
que conteste a la pregunta —le espetó Vendaval, volviéndose hacia Mourngrym.
Kelemvor escudriñó el rostro de la llamativa mujer
de pelo entrecano y su mirada no se apartó de sus ojos grises mientras relataba
su primer encuentro con Medianoche en Arabel y la misión que les había llevado
finalmente al valle. —De modo que fue un acuerdo para una misión —afirmó
Thurbal—. No la conocías antes de vuestro encuentro en Arabel. —No, no la
conocía —dijo Kelemvor—. Pero desde entonces he llegado a conocerla muy bien.
—Es un mercenario consumado —dijo Vendaval—. No
hace nada sin algún tipo de recompensa. Mourngrym se pasó los dedos por la boca
y luego habló. —Kelemvor Lyonsbane, de no haber sido llamado a testificar, de
haber tenido que ser tú quien se ofreciese a testimoniar en nombre de
Medianoche, ¿habrías hablado por ella?
El guerrero, cuyo rostro se iba oscureciendo, movió
la cabeza. Mentir en favor de Medianoche supondría un acto altruista por el que
no le habían pagado y ello desencadenaría la maldición. —Contesta la pregunta
—dijo Mourngrym.
Kelemvor miró a Medianoche y vio que sus ojos
estaban abiertos de par en par de puro terror. Con el corazón encogido,
Kelemvor se volvió a Mourngrym. —No habría podido —dijo.
—No tengo más preguntas —espetó Thurbal, para
luego, contrariado, alejarse del guerrero. Vendaval se limitó a sonreír e
indicó a Kelemvor que podía retirarse. El guerrero no dijo nada mientras era
conducido de nuevo a su lugar entre los espectadores. Cyric miró a Kelemvor
cuando éste pasó junto a él. El ladrón vio la expresión de derrota en los ojos
de su amigo. Por alguna razón, el hecho de saber que Kelemvor comprendía ahora
que él tenía razón con respecto a los hombres del valle, hizo que Cyric se sintiese
mejor.
—Se está haciendo tarde, Thurbal. —Mourngrym cruzó
las manos sobre el atril— . ¿Tienes algún otro testigo?
—Sólo vos, señor —dijo Thurbal en voz baja.
Mourngrym miró al hombre entrado en años. —¿Estás bien? Has perdido el
juicio...
—Llamo a Mourngrym Amcathra —anunció Thurbal con
voz clara y sonora—.
Según las leyes del valle de las Sombras, no podéis
negaros a prestar testimonio a menos que deseéis declarar finalizado el juicio
y poner en libertad a los acusados. La furia brilló en los ojos del señor del
valle e infundió en él una nota de demencia; sin embargo Mourngrym asintió con
la cabeza y dijo con voz tranquila: —De acuerdo. Pregúntame lo que quieras.
—¿Dónde estuvo lord Bane durante la batalla del
valle de las Sombras? — preguntó Thurbal.
Mourngrym ladeó ligeramente la cabeza.
—No comprendo.
—Bane capitaneó el ataque en el bosque Voonlar.
Nuestros exploradores pueden corroborar este hecho. Si lo deseáis los llamaré a
declarar. —A Thurbal le sobrevino un ataque de tos y se apoyó contra el atril.
—No será necesario —dijo Mourngrym—. Bane estuvo al mando de ese ataque. —En la
charca de Krag. Antes de que los defensores del valle derribasen los árboles
sobre el ejército de Bane, éste desapareció —declaró Thurbal con voz tranquila
—. Yo también puedo presentar docenas de testigos que lo corroborarán. —Sigue
—dijo Mourngrym con tono impaciente. —Cuando Bane fue visto de nuevo, estaba en
el cruce de las carreteras, cerca de la granja de Jhaele Melena de Plata. Lord
Black apareció ante vos, Mourngrym Amcathra, y trató de mataros. Mayheir
Hawksguard os echó a un lado y fue mortalmente herido en vuestro lugar. ¿Es
correcto?
—Sí —contestó Mourngrym—. Hawksguard murió
noblemente en defensa del valle de las Sombras. —¿Adónde se dirigió lord Bane
después de esto? —preguntó Thurbal—. ¿Acaso no estabais vos en una posición
vulnerable? ¿No podía él haberos matado allí mismo a pesar del sacrificio de
Hawksguard? —No lo sé —murmuró Mourngrym, incómodo—. Es posible. —Sin embargo
no lo hizo —dijo Thurbal —. Otro lugar debió de atraer el interés de Bane. —El
capitán fue víctima de otro acceso de tos.
Mourngrym tamborileó, nervioso, con los dedos en el
atril.
—Estoy en lo cierto —dijo Thurbal, y respiró hondo
antes de proseguir—. Veamos ahora, ¿dónde estaba Elminster durante la batalla
del valle de las Sombras? —En el templo de Lathander —contestó Mourngrym. —¿Por
qué? —preguntó Thurbal—. ¿Por qué no estaba en primera línea utilizando su
magia para rechazar a Bane? Mourngrym movió la cabeza. No tenía respuesta
alguna. —¿Acaso Elminster no os dijo repetidamente que la verdadera batalla se
libraría en el templo de Lathander? — preguntó Thurbal. —Sí, pero no me explicó
lo que significaba esta afirmación —contestó Mourngrym
—. Tal vez presintió el peligro que suponían los
acusados y quiso mantenerlos alejados de la verdadera batalla... Thurbal
levantó una mano.
—Yo me permito decir que la verdadera batalla era
en el templo, que Bane fue allí y que fue él quien asesinó a Elminster el
Sabio. Vendaval se puso de pie y levantó los brazos sobre su cabeza. —Todo esto
es una completa especulación. No existe la mínima prueba que permita suponer
que Bane acudió al templo de Lathander. Thurbal hizo una mueca y se volvió a
Mourngrym. —Antes de condenar a los acusados, debéis demostrar que hubo un
motivo para
cometerse acto tan horrible. Vendaval Dedos de
Platino afirma que son agentes de
Bane. Sin embargo, no existe ninguna prueba que
apoye esta acusación. He hablado con la prisionera Medianoche antes del juicio
y ella afirma... Mourngrym se puso de pie.
—¡No me importa lo que ella afirme! —gritó—. Es una
maga poderosa, lo bastante poderosa como para haber matado a Elminster. Mis
órdenes eran claras: ¡No estaba autorizada para hablar con nadie! —¿Cómo,
entonces, va a defenderse? —gritó Thurbal. —¿Cómo sabemos todos nosotros que no
te ha embrujado mientras hablabais, que no te ha doblegado a su voluntad?
—preguntó Vendaval—. Eres excesivamente confiado, amigo mío, y por tu propio
bien sería preferible apartarte del caso como abogado defensor.
—¡No podéis! —gritó Thurbal, para luego colocarse
junto a Mourngrym. —Estás equivocado. No puedo dejar que los servidores de Bane
vuelvan a agraviarte. —Mourngrym señaló con un gesto a un par de guardias que
se acercasen—. Procurad que no le falte nada a Thurbal. Es evidente que está
luchando por no sucumbir a los efectos de la poderosa magia. Los guardias que
han estado presentes cuando Medianoche estuvo hablando deben ser relevados del
servicio, a la espera de mi posterior sentencia. Lleváoslo.
Thurbal se puso a protestar a gritos, pero estaba
demasiado débil para apartar a los guardias que se lo llevaban a rastras.
Mourngrym salió de detrás del atril y se dirigió al
tribunal. —He visto todo lo que necesitaba ver —dijo —. Elminster el Sabio fue
nuestro amigo y nuestro leal defensor hasta la muerte. Fue su fe ciega en los
demás la causa de su fallecimiento. Sin embargo, nosotros, en este tribunal, no
estamos ciegos.
Tenemos los ojos bien abiertos y vemos la verdad.
»Lord Bane era un cobarde. Huyó asustado de la batalla cuando nuestras fuerzas
arrollaron a su ejército. Ésta es la razón por la que no podemos dar cuenta de
su paradero. Si Elminster estuviese vivo, aparecería ante nosotros ahora, pero
ello no puede suceder. Nada podemos hacer para que vuelva Elminster, pero
podemos dar descanso a su alma torturada castigando a sus asesinos. En el salón
de audiencias volvía a reinar un completo silencio. Mourngrym hizo una pausa y
miró a los nobles sentados detrás del estrado. Al igual que el resto de los
presentes en la sala, los nobles no apartaban la vista del señor del valle, a
la espera de su veredicto. —Decreto que mañana al amanecer, en el patio de la
torre Inclinada, se dé muerte a Medianoche del valle Profundo y a Adon de Sune
por el asesinato de Elminster el Sabio. Guardias, llevaos a los prisioneros.
—Mourngrym retrocedió y los guardias cogieron a Medianoche y a Adon y los
obligaron a ponerse de pie. La multitud estalló en gritos de júbilo.
Al principio Cyric fue tragado por el gentío, pero
el ladrón logró abrirse paso a través de los aldeanos sedientos de sangre a
tiempo de ver a Medianoche y a Adon salir de la sala del tribunal bajo fuerte
vigilancia. Mourngrym había dicho que se haría justicia. Estas palabras
resonaban en la mente de Cyric
mientras se abría paso entre los guardias que
quedaban alrededor de Mourngrym, gobernante del valle de las Sombras. Tan
pronto como estuvo cerca del señor del valle, Cyric calculó cuánto tardaría
exactamente en sacar la daga y degollar a Mourngrym.
Mourngrym Amcathra notó una ligera ráfaga de viento
a su espalda, pero cuando se volvió para conocer la causa de la brisa, sólo vio
la espalda de un hombre delgado y
moreno que desaparecía entre la muchedumbre.
De nuevo perdido en el tropel de ciudadanos, Cyric
se preguntó por qué habría cambiado él de opinión en el último momento y no
habría acabado con la vida del hombre que había condenado a Medianoche a morir.
Pensó que había medios mejores para saldar su deuda con Medianoche y hacer que
aquellos imbéciles arrogantes pagasen por lo que estaban haciendo. Además, la
turba le habría hecho pedazos y todavía no estaba preparado para morir.
«Todo lo contrario —pensó el ladrón—. Todo lo
contrario.» El dios de la Muerte sujetó el pedazo de energía roja con su
huesuda mano derecha. El dios caído sonrió mientras sostenía el fragmento cerca
de la estatua de obsidiana de treinta centímetros de altura que tenía en la
mano izquierda. Apareció un brillante resplandor de luz blanca cuando la
estatua absorbió la energía. Lord Myrkul observó la figurita que representaba a
un hombre sin rostro. Una neblina de irisaciones rojizas giró violentamente
como un torbellino en el interior. —Sí, lord Bane —dijo el dios de la Muerte
con voz áspera a través de unos labios negros y agrietados—. No tardarás en
volver a ser tú. —Myrkul se echó a reír de nuevo y acarició la suave cabeza de
la estatua como si fuese un niño pequeño. La neblina se puso a latir con una
furiosa luz roja.
Myrkul miró a su alrededor y suspiró. En el aire
flotaban unas imágenes apenas perceptibles del mundo real. La granja donde se
hallaba era oscura, sucia e inhóspita. El bajo techo de largos travesaños
estaba negro por el vaho grasiento del fuego que hacían los campesinos para
cocinar. De vez en cuando pasaban algunas ratas por el suelo, corriendo entre
las patas de la deformada mesa de madera y de los bancos astillados. Bajo unas
pieles mugrientas, dormían dos personas. A lord Myrkul, dios de la Decadencia y
de la Muerte, le gustaba mucho aquel lugar. Era como un diminuto e improvisado
santuario. De hecho, le molestaba no poder vivir allí siempre pues Myrkul
estaba en la esfera de la Frontera Etérea, una zona paralela a la esfera donde
estaban los Reinos y sus ocupantes. Desde la Frontera Etérea, las cosas que
Myrkul veía a su alrededor, los muebles, los bichos, los sucios campesinos que
dormían, sólo eran fantasmas. Y si el granjero que roncaba y su mujer se
hubiesen despertado, no habrían podido ver ni oír a Myrkul. —Ojalá pudiesen
verme —se lamentó dirigiéndose a la estatua negra—. Podría darles un susto de
muerte. Sería estupendo. —Myrkul hizo una pausa para recrearse en el efecto que
tendría en los humanos su semblante mutado, todo él en estado de descomposición,
amarillento, con las cuencas de los ojos quemadas y vacías—. Sus cadáveres
completarían la imagen de este cuchitril. La energía de la figurita crepitó y
ésta se combó. —Sí, lord Bane, el último pedazo de tu ser no está lejos de aquí
—siseó el dios de la Muerte.
Myrkul, mientras atravesaba los muros
insustanciales, echó una última mirada a la casucha. Cuando salió a la
fantasmal luz de la luna que brillaba sobre el campo situado al sur de Colina
Lejana, el dios de la Muerte se estremeció. La inmunda choza era cada vez más
de su agrado.
Después de cubrirse la cabeza con la capucha de su
grueso manto negro, lord Myrkul se puso a caminar por el aire como si estuviera
subiendo una escalera invisible. En la Frontera Etérea la gravedad no le
afectaba y le resultaba fácil observar a su presa si la miraba desde uno de los
puntos estratégicos situados sobre las colinas y las casas fantasmales. Después
de haber subido unos diez metros, Myrkul vio el fragmento final de lord Bane
brillar en la distancia.
—Allí están los restos del dios de la Lucha.
—Myrkul levantó la estatua y la
apuntó hacia aquella cosa que latía y descansaba a
un kilómetro y medio de distancia. De la figurita saltaron diminutos rayos de
luz roja y negra que se estrellaron en las manos del dios de la Muerte. Unas
ráfagas de dolor ascendieron por el brazo de la mutación y Myrkul olió a carne
quemada.
—Si te suelto, lord Bane, caerás como una ciruela
en la esfera de la Materia Prima, de vuelta a los Reinos. —Los diminutos arcos
de luz se empequeñecieron—. Y no te ayudaré a recuperar la última parte de tu
esencia. Te quedarás incompleto..., atrapado dentro de la estatua.
Myrkul esbozó una sonrisa que era más una mueca
cuando la luz se apagó y la estatua, de nuevo, se volvió negra.
—Para mí es un placer servirte, lord Bane, pero no
permitiré que me apremies. Como la figurita permaneció negra, el dios de la
Muerte empezó a caminar hacia el fragmento de esencia de Bane. Al cabo de una
hora, los dioses caídos llegaron a su destino.
Aquel fragmento del dios de la Lucha tenía el
aspecto de un copo de nieve enorme y ensangrentado, y una anchura de casi un
metro. Era mayor y más complejo que todos los otros pedazos que Myrkul había
ido recogiendo. La figura esquelética pensó que era muy extraño. Cada fragmento
era diferente. Aquél era, sin embargo, el más complicado. Se preguntó si podría
tratarse de su alma... El dios de la Muerte se encogió de hombros y acercó la
estatua al copo de nieve. Como antes, cuando el fragmento desapareció en la
figurita, apareció un cegador resplandor de luz. Sin embargo, la estatua siguió
brillando intensamente, palpitando en rojo y negro y formando un dibujo que no
dejaba de moverse. El dolor le hizo entornar los ojos a Myrkul, y un grito
fuerte y estridente le atravesó el cerebro. ¡Estoy vivo!, gritó el dios de la
Lucha en la mente de Myrkul. ¡Vuelvo a estar
entero! En la lisa faz de la estatua aparecieron de
pronto un par de ojos en llamas y una
boca llena de colmillos que sonreía impúdicamente.
—Por favor, lord Bane, no tan alto. Me das un dolor de cabeza terrible —dijo el
dios de la Muerte con voz áspera—. Estoy contento de que mi plan haya sido un
éxito. ¿Cómo me has encontrado? ¿Cómo sabías que no me habían destruido?
—Yo estaba siguiendo la marcha de la batalla del
valle de las Sombras lo mejor posible. Cuando aquella forma degradada de lady
Mystra apareció en el templo, comprendí que los dioses no pueden ser
destruidos, sino solamente dispersados. —Lord Myrkul sonrió—. Por consiguiente,
cuando fue destruida tu mutación, llevé uno de los fragmentos de tu ser a la
Frontera Etérea y empecé a buscar allí los otros pedazos. —El dios de la Muerte
inclinó ligeramente la cabeza y trató de mirar dentro de la estatua de obsidiana—.
¿Estás completo ahora?
Sí, Myrkul, estoy bien. ¿Te das cuenta de lo que
has hecho? La voz de la cabeza
de Myrkul volvía a elevar el tono y el dios de la
Muerte hizo una mueca ante aquel ruido. ¡Has entrado en las Esferas! ¡Has
derrotado a lord Ao! ¡Hemos escapado de los Reinos y ahora podremos ir a casa y
reivindicar nuestro verdadero poder! Los ojos de
la estatua estaban abiertos, desorbitados casi, a
causa de la excitación. —No, lord Bane, me temo que no podremos. Yo estaba a
punto de renunciar cuando descubrí que habías sido arrojado al éter. Pensé que
lord Ao nos había bloqueado todas las Esferas existentes. —Myrkul se frotó la
barbilla en descomposición con una mano huesuda—. Estaba equivocado.
¿Equivocado?
—Sí. —Myrkul suspiró—. Como indicó mi sumo
sacerdote, en la Frontera Etérea no vive ningún dios, de modo que Ao no tenía
motivo para impedirnos la entrada. Y
como la magia es tan inestable, tres de mis magos
han muerto tratando de localizar
todos los fragmentos de tu ser y he tenido que
venir yo mismo a recogerlos. —El dios de la Muerte hizo una ligera reverencia y
todas las vértebras de su espalda crujieron—. Pero yo no podía dejarte aquí
sufriendo. Por favor, Myrkul, ahórrame tu adulación. Al fin y al cabo, me
necesitas para que yo entre en los cielos y tú puedas seguirme.
Myrkul frunció el entrecejo. Estuvo un momento
considerando la idea de penetrar más en la Frontera Etérea y dejar caer la
estatua en la Profundidad Etérea, un lugar de colores arremolinados y enormes
vórtices. Desde allí, Bane jamás volvería a los Reinos, o a su casa. Pero aquel
pensamiento apenas duró un segundo. Bane tenía razón. Myrkul lo necesitaba.
Pero no porque el dios de la Muerte careciese de valor o de iniciativa. Myrkul
quería que el dios de la Lucha capitanease el asalto a los cielos porque era muy
peligroso y el dios de la Muerte no tenía ninguna gana de ser destruido.
De modo que Myrkul sonrió servilmente y volvió a
hacerle una ligera reverencia a la estatua de obsidiana.
—Tienes toda la razón, naturalmente, lord Bane.
Salgamos de este lugar para buscarte otra mutación y llevar a cabo tus planes.
¿Cómo vamos a regresar a los Reinos?
—Parece que la magia es más estable fuera de la
esfera de la Materia Prima. Debería poder lanzar un hechizo que nos mande a
casa sin error alguno. —El dios de la muerte acercó la estatua a su rostro y
volvió a sonreír, esta vez con una sonrisa tan amplia, que la piel en
descomposición de las comisuras de la boca se desgarró ligeramente—. ¡Sólo
espero tus órdenes!
2
La torre Inclinada
Las defensas mágicas que Elminster había colocado
en toda la torre Inclinada habían empezado a debilitarse la noche en que fue
destruido el templo de Lathander. Las galerías interiores de la torre,
disimuladas para que pareciese que formaban parte de las paredes, a veces
resultaban ser puertas abiertas y, durante el día que siguió a la batalla del
valle de las Sombras, la gente pasaba por ellas sin que les ocurriese incidente
alguno. Sin embargo, aquella noche un guardia se metió sin darse cuenta en una
de las aberturas y murió cuando el hueco se cerró y quedó atrapado dentro.
Fuera de la torre, las antorchas de punzantes llamas azules y blancas ardían
lentamente o resplandecían con una luz que cegaba a quien se atreviese a
mirarla directamente. Y, dado que unas manos mortales e invisibles atravesaban
las antorchas, todo intento de retirarlas desembocaba en un fracaso. Las
nieblas que envolvían los niveles superiores de la torre tenían como objetivo
evitar la curiosidad de todo ojo misterioso pero también su naturaleza había
cambiado. Ahora, las nieblas que se arremolinaban alrededor de la torre emitían
un grito agudo, estridente y continuo. Habían tenido que cerrar las
contraventanas de los niveles superiores y colocarles unas pesadas tablas para
amortiguar el ruido. Cyric, vestido completamente de negro, estaba entre los
árboles del extremo más alejado de los establos de la torre e ignoraba el
grito. A pesar de ser de noche, el ladrón veía al guardia que estaba ante la
entrada nordeste de la torre, cerca de la cocina. Durante la última noche que
pasó en casa de Mourngrym, el día en que Medianoche y Adon fueron detenidos,
Cyric estudió detalladamente las defensas de la torre. El ladrón sobornó a un
guardia descontento con oro y licor, y se enteró de todo lo que necesitaba
saber sobre los secretos de la torre para llevar a cabo su plan. En la entrada
principal siempre había apostados seis guardias, y otros soldados patrullaban
el perímetro de la torre. Debido a que la mayor parte del puente estaba en
ruinas en el fondo del río, la seguridad en los puestos del puente Ashaba había
sido reducida. El guardia que Cyric había sobornado estaba solo en la orilla
oeste del río pero, llegado el momento, estaría en el extremo más septentrional
del puente, investigando una «pequeña perturbación» que Cyric había dejado en
la imaginación del guardia.
Los únicos guardias que habían sido apostados cerca
del cobertizo para los botes estaban dentro de la torre; de vez en cuando
miraban fuera por las mirillas a fin de cerciorarse de que la quietud de la
noche no ocultaba peligros. Los obreros que a veces se quedaban vagando en el
astillero hasta bien entrada la noche, fueron conminados a irse a casa con sus
familias, con objeto de que estuviesen bien descansados cuando acudiesen al día
siguiente a la ejecución de los asesinos de Elminster. Dentro de la torre, una
buena parte de los hombres de Mourngrym fue enviada a los pisos superiores
aquella noche para custodiar a su señor. Las defensas mágicas que protegían
normalmente al señor del valle eran inestables. Peor todavía, el juicio había
creado preocupación por el paradero de lord Bane. Mourngrym, temiendo que lord
Black quisiera vengarse de él, estaba preocupado por el bienestar de su esposa
y de su hijo.
Cyric estaba seguro de que en los sótanos de la
torre, donde habían metido a
Medianoche y a Adon en espera de su ejecución a la
mañana siguiente, habría también unos cuantos guardias. Pero Cyric estaba
preparado para asaltar la torre Inclinada. Iba armado con dos dagas, un hacha
de mano, varios cabos de cuerda que él mismo había ennegrecido, un pequeño
cilindro negro y la
habilidad que sólo el adiestramiento en la Cofradía
de los Ladrones de Zhentil Keep podía haber creado. De pronto, la luz de las
antorchas que se alineaban a lo largo de la torre se puso a brillar y una serie
de resplandecientes destellos iluminaron las calles. Uno de los guardias lanzó
una retahíla de juramentos. Cyric, con la espalda apretada contra el tronco de
un árbol cercano, aguantó la respiración mientras esperaba que las luces
disminuyesen de intensidad y se apagasen. Cuando las antorchas se encendieron
se quedó a la vista del guardia de la parte posterior. El guardia, un joven
rubio que a Cyric le recordó a Adon, se frotó los ojos. Sin hacer ruido, Cyric
echó a correr en busca de la protección de los establos. Se puso rígido cuando
vislumbró un par de ojos en el establo, pero no aminoró el paso, sino que
suspiró aliviado cuando vio que los grandes ojos blancos eran de un pony que se
dirigía a la puerta.
—¡Eh, tú! —gritó una voz profunda y gastada por la
edad—. ¡Vuelve aquí! El pony se acercó a la puerta haciendo cabriolas y dentro
del edificio resonaron las pisadas del mozo de cuadras. Cyric sacó una de las
dagas, se inclinó a la izquierda y se agachó hasta quedarse en cuclillas, listo
para saltar sobre el hombre y silenciarlo antes de que pudiese dar la alarma.
Se oyó de pronto otra voz, cuando el guardia de la entrada posterior dobló la
esquina.
—¡Manxtrum! Parece que se te ha desbocado uno
—gritó el guardia—. ¡Será mejor que compres una rienda más fuerte con tu
dinero! El encargado de los establos pasó por delante del pony y se paró en la
puerta, ajeno a la figura oscura que estaba agazapada en las sombras a sólo
unos metros a su derecha. Cyric estaba de espaldas al guardia y no sabía si
había sido descubierto. No se atrevía a darse media vuelta pero, como ninguno
lanzó un grito de alarma, supuso que ni el guardia ni el mozo de cuadras lo
habían visto. —Ay, esta pequeña belleza es la que Mourngrym le prometió a tu
hija la semana pasada —dijo Manxtrum—. ¿Quieres entrar y echar un vistazo?
Cyric apretó la daga con fuerza.
—Ahora no puedo —dijo el guardia—. Quizá después de
mi turno. —¡A esa hora las personas decentes tienen que estar durmiendo! —dijo
Manxtrum, apuntando con un dedo al guardia como un padre enfadado. —Entonces tú
estarás completamente despierto —dijo el guardia, para luego ponerse a reír de
su chiste. A continuación le sobrevino un repentino ataque de tos. Manxtrum
sacudió la cabeza y se llevó al pony dentro. Cyric, después de contar hasta
veinte, miró por encima de su hombro y vio al guardia volver a toser. El hombre
le daba la espalda. Cyric cambió ligeramente de posición y, con un hábil y
rápido movimiento de muñeca, lanzó la daga.
Cuando la hoja le atravesó el cuello, el guardia
rubio echó los brazos hacia atrás. Se desplomó de espaldas con un grito ahogado
parecido a un gorjeo que cesó de golpe cuando dio contra el suelo. Cyric esperó
un momento, hasta cerciorarse de que no había señal alguna de que el grito del
guardia hubiera sido oído. Al cabo de un momento, el ladrón avanzó hacia la
entrada de servicio de la torre, cerca de donde estaba el hombre muerto.
Mientras daba la vuelta al cadáver y le sacaba la hoja del cuello, Cyric pensó
con tristeza que había puesto fin a aquella fea tos. El ladrón cogió una tabla
que había
quedado allí sobrante de la protección de las
contraventanas y la colocó cerca del
guardia. Después de sacarse tres cabos de cuerda de
la cintura, Cyric las puso horizontales en el suelo y colocó la tabla en el
centro de las cuerdas. Luego llevó rodando el cadáver hasta la tabla, le ató
las cuerdas alrededor de los tobillos, de la cintura y del pecho, y levantó al
hombre muerto hasta ponerlo en su posición de guardia, visible desde los
confines en sombras de la torre y desde los establos. La cabeza colgaba floja
sobre el pecho del hombre y ocultaba así su garganta ensangrentada.
Cyric se metió en el pórtico que había antes de la
puerta de servicio. Miró hacia atrás en dirección a los establos y vio la luz
del interior del edificio, prueba de que sus actos no habían sido detectados.
Se puso a mirar el techo para localizar el lugar de donde había sacado un
enorme bloque de piedra unas horas antes. Nadie había tapado el hueco. Cyric
trepó por la pared, se metió en la abertura y, después de estirar una pierna,
le dio una patada a la puerta de madera. Al cabo de un rato, oyó una voz ahogada
llamar desde dentro. —¿Segert?
Cyric frunció el entrecejo, volvió a estirar la
pierna y dio otra patada a la puerta, en esta ocasión añadiendo una exagerada
tos. Se aupó de nuevo en la abertura y vio que un hombre bajo con bigote gris
aparecía en el pórtico desde el interior. —¿Segert? —preguntó el guardia, para
luego dirigirse hacia la figura inmóvil que estaba apoyada contra la pared
fuera del pórtico. Cyric tensó los músculos y se preparó para saltar sobre el
guardia, pero se quedó paralizado cuando oyó a un segundo guardia acercarse desde
el interior de la torre. —¿Algún problema, Marcreg? —preguntó el segundo
guardia en voz alta y temblorosa.
Cyric apenas veía el rostro del guardia en la
puerta. —Creo que no —contestó el guardia del bigote gris
—. Es mejor que vuelvas a tu puesto. Continuaremos
más tarde con tu adiestramiento. —Sí, señor — dijo el otro, para luego
marcharse sin rechistar. Marcreg sacudió la cabeza y siguió caminando. —Dime
qué te pasa, Segert. No habrá permiso por enfermedad hasta que los prisioneros
hayan sido ejecutados. Te he dicho que... Cyric aflojó la presión de sus
piernas ahora preparadas y dejó caer el cuerpo. El ladrón cayó con las piernas
alrededor del cuello del guardia del bigote gris y apretó girando hasta que oyó
crujido de huesos. Marcreg se desplomó contra la puerta, hasta casi cerrarla.
En un momento de pánico Cyric soltó al guardia y se le quedó un pie trabado en
el ángulo superior de la puerta. Ahogó un grito de dolor cuando la pesada
puerta se cerró contra su pie, logró sacar éste de la bota y cayó junto al
cadáver. Cyric arrastró el cuerpo hasta apartarlo de la puerta, luego deslizó
la bota por la jamba hasta la base y el ladrón cogió el último trozo de cuerda
que llevaba encima, lo puso a un lado y dispuso el cuerpo de Marcreg como el
del otro guardia. Después de colocar el cadáver de pie fuera de la puerta,
Cyric entró en la torre. El vestíbulo de la parte de servicio se extendía en
dos direcciones, siguiendo la curva de la torre. Cyric sabía que iba a tener
que buscar al guardia que había estado hablando con Marcreg. El joven no
esperaría a su tutor toda la vida y al ver que el hombre no volvía, sin duda
daría la voz de alarma. Cyric oyó a su derecha un ruido metálico de cacharros y
un juramento apenas susurrado. El ladrón siguió el ruido y llegó a la entrada
de provisiones de la cocina. Sobre la puerta abierta habían clavado un signo
que indicaba que era una entrada a salvo del caos mágico. Miró cautelosamente
por una rendija. En la cocina en penumbra estaba
el joven guardia. El tenue resplandor naranja
revelaba los movimientos furtivos del guardia, que se estaba atracando de un
manjar raro y exquisito, un tazón de chocolate previamente enfriado cubierto de
cerezas y nata. Estaba de espaldas a la puerta. Después de sacar una daga,
Cyric avanzó hacia el guardia, pensando que le estaba resultando demasiado
fácil cuando, demasiado tarde, advirtió que el joven observaba su sombra
oscilante en la brillante superficie metálica del tazón. El frío metal brilló a
la débil luz, el guardia giró sobre sus talones y le arrojó el tazón, que fue a
dar de lleno en el rostro de Cyric, pero el ladrón logró cogerlo al vuelo antes
de que cayese al suelo e hiciera ruido. El joven guardia se volvió para echar a
correr, pero la hoja de Cyric pasó zumbando por su cabeza. La daga no dio en el
blanco y fue a estrellarse con un ruido sordo en la pared. Cyric cogió su hacha
de mano, saltó sobre el guardia, lo golpeó con ella y, con fuerza, le clavó la
rodilla en la espalda, y sonrió al oír el crujido causado por la rotura de un
hueso. Las piernas del guardia se agitaron unos segundos, para luego
inmovilizarse. Cyric se levantó de encima del hombre muerto y miró a su
alrededor hasta cerciorarse de que no había señal alguna de alboroto. Después
de levantar varias sillas y limpiar el chocolate derramado, arrastró el cuerpo
del guardia por un tramo de escaleras que bajaban hasta la despensa. Luego tomó
la linterna y volvió a la entrada. Cyric, siguiendo de memoria la disposición
de la torre, recorrió el muro norte, atravesó una serie de habitaciones que se
comunicaban entre sí y fue a parar cerca de la entrada suroeste que daba al
cobertizo de las embarcaciones. Hasta aquel momento la información que le
habían dado era correcta. Sólo había un guardia apostado en el extremo más
alejado del vestíbulo. Sin embargo, fue presa de un momento de indecisión
cuando vio a un guardia de más de dos metros de altura. Se trataba de Forester,
el hombre que había estado a sus órdenes en el puente Ashaba. Forester se
volvió bruscamente, pero se relajó cuando vio que era Cyric quien surgía de las
sombras.
—Me han enviado a relevarte —dijo Cyric sonriendo—.
Te necesitan en los pisos de arriba.
—Pero si acabo de llegar —protestó Forester,
acercándose a Cyric—. ¿Dónde has estado metido todo el día? Te he mandado un
recado para que te reunieses conmigo en la posada la Calavera de los Tiempos...
Forester ni siquiera exhaló un suspiro cuando la
daga de Cyric le atravesó el corazón.
Mientras arrastraba el cuerpo por el vestíbulo,
Cyric pensó que todo estaba saliendo según el plan previsto. El ladrón tuvo que
recordar que sólo habían pasado dos días desde la batalla. Aquel acontecimiento
podía muy bien haberse producido en otra vida.
Una vez que escondió adecuadamente el cuerpo de
Forester, Cyric volvió y se puso a buscar la entrada secreta que daba al sótano
donde se hallaban las mazmorras. Siguiendo las instrucciones explícitas de su
contacto, Cyric apretó el borde superior del vigésimo octavo panel de madera
desde la puerta oeste. No ocurrió nada. Cyric frunció el entrecejo, luego contó
media docena de pasos, se puso en cuclillas y localizó una pequeña abertura en
la pared, exactamente sobre las tablas del suelo. Después de introducir la daga
en el hueco, fue moviendo suavemente la empuñadura y oyó el ruido revelador de
algún mecanismo poniéndose en movimiento hacia atrás y hacia delante. Pero la
puerta no se abrió. Cyric tuvo la sensación de tener un gran peso sobre sus
hombros. Se preguntó si el guardia que le había proporcionado la información no
habría descuidado decirle que ambos medios de acceso debían ser accionados
simultáneamente. Sacó otra daga, volvió
a contar las tablas del suelo, luego lanzó la hoja
al borde superior del panel de madera y tiró del mecanismo.
La empuñadura de la daga golpeó el panel. Se oyó un
ligero chirrido al abrirse la puerta y entró aire fresco en el vestíbulo. Cyric
recuperó la segunda daga y se introdujo en el oscuro pasadizo con el arma
delante. Según la información recibida por Cyric, la larga escalera de caracol
conducía a la parte posterior de la mazmorra, donde estaban localizadas las
celdas. La escalera secreta había sido instalada como medida de seguridad, por
si el acceso principal a la mazmorra alguna vez se bloqueaba o se inutilizaba.
Si hubiese un solo guardia y no tuviese ocasión de tocar los gongs de alarma,
sí podría llegar por la escalera rápidamente a la planta baja y pedir ayuda.
Cyric bajó la escalera hasta llegar al rellano y a
una segunda puerta. El ladrón sabía que sería descubierto apenas abriese la
puerta y abandonase el rellano, pero no le preocupaba demasiado el único
guardia apostado bajo el gong de alarma en el extremo opuesto de las celdas.
Sin embargo, el pasillo daba un giro brusco después del puesto de guardia y se
abría a un largo vestíbulo, donde había otros seis hombres que, aparentemente,
estaban jugando a cartas. Juraban en voz tan alta que Cyric podía ya oír sus voces.
Se sacó el pequeño cilindro negro que llevaba en su
fajín y, con la otra daga, retiró el casquete de metal de su extremo. Tocó el
fajín con los dedos y notó la punta afilada de la Espina de Gaeus.
El entendido informante de Cyric se entretenía
explorando una cabaña en ruinas de un alquimista y vendiendo sus hallazgos en
el mercado negro. La Espina de Gaeus era un objeto muy raro, tal vez único, y
Cyric sonrió ante la ironía de que aquello hubiese sido adquirido con el oro de
Mourngrym. Cyric dejó transcurrir un rato a fin de que se disipara toda
emoción. Seguidamente respiró hondo, se puso el cilindro en los labios y abrió
la puerta. El guardia estaba mirando en su dirección y se puso de pie al instante
para luego lanzar un grito de alarma. El ladrón sopló con fuerza en el cañón de
su arma y observó cómo un dardo diminuto se clavaba en la garganta del guardia.
Cayó herido al instante en un estado de estupor y se desplomó sobre un
taburete, balanceando la cabeza hacia atrás y hacia delante. Cyric esperó a que
el guardia volviese a mirarlo, luego indicó al hombre mediante un gesto que
abandonase su puesto y se acercase a él. El guardia, después de levantarse con
ademán majestuoso del taburete, obedeció.
—Escucha atentamente —susurró Cyric poniendo una
mano sobre el hombro del guardia—. Lord Mourngrym me ha enviado a buscar a uno
de los prisioneros que van a ser ejecutados por la mañana, a
la maga morena. Quiere interrogarla. Llévame hasta
ella.
—Debería informar a mi capitán...
—No hay tiempo —se apresuró a replicar Cyric—.
Habla en voz baja. No querrás despertar a tus otros prisioneros.
En muchas de las celdas había mercenarios que
habían sido contratados para engrosar las filas de Bane en la batalla del valle
de las Sombras y luego se habían rendido a los habitantes del valle una vez
perdida la batalla. Cyric oyó una bota arrastrarse por el suelo y se puso
rígido. Un par de manos sucias salieron de los barrotes de hierro de una celda
próxima y se asomó un rostro oscuro y sudoroso. El prisionero se rió
brevemente, asintió con la cabeza a Cyric y le indicó mediante un gesto que se
alejase. —Vamos —dijo Cyric.
El guardia pasó por delante de veinte celdas más
que se alineaban en el lado norte
del pasillo. Un espantoso muro de piedra en la
parte sur era la única vista permitida a los prisioneros. El guardia se detuvo
finalmente delante de una habitación de almacenamiento adyacente a la última
celda y abrió la cerradura de la puerta. —Espera —dijo Cyric cuando el guardia
puso la mano sobre la pesada puerta de madera—. Si alguien te pregunta, dile
que mido más de un metro ochenta, tengo el pelo rojo y despeinado, la
constitución de un luchador y un extraño acento extranjero. —Es que eres así — murmuró
el guardia sin emoción en la voz. —Descríbeme —susurró Cyric, sin dejar de
mirar al guardia. El hombre del valle describió al ladrón exactamente como le
había indicado el hombre de nariz aguileña. Satisfecho de que el efecto del
dardo fuese tal como había prometido su informante, Cyric dio unas cuantas
órdenes finales al guardia y observó cómo éste regresaba a su puesto.
El ladrón abrió la puerta con cuidado, pues temía
que el ruido pudiese alertar a los otros guardias. Miró los confines de la
negra habitación y vio el objeto de su búsqueda tumbado de lado en un rincón.
—¡Medianoche! —susurró Cyric, para luego entrar en la celda y empezar a desatar
las cuerdas de la maga de pelo oscuro. Dejó la mordaza para lo último y le
advirtió—: No levantes la voz.
Tan pronto como se vio sin mordaza, Medianoche
respiró profundamente y luego miró a su compañero prisionero. El clérigo estaba
sentado con las rodillas dobladas y la frente apoyada en ellas para esconder el
rostro. —¡Adon! —susurró Medianoche.
La maga se frotó los brazos y las piernas, en un
intento de devolverles alguna sensación mediante aquel masaje.
—¿Puedes ponerte de pie? —preguntó Cyric en un
susurro. Luego se levantó y se dirigió a la puerta—. Tenemos que salir de aquí
inmediatamente. —Tenemos que llevarnos a Adon —apremió Medianoche en un siseo,
para luego arrastrarse hacia el clérigo.
—Todo lo que has soportado te ha nublado la mente
—dijo Cyric—. Déjalo. Medianoche puso sus manos en los hombros del clérigo y lo
sacudió para despertarlo. Cuando Adon levantó la vista, aparecieron unos ojos
vagos e inyectados en sangre, pero el joven clérigo no parecía ver a sus
amigos. Se limitaba a mirar fijamente el muro que había detrás de Medianoche.
—No vale para nada —siseó Cyric—. Además, te ha
traicionado con su silencio en el juicio.
El ladrón, nervioso, echó una ojeada al pasillo,
pero ningún guardia había advertido todavía que la puerta estaba abierta. —¡No!
—declaró Medianoche, con una voz temblorosa quebrada por el dolor. — El peligro
aumenta a cada segundo que perdemos —dijo Cyric. Se apartó de la puerta, cogió
a Medianoche por un brazo y trató de levantarla. —Déjame —dijo Medianoche en un
susurro, pero estaba demasiado débil para resistir al poco delicado apremio de
Cyric. —¡He venido a sacarte a ti! — siseó Cyric. —¡Pues tendrás que llevarnos
a los dos o empezaré a gritar tanto que hasta los dioses se enterarán de que
estás aquí! —le advirtió Medianoche—. Está enfermo. ¿Acaso no lo ves? —La maga
acarició el cabello despeinado de Adon. —Sólo veo su cobardía —gruñó Cyric—.
Eso y nada más. Pero si su vida, a pesar de lo que ha hecho, es tan importante
para ti, supongo que no me queda más remedio que acceder.
Cyric se lanzó con toda la furia que pudo sobre las
cuerdas que maniataban a
Adon y Medianoche se echó hacia atrás dando un
traspié. En el acto de cortar precipitadamente los últimos cabos de cuerda, la
punta de la daga de Cyric hizo brotar unas cuantas gotas de sangre en las
muñecas de Adon. Luego Cyric levantó al clérigo por su túnica hecha jirones.
El guardia drogado, apostado al final del pasillo,
gesticuló estúpidamente cuando Cyric sacó a Adon a rastras de la habitación
negra. Medianoche seguía con paso incierto al ladrón.
Cada paso suponía un esfuerzo para Medianoche y fue
todavía peor cuando llegaron a la escalera oscura. Cyric consideró la idea de
arrojar a Adon escaleras abajo, con la esperanza de que el clérigo se rompiese
el cuello con la caída. Pero Medianoche lo seguía a corta distancia, como si
presintiese las intenciones del ladrón. —¿Dónde está Kel? —preguntó Medianoche
respirando con dificultad mientras subían penosamente las escaleras.
Cyric titubeó mientras decidía qué mentira le
convendría más. —No ha querido venir conmigo. Ha dicho que no podía
interferirse con la justicia. —¡Justicia! —gritó Medianoche, atónita.
—Le he dicho que era un estúpido —añadió Cyric
encogiéndose de hombros. El ladrón esperó una respuesta por parte de
Medianoche. Al no obtenerla supuso que la mentira había bastado para satisfacer
a la maga, por lo menos de momento. Una vez en lo alto de la escalera, Cyric
vio el pálido resplandor naranja de la antorcha del vestíbulo y se preguntó si
debería avisar a Medianoche del peligro de las puertas que aparecían y
desaparecían a capricho. Decidió no hacerlo y esperó que la pared apareciese
cuando tratase de introducir a Adon a través de ella. Después de empujar
primero al clérigo por la abertura de la pared, Cyric se apresuró a pasar por
el angosto pasadizo. —Date prisa —siseó en la oscuridad.
Medianoche, medio a rastras, pasó por la abertura y
siguió al ladrón dando traspiés.
En el extremo del pasillo, Cyric miró por una serie
de mirillas para cerciorarse de que el astillero seguía desierto. Medianoche
ayudó a sostener a Adon mientras Cyric abría la puerta con la llave que había
cogido del cuerpo de Forester. El astillero estaba tranquilo. Sólo el suave
rumor de las olas del Ashaba y el crujido conspirador de las barcas de madera
que rozaban el muelle ayudaban a encubrir los lentos pasos de los fugitivos que
seguían a Cyric. Un montón de antorchas de luz azulada iluminaban el techo
abovedado de madera del cobertizo de las embarcaciones y la serie impresionante
de barcas atracadas en las proximidades. Mientras se dirigía hacia un esquife
de seis metros al extremo sur del patio, Cyric imaginó el cobertizo en llamas.
El caos que crearía un hecho como éste era exactamente la distracción que
necesitaban para ponerse a salvo. Con la destrucción de la flotilla de
Mourngrym, se debería interrumpir la reparación del puente Ashaba y toda
persecución de los fugitivos quedaría severamente limitada. Sin embargo, y con
gran pesar de Cyric, no tenían tiempo de llevar a cabo una operación tan
complicada.
Se detuvo ante una barca y echó una rápida ojeada a
su alrededor. —Medianoche, ¿puedes evocar un hechizo? Es posible que
necesitemos distraerlos.
Medianoche sacudió la cabeza de un lado a otro.
—Primero tendría que estudiarlo y mi libro de hechizos se quedó en la torre de
Elminster.
Cyric estaba a punto de hablar cuando oyó un ligero
ruido de pisadas. Alguien
estaba saltando de barca en barca, evitando
cuidadosamente el muelle, donde sus pisadas lo delatarían. —¿Qué te parece esta
barca? —dijo Cyric, para luego hacer un ademán exagerado con la mano derecha,
esperando desviar la atención del rápido movimiento de su mano izquierda, con
la cual sacó una de las dagas. El ladrón giró en redondo para encararse al
intruso.
Medianoche sujetó la mano de Cyric antes de que
pudiese lanzar la daga. Una de las antorchas de la torre resplandeció y los
héroes se encontraron mirando los apagados ojos verdes de Lhaeo, el escribano
de Elminster. Medianoche pronunció su nombre entre dientes y el joven moreno
saltó ágilmente al muelle desde la proa de una barca cercana. Llevaba un costal
a la espalda y una elegante y amplia capa negra cubría sus hombros.
—¿Qué haces aquí? —siseó Cyric, en cuyos ojos
brillaba la sospecha. El ladrón mantenía la daga
apuntada hacia el escribano de Elminster. —No es mi
intención delataros, si eso es lo que piensas — susurró Lhaeo, para luego dejar
con cuidado la bolsa de lona sobre el muelle—. ¿Os imagináis cómo se enfadará
Elminster si, cuando vuelva a casa, lo primero que le dicen es que os han
ejecutado por su muerte?
—Lhaeo, nosotros vimos morir a Elminster —dijo
Medianoche agachando la cabeza—. Aquel
espantoso agujero lo engulló. Adon se estremeció
ligeramente, pero no abrió la boca. Miraba la barca
que se mecía suavemente en el agua.
Lhaeo se frotó la barbilla.
—No me lo creo —dijo el escribano, y se puso a
abrir el costal—. A decir verdad, Elminster había desaparecido antes, muchas
veces. Si se hubiese ido para siempre yo lo sabría... no sé cómo, pero lo
sabría.
—Si no pretendes detenernos, ¿qué es lo que
quieres? —gruñó Cyric en voz baja. Seguía apuntándole con la daga—. Tal vez no
lo hayas notado, pero tenemos un poco de prisa.
Lhaeo frunció el entrecejo y apartó la daga de
Cyric antes de acercarse a Medianoche.
—Estoy aquí para ayudaros. Es lo mínimo que puedo
hacer después del juicio. El escribano indicó a Medianoche mediante un gesto
que mirase dentro del costal. —Aquí está tu libro de hechizos y unas cuantas
provisiones para el viaje. Lhaeo metió la mano en la bolsa y sacó una hermosa
esfera que brillaba con una luz ámbar. En la superficie de cristal había unas
runas extrañas y tenía una base dorada, grabada con dibujos complicados
cubiertos de un polvo de diamante fino y centelleante que no estaba la última
vez que Medianoche vio la esfera en el estudio de Elminster. —¿Te acuerdas de
esto? —dijo Lhaeo, para luego tender la esfera a Medianoche. En el rostro del
escribano apareció una ligera sonrisa. —Sí —contestó Medianoche. Luego acarició
la brillante esfera—. Se supone que el globo se rompe si entra algún poderoso
objeto mágico dentro de su campo de acción. —Esto tendría que ayudarte a
encontrar las Tablas del Destino —dijo Lhaeo con voz suave. Luego metió la
esfera de nuevo en el costal. La expresión de Medianoche y de Cyric era de
perplejidad, pero Lhaeo siguió sonriendo.
—Elminster no me oculta casi nada. Me dijo incluso
que la primera tabla está en Tantras. —Tenemos que marcharnos —susurró Cyric al
oído de Medianoche—. Podrás
examinar los regalos de la bolsa más tarde. —El
ladrón cogió a Adon y se encaminó a la barca.
—Una última cosa —susurró Lhaeo sacándose de la
espalda otra bolsa más pequeña que entregó a la maga. Ella la abrió y vio un
frasquito de metal—. Las nieblas del éxtasis. Es perfecto para incapacitar a un
buen número de guardias sin causarles daño permanente.
Cyric empujó a Adon dentro de la barca y empezó a
desatar las amarras del esquife.
—¡Ibas a rescatarnos! —exclamó Medianoche con la
respiración entrecortada. Adon levantó la vista del bote y, por un momento,
pareció que fijaba su mirada en el escribano.
—¡Uy, ni se me había pasado por la imaginación!
—susurró Lhaeo, y se volvió con fingida indignación.
Medianoche cogió a Lhaeo por el hombro y le hizo
dar media vuelta. El escribano miró a la maga a los ojos y su expresión era
grave, casi dura. —¿Por qué? —quiso saber ella—. La gente de la ciudad te
mataría si se enterara. Lhaeo se irguió y, cuando habló, lo hizo con una voz
ligeramente más profunda. —No podía permitir que te causasen daño alguno. No
podía tolerar semejante parodia de justicia, señora. —El escribano tomó la mano
de Medianoche y se la besó—. Elminster confió en ti para ayudarlo en el templo.
Tienes que ser digna de esta confianza. Cyric los miró furioso.
—Medianoche, si no te das prisa, soy capaz de
dejarte aquí con él en manos de Mourngrym. —Tiene razón —dijo Lhaeo en tono
gentil—. Tienes que marcharte. Medianoche saltó a la barca. Lhaeo ayudó a Cyric
a soltar las últimas amarras y luego apartó la embarcación del muelle con un
empujón. Lhaeo permaneció un momento en el
embarcadero y les dio el último adiós con un movimiento de la mano antes de
desaparecer en la oscuridad.
Cyric, de espaldas a Medianoche, tomó los remos en
el centro de la barca. Mientras remaba, el ladrón no tenía más remedio que
mirar los vagos ojos del aterrorizado clérigo que tenía delante y que parecía
evitar las furiosas miradas de Cyric. Utilizando el método de remo mano sobre
mano que había aprendido durante años de viajes, Cyric empezó a poner la barca
en movimiento pero, ante su gran sorpresa, muy lentamente.
—¿Qué pasa? —exclamó furioso el ladrón mientras
miraba el agua—. ¿Acaso estamos enganchados a algo? —Cuando metió una mano en
la fría agua del Ashaba, Cyric se percató de lo que ocurría. A pesar de que se
desplazaban agua abajo para alejarse del valle de las Sombras, la corriente
fluía en sentido inverso y le obligaba a remar en contra.
Cyric lanzó una maldición y golpeó un remo contra
el agua. Una ola penetró en la barca y empapó a Adon y a Medianoche. La maga
gritó sorprendida, pero el clérigo no se movió, ajeno a la túnica mojada que
colgaba de sus hombros hundidos. Cyric miró a Adon y volvió a maldecir.
—Este zoquete sólo sirve de lastre —dijo con
desprecio, para luego echar agua a los ojos de Adon—. En este viaje sólo
servirá para que sea más penoso remar. El ladrón de nariz aguileña empezó a
remar de nuevo y Medianoche, con su capa, secó el rostro de Adon.
—Adon, sé que me oyes —susurró la maga—. Sigo
estando a tu lado. No dejaré que te hagan daño. Como Adon no contestó,
Medianoche frunció el entrecejo y siguió secando el
rostro del clérigo. Advirtió las lágrimas saladas
mezcladas con las frías gotas del agua del Ashaba. Kelemvor estuvo la mayor
parte de la noche en el patio exterior azotado por el viento. No podía ni
pensar en conciliar el sueño. Además, el guerrero no estaba solo. Habían sido
apostados unos cuantos guardias para vigilar el patio donde serían ejecutados
Medianoche y Adon, y un pequeño grupo de ruidosos papanatas habían decidido
velar toda la noche. A Kelemvor se le revolvía el estómago al ver a los hombres
del valle reírse y hacer bromas de mal gusto sobre lo previsto para el
amanecer. Aquella atmósfera festiva que impregnaba el ambiente cuando dos seres
iban a morir, estaba espantosamente fuera de lugar. Las chispas de ira dentro
de Kelemvor se convirtieron en llamas de rabia cuando llegaron los obreros al
patio y empezaron a montar un complejo escenario para las ejecuciones. Era
evidente que en el momento de diseñar el escenario se había tenido en cuenta
sobre todo a los espectadores. Se componía de dos plataformas circulares que se
movían con engranajes opuestos y habían sido construidas para exhibir a las
víctimas a todo aquel que quisiera verlas. Del centro de las plataformas
sobresalían unas columnas, con unos ganchos de metal donde se atarían muñecas y
tobillos. En cada columna, a media altura, había una abertura circular,
bastante parecida al nudo de un árbol. Kelemvor se estremeció al comprender que
las lanzas de los verdugos atravesarían los agujeros y los cuerpos de los
condenados... sus antiguos aliados. Sería una muerte lenta y horrible.
Kelemvor no sabía muy bien lo que iba a hacer
cuando llegase la hora de las ejecuciones. Consideraba que, de alguna forma,
debía expiar por no haber ayudado a Medianoche en el juicio. Sin embargo, las
pruebas ofrecidas; contra Medianoche y contra Adon en el juicio habían sido tan
concluyentes que el guerrero ni siquiera tenía pleno convencimiento de que sus
amigos fuesen realmente inocentes. Era posible que Medianoche hubiera perdido
el control de la magia poderosa que ejercía y causado accidentalmente la muerte
de Elminster. Kelemvor no sabía qué pensar. Con la franja de luz gris rojiza
aparecida en la distancia, se vio en el horizonte la primera señal del alba.
Kelemvor estaba entonces detrás de dos guardias que hacían esfuerzos para
ahogar los bostezos.
—¡Los prisioneros! —gritó alguien desde la torre—.
¡Se han escapado! —¡Kelemvor, vamos! —gritó un joven y obeso guardia mientras
se encaminaba hacia la torre Inclinada—. ¡Necesitamos a todos los hombres!
Kelemvor, mientras seguía a los guardias hasta la entrada principal de la
torre, pensó que los habitantes del valle seguían considerándolo uno de ellos;
aun cuando la gente del lugar era contenida fuera, a él lo dejaron entrar sin
vacilación. La puerta que daba a la mazmorra estaba abierta y Kelemvor
y el guardia obeso se precipitaron hasta el
rellano. Una vez allí, vio la congregación de hombres del valle en la
habitación cavernosa. Kelemvor, después de abrirse paso entre el gentío, se
detuvo bruscamente cuando vio los rostros solemnes de lord Mourngrym y de
Thurbal. El motivo de sus graves expresiones estaba encaramado a un pequeño
taburete al principio del pasillo que recorría las celdas. Kelemvor estudió los
ojos desorbitados y la expresión de total felicidad que iluminaba los rasgos
del hombre muerto; luego bajó la vista y vio que del cuello del hombre
sobresalía la empuñadura de la daga. La hoja había atravesado al hombre con tal
fuerza que la punta había penetrado en el mortero de la pared que había detrás
y había dejado al guardia muerto clavado en su puesto. —¿Quién lo ha matado?
—gruñó Kelemvor. Sus palabras rompieron el silencio
del pasillo y todos se volvieron hacia él.
—Ha sido él mismo —contestó un guardia pelirrojo
que se balanceaba hacia atrás y hacia delante sobre las plantas de los pies—.
Cuando vine a relevarlo tenía esta marca en el cuello. Le pregunté qué le había
ocurrido y él me contó de carrerilla una historia sobre un hombre alto, casi
tanto como Forester, pelirrojo como yo, y con acento extranjero.
El guardia dejó de balancearse y se volvió a
Mourngrym. El señor del valle hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y el
guardia prosiguió: —Me dijo que ese hombre llegó por la escalera posterior y se
llevó a dos prisioneros a presencia de Mourngrym. —El guardia pelirrojo hizo
una pequeña pausa, luego se puso a balancearse de nuevo—. Cuando terminó de
contarme todo esto, desenvainó su espada, sonrió y se la clavó en la garganta.
¡Exactamente donde tenía la marca! Esto es exactamente lo que ha ocurrido. ¡Lo
juro! Los habitantes del valle permanecieron en silencio, pero se dieron cuenta
de que los prisioneros estaban gritando en sus celdas. Una voz se destacaba
sobre el resto. —¡Yo lo he visto todo! —gritó un mercenario de cabello oscuro y
sucísimo—. ¡Yo lo he visto todo!
Mourngrym se apartó del hombre muerto y se encaminó
a la celda del prisionero. —¡Cubridlo! — ordenó Thurbal haciendo un gesto con
su bastón de empuñadura de dragón. A continuación siguió a su señor a la celda.
Kelemvor los seguía de cerca. —¿Qué has visto? —preguntó Mourngrym.
—¡No tan deprisa! —espetó el prisionero, cuyas
manos colgaban de los barrotes —. ¿Yo qué gano con eso?
Mourngrym agarró la mano del prisionero y tiró de
ella con todas sus fuerzas. El prisionero dio un grito cuando se golpeó el
rostro contra los oxidados barrotes de hierro, pero Mourngrym desenvainó su
espada con un rápido movimiento y la dejó suspendida sobre la muñeca del
hombre.
—Ganarás conservar tu mano —vociferó Mourngrym en
una especie de gruñido. Un guardia asió la otra mano del prisionero antes de
que éste pudiese arañar el rostro de Mourngrym—. ¡Habla inmediatamente o te
haré pedazos, empezando por esta mano! El prisionero no pudo por menos que
lanzar una mirada de odio al rostro enrojecido del gobernante del valle de las
Sombras y no tardó en contar todo lo que había presenciado aquella noche.
—Cyric —dijo Kelemvor, para luego agachar la
cabeza—. ¡Tiene que haber sido Cyric!
En lo alto de la escalera se oyó un grito ronco.
—¡Aquí hay más cuerpos! ¡Forester está muerto! —Ven conmigo —ordenó Mourngrym a
Kelemvor. Subieron corriendo la angosta escalera, cruzaron el vestíbulo y
entraron en el salón de audiencias donde se había celebrado el juicio. En medio
de la habitación había un guardia bajo y calvo, con la espada desenvainada como
si esperase complicaciones de un momento a otro. Las regordetas manos del
guardia no dejaron de temblar mientras conducía al señor del valle y al guerrero
por unas estrechas escaleras que daban a la parte posterior del pequeño
escenario. De la pared posterior colgaban unas cortinas que llevaban el escudo
de armas de Mourngrym. En la parte inferior de la cortina roja había una
mancha. El cuerpo de Forester había sido dejado en el espacio que había detrás
del trono de Mourngrym.
—La sirvienta Calíope ha advertido la mancha
—murmuró en voz baja el guardia calvo.
El señor del valle sacudió, furioso, la cabeza.
—¡Registrad la torre! —ordenó Mourngrym agitando
las manos—. Quiero saber quién más... ha muerto.
Al cabo de una hora, se habían reconstruido los
movimientos de Cyric y se había descubierto la desaparición de la barca.
Mourngrym sospechaba del guardia del puente. Se habían encontrado los cuerpos
de Segert y de Marcreg cerca de su puesto. El guardia fue llevado a la mazmorra
para ser interrogado. —Parece obra de tu amigo —dijo Mourngrym; mientras se
agachaba sobre el cuerpo de Segert, dejó al descubierto la herida del cuello
para dar más énfasis a sus palabras.
—No era amigo mío —contestó Kelemvor, a la vez que
examinaba las heridas del cadáver—. Y, sí, parece obra de Cyric.
Se oyeron gritos procedentes de la cocina y
Kelemvor acompañó al señor del valle de vuelta a la torre y a la cocina.
Encontraron al cocinero señalando la escalera que daba a la despensa. El cuerpo
del guardia en fase de adiestramiento colgaba de un gancho y se balanceaba
junto a una serie de trozos de carne.
Manchas de chocolate y de cereza cubrían todavía el
rostro ceniciento del muchacho. —Ven conmigo. Tenemos que hablar —dijo
Mourngrym, pero Kelemvor permaneció junto a la puerta mirando el cadáver del
joven. El señor del valle puso gentilmente una mano sobre el hombro del
guerrero y le obligó a alejarse. Luego Mourngrym llevó a Kelemvor a su despacho
privado. Los dos hombres subieron un tramo de escalera. En el primer rellano,
el señor del valle abrió una puerta de roble e hizo entrar a Kelemvor. La cámara
era pequeña pero acogedora; había unos cuantos muebles de madera oscura
diseminados por la habitación y unos tapices de brillantes colores cubrían las
paredes. Una sola y pequeña abertura dejaba entrar la débil luz matinal.
El señor del valle se dejó caer en una silla y
empezó a retorcerse las manos. —Necesito a alguien para encontrarlos, Kelemvor.
Alguien leal a la causa del valle de las Sombras, que es la libertad, la
justicia y el honor, y alguien que sepa cómo encontrar a los carniceros que le
han hecho esto a mis hombres. — Mourngrym dejó de hablar pero siguió
retorciéndose las manos. Kelemvor estaba demasiado trastornado para contestar.
Medianoche, Cyric y Adon se habían estado burlando de él desde el principio.
Era lo único que podía explicar que se hubieran marchado del valle sin él.
Quizás, a fin de cuentas, eran unos asesinos. —Tu comportamiento en la causa
del valle fue ejemplar —dijo Mourngrym al cabo de un rato—. Eres un buen
hombre, Kel. Supongo que te sientes defraudado. —El señor del valle dejó de
retorcerse las manos y se puso en pie. —Sí, es posible —dijo Kelemvor, luego se
pasó las manos por el cabello. El guerrero estaba sentado en una silla de
respaldo alto enfrente del señor del valle. —Has pasado mucho tiempo con ellos
—dijo Mourngrym poniéndose junto al guerrero
—. Sabes cómo piensan. Tal vez tengas una idea de
adónde pueden haberse dirigido. —Es posible —murmuró Kelemvor.
Mourngrym se detuvo y puso una mano sobre el hombro
de Kelemvor. —Quiero que vayas en busca de los criminales y los traigas al
valle de las Sombras. Te daré una docena de hombres y un guía que conozca el
bosque. —¿El bosque? Pero si se han ido en barca —dijo Kelemvor, en cuyo rostro
se leía la confusión.
—Nos llevan una delantera considerable. La única
forma de superar esta ventaja es ir por tierra — explicó Mourngrym con un
suspiro—. ¿Lo harás? Kelemvor apartó bruscamente la mano del señor del valle
que tenía apoyada en su
hombro y se levantó. Pero antes de que pudiese
abrir la boca para hablar, se abrió de
repente la puerta de la cámara y Lhaeo irrumpió en
la habitación. —¡Lord Mourngrym, perdonadme! —exclamó el escribano para luego
ponerse de rodillas ante el gobernante del valle—. ¡No lo sabía! ¡Yo creía en
su inocencia! ¡Pero han derramado sangre inocente y han manchado mis manos con
ella! — Cálmate —dijo Mourngrym. Se inclinó y puso sus manos sobre los hombros
de Lhaeo—. Cuéntanoslo todo.
El leal escribano de Elminster suspiró y miró a
Mourngrym a los ojos. —Como dije en el juicio, yo pensaba que Elminster seguía
aún con vida. He ido..., he ido a la torre con la idea de ayudar a escapar a
la maga y al clérigo antes de que fuesen
ejecutados... Pero Cyric ya lo había hecho. —Lhaeo inclinó la cabeza y se
cubrió el rostro con las manos—. Los he dejado marchar. No. Los he ayudado a
marcharse. Le he dado a Medianoche su libro de hechizos... y algunas otras
cosas. Mourngrym frunció el entrecejo y se volvió hacia Kelemvor. El guerrero
permanecía en silencio dominando al escribano con su altura y con el rostro
desprovisto de emoción.
—Habría debido comprender que el guardia de dentro
de la torre estaba muerto — dijo Lhaeo, repentinamente enfadado—. Alguien
habría debido de vernos y dar la alarma. Ni por un momento se me ocurrió que...
—El escribano se estremeció y miró a Kelemvor—. Jamás podré perdonarme por lo
que ha ocurrido. Mourngrym trataba de mantener la calma, pero la ira recorría
sus rasgos como un ejército en retirada.
—Los mataron antes de que tú llegases. No debes
culparte por ello. Lhaeo tragó saliva y volvió a
inclinar la cabeza. —Debéis detenerme.
Mourngrym dio un paso atrás.
—Considérate bajo arresto domiciliario —dijo
Mourngrym de forma terminante —. No salgas de la torre de Elminster a menos que
sea para procurarte comida y bebida. Es mi última palabra.
El escribano se incorporó e hizo una reverencia a
su señor. Luego se volvió para marcharse. —Otra cosa —le preguntó Mourngrym
antes de que Lhaeo saliese—. ¿Sabes adónde se dirigían los criminales?
El escribano se volvió. Kelemvor vio que estaba
lívido y que la ira nublaba sus ojos.
—Sí —contestó Lhaeo a través de unos dientes
parcialmente apretados—. Se dirigían a Tantras. Mourngrym asintió con la
cabeza, pero Kelemvor levantó una mano. —Espera, Lhaeo. Antes has dicho que
pensabas que Elminster estaba todavía con vida. ¿Ya no lo crees así? ¿Crees que
Medianoche y Adon lo... asesinaron? El escribano tensó los hombros y se irguió.
Cuando habló, su voz era apenas un murmullo.
—Después de lo que han hecho en la torre, creo que
son unos asesinos desalmados. Peor todavía, se han burlado de personas buenas,
como Elminster. Como tú, Kelemvor. ¡Deben ser puestos en manos de la justicia!
3
La nereida
En lo profundo de su pensamiento, Cyric había
matado a Adon algo más de cien veces. Mientras descendían por el río Ashaba, el
ladrón se imaginó a menudo aporreando al clérigo con un remo y veía cómo aquel
hombre patético y de voluntad débil se dejaba tragar por la corriente sin
luchar. Pero la repentina e indeseada intromisión de la realidad desbarataba
siempre los sueños de Cyric. Adon se echaba a llorar y Medianoche trataba de
consolarlo acariciándole el cabello y susurrándole al oído. En ocasiones como éstas,
Cyric ardía en ira e imaginaba unos métodos todavía más sangrientos para
deshacerse de Adon. Sin embargo, el viaje por el río se desarrollaba en general
mansamente y sin incidentes. Dado que hablaban muy poco, los intervalos de
calma dejaban a los héroes mucho tiempo para pensar. En aquel momento era ya
casi mediodía y el estómago de Cyric protestaba, y pensando en un delicioso
banquete se le hacía la boca agua. La comida que se habían llevado del valle de
las Sombras era sustanciosa pero estaba lejos de ser apetitosa, de modo que el
ladrón, a pesar de tener hambre, no se deleitaba ante la idea de comer.
Medianoche compartía los sentimientos de Cyric.
Sentada en la proa, trataba de estudiar su libro de hechizos y ahuyentaba los
mosquitos, molestos y abotargados, mientras acudían también a su mente
recuerdos de delicadas comidas. —Unas horas más así y empezaré a desvariar
—dijo Medianoche finalmente, y cerró de golpe el libro—. Tenemos que comer
algo. —Nadie te lo impide —gruñó Cyric, cuya garganta estaba seca a causa del
intenso calor del sol de mediodía.
Medianoche frunció el entrecejo. Tenía hambre, sí,
pero lo que en realidad quería era que Cyric descansase un rato y comiese algo.
Desde que salieron del valle de las Sombras el ladrón no había
dejado que ella lo relevase en los remos y, cuando
Medianoche sugería que remase Adon, él se limitaba a lanzar un bufido y a
sacudir la cabeza.
—Necesitas descansar, Cyric. ¿Por qué no nos
acercamos a la orilla y comemos todos algo? —Porque los hombres del valle
pueden alcanzarnos y yo, personalmente, no quiero que esto suceda — replicó
Cyric.
Medianoche cruzó los brazos y se apoyó en la proa.
El ladrón frunció el entrecejo y le volvió la cara a la maga de cabello de
color ala de cuervo. Pero, con todo, cuando Cyric miró por encima de su hombro
vio, atónito, que Adon le tendía un pedazo de pan. Una sonrisa cálida y
estúpida, como la de un bobalicón, brillaba en el rostro del clérigo.
—¡Apártate de mí! —gruñó Cyric, y no pudo evitar darle un revés al clérigo con
el dorso de la mano.
Adon cayó hacia atrás hecho un ovillo y el pan
saltó de su mano. Cyric se desplazó para coger el remo que había soltado y la
barca se balanceó. Adon se alejó a rastras del ladrón todo lo que le permitía
la dimensión del esquife. —¡Maldito seas! —exclamó Medianoche.
La maga saltó por encima de Cyric y se puso junto a
Adon. El clérigo estaba temblando, con las rodillas dobladas a la altura del
pecho. En sus ojos apareció una
extraña mezcla de temor y de ira.
—¿Por qué lo has hecho? —preguntó Medianoche
mientras acariciaba los hombros del clérigo.
Cyric estuvo a punto de replicar con una obscenidad
pero, por el contrario, se contuvo, entornó los ojos y guardó silencio mientras
observaba a Medianoche apartar el cabello del rostro del joven. Adon se había
hecho un ovillo; con el rostro cubierto con las manos, se balanceaba hacia
atrás y hacia delante tarareando una canción desconocida.
—¡Contéstame! —dijo Medianoche en un siseo. Se
inclinó hacia delante y fulminó a Cyric con la mirada.
El ladrón siguió guardando silencio. No tenía
ninguna respuesta susceptible de ser aceptada por Medianoche. Ya en Arabel, la
ciudad donde se había iniciado el viaje, Cyric había considerado a Adon una
carga y no había ocurrido nada que le hiciese cambiar de opinión. El clérigo no
podía recurrir a su divinidad para lanzar hechizos, de modo que resultaba
inútil como curandero. La habilidad de Adon para luchar, cuando tuvieron que
utilizarla, era correcta pero no excepcional. Cyric pensaba que podía arreglárselas
perfectamente sin él. Por esto lo odiaba. Simplemente no lo necesitaba. —Vuelve
a hablarme de Tantras —suspiró Cyric, deseoso de cambiar de tema. Adon dejó de
balancearse y miró a Medianoche. De su rostro había desaparecido toda señal de
ira; ahora en los rasgos del clérigo sólo se reflejaba el temor. «No se lo
digas», susurró Adon para sus adentros. «No hace falta que lo sepa.» Pero
Medianoche no vio la expresión de Adon. La maga dejó de acariciar la espalda
del clérigo y se puso a mirar el suelo de la barca. —Una de las Tablas del
Destino está escondida allí. Esto fue por lo menos lo que Elminster nos dijo en
el templo de Lathander antes de la batalla con Bane. Del rostro de Cyric
desapareció toda emoción. —¿En qué sitio de Tantras está escondida? —Elminster
no lo sabía. —La maga suspiró y miró al ladrón de nariz aguileña—. Todo lo que
el sabio pudo decirnos... antes de morir... fue que una de las tablas estaba
escondida allí.
Al mencionar la muerte de Elminster, Adon volvió a
balancearse de nuevo y se puso a silbar una melodía estúpida. Cyric frunció el
entrecejo. Si Medianoche no hubiese estado sentada entre los dos, probablemente
habría vuelto a abofetear a Adon. —¿Cómo se supone, entonces, que vamos a
encontrarla? Ni siquiera sé cómo son las tablas.
Medianoche se estremeció. Cuando Mystra, la diosa
de la Magia, fue destruida al intentar entrar en las Esferas sin las Tablas del
Destino, le hizo ver a Medianoche aquellos objetos. Ahora las tablas y la
muerte de su diosa estaban irreversiblemente unidas en la mente de la maga.
—Su aspecto es el de unas simples tablas de arcilla
—dijo Medianoche acompañando sus palabras con un suspiro. Cerró los ojos y se
formó una imagen de las Tablas del Destino en su mente—. Tienen menos de
sesenta centímetros de altura. Las runas citan a todos los dioses, y sus
respectivas
obligaciones están grabadas al agua fuerte en las
piedras. Las runas son mágicas. Brillan con una luz azulada. Cyric trató de
imaginar las tablas. Sin embargo, cada vez que intentó formarse una imagen
mental de ellas, la idea de lo que podría hacer con las Tablas del Destino o,
más precisamente, el poder que podrían proporcionarle, irrumpía en su
conciencia. El ladrón se veía como un omnipotente gobernante, con unos
ejércitos poderosos, capaces de aniquilar sin miramientos las invencibles
fuerzas del rey Azoun de Cormyr. El ladrón
pensó que las tablas le darían el poder de hacer lo
que quisiera. ¡Por fin tendría libertad para hacer sus caprichos!
—¿Cyric? —dijo Medianoche, luego se inclinó y le
dio una palmada al ladrón en el hombro—. Ya te lo he dicho, olvidemos las
tablas por el momento. ¿De acuerdo? Cyric frunció el entrecejo. —Sí, sí. Lo que
tú digas. —El ladrón hizo una pausa, luego trató de sonreír calurosamente—.
Deberíamos comer algo. Si tenemos que llegar a
Tantras, debemos conservar las fuerzas.
Adon gimoteó débilmente y Medianoche se relajó pero
asintió. —Me alegro de que estés de acuerdo conmigo. Tenemos que volver a
comportarnos como amigos.
Cyric puso la proa del esquife en dirección a la
orilla, donde un espeso bosque flanqueaba el río; cuando estuvieron cerca de la
ribera, Cyric saltó al río de aguas poco profundas y guió la embarcación hasta
un lugar cercano a la sombra de un árbol frondoso y lleno de nudos. Después de
amarrar la barca al tronco del árbol, Cyric alargó una mano para ayudar a
Medianoche a saltar a la orilla. Una vez tuvo los pies firmes sobre la orilla
pantanosa, Medianoche se volvió hacia el esquife y tendió una mano. —Vamos,
Adon.
El clérigo no se movió.
—¡Adon, baja y ven con nosotros! —suplicó
Medianoche a la vez que se ponía las manos en las caderas.
El clérigo se puso a temblar, luego se levantó. —Y
ya que estás ahí, ¡tráenos algo de comida! —gritó Cyric, y se puso a escudriñar
la orilla en busca de un lugar adecuado donde instalarse. Adon se agachó y
cogió la más pequeña de las talegas que estaban a sus pies. Le alargó una a
Medianoche, se agarró a la otra mano de la maga y saltó de la barca. —Un
perrito obediente, ¿eh? —dijo Cyric en un tono estridente y burlón. El clérigo
hundió la cabeza entre los hombros. —¡Ya basta! —exclamó Medianoche—. ¿Por qué
no dejas de fastidiarlo? El ladrón se encogió de hombros.
—Cuando se comporte como un hombre, lo trataré como
a tal. No antes. —Cyric sacó el polvo de una pequeña roca y se sentó. —No hace
falta que seas cruel —dijo Medianoche—. Cuando estuviste herido en las tierras
de Piedra, Adon permaneció a tu lado. Hizo todo lo que pudo para ayudarte. Lo
mínimo que podrías hacer ahora es devolverle el favor. La maga dejó la bolsa de
comida en el suelo. Cyric, en lugar de contestar, se inclinó hacia delante,
cogió la talega y empezó a revolver en su interior. En ella el ladrón encontró
cecinas, tasajos cuidadosamente envueltos y botellas con aguamiel.
—Cuando caímos en aquella emboscada en las tierras
de Piedra —se atrevió a justificar finalmente—, por lo menos mis heridas podían
verse. Las de Adon están sólo en su cabeza.
—No por ello son menos reales —replicó Medianoche
fríamente—. Como mínimo, podrías hacer un esfuerzo para ser amable... siempre y
cuando nuestra amistad signifique algo para ti. No te morirás por un poco de
compasión. Cyric levantó la mirada y vio a Adon apoyado contra el árbol donde
estaba amarrada la barca; tenía un brazo rodeando el retorcido y nudoso tronco,
los ojos abiertos y asustados y estaba de puntillas como si estuviese listo
para echar a correr si algo lo amenazaba.
Cyric rebuscó en la talega, sacó un pedazo de pan y
se lo llevó al clérigo. Adon se
limpió las manos en la túnica, todo su cuerpo
temblaba, alargó cautelosamente una mano y cogió el pan. El clérigo se puso a
mirar la ofrenda con consternación y dio la impresión de que iba a estallar en
lágrimas. —Gracias —dijo con voz débil y entrecortada—. Eres muy amable. —Sí
—murmuró Cyric, sin dejar de intercambiar una mirada con Medianoche—, soy
demasiado amable.
Comieron deprisa y en silencio. Después, Cyric se
dirigió a la barca y sacó los remos. Buscó un tocón
de árbol y dejó los remos en el suelo, acto seguido
recogió una rama caída, ancha como su muslo y la partió en dos trozos iguales
que clavó en la tierra a cada lado del tocón. A continuación, el ladrón se
sentó en el suelo y dispuso los remos utilizando los trozos de rama como si
fueran los escálamos de la barca. —Entrénate con un palo, así te resultará más
fácil dominar los movimientos básicos del remo — dijo Cyric, conduciendo a
Medianoche hasta el tocón. —Espera un momento, Cyric —murmuró ella, luego apartó
la mano que él apoyaba en su brazo—. He remado antes. No hace falta que me
enseñes. — Pero ¿conoces acaso la mejor forma de remar, la técnica más
eficiente? — Como Medianoche no contestaba, Cyric volvió a cogerle el brazo y
casi la hizo sentar sobre el tocón—. Si remas mal, sólo conseguirás agotarte y,
entonces, no harás ningún favor a nadie. Siéntate y coge los remos. Cyric le
estuvo enseñando la técnica adecuada del remo para su esquife durante un cuarto
de hora. La maga aprendió deprisa, de modo que Cyric se apartó pronto y dejó
que ella practicara sola. Apoyado indolentemente contra una roca, hacía girar
la daga entre su mano cuando se percató de que Adon miraba con interés los
remos. —Luego aprenderás tú, clérigo. Quiero sacarle a la barca el máximo
partido. Adon asintió con la cabeza y una leve sonrisa fue apareciendo en su
rostro. Cyric se quedó mirando al clérigo unos segundos, pero no tardó en
volverle la cara cuando se dio cuenta de que tenía los puños apretados.
—Medianoche te enseñará luego, cuando nos paremos a cenar. Después de todo
esto, los héroes se apresuraron a coger sus bártulos y Cyric tuvo buen cuidado
de ocultar todo rastro de su presencia en la orilla del río. El resto de la
tarde Medianoche se hizo cargo de los remos por espacio de varias horas y el
ladrón se relajó un poco al ver que Medianoche había aprendido a remar
adecuadamente. A decir verdad, también Adon y Medianoche se sentían más a
gusto. El clérigo llegó incluso a reírse cuando Cyric se estiró después de un
largo bostezo y estuvo a punto de caerse del esquife.
Mientras Medianoche remaba, la barca pasó por un
tramo del río donde no había corriente, lo que hizo que, durante un rato, le
resultase más fácil remar, pero la corriente no tardó en notarse de nuevo y,
por supuesto, en dirección contraria. A pesar de lo desalentador que resultó
para nuestros amigos, trataron de conservar la alegría que, sin embargo, era
difícil de mantener, de modo que cuando Cyric dirigió la embarcación a la
orilla para cenar, todos estaban otra vez de mal talante. Una vez amarraron, Medianoche
dejó a Cyric encendiendo el fuego y se metió en el río para refrescarse después
de la larga tarde de ejercicio. Adon, sentado en la orilla pantanosa,
jugueteaba en el agua con una pala, absorto en sus sueños. La maga, que estaba
de pie dentro del agua helada del Ashaba, notó un agudo dolor en la pierna,
lanzó un grito estridente y estuvo a punto de caerse. Cyric se precipitó al
agua, que le llegaba a la cintura, y sostuvo a Medianoche hasta que ésta logró
recuperar el equilibrio. —¿Qué pasa? — preguntó el ladrón mientras ayudaba a la
maga de cabellos color
ala de cuervo a caminar hasta la orilla.
—No lo sé —dijo ella jadeante y con los dientes
apretados—. Creo que me ha mordido algo. — Medianoche sintió otra punzada de
dolor recorrer su pierna. Al bajar la vista, la maga vio dos ráfagas brillantes
de luz carmesí correr como dardos de un lado a otro bajo la superficie del río.
Ahora fue Cyric quien gritó y un tercer resplandor
rojo como la sangre cobró vida en el Ashaba.
En la orilla, Adon se paseaba de arriba abajo con
las manos entrelazadas. —Sal —iba repitiendo en voz baja.
Mientras Cyric y Medianoche se apresuraban a llegar
a la orilla, el agua empezó a agitarse. Las diminutas, punzantes y dolorosas
lanzas fueron apareciendo con mayor frecuencia y ahora se podía ver en el río
más de una docena de aquellas extrañas luces del color de la sangre. Antes de
que los héroes hubiesen llegado a la orilla y Adon les ayudara a subir, su
número se había duplicado. Mientras Medianoche se limpiaba la infinidad de
cortecitos que tenía en las piernas, Adon permaneció a su lado sonriendo con satisfacción,
y Cyric, de cuclillas al borde mismo del agua, con la mano preparada se
disponía a coger algo del río. El ladrón introdujo la mano en el agua y luego
se apartó de la orilla. Cuando abrió la mano, un pececito saltó al suelo
culebreando. Los afilados dientes de aquel
resplandeciente animal representaban la mitad de la
longitud de su cuerpo y la sangre que había chupado parecía estar ardiendo en
su diminuto cuerpo. —¡El río! —exclamó Medianoche en un jadeo, y señalaba el
Ashaba con el dedo. Era tal la concentración de parásitos resplandecientes que,
allí donde los animales se atacaban mutuamente, el agua se agitaba. Más de cien
habían estallado en un delirio sangriento. Mientras los héroes los observaban,
siguió extendiéndose el espacio de luminiscencia roja que formaban sus cuerpos
abotargados. —Debe de haber miles —dijo Cyric apartándose del borde—. Está
plagado. —El ladrón se detuvo, para luego volverse a Medianoche sonriendo
sardónicamente—. Me recuerdan un poco a los habitantes del valle después del
juicio. —Yo no veo más que el resplandor —replicó Medianoche, para alejarse
luego de Cyric.
—Tengo una vista estupenda, incluso de noche —dijo
Cyric sin dejar de mirar a los peces que se
destrozaban entre sí.
Medianoche no miró al ladrón.
—Como Kelemvor —dijo la maga en tono ausente, y se
puso a recoger las cosas. —¿Sigues pensando en él? —La voz de Cyric se volvió
de repente tan fría como las gélidas aguas del río—. ¿Qué te pasa? —Cyric, te
agradezco todo lo que has hecho por mí..., y por Adon. De no haber sido por ti
ahora estaría muerta. Lo sé, pero siento por Kelemvor algo que ni siquiera soy
capaz de explicar. —La maga sacudió la cabeza y metió cuidadosamente el libro
de hechizos en la talega.
Cyric permaneció en silencio. Parecía estar
fascinado por los brillantes parásitos y la mancha de sangre que no dejaba de
aumentar. —Ya antes de la batalla, en el valle de las Sombras, Kel no quiso
quedarse conmigo —dijo Medianoche en tono terminante—. Luego, en el juicio, yo
estaba segura de que iba a morir y...
—Oye, Adon, ¿por qué no te das un baño? —gritó
Cyric indicando al clérigo con un gesto que se acercarse.
—No empieces otra vez, Cyric —dijo Medianoche en
tono de hastío mientras ataba los cordones de la talega que había llenado—.
¿Por qué te preocupas en dirigirme
la palabra si no te interesa oír lo que tengo que
decir?
—¿Sabes lo que me interesa? —gruñó Cyric, en
cuclillas junto al río, con el resplandor rojo de sangre de los peces
reflejándose en sus ojos. Llegar a Tantras con vida. Esas tablas son
importantes y juntos podemos encontrarlas. —Se volvió para mirar a Medianoche,
pero el resplandor rojo persistió en sus ojos incluso después de haber apartado
el rostro del río.
Adon se había ido acercando a Medianoche y ahora
estaba acurrucado a sus pies. El clérigo miraba a Cyric como si éste fuese un
ser espantoso que hubiese salido arrastrándose del bosque. Medianoche terminó
de arreglar la talega y se puso en pie sacudiendo la cabeza.
—Incluso con la ayuda de Elminster apenas fuimos
capaces de acabar con Bane. Vamos a tenerlo muy difícil los tres para llevar a
buen fin esta misión. Cyric sonrió.
—En el viaje al valle de las Sombras llevaste a
cabo algunos actos de magia realmente impresionantes. Hechizos que jamás habías
estudiado aparecieron de pronto en las yemas de tus dedos. De tu lengua
parecían fluir con facilidad conjuros que estaban más allá de tu
adiestramiento. —El ladrón se puso de pie y extendió los brazos —. Tienes todo
el poder que necesitamos... si nos mantenemos alejados de los dioses. Incluso
así...
—El poder estaba en el medallón de Mystra —murmuró
Medianoche—, y el medallón fue destruido en el templo de Lathander. El poder
del que hablas ya no existe. —¿Has intentado algún hechizo desde entonces?
—preguntó Cyric caminando hacia la maga—. ¿Cómo sabes que aquella chuchería no
te ha dejado algún poder? —No tengo ganas de precipitarme en el caos —respondió
la maga de cabellos negros como ala de cuervo—. La magia sigue siendo
inestable. No tengo intención de lanzar un hechizo a menos que lo necesite. —¿Es
ésta la única razón para echarte atrás? —preguntó Cyric—, ¿o lo único que
ocurre es que tienes miedo?
—Ya no estoy en el juicio. —Medianoche cogió la
talega y se dispuso a llevarla a la barca, pero antes
de que pudiese volver junto a Adon, Cyric la agarró
por el brazo. —Contéstame a una pregunta —se apresuró a decir Cyric en tono
pausado—. ¿Cómo lograsteis sobrevivir a la destrucción del templo? Yo estuve en
las ruinas y examiné el lugar donde fuisteis encontrados. Había escombros por
todas partes y sin embargo escapasteis sin un rasguño.
—Gracias a Tymora —murmuró Medianoche desasiéndose
de la mano del ladrón. Adon se levantó de un salto y se acercó a Cyric. —Tymora
está muerta —dijo en un susurro—. Todos los dioses están muertos. Tanto
Medianoche como Cyric se quedaron mirando fijamente al clérigo, el cual, acto
seguido, se dirigió a la barca y saltó a su interior. —Sólo la magia puede
explicar lo que ocurrió en el templo, Medianoche —dijo finalmente Cyric—, tu
magia. No sé cómo, pero aquel medallón te proporcionó cierto tipo de poder y nosotros
necesitamos ese poder para recuperar las Tablas del Destino. —¿Por qué tienes
tantas ganas de encontrar las tablas? —preguntó ella, para luego pasar la
talega a Adon, de pie ya en la barca. —Porque otros las quieren. Muchos. Y eso
hace que sean valiosas. —Cyric miró al río. El remanso rojo de sangre se había
disipado—. Tal vez incluso de incalculable valor.
—¿Qué me dices de la advertencia de Mystra?
—preguntó la maga—. Dijo que las tablas debían ser devueltas a las Esferas, a
lord Ao, para que los dioses pudiesen regresar a sus casas y los Reinos
volviesen a la normalidad.
—Si lord Ao paga el precio que yo quiero, se las
entregaré gustoso; pero, hasta entonces, se trata simplemente de sobrevivir.
—Cyric apagó el fuego y el campamento quedó sumergido en tinieblas.
—¡Es una locura! —dijo la maga entre dientes. Cyric
estaba cerca de la mujer.
—No... en absoluto, Medianoche. Nosotros hemos
luchado contra los dioses. Los hemos visto morir. Ya no me asustan. —Cyric hizo
una pausa, luego sonrió y susurró— : A decir verdad, los dioses no son
diferentes de ti... o de mí. —A pesar de la oscuridad, ella vio el destello que
había aparecido en los ojos de Cyric mientras hablaba. Al cabo de un cuarto de
hora, más o menos, los héroes estaban otra vez en medio del río, con la
brillante luna iluminando su estela. La mujer se pasó la noche sentada en la proa
o relevando de vez en cuando a Cyric en los remos, meditando todo el rato sobre
lo que el ladrón había dicho acerca de los dioses y acerca de sus propios
poderes. Aquella noche la maga durmió poco. Sin embargo, como los dos días
siguientes transcurrieron en calma, tuvo muchas ocasiones para descansar. Adon
se iba volviendo cada vez más expansivo. La siguiente vez que le tocó remar a
Medianoche, el clérigo sostenía el libro de hechizos abierto para que ella
pudiese ir estudiando; pasaba las páginas y buscaba referencias específicas a
petición de la muchacha. Cyric se cansó de la carne seca y del queso, que eran
sus provisiones, y se decidió a pescar desde la proa del esquife. El ladrón no
contaba con arco ni con flechas, pero ató la amarra a la empuñadura de la daga
y logró atravesar con éxito tres grandes platijas en los tres primeros
intentos. En lugar de regocijarse ante los trofeos, fruto de su destreza, Cyric
parecía defraudado, como si aquel deporte no implicase un verdadero reto. A
excepción de otro esquife que vieron navegar río arriba al cabo de una hora de
haber dejado atrás el valle del Tordo, Cyric, Medianoche y Adon no se volvieron
a encontrar con ninguna otra embarcación durante los dos días que llevaban
navegando. Cercano ya el crepúsculo, cuando el cielo empezó a teñirse de un
vivo color ámbar, Adon advirtió unas algas marinas doradas arrastradas por la
barca, como si estuviesen enganchadas a la parte inferior de la embarcación.
Con mano firme, el clérigo extendió el brazo por encima de la borda y metió los
dedos bajo la superficie del agua para cogerlas. Tenían la textura de una
delicada mata de cabello humano que la fuerte corriente hubiera revuelto, pero
sin lograr que pareciera enmarañada o desgreñada. Recuerdos de los dulces besos
y de las caricias con que un gran número de mujeres lo había recompensado
durante el corto espacio de tiempo que había vivido en los Reinos asaltaron al
clérigo y una sonrisa cálida y maliciosa fue iluminando su rostro.
—¿Qué está haciendo? —exclamó Cyric desde la proa.
Medianoche levantó la vista de los remos. — No está haciendo daño a nadie
—contestó la maga con voz dulce—. Es agradable verlo feliz.
Un gesto de asentimiento casi imperceptible llegó
del clérigo, que miraba fijamente la superficie del agua y trazaba delicadas
formas sobre las algas doradas con las manos. Pero Adon se puso rígido cuando,
de repente, notó algo sólido bajo su mano. El clérigo escudriñó las brillantes
aguas doradas y vio a una hermosa joven, de cuerpo traslúcido, flotando en el
agua junto a la barca. De hecho, las doradas algas eran sus cabellos. Mientras
Adon contemplaba aquella visión, se abrieron unos brillantes ojos del color de
la miel bajo la superficie del agua y la mujer, hermosa como una diosa, sonrió
al clérigo y cubrió su mano con las suyas. La mujer se elevó de pronto en el
agua y Adon se quedó sin aliento y a Medianoche poco le faltó para que se le
cayesen los remos de las manos. Cyric,
precavido, sacó su daga y se agazapó en una
posición defensiva pero, cuando se fijó en
la mujer de cabellos dorados, todo su temor y toda
su ira se desvanecieron. La daga resbaló de su mano
y cayó al suelo de la barca produciendo un ruido
sordo. La mujer aparecía de pie, con el agua hasta la
cintura, flotando en el río y siguiendo el ritmo de
la barca. Vestía una túnica de tela blanca y de oro
puro que se adaptaba a su figura de perfecta
estatua. Su tez era clara y daba la impresión de ser
vagamente fantasmal. A través de su forma
maravillosa se vislumbraba la línea de la tierra. De sus
hombros colgaba un chal blanco. —¿Quiénes sois?
—preguntó con una voz extraordinariamente dulce.
Sus palabras hicieron eco en la superficie del río
y llenaron el espacio de agua que había entre las
orillas opuestas, cubiertas de árboles verdeantes.
Medianoche dejó de debatirse con los remos y habló
con voz clara. —Yo soy Medianoche del valle
Profundo —dijo—. Mis compañeros son Cyric, detrás
de mí, y Adon, junto a ti.
La mujer sonrió.
—¿Os gustaría... jugar?
Ante las palabras de la mujer de cabellos dorados
la superficie del río se puso a burbujear. El esquife se balanceó hacia atrás y
hacia delante amenazando zozobrar. —No tenemos tiempo para juegos — declaró
Medianoche levantando los remos y metiéndolos en la barca—. Estamos en una
misión importante. La mujer levantó una mano hasta el rostro de ojos del color
de miel y acariciándose los labios con las yemas de los dedos, se echó a reír.
—¡Oh, eso parece muy excitante! —murmuró—. Pero, de verdad, creo que deberíais
quedaros conmigo.
Unas chispitas de color ámbar brillaron en el aire
que rodeaba la barca. La mujer de tez ambarina dejó de repente completamente
paralizados a Adon y a Cyric. Los hombres, lívidos, se levantaron y se pusieron
a mirarla, mientras la barca no dejaba de balancearse y zozobrar.
Medianoche observó a sus embelesados compañeros y
comprendió lo que tenía delante: una nereida, un ser extraño de la Esfera
Elemental Acuática. Asimismo, parecía que las leyendas que la maga había oído
sobre aquellas caprichosas hadas acuáticas eran ciertas. Todos los hombres que
miraban a una nereida se quedaban hipnotizados. Antes de que la maga pudiese
romper el hechizo de la nereida, oyó un repentino estruendo detrás de sí, se
volvió y vio un túnel en el agua frente a la barca. Temiendo que pudiese arrastrarlos
al fondo del río, Medianoche se apresuró a volverse hacia aquel misterioso ser
de cabellos dorados.
—¡Si nos matas, no podremos jugar contigo! —exclamó
Medianoche, mientras trataba de pensar rápidamente.
—Puedo jugar con vosotros vivos o muertos —replicó
la nereida, para luego acariciar el rostro de Adon y soltar una risita—. Es lo
mismo. Desesperada, Medianoche cogió una de las bolsas de lona de provisiones.
—Podemos darte algo que contiene una gran magia. Pero sólo nosotros sabemos
cómo utilizarla.
Y de pronto el túnel se hundió, en el preciso
instante en que el esquife estaba a punto de caer en él. La embarcación se
sacudió violentamente y una fina niebla cayó sobre los héroes. Ni Adon ni Cyric
se movieron, tampoco ninguno dejó de contemplar a la mujer.
—Enséñamelo —dijo la nereida en un murmullo. A
continuación se puso de pie sobre la superficie del agua y comenzó a caminar
sin dificultad alrededor de la barca, ajena al movimiento de la embarcación.
Se
deslizaba por el agua y sus pies no se levantaban
del Ashaba.
Medianoche calculó cuánto tiempo necesitaría para
lanzar un hechizo sencillo, pero decidió no hacerlo. «¡Si por lo menos hubiese
algo en la bolsa capaz de ser usado contra aquella criatura!», pensó
desesperadamente la maga, «o, mejor todavía, algo con lo que pudiese coger el
chal». De dar crédito a las leyendas, el alma de las nereidas estaba dentro de
aquel trozo de tela. Si Medianoche lograba apoderarse de él, podría ordenarle
que los dejase en paz.
—¡Enséñamelo! —exclamó el ser de cabellos dorados.
El río cobró vida de repente. El agua se cuajó súbitamente para convertirse en
una docena de reflejos centelleantes de la nereida. Las dobles del hada
acuática se elevaron a cada lado de la pequeña embarcación y se agarraron a los
bordes del esquife, que dejó de moverse.
Cuando el hada de ojos de color de miel se acercó
más, Medianoche advirtió que no era de carne y hueso. Detrás de los delicados
rasgos de la nereida podía verse agua arremolinada y resplandeciente, rebosante
de rayos que corrían de un lado a otro. Dentro del cuerpo de la nereida quedó
aprisionado el brillante resplandor del cielo, que se movía indolente al ritmo
de ella. Aquella visión le recordó a la maga una luz atravesando un gran bloque
de hielo.
Medianoche levantó las manos para lanzar un
hechizo. —¡Espera! —gritó una voz débil. Medianoche se volvió y vio,
sorprendida, a Adon tender las manos hacia la nereida. Ésta, tal vez intrigada,
se quedó inmóvil—. Eres tan hermosa —murmuró Adon con voz queda. Por el
espíritu, profundamente afectado del clérigo, fluyeron recuerdos de Sune
Cabellos de Fuego, la diosa de la Belleza.
La nereida sonrió, retrocedió unos pasos y se alisó
los cabellos con las manos. —En efecto, soy hermosa —dijo, y sus rasgos
empezaron repentinamente a diluirse como cera bajo una llama. La juventud y la
vitalidad desaparecieron de sus formas y, en su lugar, quedó la imagen de una
bruja toda arrugada—. ¿Y ahora? — preguntó la nereida.
Adon se puso rígido y la luz ámbar del sol cayó
sobre sus rasgos y llenó la hendidura de la cicatriz que recorría su rostro.
—Para mí es lo mismo —dijo—. Completamente lo mismo. La nereida volvió a cobrar
forma hasta que su configuración fue la de una hermosa joven.
—Estás enamorado de mí —afirmó de modo terminante—.
Harías cualquier cosa que yo te pidiese. En una ocasión, cuando Adon,
Medianoche, Kelemvor y Cyric se metieron en las ruinas del castillo de Kilgrave
en una misión destinada a rescatar a la diosa de la Magia, el dios de la Lucha
acosó a los héroes con visiones de sus más fervientes deseos. Adon vio a Sune
Cabellos de Fuego y estuvo a punto de sucumbir a la ilusión. Le salvó la
intervención de sus amigos.
Ahora, mientras Adon contemplaba la belleza de la
nereida, con mirada embelesada, algo en lo más recóndito de su ser le recordó
aquella ilusión. El clérigo notó que le temblaba el labio inferior. —No...
—dijo con un hilo de voz que parecía un gruñido—. No, creo que no. — Adon se
movió a la velocidad del rayo y tiró del chal que la nereida llevaba sobre los
hombros.
—¡No! —exclamó ella, a la vez que trataba de
recuperar el chal. En aquel mismo momento, las dobles acuáticas de la nereida
levantaron la barca de la superficie del río.
Adon se desplomó sobre Medianoche y ambos cayeron
al suelo del esquife con
brazos y piernas entrelazados. Cyric, por su parte,
seguía en la popa. También él estaba tratando de apoderarse del chal.
Medianoche vio que la daga del ladrón estaba al alcance de su mano y se hizo
con el arma, y luego cogió el chal de manos de Adon. —¡Bájanos! —gritó
Medianoche, para luego poner el chal doblado sobre la afilada hoja.
Las criaturas acuáticas dejaron inmediatamente la
barca sobre la superficie del río. Cyric se cayó hacia atrás, se golpeó la
cabeza y se quedó inmóvil. La nereida lanzó un grito de dolor.
—¡Por favor! —rogó con un lastimero tono de voz que
parecía un susurro—. ¡Deja mi chal! —Yo pensaba que querías jugar —dijo
Medianoche con voz serena pero fría. El único sonido que Adon y Medianoche
oyeron durante un rato fue el gorgoteo uniforme del río. Luego, de repente, una
tenue niebla acarició con su fría sensación sus
cogotes. El clérigo se volvió y vio a la más próxima de las dobles de la
nereida retorcer el rostro hasta convertirlo en un semblante espantoso y
ponerse a sisear amenazadora. —¡Haz que desparezcan tus sirvientes! —ordenó
Medianoche, a la vez que apretaba la daga contra el chal—. ¡Déjanos en paz! Las
formas acuosas empezaron a dispersarse con un ruido ahogado de salpicaduras y
de ellas escaparon una serie de gritos sofocados. La nereida entornó sus
dorados ojos y la embarcación empezó repentinamente a ponerse en movimiento.
Las formas que habían estado flanqueando la barca volvieron a su estado acuoso
original. —¡Adon, coge los remos! — gritó Medianoche cuando la corriente del
río hizo girar la barca y empezó a arrastrarla río arriba. El clérigo asió los
remos y trató de controlar la embarcación.
Cyric emitió un gruñido y se sentó en la popa. De
pronto la nereida apareció junto al ladrón, lo cogió por los brazos y trató de
sacarlo de la barca. Sin embargo, antes de que ella pudiese hacerse con su
rehén, Adon cerró fuertemente sus manos alrededor del tobillo derecho de Cyric,
al tiempo que Medianoche metía la daga dentro del chal. La nereida se quedó
inmóvil un momento, sin soltar los brazos del ladrón. Unos violentos y
dolorosos estremecimientos recorrieron seguidamente todo su cuerpo. El hada lanzó
un suspiro estridente y quejumbroso y se hundió en el agua. Adon arrastró a
Cyric hasta el interior de la barca. El ladrón temblaba sin poderse controlar.
Mientras Cyric se frotaba la dolorida cabeza y miraba a su alrededor en un
intento de recordar qué le había ocurrido después de la aparición de la
nereida, Adon permaneció de pie junto a él, con un sonrisa en los labios. El
hermoso chal blanco que Medianoche tenía en las manos se fue volviendo negro y
empezó a desmenuzarse. La maga bajó la vista al agua, pero la nereida había
desaparecido, había regresado a la Esfera Elemental Acuática. Sacudiendo la
cabeza, Medianoche arrojó el chal hecho jirones al Ashaba y se quedó observando
cómo se alejaba flotando por el agua.
Fzoul Chembryl, al borde de la muerte, yacía sobre
un basto jergón de paja. Su mirada se perdía en la débil luz ámbar del cielo
vespertino a través del tejado derruido de una granja desierta del valle de la
Daga, ocupado por los zhentileses. Los hombres del valle, a pesar de las bajas
que habían causado en los ejércitos de Bane en la batalla del valle de las
Sombras, no habían tratado de arrojar a los zhentileses de aquel reducto rural
situado al oeste de sus tierras. Por el momento Fzoul se sentía a salvo. El
hombre herido pensaba que aquél era un lugar innoble para convertirse en su
tumba. Él, poderoso sacerdote del dios de la Lucha, líder de la organización
Zhentarim
después de Manshoon, iba a morir en una apestosa y
calcinada choza de un territorio
conquistado. Fzoul se preguntó si Zhentarim, la
legendaria y secretísima organización leal al dios de la
Lucha, enviaría a gente en su busca. El sacerdote
sonrió con tristeza y abandonó la idea, seguro de que
la mayoría de los miembros de Zhentarim se
sentirían felices de verlo morir.
—La confianza excesiva en nosotros mismos nos ha
costado todo esto — murmuró el sacerdote pelirrojo en voz alta, a pesar de que
estaba solo—. Y tu codicia, Bane, tu locura y tu codicia...
Fzoul intentó moverse, pero no pudo. El dolor que
sentía en el pecho era como las dentelladas de un perro furioso que lo atacaban
cada vez que era lo bastante estúpido como para olvidar la herida que había
sufrido en el ataque al valle de las Sombras. El sumo sacerdote de Bane entró
en un estado de delirio, como le ocurría con frecuencia los últimos días, y a
su mente acudieron los acontecimientos más recientes. Fzoul recordó de pronto
cuando descubrió que Tempus Blackthorne, el ayudante y emisario escogido por
Bane, había muerto víctima de la omnipresente inestabilidad de la magia. Bane
decidió entonces repartir las obligaciones de Blackthorne entre Fzoul y
Sememmon Influencia Funesta, muchas veces su rival. Con la mente bullendo de
planes sobre cómo podría explotar su nueva posición y cimentar la base de su
poder, Fzoul aceptó el puesto con un entusiasmo que no había experimentado
desde hacía años. Pero este entusiasmo no tardó en desvanecerse al enterarse de
los secretos del dios hecho carne. Lord Black tenía que comer, tenía que beber
y dormir como cualquier ser humano. Si el dios caía herido, sangraría como otro
hombre cualquiera. Con repugnancia, Fzoul se vio obligado a atender las
necesidades humanas de su señor y a proteger los secretos de lord Black a toda
costa. Los
recuerdos siguieron acudiendo a la mente de Fzoul.
Sin apenas darse cuenta, los preparativos para la batalla del valle de las
Sombras se pusieron en marcha y Sememmon fue escogido para recorrer con lord
Bane todo Voonlar. A Fzoul se le asignó la tarea de cruzar el puente Ashaba con
un ejército de quinientos hombres, tomar la ciudad por retaguardia y apoderarse
de la torre Inclinada. Los defensores del valle de las Sombras, poco dispuestos
a permitir al ejército de Fzoul la victoria fácil que los zhentileses
esperaban, destruyeron el puente. Peor le fue al sacerdote, que quedó aislado
lejos del grueso de sus tropas, cuando el puente cayó, y para colmo, el
comandante de los hombres del valle apostados en el puente —un hombre delgado,
moreno y con nariz aguileña— lanzó una flecha que le atravesó el pecho. El sumo
sacerdote cayó desde el puente a las agitadas aguas, donde la corriente
antinatural lo arrastró río arriba con un puñado de supervivientes. El pequeño
grupo de soldados luchó unido para seguir con vida. Alcanzaron la orilla y
encontraron una cuadrilla de zhentileses que habían sido allí apostados para
vigilar la carretera utilizada para el abastecimiento.
Debido a las heridas, el sumo sacerdote pelirrojo
no pudo realizar el viaje de regreso a Zhentil Keep; sabía que no lograría
sobrevivir al viaje. La granja era el refugio más próximo que los soldados
zhentileses encontraron. —¡He derramado mi sangre en tu nombre y tú me has
abandonado! —exclamó Fzoul, furioso—. ¡Maldito seas, Bane!
Ahora, obligado a poner su vida en manos de sus
subordinados, Fzoul yacía sobre aquel montón de paja sucia y hacía esfuerzos
para alejar de su mente la absoluta certeza de su muerte inminente. Miraba al
cielo color ámbar a través del tejado en ruinas cuando el sumo sacerdote se
percató de que la luz se estaba volviendo más brillante y más intensa.
Finalmente, el color del cielo se oscureció hasta volverse rojo como la sangre
y unos rayos de luz atravesaron la oscuridad de la granja como si las ventanas de
tablas clavadas se hubieran abierto de golpe.
—¡Ayudadme! —gritó Fzoul.
A pesar del dolor que sentía en el pecho, trató de
incorporarse, cuando una mano esquelética cayó sobre su pecho obligándole con
suavidad a tumbarse de nuevo. El sumo sacerdote descubrió que tenía delante un
rostro más parecido al de un cadáver abandonado en el campo de batalla que al
de un ser vivo. — ¡Zhentileses! ¡A mí! —gritó Fzoul.
Trató al mismo tiempo de apartarse de aquella
horrible cosa en estado de descomposición que estaba ante él con la mano sobre
su pecho, ahora con movimientos convulsos por el dolor después del esfuerzo que
había hecho para gritar. La figura esquelética hizo una mueca que quería ser
una sonrisa. —¡Ay, Fzoul Chembryl, sacerdote de Bane!, los zhentileses que
estaban acampados fuera de la choza se han... ido. —Retiró la mano del pecho
del sacerdote—. Confío en que sabrás quién soy.
—Entonces... es que has venido a buscarme —susurró
Fzoul, para seguidamente cerrar los ojos.
—No hace falta que te pongas tan melodramático
—dijo Myrkul—. Todo el mundo conoce mi sello
tarde o temprano. Pero ello no significa que haya
llegado el momento de que entres en mi reino.
Fzoul trató de ocultar su temor.
—¿Qué te propones?
El dios de la Muerte levantó su mano huesuda y
tamborileó con las puntas de los dedos en su blanca barbilla. El sonido
producido era agudo y penetrante. —No es mi proposición lo que debes estudiar.
— Myrkul suspiró—. Estoy aquí en calidad de, digamos, agente de tu señor, de tu
dios, el inmortal dios de la Lucha. Al sumo sacerdote se le escapó una
sardónica carcajada. —Fíjate en mí —dijo a continuación —. ¿Qué puede querer
lord Bane de mí? Apenas puedo respirar.
—La mutación de lord Bane fue destruida en la
batalla del valle de las Sombras, en el templo de Lathander —declaró Myrkul de
forma terminante—. Has sido escogido para tener el gran honor de albergar la
esencia de lord Bane. —El dios de la Muerte recorrió la cabaña en ruinas con la
mirada y volvió a reírse. —¿Y mis heridas...? —se apresuró a preguntar Fzoul.
—Para un dios eso no es nada. Puedes curarte y puedes vivir la gloria con la
que has soñado toda tu vida. —Myrkul se volvió hacia el sumo sacerdote y suspiró.
Los rasgos del sacerdote reflejaban inquietud. Myrkul sacudió la cabeza y
una tira de carne suelta golpeó uno de sus pómulos.
—Ahórrame tus negativas —dijo—. De sobras es conocido cómo sabes maquinar en tu
propio beneficio.
—¿Por qué lord Bane no se limita a tomar posesión
de mí? —quiso saber Fzoul. El sumo sacerdote trató de incorporarse de nuevo
pero no pudo—. Es evidente que yo no podría hacer nada por detenerlo. —Si lord
Bane tomase simplemente posesión de ti, tu identidad y tus recuerdos correrían
peligro. Lord Black lo que quiere es asimilar tu ser hasta hacerlo suyo, pero
no puede lograrlo sin tu cooperación — dijo Myrkul. Bostezó. Ahora el dolor que
Fzoul sentía en el pecho era espantoso y el sacerdote jadeaba con movimientos
convulsos.
—¿Por qué..., por qué no viene él mismo? —preguntó
respirando con dificultad. —Lo ha hecho — contestó Myrkul en voz baja y
acompañando sus palabras de una leve sonrisa—. Mira a tu alrededor.
La neblina color sangre que Fzoul había confundido
con el cielo entraba ahora
flotando en la cabaña a través de la abertura del
techo y se desplazaba lentamente hacia el sumo sacerdote.
—¿Morir o vivir? —preguntó el hombre esqueleto—. A
ti te toca decidir. Fzoul vio que la masa roja se volvía más brillante y que
empezaba a latir al ritmo de su propio corazón. Del centro de la nube salió una
llama negra. —¡Quiero vivir! —gritó Fzoul mientras la llama atravesaba el aire.
La energía negra entró en su cuerpo a través de la herida de su pecho. —¡Ay, lo
sabía! —suspiró el dios de la Muerte. Dio un paso atrás y vio que el cuerpo de
Fzoul empezaba a retorcerse. De los ojos, de la nariz y de la boca del sumo
sacerdote salían ráfagas de luz, rojas unas, negras otras.
La esencia negra de Bane se puso a lanzar
maldiciones dentro de su cuerpo y el sumo sacerdote notó que su carne se
entumecía. Se redujo el flujo de sangre de Fzoul para luego detenerse un
momento, como vencido por la presencia del malvado dios, pero cuando la chispa
de divinidad se fusionó con la humanidad, los órganos internos del sacerdote
quedaron como si hubieran sido violados y Fzoul sintió que el flujo de maldad
de Bane ascendía por su ser: esa sensación le produjo un gran placer. Sin
embargo, esta agradable sensación duró poco. A medida que recuerdos y deseo se
ponían al descubierto para lord Black, un repentino dolor empezaba a recorrer
su conciencia. Luego ese sufrimiento se mitigó y se oyó la voz de Bane dentro
de la mente del sumo sacerdote.
No albergues duda alguna sobre quién tiene el
control, dijo el dios de la Lucha en
un gruñido. Como si tratase de acostumbrarse a su
nueva casa, la mente del dios se revolvió y llenó más espacio. Tu cometido será
simple. Si me traicionas o te rebelas siquiera una vez, te destruiré.
Volvió de nuevo aquella sensación apagada y Fzoul
notó vagamente el frío de la noche que entraba por arriba. Se preguntó a sí
mismo cuánto tiempo habría transcurrido e intentó dar voz a su pregunta. No se
sorprendió demasiado cuando las palabras no salieron de su boca.
El sumo sacerdote, desde algún lugar recóndito de
su mente, vio cómo su propia mano se alzaba delante de los ojos, cómo la mano
se fue convirtiendo en puño, cómo se abría luego y pasaba por encima del herido
y ensangrentado pecho. La herida desapareció al instante y Fzoul advirtió que
se estaba incorporando. —Myrkul, ayúdame —dijo lord Black con la voz del sumo
sacerdote. Se sentó sobre el duro jergón de paja y se estiró. —Ya no es
necesario, lord Bane —repuso Myrkul con voz tranquila, a la vez que hacía una
reverencia—. Cuando te haya dejado en Zhentil Keep, tendrás que atender a tus
propias necesidades. Es preferible que empieces ahora. Lord Black lanzó un
gruñido. —¡Te estás pasando de la raya, Myrkul! ¡No permitiré esta
insubordinación! A continuación el dios de la Muerte se inclinó de nuevo y
abrió sus brazos, momento en que lord Bane consideró la idea de golpear al dios
esqueleto. «O quizá — pensó—, podría lanzar un hechizo. Nada que contenga
demasiado poder, naturalmente, pero sí lo bastante fuerte como para demostrarle
a Myrkul quién manda aquí.» Fzoul, que miraba con unos ojos que ya no estaban
bajo su control, trató de gritar. ¡Bane los destruiría a los dos si intentaba
evocar un hechizo y fallaba! —Acuérdate de cuál es tu sitio —espetó Bane. Myrkul
asintió y Fzoul se dio cuenta de que se estaba hundiendo en lo más recóndito de
su propia mente.
—Te pido perdón, lord Bane —murmuró el dios de la
Muerte—. Han sido
momentos muy difíciles y agotadores para mí. ¿Estás
preparado para volver al templo de las Tinieblas de Zhentil Keep?
Bane se pasó las manos por el cuerpo de su
mutación. Había transformado su encarnación previa en algo que era más que un
hombre, era un ser espantoso con garras afiladas y una piel dura y tostada que
sólo podían penetrar los más afilados instrumentos. Aquella carne pálida y
vulnerable del sumo sacerdote hacía que el dios de las Tinieblas se sintiese
incómodo. Myrkul había abogado en favor del nuevo aspecto de Bane, argumentando
que los humanos confiarían más fácilmente en el dios si éste se parecía a uno
de ellos. Aunque a regañadientes, Bane accedió. Al fin y al cabo, su táctica
previa, la de obligar a la sumisión infundiendo temor, había sido un fracaso
bastante claro. Después de la derrota del valle de las Sombras, iba a tener que
recuperar la confianza de sus seguidores.
El dios de la Lucha se estremeció al caer en la
cuenta de que su poder en los Reinos se limitaba a la suma de todos sus
adoradores. Aquella idea le daba asco. —Sí —dijo lord Black al cabo de un
momento, suspirando—. Llévame a mi templo de Zhentil Keep.
Después de crear una puerta mágica, Myrkul se
apartó a un lado e hizo señas a Bane para que avanzase. Lord Black vio a través
de la abertura las aparentemente desiertas calles de Zhentil Keep. Bane cruzó
la puerta. Un momento más tarde, lord Black estaba en un callejón oscuro
infestado de ratas. Un ratero lanzó un grito cuando la mutación de Bane
apareció súbitamente cerca de él. El mugriento ladrón se apresuró a huir del
callejón y echó a correr calle abajo presa del pánico. —Bien, empezamos de
nuevo, Myrkul —dijo Bane. Contempló a lo lejos los parcialmente reconstruidos
capiteles de su templo. Al no recibir respuesta, lord Black se volvió y
descubrió que la puerta había desaparecido y que el dios de la Muerte no estaba
a la vista.
Mientras salía del callejón, Bane pensó que no
importaba, que, por el momento, Myrkul había cumplido su función.
Caminó por la ciudad esquivando a los pobres y a
los desamparados que pasaban por su lado. De cada sombra salían sonidos que
podían proceder de ladrones o de negreros cayendo sobre nuevas víctimas y esto
le hizo acelerar el paso hasta acabar corriendo por las calles, con la vista
fija en los capiteles de su templo. Al doblar la última esquina y encontrarse
ante el templo, Bane distinguió delante de él a varios guardias.
—¡Guardias! —gritó lord Black con la voz de Fzoul.
Cuando uno de ellos se adelantó con la espada levantada, se detuvo. —¡Aquí no
se viene a buscar comida gratis! —dijo el guardia con un gruñido, a la vez que
miraba la ropa andrajosa de la mutación bajo una mano negra sobre un campo
rojo, el mismísimo símbolo de Bane que llevaba pintado en la cara—. ¡Aléjate
inmediatamente!
—¿No me reconoces, Dier Ashlin? —preguntó Bane,
pasándose la mano por la maraña de su pelo rojo. El guardia entornó los ojos
para escudriñar al hombre cansado y mugriento que tenía delante, vestido con
los restos andrajosos de un uniforme de oficial. La camisa del hombre pelirrojo
estaba salpicada de sangre y su rostro sudoroso y sucio. Pero ni siquiera la
mugre y la sangre evitaron que el guardia tardarse mucho tiempo en reconocer la
identidad de Fzoul Chembryl. —¡L-Lord Fzoul! —gritó Ashlin, y bajó inmediatamente
la espada. —Así es —gruñó el dios de la Lucha—. Llévame dentro. Llevo viajando
desde
que terminó la batalla para llegar hasta aquí.
—Querréis decir la carnicería —murmuró Ashlin
mientras se volvía y se encaminaba a la parte frontal del templo. Lord Black
tuvo ganas de matar al guardia sin mediar palabra, pero algo dentro de él, tal
vez Fzoul, le dijo que no era el momento de derramar más sangre. Para el dios
de la Lucha era el momento de reconstruir su reino. Cuando entraron en el
templo de las Tinieblas, parcialmente reconstruido, lord Bane se quedó
impresionado ante la cantidad de trabajo que se había llevado a cabo desde la
última vez que estuvo allí. Desgraciadamente, la batalla del valle de las
Sombras había alejado a muchos de sus hombres de la tarea de reconstruir el
templo. De hecho, ahora, a excepción de los
guardias, los heridos que habían sobrevivido al
viaje desde el valle de las Sombras y un puñado de devotos adoradores, el
templo estaba desierto.
—¿Quién está al cargo del templo ahora que Bane ha
desaparecido? Supongo que ha sido Sememmon quien ha tomado el mando —dijo Bane
cuando se detuvo a mirar por una ventana. Ashlin se encogió de hombros.
—Sememmon fue herido en el campo de batalla del
valle. Algunos de nuestros hombres dicen haber visto cómo lo sacaban de allí,
pero desde entonces nadie lo ha vuelto a ver.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de la
mutación. —¡Entonces la ciudad está de nuevo en manos de incompetentes! —dijo
el dios de la Lucha refunfuñando. Después de apretar los puños, Bane se volvió
al guardia—. ¿Y lord Ajedrez?
—Sí —murmuró Ashlin—. Habiendo desaparecido Bane,
sin conocer vuestro paradero ni el de Sememmon, y con Manshoon escondido en
alguna parte, lord Ajedrez no veía razón alguna para continuar trabajando en la
construcción del templo, y así está. ¡Corre el rumor de que ese puerco de
Ajedrez quiere convertirlo en un prostíbulo! Los hombros de la mutación se
pusieron rígidos. —Me gustaría ver a lord Ajedrez esta noche. —El dios de la
Lucha se volvió hacia la ventana y miró las calles, sucias y llenas de escombros,
que rodeaban el templo de las Tinieblas.
—Sí, lord Chembryl —dijo Ashlin, y se volvió para
retirarse. —¡Espera! ¡No te he dicho que te marches! —gritó lord Black sin
volverse de la ventana. El guardia se detuvo en seco—. Quiero que convoques
también a otros... Durante las horas siguientes, Bane estuvo retirado en sus
aposentos privados, situados detrás de la sala del trono, y se preparó para la
reunión que había convocado. Lord Black se hizo llevar la ropa de ceremonia que
Fzoul había dejado en sus alojamientos antes de la batalla. Se bañó y, cuando
sus invitados empezaron a llegar, estaba ya vestido.
Cuando los murmullos de la sala se convirtieron en
una algarabía, Bane abrió un pequeño panel secreto que daba a esa habitación, y
observó a los reunidos. Los miembros de Zhentarim, la Red Negra de Bane, como
la llamaban algunos, guardaban silencio. No era éste el caso de los hombres de
Ajedrez, formados por los oficiales de alto rango de la ciudad y los cabecillas
de la milicia. —¡Lord Bane nos ha abandonado! —gritó alguien—. Quien debe
gobernar ahora la ciudad es lord Ajedrez.
—¡Bane nos ha traicionado! —exclamó otra voz—.
¡Metió a nuestras tropas en una trampa mortal en el valle de las Sombras!
¡Luego nos abandonó para ser torturados
por los hombres del valle!
Un fragor de aprobación surgió del grupo de la
milicia que estaba cerca del puesto de escucha de Bane. El dios de la Lucha
pensó que había llegado el momento de hacer su aparición. Ahora que estaban
agotados de tanto despotricar, no resultaría difícil manipularlos.
Cuando la mutación de Bane apareció detrás del gran
trono negro que dominaba la sala, algunos de los gritos se acallaron. Sin
embargo, persistió un fuerte murmullo de conversaciones en la estancia,
interrumpido de vez en cuando por una maldición o una amenaza. Lord Black
levantó las manos y el murmullo también se desvaneció. —¡Estoy aquí para volver
a unificar Zhentil Keep! —exclamó la mutación. Bane se dirigió al trono. Una
vez allí, se volvió a los presentes, ahora casi en completo silencio, y esbozó una
sonrisa amplia y maliciosa. A continuación se sentó en el trono.
La sala estalló en gritos sofocados y en
exclamaciones de indignación. —¡Esto es un insulto! — exclamó un sacerdote de
rostro moreno y curtido—. ¿Se nos ha sacado de nuestras casas en plena noche
para presenciar un sacrilegio? ¿Cómo explicas esto, Fzoul?
—Con sangre —dijo el sacerdote pelirrojo, y volvió
a levantar los brazos—. Contesto a tu requerimiento con sangre, pues yo no soy
Fzoul Chembryl, a pesar de que su carne alberga mi esencia. Yo soy vuestro
señor y maestro, ¡y os inclinaréis ante mí! El sacerdote de rostro moreno dio
un grito, se llevó las manos a los ojos y se desplomó en el suelo. A la mente
del sacerdote acudieron visiones de un mundo controlado por el dios de la
Lucha. Por los ríos de Faerun fluía sangre y la propia tierra se sacudía bajo
las pisadas de los poderosos ejércitos de Bane. Y allí, en medio de la
carnicería y de la
destrucción, el sacerdote se vio a sí mismo
cubierto con la sangre y las alhajas de los vencidos. Después de ponerse de
rodillas, el sacerdote apartó las manos y dejó al descubierto unos ojos
brillantes inyectados en sangre. —¡Bane ha regresado! —exclamó el sacerdote—.
¡Nuestro dios ha regresado para liberarnos!
—Todos mis hijos conocerán mi gloria —susurró Bane
y, al cabo de un momento, toda la sala se llenó de los gritos que lanzaban sus
seguidores, exultantes con la visión de conquista y poder que les ofrecía Bane.
Los fíeles del dios, mirando a través de una niebla roja como la sangre, que
era como un recordatorio de su verdadera lealtad, permanecían delante de su
señor a la espera de que impartiera sus órdenes.
—En primer lugar, hemos de descubrir la fuerza de
nuestros enemigos y hacer venir a nuestros espías del valle de las Sombras
—exclamó Bane. Luego señaló a un oficial de pelo grasiento que permanecía
encogido de miedo cerca del trono y le dijo—: Quiero conocer la suerte de
quienes se enfrentaron a mí en el templo de Lathander. ¡Si Elminster o aquella
lacaya de Mystra de pelo color de ala de cuervo está todavía con vida! ¡Quiero
que me los traigáis aquí!
El ministro de Defensa se inclinó delante de lord
Black y se dispuso a abandonar la sala del trono. —Claro, lord Bane —iba
murmurando una y otra vez el ministro mientras se apresuraba a salir de la
sala.
—Y ahora tenemos que dedicarnos a la situación de
Zhentil Keep —prosiguió el dios de la Lucha para luego volverse hacia todos y
cada uno de los rostros que llenaban la sala del trono—. Antes de alcanzar la
grandeza a la que está predestinado nuestro futuro, debemos erradicar el
descontento, el temor y la confusión de nuestra gente.
»Recorreremos las calles de la ciudad esta misma
noche y extenderemos la noticia
de mi regreso. Las llamas de esperanza que iluminan
vuestros ojos se convertirán en un infierno. ¡Juntos podremos desvanecer las
dudas de la gente y dar comienzo a una nueva era!
La sala de audiencias se llenó de gritos de
agradecimiento y de exclamaciones de apoyo a lord Black. Volvía a dominar a sus
seguidores con mano de hierro. Cuando el delirio alcanzó su punto culminante,
el dios de la Lucha levantó el puño y habló de nuevo.
—¡Juntos triunfaremos allí donde los dioses solos
fracasarían! Los adoradores de Bane se apartaron cuando su dios se levantó del
trono y recorrió el centro de la sala. El dios de la Lucha permaneció un
momento entre sus ruidosos seguidores, luego acompañó a la multitud hasta las
puertas del templo y la noche que había más allá.
4
La persecución
El final del bosque estaba a más de una hora de
camino, por lo que Kelemvor y sus hombres apenas veían el momento de dejar
atrás la marcha lenta que llevaban y los muchos obstáculos que se les
presentaban. El sol se levantaba ya sobre el horizonte y los últimos cristales
mágicos que Lhaeo había proporcionado a los jinetes se habían apagado. La luz
de los cristales había atravesado el velo de la noche y fue la que permitió que
Kelemvor y sus hombres se desplazasen todo el rato a lo largo del río. Durante
los días transcurridos desde que salieron del valle de las Sombras, los jinetes
sólo se habían detenido dos veces para descansar y, en cada ocasión sólo por
unas horas. Kelemvor cogió la bolsita que llevaba atada a su cinturón y la
sacudió ligeramente. El tintineo que produjeron las monedas de oro al chocar
unas con otras se elevó por encima del ruido que hacían los hombres del valle
al abrirse camino por el escabroso sendero. Algunos hombres miraron al
mercenario, pero se apresuraron a apartar la vista cuando Kelemvor frunció el
entrecejo en su dirección. Kelemvor, por cuarta vez ese mismo día, se preguntó
si Cyric y Medianoche habían recibido tanto dinero como él para luchar contra
el valle. Sin duda habían sido pagados cuando estaban en Tilverton.
Después de soltar la bolsa, que se quedó colgando
de su costado, Kelemvor observó a los hombres que Mourngrym había designado
para perseguir a los criminales. En conjunto, no era un grupo muy
notable. El guerrero los veía como a los típicos
habitantes de una ciudad agrícola: de miras estrechas pero sinceros. Estos
hombres habían hecho muy poco que pudiera impresionar o sorprender al experto
aventurero durante el viaje desde el valle de las Sombras, pero esto ya le iba
bien. Lo único que había sorprendido a Kelemvor con respecto al grupo había
sido la insistencia de Mourngrym para que Yarbro, el joven guardia que había
experimentado una momentánea ojeriza para con Kelemvor y sus compañeros cuando
llegaron al valle de las Sombras, se uniese a ellos. Pero, si los cazadores
querían alcanzar a los fugitivos, no había tiempo para discutir aspectos
personales, de modo que Kelemvor, aunque a regañadientes, había accedido.
«Para una misión como ésta hace falta mucha
serenidad de espíritu —le había dicho Mourngrym cuando Kelemvor se estaba
preparando para el viaje a caballo en pos de los hasta entonces aliados suyos—.
Tu rabia puede cegarte y hacer que te tomes la justicia por tu mano. Quiero que
traigáis a los criminales con vida, a menos que no haya absolutamente ninguna
otra alternativa.» El señor del valle hizo una pausa, pero luego entregó al
guerrero una bolsa llena de oro. «Yarbro hará que prevalezca la razón.» Kelemvor
dio un bufido. Poner «Yarbro» y «razón» en la misma frase era casi una
provocación. El guerrero pensó que lo que ocurría era más bien que Mourngrym
pretendía que alguien lo vigilase. Tiró de las riendas y su caballo saltó sobre
una rama que había en el suelo. Kelemvor volvió a mirar a su alrededor y
suspiró. Por lo menos el resto de los hombres parecía ser gente relativamente
de fiar. El guía escogido por el señor del valle para conducir a los
perseguidores a través del bosque se llamaba Terrol Uthor, un veterano de
varias batallas contra el drow y un erudito empapado de la tradición del clan
de los elfos que ataño habían reivindicado el
bosque que rodeaba el valle de las Sombras como
suyo. Uthor era un hombre de unos
cuarenta años, de corta estatura, fuerte
constitución, hombros cuadrados, ojos de un color gris azulado y un cabello
negro que llevaba pulcramente peinado hacia atrás. El único vínculo que unía a
los restantes hombres de Kelemvor era el odio para con los fugitivos. Gurn
Bestil, un leñador de unos cincuenta años con una melena de cabello blanco,
había perdido a su hijo en la flor de la vida en la batalla del valle de las
Sombras. Kohren y Lanx eran sacerdotes de Lathander. Kohren era alto y todo lo
que quedaba de su pelo oscuro eran unos cuantos mechones. Lanx era de
constitución media, con un cabello fino, rubio y ensortijado y unos tristes
ojos marrones. Ambos sacerdotes llevaban el blasón de su orden en la ropa.
Bursus, Cabal y Jorah eran soldados que habían visto morir a camaradas y amigos
en la reciente batalla. De los tres, Cabal era el mayor, con una barba gris y
unas cejas blancas y pobladas. Unos ojos cansados color azabache y una piel muy
bronceada distinguían a Bursus. Jorah era delgado y su cabello, que llevaba
siempre despeinado, era castaño rojizo. Los tres eran tanto arqueros como
espadachines y llevaban arcos y flechas para los otros hombres.
Mikkel y Carella eran los dueños del esquife robado
por los fugitivos. Nadie sabía sus apellidos pero, por su aspecto, habrían
podido pasar por hermanos. Sus rostros estaban tan quemados por el sol que se
habían vuelto rojos y sus cuerpos eran fuertes y armoniosos. Ambos llevaban la
cabeza afeitada. Se vestían incluso de forma idéntica. La única cosa que los
diferenciaba era el prisma brillante que colgaba de la oreja derecha de Mikkel.
Dado que hasta el momento no se había producido
ningún incidente durante el viaje por el denso bosque que flanqueaba el Ashaba,
Kelemvor no sabía cómo reaccionarían sus hombres en una contienda. No era su
habilidad a la hora de luchar lo que preocupaba a Kelemvor. La batalla contra
las tropas de Bane había bastado al aventurero para demostrarle la destreza de
los hombres del valle en el momento de la lucha. Sin embargo, el guerrero se
preguntaba cómo su grupo de cazadores de hombres actuaría en equipo.
—Hasta que no tropecemos con un grupo suelto de
zhentileses, con algún animal salvaje lo bastante temerario como para atacar a
un grupo como el nuestro o con los carniceros que estamos persiguiendo, no
sabremos cómo lucharán estos hombres —dijo Yarbro sarcásticamente cuando
Kelemvor planteó el problema a su segundo en el mando—. Pero yo no me
preocuparía de eso. Cuando demos caza a esa
bruja y a sus amigos, todos lucharemos con un
propósito común. Kelemvor siguió cabalgando por el bosque con su pequeña tropa,
pero la seguridad de Yarbro no había logrado tranquilizarlo. O, tal vez, lo que
más perturbaba al guerrero era comprender que el soldado tenía razón, que el
odio de los hombres del valle haría que luchasen con un propósito común cuando
diesen alcance a Medianoche, a Cyric y a Adon.
Kelemvor apartó esa idea de su cabeza. Se dijo para
sus adentros que estaba actuando debidamente. Que lo habían traicionado. Que
habían asesinado a gente inocente. Que habían matado a Elminster. El guerrero
espoleó a su caballo y se precipitó sendero abajo. Sus hombres también picaron
espuelas a sus caballos y el grupo no tardó en estar fuera del bosque, al borde
del campo abierto del valle del Tordo. Hasta aquel momento no habían encontrado
rastro del esquife ni de los fugitivos. A menos que la suerte estuviese de su
parte o que, sin perdida de tiempo, hicieran algo decisivo, los cazadores
corrían el riesgo de perder a sus presas.
—¡Alto! —gritó Kelemvor, y levantó la mano para
indicar a su pequeña tropa que parase. Cuando todos los hombres estuvieron lo
bastante cerca para poder oírlo, el
guerrero añadió—: Tenemos que decidir qué camino
vamos a tomar ahora. —¡Pues seguir el río! — barbotó Yarbro—. ¿Qué otra cosa
podemos hacer? De hecho, discutir esto es una pérdida de tiempo. Tendríamos que
atravesar el valle del Tordo lo más rápidamente posible. Es campo abierto y...
— Tomaremos la carretera que va a la Roca Vertical —interrumpió Kelemvor de
forma terminante. El guerrero desmontó y estiró las piernas—. Podremos cabalgar
más deprisa por la carretera que a campo traviesa. Gurn se pasó la mano por su
cabello plateado. —Pero la carretera se desvía hacia el norte y luego hacia el
este, alejándose del río.
Kelemvor sacó un trozo de carne seca de sus
alforjas. —Para luego ir hacia el sur, hasta el puente Pluma Negra. Sabemos que
ellos se dirigen al valle del Barranco, siguiendo el curso del río. No tendrán
más remedio que pasar por el puente.
A Yarbro le faltó tiempo para soltar una maldición.
—¿Cómo sabremos que no han pasado ya el puente cuando lleguemos allí? Algunos
hombres murmuraban por lo bajo aprobando las dudas de Yarbro. — No lo sabremos
—dijo el guerrero de ojos verdes, para luego meterse un trozo de carne en la
boca y volver a montar sobre su caballo. —Kel tiene razón —dijo Terrol Uthor
por encima del murmullo de quejas de los dos pescadores—. No los alcanzaremos
nunca si seguimos el curso del río. Después de haber atravesado el valle, está
el bosque hasta el valle de la Contienda, que es muy denso. En algunos momentos
hasta tendríamos que desmontar. Kelemvor sonrió y puso su caballo en dirección
este. —De acuerdo, entonces. Ha hablado nuestro guía. El guerrero espoleó a su
caballo hasta ponerlo a galope siempre en dirección este, hacia la carretera.
Algunos hombres miraron a Yarbro, que volvió a maldecir para luego picar
espuelas a su caballo y seguir a Kelemvor. El resto de la cuadrilla lo imitó.
Los cazadores de hombres no tardaron en llegar a la ancha y concurrida
carretera que iba desde Colina Lejana, en el norte, hasta la gran ciudad de
Suzail, en el sur, pasando por Tilverton y Arabel. A Kelemvor le pareció que la
carretera tenía el dulce aroma de la libertad. Incluso el humor de los
compañeros de Kelemvor mejoró. Sin embargo, a media tarde, el calor seco del
sol había logrado poner fin a todo resto de alegría que los hombres del valle
hubieran podido haber experimentado. Como estaba ocurriendo cada vez con mayor
frecuencia durante el viaje, los hombres se pusieron a desahogar su malhumor
sugiriendo nuevos e ingeniosos medios de tratar a los criminales fugitivos
cuando les diesen caza. La imaginación fértil de Yarbro daba cuenta de más de
la mitad de ellos.
A medida que transcurría el día, la furia de
Kelemvor iba en aumento. El guerrero pensó que si Mourngrym creía que aquellos
hombres iban a secundar la idea que él tenía de la justicia era un estúpido. No
eran más que una turba sanguinaria dispuesta al linchamiento, tan crueles como
los fanáticos de mirada salvaje que en Tilverton habían tratado de matar a
Medianoche, a Cyric, a Adon y a él mismo porque pensaban que el dios de los
Herreros los quería muertos. Kelemvor era consciente de que debía recordar a sus
hombres las órdenes de Mourngrym según las cuales los prisioneros tenían que
llegar con vida al valle de las Sombras, pero no
podía. Por el contrario, siguió silencioso y sumido en sus tristes meditaciones
con una actitud pasiva ante las fanfarronadas y las amenazas airadas que fue
tomada como un consentimiento tácito por su parte. A medida que iba avanzando
el
día, las historias se fueron volviendo más crueles
y más sangrientas.
En un momento dado, el guerrero observó a los
hombres que estaban bajo su mando, que se reían obscenamente y no paraban de
echar maldiciones, entonces recordó la invectiva de Cyric contra la «justicia»
que los habitantes del valle concederían a Medianoche y a Adon y, por primera
vez desde que Lhaeo irrumpiera en la sala de Mourngrym, Kelemvor se preguntó si
estaba actuando correctamente. El guerrero estuvo todo el día dándole vueltas y
más vueltas al asunto en su cabeza, hasta que finalmente el sol se convirtió en
una esfera baja y cegadora a la espalda del grupo perseguidor y las primeras
señales del crepúsculo envolvieron la carretera que tenían delante. Hacía unos
días que no habían repuesto las provisiones de su reserva de comida y Kelemvor
agradeció para sus adentros una tarea susceptible de alejar las mentes de los
hombres del valle de sus fantasías asesinas. El guerrero indicó a la compañía
que se detuviese. —Vamos a buscar provisiones aquí —ordenó el guerrero, y
desmontó del caballo —. Quizá la tierra de esta parte de los Reinos no se haya
maleado todavía desde que se inició el caos y encontremos algo de caza que nos
haga bien a todos. Después de dividir a sus hombres en tres grupos, Kelemvor se
dirigió con Bursus, Jorah y Terrol a la parte meridional del bosque mientras
que Mikkel, Carella y Gurn se encaminaron al norte. Yarbro, los sacerdotes de
Lathander y el otro soldado, Cabal, se quedaron a vigilar el campamento.
Media hora después, cuando se estaba empezando a
hacer de noche y un oscuro velo neblinoso envolvía el bosque, Kelemvor y su
grupo aparecieron llevando a un ciervo abatido por una de las flechas de Jorah.
Al cabo de unos minutos, Mikkel y sus hombres aparecieron a su vez procedentes
del oscuro y denso bosque situado al norte de la carretera. El pescador llevaba
la forma inmóvil de una liebre en la mano. Cuando vio el manjar que había
aportado Kelemvor, se desvaneció rápidamente su expresión de triunfo. Los otros
hombres se pusieron a reír ante la imagen de Mikkel, solo y decepcionado con su
presa, pero luego aceptaron de buen grado que tanto él como el fruto de su caza
se uniesen al banquete. Los cazadores de hombres se deleitaron con la carne
fresca del ciervo y, después, permanecieron alrededor del fuego en la linde
misma del bosque. Aunque sin haber descansado, pero por lo menos bien
alimentados, los hombres enterraron los restos del ciervo y se encaminaron de
nuevo a la carretera. Kelemvor percibió durante un rato una camaradería que no
había visto hasta aquel momento en aquel grupo
sanguinario y dispar de cazadores de hombres.
Mientras viajaban en medio de una noche iluminada por la luna camino de la Roca
Vertical, intercambiaron historias de aventuras pasadas, reales o imaginarias.
Sin embargo, como siempre, el tema de Medianoche y sus compañeros no tardó en
convertirse en el núcleo central de la conversación y el barniz de conducta
civilizada desapareció para ser reemplazado por el encarnizamiento y la furia
de las amenazas y maldiciones de los hombres. Kelemvor comprendió que, por mucho
que hubiese esperado que fuese de otra forma, lo que unía realmente a aquellos
hombres era el odio común para con los tres criminales, a quienes la mayoría de
los cazadores no conocía. Cuando el grupo llegó a la Roca Vertical, la luna iba
alta en un cielo sin nubes, la carretera se bifurcaba, un ramal seguía hacia el
nordeste hasta Colina Lejana, mientras que el otro conducía al sur hasta el
puente Pluma Negra pasando por Essembra. La propia roca era como un enorme dado
brillante y gris que tenía una altura de seis metros. Aparecían en su base unas
runas de elfos formando unas líneas que rodeaban los cuatro lados de la roca.
Había un claro detrás de la roca, una media luna
perfecta de tierra negra y parduzca donde nada crecía. Los árboles que había
detrás de este claro no
se parecían a
ningún otro que los cazadores hubieran visto en la
parte occidental del Gran Desierto. Los troncos de los árboles eran
completamente nudosos, las raíces avanzaban retorciéndose para escarbar en la
tierra como los dedos de un viejo avaro en un montón de oro. Las ramas crecían
en dirección opuesta a la roca y se curvaban extrañamente hacia la mitad de su
longitud, de modo que quedaban paralelas a la tierra en lugar de crecer rectas
y airosas. Los árboles eran de un color naranja pálido y sus pocas hojas, amarillas
y débiles.
Era evidente que la idea de estar tan cerca de la
Roca Vertical, conocida por contener unas reservas extraordinarias de magia,
ponía nerviosos a algunos de los hombres, en especial en aquellos momentos de
inestabilidad de aquel arte. A los otros no les importaba estar cerca de las
ruinas de Myth Drannor; pero, a decir verdad, las historias que circulaban
sobre unos seres que acechaban alrededor de la ciudad en ruinas asustaban a la
mayoría del grupo. Sin embargo, los cazadores de hombres estaban agotados y,
cuando se sometió a voto la cuestión, los hombres del valle, a pesar de sus
temores, decidieron acampar junto a la roca. Kelemvor y Yarbro hicieron la
primera guardia juntamente con Bursus, uno de los arqueros del valle. A pesar
de que
la abierta hostilidad de Yarbro hacia Kelemvor
había desaparecido, el guerrero seguía sin confiar en el joven guardia. Bursus
estaba sentado junto al guerrero; ambos observaban la roca mística que se
elevaba delante de ellos, donde se reflejaba la suave luz de la luna y las
vacilantes llamas del fuego. — Hay algo que nunca he comprendido —dijo Bursus
suspirando y volviéndose para mirar al guerrero.
—¿De qué se trata? —preguntó Kelemvor, que había
arrojado distraídamente un palo al fuego y observaba la diminuta explosión de
chispas que se elevaban en el aire. —Los asesinos que estamos persiguiendo
habían sido tus amigos. Combatiste a su lado. —El arquero hizo una pausa—. ¿No
es todo esto muy difícil para ti? Los ojos del guerrero estaban fijos en el
fuego. —Me han traicionado —contestó Kelemvor en un gruñido—. Me mintieron
desde el principio. —Se volvió para mirar a Yarbro, que estaba observándolo.
—No habría debido dudar de ti —dijo Bursus, acompañando sus palabras de un
gesto de asentimiento—. Tienes tantas razones para vengarte como nosotros. Tal
vez más.
«¿Venganza? —pensó Kelemvor—. ¿Es la venganza el
único motivo que tengo para esta misión? Quizás ello no sea razón suficiente.
No cabe duda de que a Medianoche no le dieron una oportunidad decente para
defenderse en el juicio.» No se había hecho justicia... y no eran sus hombres
quienes iban a procurar que Medianoche, Cyric y Adon fuesen tratados
justamente. Kelemvor echó una maldición para sus adentros y sacudió la cabeza.
Cuando el guerrero volvió a levantar la vista, se dio cuenta de que Yarbro
seguía mirándolo, sin embargo en el rostro del guardia aparecía ahora una
maliciosa expresión de curiosidad. —Sí, Bursus —murmuró Yarbro, sin apartar los
ojos de Kelemvor—. Su estímulo para dar caza a esa bruja debería ser mayor que
el de todos nosotros juntos. —Una sonrisa fue iluminando el rostro del guardia.
Mientras Kelemvor miraba a Yarbro a los ojos, decidió que impediría que los
hombres del valle causasen daño a Medianoche y a sus compañeros..., siempre y
cuando ello fuese posible. No podría detener a los cazadores ni ayudar
directamente a los que antes habían sido sus amigos. Ello activaría la
maldición. Pero podría procurar que los hombres del valle se atuviesen a las
instrucciones de Mourngrym. Al fin y al cabo, le pagaban para eso.
Se oyó de repente un fuerte ruido sordo procedente
de los retorcidos árboles que
había detrás de los hombres. Kelemvor no necesitó
de sus agudizados sentidos para detectar el ruido. Los centinelas lo habían
oído y estaban esperando las órdenes de Kelemvor.
El guerrero se quedó un momento inmóvil y escuchó
el crujido de ramas y el susurro de hojas bajo unas pisadas procedentes del
bosque que tenían detrás. —Despertad a los otros —ordenó Kelemvor en un
susurro—. Confiemos en que no sea más que algún animal inofensivo a quien el
fuego ha despertado su curiosidad. —El guerrero se levantó despacio y
desenvainó la espada. Yarbro se puso detrás de Kelemvor.
—Apaga el fuego —dijo el guerrero de ojos verdes
sin perder la calma. El joven guardia, ante la sorpresa de Kelemvor, obedeció
sin rechistar. Mientras Yarbro extinguía las llamas, llegaron más sonidos del
bosque. De pie en el claro, bañados por el resplandor del fuego, los cazadores
habrían sido un blanco fácil. Si quienquiera que estuviese observando desde el
bosque tenía intenciones hostiles, acababa de perder parte de su ventaja. Sin
embargo, la protección del bosque estaría a favor del ser o seres escondidos.
Kelemvor instó a sus hombres a recoger sus bártulos lo más rápidamente posible.
—Si conservamos la presencia de ánimo, podremos
llegar a los caballos y dejar atrás a quienquiera que esté allí —dijo Kelemvor
mientras arrojaba sus alforjas sobre su caballo con una mano y blandía la
espada con la otra. Se oyó de pronto un gruñido como el de un cerdo, procedente
del bosque y uno de los caballos relinchó aterrorizado. El caballo se levantó
sobre sus patas traseras y tiró a Jorah, su jinete, al suelo. El desbocado
caballo echó a correr hasta la carretera del valle del Tordo y desapareció en la
noche. Se oyó un siseo, como el susurro de una repentina ráfaga de viento y
Gurn, el leñador de pelo blanco, lanzó un gruñido y cayó hacia delante.
Uno de los pescadores, Carella, que estaba cerca de
Gurn, en la parte del claro en forma de media luna que daba al valle del Tordo,
saltó de su caballo y acudió en ayuda del leñador. Gurn estaba tumbado boca
abajo y, al borde de la agonía, se retorcía de dolor. Un dardo de más de siete
centímetros sobresalía de su cogote. El pescador se agachó, sujetó los brazos
del leñador y empezó a arrastrar al hombre de pelo cano hacia un caballo.
—¡Kelemvor! —gritó Carella entre resoplido y resoplido—. Están lanzando una
especie de dardos. Pueden estar envenenados. Si... El leñador se quedó sin
habla cuando un dardo penetró en un lado de su rostro, le atravesó la mejilla y
se le clavó en la lengua. A pesar del terror que experimentaba,
Carella no tardó en alegrarse de que los dardos no
estuviesen envenenados. No sentía más que un dolor intenso. El pescador soltó a
Gurn y, con una mano apretada contra el rostro, cayó al suelo. Cuando al cabo
de un rato Carella trató de ponerse de pie, otro dardo atravesó su garganta y
el pescador se desplomó hacia atrás, con el cuerpo temblando mientras la muerte
lo reclamaba. Una carcajada bronca y nasal surgió del bosque. Por primera vez,
Kelemvor vio algo, unos cuantos rostros, entre los árboles. Aquellos seres
tenían unos grandes y acuosos ojos, dispuestos de forma irregular sobre un
hocico de cerdo. El guerrero supo al instante lo que tenían delante... orcos.
Probablemente una docena, como mínimo. —¡A la carretera! —gritó Kelemvor, para
luego hacer girar a su caballo en redondo.
Algunos dardos y dos o tres flechas teñidas de
negro surgieron disparados de los árboles. Cabal aupó a Jorah sobre la grupa de
su caballo y los otros dos arqueros se
pusieron al galope en pos de Kelemvor.
Mikkel, que se hallaba casi en el centro del claro,
gritó cuando vio caer a Carella. Eran amigos de la infancia y no se habían
separado en casi toda la vida. Mikkel se dispuso a ir rápidamente en ayuda de
su amigo, pero Yarbro agarró por detrás al pescador de piel quemada por el sol
y lo arrastró de vuelta a los caballos. Mientras montaban y se dirigían a la
carretera del sur, las flechas no dejaron de volar a su alrededor.
Pero no había nadie allí para impedir que Terrol
Uthor corriese al lado de Carella. Sin embargo, cuando el guía se agachó junto
al pescador, una flecha salió volando de la oscuridad y atravesó su pecho. El
guía hizo un intento para respirar, luego cayó de bruces al suelo.
Cinco orcos, con armaduras sucias y oxidadas,
blandiendo sus espadas, irrumpieron en el claro que había junto a la Roca
Vertical. Dos se precipitaron inmediatamente hacia los cuerpos de los hombres
del valle, pero los otros tres se dirigieron hacia Kohren y Lanx, los dos
clérigos de Lathander, que estaban todavía tratando de colocar sus alforjas en
los caballos. —¡Olvidaos de los libros! —gritó Bursus, y sin más espoleó a su
caballo en dirección a la carretera del sur—. ¡Daos prisa! ¡Daos...! Una flecha
negra atravesó la pierna del guerrero y fue a clavarse en su caballo. Bursus,
con los dientes apretados a causa del dolor que sentía, fue haciendo eses por
la carretera detrás de Kelemvor. Otros cinco orcos, armados con arcos, salieron
de sus escondites y algunas flechas perdidas así como un gran
número de maldiciones gritadas en orco siguieron a
los hombres del valle carretera abajo. Kelemvor tiró de las riendas de su
caballo y se detuvo pasada una curva de la carretera. Cabal y Jorah, que
montaban el mismo caballo, no tardaron en reunirse con el guerrero de ojos
verdes, también lo hicieron Yarbro y Mikkel. Los cazadores permanecieron un
momento en silencio, escuchando las maldiciones de los orcos en la distancia.
Sólo Kelemvor podía comprender lo que estaban diciendo los orcos, pero todos
los jinetes se estremecieron. A pesar de ser proferidas en otro idioma, el
significado de las amenazas estaba bastante claro. Al cabo de un rato, apareció
Bursus a medio galope. El hombre de pelo negro se balanceaba en su silla a
causa del dolor que le producía la herida de la pierna, pero su caballo había
seguido cabalgando por la carretera. Jorah saltó del caballo de Cabal y evitó
que el caballo de Bursus pasase delante de ellos sin detenerse. —Los clérigos
de Lathander... —murmuró Bursus—. ¡Salvadlos! El arquero trató de levantar la
mano, sin duda para señalar hacia la Roca Vertical, pero no pudo. Cabal
desmontó y examinó la herida de flecha de la pierna izquierda de Bursus.
Kelemvor hizo dar media vuelta a su caballo, hasta ponerse de espaldas a la
Roca Vertical.
—Vámonos —murmuró—. Los clérigos están perdidos. Es
imposible que puedan escapar a esos orcos.
Yarbro desenvainó su espada y miró a Kelemvor. —A
veces los orcos dejan a sus víctimas con vida... durante un corto espacio de
tiempo. —El joven guardia hizo una pausa. Mikkel sacó su espada y Cabal volvió
a montar—. Volvemos a por ellos.
Kelemvor cerró los ojos. A pesar de querer hacerlo,
no había forma de que pudiese volver en ayuda de los clérigos. Era muy simple,
el hecho de arriesgar su vida por ellos no le aportaría nada.
—Haz lo que quieras, Yarbro. Yo no voy a ayudarte.
—El guerrero bajó del caballo y se encaminó a los árboles—. Os esperaré aquí.
—Yo me ocuparé de Bursus —dijo Jorah en tono
decidido—. Le sacaré la flecha y le vendaré la pierna. —El arquero delgado y de
cabello castaño rojizo se volvió a Kelemvor y escupió, luego le dio la espalda
para dirigirse a los otros—. Es decir, si eso es lo que quieres que haga,
Yarbro.
El joven guardia entornó los ojos y miró a Kelemvor
un instante. —Sí...,
ahora soy yo el que manda, ¿no es así? —dijo Yarbro
lentamente—. Está
bien, Jorah. Pero yo en tu lugar procuraría tener a
Kelemvor delante de mí
todo el rato. —El guardia espoleó a su caballo y se
dispuso a volver a la Roca Vertical. Yarbro, Cabal y Mikkel volvieron sobre sus
pasos por la carretera, a galope tendido y dando gritos y alaridos. Cuando los
hombres doblaron la curva, Kelemvor oyó algunos chillidos y exclamaciones en
orco, luego sólo el sonido de algo corriendo por el bosque.
Kelemvor, sentado bajo un árbol, observó cómo Jorah
sacaba la flecha de la pierna de Bursus, vendaba la herida y atendía incluso al
caballo herido de Bursus, y pensó que aquello era el final, que no podría
evitar que aquellos hombres matasen a Medianoche, a Cyric y a Adon.
El guerrero dio una patada a una piedra, que fue a
parar a un bache del escabroso camino de tierra. ¡Todo sería tan sencillo de no
ser por aquella condenada maldición! Podría hacer lo que era justo. Podría
abandonar aquella cacería. Pero ello no era posible y Kelemvor lo sabía. En el
momento en que tomase partido por Medianoche, por Adon y Cyric, rompería la
promesa hecha a lord Mourngrym y perdería la recompensa que éste le había
prometido como estímulo por llevar a buen fin la misión. Habría expuesto su vida
en la persecución por nada, un acto que sin duda haría que la maldición se
hiciese sentir. Entonces Kelemvor se transformaría en pantera hasta matar a
alguien. Jorah se volvió hacia Kelemvor y frunció el entrecejo. Kelemvor vio
odio en los ojos del arquero. Por un momento, sintió miedo. Comprendió de
repente que era bastante probable que lo matasen también a él. Para aquellos
hombres no era mejor o peor que Medianoche.
Pero antes de que Kelemvor tuviese ocasión de
meditar sobre el asunto, oyó ruido de cascos en la carretera. El guerrero se
puso en pie de un salto y se colocó detrás de su caballo. Si los orcos se
habían apoderado de los caballos de los hombres del valle, sin duda le
lanzarían una lluvia de flechas cuando pasasen por delante. Pero no eran los
orcos quienes venían por la carretera, sino Yarbro y los otros dos arqueros.
Llevaban consigo un caballo sin jinete. Los tres hombres sudaban muchísimo y
Cabal tenía un profundo corte en la parte superior del brazo, pero estaban
vivos. Jorah los ayudó a desmontar y Yarbro fue inmediatamente a comprobar el
estado de Bursus. Apenas Jorah y Cabal colocaron a Bursus sobre uno de los
caballos, Yarbro se acercó a Kelemvor con la espada desenvainada. —Los orcos
han huido. ¡Como tú, cobarde! —El joven guardia levantó la espada a la altura
del rostro de Kelemvor—. Debiera matarte ahora mismo, pero te necesitaremos
como escudo si nos atacan de nuevo. A partir de ahora, cabalgarás delante,
solo.
Kelemvor apartó la espada del guardia.
—¿Y ha sido correcta tu actitud para con los
clérigos? —añadió Yarbro, para luego apuntar al pecho de Kelemvor con su
espada. Sin embargo, el guerrero volvió a apartar la espada golpeándola con su
propia hoja y el golpe hizo retroceder a Yarbro unos metros. Jorah, Cabal y
Mikkel desenvainaron sus espadas.
—¿Lo ves? —dijo Yarbro entre dientes; guardó el
arma y levantó las manos—.
Estás con vida sólo porque yo lo digo.
Los otros hombres del valle guardaron también sus
espadas. Kelemvor se alejó y fue a preparar su caballo para otra larga marcha.
El viaje hasta el puente Pluma Negra fue largo y silencioso para Kelemvor. Los
hombres del valle se detuvieron en Essembra el tiempo justo para adquirir
provisiones y hacer que un curandero local examinase la pierna de Bursus. La
herida no era demasiado grave y, después de algunas cataplasmas, Bursus estuvo
en condiciones de cabalgar hasta el puente con los otros cazadores de hombres.
Durante todo el camino, Kelemvor cabalgó lejos delante del grupo, esperando ser
atacado en cualquier momento por detrás.
El guerrero de ojos verdes sabía que si los hombres
del valle caían en una emboscada él no levantaría la espada para salvarlos.
Ahora, sólo el oro de Mourngrym y su promesa lo mantenían en aquella misión, e
incluso esto estaba resultando ser de poco estímulo.
Kelemvor había albergado la esperanza de que la
conmoción de perder a sus compañeros de aquella manera tan espantosa haría que
los hombres del valle se encerrasen en sí mismos, que mitigaría sus crueles
instintos. Pensó que, como mínimo, dejarían de explayarse en las formas de
torturar a Medianoche, Adon y Cyric. Pero Yarbro y los otros cazadores de
hombres, incluso Bursus una vez recuperado, se pasaban la mayor parte del día
tramando fines terribles para los amigos de Kelemvor. De vez en cuando, Yarbro
se adelantaba y le contaba a Kelemvor la última ocurrencia cruel, sólo para
mortificarlo. El guerrero siempre guardaba silencio, pero ello no evitaba que
el joven guardia le contase una y otra vez cómo sus hombres iban a matar a la
maga y a sus aliados.
El grupo llegó finalmente al puente Pluma Negra,
donde ataron a sus caballos en el bosque de la orilla norte del Ashaba y
tomaron posiciones en el puente. Mientras los hombres del valle montaban un
campamento rudimentario,
Kelemvor se dirigió al extremo norte del río y se
aclaró la garganta ruidosamente. —Yarbro es ahora vuestro jefe —comenzó
diciendo el guerrero—, y ello me parece justo. Sin embargo, tengo algo que
deciros a todos. Una serie de murmullos recorrió el campamento. Yarbro miró a
Kelemvor con suspicacia, luego indicó a sus hombres mediante un gesto de la
cabeza que les autorizaba a escuchar al guerrero.
Cuando todos los hombres del valle se hubieron
vuelto para mirarlo, Kelemvor prosiguió.
—Es la última vez que os voy a recordar a todos las
órdenes explícitas de lord Mourngrym. —Yarbro frunció profundamente el
entrecejo—. Las órdenes que hemos recibido son las de capturar a Medianoche, a
Adon y a Cyric y llevarlos al valle de las Sombras, donde pagarán por sus
crímenes. A menos que no haya otra posibilidad, han de llegar allí con vida.
Dio la impresión de que las frías miradas de los
hombres del valle atravesaban al guerrero. Había pronunciado aquellas palabras
con voz sosegada y sin pasión. Kelemvor sabía que no surtirían efecto, pero no
podía dejar de intentarlo. Cuando hubo terminado de hablar, el guerrero se
encaminó lentamente a su caballo y cogió sus alforjas. Después de transcurrida
casi una hora, los hombres del valle empezaron a ponerse nerviosos.
—¿Y si ya han pasado por aquí? —preguntó Mikkel. El
arquero arrojó un guijarro fuera del puente de una patada y se quedó observando
cómo caía en el Ashaba. —Imposible —barbotó Yarbro, en un intento de
convencerse más a sí mismo que
a sus hombres.
Era completamente posible que los perseguidores
hubiesen llegado tarde. El objeto de su persecución podía estar a varios
kilómetros de distancia, quizás haber llegado ya al valle del Barranco.
Sentado en el extremo norte del puente, a Kelemvor
le dio un vuelco al corazón cuando oyó la pregunta del arquero. «Por todos los
dioses —pensó Kelemvor—, que así sea. Que la decisión no esté en mis manos.» El
dios de la Lucha hizo llamar a su hechicera, Tarana Lyr. Al cabo de un rato,
una hermosa joven vestida con la túnica color ébano de la orden negra de Bane
hizo su aparición en la impresionante sala del trono del templo del dios en
Zhentil Keep. Llevaba el largo y rubio cabello maravillosamente cortado y
sujeto con una diadema de plata. Un fajín rojo ceñía su delgada cintura y a
través de uno de los lados de la túnica se
vislumbraban sus largas y torneadas piernas. Sus ojos eran de un azul profundo,
sobrenatural.
—Señor —dijo Tarana suavemente, con una voz sonora
y melodiosa—.
Estoy a vuestras órdenes.
—Te he hecho llamar para que abras una gran puerta
que dé a la ciudad Valle del Barranco —dijo Bane—. Quiero contactar con nuestra
guarnición. — Naturalmente —murmuró Tarana para ponerse inmediatamente a lanzar
el hechizo.
La inestabilidad de la magia no preocupaba a la
hechicera. Le gustaba la emoción de desafiar a unas fuerzas susceptibles de
destruirla un día. Correr riesgos había formado parte básica de su educación y
el caos de la magia desde el día del Advenimiento le había permitido hacer un
uso completo de sus muchas facultades... y de su locura.
Lord Black retrocedió cautelosamente para apartarse
de la hechicera mientras ésta lanzaba el hechizo. En medio del aire se abrió un
marco en llamas y, a través de la puerta, Bane vio a tres hombres con uniforme
de soldados sentados alrededor de una mesa de madera. A juzgar por los dados y
las monedas diseminadas por la mesa era evidente que habían estado jugando. En
aquel momento, los hombres discutían por una apuesta. —¡Caballeros! —gruñó
Bane.
Su voz atrajo inmediatamente la atención de los
soldados. La noticia de la adquisición por parte de Bane del cuerpo de Fzoul
para su mutación no había tardado en extenderse por la ciudad Valle del
Barranco y aquellos soldados conocían muy bien la voz de Fzoul por haber tenido
que habérselas con el sumo sacerdote en el pasado. —Lord Bane —dijo un fornido
soldado de barba roja llamado Knopf, que empujó la silla hacia atrás y se puso
de pie. Los otros soldados, Cadeo y Escarcha, se apresuraron a imitarlo. —¡Veo
que habéis estado muy «ocupados»! —les espetó Bane señalando la mesa. Cuando
lord Black fulminó con la mirada los dados y el dinero, el soldado de barba
roja se puso lívido.
—Ha habido muy poca actividad en el valle
últimamente —dijo Knopf, en un intento de aplacar a su señor.
De hecho, hacía años que había poca actividad en el
valle del Barranco. No hacía mucho, Lashan Aumersair, el joven y agresivo señor
de este valle por aquel entonces, había invadido el valle del Horror, el valle
de la Pluma y el valle de la Contienda con sus ejércitos. Pero el imperio de
Lashan no había
durado mucho. Los valles, Cormyr, Sembia, Colina
Lejana e incluso Zhentil Keep se habían unido para impedir la
expansión del valle del Barranco. Ahora, todos los
reinos que habían contribuido con
sus tropas a la derrota del joven señor tenían una
guarnición en la ciudad. Al igual que otras guarniciones, el contingente de
soldados de Zhentil Keep se limitaba a doce hombres de armas. El equilibrio de
poder entre las guarniciones del valle del Barranco variaba de un día para
otro, pero nunca ocurría nada suficientemente relevante como para cambiar el
statu quo de la ciudad ocupada. —En otras palabras, que no ha habido progresos
—estalló Bane—. Yo esperaba que estuvieseis haciendo algo más que jugar a dados
y mantener la paz del valle del Barranco.
—La semana pasada, sin ir más lejos, tuvimos una
pequeña escaramuza con los soldados de Cormyr —murmuró Cadeo, a la vez que
trataba de esbozar una débil sonrisa.
—¿Alguna baja? —preguntó Bane, más animado. —Cadeo
le rompió el pulgar a uno —dijo Knopf en un murmullo señalando al joven soldado
de pelo rubio—. Me temo que no ha habido mucho movimiento aquí en los últimos
tiempos, lord Bane.
—Ya veo. Pero parece que puede ser remediado.
¿Donde está Jhembryn Durrock? — dijo Bane, recalcando las palabras.
—¿Lord Durrock? —preguntó Knopf, para luego mover
nerviosamente un pie y pasarse la mano por la barba.
—Si es ése el pomposo título que ha adoptado, sí,
lord Durrock —dijo el dios de la Lucha, cuya voz se había endurecido.
—¡Buscadlo y traedlo a esta puerta inmediatamente!
¡Os espero! Bane cruzó los brazos de su mutación y los tres soldados se
apresuraron a salir de la pequeña estancia. Bane apartó la mirada de la
abertura mágica, ladeó ligeramente la cabeza y miró a su hechicera.
—Supongo que cuanto más rato esté abierta esta
puerta, mayor es tu riesgo. —No importa —contestó Tarana. Entornó los ojos
hasta quedar profundamente rasgados y en su rostro apareció una sonrisa demente
que añadió una ilusión de delicada belleza—. Me gusta el peligro.
Al cabo de unos momentos, un hombretón de piel
oscura apareció delante de la gran puerta. Toda su piel estaba quemada, de
aspecto casi negro, y unas marcadas señales de quemaduras desfiguraban
groseramente gran parte de su
rostro. La poblada barba y el bigote sólo
conseguían esconder algo del daño. Un casco con visera negra, que se había
quitado por respeto a lord Black, hacía las veces de máscara para ocultar
también lo peor de las deformidades del asesino. De hecho, las otras
guarniciones habían pedido que Durrock llevase siempre el casco dentro de la
ciudad, pues era sabido que el aspecto del asesino provocaba pesadillas en los
niños del valle del Barranco. —Sólo vivo para serviros, lord Bane —dijo
Durrock, en una voz que era un susurro ronco. El asesino se inclinó
ligeramente, pero no permitió que sus ojos se apartasen de la gran puerta.
—Sí, Durrock. Sé que así es —dijo Bane en voz
baja—. Y me complace saberlo..., sobre todo dado lo que voy a decirte. —El dios
de la Lucha esbozó una maliciosa sonrisa —. Mis espías me han informado de que
una maga de cabello negro como ala de cuervo, una adoradora de Mystra que se
enfrentó a mí en la batalla del valle de las Sombras, se dirige al valle del
Barranco. Viaja siguiendo el curso del Ashaba. — El dios de la Lucha hizo una
pausa, durante la cual la sonrisa se desvaneció de sus labios—. Captúrala...
con vida. Yo iré al valle del Barranco para interrogarla personalmente.
Una mueca apareció en el rostro desfigurado de
Durrock y el asesino volvió a inclinarse.
—Como vos digáis, lord Bane —dijo de modo tajante—.
¿Cómo la encontraré? —¡Eso no es cosa mía! —gritó el dios de la Lucha, y
blandió el puño derecho—. Si no puedes aceptar esta misión, «lord» Durrock,
dímelo ahora para que pueda encontrar a alguien más adecuado.
—No será necesario, lord Bane —replicó el asesino—.
La encontraré. Lord Black volvió a sonreír.
—Bien. La encontrarás en el río Ashaba. Me he
enterado de que un grupo de hombres del valle se dirige al puente Pluma Negra
para interceptar su huida. Tal vez quieras empezar por ahí. —Bane se volvió a
Tarana y le hizo un gesto con la mano—. Ah, por cierto, la acompañan dos
hombres. Haz con ellos lo que te plazca... —dijo el dios de la Lucha mientras
la gran puerta empezaba a desvanecerse. La puerta desapareció y Durrock se
encontró mirando un escudo circular y brillante que había en la pared del
cuartel donde se encontraba. Volvió a hacer una mueca y se dirigió a la puerta.
Cuando salió de los barracones rudimentariamente
construidos, Durrock se permitió el lujo de sentir todo el efecto del sol en su
rostro durante un momento. Cuando oyó unos pasos que se acercaban, bajó la
visera. Después
de saludar a un guerrero de tez pálida de Colina
Lejana con un gesto de la cabeza, el asesino pasó por delante de él en
silencio. Mientras caminaba, Durrock no dejaba de controlar la ciudad portuaria
que se extendía ante él. El Barranco, la escarpada garganta que daba nombre a
la ciudad, estaba al norte. El puerto de la ciudad, Ashaba, de gran actividad,
estaba al sur, en el otro extremo de la población. Entre ambos puntos
destacados, había gran cantidad de edificios que iban desde casas funcionales
donde residían trabajadores del valle del Barranco con sus familias, hasta
chozas abandonadas y asilos para desamparados que, desde la guerra, habían ido
llegando a diversas fases de deterioro. Había también unos almacenes
gigantescos, donde se amontonaban materiales para los barcos que se preparaban
para cruzar el estrecho del Dragón. Uno de estos almacenes era el actual
destino de Durrock. Los guardias que vigilaban el almacén se apresuraron a
hacerse a un lado cuando se acercó el asesino.
—Lord Durrock —dijo humildemente uno de ellos al
disponerse a abrir la gran puerta de madera para que entrase el imponente
hombre vestido de negro. —Dentro de una hora parto de viaje a caballo con mis
tenientes. Informad al pelotón correspondiente —ordenó Durrock, antes de
indicarles que se marchasen y de entrar solo en el almacén.
El edificio estaba casi vacío. Una desvencijada y
carcomida escalera de madera llevaba a una trampilla situada en lo alto de la
escalera. A través de la abertura entraba sólo un rayo de luz, que bañaba tres
armaduras completas que yacían en el centro de la habitación inferior, en medio
de un brillo intenso y macabro que las hacía parecer casi atractivas. Sin
embargo, un examen más concienzudo demostraba que el aspecto de las armaduras
era más bien feo; eran de color negro como la noche y estaban cubiertas con
unas hileras de pinchos afilados. Durrock y dos de sus hombres más fieles no
tardarían en ponerse aquellas armaduras.
Junto a ellas había tres sillas de montar de fina
piel. Habían sido objeto de un magnífico trabajo de repujado, pero eran
demasiado grandes para un corcel normal. Mientras Durrock esperaba a sus
camaradas asesinos, se dedicó a comprobar las armaduras y las guarniciones.
No habían pasado cinco minutos, cuando entraron
silenciosamente otros dos asesinos en el vacío y cavernoso almacén. Durrock
saludó a los dos hombres con una
simple inclinación de cabeza y se dirigió a las
armaduras. Los otros
asesinos lo
siguieron. Al cabo de unos minutos, los tres
estaban completamente vestidos con aquellas mortíferas mallas de aspecto
aterrador. —Llamad a vuestros caballos —ordenó Durrock con voz de mando. Luego
se colocó una gruesa cadena metálica en el cuello, con un medallón brillante y
negro, con la forma de un pequeño caballo de relucientes ojos rojos, colgando
del extremo de la cadena.
Los tres asesinos levantaron al unísono idénticos
medallones y repitieron despacio una serie de órdenes tajantes. Brillaron unos
rayos de luz roja y negra por toda la habitación y una nube azul en forma de
remolino, acompañada de una ola de niebla maloliente, apareció muy alta en el
centro de la habitación. Tres pares de brillantes ojos rojos surgieron de un
agujero de la nube y los asesinos oyeron el ruido ensordecedor de pesados
cascos. Sus caballos se estaban acercando.
Primero uno, luego otro, a continuación un tercer y
gigantesco caballo negro saltaron del torbellino y aterrizaron pesadamente en
el suelo del almacén. De los cascos de los caballos salía fuego y las ventanas
de sus narices ardían con llamas de color naranja. Los negros corceles
retrocedieron y dejaron al descubierto una serie de colmillos completamente
blancos.
—¡Estáis bajo nuestro mando! —exclamó Durrock,
sosteniendo el medallón en dirección a uno de los monstruos (unos caballos
fortísimos y malvados de otra esfera)— . ¡Lord Bane nos ha proporcionado las
herramientas para haceros venir de las Esferas para llevar a cabo nuestra
misión!
Los monstruos volvieron a retroceder, expulsando
nubes humeantes de las ventanas de su nariz.
Los animales relincharon nerviosos cuando los
asesinos se acercaron a ellos, pero los monstruos no podían hacer nada para
impedir que los humanos los montasen. Los medallones especialmente mágicos que
Bane había proporcionado a Durrock y a sus hombres les daban un control
completo sobre aquellos extraños animales de otro mundo.
Durrock hizo dar media vuelta a su monstruo y lo
espoleó para que se dirigiese hacia la enorme puerta doble de la parte frontal
del almacén. El aterrador animal se levantó sobre las patas traseras y le dio
una fuerte coz a la puerta con sus cascos en llamas. Se abrió ésta de par en
par y los tres asesinos se precipitaron a la calle. Al verlos, los aldeanos que
por allí pasaban se pusieron a gritar. Algunos perdieron completamente el
conocimiento.
Durrock soltó una carcajada y tiró de las riendas
de su animal que echó a volar y al cabo de unos minutos el asesino desfigurado
y sus tenientes cabalgaban por el cielo en dirección al puente Pluma Negra, con
los cascos de aquellas pesadillas lanzando resplandecientes gotas de fuego por
el aire. Aquella mañana temprano, Cyric había decidido rodear los peligrosos
rápidos que tenían delante, donde la curva de herradura del Ashaba se desviaba
hacia el sudoeste y dejaba atrás dos afluentes antes de terminar su arco y
dirigirse al nordeste. Medianoche observó las agitadísimas aguas y se sintió
aliviada al comprender que no iban a intentar pasar por allí. Unos árboles
derribados se asomaban sobre la orilla, con sus ramas medio enterradas en el
agua. Los árboles parecían unas manos grises y retorcidas con miles de dedos
esqueléticos. A cierta distancia sobresalían del agua unas grandes rocas
escarpadas. Nubes de espuma se arremolinaban delante de las rocas, poniendo de
relieve las zonas donde las piedras reducían momentáneamente la corriente del
río.
Densos bosques flanqueaban el Ashaba, pero, de vez
en cuando, se divisaban
algunos claros en la orilla, abiertos, quizá, por
pescadores u otros viajeros. Cyric guió el esquife hacia la ribera este, donde
se veía una pequeña explanada. Cuando los héroes estuvieron cerca de la orilla,
el ladrón ordenó a sus compañeros que saltasen de la barca y la llevasen a
tierra.
Cyric también saltó de la barca y los tres héroes
arrastraron el esquife hasta la orilla. Del pequeño claro salía un sendero que
seguía el curso del río. Era evidente que no eran los primeros que habían
decidido no arrostrar la corriente de los rápidos del río. —Vamos a tener que
llevar la barca durante un trecho —refunfuñó Cyric mientras sacaba su bolsa del
esquife—. Este sendero debería llevarnos hasta el final del bosque. Podemos
seguir el Ashaba un rato, luego cortar a campo traviesa por el valle de la Contienda
y volver a meter la barca en el agua una vez pasada la curva. —El ladrón hizo
una pausa para enjugarse el sudor de los ojos y continuó—: ¿Es lo bastante
simple para que lo hayáis comprendido? Medianoche no se dejó acobardar.
—Cyric, no hace falta que nos trates como si
fuéramos niños. Tus planes son bastante claros. —La maga de pelo color ala de
cuervo cogió la talega que contenía su libro de hechizos y se la colgó a la
espalda. —Ah, ¿sí? —dijo Cyric, luego le dio la espalda a la maga y se encogió
de hombros—. Quizás...
Medianoche puso una mano en el brazo de Cyric y le
dio un cariñoso apretón, y descansó la frente en su hombro.
—Cyric, soy tu amiga. Sea lo que sea lo que te
preocupa, puedes contármelo si necesitas hablar.
El ladrón se apartó del reconfortante contacto de
Medianoche con gesto repulsivo, como si los dedos de ella fuesen las patas de
una araña. Asimismo, esquivó su mirada. —No necesito hablar con nadie —se
justificó—. Además, lo que tuviese que decir no te gustaría.
Detrás de Medianoche y de Cyric, Adon se puso a
temblar y saltó a la barca. El clérigo dobló las rodillas con el rostro pegado
a ellas y cerró los ojos. Medianoche dio un paso en dirección a la barca, pero
se detuvo cuando vio que la espalda del ladrón se ponía rígida, como si
estuviese preparado para atacar a Adon. Instintivamente, la maga se colocó
delante de Cyric, impidiendo así que éste viese al tembloroso clérigo. —Cyric,
a mí puedes decirme lo que quieras —dijo Medianoche en tono suplicante—. ¿No lo
sabes a estas alturas? Cuando estabas herido, mientras nos dirigíamos a
Tilverton, me hablaste mucho acerca de ti, mucho sobre el dolor y la angustia
que te llevaban a actuar como lo haces. Conozco tus secretos y yo... — ¡Déjame
en paz! —dijo Cyric entre dientes acercándose, furioso, a la maga. El hombre de
nariz aguileña alargó hacia Medianoche su mano derecha, con los dedos
extendidos como dagas. La maga retrocedió despacio. —Yo... yo no quería
—murmuró Medianoche. Miró a Cyric a los ojos y se estremeció. Había algo en
ellos que la asustó, algo que no había advertido anteriormente. —Yo también
conozco tus secretos —dijo Cyric. Estaba a sólo unos centímetros de la maga—.
¡No lo olvides, Ariel!
La maga guardó silencio. Cyric se había enterado de
su verdadero nombre en el viaje al valle de las Sombras. Con aquella
información, si así lo quería Cyric, confabulándose con un mago poderoso, podía
dominar su alma. Medianoche sabía que debiera estar asustada, pero sólo estaba
furiosa. —¡Tú no sabes nada sobre mí! —exclamó Medianoche, y se dio media
vuelta
para dirigirse a la barca. Adon se levantó y alargó
la mano hacia la maga. —Yo te conozco —dijo el clérigo en voz baja, y se puso
junto a Medianoche. Señaló a Cyric, que estaba todavía mirando a la maga de
cabello negro—. A ti también te conozco, Cyric.
El ladrón entornó los ojos, luego apartó la mirada
y se puso a caminar hacia el claro.
—Tenemos un largo camino por delante. Si vamos a
emprenderlo, debemos ponernos en marcha inmediatamente. —Al cabo de un rato, el
ladrón carraspeó y volvió a hablar. Preguntó—: ¿Vamos, Medianoche? La maga
temblaba.
—Vamos. Ven, Adon.
Adon, sin dejar de sonreír a la maga, recogió el
resto de los bártulos y salió del esquife. Él y Medianoche se volvieron hacia
Cyric, todavía a unos metros de distancia. El ladrón murmuró algo, se acercó al
esquife y lo asió por la proa. Medianoche y Adon cogieron la popa y, juntos,
los viajeros dieron la vuelta a la sorprendentemente ligera barca y se la
pusieron sobre sus cabezas. Siguieron el sendero a través del bosque, paralelo
al río, durante una hora, aproximadamente, hablando sólo lo necesario. Como el
ladrón había indicado, los héroes no tardaron en salir del bosque para tomar un
camino más directo que los llevaría al otro lado de los rápidos. Pronto
pudieron ver las colinas bajas y ondulantes del valle de la Contienda. Durante
las horas siguientes, mientras llevaban la barca sobre una tierra blanda, no
dejaron de rodearlos unas pendientes exuberantes y verdes. En la distancia, las
colinas parecían mezclarse, perdiendo su forma hasta convertirse en una pared
vaga de un color verdoso en el horizonte. Un viento suave soplaba sobre el
valle y, de vez en cuando, les llegaba el murmullo del río.
Los héroes encontraron un sendero entre una serie
de colinas y lo siguieron. La tierra que se elevaba a cada lado de los viajeros
estaba marcada por unas estribaciones que ascendían hasta la cresta de las
colinas para luego mezclarse con el pálido verde pardusco del paisaje. A medida
que se iban adentrando en el valle, las colinas más cercanas se veían
claramente reflejadas, mientras que las más lejanas perdían su forma y se
mezclaban con el cielo, donde unas grandes nubes se deslizaban perezosamente. La
marcha era agotadora, pero resultaba agradable dejar por un rato el esfuerzo
continuo de llevar el esquife a remo Ashaba abajo. Los héroes avanzaron a buen
ritmo y, poco después de mediodía, volvieron a estar cerca del río. —El Remanso
del Tejo debe de estar cerca —dijo Cyric con voz áspera y desabrida—. Allí
suele calmarse el río, pero quién sabe cómo estará ahora. Preparaos para lo
peor.
Los héroes llegaron a la orilla y Medianoche y Adon
bajaron su extremo de la barca mientras Cyric hacía lo propio con el suyo.
Medianoche estaba agotada y le dolían los músculos. Se sentó en el suelo junto
al esquife y Adon se
arrodilló a su lado. El ladrón cruzó los brazos y
se puso a dar patadas nerviosas en el suelo. —¿Qué pretendes de mí? —exclamó
Medianoche—. ¿Quieres que lance un hechizo que nos lleve a Tantras? ¡Qué más
quisiera yo! En estos momentos preferiría ser desterrada al reino de Myrkul que
volver al Ashaba. Pero no veo otra alternativa. — La maga se tapó el rostro con
las manos, se levantó y se encaminó hacia el ladrón—. Nosotros dos somos tan
capaces de hacer este viaje como tú. De hecho, y para empezar, no sé quién te
ha puesto al mando de esta pequeña expedición. —Cyric empezó a hablar, pero
ella lo interrumpió—. El caso es que no voy a permitir que me trates como si yo
fuera tu equipaje, Cyric, y Adon tampoco. Si quieres seguir solo, no seré yo
quien te detenga. Siento no haber podido ser lo que tú querías que fuese. He
tratado de ser tu
amiga, pero ello no parece bastarte.
Cyric había dejado caer los brazos fláccidos,
pegados a los costados. No había nada que pudiese decir, nada que quisiera
decir, para compensar el dolor que estaba causando a Medianoche. Era bien
sencillo, aquello no tenía importancia para él. Cyric quería las Tablas del
Destino. El deseo de poder y de gloria que le aportarían ardían dentro de él.
Cualquier otra consideración palidecía ante su necesidad de controlar su propio
destino y la posesión de las Tablas era el precio de ese control. De niño, Cyric
había sido esclavo y hasta que no se enfrentó y mató a su antiguo mentor de la
Cofradía de los Ladrones, poco antes de la batalla del valle de las Sombras,
jamás se había sentido un hombre libre. Toda su vida había llevado unas cadenas
invisibles de esclavitud en el cuello, en las muñecas y en los tobillos. Ahora,
sin embargo, tenía un objetivo, una misión que redundaría en su propio
beneficio. Podría quitarse las cadenas para siempre.
Pero Cyric sabía asimismo que, por el momento,
necesitaba a Medianoche, y quizás incluso a Adon, para llegar a Tantras y
recuperar la primera de las Tablas del Destino desaparecidas. No podía dejar
que todo se fuese al traste por aquella ira sin importancia de la maga.
—Lo... siento —mintió Cyric mientras empujaba la
barca hasta el agua—. Tienes razón. No os he tratado bien. Lo que ocurre es
que... yo también tengo miedo. Medianoche sonrió y arrojó los brazos al cuello
del ladrón. —¡Sabía que entrarías en razón, Cyric! —exclamó, feliz. Luego,
sonriendo, retiró los brazos del cuello del ladrón, ayudó a Adon a saltar al
esquife y arrojó su talega al suelo de la barca—. Estamos juntos en todo esto.
Ni Medianoche ni
Adon vieron la expresión del rostro de Cyric cuando
éste les dio la espalda para recoger su propia talega. En su rostro aparecía
una sonrisa peculiar, una sonrisa que no era fruto de la alegría, sino de la
victoria. Y del desprecio. Mientras los héroes se dirigían remando por el río
hacia el Remanso del Tejo, Adon iba sentado cerca de la proa del esquife con
una mano colgando fuera de la embarcación. El clérigo estaba mirando las líneas
veloces e irregulares que formaba la corriente en el agua azul verdosa cuando
de pronto frunció el entrecejo. —La dirección del río está cambiando delante de
nosotros —dijo con tono tranquilo. El fragor de las aguas del río ahogó sus
palabras y el clérigo se vio obligado a repetirlas.
Cyric miró por encima del hombro y observó el
amplio remanso que había río abajo. Adon tenía razón; la corriente estaba
cambiando. Una pared de pura espuma blanca se elevaba en la barrera donde el
río se encontraba con el remanso y no dejaba ver con claridad la agitada
turbulencia que había al otro lado. ¡El Remanso del Tejo se había convertido en
un enorme torbellino! El ladrón miró a ambas orillas y comprendió que nunca
podría llevar la frágil embarcación hasta tierra antes de que la fuerza de la
corriente los arrastrase e hiciese zozobrar la barca. La única posibilidad que
tenían los héroes de salir con vida era pasar por los cauces periféricos de la
violenta corriente y tratar de dominar la embarcación. El ladrón gritó unas
precipitadas órdenes a Medianoche y a Adon, pero sus palabras se perdieron en
medio del estruendo del torbellino. Cuando estuvieron más cerca de él, Adon lo
miró como si le resultase familiar. Medianoche, por su parte, parecía
paralizada por el terror. Dado que sólo contaban con los esfuerzos frenéticos
de Cyric para reducir la velocidad de la embarcación, los héroes no tardaron en
atravesar la barrera de niebla donde el río se metía en el remanso. A pesar de
que todos estaban calados hasta los huesos, la cantidad de agua que había entrado
en la barca no era motivo de alarma.
Medianoche salió de su envaramiento al percibir el
frío del agua helada. No pudo
contener un grito cuando vio las gigantescas fauces
abiertas del torbellino en el centro del que normalmente era un plácido
remanso, el Remanso del Tejo. Cyric no pudo oírla. Del centro del amplio
remolino se elevaba como una pared de ruidos que iban aumentando de volumen a
medida que la barca era arrastrada a los anillos exteriores de aquella agua
salvajemente impetuosa. El ladrón trabó un remo sobre la parte derecha de la
barca para estabilizarla,
pero la diminuta embarcación empezó a dar vueltas y
a zozobrar, mientras era arrastrada hacia el torbellino. En cuestión de
segundos, los héroes estaban suspendidos en el mismísimo centro del remolino,
desde donde podían ver toda su profundidad. En el fondo del mismo se veía una
cegadora luminiscencia azul y blanca. Cyric, usando los remos como timón, trató
de mantener la embarcación firme, pero ésta daba violentos bandazos. Una fina
niebla rodeaba a los héroes y, de vez en cuando, al pasar vertiginosamente
cerca de la orilla, vislumbraban algún punto destacado en tierra. La barca
siguió dando bandazos y, en un momento dado, quedó suspendida sobre el agua.
Medianoche tuvo que hacer un esfuerzo para no vomitar. Cyric, sin dejar de
lanzar juramentos en voz alta, luchaba con los remos. Unas lágrimas rodaron por
el rostro de Adon, que miraba fijamente el remolino de agua. —¡Por favor, Sune!
—gritó el aterrorizado clérigo con los brazos extendidos. Estuvo a punto de
caerse de la barca y ésta se balanceó. Cyric miró por encima del hombro.
—¿No puedes controlarlo? —gritó a Medianoche, para
luego volver su atención a los remos y tratar de enmendar la perturbación
causada por Adon. —¿Qué pasa, Adon? —gritó Medianoche—. ¿Qué ves? Adon se puso
a lloriquear, luego empezó a hablar en un tono bajo, apenas audible por encima
del estruendo del torbellino. —Elminster está en el agujero. Quiero salvarlo,
pero no puedo llegar hasta él. Las imágenes de los últimos momentos en el
templo acudieron a la mente de Medianoche. Habían destruido la mutación de Bane
y la esencia de Mystra había desaparecido en la explosión que había acabado con
la mutación de lord Black. Durante la batalla, Elminster había sido arrastrado
al ojo mismo del torbellino que él había creado. Ni Medianoche ni Adon pudieron
salvar al anciano, cuando el agujero se cerró. —¡Intenté... intenté salvarlo!
—exclamó Adon—. Traté de lanzar un hechizo, pero Sune no quiso escuchar mis
plegarias. ¡Me abandonó y dejó que Elminster muriera!
—¡No fue culpa tuya! —gritó Medianoche. Hasta el
armazón del esquife empezaba a descomponerse violentamente bajo el ímpetu del
torbellino formado en la corriente del río.
Adon se volvió a Medianoche. A pesar de que él
tenía los ojos rojos de tanto llorar, Medianoche vio un brillo en ellos, como
un atisbo de conciencia de la que habían carecido durante mucho tiempo.
—Fue culpa mía —dijo el clérigo con sosiego—. Yo
era indigno. Merecía
que mi diosa me abandonase. —Adon hizo una pausa,
cerró los ojos y señaló la mellada cicatriz que recorría su mejilla—. ¡Me
merecía esto! En aquel instante la barca se sacudió violentamente y el clérigo
cayó hacia delante. Medianoche lo agarró y lo apartó del borde tirando de él.
Luego miró a Cyric y vio que éste seguía debatiéndose con uno de los remos, que
utilizaba como timón. La barca estaba ahora a más de medio camino de la parte
exterior que rodeaba el torbellino, pero no parecía haberse introducido más en
él. Medianoche cogió el otro remo.
—¿Qué puedo hacer? —gritó la maga—. ¿Cómo puedo
ayudar?
Cyric indicó el extremo sur del remolino mediante
un gesto de la cabeza. Allí el Remanso del Tejo volvía a abrirse en el Ashaba.
—¡Tenemos que evitar la curva! —gritó Cyric—. ¡Esto o pereceremos aquí mismo!
La maga metió el remo en el agua. Adon asió el
extremo del agitado remo de roble con Medianoche y, juntos, mantuvieron firme
el segundo timón improvisado. Los tres héroes hicieron que la barca saliese del
cerco del torbellino. Al cabo de un rato, habían atravesado otra pared de
espuma y se desplazaban corriente abajo, dejando atrás el Remanso del Tejo en
dirección al valle del Barranco. El torbellino había corregido aparentemente la
corriente en contra y ahora el río, aunque se agitaba de forma peligrosa, fluía
como era debido. Cuando se alejaron un poco más del Remanso del Tejo,
Medianoche lanzó un grito jubiloso, feliz de estar con vida. Sin embargo, los
demás no parecían compartir su entusiasmo. Cyric se limitó a mirar a Adon con
el entrecejo hosco para luego darle la espalda. El clérigo permanecía
tranquilamente sentado en la proa.
El ladrón pensó que aquella relación tenía que
terminar cuanto antes. Se había equivocado al pensar que necesitaba de aquellos
estúpidos para llegar a Tantras. Cyric miró a Medianoche por encima del hombro.
De hecho, gruñó para sus adentros: «casi me han matado en ese torbellino con
sus gimoteos y yo, en cambio, me jugué el cuello para salvarlos».
Los héroes siguieron el curso del Ashaba durante
algunas horas más. Medianoche, feliz, estaba cómodamente sentada en popa, Adon
miraba en silencio el agua desde proa y Cyric, con cara larga, remaba. Éste
distinguió finalmente a lo lejos un puente de madera que cruzaba el río.
—¡El puente Pluma Negra! —exclamó Medianoche.
—Podríamos descansar allí —propuso Adon en voz baja, para luego volverse a
mirar el puente. Sin embargo, cuando se acercaron al puente, cierto movimiento
alertó a
Medianoche. Se apresuró a recordar un hechizo de
bola de fuego, pero cuando vio que las figuras eran hombres y no un extraño
animal que estaba al acecho en el puente, dudó si lanzarlo o no. El hechizo
podía fallar y destruir el esquife. O salir bien y quizá Medianoche comprobase
que había herido a un inocente grupo de pescadores o de viajeros como ellos.
Aquel titubeo les costó caro.
También Cyric vio movimiento en el puente, pero él
vislumbró asimismo la luz del sol reflejada sobre acero. Dos hombres se
reunieron con los tres que ya estaban en el puente. Todos iban armados. El
ladrón se volvió rápidamente y gritó a Medianoche que lanzase un hechizo.
En el puente, Kelemvor y el grupo de hombres del
valle, con las flechas a punto, esperaban para disparar sobre el esquife.
5
El puente Pluma Negra
Los miembros supervivientes del grupo del valle de
las Sombras formaban una hilera sobre el puente, con los arcos preparados.
Kelemvor estaba junto a Yarbro y los dos hombres miraban el Ashaba. Se acercaba
velozmente un esquife, en cuyo interior se agitaban frenéticamente tres
personas. —¡Miradlos! —gruñó Yarbro, y los músculos de sus delgados brazos se
tensaron mientras se preparaba para disparar una flecha—. Están intentando dar
media vuelta, pero no podrán hacerlo en esta parte del río. La corriente es demasiado
rápida. El guardia estaba pálido y tenía los ojos inyectados en sangre.
Temblaba de excitación y una mueca aparecía en las comisuras de sus labios.
Había llegado el momento de matar.
—Los veo —dijo Kelemvor. Abajo, en el río,
Medianoche, Cyric y Adon se debatían para llevar la barca a la orilla. El
guerrero echó una ojeada al puente. La actitud de los demás hombres era
idéntica a la de Yarbro, todos con los arcos preparados para disparar, sin
apenas poder ocultar su regocijo—. ¡Que nadie dispare hasta que yo lo ordene!
Algunos de los hombres del valle se echaron a reír.
Yarbro se volvió bruscamente hacia el guerrero.
—Ya no estamos bajo tu mando. ¡Los hombres seguirán
mis órdenes! El sudor corría por el rostro de Kelemvor. —Nuestras órdenes son
las de capturar a los prisioneros, no las de matarlos apenas los tengamos a
tiro. —A menos que no haya otra alternativa —dijo Yarbro con un áspero gruñido,
para luego volver a mirar al río—. ¡Si no quieres que te llene el
cuerpo de flechas, te sugiero que cojas un arco o
desaparezcas del puente! La barca se agitaba violentamente en medio de la
corriente, mientras los fugitivos trataban infructuosamente de hacer girar la
agitada embarcación. Kelemvor miró en silencio a Medianoche y sintió una
extraña presión en el pecho. «¡No puedo hacerlo! —maldijo el guerrero para sus
adentros—. No puedo dejar que estos lunáticos hagan daño a mis amigos... y a mi
amor.» Jorah, a unos cuantos metros de Kelemvor, se estaba riendo con ganas. —
Dejad que lleguen a la orilla... si pueden. No quiero que el río los arrastre
después de haberles disparado. Podemos hacerlos disecar y colgarlos como
espantapájaros en la carretera de Zhentil Keep. Bursus y Cabal se echaron
también a reír e hicieron gestos de aprobación con la cabeza.
—Así se enterarán todos los canallas zhentileses
que tengan intención de volver a atacar el valle de lo que haríamos con ellos
—dijo Bursus. A continuación, el arquero herido se acercó cojeando a Jorah y le
dio una palmada en el hombro. —Acabemos con ellos ahora mismo —sugirió Mikkel
que, mientras observaba su esquife de pesca, recordaba los innumerables días
que había pasado en aquella barca con su socio.
Ahora el esquife estaba a tiro de flecha. Los
cazadores de hombres vieron a Adon
ponerse de pie y agarrar el brazo de Cyric. El
ladrón arremetió contra el clérigo y éste se
cayó. El joven clérigo se golpeó duramente contra
el borde del esquife y Medianoche y Cyric no pudieron mantener el equilibrio
cuando la barca empezó a balancearse para acabar zozobrando.
Medianoche gritó cuando cayó al agua, luego se
hundió como si le hubieran atado un gran peso al cuerpo. Cyric cayó al otro
lado y, dominado por la corriente, empezó a ser arrastrado río abajo.
—¡Fuego! —gritó Yarbro, y una lluvia de flechas se
estrelló en el río alrededor de la barca volcada.
—¡No! —gritó Kelemvor, pero era demasiado tarde.
Medianoche y Adon habían desaparecido de vista y Cyric se hundía y reaparecía
en medio de la fuerte corriente. El ladrón trató de bucear bajo la superficie
del agua, pero era imposible con aquella corriente. De la orilla sobresalían
las ramas esqueléticas de un gran árbol caído en el río y el ladrón logró
agarrarse a una de ellas cuando pasó por delante. El ladrón estaba colgado
encima de la rápida corriente del Ashaba, cuando más tarde una flecha se estrelló
contra el
agua pasando a sólo unos centímetros de su rostro.
Cyric soltó instintivamente la rama y se hundió bajo la superficie. Bajo el
agua, Medianoche agitaba brazos y piernas presa de un pánico frenético. De
pronto, una silueta grande surgió de la oscuridad cerca de ella. El clérigo
llevaba una de las talegas en la mano izquierda y nadaba en dirección a la
maga. Tenía los ojos desorbitados por el miedo.
Medianoche comprendió que se ahogarían si no hacía
algo. La maga alargó una mano en un intento de cogerse a algo que hubiese en el
fondo y que fuese susceptible de detener su marcha río abajo. Allí encontró un
puñado de juncos. Sin apenas ser consciente de ello, un hechizo acudió a su
mente. Después de dominar todos sus temores, Medianoche recitó mentalmente el
breve conjuro mientras tiraba de un junco del lecho del río. Antes de tener
ocasión de volverse y lanzar sobre Adon el conjuro para poder respirar en el
agua, apareció una enorme y brillante esfera de aire a su alrededor. Aquella
concha también rodeó a Adon, que ahora estaba tumbado boca abajo, jadeante.
—Gracias, Medianoche —dijo el clérigo en un
quejido, para luego agitarse desde su posición como estaba—. Te debo la
vida..., por segunda vez. —La maga sonrió débilmente, luego, cuando la burbuja
empezó a moverse dando tumbos y subió a la superficie del río, apareció una
expresión de desconcierto en su rostro y se puso de rodillas.
—¡Mystra, ayúdame! —exclamó la maga cuando levantó
la vista y vio el puente a sólo unos veinte metros de distancia. Las flechas
volvían a llover desde el puente y oyó los juramentos de los hombres del valle
cuando las flechas rebotaban inofensivas sobre la esfera.
En el puente, Kelemvor se apartó de los otros
hombres. El guerrero vio a Yarbro echar pestes y pasearse, frustrado, por el
puente a grandes zancadas, sin dejar de dar órdenes a los otros hombres del
valle. El grupo había degenerado en una banda de asesinos que poco se
diferenciaban de los orcos que los habían atacado cerca de la Roca Vertical. El
guerrero se relajó ligeramente; Medianoche había logrado salvarse y, al
hacerlo, había evitado que él tuviera que actuar. Cuando la esfera pasó bajo el
puente, cerca de la orilla meridional, uno de los arqueros corrió a coger una
piedra grande. Cuando la esfera salió al otro lado del puente, él estaba
esperando con la piedra levantada sobre su cabeza. Medianoche levantó la vista
cuando pasó bajo el puente, vio a Kelemvor asomado desde el pretil y le dio un
vuelco el
corazón. Aunque sólo por un instante, la atención
de
la maga se concentró completamente en su antiguo
amado y, cuando la gran piedra se
precipitó en su dirección, fue cogida por sorpresa.
La piedra rebotó en la superficie de la esfera, pero Medianoche perdió la
concentración necesaria y la esfera desapareció en un santiamén. La maga y el
clérigo se hundieron en el agua, muy cerca de la orilla pero también muy cerca
del puente.
«¡Tengo que ayudarla!», pensó Kelemvor
desesperadamente cuando vio que la esfera desaparecía. Un momento después el
guerrero estaba lanzando un grito espantoso y estridente. Los hombres del valle
dispararon una lluvia de flechas a Medianoche y a Adon, pero la distracción que
había causado el espeluznante aullido de Kelemvor alteró su puntería. Tres de
los hombres se volvieron a tiempo de ver el peto de Kelemvor caer ruidosamente
sobre el puente. Mikkel y Yarbro estaban demasiado concentrados en sus presas para
haberlo advertido.
Jorah, Cabal y Bursus se quedaron mirando cómo
Kelemvor lanzaba un largo y profundo aullido y se desgarraba el rostro con los
dedos. Luego advirtieron que la piel del guerrero se estaba rizando. Era como
si dentro de él hubiera algo que estuviese luchando por salir del cuerpo
humano. Kelemvor se dejó caer sobre las rodillas, echó la cabeza hacia atrás y
volvió a gritar, mientras su pecho se abría y surgían las patas de un animal
negro de piel brillante. Daba la impresión de que la cabeza de Kelemvor se desprendía
de su cuerpo y, seguidamente, su piel se desgarraba violentamente. Cuando la
cabeza de la pantera salió a sacudidas de la carne humana, aparecieron unos
brillantes ojos verdes y unas fauces abiertas llenas de dientes afilados. Poco
después, todo lo que quedaba de Kelemvor eran unos trozos de carne
ensangrentada que no tardó en disolverse. El guerrero lo hizo para ayudar a
Medianoche sin recompensa aparente, y la maldición se puso de manifiesto.
—¡Redúcelo o mátalo! —gritó Yarbro sin volverse. El joven guardia estaba
apuntando a la cabeza de Medianoche mientras ésta subía a la orilla sur a
gatas. Una gran alegría se apoderó de Yarbro y se deleitó un momento con la
idea de que la suerte de la hechicera estaba en sus manos, que él era su juez,
su jurado y su verdugo. «Y la sentencia es la muerte», pensó Yarbro mientras
daba firmeza a los brazos y se preparaba para lanzar la flecha mortal. De
repente, Yarbro oyó un rugido increíble y bestial detrás de sí y, sorprendido,
dio un respingo. A pesar de la distracción, disparó la flecha, que voló sobre
la cabeza de
Medianoche pero sin causarle daño alguno. El joven
guardia se volvió y vio a la pantera; por un momento pensó que, aunque
despierto, era víctima de una pesadilla, que su falta de sueño le estaba
haciendo una jugarreta. Sin embargo, los compañeros que estaban junto a él
miraban al furioso animal con una expresión de incredulidad que rivalizaba con
la suya.
Yarbro y Cabal estaban entre la pantera y los demás
hombres del valle, que ahora retrocedían nerviosos hacia el extremo norte del
puente. El joven guardia se dio cuenta de que, si bien los restos de ropa y la
armadura del guerrero, manchados de sangre, estaban amontonados junto a la
pantera, no se veía a Kelemvor por ninguna parte. Yarbro se fijó en los
relucientes y profundos ojos verdes del animal. Se parecían mucho a los de
Kelemvor, es verdad, y, en aquel momento, el joven guardia comprendió que, por
muy imposible que pudiera parecer, Kelemvor y la pantera eran una misma cosa.
Cuando el animal se abalanzó sobre Cabal, que era el que tenía más cerca,
Yarbro saltó por encima de la barandilla del puente y se zambulló en el Ashaba
para ponerse a salvo.
La pantera desgarró las carnes del arquero de mayor
edad y los gritos de clemencia del hombre resonaron en el puente Pluma Negra y
en el río Ashaba. Los dos arqueros que quedaban, Bursus y Jorah, levantaron los
arcos y avanzaron hacia la
pantera. Mikkel, por su parte, se había quedado
paralizado por el terror y su arco
colgaba de su costado. La pantera levantó
bruscamente la vista de su festín bañado en sangre y, como si presintiese sus
intenciones mortales, se abalanzó hacia Bursus y Jorah.
Con manos temblorosas, Jorah apuntó y disparó la
flecha, que voló alto y, después de desplazarse por el suelo del puente, se
detuvo a unos treinta metros de distancia. El arquero delgado y de cabello
castaño rojizo cogió otra flecha, pero no llegó a tener ocasión de dispararla.
Junto a Jorah, Bursus se apoyó sobre su pierna
herida para mantener el equilibrio y trató de no perder la calma cuando la
brillante e imponente pantera se lanzó en su dirección. El arquero de ojos
negros logró tener al animal en su campo de visión, le apuntó a los ojos y
disparó la flecha. La pantera hurtó el cuerpo hacia la derecha en el último
momento, en el instante mismo de saltar sobre Jorah. El brillante animal
derribó al arquero con su peso y luego le hincó los dientes en la garganta.
Bursus empezó a retroceder,
sin dejar de mirar aterrorizado al animal y
tratando de coger otra flecha. Con las manos temblorosas como si le hubiese
dado un ataque de perlesía, el arquero de ojos negros encontró una flecha en el
preciso momento en que la pantera levantaba la vista del hombre muerto que
tenía a sus pies. Bursus dejó de retroceder y se dispuso a disparar, con la
flecha apuntada a los ojos del animal. Sin embargo, antes de que Bursus pudiese
lanzar la flecha, la pantera volvió a gruñir y el hombre del valle vio sangre y
trozos de carne en sus fauces abiertas. El terror que le produjo esta visión lo
dejó paralizado y ese momento de vacilación fue aprovechado por el animal para
apartarse de un salto del cadáver de Jorah. El arquero de ojos negros vio la
enorme zarpa del animal levantarse sobre su rostro y luego su mundo se
convirtió en tinieblas.
Mikkel retrocedió unos pasos en dirección al
extremo norte del puente, huyendo de la carnicería. Se alejaba firme aunque
lentamente de la pantera, con el arco en un costado. Sin embargo, apenas había
recorrido unos cuatro metros en dirección al extremo del puente cuando la
pantera se volvió y lo miró. El monstruo de ojos verdes se fue acercando
silenciosamente al pescador, con el cuerpo sacudido por la excitación. El
hombre del valle irradiaba pánico y el olor de su miedo estimuló los sentidos
del animal y lo llenó de una rabia todavía mayor. Mikkel dejó caer el arco y se
alejó hacia el extremo del puente. La mirada de la pantera seguía los
movimientos del pescador calvo y de piel enrojecida cuando el brillante
pendiente en forma de prisma llamó su atención. Con su limitado intelecto
perdido en aquel despliegue multicolor de luz, a medida que la pantera se iba
acercando al brillante objeto, su rabia se fue desvaneciendo. Mikkel advirtió
que la pantera se desplazaba ahora más despacio en su dirección, echó a correr
y saltó por encima del pretil del puente. Después de un último resplandor de
luz procedente del pendiente en forma de prisma, el hombre desapareció. La
pantera se precipitó al borde mismo del puente y colocó las patas delanteras
sobre la barandilla en busca de su presa, pero el hombre del valle había
desaparecido, perdido en medio de la violenta corriente del río. El animal
rugió y se sentó sobre las patas traseras. Medianoche y Adon, que estaban entre
los árboles que había más allá del extremo sur del puente, se estremecieron al
oír rugir a la pantera a sólo unos doce metros. Estaban agazapados bajo un
árbol y escudriñaban el agua en busca de algún rastro de Cyric. De rugidos de
rabia, los aullidos de la pantera se convirtieron en
bramidos de dolor y la inquietud de Medianoche por
su propia supervivencia y la creciente pena por la aparente muerte de Cyric
quedaron en último término ante la preocupación por Kelemvor, y fue entonces
asaltada por una oleada de culpabilidad, que llenó su espíritu
de un espantoso malestar. «¡El hombre que me
rescató de la torre Inclinada está
probablemente muerto y yo estoy más preocupada por
ese mercenario licantrópico que ha estado al mando de la cacería organizada por
los hombres del valle para darme caza!», maldijo la maga para sus adentros.
—Cyric — murmuró Medianoche suavemente a la vez que se cubría el rostro con las
manos—. ¡He dejado que muriera! ¡Habría debido salvarlo! Habría debido...
—No te castigues por ser humana —susurró Adon en
tono cariñoso—. Has hecho lo que has podido.
El clérigo rodeó los hombros de Medianoche con su
brazo. En el puente, la pantera volvió a bramar.
—¡Kelemvor! —exclamó Medianoche, luego apartó a
Adon y se puso de pie. El joven clérigo cogió a la maga por el brazo y la
obligó a volver a sentarse. —¡No vayas! —resolló Adon—. Mientras no salga de
ese estado no podemos enfrentarnos a él. No podemos hacer otra cosa que
esperar. Y así, Medianoche y Adon se quedaron esperando en el bosque, temblando
dentro de sus ropas empapadas. A pesar de que le atormentaba el sentimiento de
culpa por la pérdida de Cyric y aunque ansiaba aliviar el dolor de Kelemvor, Medianoche
sabía que Adon tenía razón. A veces los acontecimientos se escapan al control
de uno y no hay nada que hacer, ninguna forma de ayudar. No se podía hacer más
que esperar a que las cosas se arreglasen por sí mismas. Medianoche,
volviéndose hacia el clérigo desfigurado, pensó que ojalá pudiese por lo menos
conseguir que Adon apreciase lo sensatas que habían sido sus palabras. El
clérigo estaba acurrucado contra un tronco podrido, con los ojos cerrados como
si estuviera soñando. Sin embargo, Medianoche pudo adivinar por la expresión
dolorida de su rostro que estaba volviendo a ver la muerte de Elminster en el
templo. Se le ocurrieron una docena de formas de iniciar una conversación con
él, pero las rechazó todas por artificiales o melodramáticas. Finalmente, puso
una mano en el hombro del clérigo. Cuando él la miró, la maga sonrió con calor
y le dijo:
—¡Adon, tienes que dejar de atormentarte por lo que
pasó en el templo de Lathander!
Adon la miró de soslayo, volvió la cara, apoyó las
rodillas dobladas contra su pecho y luego se envolvió las piernas con los
brazos. —Tú no sabes nada de lo que pasó —murmuró Adon, balanceándose hacia
atrás y hacia delante y con la vista fija en el agitado río. Medianoche suspiró
y se dejó caer junto a Adon. —No sabemos si el sabio anciano murió en el
agujero. Tal vez Elminster se salvó —susurró la maga mientras acariciaba la
espalda del clérigo—. Lhaeo parecía estar convencido de que su maestro estaba a
salvo. Sólo por ello deberíamos albergar cierta esperanza.
Como Adon no reaccionó a sus palabras, Medianoche
puso una mano bajo la barbilla del clérigo y lo obligó a mirarla a los ojos.
—La esperanza debe bastarnos, Adon... a ambos. —La pantera volvió a rugir y de
un ojo de Medianoche brotó una lágrima—. ¿Acaso no es lo único que nos queda a
todos nosotros?
Adon la miró a los ojos.
—Pero Sune...
—Lo sé —dijo Medianoche con suavidad—. Es duro
admitirlo. Cuando Mystra murió...
Adon apartó a Medianoche y se puso en pie de un
salto.
—¡Sune no está muerta! —bramó el clérigo, y luego
se alejó de la maga. —Yo no quería decir que estuviese muerta —dijo Medianoche
con voz entrecortada por los suspiros. La maga se levantó y tomó la mano
derecha de Adon en la suya.
—Si alguien está muerto, ése soy yo... por lo menos
a los ojos de Sune — murmuró Adon. Se pasó la mano por la cicatriz que recorría
su rostro e hizo una mueca —. Me he convertido en un hombre maldito como
Kelemvor. He sido abandonado por mis actos y esta horrible cicatriz es mi
castigo. —¿Qué actos? —preguntó Medianoche—. Eres el clérigo más leal que jamás
haya conocido. ¿Qué has hecho para merecer la cicatriz? Adon suspiró y le dio
la espalda a la maga. —No lo sé... pero ¡tiene que haber sido algo terrible!
—El clérigo se cubrió la cicatriz con la mano y ladeó la cabeza—. Este castigo
es lo peor que me podía haber mandado Sune. Yo antes era atractivo, un honor
para Sune. Ahora la gente vuelve la cara o se ríe a mis espaldas.
—Yo nunca te he vuelto la cara, Adon —dijo ella con
voz melodiosa—, nunca me he reído de ti. Las cicatrices de tu piel pueden
curarse y, si Sune no quiere hacerlo, tal vez signifique que no es digna de que
la adores. Además, lo que a mí me preocupa son las cicatrices que hay bajo la
piel.
Arriba, la pantera volvió a rugir.
Adon se volvió, sus ojos brillaban por la cólera.
—Deberíamos permanecer callados —dijo casi en un susurro—. No podemos permitir
que Kelemvor nos oiga.
Medianoche asintió. Era obvio que su comentario
acerca de Sune había molestado a Adon y ella no quería llevar la situación más
lejos. En cualquier caso, no en estos momentos. Por consiguiente, permanecieron
lo menos una hora sentados en silencio, escuchando el murmullo del río y los
rugidos de la pantera en el puente. Cuando cesaron los rugidos y gruñidos de la
fiera y estuvieron seguros de que el animal había vuelto a convertirse en
hombre, Medianoche y Adon salieron de su escondite y se acercaron al puente.
Al ver los héroes la sangrienta carnicería del
puente, les dio un vuelco el corazón. Kelemvor estaba tumbado boca abajo en
mitad del puente. Estaba desnudo y las greñas cubrían su rostro. Cuatro cuerpos
terriblemente mutilados yacían cerca de él. La sangre y los trozos de carne
manchaban largos espacios del puente, como si el animal en que se había
convertido Kelemvor hubiese arrastrado o zarandeado a alguno de los hombres
muertos. Acudieron a la mente de Adon las imágenes de los clérigos asesinados
por los espías de Bane en el templo de Tymora antes de la batalla del valle de
las Sombras y sintió que se mareaba. No obstante, el clérigo dominó las náuseas
que le subían desde el estómago y sacó fuerzas de flaqueza para lo que sabía
debía hacerse. El clérigo se enjugó una delgada película de sudor que cubría su
frente y se dirigió al primer cadáver. Cogió al hombre del valle por un brazo,
arrastró el cuerpo hasta el borde del puente y dejó caer el cadáver al Ashaba.
—Nuestros cuerpos destrozados van al mar, para que
nuestras almas puedan salir huyendo de ellos —murmuró Adon mientras el cuerpo
de Bursus desaparecía río abajo —. Que encuentres la paz que te ha sido negada
en este mundo. Mientras Adon seguía con su desagradable tarea, Medianoche
arrastró la pesada armadura de Kelemvor hasta donde se hallaba éste, luego se
agachó junto a él, pero enseguida corrió al campamento de los hombres del valle
a coger una manta y cubrir con ella a su antiguo amado.
—No lo despiertes —dijo Adon mientras arrastraba al
segundo hombre del valle
hacia el pretil del puente. El clérigo se detuvo un
momento y miró a su alrededor—. Espera a que hayamos terminado. Será... mejor
así. Medianoche
asintió y luego señaló las dagas que colgaban de
las botas del hombre del valle.
—Coge esas armas antes de arrojarlo al río. Adon
resolló y una expresión horrorizada apareció en su rostro. —No robaré a los
muertos.
Medianoche se levantó y se apartó de Kelemvor.
—Cógeles las armas, Adon. Nosotros las necesitaremos mucho más que los animales
que viven en el fondo del río.
El clérigo no se movió. Permaneció de pie junto al
cuerpo del hombre del valle con la boca ligeramente entreabierta. Medianoche se
dirigió a los cadáveres que quedaban y ella misma recogió sus armas. Cuando la
maga hubo despojado a todos los hombres de sus armas, Adon pronunció una
oración final y arrojó los cuerpos al Ashaba. Aun cuando no sabía si sus
palabras tendrían un valor real en el reino que había más allá de la vida, Adon
era consciente de que si no los bendecía se arrepentiría toda la vida.
Cuando el último de los hombres del valle fue
arrojado al agua, Kelemvor empezó a moverse.
—¡Medianoche! —exclamó Adon desde el extremo del
puente, señalando al guerrero.
La hermosa maga de cabello negro volvió junto a
Kelemvor y le puso una mano sobre su sudoroso rostro. El guerrero abrió los
ojos al instante y cogió la mano de Medianoche.
Un agudo dolor recorrió el brazo de la muchacha.
—¡Kel! —exclamó Medianoche, y trató de liberarse de la férrea mano del
guerrero.
Después de un momento de aturdimiento, el
conocimiento se fue filtrando en los relucientes ojos verdes del guerrero.
Aunque no soltó la mano de la maga, aflojó ligeramente la presión.
—¡Medianoche! —murmuró Kelemvor, con labios
temblorosos—. ¡Estás viva! El guerrero aflojó un poco más la mano y Medianoche
dejó de debatirse. —Sí, Kel —dijo Medianoche dulcemente. La maga miró al
guerrero a los ojos y vio en ellos dolor y confusión.
Kelemvor apartó la mirada de Medianoche, entornó
los ojos hasta cerrarlos casi por completo y se llevó la mano de la joven a los
labios. —He cometido un gran error. He estado a punto de causarte daño. Adon se
acercó al guerrero. Medianoche sonrió y miró al clérigo, pero no dijo nada.
—¿Están... muertos? —preguntó Kelemvor, todavía volviéndole la cara a
Medianoche y con los ojos cerrados—. ¿Están todos muertos? —Había
cuatro cuerpos —explicó Adon con voz tenue mientras
cubría los hombros del guerrero con la manta—. Hemos visto a otros dos saltar
al río durante la lucha.
Kelemvor abrió los ojos y miró al clérigo. —Adon
—murmuró el guerrero—, tú también estás con vida. Me alegro. ¿Y Cyric?
Medianoche movió la cabeza.
—Ha desaparecido en el río cuando la barca zozobró.
Kelemvor levantó un brazo y acarició el cabello de
Medianoche.
—Lo... siento —dijo.
Medianoche se volvió a mirar al guerrero, pero éste
ya se estaba levantando y examinaba el puente. Kelemvor vio manchas de sangre,
las armas amontonadas y su armadura. Nada más.
—Apuesto a que Yarbro ha escapado —aseguró
Kelemvor—. Ése todavía acabará con nosotros.
—Fue el primero que saltó del puente —murmuró Adon,
para luego tender al guerrero una camisa que Medianoche había cogido del
campamento de los hombres del valle—. Lo vi saltar cuando yo llegaba a la
orilla. Kelemvor soltó un juramento.
—Volverá a Essembra en busca de refuerzos o
cabalgará hasta la ciudad Valle del Barranco para avisar a sus habitantes de
nuestra llegada. En cualquier caso, vamos a tener problemas. A pesar de que
Mourngrym les ordenó que os llevasen al valle para recibir allí vuestro «justo
castigo», os quieren muertos, a ti, a Cyric y a Adon. — Kelemvor hizo una pausa
y se volvió a Medianoche—. Sea como sea, no me cabe duda de que ahora mi nombre
estará también en la lista de los culpables. El guerrero permaneció en silencio
mientras se vestía. Una vez vestido, tomó el rostro de Medianoche con ambas
manos.
—¿Por qué me dejaste en el valle de las Sombras?
Una repentina oleada de ira se apoderó de Medianoche, que se apartó del
guerrero. —¡Dejarte! ¡Tú te negaste a ayudar a Cyric a rescatarnos! Cuando el
guerrero tendió una mano en dirección a Medianoche, ésta le dio un manotazo y
fue a ponerse junto a Adon.
Una risa amarga salió de los labios de Kelemvor.
—¿Esto es lo que te contó Cyric?
Medianoche titubeó un momento. Se apartó el cabello
del rostro mientras volvía a sentir el dolor experimentado cuando oyó por
primera vez las
palabras de traición que había pronunciado
Kelemvor.
—Que no podías interferir a la justicia. Kelemvor
hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. —Cyric escogió bien las palabras,
¿no es cierto? Él te conocía —dijo el guerrero entre dientes, para luego dar la
espalda a sus amigos—. Sabía exactamente lo que debía decir para que lo
creyeses. —¿Mentía? —preguntó Medianoche sin aliento—. ¿Tú nunca dijiste esto?
— Lo dije antes del juicio —murmuró el guerrero, y agachó la cabeza—. Yo
pensaba que os iban a declarar inocentes. De haber sabido lo que iba a pasar, habría
encontrado alguna forma de ayudaros a escapar. Adon movió la cabeza.
—¿Qué quieres decir? ¿No estabas al corriente de
los planes de Cyric? Kelemvor se dio media vuelta, con los ojos inyectados de
rabia. —Por todas las almas del reino de Myrkul, ¿de qué creéis que estoy
hablando? — El guerrero respiró hondo—. Cyric nunca me habló de la huida. Me
enteré al día siguiente... cuando empezaron a aparecer los cadáveres.
Medianoche y Adon se miraron, atónitos.
—¿Qué cadáveres? —preguntó Medianoche. Un miedo
progresivo se iba apoderando de su alma. Supo, incluso antes de que Kelemvor le
hablase de los guardias asesinados, que Cyric no le había contado toda la
verdad. Kelemvor, mientras contaba la estela sangrienta de cadáveres que él y
Mourngrym habían encontrado en la torre Inclinada, estudiaba el rostro de
Medianoche en busca de
alguna reacción. El guerrero pensaba que,
enfrentada directamente a los asesinatos, la
maga no sería capaz de ocultar su culpabilidad.
Cuando le explicó los crímenes cometidos la maga palideció y sus ojos revelaron
sorpresa y horror. —No... no sabía nada —tartamudeó Medianoche. Luego volvió a
mirar a Adon. El clérigo tenía el entrecejo profundamente fruncido y sus ojos
reflejaban el horror que sentía.
Kelemvor suspiró. Se dijo para sus adentros que
eran inocentes y, por primera vez en lo que a él le parecían años, se sintió
aliviado por haber hecho algo correcto, algo bueno.
—Sabía que así era, Medianoche —dijo finalmente
Kelemvor—. Pero ¿no os pareció extraño lo fácil que os resultó escapar? —Nos
dijo que había utilizado la Espina de Gaeus —explicó Adon. Como Kelemvor se le
quedara mirando, atónito, el clérigo prosiguió—: Es una especie de arma mágica.
Si le
clavas a alguien esa espina, que de hecho es como
un dardo, hace todo lo que tú le digas.
Kelemvor recordó al joven guardia que se había
clavado a sí mismo y se estremeció.
—Imaginamos que había sometido a los guardias
mediante esta espina. — Medianoche apretó ambos brazos contra su pecho y al
rato se volvió al guerrero—. ¿Estás seguro de que fue Cyric? ¿No pudo haber
sido alguna otra persona? Kelemvor sacudió la cabeza.
—Los dos sabemos que fue Cyric. ¿Qué otra persona
pudo haber sido? — No... no sé. —Medianoche suspiró—. Pero ¿acaso no es posible
que lo hiciese otra persona? Pudo haber entrado otro asesino en la torre
aquella noche. Tal vez encontró a los guardias medio inconscientes o... —La
maga dejó de hablar un momento y respiró hondo—. ¿No pudo haberlo hecho otro de
los guardias? Alguno que quisiera encubrir su negligencia. O tal vez que
quisiera... No sé lo que podía haber querido... — Los ojos de Medianoche estaban
llenos de lágrimas. Kelemvor tomó a la joven por el brazo, la estrechó contra
sí y la mantuvo abrazada mientras desahogaba sus lágrimas. Ella se apartó de
pronto bruscamente. —¡No! —dijo—. ¡No quiero creerlo! Kelemvor se llevó las
manos a los labios. —Medianoche, los hechos...
—¡No sé nada de los hechos, ni tú tampoco! —exclamó
la maga de pelo negro como ala de cuervo—. ¡Me niego a condenar a nuestro amigo
como los hombres del valle nos han condenado a Adon y a mí por el asesinato de
Elminster! Adon puso una mano sobre el hombro de la maga. —Medianoche, tú sabes
que fue él. Si tú no lo hubieses detenido, me habría matado a mí también. —El
clérigo se volvió al guerrero—. Algo maligno se apoderó de Cyric, Kel. Era como
si se hubiese vuelto loco —dijo Adon con voz recia. Luego hizo una pausa y se
puso a mirar las aguas agitadas del río—. Quizá sea preferible que haya muerto.
Medianoche se dirigió con paso lento al borde del
río. —No, Adon. Cyric habría vuelto a ser la persona admirable que era una vez
hubiésemos llegado a Tantras, cuando hubiese tenido ocasión de descansar. Era
una persona buena, tú lo sabes. Lo que ocurre es que nunca tuvo la oportunidad
de demostrarlo.
Kelemvor recordó toda la maldad que él mismo había
cometido en el pasado, actos que la maldición le había obligado a hacer y actos
de los cuales había echado la culpa sólo a la maldición. El guerrero se acercó
a Medianoche y la
rodeó con sus brazos.
—Quizá tenía miedo de actuar correctamente —dijo en
voz baja—. El mismo
temor estuvo a punto de impedir que os rescatase.
Kelemvor, que estaba mirando a Medianoche a los ojos, suspiró y se vio obligado
a apartar la vista. —Yo estaba cerca de la torre, esperando el amanecer,
esperando volver a verte — le dijo el guerrero—. No sabía lo que iba a hacer,
pero sospechaba que, una vez te hubiesen sacado al patio, no sería capaz de
detenerme y acudiría en tu ayuda, incluso a costa de mi vida. Esperaba que
llegase el momento en que sabría lo que iba a hacer. Luego se descubrieron los
cadáveres y me dejé convencer por Mourngrym de que erais culpables, de que tú y
Adon habíais matado a Elminster y también a los guardias. — Adon empezó a
gimotear suavemente ante las palabras de Kelemvor y éste hizo una pausa—. Era
más fácil creerlos a ellos que hacer lo que yo consideraba justo. Después me di
cuenta de cómo eran realmente los hombres del valle y, cuando la barca estuvo a
la vista, supe que debía tomar una decisión. —El guerrero se volvió y miró las
manchas de sangre que salpicaban el puente y añadió—: Reaccioné como sabía que
lo haría. —¿Crees, entonces, que somos inocentes? —preguntó Medianoche con un
hilo de voz.
—Sí —murmuró Kelemvor, para luego besar a
Medianoche en la boca. Cuando se apartó de ella, el guerrero advirtió que Adon
estaba agachado junto al montón de armas que habían cogido a los cadáveres de
los cazadores de hombres. De pronto parecía cansado, incluso envejecido—. ¿Qué
le pasa? —preguntó Kelemvor. Medianoche le contó todo lo que había ocurrido en
el templo de Lathander, pero sobre todo cómo Adon había intentado salvar a
Elminster de precipitarse en el agujero. —Después de la cicatriz y de no haber
podido hacer nada en el templo, Adon está convencido de que Sune lo ha
abandonado. Es como si todo su mundo se hubiera deshecho en pedazos —concluyó
la maga.
—A pesar de todo, habría tenido que decir algo en
el juicio en vuestra defensa — protestó el guerrero—. Su silencio influyó en el
veredicto de Mourngrym. —No le guardes rencor por ello, Kel. Yo no se lo guardo
—dijo Medianoche sonriendo—. Además, el juicio ya ha pasado y, después de estar
unas horas con él, comprenderás que está pagando el precio por su silencio en
el juicio... y mucho más. — La maga se volvió y se encaminó hacia Adon. El
guerrero la siguió y ella añadió—: A Cyric le resultaba casi imposible
mostrarse amable y misericordioso con él. Si yo
puedo perdonarlo, tú deberías ser capaz de hacer lo mismo. Kelemvor reflexionó
sobre las palabras de la maga y, después de ponerse en cuclillas al otro lado
del montón de armas, miró al clérigo. —Adon, nuestras vidas dependen de que
podamos contar unos con otros. Nos buscarán como fugitivos.
—Lo sé —dijo Adon, pero no pudo mirar a Kelemvor,
sino que siguió jugueteando con una de las armas de los hombres muertos. —Vamos
a ir a Tantras, Adon, pero es posible que los hombres del valle traten de
capturarnos. También es posible que intenten matarnos. ¿Arriesgarás tu vida por
ayudarnos? —preguntó Kelemvor.
—Mi vida... —gruñó Adon, con voz entrecortada—. En
lo que vale, sí, arriesgaré mi vida por vosotros dos. Quizá pueda compensaros
por lo que he hecho. —El clérigo alargó la mano y cogió un hacha. Se quedó un
momento mirando al arma, luego frunció el entrecejo y la dejó caer—. Encontraré
alguna forma. —Gracias, Adon. Vamos a necesitar tu ayuda —dijo Medianoche, para
luego dirigirse hacia el campamento de los hombres del valle. Kelemvor se
apresuró a seguirla. Mientras se alejaban, oyeron ruido de metal contra metal,
era Adon que iba
cogiendo un arma tras otra para volverlas a arrojar
al montón. —Los hombres del valle escondieron los caballos en el bosque cerca
del campamento. Debemos coger unos cuantos caballos, cargar algunas provisiones
y ponernos en camino hacia Tantras mientras tengamos la oportunidad —dijo el
guerrero. Medianoche se detuvo y se volvió a Kelemvor. —¿No olvidas algo? —dijo
la muchacha. Kelemvor sonrió y movió la cabeza—. Tu recompensa —añadió tajante.
El guerrero se quedó de piedra.
Después de hacer un gesto hacia las manchas de
sangre del puente, Kelemvor dijo:
—Me buscarán como criminal por haberte ayudado y
por haber matado a estos hombres. La maldición sólo exige un pago si no actúo
en mi propio interés. Llevaros a Tantras, donde podremos ocultarnos del largo
brazo de los habitantes del valle, e incluso recuperar la Tabla del Destino y
librarnos mágicamente de todas las acusaciones, es un acto que redundará en mi
propio beneficio. No quiero que mi cabeza tenga un precio para el resto de mi
vida, por muy corta que ésta sea. Así no se puede vivir.
—Comprendo —dijo Medianoche, reconciliadora.
Kelemvor frunció el
entrecejo y cerró los ojos. —Ello no cambia lo que
siento por ti —murmuró
—. Tengo que plantear el problema de esta forma.
Además, así se simplifican las cosas. —Bien, supongo que debemos mantener las
cosas a este nivel simple —dijo Medianoche suspirando.
Kelemvor la miró con brusquedad y, por primera vez,
vio un asomo de la sonrisa maliciosa que Medianoche tan frecuentemente le había
dedicado en su viaje al valle de las Sombras. Se echó a reír y le ciñó con las
manos la cintura. —Ven —dijo, y se encaminaron hacia el extremo del puente. —
¡Adon! —gritó Medianoche—. ¡Nos vamos!
La maga y el guerrero oyeron unos pasos detrás de
sí y luego el ruido metálico de acero contra acero y se volvieron; Adon estaba
recogiendo el montón de armas que habían dejado caer.
—¡Espera! —exclamó Kelemvor—. Cojamos sólo lo que
necesitemos. El guerrero ya tenía una espada que manejaba con dos manos, pero
añadió a su arsenal un hacha, un arco y una aljaba con flechas. Medianoche
encontró un par de dagas adecuadas para ella. Adon se quedó mirando la
colección, en busca de alguna apropiada. Era muy diestro con la maza de guerra
y el mangual. Su orden prohibía las armas de filo cortante y todas las armas
que quedaban eran armas blancas. —Coge algo y lo llevas para nosotros —dijo finalmente
Kelemvor, cuya paciencia estaba llegando al límite.
Los héroes no tardaron en dejar el puente e
introducirse en el bosque. Al cabo de unos minutos, Kelemvor llevó a sus
compañeros hasta el lugar donde los hombres del valle habían atado a sus
caballos, pero éstos habían desaparecido. —¿Estás seguro de que era aquí?
—preguntó Adon mirando a su alrededor. —¡Tienes la prueba delante de tus
narices, clérigo! ¡Abre bien los ojos! —bromeó Kelemvor. Adon retrocedió para
apartarse del guerrero y Medianoche frunció el entrecejo. Kelemvor carraspeó—.
Lo que quiero decir es que se pueden ver los rastros que han dejado los
caballos y quienquiera que se los haya llevado, además de las ramas rotas y las
huellas. —El guerrero dio un puñetazo a un árbol y soltó un juramento—.
Probablemente ha sido Yarbro. Ahora tiene el oro con el que pagó Mourngrym y
vamos a tener que ir caminando hasta el valle del Barranco.
Mientras los héroes se preparaban para marcharse
del bosque, Adon se debatía
con dos pesadas espadas que había encontrado. De
pronto apareció un rictus de inquietud en el rostro de Medianoche.
—Adon, ¿dónde has dejado mi libro de hechizos y las
cosas que nos dio Lhaeo? El clérigo dejó caer las espadas y el escudo y dio un
paso atrás, presa del pánico. —Lo... lo he dejado olvidado en el puente —dijo
jadeante—. Lo... siento... Kelemvor bajó los hombros y abrió la boca para
vomitar una retahíla de insultos. Cuando vio la expresión de niño asustado en
el rostro del clérigo, contuvo su ira. —Ve a buscarlo —dijo Kelemvor muy
despacio, con una voz profunda que temblaba con una rabia apenas contenida. Adon
echó a correr en dirección al puente y el guerrero, después de colocar el arco
junto a las espadas que Adon había tirado, se encaminó al puente con
Medianoche. —Está haciendo un esfuerzo, y tú lo sabes —susurró la maga a la vez
que rodeaba la cintura de Kelemvor con sus brazos.
—No cabe duda —dijo Kelemvor entre dientes,
tratando de no sonreír. —Y tú también estás haciendo un esfuerzo —dijo
Medianoche—, no creas que no me he dado cuenta.
El guerrero y la maga salieron del bosque y vieron
a Adon en mitad del puente, echado sobre la talega que había rescatado del río.
Estaba rebuscando en el interior, comprobando su contenido.
El guerrero, cerca del extremo norte del puente,
llamó a Adon. —¡Vamos, clérigo! ¡No tenemos todo el día! Medianoche dio un
ligero respingo ante el estallido de Kelemvor. Adon se incorporó súbitamente,
con la bolsa firmemente agarrada. El clérigo miró al horizonte en dirección
este y señaló el cielo. El sol estaba detrás de él y, por consiguiente, podía
ver claramente tres figuras que volaban al este por el cielo e iban aumentando
de tamaño a medida que se acercaban. —¡Unos jinetes! —exclamó Adon—. ¡Unos jinetes
al este! Kelemvor, todavía en el extremo norte del puente, movió la cabeza.
—¿Qué está...?
Pero entonces el guerrero vio lo que había llamado
la atención de Adon. Tres soldados vestidos de negro volaban hacia ellos.
Seguían el curso del río y montaban unos inmensos caballos color ébano que iban
dejando una pista de fuego en su galopada por el cielo.
En el puente, Adon se quedó clavado al suelo.
Cuando los jinetes estuvieron más cerca, pudo verlos con mayor claridad. Las
armaduras eran negras, bordeadas de púas afiladas, unos pinchos del tamaño de
dagas sobresalían de varios puntos de las armaduras y unos cascos ocultaban los
rostros de los jinetes. Sin embargo, los caballos que montaban eran mucho más
aterradores que las terribles armaduras de los misteriosos jinetes. Los
corceles que los
llevaban a través del cielo eran monstruos. A
medida que se fueron acercando, los héroes vieron el arma que llevaba cada uno
de los jinetes. Uno iba armado con una guadaña, que blandía en el aire mientras
se dirigía al puente Pluma Negra. Otro llevaba unas bolas o pesadas esferas
unidas con un cortante alambre de plata. Y el que iba en cabeza, un ejemplar
imponente de hombre que parecía hecho para el aterrador caballo que montaba,
llevaba una pesada espada negra para dos manos llena de runas color sangre. Desde
el extremo norte del puente, Medianoche gritó: —¡Corre, Adon! ¡Sal del puente!
Kelemvor cogió a la maga y la arrastró unos pasos
hacia el bosque. — Tenemos que penetrar en el bosque —dijo el guerrero—. Es
posible que no nos
hayan visto todavía.
La maga clavó los talones en la tierra y se desasió
de Kelemvor. —¡Han visto a Adon! —profirió Medianoche—. ¡No podemos dejarlo!
—Es estúpido sacrificarnos nosotros también. Deja que Adon venga a ponerse a
salvo con nosotros, en lugar de meternos nosotros en la boca del lobo con él
—adujo Kelemvor.
Gracias a su agudísima vista —el único efecto
positivo de su maldición— había distinguido las manchas color carmesí del
símbolo de Bane sobre el pecho de los jinetes.
—¡No has cambiado nada! —gritó Medianoche, para
luego alejarse corriendo de Kelemvor y meterse en el puente—. ¡Lo único que te
preocupa es tu persona! Los jinetes estaban ahora a quince metros de Adon y se
acercaban rápidamente. Medianoche llegaba por el extremo norte, sin dejar de
gritar a Adon que echase a correr. El desfigurado clérigo estaba paralizado,
aferrado a la bolsa que contenía la esfera ámbar de la torre de Elminster y el
libro de hechizos de Medianoche. De su rostro había desaparecido toda expresión
y estaba como si fuera una estatua en medio del puente. Antes de que Medianoche
pudiese llegar junto a Adon, lo hicieron los jinetes. El que iba en cabeza, el
espadachín, dirigió su monstruo directamente al clérigo, blandiendo el arma
delante de él. Unos segundos antes de que la espada atravesase el cuerpo de
Adon, el jinete se elevó de repente y su caballo empezó a girar sobre la cabeza
de Adon, mientras que los otros dos jinetes se pusieron a volar uno a cada lado
del clérigo. El viento azotó el rostro de Adon, pero éste se mantuvo firme.
Cuando el jinete pasó volando, la bolsa de
lona cayó de las manos de Adon y el joven clérigo
se agarró a una de las patas traseras del monstruoso caballo. —¡Adon, no!
—gritó Medianoche, pero era demasiado tarde para detenerlo. El cuerpo del
clérigo fue arrastrado por el aire por encima del puente, y empezó a girar
sobre sí mismo mientras volaba por el cielo. El monstruo que Adon había
agarrado dejó escapar un relincho estridente y trató de librarse del clérigo.
Las llamas de los cascos del animal bailaban alrededor de las manos de Adon y
lo quemaban, pero el clérigo no cejó. Kelemvor, solo en el extremo norte del
puente, se había quedado paralizado al ver la inesperada actuación de Adon. El
guerrero vio que el clérigo no solamente se aferraba al monstruoso animal, sino
que además empezaba a trepar por la pata, ajeno a las violentas sacudidas que
daba y a los cascos en llamas del caballo. El olor fétido del pelo de los
monstruos casi hizo que Adon soltase al animal cuando empezó a ser elevado por
los aires, pero no hizo caso del hedor y centró su atención en cosas más
importantes, como ayudar a sus amigos y, quizá, redimirse a sus ojos. Empezó a
trepar en dirección al jinete, con la esperanza de tirar al asesino y hacerse
con el control del animal.
Sin dejar de volar, Varro, el asesino de la
guadaña, se reía ante el espectáculo. —¡Sácatelo de encima, Durrock! —gritó
Varro—. ¡Nosotros capturaremos a la mujer, la vida de ese pobre diablo no tiene
importancia! El otro asesino espoleó a su corcel y pasó como un rayo junto a su
amigo armado con la guadaña.
—¡Déjalo con su caza, Varro! —gritó Sejanus, para
luego detenerse y ponerse a hacer girar las bolas—. Además, es posible que
Durrock quiera conservar al desfigurado con vida. ¡Tienen algo en común!
Durrock, que cabalgaba el caballo al que Adon se
agarraba desesperadamente, no quiso saber nada de los comentarios de sus
compañeros asesinos. No necesitaba andarse con monsergas, pues su inesperado
pasajero estaba completamente a su merced. Y, de
ser cierta la información que los espías de la
organización Zhentarim le habían enviado
mientras volaba hacia el puente Pluma Negra, el
clérigo les había servido la victoria en bandeja. Durrock guió a su caballo en
círculo para hacerlo volver al puente y se maravilló de la simplicidad de la
tarea que tenía por delante.
Encontrar a la maga y a sus compañeros había sido
cosa de niños. Se sabía el camino que habían tomado. Todo lo que habían tenido
que hacer los asesinos
era seguir el curso del Ashaba hasta localizar a
sus presas. Mejor aun, cuando Durrock y sus compañeros localizaron a los
héroes, éstos no estaban escondidos en la orilla del río, sino sobre un puente,
a cielo abierto. Era tan simple como disparar flechas a un prisionero metido en
un hoyo.
En tierra se desarrollaba otra escena. Kelemvor
corrió junto a Medianoche, pero no lo hizo por razones altruistas. Los asesinos
jamás lo dejarían con vida si capturaban o mataban a Medianoche y a Adon. El
guerrero estaba simplemente protegiendo su propio pellejo. Mientras meditaba
acerca de las alternativas que tenía, el guerrero soltaba maldiciones a diestro
y siniestro. Podían haber tenido la posibilidad de luchar contra los asesinos
de haber estado a cubierto en el bosque, pero Adon y Medianoche no habían
dejado que él decidiese y ahora Kelemvor estaba seguro de que no tardarían en
estar todos tan muertos como los hombres del valle. Junto a Kelemvor,
Medianoche se concentraba en el hechizo que estaba a punto de lanzar. Los
jinetes se iban acercando y ella sabía que no podía correr el riesgo de causar
daño a Adon, de modo que apuntó al jinete de las bolas, el último de la
formación que se preparaba para el ataque. El hechizo fue el de una bola de
fuego. Delante de las temblorosas manos de la maga apareció una forma de
crujiente energía azul y blanca, pero que se desplomó casi al instante. Dio la
impresión de que no sucedía nada más. Sejanus, que volaba hacia el puente, fue
presa del pánico momentáneamente cuando vio a la maga en el puente y se dio
cuenta de que estaba tratando de lanzar un hechizo en su dirección. Ella llevó
a cabo los complicados gestos y cuando parecía que el hechizo no había salido
bien, el asesino se echó a reír, levantó las bolas sobre su cabeza y se preparó
para lanzarlas e inutilizar los brazos de la mujer antes de que tuviera tiempo
de volver a intentar aquella temeridad. En el puente, Medianoche observaba
atónita la cimitarra en llamas suspendida sobre la cabeza de quien ella quería
hacer su víctima. Sin dejar de mirar la espada mágica —si no se equivocaba, el
resultado de un hechizo llamado la Cimitarra de Shaeroon—, advirtió que nadie
veía que ésta seguía a Sejanus. El hechizo de Medianoche había salido mal y
había dado vida a aquella fuerza por equivocación. Pero la maga sabía que podía
aprovecharse de aquel error y entornó los ojos para decir en un susurro:
—¡Cógelo!
La cimitarra descendió.
Sejanus, a unos treinta metros sobre el Ashaba y a
sólo unos doce metros de
la maga, notó en la base del cráneo un dolor
punzante que empezó a bajar por su columna vertebral como una llama
incontrolada. Aquel dolor agudo fue saliendo de su columna vertebral para
penetrar en todos y cada uno de los nervios de su cuerpo. Empezó a sentir
espasmos y convulsiones y su caballo, desconcertado ante su agitación, giró en
ángulo recto y se lanzó a subir velozmente hacia las nubes. Mientras el hechizo
errante de Medianoche arremetía contra Sejanus, Kelemvor se apartó de la maga
de cabello negro como ala de cuervo y se preparó para enfrentarse a Varro, el
asesino armado con la guadaña. Después de desenvainar la espada, el guerrero de
ojos verdes se dispuso a hacer frente a la furia del jinete sobre su monstruo.
Cuando
el caballo negro estuvo a unos seis metros de
Kelemvor abrió la boca, dejando al
descubierto los colmillos, y arrojó una nube de
vaho fétido. A sólo cuatro metros del guerrero, Varro agarró con fuerza la
guadaña y se preparó para arremeter contra la espada de su presa con su propia
arma. El asesino se inclinó sobre el flanco izquierdo del corcel y éste se
arqueó hacia arriba y hacia la derecha. Detrás del asesino, la deslumbrante luz
del sol se reflejó en la espada del guerrero y produjo unos destellos. A sólo
un par de metros, a punto de partir a su presa en dos, Varro se quedó desconcertado
cuando el guerrero dio un salto hacia delante, arremetió con furia sobrehumana
su espada contra el arma del asesino, rodó por el puente y desapareció de la
vista de Varro. Mientras su caballo se elevaba sobre el puente en dirección
este, el asesino miró su arma atónito. —¡Me las pagarás, perro! —gritó Varro,
incrédulo, para inmediatamente arrojar la inutilizada guadaña al río.
El asesino tiró de las riendas de su monstruo y
sacó una espada. El monstruoso caballo que montaba giró sobre sí mismo lo más
rápidamente que pudo pero, una vez de nuevo en dirección oeste, en dirección al
sol, Varro se asombró al ver a Durrock sobre el puente pero sin atacar,
simplemente suspendido en el aire. Aquella imagen era a la vez hermosa y
terrible, una majestuosa silueta negra contra la deslumbrante esfera del sol.
El cuerpo del clérigo colgaba de la mano de Durrock y éste tenía su espada levantada
sobre su cabeza.
—¡Se ha acabado el juego! —gritó Durrock—. ¡Varro,
quédate donde estás! Varro clavó sus talones en los flancos de su caballo y el
monstruo, después de dar un respingo, se detuvo. En tierra, Kelemvor, con el
corazón latiéndole aceleradamente, veía a Medianoche dirigirse al centro del
puente Pluma
Negra. El monstruo de Durrock exhaló una nube de
vaho y lanzó un bufido.
El asesino blandió su espada y gritó:
—¡Rendíos o vuestro amigo morirá! ¡Decidid!
Kelemvor oyó un grito detrás y se volvió. Al este, en el cielo, el tercer
jinete, Sejanus, estaba volviendo lentamente hacia el puente. —¿Qué queréis de
nosotros? —gritó el guerrero de los ojos verdes. El monstruo de Durrock empezó
a retroceder y Adon dio unas precarias vueltas en el aire.
—¡No estoy aquí para contestar a tus preguntas!
—chilló el asesino—. Lord Bane, el dios de la Lucha, nos ha enviado a buscaros.
Estamos aquí para escoltaros y llevaros a una audiencia con lord Black en el
valle del Barranco. —Ah, ¿eso es todo? —preguntó Kelemvor, y acto seguido
sujetó su espada con mayor firmeza—. Gracias, pero no podemos. Tendrás que
transmitirle mis excusas a Bane.
Durrock soltó a Adon y éste empezó a descender
lentamente hacia el suelo. El asesino volvió a agarrar al desfigurado clérigo
antes de que éste llegase a tocar tierra. —¡No tentéis a la suerte, imbéciles!
¡No tenéis elección! — ¡Iremos con vosotros! —gritó Medianoche. La maga levantó
las manos, con los dedos cruzados, sobre la cabeza para que los asesinos
comprendiesen que no estaba lanzando ningún hechizo—: Habéis ganado. Kelemvor
miró a la maga, luego apartó la vista y fue bajando la espada. —¡Es una locura!
— exclamó el guerrero—. Apenas Bane nos tenga en su poder en el valle del
Barranco, nos matará.
Medianoche suspiró y se volvió al guerrero. —Es
posible. Pero no podemos dejar que maten a Adon ahora. Quizá tengamos la
oportunidad de escapar más adelante.
—¡Claro! —exclamó Kelemvor—. Es lo mejor que
podemos hacer, escapar. ¡Así
tendrán el placer de volvernos a cazar antes de
matarnos a los tres! El guerrero se agachó para coger la pesada bolsa de lona
que contenía el libro de hechizos de Medianoche.
Ésta no contestó al guerrero, por el contrario,
miró a Durrock, todavía
suspendido contra el sol, e hizo un gesto de
asentimiento con la cabeza. —
Estamos preparados —dijo la maga.
Los jinetes empezaron a descender.
6
Los escorpiones
Después de abrirse camino a través de una maraña de
gruesas ramas en la orilla norte del Ashaba, Cyric avanzaba entre la maleza,
utilizándola para ocultar en lo posible su tembloroso cuerpo, cuando oyó el
retumbar de los monstruos, en el cielo sobre el puente. Poco después vio cómo
los asesinos se llevaban a Kelemvor, a Medianoche y a Adon.
El ladrón pensó que tenía mucha suerte de no estar
con ellos. De hecho, tenía mucha suerte de estar con vida.
Después de que la flecha del hombre del valle le
obligara a soltarse del árbol caído en el río, una fuerte resaca le arrastró
bajo la superficie. El ladrón logró salvarse agarrándose con pies y manos a la
escarpada y resbaladiza pared de la ribera del río. Al salir, finalmente, a la
superficie, estaba al otro lado del puente. Cyric permaneció escondido bajo un
saliente de la orilla y desde allí observaba los acontecimientos que se
desarrollaron en el puente. Vio surgir la esfera protectora de Medianoche y a
Kelemvor convertirse en pantera feroz y atacar a los hombres del valle. Dos de
ellos escaparon a la furia del animal, el guardia joven y rubio que habían
conocido en el valle de las Sombras y un hombre calvo de piel enrojecida que
iba sin camisa. Cyric no sabía adónde podían haber ido a parar los dos hombres.
El ladrón de nariz aguileña vio a Medianoche y a Adon salir a la superficie
para, acto seguido, subir a gatas la ribera opuesta a la suya hasta el bosque
que había al extremo sur del puente Pluma Negra. Cuando Cyric divisó a
Medianoche que se dirigía a la orilla, suspiró aliviado, pero esta sensación no
tardó en desvanecerse al ver que también Adon estaba con vida. El solo hecho de
pensar en el sunita de voluntad débil enfurecía al ladrón. Es más, ni siquiera
llegaba a comprender por qué Medianoche lo protegía.
Mientras trepaba por la ribera el ladrón llegó a la
conclusión de que era aquel comportamiento absurdo, tanto por parte de
Medianoche como de Adon, lo que le hacía pensar que se las arreglaría mejor sin
ellos. En cuanto a Kelemvor, después de su incalificable comportamiento en
aquella escaramuza con los asesinos —«¡Se ha rendido!», despotricó Cyric para
sus adentros—, el ladrón había añadido al guerrero a la lista de la gente
demasiado sentimental para poder confiar en ella. Sin embargo, Cyric sentía cierto
remordimiento por no haber podido ayudar a Medianoche a escapar de los asesinos
de Bane. El ladrón cayó de pronto en la cuenta de que ella se sentiría muy
decepcionada, pero luego se enfadó consigo mismo por preocuparse de los
sentimientos de la maga. Llegó finalmente a la conclusión
de que, fuese donde fuese adonde la habían llevado,
ella creería que él había muerto. Quizá fuese mejor así. Se había creado un
fuerte lazo de amistad entre el ladrón y la maga, por lo menos así era antes de
iniciar el viaje por el Ashaba, y Cyric sabía que este tipo de vínculo podía
fácilmente interferir en sus planes. Aun cuando no le importaba la suerte de
Adon en su búsqueda de las Tablas del Destino, a Cyric no le gustaba nada la
idea de perjudicar a Medianoche. Ella sabía cosas sobre él que nadie en el
mundo sabría jamás. A pesar de ello, era consciente de que podía confiar en
ella, de que no lo traicionaría. De darse la situación inversa, Cyric estaba
seguro de que su
amistad no resultaría ser tan inquebrantable como
la de la maga.
El ladrón apartó algunas ramas con sumo cuidado
para no hacer ruido y revelar su posición, y empezó a subir el terraplén. El
bosque con el que se encontró Cyric debía de ser de una vegetación antinatural,
un producto del caos físico y místico que aquejaba a los Reinos. Era lo único
que se le ocurrió al ladrón para explicar la presencia de un bosquecillo en una
zona que aparecía yerma en todos los mapas. A pesar de que no oyó ningún ruido
fuera de la actividad normal de un bosque ni ninguna señal que presagiara la
presencia de los dos supervivientes del valle, le inquietaba bastante ser
descubierto, pues iba desarmado.
Llegó a lo alto del terraplén, y allí se encontró
cara a cara con Yarbro, el guardia rubio. El joven iba sin armadura, sin duda
por habérsela quitado para no ahogarse. No obstante, llevaba todavía la espada
y su punta estaba ahora rozando la garganta del ladrón.
—Parece que por fin vamos a poder hacer justicia
—dijo Yarbro entre dientes, y agarró al ladrón por el brazo y lo arrojó al
suelo. Cyric estaba a punto de saltar sobre Yarbro en un último esfuerzo por
derribar al guardia, cuando oyó el crujido de una rama a su izquierda. El
ladrón de nariz aguileña vio por el rabillo del ojo al hombre calvo de piel
intensamente roja que había escapado del puente. Mikkel levantó el arco y
preparó una flecha. —¡Estáis cometiendo un error! —exclamó Cyric jadeando. El
ladrón repasó mentalmente una larga lista de mentiras y verdades a medias
susceptibles de ser creídas por los hombres del valle—. Yo soy tan víctima como
vosotros — dijo con voz embargada por la emoción.
Yarbro movió un poco la espada, luego la dejó
quieta y una mueca apareció en la comisura de sus labios.
—¿No me digas? —dijo casi en un gruñido—. ¿Y cómo
es eso? —¡Mátalo!
—exclamó Mikkel—. ¡Mátalo enseguida para que
podamos llegar cuanto antes al valle del Barranco y coger a los otros
carniceros! —El pescador dio un paso en dirección a Cyric.
—No soy de la misma opinión —dijo Yarbro—. Espera.
Primero quiero escuchar unas cuantas fantasías más de boca de este asesino. —Lo
que os he dicho no es ninguna fantasía —protestó Cyric—. La bruja ésa me
hechizó. Me ha estado utilizando. No he sido dueño de mi voluntad... hasta este
mismo momento. —El ladrón se puso de rodillas y levantó la vista hacia Yarbro—.
Piensa un momento. Yo ayudé a salvar al valle de las Sombras de las tropas de
Bane. Bajo mi mando hallaron la muerte más de doscientos soldados de Bane. Yo
mismo disparé una flecha contra Fzoul Chembryl, el sumo sacerdote de Bane y
cabecilla de su clero. Si yo era un espía de lord Black, ¿por qué habría debido
atacarlo? —Quizá querías el puesto de Fzoul —dijo Mikkel en tono burlón—. Tengo
entendido que en Zhentil Keep el asesinato es el método preferido para hacer
carrera. Una rabia apenas contenida sacudió a Cyric. —¡De no haber sido por mí,
la torre Inclinada habría caído en manos de las fuerzas de Bane!
—Esto es agua pasada. —Yarbro fingió bostezar
mientras bajaba la espada y
volvía a rozar la garganta de Cyric—. Más
recientemente, mataste a media
docena de nuestros hombres cuando ayudaste a la
maga y al clérigo a escapar
de la torre. —El guardia hizo una pausa, esperando
una respuesta por parte de
Cyric—. ¿Acaso lo niegas?
—No —murmuró Cyric.
Mikkel hizo un gesto de asentimiento con la cabeza
y volvió a levantar el arco.
—Entonces, ¡debes morir! —aseguró Yarbro—. ¡Yo te
sentencio, en nombre de
Mourngrym, señor del valle de las Sombras! Yarbro
empezó a retroceder. El ladrón miró a Mikkel, que estaba a punto de lanzarle
una flecha al corazón. Cyric supo que si no hacía algo inmediatamente sería
hombre muerto. —¡Fue la bruja! —exclamó el hombre de la nariz aguileña—.
¡Habéis sido testigos de lo que le ha hecho a Kelemvor! ¡Lo ha convertido en
una pantera, en un animal salvaje!
Yarbro levantó la mano y Mikkel bajó el arco.
—¿Cómo lo sabes? — preguntó el joven guardia, para luego acercarse al ladrón—.
Estabas en el agua. No has podido ver nada de lo que ha sucedido en el puente.
—Es cierto
—concedió Cyric con voz firme y segura—. La
hechicera de cabello negro como ala de cuervo no ha dejado de jactarse de lo
que iba a hacer cuando el esquife llegase al puente. Traté de impedirles, tanto
a ella como al clérigo, que os causaran daño alguno. Es así como zozobró la
barca. —Cyric hizo una corta pausa y lanzó un profundo suspiro—. A pesar de
todo, lanzó el hechizo y, en consecuencia murieron vuestros hombres. Mikkel se
acercó a Yarbro.
—¿Es posible que esté diciendo la verdad? Una
chispa de esperanza cobró vida en el corazón de Cyric, que lanzó un silencioso
suspiro de alivio. Aquellos estúpidos habían mordido el anzuelo. Eran suyos.
—¡Sí! ¡Y tenéis que detenerla! —exclamó Cyric, y al decir esto, levantó una
rodilla—. Medianoche me lanzó un hechizo antes de que la capturaseis en el
templo de Lathander.
—Pero si tú no la viste desde que terminó la
batalla hasta que dio comienzo el juicio —dijo Yarbro—. ¿Cómo pudo lanzarte un
hechizo? —Medianoche no necesita verme para lanzarme un hechizo —murmuró Cyric.
El ladrón se llevó una mano al costado, donde estaba la herida que había
recibido al norte de Cormyr—. Me hirieron antes de llegar al valle de las
Sombras y la maga se apoderó del arma, manchada con mi sangre.
Aun cuando el ladrón no sabía muy bien cómo
funcionaba la magia, conocía lo suficiente sobre la naturaleza humana y sobre
las creencias populares como para inventarse un hechizo lo bastante amenazador
que fuera capaz de asustar a los hombres del valle. Por eso, continuó:
—Chupó mi sangre del arma, lo que le permitió
acceder posteriormente a mi alma, después de la batalla. ¡Me hechizó, me obligó
a hacer cosas que yo jamás habría hecho por voluntad propia!
Yarbro miró al pescador calvo, luego de nuevo a
Cyric. El ladrón agachó la cabeza.
—Debéis creerme..., yo quiero su sangre tanto como
vosotros —prosiguió Cyric, sin levantar la vista—. Ella y el clérigo se reían
de los gritos de los moribundos en la torre. Contaban cómo habían persuadido a
Elminster para que se mantuviese alejado de la batalla y cómo lo habían matado
en el templo de Lathander. Yarbro, furioso, volvió el rostro. Cyric levantó los
ojos hacia los hombres del valle y el ladrón decidió inclinar un poco más la
balanza, para decidirlos definitivamente en su favor.
—El clérigo se vanagloriaba de haber llevado a los
espías de Bane al templo
de Tymora. Fue él quien empapó sus manos con la
sangre de los sacerdotes muertos y pintó el símbolo de Bane en la pared.
—Mikkel lanzó un grito sofocado, pero Cyric continuó, después de ponerse de pie
y extender las manos hacia los hombres del valle—
. ¡Ellos
son los criminales y es a ellos a quienes debemos encontrar y dar muerte por
sus
crímenes! —Cyric hizo una pequeña pausa y luego
bajó el tono de voz para seguir hablando a los hombres del valle—: Y si,
después de haberlos encontrado, seguís pensando que debéis matarme, no haré
movimiento alguno para impedíroslo. ¡Lo único que deseo antes de morir es oír
los gritos de esos dos monstruos! Yarbro y Mikkel dieron un paso atrás. El
guardia bajó la espada. El pescador apartó el arco. Cyric sonrió. Acto seguido
puso una mano en el hombro de cada uno de los hombres del valle.
—Ven con nosotros, pues —dijo Yarbro—.
Encontraremos juntos a la maga, ¡y le haremos pagar por todo lo que ha hecho!
Cyric no daba crédito a su buena suerte. ¡Aquellos
idiotas se habían creído su disparatada historia!
—Va camino del valle del Barranco —informó
amablemente—. Los secuaces de Bane deben de haber recibido la orden de
rescatarla. Deberíamos seguirlos hasta la ciudad.
Cyric y los hombres del valle caminaron por el
bosque unos cien metros siguiendo el curso del río. Encontraron el esquife de
pesca atravesado en un tronco. Era evidente que no volvería a estar en
condiciones de navegar. Mikkel se quedó mirando la pequeña embarcación,
recordando los maravillosos momentos que había compartido con Carella, su
socio. Después de darle una patada a la barca para liberarla del tronco, el
pescador observó cómo se hundía en el Ashaba.
—Vamos a tomar la carretera —dijo Yarbro con voz
imperiosa, para luego darle la espalda al río y volver a introducirse en el
bosque. Cyric se apresuró a seguir al guardia y Mikkel no tardó en unirse a
ellos. Después de saltar del puente, apenas lograron llegar a la orilla, Yarbro
y Mikkel se habían dirigido al campamento que los hombres del valle tenían
instalado en el bosque al norte del puente Pluma Negra y allí cogieron tres de
los caballos, uno para cada uno y el tercero como animal de carga, y espantaron
a los otros caballos hacia la carretera, lejos del puente. Así que ahora los
dos supervivientes de la cacería, junto con Cyric, encontraron a los
espléndidos animales y cargaron
en ellos las pocas provisiones que habían podido
reunir.
Cuando estaban a punto de ponerse en marcha, Cyric
se dio cuenta de que Yarbro y Mikkel estaban agotados. La falta de sueño que
habían debido soportar durante la marcha desde la Roca Vertical y las
aterradoras experiencias de las horas pasadas habían acabado con los últimos
restos de energía de los hombres. Sin embargo, Cyric estaba todavía despejado y
comprendió que los hombres necesitaban un poco de descanso más que ninguna otra
cosa. Por consiguiente, el ladrón se propuso hacer todo lo posible para evitar
que lo obtuviesen. —Tenemos que cabalgar de firme y tratar de alcanzarlos antes
de que lleguen al valle del Barranco —se apresuró a decir Cyric mientras
saltaba sobre su caballo—. Si llegan a la ciudad antes que nosotros, podrán
desaparecer entre la multitud o incluso coger una barca para dirigirse a
Zhentil Keep, y entonces no los encontraremos nunca más. Los otros hombres
asintieron.
—Por el momento, tú irás delante —dijo Yarbro
suspirando a la vez que montaba su caballo—. No cogerás un arma hasta que
nosotros lo digamos..., y no olvides que tienes nuestro frío acero a tu
espalda. Cyric espoleó a su caballo.
—Por supuesto. Yo actuaría de la misma forma si
estuviese en vuestro lugar. Lo único que os pido es que me deis la oportunidad
de vengarme cuando llegue el
momento.
—Sí —dijo Mikkel, ahogando un bostezo—. Te lo
prometemos. Cyric presintió que Yarbro no había creído tanto su historia como
había él imaginado en un principio. Poco importaba. No lo habían matado. Cuando
el grupo se detuviese a pasar la noche, los hombres del valle estarían en manos
de Cyric. Una vez hubiese matado a los agotados y débiles hombres, cogería las
provisiones y se dirigiría solo al valle del Barranco.
Al cabo de una hora de marcha, el bosque dio paso a
las áridas extensiones del valle de la Pluma ante Cyric y los dos hombres del
valle. El ladrón miró atrás y casi esperó que el misterioso bosque se pusiera a
temblar y desapareciese, o que los árboles se desprendiesen de sus raíces para
seguirlos. Pero nada extraño sucedió. Los jinetes dejaron la orilla del río
para evitar una curva del Ashaba hacia el norte y poder así tomar el camino más
directo al valle del Barranco. Después de cabalgar una hora a través de las
llanas y áridas tierras del valle de la Pluma, Cyric distinguió en la distancia
a un
puñado de jinetes que cabalgaban en su dirección.
—¿Qué queréis hacer con esos jinetes? —preguntó el ladrón volviéndose
ligeramente en la silla. —No tenemos nada contra ellos, sean quienes sean
—replicó Yarbro, con cierto asomo de nerviosismo en la voz.
Cyric tiró de las riendas de su caballo y éste se
detuvo. —Podemos tratar de evitarlos pero, si lo hacemos, podrían pensar que
somos unos cobardes o unos criminales y perseguirnos. El joven guardia frunció
el entrecejo.
—¡Esperad un momento! Estoy tratando de pensar
—dijo Yarbro con voz que denotaba su nerviosismo.
—No hay mucho tiempo, desde luego —prosiguió
Cyric—. Si nos ponemos inmediatamente en marcha, tal vez tengamos una
probabilidad de escapar de ellos. —Hace un momento parecías estar a favor de
enfrentarnos a ellos — dijo Mikkel, confundido. Luego detuvo su caballo junto
al de Cyric. El ladrón de nariz aguileña sonrió.
—Bien, ambas alternativas pueden ser peligrosas.
Hay muchas cosas a tener en... Yarbro movió enérgicamente la cabeza. —¡Callaos!
¡No puedo concentrarme!
Mikkel frunció el entrecejo.
El ladrón sonrió. «Bien —pensó—. Un conflicto como
éste hará que me resulte más fácil estar con vida algún tiempo más en compañía
de estos patanes.» Cyric se volvió a Yarbro.
—Sí —dijo en tono condescendiente—, ahí radica el
problema en situaciones como ésta. Hace falta tener la mente clara, y un poco
de intuición para juzgar al adversario de forma adecuada. Si me permites mi
opinión... —Ya la has dado —dijo Yarbro en un tono muy brusco—. ¡Y ahora
cállate! ¡Me estás despistando!
—Ah, ¿sí? —dijo Cyric suave, casi sumisamente—. No
era mi intención, te lo aseguro. —El ladrón volvió el rostro y obedeció. Al
rato, Yarbro desenvainó su espada y se la puso sobre el regazo. —No haremos
nada — dijo, y parecía contento de sí mismo—. Nos limitaremos a quedarnos aquí
y ver lo que ellos hacen. Los jinetes no tardaron en estar a unos cien metros.
Se pudo entonces distinguir su ropa oscura y el escudo de armas, que Cyric
identificó al instante. —Zhentileses —afirmó—. Se trata probablemente de una
patrulla errante. Dudo
que estén en alguna misión especial. Todo lo que
debe de importarles es seguir con
vida.
A medida que los jinetes se iban acercando, los
hombres del valle se pusieron tensos y nerviosos. Si se comportaban de forma
adecuada, podrían evitar un conflicto con aquella banda superior en número. Sin
embargo, sus expresiones asustadas y sus voces ligeramente temblorosas los
delatarían fuese lo que fuese lo que le contasen a la patrulla zhentilesa.
El grupo de jinetes se detuvo a unos quince metros
de Yarbro, Mikkel y Cyric. El jefe de la compañía, un hombre fornido de cabello
negro, se adelantó unos pasos. —Me llamo Tyzack, y estoy al mando de la
Compañía de los Escorpiones. Éstos son mis hombres: Ren, Croxton, Eccles,
Praxis y Slater. Cada uno de los hombres vestidos de negro inclinó la cabeza
ante la mención de su nombre y se notaba que llevaban días cabalgando, pues la
piel bronceada y la ropa gastada y sucia los delataba. Después de un rápido examen
de la compañía, Cyric advirtió que uno de los «hombres», Slater, era de hecho
una mujer. Tyzack cruzó los brazos y se hizo un incómodo silencio. Cyric se
inclinó hacia Yarbro.
—Se supone que debes contestar —susurró el ladrón—.
Y yo no debería estar delante, pues así da la impresión de que soy yo quien
está al mando. Yarbro se puso delante de Cyric. El ladrón miró la empuñadura de
la espada del guardia cuando éste pasó junto a él pero, por supuesto, no se
atrevió a hacer movimiento alguno, pues el arma de Mikkel seguía estando a su
espalda. El guardia rubio se aclaró la garganta.
—Yo me llamo Yarbro..., soy un cazador de los
valles y están conmigo Mikkel y Cyric. —La nerviosa pausa que siguió fue
demasiado larga para pasar inadvertida por los zhentileses.
Tyzack recorrió con la mirada los campos áridos que
rodeaban a los dos grupos y sonrió.
—Estáis un poco fuera de vuestro elemento. ¿Os
habéis perdido? ¿No encontráis el camino para volver a casa? —Un suave murmullo
de risas surgió de entre los zhentileses.
—Se están burlando de nosotros —dijo Mikkel entre
dientes, en un susurro apenas audible.
—Es preferible eso a que nos ataquen —replicó Cyric
al pescador. El jefe de los zhentileses estuvo un momento observando a los
hombres del valle, y luego miró a su compañía. Ren, un joven de cabello rubio
como el oro, delgado y fuerte, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y
Tyzack
sonrió. —¿Os dirigís al valle del Barranco?
—Así es —dijo Yarbro—. Y, si no os importa, tenemos
un poco de prisa... — No corras tanto, hombre de los valles —intervino Ren
desde detrás de Tyzack
—. Decidme, ¿qué es lo que vais cazando? Habéis
hecho un largo camino en pos de vuestra presa.
Mikkel se puso delante de Cyric.
—Lo único que queremos es seguir nuestro camino
—dijo, malhumorado, el pescador—. ¿Vais a dejarnos pasar?
Tyzack abrió los brazos con un ademán teatral.
—¿Acaso se ha planteado esta cuestión en algún momento? —El zhentilés indicó a
su compañía que avanzase—. No había caído en la cuenta de que queríais nuestro
permiso. Cyric soltó una maldición en voz baja. Estaba claro que los
zhentileses no tenían
intención alguna de dejarlos pasar. El ladrón pensó
que sería preferible que sacase
provecho de aquella situación. Yarbro se volvió a
Mikkel y a Cyric.
—Adelante —dijo el guardia con una voz gutural.
Yarbro y Mikkel flanquearon al ladrón mientras avanzaban hacia los soldados
zhentileses. Cuando ambos grupos estuvieron cerca uno del otro, Eccles, un
zhentilés de mirada salvaje y cabello pelirrojo, escupió en el suelo delante
del caballo de Mikkel. —Te escupiría a ti, hombre de los valles, pero eso sería
malgastar agua —subrayó el guerrero cuando estuvo cerca del pescador de tez
rojiza. Mikkel se puso rígido en la silla.
—¡Perro zhentilés! —exclamó ásperamente. —¿Qué ha
sido eso? —gritó Tyzack, y enseguida levantó una mano. La Compañía de los
Escorpiones se detuvo. —Ha llamado a tu hombre «perro zhentilés» —dijo Yarbro
en tono tajante, y sacó la espada.
Los zhentileses se apresuraron a desenvainar a su
vez sus armas. Cyric meditó sobre su situación. Seguía teniendo a Yarbro y a
Mikkel uno a cada lado. Los zhentileses estaban en formación de a dos; Tyzack y
Eccles en cabeza, seguidos de Croxton y Praxis, luego Ren y Slater en la
retaguardia. El ladrón comprendió que no había posibilidad de huir; y además no
iba armado. Eccles cogió una espada con la mano derecha y se pasó la izquierda,
en cuya muñeca llevaba enrolladas las riendas, por su cabello. El guerrero
temblaba de rabia. —¿Y bien, Tyzack? —preguntó sin aliento el zhentilés de
mirada
salvaje. El jefe de la Compañía de los Escorpiones
miró con indiferencia a su banda por encima del hombro.
—Matadlos a los tres —dijo muy sosegadamente. Con
los dedos clavados en la crin de su caballo, Cyric empezó a prepararse. —¡Sois
hombres muertos! —gritó Eccles mientras espoleaba a su caballo—. ¡Hombres
muertos!
Cyric saltó de su caballo antes de que llegase la
primera embestida. Cayó al suelo cerca de Croxton, un hombre de barba roja,
mandíbula recta y unas cejas gruesas y bien pobladas. Los labios del zhentilés
se abrieron en una mueca cuando vio caer a Cyric, pero no le prestó atención y
se abalanzó sobre Yarbro. Croxton pasó a toda velocidad junto al guardia y
golpeó al joven en el rostro con el dorso de su mano enfundada en un guantelete
de acero. Yarbro cayó del caballo hacia atrás y dio en tierra junto a Cyric. El
ladrón vio bullir odio en sus ojos inyectados en sangre. Slater, la única mujer
en las filas del grupo de seis zhentileses, sacó el arco y lo levantó a la
altura del rostro de Mikkel. Mientras Cyric la observaba apuntar al pescador,
advirtió que no era mayor que Medianoche, si bien sus rasgos estaban más
endurecidos por la lucha que los de cualquier hombre que él hubiera visto.
Llevaba las cejas completamente afeitadas y el cabello castaño muy corto. Los
labios, que podían haber sido carnosos y sensuales, estaban secos y agrietados.
Mientras sonreía y se preparaba para matar al pescador, se mordía el labio
inferior. Eccles pasó junto a Mikkel con su caballo y le dio un corte en el
brazo con su espada. Croxton y Praxis flanqueaban a Cyric y a Yarbro. Era
evidente que la batalla había llegado a su fin.
—¡Esperad! —gritó Ren—. ¿Qué tiene de divertido
matarlos, así, sin más? ¡Démosles una oportunidad para luchar... y luego los
matamos! —El zhentilés rubio se volvió al jefe de la compañía—. ¿Estás de
acuerdo, Tyzack?
—No tengo objeción alguna —dijo el soldado de
cabello negro, con una sonrisa
feroz bailándole en la boca—. ¿Qué propones? Ren
señaló a Mikkel con su espada.
—¡Baja del caballo, hombre del valle!
El pescador no se movió. Ren se inclinó hacia
delante sobre su caballo y señaló a Slater, que seguía apuntando al hombre de
piel roja con su arco. Ren sonrió, dejando al descubierto una hilera de dientes
negros y careados. —Si le digo que te hiera, pueden pasar días antes de que
mueras. Te estoy
ofreciendo una oportunidad de vivir.
Yarbro se enjugó la sangre de la boca.
—Desmonta, Mikkel. Veamos lo que tienen que decir.
Mientras el pescador desmontaba lentamente del caballo y se sentaba en el
suelo, todas las miradas se concentraron en él. Cyric aprovechó la ventaja de
aquella distracción para arrastrarse muy despacio hacia atrás, apartándose de
los hombres del valle. Fue entonces cuando un silbido estridente llamó su
atención, levantó la vista y vio que Slater apuntaba una flecha a su corazón.
Ella hizo un gesto en dirección a Yarbro y Cyric volvió a colocarse junto al guardia.
—¡Vaya, ese cobarde sería capaz de abandonar a sus
amigos! —dijo Ren gruñendo después de haberse vuelto hacia Cyric—. Supongo que
tu piel es lo que más aprecias en este mundo.
—Naturalmente —dijo Cyric entre dientes. —¡Por el
corazón negro de Bane! —exclamó otro de los zhentileses—. ¡Un hombre de los
valles que dice la verdad! —Quien hablaba era Praxis, un hombre de pelo rojizo
y ojos grises que dominaba a Cyric y a Yarbro desde la altura de su caballo—.
Quizá podamos todavía sacar un poco de diversión de todo esto. —¡Esto no es un
juego! —exclamó Eccles, y se pasó nerviosamente una mano por el pelo—. Con los
hombres de los valles sólo es un juego en la arena. —El soldado zhentilés de
mirada salvaje se volvió a Cyric y añadió—: ¿Sabes lo que les hacemos a los
«honestos» hombres de los valles como tú en la arena? A Cyric, después de
fijarse en los ojos de Eccles y advertir la sombra de locura que había detrás
de ellos, se le ocurrió una forma de salir con bien de la situación. —Sé mucho
sobre Zhentil Keep —dijo el ladrón, con los ojos entornados—. Nací allí.
—¿Cómo? —gritaron al unísono los hombres del valle
y Tyzack. Cyric esbozó una media sonrisa e hizo un lento gesto de asentimiento
con la cabeza.
—Soy agente de la Red Negra. Estos hombres de los
valles me han hecho prisionero y estarían más que felices de verme morir a
vuestras manos. — ¡Pruébalo! —pidió Ren—. Dinos algo que sólo un agente
zhentilés pueda saber. —Lo que yo pueda deciros depende de vuestro nivel de
conocimiento de los asuntos secretos de estado —dijo Cyric con voz suave—, no
del tono de vuestra voz ni de la cantidad de amenazas que me profiráis. Mikkel
empezó a echar pestes en voz baja y a mover la cabeza. Yarbro no se mostró tan
tranquilo ante tal «revelación». El guardia rubio se puso en cuclillas y
gritó: —¡Cerdo mentiroso! —Y antes de que nadie
pudiese reaccionar, el joven guardia se abalanzó sobre Cyric gritando—:
¡Siempre has sido un espía! Cuando el hombre del valle trató de rodear el
cuello de Cyric con sus manos, Croxton agarró a Yarbro por el pelo y lo levantó
del suelo. —¡Basta ya! —gritó el soldado de barba roja. Luego dejó caer a
Yarbro al suelo.
Cyric contuvo una sonrisa. Habría podido detener el
ataque de Yarbro de muchas
maneras, pero prefirió esperar con la confianza de
que los zhentileses acudiesen en su ayuda. Aunque detestaba la idea de aliarse
con unos canallas de Zhentil Keep, Cyric sabía que ello era preferible, con
mucho, a acabar degollado en medio del valle de la Pluma.
Tyzack desmontó de su caballo y se acercó despacio
a Yarbro. —¿Era vuestro prisionero? —preguntó el zhentilés de cabello negro,
con voz firme y amenazadora.
—¿Por qué sino me han desarmado? —dijo Cyric, desde
la izquierda de Tyzack. El ladrón se frotó el cuello, en un intento de poner de
manifiesto que el ataque del hombre del valle había sido más grave de lo que en
realidad había sido. —¡Cállate! —dijo Tyzack volviéndose hacia Cyric—. Nadie te
está hablando..., y en cualquier caso, todavía no. —Se volvió de nuevo a
Yarbro—. Habla, hombre de los valles, ¿es cierto? Yarbro agachó la cabeza.
—¡Debí matarlo en cuanto lo vi! —dijo el guardia
entre dientes. El ladrón sonrió.
—Sí —dijo—, tal vez tengas razón.
Yarbro volvió a abalanzarse sobre Cyric, pero tanto
Croxton como Praxis interpusieron sus espadas entre el hombre del valle y el
ladrón. —Dime por qué lo habéis hecho prisionero —insistió Tyzack bruscamente,
y cogió a Yarbro por la camisa y le hizo dar media vuelta. Yarbro se desasió de
Tyzack y se volvió a mirar al ladrón con una furia que empequeñecía sus ojos.
—Este canalla asesinó a seis guardias reales en la torre Inclinada del valle de
las Sombras —lanzó el joven guardia—. Luego ayudó a dos condenados a muerte, la
maga y el clérigo que habían matado a Elminster el Sabio, a escapar de la
ejecución. Cyric tuvo ganas de gritar de júbilo. Cada palabra de aquel guardia
idiota era un punto positivo para él a los ojos de los zhentileses. Un murmullo
surgió de las filas zhentilesas. —De modo que sois del valle de las Sombras
—dijo Croxton entre dientes—. Habríais debido decírnoslo de
entrada. Os habríamos matado sin pensarlo dos veces
y no habríamos perdido el tiempo con vosotros. Tyzack frunció el entrecejo y
levantó una mano para exigir silencio a sus hombres.
—Había oído decir que Elminster había muerto.
Pero..., ¿dónde están los otros criminales?
—Sí —intervino Slater—. ¡Nos gustaría felicitarlos!
Los músculos del rostro de Yarbro se tensaron y él fulminó a la mujer del arco
con la mirada.
—Se han escapado —murmuró después de una corta
pausa—. Los asesinos de Bane, cabalgando sobre monstruos, los han rescatado.
—No le digas nada mas —dijo Mikkel. Sacudió su cabeza calva y el pendiente
golpeó su mejilla. —Entonces ¿eres un espía de lord Bane? —preguntó Tyzack
volviéndose hacia Cyric.
—Sí —contestó el hombre de nariz aguileña de modo
terminante—. Yo era ladrón...
—Quien ha sido ladrón, siempre será ladrón —recalcó
Slater con voz gruesa y áspera.
Luego se rió de su propio chiste, si bien nadie más
parecía especialmente regocijado, sobre todo Cyric. Él, que había estado
huyendo de su pasado durante años y pensaba haberse liberado finalmente de él,
ahora no tenía otra alternativa para salvarse que aceptar aquello de lo que
había renegado largo tiempo. Cyric frunció el entrecejo y prosiguió:
—Estuve de aprendiz con Marek, un importante
miembro de la Cofradía de Ladrones de Zhentil Keep. Me formó como espía. —El
ladrón miró a su alrededor y vio que todos los zhentileses lo estaban
escuchando con suma atención, prestos a cogerlo en un desliz.
Tyzack levantó una de sus negras y pobladas cejas.
—¿Marek, dices? He oído hablar de él. Un hombre mayor, ¿verdad? —En efecto
—contestó Cyric. —¿Qué información nos estás ocultando, ladrón? —preguntó
Eccles, que se agitaba nervioso en su silla—. ¿Qué te dijo? Cyric se echó a
reír.
—Será difícil que revele nunca información
importante a alguien como tú. El zhentilés de mirada salvaje lanzó un gruñido y
Tyzack se acercó a Cyric. El ladrón calculó para sus adentros cuánto tardaría
en arrebatarle el arma a Tyzack pero, mientras miraba la espada del zhentilés
de cabello negro, un destello de sol salió reflejado del arco de Slater. Cyric
comprendió que no tenía tiempo y se relajó ligeramente.
—Lo más sensato que puedes hacer es hablar —dijo
Tyzack sin alzar el tono
de voz—. Sobre todo si tienes en alguna estima tu
propia vida. —No — repuso Cyric fríamente. Y se volvió hacia los otros soldados
zhentileses —. Sólo hablaré a lord Bane. Fue lord Black en persona quien me dio
las órdenes y sólo a él revelaré lo que he descubierto.
Los zhentileses se pusieron a cuchichear entre sí o
a agitarse silenciosamente ante la declaración de Cyric. Éste pensó que, si
bien se había jugado el todo por el todo, lo había hecho en el momento
oportuno. Ahora los zhentileses tenían miedo de matarlo. Tyzack guardó su
espada y volvió junto a Cyric. — De acuerdo —dijo el hombre de cabello negro—,
lord Black nos espera en la ciudad de Valle del Barranco, dentro del cuerpo de
Fzoul Chembryl. —Hizo una pausa y paseó la mirada por la Compañía de los Escorpiones—.
Allí tendrás la oportunidad de verlo, Cyric.
El ladrón se sintió a la vez aliviado y
horrorizado. No solamente lo iban a llevar ante el dios de la Lucha, que sin
duda alguna lo mataría, sino que, además, la mutación del dios era un hombre a
quien Cyric había herido gravemente en la batalla del valle de las Sombras. Al
hombre de la nariz aguileña se le secó la boca cuando recordó la flecha que
había disparado al pecho de Fzoul en el puente Ashaba. Tyzack se apartó de
Cyric y de los hombres del valle. El jefe de la compañía zhentilesa se dirigió
a su segundo en el mando. —¿Tienes alguna sugerencia, Croxton? Me refiero con
respecto a nuestros invitados.
—Que luchen uno con otro a muerte —propuso el
guerrero de barba roja—. Dejaremos marchar al que quede con vida, pero antes
habrá tenido que matar a su amigo.
—¡Espléndido! —exclamó Tyzack, y volvió a su
caballo. Después de coger una bolsa de la silla, sacó de ella una manzana. El
zhentilés le dio un mordisco, clavando los dientes hasta el corazón. Se tragó
el trozo y dijo—: Vamos a incluir también a nuestro nuevo amigo en el juego. Al
fin y al cabo, un zhentilés bien adiestrado no debería tener
problemas para acabar con dos pobres perros del
valle de las Sombras
como éstos. ¿Tú
qué dices, Cyric?
El ladrón, después de mirar a Yarbro y a Mikkel,
asintió. Pensó que si ellos tenían que morir para que él siguiese con vida,
aunque sólo fuese por poco tiempo, le parecía bien.
—Dadme un arma y despacharemos este asunto cuanto
antes —dijo entre
dientes —. Pero no olvidéis que lord Bane se
enterará de esto. —Mmmm — dijo Tyzack frotándose la barbilla—. No quisiera que
te hirieran, pero... Eccles empezó a refunfuñar y a gritar.
—¡Si muere, querrá decir que nos ha estado
mintiendo! ¡Si es realmente un leal espía zhentilés, lord Black lo protegerá!
Los otros zhentileses hicieron gestos de asentimiento. —Decidido, pues —murmuró
Tyzack. El hombre de cabello negro se acercó a Cyric y le susurró—: Creo que no
te queda más remedio que jugar, amigo, y yo te recomendaría que llevases el
juego hasta el final. —Se detuvo para añadir unos instantes después—: No dejaré
que te hieran. Recuerda esto en tu informe. Cyric miró al jefe de la Compañía y
asintió. —Apartad los caballos y dejadnos sitio.
Una vez apartados todos los caballos, la Compañía
de los Escorpiones formó un círculo alrededor de los combatientes. Mikkel
empezó a retroceder, alejándose de Yarbro y de Cyric.
—¡No podemos hacerlo! —dijo el pescador calvo, con
una voz que temblaba de miedo—. ¡Por favor, Yarbro! Aunque logremos matar al
espía, querrán que nos enfrentemos el uno contra el otro. Luego matarán al
superviviente. ¡Tenemos que pelear con ellos, no el uno con el otro!
Slater, todavía con el arco en la mano, se echó a
reír. —Eso, venid a luchar con nosotros.
El rostro de Yarbro carecía de expresión. —Aunque
es probable que me matéis por ello, no levantaré una mano contra mi camarada
—dijo el guardia, para luego volverse a Cyric—. Pero antes de precipitarme al
reino de Myrkul, me gustaría ver a éste muerto. Yarbro avanzó hacia Cyric y
trató de agarrarlo. Como una sombra negra y delgada, el ladrón se escurrió de
su camino y se puso al otro lado del guardia. Yarbro soltó un juramento y
siguió los movimientos de Cyric. Volvió a abalanzarse sobre el ladrón, pero éste
lo esquivó de nuevo.
—¡Mirad cómo bailan! —exclamó Croxton. El guerrero
de la barba roja se agachó y cogió el arco de Mikkel. Después de esbozar una
cruel sonrisa, arrojó el arco al centro del círculo—. ¡Así se animará un poco
esta fiesta! Mikkel, que era quien estaba más cerca del arco, se apresuró a
apoderarse de él. Cuando Cyric volvió a esquivar a Yarbro, el pescador trató de
golpear al ladrón en la cabeza con el arco. Cyric esquivó el ataque del
pescador y arremetió contra Mikkel con la mano abierta.
Se oyó un agudo crujido cuando el arco se partió en
dos allí donde había
golpeado Cyric. Mikkel se quedó pasmado mirando el
arma un momento, hasta que el ladrón le arrebató el arco de la mano y le clavó
la madera dentada en la parte inferior de la mandíbula. El pescador puso los
ojos en blanco y se le empezaron a doblar las rodillas. Cuando Mikkel se
desplomó, Cyric cogió el arco, rodó por el suelo hacia la izquierda y se puso
en cuclillas de un salto, listo para enfrentarse a Yarbro. El guardia, furioso,
gritó algo incoherente.
—¡Venga, hombre de los valles! —le instó Cyric,
blandiendo el arco roto
y
ensangrentado—. Podría meterte este palo en la
garganta antes de que te dieses cuenta. Ríndete y no seré tan duro contigo.
—¡Lo has matado! —exclamó Yarbro en tono
quejumbroso. —¿No se trataba de eso? —dijo Cyric—. Y espero que tú ya no
quieras luchar. Yarbro volvió a avanzar hacia el ladrón. —¡Si todavía aguantas
y luchas como un hombre, te enseñaré lo que es luchar! De entre los zhentileses
surgieron unas risas maliciosas. —Sí, Cyric —dijo Slater—, aguanta para que el
hombre de los valles tenga la oportunidad de dejarte sin cabeza.
El jefe de la Compañía de los Escorpiones estaba a
la derecha de Cyric con los brazos cruzados.
—¡Sí, ladrón, déjanos degustar la sangre! —gritó
Tyzack—. ¡Hiérelo antes de matarlo!
El ladrón esbozó una sonrisa forzada.
—¡Eso sería demasiado fácil! —repuso Cyric, pero
pensó que sería preferible que diese fin a aquel enfrentamiento cuanto antes,
antes de que los zhentileses se aburriesen y arrojasen a Yarbro una espada u
otra arma. Yarbro, que tenía una subida de adrenalina en las venas y el sudor
le corría por su rostro, lanzó un salvaje puñetazo al ladrón. —¡Te mataré!
—gritó.
El ladrón esquivó fácilmente el torpe golpe lateral
y le dio una patada a Yarbro en el estómago.
—Esto se está poniendo aburrido, ¿no te parece?
—dijo Cyric, mientras hacía círculos alrededor del guardia para luego golpearlo
en el cogote con el arco. El ladrón sonrió a Yarbro, que estaba doblado en dos
a causa del dolor, y dejó caer el arco—. Te daré cincuenta metros de ventaja
antes de echar a correr tras de ti. Yarbro levantó la vista hacia el hombre de
la nariz aguileña, con mirada incrédula. —¡Que sean cien, Cyric! —gritó Ren.
Cyric se inclinó ligeramente ante el soldado rubio.
—Cien, de acuerdo —dijo
el ladrón haciendo un amplio ademán con el brazo—.
Adelante, corre hacia el río. Quizá no logre alcanzarte antes de que hayas
llegado al agua y podrás escapar y prevenir a todos los Reinos contra mí. El
sudor inundaba los ojos de Yarbro. Donde el ladrón lo había golpeado con el
arco se estaba formando un chichón y, a cada movimiento que hacía, el dolor
estallaba detrás de sus ojos.
—¡Maldito seas! —dijo Yarbro entre dientes—. ¡Si
pudiese, os mataría a ti y a todos los de Zhentil Keep!
De entre los zhentileses salió un rumor y Cyric
apretó los dientes. Yarbro estaba acabando con la poca paciencia que ya tenían
los miembros de la compañía. Si Cyric no era capaz de demostrar a los soldados
que él era uno de ellos, un agente zhentilés brutal y ávido de sangre, era
probable que no lo dejasen llegar con vida a la capital. De ello estaba seguro.
—Doscientos metros —dijo Cyric para zanjar la
cuestión—. Es mi última oferta. —Como el guardia seguía sin moverse, el ladrón
entornó los ojos y se puso a gritar—: ¡Corre, maldito seas! ¡Es tu última
oportunidad! No empezaré a correr tras de ti hasta que estés a doscientos
metros.
Yarbro se quedó sin aire en los pulmones. —Pero
ellos sí lo harán —dijo el guardia con una voz que era un murmullo, a la vez
que señalaba a los zhentileses con la cabeza.
—¡Escorpiones! —exclamó Cyric—. ¿Respetaréis mi
promesa? Doscientos
metros antes de que yo corra tras él a pie. Y
vosotros permaneceréis donde
estáis. —¡De acuerdo! —convino Tyzack. El resto de
la compañía asintió con
la cabeza o gruñó su consentimiento.
Cyric esbozó una sonrisa perversa.
—Corre. Es tu única alternativa. ¡Echa a correr!
Antes de volverse para empezar la carrera, una última mueca de odio apareció en
los rasgos del guardia rubio. Cuando Cyric se encaminó al borde del círculo,
los zhentileses se apartaron para dejar pasar a Yarbro. Éste no había corrido
más de veinte pasos cuando el ladrón se apoderó de una daga de la bota de
Praxis y la lanzó. Cuando la hoja atravesó su espalda en la base de la columna
vertebral, un dolor ciego recorrió el cuerpo de Yarbro. Luego el guardia se
desplomó al suelo. Cyric se volvió hacia los atónitos zhentileses. —Vamos.
Todavía no está muerto.
Mientras el ladrón se dirigía al lugar donde estaba
Yarbro, era consciente de
que los siguientes momentos eran vitales. Al dar la
espalda a la Compañía de los Escorpiones, se había puesto en una situación
vulnerable a su ataque. A cada paso que daba los oía detrás de sí, unos
caminando, otros a caballo. La confianza de Cyric fue en aumento. Cada momento
que pasaba y la flecha de Slater no se clavaba en su espalda era una victoria.
El ladrón se agachó junto al convulso cuerpo del
guardia. —Me habías prometido... —se lamentó Yarbro, con los dientes apretados
para contener el dolor—. ¡Me lo habías prometido! Un escalofrío recorrió la
columna vertebral de Cyric. —Yo no he echado a correr, Yarbro. No he dado un
solo paso. Ha sido la daga la que ha hecho el trabajo. —El hombre del valle se
puso a gemir y Cyric sintió un torbellino de ira apoderarse de su alma. Los
zhentileses se reunieron alrededor del ladrón y de su víctima. Cyric se incorporó
y empezó a alejarse.
—¡Espera un momento! —exclamó Eccles—. Todavía no
has acabado con él. Cyric se quedó inmóvil un momento y cerró los ojos. —Está
acabado — dijo en un siseo—. Dejadlo morir. —¡Puede escaparse! —añadió Croxton
a voz en grito, con los puños apretados—. ¡Si lo dejas así no eres un agente
zhentilés! No eres... «No me están poniendo las cosas fáciles —maldijo el
ladrón para sus adentros— pero haré lo que debo hacer.» Cyric se dio media
vuelta, sin expresión en el rostro. —Dadme otra daga —murmuró, y se encaminó hacia
donde se hallaba Yarbro. Ante la mirada de los zhentileses, Cyric se acercó
despacio al moribundo y se arrodilló junto a él. Cuando el ladrón vio los ojos
de Yarbro, sintió que algo moría en su interior, una especie de chispita salió
de su alma. —Tú me habrías hecho lo mismo — susurró.
Puso a Yarbro boca abajo y le cortó de un tajo los
tendones de la parte posterior de los tobillos.
Mientras el hombre del valle no dejaba de gemir de
dolor, Cyric se puso en pie, arrojó la daga junto a Yarbro y se alejó. —Ahora
no irá a ninguna parte —dijo el ladrón cuando estuvo ante los ahora silenciosos
zhentileses.
Mientras la Compañía de los Escorpiones se
preparaba para ponerse en camino en dirección al valle del Barranco, Slater se
acercó al cuerpo del pescador muerto y se agachó junto a él. Después de lanzar
una carcajada gutural, le arrancó el pendiente en
forma de prisma. Mientras la mujer saqueaba el
cadáver de Mikkel y el resto de la
compañía llevaba a cabo los preparativos, Yarbro
siguió gritando, pero nadie pareció advertirlo.
Cyric montó sobre uno de los caballos de los
hombres del valle y se puso a la altura de Tyzack. No se podía leer expresión
alguna en el rostro del ladrón. El jefe de la patrulla zhentilesa dejó
finalmente que una sonrisa iluminase su rostro. —Estoy seguro de que lord Bane
estará encantado de verte cuando lleguemos a la ciudad Valle del Barranco —dijo
el hombre de cabello negro, y tendió la mano a Cyric. El ladrón vaciló un
momento, luego estrechó la mano de Tyzack. —Bienvenido a la Compañía de los
Escorpiones —añadió Eccles riéndose cuando pasó junto a Cyric y a Tyzack.
Y, mientras los zhentileses iniciaban la larga y
dura marcha a la ciudad, la risa del hombre de mirada salvaje ahogó los gritos
del guardia moribundo.
7
El valle del Barranco
Medianoche aprovechó el tiempo que los asesinos
tardaron en llegar al valle del Barranco. Aun cuando fingió dormir la mayor
parte del tiempo, la maga sacó partido del agitado viaje sobre el monstruo para
ocultar los casi imperceptibles movimientos que estuvo haciendo con muñecas,
tobillos y rostro casi todo el camino. Una pequeña pieza de metal de la silla
le permitió ir cortando lentamente las cuerdas que la tenían sujeta. El viaje
fue largo y aburrido y, cuando llegaron al valle del Barranco, la maga había
adelantado mucho en eso de cortar las cuerdas. Después de la puesta del sol,
los corceles se colocaron en formación correcta y lo bastante cerca uno de otro
como para que Medianoche pudiese llamar la atención de Adon. Intentó hacerle
saber al clérigo mediante sutiles gestos de manos y cabeza, que estaba tratando
de cortar las cuerdas. La maga sabía que Adon la veía pero, si éste comprendió
lo que ella estaba tratando de decirle, no se reflejó en el rostro del clérigo.
Cuando los héroes distinguieron la ciudad portuaria, comprendieron de inmediato
que aquél era un lugar adonde no les apetecía nada ir. De varias zonas de la
ciudad se elevaban columnas de humo denso y negro. Los héroes vieron incluso en
el puerto enormes hogueras que consumían vorazmente algunos de los barcos de
mayor tamaño. Hasta vieron algunas galeras zhentilesas de esclavos cruzar la
costa. —¡La ciudad está sitiada! —exclamó Durrock—. ¡El valle del Barranco está
en guerra! —Levantó su espada sobre la cabeza e indicó a los otros asesinos que
se diesen prisa.
Los asesinos obligaron a sus caballos a acelerar el
paso, pero todavía tardaron
casi media hora en estar sobre la ciudad.
Cuando empezaron a volar sobre el casco urbano, los
asesinos se pusieron a reír y a gritar alborozados. Había edificios en llamas,
las calles estaban llenas de cadáveres y, en algunos lugares, la lucha estaba
todavía en pleno apogeo. Los héroes advirtieron asimismo que en algunos de los
edificios y casas de aspecto más impresionante, aparecía pintado en rojo el
símbolo de Bane. Tropas armadas, con la armadura negra de la organización
Zhentilar, marchaban por las calles sin encontrar resistencia. Varro se acercó
volando a Durrock.
—Tenemos que poner a los prisioneros a buen recaudo
—dijo el asesino—. Luego quizá podamos echar una mano a la organización
Zhentilar en la destrucción de las guarniciones, si no está ya hecho.
Durrock asintió y los jinetes desviaron a sus
corceles del corazón de la ciudad y volaron hacia la guarnición de los
zhentileses, en las afueras de la población. El poco impresionante fuerte
estaba compuesto de media docena de edificios rodeados por un muro que, a
juzgar por su aspecto, había sido construido precipitadamente. El almacén donde
Durrock había hecho acudir a los monstruos estaba localizado justo fuera de los
recién construidos muros de la guarnición. Los pocos guardias de la
organización Zhentilar apostados fuera de los muros de la guarnición dieron
muestras de alegría cuando distinguieron a los asesinos.
Kelemvor se quedó atónito cuando los caballos
descendieron a la calle con una elegancia y una seguridad que jamás habría
imaginado en unos animales tan inmensos.
Una vez los asesinos estuvieron sanos y salvos en
el suelo, Durrock desmontó y abrió la
puerta del almacén. Los asesinos entraron a caballo
en el viejo edificio de madera y se dispusieron a bajar a los prisioneros de
las monturas. Varro se apresuró a desatar las cuerdas que sujetaban a Kelemvor
a su corcel, pero no soltó las que le ataban brazos y piernas. Mientras llevaba
a cabo esta operación, Varro le hablaba al espantoso animal en un tono suave y
reconfortante.
Mientras Durrock se acercaba a su monstruo a fin de
desatar las cuerdas que la tenían sujeta al animal, Medianoche permaneció
completamente inmóvil. La maga mantuvo los tobillos juntos y el asesino no
pareció advertir que las cuerdas que rodeaban sus piernas estaban deshilachadas
y casi a punto de
romperse. Medianoche miró a Adon y éste separó
ligeramente las manos para dar a entender a la maga que también sus cuerdas
estaban rotas. Medianoche se animó y no pudo reprimir una sonrisa.
Mientras Durrock se acercaba por delante a la
descomunal bestia color azabache, Medianoche pensó que sería preferible escapar
en ese momento, antes de que alguien advirtiera lo que estaba pasando. La maga
entrelazó los dedos como si estuviese rezando, levantó las manos apretadas, y
golpeó a la bestia salvaje con todas sus fuerzas. El animal lanzó un bufido y
se encabritó; sus patas delanteras golpearon a Durrock, que cayó al suelo.
Medianoche separó los brazos, las cuerdas de sus
muñecas se rompieron y se dejó caer hacia atrás, yendo a dar en el suelo detrás
del animal. La maga de cabello color ala de cuervo se apresuró a desatarse las
cuerdas de los tobillos y a quitarse la mordaza de la boca. ¡Estaba libre!
Unos segundos después de que Medianoche golpease al
caballo de Durrock, Adon hizo lo propio con el de Sejanus. La segunda bestia de
los asesinos también se encabritó y Adon cayó asimismo para atrás. Pero Sejanus
reaccionó más deprisa que Durrock y esquivó ágilmente la furia de su caballo
apartándose de sus cascos en llamas. A pesar de ello, el asustado corcel siguió
estando entre él y su prisionero, de modo que Adon tuvo tiempo de romper las
cuerdas de las muñecas y liberarse. Kelemvor no estuvo tan afortunado.
En el preciso momento en que Adon golpeaba al
caballo de Sejanus, Varro arrastraba a Kelemvor lejos del caballo y lo arrojaba
al suelo. Las cuerdas de Kelemvor seguían atadas. Luego el tercer asesino
alargó la mano para coger la daga que llevaba en el costado, pero Medianoche ya
estaba haciendo gestos para lanzar un hechizo. Instintivamente, Kelemvor rodó
por el suelo para alejarse de los pies de Varro, pero no sabía qué hechizo
estaba lanzando Medianoche ni si saldría bien o mal. Un dibujo de luz azul y blanca
se formó alrededor de las manos de Medianoche, osciló un instante y luego
desapareció. Al cabo de unos segundos, cuando Varro se preparaba para lanzar la
daga, un rugido parecido a un trueno atravesó los confines del almacén en
penumbra y una fuerza invisible golpeó al asesino directamente en el pecho.
Varro fue arrojado hacia atrás a una distancia de quince metros y dio contra la
pared posterior del almacén con tanta fuerza que las púas de su armadura se
introdujeron en la pared y lo dejaron clavado a ella. Medianoche y Adon se
dirigieron hacia Kelemvor, pero Durrock y Sejanus
ya estaban de pie y se preparaban para
interceptarles el camino. —¡Huid! — exclamó Kelemvor, con los dientes apretados
y sin dejar de debatirse con sus ataduras—. ¡Ya me las arreglaré! —Lo dudo
mucho —repuso Durrock, de pie junto al guerrero de ojos verdes. El asesino
desfigurado desenvainó su espada. Medianoche titubeó un momento, preguntándose
si debía probar otro hechizo. El
que había lanzado contra Varro había salido mal,
pero a pesar de todo había actuado en
su favor. Sin embargo, dudaba de que la suerte
volviese a acompañarla si lanzaba un segundo hechizo contra los restantes
asesinos. —¡Olvídate del guerrero, Durrock! —gritó Sejanus en el momento en que
levantaba las bolas sobre su cabeza—. No puede ir a ninguna parte. ¡Coge a la
bruja! ¡Es a ella a quien hemos de capturar!
—¡Maldita sea, huid! —gritó Kelemvor fulminando a
sus compañeros con la mirada.
Durrock le dio a Kelemvor una patada en la parte
lateral de la cabeza con su pesada bota. El golpe dejó sin habla al guerrero y
la cabeza empezó a darle vueltas en medio de un mar de dolor.
Adon cogió a Medianoche de la mano y la arrastró
hacia la puerta abierta del almacén.
—¡No puedes ayudarlo ahora! —le explicó Adon—.
¡Volveremos a por él! Una expresión de desesperación apareció en el rostro de
Medianoche, pero se dejó llevar por Adon. Cuando el clérigo y la maga se
volvieron y echaron a correr, fueron cegados por la brillante luz del sol
procedente de la entrada, ahora a menos de dos metros de ellos, y a
continuación oyeron el agudo silbido de las bolas de Sejanus cortando el aire;
el asesino se estaba preparando para lanzarlas. —¡Al suelo! —gritó Medianoche,
y empujó a Adon para que se arrojase al suelo. Las bolas silbaron a través del
aire por encima de las cabezas de los héroes y fueron a parar a la calle fuera
del almacén. Después de coger a Adon de la mano, Medianoche se puso en pie de
un salto y tiró del clérigo. No tardaron en cruzar los dos metros que los
separaban de la puerta pero, cuando los héroes salieron a la luz del sol, las
fuertes pisadas de los asesinos se oían muy cerca de ellos.
Ya fuera del almacén, Medianoche vio que la
guarnición zhentilesa estaba a su izquierda, de modo que descartó esa dirección
y se encaminó a la derecha. La calle de tierra batida donde se encontraban la
maga y el clérigo parecía
conducir al centro de la población. A medida que se
introducían en la ciudad del valle del Barranco, fueron oyendo cada vez con
mayor claridad el estruendo de una batalla, si bien la escaramuza más cercana
estaba a unas cuantas manzanas de distancia, a su derecha. Los héroes oían
detrás de ellos los gritos de los asesinos y de la guarnición zhentilesa.
Corrieron por unas calles angostas y tortuosas, en busca de algún lugar donde
esconderse de sus perseguidores; corrieron hasta que la callejuela que estaban siguiendo
se cruzó con otra calle formando una T. Medianoche y Adon oían todavía las
voces de los perseguidores zhentileses y, por consiguiente, no había
posibilidad de volver atrás. La calle de la izquierda estaba llena de cuerpos y
de escombros de edificios calcinados. A la derecha, un carro bloqueaba la calle
y un fuego devorador consumía una casa baja y cuadrada. El denso humo envolvía
la calle y no dejaba ver lo que había detrás del carro.
—¡Los zhentileses nos siguen! —dijo Adon entre
resuello y resuello—. ¿Dónde podemos escondernos?
—¿Están muy cerca? —susurró una voz a la izquierda
de Medianoche. Ésta miró en esa dirección y vio que de entre los cadáveres uno
levantaba la cabeza—. Por vuestras expresiones, yo diría que os están pisando
los talones. El «hombre muerto» se puso en pie y se sacudió el polvo de la
ropa. Llevaba un traje violeta ribeteado de malla dorada y unas manchas de
sangre que se habían vuelto de color marrón oscuro lo cubrían de pies a cabeza.
Las botas amarillas eran casi marrones a causa del barro y llevaba una capa con
forro carmesí. El cabello, fino y
rubio, estaba despeinado y revuelto, pero
Medianoche vio que era muy largo, con rizos
a la altura de los hombros. Iba armado con una
espada corta y una daga y tenía en la frente un buen chichón de color púrpura.
—¡Vamos, entonces! — dijo el hombre, alegremente, indicando a Adon y a
Medianoche con un gesto que lo siguieran—. No os quedéis ahí parados. Ya me
habéis hecho llamar bastante la atención. Lo que menos podríamos hacer es
tratar de escapar. Medianoche miró hacia atrás y vio cómo se acercaban Sejanus,
Durrock y unos cuantos zhentileses. A pesar de que los asesinos intentaban
correr, sus armaduras no les permitían más que ir a paso ligero. Los
zhentileses, sin embargo, apretaron el paso cuando vieron a la maga y al
clérigo. Durrock, al ver a los héroes echar a correr detrás del hombre rubio,
se detuvo y se encaminó de vuelta a la guarnición. Medianoche miró por encima
de su
hombro sin dejar de correr y vio al asesino
desfigurado abandonar la persecución.
—¡Se va a buscar su caballo! —dijo jadeando.
Mientras corrían por la calle atestada de cadáveres, apretaba con fuerza la
mano de Adon. Después de recorrer unos doscientos metros, el hombre dobló una
esquina y llevó a los héroes a un callejón que estaba entre dos grandes
edificios. Las sombras de la callejuela los envolvieron y Medianoche y Adon se
dieron cuenta de que estaban en un callejón sin salida. Medianoche estaba a
punto de hablar cuando el hombre se volvió, sonrió y les dijo:
—Si hemos de morir juntos, me gustaría saber con
quién voy a morir. —Yo soy Medianoche del valle Profundo. Él es Adon, un
clérigo de... —Adon — dijo el clérigo entre dientes, y se pasó la mano por la
cicatriz—. Adon. — ¡Muy bien! Yo me llamo Varden —repuso el hombre, se pasó la
mano por su largo y rubio cabello y se encaminó hacia al fondo del callejón.
Adon lo cogió por el brazo.
—¿Por qué nos estás ayudando? —quiso saber el
clérigo. Varden se volvió a los héroes, esta vez sin la sonrisa en los labios.
—¿Acaso no os perseguían unos zhentileses? Medianoche y Adon asintieron. Un
puñado de zhentileses pasó corriendo por delante de la calleja en sombras. Los
tres fugitivos contuvieron la respiración y se adentraron en la oscuridad. Por
suerte ninguno de los soldados se detuvo a mirar en el callejón.
El hombre señaló la calle por donde acababan de
pasar los soldados. —Es razón suficiente —dijo Varden. Adon retiró su mano del
brazo del hombre, que se volvió para encaminarse al fondo del callejón—. Y
ahora vamos a librarnos de vuestros estúpidos perseguidores para poder hablar
en unas circunstancias... menos inquietantes.
Adon y Medianoche siguieron a Varden, que se
introdujo todavía más en las sombras. El hombre rubio no tardó en pararse
delante de una puerta lateral del edificio que tenían a su derecha. Empujó la
puerta y descubrió que estaba cerrada. En aquel momento, Sejanus apareció en la
entrada del callejón, con las bolas en la mano.
—Detesto tener que trabajar bajo presión —murmuró
Varden, y sacó un par de herramientas de una faja que llevaba en la cintura.
—¿Eres ladrón? — preguntó Medianoche, abriendo los ojos incrédula. —Os lo
aseguro, estoy completamente autorizado y acreditado por la Cofradía de los
Ladrones — afirmó Varden mientras introducía una ganzúa en la cerradura y sin
apartar su
atención de la tarea que tenía entre manos—.
Supongo que ese cretino sigue acercándose.
Medianoche miró hacia el extremo de la calleja y
vio acercarse a Sejanus haciendo girar las bolas sobre su cabeza. El asesino
estaba a poco más de veinte metros de distancia.
—¡Ven, pequeña hechicera! —dijo Sejanus a voz en
grito—. No quiero llevar una mercancía defectuosa a lord Bane. Si me pones las
cosas fáciles te prometo que te devolveré el favor más adelante.
Temblando, Medianoche se volvió al ladrón. —¡Date
prisa! —le instó. —¡Así! ¡Ahora debería funcionar! —exclamó Varden. Una serie
de seguros se desprendieron dentro de la cerradura y el ladrón cogió el
picaporte y empujó a Medianoche y a Adon dentro de un oscuro vestíbulo y cerró
la puerta detrás de sí. Sejanus dio un grito al sentirse frustrado y lanzó las
bolas, que se estrellaron contra la puerta.
En la semipenumbra del destartalado vestíbulo,
Varden buscó a tientas el mecanismo para cerrar la puerta por dentro. Tardó en
encontrar las palancas apropiadas, pero luego trabó la pesada puerta de roble.
—Esto lo entretendrá un rato fuera —dijo el ladrón sonriendo, y volvió a mirar
la húmeda y desierta sala—. ¿Qué tenemos aquí? Una tenue luz amarillenta
brillaba en la sala principal de la casa, procedente de un agujero bastante
grande que había en el techo mal cubierto por viejas tablas. La luz dejó ver una
sala bastante grande con una desvencijada escalera de madera y un balcón
interior en vías de desmoronarse que rodeaba todo el edificio. Una gran mesa de
roble dominaba la planta baja de la casa. Esta mesa estaba destartalada y
carcomida en algunos lugares y ocupaba casi toda la longitud del edificio. A
pesar de que unas profundas sombras ocultaban las esquinas de la sala del
primer piso, Varden pudo ver como mínimo veinte juegos de armaduras apoyadas
contra las paredes. Todas estaban oxidadas, la mitad no estaban completas.
Sobre cada armadura colgaban unas cuantas armas, muchas torcidas; otras rotas.
Medianoche creyó oír el susurro sofocado de una docena de voces, incluso más,
pero llegó a la conclusión de que debía de tratarse del viento a través del agujero
del techo. —Parece que hemos venido a parar a una vieja casa solariega —dijo
Varden mientras se encaminaba hacia un escudo que había en la pared. El tiempo
y la herrumbre habían borrado el escudo de armas que algún día tuviera—. Por
las armaduras y las armas deduzco que pertenecía a alguna orden de caballeros,
tal vez paladines.
Un estruendo horrible se produjo en la puerta por
donde habían entrado los héroes y Medianoche oyó a Sejanus echar pestes a voz
en grito. Ella y Adon se apresuraron a examinar la sala en busca de otra
salida. Cuando comprobaron que no había ninguna, la maga se volvió al ladrón,
con el pánico reflejado en sus ojos. —¿Dónde podemos escondernos? Varden se
echó a reír.
—Tenemos que escapar, no escondernos. Los
zhentileses que han pasado por delante del callejón pueden volver en cualquier
momento en busca de su jefe. —El ladrón hizo una pausa y recorrió la sala con
la mirada—. Si nos escondemos aquí, no saldremos con vida.
Sejanus volvió a arremeter contra la puerta. —¡No
podrás escapar de mí, maga! —vociferó el asesino. —Es exactamente lo que se
habría esperado que dijera —dijo Varden riéndose—. Hay que decir que estos
zhentileses no tienen ninguna imaginación. —Una observación inteligente
—replicó Adon
—. Entonces utiliza la tuya para encontrar las
otras salidas.
Varden se apoyó contra la pared y se encogió de
hombros. —No tengo ni idea de dónde pueden estar. —¿Quieres decir que no lo
sabes? ¿Por qué nos has traído aquí, entonces? — preguntó Medianoche.
—Para no enfrentarnos con tu amigo allí fuera —dijo
Varden, y señaló la puerta —. Creedme, sé tanto de este lugar como vosotros.
Busquemos en los rincones de la casa otra puerta.
Se volvió al oír el estruendo de la puerta. En esta
ocasión, el portalón de entrada se astilló ligeramente y se dobló hacia dentro
en sus goznes. Medianoche se acercó a un extremo de la sala, donde había un
juego de armadura, y le pareció oír unos susurros. Parecían proceder de la
malla de chapa oxidada. Varden y Adon también oyeron voces en otros lugares de
la sala.
—La guerra —susurró una abollada armadura—. Vivimos
y morimos para la guerra.
A la derecha de Adon, una antigua malla de chapa
con un agujero en su ornado peto se volvió hacia él.
—Dimos nuestras vidas por la ley y por la causa del
bien. Luchamos contra la ociosidad y contra el deterioro para salvar a nuestros
señores. Mi señor fue asesinado en Anauroch. Me trajeron aquí, un monumento a
su grandeza. Varden dio un respingo y empezó a retroceder, pero una oxidada
cota de
malla enrolló su manga en el brazo del ladrón. —Caí
al pie del glaciar del Gusano Blanco. —El ladrón trató de desasirse de la cota
de malla fantasma, pero ésta lo agarraba con fuerza—. Servimos a las fuerzas
del bien. ¿A quién servís vosotros? —susurró de nuevo la voz de la malla. En
medio de un gran chirrido, las armaduras de chapa bajaron de unos pedestales
procedentes de todos los rincones de la habitación y se apoderaron de alabardas
y espadas oxidadas. Fueron tomando forma las cotas de malla, como si las
llevasen unos caballeros invisibles, que se fueron acercando al centro de la
sala. —Sí, ¿a quién servís? —dijeron en tono desabrido media docena de voces
fantasmas.
—¡Nosotros..., nosotros trabajamos para el bien de
los Reinos! —exclamó Medianoche.
Las armaduras se detuvieron un momento y, durante
ese espacio de tiempo, se hizo silencio en la sala. La malla soltó a Varden,
que corrió a ponerse junto a Medianoche. Adon caminaba despacio por la
habitación, sin dejar de mover la cabeza. —¡El mundo entero se ha vuelto loco!
—dijo el joven clérigo suspirando. Sin embargo, antes de que nadie pudiese
replicar, la puerta del callejón se astilló en una docena de fragmentos y
Sejanus irrumpió en la sala. —En nombre de Bane, ¿qué está pasando aquí? —dijo
el asesino, jadeando y mirando a su alrededor, donde diez juegos completos de
armaduras con espadas se mantenían aprestados para atacar. En las sombras de
los rincones de la sala, los juegos de armaduras incompletas o muy deterioradas
se pusieron a balancear sus abollados y oxidados brazos y se volvieron hacia
Sejanus. —¡Tu armadura te delata, sirviente de la oscuridad! —dijo ásperamente
la armadura con agujero, luego levantó su torcida espada. Sejanus empezó a
reírse muy nervioso.
—Dime, pequeña maga, ¿es esto cosa tuya? Medianoche
no contestó, pero ella y sus compañeros se colocaron detrás de la armadura que
avanzaba.
—¡Nacido en el fuego! —susurró otra armadura para
luego coger una alabarda y
apuntar la cuchilla al asesino.
Sejanus miró a su izquierda y vio acercarse a una
segunda armadura. —¡Esto es una locura! —prorrumpió Sejanus de mal talante,
luego lanzó las bolas a la armadura con la alabarda. La armadura desvió con
facilidad las bolas con su alabarda y siguió avanzando hacia el asesino.
Sejanus desenvainó su espada. —¡Me estoy cansando de tu exhibición, maga!
¡Detén esto inmediatamente o
pagarás más tarde por tu insolencia!
Mientras retrocedían hacia el extremo de la sala,
Varden se acercó a
Medianoche y le susurró al oído:
—¿Eres responsable de esto?
Ella frunció el entrecejo y sacudió la cabeza con
un movimiento. —No. Esto no es más que otra treta de la naturaleza o alguna
magia antigua que estaba aquí mucho antes de aparecer nosotros. Adon cogió a
Varden por la manga y le señaló las penumbras del extremo de la sala. En las
sombras había una puertecita de madera, que estaba sin embargo trabada mediante
una serie de planchas.
—Podemos escapar por esa puerta mientras las
armaduras entretienen al asesino —dijo Adon, y a continuación se encaminó hacia
la puerta. Oyeron de pronto, arriba, un estruendo de maderas rotas. Unos
enormes trozos de madera cayeron al suelo y la luz del sol inundó el local. Los
héroes se refugiaron bajo la larga mesa. Sejanus y las armaduras animadas
dejaron de moverse. Todos los ojos se volvieron al tejado de la casa.
Allí, suspendido en el aire sobre el agujero del
techo, estaba Durrock montado sobre su monstruoso corcel. El espeluznante
animal estaba rompiendo las planchas que cubrían el agujero con sus cascos en
llamas. Era evidente que Durrock quería entrar en el local a toda costa. Quería
a Medianoche. —¡Vámonos! —gritó Varden, cogiendo a Medianoche de la mano—.
¡Cubríos la cabeza!
Aprovechando la confusión causada por la aparición
de Durrock, Varden, Medianoche y Adon salieron de debajo de la mesa y se
precipitaron entre dos de las armaduras vivientes hacia la puerta que daba al
callejón. Sejanus gritaba de rabia ante las armaduras animadas que iban
cerrando el círculo a su alrededor. —¡Durrock, la maga se nos escapa! —gritó
Sejanus mientras esquivaba el golpe que con una espada le lanzaba una de las
armaduras de chapa oxidada. Durrock y su corcel desaparecieron del agujero
abierto en el tejado, en el momento justo en que los héroes salían al callejón.
El eco producido por el choque de las espadas, y los gritos de rabia de
Sejanus, se extendían más allá de las paredes del edificio.
Mientras los héroes corrían hacia la calle, les
llegó el ímpetu del corcel bufando y relinchando sobre sus cabezas. Medianoche
miró al cielo y vio a Durrock y a su caballo volando sobre los tejados.
—El callejón es demasiado estrecho para este
caballo, pero en la calle
estaremos a su merced —dijo la maga—. ¡Estamos como
al principio! —¡Sí, pero no podemos quedarnos aquí todo el día! —exclamó
Varden. Medianoche se volvió al ladrón.
—Es a mí a quien quieren los asesinos —expuso la
maga de cabello negro como ala de cuervo—. ¡Pon a Adon a salvo! Mientras yo
esté atrapada en el callejón, Durrock no os seguirá.
—¡No digas tonterías! —espetó Varden, para luego
agarrar a Medianoche por el
brazo y tratar de arrastrarla—. ¡Y después querrás
usar la magia! No hay nada que me
saque más de quicio...
Medianoche apartó su cuerpo de Varden, metió la
pierna izquierda entre las de él, pisó fuerte y empujó al ladrón contra la
pared del callejón mediante una fuerte presión de su pierna. El hombre rubio se
estrelló contra el muro con tal fuerza que se quedó momentáneamente aturdido.
—¡No vuelvas a ponerme las manos encima de esta
forma! —dijo Medianoche con cara de pocos amigos, luego se apartó del ladrón—.
Yo sé lo que hay que hacer. ¡Y ahora, marchaos!
Adon se acercó a Medianoche y puso su mano sobre el
hombro de ella. —No —dijo el clérigo suavemente—. Tenemos que confiar en
Varden. —El joven desfigurado hizo una pausa y levantó la vista hacia el
asesino, todavía suspendido sobre el callejón—. Tenemos que permanecer juntos.
Medianoche se había quedado sin argumentos. Meditó un momento sobre la
situación y luego siguió a Adon y a Varden callejón abajo. En la esquina de la
calle, el ladrón se detuvo y se volvió a la maga.
—Sé adónde podemos ir —susurró Varden—. Tenemos que
llegar hasta una calleja que hay a cinco manzanas al este de aquí. —El ladrón
miró hacia arriba y vio que la descomunal bestia iba descendiendo en dirección
a la calle
—. ¡Corred! —gritó, y se precipitó a la calle llena
de cadáveres. — ¡Medianoche, tu enamorado está todavía en nuestro poder! —gritó
Durrock cuando el pesado corcel llegó al suelo y empezó a correr por la calle
tras la maga y sus compañeros—. ¡Ríndete inmediatamente, o será él quien pague
por tu insensatez! Medianoche lanzó una mirada por encima de su hombro y vio
que Durrock había cogido un arma nueva cuando fue a buscar al caballo. El
asesino llevaba en las manos una malla negra, tan grande como para contener a
una persona, con unos pesos en sus cantos. El asesino desfigurado,
con la malla extendida, estaba a sólo seis metros
de Medianoche y de sus compañeros cuando Varden se metió súbitamente en otro
callejón. Una vez en la angosta callejuela flanqueada de dos edificios
desmoronados, Varden subió corriendo un desvencijado tramo de escalera y se
metió por un ventanuco. Medianoche y Adon doblaron la esquina a tiempo de ver
desaparecer al ladrón. En aquel mismo momento, Durrock soltó la malla. La red
metálica golpeó el edificio, pero los héroes, después de correr por el callejón,
se introdujeron a tiempo por la ventana. Dentro del edificio, Medianoche y Adon
se encontraron en una pequeña habitación cubierta de papeles, como si un
vendaval hubiese pasado por su interior y hubiese desparramado trozos de
pergamino por todas partes. Cuando los héroes entraron, Varden estaba ya en
medio de aquella confusión, poniéndose de pie. En un rincón de la sala, sentado
con las piernas cruzadas y con un enorme montón de papeles en el regazo, había
un hombre de poco más de sesenta años, con dos mechones de pelo blanco a cada
lado de la cabeza y una brillante calva en el centro. Varden vio al anciano y
soltó un grito a modo de saludo. —¡Gratus! —exclamó el ladrón, con una sonrisa
feliz en los labios—. ¡Pero si es mi buen amigo y socio Gratus!
El anciano levantó la mirada. Iba vestido de forma
parecida a la de Varden, pantalón y camisa violetas y botas amarillas, salvo
que Gratus no llevaba capa. Con una expresión de dolor y pena en el rostro, el
anciano entornó los ojos para escudriñar en dirección a Varden. Luego Gratus
extendió las manos abiertas y los papeles echaron a volar en todas direcciones.
—¡Varden, estás vivo! —El anciano cambió
inmediatamente de expresión y la ira apareció en sus rasgos—. ¡Márchate! ¡Cada
vez que te veo no tengo más que
problemas! —refunfuñó.
El anciano vio que los papeles habían volado de su
regazo y trató vanamente de volver a juntarlos. La sonrisa de Varden se hizo
más amplia. —La verdad es que, dadas nuestras circunstancias actuales, no puedo
negarlo — dijo el ladrón, y echó una mirada a la ventana abierta que había
detrás de él—. ¡Me gustaría mucho que dejases de quejarte y nos echases una
mano! Adon, junto a la ventana, se asomó para mirar afuera. —No veo señales de
Durrock — indicó.
—Sin duda ha ido en busca de los otros zhentileses
para cubrir todas las salidas — dijo Varden con firmeza en la voz—. No puede
saber qué
dirección vamos a tomar cuando nos marchemos de
aquí.
—Perdonad —intervino Gratus—. Pero ¿habláis de
«Durrock», el sirviente impío de Bane? ¿El que lleva una armadura negra con
púas? ¿El que cabalga un horrible y monstruoso caballo con cascos en llamas?
Medianoche lanzó un profundo suspiro.
—Sí. Éste es el que nos sigue. —La maga se acercó a
Adon y miró preocupada por la ventana.
—¡Por favor! —dijo Varden en tono alegre,
volviéndose a Medianoche—. No pongas esa cara tan triste. Ya hemos vencido a un
amigo de Durrock en la casa solariega.
Gratus levantó su arrugada mano a la altura del
rostro. —¡Bien! —dijo, luego levantó un dedo—. Habéis vencido a uno. —El
anciano hizo una pausa y levantó otro de sus dedos huesudos—. Durrock está sin
duda dando vueltas por aquí encima, luego ya son dos. —Gratus levantó despacio
un tercer dedo y añadió—: Pero ¿dónde está el tercer asesino? Durrock va
siempre acompañado de otros dos.
Medianoche se puso de espaldas a la ventana y miró
al anciano fríamente. — Le lancé un hechizo cuando escapamos. Es probable que
siga clavado a la pared del almacén que está cerca de la guarnición zhentilesa.
—¡Una maga! —exclamó el anciano para, seguidamente, levantarse del suelo—. De
modo que eso es lo que me traes, Varden. ¡Otra maga! —¿Qué significa eso de
«otra maga»? —quiso saber Adon. Varden trató de evadir la respuesta con una
sonrisa. —Nada —dijo el ladrón rubio—. A veces Gratus desvaría un poco, eso es
todo. El anciano se irguió.
—¡Anda, Varden, cuéntaselo! —Gratus se puso las
manos en las caderas—. No levantaré un dedo para ayudaros hasta que lo hagas.
Varden suspiró y agachó la cabeza.
—Yo tenía una... amiga que era maga. —Mientras el
ladrón hablaba fue desapareciendo todo rastro de su buen humor. Gratus asintió
con énfasis. —Observad la palabra «era» —dijo el anciano riéndose con una risa
estridente y moviendo un dedo en dirección al ladrón. Éste se dio media vuelta
y se encaró al anciano. —¡Yo no tengo la culpa de que Dowie intentase encender
aquella antorcha mediante la magia! Fue una estupidez. Gratus se echó a reír.
—¿Visteis alguno de los dos el pilar de llamas que
se elevó en los cielos la semana pasada? —preguntó el anciano.
—Acabamos de llegar a la ciudad —contestó Adon.
Gratus asintió y prosiguió:
—Habríais tenido que ver la expresión del rostro de
Dowie antes de... —Creo que podríais dejar vuestras historias para después
—dijo Medianoche. Una rabia apenas controlada hizo temblar a la maga—. Ahora
necesitamos ayuda. Durrock volverá de un momento a otro con aquellos
zhentileses que han pasado antes por delante de nosotros.
Varden levantó una mano para tranquilizar a
Medianoche. —Gratus, creo que deberíamos ir a la guarnición. —El ladrón se
volvió a Medianoche y a Adon
—. Nosotros somos comerciantes del valle de las
Sombras pero, en los últimos días, nos ha parecido oportuno pedir protección a
la guarnición de Sembia aquí destinada —explicó Varden—. La ropa que llevamos
es la vestimenta de nuestro ilustre patrón.
El anciano asintió.
—A mí me parece bien. —Gratus hizo una pausa y dio
distraídamente una patada a una pila de papeles—. A menos que la hermosa dama
de la magia no quiera utilizar su gran poder contra los asesinos y convertir
como consecuencia Valle del Barranco en un humeante agujero. He oído hablar de
una maga que redujo una zona cercana a Arabel a...
—¿Cómo vamos a llegar allí, a la guarnición sembia?
—interrumpió Adon—. Y, por favor, hagámoslo sin pérdida de tiempo, antes de que
los zhentileses decidan tomar este edificio por asalto.
Gratus miró a Varden.
—Un muchacho impaciente, ¿verdad? —dijo suspirando
el anciano—. ¿Esperas que saltemos a la calle como si nada y vayamos dando un
paseo hasta la guarnición? Tendríamos a los zhentileses sobre nosotros antes de
que cante un gallo. Hasta Varden estaba empezando a impacientarse. —¿Cómo vamos
a salir entonces de aquí? —quiso saber. Gratus esbozó una sonrisa dejando al
descubierto unos dientes amarillos y torcidos.
—Me he recluido en este lugar para examinar un
montón de documentos porque he oído rumores de que el antiguo gobierno
construyó una serie de túneles secretos bajo la ciudad.
Medianoche no pudo contener una carcajada
sarcástica. —¿Y supones que su idea era construirlos por aquí, a la espera de
que cualquier viejo ratero los encontrase y se introdujese en el edificio?
Gratus seguía sonriendo.
—¿Por qué no ocultarlos a la vista de todo el
mundo? —dijo el anciano—.
Eso es lo que yo habría hecho.
—Y es por esto por lo que no eres tú quien gobierna
la ciudad —replicó Varden— . Gratus, no están las cosas como para que nos
andemos fiando de un rumor. El anciano, sin abandonar la sonrisa de su rostro,
ignoró a Varden y siguió hablando.
—He hecho algunos descubrimientos bastante
interesantes. Como este proyecto para un sistema de alcantarillado que... —Y se
sacó un fajo de documentos del cinturón y gesticuló con ellos.
—¡Dámelos! —Medianoche alargó la mano y se apoderó
de los pergaminos, todos manchados y arrugados. Después de estudiar los planos,
Medianoche movió la cabeza y le devolvió la sonrisa a Gratus—. Según estos
planos, debe de haber una entrada a la alcantarilla exactamente bajo este
edificio. — ¡Exactamente! —dijo Gratus satisfecho de sí mismo—. Si el gobierno
hizo
construir túneles secretos, es lógico que haya
accesos a todos los edificios públicos. Este
edificio era una especie de archivo.
—Parece que la suerte no te ha abandonado, viejo
—dijo Varden, y movió la cabeza con incredulidad.
—¡Suerte! —exclamó Gratus con los puños apretados—.
Mira, de repente he dejado de sentirme culpable por haberte abandonado a tu
suerte en la calle, después de habernos atacado aquella banda de zhentileses.
—Yo no pensaba ni mencionarlo —observó el ladrón, tajante—. Además, tú no
podías saber que yo no estaba muerto. Al fin y al cabo he estado inconsciente
un rato. — En este punto Varden se frotó el chichón de la frente—. En cualquier
caso, mientras los zhentileses me creyesen muerto, no corría peligro alguno.
Gratus se puso rígido al escuchar las palabras de Varden, luego se volvió para
disponerse a salir de la habitación.
—¿No lo sabes? —murmuró el anciano mientras se
encaminaba al vestíbulo. En aquel momento se oyó a través de la ventana abierta
la voz de Durrock dando órdenes a los zhentileses—. ¡Vamos, todos! ¡Tenemos que
salir de aquí! Medianoche y Adon siguieron a Varden y a Gratus por dos tramos
de desvencijadas escaleras hasta el sótano del edificio. Cuando llegaron al
húmedo subterráneo, el anciano recuperó el plano de manos de Medianoche y
volvió a estudiarlo.
—La entrada a los túneles debería de estar ahí
—dijo Gratus, señalando una enorme librería vacía.
Los héroes apartaron la librería de roble unos
metros y encontraron una fina plancha de madera que cubría una puertecita
oscura. Varden había estado dándole vueltas al comentario que Gratus había
hecho antes de marcharse de la habitación superior.
—¿Qué es lo que no sé? —preguntó finalmente el
ladrón mientras los héroes miraban dentro del túnel.
Gratus frunció el entrecejo, pero no se volvió a
mirar al ladrón. —Por regla general, los zhentileses les cortan las cabezas a
sus víctimas para asegurarse de que no están fingiendo —explicó el anciano—.
Cuando caíste, tuve que suponer que estabas muerto... o que no tardarías en
estarlo. Varden se puso lívido y Medianoche no pudo reprimir un
estremecimiento. «Las realidades de la guerra», se recordó a sí misma. Se
apartó del túnel cuando oyó un gran estruendo arriba. Adon, por su parte,
escuchó a Durrock dar órdenes a sus hombres. —Puedo estar equivocado,
¿comprendéis? —observó Gratus con calma, luego cogió una antorcha que estaba
colgada en la parte interior de la puerta, sacó el pedernal y el eslabón y
encendió la vieja antorcha de madera
—. Pero si estoy en lo cierto, creo que podremos
llegar a la guarnición sembia al anochecer. Varden cogió la antorcha de manos
de Gratus y se introdujo en el túnel. Medianoche y Adon se miraron un momento,
y luego los siguieron en la oscuridad. Después de sacudir la cabeza para
apartarse el grueso y enmarañado pelo de los ojos, Kelemvor examinó la celda.
Era una habitación desnuda y muy angosta, a decir verdad era un cuadrado menor
de dos metros y medio de lado, con una pared a su espalda, con barrotes enfrente
y a los lados. Más allá de los barrotes que el guerrero tenía delante había un
pasillo pobremente iluminado, donde dos guardias estaban apostados ante la
celda. El guerrero tenía las manos y los pies atados con cadenas que sólo le
dejaban apartarse de la pared posterior unos sesenta centímetros. Se oyeron
unas fuertes pisadas en el pasillo, como si en el sótano del cuartel
general de los zhentileses hubiese entrado una
procesión que estuviera ahora
acercándose por la estrecha galería. Kelemvor vio
aparecer a un hombre pelirrojo con armadura color ébano y detenerse delante de
la celda. El guerrero reconoció la florida armadura, era idéntica a la que
llevaba el dios de la Lucha en las mazmorras del castillo de Kilgrave. Junto al
hombre pelirrojo había una hermosa mujer rubia ataviada con elegante túnica
negra y un fajín rojo brillante. La dama esbozó una sonrisa perversa. —Kelemvor
Lyonsbane
—murmuró lord Bane—. Espero me recuerdes. —El dios
sacó una espada finamente labrada de la vaina de su cintura. —Tus perros te
llaman «lord Bane» y, si ello es cierto, has cambiado mucho — contestó el
guerrero con mucha calma—. No eres tan espantoso como lo eras cuando Mystra te
derrotó en Cormyr.
La espada se agitó en la mano de lord Black. —¡No
me provoques ni me obligues a darte una muerte rápida! —dijo Bane, mascullando
las palabras. Kelemvor hizo una mueca. Comprendió que, aunque no se tratase de
Bane, aquel imitador controlaba la situación. Tal vez sería preferible no
provocarlo. —¿Qué quieres de mí? —preguntó con delicadeza el guerrero. —He
venido a proponerte algo. Ten cuidado a la hora de decidir, pues tu vida
depende de tu respuesta —susurró Bane, a la vez que hacía sonar la espada en los
barrotes de la celda del guerrero.
—No podía esperar otro tipo de propuesta por parte
de quien está amenazando con una espada a un hombre encadenado y desarmado
—dijo Kelemvor, sonriendo. El guerrero miró a Bane y vio bailar chispas color
carmesí en sus ojos. El hombre pelirrojo entreabrió los ojos. —Tampoco intentes
jugar conmigo. Lo sé todo sobre ti, Lyonsbane. Quizás has olvidado que yo
estaba dentro de tu mente cuando tú y tus pobres amigos llegasteis al castillo
de Kilgrave.
Kelemvor se acobardó. Quien estaba delante de él
era realmente el dios de la Lucha. Nadie más que él podía saber que, para
evitar que rescatase a lady Mystra, Bane había penetrado en su mente y había
provocado unas ilusiones basadas en sus más fervientes deseos.
—Ah, veo que lo recuerdas —observó Bane—. ¿Y
recuerdas la propuesta que te hizo tu difunto tío en el sueño que yo provoqué?
—El guerrero levantó bruscamente la vista—. Puedes liberarte de la maldición de
los Lyonsbane, Kelemvor, ser libre para ser un héroe si eso es lo que deseas,
sin temor a la maldición. El guerrero de los ojos verdes apartó la mirada de
lord Black y agachó la cabeza. —¿Qué quieres de mí? —repitió Kelemvor. Bane
suspiró.
—Vamos al grano, pues. Como habrás podido adivinar,
quien me interesa de verdad no eres tú. Por mí, como si estuvieses colgado de
un gancho como un ternero en canal.
La mujer rubia insinuó una leve risita. Kelemvor
recordó el cuerpo que había encontrado en la torre Inclinada, obra de Cyric, y
pensó que aquellos dos
harían buena pareja.
—Abrid la celda —ordenó Bane, guardando la espada.
Cuando la puerta se abrió al cabo de unos segundos, Bane se colocó a un metro
del guerrero. La hechicera rubia siguió al dios caído dentro de la celda. Bane
esbozó una sonrisa perversamente carismática y puso una mano sobre el brazo del
guerrero.
—Es a la maga a quien quiero..., a Medianoche. Tú
la conoces mejor que nadie en
todos los Reinos —dijo el dios de la Lucha en un
susurro—. Toda tu vida pasó delante
de mi vista en el castillo de Kilgrave.
Kelemvor miró a la mutación a los ojos y asintió
lentamente con la cabeza. —Quiero que me proporciones una información,
mercenario —declaró Bane, sin emoción alguna en la voz—. Quiero una relación de
todas las veces que Medianoche ha utilizado el poder que le otorgó lady Mystra.
—¿Te refieres al medallón? —preguntó Kelemvor—. ¿El medallón azul en forma de
estrella que Mystra le dio a Medianoche? —El guerrero hizo una pausa y suspiró
aliviado—. Ha desaparecido. Fue destruido en la batalla del valle de las Sombras.
Medianoche no tiene ningún otro presente de Mystra y, por consiguiente, puedes
dejar de preocuparte por ella.
Bane recordó sus momentos finales en el templo de
Lathander. A pesar de que él le había arrebatado el medallón a la maga de
cabello negro como ala de cuervo, ella había podido todavía lanzar un hechizo
de una fuerza muy superior a sus posibilidades. Quizá Mystra, que en aquellos
momentos era únicamente una especie de elemento mágico, otorgó directamente el
poder a Medianoche. O tal vez Medianoche contaba con un poder mayor de lo que
sospechaba cualquiera de sus amigos. —Quiero que me expliques con todo detalle
cada vez que Medianoche utilizó la magia desde el día del Advenimiento —dijo
Bane, cuya voz temblaba de rabia—. Y quiero saber cuál es su destino.
Kelemvor comprendió al instante que sus amigos
habían logrado escapar. Los asesinos no la habían vuelto a capturar. —No
conozco sus planes —dijo el guerrero con voz áspera, luego le volvió la cara al
dios de la Lucha—. Además, ¿por qué debería ayudarte? La mano de lord Black
salió disparada y la cabeza de Kelemvor se ladeó ante la fuerza del golpe.
—Si me mientes, las consecuencias serán
lamentables. —Bane se apartó un
poco del guerrero y volvió a sonreír—. Además,
acabarás diciéndome la verdad... con los medios adecuados. Por consiguiente, no
me hagas perder el tiempo, ni pierdas el tuyo, obligándome a desollarte vivo.
La rubia hechicera pasó junto a Bane y tocó la
mejilla de Kelemvor, donde había recibido el golpe.
—Si te niegas a cooperar conmigo —advirtió el dios
de la Lucha—, dejaré que Tarana se apodere de tu cuerpo, luego de tu mente y,
finalmente, de tu vida. —Bane se cubrió la boca con las manos y ahogó un
bostezo—. Ella es maga. Puede penetrar en tu mente, de la misma forma que yo lo
he hecho en el pasado. El guerrero apartó la cabeza de las caricias de Tarana.
—La magia es inestable —dijo Kelemvor, empezando a estar embargado por el
miedo—. Un hechizo semejante puede matarnos a ambos. —Esto es verdad —convino
Tarana, y volvió a soltar una risita de connivencia—. Una escena bastante
romántica, ¿no te parece? Kelemvor miró los profundos ojos azules de la
hechicera y tuvo la sensación de estar mirando dentro de un pozo sin fondo de
locura. El guerrero comprendió que ella los mataría a ambos con gusto; se
estremeció y se volvió a Bane. —¿Qué recompensa me ofreces por mi ayuda? Ya
sabes que la maldición no me permitiría ayudarte sin un pago por hacerlo. El
dios de la Lucha sonrió.
—Antes de fijar un precio, amigo mío, deberías
saber que yo quiero de ti algo más que información. —Bane se pasó una mano por
el brillante pelo rojo e hizo una pausa— . Imagino que Medianoche tiene
previsto dirigirse a Tantras, con la esperanza de
encontrar una de las Tablas del Destino que lord
Myrkul y yo robamos de los cielos. —
El dios de la Lucha le dio la espalda a Kelemvor—.
Por supuesto, nunca la encontrará. El escondite es una obra maestra del engaño.
No está en ningún lugar donde uno esperaría que estuviese.
—Deja de jugar, Bane. Si vas a matarme apenas te
haya proporcionado la información, bien podrías decirme dónde has escondido la
Tabla —dijo Kelemvor. —¿Matarte? —preguntó Bane con voz risueña. Se volvió de
nuevo al guerrero. Kelemvor frunció profundamente el entrecejo. —¿Acaso no es
ésa mi recompensa? ¿Una muerte rápida? Toda emoción volvió a desaparecer del
rostro de lord Black. —No quiero matarte, Lyonsbane. Quiero contratarte para
que saques a Medianoche de su escondite y luego vayas a buscar la Tabla del
Destino a Tantras. Kelemvor estaba perplejo y ello quedó claramente reflejado
en su rostro. —¿Por qué yo? Debes de tener un ejército de seguidores leales que
estarían encantados de hacer este trabajo para ti. —El guerrero se detuvo y
miró a Bane—. De hecho, ¿por qué no vas tú mismo en busca de Medianoche y
también a recoger la Tabla? —Se ha refugiado con la guarnición sembia y se
esconde allí. Para capturarla, tendría que llevar a cabo un asalto en toda
regla contra la «Resistencia sembia». Mucha gente moriría y, en medio de la
confusión, a ella le sería fácil escapar. —El dios de la Lucha frunció el
entrecejo—. En cambio, tú podrías hacerla salir de su escondite y tenderle una
trampa sin dificultad. En definitiva, serías un espía perfecto. Kelemvor apartó
la mirada del dios, pero Tarana lo cogió por la mandíbula y le obligó a volver
a mirarlo. Sus manos eran tan frías como una tumba. El dios de la Lucha se
quedó un momento mirando al guerrero. —Decidas lo que decidas, la vida de
Medianoche es mía. Hagas lo que hagas, será mía. Al fin y al cabo, yo soy un
dios. —El tono de Bane era terminante. Dio un paso en dirección a Kelemvor y
añadió—: No lo olvides nunca. —No —repuso Kelemvor con voz firme.
Las cadenas se le estaban clavando en la carne y el
dolor le recordaba la gravedad de la situación. No cabía duda de que, si no
cooperaba, Bane lo mataría y ello pondría fin a su sueño de vivir una vida
normal, aunque fuese por pocos años. Y Kelemvor sabía que el dios de la Lucha
podía capturar — peor aún, que capturaría— a Medianoche, tanto si él ayudaba al
dios caído, como si no lo hacía. Pero el guerrero amaba a la maga; por lo menos
pensaba que así era y, por esta razón, poco había en el mundo por lo que él se
vendiera. —No te he dicho todavía lo que te ofrezco
—dijo lord Black, como si estuviese leyendo su mente—. Antes de tomar una
decisión, tienes que saber lo que estoy dispuesto a hacer por ti.
El guerrero miró los ojos enrojecidos del dios
hecho carne. Bane avanzó otro paso y Kelemvor vio su propio reflejo en los ojos
del dios. —Te ofrezco un fin a tu sufrimiento —dijo Bane en un susurro—. ¡Si
haces lo que te digo, te libraré de la maldición de los Lyonsbane! Las palabras
de Bane tuvieron el efecto de un golpe con un mazo ligeramente almohadillado.
Por un momento, mientras la posibilidad de librarse de la maldición daba
vueltas en su cabeza, el guerrero se quedó atolondrado. Al cabo de unos segundos,
volvió a centrar su atención en lord Black. —Mi familia ha tratado de poner fin
a la maldición de nuestro linaje durante generaciones. ¿Cómo puedo saber que
estás en condiciones de cumplir tu promesa? — preguntó el guerrero, con una voz
baja y embargada por la emoción—. Puedo ver y tocar una bolsa de oro. Su peso
da sosiego a la maldición. La promesa que me has hecho
estimula mis sueños, pero es poco probable que haga
mucho más. Cuando haya llevado
a cabo tu sucio trabajo, renegarás de tu promesa.
Sonriendo, Bane se pasó una mano por el rostro. —Olvidas que estás hablando con
un dios —dijo Bane, luego la falsa sonrisa se fue desvaneciendo de sus labios—.
Yo no ofrezco lo que no puedo conseguir. —El dios caído dio un momento la
espalda al guerrero e hizo un esfuerzo por contener su ira. Cuando se volvió de
nuevo, en su rostro aparecía otra vez la sonrisa—. Ya sabes cómo funcionan los
tratos, Lyonsbane. No has tenido más remedio que pasarte la vida preguntándote
si éste o aquél cumpliría su palabra. —El dios de la Lucha hizo una pausa para
rodear la garganta de Kelemvor con la mano—. Por esto sé que puedo confiar en
que cumplas tu parte de nuestro trato una vez te haya librado de la maldición.
A Kelemvor le dio un vuelco el corazón. —Naturalmente —continuó Bane sin
andarse con rodeos—. No puedo pretender que me sirvas si no estoy seguro de que
te has librado de la maldición. —Pero ¿cómo puedes tú eliminar la maldición
cuando los esfuerzos de tantos otros han sido inútiles? —preguntó Kelemvor sin
aliento. —Sigues olvidando que... yo soy un dios —dijo Bane y luego, aunque
ligeramente, apretó la garganta de Kelemvor—. No hay nada que yo no pueda
llevar a cabo.
Un sonoro suspiro salió de los labios de Kelemvor.
—¿Dudas de la palabra
del dios de la Lucha? —dijo Tarana con un jadeo. Se
apartó del guerrero y sacó un pequeño cuchillo de los pliegues de la túnica.
Bane movió la cabeza y Tarana guardó el cuchillo. —En el pasado, mi familia
recurrió a los dioses —declaró Kelemvor, para luego tragar saliva con fuerza.
—Pero ni un solo miembro maldito de los Lyonsbane
ha creído nunca en un dios con anterioridad —repuso Bane, luego retiró su mano
de la garganta del guerrero de ojos verdes. El dios de la Lucha acarició
suavemente el rostro del joven—. Ahí está la clave —añadió en un susurro—. La
voluntad de un dios no otorga misericordia ni favores a quien no cree
completamente. Tú puedes no ser un seguidor mío, por lo menos todavía no lo
eres, pero sabes lo que soy. Tú crees que yo soy lord Black, el dios de la
Lucha. Tienes fe en que yo soy todo lo que digo ser. Kelemvor asintió
lentamente con la cabeza. —Esto es suficiente. Todo lo que hace falta es fe
—dijo Bane en voz baja. Hizo una pausa y volvió a darle la espalda al
guerrero—. ¿Qué decides, Kelemvor Lyonsbane? Una última misión y, a cambio, el
cumplimiento de todos tus sueños. ¿O prefieres pudrirte aquí hasta que te
mueras? A ti te toca decidir. La rubia hechicera había vuelto a ponerse al lado
de lord Bane y, juntos, esperaron pacientemente la respuesta de Kelemvor.
8
La decisión fatal
A Medianoche y a Adon, horas les pareció el tiempo
que estuvieron siguiendo a Varden y a Gratus por los túneles secretos que
serpenteaban bajo las calles de Valle del Barranco. Llegaron finalmente a un
punto muerto y ella intuía que sólo era cuestión de tiempo el que Durrock
descubriese por dónde habían escapado y los siguiese. Al fin y al cabo, no
había habido forma de cerrar herméticamente la entrada del túnel detrás de
ellos. Y lo último que quería Medianoche era verse atrapada en el laberinto que
había bajo la ciudad por los asesinos.
—No os preocupéis —dijo Gratus mientras la maga
contemplaba el muro delante de sí—. Mirad allí arriba.
A unos metros sobre la cabeza del anciano colgaba
el primer peldaño de una escalera de mano. Varden empujó a Gratus a un lado y
saltó para asirse al peldaño inferior. Después de auparse y trepar algunos
peldaños, el ladrón lanzó un gemido cuando se golpeó la cabeza en lo alto del
pasadizo. Varden, después de debatirse con la barrera que tenía sobre su
cabeza, lanzó un suspiro de alivio al comprobar que la trampilla se deslizaba a
un lado.
Penetró en el túnel un rayo de luz, filtrada por la
sucia alfombra que había sobre el agujero. Varden cogió su daga y cortó con
sumo cuidado la alfombra. El pedazo desprendido cayó al túnel, la luz se
intensificó y una vez el agujero de la tela se agrandó, el ladrón asomó la
cabeza y examinó la habitación que habían descubierto. Varden se sorprendió al
descubrir que se trataba de una especie de posada abandonada. Había algunas
mesas diseminadas por la sala, alumbrada por la luz que entraba por varias ventanas
y por una serie de vanos en techos y paredes. Toda la taberna, incluyendo la
alfombra ámbar que Varden tenía a su alrededor, estaba cubierta de polvo y de
escombros.
—Parece que no hay nadie —susurró el ladrón con el
rostro vuelto al túnel—. Pero daos prisa. No sé muy bien dónde estamos. Gratus
soltó un juramento en voz baja y empezó a trepar por la escalera de mano,
después de un servicial empujón por parte de Adon. Luego les tocó el turno de
abandonar el túnel a Medianoche y a Adon. Cuando los héroes recorrieron la
taberna con la mirada, vieron que Varden estaba agazapado junto a una de las
pocas ventanas intactas del edificio, examinando las calles de los alrededores.
— Creo que estamos cerca de lo que fue la guarnición de Cormyr. —El ladrón hizo
una pausa y se volvió hacia Medianoche—. No estamos lejos del lugar donde se
han ocultado los soldados que quedan de las distintas guarniciones enemigas de
los zhentileses. Éstos las llaman la «Resistencia sembia». — Creo que han sido
los sembios quienes han inventado este término —repuso Gratus con una sonrisa,
a la vez que conducía a los héroes al fondo de la posada. No tardaron en salir
a un callejón, luego se pusieron en camino hacia el lugar donde se ocultaban
los sembios. En la calle, delante de la posada, había poca actividad. Varden se
puso en cabeza, mientras que Gratus hizo uso de su conocimiento del trazado de
la ciudad Valle del Barranco para guiar al grupo al puesto avanzado secreto. De
vez en cuando encontraron militantes de la resistencia, pero éstos reconocieron
a Varden y a
Gratus y no les ocasionaron problemas. Hubo una
escaramuza cuerpo a cuerpo con una
banda de zhentileses a sólo unas manzanas del
refugio, pero los héroes lograron escapar de los soldados.
Varden y Gratus se detuvieron finalmente delante de
lo que era como el esqueleto calcinado de una carnicería. Las vigas quemadas
parecían árboles muertos y un montón de escombros llenaba la superficie antes
ocupada por el
mostrador. Gratus trepó cautelosamente hasta el
centro de un montón de madera chamuscada, donde había una puerta ligeramente
quemada, luego llamó con suavidad cinco veces. Al cabo de un rato, Medianoche
oyó una voz muy queda que pedía una contraseña. Gratus se agachó y, cuando su
rostro estuvo lo bastante bajo para tocar la puerta, susurró: —Amigos de
Sembia.
La puerta crujió y se entreabrió, un guardia se
asomó para observar a los héroes. —Está bien, está bien —susurró—. ¡Pero si es
Gratus! ¡Y Varden! ¡Estás vivo! — La puerta se abrió ahora de par en par—.
¡Entrad deprisa! Los héroes se apresuraron a entrar por la puerta y se
encontraron con un tramo de escaleras quemadas y ennegrecidas que bajaban a un
sótano húmedo. Una vez los héroes hubieron descendido la escalera, el guardia
volvió a colocar varias trampas en la puerta y se reunió con ellos. Se dirigieron
entonces a un pequeño hueco que había en uno de los muros.
—Tranquilos —dijo volviéndose a Medianoche y a
Adon—. Conduce a nuestro escondite.
Después de atravesar a rastras un pequeño pasadizo,
Medianoche y Adon se encontraron en un túnel de madera, muy parecido al que
habían utilizado para escapar de Durrock y de los zhentileses unas horas antes.
En las paredes había unas antorchas que iluminaban la galería de ladrillos
grises y Medianoche vio a un puñado de soldados vestidos con uniformes de
distintas naciones. Algunos descansaban apoyados contra las paredes, otros
estaban sentados en cajones de comida y afilaban sus armas o jugaban a los dados.
—Esperad aquí —dijo Varden a Medianoche y a Adon—. Yo voy a hablar con Barth,
el jefe de esta pequeña tropa. —El ladrón sonrió calurosamente y se dirigió
hacia una cortina que colgaba en medio del túnel a unos metros de distancia.
Pasaron más de dos horas antes de que Medianoche y Adon fuesen recibidos en
audiencia por Barth. Dado que ninguno de los soldados intentó entablar
conversación con la maga o con el clérigo, éstos se pasaron el rato estudiando
posibilidades para rescatar a Kelemvor y comentando todo lo que había pasado
desde que se encontraron en Cormyr.
En un momento dado, la conversación languideció y
Adon se dedicó a observar a los sucios y cansados soldados que ocupaban el
túnel. Advirtió por primera vez que formaban grupos, los de Cormyr con los de
Cormyr, los de Colina Lejana con los suyos y así sucesivamente.
El clérigo pensó suspirando que la invasión
zhentilesa poco había cambiado a
Valle del Barranco. Antaño, antes del reinado de
Lashan, había sido un lugar próspero y feliz...
De hecho, no hacía tanto tiempo que el valle del
Barranco había estado a punto de forjar su propio imperio. Bajo el liderazgo de
Lashan Aumersair, un agresivo y joven señor, el valle del Barranco había
reunido un ejército e incluso logrado conquistar algunos reinos vecinos. Pero
la invasión del valle de la Tortura, del valle de la Pluma y del valle de la
Contienda había llamado la atención del resto de los rivales del valle del
Barranco como Colina Lejana, los Valles, Sembia e incluso Cormyr y Zhentil Keep,
que
buscaban la hegemonía de la zona.
Las fuerzas combinadas de los poderosos vecinos del
valle del Barranco habían finalmente expulsado a Lashan del valle del Tordo y
del valle Profundo, y el imperio del joven noble se había derrumbado tan
deprisa como se había elevado. Las tropas de los ejércitos conquistadores no
tardaron en ocupar la propia ciudad Valle del Barranco, si bien Lashan logró
escapar y seguía sin duda escondido en algún lugar. Luego cada uno de los
principales poderes dispusieron una pequeña guarnición en la ciudad a fin de evitar
que cualquiera de estos poderes se hiciese con el control del valle sin
obstáculos. Durante años, las distintas guarniciones habían peleado entre sí
por afrentas sin importancia, con lo cual habían hecho de la ciudad una
invitación abierta a la anarquía. Adon pensó con amargura que, ahora que la
balanza se había inclinado en favor de Zhentil Keep, los soldados actuaban como
si se tratase de otra reyerta de taberna, otro incidente momentáneo. No se
asociaban como aliados para salvar su ciudad, por el contrario, se apiñaban en
grupos como ladrones en un callejón oscuro. Podían volverse los unos contra los
otros en cualquier momento. Adon pensó que todo aquello era muy triste.
Cuando los héroes lograron por fin ser recibidos
por Barth, las consideraciones de Adon sobre la estrechez de miras de los
soldados se demostraron ciertas. —¿Qué esperáis de mí? —exclamó Barth, cuyo
rostro normalmente bien bronceado, se había vuelto rojo. El soldado era de
constitución fuerte, tenía el cabello negro y rizado y un grueso bigote. —Yo no
espero que tú hagas nada —dijo Medianoche con los puños apretados—. Te estoy
ofreciendo una oportunidad para tomar represalias contra las fuerzas de Bane.
Es posible que estéis a salvo mientras permanezcáis dentro de estos túneles,
¡pero estáis tan prisioneros aquí de los zhentileses como si os hubiesen
arrojado a sus mazmorras! Barth se reclinó
contra el respaldo de su silla, la única que
Medianoche había visto en los túneles, y se puso a observar a la maga y a sus
amigos. Mientras reflexionaba sobre el plan de Medianoche para rescatar a
Kelemvor, en los ojos del soldado se leía el desprecio.
Gratus sonrió indiferente y se dirigió al jefe de
la resistencia: —La maga tiene razón. —Después de levantar una mano, el anciano
juntó las puntas del índice y el pulgar—. Porque a estas alturas, ya no podemos
salir de los túneles, ni siquiera en busca de comida, sin el temor de que nos
coja una patrulla zhentilesa. Yo ni siquiera puedo...
—Deja de pensar en ti mismo, viejo embaucador
—bramó Varden—. Es muy probable que el amigo de Medianoche esté soportando
torturas mientras nosotros estamos hablando. Por la experiencia que tenemos,
hasta podría estar muerto. Bane va a aplastar a la ciudad y a todo el valle del
Barranco bajo sus botas negras. Lo mínimo que podemos hacer es intentar asestar
un buen golpe al tirano. —¡Basta! —ordenó Barth con brusquedad, a la vez que
indicaba a Varden, con una mano carnosa y sucia, que se apartase de delante
—. Vuestras pasiones y opiniones no cuentan aquí
para nada. Ya hemos enviado mensajeros para alertar a Sembia de la toma de
posesión. Si esperamos, llegarán refuerzos. Entonces atacaremos a los
zhentileses. No antes. —El sembio se detuvo un momento y se sacó con su daga un
trozo de comida que tenía entre los dientes—. En estos momentos, un ataque
sería una pérdida de esfuerzo y de hombres.
—Nos necesitas también por otra razón —dijo
Medianoche. Detestaba mentir, pero estaba empezando a comprender que Barth no
iba a darle otra elección—. Bane está en posesión de un objeto místico que
llevábamos a Tantras para Elminster el Sabio. —El sembio levantó la cabeza, y a
punto estuvo de clavarse la daga en la mejilla.
Medianoche sonrió y continuó—: El objeto es una
esfera ámbar de gran poder. Si Bane
llega a saber de qué se trata y cómo controlarla,
tendrá en sus manos el poder de encontraros cuando él así lo quiera.
En los ojos del jefe sembio apareció un brillo que
reflejaba el pánico que sentía. —Quizá pueda desprenderme de unos cuantos
hombres —dijo Barth despacio, mientras su mente trabajaba de forma acelerada—.
Dime, con esta esfera, ¿podrías destruir la guarnición de Zhentil Keep?
Medianoche se dijo para sus adentros que aquel
hombre no iba a ayudarla por
razones altruistas, pero que el miedo no había
tardado en persuadirlo de prestarle ayuda. —No —contestó Medianoche con una
tristeza burlona—. Sólo un dios, o un ser con el poder de un dios, puede llevar
a cabo una empresa semejante con ese objeto. Barth palideció ligeramente.
—Si ello supone un peligro para mis, ¡ejem!, para
mis soldados, bien, designaré a dos hombres para tu grupo. Os ayudarán en la
tarea de recuperar la esfera mágica... y rescatar a tu amigo. —El sembio se
aclaró la garganta y se enjugó una fina película de sudor de la frente.
—Tienes nuestro profundo agradecimiento —dijo
Medianoche. Barth hizo un intento vano de esbozar una sonrisa. —Sí, bien, tal
vez deberíais poneros en marcha enseguida. No quisiéramos que... tu amigo
sufriese inútilmente, ¿verdad? —Medianoche asintió y maldijo en silencio al
sembio, luego condujo a sus amigos al otro lado de la cortina, a la zona del
túnel donde estaban reunidos los soldados.
Transcurrió una hora antes de que llegasen los
soldados asignados para ayudar a Medianoche. En el intervalo, los héroes
juntaron varios cajones a modo de mesa y la sección del túnel que ocupaban
empezó a parecer una zona de planificación militar. El suelo estaba cubierto de
mapas de la ciudad Valle del Barranco y de las zonas adyacentes. Las
superficies de los mapas, procedentes de la tienda saqueada de un comerciante
local, estaban marcadas con las rutas comerciales y anotaciones varias sobre
los barrios comerciales, lo que hacía imposible distinguir algunos de los
detalles del mapa.
Estaban Medianoche, Adon, Varden y Gratus apiñados
sobre un mapa del puerto, cuando se acercaron dos jóvenes vestidos con una ropa
mugrienta y de baja calidad. El primer soldado, un hombre alto, moreno y de tez
pálida, dio un paso al frente. Era un joven de aspecto cansado, con profundas
ojeras. —Me llamo Wulstan. Éste es Tymon. Ambos somos de Colina Lejana. El
segundo hombre también era moreno, su abultada nariz parecía haber sido rota en
varias ocasiones, pero, por lo demás, aparentaba estar en un estado de salud
mucho mejor que su amigo. Saludó a los héroes con un gesto de la cabeza.
Medianoche se levantó.
—Bienvenidos —dijo, para luego presentarse y
presentar a sus compañeros
—. Os agradecemos que os hayáis ofrecido a
ayudarnos. Los soldados, extrañados, se miraron, luego, de nuevo miraron a
Medianoche. — ¿Ofrecernos? —preguntó Wulstan con cierta incredulidad—. ¿Hablas
en serio? Varden se adelantó, con el entrecejo fruncido. —¿Quieres decir que os
han tenido que ordenar a los dos que nos ayudéis a
atacar a vuestros enemigos?
Wulstan apartó la mirada, violento.
El ladrón dirigió la vista hacia los otros soldados
reunidos en el túnel. —¿No hay nadie aquí con las agallas suficientes para
luchar contra los zhentileses para recuperar todo el valle del Barranco?
—exclamó Varden en voz alta, para que lo
oyesen los demás.
—A decir verdad, no —contestó Tymon con toda la
flema del mundo, luego pasó por delante de Varden y fue a sentarse—. Pero las
órdenes son las órdenes y ni Wulstan ni yo eludiremos nuestra responsabilidad.
Varden agachó la cabeza y volvió a concentrarse en los mapas. —Supongo que todo
lo que podemos pediros es vuestro máximo esfuerzo —dijo Adon suspirando, luego
puso una mano sobre el hombro de Tymon—. Por lo menos en estas circunstancias.
Wulstan asintió y puso los ojos en blanco.
—Ahórranos tus sermones, clérigo. —El soldado de aspecto cansado se acercó a
Medianoche—. Limitaos a decirnos lo que debemos hacer. Adon entornó los ojos y
se puso a hablar, pero Gratus se apresuró a ponerse en pie y carraspeó.
—Bien, tenemos que superar una serie de obstáculos
—observó el comerciante—. Debemos suponer que la guarnición zhentilesa está
hasta los topes y que, para aliviar esta aglomeración, procurarán ocupar las
guarniciones vencidas de los enemigos de Zhentil Keep.
Wulstan murmuró algo para sí mismo, y gruñó: —Una
vez hayamos salido de este escondite, no habrá otro lugar seguro donde
protegernos. ¿Es esto lo que estás tratando de decir, viejo? Gratus ignoró al
malhumorado soldado y prosiguió: —Sin embargo, podemos conseguir cobijo en una
casa privada. — El comerciante se pasó una mano por el rostro y tamborileó
sobre su barbilla
—. La población de Valle del Barranco se ha
declarado neutral y no querrá acoger a unos fugitivos. Pero yo tengo amigos que
estarán dispuestos a ayudarnos. —Los zhentileses estarán rondando por las
calles —añadió Medianoche—, y no sería sorprendente que por lo menos uno de los
asesinos de Bane esté volando sobre su monstruoso corcel, peinando las calles
buscándome a mí y a Adon. —La maga guardó silencio.
—Por consiguiente, el primer problema que debemos
resolver es cómo llegar a la guarnición zhentilesa sin contratiempo —dijo
Varden de modo
terminante—. ¿Y luego? —Pues lo lógico —contestó
Gratus, acariciándose la calva—. Entrar, recuperar las pertenencias de
Medianoche y rescatar a su amigo. Luego, simplemente, volver a salir.
—Por consiguiente tenemos un problema simple
—murmuró Wulstan con malicia.
—Sí, es posible que los zhentileses esperen un
intento así por nuestra parte
— intervino Adon—. Es posible que los zhentileses
nos tiendan una trampa y es posible que nos dejen entrar en la guarnición con
sólo una resistencia simbólica para luego capturarnos sin problemas.
Gratus frunció el entrecejo y se sentó.
—¿Qué sugerís, entonces? —preguntó el anciano—. Si
se trata de una misión tan imposible, ¿por qué vamos a emprenderla? Medianoche
lo fulminó con la mirada.
—¡Vamos a hacer esto porque debemos hacerlo!
—espetó la maga—. Y contamos con algo que no habéis mencionado, pero que puede
inclinar la balanza a nuestro favor. Una cosa que no se esperan los
zhentileses. Adon levantó la vista.
—¡La magia! —exclamó jadeando—. Pero Bane tiene tu
libro de hechizos. —Tengo un hechizo en la memoria —repuso la maga, sonriendo
al clérigo
desfigurado—. Uno que estudié antes de que nos
capturasen.
Varden movió la cabeza y empezó a poner objeciones.
Los dos soldados se pusieron a mirar la salida del túnel. Gratus se rascó
nerviosamente detrás de las orejas. —Si lo que pretendes es que recorramos
media ciudad teletransportados, no cuentes conmigo —indicó el anciano.
—No —replicó Medianoche—. Eso sería una locura.
Podríamos acabar estrellándonos contra una roca o enterrados en el Ashaba. Los
dos soldados de Colina Lejana se miraron inquietos y fruncieron el entrecejo.
—Cualquier hechizo es peligroso —dijo Varden—. No está garantizado... —La
propia vida no está garantizada —interrumpió Adon, para luego pasarse una mano
por la cicatriz de su mejilla—. Dejadla terminar. Tymon asintió.
—A pesar de que tengo miedo de enterarme de lo que
tiene la maga en la mente, creo que, por lo menos, deberíamos escuchar lo que
quiere decirnos. —De acuerdo. Sigue —dijo Varden, derrotado y con el entrecejo
fruncido. — Se trata de un hechizo de invisibilidad —declaró Medianoche, con
una ligera sonrisa en los labios—. Crea una capa de invisibilidad de tres
metros a la redonda. Si funciona, podemos permanecer invisibles, a menos que
ataquemos a alguien. Y, dado que procuraremos
evitar todo ataque, seguiremos invisibles el tiempo que necesitamos para cruzar
la ciudad. —Yo sigo considerando que... —empezó a decir Varden. —¡Basta!
—espetó Wulstan, que luego se levantó y se puso junto a Medianoche —. No están
las cosas como para seguir discutiendo. Yo no tengo más ganas de morir que
cualquiera de vosotros, pero si es posible estar a salvo y a la vez cumplir
nuestras órdenes, yo digo que debemos dar a la maga esa oportunidad. La sonrisa
de Medianoche se hizo más amplia y Tymon, Gratus y Adon aprobaron la decisión
de Wulstan con un gesto de asentimiento. Sólo Varden apartó la mirada de la
maga, con una profunda inquietud plasmada en su rostro. —Bien. Debemos salir
por la entrada de la carnicería sin pérdida de tiempo —dijo la maga de cabello
de color ala de cuervo—. Y tal vez deberíamos informar a Barth sobre nuestros
planes. —Los héroes cruzaron el túnel para dirigirse a la sala del sembio.
Cuando Medianoche le contó el plan al jefe sembio, apareció en el rostro de
éste una expresión de horror. —Antes de empezar con tus brujerías, dame por lo
menos unos minutos para alejar a los guardias de la entrada del sótano —murmuró
el guerrero fornido —. Menos mal que contamos con otra salida.
Cuando Barth hubo alejado a los guardias del
pequeño sótano de la carnicería, los héroes se arrastraron por el túnel y se
dispusieron a abandonar el refugio sembio. Una vez al pie de la escalera,
Medianoche reunió los componentes para su hechizo. Sacó del bolsillo un trocito
de goma arábiga, que llevaba expresamente para aquel hechizo, luego arrancó una
pestaña a cada uno de los héroes y, finalmente, introdujo las pestañas en la
goma e inició el ensalmo.
Gratus y Varden se cruzaron miradas nerviosas. Los
soldados de Colina Lejana centraron su atención en la pared que había detrás de
la maga e hicieron un esfuerzo para pensar en cualquier cosa menos en lo que
podía pasar. Adon, sin embargo, permanecía delante de sus amigos, sonriendo con
serenidad. A juzgar por la expresión del clérigo, parecía que habría acogido
incluso la propia muerte si el hechizo salía mal y los mataba a todos. Después
de calmarse los nervios, Medianoche dio fin al conjuro. Incapaz de recordar un
solo hechizo que hubiese funcionado correctamente desde que había
escapado del valle de las Sombras, la maga rezó
para que aquél saliese bien; por
Kelemvor. Al cabo de un rato, un resplandor
blanquiazul envolvió a Medianoche. Los héroes lanzaron gritos sofocados y se
protegieron los ojos cuando la luz se intensificó y llenó la habitación. Luego
se desvaneció. Gratus recorrió el sótano con la mirada para observar a sus
compañeros. — ¡No ha pasado nada! —dijo el anciano, con alivio—. ¡Y estamos
todavía vivos! En ese momento, Medianoche vio a Barth asomar la cabeza por el
hueco bajo que había entre el sótano y los túneles. En su rostro aparecía una expresión
de perplejidad. Los labios del hombre corpulento se movieron en silencio y la
maga se echó a reír. —¿Qué te pasa? —dijo Wulstan acercándose a la maga—. Yo te
veo. Tu hechizo no ha funcionado. ¿De qué te ríes?
Adon señaló a Barth y los héroes se volvieron y
vieron al sembio mirar dentro de la habitación.
—Os... os oigo —dijo en un susurro—. De modo que el
hechizo debe de haber salido bien. Pero no puedo veros. Estáis ahí, ¿verdad?
—Estábamos comprobando la eficacia del hechizo —dijo Medianoche. El guerrero
corpulento dio un ligero respingo y se golpeó la cabeza contra el techo del
hueco—. Vámonos, pues —dijo la maga, y los héroes salieron del escondite.
Mientras Medianoche y sus aliados atravesaban la ciudad, Gratus se detuvo de
vez en cuando para señalar algunas casas seguras donde sus habitantes los acogerían
caso de presentarse la necesidad.
—Lashan tenía amigos en la ciudad —observó Gratus
en voz baja cuando los héroes pasaron por delante de una de esas casas—. Y
muchos de ellos no están de acuerdo con la neutralidad que se ha declarado en
el valle del Barranco. —Siento curiosidad por una cosa, Gratus —dijo Medianoche
con voz dulce—. ¿Qué es exactamente lo que haces tú en la ciudad de Valle del
Barranco? No eres ni un mago, ni un guerrero, ni un ladrón. ¿Cómo te ganas la
vida? Varden se echó a reír.
—No estoy muy seguro de que no sea un ladrón.
Gratus se acercó más a Medianoche.
—Yo era el ministro de Propaganda de Lashan —le
susurró—. La ciudad me jubiló, pero no quisieron entregarme a personas
parecidas a esos dos cretinos de Colina Lejana, a condición de que yo
mantuviese la boca cerrada sobre un posible regreso de Lashan. Ahora vendo
botas.
Wulstan había escuchado parte de lo que había dicho
el comerciante anciano y se apresuró a ponerse a su lado.
—Será mejor que tengas cuidado con lo que dices,
viejo, si sabes lo que te conviene —dijo el guerrero a media voz.
—Así que el rumor es cierto —replicó Gratus
burlonamente—, los habitantes de Colina Lejana no tienen ningún sentido del
humor. Wulstan alargó el brazo para desenvainar su espada, pero su compañero se
apresuró a levantar la mano.
—¡Deja el brazo quieto! —le advirtió Tymon—. No
podemos correr el riesgo de que desaparezca nuestro escudo invisible. En el
momento en que ataquemos algo..., cualquier cosa..., nos volveremos visibles.
Adon se colocó entre Gratus y Wulstan y miró a la maga. —Si uno de nosotros
ataca a algo, ¿desaparecerá el hechizo para todos? — preguntó el clérigo en voz
baja. Varden tomó a Gratus por el brazo y lo empujó hasta ponerlo delante de
Medianoche.
—Tal y como la magia funciona hoy en día, no me
extrañaría que nunca volviésemos a ser visibles —dijo el ladrón sonriendo.
Medianoche palideció. No se le había ocurrido la posibilidad de que el hechizo
pudiese salir demasiado bien.
—Imaginaos la fortuna que podría amasar en esta
ciudad un ladrón con el don de la invisibilidad —añadió el ladrón,
aparentemente contento por primera vez desde hacía horas.
El edificio de los Archivos, donde Adon y
Medianoche habían conocido a Gratus unas horas antes, apareció a la izquierda.
El edificio tenía el mismo aspecto que antes, sólo que había un guardia
zhentilés vigilando en la puerta. —Tenía miedo de que incendiasen el edificio
—murmuró Gratus cuando pasaron por delante del guardia—. Ahí dentro hay unos
documentos muy interesantes de los que me gustaría apropiarme.
Siguieron hasta el final de la manzana, luego
doblaron a la derecha y los héroes distinguieron inmediatamente el almacén
donde habían tomado tierra los asesinos y la guarnición zhentilesa al otro
lado. Como era de esperar, se oía ruidos y jolgorio por las calles de la
guarnición. Había un pequeño número de guardias apostados fuera del fuerte y
todo el edificio que servía de cuartel general a los zhentileses estaba
brillantemente iluminado.
—Bane debe de haber dejado que sus soldados hagan
una fiesta para celebrar la victoria —dijo Medianoche mientras conducía a los
héroes hasta un callejón que había junto al almacén.
—Qué diferente de cómo condujo a sus tropas en la
batalla del valle de las
Sombras —observó Adon—. Me pregunto si esta derrota
no ha vuelto más humilde a lord Black...
—Lo dudo —repuso Medianoche—. Es posible que esté
simplemente aprendiendo a reconocer el valor de sus tropas. En cualquier caso,
quizá podamos hacer que esta indulgencia se vuelva contra él. —¿Quieres decir
que has resuelto el problema de cómo entrar? —preguntó Varden. Y se pasaba una
y otra vez la mano por sus cabellos rubios. —Antes de preocuparnos por la
guarnición en sí, debemos comprobar el almacén —dijo Medianoche volviéndose a
Varden—. Debemos dar la vuelta al edificio y ver si hay más puertas.
Los héroes empezaron a rodear la parte exterior del
almacén, siempre permaneciendo pegados al edificio. Pasaron por delante de
ellos dos grupos de soldados zhentileses, cantando canciones atrevidas y
contando chistes verdes, pero en ningún momento sospecharon siquiera que tenían
a seis intrusos a sólo unos metros de distancia.
Varden descubrió otra puerta en la parte posterior
del almacén, si bien estaba cerrada con llave. El ladrón sacó inmediatamente
sus ganzúas y, al cabo de un momento, la puerta estaba abierta. La abrió
despacio y se asomó al interior. —No podíamos haber llegado en mejor momento
—susurró Varden y se volvió a mirar a Medianoche—. El almacén parece vacío.
Creo que nos podremos mover con toda libertad.
Los héroes entraron quedamente en el edificio, con
Medianoche en medio para que ninguno se quedase fuera del campo de
invisibilidad del hechizo. — Cerrad la puerta —dijo Medianoche en un siseo
cuando todos estuvieron dentro.
Wulstan obedeció a Medianoche, pero se detuvo al
pronto y se puso a observar la cerradura de la puerta.
—Parece que se cierra por ambos lados —dijo el
guerrero, luego indicó a Medianoche con un gesto que examinase la puerta. Ella
asintió y sacó un trozo de goma que había quedado de su ensalmo; se la entregó
al soldado. —Métela en la cerradura. La puerta se cerrará, pero no la
cerradura. Así no nos quedaremos atrapados si necesitamos salir
precipitadamente. Wulstan y Varden miraron a la maga con expresión de sorpresa.
—Un viejo amigo me enseñó este truco —explicó la maga de cabello color ala de
cuervo, y Cyric acudió a su mente. Pero entonces Medianoche notó que una gran
tristeza se apoderaba de ella y, por un momento, se quedó casi abrumada por la
pena. La
maga cerró los ojos, cobró ánimos y alejó de sí
aquella emoción. Pensó que Cyric había muerto y que ella no podía hacer nada al
respecto; en cambio, Kelemvor estaba con vida y necesitaba su ayuda. Tendría
tiempo para ponerse triste. Los pensamientos de Medianoche se vieron
interrumpidos cuando Gratus se puso a su lado.
—¿Puede ser aquello lo que andas buscando?
—preguntó el anciano señalando hacia las sombras que había a unos seis metros a
la izquierda de la puerta. Medianoche entornó los ojos. Algo brillaba a la luz
de la luna, como diminutos rayos de luz color ámbar.
—¡No puede ser! —exclamó, y fue acercándose a la
luz. Adon se adelantó y se agachó sobre una talega medio abierta. —¡Medianoche,
están aquí! — exclamó el clérigo, con una amplia sonrisa iluminando su rostro—.
¡La esfera de detección y tu libro de hechizos están aquí! —¡Los asesinos, en
medio de la confusión de nuestra huida, han debido dejarlos olvidados! —dijo
Medianoche mientras cogía la talega. —No ha sido en absoluto un olvido — tronó
una voz desde un rincón oscuro del otro lado del almacén—. Y contaba con que tú
tampoco lo olvidases. —Durrock salió de las sombras y apareció en medio de la
pálida luz de la luna que se filtraba por las ventanas. Iba sin armadura y con
el rostro desfigurado al descubierto. Se acercó a los héroes. Cuando Medianoche
vio el rostro del asesino, estuvo a punto de gritar y sintió en su interior un
ramalazo de simpatía por aquel hombre. Luego notó que la bolsa de lona
resbalaba de su mano y la apretó con más fuerza. La maga no tardó en comprender
que, como no llevaba con ella la talega cuando lanzó el hechizo de
invisibilidad, era visible. —Te agradezco que me muestres dónde estás
exactamente —dijo Durrock, para luego desenvainar su espada negra como la
noche. El asesino caminaba a grandes zancadas directamente hacia Medianoche—.
Hace ya un buen rato que te espero. Los héroes se dispersaron tanto como
pudieron y, cuando Durrock llegó a corta distancia de la maga, se pusieron en
semicírculo detrás de él. Medianoche arrojó la talega al suelo y trató de
esquivar el ataque del asesino, pero éste hizo una finta hacia delante y luego
agarró a la maga por el pelo. Medianoche se puso a gritar. De pronto, una tabla
de madera se estrelló contra la cabeza del asesino y éste se tambaleó y tuvo
que soltar a la maga. Mientras Medianoche se alejaba de Durrock dando traspiés,
un halo blanquiazul envolvió a cada uno de los héroes; el hechizo de
invisibilidad se desvanecía. Gratus estaba detrás del asesino, con la tabla de
madera rota en sus manos.
Durrock apretó con más fuerza su negrísima espada y
gritó de rabia y de dolor. La espada del asesino salió despedida en el momento
justo en que Varden agarraba al anciano por los hombros y tiraba de él hacia
atrás. La espada le dio a Gratus en el pecho y empezó a brotar sangre de la
herida.
Medianoche, aterrorizada, se alejó de Durrock, que
se volvió y avanzó hacia la
maga de cabello como ala de cuervo pero apareció
Adon junto a ella y la cogió por el brazo.
—¡Corre! —gritó el clérigo mientras empujaba a la
maga hacia la puerta. Durrock empezó a seguirla, pero los dos soldados de
Colina Lejana se interpusieron en su camino, con las espadas desenvainadas.
—Ven, cerdo zhentilés. ¡Vamos a ver cómo te las arreglas con alguien más joven
que tú! — dijo burlonamente Tymon cuando estuvo delante del hombre desfigurado.
Wulstan miró a Medianoche por encima de su hombro. —¡Coge tus tesoros y echa a
correr! —gritó el guerrero. Medianoche vaciló un instante en la puerta, luego
cogió la talega y salió del almacén. Varden estaba ayudando al comerciante
herido a llegar a la puerta, pero Adon también sujetó a Gratus y los héroes
desaparecieron en la noche. Se deslizaron en las sombras y estaban lejos de la
guarnición zhentilesa antes de que los soldados semiborrachos se hubiesen
enterado siquiera de lo que había pasado. —¡Despierta! —gritó el guardia, y
pasó su espada de arriba abajo por los barrotes de acero de la celda de
Kelemvor.
El guerrero de ojos verdes se despertó de golpe,
pero fingió hacerlo poco a poco, haciendo teatro; se desperezó, se frotó los
ojos y bostezó exageradamente. Fuera de la celda había dos guardias, pero
Kelemvor no quería darles la satisfacción de que supiesen que, a decir verdad,
lo habían sobresaltado, que aquella pequeña crueldad le había afectado.
Asimismo, el guerrero sabía por qué los guardias lo
habían despertado. Lord Black había esperado una respuesta inmediata a su
propuesta, pero Kelemvor había manifestado que necesitaba tiempo y soledad para
considerar el trato.
El que Bane hubiese aceptado su petición le había
cogido completamente por sorpresa. Pero ahora había transcurrido el tiempo de
considerar la oferta. El guerrero oyó pasos que se acercaban por el pasillo y,
por la forma en que los guardias se pusieron alerta, Kelemvor supo quién iba a
ser su siguiente visitante. No fue una sorpresa.
—Tú dijiste que me dabas de tiempo hasta mañana
—observó Kelemvor con
calma cuando Bane se puso entre los guardias. —Las
circunstancias han cambiado. Es ahora cuando debes actuar. ¿Has considerado mi
oferta? — preguntó Bane bruscamente. La aspereza en la voz del dios caído
indicó a Kelemvor que algo lo había enfurecido. —No he podido pensar en ninguna
otra cosa —contestó Kelemvor. Luego se puso de pie y se fijó en el brillo
parpadeante de color rojo que bailaba en los ojos de lord Black.
Era cierto. La idea de liberarse de la maldición
había incluso poblado los sueños de Kelemvor. Kelemvor había deseado a menudo
ser un héroe, alguien que pudiese llevar a cabo hazañas nobles con el único fin
de ayudar a los demás, pero la maldición se había interpuesto siempre en su
camino. El guerrero creía, sin sombra de duda, que Bane podía cumplir su
promesa y que, por consiguiente, el dios de la Lucha podía hacer sus sueños
realidad. Con lo cual, sólo quedaba por considerar el problema de Medianoche.
Si Kelemvor aceptaba las condiciones de Bane, tendría, evidentemente, que
traicionar la confianza que la maga había puesto en él... y sus sentimientos
para con ella. Pero Kelemvor pensó que Medianoche lo había traicionado a él
muchas veces. Luego, el guerrero, en un intento de racionalizar la decisión
que, a decir verdad,
ya había tomado, empezó a recordar los insultos y
las ofensas absurdas que ella le había
lanzado. La maga se había marchado del valle de las
Sombras sin él. Era cierto que sus palabras en el puente Pluma Negra habían
sido de amor y entrega; sin embargo, la verdad pura y simple era que sólo hacía
unas semanas que Kelemvor conocía a Medianoche.
Kelemvor se preguntó de pronto hasta qué punto
conocía él a la maga de negros cabellos. Al guerrero ya no le preocupaba si
Medianoche había cometido los crímenes de los que la acusaban los hombres del
valle. No cabía duda de que no los había cometido, pero lo que Kelemvor se
preguntaba ahora era si Medianoche lo amaba realmente.
—Has tenido visita durante la noche —dijo Bane,
indiferente, y estas palabras sacaron a Kelemvor de su ensimismamiento.
—¿Quién? —quiso saber Kelemvor. El guerrero dio un paso en dirección a los
barrotes de la celda.
Bane entornó los ojos y una mueca de burla y
desprecio apareció en su rostro. —Quien tú piensas, imbécil. Medianoche y sus
cómplices. Ha venido a recoger su libro de hechizos y otros objetos personales
que tenía cuando
Durrock y sus asesinos la capturaron. —El dios de
la Lucha hizo una pausa, luego sonrió—. Sin embargo, no ha tratado de
liberarte. El guerrero suspiró de alivio.
—Es evidente que la maga ha vuelto a escaparse,
pues en caso contrario tú no estarías aquí —dijo Kelemvor.
La ira ardía en los ojos de lord Black.
—No ha podido escapar sin que uno de su grupo fuese
herido y dos fuesen muertos. No sobreestimes tu importancia en mis planes,
Kelemvor. Medianoche morirá. Tu participación no es más que un asunto de
conveniencia. Dejando que vayas en su busca y me la traigas, puedo reducir las
bajas de mis filas. El guerrero pensó que Bane estaba actuando equivocadamente,
que se estaba comportando como un vulgar señor de la guerra, no como un dios.
Sin embargo, la información que Bane acababa de proporcionarle acerca de la
visita de Medianoche a la guarnición zhentilesa contestaba a algunas preguntas
que habían estado atormentándolo en los rincones de su mente.
—Muy bien —dijo Kelemvor, en voz baja pero firme—.
Acepto tus condiciones. Lord Black sonrió.
—Entonces vas, por fin, a entrar en razón. No hay
nada más precioso que llevar la vida que uno desea —dijo Bane recalcando las
palabras—. Ya va siendo hora de que tú puedas hacerlo. El guerrero asintió.
—Encontraré a Medianoche y me ganaré su confianza.
La convenceré de que me he escapado por mis propios medios y fingiré que sólo
quiero ponerla a salvo. Luego, a la primera oportunidad que tenga... la
someteré. —Kelemvor hizo una pausa y se pasó la mano por el pelo—. Luego me
dirigiré a Tantras para recuperar la Tabla del Destino que has escondido en esa
ciudad y, a cambio de todo esto, tú me librarás de la maldición de los
Lyonsbane. —Exactamente —dijo Bane. Y con toda la calma del mundo indicó a los
guardias que abriesen la celda.
Kelemvor se apartó un paso de la puerta. —Ahora que
nuestro trato está cerrado, dime dónde está exactamente la Tabla del Destino
—dijo el guerrero de ojos verdes. —Tienes que tener un poco de fe —repuso Bane
con una voz ligeramente
suspicaz—. Esta información será tuya cuando me
hayas entregado a Medianoche. En
estos momentos, tenemos que ocuparnos de otro
asunto. El corazón de Kelemvor empezó a latir con fuerza. Cuando la puerta de
la celda se abrió y el dios de la Lucha se acercó a él, apenas podía controlar
la emoción. — Guardia, dame tu espada —ordenó Bane con brusquedad. Las llamas
de los ojos de lord Black fueron de pronto lo bastante brillantes como para
iluminar el pasillo sin la ayuda de las antorchas. El guardia obedeció sin
rechistar. El dios caído levantó la espada muy alto sobre su cabeza. Las llamas
de los ojos de Bane se extendieron por el oscuro cuerpo del dios y, pronto, un
halo color rojo como la sangre cubría toda su forma. Lord Black empezó a
recitar un ensalmo complicado. Las llamas prendieron de pronto en la espada, la
voz del dios aumentó de intensidad mientras agitaba violentamente la espada y
su forma empezó a ondularse como el cuerpo de una serpiente. La espada cortó el
aire y Kelemvor dio un grito cuando el arma traspasó su pecho e hizo una
hendidura desigual desde el esternón hasta el abdomen. El guerrero bajó la
vista a su ropa y a su carne desgarrada y sintió que se apoderaba de él una
gran debilidad. Sin embargo, el guerrero hizo un esfuerzo para permanecer de
pie. Aunque estuviese a punto de morir, no se arrodillaría delante de lord Black.
Los trozos de carne desprendidos del pecho del guerrero empezaron a temblar y a
estremecerse y Kelemvor estuvo a punto de gritar de terror cuando vio la cabeza
negra de la pantera abrirse camino a través de la herida abierta. Cuando las
garras del animal se clavaron en el interior de su cuerpo y lo desgarraron en
un intento de liberarse, el guerrero experimentó un dolor como nunca había
conocido. «¡Es imposible!», era lo único que podía pensar Kelemvor. A
continuación, todo el mundo del guerrero se convirtió en una explosión candente
de dolor punzante que nublaba todos sus sentidos menos el del propio
sufrimiento. El animal se iba abriendo paso para salir pero, al mismo tiempo,
estaba matando a Kelemvor desde dentro. Se oyó un fuerte rugido salvaje y Kelemvor
sintió que se libraba de un enorme peso. El dolor se mitigó considerablemente y
vio que Bane se aferraba a ambos lados del animal. Con un movimiento rápido e
inhumano, el dios golpeó el cuello de la bestia. El guerrero bajó la vista, se
miró el pecho y vio, atónito, que su carne desgarrada empezaba a unirse y a
cerrarse. Las heridas se estaban curando a un ritmo increíble. —Hecho —dijo
Bane indolentemente, para luego arrojar el cuerpo de la pantera a los pies de
Kelemvor. El dios se volvió y salió de la celda—. Decidle dónde puede encontrar
a la maga, aseadlo y que se ponga en marcha. —¡No! —dijo Kelemvor con voz
débil, con una voz que era apenas
un susurro. Con expresión suspicaz, Bane se volvió
hacia la celda. —Tiene que parecer que he luchado para salir de aquí —dijo el
guerrero, luego se desplomó en el suelo, a unos centímetros del cadáver todavía
caliente de la pantera. Lord Black sonrió.
—Muy bien —dijo—. Pero quiero que sepas una cosa,
Kelemvor. Si se te ocurre siquiera renegar de nuestro acuerdo, yo me enteraré.
Mis agentes te darán caza y te matarán, te escondas donde te escondas. —El dios
de la Lucha hizo una pausa y una nueva sonrisa diabólica apareció en sus
labios—. O algo mejor. Volveré a meter a este animal, o a alguno todavía más
horrible, dentro de ti. —La sonrisa se hizo ligeramente más sarcástica—. Uno
que resulte todavía más doloroso de sacar que la pantera. Recuérdalo. El guerrero
asintió.
—Es exactamente lo que me esperaba —dijo—. Y es
exactamente lo que yo habría hecho en tu lugar. Puedes estar tranquilo.
Cumpliré con los términos de nuestro
pacto al pie de la letra.
—Esto puede ser el comienzo de una larga y
provechosa asociación —dijo Bane por encima del hombro mientras se alejaba por
el pasillo—. Tráemela con vida, Kelemvor, si ello es posible.
Kelemvor se estremeció y se fue poniendo de pie.
Cuando salió tambaleándose de la celda, no miró a los guardias. —Lo haré
—murmuró.
Luego se alejó de la mazmorra siguiendo la misma
dirección que había tomado lord Black.
9
Un nuevo líder
La larga caminata por los valles del este había
sido dura para la Compañía de los Escorpiones, pero los zhentileses contaban
con suficientes provisiones y estaban acostumbrados a las dificultades de este
tipo de marchas. Cyric no tardó en enterarse por Tyzack de que la expedición de
los Escorpiones a la colina del Diente de la Suerte obedecía a que buscaban un
artefacto de gran poder del que habían hablado casualmente unos viajeros que
pasaron por Zhentil Keep. La Compañía de los Escorpiones había recibido estas
órdenes antes de la batalla del valle de las Sombras, cuando lord Bane estaba
obsesionado por encontrar cualquier artefacto susceptible de ser depositario de
algún poder mágico. En medio de la confusión que había rodeado a la
batalla y sus consecuencias, Zhentil Keep había
olvidado a los Escorpiones y su misión, hasta que llegó el momento de reunir
toda unidad zhentilesa disponible en Valle del Barranco. Una noche llegó una
mística comunicación de la hechicera de Bane, Tarana Lyr, y los Escorpiones
estuvieron encantados con el cambio de planes, pues los esfuerzos realizados en
la colina del Diente de la Suerte habían sido vanos y tediosos. Dos días
después de haberse incorporado Cyric al grupo, los Escorpiones se encontraron
con una patrulla sembia y se vieron obligados a combatir —una oportunidad para
el ladrón de medir la habilidad de sus nuevos compañeros y, para éstos, de
medir la suya
—. La batalla fue rápida y sangrienta, con algunas
pérdidas para los Escorpiones. Croxton había muerto, si bien Cyric no sabía muy
bien si a manos de un sembio o a manos de un zhentilés. Ante la gran sorpresa
de Cyric, Tyzack nombró al ladrón su lugarteniente por su actuación en la
batalla. Slater apoyó abiertamente esta decisión y los demás no pusieron
objeción alguna, aunque más de uno, como Eccles, no estuvieron nada contentos
con la elección. Al día siguiente del enfrentamiento con los sembios, los Escorpiones
se encontraron con la primera de las muchas patrullas zhentilesas que se
dirigían a Valle del Barranco. Tyzack asumió automáticamente el mando de la
chusma de guerreros y ladrones con que acababa de encontrarse la compañía.
Nadie se opuso a ello. En momentos como aquéllos, mientras cabalgaba detrás de
Slater, Cyric tenía la mente absorta en muchos asuntos; pero, sobre todo,
observaba la brillante luz vespertina palpitar a través del pendiente en forma
de prisma que la guerrera había cogido del cadáver de Mikkel y se había colgado
de la oreja derecha. Mientras Cyric lo observaba soñadoramente, unos rayos
multicolores surgían del objeto. La línea del horizonte era escabrosa,
desfigurada por escarpadas estribaciones, formada por una tierra extraña, mezcla
de piedra musgosa-grisácea con vetas de arcilla rojiza. Unas desnudas colinas y
pequeñas elevaciones rodeaban a los jinetes. Delante de ellos y a lo largo de
muchos kilómetros, había una inmensa extensión de tierra, con una hondonada en
su centro y unas depresiones como dentelladas, uniformemente espaciadas, que
salían formando tortuosos desfiladeros. Cyric tuvo la sensación de estar viendo
el esqueleto de un gigante que podía haber vivido milenios antes de que los
dioses empezasen a gobernar Faerun.
Mientras miraba una estribación, se le ocurrió que
podía haber sido la forma de un
dios dominando sobre los Reinos, lo bastante alto
como para llegar al cielo y hacer
descender los mismísimos cielos, sin ser atrapado
dentro de un frágil cuerpo de carne y hueso, como un mortal.
Una vez más, los rayos de luz que salían del
pendiente robado llamaron la atención del ladrón y, mientras los zhentileses
seguían cabalgando, ahora en número superior a trescientos, Cyric se dio cuenta
de que el prisma lo había fascinado tanto como a Slater.
El ladrón de nariz aguileña observó los fragmentos
de luz que centelleaban con una hermosa e impresionante serie de colores y
estudió cada uno de los rayos. Las luces cobraban vida y desaparecían en un
abrir y cerrar de ojos.
Pensó que de manera muy parecida a la vida humana,
que se iba y no tardaba en ser olvidada. Cyric quería más de su vida. Pensó en
los dioses y en el don de inmortalidad que habían puesto en peligro con sus
rencillas estúpidas y sin importancia. El ladrón sentía desprecio por las
divinidades como Bane y Mystra, que habían permitido ser despojados de sus
vastos poderes.
Cyric trató de sosegarse. El calor vespertino era
abrasador e incluso la ligera brisa que sentía poco ayudaba a aliviar las zonas
de intenso y sofocante calor que asaltaban a la compañía mientras viajaban
siguiendo el curso del Ashaba. El calor se pegaba a la piel de Cyric como manos
abrasadoras y opresivas y hacía que el sudor corriera como ríos por su rostro,
y le impedía por momentos ver el prisma. Después de mirar a su alrededor a
docenas de rostros que no conocía, Cyric pensó que todos aquellos zhentileses
viajaban a Valle del Barranco sólo para responder a la llamada de lord Bane.
Casi todos ellos darían su vida sin un momento de vacilación si así se lo pedía
lord Black. Aunque pareciese increíble, era a la Compañía de los Escorpiones
adonde aquellos hombres se habían dirigido para obtener un liderazgo temporal.
A Cyric le sorprendía la maniobra política que había realizado Tyzack para
asegurarse la supremacía. Cyric consideraba al jefe de los Escorpiones incapaz
de concebir siquiera un plan con cara y ojos, sin hablar de ponerlo en
práctica. El ladrón se enjugó los ojos y volvió a mirar el prisma. Los rayos
que lanzaba el pendiente parecían inagotables y, cuando un nuevo rayo se
desvanecía, otro ocupaba su lugar. Cyric pensó en Tyzack: aquel hombre debía de
tener un punto débil, una vulnerabilidad susceptible de ser explotada por él.
«¿Cuál es?» se preguntó el ladrón. Delante de él, Slater cogió el pendiente en
forma de prisma y lo acarició suavemente. El
ladrón sonrió. Quizás había una forma sencilla de
descubrirlo. Una hora después, Tyzack se alejó para hablar con el comandante de
una patrulla de cincuenta hombres del valle de la Borla que estaba cerca de la
retaguardia de la considerable avanzada zhentilesa. Ren se había ido con
Tyzack. Cyric se adelantó e indicó a Slater que se reuniese con él a cierta
distancia por delante de los zhentileses. Willingale, uno de los hombres del
valle de la Tortura, había tomado posición a unos trescientos metros por delante
de las tropas y Cyric les dijo a los demás que él y Slater iban a reemplazarlo.
—¿Por qué vamos a reemplazar a Willingale en su
puesto de reconocimiento? — preguntó Slater, cabalgando junto al ladrón. Cyric
titubeó, la frente sin cejas de la mujer se arrugó y sus ojos se abrieron de
par en par, en un gesto destinado a dar énfasis a su perplejidad—. ¿Qué es lo
que quieres realmente de mí? —¿Tan transparente soy? —preguntó Cyric, para
luego apartar la mirada de la soldado zhentilesa. Slater sonrió.
—No contestes si no quieres —repuso.
Cyric se rió suavemente mientras se enjugaba el
sudor de la frente. —¡Por los dioses!, ¡qué calor!
Slater frunció el entrecejo y se puso a tamborilear
la madera de su arco con los dedos.
—Si esto es lo que tú consideras tener una pequeña
charla, creo que me voy a marchar —dijo.
—Sólo estaba haciendo un comentario —repuso Cyric
volviéndose hacia la guerrera—. Y me estaba preguntando si habías sido
observadora. La mujer entornó los ojos y miró a Cyric con desconfianza. —¿Con
respecto a qué? — preguntó Slater.
—Me gustaría saber más sobre los Escorpiones
—declaró Cyric de modo terminante, sin dejar de mirar fijamente a la mujer.
—Adivino la razón — replicó Slater, para luego acariciar la crin del caballo—.
Es Tyzack quien realmente te interesa, ¿me equivoco? El ladrón pensó que
aquella mujer era más lista de lo que él había sospechado. —Sí —admitió Cyric,
intentando parecer lo más inocente posible—. Su actitud me confunde. También la
tuya, por cierto. Cyric vio que Slater estaba intrigada.
—Explícate —dijo ella, dando un tono de brusquedad
a su palabra. —Me recomendaste para ser el segundo en el mando, cuando tú
habrías podido acceder a ese puesto. ¿Por qué actuaste así? —preguntó Cyric, y
luego se
volvió a enjugar el sudor de la frente.
Slater sonrió maliciosamente.
—Para vivir. Las personas que ocupan esta posición
no parecen durar mucho en los Escorpiones.
A pesar de que Cyric trató de aparentar
desconcierto, de hecho estaba encantado. Daba la impresión de que Slater
necesitaba poca presión para decir la verdad. Podía ser un rasgo muy útil.
—Sí... —dijo el ladrón finalmente—. Pensé que había
algo extraño en torno a
la muerte de Croxton. ¿Hubo alguien antes de él?
—Sí —dijo Slater con
indiferencia mientras ahuyentaba una mosca que
zumbaba a su alrededor—.
Se llamaba Erskine.
—¿Qué le pasó?
—Murió —se limitó a contestar Slater—. ¿Qué más
quieres saber? —¿Lo mató Tyzack? —dijo Cyric jadeando, tal vez de una forma un
poco brusca y melodramática—. ¿Por qué?
La guerrera movió la cabeza y se encogió de
hombros. —¿Quién puede decirlo? Regresábamos de la colina del Diente de la
Suerte. Tyzack, Erskine, Ren y Croxton habían ido a cazar para la cena. Todos
volvieron, menos Erskine. Nos dijeron que había sido un accidente. Se habían
separado para cubrir más terreno y Ren le disparó una flecha a Erskine... por
equivocación. Lo enterraron en una fosa poco profunda y seguimos nuestro
camino. Cyric pensó que, en aquella ocasión, habían dejado a Croxton para los
cuervos con los sembios muertos. Ni siquiera se mereció una fosa poco profunda.
—Quizá dijeron la verdad —sugirió el ladrón. Slater se mordió el labio y
respiró profundamente. —Erskine era un elemento perturbador. Conocía a Tyzack
desde hacía años, incluso antes de que se crease la Compañía. Era un hombre
maleducado y estúpido y se tomaba unas libertades que nadie en la Compañía se
habría atrevido ni siquiera a imaginar. Erskine estuvo acechando a la muerte
hasta que, un día, ésta fue en su busca. Todos nos alegramos de habernos
librado de él.
—¿Por qué me cuentas todo esto de tan buen grado?
—preguntó Cyric un rato
después. El ladrón presentía que sabía la
respuesta, pero quería que Slater lo dijese en voz alta y que se comprometiese
con la línea de conducta que ello implicaría. La mujer se quedó un momento
mirando al ladrón, luego miró a los zhentileses que los seguían.
—Porque Tyzack es débil —declaró a continuación sin
emoción alguna—. No es un guerrero. Sus sueños consisten en un lugar cómodo
dentro de la burocracia de la Red Negra. Su reticencia a combatir nos está
costando días de viaje. Cuando lleguemos a la ciudad, a Valle del Barranco, tal
vez la guerra haya terminado. Y, si no es así, nuestro cometido será el de
proteger la vida de Tyzack a toda costa. »Los otros zhentileses, los que siguen
a unos jefes valientes, se verán recompensados con la gloria y el honor de
conquistar a nuestros enemigos para lord Bane. Si puedo, no desperdiciaré esta
oportunidad. Slater lanzó un gruñido y volvió a poner la mano sobre la madera
de su arco. —¿Qué pretendes hacer? —dijo Cyric, tratando de adoptar una actitud
inocente. —¡No te hagas el tonto! —dijo Slater en voz baja—. Por mucho que tú
así lo creas, el arte del engaño no es tu fuerte. Cyric miró hacia delante. No
tardarían en llegar a la altura de Willingale, el explorador.
—Te conozco, Cyric. Eres un ladrón. Eres un
asesino. Y eres ambicioso — dijo Slater—. Si quieres, puedes mentir a los
demás. A mí, no. Yo puedo ayudarte... y, de paso, ayudarme a mí. —La guerrera
se agarró a la crin de su caballo y añadió—: Es posible que no haya oportunidad
de actuar hasta que nos veamos en el fregado de la batalla del valle del
Barranco. Todo lo que tendremos que hacer es dejar que se nos distraiga el
tiempo suficiente para que una espada enemiga le corte la cabeza a Tyzack.
—Bien —dijo Cyric, después de haber dejado caer su máscara inocente—. ¿Y si se
presenta la oportunidad antes?
La mujer volvió a entornar los ojos y miró al
ladrón como si fuese la primera vez que lo veía.
—Entonces la aprovecharemos —dijo—. Después, me
darás mi propio mando. Con treinta buenos soldados me arreglaré. De esta forma,
si tu sangre resulta ser tan débil como la de Tyzack, no tendremos que
enfrentarnos. Yo me llevaré a mis soldados a la batalla. Tú harás lo que
quieras. ¿De acuerdo? —La soldado zhentilesa miraba ahora a Cyric directamente
a los ojos, a la espera de su respuesta. —¡De acuerdo! —dijo Cyric al cabo de
un momento, devolviéndole la mirada. Habían llegado lo bastante cerca de Willingale
como para que éste pudiese oírles, de modo que Cyric dejó languidecer la
conversación. Cuando ambos estuvieron más próximos, el explorador se volvió y
les indicó que se apresurasen a llegar a su altura. —Estoy contento de que
hayas venido, señor —dijo Willingale a Cyric—. Me has ahorrado la
molestia de volver atrás para informar. —A
continuación señaló un punto delante de él—. Hay algo en el horizonte. El
ladrón siguió la dirección del dedo de Willingale y vio una luz fija y
brillante a lo lejos. La elevación montañosa con valles y hondonadas que había
en el flanco derecho de las fuerzas zhentilesas no les permitía a éstas
protegerse de aquello que producía la luz. De hecho, no había absolutamente
ninguna señal de protección natural en trescientos metros a la redonda.
—Podría ser una trampa —dijo Willingale, rascándose
la barbilla—. Nuestro enemigo podría estar esperando en los rebordes de esas
depresiones del centro de la elevación montañosa. En las hondonadas pueden
caber unos cien hombres o incluso más.
—Es posible —repuso Cyric—. Pero ¿por qué
alertarnos del peligro? ¿No sería
más lógico que se limitasen a esperarnos para así
cogernos desprevenidos? Debe de haber alguna otra explicación.
—Podría ser simplemente un reflejo natural de la
luz del sol... o, incluso, alguna manifestación del caos de la naturaleza
—observó Slater, después de frenar a su caballo —. La luz no parece cambiar.
—Vamos a volver a informar a Tyzack —dijo Cyric al
explorador—. Tú sigue vigilando e indícanos si observas algo más, pero no sigas
adelante. Cuando la compañía llegue a tu altura, recibirás nuevas órdenes.
Willingale asintió y Cyric y Slater volvieron hasta el cuerpo principal del
ejército zhentilés. La mujer soldado permaneció en silencio un momento, luego
comentó: —Cyric, una emboscada nos daría la oportunidad que estamos buscando.
—¿A costa de cuántos compañeros zhentileses? Incluso es posible que a costa de
nuestras propias vidas —repuso el ladrón un tanto brusco—. Habrá mejores
oportunidades que ésta. Además, tenemos otro problema..., Ren. Se camufla tan
bien con el telón de fondo que yo a veces apenas advierto que está presente. Al
margen de quien desempeñe el cargo, parece ser él el verdadero segundo en el
mando de Tyzack. Debemos tener en cuenta su interferencia en cualquier plan que
tracemos. El ladrón y la amazona llegaron a la primera línea de la avanzadilla
zhentilesa. Tyzack y Ren los estaban esperando. El jefe de los Escorpiones
temblaba con una rabia apenas contenida.
—¿Queréis hacer el favor de explicaros los dos?
—gritó Tyzack. El hombre de cabello negro movió el puño en el aire como si
estuviese agitando un
dado. Cyric miró a Slater, luego de nuevo a Tyzack.
—No lo comprendo. ¿Qué hemos hecho que requiera una explicación? —Ignorar mis
órdenes — contestó Tyzack de muy mal humor—. Alguien ha venido a informarme de
que vosotros dos habíais abandonado las filas y me ha obligado a acudir a
primera línea para saber lo que estaba ocurriendo. La pena por deserción es...
La expresión del ladrón se volvió tan dura como la
piedra. —¿No soy tu
segundo en el mando?
Tyzack se acobardó.
—¿Qué tiene eso que ver con lo otro? Serás tratado
exactamente igual que cualquier otro zhentilés.
—Estás equivocado —replicó Cyric—. Como segundo en
el mando, es mi deber asegurarme de que tus órdenes se cumplan al pie de la
letra cuando tú no estás presente para imponerlas.
El jefe zhentilés entornó sus oscuros ojos.
—Willingale estaba demasiado cerca del cuerpo principal —prosiguió Cyric, y
señaló en dirección al soldado
—. Él no es un Escorpión y no conoce tus normas
acerca de la forma de actuar como hombre de reconocimiento para los
zhentileses. —El ladrón hizo una pausa y sonrió—. Y, como es natural, nosotros
dos sabemos que si Willingale estaba lo bastante cerca de nuestros hombres como
para que éstos lo viesen claramente, como así era, estaba demasiado cerca para
llevar a cabo un buen trabajo de reconocimiento. Slater y yo hemos ido a
comunicarle el error que estaba cometiendo. — El ladrón hizo una nueva pausa.
En esta ocasión, sin embargo, se volvió para mirar a la mujer zhentilesa—. Y ha
sido cuando nos ha indicado aquella extraña luz..., ¿no es así, Slater?
Ren se acercó al jefe de la compañía y le susurró
algo al oído. —¿Qué extraña luz? —preguntó Tyzack, apenas Ren hubo terminado de
hablar con él —. ¿De dónde procede?
Cyric se obligó a adoptar una expresión de
perplejidad.
—No lo sabemos —contestó el ladrón. Luego contó a
Tyzack lo que él y Slater habían visto, así como la opinión de ambos sobre la
situación—. Hemos ordenado a Willingale que permanezca donde está hasta que tú
llegues a su altura. El jefe zhentilés de cabello negro se pasó una mano por su
despeinada cabeza y esbozó una sonrisa maliciosa.
—Está bien —murmuró, luego hizo un gesto en
dirección a Ren—. Que la compañía se detenga. Tal vez no sea nada, pero alguien
tendrá que ir a investigar antes de que la compañía siga su camino.
El jefe zhentilés se volvió a continuación al
hombre de nariz aguileña: — Cyric, puesto que parece que hoy cuentas con una
iniciativa ilimitada, la tarea de descubrir la naturaleza de esa luz extraña va
a recaer sobre ti... y sobre Ren. Slater se quedará conmigo. Tus conocimientos
en montañismo pueden sernos de utilidad. Escalaréis aquella elevación del sur y
seguiréis su trayectoria hasta que descubráis el origen de esa luz.
Cuando Cyric miró el enjuto rostro de Ren, le dio
un vuelco el corazón. Los ojos del hombre eran fríos, exentos de emoción. Ren
miró a su vez a Cyric, como si éste fuese un cadáver sin el buen juicio de
estar postrado en tierra y dejarse enterrar. En definitiva, las órdenes de
Tyzack eran una sentencia de muerte, y tanto Cyric como Ren lo sabían.
—Tened cuidado allí arriba. Con todos esos
desfiladeros y barrancos, sería una pena que alguno de vosotros sufriese un
accidente —añadió Tyzack, todavía con la sonrisa diabólica en los labios.
Ren asintió e indicó a Cyric mediante un gesto que
se pusiera en camino delante de él.
—¡No te preocupes! —dijo Cyric alegremente,
fingiendo que las órdenes del jefe zhentilés no tenían un significado
particular. Sin embargo, cuando el ladrón espoleó a su caballo y éste se puso
en movimiento, añadió entre dientes—: Adiós, Tyzack... ¡Slater! Ren siguió al
ladrón a muy corta distancia y los dos hombres apenas se habían alejado unos
treinta metros de la columna zhentilesa cuando Tyzack y Slater gritaron al
unísono. Cyric, perplejo, se volvió... y vio un brillante fragmento de acero en
forma de diamante que se acercaba procedente del este; daba volteretas mientras
cortaba el aire y se encaminaba directamente hacia el cuerpo principal de la
avanzadilla zhentilesa... hacia Slater y Tyzack.
El ladrón sacó su daga y lanzó el arma con un
movimiento magistral. El cuchillo de Cyric voló por el aire y pasó por delante
del metal que era sólo algo mayor que la propia daga, un instante antes de
interceptarlo. El pedazo de acero siguió su camino. De pronto, resonó en el
aire un ruido de metales que chocan. A pesar de que, aunque agudo, el sonido
fue débil, Cyric dio un respingo al oírlo. Ren había lanzado una de sus dagas y
desviado el acero de su trayectoria. Slater y Tyzack estaban a salvo.
El ladrón centró su atención en Ren e hizo un
esfuerzo para relajar el cuerpo. El zhentilés era, muy posiblemente, igual a
Cyric en el manejo de un arma y, al darse cuenta de ello, Cyric agradeció haber
sido temporalmente apartados
de su «misión». Cyric sabía que dependía del él
mismo convertir aquel respiro en algo permanente. Su plan inicial fue el de
matar a Ren en la estribación en forma de esqueleto que dominaba el paisaje
para luego escapar por la parte sur de la elevación montañosa y llegar al
Ashaba. Pero sin caballo y sin provisiones, sus probabilidades de sobrevivir
eran escasas. Y si Tyzack quería venganza y ordenaba a unos cuantos soldados
zhentileses que le diesen caza, sus probabilidades eran completamente nulas.
Asimismo,
volver a la avanzadilla con Ren muerto era algo que
había que descartar. Tyzack habría
ejecutado a Cyric allí mismo. Por consiguiente,
dado que la misión en la
sierra era una situación abocada al fracaso, el
ladrón sabía que tenía que
encontrar la forma de dar la vuelta a la situación
y ponerla a su favor. Slater
miró el suelo, a menos de dos metros de ella había
caído el pedazo de acero,
de unos sesenta centímetros de largo. Miró a Cyric
y vio frustración en su
rostro, luego se volvió a Ren y dijo:
—Mis más efusivas gracias.
—Estoy aquí para servir —replicó el zhentilés
rubio, en voz baja y gutural.
Tyzack estaba mirando al horizonte.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó, visiblemente
perturbado. Ren saltó de su caballo y se agachó para coger tanto su daga como
el pedazo de metal en forma de diamante. El hombre recogió su cuchillo pero se
oyó un silbido cuando la mano de Ren tocó el trozo de acero. El zhentilés
retrocedió y se cogió la mano derecha con la izquierda.
—¡Maldita sea! —exclamó—. ¡El metal está ardiendo!
—Debe de haber un brujo en todo esto —dijo Tyzack en un susurro a la vez que
trataba de recobrar la compostura—. No veo ninguno cerca y no hay nada que
hubiese podido lanzar este metal desde la montaña. Está sencillamente demasiado
lejos. El ladrón pensó instintivamente en Medianoche, luego se reprendió a sí
mismo ante esa idea estúpida. La maga jamás habría sido tan insensata como para
enfrentarse a un regimiento zhentilés de trescientos hombres. Luego al ladrón
se le ocurrió otra cosa. —Si se tratase de la obra de un mago, ello explicaría
la luz que hemos visto en la lejanía —observó Cyric en voz alta. Una sombra
pasó súbitamente por encima de las fuerzas zhentilesas y un grito atronador
surgió de entre las tropas. Cuando Cyric miró hacia arriba, con la mano puesta
sobre la empuñadura de la daga, vio una arremolinada masa de luz centelleante
sobre ellos. Cyric entornó los ojos y advirtió que, a
pesar de estar mirando directamente al sol, una
cortina de esquirlas de acero que colgaba del cielo bloqueaba su visión. Los
fragmentos de metal formaban un nubarrón con miles de caras de las cuales
salían unos rayos de luz. —¿Qué es esto? —exclamó Tyzack con voz entrecortada.
El jefe zhentilés, en un intento de llamar la atención de Slater, alargó una
mano y le clavó las uñas en el hombro. La amazona se apartó del contacto de
Tyzack, después de controlar un deseo vehemente de coger la mano del hombre, arrojarlo
de su caballo y degollarlo cuando cayese.
Por el contrario, Slater apartó de un empujón la
mano de Tyzack y gritó: — ¡No me toques!
—¡Tyzack! —murmuró Ren, en cuya voz brusca se
notaba inquietud—. ¿Cuáles son tus órdenes?
Como una gota de agua desprendiéndose del extremo
de un carámbano que hubiese empezado a derretirse, cayó de los cielos una de
esas esquirlas de metal. Tyzack apartó la mirada del cielo y se cubrió la parte
posterior de la cabeza con los brazos y luego metió el rostro en la crin de su
caballo. Se oyó un grito a unos treinta metros detrás del jefe de cabello
negro.
—¡Le ha dado a Sykes en la pierna! —gritó alguien.
Los soldados zhentileses habían empezado a romper filas y se estaban
dispersando por el campo abierto.
—¡No hay ningún lugar donde esconderse! —exclamó
otro hombre, y un murmullo de gritos de terror se elevó de entre las tropas.
Cyric vio que el líder de los zhentileses temblaba
de miedo. —¡Ren tiene razón! —dijo el ladrón cuando Tyzack empezó a levantar
despacio la cabeza—. ¡Tienes que dar alguna orden! —exclamó, lleno de desprecio
por aquel cobarde.
Tyzack estaba a punto de hablar cuando otro
fragmento de metal cayó del cielo, éste volando hacia las primeras filas de la
avanzadilla, donde estaban reunidos los Escorpiones. El trozo de metal golpeó a
Praxis en el hombro y éste chilló de dolor cuando la afilada punta salió por la
parte posterior de su brazo. —¡Me... me estoy quemando! —gritó Praxis cuando
una nube de color negro grisáceo se elevó de la herida. El soldado trató de
sacarse el metal, pero el esfuerzo sólo le produjo un dolor todavía mayor.
Cyric y Ren se volvieron para dirigirse al resto
del ejército zhentilés. Ambos hombres pidieron calma a gritos, luego miraron a
Tyzack, a la espera de que el hombre hablase. La discordia se iba extendiendo
por las filas y los jefes
trataban de tomar el control de las diferentes
facciones dentro del grupo. — ¡Estamos... muertos! —murmuró Tyzack sin dejar de
mirar al cielo—. ¡No hay ningún sitio adónde ir!
Cyric hizo que su caballo se colocase junto al de
Tyzack. Cogió al hombre de cabello negro por el cuello y lo sacudió con fuerza.
—¡No digas esto! —le dijo el ladrón en un siseo—, perderás el control sobre los
hombres. —A Cyric le sorprendió que Ren no hiciese movimiento alguno para
detenerlo. —¡Espadas! —exclamó Tyzack—. ¡Hay muchísimas y cada vez son de mayor
tamaño! ¡Mira!
Cyric levantó la mirada y vio que aquella masa de
esquirlas estaba transformándose en espadas plateadas que iban descendiendo
lentamente. — ¡Huyamos con los caballos! —murmuró Tyzack, con una voz tan suave
como la de un niño.
Media docena de fragmentos de metal cayeron del
cielo como manzanas maduras de un árbol. Los zhentileses que tenían escudos se
debatían para sacar éstos de sus espaldas o de las sillas. Del centro y de la
retaguardia de la avanzadilla surgían gritos de confusión. Cyric miró a Slater.
—¿Qué ha dicho?
Ren miró al ladrón.
—¡Tyzack ha dicho que huyamos con los caballos!
¡Tenemos que llegar a la protección de las montañas del sur antes de que los
trozos de metal caigan del cielo! — El guerrero rubio espoleó a su caballo y un
numeroso grupo de soldados lo siguió. La lluvia de esquirlas de metal se
intensificó, como si el fondo de la caja enorme e invisible que los contenía se
hubiese roto de repente para dejar que los dardos cayesen al suelo. De las
filas no salían más que gritos desesperados. Los zhentileses se desplomaban al suelo
a puñados y morían o eran heridos gravemente. —¡Huyamos! —gritó Tyzack, como si
hubiese advertido repentinamente el peligro. El hombre de pelo negro clavó las
espuelas en los flancos de su caballo y se puso en movimiento.
Al cabo de unos segundos, Cyric estaba a su vez
cabalgando a galope en dirección a la estribación rojiza en forma de esqueleto.
La sombra causada por la nube de cuchillos era cada vez más profunda y parecía
seguir al ejército zhentilés. Los gritos de los zhentileses abatidos por las
esquirlas de metal llenaban el aire, y sus chillidos estridentes se abrían paso
entre el estruendo que producían cientos de caballos al galope.
Cyric pensó que tenía a los zhentileses a su
espalda y, si bien esta idea le hizo
gracia, su regocijo no tardó en convertirse en
miedo. Se sentía expuesto y mucho más solo delante de la horda de soldados a la
carga. Con los hombros rígidos, el ladrón aguzó el oído, atento a todo caballo
que estuviese cerca de él, consciente de que en cualquier momento la lluvia de
acero podía poner fin a todos sus problemas. Aunque el ladrón sabía que aquella
huida no serviría de nada, se fijó en la montaña. En aquel momento, llamó su
atención una de las depresiones que salía de las colinas en forma de esqueleto,
pues estaba aumentando de tamaño y su sombra negra como la noche se abría
delante de los soldados, como las fauces de un animal hambriento. Las esquirlas
de metal abatían cada vez a más jinetes zhentileses. Los más afortunados morían
al instante, los más desventurados caían de sus caballos y eran pisoteados por
los cascos de los animales de sus compañeros. Slater seguía cabalgando cerca de
Cyric cuando llegaron finalmente a la boca de la depresión, donde se habían
refugiado Ren y la mayoría de los zhentileses que lo habían seguido. Los
caballos abandonados por los soldados corrían de un lado a otro, en un intento
frenético por evitar las candentes piezas de metal. Por el número de caballos
heridos o sin jinetes que había a la entrada de la depresión, Cyric calculó que
un centenar de hombres debía de haberse refugiado ya en el interior. Pero
dentro de la hondonada de tres metros de anchura, los zhentileses no lo estaban
pasando mejor que los que estaban todavía en la llanura. —¡Esto es absurdo! —exclamó
Cyric.
En aquel momento un dardo se clavó en el cuello de
su caballo y éste arrojó al ladrón al suelo. Sin embargo, por suerte para
Cyric, estaba muy cerca de la depresión y los jinetes que había detrás de él
aminoraron el paso, con lo que evitaron pisotearlo. No obstante, la caída dejó
momentáneamente aturdido a Cyric. Antes de que el ladrón tuviese la oportunidad
de quejarse, Slater lo cogió por el brazo y ambos se vieron impelidos dentro de
la oscura y fría grieta por el flujo de soldados que se apiñaban desesperadamente
en la abertura. Una vez en la depresión, Cyric cogió un escudo de madera de un
cuerpo pisoteado y se lo puso sobre la cabeza. Slater, más alta que el ladrón,
tuvo que agacharse ligeramente para cobijarse junto a él. El ladrón y la
amazona estaban rodeados de una caliente y maloliente masa de gente y Cyric
maldecía en voz alta cada vez que lo empujaban o tropezaban con él. —¡No
piensan con la cabeza! —gritó el ladrón a Slater, la cual estaba junto a
él encogida de miedo y escuchando los frenéticos
gritos de los zhentileses y el silbido del metal que caía.
La lluvia de esquirlas de acero seguía cayendo
sobre los zhentileses. Las paredes de la depresión ayudaban a frenar los
fragmentos de metal; muchos golpeaban primero la roca, luego se abatían con
menor fuerza contra los soldados, a quienes quemaban pero no mataban. Pero
muchos seguían cayendo directamente en las filas, y los gritos de los
moribundos llenaban la depresión de ecos espantosos. —¡Utilizad los escudos!
—empezó a gritar Cyric. Slater se unió a él y se puso también a gritar, en un
intento de que sus voces se oyesen por encima del estruendo. Una docena de
soldados con los ojos desorbitados rodearon inmediatamente al ladrón, ansiosos
por recibir órdenes. Sin embargo, las palabras de Cyric fueron deslizándose a
través del caos de forma tan segura como la punta afilada de una espada a
través de un cuerpo sin armadura. —¡Utilizad los escudos! ¡Si no tenéis escudo,
meteos bajo un cadáver! Más soldados se volvieron hacia Cyric y obedecieron sus
órdenes. —¡Entrelazad los escudos, luego...! —Cyric interrumpió sus gritos
cuando un fragmento de metal ardiente atravesó su escudo y se clavó en su
brazo. Se oyó un
silbido y el hombre de nariz aguileña sintió que se
le estaba quemando la piel. Apretó
los dientes y se volvió a Slater—. ¡Sujeta el
escudo! ¡He sido alcanzado! La mujer zhentilesa obedeció la orden de Cyric.
Mientras el ladrón apartaba el brazo del escudo y retiraba el metal que todavía
chisporroteaba, aquel grupo de casi cincuenta soldados con escudos cerraron
filas alrededor del ladrón, cerca del centro mismo de la depresión.
—¡Pasad los escudos a los hombres más altos! —gritó
Cyric, mientras se protegía la herida con la mano—. ¡Quienes no tengan escudo,
que permanezcan agachados debajo!
Las esquirlas de metal seguían cayendo, pero ahora
era el ruido de los golpes sobre los escudos lo que resonaba a través de la
concavidad, ahogando los gemidos de los heridos y tomando el relevo a los
gritos de los moribundos. Naturalmente, de vez en cuando esos fragmentos de
acero encontraban los antebrazos carnosos en la superficie inferior de los
escudos, pero nadie se quejaba. Cyric se desgarró la camisa y se vendó
provisionalmente el brazo. —¡Olvidaos del dolor! —gritó—. ¡Por lo menos no
estáis muertos! —A continuación se desplazó entre los hombres amontonados lo
mejor que pudo
para dar órdenes a otro sector de las aterrorizadas
tropas, con Slater siempre a su lado—. Los que estáis en el suelo, ayudad a los
heridos. Olvidaos de los muertos. ¡Ya no se les puede ayudar! ¡Mantened los
escudos altos si queréis seguir con vida! —gritaba Cyric, a la vez que les daba
una palmada en la espalda a unos y alentaba a otros a medida que avanzaba entre
las filas.
El plan de Cyric estaba dando resultado. Más de
cien zhentileses con escudos se apiñaban bajo la red de protección a lo largo
de toda la depresión. En un momento dado, cuando Cyric se sentó a descansar y
Slater aprovechó la ocasión para volver a vendarle la herida, ella le preguntó
cómo se le había ocurrido que los hombres utilizasen los escudos como si fuesen
uno en lugar de hacerlo separadamente.
El ladrón sonrió, o su mueca fue lo más parecido a
una sonrisa desde que empezó la lluvia mortal.
—Tomando un castillo por asalto... hace mucho
tiempo. Se llamaba «formar una tortuga». Evita que las tropas de uno mueran
cuando el enemigo decide arrojar aceite sobre las cabezas o lanzar una lluvia
de flechas —Levantó la vista hacia los hombres que sostenían los escudos sobre
él—. A decir verdad, es algo bien simple. —¡Cyric! —llamó una voz baja y
gutural que salía de entre los soldados apiñados. El ladrón se dio la vuelta y
vio a Ren arrastrarse en su dirección, sin escudo, la camisa rota y con diversas
heridas leves de las que manaba sangre. —Tyzack ha muerto —dijo el soldado
rubio a voz en grito—. El cobarde se ha quedado paralizado cuando la muerte lo
miró a los ojos. Ambos hombres se pusieron en pie y se quedaron mirándose el
uno al otro, mientras esperaban que pasara la tormenta. El ruido sordo e
uniforme de las esquirlas de acero contra los escudos se fue desvaneciendo
finalmente, hasta que cesó del todo. El siseo de los pedazos todavía calientes
que chamuscaban los escudos prosiguió, al igual que los murmullos de los
hombres y los gritos de los heridos. Muchos de los hombres que sostenían
escudos empezaron a bajarlos, pero Cyric les gritó que los mantuviesen en alto
hasta que él ordenase lo contrario. El ladrón se volvió a Ren.
—Si Tyzack ha muerto... —empezó a decir Cyric, con
la frente arrugada. — Entonces tú eres ahora el jefe —dijo Ren, para luego
inclinar ligeramente la cabeza—. Yo vivo para servir.
Al ladrón le daba vueltas la cabeza. Lo primero que
pensó Cyric fue pasar
el
mando a otra persona, pero ésta resultaría ser sin
lugar a dudas Ren y ello
supondría probablemente la muerte de Cyric. Como
siempre, el hombre de nariz aguileña estaba seguro de que no tenía elección.
—Pero ¿a quién sirves, Ren?
Éste frunció el entrecejo.
—Como te he dicho, yo vivo para servir. Tú has
salvado a los hombres. Tú
debes estar a su mando. —El hombre rubio hizo una
pausa y se pasó la mano
por el rostro, sucio y manchado de sangre—. No hay
motivo para que me
temas... por lo menos de momento.
El ladrón ignoró el último comentario.
—Quiero ver el cuerpo de Tyzack —dijo Cyric con voz
tranquila. Los dos hombres se abrieron paso entre los hombres que sostenían los
escudos. Ren señaló a un hombre muerto que estaba a unos tres metros del último
zhentilés con escudo. A pesar de que estaba empezando a oscurecer, Cyric vio
que un trozo de metal había atravesado el pecho de Tyzack, muy cerca del
corazón. Y el ladrón advirtió algo más. Tyzack tenía la garganta cortada.
Mientras se volvía a mirar a Ren, Cyric pensó que los fragmentos de metal no
podían haber sido tan eficaces. El ladrón salió de debajo de los escudos y miró
al cielo, ahora vacío. El suelo, a su alrededor, estaba sembrado de pedazos de
metal, algunos todavía candentes. Ren siguió a Cyric fuera del tejado de
escudos y se reunió con el nuevo jefe de los aproximadamente doscientos
soldados zhentileses que habían sobrevivido a la lluvia de la muerte. —Dime
—dijo el ladrón cuando Ren llegó a su altura—, ¿qué horrible secreto guardaba
Tyzack para que hayas llegado a matarlo para protegerlo? El hombre rubio no
contestó enseguida, sino que bajó la vista al cuerpo de Tyzack.
—Últimamente estaba loco de inquietud ante la
posibilidad de que alguien descubriese lo que había hecho mucho tiempo atrás en
un pequeño templo dedicado a Bane al norte de aquí. —El guardia levantó la
vista y miró a Cyric
—. En sus años jóvenes Tyzack había sido un
impetuoso y un idealista y cometió la estupidez de rebelarse contra la Red
Negra porque ésta no lo quería aceptar como clérigo. Atacó el templo y asesinó
al joven de la organización Zhentarim allí aislado. Si alguien de esta
organización hubiese llegado a descubrirlo algún día... —Habría significado su
muerte —terminó el ladrón. Luego se echó a reír—. ¡Tyzack era un estúpido! Lo
que hizo, de hecho, podía haberle granjeado la simpatía de alguno de los
poderes de Zhentil Keep.
El soldado frunció el entrecejo y bajó la vista.
Cyric sonrió y murmuró: — Ren, yo he hecho cosas peores de las que Tyzack jamás
habría siquiera imaginado. Pero tú no tendrás que proteger mis secretos, yo sé
cuidar de mí mismo. — La frente del hombre rubio se arrugó todavía más. El
ladrón empezó a alejarse de él—. Esperaremos otros veinte minutos, creo que
para entonces podremos enviar a nuestros exploradores a hacer un reconocimiento
sin peligro. —Cyric hizo una pausa y miró el cuerpo de Tyzack—. Y entonces
podrás anunciar que yo soy vuestro nuevo jefe —dijo con orgullo para luego dar
media vuelta e ir a reunirse con sus tropas.
10
La huida
—Tienes visita —anunció Varden en un tono suave al
entrar en la pequeña habitación donde estaban escondidos Medianoche y sus
amigos. Medianoche, que estaba inclinada sobre su libro de hechizos, colocado
sobre un cajón de embalaje astillado, se dio la vuelta y miró a los hombres que
estaban en la puerta de la casa donde habían sido acogidos. —¡Kelemvor!
—exclamó. Cuando vio al guerrero aparecer bajo la luz ámbar de la única
linterna que iluminaba la estancia, la maga se levantó tan deprisa que estuvo a
punto de tirar el libro al suelo—. Tienes un aspecto horrible ¿Cómo has...?
—añadió Medianoche, después de fijarse en los grilletes que el guerrero llevaba
todavía. Cuando trató de sonreír, sus labios empezaron a temblar. Pero cuando
el guerrero de ojos verdes dio un paso para acercarse a la maga, Varden se
interpuso en su camino. El guerrero vio que los otros miembros de la
resistencia, la pareja de ancianos dueños de la casa y un soldado sembio de
aspecto tosco, se desplazaban para bloquear las salidas de la habitación. —
Según parece, he escapado de unos carceleros para caer en los brazos de otros.
¿Puedo sentarme? —preguntó Kelemvor, señalando con la mano una silla vacía
junto a la maga de cabello negro.
Medianoche asintió y se puso a observar al guerrero
mientras éste caminaba hasta la silla con pasos cortos que hubieran parecido
cómicos de no haber sido por la gravedad de su estado. Medianoche pudo ver, a
la vacilante luz de la linterna, las cicatrices, los cortes, los cardenales y
las quemaduras que cubrían el cuerpo de Kelemvor. Su ropa convertida en harapos
le recordó a Medianoche la primera vez que admitió sus sentimientos para con el
guerrero, en los pasadizos del castillo de Kilgrave. El aspecto de Kelemvor en
aquella ocasión no era mejor que el de ahora. Las manos del guerrero
temblaban cuando murmuró: —Hace días que no como.
Si me van a torturar, ¿puedo por lo menos comer algo antes?
La anciana pasó por delante de Varden y de Adon
para dirigirse a la puerta. —De todas formas, tengo que ir a ver cómo está
Gratus —dijo en un murmullo. Luego salió del cuarto.
—¿Cómo crees tú que nos ha encontrado? —dijo el
tosco soldado sembio a Varden.
Kelemvor levantó la cabeza y fulminó al soldado de
modales bruscos con la mirada.
—Si quieres saberlo, puedes preguntármelo a mí —se
indignó el guerrero—. Oí a mis carceleros que mencionaban este lugar como un
posible refugio. Ellos no creían que yo iba a sobrevivir y hablaban delante de
mí como si no estuviera presente, igual que estás haciendo tú.
Los demás presentes, Adon incluido, miraron a
Kelemvor en silencio, preguntándose cuánta parte de verdad había en las
palabras del guerrero. Medianoche, por su parte, no tenía este tipo de dilema
con la historia de su enamorado. —¿Vamos a quitarle los grilletes o no?
—exclamó la maga, luego miró a todos y a
cada uno de los aliados.
—No podemos hacerlo —murmuró el anciano, a la vez
que se pasaba una mano por la calva.
—Tiene razón, Medianoche. ¿Qué prueba tenemos
de...? —empezó a decir Varden.
Medianoche se puso de pie y miró a Varden con la
cara desencajada. —¿Qué prueba necesitas? Kelemvor es nuestro aliado..., mi
amigo. —La maga hizo una pausa, luego añadió con resolución—: Y si vosotros no
se los quitáis, lo haré yo.
—¿No ves que viene directamente de la guarnición de
Bane? —dijo el anciano—. ¡Puede haber conducido a los zhentileses hasta
nosotros! El guerrero maldito agachó la cabeza y suspiró. —No habría tenido
necesidad de conducirlos hasta aquí. Saben dónde estáis — dijo Kelemvor en voz
baja. El anciano movió la cabeza y miró a su alrededor. —¿Por qué, entonces, no
nos han atacado? —preguntó sarcásticamente—. ¿Acaso no estamos todavía aquí?
—Escuchadme —dijo Medianoche fríamente antes de que
el guerrero tuviese ocasión de hablar—. Quiero que le quitéis los grilletes y
quiero que le traigáis
comida. Inmediatamente. En caso contrario, lanzaré
un hechizo que arrasará todo el edificio. Hubo un momento de silencio, luego el
anciano se levantó y dijo serenamente: —Tú ganas, maga. Haremos lo que tú
dices. Pero no permitiré que vuelvas a amenazarme. No soporto bien las
amenazas..., sobre todo de quienes han solicitado asilo en mi casa.
Varden sacó sus ganzúas y abrió los grilletes de
los tobillos del guerrero, luego se apresuró a apartarse de él.
—Ahora las manos —le dijo Medianoche al joven
ladrón. Adon levantó una mano para evitar que el ladrón accediese a la petición
de Medianoche. —¿Qué pasará si estás equivocada? —preguntó—. ¿Qué pasará si
está aquí para capturarte? —El clérigo desfigurado señaló al guerrero y
añadió—: Era nuestro amigo... antes. Pero no sería la primera vez que viene en
busca nuestra con una patrulla detrás de él.
La maga de cabello color ala de cuervo guardó
silencio un momento, luego se volvió hacia el clérigo.
—Tienes que confiar en mí, Adon. Yo sé que Kelemvor
no nos causaría daño. — Cuando el clérigo agachó la cabeza, la maga añadió en
voz baja—: Varden, abre los otros grilletes.
Varden se acercó, aunque con el entrecejo fruncido.
—De acuerdo — murmuró el ladrón, e hizo lo que le pedían. Cuando los grilletes
cayeron al suelo, Medianoche suspiró aliviada. —Ahora quiero que nos dejéis
solos un momento —dijo la maga a sus compañeros.
—¡Ni hablar! —exclamó el anciano, pero enseguida
comenzó a dar unos pasos arrastrando los pies.
—¡Por favor! —exclamó Medianoche—. Haced lo que os
pido y no volveremos a molestaros. Nos marcharemos. Ahora que Kelemvor ha
vuelto, nos marcharemos. —Está bien —refunfuñó el anciano—. Si así lo quieres.
— Es así como tiene que ser —repuso Medianoche, para luego volverse hacia el
guerrero.
Adon, Varden, el anciano y el sembio salieron en
fila de la habitación. —Estaremos ahí fuera —dijo Adon mirando a Kelemvor con
cara de pocos amigos.
Al poco rato el cuarto estaba despejado y la puerta
cerrada. —¡Oh, Kel! — exclamó Medianoche, cuyas emociones, cuando abrazó al
guerrero, amenazaron con apoderarse de ella—. ¡No sabes lo feliz que soy de
volver a verte! —Lo besó en la mejilla, luego le apartó el pelo del rostro—.
¿Estás
bien? —Pronto estaré bien —replicó él, luego volvió
a sentarse. Medianoche lo besó en los labios, pero se apartó cuando se dio
cuenta de que él no le había devuelto el beso. Algo pasaba. La maga arrugó las
cejas y miró a Kelemvor a los ojos. —¿Qué ha pasado? ¿Qué te han hecho?
—preguntó Medianoche mientras se apartaba del guerrero.
—Parece obvio —dijo Kelemvor de mal genio a la vez
que bajaba la vista a la sangre seca que cubría su ropa. El guerrero se levantó
y le dio una patada a las cadenas —. No quiero hablar de ello. Todavía no
quiero. —Tratamos de rescatarte —le explicó Medianoche—. No pudimos entrar en
la guarnición. Durrock nos descubrió...
En los ojos de Kelemvor apareció un momentáneo
brillo de comprensión. — Kel, tenía mucho miedo por ti. Por nosotros dos —dijo
Medianoche, con las mejillas llenas de lágrimas—. Tenemos que salir de la
ciudad. —Será difícil —observó Kelemvor fríamente, mientras recorría el pequeño
cuarto con la mirada. De hecho, miraba cualquier cosa que no fuesen los ojos de
la maga. Medianoche se preguntó por qué Kelemvor se mostraba tan frío y
distante. Que estuviese furioso podía ser una explicación, pero no tenía sentido
que su ira fuese dirigida contra ella. Quizá se trataba del agotamiento
nervioso debido a su reciente encarcelamiento. Lo miró a los ojos y vio que no
era ninguna de ambas cosas. Tal vez Varden y Adon tenían razón.
—Algo te ha ocurrido, Kelemvor. Y deberías
conocerme lo suficiente como para saber que puedes confiar en mí, sea lo que
sea lo que haya ocurrido. — La maga hizo una pausa y miró a la puerta—. Puedes
hablar en voz baja si crees que es necesario, si tienes miedo de que te oigan
los demás.
—No hay nada que contar —dijo Kelemvor sonriendo
débilmente—. Sólo necesito comer. Necesito lavarme las heridas. Te estás
dejando llevar por la imaginación.
Medianoche lo miró a los ojos. El guerrero estaba
mintiendo. —Supongo que tienes razón —dijo la maga fríamente, luego le dio la
espalda a Kelemvor y añadió—: Varden conoce una forma de salir de la ciudad,
pero necesitaremos de tu ayuda. ¿Podemos contar contigo? Una expresión de
perplejidad asomó al rostro del guerrero. —Por supuesto que os ayudaré.
—¡Entonces, está claro! —exclamó Medianoche, y al
punto sacó su daga de la funda— ¡Está claro que nos has traicionado! Cuando la
punta de la daga de Medianoche encontró su garganta con un movimiento rápido y
feroz, Kelemvor no se movió. La maga dejó la mano quieta y la punta del
cuchillo
tocó la carne del guerrero, pero sin desgarrarla.
—Estás encadenado a tu maldición, Kelemvor —dijo la maga entre dientes—. No
puedes hacer nada sin la promesa de una recompensa. Sin embargo, cuando te he
pedido que nos ayudes a salir de la ciudad, tú no has exigido nada a cambio.
¡Esto significa que alguien te ha pagado ya... para meternos en una trampa!
El guerrero cerró los ojos y respiró hondo.
—Te has equivocado en todo lo que has dicho.
Incluso con respecto a la maldición.
—¿Cómo? —exclamó Medianoche, con una expresión de
asombro en el rostro—. ¿Te has librado de la maldición? ¿Quién lo ha
conseguido? El guerrero tragó saliva, luego alargó bruscamente la mano, cogió
la muñeca de Medianoche y le retorció el brazo hasta que la daga cayó al suelo.
Luego Kelemvor hizo dar a Medianoche media vuelta, ésta perdió el equilibrio y
Kelemvor le pasó su fuerte brazo alrededor del cuello. Con el brazo libre,
Kelemvor aguantó a la maga para que no se cayese y le inmovilizó los brazos contra
el cuerpo. Varden y Adon irrumpieron en la habitación.
El ladrón rubio sacó su daga y Adon se apoderó de
la maza de guerra que le había dado el anciano cuando llegaron a su casa.
—¡Suéltala, perro zhentilés! —gritó el ladrón. —No lo haré hasta que haya dicho
lo que tengo que decir —dijo el guerrero—. De modo que quedaos donde estáis y
escuchad. —Adon dio un paso y Kelemvor apretó a la maga con más fuerza—. Si os
acercáis más, le romperé el cuello —mintió el guerrero. Cuando el ladrón y el
clérigo se quedaron quietos, Kelemvor empezó a contar su historia.
—Bane me ha enviado aquí para ganarme vuestra
confianza. Tenía que sacaros a todos de esta casa, seducir a Medianoche y
llevarla hasta lord Black. Adon soltó un juramento y escupió a los pies de
Kelemvor. —¿Cuánto te ha pagado, Kel? ¿A cambio de qué has comerciado con
nuestras vidas? Medianoche trató de desasirse, pero Kelemvor volvió a apretarla
contra sí. — Bane me ha librado de la maldición —dijo—, pero yo he mentido a
Bane, igual que él me ha mentido a mí. En ningún momento he pensado en
entregaros a él. Yo quiero ir a Tantras con vosotros y ayudaros a terminar esta
maldita misión... porque sois mis amigos. —El guerrero hizo una pausa y aflojó
la presión de su brazo—. Sin pago alguno a cambio. Sólo porque estoy preocupado
por vosotros. Kelemvor soltó a Medianoche y retrocedió. La maga se cayó allí
mismo, pero se quedó arrodillada donde había caído, dando la espalda al
guerrero. —Yo quiero creerte, Kel. No sé cómo puedo confiar
en ti después de todo lo que ha pasado..., pero
confío en ti.
—¡No puedes estar hablando en serio! —exclamó
Varden, luego dio un paso en dirección al guerrero—. Iba a matarte.
—No creo —dijo Adon en un tono suave, luego dejó la
maza—. Podía haberla matado mucho antes de que nosotros irrumpiésemos en el
cuarto, Varden. —El clérigo miró a Kelemvor, que le devolvió la mirada con los
ojos arrasados de lágrimas—. Yo sé de sufrimientos, Kel. El mío no es como el
tuyo, pero todo aquel que sufre sabe lo que es el deseo de poner fin a ese
dolor. —Adon se acercó a Kelemvor y le puso una mano en el hombro—. Quizá yo
también habría llegado a mentir a un dios para acabar con el mío. Para entonces,
el soldado sembio y el matrimonio propietario de la casa ya se habían
precipitado a la habitación. Se quedaron parados en la puerta y Varden murmuró
un juramento y se volvió hacia ellos.
—No pasa nada. Parece que han resuelto sus
diferencias sin ayuda de nadie — dijo.
—Bien, cuanto antes os vayáis, mejor —dijo la
anciana entrando en la habitación con una bandeja con comida.
Luego, el matrimonio anciano, Varden y el sembio
dejaron solos a los héroes.
Medianoche, Adon y Kelemvor estuvieron charlando
mientras éste comía. Y, aunque echaban de menos a Cyric, el corto tiempo que
los tres héroes pasaron juntos en la casa que les había dado cobijo fue el rato
más feliz que habían compartido desde hacía mucho tiempo.
Al cabo de una hora, después de haber recogido sus
pertenencias y conseguido caballos, ropa para Kelemvor y provisiones, los
héroes se marcharon de la casa. Varden se puso junto a Kelemvor al frente del
pequeño grupo. El ladrón sabía cuál era el mejor camino para atravesar la
ciudad, pero el guerrero sabía cómo evitar a los zhentileses. Los héroes ataron
a sus caballos a tres manzanas del puerto y siguieron a pie. Echaron un vistazo
al puerto y Kelemvor se relajó. A pesar de los zhentileses allí apostados, los
astilleros eran tan enormes que era imposible proteger la zona con cierto grado
de seguridad. Entre los héroes y el Reina de la Noche, un barco negro de
esclavos que los zhentileses utilizaban para transportar carga ilegal y evitar
impuestos, había un solo guardia.
—Si queremos escapar al bloqueo, necesitamos un
barco rápido y potente — dijo Varden mientras examinaban la galera negrera—.
¿Qué mejor que uno
de los mejores de Bane?
En la proa, un hombretón medio desnudo de brillante
pelo rubio estaba encadenado a un poste y soportaba los azotes del látigo del
capitán de la galera. El esclavo echaba maldiciones y amenazas a su verdugo y
los héroes pudieron ver el rostro del esclavo por un momento. Al hombre le
faltaba un ojo, como si se lo hubiesen sacado en el curso de una pelea.
—¿Has tenido bastante? —gritó el capitán de la
galera después de bajar el látigo. —¡Suéltame! —gimió el esclavo—. ¡Te
arrancaré los brazos de los hombros y te azotaré con ellos! Luego te arrancaré
la cabeza y... Furioso, el capitán volvió a emprenderla con el látigo. Las
amenazas del esclavo no cesaron. El capitán vestido de negro azotó al esclavo
hasta que éste se desplomó sobre sus rodillas con la cabeza colgando hacia
atrás y una expresión vaga en su único ojo.
—Bjorn el Tuerto se vengará —murmuró el esclavo
antes de perder el conocimiento.
—Llevadlo abajo —ordenó el capitán de la galera a
uno de los tres zhentileses que había en la proa—. Reanudaremos nuestra...
conversación cuando vuelva de la ciudad. Voy a buscar una moza que me alivie la
tensión. Los guardias se rieron y asintieron, luego se llevaron al esclavo a
rastras. En el muelle, Kelemvor se dirigió a Medianoche. —Quizá tú podrías...
La maga fulminó al guerrero con la mirada. —Aunque
fingiese ser una puta, no serviría de nada. Estos hombres tienen mi descripción
y descubrirían el engaño al cabo de un segundo. —Por aquí cerca, sólo hay un
lugar adonde puede ir el capitán de la galera y el dueño es amigo mío —dijo
Varden en voz baja—. Podemos cogerlo cuando esté dentro. Kelemvor observó cómo
el capitán de la galera, un hombre bajo, de fuerte constitución y con un espeso
y negro bigote, salía del barco y se acercaba al único guardia que había cerca
de los héroes.
—Deberíamos tenderle una emboscada en las sombras y
evitarnos así la molestia de tener que ir hasta allí —propuso Adon con voz
tranquila, luego levantó ligeramente la maza de guerra para poner énfasis a sus
palabras. La sugerencia de Adon sorprendió a Kelemvor.
—Yo estoy de acuerdo —dijo el guerrero sonriendo al
clérigo—. Pero sólo si se
presenta la ocasión mientras lo seguimos a ese
establecimiento del amigo de Varden. Los héroes intentaron seguir al capitán de
la galera, pero el hombre
corpulento tomó unas calles densamente vigiladas
por patrullas. Al cabo de unos minutos, lo habían perdido.
—No importa —murmuró Varden cuando los héroes se
ocultaron en una callejuela oscura—. Iba en dirección a la taberna Becerro
Cebado, como yo había pensado que haría.
El ladrón conocía un atajo y los héroes no tardaron
en llegar a una calle oscura y sucia adonde daba la puerta trasera de la
taberna. —Esperad aquí — susurró Varden. El ladrón se dirigió a la parte
frontal de la taberna y se metió en ella.
Unos minutos después, se abrió la puerta posterior
de la taberna y apareció
Varden, destacando contra la luz y sonriendo de
oreja a oreja. —¡Buenas
noches y bienvenidos al Becerro Cebado! —anunció el
ladrón con orgullo,
para luego hacer entrar a los héroes—. ¿Puedo
ofreceros algo? Kelemvor dejó
pasar a sus aliados y luego cerró la puerta. La
habitación en la que entraron
era muy pequeña y estaba decorada con unos hermosos
y abigarrados velos
que colgaban de varios puntos de la pared y del
techo. Unas linternas
iluminaban el cuarto y unas sombras azuladas y
rojas bailaban sobre los
rostros de los héroes. Una cama, una mesa y unas
cuantas sillas completaban
el mobiliario. —El capitán de la galera se llama
Otto —informó Varden—.
Mi novia lo traerá aquí de un momento a otro. —Se
volvió a Kelemvor, que
había cogido una pequeña silla—. Vigila y no le des
a la muchacha.
Medianoche se echó a reír.
—¿Te vas a casar?
Varden se encogió de hombros.
—He estado haciéndole promesas a esa muchacha para
lograr que no ponga objeciones a mis planes disparatados... como éste. —Se
detuvo y sonrió—. Además, su padre es el dueño de la taberna. Su familia tiene
dinero. Se oyó un ruido al otro lado de la puerta y desde su posición junto a
ésta, Kelemvor exigió silencio con un gesto. Los otros héroes se agazaparon al
otro lado de la puerta, fuera del campo de visión de cualquiera que fuese a
entrar. El olor a licor malo entró en la habitación antes que el capitán de la
galera y, cuando se abrió la puerta, se oyó ruido de fiesta procedente de la
sala. Otto, el capitán de la galera, entró dando traspiés en el cuarto del
brazo de una hermosa mujer de rasgos maravillosos. Vestía una túnica dorada que
llevaba ceñida y resaltaba su perfecta figura. Su cabello era del color de la
miel, a juego con su ropa. Brillaban en sus dedos, cuello y muñecas collares,
pulseras y anillos.
Había cautivado completamente la atención del
capitán.
Kelemvor hizo una mueca. La mujer estaba en la
parte de la puerta donde se hallaba él, pero cuando entró en el cuarto, lanzó
un grito, tropezó y se cayó hacia delante. El capitán de la galera se inclinó
instintivamente y Kelemvor le estrelló la silla en la cabeza. Varden cerró la
puerta con llave. —Quiero un anillo y una ceremonia —le dijo la mujer de pelo
dorado a Varden— . Se acabó eso de entrar a hurtadillas en medio de la noche.
¡Ah, y quiero casarme en la casa de los Archivos! ¿Me has comprendido, Varden?
El ladrón abrió la boca.
—Además, ni hablar de seguir robando. Nunca has
conseguido convencerme de que sea una forma loable de ganarse la vida. Yo
pensaba que podrías aprender con papá
y luego...
—¡Cállate y bésame! —dijo Varden, luego la agarró
por la muñeca, tiró de ella y la estrechó contra sí. Sus labios se encontraron
y el beso duró lo suficiente para que Kelemvor tuviese tiempo de arrastrar a
Otto hasta la cama e instalarlo en ella. La novia de Varden suspiró.
—Yo pensaba que iba a tener que hablar de nuestros
viejos tiempos antes de que tuvieses ganas de hacerlo.
Varden sonrió satisfecho y se volvió a los héroes.
—Os presento a Liane. Ésta se inclinó ligeramente, luego miró a Otto. —¿Qué
vais a hacer con él? —La pregunta, amor mío es, ¿qué vamos a hacer con él?
—dijo Varden. Adon observaba a los enamorados en silencio. Hubo un tiempo, no
hacía mucho, en que él había interpretado el papel de Varden: el enamorado, el
insensato. Liane se fijó en el clérigo y se estremeció cuando vio la cicatriz
que cruzaba su rostro. Adon se había acostumbrado a esta reacción, pero un ligero
escalofrío recorrió su columna vertebral. Se volvió para abrir la puerta y
cerciorarse de que el callejón estaba vacío. Veinte minutos después, Varden y
Liane arrastraban al capitán de vuelta al barco. El guardia se acercó y el
capitán murmuró algo incoherente. Del hombre salió el aliento que olía a vino
barato.
—Ha empinado un poco el codo —dijo Varden, lo
bastante alto como para que los héroes pudiesen oírlo desde su escondite a unos
metros de distancia. El guardia se rió, hizo unas cuantas bromas de mal gusto e
indicó al trío que siguiese.
—¡Oye, eres una cosita preciosa! —comentó el
grosero guardia del puerto a
Liane cuando advirtió que la mujer lo miraba con
una sonrisa maliciosa—. Si entras en ese barco, no volveré a verte. ¡Todos esos
refinados jóvenes de a bordo no te dejarán salir nunca!
Después de dejar a Varden debatiéndose para
aguantar a Otto, Liane se acercó con mucha parsimonia al guardia.
—¿Qué otras alternativas tengo? —preguntó Liane
mientras daba vueltas alrededor del guardia.
El hombre se volvió para seguir a Liane con los
ojos y, cuando estuvo de espaldas a la pasarela del barco, Kelemvor y los demás
salieron de las sombras y corrieron a ayudar a Varden con Otto. Liane echó la
cabeza hacia atrás y se pasó las manos por el pelo, después las fue bajando
lentamente por su suave y exquisito cuello para luego dejar que las manos se
juntasen y siguiesen una línea recta hasta el fajín de su cintura. El guardia
suspiró.
Al cabo de un rato, Varden y los héroes ya habían
subido a Otto a bordo del
Reina de la Noche. La maga, Kelemvor y Adon se
escondieron cuando
Varden dijo en voz
alta:
—¡Hermosa dama, se está poniendo un poco pesado y
tú eres el botín que ha ido a buscar a tierra, no yo, un humilde servidor!
Kelemvor movió la cabeza ante la exagerada actuación del ladrón. En la
pasarela, Liane se despidió del guardia y le prometió visitarlo cuando volviese
del barco. Mientras se dirigía a la galera, trató de parecer tranquila y
despreocupada, si bien no dejaron de temblarle las manos. Los héroes
arrastraron al capitán de la galera por las sombras hasta la bodega, donde
estaban los esclavos. Bjorn el Tuerto estaba sentado en su sitio y no paraba de
maldecir entre dientes. De pronto, el cuerpo del capitán de la galera cayó
delante del
esclavo y éste estuvo a punto de saltar en su
asiento. Kelemvor sonrió al esclavo y abrió
la chaqueta del capitán para dejar al descubierto
un enorme manojo de llaves que el hombre llevaba sujeto a la cintura.
—¡Apuesto a que es algo que no esperabas ver esta
noche! —observó Kelemvor con tono gentil mientras arrancaba las llaves del
capitán quejumbroso y se las entregaba a Bjorn.
—Era un amo cruel —comentó uno de los esclavos
desde las sombras de la bodega—. Nos pegaba..., nos azotaba... sin razón
alguna. —¡Nadie escapaba a su castigo! —exclamó otro esclavo. El flujo de
condenas aumentó, pero los
gritos cesaron bruscamente cuando se oyó el
chasquido agudo y metálico que produjo Bjorn al abrir sus grilletes. El hombre
se levantó, un poco inseguro al principio, pero erguido y orgulloso. De hecho
el esclavo dominaba a los héroes en altura.
Bjorn cogió al capitán de la galera por el pelo y
lo obligó a mirarlo. —¿Te acuerdas de la promesa que te hice hace un rato sobre
lo que iba a hacer con tus brazos y tus piernas? —preguntó el esclavo. Luego
cogió una abrazadera metálica y la colocó alrededor del cuello de Otto—. Sigue
pensando en ello. —El hombre tuerto se volvió a los héroes—. ¿Habéis venido a
liberarnos? ¿Por qué? ¿Qué queréis a cambio?
El guerrero sonrió y se acarició el pelo. —Que nos
llevéis sanos y salvos a Tantras. Luego el barco será vuestro — contestó
Kelemvor.
Bjorn escudriñó al guerrero con su único ojo bueno.
Una sonrisa fue iluminando su rostro y lanzó el manojo de llaves al siguiente
esclavo. —Un trato justo —decidió Bjorn, luego miró al considerable grupo de
esclavos—. ¿Qué decís vosotros?
Mientras los esclavos se iban desprendiendo, uno a
uno, de los grilletes, se produjo un gran alborozo. La bodega se llenó de
gritos de lealtad para con el nuevo capitán del Reina de la Noche, Bjorn el
Tuerto. —¿Quién de vosotros quiere volver a ver las estrellas? —preguntó Bjorn.
Los esclavos lanzaron gritos de aprobación.
Momentos después, la pequeña escaramuza que se
produjo en el Reina de la Noche entre los esclavos liberados y los pocos
marineros zhentileses que había aún en el
barco no escapó a la atención del guardia del
puerto. Cuando los zhentileses empezaban a ser arrojados por la borda, se oyó
la voz de alarma. En el barco, Kelemvor vio que Adon estaba golpeando a un
zhentilés con su maza de guerra. El soldado seguía con vida y el clérigo se
disponía a volver a golpearlo cuando Kelemvor levantó la mano.
—Deberíamos dejar algunos como rehenes. ¡Quizá
tenga alguna información que nos pueda servir! —ordenó Kelemvor, bajando la
mano del clérigo. —En ese caso, será mejor que metamos a los prisioneros a buen
recaudo en la bodega —indicó el clérigo.
Adon miró en dirección al puerto e hizo una mueca.
Había sonado la alarma y unos cuantos soldados corrían hacia el barco. —Habría
apostado a que eran menos perspicaces —comentó Kelemvor, luego se volvió a
Bjorn—. ¡Haced
lo que tengáis que hacer! ¡Pero sacadnos de aquí!
La batalla con los pocos zhentileses que habían subido a bordo de la galera fue
muy corta. A pesar de su entrenamiento y de sus armas de mejor calidad, los
zhentileses no pudieron compensar el gran número de esclavos que los esperaban
a bordo del barco. Cuando la lucha terminó, Bjorn ya había ordenado a tantos
esclavos como pudo
que tomasen posiciones en los remos. El hombre
tuerto era ahora el capitán de la galera.
El rítmico son de los cabrestantes llenó el espacio
y el Reina de la Noche no tardó en levar anclas y apartarse del muelle.
Poco después de haber dejado el puerto, Medianoche
fue corriendo en busca de Kelemvor.
—¡Mira aquello! —exclamó, señalando la ciudad de
Valle del Barranco. Dos de los barcos de Bane habían salido en persecución de
la galera capturada. — ¡Estupendo! —exclamó Bjorn cuando le dieron la noticia—.
Esos perros no nos han dado elección. ¡Volveremos y lucharemos! No había pasado
mucho rato, cuando el barco bullía de actividad y el Reina de la Noche volvía
para interceptar al barco zhentilés que estaba más cerca. Las catapultas de
cubierta fueron cargadas con todo aquello que los hombres pudieron encontrar,
incluidos los cadáveres de los zhentileses que no habían sido todavía arrojados
por la borda.
Cuando el Reina se fue acercando y Kelemvor oyó los
gritos procedentes del barco enemigo, comprendió que los zhentileses no estaban
preparados para aquella batalla. La mayoría de la tripulación estaba
probablemente en tierra de permiso, celebrando la caída de la ciudad Valle del
Barranco con la tripulación del Reina de la Noche y el resto de las fuerzas de
Bane. —¡Avante con el espolón! —gritó Bjorn, en cuyo ojo sano había un brillo
de demencia.
Los barcos colisionaron y se abrió un boquete en el
lateral del barco zhentilés que los perseguía. El Reina de la Noche se apartó y
el segundo barco zhentilés se dirigió a recoger a los supervivientes. Momento
que aprovechó el Reina para adentrarse en el estrecho del Dragón. Pero antes de
que la galera pudiera poner una distancia de diez nudos entre ella y el otro
barco zhentilés, se oyó un grito en el puente. Kelemvor levantó la vista y vio
una espantosa forma flotando en el aire sobre la galera. Kelemvor tuvo la
sensación de que se le helaba la sangre cuando cayó en la cuenta de que Bane
podía haber
descubierto su traición. Sejanus había escapado a
los juegos de armaduras animadas y estaba ahora sentado sobre su monstruoso
corcel, dispuesto a atacar a la galera. Las bolas del asesino giraban en el
aire. El guerrero miró hacia la proa y vio a Medianoche a punto de lanzar un
hechizo. —¡Sal de ahí! —gritó Kelemvor, pero era demasiado tarde. Las bolas
volaban ya por el aire. Unos segundos bastarían para que aquella arma mortal
envolviera el torso de Medianoche y la arrojara por la borda al agua. Sejanus
tendría por fin a su prisionera.
De repente, apareció Varden junto a la maga y la
echó a un lado de un empujón. Las bolas se envolvieron alrededor del cuello del
ladrón y Medianoche oyó un ruido seco y espantoso cuando se rompió el cuello de
su amigo. Varden cayó por la borda, ya muerto. —¡No! —gritó Medianoche.
Acudió a su mente el recuerdo de Cyric arrastrado
por la corriente del Ashaba. Volvió a levantar las manos. Sus dedos se movieron
vertiginosamente como el azogue y el ensalmo salió de sus labios tan
atropelladamente que sonaba a un galimatías. El asesino frenó a su caballo
volador y se quedó suspendido en el aire un instante, consciente de pronto de
la envergadura de su error. Una espiral de luz saltó de las manos de Medianoche
y se estrelló contra el agua que había bajo Sejanus. Éste se asombró al descubrir
que el hechizo no le había causado ningún daño. Cualquiera que fuese el
sortilegio que hubiese intentado lanzar la maga, no había dado resultado.
Después de ordenar a su caballo que descendiese hacia su presa, el asesino
cargó contra
el Reina de la Noche.
Pero, mientras Sejanus cabalgaba por el aire, con
el corcel que montaba dejando ardientes pisadas en el cielo, surgió del agua
verdosa que rodeaba la galera un grupo de tentáculos negros y enormes. Después
de sacar un cuchillo de su bota, el asesino miró hacia abajo y vio aquel
horrible espectáculo. Docenas de patas babosas que no dejaban de retorcerse se
elevaban hacia él y se enredaban en las patas de la bestia. Sejanus pensó que
aquello no era más que una ilusión, que aquella ficción no podía causarle daño.
Se equivocaba.
Los tentáculos agarraron al asesino y a su caballo
y los fueron arrastrando cuidadosa y metódicamente. Cuando la última pata negra
se hundió en el estrecho del Dragón, Medianoche sufrió un colapso. Los pocos
fragmentos de
la armadura de Sejanus que se habían quedado
flotando un momento después de caer al agua se hundían ahora bajo las olas
ensangrentadas. Transcurrieron varias horas y Medianoche seguía sin hablar. Le
habían comunicado a Liane la muerte de Varden y también ella se encerró en sí
misma. A mediodía del día siguiente, Medianoche se reunió con Kelemvor en los
alojamientos privados que Bjorn había destinado a sus huéspedes. La maga estaba
todavía muy conmocionada. —¿Cómo pude hacerlo? —preguntó cuando entró en la cabina.
—Se merecía morir —repuso Kelemvor con voz fría e indiferente—. Un asesino no
tiene remordimientos. No le importa el dolor que causa a quienes deja detrás de
sí. Has hecho un favor a los Reinos.
—No me refería a eso —dijo Medianoche—. Sino al
hechizo que utilicé. Tenía que haber sido un hechizo de bola de fuego. Eso fue
todo lo que tuve tiempo de aprender mientras estuvimos refugiados en aquella
casa. Pero ha salido otra cosa. Algo completamente distinto. Kelemvor se
encogió de hombros.
—La magia es inestable, ¿acaso no lo recuerdas?
Ambos lo sabemos. Medianoche sacudió la cabeza, en un intento de apartar unas
preguntas no deseadas que habían ido naciendo en su mente desde el incidente.
—¿Se trata sólo de eso? —preguntó la maga. Kelemvor advirtió la aprensión en la
voz de su amada. —Sí —la tranquilizó—. ¿Qué otra cosa podía haber sido?
Medianoche se estremeció.
—Basta de charla —dijo ella para luego estrecharse
en un abrazo—. Hemos estado separados demasiado tiempo como para pasarnos el
día hablando. Kelemvor la besó, luego sonrió.
—Ya te dije que algún día tendríamos tiempo para
nosotros —le recordó en tono cariñoso.
Los enamorados no salieron de la cabina hasta el
día siguiente. En cubierta, vieron a Adon hablando con Liane. El clérigo
desfigurado tenía una reconfortante mano sobre la espalda de la mujer y le
señalaba el mar. Liane olió la flor que tenía fuertemente agarrada entre las
manos, luego se inclinó sobre la barandilla y miró al este, hacia Valle del
Barranco y el lugar donde se había hundido el cuerpo de Varden. —Te perdono
—dijo en voz baja, luego arrojó la flor a las aguas del estrecho del Dragón.
11
Tantras
Bane estaba furioso. La noticia del secuestro del
Reina de la Noche y la huida
de Medianoche de la ciudad Valle del Barranco lo
había puesto en tal estado de ánimo que se negó a hablar con nadie en todo el
día. Ahora, sentado en sus aposentos de la ciudad Valle del Barranco, el dios
caído murmuraba y maldecía a solas. De pronto se abrieron las puertas de su
aposento y entró la hechicera Tarana Lyr. La excéntrica rubia babeaba
prácticamente de excitación. —¿Por qué me molestas cuando he dado órdenes
estrictas de que quería estar solo? —gritó Bane con los puños apretados. La
hechicera respiró hondo.
—Hay un hombre que desea veros, lord Bane. Está
esperando fuera. —¿Un hombre? —preguntó Bane colérico—. ¿No es un dios? La
rubia hechicera miró a lord Black con una expresión de perplejidad. —¿Un dios,
lord Bane? El dios de la Lucha cerró los ojos en un intento de controlar su
ira. —La presencia de otro dios es lo único que habría justificado que
interrumpieses mi meditación. No las súplicas de un mortal. —Creo que a este
mortal lo recibiréis —dijo Tarana suavemente. La hechicera se balanceaba de
atrás adelante y de adelante atrás sobre los talones. Bane se agarró a los
brazos del trono e hizo una mueca antes de decir: —No me fío de ti, maga, pero
hazlo pasar. Tarana Lyr atravesó la estancia y abrió la puerta de par en par.
—Te recibirá ahora —anunció con voz dulce desde la puerta. Un hombre moreno y
delgado entró en la estancia y la hechicera cerró suavemente la puerta detrás
de él.
Bane dio un respingo y saltó del trono, consciente,
repentina y alarmantemente de que Fzoul había vuelto a tomar posesión de su
cuerpo. — ¡Tú! —gritó el sacerdote, furioso, y el recuerdo de Cyric lanzando
una flecha al hombre pelirrojo en el puente Ashaba acudió a la mente que
compartía con el dios de la Lucha. La cólera del sacerdote había hecho que la
conciencia de lord Bane se retirase a lo más recóndito de su ser. Fzoul tendió
la mano a la hechicera—. ¡Dame tu daga! Cyric se quedó paralizado y en su frente
apareció una fina película de sudor. —Lord Bane, debéis escucharme...
Fzoul cogió el arma de manos de Tarana y avanzó
hacia el ladrón. —¡Nada de Bane, imbécil! Hoy será Fzoul Chembryl quien derrame
tu sangre. El ladrón de nariz aguileña se alejó del sacerdote pelirrojo
retrocediendo. Pero no había mucho espacio para maniobrar en aquella habitación
y un solo paso en falso podía significar la muerte. Cyric no podía arriesgarse
a sacar un arma. Si mataba a la mutación de Bane, la explosión podía arrasar
toda la ciudad portuaria de Valle del Barranco... o el dios caído podía escoger
su
cuerpo como avatar. Peor todavía, la rubia
hechicera, sin dejar de sonreír, estaba canturreando y parecía estar
preparándose para lanzar un hechizo.
El sacerdote pelirrojo hizo una finta a la
izquierda, luego desplazó el cuerpo a la
derecha y se abalanzó sobre Cyric. Ambos hombres
cayeron al suelo. El ladrón se
golpeó la cabeza en la caída y Fzoul dirigió la
daga al ojo derecho de Cyric, pero luego se detuvo. Los ojos del sacerdote se
volvieron rojos y Bane, sin dejar de mirar a los ojos de Cyric, desorbitados
por el terror, se puso a sonreír. —A veces la cólera de Fzoul me sorprende
—dijo lord Black con mucha naturalidad mientras se apartaba del ladrón y
devolvía la daga a la hechicera—. Tiene una capacidad para odiar superior a la
mayoría de los dioses. Exceptuándome a mí, claro.
—No vale la pena enojarse, lord Bane —dijo Cyric
mientras se ponía de pie. Bane dio la espalda a Cyric y subió al trono. —No
esperaba verte, ladrón — observó el dios de la Lucha—. Mis asesinos me
informaron de que estabas muerto. Claro que mis asesinos no son muy de fiar
últimamente.
Cyric movió la cabeza y en su rostro apareció una
expresión de perplejidad. —¡Un momento! ¿Qué le ha pasado a Fzoul? —quiso saber
Cyric, todavía aturdido.
Después de arrellanarse en el trono, el dios se
echó a reír y se dio una palmada en la frente.
—El sacerdote se debate para liberarse... aquí.
Hemos hecho un trato, ¿sabes? Él hace algunas cosas para mí y yo le dejo
despotricar contra su suerte y maldecir al mundo. A veces pierde los estribos.
—Lord Black hizo una corta pausa, luego sonrió—. Algún día será castigado.
Bane se puso a mirar a la pared y estuvo un momento
escuchando los gritos de venganza de Fzoul. Cuando se volvió de nuevo al
ladrón, la sonrisa de su rostro había desaparecido.
—Veo que llevas mis colores, Cyric.
Éste bajó la vista al uniforme zhentilés que había
cogido de la Compañía de los Escorpiones.
—Supongo que sí —repuso Cyric con voz ausente.
—¿Por qué has venido aquí, ladrón? —preguntó gravemente el dios de la lucha—.
Deberías saber que todo lo que puedes esperar de mis manos es una muerte lenta
y dolorosa. Al fin y al cabo, estás aliado con unas fuerzas que buscan mi
destrucción y la
caída de mi imperio.
—Ya no es así, lord Bane —negó terminantemente
Cyric—. He entrado en Valle del Barranco con una tropa de zhentileses compuesta
de doscientos hombres, y todos leales a mi mando.
—Ah, ya veo. —Bane sonrió con disimulo—. Pretendes
usurpar mi poder. ¿Debo abdicar ahora mismo, «lord» Cyric?
El ladrón de nariz aguileña permaneció
completamente inmóvil, con los brazos en los costados, las manos abiertas y las
palmas hacia el dios. La hechicera se acercó a Cyric y entornó los ojos para
mirarlo. A continuación empezó a girar en torno al hombre y lo estudió desde
todas los puntos estratégicos. —No tengo intención de desafiaros —dijo Cyric,
ignorando a la sonriente loca que seguía dando vueltas a su alrededor—. Deseo
ofrecer mis servicios a tu causa. Una singular carcajada brotó de los labios de
lord Black. En su mente, Fzoul estaba gritando.
No puedes confiar en él, gritaba el sacerdote
pelirrojo al dios de la Lucha. Nos
traicionará. ¡Ese ladrón nos destruirá a ambos!
Bane farfulló una serie de amenazas de terrores
imaginarios a fin de ahuyentar a la conciencia de Fzoul. Tu atrevimiento puede
hacer que te ponga bajo su mando cuando
ya no necesite de tu cuerpo, Fzoul, dijo
sarcásticamente el dios caído a la mente de su
mutación cuando aquélla se iba retirando. El dios
miró al mortal que estaba delante de él. —Explícame por qué debo creerte —dijo
Bane gruñendo, sin asomo de sonrisa en el rostro—. Tu amigo maldito, Kelemvor,
ya ha jugado así conmigo. Hizo un pacto y luego renegó de su acuerdo apenas
tuvo la oportunidad. ¿Qué garantía tengo yo de que tú no vas a hacer lo mismo?
Cyric dio un respingo cuando oyó el nombre del guerrero. Quizás, a pesar de
todo lo que había ocurrido, sus antiguos aliados estaban todavía con vida. Se
apresuró, sin embargo, a apartar de su mente a Medianoche y a Kelemvor y se
concentró en la pregunta de lord Black. La respuesta era bastante obvia. —
Ninguna —contestó el ladrón con voz firme. Bane levantó una ceja.
—Por lo menos eres sincero. —El dios de la Lucha
hizo una pausa, luego se levantó—. Dame alguna prueba de que apoyas mi causa.
Háblame de la maga. Cyric se puso a contarle a lord Black mas de lo que nunca
hubiese pensado que contaría. Informó a Bane de casi todo lo que había ocurrido
desde que conoció a Medianoche en la ciudad
amurallada de Arabel hasta que se separó en el Ashaba. —Estoy intrigado —dijo
Bane, sin dejar de pasearse de arriba abajo delante del trono—. No sé por qué,
pero creo que me estás diciendo la verdad. —Y así es —le dijo Cyric al dios—.
He superado muchas pruebas sin perder la vida para ofrecer mis servicios a tu
causa. El ladrón sonrió y explicó seguidamente la complicada serie de engaños
que lo habían mantenido con vida desde que Yarbro y Mikkel lo encontraron en la
orilla del Ashaba hasta el presente. Tarana estaba junto al ladrón con los
brazos cruzados sobre el pecho y se abrazaba fuertemente mientras Cyric
relataba de forma natural todos aquellos incidentes de sangre y de violencia.
Cuando Cyric dio por terminada su sangrienta historia, Bane movió la cabeza.
—En las últimas semanas has traicionado todo aquello que antes apreciabas. ¿Qué
puedo ofrecerte yo que tanto ansíes?
—Poder —espetó Cyric, con un énfasis algo
excesivo—. El poder de hacer que un imperio se tambalee en un solo día.
Los labios de lord Black temblaron de satisfacción.
—Ladrón, tus palabras parecen más las de un rival que las de un aliado. Cyric
dio un paso en dirección al trono. —Los Reinos son muy vastos, lord Black.
Cuando los hayáis conquistado en su totalidad, estaréis sin duda en disposición
de destinarme un pequeño reino. Al fin y al cabo, un verdadero dios no puede
tomarse la molestia de atender las insignificantes operaciones cotidianas de
todo un mundo. —El ladrón hizo una pausa y se acercó otro paso al dios de la
Lucha—. Dadme un reino para gobernar. Lord Black estaba atónito. —Tienes un
pico de oro, Cyric. A pesar de que ello resultaría divertido, quizá no debería
desperdiciar tu talento matándote aquí mismo. —Bane indicó a la hechicera con
un gesto que se acercase. Ella se había retirado a un rincón cerca de la
puerta—. Que liberen a Durrock de sus tormentos y lo traigan aquí. Vamos a
darle al ladrón una oportunidad para que se ahorque solito. Después de hacer
una reverencia, Tarana salió de la estancia. Cuando ella se marchó, Bane se
acercó al ladrón. —Ahora que mi loca ayudante se ha marchado, dime, ¿hay algo
sobre la maga que no me hayas dicho?
Un nombre acudió a la mente de Cyric. El verdadero
nombre de Medianoche. Estuvo a punto de decirlo, pero lo pensó mejor. Con
aquella información,
lord Black
podía apoderarse del alma de la maga en un instante
y Cyric no estaba convencido de que ello fuese conveniente. Por lo menos, de
momento. —No
—contestó Cyric mirando a los ojos del dios—. Nada.
La puerta de la habitación se abrió y Durrock, encadenado, fue llevado ante
lord Black. Cyric retrocedió al ver el rostro desfigurado del asesino. Luego se
dio cuenta de que las cicatrices de quemaduras eran muy antiguas. Sin embargo,
algunas de las cicatrices de su cuerpo eran recientes.
—Hoy estoy de un humor indulgente, Durrock. Estoy
seguro de que no durará mucho —dijo Bane al asesino, luego regresó al trono—.
Tengo un trabajo para ti, asesino. Irás a Tantras con este ladrón y espiarás a
sus antiguos aliados. Tú los conoces muy bien, puesto que los has escoltado
hasta la ciudad de Valle del Barranco. Durrock se puso rígido y agachó la
cabeza. Antes de que el asesino se humillase, Cyric vio un intenso odio brillar
en los ojos de Durrock. —Como ya te he dicho con anterioridad —continuó Bane —,
no quiero que la maga muera. El clérigo me es indiferente. En cuanto al
guerrero, Kelemvor Lyonsbane, quiero que su cabeza esté adornando una de las
entradas de este edificio lo antes posible. ¿He hablado con suficiente
claridad? —preguntó Bane en un tono áspero y desabrido.
—Sí, lord Bane —contestó Durrock, con una voz que
era más bien un gruñido. —¿Tú tienes alguna pregunta? —dijo Bane cuando vio que
Cyric no contestaba. El ladrón hizo un gesto de asentimiento con la cabeza,
miró a Durrock y luego de nuevo a Bane.
—¿Qué hacemos si descubren el lugar donde está
el... objeto del que hemos hablado? ¿Qué hacemos si tratan de llevárselo de
Tantras? Bane frunció el entrecejo y se agarró con fuerza al trono. —En ese
caso, Cyric, tendrán que morir todos. Dos días habían transcurrido desde que
los héroes abandonaron el puerto de Valle del Barranco en la galera
secuestrada. Durante la noche, un punto brillante en el horizonte había
indicado la localización de la ciudad adonde se dirigía el Reina de la Noche.
Nadie se explicaba la causa de aquella luz misteriosa, pero a medida que el
barco se acercaba a la ciudad, el brillo se fue
intensificando. Aparte de aquella luz extraña, el viaje por el estrecho del
Dragón transcurrió sin incidentes, los esclavos se paseaban por turnos por
cubierta y gozaban de la sensación del calor del sol en sus rostros. Adon, como
siempre, seguía encerrado en sí mismo. Medianoche repartía su tiempo entre
largas horas con su libro de hechizos y maravillosos y tiernos momentos de amor
con Kelemvor. Después de la huida de Valle del Barranco, el guerrero se mostraba
relajado como Medianoche jamás lo había visto, si bien de vez en
cuando le preocupaba que la maldición no hubiera
desaparecido para siempre. A pesar de que la maga también se sentía feliz, se
preguntaba inconscientemente si Kelemvor no sería más feliz volviendo a la vida
aventurera, quizás incluso navegando con Bjorn y su tripulación. Asimismo, se
preguntaba si el guerrero deseaba seguir aquel camino en lugar de ir a
arriesgar su vida en Tantras. Esta pregunta no tardó en empezar a atormentar a
Medianoche. Unas circunstancias parecidas habían roto el vínculo que unía a los
enamorados en el valle de las Sombras y ella no quería que se repitiese la
misma historia. Finalmente, un día, horas después del desayuno y cuando estaban
cerca de la borda, contemplando las olas que tenían delante y la oscura y
abrupta línea de la costa a la que se acercaban a gran velocidad, decidió
abordar la cuestión con Kelemvor.
—Voy a ir contigo —le dijo Kelemvor con toda
sencillez—. No tengo otro
destino que permanecer a tu lado. —Al cabo de un
rato, miró a la maga con expresión grave—. Por tu parte, creo que tienes un
gran destino, un camino que te han trazado los propios dioses.
—Pero Kelemvor, ¿acaso seguir mi camino y dejarte
llevar por el cumplimiento de mi destino, no es otra maldición? —preguntó
sombríamente Medianoche—. Vas a tener menos control sobre tu vida que antes. El
guerrero la tomó en sus brazos y la besó. Antes de darse cuenta siquiera de lo
que iba a decir, las siguientes palabras escaparon dulcemente de los labios de
Medianoche: —Te quiero.
—Y yo a ti —susurró Kelemvor, y volvió a besarla.
Los enamorados permanecieron un momento el uno en brazos del otro—. No
tardaremos mucho en llegar a tierra —dijo por fin el guerrero de los ojos
verdes, y suspiró—. Debemos avisar a Adon. —Los enamorados, cogidos del brazo,
se alejaron de la proa. Diez minutos después, Medianoche y Kelemvor encontraron
a Adon en el puente. Bjorn y Liane se reunieron con ellos. Se divisaba Tantras
en la lejanía. —No es tan grande como Valle del Barranco, pero no es muy diferente
—dijo Bjorn a los héroes—. ¿Estáis seguros de que no preferís ir a Ciudad Viva?
—Tenemos un trabajo que hacer en Tantras — dijo Adon, cuyos ojos se fueron
apagando mientras hablaba.
Una hora después, el Reina de la Noche entraba en
el puerto de Tantras. El cabo de una rocosa estribación se adentraba en el
estrecho del Dragón y formaba una elevada pared natural con una gran hendidura
en su centro; el
barco se dirigió hacia esta abertura situada en la
parte sur de la pared. Unas grandes catapultas guardaban el puerto desde
distintas posiciones situadas a lo largo de la parte interior. El puerto estaba
a rebosar de barcos y los vigías indicaron al Reina de la Noche que izase su
bandera. —¡Parada inmediata! — ordenó Bjorn, luego se volvió a los héroes—. No
tenemos ninguna bandera para izar, por consiguiente no podemos acercarnos más.
Vosotros podéis coger uno de los botes de remos y llegar a la orilla. No se
preocuparán de nosotros cuando vean que baja alguien y entonces daremos media
vuelta. — Me parece bien —dijo Kelemvor, y le dio una palmada en la espalda al
capitán. Cada uno de los héroes llevaba una bolsa de viaje bien provista y
éstas estaban llenas de oro procedente de las arcas del barco zhentilés,
deferencia de Bjorn y su tripulación. Los héroes bajaron por la escala de
cuerda hasta uno de los botes. Mientras se instalaba en él, Medianoche parecía
nerviosa y no dejaba de mirar hacia tierra. Kelemvor comprendió que recordaba
sus muchos accidentes casi fatales en el Ashaba y le cubrió una mano con la
suya.
—Yo remaré —dijo Adon en un tono que no dejaba
lugar a réplica alguna, y dejó así a los enamorados tranquilos .
El clérigo soltó las amarras que sujetaban el bote
y luego levantó la vista al Reina de la Noche, donde el capitán se despedía de
ellos con la mano. Adon empezó a guiar el
pequeño bote hacia Tantras.
—Si nos hubiésemos quedado con Bjorn, los tres
habríamos podido empezar de nuevo —dijo Medianoche viendo cómo se alejaba la
galera secuestrada. —Lo dudo —repuso Kelemvor—. Dentro del reducido espacio de
un barco, al cabo de una semana nos estaríamos peleando y, al cabo de un mes,
habríamos llegado a las manos.
—¿Tan poca confianza tienes en nuestra relación?
—preguntó Medianoche sinceramente sorprendida.
—En absoluto —contestó el guerrero, para luego
pasarle un brazo por la cintura—
. Pero
ambos necesitamos algo de peligro en el aire y espacios abiertos por donde
vagar, ¿no es así? Hace que la vida sea un poco más excitante. Medianoche lanzó
una corta, aguda y amarga carcajada. —He hablado con los dioses y he visto cómo
se destruían entre sí, he sido juzgada por el asesinato del mago más poderoso
de los valles y sentenciada a muerte. Estuve
a punto de ahogarme en el Ashaba y los soldados de
un dios chalado me han perseguido como a un perro. Sea o no el destino, un poco
de aburrimiento no me vendría nada mal en estos momentos.
Cuando el bote llegó a cien metros del puerto, los
guardias señalaron a los héroes una pequeña bahía que había cerca del extremo
norte del puerto. Una reducida delegación de hombres, que incluía dos soldados
armados con espadas y arcos con el símbolo de Torm —un guantelete de metal—
recibió a los héroes cuando éstos saltaron de la embarcación y la amarraron.
—Por favor, exponed el asunto que os ha traído aquí
—les dijo el hombre de mediana edad que encabezaba la delegación y en cuyo
rostro aparecía una expresión de aburrimiento.
Medianoche explicó todo lo que les había sucedido
en la ciudad de Valle del Barranco. Omitió, sin embargo, el verdadero propósito
de su viaje a Tantras. —Si habéis hecho de lord Black un enemigo vuestro, todo
Tantras es ahora vuestro aliado. Me llamo Faulkner —les dijo el hombre de
mediana edad con sincera alegría.
Mientras se dirigían al muelle, Kelemvor se volvió
a Faulkner y le preguntó: —¿De dónde viene esa extraña luz que aparece en el
cielo por la noche en estos contornos? ¡Empezamos a verla desde el barco cuando
acabábamos de atravesar la mitad del estrecho del Dragón!
—¿Por la noche? —preguntó Faulkner, y lanzó un
bufido—. La noche ya no cae sobre Tantras desde el día del Advenimiento, cuando
acudió lord Torm, el dios de la Lealtad.
—¿No tenéis noche? Debe de ser bastante
desconcertante —murmuró Kelemvor. —Tantras es la ciudad de la eterna luz
—añadió Faulkner, encogiéndose de hombros—. Nuestro dios nos marca las horas
del día; pone lealtad en nuestros corazones y razón en nuestras mentes. No hay
nada desconcertante en todo esto. Medianoche advirtió que Adon estaba temblando
ligeramente. Fuese miedo o rabia lo que se encerraba dentro del joven
desfigurado, era evidente que las palabras de Faulkner lo habían trastornado.
El clérigo se alejó de la delegación en silencio. —Debéis excusar a Adon —les
explicó Medianoche desesperada, en cuya voz era evidente el miedo de insultar a
los soldados. Uno de los miembros de la delegación empezó a seguir al clérigo.
—No hay que preocuparse —le dijo un soldado llamado Sian. Se trataba de un
joven con cejas muy pobladas y cabello rizado y negro—. Está bastante claro que
vuestro amigo era clérigo. ¿Desde cuándo
ha perdido su sendero? Mientras seguían lentamente
los pasos de Adon por el muelle, Medianoche explicó cómo Adon había sido
desfigurado a manos de los adoradores de Gond en Tilverton y cómo había perdido
la fe en sí mismo y en la diosa de la Belleza, a quien había venerado la mayor
parte de sus pocos años de vida. Sian asintió.
—Son muchos los que han perdido la fe desde que los
dioses viven en Faerun y no en las Esferas. Quizá tu amigo encuentre la paz que
tanto necesita en esta ciudad justa y buena.
A través de la talega, Medianoche notaba la esfera
de detección de Elminster
apoyada contra su espalda.
—Me temo que no vamos a tener mucho tiempo para
descansar —dijo en voz baja, para luego encaminarse con Kelemvor y la
delegación al edificio principal del puerto de Tantras. Adon los esperaba allí
con el guardia. Durante las horas siguientes, los héroes compraron ropa nueva y
se informaron sobre el trazado de la ciudad. Tantras, al igual que la mayoría
de las ciudades, estaba protegida por una muralla. En su caso, la muralla
rodeaba la gran ciudad portuaria y se extendía formando un tortuoso sendero hasta
la orilla rocosa. Una serie de torres ocupaba la estribación norte, donde
estaba localizada la ciudadela de Tantras. El templo de Torm —el foco de
atención de la ciudad desde la llegada del propio dios— estaba situado en la
zona norte de la ciudad y la mayoría de las calles que llevaban a él eran muy
empinadas. En el extremo sur de la ciudad había un alto campanario, junto a un
recinto militar, y marcaba los límites de los civiles. En la zona había varios
templos abandonados, y un lugar sagrado dedicado a Mystra en el sur, cerca del
campanario. —Aparte de estos puntos destacados, Tantras no tiene nada de
excepcional — concluyó Sian.
—Yo no diría tal cosa —observó Adon con cierta
suspicacia en la voz—. Parece como si se estuviese preparando para la guerra.
Sian entornó los ojos y se quedó mirando al clérigo. —Acabáis de llegar de
Valle del Barranco, ¿no es así? Tenemos varios informes que confirman lo que
nos habéis contado sobre el estado de la ciudad. Si Zhentil Keep y lord Bane
están tratando de anexionar nuevos territorios y extender su maligno imperio,
¿qué te hace pensar que se conformarán con controlar la mitad del estrecho del
Dragón? —No era más que un comentario —replicó Adon fríamente—. Además, yo
pensaba que contabais con la protección de vuestro Torm. —La
ciudad no fue construida con la idea de tener una
divinidad viviendo aquí — explicó Sian—. La llegada de Torm es relativamente
reciente. La presencia de un dios debería suponer un freno para el enemigo,
pero, a pesar de ello, la población está preparada para luchar.
—He advertido varios campos de refugiados en la
zona —observó Medianoche, a fin de cambiar de tema.
—El caos existente en los Reinos ha hecho que
algunos de nuestros vecinos buscasen protección en nuestra ciudad —repuso
Sian—. Otros se han ido al sur, al peñasco del Cuervo, o al norte, a Calaunt.
Hlintar ha quedado prácticamente desierta desde que un huracán sobrenatural
arrasó la ciudad y desenterró las tumbas de los miles de antiguos habitantes de
la ciudad. Los esqueletos cobraron vida y ahora la muerte gobierna la ciudad.
Minutos después, los héroes estaban solos en una
avenida paralela al puerto que luego se extendía hacia el sur, hacia los
barrios comerciales. Los héroes pasaron por delante de un grupo de mimos y
artistas ambulantes que representaron fragmentos de media docena de historias
que iban desde la comedia atrevida e irreverente a la tragedia. Los héroes
trataron de ignorar a los artistas, pero tuvieron que contribuir con unas
cuantas monedas de oro para que éstos los dejasen seguir su camino. Las calles
estaban también atestadas de vendedores ambulantes que pregonaban sus
mercancías a voz en grito. A juzgar por el aspecto de la mayoría de los
vendedores, el caos de los Reinos estaba afectando a los negocios en sumo
grado. Kelemvor se limitó a curiosear. Medianoche, sin embargo, encontró una
nueva trenza para su pelo. Mientras, Adon se dirigió a un puesto de comidas al
aire libre. El clérigo estaba degustando una extraña combinación de pan,
filetes de carne y
una salsa roja y picante coronada de pimienta negra
molida. —Delicioso —le dijo el clérigo al dueño del establecimiento; luego pasó
la escudilla de madera a Kelemvor, el cual también probó la comida. —Hay una
posada a unas manzanas de aquí que tenía el rótulo de habitaciones disponibles
esta mañana —les dijo el dueño del establecimiento a los héroes
—. Deberíais ir antes de que se ocupen las
habitaciones. El clérigo pagó la comida y agradeció al dueño la información.
Luego los héroes partieron en busca de la posada. Después de haberse perdido
tres veces en las tortuosas calles de la ciudad y de recibir unas indicaciones
que sólo lograron adentrarlos más en el intrincado laberinto, los héroes
encontraron la posada Luna Perezosa. Cuando entraron, un joven con traje rojo y
ribetes dorados se
presentó ante los héroes. —¿Cuánto tiempo pensáis
quedaros? —preguntó el muchacho, con voz fría y profesional.
—Todavía no lo sabemos, pero esto debería cubrir
los gastos de nuestra estancia —dijo Kelemvor, a la vez que metía unas monedas
de oro en la mano del muchacho—. Necesitamos dos habitaciones. Por lo menos
hasta finales de semana. La arquitectura de la posada era simple, tenía una
amplia taberna, una cocina y un almacén en la planta baja, y habitaciones de
huéspedes en los dos pisos superiores. En un rincón, junto al muchacho, alguien
había dejado un escudo con el símbolo de Torm. El joven insistió en llevar las
bolsas de viaje de los héroes, si bien tuvo que hacer un gran esfuerzo para
mantener el equilibrio mientras conducía a Kelemvor, a Medianoche y a Adon a
través de una escalera de caracol hasta el segundo piso de la posada. Una vez
que se retiró el muchacho y echaron un vistazo a sus habitaciones, los héroes
se encontraron en la taberna. Todavía no era la hora de cenar y, por
consiguiente, había pocos clientes.
—Aquí estamos —dijo Kelemvor—. ¡Tantras! —El
guerrero dejó escapar un profundo suspiro—. Medianoche, ¿cómo vamos a reconocer
esa tabla? No, más importante todavía, ¿qué vamos a hacer cuando la hayamos
encontrado? —Si la encontramos —dijo Adon, pesimista, tamborileando con los
dedos sobre la mesa sucia y grasienta.
—La encontraremos —afirmó Medianoche, para luego
volverse y mirar al clérigo —. La esfera de detección que nos dio Lhaeo se
romperá cuando esté cerca de un gran poder mágico, como esta Tabla del Destino
que ha desaparecido. —La maga hizo una pausa y se volvió a Kelemvor—. En cuanto
a su aspecto, el mensaje último que me transmitió Mystra en el castillo de
Kilgrave contenía una imagen de las Tablas. Están hechas de arcilla y apenas
tienen sesenta centímetros de altura. En su superficie hay unas runas de unos
intensos colores azul y blanco. Irradian una magia de gran poder. —Pero no se
puede confiar en la magia —se lamentó Kelemvor, para luego indicar a la
camarera que le llevase una cerveza—. ¿Quién puede decir si esa esfera va
siquiera a funcionar? ¿Y dónde vamos a buscar? No podemos cubrir todos los
centímetros cuadrados de la ciudad nosotros solos. Es demasiado grande. —El
guerrero de ojos verdes frunció el entrecejo y apartó la mirada de sus amigos—.
Además, debemos tener en cuenta que Bane no dejará de mandar a sus agentes en
nuestra busca. Su gente puede incluso llevarse la tabla antes de que podamos
encontrarla. Medianoche se pasó las
manos por el rostro y miró en dirección a la puerta
abierta de la posada. La maravillosa luz del sol que brillaba en el exterior no
había cambiado desde su llegada.
—Si es cierto lo que nos han dicho los hombres que
nos han recibido en el puerto, podremos buscar a la luz del día y ello es un
factor negativo para la mayoría de los agentes de Bane.
La camarera se acercó con la cerveza del guerrero y
los héroes guardaron silencio
hasta que la bonita muchacha se alejó. Sin embargo,
apenas ella se alejó, Kelemvor dio un puñetazo en la mesa y clamó con decisión:
—No podemos empezar la búsqueda sin dormir un poco. ¿O quieres dejar abierta la
posibilidad de que te cojan porque estás demasiado cansada para defenderte
adecuadamente? Necesitamos un plan, mejor que andar buscando por la ciudad a la
buena de Dios hasta encontrar la maldita tabla. —¿Qué sugieres tú, entonces?
—preguntó Medianoche, en cuyo tono sombrío se adivinaba su cansancio anímico.
El guerrero suspiró y cerró los ojos.
—En primer lugar, debemos separarnos —aseguró
Kelemvor—. De esta forma podremos cubrir mucho más terreno. La maga movió la
cabeza.
—Contamos con un solo objeto capaz de localizar la
Tabla. Si yo me llevo la esfera, ¿qué esperáis conseguir con vuestros propios
medios? Kelemvor ignoró el tono irritado de la voz de Medianoche y trató de
sosegarse. — Intenté que Bane me dijese dónde estaba escondida la Tabla del
Destino. No me lo dijo directamente, pero comentó que había que «tener fe». En
aquel momento no le di mayor importancia, pero podría ser una pista importante.
Adon tuvo una idea y sonrió.
—Los templos —dijo—. Bane podía haber estado
jugando con la palabra «fe». Ello no es algo insólito para un dios en los
tiempos que corren. —Adon se pasó la mano por la cicatriz—. Y Faulkner dijo que
hay varios templos abandonados en la ciudad. La Tabla del Destino puede estar
en uno de ellos. —Bien, por lo menos tenemos por donde empezar —le dijo
Medianoche a Adon, luego se volvió al guerrero—. En cuanto a tu otra pregunta,
Kel, sólo hay una cosa que podamos hacer con la Tabla del Destino cuando la
encontremos. Elminster explicó que hay Escaleras Celestiales, es decir, accesos
a las Esferas, dispersas por Faerun. Sólo los dioses o los magos de la
categoría de Elminster pueden verlas y tocarlas. Un
mortal puede tropezar con una de esas escaleras y ni siquiera percatarse de que
está ahí. — Medianoche hizo una pausa para cuidar lo que iba a añadir—. Yo he
visto dos Escaleras Celestiales y creo que deberíamos llevar la Tabla del
Destino a uno de esos accesos a las Esferas y entregársela a Helm. Pero,
primero, uno de nosotros debe conseguir una audiencia con Torm. Él sabrá dónde
se encuentra la escalera más próxima. —La maga volvió a hacer una pausa y puso
una mano sobre el hombro de Adon—. Tú deberías encargarte de ello, dada tu
experiencia como clérigo... Adon se levantó de un salto y su silla se cayó por
detrás de él. —¡No lo haré! —gritó. Los pocos clientes de la taberna se
volvieron a mirarlo—. ¡Yo no puedo hablar con un dios!
Unos murmullos se elevaron en la sala y Medianoche
hizo de tripas corazón ante el aspecto de niño asustado que mostraba el
clérigo. —Tienes que hacerlo —dijo la maga de negro cabello—. Kelemvor tiene
que buscar la forma más segura de que podamos salir rápidamente de Tantras...
apenas hayamos encontrado la tabla.
El guerrero tomó su cerveza y bebió.
—Sí. Pongamos por caso que la Escalera Celestial
está lejos de la ciudad. Si no es así, mejor que mejor, pero tenemos que estar
preparados para cualquier eventualidad. El clérigo se puso lívido y sus manos
temblaron como las hojas. Sin embargo, cuando vio que los clientes de la
taberna lo estaban observando, levantó la silla y volvió a sentarse a la mesa.
—Mi intención es la de devolver la Tabla del
Destino a las Esferas —dijo Medianoche con una resolución que asustó a
Kelemvor, si bien no podía decir la razón —. Es la única posibilidad que
tenemos de poner fin a la locura que se ha extendido por Faerun. En cuanto a
nuestros planes inmediatos, deberíamos empezar por buscar sin pérdida de tiempo
y volver a encontrarnos aquí dentro de dos días. —Hay una cosa que has pasado
por alto —observó Adon en voz baja y temblorosa y cubriéndose el rostro con las
manos. —¿De qué se trata? —preguntó Medianoche. —Hay dos Tablas del Destino
—contestó Adon, preocupado. —¿Qué pasará cuando te presentes ante el dios de
los Guardianes con una sola y él quiera saber qué has hecho con la otra? —Le
explicaré la verdad —repuso Medianoche serena y llanamente—. No hay ninguna
razón para que Helm quiera hacerme daño. Adon lanzó una risita tensa y
nerviosa.
—Es extraño —comentó el clérigo desfigurado—.
Recuerdo a Mystra cuando
trataba de hacer lo que tú estás proponiendo...
antes de que Helm acabara con ella. — Adon se levantó y dejó a sus compañeros
para ir a meditar sobre la cuestión a solas en su habitación.
También Medianoche y Kelemvor se levantaron de la
mesa para volver a sus habitaciones. Los héroes habían llegado al pie de la
escalera cuando un juglar con la barba blanca y un arpa entró en la posada Luna
Perezosa y se dirigió al mostrador. —Aquí no hacemos caridad —gruñó el posadero
con un claro deje de suficiencia —. Si lo que estás buscando es alojamiento
gratis, avisaré al asilo de los pobres. Los héroes empezaron a subir las
escaleras y el juglar los estuvo observando hasta que se perdieron de vista. Sólo
entonces el hombre de barba blanca prestó atención al posadero.
—¡Tengo dinero y muy poca paciencia! —repuso el
juglar, a la vez que abría la mano y mostraba un puñado de monedas de oro.
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte? —preguntó el posadero, después de estirar la
espalda cuanto pudo, en un tono cortés muy diferente al usado antes. El juglar
frunció profundamente el entrecejo. —No necesito alojamiento. Necesito
información. ¿Qué me puedes decir sobre la pareja que acaba de subir la
escalera?
El posadero miró a su alrededor asegurándose que
nadie estaba escuchando. —Eso depende del valor que tenga para ti —susurró en
un tono malicioso. — Tiene muchísimo valor —dijo el juglar mientras agitaba el
puñado de monedas y miraba hacia la escalera, donde se habían detenido los
héroes. El juglar dejó de sonreír —. Más de lo que tú puedas llegar a imaginar.
Con los dedos cortando ávidamente el aire, el posadero sonrió. —Yo tengo mucha
imaginación.
—Cuéntamelo todo, entonces —dijo el juglar, muy
meloso a la vez que tendía el oro al posadero—. Pues no queda tiempo y yo tengo
mucho que aprender...
12
Los templos y el campanario
Los héroes se despidieron a la puerta de la posada
Luna Perezosa. Medianoche besó a Kelemvor por quinta y última vez y luego le
apartó cariñosamente el pelo del rostro. Desde que se había librado de la
maldición, los fuertes y altaneros rasgos del guerrero se habían relajado
mucho, sin embargo, aquel día aparecían enturbiados por una sombra de
preocupación y de duda.
—Quizá sería preferible no separarnos —le dijo
Kelemvor a la maga—. No me gusta pensar que tu vida puede estar en peligro...
La maga puso sus dedos sobre los labios de Kelemvor y repuso con voz sosegada:
—Todos vamos a correr riesgos. Nuestra única posibilidad de salvación está en
encontrar lo que hemos venido a buscar y marcharnos lo antes posible. Ya sabes
que de esta forma podemos abarcar más y llevar a cabo nuestra misión con mayor
celeridad. El guerrero cubrió la mano de la maga con la suya. —Sí — murmuró, y
besó sus dedos—. Ten cuidado. —¿Y tú, precisamente tú, me dices que tenga
cuidado? —preguntó Medianoche en tono sarcástico. Luego le dio una palmada al
guerrero en la mejilla, se despidió de Adon y se alejó de la posada Luna
Perezosa. Caminó dos manzanas en dirección sur hasta que llegó a un edificio de
piedra gris de una planta donde parecía no haber ventanas. Sobre la puerta
medio rota había un rótulo que decía: Casa de los Indigentes. La maga empujó la
puerta entreabierta, pero no se abrió. Primero pensó que estaría simplemente
trabada, pero a través de las rendijas vio un brazo de hombre al otro lado en
el suelo. Del interior del edificio llegó a ella un suave quejido y Medianoche
empujó la puerta con más fuerza. El deslizarse de un cuerpo por el suelo
estimuló sus esfuerzos. Cuando la puerta se abrió lo suficiente, Medianoche se
introdujo en el oscuro edificio.
Un puñado de antorchas dentro de unos apliques de
metal sujetos a las columnas principales iluminaban la Casa de los Indigentes.
Había una docena de camas metálicas, desprovistas de mantas, diseminadas por la
sala y más de sesenta hombres, mujeres y niños se apiñaban en aquella
habitación que ocupaba la mayor parte del edificio de unos cuarenta metros
cuadrados. Varios voluntarios se desplazaban entre los pobres, los desamparados
y los enfermos llevándoles comida desde una cocina abierta que había en la parte
posterior.
Medianoche bajó la mirada y vio al hombre que
estaba tumbado detrás de la puerta. Debía de tener unos cincuenta años y
llevaba una túnica que podía haber pertenecido a un guardia, sólo que ahora
había agujeros donde antaño habría podido haber emblemas oficiales. De sus pies
colgaban unas sandalias hechas con tiras gastadas de cuero y se apretaba el
pecho con las manos. — ¿Puedo ayudarte? —preguntó dulcemente Medianoche después
de acercarse al hombre y agacharse junto a él.
El hombre, de pronto, se puso a repartir golpes con
una agilidad sorprendente. Medianoche cayó hacia atrás y evitó así los
manotazos.
Advirtió que el hombre tenía un clavo oxidado en la
mano. La maga fue retrocediendo para ponerse fuera del alcance del
pobre hombre; pero él no intentó golpearla de
nuevo, se limitó a estrechar el clavo
contra su pecho y a mirar fijamente el suelo.
Medianoche notó que unas manos la agarraban por los brazos y trataban de
ayudarla a ponerse de pie. La maga se volvió y vio a una mujer de mediana edad
y a un muchacho que podía ser su hijo. Ambos iban vestidos con las mismas
túnicas limpias y blancas que llevaban los demás voluntarios. —¿Qué has venido
a hacer aquí? —preguntó la mujer en tono un poco brusco y con los brazos
cruzados a la altura del pecho. —Necesito un guía que me acompañe a una visita
por la ciudad —explicó Medianoche después de ponerse de pie—. He pensado que
quizás... —Has pensado que aquí podrías encontrar empleados baratos — repuso la
mujer —. El gobierno tiene una oficina para contratar mercenarios en la calle
Escarpada. Será mejor que te dirijas allí. Medianoche frunció el entrecejo.
—Yo pensaba que podría encontrar aquí a algún
vecino de la ciudad que conociese mejor sus tradiciones y costumbres que uno de
esos aburridos empleados del gobierno. —Hizo una pausa y señaló la sala llena
de indigentes—. Asimismo, quería ayudar.
—¿Quieres que se organice un motín? —dijo la mujer
en voz baja—. Como se te ocurra ofrecer oro aquí, se matarán unos a otros por
él. Vete. —¡Espera! ¡Yo lo haré! —dijo el muchacho cuando Medianoche se
disponía a marcharse
—. Yo trabajo para el gobierno de la ciudad cuando
no estoy aquí, a pesar de que se queda con una buena parte de lo que gano.
¿Crees que podríamos llegar a un acuerdo sin la intervención de terceros? —Me
parece una idea estupenda —contestó Medianoche mirando al excitado muchacho con
los ojos entornados—. Siempre y cuando tengas en cuenta que una parte del
acuerdo consiste en no acribillarme a preguntas durante el camino. —¡Está bien!
—dijo el muchacho con fingida indignación y los ojos abiertos de par en par. No
tendría más de dieciséis años, pero era alto y fuerte, de pelo negro y rizado
que le llegaba a los hombros—. Quieres soledad, ¿eh? No tengo inconveniente,
siempre y cuando el pago sea sustancioso. Medianoche sonrió y el muchacho se
dirigió a la mujer de mediana edad. —¿Puedes prescindir de mí, madre? —preguntó
casi jadeando de entusiasmo. —¿Prescindir de ti? ¡Cómo si fuera la primera vez!
—repuso ella—. ¡Vete con viento fresco! Si
viene algún hombre de la ciudad preguntando por ti,
le diré que has ido a visitar a tu tía la loca, la de la rama mala de la
familia. Medianoche y el muchacho estaban en la calle unos minutos después.
—Por cierto —dijo el muchacho alegremente—, me llamo Quillian. Tú no me has
dicho cómo te llamas.
—Tienes razón —contestó Medianoche.
Quillian lanzó un silbido.
—Bien, si no quieres decirme tu nombre, ¿te parece
bien que te llame «señora»? Medianoche suspiró.
—En estas circunstancias, sí. Pero recuerda nuestro
acuerdo. Soy yo quien hace las preguntas.
Una sonrisa maliciosa apareció en una comisura de
la boca del muchacho. — Apuesto a que eres una ladrona, que has venido a robar
descaradamente a la ciudad.
Medianoche se detuvo y miró al muchacho de cabello
negro. Su cólera era evidente.
—Sólo estaba bromeando —se apresuró a decir
Quillian, a la vez que levantaba
una mano en un intento de detener la reprimenda de
la maga—. Calladito — añadió volviendo a ponerse en movimiento—. Si fueses una
ladrona, no me importaría ayudarte. Esta ciudad me ha robado descaradamente
toda mi vida. Medianoche sacudió la cabeza.
—Eres muy joven para estar tan resentido. —La edad
no tiene nada que ver con esto —observó Quillian con amargura—. Ya has visto en
qué condiciones está el asilo de los pobres. Si mi padre no hubiese muerto como
un héroe de guerra y nos hubiese dejado una pensión, mi madre y yo estaríamos
viviendo en ese agujero inmundo, no seríamos unos simples voluntarios. La maga
imaginó a Quillian vestido con harapos como un mendigo y con el brillo de sus
ojos ahogado por el hambre y la necesidad. La maga frunció el entrecejo y
apartó estos pensamientos de su mente.
—No soy una ladrona, pero te pagaré bien. Tú
limítate a hacer tu trabajo y no surgirán problemas entre nosotros.
Quillian sonrió y se apartó un mechón de pelo de
los ojos. —¿Por dónde quieres empezar? —preguntó.
—¿Qué te parece si empezamos por los templos de la
ciudad? —contestó Medianoche en el tono de voz más indiferente que pudo—. Por
cualquier
lugar de culto que tú conozcas.
—Esto es muy fácil —repuso Quillian—. Empecemos por
el templo de Torm. Es precisamente...
—En mi opinión, ese templo puedo encontrarlo sin
necesidad de un guía —le dijo la maga al muchacho, a la vez que señalaba los
hermosos capiteles que se veían al norte. Una expresión de turbación apareció
en el rostro de Quillian. —Un argumento convincente —dijo el muchacho moreno en
tono sumiso—. Vayamos al mercado, pues. Está cerca y allí hubo en su tiempo una
pequeña casa de adoración.
Caminaron un rato en silencio. A medida que
Medianoche y Quillian se iban acercando al mercado, crecía la multitud. La maga
no tardó en oler a comida y en escuchar el regateo de los transeúntes y los
gritos de los vendedores para atraer a los clientes.
—Un poco más arriba, a la derecha, hay una
carnicería —explicó Quillian cuando entraron en la concurrida plaza—. El
edificio era un templo a Waukeen, la diosa del Comercio. ¿Has oído hablar de la
Doncella de la Libertad? Medianoche se encogió de hombros.
—Vagamente. Recuerdo algo sobre una mujer de
cabellos dorados con unos leones a sus pies.
—Dicen que es así como se aparece cuando está entre
nosotros. Yo no la he visto en la ciudad y, por consiguiente, no puedo decirte
si ello es cierto o no —dijo el muchacho con un deje de sarcasmo en la voz—.
Pero, en cambio, Tantras cuenta con la bendición de lord Torm...
A la maga le sorprendió el sarcasmo del muchacho,
sobre todo en comparación con el entusiasmo que había expresado el guardia del
muelle ante la presencia de Torm. —¿No eres seguidor de Torm? —preguntó.
—Normalmente, no. Pero puedo serlo cuando es necesario —contestó Quillian.
Medianoche había advertido cierta irritación en la voz de Quillian cada vez que
éste mencionaba al dios del Deber y pensó que sería preferible cambiar de
conversación. —¿Qué puedes decirme sobre el templo de Waukeen? —preguntó. —Había
unas estatuas de Waukeen y sus leones en medio de la plaza. Los
tormitas compraron uno de los leones para su nuevo
templo. No tengo ni idea de lo que
ha ocurrido con las otras estatuas y el resto de
los objetos. Cruzaron la plaza, que estaba de bote en bote y Medianoche se
detuvo delante de la carnicería,
donde esperó a que la gente fuese saliendo antes de
entrar en el concurrido establecimiento. Se volvió a Quillian y le puso una
mano en el hombro. — Espero que el dinero que te pago te haga ser menos
veleidoso con el servicio que me estás prestando que con la devoción que
sientes por los dioses. El muchacho no tuvo ocasión de contestar, pues una voz
exclamó detrás de ellos: —¿Veleidoso? Es una palabra que no se oye muy a menudo
en Tantras hoy en día. ¡Por lo menos desde que llegó el dios del Deber! La maga
se dio media vuelta y vio a un anciano con melena blanca y exigua barba también
blanca. Llevaba una lira cuyas cuerdas rasgaba con una mano, creando así una
serie de hermosas notas que se sobreponían a las voces del gentío. — Veleidoso
—repitió el anciano—. Esta palabra me recuerda a una quintilla jocosa que
aprendí en Aguas Profundas. ¿Quieres oírla? Te aseguro que contiene un gran
significado.
Medianoche se quedó mirando al juglar y escudriñó
sus rasgos con mayor atención. Estaba segura de que se parecía a alguien que
ella conocía. El juglar le devolvió la mirada, luego preguntó: —¿Te encuentras
bien? ¿Necesitas un médico? ¿O sería más del agrado de la joven dama una balada
o una dulce historia de amor susceptible de calmarle los destrozados nervios?
—La voz del juglar era melodiosa y dulce. La maga meneó la cabeza.
—Te ruego me perdones —dijo en voz baja—. Por un
momento me has recordado a alguien.
El juglar se pasó una mano por el pelo, luego
sonrió. —Ah, ¿sí? Es curioso —dijo el anciano lanzando una risita nerviosa,
luego se acercó a la maga y le susurró al oído—: Voy a decirte un secretillo. A
vosotros, los jóvenes, todos los mendigos ancianos os parecen iguales. Los ojos
del hombre se abrieron repentinamente de par en par llenos de sorpresa. —¡A tu
izquierda, hermosa! —exclamó, y luego señaló su cintura con un dedo huesudo y
tembloroso. Medianoche apartó la mirada del juglar y vio una mano que se acercaba
a la bolsa de su dinero con taimada habilidad. Su mano izquierda llegó a la
bolsa al mismo tiempo que la mano del ratero. Con el puño de la mano derecha
que había apretado simultáneamente, la maga golpeó al aspirante a ladrón en el
rostro. Los brazos del delincuente de barba amarilla se agitaron violentamente
cuando cayó hacia atrás sobre dos ancianas y perdió el equilibrio. Medianoche
se precipitó hacia el acobardado carterista y Quillian saltó sobre él. El
juglar, por su parte, se limitó a permanecer en silencio y observar. —¡Hoy no
es tu día, pícaro! —exclamó Quillian, mientras clavaba
una rodilla en la espalda del ladrón y apretaba con
fuerza. A continuación agarró las manos del ratero y se las inmovilizó
firmemente en la espalda. Se acercó al oído del ladrón y añadió entre dientes—:
¡Si no quieres convertirte en lisiado, quédate quietecito! La pelea llegó a su
fin cuando un grupo de gente del lugar rodeó a Quillian, al hombre de la barba
amarilla y a Medianoche. Los vendedores y los transeúntes gritaban insultos y
arrojaban verduras podridas al carterista. Luego un hombre corpulento de rostro
colorado y cabello corto y negro con hebras grises —el carnicero propietario
del templo renovado— se abrió paso a través del gentío; en la mano llevaba un
hacha manchada de sangre.
—¡Pero si es Quillian Dencery! —exclamó el
carnicero con auténtica sorpresa—.
¿Qué me has traído hoy, muchacho ?
—Compruébalo por ti mismo —dijo Quillian mientras
hurgaba en el fajín del ladrón y sacaba tres monederos.
El carnicero levantó el hacha con la mano derecha.
—¿Puede ser éste el ladrón que ha estado molestando a mis clientes desde hace
dos semanas? — El carnicero agarró un mechón de pelo del hombre y lo estiró con
fuerza. El ladrón gritó y apretó los dientes, luego hizo un esfuerzo para mirar
el rostro quemado por el sol del carnicero—. ¿Sabes cuánto dinero me has
costado? Mis clientes de toda la vida tienen miedo de comprar aquí y están
regalando su dinero a ese delincuente de Loyan Trey, el del extremo sur de la
ciudad. — ¡De acuerdo! —farfulló el ladrón—. Déjame marchar y haré de aquella
tienda mi campo de acción. ¡Así tus clientes volverán! El carnicero sacudió la
cabeza.
—No lo creo. —Miró a Quillian—. Muchacho, ponle la
mano derecha plana para que pueda darle un buen tajo. ¡Voy a darle una buena
lección a este rufián! —¡Por favor! —rogó el ladrón—. ¡No lo hagas! ¡Te
devolveré el dinero y no me verás nunca más por aquí!
—¡Uy! —gritó el carnicero. Quillian apretaba contra
el suelo la mano del ladrón, que mantenía los dedos doblados con todas sus
fuerzas—. Los de tu calaña son capaces de decir cualquier cosa para conservar
el pellejo. Todos los ladrones son iguales. —El carnicero levantó el hacha y
los presentes lanzaron un grito, casi al unísono—. Y ahora cierra la boca para
que pueda terminar con esto y volver a mi trabajo. Te prometo que será rápido y
limpio, si bien no puedo asegurarte que no sientas nada. —¡Espera! —exclamó
Medianoche, y se abalanzó sobre el carnicero. En
medio de los numerosos curiosos, el juglar observaba con creciente expectación.
El brazo del carnicero se había levantado ya en el aire y la brillante luz del
sol resplandecía en el hacha. La hoja colgaba sobre la muñeca del ladrón, como
si la sostuviera un hilo frágil.
—Es a ti a quien quería robar —dijo el carnicero
gruñendo y relajándose ligeramente—. ¿No quieres justicia?
La maga permaneció junto al carnicero y murmuró:
—Mira a tu alrededor. Si tan preocupado estás por tu negocio, para un momento y
piensa en lo que estás a punto de hacer. ¿Quieres que todos estos elegantes
caballeros y estas distinguidas damas recuerden tu tienda como el lugar donde
vieron mutilar a un ladrón? —La maga vio que la cólera iba desapareciendo del
rostro del carnicero para dar paso a la inquietud—. Cada vez que piensen en ti,
lo recordarán. ¿Te seguirán considerando un buen hombre? ¿Un hombre honesto? El
ladrón dejó caer los hombros y escudriñó los rostros de los presentes. Algunos
se mostraban expectantes y excitados. La mayoría estaba horrorizada.
Prácticamente inadvertido por todos, el juglar sonreía maliciosamente y
observaba a la maga. Pero el carnicero comprendió que la maga tenía razón: si
atacaba al ladrón, lo perdería todo. —¡Pero volverá a hacerlo! —protestó
mientras bajaba el hacha. —Claro que volverá a hacerlo —le dijo Medianoche al
hombre de rostro colorado —. Es así como se gana la vida. Pero ello no
significa que vaya a ser tan estúpido como para volver a acercarse a tu
establecimiento. Por poca inteligencia que tenga, hará correr la voz de que tu
tienda está estrictamente fuera de los límites de sus colegas. — La maga de
cabello negro se volvió al ladrón—. ¿Qué dices tú a esto? —¡Sí, sí! ¡Haré lo
que diga la dama! —farfulló el hombre de barba amarilla. — ¡Entonces, lárgate!
—dijo el carnicero, e indicó a Quillian que soltase al ladrón
—. ¡Y dile a todos los de la Cofradía de los
Ladrones que la tienda de Beardmere está
fuera de sus límites!
El juglar se acercó a Medianoche y se puso delante
de ella. —Hermosa dama, voy a escribir una canción en honor a tu sabiduría y tu
valor. — Y, antes de que Medianoche tuviese ocasión de contestar, el juglar se
dio media vuelta y desapareció entre la muchedumbre.
La actividad no tardó en volver a la normalidad en
la plaza del mercado y el
carnicero se dirigió a Medianoche.
—Creo que estoy en deuda contigo por tu ayuda —le
dijo—. ¿Qué te parece si te proveo durante un mes de las más delicadas carnes
de Beardmere? La maga sonrió.
—Gracias, pero estoy dispuesta a aceptar algo menos
costoso —repuso cortésmente la maga—. Soy una erudita y me gustaría saber cómo
este antiguo templo dedicado a Waukeen llegó a convertirse en tu carnicería.
—Es muy simple —dijo Beardmere—. El gobierno me vendió el edificio. En el
rostro de la maga apareció una expresión de sorpresa. Era la última respuesta
que podía esperar. Sin embargo, Medianoche no tardó en reaccionar de la
sorpresa y siguió haciendo preguntas al carnicero. —¿Dejaron los adoradores de
la Doncella de la Libertad libros, u otros objetos? —¡Ah! —exclamó Beardmere,
convencido de que por fin había calado a la inquisitiva maga—. ¿Eres también
coleccionista? Medianoche sonrió cuando vio a Quillian rondar a su alrededor,
en un intento evidente de escuchar la conversación. —Así es —contestó la maga,
en un tono de voz algo más elevado de lo necesario. El muchacho de cabello
negro se ruborizó y se alejó. El carnicero asintió y luego acompañó a
Medianoche y a Quillian a la parte posterior del antiguo templo, donde había
unas cuantas habitaciones convertidas en almacén y oficinas. Llegaron a una
escalera, Beardmere tomó una antorcha y condujo a la maga y al joven guía hasta
el sótano. Cuando Medianoche llegó al pie de la escalera y se encontró en una
pequeña y sucia habitación llena de objetos procedentes del antiguo templo, lo
primero que advirtió fue un intenso olor rancio. Había cajas de embalajes
vacías sobre el basto y sucio suelo y por toda la bodega húmeda se amontonaban
libros empapados de agua. —Vendí bastante de lo que quedaba, ¿sabes? —dijo
Beardmere, sacándose una tela de araña del rostro—. Pero la mayoría de los
objetos carecían de valor para la gente de la ciudad. Habría sido un sacrilegio
destruirlos, por supuesto, así que los guardé aquí. Alguien de la ciudad quiso
llevárselos, pero yo no lo dejé. No sé por qué, no me pareció correcto.
Medianoche apartó una caja y lanzó un grito ahogado cuando vio delante de ella
los ojos de una hermosa mujer de tez pálida. Tardó un momento en comprender que
se trataba de la estatua de Waukeen, la diosa del Comercio. Uno de los dos
leones que antaño habían adornado su templo yacía a sus pies. Después de sacar
la esfera de detección de su bolsa de viaje, la maga acercó el objeto mágico a
las estatuas. No había ninguna razón para creer que Bane
hubiera escondido la Tabla del Destino en su forma
original. De hecho, era más que probable que las tablas estuviesen
cuidadosamente camufladas. Pero cuando la esfera tocó la estatua, nada sucedió.
La maga, ilusionada, buscó metódicamente por todo el sótano, pero cada vez que
tocaba un objeto del templo los resultados eran los mismos. La esfera mágica de
detección siguió oscura e inmóvil. Mientras ella se desplazaba por el sótano,
Beardmere y Quillian la observaban.
—¿Ves algo que te agrade? —preguntó el carnicero,
fascinado por la esfera color
ámbar que la maga llevaba en la mano.
Medianoche guardó la esfera y contestó, con
evidente desilusión en la voz: —
Me temo que no.
Beardmere asintió.
—¿Qué es exactamente lo que estás buscando? La maga
esbozó una sonrisa forzada.
—No lo sé con exactitud. Pero lo sabré cuando lo
encuentre. Antes de abandonar la tienda, Medianoche agradeció a Beardmere su
paciencia. Luego la maga de cabello negro como ala de cuervo y su guía
volvieron a ponerse en marcha por las calles de la ciudad.
—¿Qué era esa cosa? —preguntó Quillian Dencery, con
marcada indiferencia
—. Esa esfera amarillenta que agitabas de un lado
al otro. ¿Es mágica? — Nada de preguntas —repuso Medianoche en un tono severo.
Luego se detuvo y cogió al muchacho de cabello negro por el brazo—. ¿Cuántas
veces tengo que decirte que es mejor que no sepas nada? ¿Cuál es nuestro
próximo destino? —Es casi la hora de cenar. Pienso que podríamos ir a la
taberna Cosecha Misteriosa y comer algo...
Medianoche apretó más el brazo del muchacho.
—Quillian, por lo que te pago, lo menos que puedo pedir es que me tomes en
serio. No tengo intención de vagar a la buena de Dios, visitando tabernas en
lugar de... El muchacho se desasió de la mano de Medianoche. —¿Sabes? Para ser
una erudita, no tienes mucha paciencia. Medianoche prefirió no contestar. —Me
he enterado de que los adoradores de Bhaal, el señor de los Asesinos, acuden a
las salas de juego de la Cosecha Misteriosa cada noche —prosiguió Quillian, a la
vez que se frotaba el brazo—. Si lo que estás buscando es algo específico, y
creo que así es, no te iría nada mal darte una vuelta por allí. — Tal vez te he
juzgado mal —observó Medianoche con cautela y procurando
que su voz no delatase la cólera que sentía. Bhaal
era uno de los aliados de Myrkul y Bane había robado las Tablas con la ayuda de
Myrkul—. Vamos a la Cosecha Misteriosa. Después de recorrer tres manzanas hacia
el sur, se encaminaron al este para dirigirse a la taberna. Medianoche levantó
la vista hacia el rostro cegador del sol, cuya posición no había cambiado desde
que llegaron a Tantras. Como le había advertido el guardia del puerto, había
luz del día las veinticuatro horas. La maga centró su atención en la taberna y
no le sorprendió descubrir que el edificio cuadrado y de una sola planta estaba
pintado de negro con un reborde color rojo como la sangre. Los agentes de lord
Black y los adoradores de Bhaal, el dios de los Asesinos, debían de considerar
la taberna Cosecha Misteriosa como un lugar grato dentro de aquella ciudad
mercantil llena de colorido. Pero cuando Quillian estaba a punto de abrir la
puerta de la taberna, Medianoche se dio cuenta de que iba a cometer una
imprudencia entrando en un lugar frecuentado por los aliados del dios de la
Lucha.
—He cambiado de opinión —dijo la maga a su guía—.
Buscaremos otro sitio para cenar. Si no lo conseguimos en otro lugar, siempre
estaremos a tiempo de volver aquí en busca de información.
El muchacho se encogió de hombros y empezó a
alejarse. —Lo que tú digas, señora. Podemos dirigirnos al sur y pasar por las
ruinas del templo de Sune de camino a otro sitio donde cenar. Ante la mención
de la diosa de la Belleza, Medianoche se acordó de Adon. Por
primera vez desde que salió de la posada Luna
Perezosa, la maga se alegraba de haber
ido a visitar los templos sin sus amigos. Quillian
llevó a Medianoche a través de algunas callejuelas y, al cabo de diez minutos,
estaban ante el templo en ruinas. —Se quemó hasta los cimientos hace unas
semanas —le explicó el muchacho a la maga cuando se detuvieron ante un montón
de madera quemada, antes parte de la casa dedicada al culto—. Según los
rumores, fueron los propios clérigos quienes incendiaron el lugar, sólo para
mortificar a los tormitas. Los sunitas abandonaron la ciudad después del «accidente».
Medianoche se paseó entre los escombros con la esfera de detección, pero el
único resultado fue de nuevo la decepción. Al cabo de unos minutos de
infructuosa búsqueda, se volvió a Quillian y le preguntó: —¿Por qué se
marcharon los sunitas?
—No lo sé a ciencia cierta —contestó el muchacho de
cabello negro—. Pero
hay una forma de enterarnos. En muchos círculos se
conoce a la posada Curran como la Lengua Larga. Unas cuantas preguntas
discretas y te enterarás de lo que quieres saber. Medianoche sacudió la cabeza.
—¿Otra posada? Sospecho que quieres llevarme allí
sólo para que te invite a cenar. —Cuando el muchacho se encogió de hombros, la
maga sonrió y añadió—: De acuerdo, vamos a la Lengua Larga.
Quillian llevó a la maga hacia el este, hasta una
pequeña posada que estaba a unas cuantas manzanas del puerto. La taberna de la
posada estaba de bote en bote y ya desde una manzana antes oyeron risas
estridentes. Para conseguir colocarse en la barra, Medianoche tuvo que hacerse
sitio entre dos guardias fuera de servicio que llevaban el guantelete de Torm.
Quillian se quedó esperando detrás de ella. La maga se quedó mirando al hombre
delgado y de tez oscura que había detrás del mostrador y sonrió. Había transcurrido
mucho tiempo desde la época en que viajaba sola y frecuentaba ruidosas y
hediondas posadas como aquélla. Y, a pesar de que recordaba todos los puntos de
la «etiqueta» que se debía adoptar a fin de que los tipos bastos y groseros
aceptasen la compañía de uno, Medianoche sentía algo extraño al utilizarla. Lo
que en realidad quería era formular las preguntas, recibir las respuestas
adecuadas y seguir su camino. Esta idea le habría asombrado tres meses antes,
cuando se consideraba todavía una aventurera «salvaje». Mientras Medianoche
meditaba sobre ello, el posadero puso un codo sobre el mostrador y se inclinó
hacia ella. Su aliento fétido y sus ojos inyectados en sangre la sacaron de su
ensimismamiento.
—¿Crees que te mataría pedir algo? —preguntó el
hombre en tono brusco. — Ello depende del veneno que trates de hacer pasar por
un buena cerveza — repuso Medianoche sin parpadear.
El hombre ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Temes que te dé una bebida que te haga sucumbir a
mis encantos? Aunque Medianoche no tardó en descubrir que no había perdido nada
de su agudeza, se cansó pronto de aquel jueguecito. Sólo deseaba ponerle fin y
limitarse a pedir cierta información, pero la maga sabía que no se enteraría de
nada si no alargaba el juego por lo menos un rato.
—Para eso tendría que estar muerta, no borracha.
—¡Oh mortalmente borracha! —intervino articulando con dificultad las palabras
uno de los guardias que había a cada lado de Medianoche, luego le dio un ataque
de risa incontrolada y tardó un momento en darse cuenta de que era el único que
se
reía. Medianoche se rió brevemente antes de decir:
—Dame un doble de lo que él esté tomando. Luego
quizá puedas decirme algo.
—Puedo decirte un montón de cosas —dijo el posadero
mientras cogía una botella roja de detrás de la barra.
Ambos guardias lanzaron murmullos de aprobación.
—Estoy segura de que así es —dijo Medianoche suspirando—. Pero lo que me
interesa es ese edificio quemado que hay a unas cuantas manzanas de aquí. Si no
he comprendido mal, era un templo dedicado al culto de Sune. Siento curiosidad
por saber por qué los clérigos de Sune abandonaron una ciudad tan hermosa como
Tantras. Al fin y al cabo, ellos veneran la belleza.
El posadero, sosteniendo la botella cerca de su
pecho, se echó a reír. — Recuerdo a aquella pandilla. Solían venir aquí con sus
trajes y sus modales estrafalarios; hablaban todo el rato como un puñado de
malditos poetas. Les permitía la entrada sólo por su dinero.
—Parece que les iba muy bien —observó Medianoche, a
la vez que agitaba la mano por encima del mostrador—. Pero sigo sin entender
por qué se marcharon de la ciudad.
El posadero lanzó un bufido.
—Supongo que no es fácil competir con un templo
cuyo dios reside en él de forma permanente. En cuanto Torm hizo su aparición,
se fueron quedando sin público y aquellos adoradores tan estúpidos como para
venerar... Los dos guardias se pusieron súbitamente de pie y tiraron los
taburetes al suelo de una patada. Cuando los guardias se levantaron y se
quedaron mirando fijamente al posadero, cesó todo alboroto y toda actividad en
la posada. El guardia que estaba a la derecha de Medianoche, que se balanceaba
a causa de lo mucho que había bebido, llevó una mano a la empuñadura de su
espada. Medianoche miró al posadero y vio una expresión fría, casi asustada en
su rostro. El hombre cogió la botella de licor y vertió su contenido en el
suelo. —Parece que la botella está vacía —dijo el posadero cuando hubo
terminado —. ¿Deseas algo más?
—Sólo una comida casera para mi sobrino y para mí
—le dijo Medianoche al hombre.
El muchacho de cabello negro comprendió la
insinuación. —Quillian Dencery —dijo el muchacho cordialmente para luego tomar
la mano de uno de los guardias y estrechársela con fuerza. —Dencery —murmuró el
hombre
distraídamente—. Creo que conocí a tu padre. Un
buen hombre. ¿Es tu hermana?
—Mi tía, por parte de madre —dijo Quillian, a la
vez que se rascaba la cabeza y levantaba una ceja—. Es una erudita. Ya sabéis
cómo son... El guardia miró a Medianoche, se echó a reír y le dio la espalda.
La actividad y el ruido volvió a la posada y la maga y su guía se dirigieron a
una mesa vacía. Mientras pedían la comida, Medianoche estuvo observando
atentamente a los guardias, pero ninguno de los dos hombres miró en ningún
momento en su dirección. Tan pronto como comieron, salieron de la posada y Quillian
llevó a Medianoche a un pequeño edificio abandonado sin rasgo distintivo
alguno, lejos de la taberna. —Los adoradores de Ilmater, dios de la Tolerancia,
solían reunirse aquí —le explicó el muchacho a la maga—. La ciudad empezó a
exigir unos impuestos a la Iglesia que los sacerdotes no podían pagar ni en
sueños. Cuando no pudieron atender los pagos, los guardias de la ciudad los
metieron en el asilo para los pobres. Algunos viven incluso en la Casa de los
Indigentes.
Medianoche recordó al pobre hombre que la había
atacado con un clavo en el asilo y se estremeció.
—¿Qué tipo de impuestos? —preguntó la maga en voz
baja. Quillian se encogió de hombros.
—Cuando corrió la voz de que Torm estaba en la
ciudad, los tormitas de todo Faerun acudieron en tropel y metieron una tonelada
de oro en las arcas de la Iglesia. Como es de suponer, el gobierno también se
llevó su parte. Al cabo de un tiempo, la ciudad les dijo a los adoradores de
Ilmater que contribuyesen con los mismos impuestos que los tormitas o que se
fuesen. Puedes imaginar lo que sucedió. —Qué extraño —observó la maga
volviéndose hacia su guía
—. En algunos lugares, las Iglesias están exentas
de pagar impuestos. Aquí, en cambio, expulsan a sus moradores por no pagarlos.
—Medianoche hizo una corta pausa para ordenar las ideas —. ¿Estamos muy lejos
del lugar sagrado dedicado a Mystra? —preguntó finalmente. —No, no mucho —le
contestó Quillian con prontitud—. Está en la zona sur de la ciudad, cerca de
las guarniciones.
Después de una larga caminata y de subir una
colina, Quillian llevó a la maga por un sendero tan descuidado que casi había
desaparecido. Sin embargo, este sendero llevaba a los viajeros directamente al
lugar sagrado de Mystra.
Consistía en un simple arco de piedra rodeado de un
basto muro también de
piedra de unos cuantos metros de altura y con unas
entradas a intervalos regulares alrededor de su circunferencia. Medianoche
ordenó a Quillian que la esperase mientras ella rodeaba el círculo de piedra y
estudiaba el lugar desde todos los ángulos. Luego se introdujo en el círculo y
se detuvo delante de la pequeña y blanca estatua de la señora de los Misterios
que descansaba bajo el centro del arco. A pesar de desearlo, Medianoche se dio
cuenta de que no iba a poder arrodillarse y rezar hasta haber probado la esfera
de detección con la estatua, pero eso le parecía un sacrilegio. Se alejó
indecisa del círculo de piedra, luego se detuvo.
—Ya no eres una niña —murmuró para sí misma, luego
sacó la esfera y volvió a acercarse a la estatua. La esfera se puso a vibrar
ligeramente. Medianoche pensó que se trataba de un residuo de hechizos lanzados
tal vez muchos años atrás. La maga de cabello color ala de cuervo le dio la
espalda al lugar sagrado. Un campanario a cierta distancia de allí llamó su
atención. — ¿Qué es aquello? —preguntó a su guía señalando el campanario. —Un
sitio donde solían jugar los niños —le dijo el muchacho ahogando un bostezo—.
Según la leyenda, fue un gran mago, Aylen Attricus, quien levantó el campanario
y construyó la campana. Fue uno de los fundadores de Tantras. Dicen que tenía
mil años cuando falleció, hace de ello un siglo. —El muchacho cogió una
piedrecita y la hizo rodar sendero abajo—. Él mismo, con sus propias manos,
forjó la campana y levantó el campanario —prosiguió Quillian—. Luego hizo uso
de su magia para entretejer un hechizo que evitase que cualquier mortal tañese
la campana. Inscribió una especie de profecía en la campana, pero ni siquiera
los eruditos de la ciudad han podido descifrar el código que utilizó. —El
muchacho se encogió de hombros y ahogó otro bostezo—. Lo único que sé es que la
campana lleva aquí cientos de años. Dicen que sonó en una ocasión y que gracias
a ello la ciudad se salvó, pero yo no me lo creo. —¿Por qué no? —preguntó
Medianoche. —Por que las únicas personas que todavía creen en ello son los
magos y los magos nunca dicen la verdad —dijo el chico y se echó a reír. La
maga frunció el entrecejo.
—Quiero ver esa campana —dijo ella en un tono de
voz grave y severo. Mientras Quillian trataba de trazar un plan, un ligero
silbido escapó de sus labios. —Está en la zona prohibida, donde están
instaladas las guarniciones del ejército.
Por regla general, los soldados no dejan entrar a
cualquiera. —Hizo una
pausa y sonrió
—. Pero a mí me conocen por mi padre. Ambos tenemos
el pelo negro y la piel oscura y quizá podamos entrar haciéndonos pasar de
nuevo por tía y sobrino. —¡Pues vamos! —dijo Medianoche.
—Hay un problema —dijo Quillian, después de poner
su mano sobre el brazo de Medianoche—. Morgan Lisemore, el comandante que nos
puede autorizar la entrada, está fuera de la ciudad y no volverá hasta mañana a
última hora de la tarde. Si se lo pido a alguna otra persona, empezarán a hacer
un montón de preguntas, a la mayoría de las cuales tú no querrás contestar.
—Cuando terminó de hablar, el muchacho intentó contener un tercer bostezo, pero
en esta ocasión no pudo. Medianoche lanzó las manos al aire y apartó la mirada
del chico. —Es evidente que no vamos a resolver este asunto ahora —dijo
suspirando—. Será mejor que vayas a descansar y trata de conseguir dos caballos
para mañana. Así podremos visitar más cosas.
Cuando Quillian se dio media vuelta para disponerse
a regresar, Medianoche le puso una mano en el hombro y le dijo:
—Gracias por tu ayuda, sobrino. Ven a buscarme a la
Luna Perezosa antes del desayuno.
—Sí, señora —se limitó a decir el muchacho de pelo
negro—. Por cierto, te aconsejo que te compres una máscara para dormir antes de
irte a la cama. Si uno no está acostumbrado a la perpetua luz del día, resulta
difícil conciliar el sueño. Tuvieron que caminar más de una hora para llegar a
la posada.
Quillian volvió a despedirse de la maga y se
marchó. No había mensajes de Adon ni de Kelemvor en la habitación que compartía
con el guerrero, de modo que la maga trató de relajarse y conciliar el sueño.
Al cabo de casi una hora de estar tumbada en la
cama, la luz del sol hizo que algo en lo más recóndito de su ser le dijese que
debía levantarse, vestirse e ir en busca del posadero. El obsequioso y
sonriente hombre, de nombre Faress, localizó una máscara para la maga y se la
vendió al mismo precio que un vaso de cerveza, una cantidad bastante
desorbitada para un trozo de tela basta con una cuerda. Antes de volver a
meterse en la cama, Medianoche intentó estudiar un rato su libro de hechizos,
pero cuando se dio cuenta de que sus esfuerzos eran inútiles, se sentó a un
pequeño escritorio que había en un rincón de la habitación y escribió unos
mensajes para Kelemvor y para Adon. Luego se metió en la cama de nuevo y,
después de haber dormido a ratos, unos fuertes golpes en la puerta la sacaron,
sobresaltada, de sus ensoñaciones.
—Soy Quillian Dencery, señora —dijo una voz al otro
lado de la puerta—.
Parece que te has dormido.
—Estaré contigo dentro de un momento —murmuró
Medianoche, y se apresuró a vestirse.
La maga y su guía reanudaron el viaje por la
ciudad, esta vez a caballo; se pasaron el día visitando templos abandonados y
lugares de culto clandestino, pero la esfera de detección no registró más que
un ligero temblor en todos ellos. A última hora de la tarde, Medianoche
acompañó a Quillian al puesto militar del barrio más meridional de la ciudad.
Allí encontraron a Morgan Lisemore, un hombre alto, de pelo entrecano, con edad
suficiente para poder ser el padre del guía. —¡Pero si es Quillian Dencery! —exclamó
Morgan, luego se puso a escuchar la historia del muchacho y cuando el guía de
Medianoche hubo dado fin al cuento de tías extravagantes y viajes de estudio,
el soldado suspiró—: Ya sabes que odio negarte nada, muchacho, pero hay un
reglamento y hay que cumplirlo.
El muchacho movió la cabeza y señaló a Medianoche.
—Es posible que tenga que regresar a casa de un
momento a otro, Morgan. Ésta puede ser para ella una de esas oportunidades que
sólo se presentan una vez en la vida. Morgan levantó la vista al cielo y volvió
a suspirar. —Está bien. Vamos —accedió Morgan, luego indicó a los guardias que
dejasen pasar a Medianoche y a su guía.
Medianoche guardó silencio mientras recorría a
caballo, acompañada de Quillian, el kilómetro aproximado que los separaba del
campanario. Pasaron por delante de una serie de barracones que habían sido
construidos deprisa y corriendo y se vieron obligados a desviarse dos veces
para evitar a unos grupos de soldados en plenos ejercicios de entrenamiento.
Sin embargo, no tardaron en llegar al campanario de Aylen Attricus.
El campanario era un obelisco de piedra gris.
Dentro del monumento había una escalera de caracol que llevaba a una reluciente
campana de plata. Unas amplias ventanas situadas a cada lado dejaban a la
campana expuesta al aire frío de la tarde. Cuando Medianoche se fijó en la
torre y se dispuso a desmontar, sintió una extraña sensación de hormigueo en la
espalda. Este hormigueo era como miles de dedos coronados de afiladas uñas que
tamborilearan en la espalda de la maga, que comprendió lo que estaba sucediendo
cuando bajó del caballo y sus pies tocaron el suelo. —¡Cuidado! —gritó
Medianoche al sacarse la bolsa de viaje de la espalda. Quillian saltó al
suelo. Cuando la bolsa fue a parar a casi un metro
de la entrada de la torre una brillante luz ámbar la iluminaba. La bolsa se
puso a arder durante un instante y la esfera de detección explotó
silenciosamente. La basta talega de lona quedó destrozada y la puerta de piedra
de la torre chamuscada de negro a causa de la explosión.
Medianoche se acercó a Quillian. El muchacho estaba
todavía sentado en el suelo, pero se alejó de la maga cuando ésta fue a
tenderle la mano. —¡No me habías dicho que eras una de ellos! —gritó el
muchacho mientras seguía retrocediendo a rastras.
—¿Una de quién? —preguntó Medianoche con una voz
cargada de irritación. —¡Eres una maga! ¡Tu arte apestoso podía habernos matado
a los dos! — gritó Quillian poniéndose de pie—. ¡Sabía que no debía de haber
confiado en ti! La maga le dio la espalda al muchacho y se puso a mirar el
campanario. Pensó que podía permitirse el lujo de perder un guía, pero no la
Tabla del Destino... y, a juzgar por la reacción de la esfera, ¡podía estar muy
cerca! La maga recordó con tristeza que la esfera estaba destinada a explotar
cuando entrase en el campo de acción de cualquier objeto con suficiente poder
mágico, así que podía haber estallado a causa de la maldita campana. Se acercó
a la puerta y Quillian se puso a gritar:
—¡Tenemos que marcharnos de aquí! ¡Pueden pensar
que estás intentando volar el campanario!
—Vete tú —dijo Medianoche entre dientes sin
volverse—. Yo tengo que ver lo que hay dentro del campanario.
Cuando Medianoche entró en él fue recibida por un
silencio absoluto. El ruido de las guarniciones y de los ejercicios de
entrenamiento que se llevaban a cabo en las proximidades, incluso el rumor del
viento procedente del estrecho del Dragón, se desvanecieron súbitamente. La
maga miró por la puerta y vio a Quillian mover los labios, sin duda gritándole
alguna advertencia, pero ella no podía oír su voz. Después de dar la espalda al
muchacho, Medianoche estudió el interior de la torre, que estaba completamente
vacío salvo la escalera de caracol que daba al campanario. Subió hasta
lo más alto del edificio.
Una vez en lo alto de la escalera de piedra, de
perfecto pulimentado y de un limpio inmaculado, la maga se fijó en la
inscripción que había cerca de la campana. Sunlar, el profesor de Medianoche en
el valle Profundo, había
insistido en que estudiase lenguas antiguas. El
mensaje era una mezcla
confusa de varios idiomas, pero le recordó los
rompecabezas que le había
hecho hacer Sunlar años atrás. Y, entonces,
mientras estaba observando las
extrañas letras y palabras, un resplandor
blanquiazul surgió de la inscripción
y Medianoche pudo así descifrarlo sin mucha
dificultad. Decía así: Esta
campana fue fundida para crear un escudo de fuerza
mística impenetrable
sobre la ciudad que yo contribuí a fundar. Para
proteger mi más preciada
creación de
un gran daño.
En una ocasión, mi querida aliada, la hechicera
Citeria, tañó la campana y salvó
a la ciudad de la maligna magia de un brujo con el
que yo me estaba batiendo en las
proximidades. Aunque ella hubiera preferido luchar
a mi lado, tuvo el gran coraje de
permanecer aquí y proteger nuestro hogar.
Ahora, sólo de la mano de una mujer con un poder y
un valor análogos a los de
mi esposa, y sólo en un momento de imperiosa
necesidad, volverá a tañer la campana.
La maga bajó las escaleras, salió del campanario y
se puso a caminar meditando sobre el mensaje. El jaleo del ambiente asaltó sus
oídos desde que traspasó la puerta. Quillian, que estaba ya montado en su
caballo, le acercó el suyo a Medianoche, no lejos del campanario .
—Ha sido un día muy largo y espero ser pagado en
consecuencia — refunfuñó el muchacho—. Y ahora marchémonos de aquí antes de que
nos cojan. —Tú delante —dijo Medianoche en tono tajante mientras montaba sobre
su caballo.
La maga y su guía volvieron al puesto de control
donde se había quedado esperando Morgan, el cual se limitó a indicarles que
pasaran, sin mediar palabra. Medianoche y Quillian cabalgaron más de una hora
en silencio. — No te preocupes, que mantendré la boca cerrada —dijo finalmente
Quillian sin mirar a Medianoche—. No quiero que me asocien con magos, si puedo
evitarlo. —Al cabo de un momento, añadió—: Presiento tiempos duros en tu
futuro, señora. Trata de no arrastrar contigo a ningún inocente espectador. — Lo
tendré en cuenta —repuso la maga, furiosa por ser el blanco de un sermón
por parte del muchacho.
A pesar de que la maga sólo tenía diez años más que
Quillian, tenía la sensación de haber envejecido cien años desde que requirió
la ayuda de Mystra en el camino de Calantar hacía dos meses. Había visto
demasiadas cosas durante las últimas semanas para que un muchacho que en toda
su vida probablemente no había visto más allá de cien kilómetros a la redonda
de Tantras le lanzase una regañina. Los jinetes llegaron a la Luna Perezosa y
Medianoche pagó a Quillian lo convenido, más una bonificación por los peligros
que había corrido y de los que ella no le había advertido de antemano. El
muchacho de cabello negro se alejó con su caballo en silencio y Medianoche
entró en la posada. Una vez en la habitación que compartía con Kelemvor, lo
primero que hizo Medianoche fue comprobar si había algún mensaje de sus
compañeros. El clérigo no había recogido el suyo, pero había un mensaje firmado
por un sacerdote de Torm junto a la puerta. Se trataba de una nota escueta,
destinada simplemente a tranquilizar a Medianoche y a Kelemvor en el sentido de
que todo iba bien con su amigo.
El guerrero, por su parte, había estado en el
cuarto recientemente, a juzgar por el
estado en que se encontraba, y había cogido el
mensaje que le dejara
Medianoche. A cambio, él en un trozo de papel había
garabateado deprisa y
corriendo sólo tres palabras:
«Cyric está vivo.»
El pergamino resbaló de las temblorosas manos de
Medianoche y cayó al suelo. Y allí se quedó cuando salió corriendo de la
posada, con el corazón palpitándole aceleradamente a causa del temor que se
había apoderado de ella.
13
La posada Cosecha Misteriosa
Mientras los héroes se despedían delante de la
posada Luna Perezosa, Kelemvor no dejó de mirar a Medianoche. La maga besó al
guerrero de ojos verdes por quinta y última vez y luego le apartó cariñosamente
el pelo del rostro. Kelemvor fijó su mirada en los hermosos y oscuros ojos de
la maga y se estremeció. El guerrero pensó que no podía soportar la idea de
volverla a perder, y dijo: —Quizá sería preferible no separarnos. No me gusta
pensar que tu vida puede estar en peligro.
La maga puso sus dedos en los labios de Kelemvor y
esbozó una sonrisa cariñosa. —Todos vamos a correr riesgos. Nuestra única
posibilidad de salvación está en encontrar lo que hemos venido a buscar y
marcharnos lo antes posible —le dijo a su enamorado—. Ya sabes que de esta
forma podemos abarcar más y llevar a cabo nuestra misión con mayor celeridad.
Kelemvor levantó la mano y la puso sobre la de Medianoche. —Sí — murmuró, y
besó sus dedos—. Ten cuidado. Medianoche hizo un comentario sarcástico y dio
una palmada al guerrero en la mejilla. Kelemvor siguió mirando a la maga cuando
ésta se apartó de él, le dijo adiós al clérigo y se alejó caminando.
Kelemvor se dirigió a Adon.
—Hasta la vista —le dijo al clérigo desfigurado,
sin dejar de observar a Medianoche que se alejaba calle abajo—. ¿Adon? No hubo
respuesta. Kelemvor se volvió y vio al clérigo al otro lado de la calle,
perdiéndose ya entre la multitud. El guerrero se encogió de hombros y se
encaminó al puerto. Durante las horas siguientes, Kelemvor se limitó a estudiar
la zona de los muelles, hasta que se hubo familiarizado con algunos de los
mayores barcos
mercantes atracados en aquellos momentos en
Tantras. A pesar de que detestaba la idea, Kelemvor pensaba que, si todo lo
demás fallaba, les quedaba la alternativa de ofrecerse como tripulación en un
barco mercante. Por último, Kelemvor se dedicó a investigar también los
almacenes, pero al cabo de una hora de cerrársele las puertas en las narices,
el guerrero renunció a esta línea de investigación y se puso a caminar por el
puerto en dirección sur y a observar las aguas del estrecho del Dragón. En el
horizonte, se elevaba en el cielo una larga franja púrpura y azul que dio paso
a un campo de un color azul intenso. En todas las demás ciudades cercanas, se
estaba poniendo el sol.
—Un espectáculo extraño, ¿verdad? —comentó una voz
detrás del guerrero. Kelemvor se volvió y se encontró ante un hombre de ojos
garzos vestido con un uniforme de brillantes colores. El hombre era unos años
más joven que Kelemvor y llevaba una barba de un rubio tirando a moreno
perfectamente cortada. Sus cejas eran una sola raya continua que le atravesaba
el rostro y esbozaba una sonrisa peculiar. —¿Extraño? No si lo comparo con
otros que he visto recientemente —repuso Kelemvor—. En cierto modo, hay que reconocer
que es muy hermoso. —Esta luz eterna ha vuelto locas a muchas personas —dijo el
hombre suspirando —. Para muchos es peor que la oscuridad más negra e infame
que pueda haber visitado
jamás a Faerun.
El guerrero sonrió al recordar los horrores con los
que se había enfrentado en el desfiladero de las Sombras, de camino al valle de
las Sombras. —Si las colinas de la ciudad empezasen a elevarse para aplastar a
sus habitantes entre ellas, entonces tendríais motivo de preocupación. El
hombre se echó a reír. —Hablas con la convicción de un hombre que ha visto
cosas tan espantosas como ésa.
—Eso y mucho más —replicó Kelemvor con una sombra
de tristeza en su voz profunda.
—Es increíble. —El hombre de los ojos garzos tendió
su mano al guerrero—. Me llamo Linal Alprin y soy el capitán del puerto de
Tantras. —Kelemvor Lyonsbane —dijo el guerrero, a su vez, y estrechó la mano
que le tendía su interlocutor.
El capitán del puerto movió la cabeza y suspiró.
—Llevo en Tantras desde que los dioses llegaron a Faerun, pero en las últimas
semanas he visto unas cosas que me habrían parecido imposibles hace un año.
Alprin y Kelemvor
estuvieron todavía un rato en el muelle,
intercambiando historias sobre el caos mágico y la inestabilidad de la
naturaleza que cada uno había presenciado desde el día del Advenimiento. Al
cabo de una hora aproximadamente, el capitán del puerto se volvió al guerrero y
le preguntó si tenía algún plan para la noche. —Bien, tenía previsto volver a
la posada —le dijo Kelemvor al hombre de los ojos garzos.
—¡Ni hablar! —repuso Alprin con rapidez—. Tú vienes
a mi casa a conocer a mi mujer y a compartir unas cuantas historias en nuestra
modesta mesa. — El capitán del puerto hizo una pausa y sonrió—. Es decir, si tú
quieres, claro. —Me encantará —repuso Kelemvor—. Te lo agradezco. Alprin
recorrió con la mirada los muelles, ahora llenos de gente. Dos guardias y un
puñado de marineros lo estaban mirando. —En la avenida hay unas tiendas —se
apresuró a decir, a la vez que señalaba hacia el sur—. Sigue la calle hasta que
encuentres una que vende sombreros elegantes. Espérame allí, tengo que comprar
un regalo para mi esposa de camino a casa. Alprin dejó seguidamente al guerrero
y desapareció entre la multitud. Kelemvor caminó por el muelle entre el gentío
durante diez minutos, luego se metió en la avenida flanqueada de tiendas.
La única que vendía sombreros de categoría tenía un
rótulo que decía: La Boutique Elegante de Mesina. Sin saber muy bien por qué,
el guerrero se sentía extraño delante de las hileras de hermosos sombreros
femeninos y las miradas extrañas que de vez en cuando le lanzaban las mujeres,
reunidas en grupos cerca de la tienda para charlar, le hacían sentirse todavía
más incómodo. Kelemvor se fijó en un juglar de barba blanca que estaba en una
tienda próxima y de vez en cuando miraba en dirección al guerrero. Cuando éste
se disponía a ir al encuentro del hombre a indagar el motivo de su curiosidad,
una hermosa mujer de pelo entrecano tropezó con él. Parecía asustada y un
cardenal rojo cubría la mejilla derecha de su bonito rostro. Después de
agarrarse al guerrero, le rogó: —Ayúdame. ¡Se ha vuelto loco! Antes de que
Kelemvor tuviese tiempo de replicar, un joven, con los puños apretados, se
acercó a la mujer.
—Es de mi propiedad —le gritó a Kelemvor—. ¡Sácale
las manos de encima! Mientras el guerrero observaba atentamente al hombre, notó
que sus propios labios se abrían en una mueca de repugnancia. El hombre era
bajo y
delgado e iba
vestido con una simple túnica de fieltro marrón.
Por su aliento fétido y la
forma en que se balanceaba, Kelemvor comprendió que
también estaba muy ebrio. —¡No te acerques! —dijo Kelemvor, a pesar de que en
su cabeza una voz le gritaba: ¡La maldición! ¿Y si no ha desaparecido
realmente? El guerrero hizo una mueca, apartó este pensamiento de su mente y
decidió que aquel era un momento tan bueno como otro cualquiera para
descubrirlo. El hombrecito lleno de mugre guardó silencio unos segundos,
paralizado por las palabras del guerrero.
—Tú eres quien no debe acercarse a ella —dijo
finalmente—. Esta mujer es mía. —Pues ella no parece opinar lo mismo —repuso
Kelemvor, luego rodeó la cintura de la mujer y la empujó suavemente a un lado.
A continuación desenvainó su espada. La hoja de acero meticulosamente
abrillantado relució a la luz del sol—. Pero voy a decirte algo, yo lucharé por
ella.
La mirada del hombre recorrió toda la longitud de
la espada de Kelemvor, luego se elevó hasta los ojos del guerrero y se desplazó
finalmente al rostro asustado de la mujer de pelo entrecano. El hombre ebrio
agachó la cabeza, se dio media vuelta y se alejó. Cuando el hombrecito estuvo
fuera de su vista, Kelemvor volvió a guardar la espada en su funda y miró a la
mujer. —Conozco a los de su calaña —murmuró el guerrero—. Ahora está asustado,
pero volverá a por ti. —El guerrero sacó su bolsa de oro y, después de tomar la
suave mano de la mujer, arrojó un puñado de monedas en la palma de su mano para
luego cerrarle suavemente los dedos—. Compra un billete para el primer barco
que se dirija al peñasco del Cuervo. Puedes mandar a alguien a por tus cosas.
Una lágrima brotó de los ojos de la mujer de pelo entrecano. Ella asintió con
una inclinación de cabeza, le dio un beso al guerrero y se encaminó hacia el
norte para no tardar en desaparecer entre la muchedumbre. Kelemvor sintió una
satisfacción que no había conocido desde que era muchacho, desde antes de que
la maldición de los Lyonsbane tomase posesión de su vida. El guerrero pensó que
si la maldición vivía todavía en él, estaba dormida... por lo menos de momento.
Kelemvor descubrió de pronto que el juglar estaba junto a él, muy cerca. —Es
fácil intimidar al amor juvenil —dijo el juglar suspirando—. Sin embargo, has
hecho una buena obra. No son muchos los que se tomarían interés por los
problemas de un extraño. —Las buenas acciones son la propia recompensa —dijo
Kelemvor en voz baja antes de volverse hacia el juglar. Una larga y blanca
barba adornaba el rostro del anciano y una masa confusa de innumerables arrugas
rodeaban sus ojos. —En Aguas Profundas hablan de una gran tragedia de amor
juvenil y
oscuro deseo —dijo el anciano sin dejar de mirar a
Kelemvor a los ojos—. Algunos dicen que el final del cuento es terriblemente
triste, otros consideran el final gloriosamente feliz. Si quieres, puedo
cantártela.
El juglar empezó a rasguear su lira y abrió la boca
para iniciar la balada. Sin embargo, antes de pronunciar una sola palabra o
tocar una sola nota, el anciano se interrumpió de pronto y alargó su mano
vacía. El guerrero sonrió y puso una moneda de oro en la mano abierta. —Canta,
juglar. —¡Kelemvor! —gritó una voz.
El guerrero miró a su izquierda y vio surgir a
Alprin de entre el gentío. Cuando Kelemvor se volvió de nuevo hacia el juglar,
comprobó que el anciano había desaparecido.
—Pareces turbado —observó Alprin cuando llegó a la
altura de Kelemvor.
El guerrero frunció el entrecejo mientras buscaba
al coplero entre la muchedumbre.
—Turbado, no, amigo mío. Sólo molesto. Quería
escuchar la balada que me había prometido ese anciano. Ahora nunca la oiré.
Después de comprar un sombrero para la esposa de Alprin, Kelemvor y el capitán
del puerto se encaminaron en dirección este, hacia el centro de la ciudad, para
luego tomar una carretera tortuosa hacia el norte, donde la inclinación de las
calles era cada vez más escarpada. No tardó en aparecer delante de los jinetes
una casa sencilla de una sola planta. Alprin escondió el sombrero —una cofia de
color rosado con un diseño de seda rosa— detrás de la espalda y entraron en la
vivienda. —¿Cómo está mi pobre y abandonada esposa hoy? —exclamó Alprin desde
la puerta de la calle.
—Estaría muchísimo mejor si su marido pasara más
tiempo con ella —repuso una voz femenina.
Un momento después, hizo su aparición la dueña de
la casa, una mujer algo fea con cabello negro y liso y tez cetrina. Lanzó un
gritito cuando Alprin le mostró el sombrero.
—Para ti, amor mío —dijo el capitán del puerto,
riéndose mientras descansaba el sombrero sobre la cabeza de su esposa. Luego le
dio un beso. —¿Quién es éste? —dijo con suspicacia la mujer, y señaló a
Kelemvor. Alprin se aclaró nerviosamente la garganta. —Un invitado, cariño
—dijo el capitán del puerto con aire inocente. —Habrías debido avisarme —dijo,
enojada. Luego una sonrisa iluminó su rostro y tendió la mano a Kelemvor—.
Me llamo Moira. Puesto que eres amigo de mi marido,
sé bienvenido a esta casa.
Una hora después, mientras tomaban la cena más
delicada que el guerrero había degustado desde que se marchara de Arabel,
Kelemvor les habló de los muchos espectáculos extraños que había presenciado en
sus recientes correrías, si bien se guardó de mencionar muchas de las razones
de sus viajes a través de Faerun. —¡De cuánta locura has sido testigo! —dijo
Alprin entusiasmado. Luego se volvió a su mujer y añadió—: Fíjate, Moira, tú y
yo podríamos ser libres para viajar, para ver esos asombrosos espectáculos. —¿Por
qué no salís de viaje cuando os apetece? —preguntó el guerrero con la boca
medio llena de pan.
Moira se levantó bruscamente y se puso a quitar la
mesa. Alprin se puso serio. —Kelemvor —empezó a decir en tono sombrío—, si te
consigo un viaje seguro para ti y tus compañeros, ¿te marcharás de Tantras tan
pronto como puedas? —Ésa es mi intención... —le dijo el guerrero a su amigo—.
Pero ¿por qué tienes tantas ganas de que me marche?
—Está desapareciendo gente —dijo Alprin en un
susurro—, buena gente. Moira dejó caer un vaso de metal que se estrelló
ruidosamente contra el suelo. Alprin se agachó para ayudar a su esposa a
recoger el agua derramada y ella le susurró al oído:
—¡Puede ser uno de ellos! ¡Ten cuidado con lo que
dices! —¿Qué clase de
gente ha desaparecido? —preguntó Kelemvor, sin
dejar entrever que había
oído el comentario que le había susurrado Moira—.
¿Extranjeros, como yo? Alprin sacudió la cabeza mientras depositaba un trapo
mojado sobre un plato. Moira lo fulminó con la mirada, tomó el plato y se
dirigió a la cocina. —Si cuando hayas oído mi historia piensas que estoy loco,
no te lo reprocharé —
murmuró el capitán del puerto.
—Eso no lo pienso ni por asomo —replicó Kelemvor
con evidente sorpresa en la voz.
—Un amigo mío, Manacom, desapareció —empezó
Alprin—. Un día estaba aquí y al día siguiente había desaparecido. Ni los
guardias ni el gobierno de la ciudad mencionan su nombre. Todo su expediente
desapareció de los archivos de la ciudad. »Yo traté de descubrir lo que le
había ocurrido. Al cabo de unas horas, una banda de ladrones me atacó y me
golpeó hasta dejarme medio muerto. Yo intenté defenderme, pero eran demasiados.
Alprin hizo una pausa y miró hacia la cocina, donde su esposa estaba
fregando los platos.
—Moira tenía algunas pociones curativas que nos
habían dado como regalo
de bodas. De no ser por ellas, habría muerto. —¿No
podían curarte los
clérigos de Torm? Dado que tienen a su dios cerca,
deben de tener el poder
de curar —observó Kelemvor. —El poder, pero no el
deseo —dijo Moira en
un gruñido cuando regresó al comedor secándose las
manos en el delantal. —
¿Quién crees tú que se llevó a tu amigo? —preguntó
Kelemvor en tono
calmoso y reconciliador.
Alprin meneó la cabeza.
—No lo sé. Pero tengo mis sospechas. Sin embargo,
será preferible que no te
involucre en esto.
Kelemvor se echó a reír.
—Me has involucrado ya al empezar a contármelo. Yo
creo que podrías terminar lo que has empezado. Por lo menos podrías decirme lo
que tú crees que está pasando, aunque no me cuentes quién lo está haciendo.
Alprin suspiró y asintió con un movimiento de cabeza. —Creo que alguien está
induciendo a abandonar la ciudad por las buenas a quienes creen en algún dios
que no sea Torm. He oído rumores de que algunos clérigos, como Manacom, se
negaron a marcharse y fueron asesinados. Y quienquiera que se haya llevado a
Manacom por la fuerza debe de pensar que yo sé demasiado, que voy a fisgonear
por ahí hasta que descubra su conspiración. El guerrero movió la cabeza.
—¿Por qué, entonces, no se limita, quienquiera que
sea, a secuestrarte? —
Porque ello levantaría muchas sospechas —susurró
Moira—. Alprin es muy
conocido aquí. Su desaparición causaría mucha
agitación y eso es lo último
que quieren en estos momentos.
Alprin meneó la cabeza.
—Pero si tú y tus amigos vais metiendo las narices
por ahí en busca de objetos religiosos, como me has explicado que vais a hacer,
puedes estar seguro de que llamaréis su atención. —El capitán del puerto hizo
una pausa y se enjugó el sudor de la frente—. No pude salvar a mi amigo, pero
quizá pueda salvarte a ti, Kelemvor. Kelemvor empezó a levantarse de la mesa,
pero Moira le puso una mano sobre el brazo.
—Quédate —le dijo Moira a Kelemvor con voz firme—.
Podemos haberte puesto en peligro al contarte todo esto. Lo mínimo que podemos
hacer es ofrecerte nuestra casa para pasar la noche.
Alprin sonrió.
—En cualquier caso, no recuerdo la última vez que
Moira y yo tuvimos la ocasión de contar historias con huéspedes hasta altas
horas de la noche. Y, si te quedas, puedo
darte el nombre de algunas personas dispuestas a
sacaros de Tantras. Conozco
personalmente a la mayoría de los capitanes que
atracan en este puerto. —Y quizá puedas convencer a mi marido de que compre
pasajes también para nosotros dos —murmuró Moira al oído del guerrero. Kelemvor
suspiró y se reclinó contra el respaldo de la silla. —Muy bien. Me quedo.
Kelemvor durmió en un cuarto que había sido
previsto para los niños, hasta que Moira supo que no podía tenerlos. Durmió a
ratos y, unas cuantas horas después, el guerrero se despertó y descubrió que
Alprin se había marchado ya al puerto. Moira preparó un copioso desayuno para
el guerrero y ambos estuvieron charlando un rato. Sin embargo, Kelemvor no
tardó en marcharse para volver a la posada Luna Perezosa. Allí encontró un
mensaje de Medianoche. Su amada le contaba los escasos resultados del día
anterior. Le hablaba también a Kelemvor de las extrañas y sospechosas
actividades en los templos de la ciudad.
Kelemvor leyó la carta hasta el final y luego salió
de la posada sin dejar un mensaje de respuesta. Los comentarios de Medianoche
sobre los templos de Tantras coincidían con los temores del capitán del puerto
sobre la conspiración. El guerrero sin embargo quería investigar un poco más
antes de alarmar inútilmente a Medianoche, de modo que se fue en busca de
información. Las últimas palabras del mensaje de Medianoche no dejaban de
resonar en su mente. «La posada Cosecha Misteriosa es peligrosa. Evítala a toda
costa. Te lo explicaré luego...»
Kelemvor se dirigió al puerto y allí encontró a
Alprin, el cual le contó que había llegado a un principio de acuerdo para que
él y sus compañeros se marchasen de Tantras en una pequeña galera de Calaunt.
El capitán era un tipo supersticioso, pero de confianza, y el barco sólo
permanecería en el puerto unos días más. Como medida de seguridad, Alprin puso
como condición que ningún miembro de la tripulación estuviese al corriente de
los pasajeros adicionales hasta poco antes de que el barco zarpase. Satisfecho
con este arreglo, Kelemvor le pidió información sobre el mundo criminal de
Tantras y la posada Cosecha Misteriosa. —Los dos son una misma cosa —
dijo Alprin mirando nerviosamente el puerto que los
rodeaba—. La ciudad deja tranquila a esta posada particular porque algunos de
sus espías obtienen la información allí. Es el peor agujero de la ciudad, un
pozo apestoso de depravación y culto abyecto. El guerrero se dio cuenta de que
los temores de Medianoche con respecto a la Cosecha Misteriosa eran fundados.
Sin embargo, Kelemvor se consideraba un profesional experto, un aventurero
aguerrido. Sabía que la mejor forma de descubrir información sobre asuntos
oscuros era hundirse en la inmundicia con los criminales, aunque ello
significase llenarse de porquería hasta el cuello. —¿Y con quién se puede
contactar allí para obtener información? —susurró Kelemvor—. Alguien que
conozca todos los bajos fondos de la ciudad. Alprin escudriñó los rostros de
más de una docena de personas que estaban dentro de un radio de acción de
treinta metros. Nadie parecía estar mirándolos. —¿Por qué lo preguntas? — dijo
Alprin con suspicacia, a la vez que se pasaba una mano por su curtido rostro.
—Mis amigos y yo hemos venido aquí con un propósito
del que no puedo hablarte por el momento —repuso Kelemvor—. Tengo que pedirte
que confíes en mí. —El guerrero se apoyó en una barandilla de madera un
momento, luego se inclinó sobre ella. Alprin suspiró y movió la cabeza. —Ahora
me recuerdas a Manacom. —Alprin le dio la espalda al guerrero—.
Escucha, creo que ya hablamos de ello anoche.
Además, no deberíamos hablar de estas
cosas en la calle. Es demasiado peligroso. Espera
hasta la noche. —¡No puedo esperar hasta la noche! —espetó Kelemvor, cada vez
más furioso y con un tono de voz que estaba atrayendo miradas indiscretas.
Apretó los puños, pero hizo un esfuerzo para relajar el cuerpo—. Lo siento,
pero esta noche puede ser demasiado tarde para lo que debo hacer.
El capitán del puerto se volvió y se apoyó en la
barandilla junto al guerrero. —Esto no me gusta —murmuró Alprin con amargura—.
Pero si estás decidido a ir a la Cosecha Misteriosa, tienes que preguntar por
Sabinus. Es un contrabandista que tiene conexiones con el gobierno de la ciudad
y también con los tormitas. Y, ahora, vete, ya he hablado demasiado. Si alguien
sospechase que te he dicho... —Nunca lo sabrán —dijo Kelemvor, luego sonrió y
le dio una palmada en la espalda al capitán del puerto—. Has demostrado ser un
amigo de verdad y cuentas con mi gratitud. Estoy en deuda contigo.
—Pues paga tu deuda marchándote de la ciudad vivito
y coleando —dijo Alprin refunfuñando. Luego se alejó, sin dejar de estudiar a
los transeúntes. Kelemvor se marchó del puerto. Recorrió las calles con paso
rápido y se detuvo sólo cuando, perdido, no le quedaba más remedio que
informarse sobre el paradero de la posada Cosecha Misteriosa.
Una hora después, el guerrero estaba delante de un
edificio negro y escarlata de una sola planta y movía la cabeza de un lado para
otro. Comprendió por qué había llenado a Medianoche de agitación. Aquella
posada olía a corrupción. Kelemvor contuvo un estremecimiento y entró.
—¿Te espera alguien? —preguntó bruscamente un
hombre feo y obeso cuando el guerrero entraba en la Cosecha Misteriosa. —Las
buenas noticias no se esperan nunca —dijo Kelemvor mascullando las palabras—.
Limítate a decirle a Sabinus que está aquí el propietario del Anillo del
Invierno, deseoso de aligerarse del exceso de equipaje. El hombre obeso lanzó
un bufido. —¿No tienes nombre?
—Sabinus no necesita mi nombre. Sólo necesita saber
lo que tengo en mi poder —dijo Kelemvor.
—Espera aquí —dijo el portero sin dejar de mirar al
guerrero con suspicacia. A continuación, el hombre cruzó una puerta de doble
hoja que, al abrirse, inundó el vestíbulo de ruido de juego y de risas, que se
desvaneció apenas aquélla volvió a cerrarse.
Al cabo de unos minutos, el portero volvió e indicó
a Kelemvor que lo siguiera. Entraron en la taberna y el guerrero se quedó
impresionado al oír y ver aquella decadencia desenfrenada. Había cinco barras
con hombres y mujeres en parejas. Unas bailarinas procedentes de tierras
lejanas danzaban sobre las barras y algunas saltaban de mesa en mesa; bromeaban
con los hombres y les sacaban el dinero. Los jugadores hacían apuestas que en
ocasiones consistían en su propia vida, pero en la mayoría de los casos en las
vidas de otros. Sobre una mesa había una mujer tumbada entre dos hombres que
echaban los dados para ver quien la poseería aquella noche. En otra mesa, la
escena aparecía invertida: un guapo y musculoso hombre rubio yacía entre dos
mujeres que, sin dejar de sonreír, se jugaban su posesión. Toda la sala olía a
licor y a basura en putrefacción. Unos extraños animales corrían por el suelo
inmundo. Kelemvor notó un roce de pelo de animal en su pierna. Se trataba de un
animal de pelo enmarañado y afilados colmillos. Aquella extraña criatura que
Kelemvor no había visto en toda su vida se alejó
corriendo tragándose todo lo que
encontraba por el suelo.
Kelemvor no tardó en ser conducido a la mesa de
Sabinus y le sorprendió comprobar lo joven que era aquel hombre influyente. El
contrabandista no debía de tener más de diecisiete años, llevaba el cabello
corto, y su tez era tan roja como su pelo. A pesar de su apariencia joven,
había en Sabinus un aire de misteriosa sabiduría; el mismo aire que rodeaba a
los secretos viejos y rancios y a los antiguos y podridos objetos malditos. El
pelirrojo contrabandista indicó a Kelemvor que se sentase. El guerrero se sentó
y adoptó la conocida postura de muestra de confianza, es decir, las manos sobre
la mesa con las palmas hacia arriba. —Has despertado mi interés —dijo Sabinus—.
Pero no se te ocurra hacerme perder el tiempo. El estrecho del Dragón está
lleno de patanes como tú que estiran más la manga que el brazo. —Jamás me
atrevería a hacerte perder tu valioso tiempo —mintió Kelemvor —. Traigo algo de
gran valor.
El contrabandista se agitó ligeramente en su silla.
—Eso me han dicho. El Anillo del Invierno no es un objeto que se pueda tomar a
la ligera. Yo pensaba que se había perdido definitivamente. —Lo que no se
llevan los ladrones, aparece por los rincones. Y ahora dejémonos de evasivas y
vayamos al grano —dijo Kelemvor con voz tajante y moviendo las manos sobre la
mesa.
Sabinus esbozó una enigmática sonrisa mostrando
mucho los dientes. —Bien. Al grano. Me gusta. —El contrabandista pelirrojo se
balanceó en la silla, casi mareado a causa de la excitación que se había
apoderado de él—. Si tienes el anillo, muéstramelo.
—¿Crees que iba a llevarlo encima? Acaso me tomas
por un imbécil? —Eso depende, hay varios tipos de imbéciles —repuso el
muchacho—. ¿No serás de la clase de imbécil que se atrevería a mentirme en un
asunto de esta envergadura? El Anillo del Invierno supone poder. Con él se
podría hacer que se abatiese sobre los Reinos una nueva era glaciar. Sólo los
más fuertes, o los preparados para semejante desastre, tendrían la esperanza de
sobrevivir. — Sabinus se pasó las manos por la cabeza.
Kelemvor entornó los ojos y se inclinó hacia el
contrabandista. Dos guardias que estaban cerca se pusieron tensos y se
dispusieron a sacar las dagas, pero Sabinus les indicó que se alejasen.
—Puedo indicarte con exactitud dónde está escondido
el anillo. Puedo
explicarte los peligros que implica su recuperación
y cómo sortearlos —dijo Kelemvor al muchacho.
—¿Qué quieres a cambio? —preguntó Sabinus,
cauteloso. El guerrero pensó sarcásticamente que quería que le dijese dónde
estaba la Tabla del Destino, pero que se conformaría con alguna pista sobre su
paradero. Sin embargo, esto fue lo que contestó:
—Información. Necesito saber por qué los seguidores
de Sune, de Ilmater y de todo dios que no sea Torm han sido expulsados de la
ciudad... y por orden de quién. —Es posible que pueda decírtelo —murmuró
Sabinus—.
Explícame algo más sobre el Anillo del Invierno.
Tus palabras pueden refrescarme la memoria y soltarme la lengua. —El muchacho
se inclinó hacia delante. Kelemvor frunció el entrecejo. Recordó a la criatura
de hielo que guardaba el anillo cuando vio el objeto por última vez y a todas
las personas que aquel ser había asesinado. El guerrero de ojos verdes le contó
a Sabinus todo lo que sabía. Al otro lado de la sala, en un rincón oscuro del
edificio sin ventanas, estaban
sentados dos hombres que no dejaban de observar a
Sabinus y a Kelemvor. Uno de ellos
llevaba una visera negra con mirillas para los
ojos. El otro era moreno y delgado y sentía algo extraño al ver que el guerrero
estaba a punto de caer en su trampa. —Sabinus está interpretando muy bien su
papel —dijo Cyric en tono despreocupado, echando el cuerpo atrás para ocultarse
todavía más en las sombras. —Esto no me gusta —dijo Durrock entre dientes—.
Como tampoco me gustó viajar por el estrecho del Dragón metido en una caja de
embalaje que más parecía un ataúd.
—Pero si ni siquiera tuviste que meterte en la caja
hasta que divisamos Tantras — replicó Cyric—. ¿Tan supersticioso eres? ¿Crees
realmente que por meterte en un ataúd vas a dar tu último suspiro al día
siguiente? De ser así, Durrock, quizá deberíamos marcharnos antes de que pases
por esa prueba. —No —repuso el asesino desfigurado, y deslizó la mano hacia su
cuchillo—. He fallado a mi dios. Debo darle cumplida satisfacción. Pero no
quiero volver a ver aquella caja de embalaje. —«Y me gustaría verte muerto, ladrón»,
añadió para sus adentros. Cyric sacudió la cabeza y se echó a reír. — ¿Cuántas
veces tendré que explicártelo? Con tu cara, jamás habríamos conseguido entrar
en la ciudad. Tienes una reputación, Durrock. Eres famoso, como suele ocurrir
con los asesinos. La caja de embalaje y las conexiones de
Sabinus en el puerto eran el único medio de que
entrases en Tantras sin despertar sospechas. Durrock apartó la mirada. A pesar
de la interferencia de la visera, Cyric estaba seguro de que el hombre se había
puesto serio. —Mira, Sabinus se lo está llevando —observó Cyric mientras cogía
su jarra y bebía un buen trago de negra y amarga cerveza—. Se dirigen abajo, a
la arena. Será mejor que te des prisa. Apenas Kelemvor sospeche que ha sido
traicionado, intentará escapar. —El ladrón posó la jarra de cerveza y sonrió—.
Y Bane no estaría nada contento contigo si ello volviese a ocurrir... —Con los
dos — puntualizó Durrock al ladrón de nariz aguileña antes de levantarse. —Que
tengas suerte —dijo Cyric.
El asesino siguió a Kelemvor y a Sabinus hasta el
extremo de la sala. Allí, el guerrero y el contrabandista cruzaron una puerta
privada y bajaron una escalera de caracol que daba a un cuarto oscuro, un
agujero sin luz que parecía absorber ávidamente el resplandor de la linterna de
Sabinus. Una vez al pie de la escalera, se introdujeron en la oscuridad.
El guerrero estaba tenso, con los sentidos alerta.
—¿Guardas los documentos aquí abajo? —dijo Kelemvor en tono impaciente mientras
trataba de distinguir con claridad algún objeto en la oscura habitación. —¿En
qué otro lugar podría guardarlos? —dijo el contrabandista riéndose—. De hecho,
tengo un documento por aquí que contiene un sello y una firma que puede
interesarte. Se trata de una orden de ejecución. El borde de una larga y blanca
plataforma surgió de la oscuridad delante de Kelemvor y del contrabandista y,
de repente, se encendió una docena de antorchas, que dejaron al descubierto la
trampa en la que había caído. El guerrero se dio cuenta de que el sótano de la
taberna era una especie de arena, con una plataforma en el centro y gradas
desde donde los espectadores podían contemplar el espectáculo. El guerrero vio
que había ya reunidas casi cien personas. — Cómo puedes imaginar, la orden es
para tu ejecución —exclamó Sabinus, antes de correr hacia una puerta que había
cerca de unos asientos a nivel del suelo. Kelemvor se disponía a ir en su
persecución cuando un brillante resplandor de luz
llamó su atención. Levantó la vista y vio a un
hombre con una visera negra de pie en lo
alto de la escalera. La luz de las antorchas se
reflejaba en la superficie de la visera. —Durrock —murmuró Kelemvor.
Pero el guerrero reaccionó rápidamente de la
sorpresa y, después de
desenvainar la espada con gracia y habilidad, se
colocó en una posición a la defensiva. El asesino empezó a bajar la escalera en
silencio y blandiendo su espada negra con runas carmesíes incrustadas en ella.
El asesino iba vestido de cuero negro con franjas
metálicas en tobillos, muslos, cintura y bíceps. Cuando Durrock llegó a la
arena, levantó las manos y cruzó los brazos. Al tocarse las muñecas, se oyó un
ruido agudo y las franjas de metal se abrieron convirtiéndose en afiladas
cuchillas. Durrock se arrancó la visera del rostro y la arrojó al suelo.
Kelemvor, horrorizado ante las deformidades del
rostro del asesino, dio un paso atrás. Los espectadores, que hasta aquel
momento habían permanecido en silencio, empezaron a alborotarse y una lluvia de
gritos y de insultos cayó sobre los dos hombres de la arena. El guerrero saltó
al blanco cuadrilátero de unos nueve metros de lado y se quedó mirando a
Durrock mientras éste subía a su vez a la plataforma. Poco rastro de humanidad
quedaba en el rostro desfigurado del asesino. Durrock se precipitó repentinamente
hacia delante con la espada agitada en el aire. El asesino, moviéndose a la
velocidad del rayo, bailaba alrededor de Kelemvor y arremetía contra él. Luego,
antes de que Kelemvor tuviese ocasión de devolverle el ataque, el hombre
desfigurado retrocedió. «¡Por todos los dioses! —pensó Kelemvor—. ¿Dónde ha
aprendido Durrock?» Kelemvor podía ser calificado como algo más que un buen
espadachín, pero el asesino era un maestro.
El asesino retrocedió otro paso, se dio media
vuelta y le dio a Kelemvor una patada en el estómago con todas sus fuerzas. El
guerrero retrocedió ante el golpe y el cabello cayó hacia delante cubriéndole
el rostro. Durrock volvió a girar sobre sí mismo, en esta ocasión arremetiendo
también con la espada. Se desprendió un puñado de cabello negro salpicado de
hebras grises. Durrock lo pescó en el aire con unos reflejos rapidísimos.
—¡Podía haber sido tu cuello, canalla! —dijo el asesino levantando el mechón de
pelo—. ¡Te convendría rendirte antes de que sea demasiado tarde! Los
espectadores se inquietaron.
—¡Veinte monedas de oro por ese monstruo deforme!
—gritó uno de los espectadores.
—¡Cincuenta monedas de oro por esa horrible bestia
que tiene una cicatriz por cara! —gritó una mujer, y unas fuertes risas
estallaron en las gradas en sombras. Enfurecido por las burlas, Durrock lanzó
un grito y abatió la espada sobre el guerrero con un brutal movimiento por lo
alto. Kelemvor frenó el
golpe con su propia espada y una lluvia de chispas
atravesaron las sombras que rodeaban la arena. Sin embargo, el ataque había
hecho caer a Kelemvor de rodillas. —¡Derrama un poco de sangre, monstruo!
—gritó un espectador
—. ¡Si no derramas un poco de sangre te
encadenaremos a la puerta de la posada para que ahuyentes a los niños pequeños!
—¡Te mataré y luego iré en busca de tu maga! —dijo
Durrock rechinando los dientes.
Luego se volvió y golpeó la frente de Kelemvor con
la empuñadura de la espada. El guerrero se cayó hacia atrás y el asesino le dio
una patada que abrió una sangrienta brecha en el pecho de Kelemvor.
El guerrero pensó en huir, pero sabía que la única
forma de salir de la posada
Cosecha Misteriosa con vida era matando primero a
Durrock. El guerrero de los ojos verdes ignoró el lacerante dolor del pecho y
levantó la espada en el aire. Luego se fue levantando y caminó en dirección al
asesino. Su mirada siguió la trayectoria de la espada un instante, pero duró lo
suficiente para que Kelemvor le diese una patada en el costado y agarrase su
espada antes de que ésta cayese al suelo. Se oyó un ruido escalofriante cuando
la espada del guerrero penetró en la rodilla del asesino. La punta de la hoja
se había introducido sólo un par de centímetros, pero ello fue más que
suficiente para herirlo. Durrock desplazó todo el peso de su cuerpo a la pierna
sana, se apartó del guerrero de un salto y cayó al suelo. Los presentes
observaron llenos de expectación cómo Kelemvor saltaba sobre el asesino tumbado
en el suelo. La espada del guerrero se agitó en el aire, pero Durrock rodó por
el suelo y atacó con su espada. Al inclinarse el guerrero para atacar a su vez,
un chorro de sangre brotó de su hombro. Temiendo que el certero golpe de
Durrock le hubiese roto una arteria, el guerrero se puso en cuclillas y se
llevó una mano a la herida. La pérdida del uso de una pierna apenas había
restado agilidad a Durrock. El asesino clavó su espada en el suelo, se dio
impulso con la pierna sana y, después de darse media vuelta para colocar ésta
en la parte exterior, se dispuso a arremeter contra Kelemvor. Un segundo antes
de que el asesino cayese sobre su enemigo, éste se alejó rodando de la cuchilla
que sobresalía del tobillo de Durrock, destinada a abrir la garganta del
guerrero.
Cuando Durrock estaba a punto de caer sobre
Kelemvor, éste levantó la espada. La parte plana de una de las cuchillas del
asesino dio de lleno en el rostro del guerrero, pero el hombre de ojos verdes
centró todos sus esfuerzos
en lanzar un solo y contundente golpe con la
espada. Kelemvor notó a continuación cómo su arma atravesaba la piel y rompía
huesos; había atravesado el pecho del asesino. El guerrero se desplomó en la
lona blanca y Durrock cayó sobre él. Cuando Kelemvor trató de moverse, la
cuchilla del brazo izquierdo del asesino le arañó la frente. La espada del
hombre de los ojos verdes estaba atrapada bajo el peso de Durrock, clavada en
el cuerpo del hombre desfigurado. Kelemvor, presa del pánico, trató de liberar
los brazos, vio la cuchilla moverse a unos milímetros de su rostro y levantó la
mirada. El retorcido y desfigurado rostro de Durrock estaba a sólo unos
centímetros del suyo. Cuando el asesino intentó hablar, aunque sin conseguirlo,
empezó a brotar sangre de su boca. La cabeza de Durrock se desplomó hacia
delante y Kelemvor comprendió que el asesino estaba muerto. Se produjo una gran
conmoción en las gradas, y el guerrero oyó a unos hombres precipitarse a la
arena. Sacaron el cuerpo de encima de Kelemvor y éste, agotadas sus fuerzas,
dejó caer la cabeza hacia atrás. Cuando abrió los ojos, se fijó en las gradas
que había delante de él. No estaba preparado para la escena que apareció ante
sus ojos. Bajo una vacilante antorcha, estaba Cyric mirando trastornado el cuerpo
ensangrentado del guerrero. Las miradas de los dos hombres se encontraron y una
sonrisa maliciosa iluminó el rostro del ladrón de nariz aguileña. Alguien pasó
por delante de Kelemvor en aquel momento y le tapó los ojos. Cuando el guerrero
volvió a mirar hacia las gradas, el ladrón había desaparecido. Un enano casi
completamente calvo ayudó al guerrero a ponerse de pie. Mientras se levantaba
torpemente, Kelemvor pensó que debería tratar de alcanzar a Cyric, pero el
guerrero sabía que el ladrón, al igual que Sabinus, estaría ya muy lejos. —¡Un
verdadero campeón! — exclamó el enano después de atender a Kelemvor— . ¿Qué te
gustaría? ¿Oro, mujeres, poder, secretos? Dímelo y será tuyo. Hacía años que no
experimentábamos una emoción semejante.
—Secretos —susurró débilmente.
—¡Acompáñame, entonces! —vociferó el enano—. Te
curaremos las heridas y te contaremos todo lo que quieras saber.
Veinte minutos después, Kelemvor había descubierto
que la espada de Durrock no lo había herido gravemente y, cuando se marchó de
la posada, había dejado de perder sangre. Se detuvo en un establo cercano y
compró un caballo, pues estaba demasiado débil para ir caminando hasta el
puerto y luego a la posada Luna Perezosa. Mientras el guerrero se dirigía a los
muelles, trató de que su ira no interfiriese en la
tarea que tenía por delante. En la Cosecha Misteriosa le habían contado a
Kelemvor que un oficial municipal de nombre Dunn Acaudalado estaba vinculado a
las desapariciones que Alprin había mencionado. También Acaudalado era el
encargado de recuperar todos los objetos religiosos que no hubieran sido
almacenados o que no hubieran desaparecido de los distintos templos
abandonados. Muchos de estos objetos habían sido guardados bajo llave en una
cripta que estaba «bajo la mano de Torm». Si la Tabla del Destino había sido
escondida en uno de los templos de Tantras, era posible que Acaudalado se
hubiese apoderado del objeto y, ajeno a su poder, lo hubiese guardado. Habría
que interrogar a aquel hombre y registrar la cripta, pero Kelemvor quería
primero solucionar otro asunto: Cyric. El guerrero llegó a la conclusión de que
el ladrón debía de haberse puesto del lado de lord Black, pero Kelemvor no iba
a dejar que el ladrón volviese junto a su señor. Cyric debía de estar
regresando al barco que lo había traído a Tantras. El guerrero decidió con
amargura que iba a encontrar el barco, coger a Cyric y sacarle los planes de
lord Black antes de arrancarle la cabeza. Una vez en el puerto, Kelemvor buscó
a Alprin para que lo ayudase a encontrar el barco espía zhentilés, pero el
capitán del puerto no estaba en ninguna parte. El guerrero hizo unas cuantas
averiguaciones y se enteró de que Alprin había recibido un mensaje que lo había
trastornado de tal forma que había abandonado su puesto como alma que lleva el
diablo.
El guerrero se alejó en silencio, mientras se
preguntaba qué podía haber ocurrido que fuera capaz de asustar tanto al capitán
del puerto. —Alprin — dijo en voz alta cuando comprendió lo que debía de haber
ocurrido—. ¡Su esposa!
Kelemvor salió del puerto, montó en su caballo y
galopó hasta la casa de los Alprin. El edificio estaba en llamas cuando
Kelemvor llegó, pero pudo todavía acercarse lo suficiente para mirar por una
ventana abierta. Alprin yacía en el suelo, con una mancha de sangre en la
cabeza. Moira yacía a su lado. La mano del hombre muerto rodeaba el cuerpo de
su esposa en una parodia de la ternura que habían compartido en vida. Había un
mensaje en la pared, detrás de los cuerpos. Te he traicionado. Ésta es mi penitencia.
En la calle se estaba formando un grupo de personas
asustadas que reclamaban la presencia de una brigada con baldes para apagar el
fuego antes de que este se propagase hasta sus casas y sus tiendas. Kelemvor se
tapó la boca con las manos y se alejó del edificio en llamas. En medio de su
dolor, el
guerrero olvidó por el momento todo proyecto de
buscar a Cyric. Terriblemente conmovido y con lágrimas en los ojos, el guerrero
regresó a la posada Luna Perezosa y garabateó una nota de tres palabras para
Medianoche. Kelemvor comprendió que había pocas esperanzas de encontrar el
barco espía zhentilés. Cyric había escapado. De momento. Así que el guerrero se
centró en el nombre que le habían proporcionado en la Cosecha Misteriosa y, con
el deseo de vengar la muerte de Alprin ardiendo en su mente, fue en busca de
Dunn Acaudalado.
Kelemvor se pasó muchas horas estudiando la
ciudadela de Tantras y los edificios
adyacentes. Las pistas que tenía lo llevaron
primero a la ciudadela, el centro del gobierno de Tantras. Luego al templo de
Torm. Allí se acababan las pistas y Kelemvor era consciente de que no debía
cometer la temeridad de irrumpir en el vigilado lugar de culto en busca de un
asesino.
Cuando Kelemvor regresó a la posada Luna Perezosa,
encontró a Medianoche esperándole en la habitación. La inquietud y la zozobra
no la dejaban en paz. —¡Me he pasado la mitad de la noche en los muelles,
buscándote! —exclamó Medianoche, luego abrazó al guerrero y se besaron
—. ¿Qué significa esa nota? — susurró Medianoche
mientras se apartaba del guerrero y se enjugaba las lágrimas de los ojos.
—Exactamente lo que dice. Cyric está vivo y ha
tratado de matarme. Lo he visto y no me cabe duda de que volverá a atentar
contra mi vida... o contra la tuya —dijo Kelemvor, y se puso a pasear a grandes
zancadas por la habitación—. ¿Está Adon en su dormitorio? Deberíamos marcharnos
de la posada y ocultarnos durante un tiempo. Hay una barriada cerca del puerto
donde pasaremos más inadvertidos. —Adon no ha regresado aún —repuso Medianoche.
Kelemvor se puso lívido.
—¿Está aún en el templo?
—Sí. ¿Por qué? —preguntó la maga en voz baja.
Kelemvor se dirigió a la puerta e indicó a Medianoche que lo siguiera. —Tenemos
que encontrarlo. Adon corre un gran peligro estando entre los tormitas. ¡Te lo
explicaré por el camino! Medianoche asintió y siguió al guerrero, después de
tomarse un instante para coger la talega que contenía su libro de hechizos.
14 Torm
Adon permaneció junto a Kelemvor y Medianoche
mientras éstos se
despedían fuera de la posada Luna Perezosa. Aunque
algo sensiblera, la inquietud que ambos enamorados mostraban el uno por el otro
era conmovedora. Sin embargo, el clérigo sabía que era peligroso andar sueltos
por la ciudad, y que tal vez no volviesen a verse nunca más, pero era
preferible hacerlo de este modo. Medianoche y Kelemvor podían investigar donde
quisieran y Adon no les entorpecería la marcha. —Adon —dijo Medianoche, y el
clérigo salió de su ensimismamiento. La maga le sonrió cariñosamente—. No te
preocupes. No nos pasará nada. —Eso es lo que tú dices —murmuró el clérigo.
Medianoche le apretó el brazo con fuerza. —Y deja de compadecerte de ti mismo
—susurró. Luego se volvió y se puso en camino. Kelemvor se quedó observando a
la maga mientras ésta se alejaba calle abajo. Adon, por su parte, cruzó la
calle y se perdió entre la muchedumbre.
El clérigo estaba seguro de que su misión en el
templo de Torm no iba a presentar problema alguno. Dado que Adon había visitado
al clero de muchos dioses diferentes en sus viajes, estaba familiarizado con el
protocolo utilizado entre cultos rivales. Extender las manos con las palmas
hacia arriba y los pulgares extendidos al máximo era una señal casi
universalmente aceptada de intenciones pacíficas. Cuando un clérigo realizaba
este ademán y decía «hay lugar para todos», podía esperar ser admitido fácilmente
en la mayoría de los templos.
Pero cuando el clérigo de Sune cruzó la ciudadela
de Tantras, presintió que ser admitido en el templo de Torm no iba a ser tan
sencillo. La gente lo miraba al pasar, luego apartaba la vista y fingía no
haber advertido al joven. Otros señalaban a Adon y murmuraban entre sí. A
medida que se aproximaba al templo, el número de guardias iba en aumento y él
tuvo la sensación de estarse dirigiendo a un campamento de gente armada y no a
una casa de culto.
Los capiteles de la ciudadela eran impresionantes,
pero Adon suponía que su prestancia palidecería junto al templo de Torm, un
dios vivo. Se quedó atónito al ver el sencillo edificio de tres plantas rodeado
de unos muros con verjas cerradas. Unas torretas de una planta, con unas
galerías cubiertas que las unían, hacían las veces de casetas para los
guardias.
Fuera de cada una de estas torretas, unos guerreros
lucían el símbolo de Torm. Adon se acercó al primer par de guardias armados,
llevó a cabo el saludo ritual y se presentó como un adorador de Sune. A pesar
de que el
clérigo lamentaba tener que declararse todavía
adorador de la diosa de la Belleza, sabía que ello le permitiría entrar en el
templo con mayor facilidad que si se presentaba como un sacerdote visitante.
Los guerreros no respondieron al saludo de la forma acostumbrada, por el
contrario, uno de los guardias se apresuró a ir a alertar a sus superiores.
Aparecieron entonces otros dos guardias armados y Adon fue llevado a una de las
torretas, donde fue sometido a una serie de interrogatorios. Varios clérigos y
miembros del gobierno municipal formularon al clérigo desfigurado un montón de
preguntas, que iban desde
sus aficiones juveniles, hasta su opinión sobre
diferentes puntos filosóficos. Adon se
mostró lo más receptivo posible, pero cuando
expresó su confusión por el tratamiento que estaba recibiendo, nadie le ofreció
explicación alguna. Por extraño que pudiera parecer, en ningún momento le
formularon la pregunta que Adon consideraba la más importante, el motivo de su
visita al templo. — ¿A qué viene todo este interrogatorio? —preguntó Adon al
quinto entrevistador, un funcionario tedioso que, encapuchado, miraba al
clérigo con ojos sombríos.
Hacía horas que había pasado la hora de cenar y el
clérigo empezó a arrepentirse de no haber hecho un esfuerzo para comer algo
antes de marcharse de la posada Luna Perezosa.
—¿Por qué adoras a Sune? —preguntó el hombre
tedioso a Adon por quinta vez, luego bajó la vista a un trozo de pergamino que
descansaba sobre la mesa que tenía delante.
—No contestaré a más preguntas hasta que me deis
alguna información a cambio —declaró Adon en tono terminante, y después cruzó
los brazos sobre el pecho. El funcionario suspiró, dobló el pergamino y salió
de la escasamente amueblada habitación. El clérigo desfigurado oyó correr un
cerrojo al otro lado de la puerta. Y con ésta cerrada y la ventanilla de la
celda provista de gruesos barrotes de hierro, Adon comprendió que era inútil
tratar de escapar; de modo que se puso a esperar. Habían transcurrido casi seis
horas cuando un clérigo vestido con la túnica del dios Torm entró en la
habitación donde habían dejado a Adon. Después de presentarse, el clérigo
desfigurado llevó a cabo el ritual del saludo y esperó una respuesta. —En
Tantras no tenemos un templo dedicado a Sune —le dijo el tormita calvo, después
de ignorar los ojos bajos y las manos abiertas de Adon—. Lord Torm
está entre nosotros. Él lo es todo. Nuestro dios
establece las horas del día y pone lealtad... —Pone lealtad en vuestros
corazones y razón en vuestras mentes. Ya lo he oído antes —le interrumpió Adon,
cuya apariencia de calma se había derrumbado. Se puso de pie y se acercó al
hombre calvo—. Quiero saber por qué me estáis sometiendo a este trato
insultante e inhumano.
El tormita entornó los ojos y en su rostro apareció
una expresión fría, sin vida. —Adon de Sune, tú no tienes nada que hacer en un
templo dedicado a Torm. Te acompañarán inmediatamente a la salida.
Mientras el hombre calvo se daba media vuelta, Adon
hizo un esfuerzo para dominar su cólera.
—¡Espera! —exclamó el joven clérigo—. No pretendía
ser grosero. El hombre calvo se volvió de nuevo a Adon, con una mueca en el
rostro. —Tú no eres un clérigo practicante. Ya me he enterado —dijo el hombre—.
A decir verdad, no tienes nada que hacer en ninguna casa de culto. La ira y la
confusión aceleraron los latidos del corazón de Adon. Durante los
interrogatorios, no había mencionado su reciente pérdida de fe. El hombre calvo
debió de leer la confusión en los ojos de Adon, pues añadió: —Las respuestas a
las preguntas que te hemos formulado nos hace poner en duda tus palabras con un
alto grado de exactitud. Se te puede leer como a cualquier libro de nuestra
biblioteca.
—¿Qué más sabéis acerca de mí? —preguntó Adon, de
quien se iba apoderando la inquietud.
Si los tormitas habían descubierto algo con
respecto a las Tablas del Destino, Medianoche y Kelemvor podían también estar
en peligro. El clérigo de Torm se acercó a Adon y se colocó delante de él.
—Estás amargado. La cicatriz de tu rostro es
reciente. Y quieres algo de nosotros.
—Quiero una audiencia con lord Torm —repuso Adon. Y
trató de devolver una mirada de cólera a la mirada de aversión de su
interlocutor. El clérigo calvo trató de disimular la sorpresa que le causaba la
audacia de Adon, pero apenas lo logró.
—Se trata de una petición que no se puede tomar a
la ligera. Además, ¿por qué el dios de la Lealtad iba a recibir a un
desagradecido infiel como tú? — ¿Por qué no iba a hacerlo? —replicó Adon
encogiéndose de hombros—. He sido testigo de unas escenas que sólo un dios o
una diosa podrían interpretar o apreciar. El hombre calvo levantó una ceja.
—¿Por ejemplo?
Adon apartó la mirada. El clérigo sabía que tenía
que escoger las palabras con sumo cuidado.
—Dile al dios del Deber que he visto a lord Helm en
lo alto de una Escalera Celestial. He oído la advertencia que el guardián hacía
a los dioses caídos. Los labios del hombre calvo se separaron y emitieron un
gruñido. Luego levantó una mano como si fuera a abofetear a Adon, pero se
contuvo. El tormita, después de una breve pausa, hizo un esfuerzo para esbozar
una débil sonrisa. —Puesto que has venido a ver a Torm para informarle de todo
esto, es posible que mis superiores deseen hablar contigo más detenidamente.
—El hombre calvo tomó suavemente a Adon por el brazo y lo llevó fuera de la
habitación—. Ven. Te buscaremos un sitio para dormir en los barracones que hay
fuera del templo. Es posible que pase cierto tiempo hasta que mis señores
encuentren un momento para hablar contigo.
Adon durmió aquella noche en una cama caliente
dentro del edificio que había fuera de los muros del templo. Las camas estaban
reservadas normalmente para los guardias allí destinados pero, por lo menos
aquella noche, había más camas que guardias. Adon logró dormir un rato, no
mucho. El resto del tiempo se lo pasó en vela, reflexionando sobre su relación
con los dioses y haciendo esfuerzos para apartar de su mente las imágenes de
los últimos momentos de Elminster en el templo de Lathander. Entre sueño y sueño,
trataba de escuchar las conversaciones de los guardias situados en la pasarela
que había fuera de la verja. Si se concentraba, el clérigo podía escuchar
retazos de conversaciones y de palabras intercambiadas fuera de su ventana. La
mayor parte de las conversaciones se referían a mujeres y bebidas, pero algunos
comentarios llamaron la atención de Adon. —Haber visto el rostro de lord Torm
es suficiente. Comprendo a quienes han tocado incluso su manto... —dijo alguien
en tono reverente. Adon sintió náuseas. Aquella voz le había dado lástima,
estaba cargada de temor. ¿Habría utilizado él el mismo tono si Sune se le
hubiera aparecido? En otro tiempo, quizá, pero en aquellos momentos en
absoluto. Unos minutos después, otras dos personas se detuvieron junto a los
barracones. —¡Una conversación peligrosa! —dijo una mujer con voz asustada—.
Que nadie oiga que decís esto. ¿Queréis desaparecer como los otros? Algo más
tarde, un hombre dijo:
—He oído hablar de un grupo de adoradores no
oficiales de Oghma, el dios del Conocimiento. Tengo sus nombres y direcciones.
Con la gracia de Torm,
a últimos de semana...
—¡No hace falta molestar a lord Torm con estos
asuntos, amigo mío! — espetó otro hombre—. Basta con que me des esa información
a mí. Me ocuparé de que la situación se resuelva de forma adecuada...
Por último, antes del alba, un hombre se detuvo
fuera de la ventana de Adon.
—No debe enterarse nunca —dijo el hombre con una
voz cascada—. Todo se ha hecho por él, todo se ha hecho en su nombre —hizo una
pausa—, pero dado que lord Torm ha estado fuera del mundo tanto tiempo, es
posible que no llegase a comprenderlo. Jamás debe saber todo lo que ha
ocurrido. — Luego el hombre se alejó. Acababa de amanecer cuando Adon advirtió
de pronto que un clérigo entraba silenciosamente en el barracón y estaba a
menos de tres metros de su cama. Después de levantarse, Adon llevó a cabo el
saludo ritual y respiró aliviado cuando el sacerdote le devolvió la reverencia.
Aquel tormita era muy alto, llevaba el cabello color platino peinado hacia
delante, casi tocándole las plateadas cejas, sus ojos eran de un azul celeste y
tenía una sonrisa tan calurosa que tranquilizó inmediatamente el ánimo de Adon.
De pronto cayó en la cuenta de que iba despeinado y tenía el cabello bastante
sucio, tan vez incluso pegajoso en algunos puntos, así que trató de peinarse
con una mano. El sacerdote lo miró con regocijo, Adon se echó a reír y dejó de
darle importancia a su aspecto.
—He dormido vestido, mi pelo está todo revuelto y
no he comido desde ayer
— dijo Adon suspirando—. Supongo que no soy lo que
esperabas de un clérigo de Sune. El sacerdote le puso una mano en el hombro y
lo llevó fuera del pequeño edificio, luego cruzaron la caseta de los guardias y
se introdujeron en la galería que llevaba al templo de Torm.
—No te preocupes, Adon de Sune —murmuró el
sacerdote con tono tranquilizador—. No vamos a juzgarte por tu apariencia. En
cuanto al desayuno, he dispuesto que nos lo lleven a mi cuarto. Lo
compartiremos y te explicaré todo lo que tienes que saber.
Adon y el sacerdote de pelo entrecano entraron en
el templo por una verja. Miles de guanteletes de piedra flanqueaban la entrada
y Adon sintió un escalofrío cuando rozó uno de ellos. El clérigo apóstata tuvo
la sensación de que la piedra podía agarrarlo, podía evitar que alguien sin fe
en el dios del Deber entrase en su casa. Pero, como es de suponer, no ocurrió
nada.
Los dos hombres atravesaron un largo pasillo donde
había puertas de roble a
cada lado. Un guantelete pintado adornaba cada
puerta y cánticos y plegarias se filtraban a través de todas ellas.
El pasillo se bifurcó en dos que se cortaban
diagonalmente y se extendían a lo largo de seis metros en cada dirección. Estos
cortos pasillos terminaban en unas brillantes puertas de roble. El sacerdote
giró a la izquierda, siguió el pasillo hasta el final y abrió la puerta. Ésta
crujió al abrirse y apareció un cuarto muy simple. Un jergón de paja ocupaba el
suelo de la celda y unos devotos cuadros del dios del Deber cubrían las
paredes.
El desayuno que había prometido el sacerdote de
cabello color platino estaba allí y Adon, sin pensárselo dos veces, se sentó en
el suelo. Sobre una bandeja había un plato con pan caliente, queso y fruta
fresca. Adon empezó a comer ávidamente, mientras el tormita permanecía de pie y
en silencio. Después de percatarse de que el sacerdote lo estaba mirando, Adon
dejó la comida y esperó a que el hombre bendijese los alimentos. Adon se puso a
comer de nuevo y el sacerdote se sentó frente a él. El clérigo se sobresaltó al
escuchar las primeras palabras del hombre de pelo color platino. —¿Harás
penitencia por no haber bendecido los alimentos? —preguntó el tormita con
amabilidad. Adon se puso lívido y se atragantó con un trocito de pan que tenía
en la boca. Tosió varias veces y luego sacudió vigorosamente la cabeza. El
sacerdote se inclinó hacia delante.
—Entonces, Adon, es cierto que ya no eres clérigo.
Adon comprendió que aquello no era más que otra
sesión de interrogatorio y se empezó a marear. Volvió a dejar en el plato el
trozo de pan que estaba comiendo. El sacerdote frunció el entrecejo.
—Un clérigo no es nada sin fe, y tú tienes muy
poca. —Hizo una pausa y escudriñó los ojos de Adon—. ¿Has venido aquí en busca
de orientación? ¿Es por esto por lo que has inventado ese cuento disparatado de
que tenías que transmitir un mensaje a lord Torm? —preguntó el sacerdote con
voz compungida. —Es posible —murmuró Adon. A fin de ocultar su creciente temor,
trató de adoptar una expresión tímida y avergonzada. El sacerdote, con una
amplia sonrisa en el rostro, apretó los hombros de Adon. —Acabas de dar el
primer paso para ser aceptado por lord Torm, el dios del Deber. Hoy podrás
vagar por el templo en libertad. Puedes abrir cualquier puerta donde aparezca
el símbolo de Torm. Todas las demás están fuera de tus límites...
por ahora. — El tormita hizo una pausa y dejó de
sonreír—. Si haces caso omiso de estas advertencias, serás severamente
castigado. Estoy seguro de
que me has comprendido. La maravillosa sonrisa de
antes volvió a iluminar su rostro, pero Adon vio ahora algo amenazador en ella.
El clérigo desfigurado carraspeó y trató de
devolverle la sonrisa al hombre de pelo color platino, pero no lo consiguió.
—No me has dicho tu nombre —dijo Adon.
—Acaudalado —repuso el tormita con tono festivo—.
Dunn Acaudalado, sumo sacerdote de Torm. Y ahora, amigo Adon, alegra esa cara.
Fuera de estas paredes ya hay motivo suficiente para sentir miedo y amargura.
—El sacerdote se levantó y abrió los brazos—. Mientras estés aquí, el
guantelete de lord Torm te protegerá. Acaudalado ayudó a Adon a ponerse en pie
y luego le dio unas palmaditas en la espalda.
—Ahora tengo que marcharme —dijo el hombre de
cabello color platino—.
Tengo otras obligaciones que atender.
Después de haber salido Acaudalado, Adon se quedó
en la habitación todavía un rato, luego se pasó la mañana y parte de la tarde
observando unos servicios y unos rituales tan vulgares y corrientes que el
clérigo desfigurado no tardó en aburrirse. Adon había sido un gran viajero en
su primera juventud. En una ocasión fue testigo de la celebración de un ritual
pagano en el borde de un volcán en erupción, un espectáculo a la vez hermoso y
aterrador. Aun cuando el clérigo sabía valorar los ritos organizados y perfectamente
respetables que los seguidores de Torm llevaban a cabo para honrar a su dios,
no estaba en absoluto impresionado. A media tarde, Adon envió a un mensajero a
entregar una nota a Medianoche a la Luna Perezosa. Luego se puso a pasear por
un jardín exuberante y solitario que había en la parte posterior del templo. En
el centro del jardín había una hermosa estatua de un león de oro que, cuando
Adon se sentó en un banco de piedra, parecía mirarlo de forma indolente.
Dejó caer la expresión de alegría que había estado
adoptando todo el día y se puso a meditar sobre lo que había visto y oído desde
que traspasara las puertas del templo hacía casi veinticuatro horas. Era
evidente que estaba sucediendo algo siniestro en el templo y, según todas las
apariencias, lord Torm no estaba al corriente de nada. Al igual que todos los
dioses caídos, el dios del Deber se había visto obligado a recurrir a una
mutación humana. Además, Torm estaba recluido en un palacio, donde sólo sonrisas
de adoración atravesaban los muros cuidadosamente protegidos. Adon se
estremeció y cerró los ojos.
—Los dioses son tan vulnerables como nosotros
—murmuró Adon tristemente.
—Hace tiempo que tengo esa sospecha —dijo una voz
con tono tranquilo. El clérigo abrió los ojos, se volvió y vio al hombre más
hermoso que jamás había visto. El color de su cabello era rojo salpicado de
ámbar. Una barba y un bigote pulcramente cortados acentuaban su fuerte y
aristocrática barbilla. Los ojos que miraban a Adon eran de un azul intenso con
manchas púrpura y negras. Mirar el rostro de aquel hombre era como contemplar
una puesta de sol. El hombre sonrió calurosa y sinceramente. —Soy Torm. Mis fíeles
me llaman el «dios viviente» pero, como supongo que ya sabes, no soy más que
uno de los muchos dioses que hay actualmente en Faerun. —El hombre tendió una
mano enguantada al clérigo. Los hombros de Adon se hundieron. Aquel hombre no
era el dios, sino simplemente otro clérigo que le habían enviado para probarlo.
—¡No me atormentes! Si es otra prueba de mis méritos... Torm frunció
ligeramente el entrecejo, luego hizo un gesto en dirección a la estatua del
león. Un rugido llenó de pronto el jardín y el león de oro se puso a caminar
hacia el hombre pelirrojo. Torm acarició la cabeza del animal y éste se tumbó
sumisamente a los pies del dios caído, el cual se volvió a Adon y le preguntó:
—¿Te basta con esta prueba?
El clérigo desfigurado movió la cabeza de un lado a
otro. —Muchos magos podrían hacer este truco —dijo, seguro de sí mismo. Torm
volvió a fruncir el entrecejo, esta vez de forma más acentuada. —Además, aunque
tu dios viva aquí, eres un loco o un estúpido por tentar a la suerte —añadió
Adon—. Es muy peligroso hacer uso de la magia y no tengo ganas de poner mi vida
en peligro quedándome en tu compañía. —El clérigo se levantó y empezó a
alejarse.
—¡Por todas las Esferas! —exclamó el dios del Deber
para luego extender el brazo en dirección a Adon—. ¿Sabes cuánto tiempo hace
que nadie se atreve a dejarme plantado? Por encima de todo soy un guerrero y
siento un gran respeto por el valor. Adon lanzó un bufido.
—¡Por favor, déjate ya de guasas, mago! Estoy
empezando a cansarme de que me tomes el pelo.
Los ojos del dios se ensombrecieron y el león se
levantó y fue a ponerse a su lado. —Te advierto, Adon de Sune, que aunque
respeto el valor no estoy dispuesto a tolerar la insubordinación.
Algo le dijo a Adon que había cometido un error al
enfurecer al hombre
pelirrojo. Miró a Torm y vio los puntos púrpura y
negros revoloteando furiosamente en sus ojos. Asimismo, el clérigo vio poder en
aquellos ojos, un poder y una sabiduría que ningún ser mortal podía poseer. En
aquel momento Adon comprendió que estaba contemplando los ojos de un dios. El
clérigo agachó la cabeza.
—Lo siento, lord Torm. Yo suponía que vos os
desplazabais rodeado de un séquito. Lo último que se me habría ocurrido es
encontraros paseando solo por los jardines, sin guardias.
El dios viviente se acarició la barba.
—¡Ah! Veo que ahora tienes fe en mis palabras. Adon
se estremeció. «¿Fe? —pensó amargamente—. He visto a dioses que eran destruidos
con la misma facilidad que cerdos en día de mercado. He visto a los seres más
adorados por los humanos de Faerun comportarse como verdaderos tiranos. No —
pensó el clérigo—. No siento nada parecido a la fe... pero sé reconocer el
poder cuando
lo veo. Y sé cuándo tengo que inclinarme para
salvar la vida.»
El dios del Deber sonrió. Dijo:
—He dejado una imagen sentada en mi trono que se ha
quedado allí meditando tristemente. Y yo he indicado que estaba de un humor de
perros y que castigaría severamente a quien se atreviese a molestarme. —Pero
¿cómo habéis conseguido llegar hasta aquí sin ser visto? —preguntó Adon,
después de haber levantado la cabeza para mirar de nuevo al dios. —Los pasillos
de diamantes —le explicó Torm—. Empiezan en el centro del templo y se comunican
con todas y cada una de las habitaciones. Han sido diseñados como un laberinto,
de modo que son pocos los que podemos recorrerlos sin perdernos. —El dios caído
hizo una pausa y acarició la melena del león—. He oído decir que tienes un
mensaje para mí..., que has visto a lord Helm. — El dios volvió a sentarse y el
león se fue echando lentamente a sus pies.
El clérigo, sin mencionar los asesinatos cometidos
por Cyric y la afirmación de Elminster, según la cual una de las Tablas del
Destino estaba oculta en Tantras, le contó la historia a grandes rasgos.
—¡Bane y Myrkul! —dijo Torm cuando Adon hubo
terminado—. Habría debido de imaginar que esos canallas traidores estaban
detrás del robo de las tablas. ¡Y Mystra muerta y su poder esparcido por el
tejido de magia que rodea Faerun! Unas noticias terribles y asombrosas. —El
dios del Deber cerró los ojos y suspiró. Adon podía casi sentir el dolor del
dios caído.
Un hombre apareció en el jardín, pero se quedó
atónito cuando vio a Adon y a Torm y se apresuró a meterse de nuevo en el
templo. El dios del Deber no parecía haber advertido la fugaz aparición del
hombre, pero Adon sí se había percatado de ello y supo que el jardín no
tardaría en llenarse de tormitas. El dios abrió los ojos.
—Lamento no poder ayudarte en tu misión por salvar
los Reinos —dijo Torm
—. Aquí me necesitan. Tengo un deber para con mis
seguidores. —Puso una mano sobre la cicatriz de Adon y añadió—: Sin embargo,
puedo hacer algo por ti. Tienes que mirar dentro de tu corazón si quieres ver
desvanecidos esos pensamientos oscuros y pecaminosos que te consumen y amargan.
¿Qué eras antes de ingresar en tu orden? El clérigo se apartó del contacto del
dios como si se tratara de un fuego abrasador. —No era... nada —susurró—. Era
una carga para mis padres. No tenía amigos de verdad.
—Pero ahora los amigos y los amores alegran tu vida
—observó Torm, sonriendo de nuevo—. A juzgar por lo que me has contado, puedes
confiar en la maga y en el guerrero. Esto es importantísimo. A cambio, deberías
honrarles sirviéndoles fielmente, a ellos y a su causa. Y no podrás hacerlo si
te dejas consumir por tu propia tristeza. — Torm apretó con fuerza el puño
envuelto en el guantelete—. No desperdicies tu vida compadeciéndote de ti
mismo, Adon de Sune, pues si tu corazón está embargado por el dolor, no podrás
servir a tus amigos... o a tu dios. Adon oyó voces procedentes del templo.
Llegaba gente. El clérigo desfigurado se acercó al dios del Deber. —Gracias por
compartir conmigo vuestra sabiduría, lord Torm —le dijo en un susurro—. Ahora
dejad que cumpla con el deber de ayudaros. No todo es lo que parece en vuestro
templo o en Tantras. Hay unas fuerzas susceptibles de destruir la ciudad.
Debéis observar a vuestros clérigos y descubrir si están haciendo todo lo que
deben para serviros. Que haya sumisión no significa que haya justicia. Las
voces se acercaban. Una docena de sumos sacerdotes salieron al jardín y se
pusieron de rodillas ante Torm. El león no dejó de rugir de irritación mientras
los
hombres farfullaban una serie interminable de
problemas que requerían la atención
inmediata del dios. Éste se puso en pie y, después
de dedicarle una sonrisa a Adon, se dirigió a la entrada del templo más
cercana. El león de oro y el grupo de sacerdotes siguieron al dios.
Unos minutos después, Adon fue sacado del jardín y
encerrado en un cuarto
oscuro desprovisto de muebles. Al clérigo le
recordó la celda que había compartido con Medianoche en la torre Inclinada,
pero trató de apartar estos pensamientos de su mente y se puso a esperar.
Transcurrieron varias horas antes de que un silencioso y hosco guardia le
llevase una bandeja con comida. —No tengo hambre —murmuró Adon, si bien los
ruidos de su estómago traicionaban su mentira—. Llévate la comida y dime por
qué estoy aquí. El guardia dejó la comida y se marchó. Una hora después, Adon
se lo había comido todo, que consistía en un trozo de pan algo duro y queso.
Poco después entró en el cuarto el hombre del cabello color platino. Esbozaba
astutamente una amplia sonrisa. —¡Acaudalado! —exclamó Adon, y se puso de pie.
—Parece que hoy has vivido una gran aventura —dijo el sacerdote. El tono
utilizado habría podido resultar adecuado para un niño, pero Adon se sintió
insultado—. ¿Por qué no me la cuentas?
—No hay nada que contar —dijo Adon en un susurro y
con una mueca que fruncía y oscurecía la cicatriz de su mejilla—. He conseguido
mi audiencia con Torm. Ahora puedo marcharme. ¿Por qué tus guardias no me dejan
en libertad? —¿Mis guardias? —dijo Acaudalado sin abandonar la falsa sonrisa
—. No, son los guardias de Torm. Ellos sirven al
dios del Deber y no hacen más que cumplir su voluntad.
—¿Y estoy retenido aquí por orden suya? —preguntó
Adon a la vez que daba un paso en dirección al sacerdote.
—No exactamente —admitió éste mientras se
acariciaba la barbilla—. No estás retenido aquí. ¡En absoluto! No hay cerradura
en la puerta, no hay guardia fuera. —El sacerdote hizo una pausa y abrió la
puerta—. Es cierto que existe el peligro de que te pierdas en el laberinto de
Torm antes de que llegues a la salida. Eso sería una verdadera desgracia. Nunca
más se ha vuelto a saber nada de algunos que se han perdido en los pasillos de
diamantes. Adon bajó la vista al suelo.
—Comprendo —dijo abatido, luego se dejó caer hasta
quedarse sentado en el suelo apoyado contra la pared.
—Sabía que lo comprenderías —indicó Acaudalado con
voz suave y confidencial, sin que su luminosa sonrisa dejase de resplandecer en
el oscuro cuarto—. Que duermas bien. Volveré a buscarte dentro de unas horas.
Hemos dispuesto que te reciba el Sumo Consejo de Torm. Ello debería
tranquilizarte el ánimo. El sacerdote salió de la celda y Adon estuvo un rato
considerando lo desesperado de la situación, luego se quedó profundamente
dormido, si
bien no soñó en absoluto. Al cabo de unas horas,
regresó Acaudalado acompañado de dos guardias. Adon estaba dormido y el
sacerdote tuvo que sacudirlo enérgicamente para despertarlo. Mientras seguía a
Acaudalado por el pasillo, Adon empezó a trazar un plan. Decidió que se
apoderaría del arma de uno de los guardias apenas hubiesen salido de los
pasillos y se marcharía del templo a punta de espada. Sabía que quizás era una
idea suicida, pero era preferible morir de ese modo que ser ejecutado en
secreto. De modo que, mientras iban caminando, vigiló con mucho cuidado a los
guardias y adoptó una actitud pueril. Si bien Acaudalado empezó a irritarse
ante el parloteo estúpido de Adon, éste advirtió que los dos guardias se iban
relajando considerablemente.
Adon estaba a punto de abalanzarse sobre el guardia
que tenía más cerca cuando
vio a un hombre de barba blanca con una lira al
final del pasillo. Sin pensárselo dos veces, el clérigo se apoderó de una
antorcha de la pared, se apartó de Acaudalado y echó a correr hacia el anciano.
El sacerdote de cabello color platino dio una orden a voz en grito y los
guardias salieron en persecución del clérigo desfigurado. —¡Elminster! —exclamó
Adon corriendo por el pasillo—. ¡Estás vivo! El anciano levantó la vista,
alarmado. Había estado discutiendo con otro sacerdote de Torm y una fugaz expresión
de sorpresa apareció en su rostro cuando vio a Adon correr hacia él. Luego
frunció el entrecejo y se detuvo. El joven clérigo se paró delante del anciano.
La resplandeciente luz de la antorcha bañó el rostro del juglar y el calor de
las llamas lo hizo retroceder. Y, aun cuando Adon estaba seguro de haber
reconocido al hombre desde la otra punta del pasillo, un examen más minucioso
puso de manifiesto que el anciano no era Elminster. El joven desfigurado estaba
a punto de darle la espalda al juglar cuando vio que la punta de la nariz de
éste empezaba a desvanecerse.
—¡Elminster! —insistió Adon con voz entrecortada
cuando los guardias de Acaudalado llegaban a su altura.
El juglar miró a su alrededor, calculó que podía
aprovecharse de la confusión de los tormitas y evocó un hechizo antes de que
nadie fuese consciente de sus verdaderas intenciones. El aire crujió y un
vacilante rayo de energía blanquiazul llenó el pasillo. —Todos vosotros
vendréis con Adon y conmigo hasta que hayamos salido del templo y luego de la
ciudadela. Después volveréis aquí y os comportaréis como si nada hubiera
sucedido —ordenó
Elminster.
Acaudalado, los dos guardias y el sacerdote
asintieron sumisamente. El sabio
sonrió. ¡El hechizo de sugestión de masas había
salido bien! Asimismo, era el
primer conjuro que había dado resultado desde hacía
algún tiempo. El
anciano mago llegó a la conclusión de que debía de
ser la proximidad de la
mutación de Torm lo que estaba dando un poco de
estabilidad a la magia,
pero no dejó por ello de dar las gracias a la diosa
de la Fortuna. A
continuación indicó a los tormitas que los guiasen
a través de los pasillos.
Adon se había quedado paralizado y miraba al sabio
con una expresión a la
vez de sorpresa y de alivio.
—Elminster, ¿qué estás haciendo aquí?
—Te aseguro que mi intención no era salvar ese
pellejo tuyo que no sirve para nada —dijo el mago con un hilo de voz mientras
se quitaba un trozo de cera de la nariz —. Por desgracia, no me has dejado otra
alternativa. — Elminster empezó a seguir a los tormitas pero, cuando vio que
Adon no se movía, se volvió y añadió—: A ti también te ha alcanzado el hechizo.
Como te entretengas mucho, igual se me ocurre mandarte en otra dirección que no
te va a gustar en absoluto. Adon siguió al sabio. Se sentía feliz. Empezó a
darle vueltas a la cabeza, acudieron a su mente infinidad de recuerdos pero, en
definitiva, lo único que sabía era que el hecho de que Elminster estuviese con
vida suponía un gran alivio. Lágrimas de alegría corrían por sus mejillas.
—Saca esa sonrisa estúpida de tu rostro y sécate las lágrimas de los ojos —
dijo Elminster cuando llegaron al final de los pasillos y salieron al claustro
del templo—. No debemos despertar sospechas.
—Pero es que tengo tantas preguntas que hacerte...
—empezó a decir Adon casi sin aliento.
—Eso puede esperar —le interrumpió Elminster con
cierta brusquedad. Adon siguió las instrucciones del sabio y, al cabo de poco
tiempo, estaban a
cientos de metros del templo de Torm. Apenas
Acaudalado y sus hombres emprendieron el camino de regreso, ellos se metieron
entre la muchedumbre. Después de unos minutos de abrirse camino a través del
gentío, Adon se volvió a Elminster y le preguntó:
—Y ahora, ¿tendrás a bien contestar a mis
preguntas? —Hasta que estemos a salvo, no —fue la respuesta de Elminster. El
alivio de Adon se convirtió de repente en cólera. Cogió al sabio por el brazo y
le obligó a detenerse. Se hallaban en una concurrida avenida con tiendas a cada
lado que llevaba a la
torre más alta de la ciudadela y, desde donde
estaban, podían ver sus capiteles dorados.
—Escúchame, anciano sabio —dijo el clérigo
desfigurado—, mientras permanezcamos en Tantras no estaremos a salvo. Por muy
bien que nos escondamos, el Consejo de Torm nos encontrará. Aquí donde estamos
es un lugar tan bueno como otro cualquiera para que te expliques. Y ahora dime
lo que quiero saber. —Suéltame —dijo Elminster con voz tranquila pero con unos
ojos entornados como los de un gato a punto de saltar—. Luego te contaré lo que
quieras saber. Adon soltó el brazo del sabio.
—Explícame lo que te sucedió en el templo de
Lathander, en el valle de las Sombras. Yo creí que habías muerto... y que había
sido por culpa mía —dijo Adon. Con la cólera hirviéndole en la sangre, añadió—:
¡No puedes imaginarte todo lo que he pasado por tu causa!
—Considerando adónde me llevó aquel agujero, puedo
imaginármelo fácilmente —dijo Elminster, luego suspiró y apartó la mirada de
Adon. — ¡Adon! —se oyó de pronto.
El clérigo reconoció la voz de Medianoche y se dio
media vuelta para mirar a la maga. El clérigo fue presa de un horrible
presentimiento y volvió a girarse en redondo para agarrar al sabio por el
brazo. Adon miró a Elminster. El mago se disponía a perderse entre la
muchedumbre que los rodeaba. —No te alejes de mi vista —dijo Adon.
Elminster, por toda respuesta, frunció el entrecejo
y cruzó los brazos. Medianoche, y Kelemvor, detrás de ella, llegaron a su
altura. Cuando la muchacha vio a Elminster le echó los brazos al cuello y lo
estrujó de tal forma que casi lo ahogó. El anciano mago protestó y la empujó
para que se apartase. —¡No puedo creerlo! —exclamó Medianoche mientras se
apartaba del mago—. Ayer creí haberte visto, pero llegué a la conclusión de que
sólo se trataba de mi deseo vehemente de verte con vida. —Unas lágrimas corrían
por el rostro de la maga. —¡No vuelvas a hacerlo! —gritó Elminster haciendo un
gesto con la lira que había olvidado que llevaba.
Kelemvor también se había sorprendido de ver a
Elminster, pero a él el hecho de que el sabio estuviese con vida ni le alteraba
ni le llenaba de alegría. — Tienes una voz muy cantarina —comentó
sarcásticamente el guerrero—. Es muy lamentable que la utilices para causar
tantos problemas. Adon estaba a unos metros de distancia y observaba al anciano
sabio con una furia apenas controlada.
—Ni siquiera pensabas decirnos que estabas vivo.
Eres un viejo canalla cruel. Nosotros estamos aquí arriesgando nuestras vidas
para llevar a cabo la misión que nos encomendaste...
—Fue lady Mystra quien os encomendó esta misión —le
recordó Elminster al clérigo—. Yo me limité a facilitaros el camino. —Nos
buscan por criminales —dijo Medianoche en voz baja—. Adon y yo
estuvimos a punto de ser ejecutados por tu muerte
en el valle de las Sombras.
—Esa acusación ha sido retirada —murmuró el mago,
frotándose el cuello, luego indicó a los héroes que lo siguieran. Los
transeúntes estaban empezando a mirarlos y los héroes estuvieron de acuerdo en
que era preferible alejarse de allí. —He estado en el valle de las Sombras
—añadió el sabio—. Ya no estáis acusados de mi muerte. Pero está todavía
pendiente el asunto de los seis guardias asesinados durante vuestra huida.
Tendréis que responder de ello. —Nos has estado espiando —observó Kelemvor—.
Has venido aquí para eso. Para investigar lo que hacemos.
—¿Qué otra cosa podía hacer? —protestó Elminster—.
Si las acusaciones que se os imputan son ciertas, no sois dignos de actuar como
defensores de Mystra y de todo Faerun.
Kelemvor explicó que había sido Cyric quien había
cometido los asesinatos, sin el conocimiento ni la ayuda de Medianoche y Adon.
El guerrero indicó asimismo que Cyric trabajaba ahora para lord Black.
—¡No lo sabes con certeza! —rectificó Medianoche
mirando furiosa al guerrero —. Cuando llegaste a la casa de Valle del Barranco
donde nos habían dado cobijo, habías fingido trabajar para Bane sólo para
escapar de él. Es posible que Cyric se haya visto obligado a adoptar una
actitud similar. — La maga se volvió a Elminster—. Yo no lo vi cometer los
asesinatos de los que se le acusa y, por lo que yo sé, el valle de las Sombras
tiene antecedentes en condenar a gente inocente. Adon dobló los brazos sobre el
pecho y abrió de par en par unos ojos llenos de sorpresa, pero una sorpresa
teñida de temor. —¡Cyric está vivo! Va a venir a por nosotros, Medianoche. La
maga de cabello color de ala de cuervo sacudió la cabeza. —Adon, no tenemos
ninguna prueba...
El clérigo se detuvo en medio de la calle. —Cyric
es peligroso, Medianoche. Y no sólo para nosotros. ¡Después del viaje por el
Ashaba, deberías saberlo! —Sigamos —murmuró Elminster sin dejar de vigilar que
no hubiese guardias
o sacerdotes de Torm entre la muchedumbre—. Tengo
un santuario por aquí cerca donde podréis seguir discutiendo.
Adon se colocó junto a Kelemvor, dispuesto a seguir
caminando; Medianoche, por su parte, puso una mano sobre el brazo de Elminster.
—Sí, ahora vamos, pero primero cuéntanos lo que sucedió en el templo de
Lathander —instó la maga—. Adon y yo estábamos convencidos de que habías
muerto. ¿Cómo pudiste salvarte en el agujero?
Elminster fulminó a los héroes con la mirada.
—¿Tiene que ser ahora? —Sí —dijo Adon—. Ahora.
El sabio puso los ojos en blanco e indicó a los
héroes que lo siguiesen hasta un callejón próximo.
—Por culpa de la inestabilidad de la red mágica que
rodea y envuelve todas las cosas, me salió mal el intento de conjurar el Ojo de
la Eternidad. Cuando me fijé en el agujero, vi que el hechizo había abierto una
entrada a Gehenna, un lugar espantoso lleno de horribles seres propios de una
pesadilla. —El sabio hizo una pausa para mirar a ambos lados del callejón—. Yo
sabía que la única forma de cerrar el agujero era hacerlo desde el otro lado,
donde los efectos del caos mágico eran muy ligeros y lo más probable era que
diesen resultado mis hechizos. Dejé que el agujero me introdujese en Gehenna y,
una vez dentro, con unos ensalmos cerré la abertura. Sólo hubo un
problema.
—¿Te quedaste atrapado fuera de los Reinos?
—preguntó Medianoche casi sin aliento y con una expresión maravillada en los
ojos. —No fue tarea fácil escapar de la esfera de Gehenna, donde Loviatar, la
señora del Dolor, había instalado su morada antes de que los dioses fuesen
desterrados. Me vi obligado a luchar con diablillos, mefitos y todo tipo de
seres impíos imaginables. — Elminster se estremeció y se frotó los brazos con
ambas manos—. Encontré finalmente una zona donde hasta los monstruos temían
poner los pies. Mystra había bendecido un pedazo de tierra de aquella espantosa
esfera hace siglos, durante una pelea con Loviatar. —Un clérigo de Torm se
destacó de entre la multitud en el extremo del callejón y Elminster empezó a
adentrarse más en él—. Cuando regresé al valle de las Sombras, no tuve más que
reunir todas las piezas. Y ahora estoy aquí, perdiendo el tiempo de charla con
vosotros tres mientras aquel maldito guardia del templo lleva a cabo los
preparativos para darnos caza.
Mientras los héroes recorrían distintos callejones
en dirección al santuario de
Elminster, comentaron lo que cada uno había
descubierto. Kelemvor no podía creer que Adon y el sabio hubiesen tenido a
Acaudalado en sus manos y lo hubiesen dejado escapar. Pero cuando el clérigo
explicó la posición que ocupaba Acaudalado en el templo de Torm, Kelemvor pudo
completar el rompecabezas. —Los sumos sacerdotes de Torm están expulsando de la
ciudad a todos aquellos que son leales a otros dioses —susurró el guerrero—.
Luego se apoderan de los templos abandonados y los añaden a su patrimonio. —Es
por esto por lo que los sunitas debieron de quemar su templo con todo cuanto no
se pudieron llevar —añadió Medianoche—. ¡No querían que cayese en manos de los
tormitas!
Adon frunció el entrecejo y se pasó una mano por el
sucio y despeinado cabello. —Por consiguiente, la mayoría de los objetos
sagrados confiscados en la ciudad deben de estar escondidos en el templo de
Torm. — ¡Exactamente! —exclamó Kelemvor—. Y si, como sospechamos, Bane cambió
el aspecto exterior de las tablas y las escondió en uno de los templos, es
probable que los tormitas no sepan lo que han confiscado. Sin duda, cuando la
vio, Acaudalado pensó que se trataba simplemente de otro objeto sin valor. —Eso
es exactamente lo que yo imagino —observó Elminster, luego entornó los ojos y
miró fijamente a los héroes—. Y ésa es la razón por la cual yo estaba en el
templo esta mañana.
—¿Coincides con nosotros, pues? —dijo Medianoche,
sorprendida. —Sí, Medianoche. Creo que estáis en lo cierto —dijo el mago de
pelo cano—. La Tabla del Destino está escondida en el templo de Torm... Había
habido más actividad en el puerto de la ciudad Valle del Barranco en los
últimos cinco días que en los cinco meses anteriores. El robo del Reina de la
Noche había causado un gran revuelo en la ciudad. El cuartel general de Bane,
antes en la guarnición zhentilesa, había sido trasladado al propio puerto donde
las tropas de lord Black controlaban ahora directamente todos los barcos
atracados en los muelles. Se había habilitado una sala del edificio mayor del
puerto como sede del ministerio de la Guerra. La sala estaba llena de mapas y
de gráficos, todos marcados con los movimientos pasados y futuros de las
tropas. Bane estaba en aquellos momentos sentado a la cabecera de una larga y
brillante mesa cubierta de mapas y escuchaba los planes y quejas de sus
generales. Tarana Lyr, la hechicera, estaba de pie junto a él. El oficial más
cercano del dios caído, un hombre llamado Hepton, se frotó las
sienes, cruzó luego las manos y las dejó caer sobre
la mesa.
—Lord Bane, debéis hacer frente a los rumores que
están circulando por las filas con respecto a Tantras. ¿Es cierto que
pretendéis volver a movilizar a nuestras fuerzas cuando apenas acabamos de
tomar Valle del Barranco? — Ello supondría un grave error —intervino Windling,
un general de la Ciudadela del Barranco. De entre los otros oficiales
zhentileses surgieron murmullos de aprobación.
—¡Basta! —gritó Bane, y dio un puñetazo en la mesa
de gruesa madera. El ruido que produjo la mesa al astillarse enmudeció a los
hombres. Durante más de un minuto, no se oyó más que la risita de Tarana—. La
batalla del valle de las Sombras fue un desastre —prosiguió a continuación Bane
en un tono despreocupado y mirando furioso a sus hombres con los ojos
entornados
—. Fue una derrota inesperada, por supuesto, y las
bajas mucho mayores de lo que nadie habría podido prever. —Hizo una pausa y
observó a los generales en silencio—. Si bien logramos apoderarnos de Valle del
Barranco sin derramar sangre apenas, no pasará mucho tiempo antes de que los
ejércitos de Sembia y de los demás valles intenten reconquistar la ciudad. Los
generales hicieron gestos de asentimiento con la cabeza. Bane relajó la mano y
se puso en pie.
—Si utilizamos a nuestros ejércitos para atacar
Tantras, nuestra victoria aquí no habrá servido para nada. Soy consciente de
que la mayoría de las fuerzas de ocupación deben permanecer en Valle del
Barranco. —El dios de la lucha sonrió y se pasó una mano por su cabeza
pelirroja—. Pero yo soy un dios y los dioses cuentan con unas alternativas a
las que los mortales no tienen acceso. Las puertas de la sala se abrieron de
par en par e irrumpió Cyric. Bane levantó la vista y frunció ligeramente el
entrecejo. Dentro de la mente de lord Black, Fzoul se puso a gritar furioso a
la vista del ladrón de nariz aguileña. Cyric miró a su alrededor y se dio
cuenta del error que había cometido al interrumpir la sesión. El ladrón se
apresuró a agachar la cabeza y dar varios pasos hacia atrás.
—Lord Bane, no era mi intención interrumpir... —¡No
importa! —chilló el dios de la Lucha—. No has interrumpido nada importante.
—Los generales se miraron unos a otros y empezaron a levantarse—. ¡Yo no he
dicho que se haya acabado la reunión! —dijo Bane, y los oficiales zhentileses
volvieron a tomar asiento.
—Lord Bane, puedo volver más tarde —se apresuró a
proponer Cyric después de haber advertido las miradas airadas de los generales.
No le
interesaba en absoluto ganarse la antipatía de
aquellos hombres. — Infórmame sobre tu misión —ordenó Bane con voz cargada de
impaciencia
—. Demuestra a mis generales que la situación de
Tantras está bajo control. Cyric carraspeó.
—No puedo hacer eso.
Bane se inclinó hacia adelante y colocó los puños
sobre la mesa. La madera rota crujió bajo el peso del dios.
—¿Qué ha pasado?
—Durrock ha muerto, lo mató Kelemvor —explicó
Cyric, todavía con la cabeza baja—. El asesino luchó denodadamente, pero el
guerrero pudo burlarlo. —¿Por qué no mataste tú a Kelemvor? —quiso saber Bane.
— Muerto Durrock, era evidente cuál era mi deber. Tenía que regresar a
informaros de que Kelemvor, Medianoche y Adon están en Tantras. —El ladrón
tragó saliva y confió en que la otra información que tenía aplacase al dios de
la Lucha..., de
momento por lo menos—. Y debéis saber, lord Bane,
que Tantras se está preparando
para la guerra.
Susurros de sorpresa recorrieron la mesa. Bane
observó los rostros preocupados de sus generales.
—¡Preparad los barcos y destinad a ellos el menor
número posible de zhentileses! —¡No! —exclamó Hepton—. ¡Eso es un gran error!
—¡Silencio! —gritó Bane—. Es evidente que la noticia de nuestra victoria en
Valle del Barranco ha llegado hasta Tantras. La ciudad está preparando sus
defensas y no me cabe la menor duda de que pedirán ayuda a sus vecinos si les
damos tiempo para ello. —Se inclinó hacia Hepton y lanzó un bufido—. Quiero que
dentro de una semana mi bandera esté ondeando sobre Tantras. Quiero que así
sea. ¿Has comprendido? Hepton asintió débilmente con la cabeza, los generales
se levantaron y empezaron a salir en fila de la sala. Cyric lanzó un suspiro de
alivio y se volvió para marcharse también.
—¡Tú no, Cyric! —ordenó Bane, luego le indicó con
un gesto que se acercase. Tarana se agarró al respaldo del sillón de lord
Black. —¿Queréis que lo mate, lord Bane? —preguntó Tarana, con un brillo
soñador en los ojos. —No —contestó Bane con tono indiferente. Esperó a que
hubiese salido el último de los generales para seguir hablando y cuando la
puerta se cerró, añadió en un susurro —: La Compañía de los Escorpiones sigue
bajo tu
mando... ¿es así, Cyric? El ladrón de nariz
aguileña asintió y esbozó una ligera sonrisa. Según todas las apariencias, la
noticia de los preparativos de guerra en Tantras había alejado la idea del
asesinato de la mente del dios caído.
—Quiero que tú y tus tropas os convirtáis en mi
nueva guardia personal. Pero entérate bien de una cosa —Bane hizo una pausa
para lanzar un bufido y poner una mano sobre el hombro de Cyric—, si algo le
ocurre al cuerpo de Fzoul, será dentro de tu piel donde me meta luego y tu
cerebro quedará completamente destruido. ¿Lo has comprendido bien? —El dios de
la Lucha apretó el hombro del ladrón hasta hacerle crujir los huesos.
Cyric, con una mueca de dolor en el rostro, asintió
y se apresuró a salir de la sala. Lord Black se volvió a la hechicera y señaló
la puerta. —Echa el cerrojo de la puerta y luego llama a lord Myrkul —ordenó
antes de sentarse.
La hechicera cerró la puerta y a continuación lanzó
un conjuro. Apareció un leve resplandor en el aire y la calavera color ámbar
del dios de la Muerte se puso a flotar ante lord Black.
—Te felicito por tu victoria en Valle del Barranco
—dijo Myrkul, para luego inclinar ligeramente su cabeza incorpórea. —Eso carece
de importancia ahora —dijo Bane gruñendo—. Tengo que solucionar un problema en
Tantras. Voy a mandar parte de mi flota... El dios de la Muerte esbozó una
sonrisa que era más una mueca y dejó al descubierto una hilera de dientes
podridos. —Y yo voy a tener que interpretar un papel en esa batalla —observó
fríamente. — Necesito el poder que me otorgaste en el valle de las Sombras, las
energías anímicas de los muertos —dijo Bane, mientras tamborileaba sobre la
mesa con los dedos—. ¿Puedes hacerlo?
—Para activar ese hechizo necesito que muera a la
vez un buen número de personas —repuso con suspicacia Myrkul, que se frotaba la
mandíbula—. En el valle de las Sombras sacrificaste a tus tropas. ¿Quién pagará
en esta ocasión por el incremento
de poder que pueda otorgarte?
El dios de la Lucha permaneció en silencio un
momento, mientras le daba vueltas y más vueltas al problema. Por una parte no
podía permitirse el lujo de volver a utilizar a sus soldados y sacerdotes para
el hechizo de Myrkul, y por otra necesitaba que las almas se alineasen con su
causa, pues, en caso contrario, resultaría difícil controlarlas. Al final se le
ocurrió quiénes podrían ser las víctimas del hechizo de Myrkul. —Los asesinos
—dijo Bane en un
susurro a la vez que sonreía malignamente—. Los
asesinos no han dejado de fallarme desde la noche del Advenimiento. Me fallaron
en el bosque del Nido de Arañas, en Valle del Barranco y ahora en Tantras. ¡Por
consiguiente todos los asesinos de los Reinos deben morir hasta proporcionarme
el poder que necesito!
El dios de la Muerte se echó a reír.
—Te has vuelto tan loco como tu hechicera. Los
asesinos son de gran utilidad para mí.
—Ah, ¿sí? —dijo Bane con una ceja arqueada—. ¿Por
qué? El dios de la Muerte frunció el entrecejo y, al hacerlo, sus pómulos
sobresalieron de la piel en descomposición.
—Proveen mi reino de almas. Hay una necesidad
acuciante de... —Ah, sí... el reino de la Muerte —dijo Bane con una frialdad
pasmosa. —¿Has estado allí últimamente? —intervino Tarana riéndose
histéricamente. Myrkul guardó silencio un momento. Cuando habló no había rastro
de regocijo en su hueca y áspera voz.
—No he venido aquí para que me pongas de manifiesto
cosas que ya sé. Ambos hemos sido despojados de nuestros reinos. —En ese caso,
¿no crees que ninguna medida que pueda ayudarnos a recobrar nuestros hogares
legítimos en las Esferas puede ser considerada extrema o inútil? — observó
Bane, para luego ponerse de pie. —Sólo si el esfuerzo no es infructuoso —
repuso Myrkul, mientras lord Black se acercaba a su imagen suspendida en el
aire. —¡Yo quiero recuperar la Tabla del Destino que escondí en Tantras, Myrkul!
— gritó Bane. Lord Black pensó que ojalá el otro dios estuviese realmente con
él en la sala para poder así abofetearlo por su insolencia—. Si ellos descubren
esa tabla, unas fuerzas poderosas pueden volverse contra mí... contra nosotros.
En el valle de las Sombras fui demasiado confiado y pagué el amargo precio de
la derrota. ¡Antes preferiría morir que volver a pasar por una cosa así!
Myrkul se tomó un momento para considerar las
palabras de lord Black. Dio la sensación de que su esquelético rostro sin
expresión relucía y empezaba a desvanecerse. El dios de la Lucha retrocedió,
presa de un pánico apenas controlado. La imagen recobró finalmente toda su
fuerza y Bane se relajó. Incluso antes de que el dios de la Muerte hablase,
lord Black supo por su mirada que iba a ayudarlo. —Si tan seguro estás sobre
este asunto, te ayudaré a recuperar la tabla —dijo Myrkul, acompañando sus
palabras de un gesto de
asentimiento. Bane trató de adoptar una actitud
confiada. Se encogió de hombros y comentó: —Estaba convencido de que ibas a
ayudarme. —No estabas convencido en absoluto —dijo Myrkul con voz áspera—. Y es
la única razón que me ha llevado a brindarte mi ayuda. Estoy contento de que
hayas dejado de meterte ciegamente en unas situaciones de las que no tienes ni
idea. —El dios de la Muerte hizo una pausa y lanzó a Bane una mirada gélida—.
Pero hay algo que debes tomar en consideración: es posible que la próxima vez
que necesites mi ayuda no la encuentres, lord Bane.
El dios de la Lucha movió la cabeza como si
rechazase la amenaza de Myrkul por
entrar dentro de la retórica sin sentido. A
continuación fingió preocupación y comentó: —A Bhaal no va a gustarle nada que
mates a todos sus adoradores. —Ya me las entenderé yo con el lord del asesinato
—repuso Myrkul, para luego volver a acariciarse la mandíbula en estado de
descomposición—. Me pondré en contacto contigo apenas esté todo listo. —El lord
de los Huesos hizo una pausa, luego añadió—: ¿Has pensado en la forma que
utilizarás para contener la energía anímica que te transmitirá mi hechizo? Bane
no contestó.
La rabia brillaba en los ojos de Myrkul. —¡Tu
mutación humana no pudo soportar ese esfuerzo en el valle de las Sombras y el
rito que quieres que lleve a cabo puede proporcionarte mucho más poder que el
utilizado entonces! — El dios de la Muerte movió la cabeza y suspiró—. ¿Tienes
todavía la estatuilla de obsidiana que utilicé para contener tu esencia en la
Frontera Etérea? —Sí —contestó Bane, en cuyo rostro apareció una expresión de
perplejidad. —Esto es lo que debes hacer —le dijo Myrkul. El dios de la Muerte
se puso a enumerar una serie de complejas instrucciones y obligó al dios de la
Lucha y a su loca hechicera a repetirlas varias veces. Cuando el dios de la
Muerte tuvo la certeza de que Tarana y Bane sabían cómo prepararse para el
rito, su imagen desapareció, en medio de un resplandor de luz gris y de una
humareda fétida amarilla y negra.
15
La Tabla del Destino
En una sala oscura, rodeado por una docena de sus
más fíeles adoradores y sumos sacerdotes, lord Myrkul observaba el escenario de
cinco niveles que se había montado para la representación. Unas losas de mármol
negro y esmeralda que flotaban en el aire formaban una escalera; sus cinco
escalones
servirían para cada una de las cinco ceremonias que
el señor de los Huesos debía llevar a cabo para dar muerte a todos los asesinos
de Faerun y otorgar a Bane la energía de sus almas. El dios de la Muerte oyó,
procedente de un lugar cercano, los gritos desgarradores de las almas que
aclamaban por la libertad. Myrkul se estremeció y recordó su morada perdida, su
castillo de los Huesos en los Infiernos. Y aunque los gritos que escuchaba los
proferían unos adoradores infieles que estaban recibiendo su justo castigo y
distaban mucho de ser tan espeluznantes como los chillidos de los confinados en
su reino, con todo disfrutaba oyéndolos.
—Sacerdotes, prestad atención —se oyó la voz de
Myrkul después de apartar de su mente los recuerdos de su hogar.
Acto seguido, levantó sus huesudos brazos y se
dirigió a la primera grada. Unos hombres vestidos con mantos, portando unos
cetros afilados hechos de huesos, se acercaron y pusieron sus ofrendas en las
manos del dios caído. Luego cada uno se arrodilló delante de Myrkul, levantó la
barbilla y dejó el cuello al descubierto. El señor de los Huesos empezó a
cantar con voz hueca y áspera y al momento los hombres que tenía a sus pies se
unieron a su cántico. Cuando sus voces profundas fueron alcanzando un crescendo
que llenaba la estancia, Myrkul les fue abriendo la garganta uno a uno con los
cetros. Los cuerpos se desplomaron hacia delante, con las bocas abiertas como
si estuviesen protestando en silencio ante la inesperada agonía de sus últimos
momentos.
Lord Bane esperaba en un almacén abandonado en el
puerto de Valle del Barranco, lejos de las cámaras ocultas de Myrkul. Tarana
Lyr estaba detrás del dios de la Lucha y, junto a él, Cyric y cinco miembros de
los Escorpiones, la nueva guardia personal de Bane. Slater estaba al lado de
Cyric y Eccles se mantenía algo apartado mirando fija y acerbamente al dios
caído. Todos los Escorpiones iban armados hasta los dientes.
La estatuilla de obsidiana se hallaba en el centro
del almacén y parecía un juguete. Una serie de complicadas runas cubrían el
suelo que rodeaba la figura. Los extraños y místicos signos surgían de la
estatua para extenderse y llenar todo el almacén. —Ven, Myrkul, no tengo todo
el tiempo del mundo —murmuró Bane, y una sombra pasó por delante de una ventana
abierta. Lord Black miró en dirección de la estatua con expectación y, en aquel
momento, una columna de arremolinada luz verde y ámbar atravesó el techo y
envolvió la figura de obsidiana.
—¡Por fin! —exclamó Bane, y levantó los puños—.
Ahora tendré verdadero poder...
En aquel momento, lejos de Valle del Barranco, al
pie de unas montañas situadas al oeste de Suzail, se reunían doce hombres
alrededor de una larga mesa rectangular que
antaño el antiguo señor del castillo, Dembling,
utilizaba para sus banquetes. Lord
Dembling y su familia habían muerto asesinados por
Cuchillos de Fuego, un grupo clandestino de asesinos que habían jurado matar al
rey Azoun IV de Cormyr y se habían apoderado de aquel pequeño castillo próximo
a su reino para utilizarlo como base de operaciones.
El cabecilla de la reunión, un hombre de ojos
oscuros y nariz respingona, llamado Rodrigo Tem, estaba harto de las absurdas
riñas que habían dado al traste con todos sus intentos de convertir su banda de
asesinos en una compañía ordenada que produjera grandes beneficios.
—¡Camaradas asesinos, esta discusión no nos lleva a
ninguna parte! — declaró Tem, y dio un golpe en la mesa con la empuñadura de su
cuchillo para llamar la atención de sus hombres.
Antes de que pudiera añadir algo más, se le
desorbitaron los ojos y su cuerpo quedó envarado. Una luz verde y ámbar brotó
en el pecho del hombre de nariz respingona y se fue esparciendo por toda la
sala como un rayo. En unos segundos, las llamas místicas procedentes del pecho
de Tem traspasaron los corazones de sus camaradas. Todos los asesinos se
desplomaron, sin vida. Merodeando por unas callejuelas secundarias de
Urmlaspyr, una ciudad de Sembia, Samirson Yarth distinguió a su presa y sacó su
daga. Yarth era un asesino a sueldo con un historial impresionante. Aquel a
quien él quería hacer su víctima no escapaba a su espada. Yarth había puesto
fin a tantas vidas que se había ganado incluso la atención personal de su
divinidad, lord Bhaal, en más de una ocasión. Aquel día en particular el
asesino estaba disfrutando de la caza. Su presa era un artista de circo del que
se sospechaba había seducido a la esposa de un oficial municipal de alta
graduación. El que había contratado sus servicios, un hombrecillo de aspecto
apacible llamado Smeds, le había prometido el doble de sus honorarios
habituales si lograba llevarle el corazón todavía caliente del artista. Yarth
vio a su víctima saltar por la ventana abierta de una casa. El asesino siguió
al joven hasta la penumbra y allí, el artista se percató de que estaba
arrinconado. El asesino vio el miedo
reflejado en sus ojos y Yarth levantó su arma. De
repente, una luz cegadora verde y ámbar salió del pecho del asesino y su
cuchillo cayó al suelo a unos metros de la víctima. Samirson Yarth no pudo
llevar a cabo el trabajo encomendado.
Al otro extremo de los Reinos, en la ciudad de
Aguas Profundas, se había apoderado del lord del asesinato una sensación
distinta a cualquiera otra que él hubiese conocido. El dios de los asesinos
sintió un gran desconcierto y, por un instante, supo lo que era el miedo
verdadero. El dios caído salió corriendo de sus aposentos y se encontró con
Dileen Shurlef, un asesino que lo servía fielmente como ayuda de cámara. Cuando
Bhaal iba a abrir su boca torcida y repugnante para hablar, una luz verde y
ámbar llenó el vestíbulo. Shurlef no dejó de gritar mientras era despojado de
su alma. Con una certeza aterradora, Bhaal comprendió exactamente lo que estaba
ocurriendo. En el almacén de Valle del Barranco la mutación de obsidiana había
alcanzado una altura de más de quince metros, pero el crecimiento de la estatua
mágica no parecía detenerse, una constante ráfaga de luz verde y ámbar cada vez
mayor penetraba en el almacén y se introducía en la figura negra. Bane
contemplaba aquella forma que no tardaría en convertirse en su nueva mutación
como si estuviese en trance.
—Myrkul se está preparando para subir al último
escalón —le susurró lord Black a Tarana.
La hechicera retrocedió e indicó a los Escorpiones
que hiciesen lo mismo. Junto a
Cyric, Slater maldecía a sus manos por haberse
puesto a temblar.
—Lord Bane está en comunión con Myrkul —comentó
Cyric en voz baja—.
Es exactamente lo que dijo que sucedería.
El dios de la Lucha abrió los brazos ante los
Escorpiones y una lengua de fuego color verde y ámbar lo rodeó.
—Cuando abandone esta mutación su carne será débil,
su mente estará desorientada. Tarana, tú te quedarás para salvaguardar a Fzoul
y proteger mis intereses en el valle de las Sombras.
—¡Yo daría mi vida...! —empezó a decir ella en voz
en grito. —Ya lo sé — murmuró Bane, levantando una mano para detener los
juramentos de lealtad de la loca—. Y un día lo harás. Consuélate con esto, por
el momento voy a dejarte.
Una nube de color negro con irisaciones rojizas
surgió de la boca de Fzoul y
se precipitó hacia la mutación de obsidiana,
dejando detrás de sí una franja de llamas verdes y ámbar. Del sacerdote
pelirrojo brotó un débil quejido y cayó hacia atrás, en los brazos de Tarana.
La esencia del dios de la Lucha penetró en la gigantesca estatua y se oyó un
grito aterrador. El grito resonó en toda la ciudad y estuvo a punto de dejar
sordos a quienes estaban en el almacén.
Los brazos de la estatua se fueron levantando
lentamente y la nueva mutación de Bane se apretó la cabeza y, a pesar de que
todavía no tenía boca, siguió gimiendo. Unas púas afiladas, parecidas a las de
la armadura de Durrock, empezaron a salirle de los brazos, del pecho, de las
piernas y de la cabeza de la mutación de obsidiana. Las nieblas en remolino
dejaron finalmente de moverse por la habitación y los agitados colores que
había dentro de la estatua dejaron de ser ámbar y verde para convertirse en un
negro rojizo.
En el rostro de la estatua apareció una boca con
una sonrisa malvada e impúdica, y un par de resplandecientes ojos rojos. Bane
dejó de gritar y bajó la mirada a sus manos.
—Hueco —dijo con una voz que sólo podía ser la de
un dios—. Mi mundo está hueco. Mi cuerpo...
Cyric, incrédulo, no podía apartar los ojos del
dios de la Lucha y su corazón amenazaba con salírsele del pecho. El ladrón de
nariz aguileña pensó lo maravilloso que sería tener aquel poder. Al precio que
fuese, algún día él se enfrentaría a seres como Bane.
Lord Black se echó de pronto a reír. Un estruendo
aterrador y cavernoso llenó el almacén.
—Soy un dios. ¡Por fin vuelvo a ser un dios! La
gigantesca mutación del dios de la Lucha se precipitó hacia delante y atravesó
la pared frontal del almacén como si fuera una hoja de papel. Los Escorpiones,
a excepción de Cyric, ayudaron a Tarana a sacar a Fzoul del almacén antes de
que se derrumbase el techo.
Los zhentileses llegaron a la calle a tiempo de ver
a Bane en el extremo del puerto. Un difuso halo verde y ámbar envolvía al dios
de la Lucha, en la orilla del estrecho del Dragón. Miraba en dirección a
Tantras. El dios caído estaba convencido de que nada podía impedir que
recuperase la Tabla del Destino. La repentina muerte o desaparición de todos
los adoradores de Bhaal que frecuentaban la taberna Cosecha Misteriosa —de
hecho, todos los asesinos que vivían en Tantras—, trastornó profundamente a
Acaudalado y a los otros miembros del consejo. A pesar del culto blasfemo que
profesaban,
los asesinos habían demostrado ser
de valiosa ayuda y a los miembros del consejo,
normalmente unidos, les estaba
resultando bastante difícil localizar hombres
dispuestos a desalojar de la ciudad a los herejes a cambio de unos honorarios.
Además, el consejo tenía otros problemas. Algunos
miembros habían sugerido recientemente que Torm debería estar al corriente de
las acciones que estaban llevando a cabo para unificar a la ciudad. Pero como
Acaudalado acababa de indicar al consejo, hacía muy poco tiempo que el dios del
Deber había tomado posesión del cuerpo de un mortal y podía no comprender las
lamentables medidas que tenían que tomar para convertir a la mayoría de la
población o librar la ciudad de impíos. De hecho, los miembros del consejo
habían permanecido unidos por su causa hasta que Acaudalado recomendara que
contratasen asesinos para acabar con los ciudadanos poco dispuestos a
convertirse o marcharse.
Luego, los miembros del consejo que no habían
comprendido el verdadero valor de los planes de Acaudalado también fueron
asesinados. El sumo sacerdote había ordenado estas muertes con el mismo celo
con que había tramado la muerte del capitán del puerto y el fallecimiento de
varias docenas de rebeldes. Además, Acaudalado creía sinceramente que, con todo
aquel derramamiento de sangre, estaba sirviendo a lord Torm.
De hecho, cuando llegó la orden de que se
presentase ante lord Torm, Acaudalado acababa de enterarse de que algunos de
sus hombres habían acabado con la pequeña secta de adoradores de Oghma
existente en la ciudad. El sumo sacerdote salió de su cuarto y se dirigió a la
sala de audiencias con paso ligero y la seguridad de que todo lo que había
hecho a lo largo de los años había sido por el bien de su dios. También sabía
que Torm acabaría agradeciéndoselo. Al fin y al cabo, la Tabla del Destino
estaba cuidadosamente escondida en la cripta del templo y el sumo sacerdote
tenía previsto, una vez que la ciudad estuviese unida bajo el dios del Deber,
entregar la tabla a Torm. Su dios podría entonces volver triunfalmente a las
Esferas, con toda una ciudad de devotos adoradores detrás de él.
Acaudalado sonrió ante esta idea, pero la sonrisa
desapareció del rostro del hombre de cabello color platino cuando entró en los
aposentos privados de Torm y encontró a un nutrido grupo de gente allí reunida.
Al reconocer a los doce miembros del consejo, y a muchos de sus subordinados, a
Acaudalado
le dio un vuelco el corazón. Las puertas se
cerraban de golpe detrás de él cuando distinguió a cinco ancianos, ciegos de
cólera, de pie en un rincón. «Los adoradores de Oghma —pensó Acaudalado con el
alma en un puño—. ¡Los seguidores del dios del Conocimiento están vivos! ¡He
sido traicionado!» Completaban la asamblea unos guardias armados hasta los
dientes. Lord Torm estaba sentado en su trono, un guantelete de piedra gris con
la palma descansando paralela al suelo. El león de oro, a quien el dios del Deber
había dado vida el día que habló con Adon en el jardín, se paseaba de arriba
abajo a sus pies. Había sido el propio Acaudalado quien había colocado allí la
estatua después de haberla sacado del templo abandonado de Waukeen.
El león rugió y Torm se inclinó hacia delante para
dirigirse a sus seguidores. —No sé por dónde empezar —dijo el dios del Deber en
voz baja y cargada de emoción—. El pesar y la indignación que experimento no se
puede medir según los criterios humanos. Si hubiese estado al corriente de las
atrocidades que este consejo ha cometido en mi nombre cuando yo estaba todavía
en las Esferas, habría utilizado mi poder para convertir este templo en
cenizas. — Acaudalado se preguntó cuánto sabía realmente Torm, y todo su cuerpo
se puso a temblar. Sintió ganas de echar a correr, pero el sumo sacerdote sabía
que no había ningún sitio adonde ir, ningún sitio donde
esconderse.
—Durante los tres últimos días, mi mutación mortal
me ha ayudado a representar una farsa —siguió hablando Torm a la asamblea de
traidores, y dio un puñetazo en el brazo del trono con el puño envuelto en el
guantelete
—. Mientras él estaba sentado aquí en mi trono, yo
he tomado posesión de los cuerpos de algunos de mis verdaderos adoradores y me
he enterado de primera mano de cómo está la situación en Tantras. — Torm hizo
una pausa y apretó los dientes—. Lo que he descubierto me ha afectado hasta lo
más profundo de mi alma. No hay castigo bastante para lo que ha hecho este
consejo, pero os voy a decir una cosa, seréis castigados . A Acaudalado se le
doblaron las piernas y cayó de rodillas. Los miembros del consejo se apresuraron
a imitarlo. Acaudalado pensó desesperadamente en la Tabla del Destino. ¡Era
posible que Torm no estuviese aún al corriente del paradero de la tabla!
¡Todavía quedaba una posibilidad de salvar su causa sagrada! — ¡Todo lo que
hemos hecho ha sido en tu nombre! —exclamó el sumo sacerdote de cabello color
platino—. ¡Por tu honor, lord Torm! ¡Por tu gloria!
Torm se levantó del trono como una exhalación y el
león de oro dio un rugido que heló la sangre de los presentes. El dios recorrió
con paso rápido la distancia que lo separaba de Acaudalado, luego cogió a éste
por la garganta con la mano izquierda y lo levantó del suelo.
—¿Cómo te atreves a decir eso? —gritó el dios del
Deber, para luego levantar el puño derecho y disponerse a golpear al sacerdote.
Un terror visceral se apoderó de Acaudalado y dejó escapar instintivamente una
súplica:
—¡Tenemos la Tabla del Destino, lord Torm! Torm se
quedó mirando al mortal un momento, luego lo dejó caer al suelo. —¿Cómo es
posible que tengáis la tabla?
—Estaba escondida en la cripta bajo el templo. La
encontré la noche del Advenimiento, cuando las bolas de fuego rasgaron el cielo
y la que llevaba tu esencia sagrada fue a estrellarse contra el templo. En
aquel momento yo no podía saber qué era ese objeto, pero...
—Pero yo te expliqué entonces por qué los dioses
habían aparecido de pronto en Faerun y tú comprendiste la grandeza y el poder
del objeto que habías encontrado — dijo Torm con los ojos cerrados—. ¿Qué
tenías previsto hacer con la Tabla del Destino, Acaudalado? ¿Ibas a venderla al
mejor postor? ¿A Bane y a Myrkul, quizás? —¡No! ¡Ten piedad de nosotros!
—imploró Acaudalado—. Permítenos demostrarte nuestra lealtad para contigo, lord
Torm. ¡Todo lo que ha sucedido ha sido en tu nombre!
El dios se estremeció y bajó la vista a Acaudalado,
que temblaba a sus pies. —No vuelvas a decir eso —susurró Torm—. ¿Qué sabes tú
de mis deseos? El dios caído apretó el puño de la mano cubierta con el
guantelete, dio la espalda al consejo y se encaminó al trono. Se sentó y trató
de ahuyentar la cólera que le embargaba, pero le fue imposible dejar de temblar
de rabia. Torm comprendió repentinamente la envergadura del daño causado por
Acaudalado y su plan perverso. Durante todo el tiempo en que el caos había
sacudido los Reinos y el sufrimiento había hecho presa en las personas buenas,
el dios del Deber había tenido a su alcance el medio para arreglar la
situación, para cumplir el deber que tenía para con lord Ao. ¡Y sus sacerdotes
se lo habían ocultado, supuestamente por su propio bien! Torm, observó a los
asustados sacerdotes y a los atemorizados guardias y, por primera vez, se vio
con sus ojos. El dios del Deber comprendió que para ellos él era únicamente
otro tirano poco comprensivo, nada más que un déspota muy poderoso por
el que harían cualquier cosa con tal de
complacerlo. —Pensábamos entregarte la tabla cuando llegase el momento
oportuno. Íbamos a... —empezó a decir Acaudalado con un hilo de voz.
—¡Silencio! — le interrumpió Torm.— ¿Dónde está ahora la Tabla del Destino? —En
la cripta —contestó Acaudalado con voz queda—. Evoqué un hechizo de espejismo a
la tabla a fin de cambiarle la apariencia y unas guardas místicas la protegen.
El dios del Deber volvió a levantarse y señaló a Acaudalado . — Tú y tu consejo
permaneceréis bajo arresto hasta que decida lo que voy a hacer con vosotros.
Guardias, lleváoslos...
Un mensajero, con los ojos desorbitados, irrumpió
en la sala. —¡Lord Torm! ¡Se ven barcos zhentileses en el horizonte! ¡Vienen
hacia aquí! Los sacerdotes lanzaron un grito al unísono y se levantaron. El
mensajero se detuvo en seco cuando vio al león de oro a los pies del dios del
Deber. — Sigue —ordenó Torm—. ¿Hay algo más?
El mensajero tragó saliva y continuó hablando,
aunque sin apartar los ojos del león.
—Hay algo más en el estrecho del Dragón. Un gigante
negro de más de quince metros de altura. ¡El goliat lleva una armadura con
púas, como las de los asesinos de lord Black!
—¡Bane! —gritó Torm. El león rugió y se incorporó—.
¡Viene a buscar la Tabla del Destino!
El dios caído permaneció en silencio un momento,
mientras reflexionaba sobre la situación de la ciudad. Al cabo de un rato,
dijo: —Llamad a todos mis fieles. Quiero reunirme con ellos fuera del templo
dentro de una hora. —¡Nosotros somos tus fieles! —exclamó Acaudalado, que daba
un paso en dirección del dios del Deber.
Torm fulminó con la mirada al que había sido su
sumo sacerdote. —Todos y cada uno de vosotros vais a tener la oportunidad de
demostrarlo dentro de una hora. —Hizo un gesto a los guardias y añadió—:
Llevadlos al templo y vigiladlos. Que alguien vaya a decirles a los soldados
que se preparen para defender el puerto de los barcos zhentileses, de lord
Black me ocuparé yo mismo. Mientras esperaba a que sus fieles estuviesen
congregados en el templo, el dios estuvo trazando un plan y la hora transcurrió
rápidamente para él. Pasado ese lapso de tiempo, subió a un estrado y recorrió
con la mirada la multitud de sacerdotes y guerreros reunidos ante él. El
consejo de Torm estaba allí, con las muñecas y los tobillos encadenados.
—No tenemos tiempo que perder —empezó a decir el
dios del Deber con voz sonora—. Sin duda todos vosotros estáis ya al corriente
de que nuestra ciudad va a tener que enfrentarse en breve a un ataque por parte
de las fuerzas zhentilesas. Lord Bane, el dios de la Lucha y de la Tiranía,
conquistador de Valle del Barranco, se acerca al puerto de nuestra ciudad bajo
la forma de un guerrero gigantesco. —El dios caído hizo una pausa y escuchó los
asustados y excitantes murmullos de los congregados. Al instante, añadió—: Yo
puedo detener a Bane pero, para hacerlo, necesito el poder que sólo vuestra
fe... y vuestro sacrificio pueden proporcionarme. Aumentó el estruendo
producido por la multitud y Torm levantó su mano cubierta con el guantelete
reclamando silencio.
—Mi avatar se ha ofrecido a ser el primero en
proporcionarme su esencia. — Una profunda tristeza apareció en los ojos del
dios del Deber—. Si queremos evitar la destrucción de Tantras, debéis seguir su
ejemplo, cumplir con el deber que tenéis como
seguidores de mi palabra.
Dichas estas palabras, Torm introdujo las manos en
el pecho de su mutación y extrajo el corazón. Un torrente de energía azul
celeste empezó a girar alrededor del cuerpo tambaleante del avatar de Torm y
luego envolvió, no solamente a la frágil forma humana, sino también al león de
oro que se había precipitado a proteger a su amo. Cuando se desvanecieron las
luces giratorias, los adoradores de Torm vieron delante de ellos a un hombre de
oro de casi tres metros de altura. Tenía la cabeza de un enorme león y la
energía crepitaba en su cuerpo. —¡El deber os llama! —exclamó Torm, y los
labios de su nueva mutación bramaron y rugieron—. No habrá dolor. Mis fieles no
sufrirán. No tenéis más que aceptar vuestro destino y falleceréis sin
percataros de ello. Una docena de adoradores exclamó al unísono: — ¡Tómanos,
lord Torm!
Los adoradores, con unas expresiones de completa
felicidad, se desplomaron al suelo. De sus labios ligeramente abiertos salieron
unas nieblas azules que se precipitaron hacia el dios del Deber. Torm abrió los
brazos y acogió a las almas, las cuales habían perdido su carácter individual
para convertirse en una enorme masa de luz que palpitaba. El avatar con cabeza
de león absorbió la energía y empezó a aumentar de tamaño.
El templo no tardó en llenarse de cadáveres y el
dios caído dominaba cada vez más con su altura, ahora de casi quince metros,
los actos que se estaban
celebrando. A medida que se fue extendiendo la
noticia de la necesidad del dios, empezó a fluir energía anímica hacia la
mutación de toda la ciudad. Acaudalado y sus compañeros, los miembros del
consejo, estaban entre quienes no habían entregado todavía sus vidas. —¡Qué
hermoso! —dijo uno de los sacerdotes llorando al observar la mutación de oro—.
¡Lástima que por mucho que desee unirme a lord Torm, él no aceptará mi vida!
—¡Qué estúpidos hemos sido! —exclamó Acaudalado—. ¡Perdónanos, lord Torm!
¡Acepta nuestro sacrificio! ¡Permite que te demostremos nuestra lealtad! El
avatar con cabeza de león miró a los miembros del consejo. Ahora que habían
comprendido el precio de su error, era evidente su deseo de unirse a él, casi
palpable la angustia de sus corazones.
Torm cerró los ojos y abrió los brazos. Acaudalado
y el resto del consejo de Torm murieron y sus energías anímicas corrieron a ser
abrazadas por la mutación. El dios del Deber absorbió la energía, emitió un
profundo y sonoro rugido y atravesó la parte posterior del templo. El avatar
con cabeza de león iba al encuentro del dios de la Lucha. En la proa de un
trirreme zhentilés, el Argento, Cyric observaba la ciudad que se veía en el
horizonte. El ladrón no pensaba regresar a Tantras tan pronto, pero las órdenes
de Bane habían sido claras. Slater y unos cuantos zhentileses bajo el mando de
Cyric habían recibido la orden de permanecer en Valle del Barranco, pero la
mayoría de los hombres del ladrón habían sido destinados al Argento con la
orden explícita de seguir a Bane. Dalzhel, el comandante de uno de los
ejércitos de zhentileses que se habían unido a los Escorpiones antes de la
muerte de Tyzack, había sido nombrado teniente de Cyric. En aquellos momentos,
vestido con una capa negra que el fuerte viento apretaba contra su robusto
cuerpo, Dalzhel se acariciaba su frondosa barba negra. —Te preocupas por nada
—observó Dalzhel—. Nuestra victoria está asegurada. Vamos a Tantras bajo el
mando directo de lord Bane. —Claro —repuso Cyric con aire distraído. Cuando se dio
cuenta de que Dalzhel lo estaba mirando, el ladrón adoptó la actitud propia de
un guerrero seguro de la situación—. Nos bañaremos en la sangre de nuestros
enemigos. —Dalzhel siguió
mirándolo. Cyric reflexionó un momento, luego
comprendió el error que había
cometido y añadió—: No debemos tomar las órdenes de
Bane a la ligera, por mucho que algunos de nosotros deseemos librar batalla con
esos perros y pisotearlos bajo nuestros talones, sólo mataremos a los
habitantes de Tantras
si nos obligan a atacarlos. Dalzhel apartó la
mirada.
—¿Estuviste en la ceremonia donde Bane adoptó la
nueva mutación? —En efecto —contestó Cyric, que sentía todo su cuerpo recorrido
por una ola de calor—. Fue un acontecimiento espectacular. Inspiraba
reverencia. Dalzhel hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. —Me han dicho
que asistieron tres espectadores de Zhentil Keep y que el propio Myrkul estaba
presente.
—Esto es una exageración —replicó Cyric, luego se
puso a explicarle a Dalzhel todo lo que había presenciado.
Después de llegar al puerto de la ciudad Valle del
Barranco, el monstruo de obsidiana que albergaba a Bane se vio obligado a
introducirse en el estrecho del Dragón por la parte este, mientras que la flota
zhentilesa, formada por cuatro barcos de vela, tres galeras equipadas con remos
y el Argento, abandonaron el puerto del Ashaba por la parte sur. Los trirremes
eran famosos por su velocidad y facilidad de maniobra y, por consiguiente, no
es de extrañar que el Argento no tardase en destacarse de la flota y pasase
delante del cabo sureste del valle de las Sombras a tiempo de ver a la mutación
gigantesca de Bane introducirse en el agua. Mientras el avatar se adentraba en
el estrecho del Dragón, el sol estaba directamente sobre él. Una luz blanca,
brillante como el sol, rodeaba la creación sobrenatural con un halo de
luminiscencia cegadora. Sin embargo, a pesar del resplandor, Cyric vio unas
neblinas de color negro con irisaciones rojizas que se arremolinaban dentro del
cuerpo humeante. El gigante de obsidiana canturreaba ahora con una voz
ensordecedora que subía y bajaba al ritmo de los movimientos de la luz carmesí
que había dentro de su enorme pecho. El dios de la Lucha hacía el viaje unas
veces caminando, otras nadando por el estrecho del Dragón y sólo podía vérsele
la cabeza y los hombros. A causa de las olas que hacía Bane, la flota no podía
seguirlo de cerca y el dios estaba siempre muy destacado de los barcos.
En aquellos momentos, mientras Cyric le relataba a
Dalzhel el nacimiento de la mutación de obsidiana, la travesía de la flota
zhentilesa estaba a punto de llegar a su destino después de dos días de
navegación. Bane, tras haberse llevado dos barcos con él para entrar en Tantras
por el norte, donde estaba el templo de Torm, se había alejado del cuerpo
principal de la flota. Lord Black había justificado su estrategia declarando
que iba a destruir a Torm y, así, sumergir a Tantras en el caos. Cyric sabía que
no era así, que lo único que le importaba a Bane era la Tabla del Destino, y el
ladrón sabía que la tabla
estaba en algún lugar cerca del templo de Torm. El
Argento había recibido la orden de situarse en la parte más septentrional del
puerto de Tantras, más cerca del escenario del inminente asalto de Bane al
templo de Torm que los otros barcos, enviados éstos a bloquear los límites
occidentales de la ciudad. Las órdenes del Argento eran las de permanecer
alerta, pero no emprender ninguna acción a menos que ello fuese estrictamente
necesario. No obstante, Cyric tenía sus propios planes. El santuario de Elminster
era una inmunda casucha situada en el barrio pobre de Tantras. Los héroes
llevaban casi tres días escondidos allí por temor a los sacerdotes de Torm. Se
pasaban las horas discutiendo sobre la forma de recuperar la primera Tabla del
Destino.
—Creo que lo mejor sería entrar por las buenas y
cogerla —dijo Kelemvor con sarcasmo mientras contemplaba la hoja afilada de su
espada. El guerrero recordó de pronto algo que Adon había mencionado sobre el
templo de Torm y levantó la vista—. ¿Qué me decís de la sala principal de culto
en el centro del edificio? Es posible que la cripta esté allí.
Elminster miraba al techo y sus dedos jugaban
distraídamente con su barba. —Sigues siendo el mismo estúpido que siempre he
pensado que eras, Kelemvor —dijo el mago—. La tabla debe de estar en los
corredores de diamantes, ésos de los que Torm previno a Adon y con los cuales
lo amenazó Acaudalado. El guerrero murmuró alguna grosería con respecto al
anciano mago, pero Medianoche se puso a hablar antes de que Elminster tuviera
ocasión de replicar. —Bien, ¿cómo vamos, entonces, a apoderarnos de la tabla?
—preguntó—. Podríamos teletransportarnos o, incluso, abrir una puerta... El
sabio levantó las manos.
—¡Es demasiado peligroso! —replicó—. Dada la
inestabilidad del tejido, podéis acabar a un kilómetro bajo tierra o en algún
lugar más allá de los cielos. También podríais ir a parar al otro lado de los
Reinos, en un lugar como Aguas Profundas... Claro que, de todas formas, no
tardaréis mucho en tener que ir allí. —Es la segunda vez que mencionas Aguas
Profundas en los últimos días —dijo Adon un tanto airado—. ¿Por qué crees que
vamos a ir allí dentro de poco? Medianoche entornó los ojos.
—Es verdad. Mencionaste también Aguas Profundas
cuando estábamos en el mercado. ¿Por qué?
Elminster se tomó un momento para reflexionar,
luego miró a la maga. — Encontraréis la segunda tabla en la Ciudad de la
Muerte, cerca de Aguas
Profundas. —El anciano sabio suspiró—. Me enteré
de... buena fuente, durante la época que pasé en las Esferas. Pero que seáis
capaces de llevar a cabo la misión de recuperar ambas tablas..., eso es ya otro
cantar. Kelemvor dio un puñetazo a la desvencijada pared que tenía junto a él.
— ¡No! —exclamó, luego miró a Medianoche—. No vamos a ir también en busca de la
otra tabla. No sacamos nada de todo esto. Que vaya el viejo brujo a buscar ese
trasto.
—Sigues siendo el mercenario de siempre, ¿verdad,
Kelemvor? —replicó Elminster—. Si hay recompensa, vas...
—¡No me hables de recompensas! —gritó Kelemvor—.
Ahora que me he librado de la maldición puedo pensar en otras cosas..., como el
bienestar de Medianoche y nuestro futuro juntos. Además, aunque me interesase
hacer un pacto, tú serías la última persona de Faerun con quien trataría. No
cumpliste tu última promesa. —No estaba en condiciones de hacerlo —dijo
Elminster con un tono de voz apesadumbrado—. Si hubieses sido capaz de esperar
mi regreso en lugar de ponerte a hacer tratos con lord Black, tus palabras me
impresionarían más. —Iremos también en busca de la otra Tabla del Destino —dijo
Medianoche en voz baja, y luego puso una mano en el brazo de Kelemvor—. Pero
sólo porque es nuestro deber y decisión nuestra. Me niego a seguir haciendo de
peón. Con las palabras de Torm sobre el deber y la amistad resonando en su
mente, Adon se adelantó y dijo:
—Deberíamos esperar unos días antes de tratar de
rescatar la tabla. Es preferible que piensen que nos hemos marchado de la
ciudad. Luego vamos a buscar la tabla al templo y nos ponemos en camino hacia
Aguas Profundas.
—Eso no resuelve el problema de cómo vamos a sacar
la Tabla del Destino de la
cripta del templo..., si es allí donde está —dijo
Kelemvor. Y los héroes se enfrascaron de nuevo en la misma discusión. Seguían
discutiendo sobre la forma de recuperar la tabla cuando se inició el alboroto
en el exterior. Los héroes salieron del pequeño y desvencijado edificio y
vieron que toda la ciudad estaba envuelta en un caos. Se había extendido la
noticia del llamamiento de la divinidad y los adoradores de Torm, con
medallones o trozos de tela donde aparecía su símbolo, salían en tropel de sus
casas. Adon detuvo a un mensajero y le preguntó qué estaba ocurriendo. El
hombre desfigurado estaba lívido cuando se volvió a los héroes para
informarles. — Se trata de Torm —les contó el clérigo con voz temblorosa—. Está
pidiendo
a sus fíeles que acudan al templo. Necesita su
ayuda para luchar contra lord Bane, que en estos momentos está viniendo hacia
aquí. Los héroes se apresuraron a encaminarse al templo de Torm. Mientras
atravesaban la ciudad, encontraron cadáveres por las calles, pero ninguno tenía
señales de herida alguna. Unos vientos sobrenaturales recorrían la ciudad
arrastrando unos extraños vapores azules en dirección al templo. Fantasmas del
tamaño de un hombre caminaban o volaban hacia los capiteles dorados que se distinguían
a lo lejos. —¡Mirad allí! —dijo Kelemvor señalando en dirección del otro lado
de la calle, donde un joven acababa de caerse de rodillas. El hombre iba
vestido con la túnica de los sacerdotes tormitas y gritó: —¡Por la eterna
gloria de Torm! —Luego se desplomó y una llama azul celeste se elevó de su
cuerpo y se sumó a los vientos sobrenaturales. —Será mejor que tomemos unos
caballos y vayamos al templo sin pérdida de tiempo —sugirió Elminster señalando
un establo. El propietario y el mozo de cuadras yacían muertos en la calle. Los
héroes tomaron cuatro caballos y se metieron por las tortuosas callejuelas a la
velocidad máxima que les dictaba la prudencia. Cuando Medianoche y sus aliados
miraron hacia los capiteles de la ciudadela y el templo que había detrás,
contemplaron una escena alucinante. Un gigante de piel dorada y cabeza de león
se destacaba sobre el templo. Los extraños vientos se dirigían hacia el
monstruo y las luces azules que antes habían sido las energías anímicas de los
adoradores de Torm eran absorbidas por el cuerpo de éste. El gigante con cabeza
de león le dio la espalda al templo y miró hacia la orilla norte de Tantras,
que estaba al otro lado de las estribaciones montañosas y de la muralla que
protegían la ciudad. —¡Es Torm! —exclamó Elminster mientras tiraba de las
riendas de su caballo—. Ha creado una nueva mutación para luchar con Bane.
—Será mejor que lleguemos al templo antes de que empiece la batalla —le dijo
Medianoche al anciano sabio—. Si Torm pierde, Bane se apoderará de la tabla.
—La maga espoleó a su caballo y reemprendió la marcha. Al cabo de unos minutos,
Medianoche, Kelemvor, Adon y Elminster habían atravesado la ciudadela y
desmontaban delante de la puerta principal del templo de Torm. Las tres verjas
estaban abiertas de par en par. Los guardias habían desaparecido de sus
puestos, las garitas estaban completamente vacías, el silencio en el interior
del templo era sobrecogedor y terriblemente distinto del constante murmullo de
cánticos y plegarias que tanto Adon como Elminster habían descrito. Y, como
habían imaginado los héroes, las salas estaban llenas de cadáveres. —
Han dado sus vidas por Torm —dijo Adon en voz
queda—. Al igual que los demás que hemos visto en las calles. —El clérigo movió
la cabeza y guió al grupo a la habitación de Acaudalado.
Mientras se ponía en camino, el clérigo observó:
—Si hay una cripta en este templo, debe de haber
una puerta de acceso a ella en la habitación del sumo sacerdote.
Pero cuando Adon llegó a la puerta del cuarto de
Acaudalado, un guardia los llamó desde detrás.
—¡Eh, vosotros! ¿Dónde creéis que vais?
—Entra —dijo Elminster en un siseo—. Yo me ocuparé
de este imbécil. Tú busca la cripta.
Medianoche se detuvo, dispuesta a protestar, pero
Kelemvor la cogió por el brazo y la empujó dentro del cuarto de Acaudalado.
Adon cerró la puerta detrás del guerrero. —Deprisa —dijo el hombre
desfigurado—. Buscad una puerta secreta. Mientras Medianoche y sus amigos
buscaban la puerta oyeron reírse a Elminster, y también al guardia. Luego se
hizo el silencio en el pasillo. Medianoche fue a abrir la puerta, pero Kelemvor
se lo impidió. —Limítate a buscar la puerta —le dijo—. Luego podrás preocuparte
del anciano. —¡Aquí no hay ninguna puerta! —exclamó finalmente Adon en un tono
exasperado.
—En todo caso, ninguna a la vista —comentó Kelemvor
con amargura, por lo que se dispuso a sentarse delante de la puerta que daba al
pasillo. Medianoche dejó la bolsa que contenía su libro de hechizos en el suelo
y recorrió la espartana celda con la mirada.
—Tienes razón. ¿Por qué Acaudalado iba a dejar esa
puerta a la vista? ¡Es probable que esté oculta por la magia!
El guerrero se levantó de un salto y los tres
empezaron a dar vueltas por la habitación palpando las paredes. Kelemvor
encontró finalmente un hueco en el centro de una de ellas.
—Yo diría que aquí hay una puerta.
Medianoche y Adon examinaron la pared. El clérigo
frunció el entrecejo y movió la cabeza de un lado al otro, pero la maga no se
desanimó tan fácilmente. —Creo que se ha utilizado un hechizo de aislamiento
para ocultar la puerta —dijo —. Pero ¿cómo saberlo con certeza?
Medianoche sabía que la única respuesta era otro
hechizo, pero la idea de hacer uso de la magia, incluso de un simple ensalmo,
le ponía la carne de
gallina. Desde lo sucedido en el templo de
Lathander, cada vez que lanzaba un hechizo temía herir a alguien... o incluso
matar a uno de sus amigos. Sin embargo, mientras le daba vueltas al magín, la
joven recordó las últimas palabras de Mystra en la batalla del valle de las
Sombras.
Utiliza el poder que te otorgué.
Medianoche suspiró y agachó la cabeza.
—Arrimaos todo lo que podáis a la puerta del
pasillo. Los dos. —Luego se acercó a la sección de pared que había indicado
Kelemvor. —No lo hagas — rogó el guerrero—. No sabes qué puede suceder. —Si no
lo pruebo no lo sabré nunca —replicó Medianoche—. Además, no hemos llegado
hasta aquí para abandonar ahora. La maga recitó el ensalmo para detectar magia.
Una nube blanquiazul de energía saltó de las manos de Medianoche y fue a
estrellarse contra la pared. No ocurrió nada por el momento, pero luego la
pared empezó a temblar. En la puerta camuflada explotó una energía mística que
atravesó sin causarles daño los cuerpos de los héroes y unas dagas de luz
blanquísima brillaron en el ojo derecho de Medianoche; la lluvia de luz
desapareció tan repentinamente como había aparecido.
Medianoche, delante de la puerta, comenzó a
temblar, se tambaleó, lanzó un grito
sofocado y exclamó:
—¡Creo que la veo! Veo la puerta de la cripta. Pero
la imagen que veía la maga era extraña, como si hubiese dos escenas
superpuestas. Si mantenía abiertos los ojos, veía unos contornos borrosos. Sin
embargo, la maga empezó a ver con mayor claridad cuando cerró el ojo derecho.
Entonces vio las cosas normalmente. Miraba la pared y veía únicamente piedra y
pintura. Cuando Medianoche cerró el ojo izquierdo y observó a través de la
órbita donde las dagas de luz habían resplandecido segundos antes, pudo ver claramente
la puerta secreta. De hecho, por ese ojo los objetos físicos como la puerta, la
pared o incluso sus amigos, parecían tan fantasmales como las sombras. Sólo la
magia del hechizo de aislamiento parecía clara y tangible. Kelemvor se adelantó
hacia su enamorada. —¡Espera a que vuelva Elminster! —No, Kel —dijo Adon en un
tono dulce a la vez que sujetaba al guerrero por el brazo—. Ahora todo depende
de Medianoche. Nosotros no podemos hacer nada. —Lo que impide que veamos la
puerta es un hechizo de aislamiento — indicó Medianoche, cuya voz era opaca y
distante como si acabase de despertarse de un sueño. Se tapó el ojo izquierdo
con una mano. Se
estremeció—. Creo que ahora podré abrirla. La maga
tocó la pared. Kelemvor y Adon vieron aparecer una puerta, que luego se abrió.
Una luz pálida salió de la amplia estancia que los héroes distinguían a través
de la entrada secreta. —Veo muchas trampas mágicas dentro —observó
soñadoramente Medianoche—. Acaudalado ha trabajado mucho. —La maga entró en la
antecámara de la cripta. Antes de que nadie tuviese tiempo de reaccionar, la
puerta se cerró de golpe detrás de ella.
La antecámara era una habitación pequeña, no
tendría más de tres metros de ancho por tres metros de largo, y la iluminaban
unos globos brillantes colgados en las esquinas. Medianoche se tapó el ojo
derecho y miró a su alrededor. No había mucho para ver, por lo menos con el ojo
izquierdo. La habitación estaba completamente desnuda, salvo un enorme mosaico
del guantelete de Torm empotrado en la pared septentrional y una trampilla en
forma de diamante en el centro del suelo. Sin embargo, cuando Medianoche observó
la habitación con el ojo derecho, vio cómo una tupida red de hechizos que,
suspendida sobre la trampilla, se extendía por todo el cuarto. Los hechizos
colgaban como hebras de seda del techo y de las paredes, entretejidos y
palpitantes. Como todas las protecciones parecían tener colores ligeramente
diversos, la maga siguió el tejido y el dibujo de algunos de los hechizos más
simples e identificó fácilmente a algunos de ellos. Acaudalado había ordenado
se lanzasen una serie de hechizos en la puerta, para proteger de los ladrones
lo que allí hubiera escondido. Si la puerta se abría, un hechizo hacía sonar
una alarma. Otro hacía aparecer una nube de niebla, para envolver el cuarto y
entorpecer la visión. Había un tercer hechizo destinado a mantener la trampilla
mágicamente cerrada. Pero cuando Medianoche observó el hechizo de cierre mágico
con el ojo derecho, sonrió. Escrita sobre el tejido de magia estaba la
contraseña de Acaudalado.
Para asegurarse de que el hechizo de cierre mágico
no estaba protegido por otro ensalmo, fue siguiendo su trayectoria. La maga
descubrió entonces que algunos de los otros hechizos, el de la alarma y el de
la nube incluidos, estaban de hecho conectados con el cierre mágico. Medianoche
comprendió que la contraseña podía inhabilitar la serie de hechizos conectados
a la cerradura... o activarlos todos.
Y no todos los hechizos que Acaudalado había
situado en la trampilla eran tan
inofensivos como el de la alarma. Medianoche
reconoció el dibujo de un
hechizo destinado a volver sorda a la persona que
tropezase con él. Otro desencadenaba una trampa de fuego que hacía salir llamas
de la puerta. Y lo peor de todo, había un hechizo de debilidad mental conectado
a la cerradura. Si se activaba, podía dejar la mente del hechicero en blanco y
reducir su inteligencia a la de una criatura deficiente mental hasta que fuese
lanzado otro poderoso hechizo para sanar su mente. La puerta secreta de la
celda de Acaudalado volvió a abrirse y Elminster asomó la cabeza y la blanca
barba a la antecámara. —¿Qué estás haciendo? ¡Yo te he dicho que debías
encontrar la puerta, no abrirla! Cuando el anciano sabio estaba a punto de
entrar en la habitación. Medianoche vio que el tejido de varios hechizos se
tensaba y gritó: —¡No! Elminster, no entres. ¡Vas a desencadenar las trampas de
Acaudalado! Elminster se quedó inmóvil y contempló la habitación. —¿Qué
trampas? ¡Yo no veo ninguna trampa! —espetó. —Hay protecciones mágicas. Yo las
veo suspendidas sobre la trampilla —explicó Medianoche sin apartar la mirada de
la telaraña de hechizos—. No sé cómo, pero yo veo los propios hechizos.
Elminster arqueó una de sus pobladas cejas y se
acarició lentamente su larga y blanca barba.
—¿Dices que puedes ver los hechizos? ¿Puedes
disiparlos? Medianoche tragó saliva ruidosamente.
—No lo sé, pero voy a intentarlo. —La maga hizo una
pausa y añadió—: Creo que deberías esperar en la habitación de Acaudalado con
la puerta cerrada. Si pasa algo y uno de los hechizos... se desencadena,
Kelemvor y Adon necesitarán tu ayuda para conseguir las tablas.
—¿Qué podemos hacer? —exclamó Kelemvor desde la
celda del sacerdote.
Medianoche oyó suspirar a Elminster.
—Ella tiene razón —dijo solemnemente el anciano—.
No podemos hacer otra cosa más que esperar.
Kelemvor se puso a maldecir y Medianoche se lo
imaginó paseándose de arriba abajo de la celda a grandes zancadas. Adon, por su
parte, permanecía tranquilo junto a la puerta.
—Buena suerte —dijo el clérigo desfigurado en voz
baja. Elminster se apartó de la puerta secreta y Medianoche oyó cómo ésta se
cerraba. La maga se dijo que hasta el momento había tenido bastante suerte con
la magia. Ninguno de los hechizos que había lanzado desde que la magia se había
vuelto inestable había salido demasiado mal. No había lanzado accidentalmente
un rayo a un
amigo o perdido un brazo a causa de un hechizo. Por
lo menos hasta aquel momento. A la maga de pelo de color ala de cuervo se le
escapó un profundo suspiro y pronunció las palabras que Acaudalado había
dispuesto para desarmar la cerradura mágica. «El deber sobre todas las cosas.»
La telaraña de hechizos se estiró y empezó a estremecerse. El tejido dorado del
hechizo de cierre mágico brilló un momento, pero luego desapareció el
encantamiento. La mayoría de las otras protecciones también desaparecieron. Cuando
las hebras dejaron de brillar y se desvanecieron, quedaron todavía dos hechizos
suspendidos sobre la entrada de la cripta.
Los hechizos restantes estaban incompletos, los
llenaban los huecos que habían dejado los otros a los que habían estado
conectados. Si bien la maga no pudo identificar uno de los dibujos, reconoció
las hebras negras, parecidas a tendones, que serpenteaban
por la estancia. Formaban parte del hechizo de
debilidad mental que había
visto hacía
un rato.
Después de cerrar los ojos y concentrarse un
momento, Medianoche pronunció mentalmente el ensalmo destinado a disipar la
magia. La maga sabía que Acaudalado debía de haber pagado a un poderoso
hechicero para que llenase la cripta de protecciones mágicas, de modo que no
confiaba mucho en poder disipar la magia. A pesar de ello, elevó en silencio
una plegaria a lady Mystra, consciente sin embargo de que la diosa de la Magia
no podía oír su súplica, y evocó el hechizo. La telaraña verde que era el
hechizo que Medianoche no había podido identificar desapareció al instante,
pero las espirales negras del hechizo de debilidad mental empezaron a
ensortijarse alrededor de ella. —¡No! —gritó Medianoche y, al borde de la
desesperación, repitió el ensalmo. Una luz blanquiazul llenó la habitación. El
hechizo de debilidad mental se había desvanecido.
Medianoche abrió la trampilla en forma de diamante.
Una serie de asideros de hierro empotrados en la pared a modo de escalones
conducían a un cuartito iluminado por otras dos esferas mágicas. La maga entró
en la cripta y se vio rodeada de gran parte de los tesoros de los templos de
Tantras. Había unas cajas llenas de platos de oro y de platino, de candelabros
de plata y de iconos finamente trabajados. Junto a una pared, arrojado de
cualquier manera, había un tapiz de incalculable valor que representaba a la
diosa del Comercio. Y, en algún lugar del atestado cuartito, tenía que estar la
Tabla del Destino
que Bane había escondido unos días antes de que los
dioses fuesen expulsados de las Esferas.
Medianoche sabía que la tabla podía estar
convertida en cualquier cosa, pero con su visión intensificada podría ver el
espejismo lanzado sobre el objeto. Sin pérdida de tiempo, la maga se tapó el
ojo izquierdo con una mano y se puso a escudriñar la habitación. Una brillante
luz roja se escapó de una pequeña caja que había en un rincón y Medianoche se
apresuró a acercarse a ella y abrir la larga tapa de acero. Vio por un instante
el espejismo que Acaudalado había escogido para la tabla, un puño ancho envuelto
en cota de malla, y la intensidad de luz que surgió de la caja la cegó.
Retrocedió dando un traspié.
Al cabo de un momento la maga de cabello negro
empezó a ver con claridad. Su ojo derecho recuperó la normalidad y dejó de ver
el resplandor de la magia. El mundo aparecía tal y como era en realidad. La
maga miró dentro de la caja, la Tabla del Destino estaba delante de ella.
Cogió el objeto y vio que coincidía con la imagen
que Mystra le había mostrado antes de morir. La tabla de piedra medía menos de
sesenta centímetros y tenía unas runas brillantes esculpidas en su superficie.
Después de sujetar el objeto con una mano trepó con cuidado por los asideros de
hierro hasta llegar a la antecámara. Kelemvor levantó la vista al ver a
Medianoche aparecer en la puerta secreta y se precipitó hacia ella. Medianoche
le tendió el objeto. —Esto no es la tabla —dijo el guerrero—. ¡Te has equivocado!
Medianoche se sentó sobre el basto jergón de la celda de Acaudalado. Cuando se
dio cuenta de lo absurdo que había sido el comentario del guerrero, se echó a
reír. —Es un espejismo —dijo entre carcajada y carcajada—. No tienes más que no
creer en el espejismo y verás la tabla tal y como es. Adon y Elminster se
habían acercado también a Medianoche y todos se quedaron un momento observando
la Tabla del Destino. Medianoche dejó de reírse y Kelemvor y Adon la ayudaron a
ponerse de pie y ella metió la tabla en la bolsa que contenía su libro de
hechizos.
Kelemvor, sonriendo de oreja a oreja, abrazó a la
maga.
—¡Y ahora debemos marcharnos de aquí antes de que
suceda algo peor! Elminster frunció el entrecejo y movió la cabeza. —Antes de
poneros en camino hacia Aguas Profundas tenéis todavía cosas que hacer aquí.
¿Recordáis lo que sucedió cuando Helm y Mystra lucharon en la Escalera
Celestial que hay cerca del castillo de Kilgrave?
—Ninguno de nosotros podrá olvidarlo jamás —repuso Medianoche mientras se
echaba a la espalda la talega que contenía el libro de hechizos y la Tabla del
Destino—. La devastación se extendió por varios kilómetros a la redonda. Adon
hizo un lento gesto de asentimiento con la cabeza. —Y si uno de los dioses
logra acabar con el otro... —Tantras quedará destruida —terminó Kelemvor.
Medianoche se volvió al sabio.
—Es posible que haya un medio de salvar a la
ciudad, incluso si Torm y Bane se destruyen mutuamente. La campana de Aylen
Attricus. Dicen que la campana sólo ha repicado una vez...
—Lo sé —repuso Elminster con voz brusca y una
maliciosa sonrisa en sus labios —. Según la leyenda, la campana tiene el poder
de crear un escudo sobre la ciudad para protegerla de todo mal. —Se volvió y
salió precipitadamente de la habitación—. ¡Debemos ir allí enseguida!
Los héroes echaron a correr detrás de Elminster,
pero no lo alcanzaron hasta que se detuvo una vez estuvo fuera del templo. —La
campana está en la cima de la colina meridional de Tantras —indicó Medianoche—.
Eso está a una hora de camino a caballo, siempre y cuando pongamos a los
caballos a galope tendido. Las mutaciones habrán empezado a atacarse mutuamente
mucho antes de que lleguemos allí.
Elminster se apartó unos pasos de los héroes y
empezó a gesticular. —Si vamos a caballo.
El sabio evocó tan rápidamente un hechizo, que los
héroes no tuvieron tiempo de protestar. Un intrincado escudo de luz azulada se
formó en el aire y los envolvió a los cuatro. Kelemvor fue presa del pánico
cuando vio al mago evocar el hechizo, y el temor de que Elminster pudiese estar
tratando de teletransportarlos hasta el campanario se apoderó de Adon. Pero el
anciano terminó su ensalmo y los héroes seguían delante del templo de Torm.
—¿Estáis listos? —preguntó el sabio. Los héroes se miraron unos a otros llenos
de confusión. El sabio frunció el entrecejo—. Cógeles de la mano, Medianoche.
Ésta obedeció a Elminster. Kelemvor empezó a protestar, pero se tragó las
palabras cuando vio que el sabio de cabello blanco tomaba la mano de Medianoche
y todos se elevaban del suelo. Al cabo de unos segundos, estaban por encima de
la ciudad. —¡Espero que el hechizo no empiece a fallar a medio camino! —exclamó
Adon. Elminster señaló al oeste. La mutación de Torm, toda de oro y con cabeza
de león, estaba
completamente inmóvil sobre la muralla de la ciudad
y esperaba que el avatar con armadura negra del dios de la Lucha saliese del
estrecho del Dragón. — No tenemos más remedio que arriesgarnos —repuso el
anciano sabio con voz triste—. Los dioses no iban a esperar hasta que
llegásemos a pie al campanario.
16
La batalla de los dioses
Elminster y los héroes volaron sobre Tantras y
contemplaban desde arriba el caos que se había apoderado de la ciudad. La gente
corría desesperada por las calles y seguían muriendo adoradores de Torm. Cuando
entregaban sus vidas al dios del Deber, sus almas —unos rayos azules de luz—
recorrían las avenidas formando hermosos dibujos. Luego las almas se mezclaban
unas con otras y fluían hacia la mutación de Torm.
Asimismo, toda la fuerza militar de Tantras se
había puesto en acción. Los soldados trataban de dirigir a la gente que huía de
las mutaciones hacia la guarnición del sur. Sin embargo, la mayoría de los
habitantes de Tantras estaba ya corriendo a la desbandada en aquella dirección.
En el puerto, los barcos se preparaban para la batalla y se cargaban las
catapultas del espigón. La pequeña flota zhentilesa permanecía fuera del
alcance de las armas y no hacía movimiento alguno para adentrarse en el puerto.
Kelemvor no había volado nunca y el fino aire de las alturas que acariciaba su
rostro lo mareaba y le daba vértigo. El guerrero de ojos verdes levantó la
vista y se maravilló de lo cerca que estaba de las nubes y de la gran distancia
que debería recorrer antes de llegar al suelo si fallaba el hechizo de
Elminster. También para Adon volar era una novedad, pero él observaba la
ciudad, no el cielo. Lo embargaba una extraña sensación de perplejidad. Se
preguntó si era así como los dioses veían Faerun desde los cielos. ¿Un mundo
lleno de miles de diminutos seres que corrían frenéticamente de un lado a otro?
El clérigo se estremeció y cerró los ojos. Medianoche volvió la mirada hacia el
templo y vio a Torm cerca de la costa del estrecho del Dragón, en el borde de
un acantilado de gran altura. Una enorme y oscura forma cubierta de púas salía
del agua. La maga recordó la batalla de Mystra con Helm cerca del castillo de
Kilgrave y una gran tristeza se apoderó de su alma. Medianoche supo en aquel
momento que Mystra no sería el último dios que ella vería morir antes de que
las Tablas del Destino fuesen devueltas a lord Ao. Elminster, por su parte,
miraba fijamente hacia delante y se concentraba sólo en mantener el
hechizo de vuelo.
A corta distancia estaba el claro donde se hallaba
el altar de Mystra. Los héroes no tardaron en distinguir el campanario que
albergaba la campana de Aylen Attricus. Al cabo de unos minutos, Medianoche y
sus aliados estaban al pie del ancho obelisco de piedra.
Medianoche se volvió hacia el norte. Torm
permanecía inmóvil y observaba a Bane, que ahora estaba ya en la orilla.
—¡La batalla no ha empezado todavía! —exclamó la
maga de cabello color ala de cuervo—. ¡Aún hay tiempo!
El anciano de cabello blanco se precipitó a la
entrada del campanario e indicó a Medianoche que lo siguiera. Apenas entró en
el campanario, cesaron todos los ruidos. Medianoche se reunió con él.
Elminster, perplejo, miró a su alrededor. Sin perder un segundo de tiempo para
explicar el silencio mágico, Medianoche levantó la vista y vio la cuerda
enrollada junto a la campana, a casi treinta metros de ellos. Maldijo para sus
adentros y subió corriendo la estrecha escalera de caracol que
daba a la campana. Una vez arriba, después de mirar
por la ventana y ver a lord Black
caminar hacia el avatar de cabeza de león,
desenrolló la cuerda y dejó caer el extremo para que lo cogiese el mago.
«¡Tañe la campana!», gritó Medianoche para sus
adentros, luego hizo gestos frenéticos en dirección de Elminster para indicarle
que debía tirar de la cuerda. Desde la ventana, vio que el gigante de obsidiana
estaba más cerca de Torm. Kelemvor y Adon aparecieron en la puerta. El silencio
sobrenatural los dejó a ambos desconcertados. Elminster indicó a Medianoche con
un gesto que bajase. El anciano no sabía qué reacción iba a desencadenar la
campana y no quería que Medianoche fuese herida innecesariamente cuando él se
pusiera a tocarla. Medianoche estaba a unos seis metros del pie de la larga
escalera de caracol cuando el sabio se enrolló la cuerda alrededor de las manos
y tiró de ella con todas sus fuerzas. Nada ocurrió, nada.
Elminster volvió a intentarlo, pero la campana no
emitió sonido alguno. Ni siquiera se movió. Adon y Kelemvor cogieron la cuerda
y los tres intentaron hacer sonar la campana. Siguió sin suceder nada.
Con el rostro congestionado y sudando, Elminster
apretó los dientes y señaló a Medianoche, que acababa de llegar. El anciano
apartó a Kelemvor y a Adon
de un empujón y tendió la cuerda a la maga.
La mujer de cabello negro hizo un gesto de
asentimiento con la cabeza y tomó la cuerda. Su tacto era frío y, cuando la
envolvió con sus manos para sujetarla con firmeza, tuvo la sensación de que le
ardían las sudorosas palmas. Pensó en los miles de personas de la ciudad que
morían a causa de Torm y de Bane y en quienes ya habían entregado sus vidas. En
sus temblorosas manos estaba el poder de salvar a la ciudad. Medianoche contuvo
el aliento y tiró de la cuerda con todas sus fuerzas. El tañido que resonó en
el campanario fue tan tenue que Medianoche temió haberlo imaginado. Luego la
maga notó una ráfaga de viento frío procedente de arriba. Levantó la mirada y
vio que la campana estaba ahora rodeada de una suave neblina color ámbar. Sobre
la superficie de la campana bailaba una luz negra que salía por los huecos del
campanario.
—¡Por regla general uno no se puede fiar de ellas,
pero esta vez la profecía se ha cumplido! —exclamó Elminster aplaudiendo a más
no poder—. Para salvar la ciudad hacía falta una mujer con poder.
Kelemvor y Adon salieron corriendo del campanario y
vieron que la luz negra se extendía hasta unos treinta metros a la redonda. Los
rayos de luz se detuvieron como si hubiesen llegado a una barrera. Luego, la
luz formó una compleja red de arcos cuyos extremos llegaron hasta el suelo,
formando la estructura de una bóveda. La neblina color ámbar se apartó de la
campana y llenó los huecos que había entre los arcos de luz, hasta que la zona
que rodeaba al campanario quedó envuelta en un escudo misterioso. El guerrero
de ojos verdes corrió hasta el extremo de la bóveda, cogió una piedra y la
lanzó a la barrera. La piedra rebotó en la cortina ámbar como si se hubiese
estrellado contra un muro sólido. Seguía viéndose la ciudad más allá de la
bóveda y Adon observó que los avatares estaban todavía en el norte, al otro
lado de la muralla de Tantras.
También Elminster estaba mirando más allá de la
barrera, pero desde el interior de la torre. Se volvió a Medianoche, que seguía
con las manos alrededor de la cuerda y había cerrado los ojos. Se sentía como
si su cuerpo se hubiera quedado sin fuerzas. —¿Estamos a salvo? —preguntó en
voz baja. —¡Nosotros sí, pero la ciudad no! —exclamó Elminster—. ¡Tienes que
volver a
intentarlo! La campana tiene que sonar con la
máxima intensidad para que su tañido
abarque a toda la ciudad.
Con la frente bañada de sudor. Medianoche miró la
campana y soltó la cuerda. Ésta se quedó colgando delante de ella. Pensó que si
no lo conseguía, ella sería responsable de toda la sangre derramada en Tantras.
Pero la primera vez había dado todo lo que tenía y la campana apenas había
sonado. Medianoche suspiró. «El deber sobre todas las cosas», recordó con
amargura. Bajó la vista a la bolsa que contenía la Tabla del Destino, apartó
este pensamiento de su mente y volvió a coger la cuerda.
Elminster le dio la espalda a la maga de pelo negro
y miró por la puerta al otro lado de Tantras.
Al otro lado de la ciudad, Torm y Bane estaban
frente a frente en el borde de un acantilado que dominaba el estrecho del
Dragón. Ambas mutaciones habían alcanzado ahora una altura de más de treinta
metros. Ambos dioses estaban estudiando a la mutación de su adversario cuando
una fría sonrisa apareció en el rostro de lord Black. —Lord Torm —comenzó
diciendo Bane en un murmullo suave—. Mis espías me dijeron que estabas en
Tantras, pero en ningún momento esperaba un recibimiento tan espectacular.
—¿Es verdad? —dijo el dios del Deber, y los
aterradores rasgos del avatar se retorcieron mientras hablaba.
—Como no te expliques un poco mejor... —dijo Bane
suspirando. — ¿Robaste las Tablas del Destino? —gritó Torm, cuya voz resonó por
toda la ciudad—. ¿Eres tú uno de los responsables del caos que se ha apoderado
del mundo? —No puedo otorgarme todo el mérito —repuso Bane con voz tranquila—.
Tuve mucha ayuda. Estoy seguro de que ya sabes que el señor de los Huesos me
ayudó en el robo. Y, por supuesto, la exagerada reacción de Ao influyó bastante
en la agitación que reina en el mundo.
El dios del Deber apretó sus enormes puños y dio un
paso hacia Bane. — Estás loco —dijo—. ¿No te das cuenta de lo que has hecho?
Torm levantó el puño derecho sobre la cabeza. Apareció un rayo de luz y un
guantelete de metal envolvió la mano. Acto seguido el gigante de cabeza de león
agitó el puño envuelto en el guantelete y cobró vida una flameante espada. El
dios del Deber dobló ligeramente el brazo izquierdo y apareció un escudo con un
símbolo. Torm avanzó otro paso y levantó la espada dispuesto a atacar. El dios
de la Lucha no se movió y suspiró. —No tienes ni idea de lo que estás haciendo,
Torm. Si me destruyes, ese miserable campamento que gobiernas será borrado de
la faz de Faerun. Torm se detuvo, luego avanzó otro paso.
—Estás mintiendo.
Bane se echó a reír y el ruido profundo y
ensordecedor sacudió los tejados de las casas próximas a la muralla de la
ciudad. —Yo vi cómo Mystra era destruida en Cormyr, imbécil. Trató de regresar
a las Esferas y Helm la mató, así sin más. —El avatar de obsidiana hizo una
pausa y sonrió— . Y cuando murió, rayos de energía barrieron la Tierra y
destruyeron todo lo que había a kilómetros a la redonda. A decir verdad, fue un
espectáculo bastante agradable. Torm, impresionado, guardó silencio y Bane
prosiguió: —Estoy aquí para recuperar algo que me pertenece y que dejé en
Tantras hace tiempo. Deja que mis soldados lleven esa propiedad mía a uno de
mis barcos y me marcharé —mintió lord Black—. No es necesario que haya lucha
entre nosotros. Las palabras de Bane sacaron a Torm de su mutismo.
—¿Algo que te pertenece? Supongo que te refieres a
la Tabla del Destino que ha
ido a parar a mi templo.
Bane se quedó realmente sorprendido.
El dios siniestro se dijo que si Torm tenía la
tabla, por qué no se había limitado a devolvérsela a Helm. De hecho, desde el
momento en que la tabla estaba todavía en Faerun y no en manos de Ao, no tenía
mayor importancia. —Yo mismo dejé la Tabla del Destino en tu templo unas horas
antes de que Ao nos expulsase de nuestros hogares —dijo Bane en un tono que
quería ser tranquilo—. Me pareció una broma bastante divertida esconder una
cosa robada por un servidor impío en uno de los templos del dios del Deber. Torm
asió su espada con fuerza.
—Márchate, Bane. No dejaré que te lleves la tabla.
Pertenece a Ao y yo he
jurado cumplir con el deber...
Bane lanzó un bufido.
—Por favor, Torm, ahórrate un discurso sobre el
deber. Tendrías que conocerme lo suficiente como para comprender que un
llamamiento al honor es lo último que puede impresionarme.
—En ese caso, no tengo nada más que decir, lord
Bane —repuso Torm—. Si no te marchas, prepárate para defenderte.
Bane retrocedió un paso cuando Torm blandió la
espada que rasgó los aires. Bane materializó un escudo negro como la noche en
su brazo y lo levantó a tiempo de parar la siguiente arremetida.
Cuando la espada mística y el escudo se
encontraron, se produjo una
explosión. Ambos objetos se convirtieron en pedazos
de energía y desaparecieron. Bane se abalanzó sobre Torm. El dios del Deber
levantó su escudo con el tiempo justo de protegerse de las púas mortales que
sobresalían de la mutación de obsidiana, pero el golpe hizo pedazos el escudo.
El dios del Deber y el dios de la Lucha se estrellaron contra la muralla de
ocho metros de anchura que rodeaba Tantras, la atravesaron, cayeron sobre el
templo y parte del edificio se derrumbó. Bane empujó a Torm contra los restos
del templo y unos peñascos descomunales se estrellaron contra el suelo. El dios
del Deber oyó unos débiles gritos procedentes de un lugar cercano y el pánico
se apoderó de él cuando comprendió que los quejidos provenían de los pocos
fieles que habían quedado en aquel lugar dedicado al culto. El dios del Deber
atacó a Bane en la garganta. Cuando el dios de la Lucha se tambaleó hacia atrás
a causa de la fuerza del golpe, Torm arremetió una y otra vez en el mismo
lugar. El dios de la Lucha notó que su cuello se abría ligeramente y,
desesperado, trató de asir el puño de acero de Torm. Al mismo tiempo, el dios
del Deber abrió la enorme mandíbula de su cabeza de león y se inclinó hacia el
rostro del lord Black. El dios de la Lucha se echó hacia atrás para evitar las
hileras de dientes desiguales, todos de oro, y Torm cerró la boca de golpe muy
cerca del cuello de Bane. Torm vio que lord Black había perdido el equilibrio,
le dio una patada en el pecho y lo arrojó de un empujón fuera de la muralla
derruida de la ciudad. El dios de la Lucha se estrelló contra el suelo y todo
Tantras se puso a temblar. Torm se puso junto a Bane dominándolo con su altura
y levantó el puño dentro de su guantelete. Lord Black trató de incorporarse
pero, al caerse, las enormes púas de su armadura se clavaron profundamente en
la dura tierra. El puño de Torm se hundió en la garganta de Bane y la diminuta,
casi imperceptible fisura, se hizo mayor y una pequeña ráfaga de luz ámbar
salió de ella.
Pero Torm no escapó ileso del ataque. Mientras Bane
se defendía del dios del Deber, una de las púas de la armadura del dios de la
Lucha atravesó el antebrazo de
Torm. El avatar con cabeza de león gritó de dolor
y, sin dejar de apretarse la herida con
la mano, retrocedió dando un traspié.
El dios del Deber experimentó una gran debilidad
cuando empezó a alejarse de Lord Black en dirección al borde del acantilado.
Miró la herida que le había infligido Bane y vio que de ella salía un constante
flujo de luz azul
celeste. Experimentó cierta melancolía al ver las
energías anímicas de sus adoradores atravesar la fisura de su brazo. Torm
apartó la vista de la herida a tiempo de ver el puño de lord Black estrellarse
contra su rostro. Desconcertado por la ferocidad del ataque, Torm no estaba
preparado cuando el dios de la Lucha volvió a arremeter contra él. Después de
recibir el segundo golpe, el dios del Deber se volvió salvajemente a lord Black
y lo golpeó en el rostro con el dorso de la mano. Bane echó la cabeza hacia
atrás y una pequeña lasca saltó de su rostro. El dios de la Lucha se llevó
instintivamente una mano a la herida. En la brillante negrura de la mano de la
mutación el dios caído distinguió el reflejo de la diminuta llama de color
verde y ámbar que se escapaba de la brecha de su rostro. Bane lanzó un grito,
dio un salto hacia delante y se abalanzó sobre Torm. Ambos avatares cayeron
rodando por el borde del acantilado y, en la caída, se separaron. Bane se
golpeó contra la falda de la montaña dos veces antes de caer en la orilla
rocosa. Torm, con otra brecha en el hombro producida por las púas del cuerpo de
Bane, se agarró a unas raíces en un intento de frenar la caída, pero fue
lógicamente inútil y se estrelló contra la playa a cientos de metros de lord
Black; sin embargo, para las mutaciones era una distancia insignificante. Torm
fue el primero en incorporarse. Mientras lo hacía, vio dos barcos con la
bandera zhentilesa que se mecían en el estrecho del Dragón, lejos de la orilla.
Costa arriba, un poco mar adentro, unos cuantos barcos se precipitaban hacia la
orilla. El dios del Deber juró para sus adentros que mataría a todos los
invasores zhentileses que cayesen en sus manos... apenas hubiese matado a su
señor. Lord Black empezaba a ponerse de pie. Cuando levantó la cabeza de la
arena, Bane bajó la vista y vio otra herida en su pecho. De ella salían
humeantes vapores negros con irisaciones rojizas.
—¡Imbécil! —murmuró el dios de la Lucha. Levantó la
mirada y vio a Torm de pie junto a él.
El dios del Deber sostenía una roca sobre su
cabeza. La piedra era tan grande que el gigantesco avatar con cabeza de león
tenía que sujetarla con ambas manos. —Debes pagar por tus pecados —dijo Torm
con toda firmeza, luego golpeó a Bane en la cabeza con la roca. Ésta se rompió
en pedazos y quedó destrozada casi toda la cara de la mutación de obsidiana.
Por su parte, Bane atravesó la pierna del dios del Deber con una de las púas de
su brazo. Torm retrocedió dando un traspié y un chorro de energía anímica empezó
a salir de sus heridas. —¡Me estoy muriendo! —gritó Bane mientras trataba de
ponerse
de pie con gran dificultad. Se miró las heridas y
vio cómo la energía lo iba abandonando. Una luz carmesí iluminaba sus ojos
cuando se puso en cuclillas —. Ven, Torm. Vamos a visitar juntos el reino de
Myrkul.
Antes de que el dios del Deber pudiese huir, lord
Black arremetió contra él, lo cogió por los hombros y le dio un abrazo mortal.
Una docena de púas atravesaron el avatar con cabeza de león y Torm rugió de
dolor. Los monstruos estuvieron un momento balanceándose hacia atrás y hacia
delante; se aguantaban de pie sólo porque se sostenían mutuamente. Bane se echó
a reír, con una risa falsa y hueca que se oyó en todo el estrecho del Dragón.
Torm miró a lord Black a los ojos, a continuación abrió sus fauces llenas de
afilados dientes y fue acercando sus
fauces a la garganta de Bane.
El dios de la Lucha dejó de reírse súbitamente. En
la colina meridional de Tantras, Medianoche soltó la cuerda de la campana.
Había intentando una y otra vez hacer sonar la campana de Aylen Attricus de
nuevo, pero sin conseguirlo.
—¡Inténtalo otra vez! —ordenó Elminster, para luego
volverse a mirar el cielo que cubría Tantras.
—¡Elminster, no puedo! —exclamó Medianoche, agotada
y con los hombros hundidos.
El anciano no apartó la mirada de las extrañas
luces que había sobre la ciudad. Los frágiles lazos de realidad parecían
haberse desatado y unas líneas de fuerza serpenteaban por el cielo. El centro
de aquella telaraña de energía descansaba sobre el campo de batalla de las
mutaciones y había adoptado la forma de un remolino que se elevaba hacia las
nubes. Unas rayas azules de poder se entrelazaban con unas franjas ámbar,
verdes y negras. Las almas de los seguidores de lord Black y del dios del Deber
luchaban por el dominio de Tantras, incluso desde la muerte. También habían
empezado a llover sobre la ciudad unos brillantes meteoros. Las candentes
esferas caían por toda la población. Algunas derrumbaban edificios, otras
destruían barcos atracados en el puerto. Adon vio que una bola de fuego abría
un boquete en el lado de una nave zhentilesa; la galera se fue a pique y se
hundió en el estrecho del Dragón.
Otro meteoro se estrelló contra la bóveda ámbar que
protegía el campanario. Aun cuando no alcanzó a los héroes, aquella
resplandeciente roca rebotó en el muro mágico y cayó entre los cientos de
aterrorizados ciudadanos que habían
visto el escudo desde lejos y se habían congregado
a su alrededor. Kelemvor tuvo que ver, impotente y furioso, cómo el meteoro
mataba a dos docenas de personas y hería a muchas otras. Dentro de la torre,
Elminster notó que los latidos de su cansado corazón se aceleraban.
—Tenemos que volverlo a intentar —dijo despacio
volviéndose de nuevo hacia la maga de cabello negro como el ala de cuervo.
Medianoche, todavía con la cuerda en la mano, se desplomó de rodillas. —¿No
puedes teletransportar a algunos de los refugiados y meterlos dentro del
escudo? —La magia no atravesaría la barrera —repuso Elminster
atropelladamente—. Deberías saberlo. —El anciano se acercó a Medianoche, la
ayudó a incorporarse y le puso una mano en el hombro—. Medianoche, sólo tú
cuentas con el poder de llevar a buen fin este cometido. Mystra creía en ti. Va
siendo hora de que tú hagas lo mismo y justifiques su confianza. Por favor,
ahuyenta los temores y concéntrate en salvar a la ciudad —dijo Elminster con un
tono de voz reconfortante que ella jamás había imaginado pudiese salir de los
labios del excéntrico sabio. Dichas estas palabras, el sabio anciano se dio
media vuelta y salió del campanario. Medianoche levantó la mirada a la campana
y la imaginó tañendo. Llegó incluso a vislumbrar el movimiento del badajo y su
repiqueteo llenó sus oídos. Cerró los ojos y la imagen persistió. Medianoche
comprendió entonces el motivo del silencio mágico que envolvía al campanario.
Un mago podía albergar la esperanza de producir algún sonido sólo a condición
de ahuyentar toda distracción, de concentrarse completamente en la tarea de
tocar la campana.
Medianoche estuvo un momento sin pensar. Sin
sentir. Por un instante, ni siquiera respiró.
Luego, la maga de cabello negro tiró de la cuerda y
la campana de Aylen Attricus
volvió a tocar y su cántico de poder era tan fuerte
que estuvo a punto de ensordecerla.
Una brillante luz ámbar iluminaba el campanario y
un frío impresionante empezó a descender y envolvió a Medianoche. Unas ráfagas
ámbar de energía y unos rayos negros brillaron en el campanario y salieron por
las altas ventanas de la bóveda que protegía a los héroes. Las paredes del
escudo se abrieron hacia afuera y los habitantes de Tantras que se habían
apiñado junto a ellas se encontraron a salvo dentro de sus confines.
Medianoche corrió a la puerta del campanario y vio
que la bóveda seguía
extendiéndose. Sin embargo, no pudo reprimir un
grito cuando se dio cuenta de que el escudo dejaba de extenderse al acercarse a
la colina meridional. Se precipitó dentro de nuevo y volvió a coger la cuerda.
La maga, haciendo caso omiso de las ráfagas de frío y del sonido ensordecedor
del tañido de la campana, tiró de la cuerda con todas sus fuerzas. Tiró de ella
una y otra vez sin preocuparse de sí misma ni por un instante. Lo único que
importaba en ese momento era la ciudad. Sin embargo, Medianoche no era más que
un humano y, al cabo de un lapso de tiempo que a ella le pareció una eternidad,
notó que le flaqueaban los brazos, que la cuerda se le escapaba de las manos y
que las piernas se le doblaban. Cayó al suelo, casi sin aliento. Cuando
Medianoche abrió los ojos, y aunque no había transcurrido más que un momento,
Elminster, Kelemvor y Adon estaban dentro de la torre junto a ella. El guerrero
de ojos verdes se puso de rodillas y rodeó a Medianoche con sus brazos.
—El escudo cubre la ciudad —dijo Kelemvor—. Puedes
estar tranquila. — No estoy tan seguro —susurró Adon después de haber mirado
por la puerta. El clérigo había visto que, si bien el escudo seguía
extendiéndose, aún no había llegado a la ciudadela y al templo de Torm. Se oyó
una explosión que ahogó el tañido de la campana. Una forma inmensa y negra como
boca de lobo se elevó sobre la colina septentrional de la ciudad. La masa era
amorfa y una espiral de energía roja se arremolinaba en su centro. Una segunda forma
se alzó detrás de la masa color ébano, pero era azul celeste y su centro ámbar
recordaba bastante a un sol. Una ola de abrasadoras llamas cubría la parte de
la ciudad carente de protección, donde se hallaba tanto el templo de Torm como
la ciudadela. La tierra se volvió negra y las aguas del estrecho del Dragón se
pusieron a hervir bajo el intenso fuego. Los barcos zhentileses estallaron
cuando las olas de llamas los alcanzaron. Las tropas de Bane murieron
instantáneamente.
En la orilla norte de la ciudad, los cuerpos de las
mutaciones, quemados y destrozados, yacían en las rocas. El gigante de
obsidiana de Bane estaba partido en doce trozos y la cabeza había ido a parar a
unos metros de distancia. El avatar de piel dorada del dios del Deber estaba
hecho pedazos; su cabeza de león, cuyos ojos sin vida miraban hacia las
esencias de los dioses rivales suspendidas sobre la costa, había perdido su
majestuosidad. En el cielo, la fuerza del torbellino creado por las almas
liberadas de los seguidores de Bane y de Torm absorbía las esencias palpitantes
de éstos. El
torbellino se tragó las masas relucientes y
trémulas de lo que habían sido los dioses y una luz blanca y cegadora impregnó
el aire. La espiral carmesí, el corazón de lo que había sido lord Bane, el dios
de la Lucha y de la Tiranía, y el alma ámbar de lord Torm, el dios del Deber y
de la Lealtad, se encontraron en el torbellino. Un chillido estridente, los
gritos últimos de ambos dioses, llenó el aire. El torbellino se tragó a las
divinidades y los gritos cesaron. Los dos dioses estaban muertos. Mientras tanto,
en el campanario de Aylen Attricus, Kelemvor y Adon ayudaron a Medianoche a
ponerse de pie. Juntos salieron del obelisco de piedra, seguidos de
Elminster. Un grupo de habitantes de Tantras se
habían reunido alrededor
del
campanario y se hizo súbitamente silencio cuando
los héroes salieron. Medianoche sonrió al ver a la gente reunida, a salvo de la
destrucción que había asolado la costa septentrional, pero cuando se fijó un
poco más y vio sus rostros atemorizados, se estremeció. Tenían la misma
expresión, mezcla de temor y de adoración, que la maga había visto en los
semblantes de quienes habían dado sus vidas por Torm.
Pidió dulcemente a Adon y a Kelemvor que la dejasen
un momento a solas con el anciano. Apenas sus amigos se hubieron alejado, se
volvió a Elminster. —¿Qué sabes sobre mis poderes? —le preguntó. —He sospechado
muchas cosas desde el día que llegaste a mi morada en el valle de las Sombras.
Por lo que respecta a la verdadera naturaleza de tus facultades y con qué fines
puedes utilizarlas, no puedo ayudarte. —Elminster sonrió antes de añadir—: Creo
que Mystra te ha bendecido. Quizás el consejo de magos de Aguas Profundas
estaría dispuesto a escuchar tu historia y a orientarte. Si quieres, yo podría
intervenir... Medianoche suspiró y sacudió la cabeza.
—Elminster, ¿por qué te empeñas en engañarnos,
atormentarnos y ponernos al borde de la locura para que hagamos lo que tú
quieres? Si la segunda Tabla del Destino está en Aguas Profundas, iremos a
Aguas Profundas; pero, dime la verdad, ¿sabes en qué lugar de Aguas Profundas
está escondida la tabla? El sabio movió la cabeza de un lado a otro. —Por
desgracia, no.
—Pues entonces será más difícil encontrarla
—comentó Medianoche con un deje de tristeza en la voz—, pero estoy segura de
que no será tan difícil como ha sido encontrar la primera.
La maga cogió la bolsa al que contenía la tabla y
se la echó a la espalda. —Sí, difícil pero no imposible. —Elminster se echó a
reír. Luego le dio la espalda
a la maga y se puso a mirar la ciudad—. Pero
hablaremos de ello más tarde. Ahora tenemos asuntos más apremiantes que
atender. —Elminster señaló a los refugiados que había herido el meteoro.
Kelemvor y Adon estaban ya entre las hileras de heridos y les brindaban la
ayuda que estaba en sus manos. Medianoche sonrió al distinguir a su enamorado y
al clérigo desfigurado. Un momento después, la maga de cabello negro levantó la
vista al cielo. El torbellino había desaparecido y la luz del sol se filtraba a
través del escudo color ámbar todavía suspendido sobre la ciudad. Medianoche
ahogó un grito cuando se percató de que el sol estaba cambiando de posición. El
cielo se oscurecía. A la hora de cenar, la eterna luz que había honrado a
Tantras desde el día del Advenimiento sería sólo un recuerdo. Medianoche llegó
a la conclusión de que estarían mejor de esta forma y acompañó a Elminster a
atender a los refugiados.
Epílogo
La muerte de Torm y de Bane causó la formación de
un cráter en el extremo norte de Tantras, donde habían estado el templo de Torm
y la ciudadela. La rocosa costa septentrional del estrecho del Dragón era ahora
tan lisa como el cristal y, en la explosión, había desaparecido una buena parte
del acantilado que dominaba la orilla. En las rocas de la despejada playa y del
medio derruido acantilado se habían formado unos hermosos dibujos que
consistían en franjas de color ámbar, rojo, negro, azul y plata. En las olas
que se rompían en la arenosa playa, aparecían restos de los avatares. Después
de que el escudo se disipara para desaparecer completamente, Medianoche y
Elminster se dirigieron a las ruinas, fruto de la batalla de los dioses. Pero
cuando llegaron cerca del cráter, un repentino cansancio se apoderó de la maga
de cabello de color ala de cuervo, que acabó cayéndose de rodillas. —
¡Elminster! —exclamó.
La cabeza empezó a darle vueltas y se cayó en
redondo al suelo, inconsciente. También el sabio de cabello blanco experimentó
una gran debilidad y llamó a un joven de pelo rojo muy corto que andaba
husmeando entre los escombros del templo. —¡Eh, tú! —Elminster indicó al hombre
con un gesto que se acercase—. ¡Ayúdame a llevar a esta mujer!
El joven parecía nervioso, pero se prestó a ayudar
al sabio. Elminster y el hombre pelirrojo llevaron a Medianoche hasta el borde
de las ruinas. Una vez allí, la colocaron suavemente sobre el suelo despejado.
El joven se quedó mirando a la maga de cabello negro.
—Ahora puedes marcharte —le dijo Elminster—. Te
agradezco la ayuda pero yo me ocuparé de ella.
—¡Cómo! —dijo el joven—. ¿No piensas pagarme por mi
ayuda? El sabio murmuró algo entre dientes, le dio al hombre pelirrojo una
moneda de oro y se volvió a Medianoche. Cuando el joven se hubo alejado,
Elminster se puso a acariciarse la barba y reflexionó sobre la situación. —Algo
está pasando aquí —murmuró antes de sacar su pipa. El olor al tabaco de la pipa
hizo que Medianoche se despertase al cabo de unos minutos. Tosió dos veces y
escupió.
—¿Qué ha pasado?
—Creo que esta zona está muerta para la magia
—indicó Elminster—. Nada mágico, ni siquiera los magos, pueden entrar en ella.
—Pero ¿cómo es posible? —preguntó Medianoche mientras se sentaba—. Yo creía que
el tejido alcanzaba a todos los puntos de los Reinos. Elminster sonrió y se
sacó la pipa de la boca. —Antes, quizá —dijo después de ayudar a Medianoche a
ponerse de pie—. Pero no desde el Advenimiento. La muerte de los dioses debe de
haber abierto un agujero en el tejido. Tal vez el caos mágico esté desgarrando
el propio tejido. —¿Hay más zonas nulas para la magia en los Reinos? —preguntó
ella mientras se encaminaban a los caballos.
—Sí —dijo el anciano—. En algunos lugares. Son
mucho mayores que aquí. Antes de subir a su caballo, Medianoche volvió la
mirada hacia las ruinas con una expresión asustada en los ojos.
—¿Se puede reparar el tejido? —susurró.
Elminster apartó la vista y no contestó. Medianoche
y el sabio de barba blanca llegaban al puerto veinte minutos después. Como
habían acordado unas horas antes, Kelemvor y Adon esperaban en el malecón donde
el guerrero había trabado conocimiento con Alprin. El clérigo y el guerrero se
habían pasado los últimos días ayudando a los militares de Tantras a restaurar
el orden en la ciudad. Patrullaron para evitar los saqueos, ayudaron a
transportar a los heridos a los hospitales de campaña que se habían instalado
alrededor de la ciudad, trabajaron incluso en la reconstrucción de algunas
tiendas importantes para que el comercio recobrase su actividad.
Cuando el guerrero vio a su amada, la tomó en sus
brazos y así estuvieron abrazados hasta que Elminster carraspeó ruidosamente.
El anciano se volvió a Medianoche con un malicioso brillo en los ojos. —A
pensar de lo mucho que disfruto de vuestra compañía, me temo que debo
marcharme. Asuntos
urgentes requieren mi atención en otro lugar. Os
veré pronto en Aguas Profundas.
—¡Espera! —gritó Medianoche cuando el anciano se
dio media vuelta—. ¡No puedes irte así!
—Ah, ¿no? —exclamó Elminster sin volverse a mirar a
los héroes—. ¿Por qué no?
—¡Porque nos has mandado a una misión peligrosa y
debes estar allí para ayudarnos! —repuso Kelemvor con voz airada. Elminster se
detuvo y se dio media vuelta. —¡Deberías haber comprendido que la misión que
vais a llevar a cabo es vital para la supervivencia de Faerun, pero que no es
lo único importante que debe hacerse! —espetó—. Ahora me necesitan en otro
lugar, pero volveréis a verme en Aguas Profundas.
Dicho esto, Elminster se puso en marcha en
dirección a la ciudad. Nadie trató de detenerlo.
Medianoche, Kelemvor y Adon se quedaron observando
en silencio el barco con el que se iban a marchar de Tantras. Al cabo de un
rato, Medianoche sonrió y dijo: —Si tenemos en cuenta todas las circunstancias
adversas a las que hemos tenido que enfrentarnos, lo hemos hecho bastante bien
hasta el momento. Casi me hace ilusión ir a Aguas Profundas.
Adon, que iba pulcramente vestido como no lo había
estado desde hacía
mucho tiempo, se volvió a mirar el estrecho del
Dragón y frunció el
entrecejo. —Me pregunto si Cyric estaba en uno de
los barcos zhentileses que
se han ido a pique.
Medianoche movió la cabeza.
—Está vivo. Sé que es así.
—Pero no lo estará por mucho tiempo —dijo Kelemvor
entre dientes—. En cuanto le ponga las manos encima... —El guerrero apretó la
empuñadura de su espada. La expresión de Medianoche se endureció. —Deberías
darle la oportunidad de explicarse... —¡No! —repuso Kelemvor, y le dio la
espalda a la maga de cabello negro—. No me harás creer que Cyric estaba
actuando contra su voluntad en la posada Cosecha Misteriosa. Tú no viste su
expresión de sorpresa cuando vio que yo había sobrevivido a la trampa que me
habían tendido. Tú no viste la sonrisa de sus labios cuando vio mis heridas.
—Estás en un error —dijo Medianoche fríamente—. No
conoces a Cyric. —Conozco a esa bestia mejor que tú —dijo Kelemvor gruñendo. Se
dio
media
vuelta y, con sus ojos verdes llenos de rabia,
añadió—: Es posible que tú te hayas dejado engañar por las mentiras de Cyric,
pero yo aprendí hace tiempo a no creerlo. La próxima vez que nos encontremos,
uno de los dos no saldrá con vida. Adon asintió.
—Medianoche, Kel tiene razón. Cyric es una amenaza
para todos nosotros, para todo Faerun. ¿Te acuerdas cómo se comportó en el
Ashaba? ¿Te imaginas lo que podría suceder si se apodera de las Tablas del
Destino? Medianoche se apartó de Kelemvor y de Adon, se encaminó al barco donde
tenían pasaje reservado y subió a bordo con la talega que contenía su libro de
hechizos y la Tabla del Destino sujeta fuertemente bajo el brazo. Kelemvor echó
pestes en voz alta y se precipitó al barco detrás de la maga. —¡Date prisa,
Adon! —gritó—. Nuestra maga ha decidido que es hora de marcharse. Adon lanzó
una última mirada a Tantras y recordó las palabras de Torm en el jardín del
templo. El clérigo desfigurado sonrió. «Sí —pensó—, mi deber está claro. Mis
amigos me necesitan.» Adon se detuvo un momento y se alisó el cabello, luego se
fue a reunir con Medianoche y con Kelemvor a bordo del barco. En las sombras de
un almacén cercano al malecón, el joven pelirrojo arrancó el letrero, metió la
barca en el agua y le dio una patada al hombre que dormía en la proa. —Estaba
empezando a pensar que no llegarías nunca — dijo el barquero gruñendo y
frotándose una verruga que tenía en su gruesa nariz. —No te pago para pensar.
Limítate a manejar este montón de madera podrida — dijo el joven—. Ya sabes
adonde vamos. —A continuación saltó a la barca y el hombre fornido tomó los
remos y se puso a remar. La barca no tardó en salir del puerto para seguir la
costa meridional de Tantras. En una ensenada a unas cuantas millas de distancia
había un trirreme negro. El hombre pelirrojo señaló el barco cuando se
acercaron a él y subió a bordo. El capitán del Argento lo estaba esperando.
—¡Sabinus! —exclamó alegremente Cyric mientras lo ayudaba a subir a bordo—.
¿Qué noticias me traes?
El contrabandista le contó todo lo que había oído y
le describió el barco en el que los héroes marchaban de Tantras. El joven le
enseñó a Cyric la moneda de oro que Elminster le había dado y se echó a reír.
Cyric sonrió.
—Has hecho un buen trabajo. Puedes estar seguro de
que serás recompensado. —Tantras ya no es un lugar seguro para mí —le dijo el
pelirrojo al ladrón—. Me prometiste un pasaje para llevarme a un lugar lejos de
aquí. —Y cumpliré mi promesa —dijo Cyric con tono despreocupado a la vez que
pasaba el brazo por encima del hombro del contrabandista—.
Siempre cumplo mis promesas.
Sabinus no oyó cómo la daga de Cyric salía de su
funda, pero sintió un dolor
punzante cuando el arma se clavó en su cuello. Se
tambaleó. El ladrón le dio
otra cuchillada y lo empujó por encima de la borda.
El hombre pelirrojo había
muerto antes de tocar el agua.
Cyric miró el cuerpo.
—No es nada personal —murmuró—. Pero ya no necesito
tus servicios. El hombre de nariz aguileña se dio media vuelta, llamó a su
teniente y le dijo que iban a seguir al barco que llevaba a los héroes.
Dalzhel, por su parte, saludó a su capitán y dio una serie de órdenes a los
pocos supervivientes de la flota zhentilesa de Valle del
Barranco.
El día de la batalla de las mutaciones, cuando
Cyric vio el extraño torbellino sobre la ciudad, ordenó a la tripulación que
condujese el Argento al estrecho del Dragón, lejos del conflicto. El barco y su
tripulación se salvaron gracias a esta orden. Cyric sabía que la gratitud de
sus hombres le sería de gran utilidad en un futuro próximo. El ladrón contempló
el sol como hierro candente que se ponía sobre Faerun. Pensó en sus antiguos
aliados y en todo lo que Sabinus le había contado sobre las amenazas de Kelemvor
y los comentarios de Adon. El hombre de nariz aguileña pensó que, por una vez,
el guerrero y el clérigo tenían razón. Cyric había decidido unos días antes
que, cuando volviese a encontrarse con Medianoche y sus amigos, no tendría
compasión de ellos si se atrevían a interponerse en su camino.

